The Project Gutenberg eBook of Tragedias This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook. Title: Tragedias Author: Aeschylus Editor: Julio Torri Translator: Fernando Segundo Brieva Salvatierra Release date: August 9, 2021 [eBook #66023] Language: Spanish Credits: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/Canadian Libraries) *** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRAGEDIAS *** NOTA DE TRANSCRIPCIÓN * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, las negritas entre =iguales= y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. Las acotaciones escénicas aparecen entre ~virgulillas~. * Los errores de imprenta han sido corregidos. * La ortografía del texto original ha sido respetada, con normalización de las variantes a la grafía más frecuente. * No obstante, se han puesto tildes a ciertas mayúsculas que las necesitaban y se ha completado el emparejamiento de los signos de exclamación e interrogación. * Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas tras el párrafo que contiene la llamada. * Las páginas en blanco han sido eliminadas. _TRAGEDIAS DE ESQUILO_ _ESQUILO_ _Tragedias_ _Versión directa del griego por D. Fernando Segundo Brieva Salvatierra_ [Ilustración] _Universidad Nacional de México._ =_1921_= [Ilustración] _NOTA PRELIMINAR_ La tragedia griega se ocupa --más directamente que la epopeya y la lírica-- en los problemas de la vida, en el misterio que rodea a la voluntad humana, en las leyes superiores que presiden nuestros destinos. Florece en el siglo V, antes de Cristo, y se derivó del ditirambo, coro en el culto de Dionisos (Baco), que se distinguió por su exaltación y violencia de sentimientos dolorosos. Los cantores simulaban ser sátiros y demás entidades del cortejo de Dionisos, y se entregaban a apasionadas lamentaciones con motivo de los patéticos episodios de la leyenda del dios. Con el tiempo, este coro vino a ser precedido por un recitado en que acaso se exponía algún trance doloroso de la divinidad; más tarde el narrador se tornó actor; además de los mitos báquicos se utilizaron los de otros dioses y héroes; y desapareció el coro de sátiros que no tenía ya razón de ser en leyendas diversas del culto de los viñadores y se le relegó el drama satírico. El ditirambo al evolucionar pierde su carácter lírico y se vuelve dramático: la acción o trama se precisa y Esquilo finalmente da a la tragedia griega su forma definitiva, como Lope de Vega hizo con la comedia española. La tragedia no perdió nunca su carácter religioso; no fué sino un acto público por medio del cual la ciudad procuraba tener propicio al dios. La organizaban magistrados y se representaba únicamente en las fiestas de Baco (en Atenas --donde florece de modo exclusivo-- durante las Grandes Dionisíacas, las Leneas y las Pequeñas Dionisíacas o Dionisíacas de los demos o barrios). Así pues, la tragedia difiere totalmente de nuestro drama moderno. “Un bello espectáculo religioso, danzas, cantos, una acción simple y fuerte, he aquí lo que el público pedía;”[1] y he aquí, cabe agregar, lo que comprendía una tragedia griega. Acaso la humanidad no ha vuelto a tener nunca espectáculo tan magnífico: en el que, dentro de la mayor simplicidad de concepción, se sucedían las danzas austeras del coro, los cantos líricos al son de la flauta, las exclamaciones orgullosas de algún rey insensato, a quien los dioses enloquecen antes de perder. [1] A. y M. Croiset, _Histoire de la Littérature Grecque_, tomo III. Esquilo ennobleció la tragedia; la purificó de elementos extraños y la hizo apta para recibir y contener el más alto pensamiento filosófico y religioso. Nació en Eleusis --Ática-- el año de 525 antes de Cristo. Era _eupátrida_, es decir, noble; y se distinguió como soldado en la guerra contra los persas, que invadían Grecia con el propósito de conquistarla. Combatió en Marathón, Salamina y Platea, y estas jornadas gloriosas dejaron honda huella en las ideas centrales de su obra. Comienza su carrera literaria a los veintiséis años. El número de sus obras, según Suidas, era de noventa. Sólo nos restan siete tragedias, algunos títulos de otras y fragmentos. En las fiestas de Dionisos se celebraban concursos trágicos; cada concurrente presentaba tres tragedias y un drama satírico; el _arconte_ concedía o negaba el coro, con lo cual se representaban las obras de los vencedores. Esquilo fué premiado en doce concursos por lo menos. Viajó tal vez por Tracia, y de seguro por Sicilia. Murió en esta isla, en Gela, año de 456 antes de Cristo. Esquilo tomó sus asuntos del acervo de leyendas y mitos homéricos. No es tampoco un pensador original en el sentido de que haya descubierto nuevos sistemas filosóficos. Para él la fatalidad está por encima de las pasiones humanas y del capricho de los dioses. Nuestros destinos, al igual que el reinado de Zeus, están sometidos a una ley superior y misteriosa. Por sobre la divina inconciencia de los protagonistas, el autor recuerda a los espectadores que nuestras acciones tienen un sentido oculto, y que fatalmente nos apresuramos a nuestra ruina y total aniquilamiento cuando impíamente pensamos escapar al destino. La terrible fatalidad pesa no sólo sobre los individuos, sino también sobre las familias enteras, y así presenciamos, en la casa de los Labdácidas y los Atridas, la lenta y dolorosa expiación de un antiguo crimen. Un hondo sentimiento religioso y un exaltado amor patrio animan toda la obra de Esquilo. Sin duda constituyen su auditorio atenienses que van olvidando ya las virtudes antiguas, generaciones escépticas que comienzan a perder el sentido de la seriedad de la vida y de la dolorosa corriente de los sucesos. _Julio Torri._ [Ilustración] _PROMETHEO ENCADENADO_ ~Aparecen CRATOS y BÍA, HEFESTOS y PROMETHEO~ CRATOS Ya estamos en el postrer confín de la tierra, en la región escytha, en un yermo inaccesible. Impórtate, pues, Hefestos, cuidar de las órdenes que te dió padre; amarrar a este alborotador del pueblo al alto precipicio de esas rocas con invencibles trabas de diamantinos lazos. Pues hurtó tu atributo, el fulgurante fuego, universal artífice, y lo entregó a los mortales, por que así aprenda a llevar de buen grado la dominación de Zeus, y dejarse de aficiones philantrópicas. HEFESTOS Cratos y Bía, cumplido está por vuestra parte el decreto de Zeus, y nada os embaraza ya. Cobarde ando yo para encadenar en este precipicio que azotan las tormentas, a un dios de mi propia sangre; puesto que fuerza me es tal osadía; que es grave cosa acudir con tibieza a los mandatos de padre. Mal que a los dos pese, Prometheo, hijo magnánimo de la consejera Themis, te ataré con broncíneos e indisolubles nudos a este risco apartado de toda humana huella; donde jamás llegará a ti figura ni voz de mortal alguno, sino que tostado de los lucientes rayos del sol, mudarás las rosas de la tez. Vendrá la noche, ansiada de ti, y te ocultará la luz con su estrellado manto; de nuevo enjugará el sol el rocío de la mañana; pero el dolor del presente mal te abrumará sin tregua, que aún no ha nacido tu libertador. He ahí lo que te has granjeado con tu philanthrópica solicitud! Dios como eres, sin temer la cólera de los dioses, a los mortales honraste más de lo debido, y en pago guardarás esta desapacible roca, en pie derecho, sin dormir, sin tomar descanso; y vano será que lances muchos lamentos y gemidos, que son recias de mover las entrañas de Zeus, y tirano nuevo siempre duro. CRATOS ¡Eh, basta! ¿A qué es vacilar y lamentarse en balde? ¿Cómo no abominas al dios más aborrecido de los dioses, a quien entregó tu atributo a los mortales? HEFESTOS ¡Son tan poderosos la sangre y el trato! CRATOS Concedo. Mas ¿cómo te será dado desobedecer los mandatos de padre? ¿No temes más esto? HEFESTOS Siempre fuiste sin misericordia y lleno de ferocidad. CRATOS No es remedio lamentarle. No te canses, pues, necio, en lo que nada aprovecha. HEFESTOS ¡Oh maniobra aborrecidísima! CRATOS ¿Por qué la detestas? que cierto es que tu arte no tiene culpa de los males presentes. HEFESTOS Con todo ello, así a otro cualquiera le hubiese tocado en suerte, que no a mí. CRATOS Todo es dado a los dioses menos el imperio; sólo Zeus es libre. HEFESTOS Lo conozco, y nada tengo que replicar. CRATOS ¿Por qué, pues, no te das prisa a rodearle la cadena? No te vea padre reacio. HEFESTOS Prontas están las esposas, que se pueden ver. CRATOS Tómalas, pues; martíllalas junto a las manos con toda tu fuerza, y clávalas a la roca. HEFESTOS Ya está terminada esa faena, y bien pronto. CRATOS Remacha más; aprieta, que nunca se afloje: que es diestro en encontrar salidas aun de lo imposible. HEFESTOS Sujeto queda este brazo indisolublemente. CRATOS Y ahora este otro; sujétale con la anilla; firme, porque aprenda que es un buscador de ardides menos diestro que Zeus. HEFESTOS Sino es él, nadie con razón podría quejarse de mí. CRATOS Híncale duro en medio del pecho el fiero diente de diamantina cuña. HEFESTOS ¡Ay, Prometheo, cómo lloras tus trabajos! CRATOS ¿De nuevo andas vacilando y lloras a los enemigos de Zeus? ¡que no te lastimes de ti algún día! HEFESTOS Estás viendo ante tus ojos espectáculo horrendo de ver. CRATOS Estoy viendo a ése llevar su merecido. Conque échale una cadena a los costados. HEFESTOS Fuerza me es hacerlo; no porfíes más. CRATOS Pues todavía te mandaré más, y te apretaré con mis voces. Ve por debajo, y átale fuerte las piernas. HEFESTOS Hecho está ya, y no en mucho tiempo. CRATOS Remacha ahora los clavos en los agujeros de los grillos, firme; que es severo el veedor de esta obra. HEFESTOS Cual es tu rostro, así habla tu lengua. CRATOS Tú ablándate, mas no me dés en cara con la arrogancia y aspereza de mi condición. HEFESTOS Pues ya tiene ceñidas a los miembros las cadenas, marchemos. CRATOS Insoléntate aquí ahora, y robando sus atributos a los dioses, aplícalos a los séres de un día. ¿Quiénes serán los mortales para aliviarte tus penas siquiera un punto? Con falso nombre te llaman Prometheo los bienaventurados, pues tú mismo necesitas un Prometheo para saber con qué traza te desenredarás de este artificio. ~(Vanse CRATOS y BÍA y HEFESTOS.)~ PROMETHEO ¡Oh divino éther, y alígeras auras, y fuentes de los ríos, y perpetua risa de las marinas ondas; y tierra, madre común, y tú, ojo del sol omnividente; yo os invoco! Vedme cuál padezco, dios como soy, por obra de dioses. Contemplad cargado de qué oprobios lucharé por espacio de años infinito. ¡Tal infame cadena tuvo para mí el nuevo rey de los felices! ¡Ay! ¡que lamento el mal presente y también el futuro! ¿Cuándo asomará el término de mis penas? Mas, ¿qué digo? Cuanto ha de suceder, bien lo sé de antemano: ningún mal inesperado me avendrá. Forzoso me es llevar mi destino lo mejor que pueda, como quien conoce que el rigor del hado es invencible. Con todo ello ni puedo hablar de mis desdichas, ni soy poderoso a callarlas. Sin ventura yo, que dispensando favores a los mortales, sufro ahora el yugo de este suplicio. Tomé en hueca caña la furtiva chispa, madre del fuego; lució, maestro de toda industria, comodidad grande para los hombres; y de esta suerte pago la pena de mis delitos, puesto al raso y en prisiones. ¡Ay de mí! ¿Qué rumor, qué invisible perfume me envuelve con sus alas? ¿Es divino o mortal, o uno y otro? ¿Viene a esta postrera roca de espectador de mis males, o qué quiere en fin? ¡Miradme encadenado, dios infeliz, enemigo de Zeus, hecho el odio de cuantos pisan su estancia, por mi extremado amor a los mortales! ¡Ah! ¿Qué ruido de aves oigo otra vez junto a mí? Susurra el aire con el leve meneo de sus alas. Cuanto se me acerca póneme espanto. ~(Aparecen las OCEÁNIDAS en un carro alado.)~ CORO Nada temas, que amiga viene a ese risco esta bandada con acelerado aleteo. A duras penas persuadí el ánimo de padre; mas al fin las veloces auras me han traído. El eco del golpeado hierro penetró en lo profundo de mis antros; hízome vencer mi tímida modestia, y sin calzar corrí a ti en este alado carro. PROMETHEO ¡Ay! hijas de la fecunda Tethis, hijas del padre Océano, que se revuelve en torno a la tierra con incansable curso; ved, considerad qué guardia tan poco envidiable haré en la cima de este precipicio, aprisionado con tales cadenas. CORO Viéndote estoy, Prometheo, y una nube de temerosas lágrimas cubre mis ojos al contemplar tu cuerpo consumido en esas rocas entre afrentosos y diamantinos hierros. Nuevos timoneles rigen el Olimpo; Zeus manda a su gusto con desaforadas leyes; lo que ayer era grande, desaparecido es hoy de ante nuestra vista. PROMETHEO ¡Y si me hubiese arrojado en las entrañas de la tierra, en lo profundo del caliginoso imperio, común hospedaje de los muertos, en el inmenso Tártaro, después que me aherrojó con estas bárbaras e indisolubles cadenas! De esa suerte, ni dios, ni otro ninguno de los séres se recrearía en mis males; pero ahora, ¡desdichado! juguete de los vientos, soy con mi padecer regocijo de mis enemigos. CORO ¿Cuál de los dioses será tan fiero de corazón que se recree en estas lástimas? ¿Quién no se dolerá de tus males, si no es Zeus? Él, que airado siempre, siempre recio de condición, oprime al celeste linaje, y que no cederá mientras no sacie su encono, o por ventura alguno con cualquiera industria no le arranque un poder difícil de arrebatar. PROMETHEO Y en verdad que afrentado y todo como estoy con estas viles cadenas que amarran mis miembros, todavía el rey de los bienaventurados habrá necesidad de mí, porque le haga parar mientes en una su nueva resolución que le ha de privar del cetro y sus honores. Y no me ablandará con encantadas y melosas frases, ni por temor a fieros y amenazas se lo he de descubrir, en tanto que no me suelte de estos ásperos hierros, y me dé satisfacción de este ultraje. CORO ¡Siempre temerario! ¡Ni aun en estos acerbos pesares desmayas un punto! Pero eres demasiado suelto de lengua. Temo por tu suerte, y penetrante terror conturba mi ánimo. ¿Cuándo te verás en el puerto tocando al término de tus desdichas? Que el hijo de Cronos es de natural adusto y duro de corazón. PROMETHEO Sé que es áspero, y que hace ley de su albedrío; mas algún día será blando de entrañas cuando de esta misma suerte sea tundido por la desdicha, y entonces bajará su indomable orgullo, y solícito cual yo, vendrá a mi amistad y concierto. CORO Descúbrenoslo todo; cuéntanos en qué delito te cogió Zeus para castigarte tan afrentosa y cruelmente. Habla, si no ha de apenarte su relato. PROMETHEO Doloroso me es de referir; dolor callar; de cualquier modo desdicha. Luego que nació el odio en los inmortales, alzóse la discordia entre ellos. Quiénes querían derribar a Cronos del trono, y que Zeus reinase; quiénes, al contrario, esforzábanse por que jamás llegase a imperar sobre los dioses. En este trance, en vano yo con mejor consejo traté de persuadirlos; no lo conseguí. Despreciando los hijos del cielo y de la tierra, los Titanes, con altanero ánimo, industria y maña, jactábanse de alcanzarlo sin fatiga por sólo la fuerza. Pero ya mi madre Themis, la Tierra, un solo sér con multitud de nombres, habíame profetizado, y no una vez sola, que no con fuerzas y violencias se había de alcanzar la victoria, mas con la astucia. Tal les mostré con razones, y ni aun se dignaron mirarme. En resolución, que puesto en esto, me pareció lo mejor tomar conmigo a mi madre y acudir de grado al deseo de Zeus. Gracias a mí, los caliginosos senos del profundo Tártaro encierran hoy al antiguo Cronos y a sus defensores. Y ahora, ese tirano de los dioses, favorecido por mí con tales servicios, con esta fementida paga me corresponde: que es achaque de la tiranía no fiarse de los amigos. A lo que me demandabais, por qué así me afrenta, yo os satisfaré. Tan pronto como el nuevo señor se sentó en el paterno trono, luego repartió entre los dioses a cada cual su merced, y ordenó el imperio; mas para nada tuvo cuenta con los míseros mortales; antes bien, imaginaba aniquilarlos y crear una nueva raza. Ninguno le salió al paso en sus intentos, sino fuí yo. Yo me arresté; yo libré a los mortales de ser precipitados hechos polvo en el Hades profundo. Por esto me veo ahora abrumado con tan fieros tormentos, dolorosos de sufrir, lastimosos de ver. Movíme a piedad de los hombres, y no soy tenido por digno de ella, mas tratado sin misericordia. ¡Espectáculo ignominioso para Zeus! CORO De férreas entrañas será y hecho de dura roca quien no se ablande con tus quebrantos. ¡Quién no los hubiese visto, que en el alma me duele verlos! PROMETHEO Cierto que para los amigos debo de estar miserable de ver. CORO ¿Pero no fuiste más allá con tus propósitos? PROMETHEO Por mí han dejado los mortales de mirar con terror a la Muerte. CORO ¿Y qué remedio encontraste contra ese fiero mal? PROMETHEO Hice habitar entre ellos la ciega Esperanza. CORO Grande bien es ese que dispensaste a los mortales. PROMETHEO Pues sobre esto, además, puse el fuego en sus manos. CORO ¿Y ahora poseen el esplendente fuego los séres de un día? PROMETHEO Por él aprenderán muchas artes. CORO ¡Y por esos crímenes te trata Zeus tan afrentosamente! ¡y ni aun te rebaja un punto la pena! Pero ¿no hay señalado término alguno a tu aflicción? PROMETHEO Ningún otro sino cuando a él le parezca. CORO ¿Y cuándo le parecerá? ¿Cuál es tu esperanza? ¿No ves que has errado? Mas decir que erraste, a mí no me es grato y a ti ha de dolerte. Dejémos esto, y busca alguna salida a tus desventuras. PROMETHEO Cómodo es a quien tiene el pie fuera de males dar consejos y advertencias al que los pasa. Todo eso ya lo sabía yo. De voluntad erré, de voluntad; no lo negaré. Favoreciendo a los mortales me buscaba trabajos, mas no podía imaginarme que con tal suplicio me había de consumir en esta altiva roca, teniendo por morada el solitario yermo de este monte. Pero no lloréis mis males presentes. Echad pie a tierra, y escuchad las desdichas que me amenazan, porque lo sepáis todo hasta el fin. Venid, venid en lo que os pido, doleos ahora con quien se duele; que el infortunio, vagando en torno nuestro, ahora se acerca a uno, ahora a otro. CORO No lo dices a esquivas, Prometheo. Con leve planta dejo el ligero carro y el éther, pura región de las aves, y desciendo a este escarpado risco; que deseo oír todas tus cuitas. ~(Aparece el OCÉANO en un carro alado.)~ OCÉANO A ti vengo, Prometheo, haciendo una larga jornada en este alado monstruo, que rijo sin otro freno que mi voluntad. Porque ten entendido que me duelo de tus desgracias. A ello me obliga la sangre; así lo juzgo; pero, fuera del parentesco, no hay quien tenga en mi amistad más parte que tú. Ya verás tú cómo es verdad esto que digo, y que no está en mi genio hablar vano y lisonjero de favores. Conque anda; dime en qué se te puede favorecer. Jamás podrás decir que hubo para ti un amigo más firme que el Océano. PROMETHEO ¡Bah! ¿qué es esto? ¿También tú vienes de espectador de mis males? ¿Cómo te has atrevido a dejar la corriente de tu nombre y tus nativos y roqueros antros para venir a la tierra madre del hierro? ¿Llegaste a mí curioso de mi suceso, o compasivo de mis desdichas? ¡Contempla, pues, un espectáculo! ¡Mira a este amigo de Zeus, que le ayudó a afirmar su tiranía, de qué rigores se ve oprimido! OCÉANO Viéndote estoy, Prometheo, y aunque seas tan avisado, todavía quiero aconsejarte lo que te estará mejor. Reconócete, y pues que hay nuevo tirano entre los dioses, muda tú también de procederes. Porque si así lanzas ásperos y punzantes dicterios, con estar Zeus sentado tan alto y lejos de ti, pudiera oírte de modo que el rigor del presente mal le tuvieras por juego. Conque deja esa arrogancia, desdichado, y aplícate al remedio de tu miseria. Quizá te parezca que esto que digo son vejeces; pero estos premios vienen, Prometheo, de una lengua demasiado jactanciosa. Tú no eres nada humilde, ni cedes a los males; antes quieres sobre los presentes traerte otros. Mas si te aprovechas de mis lecciones, no obrarás en tu propio mal, considerando que reina un monarca duro y nada sujeto a dar razón de sus obras. Y ahora parto, y probaré si puedo librarte de estos males. Tú, aquiétate y no seas demasiado atrevido de lengua; pues, ¿no sabes, discreto por extremo como sin disputa eres, que el castigo marca la lengua temeraria? PROMETHEO Dígote que eres feliz, porque después de haber osado tomar parte conmigo en mis penas, aún estás sin que Zeus te culpe. Mas déjalo ya; no te dé cuidado. En manera alguna le persuadirías; que no es blando de persuadir. Y tú ándate con tiento, mirando bien no te acarree algún daño esta jornada. OCÉANO Mejor consejero eres de los demás, con mucho, que no de ti propio; con hechos, no con palabras, lo atestiguo. Pero no me estorbes que corra solícito. Me precio, me precio, sí, de que Zeus me otorgará la gracia de alzarte esta pena. PROMETHEO Gracias, te lo agradezco, y nunca jamás dejaré de agradecértelo; porque en verdad que no omites diligencia. Pero no te molestes, pues cuando quisieras procurar algo por mí, cansaríaste en balde, sin aprovecharme nada. Conque estate quieto, y hurta el cuerpo al peligro; que, ya que soy desdichado, no quisiera por ello que a más que a mí alcanzasen mis desdichas. Cierto que no. Ya me traspasa el infortunio de mi hermano Atlas, que está a pie firme manteniendo en ambos hombros la columna del cielo y la tierra, abrumadora pesadumbre. Ya me lastimo viendo derribado por victoriosa fuerza al terrígena habitador de los cilicios antros, espantable monstruo de cien cabezas; a Tifón el impetuoso, que hizo frente a los dioses. Silbaba muerte por sus horrendas fauces, terrífico fulgor centelleaban sus ojos, como si hubiese de derrocar al empuje de su brazo la tiranía de Zeus; pero el dardo que jamás duerme, vino sobre él. Respirando fuego descendió el rayo, y derribóle de su arrogante jactancia. Herido en las entrañas mismas; abrasado por la llama; asombrado del trueno, cayó aquel poderoso valor. Y ahora yace allá, cuerpo inútil, tendido junto a la angostura del mar, y aprisionado bajo las raíces del Etna, de cuyas altas cumbres, donde Hefestos forja el hierro candente, romperán un día ríos de fuego que devoren con fieras mandíbulas los abundosos y dilatados campos de Sicilia. Tal cólera vomitará Tifón con insaciable e igniespirante torbellino de ardientes saetas, aún carbonizado por el rayo de Zeus. Mas a ti no te falta experiencia, ni necesitas de mis lecciones. Guárdate a ti mismo como sabes, que yo apuraré esta mi suerte hasta tanto que el ánimo de Zeus no aplaque su cólera. OCÉANO ¿No conoces, pues, Prometheo, que las razones son médicos del ánimo enfermo? PROMETHEO Si a tiempo se trata de calmar el corazón; no si se quiere reducirle por fuerza cuando el furor le hincha. OCÉANO Pero en intentarlo y procurarlo, ¿qué mal ves tú que haya? Dime. PROMETHEO Un trabajo excusado y una vana simplicidad. OCÉANO Déjame que enferme de ese achaque; que lo mejor para el sabio es no parecerlo. PROMETHEO Tendríase por mía tu culpa. OCÉANO Claro se ve que con esa respuesta me despides. PROMETHEO Porque no sea que el dolerte de mí te ponga en enemistad... OCÉANO ¿Con quién acaba de sentarse en el omnipotente trono, por ventura? PROMETHEO Guarda que alguna vez no se irrite su ánimo. OCÉANO Maestro es en verdad tu infortunio, Prometheo. PROMETHEO Marcha, pues. Tórnate, y mantente en esos pensamientos. OCÉANO Lo dices a quien se apresura a ponerlo por obra; que ya este cuadrúpedo alado se apresta a surcar la dilatada región del éther, querencioso de echarse a descansar en su establo. ~(Vase.)~ CORO ¡Ay Prometheo, acongójanme tus fieras desdichas! Un raudal de lágrimas brota de mis piadosos ojos, y baña mis mejillas con sus húmedas fuentes. ¡Infelices hazañas son éstas! Reinando con sólo la ley de su albedrío, muestra Zeus su soberbio poder a los antiguos dioses. Ya toda esta región rompe en tristes gemidos, y lloran tu antigua y magnífica grandeza y la de tus hermanos, y se duelen de tus lastimosas desdichas cuantos mortales habitan el vecino suelo de la sagrada Asia; y las vírgenes de la Cólchida, intrépidas en la pelea; y la caterva escytha, que en los postreros términos de la tierra ciñen la laguna Meotis; y la flor de la belicosa Arabia; y quienes sobre el Cáucaso mantienen escarpada fortaleza: fiera gente que brama de furor entre las agudas lanzas. Tan sólo a otro dios había yo visto antes afligido de esa suerte con el tormento de ligaduras que jamás se cansan. Al Titán Atlas, que soporta sin respiro sobre sus espaldas la inmensa pesadumbre del poderoso polo de Uranos. En tanto a sus pies vocean las ondas marinas chocando unas con otras; gime el líquido abismo; brama debajo de la tierra el caliginoso seno del Hades, y las fuentes de los ríos, de sagradas linfas, lloran su miserable angustia. PROMETHEO No imaginéis que callo de desdeñoso ni de arrogante, sino que dentro en el corazón me devora la pena viéndome así tratado. Pues ¿quién otro que yo repartió a esos dioses nuevos todas sus preeminencias? Mas callemos esto, que sería contarlo a quienes lo saben, y oíd los males de los hombres, y cómo de rudos, que antes eran, hícelos avisados y cuerdos. Lo cual diré yo, no en són de queja contra los hombres, sino porque veáis cuánto los regaló mi buena voluntad. Ellos, a lo primero, viendo, veían en vano; oyendo, no oían. Semejantes a los fantasmas de los sueños, al cabo de siglos aún no había cosa que por ventura no confundiesen. Ni sabían de labrar con el ladrillo y la madera casas halagadas del sol. Debajo de tierra habitaban a modo de ágiles hormigas en lo más escondido de los antros donde jamás llega la luz. No había para ellos signo cierto, ni del invierno, ni de la florida primavera, ni del verano abundoso en frutos. Todo lo hacían sin tino, hasta tanto que no les enseñé yo las intrincadas salidas y puestas de los astros. Por ellos inventé los números, ciencia entre todas eminente, y la composición de las letras, y la memoria, madre de las Musas, universal hacedora. Yo fuí el primero que unció al yugo las bestias fieras, que ahora doblan la cerviz a la cabezada, para que sustituyesen con sus cuerpos a los mortales en las más recias fatigas. Y puse al carro los caballos humildes al freno, ufanía de la opulenta pompa. Ni nadie más que yo inventó esos otros carros de alas de lino que surcan los mares. ¡Y después que tales industrias inventé por los hombres, no encuentro ahora, mísero yo, arte alguno que me libre de este daño! CORO ¡Extraño a no dudar es el que padeces! Apartado de tu buen consejo, andas irresoluto. Como un mal médico que enferma, así desmayas tú y no aciertas a dar con qué medicinas puedas curarte. PROMETHEO Escucha lo que resta y más admirarás aún; qué industrias y salidas ideé. Y sobre todo, esto: ¿caían enfermos? pues no había remedio ninguno, ni manjar, ni poción, ni bálsamo, sino que se consumían con la falta de medicinas, antes de que yo les enseñase las saludables preparaciones con que ahora se defienden de todas las enfermedades. Yo instituí además los varios modos de adivinación, y fuí el primero que distinguió en los sueños cuáles han de tenerse por verdades; y díles a conocer los oscuros presagios, y las señales que a las veces salen al paso en los caminos. Y definí exacto el vuelo de las aves de corvas garras; cuáles son favorables, cuáles adversas; qué estilos tiene cada cual de ellas; qué amores, qué odios, qué compañías entre sí. Y qué lustre y color necesitan las entrañas, si han de ser aceptas a los dioses, y la hermosa y varia forma de la hiel y el hígado. Y en fin, echando al fuego los grasientos muslos y el ancho lomo, puse a los mortales en camino de arte dificilísimo, y abríles los ojos, antes ciegos, a los signos de la llama. Tal fué mi obra. Pues, y las preciosidades, ocultas a los hombres en el seno de la tierra: el cobre, el hierro, la plata y el oro, ¿quién podría decir que los encontró antes que yo? Nadie, que bien lo sé, si ya no quisiere jactarse temerario. En conclusión, óyelo todo en junto. Por Prometheo tienen los hombres todas las artes. CORO No te cuides ahora de ellos fuera de lugar, y te abandones a ti propio en el infortunio; que yo tengo buena esperanza de que aún has de ser, suelto de esas cadenas, no menos poderoso que Zeus. PROMETHEO No tiene decretado todavía que eso suceda el Destino que todo lo consuma, sino que después de abrumado de males y tormentos infinitos, entonces escaparé de estas prisiones. Y la industria puede mucho menos que el Hado. CORO Pero... y el timón del Hado ¿quién lo rige? PROMETHEO La trimorfe Moira y las memoriosas Erinnas. CORO ¿Y es Zeus menos poderoso que ellas? PROMETHEO Cierto que sí. No podría esquivar la fortuna que le está deparada. CORO ¿Pues qué le espera a Zeus más que reinar por siempre? PROMETHEO Eso no podrías tú llegar a saberlo. No me aprietes a instancias. CORO Sagrado secreto debe de ser el que ocultas. PROMETHEO Hablad de otro asunto. En manera ninguna es tiempo de publicarlo, antes ha de ocultarse todo lo más posible; que como le guarde, yo escaparé de estos inmerecidos lazos y miserias. CORO Que nunca jamás Zeus, que gobierna todas las cosas, tenga que oponer su poder a mi voluntad. Que nunca jamás ande yo tibia en acercarme a los dioses con piadosas ofrendas de sacrificados bueyes, junto a la inagotable corriente de mi padre el Océano. Ni de palabra le ofenda, antes bien manténgase en mí siempre firme este propósito, y no desfallezca nunca. Dulce es caminar una larga vida entre confiadas esperanzas en tanto que se apacienta el alma con serenos deleites; pero al contemplarte acabado por tormentos sin número, me estremezco de horror. Piadoso en demasía fuiste con los mortales, Prometheo, sin temor de Zeus, y siguiendo sólo tu natural impulso. Y bien, ¡mira cuál ingrata es la recompensa! ¿Quién de los séres de un día será tu amparo? ¿quién tu escudo? ¿Pues no conocías la menguada flaqueza que a modo de un sueño embarga a la ciega raza de los hombres? Jamás los consejos de los mortales prevalecerán contra la ordenación de Zeus. Esto me enseña la contemplación de tus fieros infortunios. ¡Cuán diverso me suena este canto, de aquel de hymeneo que cantaba en rededor de tu baño y lecho con ocasión de tus bodas, cuando persuadida mi hermana Hesione de tus presentes, tomástela por esposa y compañera de thálamo! ~(Sale IO.)~ IO ¿Qué tierra es ésta? ¿qué gente? ¿A quién diré que estoy viendo azotado por la tormenta entre los lazos de esas rocas? ¿Por qué delito te acabas en esos rigores? Dime adónde del mundo llega errante ésta sin ventura. ¡Ay, ay! ¡Mísera yo! Otra vez el tábano me aguija; el espectro del terrígena Argos. ¡Oh tierra, aléjale de mí! En viendo a ese pastor de cien ojos, tiemblo de espanto. Ya se acerca con traidora mirada. Ni aun después de muerto le esconde la tierra. Tornado a mí de lo profundo de los infiernos, me da caza y háceme vagar errante y hambrienta por la playa arenosa, mientras la música y encerada fístula deja oír su adormecedora cantinela. ¡Ay! ¿Adónde ¡oh dolor! adónde me arrastran estas carreras sin término? ¿En qué me hallaste culpada, hija de Cronos, que así me amarras al yugo de estas congojas? ¿En qué? ¡Ah! ¡Y de esta suerte acosas a esta mísera con el furioso aguijón de ese tábano que me aterra y enloquece! Abrásame con tu rayo, o sepúltame bajo la tierra, o hazme pasto de los monstruos marinos. No rechaces mis votos, señor. Harto me ha probado ya este correr sin rumbo, y sin tener ni por dónde sepa cómo me libraré de estos dolores. CORO ¿Oyes el clamor de la bicorne virgen? PROMETHEO ¿Pues cómo no oír a la doncellita a quien hostiga furioso tábano, a la Ináquea? Ella encendió en amores el corazón de Zeus, y aborrecida de Hera, es ejercitada bien a su pesar con carreras dilatadísimas. IO ¿De dónde sabes tú el nombre de mi padre? Dilo a esta infortunada. ¿Quién eres tú, desventurado, quién eres tú que con tanta verdad hablas de sus trabajos a ésta sin ventura? ¿Tú, que has mentado el divino azote que me punza con aguijón furioso, y me consume? ¡Ay de mí, que perseguida por el airado encono de Hera llego hambrienta y desatentada con violentos saltos! ¿Quiénes habrá entre los desdichados que padezcan cual yo padezco? Pero dime claro y sin rebozo: ¿qué me espera aún que sufrir? ¿Qué socorro, qué remedio hay contra mi mal? Muéstramelo si lo sabes. Descúbrete a la mísera virgen errante. PROMETHEO Yo te diré claro todo cuanto deseas saber; no envolviéndolo en enigmas, sino en puridad. Como es justo abrir la boca entre amigos. Ante tus ojos tienes al que dió el fuego a los mortales, a Prometheo. IO ¡Oh tú que te mostraste auxilio común de los hombres, mísero Prometheo!; ¿por qué razón padeces esos ultrajes? PROMETHEO Poco ha que acababa su relación lastimosa. IO Así pues, ¿no me concederías a mí también la gracia?... PROMETHEO Di cuál es la que pides; que no habrá cosa que yo no te diga. IO Dime quién te encadenó a ese risco. PROMETHEO El decreto de Zeus y la mano de Hefestos. IO Mas ¿por qué delito estás cumpliendo esa pena? PROMETHEO Tan sólo con lo que te he indicado te basta. IO Muéstrame a lo menos siquiera cuándo llegará el término del errante correr de ésta sin ventura. PROMETHEO Mejor que saberlo te es ignorarlo. IO No, no me ocultes lo que aún tengo que padecer. PROMETHEO Pero no te envidio el presente. IO En fin, ¿por qué tardas en decírmelo todo? PROMETHEO No es mala voluntad de mi parte, sino que temo herirte el corazón. IO No mires por mí más de lo que yo quisiera. PROMETHEO ¿Lo quieres? Fuerza será hablar. Escucha, pues. CORO Todavía no. Dame a mí también parte en tus mercedes. Sepamos primero por ésta la historia de sus dolores, sus fieros infortunios. Las pruebas por que le resta pasar, tú se las revelarás después. PROMETHEO A ti te toca, Io, venir en lo que desean, por varias razones, y más por hermanas de tu padre. Que es dulce empleo plañir y llorar nuestras desdichas, allí donde hemos de arrancar lágrimas de quien las escucha. IO No sé cómo pueda negarme a vosotros; sabréis, pues, cuanto deseáis. Y sin embargo, ¡cuál me aflige contar de dónde vinieron sobre ésta desdichada esa tempestad que desató la mano de los dioses, y la horrenda transformación de mi rostro! De continuo revoloteaban los sueños durante la noche en mi virginal retiro, y me decían con blandas razones: “Oh felicísima doncella, ¿a qué tanto guardar tu doncellez, cuando te es dado conseguir la mejor de las bodas? Zeus arde por ti herido del dardo del deseo; contigo quiere partir los placeres de Cypris. Ea, niña, no vayas tú a desdeñar el lecho del padre de los dioses. Marcha al fértil prado de Lerna, junto a los rebaños y establos de tu padre, y calma el deseo de los divinos ojos.” Tales sueños me asaltaban una, y otra, y otra noche, hasta que por fin me determiné ¡infeliz! a revelar a mi padre las nocturnas visiones. Él envió más de una vez a consultar los oráculos de Delphos y Dodona por averiguar qué haría o qué diría que fuese grato a los dioses. Pero los enviados tornaban con respuestas ambiguas, oscuras y dificilísimas de interpretar. Por último, que llegó a Ínaco un oráculo claro y terminante, que sin rodeos decía y ordenaba que me arrojase de casa y de la patria, y me dejase correr errante, suelta y libre hasta los postreros confines de la tierra. Donde no, que Zeus lanzaría el encendido rayo, y aniquilaría a todo su linaje. Las palabras de Loxias vencieron a mi padre; echóme de casa; me cerró las puertas. Bien a su pesar fué; bien al mío; pero mal de su grado y todo, Zeus hacíale ceder y tascar el freno. Al punto altérase mi razón y mi faz, asoman en mi frente estos cuernos que veis, y picada por el aguijón de punzante tábano, de un salto furioso me lanzo en las sabrosas Cerneas aguas, y en el collado de Lerna. Un pastor hijo de la tierra me persigue, el implacable Argos, y sus ojos sin número rastrean mis huellas. Privado él de la vida por improvisa y súbita muerte, así y todo, yo siempre en este correr sin tregua, de región en región, aguijada del furioso tábano, y acosada por el látigo de los dioses. Ya sabes mis sucesos. Ahora, si puedes decirme el resto de mis males, habla. Mas no por compasivo me diviertas con engañosas razones; que no hay tan aborrecible peste como la compostura de la frase. CORO Basta, basta, deténte. ¡Ay! Jamás pude pensar, jamás, que llegase a mis oídos relación tan extraña. Calamidades, tormentos dolorosos de sufrir, dolorosos de mirar. Terrores que como dardo de dos filos me traspasan y hielan el alma. ¡Oh Destino, Destino! Me estremezco de horror, Io, al considerar tu triste historia. PROMETHEO Pronto te angustias y llenas de espanto. Espera que sepas lo que falta. CORO Habla, explícate. Modo de alivio es para quien padece saber de antemano qué le aguarda que sufrir todavía. PROMETHEO Queríais lo primero oír de su boca la relación de sus desventuras. Fácilmente habéis alcanzado de mí vuestra demanda. Escuchad ahora lo demás; los rigores con que aún ha de afligir a esta doncellita la mano de Hera. Y tú, hija de Ínaco, graba mis palabras en tu memoria, y sabrás el término de tu camino. De aquí vuelve hacia donde el sol asoma y atraviesa esos incultos campos que jamás sintieron en sus entrañas la reja del arado. Llegarás a los Escithas, gente nómada de certeras flechas, que en lo alto de sus bien dispuestos carros viven bajo tejidas chozas. No te acerques a ellos, sino atraviesa la comarca, enderezando tus pasos por las ásperas orillas que baten las ondas mugidoras. A mano izquierda habitan los Calybes, forjadores del hierro; húyelos, que son feroces y nada hospitalarios. Luego llegarás al río Hybristes, que no niega su nombre. No le pases, que no es bueno de pasar, hasta que no toques en el Cáucaso, el más elevado de los montes, de cuyas sienes mismas arroja el río la hirviente violencia de sus aguas. Fuerza será entonces que ganes sus empinadas cumbres, vecinas de los astros, y desciendas a la banda del Mediodía. Allí hallarás a las Amazonas, guerrera gente aborrecedora de los hombres, que algún día se asentarán en Themiscira a las orillas del Termodonte, donde avanza en el mar la horrenda quijada Salmidessia, enemiga huéspeda de los navegantes; madrastra de sus naves. De muy buena voluntad te enseñarán el camino. Tocarás después en el istmo Cimmerio junto a la misma angosta entrada de la laguna Meotis, cuyo estrecho fuerza será también que con intrépido corazón le salves. Grande memoria de tu paso quedará por siempre entre los mortales, y de tu nombre el estrecho se llamará Bósforo. Con esto habrás dejado a Europa y te hallarás en suelo de Asia. Pero ¿no os parece que aquel tirano de los dioses es igual de violento en todo? Es dios, quiere unirse a esta mortal, y la pone a este correr sin descanso, ¡Cruel galán encontraste, niña! que la relación que acabas de oír no te imagines que es ni siquiera el proemio de tus desventuras. IO ¡Ay de mí! PROMETHEO ¡Otra vez gemir y suspirar! Pues ¿qué harás cuando conozcas el resto de tus males? CORO ¿Por ventura queda aún mal alguno que la anuncies? PROMETHEO Sí; un mar desencadenado de crueles dolores. IO ¡A qué es ya vivir! ¿Y al punto no me arrojaré de esta escarpada roca de modo que me estrelle contra el suelo, y descanse de todas mis penas? Mejor es morir de una vez que padecer malamente por todos los días de la vida. PROMETHEO Mal podrías tú llevar mis trabajos. ¡A mí el Destino no me deja morir! Siquiera la muerte sería el fin de mis sufrimientos; mas ahora no hay término a mis males mientras Zeus no caiga de la tiranía. IO ¿Pues acaso es posible que Zeus caiga jamás del imperio? PROMETHEO Paréceme que te alegrarías de ver ese desastre. IO ¿Y cómo no, yo que tan miserablemente estoy padeciendo por su causa? PROMETHEO Bien puedes tener por cierto que eso ha de suceder. IO ¿Quién le despojará del tiránico cetro? PROMETHEO Él a sí mismo con sus desatentadas resoluciones. IO ¿Cómo? Explícate si no hay mal en ello. PROMETHEO Hará boda tal que algún día le duela. IO ¿Con diosa o con mortal? Dímelo, si se puede decir. PROMETHEO ¿Y a qué? No se debe hablar de esto. IO ¿Será derribado del trono por su esposa? PROMETHEO Ella parirá un hijo más fuerte que su padre. IO ¿Y no habrá para él medio de esquivar este infortunio? PROMETHEO Ninguno, a no ser que yo, libre de estas cadenas... IO ¿Y quién será el que te libre a despecho de Zeus? PROMETHEO Uno de tus descendientes. Así está decretado. IO ¿Qué has dicho? ¿Que un hijo mío te ha de sacar de males? PROMETHEO Cierto. Tu tercer descendiente después de otras diez generaciones. IO Todavía no está muy fácil de alcanzar tu vaticinio. PROMETHEO No busques más ya la averiguación de tus desdichas. IO No me niegues ahora el bien, después de habérmele ofrecido. PROMETHEO De los dos secretos te revelaré uno u otro. IO ¿De cuáles dos? Muéstramelos y dame a elegir. PROMETHEO Doy. Elige, pues, y te diré o los dolores que aún te esperan, o quién ha de libertarme. CORO Concédenos que obtengamos de ti ambos favores. No desoigas mis ruegos. Sepa ella por ti el término de su errante carrera; yo el nombre de tu libertador, que lo ansío. PROMETHEO Pues que tanto lo deseáis, no me negaré a deciros nada de lo que pedís. Primero a ti, Io, te contaré el errante curso de tu agitada carrera. Grábalo bien en las tablillas de tu memoria. Después que hayas pasado el río, confín de ambos continentes, hacia las encendidas puertas orientales por donde el sol asoma, atravesado ya el estrépito del undimugiente mar, llegarás a los Gorgôneos campos de Cisthene. Allí habitan las hijas de Forco. De ellas, tres son las antiguas doncellas de rostro de cisne, con un único ojo y un diente común, a las cuales jamás visitó el sol con sus rayos ni en la noche la serena luna. No lejos están las otras tres hermanas, aladas, de cabellera de serpientes: las Gorgonas, a los humanos aborrecibles. Ningún mortal en viéndolas podría retener en su pecho el aliento de la vida. Con esto ya te digo de qué has de guardarte. Mas atiende a otro temeroso espectáculo. Huye los grifos de corvo pico, mudos canes de Zeus. Huye también los Arimaspos, guerreros de un solo ojo, incansables jinetes que pueblan las orillas del aurífero Pinto. No te acerques a ellos. Llegarás después a la postrera tierra que baña el río Ethíope, cerca del nacimiento del sol; habitación de un pueblo negro. Sigue serpeando las riberas del río hasta la catarata donde el Nilo precipita de lo alto de los montes Biblios la corriente de sus sabrosas y venerandas aguas. El te encaminará a la tierra triangular que ciñe con sus brazos, y allí, en fin, tú y tus hijos fundaréis colonia dilatada. Tal es el decreto del Destino. Ahora, si en esto hay algo de oscuro para ti, y que no alcances, vuelve a preguntar, y apréndelo bien, que más vagar tengo que quisiera. CORO Si algo te queda o te olvidaste de decir sobre su triste historia, dilo; mas si lo hablaste todo, concédenos a nuestra vez la merced que te hemos pedido. Acuérdate de ella. PROMETHEO Io ha oído ya el término y remate de su peregrinación; mas porque vea que no me ha escuchado en vano, yo le diré qué trabajos ha sufrido antes de llegar aquí, dándole este testimonio de mis palabras. Dejaré multitud de sucesos, y voy al término mismo de tus errantes aventuras. Cuando llegaste a los Molossos campos y a la empinada Dodona donde está la fatídica sede de Zeus Thesprocio, ¡extraño prodigio! por las agoreras encinas fuiste saludada claro y sin enigmas, como quien había de ser ínclita esposa de Zeus: si es que hay en esto cosa que pueda lisonjearte. De allí, picada del tábano, te lanzaste, siguiendo la costa, hasta el ancho golfo de Rea, de donde retrocediste, siempre acongojada por tus furiosos saltos. Y sabe que, en la futura edad, aquel marino seno se llamará mar Jonio para perpetuo monumento de tu paso. Sírvate esto para que conozcas que ve mi espíritu más que a primera vista parece. Lo que aún queda, decirlo he por igual a todas vosotras, volviendo sobre el hilo de mi primer discurso. Hay una ciudad en la extrema región de Egipto, Canopos, a la boca misma del río, junto a las arenas que acarrean sus aguas. En ella te volverá Zeus la razón acariciándote con serena mano; tan sólo con tocarte. Y parirás al negro Épafo, así dicho del modo de ser engendrado, el cual cogerá los frutos de cuanta tierra riega el Nilo en su dilatada corriente. Su quinta generación, femenil linaje de cincuenta doncellas, bien a su pesar tornará a Argos huyendo de incestuosas bodas con sus primos. Ellos, abrasados de deseo, como halcones en persecución de palomas, acosaránlas codiciosos de unas bodas que jamás debieron pretender. Un dios las defenderá, y la tierra pelasga recibirá los sangrientos cuerpos de sus perseguidores. Audaz matanza los acechará en la noche hiriéndolos con femeniles manos. Cada esposa hundirá en la garganta del esposo agudo hierro de dos filos, y le arrancará la vida ¡Tal venga Cipris para mis enemigos! Mas el amor ablandará a una de las desposadas para que no dé muerte a quien comparte su lecho; su resolución flaqueará, y puesta a escoger, antes querrá ser motejada de cobarde que no de sanguinaria. De ella nacerá en Argos regia estirpe. Pero el recorrer por sus puntos estos sucesos largo discurso pediría. Con todo ello diré que de esta semilla brotará un hombre arrojado, por sus flechas famoso, que me librará de estos tormentos. Tal es el oráculo que me reveló la Titánide Themis, mi antigua madre. Cómo y cuándo, eso, ni podría reducirse a breve espacio, ni tú ganarías con saberlo. IO ¡Ay! ¡ay de mí, ay de mí! ¡Otra vez el delirio! Insano furor enciende y enajena mi alma. El tábano me punza con aguijón ardentísimo. Estremecido de terror el corazón palpita con rudo golpear dentro del pecho; giran mis ojos en sus órbitas; el furioso viento de la rabia me arrastra; mi lengua no obedece, y turbado el pensamiento en vano lucha con las ondas de mi acerbo infortunio. ~(Vase.)~ CORO ¡Qué sabio que era, qué sabio el primero que en su mente pensó, y con su lengua proclamó, que casarse entre iguales es el mejor partido, y que quien vive de sus manos no ha de codiciar bodas ni con el regalado de la fortuna ni con el ensoberbecido de su linaje! Jamás, jamás, oh Moira, me vea yo en el lecho de Zeus. Jamás me una por esposa a ninguno de los celestiales. Me estremece ver a la casta virgen Io tan fieramente atormentada por Hera con las crueles penas de un correr sin descanso. Una boda igual nada de temible tiene para mí; no la temo. Pero ¡que jamás se fije en mí la inevitable mirada de un dios poderoso! ¡Luchar sin lucha; camino sin salida! No sé qué sería de mí, porque no alcanzo cómo había de esquivar la resolución de Zeus. PROMETHEO Y con todo ello ese Zeus, aun cuando de ánimo tan arrogante, todavía alguna vez ha de ser humilde. Un hymeneo se dispone a celebrar que ha de derribarlo del poder, y derrumbar su trono, y desaparecerle de los que ahora le contemplan. Entonces se cumplirá en sus ápices la imprecación que lanzó su padre Cronos al caer de su secular imperio. Y contra este desastre, fuera de mí, ninguno de los dioses podría mostrarle remedio cierto. Yo lo sé y de qué modo. Asiéntese ahora en su trono muy sosegado y seguro; confíese en el tronante estampido que retumba en las alturas; vibre en su diestra el rayo igniespirante; que todo ello de nada le servirá para no haber de caer con ignominiosa e irreparable caída. Tal contendiente va a buscarse, invencible monstruo que encontrará un fuego más poderoso que el rayo, y un estampido que asorde el trueno, y hará saltar hecha astillas la lanza de Poseidón, el tridente, azote que alborota el mar y sacude la tierra. Cuando se estrelle contra su desgracia entonces aprenderá cuánto va de imperar a ser esclavo. CORO Sin duda haces predicciones de tus deseos para con Zeus. PROMETHEO Lo que ha de cumplirse, y yo deseo, eso es lo que predigo. CORO Y ¿acaso es de esperar que a Zeus le venza alguien? PROMETHEO Y aún han de abrumar su cerviz trabajos más pesados que estos míos. CORO ¿Cómo no temes soltar esas palabras? PROMETHEO ¿Y qué habrá que haga temer a quien por su sino no puede morir? CORO Mas pudiera enviarte Zeus aflicciones más dolorosas que éstas. PROMETHEO Hágalo pues. Todo lo espero. CORO Sabios los que doblan su rodilla ante Adrastea. PROMETHEO Ruega, reverencia, adula siempre al que manda. Para mí Zeus menos que nada me importa. Haga, mande como quiera en este breve tiempo; que no imperará mucho sobre los dioses. Mas he aquí a su correo, al ministro del nuevo tirano. De seguro que viene a anunciarme alguna cosa nueva. ~(Sale HERMES.)~ HERMES A ti, engañador lleno de hiel; pecador contra los dioses, que entregas sus honores a los héroes de un día; a ti, ladrón del fuego, a ti es a quien me dirijo. Padre manda que digas qué bodas son esas por las cuales ha de caer del imperio. Y esto sin enigmas, antes explicándolo punto por punto. No me obligues a segundo viaje, Prometheo, que bien ves que no es con estos modos como Zeus se ablanda. PROMETHEO Gravemente hablado está el discurso y lleno de arrogancia como del ministro de los dioses. Nuevos sois; como nuevos mandáis, y creéis habitar fortaleza que el dolor no ha de asaltar nunca. Pues ¿no sé yo de dos tiranos que han caído de ella? Y todavía he de ver el tercero, al que ahora manda, y bien pronto, y con mayor ignominia. ¿Parécete que tiemblo a los nuevos dioses; que menguado he de bajarme a ellos? Muy lejos estoy de eso. Vuelve pies atrás por el camino que viniste, pues nada de lo que quieres averiguar has de saber. HERMES Con esos fieros te acarreaste ya esta desgracia. PROMETHEO Ten por cierto que no trocaría yo mi desdicha por tu servil oficio; que juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja. HERMES Paréceme que te recreas con tu presente fortuna. PROMETHEO ¡Que me recreo! ¡Que no viera yo recrearse así a todos mis enemigos! Y a ti entre ellos. HERMES Pues qué, ¿a mí también me culpas de tus infortunios? PROMETHEO En una palabra; yo abomino a todos esos dioses que colmados por mí de beneficios, tan inicuamente me pagan. HERMES Ya veo que grave dolencia te hace perder la razón. PROMETHEO Adolezca yo si es dolencia odiar a los enemigos. HERMES Dichoso, serías intolerable. PROMETHEO ¡Ay de mí! HERMES Palabra es esa que Zeus no conoce. PROMETHEO Pero el tiempo va envejeciendo y enseñándolo todo. HERMES Y sin embargo todavía no has aprendido tú a ser prudente. PROMETHEO Cierto, que entonces no te dirigiera yo la palabra, siervo. HERMES ¿No piensas decir nada de lo que padre desea? PROMETHEO Y en verdad que debiéndole tanto debería corresponder al beneficio. HERMES ¿Te burlas de mí como si fuese un niño? PROMETHEO Pues que, ¿no eres tú un niño, y aun más cándido todavía, si esperas que has de saber algo de mí? No hay tormento ni artificio con que Zeus me reduzca a hablar si antes no suelta estas afrentosas cadenas. Por tanto, que caiga sobre mí la llama abrasadora y la nieve de cándidas alas; que rujan los truenos habitadores de las entrañas de la tierra; que todo se conmueva y se confunda todo, que nada me doblará para que declare a manos de quién ha de caer Zeus de su tiranía. HERMES Considera tú si eso puede remediarte. PROMETHEO De antes está todo ello visto y determinado. HERMES Ante los males presentes resuélvete, temerario, resuélvete a pensar cuerdo una vez siquiera. PROMETHEO En vano me importunas exhortándome; como si hablases a las ondas del mar. Que jamás se te ponga en mientes que por temor a sentencias de Zeus me he de hacer de ánimo femenil y he de tenderle las manos como una mujer, suplicando a ese aborrecidísimo que me suelte de estas cadenas. Lejos de mí eso. HERMES Mucho he hablado, lo sé, y que hablaré en vano, porque tu corazón no se mueve ni ablanda con ruegos, antes como potro recién puesto al yugo, así tú tascas el freno, y te resistes violento, y forcejeas contra las riendas. Pero en vano sacas fuerzas de tu necio consejo; menos que nada puede la pertinacia del desaconsejado. Considera qué tempestad y grande ola de males caerá sobre ti sin remedio de no rendirte a mis razones. Hará padre saltar en pedazos esa áspera cumbre con la fulmínea llama en medio del estampido del trueno, y sus despojos cubrirán tu cuerpo y te estrecharán con pesados y roqueros brazos. Después de largo espacio de tiempo volverás a la luz; pero el can alado de Zeus, el águila carnicera vendrá a ti, convidado importuno, todos los días, y voraz te arrancará la carne a pedazos, y se cebará con el negro manjar de tus hígados. Y no esperes el fin de este suplicio hasta que un dios no se preste a substituirte en tus trabajos, y quiera bajar a la obscura morada de Hades y a las caliginosas profundidades del Tártaro. Con que así, determina. No es esto fingida baladronada, sino dicho muy de veras; que la boca de Zeus no sabe decir mentira, y todas sus palabras se cumplen. Mira bien, pues, en derredor tuyo, y reflexiona, y no tengas nunca la arrogancia por mejor que la prudencia. CORO Parécenos que Hermes no habla fuera de propósito, pues que te exhorta a deponer tu pertinacia y seguir la sabia cordura. Escúchale; que es vergonzoso para un sabio aferrarse en su falta. PROMETHEO Ese ha vociferado su embajada a quien ya la sabía. Pero en que un enemigo padezca malamente bajo el poder de su enemigo, no hay afrenta. ¡Caiga, pues, sobre mí el afilado rizo del fuego; conmuévase el éther con el estampido del trueno y el huracán de los vientos desatados; que la tormenta sacuda la tierra en la raíz misma de sus hondos cimientos; que invadan las olas del mar con bárbara furia los celestes caminos de los astros; que arrastre mi cuerpo el irresistible torbellino de la necesidad hasta el fondo del negro Tártaro! ¡Como quiera no podría darme la muerte! HERMES ¡Esas son las palabras y razones que es posible oír de los mentecatos! ¿Qué le falta a tu demencia? ¿Por ventura a tratarte mejor se calmarían tus furores? Pero a lo menos vosotras, que os doléis de sus miserias, alejaos de estos lugares al punto. El horrendo rugir del trueno os dejaría atónitas. CORO Dime, aconséjame cualquiera otra cosa, y serás obedecido; pero esas palabras que has pronunciado no las puedo tolerar. ¿Cómo? ¡Tú me mandas rendir culto a la cobardía! En los males que haya de padecer, con él quiero entrar a la parte; que yo aprendí a odiar a los traidores, y no hay ruindad que más me repugne que esa. HERMES Pues acordaos de lo que a tiempo os he advertido, y cuando os asalte el mal no acuséis a la fortuna, ni digáis jamás que Zeus os hirió con improviso golpe. En verdad que no, sino vosotras mismas, que a ciencia cierta, y no a deshora ni con cautela, seréis cogidas por vuestra locura en la red del infortunio, de la cual nadie se desenvuelve. ~(Vanse HERMES y las OCEÁNIDAS.)