The Project Gutenberg eBook of El Niño de la Bola: Novela

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Title: El Niño de la Bola: Novela

Author: Pedro Antonio de Alarcón

Release date: March 29, 2019 [eBook #59154]

Language: Spanish

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL NIÑO DE LA BOLA: NOVELA ***


Nota de transcripción

Índice


Cubierta del libro

[p. 1]

EL NIÑO DE LA BOLA.


[p. 2]


Esta obra es propiedad del autor, quien se reserva todos sus derechos, incluso el de publicarla traducida á otro idioma en los Estados que tienen tratados literarios con España.

Quedan hechos los depósitos que marca la Ley.



[p. 3]

EL NIÑO
DE LA BOLA

NOVELA

POR

D. PEDRO A. DE ALARCON


SEGUNDA EDICION.


MADRID

IMPRENTA CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ

CALLE DE LA COLEGIATA, NÚM. 6

1880


[p. 5]

LIBRO PRIMERO.

EN LO ALTO DE LA SIERRA.


I.

SINFONÍA.

Entre la vetusta Ciudad, cabeza de Obispado, en que ocurrieron los famosos lances de «El Sombrero de tres picos,» y la insigne Capital de aquella estacionaria Provincia, donde hay todavía muchos moros vestidos de cristianos, álzase, como muralla divisoria de sus respectivos horizontes, un formidable contrafuerte de la Sierra más erguida y elegante de toda España.

Cerca de diez leguas de espesor (las mismas que la Capital y la Ciudad distan entre sí) tiene por la base aquel enorme estribo de la gran cordillera,[p. 6] miéntras que su altura, graduada por término medio, será de seis ó siete mil piés sobre el nivel del mar.—Subir á tal elevacion por retorcidas cuestas, y descender de allí luégo por otras cuestas no ménos retorcidas, es la tarea comun de cuantos van ó vienen de una á otra comarca; cosa que sólo podia hacerse, á la fecha en que principia nuestra relacion, por un mal camino de herradura, convertido poco despues en un mucho peor camino carretero.

Ahora bien, amigos lectores: el primer cuadro del drama romántico de chaqueta y rigurosamente histórico (aunque no político) que voy á contaros (tal y como aconteció, y yo lo presencié, entre la extincion de los Frailes y la creacion de la Guardia Civil, entre el suicidio de Larra y la muerte de Espronceda, entre el Abrazo de Vergara y el Pronunciamiento del General Espartero; en 1840, para decirlo de una vez) tuvo por escenario la cumbre de esa montaña, el promedio de ese camino, el tránsito del uno al otro horizonte; punto crítico y neutro, que dista cinco leguas de la Ciudad y otras cinco de la Capital, y en que, por ende, suelen encontrarse al mediodía y decirse «¡á la paz de Dios, caballeros!» los viandantes que salieron al amanecer de cada una de ambas poblaciones.

Es aquel un paraje rudo, áspero y pedregoso,[p. 7] sin historia, nombre ni dueño, guardado por esquivos gigantes de pizarra, donde la Naturaleza, vírgen y tosca como salió de las manos del Criador, vive pobremente, pero sin muchos cuidados, entregada á la dulce rutina de sus invariables quehaceres.—Tan árida y escabrosa es aquella region, que nadie ha entrado nunca en codicia de disputar á los animales silvestres el pacífico, inmemorial disfrute de las escasas hierbas y atroces matorrales que festonean sus riscos; por lo que, ni siquiera hoy, despues de la desamortizacion y venta de todo lo criado, figura tal arrabal del Planeta en el catastro de la riqueza pública.—Sin embargo, no vivian completamente á sus anchas, en la época de que va hecha mencion, los inciviles y sueltos moradores de aquella majestuosa soledad; pues, amén de las importunidades ordinarias que á ciertas horas les ha acarreado siempre la vecindad del sendero humano, solia acontecer por entónces con demasiada frecuencia, que ladrones en cuadrilla, ó no en cuadrilla, armados de terribles trabucos, acechaban allí á los viajeros inofensivos, y áun á la misma Justicia del Estado, como en lugar muy á propósito, por lo estratégico, para librar batalla á las leyes sociales.

El dia de que tratamos (sábado, 5 de Abril), sería ya la una de la tarde, y áun no se habia divisado[p. 8] alma viviente en aquel pavoroso recinto, cerrado á la vista por las ondulaciones de las montañas subalternas. Hallábanse, pues, solos y gustosísimos los pájaros, las bestiecillas montaraces y los reptiles é insectos que lo habitan; todos ellos doblemente regocijados y juguetones á la sazon, con motivo de haberse dignado subir á aquellas alturas, á pasar unos dias en su compaña, la hermosa y galante Primavera...

Allí estaba, sí, la pródiga deidad, y bien se conocia donde quier el mágico influjo de sus gracias y donosura. En todas partes habia flores: en las solanas, en las umbrías, entre las peñas, en los mismos líquenes de las rocas, hasta en el tortuoso sendero frecuentado por el hombre, y en las cruces y lápidas conmemorativas de bárbaros asesinatos...—Respirábase un aire cargado de aromas deleitosos. Los pajarillos se decian sus amores con breves y agudos píos, que turbaban, ó hacian más notable y solemne, el hondo silencio del resto de la Creacion... Tambien se percibian de vez en cuando leves murmullos de arroyuelos que pugnaban por abrirse paso entre importunas guijas; pero muy luégo cesaba el rumor, por haber hallado el agua más cómoda ruta... Pintadas mariposas revolaban de acá para allá, no ménos lindas que las flores en que libaban, y más libres que ellas; miéntras que[p. 9] tímidas alimañas y recelosas aves codiciadas por los cazadores retozaban descuidadamente, áun en el odiado camino de herradura... ¡Todo, todo era paz, y amor y delectacion en la tierra y en el ambiente!... El mismo cielo sonreia, como un padre satisfecho de la ventura de sus hijos...—Dijérase que el mundo acababa de ser criado... La infatigable Naturaleza parecia una doncella de quince abriles.

De pronto, todos los animales se avisparon y echaron á correr ó á volar, apartándose del camino, y una nube de polvo empañó la transparencia de la atmósfera hácia la parte de la Capital...

Era que venía el Hombre.

Y, pues que el Hombre, el rey de la Creacion, solia pasar por allí dando el mal ejemplo de temer á sus prójimos, nada tuvo de particular ni de ofensivo que los humildes irracionales se apresurasen, como todos los dias, á evitar su real presencia.


[p. 10]

II.

NUESTRO HÉROE.

Aquella nube de polvo traia en su seno á un arrogante jinete, seguido de un arriero á pié y de tres soberbias mulas cargadas de equipaje.

El caballero, á juzgar por su figura y vestimenta y por el abigarrado aspecto de las tales cargas, parecia juntamente un feriante, un contrabandista y un indiano. Tambien hubiera sido fácil suponerlo un capitan de bandidos de primera clase, que regresara á su guarida con el rico botín de alguna afortunada empresa.

Érase un jóven como de veintisiete años; fino y elegante, aunque vestía de chaqueta (traje usado entónces en Andalucía por personas muy principales), y tan airoso, nervudo y bien formado, que habria podido servir de modelo para la famosa estatua del Gladiador combatiente. La mencionada chaqueta, así como el chaleco y el pantalon (ó más bien calzon de montar) que llevaba, eran de punto azul muy ceñido al cuerpo, y concluia por abajo su equipo en unos botines ó polainas de gamuza[p. 11] gris, con sendas espuelas de plata labrada, dignas éstas de un Capitan General. Gruesos botones de muletilla, tambien de plata, orlaban hasta cerca del codo las boca-mangas de la chaqueta y servian de botonadura al chaleco. Un pañuelo negro de crespon, anudado á la marinera, le servia de corbata, y negro era asimismo el rico ceñidor de seda china que ajustaba á modo de faja su esbelta cintura. En los puños y cuello de la camisa lucía costosos brillantes; pero ninguno de tanto valor como el que radiaba en el dedo meñique de su mano izquierda. Finalmente, el sombrero (que en aquel momento se acababa de quitar) era de finísima paja de color de café, ancho de alas y muy alto y puntiagudo, como los usan muchas gentes de América y de las Dos Sicilias,—á cuya forma se da en Granada el pintoresco nombre de «sombrero de catite

Tan singular personaje (á quien sentaba perfectamente aquel raro atavío semi-andaluz, semi-exótico) llamaba la atencion, más que por todo lo dicho, por la varonil hermosura de su cara. Que ésta habria sido de extraordinaria blancura, indicábalo aún aquella parte de su despejada y altiva frente que el sombrero solia proteger; pero, en lo demas, habíala quemado el sol por tal extremo, que su palidez marmórea habia adquirido un tinte[p. 12] como de oro mate, cuyo tono igual y sosegado no carecia de hechizo. Eran negros y muy rasgados y grandes sus africanos ojos, medio dormidos á la sombra de largas pestañas; mas, cuando súbitamente los abria del todo, excitado por cualquier idea ó caso repentino, salia de ellos tanta luz, tanto fuego, tanta energía vital, que su mirada no podia soportarse. Esta mirada reunia á un mismo tiempo la temible majestad de la del leon, la fijeza de la del águila y la inocencia de la del niño; sólo que era más triste que la del último, y más tierna en ocasiones que la de los citados reyes de las selvas y de los aires.—Su abundante cabello, negro tambien y muy cortado por detras, orlaba ámpliamente la parte superior de la cabeza, semejando una rizada pluma tendida del lado izquierdo al derecho; lo cual daba mayor realce á aquella fogosa fisonomía. Completaban su peregrina belleza un perfil intachable, sirio más bien que griego, una boca escultural, clásica, napoleónica, tan audaz como reflexiva, y, sobre todo, una barba negra, undosa, de sobrios aunque largos rizos, trasunto fiel de las nobles y celebradas barbas árabes y hebreas. En resúmen, y para pintar con un solo rasgo tan interesante figura, diremos que, por su estilo oriental, por su selvática melancolía, por su atlética complexion, por la viril hermosura del[p. 13] semblante y por la grandeza de alma que resplandecia en sus ardientes ojos, cualquier aficionado á estudios artísticos hubiera comparado á nuestro héroe (prescindiendo de su grotesco traje y de los accesorios profanos que lo rodeaban) al terrible San Juan Bautista cuando regresó del Desierto á la edad de 29 años.

Montaba el jóven que tan minuciosamente hemos descrito un soberbio potro cordobes, negro como la endrina, enjaezado con silla á la española, sobre cuyo arzon iba sujeto un angosto maletin de baqueta y sobre cuya grupa ostentaba vivos y múltiples colores una manta mejicana de gran mérito, ó, mejor dicho, lo que allí se denomina un zarape.—Armas... no llevaba en su persona ni en su cabalgadura; pero, hablando en verdad, de uno de los tres bagajes mencionados pendian juntas cuatro excelentes escopetas (dos de ellas con todos los honores de espingardas) que podian sacar de apuros á cualquier valiente...

Digamos algo del arriero.—Su pantalon largo, de tela veraniega; la chaquetilla de lienzo blanco que llevaba al hombro, á lo húsar; su faja encarnada, casi siempre desceñida y arrastrando; su sombrero calañés tirado atras, y su fisonomía movible y falsa como la de un comediante, denotaban al individuo de baja estofa del litoral malagueño;[p. 14] nacido en la playa, al aire libre; criado sin casa ni hogar; educado por los truhanes más listos del viejo y corrompido Mediterráneo, y capaz de todo lo malo y de todo lo bueno que pueda hacer un hombre, salvo decir la verdad dos veces seguidas ó rehusar una copa de aguardiente.

Por último: las cargas de las tres mulas se componian de cofres, maletas, arcas antiguas, cajones esterados, cestas y cuévanos de diversos tamaños y hechuras, y otra infinidad de lios de raras materias y formas. Recios manojos de larguísimos bambúes y de enormes y vistosas plumas empenachaban además gallardamente cada uno de estos bagajes; y, en fin, sobre el altísimo túmulo y copete del mayor de ellos, veíase una gran jaula de hoja de lata, dentro de la cual se consumia de nostalgia el más corpulento y verde loro que haya atravesado nunca el Océano Atlántico.—Indudablemente, el apuesto jóven, ó la persona á quien hubiese robado (suponiendo que nos las hayamos con un bandido), acababa de llegar de América...

Nada podemos asegurar todavía sobre estas cosas. El mismo arriero las ignoraba á la sazon, segun que dijo despues, jurándolo por un puñado de cruces. Lo único que en tal punto y hora sabía era que, el mártes de aquella semana, lo habia buscado un fondista de Málaga para que condujese aquel[p. 15] voluminoso equipaje á la Ciudad de que va hecha referencia: que el presunto indiano, feriante, contrabandista ó salteador de caminos, llevaba ya entónces seis ú ocho dias de llamar la atencion de los malagueños por su bizarro porte y raro y lujoso traje: que el magnífico potro en que ahora viajaba era muy conocido y envidiado en aquella poblacion, como de la propiedad del Marqués de ***, al cual podia muy bien habérselo comprado el forastero: que éste habia vivido allí en la mejor fonda, dándose muy buen trato; pero sin que nadie hubiese ido á visitarle: que en el libro del Establecimiento estaba inscrita su entrada bajo el nombre de Manuel Venegas, y que «D. Manuel» le decian efectivamente el amo y los mozos, por más que luégo se guiñaran, como dudando de que tal persona pudiese llamarse de un modo tan cristiano; y, en fin, que durante las tres jornadas y media que llevaban de camino, nadie habia dado muestras de conocer al misterioso jóven, el cual era por otra parte de tan pocas palabras y tan fresco y valiente para no contestar á ciertas preguntas, que el arriero no habia podido sacar de él más luz que muchos y buenos cigarros á todas horas, mucho arroz con pollos en las posadas, y muchos vasos de vino ó de aguardiente en cuantas ventas ó ventorrillos les salian al encuentro, cosas tanto más de[p. 16] agradecer, cuanto que el generoso donador no fumaba, ni bebia, ni apénas probaba bocado...

Réstanos hacer una advertencia; y es que, como el cruce de los viajeros procedentes de la Capital y de la Ciudad no solia verificarse (segun ya hemos dicho) hasta que unos y otros llegaban á aquellas alturas de la Sierra, nuestro jóven y su especie de espolique no habian tropezado todavía con nadie el referido sábado; bien que ya comenzasen á oir á lo léjos el monótono cencerreo de una recua, y algun que otro rasgo oratorio de arriero, de esos que hacen á las bestias encoger el rabo y salir al trote...


III.

HABLA EL CORO.

No tardó en aparecer al opuesto confín del reducido paisaje la tribu de jumentos anunciada por tan claros rumores, sobre la cual iban procesionalmente todos los pasajeros que aquel dia habian tenido precision de encaminarse de la Ciudad á la Capital; dado que entónces era sábia costumbre no hacer este viaje sino formando grandes caravanas,[p. 17] en evitacion de tropiezos con la partida de ladrones del Tuerto B, del Chato X, del Manco H, ó de cualquier otro lisiado por la mano de Dios,—que siempre fueron los cabecillas más célebres y temidos.—Y, áun así, el encuentro solia tener lugar, con derrota segura de los confederados viajeros.

Marchaba esta vez al frente de la comitiva una pareja de aceiteros del Reino de Jaen, escoltada por muchos burros de vacío, sobre cuyas albardas yacían exánimes los desocupados pellejos. Venían luégo otros cuatro asnos de la misma recua, convertidos en cabalgaduras de dos mujeres de fisonomía, edad y clase medianas y de dos hombres por el mismo estilo, uno de ellos con gorra de cuartel, en que brillaba la modesta insignia del Subteniente de ejército, y el otro con medias negras de lana y todo el corte de sacristan ó de meritorio del oficio.—Seguian unos cuantos mozalvetes (estudiantes, sin duda, que regresaban á la Universidad despues de las vacaciones de Semana-Santa), los cuales andaban á pié por su gusto y para enredar más, pues allí tenian de sobra caballerías en que subirse; y cerraba la procesion el jefe de los aceiteros, cuya ámplia faja debia de contener el producto contante y sonante de la venta del aceite, dado que montaba una mulilla muy vivaracha,[p. 18] como para volver grupas y ponerse en salvo al primer barrunto de amigos de lo ajeno.—Las dos señoras (que bien merecian este dictado por su gravedad olímpica) iban en sendas jamugas, con sus correspondientes almohadas de cama y la indispensable colcha de percal (para mayor decoro): el subteniente, que era grueso, habia tenido que sentarse á mujeriegas en el ancho y tosco aparejo de esparto, por miedo de abrirse hasta la cintura yendo á horcajadas; y el sacristan, en virtud de igual temor, aunque era de ménos carnes, habia optado por montar un borrico en pelo, del cual ya se habia caido dos ó tres veces.

Debemos apresurarnos á advertir que ninguno de estos vulgarísimos personajes tiene nada que ver con el presente drama, por más que figuren en él un momento, como parte de la masa de gente anónima que los trágicos griegos llamaron Coro y que todavía manotea y canta en nuestras óperas y zarzuelas.—Fíjese, pues, el lector en lo que esos coristas hablen, sin parar mientes en sus insignificantes personas, y se ahorrará muchos quebraderos de cabeza.

—¡Ya están ahí!—exclamó el sacristan, tirándose al suelo, voluntariamente esta vez, al distinguir la nube de polvo en que venía envuelto nuestro protagonista.

[p. 19]

—¿Quién dice usted que viene, hombre de Dios?—preguntó el militar.

—¡Los ladrones!—¿No los está usted viendo? ¿No sabe usted que este es el sitio clásico de los robos?

—¡Ladrones, doña Paz! ¡Oh ventura!... ¿No se lo dije á usted?—gritó alegremente uno de los estudiantes, acercándose á la ménos fea de las dos mujeres y poniéndose á bailar delante de su burro.

—¡Ladrones!—¡Jesus me valga!—¡Ave María Purísima!—¡San Antonio bendito!—¡Qué va á ser de mí!—Pues, y ¿de mí?—Capitan... ¡no nos abandone usted!...—chillaron alternativamente las dos hembras.

—¡No lloreis, oh viudas! ¡oh divinidades de barbecho! ¡oh Didos abandonadas por dos crueles difuntos en lo más florido y hasta granado de vuestra mayor edad! (añadió otro estudiante.)—¡Vosotras, que tanto jugais en esta batalla, pedid á Dios lo que mejor os convenga!—¡En cuanto á mí, soy tan desdichado, que ningun bien ni mal pueden hacerme los ladrones!

—¡Mano á las escopetas!—decia entretanto el subteniente con voz de mando, dirigiéndose á los aceiteros, que eran los únicos que llevaban tales armas.

—¡Oh... no! ¡Más vale rendirse!... (gimió el sa[p. 20]cristan.) La resistencia equivale á una muerte segura...—¿No es verdad, señoras?

—Deténgase usted, comandante... (gritaron las dos viudas:) ¡Deténgase usted, y sea lo que Dios quiera!

—Señoras... ¡No hay cuidado!... (pronunció uno de los aceiteros con cierta sorna.) Cuando salgan los ladrones, yo daré la voz de rompan-filas.

—Pues ¿qué gente es aquella?—preguntó el ascendido subteniente.

—Allí no viene más... (replicó el trajinante) que un caballero, mejor montado que nosotros, en compañía de un mozo á pié...—¡Me parece que la partida no es para asustarse tanto!

—Pues ¿saben ustedes lo que digo? (exclamó otro escolar, mirando de soslayo al guerrero de profesion.) ¡Que aquel caballero andante es más valiente que todos nosotros juntos, supuesto que viaja ménos acompañado!

—¡Oiga usted, jóven! (respondió el subteniente, que era catalan.) Si yo no vengo solo, no es porque necesite el auxilio de botarates como usted...

—¡Jesus, qué hombres! (clamó doña Paz, atravesando su burro entre ambos contendientes.) ¡Siempre va una con ellos con el alma en un hilo!

—¡No tiemble usted, doña Pacecita! (dijo el estudiante insultado, abrazándose á las robustas[p. 21] piernas de la jamona.) Que yo, por evitar á usted un disgusto, soy capaz de los mayores sacrificios de amor propio...—Y ¡qué gorda está usted, y qué rica!...

—¡Insolente! (gritó la viuda, arreando su bestia, para librarse del escolar.) ¡Si viviera mi Luis, no me veria en estos lances!...—Espérese usted, doña Antonia...—¡Ay qué niños! ¡qué niños!...

Á todo esto, el hombre á caballo se venía encima, y pronto se halló á distancia de ser examinado minuciosamente por la gente de la recua; con lo cual dió punto la centésima cuestion que llevaban armada aquel dia los imberbes, empecatados estudiantes.

—¡Buen mozo es el viajero!—dijo doña Paz á doña Antonia.

—¡Demasiado!—murmuró ésta, que se habia puesto muy amarilla, y se restregaba los ojos como no dando crédito á lo que veia...

—¡Hermoso caballo!—exclamaba por su parte el militar.

—Lo que trae ese hombre (observó un estudiante) es una vestimenta y un sombrero de todos los demonios. ¡Parece un húngaro de los que van á la Ciudad á remendar calderas!

—¡Silencio, imprudente! (repuso el militar:) ¿No ve usted que lo va á oir?

[p. 22]

En efecto: el gallardo jóven pasaba ya por en medio de la comitiva, á la cual saludó gravemente, llevándose la mano al sombrero y sin articular palabra.

—¡Buenas tardes!...—¡Á la paz de Dios!...—¡Vayan ustedes con Dios!...—contestaron expresivamente los de la Ciudad, como muy agradecidos á que aquel encuentro no les hubiese costado caro.

—¡Salud, Caballeros! ¡Vayan ustedes con la Vírgen!—respondió el arriero de Málaga, quien, por lo visto, habia pasado tambien algun miedo.

Entretanto, nuestro buen sacristan habia parado su burro, y estaba con la boca abierta viendo alejarse al hombre misterioso...

Por último, se santiguó, metió los talones á su cabalgadura y se incorporó á la caravana, lleno de espanto.

—Doña Paz... doña Paz... (dijo entónces;) ¿No ha conocido usted á ese?

—Yo no... Pero doña Antonia debe de haberlo conocido, y de resultas se ha puesto medio mala...—¿Quién es?

—¡Es el Niño de la Bola!

—¡Jesus! (exclamó doña Paz:) ¿Qué está usted diciendo?

—Lo que usted oye...

[p. 23]

—Sí... sí... tiene usted razon...—Pero ¡qué cambiado está!

—Y ¿quién es el Niño de la Bola? (preguntó el subteniente:) ¿Algun bandido?

—No, señor... Es algo peor que eso... ¡Es el demonio en persona, aunque se haya criado en la Iglesia!...

—Explíquese, buen amigo...

—Midan ustedes sus palabras... (interrumpió doña Paz:) Doña Antonia nos está oyendo, y don Bernardino sabe que es tia segunda de la que...—En fin ¡el señor me entiende!...—Á mí no me gusta meterme en asuntos ajenos...

El Niño de la Bola (prosiguió diciendo el sacristan) es el hombre más valiente y más atroz que Dios ha criado...—¡Una fiera, señor! ¡Una fiera, en toda la extension de la palabra!

—Pero ¡voto va deu! (insistió el militar:) ¿Qué ferocidades ha hecho ese hombre? Y, sobre todo, ¿cómo se le permite que ande suelto por el mundo?

—Le diré á usted...—Todos creíamos que habia muerto...—Hace ocho años que se marchó á las Indias, y yo no sé de dónde sale ahora...—¡Buen jaleo se va á mover en la Ciudad en cuanto llegue!...—¡Muchísimo me alegro de no encontrarme allí estos dias!

—Pero ¡señor Cura! ó ¡señor... vamos... lo que[p. 24] usted se denomine!... (replicó el subteniente:) ¡acabe de reventar! ¿En qué se le ha conocido hasta ahora á ese hombre que sea una fiera? ¿Ha matado? ¿Ha robado? ¿Ha pegado fuego á alguna ciudad?

—No, señor... No ha hecho nada de eso; pero es porque no ha querido...—¡Tiene las fuerzas de un Samson! ¡Bástele á usted saber que él fué quien mató al oso que tantos estragos hacía en toda esta Sierra en tiempos del Rey Absoluto!...

—Pues si mató al oso, dió muestras de ser un hombre de bien... (repuso el catalan.) ¿Por qué compararlo entónces con el diablo?

—No niego yo que sea hombre de bien...—¡Lo que yo niego es que sea hombre!... ¿Digo bien, doña Paz?—¡Y cuenta que yo lo conozco como nadie, y hasta le he tenido cierto cariño; pues fuí sacristan de la Parroquia que le sirvió de madre en su niñez...—Pero conozco que es un leon, un tigre... una bestia feroz...—Y, si no, que se lo pregunten á la Dolorosa, ó, mejor dicho, á la familia de ésta!—¡Pobre Soledad! ¡Buenos ratos le aguardan ahora! ¡La mujer más bonita del mundo!...

—D. Bernardino, ¡cállese usted por los clavos de Cristo! (interrumpió de nuevo la viuda:) ¡Doña Antonia es tia de Soledad, y nos está oyendo, más muerta que viva!...—Venga usted á ayudarme á distraerla y consolarla, y despues, cuando pasemos[p. 25] del Ventorrillo, donde ya se acaba todo miedo de ladrones, nos adelantaremos un poco y charlaremos cuanto ustedes gusten.—¡Oh, ya verá usted, señor teniente!... ¡D. Bernardino tiene razon! ¡En la Ciudad van á suceder cosas tremendas con motivo de la vuelta de este monstruo!...—¡Siento no estar allí para presenciarlas!—Porque figúrese usted que el Niño de la Bola..., ó sea Manuel Venegas, que tal es su verdadero nombre (pues su padre fué un caballero muy principal, aunque muy raro, descendiente, segun dicen, de príncipes moros, cuya pícara sangre se le conoce bien á este chico en medio de sus buenos sentimientos), se empeñó en casarse..., quiero decir, se enamoró perdidamente...

—Señora, ¡cállese usted por María Santísima! (interrumpió á su vez D. Bernardino:) Doña Antonia no hace más que mirarnos, y la pobre está que da lástima verla...

—Dice usted bien...—Voy á acompañarla... ¡Luégo se lo contaré yo á usted todo, mi subteniente!...—Entretanto, Sr. D. Bernardino, véngase á mi lado, no sea que vaya usted á aprovechar la ocasion para destriparme el cuento...—¡Espérese usted, Antoñita!—¡Arre, Piñon!

No creemos que el lector tenga empeño alguno[p. 26] en oir de labios de doña Paz la historia de los primeros veinte años del Niño de la Bola, relatada en el embrollado estilo de que la impetuosa viuda acaba de darnos elocuente muestra... Preferimos, pues, narrarla por nosotros mismos, con referencia á todos los datos que poseia el público, despues de lo cual correremos en seguimiento de nuestro héroe, á fin de acompañarlo en el remate de su jornada y llegar con él á la famosa ciudad que fué su cuna, donde iba á desenlazarse el perpétuo drama de su vida...

Conque digamos adios al subteniente, al sacristan, á las viudas, á los estudiantes y á los aceiteros, de ninguno de los cuales hemos de volver á tener noticias... hasta que nos los encontremos el Dia del Juicio en el famoso Valle de Josaphat.


[p. 27]

LIBRO II.

ANTECEDENTES.


I.

LA MOSCA Y LA ARAÑA.

El memorable año de 1808 vivia en la Ciudad cierto cumplido caballero, huérfano, célibe, y de unos cinco lustros de edad, llamado D. Rodrigo Venegas, que se jactaba de proceder de aquel Reduan del mismo apellido, príncipe moro con vetas de cristiano, cuyo nacimiento se debió, segun ya sabreis, al dramático enlace de un vástago de la casa señorial de Luque con la hermosísima Princesa Cetimerien, descendiente del Profeta Mahoma...

Como quiera que fuese, nuestro D. Rodrigo habia heredado de sus padres mucha hacienda y un[p. 28] viejísimo y destartalado caseron, con honores de palacio, en cuya fachada se veian los ambiguos escudos de armas de tan esclarecida familia, pregonando antiguas hazañas que ya no iban teniendo imitadores en tierra española...; y, por resultas de todo ello, el buen hijodalgo, hombre de entero corazon y encumbradas ideas, se consumia en aquel decaido y sedentario pueblo, no sabiendo qué hacerse de sus rentas ni de su sangre, ansiosas de correr en empeños nobles y generosos.

Imaginaos, pues, el efecto que le produciria la súbita explosion de la Guerra de la Independencia. Español al fin, aunque en realidad descendiese de españoles no bautizados, empuñó seguidamente las armas contra el frances; empero, como no era hombre de contentarse con hacer lo que cualquiera otro, llegó en su patriotismo hasta equipar, armar y mantener á sus expensas, durante cuatro años, una Partida de voluntarios de caballería, al frente de los cuales se cubrió de gloria en muchas y muy célebres batallas. Consecuencia de tan relevante conducta fué que, cuando, despues de la victoria de los Arapiles y entrada de nuestros Ejércitos en Madrid, D. Rodrigo regresó á la Ciudad, á curarse su quinta herida, y sin haber querido admitir recompensa alguna del Gobierno de la Nacion, encontróse vacíos sus graneros, muertos sus ganados,[p. 29] sus tierras sin arar desde 1809, y talados ó arrancados de cuajo sus olivares y viñas por los vengativos soldados de Sebastiani.—Ni paraban aquí los menoscabos de su hacienda: hallóse tambien entrampado en la respetable suma de cuatro mil duros con el más rico y feroz usurero de la Ciudad (á quien habia tenido que ir pidiendo dinero desde Bailén, desde Ocaña y desde Talavera, para sostener la benemérita Partida), y en nada ménos que otros diez mil duros que importaban los réditos, y los réditos de los réditos, de aquella cantidad, segun la socorrida cuenta del interes compuesto...

Todo lo llevó con paciencia, y hasta con alegría y orgullo, el magnánimo D. Rodrigo, como habia llevado los dos balazos y las tres cuchilladas que recibiera en defensa del suelo patrio; pero no se conformaron del propio modo algunas personas de su posicion, amigas suyas y conocidas del prestamista, las cuales, por oficiosidad espontánea, pidieron á éste que rebajase algo de tan crecidos réditos «en atencion al noble destino que el bizarro Venegas habia dado al capital.»

Era el prestamista uno de aquellos hombres sin entrañas que yo no sé para qué quieren vivir ni ser ricos: no hubo, pues, manera humana de hacerle bajar un maravedí de tan exorbitante usura, ni de que comprendiese cuán merecedor era D. Rodrigo[p. 30] de especialísimas consideraciones.—El interpelado (que se llamaba D. Elías, y á quien el vulgo llamaba Caifás) contestó que él no entendia de patria, sino de números, y que no reclamaba ni un ochavo más de lo que le debia el gastoso caballero, segun documentos que conservaba como oro en paño; sin que valiera decir que, al firmarlos, no habia graduado su deudor á cuánto ascenderian, caso de morosidad, los intereses de los réditos caidos; pues todo aquello era el a b c de los negocios comerciales...—Resultado: que D. Rodrigo Venegas tuvo que renovar por diez años los pagarés de dichos cuatro mil duros, con aquella acumulacion de diez mil (total, catorce), y con la de otros seis mil que nadie más que D. Elías se atrevió á prestarle para repoblar olivares y viñas (total, veinte), y con la de otros cinco mil, por réditos de los veinte en el primer año (total, veinticinco)...—¡Veinticinco mil duros justos y cabales, cuando, en efectividad, sólo habia percibido diez mil!

Mucho se afanó el hijodalgo, desde 1813 hasta 1823, por ver si podia ir amortizando esta deuda ó pagar cuando ménos sus réditos anuales, en evitacion de nuevos estragos del interes compuesto; y, la verdad sea dicha, algunos años logró ahorrar de sus rentas diez ó doce mil reales, que entregó religiosamente al usurero (aunque éste nada le re[p. 31]clamaba nunca); pero al año siguiente no le pagaban á él sus labradores ó le pagaban una miseria, por causa de esterilidad, pedrisco, langosta ó cualquiera otra plaga, muchas veces fingida, y, en lugar de dar dinero á su acreedor, tenía D. Rodrigo que pedirle nuevas cantidades «para ir saliendo hasta la nueva cosecha»; todo ello bajo condiciones adecuadas á la gravedad y urgencia de cada apuro; esto es, más onerosas y aflictivas cuanto más apremiante y angustioso era el caso...

Lo único que ni por soñacion intentó Venegas en todo aquel tiempo fué trabajar, comerciar, crear industrias, montar fábricas, ingeniárselas, en fin, de cualquier modo para ganar dinero por sí mismo...; y ¡ay de él, ay de su nombre, ay de su honra, si tal camino hubiese tomado!—Dígolo, porque semejantes oficios ó trapicheos (textual) eran entónces, y han seguido siendo hasta hace pocos años, tareas impropias de caballeros andaluces,—nacidos, á lo que se veia, para recordar paseándose las glorias y trabajos de sus mayores, para gastar alegremente y muy de prisa todo lo que éstos agenciaron, y morirse luégo de hambre en el último rincon de la ya subastada casa solariega, sin más testigos de su agonía que tal ó cual antiquísimo, desvencijado mueble, de esos que hoy buscan á peso de oro los magnates de nuevo cuño, y que[p. 32] en aquella época desdeñaban hasta los defraudados usureros.

Tan cierto es lo que acabamos de apuntar (bien que sin entera aplicacion á nuestro D. Rodrigo, de quien ya sabemos que algo noble y grande habia hecho en este mundo), que todavía ayer de mañana, como suele decirse, eran forasteros, procedentes de Santander, de Galicia, de Cataluña ó de la Rioja, todos los dignos comerciantes é industriales de las poblaciones de Andalucía, inclusas las Capitales y las aldeas.—El mismo viejo usurero á quien llamaban Caifás en la Ciudad referida (como dando á entender que quien entraba media vez en su casa, podia estar seguro de ser crucificado), era natural de la Rioja, y habia ido allí á vender, por cuenta ajena, paños de Ezcaray y de Pradoluengo, componiéndoselas con tal arte, que á los dos años abria, por cuenta propia, un gran almacen de toda clase de géneros; á los cuatro, se le adjudicaban fincas de caballeros malos-pagadores; á los seis, edificaba una hermosa casa, aislada como un castillo, y traspasaba el almacen á otro riojano, para dedicarse él por completo á la usura, y á los veinte era dueño de la mitad de las tierras ganadas á los moros por los llamados «primeros pobladores de la Ciudad» y repartidas á éstos por los Reyes Católicos.

[p. 33]Volviendo á D. Rodrigo (lo cual no es apartarnos mucho de D. Elías, en cuyas garras lo hemos dejado), diremos que, durante los diez años transcurridos desde que volvió de la guerra hasta aquel en que vencian sus ruinosas obligaciones usurarias, habíase casado, por caridad más que por amor, con una huérfana de familia muy distinguida, pero muy pobre; habia tenido en ella un hijo; habia enviudado poco despues, cuando ya era amor la compasion que le movió á casarse; y, en uno y en otro estado, por consejo de su prudente esposa, habia ido desprendiéndose de su antiguo lujo, ora vendiendo caballos, alhajas, ricos muebles, preciadas ropas y mucha plata labrada, ora despidiendo servidores y reduciendo sus gastos á la mayor estrechez compatible con el decoro de su clase,—entre la cual, como en todo el pueblo (dicho sea sin ofender á nadie), era más querido y respetado segun que se iba quedando más pobre...

En equivalencia, la aversion general que siempre habia inspirado D. Elías (como todos los que trafican y medran con el dolor ajeno), convertida en odio y escándalo cuando reclamó á D. Rodrigo los diez mil duros de gabela, rayaba en 1823 en horror y persecucion, por el presentimiento que se tenía de que aquella deuda inextinguible,[p. 34] especie de cáncer que fomentaba cruelmente el prestamista, estaba á punto de tragarse, si ya no se habia tragado, todo el pingüe caudal de los Venegas.—Vivia, pues, encerrado en su casa el rico avariento, sin atreverse á salir ni áun á misa, por miedo á los desaires de toda clase de personas, y especialmente á los insultos de la gente soez y de los chicos, que le decian Caifás en su propia cara; y pasábase allí meses y meses, detestando y gruñendo á la buena mujer, antigua criada suya, con quien estaba casado, y acariciando y cubriendo de perlas y de brillantes á una preciosa hija (ya de ocho años) que habia tenido á la vejez, y á la cual adoraba con sus cinco sentidos y tres potencias, ó sea con lo que en otros hombres se llama alma.

Así las cosas, y cuando de la última liquidacion resultaba que D. Rodrigo era en deber á D. Elías (no exageramos: podeis echar la cuenta) ciento cuarenta y siete mil doscientos nueve duros (tres millones de reales mal contados); cuando el infeliz caballero no hacía más que calcular que todos sus cortijos, viñas y olivares, y el mismo antiguo caseron, vendidos en pública subasta, y bien pagados, no producirian ni con mucho aquella cantidad; cuando, sufrido y animoso como siempre, y atento al porvenir de su hijo, pensaba (¡á la edad de[p. 35] cuarenta y un años!) en pedir una charretera de alférez, por cuenta de sus servicios en la Guerra de la Independencia, y lanzarse á pelear contra aquellos otros franceses que á la sazon profanaban el suelo de la Patria, aconteció que un dia amaneció ardiendo por los cuatro costados la solitaria casa del usurero.

Trabajo le costó á éste escapar de las llamas, llevando en brazos á su medio asfixiada hija y seguido de su horrorizada mujer, sin que le hubiera sido posible poner ántes en salvo ni muebles, ni ropas, ni alhajas, ni el dinero contante, ni tan siquiera los preciosos papeles que representaban sus grandes créditos contra D. Rodrigo y otras varias personas...—Y lo peor del lance era que aquel incendio no podia considerarse casual, ni lo pareció á nadie; que, sin embargo, el pueblo entero lo veia con mucho gusto ó con glacial indiferencia; que los gremios de albañiles y carpinteros (allí no ha habido nunca bomberos ni bombas) hacian muy poco por tratar de apagarlo, á pesar de las excitaciones de la Autoridad, y que el iracundo D. Elías, refugiado en casa del Alcalde, proclamaba á gritos que todo aquello era «obra de sus poderosos deudores, para que se quemaran los recibos y vales de lo que le debian...»

Tan graves sucesos y acusadoras especies des[p. 36]pertaron aquella mañana de su tranquilo sueño al noble y valeroso Venegas, el cual, no diremos que sin encomendarse á Dios ni al diablo; pero sí que dejándose llevar más de sus generosos arranques que de miedo á la vil calumnia, corrió á la casa incendiada; arengó á algunos albañiles; metióse entre el humo y el fuego; trepó al piso principal por una escalera de mano; llegó al despacho de D. Elías, que era una de las habitaciones más amenazadas; penetró en ella, contra el consejo de los mismos operarios que le habian ayudado á derribar la puerta; cogió una papelera antigua, donde muchas veces habia visto al usurero meter vales y recibos, y la arrojó por la ventana á la calle...—Poco despues, salia tambien Venegas de aquel volcan, entre los aplausos de la multitud, llenas de horribles quemaduras la cara y las manos y despidiendo humo sus destrozadas ropas...—No se dejó, empero, curar, sino que inmediatamente registró la papelera, que se habia hecho pedazos al caer; apoderóse de todos los documentos suyos que contenia, y encaminóse con ellos á casa del Alcalde, adonde llegó casi ya sin aliento...

—Tome usted, Sr. D. Elías... (dijo á su abominable acreedor,—que se habia espantado al verle llegar de aquel modo, creyendo que iba á matarlo:)—Tome usted... Aquí están todos mis vales y[p. 37] recibos...—Puede usted disponer de mi caudal...

Y, pronunciadas estas palabras, cayó redondo en tierra, con la terrible convulsion llamada tétanos.

Pocas horas despues era cadáver.


II.

FINIQUITO.

No necesitamos describir, por ser cosa que se adivinará fácilmente, el profundísimo dolor, mezclado de admiracion y entusiasmo, que produjo en toda la Ciudad y pueblos limítrofes la muerte del buen caballero, ni tampoco el magnífico entierro que le costearon sus iguales, dado que en él hubiese algo que costear, que no lo hubo, á Dios gracias, pues hasta la música de la Capilla de la Catedral asistió de balde, y el cerero no quiso cobrar la merma, y todas las Parroquias concurrieron grátis y espontáneamente á compartir con la del difunto el señalado honor de dar tierra y descanso á aquellos gloriosísimos restos...—Diremos tan sólo, para que se vea hasta dónde llegó el delirio público,[p. 38] que la tarde de la fúnebre ceremonia (á la cual no asistió el usurero) no le cabia á nadie duda de que el mismo Caifás, en premio de la sublime accion de D. Rodrigo, se contentaria con reintegrarse de los diez ó doce mil duros que efectivamente le habia prestado y con una ganancia regular y módica, dejando el resto de los bienes para el pobre huérfano, de edad de diez años, que se quedaba solo en el mundo, sin más amparo que la misericordia de los buenos...

Pronto salieron de su error aquellos ilusos. Don Elías no aguardó siquiera á que acabase de humear el incendio de su casa (donde, dicho sea entre nosotros, habia perdido únicamente el valor del edificio y seis ú ocho mil duros en ropas y muebles, en las alhajas de su hija y en un poco dinero contante y sonante), sino que, el mismo dia del entierro del caballero, presentó al juzgado los vales y recibos de éste, reclamando la totalidad del adeudo, ó sea tres millones de reales en números redondos.

Gran repugnancia costó al Juez declarar legítima aquella peticion; pero el usurero tenía tan bien atados los cabos, y el noble deudor se habia dejado ligar tan estrechamente, que fué indispensable sacar á pública subasta todos los bienes del caballero...—Ni faltaron entónces, de parte de otros hijosdalgo y personas acomodadas, buenos propó[p. 39]sitos, y juntas, y discursos, y hasta votaciones, en que se reconoció por unanimidad la conveniencia de presentarse á la licitacion, y pujar las fincas hasta las nubes, cargando en mancomun con el perjuicio que resultare; todo ello á fin de reunir decorosamente un pedazo de pan al hijo de Venegas...—Mas ya se sabe lo que suele ocurrir en estas cosas. Hablóse tanto, que del hablar resultaron querellas personales entre los presuntos bienhechores, sobre quién estaba dispuesto á hacer más sacrificios, y sobre los móviles secretos de cada uno, y sobre lo que sucedió cierta vez en un caso análogo, y sobre las ideas y actos políticos de D. Rodrigo en aquella tormentosa época; y, con esto, hubo tales disgustos, que se retrajeron de asistir á las juntas muchas personas que tambien debian grandes cantidades á Caifás, y pasaron dias, y llegó el marcado por los edictos, y, como aquellos señores no habian llegado á un acuerdo, la subasta resultó desierta.—Rematáronse, pues, á favor del prestamista, por ministerio de la Ley y con gran sentimiento del público, las viñas, los olivares, los cortijos, la casa, los muebles, las ropas y hasta la espada del benemérito patricio, en la cantidad de cien mil y pico de duros...

—¡Pierdo un millon! (dijo el terrible anciano, al firmar la diligencia de remate.) Pero ¡qué reme[p. 40]dio!... Los bienes del maniroto y despilfarrado Venegas no valen ni un ochavo más...

—¡No pierde usted nada, sino que gana cerca de dos millones!... (le respondió severamente una persona de la curia.) ¡Verdad es que, en cambio, y segun espera todo el mundo, regalará usted una buena cantidad al inocente huérfano; se hará cargo de su educacion; cuidará de su porvenir!...

—¿Yo?—¿Cuidar?—¿Qué está usted diciendo?—¡Harto hago en cuidar á mi hija!—Por lo que toca á regalos de buenas cantidades, ¡ya los harán el dia del juicio los admiradores del difunto héroe!—¡Es muy fácil recetar por cuenta ajena!

—Pero considere usted que ese muchacho se queda pidiendo limosna...

—Á su edad la pedia yo tambien...—replicó el usurero, volviendo la espalda.

La indignacion general contra D. Elías llegó al último límite segun que fueron sabiéndose todos estos pormenores, y gracias á que el astuto riojano, cuya casa habia quedado reducida á cenizas, continuaba viviendo en la del Alcalde; que, de no ser así, lo hubiera pasado muy mal. Sin embargo, como en el mundo no hay nada más valiente que un usurero apoyado en la Ley (de donde todos los judíos son tan amantes y conocedores de ella), y como, por otro lado, nuestro buen Caifás no era cobarde de[p. 41] nacimiento, sino prudente conservador de sus millones y del infinito placer de aumentarlos, resolvió mudarse inmediatamente al caseron solariego de los Venegas, que ya le pertenecia; y, para ello, dispuso hacer en él una poca obra, reducida á fortificarlo bien y á proveerlo de muchos cerrojos, llaves y trancas.

Algo se habló tambien con este motivo sobre juntas y conciertos de los operarios para no trabajar en los reparos de aquella venerable mansion; pero D. Elías, que lo supo, anunció que pagaria los jornales con algun aumento, en atencion á la carestía del pan; por cuyo sencillo medio halló de sobra quien le sirviera, y pudo trasladarse muy pronto á su nueva casa, con su mujer y con su hija, aprovechando al efecto cierta noche que llovia á cántaros y en que no andaba por la ciudad persona humana...

Una vez dentro del antiguo palacio, y atrancado que hubo las puertas, respiró con satisfaccion, como quien no pensaba volver á salir á la calle en otros cuatro ó cinco años, y dijo á su mujer:

—Mañana mismo escribiré á mi banquero de la Capital para que le envie á la niña cinco mil duros de ropas, alhajas y juguetes.—Tú y yo nos arreglaremos de cualquier modo.

Y dió una docena de besos á su hija, y se acostó[p. 42] en la cama que habia sido de D. Rodrigo y cuyos aplastados colchones conservaban todavía la huella del peso de su cadáver.

La mujer del avaro no quiso ocupar en aquel lecho dos veces fúnebre el sitio de la que fué años ántes felicísima esposa del pundonoroso caballero, y, pretextando tener que trabajar mucho, se pasó la noche dando cabezadas en una silla.

En fin..., Soledad, la niña mimada, la hija querida de Caifás, durmió en la cama que habia pertenecido al desahuciado hijo de Venegas.

¿Qué habia sido entretanto del pobre huérfano, del desheredado de diez años, del niño en cuyo lujoso catre soñaba con los prometidos juguetes la millonaria de ocho abriles?

Aquí es donde verdaderamente principia nuestra historia.


III.

DE CÓMO UN NIÑO DEJÓ DE SERLO.

Manuel, que así se llamaba el huérfano, era, la funesta mañana en que su padre lo dejó dormido para ir á lanzarse al fuego que devoraba la casa de D. Elías, un gentilísimo muchacho, blanco y son[p. 43]rosado como el más vistoso amanecer, y alegre y retozon como una fierecilla descuidada.—Criábalo D. Rodrigo con el mayor esmero, no cifrado todavía en enseñarle nada literario, ni tan siquiera á leer y á escribir, de lo cual decia que siempre habria tiempo, sino en fortalecer y avalorar su ya robusta naturaleza física, sujetándolo á rudos ejercicios de agilidad y fuerza, aleccionándolo en la equitacion y en la natacion, obligándolo á andar largas jornadas en interminables cacerías y explicándole de paso los misterios de la Sierra, la botánica de los montesinos, la medicina de los cortijeros, la astronomía de los pastores, las costumbres de todos los animales, la manera de luchar con ellos y matarlos, ó de cogerlos vivos y reducirlos á su obediencia, y otros muchos secretos de la vida agreste y montaraz; de donde resultaba que siempre estaban juntos padre é hijo, y que se querian y trataban, más que como lo que eran, como dos hermanos, como dos camaradas, como dos compadres.

Nada sabía el halagado pequeñuelo de la total ruina de su casa ni de las consiguientes zozobras de D. Rodrigo (quien, como se ve, lo criaba para pobre, presintiendo que llegaria á serlo); y, por lo tanto, su niñez se deslizaba tranquila, dichosa, placentera, hasta donde es posible en quien no ha[p. 44] conocido madre, cuando vinieron en monton y de golpe sobre su frente todos los infortunios humanos...—En un mismo dia... ¡en el espacio de pocas horas!..., vió que traian de la calle, abrasado y sin conocimiento, al ídolo, al señor, al compañero y único amigo de su vida; presenció su espantosa muerte, sin recibir ni una mirada de sus inmóviles ojos ni un consejo ni un ósculo de sus convulsos labios; se enteró de que existia Caifás y de la terrible tragedia del incendio, así como de su espantoso orígen; supo que era tan pobre como los mendigos descalzos que piden limosna de puerta en puerta; comprendió que tenía que despedirse para siempre de aquellas paredes y de cuanto encerraban, inclusos los objetos que más le hubieran recordado al autor de sus dias; contempló, cual si soñase, á todos los vecinos de la Ciudad, constituidos en su casa, alrededor del cadáver de don Rodrigo, guardándolo como si fuera suyo, hasta que finalmente lo alzaron en hombros y se lo llevaron..., no sin darle ántes á él muchos besos y decirle muchas cosas, que no le supieron á nada..., y quedóse allí abandonado, silencioso, estúpido, sentado en un rincon de la cámara mortuoria, en la actitud de quien no espera ni tiene para qué esperar á nadie...

Llegada, en fin, la noche..., la primera noche[p. 45] de orfandad; cuando dejaron de tañer las campanas y de sonar las remotas músicas del entierro; cuando hasta las tinieblas le advertian que ya estaba solo sobre la tierra; cuando comenzaba á figurarse que él tambien habia muerto y sido sepultado, oyó una voz ronca y áspera, la voz de un sacerdote grueso y feo, que le decia lúgubremente:

—Muchacho, ¿dónde estás?—¿Por qué no has encendido luz?—Vénte conmigo... ¡Yo te recojo, y sea lo que Dios quiera!—Vámonos á mi casa...

Manuel lo siguió como un autómata, ó más bien como el pobre can que se ha quedado sin dueño.


IV.

UN CURA DE MISA Y OLLA.

Apresurémonos á decir algo (muy poco) respecto de este Sacerdote, ántes de engolfarnos completamente en la historia del que habia llegado á ser su pupilo.

D. Trinidad Muley era uno de aquellos curas á la antigua española, á quienes aman y respetan[p. 46] todos sus feligreses y cuantos los conocen, sin distincion de partidos políticos ni áun de creencias religiosas: curas que, sin ser liberales, ni dejar de serlo, ó, mejor dicho, por no tener opinion alguna sobre las cosas del César, pero sí una altísima idea de las cosas de Dios, no perdieron nunca ese amor y ese respeto, ni en la explosion nacional de 1808, ni en la reaccion absolutista de 1814, ni en el furor revolucionario de 1820, como tampoco los perdieron despues, cuando vino Angulema, ni por resultas del Motin de la Granja, ni en ninguna de las vicisitudes posteriores, tan fecundas en desavenencias entre la Iglesia y el Estado: curas indígenas, por decirlo así, que aman á su patria como cualquier hijo de vecino, sin tener nada de cosmopolitas, de europeos, ni áun de ultramontanos..., por lo que rara vez legan su nombre á la Historia; curas, en fin, de la clase de católicos rancios, sin ribetes de política ni de filosofía, que no suelen poseer ni exigir de nadie sutilísimos conceptos teológicos con que explicar la mente del Autor del mundo, ni inflexibles fórmulas de escuela sobre la sociedad y su gobierno, sino la práctica real y efectiva de todas las virtudes cristianas.

El ejemplar que tenemos á la vista era al propio tiempo tan natural y sencillo de suyo, tan humano y tan valiente, de espíritu tan abierto y corazon tan[p. 47] bondadoso, tan padre de almas por esencia, presencia y potencia, que lo mismo que servia para Cura párroco de Santa María de la Cabeza, y, como tal, derramaba muchos bienes morales y materiales en cuanto alcanzaban sus recursos, hubiera servido para sacerdote hebreo, mahometano, protestante ó chino, con gran respeto y edificacion de tales gentes.—Digamos, pues, como resúmen de sus cualidades positivas y negativas, que era un verdadero hombre de bien, lleno de caridad ingénita, iluminada por la palabra de Cristo; profundamente esperanzado en otra mejor vida, como todo el que tiene un alma grande, incapaz de satisfacerse con las vanas alegrías de la tierra; pobrísimo de humanidades, pero no de ciencia del mundo ni de conocimiento del corazon humano; muy escaso de imaginacion, pero no de sana lógica ni de sentido comun; que tal vez no sabía predicar un buen sermon sobre el Dogma (ni creia necesario meterse allí en tales honduras), pero que embelesaba y mejoraba al auditorio desde el púlpito con su paternal actitud, con sus tiernas exhortaciones al bien y con su propio ejemplo...—No era, no, de la casta de San Agustin, de Santo Tomás ó de San Ignacio de Loyola; pero sí de la de San Cayetano, de la de San Diego de Alcalá y de la de San Juan de Dios, aunque ménos docto y más vulgar que ellos[p. 48] y que la generalidad de los curas, tenientes y beneficiados de aquella Diócesis...

Ni dependia de la voluntad del pobre Párroco el saber más textos de la Biblia y de los Santos Padres, ó el no tergiversarlos cuando se metia á predicar por lo fino, sino de su pícara memoria, tan rebelde á la cultura del estudio, que nadie comprendia cómo el buen Muley (apellido moro que allí subsiste) habia podido aprender el bastante latin para entrar en sínodo y ordenarse, y todo el mundo admiraba retrospectivamente al pacientísimo y ya difunto dómine que (con mazo y escoplo sin duda) pudo labrar lo suficiente en aquella enteriza cabeza para hacerle albergar el musa, æ.—Es todo lo malo que se podia decir de D. Trinidad... En cambio, no habia en el pueblo, ni en cien leguas á la redonda, quien le ganase á ceder su comida y su cama al desamparado mendigo; á cuidar personalmente á los apestados; á pasarse horas y horas dando alegre conversacion, llena de saludables consejos, á los presos de la Cárcel; á gastar los dias de nieve todo el dinero que tenía en comprar alpargatas á los niños descalzos; á sacar de bracero á tomar el sol á míseros viejos que se baldaban en sus lóbregos tugurios; á reconciliar, en fuerza de lágrimas ó de puñetazos, y hacer abrazarse cordialmente, á los matrimonios malavenidos, á los[p. 49] adversarios que ya habian sacado las navajas, á las clases pobres con las ricas, cuando encarecia el pan y se armaba motin, á cada uno con su cruz, á los tristes con su tristeza, á los enfermos con su dolor, al penado con el castigo, al moribundo con la muerte...—Era, pues, una veneracion que rayaba en culto lo que se sentia hácia él en la Ciudad, no obstante el genio llano, francote y hasta bromista que ostentaba con grandes y chicos cuando no habia motivo para estar serio, y todos respetaban su ignorancia, como una especie de inocencia, al modo que amamos y admiramos las montañas incultas y próvidas, por lo mismo que en ellas todo es natural, espontáneo, hijo legítimo de Dios, y no de las especulaciones y fatigas humanas.

Así se justifica que el Obispo lo hubiese nombrado Cura propio de Santa María de la Cabeza, de cuya Parroquia tomaba nombre el barrio más guerrero de la Ciudad, donde vivia casi toda la gente labradora: así se comprende la profunda estimacion que siempre se tuvieron, aunque se trataron muy poco, el difunto D. Rodrigo y el bueno de D. Trinidad; así se explica el paso que éste habia dado, recogiendo y adoptando al hijo del caballero sin consultar ni entenderse con nadie; y por eso tambien nosotros tendremos necesidad más adelante de volver á hablar de tan digna persona,[p. 50] con cuyo motivo podremos decir algo de su casa, de su oratoria, de sus costumbres y hasta de su bendita ama de gobierno.

No lo hacemos á la presente, porque reclama nuestra atencion el hijo de Venegas, ó sea el que ya muy pronto va á comenzar á llamarse «El Niño de la Bola.»


V.

EL ACREEDOR DEL USURERO.

El pobre niño habia quedado como si fuese de hielo, por resultas de aquellos repentinos y bárbaros golpes de la suerte, contrayendo una palidez mortal que le duró ya toda la vida.—Nadie habia hecho caso del infeliz en el primer momento de angustia, ni reparado en que no gemia, hablaba ni lloraba; y, cuando al cabo acudieron á él, lo hallaron contraido y yerto como una petrificacion del dolor, aunque andaba, oia, veia, y daba contínuos besos á su llagado y moribundo padre.—¡No habia, pues, derramado ni una sola lágrima durante la agonía de aquel sér tan querido, ni al besar su frio rostro, despues que hubo muerto, ni al ver[p. 51] cómo se lo llevaban para siempre, ni al abandonar la casa en que habia nacido, ni al hallarse albergado por caridad en la ajena!—Algunas personas elogiaron su valor: otras criticaron su insensibilidad: las madres de familia lo compadecieron profundamente, adivinando por instinto la cruel tragedia que habia quedado encerrada en el corazon del huérfano, por falta de un sér tierno y piadoso que llorase á su lado.

