The Project Gutenberg eBook of Los cursos

This ebook is for the use of anyone anywhere in the United States and most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this ebook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you will have to check the laws of the country where you are located before using this eBook.

Title: Los cursos

Author: Pierre Veber

Translator: José A. Luengo

Release date: September 10, 2011 [eBook #37382]

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LOS CURSOS ***


En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo
las variadas normas de acentuación presentes en el texto.
(nota del transcriptor)

cubierta del libro

CALPE
LOS HUMORISTAS
Volúmenes publicados.

JORGE COURTELINE.—Boubouroche. Traducida del francés por N. González Ruiz.

Los señores chupatintas. Tr. por N. González Ruiz.

ARNOLD BENNET.—Enterrado en vida. Traducida del inglés por Vicente Vera.

El "matador" de Cinco-Villas. Tr. por C. Rivas Cherif.

La viuda del balcón. Tr. por C. Rivas Cherif.

JULIO CAMBA.—La rana viajera.

HENRY SIDNOR HARRISON.—Queed, el doctorcillo. Tr. del inglés por Juan de Castro.

EUGENIO HELTAI.—"Family Hotel" y Mi segunda mujer. Tr. del húngaro por A. Révész.

Manuel VII y su época. (Continuación de "Family Hotel".) Tr. por A. Révész.

A. CHEJOV.—Historia de una anguila, y otras historias. Tr. del ruso por Saturnino Ximénez.

RAMON GOMEZ DE LA SERNA.—Disparates.

ESTEBAN SZOMACHAZY.—El dramaturgo misterioso. Tr. del húngaro por A. Révész.

RENE BENJAMÍN.—Gaspar. Tr. del francés por Manuel Azaña.

P. VEBER.—Los cursos. Tr. del francés por M. Luengo.

En prensa.

ARNOLD BENNET.—Hilda Lesways. Tr. del inglés por Eugenio Xammar.

RENE BENJAMIN.—El mayor Pipe y su padre. Traducida del francés por N. González Ruiz.

PAWLOWSKY.—Viaje al pais de la cuarta dimensión. Tr. del francés por R. Sánchez Ocaña.

ANDRÉS MAUROIS.—Los silencios del coronel Bramble. Tr. del francés por J. J. Llovet.

COLECCIÓN CONTEMPORANEA
Primeras obras que aparecen en esta serie.

CHARLES MAURRAS.—Anthinea. Traducida del francés por Enrique de Mesa.

MAURICIO BARRES.—La colina inspirada. Traducida del francés por Fernando García Vela.

Amori et dolori sacrum. Traducida por Luis Bello.

El viaje de Esparta. Tr. por J. Ortega y Gasset.

Los desarraigados. Tr. por B. G. de Candamo.

TOMAS HARDY.—Lejos de la loca multitud. Tr. del inglés por F. Climent Terrer.

La mano de Ethelberta. Tr. por F. Villaverde.

La Bien Amada. Traducida por F. Climent Terrer.



LOS CURSOS



ES PROPIEDAD
COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1921



       Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA       



PEDRO VEBER

LOS CURSOS

LA TRADUCCION DEL FRANCES

HA SIDO HECHA POR

JOSE A. LUENGO



LOS HUMORISTAS
CALPE





     "Tipográfica Renovación" (C. A.), Larra, 6 y 8.—MADRID     

I

CURSO DE LITERATURA

En el Liceo Montespan, el despacho de la directora no es severo de aspecto. El limonero del mobiliario, las colgaduras azul de Francia, la luz que cae de una vidriera un poco alta, todo da al decorado la apariencia de un salón de lujo en un paquebote. La directora—la señora Jozielle—bordea los treinta y cinco años. Aunque famosa por su virtud, que atacaron en vano diez ministros de Instrucción pública, veinte diputados, treinta consejeros municipales y un número incalculable de funcionarios, la señora Jozielle puede pasar por una belleza provocativa; no tiene lentes; luce un vestido azul miosotis; este vestido representa un programa completo, porque es suelto y, por consiguiente, permite adivinarlo todo y no olvidar nada. La directora lo toma todo en serio, hasta las cosas serias; en este momento repasa una carta, cuyos términos no son muy de su agrado. El timbre del teléfono, instalado junto al tintero, tintinea. La directora coge el auricular y, como se hace cuando se telefona, mira vagamente al plinto que hay frente a ella.

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Al habla! ¡Sí...! ¿La señora Labron? ¿Quién es...? ¡Ah..., sí...! ¿La señora que me ha escrito? No pude leer la firma de la carta. ¡Acompáñela hasta aquí...! ¡Sí! Tiene solicitada una visita...

Un silencio. La señora directora cuelga de nuevo; levántase a medias para examinar su fisonomía en el lejano espejo que forma parte del plinto. Da unos toquecitos a sus hermosos cabellos rojizos y torna a sentarse; toma un libro de cuentas, que aparenta estudiar con un cuidado afanoso. Llaman; un tiempo, y luego la señora Jozielle dice con acento de fastidio:

—¡Adelante...!

Una criada sin edad abre la puerta y anuncia:

—¡La señora Labron!

Antes de que la señora directora haya tenido tiempo de manifestar su opinión, otra señora de cierta edad se precipita en la estancia como un tanque; es la señora Labron, que anuncia la cuarentena tan verídicamente como si tuviera la fiebre amarilla a su lado. Es también roja, pero la alheña tiene alguna culpa de ello; está vestida con un traje de color de ciruela y tocada con un sombrero verde obscuro; comprende confusamente que esto no se armoniza con las colgaduras de la estancia. Por esta causa adopta el partido de mostrarse agresiva.

LA SEÑORA LABRON.—Señora directora: soy una madre indignada, que acude...

LA SEÑORA JOZIELLE (tranquila, levantándose e indicándole una silla junto a su mesa).—¿Quiere usted hacerme el favor de sentarse, señora?

LA SEÑORA LABRON.—¡Muchas gracias! (Se sienta.) Señora: soy una madre indignada, que...

LA SEÑORA JOZIELLE (muy afable).—¡Usted dispense...! Es usted la señora Labron, ¿verdad?...

LA SEÑORA LABRON (ya menos dueña de sí misma).—¡Sí, señora! Soy una madre, que...

LA SEÑORA JOZIELLE (completamente amable).—Usted es la mamá de Pepita Labron, que está, con las mayores, en primera. Aun sin saber quién es usted la hubiese reconocido, porque su encantadora niña es un vivo retrato de usted. Parecen ustedes dos hermanas...

LA SEÑORA LABRON (casi sosegada).—¡Es usted muy amable! Señora directora: es una mamá inquieta, que espera de usted...

LA SEÑORA JOZIELLE.—Señora: en mí encontrará usted una amiga, más vieja, ¡ay!, que usted; una amiga que sabrá seguramente calmar su inquietud. En su carta, que recibí hace un instante, se queja usted de nuestro eminente profesor de Historia literaria, señor Chabregy...

LA SEÑORA LABRON (nuevamente encolerizada).—¡Es un miserable...! ¡Ha abusado indignamente de mi pobre hija...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Me pasma usted! El señor Chabregy es un sabio austero...

LA SEÑORA LABRON (furiosa).—¡Hay que decirlo! ¡Ha besado a mi hija...!

LA SEÑORA JOZIELLE (estupefacta).—¡Oh...! ¿Y dónde...?

LA SEÑORA LABRON.—¡En la boca, señora, en la boca...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Usted perdone! Quiero decirle que en qué lugar ha sido ello.

LA SEÑORA LABRON.—¡La ha besado en el locutorio, señora...! ¡Y en la boca, señora...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—Estoy llena de confusión. Es la primera vez que ocurre una cosa parecida en el Liceo Montespan... ¡Y el señor Chabregy...! ¡Oh! ¿Quién le contó este incidente...?

LA SEÑORA LABRON.—¡La misma Pepita! Entró en casa, me cogió aparte y me dijo: «Madre mía: amo al señor Chabregy. Me ha besado en la boca. ¡Quiero casarme con él...!» ¿Se convence usted ahora?

LA SEÑORA JOZIELLE (muy disgustada).—¡Evidentemente, puesto que la víctima ha denunciado a su seductor...! Además, he hecho interrogar a Pepita por la señora Rouvert, mi subdirectora, y ella ha confesado, ruborizándose, lo que usted acaba de decirme...

LA SEÑORA LABRON.—¡Ah! ¿Lo ve usted...? ¡Qué sátiro...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡No nos precipitemos...! Primeramente hay que instruir el proceso, saber cómo ha ocurrido la cosa, las circunstancias que concurrieron...

LA SEÑORA LABRON.—¡Las circunstancias...! Ha besado a mi hija en la boca... ¡Eso es todo...!

LA SEÑORA JOZIELLE (irritada).—¡Ya lo sé...! En fin, puede que se trate de un movimiento involuntario...

LA SEÑORA LABRON.—¿Involuntario...? ¡Por Dios, señora...! ¿La besaron a usted alguna vez de este modo...?

LA SEÑORA JOZIELLE (digna).—¿Qué duda cabe...? ¡Estoy divorciada, señora...!

LA SEÑORA LABRON.—¡Ah! ¡Enhorabuena...! Pues bien; usted no ignora cómo se conduce un hombre cuando se entrega a estas demostraciones... ¡Principia por la boca...!

LA SEÑORA JOZIELLE (soñadora).—¡Es lo general...!

LA SEÑORA LABRON.—¿Y adónde va a parar...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—Quo non descendam?, habría dicho Foucquet. Pero nos alejamos del asunto... Usted tiene derecho a una reparación, señora. ¿Qué exige usted...? Yo puedo despedir al señor Chabregy... Piense usted en las consecuencias; el Consejo de disciplina se enterará del asunto. Este excelente profesor veráse obligado a abandonar la Universidad. ¡Es destrozar su porvenir! ¡Piense, señora, que apagará usted una lumbrera de la Ciencia...!

LA SEÑORA LABRON.—¿De veras...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—Además, no podremos ahogar el escándalo. Su querida Pepita resultará comprometida. ¿Y tiene usted derecho a estropear el porvenir de su hija...?

LA SEÑORA LABRON (perpleja).—¡Es verdad...! Entonces no veo mas que una solución... Puesto que ese monstruo con rostro humano se ha hecho amar por mi hija..., ¡que se case con ella...!

LA SEÑORA JOZIELLE (estupefacta).—¡Cómo...! ¿Consentiría usted en entregar su hija a...?

LA SEÑORA LABRON.—¡No hay más remedio! Siga usted mi razonamiento: una rapaza que ha sido besada de esta manera se transforma y ya no tiene ideas normales acerca de la existencia... Mire: cuando yo era una jovencita, el señor Labron me besó la boca en un baile blanco... ¡Recuerdo el efecto que esto me causó...! ¡Hubo que casarme a escape...! Mi hija es mi hija... ¿Me entiende usted...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡La entiendo...! ¡Pero hay un obstáculo...! (Vacilando.) ¡Creo que el señor Chabregy es casado...!

LA SEÑORA LABRON (dando un brinco).—¡Casado...! ¡Y se atreve a besar a las jóvenes...! ¿Está usted segura de que es casado...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Claro! El me ha presentado a una señora bastante fea como si fuera la señora Chabregy...

LA SEÑORA LABRON.—¡Quia, señora, quia...! Mi hija me ha dicho que era soltero... ¡Y ella ha debido tomar sus informes...! ¡El le ha presentado a usted a su querida...! ¡Yo pagaré lo que haga falta...! ¡O se casa, o daré el escándalo...! ¡Es mi resolución definitiva...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Está bien, señora...! Voy a interrogar al señor Chabregy y a darle a conocer las condiciones de usted. Haga el favor de retirarse y vuelva dentro de una hora.

La señora Labron se marcha. A los pocos segundos entra en el despacho directorial el profesor literario: es un hombrón rubiazo, miope, rasurado, inverosímilmente flaco y ya un poco calvo; no sabe dónde poner las manos ni los pies; flota como una deuda en una chaqueta lamentable; diríase que fué criado en un telescopio. Parece aburrido más de cuanto pudiera expresarse.

CHABREGY.—¿Me ha mandado usted llamar, señora directora...?

La señora Jozielle contempla al seductor con una estupefacción poco aduladora, con aire de decirse que las jóvenes tienen un gusto deplorable. Luego indica una banqueta, donde Chabregy se sienta tímidamente; ruido de rótulas mal engrasadas.

LA SEÑORA JOZIELLE (muy en directora).—Tenemos que hablar, señor profesor...

CHABREGY (suplicante).—¡No siga usted, señora directora...! ¿Va usted a hablarme del «asunto Pepita»...?

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Ah...! ¿Confiesa usted...?

CHABREGY (enérgico).—¡Yo no confieso nada...! ¡Soy víctima de una maquinación horrible...! ¡Le juro, señora, que soy un hombre amigo de cumplir con mi deber..., que soy un profesor irreprochable...! Y permítame que se lo confiese con orgullo: a pesar de tener treinta y cinco años, me he conservado virgen...

LA SEÑORA JOZIELLE (incrédula).—¿De veras...?

CHABREGY.—No hay en ello mérito alguno; el estudio me absorbe y no me deja tiempo para dedicarme a la francachela. Además, y esto ya lo debió notar usted, ¡no soy hermoso...!

LA SEÑORA JOZIELLE (vaga).—¡Dios mío...! ¡Los hay más feos que usted...!

CHABREGY (firme).—¡No, señora...! ¡Yo tengo la fealdad profesional, y por eso me eligió usted...! Usted se dijo: «¡Con este, por lo menos, puedo estar bien tranquila...! ¡No inspirará malas ideas a sus discípulas...!» ¡Confieso que esta opinión me ufanó...!

LA SEÑORA JOZIELLE (ya interesada).—¡Le aseguro, señor Chabregy, que usted exagera su fealdad...!

CHABREGY.—¡No...! ¡Soy tan feo como Littré...! ¡Y juzgábame al abrigo de las vanas pasiones humanas...! ¡Me engañaba...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Caramba...! ¿Es verdad que ha besado usted a una joven en la boca...? ¿Sí o no...?

CHABREGY (confuso).—¡Sí, señora directora...! ¡Y puedo añadir que no me ha causado placer alguno...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¿De veras...? ¡Tiene usted el gusto muy difícil, amigo mío...! La señorita Labron es una muchacha muy linda. ¡Es hasta bella...!

CHABREGY.—¡Oh! ¡No exagera usted...! Es una diosa joven, conformes; es tan alta como yo, aunque mejor proporcionada y de buenas carnes. Su rostro tiene la nobleza de las medallas antiguas. ¡Me inspiran horror estas mujeres...!

LA SEÑORA JOZIELLE (aturdida).—¡Entonces no me explico lo sucedido...!

CHABREGY.—Va usted a verlo; es sencillísimo: me rogó usted que diera a las discípulas mayorcitas un curso de historia literaria; dispusimos de común acuerdo el tema de mis lecciones: «La influencia de la mujer en la literatura y en las costumbres del siglo XVII».

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Confieso mi imprudencia...! ¡No conviene hablar de las mujeres a las jóvenes...!

CHABREGY.—¿Y de qué quiere usted que se les hable...? ¿De los hombres...? ¡Eso sería todavía peor...!

LA SEÑORA JOZIELLE (melancólica).—¡Tiene usted razón...! ¡Continúe...!

CHABREGY.—Hasta entonces yo no había dado clase mas que a las medianas, a las back fish, que aun no tienen sexo, si me atrevo a expresarme así. Estas apenas me intimidaban; pero al entrar en la clase de las mayores sentíme súbitamente desorientado, como si penetrara en un país desconocido, habitado por seres inquietantes; había allí, en esta clase, un extraño perfume, formado por mil perfumes; un aroma que se me subía a la cabeza. Yo perdía la conciencia de mi personalidad y me convertía en un individuo distinto; yo, que soy modesto y más bien insignificante, experimentaba un deseo de brillar, de decir cosas espirituales y sutiles, ¡de hacerme valer, en fin...! ¡Qué vergüenza...!

LA SEÑORA JOZIELLE (protestando).—¡No hay por qué avergonzarse de esto...! Sus cursos han sido muy estimados.

CHABREGY (severo).—¡No lo fueron tanto como debieran...! A pesar mío, me había convertido en un comicucho. ¡Buscaba los efectos...! ¡Yo no era ya un profesor, sino un conferenciante...! Las muchachas sentían tentaciones de aplaudirme, y yo—¡no se lo ocultaré, señora!—experimentaba un placer infame ante este solo pensamiento. Cuando salía de mi clase estaba como embriagado con una deliciosa embriaguez. ¡Cómo me despreciaba en seguida, Dios mío...! Muchas veces estuve a punto de correr aquí para rogarle que me librara de esta tarea, de la que era indigno. Fuí cobarde y continué. Soy el mal sacerdote de la religión académica. ¡Eso es, señora...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¿Y cómo concibió usted el proyecto de seducir a la joven Pepita?

CHABREGY (cambiando de tono).—¡Cómo...! ¡Ni por pienso...! ¡Es un absurdo...! ¿Seducir a alguien...? ¿Yo...? ¡Usted no me ha visto bien...! ¡No...! ¡El castigo cayó sobre mí cuando menos lo esperaba...! Por culpable que fuese, yo había conservado cierta conciencia profesional. Quería que mis lecciones fuesen, no solamente agradables, sino también útiles. Para estar seguro de que me comprendían bien, yo, como todos los pedagogos, había escogido a la más estúpida de la clase, es decir, a la señorita Labron. Yo me decía: «¡Si esta lo entiende, las demás lo entenderán mejor!», y, mientras hablaba, mirábala para seguir en su semblante el trabajo de su lenta inteligencia. ¡Y si su semblante se iluminaba, me sentía satisfecho...! ¡Puesto que esta simplota se enteraba, las demás debían de haberse enterado también...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Desgraciado...! ¡La pobre muchacha creyó que usted le dedicaba una atención particular...! Al principio sintióse adulada, y luego, agradecida. La señorita Labron se dijo: «¡Habla por mí...!» Interpretó esto como una discreta declaración, y como esta niña es novelesca, enamoróse de usted... ¿Y usted no comprendió nada...?

CHABREGY.—Sí, señora; pero ¡demasiado tarde...! Figúrese usted que después de la última lección la señorita me dijo en voz baja: «¡Caballero! Tengo que preguntarle una cosa a solas. Le espero en el locutorio...» ¡Yo no desconfiaba ni pizca...! Ocurre con mucha frecuencia que una discípula le pida a uno aclaraciones; no puede rehusarse este benévolo repaso. Me presento, pues, en el locutorio; apenas hube entrado en él, la señorita Pepita se precipita contra la puerta, la cierra, se vuelve hacia mí y me dice: «¡Lo sé todo, caballero...!» «¿Qué sabe usted, señorita...?» «Sé que usted me ama y no se atreve a decírmelo...» «¡Qué...!», exclamé yo. «Pues bien; ¡yo también le amo...!» Señora: si un rayo hubiera caído a mis pies, no me hubiese quedado más aterrorizado...

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Bah! ¡Ya se hubiera usted aterrorizado algo más...! ¡Pero continúe...!

CHABREGY.—No había tenido tiempo de salir de mi asombro, cuando esta joven me saltó al cuello y me besó en la boca... Luego huyó después de haberme encerrado en el locutorio... ¡Tuve que salir por la ventana...! ¡A esto se reduce toda mi novela de amor...! Juro que he dicho la verdad. ¡Júzgueme usted...!

LA SEÑORA JOZIELLE (soñadora).—¡Es usted sincero...! ¡Estas chiquillas tienen a veces unas ocurrencias locas...! Pero me asombra que usted..., un hombre casado...

CHABREGY.—¡Yo...! ¡Yo no soy casado...!

LA SEÑORA JOZIELLE (severa).—¿De modo, caballero, que la señora Chabregy que usted me presentó era su querida...?

CHABREGY.—¡No...! ¡Es mi madre...!

LA SEÑORA JOZIELLE (alegre).—¡Oh! ¡Entonces es otra cosa...! ¡Usted puede casarse con su víctima...!

CHABREGY (estupefacto).—¿Quiere usted que me case...?

LA SEÑORA JOZIELLE (sin rodeos).—¡No discuta usted...! Se trata de una joven exquisita, que le ama y que tiene doscientos mil francos de dote... ¡Los padres exigen que usted repare su falta...!