~ PROMETHEO Ya las palabras son obras. La tierra se agita, y el eco del trueno ruge en sus hondas entrañas; y las inflamadas vueltas del rayo fulguran en el aire; y el polvo se levanta en revuelto torbellino, y los ímpetus todos de los vientos se desatan, y en encontrados soplos se chocan en porfiada pelea; y el mar y el aire se encuentran y confunden. Contra mí a no dudar, y de parte de Zeus, viene esta furia poniendo espanto. ¡Oh deidad veneranda de mi madre!, ¡oh éther, que haces girar la luz común para todos, viéndome estáis, cuán sin justicia padezco! [Ilustración] [Ilustración] _LOS SIETE SOBRE THEBAS_ ~Aparece ETEOCLES, el CORO y PUEBLO.~ ETEOCLES Ciudadanos de Cadmo: menester es que en la ocasión hable quien vela por la república, sentado en la popa de la ciudad, timón en mano, y sin rendir los ojos al sueño. Porque si salimos con bien se dirá: ¡un dios lo hizo!; pero si, lo que no suceda, sobreviene un desastre, sólo Eteocles será el infame que andará en coplas entre los ciudadanos, y contra él irán los ayes y clamores. ¡Líbrenos de ello Zeus, defensor, y haga con la ciudad de los cadmeos según su nombre! Hora es esta de que vosotros todos, el que aún no ha llegado a la flor de la mocedad, y el que ha tiempo que salió de ella, y el que sustenta un cuerpo lleno de vigorosa lozanía, cada cual, cuidadoso como debe, defienda la ciudad y las aras de los dioses patrios, porque jamás sean privados de sus honores; y a los hijos, y a la tierra madre, amorosa nodriza que tomando sobre sí toda la fatiga de vuestra infancia, os criaba cuando de niños os arrastrabais por su propicio suelo, como a quienes habíais de ser sus habitadores fieles, que la han de cubrir con sus escudos en este trance. Hasta el presente día sin duda que algún dios se inclina a nosotros benigno. Asediados, durante ese tiempo, gracias a los dioses, las más veces nos ha sido la lucha favorable. Pero hoy, el adivino, ese pastor de las aves, que sin ayuda del fuego pesa en su oído y ánimo con no engañoso arte los agoreros signos; ese dueño de los augurios nos anuncia que anoche se juntaron los Aqueos, y determinaron el ataque decisivo contra la ciudad. Ea, pues, lanzaos a las almenas y a las entradas de las torres; corred, armaos de todas armas, poblad las defensas, manteneos firmes en las plataformas de los baluartes, y apostados en las avenidas tened buen ánimo, y no temáis a una turba de extranjeros. El dios, que lo ha comenzado bien, lo acabará. Por mi parte he enviado espías y exploradores del campo. Espero que no han de perder la jornada, y en oyéndoles no seré tomado de sorpresa. ESPÍA Eteocles, óptimo príncipe de los cadmeos, torno de allá trayéndote nuevas ciertas del campo; yo mismo he sido espectador de los sucesos. Siete caudillos, hombres impetuosos, desollaron un toro sobre un herrado escudo; mojan luego sus manos en la sangre de la taurina víctima, y juran por Ares, por Enio y por Febo, ávido de matanza, asolar la ciudad, y devastar la fortaleza de Cadmo, a morir empapando en su sangre esta tierra. Después con aquellas mismas sangrientas manos cuelgan del carro de Adrasto las caras prendas que han de ser en el hogar memoria para sus hijos, y las lágrimas salen hilo a hilo de sus ojos, pero ni un ¡ay! de su boca. Antes sus almas de hierro, ardiendo en coraje, respiran muerte como leones que olfatean la sangre. Y no se ha de tardar perezosa la prueba de estos hechos, porque los he dejado echando suertes, a fin de que cada cual mueva su hueste contra la puerta que los dados le señalen. Por tanto, escoge al punto los guerreros más esforzados de la ciudad, y apóstalos en las avenidas de las puertas, que ya el ejército argivo, todo él armado, se acerca a toda prisa, y avanza entre nubes de polvo, y la blanca espuma salpica el llano, desprendida en gotas del agitado resuello de los corceles. Tú, pues, asegura la ciudad como prudente patrón de esta nave, antes que los vientos de Ares se suelten impetuosos. Ya ruge la terrestre onda de los sitiadores. Pronto, aprovecha cuanto más antes la ocasión de la defensa. Yo seguiré todo el resto del día con ojo vigilante y fiel, y sabedor tú con puntualidad de lo que ocurra de puertas afuera, estarás a salvo de todo golpe. ETEOCLES ¡Oh Zeus! ¡oh Gea! ¡oh vosotros, dioses tutelares de la ciudad! ¡Oh Maldición y formidable Erinna de mi padre! ¡no queráis hacer presa de enemigos, y entregar a todo devastador estrago, y arrasar hasta los cimientos ciudad donde corre el habla de Hélade y hogares en que se alzan vuestras aras! ¡Jamás esta libre tierra ni la ciudad de Cadmo sufran el yugo de la servidumbre! Sed nuestro baluarte. Vuestra como nuestra es la causa porque abogo. Así lo espero, que en la buena fortuna es cuando una ciudad hace honor a los dioses. ~(Vanse ETEOCLES, el ESPÍA y el PUEBLO.)~ CORO ¡Ay que temo que habré de lamentar grandes dolores! El ejército ha dejado ya el campo y avanza con fiera acometida. Hacia aquí corre innumerable vanguardia de gente de a caballo. Esa nube de polvo que se cierne en el aire, me lo está anunciando, mensajero mudo, pero bien cierto e infalible. El fragor de la tierra, sacudida por los equinos cascos, se levanta de entre el polvo, y se acerca, y vuela, y brama a modo de victorioso torrente que con estruendo del alto monte se derrumba. ¡Oh dioses, oh diosas! apartad de nosotros el mal que nos asalta. Las haces cubiertas de sus lucientes escudos se lanzan con precipitada furia sobre la ciudad, prontas a la acometida; su vocear domina las murallas. ¿Qué dios nos defenderá? ¿Qué diosa será en nuestro socorro? ¿Ante cuál de estos simulacros de los dioses me postraré en súplica? ¡Oh bienaventurados, que ocupáis esos espléndidos tronos, llegó el momento de abrazarnos a vuestras imágenes! -- ¿A qué es tardar gimiendo tanto? -- ¿Oís o no oís el choque de los escudos? ¿Cuándo pensaremos en ceñirnos velos y coronas, y elevar nuestras súplicas, si ahora no?... Siento un estrépito. ¡Ay que no es el golpe de una sola lanza! -- ¿Qué harás, oh Ares, antiguo señor de este pueblo? ¿Harás traición a una tierra que es tuya? ¡Oh dios de casco de oro, contempla, contempla la ciudad a quien tanto amor tuviste algún día! -- Dioses tutelares de la patria, acudid todos, acudid; echad una mirada sobre este aterrado coro de vírgenes que os suplican temerosas de la esclavitud. En torno a la ciudad una ola de guerreros de ondeantes penachos hierve mugidora, hinchada por el aliento de Ares. -- ¡Oh Zeus, padre sumo, defiéndenos de ser presa de nuestros enemigos! Porque los Argivos rodean la ciudad de Cadmo, y con ellos el terror de las marciales armas. Los frenos que sujetan las equinas bocas dicen con lúgubre son: ¡muerte! Siete hombres audaces que se señalan entre todo el ejército por sus ricas armaduras, blandiendo sus lanzas, amenazan las siete puertas, cada cual la que la suerte le ha deparado. -- Hija de Zeus, potestad amiga de los combates, ¡oh Palas! sé el salvaguarda de la ciudad. -- Y tú, creador del caballo, Poseidón, señor que dominas los mares con el tridente azote de los marinos peces, líbranos, líbranos de estos terrores. -- Y tú, Ares, ¡ay de mí! guarda la ciudad que lleva el nombre de Cadmo, y haz ostentación de tu alianza. -- Primera madre de nuestro linaje, Cipris, ven en nuestra defensa. De tu sangre nacimos, a ti llegamos ahora clamando, a ti con súplicas, que sin duda escucharán tus oídos de diosa. -- Numen tutelar, Matador de lobos, por nuestros lastimosos clamores, sé el matador de esos lobos de nuestros enemigos. -- ¡Oh virgen hija de Latona, ármate bien de tu arco, propicia Artemisa! -- ¡Ah, ah, que oigo en derredor de los muros el estruendoso rodar de los carros! -- ¡Augusta Hera! En los cubos de las ruedas rechinan pesadamente los ejes oprimidos. ¡Propicia Artemisa! -- ¡Ah, ah! El aire brama enfurecido, azotado por las lanzas. ¿Qué te espera que padecer, ciudad nuestra? ¿Qué será de ti? ¿Qué fin te depararán los cielos en estas desventuras? -- ¡Ay, ay! -- Una granizada de piedras viene sobre las almenas de las torres. -- ¡Oh propicio Apolo! Retumba en las puertas el estrépito del golpeado cobre de los escudos. ¡De Zeus venga el piadoso término rematador del combate! -- Y tú, que habitas enfrente de la ciudad, Onca, bienaventurada señora, defiende esta tu morada de las siete puertas. -- ¡Oh deidades prepotentes; excelsos dioses y diosas, custodios de las torres de esta tierra, no entreguéis la ciudad al hierro de un ejército que habla una lengua extraña! Escuchad, escuchad los justos ruegos de unas vírgenes que os tienden las manos suplicantes. Dioses amigos, rodead la ciudad, protegedla; mostrad cómo la amáis. Velad por los públicos sagrados ritos; velad por ellos, defendedlos. Haced memoria de las fiestas abundosas en víctimas, que con voluntad pronta este pueblo os consagra. ~(Sale ETEOCLES.)~ ETEOCLES Yo os pregunto, ganado insufrible, ¿es esto mostrarse pronto a hacer bien a la ciudad, y salvarla, y dar aliento a sus asediados defensores? ¿Es esto? ¡caer ante las imágenes de los dioses tutelares, y gritar, y vocear, ralea aborrecida de los sabios! Jamás, ni en la mala ni en la buena fortuna, viva yo bajo un mismo techo con gente mujeril; que como ella domine, ¡qué intolerable petulancia! mas si algo teme, no hay peste como ella para su casa y pueblo. Ahora, con este gritar y este correr de un lado a otro, ponéis cobarde desaliento en el ánimo de los ciudadanos, y ayudáis a maravilla las armas de los de afuera. Nosotros mismos nos destruimos aquí adentro. He ahí lo que puedes sacar de vivir con mujeres. Mas si alguien no se sujetare a mis órdenes, hombre o mujer o lo que quiera que sea, contra ellos se dictará sentencia de muerte, y no habrá cómo escapen de ser apedreadas por el pueblo en público suplicio. Pues que al hombre tocan las cosas de afuera, no se entrometa la mujer en esto; estése dentro de casa, y no haga daño. ¿Oís, o no oís? ¿hablo con sordas por ventura? CORO ¡Oh amado hijo de Edipo! Temí oyendo el estruendoso rodar de los carros, y el girar rechinante del cubo de las ruedas, y el gemir de esos frenos, hijos del fuego; timones que rigen las hípicas bocas, sin dormir jamás. ETEOCLES ¡Y qué! ¿Acaso huyendo de la popa a la proa es como el piloto encontrará camino de salvación cuando fluctúe entre las ondas la combatida nave? CORO Dirigíame yo corriendo a los antiguos simulacros de los bienaventurados, puesta en ellos mi confianza, cuando llegó hasta mí el fragor de la funesta tempestad que a modo de apretada nieve caía sobre las puertas, y entonces con el terror elevé a los dioses mi voz suplicante, por que tiendan su auxilio sobre la ciudad. ETEOCLES Orad por que los muros resistan el empuje de los sitiadores. CORO Pues en verdad que de los dioses depende. ETEOCLES Mas también es común sentencia, que ciudad tomada los dioses la abandonan. CORO En mi vida me abandonen estos dioses, ni vea yo la ciudad entrada por asalto, y abrasada su gente por el fuego enemigo. ETEOCLES Con invocar a los dioses no vayas a resolver en mi daño, mujer; que, como dice el proverbio, la obediencia al que manda es madre del buen suceso que salva. CORO Razón tienes; pero más alta potestad es la de los dioses, que muchas veces levanta al desvalido de entre sus males, y desvanece la densa niebla de dolor que se tendía delante de sus ojos. ETEOCLES A los hombres toca, cuando los enemigos intentan atacar, ofrecer sacrificios a los dioses, y consultar los oráculos; a ti callar y permanecer dentro de casa. CORO Gracias a los dioses habitamos hoy una ciudad que no ha sido tomada, y nuestras torres rechazan a la impetuosa muchedumbre enemiga. ¿Qué hay de odioso y reprensible en esto que digo? ETEOCLES No te niego que honres al linaje de los inmortales; pero de modo que no vuelvas pusilánimes a nuestros defensores. Permanece serena, y no hagas extremos de dolor. CORO Oí de improviso estrepitoso tumulto, y trémula y aterrada me refugié en esta acrópolis, venerando sagrario de nuestros dioses. ETEOCLES Pues ahora, si oís hablar de muertos y heridos, no los recibáis con sollozos, que con esa carnicería de hombres se alimenta Ares. CORO ¡Oigo el relinchar de los caballos! ETEOCLES Si lo oyes, haz como si no oyeses. CORO Gime la fortaleza estremecida en sus cimientos como si los enemigos la rodeasen. ETEOCLES Sobre estos negocios basta con que yo determine. CORO Estoy temblando; crece en las puertas el estrépito. ETEOCLES ¿No callarás? Guárdate de decir palabra en Thebas. CORO ¡Oh consejo altísimo de los dioses, no entregues estos baluartes! ETEOCLES ¡Noramala! ¿No podréis sufrir en silencio? CORO ¡Que no me vea yo en la esclavitud, dioses de mi patria! ETEOCLES Tú misma, tú nos harás esclavos, a mí, y a ti, y a la ciudad entera. CORO Omnipotente Zeus, vuelve tu rayo contra los enemigos. ETEOCLES ¡Oh Zeus, y qué casta nos has regalado! ¡las mujeres! CORO Míseras como los hombres cuya ciudad es tomada. ETEOCLES ¿Otra vez andáis abrazando esas estatuas, y augurando males? CORO Falta ya de alientos, el terror se lleva tras sí mi lengua. ETEOCLES Si me otorgases una corta merced que yo te demandara... CORO Dila cuanto antes, y así la sabré pronto. ETEOCLES Que calles, ¡infeliz! y no atemorices a nuestros amigos. CORO Me callo. Sufriré con los demás lo que está decretado. ETEOCLES Prefiero ese modo de hablar a aquellas tus palabras de antes. Pero apártate de esas estatuas, y ruega por lo que importa más que todo: que los dioses peleen en nuestra ayuda. Escucha ahora mis votos, y depuesto el temor del enemigo, respóndeme cantando el sagrado Peán, jubiloso himno henchido de guerreras esperanzas; estilo de la patria Hélade; compañía de los sacrificios; aliento del soldado. Yo hago votos a los dioses tutelares de nuestra ciudad, y a los que habitan y cuidan nuestros campos, y a los que vigilan y presiden nuestra pública Ágora, y a la fuente Dircea, sin que exceptúe las aguas del Ismeno; digo, que hago voto, si alcanzamos próspero suceso, y la ciudad se salva, de enrojecer las aras de los dioses con la sangre de las ovejas, e inmolar en su honor taurinas víctimas, y colgar en sus santas moradas los trofeos y las vestiduras de nuestros invasores y los enemigos despojos, que ostenten las gloriosas señales de nuestras lanzas. Tales votos como éstos has de hacer tú a los dioses; pero no con gemidos, y vanos y broncos ayes. Así no evitarías mejor lo que esté decretado. Pero marcho a disponer con toda diligencia otros seis adalides, y yo iré de séptimo, que apostados en las avenidas de las siete entradas de los muros, haremos cara a los enemigos antes que vuelvan apresurados los espías, y sus nuevas corran veloces, y con lo apretado de la necesidad lo enciendan todo. ~(Vase.)~ CORO Procuro obedecerte; pero el temor no deja que descanse mi pecho. Como paloma criadora, que a la vista del dragón se agita en el mísero nido, y tiembla por sus polluelos, así las ansias, que hacen habitación en mi alma, aumentan mis terrores. -- El ejército todo viene derecho en apretadas haces hacia nuestras torres. ¿Qué va a ser de mí? De todas partes arrojan sobre nuestros soldados una granizada de asperísimas piedras. Dioses hijos de Zeus, haced todo esfuerzo en defensa de la ciudad y ejército de Cadmo. ¿Por qué otro suelo mejor cambiaríais este suelo, si abandonaseis esta tierra de profundos y henchidos surcos, y el agua Dircea, la más saludable entre cuantas buenas de beber envía Poseidón, el que entre sus brazos abarca la tierra, y los hijos de Tetis? Enviad, pues, dioses tutelares de mi patria, contra los que están fuera de muros la espantable derrota, perdición del soldado que hace arrojar las armas; dad el triunfo a los thebanos, y por nuestras lastimeras súplicas permaneced por siempre en vuestros ricos tronos para ser los defensores de Thebas. Miserable cosa sería que una tan antigua ciudad fuese precipitada en el Hades. Que por permisión de los dioses se viese esclava, hecha presa de las armas enemigas, afrentosamente asolada por el aqueo, y vuelta en cenizas inertes. Que las mujeres ¡ay de mí! jóvenes y ancianas fuésemos llevadas por fuerza de las crenchas de nuestros cabellos a modo de yeguas, y desgarradas nuestras túnicas. Y en la desierta ciudad resonarían los apagados ayes de los cautivos moribundos. Ya antes de que suceda tan funesta desdicha se llena de terror mi alma. Y bien de llorar sería para las delicadas doncellas dejar sus casas por un camino odioso, ya agostadas por bárbara fuerza, que arrebató los frutos verdes aún, antes que un legítimo hymeneo los gozase. ¡Qué por más dichoso tengo a quien muere, que no a éstas sin ventura! ¡Ay de mí, que ciudad entrada luego padece muchos infelicísimos males! Los unos haciendo cautivos a los otros, y dándoles muerte, y llevando a todas partes el incendio; la ciudad entera toda ella envuelta e infestada de humo; mientras el domador de los pueblos, Ares, atropella toda piedad, y sopla enfurecido. Dentro de muros estrépito temeroso; fuera, una valla de picas que a modo de torre inexpugnable encierra a los vencidos. Al bote de lanza de un hombre cae muerto otro hombre. Resuena en el aire el vagido lastimero de los recién nacidos que espiran ensangrentando con su propia sangre el materno pecho que les sustenta. Tras de esto aquel correr codicioso de acá para allá, seguido de su hermano el pillaje. El afortunado, que hizo presa, se encuentra y topa con otro afortunado, rico de despojos, y el apocado, que va con las manos vacías, deseoso de su parte, incita a voces a quien como él va de vacío. Y no la buscan menor ni siquiera igual, sino cada cual mayor que la de los otros. ¿Qué podrá esperarse después de esto? Derramados por el suelo toda suerte de frutos son dolor de quien se los halla, y amargura de los ojos del ama cuidadosa. Revueltos en confuso montón, corren muchos en sórdidas y vilísimas ondas los regalados dones de la tierra. Las tiernas doncellas esclavas sufren con nuevo dolor, como a un enemigo más poderoso, el servil lecho de quien las logró por su buena fortuna. Su esperanza es que venga la sempiterna noche y les libre de sus lastimosísimos dolores. PRIMER SEMICORO ¡Oh amigas! he ahí el espía que llega, y según me parece trae alguna nueva del ejército. Bien de prisa viene, y apretando el paso. SEGUNDO SEMICORO Y aquí está el rey en persona, el hijo de Edipo, a saber las nuevas que el espía tan oportunamente trae. También a él apenas le deja la prisa fijar la planta en el suelo. ~(Salen ETEOCLES y el ESPÍA.)~ ESPÍA A ciencia cierta puedo decirte el estado de los enemigos, y qué puerta le cupo a cada cual en suerte. Ya Tideo brama de furor frente a la puerta Prétida. El adivino no le deja pasar las aguas del Ismeno porque las entrañas de las víctimas no le son favorables; y Tideo, fuera de sí y ansioso de pelear, se desata en voces, como hambriento león en silbos al calor del mediodía y provoca con denuestos al sabio vate hijo de Oídeo, acusándolo de retroceder medroso, con bajeza de ánimo, ante la pelea y la muerte. Y gritando así, sacude el triple penacho; la crinada cabellera hace negra sombra al yelmo, y bajo la trémula mano claman terror las resonantes y cóncavas labores de su broncíneo escudo. En él lleva esta arrogante empresa: un cielo, hecho a cincel, todo encendido por los astros, en medio del cual brilla resplandeciente la luna llena, gloria de las estrellas y ojo de la noche. De esta suerte está a la orilla del río, y salta loco de ufanía con el soberbio aparato de sus armas, y vocea, y llama a combate, no de otro modo que fogoso corcel, en oyendo el són de la corneta, se ensaña con el espumante freno, y quiere lanzarse a la batalla. ¿Quién le opondrás? Una vez que la puerta de Preto sea forzada ¿quién será poderoso a hacerle frente? ETEOCLES No me asusto yo de afeites de hombre ninguno; ni los motes hacen heridas, ni muerden penachos y sonoros cobres sin la lanza. Y en cuanto a esa noche que dices hay en el escudo, resplandeciente con los astros del cielo, acaso esa locura pudiera ser profecía para alguno. Por que si cae sobre sus ojos la noche de la muerte, vendrá a ser esa arrogante empresa bien justa, y verdadera, y significativa para su mantenedor, y el agorero de su propia afrenta. Yo pondré contra Tideo por defensor de esa puerta al virtuoso hijo de Astaco, de muy generosa sangre, honrador del trono del honor, y aborrecedor de jactanciosas frases. Tímido sólo para toda acción fea, jamás conoció la cobardía. Trae su estirpe de aquellos hombres nacidos de la siembra de Cadmo, que perdonó Ares, y es de pura raza thebana. Tal es Melanippo. Ahora Ares jugará a los dados la victoria, mas como quiera la ley de la sangre designa a Melanippo para defender de la lanza enemiga a la madre que le parió. CORO Así los dioses den ahora a mi mantenedor tan buena fortuna como justicia le asiste al alzarse en armas por la ciudad; pero temo ver el fin sangriento de los que van a morir por los que les son caros. ESPÍA Sí, quieran los dioses darle buena suerte. La puerta de Electra tocóle a Capaneo, el cual es otro gigante mayor que el sobredicho, cuya arrogancia no razona a lo humano. Amenaza las torres con estragos que jamás permita la fortuna, y dice que, quiera el cielo o no quiera, que él ha de destruir la ciudad, y que la ira misma de Zeus, que se clavase en el suelo a su paso, no le detendría en su camino. Para él lo mismo se le da de relámpagos y rayos que de los calores del mediodía. Tiene por empresa un hombre desnudo armado de encendida tea, y que dice en letras de oro: “Yo incendiaré la ciudad.” Contra un tal hombre como éste envía... Mas ¿quién le hará cara? ¿Quién esperará sin temblar a hombre que viene tan arrogante? ETEOCLES Ventaja sobre ventaja. La lengua es el verdadero acusador de los vanos pensamientos de los hombres. Capaneo amenaza, pronto a hacer lo que dice, y menosprecia a los dioses, y suelta su lengua con necia alegría, y, mortal como es, lanza a voces arrebatadas palabras que llegan hasta el mismo Zeus. Pero confío que ha de venir sobre él, y con razón, el ignífero rayo, y nada semejante a los ardores del sol de mediodía. Tan baladrón y todo, contra él está designado un hombre que arde en coraje, el impetuoso Polifónte, defensa bastante del puesto con el favor de su patrona Artemisa y de los demás dioses. Dime otro de los destinados por la suerte para las restantes puertas. CORO Perezca quien se gloría lanzando tan terribles amenazas contra la ciudad. Que el golpe del rayo le destruya antes que invada mis hogares, y me arroje con lanza soberbia de mi virginal retiro. ESPÍA Voy, pues, a decir a quien señaló en seguida la suerte para otra de las puertas. Salió la tercer jugada del cobrizo fondo del yelmo, y fué para Eteoclo, a quien toca llevar su gente sobre la puerta de Neis. Él entonces hace revolverse a las yeguas, que relinchan impacientes bajo el freno, codiciosas de volar a las puertas. Los férreos bocados silban con rudo estilo, cubiertos del resuello espumoso que se exhala de las dilatadas narices. El escudo que lleva está pintado con nada humilde adorno: un hombre armado, que va subiendo los peldaños de una escala arrimada a una torre enemiga que quiere destruir; el cual vocifera estas palabras escritas: “Ni el mismo Ares podrá arrojarme de esta torre.” Envía también contra éste un hombre que sea capaz de apartar de Thebas el yugo de la esclavitud. ETEOCLES He aquí a quien puedo enviar, y pienso que con alguna fortuna: a Megareo, hijo de Creonte, del linaje de los hombres sembrados. Ya partió a su puesto. No ostentan sus manos pomposos alardes; pero no retrocederá por temor a estrepitosos relinchos de caballos fogosos, antes bien o morirá, pagando así a la patria la deuda de su crianza, o se apoderará de los dos hombres y de la ciudad del escudo, y alhajará con estos despojos la casa de su padre. Cuéntame las baladronadas de otro; di, y no omitas palabra alguna. CORO Pido a los cielos ¡oh defensor de mis hogares! que seas afortunado en tu empresa, y que les sea contraria a nuestros enemigos. Como ellos con enfurecido ánimo se desatan en amenazas insolentes contra la ciudad, así los mire airado Zeus justiciero. ESPÍA El cuarto, a quien corresponde la puerta de Atenea Onca, es el gigante de Hippomedonte, de desaforada estatura, que viene a nosotros con grandes voces. Como comenzase a voltear un enorme disco que trae, quiero decir, el círculo de su escudo, temblé de miedo; no diré lo contrario. Y no era ningún torpe el grabador de empresas que cinceló en él este asunto: Tifón arrojando por la igniespirante boca la negra humareda, ágil hermana del fuego. Y todo alrededor de la honda cavidad del disco, está todo él incrustado de entrelazadas madejas de serpientes. En cuanto a Hippomedonte, da jubilosos alaridos de guerra, y lleno del furor de Ares corre a la lucha arrebatado y loco como una bacante, y despidiendo terror de sus ojos. Fuerza es guardarse bien de la acometida de un tal enemigo, que ya su arrogancia ha llevado el terror a aquella puerta. ETEOCLES Ante todo, Palas Onca, que asiste en la ciudad vecina a esa puerta, perseguirá con su odio la insolencia de ese hombre, y le rechazará de sus polluelos como a dragón dañoso. Además el adversario que se le ha elegido es el insigne hijo de Enopo, Hiperbio, que está deseoso de probar su suerte en este trance de fortuna. Y nada hay que tacharle ni en la apostura, ni en el valor, ni en el arreo de las armas. Con razón los ha juntado Hermes, porque irán enemigo contra enemigo, y llevarán en sus escudos dioses enemigos. Pues si Hippomedonte tiene a Tifón respirando llamas, en el escudo de Hiperbio está sentado Zeus, firme y reposado, con el rayo ardiente en la diestra; y nadie vió todavía a Zeus vencido de vencedor alguno. ¡Y he aquí cuánto vale la amistad de los dioses! nosotros estamos con los vencedores; ellos con los vencidos, porque si Zeus pudo más en la pelea que Tifón, así es natural que suceda ahora con los dos contrarios. Zeus que está en el escudo de Hiperbio, será su salvador según reza la empresa. CORO Yo confío que quien lleva en el escudo y pone enfrente de Zeus una figura que le es odiosa, el cuerpo de un dios sepultado bajo la tierra, imagen por igual aborrecida de los hombres y de los eternos dioses, que ha de dejar su cabeza en nuestras puertas. ESPÍA Que sea así. Pero voy a hablar del quinto, que está apostado en la puerta del Bóreas, junto al sepulcro del divino hijo de Zeus, Anfión. Jura por la lanza que sustenta, y que lleno de arrogancia tiene en más veneración que a un dios, y la quiere más que a las niñas de sus ojos, que a despecho de Zeus ha de asolar la ciudad de Cadmo. Quien así vocifera es un hombre de hermoso rostro, casi niño, aún no salido de la mocedad, retoño de una madre habitadora de las selvas. Apenas apunta en sus mejillas el ligero bozo, que con la edad crece y se torna espesa barba; pero de niño sólo tiene rostro y nombre. Allá está retándonos, con la fiereza en la mirada y la crueldad en el corazón. Y tampoco éste se llega a nuestras puertas sin alardear de jactancioso. Juega un ancho y broncíneo escudo, que defiende en redondo su cuerpo, y en él lleva la figura de la afrenta de nuestra ciudad; la Esfinge carnicera, hecha de bulto y con primoroso arte claveteada, y toda resplandeciente. Bajo sus garras tiene un Cadmeo, de modo que contra él vengan la mayor parte de nuestros dardos. Mas no parece que el árcade Parthenopeo viene a hacer tráfico de la guerra, y deshonrar el término de una larga jornada. Extranjero educado en Argos, este tan valeroso guerrero, por pagar a los Argivos los cuidados de su crianza, amenaza ahora nuestras torres con estragos que jamás cumplan los dioses. ETEOCLES ¡Si alcanzasen de los dioses para sí lo que contra nosotros piensan con esas sus impías vanidades! ¡A buen seguro que no pereciesen todos con entera y miserabilísima ruina! También para ese, que tú dices el Arcade, hay un hombre nada jactancioso, pero cuya mano sabe lo que hay que hacer; Actor, hermano del que he nombrado antes, el cual no dejará que una vana lengua sin obras corra suelta dentro de nuestros muros para aumento de nuestras desdichas, ni que entre jamás quien ostenta en el enemigo escudo la imagen de una fiera, el más aborrecido de los monstruos, que cuando se halle puesta a la espesa nube de dardos que sobre ella irán de la ciudad, se revolverá acusadora contra quien la lleva. Con la voluntad de los dioses, saldrán verdades mis palabras. CORO Tus razones penetran hasta el fondo de mi pecho; pero los cabellos se me erizan de horror al oír las soberbias amenazas de esos hombres impíos y arrogantes. ¡Así hagan los dioses que perezcan en esta tierra! ESPÍA El sexto, de quien hablaré al punto, es Anfiareo el adivino, varón prudentísimo, y en el combate por extremo valeroso. Apostado frente a la puerta Homolois, ahora maldice a Tideo el violento; ahora clavando airado sus ojos en ese tu hermano, desdichado juguete del destino, parte en dos su nombre por afrenta, y le grita: “¡Polinices, homicida, perturbador de la república, autor de todos los males de Argos, evocador de las Erinnas, ministro de la Muerte, y para Adrastro consejero de estas maldades! ¡Cierto, prosiguen sus labios, que tal hazaña será agradable a los dioses, y para los que nos sucedan hermosa de contar y de oír! ¡Arrojar sobre la patria un ejército extraño, y asolar la ciudad de tus padres y los templos de los dioses de tu propia tierra! ¿Qué sentencia habrá que haga enmudecer la causa de una madre? ¡Cómo ha de estar jamás de tu parte la patria entregada por obra tuya al hierro enemigo! Adivino de mi propia suerte, bien sé que he de quedar sepultado en este suelo, y le he de fecundar con mis despojos. Peleemos, sin embargo, que no temo muerte deshonrosa.” Así dice el adivino, jugando un escudo todo de cobre, bien forjado, pero en cuyo centro no campea empresa alguna. No quiere parecer el mejor, sino serlo, cuidadoso de coger los frutos del hondo surco que la sabiduría abrió en su mente, del cual brotan las cuerdas resoluciones. Aconséjote que contra este hombre despaches adversarios diestros y valerosos; que es temible el que venera a los dioses. ETEOCLES ¡Ah destino, que asocias a un hombre justo con los más impíos de los mortales! ¡Cierto que en toda empresa nada hay peor que la mala compañía, y su fruto es bien desabrido! El campo de la maldad rinde por cosecha la muerte. Embárquese el bueno con navegantes malvados y puestos a toda mala obra, y perecerá con toda aquella ralea aborrecida de los dioses. O que el justo viva entre hombres inhumanos y olvidadizos de los dioses, y se hallará cogido en la misma red que ellos, y como ellos caerá, y con razón derribado por el divino azote que alcanzará a todos. He aquí ahora este vate; hablo del hijo de Ecleo; varón prudente, bueno, justo y piadoso; profeta insigne, confundido mal de su voluntad con estos hombres impíos y procaces, que hacen tan larga expedición para haber de volverse huyendo; pues Zeus mediante, con ellos sufrirá la misma funestísima suerte. Imagínome que no ha de atacar las puertas; no por cobardía ni por flaqueza de ánimo, mas porque sabe que ha de perecer en lucha. Si es que de algún fruto tienen que ser para él los oráculos de Loxias, el cual ha por costumbre siempre callar o decir verdad. No obstante, contra él pondremos un hombre que guardará la puerta; al esforzado Lasthenes, que no da cuartel; en el entendimiento anciano; en el cuerpo mozo y de bríos; en el mirar pronto; y nada tardo de manos para llevarlas a la siniestra y tirar de la desnuda lanza. En cuanto a la victoria... sólo el cielo puede darla a los hombres. CORO Escuchad, dioses, nuestras justas plegarias, y haced que la victoria sea de la ciudad. Volved los desastres de la guerra contra los invasores de nuestro suelo. ¡Que Zeus los arroje de nuestras torres, y los aniquile con su rayo! ESPÍA Diré, en fin, el que viene sobre la séptima puerta: es tu propio hermano. ¡Qué de maldiciones echa contra la ciudad, y qué desdichas le promete! Que en asaltando nuestras torres; luego que se haga proclamar en la comarca a voz de pregón, y que entone el triunfal Peán, celebrador de nuestra ruina, que correrá a encontrarse contigo; y que, o te matará, aunque muera sobre tu mismo cuerpo, o que si vives, que se ha de vengar de ti con un deshonroso destierro como aquel con que tú le afrentaste. Tales amenazas lanza a voces el arrebatado Polinices, e invoca a los dioses gentilicios de la tierra patria porque miren a sus súplicas. Y tiene un escudo recién forjado, de hermosa hechura, encima del cual lleva un doble emblema esculpido con todo arte. Es una mujer que va guiando grave y serena a un hombre hecho de oro, al parecer soldado; la cual dice, al tenor de la leyenda: “Yo soy la Justicia: y volveré del destierro a este hombre; y tendrá la ciudad patria, y la posesión de la casa de sus padres.” Esto es lo que trazan nuestros enemigos. Tú ahora ve a quién piensas despachar contra Polinices. Porque jamás tendrás que reprender a este hombre por sus noticias, pero tú sólo eres quien ha de entender de regir la nave de la ciudad. ETEOCLES ¡Oh raza mía de Edipo, digna de llanto, por los dioses enloquecida y por los dioses grandemente odiada! ¡Ay de mí, que al fin se cumplen hoy las maldiciones de mi padre! Mas no es hora esta de llorar y dolerse; no salgan de aquí más insoportables lamentos. Polinices, merecedor del nombre que tienes, yo te digo que pronto veremos cómo se cumplen tus emblemas y si las letras de oro del escudo, tan vanas como tu orgullo necio, te restituyen en la ciudad. Porque, si la Justicia, esa virgen hija de Zeus, acompañase tus obras y pensamientos, por ventura pudiera suceder así. Pero ni cuando saliste del obscuro seno de tu madre, ni en la niñez, ni en la mocedad, ni al cerrar la barba, nunca jamás te creyó digno ni de mirarte. Y no pienso que ha de ponerse de tu lado para oprimir a la patria; que no haría verdadero su nombre, sino antes falsísimo, si asistiese a quien por condición está pronto a toda mala obra. En esta confianza, yo iré a encontrarme con él; yo mismo. ¿Y qué otro con más justicia que yo? Yo iré contra él; príncipe contra príncipe, hermano contra hermano, enemigo contra enemigo. Trae cuanto antes las crépidas de campaña, la lanza y el escudo para las piedras. ~(Vase el ESPÍA.)~ CORO ¡Oh Eteocles, para mí el más querido de los hombres! ¡oh hijo de Edipo, no quieras hacerte semejante en condición a quien tan feamente has denostado! Que Argivos y Cadmeos vengan a las manos; baste con esto. Sangre es que puede expiarse. ¡Pero la muerte de dos hermanos así suicida!... No hay vejez para tal mancha. ETEOCLES Cualquier mal que me aviniere, como sea sin ignominia, venga en buena hora; que en la muerte está el único bien. Mas no dirás que hay gloria en lo que sobre desdicha es vergüenza. CORO ¿Y aún lo intentas, hijo? No te arrastre esa funesta y loca ansia de pelea que llena tu alma. Desecha de ti ese primer impulso de una mala pasión. ETEOCLES Pues que el cielo da prisa por el desenlace, láncese viento en popa a las ondas del Cocyto, que son su herencia, toda esta raza de Layo aborrecida de Febo. CORO Es un cruelísimo deseo ese que te punza y muerde, y te incita a cometer un homicidio de bien amargos frutos; a derramar una sangre que para ti es sagrada. ETEOCLES No; es la maldición de mi padre que se apercibe ya a cumplirse. Llena de odio y con los ojos secos y sin lágrimas, llégase a mi lado y me grita: Primero la venganza y después la muerte. CORO Pero tú no la provoques. Por guardar una vida inocente no has de ser motejado de cobarde. Ni Erinna descarga sobre nuestra morada su negra tormenta, cuando las manos se conservan puras, para que nuestras ofrendas sean aceptas a los dioses. ETEOCLES Ya los dioses no se curan de nosotros. Además, que ha de poner admiración el beneficio que traerá nuestra muerte. ¿A qué, pues, andamos halagando todavía a nuestro mortal destino? CORO Sí, ahora que te estrecha. Porque ese mal espíritu que agita tu alma, quizá mudándose con el tiempo se vuelva en viento más blando; pero ahora está hirviendo aún. ETEOCLES Es la maldición de Edipo que se agita hirviente. ¡Harto verdaderas son esas visiones de nocturnos fantasmas que se me aparecen partiendo la herencia de mi padre! CORO Créete de mujeres por más que no les tengas amor. ETEOCLES Podéis decir cosas que sean de hacer, pero sin hablar mucho. CORO No tomes el camino de la séptima puerta. ETEOCLES Tus palabras no quebrantarán la resolución de mi ánimo airado. CORO · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ETEOCLES Justa o no, los dioses honran siempre la victoria. CORO · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ETEOCLES Lenguaje es ese que un soldado no puede aprobar. CORO ¿Quieres, pues, gozarte en la sangre de tu propio hermano? ETEOCLES Si los dioses me lo conceden, no escapará él de la muerte. ~(Vase ETEOCLES.)~ CORO ¡Estoy transida de terror! Esa diosa, ruina de las casas y en nada igual a los otros dioses; la de los decretos infalibles; la vaticinadora de infortunios; esa Erinna invocada por un padre, va al fin a cumplir las airadas imprecaciones del insensato Edipo. La discordia, que perderá a sus hijos, precipita el desenlace. El hierro extranjero, venido de los Cálibes de la Escithia, será el fiero y cruel partidor de la hacienda paterna, que hará las suertes, y a cada uno le dará para que habite, en vez de dilatados dominios, la tierra que pueda ocupar después de muerto. Cuando heridos y despedazados con mutuos y mortales golpes, caigan ya sin vida; luego que el fondo mismo de la tierra haya bebido su roja sangre, ya negra y cuajada, ¿quién ofrecerá sacrificios expiatorios? ¿Quién lustrará sus cuerpos? ¡Oh desdichas nuevas de esta casa, que venís a juntaros con sus antiguos males! Con aquella vieja culpa de Layo, bien pronto castigada, y que hoy vive en su tercera generación. Por tres veces habíales advertido Apolo desde aquella ara de Pithia, centro de la tierra, que muriese sin hijos si quería ver salva a la ciudad. Dejóse él vencer de temerarios consejos de amigos; fué contra la voluntad del dios, y engendró su propia muerte; a Edipo el parricida, que osó sembrar una estirpe sangrienta en la sagrada tierra de su madre, donde fué sustentado. La demencia juntó a los insensatos esposos, y a modo de un mar, trajo sobre nosotros olas de males. Cayó la una, y otra más terrible se levanta ahora, y muge en torno a la popa de la ciudad. Tan sólo una tabla de salvación hay de por medio; el espesor de una torre; y no para mucho, que bien me temo que con sus reyes va a caer también Thebas. ¡Cumplidas están ya las antiguas maldiciones! ¡Ya se hacen las funestas paces! Las calamidades cuando vienen no pasan de largo, sino que descargan. Afanoso el hombre, amontona sobre el bajel riquezas en demasía, y luego tiene que arrojarlas de lo alto de la popa. Porque ¿a quién admiraron más los hogares de sus conciudadanos y la pública Ágora henchida de atropellada muchedumbre? ¿A quién dieron más honor y gloria que a Edipo cuando limpió la comarca de la peste que le arrebataba sus hombres? Mas así que el infeliz se dió razón de su miserable consorcio, no pudiendo llevar su dolor, y lleno el pecho de rabia, añade a sus males otros dos males nuevos. Con bárbara furia arranca con la mano parricida aquellos sus ojos que tenían que encontrarse con el rostro de sus hijos, y ¡ay de mí! horrorizado de su nefanda obra, lanza tremendas maldiciones sobre los que engendró. ¡Que alguna vez dividan entre sí espada en mano la herencia de sus padres! Tiemblo que la veloz Erinna vaya a cumplirlas ahora. ~(Sale un MENSAJERO.)~ MENSAJERO Tened buen ánimo, hijas con tanto regalo criadas por vuestras madres. La ciudad escapó del yugo de la servidumbre. Vinieron por tierra los fieros de aquellos hombres arrogantes; Thebas boga ya por mar serena, y el fondo del bajel no se ha abierto al continuo azotar de las olas. Las torres se mantienen en pie y nos escudan; las habíamos asegurado con defensores poderosos cada cual de ellos para guardar la que le estaba encomendada. En lo más hemos tenido buen suceso: en seis de las puertas; pero de la séptima se ha apoderado el augusto Apolo, sagrado guía de los siete príncipes, haciendo así que en la raza de Edipo llegue a cumplirse el castigo de la antigua temeridad de Layo. CORO ¿Qué nuevo desastre es ese que ha venido sobre la ciudad? MENSAJERO La ciudad está en salvo; pero los reyes que fueron engendrados de una misma sangre... CORO ¿Quiénes? ¿Qué dices? Túrbase mi mente con el terror que me ponen tus palabras. MENSAJERO Vuelve en ti ahora, y escucha. La raza de Edipo... CORO ¡Ay de mí desdichada, que soy adivina de males! MENSAJERO La tierra ha bebido su sangre, que derramaron el uno contra el otro. CORO ¡Y hasta ahí llegaron! ¡Espantable crimen! Pero... ¡acaba! MENSAJERO Murieron los dos dándose mutua muerte. CORO ¡Y así con las manos fraternales se han arrancado la vida! MENSAJERO Demasiado cierto es. Ambos quedan en el polvo. CORO ¡Y así a los dos juntos esperaba un mismo destino! MENSAJERO Sí, él acabó por fin con la infeliz raza. ¡Cosas para ser celebradas con alegrías y con llanto! Salva está Thebas; pero los príncipes, los dos caudillos hermanos se sortearon con el bien forjado hierro escytha la plena posesión de sus riquezas y tendrán cuanto de tierra puedan ocupar en su sepultura, con que habrán alcanzado los funestos votos de su padre. ~(Vase.)~ CORO ¡Oh gran Zeus! ¡oh dioses tutelares de la ciudad, que habéis defendido estas torres de Cadmo! ¿Por ventura deberé yo alegrarme y celebrar con regocijadas voces la salvación de Thebas, libre ya de todo riesgo, o lloraré a esos tristes e infortunados caudillos, últimos de su raza? ¡Bien cumplieron con sus nombres; que con harta fama y reñida pelea han perecido llevados de su impío consejo! ¡Oh negra maldición de la raza de Edipo al fin cumplida! Un hielo de muerte se derrama por todo mi corazón. Fuera de mí como una Tiade, rompo en funerario canto, vertiendo lágrimas sobre los ensangrentados cuerpos de los que tan miserablemente han acabado. ¡Cierto que con mal sino se cruzaron sus lanzas! Llegó a cumplirse la palabra de maldición de un padre; no ha faltado, no. La terca resolución de Layo ha dado fruto. Y mis ansias por la ciudad no cesan; que están aún en todo su rigor los oráculos de los dioses. -- ¡Oh príncipes dignos de perpetuo llanto, ved ahí la inaudita hazaña que habéis acometido! ~(Traen a la escena los cuerpos de ETEOCLES y POLINICES.)~ Ya están aquí; no las palabras, sino las calamitosas y lastimeras realidades. Hélas ahí, que ellas mismas se ofrecen a nuestros ojos. Patente está la relación del mensajero. ¡Dobles congojas! ¡Dobles víctimas de un mutuo homicidio! Dobles males, compartidos entre dos sin ventura. Es la ruina, que hoy quedó consumada. ¿Y qué diré yo sino que en esta casa hacen su habitación infortunios sobre infortunios? Ea, amigas, al viento dad los gemidos, golpead con ambas manos vuestra cabeza, e imitad el acompasado batir de los remos, propicio són para los navegantes que de continuo hace bogar por el Aqueronte la gemebunda barca de negras velas hacia la región donde nunca fijó Apolo su planta; lugar sin luz que a todos los mortales recibe, y siempre está con las fauces abiertas, hambriento de devorarlos. ~(Salen ANTÍGONA e ISMENE.)~ Pero mirad aquí a Antígona e Ismene, que vienen a un amargo oficio: a endechar sobre sus dos hermanos. Sin duda que dejarán que salga del fondo de su amoroso pecho el justo dolor que las atormenta, mas razón es que antes de su canto entonemos nosotros el lúgubre y desapacible himno de las Erinnas y que luego cantemos el odioso cántico de Edes. ¡Ay hermanas, las de más infelices hermanos de cuantos ceñimos nuestras vestiduras con femenil cíngulo, no imaginéis que hay engaño en mis lágrimas y sollozos, sino que mis ayes salen del fondo de mi pecho! ~(Divídese el CORO.)~ PRIMER SEMICORO ¡Ay, ay, temerarios, a quienes ni persuadieron amigos, ni quebrantaron tribulaciones! ¡Desdichados, que por la fuerza quisisteis haceros dueños de la casa de vuestros padres! SEGUNDO SEMICORO ¡Desdichados, sí, que con ruina de su casa hallaron desdichada muerte! PRIMER SEMICORO ¡Ay, ay, destructores de los muros de vuestra casa, que en un amargo reinar teníais puestos los ojos; ya habéis dirimido con el hierro vuestras discordias! SEGUNDO SEMICORO ¡Bien cumplió la formidable Erinna la maldición de vuestro padre Edipo! PRIMER SEMICORO ¡Los dos pasados de parte a parte el costado izquierdo! SEGUNDO SEMICORO Sí; pasados de parte a parte costados que salieron de unas mismas entrañas. PRIMER SEMICORO ¡Ay, ay, infelices! ¡Ay, maldiciones que habéis traído un mutuo fratricidio! SEGUNDO SEMICORO ¡Herida que los pasó de parte a parte! PRIMER SEMICORO ¡Herida que los hirió en su cuerpo y en su casa! SEGUNDO SEMICORO Con el indecible furor de la fatal discordia, invocada por la imprecación de un padre. PRIMER SEMICORO Los gemidos invaden la ciudad; gimen las torres; gime este suelo, que amaba a sus dos hijos. Ahí quedan para los que vengan después las riquezas que a esos infelices les trajeron la discordia, y al fin la muerte. SEGUNDO SEMICORO Lleno de ira el pecho, partieron entre sí esas riquezas, de modo que cada cual tuviese igual parte; pero sus amigos no dejarán de maldecir el hierro que los concertó, y que a ninguno hizo gracia de la vida. PRIMER SEMICORO Sí ahí están muertos a hierro. SEGUNDO SEMICORO Y abiertas a hierro los esperan... Acaso alguno preguntará qué. ¡Dos suertes de tierra cavadas en la sepultura de sus padres! PRIMER SEMICORO Hasta la que fué su morada envían sus ecos mis desconsolados ayes; ayes por ellos; ayes por mí, y por mis propias desventuras. Duelo cruel, que huye toda odiosa alegría, y hace que con no fingida pena desfallezca el corazón, y se deshaga en lágrimas por los dos príncipes hermanos. SEGUNDO SEMICORO Mas sea lícito decir de los tristes, que ellos fueron causa de grandes males para sus conciudadanos y para esas invasoras haces de extranjeros que en inmensa muchedumbre han perecido en la pelea. PRIMER SEMICORO ¡Infeliz de la que los parió, sobre todas cuantas mujeres llevaron nombre de madres! Que recibió por esposo a su propio hijo, y de él concibió a los que así acabaron ahora matándose el uno al otro con aquellas manos nacidas de un mismo seno. SEGUNDO SEMICORO Sí, los dos a quienes un mismo seno había concebido, muertos quedan a la vez por una herencia amarga, en furioso combate que ha puesto fin a su querella. PRIMER SEMICORO Ya la enemistad cesó, y en la sangrienta y empapada tierra se juntaron sus vidas. ¡Ahora sí que son de una sangre! SEGUNDO SEMICORO Cruel dirimidor de discordia es el huésped del otro lado del mar, el agudo hierro al fuego forjado. Cruel también es Ares, e inicuo partidor de riquezas, que ha sacado verdadera la maldición de un padre. PRIMER SEMICORO ¡Míseros de ellos, que cada uno tiene la parte de infortunios que le regaló Zeus, y bajo su cuerpo una riqueza sin fondo: la tierra! SEGUNDO SEMICORO ¡Oh casa en desastres fecunda! Todo acabó. Ya toda esta raza entera ha desaparecido. Las Furias de la maldición paterna lanzan con desapacible són agudos alaridos de triunfo. Ate ha erigido su trofeo en la puerta donde los dos hermanos se pasaron con las mortales lanzas, y, vencedor de ambos, reposa el Destino. ANTÍGONA ~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~ Tú diste y recibiste la muerte. ISMENE ~(Dirigiéndose al de ETEOCLES.)~ Tú has muerto matando. ANTÍGONA A hierro mataste. ISMENE A hierro moriste. ANTÍGONA ¡Qué miserias has procurado! ISMENE ¡Qué miserias has padecido! ANTÍGONA ¡Salid, gemidos! ISMENE ¡Salid, lágrimas! ANTÍGONA Mataste, y ahora yaces tendido delante de mis ojos. ISMENE Caíste envuelto en sangre, y así te ofreces a mí, sangriento y sin vida. ANTÍGONA ¡Ay! ISMENE ¡Ay! ANTÍGONA El dolor enajena mi mente. ISMENE Dentro del pecho angústiase el corazón. ANTÍGONA ¡Ah, ah, merecedor de ser llorado por siempre! ISMENE ¡Y tú también, desdichado entre los desdichados! ANTÍGONA De mano amiga recibiste la muerte. ISMENE Tú diste muerte al amigo. ANTÍGONA Doble desastre que referir. ISMENE Doble desastre que considerar. ANTÍGONA Doble aflicción, que está aquí, ¡a mi lado! ISMENE Desgracias de hermano, desgracias hermanas también, que me hacen vecindad desdichada. ANTÍGONA ¡Horrendo de decir! ISMENE ¡Horrendo de mirar! CORO ¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra de Edipo, negra Erinna; y cuán formidable eres! ANTÍGONA ¡Ay! ISMENE ¡Ay! ANTÍGONA ¡Qué de horrendos males...! ISMENE Le ofreció a éste su hermano de vuelta del destierro. ANTÍGONA ¡Y después que le mató, no entró en Thebas! ISMENE Y cuando parecía haberse salvado, perdió la vida. ANTÍGONA ¡Sí, la perdió! ISMENE ¡Y quitó a éste la suya! ANTÍGONA ¡Mísera raza! ISMENE ¡Calamidad miserable! ANTÍGONA Desgracias gemelas dignas de lastimosísimo duelo. ISMENE Torrente irresistible de males que saltan los unos sobre los otros. ANTÍGONA ¡Horrendo de decir! ISMENE ¡Horrendo de mirar! CORO ¡Oh Moira, funesta distribuidora de infortunios! ¡Oh veneranda sombra de Edipo, negra Erinna, y cuán formidable eres! ANTÍGONA ¡Bien lo sabes tú, que experiencia hiciste de ella! ISMENE Y tú, que no lo aprendiste más tarde. ANTÍGONA Cuando volviste a la ciudad. ISMENE Cuando lanza en mano le provocaste. ANTÍGONA ¡Ay dolor! ISMENE ¡Ay desdichas! ANTÍGONA Para mi casa y para la patria. ISMENE ¡Ay, y más aún para mí! ANTÍGONA ¡Ay acaudillador de estas discordias! ISMENE ¡Ay príncipe sin ventura! ANTÍGONA Los dos dignos de lástima sobre todos los hombres. ISMENE Caísteis ¡ay de mí! bajo la maldición de un padre. ANTÍGONA ¡Ay de mí! El destino os arrastró al crimen. ISMENE ¡Ay! ¿En qué lugar daremos tierra a sus cuerpos? ANTÍGONA ¡Ay! En el lugar más honrado. ISMENE ¡Oh, sí! ¡Reposen los infelices junto a su padre! ~(Sale un PREGONERO.)