Tampoco habia vuelto Manuel á hablar palabra desde que vió llegar en la agonía á su buen padre; ni respondió luégo á las cariñosas preguntas que le hizo D. Trinidad cuando se lo llevó á su casa; ni se le oyó más el metal de la voz en el trascurso de los tres primeros años que vivió en su santa compañía; y ya pensaban todos que se habia quedado mudo para siempre, cuando un dia que se hallaba como de costumbre en la iglesia de que era cura su protector, observó el sacristan que, encarándose con una linda efigie del Niño de la Bola que allí se veneraba, le decia melancólicamente:

—Niño Jesus: ¿por qué no hablas tú tampoco?

Manuel se habia salvado... El náufrago acababa de sacar la cabeza de entre las olas de su amargura... ¡Ya no corria peligro su vida!—Á lo ménos así lo creyó todo el personal de la Parroquia.

[p. 52]Desde aquel dia el huérfano habló ya algunas palabras, muy pocas en verdad, con el Cura y con el ama de gobierno, para significarles gratitud, amor y obediencia, pero ninguna referente á sus inolvidables infortunios; todo lo cual consideraron de buen agüero D. Trinidad Muley, los sacristanes y los monaguillos.

En cuanto al estado de su razon, nadie habia tenido recelo alguno durante aquellos tres años de voluntaria ó involuntaria mudez...—El ama era la única que solia decir desde el principio, y siguió diciendo siempre, que á Manuel le habia quedado una vena de loco (nada más que una vena) por resultas de no haber llorado cuando perdió á su padre...—Nosotros ignoramos lo cierto; pues entre los papeles que nos sirven de guia no figura ningun dictámen facultativo sobre el particular, y eso de decidir en nuestro pobre mundo quién se halla en su juicio ó quién está loco, es materia más peliaguda de lo que parece...—Juzgue cada lector lo que se le antoje, en vista de los sucesos que vayamos contando.

Con relacion á las personas extrañas (de quienes, siempre que tropezaban con él, recibia expresivos testimonios de compasion y de cariño), continuó encerrado el huérfano en su glacial reserva, para lo cual adoptó la siguiente evasiva,[p. 53] estereotipada en sus desdeñosos labios:—«¡Déjeme usted ahora!»;—dicho lo cual (en són de amarguísima súplica), seguia su camino, no sin haber excitado supersticiosos sentimientos en las mismas gentes que así esquivaba.

Ménos aún desechó en aquella saludable crísis la honda tristeza y precoz austeridad de su carácter, ni la pertinaz insistencia con que se aferraba á determinadas costumbres.—Estas se habian reducido hasta entónces á acompañar al Cura á la Iglesia; á coger en el campo flores ó hierbas de olor para adornar al Niño de la Bola (delante del cual se pasaba luégo las horas muertas, sumido en una especie de éxtasis), y en subir á buscar aquellas mismas hierbas y flores á lo alto de la próxima Sierra, cuando no las hallaba en la campiña por ser el rigor del invierno ó del estío.

Semejante devocion, muy en consonancia con los principios religiosos que le inculcara el difunto caballero, habia ido mucho más allá de lo natural y de lo humano, áun tratándose de personas extraordinariamente místicas. No era tan sólo culto, reverencia, piedad, adoracion fanática... Era un amor de hermano y de súbdito, semejante al que habia profesado á su padre: era una confusa mezcla de confianza, tutela é idolatría, muy análoga á lo que las madres de los hombres de genio sienten[p. 54] por sus gloriosos hijos: era la respetuosa proteccion, llena de ternura, que dispensa el fuerte guerrero al príncipe de menor edad: era identificacion; era orgullo; era ufanía como de un bien propio: diríase que aquella imágen le representaba su trágico destino, su noble orígen, su temprana orfandad, su pobreza, sus cuitas, la injusticia de los hombres, la soledad en que habia quedado sobre la tierra, y acaso tambien algun presentimiento de futuros martirios...

Nada de esto discerniria entónces el desventurado; pero tal debia de ser el tumulto de ideas informes que palpitaba en el fondo de aquella devocion pueril, constante, absoluta, exclusiva.—Para él no habia ni Dios, ni Vírgen, ni Santos, ni Ángeles: no habia más que el Niño de la Bola, sin relacion á ningun alto misterio, sino por sí mismo, en su forma presente, con su figura artística, con su vestido de tisú de oro, con su corona de pedrería falsa, con su rubia cabeza, con su hechicero semblante y con aquel globo pintado de azul que mostraba en la mano, sobre el cual se erguia una crucecita de plata sobredorada en señal de que el mundo estaba redimido.

Y hé aquí la razon y fundamento de que, primero los acólitos de Santa María de la Cabeza, y despues todos los muchachos de la Ciudad, y, fi[p. 55]nalmente, las personas más graves y formales designaran á Manuel con aquel singularísimo apodo de El Niño de la Bola,—no sabemos si en són de aplauso á tan vehemente idolatría y por fiarlo al patrocinio del propio Niño Jesus, ó como antífrasis sarcástica... (dado que tal advocacion sirve allí á veces como término comparativo de la ventura de los muy afortunados), ó como profecía de lo animoso y formidable que habia de ser con el tiempo el hijo de Venegas, supuesto que la mayor hipérbole que suele emplearse tambien en aquella comarca para encomiar el valor y poderío de alguno, se reduce á decir que «no le teme ni al Niño de la Bola...»

Como quier que ello fuera, así denominaban generalmente al gallardo huérfano cuando recobró el uso de la palabra á la edad de trece años, en cuya fecha (y es lo que ántes íbamos á referir) contrajo un nuevo hábito, tan inalterable y acompasado como todos los suyos, que le apartó un poco de su mística devocion é hizo prever al público sensato graves y funestas consecuencias.

Tal fué la costumbre que tomó de ir á sentarse, todas las tardes á la misma hora, en un poyo que habia á la puerta de no sé qué casa, frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguia habitando el usurero D. Elías.—Allí se es[p. 56]taba solo y quieto, desde las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los ojos clavados en los grandes balcones del edificio ó en el escudo de armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte á distraer su atencion los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio, con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos y hasta órdenes del prudentísimo D. Trinidad Muley á hacerle desistir de aquella peligrosa manía.

Los balcones del famoso caseron estaban constantemente cerrados con maderas y todo, ménos uno, que tenía sobre los cristales cortinillas blancas.—¡Era el de la habitacion que fué despacho de su padre!—Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veia nada al traves de ellas...

Tampoco entraba ni salia alma viviente á aquellas horas por el enorme porton, cerrado tambien, como si allí no viviera nadie, ó como si detras de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta su correspondiente aldaba.

Al fin, una tarde vió Manuel salir del palacio, y regresar á él al poco tiempo, á un viejecillo pobremente equipado, que recordó haber visto algunas veces en el despacho de su padre contando[p. 57] grandes montones de dinero...—Sin duda era el criado y cobrador de D. Elías.

El vejete debió de conocer tambien al niño, ó tener noticias de su persona, pues dió un largo rodeo á la ida y otro á la vuelta para no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor, y volvió muchas veces la cabeza como para cerciorarse de que no le seguia,—ni más ni ménos que hacen los supersticiosos con las que se les figuran almas del otro mundo.

Á la tarde siguiente, observó el huérfano que detras de las mencionadas cortinillas se movia una sombra...; y luégo vió descorrerse un poco la muselina de una de ellas, y pegarse al cristal la severa cara de otro viejo, á quien no conocia, y que fijaba en él dos ojos como dos puñales...

—¡Ese es mi verdugo!—dijo Manuel, dando un salto de fiera, y avanzando hácia aquella parte del edificio.

Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la vision.

El niño volvió á su asiento, cesando su furia tan bruscamente como habia estallado.—Todo en él tenía este carácter de prontitud y fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdon,—segun que veremos más adelante.

[p. 58]Mucho debió de perturbar el régimen doméstico, y acaso tambien la conciencia del riojano, la especie de sitio que le habia puesto aquel diminuto acreedor, que parecia ir en demanda de su hacienda, del hogar en que habia nacido, de la vida de su padre y del escudo de armas de sus mayores, y mucho debió de asustar á las mujeres de la casa el verle allí sentado horas y horas, como un pleito mudo, como una acusacion viva, ó como una protesta perenne, anuncio de inevitables venganzas... Ello es que, á las dos ó tres tardes de haberse cruzado la primera mirada de odio eterno entre el usurero y su víctima, salió del vetusto caseron una mujer como de cincuenta años de edad, hermosa todavía, aunque muy estropeada y enjuta; de aspecto poco señoril, pero digno, y vestida más bien como una rica labriega que como una dama.—Era la señá María Josefa; la antigua criada y actual esposa del prestamista.

Manuel lo adivinó, aunque tampoco la habia visto nunca, y, no sabemos si por delicadeza de instinto, ó porque en los últimos tres años hubiera oido hablar de las buenas cualidades de aquella pobre mujer á tanto y tanto oficioso comentador de las desventuras que sobre él pesaban, no sintió aversion ni disgusto al verla...—Pero, cuando observó que la esposa de D. Elías, despues de asegu[p. 59]rarse de que no habia testigos en la calle ni en ninguna ventana, se le acercaba resueltamente y se sentaba á su lado, experimentó una angustia indecible y se levantó para marcharse.

La mujer lo detuvo y le dijo:

—No te vayas, Manuel... Yo no te quiero mal... Yo vengo de buenas...—Dime, hijo mio: ¿qué buscas aquí? ¿Necesitas algo?—¿Por qué vistes esa ropa, impropia de tu clase? ¿Quieres que yo te dé dinero?

El niño vestía de chaqueta, porque cuando se le quedaron chicos los trajes que sacó de su casa, y D. Trinidad quiso hacerle otros del mismo estilo, se opuso á ello con gran energía, diciéndole:—«No, señor Cura: yo no puedo costear ropa de caballero... Vístame usted de pobre...»—Abstúvose, sin embargo, de dar aquella explicacion, ni ninguna otra, á la señá María Josefa; y, en lugar de responderle, ó de volver á sentarse, púsose á escribir en el suelo con la punta del pié y á mirar atentamente aquello que escribia.

La mujer continuó, despues de una pausa:

—No es esto decir que la chaqueta te siente mal...—Tú estás bien de todas maneras..., pues eres un muchacho muy guapo, con dos ojos como dos soles, y además el señor Cura (Dios se lo pague) te tiene muy aseado y decente...—Pero yo quisiera hacer algo más por tí, comprarte muchas[p. 60] cosas, costearte una carrera en la Capital...—En fin, aunque yo he hablado ya con D. Trinidad, y él cree que estos negocios debemos arreglarlos primero tú y yo, díselo de mi parte, para que te convenzas de que no te engaño; y, si te decides á ser mi amigo, verás cómo todos lo pasamos mejor...—¿No me respondes, Manuel?—¿En qué piensas?

El niño no contestó tampoco á este discurso, y siguió escribiendo con el pié en el suelo, donde ya podia leerse el nombre de su padre: «Rodrigo.»

—¿Qué escribes ahí? (preguntó, despues de otra pausa, la esposa de D. Elías.) Yo no sé leer; pero me he enterado con mucho gusto de que al fin recobraste el habla...—Respóndeme, pues.—¡Cuando tú vienes aquí todas las tardes, algo quieres!...—Dímelo con franqueza...—Ó, si no, toma, y es mejor...—Tú gastarás esto en lo que necesites...

Y le alargó un bolson de torzal encarnado, entre cuyas estiradas mallas relucia mucho oro.—Lo ménos contendria seis mil reales.

Manuel borró con el pié el nombre del difunto caballero, y se puso á escribir otro, que resultó ser el de la madre á quien no habia conocido: «Manuela».—En cuanto al bolson, ni siquiera se dignó mirarlo; pero, para dar á entender que nada tomaria, se metió las manos en los bolsillos del pantalon.

[p. 61]—¡Eres muy rencoroso, ó tienes mucho orgullo, Manuel! (dijo entónces con amargura la señá María Josefa.)—Por lo visto, crees que todos los de mi casa somos tus enemigos, y lo que es en eso te equivocas...—Figúrate que tengo una hija, á quien adoro, como tu pobre padre te adoraba á tí; la cual, esta mañana le decia á mi marido despues del almuerzo:—«Mira, papá: es menester que perdones á ese niño tan hermoso que se sienta todas las tardes ahí enfrente, y que le digas que sí á lo que venga á pedirte...—¡Á mí me da mucha lástima de él!—¡Dicen que ántes era más rico que nosotros y que la cama en que yo duermo ha sido suya!...»—¡Conque ya ves, hombre; ya ves! ¡Hasta mi Soledad se interesa por tí!

Manuel habia levantado la cabeza y dejado de escribir en el suelo.

—Dígame usted, señora... (pronunció entónces reposadamente:) ¿Cuántos años tiene esa niña?

—Va á cumplir doce...—respondió la madre con incomparable dulzura.

Manuel volvió á su distraccion, y escribió en la tierra: «Soledad.»

—Conque ya te habrás convencido de que puedes tomar esta friolera...—añadió la buena mujer, alargándole el dinero.

Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad:

[p. 62]—Señora... ¡bastante hemos hablado!

Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, hasta que desapareció detras de una esquina.

La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa y triste. Luégo se levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se atreveria á llamar su casa.

En cuanto al niño, no habian transcurrido cinco minutos cuando ya estaba otra vez sentado en el poyo de la acera de enfrente.


VI.

SOLEDAD.

Á los dos dias de la anterior escena, Manuel cambió las horas de su cotidiana visita á la Plazuela de los Venegas, y, en vez de por la tarde, la hizo por la mañana, constituyéndose allí á las nueve, que terminó el servicio ordinario de la Parroquia, con indudable propósito de estarse hasta la una, que era la hora de comer en casa de D. Trinidad.

¿Por qué este cambio?—¿Presumió el niño que á tales horas habria más entrantes y salientes en casa[p. 63] de Caifás, y por lo tanto mayor campo para sus observaciones? ¿ó tuvo noticia terminante y cierta de que así le sería fácil conocer á aquella niña de que le habia hablado la mujer del usurero, á aquella defensora de doce años que tanto le compadecia, á aquella Soledad inolvidable que le habia calificado de hermoso?

Lo ignoramos completamente.—Pero el caso fué que la mañana en que hizo tal novedad, vió Manuel entrar y salir varias veces al criado y cobrador del prestamista, ora solo, ora acompañado de escribanos y de otras personas más ó ménos notables de la Ciudad, y que, cerca de las doce, volvió á salir del caseron el mismo sirviente, el cual, despues de muchos rodeos y vacilaciones, penetró en un Colegio de Niñas, situado al extremo opuesto de aquella prolongada plaza, como á cien pasos de la puerta del palacio y del paraje fronterizo en que el sitiador tenía plantados sus reales...

Un vuelco le dió el corazon al avisado huérfano, cuyo instinto de cazador y antigua costumbre de regirse en la Sierra por indicios y conjeturas le advirtieron que iba á presentarse ante sus ojos la hija de Caifás...

Así fué, en efecto: pocos instantes despues salió del Colegio el asustadizo cobrador, llevando de la mano á una elegantísima niña, cuyo gallardo andar[p. 64] y vivos y graciosos movimientos, acompañados de alegres risas y del timbre argentino de una voz de ángel, dejaron desde luégo absorto al hijo de Venegas.

—¿Por qué, Dios mio? (pareció preguntarse:) ¿por qué no está triste esa niña cuando yo lo estoy?

La niña calló repentinamente, sin duda por haberle advertido el criado que estaba allí Manuel, ó por haberle ella visto en aquel instante. Reinó, pues, en la Plaza un profundo silencio, que el huérfano comparó con el de la muerte, y Soledad siguió avanzando, sin reir, sin hablar, y con un aire de gravedad y compostura que infundió mayor pesadumbre al que lo motivaba, cual si, olvidado de su propia fiereza, viese en él una segunda injusticia...

Observó entónces el adusto niño (y esto le alegró el corazon) que la hija de Caifás lo miraba furtivamente, y que se habia entablado cierta sorda lucha entre el viejo, que le tiraba de la mano, tratando de acercarla lo más posible á la acera del palacio, y ella, que pugnaba por aproximarse gradualmente á la otra banda, á fin de pasar muy cerca del misterioso personaje.

Este la miraba de hito en hito, sin pestañear, con la extrañeza y valentía, pero tambien con la mansedumbre del leon que, harto del sangriento,[p. 65] diario festin, viese pasar por delante de su cueva una atribulada gacelilla...—Muchas más cosas habia en los ojos y en el corazon de Manuel, aunque su conciencia no pudiese reflejarlas aún por entero: habia admiracion, producida por la peregrina belleza de aquella inocente: habia orgullo, al recordar que debia á tan gentil y á la sazon reservada criatura espontáneas defensas, lisonjeros elogios y la más dulce compasion: habia remordimiento y pena de que por su causa hubiese dejado de reir y hablar: habia no sé qué especie de ternura, nacida de este mismo generoso dolor: habia, en resúmen, ánsia de parecerle ménos hostil, á la par que celos y envidia de las personas que no estuviesen incapacitadas como él para gozar de su alegría y de su confianza...—Es decir que, por un milagro de precocidad de que se han dado célebres ejemplos (entre otros el de lord Byron, llorando de amor, á la edad de diez años, por la hija de un enemigo de su familia), reveláronse en los ojos y en el corazon del huérfano, desde el punto y hora en que vió por primera vez á la hija del verdugo de su casa, los poderosos gérmenes de aquel amor fatal é inevitable, transformacion aciaga de paternos odios, que tantas inmortales tragedias ha creado; del amor de Romeo á Julieta y de Edgardo á Lucía; amor necesario y terrible, que arraiga tenazmente en la[p. 66] roca de la imposibilidad, por lo mismo que está destinado á combatir con los huracanes de un hado siempre adverso.

Repetimos que nuestro rapaz de trece años no se habia dado cuenta de casi ninguna de estas emociones: no hacía más que mirar estúpidamente á aquella encantadora niña, cuyos negros y expresivos ojos, rizados cabellos castaños, preciosísima boca, rosada tez y garboso talle prometian al mundo una mujer extraordinariamente bella...—Además, el lujo, excesivo para su edad, con que iba vestida; los brillantes que relucian en sus orejas y garganta; el exquisito primor del calzado, y hasta la preciosa cesta bordada de colores en que llevaba la labor y los libros, contribuian á deslumbrar á aquel impúber medio salvaje, criado en la Sierra y en la Sacristía, semi-cazador y semi-acólito, que casi nunca habia hablado con niños, y mucho ménos con niñas; acostumbrado únicamente á la austera sociedad de su enérgico padre y del incivil Párroco de Santa María de la Cabeza.

Pero cuando verdaderamente conoció Manuel algo de lo que sentia fué cuando la Eva de doce años logró vencer en su contienda y pasó casi rozando con él...—Dirigióle entónces la niña una mirada de femenina curiosidad mezclada de indefinible dulzura, que lo dejó fascinado y sin respiracion;[p. 67] hecho lo cual, giró resueltamente hácia su casa con tan gracioso movimiento de precoz y certera coquetería, que hubiera enloquecido á Manuel, si ya no estuviese loco de adoracion y espanto...

—«¡Fué para comérsela!»—dijo doña Paz al Subteniente, al referirle este endiablado episodio.

Ni pararon aquí las temeridades de Soledad en aquella primera entrevista...—Dos veces lo ménos, al atravesar la plaza de una acera á otra, volvió la cabeza para mirar nuevamente al huérfano, cuya hermosura no debió de haberle parecido menor que contemplada desde las rendijas de los balcones del palacio; y, por último, ántes de desaparecer detras del porton (que hacía rato se habia abierto para recibirla), le dirigió una postrera y más larga mirada, con todos los honores de saludo...

Manuel quedó anonadado y como imbécil bajo el peso de sus extrañas y confusas ideas, y no alzó los ojos del suelo hasta que el reloj de la Catedral dió la una, recordándole que lo esperaba D. Trinidad...—Levantóse entónces con tanta pena como la mujer del usurero se alejara de aquel mismo sitio la tarde anterior, y tomó el camino de la casa del Cura, tambaleándose cual si fuese ebrio ó medio sonámbulo...

Samson habia conocido á Dalila.


[p. 68]

VII.

VARIAS Y DIVERSAS OPINIONES
DE D. TRINIDAD MULEY.

El descendiente de los Venegas tuvo, sin embargo, bastante fuerza de voluntad para no volver en muchísimo tiempo por aquella plaza ni por sus cercanías, bien que semejante resolucion no dimanase exclusivamente de su conciencia.

D. Trinidad Muley fué quien, al ver que el jóven no quiso comer ni cenar el dia mencionado, ni durmió aquella noche, y amaneció al dia siguiente con calentura, le recibió declaracion indagatoria, y, sabedor de todo lo ocurrido, díjole estas palabras:

—Caminas derechamente á tu perdicion. Ya te lo anuncié cuando me opuse á que fueras á sentarte en aquel maldito poyo...; pero no quisiste hacerme caso, y el resultado lo estás viendo.—¡Temprano empiezan á gustarte las amigas de la serpiente!...—Sin embargo, yo no te lo criticaria (pues no todos han de seguir mi ejemplo, en cuyo caso se acabaria el mundo...); no te lo criticaria, digo, si no se tratara de la hija del que tan cruel fué con tu padre...—Pero se trata de ella, y com[p. 69]prendo que los escrúpulos de haberte complacido en mirarla te hayan quitado el sueño y la salud, como á todos los que están en pecado mortal.—Por consiguiente, ¡en nombre de D. Rodrigo Venegas (Q. E. P. D.) y hasta en nombre de Dios te conjuro á que no vuelvas á acercarte á aquel barrio, si no quieres perder mi cariño, la estimacion de las gentes, y por de contado tu propia alma!

Algo muy semejante habia dicho ya su corazon á Manuel, y, vista la resuelta actitud, acompañada de cariñoso llanto, de su amadísimo protector, dió palabra formal y solemne de abstenerse de ir á la Plaza de los Venegas, miéntras que D. Trinidad no dispusiera otra cosa.

Pasaron, pues, nada ménos que tres años mortales, sin que Manuel volviese á ver á Soledad...

Durante ellos, aquel singularísimo niño vivió primero encerrado casi contínuamente en la Iglesia de Santa María, más entregado que nunca á su antigua amistad con la Efigie del Niño de la Bola, á la cual hacía muchos regalos, daba frecuentes besos y hasta solia hablar al oido, como si le confiara sus penas.—¡Lo que no hacía ni áun en los momentos de mayor efusion era llorar!...—El don del llanto habia sido negado absolutamente á aquella desgraciada criatura.

Llegado de este modo á los catorce años, y[p. 70] cuando el vigilante D. Trinidad, que nada le preguntaba, lo creia ya olvidado de su pasion pueril, Manuel cambió súbitamente de vida y comenzó á emprender largas excursiones á la Sierra. En ella se estaba algunas veces ocho dias seguidos, siendo muy de notar que ni allí conocia á nadie, ni se acercaba jamás á donde hubiese gente, y que, sin embargo, no llevaba nunca provisiones ni armas...

—Muchacho (le dijo un dia el clérigo:) ¿cómo te las compones para comer?

—Señor Cura... (contestó el niño:) ¡en la Sierra hay de todo!

—¡Sí! ya sé que hay frutas bordes, y legumbres salvajes, y mucha caza mayor y menor... Pero, ¿cómo cazas sin escopeta?

—¡Con esto!... (respondió Manuel, mostrándole una honda de cáñamo, que llevaba liada á la cintura.) ¡Y con ramas de árbol! ¡y á brazo partido! ¡y á bocados, si es menester!

—¡El demonio eres, muchacho!—concluyó diciendo el Cura, á quien, en medio de todo, le gustaba más la vida montaraz que la civilizada, y que tampoco tenía nada de cobarde.

Siguió, pues, respetando aquella nueva manía de su pupilo, y hasta justificando que el pobre huérfano buscase una madre en la soledad y una[p. 71] aliada en la naturaleza, como habia buscado un hermano en el Niño Jesus.

—¿Qué le hemos de hacer? (solia decir á su ama de llaves.) Si en esa vida de perros no aprende cosas buenas, tampoco aprenderá cosas malas; y, si nunca llega á saber latin, ¡le enseñaremos un oficio, y en paz!—San José fué maestro carpintero... ¿Qué digo?... ¡Ni tan siquiera consta que fuese maestro!

Las correrías de Manuel iban haciéndose interminables, y de ellas regresaba cada vez más taciturno y melancólico, siendo cosa que ya daba espanto verlo llegar, despues de meses enteros de ausencia, curtido por el sol ó por la lluvia, deshechos piés y manos de trepar por inaccesibles riscos, desgarradas á veces sus carnes por los dientes y las uñas del lobo, del jabalí y de otros animales feroces, y siempre vestido con pieles de sus adversarios,—única gala del pequeño Nemrod despues de tan desiguales luchas.

Pero ¡ay! ¿qué valian todos estos destrozos en comparacion de los que un tenaz sentimiento, impropio de su edad, hacía en el alma enferma de aquel desgraciado? ¿Qué importaban tales fatigas á quien precisamente buscaba en ellas un descanso, un remedio, un lenitivo á más íntimas y mortales inquietudes?

[p. 72]Porque ya hay que decirlo: con quien verdaderamente luchaba el huérfano en aquellos parajes selváticos, sin conseguir el deseado triunfo, era con su involuntario é indestructible cariño á Soledad, como tambien habia luchado con él inútilmente en la Iglesia de Santa María, bajo la proteccion del Niño de la Bola.—Pasaba ya el mozo de los quince años; era de sangre árabe; y en su fogosa y pertinaz imaginacion resplandecia más fulgente y hechicera que nunca la imágen de la niña vedada, del bien prohibido, de la felicidad imposible, miéntras que su escrupulosa conciencia sentia cada vez mayor repugnancia á aquel afecto criminal, infame, sacrílego (él lo calificaba entónces así), que habia venido á frustrar tantos y tantos planes de reparacion y de justicia, amasados lentamente por el huérfano en tres años de meditacion y de mudez. Figurábase que su padre maldeciria desde el cielo aquel amor inventado por el demonio para dejar inultas la ruina y la muerte del mejor de los caballeros, y hacía esfuerzos inauditos por arrancarse del alma el nombre de Soledad, por no ver la cariñosa luz de sus ojos, por no oir el eco de su dulce voz, por no envidiar el regalo de su sonrisa, por matar, en fin, aquel insensato deseo de ser amigo suyo, de serlo siempre, de serlo más que nadie, que precisamente habia nacido en su sober[p. 73]bio corazon de la misma imposibilidad de lograrlo.

No sabemos en qué habria venido á parar Manuel, ni si efectivamente hubiera acabado por cubrirse todo de vello y andar en cuatro piés como las bestias feroces, segun vaticinaba el ama del Cura, á no haber logrado ésta convencer á D. Trinidad de que el presunto Nabucodonosor estaba más enamorado que nunca de la hija del usurero; de que tal era la causa de la desastrada vida que hacía, y de que aquel indomable y contrariado cariño daria muy pronto al traste con el poco juicio que le quedaba al infeliz, en cuyo caso, ¡ya podian echarse á temblar D. Elías, su esposa, su hija y todos los nacidos que se le pusieran por delante!

Penetrado que estuvo D. Trinidad de estas razones, púsose á discurrir la manera de conciliar con los eternos principios de la moral y de la justicia el cariño de Manuel á Soledad, que tan execrable le pareciera tres años ántes; y, despues de largas cavilaciones é insomnios, y de muchas conferencias con su dicha ama, con una hermana muy discreta que el ama tenía y con la propia mujer del usurero (la cual solia avistarse con el bondadoso padre de almas, cuando Manuel estaba en la Sierra), hizo al fin su composicion de lugar, en forma de sermon de Domingo de Cuasimodo, cuyas ideas capitales fueron las siguientes:

[p. 74]1.ª Que D. Elías Perez y Sanchez, álias Caifás, aunque avariento y cruel por naturaleza, obró siempre dentro de la Ley escrita en sus negocios con D. Rodrigo Venegas y Carrillo de Albornoz, sin compelerlo ni excitarlo nunca á que le pidiese dinero prestado, ni exigirle despues otros réditos ó ganancias que los estipulados solemnemente por ambas partes.

2.ª Que el haber costeado, exclusivamente á sus expensas, una partida armada contra los franceses, constituyó desde luégo la mejor gloria de D. Rodrigo Venegas, tanto más de agradecer y de estimar, cuanto mayores perjuicios le hubiera causado; de modo y forma que si D. Elías Perez hubiese accedido á perdonarle alguna parte de su adeudo, como solicitaron indiscretísimos mediadores, habria aminorado con tal indulto la importancia del patriótico servicio del buen caballero, rebajando en igual proporcion el lustre de su nombre en las páginas inmortales de la Historia.

3.ª Que no fué el prestamista quien puso fuego á su propia casa, sino precisamente sus apurados deudores, entre los cuales figuraba en primera línea D. Rodrigo Venegas; y que si éste murió por salvar sus vales y entregarlos á su acreedor, tambien se libró con ello de la ignominiosa imputacion de incendiario y petardista que seguia pesando[p. 75] sobre los demas, y alcanzó de camino una nueva gloria, cuyo mérito consistia cabalmente en que aquella valerosa accion pareció tan desinteresada como espontánea; nobilísimo carácter que hubiera perdido desde el momento en que, por premio de ella, D. Elías Perez y Sanchez hubiera hecho alguna donacion ó rebaja á D. Rodrigo Venegas ó al pobre huérfano; pues entónces el acto heroico se habria convertido, á los ojos de los maldicientes, en una audaz especulacion, en un servicio pagado, en un atrevido medio de ahorrarse dinero ó de procurárselo á su hijo...;—cosas todas que hubiera rechazado enérgicamente el hijodalgo desde este mundo ó desde el otro.

4.ª y última. Que, por consecuencia de estas premisas, y bien examinado todo lo definido en la materia por el Concilio de Trento, podia decidirse, para evitar mayores males, y supuesta la conformidad de los interesados, que no habia imposibilidad moral ni impedimento canónico para que la hija de D. Elías Perez y Sanchez llegase á ser amiga, y hasta mujer, si las cosas iban á mayores, del hijo de D. Rodrigo Venegas y Carrillo de Albornoz, dijese lo que quisiera el novelero y desalmado público, siempre ganoso de ajenos compromisos y desastres en que desempeñar grátis el cómodo oficio de espectador ó de plañidero.

[p. 76]Satisfecho D. Trinidad de su discurso, que puede decirse fué el que más trabajo le costó hilvanar en toda su vida, llamó á Capítulo al atribulado huérfano, precisamente el dia que cumplió éste diez y seis años; y, prévia una larga oracion en que se encomendó á la Vírgen y á San Antonio de Padua, le fué exponiendo todas aquellas razones, en términos muy claros, aunque no muy precisos, acabando por abrazarle y llorar, que era su argumento-aquíles en los grandes apuros.

Finalmente, despues del sermon que llamaremos oficial, el buen padre Cura se levantó del sillon de baqueta que le habia servido de cátedra, y, descendiendo al estilo llano y pedestre, por si el jóven se habia quedado en ayunas, díjole á manera de corolario casero:

—Conque ya ves, alma de cántaro, que nada se opone á que te salgas con la tuya y seas amigo de Soledad y de su familia, ni tampoco á que, dentro de algunos años, cuando tengais edad de pensar en tales barrabasadas, llegueis á ser marido y mujer, suponiendo que esa muñeca siga queriéndote tanto como te quiere ahora..., segun acaba de decirme su madre...—¿Por qué pones esos ojos tan espantados? ¿Crees tú que yo me duermo en las pajas cuando se trata de tus menores caprichos?—Pues ¡sí! La señá María Josefa, que es una exce[p. 77]lente mujer en medio de todo, sospecha que su hija te quiere, y se alegraria en el alma de que las historias de D. Elías con tu padre se transigieran, andando el tiempo, por medio de una bendicion... que yo os echaria con mucho gusto.—Y es que la pobre, como no ha inventado la pólvora, entra á veces en escrúpulos de si el 25 por 100 sería demasiada gabela, y de si eso que llaman el interes compuesto puede admitirse entre personas cristianas...—En fin, ¡majaderías! ¡cuestiones de ochavos, que nada tienen que ver con Dios ni con la felicidad de nuestra alma en este mundo ni en el otro, y que á tu buen padre no le importaron nunca un comino!—Por consiguiente, ¡á ser bueno, á engordar, á vestirse como las personas regulares, y á no hacer más tonterías!—Ahí te tiene preparada Polonia una ropa nueva, no del todo mala, para que celebres hoy tu décimosexto natalicio...—¡Ya eres un hombre!—En cuanto á D. Elías, aunque andará muy reacio (pues es muy duro de mollera, y tu padre y tú habeis sido causa eficiente de que lo miren con tan malos ojos en el pueblo y de que el hombre tenga que vivir entre cuatro paredes como un leproso; habiendo tú hecho muy mal—y ya te lo previne, pues era una falta de respeto,—en ir á sentarte todas las tardes enfrente de sus balcones,—cosa que, segun me ha dicho la señá[p. 78] María Josefa, lo ponia fuera de sí, y con muchísima razon...); en cuanto á D. Elías Perez, digo, ya lo amansaremos entre todos cuando tengas veinte ó veinticinco años.—¡Todavía eres un niño!—Lo principal es que le sigas gustando á esa mocosa; pues ella hará que su padre le diga amén á todo, segun costumbre...—¡Es mujer y basta!—¡Dios nos libre!—Conque anda, y lávate, y ponte la ropa nueva, no dejando de venir luégo á que yo te vea hecho un brazo de mar...—Polonia te ayudará á peinarte esas greñas de oso.—¡Bendito sea Dios, y qué trabajo cuesta criar un hombre!

Imaginémonos la emocion que causaria á Manuel este remate de discurso.—¡Soledad le amaba! ¡La madre protegia aquel cariño y soñaba con llegar algun dia á casarlos! ¡El señor Cura, el hombre más honrado de la tierra, no hallaba nada censurable en aquel casamiento! ¡Habia, en fin, un traje nuevo que ponerse y con que poder ir enseguida á la Plaza de los Venegas á tratar de ver á Soledad, despues de tan larga separacion!... ¡Á Soledad, que ya tendria más de catorce años; que ya sería casi una mujer, y que habia hallado hermoso al niño, cuando de seguro no lo era tanto como el adolescente!

Así debieron de discurrir el egoismo y la vanidad de Manuel, en contestacion al corolario de[p. 79] D. Trinidad, y áun estamos por decir que estas lisonjeras consideraciones, más que los razonamientos morales del cuerpo del sermon, convencerian al hijo de D. Rodrigo de que se habia estado mortificando sin causa alguna, de que podia dar por terminadas todas sus penas, y de que ya no tenía que hacer otra cosa que ponerse inmediatamente el traje nuevo y emprender una campaña pacífica en demanda de la mano de la Soledad... para cinco años despues, ¡ó para mucho ántes, si posible fuese!

Las once de la mañana iban á dar cuando el jóven salió del despacho de su protector, y no eran todavía las once y media cuando ya estaba hecho un ascua de oro, en la silenciosa plaza de su mismo apellido; pero no sentado esta vez en el fatídico poyo que tantas amarguras le recordaba, sino paseándose humildemente á la puerta del Colegio de Niñas, en la esperanza de que Soledad siguiese yendo todavía á él, y contando por milésimas los instantes que faltaban para las doce.

Segun acababa de advertir al imberbe amante su disculpable presuncion, aquella hermosura que tan famoso lo hiciera de niño, habíase aumentado extraordinariamente en la crísis de la pubertad. No obstante los rigores de su áspera vida en la Sierra, ó más bien merced á ellos, casi tenía ya la[p. 80] estatura y robustez de todo un hombre y aquel sello de fuerza y majestad viril que once años despues excitara tal admiracion en cuantos le vieron marchar á caballo entre la Capital y la Ciudad...—Con todo, la natural lozanía de los diez y seis abriles prestaba entónces al rostro del adolescente su encantadora suavidad y virginal frescura, más realzadas que oscurecidas todavía por las vagas penumbras del apénas incipiente bozo.—En resúmen: era á la par niño y hombre, tan en sazon de que una rapazuela de catorce años y medio (Soledad, vg.) no lo creyera demasiado persona para ella, como de que cualquier moza, mujer y hasta archi-mujer lo mirase ya con ojos pecadores.

Paseábase, digo, el gentil mancebo por la puerta del Colegio de Niñas, muy pagado de su figura y tambien de su flamante ropa de paño azul, de su sombrero recien sacado de la tienda, y del pañolillo carmesí, de la India, que Polonia le habia puesto al cuello, sujetándoselo con una sortija de similor y piedras de Francia que le regaló el Cura el dia que cantó misa (pues hay que advertir que esta ama, ántes de serlo de llaves, lo habia sido de leche del bueno de D. Trinidad, á quien seguia diciendo á solas, «mira, niño...»), cuando dieron las doce en el reloj de la Catedral y se abrieron simul[p. 81]táneamente la puerta del establecimiento, para dar paso á Soledad y á otras educandas, y la puerta del caseron de los Venegas, para dar paso al viejecillo que ya conocemos.

Las otras niñas se alejaron de Soledad con aire misterioso, al ver que se le acercaba aquel jóven, á quien de seguro reconocerian: el criado, que lo reconoció tambien, se quedó inmóvil junto al porton del palacio, temiendo seguramente alguna catástrofe, y Soledad (de quien no hay que decir que ántes que nadie se habia hecho cargo de todo) púsose más encendida que la grana, y trató de seguir su camino.

—Óyeme, niña... (le dijo entónces con inusitada blandura el desabrido Manuel, atajándole el paso respetuosísimamente:) Tengo que darte un recado para tu padre.

Soledad se paró, y fijó sus grandes y dulces ojos en los del hijo de D. Rodrigo Venegas, sin la menor expresion de timidez ni sobresalto.—Tambien habia crecido bastante la niña, cuyas nacientes gracias juveniles recordaban á la Ofelia de Shakespeare. Aún iba vestida de corto, en lo cual no hacía bien su madre, ni ménos en seguir enviándola al Colegio, pues era exponerla á que algun descarado le dirigiese la flor, allí usual, de que más parecia una maestra que una discípula... Lo decimos, entre[p. 82] otras varias razones, porque no podia darse nada tan atractivo y misterioso como el poético semblante de aquella adolescente, cuya expresion de profunda y reservada inteligencia despertaba ya viva curiosidad y loco deseo de penetrar en el abismo de su alma...—En cuanto al súbito rubor que le ocasionara tan impensado encuentro, habia desaparecido con igual prontitud, no quedando otro indicio para leer en su corazon que aquella infinita dulzura de la mirada...

Manuel quedó embelesado, y sin poder continuar su discurso, al reparar en los nuevos hechizos que hermoseaban á la gentil criatura con quien se habia desposado su espíritu desde la niñez, y bajó un momento los ojos, como deslumbrado por tanta belleza...

Era enteramente el reverso del famosísimo primer saludo de Fausto á Margarita: ella representaba la seduccion y él la inocencia.

—Soledad... (prosiguió diciendo el semi-salvaje, con voz tan mansa y melodiosa que hubiera enternecido al más feroz tirano.) Dile á tu padre, de parte de Manuel Venegas, que de tí depende el que él y yo seamos amigos. Dile que te quiero más que á mi vida, y que estoy pronto á perdonarlo, si consiente en casarnos cuando tengamos la edad, por cuyo medio quedarán arregladas antiguas cuentas[p. 83] y se evitarán muchos disgustos... Dile que yo estudiaré y trabajaré entretanto, á fin de llegar á ser un hombre de provecho... Y, en fin, dile que tu madre y D. Trinidad Muley entran gustosos en estas paces.

—«¿Y yo?»—pudo preguntar la niña.

Pero se guardó muy bien de preguntarlo.

Tampoco respondió cosa alguna. Sólo habia sido fácil notar que, cuando oyó al huérfano declarar su cariño en términos tan vehementes y decir lo de la conformidad de la madre y del Cura, bajó los párpados y se mordió los labios, como para ocultar y reprimir sus emociones.

Acabado que hubo Manuel su breve discurso, Soledad intentó de nuevo seguir marchando; pero el jóven volvió á detenerla con la mayor finura, y añadió lo siguiente:

—Mañana, á estas horas, te aguardaré aquí mismo para que me des la contestacion de tu padre.

Dicho lo cual, la saludó muy políticamente, quitándose el sombrero y dejándole franco el camino.

Fué entónces la misma Soledad quien se detuvo porque quiso, clavando en Manuel una larga mirada de cariño y de enojo, parecida á una reconvencion: movió luégo los labios con ternura, como para decirle alguna cosa; pero se arrepintió en[p. 84] seguida, y bajó los temerarios ojos, con no sé qué tardía modestia: sonrió, en fin, levemente, como burlándose de su propia audacia ó de su propio miedo, y echó á correr, que no andar, hácia el palacio.

Ya era tiempo: pues en aquel instante comenzó á tronar una voz terrible al otro lado del porton; vióse salir muy asustada á la señá María Josefa en busca de su hija, y notóse que el supersticioso criado daba explicaciones y excusas á la persona invisible que rugia dentro del portal.

Manuel, en medio del inefable arrobamiento que le habia causado la indefinible mirada de la jóven, sintió vibrar en su pecho la ira, y estuvo para correr tambien hácia el palacio. Pero luégo se dominó bruscamente, y, encogiéndose de hombros, tomó el camino opuesto con majestuosa lentitud, sin volver la cabeza para ver lo que seguia ocurriendo en la plaza,—de donde salió, á punto que cesaron las voces y se oyó cerrar el porton.

—¡Mañana veremos!...—iba diciéndose el mozo con la tranquilidad de la justicia y de la fuerza.


[p. 85]

VIII.

PERIPECIA.

El dia siguiente, á las once de la mañana, estaba ya Manuel á la puerta del Colegio, en busca de la contestacion que aguardaba de parte de D. Elías, y, miéntras era llegada la hora de que la niña saliese de aquel santuario (donde vulgarísimas muchachas y estólidas maestras—así suelen discurrir los enamorados—tenian la gloria de verla coser y de oirla decorar sus lecciones, como si ella fuese tambien criatura mortal), el pobre mancebo se paseaba, lo más léjos posible del mudo caseron, enmarañando y devanando por centésima vez en su memoria todas las palabras que dijera la víspera á la señora de sus pensamientos y todas las temeridades y locuras que desde entónces se le habian ocurrido sobre la significacion del rubor, de la mirada, del enojo, del desenojo, del miedo, de la sonrisa y de la fuga de la intrépida y silenciosa adolescente.

De lo que no podia dudar, de lo que no dudaba, de lo que estaba segurísimo era de que Soledad le amaba: no ya porque D. Trinidad Muley se lo hu[p. 86]biese contado, con referencia á la mujer del usurero, sino porque á él se lo habia dicho todo su sér, enajenado de un gozo y una delicia que no podian engañar á su leal naturaleza, desde que recibió aquella mirada (reveladora de dulces y ya presentidos misterios) con que la niña, trocada en mujer, habia transfigurado al niño en hombre.

En cuanto á lo que pudiese contestar D. Elías á su demanda, Manuel estaba tambien completamente tranquilo.

—¿Qué mejor recurso le queda al acorralado Caifás (decíase el jóven, rebosando júbilo, soberbia y confianza) que transigir conmigo, que escapar á mi furia, que liquidar amistosamente con el espectro de mi padre, con el público y con Dios?—¡Nada! ¡Nada! ¡Soledad es mia! ¡Terminaron mis penas! ¡Desde mañana comenzaré á trabajar, y dentro de cuatro ó cinco años seré bastante rico para casarme con mi adorada!

Á todo esto iban á dar las doce, y el cobrador del prestamista no salia del palacio en busca de la educanda...—¿No habria ido ésta aquel dia al colegio?—¡Los minutos se le hacian siglos al impetuoso Venegas, y desde aquel instante comenzó á dudar de la solidez del edificio de esperanzas que poco ántes le pareciera tan seguro!...

Dieron, por último, las tres Ave-Marías todos[p. 87] los campanarios de la poblacion, y las niñas comenzaron á salir del Colegio, primero en grupos, luégo desperdigadas...—¡Soledad era la única que no salia! ¡Y el criado no iba tampoco por ella!

Manuel no pudo contenerse más, y, acercándose á una colegialilla de cinco ó seis años que se habia quedado rezagada y pasó cerca de él, le preguntó con afectada indiferencia:

—Dime, niña: ¿y Soledad? ¿No ha venido hoy al colegio?

—No, señor... (respondió el gorgojo.) La han quitado... ¡por mala!

—¡Ah viejo infame!—gritó Manuel, volviéndose hácia el caseron con el puño cerrado, como amenazando derribar aquellas paredes y sepultar bajo sus escombros á D. Elías.

Y se encontró cara á cara con D. Trinidad Muley, que hacía ya un rato estaba interpuesto estratégicamente entre su atolondrado pupilo y la casa del usurero.

—¡Tienes razon! ¡Es un pícaro; y por eso he venido yo á buscarte!—dijo el clérigo, cogiendo de un brazo á Manuel.

—¡Señor Cura! (exclamó éste con respeto, pero tambien con desesperacion.) ¿Por qué no me dejó usted morirme el dia que enterraron á mi padre?

—¡Muchacho! ¿qué dices? ¡Eso es una blasfemia![p. 88] (contestó D. Trinidad, estremeciéndose.)—Anda... Vámonos de aquí... Tenemos que hablar.—El dia está bueno, y tomaremos el sol en el Camino de las Huertas.—Allí no hay nadie á estas horas.

Manuel habia inclinado la cabeza sobre el pecho, y caido en una profunda meditacion.

—Vamos... vamos... Sígueme... (continuó diciendo el Sacerdote.) No te abatas de esa manera... Para todo hay remedio en este mundo, máxime cuando se tienen sentimientos cristianos...—Yo te diré la marcha que debes adoptar, en vista de la oposicion de ese zorro viejo...—Conque anda; que aquí hace mucho frio.

El jóven siguió á su protector, sin levantar la cabeza, pensando más, indudablemente, en sus propios recursos y en los atrevidos planes que formó aquel dia, que en lo que el Cura tuviera que decirle.

Llegados al próximo Camino de las Huertas, D. Trinidad Muley (de quien hemos olvidado decir que, á los treinta y siete años de edad, era ya excesivamente grueso), paróse como una nave que da fondo; quitóse el enorme sombrero de canal, limpióse el sudor con un gran pañuelo de hierbas, tomó aliento dos ó tres veces, y habló así:

—Pues, señor: ¿para qué andar con circunloquios? ¡Es menester que olvides á Soledad! Su pa[p. 89]dre te aborrece con sus cinco sentidos, y no te la entregará nunca.—«¡No me lo nombres!...—¡Prefiero verte muerta!» le dijo ayer, en contestacion á tu sensato mensaje: é inmediatamente mandó al Colegio por la silla y demas efectos de la muchacha, haciendo decir á la maestra que Soledad era ya demasiado grande para ir á la amiga.—Todo esto me lo acaba de contar la señá María Josefa con las lágrimas en los ojos...—Suyo era el recado que recibí esta mañana de que aguardase á una persona que iria á hablarme á las once y media en punto...—La pobre mujer no queria verte, y sabía que á esa hora estarias en la puerta del Colegio...—Conque ¡lo dicho! ¡Es menester que me des palabra de honor, y hasta que me jures, no volver á acordarte de Soledad!

Manuel seguia con la cabeza baja y aparentemente tranquilo, en cuya actitud, y viendo que el Cura habia callado, le preguntó muy despacio:

—Dígame usted: ¿Y Soledad? ¿qué ha respondido á su padre?

—¡Nada!... ¿Qué habia de responderle?

—Pero... ¿ha dado muestras de sentimiento?... ¿ha llorado?...

—Soledad es como tú... ¡Soledad no llora!—Tambien se lo he preguntado yo á su madre...[p. 90]—¿Crees que, porque estoy vestido de Cura, no entiendo yo de estos negocios?

Manuel continuó preguntando:

—Y ¿qué dice la señá María Josefa? ¿Sigue creyendo que su hija me quiere? ¿Espera que se someterá á la voluntad de su padre?

—¡Mira, niño!... (respondió el Cura muy amostazado.) ¡Aquí no hemos venido á hablar de Soledad, sino de tí!—¡Á mí no me mareas tú!

—¿De modo que no quiere usted decirme la opinion de la madre?—exclamó el jóven con sentido acento.

—¡No, señor!... ¡De ningun modo!

—Corriente. ¿Qué le hemos de hacer? Usted es mi segundo padre... y no hay más que tener paciencia.—¡Yo veré cómo me las compongo!

—¡Malo, malo, Manuel! Tú no me quieres... ¡Ya empiezas á echar bravatas!...—¡Esa pícara soberbia ha de ser tu perdicion en este mundo!

—Se equivoca usted, señor Cura. Yo quiero á usted como un hijo; ¡pero quiero tambien á Soledad con toda mi alma!

—¡Pues es menester que no la quieras, aunque revientes! Es menester que la olvides por completo...—Te lo mando... ¡Te lo suplico yo!

—¡Imposible, D. Trinidad, imposible! (contestó Manuel con un reposo y una dulzura que dieron á[p. 91] sus palabras más energía que si las hubiese dicho en el calor del entusiasmo.)—¡Aconsejarme que me desprenda de Soledad es pedirme toda la sangre de mis venas, y, suponiendo que la derramara, y que pudiese criar otra, tambien sería suya, á media vez que pasara por mi corazon!—Padre, mi corazon es de Soledad, como la piedra es del suelo, que, por muy alto ó muy léjos que la tiren, siempre va á parar á él.—Yo he pasado tres crueles años en la Sierra, lidiando por arrancarme este cariño, cuyas raíces corren por todo mi cuerpo y toda mi alma...; yo lo he expuesto en aquellas alturas al furor de los huracanes desencadenados, á ver si lo desarraigaban de mi sér, y sólo he conseguido fortalecerlo más y más por consecuencia de tan contínua lucha.—Dígame usted ahora qué camino me queda.—¿Morirme? ¿Matarme?—¡Pues no quiero; porque eso es alejarme de Soledad!

—Muchacho, ¡tú eres el demonio! (respondió el Cura.) ¡Tú hablas como los libros prohibidos, sin que nadie te haya enseñado!—Y lo peor del caso es que no sé qué contestarte...—Por consiguiente, dime tu plan; pues de fijo tendrás alguno...

—¿Yo? (replicó Manuel con fanática tranquilidad:) Yo no sé lo que pasará el dia de mañana, ni por dónde habrá que romper esta cadena que[p. 92] llevo liada al cuerpo...—¡De lo que estoy seguro es de que Soledad será mia!

—Pero... ¿si no te quisiera?...

—¿Se lo ha dicho á usted su madre?

—¡Dale, bola! Su madre no me ha dicho eso..., sino precisamente lo contrario... La pobre mujer sigue creyendo que su hija se alegraria muy mucho de que el viejo transigiese contigo...—¿Pero si (lo que es un suponer...) te olvidase la muchacha...?

—¡No me olvidará, señor Cura!

—Bien...; pero si D. Elías se empeñase el dia ménos pensado en casarla con otro...

—¡Tampoco puede suceder eso!

—¿Cómo que no?—Figúrate que la solicitara algun ricacho, algun hombre de proporciones...

—No la solicitará nadie.—Todo eso es cuidado mio.

—¡Manuel!

—¡Señor Cura!

—¡Me das miedo!

—¡Y con razon! ¡Hay veces que yo tambien me asusto de mí mismo!

—¿Qué piensas hacer?

—¡Sábelo Dios!—Soledad me pertenece, y yo trato de defenderla...—No le digo á usted más.

—Pero yo no puedo consentir... Yo no consentiré nunca que te dejes llevar de esa soberbia satá[p. 93]nica que vas descubriendo...—¡Tenlo entendido desde hoy!—Yo soy cristiano; yo soy sacerdote...—Á mí me gustan los valientes; pero no los iracundos...; y, por lo tanto...

—¡Comprendo! ¡comprendo!...—Me arrojará usted de su casa...—¡Es natural, y yo tendré paciencia!

—¡Véte al demontre! ¿Quién te habla de semejante cosa?—Lo que digo que no consentiré es que hagas nada contra la Ley de Dios..., ni creo que tú seas capaz de infringirla...—Pero, si tal haces, cuando tanto esmero he tenido en enseñártela, me moriré de pena de que no seas mi verdadero hijo... (¡en cuyo caso te abriria en canal!), y de vergüenza de haberte criado casi á mis pechos...

—Tranquilícese usted, mi buen padre... (respondió Manuel con aquella gravedad que no debia á los años, sino á la tristeza de su vida.) Yo no quiero más que justicia seca... ¡justicia para todos!—Defenderé mi derecho, y lo haré respetar por todo el mundo: protegeré la libertad de la pobre niña, é impediré que su padre la sacrifique, como me ha sacrificado á mí; y por estos sencillos medios, no lo dude usted..., Soledad será mi esposa.

—Tú te entenderás..., y yo no te perderé de vista.—La verdad es que no hay que matar al sastre en una hora... ¡Os queda mucho tiempo!—Tú mis[p. 94]mo, aunque saliste bruscamente de la niñez, hace seis años, cuando se murió tu padre, y te volviste un somormujo, todavía no tienes edad de pensar en casorios.—Y, en cuanto á la mozuela... ¡ya ves tú!... catorce años... nada... una hierbecilla... ¡un diablo que os lleve á los dos!—¡Jesus! ¡tengo un hambre! ¡Debe de ser más de la una!...—Todo esto sin contar, mi querido hijo, con que D. Elías pasa de los sesenta años y se puede morir cuando Dios disponga.—¡Sesenta y cinco tiene segun mi cuenta!...—¡Además, ha habido muchos padres (yo recuerdo algunos) que primero han dicho que no y luégo que sí!...—Dios es grande y misericordioso: aprieta, pero no ahoga; y, en teniendo uno la conciencia tranquila...—¡Diantre! ¡La una en el reloj de la Catedral!—Anda... anda... démonos prisa; que hoy la sopa es de fideos, y ya estará Polonia echando venablos...—Chiquillo, ¿no me oyes? ¿en qué piensas? ¿tendré yo tambien que pedirte el abrazo de paz?—¡Pues te lo pido!—¿Estás ya contento?

Manuel abrazó, en cuanto era posible, la respetable mole de D. Trinidad Muley, y no contestó palabra alguna; pero en su noble y hermosa frente se leian temerarias resoluciones.


[p. 95]

IX.

OPERACIONES ESTRATÉGICAS.

Desde aquel triste dia hasta la fecha del ruidoso lance que obligó á Manuel á salir de la Ciudad (para no regresar á ella en el espacio de ocho años, segun indicamos en el Libro Primero de la presente historia), cumplió nuestro jóven con asombrosa firmeza de carácter el vasto programa que habia concebido en el Camino de las Huertas y cuyos pormenores no creyó oportuno explicar al buen Cura de Santa María;—programa atrevidísimo y sumamente complicado (á lo que se vió despues), que contenia tres líneas paralelas de conducta: una para consigo mismo, otra para con el público, y otra para con D. Elías y Soledad.

Respecto de sí mismo, habia resuelto trabajar, ganar dinero, conquistar su independencia, no sólo para dejar de ser gravoso á su protector, sino para ir reuniendo un pedazo de pan que ofrecer algun dia á su adorada, seguro de que ella lo aceptaria gustosísima, dejando inmediatamente á D. Elías y sus mal ganados millones por los puros goces del[p. 96] amor y de la virtud, únicas bases firmes y duraderas de la felicidad del alma...

La Sierra, aquel tesoro que entónces no era de nadie, y al cual por ende tenian derecho todos, á título de aprovechamiento comun, fué tambien en esta ocasion el ancho campo de la actividad y gigantesco poderío del huérfano. Pero no ya para fantasear allí, corriendo inútiles peligros, ó para gozar á sus anchas de la libre vida de la naturaleza, sino para sacar abundantísimo fruto de las sábias y providenciales lecciones que le diera su padre y del propio conocimiento por él adquirido acerca de los misterios y riquezas de la maravillosa Montaña que en otra obra nuestra nos atrevimos á denominar «la Madre de Andalucía

Industrias allí olvidadas desde la expulsion de los Moriscos, ó en desuso desde la muerte de D. Cárlos III, y no pocos provechos y explotaciones que hasta época recientísima no han merecido la atencion de las gentes, sirvieron de objeto á la pasmosa inventiva y titánica laboriosidad de Manuel, el cual, sin ayuda ajena, por no divulgar secretos que poseia él sólo, fué juntamente herbolario, cazador con destino á la peletería, maderero de especies extrañas y preciosas, colector de bichos raros, cantero de jaspes y de serpentina, y lavador de oro.