CHABREGY (afligido).—¡Pero si yo no quiero casarme...! ¡Yo no quiero casarme...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Oh! ¡No discuta usted...! ¡No tiene derecho a elegir...! ¡O se casa o, de lo contrario, vendrá el Consejo de disciplina y la expulsión...!

CHABREGY.—¡Es usted cruel...! ¡Yo no amo a esa chiquilla...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Peor para usted...! ¡No quiero que haya escándalos en mi Liceo...! ¡Se casará usted...! ¡Se lo exijo...!

CHABREGY (lamentable).—¡Puesto que no queda otro remedio...! ¡Haré lo que usted quiera...!

LA SEÑORA JOZIELLE.—¡Gracias a Dios...! Voy a dar una buena respuesta a esa joven madre...

CHABREGY.—¡Désela usted...! Pero, si quiere conocer mi opinión, he aquí un matrimonio que no será dichoso... (Saluda y se va.)

II

CURSO DE DECLAMACION

La señorita Jessy Loudon se ha metido en la avenida Frochot; busca un pabellón, que le ha indicado la portera; llega ante uno de hermoso aspecto cuya puerta de entrada adórnase con una placa de cobre que tiene estas palabras: ANTHIME TALMA, CURSO DE DICCIÓN. Llama; una criadita de repertorio abre la puerta e introduce a la visitante en un amplio estudio adornado con grabados antiguos. En el fondo, una especie de escenario; a la derecha, un diván, tumba de la virtud de las mujeres; a la izquierda, una mesita de te, sin te, y unas sillas. (Mise en scène de la Comedia Francesa.) La señorita Jessy se sienta junto a la mesita de te. Es una joven morena, estilo Otero, de buenas carnes y bellamente ataviada con un vestido que, bastante corto según nuestro gusto, muestra un arranque de piernas espléndidas y descubre un nacimiento de pecho impresionante. ¡Un nacimiento es siempre bendito! Mientras la criadita se retira, Jessy contempla los grabados antiguos, que recuerdan a los grandes artistas, orgullo de nuestro Teatro: Lekain, Potier, los Lepeintre—el joven y el mayor—, Beauvallet, la señorita Mars, la señorita George—esta cocinera heroica—, Rachel, Desclée, el famoso Grassot—inventor de un ponche—, Arnal y Vernet, en sus papeles más célebres. Las obras desaparecieron; pero la efigie de los actores permanece. Jessy contempla a estos antepasados, mientras pasa su mano, distraída, por una banda de perlas, que vale cien mil francos. ¡Hermoso número...! Entra el maestro; es Anthime Talma, el comediante más notable de nuestra tercera República. Pertenece a esa fuerte raza de cómicos que, no habiendo podido triunfar en escena, abrazaron el estado de profesor y prosperaron en él enseñando las reglas de un arte que ellos no supieron aplicar nunca. Talma es un eterno galán joven, que tiene cuarenta y cinco años y representa cincuenta. Cabeza pelada, con las arrugas de la vejez a lo largo de la nariz; frente genial de imbécil y ojos apagados; porte exquisitamente correcto.

TALMA (saludando).—¡Señorita! ¿A quién tengo el gusto...?

JESSY (levantándose).—Soy la señorita Jessy Loudon; me envía a usted la señorita Marjorie Daw, su discípula...

TALMA.—¡La señorita Daw es más que una discípula...! ¡Es una emanación de mi genio...! ¡Hágame el favor de sentarse, señorita Loudon...! ¡Y explíqueme lo que la trae por aquí...! ¡Estoy a su disposición...!

Juega con un monóculo que le servía antiguamente en sus papeles de galán joven.

JESSY.—Se trata, maestro, de pedir a usted unas lecciones y...

TALMA (interrumpiéndola con un noble ademán).—¡Un instante...! ¿Tiene usted vocación, hija mía...?

JESSY (turbada).—¡No lo sé...! ¡A usted le toca decírmelo...!

TALMA.—Somete usted mi conciencia a una dura prueba. ¡Sepa usted que yo tengo el respeto de mi arte...! Antes de alcanzar la celebridad conocí horas dolorosas. ¡Llegué hasta a dudar de mi porvenir...! ¡Pasé por pruebas de incertidumbre, donde otros hubieran zozobrado...! Preguntábame yo mismo si poseía lo que hace al artista, si tenía derecho a imponerme a la admiración de las multitudes... ¿Ha sentido usted, señorita, estas angustias...?

JESSY (sincera).—¡No, maestro...!

TALMA.—¡Pues la envidio...! Usted ignora los atroces dolores que templan al artista. Yo, aquí donde usted me ve, estuve a punto de sucumbir a ellos. ¡Un poco más, y hubiera renunciado al teatro para entrar en la Compañía de Suez...! ¡La suerte quiso que fracasara en el examen! ¡Torné al arte sublime del comediante! Dios me había indicado mi camino y lo escuché. Entré en el Conservatorio.

JESSY.—¡Qué suerte tuvo usted...!

TALMA (ofendido).—No fué suerte, como usted dice. Me había impuesto al Jurado. Ellos no me habían comprendido, sino soportado; yo llevaba a esa vieja casona un espíritu nuevo, una ardiente sensibilidad, que maravillaron a mis profesores. Obtuve el primer premio de Comedia y de Tragedia; los subvencionados se asustaron; no se atrevieron a soltarme en el repertorio. Yo dominaba el teatro desde muy alto; por esta causa me consagré al sacerdocio. Yo, señorita, no soy un simple profesor, sino un sacerdote... Llevo cincuenta francos por lección; pero enseño, con los preceptos del arte, el respeto al arte. Mi divisa es «Todo por el arte puro». Añado que se me pagan por adelantado cuatro lecciones; pero esto es a título de señal. ¡Si usted no tiene condiciones, rechazaré con horror sus doscientos francos...!

JESSY (tímida).—¡No se trata de dinero, maestro...! ¡Estoy dispuesta a pagar cien francos por lección...!

TALMA (suavizado).—Estos sentimientos la honran, señora. No tendrá usted por qué arrepentirse. Permítame que la mire...! Tiene usted un buen físico. ¿Qué edad...?

JESSY (moneando).—¡Dios mío...! Podría mentir a usted y decirle la edad que aparento: veintiún años. En realidad, tengo veinticuatro.

TALMA.—¡Sí! ¡Total, veintiocho...! Si usted se presenta en el Conservatorio, pondremos en la hoja de admisión diez y nueve años. No proteste; se trata de una antigua costumbre administrativa.

JESSY.—¡Pero protestará mi partida de nacimiento...!

TALMA.—¡Qué cosas tiene usted...! ¡Si todas las partidas de nacimiento de las actrices protestaran, no sería posible entenderse...! Están pintadas, por espíritu de cuerpo. Y para una cómica constituye hasta una ventaja el pasar por el Conservatorio, porque se rejuvenece en él cinco, ocho y aun diez años.

JESSY (alegre).—¡Caramba...! ¡No había pensado en esto...!

TALMA.—No es posible pensar en todo. La comedia es una fuente de juventud. ¿Se llama usted Jessy Loudon?

JESSY (ingenua).—Ese es mi nombre de guerra... de guerra contra los hombres... Yo me llamo verdaderamente Josefina Branchu.

TALMA.—En lo sucesivo, hija mía, se llamará usted Rachel Mars.

JESSY (confusa).—El nombre no es, por lo visto, moco de pavo.

TALMA.—Para una artista, el nombre es la cuarta parte del éxito. Ya sabe que me intereso mucho por usted. Adivino que posee usted dotes naturales. Usted ha sido arrastrada al teatro por una de esas vocaciones irresistibles...

JESSY.—¡Quia! ¡No! ¡De ninguna manera...! A mí no me gusta el teatro... ¡No me agrada mas que el cinematógrafo...!

TALMA (sofocado).—¡Qué blasfemia...!

JESSY.—Hasta puedo confesarle a usted que el teatro me disgustaba cuando era muchacha honrada... ¡Hace ya mucho tiempo...!

TALMA (curioso).—¡Ah! ¿De manera que usted no es ya...? (Se acerca.)

JESSY.—¡Claro que no lo soy...! ¡Comprenderá usted que salgo ya sin mi nodriza...! ¡Y que no he ganado estas perlas cosiendo a máquina...!

TALMA.—¡Lo adivino! Usted es hija de un consejero de Estado arruinado por las especulaciones.

JESSY.—Yo soy hija de mis obras, de mis obras vivas. Mamá tiene un cuarto amueblado en Montparnasse...

TALMA (molesto).—¡Chist...! ¡Chist...! ¡Nada de escándalos...! ¿Eh?

JESSY.—¡Oh! ¡Mamá es muy correcta...! ¡Nunca se llevó mal con las buenas costumbres...! Yo también era correctísima. Poseo todos mis certificados y hubiera podido ser institutriz, como Blanquita... ¿Sabe usted a qué Blanquita me refiero...?

TALMA.—A la heroína del señor Brieux. Le aconsejo a usted la escena del acto tercero.

JESSY.—Ya es demasiado tarde. Entré en las Galerías Wilson, donde alcancé un gran éxito como maniquí. Exhibía durante el día hermosos vestidos. Y le advierto que soy una plástica estupenda. ¡Puede usted creerlo...!

TALMA.—¡Lo creo...! (Se sigue acercando.)

JESSY.—Era muy dichosa; pero no lo sabía, y por eso me juzgaba muy desdichada. Presentóse un buen negocio: el señor Sautriot, el confeccionador al por mayor, un hombre por el estilo de usted, un poco gastado, pero muy cortés. Ofrecióme una buena posición.

TALMA (descorazonado).—¡Ah, miserable...!

JESSY.—¿El...? ¡Es la flor y nata de los hombres...! Me dió a escape todo lo que quería, y además me daba de propina lo que no quería. Me entrega dinero en forma de renta vitalicia.

TALMA (sin comprenderla).—Procura hacerse perdonar su edad...

JESSY (impaciente).—¡No me entiende usted...! Al hablar así quiero decir que me asegura mi porvenir. No es viejo. Apenas tiene cuarenta años. ¡Es más joven que usted...!

TALMA (vejado).—¡Usted dispense! ¡Yo tengo...!

JESSY.—Usted tiene cuarenta y cinco años. He comprobado su edad en la lista de los premiados del Conservatorio. Ahora bien; con arreglo a su teoría, esto equivale a...

TALMA (evasivo).—¡Dejemos eso a un lado...!

JESSY.—¡Como usted guste...! Entonces se produjo en mi vida un fenómeno inverso: creíame dichosa, puesto que lo tenía todo, y en realidad era muy desdichada. ¡Me aburría con un aburrimiento de más de cien francos por hora...! Siguióse a esto que el señor Sautriot se aburrió viendo que yo me aburría. Me compró un aparato fotográfico perfeccionado, útiles de pirograbado, una caja de colores, las últimas novelas y los juegos de sociedad. ¡Todo en vano...! Me pagó vestidos para distraerme. Me ofreció lecciones de piano. ¡Todo me fastidiaba...! Una noche, al desnudarme delante de él, exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes, querida mía...!»

TALMA (ofuscado).—¡Por Dios, señorita...!

JESSY.—¡Dispénseme usted, maestro...! El exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes...! Con unas piernas semejantes, ¿no se te ocurrió nunca hacerte del teatro...?»

TALMA.—¿Y usted se negó...?

JESSY.—¡Ni soñarlo...! Sentí que la vocación se adueñaba de mí, que iba a tener al fin algo que me interesara en la vida, que Dios me señalaba el camino que había de seguir... ¡Dios me había concedido unas piernas lindas...! Era para que se las enseñara a todos los amigos del señor Sautriot y para que el señor Sautriot se enorgulleciera de ello. De esta manera satisfacía mi deseo de actividad y la vanagloria del señor Sautriot. Mi amigo se hubiera desconsolado si yo lo hubiese engañado con un aviador, o con cualquier otro objeto de primera necesidad. Pero sentíase ufano de que lo engañase con el público.

TALMA.—¡Exactísimo...! Ha definido usted la seducción que las mujeres de teatro ejercen sobre sus amantes ricos.

JESSY.—Sautriot mostróse encantado. Fué a recomendarme a la señora Grattemimi, directora de las Locuras Medianas. ¡Esto debió costarle mucho...!

TALMA.—¿Supone usted que esa dama le pediría dinero...?

JESSY.—¡Déjeme continuar...! Esto debió costarle mucho trabajo, porque a él no le gustaba relacionarse con la gente de teatro. Es un negociante apacible y un hombre casado, que no tiene gran interés en encanallarse... Hizo que me contrataran; fuí a ver con él a la directora, una verdadera mujer de mundo, en toda la extensión de la palabra. Nos recibió muy amablemente y me dijo: «Usted, amiguita, hará una Gran Coqueta. ¡Lo veo desde la primera ojeada...!» En seguida me rogó muy discretamente que le enseñara mis piernas y me firmó un contrato; en la primera revista, que está en ensayo, debo representar a la hija de Jefté, al Pudor y a la Verdad. He visto los trajes, que son preciosos. Si los reuniera usted pedazo por pedazo, no conseguiría hacer con ellos un vestido de mujer honrada.

TALMA.—¿Y acepta usted esto...?

JESSY.—¡No se disguste usted...! Tendré que aceptar cosas peores. Después de todo, las mujeres honradas se desnudan de día y yo me desnudaré de noche. Unicamente nos diferenciará la diversidad de público. Yo no amo a nadie; por esta causa estoy resuelta a acostarme con todo el mundo. No aportaré vicio alguno con la ejecución de este programa. Me acostaré con los autores, con los principales intérpretes, con el administrador, con el apuntador, con los tramoyistas y hasta con el amante de la señora directora; me acostaré con el comanditario, con el vendedor de programas, con el consejero municipal del barrio, con el diputado del distrito y, si es preciso, con el ministro. Me acostaré, en fin, con el más alto magistrado del Estado, si éste tiene tiempo y deseos de hacerlo. Cuando una mujer abraza una carrera, conviene que abrace también a todos los que pueden facilitarle el acceso a la misma. Esto no me impedirá que entre en la Comedia Francesa, si se me antoja. ¡Por el contrario...! ¡Me ayudará a conseguirlo...!

TALMA (indignado).—¡Está usted hiriendo mis convicciones, señora...!

JESSY.—¡Sus convicciones...! ¡Se las compro...! Mire: tome cien sueldos y devuélvame cinco francos... ¿Cree todavía en la nobleza del arte, usted que nunca tuvo mas que sinsabores? ¿Cree usted en el talento y en el genio? Si yo tuviera la nariz ladeada o la pierna torcida, cambiaría la faz del mundo, al menos para el señor Sautriot, y yo no figuraría en la compañía de la señora Grattemimi.

TALMA.—Está usted pisoteando mis ideas más queridas. Sin embargo, siento en usted una personalidad rebelde. Quiero convertirla a la religión del arte puro. (Se acerca.)

JESSY.—¡Demasiado veo adónde va usted a parar...! Cuando un hombre me habla de arte, acaba siempre por...

TALMA.—¿Qué se figura usted...? Quiero que usted se eleve hasta estas cumbres desde las que se contemplan las ideas generales y donde no se experimenta ningún sentimiento ruin. Para interpretar a los genios, a Corneille, a Molière, a Racine, hay que hacerse un alma semejante a la suya; hay que pasar su corazón por el autoclave del sufrimiento; hay que caminar con pies desnudos por los senderos cubiertos con las espinas de la envidia y con las ortigas de la maledicencia.

JESSY.—¡Qué ocurrencias tan graciosas las suyas...! ¡No tengo los pies hechos a eso...!

TALMA (cogiéndole una mano).—¡Yo la ayudaré, hija mía...!

JESSY.—Pero ¿está usted muy seguro de que hay que comprender a Corneille para interpretar el papel del Pudor en las Locuras Medianas?

TALMA.—¡Sí...!

Este principia distraídamente a entretenerse.

JESSY.—¿Acaso Gandouille tutea a Racine...?

TALMA.—¿Quién es ese Gandouille...?

JESSY.—El cómico que ha perpetrado la revista en que yo trabajo y que hace todas las porquerías que estrena la señora Grattemimi.

TALMA (ajeno a todo esto).—¡No lo sé...! ¡Es posible...! ¡Todo es posible...!

JESSY.—Y usted, que se codea con Molière, ¿qué está buscando en este momento por los alrededores de mis ligas...? Sin duda, esto es lo que usted llama un sendero de espinas...

TALMA.—¡Le suplico, querida mía...!

JESSY.—¡Comprendido...! Es el oficio que entra, como suele decirse... ¡Bah...! ¡Yo soy una buena muchacha...!

Se dirige hacia el diván y se quita el corsé.

—¡Ea...! Vamos a elevar nuestra alma...

Talma no se lo hace repetir. Adivínase la continuación. Al cabo de unos cuantos minutos, Jessy se levanta tan tranquila como si acabara de cumplir una pequeña formalidad administrativa. Se pone su capa y se da unos pocos polvos en la nariz y en las mejillas, en tanto que el querido maestro restablece la buena disposición de su peinado. Breve silencio. Jessy se toca nuevamente con su sombrero; luego, algo turbada, registra en su bolso y saca dos billetes de cien francos, que alarga a su profesor.

TALMA (rechazando los billetes).—¿Por qué me ofrece usted este dinero...?

JESSY.—¡Caramba...! ¡Es el precio del abono... para la lección...!

TALMA (digno).—¿Por quién me toma usted...? ¡Soy un caballero, señora...! Después de lo ocurrido entre nosotros yo no puedo recibir la menor cantidad de usted...

JESSY (asombrada y encantada).—¡Bueno...!

TALMA.—¡Por lo menos, hoy...! ¡Ya me pagará a fin de mes...! ¡La señora Talma le pasará el recibo...!

III

CURSO DE EURITMIA

La señora Bouzine ha llevado a su hija única, Lea, al curso de Euritmia dirigido por la célebre Terpsy, profesora de bellas actitudes. El curso Terpsy está situado en esa región montañosa que ya no es precisamente París y que tampoco es todavía Montmartre; calle Blanca; un amplio estudio, situado en el séptimo piso; no hay ascensor. La señora Bouzine, que es morena, bastante gruesa, de rasgos acentuados y de aspecto imponente, jadea al subir la escalera. Lea la sigue más alegremente; es una muchachita de diez y ocho años, morena, como su madre; anuncia predisposición para la obesidad. Por ahora no es más que rechoncha, pequeñita, de buenas carnes y con unas pantorrillas que los señores se vuelven a contemplar cuando va por la calle. Lea se parece desagradablemente a su madre. Llegan por fin al último piso, ante una puerta detrás de la cual déjase oír una vaga música; la señora Bouzine recobra el aliento, y luego llama. Una criada, bastante sucia, introduce a las visitantes en un saloncito poco amueblado y cuyo moderno estilo disimula mal la pobreza.

LA CRIADA.—¡Tengan la bondad de esperar, señoras...! Pronto llegará el entreacto. ¡La señorita Terpsy no tardará...! (Vase.)

LEA.—Oye, mamá... ¿Por qué no nos marchamos...? ¡Volveríamos otro día...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Tienes ganas de broma...? ¡Yo no he subido siete pisos para nada...! Además, hay que obedecer los consejos de tu tío. «Esta pequeña engorda demasiado... ¡Necesita hacer ejercicio...!» ¿Quieres engordar...? ¿Sí o no...?

LEA.—¡Me da lo mismo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Estás en tu juicio...? ¿Y cuando no puedas casarte...? ¡Buena la habrás hecho!

LEA.—¡Bah! ¡Es que todavía puedo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—Yo también decía eso... ¡Y ya ves a lo que he venido a parar...!

LEA (riendo).—¡Ay, mamá...! ¿Es que vas a seguir también el curso Terpsy...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Por qué no...? Algunas más gruesas que yo lo siguen. ¡Ahí tienes a la señora Gimblon...! ¡Era más recia que yo, y ha adelgazado diez kilos...!

LEA (riendo).—¡Y a consecuencia de esto, hasta se le ha desviado un riñón...! ¡Yo no quiero tener un riñón fuera de su lugar...!

LA SEÑORA BOUZINE (severa).—¡Lo que está fuera de lugar, hija mía, son tus observaciones...!

Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy. Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados, pero muy regulares. Está vestida con una especie de peplo grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma pliegues de una perfecta armonía.

TERPSY (indicando unas sillas).—¡Tengan la bondad de sentarse, señoras...!

Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra. Las visitantes están maravilladas.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Es usted la señora Terpsy? Yo soy amiga de la señora Gimblon.

TERPSY (inmóvil).—¡Ah...! ¡Ya...! ¡De mi Diez-kilos...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué dice usted...?

TERPSY.—¡Le quité diez kilos en un mes...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Ya me lo contó...! ¡Ahora ya puede agacharse!

TERPSY.—¡Esto no es mas que el principio...! La estoy retrasando un poco a causa de los senos...[1].

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué designios...?

TERPSY.—¡Hablo del pecho...! Cuando se adelgaza demasiado de prisa, el pecho cae... ¡Y no conviene...!

LEA (curiosa).—¿De manera que los senos de la señora Gimblon...?

TERPSY.—¡Marchan muy bien, gracias a Dios...! Pero... ¿cómo decirlo...? ¡Sentían vértigos...! ¡Dejábanse caer en... la tentación...! Yo dije a la señora Gimblon: «Hay que someterse al masaje, y cuando ellos no tengan ya vacilaciones volverá usted y la dedicaré a la pírrica...»

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Y qué es eso...?

TERPSY.—La danza guerrera... Usted desconoce todavía mi enseñanza: la danza clásica en todas sus manifestaciones. ¡No hay ejercicio mejor...! ¡Desde luego aquí no aprenderá usted el tango...!

LEA (vivamente).—¡Oh...! ¿El tango...? ¡Ya lo sé...!

TERPSY.—¡Peor para usted...! Es la única danza que hace engordar. ¡Principalmente las piernas y el bajo-vientre!

LA SEÑORA BOUZINE (severa).—¡No bailarás más el tango, Lea...!

TERPSY (interesada).—¡Ah...! ¿Es esta joven la que necesita mis consejos...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Claro...! ¿Qué pensaba usted...?

TERPSY (contemplándola).—¡Oh...! ¡Gentil...! ¡Bien proporcionada...! ¡Rostro interesante...! Sin embargo, ¡ya era tiempo...!

LA SEÑORA BOUZINE.—¡Lo mismo pensó su tío...! ¡Su tío es médico...!

TERPSY.—¡Estos señores nos envían muchas clientes...!

LA SEÑORA BOUZINE.—Además, mi cuñado se pasará por aquí al caer la tarde... ¡Siente curiosidad por conocer el método de usted...!

TERPSY.—¡Yo no tengo nada oculto para los señores de la Facultad...! ¡Ah...! ¡Le recuerdo el precio de la lección...! ¡Es de tres mil francos mensuales, a lección por día...!

LA SEÑORA BOUZINE (inclinando la cabeza).—¡Ya me lo habían indicado...!

TERPSY.—Yo les facilito el traje y el peplo: son cuarenta luises.

LEA (irónica).—¡Habría que ser verdugo de su cuerpo para privarse de ello...!

TERPSY (muy amable).—Pero si su señor cuerpo no quiere nada de esto, no hay por qué disgustar a los demás... ¡Yo no corro detrás de las lecciones...!

LA SEÑORA BOUZINE (alargándole discretamente un sobre).—¡Dispense a mi hija...! ¡Es un poco burlona...! Ahí van los dos primeros meses.

TERPSY (arrojando el sobre al fondo de un cajón).—¡Gracias...! (Firma un recibo en pergamino, que parece un diploma.) Voy a exponerle mi sistema a grandes rasgos. ¡Aquí tenemos, por ejemplo, a su hija, que es bastante linda...! Sin embargo, se sostiene mal, es de aspecto vulgar y se mueve con dificultad. ¡No tiene un solo ademán que sea gracioso...!

LEA (sonriente).—¡Encantador...! ¡Siga usted echándome flores, mientras las haya en su jardín...!

TERPSY.—Yo, hija mía, le digo a usted la verdad... Usted no sabe sentarse ni levantarse; usted no sabe acostarse... ¡Usted no sabe andar...! ¡Usted no sabe inclinarse...! Procure usted designar un objeto; este jarrón... Y diga: «¡He aquí un jarrón...!»

LEA (obedeciendo).—¡He aquí un jarrón... que no me gusta...!

TERPSY.—¿Lo está usted viendo...? ¡Es lo que yo decía...! ¡Hace usted un ademán torpe, un ademán vulgar...! Parece que está usted disparando una pistola con su índice... ¡Eso carece de gracia...!

LEA.—¡Yo me sirvo de mi índice como puedo...!

TERPSY.—¡Qué error...! ¡Es una cosa muy villana enseñar un dedo...! ¡Míreme...! ¡Yo contemplo el jarrón...! Luego curvo mi brazo, como para la ofrenda de mi deseo, y tiendo mis manos como si fueran una flor... (Actitud.)

LA SEÑORA BOUZINE (entusiasmada).—¡Bravo...!

LEA (vejada).—¡Evidentemente, es bonito...! Pero ¡si hay que ir de ofrenda siempre que se quiera un vaso...!

TERPSY (severa).—¡Es necesario...! ¡Atienda...! ¡Apuesto a que usted no sabe coger un paraguas caído...! (Toma el paraguas de la señora Bouzine y lo tira al suelo.) ¡Hala...! (Deteniendo a la señora Bouzine, que va a agacharse.) ¡Deje usted a su hija...! ¡Haga usted el favor de cogerlo, señorita Lea...!

LEA (doblándose en dos y cogiendo el paraguas).—¡No es nada difícil...!

TERPSY (indignada).—¡Quieta...! ¡Suéltelo usted, desventurada...! Y míreme; me acerco; voy, no «sobre» el objeto, sino «al lado» del objeto; doblo la rodilla derecha y pliego la izquierda; inclino mi cuerpo a la derecha y, con brazo alado, cojo el objeto como la lanza de un héroe difunto...

LA SEÑORA BOUZINE (en el colmo de la dicha).—¡Ah, qué hermoso...! ¡Bravo, señora Terpsy...! ¡Bravo...! (A su hija.) ¿Te acordarás...? (Lea hace una mueca.)

TERPSY.—Se enfada usted conmigo, señorita... Sin embargo, usted adquirirá poco a poco la costumbre de poner cierta armonía en sus menores ademanes... ¡Bajará usted del coche como una princesa baja de una carroza...! ¡Comerá usted tan noblemente, que su yantar no será la satisfacción, sino la idealización de una necesidad...! ¡Hasta sus más bajas funciones se revestirán de belleza...!

LEA (interesada).—¿Tiene usted también una actitud para esto...?

TERPSY.—¡Para todo, señorita...! Mi enseñanza no hace mas que expresar con ademanes los sentimientos sugeridos por la música: de esta suerte, yo la acostumbro a usted a guardar en el oído ciertas frases líricas; éstas acompañarán su vida en lo sucesivo. Principio por los sentimientos sencillos: la alegría (danza báquica), la tristeza (el treno), el ensueño (Beethoven), la voluptuosidad (erótica), la cólera (pírrica), etcétera. Una orquesta, oculta detrás de un biombo, toca los trozos de los mejores maestros, mientras que usted realiza cortejos tomados de jarrones etruscos, de bajorrelieves, de medallones y de reconstituciones cuidadosamente clasificadas. Así preparamos una juventud digna de este país...

LEA.—¿Una juventud...? ¿Con la señora Gimblon, que tiene ya la cuarentena...? ¡Hasta le llaman «la Fiebre amarilla»...!

TERPSY (digna).—¡La señora Gimblon torna a sus treinta años, demasiado mal cuidados...! ¡Es ya «canéfora», que quiere decir portadora de canastillo...! Dentro de poco será promovida a «hierofante»... Vamos a pasar a la sala de los oficios; antes ¿quiere usted decirme el nombre del doctor amigo de la familia que debe venir a buscarlas...?

LA SEÑORA BOUZINE.—Es mi hermano, el profesor Tassouin.

TERPSY (sobrecogida).—¿Gilberto Tassouin...?

LA SEÑORA BOUZINE.—¡El mismo! ¿Le conoce usted...?

TERPSY.—¡De nombre...! Por aquí, señoras...

Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan.

TERPSY.—¡Señoras...! ¡Al altar...!

Todas suben a un pequeño tablado.

TERPSY (manda).—¡Los tirsos...! ¡Interpretemos las Bacantes...! ¡Según el dibujo número 315, copa del museo de Pompeya...! (A la orquesta.) ¡El agitato de la suite en mi...!

Y de súbito, golpeando a un Baco imaginario, las jóvenes se precipitan. Terpsy, con los crótalos en las manos, rima la danza, cuyos pasos son cada vez más rápidos; todo esto acaba en un furioso torbellino. La señora Bouzine y su hija están estupefactas y piensan:

—«¡Imposible...! ¡Nos encontramos entre los dingos...!»

TERPSY (a Lea).—¿Qué le parece a usted, hija mía...?

LEA.—¡Oh! ¡Cuando yo refiera esto a mis compañeras de pensión van a sudar de firme...! ¡Me explico que se pierda grasa con este ejercicio...!

TERPSY.—¡Espere...! Tenemos el treno para descansar. (A sus discípulas.) ¡Señoras...! ¡El peplo..., los velos negros..., las palmas...! ¡Usted llevará la urna, señorita Punas...! Dibujo 215, según el vaso fúnebre del Louvre... (A la orquesta.) ¡La marcha Sulla morte d'un héroe...!

Las damas forman una procesión detrás de la señorita Punas; avanzan con lento paso, dando muestras del más profundo dolor.

LA SEÑORA BOUZINE (encantada).—¡Mira, Lea...! ¡Qué hermoso...!

LEA (burlona).—¡Sí...! ¡Aquí estamos más contentas que ahí enfrente...!

Y la jornada continúa de esta manera. A cosa de las seis, el profesor Gilberto Tassouin, antiguo buen mozo, muy grave, se presenta; asiste al final de la sesión sin decir una palabra. La señora Bouzine está inquieta.

LA SEÑORA BOUZINE.—¿Qué te parece, Gilberto...?

LEA.—¿Verdad, tío, que no se trata de una cosa ordinaria...?

GILBERTO (grave).—¡Tú no comprendes nada de esto, hija mía...! ¡Es muy notable...!

LEA (asombrada).—¿Qué dices...? ¿Tú también, maestro, te prendas de esto...?

GILBERTO.—Hay en ello una revelación: la Kineterapia aplicada a la Estética. Nunca podría aconsejarte bastante cuán necesario es para ti que sigas este curso... Por otra parte, voy a quedarme un instante con la señora Terpsy; deseo interrogarla acerca de los resultados obtenidos. (A la señora Bouzine.) Iré a buscaros esta noche.

Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito, donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula.

GILBERTO (ceremonioso).—Señora: ¡dispense usted mi curiosidad...!

TERPSY (saltándole al cuello).—¡Quita de ahí...! ¿A qué viene eso de señora...? ¿No me besas ya, Gilberto mío...?

GILBERTO (turbado por este beso).—Ignoraba si debía...

TERPSY.—¡Es cierto...! ¡Me abandonaste cochinamente hace veinte años...! ¡Pero tuve tiempo de perdonarte...! ¡Te di los mejores años de mi juventud, bandido...! ¡Y no lo siento...! ¡Quia...! ¡Cuánto me alegra que hayas venido...!

GILBERTO.—¡Oh! ¡Me sentía atraído por la curiosidad! ¡Que me lleve el diantre si sospechaba que la célebre Terpsy era Melania Boujotte, a la que yo había dejado de modista en Montmartre...!

TERPSY.—Pues, querido mío, algo de culpa tienes tú de que yo me haya convertido en Terpsy... Es una cosa que te debo, además de la pérdida de mis ilusiones.

GILBERTO.—¡Imposible...!

TERPSY.—Vas a ver cómo se encadena todo. Cuando me dejaste plantada con el pretexto de que te impedía estudiar, estuve a punto de matarme... ¡Sí, alma mía...! Yo, tu «alegría de vivir», como tú me llamabas, quise envenenarme; claro está que no pude hacerlo. No tenía ganas de trabajar, y entonces me lancé a la vida alegre... Todas las noches iba al baile Vestris y allí danzaba para aturdirme... ¡Y nunca regresaba sola...!

GILBERTO (disgustado).—¿Siempre con el fin de aturdirte...?

TERPSY.—¡Ahí tiene usted a los hombres...! Se preocupan de nuestra fidelidad aun después que ellos fueron los causantes de nuestra caída... Un día, o, mejor dicho, una mañana, había venido conmigo un viejo cómico, que tuvo antaño talento, un tal La Tharillière...

GILBERTO.—¡Sí...! ¡Lo recuerdo...!

TERPSY.—Como no tenía ganas de... reír, nos pusimos a charlar. Escuchóme bonitamente y luego me dijo: «Tú, hija mía, no serás nunca mas que una pobrecilla fracasada, una triste horizontal. De esta manera no lograrás atrapar jamás al multimillonario. Sin embargo, hace poco te veía bailar: tienes en las piernas una cosa que no es vulgar; estás muy bien formada. ¡Y con esto ya se puede hacer algo...!» Me explicó su plan: fundar un curso de danza para snobs. «¡Oh...! ¡Nada de fox-trot ni de matchichas argentinas...! ¡Esto está gastado y archiconcluído! ¡No! ¡Ha de ser algo medicinal y neosimbolista a la vez...!» ¡Entonces fundamos el curso de Belleza aplicada...! ¡La Tharillière subvino a los primeros gastos, y hasta se casó conmigo... ¡Sí; yo soy la señora La Tharillière...! ¡Ah...! ¡Cómo recuerdo aquellos principios en un cuartito pequeñín de Clignancourt! ¡Teníamos tres discípulos y un ciego que tocaba el piano...! Poco a poco fué aumentando la clientela: cubanas, chilenas y norteamericanas, que acudían por casualidad y por... algo más... ¡No frunzas el ceño...! ¡Es necesario comer...! ¡Ya estábamos lanzados...! Nos habíamos mudado aquí, contratado una orquesta y hecho repartir prospectos... ¡En esto se le ocurre a mi marido dejarme viuda...!

GILBERTO (interesado).—¡Ah...! ¿Eres viuda...?

TERPSY.—¡Desde hace cinco años...! ¡Apechugué yo sola con el negocio...! Y te aseguro que, si tengo buenas piernas, tampoco tengo mala cabeza... ¿Sabes cuánto gano ahora por año...? ¡Doscientos mil francos...!

GILBERTO (amargado).—¡Menos gano yo y soy médico de los hospitales...!

TERPSY (riendo).—¡Caramba! ¡Tú no puedes recibir a los enfermos mas que de uno en uno, y yo los recibo a montones...! Tengo diez por la mañana y veinticinco por la tarde. Voy a ampliar el negocio y a tomar un hotel... ¡Y te aseguro que haré una propaganda monstruosa!

GILBERTO.—Y... ¿cómo aprendiste los preceptos de tu arte...?

TERPSY.—¿Yo...? ¡Yo no aprendí nada...! Entre La Tharillière y yo inventamos todo esto. Compramos cuatro grabados antiguos, y ¡cuánto nos divertimos confeccionando las danzas arcaicas...! ¡Pobre viejo...!

GILBERTO (conmovido).—¡Melania mía...! (Le coge la mano.) Estoy turbadísimo... Te encuentro más bella que nunca..., más mujer..., más...

TERPSY (retirando su mano).—¡Sí...! ¡Tus ojos se nublan...! ¡Ya sé lo que significa esto...! ¡Nada..., nada...! ¡Aquello se acabó...!

GILBERTO.—Entonces, ¿me echas...?

TERPSY.—¡Quia...! Estoy encantada de tenerte y te guardo conmigo. ¡Te hago un contrato...!

GILBERTO (asombrado).—¿Eh...?

TERPSY.—Precisamente estaba buscando un médico..., un médico de fama..., para que figurara en mi establecimiento... ¡Necesito un nombre conocido! ¡Tú no puedes negármelo...! Te daré un sueldo de cuatro mil francos mensuales... ¡Esto te entretendrá una media hora por día...! Y yo pongo en mis prospectos: «Dirección médica: Profesor Gilberto Tassouin». ¡Esto es importante...! ¿Quieres...?

GILBERTO.—Acepto; pero por nada, ¿me entiendes? Por nada...

TERPSY (resignada).—¡Comprendido...! «Por nada» quiere decir «por mí», ¿no es eso...? En fin, si ese es tu gusto... ¡Removeremos las cenizas...!

GILBERTO.—¡Querida mía...! (Va a ceñirle la cintura.)

TERPSY.—¡Un momento...! ¡Voy a avisar a la orquesta...! (En el acústico.) ¡Toquen ustedes el Concerto de Schumann...! (Volviendo.) Ahora..., ¡a tu disposición...!

IV

CURSO DE NATACION

La señora Grelou entra en el establecimiento del doctor Sinclar; enseña su tarjeta de abono y permanece algunos minutos en una cabina; esta mujer es todavía deseable, aunque disimula sus cuarenta y cinco primaveras. Las piernas de la señora Grelou son famosas por su contorno. Unicamente el rostro acusa cierto cansancio, por haber estado expuesto durante un cuarto de siglo a la admiración de los hombres y al menosprecio de las mujeres. Los ojos, azules, muy tiernos, tienen lo que llaman los poetas «pata de gallo». Sus cabellos, que eran naturalmente rubios, siguen siendo rubios, aunque menos naturalmente. Su epidermis no tiene ya el brillo de hace diez años y va adquiriendo un matiz harinoso. En una palabra, la señora Grelou es una antigua rubia; sin embargo, su línea es siempre elegante y su porte bastante juvenil. Esta dama ha venido a la piscina Sinclar (baño mixto, para uso de los parisienses y de las parisienses de la mejor sociedad) sin la menor intención de bañarse. Sería imprudente para ella arriesgar una zambullida en público; hase puesto como pretexto un traje de baño azul obscuro, un gorrito lorenés de satén impermeabilizado y unas sandalias gris perla; un peinador de baño, salpicado de dibujitos amarillos y azules, completa su atavío de bañista jubilada. Llega hasta la piscina.

Es un estanque cuadrado, bastante amplio, rodeado de una columnata dórica. En el agua, cuatro o cinco personas de uno u otro sexo retozan bajo la vigilancia de cuatro maestros nadadores, que están pensando en otra cosa; al pie de la columnata hay una profusión de mesitas de te, rodeadas de bañistas, con trajes de baño y con peinadores, que se han guardado muy bien de remojarse. La señora Grelou es detenida, al pasar, por cuatro náyades, entre los treinta y cinco y los cincuenta años, que toman el te.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Hola, Simona...! ¡Ven aquí...!

LA SEÑORA GRELOU.—¡Dentro de un ratito, querida mía...! ¡Aun no he tomado mi baño...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Tiene usted tiempo...! ¡Una taza de te no la hará daño...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—¿Quiere usted un sorbito de oporto...?

EL VIZCONDE GEDEÓN (levantándose).—¡Siéntese usted aquí, señora...!

LA SEÑORA GRELOU (pasando entre ellos).—¡No...! ¡Resueltamente, no...! ¡Tengo que mojarme un poco...! (Se aleja.)

EL VIZCONDE GEDEÓN (tornando a sentarse).—¡No cabe duda...! ¡Esta mujer está todavía bastante buena...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Cierto...! ¡Nadie diría que tiene cuarenta y ocho años...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡No hay que ser mala lengua...! ¡No pasa de los cuarenta...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¿Lo dice usted de veras...? ¡Pero si tiene una hija de veinticinco años...!

EL VIZCONDE.—Y un hijo, que está en el asilo de Ancianos del Vesinet. Es el más pequeño.

LA SEÑORA CELAMINA.—¡Es usted absurdo, Gedeón...! ¡Para usted son viejas todas las mujeres que no se le rindieron...!

EL VIZCONDE.—¡Evidente! Tengo veinticinco años. Me quedan, pues, todavía diez años para no pasar de esa edad. Y me aprovecho de ello para vengarme de las damas que no me quisieron...

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Y Simona no le quiso...!

EL VIZCONDE.—Lo confieso. Me gustaba mucho y se lo insinué. Adoro a las mujeres de esta edad, a las mujeres de las que se dice que «se defienden»; pero a las que nadie ataca ya. Ella me contestó que era honrada.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Lo era para usted...!