~ PREGONERO Según mi deber, os anuncio el juicio y sentencia de los magistrados del pueblo de Cadmo: Eteocles, que amó a su patria, recibirá en esta tierra honrada sepultura. Él, por defendernos de enemigos, delante de nuestra ciudad arrostró la muerte; él ha sido hallado puro y sin tacha en presencia de la religión de sus padres; él murió allí donde para un joven guerrero es hermoso el morir. Ahí tenéis lo que me está mandado que anuncie respecto de Eteocles; mas en cuanto a su hermano Polinices, que su cadáver insepulto sea arrojado fuera de aquí a que le devoren los perros, como a quien habría sido el asolador de la tierra de Cadmo, si no hubiese salido un dios al encuentro de su lanza. Pero aun después de muerto sufrirá la expiación el sacrílego; ese, que en deshonor de los dioses, arrojó invasor ejército sobre su patria con el ansia de su conquista. Así se tiene por justo que lleve el premio, recibiendo de las hambrientas aves de rapiña ignominiosa sepultura; y que ni con piadoso oficio manos amigas ningunas echen sobre su cuerpo amontonada tierra; ni tenga funerario culto de endechas y plañidos, ni le paguen los suyos tributo de honrosas exequias. Tal es la sentencia del Senado Cadmeo. ANTÍGONA Pues yo les digo a esos mismos que están al frente de la ciudad, que si nadie más quiere venir conmigo a sepultarle, yo le sepultaré, yo. Yo arrostraré el peligro por dar sepultura a mi hermano, y no me avergonzaré de haber negado obediencia a la ciudad en esto. ¡Son muy poderosas aquellas entrañas donde a los dos nos engendraron una madre infeliz y un padre sin ventura! Y así, alma mía, tú que aún estás sobre la tierra, toma parte, y de voluntad, y con afecto de hermana, en el infortunio de quien ya es muerto. No sepultarán los lobos sus carnes en los hondos vientres; que ninguno se lo imagine. Aun mujer como soy, yo misma encontraré como le abra la fosa y como le forme un túmulo; yo misma le llevaré en mis brazos, y le envolveré en los anchos pliegues de este velo de finísimo lino cysino. Y nadie mande lo contrario. ~(Dirigiéndose al cuerpo de POLINICES.)~ Descansa; medio habrá de ponerlo por obra. PREGONERO Te prevengo que no lo intentes contra el voto de la ciudad. ANTÍGONA Te prevengo que no me notifiques decretos inútiles. PREGONERO ¡Qué arrogante es la plebe luego que escapa del peligro! ANTÍGONA Sea arrogante. Pero no quedará insepulto mi hermano. PREGONERO ¿Y honrarás tú con la sepultura a quien la ciudad tiene por enemigo? ANTÍGONA Aún no recibieron sus hechos marca alguna de manos de los dioses. PREGONERO Antes que pusiese a la ciudad en peligro, cierto que no. ANTÍGONA Había padecido sin razón, y volvió males por males. PREGONERO Mas por uno cometió el crimen contra todos. ANTÍGONA La divina Eris es siempre la última que habla. Yo le sepultaré. No hables más. PREGONERO Sigue, pues, llevándote sólo de tu consejo; mas en cuanto a mí te lo prohibo. CORO ¡Ay, ay! ¡oh Erinnas, que así os ufanáis con vuestras obras; peste, que arruinas los linajes, y ahora has destruído de raíz toda la raza de Edipo! ¿En qué pararé? ¿Qué hacer yo? ¿Qué partido tomar? ~(A POLINICES.)~ ¿Cómo me determinaré a no llorarte, ni acompañar tu cuerpo hasta la sepultura? Mas tiemblo, y retrocedo por temor a los ciudadanos... ~(A ETEOCLES.)~ Tú a lo menos tendrás muchos que te lloren; ¡pero este infeliz irá sin otro duelo ni llanto que las lágrimas de una hermana! ¿Quién habrá que pueda resignarse a esto? ~(Divídese el CORO.)~ PRIMER SEMICORO Haga lo que quiera la ciudad con los que lloran a Polinices; nosotras iremos con Antígona, y le haremos las exequias, y le daremos sepultura. Su duelo toca también a toda la raza de Cadmo; y en punto a justicia a las veces el pueblo muda de pareceres. SEGUNDO SEMICORO Pues nosotras con éste, como a una mandan la ciudad y la justicia. Porque después de los felices dioses y del poder de Zeus, él fué sobre todos quien salvó de la ruina a la ciudad de Cadmo; él quien contuvo la ola de extranjeros próxima a inundarla. [Ilustración] [Ilustración] _LOS PERSAS_ ~(Aparece el CORO DE ANCIANOS.)~ CORO Henos aquí a los que somos llamados los Fieles, entre aquellos persas que marcharon contra la Hélade; a los custodios de estos espléndidos y dorados palacios, a quienes por la dignidad de las canas nos eligió el hijo de Darío, el mismo rey Xerxes nuestro señor, para que velásemos por su reino. Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí con dorada y magnífica pompa. Partió toda la flor de los hijos de Asia, y en vano es que clamen por ellos sus lastimeras voces; ni un mensajero, ni un posta llega a la capital de los Persas. Desampararon sus ciudades, y partieron los de Susa y los de Ecbatana, y los que habitan la antigua fortaleza de Cissia; de ellos a caballo, de ellos en naves, de ellos con lento caminar, a pie y en apretadas haces, formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra, Amistres, y Artafernes, y Megabactes, y Astaspes, caudillos de los Persas, reyes súbditos del gran rey, que van al cuidado de esa expedición poderosa. Diestros en el arco, jinetes expertos, en la presencia formidables, y por la arrojada resolución de su ánimo temibles en la pelea. Y con ellos, Artembares, que combate a caballo; y Masistres, e Imayo el valeroso, buen flechero; y Farandaces, que con mano firme rige el carro de guerra, y los que envía el ancho Nilo de vivíficas aguas; Susiscanes, y Pegastagón, egipcio de nacimiento; y el poderoso Arsames, gobernador de la sagrada Menfis; y Ariomardo, que guarda a la antigua Thebas; y la innumerable multitud de prácticos remeros que habitan junto a las lagunas del Delta. Y van después la turba de los delicados Lidios, que tienen bajo de sí a todos los pueblos del continente; a los cuales rigen dos reyes, Mitrogathes y el valeroso Arteo. Y la opulenta Sardes lanzó a la guerra grande copia de carros de cuatro y seis caballos, que hacen espectáculo temeroso. Los que se avecinan al sagrado Etmolo aseguran que han de echar sobre la Hélade el yugo de la esclavitud; Mardon y Tharibis los de incansable lanza, y sus misios de certeros dardos. Babilonia la espléndida envía a modo de un río de innumerables hombres todos mezclados, y de gente de mar, orgullosa de la fina puntería de sus flechas. Y en fin, los pueblos todos de Asia, armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la veneranda conducta de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardentísimo; y las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo que no se acaba jamás. Ya ha pasado el asolador ejército real a la vecina costa frontera. Convirtió el estrecho de Helles la Atamántida en bien claveteado puente de naves, amarradas con cuerdas de lino, y echóle al mar sobre la cerviz el yugo de su dominación. Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por tierra, confiado en el valor y firmeza de sus capitanes. Él, hijo de esta raza nacida de la lluvia de oro; él, hombre igual a los mismos dioses. Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón; dueño de miles de brazos, de miles de naves, dispara su carro sirio, y lleva contra los guerreros de poderosa lanza a Ares el del certero arco. ¿Y quién habrá, aunque salga al paso con inmenso torrente de hombres, que pruebe a detener con él, como con valladar firmísimo, las nunca vencidas olas de los mares? Que es el ejército persa imposible de resistir, y su pueblo de ánimo esforzado. Ya de antiguo la fortuna dispuso y ordenó a los Persas por voluntad del cielo para correr tras de asaltos de torres, y encuentros de belicosos jinetes, y asolaciones de ciudades. A ellos, que fiando a todo un pueblo al débil artificio de algunos barcos trabados entre sí, aprendieron a contemplar con serenos ojos la vasta pradera del mar cubierta de ondeante espuma al soplo impetuoso de los vientos. Mas ¿qué mortal escapará a la engañosa astucia del Destino? ¿Quién tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la calamidad a lo primero amiga de los hombres, y de allí los lleva con halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fué dado salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza! ¡Ay ejército de los Persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada de sus hijos; con que a su ayes responden los ayes de la fortaleza de Cissia, y las mujeres en confuso tropel van repitiendo iguales lastimeras voces, mientras caen hechos jirones sus ricos velos de lino. Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y los de a caballo, todo el pueblo, partió con su rey, y pasó el marino promontorio común a entrambos continentes. Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía, y tan sólo con el deseo amoroso del marido que compartía su tálamo, y que la abandonó con el ansia ardiente de pelea. Ea, pues, ¡oh Persas! nosotros que tenemos nuestro consejo en esta antigua y veneranda morada, veamos con prudente solicitud, pues que estrecha la necesidad, de qué modo sabremos la fortuna que corre el rey Xerxes, el hijo de Darío, el vástago del que dió nombre a nuestro pueblo. ¿Por ventura triunfó la ligereza del tendido arco, o salió vencedor el empuje de la aguda lanza? Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de los dioses; es la madre del rey; nuestra reina. Caigamos de rodillas, y saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deben a su majestad. ~(Sale ATOSSA en una carroza, y con todo el cortejo y pompa de la majestad real.)~ ¡Salve, altísima señora de los Persas de rica y holgada vestidura; anciana madre de Xerxes, esposa de Darío, salve! Contigo partió su lecho el dios de los Persas; tú eres también hoy la madre de su dios, si ya no es que la antigua fortuna ha vuelto la espalda a nuestros soldados. ATOSSA Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que partí con Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan el alma. Yo os lo diré todo. Jamás me veo libre de temores. Temo que la fortuna poderosa derribe con el pie entre nubes de polvo la grandeza que levantó Darío, no sin ayuda del cielo. Con esto llena mi alma un doble cuidado imposible de explicar. En estima ninguna puede estar el más rico tesoro sin hombres que lo guarden, ni luce la fortuna para el menesteroso según es el valor de su ánimo. Verdad que nuestras riquezas no han tenido mengua hasta ahora; pero temo por el ojo de esta casa; que ojo de una casa es sin duda la presencia del dueño. Por tanto, Persas, fieles ancianos, sed mis consejeros en esta ansia y congoja en que me encuentro; en vosotros estriba para mí toda buena resolución. CORO Bien sabes, señora de esta tierra, que en cuanto mis fuerzas quieran alcanzar no necesitas mandar dos veces qué he de decir ni qué he de hacer, y que pides consejo a quienes son tuyos de corazón. ATOSSA Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso su ejército y partió, mil sueños me asaltan y rodean de continuo. Mas ninguno como el de anoche se me apareció jamás tan claro. Escucha. Parecióme que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente vestidas: venía la una en hábito persa; la otra en el de la Doria. Ambas por la majestad y gallardía de su talle superaban con mucho a las mujeres de nuestros tiempos; hermosas sin tacha, y hermanas, como de una misma sangre. A cada una de ellas la suerte le había dado una patria; a la una Grecia, a la otra la tierra de los bárbaros. A lo que me pareció ver, armóse entre ellas cierta contienda. Sábelo mi hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y encabrita; destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí los despedazados despojos... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose de su desgracia, y así que Xerxes le ve, desgarra las vestiduras que cubren su cuerpo. Tal se me aparece en viniendo la noche. Mas después que me levanto del lecho, y lavo mis manos en las puras aguas de una fuente, y me acerco al ara, deseosa de ofrecer libaciones a los dioses que alejan de nosotros los funestos presagios, luego veo una águila que viene huyendo hacia el ara del sol... ¡Muda de espanto quedo, amigos! Detrás distingo un halcón que la sigue volando, y se arroja sobre ella batiendo sus alas, y le despedaza la cabeza con sus uñas; atemorizada el águila no se defiende, y le entrega su cuerpo. Cosas son éstas en verdad para que nos aterre, a mí el verlas, a vosotros el oírlas. Porque, bien lo sabéis: mi hijo, a tener buena fortuna en su empresa, llegaría a ser el más admirado de los hombres; mas no porque se viera vencido tendría él que dar cuenta de sus hechos a sus vasallos, y una vez salvo, lo mismo que antes reinaría en esta tierra. CORO Ni queremos, oh madre, que nuestras palabras te pongan inmoderado temor, ni tampoco que te den inconsiderada confianza. Vuélvete a los dioses con súplicas. Si viste algo adverso, pídeles que lo alejen de ti, y que se cumpla lo favorable en ti y en tu hijo, y en el imperio, y en los amigos todos. Haz luego libaciones a la tierra y a los muertos; que así es debido. Conjúrale con fervoroso pecho a aquel Darío tu esposo, a quien dices que viste anoche, por que del seno de las regiones infernales envíe a la luz lo que sea de buen agüero para ti y para tu hijo, y haga que se desvanezca en la obscuridad de las entrañas de la tierra lo que os sea contrario. He aquí lo que de corazón te digo y la razón me previene previsora. Y en cuanto a lo que nos has revelado, juzgamos que en resolución todo acabará por tener para ti buen suceso. ATOSSA Tú eres el primero que ha interpretado mis sueños y que con amor a mi hijo y a mi casa determinas lo que se debe hacer. ¡Ojalá suceda todo cual lo deseamos! Entremos en palacio, y hagamos al punto cuanto mandas en honor de los dioses y de aquellos de nuestros amigos que habitan en los senos infernales. Mas, oh amigos, yo quisiera saber de vosotros, dónde dicen que está asentada Atenas. CORO Lejos de aquí, a occidente; hacia donde se pone Helios nuestro señor. ATOSSA ¿Y tanto desea mi hijo tomar esa ciudad? CORO Tomada, la Hélade entera quedaría sujeta al rey. ATOSSA De esa suerte, ¿abunda su ejército en soldados? CORO Y tales, que ya causaron muchas pérdidas a los Medos. ATOSSA ¿Y qué otra cosa más tienen? ¿Hay riquezas bastantes en sus casas? CORO Tienen una fuente de riqueza; un tesoro que la tierra les regala. ATOSSA ¿Por ventura brillan en sus manos el arco y las flechas? CORO Jamás. Pelean con lanza, de cerca y a pie firme, y cubiertos con el escudo. ATOSSA ¿Quién es su rey y el señor y caudillo de su ejército? CORO No se dicen esclavos ni súbditos de hombre ninguno. ATOSSA ¿Y cómo podrán resistir ellos la acometida de los invasores? CORO Como destruyeron el grande y valeroso ejército de Darío. ATOSSA ¡Terrible desastre has traído a la memoria para avivar el cuidado en los padres de los que partieron! CORO A lo que me parece, pronto vas a saber toda la verdad, porque aquí llega un hombre, un correo persa; bien se le conoce. Él traerá noticias ciertas, que podamos oír, de nuestra victoria o de nuestra derrota. ~(Sale un MENSAJERO.)~ MENSAJERO ¡Oh ciudades todas de Asia! ¡Oh tierra de Persia! ¡Oh ancho puerto de riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe! ¡Cayó y pereció la flor de los Persas! ¡Ay de mí, infeliz, que el primer mal es tener que anunciar males! ¡Mas fuerza es que os descubra todo el cuadro de nuestra desgracia! Persas, el ejército entero de los bárbaros ha perecido. CORO ¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, ay! Llorad, Persas que oís estas lástimas. MENSAJERO Sí, todas aquellas grandezas perecieron. Yo mismo vuelvo a ver el sol de mi patria contra lo que esperaba. CORO ¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin a la vejez este inesperado desastre! MENSAJERO Presente estaba yo. No será de oídas, oh Persas, como os haré la triste relación de las desventuras que nos han sobrevenido. CORO ¡Oh dolor! En vano juntaron sus armas todos los numerosos pueblos de Asia, y fueron contra la funesta Hélade. MENSAJERO Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus alrededores; ¡de los cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron! CORO ¡Oh dolor! ¡Conque los cuerpos de nuestros hermanos, envueltos en las ondas, y sin vida, son arrebatados por la corriente entre los flotantes despojos de nuestras naves! MENSAJERO De nada nos sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque poderoso de las naves enemigas. CORO ¡Infelices! ¡Qué grito de angustia y dolor lanzarían cuando los dioses con total perdición lo acabaron todo! ¡Ay, ay, armada nuestra destruída! MENSAJERO ¡Oh nombre de Salamina, a mis oídos el más odioso de todos! ¡Oh, Atenas, y qué de lágrimas me hace derramar tu recuerdo! CORO ¡Oh Atenas, funesta para tus enemigos! ¡Harto de recordar serán tantas Persas como hoy quedan sin esposos, sin padres, sin hijos; y todo en vano! ATOSSA Afligida, atónita con estos males, por largo espacio no he podido romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio que supera mis fuerzas; ni acierto a articular palabra, ni a averiguar nuestras desventuras. Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y aun cuando te haga verter lágrimas, habla, y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos? MENSAJERO Xerxes vive, y ve la luz del día. ATOSSA Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche. MENSAJERO Pero muerto queda en las ásperas costas de Silenia Artembares, que mandaba innumerable gente de a caballo. De un bote de lanza bajó saltando de la nave al mar con ligero salto Dadaces, el caudillo de mil guerreros. Tenagón, el más valiente entre los hijos de la Bactriana, queda también en aquella isla de Ayax, de continuo azotada por las olas. Lilayo, Arsames y Argestes, los tres, vencidos junto a la isla criadora de palomas, dieron con su frente en las ásperas peñas. De una sola nave cayeron Arcteo, que habitaba cerca de las fuentes del Nilo en Egipto; Adeves, y Feressenes; los tres, y además Farnuco. Murió Matallo el Crisio, que mandaba diez mil caballos; su barba roja, espesa y erizada, goteaba sangre; teñía su cuerpo el encendido color de la púrpura. Arabos el Mago, y Artames el de Bactriana, que guiaba treinta mil soldados caballeros en negros corceles, allí perecieron, y tomaron perpetua habitación en aquella escabrosa comarca. Y Amestris y Anfistreo, el de los mortales botes de lanza; y el generoso Ariomardo, triste ocasión de llanto y luto para Sardes, y Sisames el Misio, y Tharibis, Lirnense de nación, gallardo soldado, que capitaneaba doscientas cincuenta naves, yacen allí los infelices miserablemente muertos. Siennesis, caudillo de los cilicios, el primero por el valor de su ánimo, pereció con gloria. Él solo dió muchísimo que hacer a los enemigos. Estos son los capitanes de quienes hago memoria por el pronto; mas no te he dicho sino una pequeña parte de las muchas desgracias que nos rodean. ATOSSA ¡Ay de mí; ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que imaginarse pueden, la afrenta de los Persas, lo que ha de ser una causa tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato, y dime: ¿tantas eran las naves de los Helenos que así se determinaron a entrar en batalla con la armada de los Persas? MENSAJERO Si en el número de naves hubiese estado, ten por seguro que los bárbaros hubiésemos llevado la mejor parte, porque todo lo que tenían los Helenos eran trescientas naves, y de ellas diez de reserva; pero Xerxes, y esto lo sé bien, contaba con mil bajo su mando, fuera de doscientas siete que sobresalían por muy veleras. Esta es la cuenta justa. ¿Te pareceremos ahora que no teníamos bastante fuerzas para aquel combate? Pero sin duda no le plugo a algún dios mantener su balanza en el fiel; cargó sus platillos con desigual fortuna, y de este modo nuestra armada quedó destruída. Los dioses protegen a la ciudad de la diosa Palas. ATOSSA Pues cómo, ¿aún permanece en pie la ciudad de Atenas? MENSAJERO Es inexpugnable muralla el pecho de los que se defienden como hombres. ATOSSA Mas dime: ¿de qué manera se empeñó la batalla? ¿Quiénes fueron los primeros a acometer? ¿Acaso los Helenos, o fué mi hijo, ensoberbecido con la multitud de sus naves? MENSAJERO ¡Oh reina, algún dios vengador, algún mal genio venido no sé de dónde, fué a no dudar el primer principio de toda nuestra desgracia! Un Heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Xerxes como así que cerrasen las negras sombras de la noche, los Helenos no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida con callada y secreta fuga. El que lo oyó, no recelando engaño en el Heleno, ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos los capitanes de nave, que tan pronto como el sol deje de enviar sus rayos sobre la tierra, y la obscuridad se enseñoree del dilatado templo del éther, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres órdenes, para guardar los pasos y derrotas de aquellos mares, y otras formadas en círculo todo alrededor de la isla de Ayax. “Porque si los Helenos, por cualquier camino que se os oculte, escapan de la ruina que los amenaza, todos vosotros pagaréis con vuestra cabeza.” Tal dijo con arrebatado y engreído ánimo; ignoraba lo que había de avenirle de parte de los dioses. La armada sin desorden y con obediente disciplina se prepara; sácase el matalotaje y dispónese la cena; los marineros amarran los remos a los escálamos, prontos a la maniobra. Luego que se puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, ocupan sus puestos. Hácense las señales de mando; ordénase la armada; toma cada cual la derrota que se le designa, y toda la noche tienen los capitanes a la gente de mar navegando de un punto a otro. La noche se iba pasando, y los Helenos no se daban mucha prisa a hacer su salida secreta por parte ninguna. Mas apenas el luciente día, conducido por sus blancos caballos, entró señoreándose de toda la tierra, cuando de la parte de los Helenos levantóse grande y regocijado clamor a modo de músico canto, a que respondían con estruendosos ecos las enriscadas costas de la isla. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus juicios; que no cantaban entonces los Helenos aquel sagrado Peán como para huír, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento. El clarín con su voz enardecía todas aquellas marciales maniobras. De pronto, a una señal de los jefes azotan los remos a una vez con acompasado golpe las mugidoras aguas, e incontinenti tenemos a la vista toda la armada helena. El cuerno derecho venía el primero, en buen orden, haciendo la guía; detrás marchaba todo el grueso de las naves, y bien se podían oír ya de cerca estas voces que de ellas salían: “¡Oh! hijos de la Hélade, andad, libertad a la patria; libertad a vuestros hijos, a vuestras esposas, y los templos de los dioses de vuestros padres, y las tumbas de vuestros mayores. Por todo ello vais ahora a empeñar la lucha.” Por nuestra parte respondióles la algazara de nuestro grito persa; no había ya lugar de esperar más. Pronto una nave clava su broncíneo espolón en una nave nuestra; era una nave helena que había comenzado el abordaje, y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vió apretada en una angostura, donde no se podían valer los unos a los otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre, y quebraban andanas enteras de remos. Las naves helenas, no sin buena dirección, acometieron entonces en redondo, y comenzaron a herir por todas partes; nuestros bajeles volvieron las quillas, y ya no se veía el mar, lleno todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados. Las costas y los escollos se cubren de cadáveres. Cada barco de cuantos habían pertenecido a la poderosa armada bárbara, vira de popa, y pónese en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz, y nos arranca de manos de los Helenos. Mas en cuanto a la multitud de males que vinieron sobre nosotros, si yo estuviera hablando diez días seguidos no podría referírtelo todo. Pero ten por cierto que nunca jamás en sólo un día murió muchedumbre tan numerosa. ATOSSA ¡Ay! ¡verdad! ¡Qué grande piélago de males se ha precipitado sobre los Persas y sobre toda la raza de los bárbaros! MENSAJERO Pues bien puedes creer que eso no es ni la mitad de nuestras desgracias. Otra calamidad ha venido sobre los Persas, tal, que pesa tanto como aquéllas, y también dos veces más. ATOSSA ¿Y qué desdicha más funesta pudiera haber ya? Habla. ¿Qué calamidad es esa que dices que ha venido sobre el ejército, y que supera los más terribles de los males? MENSAJERO Toda aquella juventud persa, sin iguales en el valor, por su generosa sangre insignes, y en la fidelidad a su señor siempre los primeros, toda ella pereció con infame y miserable muerte. ATOSSA ¡Ay de mí sin ventura! ¡Oh calamidad desdichada! ¡Amigos! -- ¿Con qué muerte dices que perecieron? MENSAJERO Hay un islote frente a las costas de Salamina, casi cerrado a las naves; en sus orillas acostumbra a juntar sus coros el dios Pan. Allí era donde Xerxes había enviado sus tropas, por que cuando deshecho el enemigo buscase su salvación en aquel lugar, pudiésemos hacer fácil presa en él, y acabar con todo el ejército heleno; y además para que pusiéramos en salvo a aquellos de los nuestros a quienes arrojase en sus riscos la furia de los mares. Mal conoció lo porvenir. Los cielos dieron a la armada helena la gloria del combate, y aquel mismo día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los vencedores, rodean la isla, y los persas no saben ya hacia dónde volverse. Miles de piedras enemigas los hieren; las veloces flechas de sus arqueros los rematan, y, por último, échanse todos de golpe sobre ellos, y cortan, y degüellan y hacen cuartos a los infelices, hasta que no quedó a vida ni uno solo. Xerxes, que vió aquel océano de desastres, lanzó un ay lastimero. Porque tenía su trono en una elevada colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga. He aquí la calamidad que sobre la primera tendrás que lamentar ahora. ATOSSA ¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos de los Persas! ¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! ¡No fueron bastantes los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Marathón, sino que imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto sobre ellos? MENSAJERO Los capitanes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huír siguiendo el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra que se había salvado, parte perecieron en Beocia, ahogados de sed junto a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes; los demás sin alientos atravesamos la Phócida y la Dórica, y los llanos vecinos al golfo de Melias, regados por las saludables aguas del Esperquio. De allí llegamos a los campos de Acaia y a las ciudades thesalias, afligidos con la penuria de mantenimientos. Allí murieron los más de hambre y sed; plagas las dos que a la vez nos consumían. Pasamos Magnesia y Macedonia; vadeamos el Axio; cruzamos los pantanosos cañaverales de Bolbes, y el monte Pangeo y la comarca de Edonia. Estando aquí, algún dios, a no dudar, envió aquella noche una helada fuera de tiempo, que heló toda la corriente del sagrado Estrimonio. Y tal hubo entonces, que de antes nunca había acatado la ley de los dioses, y ahora los invocaba con súplicas, y se postraba de hinojos, y adoraba la tierra y el cielo. Luego, pues, que el ejército hizo larga oración de rogativa, comenzó a atravesar aquel paso a la sazón vuelto en apretados cristales. Quienquiera que pasó antes que el dios del día comenzara a derramar sus rayos sobre la tierra, quedó a salvo; mas así que la encendida y luciente esfera del sol penetró con su llama por medio del helado tránsito y derritió sus cristales, comenzaron a caer los soldados los unos sobre los otros, y por feliz pudo tenerse quien en breves instantes dió el último vital aliento. Los que sobrevivieron y lograron salvarse atravesaron la Tracia a duras penas y con grandes trabajos; y por fin algunos, no muchos, llegan ahora en huída a la tierra donde tienen sus hogares, para poner angustia en el corazón de la Persia, que clamará por la cara flor de sus hijos perdida para siempre. Esta es la verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de los males con que el cielo afligió a los Persas. CORO ¡Oh Destino funestísimo! ¡Y cuán pesadamente has brincado con entrambos pies encima de toda la raza persa! ATOSSA ¡Ay desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos males! ¡Y vosotros, con cuánta ignorancia los interpretasteis! Con todo ello, puesto que así lo decidió vuestro dictamen, quiero ante todas cosas hacer oración a los dioses. Después vendré otra vez de mi estancia trayendo libaciones y ofrendas para la tierra y para los manes de los que han muerto. Bien conozco que esto es ya sucedido y sin remedio, mas oremos porque en lo venidero acontezca algo que sea más favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide la amistad verdadera. Consolad a mi hijo, si llegare aquí antes que yo; acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los males ya sufridos. ~(Vase.)~ CORO ¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército de los Persas, y cubriste de negro luto a las ciudades de Susa y Ecbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sus velos con sus débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas! Y las Persas que esperaban con amor ardentísimo volver a aquel dulce consorcio apenas consumado, y a aquellos regalados deleites de su florida juventud, vierten lágrimas sin fin sobre las blandas ropas de su lecho solitario por lo que perdieron para no cobrarlo jamás. Y yo también tomo sobre mí con hartas veras la tristísima desventura de los que ya no vivirán entre nosotros. Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Xerxes los llevó ¡oh dolor!, ¡oh dolor! Xerxes los perdió. Xerxes lo entregó todo imprudentemente a las naves que caminan a merced de las olas. ¿Cómo fué que Darío, aquel amado príncipe de Susa, aquel caudillo de nuestros flecheros, llevó su ejército sin daño de su gente? A todos los llevaron ¡oh dolor! las aladas naves de negras proas; a hombres de tierra y a los hombres de mar, y ¡oh dolor! a todos los perdieron las naves con su mortal encuentro. El mismo rey, según hemos oído, apenas pudo escapar de manos de los jonios, atravesando los ásperos caminos y tierras de la helada Tracia. Pronto recibieron el golpe mortal de su triste suerte. Vencidos por el Destino implacable ¡ay! ¡ay! flotan dispersos frente a las costas de Cicrea. Llora; ríndete a tu cruel angustia; lamenta a gritos estos dolores que el cielo te envía. Suelta tu voz a las quejas y a los ayes. El fiero mar hace juguete de sus ímpetus aquellos tristes despojos; los mudos hijos de su líquido y nunca manchado seno los despedazan; ¡ay lágrimas! Llora la casa la muerte de su perdido dueño; lloran los padres sin hijos esta desolación que manda sobre Persia la mano de los dioses. ¡Oh ancianos sin consuelo, que no oís cosa que no sea incentivo para vuestro dolor! Ya no vivirán sujetos a la dominación de Persia los pueblos de Asia; ya no pagarán el tributo a que los obligaba la ley de la servidumbre; ya no escucharán de rodillas la voluntad del que fué su señor. El imperio del rey quedó aniquilado. Ya no guardarán su lengua los súbditos; que el pueblo se suelta a hablar libremente así que se ha soltado el yugo que le obliga a doblegarse. La isla de Ayax encierra en sus sangrientos campos y en las ondas que la ciñen todo el poderío de los Persas. ~(Sale ATOSSA.)~ ATOSSA Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre el hombre la tormenta del infortunio, de todo se aterra, al paso que si el viento de la fortuna le es favorable, consiéntese y le parece que por siempre jamás ha de soplar así. Hoy no veo cosa que no se ofrezca a mis ojos preñada de terrores. Todo cuanto pueda venir de los dioses antójaseme contrario. De continuo están resonando en mis oídos clamores que no son los clamores del triunfo. Tanta consternación y pavor pusieron en mi ánimo nuestros desastres. Con esta angustia, otra vez me encamino aquí desde mi morada; pero sin carroza, sin aquella lujosa pompa de antes. Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas propiciatorias que aplacan los manes de los muertos; la blanca y sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las limpias aguas de una cristalina fuente con el puro licor que se engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vid añosa, sin que falte el odorífero fruto del obscuro olivo cuyas ramas ostentan el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores hijas de la omnifecunda tierra. Conque, oh amigos, acompañad con himnos mis ofrendas a los muertos; evocad al divino Darío; que yo voy a derramar en honor de los dioses subterráneos estas libaciones que la tierra beberá bien pronto. CORO ¡Oh reina, honor de los Persas, haz tú llegar esas libaciones a las obscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno de la tierra! -- Ea pues, sagradas deidades infernales; Gea, Hermes, y tú rey de los muertos, restituíd el ánima de Darío de las tinieblas de esa mansión a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros infortunios, tan sólo él entre los mortales será quien lo sepa y pueda decirnos cuándo tendrán fin. ¿Oirás tú, rey bienaventurado y casi divino, estos plañidos desacordes, que en vuestra bárbara lengua salen de mis labios con todos los tristes acentos del dolor y la angustia? Desastres miserabilísimos habrán de revelarte mis clamores. ¿Me escucharás desde lo profundo? Conque ea, oh Gea, y vosotros todos, dioses que guiais a los mortales a vuestras negras y profundas moradas, consentid que salga de ellas aquel espíritu generoso, aquel hijo de Susa, aquel dios de los Persas; enviad arriba, a la luz, a quien fué cual ninguno de cuantos sepultó nuestro patrio suelo. ¡Oh amada tumba!, ¡ah amada tumba, que escondes a un alma tan amada! ¡Oh Aidoneo, Aidoneo, así consientas en enviarnos a la luz a Darío! ¡Ay! ¡A quien fué un rey cual él lo fué! ¡él, Darío! Jamás en la guerra que tantas vidas arrebata, jamás perdió él sus soldados. Igual en consejo a los mismos dioses era apellidado por los Persas; y sin duda que igual a ellos era en consejo quien siempre llevó sus ejércitos a la victoria. ¡Ay de mí! ¡Oh rey!, ¡oh antiguo monarca nuestro!, ven, acércate; aparece en lo alto de ese monumento; levántate ostentando el pie calzado con el rojo coturno y el espléndido ornamento de tu regia tiara. Ven, padre; ven, generoso Darío. Aparécete a nosotros, señor de señores, por que oigas nuestros presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estigia se cierne sobre nuestras cabezas y nos envuelven: nuestra juventud pereció toda entera. ¡Ven, padre; ven, generoso Darío! ¡Oh tú cuya muerte fué tan llorada de los que te amaban! ¡oh señor, señor! ¿cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto imperio que fué tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron aquellas trirremes, aquellas nuestras naves, que ya no son sino despojos de naves, tristes y miserables despojos? ~(Aparece la SOMBRA de DARÍO.)~ LA SOMBRA DE DARÍO ¡Oh fieles entre los fieles, y compañeros de mi juventud; ancianos Persas! ¿qué tribulación aflige a nuestra ciudad? El suelo gime y se estremece herido y golpeado. Junto a mi tumba estoy viendo a la que fué mi dulce compañera, cuyas libaciones acabo de recibir propicio, y al verla, profunda turbación se apodera de mi alma: vosotros también estáis ahí en pie enfrente de este monumento, y plañís, y me evocáis con altas y lastimeras voces y gemidos, y hacéis que deje mi ánima las sombras sempiternas. Salida es esta nada fácil, sobre todo porque los dioses infernales son mejores para apoderarse de sus súbditos que no para soltarlos. Sin embargo, al fin logré hacerme dueño de su voluntad, y heme aquí entre vosotros. Mas apresuraos, no sea que se me acuse de tardanza. ¿Qué nuevo desastre pesa hoy sobre los Persas? CORO Turbado por el antiguo respeto, ni oso mirarte cara a cara, ni oso hablar en tu presencia. LA SOMBRA DE DARÍO Pues que acudiendo a tus ayes vengo del profundo, nada de prolijas razones; dímelo todo brevemente, y acaba. Depón esa reverencia que me tienes. CORO Temo satisfacerte; temo hablarte para haber de contar cosas tan amargas de decir a amigos. LA SOMBRA DE DARÍO Ya que el antiguo respeto se te representa en tu ánimo, y te embarga, pero tú, ~(a ATOSSA)~ anciana que un día fuiste la compañera de mi lecho, noble esposa, da tregua al llanto y a los gemidos, y dime: ¿qué sucede? Habla sin rebozo. Dió naturaleza por patrimonio a los humanos las adversidades. Del mar y de la tierra salen infortunios infinitos, y vienen sobre el hombre cuando su vida se dilata algún tanto. ATOSSA ¡Oh tú, cuya venturosa fortuna superó la prosperidad de todos los hombres; pues mientras viste la luz del sol, pasaste los serenos años de tu vida en felicidad envidiable, siendo como un dios para los Persas! ¡Ahora también te digo dichoso, que moriste antes de ver el abismo de nuestros infortunios! Oye en breves razones todo lo sucedido. Para decirlo con una sola palabra: pereció el poderío de los Persas. LA SOMBRA DE DARÍO Y ¿de qué modo? ¿Ha sido el azote de la peste, ha sido la discordia, quién ha destruído el reino? ATOSSA Nada menos que eso, sino que todo nuestro ejército quedó exterminado cerca de Atenas. LA SOMBRA DE DARÍO ¿Y cuál de mis hijos fué el que llevó allí sus armas? dime. ATOSSA El impetuoso Xerxes, que despobló todas las dilatadas llanuras del continente de Asia. LA SOMBRA DE DARÍO Y ¿cómo se aventuró el desdichado en ese necio intento; por tierra, o por mar? ATOSSA Por mar y por tierra. Dos ejércitos formaban la expedición; dos frentes presentaban al enemigo. LA SOMBRA DE DARÍO ¿Pero de qué manera la gente de a pie pudo llevar a cabo la travesía de piélago tan dilatado y profundo? ATOSSA Uniendo Xerxes con cierto artificio entrambas orillas del estrecho de Helles a fin de tener un paso para el ejército. LA SOMBRA DE DARÍO ¡Y tal puso por obra para cerrar el ancho Bósforo! ATOSSA Así fué. Algún dios sin duda le ayudó en esta resolución. LA SOMBRA DE DARÍO ¡Ah! algún dios enemigo y poderoso que vino a trastornar su mente. ATOSSA A la vista está el desastrado fin que todo ello tuvo, y qué de males nos ha traído. LA SOMBRA DE DARÍO Mas acaba, ¿qué desastre les ha sucedido para que así los lloréis? ATOSSA Rota y deshecha la armada, acarreó la perdición del ejército de tierra. LA SOMBRA DE DARÍO ¿De ese modo, pues, todo nuestro pueblo ha sido completamente exterminado por el hierro enemigo? ATOSSA Sí, como que hoy llora desierta la ciudad de Susa la pérdida de todos sus defensores. LA SOMBRA DE DARÍO ¡Oh vana defensa y auxilio de un tan poderoso ejército! ATOSSA También pereció el pueblo entero de los Bactrianos, y todos en la flor de la edad. LA SOMBRA DE DARÍO ¡Oh infeliz, y qué vigorosos y valientes auxiliares ha perdido! ATOSSA Dicen que tan sólo Xerxes, abandonado de todas sus tropas y con no muchos de los suyos... LA SOMBRA DE DARÍO ¿Llegó al fin a ponerse en salvo? ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Se ha salvado? ATOSSA Dándose por muy contento llegó al puente que unía a entrambas regiones. LA SOMBRA DE DARÍO ¿Y dicen si está ya salvo en nuestra tierra? ¿Y es esto verdad? ATOSSA Sí, cierto. Es voz enteramente confirmada, y sobre la cual no hay discrepancia alguna. LA SOMBRA DE DARÍO ¡Ay! ¡Cuán pronto vino el cumplimiento de los oráculos! En mi hijo ha hecho Zeus que se ejecuten los divinos anuncios. Imaginábame yo que los dioses habían de tardar largo tiempo en llevarlos a cabo; pero cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se junta con él, y le ayuda a despeñarse. Ya brotó para los nuestros la fuente de todos sus infortunios, y mi hijo ha sido quien la ha hecho brotar con su inconsiderada y juvenil audacia ¡Él, que esperaba que había de encadenar al sagrado Helesponto como a un esclavo, e impedir que corriesen las divinas aguas del Bósforo! ¡Él, que con echar a sus ondas unos grillos bien forjados, presumió forzarle a torcer su natural impulso, y abrir ancho camino para su inmenso ejército! ¡Desaconsejado mortal que creía que había de ser más poderoso que todos los dioses, y que Poseidón! ¿Cómo pudo ser, para hacer tal, que la demencia no se hubiese apoderado de mi hijo? ¡Ah! Temo que aquellos tesoros que alcancé con tantos esfuerzos no sean ahora presa del primero que quiera ocuparlos. ATOSSA Tal fué la enseñanza que sacó el arrebatado Xerxes de comunicar con hombres funestos. Decíanle que tú habías ganado con tu lanza grandes riquezas para tus hijos, mientras que él con flojedad de ánimo reducíase a jugar la lanza en su palacio, sin aumentar nada la herencia de su padre. De continuo estaba oyendo oprobios como éstos de boca de aquellos malvados, y al fin determinó mover su ejército y llevarle contra la Hélade. LA SOMBRA DE DARÍO ¡Grandísima hazaña en verdad la de ellos y por siempre memorable! ¡Calamidad que ha desolado a la ciudad de Susa, como ninguna de cuantas cayeron sobre ella desde que Zeus todopoderoso quiso conceder a un solo hombre el honor de imperar sobre toda la rica Asia, empuñando el cetro real! De Media era el primer rey de nuestro pueblo. Otro Medo perfeccionó su obra; su hijo, hombre en quien la prudencia llevó siempre el timón de sus resoluciones, Cyro, fué quién le sucedió, tercer rey nuestro y varón afortunado que una vez en el trono dió paz a todos sus súbditos. Él unió a su imperio a Lidios y Frigios y subyugó por fuerza de armas la Jonia entera. Siempre recto en sus pensamientos, jamás se trajo sobre sí la ira del cielo. Su hijo reinó el cuarto, y después de él Merdis, oprobio de la patria y de su antiguo trono. El noble Artafernes con la ayuda de sus parciales, con quienes se conjuró, sorprendióle en su palacio, y le dió muerte. Con esto entró a reinar Marafis, y luego el mismo Artafernes, séptimo de nuestros príncipes. Por fin, la suerte vino a darme lo que tanto hacía que deseaba; pero con guerrear tantas veces, y mandar ejércitos numerosísimos, nunca mal como este traje sobre mi reino. Mas mi hijo Xerxes es mozo, y como mozo piensa, y no se acuerda de mis mandatos. Bien claro lo veis, antiguos compañeros míos, cuantos ejercimos la suprema potestad en Persia, todos juntos, no causamos jamás desastres tan grandes como el presente. CORO Y en fin, ¿qué determinas? ¡oh Darío, oh señor! Después de lo ya sucedido, ¿cómo haremos aún para que el pueblo persa vuelva a su antigua gloria? LA SOMBRA DE DARÍO Jamás llevéis vuestras armas contra los Helenos, así fuesen más poderosos que el ejército de Xerxes; porque hasta la tierra misma pelea por ellos. CORO ¿Cómo has dicho? ¡Que pelea por ellos...! ¿De qué suerte? LA SOMBRA DE DARÍO Matando de hambre a los ejércitos más grandes y poderosos. CORO Pero tal ejército aprestaríamos escogido y bien dispuesto... LA SOMBRA DE DARÍO El mismo ejército que ahora queda en los campos de Hélade no tendrá salvación ni en la retirada. CORO ¿Qué dices? ¿Pues no ha atravesado ya el Helesponto, de vuelta de Europa, todo el ejército de los bárbaros? LA SOMBRA DE DARÍO Bien pocos serán entre tantos, si es que no ha de negar su fe a los oráculos de los dioses quien tiene delante de sus ojos lo que hasta ahora ha sucedido. No se cumplen a medias los oráculos jamás. Y si esto es así, mi hijo llevado de sus vanas esperanzas, deja allí grande copia de gente escogida. Allá acampan en los llanos que riegan las aguas del Asopo, codiciado beneficio del suelo de Beocia; y allá les aguarda que padecer los últimos y más crueles males, merecido pago de su insolencia y de sus impías resoluciones. Porque así que entraron en la Hélade, no retrocedieron temerosos ante el despojo de las imágenes de los dioses, ni ante el incendio de los templos, sino que las aras fueron destruídas, y las estatuas de los bienaventurados con bárbara furia arrancadas de sus asientos, y unas contra otras derribadas. Los que cometieron estas maldades, ya están padeciendo males nada menores; pero otros quedan por venir todavía. Aún no se alcanza a divisar el fondo debajo de ellos; aún están manando. Tal de cadáveres hacinados quedará en los campos de Platea, entre ríos de cuajada sangre vertida por la lanza doria, los cuales hasta la tercera generación estarán hablando a los ojos de los hombres, y diciéndoles con mudas lenguas: “No os ensoberbezcáis demasiado los que habéis de morir. De la flor de la soberbia, sale luego la espiga del crimen; la mies que se coge es mies de lágrimas”. Vosotros ahora, considerad el condigno pago que tuvieron aquellos delitos; guardad memoria de Atenas y de la Hélade. Nadie mire desdeñoso y atediado su presente fortuna, ni por codicia de las ajenas venga a perder las riquezas propias. Jamás deja sin castigo Zeus justiciero la soberbia desenfrenada, ni se olvida de pedir estrecha cuenta de nuestras acciones. Por tanto, vosotros que poseéis la prudencia, amonestad a Xerxes con atinados consejos; enseñadle a deponer su arrogante audacia, y a no pecar contra los dioses. Y tú, anciana y querida madre de Xerxes, vuelve a tu estancia; toma para él las vestiduras que te pareciere oportuno, y sal al encuentro de tu hijo. Porque con la furia del dolor todas sus ricas vestiduras las hizo girones sobre su mismo cuerpo. Y consuélale con blandas y dulces palabras; que bien lo sé, que tan sólo oyéndote a ti cobrará ánimos. Yo vuelvo a las tinieblas habitadoras del profundo. Y vosotros ancianos, salud, y aun en los males mismos dad el alma a la alegría, mientras el día luzca para vosotros; que las riquezas de nada aprovechan a los muertos. ~(Húndese la SOMBRA DE DARÍO.)~ CORO Lleno de dolor he oído los muchos desastres que hoy afligen a los bárbaros y los que han de sobrevenir aún. ATOSSA ¡Oh Destino, y cuántos dolores me asaltan, y qué crueles! Y lo que me hiere más es oír la fealdad e ignominia con que viene mi hijo hechas harapos sus magníficas vestiduras. Corro a mi estancia; tomaré cuanto sea menester para su remedio y regalo, y me daré prisa a salirle al encuentro. No abandonemos en la desgracia lo que más amamos en el mundo. ~(Vase.)~ CORO ¡Oh dolor! ¡Qué poderosa y feliz y bien gobernada vivía nuestra república cuando imperaba aquel anciano generoso que a todo acudía, el invencible Darío, aquel rey igual en grandeza a los mismos dioses! Entonces brillábamos por la gloria de nuestras armas, y las leyes gobernaban nuestras bien defendidas ciudades, y de retorno de nuestras guerreras empresas veníamos otra vez sanos y salvos, y trayendo la victoria a nuestros hogares. ¡Y cuántas ciudades tomó sin pasar el río Halys ni moverse del augusto hogar de su palacio! Tal como las palustres ciudades del mar Estrimonio vecinas a las mansiones de los Tracios, y a las que fuera del lago se asientan en la tierra firme, bien circuídas de muros, las cuales todas le acataban por su rey y señor. Y las engreídas y jactanciosas que se levantan en entrambas orillas del prolongado estrecho de Helles, junto con las de la sinuosa Propóntide, y las de la boca del Ponto. Y las islas que ciñe el mar cerca del dilatado promontorio que avanza en las ondas, al cual se avecinan: Lesbos, la olivífera Samos, Chíos, Paros, Naxos, Miconos y Andros que está al lado de Tenos, y con ella se toca. También dominó aquellas islas de alta mar que se asientan entre una y otra costas: Lemnos, y la sagrada mansión de Ícaro, y Rodas y Cnido, y las ciudades ciprias, y Pafos, y Solos, y aquella Salamina cuya metrópoli es ahora causa de este llanto. En fin, bajo el imperio y auspicios del gran Darío, hízose dueña el Asia de las opulentas y populosas ciudades de la parte griega de la Jonia. Que entonces era invencible el esfuerzo y valor de nuestros guerreros, y de aquellos sus aliados venidos de todas las naciones de la tierra; pero ahora trocaron los dioses la suerte de las armas. Obra de ellos es sin duda este desastre que hemos sufrido, quedando rotos y deshechos en una batalla naval. ~(Sale Xerxes solo, con los vestidos desgarrados y en desorden y sin ningún aparato ni pompa real. En la mano trae el arco de sus flechas.)~ XERXES ¡Ay infeliz de mí! ¡Y qué triste suerte alcancé, como nunca podía esperarla! ¡Con qué crueldad se ha ensañado la Fortuna en la nación persa! ¿Qué haré? ¡Miserable! Mi cuerpo desfallece; me faltan las fuerzas al contemplar a estos ancianos. ¡Oh Zeus! ¡Ojalá que con aquellos esforzados varones que perecieron, a mí también me hubieses sepultado en las sombras fatales de la muerte! CORO ¡Ay, oh rey! ¡Ay de nuestro valeroso ejército! ¡Ay de la grandeza y majestad del imperio de los Persas! ¡Ay del marcial continente y de los ricos arreos de aquellos soldados que acaba de segar el Destino! La patria llora a aquella juventud que nació en su suelo, y a la cual Xerxes ha llevado a la muerte, llenando con ella las profundas mansiones de Hades. -- ¡Qué multitud de guerreros, la flor de esta tierra, los de temible arco, han descendido a aquel imperio tenebroso! Toda una generación entera de miles de miles de hombres que ha perecido. ¡Ay ejército insigne! ¡Cayó miserablemente la nación reina y señora de Asia! ¡Cayó postrada de rodillas! XERXES ¡Heme aquí; yo soy el miserable, el digno de ser lamentado por toda mi raza; yo, que nací para ruina de la tierra de mis padres! CORO Y estas serán las aclamaciones con que salude y celebre tu vuelta; tristes voces, doloridos lamentos, el lacrimoso y funerario cántico del plañidor Mariandyno. XERXES ¡Dejad salir las lágrimas, los ayes y los gemidos, porque ya estáis viendo cómo se ha mudado el Destino y cómo se ha vuelto contra mí! CORO Sí; yo dejaré que salgan mis quejas y mis ayes; yo rendiré tributo de duelo y de plañidos a las desgracias de nuestro pueblo; a esa tremenda calamidad que ha sepultado en las ondas a toda una generación que ahora está llorando la patria. Yo clamaré una vez y otra con doloridas y lacrimosas voces. XERXES Ares nos la arrebató, Ares que se puso de parte de los Jonios, que combatió en su armada, y segó la infausta llanura del mar y las malaventuradas costas. ¡Ay, ay! clama a grandes voces, y pregunta todo cuanto quieras. CORO ¿Dónde está aquella multitud amiga, dónde los que te escoltaban, como Farandaces, Susas, Pelagón, Agdabatas, Dotamas, Psammis y Susiscanes, que abandonaron a Ecbatana en tu seguimiento? XERXES Allí los dejé muertos. Cayeron de sus naves tirias, y arrastrados por las olas hasta las costas de Salamina, se estrellaron contra sus ásperos riscos. CORO ¡Ay, ay! ¿Y dónde tienes a Farnuco y al valeroso Ariomardo? ¿Dónde al rey Sevalces y al noble Lileo? Y aún te he de preguntar: ¿Y Menfis? ¿y Tharibis? ¿y Masistres? ¿y Artembares? ¿y Hystekmas? XERXES ¡Ay de mí! Todos cayeron de un solo golpe. Sus míseros cuerpos palpitantes aún, yacen en la costa mirando a la antigua, a la odiosa Atenas. CORO ¿Y aquel que era siempre tu ojo fiel, que contaba diez mil a diez mil tus soldados persas; Alpisto, el hijo de Batanoco ... hijo de Sesames el de Megabactes? ¿Y Partho? ¿Y el grande Oibares? ¿Dónde los has dejado? ¿Dónde los has dejado? XERXES ¡Oh! ¡los enemigos! CORO ¡Males más fieros y terribles anuncias con esto a los generosos Persas! XERXES Tú me haces renovar la memoria de aquellos buenos compañeros, y avivas en mí su amor vehementísimo. Tú que me hablas de calamidades tan terribles y horrendas, y que no son para olvidadas jamás. De lo hondo de mi pecho clama por ellos mi corazón con grandes voces. CORO ¿Y tantos otros a quienes con tan vivo deseo esperamos? ¿Y Xantho, que mandaba diez mil Mardos? ¿Y el belicoso Ancares? ¿Y Diaxis y Arsaces, capitanes de la caballería? ¿Y Cedadates? ¿Y Litimna? ¿Y Tolmo, que jamás se hartaba de pelea? XERXES ¡Allá quedan sepultados; allá quedan sepultados! No los llevaron en entoldadas literas, ni detrás los acompañaba fúnebre cortejo. Perecieron aquellos caudillos de nuestro ejército y perecieron sin gloria. CORO ¡Ay dioses! ¡ay! ¡Qué desastre habéis enviado contra nosotros! ¡Desastre inesperado; desastre no visto jamás, desastres digno de que le contemple la mirada de Ate! XERXES Golpe es el que nos ha herido cual los que la Fortuna suele dar en la vida. CORO Sí, ella es quien nos ha herido. Bien claro está. ¡Calamidad inaudita! ¡calamidad inaudita! Con bien menguada suerte abordamos a la armada Jonia. ¡Infeliz es en las armas la gente de los Persas! XERXES ¿Y cómo no serlo, cuando con ejército tan poderoso fuí miserablemente destrozado? CORO ¡Verdad! ¡cómo no, cuando ha perecido por completo el poderío de la Persia! XERXES ¿Ves lo que me resta de todos mis arreos y pompa militar? CORO ¡Lo veo, lo veo! XERXES Este carcaj... CORO ¿Qué es lo que dices que has salvado? XERXES El carcaj donde guardo mis flechas. CORO ¡Miserable resto de tesoros tan ricos! XERXES Hemos perdido todos nuestros defensores. CORO ¡No huye del combate el pueblo jonio! XERXES Es un valerosísimo pueblo. ¡No me esperaba yo la derrota que he presenciado! CORO ¿Dices, pues, que nuestra armada ha huído en derrota? XERXES Al contemplar aquel desastre, rasgué mis vestiduras. CORO ¡Ay, ay de mí! XERXES ¡Ay! Es poco decir ¡ay! para tamaña desdicha. CORO Sí, que son desdichas que doblan y triplican la desdicha más grande. XERXES ¡Tristísimas para nosotros; pero bien alegres para nuestros enemigos! CORO ¡Quedó abatida nuestra pujanza! XERXES Vedme sin ninguno de los que me escoltaban. CORO Amigos infelices, que han perecido en el mar. XERXES Llora, llora nuestra pérdida, y vuélvete a tus hogares. CORO Lloro sí, y no me dejan hablar los sollozos. XERXES Responde a mis clamores con tus clamores. CORO Triste consuelo de sus desdichas para los desdichados. XERXES Acompaña mi fúnebre canto con tus tristes acentos. CORO ¡Ay, ay! ¡oh dolor! XERXES ¡Desastre que nos abruma! CORO ¡Desastre del cual me duelo en el fondo de mi alma! XERXES Hiere tu pecho, hiérele, y llora por mi causa. CORO ¡Ay infortunio! ¡ay infortunio! XERXES Responde a mis clamores con tus clamores. CORO ¡Oh, mi señor, no necesitas decírmelo! XERXES Alza hasta el cielo tus sollozos. CORO ¡Ay, ay de mí! De nuevo acompañaré mis gemidos con tristes extremos de dolor. XERXES Hiere tu pecho al lúgubre són del canto misio. CORO ¡Oh desdichas, desdichas! XERXES Mésate la blanca barba. CORO ¡Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza! ¡Oh miserabilísima desventura! XERXES Lanza agudos ayes. CORO Así haré. XERXES Desgarra tu ancha túnica con toda la fuerza de tus manos. CORO ¡Oh desdichas, desdichas! XERXES Mésate los cabellos, y llora nuestra perdida armada. CORO Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza. ¡Oh miserabilísima desventura! XERXES Báñense en lágrimas tus ojos. CORO ¡Sí que me deshago en lágrimas! XERXES Responde a mis clamores con tus clamores. CORO ¡Ay, ay de mí! XERXES Vuelve a tus hogares llorando nuestra ruina. CORO ¡Oh patria mía de Persia, lanza un ay de dolor! XERXES Sí; resuene en toda la ciudad. CORO ¡Ay, ay! lloremos más todavía; lloremos más. XERXES Caminad con tácitos y lentos pasos en señal de duelo y gemid. CORO ¡Oh patria mía de Persia, lanza un ay de dolor! XERXES ¡Ay trirremes mías! ¡armada mía destrozada! CORO Yo te seguiré con doloridos ayes. [Ilustración] _LA ORESTIADA_ _I.