[p. 97]Estas tres últimas faenas, especialmente, le produjeron pingües utilidades.—Hállase el oro en abundancia entre las arenas de un rio nacido en aquellas alturas, y si tal riqueza no ha bastado hasta ahora á convertir la comarca en una especie de Perú, consiste en que la operacion de extraer y lavar dichas arenas es tan larga y penosa que cualquier hombre, trabajando doce horas al dia, apénas reune el oro bastante para costear el pan que se come... Y por lo que toca á los jaspes y á la serpentina, aunque se presentan á flor de tierra en los altos barrancos rodeados de eternas nieves, su arrastre es tan difícil y peligroso, que sólo raras veces y para la decoracion de suntuosas iglesias se habia acometido el arduo empeño de utilizarlos...—Pero ¿qué eran tales inconvenientes, tratándose de un hombre de los extraordinarios recursos de Manuel? ¿Quién vió reunidas nunca tantas luces naturales, tanta fuerza física, tanta agilidad y tan inquebrantable perseverancia? ¿Quién conocia como él la Sierra? ¿Quién estaba tan hecho á sus rigores, tan familiarizado con el laberinto de sus senderos, tan práctico en el modo de trepar á sus cumbres ó de bajar á sus hondos precipicios?—Desvió, pues, las aguas de sus cauces, construyó presas y balsas, condensó por decantacion las hojuelas y pajitas de oro, como hoy se[p. 98] hace en la California, y, por estos medios, hubo semana que recogió más de treinta adarmes del precioso metal...—Y, para conducir rodando, sin que se quebrasen, hasta el pié de la Sierra los jaspes y la serpentina, forró de grandes hierbas y de bien trabado ramaje sus pesadas moles, y las deslizó, á riesgo de morir, por las chorreras de las nieves derretidas (sin reparar en si eran más ó ménos practicables), precipitándose él detras de cada uno de aquellos artificiales aludes, cuando el ingente envoltorio caia dando tumbos de roca en roca, por haberse convertido el lecho de torrente en escalones de catarata...

En fin; para el resto de sus mencionadas industrias; para coger las hierbas medicinales más codiciadas ó los animalillos raros, de especies hiperbóreas, cuya piel se paga á altísimos precios; para enriquecerse con todo lo que produce aquella privilegiada region (donde simultáneamente reinan las cuatro Estaciones, segun la altura barométrica, y lo mismo se da el líquen blanco que el añil, el abeto que la caña de azúcar, el ajenjo que el café, el castaño que el chirimoyo), tuvo tambien que arrostrar fatigas increibles; tuvo que pernoctar en los eternos hielos; tuvo que bajar á pavorosas lagunas, jamás visitadas; tuvo que escalar inexplorados picos; tuvo que ser un verdadero[p. 99] Hércules, ó, cuando ménos, un Titan semejante al prodigioso Gilliat de Víctor Hugo.

Recogida la cosecha de cada cinco dias, Manuel se encaminaba los viérnes á tal ó cual puertecillo de la vecina costa, y allí vendia todo lo que le era dado transportar por sí mismo, ó contrataba la conduccion de las maderas, de la serpentina y de los jaspes que habia dejado reunidos en terreno relativamente bajo y accesible; con lo que el sábado por la mañana estaba de regreso en su Ciudad natal, llevando en el bolsillo un buen puñado de dinero, que dividia en tres porciones iguales: una, que entregaba á Polonia para que atendiese á vestirlo con gran lujo, aunque sin salir del estilo plebeyo; otra, que entregaba á D. Trinidad, para que le mantuviese (pues ya llevaba víveres á la Sierra) y para que aumentase el culto y esplendidez de la imágen del Niño de la Bola; y la tercera, que el jóven conservaba, para ir formando su tesoro particular,—lo cual quiere decir que reunia dos tesoros á un mismo tiempo; pues el digno sacerdote le iba guardando íntegras todas las cantidades que recibia de él, sin perjuicio de aumentar á su propia costa el culto del Niño Jesus, por cuenta del alma de su pupilo, segun acostumbra á decir la gente mística...

De vuelta en la Ciudad, donde permanecia hasta[p. 100] el lúnes por la mañana, vestíase elegantísimamente y se dedicaba á ejecutar la parte de sus proyectos relativa al público. Reducíase ésta á lo que, en sus conversaciones con D. Trinidad Muley, llamaba él donosamente «hacer justicia», y tenía por objeto irse captando poco á poco, no ya la lástima y el cariño que siempre le tuvieron sus conciudadanos, sino su estimacion, su respeto, su obediencia, su temor... (en el sentido saludable de esta palabra), hasta llegar á ser, como fué muy pronto, el amo, el rey, el dictador de la Ciudad.

La justicia sirvió en efecto de único resorte al hijo de D. Rodrigo Venegas para lograr tan alta magistratura de hecho; pero la justicia apoyada en la fuerza, la justicia inevitable y sin apelacion, la justicia acompañada de autoridad personal para ejercerla, y consentida y aplaudida por la opinion pública...—Más claro, y en más humilde estilo: Manuel dedicó durante tres años aquellos dos dias de la semana á destronar matones, á reprimir déspotas, á defender á los débiles contra los fuertes, cuando la razon estaba de parte de aquéllos, á sostener el imperio de la Ley, en los casos no justiciables por los encargados de aplicarla, y á corregir todo abuso, toda iniquidad, toda tropelía que trajese indignados á los hombres de bien.—Buscó en sus respectivos barrios, y en medio de su corte[p. 101] de vencidos, á los valientes y perdona-vidas más famosos de la Ciudad, y les echó en cara sus desmanes y desafueros, diciéndoles que no estaba dispuesto á consentirlos...—Observóse que, al proceder así, iba como siempre sin armas, y alguno quiso abusar de ello y acometerle puñal en mano... Pero, ¿de qué sirve el puñal á quien tiene encima al leon? Ni ¿qué importa al leon un poco de hierro en la mano de un hombre?—Rápido como la luz, Manuel cayó sobre el atrevido; tiróle en tierra al solo impulso de su violento salto; cogióle el brazo asesino con la tenaza de sus dedos, y se lo rompió como si fuera débil caña. Revolvióse luégo contra los demas...; pero encontróse con que todos eran ya sus vasallos y le aplaudian, miéntras que llenaban de injurias al maton caido, terror poco ántes de aquellas pobres gentes.

Casi ninguna otra prueba material tuvo que hacer el osado mancebo para que se le sometiesen todos los barateros de la poblacion. Donde quiera que habia riña ó tumulto y él se presentaba, era juez y árbitro del conflicto. Una mirada de sus ojos ó media palabra de sus labios bastaba para que se marchasen tranquilos los cobardes y llenos de miedo los valientes. Y como, además, en muchas ocasiones, transigia pleitos ó remediaba daños á costa de su bolsillo; como casi igualaba á D. Tri[p. 102]nidad Muley en la abnegacion con que socorria al necesitado y compartia sus riesgos y dolores; como ya habia salvado la vida á más de una persona, luchando, ora con el incendio, ora con la epidemia, ora con la inundacion, resultaba que su predominio, léjos de humillar, era grato y parecia justo, á tal extremo que el vasallaje se convirtió en adoracion y reverencia.

Diferentes causas de índole muy distinta contribuian tambien á ello...—¿Cómo no? Su noble cuna, el recuerdo de su heroico padre, sus desgracias, su excéntrica vida, su identificacion con el Niño de la Bola, sus pocas palabras y precoz austeridad, su grave cortesía con los buenos, su hermosura, su elegancia, la buena sombra que le prestaba un padrino tan popular como D. Trinidad Muley, el no conocérsele vicio alguno, la misma idea de que Soledad le amaba, y en fin, hasta el presentimiento de que algun dia castigase á Caifás, desagraviando á tantas y tantas víctimas de su insaciable sed de oro..., eran parte á sublimarlo á los ojos del pueblo, á acrecentar su autoridad ó su prestigio, y á convertirle en un héroe de los que luégo salen en romances y relaciones.

Y, á la verdad, aquel adolescente medio salvaje tenía mucho de legendario y superior, áun en el órden moral y metafísico. El alma heroica que[p. 103] heredara de su padre, si bien abandonada á sí misma por falta de educacion literaria, habia sido pulimentada por el dolor, por la soledad, por el estudio reflexivo de la naturaleza y por la ardiente devocion que fué resultado de la especie de éxtasis en que pasó tres años consecutivos. ¡Siempre meditando y callando en aquellos dos templos (la Iglesia y la Sierra); ya entregado á su dolor de huérfano, ya á su odio al verdugo de su casa, ya al amor de Soledad, ya á estos tres afectos en pugna, habia llegado á adquirir un gran conocimiento de las fuerzas de su espíritu, por lo cual no era extraño que, áun siendo tan jóven, se sobrepusiese al de los demas!—Pasábale lo que á Jacob, despues de su lucha con el Ángel.

Finalmente: hasta en el órden material, cúpole á Manuel la gloria, á la edad de diez y nueve años, de acometer y realizar una gigante empresa que lo acreditó é idealizó más que todas las anteriores en el supersticioso concepto del vulgo.—Aconteció (y con esta anécdota daremos punto por ahora al interminable relato de las hazañas del hijo de Don Rodrigo Venegas) que en el crudísimo invierno de 1831 á 1832 corrióse hasta los abrigados barrancos del Sur de aquella Sierra un enorme oso, procedente de las montañas de Astúrias, acosado por el hambre, ó sea huyendo de las copiosísi[p. 104]mas nieves que cubrian por entero las otras Sierras de la Península. Horribles estragos comenzó á hacer el animal en los rebaños y áun en las personas, bajando á la llanura á atacar á los caminantes cuando no hallaba presa en los rediles, y pregonada fué su piel en una respetable suma por todos los Ayuntamientos de la comarca; pero cuantas partidas salieron á cazarlo, volvieron escarmentadas á sus hogares, ó muy ufanas y satisfechas... de no haber sido cazadas por él.—Así las cosas, y cuando nadie se atrevia á salir de poblado, no ya en busca del oso, sino á los asuntos más precisos, amaneció un dia la fiera cosida á puñaladas en medio de la Plaza de la Ciudad.

Indudablemente, á juzgar por las huellas de todo el camino, el cadáver habia sido llevado á rastra desde la Sierra; pero no se sabía quién era el autor de tal hazaña, ni nadie se presentó á reclamar el anunciado premio...

—«¡Manuel Venegas ha sido! ¡Sólo él tiene enjundias para estas cosas!»—exclamó, sin embargo, la voz popular.

Y, en efecto, pronto se supo que el llamado Niño de la Bola habia llegado aquella misma noche, todo cubierto de sangre, á casa de D. Trinidad Muley, y que el barbero de éste le estaba[p. 105] curando tres grandes heridas que tenía en los hombros y en la espalda.

Á duras penas hízose confesar al jóven que él habia matado al oso, y referir la espantosa lucha á brazo partido que vióse obligado á mantener para ello (todo, por su manía de entónces, de no usar armas de fuego, que calificaba de alevosas); pero, en cambio, fué enteramente imposible hacerle recibir el mencionado premio.

—Se lo regalo (dijo Manuel) á Nuestra Señora de la Soledad, á quien encomendé mi vida y mi alma en el momento de mayor peligro.—¡Cómpresele un manto nuevo, y hágasele una funcion de primera clase!

Fácil es graduar el entusiasmo que estos hechos producirian en el público. La Ciudad entera visitó al herido durante las cinco semanas que tardó en curarse, no sin que se trajese á colacion en cada visita la gloriosa muerte de D. Rodrigo Venegas, cuyas heroicidades tenian tan digno continuador en su bizarro hijo.—Y, cuando éste salió á la calle, y se encaminó á la iglesia de San Antonio, á dar gracias á la Vírgen de la Soledad, no fueron saludos, sino aplausos y aclamaciones, los que recibió de todo el vecindario.

¿Y Caifás? ¿Y su hija? ¿Qué dirian á todo esto? ¿Á cómo estaban de odio y temores el uno, y de[p. 106] amor y esperanzas la otra, en vista del fabuloso crecimiento de aquella figura que les importaba más que á nadie?—Nada se sabía en el asunto; pues ni el padre ni la hija eran aficionados á revelar sus emociones, ni la señá María Josefa habia vuelto á parecer por casa de D. Trinidad.—Diremos, pues, únicamente (y esto debe bastarnos por ahora) cuál era la línea de conducta de Manuel para con ellos (tercera parte del programa que por tan alto modo estaba cumpliendo nuestro enamorado).

En el trascurso de los tres años que duró este período de su vida, Manuel vió todos los domingos á Soledad durante una hora, bastándole para ello plantarse enfrente de su casa al amanecer y esperar allí á que saliese á misa con su madre. Era ésta muy religiosa, é incapaz por ende de tolerar que su hija dejase de cumplir el precepto, por manera que no hubo más arbitrio que arrostrar todas las consecuencias de aquel nuevo asedio del jóven, fuese cualquiera (que debió de ser muy grande) la oposicion que el sitiado D. Elías hiciese en un principio á tan peligrosa salida de la plaza.—No hay tirano doméstico con fuerza bastante para impedir que su mujer y su hija cumplan los deberes religiosos que les impone su conciencia; y, además, el prestamista, aunque no practicara (por horror á[p. 107] poner los piés en la calle), era católico, apostólico, romano,—ó queria parecerlo.

Afortunadamente, en el programa de Manuel no entraba entónces hostilizar de manera alguna á don Elías, ni dar ningun paso directo con relacion á Soledad. Limitábase, pues, á esperarla, á verla pasar, á seguirla de léjos, á situarse en la Iglesia de modo que pudiera estar mirándola á su sabor, á aguardarla despues en la puerta, y á darle nueva escolta hasta que la dejaba encerrada en el palacio. —Ni más ni ménos hacía; pero esto, combinado con la imponente conducta que seguia respecto del público, bastaba á su atrevido propósito,—que era hacer el vacío alrededor de la hija del usurero, acotarla para sí, declararla suya, estorbar que nadie la pretendiese, poner entre ella y el mundo el temido poder de su corazon y de su brazo.

La madre y la hija pasaban junto á él graves y tristes; sin mirarlo nunca (pues tal debia de ser su consigna), pero viéndolo siempre...—Las mujeres no dejan de ver jamás lo que les importa...—Ni Manuel se condolia de que no lo mirasen ni saludaran: decíale su alma leal que aquella tristeza era una especie de saludo: figurábase las terribles órdenes que habrian recibido del usurero, con quien llevaba cuenta aparte, y las compadecia profundamente, léjos de tenerles rencor...—¡Estaba tan se[p. 108]guro del afecto y simpatía de ellas!—Añádase á esto (aunque sea revelar una cosa muy delicada) que Manuel creia haber sorprendido algunas veces á Soledad mirándole de reojo...

La interesante jóven habia ido creciendo en gracias y hermosura, y, al terminar aquellos tres años, era una mujer tan exquisita y bella, de aire tan misterioso y poético, de talle tan fino, esbelto y seductor, con unos ojos negros tan melancólicos y tan sombreados por largas y sedosas pestañas, con una palidez tan interesante, con unas manos tan blancas y tan lindas, con tal señorío en toda su persona y tal seriedad en su lujoso vestir, que la imaginacion popular comenzó á inventarle dictados y calificativos laudatorios, y, despues de haberle llamado la Niña de plata, la Perla judía, la Perla robada, el Terron de azúcar, y otras cosas por el estilo, le puso el nombre de la Dolorosa, que era el que mejor le cuadraba y con el que se quedó definitivamente, segun hemos visto en otro lugar.—Parecia, en efecto, una Imágen de la Vírgen de los Dolores; sólo que su tristeza no rayaba en afliccion, y tenía más de altiva que de dulce... Pero los trajes negros, las tocas blancas y los adornos de oro y pedrería de que siempre iba recargada contribuian, en cambio, á justificar aquel peregrino sobrenombre.

[p. 109]Digamos además que la popularidad de Manuel se reflejaba en la que era señora de su corazon, y que todos la veian con tanto respeto y benevolencia, como odio y mala voluntad profesaban á su padre.—Ni ¿qué sabemos? ¡Es tan especiosa á veces la conciencia del vulgo para transigir con sus flaquezas é idolatrías! Los millones acaban por fascinarlo y obtener su pleito homenaje, cuando ya no se ve posibilidad de destruirlos, ó sea de privar de ellos al que los posee. De aquí el que prescriba la accion pública (ó sea la accion del escándalo) contra las riquezas ilegítimas largo tiempo gozadas, como prescriben al cabo de ciertos años algunas acciones legales, por muy fundadas que sean.—«Poseer (dice un axioma jurídico) es una de tantas formas de adquirir»... Y hay que tener presente que D. Elías llevaba ya nueve años de quieta y pacífica posesion del caudal de los Venegas, y doble y triple tiempo de ser dueño de otros millones...—Debia, pues, de estar próximo el dia del indulto (ya que no de la amnistía) de la opinion general, y, entretanto, no pesaba su anatema sobre la inocente niña, en quien ya se reconocia, por lo visto, la indemnidad de los segundos poseedores; como tampoco habia pesado nunca sobre la señá María Josefa, en la cual se apresuró la plebe á reconocer otro título á su consideracion, á fin de tener abierta alguna entrada[p. 110] moral en casa del millonario: el título de «excelente y compasiva mujer, muy apesarada de las crueldades de su marido»;—cosa que, por otra parte, era cierta.—En resúmen: ya fuese por estas razones, ya por deferencia al benemérito Manuel ya por su propia gentileza y hermosura, ó por todos estos motivos juntos, Soledad gozaba del aprecio, de la aficion, de la simpatía del vecindario, si exceptuamos algunas hembras de su clase y edad, que le envidiaban particularísimamente el romántico amor del gallardo hijo de D. Rodrigo Venegas, sobre todo cuando éste comenzó á tener dinero, vistió con lujo y compró caballo.

Nuestro jóven no cesaba de mirar á la gentil doncella, con una ingenuidad y una valentía más propias del estado salvaje que del civilizado, desde que la veia salir del antiguo caseron hasta que la dejaba en él, y muy especialmente durante la misa, cual si creyera que su devocion á la llamada Dolorosa le eximia de atender al incruento Sacrificio.—Soledad, en cambio, no quitaba los ojos del Altar, arrodillada contínuamente desde el principio hasta el fin de la santa ceremonia, rezando sin interrupcion, á juzgar por el leve movimiento de sus labios de serafin y á las muchas cuentas que pasaba del rosario...—Pero ¿quién sabe dónde estaria su alma?—Al enamorado mozo le decia el[p. 111] corazon que aquel ángel estaba pidiendo al cielo el triunfo de su mutuo cariño...; mas nosotros no tenemos datos suficientes para negar ni afirmar semejante cosa, ni tan siquiera para responder de que la jóven rezase verdaderamente...—¿Acaso no hay personas dotadas del don especial de no ver lo que miran y de ver lo que no están mirando? Pues ¿quién nos dice que Soledad no era una de ellas, y que, miéntras clavaba aparentemente los ojos en el Altar, no contemplaba la gallarda figura de Manuel Venegas?

Repetimos que todo lo creemos posible... Ello es que el interesado (hombre de instintos muy seguros) salia siempre de la Iglesia, loco de amor y felicidad, acariciando risueñas esperanzas...

Conque vayamos derechos al asunto, ó sea á decir cómo se preparó y realizó el mencionado lance que puso término á este período de la vida de nuestro héroe.


[p. 112]

X.

EL EMPLAZAMIENTO.

Cuando el reflexivo y cauteloso D. Elías llegó á penetrarse de que Soledad, la única persona á quien habia amado y favorecido desinteresadamente, podia servirle de escudo y defensa contra la ira de Manuel y contra la indignacion ó la mofa del pueblo («que tal es siempre—observaron á este propósito los moralistas—el fruto de las buenas acciones»); cuando se convenció, digo, de cuánto la queria y veneraba el jóven Venegas y de cuánto la admiraba y respetaba el público (sentimientos cuyos beneficios materiales no podrian ménos de alcanzar al que, en medio de todo, era padre de tan gentil y meritoria criatura), hizo rápidamente una completa revolucion en su vida y costumbres.

Comenzó el viejo por aventurarse á ir á misa, cosa que deseaba hacía mucho tiempo, para librarse de la fea nota de judío, rabote, hereje y otras lindezas que le aplicaba el vulgo; propasóse luégo á salir al campo, segun lo requeria su salud, á juicio del médico de la casa, y acabó, finalmente, por asistir á los paseos públicos y á las fiestas popula[p. 113]res, como cualquier hijo de vecino..., ó poco ménos.—Todo ello (bueno es hacerlo constar), aprovechando la temporada que Manuel estuvo herido por consecuencia de su lucha con el oso...

Tambien debemos advertir que en aquellas salidas lo acompañaba constantemente Soledad, y nunca la señá María Josefa, á quien el millonario seguia mostrando tanta esquivez y desprecio como adoracion fanática á la hija de que le era deudor.—«Hay hombres que son así, y que con dificultad la hacen limpia, áun tratándose de sus más sagrados afectos»...—solia exclamar con este motivo la licurga hermana del ama de gobierno de D. Trinidad Muley.—Á misa iban á la Catedral, como templo más respetable ó respetado que los otros...—Para ir á paseo, habia habilitado el prestamista un viejísimo coche ó carroza de los Venegas, que encontró en la leñera del antiguo palacio...—Y, cuando habia procesion ó castillo de fuego que ver, nunca faltaba un balcon de tal ó cual deudor moroso, cuyo domicilio tuviese puerta falsa á alguna solitaria calleja, por donde entrar con el debido recato.

Era, pues, siempre dramática, por lo inesperada y repentina, la aparicion de D. Elías y de Soledad en la ventana ó balcon que caia á la plaza ó calle donde se preparaba la fiesta y hervia el concurso...

[p. 114]—«¡La Dolorosa! ¡La Dolorosa!... (oíase decir por todos lados.) ¡Qué hermosa está! ¡Qué bien vestida viene! ¡Qué perlas trae! ¡Lleva un caudal encima!»...—Y sólo al cabo de algun tiempo fijábase la atencion en D. Elías Perez (ya no era moda decirle Caifás), á quien unos hallaban mucho más viejo que ántes, otros perfectamente conservado, algunos mejor vestido y ménos antipático que en 1823, y todos merecedor de perdon y olvido despues de tantos años de encierro.—«Si delinquió (parecia decir la actitud del Coro), ¡bien ha expiado su crímen! ¡Dispensémosle al ménos la acogida indulgente que no niega nadie á los penados que han cumplido su condena!—En medio de todo, D. Rodrigo Venegas era un despilfarrado, que de una ú otra suerte habria muerto en el hospital, y, en cuanto al Niño de la Bola, ¡ya veis que tampoco ha nacido para Ministro de Hacienda! ¡No bien ha reunido un poco dinero, ha comprado caballo!...—Los ricos nacen, y los pobres se hacen.»

La primera vez que nuestro héroe vió clara y distintamente al padre de su amada fué aquel dia que salió á dar gracias á la Vírgen de la Soledad despues de su convalecencia.—Huyendo de las demostraciones de entusiasmo que lo abrumaban en la calle y de las visitas que seguian inundando su casa, se encaminó á pié á un cortijo próximo, que[p. 115] habia sido de su padre, donde existia una fuente muy provechosa para los que necesitaban recobrar fuerzas..., y allí encontró, enteramente solo, de pié junto al manantial, y sumido en profunda meditacion, á un anciano de elevada estatura, cuyo grave y austero rostro y fria y penetrante mirada recordó haber visto hacía años, al traves de un vidrio, en un balcon de su antigua vivienda...

—¡El padre de Soledad!—pensó el jóven, retrocediendo un paso.

Don Elías alzó los ojos al propio tiempo; vió y reconoció á Manuel, y se puso más amarillo que la cera; pero no hizo movimiento alguno que demostrase la índole de aquella emocion.

Manuel volvió á andar el paso que habia desandado, y comenzó á medir al viejo de abajo á arriba y de un lado á otro, con aquella franca y valerosa mirada que le era habitual, sólo comparable á la del toro que descubre en la dehesa á un importuno, y no sabe si arremeterle ó perdonarlo...

El altivo viejo siguió inmóvil, mirando aparentemente hácia otra parte, pero sin perder de vista al bravo mancebo, cuyos ojos comenzaban á despedir cierta rojiza lumbre...

En tal situacion, de todo punto insostenible, oyóse en el vecino olivar una dulcísima voz de mujer, que gritaba alegremente:

[p. 116]—¡Papá! ¿Dónde te has metido?

—¡Ella!—pensó Manuel, temblando como un azogado y retrocediendo de nuevo, no ya un paso sólo, sino otros muchos, bien que con perezosa lentitud...

El anciano no respondió á su hija ni se movió de su puesto...—Pero, cuando vió desaparecer (siempre andando hácia atras) al famoso Niño de la Bola, sonrió de una manera indefinible, y se dirigió al sitio donde habia sonado la voz mágica, y esta vez providencial, de la que era reina y señora de aquellas dos almas enemigas.

Manuel se apostó en el camino para ver pasar á la jóven á su regreso, y quién sabe si para seguirla, como de costumbre, pesárale ó no le pesara al despótico anciano; pero el pobre no contaba con la remozada carroza de sus abuelos, que cruzó á escape entre nubes de polvo, no dejándole columbrar ni la más leve sombra del dulce objeto de sus ánsias...

Á nadie cupo despues duda de que una escena tan insignificante al parecer, y tan significativa en el fondo, contribuyó en gran parte á que D. Elías y el jóven Venegas cometiesen al cabo de algunas semanas las graves imprudencias que abrieron entre ellos un nuevo abismo...—Y fué que desde aquel encuentro, en que no hubo colision ni agra[p. 117]vio alguno, ambos dejaron de considerarse tan extraños y terribles el uno para el otro como en realidad seguian siéndolo; ambos se acostumbraron á verse sin gran sobresalto en la calle ó en la Catedral; y ambos llegaron por consecuencia á chocar de frente el dia ménos pensado, en las peores circunstancias que pudo excogitar el infierno para hacerlos de todo punto incompatibles...

El caso fué el siguiente.

En Abril de aquel mismo año; cuando Manuel tenía 19, Soledad 17 y medio, D. Elías 68, la señá María Josefa 56, D. Trinidad 40, su ama de llaves 59, y 63 la hermana del ama, obtuvo la Dolorosa de su reanimado padre que la llevara, como pretendia hacía tiempo, á las funciones que por entónces celebra anualmente en la parroquia de Santa María de la Cabeza la Hermandad del Niño de la Bola.

Consistian (y siguen consistiendo) estas funciones en una Misa con Señor Manifiesto, Sermon y Comunion general, el domingo por la mañana; solemnísima Procesion por todo el barrio, aquella misma tarde, y Baile de Rifa á la tarde siguiente;—y en todas ellas solia representar, hacía tres años, mucho papel el hijo de D. Rodrigo Venegas, como individuo de la Cofradía, y amigo particular y dos veces tocayo del Niño Jesus.—Extrañóse, pues,[p. 118] generalmente aquel año que Manuel, aunque se hallaba en la Ciudad, y nunca desperdiciaba medio de ver á la Dolorosa, no asistiese ni á la Misa ni á la Procesion, donde hubiera admirado, como todo el mundo, la hermosura, lujo y donaire de la hija del prestamista, la cual estrenó aquel dia dos trajes, hechos en la Capital por la modista de las condesas y marquesas, á cual más rico, elegante y vistoso.

Llegó así la tarde de la Rifa, ó del Baile de Rifa, que, entónces como ahora, se celebraba en las afueras del pueblo, en una especie de arrabal de cuevas abiertas á pico sobre un anfiteatro de cerros de compacta arcilla, donde vive la gente más pobre de la poblacion. Allí las madres de las criadas que sirven en el casco de la Ciudad, colocan delante de su respectivo tugurio todas las sillas que poseen, á fin de que las ocupen los amos de sus hijas, convidados préviamente á aquella fiesta, donde las señoras estiman mucho un buen puesto en que reunir tertulia al aire libre, lucir sus atavíos, ver la Rifa y el Baile, y hasta arrostrar las más encopetadas el deseado compromiso de bailar un poco, cual si fuesen humildes mozuelas de la clase baja.

Porque es de advertir (y nos urge decirlo, y no añadiremos ni quitaremos nada á la estricta ver[p. 119]dad de lo que todavía sucede en aquella y otras comarcas de la Península española) que, en tales bailes, celebrados enfrente de un altar portátil donde se ve la Efigie del festejado Santo, Vírgen ó Señor, tiene el público facultad amplísima de pedir y rifar por medio de puja ó subasta, así el que Fulana baile ó no baile con Mengano, como el que éste no abrace, ó abrace de nuevo, á aquella con quien acaba de bailar...,—dado que lo que allí se baila y se ha bailado siempre es el fandango puro y neto, cuya danza termina de obligacion, como ya sabreis, con un inexcusable abrazo de cada pareja...—Los que no quieren que se realice lo que otro desea y paga, tienen que dar á la Cofradía, ó sea al necesitado Santo, mayor cantidad de dinero; y de esta suerte, que bien merece tal nombre, se reunen crecidos fondos para el culto de la venerada Imágen...—¡Veinticinco ducados le costó una vez á cierto Corregidor el que su esposa no bailase con el pregonero!

La mencionada tarde habian comenzado ya la Rifa y la danza, con tanta más animacion y júbilo, cuanto que la Dolorosa asistia por primera vez á la fiesta y ocupaba asiento preferente delante de la Cueva en que el Mayordomo de la Hermandad y el Cura de la Parroquia (D. Trinidad Muley) habian plantado los Reales de la presidencia, ó sea el altar[p. 120] del Niño de la Bola.—Tambien contribuiria acaso al general contento la circunstancia de no haberse presentado tampoco en esta funcion el temido personaje humano del mismo sobrenombre, á cuya ausencia iban acostumbrándose ya todos, no sin cierta recóndita satisfaccion de algunos, pues así les era más fácil mirar á sus anchas y hasta dirigir alguna flor á la hermosa hija del millonario, ó conversar con éste acerca de cosas íntimas y desgraciadamente reales de este pícaro mundo, en el que la falta de dinero obliga muchas veces á los hombres á esconderse de sí mismos, aunque sólo sea durante pocas horas, para tener luégo que andar toda la vida cuestionando con su propia conciencia, como con una implacable esposa á quien se ha hecho alguna mala pasada...—Ello es que D. Elías Perez encontrábase allí, tan regocijado como todo el mundo, muy atendido y bien tratado por los circunstantes, cruzando algunas palabras con ellos, y hasta riéndose contra su costumbre,—cual si al pobre viejo le alegrase el alma aquel tardío rayo de popularidad refleja que doraba el ocaso de su vida en el invierno precursor de la muerte.—¡Cuánto, cuánto le debia á la hija de su corazon! Y ¡con qué embeleso se volvia hácia ella y la contemplaba, diciéndole al oido á cada instante:—«¿Qué miras? ¿Te gusta aquel aderezo? ¿Te agrada[p. 121] aquel vestido? ¿Quieres que te compre otro igual?...»

Pronto se nubló en la frente del anciano aquella luz de gloria, para no volver á brillar nunca...

—¡Manuel Venegas viene!...—¡Ya está ahí El Niño de la Bola!...—oyóse murmurar entre la muchedumbre.

Y un lúgubre presentimiento enlutó algunas almas, miéntras que otras experimentaron no sé qué gratuita y poco envidiable complacencia.

Manuel llegaba efectivamente por la parte de la Ciudad, sin que fuera posible confundir con otra su gallarda y apuesta figura, y no tardó en penetrar en lo más apiñado del concurso, con aire ni soberbio ni humilde, aparentando no advertir la sensacion que producia y respondiendo con leves movimientos de cabeza ó brevísimas frases á las muchas personas que lo saludaban. Así avanzó hasta la mesa que servia de altar al Niño de la Bola, á quien besó los piés: dirigióse luégo á D. Trinidad, y le besó la mano, y en seguida clavó los ojos en el semblante de Soledad, con la inocente y clara osadía que acostumbraba, como quien mira lo que es suyo; como si la jóven fuese su esposa, su hermana ó su hija.

D. Elías se habia puesto verde; pero no pestañeó siquiera, y siguió hablando con un labrador que hacía minutos le dirigia la palabra sombrero en[p. 122] mano; el cual (dicho sea con perdon) se cubrió apresuradamente al ver llegar á Manuel Venegas.

Soledad, en quien todos tenian clavada la vista, permaneció mucho más impasible que el viejo, pues ni áun el color llegó á alterársele; y, á fin de no cruzar su mirada con la del imprudente mancebo ni con las del inconsiderado gentío, fijó los ojos en la Imágen del Niño Jesus, no simulando ciertamente una devocion extemporánea, sino estar como distraida...

Á cualquier hombre de mundo y conocedor del corazon humano le habrian causado miedo el abismo de negaciones y la feroz voluntad que no podia ménos de haber en el fondo de aquella indiferencia ó de aquel disimulo que no dejaba asomar ningun indicio de emocion á los celestiales ojos de la niña, cuando la tragedia tendia su cetro de serpientes sobre ella y sobre su padre...—Pero Manuel la amaba así; la amaba como quiera que fuese; tenía la intuicion, la fe, la evidencia de que aquel alma insondable era suya; y, en cuanto al Coro, más artista siempre que verdaderamente sensible, se contentaba con admirar la encantadora actitud, propia de un ángel, de la imperturbable Dolorosa, sin descender á otra clase de estudios.

En tal situacion, y cuando el público comenzaba ya á mostrar impaciencia porque no surgia ningun[p. 123] conflicto de que asustarse, Manuel se volvió tranquilamente hácia la comision que presidia la Rifa, y, con voz clara y entera, que alteró todos los corazones, dijo, señalando á Soledad:

—¡Cien reales, por bailar con aquella señora!

La llamada señora fingió no haberlo oido; pero D. Elías se puso en pié, rojo de furia, y contestó inmediatamente:

—¡Mil reales por que no baile con él!

Un recio murmullo, semejante á un trueno de tormenta próxima, cundió por todo el anfiteatro, y las gentes que estaban más léjos se acercaron á presenciar aquella aterradora subasta.

Soledad dejó de mirar al Niño Jesus, y, bajando los ojos al suelo, tiró á su padre de la levita, como para que se sentase y no siguiera el altercado.

Manuel habia ya respondido:

—¡Cien duros por bailar con ella!

Y se deslió la faja, de cuya punta sacó un puñado de monedas de oro.

El público lanzó un rugido de aprobacion.

El avaro vaciló un momento...—Notáronlo todos, y comenzaron á mirarse y á sonreir maliciosamente.

—¡Ciento diez por que no baile!—exclamó al fin el pobre D. Elías.

[p. 124]—¡Aprieta, Manuel! ¡que yo te ayudo!—exclamaron algunos mozos de medio pelo.

—¡Aprieta, hijo, y cuenta con mi paga de este mes! (añadió un capitan retirado, cubierto de canas.) ¡Yo me batí en Talavera al lado de tu padre!

Manuel sonrió tranquilamente, y repuso, sacando otro puñado de oro:

—¡Quinientos duros por que baile conmigo!

—¡Bien! ¡Bien!—gritó casi todo el concurso.

¡Y hasta se oyeron palmadas, y vivas al Niño de la Bola!...

Soledad, que habia conseguido sentar á su padre á fuerza de tirones (tanto más eficaces cuanto más altas eran las pujas de Manuel), se puso en pié al oir la última proposicion, y comenzó á anudarse á la espalda las puntas de la cruzada mantilla, como determinándose á bailar.

El riojano quiso contenerla...; pero mil voces se alzaron á un tiempo mismo, diciéndole en variedad de tonos:

—¡Eso se impide con dinero!

—¡La Cofradía no puede perjudicarse!

—¡El Niño Jesus no debe perder los diez mil reales que se le han ofrecido!

—¡Ó usted puja, ó la Dolorosa baila con Manuel Venegas!

[p. 125]—¡Saque usted sus millones, D. Elías! ¿Para cuándo los guarda usted?

—¡Aquí de los rumbosos, Sr. Caifás!

El usurero tenía sudores de muerte; pero, al cabo de una espantosa batalla, pudo más el odio que la avaricia, y, levantándose indignado, exclamó con rabioso acento:

—¡Basta ya de bromas! ¡Acabemos de una vez!—¡Dos mil duros por que no baile mi hija!—Soledad, vámonos á casa...—Señor Mayordomo, puede usted venir á cobrar inmediatamente.

Aquella violentísima puja era la puñalada del cobarde, ¡segura, mortal, sin salvacion posible!— ¡Manuel no tenía tanto dinero ahorrado!

Conociólo el huérfano, y se quedó como estúpido...

—¡Déjalo, hombre!... ¡déjalo...! ¡que en el infierno las pagará todas juntas!—Manuel, no insistas; que el viejo quiere pillarte en una proposicion que no puedas pagar...—Vénte, Manuel; que la muchacha queria bailar contigo, y lo demas no debe importarte tanto...,—comenzaron á decir al corrido mancebo los mismos que se habian declarado sus fiadores...

Sólo el capitan retirado exclamó, todavía temblando de cólera:

—¡Dispon de mi paga de dos meses!—¡Comeré demonios vivos!...

[p. 126]

Manuel no oia ninguna de estas cosas, y la gente comenzó á creerle anonadado, vencido, digno de lástima...

Pero D. Trinidad Muley, que conocia mejor que nadie á su pupilo, y que lo veia inmóvil, mudo, con los labios blancos, siguiendo todos los movimientos de D. Elías, como si acechase la oportunidad de saltar sobre él y despedazarlo, corrió al lado del jóven, y le dijo con grande imperio:

—Manuel... ¡véte á casa!—¡Yo te lo mando!

El hijo del héroe bramó de angustia, como brama la fiera al sentir el hierro candente del domador, y dijo con bárbara humildad:

—¿Sin matar á ese hombre?

—Manuel, ¡véte!—replicó el cura de Santa María.

—¡Me ha vencido con el dinero que robó á mi padre! (añadió Manuel, enfureciéndose de nuevo, segun que hablaba.) ¡Me ha negado, á mí, al descendiente de los Venegas, al hijo del que murió por restituirle sus mal ganados millones, el que baile con su inocente hija, el que le dé un abrazo de paz entre nuestras dos razas!—¡Ah, ladron!... ¡asesino!... ¡verdugo!... ¡Me la pagarás con tu sangre!

—¡Oye! ¡Oye! (decia entre tanto el usurero á su hija, que estaba abrazada á él, colgada de su cuello, y como sirviéndole de escudo.) ¡Oye cómo me in[p. 127]sulta y me amenaza el que ronda tu dote! ¡Oye cómo te conquista ese tramposo, en lugar de pagarme el millon que me debe!

Manuel, á quien difícilmente sujetaba D. Trinidad Muley (habiendo tenido para ello que llamar en su auxilio al Niño Jesus, cuya efigie le mostraba con fervorosos ademanes y discursos), percibió las últimas palabras de D. Elías, y, léjos de enfurecerse más, serenóse de pronto, con aquella rapidez de transicion que le caracterizó siempre, y quedó inmóvil, suspenso, frio, como una estatua de mármol.

—¿Yo?... ¿Yo?... ¡Yo le debo á usted un millon!—acertó á decir finalmente con el acento de la más noble ingenuidad.

—¿Acaso lo ignoras? (repuso D. Elías valientemente, como quien llega á su terreno.) ¿No me debia tres tu padre? ¿No le cobré dos? ¡Pues resta uno!... Y tú, buen mozo; tú, que eres su hijo y no has renunciado á su herencia, ¡me lo debes, como yo le debo el alma á Dios!—De modo, señores... (continuó, dirigiéndose á la Hermandad:) que toda la Rifa anterior es nula, y debe invalidarse por completo dado que el dinero que ofrecia ese jóven era mio, como lo será todo el que adquiera en este mundo hasta que me pague el millon que me debe...

[p. 128]—¡Qué hombre! ¡Qué infamias dice!—¡Y lo peor es que tiene razon!—¿No hay quien lo mate?—comenzó á murmurar la gente más temible.

—¡Nadie le toque! (gritó Manuel severamente.) Las cosas acaban de cambiar de aspecto, y ahora me corresponde á mí defender su vida...—Yo ignoraba que era su deudor; pero, averiguado que lo soy, pues el semblante de ustedes me lo está diciendo con harta claridad, no quiero que nadie imagine que deseo la muerte de este monstruo á fin de no pagarle...—¡Le pagaré!...—¡Ninguno se asombre de lo que digo!...—¡Le pagaré!...—Tengo absoluta seguridad de que no me engaño... ¡Yo sé de lo que soy capaz!—Vive, pues, tranquilo, zorro viejo y astuto, que si D. Rodrigo Venegas murió entre las llamas para que no se dijese que habia tratado de estafarte, su hijo hará algo más terrible y doloroso, que es no volver á ver á tu hechicera hija hasta haber ganado el millon que reclamas.—Me voy del pueblo, señores... (añadió con voz solemne, dirigiéndose al público.) Me voy de España... ¡Pero volveré! ¡Volveré con oro bastante para pagar mi deuda y ahogar despues en onzas á mi deudor! ¡Volveré, sí, y vendré á este mismo sitio tal dia como hoy... (¡lo juro por el alma de mi padre!), á pujar la gloria de estrechar en mis brazos á ese ángel que el vil judío ha ro[p. 129]bado al cielo, á esa desgraciada que se llama su hija!—¡Ay del que la mire entretanto! ¡Ay del que la pretenda!—¡Soledad es mia, y yo vendré á recobrarla y á matar al temerario que haya intentado siquiera atravesarse entre los dos!—En cuanto á tí, alma de mi alma, ¡sé que sabrás esperarme!...—¡Adios, Soledad de mi vida!—¡Adios, señor Cura!—¡Adios, Niño mio!...—¡No os olvideis de Manuel Venegas!...

Así dijo, y, arrancándose de los brazos de don Trinidad Muley, y tirando con la mano un beso á Soledad y otro al Niño de la Bola, echó á correr hácia el interior de la poblacion, y desapareció de la vista de todos.

Soledad seguia impasible exteriormente desde que la vida de su padre dejó de estar en riesgo; pero, cuando quiso andar, le faltaron fuerzas para moverse, y hubo que llevarla en una silla á la carroza que fué de los Venegas.


[p. 131]

LIBRO III.

LA VUELTA DEL AUSENTE.


I.

LA CAIDA DE LA TARDE.

Pues que ya sabemos tanto como el que más acerca del gallardo jinete que cruzaba por lo alto de la Sierra cuando levantamos el telon para dar principio al presente drama, tiempo es de que corramos en su seguimiento hasta alcanzarlo, á fin de entrar con él, despues de ocho años de misteriosa ausencia, en la morisca Ciudad que fué su cuna.

Restábale apénas una hora de sol á aquel esplendoroso dia, en el momento que nuestro héroe logró salir del laberinto de cumbres y barrancos que forma allí la gran cordillera, y descubrió á lo léjos[p. 132] el ámplio horizonte de su país nativo, su llana campiña, sus verdes viñedos y oscuros olivares y las conocidas siluetas de los remotos cerrajones que delimitan la comarca.—La Ciudad querida, la señora de todo aquel territorio, quedaba aún oculta detras de los arcillosos cerros que al oeste le sirven de dosel, bajo el cual duerme hace siglos su muerte histórica; pero ya era fácil distinguir (sobre todo, teniendo anterior idea de su situacion) la enhiesta aguja de la Torre de la Catedral y el Torreon del Vijía de la Alcazaba árabe, derruido pocos años despues...

El Niño de la Bola detuvo su caballo para contemplar aquel nunca olvidado panorama... La más viva emocion se leia en su semblante, ménos duro y altivo que cuando la melancolía de la ausencia y las lecciones del mundo no habian trabajado aún su brioso corazon... Quitóse reverentemente el sombrero, por vía de salutacion á sus lares patrios, y lanzó un hondo suspiro, como quien llega al término de largos afanes.

—Señorito... ¿Está usted malo?—le preguntó el arriero al verle de aquel modo.

Manuel no respondió: púsose el sombrero apresuradamente, y metió espuelas al caballo, como para librarse de tan importuno testigo.

Media hora despues, cuando ya caia el sol al oc[p. 133]cidente, el malagueño volvió á alcanzar al desdeñoso personaje, el cual se habia parado de nuevo, en lo alto de la larguísima y enrevesada cuesta por donde se baja desde la última meseta de la montaña á la extendida vega de la Ciudad, y contemplaba desde allí las Cuevas, el Barrio de Santa María, las Huertas y hasta la antigua casa de sus mayores, que se distinguia entre todas por un erguido cipres que la coronaba...—Aquel edificio atraia muy particularmente su ansiosa atencion...—¡Ignoraba el desventurado que allí no vivia ya nadie! ¡Ignoraba todo lo que habia ocurrido durante su ausencia!...

Pero no adelantemos noticias que harto pronto llegarán á vuestro conocimiento...

Manuel siguió andando, muy despacio esta vez, tan luégo como se le incorporó el arriero con las cargas; y, ya fuese arrepentido de no haber contestado á la última afectuosa pregunta del pobre hombre, ya por distraerse de sus propios pensamientos, entabló conversacion con él, diciéndole:

—¿Ha estado usted en alguna ocasion mucho tiempo seguido léjos de Málaga?

El espolique se inflamó de júbilo al verse interrogado, y, en un abrir y cerrar de ojos, habia respondido todo lo siguiente:

—¿Que si he estado?—¡Ya me figuraba yo que[p. 134] ahí era donde á usted le dolia!—¡Usted debe de venir del fin del mundo, y por eso le ha hecho tanta operacion el descubrir su tierra!—Yo estuve primero dos años en el Moro... (no crea usted que en Presidio, sino por mi gusto), y luégo he servido al Rey, digo á Cristina, hasta que me dieron la absoluta, despues que tomamos el Puente de Luchana, donde fuí herido...—¿Dice usted que si sé lo que son fatigas?—¡Pregúnteselo usted á la pobrecita de mi madre, en quien pensaba á todas horas aquella pícara Noche-buena, llamada tambien la Noche-triste, en que Espartero ganó á Bilbao!...—¡Figúrese usted que yo la pasé desangrándome, sobre la nieve, en el mayor desamparo y soledad!...—Pero, ¿que dice este loro?

—«Soledad»...—habia repetido el loro con todas sus letras.

Manuel sonrió por primera vez en todo aquel viaje, y preguntó al arriero, en vez de responderle:

—¿No ha estado usted nunca en la Ciudad á que nos dirigimos?

—No, señor; no he estado; pero sé que es muy buena, aunque muy peleadora...—¡Ya se ve! Usted habrá nacido en ella, y luégo se iria á las Indias á buscar fortuna...—¡La de todos!—Si alguna vez vuelve usted á embarcarse para allá, pregunte en[p. 135] Málaga por Frasquito Cataduras (que es como el mundo me conoce), y lléveme consigo, aunque sea de criado; pues lo que es con la arriería no llegaré nunca á salir de capa de raja...

Manuel no escuchaba ya al malagueño, sino que habia vuelto á hacer alto, más conmovido que la vez anterior...—Oíase á lo léjos el alegre repique de unas campanas cuyo són habia reconocido sin duda el jóven... Ello es que su rostro expresaba un regocijo, una ternura, una afliccion de gozo (si vale hablar así), que á cualquier otro hombre le hubiera hecho derramar lágrimas...

—¡Vamos, señorito! ¡repórtese usted! (exclamó el arriero.)—Si teme usted algo, aquí estoy yo, y ahí llevamos cuatro escopetas...

—¡Desgraciado de tí (interrumpió Manuel), si le cuentas á álguien que me has visto de este modo!—En cambio, si callas, yo te pagaré bien tu silencio...—Soy enemigo de que se conozcan mis debilidades...—Conque vamos andando.

La verdad era que el vehemente jóven no podia ya con el peso de su alma, visto lo cual y que no habia modo de correr y adelantarse en aquella dificultosísima cuesta, resolvió seguir hablando con el arriero, á fin de no volver á oirse á sí propio en presencia de tan indiscreto observador.

—Esas campanas que repican (díjole, pues, con[p. 136] afectada naturalidad) son las de Santa María de la Cabeza, y anuncian que mañana, primer Domingo de Abril, habrá, como todos los años en tal dia, una gran funcion en aquella parroquia...—¡Qué alborozo respirará ahora mismo todo el barrio!—Alguna persona conozco yo que dirigia en su niñez esos jubilosos repiques...—¡Cómo pasa el tiempo, sin que las cosas dejen de ser las mismas!—¡Verás qué hermosa Procesion sale de allí mañana á la tarde! ¡la Procesion del Niño de la Bola!—Y, si te detienes en la Ciudad pasado mañana, podrás ir á la Rifa, á las Cuevas, donde siempre ocurren buenos lances...—Allí se puja todo: el baile, los abrazos, la felicidad..., la vida del alma..., el destino de las criaturas...—Pero ya se ha puesto el sol..., y la cuesta es ménos pendiente...—Vamos aprisa, á fin de pasar el vado del rio ántes de que oscurezca; pues sentiria que se mojasen esas cargas...

Y como, en efecto, la bajada fuese ya más fácil, Manuel metió espuelas al caballo, y pronto se encontró solo, en la llanura, ó sea en unas dilatadas alamedas que allí pregonan la proximidad del citado rio...—La Ciudad distaba todavía bastante; pero aquello era ya en cierto modo estar bajo sus muros...

Habia comenzado á oscurecer, y el dulce misterio de tal hora, la amenidad del sitio, la húmeda[p. 137] frescura del aire, en cuya primaveral fragancia reconoceria el aroma de los árboles, plantas y hierbecillas entre que se habia criado; el armonioso rumor, igual siempre, y para él tan familiar, que alzan allí, en aquella estacion del año, al caer las sombras de la noche, los más humildes cantores del Creador del mundo, ora desde las empantanadas aguas, ora desde los adolescentes trigos, todo sumergió á Manuel en una profunda paz moral, muy diferente de la ventura, pero mejor consejera del alma que el esperanzado deseo...—Estúvose, pues, parado algunos minutos en aquella tranquila márgen del Rubicon de su pobre historia, como dando reposo al fatigado espíritu ántes de las supremas emociones que le aguardaban, ó acaso preguntándose friamente si, en lugar de encaminarse hácia la dicha, se dirigiria hácia un total infortunio...—¿Viviria Soledad? ¿Le habria sido fiel, ella que nada le habia prometido nunca?—¿Habria habido algun hombre capaz de tomarla por esposa?—¿Viviria el terrible anciano? ¿Seguiria negándose á toda transaccion?—¿Se atreveria Soledad en este caso á unirse con el hijo de D. Rodrigo Venegas, despues de la espantosa escena de la Rifa? ¿Le amaba á tal extremo? ¿Le habia amado alguna vez?—¿Qué aguardaba al proscrito, á la vuelta de su largo destierro? ¿Horribles dolores? ¿Crueles[p. 138] desengaños? ¿Renovadas luchas? ¿Escenas de sangre? ¿Su propia muerte, por término de tantas angustias y fatigas?

La llegada del arriero con las cargadas bestias sacó al jóven de aquel estado de culminante inquietud, no ménos amargo, aunque de distinta índole, que el de Diego Marsilla cuando lo detuvieron los facinerosos casi á la vista de Teruel...

Pasaron el rio nuestros caminantes, y entraron en los largos callejones, guarnecidos de olorosos panjiles y de zarzas, espinos y otras especies de setos, que conducen, á traves de muchos pagos de viña, á las puertas de la Ciudad...; y, ya estarian como á quinientos pasos de ella, cuando, al cruzar por delante de cierta solitaria Ermita, precedida de un porche, que allí se alza desde tiempo inmemorial, oyóse una voz de mujer que decia:

—Manuel: ¿eres tú?—Hazme el favor de oir una palabra...


[p. 139]

II.

LA REALIDAD.

Manuel refrenó el potro, y, á la luz de la lámpara que alumbraba aquel humilde Santuario, vió, de pié, á la entrada del dicho porche, separado del interior de la Ermita por unos barrotes de madera, la imponente figura de una mujer alta y vestida de negro, que añadió, al verlo detenerse:

—¿Conque eres tú?—¡Gracias á la Vírgen Santísima! ¡Temí que hubieses echado por otro camino!

—Sí, señora... Yo soy... (respondió Manuel, lleno de asombro.)—¿Y usted? ¿quién es?—Yo quiero reconocer esa voz...

—Soy la madre de Soledad...—repuso la mujer con dulzura.

Oir el jóven esta frase y estar en el suelo fué una misma cosa.

—¡La señá María Josefa! (exclamó vivamente conmovido.) Espere usted un momento, señora.—Oye tú, arriero: sigue adelante, y espérame á la entrada de la Ciudad...—¡Cuidado con hablar ni una palabra!

El malagueño siguió andando, muerto de curio[p. 140]sidad por saber algo de lo mismo que se le prohibia decir, y Manuel ató su cabalgadura á uno de los viejísimos álamos blancos que entónces rodeaban la Ermita, en cuya especie de atrio penetró al fin aceleradamente, diciendo con afectuosa voz:

—¿Usted aquí? ¿Usted esperándome? ¿Qué significa esto? ¿Qué ocurre? ¿Cómo ha sabido usted que yo llegaba?

—Por D. Trinidad Muley... (contestó la que ya debemos llamar vieja, cogiendo las manos de Manuel y llevándoselas á la cara para que tocase su llanto.)—Pero no acuses al señor Cura por haberme revelado tu secreto... ¡Era preciso que yo lo supiera!—Además, él no guarda misterios conmigo... ¡Sabe lo que te quiero!... ¡lo que te he querido desde que murió tu padre!—Ven; siéntate aquí... ¡Tenemos que hablar mucho, y estoy cayéndome!...

Así diciendo, la buena mujer acercó el jóven á uno de los asientos de cal y ladrillo que decoran todavía aquel porche y que sirven de lugar de descanso á los paseantes y á los devotos.

Manuel estaba estupefacto, ó, por mejor decir, perdido en un mar de diferentes y encontradas conjeturas...—Sentóse, pues, sin atreverse á preguntar más, de miedo á desvanecer los últimos sueños de su esperanza... Pero, viendo que su in[p. 141]terlocutora no acertaba tampoco á explicarse, dijo al fin con trabajosa resignacion:

—Algo muy bueno ó muy malo ocurre, cuando usted ha salido á recibirme de esta manera...—No quiero ponerme en lo peor, y comienzo por admitir lo que sería la felicidad para todos...—¿Ha venido usted á aconsejarme que no éntre en la Ciudad en són de guerra, visto que su esposo de usted transige, ó podria transigir conmigo, si yo me acomodase á guardar tales ó cuales miramientos?—¡Respóndame con entera franqueza!—¡Ah! ¡Se calla usted!...—¡Luego no es eso lo que ha venido á pedirme!

—No, Manuel... No es eso... (repuso la atribulada madre.)—Lo que yo he venido á pedirte (y perdona que te hable de tú; pero así te hablé cuando eras muchacho, y ¡bien sabe Dios que siempre te he querido como á un hijo!...); lo que yo vengo á suplicarte es que te vuelvas... ¡que no entres en la Ciudad!—¡Te lo ruego, por lo que más ames en el mundo!

Manuel respondió sarcásticamente:

¡Por lo que más ame en el mundo!...—¡Qué contradiccion y qué escarnio! ¿Cuántos amores cree usted que tengo yo?—¡Que me vuelva! ¡Que no éntre en la Ciudad!...—¡Eso es muy fácil decirlo; pero pídale usted á un rio que vuelva á la mon[p. 142]taña, y verá qué caso le hace!...—En fin: ¿á qué cansarnos? Ya estoy al cabo de lo que usted tenía que decirme: que D. Elías sigue negándose á todo: que estamos como al principio: que tendré que luchar...—¡Pues lucharé cuanto sea necesario!...

—Tampoco es eso, Manuel...—Mi marido no se opone ya á nada...

—¡Ah! ¡D. Elías transige!... (exclamó el jóven, lleno de sorpresa y de alegría.) Pues, entónces, ¿qué nos detiene? ¿qué puede importarnos el resto del mundo?—Yo vengo dispuesto á todo... Yo le daré satisfaccion cumplida al pobre anciano... ¡Conozco que aquel dia estuve demasiado cruel!—Además, le traigo su millon...—Aquí lo tengo, en letras sobre Málaga...—¡Mi padre, al verme pagar esta deuda, bendecirá mi union con Soledad!...—¡Ah, señora!... Acabo de nombrar al alma de mi vida... ¡Hábleme usted de ella! ¡Hace ocho años que no tengo noticias suyas!...—Dígame usted que me quiere todavía...; que ella es la que ha vencido á su padre...—¡Se calla usted tambien!—Señora: tenga usted mejores entrañas... ¡Sáqueme de esta horrible angustia!—¿Qué sucede? ¿Qué ha pasado durante mi ausencia?

—Tranquilízate, hijo mio... ¡Me asusta verte así! (respondió la pobre mujer, llorando de nuevo.)—Yo te lo diré todo, si me juras volverte..., si[p. 143] me juras no entrar en la Ciudad...—¡Oh, no pongas esa cara!... ¡No te irrites!...—¡Dios mio! ¿Para qué querrá este hombre saber desventuras? ¿Para qué querrá ser tan desgraciado como yo?

—¡Hable usted, señora, por los clavos de Cristo, y, sobre todo, no me diga más que me vuelva!—¡Eso es un sacrilegio, cuando vengo de pasar ocho años de expatriacion y de lucha, y acabo de andar miles de leguas, pensando siempre en llegar adonde ya he llegado!—¡Hable pronto, ó monto á caballo, y voy á su casa de usted á averiguar por mí mismo el horror que trata de ocultarme!...—Pero me equivoco... me atormento demasiado... ¡No es posible que Soledad haya muerto!...—Lo que sin duda ocurre es que su marido de usted pretende algo muy difícil... algo absurdo...—¿Digo bien? ¿No es eso?—Pues no se apure usted... Todo se arreglará con calma y moderacion...

La señá María Josefa vaciló todavía unos instantes, hasta que al fin murmuró sordamente:

—Vuelvo á decirte que mi marido no pretende nada.—¡Mi marido ha muerto!