EL VIZCONDE.—Eso pensé yo. Y no tardé en descubrir que era honrada para todo el mundo menos para Raúl de Saint-Crazy.

LA SEÑORA CELAMINA (interesada).—¡Caramba...! ¿Está usted seguro...?

EL VIZCONDE.—Voy a revelarle a usted un secreto, mi querida señora: «¡Ha muerto Napoleón...!»

LA SEÑORA CELAMINA (disgustada).—¡Es un rumor que se hace correr por ahí...!

EL VIZCONDE.—¿Que ha muerto Napoleón...?

LA SEÑORA CELAMINA.—¡No! Que la señora Grelou y el pequeño Crazy...

LA SEÑORA LABONNETTE.—¡Ah! Permítame usted que proteste... No se habla de otra cosa desde hace mucho tiempo... Esta buena Simona no viene aquí mas que para vigilar al hermoso Raúl.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡El hermoso Raúl no se priva de nada...! Ayer me lo encontré en el auto de la señorita Fraicherose, la bailarina. ¡Iba en él como en su casa...!

LA SEÑORA CELAMINA.—¿De qué vive el pobre Raúl?

EL VIZCONDE.—No se sabe... Vive. ¡Ya es bastante para los tiempos que corremos...!

LA SEÑORA LABONNETTE.—Su padre se arruinó por las mujeres.

EL VIZCONDE.—Y el hijo sigue aumentando las trampas del padre.

LA SEÑORA GENTISEL.—¡Usted, Gedeón, es peor que la peste...! Contamina todas las reputaciones...

EL VIZCONDE.—¡No me defiendo...! ¡Me molesta el tal Raúl...! Parece una de esas muñecas de escaparate que se visten de oficial para Año Nuevo. Es dulce, insolente, feroz y, además, delicioso. Ha poseído a todas las mujeres que yo deseaba.

LA SEÑORA LABONNETTE.—¿El qué...? ¿A la señorita Fraicherose también...?

EL VIZCONDE.—¡A la señorita Fraicherose también...! Después de todo, la señorita Fraicherose tampoco está ya en la flor de su juventud.

LA SEÑORA CELAMINA (riendo).—¡Claro...! ¡Se resistió a usted...!

EL VIZCONDE.—¡Desde luego...! Por eso la envejezco... ¡Además... es una cualquier cosa! Vive a costa del hermoso Raúl y, de propina, le hace pasar por un chulo indecente... ¡Es delicioso...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¿Está aquí esa Fraicherose...?

EL VIZCONDE.—Sí. Al otro lado del abrevadero... Es aquella muchacha alta, delgada y morena que acaba de salir del agua. ¡Porque ella se baña...! Puede resistir la prueba del agua, que fortalece sus carnes, en vez de poner de manifiesto, como en algunas, las injurias del tiempo.

LA SEÑORA GENTISEL (furiosa).—¡Yo también me baño...!

EL VIZCONDE.—¡Por Dios, señora...! ¡Yo no me refería a usted...! Sin embargo, consiento en perder todos mis derechos a la corona de Portugal si la señora Grelou desciende a la piscina... ¡Mírela...! Se detiene junto a las mesas... Poco a poco se llega hasta Raúl, que charla con la señorita Fraicherose y le paga el te... ¡Porque Raúl paga...! ¡Usted es testigo de que paga...!

En efecto; el señor de Saint-Crazy recibe a la señorita Fraicherose a su salida de la piscina. Le ha alargado el peinador recio para que se enjugue y la ha secado tiernamente. Luego le ha puesto el peinador de gala, y los dos se han ido a tomar el te debajo de la columnata.

RAÚL (muy conmovido).—¡Querida mía...! ¡Hermosa mía...! ¡Al fin te tengo un instante...!

FRAICHEROSE.—¡Ay, amor mío...! ¡Qué cosa tan hermosa es ésta...! El agua fría... como una serpiente.

RAÚL.—¿Y la reacción...?

FRAICHEROSE.—¡Excelente...! ¡La Reacción Francesa...! Siento calor por dentro y frío por fuera... ¡Mira...! ¡Tienta...! (Ella le alarga su brazo desnudo.)

RAÚL (palpando).—Sí...! ¡Ten cuidado...! ¡Nos espían...!

FRAICHEROSE.—¿Qué dices...? Supongo que no te avergonzarás de mí...

RAÚL (protestando).—Pero ¿qué estás hablando ahí...? Soy prudente por ti, a causa de Blucher...

FRAICHEROSE.—¿A causa de mi amante...? ¡Bah! ¡Ya sabe a qué atenerse...! Todas las mañanas recibe varios anónimos. ¡Y figúrate si estará enterado...! Además le he confesado que tú eras el amado de mi corazón...

RAÚL.—¡Ah...! ¿Y qué te ha contestado...?

FRAICHEROSE.—Cosas muy bien dichas: «Podías haber elegido a alguno peor, querida mía...» ¿Eh...? ¡Es muy chic...! ¡Es Luis XV puro...!

RAÚL.—¡Es muy mortificante para mí... y para ti...!

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Qué bobo eres...! ¡Este hombre será tu amigo íntimo antes de ocho días...!

RAÚL (amargamente).—¡Sí...! ¡Cuando nos hospedemos en la misma posada, bajo la misma muestra...!

FRAICHEROSE.—¿Bajo qué muestra...?

RAÚL.—«¡A los cornudos complacientes...! ¡Se admiten huéspedes a pie y a caballo...!»

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Esas son frases...! ¡Todo el mundo es cornudo...! ¡Mi padre lo era y el Emperador también...! ¡Oh...! ¡El te con mandarina es una delicia...! (Bebe.)

RAÚL (sin transición).—¿Te acompaño...?

FRAICHEROSE (indiferente).—No, amor mío; esta noche, no. ¡Viene Blucher...!

RAÚL (devorado por los celos).—¡Falso...! ¡Blucher no va...! ¡Está en Versalles...!

FRAICHEROSE.—Yo, vida mía, no puedo evitar que sufras; no hago nada para que padezcas... Eres el amado de mi corazón, ¿y no te basta...? En tu oficio no se sufre, porque se sufre todo...

RAÚL (constreñido).—¡Estás un poco fuerte...!

FRAICHEROSE.—Soy sincera, chico; al pan, pan, y al vino, vino. Yo no siento una pasión loca por ti; pero tampoco me desagradas. Sin embargo, no quiero que me tengas por muy tuya... Me habías prometido la sortija que vimos el otro día en la calle de la Paz... ¿Te acuerdas...?

RAÚL (inquieto).—¿Cuál...? ¡Hemos visto tantas sortijas en la calle de la Paz...!

FRAICHEROSE (insistiendo).—¡Ya lo creo...! Fué el día en que nos amamos tanto, a primera hora de la tarde... Hacía mucho calor... Hasta recalcaste esta frase: «¿Cómo podría yo saber por qué has suspirado, querida mía...?»

RAÚL (riendo).—¡Acaso me referiría a nuestro futuro hijo...!

FRAICHEROSE.—¡Picaronazo...! ¡Cómo cambias de conversación...! Esto no es obstáculo para que yo te recuerde que una hora después, en la calle de la Paz, delante de la tienda de Saste, el joyero, te señalé una sortija, diciéndote: «¡Si quieres saber por qué suspiraba, regálamela...!»

RAÚL (sobresaltado).—¡Atiza...! ¡Diez mil francos...!

FRAICHEROSE (tranquila).—¡Caramba! ¡Cómo recobras la memoria...!

RAÚL (descorazonado).—¡Es que... Rosette... es que no tengo los diez mil francos...!

FRAICHEROSE.—¡Bah! ¡Si te paras en detalles, no acabaremos nunca...! Si tú no me das el brillante esta noche, otro me lo dará mañana. Seguiremos siendo buenos amigos, y nada más. Y dejarás de ser el amado de mi corazón.

RAÚL (en el colmo de la desesperación).—¡Quinientos luises...! ¿Dónde encontraré yo una cantidad semejante...?

FRAICHEROSE (digna).—¡Déjalo...! ¡Te lo ruego...! ¡Me horrorizan las cuestiones de dinero en el amor...! ¡Yo también tengo mi dignidad...! Te espero hasta las ocho y luego saldré...

RAÚL.—¿Adonde irás...?

FRAICHEROSE.—A ver al Nuncio de Su Santidad, que me ha dado una cita para confesarme. Después de esto, amor mío, me volveré a vestir y regresaré a casa. Aviso a los aficionados.

Se levanta y se marcha con la altivez de una reina.

RAÚL (solo).—¡Qué estúpido...! ¡Y decir que estoy chiflado por esta potranca...!

Se levanta y va hacia su cabina rumiando los más amargos pensamientos. Tropieza con la señora Grelou, que lo detiene. Está muy conmovida. El dolor la ha envejecido diez años.

LA SEÑORA GRELOU (avanza con el semblante risueño; pero su voz está velada por los sollozos).—¡Hola, señor de Saint-Crazy...! ¡Qué sorpresa...!

RAÚL (aburrido).—¡Encantado de haberla encontrado, señora...!

LA SEÑORA GRELOU.—Salgo del baño. ¿Quiere usted ayudarme a reaccionar...?

RAÚL.—¡Con mucho gusto...!

LA SEÑORA GRELOU (en voz baja).—¿Por qué no fuiste ayer, Raúl...?

RAÚL.—¡Tuve que hacer...!

LA SEÑORA GRELOU.—Te esperé durante tres horas. ¡Oh...! ¡Qué malo eres...! ¡Qué malo...!

RAÚL (en voz baja).—¡Por favor...! Ten cuidado... Nos están mirando... ¡Sonríe, mujer, sonríe...!

LA SEÑORA GRELOU.—¡No puedo más...! ¡Te estuve acechando allí, a tu lado, mientras flirteabas con aquella zorra...!

RAÚL.—¡Yo...! ¡Flirtear yo con Fraicherose...! ¡Con la amiga de mi amigo Blucher...! ¿Por quién me tomas tú...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Te la comías con los ojos...! Y yo no quiero, ¿lo oyes...? No quiero...

RAÚL.—Apretemos el paso, porque de lo contrario la gente verá que estamos de cuestión...

LA SEÑORA GRELOU.—¡Es atroz...! ¡Cuánto me haces sufrir...! ¡Ya no me amas...! ¡Confiésamelo...! ¡Es más leal...!

RAÚL (cansado).—¡Por lo que más quieras...! No. ¡Que llores en público! Será un escándalo...

LA SEÑORA GRELOU (con las mejillas chorreando).—¡No...! ¡No...! ¡No lloro...!

RAÚL.—¡Pero si tienes los ojos arrasados de agua...! ¡Tiene gracia...! ¡Vamos a ser la irrisión de Europa...!

LA SEÑORA GRELOU (dominándose).—¡Tranquilízate...! Seré razonable. Mira cómo se borran mis lágrimas sin que nadie se dé cuenta... ¡Anda...! ¡Se luce la señora Gentisel, que nos acecha...!

LA SEÑORA GENTISEL (al pasar).—¡Hola, Simona...! ¡Te cojo con tu flirteo...!

LA SEÑORA GRELOU (riendo).—¡Mi flirteo Saint-Crazy...! ¡Estoy trabajando para casarlo...!

LA SEÑORA GENTISEL.—¡A buena hora...! ¿Te bañaste ya...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! El agua estaba deliciosa... ¡Hasta luego...!

La señora Gentisel se aleja.

RAÚL.—Una más que va a chismorrear.

LA SEÑORA GRELOU.—Me da lo mismo. ¿Por qué no viniste ayer...?

RAÚL.—Tuve disgustos... disgustos de importancia.

LA SEÑORA GRELOU.—¿Y... qué disgustos...?

RAÚL.—¡Bah! No te interesa... ¡Disgustos de familia...!

LA SEÑORA GRELOU.—¿Tu hermano...?

RAÚL.—Sí. Mi hermano, que ha jugado y que ha contraído una deuda de veinte mil francos. Necesito encontrarlos antes de esta noche o, de lo contrario, está perdido.

LA SEÑORA GRELOU (sorprendida).—¡Dios mío...!

RAÚL (mintiendo con aplomo).—Ahora figúrate cómo habré removido el cielo y la tierra desde ayer; logré reunir diez mil francos... ¡Es todo lo que pude hacer...!

LA SEÑORA GRELOU (con reproche).—¿Y no te acordaste de mí...?

RAÚL (altivo).—¡Me estás ofendiendo, Simona...!

LA SEÑORA GRELOU (ardiente).—¡Amor mío...! ¡Ya sabes de sobra que, si fuera preciso, robaría para evitarte un disgusto...! ¿Amas a tu hermano...? ¿Deseas salvarlo...?

RAÚL (avergonzado).—¡Sí!

LA SEÑORA GRELOU.—¡Pues bien! ¡Tendrás tus diez mil francos...! ¡No te preocupes...! ¡Los tendrás mañana por la mañana...!

RAÚL.—¡Es que los necesitaba... antes de esta noche...!

LA SEÑORA GRELOU.—Desde el momento en que respondes por tu hermano, esperarán... ¡Los tendrás mañana sin falta...!

RAÚL (digno).—Te los devolveré en cuanto mi hermano haya cobrado sus rentas.

LA SEÑORA GRELOU (dichosa).—¡Bueno...! Oye... Vamos a vestirnos... Saldrás antes que yo, y yo iré a buscarte a nuestra casa... a nuestro nidito...

RAÚL.—¡Vida mía...! Siento a la vez vergüenza y...

LA SEÑORA GRELOU.—¡Alivia...! ¡No perdamos el tiempo...!

Ella corre hacia su cabina, en tanto que Raúl piensa que va a empeñar su amor en el Monte de Piedad.

Pasadas dos horas, mientras Raúl, algo sofocado, corre a casa de la señorita Fraicherose para anunciarle que tendrá la sortija al día siguiente por la mañana, debido sólo a que «las joyerías estaban cerradas», la señora Grelou regresa a su domicilio. Esta dama encuéntrase alegre y satisfecha: primeramente, porque ha gozado de dos horas de pasión, las más hermosas de su vida; Raúl ha estado a la altura de las circunstancias. Además, piensa que ha salvado al hermano de su amante, el cual, por otra parte—¿es necesario decirlo?—no tiene hermano alguno.

La señora Grelou va corriendo en busca de su marido, que lee El Tiempo en el salón. El esposo—un hombrecillo insignificante—levántase en cuanto la ve.

EL SEÑOR GRELOU.—¡Mujercita mía...! ¡Tú...! ¡Gracias a Dios...!

LA SEÑORA GRELOU (cándida).—¿Me he retrasado...?

EL SEÑOR GRELOU.—Acaban de dar las ocho y media. No puedes imaginarte lo que sufro cuando vuelves después de las ocho. ¡Se me ocurren unas ideas...!

LA SEÑORA GRELOU (digna).—¿Irías a sentir celos...?

EL SEÑOR GRELOU.—¡De ninguna manera...! Pero sufro, ¿sabes...? ¡Y es atroz...!

LA SEÑORA GRELOU (sincera).—¡Todo el mundo sufre...!

EL SEÑOR GRELOU.—¿Tienes algún disgusto...?

LA SEÑORA GRELOU.—Sí... No quería confesártelo: tengo que pagar una cuenta de doce mil francos...

EL SEÑOR GRELOU (aterrorizado).—¡Caramba...!

LA SEÑORA GRELOU (vivamente).—Sin embargo, por ahora tendré bastante con diez mil francos...

EL SEÑOR GRELOU.—No te preocupes, encanto mío. Te los llevaré esta noche a tu alcoba... ¿Vamos a comer...?

LA SEÑORA GRELOU.—¡Sí...! ¡Siento un hambre...! ¡Figúrate...! ¡He ido a tomar un baño a la piscina Sinclar...! ¡El agua estaba deliciosa...!

El resto de la charla se pierde en el comedor.

V

CURSO DE IDIOMAS

El señor César Juque es un joven agradable, de veintidós años, muy rubio para su edad; está vestido con una chaqueta de antes de la guerra; él ha crecido desde hace cinco años, mientras que la chaqueta se encogía. Adivínase lo que significa esto. El señor César Juque tiene unos ojos de un azul agrisado; su semblante acicalado y velloso tranquiliza a las familias. El señor César Juque, pequeñito y un tanto afeminado, no es demasiado ridículo; un joven cándido no se presta jamás a la risa. El señor César Juque va a casa de la señorita Givendolen Lorys, llamada Chadd no se sabe por qué. Esta persona ocupa un hotel muy pequeño, junto a las fortificaciones: una caricatura de casa de tres pisos; diríase que es un telescopio amueblado por Martine; una vivienda paradójica. César, que lleva una cartera de ministro, como si fuera un pedicuro, llama a la puerta de esta casa. Una criada gruesa, con aspecto de madre, o, si a ustedes les parece mejor, una madre con aspecto de criada gruesa, sale a abrir.

LA MADRE-CRIADA (insolente).—Si viene usted a pedir limosna, puede volverse. La señora socorre solamente a las Hermanitas... (Pretende cerrar la puerta.)

CÉSAR (sonriendo).—¡No soy un pobre...! Soy el profesor enviado por la Casa Marvitz.

LA MADRE-CRIADA (recelosa).—¿De veras...? ¿No dice usted esto para penetrar en la casa y sablear a la señora?

CÉSAR.—Aquí está la carta del Instituto Marvitz, que me acredita cerca de la señora Lorys. (Le entrega un sobre.)

LA MADRE-CRIADA (leyendo la carta).—¡Atiza...! ¡Chadd desea tomar lecciones de inglés...! Pero ¿quiere usted decirme si esto es tener sentido común...? ¡No me indicó nada...!

CÉSAR (un poco seco).—Hizo mal. Pero tengo los minutos contados. Si la señora Lorys no recibe, me vuelvo. Las lecciones se pagan por adelantado.

LA MADRE-CRIADA (repentinamente fina).—¡Entre, señor profesor, entre...! (Se deshace en cumplidos.) Siéntese en este cofre de madera. ¡Voy corriendo a avisar a mi hija...!

Desaparece. César se encuentra en una antesala, muy alta de techo, muy estrecha y amueblada con el mencionado cofre de madera y con una percha. En el fondo se abre una escalera monumental; en esta mansión inverosímil, las habitaciones son minúsculas, pero la escalera es inmensa; capricho del arquitecto. Al cabo de un minuto, una voz grita: «¡Señor profesor...! ¿Quiere usted subir hasta el estudio...? Son tres pisos.» César sube los tres pisos, a razón de treinta escalones cada uno. Ya en lo alto, es recibido por una mujercita con kimono morado y sembrado de grandes ibis; es la señorita Chadd, que, según se dice, danza en los music-halls, pero que principalmente desempeña otras profesiones menos confesables; pertenece a la «gente alegre» y se gana la vida desayunando, comiendo y bailando el tango en diversos establecimientos de la capital. Figura también en los fumaderos de opio, aunque no haya absorbido nunca una bocanada de este brebaje. Es fea; tiene la boca demasiado grande, la nariz bastante puntiaguda y los ojos grises y muy pequeños; pero no parece tonta, y su carilla viciosa de pilluela, muy avispada, promete mucho. Para los hombres, prometer vale más que cumplir lo prometido.

CHADD (introduciendo al visitante en un estudio tan pequeño que no podría pintar en él más que miniaturas).—¡Entre usted en la sala de estudio, señor profesor...!

CÉSAR (al ver una mesita).—Aquí está lo que necesitamos. (Se sienta.)

CHADD (mirándole con estupefacción).—¿De veras...? ¿Es usted profesor de idiomas...?

CÉSAR (molesto).—¡Sí, señora...! ¿No le inspiro confianza...?

CHADD (riendo).—¡Ni pizca...! ¡Es usted un chiquillo...! Tiene usted veinte años, ¿verdad...?

CÉSAR.—¡Cumpliré veintidós cuando maduren los albaricoques! Hablo cinco idiomas: el inglés, el ruso, el español, el italiano y hasta el francés.

CHADD (compadecida).—¡Pobrecito...! ¿Y no se cansó aprendiendo todo eso...? ¡Usted ganaría una fortuna como portero de hotel...!