--AGAMEMNÓN, II.--LAS COÉFORAS, III.--LAS EUMÉNIDES_ [Ilustración] I _AGAMEMNÓN_ ~Aparece el ATALAYA puesto en vela en el terrado de palacio. Al comenzar la acción es todavía noche cerrada.~ ATALAYA Pido a los dioses que me libren de este penoso trabajo, de esta guardia sin fin que estoy haciendo en lo alto del palacio de los Atridas, todo el año alerta como un perro, contemplando las varias constelaciones de los astros de la noche, brillantes reyes que lucen en el dilatado éther, y marcan a los mortales el invierno y el verano; cuándo se ponen, y cuándo hacen su salida. Ahora, como siempre, estoy esperando la señal de la hoguera, el esplendente fuego que nos ha de traer la nueva de la toma de Troya; que así lo manda el duro corazón de una mujer imperiosa y dominante, que la está aguardando. Llega la noche, mas no viene con ella el reposo a mi lecho húmedo de rocío. Jamás le visitan los sueños; en vez del sueño, el terror es quien se sienta a mi cabecera y no me deja cerrar los ojos a un tranquilo descanso. Y si quiero cantar o tararear buscando remedio contra el sueño que me acomete, entonces rompo en lágrimas, lamentando los infortunios de esta casa, que ya no se ve en la prosperidad que la tenía aquel su amo de otros tiempos. ¡Ojalá venga por fin el dichoso instante que me vea libre de esta fatiga! ¡Ojalá aparezca en medio de las sombras el fuego de la buena nueva! -- ¡Ah! ¡ah! ¡Salve, oh lucero de la noche, que anuncias la luz de un claro y nuevo día, y a la ciudad de Argos le das la señal de regocijados y festivos coros en celebración de un feliz suceso! Sí, no hay duda; en verdad te lo digo, esposa de Agamemnón; que en seguida saltes del lecho, y que en todo el palacio se levante jubiloso himno que salude esta luz venturosa. Tomada es Ilión. Esa luminaria encendida lo está anunciando. Yo mismo seré, yo, quien daré comienzo al preludio, y guiaré los coros de la fiesta; yo, que voy a llevar la dicha a mis señores; que esta hoguera ha sido para mí una jugada redonda. ¡Así me sea dado ver la vuelta de mi Rey a su casa, y estrechar su mano querida entre mis manos! Lo demás lo callo: un enorme buey pesa sobre mi lengua. A poder hablar, bien claramente se explicaría este palacio. Por lo que hace a mí, de buen grado hablaría con quien me entendiera; para los que no, como si nada supiese. ~(Vase.)~ ~(Sale el CORO. Comienza a alborear. Al aparecer CLITEMNESTRA en escena es ya de día.)~ CORO Este es el décimo año ya después que los dos poderosos competidores de Príamo, el rey Menelao y Agamemnón, aquel invencible par de Atridas, a quienes honró Zeus por igual, dándoles a los dos trono y cetro, movieron de esta región poderosa armada argiva de mil naves, que apoyase con la fuerza su demanda. Del fondo de su generoso pecho lanzaron grito de guerra como altaneros buitres que al ver arrebatados sus polluelos, lanzan un ay de dolor, y azotando el aire con los remos de sus alas, vuelan en precipitados giros alderredor del nido desierto, donde ya no se guarece aquella cría, dulce y perdido objeto de sus cuidados. Pero así como no falta un dios, que oiga desde su excelso trono el gemido de dolor que lanzan las tristes aves; o ya Apolo, o Pan, o el mismo Zeus, y envíe una Erinna vengadora que al cabo y al fin castigará la maldad de los impíos violadores, así también Zeus, poderoso amparador de la hospitalidad, envió contra Alexandro a los hijos de Atreo por causa de una mujer que tantas veces mudó de marido, y por ella puso entre Danaos y Troyanos grandes y fieras luchas, donde los cuerpos de los combatientes se rendirán a la fatiga, y los más fuertes tocarán con sus rodillas el polvo de la tierra, y a los primeros encuentros saltarán en astillas las robustas lanzas. De cualquier modo que sea, hoy sucede lo que tenía que suceder; lo que está decretado se cumple; y ya ni lamentos, ni lágrimas, ni libaciones serán poderosas a calmar la implacable ira de las deidades a quienes no son aceptos sacrificios de fuego. En tanto, nosotros, privados de seguir la generosa expedición por causa de esta vieja y despreciable carne que ya no puede pagar su tributo, permanecemos aquí, sustentando en un báculo nuestras fuerzas flacas como las de la infancia. Igual es la lozanía que retoza en un penco demasiado mozo, que la del viejo; ni en la una ni en la otra tiene su imperio Ares. Cuando el verdor de los años se ha marchitado ya, la vejez decrépita, seca y sin hojas va haciendo su camino sobre sus tres pies, sin más fuerzas que un niño, y arrastrándose con incierto paso a modo de un sueño que anduviese vagando en pleno día. Pero, hija de Tíndaro, reina Clitemnestra, ¿qué sucede? ¿qué novedad es ésta? ¿qué has sabido tú, que así te mueve a ordenar esos sacrificios que estoy viendo por todas partes? Las ofrendas levantan su llama en las aras de todos los dioses patronos de la ciudad; de los del cielo y los del infierno; de los que guardan nuestros campos como de los que presiden nuestra ágora. Aquí y allá y acullá se enciende brillante llama y llega hasta el cielo fomentada por el suave y puro aceite de las libaciones, traídas del lugar más retirado y secreto de la regia morada. Dime lo que puedas y te sea lícito decirme; calma esta mi ansiedad, que ora me llena de tristes pensamientos, ora a la vista de esos sacrificios da acogida a la esperanza alegre, que domina mi congojoso cuidado y la tristeza que devora mi corazón. Sea dueño a lo menos de celebrar el feliz prodigio que señaló la partida de nuestros príncipes; que los dioses me convidan a que lo celebre, y me inspiran este cántico, y todavía no es tal la edad que no me preste fuerzas para ello. Aquel prodigio, digo, que sucedió cuando los dos poderosos reyes de los Aqueos, juntando sus robustos cetros para una misma empresa, marcharon contra el reino de Teucro al frente de toda la juventud de la Hélade, lanza en mano y prontos a la venganza. A este punto, dos reinas de las aves se aparecen a los reyes de la armada helena, no lejos del palacio, y a la mano que blande la lanza. Era la una negra y la otra blanca por el lomo, y acababan de devorar en la dilatada y espléndida región de los cielos a una liebre preñada, muerta con todos sus gazapillos cuando ya tocaba al término de su fugitiva carrera. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna! El avisado y prudente adivino del ejército observó aquellas dos rapaces aves que devoraban su presa, y reconoció en ellas a los dos belicosos Atridas, príncipes y caudillos de la expedición; e interpretando el prodigio soltó la voz a semejantes razones: Al cabo de tiempo llegará esta empresa al término que se propone; la ciudad de Príamo será tomada, y el destino entregará al pillaje todas las riquezas atesoradas por un pueblo en el recinto de sus torreados muros. Si no es que antes lo cubre todo de tinieblas la cólera divina, y rompe el freno que con vuestras armas teníais forjado para Troya. A lo que anuncia el portento de esos alados canes del padre Zeus, que han inmolado a ese tímido y triste animal con los hijuelos que aún llevaba en sus entrañas, la casta Artemisa mira a esta casa con airados ojos. Banquetes como el de las águilas son aborrecibles a la diosa. ¡Celébralo, celébralo con tristes cánticos; pero que venza por fin la buena fortuna! No lo dudéis; la bella diosa, que con tanto amor mira por los tiernos cachorrillos del león invencible, y que tiene sus complacencias en los hijuelos de las fieras de los montes, que aún van colgados de los pechos de sus madres, quiere que se cumpla lo anunciado por el prodigio de esas águilas, lo cual, puesto que nos es favorable, pero también encierra algo que es de infeliz agüero. ¡Oh, Peán salvador, yo te invoco! Que no suscite Artemisa contra los Griegos vientos contrarios que los detengan en su larga navegación, ni nos compela a un sacrificio harto diferente de éste; sacrificio excecrable, donde no habrá festines; artífice impío de crímenes entre los que son de una misma sangre, y que no perdonará ni la reverencia de un esposo. El rencor esperará en vela dentro del hogar, envuelto en el manto de la astucia, y siempre acompañado del pensamiento de la venganza de una hija, y al fin un día se alzará otra vez terrible. Tal dijo Calcas con ocasión de las agoreras aves que se aparecieron al partir de la armada, presagiando males a este regio palacio a la vez que grandes bienes. Acompaña con tus voces al adivino; celébralo, celébralo con tristes cánticos, pero que venza por fin la buena ventura. ¡Oh, Zeus, quien quiera que tú seas, yo te invoco con este nombre, si con él te agrada de ser invocado! Porque bien considerado todo en mi mente, para arrojar de mí el peso de estas vanas inquietudes, no hallaré en verdad quien con Zeus pueda compararse. El primero que fué grande en el mundo, aquel dios que estaba rebosando fuerza, y al cual nadie se resistía, nada podría mandar hoy: fué antes; ya nada es. El que vino después de él, encontró quien le venciese, y feneció. Mas quien de corazón celebre a Zeus con jubiloso himno de triunfo, llegará al colmo de la sabia prudencia. A aquel dios que encamina a los mortales a la sabiduría, y dispuso que en el dolor se hiciesen señores de la ciencia. Hasta en el sueño mismo el penoso recuerdo de nuestros males está destilando sobre el corazón, y aun sin quererlo nos llega el pensar con cordura. Don del dios, que sentado en augusto trono rige con diestra vigorosa la nave de nuestros destinos. El venerable caudillo de la armada aquea, que jamás se alzó contra adivino ninguno, cede resignado al viento de las desdichas que le amagan. Cuando he aquí que la imposibilidad de navegar viene a poner en consternación al ejército aqueo, retenido enfrente de Calcis en las tempestuosas costas de Aulide, cuyas aguas turbulentas amenazan aniquilar las naves. Soplan los vientos del Estrimonio; los vientos que traen la arribada funesta, y el hambre, y el ningún abrigo contra el inminente naufragio, y la dispersión de los navegantes; vientos que no perdonan ni cascos ni jarcias; que alargan crueles la hora de la partida, y a la sazón secan y consumen la flor de los Argivos. Entonces el adivino, anunciando la voluntad de Artemisa, reveló a los caudillos un remedio más terrible que la tempestad misma, y tal, que al oírle los Atridas, hirieron la tierra con sus cetros, y no pudieron contener las lágrimas. -- ¡Desdicha fiera no obedecer!, exclamó el augusto príncipe dando una gran voz; ¡pero fiera desdicha también inmolar a mi hija, a la alegría de mi casa, y que las manos de un padre se manchen con la sangre de una tierna virgen, derramada sobre el ara de Artemisa! ¿Cuál de estos dos caminos estará libre de males? ¿Cómo ser yo desertor de la armada? ¿Cómo separarme de esta empresa? Pues que es justo que ellos deseen con ansia el sacrificio de esta sangre virginal, que ha de calmar los vientos... ¡ojalá sea para bien! Pero una vez que siente sobre sí el yugo de la necesidad, que trastorna su mente y le inspira una nueva resolución cruel, criminal e impía, múdase su ánimo y arrójase a la más bárbara hazaña que imaginarse puede. ¡Que así hace temerarios a los mortales la locura funesta, consejera de ignominias y primera fuente de todos nuestros males! Atrevióse, pues, a ser el sacrificador de su hija, en favor de una guerra que iba a vengar la afrenta de una mujer, y por primera víctima propiciatoria de la armada. Llevados del ansia de pelea, en nada tuvieron los caudillos ni la florida juventud de la doncella, ni las súplicas y clamores con que llamaba a su padre. Él mismo, hecha ya la deprecación a los dioses, manda a los ministros del sacrificio que la levanten en alto como a una cabritilla, y con entera resolución la pongan sobre el ara, bien envuelta en sus vestiduras y con el rostro mirando al cielo; él también, que con los apretados nudos de una mordaza detengan en los labios de la hermosa víctima la execración que va a lanzar contra los suyos. Pero ella, dejando caer al suelo el velo rojo que cubre su frente, lanza de sus ojos una mirada que hiere a sus sacrificadores con el dardo de la compasión. Ofrécese ante ellos resplandeciente y bella como hermosa pintura; parece que quiere hablarlos como en otro tiempo, cuando tantas veces cantaba con dulce voz en los espléndidos festines, con que Agamemnón agasajaba a sus guerreros, aquella casta virgen, honor y contento de la felicísima vida de su padre. Lo que sucedió después, ni lo vi, ni hablaré de ello; pero las predicciones de Calcas jamás dejan de cumplirse. Enseña la justicia con sus golpes a que comprendan los mortales lo que vendrá sobre ellos en lo porvenir. Mas lejos de mí saber lo que más tarde ha de pasar. Tanto manda llorar de antemano nuestro destino. Hora vendrá que se presente a nuestros ojos claro como la luz del día. ¡Que tengan buen suceso estas cosas, según es el deseo de los que somos el único muro que defiende hoy esta tierra de Apis! ~(Sale CLITEMNESTRA.)~ Heme aquí, Clitemnestra, rindiendo homenaje de veneración a tu potestad; que así es justo que se honre a la esposa del príncipe cuando la ausencia del esposo dejó el trono vacante. ¿Qué te mueve a ofrecer esos sacrificios? ¿Es alguna nueva feliz? ¿Es por ventura tan sólo la esperanza de un buen suceso? Bien de voluntad lo sabría; mas si callares, yo acataré tu resolución. CLITEMNESTRA ¡Ojalá que del seno de la noche nazca la aurora de un venturoso día, como dice el proverbio! Apercíbete a recibir una alegría que supera todas las esperanzas: los Argivos son dueños de la ciudad de Príamo. CORO ¿Qué dices? ¡Apenas si me atrevo a dar fe a tus palabras! CLITEMNESTRA Que Troya es de los Aqueos. ¿No lo he dicho claro? CORO La alegría me enajena y hace asomar mis lágrimas. CLITEMNESTRA Sí; bien están publicando tus ojos los afectos del corazón. CORO ¿Pero tienes algún testimonio cierto de esta ventura? CLITEMNESTRA Lo hay. ¿Y cómo no? ¡A no ser que algún dios me engañe...! CORO ¿Acaso será que rindas, crédulo, culto a las visiones de los sueños? CLITEMNESTRA No soy yo quien toma por verdades las ilusiones de la mente dormida. CORO Quizá te llenó cualquier rumor prematuro. CLITEMNESTRA ¿Es que para ti tengo tan poco juicio como una chicuela? CORO ¿Mas cuándo ha sido destruída la ciudad? CLITEMNESTRA Yo te lo diré. En esta misma noche de cuyo seno ha nacido esta luz que nos alumbra. CORO ¿Y qué mensajero pudo traer tan pronto la noticia? CLITEMNESTRA Hefestos, que envió desde el monte Ida el fulgor resplandeciente de sus rayos. De lumbre en lumbre ha llegado hasta aquí el fuego mensajero. -- Del Ida al promontorio de Hermayo en Lemnos; de esta isla recíbele la alta cumbre del Atos, y la cima consagrada a Zeus se alumbra con la tercera vivísima llama, que sube, y se yergue, y salva con poderoso salto las anchas espaldas del mar, y corre presurosa, y se presenta como un sol dorando las empinadas rocas de Macisto y anunciándoles la regocijada nueva. -- Y no anda perezoso el atalaya, ni se deja vencer imprudentemente del sueño, sino que luego acude a lo que le toca, y hace la señal; la luz de los encendidos sarmientos llega a las corrientes del Euripo, y avisa desde lejos a los atalayas del Messapio, y ellos ponen fuego a un montón de secas zarzas y llevan más allá las señales. El vivo resplandor de la hoguera, en ningún modo se amortigua; pasa de un salto la llanura del Asopo, semejante a clarísima luna, y hace que se enciendan sobre las cimas del Citerón nuevas lumbres mensajeras. El guarda allí apostado no se niega a trasmitir la luz a los que están más lejos, antes enciende hoguera más viva aún que todas las ya dichas, la cual salva la laguna Gorgopis, llega al monte Egiplacto y obliga a cumplir las órdenes de modo que no falte el fuego. Encienden, pues, una gran lumbre; la llama, con poderoso ímpetu, suelta su roja cabellera; traspone el alto promontorio del estrecho Sarónico, y despidiendo rayos de luz pasa más allá, hasta que toca en el monte Aracneo, atalaya vecina a nuestra ciudad. De aquí, en fin, vino a esta morada de los Atridas aquella luz, cuyo primer padre fué la hoguera que brilló sobre el Ida. Tales fueron las señales que yo hice disponer de modo que por su orden pasasen de unos en otros: el primero de ellos y el último, el primero que dió la señal y el último que la recibió, ambos son los vencedores en esta carrera. Lo que te he dicho no es sino lo que mi esposo me anuncia y certifica desde Troya. CORO ¡Oh, mujer! lo primero de todo rindamos tributo de adoración a los dioses. Pero quisiera estar oyendo de continuo esa asombrosa nueva; que tuvieses a bien repetírmela. CLITEMNESTRA Sí, dueños son hoy de Troya los Aqueos. Imagínome ya estar oyendo las encontradas voces que resuenan en la ciudad. Echad vinagre y aceite en un mismo vaso, y veréis cómo no se juntan amorosos; cómo se rechazan. Así también suenan distintos y encontrados los gritos que en tan diversa fortuna lanzan vencidos y vencedores. Aquí están abrazados con los cuerpos de sus esposos, de sus hermanos y de sus padres, las mujeres y los niños, que ya no podrán ni siquiera llorar con libertad el triste destino de aquellos a quienes más amaron en el mundo. -- Allí, los vencedores, después de la fatiga de la pelea y de una noche sin reposo, acosados del hambre, apercíbense a hacer la comida de la mañana con los manjares que la ciudad les ofrece. No hay orden ni rangos; cada cual se acomoda donde la suerte le depara, y así ocupan las casas de la cautiva Troya, y se ponen, por fin, al abrigo del sereno de la noche y de las inclemencias del cielo. -- ¡Y cómo que son felices con poder dormir la noche entera sin centinelas que los guarden! Veneren piadosos a los dioses tutelares de la ciudad tomada; respeten sus templos, y no sufrirán después de la victoria la suerte de los vencidos. ¡Ojalá no se deje vencer nuestro ejército de la avaricia, ni entre en deseo de lo que no le es lícito codiciar; que para volver a sus hogares sanos y salvos, aún les queda por andar la mitad de la jornada! Y si pecaren contra los dioses pudiera suceder que a su vuelta, la sangre de los vencidos se alzase contra ellos; cuando no sobrevinieren nuevos males. Ahí tienes todo lo que yo, como mujer, puedo decir. ¡Que sea acabada su dicha y sin revés que la turbe; que no les deseo menos que la posesión de largos bienes! CORO Generoso es tu pecho, mujer, y has hablado como pudiera un hombre prudente. En cuanto a mí, oídas tus palabras, que no dejan lugar a duda, voy al punto a hacer piadosa oración a los dioses; que no merece menos la recompensa que han tenido nuestros trabajos. ~(Vase CLITEMNESTRA.)~ ¡Oh, Zeus soberano! ¡Oh cara noche, que tan grande gloria nos deparaste, y tendiste red espesísima sobre los muros de Troya de modo tal, que ni el grande ni el pequeño, ninguno pudiera escapar de aquel lazo de esclavitud y muerte que los aprisionó a todos! Yo te adoro, Zeus poderoso, que velas por los fueros de la hospitalidad; hacedor de estas grandes cosas, que ya de antes habías tendido el arco contra Alexandro. No se disparó el dardo antes de tiempo, ni vanamente se perdió más allá de los astros. Ya pueden decir que este golpe es castigo de Zeus; bien han podido conocerlo. Él comenzó esta obra, y él también la consumó. Hay quien dice que los dioses no se dignan cuidarse de los hombres que pisotean el honor de las cosas santas; pero el que así habla es un impío. Algún día se manifiestan los dioses a los hijos de aquellos hombres soberbios que sólo respiraban guerra e inquietud, y vivieron hinchados con la pompa de una opulencia sin medida. Viva yo libre de males, y tan sólo con lo que basta al varón prudente. No son baluarte las riquezas para quien en el tedio de la hartura derriba con pie sacrílego el ara santa de la justicia. Él será borrado de entre los hombres. Arrástrale la funesta confianza que el delito engendra, madre y consejera de maldades. No hay salvación para él. Su crimen no permanece oculto en la sombra; antes, cual lumbre que brilla con siniestros fulgores, muéstrase a los ojos de todos. Como moneda de mala ley que con el uso y roce se ennegrece, así el hombre es por fin apreciado en lo que vale. Niño que corre tras el vuelo de un pájaro, al cabo ve que sólo ha conseguido arrojar indeleble afrenta sobre su patria. No hay dios que escuche sus preces, y el inicuo, que causó tantos males, es borrado de sobre la haz de la tierra. Así Paris, que recibido en el hogar de los Atridas, deshonró la mesa de la hospitalidad con el rapto de una esposa. Osada ella, con audacia jamás vista, salva ligera las puertas de la ciudad. Déjale a su patria chocar de lanzas y de escudos, y armamentos de naves. A Ilión llévale en dote total y lastimosísima ruina. ¡Ay, casa! clamaban los adivinos de palacio con tristes lamentos; ¡ay, casa! ¡ay, príncipes! ¡ay, lecho nupcial! ¡ay, desaconsejados pasos de la afición amorosa! Ahí está el esposo que ella abandonó; ahí está, que se le puede ver; silencioso, sin honra; pero sin que ni una injuria salga de sus labios, ni se haya alterado la dulce tristeza de su semblante. Vencido del deseo de aquella esposa, que huyó al otro lado de los mares, diríase que es un espectro que reina en esos palacios. La gracia de las hermosas estatuas que se la representan, le es desabrida y aborrecible; que toda su hermosura se pierde en aquellos ojos sin expresión y sin pupilas. Vienen las sombras de la noche, y asáltanle con tristes apariencias que le traen vanísima alegría. Vana, sí, porque cuando se imagina que está contemplando su bien, al punto escápasele de entre las manos, y la visión desaparece con alada planta por los ligeros caminos del sueño. Tales son los dolores que hacen su habitación en el hogar de este palacio; tales son, y aun otros que con mucho les superan. Mas donde quiera se enseñorea el dolor; un dolor que oprime los corazones. En cada hogar de donde salió un heleno para la guerra. Sí, ¡que son muchas las desdichas que hieren nuestra alma! Cada cual recuerda bien a quién dió su despedida; mas en vez de hombres, urnas y cenizas, he ahí todo lo que volverá a nuestros hogares. Porque Ares, que vuelve cadáveres por hombres, y durante la pelea tiene en sus manos la balanza, envíanos desde Ilión, en vez de aquellos a quienes tanto amamos, el triste y lacrimosísimo polvo de sus cenizas, recogido de la ardiente hoguera; todo lo que de ellos queda, bien holgado en una urna funeraria. Y se llora a los nuestros; y se bendice su memoria; a éste por diestro en el combate, a aquél porque cayó con honra en la fiera matanza por causa de una mujer ajena. Esto se murmura en voz baja, y dentro del pecho hierve dolorosa cólera contra los Atridas que todo lo provocaron. Los otros yacen allá, en honrados sepulcros, al pie de los muros de Ilión. La tierra enemiga guarda en su seno a sus dominadores. Grave cosa es que un pueblo airado dicte sentencia; que al fin la maldición popular es deuda que se paga. Esta angustia, que no me deja un instante, me está diciendo que algo se oculta entre las sombras. No escapan a la mirada de los dioses los que han derramado torrentes de sangre. Andando el tiempo, las negras Erinnas, con precipitado vuelco de fortuna, hunden en las tinieblas al afortunado que menospreció la justicia; su fuerza toda se aniquila, y él desaparece sin dejar huella. De temer es ser aplaudido y envidiado. El rayo de Zeus hiere entonces los ojos, y ciega y derriba. Una dicha no envidiada, esto es lo que prefiero. Ni llegue yo jamás a ser destructor de ciudades, ni me vea jamás esclavo, y sujeto al arbitrio de otro. Mas la alegre nueva del fuego mensajero ha atravesado veloz toda la ciudad. Si es verdad, ¿quién lo sabe? ¿No será quizá engaño de los dioses? ¿Quién tan niño y falto de seso que deje que su corazón se encienda con las noticias de ese fuego repentino, para que después tenga que sufrir el desengaño? Propio es del gobierno de la mujer celebrar victorias antes de sabidas. Es la condición femenil pronta a creerlo todo, y llenarse luego con ello. Gloria que tiene a la mujer por pregonero, es de corta vida y pronto se desvanece. En breve vamos a saber si esas encendidas lumbres, si esa sucesión de hogueras eran verdad, o si a modo de un sueño su regocijada luz vino a engañar nuestra mente. He aquí que diviso un mensajero que llega de la costa, la frente sombreada con el ramo de oliva. Ese árido polvo que se levanta, hermano del lodo, me está notificando que alguien nos trae nuevas del suceso; y no mudo, ni con hogueras de silvestres sarmientos, ni con humos ni lumbres. Sí, sus palabras pondrán colmo a nuestra alegría. Lejos de mí imaginar lo contrario. ¡Ojalá lo que avenga supere nuestras esperanzas! ¡Y recoja el fruto de sus impíos pensamientos quienquiera que hiciese por la ciudad otras súplicas que estas! ~(Sale TALTIBIO, mensajero.)~ MENSAJERO ¡Oh tierra de Argos! ¡Oh suelo de la patria! Al cabo de diez años vuelvo a ti en este claro día. De tantas esperanzas defraudadas, por fin se me ha logrado una; la que jamás imaginé conseguir. Morir en Argos, y tener mi sepultura en su tierra queridísima. -- Salve, pues, ¡oh tierra! ¡salve luz del sol! ¡y tú, Zeus, señor altísimo de esta comarca; y tú, dios Pitio, que ya no dispararás las flechas de tu arco contra nosotros! Sobrado tiempo, oh dios Apolo, nos fuiste contrario en las riberas del Escamandro; sé ahora nuestro salvador, y líbranos de nuevas contiendas. También a vosotros todos os saludo, dioses tutelares que presidís nuestra Ágora; y a ti, Hermes mensajero, mi patrón, gloria y culto de los mensajeros. Dióscuros, vosotros que acompañasteis nuestra marcha, recibid propicios los restos de nuestro ejército que escaparon de la lanza enemiga. -- ¡Oh palacio de mis reyes! ¡Oh techo amado! ¡Oh sagrados altares! ¡Oh dioses saludados por el claro sol de Oriente; si por ventura de antes mirasteis a nuestro rey con serenos ojos, recibidle ahora con agrado después de tan larga jornada! -- Porque el rey Agamemnón viene, y trae en sus manos la luz que ha de alumbrar esta obscurísima noche; la vuestra, la nuestra y la de todos. Ea, acoged como es debido al asolador de Troya, que con el azada justiciera de Zeus ha removido hasta el seno mismo de la tierra enemiga. Desaparecieron las aras y templos de sus dioses; la raza entera de un pueblo ha sido aniquilada. Y después que yugo tal echó sobre la cerviz de Troya, torna a vosotros el augusto Atrida, nuestro señor; el varón afortunado, el más merecedor de honores entre cuantos mortales existen hoy sobre la haz de la tierra. No se jactará Paris jamás ni la ciudad, que fué su cómplice, de que la hazaña superó al castigo. Convicto de rapto y robo, perdió la prenda robada, y arruinó la casa de sus padres junto con su propia patria. Con doble pena pagaron su culpa los hijos de Príamo. CORO Bien venido seas, enviado del ejército aqueo. MENSAJERO Sí que soy bien venido. Ya pueden los dioses mandarme morir; no me negaré a su voluntad. CORO ¿Te atormentaba la nostalgia de la patria? MENSAJERO Sí, tanto que la alegría arranca lágrimas de mis ojos. CORO ¿Padecíais, pues, como nosotros de ese dulce mal? MENSAJERO ¿Qué dices? Explícate de modo que yo te entienda. CORO De heridas de amor por aquellos que os amaban. MENSAJERO ¿Es decir, que la ciudad recordaba también con ardiente amor aquel ejército que tanto la echaba de menos? CORO Como que afligida el alma, de continuo estaba suspirando. MENSAJERO Mas ¿de dónde nació esa cruel tristeza? Habla. CORO Tiempo ha que callar es el único remedio de mis males. MENSAJERO ¿Cómo? ¿Pues había de quién pudieses temer en ausencia de tus reyes? CORO Y de suerte, que aquel morir, de que tú hablabas ha poco, sería para mí hoy colmada alegría. MENSAJERO Eso puedo decirlo yo que he logrado la dicha deseada. En la carrera de la vida, a las veces los tiempos nos son favorables y a las veces adversos. Fuera de los dioses, ¿quién podrá decir que pasó su vida entera exento de dolores? Pues ¡si yo contase nuestros trabajos, y la falta de toda comodidad y abrigo, y la rareza de las arribadas, y lo duro y desapacible del lecho, y cómo no había hora del día que pasásemos sin gemir y clamar! Y ya en tierra, otra vez nuevas fatigas, mayores aún que las pasadas, porque venía la noche y acampábamos al pie de las murallas enemigas, y el rocío del cielo y la humedad de los prados nos calaban, y perdían nuestros vestidos y erizaban nuestros helados cabellos. ¡Y si alguno pudiese pintar aquellos crudos inviernos que nos deparaba el monte Ida con sus nieves, donde ni las aves del cielo quedaban a vida; o aquella calma sofocante del mediodía en el estío, cuando echados los vientos y serenas las olas, el mar se tendía en su lecho y sesteaba! Mas ¿a qué es lamentarlo? Pasaron aquellos trabajos; pasaron para los que murieron, y de suerte que nunca jamás cuidarán de volver a levantarse. Y en cuanto al que sobrevive, ¿a qué viene que cuente los muertos y se duela de su adversa fortuna? Aun en medio de nuestras desdichas hay muchas cosas que celebrar. Para los que hemos quedado del ejército argivo, el provecho supera al daño, e inclina de su lado la balanza. Justo es que a la luz del sol que nos alumbra se celebre la gloria de los que atravesaron intrépidos tierra y mares: “El ejército argivo vencedor de Troya, colgó estos antiguos y gloriosos despojos en los templos de los dioses de la Hélade.” Y los que tal oigan celebrarán como deben a la ciudad y a los caudillos, y rendirán tributo de honor y gracias a Zeus, cuya es la obra. Ahí tienes todo lo que tengo que decir. ~(Sale CLITEMNESTRA.)~ CORO Tus razones me han satisfecho, no te lo negaré, que en los ancianos tiene grande fuerza el deseo de averiguarlo todo. Natural es que lo sucedido interese más que a nadie a este palacio y a Clitemnestra; pero también que a mí me colme de alegría. CLITEMNESTRA No hace mucho tiempo que gritaba yo trasportada de gozo; anoche, cuando la llama mensajera nos anunció por primera vez la toma y destrucción de Ilión. Y no faltó entonces quien me increpase, diciéndome: ¡Qué! ¿fiada en esas hogueras te imaginas ya que Troya ha sido destruída? ¡Cierto que es muy del corazón de la mujer el alborotarse luego! Con tales juicios pasaba yo por loca. No obstante, ofrecí sacrificios, y entonces aquí y allá, cada cual por su lado, iba clamando por la ciudad con femenil estilo, y celebrábase la alegre nueva en los templos de los dioses, mientras la fragante llama se iba apagando sobre el consumido cuerpo de la víctima. Ahora, ¿a qué es que tú me cuentes más? De boca del mismo rey voy a saberlo todo. Corro presurosa a fin de recibir a mi esposo venerado con el más grande acogimiento. ¿Qué luz habrá más dulce y clara para una mujer, que abrir la puerta a su marido que por merced de los dioses vuelve salvo del combate? Ve y dile a mi esposo; dile que cuanto antes, que en seguida venga a este su pueblo que le ama, y que en viniendo, que él encontrará en su casa una mujer fiel, la misma de siempre; cual la dejó; una perra para su casa; para él dulce, y para los que mal le quieren, fiera; y así en todo, que en tan larga ausencia no he violado el sello de su fe. Así sé de halagos ni de culpables palabras de otro hombre alguno, como de teñir cobre. Hacer gala de tales prendas, cuando se está lleno de verdad, no desdice en mujer de mi sangre. ~(Vase.)~ CORO Bien puedes haberlo aprendido, que hermosamente lo expuso ella, y en términos que no pueden dejar duda. Pero dime tú, mensajero, que deseo preguntarte por Menelao. ¿Viene también con vosotros sano y salvo aquel príncipe tan amado de este pueblo? MENSAJERO No es posible, amigos, que yo os cuente falsas dichas. No os gozaríais largo tiempo en ellas. CORO ¡Ah! ¿Cómo hacer que diciéndonos dichas, nos dijeses también verdades? Que dicha engañosa jamás deja de verse tal cual es, y bien pronto. MENSAJERO Aquel guerrero ha desaparecido de la armada aquea; él y su nave. Harta verdad digo. CORO ¿Es que a vista de todos vosotros se retiró de Ilión, o quizá que alguna tempestad, que os afligió a todos, le arrebató lejos de la armada? MENSAJERO Como un buen flechero así diste en el blanco. Con sólo una palabra has mentado todo un gran desastre. CORO ¿Vive? ¿Es muerto? ¿Se dice algo de él en la flota? MENSAJERO Nadie lo sabe de modo que pueda decir algo cierto; nadie sino Helios, que alimenta la tierra. CORO ¿Y cómo vino sobre la armada? ¿y cómo se calmó esa tempestad, que tú dices, desencadenada por la ira de los dioses? MENSAJERO No es lícito profanar un fausto día contando malas nuevas. Hoy tan sólo es dado honrar a los dioses. Cuando un mensajero, triste el rostro, llega a una ciudad a anunciarle espantables desastres; la rota y pérdida de todo un ejército, herida que por igual traspasa a toda la república; y la muerte de tantos guerreros, que dejaron huérfanas sus casas, caídos bajo el doble azote de Ares, cruel pareja que con hierro de dos filos va sembrando el estrago; cuando ese hombre llega abrumado con el peso tal de infortunios, razón es que cante el Peán de las Erinnas. Pero yo, afortunado mensajero de hazañas y triunfos, que llego a esta ciudad cuando se halla entregada al regocijo de su dicha, ¿cómo habré de mezclar males con bienes pintando la borrasca que la cólera de los dioses desencadenó contra los aqueos? El fuego y el mar, con ser de antiguo enemigos implacables, conjuráronse ahora, y bien mostraron su fidelidad destruyendo entrambos la mísera armada de los argivos. En medio de la noche surgen todos los horrores de las olas embravecidas. Empujadas por los vientos de Tracia chocan las naves las unas contra las otras. Con bárbara furia clávanse los espolones, y entre torbellinos de viento y torrentes de agua, se abren y se hunden, arrebatadas por el vértigo del fiero pastor de tanto estrago. Así que asomó la clara luz del sol, vimos el mar Egeo sembrado de cadáveres de guerreros aquivos, y de restos de naves. Por lo que hace a nosotros, sin duda algún dios que se puso al timón de nuestra nave, que no hombre ninguno, la sacó de allí ilesa, y nos salvó. Pues la fortuna salvadora tomó asiento en ella, y la encaminó de suerte que en las arribadas ni las olas alborotadas la inquietaron, ni encalló en los escollos de las costas. Mas luego que salimos de aquella mortal y negra noche de mar a la clara luz del día, no osábamos creer en nuestra ventura, y un nuevo dolor vino a cebarse en nuestras almas, al contemplar aquella flota desecha y reducida a cenizas. Y en tanto, si algunos son todavía vivos, nos tendrán por muertos, y ¿cómo no? Igual suerte tememos nosotros que hayan tenido ellos... ¡Mejor lo haga nuestro destino! Sobre todo, espera que Menelao ha de venir, y el primero. Si él vive aún; si todavía los rayos del sol le alumbran; si Zeus le ha guardado, no queriendo que todavía se extinga su linaje, esperemos aún, que hemos de verle entrar en su casa. Y tú, ten por cierto que al escuchar lo que acabo de referir, has estado oyendo la verdad. CORO ¿Quién pudo darle nombre tan verdadero? ¿Quién sino alguno de esos seres invisibles que saben de antemano lo que ha de suceder en los varios azares de la fortuna? El cual dirigiendo certero nuestra lengua hizo que llamásemos Helena, a aquella ocasión de discordias a quien su esposo hubo de recobrar a lanzadas. -- Tal fué en verdad; perdición de armadas; perdición de hombres; perdición de ciudades. Dejó los ricos y delicados velos de su tálamo e hízose a la mar favorecida de las auras del poderoso Céfiro. Multitud de hombres embrazan sus escudos y siguen la perdida huella de los fugitivos, como cazadores que persiguen la pista, y por fin abordan a las frondosas riberas del Símois a empeñar sangriento combate. La cólera de los perseguidores logró su intento, y lanzó contra Ilión una verdadera alianza, una alianza de desdichas. Pasaron años; pero ellos vengaron el ultraje hecho a la mesa de un huésped, y a Zeus vengador del hogar ofendido, en aquellos que a voces y sin rebozo habían celebrado el himno que los deudos de Paris cantaron en honor de sus bodas. En cambio, ahora la antigua ciudad de Príamo ha aprendido un himno nuevo; un himno de lágrimas. Y gime con grandes ayes; y llama a Paris el funesto desposado. Ella, que tanto ha que está pasando una vida de crueles dolores, y que por último tiene que sufrir la sangrienta y desastrada muerte de sus ciudadanos. Cierto hombre crió un león que había de ser la perdición de su casa. Cachorrillo recién arrancado de las tetas de su madre, a los principios de su vida se criaba manso. Era el amor de los niños y el regocijo de los viejos. Paseábale su amo por la ciudad, llevándole en brazos como a un recién nacido, y él halagaba con sus ojos la mano amiga, y meneaba blandamente la cola, cuando el hambre le apretaba. Mas así que se hizo crecido sacó los viejos instintos paternos, y pagó el cuidado de su cría, aderezándose sin orden de nadie, festín de ovejas fieramente despedazadas por sus garras. La casa queda anegada en sangre, y de nada sirve el dolor de sus moradores para evitar el espantable sangriento estrago. Es un ministro de la muerte que se ha criado en aquella casa por disposición del cielo. No de otro modo pudiera yo decir que entró Helena en la ciudad de Ilión. Serena el alma, como un mar sin ondas; hermosa, que fuera gala de la más espléndida opulencia; con un mirar de ojos que dulcemente hería. Era una rosa de amor que punzaba los corazones. Pero consúmanse por fin las funestas bodas, y luego decae de todo aquel encanto, y ya no es sino enfado del hogar donde se sienta; compañera temerosa; Erinna que hará derramar lágrimas a los esposos, y que viene contra los hijos de Príamo, lanzada por Zeus vengador. Dice un antiguo adagio que ha mucho tiempo que corre entre los hombres: “Jamás fué infecunda la dicha de un mortal cuando llegó a su colmo, ni murió sin hijos: la buena fortuna tiene por descendencia un mal sin remedio.” -- Otro es, sin embargo, mi sentir. La impiedad engendra posteridad numerosa; pero toda de su raza. Engendrar dichas es síno de la casa del justo. Sí, en la del malvado, tarde o temprano, cuando llega la hora decretada, una vieja culpa engendra otra culpa nueva. La nueva retoña a su vez, y sus renuevos son: horror a la luz; espíritu de iniquidad invencible y obstinado; audacia impía; negros infortunios; perdición de las más altivas casas; hijos todos que son la imagen de sus padres. Pero la justicia resplandece en el ahumado hogar del pobre, y premia una vida honesta y honrada. Apartando los ojos aléjase de los alcázares que cubrió de oro una mano manchada, y se encamina a la santa mansión del bueno. Jamás rinde culto al poder del rico notado de infame. A cada cual le da siempre el fin merecido. ~(Sale AGAMEMNÓN en un carro con pompa y aparato real. Detrás de él CASANDRA en otro carro, donde vienen los despojos de Troya.)~ Ea, ya estáis aquí, ¡oh rey! ¡oh destructor de Troya! ¡oh hijo de Atreo! ¿Cómo te saludaré yo? ¿Con qué honores te rendiré acatamiento de modo que ni pase de los términos de lo que se te debe, ni tampoco te falte en nada? Los más de los hombres van siempre más allá de lo justo y antes que ser estiman parecer. Prontos a llorar a toda hora con los desdichados, la herida de su pena no llega jamás al corazón. Alegres con los alegres, componen a aquel tenor su rostro, y hácense violencia por sacarle una forzada sonrisa. Mas el buen pastor, que conoce su ganado, nunca se engaña. No se le oculta la verdadera expresión de los ojos del lisonjero que con mentido amor alardea de una amistad que finge. Por lo que a mí hace, no te negaré que te noté de imprudente sobremanera, y de hombre que no pensabas con seso cuando por causa de Helena sacaste de aquí la armada arrastrando a nuestros guerreros con obligada resolución a recibir la muerte. Mas ahora que la empresa se llevó a feliz término, son dulces las penas sufridas, y para ti sólo hay amor de corazón; bien que el tiempo y la experiencia te harán conocer qué ciudadanos han vivido en justicia y quiénes la han conculcado. AGAMEMNÓN Justo es que ante todo te salude, ciudad de Argos; y a vosotros, dioses de mi patria, que me habéis ayudado en mi vuelta, y en la justicia que he hecho en la ciudad de Príamo. No atendieron los dioses a discursos para juzgar la causa. Sin que uno siquiera discrepase echaron en la urna de la sangre voto de destrucción y muerte contra Ilión. Tan sólo la esperanza acercó su mano a la urna del perdón, ninguna otra la ocupó con su voto. Todavía el humo hace ver de todas partes el lugar donde se alzó la ciudad tomada. Todavía ruge allí y se enseñorea el huracán desencadenado de la desolación, y al morir las humeantes cenizas lanzan de sí con sus postreros alientos los tesoros del pueblo vencido. Demos gracias a los dioses por tales beneficios, recordándolos con eterna memoria. Feliz suceso tuvo el lazo de perdición que tendimos a nuestros enemigos; por una mujer Ilión ha quedado reducida a cenizas. El monstruo argivo salió del vientre de un caballo, armado de su fuerte escudo, y de un salto poderoso lanzóse sobre la ciudad a la hora que las Pléyades caminan a su ocaso. El hambriento león salva de una arremetida sus torres y bebe la sangre real, y regálase con ella hasta saciarse. Ahí tenéis mi primer pensamiento y mis primeras palabras que yo debía a los dioses. Y por lo que hace a lo que tú piensas, bien lo oí y lo guardo en la memoria, y digo lo mismo que tú y en ello me tienes completamente de tu lado. Pocos hombres son de condición tal, que celebren la buena fortuna del amigo sin envidiarla. El mortal veneno de la envidia va infiltrándose en el corazón del que padece de este achaque, y hácele que se doblen sus dolores. Siente sobre sí el peso de sus propios males, que le ahoga, y angústiase a la vez, contemplando la dicha ajena. Bien puedo hablar así, porque lo sé de propia experiencia; que he visto bien en el espejo de la vida que aquellos que parecían amigos míos tan adictos, no eran sino vana apariencia de una sombra. Tan sólo Odiseo, Odiseo que se había embarcado contra su gusto, ya que se unió a mí, siempre estuvo dispuesto a llevar conmigo la carga y marchar adelante. Ora que sea muerto, ora que viva aún, así debo declararlo. Lo demás que mira al gobierno de la ciudad y al culto de los dioses, ya lo trataremos en pública asamblea de todos los ciudadanos: allí proveeremos cómo lo bien ordenado se mantenga y perpetúe largo tiempo; mas lo que pida remedio, ya lo curaremos nosotros resueltamente con el fuego y el hierro, y probaremos a ahuyentar de aquí toda dañada pestilencia. Pero entremos en nuestro palacio, en nuestro hogar, y ante todo saludaré con mi diestra, y rendiré adoración a los dioses que me llevaron a tan lejas tierras, y después guiaron mi retorno. La victoria me siguió entonces; ¡que por siempre viva a nuestro lado! ~(Sale CLITEMNESTRA.)~ CLITEMNESTRA Ciudadanos venerables, honor de Argos, que estáis reunidos aquí: no me sonrojaré de mostrar en vuestra presencia el amor que siento por mi esposo. Con los años también la apocada timidez desaparece. De mí lo aprendí, que no de otras, la angustiosa vida que voy a pintaros; tan larga, cuanto lo fueron los años que pasó éste en Ilión. Ante todo, ¡qué horrenda desdicha para una mujer morar en la casa desierta, sola y separada de su marido! ¡Y luego, de continuo estar oyendo rumores siempre odiosos! Viene uno y trae una mala nueva; viene otro y propala otra aún peor. A haber recibido este hombre tantas heridas como la fama corrió aquí por Argos, bien pudiera decir que estaba más agujereado que una red de mallas. Pues si hubiese sido muerto tantas veces como se dijo en la ciudad, podría jactarse de que era un segundo Gerión con tres cuerpos, que había usado tres túnicas acá en vida; y no quiero hablar de la que se viste debajo de tierra, y que bajo cada una de estas tres formas había muerto una vez. Por causa de estas voces, siempre siniestras, en más de una ocasión vinieron manos extrañas a desatar mi cuello, a pesar de mi resistencia, el lazo con que hubiese querido quitarme la vida. ¡Ahí tienes también por qué no se halla a mi lado, según era razón, nuestro hijo Orestes, cara prenda de tu fe y de la mía! No te asombre; tu fiel amigo y aliado Estrofio el Focense le está educando. Hízome comprender el mal que por entrambas partes me amenazaba; los peligros que tú corrías en Ilión, y el riego de un alboroto popular que derribase el Consejo y entronizase la anarquía; que es condición humana pisotear más y más al caído. Esta es la razón; no imagines que hay en ello engaño. En cuanto a mí, aquellos raudales de lágrimas, que brotaban de mis ojos, secáronse ya; no queda ni una gota. ¡Cuánto padecieron mis ojos en aquellas largas noches de desvelo! ¡Cuánto he llorado por tu amor aquellas encendidas señales, para mí siempre frustradas! Y si por ventura dormía, el tenue rumor de las alas de un mosquito, que zumbase a mi oído, hacíame despertar sobresaltada, y entonces veía venir sobre ti males mayores que los que me representaba el sueño. Mas después de haber sufrido todos estos dolores, ahora ya, libre el alma de penas, te puedo decir: esposo mío, que aquí estás, tú eres para mí el perro de este establo; el cable salvador de la nave, firme columna de esta alta techumbre; lo que el hijo único para un padre; tierra que se aparece a los navegantes contra toda esperanza; día hermosísimo a los ojos después de la tormenta; manantial de agua viva para el sediento caminante. ¡Qué dulce es haber escapado ya de todo peligro! Merecedor eres de que te salude con estos elogios, y no haya en mi presencia quien se atreva a afearlo. ¡Sobradas desdichas hemos padecido antes! Amado mío, apéate ya de ese carro; mas no pongas en el suelo, oh rey, la planta que ha hollado a la devastada Ilión. Esclavas, ¿cómo tardáis en hacer vuestro oficio y cubrir de alfombras su camino? Al punto tiéndase de rica púrpura el camino que ha de seguir hasta la mansión que ya no esperaba recibirle. Que se le haga el acogimiento que pide la justicia. Lo demás que el destino tiene decretado, queda a mi cuidado vigilante, que lo dispondrá a su hora con el ayuda de los dioses. AGAMEMNÓN Hija de Leda, guarda de mi casa, cierto que tu discurso se asemejó a mi ausencia; largamente has hablado. Mas si es que en justicia merezco yo esas alabanzas, tal honor debía venir más bien de los extraños. Por otra parte, no me trates muellemente a lo mujer, ni me recibas a estilo de rey bárbaro con voces descompasadas, y serviles adoraciones. No quieras hacer odiosa mi entrada en la ciudad, tendiendo a mi paso espléndidas alfombras. Hónrese a los dioses con esos homenajes, que a ellos les son debidos; ¡pero un mortal caminar sobre rica y bordada púrpura! Jamás podría yo hacerlo sin temblar. Como a hombre, y no como a dios, quiero que se me honre. La fama publica ya mi gloria sin necesidad de lujosos estrados; y, en fin, la modestia es el dón más precioso de los dioses. Dichoso tan sólo se puede llamar a aquel que acaba su vida en serena bienandanza. Si en todo obrase yo como ahora, bien podía esperar un fin afortunado. CLITEMNESTRA No te opongas a lo que es mi voluntad. AGAMEMNÓN Ten por seguro que no quebrantaré mi resolución. CLITEMNESTRA ¿Por ventura hiciste voto de obrar así, temiendo a los dioses? AGAMEMNÓN Al anunciar mi resolución sé bien por qué lo hago. CLITEMNESTRA A dar cima a lo que tú has alcanzado, ¿qué te parece a ti que hubiese hecho Príamo? AGAMEMNÓN Paréceme que sin dudar habría hecho su entrada sobre alfombras. CLITEMNESTRA Déjate de tímidos respetos a la censura de los hombres. AGAMEMNÓN ¡Es tan poderosa la voz del pueblo...! CLITEMNESTRA No es digno de envidia el que no es envidiado. AGAMEMNÓN Ni propio de una mujer andar deseosa de disputa. CLITEMNESTRA Pero sí le sienta bien al afortunado dejarse vencer. AGAMEMNÓN En fin, ¿qué, en tanto estimas tú la victoria en esta contienda? CLITEMNESTRA Cede a mis ruegos. Déjame de buen grado esta victoria. AGAMEMNÓN Pues que así te place, que me desaten luego al punto este calzado, que va sufriendo servil el peso de mis pies. No quiero que ninguno de los dioses lance sobre mí desde los altos cielos una mirada de odio, al verme caminando sobre esas alfombras de púrpura. Grande vergüenza sería para mí enviciar mi cuerpo, hollando con mi planta la opulencia de esos ricos tejidos a subidísimo precio comprados. Y basta de esto. -- Recibe bondadosa a esta extranjera. ~(Señalando a CASANDRA.)