—¡Loado sea Dios! (exclamó el Niño de la Bola con la feroz solemnidad de una implacable justicia.)—¡Si hay otro mundo despues de este, ya habrá sido vengado mi padre!—Perdono al autor de todas mis desgracias...

[p. 144]—Tambien te perdono yo á tí (repuso la triste viuda) esa crueldad con que recibes la noticia de una de mis penas, y te suplico que no sigamos adelante...—¡Véte, Manuel! ¡Véte por donde has venido, y no quieras saber más desdichas!

El jóven se levantó horrorizado al oir estas últimas palabras.

—¡Dios de Israel! (gritó con un acento de dolor más que humano:) ¡Mi desventura es cierta! La tierra se abre bajo mis plantas... El cielo se hunde sobre mi frente... El mundo ha llegado á su fin...—¡Soledad ha muerto!

—¿Qué dices, desventurado? (replicó la madre, llena de pavor.) ¡Morir mi hija!...—¡Oh!... no lo creas... ¡Tu pobre corazon te engaña una vez más!—¡Entónces hubiera muerto yo tambien! ¡Entónces no estaria aquí!...—Vamos... ¡ven!... siéntate... ¡cálmate!—¡Me estás asesinando con tantas locuras como te ocurren!

Manuel exhaló un hondo suspiro, como despertando de un espantoso sueño, y, dejándose caer en los brazos de la anciana, tartamudeó con infinita dulzura:

—¡Soledad vive!...—¡Oh! ¡cuánto he padecido en breves momentos!—Dios se lo perdone á usted...

Y quedó como aletargado de felicidad.

[p. 145]—¡Esto es querer!—murmuró sentidamente la angustiada viuda.

—¡Soledad vive, y D. Elías ha muerto! (añadió el jóven al cabo de unos segundos.)—¡D. Elías, mi implacable enemigo, el enemigo de ella, el enemigo de usted misma!...—¡Cuán felices podemos ser ahora!—¿Cree usted, mi buena madre, que yo ignoraba el cariño y la proteccion que me dispensó usted siempre?—¡Pues lo sabía! ¡D. Trinidad Muley me enteraba de todo!...—¡El buen D. Trinidad, mi amigo, mi tutor, mi segundo padre!...

—Hoy le he hablado... (se apresuró á exponer la señá María Josefa.) Y él, lo mismo que yo, opina que debes...

—¡No vuelva á decírmelo! (profirió el jóven, acariciándola.) ¿Qué manía es esa? ¿Por qué hablarme de que no éntre en la Ciudad, cuando la suerte lo ha arreglado todo de manera que podemos ser enteramente dichosos?—¿Que nuevo obstáculo se opone á ello? ¡Alguna cavilacion del bueno del señor Cura, ó algun infundado recelo de usted!—¿Creen ustedes acaso que Soledad no me quiere?—¡Pues sí me quiere, aunque ella misma les haya dicho lo contrario!—Lo sé yo.—Lo sabe mi alma...—¡Verá usted, enseguida que me mire, en seguida que me hable, cómo su alma es mia!...[p. 146]—¡Yo la conozco!... Ella oculta sus sentimientos; pero nuestro cariño se parece al sol; que, aunque se nubla en apariencia, siempre arde lo mismo...—¡Ah, señá María! Yo soy ya otro hombre. Soy bueno; soy pacífico...—¡No en balde se da la vuelta al mundo, como yo se la he dado dos veces! ¡No en balde se vive tanto y de tan diversos modos como yo he vivido!—Así es que todos mis sentimientos é ideas han cambiado en estos ocho años, ménos mi amor á Soledad y el cuidado de la honra de mi apellido...—¡Oh! ¡cuánto he batallado con la suerte en África, en la India, en Filipinas y en ambas Américas!—¡Y cómo me ha favorecido la fortuna! Ya soy más rico que fué mi padre en sus buenos tiempos... En Málaga he dejado un capital... En el maletin del caballo traigo arrobas de oro y de piedras preciosas...—He sido General en la América del Sur... He vencido Caciques indios, que es como quien dice Reyes, y yo mismo he podido tambien ser Rey de aquellas tribus salvajes...—No cuente usted nada de esto; pues nadie lo creeria...—¡Le traigo á Soledad unos regalos!...—¡Y tambien á usted!...—¡Al mismo D. Elías le destinaba un magnífico presente!...

—¡Malhaya sea el dinero! ¡Él tiene la culpa de todo!—rezó fatídicamente la madre, cuyos ojos, clavados en el suelo, seguian derramando lágrimas[p. 147] amarguísimas, en tanto que Manuel, sentado junto á ella y casi abrazándola, le contaba, con aquella inocente ingenuidad de niño, cómo habia logrado conquistar el vellocino de oro...

—¡Malhaya sea el dinero! digo yo tambien... (respondió el jóven con cierta acritud.)—Pero no empiezo á decirlo ahora... Lo he dicho siempre; y, si me fuí á recorrer el mundo en busca de más oro del que nuestra Sierra podia darme, ¡usted sabe en qué consistió!—Por lo demas, el caudal que yo traigo ha sido ganado honradamente en los campos de batalla, como los tesoros de muchos Reyes de Europa.—¡Yo soy siempre el hijo de D. Rodrigo Venegas!...—En fin, vámonos á la Ciudad...—El arriero me está aguardando...—Yo la acompañaré á usted con el caballo del diestro, y, si usted lo permite, esta misma noche hablaremos con su hija y quedará arreglado todo en cuatro palabras...—¡Vamos!... señora...—No perdamos un tiempo precioso...

Y, así diciendo, el jóven se puso de pié, como resuelto á marcharse en seguida.

La señá María Josefa no se levantó, sino que hundió el rostro entre las manos y comenzó á gemir desconsoladamente, exclamando con desgarrador acento:

—¡Ay Dios mio! ¡Ay Dios mio de mi alma! ¿Qué[p. 148] va á ser de nosotros?—¡Esto es una perdicion!—¡Pobre hija de mi vida!

Manuel se quedó frio como el mármol, y un sudor de muerte corrió por su descompuesto semblante.

—Señora... (tartamudeó al fin.) ¡Hablemos claros!—¿Qué nueva infamia ha ocurrido durante mi ausencia?—¡Dígamelo pronto, ó voy yo mismo á averiguarlo á la ciudad!...

—¡Manuel! ¡Manuel! (clamó la pobre anciana.) ¡Á la ciudad no! ¡Vámonos á otra parte!... á donde tú quieras... ¡Yo te acompañaré hasta el fin del mundo! Yo pasaré contigo lo que me reste de vida... Yo seré para tí una madre cariñosa... una madre tiernísima...

—Pero, ¿y Soledad? (gritó frenéticamente el Niño de la Bola.) ¿Qué haremos de Soledad? ¿Qué ha sido de ella?—¡Pronto! ¡pronto! ¡sin discurrir más mentiras!

—No sé... No me lo preguntes...—¡Soledad no merece nuestro cariño!—La abandonaremos...—Yo misma no la veré ya más...—Anda... ¡Vénte, hijo mio!...—Llama á ese hombre, y vámonos á América, á Portugal, á Filipinas, á donde tú dispongas...

—¿Y Soledad? (repitió Manuel con tal violencia, que la madre retrocedió espantada.) ¿Qué ha hecho[p. 149] usted de su hija? ¿Con quién se quedará Soledad?

Hubo un instante de silencio, durante el cual se oyó el tempestuoso latido de aquellos dos corazones.

Manuel fué el primero que recobró aliento para seguir marchando hácia el abismo, y dijo con la pavorosa tranquilidad del que se suicida.

—Nada tiene usted ya que explicarme...—Soledad se ha casado.

La madre cayó de rodillas por toda contestacion, y tendió hácia el jóven las manos cruzadas, como pidiendo indulto.

Reinó otra vez un funerario silencio.

Venegas permaneció algunos instantes bajo el peso de las ruinas que acababan de caer sobre su alma. ¡Todo un mundo se habia hundido en ella!—El coloso tuvo un momento, nada más que un momento, la suprema ilusion de creerse inferior á su desventura, y acaso imaginó tambien esta vez, como la triste noche que siguió al entierro de su padre, que habia muerto y sido sepultado...

Pero no tardó en rehacerse la fiera bajo los escombros de su juventud malograda, saliendo de entre ellos mucho más horrible que del terremoto que puso fin á su niñez: lanzó un tremendo alarido, que hizo temblar y botar espantado al noble bruto que le aguardaba allí cerca, y, agachán[p. 150]dose hácia la horrorizada víctima que yacía á sus plantas, díjole con enronquecida voz:

—¿Quién? ¿Quién ha sido? ¿Quién se ha casado con mi mujer? ¿Cómo se llama el temerario?—Ni ¿qué me importa su nombre?—¡Morirá, sea quien fuere! ¡Morirá, aunque se esconda en el centro de la tierra!—De esto no hay más que hablar: ¡es cosa decidida!...—Pero dime, vieja infame, embustera, llorona, peor mil veces que el escorpion con quien estuviste casada: ¿cómo has podido consentir que Soledad?... ¿Qué has hecho para reducirla?... ¿Cómo se ha prestado ella?...—¡Ah! ¡la hipócrita! ¡la impúdica! ¡la vil criatura que yo tomaba por un ángel!... ¡Casarse con otro hombre! ¡Qué horror! ¡Qué asco! ¡Qué miseria!—¡Todos sois de una misma casta de reptiles; el padre, la madre, la hija!

—¡Ella es inocente!—respondió la anciana, irguiéndose poco á poco ante aquellos bárbaros insultos.

—¡Morirá!—pronunció Manuel, extendiendo el brazo como si jurara.

—Su padre fué quien la obligó á casarse... Ella no queria... ¡Te lo juro por lo más sagrado!...

—¡Morirá!—repitió Manuel implacablemente.

—¡Ántes morirás tú mil veces, dragon de los infiernos! (gritó al fin la madre, levantando la cara hasta rozar con la del jóven.) ¡Estás enfrente[p. 151] de una madre resuelta á todo, á matar, á morir, á llorar hasta que se ablande tu alma de piedra, á servirte de criada... á todo, ménos á ver padecer á su hija..., ménos á ver sin padre al nieto de su corazon!...—Ya lo sabes, monstruo...—Puedes tomar el camino que gustes...

Una carcajada histérica y salvaje estalló del pecho de Manuel y se dilató por los silenciosos campos.

—¡La desvergonzada ha tenido un hijo!... (rugió luégo convulsivamente.) ¡Un hijo de cualquiera!—¡Cómo se multiplican estos bicharracos!—¡Cuántos, cuántos tengo que matar, comenzando por usted, que es la abogada de todos ellos!...—¡Rece usted el credo, señá María!

La anciana dió un agudo chillido, creyéndose muerta; y, como no pudiese escapar, volvió á caer de rodillas, y se abrazó á los piés del insensato.

—¡Así! ¡Así! ¡Á mis plantas!... (exclamó éste con satánico regocijo.)—¡Oiga usted en esa postura mis instrucciones, á ver si, complaciéndome en todo, conquista usted una conmutacion de pena!—Ahora no le habla á usted ese traidorzuelo que se ha amancebado con su hija... ¡Ahora le hablo yo, el verdadero marido de Soledad!...—Dígale usted á ese hombre que se marche de la casa en que ya está de más, á donde yo tengo que ir esta no[p. 152]che, no sé si á besar á mi mujer, ó á pegarle, ántes de matarla...—Dígale usted que por la mañana temprano lo buscaré á él donde quiera que se agazape; para lo cual iré siguiendo con el olfato su pista de acobardada garduña ó de zorro ladron, y lo mataré como quien mata un insecto...—Dígale á Soledad que he llegado; que eche su hijo á la Inclusa, y me espere bien vestida hasta que yo vaya á verla ó le mande recado de que la espero...—Dígale que yo... que Manuel Venegas... que el Niño de la Bola...—¡Oh! ¡No le diga nada!...—¡Ay Dios mio!... ¡Se me va la cabeza!... ¡Yo me vuelvo loco!...—¡Aire! ¡Aire!—¡Pobre Soledad mia! ¡Soledad de mi alma! ¡Soledad! ¡Soledad!

Y, gritando de esta manera, sollozando ó riendo, pero sin derramar ni una lágrima, salió tambaleándose de la Ermita, montó á caballo, y desapareció fuera de camino, por en medio de los oscuros sembrados, como si huyese á un mismo tiempo de las tierras en que habia estado ausente tantos años y de la Ciudad á cuyas puertas acababa de ser herido de muerte.


[p. 153]

III.

DE LO QUE AQUELLA NOCHE
PENSARON Y DIJERON
LOS HABITANTES DE LA CIUDAD.

La súbita noticia de que el Niño de la Bola estaba de vuelta, colmado de riquezas, y tambien de ira, cundió aquella misma noche por toda la Ciudad con la rapidez del pavor, cual si se tratase de la llegada del cólera ó de la proximidad de un ejército enemigo.—El arriero malagueño, vagando con sus tres cargas por aquellas calles para él desconocidas, sin saber dónde meterse, y teniendo que preguntar á los transeuntes «por un D. Manuel Venegas que habia venido con él de Málaga y de quien se habia apoderado, al pasar por delante de cierta Ermita, una especie de alma en pena, vestida de negro», fué el primero que, ya cerca de las Ánimas, reveló al público tan interesante nueva, confirmada poco despues por una antigua criada de la señora de Arregui (álias la Dolorosa), que tuvo que ir á la botica de la Plaza por tila y flor de azahar para la señá María Josefa, y contó de camino á cuantos halló al paso todo lo[p. 154] acontecido en el santuario campestre, tal y como la madre acababa de referírselo á su hija...

Era ya muy tarde para que, en un pueblo tan anticuado, se prolongaran mucho en calles y plazas los corrillos y comentarios de las gentes, áun tratándose de negocio de tanta monta; por lo que todos se contentaron con cerciorarse de la verdad del hecho, y se marcharon á sus casas, á rumiarlo santamente en familia, al propio tiempo que la ensalada de la cena...—Podemos, pues, asegurar que, empezando por el Palacio del señor Obispo y concluyendo por la última cueva de gitanos, todo el mundo se acostó y durmió aquella noche pensando en nuestro héroe, en la dramática historia de su juventud, en su amor á Soledad, en las amenazas que profirió al marcharse y en el conflicto que de seguro iba á ocasionar su vuelta.

Los necesitados de dinero recordaron además la generosa esplendidez con que el hijo de D. Rodrigo habia sacado de apuros á muchos pobres cuando sólo poseia algunos miles de reales, y prometiéronse, al saber que llegaba de Indias con tres cargas de onzas, salir de deudas y trabajos, sin más que presentarle una apuntacion de lo que les hacía falta para ponerse á flote. Las mozas por casar, especialmente las llamadas señoritas, preguntaron si venía soltero, y hablaron pestes de la[p. 155] Dolorosa. Pensaron los médicos en que tenian un buen cliente más: los sacristanes discurrieron sobre cuánto valdria el entierro de un indiano tan rico, en la prevision de que se muriese al hallar casada á su antigua novia: conocieron los matones... sede vacante, que habia llegado el propietario de su precaria autoridad, y convinieron en que el Niño de la Bola debia matar á Antonio Arregui (á ver si lo ahorcaban de resultas, ya que Antonio Arregui no optase por matarlo á él): receló el nuevo Obispo de la Diócesis, persona muy santa y entendida, si aquel extraño personaje vendria á perturbar las conciencias: el Alcalde y el Juez temieron que les hubiese caido trabajo; y escribanos y procuradores holgáronse por la inversa en tal expectativa...—Todos, en fin, auguraron una tragedia espantosa al entregarse aquella noche en brazos del sueño con la mayor comodidad posible, dándose acaso cuenta, al arroparse y tomar la postura favorita, de que no amaban al prójimo tanto como á sí mismos, y alegrándose indudablemente de que ninguna persona de su casa ó de su particular afecto se hallara en el duro trance de Antonio Arregui, de Soledad y de Manuel Venegas...

Dos excepciones habia en el pueblo por lo tocante á recogerse temprano.—Era una de ellas la Botica de la Plaza, que no se cerraba hasta las[p. 156] diez, y donde el mancebo ó practicante que la regentaba (persona importantísima, que ha de figurar mucho en el resto de nuestra historia) tenía tertulia de hombres solos, casi todos mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas; y era la otra la casa de un antiguo hijodalgo (ya no se daba á nadie este título, ni existian los privilegios inherentes á él); hombre muy acaudalado y culto, grande admirador de Moratin, afrancesado en 1808 y en 1823, y miembro á la sazon de la Sociedad secreta llamada «Jovellanos»; el cual no cerraba sus puertas hasta las once, que se retiraban las cuatro ó seis personas de clase y de ciertas ideas á quienes tenía la dignacion de recibir despues de cenar, ó sea al punto de las nueve...

En la botica, ó mejor dicho, en la trasbotica, hablóse largamente de la llegada del Niño de la Bola, no faltando ya quien supiera y contase (por acabárselo de oir á la hermana del ama de D. Trinidad Muley) que éste habia recibido quince dias ántes una carta del jóven, fechada en Málaga (y sin señas, para evitar toda contestacion), en que le decia, bajo el mayor secreto, que el sábado 5 de Abril llegaria á la Ciudad, para cuya fecha necesitaba que le hubiese tomado una casa muy buena y en muy buen sitio y que se la tuviera algo amue[p. 157]blada: que Manuel era, por consiguiente, (y no el nuevo Dean, como se habia contado) quien iba á vivir en aquella misma Plaza, en el antiguo edificio denominado Casa del Chantre; que ya estaba constituida en ella la susodicha hermana del ama de gobierno del Cura, con el alto empleo de ama de llaves del hijo de D. Rodrigo, en cuya calidad acababa de recibir las tres cargas de onzas, perlas, diamantes y rubíes que tanto habia paseado por las calles el arriero; y, en fin, que nada habia vuelto á saberse del Niño de la Bola desde que, ya muy anochecido, lo vieron unos guardas cruzar á escape por en medio de los sembrados de la vega, como si él ó su caballo se hubiesen vuelto locos; pero que D. Trinidad Muley andaba ya en su busca, caballero en una pollina, siendo de esperar (de temer, dijo el relatante) que, si lo encontraba á tiempo y conseguia calmarlo, no ocurriese nada por aquella noche...

Como todos los asistentes á la trasbotica tenian al dedillo la historia del casamiento de Soledad con Antonio Arregui, y sabian quién era este sujeto, y estaban al tanto de las demas ocurrencias habidas en casa de D. Elías Perez desde que Manuel Venegas se ausentó de la poblacion, no hubo para qué referir allí tales sucesos, y contrájose el resto de la velada á exponer cada cual el desenlace que á su[p. 158] juicio convenia mejor á aquella tragedia, en cuyo punto opinó Vitriolo (así llamaban al mancebo) que debian morir todos los personajes; esto es, Manuel, Antonio, la Dolorosa, su madre, y hasta, si venía al caso, el mismo D. Trinidad Muley...

En cambio, y con motivo de hallarse presente una forastera (nada ménos que hija de Madrid y prima segunda de un marqués; la cual habia ido á la Ciudad á vender sus últimas fincas, y estaba de huéspeda en casa del ilustre moratiniano, por habérsela recomendado en carta autógrafa uno de los Ministros de entónces,—miembro tambien de la citada Sociedad secreta, al decir de los irritados esparteristas), fué indispensable contar aquella noche en tan encopetada tertulia toda la vida y milagros de D. Rodrigo, del usurero, de Manuel, de Soledad y de Antonio Arregui; tarea que desempeñó á las mil maravillas el propio dueño de la casa, Académico Correspondiente de la Lengua y Doctor in utroque jure, llamado por más señas D. Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron,—cuyos paganos é ilustres nombres de pila (digámoslo de pasada) daban claro á entender que su candoroso padre habia sido, como otros muchos españoles del reinado de Cárlos III, muy amante de la Enciclopedia... y tambien del Bautismo.

Comenzó, pues, tan autorizado sujeto por refe[p. 159]rir todo lo que nosotros hemos narrado en el Libro Segundo de la presente obra, ó sea hasta el instante que Manuel Venegas se ausentó del pueblo despues de la inolvidable escena de la Rifa; y, llegado que hubo á aquel punto crítico de su relacion, bebió agua, tomó aliento y rapé, y continuó de la manera siguiente...

Pero ántes de copiar lo que dijo, no estará de más que nos fijemos un poco en la citada forastera y tambien en cierto jovenzuelo, de ella locamente enamorado, que á la sazon fluctuaba allí entre el suicidio y la gloria, y el cual interesará en algun modo á nuestros lectores, por más que su papel en este drama sea tan breve, accidental y episódico como el de la pobre mujer que tantas grandezas y tantas locuras de la Corte representaba á la sazon en aquel oscurecido pueblo.


[p. 160]

IV.

DOS RETRATOS, POR VÍA DE ENTREMES.
(CAPÍTULO INÚTIL, QUE PUEDEN DEJAR DE LEER LOS IMPACIENTES.)

La aristocrática madrileña frisaria en los treinta años, y era una valiente hembra, alta, desenvuelta y garbosa, cuya magistral elegancia suplia con exceso cualquier deterioro que el vivir muy de prisa hubiese causado á su natural hermosura. Tenía mucho talento, mucha gracia y, sobre todo, mucho mundo: conocia y trataba indudablemente (pues ya habia recibido cartas que lo probaban) á todas las personas notables de Madrid, empezando por D. Evaristo Perez de Castro, á la sazon Presidente del Consejo de Ministros, y concluyendo por Olózaga, el orador más insigne de la oposicion: hablaba el frances, el inglés y el italiano, y siempre estaba leyendo libros en estos idiomas, no sólo de Literatura, sino de Medicina, de Historia Natural, á que era muy aficionada, y alguno que otro de Filosofía antireligiosa...: iba, empero, á misa todos los domingos y fiestas de guardar, y áun agradábale la conversacion de los sacerdotes ilustrados[p. 161] y bien vestidos: tocaba perfectamente el piano: cantaba de memoria óperas enteras: montaba á caballo en todas posturas: aseguraba que sabía nadar (como lo acreditaria en llegando el verano): tiraba, en fin, muy bien la escopeta y la pistola; y, sin embargo, ó, por mejor decir, en medio de todo esto, no habia sido recomendada al señor de Mirabel en concepto de casada ni de viuda, sino en calidad de soltera; lo cual pareció á aquellos atrasados vecinos y vecinas mucho más extraordinario y sorprendente que todas las dichas habilidades.

—«Es una Diana Cazadora»...—solia exclamar D. Trajano, muy orgulloso y satisfecho de alojar en su casa aquella notabilidad, y más prendado de sus hechizos y salvaje pudor (sic) de lo que convenia á un hombre tan provecto, respetable y acaudalado...

—No niego yo que sea una Diana en cuanto á la castidad (le argüia su mujer cuando estaban solos); pero, ¡quién sabe si resultará una Diana pescadora!...

Y era que la esposa del jurisconsulto temia que, por fin de fiesta, tuviese que quedarse su marido con las malparadas fincas de la cortesana en el precio que á ésta se le antojase pedir...

En cambio, el mencionado jovenzuelo sentia una adoracion fanática, ciega, absoluta, hácia aquella[p. 162] divinidad relativa; lo cual comprenderemos mejor penetrando en la imaginacion de él, que aquilatando los merecimientos de ella.—Lo que allí ocurria era lo siguiente:

En todas las poblaciones subalternas de Europa, y especialmente en las estacionarias y vetustas como aquella Ciudad, hay casi siempre, desde los comienzos de nuestro alborotado siglo, un organista que sueña con eclipsar á Rossini, un coplero que sueña con eclipsar á lord Byron, ó un albéitar, lector de periódicos, que sueña con eclipsar á Marat; un jóven, en fin, pálido y tétrico, que huye de la gente, y pasea solo por los desiertos campos; foco de pensamiento y de bílis; hígado con piés y sombrero; declarado enemigo de cuanto ve en torno suyo, y cónsul moral de todo lo de fuera, cuya febril imaginacion sigue los pasos á las celebridades contemporáneas más de su agrado, como el astrónomo sigue la marcha de los planetas que nunca ha de visitar y que ruedan indiferentes por el cielo, sin sospechar la existencia de los observatorios.

De estos Mirabeaus, Napoleones ó Balzacs en hierba (en agraz, decimos los españoles), unos mueren ántes de llegar á los veinte años, aplastados por su propio genio ó por la desesperacion: otros se allanan lenta y penosamente á bajar al ni[p. 163]vel de sus vulgarísimos paisanos, y acaban en Secretarios de Ayuntamiento ó en oficiales de escribanía: otros logran levantar el vuelo...; pero caen mal en la metrópoli de su patria, llámese Paris ó Madrid, Viena ó San Petersburgo, y mueren de hambre, se pegan un tiro, ó se inutilizan y frustran más deplorablemente, bajando á la sima del deshonor por el plano inclinado de la miseria...: algunos, en fin, llegan á ser grandes hombres, poetas laureados, oradores insignes, generales, ministros, millonarios..., y legan su nombre á las generaciones futuras.

No sabemos qué porvenir tendria reservada la suerte al jovenzuelo de que vamos á hablar... Pero él era á la sazon el presunto gran literato de aquella tierra; y, la verdad sea dicha, mostraba algunas condiciones para ello; inagotable ternura en el alma, mucho fuego para admirar, y una terrible soberbia contra la injusticia.—Dábale por escribir tragedias románticas: Víctor Hugo era su ídolo. Ya habia devorado todos los libros del pueblo, que ascendian á millares de volúmenes, procedentes de los extinguidos conventos de frailes y de la biblioteca de un sabio dean, muy amante de las letras profanas, que acababa de pasar á mejor vida.—Hacía el número ocho entre los doce hijos (todos varones, como los de Jacob) de un procura[p. 164]dor no tan rico en bienes de fortuna como en herederos de su limpia fama, el cual sólo podia darles sustento y ropa, y de modo alguno carrera en la Universidad, lo cual lamentaba muy singularmente el buen hombre por este su adorado Pepito, cuyo talento le parecia superior al de todos los sabios de que hablaban las historias y al de todos los ministros que figuraban en los periódicos. Obligábale, pues, á ir á Palacio á visitar al nuevo Obispo de la Diócesis, como habia pedido á don Trajano que lo admitiese en su tertulia, tan luégo como se enteró de las buenas relaciones que tenía en Madrid la forastera, esperando sin duda el amantísimo padre (¡téngalo Dios en su santa gloria!) que Su Ilustrísima, admirado de los hermosos versos que componia el chico, lo hiciese de golpe canónigo de gracia, con lo cual ya tenía abiertos los caminos de la Mitra, de la Senaduría, del Capelo y hasta de la Tiara, ó que la prima del marqués lo recomendase á María Cristina, á fin de que esta augusta señora lo llamase á la Corte y lo pusiese en candelero.

En lo demas, Pepito vivia solo, tanto porque las gentes de la poblacion estaban heridas de su saber y de su orgullo, cuanto porque él despreciaba la conversacion de aquellos bienaventurados. Á veces no podia ya con el sublime fastidio propio de[p. 165] las naturalezas privilegiadas, y envidiaba la fácil dicha de los modestos, y, sobre todo, entrábale un ánsia de amor, una necesidad de ser amado, un hambre de lisonjas de mujer, que rayaba en verdadero delirio... Pero su corazon le decia á voces que las incultas y recelosas señoritas de aquel pueblo no se atreverian nunca á franquearse con él, ni él sabría tampoco hablarles en estilo y forma que no las abochornara y retrajese, y, como consecuencia de todo ello, lo pasaba bastante mal.

Verdaderamente, todavía era muy niño: diez y siete años iba á cumplir cuando nosotros lo vemos en escena: estaba feo, por resultas de una pubertad retrasada y enérgica, de cuya tardía crísis daban aún claro testimonio la hinchazon de su nariz y de sus labios y la inseguridad de su voz. No habia acabado de crecer, ó, mejor dicho, faltábale crecer por igual: su tez era verde: apuntábale el bozo, y sus ojos parecian dos ascuas.—Vestía con detestable gusto, aunque con limpieza y señorío.—En punto á religion, era discípulo de Voltaire, y en política idolatraba á Mirabeau; pero ni su padre, ni el Obispo, ni D. Trajano sospechaban semejantes horrores...—Aquellos estudios los hacía á solas en los tejados de su casa.

Tal era el jóven que se habia enamorado de la madrileña, no como de una criatura mortal, sino[p. 166] como de un sér ultra-terrestre, como de una sílfide, como de una musa, como de un ángel del cielo especial del romanticismo.—Y se explica esta devocion... ¡Ella venía del mundo en que él soñaba á todas horas! ¡Ella figuraba en primera línea en el Olimpo de la Corte! ¡Ella habia conocido á Larra, más glorioso entónces por haberse suicidado, que por haber escrito sus inmortales obras! ¡Ella tuteaba á Espronceda..., «á Pepe»..., que era como solia llamar la diosa al semi-dios de aquellos dichosísimos tiempos! ¡Ella habia sido retratada al óleo, de cuerpo entero y en tamaño natural, por el insigne Duque de Rivas, por el creador de D. Alvaro ó la fuerza del sino! ¡Ella era visitada por Pastor Diaz, por el inspirado cantor de La Mariposa negra y de la Elegía á la Luna! ¡Ella, en fin, habia asistido al estreno de El Trovador y de Los amantes de Teruel, y arrojado coronas á sus autores!

Semejantes prerogativas hacian enloquecer á Pepito de amor y veneracion hácia tan agasajada hermosura.—Además: ¡aquella mujer olia de un modo!... ¡tenía una ropa tan bien hecha! ¡lucía tan completamente el talle, yendo en cuerpo gentil, sin miedo á que se dibujasen sus formas, cuando entónces, en aquella Ciudad, todas las mujeres se ponian unos coletillos debajo del vestido y unas[p. 167] pañoletas encima de él, prendidas con centenares de alfileres, y luégo otro pañuelo ó manteleta más grande, que hacian perder hasta la menor idea de los naturales encantos!...—¡Ni era esto todo!... ¡Sabía Pepito..., sabian otras muchas personas..., decíase de público en el pueblo... que la forastera se bañaba diariamente!—¡Bañarse! ¡cosa de ninfas! ¡cuando ménos, cosa de sultanas, cosa de huríes!—¡En nada, en nada era como las demas mujeres! Ella no ocultaba, ni tenía para qué ocultar, sus menudos piés, siempre divinamente calzados: ella estaba á todas horas limpia como un oro: sus uñas parecian hojillas de rosa: al andar, crujia deliciosamente su ropa blanca, y crujia tambien la seda de su vestido. Tampoco temia enseñar los brazos hasta el hombro: ¡habia en ella algo de la noble franqueza de las estatuas! ¡Sin duda alguna, tenía mucho de divinidad! ¡en las estampas de la Ilíada y de la Odisea habia visto el jóven figuras semejantes!...—¡Aquella sí que era la realizacion de su deseo, la encarnacion de sus fantasías; la mujer de sus sueños y de sus insomnios!

La madrileña sabía de sobra todo lo que le pasaba á Pepito. Habíase hecho cargo de su edad y de sus circunstancias, y comprendia que el amor genérico y la devocion poética fomentaban á la par aquel incendio simultáneo de un cuerpo y[p. 168] de un alma. Gozaba, pues, muchísimo en el espectáculo de tan atroz combustion, y por nada del mundo la habria aminorado. Léjos de ello, echaba leña al fuego siempre que podia, y hasta creemos que hubiera sido capaz de mostrarse al jóven enteramente desnuda (fingiendo descuido), á fin de acabar de volverle loco..., por lo mismo que estaba decidida á no otorgarle el más insignificante favor... ¡ni tan siquiera que besara la corona bordada en su pañuelo!

Y era natural. En aquel pueblo, donde todo se veia y sabía, y en aquella austerísima casa, donde pasaba por una Santa Ursula, tenía la madrileña que olvidarse de sí propia, ó mejor dicho, tenía que acordarse de cómo estaba obligada á parecer.—Además: hay mujeres que sólo entre sus pares enarbolan bandera corsaria, y la prima del Marqués, la amiga del Duque, la festejada por los vates de moda, la recomendada por los Ministros, pertenecia á este género.—Si Pepito hubiese tenido un laurel, visado en Madrid, de poeta, de orador, de capitan ó de estadista cuando la cortesana lo encontró en aquel pueblo, de fijo lo habria considerado su igual, enlazando gustosa en una cifra de amor más ó ménos platónico su antigua corona de patricia á la del preconizado y consagrado genio...; y hasta puede asegurarse que si, rodando los años,[p. 169] llegó á encontrarlo en el capitolio madrileño, lleno de gloria y fama, por él, más que por ella, quedaria el que no se entrase en largas rectificaciones de conducta.—Pero, pues que entónces Pepito era un lugareño anónimo (y no tampoco ningun Adónis, ningun Hércules, ni ningun Tenorio plebeyo, capaz de seducirla y hacerle olvidar las otras consideraciones más arriba apuntadas), nada tenía de particular que la huéspeda de D. Trajano se vengase de su forzosa inaccion complaciéndose en el martirio del deseo ajeno, al modo de los reclusos que divierten sus ocios favoreciendo ó contrariando alternativamente las aficiones de tal ó cual especie de animalillos...

Negaba, por lo tanto, al atrevido mozo, segun ya hemos expuesto, cosas que para ella eran verdaderas nimiedades... Habíale negado, vg., (aunque se los pidió en unas sentidísimas estrofas) tres cabellos de sus largos tirabuzones, ¡de aquellos tirabuzones que tal vez habria saqueado muchas veces la sin ventura, para que amantes olvidadizos se hicieran cadenas de reloj, que ya no existirian!... En cambio, ella introdujo en la tertulia del señor de Mirabel la costumbre de dar la mano á los caballeros, y, cuando se la daba á Pepito, recreábase en ver la cara de gozo, de triunfo y de veneracion que ponia el infeliz...—¡Aquella mano, que tantos[p. 170] esfuerzos inútiles habria hecho quizás para retener á ingratos y pérfidos Eneas, pareciale á él una azucena virginal, un don del cielo, el principio de una escala mística que conducia á la gloria!...

Dichosamente, no habia en el pueblo quien pudiera desengañar al jóven.—Tal vez el Obispo, desde su palacio, adivinaba la verdad, por haber frecuentado mucho tiempo la alta sociedad madrileña... Tal vez lo sabía todo el Juez de primera instancia, que habia andado por las esferas ministeriales pretendiendo aquel y otros destinos... Pero ambos eran hombres de órden y muy cautos, incapaces de escandalizar al público con imprudentes revelaciones... y nada dispuestos á malquistarse con la recomendada de los Ministros.

En lo demas, no habia cuidado; pues las señoras y señoritas del pueblo, aunque temian acercarse á la atildada y sabionda forastera, no la detestaban ni envidiaban desde sus hogares, visto que sus maridos, novios y todo género de presentes y futuros experimentaban igual temor y nunca se atreverian á decirle «los ojos tienes negros», y considerando (¡cínica y terrible consideracion de las más celosas!) que aquella exquisita mujer no se prendaria en ningun caso de sus ramplones caballeros.—Limitábanse, pues, á no visitarla, ya por la dicha cortedad, ya por aquel necio orgullo que suelen producir los agrios[p. 171] de la modestia; pero, así y todo, imitaban hasta donde podian sus trajes y modo de componerse, siendo ya muchas las damas y damiselas del país que habian encargado á la Capital, ó héchose en casa, sombreros (gorros se llamaban entónces) como los de la prima del Marqués, ó sea una especie de galeras (poco menores que las de la Mancha) que á la sazon estaban muy de moda.

Conque basta ya de entreacto, y oigamos á Don Trajano Perícles de Mirabel y Salmeron, que va á referirnos todo lo acontecido en el asunto de Manuel Venegas despues que éste se ausentó de la Ciudad.

Dijo así el ilustre personaje:


V.

DE CÓMO SE CASÓ ANTONIO ARREGUI.

—Meses, años, lustros (ó, por lo ménos, un lustro y parte de otro) pasaron sin que volviese á haber noticias del mal llamado Niño de la Bola...—Digo más: hasta hace dos horas y media, no ha sabido nadie en la Ciudad si era muerto ó vivo, si habia logrado enriquecer ó estaba en la miseria, ni[p. 172] qué zona, clima ó region del globo presenciaba su gigantesca lucha con el Hado...

—Pero ¿por qué no escribia?—interrogó la madrileña, cuyo interes hácia aquel drama de carne y hueso, tan apropiado á los gustos literarios de entónces, se comprenderá fácilmente.

D. Trajano respondió en el acto:

—¡Tampoco escribió Diego Marsilla á Isabel de Segura en la comedia que está hoy tan de moda y que tanto entusiasma á usted!—Además (y dejándonos de comparaciones), el hijo de mi infortunado amigo no era hombre de hacer las cosas á medias, y, por lo tanto, explícase muy bien que le repugnara dar cuenta y razon de su paradero y del estado de sus fondos... Semejante oficiosidad hubiera equivalido á hallarse presente y ausente á un propio tiempo; de donde se habria debilitado el prestigio que siempre acompaña y da mayor estatura á todo lo arcano y misterioso;—doctrina artístico-literaria que se me ocurre en el calor de la improvisacion, y respecto de la cual, oh bella Marquesita, nosotros los clásicos convenimos con ustedes los románticos...

—Adelante,—repuso la veterana deidad, mirando con tentadora indulgencia al retoñado viejo.

—Ni ¿á qué escribir tampoco? (prosiguió el señor de Mirabel.)—Sus tremebundas amenazas no po[p. 173]dian ménos de estar vivas en la memoria de estos naturales, y repetirlas era como presuponer el propio interesado que álguien pudiese echarlas en olvido.—En cuanto á escribir á la misma Soledad, hubiera sido perder el tiempo lastimosamente, dado que el astuto y vigilante D. Elías habria interceptado todas las cartas... Mas, áun prescindiendo de tal consideracion, ¿qué podia Manuel decir á la jóven?—¿Que no le olvidara? ¿que lo quisiese? ¿que lo aguardase hasta su regreso?—¡Harto sabe usted, mi querida doña Luisita, que esas cosas no se piden; y hasta me aventuro á añadir que el suplicarlas es contra-producentem!...—Ergo no debe acusarse al hijo de mi amigo (como se le ha acusado aquí esta noche) por no haber escrito á nadie durante su prolongada ausencia...—¡Yo, en su caso, hubiera hecho lo mismo!

—¡Tú, Mirabel! (exclamó la jubilada esposa del anciano jurisconsulto.) ¡Repara en lo que dices! ¿Te vas á comparar ahora con ese muchacho?

—¡Déjame, Tecla! Tú no entiendes de estos achaques, considerados bajo su aspecto artístico...—replicó D. Trajano con tal autoridad, que su pobre mujer se arrepintió de haber abierto la boca.

Los tertulianos indígenas cerraron por su parte los ojos, como dando á entender que ellos no se atreverian en ningun caso á hacer observaciones á[p. 174] aquella especie de Salomon con tupé y patillas, y mucho ménos delante de la sobrehumana forastera.

En cuanto á Pepito, habia salido á buscar noticias, por indicacion de toda la tertulia, poco ántes de que D. Trajano comenzase su relacion.

—¡Pues sí! (continuó victoriosamente el neopagano.) Manuel procedió como era debido dejando rodar el mundo y pasar el tiempo, á fin de que cada cual obrara secundum se, naturaliter y sin presion exterior ó extrínseca.—¡Lo contrario hubiera sido mantener un estado de cosas violento y falso, de muy mal agüero como prolegómeno de posibles nupcias!—Conque dejemos esto, y pongamos sobre el tapete á Soledad; pues veo, mi querida Luisa, que está usted deseando saber cómo la adorada por el Niño de la Bola pudo casarse con otro hombre, ó cómo hubo hombre que se atreviese á casarse con ella...

—¡C’est ça!—respondió vivamente la cortesana.

—Dice que «así es»... (advirtió el afrancesado, dirigiéndose á su habitual tertulia.)—Pues señor... (añadió luégo:) Soledad estuvo muy mala cerca de un año, despues de la partida del osado Venegas, y, durante aquel tiempo, su padre no pensó más que en cuidarla, hasta que, dichosamente, en fuerza de mimos y desvelos, y de traer médicos de[p. 175] todas partes, consiguió hacerle recobrar la salud.—Dedicóse entónces D. Elías por sí, ó por medio de terceras personas, á buscarle marido, procurando que ni ella ni su madre lo notaran; pero, dicho sea en honra y gloria del amador ausente, nadie se prestó á disputarle el corazon, ó la mano, de su elegida, y eso que el antiguo usurero (me valdré de sus expresiones) daba á la muchacha enterrada en onzas, y se la ofreció áun á sujetos de medianísima clase y sin ningunos bienes de fortuna; y eso tambien que la tal muchacha seguia siendo un primor de belleza, de quien todos estaban suficientemente enamorados.—Realizábase, en suma, aquel diabólico plan del hijo de mi amigo «de hacerse amo de los valientes de la poblacion, como medio infalible de llegar á serlo de Soledad»; pues excusado es decir que no todos los que se negaban á casarse con la millonaria lo hacian tanto por devocion amistosa á Manuel, como por miedo á las amenazas y juramentos que profirió al marcharse...—En cuanto á lo demas, si algunos interpelaban á D. Elías Perez sobre los sentimientos de su hija (para el caso de que se decidieran á pretenderla), todos oian una misma contestacion:

—«Ese es cuidado mio» (les respondia el viejo con la mayor calma).—Cuente usted con su conformidad.

[p. 176]«¡Asómbrese usted, Luisita!...—(Y no salga esto de aquí, señores, pues voy á revelar un hecho que conocen muy pocos, y que á mí me contó el mismo riojano, un dia que vino á consultarme acerca de otros asuntos,—y yo no quiero enemistades con entes como el que tengo que nombrar ahora...)—¡Asómbrese usted, digo! Una sola persona; el jóven más feo y más cobarde de la Ciudad; una especie de Cuasimodo sin belleza de alma que contrastase con la deformidad de su cuerpo... (¡Observará usted que tambien yo conozco á Víctor Hugo!...); un bicho malo y descreido, á quien todos trataban y tratan á puntapiés, por más que no pueda negársele algun ingenio y mucha (aunque detestable) ilustracion; un tal Vitriolo, en fin, mancebo de la botica que habrá visto usted en la Plaza, fué quien se atrevió, no ya á secundar indicaciones del usurero (que nunca se las hizo, tal vez por no considerarlo criatura humana), sino á tomar la iniciativa y dirigir una carta á Soledad y otra á su padre presentando su candidatura á la mano de la gentil doncella.—Alegaba el mísero, con la mayor formalidad del mundo, la belleza de su alma, la elevacion de su talento, su cultura (¡que el muy necio calificaba de superior á la de todo el vecindario!), su carencia de vicios, su laboriosidad, su despreocupacion en materias religiosas[p. 177] y políticas, y, sobre todo, la circunstancia de no temer ni poco ni mucho al valenton llamado el Niño de la Bola.

»Dicho se está que el padre y la hija despreciaron aquellas cartas, tomándolas como una broma de mal género; pero el jóven, viendo que no obtenia respuesta, se propasó á hablar personalmente del asunto con D. Elías; y éste, que en ocasiones sacaba á relucir un genio de todos los diablos, le contestó llenándolo de improperios y de sangrientas burlas, y diciéndole para terminar:

—«¡Líbrete Dios, sierpe venenosa, de volver á mandar cartas á mi hija; pues si ella se contentó dias pasados con obligar á un perro á comerse tu ridícula declaracion de amor, yo te obligaré á tí á tragarte los demas papeles que tengas la avilantez de dirigirle!»

Vitriolo se puso más verde de lo que era, y respondió con una risa que espantó á Caifás:

—«¡Pobre perro! ¡Procuren ustedes que no rabie!—Mi carta de amor, guardada en tal estuche, no podrá ménos de convertirse en verdadero ácido sulfúrico.»

«Y, dicho esto, se volvió á su casa, donde estuvo enfermo dos ó tres meses.

»He contado á usted esta anécdota, para que forme juicio del extremo á que llegaron las cosas[p. 178] por la obstinacion del prestamista en casar á Soledad con cualquiera que no fuese Manuel Venegas, y tambien para que se haga usted cargo de lo humillada y afligida que estaria por dentro la Dolorosa en la difícil situacion que le habia creado la desventura...—Por lo demas, nuestra heroína seguia en apariencia lo mismo que siempre; serena, impasible, callada en todo lo relativo á Manuel, afectuosísima y zalamera con el embobado don Elías, acompañándolo á la iglesia y á paseo, gastándole cada año un dineral en vestidos y joyas, y contestando con frias sonrisas de lástima á los jóvenes que osaban dirigirle alguna galantería...—¡Dios me perdone si me equivoco; pero, en mi concepto, aquella muchacha tan hermosa y tan rica, estaba como indignada al ver que ningun hombre se atrevia á arrostrar la muerte por ella!

»De este modo pasaron seis años.—D. Elías Perez, agobiado por la edad y los sinsabores, se acercaba al sepulcro, y su desesperacion no tenía límites al pensar que dejaba célibe á Soledad y que el odiado Venegas podria regresar el dia ménos pensado y darle la mano de esposo. Ocurriósele entónces la idea de marcharse con su familia á otro país, donde no gravitaran sobre los ánimos las inolvidables amenazas del Niño de la Bola y le fuese posible hallar marido para la heredera de[p. 179] sus millones...—¡Pero ya era tarde! Un tenaz reuma no le consentia moverse... Estaba postrado en el lecho para no levantarse más.

»Como ni D. Elías ni la Dolorosa tuvieron nunca amigos ni confidentes, diferenciándose en esto de los héroes del teatro, sábese muy poco de las conversaciones que mediarian en aquel tiempo entre el padre y la hija, y sobre los verdaderos sentimientos de ésta. Sólo la madre (á quien la jóven trataba con el mismo despego y poca confianza que el riojano, cual si tampoco le perdonase el haber servido honradamente en calidad de criada al que seguia sirviendo humildísimamente en calidad de consorte); sólo la señá María Josefa, digo, habia logrado cogerles algunas expresiones; y, con referencia á ella, se asegura que D. Elías exclamó varias veces durante su larga enfermedad:

—«¡Hija mia! ¡cásate ántes de que yo me muera!»

»Y que la jóven le contestaba siempre:

—«¿Con quién? ¿con Vitriolo?—¡Ese es el único que me solicita!»

»Á lo cual solia poner la madre esta coleta, cuando hablaba del asunto con sus paniaguadas, ántes de que apareciese en escena Antonio Arregui:

—«¡Ya se ve! La muy picarilla conoce que está defendida por la sombra del que se marchó, á quien todos temen ver llegar de un momento[p. 180] á otro; y, por eso, y porque le gusta su papel de niña mimada, no le lleva la contraria á su padre.—¿Para qué, si nadie ha de pretenderla?—Mi hija quiere con toda su alma á Manuel; pero tiene mucho talento y mucha serenidad; pone todo su orgullo en no descubrir sus aficiones de ningun género, y no gusta de comprometerse á nada ni con nadie.—¡Yo no he conocido persona de más espera!»

»Muy digno de estudio me parece este comentario materno, clave y norma del carácter y de la conducta posterior y futura de Soledad; y usted, Marquesita, que tan aficionada es al análisis de los sentimientos, no podrá ménos de reconocer detras de esas palabras un corazon mucho más femenino que los que se empeñan en colocar los románticos dentro del corsé de las mujeres...

—¡Mirabel! ¡por Dios! ¡Que hay señoras!—no pudo ménos de exclamar la esposa del clásico.

—¡Tecla! ¡por la Vírgen! (replicó el preopinante:) Yo hablo de literatura..., y la marquesa me comprende...—¿No es verdad, Luisita?

—Ya discutiremos... (respondió la doctora, haciendo un malicioso mohin á la mujer del abogado, para que no la odiase.) Ahora estoy deshecha por ver á usted llegar á lo que los historiadores llaman nuestros dias...

[p. 181]—Pues continúo...—Y tú, mujer, no te escandalices de cosas abstractas...—¡Yo no estoy discurriendo aquí como hombre, sino como artista!—Conque voy á terminar en breves momentos.

«La vez primera que administraron el Viático á D. Elías Perez, es decir, tres meses ántes de su defuncion (tambien ha contado esto la señá María Josefa), se abrazó el viejo á Soledad convulsivamente y le dijo con infinita angustia:

—»¡Júrame que nunca te casarás con Manuel Venegas!

—»Yo no haré más que lo que usted me ordene,—respondió Soledad.

—»Pero yo me puedo morir... yo me estoy muriendo... ¡Júrame que, cuando cierre los ojos!...

—»Entónces haré lo que me ordene mi madre...—interrumpió la jóven.

—»¡Tu madre es una imbécil! (gritó el usurero) ¡tu madre es cómplice de aquel bandido!—¡Júrame, por lo tanto, que, aunque ella te lo ordene, no te casarás con el que hoy me mata!...

—»Padre, yo no juro... ¡Eso es pecado...! (replicó Soledad gravemente.)—Pero, en lo demas, yo obedeceré siempre á mi padre y á mi madre, como lo manda Dios en la misma Ley que prohibe jurar su santo nombre en vano...

—»¡En vano! ¡en vano! (repitió el moribundo.)[p. 182]—¡Ah, gran hipócrita!—Tú piensas reirte de mí despues que me entierren... ¡Tú eres una ingrata, que te complaces en amargar la agonía del padre que tanto te ha idolatrado, que tanto dinero ha consumido en darte gusto, y que ya no puede servirte de nada!...

—»Yo soy una hija obediente á mis padres y á Dios...—¡á Dios sobre todas las cosas!... (exclamó la jóven seráficamente.)—Por eso no juro ni juraré, aunque usted me insulte de esta manera...

—»¡Pues, entónces, no puedo morirme todavía! (repuso el anciano con asombrosa naturalidad.) Quita de en medio todos esos jarabes, y dáme de comer.—¡Mañana estaré bueno! ¡Tu rebelion me ha resucitado! Siento en mi máquina una energía nueva con que ni tú ni yo contábamos hace poco...—¡Me has dado, cuando ménos, un año y un dia de vida, que es el tiempo que necesito para utilizar tu obediencia!

—»Usted mandará...

—»¡Ya lo creo que mandaré!—Mañana mismo entrarás de novicia en un convento, y, si durante el noviciado no puedo casarte, de mañana en un año serás monja profesa, y yo bajaré tranquilo al sepulcro, despues de legar todos mis bienes á los hospitales de la Rioja...—¿Qué tienes ahora que decir?

[p. 183]—»Que mañana me trasladaré al convento,—respondió Soledad, besando á su padre.»

»No se puso bueno el riojano al otro dia, ni halló fuerzas para dejar el lecho ninguna de las veces que lo intentó, ni habia de levantarse más, segun que ya he dicho; pero la verdad es que se mejoró bastante despues de aquella conversacion; tanto, que los mismos médicos que lo habian mandado administrar, lo declararon fuera de inminente peligro y hasta muy capaz de vivir todavía mucho tiempo, si no se presentaba una nueva crísis.—En cuanto á Soledad, no hay que decir que al dia siguiente entró en el convento.—¡El padre y la hija estaban cortados por una misma tijera!

»Formando cábalas andaban las gentes sobre las reservas mentales de la Dolorosa, á quien acá mismo juzgábamos esperanzada en que su padre moriria ántes de un año, y resuelta de todos modos á no profesar en tiempo alguno; pues hacerse monja era cerrar á Manuel Venegas todos los caminos, hasta el del adulterio...

—¡Mirabel!... ¡yo no te he oido nunca hablar así! (interrumpió doña Tecla:)—¡Esto pasa ya de castaño oscuro!...

—Porque nunca he tenido que hablarte de psicología ni de fisiología... (respondió el académico.)—Pero la marquesa me comprende...

[p. 184]—Vamos... vamos... ¡amigo mio! (expuso la forastera). Doña Tecla tiene razon... ¡Déjese usted de esos estudios, y sáqueme de penas de una vez!...

—¡Es usted muy amable, Luisita, en no reclamar contra unas interrupciones que lamento profundísimamente..., bien que, en medio de todo (yo soy justo), hagan honor á la castidad de mi digna esposa!... (replicó D. Trajano, dando el último golpe á su pobre mujer con este fulminante cumplido, que arrancó una indefinible sonrisa á la no tan lisonjeada madrileña.)—Decia, pues (continuó el impertérrito oráculo), que tal rumbo llevaban las cosas, cuando, á los pocos dias de entrar Soledad en el convento (¡véase lo que es el destino de los mortales!), llegó á esta Ciudad otro riojano, con carta de recomendacion para D. Elías, á fin de que éste le ayudase con sus consejos y buenas relaciones á establecer, al pié de la vecina Sierra, una fábrica de paños, movida por agua...

»D. Antonio Arregui se llamaba el recien llegado, y era un hombre como de treinta años de edad; de buena presencia; muy circunspecto y formal en su trato; poco amigo de conversaciones inútiles; bastante rico, aunque muchísimo ménos que el prestamista; de inmejorables sentimientos, bien que no brillante en sus manifestaciones, y dedicado por[p. 185] completo al trabajo y á los negocios.—Añádase que era soltero.

»¡D. Elías habia encontrado su hombre!—Comenzó, pues, por hospedarlo en su casa: puso en juego á todos sus deudores para que le ayudasen y protegiesen en cuanto se le fuera ofreciendo: le regaló, á título de paisano suyo y antiguo amigo de sus parientes, el terreno necesario para la Fábrica: obligóle á ir al Convento varias tardes á visitar á su hermosa hija, dándole encargos y comisiones para ella; y, cuando consideró que el buen industrial estaba ya en sazon de caer espontáneamente en el lazo que iba á presentarle, refirióle un dia con habilidad suma las que llamó «cuitas de su vejez y desventuras de su casa, que le tenian postrado en aquel lecho y acabarian por matarle muy pronto», ó sea la historia de la horrible presion que un mala cabeza, llamado el Niño de la Bola (lenguaje suyo), estaba ejerciendo sobre él y sobre su pobre hija, porque eran débiles y no contaban con un brazo que los defendiera en aquella egoista Ciudad, donde no se perdonaba á nadie el delito de ser forastero...; presion que habia llegado hasta el punto de impedir que la jóven se casase con personas muy dignas, y de obligarla, por último, á pensar en hacerse monja, sin vocacion alguna á la vida del claustro, pero como único arbitrio[p. 186] para eludir su ridícula y peligrosa situacion; «todo ello (concluyó diciendo D. Elías), en virtud del miedo cerval que causan á un pueblo entero, á una Ciudad de doce mil habitantes, las criminales amenazas de una especie de facineroso cuyo paradero se ignora hace muchos años, y que probablemente habrá ya muerto en un patíbulo...»

»Arregui, que era riojano y descendiente de navarros, y no daba por ende cabida en su sereno corazon á los supersticiosos respetos y temores á que tanto se presta la imaginacion andaluza (yo soy tambien andaluz, mi querida Luisita; pero desciendo de portugueses), quedóse maravillado con lo que acababa de oir; tomó informes de personas sensatas, y se convenció de que todo era cierto; y, como, por otra parte, se habia prendado de la belleza, afabilidad y discrecion de la Dolorosa desde que la visitó por primera vez (no comprendiendo que tan encantadora criatura, llamada á heredar no pocos millones, se enterrase en vida entre las cuatro paredes de un convento), llegóse pocos dias despues al lecho del anciano, y le dijo con su gravedad acostumbrada:

»Yo no soy valiente de oficio; pero no le temo á ningun hombre, sobre todo cuando la razon está de mi parte y puedo contar con el amparo de la Ley y de los tribunales de Justicia. Tampoco soy[p. 187] rico, si se me compara con usted; pero tengo tan pocas necesidades que, con mi caudal y con mi amor al trabajo, me sobra para no necesitar ajenos millones.—¡Lo que yo necesito, como paisano de usted, profundamente agradecido á sus bondades, y como muy enamorado que estoy de su linda hija, es poner término al vergonzoso estado que pesa sobre ustedes!—Tengo, pues, la honra de pedir á usted la mano de Soledad, sin desprecio ni desafío, pero tambien sin temor alguno, á las amenazas del famoso Niño de la Bola.

»D. Elías estrechó en sus brazos á Antonio Arregui; le besó las manos y la cara; le apellidó hijo de su alma y de su corazon; lloró de agradecimiento y de alegría, y, acto seguido, llamó á su martirizada mujer (que lo habia oido todo detras de la puerta), y le mandó que fuese inmediatamente en busca de su hija; pero que ántes abrazase á su yerno.

»La señá María Josefa llevaba ya muchos dias de presentir aquel golpe, y áun de desearlo; pues á la pobre madre le era más duro vivir sin la única prenda de su corazon y pensar que al cabo del año de noviciado la perderia definitivamente, que arrostrar los desastres á que pudiera dar motivo aquel casamiento, el dia del retorno (para muchas gentes improbable, y para ella infalible) del tremendo Manuel Venegas.—¡Lo que la infortunada[p. 188] queria era ver á su hija á todas horas; que no se la quitasen; que no siguiera sepultada en un claustro!—Abrazó, por consiguiente, al fabricante con cierto júbilo, procurando acallar los aciagos presentimientos que la conmovian con siniestros vaticinios, y marchó desalada en busca de Soledad, á quien no habia visto desde la tarde anterior.