CÉSAR (cortés).—¡Desde luego...! Pero prefiero ser profesor; me pagan menos, pero me consideran más. ¡Aunque su señora criada me haya tomado por un sablista...!

CHADD.—¡A mamá le pasa siempre lo mismo...! ¡Quiero que le presente sus excusas...! ¡Voy a llamarla...!

CÉSAR (vivamente).—Es inútil. Tengo alguna prisa. La lección que le he de dar será de una hora. ¿Conoce usted el método Marvitz?

CHADD.—¡No! ¡Yo quiero aprender inglés y nada más...!

CÉSAR.—Pues bien; el método consiste en hablar inmediatamente la lengua. A partir de este instante, no le hablaré ya mas que en inglés, indicándole los objetos. Usted repetirá las palabras a medida que yo las vaya diciendo.

CHADD.—¡Como usted quiera! ¡Tiene gracia...!

CÉSAR (indicándole una silla).—«¡Chair...!»

CHADD (repitiendo).—«¡Chair!» ¡En francés, esto quiere decir otra cosa muy distinta y resulta más bonito...! ¡En fin!...

CÉSAR (indicándole la mesa).—«¡Table!»[2]

CHADD (riendo).—¡Eres bonita...! ¡Y hueles bien...! ¡Y esto significa una mesa...! ¡Qué lengua tan hermosa es la lengua inglesa...!

CÉSAR (oliendo una rosa).—«¡Good smell...!»

CHADD (furiosa).—¿Cómo...? ¿Que esto tiene gusto a suela? ¿Una rosa...? ¡Eso es demasiado fuerte...! ¡Usted está de buen humor!

CÉSAR (interrumpiéndose).—«Good smell» significa «buen olor». ¡Si usted me ataja a cada paso, no acabaremos nunca...!

CHADD.—Tiene usted razón; pero me parece que estamos perdiendo el tiempo. Yo, amigo mío, no tengo empeño en aprender la lengua inglesa, sino solamente en conocer unas treinta frases de inglés que me son necesarias. Por esta causa no gaste usted su tiempo hablándome de la silla, de la mesa, de la suela y de un montón de cosas sin importancia.

CÉSAR (resignado).—¡Como usted guste, señora...! ¿Qué es lo que desea...?

CHADD.—Va usted a explicárselo todo. Mi profesión es la de artista, la de bailarina; pero esto no es mas que la fachada. En realidad, yo soy una... «mujer alegre». ¿Hay algún mal en ello...?

CÉSAR.—¡Santo Dios...! ¡Yo, personalmente, no veo que haya ningún inconveniente...!

CHADD.—Tengo una buena clientela en el ejército inglés y entre los norteamericanos. Pero estos tipos no hablan francés. ¡Esto es muy molesto...! Para entrar en materia, es muy sencillo: basta una pantomima; pero cuando se trata de fijar las condiciones, ya es muy distinto. Por ejemplo: yo no sé cómo se dice «un regalito»...

CÉSAR.—«A little gift».

CHADD.—¡Bueno! Póngame eso por escrito, con la pronunciación...

CÉSAR (abre su cartera, saca una hoja de papel y escribe).—¡Ahí lo tiene...!

CHADD (que ha leído por encima del hombro).—¡Muy bien! Siga usted escribiendo: «Me gustas mucho», «Necesito veinticinco luises para mi costurera», «Tengo gana de ese sombrero tan bonito», «Querría un hermoso diamante para el día de mi santo», «Tengo sentimientos religiosos»... ¡Esto es muy importante...! «Soy de buena familia», «No sea usted brutal», «Hoy es imposible; pero dentro de tres días seré suya», «Esta noche tengo mucho apetito»... Y luego: «Siento mucha sed»... Y después: «Págueme el coche»... A continuación: «¡Qué bien sabes besar...!» «¡Cochinillo mío...!» «¡Nunca me quisieron así...!»

CÉSAR (escribiendo).—¿Podrá usted acordarse de todo esto...?

CHADD.—¡Ya lo verá usted...! ¡Cuando yo me propongo alguna cosa...! Además, me ensayaré con usted... ¡Nos veremos muchas veces...!

CÉSAR.—Tiene usted pagadas por adelantado veinte lecciones.

CHADD.—¿Ha ido usted con frecuencia a casa de señoras solas...?

CÉSAR.—¡Muy a menudo...! ¡Por lo general, suelen hacerme las mismas preguntas que usted!

CHADD.—¡Claro! ¡Hay que comprenderlo...! Una mujer que habla inglés se hace en seguida con un grupito de amigos, que se la recomiendan unos a otros... ¡Ah! ¡Se me olvidaba...! «¡Ponte a tu gusto!»...

CÉSAR (asombrado).—¿Qué dice usted...?

CHADD.—¡Es una frase esencial...!

CÉSAR.—¡Ah...! ¡Bueno...! (Torna a escribir.)

CHADD.—«¡Acuérdate de la criada!»... Y además: «Vuelve a verme»... Y póngame también los días de la semana y las horas....

CÉSAR.—¡Aguarde un momento...! (Silencio. Trabaja.) Tome usted...

CHADD.—¡Oh! ¡Ya está...! ¡Va a ser un exitazo...! ¡Me da lo mismo! ¡Cómo van a rabiar mis compañeras cuando me oigan hablar inglés...! ¿Va usted muchas veces al «Rey Dagoberto»?

CÉSAR.—¿Al establecimiento de baile? ¡No...!

CHADD.—Si quiere usted ir, le regalaré las entradas.

CÉSAR.—¡Es usted muy amable...! Pero no estoy libre por las noches.

CHADD.—¿Trabaja usted?

CÉSAR.—En efecto, trabajo para mí...

CHADD.—¿Tiene usted quizá una amiguita...! Le regalaré las entradas para ella.

CÉSAR.—¡Muchas gracias! ¡No tengo amiguita...!

CHADD (interesada).—¡Qué muchacho tan arreglado...!

CÉSAR (riendo).—Voy a parecerle algo ridículo... ¡No tengo amiguita porque no pensé nunca en ello...!

CHADD.—¡Apuesto a que es usted novio...!

CÉSAR.—¡Tampoco...!

CHADD.—¡Bah! ¡Aunque lo fuera usted, no había de confesármelo...!

CÉSAR.—¿Por qué...? Un novio no es ridículo. Lo ridículo es un marido, o un amante engañado...

CHADD.—¡Yo he conocido a muchos novios y nunca se atrevían a decírmelo...!

CÉSAR.—Le aseguro que carezco de medios para casarme o para tener una amiguita.

CHADD.—Entonces... ¿qué hace usted...?

CÉSAR (avergonzado).—Trabajo.

CHADD (insistiendo).—¡Bueno...! ¡El trabajo es muy bonito; pero hay momentos en que no reemplaza a una linda epidermis fresca, a unos labios, a... ¡Bueno! Va usted a ser la causa de que diga más de cuatro tonterías... Cuenta usted veintidós años... Sabe usted decir «te amo» en cinco idiomas. ¡Y no se lo dice usted a nadie...!

CÉSAR.—No tengo a nadie que me escuche.

CHADD.—¿Buscó usted...?

CÉSAR.—No he tenido tiempo... Además, yo no me contentaría con la primera que se presentara...

CHADD (burlona).—¿Tiene usted el gusto difícil?

CÉSAR.—Sé de sobra que no tengo derecho a ser así. Soy un jovenzuelo sin importancia. Como hermoso, dejo bastante que desear.

CHADD.—Verdad que no es usted bonito. Pero tampoco es usted feo. Es usted pasadero.

CÉSAR (ingenuo).—¿De veras...?

CHADD.—Hay hombres mucho más desagradables que usted y que causan grandes pasiones.

CÉSAR.—¡Tienen suerte...!

CHADD.—¡Vamos a ver...! ¡Usted me interesa...! ¡Es preciso que le encuentre una mujer...!

CÉSAR.—Nos alejamos un poco de la lección.

CHADD.—¡Bah! ¡La lección...! ¡Nos quedan todavía diez y nueve...!

CÉSAR.—En este momento yo soy el discípulo y no el profesor.

CHADD.—¡Nunca me he divertido tanto...! ¡Un mocoso que despabilar! ¡Si lo llego a saber, pago cuarenta lecciones...!

CÉSAR (molesto).—¡Usted dispense, señora...! Yo no he dado derecho a suponer...

CHADD.—¡Siéntese otra vez...! ¡Tengo todavía derecho a treinta minutos de su presencia...! Ya le miro...

CÉSAR (hablando en inglés).—«Table»... «Chair»... (Indica estos objetos.)

CHADD (preocupada).—¡Sí... sí...! ¡Déjelo para después...!

CÉSAR.—«What a fair foot»... (Indica el pie de Chadd.)

CHADD (furiosa).—¿Qué...?

CÉSAR.—Esto quiere decir en inglés: «¡Qué pie tan encantador...!»

CHADD.—¡No había caído...! ¡Tiene gracia esta lengua...! Todos los piropos parecen insultos... Yo había comprendido «¡Vete a hacer...!»

CÉSAR (confuso).—¡Jamás, señora, me hubiera permitido tal cosa...!

CHADD.—No me escriba usted esta frase... Y, además, dejemos ya el inglés... He reflexionado. El número que a usted le conviene es Juanita Pris, una rubia alta y lánguida, que baila conmigo en el «Rey Dagoberto».

CÉSAR.—Querría conocer más detalles.

CHADD (levantándose y yendo en busca de unas fotografías).—¡Aquí está...! Mírela vestida de incroyable, de rata de hotel y de Thais... ¿Verdad que está muy bien formada...?

CÉSAR (frío).—Si quiere que le dé mi opinión, me parece algo imbécil...

CHADD (riendo).—¡Y lo es...! Entre nosotras se le llama «la Crema». Sin embargo, no le gusta el dinero...

CÉSAR.—¡Y a mí tampoco...! Pero no me gusta la imbecilidad...

CHADD.—Yo creo que a ella no le gusta la inteligencia. Pasemos a otra cosa. (Sacando otra fotografía.) ¡Mire...! Es Julia Tubal... Esta no es imbécil... Aquí está completamente desnuda. Trabaja de modelo con los artistas.

CÉSAR.—¡En efecto, no parece mala...! Los senos son un poco grandes... las manos demasiado fuertes... y el rostro vulgar...

CHADD.—¡Tiene usted un golpe de vista...! Julia carece de educación y habla como una rabanera. ¡Se hartaría usted de ella en seguida...! (Tomando otra fotografía.) Esta es mi mejor amiga: Gladys Leal. Tiene un corazón de oro; unos ojos como no los hay de hermosos en la tierra; casi ningún pecho, y ¡unas pantorrillas tan espirituales...!

CÉSAR.—¡Es muy delgada...!

CHADD.—Tiene usted razón. Es delgada... bastante delgada... ¡Y, además, es muy exigente...! ¡Ya lo demostró con bastantes hombres...! Y, al tratarse de un jovencito como usted, en seguida iba usted a enfurruñarse...!

CÉSAR.—¿No tiene usted otra cosa...?

Un largo silencio; Chadd mira a César y éste mira a Chadd con aire de ruego admirativo. Chadd baja los ojos, suspira y luego se decide.

CHADD (tierna).—¡Sí! ¡Qué tonta soy...! ¡Aquí estoy yo...!

César se precipita sobre Chadd y le da una lección que la Casa Marvitz no había previsto. Pasada una hora, Chadd despierta:

—Oye, amor mío... ¡Para la próxima lección vendrás más tempranito!

Por la noche, en el Colbert's Bar, el joven barón Latripe charla con su parásito Gemblin, saboreando un cock-tail rosa.

LATRIPE.—Sí, amigo mío. He conquistado a la pequeña Chadd, y de balde.

GEMBLIN.—¡Tú bromeas...!

LATRIPE.—Se trata de un truco digno de mí... Me encontré a un bohemio al que había conocido en el barrio Latino, un tipo asombroso y sabihondo, que se había visto reducido a contratarse en la Casa Marvitz para vivir. Me refirió que iba a dar lecciones de inglés a la pequeña Chadd. Yo le solté doscientos francos por ocupar su puesto... Representé mi papel a la perfección... ¡Y Chadd se dejó coger en la trampa...! ¡Qué hora pasé, amigo mío...! Ella no la tuvo igual para nadie. ¡Y pensar que yo le había hecho ofrecer, por mediación de la tía Cognal, cincuenta luises...! ¡Y que Chadd los había rechazado...! Ahora me falta todavía dar a Chadd, ¡tan tierna y tan enamorada!, diez y nueve lecciones.

GEMBLIN.—Supongo que las aprovecharás todas...

LATRIPE.—¡Jamás...! No volverá a verme. He avisado a César. ¡Figúrate cómo lo van a recibir...! ¡Ya ves! Se trata de un individuo que no sale de la cervecería, calvo prematuro y bastante puerco... ¡Imagínate la escena...!

GEMBLIN (soñador).—¡Sí...! Sin embargo, para ser chic, deberías continuar desempeñando tu oficio...

LATRIPE.—Diez y nueve lecciones como la de hace poco...! ¡Quia! ¡No, amigo mío...! ¡Me dejaría allí los huesos...! ¡No volveré a las andadas...! Compréndeme: he logrado de esta criatura lo que jamás concedió a nadie. La he poseído por sorpresa. ¡Conformes! Si yo insistiera, no tendría delicadeza. Además, Chadd comprendería quizá mi treta, y esto lo echaría todo a perder.

Pasemos a otro orden de ejercicios...

VI

CURSO DE «BRIDGE»

El señor Ernesto Lucien sale de su alcoba y entra en su despacho. Como vive de una renta vitalicia de cincuenta mil francos, legados por un padre que ha reconocido así las bondades de la madre sin reconocer al hijo, el señor Ernesto Lucien no necesita trabajar en su despacho. Se acerca a los veinticuatro años y, aunque haya tenido muy pocos principios, siente la necesidad de aspirar a un fin. Es un mozo arreglado, muy elegante, y bastante agradable de aspecto; parece un joven diplomático, y, en efecto, es no sé qué cosa en el ministerio de Negocios extranjeros. Esto no le ocupa mucho tiempo. Apenas entrado en su despacho, comprueba que un servido de café de antiguo Rouen ha desaparecido. Se encoleriza y llama. Al cabo de algunos minutos aparece un ayuda de cámara, con tipo de viejo golfo, cano, delgado, calvo, con la nariz demasiado larga, con la boca desdentada y con pinta de borracho empedernido.

ERNESTO (severo).—¡Chupin...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?

CHUPIN (que se ha esforzado por quedarse junto a la puerta).—¿Qué estás diciendo...?

ERNESTO.—En primer lugar, te prohibo que me tutees...

CHUPIN (pronto a llorar).—... ¡Soy tu hermano de leche...! ¡Yo te eduqué... cuando murió tu pobre padre...!

ERNESTO (excitado).—¡Sí..., sí...! ¡Ya conozco tu historia...!

CHUPIN (vertiendo lágrimas).—El pobre hombre me dijo: «Chupin: eres hermano de leche de mi hijo. ¡No puedo reconocerlo...! ¡No tiene padre...! ¡Tú no lo abandonarás nunca...! ¡Júramelo...!» ¡Y se lo juré...!

ERNESTO (furioso).—¡Basta...! ¡Hace veinte años que te soporto...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?

CHUPIN (enjugándose las lágrimas con la manga).—¡No lo sé...!

ERNESTO.—¿Lo has roto...?

CHUPIN.—¡Se cayó él solo! (Cándido.) Anoche debiste venir borracho...

ERNESTO (en el colmo de la cólera).—¡Desdichado...! ¡Tú eres quien debió volver borracho esta mañana...!

CHUPIN.—¡Se necesita valor para decir tal cosa...! ¡Yo, que no bebo más que agua...! ¡Son calumnias que se propalan por ahí...!

ERNESTO.—¡Tú has roto mi antiguo Rouen...! ¡Borrachón! ¡Pellejo de vino! ¡Un servicio de café que había heredado de mi pobre padre...!

CHUPIN.—¡A mí también me heredaste de tu pobre padre...!

ERNESTO.—¡Un rico regalo que me hizo...! ¡Hala...! ¡Has colmado ya mi paciencia...! ¡Vete...!

CHUPIN.—¡Está bien...! ¡Volveré cuando estés de mejor humor...!

ERNESTO.—¡No...! ¡No volverás más...! ¡Te echo...!

CHUPIN (sonriendo).—¡Me parece que he oído mal...! ¿Me plantas en la calle...?

ERNESTO.—¡Sí...! Ve a recoger todo lo tuyo... Te ajustaré la cuenta en seguida y no te veré más.

CHUPIN (digno y vacilante).—¡Ernesto...! ¡Oye una cosa...!

ERNESTO.—¡No oigo nada...! ¡Déjame en paz...!

CHUPIN (furioso).—¡Está bien...! ¡Te pesará...! (Sale dando traspiés.)

ERNESTO (súbitamente tranquilo en cuanto se ve solo).—¡Uf...! Ya estoy libre de ese viejo borracho... ¡Mi hermano de leche...! ¡Y su madre me crió con biberón...! (Llaman a lo lejos.) ¡Ah! Es el señor Froment, mi profesor de bridge. (A la puerta.) ¡Entre, señor Froment...!

Aparece el señor Froment, un viejecillo seco como un esparto, con cabeza de gorrión disecado y con cabellos de un blanco amarillento sobre una calvicie excesiva. El profesor de bridge está afeitado; pero tiene chic natural, que revela al antiguo hombre de mundo caído en la miseria.

EL SEÑOR FROMENT (muy cortés).—¿Goza usted de buena salud, mi querido discípulo?

ERNESTO (yendo a buscar una mesita de juego y un necessaire de bridge).—¡Vamos marchando...! ¿Y usted, querido maestro?

EL SEÑOR FROMENT (sentándose).—¡Se lucha...! ¡Es tan dura la vida!

ERNESTO (colocándose al otro lado de la mesa).—Sin embargo, el oficio de usted es bastante agradable...

EL SEÑOR FROMENT.—¡Desde luego! Además, era el único para el cual podía servir yo... Y, después de todo, esto me recuerda el tiempo en que yo cartoneaba para satisfacción mía.

ERNESTO.—¿Ha sido usted jugador...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay! He perdido tres fortunas: he devorado en el Círculo, además de mis bienes, la herencia de dos tíos...

ERNESTO.—¡Caramba...! ¡No está mal...! ¿Y de qué Círculo era usted?

EL SEÑOR FROMENT (sencillo).—¡Del Jockey!

ERNESTO (asombrado).—¿Eh? ¡De manera que usted, señor Froment, era del Jockey...?

EL SEÑOR FROMENT (vacilante).—¡Es que... Froment no es mi nombre patronímico...!

ERNESTO.—¿Qué me cuenta usted...?

EL SEÑOR FROMENT (solemne).—¡Yo me llamo Melchor de Honnemoy de Esketua, último duque de este nombre...!

ERNESTO (estupefacto).—¿Usted era duque...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Y lo sigo siendo! Los de Esketua son los representantes más antiguos de la magnífica nobleza vasca, que se cubrió de gloria al lado de los bearneses, a los que, por otra parte, detestaba. Sin embargo, comprenderá usted que para dar lecciones de bridge y de poker tuve que mandar a paseo el ducado.

ERNESTO.—¿De manera que usted se arruinó en el juego?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ay, mi querido discípulo...! ¡Las mujeres ayudaron al azar...! Puedo decirlo con orgullo: jamás di un beso sin haberlo pagado antes. Sin embargo, el amor me resultó menos costoso que el juego. Un jugador no es sensual ni enamoradizo. Dejaría a la mujer más amada por una partida de baccarat. Conocí a las criaturas más hermosas de mi tiempo y no me dejaron ningún recuerdo tierno o cruel. Por el contrario, repaso todavía en mi debilitada memoria los gloriosos episodios de las partidas en que me arruiné, y encuentro en ello un deleite que no acertaría a expresarle... En mil novecientos uno, al principio del bridge, jugamos en el Jockey la célebre partida que hizo época: mil francos por punto. Tenía por compañeros al vizconde Goutte, al marqués Fridolin y a Toumeh-Bajá. Este heroico combate duró tres días con tres noches, durante los cuales nos sostuvimos con sandwiches y con champaña. Yo me hubiera sostenido cuatro días; el vizconde Goutte fué el primero en caer rendido por el sueño. El y yo perdíamos cerca de un millón. Creo que es la partida más fuerte que se ha jugado al bridge; todavía no teníamos la aucción ni el pirata. Comprenderá usted que yo había quemado mis naves; liquidé mi cuadra de carreras.