~ Propicios miran los dioses, desde la cumbre donde moran, al que sabe mandar con dulzura; que nadie se somete de voluntad al yugo de la esclavitud. Esta cautiva, que me acompaña, es la flor escogida para mí entre multitud de riquezas; el presente que me ha hecho el ejército. -- Y pues mudé de resolución por complacerte, vamos, y entremos en palacio pisando púrpuras. CLITEMNESTRA Ahí está el mar donde se forma el manantial perenne y abundoso de la púrpura preciosísima con que se tiñen estas alfombras: y ¿quién habrá que piense en agotarle? Además, señor, gracias a los dioses, nuestra casa abunda en tales tesoros, y nunca supo lo que es pobreza. Y ¡cuántos ricos tapices no hubiese hecho voto de destrozar bajo mis pies a haberme dicho los oráculos que este era el precio de tu salvación y de tu vuelta, alma querida! Que mientras viven las raíces, las ramas florecen y suben hasta lo alto de la casa, y con la sombra de sus ojos la guarecen de los ardores de la canícula. Y vuelto tú al hogar, tu sola presencia, amo y señor de esta casa, es rayo de sol que abriga en el invierno; frescor suave que refrigera cuando Zeus hace cocer el vino en el seno de la verde uva. ¡Zeus! ¡oh Zeus, por quien todas las cosas llegan a su fin, haz que se cumplan mis votos; vela porque se consume lo que ya tienes decretado! ~(Vanse AGAMEMNÓN y CLITEMNESTRA.)~ CORO ¿Por qué este triste y tenaz presentimiento que asalta mi corazón, y le llena de adversos presagios? ¿Qué voz es esta adivina, que contra mi voluntad y sin razón alguna resuena en mi alma, que no la puedo desechar como se desecha obscuro sueño, ni hacer que la confianza firme tome posesión de mi pecho? Y sin embargo, pasó ya largo tiempo desde que nuestras naves echaron las amarras en la playa arenosa, y nuestros guerreros se lanzaron contra Ilión. Estoy viendo su vuelta, la estoy viendo con mis propios ojos; yo mismo he sido testigo de ella, y con todo, el alma, llevada de natural inspiración, canta dentro del pecho un triste himno que la lira no acompaña: la canción de Erinna, y no quiere entregarse confiada a la dulce esperanza. No es traidor el corazón, y esta agitación y angustia que le ahogan, son anuncios ciertos de lo que tiene que suceder. ¡Permita el cielo que me engañe y que no se cumplan mis temores! Triste fin tiene la salud más robusta; que de continuo está aguijando la enfermedad, que vive vecina, pared por medio de ella. El destino del hombre marcha derecho y sin tropezar hasta que se estrella en invisible escollo. Así el prudente que teme por sus riquezas arroja con tino parte de la carga, y ya no se pierde toda su hacienda por sobra de peso, ni la nave se sumerge. Y en resolución, los dones abundosos, que Zeus hace brotar cada año con mano liberal del surco de la tierra, son remedio seguro contra el hambre. Pero ¿qué encanto será poderoso a hacer volver atrás la negra sangre, que por herida mortal se escapó del pecho de la víctima, una vez que cayó sobre la tierra? Ya en otro tiempo detuvo Zeus en la mitad de su camino a aquel sabio que poseía el arte de restituir de la muerte a la vida. ¡Ah! si a dicha no hubiesen ordenado los dioses que mi destino fuera refrenarme y callar, ya habría hecho el corazón impaciente que mi lengua revelase todo lo que en él se encierra; mas ahora el alma dolorida tiene que gemir en la obscuridad, y abrasarse en vanos deseos sin ninguna esperanza de hacer nada provechoso. ~(Sale CLITEMNESTRA.)~ CLITEMNESTRA Entra tú también. Contigo hablo, Casandra. ¿Qué has de hacer ya? Zeus te ha destinado benigno para que asistas con nuestras numerosas esclavas al pie de las aras domésticas en las sagradas lustraciones. Baja de ese carro y depón tu orgullo. También del hijo de Alcmena dicen que allá en otro tiempo pasó por ser vendido, y cedió a la fuerza, y se resignó a sufrir el yugo. Y cuando la necesidad nos traiga a esta desgracia, todavía es grande beneficio dar con amos de antiguo acostumbrados a la opulencia; pues los que tuvieron buena cosecha sin esperarla, esos siempre fueron crueles con sus esclavos, y nada equitativos ni legales. Entre nosotros tendrás todo lo que es debido. CORO ~(a CASANDRA.)~ Bien claro acaba de hablarte. Si no estuvieses cogida en esa red fatal obedecerías, si es que obedecías; e igual podrías también no obedecer. CLITEMNESTRA Si ya no es como las golondrinas que tienen un habla bárbara e ignorada, mis razones habrán penetrado en su ánimo, y me obedecerá. CORO Síguela. Te ha dicho lo mejor que pudieras oír en el trance en que te hallas. Levántate y baja de ese carro. CLITEMNESTRA No tengo ahora vagar para esperarte aquí a la puerta, que ya están prontas allá dentro junto al hogar, las ovejas que han de ser sacrificadas a los dioses, en acción de gracias por un beneficio que no esperamos jamás. -- Conque tú si has de obedecer, no tardes, y si es que desconoces la lengua y no entiendes mis palabras, a lo menos respóndame tu mano por señas como hacen los bárbaros. CORO Bien se está viendo que la extranjera necesita de intérprete para explicarse. Parece una bestia brava recién cogida. CLITEMNESTRA Sí, ella está loca, y sólo atiende a su loco consejo. Acaba de dejar su patria, recién conquistada, y viene aquí cautiva, y no aprenderá a sufrir el freno hasta que no desfogue la sangrienta espuma de su cólera. Pues no más hablarla para que me desprecie. ~(Vase.)~ CORO En mí puede más la compasión, y no me deja airarme con ella. ¡Anda, infeliz, deja ese carro; cede a la necesidad, y prueba por primera vez el yugo! CASANDRA ¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo! CORO ¿A qué clamas a Loxias con esos ayes? No es él de condición de escuchar lamentos. CASANDRA ¡Oh cielos! ¡Oh tierra! ¡Apolo! ¡Apolo! CORO Y otra vez vuelve a gemir y a llamar al dios, que no acude jamás a las lágrimas. CASANDRA ¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición; segunda vez me pierdes con total ruina! CORO Diríase que está vaticinando sus propios males. Esclava y todo, el numen divino habita en su alma. CASANDRA ¡Apolo! ¡Apolo que me has traído hasta aquí, y eres mi perdición! ¡Ah! ¿Adónde me llevas tú? ¿Bajo qué techo? CORO Bajo el de los Atridas. Yo te lo digo, si es que no lo sabes. No podrás decir nunca que falté a la verdad. CASANDRA ¡Techo aborrecido de los dioses, testigo de innumerables crímenes! ¡Lazos suicidas! ¡Esposo degollado! ¡Suelo todo cubierto de sangre! CORO Como una perra fina así tiene el olfato la extranjera. Sigue la sangrienta pista de algún crimen, y ya le encontrará. CASANDRA ¡Ahí están los testimonios en que me fundo; esos niños degollados a pesar de sus ayes lastimeros; esas carnes asadas que devora un padre! CORO Ya había llegado a nosotros la fama de tus vaticinios, cierto; mas no tenemos ahora necesidad de profecías. CASANDRA ¡Oh cielos! ¿Qué es lo que se está meditando? ¿Qué nueva maldad es esta que se prepara bajo ese techo? Crimen grande, muy grande, odiosísimo contra la propia sangre; crimen que no tendrá reparación alguna. ¡Está muy lejos el socorro! CORO No entiendo ninguno de estos vaticinios. Los otros sí los conozco, que toda la ciudad los publica a voces aún. CASANDRA ¡Ah, desdichada! ¿Cómo te atreves a consumar ese crimen? Vas a hacer entrar en el baño al esposo que comparte tu lecho; le vas a lavar tú misma, y... ¿Cómo decir lo demás? Ello ha de suceder bien pronto. ¡Ya tiende la mano sobre su víctima una y otra vez! CORO Nada comprendo. Envueltos esos oráculos en enigmas, no acierto a descifrarlos. CASANDRA ¡Ah, ah, oh dolor! ¿Qué es eso que se ve ahí? ¿Es alguna red del Hades? Sí, una red; la túnica que le acompañaba en el lecho; el instrumento de su muerte. Legión desordenada de Erinnas, nunca hartas de la sangre de esta raza, romped en regocijados alaridos de triunfo por ese sacrificio execrable. CORO ¿Qué Erinna es esa cuyas maldiciones llamas sobre este palacio? Pónenme miedo tus palabras. Agólpase mi sangre al corazón, como si herida con mortal golpe viera ya ponerse ante mis ojos la postrera y desmayada luz de la vida. ¡Ay! ¡Y cómo viene presuroso el infortunio! CASANDRA ¡Ah, ah! ¡Mira, mira! ¡Separa al toro de la vaca! -- Ya cogió en las mallas de esa túnica, al generoso animal de negros cuernos; ya le hiere; ya cayó él en el baño lleno de agua. -- Ahí tienes, yo te lo anuncio, el crimen alevoso que va a consumarse en sus ondas. CORO No me atrevería yo nunca a jactarme de sagaz en la interpretación de los oráculos, mas paréceme que en todo esto se encierra algún mal. Y ¿cuándo oráculo alguno anunció bienes a los hombres? Siempre estas antiguas artes, a fuerza de infortunios, nos enseñaron a temer. CASANDRA ¡Ay de mí, infeliz! ¡Ay, destino mío adverso, que vengo a gemir y llorar sobre mi propia desventura! ¿A qué trajiste hasta aquí a esta desdichada sino a morir contigo? ¿A qué más que a morir? CORO Divino furor enajena tu alma, y en desacorde y nunca usado estilo cantas tus propios infortunios. No de otra suerte canoro ruiseñor deja escapar sus quejas del pecho acongojado, sin darse punto de reposo, y llora una vida siempre nueva en males, y dice entre lágrimas: ¡Itis, Itis! CASANDRA ¡Ah, ah! ¡La suerte del arpado ruiseñor! A él siquiera vistiéronle los dioses el cuerpo de ligeras plumas, y le dieron una vida dulce y exenta de llanto; pero a mí, la muerte a hierro de dos filos es lo que me espera. CORO ¿Qué arranques de furor divino son esos que te asaltan de repente? ¿A qué tus vanas angustias? ¿Por qué con agudos acentos y gritos de maldición celebras temerosos sucesos? ¿Por dónde sabes tú los caminos de esos siniestros oráculos? CASANDRA ¡Oh bodas de Paris, bodas funestas para todos los suyos! ¡Oh Escamandro! ¡Oh río de mi patria! ¡No ha mucho que a tus orillas veía yo cómo iba espigando mi mocedad, y ahora, a lo que veo, bien pronto anunciaré mis vaticinios en las riberas del Cocyto y el Aqueronte! CORO Demasiado claro es lo que acabas de hablar: un recién nacido lo entendería. Cruel dolor desgarra mi alma. Quebrántame oír el triste lamentar de tu desventura. CASANDRA ¡Oh trabajos! ¡Oh trabajos sufridos por una ciudad que al fin había de ser arrasada! ¡Oh sacrificios que ofrecía mi padre por la salvación de nuestros muros! ¡Ganados de nuestras praderas degollados a miles! ¡Y cuán de ningún remedio servisteis para que Ilión no padeciese la calamidad que le ha acabado! Yo misma, que me siento encendida por el soplo divino, bien pronto caeré también bajo igual golpe. CORO Todavía prosigues en tu triste historia. Algún mal espíritu, que te es contrario, se apoderó de ti y te fuerza a romper en lastimeros ayes de dolor y muerte. Pero no alcanzo adónde van tus palabras. CASANDRA Y con todo ello, ya no mirará más el oráculo a través de velos a modo de recién desposada. El aparecerá todo resplandeciente, y se lanzará, respirando furor, hacia el sol que nace. A la luz del día una calamidad más grande aún que esta de ahora lo inundará todo, semejante a la onda que se encrespa e inunda la ribera. Pero basta de advertiros por enigmas. Dad testimonio de la finura de mi olfato, y de que sé correr bien derecha tras la pista de las maldades que se cometieron aquí en lo antiguo. Un coro hay que hace su habitación bajo este techo, y jamás le abandonará; tropa de hermanas, de Erinnas, que a una voz cantan desapacible y temerosa canción de maldiciones. Cobran nuevos bríos bebiendo sangre humana, y permanecen en este palacio sin que haya quien sea poderoso a alejarlas de él. Fijas en esta casa como en su natural asiento, celebran con himno de muerte el primer crimen que engendró tantos crímenes, o ya lanzan airados gritos de execración contra el impío que violó el lecho de su hermana. ¿Erré por ventura, o dí en el blanco como buen flechero? ¿Soy acaso una embaucadora que va de puerta en puerta fingiendo embelecos? Da testimonio de la verdad con que te hablo; jura antes de nada que yo conozco bien las antiguas maldades de este palacio. CORO Y ese juramento con toda su virtud y firmeza, ¿en qué podría remediarnos? Pero te admiro, pues criada más allá del mar, en ciudad extraña, así hablas de nuestras desdichas como si hubieses estado presente. CASANDRA Apolo, dios de las profecías, me concedió este dón. CORO Dios como es, ¿también él se sintió herido de amor? CASANDRA En otro tiempo rubor me hubiera causado decirlo. CORO Sí, que la felicidad de ordinario nos hace desdeñosos. CASANDRA Pero me acometía de tal manera, y ardía por mí en amor tan encendido... CORO ¿Qué, cumplisteis con lo que pide la ley de amor...? CASANDRA Prometíme a Loxias por suya, mas no lo cumplí. CORO ¿Poseías ya entonces el divino arte? CASANDRA Sí, ya vaticinaba a los míos todos sus infortunios. CORO ¿Y cómo escapaste del rencor de Loxias? CASANDRA Después de mi engaño, nadie creyó más en mis palabras. CORO Pues a nosotros parécenos que tus oráculos merecen fe. CASANDRA ¡Ay de mí! ¡oh desventura! ¡otra vez esta cruel fatiga, este espíritu profético que se apodera de mi mente, y me atormenta con siniestros anuncios! ¿No veis ahí, sentados en esa casa, a esos niños que semejan la aparición de un sueño? Los mismos que les debían amor les dieron muerte. ¡Vedlos ahí que aparecen sustentando en sus manos miserabilísima carga; su propia carne, sus entrañas, su corazón, manjar que gustó su mismo padre! Pero alguien medita su venganza; yo os lo afirmo; un león cobarde, guarda infiel de la casa, que se revuelca en el lecho conyugal, y está acechando la vuelta de mi dueño. ¡Ay de mí, que es mi dueño; que me veo forzada a sufrir el yugo de la esclavitud! Y el capitán de la armada, el destructor de Ilión, ¡no ve cuán fiero destino le prepara a traición con sus largas arengas y sus dulces sonrisas esa perra aborrecible! A tanto se atreverá. La mujer será homicida de su marido. ¿Qué nombre daría yo a ese monstruo venenoso? ¿La llamaré víbora? ¿la llamaré Escila, habitadora de los escollos y perdición de los navegantes? ¿la llamaré madre y ministro del Hades que respira odio implacable contra todos los suyos? ¡Y cómo la muy atrevida y malvada mujer brincaba y gritaba de contento cual si hubiese vencido en la pelea! ¡No parecía sino que se regocijaba con el feliz retorno de su esposo! Después de esto, si todavía no se me cree, ¿qué hacer? Lo que ha de ser, ello vendrá. Bien pronto presenciarás el suceso, y te moverás a lástima de mí y me llamarás adivina demasiado verdadera. CORO Bien he reconocido horrorizada, el festín donde Tiestes comió la carne misma de sus hijos; y apodérase de mí el temor oyendo relación tan verdadera, que nada tiene de inventado. Pero lo demás lo oigo, y me pierdo en mil imaginaciones, sin saber dónde irá a parar todo ello. CASANDRA Digo que vas a ver la muerte de Agamemnón. CORO Cállate, infeliz, y cierra tu boca. CASANDRA Mas no por callar habrá remedio alguno contra lo que os he anunciado. CORO Cierto que no, si es que hubiere de suceder; mas ojalá nunca jamás suceda. CASANDRA Tú haces súplicas; pero ellos se aprestan a matar. CORO ¿Y qué hombre habrá que cometa ese crimen? CASANDRA Muy torpe andas, en verdad, para entender mis oráculos. CORO Sí, no comprendo qué maquinación es esa que se ha de consumar. CASANDRA Pues yo sé bastante bien la lengua griega. CORO También la saben los oráculos de Pythio, y sin embargo son difíciles de entender. CASANDRA ¡Ay! ¿qué fuego es este que llega hasta mis entrañas? ¡Oh dolor! ¡Apolo Licio! ¡Ay, ay de mí! ¡Infeliz que yo soy! Esa misma leona de dos pies, que yace con el lobo en ausencia del generoso león, me dará muerte. Como quien confecciona venenosas hierbas, ella está afilando el puñal para herir al esposo, y tanto se gloría de que ha de satisfacer su rencor y me ha de dar el pago, y a él la muerte por haberme traído. ¿A qué guardar ya estas insignias para mi propio escarnio; este cetro, y estas ínfulas de profetisa que ciñen mi cuello? Yo te haré pedazos antes de morir. ~(Arroja el cetro.)~ Anda en mal hora y caed en el polvo. ~(Arroja las ínfulas.)~ Este es el pago de vuestros servicios. Enriqueced a otra y no a mí con vuestros tesoros de maldición. Helo ahí, Apolo; tú me despojas de mis vestiduras de profetisa. Tú me veías con estos ornamentos, y así todo hecha la burla de los míos, que eran unos a odiarme los insensatos. ¡Y cómo sufría que me motejasen de loca y vagabunda, cual mendiga hambrienta y miserable que va de plaza en encrucijada diciendo la buena ventura. Y ahora, dios profeta, después que me hiciste tu sacerdotisa, me arrastras a tan fiero trance de muerte! En lugar del ara de mi padre, me espera un tajo de carnicero donde seré degollada con cruel golpe, y correrá mi sangre humeante. Mas, gracias a los dioses, no quedará nuestra muerte sin venganza. Vendrá a su vez el que nos ha de vengar; un hijo que matará a su madre, y castigará el asesinato de su padre. Hoy anda errante y fugitivo y desterrado de su patria; pero él volverá para dar cima a la total perdición de los suyos. Porque los dioses hicieron solemne juramento de que le ha de traer la sombra de su padre muerto y tendido en tierra. ¿A qué llorar así al entrar en esa casa? Yo contemplé antes la desolación de Ilión, y ahora aquellos que conquistaron mi patria son a su vez sentenciados por los dioses. Entraré, sí; sufriré mi destino. Tendré valor para morir. Puertas del Hades, ya os veo. Yo os saludo. ¡Así reciba golpe tan certero, que entre arroyos de sangre me dé súbita muerte, y sin estremecerme siquiera cierre mis ojos! CORO ¡Oh infelicísima y sapientísima mujer, mucho es lo que nos has revelado! Pero si de cierto sabes tu muerte, ¿cómo con firme paso te encaminas al ara, tan animosa como becerrilla a quien los dioses llevan al sacrificio? CASANDRA No hay huír posible, amigos. Nada haría con retardarlo. CORO Pero a lo menos la muerte cuanto más tarde es mejor. CASANDRA Ha llegado el día; huírle sería de bien poco provecho. CORO Tu temeridad te pierde. Considéralo. CASANDRA ¡Nunca tales cargos se le hacen al dichoso! CORO Si fuera a morir con gloria... entonces cualquier mortal pudiera graduarlo de ventura. CASANDRA ¡Ay de ti, oh padre! ¡Ay de tus generosos hijos! CORO ¿Qué es eso? ¿Qué temor es ese que te hace retroceder? CASANDRA ¡Oh, oh! CORO ¿Por qué gritas así? ¿Qué te espanta? CASANDRA Despide esa casa aliento de sangre y muerte. CORO ¿Cómo? Será el perfume de los sacrificios que se están haciendo en el hogar. CASANDRA No; diríase que es el hedor de los sepulcros. CORO A lo que tú dices, no son perfumes de Siria los de esa casa. CASANDRA Pero vamos ya. Lloraré en ese palacio mi muerte y la muerte de Agamemnón. -- Basta ya de vida. -- ¡Ay huéspedes míos! No tiemblo sin razón como el pajarillo a la vista del zarzal. Dad testimonio de ello cuando yo sea muerta; cuando una mujer pague mi vida con su vida, y un hombre expíe con su sangre la sangre del infeliz esposo de una mala esposa. Venid en lo que os pide quien por toda hospitalidad va a recibir la muerte. CORO ¡Oh infeliz! Lloro el destino que te anuncian los dioses. CASANDRA Una sola palabra: todavía quiero lamentar mi muerte una sola vez. ¡Oh Helios! por esos tus rayos que no volveré a ver más, yo te pido que mis odiosos asesinos reciban de mis vengadores el pago de la fácil muerte de una esclava indefensa. ~(Entra en el palacio de Agamemnón.)~ CORO ¡Oh condición de las cosas humanas! Prósperas, cualquiera sombra os pone en huída; adversas, el frote de una esponja húmeda basta para borrar vuestra imagen. Olvido que entre todas las desdichas es la más digna de ser lamentada. Jamás se sacian de felicidad los mortales. Ninguno hay que os cierre las puertas de esos ricos alcázares, que las gentes señalan con el dedo por su magnificencia, y os rechace diciendo: no entréis ahí. Y bien, he ahí a Agamemnón, a quien concedieron los bienaventurados que conquistase la ciudad de Príamo, y volviese colmado de honores por los dioses; pues si ahora tiene que pagar la sangre en otro tiempo vertida; si su muerte ha de satisfacer por otras muertes; si han de consumarse sangrientas venganzas, ¿cuál será el mortal que en oyendo esto pueda jactarse de haber nacido con buena estrella? AGAMEMNÓN ~(Dentro.)~ ¡Ay de mí que me hirieron de muerte! PRIMER SEMICORO ¡Callad! ¿Quién clama? ¿Quién es muerto? AGAMEMNÓN ¡Ay de mí, otra vez segundaron el golpe! SEGUNDO SEMICORO Se consumó el crimen. Ese gemido, a lo que parece, es del Rey. Tratemos pues entre nosotros cómo tomar alguna acertada resolución. PRIMER SEMICORO Yo os diré mi dictamen. Llamemos a los ciudadanos a palacio pidiendo socorro. SEGUNDO SEMICORO Pues a mí me parece que cuanto antes caigamos sobre los matadores espada en mano para sorprenderlos en su crimen. PRIMER SEMICORO Lo mismo pienso yo. Fuerza es hacer algo. No es ocasión ésta de dilaciones. SEGUNDO SEMICORO Pero bueno es examinarlo. Por tales comienzos se anuncian los que intentan tiranizar a un pueblo. PRIMER SEMICORO Nosotros pasamos el tiempo en estas dudas; ellos marchan con firme planta hacia su futuro encumbramiento, y no dejan dormir su mano. SEGUNDO SEMICORO No encuentro qué aconsejaros. Andar en consejos es de quien puede poner por obra alguna resolución. PRIMER SEMICORO Otro tanto digo yo; mal podremos con palabras resucitar al muerto. SEGUNDO SEMICORO ¿Y seremos los matadores de nuestra propia vida cediendo a que nos manden los que han manchado ese palacio? PRIMER SEMICORO No; eso es intolerable. Morir sería mejor. La muerte es más dulce que la tiranía. SEGUNDO SEMICORO ¿Mas por la prueba de esos lamentos, diremos ya que ha perecido nuestro Rey? PRIMER SEMICORO Veámoslo por nuestros propios ojos, y entonces hablaremos como se debe; que uno es imaginárselo y otro saberlo a ciencia cierta. SEGUNDO SEMICORO Todo viene en apoyo de esa resolución. Sepamos con certeza qué es del Atrida. ~(Ábrense las puertas del palacio y aparece CLITEMNESTRA. Más al fondo, tendidos en el suelo, los cuerpos de AGAMEMNÓN y de CASANDRA.)~ CLITEMNESTRA Si antes dije todas aquellas cosas, según pedía la ocasión, no me avergonzaré ahora de decir lo contrario. Pues, si no, el que prepara la ruina de un enemigo, a quien parece amar, ¿cómo podría envolverle en la red de su perdición, de modo que ni con el más poderoso salto se desenredase? Era esto para mí la decisión de una contienda ha mucho meditada. Aunque al cabo de tiempo, por fin llegó. Aquí estoy en pie y serena, en el mismo lugar donde le maté; junto a mi obra. De manera lo hice, y no he de negarlo, que ni pudiese huír, ni defenderse de la muerte. Envolvíle como quien coge peces, en la red sin salida de rozagante vestidura, para él mortal. Dos veces le hiero; lanza dos gemidos, y cae su cuerpo desplomado. Ya en tierra, le doy un tercer golpe más, que ofrezco en reverencia de Hades, guardián de los muertos en la mansión del profundo. Así caído, estremécese por última vez; da su espíritu, y de las anchas heridas salta impetuosa la hirviente sangre. Las negras gotas del sangriento rocío me salpican y alégrame no menos que la lluvia de Zeus alegra la mies al brotar de la espiga. Esto es todo, tal como ha sucedido. Ahora, ancianos de Argos, podéis alegraros, si es que queréis. Yo por mí me glorío de mi obra. A ser lícito hacer libaciones sobre un cadáver, justas, justísimas serían en esta ocasión. -- Este hombre había llenado la copa de los enormes y execrable crímenes de su casa, y a su vuelta él mismo la ha apurado. CORO Me pasma la insolencia atrevida de tu lengua. ¡Así te jactas de hablar contra tu esposo! CLITEMNESTRA Me tratáis como una mujer sin consejo, pero yo os lo digo con el corazón bien sereno, para que lo sepáis. -- Alábame o vitupérame, si quieres; me es igual. Este es Agamemnón, mi esposo ~(señalando al cadáver)~, muerto por esta mi mano derecha. La obra es de hábil artífice. Tales son los hechos. CORO ¡Oh mujer! ¿qué mala ponzoña criada en la tierra o en las corrientes del mar tomaste tú, que así te precipitó a ese horrendo crimen, y a ponerte a las maldiciones de un pueblo? Lo has derribado, lo has degollado; pero tú vivirás desterrada de nuestra ciudad; blanco del odio implacable de los ciudadanos. CLITEMNESTRA ¡Tú ahora me sentencias a destierro, y a llevar sobre mí el odio y las maldiciones de los ciudadanos, y nada tienes que decir contra este hombre que, mientras abundaban en los rebaños las ovejas de rico vellón por aplacar los vientos thracios inmoló a su propia hija, al fruto amadísimo de mi vientre, sin tener su vida en más de lo que pudiera haber tenido la de una res! ¿Por ventura no era justo que le hubieses desterrado a él en pago de su sacrílego crimen? Pero sabes lo que he hecho, y entonces eres juez riguroso. Pues bien, yo te digo que me amenaces, como quien por igual está apercibida a todo. Luchemos. Si tú me vences, tú quedarás por mi dueño; mas si el cielo dispone lo contrario, tarde habrás aprendido a saber vivir con prudencia. CORO Rebosa soberbia tu corazón y arrogancia tus palabras, como si la vista de tu sangrienta obra te sacase de ti y te enloqueciese. En tu rostro se ostenta la mancha de una sangre que ha de ser vengada. Hora llegará que, privada de los tuyos, pagarás sangre con sangre. CLITEMNESTRA Pues oye ahora mi sagrado juramento. Por la justicia, que vengó la muerte de mi hija; por Ate, por Erinis, con cuyo auxilio he degollado a este hombre, te juro que no espero que el temor ponga su pie jamás en estos alcázares, mientras Egisto encienda el fuego de mi hogar, y me guarde el amor que siempre me ha tenido; que él es el fuerte escudo de mi confianza. ¡Ahí tenéis tendido a ese hombre que fué mi afrenta, y el contento de las Criseidas allá en Ilión! Ahí lo tenéis, a él y a esa cautiva ~(señalando el cadáver de Casandra)~, a esa intérprete de agüeros y prodigios; a su concubina que tan fiel le fué en partir con él su lecho y los trabajos de la navegación. Ninguno de los dos ha llevado cosa que no mereciera. Cayó él según sabéis, y ella, después de cantar como un cisne sus endechas funerarias, cayó también, y yace ahí junto a su amante. ¡Sabroso contento que colma los gustos de mis amores! CORO ¡Si ya que es muerto aquel nuestro guarda, que tanto amor nos tenía, viniera la muerte con breve paso, y sin que el dolor me asaltase, ni el lecho con enfadosa espera me consumiese, cerrara mis ojos a sempiterno sueño!... ¡Murió a manos de una mujer quien por una mujer pasó tantos trabajos! ¡Perdió la vida a manos de su esposa! ¡Ay, ay, loca Helena! ¡Cuántas y cuántas vidas se perdieron tan sólo por tu causa! Por ti también ha perecido ahora esta vida preciosísima... · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · Por ti se ha derramado está sangre sobre aquella otra sangre para la cual no hay olvido ni expiación. La fiera Eris habitaba desde entonces este palacio, y ha sido por fin la ruina de un esposo. CLITEMNESTRA No te apesare lo pasado, ni llames sobre ti a la muerte, ni vuelvas tu ira contra Helena, como si ella hubiese sido la perdición de nuestros guerreros; como si sólo ella hubiese hecho que tantos Danaos perdiesen la vida, y nos hubiese traído estos dolores que no se calmarán jamás. CORO ¡Oh espíritu de maldición que te señoreaste de esta casa y de los dos hijos de Tántalo! El alma de sus mujeres, igual en fiereza a la de sus hombres te ha dado otra victoria con que me oprimes y me desgarras el corazón. ¡Como cuervo carnicero, así esa mujer se yergue insolente junto a ese cadáver y se gloría de celebrar su triunfo! CLITEMNESTRA Ahora sí que vas bien en tus juicios; ahora que has mentado al invencible espíritu de maldición de esta raza. Él alimenta en nuestras entrañas esta sed de sangre codiciosa. No se ha cerrado la antigua herida, cuando nueva sangre está corriendo ya. CORO ¡Verdad dices al confirmar mis razones! ¡Formidable espíritu de odios el que en esta casa hace su habitación! ¡Ay, ay! ¡fieros males, engendrados por un destino cruel, que nunca se sacia! ¡Ah! ¡Permisión es de Zeus, causa suma y hacedor de todas las cosas! Pues ¿qué sucederá entre los mortales en que Zeus no medie? ¿Qué habrá en todos estos crímenes que no esté decretado por los dioses? ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte. ¡Ay de mí! ¡Y en qué lecho tan innoble para un hombre libre, te acabó mano aleve con hierro de dos filos! CLITEMNESTRA Tú piensas que es mía esta obra. Pero entonces no digas que yo soy la esposa de Agamemnón. Aquel antiguo y fiero espíritu de venganza que aderezó el cruel festín de Atreo, ese es quien, tomando la apariencia de la mujer del que ahí yace, vengó en un hombre el sacrificio de dos niños. CORO ¿Y quién habrá que atestigüe que estás inocente de esa muerte? ¿De dónde ha de venir tal testimonio? ¿De dónde? Quizá acuda en tu defensa ese espíritu vengador de los crímenes de los padres; pero la cruel batalla sigue arreciando, y hará correr la sangre a manos parricidas, y llegará a punto que helará de horror al mismo que devoró la carne de sus hijos. ¡Oh rey, oh rey! ¿Cómo te lloraré yo? ¿Cómo significarte el amor de mi pecho? ¡Ahí yaces en esa tela de araña donde rendiste la vida con impía muerte! ¡Ay de mí! ¡Y en que lecho tan innoble para un hombre libre te acabó mano aleve con hierro de dos filos! CLITEMNESTRA No sé por qué, muerte tal haya de ser indigna de este hombre. ¿Por ventura no trajo él la desdicha a esta casa con torpe engaño? Inicuo fué con mi lloradísima Ifigenia, con aquella su hija que llevé en mis entrañas; que no diga ahora en los infiernos que padece injusticia porque fué muerto a hierro y pagó las que hizo. CORO La casa de mis reyes se hunde, y yo, perdida mi razón, no sé qué hacer, ni adónde vuelva mis cuidados. Me aterra oír el fragor de la lluvia de sangre en que se va a anegar esta morada. Ya no cae gota a gota. A cada nuevo crimen afila el destino en la piedra de otro crimen el hierro de la justicia. PRIMER SEMICORO ¡Oh tierra, tierra! ¡Ojalá me hubieses recibido en tu seno, antes que ver a mi rey teniendo por lecho ese argentado baño! ¿Quién le sepultará? ¿Quién cantará sus endechas? ¿Te atreverás tú a hacerlo, tú, matadora de tu esposo? ¿Te atreverás tú a ofrecer a su ánima, en satisfacción de tus enormes e inicuas maldades, el odioso tributo de tu llanto? SEGUNDO SEMICORO ¿Y quién será el que suelte la dolorida voz a cantar el elogio fúnebre de este varón divino, con el llanto en los ojos y la sinceridad en el corazón? CLITEMNESTRA No te tocan a ti esos cuidados. A nuestras manos cayó; a nuestras manos murió; nosotros le sepultaremos. No le acompañarán lamentos de los suyos... · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · Pero a la orilla del rápido río de los dolores, su hija Ifigenia le saldrá al encuentro, como es natural, toda regocijada, y le echará los brazos, y le llenará de besos. CORO A un ultraje responde con otro ultraje. Difícil de dirimir es la contienda. El que quita la vida a otro pierde a su vez la vida; el que mata, sufre la pena de su delito. Mientras exista Zeus, subsistirá que quien tal haga, que tal pague. Así es la ley. ¿Y quién podría arrancar de ese palacio la semilla de maldición? Que de tal modo ha arraigado en esta raza, que ya son una misma cosa. CLITEMNESTRA Verdad dices; tus palabras son un oráculo. Mas con ser tan dura esa ley, juro por el espíritu de los Plistenidas, que desde luego quiero quedar sometida a ella. Salga de aquí ese mal espíritu; salga de esta morada, y en adelante lleve la afición a otra raza con esas muertes suicidas. La más pequeña porción de nuestros bienes bastará a darme yo por contenta con tal que lograse arrojar de este palacio esa furiosa locura de mutuos homicidios. ~(Sale EGISTO.)~ EGISTO ¡Oh alegre luz del día de la venganza! Ahora ya puedo decir que hay dioses vengadores que desde lo alto echan una mirada acá, a la tierra, sobre los crímenes de los mortales. Ahora, que estoy viendo a ese hombre ¡brinco de mis ojos! tendido, y envuelto en ese manto, que tejieron las Erinnas, en pago de las maquinaciones que urdió la mano de su padre. Su padre, Atreo, el rey de esta tierra, el que desterró de su casa y de su patria a Tiestes, a mi padre; y para decirlo más claro aún, a su propio hermano, ¡después de disputarle el imperio! Un día, el infeliz Tiestes vuelve a su hogar, póstrase suplicante, y se le da seguro de la vida y de que su muerte no ha de ensangrentar el suelo de sus antepasados. Allí fué. ~(Señalando a donde yace Agamemnón.)~ El padre de ese hombre, el impío Atreo, con más diligencia que amor, finge entonces que regocijado quiere dar un día de festín en honor de su huésped, y por todo manjar ¡preséntale a mi padre la carne de sus hijos! Siéntanse a sendas mesas los convidados. Atreo, puesto a la cabecera de la estancia, hace menudos trozos los dedos de los pies y manos infantiles, y manda ofrecer los desfigurados despojos a mi padre, el cual, luego al punto los toma, y sin conocerlos come de aquel plato, que ya ves que había de ser mortal para esta raza. Comprende él por fin la inicua maldad, lanza un ¡ay! lastimero, y cae en tierra vomitando la sangrienta vianda, y llamando sobre los Pelópidas los más fieros rigores del destino. En su furor derriba con el pie la mesa del festín, y pide con justas maldiciones que así perezca, la raza entera de Plistenes. He aquí por qué veis muerto a ese hombre. Yo he sido el justiciero maquinador de su muerte; yo, el tercer hijo de mi desventurado padre, que junto con él fuí arrojado de aquí, en mantillas aún. Me hice hombre, y la justicia me volvió a traer. Bien que ausente a la sazón que ese hombre moría, yo he sido quien me he apoderado de él; yo el zurcidor de toda la trama. ¡La muerte misma sería para mí hermosa después que le he visto cogido en la red de mi venganza! CORO Egisto, la insolencia en el crimen no me intimida. · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · Tú te alabas de haber muerto a ese hombre por tu propia voluntad; de haber ideado tú solo este asesinato miserable; pero, óyelo bien, tu cabeza no escapará de la justicia; las maldiciones de un pueblo te condenarán, y serás apedreado. EGISTO ¿Tú, pobre remero, que ocupas el último banco de la nave; tú hablas así a los que se sientan al timón y mandan la maniobra? ¡Viejo como eres, ya verás tú si es difícil aprender a la edad en que se debe saber! Las cadenas, y los tormentos del hambre son médicos infalibles y excelentísimos, que sanan el juicio de los viejos y le hacen que aprenda. Al ver lo que estás viendo, ¿no acabarás de abrir los ojos? No des golpes contra el aguijón, no sea que al herirlo te lastimes. CORO ¡Ah mujerzuelas! ¿así te estabas tú quieto en casa esperando la vuelta de nuestros guerreros, y en tanto manchabas el lecho de ese caudillo valeroso, y junto con esto te apercibías a darle muerte? EGISTO Palabras son esas que te harán llorar. Tu lengua es bien contraria a la de Orfeo. Atraía él con su voz todas las cosas y las alegraba; pero tú las concitas y llevas contra ti con esos insensatos ladridos. Ya aparecerás más manso cuando yo te sujete. CORO ¡Cómo! ¡Que tú has de ser mi rey, el rey de los Argivos! ¡Tú, que después de haber tramado la muerte de este varón generoso, no tuviste valor de dársela por tu propia mano! EGISTO Porque claro está que a la mujer tocaba engañarle. Yo era enemigo antiguo, y por tal sospechoso... Mas dueño de sus tesoros, ya probaré a hacerme señor de la ciudad, y al que no obedezca ya le unciré al yugo, y le domaré como a potro lucio y vicioso que se resiste al freno. El hambre y la obscuridad harán con él habitación desapacible y le pondrán blando. CORO ¡Cobarde! ¿Por qué no le mataste tú mismo? ¡Sino que una mujer le mató; una mujer oprobio de esta tierra y de los dioses patrios! Mas por ventura todavía ve Orestes la luz del sol, y esté donde quiera, él vendrá con feliz suceso y os matará a entrambos. EGISTO Pues que parece que te apercibes a decirlo y hacerlo, presto verás... CORO · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · EGISTO Ea, pues, a mí mis guardias; llegó la hora. CORO ¡Ea, al aire los aceros, y en guardia cada cual! EGISTO Desenvainado está el mío; no temo morir. CORO ¿Hablas de morir? Acepto tu palabra. Tú la muerte; nosotros la victoria. CLITEMNESTRA ¡Oh el más querido de los hombres, no más; no causemos otros males! Sobrados son ya los sucedidos para que cojamos de ellos una tristísima mies. Basta ya de muertes; no más ensangrentarnos. Anda adentro tú; y vosotros, ancianos, marchad cada cual a vuestra casa, antes que tengáis que sentir algún desastre. Lo que hemos hecho tenía que suceder. Y si con esto el Destino se da por contento de calamidades, todavía después de haber recibido de su cólera golpes tan terribles, pudiéramos tenerlo a dicha. Tal os advierte una mujer, si es que os dignáis escucharla. EGISTO ¿Así han de desatar contra mí su lengua insolente en esa lluvia de ultrajes, y con palabras como ellas han de tentar a la fortuna...? De cuerdos y avisados es respetar siempre y dondequiera al que manda. CORO No sería de Argivos adular a un malvado. EGISTO Algún día te castigaré yo; aún no es tarde. CORO No será ello, si el cielo quiere volvernos aquí a Orestes. EGISTO Ya sé yo que los desterrados se alimentan de esperanzas. CORO ¡Anda, llénate hollando la justicia, puesto que puedes! EGISTO Te aseguro que me darás satisfacción de tu loca insolencia. CORO Ensánchate y cacarea como gallo junto a su gallina. CLITEMNESTRA No hagas caso de esos vanos ladridos. Tú y yo somos los amos de este palacio, y lo pondremos todo en orden. [Ilustración] [Ilustración] II _LAS COÉFORAS_ ~(Aparecen ORESTES y PÍLADES.)~ ORESTES Hermes, habitador de los profundos, tú que tienes fijos los ojos en los malvados a cuyos golpes cayó mi padre, acorre a quien necesitado te invoca; sé conmigo. Por fin volví de mi destierro y ya estoy en mi patria. Postrado al pie de este monumento, ¡oh padre mío! yo te llamo. Aquí estoy, padre; óyeme, escúchame... · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · Ínaco, que me crió, llevó las primicias de mis cabellos; recibe tú en este otro rizo la ofrenda de mi dolor. ¡Yo no estaba presente, padre mío, cuando moriste; yo no pude llorar sobre tus restos; yo no pude tomarlos en mis brazos y darles sepultura! ~(Aparecen por las puertas del palacio las esclavas de CLITEMNESTRA llevando en sus manos las libaciones que se han de ofrecer en el túmulo de Agamemnón. Detrás ELECTRA, cerrando el cortejo.)~ ~(La procesión avanza lentamente.)~ ¿Qué veo? ¿Qué procesión de mujeres es ésa que aquí se encamina, todas vestidas de luto? ¿Qué pensar? ¿Qué nueva calamidad habrá caído sobre esta casa? ¿Será que traen esos fúnebres obsequios para aplacar los manes de mi padre? No puede ser otra cosa. A lo que me parece ver, con ellas viene también mi hermana Electra. ¡Sí! ¡Harto la reconozco en su tristeza profunda! ¡Oh Zeus, que vengue yo la muerte de mi padre! ¡Sé conmigo en este empeño! -- Apartémonos a un lado, Pílades, y averigüe yo al fin qué buscan estas mujeres con tales rogativas. ~(ORESTES y PÍLADES se retiran al baño.)~ CORO Enviada de palacio salgo a ofrecer estos fúnebres obsequios. Mis manos hieren mis senos con recios golpes en señal de dolor; mis mejillas desgarradas por los surcos que en ellas han abierto mis uñas, manan sangre; mi alimento es gemir toda mi vida; y estos enlutados linos que me cubren acompañan mi llanto, gimiendo tristes al verse hechos jirones por mi amargo duelo. Media noche era por filo: todo dormía en palacio. Cuando he aquí que a deshora se aparece el Terror; los cabellos erizados, respirando venganza y anunciando sueños temerosos. Del fondo de esa mansión sale su voz terrible; llénalo todo de espanto, y cae en el gineceo con atronadora pesadumbre. Los intérpretes de los sueños, poniendo por fiadores a los dioses, afirman que los manes de los muertos tiemblan de cólera y claman contra los asesinos. Y por conjurar los males que amenazan, ¡oh Tierra! ¡oh Tierra! aquí tienes la ofrenda ingrata con que me manda presurosa una mujer impía. ¡Miedo me da que palabras tales salgan de mis labios! Una vez que la sangre cayó en el suelo, ¿con qué se redimirá? ¡Ay, hogar de desdichas! ¡Ay, desolación del palacio de mis reyes! ¡Ay, tinieblas densísimas, jamás visitadas del sol y a los humanos aborrecibles, que envolvéis esta morada desde que su señor fué muerto! Aquella veneración sin igual que causaba nuestro rey; que a todos imponía; que a todos subyugaba; que no había lengua que no la confesase, ni pecho que no la sintiese, no existe ya hoy. ¡Hoy todos tiemblan! -- ¡Ser feliz; este es el dios de los mortales, y más que su dios! pero de pronto la justicia cae sobre ellos y los sorprende en medio del día; de un golpe descarga sobre su cabeza todos los males que con tardo paso había ido acumulando a la luz incierta del crepúsculo, y en un instante los sepulta en sempiterna noche. La alma tierra sorbe la sangre que vertió el crimen; pero allí queda seca clamando venganza, y nada hay que la borre. Pesa el castigo sobre el culpable, y le acaba y apura en un tormento sin fin. No hay poder de hombres que haga florecer de nuevo la virginidad atropellada. Todos los ríos del mundo que juntaren sus aguas, no serían parte tampoco para purificar mano que manchó el crimen. Pero yo, forzada por los dioses a vivir en ciudad donde no nací; yo, arrancada de casa de mis padres y reducida a vivir en esclavitud; yo, ¿qué he de hacer? Justas o injustas las acciones de los que me mandan como amos desde la aurora de mi vida, tengo que bajar la cabeza y dominar el odio y la venganza de mi corazón; tengo que ocultar bajo este velo las lágrimas que me arranca el malaventurado destino de mis señores, y mis penas, y el terror que hiela mi alma. ELECTRA ¡Oh fieles siervas de esta casa! ya que me acompañáis en estas preces, acudidme con vuestro consejo. ¿Qué diré yo al derramar estas funerarias libaciones? ¿De qué palabras valerme que sean aceptas a mi padre? ¿Con qué súplicas dirigirme a él? ¿Es que he de decirle: aquí tienes el presente con que al esposo bien amado me envía su cara esposa, mi madre...? Jamás tendré valor para ello. ¡No encuentro qué decir cuando haya de verter sobre el túmulo de mi padre la fúnebre ofrenda! ¿Diréle si no: según es ley entre hombres, págales sus coronas a los malvados que te las dedican en la moneda que merecen sus maldades?... ¿O más bien me llegaré en silencio, y de espaldas, ¡como mi padre fué asesinado! sin honores ningunos, a modo de quien hace sacrificio expiatorio, derramaré las libaciones, y así que la tierra se las haya bebido, luego al punto, arrojando de mí la copa, me alejaré sin volver los ojos...? Aconsejadme, amigas, pues que en ese palacio vosotras y yo tenemos unos mismos odios. No me ocultéis vuestro pecho; a nadie temáis, que libre o esclavo no hay mortal que se exima de los decretos del destino. Habla, si tienes algo mejor que aconsejarme. CORO Pues que lo mandas, ante ese túmulo de tu padre, que como una ara reverencio, te diré de corazón mi sentir. ELECTRA Habla, pues, y siempre con ese respeto por delante. CORO Al derramar estas libaciones sobre el túmulo de tu padre ruega piadosa por los que le amaron. ELECTRA ¿Y a quiénes podría llamar sus amigos? CORO Desde luego a ti, y después a todo el que odie a Egisto. ELECTRA ¿Entonces, por mí y por ti habré de elevar mis preces...? CORO Ya que me has comprendido, párate a reflexionar. ELECTRA ¿Hay alguien todavía que pudiese yo asociar a nosotros? CORO Ausente y todo como está, acuérdate de Orestes. ELECTRA ¡Oh, y qué bueno y acertado es tu consejo! CORO Por último, trae a tu memoria el horrendo asesinato; pide para sus autores... ELECTRA ¿Qué pedir? Ilumina mi ignorancia. Explícate. CORO Que dios u hombre venga sobre ellos... ELECTRA ¿Un juez o un vengador? CORO Di sin más hablar: cualquiera que a su vez les dé muerte. ELECTRA Pero ¿crees tú que sin impiedad podré pedir tal a los dioses? CORO Pues ¿cómo no ha de ser justo volver mal por mal a un enemigo? ELECTRA ¡Oh altísimo embajador de los dioses superiores e inferiores; Hermes, que habitas lo profundo, escúchame! Dígnate ser embajador de mis súplicas; haz que sean oídas de las deidades infernales, que tienen fijos los ojos en los que vertieron la sangre de mi padre. Que también las acepte benigna esta tierra, madre universal que pare y cría todas las cosas y vuelve a albergarlas en su omnifecundo seno. Y yo, derramando estas libaciones en honor de los muertos, te invoco a ti, padre mío. Ten piedad de mí y de mi amado Orestes. Que algún día seamos restituídos en nuestro hogar. ¡Errantes andamos ahora, y vendidos por la misma que nos parió, que ha puesto en tu lugar a Egisto, el cómplice de tu muerte! Yo estoy aquí como una esclava; Orestes, desposeído de su hacienda, vive en destierro, y ellos, los muy insolentes, se solazan a sus anchas con el fruto de tus afanes. Que vuelva Orestes en hora feliz; yo te lo ruego. Y a mí, padre, escúchame también; haz que sea yo más honesta que mi madre, y más piadosa de manos. Tal te pedimos para nosotros, y para tus enemigos, que te les aparezcas como tu propio vengador. Ven, haz justicia; da muerte a tus matadores. ¡Vaya para ellos esta maldición en medio de mis votos de ventura! Pero a nosotros, envíanos desde el profundo, padre, los bienes que te imploramos, con ayuda de los dioses y de la Tierra y de la Justicia vencedora. Ahí tienes mis preces, que acompaño con estas libaciones. Cumplid vosotras los venerandos ritos; cantad el Peán de los muertos y esparcid sobre el túmulo las flores de vuestro llanto. CORO ¡Salid, lágrimas; salid, mortales gemidos; salid por nuestro asesinado señor! Caed sobre este su túmulo, baluarte de los buenos, y contra la odiosa impiedad de los malvados conjuro formidable. Ya corren las libaciones. ¡Escúchame, oh venerado señor mío; escucha la triste voz que sale de las tinieblas de mi alma! ¡Ah, ah, ah! ¡Ay de mí! ¿Quién será el esforzado varón cuyo poderoso brazo dé libertad a nuestra casa? ¿Qué Ares escita la acorrerá, ora venga armado del curvo arco de voladoras flechas, ora caiga sobre los culpables empuñando bien esgrimida espada? ELECTRA Ya bebió la tierra nuestras libaciones. Ya las tiene mi padre. (Reparando en el rizo que dejó Orestes.) ¿Pero qué novedad es ésta? Mirad lo que ocurre. CORO ¡Habla ya! ¡Me ha dado un salto el corazón...! ¡Estoy temblando! ELECTRA Acabo de ver sobre el túmulo un rizo de cabellos. CORO ¿De algún hombre acaso? ¿De alguna doncella de calidad? ELECTRA Cualquiera podría imaginárselo sin gran trabajo. CORO Y ¿cómo? Más vieja soy que tú; pero si no te explicas... ELECTRA Nadie más que yo se lo hubiese cortado aquí. CORO No; a sus enemigos era a quienes tocaba ofrecerle la cabellera en señal de duelo. ELECTRA Sí, pero este rizo... bien lo veis, se parece todo... CORO ¿A qué cabellos? Deseando estoy que acabes. ELECTRA A los míos. El parecido está a la vista. CORO ¿Será por ventura secreto obsequio de Orestes? ELECTRA ¡Muchísimo se parece a sus rizos...! CORO Mas ¿cómo se hubiera atrevido a venir aquí? ELECTRA Se cortó el rizo y lo envió como ofrenda a su padre. CORO ¡Otra causa de lágrimas para mí, y no menos desconsolada; si es que jamás ha de poner el pie en este suelo! ELECTRA ¿Y para mí? Un mar de amargura inunda y agita mi corazón. Diríase que dardo agudísimo me ha traspasado de parte a parte. Abrasadas y dolorosas lágrimas se agolpan a mis ojos, y sin que las pueda contener, me caen hilo a hilo al contemplar esos cabellos. Porque ¿cómo imaginarme que este rizo pertenece a ninguno de la ciudad? Y la homicida no pudo ser que viniese a ofrecerle su propia cabellera... No, no pudo ser mi madre, que desmiente este nombre con el odio impío que abriga contra sus hijos. Cómo pueda decir yo y afirmar que esa ofrenda es del más amado de los hombres, de Orestes... yo no lo sé, y sin embargo, me dejo acariciar de la esperanza. ¡Ay! ¡Que no tuviese este rizo la clara voz de un mensajero y me sacase de estas ansias y perplejidades! Que entonces, a saber yo de cierto que había sido cortado de cabeza enemiga, yo le arrojaría de mí; pero si era de aquel que es de mi sangre, conmigo lloraría, conmigo vendría a honrar y reverenciar la tumba de mi padre. Invoquemos a los dioses, que ven en qué borrascoso mar fluctúa la nave de nuestra alma. Y si de ello ha de salir un salvador, que esta menuda semilla eche raíz profunda. -- ¡Otro indicio! ¡Y aquí no hay duda! Son pisadas e iguales a las que marcan mis pies. Mirad: dos huellas diferentes; esa es de algún compañero de viaje y esta la suya. El talón, los dedos, el contorno del pie, todo lo mismo que el mío. ¡Qué desfallecimiento! ¡qué angustia siente mi alma! ORESTES ~(dirigiéndose a ELECTRA.)