»Carezco de datos para referir puntualmente las escenas que se sucedieron en la alcoba de D. Elías cuando la jóven regresó del Convento. La señá María Josefa ha sido muy diplomática en este punto, y se ha limitado á decir que los ruegos, el llanto y las órdenes de aquel extenuado padre que, casi desde el féretro, le recordaba la prometida obediencia y le amenazaba con la maldicion de Dios y la suya... (á este coloquio no asistió Antonio Arregui), así como la grave y noble actitud que mostró luégo el digno industrial, cuyo circunspecto semblante expresaba un amor que no retrocedia ante la muerte, pero que sería humilde esclavo del menor de los caprichos de su dulce dueño... (¡Improbe amor! ¿quid non mortalia pectora cogit?), decidieron al fin á la Dolorosa á sacrificar las gratuitas esperanzas de Manuel Venegas,—«al cual (son expresiones trasmitidas por la madre) nada tenía ofrecido, ni nunca habia dirigido la palabra...»

[p. 189]»Pronunció, pues, la esfinge el anhelado ..., y pronunciólo (dicho sea en verdad) con gran admiracion y espanto de todo el pueblo, y áun de nosotros mismos... Pronunciólo muy tranquila y valerosamente, segun unos; á costa de una formidable convulsion, segun otros...—¡Ello es que lo pronunció (mal que le pese á la escuela romántica), y que ipso facto ocupó Antonio Arregui el trono de esta pendenciera Ciudad, vacío desde la marcha del Niño de la Bola!

»Ni faltó quien dijera entónces—y yo lo creí—que la taimada y misteriosa doncella estuvo conteniéndose hasta que su prometido se marchó al otro dia á las obras de la fábrica, y que entónces fué cuando estallaron sus nervios con tal ímpetu que se la dió por muerta durante muchas horas..., sin embargo de lo cual, no bien le advirtieron que habia regresado Antonio, recobró el imperio sobre sí misma y se le mostró sosegada, apacible y hasta sonriente...—Fenómenos son estos, mi querida Luisita, que muchas veces han servido para explicar ulteriores conflictos en varios matrimonios;—como, por ejemplo, la súbita felonía de mujeres que se casaron gustosas en apariencia y que, no obstante, abrigaban en el pecho la sierpe de otra pasion inextinguible, destinada á morder un dia al confiado marido en mitad del corazon y de la[p. 190] honra...—Pero yo cometeria una ligereza impropia de mi carácter, si aventurara en este punto (y con relacion al caso presente) juicios ó prejuicios tanto más temerarios cuanto que nada real y positivo se sabe ni se ha sabido nunca acerca de los sentimientos de la Dolorosa, y prefiero volver lisa y llanamente á mi pobre y concienzudo relato.

»Diré, pues, en las ménos palabras posibles, á fin de no fatigar al concurso, que á las pocas semanas de concertarse aquel matrimonio, comenzaron á publicarse las amonestaciones; que, durante su lectura, todos tenian clavados los ojos en la puerta de la Iglesia, esperando ver entrar al Niño de la Bola, en el ademan trágico y solemne del novio de Lucía, á desmentir y ahogar al honrado sacerdote que pregonaba tales nupcias; que, afortunadamente, no ocurrió semejante escándalo, ni ninguna otra novedad, y que de este modo llegó, como todo llega en el mundo, el dia prefijado para la boda.

»Boda he dicho, y no la hubo...—Verificóse el casamiento de noche, en la alcoba de D. Elías, cuya vida estaba otra vez en mucho riesgo, pero que no consintió se aplazase el acto ni una sola hora.—Nadie asistió á él, más que el cura de aquella feligresía y los testigos...—Yo fuí uno de ellos...; y nunca lo fuera para presenciar horrores[p. 191] como los que allí iban á suceder.—¡No bien acabó la ceremonia nupcial, y miéntras la desposada socorria á su madre, que habia perdido el conocimiento y caido en tierra, oyóse un gran suspiro en el antiguo lecho del padre del Niño de la Bola, desde el cual acababa de ejercer D. Elías Perez el oficio de padrino de aquel enlace, y vimos que el viejo usurero estaba dando las boqueadas!—Apénas hubo tiempo de que el Cura le leyese la recomendacion del alma en el propio libro que habia servido poco ántes para leer á los novios la Epístola de San Pablo...—D. Elías espiró inmediatamente...; y (¡oh miseria humana! ¡oh sarcasmo del destino! ¡oh leccion de los Hados!) aquellas mismas velas, encendidas para que sirviesen como de antorchas de Himeneo á la sacrificada hija, fueron blandones fúnebres que alumbraron el lecho mortuorio del padre tirano que ha dado márgen al conflicto en que hoy se encuentran tantos y tan sensibles corazones...»

D. Trajano Perícles se enjugó el sudor, al terminar aquel sublime esfuerzo de elocuencia, en que, sin pensarlo, rindió cierto culto al romanticismo; y luégo añadió, por vía de clásico desahogo:

—«Á los nueve meses justos y cabales Soledad dió á luz un hermoso niño.»

—¡Gracias á Dios! (no pudo ménos de exclamar[p. 192] la forastera.)—Pues, señor, me declaro partidaria acérrima del Niño de la Bola.—La razon está de su parte.—Soledad no tiene corazon, ni lo ha tenido nunca...

—Creo que confunde usted las especies... (respondió D. Trajano.) Lo que no tiene Soledad es un corazon de heroína de novela; y mucho ménos un corazon de hombre.—Su corazon es pura y simplemente de mujer...

—¡Está destornillado!—dijo doña Tecla, sonriendo en cierto modo á sus tertulios, como pidiéndoles que perdonasen á su marido.

—Pues entónces digamos que tiene un corazon de mujer que no sabe amar...—añadia entretanto la madrileña.

—Diga usted más bien (replicó D. Trajano) «un corazon que ama hasta cierto punto»...—Yo no tengo duda de que Soledad ha querido siempre á Manuel Venegas.—Creo más... (ahora que no nos oye mi mujer...) Creo que lo quiere todavía...—Pero la hija del usurero no nació para heroína; no nació para defenderse por sí propia: nació para que otros la defendieran ó la conquistasen.—Ella contaba sin duda con que el temido Niño de la Bola venciese á todos los enemigos de su amor, tanto á su padre como á los pretendientes que pudieran sobrevenir... Parecíase á esas princesas de los cuen[p. 193]tos orientales, que se dejan ganar como un premio por el contrincante más listo en descifrar charadas y enigmas, y se casan con él, aunque no sea muy de su gusto.—Indudablemente, nuestra princesa, esto es, la Dolorosa, hubiera preferido que Manuel saliese vencedor... Indudablemente lo amaba... Pero el pobre se descuidó, el pobre tardó en regresar de las Indias, el pobre no habia contado con que vinieran á esta Ciudad forasteros como Antonio Arregui, poco sensibles á vagas amenazas..., y la obediente jóven, con más ó ménos dolor y con peores ó mejores reservas mentales, dejóse conquistar y llevar por D. Elías, por el Fabricante, por la fatalidad, por el destino..., bien que á condicion de hacer luégo de su capa un sayo...—¡Así procedieron en todos tiempos las hembras creadas por Dios, ya que no las creadas ó falsificadas por los poetas y los novelistas! ¡Así procedió nuestra primera madre en el Paraíso terrenal, cuando, segun leemos en el Génesis...!

Por fortuna, llamaron en esto á la puerta de la calle; que, si no, ¡sabe Dios el vapuleo que habria dado el jurisconsulto á las pobres hijas y nietas de Eva, inclusas las más guapas que figuran en las historias!

—¡Ahí está Pepito! (exclamó la prima del Marqués:) Él nos traerá noticias frescas...

[p. 194]Lo primero resultó cierto; pero no así lo segundo. Pepito entró efectivamente en el salon, empinado y tieso para ganar estatura, y saludando á todos, aunque sin ver más que á la forastera, como la mariposa no ve más que la llama; mas ¡ay!, en cuanto á lo demas, todas las noticias que habia recogido en la calle eran negativas.

Sacábase de ellas en sustancia que Manuel Venegas no habia penetrado aún en la Ciudad, ni sabía nadie por dónde andaba;—que D. Trinidad Muley, cansado de recorrer el campo en su busca, y teniendo que madrugar para la gran funcion del otro dia (Misa y sermon con Señor Manifiesto, Comunion general, etc., etc.), se habia retirado á dormir hacía pocos instantes;—que la casa de Antonio Arregui (sita en distinto barrio que el ya vacío palacio de los Venegas) estaba cerrada como un sepulcro; pero no así la dispuesta para alojar al Niño de la Bola, por cuyos abiertos balcones se veian muchas luces, como si allí hubiera un muerto de cuerpo presente;—y, en fin, que hasta los Serenos, únicas personas que ya andaban por las calles, temian que á la tarde siguiente ocurriese alguna desgracia durante la Procesion del verdadero Niño de la Bola, á la cual no dejaria de asistir ninguno de los tres personajes principales del drama: Soledad, por el bien parecer, á fin de que no se dijera[p. 195] que le habia impresionado el regreso de su antiguo amador; Manuel Venegas, á convertir en hechos sus juramentos y amenazas de antaño, y Antonio Arregui á evitar que le creyeran huido y le infamaran con la fea nota de cobarde...—Es decir: los tres ¡por consideracion al público!

—¡Pues hay que ir á esa Procesion!—exclamó en el acto la forastera.

—Balcones tengo reservados al efecto, desde que no podian preverse estas baraundas... (respondió D. Trajano.)—Iremos á casa de uno de mis labradores...

—¡No faltaré!—dijeron los ojos de Pepito, quien no podia concebir que Manuel Venegas fuese más interesante que un hijo de las Musas.

—¡Y tambien habrá que ir pasado mañana á la Rifa! (continuó implacablemente la madrileña.) El Niño de la Bola no podrá ménos de presentarse en aquel sitio á cumplir su juramento de bailar con la Dolorosa...—¡Deseando estoy conocerlos á los dos!

—Cuente usted con palco principal, ó sea con la cueva del Mayordomo de la Cofradía,—repuso D. Trajano, saludando á la prima del Marqués.

Y, como en aquel momento diese las once el reloj de música que habia en el recibimiento, la tertulia se levantó en masa, despidiéndose todos[p. 196] hasta la tarde siguiente, en la Procesion; con lo que la forastera se retiró á su cuarto, á soñar con no sé qué prestamistas de Madrid; Pepito se fué á su desvan, á componer versos eróticos á la forastera; los tertulios innominados y mudos se marcharon á descansar del trabajo de haber nacido, y el elocuente señor de Mirabel cayó bajo el brazo secular de su esposa.

Descansemos nosotros tambien el resto de la noche, poniendo para ello fin al Libro Tercero; pues la gravedad de los sucesos que ocurrieron al otro dia y en el subsiguiente exige que, ántes de relatarlos, demos tregua á la pluma, paz á la imaginacion, y algun reposo á la natural zozobra del que leyere.


[p. 197]

LIBRO IV.

LA BATALLA.


I.

EL CUARTEL GENERAL DE VITRIOLO.

Amaneció al fin aquel memorable domingo en que habia de tener comienzo la ruda batalla de treinta y seis horas que riñeron definitivamente el Bien y el Mal en torno de Manuel Venegas y dentro de su atormentado corazon;—batalla empeñadísima y desastrosa, en que tomaron parte más ó ménos activa, directa y justiciable todos los habitantes de la Ciudad, ó sea todos los individuos del gran Jurado que solemos llamar «el público

Vitriolo habia citado la noche anterior á su gente «para el toque de diana, en la puerta de la[p. 198] botica», y allí estaban, en efecto, desde el amanecer, los que más atras denominamos «mozalvetes muy mal criados, bien que algo instruidos en materias asaz delicadas»..., de que era apóstol y cabeza el pasante de farmacéutico.

Tambien se encontraban en aquel centro ordinario de noticias (y excelente acechadero en tal mañana para seguir las operaciones de Manuel Venegas, cuyo domicilio distaba pocos pasos) otras muchas personas de distinta edad, clase y condicion, todas ellas muy afanadas en averiguar ó referir lo último que se sabía relativamente á los pavorosos sucesos que se veian llegar..., que eran infalibles..., que hasta se aguardaban con impaciencia..., y contra los cuales no dejaria de tronar todo el mundo ni de proceder activamente la Justicia, luégo que se hubiesen consumado. Las mismas criadas que iban á la compra se acercaban á aquella gran tertulia al aire libre y metian su baza en la conversacion, indicando lo que debia hacer cada personaje, «si tenía honor y vergüenza»... Las más sisadoras y alegres de cascos eran las más implacables y terribles, y repetian punto por punto los juramentos y amenazas que el Niño de la Bola pronunció hacía ocho años, terminando toda su arenga con la frase sacramental de: «¡Ahora veremos si hay hombres!»—El propio Alcalde, persona[p. 199] muy digna, discurria allí con la mayor seriedad, sobre si Manuel mataria á Antonio aquella tarde, ó lo dejaria para el dia siguiente en la Rifa, inclinándose á que sucederia lo primero.—Un Familiar del Obispo, todavía simple diácono, aunque ya iba para viejo, pero que comenzaba á tener fama de gran teólogo, habíase aproximado á la reunion, como por casualidad, y no perdia palabra de lo que en ella se decia, sin que áun hubiese despegado los labios por su parte...—En fin, hasta nuestro antiguo amigo, aquel Capitan retirado que ofreció dos pagas á Manuel Venegas la tarde de la célebre Rifa, hallábase entre los curiosos, á pesar de sus setenta y ocho inviernos y gloriosísimos achaques...

El único que faltaba para completar la asamblea era su presidente nato, el dueño de la casa, el insigne Vitriolo, encerrado hacía media hora en la trasbotica con una especie de bruja, antigua deudora arruinada por D. Elías Perez y actual paniaguada de casa de Soledad; la misma, segun creemos, que la noche anterior fué allí por medicinas para la señá María Josefa.—Los sectarios del farmacéutico, presumiendo sin duda los importantísimos asuntos que podian tratarse en aquella encerrona, guardábanse muy bien de interrumpirla, y, por el contrario, explicaban á los demas concurrentes la ausencia de su maestro, di[p. 200]ciéndoles que se hallaba confeccionando un medicamento de todos los demonios para un pueblecillo de las cercanías.—Habíase visto, sin embargo, á Vitriolo salir á la botica á tomar dinero del cajon, y, por cierto, que miéntras esto hacía, todos creyeron notar que estaba más feo, más pajizo y más excitado que de costumbre...

Entretanto, ya se habian dado, y repetido, y comentado hasta la saciedad, muchas y muy interesantes noticias á la puerta del Establecimiento.—Sabíase, por ejemplo, que Manuel Venegas entró al fin en su casa la noche anterior, cerca ya de la madrugada, con el caballo jadeando, destrozada la ropa y sin sombrero, cual si volviese de un espantoso combate: que este combate debió de ser consigo mismo, pues muchos regadores lo habian visto galopar sin rumbo cierto por los sembrados de la vega y por remotos olivares y viñas, como si lo persiguieran invisibles fantasmas: que habia hablado con algunos guardas de campo, y dádoles mucho dinero cuando se le quejaban de los destrozos que hacía, oyendo, en cambio, de boca de aquellas gentes, toda la historia de lo ocurrido en la Ciudad durante su ausencia: que, tan luégo como dejó el caballo, salió otra vez á la calle, á pié, embozado en una larga manta, y se dirigió al barrio de San Gil, donde el sereno lo vió pasearse[p. 201] delante de la cerrada vivienda de Antonio Arregui, y áun llamar á la puerta... (¡qué horror!), sin que de adentro respondiesen á sus repetidos aldabonazos... (¡qué ignominia!), hasta que, ya clareando la aurora, tomó la vuelta de su casa y penetró en ella; con lo que inmediatamente se cerraron sus puertas y balcones, como cerrados seguian en aquel momento...

Lo del horror y lo de la ignominia fueron exclamaciones involuntarias..., del Teólogo la primera, y del Capitan la segunda...

En apoyo del concepto de éste, bien que desvirtuando su oportunidad, agregó entónces un padre de familias:

—¿De qué os asombrais, caballeros? ¡Antonio Arregui es un cobardon, que no se ha atrevido á pasar la última noche en su casa, ni áun en el pueblo!... ¡Antonio Arregui huyó vergonzosamente ayer tarde, al tener noticias de que llegaba el Niño de la Bola!—Yo mismo lo ví salir á caballo, rio arriba, á cosa de las cuatro y media, y por cierto que iba muy furioso...

—¡Pues añada usted (expuso una criada) que esta es la hora en que no ha regresado todavía!...—¡Yo vengo del Mercado, y no está en él, como todas las mañanas, haciendo la compra para sus operarios de la Sierra!...

[p. 202]—Señores, ¡seamos justos!... (exclamó un comerciante, de orígen burgalés:) ¡Antonio Arregui es incapaz de huir!... Si se marchó ayer tarde, fué porque recibió aviso de que... algun mal intencionado, sin duda..., habia roto por varios sitios la acequia que mueve los batanes de su fábrica... Pero á aquella hora nadie sabía en el pueblo que ese Niño de la Bola se hallase tan cerca, ni tan siquiera que estuviese en el mundo.

—¡Lo sabía D. Trinidad Muley! ¡Lo sabía la señá María Josefa!—prorumpieron varios vecinos.

—¡Pues no lo sabía él!... (replicó el comerciante.) Yo le ví al marchar, y sólo pensaba en sus destruidas acequias...—En fin; apuesto doble contra sencillo á que, tan luégo como se entere de lo que ocurre, lo tenemos de vuelta en la poblacion, resuelto á no dejarse avasallar por nadie...—¡Yo conozco á los riojanos!

La conversacion entraba en mal camino, y estimándolo así un viejo, de oficio buñolero, que tenía su tienda en la misma plaza, tocó muy oportunamente otro resorte, y contó que aquella mañana, ántes de la salida del sol, habia estado D. Trinidad Muley llamando más de media hora en casa de su antiguo pupilo, sin conseguir que le contestaran, cual si Manuel, al recogerse pocos momentos án[p. 203]tes, hubiese dado órden á Basilia (la hermana de Polonia) de no abrir ni responder á persona alguna, aunque echasen la puerta abajo...

—¡Me alegro! (murmuró á este propósito un discípulo de Vitriolo, dirigiéndose á media voz á sus camaradas:) ¡Así no habrá podido ese fanático de misa y olla acobardar con sus letanías al hijo de D. Rodrigo, como lo acobardó la famosa tarde de la Rifa! ¡Temiéndome estoy que el Niño Jesus de Santa María de la Cabeza represente demasiado papel en este caso de honra! ¡Los curas no perdonan medio de acreditar á sus santos y de hacer negocio!

El buñolero habia seguido entre tanto refiriendo que D. Trinidad Muley, cansado de llamar en balde, se retiró á su casa muy entristecido, no sin lamentarse con todos los transeuntes de que las grandes funciones que lo amarraban aquel dia á su iglesia le impidiesen prevenir cualquier mal paso de su querido Manuel, y diciendo con sentidas voces que esperaba en Dios y en la Vírgen que las buenas almas de la Ciudad suplirian su ausencia de algunas horas...

—¡Prevenir! (se aventuró á exponer en voz alta otro discípulo de Vitriolo:) ¡Eso es contrario á la libertad! ¡Reconozco el lenguaje apostólico, incompatible con la Constitucion vigente, por más[p. 204] que la prévia censura sea muy del agrado del actual Ministerio!

Todos los circunstantes soltaron la carcajada al oir aquella salida de tono, ménos el Capitan, que refunfuñó despreciativamente una frase ininteligible, y ménos el Familiar del Obispo, que juzgó ya indispensable sembrar allí algunas ideas morales y pacíficas, y lamentó lo mejor que pudo (era vizcaino, como Su Ilustrísima, y hablaba mal el castellano) la gravedad del lance que se le presentaba al Sr. D. Antonio Arregui, «cuando tan bien le iba en su matrimonio; cuando tan contento se hallaba con su fábrica, adonde se le veia ir frecuentemente, acompañado de su mujer, de su hijo y de su suegra; cuando la llamada Dolorosa daba muestras de quererle y respetarle tanto, y cuando algun Regidor importante, agradecido á las grandes ventajas que el rico industrial habia proporcionado al pueblo, acababa de ofrecerle la vara de Alcalde para las próximas elecciones...

En este momento apareció Vitriolo en la puerta de su botica.—La bruja se habia escabullido por la puerta del patio.

Todos los mozalvetes rodearon al maestro, no en ademan de veneracion ó cariño, sino de una cínica confianza que rayaba en burla, diciéndole sucesivamente:

[p. 205]—¡Buenos dias, Palo-dús!

—¡Buenos dias, Espátula!

—¡Buenos dias, Panacea!

—¡Buenos dias, Cerato Simple!

—¡Buenos dias, Papaveris-albis!

Tantos y otros muchos nombres tenía el ayudante de farmacéutico, bien que el público en general hubiese optado por darle el de Vitriolo.

—¡Buenos dias, morralla!—contestó el enemigo de Dios, regalando una repugnante risa de su fea y desaseada boca á los insolentes mozuelos.

Y ni saludó al resto del concurso, ni fué saludado por él.—No podia darse mayor franqueza ni más desprecio recíproco por parte de todos.

Vitriolo tenía veintiocho años; pero manifestaba cuarenta: tan marchita se hallaba su piel, tan calva su frente, tan arruinada su dentadura, tan encorvado su talle, tan turbio su mirar y tan mermada su vista. Sin rayar en monstruo (lo cual hubiera excitado compasion); sin carecer de hechura humana, ni faltarle ningun remo ni sentido, era de lo más feo que Dios ha criado. Hacía daño á los nervios el extravío de sus ojos; ofendía su sonrisa, hasta cuando procuraba ser cariñosa; causaban náuseas su color de membrillo y su pelo de muerto, áun prescindiendo de su total descuido en cuanto á policía y limpieza. Tenía enormes piés y manos,[p. 206] las piernas un poco torcidas, hundido el tórax, desagradable la voz y apestoso el hálito. Dijérase además que lo vestían sus enemigos, pues su ropa amarillenta y su corbata verde no podian ser ménos adecuadas al color de su rostro, por más que estuviesen salpicadas de manchas de toda clase de pringues y ungüentos.—Tal era el atrevido personaje que pretendió á la Dolorosa despues que Manuel Venegas y ántes que Antonio Arregui: tal era el misionero de la incredulidad en aquella poblacion de moros bautizados: tal era el inteligente mancebo de la mejor botica de la Ciudad, cuyo titular y dueño residia casi siempre en el campo: tal era el traidor de nuestro drama.

No bien lo divisó el Familiar del Sr. Obispo, puso término á su pacífica elegia, y trató de marcharse; pero Vitriolo, que lo advirtiera, exclamó con su acento burlon y desapacible:

—Siga usted, Sr. D. Carmelo... ¿Por qué se calla al verme? ¿Estaba usted profetizando, como anoche, los milagros que haria esta tarde en la Procesion el verdadero Niño de la Bola?—Anoche no le respondí á usted porque tenía dolor de estómago; pero hoy debo decirle que el verdadero Niño es más supuesto que el falso, y, por consiguiente, ménos capaz de hacer prodigios.—¡Figúrense ustedes que está esculpido en madera de ro[p. 207]ble, y que, una vez que se le rompió la mano en que lleva el mundo, se la remendó por una peseta el carpintero de aquí al lado!...

—¡Esto no se puede sufrir! (gruñó el Capitan, pidiendo una silla y sentándose en medio del corro.) ¡Yo no sé por qué viene uno á donde se dicen tantas insolencias y majaderías!...

—Tiene usted razon... Yo me voy... (dijo el Alcalde.)—¡Estos diablejos lo comprometen á uno!—Vamos, Martin...

Y penetró en la casa de Ayuntamiento.

—¿Ves? (observó á Vitriolo el llamado Martin, discípulo suyo, muy de notar por lo flamante y moderno de su equipo:) ¿Ves? ¡El señor Alcalde ha tenido que irse!—¡Dices cosas demasiado fuertes!

—¡Habló Judas! (gritó el farmacéutico.)—¡Camaradas! Ya os lo dije anoche... ¡Martin nos abandona!—¡Desde que lo han nombrado escribiente del Ayuntamiento se ha vuelto beato!...—¡Hay que expulsarlo de nuestra comunidad! ¡El mejor dia lo vamos á ver dándose golpes de pecho en las iglesias!

—¡Yo no soy beato ni lo seré nunca! (respondió Martin muy amostazado.) Lo que nos pasa á todos tus amigos es que, como somos ménos feos que tú, no aborrecemos tanto á Dios, y se nos olvidan tus lecciones de impiedad. Si tú no hubieras nacido[p. 208] tan deforme, ya habrias tenido novia, tal vez te hubieras casado con ella, y ¡quién sabe si á estas horas serías el padrazo más creyente, más optimista y más religioso de la Ciudad!...—Pero, amigo, eres tan horrible, y te dolerá tanto no haber encontrado todavía una mujer que te escuche, que ¡vamos!... me explico que no estés agradecido al Criador...

—¡Al Criador! ¡Al Criador! (repuso Vitriolo con amarga ironía.) ¡Es la primera vez que te oigo pronunciar esa palabra!...—¡Muchachos! ¡os repito que nos vende desde que le han dado ese plato de lentejas!—Paco Antúnez... llegas oportunísimamente... ¡Tú, que eres mi discípulo mayor, mi brazo derecho, mi brazo fuerte, mi brazo secular, cerrarás la puerta del Templo (digo, de la trasbotica) á ese caballero escribiente que ya fuma tabaco propio!

—¡Nada me importa no volver por aquí! (replicó el maltratado discípulo:) ¡Y ya verás cómo poco á poco se van yendo todos estos incautos á quienes pudres con tus doctrinas!—En cuanto á lo demas, sepan ustedes, señores, que, si Vitriolo aborrece tanto á la Dolorosa, consiste en que estuvo enamorado de ella y recibió calabazas... ¡ó algo peor que calabazas!...

—¡Mentira! (gritó el boticario, hecho un vene[p. 209]no.) ¡Fué muy al revés! ¡Yo no la quise, cuando D. Elías me la daba enterrada en onzas!...—Pero bien sabe todo el mundo que soy amigo de Don Antonio Arregui, y que su suegra manda aquí por todas las medicinas.—Por consiguiente, eso que has dicho es una infame calumnia...

—¡Aquél me lo ha contado esta mañana!...—respondió Martin, señalando á nuestro Pepito, que asomó en tal momento por un arco de la Plaza.

—¿Aquél?—¿Y quién es aquél?—¡Ah! ¡Pepito! ¡Otro Judas! ¡otro desertor como tú!—¡Tambien venía él ántes á nuestra reunion, y era de los más calientes contra el bando apostólico!—¡Verán ustedes cómo ahora pasa de largo, sin mirar siquiera hácia aquí!... ¡Vendrá de adular al Obispo, á ver si lo hace sacristan!...—Sr. D. Carmelo, dígaselo usted de mi parte á Su Ilustrísima... ¡Dígale que Pepito no cree en Dios!...—¡Oiga! y ¡qué compuesto sale tan de mañana!...—¡Nada! ¡No nos saluda!—¡Habrá trasto como él!—¡Sin duda irá á pedirle un destino á la forastera del Afrancesado, á esa prima vigésima de un Marqués de mentirijillas, cuyo título no está en la Guía de Forasteros!...

—¡Cálmate! (advirtió por lo bajo Paco Antúnez á Vitriolo) ¡Vas á disgustar á todo el mundo!

—¡No me calmo! ¡Estoy harto de padecer! ¡Miren cómo me ha puesto de frescas ese escribienti[p. 210]llo, sólo porque dije que el Niño Jesus es de madera!—¡Pues de madera es! ¡Y, si en lugar de una cruz de plata, hubiesen puesto una púa de hierro á la bola que lleva en la mano, tendríamos al mundo convertido en un trompo!

—¡No es mucho más grande que un trompo nuestro mezquino mundo, si se le compara con la inmensidad y con el poder de Dios! (exclamó gravemente el teólogo, creyendo que el sesgo del debate le favorecia para hacerse oir.)—Si el mundo y el hombre no son de madera, son de barro..., y están hechos de la nada, como dice la Sagrada Escritura.—La fuerza y santidad de ese Niño de palo y de la cruz que ostenta ese trompo consisten en la moral que simbolizan y en el Sacrificio que recuerdan; consisten en que ayudan á desarmar la ira, á templar la concupiscencia, á hacer al hombre hombre...

—¡Y el que usted hable así consiste (interrumpió Vitriolo) en que es barbero del Sr. Obispo, desde que Su Ilustrísima desempeñaba un curato en Vizcaya!...

—¡Á mucha honra! (contestó el Familiar, conteniendo con su noble actitud las risotadas de unos y el movimiento de indignacion y retirada de otros:) ¡Es muy verdad que sigo afeitando á mi señor y padre, el cual me sacó de la miseria cuando la[p. 211] Guerra civil me dejó pidiendo limosna; pero eso no quita para que yo... yo... (que sería muy capaz de ahogar á usted entre mis manos, si no me lo impidieran mis ideas religiosas) me complazca en pedir á Dios que tenga misericordia de su alma de usted!

—¡Bien dicho, señor Cura! (exclamó el Capitan.) ¡Deme usted esos cinco!

—¡Palabras de carlista! ¡Estratagemas de apostólico! (replicó el boticario:) ¡Por todas partes se va á Roma!

—Lo mismo diria y haria (repuso el teólogo) si fuera judío, moro ó protestante. Yo no defiendo aquí ahora ninguna religion determinada: defiendo la religiosidad en abstracto, el temor de Dios, el amor al hombre...—En fin, lo perdono á usted, y me marcho...—¡Usted abrirá los ojos con el tiempo!

Vitriolo conoció que quedaba mal, y trató de detener al diácono, diciéndole á toda prisa:

—¡Defiende usted las tinieblas! ¡Defiende usted la Inquisicion y el fanatismo! ¡Defiende usted la mentira, profesada como industria para tiranizar y explotar á los hombres!—¡En cambio, nosotros los filósofos defendemos los fueros de la razon, la causa de la verdad, la despreocupacion del entendimiento, la dignidad de la especie humana!—¡Nosotros no queremos que nadie viva engañado, ni some[p. 212]tido á las desigualdades de la suerte, en la esperanza de otra vida y de un Cielo que no pueden existir, que no existen, que repugnan á la buena lógica, como lo demuestra el célebre dilema de Epicuro!...

Pero el teólogo no oia ya al farmacéutico, pues se habia marchado efectivamente, dejándolo con la palabra en la boca.

La mayoría del público, y con especialidad las personas graves, comenzaron á desfilar tambien, renunciando á las decantadas ventajas de convertirse al ateismo; con lo que pronto la tertulia quedó en cuadro...

—Pero ¡hombre! (arguyó entónces el Capitan, encarándose con Vitriolo:) Suponiendo que todas esas infamias que usted dice sean ciertas, ¿qué adelanta con darnos tan malas noticias? ¿Qué pierde usted con que yo me consuele de mis reumas, de mi retiro forzoso, del atraso de mis pagas, y del disgusto de conocer á muchos malvados como usted, esperando, como espero, hacer en otra parte una campaña mejor que la de esta pobre vida?—¿Me equivoco?—¡Pues déjeme usted en mi dulce engaño! ¡No haga usted el oficio de Satanás! ¡Piense usted en sus ungüentos, y déjenos á nosotros con nuestros santos de madera, que tambien nos sirven de medicina!

[p. 213]—¡Valiente modo de discurrir! (contestó el boticario.)—¡Bien se conoce que no ama usted la verdad ni ha visto un libro por el forro!—¡Los militares fueron ustedes siempre oscurantistas, inquisitoriales, serviles!

—¡Vaya usted mucho enhoramala! (repuso el Capitan, levantándose:) ¡Yo no soy servil! ¡Yo soy más liberal que usted! ¡Yo me he batido contra Napoleon y contra Angulema! Yo he derramado mi sangre, defendiendo la Independencia y la libertad de mi patria, hasta que, por viejo y achacoso, me dieron el retiro...—Pero todavía soy capaz...—En fin, no quiero incomodarme...—Repito que hago una tontería en venir por aquí...—¡Todos sois unos impíos, unos luteranos, unos mocosos, que debiais estar en la Cárcel!...—Mas ¿qué le hemos de hacer? ¡El mundo marcha así!—Conque, muchachos, ¡hasta luégo!...—Son las ocho, y voy á ver si me dan de almorzar.

Grandes carcajadas y burlas produjo en los mozalvetes el apóstrofe del veterano; y, como en pos de él se marchase la poca gente de viso que ya quedaba en el corro, penetraron aquéllos en la botica, donde el Maestro, atendida la especialidad de las circunstancias, les dejó meter mano al cajon del palo-dús, y hasta fingió no reparar en que algunos se empinaban las botellas del jarabe simple, del[p. 214] jarabe de corteza de cidra y del jarabe de altea.

*        *        *        *       *

Terminado el refrigerio, todos se fueron á sus casas á continuar almorzando, ménos Paco Antúnez, á quien habia dicho Vitriolo:

—No se marche usted, señor Jefe de Estado Mayor.—Tenemos que hablar...

—¿Qué hay? (preguntó el mimado discípulo con cierto aire de valiente.) ¿Qué dice la Volanta?

Paco Antúnez era, en efecto, segun ya habia indicado su jefe espiritual, el mozo más templado y terne de aquel plantel de descreidos, así como el más callado, el más fino y el de mejor figura: en resúmen, era el más guapo en el triple sentido de la palabra.

Vitriolo le contestó con suma afabilidad:

—La Volanta está en muy buen terreno.—Tú sabes que fué una labradora muy acomodada, y que su aficion al aguardiente la hizo caer en las garras de D. Elías, quien la dejó pidiendo limosna... Hoy le dan de comer Soledad y su madre, más bien por remordimiento que por caridad, de donde se deduce que ella las detesta con todo su corazon. En cambio, como ve que yo soy el abogado consultor de los pobres; que no voy á misa, y que le hago de balde ciertos ungüentos para sus oficios de curandera y de bruja, me quiere con[p. 215] toda su alma, ve en mí una especie de Vicario del Diablo, único Dios en que cree, y me cuenta todo lo que sucede en casa de la Dolorosa.—Ahora bien: por ella he sabido que la señá María Josefa fué quien mandó anteanoche romper por varios puntos la gran acequia de la Fábrica tan luégo como se enteró de que llegaba Manuel Venegas, obligando así á marchar allá á Antonio Arregui y ganando tiempo para entenderse con el burlado amante... La misma Volanta proporcionó el hombre que rompió dicha acequia, y ella tambien debia procurarme á mí hoy, segun me ofreció anoche, esta ú otra persona que fuese á la Fábrica, como por casualidad, y participase á Antonio Arregui el regreso del Niño de la Bola...—¡Seis reales le dí para ello!...

—Son tres leguas de ida y tres de vuelta...—¡No estuvo mal!—pronunció flemáticamente Paco Antúnez, encendiendo un buen trozo de lo que entónces se llamaba tabaco negro.

—No estuvo mal... (repitió Vitriolo.)—Pero es el caso que todos los hombres á quienes ha propuesto el trato la Volanta recelan que se entere el Niño de la Bola, y ninguno se atreve á ir á la Sierra...—¡Ya ves qué contrariedad!—Son las ocho de la mañana, y es menester que el marido de la Dolorosa se halle aquí ántes de la hora de la Procesion...

[p. 216]

—La Procesion es á las cuatro...—observó Antúnez, chupando aquel veneno que tenía en la boca.

—¿Te atreverias tú á ir?—preguntó Vitriolo afectando gran indiferencia.

—¡Yo no!—respondió inmediatamente el discípulo, con una frialdad impropia de sus veintidos años.

—Puedes fingir una cacería... (insistió Vitriolo.) Coges el caballo y la escopeta, y en dos horas estás allí...—Arregui no podrá maliciarse que vas exprofeso á darle la noticia.

—He dicho que no voy...—replicó Antúnez, mirando el humo de su cigarro.

—¿Temes que se lo cuenten á Manuel Venegas? ¿Te asustas tú tambien del Niño de la Bola?...

—No es eso, amigo Vitriolo.—Te temo á tí; me asusto de tu ferocidad.—Cualesquiera que sean mis ideas religiosas, ó, mejor dicho, aunque no me hayas dejado ninguna, yo no he nacido para matar con mano ajena.—Yo no soy, como tú, indiferente á la moral y á la política: yo amo el bien, aunque no crea en otra vida futura... Yo soy republicano.

—Ya lo sé..., y haces muy mal... (respondió Vitriolo.)—Lo mejor es no ser nada.

Antúnez replicó en el acto:

[p. 217]

—Para hablar así hay que principiar por donde tú principias; por aborrecer á la especie humana.—Ahora bien: yo no la aborrezco: yo amo á los hombres, y deseo su dicha, como la desearon Caton, Bruto y Robespierre...

—Pues entónces, ¡fíngete cristiano!... (dijo Vitriolo, riéndose.) De esa manera podrás ofrecer dos bienaventuranzas á tus adorados prójimos; ó sea una de presente, y otra de futuro; una en esta vida, y otra donde cuentan los sacristanes.

—¡Yo no sé decir lo que no siento! (contestó el filántropo); y por eso precisamente me niego á ir á engañar á Antonio Arregui, ocultándole el objeto de mi excursion á su fábrica...

—¡Pero tú olvidas lo que hablamos anoche! (exclamó Vitriolo muy apurado.) ¡Tú olvidas que, si D. Trinidad Muley empastela este asunto, la victoria será de las ideas místicas! ¡Dirá el clero y repetirán las viejas que ha habido milagro, como lo dijeron en 1832, cuando Manuel Venegas dejó de matar á D. Elías Perez la tarde de la famosa Rifa!—Contaba entónces D. Bernardino, el Sacristan de la Parroquia, que, si no ocurrió allí una muerte, se debió á que D. Trinidad se abrazó á la Efigie del Niño del Dulce Nombre pidiéndole auxilio...—Hay más: la señá Polonia, el ama..., ó la querida del Cura... (No frunzas el entrecejo: admito que[p. 218] sólo sea su ama...), tomó de aquí pié para soltar la especiota de que la tal Efigie, decidida protectora del hijo de D. Rodrigo, le devolvió el habla cuando muchacho...—¡Todo esto es muy grave!—¡Antúnez! ¡ó somos ó no somos enemigos de la supersticion! ¡Tu causa es la mia, aunque yo no sea republicano, ni monárquico! ¡Hay que desvanecer esas patrañas! ¡Hay que evitar un nuevo triunfo de D. Trinidad Muley!

—Desengáñate, Vitriolo... (contestó friamente el republicano.) Lo que á tí te mueve en esta empresa, no es la Filosofía, á que yo tambien rindo ferviente culto, sino el insensato amor que tuviste á la Dolorosa, convertido en odio mortal, por haber ella obligado á un perro á comerse tu amartelada declaracion...—Yo ignoraba anoche tan divertido lance; pero esta mañana me he enterado de él, como todo el pueblo, por haberlo referido anoche el Afrancesado á sus tertulios...

Vitriolo se retorció convulsivamente, y lanzó una especie de alarido...—Irguióse luégo y dijo con dolorosa mansedumbre:

—No te lo negaré yo á tí, que eres mi ojo derecho... No te negaré, mi querido Paco, que tambien procedo á impulsos de ese rencor inextinguible... No te negaré que la felicidad de la Dolorosa me vuelve loco; que necesito verla llorar tanto como[p. 219] yo he llorado, y que la ocasion es esta.—Pero no por eso dudes de que, al propio tiempo que vengarme, quiero defender la santa Filosofía, ¡única gloria y consuelo de mi pobre existencia!—¡Sí, yo trato de evitar que los Curas hagan creer á los necios en un milagro de las ideas religiosas que nos ponga en ridículo á todos vosotros y á mí! ¡Yo quiero libraros y librarme de una silba de todo el pueblo!—D. Trinidad Muley, con sus limosnas, entremetimientos y gramática parda, es el levítico que más daño hace hoy en esta Ciudad á la causa de la razon.—¡Hay que presentarle una batalla campal! ¡Hay que destrozarlo para siempre!

—En ese punto estás repitiendo palabras mias..., ya que no por lo tocante á la persona de D. Trinidad (que es un buen hombre, sin malicia ni talento), en lo que respecta al verdadero bando apostólico...—Pero, entre combatir el error, y lo que ahora me pides; entre predicar uno sus ideas filosóficas, y traer al matadero á un hombre de bien, hay mucha, muchísima distancia.—Repito que no voy á la Sierra.

—¡Pues no vayas! (exclamó Vitriolo con sumo desprecio.)—Yo me las compondré sin tí.

—¿Irás tú mismo á buscar á Arregui?—preguntó irónicamente Paco Antúnez.

—¡Así pudiera cerrar la botica!—Pero estoy[p. 220] solo, y no puedo moverme de aquí ni de dia ni de noche.—Por lo demas, ten entendido que yo soy el único hombre de este pueblo que no le teme al Niño de la Bola.

—Dos ó tres veces te he oido decir eso...—¿Quieres explicármelo?

—Tiene muy poco que explicar.—No le temo, porque soy cobarde.

Y, al hablar de este modo, Vitriolo se erguia con especial orgullo.

—¡Gran verdad has dicho! (exclamó Antúnez.)—El mundo es de los que no pelean; ó, más bien, de los que no dan la cara...—No hay quien corra ménos peligros que un cobarde...—El desprecio de los valientes les sirve de escudo...—En fin... ¡allá tú!—Yo me retiro, con tu licencia.

El boticario suspiró melancólicamente, y murmuró, como hablando consigo mismo:

—¡Hay pocas naturalezas cabales!...

—Pocas,—repitió Antúnez.

—Con todo, ¡por algo seré yo vuestro jefe!

—Ya lo creo... ¡y áun por algos!

—¿Estás pesaroso? (interrogó vivamente el farmacéutico.) ¿Piensas tú tambien abandonarme?

—Sí: te abandono ahora, porque me voy á almorzar,—contestó el discípulo mayor, sonriéndose indefiniblemente.

[p. 221]Y se marchó muy despacio, dejando sumido á Vitriolo en dolorosas meditaciones.

El resto de la mañana fué, cual si dijéramos, una ampliacion de la tertulia que hemos presenciado en la puerta de la botica.—Tan luégo como el vecindario acabó de almorzar, llenóse otra vez la plaza de corrillos y de paseantes, cual si allí se celebrara la gran fiesta del dia, y no en el barrio de Santa María de la Cabeza. Contra la inveterada costumbre, muchas personas principales del pueblo, y desde luégo todos los hombres de armas tomar ó aficionados á ruidos y reyertas, dejaron de asistir á la solemne Misa que en aquel instante se cantaba en la Parroquia gobernada por D. Trinidad Muley.—«¿Á qué ir (parecia decirse la gente), cuando sabemos que Manuel Venegas está encerrado en esa casa?»—No apartaban, pues, los ojos de aquellos mudos balcones ó de aquella inexorable puerta los grupos diseminados acá y allá, y hasta los mismos paseantes volvian la cabeza á cada momento, para ver si daba señales de vida el albergue del infeliz recien llegado.—Tenía aquello algo de la expectativa del público en una plaza de toros, cuando los aficionados bullen todavía en el circo, esperando á que se anuncie la salida de la fiera, para quitarse de en medio y dejar á otros el[p. 222] cuidado de hacerle frente...—Ó, más bien, era un caso igual al de los antiguos torneos... ¡Manuel y Antonio veíanse como obligados á optar entre la pelea y la deshonra! «¡Sangre ó rechifla!» parecia ser el estribillo del coro.

Llegó la hora de comer (las dos de la tarde), sin que se hubiese movido ni una mosca en casa de Venegas (no obstante haber estado dos veces llamando al porton el ama de D. Trinidad Muley y otras dos un acólito de la parroquia de Santa María), y el público se retiró de la plaza...

Pero no habian transcurrido veinte minutos cuando ya se hallaban de vuelta algunas personas... (¡Parcas fueron en el comer, ó poco abastecida estuvo su mesa!)—Otras regresaron algo más tarde: acudió, por añadidura, mucha gente que no habia estado allí por la mañana, y, con todo ello, la plaza acabó por parecer un animadísimo campamento... ¡Baste decir que varios mozos, y hasta algunos sujetos muy formales, hablaban ya de su firme propósito de no ir á la Procesion, si veian que Manuel no concurria á ella, y de pasar allí el resto de la tarde!...

De pié á la puerta de su tienda el verdadero General de aquel ocioso ejército...; quiero decir, de pié á la puerta de su botica el intrépido Vitriolo, se restregaba las manos, al ver que todos, por co[p. 223]mision ó por omision, estaban secundando su plan de batalla, y daba instrucciones á sus oficiales de Estado Mayor para que sembrasen entre los corrillos las ideas más conducentes al triunfo de la ira sobre la paciencia, ó, como él decia, «al triunfo de la razon sobre las preocupaciones.»

De pronto, cundió por toda la plaza una noticia que revolvió y barajó los grupos, formando otros nuevos y más numerosos, en que ingresaron hasta los paseantes...—Pepa la peinadora acababa de cruzar por allí diciendo que venía de rizar el pelo á la señora de Arregui, en forma de tirabuzones iguales á los de la forastera, y que en aquel momento la dejaba vistiéndose de tiros largos para ir á la Procesion en compañía de su madre...

No habian empezado los comentarios acerca de este grave acontecimiento, cuando ocurrió otra novedad que puso el colmo á la agitacion de la muchedumbre...—¡La puerta de la casa de Manuel Venegas se acababa de abrir, y Basilia, su ama de gobierno, estaba en el portal notificando al público que el hijo de D. Rodrigo Venegas habia comenzado á arreglarse para ir á la Procesion del Niño de la Bola!

La alegría, el miedo y el entusiasmo de la multitud no tuvieron límites... Hubo hasta aplausos de la gente baja, y silbidos y carreras de los pi[p. 224]lluelos; advertido lo cual por el Alcalde, y temiendo un motin ó cosa parecida, aconsejó á todos, por honor de aquella Ciudad, antigua Colonia fenicia y romana, y posteriormente Corte de no sé qué rey moro, que se trasladaran á la carrera de la Procesion (donde parecia más natural que estuviesen reunidas aquella tarde las personas decentes), y que allí esperasen con la debida compostura la llegada de su querido paisano Manuel Venegas,—quien no dejaria de alegrarse mucho de poder salir de su casa como un hombre serio y formal, y no entre aquella especie de rebullicio...

Penetráronse de estas razones los agitados grupos, y casi todos se disolvieron, ó, mejor dicho, se encaminaron en masa hácia la Parroquia de Santa María, cuyas alegres campanas anunciaban ya con su primer repique que apénas faltaba una hora para la Procesion...

Sigamos nosotros el turbion de la gente, y trasladémonos tambien á aquel apartado barrio, donde nos aguardan muchas personas conocidas.


[p. 225]

II.

LA PROCESION.

Era una hermosísima y apacible tarde, en que la Primavera, vestida de andaluza, llenaba el cielo de esplendores y sonrisas, de cálidos besos el sosegado ambiente y de fragantes rosas los huertos y balcones de la Ciudad, el lustroso peinado de las doncellas y las manos de sus felices ó desgraciados amadores.

Todavía faltaba media hora para la salida de la Procesion, y la calle de Santa María de la Cabeza (á cuyo extremo inferior se halla situado el Templo del mismo nombre) estaba ya hecha un patio del Cielo, una antesala de la Gloria, un verdadero Empíreo..., tal y como los nietos de Adan y Eva nos imaginamos y solemos representar semejantes excelsitudes desde nuestro confinamiento terrestre...

Quiero decir con esto, que todas las ventanas tenian grandes colgaduras de coco, de zaraza, de filipichin y hasta de damasco, en las cuales era fá[p. 226]cil reconocer las colchas de novios de muchas generaciones, miéntras que el suelo de la prolongada calle y de toda la carrera que habia de llevar la Procesion veíase alfombrado de verde juncia, de amarilla gayomba, de olorosos mastranzos y de otras campesinas hierbas...—Las campanas de Santa María repicaban gozosamente por segunda vez, anunciando que ya se acercaba el momento solemne... Cohetes voladores reventaban á docenas en los aires, como notificando á los demas planetas lo que ocurria en el nuestro..., y el tambor de la Milicia Nacional daba golpes y redobles de atencion y llamada, que hacian subir de punto la general expectativa...

Todas las ventanas y azoteas, y áun los mismos oblicuos tejados, estaban llenos de gente, sobre todo de mozas aderezadas y carilimpias (muchas de ellas nada más que cari), habiéndose reservado los balcones para las señoras y señoritas del centro de la Ciudad, que ya ostentaban en ellos sendas mantillas ó tocas de Almagro, peinados á la francesa y demas distintivos de su elevada alcurnia.

En la calle no se podia echar un alfiler: tan atestada se veia de artesanos vestidos de nuevo, de jornaleros vestidos de limpio y de caballeretes vestidos de moda. Hasta los regadores habian abandonado los campos y encontrábanse allí, apoyados[p. 227] en sus azadas, como dispuestos á volver á la interrumpida tarea en cuanto presenciaran el paseo triunfal del Niño de Dios.—Algunos militares retirados (entre los cuales descollaba nuestro Capitan) lucian su irreemplazado uniforme de la Guerra de la Independencia, y ¡á fe que era grato verlos embutidos en sus casacas de altísimo cuello, provisto de sudadero, que les rozaba la coronilla, con la ancha capona ó la larga charretera empinadas sobre los hombros, con el inflexible corbatin de ballena impidiéndoles toda comunicacion con el género humano, y con su morrion de carrilleras y descomunal campana, que no habria podido soportar el propio Dios Marte!...—Por último: los bulliciosos chicuelos y los circunspectos milicianos (ó sea los nacionales, que era como se llamaban allí entónces) se apiñaban en el atrio y gradas de la Iglesia, para servir, aquéllos de vanguardia y éstos de escolta, á la venerada Efigie del Niño Jesus,—en tanto que el sol, enfilando de lleno la calle al bajar á Poniente, daba á todas aquellas cosas divinas, humanas y pueriles un carácter glorioso, triunfante, santo, que si distaba muchísimo de la beatitud eterna, diferenciábase tambien algo de las cotidianas luchas de esta vida.

La forastera, con traje negro, mantilla blanca y muchas joyas de escaso valor, ocupaba el balcon[p. 228] principal de una de las mejores casas de aquel barrio; balcon enorme, con balaustres de madera color de chocolate, que podia contener quince ó veinte personas.—Hallábanse, pues, tambien allí D. Trajano, su esposa y todos sus tertulios, excepto nuestro amigo Pepito, que se contoneaba en la calle, frente por frente de aquella casa, para que la madrileña lo viese navegar por el mundo como todo un hombre y admirara de léjos su frac de tijera (refundicion del único que habia tenido su buen padre), su pantalon de color de avellana, su corbata celeste, su chaleco de mil flores y su colosal sombrero de copa...—¡El pobre ingenio parecia un mico vestido de máscara!

Á D. Trajano Mirabel le habia dado aquella tarde por hablar de política, y traia mareado á otro señor de su edad, tambien moderado acérrimo, que solia formar parte de su tertulia; pero ni éste ni nadie tenian ya atencion para otra cosa que para mirar á una hechicera mujer, tambien con mantilla blanca, que acababa de presentarse y tomar asiento en un balconcillo del entresuelo de la casa de enfrente.

—¡Es usted afortunada! (dijo doña Tecla á la prima del Marqués.) ¡Toda la tarde vamos á estar viendo á la Dolorosa!—¡Allí la tiene usted..., con una mantilla como la suya!...—¡Jesus María! Y[p. 229] ¡cómo la mira la gente!...—¡Ni que ella fuera la Procesion!

En efecto: Soledad estaba allí; donde ménos se la esperaba; en una casa humilde; en aquel peligroso balcon, tan cercano al piso de la calle... ¡casi confundida con la multitud, cuando habia podido disponer de todas las casas y de todos los balcones del barrio!

—¡Qué temeridad! ¡Qué imprudencia! (decian algunos.) ¡Elegir ese sitio, estando en el pueblo el Niño de la Bola! ¡Sabiendo que viene tan irritado!...

—¡Qué falta de consideracion! ¡Qué descoco! (añadian algunas.) ¡Andar de fiestas, estando ausente su marido! ¡constándole que el otro piensa venir aquí!

—¡Confesemos que es muy valiente! (reponian los más tolerantes.) ¡Ella misma se lanza á la cabeza del toro!—¡Mirad qué cara tan serena y tan hermosa! ¡Mirad qué sonrisa tan altanera! ¡Mirad qué ojos! ¡Ninguna inquietud se lee en ellos!—Y, sin embargo, ¡bueno andará su corazon!

—¡Esa! ¡esa es la Dolorosa! (exclamaba al mismo tiempo D. Trajano, dirigiéndose á la prima del Marqués:) ¡Este golpe la retrata de cuerpo entero! ¿Sabe usted á qué viene aquí? ¡Á desarmar á Manuel con su presencia! ¡á hacerle apetecer una paz[p. 230] vergonzosa para Antonio Arregui! ¡á jugar el todo por el todo!—¡Ya dije á usted anoche que Soledad ama... hasta cierto punto al intrépido Venegas!—Yo soy viejo, y conozco el pecado...

—¡Es usted atroz!—contestó ágriamente la cortesana, cual si el jurisconsulto la hubiera sorprendido recorriendo con la imaginacion, por cuenta de Soledad, aquel sendero pacífico, criminal y deleitoso.

Y luégo añadió, quitándose los lentes:

—¡Pues, señor! declaro que esa mujer vale más de lo que yo me figuraba...—Aunque viste con mediano gusto y tiene una expresion hipócrita que da miedo, es muy bonita, muy graciosa, y hasta muy interesante...

¡Que si lo era!...—Permítasenos describirla por última vez... Permítasenos decir á qué extremo de hermosura habia llegado la que conocimos inocente niña y púdica doncella, cuando la vemos ya convertida en mujer de veinticinco años, esposa y madre.

Soledad no pertenecia á la raza de las estatuas griegas. Su belleza tenía más de gótica que de pagana, más de romántica que de clásica, más de las creaciones de Schiller y Walter Scott que de las de Homero y de Ovidio; más, en fin, de dama que de diosa.—Así y todo, su cuerpo era un primor de[p. 231] forma, cuyas suaves líneas vacilaban dulcemente entre la curva y el ángulo, dando mayor realce y gallardía á los femeniles contornos. Ni se admiraba sólo la forma en aquella exquisita figura: la misma materia (cosa indiferente en la belleza gentílica) tenía en ella singular atractivo y hablaba por sí propia á la imaginacion. Era, en resúmen, una de esas mujeres finas y nerviosas (á quienes erróneamente se suele llamar espirituales ó ideales), cuyos encantos corpóreos no se limitan al dibujo, al modelado exterior, á la belleza plástica, como en las beldades olímpicas, sino que residen y se aprecian en la totalidad del sér físico, en su índole y naturaleza, en la calidad de la masa, en todo lo que de ellas puede ver el escultor y en todo lo que adivina el fisiólogo: mujeres verdaderamente materiales y terrenas, mucho más humanas que esas macizas cariátides sin nervios en que parece que todo es arcilla: ¡elásticas serpientes, de piel dócil y suelta, de carnes precisas y delicadas, de huesos cálidos y endebles, de sangre rápida y fluida, que viven y huelgan en el fuego, como se cuenta de las salamandras!

El rostro de la Dolorosa acrecia el profundo interes y la ardiente curiosidad que ya despertaba en el ánimo el aspecto general de su lánguida y voluptuosa contextura. Aquella palidez inalterable y llena de vida; aquellos ojos amantes y altivos á un[p. 232] propio tiempo; aquellos labios sensuales y desdeñosos; aquel sentimentalismo del conjunto de sus facciones, tan incompatible con la materialidad de la vida que llevaba pacíficamente la casual esposa de un hombre vulgar ó cuando ménos prosaico; todas estas contradicciones de su sér y de su existencia, expresadas vagamente por su semblante, hacian que Soledad cautivase la imaginacion y el deseo, como todo lo misterioso, como todo lo inexplicable, como una esfinge, guardadora de trágicos y peregrinos secretos.

Dicho se está que casi ninguna de estas sublimidades pasaba por las mientes á aquellos semi-africanos que devoraban con la vista á Soledad; mas no por ello se les oscurecia la sustancia de cuanto acabamos de exponer, ni envidiaban ménos, en hipótesis, al feliz mortal que sacase de su forzosa, perdurable apatía á la malograda heroína de amor;—lo cual equivale á decir que envidiaban en futuro contingente á nuestro amigo Manuel Venegas, presunto dueño de aquel corazon encarcelado.—Por lo que respecta á Luisa y al señor de Mirabel, estaban muy al tanto de todo (á fuer de doctores en materias de arte, vicio y sentimiento), y fueron aquella tarde mucho más allá que hoy mi tosca pluma en el análisis físico-poético-moral de la Dolorosa.

[p. 233]De pronto, advirtióse en los grupos un gran movimiento, que muy luégo se propagó á ventanas y balcones, como si ocurriese alguna extraordinaria novedad...—¿Qué motivaba aquel oleaje de la muchedumbre?—¿Iba á salir la Procesion? ¿Se habia suspendido? ¿Acontecia alguna desgracia?