ERNESTO.—¡Ah! ¿Luego usted era propietario...?

EL SEÑOR FROMENT.—¡Sí! Y, cosa curiosa, ganaba en las carreras. Sin embargo, me empeñaba en forzar la suerte con los naipes... ¡Pretendía violentarla...! ¡Mal medio...! Caí, poco a poco, en el subsuelo de la necesidad, en lo más hondo de la pobreza. Había vendido granjas y castillos, villas, palacios, mis cuadros, mi despacho de grabados, mis Tanagras del siglo XVIII—la mejor época para las Tanagras falsas—y mis medallas; toda la paciente herencia de mis antepasados, que eran peritísimos y que tenían almas de chamarileros, desapareció en algunos meses. Encontréme en mitad del arroyo, sin un céntimo. Tenía cincuenta y cuatro años; solamente me quedaba ya por vender mi nombre.

ERNESTO.—¡Y usted era demasiado altivo para consentir semejante cosa...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No!... En el extremo en que me encontraba, ya no se tiene altivez. Lo que pasaba era que yo tenía una reputación de jugador empedernido. Las damas, que me hubieran comprado mi título en otras circunstancias, apartábanse horrorizadas del jugador perdidoso e impenitente que yo era. Ofrecíanseme pensiones vitalicias a condición de que, una vez efectuado el matrimonio, me fuera a enterrar en provincias. ¡Esto equivalía a morir sin gloria...! Perdí muy buenas ocasiones, y no lo deploro. No tengo nada; pero sigo siendo dueño de mí mismo. Y manejo los naipes como antaño; pero ganando con ello, en vez de perder. (Tornando a su lección.) Dispénseme, mi querido discípulo, esta digresión; olvídese de mi cháchara y trabajemos. Quedamos la última vez en el «sintriunfos». Es una declaración que se impone en dos casos: cuando se tiene mucho juego o cuando no se tiene ninguno.

ERNESTO (parándose).—¡No me entero ya del juego, señor duque...! Estoy pensando en otra cosa... Lo que usted me ha referido me ha causado una gran turbación...

EL SEÑOR FROMENT.—¡Sin embargo, caballero, mi biografía no puede ser más banal...!

ERNESTO.—Usted me ha hecho sus confidencias. ¡Váyase una cortesía por otra...! Yo también voy a franquearme con usted. Hoy no jugaremos más. Me dirijo al hombre de mundo.

EL SEÑOR FROMENT (recogiendo los naipes).—Le escucho.

ERNESTO.—Caballero: si yo quiero aprender el bridge no es por afición a los naipes. Los aborrezco. Pero he observado que un joven de mi edad, dotado de cierta ambición, debe saber el bridge, si quiere hacer buen papel en el mundo. Las gentes más dispares guardan tesoros de amabilidad para un buen «cuarto en el bridge». De esta manera conocí al señor Leplu-Raboin.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Al gran almacenista de hierros?

ERNESTO.—¡Al mismo! Me lo encontré en Vichy. Nos hospedábamos en el mismo hotel. El estaba allí con su hija, la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Una muchacha encantadora!

ERNESTO.—¡No! Es bonita y fea al mismo tiempo. ¡Eso es...! Me gusta por esto. El señor Leplu no me había prestado ninguna atención hasta la noche en que se encontró a dos amigos. Estos caballeros pensaron establecer un bridge diario. ¡Les hacía falta un cuarto compañero...! Entonces el señor Leplu se mostró muy amable y me dirigió la palabra; al cabo de cinco minutos ya éramos amigos; me preguntó: «¿Sabe usted jugar al bridge?» Contesté afirmativamente. Nos sentamos a la mesa. Cometí falta tras falta y perdí cinco luises. ¡Espérese...! Al día siguiente jugué también. Cometí falta tras falta; pero gané doscientos francos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Dios protege la inocencia...!

ERNESTO.—¡Me da lo mismo! Yo había podido trabar conocimiento con la señorita Lysiane; durante el día permanecía al lado de la hija y pagaba este gusto acompañando al padre en el juego por la noche. Yo jugaba siempre muy mal; lo cual le disgustaba cuando era mi compañero y le colmaba de alegría cuando era mi adversario. A pesar de todo, sin duda mirando por la belleza del deporte, me dió la dirección de usted y me aconsejó que tomara lecciones.

EL SEÑOR FROMENT.—¡El señor Leplu ha sido discípulo mío...!

ERNESTO.—¡Se ve a cien leguas! Me ganó cinco mil francos durante el veraneo. Pero yo le había ganado la hija. En cuanto él estuvo aquí de vuelta, fuí a pedirle la mano de la señorita Lysiane.

EL SEÑOR FROMENT.—¿Y se la concedería...?

ERNESTO.—Al principio mostróse encantado: su hija lo había presentido; tengo una fortuna muy saneada; no soy tonto, ni muy villano; no tengo pasiones; no bebo, y he procurado cuidadosamente evitar los amoríos duraderos.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Vaya! ¡El yerno soñado...! ¡Si yo tuviera una hija, se la concedería...!

ERNESTO.—¡Es usted muy amable!... Tocaba ya al logro de mis deseos, cuando el señor Leplu quiso enterarse de mi situación social. Yo tuve que confesarle que era hijo natural, no reconocido.

EL SEÑOR FROMENT.—¡Ah..., ah...!

ERNESTO.—¡Usted también dice «¡Ah..., ah...!» Lysiane estaba al corriente de este detalle y me había manifestado que carecía de importancia. Mi futuro suegro no tenía la manga tan ancha; cuando ayer tuve que confesarle la irregularidad de mi nacimiento, se contristó. «¡Qué gran contrariedad, amigo mío...! Nosotros pertenecemos a una familia burguesa último refugio de los más arcaicos principios. Aunque hubiera sido usted el hijo de un Durand o de un Dupont cualquiera, le habríamos aceptado. Pero no puedo dar mi hija única al hijo no reconocido de un desconocido. Lo lamento, porque me agradaba usted. ¡Caramba...! ¿No podría usted dar por ahí con un padre legítimo? No debe ser difícil de encontrar, si se busca bien.» En esto estaba esta mañana, planeando múltiples combinaciones, cuando vino usted y me refirió su historia.

EL SEÑOR FROMENT.—¡No veo la relación...!

ERNESTO.—¡Sí...! ¡Va usted a verla...! Usted, señor duque, no tiene un céntimo; usted vive vegetando. ¡Yo me brindo a salvarle, por lo menos provisionalmente...! ¡Su nombre es soberbio...! ¡Véndamelo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡Usted tiene ganas de broma!

ERNESTO.—¿Por qué...? ¡Si yo no tengo padre, usted está sin hijo! No le propongo un negocio deshonroso; le pido solamente que me reconozca como hijo suyo. Y yo le ofrezco cien mil francos en dinero contante y sonante, además de una renta vitalicia de seis mil francos. ¡Piénselo...!

EL SEÑOR FROMENT.—¡No! ¡No quiero pensarlo...!

ERNESTO.—¿No quiere usted...?

EL SEÑOR FROMENT.—Lo acepto. Entierro al pobre viejo Froment, que da lecciones de bridge para vivir, y torno a ser el hidalgo de siempre. (Se yergue y adquiere en seguida una dignidad inesperada.) ¿Qué debo hacer, querido hijo...?

ERNESTO.—Vuelva en seguida, a las dos... Iremos juntos a casa de mi notario para redactar nuestros acuerdos. Luego nos trasladaremos a la alcaldía del décimo distrito, donde me reconocerá usted. Por la noche, en fin, le presentaré a la familia de mi novia...

Mientras habla, Ernesto acompaña al señor Froment hasta la puerta, donde se despide de él. En este momento, Chupin irrumpe en el despacho, aun más borracho que antes.

ERNESTO (furioso).—¿Todavía estás aquí, borrachón...? ¿No te había plantado en la calle...?

CHUPIN.—¡Es posible! ¡Pero vuelvo...! Y, además, mira cómo me tratas... ¡Ya no soy tu ayuda de cámara...!

ERNESTO.—Entonces, ¿qué eres...?

CHUPIN.—¡Soy tu padre...!

ERNESTO (viendo las estrellas).—¿Qué...?

CHUPIN.—¡Sí...! Cuando me fuí de aquí, cogí a dos compañeros míos, el tabernero de la esquina y un chauffeur de taxi, y los tres nos hemos ido a reconocerte a la alcaldía del décimo distrito. ¡Aquí tienes la copia de tu partida de nacimiento...! ¡Está en regla...! ¡Ahora debes respetarme...!

ERNESTO (aplanado).—¡Canallas...!

VII

CURSO DE BELLEZA

La señora Lenclos posee un Instituto de Belleza en una tiendecita muy blanca situada en un entresuelo de la calle de Galileo. Un amplio escaparate y una puerta exigua. En el escaparate, unos bustos de damas, hechos en cera, ofrecen un espectáculo horripilante; porque las damas están divididas en dos partes; la parte de la derecha muestra la vejez con todo su horror: arrugas, bolsas bajo los párpados, pellejos flotantes en la barbilla, tendones en el cuello, amarillez de la epidermis, cabellos blancos y pelos en la nariz y en las orejas. ¡Es la mujer antes del tratamiento de la Lenclos...! La parte izquierda es fresca, juvenil y apetitosa... ¡Nada de bolsas, sino cabellos de un rubio veneciano...! ¡Labios arqueados...! ¡Mejillas carnosas...! Sin embargo, estas cabezas causan la impresión de pertenecer a las malas pagadoras, que no saldaron el precio convenido de antemano y a las que dejaron a la mitad de su rejuvenecimiento. La anaquelería se compone de una profusión de tarritos, de frasquitos, de útiles y objetos extraños, de caretas de caucho, de brochas, de instrumentos de masaje, de vibradores eléctricos, de espátulas, etc., etc. La tienda está dividida en seis departamentos. Una dama de aspecto muy juvenil está en el mostrador y comprueba las sumas de su libro Mayor.

Entra un joven de unos veintidós años, vestido con esa elegancia, un poco oropelesca, de los cómicos que hacen el papel de Perdican en el Conservatorio. Dirígese rectamente al mostrador. Es el señor Beauvallon, primer premio de Comedia.

BEAUVALLON.—¡Buenos días, La Choute!

LA CHOUTE (alzando los ojos).—¿Eres tú, Beauvallon...? ¿Qué te trae por aquí...?

BEAUVALLON (estrechándole la mano).—Te vi esta mañana en el «Metro», y me dije: «¡Atiza! ¿Qué busca La Choute por estos sitios?» Te seguí a lo lejos y te vi entrar en esta tienda. Como tenía prisa, no me acerqué a ti... Cumplí ya con mi obligación—unas lecciones en este barrio—, y al regreso he entrado para darte los buenos días.

LA CHOUTE (disgustada).—¡Eres muy atento...! Pero, ya que me has visto, vete...

BEAUVALLON.—¡Qué desabrida eres...! ¡Así recibes a tu antiguo compañero, a tu interlocutor en «La Caja Fauré»...!

LA CHOUTE.—¡No tengo tiempo de charlar, amigo mío...! ¡Vuelve más tarde, a las seis, cuando esté cerrada la tienda...!

BEAUVALLON.—¡Jamás...! Primeramente, cualquiera sabe dónde estaré yo a las seis...! Tú, La Choute, no te portaste bien... Cuando abandonaste el Conservatorio, en el pasado año, no nos dijiste tu dirección. Te busqué por todas partes, ¿lo sabes...?

LA CHOUTE (divertida).—¿Es posible...?

BEAUVALLON.—¡De veras! Sentía alguna ternura por ti. Habíamos dormido juntos, y esto siempre crea ciertos lazos...

LA CHOUTE.—¡Oh! ¡Lo que es tú...! ¡Duermes con todo el mundo...!

BEAUVALLON.—¡Es verdad...! Pero a ti estuve a punto de amarte...! ¡Nada de guasa...! ¡Cuando desapareciste sentí algo parecido a un disgusto...! En primer lugar, tú eras más linda y más joven que las otras... Tenías solamente veintitrés años...

LA CHOUTE.—¡Veintidós...!

BEAUVALLON.—Poseías los cabellos rubios más hermosos del mundo...

LA CHOUTE.—Y los sigo poseyendo...

Ella le tiende la cabeza, coronada por una soberbia cabellera de un rubio ceniciento.

BEAUVALLON.—¿Y tus dientes...?

LA CHOUTE (sonriendo).—¡Completos...! ¡Puedes comprobarlo...!

BEAUVALLON.—¡Ah, picarona...! ¡Estás todavía más bonita que el invierno pasado...! ¡Y con tu físico, con tu inteligencia y con tu hermosura tuviste valor para abandonar el teatro...!

LA CHOUTE.—¡Sí...! ¡Lo tuve...! ¿Qué quieres...? ¡Comprendía claramente que en él no llegaría a ser nada...! No me gustaba el oficio, ni los compañeros; no se puede tomar mas que dos partidos: trabajar o prostituirse. A mí no me gusta trabajar y soy demasiado burguesa para dedicarme a cortesana. ¡Por eso me he lanzado al comercio...!

BEAUVALLON.—¡Y has entrado en casa de la Ninon de Lenclos...!

LA CHOUTE.—¡Mejor todavía...! ¡La señora de Lenclos soy yo...!

BEAUVALLON (estupefacto).—¡Qué! ¡Tú bromeas...!

LA CHOUTE.—¡Cuando yo te lo digo...! ¡Pero procura callártelo, porque me arruinarías...!

BEAUVALLON.—¡Vaya una historia...!

LA CHOUTE.—¡Es un cuento de hadas, amigo mío! Aquí, donde tú me ves, estoy en camino de hacer fortuna, por haberme encontrado hace seis meses a un viejo y canallesco nigromante, a un tipo astuto, a un hombre extraordinario... ¡al profesor Bálsamo...!

BEAUVALLON.—¡Calla...! ¡Yo conozco ese nombre...!

LA CHOUTE.—¡No es profesor, y su verdadero nombre es el de Bouzigue...! ¡No puedes imaginarte un viejo macaco semejante...! Si me dijeran que había estado preso, no me asombraría. ¡Ha hecho de todo...! Pues verás: volvía yo de Saint-Germain, adonde había ido para ver a mi tía Josette; subo a un coche del ferrocarril, donde se encontraba ya un señor anciano, bien portado, que tira su cigarro en cuanto me sintió. Esto me adula—¿lo comprendes?—y le digo: «¡Oh, caballero...! Puede usted fumar... ¡No me molesta...!» Iníciase la conversación. Al cabo de cinco minutos le había referido mi vida.

BEAUVALLON.—¡Es una justicia que hay que hacerte...! ¡Tú cuentas tu historia a todo el mundo...!

LA CHOUTE.—Escuchóme él con interés, y después me dijo: «¡Está usted perdiendo el tiempo, hija mía! Lo más que logrará usted será un primer accésit en el Conservatorio. ¿Y a qué le conducirá esto...? A representar el papel de Blanquita en provincias. Hará usted también el de Margarita de Borgoña en Provenza y el de Mireya en el Languedoc. Ganará usted veinte luises por mes y los favores soberanos de los consejeros municipales, propuestos en Bellas Artes. Yo no le pido que sea mi querida. Le ofrezco dos mil francos mensuales, y hacemos un contrato por cinco años. Trátase de un oficio fácil, honrado y horro de fatiga. Siete horas de presencia por día y mucha consideración. Usted se limitará a explotar la estupidez de las mujeres, hermanas suyas...» ¡Y me explicó su plan! ¡Era maravilloso...! Tratábase de fundar un Instituto de Belleza, una tienda, en la que se vendería un montón de productos a base de nada, destinados a revocar las juventudes aniquiladas. Acepté el trato; en ocho días, el viejo alquiló una tienda—ésta—, instaló el almacén y principió una propaganda de todos los diablos. Habrás visto en todos los periódicos unos carteles enormes anunciando que Ninon de Lenclos rejuvenecía a todas las viejas. Todo esto costó cerca de cien mil francos, hoy reembolsados ya. ¡Ay, mi pobre Beauvallon...! Nosotros, comiquillos, que nos pintamos por la noche para complacer al cochino público, no somos mas que unos niños comparados con las damas del gran mundo, que se rehacen una belleza y una juventud en beneficio de sus galanes. No tienes una idea del número de criaturas que pasan diariamente por aquí, y a las que vendo, por diez francos, unos tarros de pomada que a nosotros nos cuestan cincuenta céntimos, comprendido el envase. ¡El temor de envejecer...! ¡Esto es terrible para las mujeres que no saben hacerse viejas...! ¡Bah...! ¡No hay sacerdote que haya oído las confesiones que yo escucho a diario en uno de estos compartimientos! Todas lanzan este grito de angustia: «¡Prolóngueme..., devuélvame mi rostro de hace diez años...! ¡Ayúdeme a ser amada...! Mi corazón ha permanecido joven; pero mi cuerpo se aniquila. ¡Dicen que posee usted secretos maravillosos...! ¡Véndamelos...! ¡Pagaré todo lo que sea preciso...» Y yo vendo esperanzas e ilusiones en frascos, en cajitas y en barras. ¡Se lo llevan como pan bendito...!

BEAUVALLON.—¿Y obtienes buenos resultados...?

LA CHOUTE.—¡Desde luego...! Durante algunos días borro las arrugas, revoco las fachadas y fabrico juventudes. Después, la edad recobra sus derechos; la cliente vuelve. ¡Qué demonio! Yo no puedo luchar mucho contra el tiempo. Llega siempre un momento en que las viejas son viejas. Cuanto más se esfuerzan ellas por rejuvenecerse, más envejecen. ¡Si supieras, Beauvallon, las miserias de que soy confidente...! Hay mujeres cuyo cuerpo permanece joven y apetitoso, y de las que solamente se ve el rostro, que ya está feo. He aquí la injusticia de la suerte: el cuerpo y el semblante no se ponen de acuerdo para agostarse. El uno precede siempre al otro en la decrepitud. ¡Te aseguro que mi oficio no tiene nada de alegre...! Desde hace poco comprendo que en el mundo no hay mas que un solo bien: la juventud. ¡Tengo solamente veintitrés años, y ya me asusta el año próximo!

BEAUVALLON.—¡Qué ganas de bromear! ¡Con tu hermosura tan fresca...!

LA CHOUTE.—Tienes razón, y, sin embargo, es algo más fuerte que mi voluntad... Temo ser menos linda que ayer... ¡No amo a nadie...! ¡Hasta lamento haber amado a tontitos como tú...! ¡Era cansarse...! ¡Me mustiaba! ¡Ay! Ahora soy más prudente... Me administro y me cuido mejor... Cuando sea rica, dentro de diez o de quince años, me retiraré. Compraré un hermoso castillo en Turena y haré quitar de él todos los espejos.

BEAUVALLON (tierno).—De todas formas, tendrás los ojos de tu amante para mirarte en ellos.

LA CHOUTE.—¡Quita de ahí...! De hoy en adelante no tendré ya enamorado. Temeré deducir de su actitud los progresos de mi decadencia. El viejo hechicero ha envenenado mi dicha; sin embargo, me ha inspirado la desconfianza contra las drogas, los ungüentos, los perfumes y los polvos: contra todo lo que vendo a mis infortunadas clientes.

BEAUVALLON.—Sin embargo, en tu profesión debe de haber algunos minutos divertidos.

LA CHOUTE.—Son raros, ¿comprendes...? A cada consulta solicitada va unido un secreto doloroso, la confesión de una pasión. Por lo general, las mujeres no quieren ser bellas para ellas solas. Casi todas procuran embaucar a un amante más joven que ellas o a un viejo que no ama mas que a las jóvenes. ¡Si oyeras lo que se dice en estos compartimientos!

BEAUVALLON.—¡No deseo otra cosa...!

LA CHOUTE.—¡No puedo violar el secreto profesional...!

BEAUVALLON.—¿Ni siquiera para mí...?

LA CHOUTE.—Ni siquiera para ti. Y, además, ¿no tienes nada urgente que hacer...? ¡Te conozco...! ¡Deben esperarte...!