~ Pide a los dioses, a quienes invocas, que se te cumpla así todo lo demás que deseas. ELECTRA Pues ¿he alcanzado yo algo de los dioses? ORESTES Aquel por quien ha poco rezabas, está delante de tus ojos. ELECTRA Y ¿a qué mortal me viste que llamase yo? ORESTES Sé que por Orestes apasionadamente suspiras. ELECTRA Pero... ¿qué alcanzaron mis ruegos? ORESTES Yo soy Orestes. No esperes tener amigo más fiel que yo. ELECTRA ¡Extranjero! ¿es que quieres tenderme un lazo? ORESTES A mí sería a quien me le tendiera. ELECTRA ¡Quieres burlarte de mis males! ORESTES ¡Burlárame de los míos a burlarme de los tuyos! ELECTRA ¡Orestes! ¿Es, pues, Orestes a quien estoy hablando? ORESTES ¡Me estás viendo y no acabas de conocerme! ¡Tú, que ha un instante, al ver esa prenda de mi amoroso duelo, ese rizo de mis cabellos, tan parecido a los tuyos, y al comparar tus pisadas con mis pisadas, te enajenabas de alegría y ya te imaginabas que me tenías delante de tus ojos! Acerca ese rizo a la melena de donde le he cortado y fíjate bien. Mira esta tela, que labraron tus manos, y las figuras de animales que en ella tejió tu lanzadera... Repórtate y no te alborote la alegría. Ya sé que aquellos que debían amarnos más, son hoy nuestros mortales enemigos. ELECTRA ¡Oh blanco de mis amorosas ansias! ¡Oh esperanza llorada de un vástago que salvase la casa paterna! ¡Confía en el valor de tu brazo; tú recobrarás la herencia de tu padre! ¡Oh dulce luz de mis ojos, que tienes cuatro partes en mi corazón! Porque a ti debo llamarte mi padre; en ti recae el amor que tuve a una madre, hoy con harta razón aborrecida; en ti el amor de una hermana impíamente sacrificada, y tú fuiste siempre mi hermano fiel, el único que volverá por mi honra. ¡Que la fuerza y la justicia, junto con Zeus, soberano señor de todos los dioses, sean con nosotros! ORESTES ¡Zeus, Zeus, contempla nuestros males! Mira las crías del águila que han quedado huérfanas. Murió su padre entre las apretadas roscas de espantable víbora, y los desamparados aguiluchos perecen de hambre; que no tienen fuerzas para traer al nido la caza con que su padre los sustentaba. Tal puedes vernos a nosotros, a Electra y a mí; hijos sin padre, ambos arrojados de nuestro hogar. Si tu dejas perecer a estos hijuelos de un padre que tanto te honraba y tan continuos sacrificios te ofrecía, ¿qué otra mano será tan liberal a ofrecerte espléndidos honores? Si de esa suerte dejares perecer los polluelos del águila, ¿tendrías acaso con quien enviar a los mortales tus adorables augurios? Seca de raíz este árbol real, y sus ramas no defenderán ya tus aras en los días de los solemnes sacrificios. ¡Favorécenos! Levanta de su miseria a su grandeza de antes esta casa que parece ya en total ruina. CORO ¡Oh hijos! ¡oh libertadores del hogar paterno, callad! Cuidado, no os oiga alguien, hijitos, y se le vaya la lengua y lo descubra todo a los que hoy todavía son los amos. ¡Así los vea yo algún día muertos y consumiéndose en abrasada pira! ORESTES No me hará traición, no, el oráculo del poderoso Loxias que me manda arrostrar este peligro. Él me hablaba con voz formidable; él hacía arder más y más la cólera en mi pecho, y me anunciaba que me asaltarán crueles infortunios si no busco a los matadores de mi padre, y no les doy igual muerte que a él le dieron, y no me revuelvo hecho un toro contra los que me despojaron de mi hacienda. Que entonces yo seré quien tendrá que pagar los infortunios de esa ánima querida, sufriendo largos y acerbos males. Y a mi pueblo le predijo todas las plagas de la tierra en satisfacción de las deidades irritadas; y a mí que la lepra invadiría mis carnes, y devoraría con hambrientas mandíbulas mi recia complexión de otro tiempo, y enfermaría mis cabellos, y los volvería blancos. “Otros golpes descargarán sobre ti las Erinnas, suscitadas por la sangre paterna --añadió--. En medio de la oscuridad verás centellear los ojos de tu padre y revolverse airados en sus órbitas. Y te herirá el dardo que desde el fondo de las tinieblas que habitan, disparan contra los suyos los que cayeron a impío golpe y no alcanzaron venganza. Y la rabia furiosa, y los vanos terrores de la noche te agitarán y te llenarán de pavor; y huirás de tu patria, siempre perseguido tu apestado cuerpo por acerado azote. Porque con estos tales ninguno partiría su copa; ninguno les haría lugar en sus libaciones; recházaseles hasta de las aras. Nadie daría abrigo al objeto visible de la cólera de un padre; nadie se hospedaría con él bajo un techo. Abominado de todos, sin un amigo, poco a poco se va consumiendo, y por fin, acaba en aquella crudelísima miseria.” Justo es que yo crea en estos oráculos; y cuando no creyera, todavía mi obra había de ponerse en ejecución. ¡Son muchos los incentivos que para ello se juntan! La orden de un dios; el duelo desconsolado de un padre, y la pobreza que me estrecha. ¿Ha de vivir este pueblo, el más glorioso entre todos los pueblos de la tierra, el que con inaudito esfuerzo destruyó a Troya, ha de vivir así a la voz de dos mujeres? Porque él tiene corazón mujeril, y si no, pronto se ha de ver. CORO ¡Oh poderosas Moiras! ¡Ea, cúmplase lo que es justo, con ayuda de Zeus! La justicia reclama su deuda y grita con voz formidable: Páguese la afrenta con la afrenta; la muerte con la muerte. Ya lo dice sentencia antiquísima: quien tal hizo que tal pague. ORESTES ¡Oh padre, padre infeliz! ¿Qué te diría yo? ¿Qué pudiera yo hacer que llegara desde este suelo a las profundas mansiones donde moras, y te restituyese de las tinieblas a la luz? ¡Mas presentes y honores se llaman aquí los lamentos; uno son para los antiguos señores de esta casa; para los Atridas! CORO Hijo, el fuego con sus voraces mandíbulas no logra aniquilar los afectos de los muertos. Después de la muerte estalla también su cólera. La víctima lanza lastimeros ayes, y su matador aparece a los ojos de todos. Los desgarrados y continuos lamentos de un padre, de aquel que te engendró, reclaman justa venganza. ELECTRA ¡Escucha también mis lacrimosos gemidos, oh padre! Al pie de este túmulo están tus dos hijos llorándote con tristes endechas. Aquí están los dos, suplicantes; los dos igualmente desterrados, y acogidos a tu sepultura. ¿Qué bien habrá para ellos? ¿Dónde irán que el mal no les asalte? ¿Acaso no es invencible el rigor de su desdicha? CORO Pero que el cielo quiera, y él dispondrá más regocijadas voces; y en vez de cantos funerarios el Peán triunfal que restituya en sus regios alcázares al nuevo amigo que se nos acaba de juntar. ORESTES ¡Y si hubieses perecido, oh padre, delante de Ilión, al golpe de licio hierro, legando a tu casa la gloria y labrando a tus hijos vida feliz que se llevase las miradas de todos...! Al otro lado del mar tendrías honrado túmulo, menos triste para los tuyos que este donde yaces. CORO Hasta bajo la tierra sería amado e insigne, y augusto señor de los héroes que hallaron gloriosa muerte en los campos de Troya, y ministro de las potentes deidades subterráneas; pues que en vida fué rey de cuantos recibieron del Hado cetro con que tener a los hombres en obediencia. ELECTRA No, no; tampoco eso, padre; tampoco que hubieras fenecido al pie de los muros de Ilión entre tantos otros como cayeron bajo las enemigas lanzas; ni que junto con ellos hubieses hallado a las orillas del Escamandro honrada sepultura; sino que tus matadores hubieran muerto entonces con la misma muerte que después te dieron a ti, y que tú hubieses sabido su fin desastrado, lejos de estos lugares, y libre de la desgracia que lloramos ahora. CORO Pedir tal, hija, es pedir más que oro, más que las colmadas dichas hiperbóreas. El dolor habla por ti. Pero vuestros ayes penetraron al fin en las mansiones del Hades; los que habitan el seno de la tierra se han estremecido con violenta sacudida, y apréstanse a acudir en vuestra ayuda. Las manchadas manos de los impíos dominadores encienden el odio de la víctima; ese odio más vivo aún en el corazón de sus hijos. ELECTRA Como un dardo me han traspasado tus palabras. ¡Zeus, Zeus, que haces surgir de los abismos profundos el castigo que con tardo, pero seguro golpe, abate la osadía de los malvados, haz que así suceda también en favor de mi padre! CORO ¡Ojalá llegue a cantar jubiloso himno de muerte sobre los cuerpos ensangrentados y sin vida de un hombre y una mujer! Porque ¿a qué ocultar este pensamiento que acude a mi mente y la llena? Mal que me pesara, asoma a mi rostro la ira, y el odio cruel y acerbo que se alberga en mi corazón. ORESTES ¿Cuándo tenderá Zeus sobre ellos su diestra omnipotente? ¡Ay de mí! ¿Cuándo abatirás sus cabezas, y harás ante nuestro pueblo completa ostentación de tu poder? ¡Justicia contra los inicuos pido! ¡Diosas que veláis por el honor de los muertos, escuchadme! CORO Es ley. Las gotas de sangre, que cayeron en el suelo, reclaman otra sangre. El crimen da grandes voces. Acude, Erinis, y en venganza de las primeras víctimas ve amontonando calamidad sobre calamidad. ELECTRA ¿Dónde estáis, dónde estáis, potestades subterráneas? Tremendas maldiciones de los muertos, ved lo que resta de los Atridas; contemplad a estos infelices que no se pueden valer, ultrajados, y desposeídos de su casa. CORO Mi corazón se estremece cada vez que oigo tus lamentos. Cúbrese el alma de horrenda negrura, y la esperanza me abandona, cuando el valor y la confianza volvían a renacer; cuando divertía mis dolores, y esperaba que había de amanecer para nosotros un día feliz. ORESTES Entonces, ¿qué podremos decir? ¿Diremos los males que nos hace padecer una madre? ¡Ay, que quiere templarnos; pero estos dolores no se calman jamás! Como lobo hambriento, así es de implacable la ira que mi madre encendió en mi alma. CORO ¿He podido hacer extremos de dolor como una ariana, ni mostrar mi duelo a estilo de plañidera cissia? ¿Acaso me viste tú corriendo de aquí para allá, e hiriendo mi cuerpo a puño cerrado con repetidos golpes, arriba y abajo, en la cabeza y en el pecho, menudeándolos con toda prisa y sin darme punto de reposo? ¿Oíste tú resonar mi cabeza dolorida al choque de mis puños? ELECTRA ¡Ay enemiga y despiadada madre! ¡Tú te atreviste con inaudita resolución a darle sepultura como a un enemigo, sin que al rey le acompañasen sus ciudadanos, ni al esposo cortejo de piadosas lágrimas! ORESTES ¡Válgame el cielo, qué de ultrajes! Pero en verdad que, con ayuda de los dioses y de mi mano, ha de pagar los ultrajes que hizo a mi padre. Después que yo le dé muerte, ¡aunque yo muera! ELECTRA Para que lo sepas. Pues todavía hizo más. Ella mutiló su cuerpo, y así de maltratado fué como le dió sepultura, deseosa de hacerte la vida más amarga aún. Ahí tienes los ultrajes que padeció nuestro padre. ORESTES ¡Conque tal fué la miserable suerte de mi padre! ELECTRA Y yo vivía en un rincón, despreciada, puesta a todo vil trato y arrojada del hogar como perro que muerde. Más prontas estaban las lágrimas que las risas, y así y todo tenía que sonreírme por ver de ocultar mi continuo y dolorido llanto. Graba en el alma lo que acabas de oír; que mis palabras penetren tus oídos y lleguen a la serena región del pensamiento. Lo que sucedió, ya lo sabes; lo que debe suceder, pregúntaselo a tu odio. Es necesario llegar al fin con ánimo inalterable. ORESTES ¡Yo te invoco, padre! ¡Padre, sé con los que te amaron! ELECTRA ¡Yo también te llamo con mis lágrimas! CORO Y todo este coro acompaña esas voces con sus voces. Óyenos. Vuelve a la luz. Sé con nosotros contra tus enemigos. ORESTES ¡Acuda la fuerza a la fuerza; la justicia a la justicia! ELECTRA ¡Oh dioses, que se ejecute vuestra justa sentencia! CORO Al oíros, el pavor se apodera de mí. Mas lo que decretó el Destino hace tiempo que está amenazando. Roguemos por que al fin se cumpla. ¡Oh ingénita desventura de esta familia! ¡Oh cruel y horrendo azote de la culpa! ¡Oh duelos acerbísimos y lacrimosos! ¡Oh dolores desconsolados! ¡Cómo arraigasteis en esta casa! ¡No venís de lejos; no os trajeron extraños! Unos contra otros los Atridas son los que encienden estas sangrientas discordias. Tal es el himno de las diosas subterráneas. Oíd nuestros ruegos, dioses inferiores; mostraos propicios a estos hijos; ayudadlos y dadles la victoria. ORESTES Padre, a quien fué negado morir como muere un rey, hazme dueño y señor de tu palacio: yo te lo pido. ELECTRA Y yo también necesito de ti, padre, tanto como él, si he de escapar de la muerte y he de dársela a Egisto con golpe certero. ORESTES Y así podríamos ofrecerte los banquetes acostumbrados entre los mortales. Donde no, tú serás el menospreciado y sin honores ningunos, entre tantos otros manes como se regalan con el oloroso perfume de los sacrificios consagrados a los muertos. ELECTRA Y el día de mis bodas traeré yo de la casa paterna ricos dones que ofrecerte del caudal de mi herencia; y antes que todo será esta tumba el venerado objeto de mi culto. ORESTES ¡Oh tierra! Vuélveme el padre que guardas en tu seno, por que presencie la pelea. ELECTRA ¡Oh Perséfone, danos completa victoria! ORESTES Padre, acuérdate del baño en que fuiste muerto. ELECTRA Y acuérdate de la red en que te envolvieron. ORESTES ¡No te cogieron en grillos de cobre, padre! ELECTRA Sino en vergonzosa y traidora envoltura. ORESTES A estas afrentas, ¿despertarás, padre? ELECTRA ¿Levantarás tu cabeza querida? ORESTES Envía, pues, a la justicia a pelear por los tuyos, o dales a tus matadores igual muerte que a ti te dieron, si es que vencido quieres ser vencedor a tu vez. ELECTRA Padre, escucha mis postreros clamores. Mira a estos hijuelos cómo rodean tu sepulcro. Apiádate de tu hija y de tu hijo. ORESTES No dejes que se extinga la descendencia de los Pelópidas, y así no habrás muerto ni aun después de tu muerte. ELECTRA Sí, que son los hijos la gloria de su padre, que le salvan de que muera con él su nombre; bien así como corchos que mantienen a flote la red y no la dejan irse a fondo. ORESTES Óyenos; por ti son estos lamentos. Al atender nuestras preces, a ti mismo te salvas. CORO No seré yo quien desapruebe vuestras prolijas lamentaciones. Debidas eran en honor de ese túmulo, y de un infortunado a quien nadie había llorado aún. ~(A ORESTES.)~ Por lo demás, pues que estás resuelto a ello, razón es que ya obres, y pruebes fortuna. ORESTES Será. Pero no irá fuera de camino, que yo pregunte: ¿a qué envió estas libaciones? ¿Por qué esta tardía reparación de un mal que no la tiene? ¿Para qué estos presentes miserables a un muerto que no se curará de ellos? No acierto a imaginarme que se pueda ella esperar. Tan sólo sé que tales regalos son mucho menores que su culpa. Todas las libaciones del mundo, derramadas por la sangre de un solo hombre, trabajo perdido. Este es mi sentir. Mas si sabes qué pueda ello ser, dímelo, que lo deseo. CORO Lo sé, hijo, porque estaba presente. Llena de sobresalto con las terribles apariencias, que en la callada noche venían a turbar su sueño, la impía mujer me envió con estas ofrendas funerarias. ORESTES ¿Conoces tú ese sueño, de modo que puedas explicármelo? CORO Según dijo ella, parecióle que había parido un dragón. ORESTES ¿Y qué fin y remate tuvo la apariencia? CORO Teníale envuelto en pañales como a un niño, cuando he aquí que el monstruo recién nacido sintió hambre, y entonces, soñando, ella misma le puso al pecho. ORESTES ¡Cómo! ¿Y no la hirió el pecho el horrendo monstruo? CORO Como que junto con la leche sacó sangre. ORESTES No en vano la envió su esposo ese sueño. CORO Despierta ella entonces toda despavorida y pidiendo socorro. A las voces de la reina, mil antorchas, apagadas en la hora del descanso, vuelven a encenderse y disipan la obscuridad. Luego al punto envía estos fúnebres obsequios, esperanzada en que han de ser remedio certísimo de sus males. ORESTES ¡Oh tierra natal! ¡oh tumba de mi padre, haced que sea yo el cumplidor de ese sueño! A lo que se me alcanza, él viene bien con mi destino. Si la serpiente salió del mismo seno de donde salí; si fué envuelta en mis propios pañales, y se agarró voraz a los pechos que me criaron, y sacó de ellos leche y sangre, razón tuvo la que tal soñó, para lanzar grito de angustia temerosa. Quien amamantó a un horrendo monstruo, de mala muerte debe morir. Yo seré la serpiente; yo la mataré como el sueño anuncia. Habla: te hago juez de la interpretación del prodigio. CORO ¡Suceda como lo dices! Pero explícales a tus amigos cómo vas a ejecutarlo. ORESTES Pronto está dicho. Que Electra vuelva adentro; nosotros quedamos para obrar; vosotras, quietas, y no hacer nada. Sólo encarezco que se calle lo que he trazado y vais a oír. Con engaños mataron a aquel varón insigne: con engaños mueran ellos, y en iguales lazos cogidos, según predijo ya Loxias, el soberano Apolo, adivino a quien nadie halló falaz todavía. Disfrazado de extranjero, y con todo el equipaje de un caminante, yo me llegaré a las puertas del vestíbulo, acompañado de este amigo, de Pílades, como de un huésped y compañero de armas de la casa. Ambos hemos de hablar la lengua Parnésida, imitando el acento focense. A buen seguro que ninguno de los porteros nos reciba con buenas entrañas, cuando el genio del mal reina en ese palacio. Así, pues, aguardaremos que cualquiera pase por delante de la casa y diga en viéndonos: ¿Por qué cerráis la puerta a quien os pide hospitalidad? ¿Está dentro Egisto? ¿Sabe lo que pasa? Y como llegue yo a pasar de los umbrales, ora que me le encuentre sentado en el trono de mi padre, ora que venga a mí a hablarme cara a cara y a escudriñarme con los ojos, tenedlo por cierto, antes que pueda decir: “¿de dónde bueno, extranjero?” le dejo sin vida, y envuelto en el rápido lazo de mi espada. No padecerá Erinis necesidad de sangre. Hay que apurar la tercera copa. ~(A ELECTRA.)~ Tú, pues, observa bien lo que pase en casa, porque todo venga a nuestro intento. ~(Al CORO.)~ A vosotras os recomiendo que tengáis la lengua y sepáis hablar o callar, según pida el caso. Este ~(a PÍLADES)~ cuidará de lo demás, cuando mi espada vaya a terminar la lucha. ~(Vanse ORESTES y PÍLADES. ELECTRA entra en palacio.)~ CORO La tierra cría multitud de tremendas plagas; los antros del mar están poblados de bestias feroces enemigas de los mortales; los rayos del sol engendran alados monstruos que cruzan los espacios; monstruos que se arrastran por el suelo; furores de hinchadas tempestades: y todo ello se puede pintar. ¿Mas quién podría pintar la osadía de un hombre soberbio y la liviandad de una mujer que por nada se detiene? ¿Quién los desenfrenados deseos de los mortales, del infortunio perpetuamente acompañados? Cuando la pasión amorosa se apodera de la mujer, no es sino furiosa rabia que deja atrás el ciego instinto de monstruos y brutos. Considere quien sea discreto y deseoso de conocer la verdad, cuán desdichado pensamiento el que tuvo aquella hija de Thestio, verdadera perdición de su hijo, para quemar el rojo tizón que apartó del fuego cuando nació Meleagro, y el cual había de ser la medida de su vida desde que dió el primer vagido al salir del vientre de su madre hasta la fatal postrimera hora. Y abomine también de aquella cruel Escyla, de quien nos dicen las historias que perdió al hombre que había de serle más caro, vencida de sus enemigos. Rindiéronla los collares de oro de Creta; por los regalos de Minos determinóse desaconsejada la mala hembra a despojar a Niso del cabello de la inmortalidad, mientras se hallaba entregado al sueño; y Hermes se apoderó de Niso. Pero de todos los crímenes, el más famoso y que gana a todos es el de Lemnio. Dondequiera se le llora y abomina. No hay maldad horrenda que no se diga de Lemnio, como el mayor encarecimiento que de ella pudiera hacerse. Mas las grandezas de los hombres, manchadas por sacrilegio execrable, presto desaparecen con oprobio. Nadie rinde culto a lo que detestan los dioses. -- De todos estos crímenes que acabo de traer a la memoria, ¿habrá algo que no haya mentado con razón? Y después de recordar tan impías maldades, ¿será extraño que yo maldiga un contubernio odioso y las asechanzas puestas por una mujer a un varón esforzado, a un valentísimo guerrero que a sus mismos encarnizados enemigos causaba reverencia? ¿Podré yo mirar jamás con respeto, hogar donde se apagó el sagrado fuego de la familia, ni cetro mujeril y cobarde? Pero la espada afiladísima de la Justicia pasa algún día de parte a parte el corazón del malvado. No son las leyes que ella dicta suelo que impunemente se pisotea. Quien las quebranta ofende a la majestad de Zeus. Y tal vez sucede que la Justicia vuelve a afirmarse en su asiento; la Moira forja en su yunque un puñal más y le afila; Erinis, la diosa de los inescrutables designios, hace por fin ostentación de su poder, y da entrada en la casa que manchó el crimen, al nuevo crimen, que nació de la sangre antigua, y ha de ser ahora su vengador. ~(Salen ORESTES y PÍLADES y se dirigen al palacio.)~ ORESTES ~(llamando a la puerta.)~ ¡Muchacho, muchacho! oye que están llamando a la puerta del vestíbulo. ~(Llama por segunda vez.)~ Otro golpe más. ¡Muchacho, muchacho! ¿No hay nadie en casa? ~(Llama por tercera vez.)~ Vaya el tercer golpe que doy; a ver si sale alguien: si es que la casa de Egisto no se cierra a la hospitalidad. SIERVO ~(Abriendo la puerta.)~ Ea, bien; ya oigo. ¿De qué tierra es el huésped? ¿De dónde viene? ORESTES Di a los señores de la casa que vengo en su busca; que les traigo nuevas. Pero date prisa, porque el caliginoso carro de la noche va apresurando su carrera, y hora es ya que los caminantes echen anclas en hospedaje donde reposen. Que salga el que mande aquí; el ama de la casa. Pero no, estas cosas son mejor para el amo. Con él no tendré reparo ninguno en hablar sin rodeos. De hombre a hombre hay siempre más llaneza y se dice claro lo que se quiere. ~(Salen CLITEMNESTRA y ELECTRA.)~ CLITEMNESTRA Extranjeros, si es que habéis menester de algo, podéis hablar. Pronta se halla cuanta comodidad debe ofrecer casa como ésta: templados baños; reposo para vuestras fatigas; lecho, y la presencia de rostros amigos. Si es que se trata de negocio de mayor momento, eso toca a mi esposo; se lo comunicaré. ORESTES Mi patria es Daulide, en la Fócida. Encaminábame hacia Argos, como me ves que llego, un pie tras otro y llevando a cuestas mi equipaje, cuando se me acercó cierto hombre, que ni yo le conocía ni él me conocía a mí; y después de preguntarme por mi camino y cerciorarse bien del suyo, “Extranjero --me dijo Estrofio el Focense (que así me dió a entender en nuestra plática que se llamaba)--, pues que vas a Argos a tus haciendas, diles a los padres de Orestes como es muerto. Acuérdate de todo; cuidado que no se te olvide. Pregúntales si son de parecer que se envíen las cenizas de él, o que le demos sepultura en la tierra que le acogió y quede en ella por sempiterno huésped. A la vuelta me traes sus órdenes. En tanto, los ámbitos de broncínea urna guardan sus restos, y no les ha faltado tampoco el funerario obsequio de nuestras lágrimas.” Tal me dijo él, y tal digo. No sé si estoy hablando con los parientes y deudos de Orestes; pero justo es que su padre sepa lo que pasa. ELECTRA ¡Ay de mí! ¡Perdidos somos del todo! ¡Oh maldición que pesas sobre esta casa, sin que haya poder que te ahuyente! ¡Y cómo escudriñas y llegas con tu mirada hasta aquellos que parecían fuera de tu alcance y en salvo! ¡Y cómo los heriste de lejos con certera flecha! ¡Infeliz de mí, que me has privado de los que amaba! Ahora Orestes, que con buen consejo había huído de hundir su pie en el cenagoso pantano donde habría hallado la muerte. ¡Aquella esperanza de salvación, que nos prometía para esta casa regocijadas venturas, pintábanos tan sólo vanas apariencias sin realidad! ORESTES Bien hubiera querido yo haberme dado a conocer de tan generoso huéspedes, y recibir su hospitalidad con ocasión de felices sucesos. ¿Quién más que un huésped puede desear el bien de su huésped? Mas tengo para mí que habría sido gran maldad no decir a quienes les importa todo lo que hay en suceso como el que me trae, habiéndolo prometido así, y después del acogimiento que me habéis hecho. CLITEMNESTRA No por ello será menos digno de ti el que tengas, ni menos tratado como amigo en esta casa. Lo mismo que tú cualquiera otro nos hubiera traído la noticia. Pero tiempo es ya que tengan lo que han menester, huéspedes que se han pasado el día caminando. ~(Al SIERVO.)~ Anda con él, y condúcele a la hospedería, y a su compañero, y que allá encuentren cuanta comodidad debe ofrecerles este palacio. Te recomiendo que lo hagas como quien después tendrá que darme cuenta. Nosotros comunicaremos la nueva al señor de esta morada, y pues no nos faltan amigos, con ellos consultaremos sobre el caso. ~(Vanse el SIERVO, guiando a ORESTES, y PÍLADES, CLITEMNESTRA y ELECTRA.)~ CORO Ea, pues, compañeras de servidumbre, ¿cuándo hemos de esforzar nuestra voz pidiendo por Orestes? ¡Oh tierra sagrada!, ¡oh sagrado túmulo que descansas sobre el cuerpo de aquel rey que capitaneó tantas naves; escúchanos ahora, auxílianos ahora! Ahora que llegó el trance de que pelee por nosotros la astucia engañosa, y Hermes, desde las nubes donde habita, guíe la espada que ha de terminar la contienda. ~(El CORO, al sentir pasos, muda de tono y lenguaje; a poco sale GILISSA.)~ Paréceme que el huésped trama algo malo. Pero mira a la nodriza de Orestes, que viene hacia aquí deshecha en lágrimas. ¿Adónde vas, Gilissa, fuera de casa, arrastrando los tardos pies? Contigo va el dolor; ¡y no un dolor mercenario, ciertamente! NODRIZA La que manda ha dado orden de llamar a Egisto, que venga cuanto antes a ver a los huéspedes para que hable con ellos y averigüe él mejor la nueva que traen. Delante de los criados ha puesto ella el rostro triste, queriendo ocultar la alegría que lo sucedido le causaba; pero mal de su grado la retozaba en los ojos. Bien le ha venido la nueva que le dieron los huéspedes, harto cierta, y para esta casa infelicísima que pone colmo a su desventura. Pues cuando lo oiga aquél y lo averigüe ¡cómo se le alegrará el alma! ¡Ay, desdichada de mí! ¡Cuántas terribles calamidades se conjuraron de antiguo contra la mansión de Atreo, y afligieron mi corazón; pero dolor como éste nunca jamás le padecí! Todos los otros males había ido llevándolos en paciencia; pero mi Orestes, el dulce cuidado de mi alma, que de recién nacido le tomé de los brazos de su madre, y le crié; aquel cuyos lloros hacíanme levantar de noche, y andar paseándole sin cesar de un lado a otro... ¡Tantas incomodidades y fatigas; todo padecer en vano y sin fruto! Porque a un niño que no tiene uso de razón, fuerza es criarle como quien cría a una bestezuela. Y ¿cómo no? Conforme a lo que pide su condición. Un niño de mantillas nada dice; que tenga hambre; que tenga sed; que tenga ganas de orinar. Vientre de niño a nadie pide licencia. Sin duda ninguna, ya lo conocía yo; pero muchas veces me engañaba, y entonces había que ser lavandera de sus pañales. De esta suerte, el batanero y la nodriza tenían el mismo oficio. Entrambas cargas eché sobre mí al recibir el niño de su padre. Y ahora, ¡desdichada que yo soy! oigo que es muerto. Pero vamos en busca de ese hombre, que ha sido la perdición de esta casa. ¡Con qué gusto escuchará la nueva! CORO ¿Con qué aparato manda ella que venga? NODRIZA ¿Cómo has dicho? Repítelo, para que lo entienda mejor. CORO Si con guardias o solo. NODRIZA Manda que traiga consigo sus gentes de armas. CORO No digas tal a ese tirano aborrecido. Pon el rostro alegre por que te escuche sin temor, y dile que venga él solo y cuanto antes. En este aviso se oculta nuestra dicha. NODRIZA ¿Por ventura es que piensas bien de las nuevas que acabamos de recibir? CORO ¿Y si Zeus mudase los males en bienes? NODRIZA Y ¡cómo! Orestes, que era la esperanza de esta casa, ha muerto. CORO Todavía no. Y para pensar así, cierto que no es necesario ser gran adivino. NODRIZA ¿Qué dices? ¿Sabes tú algo en contra de lo que se cuenta? CORO Anda y da tu recado, y haz lo que te mandan. Deja a los dioses que ellos cuiden de lo que es suyo. NODRIZA Voy, pues, y seguiré tu consejo. ¡Hagan los dioses que suceda lo mejor! ~(Vase.)~ CORO Zeus, padre de los dioses del Olimpo, escucha mis ruegos. ¡Que vea yo que dan cima a su empresa los que están deseosos del bien! Justicia te piden mis clamores, ¡oh Zeus! ¡Guarda a Orestes! Ea, constitúyele en su palacio frente a frente a sus enemigos. Engrandécele, que él te pagará de buen grado con duplicadas y triplicadas ofrendas en acción de gracias. Contempla al huérfano de aquel varón que tanto amaste, cómo va marchando uncido al carro de la desgracia, y pon medida a su desenfrenada carrera. ¿Quién le verá caminar con firmes y asentados pasos hasta tocar el término de sus males? Dioses que habitáis esas ricas estancias, custodios del hogar, escuchadnos; sed con nosotros. Ea, ea; paguen las justicias de hoy la sangre que se derramó ayer; pero cumplida esta obra de justicia, que la muerte no engendre ya más muertes en esta casa. ¡Oh habitador de la insondable sima, haz que Orestes se vea restituído en el palacio de Agamemnón, y que su padre, a través de las tinieblas que le envuelven, pueda contemplar a su hijo libre y todo resplandeciente de gloria! Venga también en su favor el hijo de Maya y préstele justo auxilio que encamine la empresa a feliz suceso. Queriendo él, ya mostrará secretas trazas, y con palabras obscuras tenderá ante los ojos de los enemigos noche de espesísimas tinieblas, que toda la luz del día no será parte a despejar. Entonces, salvos ya, ofrecerán estos palacios las preseas de sus ricos tesoros, y en vez de lamentos, elevaremos nosotras por toda la ciudad al són de la cítara, femenil y regocijado canto de triunfo. Esta victoria será para mí el colmo de la dicha; para los que amo, el fin de sus males. Y tú, ¡valor, cuando llegue el momento de obrar! Ella te gritará: ¡hijo! Respóndela tú con las palabras de tu padre; cumple sus mandatos, y consuma el tremendo castigo. Ármate en tu corazón del valor de Perseo. ¡Que los que habitan las profundidades de la tierra conozcan que los amas; que los que viven aún, en vez de tu amor sientan tu implacable odio. Lleva a esa mansión el sangriento castigo; mata al asesino de tu padre! ~(Sale EGISTO.)~ EGISTO Han mandado que me llamen, y acudo en seguida al aviso. Me dicen que ciertos extranjeros, que acaban de llegar, traen nuevas nada agradables; que ha muerto Orestes. Sería esto un golpe más para esta casa, y nuevo manantial de temores, sobre la otra muerte que de antes nos punzaba y remordía. ¿Cómo saber con toda certeza si es verdad? ¡Acaso serán voces de mujeres medrosas, que vuelan mucho y luego mueren, y nada! ¿Podrías decirme tú algo que me diese luz sobre lo que ocurre? CORO Sí, lo hemos oído; pero entra en palacio y entérate de los extranjeros. Nada hace valer una nueva como que por nosotros mismos la hayamos comprobado. EGISTO En fin, quiero ver al mensajero y averiguar si estaba presente cuando Orestes murió, o es que cuenta vagos rumores que él ha oído. Yo le veré, y a mí no me engañan mis ojos. ~(Vase.)~ CORO ¡Zeus, Zeus! ¿Qué diré yo? ¿Por dónde comenzar mis plegarias, mis suplicantes clamores? ¿Con qué palabras acabaré que expresen todos mis buenos deseos? Pronto van a bañarse en sangre las matadoras espadas. O la raza de Agamemnón perece con total ruina, o dueño Orestes y poseedor de las grandes riquezas de sus padres, hará encender fuegos y luminarias por festejar la libertad cobrada y la autoridad legítima restituída. Tan grande batalla se apercibe a sustentar el generoso Orestes, solo él contra sus dos enemigos. ¡Que obtenga la victoria! EGISTO ~(dentro.)~ ¡Ay, ay de mí! CORO ¡Ea, ea, firme! ¿Cómo habrá sido? ¿Qué pasará ahí dentro? Todo se acabó. Apartémonos de ahí. Que aparezcamos inocentes de esas desdichas. No hay que dudar; la lucha ha terminado. SIERVO ~(asomando en el fondo del vestíbulo, y acompañando sus palabras con la acción que expresan.)~ ¡Desdichado de mí! ¡Desdichado de mí, una y mil veces! Muerto es mi señor. ¡Desdichado de mí, diré otra vez; y más que nadie desdichado! Egisto no existe ya. Pero, abrid las puertas del gineceo; ¡corriendo! ¡Descorred esos cerrojos! Menester sería aquí un hombre joven y forzudo. No para socorro del muerto, ¿a qué ya? ¡Hola, hola! Grito a sordos. Hablar en vano y sin provecho; están dormidos. ¿Dónde estará Clitemnestra? ¿Qué hace? Temo que su cabeza corre gravísimo peligro de caer al golpe de la venganza. ~(Sale CLITEMNESTRA.)~ CLITEMNESTRA ¿Qué es eso? ¿Por qué armas este alboroto en palacio? SIERVO Los muertos matan a los vivos. CLITEMNESTRA ¡Ay de mí, bien comprendo el enigma! Matamos con engaños y con engaños perecemos. Déme cualquiera una hacha con qué matar. ¡Pronto! Veamos si vencemos o somos vencidos, ya que hemos llegado a este extremo. ~(Sale ORESTES espada en mano.)~ ORESTES A ti te busco ahora; él ya tiene bastante. CLITEMNESTRA ¡Ay de mí! ¿Has muerto, amadísimo Egisto? ORESTES ¿Amas a ese hombre...? Pues bien, tú yacerás con él en la misma tumba. Así no le serás infiel ni aun después de muerto. CLITEMNESTRA ¡Detente, oh hijo! Respeta, hijo de mis entrañas, este pecho sobre el cual tantas veces te quedaste dormido, mientras mamaban tus labios la leche que te crió. ORESTES Pílades, ¿qué haré? ¿Huiré con horror de matar a mi madre? PÍLADES Y los oráculos de Loxias que te anunció la Pithia, ¿dónde se fueron? ¿Dónde la fe y la santidad de tus juramentos? Ten a todos los hombres por enemigos; a todos sin excepción, mejor que no a los dioses. ORESTES Venciste; lo reconozco. Tienes razón. -- ~(A CLITEMNESTRA.)~ Sígueme; quiero degollarte junto a aquél hombre. En vida le preferiste a mi padre; muere, pues, y duerme con él, ya que a él le amaste, y aborreciste a quien debías amar. CLITEMNESTRA Yo te crié; déjame envejecer a tu lado. ORESTES ¿A mi lado tú....? ¡Tú, la matadora de mi padre...! CLITEMNESTRA ¡Oh, hijo mío! El Destino fué el autor de ese crimen. ORESTES El Destino es también quien dispone tu muerte. CLITEMNESTRA ¡Hijo de mis entrañas! ¿no temes las maldiciones de la madre que te parió? ORESTES Me pariste, sí.... para lanzarme en el infortunio. CLITEMNESTRA No en verdad, sino que te puse en manos amigas. ORESTES Dos veces fuí vendido; yo, hijo de un hombre libre. CLITEMNESTRA Entonces, ¿dónde está el precio que por ti recibí? ORESTES Vergüenza me da echártelo en cara siquiera. CLITEMNESTRA No te avergüence; pero di también las sinrazones de tu padre. ORESTES No acuse a quien anda pasando fatigas la que se está en casa muy descansada. CLITEMNESTRA También es triste cosa, hijo, verse una mujer alejada de su marido. ORESTES Pero las fatigas del marido deparan el sustento a la mujer, mientras ella se está ociosa en casa. CLITEMNESTRA Hijo de mis entrañas, ¿te parece lícito matar a tu madre? ORESTES No soy yo quien te mato; eres tú. CLITEMNESTRA Repara; guárdate de las perras irritadas que vengarán a una madre. ORESTES Y las que vengan a un padre, ¿cómo las huiré si desisto? CLITEMNESTRA Aún vivo; pero en vano es que clame; como si clamase al sepulcro. ORESTES La suerte de mi padre ha fijado tu suerte. CLITEMNESTRA ¡Ay de mí, que parí esta serpiente y la crié! ORESTES Cierto; presagio fué aquel sueño que despertó tus terrores. CLITEMNESTRA · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ORESTES Mataste a quien no debiste; padece ahora lo que no debías. ~(Entra en palacio arrastrando tras sí a CLITEMNESTRA.)~ CORO Lloremos la desdichada suerte de los dos; pero ya que el infortunado Orestes llenó la sangrienta medida, prefirámoslo, que al fin la luz de esta casa no se ha extinguido para siempre. Al cabo de tiempo la Justicia descargó sobre los hijos de Príamo el grave castigo que merecían. También ha descargado por fin sobre la casa de Agamemnón. Un doble león, un doble Ares ha penetrado en ella. El desterrado cumplió hasta el ápice los oráculos pitios; los dioses le alentaron a la empresa, y le sostuvieron con sus consejos. Celebrad con jubiloso himno de triunfo la terminación de los males que afligían a la regia morada, y el rescate de sus tesoros usurpados por aquellos dos infames que tuvieron tan desastrada muerte. Con engaños asaltó el castigo a quienes vencieron con engaños. La santa hija de Zeus, respirando odio mortal contra nuestros enemigos, tomó de la mano al vengador y le guió en la pelea. ¡Razón tenemos los mortales para darle el nombre de Justicia! Sucedió según lo predijo Loxias Parnasio, el dios que habita el centro de la tierra: pasó tiempo; pero la justicia llegó, y arrastró al abismo a la mujer que la había ultrajado, valiéndose de sus mismas artes. También lo divino tiene leyes por qué regirse; modo de ley es que no pueda ayudar a los malos. Adoremos el poder que gobierna los cielos. Por fin vemos la luz. Ya cayó el freno que oprimía a estas casas. Ea, pues, ¡levantaos! Sobrado tiempo habéis yacido ahí, siempre humilladas. Pero el tiempo todo lo vence. Pronto se volverán tus pórticos de tristes, alegres, cuando la expiación haya purificado tu hogar de las manchas que lo afeaban. Entonces, aquellas que en este palacio habían hecho su habitación, se alejarán, y la fortuna pondrá buen rostro a los que antes llorábamos de tanto ver y oír. Por fin, por fin vemos la luz. ~(Ábrense las puertas del palacio y aparece ORESTES con el ramo de los suplicantes en la mano. En el fondo se ven los cuerpos de EGISTO y CLITEMNESTRA.)~ ORESTES Contemplad a los dos tiranos de nuestra ciudad; a los asesinos de mi padre; a los que arruinaron mi casa. Bien se entendían mientras estuvieron sentados en el trono; mas todavía sigue su amorosa alianza, como se puede presumir de la suerte que han tenido. ¡Fieles se mantuvieron a sus juramentos! Juraron dar muerte desastrada a mi padre y morir juntos, y lo han cumplido religiosamente. ~(Mostrando el velo en que fué envuelto Agamemnón.)~ Vosotros, que oísteis hablar de aquel crimen, contemplad también el artificio que les sirvió de grillos y esposas con que mi desdichado padre quedase sujeto de pies y manos. Poneos en círculo y desplegadlo bien, y mostrad la red en que fué cogido varón tan insigne. Que aquel Padre, no el mío, sino Helios que lo ve todo, contemple las impías maldades de mi madre, porque si soy acusado alguna vez, pueda dar testimonio de la justicia con que la dí muerte. No hablaré de la de Egisto. Él sufrió el castigo que impone la ley al que atropella la honestidad. Pero ella, que imaginó aquel odioso atentado contra el hombre cuyos hijos llevó en su seno; carga entonces dulce, y ahora, ya lo veis, por su desgracia, aborrecida; ella, ¿qué te parece? Era una murena, una víbora; tan sólo su contacto, que no ya su mordedura, bastaba a emponzoñar. Tal era de procaz y malvado su instinto. ¡Jamás esposa como ella habite bajo mi techo! ¡Permitan los dioses primero que muera sin hijos! CORO ¡Ay, ay, crímenes miserables! ~(Contemplando el cuerpo de CLITEMNESTRA.)~ ¡Horrenda muerte has tenido! ~(Viendo a ORESTES, que comienza a dar señales de turbación.)~ ¡Ay cielos! ¡También para el que sobrevive comienza a dar frutos la desdicha! ORESTES ¿Hízolo o no lo hizo ella? -- Hable por mí este velo, ensangrentado por la espada que la dió Egisto. Pasó el tiempo; pero la mancha de la sangre quedó aquí e hizo que se perdiesen los variados matices de este rico tejido. ¿Qué nombre le daré que le cuadre? ¿Le llamaré lazo de coger fieras, o sábana mortuoria en que envolver el cuerpo para la tumba? Trampa, red, grillos; todo esto a la vez pudieras llamar a este velo. A lograrlo un ladrón de esos que se pasan la vida engañando a los viajeros y robándoles sus caudales, ¿a cuántos no diera muerte con un artificio como él, y cuántos felicísimos golpes no maquinara en su ánimo? ¡Contigo hablo, velo parricida! Presente estás a mis ojos, y al verte, ya me alabo; ya rompo en gemidos, y me duelo del crimen, y del castigo, y de mi raza entera, y siento sobre mí el peso de esta desdichada victoria que me mancha. CORO No hay mortal que pueda asegurarse una felicidad perpetua. Hoy éste, mañana aquél, todos han de encontrarse con el dolor. ORESTES Mas para que lo sepáis... Porque ni yo sé dónde irá esto a parar. Como caballos desbocados que se lanzan fuera de la carrera, así mis pensamientos se desmandan y alborotan y me arrastran, mal que me pese. Ya oigo la voz del terror que se levanta en mi corazón. Ya el corazón se estremece enfurecido. Pero mientras sea dueño de mí, todavía yo afirmaré ante vosotros, amigos míos; yo proclamaré que si maté a mi madre, no fué sin justicia. Ella se manchó con la sangre de mi padre; ella se hizo blanco del aborrecimiento de los dioses. Apolo fué el principal autor de mi obra, yo os lo digo; Apolo, que alentó mi audacia y me anunció, por boca del oráculo pitio, que esta acción no se me imputaría a delito; mas a qué retroceder... No os diré la pena. No habría flechero tan hábil que pudiese alcanzar con sus flechas a lo espantoso de tales horrores. Y ahora, ya lo estáis viendo, armado con este ramo, que coronan listones de lana, me encamino al templo que marca el ombligo de la tierra, sagrado lugar donde arde, sin extinguirse jamás, el rutilante fuego de Loxias. Allí me lavaré de la sangre de mi madre: Loxias me ha prohibido volverme a otro altar que al suyo. Vosotros, Argivos todos, cuando sea hora, atestiguar por mí de los terribles desastres que pesaron sobre los míos; que yo, desterrado de mi patria, viviré errante, y en vida y después de muerto dejaré memoria de esta triste hazaña. CORO Pues que obraste en justicia, no cierres tu boca ante los que te acusen; ni rompas en maldiciones después que has vuelto su libertad a toda la ciudad de Argos, cortando valeroso la cabeza a esas dos serpientes. ORESTES ¡Ah, ah! Vedlas, esclavas: ¡ahí están! ¡parecen las Gorgonas! ¡Sus vestiduras son negras! ¡En sus cabellos se enroscan multitud de serpientes! Ya no podría yo permanecer aquí ni un instante más. CORO ¿Qué imágenes son esas que te trastornan, oh hijo el más cariñoso para su padre? Serénate; no te dejes vencer tan pronto del terror. ORESTES No son imaginaciones; son realidades horrendas. Son las perras furiosas que vienen a vengar a mi madre. ¡Harto lo sé! CORO Su sangre, caliente aún en tus manos, es lo que pone terror en tu alma. ORESTES ¡Soberano Apolo! su número aumenta; de sus ojos destilan horrenda sangre. CORO Una purificación queda para ti. Abrázate al ara de Loxias, y él te hará libre de tus tormentos. ORESTES ¡Vosotras no las veis, pero yo sí las veo! ¡Me persiguen! ¡No, no puedo estar aquí! ~(Huye despavorido.)~ CORO ¡Que tengan buen suceso tus desventuras! ¡Que el dios eche sobre ti mirada amiga, y te guarde en los peligros! He ahí la tercera tempestad que se desencadenó sobre el alcázar de nuestros reyes. Los mismos de su linaje la han movido. Comenzaron por el horrendo banquete que se ofreció al desdichado Tiestes. Vino después el desastrado fin de aquel valeroso rey que acaudilló a todos los Aqueos: asesináronle en el baño. Y ahora, ¿cómo llamaré a esto último? ¿mi salvación o mi ruina? ¡Cuándo se saciará, cuándo se calmará, cuándo se adormecerá siquiera el encono de la desgracia! [Ilustración] [Ilustración] III _LAS EUMÉNIDES_ CUADRO PRIMERO ~La escena representa el exterior del templo de Delfos.~ LA PITONISA ~(que aparece en el pórtico del templo.)~ Sean para la Tierra mis primeras preces, mis primeros actos de adoración: ella fué, antes que ningún otro dios, quien pronunció aquí sus oráculos. Después para Themis, que según cuentan, sucedió a su madre en este profético templo. Sentóse en él la tercera otra Titánida, hija de la tierra, Febe; por voluntad de Themis, que no por fuerza ninguna. Febo, al nacer, recibiólo de Febe, como regalo que ella quiso hacerle en su nacimiento, y con él aquel nombre tomado de su madre. El dios deja el lago de la isla Delos y su riscoso suelo; aborda a las costas de Palas, de los navegantes visitadísimas, y por fin llega a esta comarca donde se asienta el Parnaso. Los hijos de Hefestos le acompañan con gran veneración; allánanle el camino, y le van abriendo paso por una tierra agreste, hasta entonces nunca cultivada. Luego que llegó, el pueblo entero y Delfos, que era el rey que a la sazón le gobernaba, ríndenle singularísimos honores. Zeus le infunde el divino arte, y le sienta en este trono profético, que él es el cuarto a ocupar. Desde entonces, Loxias es el profeta de su padre Zeus. Comiencen, pues, por estos dioses mis oraciones. Pero además, reciba sobre todos homenaje de adoración la diosa Palas, cuya imagen se ostenta frente a este templo; sean también veneradas las Ninfas que pueblan la hueca peña Coricia, lugar de las aves deseado, y para los dioses apacible retiro; sin que deje de recordar a Bromio, que en aquella región tiene su morada, y de ella lanzó sus bacantes contra Pentheo y le dió la muerte de una fiera. Por último, invoquemos a la fuente del Plisto, y al poderoso Poseidón, y a Zeus, altísimo y omnipotente, y vamos a sentarnos en el trono de sus profecías. Al pasar estos sagrados umbrales, ¡quieran los dioses mostrarse conmigo más amigos que nunca! Si hay algunos helenos que vengan a consultar al oráculo, acérquense por el orden que la suerte les designe, que así lo manda la ley; y yo en mis oráculos sólo me guío de la voluntad del dios. ~(Entra en el templo y al punto vuelve a salir despavorida.)~ ¡Horrendo, horrendo de contar, horrendo de ver lo que me arroja del templo de Loxias! Ni puedo dar un paso, ni tenerme en pie; apoyada en mis manos voy arrastrándome como puedo, que las piernas se niegan a llevarme. Vieja con miedo, nada: igual que un niño. Llegaba yo, pues, arrastrando al sagrario del templo, donde cuelgan tantas coronas, cuando en la piedra misma, que ocupa el ombligo de la tierra, me veo un hombre en ademán suplicante, que, a no dudar, tiene sobre sí algún nefando sacrilegio. Sangre destilan sus manos; sangre la espada que empuña con la una de ellas, mientras que en la otra ostenta lozano ramo de oliva, piadosamente coronado con largas cintas de blanquísimo vellón. En esto no me engaño; desde luego salta a la vista. Pero delante de este hombre, sentadas en las gradas del altar, duerme extraña caterva de mujeres... ¿De mujeres dije? No, sino de Gorgonas. Mas tampoco se parece su figura a la de las Gorgonas... Yo las he visto pintadas alguna vez, que arrebataban a Fineo los manjares: con todo, éstas no tienen alas. Están vestidas de negro, y son por extremo horrendas: con sus ronquidos despiden ponzoñoso aliento, que no deja acercárseles; de sus ojos se destilan lágrimas de sangre que espantan, y todo su arreo y compostura es tal, que no es para tolerado ni ante estatuas de dioses, ni en moradas de hombres. Gente de este linaje no la vi jamás, ni es posible que tierra ninguna se gloríe de haberlas criado, sin que tenga que llorar desastres. Pero de lo que se siga, a Loxias toca cuidar como prepotente señor de esta santa casa; pues que él es médico divino y profeta, e intérprete de agüeros y prodigios, y quien toda otra casa purifica. ~(Vase.)~ ~(Ábrese la escena y aparece el interior del templo. Junto al ara está el mismo dios APOLO; a su lado HERMES, y a sus pies, en ademán suplicante, ORESTES, del modo que le ha pintado la PITONISA. Las ERINNAS le rodean como guardándole; están dormidas.)~ APOLO No, no te entregaré. Cerca de ti o lejos, yo seré tu guarda hasta el fin, y no he de usar de blanduras con tus enemigos. Ahora, ya lo ves, esas furiosas están cogidas; tomólas sueño pesadísimo. Vírgenes abominables y vetustas que después de tantos años guardan su doncellez, pues ni dios, ni hombre, ni siquiera fiera ninguna, querría comunicarlas jamás. Nacieron para el mal; habitan las horrendas tinieblas del Tártaro en las profundidades de la tierra, y de los hombres y de los dioses del Olimpo son por igual aborrecidas. No desfallezcas; pero huye, porque ellas te perseguirán, ya atravieses el dilatado continente, ya en el mar, ya en las islas; por dondequiera que eches tus errantes pasos. Sufre esta fatiga y no desmayes, y en llegando a la ciudad de Palas, póstrate a los pies de la antigua imagen de la diosa y abrázate con ella. Allá tendremos quienes nos juzguen, y no dejaremos de encontrar palabras con qué moverlos, y modo de librarte de todas tus penas, pues que yo te persuadí a dar muerte a tu madre. ORESTES Soberano Apolo, bien sabes tú ser justo. Siendo así, por tu justicia, considera la que me asiste y no me abandones. Tu poder basta a salvarme. APOLO Acuérdate que el temor no se apodere de tu ánimo. ~(A HERMES.)~ Y tú, Hermes, hermano mío, hijo del mismo padre que yo, guárdale, haz con él según tu nombre, guíale en su camino y asístele. Es mi suplicante. Zeus mismo reverencia la piedad que se debe a los proscritos de la justicia, y que para bien de los mortales siempre los acompaña. ~(Vanse HERMES y ORESTES. APOLO desaparece en el santuario. Luego al punto ábrese el suelo y surge por escotillón la SOMBRA DE CLITEMNESTRA.)~ LA SOMBRA ~(a las Erinnas que duermen.)~ ¿Dormís? ¡Hola! ¡sús! ¿A qué es dormir ahora? Entre todos los muertos yo sola soy la despreciada de vosotras. Y en tanto me echan en rostro que maté, y no se perdona para mí afrenta ninguna, y ando errante y avergonzada entre las sombras. Sí, os lo repito; todos son a acusarme como al mayor de los criminales. ¡Y yo, que tan cruelmente fuí tratada por quien debió amarme más; yo degollada por manos parricidas, no tengo ni un solo dios que sienta indignación por mi suerte! Contempla estas heridas; míralas con los ojos del alma, más despiertos aún y perspicaces en el sueño; que a la luz del día parece que es destino de los mortales apenas alcanzar a ver. ¡Qué de veces bebisteis las libaciones sin vino que yo os hacía, sobrias y dulces ofrendas que os deleitaban, y gustasteis los festines que os daba en mi hogar, en aquellas temerosas horas de la noche que ningún otro dios comparte con vosotras! ¡Y todos mis homenajes los veo hollados por vuestros pies! ¡Y él se ha escapado y huye como un cervatillo! De un salto salvó vuestras redes vanas, y ahora se ríe de vosotras en grande. Oíd, ¡es de mi salvación de lo que os hablo! ¡Volved en vuestro acuerdo, diosas subterráneas! ¡Soy yo, Clitemnestra, quien os invoca! ¡soy su sombra! CORO ¡Joooh, joooh, joooh, joooh! LA SOMBRA ¿Roncáis? Y él se os escapa, y huye lejos de aquí. ¡Tan sólo mis dioses no escuchan a quien les suplica! CORO ¡Joooh, jooh, jooh! LA SOMBRA ¡Ya es demasiado dormir! ¡No compartís mis penas, y Orestes huye; mi asesino, el asesino de su madre! CORO ¡Oh, oh, oh, oh! LA SOMBRA ¿A qué esos gritos? ¿Dormís aún? ¿Qué, no te levantarás al punto? ¿Qué otra cosa tienes que hacer más que perseguir a los culpados? CORO ¡Oh, oh, oh, oh! LA SOMBRA El sueño y la fatiga se conjuraron para señorearse de ellas. Estas horrendas serpientes perdieron toda su furia. CORO ¡Oh, oh, oh! ~(redoblados y agudos: en sueños.)~ ¡Cógele, cógele, cógele! ¡ten cuidado! LA SOMBRA En sueños persigues tu presa, y ladras como perro que va tras la pista sin rendirse al cansancio. Ea, pues, ¿qué haces? ¡levanta! no te dejes vencer de la fatiga. Mira el mal que te avino por ceder al sueño. Así te duelan en el alma mis justas reprensiones; que ellas sirven de aguijón al pundonoroso. Arroja sobre mi asesino tu ensangrentado aliento; que el fuego que arde en tus entrañas, le abrase y le consuma. Persíguele; que él se sienta morir al ver a su perseguidor segunda vez sobre sus huellas. ~(Húndese. Las Furias van despertando según indica el texto. Una vez en pie, cada cual por su lado y alborotadas corren. Su traje y apostura conforme a lo que ha dicho la Pithia. Acaso también con antorchas encendidas en las manos.)~ CORO ¡Despierta, que te llamo; despierta tú y despierta a ésa! ¡Duermes! ¡Arriba! Sacude el sueño. ¡Sepamos si soñábamos sueños o realidades! ¡Ay, ay! ¡oh rabia! ¡Perdidas somos, amigas! ¡Tanto pasar: y todo en vano! ¡Oh dolor! ¡Qué cruel calamidad, qué insufrible desdicha pesa sobre nosotras! La fiera se escapó de las redes y ha huído. Dejéme rendir del sueño y perdí la presa. ¡Ay, hijo de Zeus, tú has sido el astuto ladrón! ¡Tú, dios mozo, que has puesto bajo tus pies a estas antiguas diosas, dando oídos piadosos a las súplicas de un impío que sólo tuvo crueldad para la que le parió! ¿Tú eres un dios, y hurtas a mi venganza al que mató a su madre? ¿Habrá quién diga que esto es justicia? Yo he oído en sueños amargas quejas que venían sobre mí. Como aguijón bien empuñado por el auriga, así me han herido el corazón y las entrañas. Todavía siento el hielo del terror que me ha causado el azote de aquel fiero verdugo. ¡Ahí está lo que hacen estos dioses nuevos con su reinar fuera de los términos de la justicia! Ya podéis ver ese trono, ombligo de la tierra, todo él goteando sangre de arriba abajo, desde que quiso sufrir la horrenda mancha del crimen. Dios Profeta, tú has contaminado este sagrado recinto, acogiendo en tus aras el crimen impuro; tú le incitaste; tú le llamaste; tú atendiste a los humanos con desprecio de lo divino; tú hollaste las antiguas leyes. Tú has sido malo para mí; pero él no se escapará. Así se esconda debajo de la tierra, que no ha de verse libre. Él trajo sobre sí la maldición del cielo; pues hasta en el abismo sentirá caer sobre su cabeza el golpe de la venganza. ~(Sale APOLO.)~ APOLO Sal al punto de este templo: yo lo mando. Libra de tu presencia este profético recinto, no sea que te alcance la veloz y alada serpiente de mi áureo arco y tengas que vomitar en tu dolor, entre torrentes de negra espuma, la sangre humana que has chupado. -- No es a esta mansión donde tú puedes acercarte, sino al lugar de las sangrientas justicias; allí donde se cortan cabezas, y se arrancan ojos, y se degüella, y se provocan abortos, y se castra, y se descuartiza, y se apedrea, y se pone a los reos en el espantable tormento de la estaca, sin compasión a sus lastimeros gemidos. ¿No oís, aborrecidas de los dioses, cuáles fiestas os contentan? Harto lo dice vuestra catadura: la caverna de sangriento león es la morada que te está bien habitar, que no manchar con tu impura planta estos proféticos lugares. ¡Marchad; corred los campos a la ventura, rebaño sin pastor; pues que ganado como vosotras no habría dios que quisiera pastorearle! CORO Soberano Apolo, escúchame a tu vez ahora. No has sido tú cómplice en este crimen, sino quien lo has hecho todo, como solo y único autor. APOLO ¿Qué dices?... Explícate más. CORO Tu oráculo dió por respuesta a tu huésped que matase a su madre. APOLO Respondíle que vengase a su padre. Bien, ¿y qué? CORO Después te constituíste en su amparo cuando aún estaba caliente la sangre. APOLO Y le mandé que buscase asilo en mi templo. CORO ¡Y a nosotras, que le perseguimos, nos llenas de injurias! APOLO Porque el llegaros a este templo os está vedado. CORO Pero este es nuestro oficio. APOLO ¡Qué honor es ese!... ¡Jáctate de tu honrado ministerio! CORO Nosotras arrojamos de dondequiera que habiten hombres, a los que derraman la sangre de su madre. APOLO ¿Y qué? El que mata a la mujer que dió muerte a su marido... CORO A lo menos la que tal hizo no derramó su propia sangre. APOLO ¡Así tienes tú por cosa vil y para nada la fe y los juramentos de Zeus y Hera, augustos patronos del himeneo! Y no sale de tus labios más honrada la diosa Cipris, por quien tienen los mortales los más regalados gustos. Es el lecho nupcial, donde quiso el Destino juntar a los esposos, más sagrado que un juramento, y guárdale la justicia. Si te muestras clemente con los esposos que uno a otro se quitan la vida, para no tomar venganza ni airarte siquiera por ello, niego que en justicia puedas perseguir a Orestes. ¡Arrebatada de cólera te veo para lo uno; muy blanda y sosegada para lo otro! Pero la diosa Palas sentenciará este juicio. CORO Jamás dejaré de perseguir a ese hombre. APOLO Persíguele, pues, y cánsate más todavía. CORO No ofendas con tus palabras los honores de mi oficio. APOLO Honores tales, si me los dieras, ¡a buen seguro que yo los recibiese! CORO Verdad. Sobrada gloria tienes ya junto al trono de Zeus. Pero la sangre de una madre me arrastra. Yo pediré venganza contra ese hombre y le perseguiré como el cazador a su presa. APOLO Y yo acorreré a mi suplicante y le salvaré. Entregar a un suplicante, pudiendo defenderle, crimen es que provoca su cólera, por igual temible a mortales y dioses. ~(Retírase al interior del Santuario. El CORO deja también la escena. Mutación escénica.)