No: era que Manuel Venegas acababa de aparecer en lo alto de la prolongadísima calle de Santa María: era que avanzaba hácia la parte concurrida de ella, precedido de una escuadra de bullidores muchachos y escoltado á respetuosa distancia por media docena de valientes de segundo órden: era que llegaba el héroe del dia.

Casi toda la gente se apartó de las inmediaciones de la Iglesia y fué extendiéndose calle arriba para gozar más pronto de la presencia del jóven sin ventura,—el cual marchaba entretanto sosegadamente, sin mirar á nadie, con la cabeza un poco inclinada, y divirtiéndose al parecer en agitar con el baston las olorosas hierbas que alfombraban el suelo.

No podia decirse, sin embargo, que le fuera indiferente el público, cuando tanto se habia acicalado y compuesto, en medio de sus penas, para presentarse dignamente á él.—Los moros son siempre vanidosos y artistas, y acuden á las batallas con sus mejores ropas y todo el posible boato, viendo tal vez una fiesta en el peligro...—La mencionada[p. 234] tarde vestía Manuel como un novio, como un triunfador; no como un hombre que acaba de ser desarraigado de la vida y sólo espera ya marchitarse y morir...—Todo su traje era de rica seda negra sin brillo, con alamares del mismo color y muchos botones de plata mate: lucía un magnífico sombrero de jipijapa, de forma chamberga, al uso de ultramar: hermosos brillantes relumbraban en sus dedos y en la bordada pechera de la camisa; y pendia de su cuello una larga y muy gruesa cadena de oro, que iba á perderse debajo del ceñidor chinesco liado á su cintura, sirviendo indudablemente de sosten á un soberbio reloj, digno de tan fastuoso indiano.

Con mayor evidencia hubiera podido asegurarse que nuestro jóven (contra su antigua costumbre) llevaba consigo un arma, y que este arma era un puñal; pues, á muy poco que se observaba, veíase dibujarse su rígido bulto bajo la sarga de la chaqueta...—Por lo demas, si aquellos viajeros que veinticuatro horas ántes lo saludaron en lo alto de la Sierra vecina, lo hubiesen visto en tal momento, habríanse espantado y hasta condolido del profundo cambio que se advertia en su noble rostro...—Una horrorosa contraccion atirantaba todos sus músculos; despedian sus ojos una luz torva y rojiza, como los del leon durante la cuartana, y la más lúgubre tristeza tendia su velo de muerte so[p. 235]bre aquellas varoniles facciones: ¡tristeza desesperada y terrible; no quejumbrosa y vehemente como la sed y el ánsia de consuelo, sino fija, muda, petrificada, irremediable, muy más amenazadora en su serenidad que todos los arrebatos de la ira!

Las gentes de la calle no se atrevieron al principio más que á saludarlo á distancia, diciéndole un «¡adios, Manuel!»... tan natural y corriente como si no hubiesen pasado ocho años desde la última vez que lo vieran;—á lo cual respondia el jóven llevándose la mano al sombrero, sin pararse á ver quién lo saludaba...

Un poco más adelante, ya osaron algunos acercársele y detenerlo, alargándole la mano y preguntándole por la salud...—Eran (decian) antiguos amigos suyos... (y entre ellos reconoció á aquel maton á quien tuvo que romper el brazo derecho.)—Otros se denominaron sus condiscípulos... (¡cuando sabemos que nuestro héroe no habia asistido á más escuela que al despacho de D. Trinidad Muley!)—Y hasta hubo álguien que se le presentó á título de hermano de leche, ignorando sin duda que el jóven fué amamantado por su propia madre.

Manuel contestaba á todos en las ménos palabras posibles, y seguia su interrumpida marcha; pero rara vez dejaba un grupo, para entrar en[p. 236] otro, sin preguntar ántes al oido á la persona que le inspiraba mayor confianza:

—Dígame usted...—¿Cuál es Antonio Arregui?

—No está aquí...—No ha venido...—Dicen que se marchó ayer...—Se le aguarda de un momento á otro...—le habian respondido ya cuatro interrogados, con un aceleramiento y un temblor que denotaban complicidad mental con el pavoroso alcance de la pregunta.

Á todo esto, penetraba ya nuestro protagonista en lo más concurrido de la calle, ó sea en el trozo de ella que habia de recorrer la Procesion (la cual se dirigiria luégo por una calle transversal en busca de cierta antigua mezquita, á la sazon Ayuda de Parroquia, donde tendria término la fiesta)...

Las mujeres más presumidas echaban todo el cuerpo fuera del balcon para verlo pasar...—Pero él no habia levantado la cabeza ni una sola vez...—Indudablemente no sabía, ni podia ocurrírsele, que Soledad hubiese ido á la Procesion...; que estuviese algunos pasos más allá...; ¡que pronto la veria, despues de ocho años de ausencia, no separados ya sus corazones por las olas del Océano, sino por otro abismo más profundo!

El airado Venegas miraba únicamente á la calle, á los hombres, buscando á aquel Antonio Arregui á quien no conocia, pero á quien juzgaba obli[p. 237]gado á hacerle frente, á presentarse en aquella palestra, á concurrir al duelo solemne y público para que habia sido emplazado ocho años ántes en términos generales y colectivos, y cuya citacion le fué notificada personalmente por todo el pueblo el dia que se atrevió á casarse con la Dolorosa.—Manuel iba allí como mantenedor de aquel desafío... ¡Caso de honra era para el amenazado consorte acudir á la demanda, no ocultarse, no obligar al provocador á ir á buscarlo en su escondite!

Entiéndase bien que nada de esto lo decimos nosotros: el público y el propio Manuel eran los que discurrian así aquella tarde.—Por lo demas, todos seguian parando y saludando al intrépido jóven, sin atreverse á tocar las heridas de su corazon, pero aventurándose ya á dirigirle preguntas asaz impertinentes...

—¿Conque vienes tan rico?—habíale (por ejemplo) interrogado alguno.

Manuel sonrió desdeñosamente y no se dignó contestar.

Entónces le habló de usted la misma persona, preguntándole:

—¿Y viene usted por mucho tiempo?

—¡No sé!—contestó el desgraciado, volviéndole la espalda.

Algunas personas graves y de posicion incur[p. 238]rieron tambien en la debilidad de acercársele, á curiosear en su dolor, en su desesperacion y hasta en su bolsillo...

—Es menester que nos ayudes á gobernar la poblacion (díjole un concejal), y que para ello compres fincas que te den la cualidad de elegible... El Ayuntamiento necesita hombres como tú...—¿Te atreverias con la cortijada del Morisco?—Cien mil duros piden por ella...

—Muchas gracias... Veremos...—respondió Manuel.

—¡Yo me comprometo á hacerlo Alcalde!—exclamó otro regidor; el mismo, segun noticias, que habia ofrecido aquella vara á Antonio Arregui.

Manuel saludó con finura.

—Pero ántes... (dijo un tercero, apuntándole ya al corazon) será preciso que te establezcas; que tomes estado; que elijas mujer...—Digo... ¡porque supongo que no te has casado por esos mundos!...

Venegas lo miró de piés á cabeza (helándolo de terror), y le dijo melancólicamente:

—No sé quién es usted; pero le compadezco.

Y continuó bajando la calle.

Á los pocos pasos vió el jóven entre la multitud á nuestro amigo el Capitan, y acto contínuo dirigióse hácia él (cosa que no habia hecho con nadie)[p. 239] y le tendió respetuosamente la mano, miéntras que con la otra se quitaba el sombrero.

El viejo agradeció mucho aquella significativa excepcion, y sólo halló fuerzas para decirle con los ojos arrasados en lágrimas:

—¡Tienes buena memoria!

—Y buena voluntad...—le respondió Manuel afectuosísimamente, apretándole de nuevo la mano.

Y prosiguió su interrumpida marcha, muy complacido de aquel encuentro.

Pasó, en fin, por enfrente del balconcillo en que se hallaba Soledad; y, como si algun misterioso instinto ó fuerza superior lo determinara, paróse maquinalmente en aquel punto, eligiéndolo para ver desfilar la Procesion.

El público lanzó un gran resoplido de contento... y de sobresalto.

Y muchas miradas se dirigieron á las bocacalles en demanda de Antonio Arregui, única persona que faltaba ya para que el drama fuese completo...

La forastera, debajo de cuyo balcon se habia detenido el jóven, seguia entretanto el prolijo estudio que de su figura comenzara á hacer desde que lo vió asomar, y decia á su colega D. Trajano, sin quitarse los lentes de los ojos:

—¡Hermoso hombre! ¡Es una estatua vestida de[p. 240] andaluz, bien que no de majo ni de torero!... Los perfiles americanos del traje poetizan mucho su persona...—¡Qué torso! ¡qué cuello! ¡que cara!... ¡Es un modelo de belleza masculina!...—No sé á quién compararlo...—Para Apolo, es demasiado fuerte, y para Hércules, demasiado esbelto...—Lo compararé, pues, con el David de Miguel Ángel...—¿Ha estado usted en Florencia?

—No, señora...—balbuceó D. Trajano, muy confundido, pensando quizá en sus largas piernas y peraltados hombros, que ni en la juventud fueron esculturales.

En el ínterin, la atencion del público habia dejado de fijarse en Venegas para acudir á Soledad...

Esta no se movia ni pestañeaba: parecia mirar al cielo, ó á los tejados de la casa de enfrente; pero ¡demasiado sabría que Manuel se hallaba allí, delante de ella, á pocos pasos de distancia!... Los movimientos de la muchedumbre; las conversaciones de la calle, que subian hasta el balcon; la madre tristísima, la pobre señá María Josefa, sentada á su lado como una mártir; sus propios ojos, en fin, dotados, segun ya sabemos, del don de ver áun aquello que no miraban..., ¡se lo habrian dicho desde el primer momento!—Mostrábase, sin embargo, enteramente tranquila, y hasta se la vió[p. 241] sonreir graciosamente en contestacion á no sé qué cosa que su atribulada madre le dijo en ademan de súplica...—¡Era digna hija de aquel hombre que, sorprendido una tarde por el furibundo Niño de la Bola junto á cierta fuente del campo, no se movió, ni se dió por entendido de su presencia, ni hizo nada para evitar una muerte casi segura!...

En esto, y cuando algunas personas estaban ya procurando mañosamente que Manuel alzase la vista y reparase en Soledad, comenzó el tercer repique de las campanas de Santa María; nuevos cohetes volaron y crujieron en el aire; sonó un largo redoble de tambor, seguido del acompasado toque de marcha, y viéronse salir de la Iglesia, y formarse, y ponerse en ordenado movimiento, banderas, luces, cofrades, monaguillos...—La Procesion estaba en la calle.

Aquel jubiloso estrépito, aquel animado y solemne espectáculo, los cantos religiosos que principiaron luégo; toda aquella reproduccion de escenas de mejores dias, impresionó bruscamente á Manuel, haciéndole erguir la cabeza y mirar á todos lados como buscando aire de vida y de salud para su corazon que se ahogaba, segun lo demostró el hondo suspiro que lanzó al fin su oprimido pecho...

Y entónces fué cuando el desgraciado vió relu[p. 242]cir en el balcon de enfrente la impertérrita figura de Soledad...

¡Era ella!... No cabia duda... ¡Era su cara de ángel!... ¡Eran sus ojos, que no le miraban á él, pero que seguian iluminando y embelleciendo el mundo!...—«¡Soledad!»... estuvo para gritar el infeliz, loco de dicha, en el primer arrebato de su pasion...

Pero ¡ay! no... ¡no era ella! ¡No era Soledad!—¡Era la mujer de otro hombre, la mujer de un desconocido, llamado Antonio Arregui!... ¡Era la impura renegada del amor! ¡Era la sacrílega que habia escupido en mitad del corazon al más fino y consecuente amante! ¡Era la traidora que le habia dado muerte por la espalda, en la ausencia, sobre seguro, cuando más confiado y tranquilo batallaba en remotos climas por obtenerla, por llamarla su esposa, por alcanzar la dicha de ser su esclavo! ¡Era el execrable demonio de su vida! ¡Era la envenenadora de su alma!

Esto decia el rostro de Manuel... Esto decia su corazon, asomándose á los espantados ojos, para ver si efectivamente Soledad se atrevia á estar en aquel balcon, vestida de gala, tomando parte en una fiesta, mostrándose á la luz del sol, despues de lo que habia hecho...

Y lo veia, y no podia explicárselo...—Y el cre[p. 243]ciente furor de su nunca domada soberbia iba rayando en verdadera locura...

¿Cómo no temblaba la inicua? ¿Ignoraba que habia llegado su juez? ¿No se lo habia dicho su madre? ¿No sabía que él estaba allí, enfrente de ella, esperando al imbécil que se creia su esposo, para coserlo á puñaladas delante de todo el pueblo? ¿No sabía que ella misma, su antigua reina y señora; ella, que no se dignaba mirarle, y parecia desafiarlo con su tranquilidad é indiferencia; ella, que lo seguia insultando con aquella mundana mantilla blanca y con aquella vil hermosura entregada á otro, se hallaba tambien en el caso de temblar por su propia vida?...

Ni ¿á qué tardar?—¡Un salto bastaba para encaramarse al balcon!... ¡El puñal vibraba sediento de sangre á cada latido de su pecho!... Ya lo habia apretado varias veces con el brazo contra su corazon, como á un fiel amigo...—Además, «Antonio» (¡que era como le llamaria la pérfida!) estaba ausente... habia huido...—Todos acababan de asegurárselo...—Por lo tanto, no era ocasion de pensar en matarlo á él...—¡En quien habia que pensar por de pronto era en ella, en la sierpe que seguia azotándole el alma; en aquella insolente y contumaz pecadora, tan solazada y divertida en ver avanzar la Procesion, que no se curaba de los[p. 244] oportunos ruegos de su madre ni de las señas con que el mismo público empezaba ya á decirle que corria peligro, que se retirase de la ventana, que Manuel iba á acometerle de un momento á otro!...—Y tambien habia que pensar en aquel obsequioso público, pendiente de las acciones de él; en aquel amable gentío que no dejaba de mirarlo con anticipado asombro; en aquellas tres mil personas esperanzadas en algo extraordinario, digno del hijo de D. Rodrigo Venegas, propio del antiguo Niño de la Bola, adecuado á sus amenazas de otro tiempo, en consonancia con la general inquietud que hacía veinticuatro horas reinaba en la poblacion...—¡No más vacilaciones! ¡La fatalidad lo habia escrito! ¡Manuel Venegas tenía que matar á la Dolorosa!

Pero la Procesion habia avanzado miéntras tanto, y ya desfilaba entre Soledad y Manuel, incomunicándolos en cierto modo...

Tuvo, pues, el jóven que contenerse, sin que por ello cesara su furia...

Y, de esta manera, vió pasar ante sí, como fantásticas visiones que se mofaban de su amoroso delirio, los históricos estandartes del tiempo de la Conquista, los ciriales de la Parroquia, los muñidores con sus pértigas de metal, las devotas que cumplian promesa yendo descalzas, los labriegos con sus capas de paño de Ohanes, los cofrades con[p. 245] sus escapularios y veneras, los Nacionales con sus morriones colgados á la espalda, los músicos con sus piporros ó bajones, los chantres con sus papeles de música, los acólitos con sus incensarios...—El Niño de la Bola, el Niño Jesus, el Niño del Dulce Nombre debia de hallarse muy cerca...; tan cerca, que ya sonaban las argentinas campanillas de sus andas; ya fulguraban sus cien luces; ya se respiraba el aroma de los pebeteros.

Manuel no habia mirado todavía á la linda Efigie que tanto amara en su niñez y en su adolescencia... En cambio, Soledad no apartaba de ella la vista, pensando sin duda en que, durante muchos años, aquel trono de flores, de frutos y de blancas palomas vivas, en que iba de pié el lujoso Niño, debióse á la diligente devocion del hombre que tanto la habia amado, que tanto la amaba, que tan infeliz era en aquel instante...—Ello es que, con gran asombro de todo el mundo, la hija de D. Elías empezó á desconcertarse, á conmoverse, á aturdirse, y que un ligero temblor agitaba sus ojos y sus entreabiertos labios, cual si estuviese á punto de llorar...—¡Entónces sí que todos la hallaron hermosa! ¡Entónces sí que parecia una Vírgen de los Dolores!

La emocion general era tambien extraordinaria... El público llegaba á uno de sus grandes y[p. 246] fugitivos momentos de inspiracion...—Debiérase á la Providencia ó al acaso, concurria allí tal cúmulo de circunstancias patéticas, que el gran poeta y artista llamado Pueblo habia recobrado su majestad, mostrábase digno de su nombre, comenzaba á sentir noble y piadosamente.

Pasaron al fin las andas entre Soledad y Manuel...; y, como ella las iba siguiendo con la vista, y él no separaba la suya del semblante de la beldad, aconteció que sus miradas se encontraron; que la una quedó como enredada y presa en la otra; que se estableció entre ambas una corriente invencible, y que el presunto matador y la presunta víctima no pudieron ya dejar de contemplarse desatinadamente...

Y entónces vió Manuel á un mismo tiempo, amalgamadas y confundidas, la imágen del Niño Jesus, de su ídolo de tantos años, y la imágen de su otro ídolo caido, de la atribulada Dolorosa, que habia comenzado á llorar desconsoladamente y que lo miraba al traves de un rio de lágrimas...

¡Llorar ella! Era cosa que jamás se habia visto y que nunca se hubiera creido.—«¡Llorar ella!» se decia asombrado el público...—¡Llorar ella! clamaban las entrañas del fanático amante, del noble y sensible Venegas, del hombre tierno y generoso que sólo era fuerte contra el obstáculo, que[p. 247] sólo era duro contra la rebeldía...—¡Llorar su adorada! ¡llorar por él! ¡llorar en presencia de tantas gentes! ¡llorar, aunque sólo fuese de miedo! ¡llorar... acaso de cariño y pena, al verse ligada á otro hombre y aborrecida por el que siempre fué dueño de su alma! ¡Llorar su querida, estando él en el mundo!

Un alarido de infinito amor, de piedad inmensa, brotó del corazon del hijo de D. Rodrigo, y abalanzóse hácia el balcon, sin saber lo que hacía, como para consolarla, como para que lo perdonase, como para defenderla contra sí mismo, como para arrebatársela al usurpador, llamado esposo, que daba orígen á aquellas lágrimas...

Pero este cambio habia sido tan repentino, que la Procesion se interponia aún entre los dos jóvenes...—Ya habian pasado las andas... Mas en aquel momento pasaba el palio...

Debajo del palio penetró, pues, el mísero, al dejarse llevar de aquel amoroso, irresistible impulso...

¡Que la mata!—habian clamado entretanto mil personas, creyendo que el furor y la muerte iban con Manuel...

Y Manuel, que oyera este horrible grito, ya calumnioso; Manuel, que no quiso dejar ni un instante al público en aquel bárbaro error; Manuel,[p. 248] que vió todavía arrodillada mucha gente ante la santa Efigie, arrodillóse tambien de pronto, en medio de su veloz carrera, fingiendo, con la rapidez y la astucia propia de los dementes, un tardío homenaje al Niño de la Bola.

Quedó, por lo tanto, guarecido bajo el sagrado toldo aquel pobre frenético, que á todos les pareció un pecador arrepentido...—Así lo decia el ufano semblante de los portadores del palio... Así lo decia la emocion religiosa del concurso...—Y, como á todo esto la Procesion se habia parado, contenida y revuelta por tan dramáticos accidentes, hubo tiempo de que la multitud, en renovadas olas, acudiese á contemplar el maravilloso espectáculo de aquel hombre salvaje y feroz, de aquel que poco ántes fué calificado de asesino, de aquel furioso que traia asustada desde la víspera á toda la ciudad, postrado debajo de las andas del Niño Jesus, humillada la frente, oculta la faz entre las manos, en la actitud de la más humilde penitencia...

En poco estuvo, sin embargo, que se desvaneciera la ilusion del público y se conociese que Manuel no era en aquel instante un pecador contrito, ni mucho ménos...—Lo decimos, porque entónces ocurrió que la madre de la Dolorosa y la dueña de la casa trataron de quitar del balcon á la angustiada jóven, próxima á perder el conocimiento,[p. 249] visto lo cual por Manuel (desde el suelo en que mañosamente estaba acechando la ocasion de proseguir su amoroso avance), sintió un nuevo vértigo de furor y de locura; irguióse, no del todo y con mucha cautela, y deslizó un pié en aquella direccion, como el tigre adelanta las manos para dar el salto...

—¡Detenedlo! ¡detenedlo!—exclamaron los que estaban más próximos, haciéndose hácia atras.

Manuel arrojó á los que tal decian una mirada y una sonrisa espantosas, y, sin acabar de erguirse, y volviendo la cara á un lado y otro, como para impedir que lo detuviesen, avanzó resueltamente hácia el balcon...

Pero entónces oyó tronar sobre su cabeza una voz terrible que le decia con indignado acento:

—¿Á dónde vas, desagradecido? ¿Por qué no quieres verme? ¿Qué daño te he hecho yo con amarte?

Y al mismo tiempo vió que una especie de montaña de oro le cerraba el camino, interponiéndose entre él y la casa que iba á asaltar.

Era el corpulento D. Trinidad Muley, el Cura de Santa María, el Preste de la Procesion, revestido con capa pluvial de tisú de oro y plata, hecha como de molde para lucir sobre su ámplia y majestuosa figura.

Manuel, en medio de su delirio, lanzó un sollozo[p. 250] de amor y melancolía al encontrarse cara á cara con el digno sacerdote, con su antiguo protector, con su segundo padre, con el sér á quien más debia en el mundo, y le besó las manos y el rostro entre las exclamaciones de entusiasmo y tiernas lágrimas del gentío.

—¡Déjame! ¡Aparta! (decia entre tanto el experto D. Trinidad.) ¡La Procesion no puede detenerse!—¡Te repito que eres un ingrato! ¡Cerrarme la puerta de tu casa! ¡Desairarme delante de todo el pueblo!

Á todo esto Soledad habia desaparecido.

—¡Perdon, señor Cura!—balbuceó Manuel, avergonzado de haber ofendido á su bienhechor.

—¡Déjame! ¡no quiero verte!—replicó D. Trinidad, fingiéndose cada vez más furioso.

—No me rechace usted, señor Cura... (insistió el jóven.) ¡Piense usted que soy muy desgraciado! ¡No aumente mi desesperacion con sus desprecios!

—Pues entónces... ¡agárrate, y sígueme! (contestó su antiguo padrino.)—Pero cállate ahora... Aquí no se puede hablar...—¡Señores! ¡adelante con la Procesion!

Y, al decir esto, el Párroco alargaba á Manuel un pico de su capa pluvial, de cuya fimbria se cogió maquinalmente aquel pobre enfermo tan necesitado de verdadero cariño.

Y la Procesion se puso en marcha; y, en pos de[p. 251] ella, D. Trinidad Muley, cantando estentóreamente y mirando de reojo á Manuel para que no se soltase; y, en pos de D. Trinidad, el terrible jóven, asido á la sacra vestidura; y, en pos de la rescatada oveja (frase de D. Trajano), un gentío inmenso que gritaba:

—¡Viva el Niño Jesus!

—¿Qué diablos es eso?—preguntaban en tanto muchas personas desde los balcones más distantes.

—¿Qué ha de ser? (respondian desde la calle algunas voces.)—¡Que Manuel Venegas iba á matar á la Dolorosa, cuando de pronto ha caido de rodillas debajo de las andas del Niño Jesus, y luégo ha echado á andar detras de la Procesion!...—¡Mírenlo ustedes! ¡Allí va..., cogido de la capa de oro de don Trinidad Muley!

—¡Mentira! ¡no ha pasado así! (exclamaban los discípulos de Vitriolo y los catecúmenos que ya tenian en aquel barrio.) Lo que ha sucedido es que la Dolorosa se ha echado á llorar al ver á su antiguo adorador; que el Padre Cura ha dicho á éste cuatro frescas, por no haberle querido recibir hoy, y que, de resultas de lo uno y de lo otro, nuestro perdona-vidas se ha ido detras de su antiguo amo, como un doctrino, como un borrego, como el último acólito de la Parroquia...—¡Estos son los va[p. 252]lientes! ¡Mucho ruido, y luégo... la nada entre dos platos!

—¡Conque ha llorado la Dolorosa! (decia la parte neutra del Coro:) ¡Mala señal para Antonio Arregui!—Los primeros amores son los que privan.—¡Vereis cómo todo esto concluye por donde debió empezar: por entenderse los dos enamorados y por irse Antonio Arregui á la Rioja!—¡Lástima de Fábrica! ¡Hacía un paño tan bueno y tan barato!

En tal momento, es decir, cuando la Procesion estaba ya en la calle de Santa Luparia, y Soledad y su madre se habian marchado por excusadas callejuelas, y todo parecia terminado por aquella tarde, notóse gran agitacion en lo hondo de la calle de Santa María.

—¡Antonio Arregui ha llegado! ¡Antonio Arregui viene! ¡Antonio Arregui está ahí...!—Miradlo... ¡Aquél es! Y ¡qué cara trae!—decian en voz más ó ménos baja muchas personas, señalando á un hombre de buena presencia, que avanzaba muy de prisa por en medio de la calle, con la faz descompuesta por la indignacion, seguido de algunos pilluelos, y fijos los ojos en la casa donde Soledad y la señá María Josefa habian pasado la tarde.

Y entónces fué de ver la maestría con que el público se reparte los papeles y funciona en tales ca[p. 253]sos sin prévio acuerdo.—Miéntras que unos paraban al furioso riojano y le referian exactísimamente todo lo ocurrido, advirtiéndole que su mujer y su madre política se habian marchado ilesas, y rogándole con cierta sorna que fuera prudente y se encerrase en su casa..., otros echaban calle arriba, á fin de alcanzar á Manuel Venegas y ponerle al tanto de la novedad, con ánimo, sin duda, de acabar tambien pidiéndole que se dejase de trapisondas y evitara un desagradable encuentro con el irritadísimo esposo de su adorada prenda...

Dichosamente, no faltó un alma caritativa mejor aconsejada, que corriera más que estos últimos y dijese oportunamente cuatro palabras al oido á don Trinidad Muley.

—¡Corred, muchachos! (gritó entónces el Cura á los portadores de las andas.) ¡Vamos, vamos! que está oscureciendo...—¡Más de prisa aún, perezosos!—¡Basta por hoy de Procesion!—¡Y tú, Manuel mio, no te sueltes!...—¡Este diantre de capa pesa mil arrobas, y tú estás ayudándome á llevarla!

Tomó, pues, la Procesion un paso como de fuga. Los de las andas, arengados incesantemente por D. Trinidad, atropellaban por todo, sin respeto alguno al órden de la comitiva; los del palio corrian detras de las andas, midiendo el suelo con las varas á grandes trancos, y sacerdotes, seises, bajo[p. 254]nistas, cofrades, público y escolta formaban un barullo indescriptible.

—Pero ¿qué ocurre?—preguntaban los muñidores, esgrimiendo sus pértigas...

—¡Nada! ¡nada! ¡Adelante!—respondia D. Trinidad Muley, echando los bofes.

Y, no muy seguro aún de que bastase á su propósito aquella gloriosa huida, llamó al septuagenario Capitan, que marchaba detras de él representando al Ejército; le refirió al oido lo que pasaba en la otra calle, y terminó diciéndole á media voz:

—¡En último extremo, tire usted de la espada!... Pero no pegue usted más que de plano.

Por fortuna, Manuel iba tan ensimismado y abatido, que no reparaba en ninguna de aquellas cosas y se dejaba llevar por el Padre de almas como un ciego por el que ve.

—¿Saben ustedes la novedad?—exclamó en esto un discípulo de Vitriolo, que llegaba á escape en aquel momento y habia conseguido acercarse á Manuel Venegas.

—¡Calla, ó te estrangulo!—rugió sordamente el Capitan, echándole mano al pescuezo y arrojándolo de aquel sitio.

Y, pretextando luégo que no podia andar tan de prisa, se cogió del brazo izquierdo de Manuel, sin perder de vista al feroz discípulo de Vitriolo.

[p. 255]

Quedó, pues, nuestro héroe incomunicado con el público; y, de este modo, llevado á remolque por el virtuosísimo Cura y remolcando él al honradísimo Capitan, penetró al fin en la Capilla de Santa Luparia, donde, por pronta providencia, lo encerró D. Trinidad Muley con llave y cerrojo en un reducido despacho dependiente de la Sacristía...

Hízolo á tiempo.—Un minuto despues llegaba Antonio Arregui, seguido de muchas personas, al pórtico de la Capilla, en demanda de Manuel Venegas...

Pero se encontró con el revestido sacerdote, que ya aguardaba descuidado, y que le dijo majestuosamente:

—¡Alto, Sr. D. Antonio!—¡Mi hijo está en sagrado!...—Usted acaba de hacer, con venir aquí, todo lo que cumple á un hombre de honor y vergüenza.—Márchese tranquilo á su casa, adonde yo iré á buscarle mañana, si Dios quiere.

Y, volviéndose luégo á la multitud, añadió con destemplado acento:

—Ustedes... ¡á sus negocios! ¡á cuidar de sus hijos, que harto lo necesitan; y dejen en paz á los desgraciados!

Antonio Arregui besó la mano al Cura sin contestar palabra, y se marchó tranquilamente.

Los grupos se retiraron tambien poco á poco,[p. 256] elogiando en voz alta á D. Trinidad Muley y pensando al propio tiempo en el Baile de Rifa de la siguiente tarde, como el jugador que ha perdido piensa en el desquite.

Y pronto no quedó más que el recuerdo de la inolvidable Procesion de aquel dia, como del fulgente sol que habia iluminado las engalanadas y ya entenebrecidas calles sólo quedaba un vago crepúsculo en los remotos celajes de Poniente.


III.

ÚLTIMO VUELO DE UN PAR DE PERDICES.

No pocos sudores costó á D. Trinidad Muley deshacerse de otras muchas personas que habian entrado en la Capilla y en la Sacristía en pos de ambos Niños de la Bola, y que aún permanecian allí dos horas despues de terminada la Procesion.

Por una parte, los socios de la Hermandad celebraban en la Sacristía la siempre borrascosa Junta en que anualmente eligen aquella noche y en aquel sitio (tomando bizcochos y unas copitas de rosoli) nuevo Mayordomo ó Hermano Mayor; y, por otro lado, centenares de valientes, algo bebi[p. 257]dos por cuenta propia, se arremolinaban en la Iglesia, empeñados en hablar al hijo de D. Rodrigo, á fin de ver qué efecto le producian las noticias (que deseaban darle) del regreso de Antonio Arregui y de su hombrada de haber avanzado hasta allí en busca de satisfaccion y desagravio...

Pero el buen Padre de almas se movió de tal modo; fué y vino tanto de la Iglesia á la Sacristía y de la Sacristía á la Iglesia; tuvo tan felices ocurrencias en la Junta, y suplicó en tan sentidos términos á la otra gente «que se apiadase, siquiera por aquella noche, del pobre Manuel Venegas, en vez de aumentar sus acerbos disgustos», que al cabo logró, cerca ya de las ocho, verse libre de los Cofrades y del último calamocano, bravucon y cócora...—Púsose entónces los hábitos de calle; dió al Sacristan, en voz muy baja, algunas órdenes que parecian importantísimas; apretó la cara cuanto pudo, como para tener aire de muy enfadado, y pasó á poner en libertad á su prisionero.

¡Cosa rara, ó que por lo ménos no se aguardaba D. Trinidad!—Manuel estaba escribiendo pacíficamente en un bufetillo que allí servia para apuntar nacimientos, desposorios y defunciones.—Hallábase muy tranquilo (tal vez demasiado), y en aquel instante firmaba un largo papel que habia escrito. Cerrólo con toda calma, sin darse por entendido[p. 258] de la entrada del Sacerdote, como quien hace una cosa tan buena que le releva de vanas cortesías; guardóselo en el bolsillo, uniéndolo á otros que tenía en él, y entónces, y sólo entónces, fijó los ojos en el estupefacto y taciturno D. Trinidad.

Este apretó más y más el rostro, al ver que aquella mirada no expresaba arrepentimiento y mansedumbre, sino mero cariño, desnudo de alegría, y la calma de inalterables resoluciones... Pero, como ni áun así consiguiese intimidar á Manuel, volvióle la espalda de un modo brusco, y se puso á examinar el techo, donde maldito lo que habia que pudiera llamarle la atencion.

El jóven sonrió dulcemente, y se adelantó hácia su protector con los brazos abiertos.

—¡Déjame!—exclamó el voluminoso Cura, mudando de sitio.

Pero Manuel consiguió alcanzarlo; abrazóle por secciones, no sé si con filial ó con paternal confianza, y al fin le dijo, en són de blanda réplica, como siguiendo la conversacion iniciada cuando se encontraron:

—Tambien yo tenía deseo de hablar con usted, y, en prueba de ello, pensaba ir esta noche á su casa.

—¡Á buena hora!—refunfuñó el Cura.

—Queria, entre otras cosas (prosiguió el jóven,[p. 259] con aquella apacible ingenuidad de niño que hacía olvidar sus arrebatos de fiera), entregarle á usted un papel que escribí hoy al mediodía y que ahora mismo acabo de reformar.—En el bolsillo lo llevaba esta tarde, y en él lo habria encontrado la Justicia, si mi destino hubiera sido morir en la calle de Santa María de la Cabeza.

—¡Morir! (contestó ásperamente D. Trinidad, sin dejar de mirar al techo.) ¡Ya empiezas con tus palabrotas, á fin de aturdirme! ¡Mejor harias en explicarme por qué no me has recibido esta mañana!—¡Qué vergüenza! ¡Verme desairado por tí delante del público!—Pues ¿y lo que has hecho con la pobre Polonia?—¡Dos veces seguidas ha regresado á casa llorando tus desprecios!...

—Perdóneme usted, señor Cura... (respondió Manuel con suma tristeza.) Hoy he estado mal... muy mal...—Desde anoche no he sido dueño de mí mismo.

—¿Y ya? ¿lo eres?—preguntó D. Trinidad, poniéndose de perfil y mirándole con un solo ojo, como las aves.

Manuel inclinó la cabeza, y no respondió.

—¡Quedamos enterados! (repuso con amargura el Sacerdote.) ¡Ea! ¡Vámonos á casa..., suponiendo que quieras venir á saber si se ha hundido tu antiguo cuarto y á desenojar á Polonia!...

[p. 260]—¡Vamos, sí!...—respondió el jóven afablemente.

—Saldremos por la puerta del Cementerio, á fin de que no nos vea nadie,—dijo D. Trinidad, rompiendo la marcha.

Su antiguo pupilo lo siguió como un autómata.

Y pronto se hallaron en una especie de corralon cubierto de altas hierbas, entre las cuales blanqueaban muchos huesos á la luz de la luna.

Manuel se quedó parado en mitad de aquel estercolero de la vida, tal vez comparándolo con el infierno de su alma, y cayó en una profunda meditacion.

—¿No vienes?—le dijo el Cura desde la puerta que daba salida al campo.

El jóven paseó una mirada por el suelo, como despidiéndose de aquella paz, ó eligiendo sitio para gozar de ella, y salió en pos del Sacerdote.

Mucho anduvieron, rodeando en torno de la Ciudad, en busca del portillo más cercano á la casa del Cura, sin que en todo este tiempo volviesen á hablar palabra. Pero, al ir á penetrar ya en poblado, por un callejon que formaban las ruinosas tapias de dos huertos, acortó el paso D. Trinidad, para que se le incorporase el jóven, y murmuró sordamente y más enojado que nunca:

—¡Lo mismo que el escándalo de esta tarde![p. 261]— ¡Me lo han contado todo! ¡Has querido matar á una pobre mujer!...

—¡Miente quien lo haya dicho!—exclamó Venegas, deteniéndose lleno de furia.

Y luégo añadió, con otra clase de rabia:

—¡Ojalá me hubiera atrevido á hacerlo!

—¿Qué dices, hombre de Lucifer?

—Digo que yo no he tratado de matar á Soledad esta tarde...—Lo tenía pensado; pero no pude... Me faltó valor...; me sobró cariño...; ¡y esa es mi pena! ¡ese es mi espanto!—¡Sus lágrimas me han agujereado el corazon, como si fueran plomo derretido!...—Conozco que no puedo con ella... Es superior á mí... ¡Está perdonada!

El Cura respiró; pero interrogó todavía:

—Pues entónces: ¿á qué ibas esta tarde á escalar su balcon?

—¡Á qué! (respondió el jóven con espantosa naturalidad.) ¡Á irme con ella!... ¡á recobrarla!... ¡á redimirla de su cautiverio!—¿No sabe usted que me quiere? ¿No sabe usted que lloraba al mirarme?

D. Trinidad se hizo á sí propio una especie de seña, como diciéndose: «Por este lado estamos bien: la vida de Soledad no corre peligro»...

Y se embozó en el manteo con cierto aire de satisfaccion, y exclamó en voz alta:

[p. 262]—¡Adelante con los faroles!—Polonia dice bien: á tí te falta un tornillo en la cabeza.

Y penetró en la Ciudad.

Manuel vaciló un punto entre seguir al Cura ó escaparse, como temiendo nuevos y más comprometidos interrogatorios; pero al fin se decidió por lo primero, y marchó en pos de él, aunque á tres ó cuatro pasos de distancia.

De este modo llegaron á la casa-curato, á cuya puerta aguardaba Polonia, llena de susto y curiosidad.

—¡Gracias á Dios! (exclamó al ver á su antigua cria, y sin reparar en Manuel.)—Conque dime, niño, ¿qué hay? ¿Es verdad lo que se cuenta?

—¡Cállate!... que ahí viene...—respondió el Cura.

—¿Quién?

—Míralo.

Polonia, que no habia estado en la Procesion, tardó en reconocer al hijo de D. Rodrigo; pero, cuando cayó en la cuenta de que era él, avalanzóse á su cuello y le llenó el rostro de besos y lágrimas.

Manuel correspondió afectuosamente á aquellas caricias; pero no contestó casi nada á las innumerables preguntas de la buena mujer.

—Déjalo, Polonia... (dijo D. Trinidad:) Nuestro[p. 263] ahijado no está bien de salud...—Pon luz en mi despacho, y cuida de que nadie nos interrumpa...

—Entiendo... entiendo... Quieren ustedes estar solos... (se fué rezando el ama de llaves.)—¡Pues señor, viene más loco que nunca!...—¡Qué lástima! ¡Un hombre tan guapo!...—Porque ¡cuidado si está el chico que da gloria verlo!

Constituidos en el despacho D. Trinidad y el jóven, principió aquél á pasearse en silencio, miéntras que éste miraba con infinita melancolía los pobres enseres, para él tan conocidos, del virtuoso Párroco.

Nada faltaba ni nada nuevo habia en aquella habitacion: dijérase que los últimos ocho años no habian pasado por ella. ¡Todo era igual y estaba en el mismo sitio que siempre, recordando el dia tristísimo, y mucho más distante, en que entró allí por primera vez, cogido de la mano del caritativo sacerdote!...

¡Bendita igualdad la de aquel alma y bendito reposo el de aquella vida que no tenian más caudal que la virtud ni más goces que los del prójimo!—¡Envidiable suerte la de aquel hombre!

D. Trinidad, que en medio de todo era muy ladino, se puso al cabo de estos pensamientos de Manuel, y lo dejó empaparse bien en ellos, juzgando que no podrian ménos de serle saludables;[p. 264] hasta que, transcurridos algunos minutos, le dijo, aparentando indiferencia:

—¿Conque de todos modos pensabas venir por esta humilde casa?

—Sí, señor,—respondió el jóven como despertando de un sueño.

—Y ¿se puede saber á qué?

—Ya se lo indiqué á usted hace poco: á entregarle unos papeles...—Y tambien á liquidar cuentas de cariño... Á despedirme de usted y de Polonia...

—¿Despedirte?—¡Pues qué! ¿te marchas?—¡Harias perfectísimamente!

—Puede decirse que me he marchado ya... (contestó Manuel con lúgubre acento.) Desde anoche no pertenezco al mundo. El huracan de la desventura me ha envuelto en sus alas, y, cuando salga por esas puertas, todo habrá concluido entre usted y yo...

—Comprendo... comprendo...—murmuró don Trinidad muy disgustado.

Y, cambiando en seguida de tono, lo cual era uno de los principales recursos de su oratoria, añadió familiarmente:

—Á propósito de liquidaciones...—Tambien yo tengo que arreglar contigo una cuentecilla, no de cariño, sino de dinero...—Se trata de algunos maravedises (cosa de veinte mil reales) que me fuiste[p. 265] entregando cuando trabajabas en la Sierra...—Míralos aquí..., en esta alcancía, cuyo rótulo dice: «Dinero perteneciente á mi hijo adoptivo Manuel Venegas, que me lo dejó en depósito»...

Y, miéntras así hablaba, habia sacado del cajon del bufete, y puesto sobre la mesa, una enorme hucha de barro encarnado.

Manuel apreció, en medio de su aturdimiento, todo el valor de aquel golpe, y exclamó sumamente conmovido:

—¡Ese dinero es de usted!—Yo no se lo dí para que me lo guardara...

—Ya lo sé: me lo diste para que aumentase el culto del Niño Jesus y para que atendiese á tu manutencion. Mas, como yo hice lo primero á mis expensas, aunque por cuenta de tu alma, y lo segundo no tenía hechura de ningun modo (pues era privarme del gusto de sostenerte de balde, á fuer de padre que sostiene á su hijo), resulta que este dinero es tuyo, y tan tuyo, que te lo habrias llevado cuando te marchaste á América, si hubieras tenido la atencion de despedirte de mí...

Manuel respondió noblemente:

—Y yo lo acepto hoy, mi querido padre, para que nunca diga usted que he querido escatimarle mi agradecimiento. En cambio (y pues de dinero hemos llegado á hablar), diré á usted ahora lo que[p. 266] pensaba decirle por medio del papel que escribí esta mañana y he reformado esta noche...—Aquí lo tiene usted.—Es, como si dijéramos, mi testamento, y en él lo instituyo á usted mi heredero fideicomisario, para que disponga libremente de mi caudal, así en provecho suyo como de los pobres, despues de pagar un millon de reales á los herederos de D. Elías Perez y de entregar un legado de mil onzas á nuestro amigo el veterano Capitan, compañero de armas de mi buen padre.—Para todo ello, en esta cartera hallará usted letras á su favor contra las casas de banca de Málaga en que tengo colocada mi fortuna.—Tambien digo en mi testamento que, cuando yo muera, se entregue á usted cuanto quede en poder mio, así de dinero como de alhajas y otras cosas.—¡No dirá que soy desprevenido!...—Conque tome usted, y guarde esto, en lugar de esos benditos mil duros.

D. Trinidad lloraba en silencio desde que Manuel empezó á hablar de aquel modo; pero, cuando éste hubo terminado, exclamó con tanta furia como dolor:

—Está muy bien... ¡Trae acá!... ¡Celebro que tu cabeza se halle tan en caja!—Ya volveremos á tratar de este asunto en mejor ocasion...

Y se metió en el bolsillo el papel y la cartera que le alargaba el jóven.

[p. 267]En seguida, tornó á sus paseos, limpiándose los ojos con el revés de la mano, y tratando de recobrar la serenidad.

De pronto, se paró en medio del despacho, y dijo:

—Supongo que tú no eres de los que hacen la heregía de matarse...

—Supone usted bien... (se apresuró á contestar el hijo de D. Rodrigo.)—¡Nunca se me ha ocurrido semejante idea!

—¡Ya lo creo! ¡Eres tú demasiado hombre para hacer una cosa que va contra la naturaleza y contra Dios!—Ningun sér criado se suicida, fuera de algunas tristes excepciones de la especie humana, faltas de valor para sufrir y de religion para esperar...—Cuando el hombre no es la mejor de las criaturas, es la peor.—¡No hay término medio!

Dichas estas palabras, D. Trinidad continuó paseándose, no sin hacerse otra seña á sí mismo, cual si se dijera: «Seguimos adelantando terreno: tampoco hay nada que temer por este lado

Reinó un minuto de insostenible silencio.

—Conque á despedirte... ¿eh? (rezó al fin el Cura, dando vueltas por la habitacion y mirando al suelo.) ¡Y, sin embargo, no te marchas, ni te suicidas!...—Pues, señor: ¡hay que desencantar este asunto!

[p. 268]Y plantóse delante de Manuel, con la cabeza caida sobre un hombro, los brazos á la espalda y el abdómen en completa exhibicion; miróle de hito en hito con sus ojos de santon marroquí, llenos al par de valentía, de fanatismo y de paternal afecto, y, cimentando la pregunta, por vía de exordio, en una barrigada cariñosa, que obligó al jóven á dar un paso atras, díjole nobilísimamente:

—Vamos claros, Manolo: ¿qué piensas hacer?—Aquí estamos dos hombres honrados y de vergüenza...—¡Dime la verdad como siempre!

—Déjeme usted, señor Cura... (exclamó el pobre Venegas con verdadero espanto, y muy arrepentido de haber entrado allí.) ¡Yo no puedo responder á eso!...—Permítame que me vaya... Tengo fiebre... Necesito reposo...

—¡Malo! (replicó D. Trinidad muy ofendido.) Tú no me quieres... ¡Tú me desprecias!—Á tí se te ha olvidado la noche en que fuí á sacarte de la alcoba en que murió tu padre... Tú no te acuerdas tampoco de tu padre, de aquel hijodalgo, de aquel espejo de caballeros, incapaz de pensar cosas que no pudiera decir...

—¡Que no lo quiero á usted! (prorumpió el jóven, herido tambien en su dignidad.) Pues, ¿por qué estoy aquí, cuando el infierno me está llamando?—¡Que no me acuerdo de mi padre!...[p. 269]— ¡Ojalá fuera cierto!—Pero yo soy como soy... ¡Déjeme usted seguir mi aciaga estrella!

—¡Vamos á ver!... Y ¿cómo eres? (¡Las cosas hay que decirlas con sus nombres!) ¿Eres un criminal? ¿Eres un asesino? ¡Tú, el hijo de D. Rodrigo Venegas! ¡Tú, el ahijado de D. Trinidad Muley!—Respóndeme, hombre... ¡Ten valor para decírmelo!

Manuel miró asombrado á D. Trinidad.

—¡No me respondes! (prosiguió éste.) ¡Luego no estás contento de tus planes! ¡Luego te condenas á tí mismo! ¡Luego te abrazas al mal á sabiendas!...

—Y ¿qué es el mal? ¿Qué quiere decir malo? ¿Qué quiere decir bueno? (gritó Manuel bruscamente.) ¡Hace tiempo que me lo pregunto!...

—¡Hola! (exclamó D. Trinidad con mucha gracia.) ¡Tú tambien te metes en esas honduras!—Pues yo te contestaré.

Y, cual si para hacerlo hubiese tenido que penetrar en lo más sagrado del virtuoso corazon que le servia de Biblia, inclinó la frente y cruzó las manos con no sé qué seráfica reverencia, hasta que al fin destilaron sus labios estos dulcísimos conceptos:

Malo... es todo lo que se hace sin alegría en el fondo del alma. Malo... es querer gozar ó lucirse á costa de la dicha ajena. Malo... es temerle al dolor hasta el punto de causárselo al prójimo. Malo... es amarse uno á sí mismo más que á los que lloran[p. 270] demandando piedad. Malo... es preferir vengarse á complacer á un sacerdote. ¡Malo... es lo que tú haces conmigo en este instante!—Y bueno... es... ¡lo bueno! La misma palabra lo dice.—Bueno... es, por ejemplo, padecer con gusto, para que los demas no padezcan; llorar de alegría cuando se ha quitado uno el pan de la boca para dárselo á otro; sacrificarse generosamente; perdonar..., vencerse, huir, morirse para que otros vivan...—En fin, yo me entiendo, y tú me entiendes.—¡Sobre todo, Manuel, lo que es muy malo, lo que es detestable, es bajar los ojos, como tú los bajas, huyendo avergonzado de tu propia conciencia, que se asoma á ellos á darme la razon!...—¡Y, si no, mírame cara á cara, con tu antigua valentía de leon inocente y noble, no con la torva ferocidad de tigre carnicero..., á ver si tienes entrañas para decirme que hay algo en el mundo que tú me puedas negar, empezando por la vida; á mí, que te quiero como un padre; á mí, que te daria mi sangre entera, si la necesitaras; á mí, que te pido perdon con estas lágrimas; perdon para otros hijos mios, perdon para tus prójimos, perdon en nombre de Jesus Crucificado!

—¡Señor Cura! (respondió Manuel con varonil emocion.) Mi vida es de usted.—Yo se la doy con gusto...—Pero máteme ahora mismo.

[p. 271]—Es que yo no te pido la vida... Yo te pido más y ménos: yo te pido el sacrificio de tu amor propio, el sacrificio de tu terquedad y de tu soberbia... En una palabra: yo no quiero tu sangre: yo quiero que mates en ella tu amor á Soledad y tu ira contra Antonio Arregui...

—¡Y que viva despues!—¡Imposible!—Piénselo usted bien, señor Cura, y verá cómo eso es imposible.

—¿Imposible sacrificarse y vivir?—¡Qué sabes tú! (replicó D. Trinidad con una sonrisa verdaderamente santa.)—¡Entónces es cuando se vive!—Ni ¿dónde estaria el sacrificio, si no se siguiera viviendo?—¡Creeme, hijo mio: es una gran vida la del que ha padecido y padece en provecho de otros! ¡Dios centuplica este provecho y lo derrama como un bálsamo celestial sobre el corazon del sacrificado!—¡Te sonries con tristeza! ¿Crees que te hablo de memoria? ¿Crees que yo no soy hombre? ¿Crees que soy de cal y canto? ¿Crees que no he batallado con mis pasiones?—Pues escucha.—Tenía yo veintidos años... Habia en el mundo una mujer á quien amaba tanto como tú á Soledad, y que me pagaba con igual cariño... Pensábamos casarnos, y mis padres entraban gustosos en ello.—Pero mi padre murió de pronto, llevándose la llave de la despensa, y mi pobre madre enfermó de tanto tra[p. 272]bajar por sacarnos adelante...—De ocho hermanos que nos juntábamos, yo era el mayor... Luégo seguian cuatro hermanas... Luégo tres hermanos pequeños...—Aunque yo trabajaba de dia y de noche en una alfarería, en mi casa llegó á faltar el pan; pues mis fuerzas no daban abasto para todos...—«¡Para todos!» (repara bien en esto); que lo que es para mí, y para poder casarme, ganaba ya lo suficiente hacía tiempo.—El Prelado de entónces se compadeció de nuestros apuros, y, vista mi devocion á la Santísima Vírgen, ofreció darme un buen curato, si me ordenaba, y desde luégo una buena cóngrua.—Mi madre, que veia perecer á sus hijos, pero que conocia tambien el estado de mi corazon, lloraba al proponerme aquella idea...—Y ¿qué dirás que le respondí?—¡Pues respondí Amén, abrazándola y consolándola, cuando yo era quien necesitaba consuelo!...—Y renuncié á mi Soledad, que era tan hermosa como la tuya... Y me despedí de ella para siempre..., llorando los dos; pero los dos muy contentos en medio de todo, porque no teníamos nada de qué avergonzarnos y sí mucho de qué enorgullecernos... Y canté misa... ¡Y Dios me ayudó! ¡Y aquí me tienes!—¿Crees que no he padecido despues? ¿Crees que no me costó trabajo al principio volver la cara á otro lado cuando me encontraba á mi antigua novia? ¿Crees que no he llo[p. 273]rado lágrimas de sangre?—Pero ¡cuán dichoso en mi dolor!—Mi madre murió bendiciéndome, al ver á todos sus hijos en la abundancia, gracias á mi proteccion y ayuda. Mis hermanas se casaron ventajosamente. Mi hermano Andrés es Sacristan de San Gil. Á Francisco lo libré de quintas, y hoy es maestro de escuela. Tomás tiene ya una galera y dos carros, y se está haciendo rico traficando con los pueblos de Levante.—Mi misma novia se casó y ha tenido hijos... ¡Y yo, Manuel, yo, el que soñaba con tenerlos tambien, el antiguo enamorado, el que nació para mandar un Regimiento y para todo lo que hacen los hombres, he vivido vistiéndome por la cabeza como las mujeres, he tragado saliva, he castigado mi carne como á una bestia mala y rebelde, y aquí me tienes, digo, lleno de orgullo y de alegría, más feliz que todos mis hermanos, más gozoso que si hubiera hecho mi gusto casándome con aquella mujer, más feliz que todos los Reyes y Emperadores de la tierra, al poderte decir, en presencia de Dios, que he triunfado de mí mismo; que no recuerdo ni un pensamiento mundano de que abochornarme; que he cumplido todos mis votos; que pueden enterrarme con palma como á las monjas!—¿Me repetirás todavía que no es posible sacrificarse y vivir?

Manuel miró profundamente á aquella especie[p. 274] de coloso africano que tales cosas decia á los cuarenta y ocho años de edad, y no pudo ménos de tributarle el homenaje de su admiracion.

—No soy yo tan grande... (repuso luégo), ó mi cariño á Soledad es mayor que el que tuvo usted á aquella mujer.—¡Yo no puedo vencerlo!... Yo conozco que no lo venceré nunca.

—Porque no quieres...

—¡Sí quiero! Es decir, quiero querer...—Pero no puedo.

—¡Sí puedes! Aunque rarísimas circunstancias han hecho de tí una especie de fiera, tu corazon es de hombre, y el corazon del hombre, cuando sigue el ejemplo de Cristo, tiene más bríos que todos los leones y elefantes del universo.—El valor de humillarse, de vencerse, de renunciar á sí mismo es el verdadero valor.—Y tú no debes de carecer de él... En medio de todo, tú eres bueno; tú lo eras cuando muchacho; tú te pareces mucho á tu padre... ¡á tu padre, que murió voluntariamente por su honra!

—¡Por mi honra quiero morir yo! (replicó Manuel con viveza.) Hace ocho años contraje un compromiso de honor delante de todo el pueblo: hace ocho años juré matar al que se casase con mi adorada... Ha habido quien se atreva á recoger mi guante: la Ciudad entera tiene los ojos fijos en[p. 275] mí... ¿Qué puedo hacer? ¿qué debo hacer, para no quedar en ridículo, para que no se rian de mí todos los que siempre han temblado en mi presencia?

—¡Es muy sencillo!—Arrepentirte del mal propósito: renegar de tu juramento.—¡Yo te relevo de él!

—No me basta.

—Soy Sacerdote...

—¡No me basta! Lo engañaria á usted si le dijese lo contrario.—Yo necesito ir mañana á la Rifa, á sostener mi emplazamiento. Si Soledad y su marido no están allí; si no acuden á la citacion pública que les haré oportunamente, ofreceré oro, mucho oro, todo el oro que he traido conmigo, por bailar con la señora de Arregui.—La Cofradía no podrá entónces ménos de ir á buscarla...—Si la lleva sola, no se la devolveré á su marido: si su marido va con ella, lo mataré; y, si no se presenta ninguno, ¡iré á buscarlos á su casa!

—¡Jesus! ¡qué horror! (exclamó D. Trinidad.)—¿Y Dios? ¿y las leyes? ¿y la Justicia? ¿Crees tú que no hay Autoridades en este pueblo? ¿Crees que sigues entre salvajes?

—La Justicia llega siempre despues. ¡Ese es cuidado mio! Yo haré que cuando acuda, esté ya bien muerto Antonio Arregui.—En cuanto á las leyes, Soledad puede infringirlas como tantas otras[p. 276] mujeres enamoradas, yéndose conmigo al fin del mundo.—Y por lo que toca á Dios, en su mano tiene el matarme ahora mismo... ¡En su mano tuvo no hacerme tan desventurado!

—¡Es abominable todo lo que piensas; todo lo que dices!... (replicó D. Trinidad con imponente acento.) ¡Me horrorizo de haberte criado! ¡Conque nada soy para tí! ¡Conque desprecias mis lágrimas!—¿Quieres, tal vez, que me ponga de rodillas?

—No, señor Cura.—Lo que quiero es que usted, tomándome como quien soy, y no pidiéndome milagros de santidad, me diga qué puedo hacer en el estado en que se halla mi corazon y despues de las palabras empeñadas...—¿Quiere usted que me mate? ¿Quiere usted que me vuelva loco?

—¡Loco estás ya! (repuso el Cura.) Si no lo estuvieses, comprenderias que lo que debes hacer es irte del pueblo...

—¿Á dónde? ¿Á qué?—preguntó el jóven con infinita angustia.

—¿Á dónde? ¡Adonde has estado ocho años!—¿Á qué?—¡Á servir á Dios y no al demonio! ¡Á ser hombre de bien, á ayudar á tus semejantes, á convertir en flores todas las espinas que atarazan tu corazon!