BEAUVALLON.—¡Que me esperen...! ¡Te lo ruego, La Choute...! ¡Permíteme asistir a una de tus consultas...!

LA CHOUTE (decidiéndose).—Te juro, guapo destrozador de corazones, que será una bonita lección de cosas, de la que saldrás disgustado. En fin, puesto que lo deseas, no puedo negártelo. En este preciso instante llega una cliente. ¡Escóndete en el compartimiento número uno, y, sobre todo, no te muevas...!

Introduce a Beauvallon en uno de los exiguos compartimientos, y corre las cortinillas de entrada. Aparece una dama muy elegante y bastante linda, con un rostro armónico, un poco cansado; es de las que adelgazan con la edad.

LA DAMA.—¿La señora Ninon de Lenclos...?

LA CHOUTE.—¡Yo soy, señora...!

LA DAMA (asombrada).—¡Pero... usted parece muy joven, señora...!

LA CHOUTE (grave).—¿Qué edad cree usted que tengo?

LA DAMA.—¡Bah! ¡Lo más, veinticinco años...!

LA CHOUTE.—¡Muchas gracias...! ¡Tengo cincuenta y cinco!

LA DAMA (estupefacta).—¡Imposible...!

LA CHOUTE (sacando un papel de un cajón).—¡Aquí está mi partida de nacimiento...! Enriqueta Brezaillon, nacida en mil ochocientos sesenta y cuatro.

LA DAMA.—¡Pues se conserva usted admirablemente!

LA CHOUTE.—La mujer que no quiere envejecer, no envejece. Aquí donde usted me ve, tengo una hija de treinta y dos años y un hijo capitán. ¡Mire sus retratos...! (Abre un medallón.) Sin embargo, tengo un vientre aplastado y liso como el de una joven. ¡Si usted lo desea, se lo enseñaré...!

LA DAMA.—¡Es sorprendente...! Dadas estas condiciones, no vacilo en confiarme a los cuidados de una persona tan experta. ¿Y sus cabellos...? ¡Son soberbios...!

LA CHOUTE.—¡Gracias a un tratamiento especial! Estaba amenazada de calvicie completa; un médico—el nuestro—me ha reimplantado, uno a uno, veinticinco mil cabellos.

LA DAMA.—¿Y... los dientes...?

LA CHOUTE.—¡Ni uno es mío...! Es una maravilla de la prótesis. Haga el favor de pasar a este gabinete. Charlaremos. (Introduce a la dama en uno de los compartimientos y corre las cortinillas.) Ahora, ¿qué desea usted de mí...?

LA DAMA (quitándose el velo).—En primer lugar, he aquí mi rostro...

LA CHOUTE (admirativa).—¡Qué hermosa ha debido usted de ser, señora...!

LA DAMA (amargamente).—¡Sí! Fuí muy bella, y entonces me daba lo mismo. ¡No conocía mi riqueza...! Ser bella para su marido es como si una no lo fuera... Cierto que yo me enorgullecía con mi línea y con mi rostro; durante mucho tiempo gusté la envidia de las mujeres. Este placer harta pronto. Pasaron los años y me engañó mi marido. Esto me puso en guardia; pero, en fin de cuentas, no me importaba tres cominos. Hace algunos meses me aficioné de nuevo a la coquetería; amábame uno, y yo también le amaba. Entonces fué cuando descubrí la verdad: no era ya tan bella. Evidentemente, con los trampantojos ordinarios de la toaleta todavía causaba cierto efecto a la luz artificial. De regreso en mi casa, hallábame cara a cara con la verdad. Esto es, por otra parte, lo que me ha impedido hasta ahora engañar a mi marido, porque en amor hay que pagar al contado. ¿Qué pensaría el que me adora si me viera tal como soy...? ¡Huiría de mí, después de una hora de embriaguez, y no le vería más...! ¡Me causa horror pensarlo...! ¡Deme usted un año de juventud...! Mire... ¡Deme usted solamente seis meses...! ¡Tenga yo durante seis meses el rostro y el cuerpo que tuve antiguamente...! ¿Y después, Dios mío...? ¡Después... me resignaré...!

LA CHOUTE.—¡No, señora! No se resignará usted. ¡Y hará bien...! Yo no le concederé un año de juventud, sino diez... ¡Pero le advierto que esto resulta caro...!

LA DAMA.—¡No reparo en dinero!

LA CHOUTE.—Y sepa que ciertos métodos son bastante dolorosos...

LA DAMA.—¡Ah!

LA CHOUTE.—Mire... Para poner tersa la piel, tenemos el tratamiento del doctor Sabio. Consiste en una aplicación de líquido corrosivo, a base de iodo, que consume los tejidos superficiales hasta dejar al descubierto la primitiva piel. Son tres semanas de torturas; pero en seguida encuéntrase usted con una piel de jovencita.

LA DAMA.—¡Está bien! ¡Conformes...! ¿Y para el rostro...?

LA CHOUTE.—¡Déjeme que la mire...! ¡Ah, sí...! Tenemos tres tratamientos. Primeramente, el masaje; éste es bueno, pero no resulta eficaz mas que para un día. Al menor cansancio, las arrugas reaparecen al instante. Tenemos después la pasta de los Nabis; ésta se la aplica usted por la noche con la careta especial. Es una pasta a base de plantas astringentes, que estiran y ponen tersa la piel. Pero hay que aplicársela todos los días. Tenemos, por último, las inyecciones de parafina, que hinchan el rostro; es bastante doloroso: debe usted permanecer durante un mes en un lugar apartado, mientras es absorbida la parafina.

LA DAMA.—¡Pero lo que usted me propone son suplicios chinos...!

LA CHOUTE.—Para estar hermosa hay que sufrir. Además, todo lo que le ofrezco no tiene sino una eficacia pasajera. ¡Sólo hay un tratamiento duradero...! ¡Y éste es... el tratamiento quirúrgico...!

LA DAMA (espantada).—¿Qué...? ¿Quiere usted que recurra al cirujano...?

LA CHOUTE.—¡Es preciso...! Para las arrugas de la frente, el cirujano le hará a usted ahí, bajo los cabellos, a derecha e izquierda, dos incisiones, cortará dos pedazos de piel y coserá; para las arrugas del cuello, le hará otras incisiones detrás de las orejas.

LA DAMA (aterrorizada).—¡Calle..., calle...!

LA CHOUTE.—¿Quiere usted ser amada, señora...? ¡Entonces, sométase a lo inevitable...! ¡De lo contrario, déjese dominar por la vejez...!

LA DAMA.—¡No..., no...! ¡No me abandone usted, señora...! Lo que me inquieta no es solamente el rostro, sino el cuerpo. Quise adelgazar, y mi pecho, demasiado voluminoso, se convirtió...

El resto de la confesión se pierde en el oído complaciente de La Choute; la dama, orgullosa, se muestra desde los pies a la cabeza. No es solamente el pecho el que se le cae. Es el vientre en forma de persiana, son los muslos descarnados, las manos que se manchan de herrumbre y los pies que se deforman. La Choute toma notas, y, cuando ha concluído, manifiesta que todo esto puede repararse.

LA DAMA (despidiéndose, llena de esperanza).—Me enviará usted discretamente todos sus productos, ¿verdad...?

LA CHOUTE.—¡Descuide usted...! ¡Se los llevaré yo misma y le indicaré la manera de usarlos...! La acompañaré también a casa del doctor Bálsamo, nuestro cirujano. ¡Y no tema usted nada...! ¡Fuera de mí, nadie conocerá su secreto...!

La dama torna a ponerse su tupido velo, y se marcha.

LA CHOUTE (soltando a Beauvallon).—¿Qué, amigo mío...? ¿Oíste...?

BEAUVALLON (pálido).—¡Todo...! ¡Es horrible...!

LA CHOUTE (riendo).—¡Bah...! ¿Y a ti qué te importa...?

BEAUVALLON.—¡Desgraciada...! ¡El enamorado de esa dama, el enamorado para quien ella quiere rejuvenecer... soy yo...!

LA CHOUTE.—¡Imposible...!

BEAUVALLON.—¡Y yo estaba loco por esa mujer...! ¡Después de lo que sé, no la veré más...!

LA CHOUTE.—¡Quia, amigo mío...! ¡Déjate de historias...! ¡No vas a quitarme una cliente de treinta mil francos...!

VIII

CURSO DE COCINA

El joven Lionel Musot vive en un piso bajo del número 152 de la calle de Copenhague. Es uno de esos reducidos departamentos llamados «cuartos de soltero» porque en ellos no se recibe más que a muchachas. Este joven, descolorido, imberbe y peinado untuosamente, posee la gentileza usual en cualquier otro de su especie; es deplorablemente rubio y delgado; sus ojos, de un azul de porcelana, tienen una expresión desabrida, que equivale a falta de expresión. Muéstrase muy agitado; va desde la alcoba al salón, desde el salón a la cocina, donde todo está preparado para el te, y desde la cocina al recibimiento. Está soberbiamente vestido con un pijama de seda azul, que pondría en peligro las mejores digestiones. Habla consigo mismo, como suele hacerse en las obras del antiguo repertorio.

LIONEL (furioso, en la cocina).—¡El agua hierve...! ¿Haré el te...? Pero si lo hago antes de tiempo resultará muy fuerte y me veré precisado a bebérmelo, en el caso de que ella no viniera... ¡Aborrezco el te fuerte...! Me queda el recurso de no beberlo y de tirarlo sobre la piedra del fregadero. Sí; pero tendré que comerme las pastas. ¡O regalárselas a la portera, a la que odio...! (Dirigiéndose a un público imaginario.) ¡Señoras y caballeros...! Hace dos meses que dedico a una mujer casada de la alta sociedad, a la señora Line Bisou, un culto apasionado; supe ser tan tierno, tan respetuoso y, al mismo tiempo, tan atrevido, que esta Line cedió a mis súplicas, subrayadas con gestos decisivos. ¡Hace un mes que se me entregó en este pisito bajo...! Line no tuvo motivos para quedar descontenta del ensayo, porque me otorgó una cita en este modesto palacio para la semana siguiente. Line no acudió, señoras y caballeros; en honor suyo había perdido una clase de Trigonometría. (Cantando.) «¡No! ¡Esto no es un sacrificio...!», como dicen en el Alcestes, de Gluck. No es un sacrificio, porque sé que en el examen de fin de año me calabacearán y, por tanto, juzgo inútil estropearme las meninges estudiando Trigonometría, en la que no sobresaldré nunca. A la semana siguiente, Line me juró con todas las veras de su alma que sería puntual a la nueva cita. Perdí una clase más; compré pastas; hice un te mediano, ¡lo confieso!, y ella no vino... Tampoco vino a la otra semana. Estamos en el cuarto lunes, y ya verán ustedes cómo brillará siempre por su ausencia. Hace un momento llamaron a la puerta de entrada; corrí, con el corazón trémulo de alegría, y estuve a punto de abrazar al hombre que venía para ver el contador del gas... Dentro de una hora volverán a llamar y recibiré a un chico de telégrafos, que me entregará un despacho, siempre igual: «Imposible acudir tan pronto. Descorazonada. Ven a comer el jueves. Ternezas. Line.» (Campanillazo.) ¡Ah! Llaman a la verja del parque... Probablemente es el chico de telégrafos, que avisa desde fuera...

Se decide por fin a abrir; una dama, con un velo muy tupido, penetra vivamente en el recibimiento.

LINE (porque es ella).—¡Hay que ver, amor mío...! ¡Cuánto tardas en abrir...!

LIONEL (avergonzado).—¡Creí que era el chico de telégrafos...! (Estrechándola contra sus brazos.) ¡Ay, amada mía...! ¡Ay, amada mía...!

LINE.—¡Espera...! ¡En primer lugar, me ahogas...! ¡Y, además, me metes el velo en la boca...! ¡Deja que me quite el sombrero...!

LIONEL.—¡Alivia..., alivia...!

LINE.—¿Lo sabes...? No me quito mas que esto... ¡Tengo mucha prisa...! ¡No puedo dedicarte mas que media hora...!

LIONEL.—¡Eso se dice...!

LINE.—¿Cómo «eso se dice»...? No sueltes tonterías, querido mío. Tengo que estar de regreso en mi casa a las siete y media, y son las cinco. ¡Y debo pasar por casa de mi cuñada para preparar la coartada...!

LIONEL (furioso).—¡Quisiera que tu cuñada estuviera casada con un mono y maldigo su posteridad hasta la sexta generación!

LINE (que se ha quitado el sombrero y la capa).—Mi cuñada no tiene hijos. Dime... ¿Qué te parece mi vestido...?

LIONEL.—¡Es muy bonito...! ¡Y me parecerá todavía más bonito cuando te lo hayas quitado...! (Se lanza sobre el corpiño y lo desabrocha.)

LINE.—¡No...! ¡No...! ¡Nada de tonterías...! Se abrocha por detrás, y luego cuesta mucho tiempo ponérselo otra vez... (Lionel no escucha nada y le quita el corpiño como quien despelleja una anguila.) ¡Oh...! ¡Qué bobo eres...! ¡Ahora tengo que quitarme el vestido...! ¡Aguarda un momentito...! ¡Dame primero el te...!

LIONEL.—¿Tienes mucho interés en tomarlo...?

LINE.—No puedo pasarme sin el te. ¡Ni siquiera durante la guerra carecí nunca de te!

LIONEL (desapareciendo en la cocina).—¡Eres una mujer muy metódica!

LINE (dirigiéndose a los bastidores).—Hazlo bien, ¿eh...? Una cucharada para la tetera y una cucharada para cada persona.

LIONEL (en lo hondo de la cocina).—¡Ya lo sé...! ¡Atiza...! ¡Se ha salido el agua y se ha apagado el gas...!

LINE.—¡Alivia...! ¡Me muero de sed...!

LIONEL.—¡Ya está...! (Reapareciendo con una bandeja.) ¡La señora está servida...!

LINE (sentándose).—¡Dios mío! ¡Cómo me divierte tomar el te así... desnuda...! ¡Son las alegrías del adulterio...! ¡Un terrón de azúcar nada más...! ¡A ver las pastas...! ¡Ah! ¡Hay golosinas de las que a mí me gustan...! ¡Y tartas alsacianas...! ¡Eres una delicia...! No me despeines...!

LIONEL.—¡Bebe ligera...! ¡Si tú tienes sed, yo tengo hambre!

LINE.—Espera un minuto, ¡qué diablo...! ¡Cada cosa en su tiempo...! ¿No me preguntas por qué estoy este día en tu casa...?

LIONEL.—¡No...! Lo importante es que estés en ella...! ¡Haz el favor de beber...!

LINE.—Primero tengo que contarte... ¡Figúrate que mi marido está celoso...!

LIONEL.—¡Me da lo mismo...! ¡Lo mataré...!

LINE.—¡No lo matarás...! No está celoso de ti. Por el contrario, te quiere mucho y dice: «¡El pequeño Lionel es muy agradable, está muy bien educado y no hace la corte a las mujeres casadas...!»

LIONEL (molesto).—Me cree un calabacín, ¿no es eso...?

LINE.—¡A ver si le vas a guardar rencor por eso...! Sospecha del mayor Wetherley, un norteamericano que me trae frita, y está convencido de que este yanqui tiene suerte con las mujeres. Por esta causa, monín, he estado un mes sin poderte cumplir mi palabra. Mi marido me acompañaba a todas partes, hasta a las tiendas, a pesar de que los maridos las aborrecen. El mayor regresó ya a América; pero mi querido esposo le había tomado el gusto a mi compañía y no había manera de librarse de él...

LIONEL.—¡Ya lo he notado...!

LINE.—Parecía que lo hacía a propósito. Siempre que tenía que venir a verte e invocaba todos los pretextos, Exposición de pintura, conciertos de música moderna y obras de caridad, me decía: «¡Voy contigo...!» ¡Y, como comprenderás, no podía traerlo aquí...!

LIONEL (sombrío).—¡Lo habría matado...!

LINE.—¡Habrías hecho mal...! ¡Ya no se estila eso...! Entonces, ayer tuve una inspiración genial... La comida era detestable... Y, ¡ya ves!, fué preciso despedir a mi cocinera Gertrudis...

LIONEL.—Es lástima. ¡Se comía tan bien en tu casa...!

LINE.—Pues en lo sucesivo, amor mío, comerás muy mal. Gertrudis me robaba como un mercachifle, sin disimularlo siquiera; la he sustituído, porque he encontrado a una maritornes de Caen que nos envenena con sus inmundas bazofias. Ayer mismo, Gustavo se puso loco de cólera. «¿De manera que en esta casa no se puede comer como es debido...? Nos dejas envenenar... No hay más remedio que recurrir al restaurante...» etcétera, etcétera. Yo cogí la ocasión por el cabello y le dije: «Tienes mucha razón, amigo mío. Pero la sustituta de Gertrudis está llena de buena voluntad, y si tomamos otra sería tan ignorante o tal vez menos dispuesta que ésta. Conservemos y enseñemos a esta idiota que tenemos. Yo me encargo de convertirla en una cocinera modelo. Pero para ello es preciso que la lleve al curso de Cocina.» Mi esposo reflexionó y pensó: «¡Puedo dejarla bajo la vigilancia de su cocinera! ¡Mi honor está seguro...!» Y me permitió salir con ella. ¡Aquí, donde me ves, vengo del curso de Cocina...!

LIONEL (estupefacto).—¡Pobrecilla querida mía...! ¿Te has impuesto este suplicio...?

LINE.—No es un suplicio. Es, por el contrario, una cosa muy divertida. Figúrate una gran cocina, instalada en un piso bajo de la calle de La Boetie... Unos hornos soberbios; delante de ellos, una amplia mesa con legumbres preparadas, cacerolas, manteca, etcétera. Delante de la mesa, unas sillas, donde están instaladas unas señoras con sus cocineras; hay allí también jóvenes estudiosos con las manos sucias. Entre la mesa y el horno, un gran sacerdote, cubierto con una tortada blanca y rodeado de sus vicarios, tocados igualmente con tortadas. Es el maestro un afamado cocinero... ¡Y hay que ver lo grave y serio que se pone...! ¡No bromea...! ¡Oficia...! A la apertura del curso, hizo su entrada seguido de sus ayudantes; saludó, y, sin decir una sola palabra, comprobó el calor del horno; luego volvióse hacia nosotros y, apoyando las manos en la tribuna, es decir, sobre la mesa, principió: «Señoras y señores: hoy vamos a estudiar «el pollo a la Trevoux». Este plato fué descubierto por el famoso Birochon, en mil setecientos ochenta y dos; esta lumbrera de la Cocina francesa estuvo al servicio del duque de Brunswick...»

LIONEL (que piensa en otra cosa).—¡Es curioso...! Pero, Line, nosotros tenemos que preocuparnos de algo distinto...

LINE.—¡Un instante...! Hasta que acabe mi pastel... ¡Qué impaciente eres....! ¡Por ti fuí yo allá...!

LIONEL (suplicante).—¡Line, por lo que más quieras...! ¡Que se va el tiempo...!

LINE.—No tienes idea de lo que se necesita para fabricar el pollo a la Trevoux... ¡Un montón de cosas...! Coges un pollo, le quitas los huesos...

LIONEL (decidiéndose).—¡Tú eres mi pollito...! ¡Yo no te quitaré los huesos...!

La coge en brazos y se la lleva a viva fuerza. ¡Sigamos! (Después de todo, esto no le importa a nadie mas que a ellos.) Al cabo de un tiempo incierto, Line despierta. También Lionel sale de su embotamiento.

LINE (estirándose).—¡Ay, querido mío...!

LIONEL.—¡Gatita mía...! ¡Mi comadreja...! ¡Mi conejito...!

LINE.—¡Calla...! ¡Yo conozco eso...! ¡Eso es de La Fontaine...!

LIONEL.—Sí; el fabulista halló todos los bonitos nombres de amor que se toman prestados de los animales...

LINE.—¡Oye...! Me parece que es ya «el oporto menos cinco».

LIONEL (saltando al suelo y poniéndose el pijama).—¡El oporto de la señora se ha adelantado...! (Corre a un velador y trae dos vasos y una botella.)

LINE.—¡Muy poco...! ¡Medio vaso...! Prefiero tomar cuatro medios vasos a tomar uno lleno. ¡Dios mío, que hambre tengo...!