~ CUADRO SEGUNDO ~Exterior del templo de Atena Polías en la acrópolis de Atenas. Frontera al templo la estatua de la diosa.~ ORESTES ~(que aparece postrado a los pies de la estatua en ademán suplicante.)~ Augusta Atena, a ti vengo. Loxias es quien me manda. Acoge piadosa a un homicida que ya no necesita purificarse por su delito; cuyas manos ya no gotean sangre, sino que borró el reato de su culpa con la recia fatiga de tantas casas extrañas como conoció; de tantos caminos y jornadas como caminó. Igual atravesé tierras que mares; y ahora, fiel a las órdenes del oráculo de Loxias, me acerco, oh diosa, a tu templo y a tu imagen. Aquí haré descanso; aquí esperaré mi sentencia. ~(Sale el CORO y se esparce por la orquesta. ORESTES permanece en el _logeum_.)~ CORO ¡Ea! aquí tenemos una señal del paso de nuestro hombre, y bien clara. Sigue los avisos de ese mudo delator. Como perro que va tras la pista de herido cervatillo, así nosotras por estas gotas de sangre reconocemos sus huellas. Llego rendida de fatiga y jadeante de tanto correr tras de este hombre. No hay lugar de la tierra que no haya recorrido yo; sin tener alas, de un vuelo he salvado el mar, no menos ligera que una nave; siempre persiguiéndole. Mas ahora no hay duda; él se oculta en alguna parte no lejos de aquí, porque el olor a sangre humana me sonríe. Mira, mira otra vez; mira mejor; escudriña por todos lados, no sea que a hurto de nosotras escape sin castigo el que mató a su madre. ~(Reparando en ORESTES.)~ Hele allí, que otra vez logró asilo; hele allí abrazado a la imagen de la inmortal diosa. Pretende que su acción sea juzgada: no ha lugar a juicio. Una vez derramada la sangre de una madre, ya no vuelve a sus venas; caliente aún, apenas cae en el suelo la absorbe la tierra y desaparece. Fuerza es, pues, que sufras la pena de tu delito; que yo chupe toda la sangre de tus miembros; que yo me cebe en esa roja bebida, que nadie sino yo osara beber, y que después de haberte consumido en vida, te arrastre a los infiernos. Allí verás a todos los demás mortales que fueron culpables como tú; a los que pecaron contra los dioses; a los que profanaron el sagrado de la hospitalidad; a los que no honraron a sus padres con piedad de hijos: a cada cual sufriendo la pena que mereció por su pecado. Que Hades, el poderoso juez que habita las mansiones infernales, toma estrecha cuenta a los hombres, y no hay acción que no escriba en el libro de memorias de su pensamiento, al cual nada se oculta. ORESTES Aleccionado por mis males sé no pocos modos de expiar un delito, y cuándo se debe hablar y cuándo callar. A la sazón, yo debo alzar mi voz; que así me lo ordena sabio maestro. Ya se secó la sangre que había en mi mano; ya se adormeció; ya está lavada la mancha de mi parricidio. Todavía estaba reciente cuando me purifiqué de ella, inmolando en el ara del dios Febo los puercos expiatorios. Decir aquí todos los hombres con quienes he comunicado sin que mi presencia les trajese mal alguno, largo discurso pediría. El tiempo al par que envejece va borrando todas las cosas. Hoy ya sin impiedad y con pureza de labio puedo invocarte, ¡oh Atena! reina augusta de esta comarca; ¡ven en mi auxilio! Y sin guerra me ganarás a mí, y ganarás la tierra y pueblo de Argos; que te seremos siempre fieles, y tus aliados y auxiliares en toda empresa. Ea, pues, ora que en los líbicos campos, junto a las riberas del Tritón donde naciste, estés peleando por los tuyos a los ojos de todos o envuelta en celeste nube; ora que a modo de esforzado caudillo hagas alarde y muestra de tus huestes en las llanuras de Flegra; estés dondequiera, ven a mí. Eres diosa, y por lejos que estés me oyes. ¡Ven, y sálvame de mis males! CORO Ni Apolo ni el poder de Atena podrán salvarte de perecer miserablemente abandonado; sin saber jamás qué es alegría; consumido y exangüe; sombra viviente, hecha pasto de las Furias. ¡Nada respondes y desdeñas hablar, tú que me estás consagrado, que has sido criado para mí!... Pues en vida me has de servir el manjar regalado de tus carnes: ni siquiera serás degollado sobre el ara. Ahora vas a oír el himno que a mí te encadena. Ea, pues, formemos nuestro coro. Ocasión es ésta de hacer resonar nuestro horrendo cántico. Digamos la suerte que destina nuestro tribunal a cada uno de los mortales. Nosotras nos complacemos en ser rectos jueces. El que conserva la pureza de sus manos, no tiene que temer nuestra cólera, y su vida se pasará en paz. Mas para los malvados, como ese hombre, que tratan de ocultar sus manos ensangrentadas, para estos somos testigos incorruptibles; vengadoras de la sangre de sus víctimas, que los perseguimos hasta acabarlos. ¡Oh Noche! ¡Oh madre! ¡Madre, que me pariste para castigo de vivos y muertos, escúchame! El hijo de Latona me ha deshonrado, arrebatándome la presa que debía pagar la sangre de una madre. ¡Caiga siquiera sobre esa víctima que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio, de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales! La Moira, que nada deja por castigar, señalóme esta suerte por decreto irrevocable. A aquellos mortales insensatos que se hacen reos y autores de crimen, yo les he de servir de cortejo hasta que desciendan a las mansiones infernales, y todavía no se han de ver libres de mí ni con la muerte. ¡Caiga, pues, sobre esa víctima, que me está consagrada, este mi canto; canto de delirio; de locura, de furor; himno de las Erinnas, que encadena las almas; que no se acompaña jamás de los dulces conciertos de la lira; himno que seca y consume a los mortales! Luego que nacimos quedó fija nuestra suerte. Nuestras manos no debían de llegar jamás a los inmortales. Nuestros banquetes no habían de tener a ninguno de ellos por convidado. Las cándidas vestiduras de la alegría estaríanos para siempre vedadas. Nuestro destino era arruinar las casas donde Ares en traidora guerra de familia arma a deudos contra deudos. ¡Oh! Sobre quien a tal se atreve, sobre ese nos lanzamos, apenas derrama la sangre, y le perseguimos, y por fuerte que él sea, le hacemos desaparecer. Nosotras nos afanamos por quitar de este cuidado a los dioses; confirmen, pues, ellos la inmunidad de nuestros juicios; no quieran sujetarlos a apelación. No ha de comunicar Zeus con una raza odiosa que está goteando sangre, a la cual jamás tuvo por merecedora de su presencia. De un salto caigo sobre el criminal y le atajo por lejos que esté: mis pies chocan pesadamente contra sus piernas cansadas de tan larga huída; flaquea él y sucumbe sin remedio. No hay debajo del cielo gloria de mortal tan altiva que yo no la derribe miserablemente en tierra al acercarme a él con impetuoso salto, envuelta en mis negras vestiduras, y que no desaparezca pisoteada por mis pies enemigos. Loco y ciego con su culpa cae el malvado y no sabe que cae. ¡Tal niebla tiende sobre él su crimen! Su morada queda envuelta en tinieblas oscurísimas que la fama pregonará con lastimeras voces. Así es, y así será. En el idear, hábiles; en el conseguir, seguras; en la memoria de las maldades, firmes y severas; en nuestros juicios, para todo mortal incorruptibles; nosotras marchamos por los caminos que nos marcó la suerte: caminos sin honores, y de los dioses y de la luz del sol nunca visitados, donde por igual se pierden y despeñan los vivos y los muertos. ¿Qué mortal habrá que no sienta reverencia temerosa al oír de mis labios el ministerio que me confiaron los decretos de la Moira y la voluntad de los dioses? Dignidad antigua y no despreciable ni sin gloria, aunque tenga su asiento en las caliginosas mazmorras del sol nunca esclarecidas. ~(Aparece en el aire la diosa ATENA en un carro.)~ ATENA De lejos oí una voz que me imploraba; desde las riberas del Escamandro donde tomaba posesión de la tierra que me dedicaron los príncipes y caudillos Aqueos en absoluto y perpetuo dominio: porción magnífica de los ricos despojos de la guerra y para los hijos de Teseo recompensa selectísima. De allí vengo con presuroso e incansable paso. No hube menester de alas: tendí al viento mi égida haciendo gemir los aires, y uncí a este carro mis poderosos corceles. -- Extraña gente es la que se ofrece a mis ojos aquí reunida, la cual cierto que no me espanta; pero me asombra. ¿Quién podéis ser? A todos vosotros me dirijo; a ese peregrino que está abrazado a mi imagen, y a vosotras, que ni os asemejáis a casta ninguna de criaturas, ni los dioses os vieron jamás entre las diosas, ni tenéis figura humana. -- Mas echar a uno en cara su deformidad ni es justo ni piadoso. CORO Con una palabra lo sabrás todo, hija de Zeus. Somos hijas de la lúgubre Noche; en las mansiones subterráneas nos llaman las Imprecaciones. ATENA Conozco vuestro linaje y vuestro nombre. CORO Pues ahora sabrás cuál es mi ministerio. ATENA Lo sabré si me lo explicáis. CORO Nosotras arrojamos a los homicidas de toda habitación de hombres. ATENA Y entonces ¿dónde acabará para el matador su huír? CORO Donde jamás imperó la alegría. ATENA Y ¿a huída tal condenas tú a este hombre, acosándolo con roncos gritos? CORO Él fué bastante osado para matar a su madre. ATENA ¿No le forzaría acaso el temor a alguna airada potestad que le amenazara? CORO Y ¿qué fuerza hay tan poderosa que arrastre a matar a una madre? ATENA Aquí hay dos partes; hasta ahora no he oído más que a una. CORO Es que él no deferiría a mi juramento y tampoco quiere prestarlo. ATENA Y tú quieres más oír hablar de justicia, que no practicarla. CORO ¿Cómo? Explícate, que no te faltará saber para ello. ATENA Digo, que la injusticia no vence por juramentos que se hagan. CORO Ea, pues examina la causa y falla en justicia. ATENA ¿Remitís, pues, a mí el fallo de esta causa? CORO Y ¿cómo no? Nadie más que tú merece este honor, y por tal te acatamos. ATENA ¿Qué tienes tú que contestar a esto, extranjero? Dime tu patria, tu linaje y tus aventuras, y luego excúlpate de la acusación, si es verdad que fiado en la justicia de tu causa has venido a ampararte de mi templo e imagen y pides con piadosas súplicas, cual otro Ixión, la expiación de tu delito. Responde a todas mis preguntas de modo que yo quede bien informada. ORESTES Soberana Atena, ante todas cosas te libraré de ese grave cuidado que revelan tus últimas palabras. No vengo a ti menesteroso de expiación, ni me abracé a tu imagen con las manos manchadas por el crimen. Yo te daré prueba cierta de ello. La ley reduce a silencio al matador mientras la sangre de tierna víctima no le purifique de su mancha. Tiempo ha que así expié mi delito, y corrí casas extrañas y tierras y mares. Sobre esto, pues, desecha todo cuidado. En cuanto a mi linaje, al punto vas a saberlo. Soy de Argos; a mi padre Agamemnón bien le conociste, que él fué el capitán de la armada griega, y con su ayuda arrasaste no ha mucho la ciudad de Ilión. Vuelto a su casa, halló la muerte, y no con gloria, sino que mi madre con negras entrañas le mató, envolviéndole en la red de traidor artificio. Testigo es aquel baño donde corrió su sangre. Yo estaba huído hacía tiempo, mas por fin volví de mi destierro, y maté a la que me parió; no he de negarlo ahora. Pagó con su muerte la muerte de mi amadísimo padre. Cómplice mío fué Loxias, que me anunció grandes males de no castigar a los autores del crimen; con que puso acicates a mi voluntad. Decide tú si obré en justicia o no. A ti remito la causa: cualquiera que sea la sentencia, yo la acato. ATENA El caso es más grave de juzgar que cuantos imaginaron nunca los hombres. Tampoco me es lícito a mí conocer en una causa de muerte donde tan enconados se hallan los ánimos. Sobre todo porque bien que perpetrador de un crimen, tú has llegado a mi templo suplicante y purificado y sin ofenderle con tu presencia; y así he de acogerte en mi ciudad como a quien no tengo que hacer cargo ninguno. Por otra parte, éstas no son tan blandas de condición que si salen vencidas en juicio no derramen después sobre esta tierra el veneno de sus corazones; que sería triste e incurable daño. El trance es tal, que yo no podría sin ofensa ni retener aquí a entrambas partes ni tampoco despedirlas. Mas ya que aquí llegaron las cosas, yo elegiré jueces del crimen, y los ligaré con juramento, y constituiré tribunal que dure para siempre. Vosotros reunid los testimonios y pruebas que habéis de traer a la causa y todos los medios de defensa. Así que haya elegido los mejores de mis ciudadanos, con ellos vendré, y ellos sentenciarán en justicia sin apartarse un punto del juramento que prestaren. ~(Vase.)~ CORO Si vence la causa de este parricida, su crimen, nuevas leyes habrán trastornado bien pronto el orden del mundo. Todos los mortales se encontrarán sueltos y expeditos para lanzarse a igual atentado. ¡Qué de golpes, no imaginarios sino verdaderos, esperan en adelante a los padres de mano de sus hijos! Ya no perseguirá los delitos la cólera de estas Furias que estaban siempre con atentos ojos sobre los hombres. Dejaremos correr todo crimen. Cada cual se quejará de las maldades de los suyos y buscará por todas partes el fin de sus penas o su alivio; pero no hallará remedio seguro, y en vano será que el afligido pida consuelo. Vosotros, los heridos de la desgracia, no nos invoquéis más; no gritéis: ¡oh justicia, oh trono de las Erinnas! Así clamarán de aquí a poco los padres y las madres entre lastimeros gemidos que les arrancará su infortunio; pero cuando ya el templo de la Justicia se derrumba. A las veces es saludable el terror. Conviene que se asiente en el ánimo, y que allí esté vigilante; que los remordimientos ayudan a aprender a bien vivir. ¿Pues qué ciudad ni qué mortal rendirá culto a la justicia, si se crían sin ningún temor de corazón en la bienandanza? No desees vivir ni en licencia ni en servidumbre. El cielo puso siempre en el medio la virtud, y mira los extremos con ojos enemigos. Muy conforme a razón es la sentencia que dice: “La impiedad es hija legítima de la soberbia; sólo de la rectitud del corazón nace la felicidad de todos querida y codiciosamente deseada.” Pero sobre todo te digo: respeta el ara de la justicia; no la derribes con impío pie por mirar a tu provecho, porque la pena seguirá a la culpa, y te aguardará el fin merecido. Así pues, honren todos a sus padres, y respete cada cual los santos fueros del huésped que viene a acogerse a su casa. De esta suerte el hombre que de voluntad sea justo no será infeliz; jamás podrá ser absolutamente desventurado. Pero el atropellador de toda ley, que a todo se atreve, y todo lo trastorna y confunde sin atender a la justicia, ese hombre será al fin abatido; yo lo afirmo: cuando la borrasca rasgue las velas de su nave, y tronche las antenas. En su vana lucha con la tormenta que le asalta por todas partes, llamará entonces a los que no le oirán. Los cielos ríen viendo al temerario, contra todo lo que él se imaginó nunca, aprisionado en los lazos inquebrantables de la desgracia y sin poder ganar la orilla. Aquella su felicidad de otro tiempo se estrelló en la roca de la justicia, y él perece y nadie tiene para él ni una lágrima ni un recuerdo. ~(Sale ATENA acompañada de los jueces areopagitas, un pregonero, pueblo y cortejo de matronas y doncellas atenienses.)~ ATENA Pregonero, haz tu oficio y contén a la muchedumbre. Que la trompeta tirrena se llene con el humano aliento de tu pecho, y que su aguda voz invada la región del éther y se haga oír de todo el pueblo. El Consejo está aquí reunido. Silencio, pues, ahora. Escuche la ciudad entera estas mis leyes que por siempre han de gobernarla, y cómo se falla en justicia la causa que se nos ha sometido. ~(Sale APOLO.)~ CORO Dios Apolo, manda en lo que tienes bajo tu imperio; ¿qué te interesa a ti este negocio? ¡Di! APOLO Vengo a dar mi testimonio. Este hombre llegó suplicante a mi templo, y se acogió a mis aras, y yo le purifiqué. Con él debo ser procesado, pues que yo tengo la culpa de la muerte de su madre. Atena, abre el juicio con las formalidades que tan bien conoces, y sigue la causa. ATENA Se abre el juicio. Vosotras tenéis la palabra. El acusador es quien debe hablar primero y exponer conforme a derecho los puntos de su querella. CORO Muchas somos, mas con todo ello hablaremos poco y breve. ~(A ORESTES.)~ Tú contesta extremo por extremo conforme vayamos preguntándote. En primer lugar di si mataste a tu madre. ORESTES La maté. No podría negarlo. CORO Bueno. De las tres caídas del lidiador ya tenemos una. ORESTES Todavía no he caído para que te jactes así. CORO Respóndeme ahora a esto: ¿cómo la mataste? ORESTES Respondo. Esta mano la clavó el hierro y la degolló. CORO ¿Quién te lo aconsejó? ¿Quién te movió a ello? ORESTES Los oráculos de este dios. Él dará testimonio. CORO ¡Qué! ¿El dios profeta te había de inducir a matar a tu madre? ORESTES Y hasta aquí cierto que no tengo que acusar a mi fortuna. CORO Si la votación te es contraria, pronto mudarás de parecer. ORESTES Espero confiado. Mi padre me auxiliará desde el sepulcro. CORO ¡Confía en los muertos, matador de tu madre! ORESTES Sobre ella había caído la mancha de un doble crimen. CORO ¿Cómo? Demuéstralo ante los jueces. ORESTES Al matar a su marido mató a mi padre. CORO Y ¿qué? Tú vives aún, mientras que ella pagó ya con la muerte. ORESTES Y ¿por qué no la perseguiste en vida? CORO Ella no era de la misma sangre del hombre a quien mató. ORESTES Pues ¿yo soy de la misma sangre de mi madre? CORO Pues ¡malvado! ¿cómo si no te alimentó en sus entrañas? ¿Renegarás de la sangre amadísima de una madre? ORESTES Apolo, depón ya tu testimonio. Ven y di si la maté en justicia. Que lo hice no lo negaré; así es la verdad; pero dinos si en tu sentir fuí justo al verter su sangre o no. Decide tú para que yo pueda responder. APOLO Yo declaro ante vosotros, augusto tribunal de Atena, que este hombre obró en justicia. Mis profecías no engañan. Jamás desde mi vatídico trono dije a hombre ni a mujer ni a ciudad ninguna, cosa que no me dictase Zeus, el padre del Olimpo. Cuanta sea, pues, la fuerza de nuestro derecho, yo os recomiendo que lo consideréis, y que acatéis el decreto de mi padre; que no hay juramento ninguno que pueda prevalecer contra Zeus. CORO ¡Así pues a lo que tú dices, Zeus fué quien te dictó ese oráculo de ordenar aquí a Orestes que vengase la muerte de su padre sin tener en nada el amor y reverencia de una madre...! APOLO Mayor que no igual crimen es hacer que muera un varón generoso a quien Zeus había honrado con el cetro; y que muera a manos de su esposa y no en leal combate al golpe de un dardo como los que disparan las Amazonas, sino... Lo diré para que lo oigas, oh Palas, y vosotros jueces que con vuestros votos habéis de sentenciar esta causa. Volvía él de la guerra, donde había dado felice cima a grandes hazañas; acógele ella con amoroso semblante, condúcele al baño, y cuando ya se disponía a salir de él, en el mismo punto y término ella le echa encima con artero golpe un ancho velo, y así envuelto en aquella red le hiere de muerte. Expuesta queda a vuestra consideración la suerte infortunada del más augusto de los príncipes; de aquel soldado que capitaneó la armada griega. Os la he contado tal como fué, para mover a justa cólera a este pueblo que ha de dictar sentencia. CORO Según tu dicho, Zeus gradúa de más grave que todo otro crimen el homicidio de un padre; y sin embargo él aherrojó entre cadenas a su anciano padre Cronos. ¿Cómo no ves aquí la contradicción de tus palabras? Pero vosotros lo habéis oído; yo daré fe. APOLO ¡Oh monstruos, de todos abominados y de los dioses aborrecidos! Se pueden romper las cadenas: remedios tiene la esclavitud; hay muchos caminos de recobrar la libertad. Pero una vez muerto un hombre, y que el polvo se traga su sangre, ya no hay resurrección para él. Contra la muerte no inventó mi padre encantamientos; él que gobierna y muda todas las cosas, y las humilla y las ensalza sin fatigarse del esfuerzo. CORO ¿Cómo defiendes su absolución? Considéralo. Este hombre regó la tierra con la sangre de su madre, con la sangre que corre por sus venas: y ¿ha de ir después a Argos y ha de habitar la casa de su padre? ¿A qué aras públicas se atreverá él a acercarse? ¿Qué cofradía habrá que le reciba a sus ceremonias y lustraciones? APOLO También contestaré a esto; reconoce tú la verdad de mis razones. No es la madre engendradora del que llaman su hijo, sino sólo nodriza del germen sembrado en sus entrañas. Quien con ella se junta es el que engendra. La mujer es como huéspeda que recibe en hospedaje el germen de otro y le guarda, si el cielo no dispone otra cosa. Te daré la prueba de mi proposición. Se puede llegar a ser padre sin necesidad de madre, y de ello aquí tenemos un testigo, la hija de Zeus Olímpico, que no se nutrió en las tinieblas de materno seno; pero criatura cual diosa ninguna hubiese podido engendrarla. ~(A ATENA.)~ En cuanto a mí, ¡oh Palas!, yo engrandeceré a tu ciudad y pueblo, como sé hacerlo; yo que envié a mi suplicante a tus aras para que en todo tiempo fuese tu amigo fiel, y por que te le granjeases por aliado, oh diosa, a él y a sus descendientes. ¡Así se mantenga y se ratifique esta alianza para siempre en las futuras edades! ATENA La causa está ya bastante dilucidada; consultad, pues, con vuestra conciencia, oh jueces, y votad en justicia. APOLO ~(a los jueces.)~ Atended a lo que habéis oído, y al dar vuestros votos, oh huéspedes míos, respetad en vuestro corazón el juramento que prestasteis. ATENA ~(al CORO.)~ Y ahora, ¿qué he de hacer yo para que no tengáis que acusarme jamás? CORO Yo he disparado todas mis fechas, y espero a ver cómo se decide el combate. ATENA Ciudadanos de Atenas, que vais a juzgar por primera vez en causa de sangre, mirad ahora la institución que yo fundo. En adelante subsistirá por siempre en el pueblo de Egeo este senado de jueces. Se asentará en esta colina donde acamparon las Amazonas y pusieron sus tiendas cuando con ejército poderoso vinieron en son de guerra contra Teseo y su recién edificada ciudad, y frente de sus torres alzaron otras torres. En este lugar ofrecieron sacrificios al dios Ares, con que esta roca tomó el nombre de Areópago, y aquí velarán por los ciudadanos el respeto y el temor, igual de día que de noche, y contendrán la injusticia mientras los mismos ciudadanos no alteren las leyes: que si mezcláis con sucias y cenagosas aguas las claras linfas de una fuente, no encontraréis después dónde beber. Oíd mi consejo, ciudadanos que habéis de mirar por la república: no rindáis culto a la anarquía ni al despotismo; pero no desterréis de la ciudad todo temor, que sin temor no hay hombre justo. Mirad, pues, con temerosa y merecida reverencia la majestad de este senado, porque así tengáis un baluarte defensor de vuestra ciudad y patria, cual no lo tiene pueblo en el mundo, ni se hallaría entre los Escithas ni en la tierra de Pélope. Yo os doy un tribunal que nadie podrá cohechar; venerando, severo, guarda de esta ciudad, que velará por los que duermen. Sirvan en lo venidero a mis ciudadanos estas advertencias que les dirijo. Y ahora levantaos, y dad vuestro voto, y sentenciad esta causa con respeto a vuestros juramentos. He dicho. CORO Os aconsejamos que no nos tratéis con menosprecio; que pesaríamos harto gravemente sobre vuestra tierra. APOLO Y yo os mando que respetéis mis oráculos, que son los de Zeus, y no hagáis que salgan vanos. CORO No te cuides de causas de sangre que no son de tu incumbencia, pues, si te obstinas, ya no habrá más santidad en tus oráculos. APOLO ¿Por ventura erró mi padre al escuchar las súplicas de Ixión, el primer homicida? CORO ¡Palabras! Si no obtengo justicia ya me haré yo sentir en este suelo. APOLO Tú eres despreciada de los nuevos dioses y de los viejos. Yo soy quien venceré. CORO Tales fueron también tus hazañas en el palacio de Feres. Tú persuadiste a las Moiras a hacer inmortales a los hombres. APOLO ¿Y no es justo hacer beneficios a quien nos honra, y más cuando se halla necesitado? CORO Tú derribaste todo el edificio de las antiguas leyes engañando con vino a aquellas viejas deidades. APOLO Pronto vas a ser vencida en juicio. Vomita entonces tú ese veneno, que no inquietará mucho a los que aborreces. CORO ¡Dios nuevo! ¿Tú pisoteas a estas antiguas diosas? No obstante esperaré a oír la sentencia, y en tanto no descargaré mi cólera sobre la ciudad. APOLO · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ATENA Eso me toca a mí dar mi voto la última. Este es mi voto, que añadiré a los que haya en favor de Orestes. Yo no nací de madre, y, salvo el himeneo, en lo demás amo con toda el alma todo lo varonil. Estoy por entero con la causa del padre. No ha de pesar más en mi ánimo la suerte de una mujer que mató a su marido, al dueño de la casa. Orestes vencerá aun en igualdad de votos por entrambas partes. Al punto, vaciad las urnas y contad los votos, jueces a quienes está encomendado este cargo. ORESTES ¡Oh Febo Apolo! ¿cómo se fallará la causa? CORO ¡Oh negra Noche, madre mía! ¿no ves esto? ORESTES No es menos para mí que echarme un dogal al cuello o ver por fin la luz. CORO Ni para nosotras que perecer o conservar nuestros honores. APOLO Contad bien los votos al sacarlos, huéspedes míos, y en el escrutinio, respeto a la justicia. Un voto que falte sería una gran desgracia; un voto más puede levantar una familia de su abatimiento. ATENA Este hombre queda absuelto de su delito: el número de votos es igual por ambas partes. ORESTES ¡Oh Palas! ¡tú has salvado mi casa; tú me restituyes aquella patria de que yo estaba privado! Y dirán los Helenos: ahí tenéis a ese hijo de Argos que ha recobrado la posesión de la hacienda de sus padres, gracias a Palas y a Loxias, y a aquel Autor sumo de todas las cosas, su tercer salvador. ¡Sí, Zeus, tú eres quien me salva; tú, que al ver a estas abogadas de mi madre, recordaste con horror la impía suerte de mi padre! Marcho ya a mi patria, jurando a esta comarca, jurando a tu pueblo que nunca jamás en los siglos de los siglos príncipe alguno de Argos vendrá aquí en son de guerra, pues donde no contra los que así quebrantaren los juramentos que yo hago, nosotros mismos desde el sepulcro, donde entonces yaceremos, pondrémosles dificultades tan invencibles; tan triste haremos su camino y tan infaustos sus pasos, que les pese de su empresa. Mas si con fidelidad los guardaren, y en paz y en guerra acuden siempre con su alianza a esta ciudad de Palas, les seremos propicios. ¡Salve, oh diosa! y tú, pueblo de Atenas, ¡ojalá que tus enemigos no puedan escapar jamás de tus golpes, y que seas siempre salvo y vencedor! ~(Vanse APOLO y ORESTES.)~ CORO ¡Ay, dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo, la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres. ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis! ATENA Creedme a mí, y no lo llevéis así con ese llanto. No habéis sido vencidas. Salió igual número de votos por ambas partes, con toda buena fe y no para tu afrenta. Pero había claros testimonios de la voluntad de Zeus; el mismo dios que pronunció el oráculo, salió por fiador de él. Bien que autor de su delito, Orestes no debía llevar pena. No os irritéis pues; no queráis descargar vuestra cólera sobre esta tierra ni hacerla estéril; no derraméis sobre ella la baba de vuestro furor, que implacable corroe todo germen de vida. Yo os prometo solemnemente que tendréis en este suelo un templo donde moréis, y ricos tronos junto a vuestras aras, donde seáis honradas de los ciudadanos de Atenas. CORO ¡Ay dioses nuevos! ¡habéis pisoteado las antiguas leyes! ¡me lo habéis arrebatado de las manos! Pero yo la miserable, la despreciada, encendida en cólera arrojaré sobre este suelo en desagravio de mi afrenta, todo el veneno que gotea mi corazón. ¡Vaya si lo arrojaré! ¡Y este veneno se derramará por la tierra, y su ponzoña secará hojas y flores, y matará a todo sér viviente, y no perdonará a los hombres! ¡Oh justicia! ¡Todo, todo lo apestará y asolará! ¿Lloro? ¡Qué hacer! ¿Me río? ¡Lo que he padecido ha de pesar mucho a los Atenienses! ¡Ay, hijas de la Noche! ¡infelices! ¡Cuán grande y afrentosa es la desdicha que lloráis! ATENA Nadie os ha menospreciado. No os irritéis tanto, oh diosas, ni vayáis a infestar de males sin remedio esta tierra habitación de los mortales. Por mi parte, cuento con el poder de Zeus, y ¿a qué decir más? Yo sola entre los dioses conozco las llaves del sellado tesoro donde se guarda el rayo. Pero nada de esto se necesita, pues, atenta a mis razones, no querrás tú arrojar sobre este suelo el fruto maléfico de tu lengua, del cual toda triste calamidad se engendraría. Calma las negras oleadas de tu amarga cólera, y aquí serás honrada y venerada; y aquí habitarás conmigo; y en natalicios e himeneos recibirás en ofrenda las primicias de esta dilatada comarca, y por siempre celebrarás mi consejo. CORO ¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían. ATENA Tolero tus arrebatos porque tienes más años que yo. A no dudar, tú eres mucho más sabia, aunque también a mí me concedió Zeus no pensar del todo mal. Si marcháis a extrañas regiones, ya echaréis de menos esta tierra; yo os lo predigo. Porque correrán los tiempos, y cada vez serán más gloriosos para mi pueblo. Y tendríais venerando altar junto al templo de Erecteo, y allí recibiríais de hombres y mujeres en las grandes fiestas honores cual de ningún otro mortal del mundo podríais obtener jamás... No arrojes, pues, en este suelo, que es mío, el aguijón sangriento de tus odios que corrompan las entrañas de la juventud y la abrasen en furiosa ira, y sin vino la perturben y embriaguen. No siembres la discordia en el corazón de mis ciudadanos, porque no se empeñen entre sí como los gallos en impías y feroces luchas. La guerra... con el extranjero y no larga. Allí es donde el amor a la gloria es noble y generoso: ¡no se llame guerra a una riña de aves domésticas! Acepta lo que te ofrezco, que te está bien aceptarlo. Haz bien, y bien recibirás, y serás grandemente honrada, y poseerás conmigo esta tierra predilecta de los dioses. CORO ¡Yo sufrir esto, cielos! ¡Yo con mi saber y experiencia habitar en estos lugares despreciada de todos! ¡Maldición! ¡Maldad execrable! ¡Vomitemos todo el furor, todo el odio de nuestro pecho! ¡Ah, ah! ¡oh tierra! ¡oh cielos! ¿Qué dolor es éste que me llega al alma? Noche, madre mía, oye los alaridos de mi cólera. Los engaños de los dioses me han envuelto sin que me pudiese defender y han reducido a la nada los honores que los pueblos me ofrecían. ATENA No me cansaré de aconsejarte bien, porque no digas nunca que las antiguas diosas salisteis de esta tierra, arrojadas de ella con desprecio por una diosa más joven que vosotras y por los mortales que habitan la ciudad. A poder algo contigo la dulce e irresistible fuerza de la persuasión; si mis palabras fuesen poderosas a calmarte y ablandarte, aquí te quedarías. Mas si no quisieres quedarte aquí, no por ello sería justo que descargases sobre esta ciudad tu furioso encono, ni que hicieses a mi pueblo daño ninguno; pues que en ti está poseer conmigo esta tierra, y ser en ella dignamente honrada. CORO Diosa Atena, ¿qué morada dices tú que tendría yo? ATENA Una donde jamás hallaría asiento el infortunio. Acéptala pues. CORO Y ¿qué honores me esperan si acepto? ATENA No habrá casa que pueda prosperar sin ti. CORO ¿Tanto harás tú que sea mi poder? ATENA Levantaré hasta la cumbre de la fortuna a quien te rindiere culto. CORO ¿Y me prometes que así será en todo tiempo? ATENA Yo no prometo jamás lo que no he de cumplir. CORO Siento que me ablandas y que desecho todo mi rencor. ATENA Corre, pues, a los que acabas de ganarte por amigos. CORO ¿Qué bienes quieres tú que pida en mis cánticos para este pueblo? ATENA Cuanto sea nobles y leales victorias; y que la tierra y el cielo, y el mar con sus aguas, y los vientos con sus blandas corrientes, y el sol con sus claros rayos traigan sobre este suelo toda suerte de bienes. Que la tierra abunde en frutos y rebaños; que vivan los ciudadanos en prosperidad, jamás derribada a los golpes del tiempo; que se logren y florezcan los tiernos retoños infantiles. Pero a los impíos ya puedes exterminarlos con más furor que nunca. Yo amo a los hombres como el hortelano a las plantas, y quiero que la semilla de los buenos no se dañe con la mala hierba de los malos. Tal es lo que te incumbe. A mí toca no permitir jamás que esta ciudad vencedora deje de llevarse nunca entre los hombres el honor y lauro del triunfo en los más gloriosos combates. CORO Sí; acepto habitar en compañía de Atena. No he de menospreciar yo ciudad donde moran el omnipotente Zeus y Ares, y que es alcázar fortísimo de los dioses, honor y contento de las deidades griegas y baluarte de sus aras. A la cual mi amorosa voluntad le desea, le predice que los espléndidos rayos del sol han de hacer brotar de la tierra en abundosa copia cuantos frutos hacen afortunada la vida. ATENA Obra es de mi amor a esta ciudad haber hecho que en ella pongan su habitación las potentes e implacables diosas cuyo destino es regir todas las cosas humanas. Pues el que no se granjea a estos terribles enemigos, no sabe qué calamidades le aguardan aún en la vida. Los pecados de sus mayores le arrastran hasta ellas; la muerte llega en silencio, y con sañuda crueldad le reduce a polvo cuando se jactaba de su fortuna. CORO Oíd lo que mi amor os desea. Que jamás la furia de los vientos pierda los árboles; ni los ardores del sol abrasen las plantas e impidan que se abran lozanos los pimpollos; ni la triste y estéril sequía os azote. Antes bien, que vuestros ganados se multipliquen, y a su tiempo os regalen con dobles crías; y que los ricos tesoros arrancados a las entrañas de la tierra honren la liberalidad de los dioses que os los dieron. ATENA ~(a los AREOPAGITAS.)~ Ya habéis oído, custodios de nuestra ciudad, cuántas bendiciones llaman sobre vosotros. Mucho puede en verdad la veneranda Erinna con los dioses del cielo y con los que habitan las mansiones subterráneas, y bien se ve cómo dispone de la suerte de los humanos: a éstos les da cánticos y alegrías; a aquéllos una vida de sombras y lágrimas. CORO Alejaos de aquí, azotes que malográis a los hombres con prematura muerte. Dioses, de quienes penden los destinos de los mortales, dejad que las tiernas y amorosas doncellas gocen de las dulzuras de Himeneo; permitidlo vosotras también, oh divinas Moiras, hermanas mías de madre, que a cada cual recompensáis según sus obras, sin que haya lugar a que no asistáis, ni tiempo en que no hagáis sentir el peso de vuestras justas leyes; diosas honradísimas de todos los dioses. ATENA Al oírte pedir para mi pueblo con tanto amor dichas y bendiciones, me lleno de alegría. ¡Oh atractivos ojos de la Persuasión, y cuán merecedores sois de que yo os ame, pues que habéis velado por mi lengua cuando hablaba a quien con dura tenacidad se resistía a escucharme! Venció por fin Zeus, dios de la elocuencia, y nuestra causa, la causa del bien, alcanzó completa victoria. CORO Quiera el cielo que jamás se oigan en esta ciudad los rugidos de la discordia, que no se sacia de males. Jamás se empape el suelo en la sangre de los ciudadanos, derramada en fratricidas y vengativas contiendas; sino antes con el deseo del bien común sean unas sus mutuas alegrías, y unos también sus odios: que en la unión tienen los hombres el remedio de sus mayores infortunios. ATENA ¿No es verdad que, serena ya su razón, encontró por fin su lengua el camino de las bendiciones? Tengo para mí que de estas diosas de espantable catadura han de venir grandes ganancias a mi pueblo. Pagadles amor con amor; tributadles grandes honores, y la ciudad y toda su comarca verán pasar los tiempos en gloria y en justicia. CORO ¡Salve, salve; los dioses os den felicidades y abundancia! Salve, pueblo de Atenas. Palas, la bien amada hija de Zeus, os mira con amor y habita a vuestro lado. Que no se desmientan nunca vuestras virtudes. Zeus honra a los mortales que Palas acoge bajo sus alas. ATENA Salve, también vosotras. Yo saldré delante para mostraros vuestra morada. Marchad al resplandor de las antorchas de ese religioso cortejo y en medio de las sagradas víctimas que os serán ofrecidas en sacrificio. Corred a vuestro templo subterráneo, y apartad de esta tierra la adversidad, y traed sobre ella la bienandanza y la victoria. Y vosotros, ciudadanos de Atenas, hijos de Cranao, guiad a las que vienen a habitar entre vosotros. ¡Ojalá que la ciudad recuerde siempre la memoria de tales beneficios! CORO Salve, salve, diré otra vez y otra; salve todos los que habitan en esta ciudad de Palas, dioses y mortales. Honrad con vuestro culto la vecindad que me habéis concedido y jamás tendréis que lamentar los reveses de la fortuna. ATENA Vuestros votos me colman de contento. Que el resplandor de las lucíferas antorchas os acompañe hasta los profundos lugares donde tenéis vuestro templo subterráneo. Vayan también mis sacerdotisas, piadosas guardas de mi sagrada imagen. Y vosotras, gloria y ornamento de la tierra de Teseo, cortejo insigne de doncellas y matronas; y vosotras, ancianas venerables, llegad todas luciendo vuestras vestiduras de púrpura y en las manos encendidas teas, y tributad así a estas diosas públicos honores porque su estancia entre nosotros se señale en las edades futuras con dichosa y perdurable bienandanza. ~(Vase.)~ CORTEJO Marchad a vuestra morada, poderosas y venerables hijas de la Noche, castas vírgenes, acompañadas de este pueblo que os ama. Aplaudid, Atenienses. Descended a esos antiguos y profundos antros donde recibiréis insigne culto de honores y sacrificios. Pueblo de Atenas, aplaudid todos. Venid acá, venerandas diosas; sednos propicias. Mirad con amor a nuestra comarca, y recibid el agasajo de estas encendidas antorchas que arden en vuestro obsequio. Y nosotras acompañemos su carrera con alegres cánticos y gritos de regocijo. Por siempre jamás ofrecerá en tu templo la ciudad de Palas libaciones y lucientes antorchas. Así lo concertaron la Providencia infinita de Zeus, y la Moira. Rompamos en cánticos de alegría y regocijo. [Ilustración] [Ilustración] _LAS SUPLICANTES_ ~(Aparecen el CORO DE DANAIDES, con ramos de suplicantes en sus manos, y DANAO.)~ CORO Zeus que protege a los suplicantes, nos mire con piadosos ojos al tomar tierra en este puerto. Hicímonos a la mar en las arenosas bocas del Nilo, y dejamos aquella sagrada región, vecina a la Siria. Venimos huyendo. No nos destierra sentencia ninguna popular por sangre que no hemos derramado: huímos de los hijos de Egipto, por escapar a sus abominables, impías e incestuosas nupcias. Danao, nuestro padre, ha sido nuestro consejero y nuestro guía; él quien entre los males, resolviéndose por el más honroso, determinó que huyésemos sin tardanza, cruzásemos el mar y arribásemos a esta tierra de Argos, de donde desciende nuestro linaje: porque nos gloriamos de venir de aquel Épafo, a quien concibió con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, la becerrilla perseguida del Tábano. Y ¿a qué pueblo que nos fuese más amigo pudiéramos llegar en súplica con estos ramos vestidos de lana, que ostentan nuestras manos? ¡Oh dioses, señores de esta ciudad, y de sus campos y de las claras corrientes que los riegan; oh dioses del cielo, y vosotros los que ocupáis las sedes subterráneas, tremendos vengadores; y tú, Zeus, que guardas la morada del piadoso, acoged todos a estas mujeres que os suplican, y haced que las voluntades les sean favorables! Antes que la caterva insolente de los hijos de Egipto ponga el pie en esta arenosa playa, volvedlos al mar, a ellos y a sus remeras naves. Y allí perezcan asaltados por las olas embravecidas en deshecha borrasca de truenos, relámpagos y vientos, antes que hagan suyas a las hijas del hermano de su padre, y profanen con impía fuerza lechos de que la ley los rechaza. Ven, novillo hijo de Zeus y de nuestra abuela la becerrilla que pacía la verde hierba de los prados; ven. Tú que fuiste concebido con sólo el tacto de Zeus, con un soplo suyo, cruza los mares y acude a nuestra venganza hoy que te invocamos. ¡Épafo! Así te llamaron del origen de tu nacimiento. Pasados los meses que pide la ley de naturaleza, Io te parió, y tu nombre confirmó la verdad de tu origen. Aquí le pronunciaré yo en estas praderas, antiguamente visitadas de mi progenitora, y recordaré sus trabajos, y daré señales ciertas de mi linaje; las cuales bien que a los habitantes de esta tierra les parezcan inauditas, pero al fin han de comprender, si me atienden, que digo verdad. Si pasa por aquí algún argivo que entienda el lenguaje de las aves, y oye nuestras tristes quejas, se imaginará estar oyendo la voz de la mísera esposa del pérfido Tereo; la voz de Filomela, perseguida por el gavilán. La cual, arrojada de los campos y ríos de su querencia, da suelta al dolor en el lugar de su destierro, y junto con él llora la muerte de aquel hijo que entregó a sus manos homicidas el furor de una madre cruel y despiadada. Así doy yo suelta a mis ayes, remedando la triste canturia jonia, y castigo este delicado rostro, que tostaron los aires del Nilo, mientras se ahoga el corazón con el peso de tantas lágrimas. Mi angustia es extrema; estoy temblando que mi huída de aquella serena región de Egipto ha de empeñar más a mis deudos en perseguirme. Ea, pues, dioses de mi casa, escuchadme. Mirad por los fueros de la justicia; no dejéis que la iniquidad se consume, y si es verdad que sois aborrecedores de toda insolencia, sed justos con estas nefandas nupcias. Hasta el vencido en la guerra, si se acoge a vuestras aras, encuentra un asilo contra la fuerza del vencedor, y la majestad de vuestra divina grandeza le protege. ¡Quiera Zeus disponerlo así! ¡Inescrutable es tu voluntad, oh Zeus; mas a las veces muéstrase ella toda resplandeciente, aun en medio de las tinieblas obscuras, para negra desdicha de la raza de los humanos! Lo que la mente de Zeus tiene decretado que suceda, jamás se tuerce ni se frustra, sino que llega a su fin por aquellos caminos dilatados del pensamiento divino, envueltos en espesas tinieblas, donde el ojo del hombre no pudo nunca penetrar. Él precipita a los mortales en la sima de su perdición desde las altas torres de sus soberbias esperanzas, y sin hacer esfuerzo ninguno; que todo es llano y descansado para los dioses. Sentada la Mente divina en la cumbre del cielo, ejecuta desde allí todos sus designios sin moverse de su trono de gloria. Eche, pues, desde la altura una mirada sobre la insolencia de los hombres. Vea a aquellos verdes mozos, cómo se encienden con el lascivo apetito de mis bodas; cual los ciega y enloquece el aguijón de su furioso y desenfrenado deseo, que no les deja un punto; y más, que ya habrán visto que salieron burlados sus malos intentos. ¡Ahí está la causa de mis males; las penas que me afligen, y me hacen romper en agudos gemidos, y derramar lágrimas! ¡Ay, ay de mí! En vida estoy celebrando mis honras con estos funerarios plañidos que tan bien sientan a mi dolor. ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten, y este velo de Sidón que cubre mi cabeza. En los días de bienandanza, cuando la muerte se aleja de nosotros, ofrécense a los dioses sacrificios en acción de gracias por sus bondades. Pero ¡ay de mí, ay de mí triste, que mis males no tienen fin! ¿Adónde me arrastrará el mar de mis infortunios? ¡Oh montuosa tierra de la Argólide, séme propicia; yo te adoro! Escucha benigna mi lengua bárbara. Mira cómo me precipito a hacer jiras estos linos que me visten y este velo de Sidón que cubre mi cabeza. Cierto que el leñoso edificio que arman linos y remos me guardó de las olas, y favorecido de los vientos me trajo aquí sin haber pasado por los horrores de la borrasca. No me quejaré, pues, de mi fortuna. ¡Pero quiera el Padre omnividente mostrársenos propicio hasta el fin, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí!, pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos, y queden libres y doncellas! Casta hija de Zeus, tú cuya serena mirada no hay poder que la turbe, míranos piadosa, y defiéndenos de los que nos persiguen. Virgen, sé el amparo de estas vírgenes, porque esta numerosa descendencia de una madre veneranda pueda huír, ¡ay de mí! pueda huír el lecho de tales esposos como aquellos y queden libres y doncellas. Donde no, si no hallamos amparo en los dioses del Olimpo, lazos hay de qué colgarnos, y una vez muertas nos encaminaremos a aquellas negras y profundas mazmorras, en que el rayo precipitó a los hijos de la Tierra, y nos postraremos ante el Zeus de los muertos, huésped que a nadie rechaza, presentándole nuestros ramos de suplicantes. ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta. Graves palabras tendría que sufrir Zeus, nada dignas de su majestad, si menospreciando a las hijas de la becerrilla, después de haber sido su primer padre, apartase ahora los ojos de nuestras súplicas. ¡Oiga de las alturas donde habita, esta voz que le implora! ¡Ay, Zeus! ¡Ay, cólera divina que perseguiste a Io! Reconozco en mis males el furor de aquella esposa augusta que se enseñorea de los cielos; que es muy poderoso el viento que desencadenó esta tormenta. DANAO Obremos con prudencia, hijas; Pues que la experiencia de vuestro anciano padre fué el fiel piloto que os encaminó hasta aquí, ya que estamos en tierra, os recomiendo que seáis prudentes y grabéis mis palabras en la memoria. Estoy viendo una nube de polvo, muda mensajera de un ejército; oigo el rechinar de los cubos de las ruedas, que nada silenciosas giran sobre los ejes, y diviso multitud de peones armados de escudos; y lanzas que se agitan; y corceles, y redondos carros de guerra. Por ventura, serán los príncipes de la comarca, que avisados de nuestro arribo, vienen a nosotros a verlo por sus propios ojos. Ya vengan de paz, ya mueva a esa gente alguna cruel y airada resolución, lo mejor será, oh hijas, que a todo evento nos refugiemos en esa colina consagrada a los dioses públicos de este pueblo; que un ara vale más que una torre: es un escudo impenetrable. Ea, pues, id lo más pronto que podáis; ¡al punto! Mostrad reverentes en vuestras manos esos ramos suplicantes, vestidos de blanca lana, alegría del venerando Zeus; y a vuestros huéspedes respondedles lo que haya que responder, con modestia y en tono que les mueva a lástima: en fin, cual conviene a quienes llegan a suelo extraño. Explicadles bien cómo vuestra huída no fué por sangre ninguna que hubieseis derramado. Nada de arrogancia en vuestro acento: el semblante honesto, la mirada apacible, y todo vuestro ademán dulce y mesurado. Mucho comedimiento en las palabras, y nada de discursos prolijos: cosa a los de esta tierra aborrecidísima. Acuérdate que hay que ceder; que eres una extranjera fugitiva y necesitada, y que a los que están debajo no les cuadra hablar con altanería. CORO Hablaste de prudencia, padre, a quienes saben tenerla. Procuraremos guardar en la memoria tus discretos consejos. ¡Mire por nosotras Zeus, padre de nuestro linaje! DANAO No estéis ahí ociosas; apresuraos a poner por obra vuestro intento. CORO Quisiera estar ya a tu lado y sentada al pie de ese trono. DANAO ¡Oh Zeus, compadécete de nosotros antes que sucumbamos a nuestros males! CORO Él nos mire con ojos de piedad; que si él quiere, todo acabará bien. DANAO Invocad ahora a ese ave de Zeus. CORO ¡Saludables rayos de Helios, nosotras os invocamos! ¡Casto Apolo, dios que en otro tiempo te viste desterrado de la mansión celeste, compadécete de nosotras como quien sabe lo que es tal desventura! DANAO ¡Sí, él se compadezca de nosotros y nos acuda propicio! CORO ¿Y a cuál de estos otros dioses invocaré además? DANAO Ahí tienes el tridente, atributo de Poseidón. CORO ¡El que nos trajo con bien a esta tierra, nos reciba en ella piadoso! DANAO Este otro es Hermes, según le presenta la tradición entre los Helenos. CORO ¡Sea para nosotros mensajero de libertad y bienandanza! DANAO Rendid culto a todos los dioses que tienen aquí un altar común. Acogeos al lugar santo bandada de palomas espantada por voladores gavilanes, por enemigos incestuosos, afrenta de su propia raza. Ave que devora a otra ave ¿cómo quedará pura? ¿Cómo quedar puro tampoco quien fuerza a una virgen, y a pesar de ella y de su padre la desposa? Quien tal hiciese, ni aun después de muerto en el mismo infierno escapará al castigo de su temeraria culpa. Sabido es que ahí hay otro Zeus que juzga sin apelación los delitos de los que murieron. Considerad bien lo que os digo, y responded de esta suerte porque tengáis buen suceso en este trance. ~(Sale el REY con acompañamiento de guardias.)~ REY ¿De dónde podremos decir que sois, extranjeras, que así venís tan lujosamente aderezadas, con esas túnicas y esos velos a estilo bárbaro? Porque ese no es el traje de Argos ni de ningún otro de los pueblos de la Hélade. Pues cómo os habéis atrevido a llegar con intrépida resolución a esta comarca, sin mensajeros que os anuncien, ni huéspedes que os amparen, ni guías que os encaminen, cosa es también que verdaderamente asombra. Veo junto a vosotras unos ramos de suplicantes, depositados en las aras de los dioses de nuestra ciudad; sois, pues, suplicantes, y esto es sólo lo que Grecia afirmaría que ha comprendido; pero en lo demás pudieran hacerse con razón muchas conjeturas si yo no hubiese venido aquí y vosotras no tuvieseis palabra que me explicara todo vuestro suceso. CORO Bien has dicho acerca de mi traje. Pero ante todo, ¿estoy hablando con un ciudadano, o con algún sacerdote, custodio de los templos, o con el Jefe de la ciudad? REY Por lo que a eso hace, descuida, y responde a mis preguntas: explícate sin temor ninguno. Porque yo soy Pelasgo, rey de esta comarca, hijo del terrígena Palectón. El pueblo que posee esta tierra y coge sus frutos, son los Pelasgos, que como es razón, toman su nombre de mí que los gobierno. Domino en toda la región que atraviesa el sagrado Estrimonio al poniente, y encierro dentro de mis fronteras la tierra de los Perrebos, y las que hay más allá del Pindo, aledañas de los Peonios, y los montes de Dodona. De la otra parte tengo por límites las aguas del mar. Tales son mis dominios. De antiguo se llama a este suelo comarca de Apis, en honor del médico Apis, hijo de Apolo, a la vez médico y profeta, el cual de las playas de Naupactia vino aquí y limpió nuestros campos de aquellas alimañas que devoraban a los hombres, las cuales había arrojado de sí esta tierra manchada con antiguos delitos; y de las bestias fieras, y de la multitud de dragones que nos hacían vecindad terrible. Y porque Apis con sus remedios nos libró de nuestros males y exterminó los monstruos, mereció de los Argivos tributo de alabanza, y que siempre hagamos memoria de él en nuestras preces. Ya que sabes de mí quién soy, puedes decirme tu linaje y proseguir tu historia; mas te advierto que mi ciudad no es aficionada a discursos largos. CORO Breve y clara será la respuesta. Nosotras nos gloriamos de ser de raza argiva; de la sangre de aquella becerrilla que tuvo nobilísimo hijo. Esta es la verdad, que estoy pronta a probar cumplidamente. REY ¡Oh extranjeras! no puedo creer lo que decís sobre que sois de nuestra raza argiva. Más bien parecéis mujeres de la Libia; pero en manera ninguna de nuestro país. El Nilo debe haber sido quien crió planta tal, porque tenéis todo el sello que en el molde de sus mujeres imprimen a sus obras los maridos Ciprios. He oído también que los Indios nómadas, que viven vecinos a los Etíopes, se valen de camellos que a la vez les sirven de cabalgaduras y bestias de carga. Y aun si fueseis armadas de arcos, de cierto que os tomaría por aquellas Amazonas que dicen que viven sin maridos y se alimentan de carne cruda. Pero vosotras me enteraréis de todo, y así podré saber cómo es que sois de sangre y procedencia argiva. CORO Se cuenta que Io, que fué en otro tiempo custodia del templo de Hera, nació en este suelo de Argos; aquella de la cual habrás oído tantas veces... REY Que mortal como era ella, Zeus buscó sus favores. ¿No es esto? CORO Sí, y por el pronto su comunicación fué a hurto de Hera. REY Y después, ¿en qué paró la celosa desavenencia del Rey y la Reina del Olimpo? CORO La diosa de Argos convirtió a la mortal en becerrilla. REY Hecha una becerrilla y ceñida de cuernos su frente, ¿se llegó a ella todavía Zeus? CORO Sí. Dicen que tomando la forma de un toro en celo. REY ¿Qué hizo a esto entonces la severa esposa de Zeus? CORO Puso a la becerrilla guarda tal que todo lo viese. REY Y ese pastor omnividente, puesto para guardar una sola vaquilla, ¿quién era? CORO Argos, hijo de la Tierra, que fué muerto por Hermes. REY ¿Qué otra cosa dispuso Hera contra la mísera becerrilla? CORO Esa mosca zumbadora que pica a los bueyes y los espanta, a la cual llaman tábano en la ribera del Nilo. REY ¿Y fué persiguiéndola desde su patria durante una larga carrera?... CORO Cabalmente; eso mismo iba a decir yo. REY Y llegó a Canopos, y hasta Menfis. CORO Y Zeus con sólo tocarla con la mano la hizo madre. REY ¿Quién fué el que pudo llamarse novillo hijo de Zeus y de una becerrilla? CORO Épafo, con razón llamado así del precio a que su madre se libró de sus trabajos. REY · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · CORO Libia, poseedora de la más grande porción de la tierra. REY Y ella ¿qué descendencia tuvo? CORO Belo, que tuvo dos hijos; uno de los cuales fué el padre de este mi padre que ves aquí. REY Dime el nombre de este mortal venerable. CORO Danao, y su hermano es padre de cincuenta hijos. REY Dime también su nombre. CORO Egipto. Y ya que conoces mi linaje, haz conmigo de modo que saques de su miserable infortunio a esta familia argiva hoy perseguida. REY Ya veo que vuestro linaje procede de esta tierra. Cierto. Mas ¿cómo os atrevisteis a dejar vuestra patria? ¿Qué golpe de fortuna os sobrevino? CORO Rey de los Pelasgos; muchos y varios son los males de los hombres. ¡Ojalá no veas jamás el infortunio tendiendo hacia ti sus alas! ¿Quién se hubiese imaginado nunca esta huída inesperada, ni que habíamos de arribar a esta tierra de Argos, de donde somos oriundas, por escapar a unas bodas aborrecidas? REY ¿Qué pides ahí postrada delante de los dioses de nuestra ciudad? ¿Por qué esos verdes ramos de suplicantes, orlados de blanca lana? CORO Por no verme esclava de los hijos de Egipto. REY ¿Es que los odias, o que huyes de cometer un crimen? CORO ¿Y quién ha de querer comprar con su dote un pariente para haber de servirle después? REY Así se acrecienta entre los mortales el lustre y fortuna de una casa. CORO ¡Y así a lo menos fácilmente se remedian los que no son bien heredados! REY Pero, en fin, ¿qué he de hacer yo en pro vuestro para satisfacer a la amistad? CORO Si los hijos de Egipto nos reclaman, no entregarnos a ellos. REY Grave es lo que dices; acaso provocar una guerra. CORO Pero la justicia sostendrá a mis defensores. REY Cierto, si desde luego estuvo con vuestra causa. CORO ~(señalando el altar.)