—¡Usted es el que sueña, D. Trinidad! ¡Me dice usted que ha amado, y luégo me propone eso![p. 277]—¡Usted no ha amado nunca, ni sabe lo que es amor!—¿Á dónde iria yo con la sombra de mi sér, dejándome aquí el alma de mi alma? ¿Para qué viviria? ¡Ocho años me he mantenido de la esperanza de volver á este pueblo, de la esperanza de encontrar á Soledad! ¿De qué me mantendria ahora?—¡Acaba usted de hablarme de Dios!... Pues oiga usted una sentencia dictada por Dios el dia que me echó al mundo: «Para Manuel Venegas no habrá más mujer, ni más dicha, ni más cielo que Soledad»...—Yo he dado por dos veces la vuelta á la Tierra: he visto mujeres, muchas mujeres, algunas tenidas por divinidades, en Circasia, en Grecia, en Cuba, en el Perú...—Para mí no eran ni divinidades ni mujeres: no eran nada: eran á lo sumo la ausencia de Soledad... ¡cosa para mí tristísima y abominable!—Así es que apartaba los ojos de ellas y seguia mi peregrinacion.—Es decir, padre Cura, que yo he ido más allá que usted.—Yo, ni ántes de consagrar mi alma á Soledad (y se la consagré á los trece años), ni despues de aquel dia, ni en esta Ciudad, ni en la ausencia, le he faltado ni con el pensamiento...—¡Tambien he sido yo fiel á mi religion! ¡Tambien he sabido cumplir mis votos!

—¡Y la pícara te ha pagado bien!—profirió el clérigo, tocando otro registro, para ver de desengañar á aquel idólatra.

[p. 278]Este se llevó una mano al corazon, como si acabase de recibir en él una puñalada; pero luégo se repuso, y exclamó valerosamente, mirando á su segundo padre con la impavidez del fanatismo:

—No me ha pagado bien: ¡pero la quiero más que nunca!

D. Trinidad retrocedió lleno de asombro.—Dijérase que el último golpe con que pretendió anonadar á su antagonista le habia herido á él de rechazo, quitándole muchas ilusiones.—Manuel estaba todavía entero... ¡Aquella larga conversacion habia sido inútil!

Pero el esforzado Sacerdote no se abatió. Ántes pareció recogerse en sí mismo, como para cambiar su plan de batalla. Derrotado en la primera línea de operaciones, conocíase que se replegaba y fortificaba en la segunda, apelando á los recursos supremos, ó sea á las fuerzas de reserva, que oportunamente habia preparado ántes de salir de la Capilla de Santa Luparia.—Todo esto se dedujo, por lo ménos, de sus palabras y determinaciones, á partir del instante en que Manuel articuló aquella formidable respuesta.

—Pues, señor... ¡Noche toledana! (dijo, dándose en el cuerpo algunas palmaditas, como quien se compadece á sí propio.)—¡Polonia! ¡Polonia! ¡tráe[p. 279]me el manteo de abrigo!—¡Vaya con el hombre! ¡Vaya un pago que me guardaba para la vejez!—¡No concederme nada! ¡Dejarme hablar y hablar, y luégo negarse á todo! ¡Decirme á mí que el homicidio y el adulterio son indispensables!—¡Y para esto lo crié! ¡Para esto lo he querido tanto!

Así hablaba D. Trinidad, sin mirar á su antiguo pupilo, el cual oia aquellas palabras con más emocion y sobresalto que todos los anteriores discursos. Conocíase tambien que éstos, aunque tan briosamente contradichos, seguian resonando en su alma; y, por resultas de todo ello, se adelantó hácia el sacerdote y le dijo con amorosa reverencia:

—¿Qué va usted á hacer? ¿Para qué pide el manteo? ¿Va usted á salir?

—¡Sí, señor!—respondió D. Trinidad muy desabridamente.

—Pero ¿á dónde va usted?

—¿Á dónde he de ir? ¡Adonde me llama mi obligacion de cristiano! ¡Á impedir esos delitos que (segun me anuncias) van á cometerse! ¡Á no dejarte ni á sol ni á sombra; á seguirte á todas partes; á pasar contigo el resto de mi vida, aunque me arrojes de tu lado á puntapiés, aunque me reduzcas á pasar las noches sentado á la puerta de tu casa!...—¡De este modo, tendrás que saltar sobre[p. 280] mi cadáver para hacer las valentías que me has dicho, y será más completa tu obra!...

Manuel retrocedió espantado.

Al mismo tiempo entró Polonia en el despacho, llevando el manteo de abrigo de D. Trinidad, y diciendo muy asustada:

—¿Va usted á la calle á estas horas?

—¡Sí, hija, sí! ¡á la calle! ¡y al infierno, si es menester!—No me esperes esta noche.

—Pero, señor Cura... ¡Eso es tirarse á matar! (exclamó la antigua nodriza).—Anoche se recogió usted á las tantas, muerto de fatiga, despues de haber corrido por el campo muchas horas...

—¡Buscándote!...—entrerenglonó D. Trinidad, dando un codazo á Manuel, y sin mirarlo.

—Y esta mañana (continuó Polonia) se levantó usted con estrellas, y desde entónces no ha parado un momento, con tantas funciones en la Parroquia, y tantos jaleos como ha habido en la calle... por culpa de quien yo me sé...

—¡Qué quieres, hija! (pronunció el Cura, haciéndose el chiquito:) ¡No hay más remedio que arrimar el hombro hasta que le toque á uno reventar y caer!...—Acuéstate tú, y descansa, que tambien has trabajado hoy mucho...—¡Pobrecita vieja! ¡Cuánto siento proporcionarte estos sinsabores!—Conque vamos, señor D. Manuel... ¡Usted dirá á[p. 281] dónde nos dirigimos primero: si á buscar á un hombre de bien para matarlo, ó á enamorar á una madre de familias!...

Manuel seguia en un ángulo de la habitacion, vuelto de espaldas á D. Trinidad, fijos los ojos en el suelo, y estremeciéndose á cada recriminacion que se desprendia contra él de aquellos discursos. Sobre todo, las últimas frases del Sacerdote, tan sarcásticas y sangrientas, le arrancaron una especie de gemido, cual si le hubiesen llegado al alma.

Polonia replicaba entretanto:

—¡Pero no se marchará usted sin cenar! Son las diez de la noche, y desde la una de la tarde está usted con el triste puchero, que apénas probó...

—Es muy verdad... Pero ¿qué quieres? Las cosas vienen así...

—¡Acuérdese usted de que tiene dos perdices estofadas..., que tanto le gustan!

—¡Ya las huelo..., y, en medio de estos sinsabores, estaba soñando con ellas!...—¡Perdóneme Dios; pero es mi único vicio: cenar bien los dias clásicos!—Sin embargo, quiero demostrar con un ejemplo á este cobarde, que el hombre es dueño de sus pasiones, de sus apetitos, de su voluntad...—Dile á la criada que lleve ahora mismo ese par de perdices, y mi pan, y mi almíbar de cabello de ángel; en fin, todo lo que ibas á darme de cenar esta[p. 282] noche, á la pobre viuda del albañil que se mató el otro dia...—¡Así celebrará con sus hijos la fiesta del Niño Jesus, miéntras que á mí me servirá de alimento el pensar en la alegría de esas infelices criaturas!

—Pero, niño... (observó el ama de llaves á media voz.) ¡Repara en que te vas á caer muerto!—Lo de regalar las perdices está muy bien, y Dios te bendiga por esa idea... Pero toma otra cosa...

—¡Nada! ¡No ceno! ¡Ya está hecho el sacrificio! ¡Veré esta noche la Procesion de las Ánimas..., y Dios querrá premiarme abriéndole el sentido á ese alma de cántaro!...

—¡Esto es demasiado! (gritó Manuel, extendiendo los brazos con desesperacion y acercándose á D. Trinidad.) ¡Usted se ha propuesto matarme, señor Cura! ¡Usted no tiene lástima de mí!...

—¡Pues entónces no sé quién la tiene!... (respondió friamente el Sacerdote.) ¿Será acaso el público, que piensa divertirse á tu costa, como si fuese al teatro á ver una tragedia?

—Lo que digo... (insistió el jóven con ternura) es que cene usted y se acueste...

—En tu mano está el que lo haga...—¡Quédate á cenar y á dormir conmigo!—Si no perdices (porque ya no son nuestras), tomaríamos huevos fres[p. 283]cos y jamon crudo; y, en cuanto á cama, por ahí debe de andar tu antiguo catre...

—¡Su cuarto está como lo dejó!...—añadió Polonia con indecible alegría.

—Señor Cura: yo tengo que irme á mi casa...—balbuceó Manuel implacablemente.

—¡Y yo contigo! (repuso D. Trinidad, fingiendo buen humor.)—¡Tú mismo te lo dices todo!...—Conque vamos andando...—Adios, Polonia, ¡hasta que Dios quiera!

—¡Dios mio! ¡Dios mio! ¿Qué va á ser de mí? (gimió el pobre Venegas, resolviéndose á echar á andar.) ¡Yo no contaba con este hombre!

—Espera un poco... (exclamó D. Trinidad, obstruyendo con su cuerpo la puerta del despacho.) Tengo que dar algunos encargos á Polonia.

Manuel se dejó caer en una silla.

D. Trinidad salió con su ama al corredor, y le dijo rápidamente:

—Hay que buscar ahora mismo á la señá María Josefa, en su casa ó en la de su hija...

—¡Ahí la tienes esperándote hace media hora!...—respondió el ama.

—¡Ah! ¡el cielo me la envia!—Voy á hablarle... Quédate tú aquí de centinela; y, si ves que mi prisionero piensa escapar, avísame...—¡Pero no le digas ni una palabra!

[p. 284]Pocos minutos despues, el Cura habia terminado su conferencia con la madre de Soledad, y estaba de vuelta en la puerta del despacho, diciendo al abatido jóven:

—Cuando quieras, podemos irnos...—Estoy á tu disposicion.

—¡Quédese usted, D. Trinidad!...—expuso Manuel, levantándose y en ademan de súplica.

—¡No hay D. Trinidad que valga!...—Adonde tú vayas, voy: si á tu casa, á tu casa... (que es lo mejor que podemos hacer): y, si á correrla, ¡á correrla!—¡Ah! se me olvidaba la alcancía...

Así dijo el denodado Cura, y, cogiendo los antiguos ahorros del jóven, salió resueltamente al corredor, y comenzó á bajar la escalera, no sin exclamar con grandes voces:

—Vamos... ven... y dáme el brazo; que estoy rendido de fatiga...

Manuel inclinó la frente y salió en pos de Don Trinidad, el cual no tardó en aferrarse á su brazo derecho con tal fuerza que hubiera sido muy difícil determinar quién era el robusto y quién el débil; quién el aprehensor y quién el aprehendido.

Por último, ya desde la puerta de la calle, Don Trinidad retrocedió hasta el ojo de patio, llevando y trayendo á Manuel como á un hombre ebrio, y gritó fortísimamente:

[p. 285]—¡Cuidado, Polonia! ¡Que no tardes en enviar las perdices á quien hemos dicho!...

Añadiendo luégo en voz baja:

—Y ¡qué buenas deben de estar las pícaras!—¡Esta Polonia guisa como un ángel!


IV.

LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS.

Poquísimas personas encontraron en las calles D. Trinidad y Manuel al trasladarse de una casa á otra, y todas ellas se arrimaron á las paredes, con no ménos susto que respeto, para dejar pasar á aquellos dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda la Ciudad.

No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados á la Plaza Mayor, tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica...

Hallábase ésta á medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba paso á la luz de adentro veíase á Vitriolo, que despedia á sus últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el dia siguiente.

Tan luégo como divisaron y reconocieron á la[p. 286] claridad de la luna el interesante grupo que formaban el Cura y Manuel, comenzaron á reir y murmurar en voz baja, y áun los más jóvenes se atrevieron á seguirlos y á pasar casi rozando con ellos, á ver si les cogian alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad; pues el párroco y su antiguo huésped no hablaron ni una palabra,—como tampoco la habian hablado en todo el camino;—y de este modo penetraron al fin en la antigua casa del Chantre.

Profusamente alumbrada la tenía tambien esta noche la etiquetera Basilia, así como abierta de par en par y con toda la servidumbre en ejercicio, á fin de recibir al señor con los honores debidos á sus grandes riquezas y á la sangre real mahometana de que procedia.

El arriero malagueño (alojado allí con sus tres mulas, y resuelto á no marcharse de la Ciudad hasta despues de la Rifa que tanto le elogiara el mismo Venegas la tarde anterior) hallábase en el patio, haciendo de portero, y saludó con una profunda reverencia al extraordinario personaje con quien habia andado tres largas jornadas sin imaginar que llevaba consigo al terror y asombro de las gentes.

Al pié de la escalera estaba la pérfida Volanta, que no sólo era amiga de Vitriolo y paniaguada de[p. 287] Soledad y de la señá María Josefa, sino tambien duende familiar de Polonia y Basilia; lo cual quiere decir que discurria libremente y con salvoconducto por todos los campamentos, como los traidores y los espías.—D. Trinidad, hombre de clarísimo instinto, la miró con enojo; pero ella le besó la mano, y corrió á ocultarse en las tinieblas, como una garduña en su escondrijo.

Por último: en la primera meseta estaba la ceremoniosa ama de llaves, quien, despues de hacer al hijo de D. Rodrigo los tres saludos de ordenanza, á estilo del reinado de D. Cárlos III, en que empezó á servir, dijo respetuosamente:

—Permítame el señor darle la enhorabuena...—¡En la sala tiene una gran visita aguardándole!

—¿Qué dice esta mujer? (preguntó ágriamente el jóven á D. Trinidad.) Yo no quiero visitas..., á no ser la de D. Antonio Arregui ó la de sus padrinos.

—¡Sube! ¡sube! (contestó D. Trinidad, sonriéndose.) No negaré que el que está en la sala ha venido como padrino; ¡pero es como padrino tuyo!...—¡Ya verás, hombre; ya verás!

Manuel no pudo ménos de apresurar el paso al oir aquellas misteriosas expresiones, con lo que muy luégo penetró en la sala, seguido á duras penas por D. Trinidad Muley.

[p. 288]Un grito de asombro, de dolor y de cólera salió del pecho del infortunado jóven, al ver quién era la anunciada visita... Y un profundo sollozo de pavor y desesperacion lanzó el alma del digno Sacerdote, al observar la actitud airada, irreverente, impía de su antiguo ahijado en caso tan excepcional y solemne...

¡Porque la visita era el Niño Jesus ó Niño de la Bola de la Iglesia de Santa María, el mismo que el jóven adorara tantos años, el mismo que aquella tarde habia salido en Procesion!

¡Allí estaba, en sus andas de plata y oro, sobre un altar improvisado en el testero principal del aposento, vestido de riquísimo tisú, alumbrado por muchas velas, y guarnecido de hermosos ramos de flores naturales!—Servíale de dosel el estandarte de la Hermandad, colgado del techo, y, por último, en medio de la sala, sobre un velador, veíase en una bandeja un papel arrollado á modo de diploma, atado con cintas de colores.

—¿Qué es esto?—¿Quién ha preparado tan irrisoria escena? (preguntó al fin Manuel, encarándose con D. Trinidad.)—¿Se cree que todavía soy un niño? ¿Se cree que todavía soy un imbécil?

El dignísimo Padre de almas estaba desolado. Halló, sin embargo, fuerza bastante para dominar su congoja, y, despues de cerrar la puerta de la[p. 289] sala, dijo al blasfemo con la austera frialdad de un juez:

—Esto no tiene nada de nuevo ni de extraordinario: esto significa que la Cofradía del Niño Jesus, de que eres individuo, te ha nombrado su Mayordomo para el año que viene, y que, siguiendo la antigua costumbre, que tú conoces mejor que nadie, te envia la Santa Efigie, á fin de que more un dia en tu casa y le regales lo que sea tu voluntad, á título de Hermano Mayor; regalo que lucirá mañana á la tarde en el Baile de Rifa.—Pero, áun suponiendo que nada de esto fuera así, ¿cómo no te engríes de ver en tu casa al Niño Jesus, al Hijo de Dios vivo? ¿Cómo no doblas la rodilla y le das las gracias por la altísima honra que te dispensa? ¿Acaso no eres tú su adorador más fervoroso, su más humilde siervo, su devoto más entusiasta?

—No, señor.—respondió Manuel lúgubremente.

—¡Ah infame!—¡Y me lo dices á mí! (prorumpió D. Trinidad con una furia tan grande como su pena.) ¡Y me lo dices delante de Él!

Manuel se cruzó de brazos y no contestó.

—¡Conque es eso lo que has aprendido en tus viajes! (prosiguió el Sacerdote, poniéndole las manos sobre los hombros.) ¡Conque es eso lo que has adelantado al adquirir tantas riquezas!—¡Y[p. 290] querias dejármelas á mí! ¡Y querias que yo las repartiera entre los pobres!...—¡Ni los pobres ni yo queremos nada de un judío!

—Señor Cura... (balbuceó Manuel.) Baje usted la voz...—Yo no soy judío, moro, ni cristiano.

—Pues ¿qué eres, hombre inicuo?

—Yo no soy nada...—repuso el jóven, cerrando los ojos y encogiendo los hombros como quien declara un delito de que no se cree responsable.

—¡Jesus! ¡Jesus!—gritó el Cura con indecible espanto.

Y, alejándose del que tal ofensa le habia hecho, sentóse de medio lado en una silla, dándole la espalda, y comenzó á llorar desconsoladamente.

Manuel añadió con grave acento.

—No he debido ocultarle á usted la verdad. Por eso acaba de oirme decir lo que hasta ahora no habia dicho á nadie.—Yo no hago ostentacion de esta desgracia mia, que debo á crueles enseñanzas del mundo, á lo que he visto en pueblos de diferentes religiones, á lo que he leido en obras que no debieron escribirse...—Respeto mucho, sin embargo, las creencias de los demas, y usted comprende que hubiera sido escarnecerlas aceptar hipócritamente el cargo de Mayordomo de esta Imágen, cuando mi corazon no le rinde ya más culto que el que solemos tributar á los muertos queridos.

[p. 291]—¡Y yo he criado á este hombre! (gimió D. Trinidad con mayor desconsuelo:) ¡Yo lo he llamado mi hijo! ¡Yo lo queria con toda mi alma!—¡Ahora me explico que esta noche haya despreciado todos mis consejos! ¡Ahora conozco que no hay remedio para él! ¿Quién gobierna un barco sin timon? ¿Quién dirige un caballo sin bridas?—¡Estoy vencido! ¡Su perdicion es segura! ¡Ya vivirá á merced del viento de sus pasiones! ¡Ya será del último que llegue! ¡Satanás ha triunfado!—¡Niño Jesus! Oye la súplica de este tu humilde siervo: ¡yo quiero morirme! ¡yo no quiero vivir más en un mundo tan execrable! ¡mátame por favor! ¡llévame contigo! ¡tu Madre Santísima cuidará de Polonia, como Polonia ha cuidado de mí durante cuarenta y ocho años!—¡Qué diferencia entre unos séres y otros!... Ella me crió de limosna, al ver que mi pobre madre estaba enferma y no podia costearme ama... Ella me dió luégo pan, cuando en mi casa no habia bastante para todos... Ella me colocó de aprendiz en la alfarería... Ella me ha asistido de balde, por caridad, desde que mi madre murió y me quedé solo... Ella, en suma, ¡ha sido para mí lo que yo para este desalmado!...—¡Niño Jesus! ¡Vírgen Purísima! ¡Disponed como querais de dos pobres viejos, que nunca han renegado de vosotros; y, si algo bueno hemos hecho en este mundo, sirva de merecimiento para que to[p. 292]queis al corazon del infortunado Manuel Venegas!

Á fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y mal perjeñada deprecacion conmovió profundamente al jóven descreido, no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de la filosofía, máxime si caen en un corazon sensible y generoso.—Si don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habria podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente vemos en el mundo; pero contra el panegírico de Polonia, vg., no cabia ninguna objecion.

Así fué que Manuel se arrimó á su padrino, y le dijo, quitándole las manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo.

—¡Vaya, señor Cura! ¡no llore usted más, que sus lágrimas me están asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra, y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo, seguir acometiéndome de este modo!

Don Trinidad se apoderó de la mano con que el jóven le enjugaba las lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño mimado, exclamó zalameramente:

[p. 293]—Pero, ¡hombre! Míralo siquiera... ¡No lo desaires hasta el punto de volverle la espalda!... ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus padres, el Dios de tu patria, que ha venido á hacerte una visita! ¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!...

Manuel, en quien, por lo visto, la supersticion habia sobrevivido á la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó volver la cabeza hácia el Niño Jesus, y no se atrevió á ello. Ántes dió un retemblido de pavor y bajó los ojos al suelo...

Pero estaba escrito que aquel dia ocurriesen singularísimas coincidencias...—Decímoslo, porque Manuel y el Cura oyeron en tal instante, dentro de aquella misma habitacion, los tiernos sollozos de un niño...

Manuel miró aterrado á D. Trinidad, creyendo que quien lloraba era el Niño Jesus...

Don Trinidad sonrió tristemente, y señalóle con el dedo la puerta de la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse á pasar adelante...

—No sueñes con milagros, ni verdaderos ni fingidos... (dijo al mismo tiempo el Cura á Manuel.) Aquí no hay más milagro que el que tu buen co[p. 294]razon haga...—¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad, que viene á pedirte perdon para sus padres!

—¡Su hijo! (rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala.) ¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¡Os habeis propuesto matarme! ¡Os habeis propuesto volverme loco!

Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que habia caido su corazon.

—¡Manuel, repórtate! (dijo D. Trinidad, acercándosele dulcemente.) Yo no soy tu verdugo... ¡Tú eres el mio y el de esa pobre familia que te pide misericordia!...

—¡Que se lleven á ese vil enjendro de la traicion y la mentira!—gritó el insensato, sin volverse, ni apartarse de la pared.

El niño tornó á llorar.

—¡Grande hazaña! (exclamó D. Trinidad Muley.) ¡Injuriar á un pobre niño!... ¡Asustarlo!... ¡Despedirlo!

—¡No quiero verlo! (bramó el jóven.)—¡Si lo viera, lo mataria!

—Poco te falta para matarlo... ¡Ya le has hecho ponerse enfermo! (dijo tristemente la abuela.) Su madre le ha dado á mamar veneno desde que supo[p. 295] que venías; y esta noche me lo llevo á mi casa, dolorido y hambriento, ¡como si él tuviera la culpa de que tú no fueras dichoso!...

—Pero ¿por qué no viene su padre en lugar de él? (replicó Venegas con desesperacion.) ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?

D. Trinidad hizo una seña á la señá María para que callara, y apresuróse á responder por sí mismo en estos términos:

—Supongamos que ese hombre de bien te teme... ¿No le sobra razon para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay más que matarse con el primer desesperado que nos provoca?—Porque, Manuel... (¡Vamos claros!) ¿qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué palabra te empeñó nunca? ¿Qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees tan indigna que por tí se deshonre y deshonre á su marido?

—¡Soledad es mia! ¡Soledad me ama!—exclamó Venegas fanáticamente, volviéndose hácia sus interlocutores en ademan de desafío.

—Contéstele usted, señora...—dijo D. Trinidad á la señá María Josefa.

—Manuel... (pronunció la madre, ocultando á su nieto miéntras hablaba:) Mi hija te ha querido... Pero es una mujer de bien; y, habiéndose casado[p. 296] con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de ella...

—¡Mentira! ¡Soledad no está casada! (gritó Manuel con desesperacion.)—¡Su casamiento es nulo! ¡Soledad no ha dejado nunca de quererme! ¡Yo la conozco desde que era niña! ¡Yo sé lo que me decian esta tarde sus divinas lágrimas!

—Te equivocas, Manuel... (prosiguió la madre:) Soledad es incapaz de faltar á sus deberes de esposa...—Tu presencia en este pueblo sólo puede dar lugar á desventuras para todos, y de manera alguna á felicidades para tí ni para ella...—El único bien que puedes hacer á mi hija (y que le harás, supuesto que tanto la quieres), es ausentarte, dejarla en paz, no ser la perdicion de su casa... ¡Y eso venimos á pedirte este angelico y yo! ¡eso te suplicamos rendidamente!

—¡Que venga á decírmelo ella! (replicó Manuel con indescriptible amargura:)—¡Verán ustedes cómo no se atreve á pedirme que me vaya!—¡Yo la conozco! ¡Su corazon es mio!... ¡nada más que mio! ¡mio desde la edad de ocho años!

—¡Esas son locuras, Manuel! (replicó la señá María.) ¿Cómo ha de venir á verte una mujer casada?—Pero ¡harto claro te decia esta tarde con lágrimas su deseo de que te marches, de que la perdones, de que nos perdones á todos!...—Soledad[p. 297] no lloraba por lo que tú te figuras...—Soledad lloraba de miedo... como llora este pobre niño...

—¡De miedo! (repuso el jóven en són de burla:) Esa es otra mentira...—Soledad no me teme..., ¡y hace bien! ¡Soledad me conoce!—El miedo lo tiene su cobarde tirano... El miedo lo tiene usted, que no estorbó su casamiento... El miedo lo tiene ese que no debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mio...—¡Y los tres haceis muy bien en temblar!—¡Ah! ¡Mi primera idea es la segura!... La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo.—¡Usted se quedará con ese expósito, hijo del crímen, y yo me marcharé con mi adorada!...—¡Mataré, pues, á Antonio! ¡Lo mataré, aunque sea en medio de la Iglesia! ¡Lo mataré, aunque se oponga el mundo entero!

—¡Cómo se entiende! (prorumpió al fin D. Trinidad, lleno de indignacion y de ira:) ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No te abofeteo ahora mismo, porque está delante el Niño Jesus! Pero me marcho... Te desprecio... ¡te abandono!—¡Buen recibimiento me has hecho en tu casa, la primera vez que he venido á ella!

—Manuel... ¡te lo pido de rodillas! (decia al mismo tiempo la anciana, postrándose á los piés del hijo de D. Rodrigo.) ¡Te lo pide una madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas![p. 298] ¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasion de este inocente!—Y, si es que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo!... ¡Yo te lo entrego!... ¡Aquí lo tienes!

Y, así hablando, ponia el niño á las plantas del jóven, con aquella inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones maternales.

—¡Vámonos, señora! ¡Dejemos á este monstruo! (añadia por su parte D. Trinidad.) Acudiremos á la Justicia... ¡Yo mismo haré que lo aprisionen!...—¡Adios, hijo indigno de D. Rodrigo Venegas! ¡Me voy, porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque te creo capaz de ponerme la mano encima, si yo te castigara como mereces!—¡Adios! nuestras relaciones han terminado... ¡Me arrepiento de haberte conocido!

—Manuel... ¡no lo oigas!... ¡óyeme á mí! (proseguia diciendo la madre de Soledad, arrastrándose á los piés del jóven, el cual estaba como petrificado, con los cabellos de punta, y con los cerrados puños sobre la frente.)—¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más que á su vida! ¡Es tu segundo padre!—Y yo te quiero tambien...; y tambien te quiere este niño...—¡Mira!... ¡Mira cómo te sonrie!

—¡Basta! (gritó al fin Manuel con desgarrador[p. 299] acento, abriendo los brazos y tirando la cabeza atras.) ¡Basta, crueles sayones, encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya!... ¡Idos!... ¡Salid!—¡Os lo mando... os lo aconsejo... os lo suplico!—¡Dejadme solo, si no quereis que con vuestra sangre y la mia se forme un lago en este aposento!—¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladron que me ha robado la felicidad!...—Márchese usted, señora... Márchese usted, señor Cura...—¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo!... ¡Conozco que puedo horrorizar al mundo!...

Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en silencio hasta la puerta, andando hácia atras y sin quitar la vista de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.

Hasta D. Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la anciana, y por el mismo jóven, que estaba á punto de morir ó de volverse loco, á juzgar por la violenta agitacion de su pecho, por la hinchazon de su frente, por el trastorno de su mirada...; y, conociendo, al propio tiempo, que ya no habia más palabras que decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse tambien lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo siquiera del pasado enojo.

[p. 300]Así salió de la habitacion, cuya puerta dejó entornada...

Manuel quedó solo con el Niño Jesus.


V.

EL ROCÍO DEL ALMA.

Las doce de la noche acababa de cantar el sereno cuando D. Trinidad y la señá María Josefa se retiraron de la sala, dejando en manos de la famosa Imágen del Niño de la Bola la solucion de la suprema crísis á que habia llegado el espíritu de Manuel Venegas.

Reinó desde entónces en la casa un profundo silencio, interrumpido únicamente por los cautelosos pasos del vigilante Cura, que se acercaba de vez en cuando á la rendija de la puerta á observar á Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa.—Dormia el hijo de Soledad en brazos de su abuela, despues que Basilia lo hubo amansado con algunos bizcochos.—La Vo[p. 301]lanta, á fuerza de llorar hipócritamente, habia conseguido que D. Trinidad dejase de mirarla con prevencion, y formaba tambien parte de aquella especie de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarian diciendo.—Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio, incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigia la gravedad de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo, fué apagar todas las velas que alumbraban al Niño Jesus, con lo que el salon quedó enteramente á oscuras...

Esto afligió mucho á D. Trinidad, que todavía cifraba algunas esperanzas en la antigua devocion de su pupilo á la preciosa Efigie en cuya compañía lo habia dejado...—Pero luégo recapacitó que el mismo hecho de apagar las luces podia significar, de parte del jóven, una especie de miedo á aquel fantasma de su extinguida fe, y tan juiciosa reflexion no pudo ménos de consolarle algo.

Manuel comenzó á pasearse en las tinieblas...

De vez en cuando se paraba, é ininteligibles monosílabos, rugidos sordos ó sofocados lamentos salian de sus labios, como si dentro de él mantuviesen empeñada controversia dos séres distintos, el uno más feroz que el otro...

Indudablemente, el jóven repasaba todas sus[p. 302] emociones de aquel dia: indudablemente le representaba su cerebro las provocativas alarmas del público; la calle de Santa María de la Cabeza; la inesperada aparicion de Soledad, su impavidez, su hermosura, su mirada de amor, sus copiosas y amarguísimas lágrimas; el encuentro con D. Trinidad Muley; las cristianas aclamaciones en que prorumpió la muchedumbre; los santos discursos del bondadoso sacerdote, su lloro, sus caricias; la visita del Niño Jesus; el alarde de impiedad con que él la habia recibido; el dolor que esto habia causado al buen Padre de almas; la aparicion de la madre y del hijo de Soledad; el digno lenguaje de la anciana; el llanto y la sonrisa del aquel inocente niño, y los insultos y amenazas del ofendido Cura, de su generoso protector, del sér que más le amaba en el mundo...

Ahora bien: todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos aquellos paternales enojos no podian ménos de haber ablandado el corazon de la fiera...—Por eso, sin duda, gemia, en medio de su rabia, como el leon herido: por eso batallaba tanto consigo propio: y por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo D. Trinidad Muley, viendo clarísimamente que ninguno de sus[p. 303] esfuerzos por vencerlo habia sido inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espíritu del jóven, y que este espíritu vacilaba, temia, emprendia la fuga, tornaba á la pelea, retrocedia de nuevo, y podia acabar por rendirse de un momento á otro...—Pero ¡ay del bien! ¡ay de la paz! ¡ay de la caritativa empresa del digno Párroco, si el jóven no se rendia en tan extrema lucha!—¡Entónces no habria ya esperanza de salvacion!

Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonía!) duró este combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia, entre la pasion y la virtud, entre el amor propio y la abnegacion, entre el egoismo y la caridad, entre la bestia y el hombre.

Á eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugia, ni se quejaba...—Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que tambien cesaron al poco tiempo...

D. Trinidad no podia ya distinguir en qué parte de la habitacion estaba el jóven, ni si se habia sentado, ni si por acaso se habia dormido...—El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso.—Parecia como que el enfermo se habia muerto...

Pero ¿no podia ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podia ser que Manuel Venegas[p. 304] acabase de revivir á la razon, á la justicia, á la dignidad humana, á la vida de la conciencia?

En esta duda, el Sacerdote desistió de la idea (que tuvo un momento) de coger una luz y entrar en la sala.

Pronto se alegró de haber sabido esperar; pues no tardó en advertir una cosa que le pareció fausta, simbólica y de mucho alcance, en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le trajo á la imaginacion la humilde ceremonia con que se enciende fuego nuevo en la Iglesia la mañana del Sábado de Gloria...

Fué el caso que Manuel dió repentinamente señales de estar vivo y despierto, poniéndose á encender luz por medio de eslabon, pedernal, yesca y alcrebite, al uso de aquella época.

Lumen Christi...—murmuró D. Trinidad, santiguándose.

Obtenido que hubo nueva luz, el jóven la aplicó á las velas que apagara ántes, con lo que el Niño de la Bola tornó á verse profusamente alumbrado y tan clara como de dia toda la espaciosa habitacion.

Sentóse entónces nuestro héroe enfrente de la Imágen, y púsose á contemplarla con honda y pacífica tristeza.—La tempestad habia pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre[p. 305] de hierro profundas é indelebles señales.—Dijérase que habia vivido diez años en dos horas. Sin ser viejo, ya no era jóven. Sus facciones habian tomado aquella expresion permanente de ascética melancolía que marca la faz de los desengañados.

En cuanto á la triste mirada con que parecia acariciar la Efigie del Niño Jesus, no tenía tampoco la dulzura del consuelo. Era una mirada de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad ó de un antiguo amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma...

—¡No reza! ¡no llora!—pensó amargamente don Trinidad, formulando á su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.

Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le causara al principio el ver que el jóven contemplaba á su antiguo Patrono.

—¡No hacen las paces! (añadió luégo, expresando en otra forma su disgusto.)—¡Y la verdad es que el pobre Manuel está dando muestras clarísimas de querer hacerlas!—¡Misterios de Dios! ¿Qué trabajo le costaba ahora á ese Chiquito tender los brazos á mi ahijado, como se los tendió antigua[p. 306]mente á San Antonio de Padua?—¡Nada más que con esto saldríamos todos de apuros!

Y tornó á acercarse á la rendija de la puerta, y comenzó á rezar fervorosamente á la primorosa Efigie, como arengándola á realizar un milagro indudable.

—¡Nada! ¡No me hace caso! (se dijo, por último, viendo que el Niño Jesus no pestañeaba.)—¡Sin duda no conviene! ¡Respetemos la voluntad de Dios!—Ni ¿quién soy yo, pecador miserable, para meterme á dar consejos á las Imágenes de mi Parroquia? ¡Si los siguiesen, yo sería el Santo, que no ellas!—¡Haces bien, Niño mio! ¡Haces muy bien en desobedecerme!

Manuel se habia puesto de pié entretanto.

La tristeza de su semblante era mayor que nunca. Un profundo suspiro salió de su pecho, y pasóse ambas manos por la frente, como para echar de su imaginacion renovadas angustias...

Parecia un reo en capilla, la noche que precede al suplicio.—La conformidad de la desesperacion iba envolviéndole en su fúnebre velo...

En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que habia traido de América... Manuel abrió el mayor de ellos, y sacó una preciosa caja de madera, que puso sobre el velador...

[p. 307]D. Trinidad temió que el jóven fuese á suicidarse, y se apercibió á entrar en el aposento...

Pero tranquilizóse en seguida, al observar que lo que de allí sacaba Manuel no eran pistolas, sino vistosísimas alhajas, collares, pendientes, brazaletes, sortijas, alfileres...;—un tesoro, en fin, de perlas, brillantes, esmeraldas y otras piedras preciosas...

—¡Son las donas que pensaba ofrecer á Soledad el dia que se casase con ella! ¡Son los regalos de boda que le traia el desgraciado!...—pensó el Sacerdote, lleno de conmiseracion.

Manuel fué contemplando una por una aquellas galas póstumas, aquellas joyas sin destino, aquellos emblemas de su infortunio...; y, ejecutando luégo la idea que sin duda le habia movido á tan penosa operacion, comenzó á ponerle las alhajas á la Sagrada Efigie de que era Mayordomo y á quien estaba obligado á agasajar...

D. Trinidad Muley no pudo contener su entusiasmo y su regocijo, y corrió de puntillas á llamar á las ancianas, para que contemplasen aquella piadosísima escena.

Imagínese, pues, el que leyere la emocion, los comentarios en voz baja y los dulces lloros que habria al otro lado de la puerta, en tanto que Manuel prendia á las ropas del Niño Jesus, ó colgaba[p. 308] de su cuello y de sus brazos, los restos del naufragio de sus esperanzas...—Estas cosas se sienten ó no se sienten; pero no se explican.

Baste decir (como resúmen de sus impresiones, palabras y pensamientos) que todos decian en voz baja, con religioso júbilo, y abrazándose cariñosamente:

—¡Se ha salvado! ¡Ha resuelto perdonar!—¡Dentro de pocas horas se habrá marchado para siempre!—¡Dios lo haga más venturoso que hasta ahora!

Miéntras D. Trinidad y las tres virtuosas ancianas hablaban así, la pérfida Volanta (que todo lo habia visto y oido) deslizóse por la escalera abajo como una sabandija, sin que nadie reparara en ello, y marchóse á la calle, cuidando de no despertar al improvisado conserje...

Ni ¿cómo habian de advertir aquel suceso los que arriba seguian con el alma las operaciones de Manuel, cuando éste acababa de ejecutar otro acto que ya no dejaba ni asomos de duda acerca de sus nobles y pacíficas intenciones?

Tal fué el sublime arranque de humildad con que, sacando del bolsillo el primoroso puñal indio que aquella tarde habia llevado á la Procesion, lo desnudó, alzólo á la altura de su cara, contempló su luciente hoja y rica empuñadura, lo besó luégo, y lo colocó á los piés del Niño Jesus...

[p. 309]Sin la fe ciega que D. Trinidad Muley tenía ya en la redencion del jóven, hubiera temblado por su vida, como temblaron las mujeres, al verlo levantar el puñal, y no habria estorbado, como estorbó, que se precipitasen en la sala... Y tambien fué necesaria en seguida toda la autoridad del Sacerdote para impedir que estallasen en gritos de santo alborozo al contemplar aquella solemne abdicacion de la mayor soberbia que jamás cupo en corazon humano.

—¡Callad! ¡callad!... (les decia al oido el autor de tan prodigiosa obra.) ¡Callad!... ¡Dejadlo!...—¡Dios está con él!—¡No despertemos al demonio del orgullo, que ya duerme, y pronto habrá muerto, en el corazon de mi buen hijo!

Manuel consideró lo que habia hecho, y su grave rostro expresó una reflexiva y triste complacencia; pero no en modo alguno aquella devocion activa, directa, personal, que suponian las buenas mujeres y cuyos resplandores de triunfo y de esperanza hubiera querido hallar D. Trinidad Muley en los ojos del leon vencido...

—¡Eso no es fe! ¡Eso no es más que caridad! (dijo el indocto Padre de almas, dando crédito, como siempre, á su leal corazon.)—¡Mi obra puede quedar incompleta!—¡Malhaya los hombres que han secado las fuentes de la alegría en un espíritu[p. 310] tan bueno! ¡Miéntras Manuel no crea, no tendrá dicha propia, y sólo gozará en ver que los demas son venturosos!

El hijo de D. Rodrigo sacó en esto el reloj y miró la hora.—Pero debió de hallarlo parado; pues en seguida abrió un balcon que daba á Oriente y dominaba toda la vega; y consultó la posicion de los astros...

Corrió entónces á la puerta del salon, y, sin abrirla, dió dos palmadas, como llamando...

—Dejadme á mí...—murmuró D. Trinidad, haciendo señas á las mujeres para que se alejasen.

Y penetró en el vasto aposento.

—¿Quieres algo?—preguntó dulcemente á Manuel.

Fuese modestia, fuese cansancio, fuese aquel pueril resentimiento que el amputado guarda algunas horas al operador que en realidad le ha salvado la vida, nuestro jóven bajó los ojos, esquivando la mirada del Sacerdote, y dijo rápidamente:

—Que venga Basilia.

Don Trinidad se retiró sin enojo alguno.

Basilia entró á los pocos momentos.

—¿Está ahí el arriero de Málaga?—le preguntó Manuel con la sequedad de quien desea pronta y breve contestacion.

[p. 311]—Abajo está...—respondió temblando el ama de gobierno.

—Pues dígale que cargue todo mi equipaje y ensille mi caballo.—Son las tres y media... Partiré á las cinco.—Que entren por estos cofres... Pero que no me hable nadie.—Ruegue usted á D. Trinidad, de parte mia, que tome algo y se acueste.—Necesito estar solo.

Y, dicho esto, se salió al balcon que acababa de abrir, donde permaneció, vuelto de espaldas al aposento, miéntras que Basilia y Polonia, llorando silenciosamente, sacaban los baules, y miéntras que D. Trinidad y la señá María Josefa lloraban tambien en el próximo corredor y dirigian desde allí fervientes acciones de gracias y tiraban cariñosos besos á la Imágen del Niño Jesus.

Al cabo de una hora comenzó á clarear el dia...

Manuel se quitó entónces del balcon, y, cogiendo una silla, sentóse en medio de la ya solitaria estancia, y siguió mirando al cielo, con la resignada expectativa del héroe condenado á muerte que ve nacer la última luz de su existencia.

Así estuvo mucho tiempo, sumido en un éxtasis de dulce dolor que iba hermoseando cada vez más su noble rostro...—La fiera habia llegado á tener cara de hombre... El hombre no tardó en tener[p. 312] cara de ángel.—Dijérase que su alma habia entablado un largo coloquio con lo infinito...

Ya era enteramente de dia... Ya habian dado las cinco, y las cinco y media...—Ya estaban listas las cargas y ensillado el caballo...—¡Y nadie se atrevia á decírselo: nadie se atrevia á interrumpir aquel inefable arrobamiento en que el jóven parecia gozar anticipadamente la recompensa de su abnegacion, el premio de su sacrificio!

Salió, al fin, el sol, y su primer rayo penetró en la sala, bañando de fúlgida luz la plácida figura de Manuel Venegas...

—«Soledad»...—gritó entónces el loro en el balcon, donde lo habian dejado olvidado...

Manuel se estremeció convulsivamente al oir aquel nombre con que el pájaro americano saludaba todos los dias, hacía muchos años, la salida del sol, y un mundo de recuerdos y de fallidas esperanzas reapareció ante sus ojos, haciéndole volver del cielo á la tierra, de la eternidad al tiempo, del olvido á la realidad...—Pero, falto ya de soberbia para luchar con su enemiga suerte, una mortal congoja oprimió su corazon; un desfallecimiento nunca sentido aniquiló todo su sér; extendió los brazos como quien se ahoga (y áun pareció que efectivamente pedia auxilio), hasta que, por último, estalló en amargos sollozos, seguidos de copiosísimo llanto...

[p. 313]Y, roto por primera vez en toda su vida el dique de las lágrimas, desbordáronse éstas con tal ímpetu que pronto bañaban su faz, sus manos y su agitado pecho...—Al principio, fueron ardiente lava...; luégo, benéfica sangría y salvador desahogo de su corazon..., y, al fin, blando rocío que bajaba del cielo á templar la sed de su alma sin ventura...

D. Trinidad corrió á él y lo envolvió piadosamente en su manteo, diciéndole:

—¡Llora, llora, hijo mio! ¡llora cuanto quieras! ¡Llora en los brazos de tu padre!

Manuel se colgó del cuello del Sacerdote y le llenó la cara de besos, diciéndole entre dulces gemidos:

—¡Perdon! ¡Perdon!...

—¡Perdóname tú á mí!—sollozaba D. Trinidad.

Y las mujeres lloraban tambien desatadamente, comenzando á invadir la sala, y el mismo arriero (que habia entrado por el loro) se daba puñetazos en la cabeza, diciendo con profunda emocion:

—¡Qué lástima de hombre! ¡Maldita sea la primera mujer!

—¡Padre mio! ¡la adoro!—exclamaba entretanto Manuel, incomunicado con los espectadores por el manteo de D. Trinidad.

—¡Y yo á tí!—le respondió el Párroco, besándolo reiteradas veces.—¿Quieres que me vaya contigo?

[p. 314]—No... no...—Me iré yo solo...

—Pues bien: sé muy bueno: haz muchas limosnas, y verás qué feliz eres...—Toma... (añadió luégo en voz más baja.) Aquí tienes esto... Llévate tu caudal... En todas partes hay pobres...

—No... no... (le respondió Manuel al oido.) Guarde usted eso... Y haga lo que ya tenemos hablado... En esos papeles lo encontrará explicado todo...

—Está confesando...—dijeron las mujeres, retirándose al corredor.

—Pero tú vivirás... Tú me escribirás esta vez... (murmuró D. Trinidad.) ¿No es cierto?

—Sí, señor... ¡Yo viviré cuanto me sea posible!—contestó el jóven, enjugándose las lágrimas.

Y, abrazando por última vez al Cura, se levantó y dijo:

—¡Vamos!

Entónces se le acercó Polonia, con las puntas del delantal sobre los ojos.

—¡Perdon, Polonia!—exclamó el jóven, abrazándola.

—Anda con Dios, hijo mio... (respondió la anciana:) ¡Ya estás curado, y puedes ser dichoso!—¡Tu enfermedad consistia en no haber llorado nunca!

—Señor... ¡Buen viaje!—le dijo Basilia, besándole la mano...

[p. 315]—¡Venga usted tambien, señá María Josefa! (gritó al mismo tiempo D. Trinidad.)—Pero no suelte usted el niño...—¡Hoy hay perdon para todos!

—¡Oh!... ¡no!—pronunció Manuel, retrocediendo.

—¡Manuel, castígate! (exclamó el Sacerdote.) ¡Cuanto más te humilles hoy, más dichoso serás mañana con el recuerdo de este dia!—¡Arranca de tu corazon, ahora que están blandas, las raíces de tu soberbia, á fin de que nunca retoñen!—¡No te lleves en la conciencia ningun veneno, hoy que la has lavado con tus lágrimas!

—¡Manuel! (dijo la señá María:) ¡Yo hubiera sido muy dichosa en llamarme tu madre!—¡Harto lo sabe el señor Cura!

Manuel se quitó el reloj, y se lo entregó al niño, colgando de su cuello la larga cadena de oro de que pendia, y pronunció estas palabras:

—¡Perdono á tu madre!...—¡Dios te haga más feliz que á Manuel Venegas!

Y volvió la espalda, y se apartó algunos pasos, como despidiendo á la madre y al hijo de Soledad.

La pobre abuela se alejó hecha un mar de lágrimas, miéntras que el niño iba dando besos al reloj y sonriendo como un ángel.

D. Trinidad siguió á Manuel al promedio de la sala, y, señalándole al Niño Jesus, que refulgia á[p. 316] la luz del sol como un ascua de oro, con tanta rica presea como adornaba su graciosa figura, preguntóle en són de dulce ruego:

—¿Y á Éste? ¿qué le dices por despedida?

—¡Á Éste le pediria que resucitase dentro de mi corazon, si tal milagro fuese posible!—contestó Manuel melancólicamente.

—¡Dios querrá! (dijo el Sacerdote, levantando los ojos al cielo.)—Las raíces de tu antigua Fe están vivas, y ya ha comenzado á correr por ellas la savia de la regeneracion.—Las máximas que tu padre y yo sembramos en tu corazon de niño han vuelto á germinar esta noche bajo los auspicios de esta Efigie del Redentor del mundo...—Debes, pues, agradecimiento al Amigo de tu niñez, y, aunque hoy no veas en su dulce Imágen más que una sombra, un retrato, un recuerdo del cariño que le tuviste (y que Él no ha dejado de tenerte); aunque todavía no haya penetrado en tu nublada razon la nueva luz que ya ilumina las más altas cumbres de tu espíritu..., ¡bésalo, Manuel!... (¡Nada pierdes con besarlo!) ¡Bésalo, y verás cómo toda la soberbia que te queda en el cerebro se desbarata en lágrimas, del propio modo que se ha desbaratado la que tenías en el corazon! ¡Verás cómo, al poner tus labios en los descalzos piés del Niño en cuya divinidad creian tu padre y tu madre, conoces[p. 317] que estás haciendo una cosa muy santa, y vuelves á llorar de dicha!—¿Qué te cuesta probar? ¿Por qué no te atreves á ello?—¿No te dicen ese miedo y ese respeto, que el acto de sumision que te propongo es de maravillosas consecuencias?—Ven... mira... ¡Yo te daré el ejemplo, como cuando eras chico!...—Yo lo besaré ántes que tú...—¡Así se hace!... ¡así!—Y luégo se dice (llorando, como lloro yo): «¡Bendito seas, Jesus crucificado! ¡Bendita sea tu Santísima Madre! ¡Bendito sea tu Padre Celestial, que te envió á la tierra á redimirnos!»

Manuel cerró los ojos y cayó de rodillas, como una torre que se desploma...

De rodillas estaban tambien las dos ancianas y el malagueño, y con fervientes oraciones daban gracias á Dios, al ver que el jóven se abrazaba á los piés del Niño de la Bola y los cubria de besos y de lágrimas...

De rodillas, en fin, estaba D. Trinidad Muley, á quien de seguro hubieran abrazado gustosos en aquel momento hasta los incrédulos más empedernidos...; ¡porque la verdad es que en todo aquello no habia nada malo para nadie ni para nada, y sí mucho bueno para todos y para todo, ó nosotros no sabemos lo que es bueno ni lo que es malo en esta miserable vida!

*        *        *        *       *

[p. 318]No intentaremos describir los últimos minutos que Manuel Venegas permaneció todavía en su casa, ni los renovados, tristísimos adioses que allí se dieron aquellos séres de tan sencillo y tierno corazon...—Temeríamos afligir demasiado á nuestros lectores, que, pues todavía no han soltado esta obra en que se rinde culto á la pobreza de espíritu, seguramente tienen la dicha de pensar y sentir como ellos.—Preferimos, pues, salir á la Plaza, y confundirnos con la generalidad del público, en cuya compañía podremos ver con más frescura la solemne marcha de Manuel Venegas y los dramáticos lances que acontecieron con este motivo.


VI.

MARCHA TRIUNFAL.

Hacía una mañana hermosísima, sobre todo para aquellos felices mortales que no tuvieran fijos sus ojos en la negrura del revuelto mar de las pasiones, sino que hubiesen preferido salir al campo á espaciar su vista y su alma por el sublime templo de la Naturaleza, por la pintada Tierra, llena de[p. 319] prodigios, por la rutilante bóveda del Cielo, y por el propio cielo de una conciencia suficientemente limpia para poder reflejar las misteriosas visiones de lo Infinito...

No estaban de este humor aquel funesto lúnes, 6 de Abril de 1840, las muchas personas que acudian á la Plaza Mayor de la Ciudad á enterarse de los adelantos que el dolor y la ira habian hecho durante la noche en el corazon de Manuel Venegas y Antonio Arregui. Ni hay que decir que el grupo en que más excitados estaban los ánimos, por cuenta ajena, era el formado, como de costumbre, á la puerta de la Botica, ¡terrible aduana, por donde tenía que pasar el infortunado Niño de la Bola al marcharse del pueblo!

Vitriolo estaba más acerbo y feroz que nunca, sin poder callarse (aunque no dejaban de aconsejárselo sus discípulos), y, si por acaso interrumpia sus discursos, era para decir á los que iban á comprar medicinas:

—«¡No hay de eso!»...—ó—«¡Vuelva usted más tarde!»—ó—«¡Dígale al enfermo que se muera; que esto que le han mandado no sirve para nada!»

Ello es que no se apartaba del mencionado grupo, donde ya habia tronado largamente contra la imbecilidad de Manuel,—«cuya casa, dijo, habia llenado de Santos y de viejas el Cura de Santa[p. 320] María, á fin de separarlo del camino de la decencia y del honor y hacerle faltar á sus famosos juramentos.»

Luégo añadió:

—Segun mis informes, á las tres de la madrugada lo llevaban ya de vencida, y el cuitado estaba rezando el confiteor á los piés del Niño Jesus, despues de haberle regalado una porcion de joyas, á ruegos de D. Trinidad, que es una hormiguita para su Iglesia...—¡Pobre Manuel! ¡Si su animoso padre levantase la cabeza!

El auditorio se miró, como dudando de la congruencia de aquella invocacion, y Vitriolo, que lo advirtiese, dobló la hoja y pasó á otro asunto.

—En cuanto al marido de Soledad (exclamó con enfático tono), ¡hay que reconocer que es un valiente! ¡Ya vieron ustedes lo que hizo ayer! ¡Ir, sin quitarse las espuelas, á la Ermita de Santa Luparia, en busca del célebre maton, á quien D. Trinidad Muley habia escondido en una especie de escaparate!—¡Yo no dudo de que cuando sepa (como ya lo sabrá á estas horas) que su madre política y su hijo han pasado la noche en casa del amante de su mujer, vendrá á pedir satisfaccion á éste y echará por tierra todas las artimañas del fanatismo y la cobardía!

Muchas personas se apartaron muy disgustadas[p. 321] de aquel energúmeno, y fuéronse en busca de otros corrillos donde se comentasen más piadosamente las maravillosas y ya públicas escenas ocurridas aquella noche en la antigua Casa del Chantre... Pero Vitriolo no se desconcertó por ello, sino que se rió de los que le dejaban, y continuó hablando de esta manera:

—¡Por supuesto, que Antonio Arregui irá de todos modos esta tarde á la Rifa, á recoger el guante de su rival!—Así lo juró ayer, cuando se enteró de que el hijo de D. Rodrigo tuvo anteanoche el atrevimiento de ir á llamar á la puerta de su casa, estando él en la Sierra...—¡Lo sé de muy buena tinta!—¡Por consiguiente, si el Niño de la Bola, el de las amenazas de hace ocho años, se marcha del pueblo, sin acudir á la palestra, tanto peor para su honra y fama!—¡Verdad es que puede que todavía ignore nuestro pobre paisano (y se le haria un gran favor en contárselo) que Antonio Arregui fué ayer tarde á buscarle en són de desafío á la Capilla de Santa Luparia!...—¡Honor es de este pueblo que el asunto no se haga tablas de la manera indecorosa que se propone D. Trinidad Muley! ¿Qué dirian los riojanos, si el héroe de la Ciudad huyese de uno de ellos? ¡Dirian que los andaluces no tenemos sangre en las venas!—Y todo ¿por qué? ¡Porque los curas han sorbido los sesos á una espe[p. 322]cie de salvaje cargado de millones, á fin de sacarle el dinero!—¡Digo á ustedes que me abochorno de tan groseras supercherías!

—¡Y yo me abochorno de que usted vista el uniforme de persona humana! (exclamó el Capitan, que habia llegado momentos ántes.) ¡Usted es un bicho!

Vitriolo se echó á reir.

—¡No se ria usted! (añadió el veterano, temblando de cólera) ¡Mire que hoy vengo resuelto á aplastarlo, si no deja de corromper el aire con sus viles calumnias!

—¡Amenazas y todo! (replicó el boticario despreciativamente.)—¿Lo han comprado tambien á usted? ¿Le ha tocado alguna joya de las regaladas al Niño de madera?—¡Pues me alegraré de que la disfrute!

Y le volvió la espalda, asustado de lo que acababa de decir.

—¡Lo que me ha tocado va usted á verlo ahora mismo! (rugió el Capitan.) ¡Tome usted! ¡en nombre del Ejército!

Y arrimó al insolente materialista un soberano puntapié en la parte más vil de su materia propia.

El pobre ateo se llevó las manos á la parte contusa, y huyó diciendo:

—¡Ah! ¡lo de siempre! ¡el militarismo! ¡el cesa[p. 323]rismo! ¡la fuerza bruta! ¡el brazo secular de la tiranía!

—No ha habido tal brazo, mi buen Papaveris... (díjole Paco Antúnez, negándole el auxilio que fué á pedirle.) ¡La caricia ha sido con el pié, y de las buenas!

Y se alejó de él desdeñosamente.

Este lance, que hizo reir mucho á cuantos lo presenciaron, fué como la señal y comienzo de la gran derrota que habia de sufrir Vitriolo aquella mañana á la vista de todos sus discípulos.

Decímoslo, porque en tal momento comenzaron á salir de casa de Manuel las famosas cargas de equipaje, precedidas del arriero de Málaga,—que estaba contentísimo, creyéndose ya, sin duda, camino de las Indias.

La emocion del público, al ver aquella prueba material de que Manuel se iba, de que D. Trinidad habia triunfado, de que la fiera perdonaba..., fué grandísima, al par que noble y jubilosa, con muy escasas excepciones.

—¡Manuel se va! (decian unos.) ¡D. Trinidad no tiene precio! ¡Eso es lo que se llama un buen cristiano!

—¡Manuel se va! (exclamaban otros.) ¡La verdad es que este desenlace tiene algo de prodigio!

—¡Los Venegas fueron siempre así! (expuso el[p. 324] viejo buñolero de la Plaza.) ¡Parece que poseen el don particular de entusiasmar al pueblo!—La mañana de hoy me recuerda aquella otra en que don Rodrigo salvó los papeles de D. Elías del incendio que nadie queria apagar...—¡Todos aplaudimos entónces sin saber por qué..., y ya está pasando ahora lo mismo!...—¡Miren ustedes!—La gente llora...; los chicos bailan de contento...; las mujeres se asoman á los balcones...—Voy á avisar á la mia...

—¡Lástima de dinero, que sale de la Ciudad! (decian al mismo tiempo los de otro corrillo, aludiendo á las tres voluminosas cargas.) ¡Cuidado que ahí caben onzas!

En el ínterin, Vitriolo, olvidado de su percance, como se olvida el General de sus heridas hasta que concluye la batalla, acercábase desesperado y medio convulso al triunfante arriero, y le preguntaba con indecible angustia:

—¿Á qué hora se marcha su amo de usted? ¿Tardará todavía algo? ¿Habrá tiempo de hablarle?

—¡Qué ha de haber, hombre! (respondió el malagueño, con voz descompasada.) ¡Lo que hay en este pueblo es un Cura que vale más que Dios!

Y, quitándose el calañés, y tremolándolo por alto, exclamó en medio de la Plaza, con un fervor y un gracejo indescriptibles:

[p. 325]—¡Caballeros! ¡Viva D. Trinidad Muley!

—¡Viva!—respondieron más de mil voces.

Y tampoco faltó quien convidara, en el acto, á aguardiente y buñuelos al señor Frasquito Cataduras, en pago de «la justicia que acababa de hacer á un hijo de tan calumniada ciudad.»

Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida para Vitriolo.—Todo el público era del Cura, aplaudia su obra, respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sancion á la pacífica retirada de Manuel Venegas.

Y tal fué el momento en que nuestro héroe apareció á caballo en la puerta de la que tan pocas horas habia sido su casa.

Un murmullo de honda conmiseracion lanzó la apiñada muchedumbre.

Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso, mirando al cielo, por no mirar al mundo, y acompañado de D. Trinidad Muley, que marchaba á pié, á su derecha, y le dirigia de vez en cuando alguna palabra consoladora.

Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al patíbulo.

El gentío empezó por saludarlo grupo á grupo, segun que iba pasando por delante de cada uno de ellos; pero al fin acabaron descubriéndose todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.

[p. 326]Ocurrió entónces un incidente en que repararon muy pocos.—La célebre Volanta trató de acercarse á Manuel Venegas, por el lado opuesto al en que iba D. Trinidad, y áun se vió en sus manos un papel, que pudo suponerse una peticion de limosna.—Pero el Sacerdote, que lo observara, pasóse con rapidez á aquel lado; y miró y habló á la indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la muchedumbre.

Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo, inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma á que no asistia su espíritu.

De este modo pasaba ya por delante de la puerta de la botica, no sin profundo dolor de Vitriolo, que iba á encerrarse en ella con su derrota, cuando notóse gran agitacion al otro lado de la Plaza, y vióse que Antonio Arregui, lívido de furor, corria primero hácia la casa en que Venegas habia vivido, y luégo en seguimiento de él,—indicado que le hubo álguien que aquel jinete era la persona á quien buscaba.

Pero D. Trinidad estaba en todo; y, abandonando á Manuel, voló al encuentro del indignado Arregui, al cual (justo es decirlo) detenian aquella vez muchas personas bien intencionadas, de cuyas manos iba desasiéndose á duras penas.

[p. 327]Pocas palabras le habló D. Trinidad para explicarle satisfactoriamente cómo y por qué su suegra y su hijo habian pasado la noche en casa del indiano, y pocas tambien para convencerle de lo extemporáneo y hasta sacrílego del paso que queria dar, provocando á un hombre arrepentido y valeroso, que huia del combate por creerlo injusto, y se marchaba para siempre de su patria.

Arregui quedó absorto, al hacerse cargo de aquellas inopinadas novedades; y, como tenía mucho y excelente corazon, y D. Trinidad era el grande hombre que ya conocemos, y el mudable público echaba aquel dia todo su peso en el platillo del bien, ocurrió una cosa que de otro modo hubiera sido incomprensible...

Pero digamos qué le habia pasado entre tanto á Manuel Venegas.

Tan luégo como D. Trinidad se apartó de él, corrió á reemplazarle Vitriolo, el cual tuvo la audacia de coger la brida y parar el caballo, miéntras que alargaba la otra mano al Niño de la Bola y le decia á media voz:

—¡Buen viaje, vecino!—¿No queria usted conocer á D. Antonio Arregui?—¡Pues ahí detras lo tiene, luchando con el señor Cura, que no puede ya sujetarlo!

El aborrecido nombre del marido de Soledad[p. 328] despertó á Manuel de su estupor y le hizo oir las demas palabras de Vitriolo.—Volvió, pues, rápidamente el caballo, y preguntó, echando fuego por los ojos:

—¿Cuál? ¿Cuál es?

Y se encontró con D. Trinidad Muley, que tornaba ya en su busca, diciéndole:

—Hijo mio: completa tu obra...—Acuérdate de lo que hemos hablado...—Aquí tienes á D. Antonio Arregui...—Te suplico que le pidas perdon...

Arregui estaba dos ó tres pasos más atras, altivo, digno, dispuesto á todo, bien que no pudiendo ménos de admirar aquella noble, hermosa y dolorida figura, que veia por primera vez, y acaso, acaso compadeciendo tan inmerecido infortunio.

Manuel contempló amargamente al esposo de Soledad, y vaciló algunos instantes entre los dos abismos que volvia á presentarle la desventura.

Reinó, pues, en toda la Plaza un hondo silencio, preñado de horrores.—Los segundos parecian siglos.

—¡Piensa en mí! ¡Piensa en quién eres! ¡Piensa en D. Rodrigo Venegas! ¡Piensa en el Niño Jesus!—murmuró D. Trinidad, levantando hácia el jóven las abiertas manos, en ademan de plegaria.

Manuel tembló de piés á cabeza, como si, al renunciar á su última y suprema arrogancia, renun[p. 329]ciase tambien á la vida, y, quitándose respetuosamente el sombrero, saludó al hombre á quien habia jurado matar.

Arregui se descubrió casi al mismo tiempo, respondiendo hidalga y afectuosamente á aquel saludo.

Una salva de aplausos estalló entónces entre el gentío, miéntras que mil y mil voces ensordecian el aire gritando:

—¡Viva Manuel Venegas! ¡Viva Antonio Arregui! ¡Viva D. Trinidad Muley! ¡Viva el Niño Jesus!

Manuel habia metido espuelas entre tanto, y desaparecido como una exhalacion, sin que la Volanta, que corrió detras de él, consiguiera darle alcance, ni detenerlo con sus descompasados gritos.


[p. 331]

EPÍLOGO.


I.

LLEGADA DE DESAIX Á MARENGO.

De buena gana hubiéramos terminado esta obra con el capítulo anterior...—Nada habria perdido en ello la dignidad del género humano (en cuanto puedan representarla personajes tan imperfectos y oscuros como Manuel Venegas y la Dolorosa), y mucho nos lo hubiesen agradecido nuestros lectores predilectos..., que, si no son los más sabidos y leidos, tampoco son los de peor alma.

Pero hoy no tenemos la libertad discrecional del novelista: hoy somos esclavos de unos hechos desgraciadamente reales y positivos, y, por lo tanto, nos vemos en la dura obligacion de referir aquí el[p. 332] trágico suceso que llenó de luto la Ciudad aquel inolvidable dia, y que sobrepujó á los deseos del mismo Vitriolo y á las aficiones románticas de la forastera.

No creais, sin embargo, que la indicada catástrofe contradijo en el fondo (ya que sí en apariencia) el saludable concepto final que, á nuestro juicio, se desprende de lo que llevamos narrado hasta ahora. Ántes bien le sirvió de comprobacion inmediata, demostrando cuán en lo cierto estuvo don Trinidad Muley al decir á Manuel Venegas, luégo que se enteró de que habia perdido la fe religiosa (cuya restauracion por el sentimiento apénas se habia iniciado despues en su pobre alma):—«¡Ya serás del último que llegue!...» esto es: ya no tendrá para tí más autoridad el Bien que el Mal: ya elegirás entre ellos segun tus aficiones, ó segun el estado de lucidez de tu conciencia: ya no regulará tus actos otra Ley que la que dicten tus propios afectos: ya no servirá de límite á tu soberbio albedrío el angosto cauce de la obediencia: ya caerás en todos los abismos que te atraigan...

Pero dejémonos nosotros de estas filosofías ó teologías, cuyo esclarecimiento no nos incumbe; y, reduciéndonos al humilde oficio de narradores de hechos consumados, volvamos á aquella plaza de la ciudad moruna, de donde acababa de salir[p. 333] para su voluntario destierro nuestro inculto y apasionado protagonista.

Poquísima gente quedaba ya en ella. Antonio Arregui, cuya austeridad de carácter conocemos, no habia tardado en alejarse de aquel sitio, rehuyendo conversaciones ociosas ó dañinas. D. Trinidad Muley habia hecho lo propio, anunciando que iba á meterse en la cama, pues con tantas fatigas y emociones, aumentadas por el dolor de ver partir para siempre á su adorado Manuel, sentíase muy mal y creia que estaba amenazado de un tabardillo. El septuagenario Capitan le dió el brazo y se marchó con él, jurando no volver más á la puerta de la Botica... Y, con todo esto, se disolvió el concurso, y cada cual tornó á sus quehaceres ordinarios, despidiéndose unos de otros «hasta la tarde, en la Rifa», no obstante el escaso interes que ya les ofrecia la fiesta.

En cuanto á Vitriolo, cualquiera habria dicho que una especie de vértigo le dominaba, pues no hacía más que dar vueltas y vueltas en la trasbotica, mirando al suelo, como si invocase al infierno, miéntras que sus labios proferian imprecaciones tan espantosas y repugnantes contra Soledad, contra Antonio, contra Manuel, contra el Capitan y contra el Cura, que, de todos sus discípulos, solamente uno le seguia fiel y le acompañaba.—Los[p. 334] demas se habian marchado en pos del ideólogo Paco Antúnez, proclamando que no querian servir de juguete á viles pasiones; que ellos eran incrédulos, pero no criminales, y que harto claro veian que el desalmado farmacéutico, más que adversario de la fe en Dios, era enemigo de la especie humana, y muy particularmente de aquellos individuos que se interponian entre él y la Dolorosa, por la cual continuaba sintiendo todos los furores del amor, de la desesperacion y de la impotencia.

Al único discípulo que permanecia fiel á Vitriolo lo conocemos ya moralmente, por un conato de fechoría que estorbó la tarde ántes el Capitan retirado, echándole mano al pescuezo en la calle de Santa Luparia.—«Filemon» se llamaba aquel celoso voluntario de la maldad, cuyo nombre ha conservado la Historia por el odioso papel que al cabo logró representar este otro dia, no habiendo conservado tambien su apellido, como el de Drouet, por la sencillísima razon de que era expósito.

—¡Cálmate, Vitriolo! (decia Filemon á su maestro.) ¡Yo no te abandonaré jamás, como esos traidores que se han ido con Paco Antúnez! ¡Yo tengo tambien en el alma mucha amargura que escupir al mundo, y te seré fiel hasta la muerte!

—¿Qué me importa? (chilló el miserable, llo[p. 335]rando... no lágrimas, sino verdadero vitriolo.) ¿Crees que mi furor es porque esos necios me han abandonado? ¿De qué me estarian sirviendo ahora? ¿De qué puede servirme ya nadie? ¿De qué me sirve la vida?

En este momento llamaron al mostrador.

Filemon se asomó á ver quién era, y dijo á Vitriolo:

—Sal á despachar.

—¡No despacho!—respondió el farmacéutico.

—¡Mira que es la Volanta!...

—¡Ah! ¡la Volanta! ¡Que éntre! ¡Que éntre!—¡Es el último recurso que me queda!

La bruja entró jadeante, sin aliento, bañada en sudor, y se dejó caer en una silla. En sus verdes ojos relucia tanta perversidad en accion, que Vitriolo columbró un rayo de esperanza.—Dióle, pues, á falta de aguardiente, un poco de espíritu de vino con agua y jarabe, y le dijo, en són y estilo de cómitre:

—¡Vamos pronto! ¡Desembucha!—¡Tú tienes algo que contarme!

La Volanta miró á Filemon, como si le estorbase su presencia.

—¡Descuida! (añadió Vitriolo.) Este es de los buenos, y podrá ayudarnos, si hay algo que hacer.—Conque ¡habla!

[p. 336]—¡Deja que pueda respirar!... (resolló al fin la vieja.)—Vengo reventada de correr detras de ese demonio..., y es lo peor que no he conseguido que oiga mis gritos.

—¿De quién se trata?

—¿De quién se ha de tratar?—¡Del Niño de la Bola!

—¡Cómo! ¿Tú deseabas hablarle? ¿Tenías acaso algo que decirle? ¿De parte de quién?

—¡Conque no has observado nada! ¡Conque no me viste cuando me acerqué á él y se atravesó el Cura!...—¡Me alegro! ¡Así te cojo más de nuevas, y me pagarás mejor mi secreto!

—¿Qué secreto?—¡Dímelo pronto, ruin hechicera, ó te estrujo hasta sacártelo!

—¡Así me gusta á mí la gente! ¡Con entrañas!—Dáme otro poco de esa bebida, que está buena...—Pues, señor, recordarás que esta madrugada me fuí de acá cerca de las cuatro (despues de referirte lo que ocurria en casa de Manuel), á contárselo á Soledad, que me aguardaba para salir de dudas acerca de si se iba ó no se iba hoy del pueblo su antiguo amante, y á enterar de camino á Antonio Arregui (por consejo tuyo) de que su suegra y su hijo estaban pasando la noche en casa de Manuel Venegas...

—Bien ¿y qué?—¡No me desesperes!

[p. 337]—¡Vamos despacio; que no soy costal!—Llegué á casa de la Dolorosa, que lo tenía todo preparado para que me abrieran la puerta sin que lo notase su marido...—(¡Una vez dentro, no habia cuidado; pues, como duermo allí muchas noches, mi presencia en la casa no podia chocar á nadie!)—El bueno de Antonio no se habia desnudado, y estaba abajo, en su despacho, paseándose como un basilisco, á causa de haber recibido á prima noche contestaciones muy agrias de su mujer (que, como sabes, lo domina completamente) sobre si ésta habia llorado ó no habia llorado en la Procesion...—Es decir, que, por medio de aquella pelea, habia conseguido la muy pícara lo que deseaba, que era desterrar al pobre marido de la cama de matrimonio, á fin de esperarme sola...,—y, con este mismo objeto, habia hecho que la madre se llevase á su casa el niño, diciéndole que aquel era el mejor modo de destetarlo...

—¡Acaba, con cinco mil demonios!

—¡Allá voy, hombre! ¡allá voy!—Pues, señor: encontré á doña Dulcinea metida en la cama, con muchos encajes y moños, como de costumbre (pues es presumida y orgullosa hasta cuando duerme), y con dos ojos abiertos como los de una lechuza, aguardando las noticias que yo debia darle sobre su adorado tormento.—¡Siempre te dije que la Do[p. 338]lorosa no habia nacido para mujer de bien!—¡Es hija de Caifás, y basta!—¡La triste comida que me da, en cambio de las fincas que me robó su padre, tengo que tragármela revuelta con mil burlas é insultos por mi aficion á beber una gota de lo blanco, y, desde que no vive con su madre, la mayor parte de los domingos se queda sin misa!...

—¡Lo mismo haces tú, y las dos haceis bien! (exclamó Vitriolo.)—¡Vamos adelante; que estoy consumiéndome de impaciencia!

—Pues atiende, que ahora entra lo bueno.—«¡Ay, Lucía! ¡cuánto has tardado! (me dijo al verme.) ¿Se va el pobre Manuel? ¿Lo ha convencido el Cura?»—Ahora mismo acaba de convencerlo... (le respondí), y creo que se marchará hoy por la mañana.—«¡Hoy por la mañana! (gritó, hecha una loca.) ¡Eso no puede ser!... ¡Tú no sabes lo que te dices»!...—Contéle entónces todo lo que habia presenciado en casa del Chantre, y, segun yo le iba hablando, ella se ponia unas veces muy afligida y otras muy furiosa, hasta que al fin se tiró de la cama, hecha un sol... (¡porque lo que es á mujer y á bonita no le gana nadie!), y me dijo, dándome un abrazo tan apretado como si yo hubiera sido él:—«Lucía: ¿cuento contigo? ¿puedo fiarme de tí? ¿puedo poner en tus manos mi vida y mi honra?»—¡Figúrate lo que le contestaria! ¡Ya la tenía agar[p. 339]rada para siempre!...—Así es que no omití medio de tranquilizarla acerca de mi lealtad y de mi cariño.—Púsose entónces un vestido blanco; se calzó las chinelas, y comenzó á escribir como una desesperada.

—¡Dáme esa carta! (prorumpió Vitriolo.) ¡No tienes que decirme más! Adivino el resto...—La carta era para Manuel Venegas, y tú no has podido entregársela por más que has corrido...—¡Has hecho bien en traérmela! ¡Dámela ahora mismo!

—¿Qué significa eso de dámela? (replicó la bruja.) ¡Ántes tenemos que ajustar cuentas!

—¡Dáme la carta!—bramó Vitriolo, fuera de sí.

—¡Cá! ¡no te la doy!—Si no se la he entregado á Manuel, ha sido porque Soledad empezó y rompió tantos papelotes ántes de decidirse á entregarme éste, que, cuando salí á la calle, despues de hablar con Antonio, eran ya las cinco y media, y el Cura no me ha dejado despues acercarme á su protegido...—Pero ¡entregártela á tí!... ¡Qué disparate!—¡Yo he venido únicamente á que me la leas!—¿No ves que con esta carta tengo un capital? ¡Figúrate cuánto dinero me dará Soledad por recogerla!—Ahora: como no sé leer, necesito que tú me enteres de su contenido, para calcular hasta qué punto compromete á doña Zapaquilda.

[p. 340]—¿Quieres que se la arranquemos?—preguntó el expósito al boticario.

La vieja saltó como una víbora, y sacó una navajilla, diciendo:

—¡Al que se acerque á mí, lo abro en canal!—¡Vaya un amigo que te has echado, Vitriolo! ¿No sabes que es jugador con barajas compuestas? ¿No sabes que vive de robos como el que acaba de aconsejarte?

Vitriolo replicó secamente:

—¡Te compro la carta!—Tengo ahorrado algun dinero de mi sueldo... ¿Cuánto quieres por ella?

—Esa es otra conversacion.—¡No te la doy por ménos de tres duros...!

—¡Aquí los tienes! (repuso el boticario, sacando del cajon del mostrador aquella cantidad.)—Venga el papel.

—¡Toma y daca!—exclamó la vieja, riéndose y guardando la navajilla.

Vitriolo abrió el pliego (cuyo sobre no tenía nada escrito), y lo primero que hallaron sus ojos fué un retrato en miniatura, que representaba á un arrogante caballero de treinta ó treinta y cinco años.

—¿Quién es este hombre?—preguntó á la Volanta.—¡Se parece á Manuel Venegas!

—¡Toma! ¡Como que es su padre!

—Y ¿quién se lo ha entregado á Soledad?

[p. 341]—¡Mira tú! ¡la Justicia!—¿No sabes que todas las fincas, muebles y efectos de D. Rodrigo fueron á poder de D. Elías?

—Es verdad...—Leamos.

Vitriolo devoró con los ojos la carta de la Dolorosa, y una alegría satánica, mezclada á veces de un dolor infinito, fué pintándose en su lúgubre rostro, á medida que avanzaba en su lectura.—Acabóla, al fin; y, dando un alarido de feroz complacencia, exclamó, volviendo á sus vertiginosos paseos:

—¡Ni el demonio! ¡ni yo mismo! ¡nadie hubiera inventado arma tan espantosa ni tan eficaz!—Lo que ni el público, ni los celos, ni la llamada honra, ni la ira, ni las palabras empeñadas lograron de Manuel Venegas, lo conseguirá este papel, lo conseguirá el amor.—¡Oh, cómo le quiere la malvada! ¡Y cómo lo precipita en el abismo!—¡Yo completaré la obra de esa imbécil, que toma al hijo de D. Rodrigo por un adúltero vulgar!...—¡Ahora mismo... Lucía... ahora mismo!...—¡No hay tiempo que perder!...—Ve á casa del alquilador de caballos, y dile que ensille uno para Filemon, quien irá á montar en seguida...

—Todo eso está muy bien... (observó la bruja). Pero ¿qué le digo á Soledad que he hecho con su carta?

[p. 342]

—Tienes razon..., ¡hay que sostener su esperanza, para que no deje de ir á la Rifa!—Pues bien, dile que, no habiéndote sido posible acercarte á Manuel, se la has remitido (por ocurrencia tuya) con un posta, el cual te ha jurado darle alcance y entregársela en el camino...—Corre, pues, corre... ¡No tardes!—Dile al alquilador que el caballo sea fuerte y bueno...—Filemon va detras de tí...

La Volanta salió corriendo.

—Oye, amigo mio... (prosiguió Vitriolo, adoptando un tono muy solemne.) Oye esta carta, y verás cuán importante es el papel que te toca representar hoy... ¡Hoy vas á eclipsar la gloria de aquel célebre Drouet, á quien siempre he envidiado, que llevó espontáneamente á Varennes la noticia de la fuga de Luis XVI!—¡Oye, y verás cómo podemos ganar esta tarde la batalla que perdimos esta mañana!—Yo estaba hace poco como Napoleon á las tres de la tarde en Marengo; perdido, derrotado, retirándome...; cuando hé aquí que acaba de llegar en mi auxilio el General Desaix con sus divisiones de refresco, diciéndome que áun es posible revocar el fallo de la fortuna; que áun tengo tiempo de ganar una nueva batalla...—¡Eso es para mí esta carta de la Dolorosa!—¡Tiemble, pues, la Ciudad! ¡tiemble el universo! ¡El triunfo va á ser de Vitriolo!

—Pero léeme la carta...—dijo Filemon, ganoso[p. 343] de graduar la importancia del daño que iba á hacer.

—¡Es verdad! Leamos otra vez su carta... (repuso ferozmente el maestro.) ¡Hay venenos que sirven de medicina, y eso me pasa á mí con éste!—¡Oye, y aprende á conocer los abismos que pueden ocultarse debajo de un rostro de Dolorosa!

La carta decia así:

«Manuel:

»No puedo ni debo callar más... No quiero que te vayas maldiciendo mi nombre, ni que me recuerdes con odio el resto de tu vida, cuando Dios sabe que no merezco tu maldicion ni tu aborrecimiento, sino que me tengas tanta lástima como yo á tí.

»Ayer tarde en la Ermita y esta noche en tu casa te habrá suplicado mucho mi madre que te alejes de mí para siempre y que me olvides, y áun puede ser que haya tomado mi nombre al rogártelo. Mi mayor gusto hubiera sido impedirle que te aconsejara semejante cosa... Pero ¿cómo decir á mi madre lo que te voy á decir á tí?

»Por eso me he resuelto á escribirte esta carta, que no debes dudar es de mi puño y letra, pues ya ves que te incluyo, como señal, un objeto para tí muy conocido y que sólo yo podia poseer, cual es un[p. 344] retrato de tu padre que encontramos en uno de los muebles de su pertenencia, y que de todos modos tenía pensado devolverte, con cuanto fué suyo, inclusas las fincas, por haberlo así resuelto mi conciencia y mi voluntad, desde que, en mis primeros años, me enteré de ciertas desventuras...

»Manuel: no extrañes nada de lo que te llevo dicho, ni de lo que me resta que decirte. No extrañes tampoco que te hable de tú. Lo mismo me hablaste tú á mí la única vez que me has dirigido la palabra... Y, además, ¿para qué seguir ocultándolo? ¿para qué mentir ó callar, cuando mis ojos me han vendido siempre, como mis lágrimas me vendieron esta tarde?—¡Mi corazon es tuyo, Manuel! Mi corazon es tuyo desde que, á la edad de ocho años, me acostaron en el lujoso catre en que tú habias dormido tanto tiempo y de que acababas de ser despojado... Yo pasé muchas noches en vela, pensando en que tú, huérfano y pobre, estarias maldicíendome y despreciándome á aquella misma hora, recogido por caridad en un lecho ajeno.—Sí, Manuel mio: desde entónces es tuyo mi corazon; es decir, desde ántes de conocerte, desde que supe que existias, desde que me contaron tus desgracias...—Despues te ví... ¡y nada tengo que decirte que no te revelaran primero los ojos de la niña y luégo los ojos de la mujer!...

[p. 345]»¿Es culpa mia que tu ausencia haya durado ocho años? ¿Sabes tú lo que yo he padecido durante ellos? ¿No conocias el alma de hierro de mi padre? ¿Ignoras que me ví encerrada en un convento y que ya vestía el hábito de novicia, cuando accedí á casarme, no sé con quién, con cualquiera, con el primero que me pretendió, á fin de evitar que cuando volvieses me encontraras separada de tí por los muros de un claustro, que ni tan siquiera nos habrian permitido vernos..., como nos veíamos ántes de tu malhadado viaje?

»Pero, aunque el infortunio me haya obligado á casarme con otro hombre, ¿no me conoces, Manuel? ¿Has dejado de leer en mi corazon con tanta claridad como cuando decias á todo el mundo: Yo sé que me quiere: yo sé que es mia?—Y, si me conoces, ¿por qué te marchas? ¿Por qué te marchas, desdeñándome, aborreciéndome, sin dignarte lidiar contra la nueva desdicha que nos separa en apariencia, y dejándome reducida á vivir y morir con este hombre que no conozco, que no me conoce, y que no quiero ni podré llegar á querer nunca? ¿Por qué me castigas tan duramente, entregándome al ludibrio de este pueblo, que siempre me habia coronado con la diadema de tu amor?

»¡Ingrato! ¡cruel! ¡Pagarme con tanto desvío y tanta injusticia, cuando llevo diez y siete años de[p. 346] aguardarte! ¡Irte, primero por ocho años, y despues para no volver jamás, sin comprender que, desde la primera hora de mi juventud, al verme tan separada de tí por el destino, te sacrifiqué mi recato, mi honra y mi vida!—¡Loco! ¡no buscarme nunca en secreto! ¡buscarme siempre en presencia del público! ¡Figurarte que era menester ir á América á conquistar un millon para llegar hasta mí, para enseñorearte de mi cariño! ¡Creer ahora que hay necesidad de matar á nadie, que hay que estremecer el mundo, que hay que vencer ningunos obstáculos, para triunfar, al cabo, de los rigores de nuestra suerte y convertir en dulce realidad todos los sueños de nuestra vida! ¡Obligarme á decirte, loca de amor, y llena la cara de sonrojo, lo que á tí te tocaba pensar, decir y hacer descuidadamente, sabiendo, como sabes desde la primera vez que me viste, que eres el rey de mi alma y el dueño de todo mi sér!... ¡el único hombre que he amado y que podré amar! ¡el único que puede darme la vida ó la muerte!

»¿Lo ves, Manuel mio? ¿lo ves? ¡Tu pobre Soledad ha perdido la razon! ¡Tu Soledad, desesperada al saber que la abandonas para siempre, te escribe delirando, muerta de amor, sin orgullo, sin reserva, como la esposa al esposo de su vida!...—¡Ah, no te vayas! ¡Ven! ¡perdóname! ¡compadéceme! ¡resti[p. 347]túyeme tu corazon, aunque despues termine nuestra existencia!

»Soledad.»

—¡Tremenda carta!—exclamó el expósito, lleno de espanto.

—¡Pavorosa! (respondió Vitriolo.) ¡Obra maestra de dos formidables pasiones, ó sea del orgullo y de la sensualidad!—¡La inicua se casó con Antonio Arregui para que no se dijese que yo era el único hombre que se habia atrevido á desafiar las iras del Niño de la Bola con tal de poseerla, y hoy entrega á su esposo al puñal de Manuel, para que no se diga que éste se marcha despreciándola y sin otorgarle los honores de una lucha á muerte!—Hasta aquí el orgullo.—En cuanto á la sensualidad, hay que leer la correspondencia de Mirabeau y Sofía para hallar tamaño desenfreno...—¡Y pensar que todavía la adoro!

Filemon repuso:

—Si enviaras este papel á Antonio Arregui, mataria á su mujer en el acto, y tú saldrias de penas...

—Ya he pensado en eso. ¡Pero no me acomoda! (respondió Vitriolo con horrible frialdad.) Lo que yo necesito es que Antonio muera asesinado por Manuel y que á Manuel le dé garrote el verdugo. De este modo, la execrable viuda, sola y deshonra[p. 348]da, será tan infeliz como yo.—Además: el triunfo de D. Trinidad Muley consiste en la pacífica marcha del hijo de D. Rodrigo...—Es, por lo tanto, de absoluta necesidad que el hijo de D. Rodrigo vuelva... ¡y mate!

—Tienes razon... ¡trae la carta!—El caballo debe estar dispuesto...

—¡Toma... toma, hijo mio! (exclamó Vitriolo con siniestro júbilo.) La gloria de la Filosofía y mi apetecida venganza están en tus manos...—Yo creo que lograrás dar alcance á nuestro héroe en alguna de las primeras ventas... El insensato lleva tres dias sin comer ni dormir, y sus fuerzas no pueden ménos de tener límite, como todas.—Además: el maletin de la montura (atestado de oro, segun me ha dicho la Volanta) impedirá á su caballo correr mucho.—Cuando lo encuentres, le dices que estás empleado en la fábrica de Antonio Arregui y que su señora te ha confiado esa carta con el mayor secreto.—En seguida le contarás, como de tu cosecha, que Arregui fué ayer á desafiarlo á Santa Luparia, y que por eso corria tanto la Procesion y lo encerraron á él en la Sacristía: le dirás asimismo que esta mañana venía tambien Antonio á provocarlo, y que, á ruegos de D. Trinidad, desistió de ello; le dirás, por último, que Soledad y su marido van esta tarde á la Rifa, y que el or[p. 349]gulloso fabricante se ha ufanado hoy en calles y plazas de haber hecho huir al temido Niño de la Bola...—¡Ah! se me olvidaba lo principal...—Procurarás hacerle creer que D. Trinidad Muley explicaba hoy á todo el mundo el viaje de su ahijado, contando que el Niño Jesus le dirigió anoche la palabra y le mandó que se marchase del pueblo, no sin dejarle todas sus joyas al Cura, para que dispusiese de ellas á su antojo...—En fin, inventa, discurre, miente... ¡Todo es lícito, cuando se trata de salvar la sociedad!...

—¡Descuida, maestro, descuida! ¡Sé lo que tengo que decir!... (interrumpió Filemon, dándole la mano).—¡Hasta la tarde, si es que alcanzo hoy á Manuel Venegas! Y, si no lo alcanzo, ¡iré en su busca al fin del mundo!

—¡Eres todo un hombre!—¡Cuando yo falte, tú heredarás mi magisterio!—contestó Vitriolo, acompañándole hasta la puerta de la botica y abrazándole paternalmente.

Y, luégo que lo vió desaparecer, añadió con acento lúgubre:

—¡Soledad! no dirás que te olvido...—Tú echaste mi carta á un perro para que se la comiera... ¡Yo he echado la tuya á un tigre furioso!...—¡Estamos en paz, alma de mi alma!


[p. 350]

II.

LA RIFA.

Aquel mismo sol cuyos matutinos rayos habian alumbrado la solemne y conmovedora partida de Manuel Venegas, continuaba á las tres y media de la tarde su majestuosa marcha por el cielo, llevando en pos de sí las horas póstumas y sobrantes de un dia al parecer ya inútil, cuyo interes y juicio histórico dieron por concluidos tan de mañana todos los habitantes de la Ciudad.

Obedeciendo, empero, la mayoría de éstos á la ley de inmemoriales costumbres, habian acudido, despues de comer, á aquel anfiteatro de amarillos cerros, cuajados de habitadas cuevas, donde, como todos los años en tal fecha, debia celebrarse el Baile de Rifa del Niño de la Bola, y donde ocho años ántes tuvo lugar la fatal subasta en que el hijo de D. Rodrigo fué derrotado por D. Elías Perez.

No sólo este acaudalado sujeto, sino otros muchos ricos y pobres de los que allí vimos, habian muerto desde 1832 á 1840. En cambio, innumera[p. 351]bles niñas y niños de entónces eran ya mujeres y hombres hechos y derechos; muchos solteros y solteras se habian casado y tenian hijos, y no pocos padres y madres á quienes conocimos frescos y buenos mozos figuraban ya entre los viejos y los abuelos...—Por consiguiente, el cuadro, aunque hubiese variado en sus individuales pormenores, venía á ser el mismo á primera vista y en con junto.

Allí, en efecto, habia, como antaño, clérigos y cofrades, soldados y bailadoras, señores y plebe: allí se veian, á la puerta de las oscuras cuevas, hileras de sillas ocupadas por lujosas damas y endomingados caballeros: allí resaltaban á la luz del sol los animados colorines de los pañuelos y sayas de las criadas y labriegas, los pintarrajados chalecos y fajas encarnadas de los hombres del pueblo, las medias blancas de trabilla de los que llevaban calzon corto, los refajillos colorados de las niñas pobres y descalzas que no tenian vestido, y las cobrizas carnes de los chicuelos que no tenian ninguna ropa...

Tambien se veia allí, sobre una mesa con mantel de altar, la reluciente figura del Niño Jesus, adornada con todas las alhajas que le regalara pocas horas ántes Manuel Venegas, cuyo puñal indio, de pomo de oro con piedras preciosas, seguia á los[p. 352] piés de la bella Efigie, como pintan al dragon del pecado á los piés de la Vírgen María.

Las gentes contemplaban, llenas de asombro y curiosidad (y muy edificadas y reconocidas al cielo, á creer en sus terminantes declaraciones), aquellas valiosas ofrendas de la mayor ira, trocada de pronto en cristiana mansedumbre...—Indudablemente, la idea de este maravilloso cambio llenaba en su morisca imaginacion, ganosa de emociones extraordinarias, el vacío resultante del pacífico término de un conflicto tan dramático y descomunal como el hecho tablas por la caridad de D. Trinidad Muley.—¡Habíase frustrado la tragedia; pero quedábales mejor y más noble asunto de perdurables comentarios: quedábales un poema religioso!

Sin embargo (y aunque difícilmente hubieran podido explicar la causa), hallábanse desanimados y tristes...—Acaso les acontecia lo contrario que á Manuel Venegas, y, así como éste tenía caridad sin fe, ellos tenian fe sin caridad...—Ó puede que todo consistiera en que los Canónigos (á quienes se aguardaba para empezar la fiesta) no habian llegado todavía; ó en que tambien faltaba de allí nuestro amigo el Veterano Capitan, que solia ser el gran jaleador del baile y de la Rifa; ó en que habia cundido la infausta nueva de que D. Trinidad Muley se hallaba enfermo en cama, con una fuerte calen[p. 353]tura, y que habia llamado á un escribano para hacer testamento, como cesionario de la mayor parte de las riquezas de su antiguo pupilo.

La llegada de D. Trajano y de la forastera, seguidos de doña Tecla, de Pepito y de otros tertulios, alegró algo á los demas concurrentes, quienes, como de costumbre, pasaron minuciosa revista al traje, al peinado y á los adornos de la elegantísima prima del Marqués, tratando de aprendérselo todo de memoria, así como sus menores gestos y ademanes.

Muy hermosa y gallarda iba á la verdad aquel dia, con su vestido de gro celeste y su mantilla de blonda negra, que más bien servian de realce que de disfraz á las arrogantes líneas de su cuerpo; pero inútil era que las beldades del país tratasen de copiar lo que en aquella mujer de raza, educada desde la cuna por las sílfides de la elegancia y de la moda, constituia ya segunda naturaleza.

Tampoco fuera oportuno que nosotros nos detuviésemos en este acelerado epílogo á relatar todo lo que hablaron allí la madrileña, D. Trajano y Pepito acerca del chasco dado por Manuel á la expectacion pública. Sólo diremos que la deidad proclamó repetidas veces que aquel desenlace habia sido muy frio, y que si como cristiana se felicitaba íntimamente del buen término del asunto, como artista, no podia ménos de declarar que todo aquello era[p. 354] prosaico y vulgarísimo, y nada propio de un héroe de tanto corazon y arranque como ella habia supuesto al famoso Niño de la Bola.

—En fin... (concluyó diciendo:) ¡el drama no ha resultado romántico!

—¡Tiene usted más razon de lo que se figura! (contestó el señor de Mirabel.) ¡Para drama romántico, le falta un par de crímenes!—En compensacion... (usted misma lo ha dicho), su desenlace ha sido eminentemente cristiano.

—Y ¿qué tiene que ver el arte con el cristianismo?—replicó la forastera.

—El arte romántico, ¡nada! (expuso el jovellanista.) Precisamente es hijo de la soberbia y la impiedad, y no admite más culto que el de la mujer y el de la venganza.—Los románticos son idólatras de sí mismos, de sus pasiones, de sus afectos, de sus amarillentas adoradas y de otras pobrezas terrenales ejusdem furfuris.

—Don Trajano debe de tener razon... (observó el hipócrita Pepito); pues por ahí se dice que los más irritados con la solucion amistosa del tal drama son los incrédulos de la Botica.

—¡Terrible gente! (respondió el jurisconsulto, alzando mucho las cejas.)—Á mí no me asustan los milicianos nacionales...—¡Ya vieron ustedes ayer qué entusiasmados y devotos iban en la Procesion!...[p. 355] ¡Estos progresistas son buenos en el fondo!—¡Pero esa gentecilla nueva que no cree en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo representa un gran peligro para el porvenir!

—Oye una palabra, Trajano... Con permiso de los señores...—dijo en esto al discípulo de Moratin aquel otro viejo, tambien moderado jovellanista, que la tarde ántes vimos con él en un balcon.

Y, arrimando la boca á su oido, añadió lo siguiente:

—Esa gentecilla que dices, es nuestra legítima heredera...—Nosotros, con todos nuestros pergaminos y nuestra sangre azul, fuimos, cuando jóvenes, partidarios de la Razon, del Buen Sentido y hasta de aquel Sér Supremo que sustituyó al antiguo Jehová...—¿No te acuerdas?

Y, al hablar de este modo, el viejo se reia cínicamente.

—¡Eso no se dice!—gruñó D. Trajano de muy mal humor.

—Te lo digo á tí...

—¡Ni á mí tampoco!—¡Ni á tí mismo!—Y verás cómo, con el tiempo, te acostumbras á creer que tienes otras ideas...

Peliagudo se habia puesto el negocio, cuando quiso Dios que llegaran á la Rifa Antonio Arregui y la Dolorosa, cortando con su presencia aquella[p. 356] y todas las conversaciones pendientes, muy ménos interesantes que las mismas personas que les servian de asunto.

Antonio iba sumamente descolorido y turbado, pero más obsequioso que nunca con su mujer, como haciendo público alarde de dicha conyugal, al par que buscando en el fondo una verdadera reconciliacion doméstica.

Soledad no parecia la misteriosa esfinge de siempre. Habia cambiado de actitud y hasta pudiera decirse que de carácter. Estaba inquieta: miraba á todos lados, y sus ojos no eran ya mudos abismos llenos de sombra, sino volcanes de amor en actividad...—El preconcebido adulterio acechaba desde ellos á la honradez para herirla por la espalda.

Vestía de blanco como una novia, sin que su elegancia y donaire tuviesen nada que envidiar á la forastera. Una toca negra de encaje hacía resaltar dulcemente la blancura de su muy descubierta garganta, así como los hilos de perlas que le servian de brazaletes pardeaban al querer competir con sus nevados brazos.—Estaba hermosísima: la tentacion no se mostró nunca en más temible forma.

No al lado de su adorada hija, sino al lado de Antonio Arregui, habíase sentado la señá María Josefa, muy acabada por aquellos dos dias de mortal zozobra; pero aún vigilante y en la brecha,[p. 357] como si la alarmasen tristes presentimientos.—Honor y dechado del sexo femenino (que tan desventajosa representacion tiene en esta reducida historia), aquella noble mujer, que no se allanó, cuando moza, á las demandas de su millonario señor, sino al debido precio de su mano y de su nombre; la que despues hemos visto esposa fiel, paciente y trabajadora; la madre amantísima; la amiga de los necesitados, no podia ménos de hallar, y halló efectivamente aquella tarde en tan numeroso y vário gentío, miradas de compasion y de respeto por parte de otras muchas mujeres de bien; condigno premio de un largo heroísmo; elogio fúnebre, no muy anticipado por cierto, de la que habia de morir á los pocos dias.

Llegaron, al fin, los Canónigos, justificando su tardanza con la solemnidad de las Vísperas que acababan de rezar, en conmemoracion de no sé qué difunto monarca vencedor de los mahometanos, é inmediatamente comenzó la Rifa, seguida del Baile; este último al són de instrumentos moriscos, ó sea de guitarras, platillos, carrañacas y castañuelas, como ántes de la Conquista.

Las parejas de danzarines no se concertaron en virtud de puja, sino espontáneamente, formándolas, por tanto, mozas y mozos de la clase baja, al tenor de sus particulares inclinaciones, de donde[p. 358] sólo hubo que admirar el rumbo y desenfado de tal ó cual refajona metida en carnes y de coloradas mejillas, que se movia como una peonza, ó las primorosas y contínuas mudanzas con que la obligaba algun pinturero bailador de zapatos blancos.

Respecto de la Rifa, era mucho menor el interes del señorío, pues no se subastaba otra cosa que los hilos de marchitas uvas, las tortas de pan de aceite y las panojas de arrugadas peras y manzanas (todo allí de manifiesto) que habian regalado los devotos al Niño Jesus...

De esta manera llegaron las cinco de la tarde, y ya se disponian á regresar á la Ciudad algunas familias acomodadas, entre ellas la de Antonio Arregui, cuando notóse de pronto en las más distantes y encumbradas cuevas una gran agitacion, acompañada de gritos de mujeres y niños que decian:

—¡Manuel Venegas! ¡Manuel Venegas! ¡Allí viene! ¡Ahora cruza las viñas! ¡Pronto llegará ahí!

Un rayo que hubiese caido en medio de la multitud no habria causado tanto pavor.—Todo el mundo se puso de pié: cesaron la música y el baile: corrieron gentes al encuentro del temido jóven, guiándose por las indicaciones de los que lo veian (pues llegaba por camino desusado); huyeron otras personas en sentido opuesto, como para librarse de la tormenta que se cernia en los aires..., y áun[p. 359] hubo algunas que hablaron de ir á buscar á D. Trinidad Muley...

Antonio Arregui era el único que permanecia sentado, ó, por mejor decir, que habia vuelto á sentarse al oir aquel temeroso anuncio.—Estaba lívido; pero resuelto, callado, y como indiferente á lo que sucedia.

La señá María Josefa le decia llorando:

—¡Vámonos! ¡Vámonos á casa! ¡Piensa que tienes un hijo!

Otras mujeres se ofrecian á esconderlo en tal ó cual segurísima cueva.

Las autoridades procuraban tranquilizarlo, diciéndole que ellas no consentirian ningun atropello...

Antonio no contestaba á nadie.

Soledad, de pié, silenciosa, terrible, parecia aguardar la resolucion de su marido.

—¡Siéntate!—díjole éste con desabrido tono y sin mirarla.

Soledad obedeció con indiferencia.

Y las autoridades y las demas gentes retiráronse de él con frialdad, en vista de que nada les respondia, yendo el Alcalde á consultar el caso con el jefe de su partido, ó sea con D. Trajano Perícles de Mirabel, á quien debia la vara.

El jurisconsulto informó que no podia prenderse[p. 360] á Manuel Venegas miéntras no cometiese delito ó conato de él; pero que habia que vigilarlo mucho, así como á Antonio Arregui.

La forastera, que, aunque algo asustada, estaba en sus glorias, opinó lo mismo.

Entónces rogó el Alcalde á todo el mundo que se sentara, y mandó que prosiguiesen la música y el baile; como, en efecto, así se hizo, bien que sin gana de los actores ni atencion alguna de los circunstantes.

Entretanto, ya habia asomado Manuel Venegas, no por el camino de la Ciudad, sino por lo alto de los cerros, cual si desde la vecina Sierra hubiera bajado á campo travieso para caer más pronto en aquellos parajes.

Venía á caballo, y faltábanle muy pocos obstáculos que vencer para entrar en camino expedito y llegar en breves instantes al lugar de la Rifa.

La perplejidad del Coro era inmensa, indefinible.—¡Habia cambiado tantas veces de papel en aquel drama, que ya no sabía qué actitud tomar, ni discernia acaso sus propios sentimientos!

En esto, llegó Manuel cerca de la explanada que servia de centro á la fiesta. Apeóse del caballo, cuya brida entregó al primer oficioso que se puso á sus órdenes, y, sin mirar ni saludar á nadie, acercóse al sitio en que se bailaba.

[p. 361]Antonio giró un poco sobre la silla, hasta dar la espalda al arrogante jóven, como dejando el cuidado de su propia vida á la conciencia del público y á los representantes de la Ley.

Manuel, demudado por cuarenta y ocho horas de constante martirio, febril, delirante, enloquecido por la carta de Soledad, miraba á ésta con la terrible audacia de siempre, y tambien con una especie de amorosa ufanía y declarado triunfo que pregonaban la deshonra de Antonio Arregui, llenando de asombro á la concurrencia.—¡Indudablemente, si el esposo hubiera visto aquella mirada, su dignidad le habria hecho saltar del asiento, y abalanzarse al temerario que así le ofendía!... Pero repetimos que Antonio no hacía caso alguno de Venegas.

Soledad, por su parte, tenía clavados los ojos en el suelo.

La madre era la única que lo veia todo; y, por resultas de ello, temblaba como la hoja en el árbol.

Tambien temblaba el público...; y no fué uno solo de los presentes quien murmuró en voz baja:

—¡Esto es horrible! ¡Se masca la sangre!

Otros decian al mismo tiempo:

—¿Habeis reparado? ¡Manuel trae dentro de la faja un par de pistolas!

[p. 362]Y, en efecto, todos advertían que su rico ceñidor de seda marcaba en la parte anterior de la cintura dos largos bultos que daban lugar á semejante suposicion.

En fin: el caso era de lo más grave y comprometido que pudieron apetecer nunca los aficionados á querellas y desastres.—Si Vitriolo hubiese estado allí, se habria bañado en agua de rosas.

Un buen hombre, el viejo buñolero de la Plaza, tuvo entónces una idea muy feliz, nacida de su deseo de conjurar el inminente conflicto, llamando hácia otro lado la atencion de Manuel y de los espectadores:

—¡Un real (exclamó), por que Manuel baile con la señora Marquesa!

Y señalaba á la huéspeda de D. Trajano.

El pensamiento fué muy aplaudido y despertó en la gente una frenética y deliberada alegría, que más bien era generosidad y misericordia.—La causa del Bien acababa de ganar mucho terreno.

Nadie pujó en contra del piadoso anciano; y, como la más vulgar cortesía vedaba á Manuel oponerse á bailar con tan noble señora, y, por otra parte, convenia á su propósito que la ley tradicional de la Rifa fuese aquel dia respetada ciegamente por todo el mundo, cedió al blando impulso con[p. 363] que lo animaban muchas personas, y adelantóse hácia la forastera.

Esta no se hizo de rogar, y ya estaba de pié cuando Manuel llegó á ella sombrero en mano. Dirigió la beldad una amable sonrisa á nuestro héroe, por vía de saludo; tercióse la mantilla debajo del brazo, como si hubiese nacido en el propio Albaicin; y, tomando puesto entre las demas parejas (que hicieron alto inmediatamente, con gran respeto, para que la gentil madrileña y el famoso Manuel luciesen mejor su gallardía), rompió á bailar un fandango clásico, sobrio de mudanzas, pero voluptuoso como el que más, que arrancó mil aclamaciones á los circunstantes.

Manuel apénas se movia. Hubiera podido decirse que únicamente oscilaba, atraido por las alternadas idas y venidas de la bella aristócrata, cuyo traje de seda crujia á cada garbosa contorsion de sus brazos y talle, como las lucientes escamas de elegante culebra que se irgue y enrosca alternativamente, queriendo fascinar á la ansiada víctima.

Pero el infortunado jóven, á quien la negra suerte habia reservado aquel último escarnio, no levantaba la vista del suelo.

Soledad aprovechaba en tanto la general distraccion para devorar á su amante con los ojos... Seguia Antonio casi vuelto de espaldas á su mujer y[p. 364] al público... Y, como si todavía fuese posible que sustituyese la comedia á la tragedia, D. Trajano y Pepito sentian unos celos feroces al pensar que no eran ellos idóneos para el personalísimo arte de Terpsícore.

Acabó de bailar la llamada Marquesa, y quedó con los brazos medio tendidos, esperando el inexcusable abrazo de ordenanza.

Manuel se detuvo, cortado..., y ella permaneció tambien inmóvil, dominada por el femenil pudor.

—¡Que la abrace!—gritó el público.

Manuel avanzó tímidamente y abrazó á la hermosa forastera, entre los aplausos del gentío.

Cogióse entónces ella de la mano del jóven, para que la condujese á su sitio, y díjole á los pocos pasos, deteniéndolo:

—¡Conque ya no se marcha usted!—Vaya usted á visitarme y hablaremos de América...—Yo tengo intereses en Lima.

—Señora... (contestó Manuel lúgubremente.) ¡Lo que ha tenido usted es la crueldad de bailar con un cadáver!

La forastera sintió un escalofrío de horror, y, soltando la mano del infeliz, lo saludó ceremoniosamente y corrió á su asiento.

—¡Es un hombre finísimo!... ¡Un hombre deli[p. 365]cioso!...—iba diciendo á izquierda y derecha, para ocultar su miedo y su humillacion.

En aquel mismo instante sonó una voz terrible, como la trompeta del Juicio Final: la voz de Manuel Venegas, que decia:

—¡Cien mil reales por que baile conmigo aquella señora!

Y señalaba á Soledad.

Todo el mundo se puso de pié, y Antonio el primero de todos.

Reinó, pues, una agitacion indescriptible.

Manuel Venegas estaba plantado en medio de la explanada, solo, con los brazos cruzados, y fijos los ojos en la Dolorosa.

Esta y su madre contenian á Antonio, miéntras que las Autoridades, los Prebendados, el señor de Mirabel y otras muchas personas de viso le decian que Manuel estaba en su derecho; que la peticion era legal; que sólo podia rechazarse haciendo otra oferta mayor; pero que sería temeridad intentarlo, cuando aquel hombre poseia millones y estaba medio loco.

La gente de pelea y toda la chusma de chiquillos y pordioseros gritaban entre tanto:

—¡Ya está dicho! ¡Cien mil reales!—¡Si el otro no da más, que tenga paciencia!—¡Vamos, señora!... ¡Salga usted á bailar, que se hace tarde! ¡El Niño[p. 366] Jesus es ántes que todo!—¡Señor Arregui, en este sitio no se pelea más que con dinero! ¡Suelte usted la mosca ó la mujer! ¡No hay escapatoria!

Antonio tuvo que desistir de su empeño de ir á concertar con Manuel un desafío á muerte (que era el plan que se deducia de sus medias palabras), y, apremiado por el Mayordomo de la Cofradía, que gritaba con voz oficial: «¡Cien mil reales por que baile la señora de Arregui con D. Manuel Venegas!», exclamó con irritado acento:

—¡Todo mi caudal por que no baile!

—¡Eso no sirve!—¡Esa proposicion es nula!—¡Desde lo que pasó aquí hace ocho años, quedó establecido que sólo se admiten pujas de dinero presente! ¡D. Elías no le pagó á la Hermandad aquellos dos mil duros, y los cofrades tuvimos que pechar con las costas del juicio!

Así dijeron á Antonio en varias formas y maneras los gritos de la muchedumbre y los discursos de las importantes personas que lo rodeaban.

Manuel seguia impasible, esperando en su puesto.

Soledad habia dicho ya varias veces á su marido:

—¡Déjalo! ¡Bailaré! ¿Eso qué importa?—¡Tambien ha bailado la prima del Marqués!

—¡No bailas!—replicó duramente Antonio.

[p. 367]—Dices bien.—¡Que no baile! (exclamó la señá María Josefa).—Vámonos á casa.

—¡Eso es imposible! (repusieron los hombres graves y la Autoridad.) ¡Hay que respetar las costumbres del pueblo! ¡Hay que evitar un motin! El Niño Jesus no puede perder ese dinero...

—Iré á mi casa y á casa de mis amigos por todo el oro que pueda reunir... ¡y pujaré hasta las nubes!...—contestóles el digno riojano.

—¡Locura! (arguyeron los otros.) ¡Pronto será de noche!—Además: ¿cómo va usted á dejarse aquí á la señora?—Ni ¿cómo llevársela, sin que baile?—¡Nadie lo consentiria!...

En tal situacion, dejó su asiento la forastera, la dictadora de aquel pueblo, la mujer de todos temida y reverenciada, y, llegándose á Soledad, la cogió de la mano y le dijo políticamente:

—Señora: quisiera tener el honor de llevarla yo del brazo al baile...—Y usted, caballero Arregui, reflexione que yo misma he bailado con la persona de que se trata...—Conque vamos, señora... Se lo suplico...

Soledad se levantó.

Arregui no supo qué contestar, y bajó la cabeza desesperadamente.

El público abrió calle, y la forastera condujo á Soledad á donde la aguardaba su atrevido amante.

[p. 368]Este acababa de sacar de la faja lo que habia parecido un par de pistolas, y que resultó ser un par de paquetes de onzas de oro. Contó trescientas trece sobre la bandeja que le presentaba un cofrade, y dijo naturalísimamente:

—Sobra media onza.—Désela usted á cualquier necesitado.

En seguida se volvió hácia Soledad; saludóla, quitándose caballerescamente el sombrero; y, como en esto principiase la música, comenzó tambien el fatídico baile de aquellos dos séres que no habian cruzado nunca una palabra y que, sin embargo, podia decirse que habian pasado la vida juntos, alentados por una sola alma, subordinados á un mismo destino.

Soledad no bailaba: iba y venía de un lado á otro, con los ojos fijos en tierra, como dominada por un vértigo. Manuel no bailaba tampoco: seguia los pasos de Soledad, mirándola frenéticamente, como el sediento mira el agua que va á llevar á sus labios.

Antonio temblaba con la faz oculta entre las manos, para no ver el ludibrio que se hacía de su amor, tal vez de su honra...

El público guardaba un silencio medroso, que parecia la tácita expresion del remordimiento anticipado.

[p. 369]Detúvose, al fin, Soledad, como dando por concluida tan espantosa danza, y levantó hácia Manuel unos ojos hechiceros, voluptuosos y malignos, en que se leia toda la carta que le habia escrito al amanecer...

Manuel se llegó entónces á su querida con los brazos abiertos, en los cuales se arrojó ella, sin poder dominar el amoroso arrebato de su alma y de su sangre. Recogióla el mísero, y la estrechó á su corazon, como el trofeo de toda su vida..., y el mundo y el cielo desaparecieron á la vista de los dos insensatos...

—¡Socorro! ¡que la ahoga!—prorumpió súbitamente la madre, corriendo hácia ellos.

—¡Asesino!—gritó Arregui, al alzar los ojos y ver lo que pasaba.

—¡La ha matado!—exclamaron otras muchas personas entre alaridos de indescriptible horror.

Y era que todos habian visto á Soledad ponerse azul, echar sangre por la boca y por los oidos, y doblar la cabeza sobre el seno de Manuel Venegas... ¡Era que los más cercanos habian oido crugir endebles huesos entre aquellas dos férreas tenazas con que el atleta loco seguia estrechando contra su corazon á la Dolorosa!

¡Y el desdichado (ignorante sin duda de que le habia dado muerte) miraba entretanto en derredor[p. 370] suyo, como desafiando al universo á que se la quitara!...

Á todo esto, la madre habia llegado, y pugnaba inútilmente por desasir á su hija de los brazos de aquel leon...

Antonio se abalanzaba por su parte al puñal que tenía á los piés el Niño Jesus, y corria hácia Manuel lanzando aullidos de venganza...

Manuel lo vió llegar; vió que le heria; sintió el golpe; pero no hizo nada para defenderse, por no soltar á su adorada...

Sólo cuando el puñal húbole atravesado el corazon, fué cuando abrió los brazos, de donde se desplomó en el suelo el cadáver de la Dolorosa.

Cayeron, pues, juntos los dos amantes, y la sangre de ambos, revuelta y confundida, fué devorada por la sedienta tierra.

La madre, sin sentido, formaba grupo con los muertos.

Antonio volvió á poner el puñal á los piés del Niño Jesus, y se entregó voluntariamente á la Justicia.

FIN.


[p. 371]

ÍNDICE.


PÁGS.
LIBRO PRIMERO.
En lo alto de la sierra.
I. Sinfonía. 5
II. Nuestro héroe. 10
III. Habla el coro. 16
LIBRO II.
Antecedentes.
I. La mosca y la araña. 27
II. Finiquito. 37
III. De cómo un niño dejó de serlo. 42
IV. Un cura de misa y olla. 45
V. El acreedor del usurero. 50
VI. Soledad. 62
VII. Varias y diversas opiniones de don Trinidad Muley. 68
VIII. Peripecia. 85
IX. Operaciones estratégicas. 95
X. El emplazamiento. 112
[p. 372]LIBRO III.
La vuelta del ausente.
I. La caida de la tarde. 131
II. La realidad. 139
III. De lo que aquella noche pensaron y dijeron los habitantes de la Ciudad. 153
IV. Dos retratos por vía de entremes. (Capítulo inútil, que pueden dejar de leer los impacientes). 160
V. De cómo se casó Antonio Arregui. 171
LIBRO IV.
La batalla.
I. El cuartel general de Vitriolo. 197
II. La Procesion. 225
III. Último vuelo de un par de perdices. 256
IV. Los niños y los viejos. 285
V. El rocío del alma. 300
VI. Marcha triunfal. 318
EPÍLOGO.
I. Llegada de Desaix á Marengo. 331
II. La rifa. 350

Nota de transcripción