~ Teme a esta popa de la ciudad que coronan nuestros ramos. REY Tiemblo al ver esos ramos dando sombra a las aras de nuestros dioses. SEMICORO ¡Pesado es, en verdad, el enojo de Zeus; del dios que vela por los suplicantes! CORO Hijo de Palectón, rey de los Pelasgos, escúchame con benevolencia. Mírame postrada ante ti, fugitiva y errante como vaquita perseguida del lobo, que se sube a las rocas escarpadas, y desde allí avisa con sus mugidos al pastor el peligro en que se halla, esperando que la acorra. REY Estoy viendo todas estas tiernas doncellas acogidas a la sombra de esos verdes ramos con que imploran protección en nombre de nuestros dioses tutelares. ¡Ojalá sea sin daño para nosotros la venida de estas oriundas de Argos, que hoy solicitan su hospitalidad, y que no nos traiga alguna guerra este improviso y no esperado suceso! ¡Que Argos no tiene necesidad ahora de tales aventuras! CORO Vuelva a mí sus ojos la diosa Themis, patrona de los suplicantes e hija de Zeus, distribuidor de todo bien; proteja mi huída que no manchó crimen ninguno. Y tú, anciano, aprende lo que te avisa una tierna doncella. Sé piadoso con quienes te suplican, y no padecerás reveses de la fortuna; que siempre fueron aceptas a los dioses las ofrendas de un corazón puro... · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · REY No es en mi hogar donde os habéis amparado suplicantes: no. Si aquí hay sacrilegio, será para toda la ciudad, y así al pueblo en común toca procurar el remedio. Yo no puedo hacer promesa ninguna sin comunicarlo antes con todos los ciudadanos. CORO Tú eres la ciudad; tú eres el pueblo; tú, que eres sumo juez a quien nadie juzga, e imperas en el altar, hogar común de la patria. Con sólo tu voto, a una seña tuya, todo lo decides desde lo alto de tu trono, donde no hay más cetro que el tuyo. ¡Guárdate de un sacrilegio! REY ¡Recaiga el sacrilegio sobre mis enemigos! No puedo daros auxilio sin daño para mí, ni despreciar vuestras súplicas sin tocar en lo inhumano. No sé qué hacer, no sé qué partido tomar, y el alma se llena de temor lo mismo si quiero concederte lo que pides, que si quiero negártelo. CORO Piensa en aquel que desde lo alto está velando por nosotras; en aquel custodio de los mortales atribulados que acuden a sus prójimos y no consiguen ser oídos en sus justas súplicas. Nada hay que aplaque la cólera de Zeus, protector de los suplicantes, encendida con los lamentos del que padece. REY Pero si los hijos de Egipto alegan derecho sobre ti por las leyes de su pueblo, a título de tus parientes más próximos, ¿quién querrá oponerse a su demanda? Preciso que será que excepciones con las leyes de Egipto, probando que conforme a ellas no tienen sobre ti autoridad ninguna. CORO ¡Jamás me vea yo en manos de esos hombres! Por huír de tan odioso himeneo me aventuré a esta larga travesía y me puse a merced de las estrellas del cielo, que me guiaron. Toma, pues, por aliado a la Justicia, y decreta como pide la piedad que se debe a los dioses. REY La causa no es tan fácil de juzgar. No me tomes por juez. Ya dije antes que yo no haría nada sin el pueblo. Cuando tuviera potestad para ello, no querría yo que el pueblo pudiese decir nunca, si teníamos algún desastre: por favorecer a unos extranjeros has perdido a Argos. CORO Zeus es el juez de esta causa entre mis parientes y yo; Zeus, que se inclina siempre del lado de la justicia, y a cada cual le da lo que se merece: castigo a los inicuos, y premio a los justos. Siendo la balanza igual para todos, ¿qué mal temes tú que te avenga por hacer justicia? REY Negocio es éste que pide reflexión profunda. A modo del buzo que desciende al fondo del abismo, necesito yo un ojo perspicaz y nada turbado de la embriaguez, porque estas cosas sin daño para la ciudad ni para nosotros felicísimamente se rematen. No quiero que las reclamaciones de los Egipcios nos traigan una guerra; pero tampoco que por entregaros a vosotras, después que habéis buscado asilo en las aras de nuestros dioses, nos granjeemos el tremendo castigo de aquel dios vengador, huésped terrible que no se aparta del culpado ni en la muerte, sino que le persigue en el seno mismo del infierno. ¿Os parece, por ventura, que no necesito considerarlo para llegar a una buena resolución? CORO Mira solícito por nosotras; sé nuestro piadoso patrono, como es justo. No hagas traición a una fugitiva a quien una impía violencia ha sacado de tan lejanas tierras. ¡Oh, tú, absoluto señor de esta comarca, no quieras ver que me arranquen de las aras de todos estos dioses a cuya sombra busqué un asilo! Reconoce la insolencia de aquellos hombres, y guárdate de la cólera del cielo. No sufras que a tus ojos esta suplicante sea arrancada del pie de estos divinos simulacros, con agravio de la justicia, y que tiren de mí como de una yegua, asiéndome de las cintas que adornan mi frente y de los velos que me cubren. Porque ten por cierto que, según como obrares, así les aguardará la recompensa a tus hijos y a tu casa. Tales son los justos juicios de Zeus. Considéralo bien. REY Ya está considerado; ahí vienen a dar todos mis pensamientos: o pelear con los hijos de Egipto, o pelear con los dioses. Fuerza es lo uno o lo otro; no hay salida. Ya está claveteada y carenada la nave, y rueda sobre los rodillos. Dondequiera que me vuelva me he de encontrar con el mal. Puede el que perdió su casa y su hacienda, levantarse a mayor fortuna que antes tuvo y juntar grandes riquezas, si así place a Zeus, dispensador de todo bien. Las heridas que abrió en el ánimo una lengua indiscreta, ella misma puede curarlas; conque una palabra vendrá a ser el bálsamo de otra palabra. Pero que corra la sangre de los nuestros... calamidad como ésta es necesario que no suceda. Hagamos espléndidos sacrificios; ofrezcamos a los dioses miles de víctimas, que éste es seguro remedio contra los males. Quizá me engaño por completo acerca de esta contienda; pero quiero más bien ser agorero ignorante que no sabio previsor de desdichas. ¡Ojalá contra mi juicio tengamos buen suceso! CORO Escucha una palabra para fin de tantas súplicas. REY He escuchado hasta ahora. Puedes hablar, que no desoiré lo que digas. CORO Mira estos ceñidores con que sujeto mi túnica a la cintura. REY Muy propios de los arreos femeniles ciertamente. CORO Pues ten entendido que ellos serán excelente recurso. REY ¡Explícate! ¿Qué quieres significar con eso? CORO Si no das una seguridad a estas fugitivas... REY ¿Para qué te servirá entonces el recurso de esos ceñidores?... CORO Para adornar a esas imágenes con ex-votos nunca vistos. REY ¿Qué enigma es ese? Habla claro. CORO Al punto nos colgaremos de esas imágenes. REY ¡Oh, qué palabras que me han herido en el corazón! CORO ¿Comprendiste?... ¡Bien claramente me he expresado! REY ¡Cuánto imposible! ¡Multitud de males viene sobre mí como torrente que se desborda! ¡Heme aquí en este mar sin fondo de la desgracia, donde me anego sin poder ganar la orilla, ni hallar puerto que me abrigue contra mis desventuras! Porque si no accedo a lo que deseas, me amenazas con una resolución de cuya mancha jamás podríamos lavarnos; y si he de venir a trance de batalla con los hijos de Egipto, tus deudos, delante de nuestros muros, ¿cómo no sernos amargo, que por defender a unas mujeres hayamos de ensangrentar el suelo de la patria con la sangre de sus hijos? Y con todo, ello es fuerza temer la cólera de Zeus, patrono de los suplicantes; que no hay para los hombres más formidable temor. Anda, anciano, tú como padre de estas vírgenes toma en tus brazos esos ramos, y al punto llévalos a las aras de los otros dioses de nuestro pueblo, para que todos los ciudadanos puedan saber la razón de vuestra llegada. Así no hablarán contra mí; que el pueblo es de suyo amigo de culpar al que manda. Al ver esos ramos fácilmente se moverá a piedad, y todos los Argivos se pondrán de vuestra parte con más empeño aún en odio a vuestros insolentes perseguidores. No hay uno entre ellos que no se incline a favorecer al débil. DANAO De grande estima es para nosotros el haber encontrado patrono tan respetable. Pero manda conmigo gentes del país que me acompañen y me enseñen el camino a fin de que podamos dar con las aras, que se alzan fronteras a los templos donde moran vuestros dioses tutelares, y discurramos seguros por la ciudad. Porque nuestro aire y porte no es el mismo que el vuestro. La raza que cría el Nilo no se parece a la de las riberas del Ínaco. Guarda, no sea que la demasiada confianza nos dé qué temer. Ya se ha visto al amigo matar por ignorancia al amigo. REY Acompañadle, guardias. Dice bien el extranjero. Guiadle a las aras y templos de los dioses de la ciudad. Y poco hablar con los que os encontréis al paso: que vais acompañando a un extranjero, que llegó por mar, y quiere postrarse en el santuario de nuestros dioses. ~(Vase DANAO acompañado de algunos guardias.)~ CORO Tú te has dirigido a mi padre, y ya sabe él a qué ha de acomodar su conducta; pero yo ¿qué haré? ¿Cómo proveerás a mi seguridad? REY Deja ahí esos ramos, ese emblema del dolor. CORO Y bien, ya los dejo, obediente a tus palabras y autoridad. REY Ahora retírate a aquel dilatado bosque. CORO ¿Y qué defensa puede ofrecerme un bosque profano? REY No te entregaremos ciertamente a las aves de rapiña. CORO ¿Y qué, si me entregas a hombres más aborrecibles que los crueles dragones? REY Hable bien el que es bien tratado. CORO No es maravilla que el temor que se alberga en nuestro pecho nos haga poco sufridas. REY Pero siempre se desconfía demasiado de los reyes. CORO Devuélvenos tú la alegría con tus palabras y con tus acciones. REY Vuestro padre no os dejará solas mucho tiempo. Yo convocaré a los Argivos y trataré de persuadir a la ciudad, y de ver cómo puedo ganarla en favor vuestro. Ya advertiré a tu padre lo que debe decir. Por tanto, espera aquí. Eleva tus preces a los dioses de Argos, y pídeles que se logren tus deseos. Yo marcho a disponerlo todo. ¡Asístanme la Persuasión y la Fortuna para alcanzar feliz suceso! ~(Vase con su acompañamiento.)~ CORO ¡Rey de reyes, santo de los santos, potestad altísima sobre todas las potestades, bienaventurado Zeus, escucha mis votos y haz que lleguen a cumplimiento! Aleja de nosotros a aquellos hombres insolentes; muéstrales tu justo enojo; hunde en las purpúreas olas del mar la nave fatal y sus negros remeros. Mira por estas mujeres; mira por nuestro antiguo linaje, descendencia de una mujer que te fué cara. Renueva la memoria de tus amores; acuérdate bien cuando tu mano acariciaba la frente de aquella Io, por la cual nos gloriamos de ser oriundas de esta tierra donde nos amparamos hoy. En ella estamos ahora marchando sobre los mismos antiguos pasos de mi madre. Aquí en los floridos campos y herbosos prados donde ella se apacentaba, siempre bajo los ojos vigilantes del pastor Argos; aquí de donde, perseguida por el tábano, huyó furiosa, atravesando pueblos y pueblos. Sumisa a su destino, pasa a nado el undoso estrecho, y demarca así entrambos continentes. Echa por Asia; atraviesa la Frigia, en rebaños abundante, y la ciudad misia de Teutras, y los valles de Lydia, y los Cilicios montes; deja atrás con precipitado curso la tierra de los Panfilios, y los ríos de perenne corriente, y la región de la opulencia, y el suelo consagrado a Afrodita, liberal en doradas espigas. Aguijada por el dardo del alado boyero, llega a los feracísimos campos de Zeus, a aquellos prados que las nieves fecundan cuando contra ellos se desata la cólera de Tifón, el Nilo de saludables y no contaminadas linfas. Ahí se lanza Io fuera de sí con el azote de los afrentosos trabajos y agudos dolores que la hace padecer la furibunda Hera. Los hombres que habitaban la comarca por aquel entonces, palidecieron y comenzaron a temblar al ver aquella extraña figura; aquel bruto espantable y semihumano, mitad mujer y mitad vaquilla; quedáronse estupefactos del prodigio. ¿Quién fué el que endulzó entonces las penas de la errante y sin ventura Io, y la libró del tábano que la acosaba? Zeus, el rey que reinará por siglos de siglos... · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · Con su poder incontrastable, con su divino aliento pone fin a aquella violencia. Io, así que recobra la razón, siente que los encendidos colores de la honestidad asoman a su rostro, y se deshace en lágrimas considerando sus desventuras. Pero ya había concebido en su seno el fruto de los divinos amores. Así fué en verdad, que luego parió un hijo sin tacha. El cual gozó de felicidad colmada por toda su larga vida. De donde toda la tierra dijo a una voz: “¡Vivífica descendencia! ¡de Zeus es a no dudar! ¿Pues quién otro hubiese podido poner fin a los males causados por el rencor de Hera? ¡Obra de Zeus es ésta!” Y nosotras, la descendencia de Épafo. Proclamándolo así no digo más que la verdad. ¿A qué otro dios pudiera yo invocar con más justos títulos que a aquel padre, primer autor de mi linaje; a aquel poderoso señor que con sola su mano fecundó a Io, y fundó larga descendencia; a aquel Zeus por quien viene todo remedio en los trabajos? No hay potestad alguna sobre él. En grandes y pequeños, en todos reina como señor altísimo. Nadie se sienta en más encumbrado trono, ni puede alegar títulos a su acatamiento. Habla, y se sigue la obra, y al punto se cumple lo que decreta su mente. ~(Sale DANAO.)~ DANAO Ánimo, hijas. Nuestras cosas con los Argivos van bien. El pueblo todo ha votado por nosotros. CORO ¡Salve, anciano padre mío, que tan gratas nuevas me anuncias! Pero dinos qué se ha decretado; qué resolución se llevó la mayoría del pueblo. DANAO Allí no hubo pareceres, sino que de modo fué que sentía yo remozarse mi vieja alma. El aire apareció como erizado de diestras que se alzaban de todo el pueblo argivo entero que a una voz sancionaba el decreto. Podremos vivir aquí libres, y sin que mortal alguno pueda reclamarnos, gozando del derecho de asilo: nadie, ni ciudadano ni extranjero, nos arrancará de estos lugares. Notado de infame será y desterrado por el pueblo, cualquier argivo que no acuda en nuestro socorro, si por ventura se tratase de usar de la fuerza. Tal fué la sentencia que en pro nuestro obtuvo el rey de los Pelasgos con su persuasiva palabra. “Cuidad, les decía, no amontonéis para lo porvenir sobre la ciudad de Argos la tremenda cólera de Zeus, que protege a los suplicantes. Ved que dos veces los agraviaríais por huéspedes y por ciudadanos, y que sería esto afrenta manifiesta de nuestra ciudad, y principio de males sin remedio.” Lo cual, así que el pueblo lo oyó, sin aguardar la voz del pregonero, todos los Argivos levantaron las manos, confirmando y ratificando lo que el rey decía. Los Pelasgos se dejaron mover de la palabra persuasiva que les hablaba; Zeus consumó la obra. CORO Ea, pues, respondamos con votos de bendición al bien que nos hacen los Argivos. Zeus hospitalario atiende a la verdad con que la lengua de esta huéspeda agradecida le ofrece tributo de honor y alabanza, para que nuestros votos todos alcancen cabal y felicísimo suceso. Vosotros también, dioses hijos de Zeus, escuchad las preces que por este pueblo os dirigimos. Nunca jamás se vea presa de las llamas la ciudad de los Pelasgos, ni oiga el bárbaro y desapacible clamor de la pelea. Vaya Ares a segar hombres a otros campos. Porque se apiadaron de nosotras, y nos dieron voto favorable, y tuvieron respeto para estas suplicantes de Zeus, para este mísero rebaño. No han desoído la demanda de unas débiles mujeres por sentenciar a favor de sus perseguidores, sino que pusieron la consideración en aquel vengador divino, celador de toda obra, en sus castigos inevitable. Imposible que techo ninguno pudiera resistir el peso de la divina venganza; ¡que es abrumadora pesadumbre! Pero han respetado nuestra sangre; han respetado a las que suplicaban en nombre de Zeus santísimo, y sus sacrificios serán puros y aceptos a los dioses. Salgan, pues, de mi boca sombreada por estas coronas de olivo, palabras de bendición y dicha. Nunca jamás la peste deje a esta ciudad yerma de sus hijos, ni guerras intestinas ensangrienten su suelo. Viva intacta en su tallo la flor de tu juventud sin que el amante de Afrodita, sin que el enemigo mortal de los hombres, Ares, venga a cortarla en su gallarda lozanía. Véanse rodeadas las aras humeantes de sus dioses de ancianos venerables con que la república esté siempre bien y sabiamente regida. Rinda el pueblo continuo culto de adoración al gran Zeus, altísimo amparador de la hospitalidad, que con antigua ley dispone el destino de los humanos. ¡Jamás se extinga la raza de los fieles celadores de esta tierra! ¡Dígnese Artemisa Hécate asistir al parto de sus matronas! Lejos de aquí las discordias civiles que pierden a los hombres, y arruinan las ciudades, y ahuyentan los músicos apacibles coros, y arman el brazo de Ares, fiero provocador de lágrimas para los pueblos, y de voces lastimosas. Fuera de aquí el enjambre enfadoso de las enfermedades; vaya a posarse lejos de la cabeza de estos ciudadanos. Apolo Liceo vele amoroso por toda la juventud argiva. Haga Zeus que en todo tiempo y estación produzca la fecunda tierra frutos sazonados, y que los rebaños pueblen la pradera herbosa de numerosas crías. ¡No haya bien que Argos no reciba de los dioses! Rompan las musas, diosas del saber y del canto, en himnos de bendición y alegría, y acompañe la cítara los acentos de su boca sagrada. ¡Ojalá que el pueblo, que es el soberano de la ciudad, guarde sin mancha ni menoscabo el honor de sus legítimos derechos, y que los que le manden provean siempre solícitos al bien común! Con el extranjero antes sean prontos a entrar en pláticas que a declarar la guerra, y quieran más satisfacer de justos que de vencidos. Honren siempre a los dioses tutelares de la comarca con aquellos homenajes que les tributaban sus antepasados. Ofrézcanles víctimas de bueyes, y coronen de laurel sus altares. Así honrarán también a los que les dieron la vida; que es otro de los tres preceptos que están escritos en las leyes de la Justicia suma y perfectísima. DANAO Alabo esos buenos deseos, hijas mías. Pero escuchad ahora sin alborotaros la inesperada nueva que tiene que daros vuestro padre. Desde la atalaya de esta colina, asilo de nuestras súplicas, diviso un navío: se ve harto bien para que me engañe. Distingo todo el aparejo y velamen de él, y los parapetos con que se cubren sus remeros y hombres de guerra. Allá veo la proa que sigue su derrota mirando hacia nosotros; ¡demasiado obediente el timón, que desde popa le rige; porque no es ninguna nave amiga aquélla! Las blancas túnicas de los marineros hacen resaltar lo negro de sus miembros. He allí que aparecen bien claro las demás naves: toda la escuadra está a la vista. La capitana ha amainado velas, y forzando remos vira hacia la playa. Miradlo con calma. Prudencia, y no olvidaros de estos dioses, que es lo que importa. Yo parto en busca de defensores que tomen sobre sí nuestra causa, y vuelvo al punto. Quizá venga algún heraldo o alguno de los príncipes queriendo poner mano en vosotras y llevaros consigo; pero nada harán. No tembléis al verlos. No obstante, por si se retarda el socorro, lo mejor será que no os olvidéis nunca de que en esas aras está vuestra defensa. ¡Ánimo! Al fin, a su tiempo y día el mortal que menosprecie a los dioses paga la pena que merece. CORO ¡Padre, estoy temblando! Ya abordan las naves, impelidas de sus ligeras alas. Dentro de un instante los tenemos aquí. El pavor se apodera de mi alma, ¡y con razón! ¿De qué me sirvió mi precipitada huída? ¡Me muero de miedo, padre mío! DANAO ¡Valor, hijas! Pues que los Argivos han decretado a tu favor, ellos pelearán por vosotras; estoy cierto de ello. CORO Son una procaz y malvada ralea estos hijos de Egipto, que no se hartan nunca de contiendas. Se lo estoy diciendo a quien lo sabe como yo. Por saciar su encono se han hecho a la mar con todas esas negras y bien trabadas naves, y con tal aparato de atezada y numerosa gente de armas. DANAO Con quien tendrán que habérselas son muchos en número también y de brazos endurecidos y curtidos por los rayos del sol del Mediodía. CORO No me dejes sola, padre; te lo suplico. Una mujer abandonada a sí sola, nada es. El valor de las batallas no se alberga en su corazón. Y ellos... ellos son impíos y de bien torcidos y bajos pensamientos, y no serás más respetuosos con las aras de los dioses que los cuervos. DANAO Lo cual ayudará a maravilla a nuestros deseos, hijas mías, pues que tan odiosos como a vosotras les serán a los dioses. CORO Por temor a esos tridentes ni a la majestad de estas imágenes no dejarán de poner manos en nosotras, padre; que son por demás soberbios e impíos esos rabiosos y desvergonzados perros, y se harán sordos a la voz de los dioses. DANAO Pero sabido es que los lobos pueden más que los perros. El fruto del papiro no aventaja a la espiga. CORO Con todo, guardémonos de su poder; que encierran en su pecho toda la rabia y crueldad de las bestias feroces. DANAO No es maniobra tan pronta la arribada y desembarco de una armada. No se hallan al paso los fondeaderos, ni en todo paraje se puede amarrar los cables sin peligro, ni así a la primera se fía a las anclas un patrón de nave; y más cuando se aborda a tierra donde no hay puertos. Al ponerse el sol y venir ya la noche, el timonel más experto se llena siempre de temores vivísimos, aunque se eche el viento y la mar duerma serena y en calma. Antes de encontrar fondeadero cómodo donde la armada pueda confiarse, la gente de mar no haría desembarco seguro. Piensa tú que el terror no te haga olvidar a los dioses, y pídeles su auxilio. Yo corro a avisar a la ciudad. No me desatenderá, porque viejo como soy, mi corazón y mi lengua son jóvenes todavía. ~(Vase.)~ CORO ¡Oh tierra montuosa, de mí con tanta justicia venerada! ¿Qué va a ser de nosotras? ¿Dónde refugiarme en esta tierra de Apis? ¿Habrá alguna sombría y caliginosa caverna donde nos ocultemos? ¡Que no me volviera yo negro humo para subir hasta las nubes de Zeus y allí desvanecerme; o bien, que no pudiese yo volar sin alas como el polvo y desaparecer en el aire! ¡Alienta, corazón, ten fuerzas para huír de aquí! Pero ¡ay! que mi corazón tan sólo las tiene para palpitar, cubierto con las negras sombras del espanto. Estos lugares, donde mi padre vió mi salvación, serán mi ruina. ¡Me muero de terror! Echémonos un lazo al cuello y quitémonos la vida antes que nos lleguen las manos de esos hombres abominables. ¡Antes muertas y sometidas al imperio caliginoso de Hades! ¡Quién me diera a mí un lugar en aquellos etéreos espacios donde la nieve se engendra en las acuosas nubes, o la escueta cima de altiva, tajada y áspera roca, que se pierde en las alturas; yerma, cerrada a las cabras, y sólo de los buitres apetecida! Siquiera me aseguraría caída de muerte, antes que pasar por un cruel himeneo que rechaza mi corazón. Y luego, sea yo pasto de los perros y aves de esta tierra; no diré que no: el morir libra de lágrimas y males. ¡Venga la muerte antes que la consumación de esas bodas! ¿Dónde, si no, encontrar camino que de ellas me liberte? ¡Alza hasta el cielo tu triste voz; rompe en doloridas letanías que te alcancen de los dioses auxilio y remedio contra tus penas! Padre celestial, tú cuyos severos ojos aborrecen la iniquidad, mira la bárbara fuerza que se me hace. ¡Sé benigno con tus suplicantes, soberano señor de la tierra, Zeus omnipotente! Porque los hijos de Egipto con insolencia intolerable corren tras de mí, y me persiguen y acosan con grandes voces por ver de lograrme, siquier tengan que usar de la fuerza. Pero sobre todo está el fiel de tu balanza. Sin ti ¡qué pueden los mortales! ¡Oh, oh, oh! ¡ah, ah, ah! ¡Nuestro raptor, que dejó ya la nave y saltó en tierra! ¡Así mueras a mi vista antes de llegar aquí, raptor inicuo! ¡Socorro, socorro! ¡Por todas partes se oyen mis gritos de terror y angustia! ¡Principios de los males y violencias que me aguardan, ya os veo! -- ¡Pronto, pronto, venid a favorecer nuestra huída! -- ¡Por tierra y por mar resuenan los brutales y odiosos alaridos de la lascivia de nuestros perseguidores, codiciosa de satisfacerse! ¡Protégenos, señor del universo! ~(Sale un HERALDO egipcio con acompañamiento de soldados.)~ HERALDO ¡Corriendo, corriendo, a las naves! ¡Pronto! CORO ¡Bien, aquí nos tenéis! ¡Heridnos el rostro; maltratadnos; cortadnos la cabeza; derramad nuestra sangre toda! HERALDO ¡Corre, infeliz, corre a la nave! ¡Ven conmigo por el dilatado espacio donde se agitan las saladas ondas! Cede por fin al deseo de tu señor y al poder de su férrea lanza. Bañada en sangre te arrojaré en la nave. Allí, tendida en el fondo, podrás gritar cuanto quieras. Ceda, mal que te pese, tu obstinada locura. ¡Lo mando! CORO ¡Ay, ay de mí! HERALDO Deja esas aras; anda a la nave. Ven a adorar a los dioses que venera nuestro pueblo. CORO ¡Nunca más vuelva yo a ver el almo río, el de las crecidas fecundantes, el de las aguas vivíficas que vigorizan la sangre de los hombres! Mi patria, anciano, mi antigua y sagrada patria es la tierra donde se alzan las aras de estos dioses. HERALDO Que quieras que no, a la nave irás; a la nave, y pronto. Sucumbirás a la fuerza; a la fuerza de tu señor, que es poderosa; y después de haber recibido miles de ultrajes de sus manos crueles, tendrás que sufrir su lecho. CORO ¡Ay, ay! ¡Ojalá hubieses perecido miserablemente al cruzar la movible selva de los mares, arrojado por desecha borrasca contra el arenoso promontorio de Sarpedón! HERALDO Grita; vocifera; llama a los dioses. No escaparás a la nave egipcia. Grita, clama; puedes quejarte de tu miseria con más amargura todavía. CORO ¡Ay cielos! ¡Perezcas tú frente a esas costas dando voces y ladridos; tú que tan jactancioso me escarneces! ¡Que el caudaloso Nilo, que te crió, te haga desaparecer a ti, insolente, y a tu insolencia! HERALDO Andad, os digo. La nave ya se balancea en las ondas. ¡Pronto! Nada de tardanzas, y así no seréis llevadas de los cabellos. CORO ¡Ay, ay, Padre mío celestial! ¡Busqué mi defensa en estas aras, y hallé mi perdición! Ya me arrastran al mar. Ya me cercan, y se van llegando a mí como la araña a su presa. ¡Parece un sueño!... ¡sueño negro y espantoso! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra, aleja de mí estos gritos furiosos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus! HERALDO No temo yo a los dioses de este pueblo. Ni ellos me criaron de niño, ni ellos me han de sostener en la vejez. CORO Cerca de mí bípeda serpiente se retuerce furiosa. ¡Es una víbora que me va a sujetar entre sus dientes! ¡Socorro, socorro! ¡Madre Tierra, madre Tierra; aleja de mí esos gritos que me llenan de espanto! ¡Oh Rey, hijo de Gea! ¡Oh Zeus! HERALDO Si no venís a la nave, si no me obedecéis, no me detengo ante vuestros vestidos, y los hago jiras. CORO ¡Favor, príncipes que veláis por la ciudad, que me roban! HERALDO ¿Príncipes llamáis que os acorran? Pronto vais a ver aquí, no uno, sino muchos: a todos los hijos de Egipto. Perded cuidado, que no os quejaréis por falta de señores. ~(Sale el REY con su acompañamiento.)~ CORO ¡Perdidas somos! -- ¡Oh Rey, qué nunca vista violencia! HERALDO Paréceme que os voy a llevar arrastrando de los cabellos, ya que no queréis atender a mis razones. REY ¡Hola, tú! ¿qué estás haciendo ahí? ¿Qué arrogancia es esa con que ultrajas esta tierra, la tierra pelásgica? ¿Por ventura piensas que has venido a una ciudad de mujeres? Para ser bárbaro, alardeas demasiado con los Griegos. Grave es tu atentado: sin duda tienes perdido el juicio. HERALDO Pues ¿en qué yerro yo, ni me aparto de la justicia? REY En primer lugar, con ser extranjero no sabes lo que es hospitalidad. HERALDO ¿Cómo que no? Encuentro lo que perdí, y lo recobro. REY Y ¿a cuál de los patronos que la ciudad tiene diputados para proteger a los extranjeros, los reclamaste tú? HERALDO A Hermes, máximo patrono de los extranjeros, y abogado de las cosas perdidas. REY ¡Hablas de invocar a los dioses, y no tienes para los dioses ninguna reverencia! HERALDO Yo venero a los dioses del Nilo. REY A lo que te oigo, ¿los de aquí no son nada? HERALDO Si no es que por la fuerza me las quitáis, yo me las he de llevar. REY Pudiera ser que lo llorases si las tocas, y no muy tarde. HERALDO ¡Nada tienen de hospitalarias tus palabras! REY Yo no doy jamás hospitalidad a los que ultrajan a los dioses. HERALDO ¿Irías tú a decir eso a los hijos de Egipto? REY Y ¿qué cuidado me podrá dar a mí? HERALDO Pero, en fin, para que yo lo sepa y pueda comunicarlo mejor, según conviene a un heraldo que debe hacer relación fiel y exacta de cada punto; en fin, ¿quién eres tú? ¿Quién les digo que les ha tomado sus primas hermanas? ¡Asegúroos que Ares no llamará testigos para dirimir esta contienda, ni admitirá composición, sino que antes que sentencie han de caer muchos hombres y han de perderse muchas vidas entre agonías espantosas! REY ¿A qué decirte mi nombre? Luego lo aprenderéis lo mismo tú que los que vienen contigo. Si estas doncellas lo quieren así, y ese es el deseo de su corazón; si con blandas y comedidas razones las persuades, puedes llevártelas; mas a la fuerza no se te entregarán. Así lo ha proclamado y ratificado la ciudad de Argos por voto unánime. Y el decreto está bien clavado, de modo que nadie será poderoso a moverlo. No lo hemos grabado en tablas, ni lo refrendamos y confirmamos en las vueltas de un papiro; pero te lo dice, fiándotelo, la boca de un hombre libre. Quítate cuanto antes de mi vista. HERALDO Sábelo, pues: pronto tendréis guerra. ¡Sean la victoria y la dominación de los que sean hombres! REY Aquí, en los ciudadanos de Argos encontraréis hombres, y que no beben vino de cebada. ~(Vase el Heraldo.)~ -- Vosotras, cobrad ánimos, y acompañadas de vuestras fieles siervas, dirigíos todas a la ciudad: está muy bien guarnecida de muros, y fortificada con torres de profundo y solidísimo cimiento. Allí encontraréis muchos edificios públicos que poder ofreceros, y aun mi casa, pues no se labró con encogida y corta mano. Es gran contento habitar bien dispuesta casa en numerosa compañía; pero si os aplace más vivir solas, podéis hacerlo así. Pronto está todo; escoged, pues, lo que mejor os parezca y más os agrade. Yo estoy aquí para defenderos, y conmigo los ciudadanos todos; que por voto unánime se han empeñado en esta empresa. ¿Podrás esperar tú mejor fianza? CORO ¡No en verdad! ¡Antes, divino rey de los Pelasgos, que seas colmado de bienes en premio del que tú nos haces! Pero dígnate traernos aquí a nuestro animoso padre Danao; a nuestro guía y consejero. Su consejo ha de resolver qué casa nos conviene habitar y dónde debe ser nuestro puesto. Tratándose de extranjeros, cada cual se apresura a murmurarlos. Sigamos el partido más prudente. REY Vosotras seréis recibidas en la ciudad con aplauso de todo el pueblo, y nadie os ofenderá, ni tendrá para vosotras más que palabras de alabanza. Fieles siervas, marchad en su compañía, y cada una con aquella a cuyo servicio la hubiese destinado Danao. ~(Sale DANAO.)~ DANAO Bendigamos a los Argivos, hijas mías, y ofrezcámosles sacrificios y libaciones como a los dioses del Olimpo, porque todos ellos sin excepción, acaban de salvarnos. Con grande acedía y enojo oyeron de mi boca lo sucedido con nuestros obstinados deudos; y luego ordenaron que viniesen escoltándome estos guardias armados por hacerme honor y para estorbar que golpe aleve e inesperado me diese muerte: con que caería sobre este suelo mancha sempiterna. Después de tales beneficios les debéis aún más acendrado agradecimiento y reverencia que a mí. Grabad ahora en vuestra mente esta máxima junto a los demás avisos que os dió la prudencia de vuestro padre: el tiempo es el que prueba lo que son y valen los desconocidos. Al extranjero que se avecinda entre nosotros, todos nos adelantamos a murmurarle, y la lengua anda lista para demostrarlo y ejercitarse a su costa. Encarézcoos, pues, que cuidéis de no afrentarme, porque estáis en ese verdor de la mocedad que tanto atrae las miradas de los hombres. Fruta en sazón nunca fué buena de guardar: todos son a arrebatarla, los hombres y las fieras; las alimañas que surcan los aires, y las que se arrastran por el suelo. ¿Y cómo no? Cipris convida a voz de pregón a coger el fruto sazonado, y marchita su lozanía y no deja vivir la flor. Cualquiera que pasa junto a una doncella se siente vencido del deseo, y lanza sobre los encantos de su hermosura dardo de amorosa mirada. ¡Mirad, no veamos menoscabada nuestra honra, que tantos trabajos nos ha costado salvar, y por la cual tan dilatados mares hemos tenido que correr; que esto sería trabajar en nuestra afrenta y en contento de nuestros enemigos! En cuanto a habitación donde nos alojemos, dos hay, la de Pelasgo, y la que nos ofrece la ciudad, y ambas sin merced ninguna; negocio es, pues, de bien poca monta. Sólo os digo que guardéis las advertencias de vuestro padre, y tengáis la honestidad en más que la vida. CORO Quieran los dioses favorecernos en todo lo demás, que en cuanto a mi mocedad, descuida, padre, que a no determinar otra cosa los dioses, no se ha de apartar paso mi corazón de la senda que ha emprendido. PRIMER SEMICORO Marchad; celebrad con jubilosos cánticos a los bienaventurados dioses, señores y patronos de la ciudad, y a los que habitan las riberas del antiguo Erasino. SEGUNDO SEMICORO Responded a mis cánticos, vosotras que me acompañáis. ¡Gloria y alabanza a la ciudad de los Pelasgos! ¡Ya no más celebrar con mis himnos las aguas del Nilo! PRIMER SEMICORO Sino los ríos que tienden sus múltiples brazos por esta región, y con sus sabrosas fecundantes aguas alegran y sustentan sus campiñas. SEGUNDO SEMICORO Mire con piedad la casta Artemisa a estas mujeres fugitivas. Que Cithera no nos imponga sus lazos por la fuerza: ¡tormento aborrecible! PRIMER SEMICORO Cipris, tampoco te olvido a ti en mis piadosos cultos. Tu poder con el de Hera iguala casi al de Zeus. Tus golpes, oh astuta diosa, son temidos de los mortales, y así intentan ganarte con homenajes reverentes. SEGUNDO SEMICORO Acompáñanla siempre, como a su querida madre, el Deseo, y la blanda Persuasión a quien nadie se resiste y aquella Harmonía, a la cual ha dado en suerte Afrodita los susurrantes requiebros de los amores. PRIMER SEMICORO Pero ¡ay! ¡que temo mucho la tormenta que se ha de levantar con mi huída; los fieros males y sangrientas guerras que han de sobrevenir! ¿Por qué hicieron tan feliz navegación nuestros activos y tenaces perseguidores? SEGUNDO SEMICORO ¡Cúmplanse los decretos del Destino! Nadie hay que pueda escapar a los designios altísimos e insondables de Zeus. ¡Quizá como tantas otras mujeres antes de nosotras, habremos de acabar por contraer un lazo aborrecido! PRIMER SEMICORO ¡Gran Zeus, aparta de mí el himeneo con los hijos de Egipto! SEGUNDO SEMICORO ¡Sería eso el mayor de los bienes! Pero quizá tratas de mover a un dios inexorable. PRIMER SEMICORO Lo que ha de suceder no lo sabes tú. SEGUNDO SEMICORO ¿A qué esforzarme a penetrar en el abismo de la mente de Zeus, a cuyo fondo no llegó jamás mirada alguna? Sé más moderada en tus deseos. PRIMER SEMICORO ¿Por qué me das esta lección? SEGUNDO SEMICORO Porque no te atrevas curiosa a las cosas divinas. PRIMER SEMICORO ¡Soberano Zeus, líbranos de un himeneo funesto y aborrecido! Tú libraste a Io de sus males, acariciándola con mano que la volvió la salud. ¡Dichosa fuerza aquélla, donde se engendró nuestro linaje! SEGUNDO SEMICORO ¡Danos la victoria, que somos débiles mujeres! ¡Permita el cielo que entre dos males tan sólo padezca el menor, templado siquiera con algún bien! Alcancen mis súplicas que la Justicia triunfe de sus enemigos con ayuda de los dioses. [Ilustración] [Ilustración] _APÉNDICE_ LOS POETAS TRÁGICOS Eskylo es el viejo ático, aristócrata y religioso. Descendía de la generación que levantó en el Ágora un monumento a los Tiranicidas; y fué iniciado en los misterios de Eleusis, en el culto pacificador y purificador de la =Mater Dolorosa=, de la transparente Deméter. Su espíritu se formó con ejemplos severos y con prácticas augustas. Atrevido y grandioso era el arco de su cabeza; meridiana la claridad de sus pupilas; y, como la gruta de bronce de la Pytia, resonantes y proféticos sus labios. En los momentos crueles del peligro persa, cuando Athenas necesitaba de mucha fe y de mucho valor en sus hijos, encontró en Eskylo un creyente y un héroe. Fué, dice una historia que parece canto de errante aeda, uno de los hoplitas que, en Marathón, después de peinar y trenzar sus cabelleras, como para una fiesta, se lanzaron a paso veloz, cantando estrofas guerreras, sobre las pesadas falanges de los bárbaros; y haciendo vivir, a fuerza de entusiasmo y de bravura, una sangrienta Rapsodia de La Ilíada, desbarataron al enemigo y lo arrojaron hasta la orilla del mar, en donde un hermano del poeta, Cynegiro, murió homéricamente aferrando una galera persa con las manos, y, cortadas éstas, con los dientes, hasta que un segundo tajo hizo rodar su cabeza sobre las olas. Murió a los setenta años, al parecer desterrado, en Sicilia, en el ardiente y trepidante país de los Cíclopes, oyendo los rugidos del Titán que se sacude bajo la mole del Etna. Compuso para su tumba este epitafio: “Esta piedra cubre a Eskylo, hijo de Euphorión. Nacido en Athenas, duerme en las fecundas planicies de Gela. El bosque sagrado de Marathón y el Meda de flotante cabellera dirán si fué valiente: ¡bien lo vieron!” Así nos lo revela su obra, su colosal obra trágica: hondo, alto, pomposo. Con médula de su alma formó personajes “altos de cuatro codos, respirando lanzas y flechas, cascos de penacho refulgente, escudos forrados de siete cueros de buey.” Su musa “celebró las virtudes heroicas de los Patroklos y de los Teukros corazones de león, a fin de contagiar con su ejemplo a los ciudadanos, apenas oyeran la trompeta.” Inventó palabras de sonoridades inauditas, de nunca vistos reflejos; construyó frases fuertes, compactas y bandera al viento, como ejércitos en marcha y “llenó de almenas las alturas del lenguaje.”[2] Decoró la escena con magnificencias dignas del Olimpo; en su Coro cantó como canta el mar, el misterio, el dolor, la anunciación... y tan alto levantó a la Humanidad sobre los coturnos trágicos, que la envidia de los Dioses la corona con una diadema de rayos. Como el árbol para erguirse frondoso necesita encajar sus raíces en las profundidades de la tierra, el poeta sólo alcanza el ideal cuando es verdaderamente humano, cuando tiene prendidas sus fibras en el corazón vivo y nutricio de los hombres. Por humano y por ideal, Eskylo es el trágico heleno que mayor fascinación ejerce sobre el filósofo y sobre el poeta. [2] Frases tomadas de “Las Ranas” de Aristóphanes. Eurípides --¡oh, pobre e inquieto y amargo Eurípides!-- es el ático decadente. La vida le dió todas las amarguras que enferman, las del amor, las de la filosofía, las del arte. A falta de una, tuvo dos mujeres infieles; quiso, se dice, ser atleta y dibujante; bebió veneno intelectual en los =filosofaderos= de Athenas; fué raras veces coronado en los concursos trágicos; y la leyenda, cruel leyenda, charlaba que había muerto en tierra extraña devorado, como Acteón, por los perros feroces de las montañas del Epiro. ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como lo llama Croiset, un “destructor de ilusiones”? ¿Qué de extraño tiene que haya sido, como dice Benjamín Constant en un admirable anacronismo, “un volteriano”? Por eso introdujo en el teatro “el razonamiento, la argucia, la reflexión; y, con la vida íntima, las rufianas, las hermanas incestuosas, las Phedras impúdicas,” en fin, personajes con úlceras y en andrajos. Pero por eso mismo, por doloroso y por pesimista, es el más interesante para el psicólogo. “Se asemeja, escribe Paul de Saint Victor, a Pédaso, el tercer caballo del carro de Aquiles, que no era de sangre divina como los otros dos, Xantos y Balios; pero que, dice Homero, seguía sin embargo, a los corceles inmortales.”[3] [3] Les Deux Masques. Entre estos dos genios extremos está Sóphokles. Entramos en la belleza. Es el Heleno perfecto, el ático por excelencia, es la razón limpia, la imaginación pura y el sentimiento exquisito de Athenas, en la breve e incomparable mañana de su gloria. Es el poeta eminentemente nacional. -- Athenas, después de las guerras médicas, sintió crecer su alma; se exaltaron sus facultades, esas admirables facultades de prudencia en la disciplina y de audacia en la acción, de que había dado tantas pruebas para poder salvar a la Grecia; y logró consolidar su =imperialismo=, como hoy se dice, su =hegemonía=, como más bellamente se decía entonces, poniéndose al frente de la confederación de Delos, y guiada por el infalible genio de Perikles. Centro político y comercial del mundo griego, respetada y rica, fué también el foco del arte. Con el dinero de los aliados se atavió de templos y de estatuas; y atrayendo, magnética, a los filósofos, a los sabios y a los poetas, pronunció las palabras eternas que nos hacen vivir todavía. En las alturas del Akrópolis consagró el más bello de sus templos, el Parthenón, a Pallas tutelar, guerrera y omnicia. Y semejante al Parthenón fué la elocuencia del Dictador Olímpico, envuelto como una estatua, en los marmóreos pliegues de su manto, porque sus frases viriles y nobles, semejantes a columnas dóricas, encerraban, en pie y armada, una diosa, la verdad, blanca y vestida de oro y pedrerías como la que, dentro de la =Cella=, en el corazón del templo, habían pulido en el marfil las manos mágicas de Phidias. Y Sóphokles hizo vibrar en los labios de esta Virgen de marfil y de oro el Verso infinito de los espacios celestes. Toda la vida del poeta fué canto y ambrosía. Tuvo de seguro una nodriza de lenguaje inmaculado, como la recomendaba Crysipo, que le murmuró muchas dulzuras en los oídos. Era afable, cordial y piadoso: puso constancia y alegría en sus amistades, calor y luz en sus amores, tranquilidad y esperanza en su culto. Bello como un dios, en los banquetes coronaba su cabellera rubia de violetas y desataba a la ironía su lengua elocuente. Era de los primeros en el gimnasio y no tenía rival cuando, como un Musageta, cantaba acompañándose con la lira. A los veintiocho años obtuvo su primera victoria en los concursos trágicos, compitiendo con el viejo Eskylo. Oíd como la relata Plutarco: “El auditorio estaba dividido: los partidarios de los dos rivales estaban a punto de llegar a las manos. El arconte Aphepsion no se atrevía a sacar en suerte, según el uso, los nombres de los cinco jueces. Cimón, cubierto de gloria por uno de sus recientes triunfos (había pacificado los mares de la Grecia y acababa de traer a Athenas los huesos de Theseo), llega al teatro con sus nueve lugartenientes. Apenas hicieron a los dioses su libación habitual, el Arconte, súbitamente inspirado, ordenó a esos diez jueces que designasen al vencedor: nombraron a Sóphokles. El auditorio, emocionado, respetó el veredicto de los generales victoriosos, y el lustre del juicio hizo callar los celos y las rivalidades. Al día siguiente Eskylo, humillado, partió para Siracusa...”.[4] [4] Vida de Cimón. Era la juventud que triunfaba; era la poesía verdadera de Athenas. La Diosa de Phidias no podía hablar de otra manera. Eskylo, con sus concepciones profundas y misteriosas, con su música solemne y fatídica, con sus grupos trágicos monumentales y arcaicos, y con su decoración escénica, abigarrada y pomposa, fatigaba el espíritu de los athenienses, tan amantes de la claridad, de la precisión y del buen gusto. En el genio de Sóphokles se reposaron con beatitud. El dió a los diversos elementos de la tragedia sus proporciones justas y su tranquilo equilibrio; la epopeya, el lirismo, el drama, todo harmoniza en su obra de arte con tal medida, en una gradación de planos y de tonos tan fina y tan suave, que produce el éxtasis de la belleza definitiva y eterna. Sus héroes no son ya las gigantescas víctimas del Destino inexorable que atraviesan el teatro empujados por la mano de un dios, seres primitivos en quienes el acto realiza con terrible violencia las imágenes alucinantes; sino los bellos y nobles tipos de una humanidad superior, conscientes de sus determinaciones, que llevan su destino en sus actos mismos y que revelan en la lucha la grandeza del alma depurada por el amor y por el dolor. Su coro no es ya ese personaje multánime, activo, sugestionador, preponderante, que cubre la tragedia con un inmenso concierto de voces, sino una especie de =espectador ideal= de la acción que recoge en su espíritu las diferentes impresiones del drama y las expresa, purificadas con la música, en la pastoral jubilosa, en el himno grave y en la plegaria ardiente. Su estilo no es ya esa expresión torturada y ampulosa, obscura y relampagueante de la tragedia titánica; es límpido, diáfano; es el sol de Athenas; y el sol de Athenas, “penetra todo sin choque y sin resistencia, inunda de luz los objetos, pero baña sus contornos voluptuosamente, lo mismo que las olas de su golfo van a unirse con dulzura a las riberas doradas de Phalera.” Harmonía justa del pensamiento y de la expresión, la lengua de Sóphokles es semejante a esos peplos de mármol cuyos pliegues en vez de ocultar, transparentan en todo su esplendor, la forma serena de la estatua. Toda poesía es turbia y amarga al lado de la suya tan cristalina y tan dulce. Junto a él, Eskylo parece un bárbaro pomposo y Eurípides un impostor pedante. Fué el que más premios obtuvo en los certámenes dyonisíacos. Solamente una ocasión un arconte se negó a aceptarle una tragedia; el señor de La Harpe, que sabe el hecho, aplaude; y esto prueba, según Pitágoras, que las almas de los seres inferiores también transmigran. -- Murió cubierto de gloria, a los noventa años, como su viejo Edipo, “sin gemidos y sin dolores;” y la leyenda contaba que, recitando los coros de su poema preferido, Antígona, y fijas las sonrientes pupilas en el oro de un ocaso de transfiguración, se le había apagado la voz y se le había caído la lira de las manos... En su tumba grabó el cincel una sirena. Athenas le erigió un santuario y le consagró culto. _Jesús Urueta._ (Fragmento del Ensayo sobre la Tragedia Ática.) [Ilustración] [Ilustración] _EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS_ Agamemnón, hijo de Atreo, Rey de Micenas, asesinado por su esposa, Clitemnestra, y por Egisto. Aidoneo, epíteto que se da a Hades o Plutón. Antígona, princesa hija de Edipo. Apolo, dios de la poesía, la música y las artes. Ares, dios de la guerra, hijo de Zeus y de Hera. Artemisa o Diana, diosa hija de Zeus y de Hera. Atena, Atenea o Minerva, diosa de la sabiduría, hija de Zeus. Atossa, reina de Persia, esposa de Darío. Atlas, hijo de Zeus y de Climena, condenado a sostener sobre sus espaldas el polo de los cielos. Bía, personificación divina de la Violencia. Casandra, profetisa, hija de Príamo, hecha esclava por Agamemnón al tomar a Troya. Cipris, epíteto de la diosa Afrodita. Clitemnestra, esposa de Agamemnón y madre de Orestes. Cratos, personificación divina de la Fuerza. Danao, rey de Egipto, hijo de Belos y padre de las cincuenta Danaides. Edipo, hijo de Layo, rey de Tebas. Egisto, hijo de Tiestes, usurpador y matador de Agamemnón. Egipto, hermano de Danao y rey de Egipto. Electra, hermana de Orestes, hija de Agamemnón y de Clitemnestra. Épafo, rey de Egipto, hijo de Io y de Zeus. Erinnas o Furias, diosas vengadoras de faltas contra el orden moral. Eris o Discordia, diosa compañera de Ares. Eteocles, rey de Tebas, hijo de Edipo, hermano de Polinices. Gea, la Tierra. Hades o Plutón, dios subterráneo, hijo de Cronos. Significa también la mansión de las tinieblas y de los muertos. Hefestos o Vulcano, dios del fuego, hijo de Zeus y de Hera. Hera, diosa esposa de Zeus o Júpiter. Hermes o Mercurio, dios hijo de Zeus y de Maya. Io, hija de Ínaco y de la ninfa Melia, amada por Zeus, fué convertida en becerra por Hera. Ismene, princesa de Tebas, hija de Edipo. Loxias, epíteto de Apolo. Orestes, príncipe de Micenas, hijo de Agamemnón, dió muerte a su madre Clitemnestra y a Egisto. Polinices, príncipe de Tebas, desterrado por su hermano Eteocles. Poseidón o Neptuno, dios del mar, hijo de Cronos y de Rea. Prometheo, protector de la raza del hombre; personificación del genio del hombre. Xerxes, rey de Persia; hijo de Darío. Zeus, dios máximo, Júpiter entre los romanos. _ÍNDICE_ Págs. NOTA PRELIMINAR. 5 PROMETHEO ENCADENADO. 9 LOS SIETE SOBRE THEBAS. 49 LOS PERSAS. 91 LA ORESTIADA: I.--AGAMEMNÓN. 135 II.--LAS COÉFORAS. 197 III.--LAS EUMÉNIDES. 241 LAS SUPLICANTES. 281 APÉNDICE.--LOS POETAS TRÁGICOS. 323 EXPLICACIÓN DE ALGUNOS NOMBRES PROPIOS. 331 [Ilustración] SE ACABÓ DE IMPRIMIR ESTE VOLUMEN EL DÍA 22 DE JULIO DEL AÑO DE 1921, EN LOS TALLERES GRÁFICOS DE LA NACIÓN, BAJO LA DIRECCIÓN DEL DEPARTAMENTO EDITORIAL DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL DE MÉXICO. *** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TRAGEDIAS *** Updated editions will replace the previous one—the old editions will be renamed. Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright law means that no one owns a United States copyright in these works, so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United States without permission and without paying copyright royalties. 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