LIONEL.—¡Todavía quedan pastelillos...!

LINE.—¡Gracias...! ¡Hazte cargo...! Este curso de Cocina me había dejado vacía. Porque todavía no te he contado cómo se fabrica el pollo a la Trevoux... ¡Es delicioso...! Según te iba diciendo, coges tu pollo y le quitas los huesos... ¡Haz el favor de tener las manos quietas...!

LIONEL.—¿Y qué más...?

LINE.—Lo recoses después de haberlo rellenado con un picadillo de tocino de pecho, en pedacitos, con menudillos, setas, trufas, unos trozos de naranja, una pizca de perejil y la carne machacada de dos pajarillos. Haces cocer tu pollo, en un hornillo económico, suavemente.

LIONEL.—¡Y después te lo comes...!

LINE.—¡Todavía no...! ¡El pollo no es nada...! ¡La salsa es todo...!

LIONEL.—¡Lo sospechaba...!

LINE.—Antes has hecho un buen caldo de pollo.

LIONEL.—¿Con otro pollo...?

LINE.—¡Naturalmente...! Das éste a la cocina; no has guardado de él mas que los menudillos para aumentar el relleno del pollo número uno. El maestro nos ha recomendado mucho que pongamos toda nuestra atención en este caldo... ¡Y ahora resulta que ya no me acuerdo...! ¡Qué coraje...! ¡Quería prepararte este plato para el jueves...!

LIONEL.—¡Es verdad...! ¡El jueves como con tu marido!

LINE.—¡Bah! No pongas esa cara tan seria. ¡No te van a envenenar...! Y, además, me divertirá saborear contigo un plato del que hemos hablado en circunstancias tan particulares... Espero que mi cocinera recordará la manera de hacer la salsa.

LIONEL.—Yo también lo espero. ¡Tu famoso plato va a resultar incomestible...!

LINE.—Te chuparás los dedos y pensarás: «Mi querida estaba en camisa. ¡Cuánto nos habíamos amado...! ¡Y este severo señor no sospecha nada...!»

LIONEL.—¡Eres sádica...!

LINE.—Vamos a ver... ¡Ya deben ser cerca de las siete...! Tengo que vestirme... ¡Vuelve para acá el reloj de viaje...!

LIONEL (obedeciendo y enseñándole la esfera del mencionado reloj).—Mira...

LINE (brincando).—¿Qué? ¡Son las ocho menos diez...! ¡Y no estoy vestida...! ¿Y qué voy yo a decir, Dios mío...?

Se lanza sobre su cinturón, se sujeta las medias y se pone sus zapatitos murmurando injurias dirigidas contra las personas egoístas, que pierden la noción del tiempo.

LIONEL (compasivo).—¿Qué quieres que le haga...? ¡Era tan dichoso...!

LINE.—¡No digas una sola palabra...! ¡Te mordería...! ¡Me siento furiosa...! ¡Y habrás adelantado mucho...! ¡Mi marido será víctima otra vez de una crisis de celos, no me dejará ya salir sola y yo no podré explicarte el pollo a la Machin!

LIONEL (contrito).—¡Line...! ¡Lineta mía...!

LINE.—Tu Lineta está que echa espuma... Dame el corpiño y procura abrochármelo ligero... ¿lo oyes?

LIONEL (muy humilde).—¡Ya..., ya está...!

LINE (peinándose).—¡Ea! Ya no tengo aspecto de mujer adúltera, ¿verdad?

LIONEL.—¡No mucho...! ¡Unicamente los ojos...!

LINE.—¡Los ojos no tienen importancia...! ¡Con tal de que encuentre un taxi...! ¡Oh, San Antonio de Padua...! ¡Tú, que lo encuentras todo, encuéntrame también un taxi...!

LIONEL.—¡Se lo diré a la portera...!

LINE.—¡No..., no...! ¡No hay tiempo...! ¡Hasta el lunes, querido mío...! Estudiaremos la «codorniz sobre el canapé».

IX

CURSO DE DECORADO

La señora Lucy Mers ha venido en limosina con su amiga y directora de riqueza, la condesa Rabat, a visitar la instalación modelo de la señora Maschine, en la calle de Castiglione. Hace cuatro años, la señora Lucy estaba encargada de la sección de niños en las Galerías Roosevelt. Allí fue distinguida por el señor Hipólito Mers, que acababa de ganar muchos millones fabricando vaca en conserva con atún a la marinera. La señora Lucy comprendió en seguida los deberes que le imponía su condición de esposa legítima de un notable comerciante, y se procuró la competencia de la condesa Rabat, que no está en la primera juventud; pero que se arruinó a fuerza de proteger las letras y las artes y de subvencionar a los artistas. En el vestíbulo, la condesa da las últimas instrucciones a su discípula.

LA CONDESA.—Usted, querida mía, desea amueblar su palacio; hubiera podido llevarla a casa de algún afamado tapicero, que le habría proporcionado un decorado cualquiera; usted hubiera tenido ese interior banal que se ve en casa de todos los nuevos ricos. Yo he preferido traerla a casa de la señora Maschine.

LUCY.—¿Quién es ésta...? ¿Una tapicera...?

LA CONDESA.—¡Quia! ¡No...! Es una mujer de la mejor sociedad. Es la viuda del célebre barón ruso Maschine, que fué muerto en Petrogrado cuando la primera revolución. El barón, que había sido locamente rico, habíase arruinado, en parte, por satisfacer los gustos dispensiosos de su esposa; cuando murió, mi amiga Maschine descubrió súbitamente su pobreza. Como era muy linda...

LUCY (acabando la frase).—¿Se dedicó a la vida alegre...?

LA CONDESA.—¡Se equivoca usted! ¡Era una mujer honrada en toda la extensión de la palabra...! Tomó un amante; pero, al mismo tiempo, tomó un oficio que no lo parecía. Como era muy artista, hízose de improviso profesora de decorado práctico. Va usted a serle presentada, porque le he pedido una cita y nos espera. ¡Ya verá usted...! ¡Es una mujer exquisita...! ¿Subimos...?

Las damas toman el ascensor, que las lleva hasta el primer piso. La condesa llama; se abre una puerta; un lacayo muy correcto introduce a estas damas en un salón y poco después aparece la señora Maschine. Es una mujer joven, alta, delgada y de una belleza soberana; luce un vestido de interior muy modesto, pero de una elegancia discreta. Presentaciones.

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Encantada de conocerla, señora...! La señora condesa Rabat me ha dicho que deseaba usted consultarme...

LUCY.—Sí, señora. Se trata de esto: yo soy... es decir era... (Decidiéndose.) Mire... Prefiero decírselo todo en seguida, porque usted acabaría por comprenderlo, si es que ya no lo sabe. ¡Soy una nueva rica...!

LA SEÑORA MASCHINE (sonriente).—¡No hay ningún mal en ello, señora...! ¡Hasta hay cierto buen tono en confesarlo...!

LUCY.—Es usted muy amable; me siento más a gusto para hablarle. No voy a decirle que el dinero me desagrada. ¡No! Pero el dinero no es todo para mí. Quiero ser feliz antes que nada. No le ocultaré que hace poco tiempo era una señorita de almacén y no pensaba que algún día sería una dama del gran mundo como usted y como la condesa: vendía trajecitos para muchachos. Cierto día pasa a mi sección un caballero alto, bastante joven, buen mozo, moreno, como los que se ven en los cinemas. Pónese a regatear un «marinero» de setenta y dos francos con noventa y cinco céntimos. Al instante vi que no venía por el «marinero», sino por la que lo vendía. ¡Me miraba, me miraba...! ¡Bueno...! Cogió su «marinero» y se marchó. Al día siguiente volvió y me compró otro «marinero». Charlamos; era muy amable; le confieso que me gustaba mucho. ¡He aquí que, a los tres días, vuelve y me compra el tercer «marinero»! Esto principia a inquietarme. Me muestro más reservada y él no se desanima. Todos los días, a la misma hora, se presentaba y me compraba el mismo trajecito. Al cabo de tres semanas concluí por decirle: «¿Qué piensa usted hacer con todos estos «marineros»?» Entonces él me miró con una expresión que no olvidaré nunca: «¡Es para vestir a nuestros hijos, señorita...!»

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Como declaración, resulta bastante original...!

LUCY.—¡Va usted a ver...! ¡Es un cuento de hadas...! ¡Figúrese lo sorprendida que me quedaría...! El mostróse muy chic y no me propuso nada vergonzoso. Me dijo que me amaba y que había resuelto casarse conmigo. «¿Quiere usted ser mi mujer...?» Yo no sabía qué contestarle; arrugaba mi vigésimoquinto «marinero»; al fin, recobré la sangre fría. «¡Según y cómo!», le dije. «¿Tiene usted algún oficio...?» «No se preocupe; tengo una profesión bastante lucrativa. ¡Lo importante es que yo no le desagrade!» Me dejé caer sobre una silla, me puse a sollozar y me enjugaba los ojos con el «marinero». Aquella misma noche, el señor Mers venía a buscarme a la salida del almacén con su auto, me llevaba a nuestra casa y pedía mi mano a papá, que estuvo a punto de caer enfermo por la impresión. ¡Ya ve usted...! ¡Un yerno que tenía quince millones! ¡El pobre papá no volvía de su asombro...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Esto no ocurre mas que en el cinema...!

LUCY.—Nos casamos a escape y desde entonces vivo en un sueño. Tengo todo lo que quiero. Cuando salimos juntos, no me atrevo a mirar a las tiendas. ¡Me lo compraría todo...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Tranquilícese..,! Esto no durará mucho...

LUCY.—¡Al contrario...! Quiero que dure... ¡Y no por los regalos...! Es que cuando se puede tener todo ya no se desea nada. Deseo que me ame porque yo le haré agradable la vida. Y, para que se sienta satisfecho en su casa, es preciso que tenga una casa satisfactoria. Hemos comprado un pequeño palacio en la calle de la Faisanderie, y me ha confiado el cuidado de arreglarlo. Si lo logro, se quedará encantado. Haga todo lo posible por que yo lo consiga; esto depende de usted. Soy muy ignorante; pero no tengo nada de tonta, y con algunos consejos saldré bien de este asunto.

LA SEÑORA MASCHINE.—No lo dudo. Voy a darle la primera lección... La habitación más importante...

LUCY (aturdida).—¿Es la alcoba...?

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Eso es...! Voy a enseñarle una. ¡Sígame...! (Conduce a las damas a una habitación muy clara.) ¡Aquí está! Usted ha elegido la habitación mejor situada, aquella donde entre el sol de la mañana. Una cortina muy sencilla, sin ramajes ni chinerías, de un tono neutro.

LUCY.—¿Y por qué sin ramajes...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Porque éstos llegan a ser una obsesión. Siempre siente una la tentación de contarlos. Para un hombre de negocios no conviene nada que fije su atención. Su marido debe dejarse imponer el reposo. Sobre todo, nada de armario de luna, ni de muebles altos. Esto abruma. Tampoco habrá en ella cuadros; grabados muy pálidos y muy dulces, que no se destaquen demasiado. El espejo de la chimenea debe ser pequeño y embutido en un marco de madera apenas ornamentada. Prescinda usted del reflector suspenso del techo; nada entristece tanto una habitación como la luz que cae desde lo alto. Además, esto suprime toda intimidad. No debe haber más que brazos fijos en la chimenea y lámparas, cuyo brillo será tamizado por gasas para que no hagan daño a la vista. La alfombra será muy recia y de un matiz uniforme. Arrojará usted de allí los divanes y las chaises longues, donde se sienten tentaciones de echarse, en tanto que el lecho espera. Y llegamos a la cama; aquí ha de poner usted toda su atención. Nada de cama de cobre, ¿verdad...? Se parece a un instrumento de suplicio dorado y resplandeciente. No caiga en el exceso contrario; aborrezco los grandes monumentos de encajes, adornados con doseles del siglo XVIII, que se llenan de polvo y atraen los mosquitos. Resulta pretencioso y se siente una ahogada entre ello. Parece que usted representa «El sueño de la desposada», y esto tiene algún sabor pueblerino. Necesita una bonita cama baja, muy preciosamente esculpida, con el tablero de los pies sobrepasando apenas el colchón, y con el de la cabecera sobrepasando apenas las almohadas; es indispensable una lamparilla encima de la cabeza; ella le permitirá entrever el espectáculo de su alegría. Si el señor quiere leer, tendrá una luz sobre la mesita colocada a su lado...

LUCY.—¡Oh! ¡No lee, porque yo no le dejo tiempo para ello...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Muy bien! Sin embargo, conviene prevenirlo todo. Tendrá usted también su lucecita encima de la mesa; si el señor lee, usted aparentará igualmente que lee, y él no leerá ya. Pasemos al sommier; elíjalo un poco duro, de fabricación inglesa. A un marido joven deben repugnarle los lechos demasiado blandos, que adormecen el deseo. Pero ponga todo su cuidado en el colchón, que encargará usted muy recio: así se forma un hoyo y, a pesar suyo, a despecho de los disgustillos pasajeros, los cuerpos se reúnen en sueños y se perdonan. Le enseño este pequeño truco; es infalible, y prepara un despertar conciliador.

LUCY.—¡No está mal...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Una recomendación: procure no amueblar ninguna habitación con arreglo a un estilo determinado. ¡Esto ya no se lleva...! Conserve una general armonía. El estilo de nuestra época encierra todos los estilos, todas las características de las épocas precedentes y todos los exotismos, y, sin embargo, le desafío a que lo formule. En él se mezcla y se armoniza todo; tiene usted estilo Luis XVI y estilo Directorio, que no se espantan de verse juntos. Todo esto, unido, acaba por formar cierto estilo Clemenceau... Ahora vamos a visitar el comedor... ¡Vengan ustedes...!

(Van al comedor.)

LUCY.—¿Qué...? Pero ¿se come ahí dentro...? ¡Si parece un tocador...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Y lo es...! ¿A qué obedece esa estúpida costumbre que nos obliga a ocupar una habitación solamente con las comidas...? Consagra usted una hora al desayuno y otra a la comida... ¿Y necesita usted una mesa especial para esto...? ¿Tiene usted unos aparadores para poner de manifiesto en ellos la plata de familia...? ¡Puf...! Estas son costumbres de advenedizos. ¡Que la plata no se vea demasiado en el servicio de usted...! ¡Que no se emplee mas que en la presentación de los platos calientes...! La plata es un metal vulgar. La plata sobredorada es un metal bastardo, que no tiene el valor de su opinión. El oro es el emblema de la estupidez triunfante. Forme usted su vajilla con porcelanas raras y con fayenzas curiosas.

LUCY.—¡Pero yo no veo mesa alguna en este comedor...!

LA SEÑORA MASCHINE.—Las mesas están en la repostería; se traen en el último momento; son tres o cuatro mesas especiales, que los criados ponen y quitan cuando se van los señores... Detrás de estos tableros se ocultan los estantes de una biblioteca, y detrás de estos otros encontrará usted toda clase de juegos. En la sociedad de usted, la gente tiene afición a jugar. En algunos minutos, mientras sus invitados saborean el café en el salón, esta estancia se convierte en sala de juego y en fumadero. Se imponen, pues, unos altos cimacios de nogal claro, decoración de madera, en que los muebles y los divanes se armonicen con la pared. Alumbrado mediante enchufes situados junto al suelo. Tenga usted brazos de mucha luz sobre su mesa; ponga en ella un centro muy bajo, que no haga penosa la conversación. En los rincones mandará usted colocar unos fanales de cristal sujetos en aros de madera. Nada de sirvientes; las viandas llegan desde la repostería, lo mismo que los platos. No tolere usted que se imponga a sus convidados el aderezo de los manjares, ni el ruido de la vajilla. Que los criados de usted no confíen al oído de sus huéspedes la genealogía ni la partida de nacimiento de los vinos preciosos que ellos les sirvan. Esta antigua costumbre constituye un desafío para las apreciaciones de los buenos catadores que usted reciba.

LUCY.—¡Comprendido...! ¿Adónde vamos ahora...?

LA SEÑORA MASCHINE.—Al salón. Esta es la habitación menos interesante, porque usted no vive en ella. Aquí puede colocar los cuadros de los maestros y los bibelots. Convendrá que se procure usted una colección de cualquier cosa: una colección de campanillas antiguas, o unas vitrinas llenas de sajonias auténticas. Estas cosas son motivos de conversación. Pondrá usted un gran espejo encima de la chimenea: éste permite a las personas notables que se miren al hablar, y a las damas, que vean cómo están los pliegues de sus vestidos, sus semblantes y sus peinados. Muchas sillitas bajas, esparcidas acá y allá, sin orden aparente; varias mesitas. En uno de los rincones, la mise en scène necesaria; un pequeño bureau, en el que pensarán que escribe usted. En el rincón opuesto, un piano, donde el compositor parásito le tocará algo de Schumann, «¡que él interpreta como nadie en el mundo!».

LUCY (tímida).—¡Yo pensaba en recepciones alegres, en tes-tango...!

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Está usted un poco retrasada en cuestión de modas...! Ya no se piensa en bailar; cuando alguien tiene mucho empeño en hacerlo, se va a retozar a cualquier establecimiento de baile. Los tes-tango disgustan a los maridos y turban la paz de un hogar. Por otra parte, usted no utilizará el salón mas que para pasar por él. De esta manera podrá lucir en él todos los tapices de la Savonnerie y todos los Beauvais. Antiguamente, esta habitación tenía una razón de ser, en el tiempo en que la conversación era un deporte. Ahora no se habla mas que en la mesa y en seguida se juega. El ingenio de salón desapareció con la señora Aubernon de Nerville y con la señora de Loynes. Ya no subsiste mas que el ingenio del círculo y el del café. No se tiene tiempo de chismorrear; los periódicos han matado el arte de la maledicencia elegante. El salón no es mas que el paso de una comida a una mesa de poker, del apetito a la digestión. ¡Qué siglo tan triste...!

LUCY.—Le queda por enseñarme una habitación: el tocador.

LA SEÑORA MASCHINE.—Lo dejaba para lo último. (Nuevo viaje; entran en una amplia sala, muy alegre.) ¡Aquí está el santuario! ¡El lugar donde pasará usted la mitad del día...! En cuanto despierte, correrá usted a retocar su belleza. Pasemos por alto el baño y no nos fijemos en los aparatos para la ducha; esto ya se lo venderán. Sin embargo, observe que el baño, muy hondo, está enterrado hasta la mitad en el suelo. Puede usted sentarse en él; una sillita está instalada en uno de sus extremos. Aquí tenemos el robusto tubo para la ducha escocesa. Aquí está el gran espejo de tres lunas, que le dirá la verdad. Allá se encuentra el diván para descanso, donde se lee los periódicos mientras se saborea el chocolate reparador. Más lejos hay un pequeño bureau, su verdadero bureau, donde usted escribirá las cartas para las amigas íntimas y ajustará sus cuentas. Aquí está, por último, la coiffeuse; no necesito describir a usted los perfeccionamientos aportados a ésta por la Casa X... Ahora bien; lo que debe absorber toda la solicitud de usted es el calientabaños...

LUCY.—¿Por qué?

LA SEÑORA MASCHINE.—Porque es un instrumento caprichoso y variable. No calienta, o calienta demasiado; no se enciende, o provoca incendios. Estalla en el momento en que se le cree dominado. Le hace a una mil jugarretas. Es un perpetuo motivo de inquietud. Un mal calientabaños acaba por agriar a usted el carácter, volviéndola irritable y quisquillosa. La hace esclava de los fumistas, unos señores poco cómodos, que le deteriorarán el tocador en cuanto tengan que efectuar la menor reparación. La vida resultaría demasiado dulce si no fuera por esta calamidad del calientabaños.

LUCY.—¿Y si recurriera a la calefacción central...?

LA SEÑORA MASCHINE.—No tendría nunca agua caliente a la hora que la deseara. ¡Créame usted...! No hay más remedio que aguantarse. Tanto más, cuanto que aquí habrá de pasar usted sus horas de soledad. Cuando su marido desayune fuera, aquí desayunará usted. Aquí meditará y reflexionará usted; aquí recibirá usted a sus mejores amigas. Lo más claro de su existencia transcurrirá en esta sala; en ella reconquistará usted al marido vacilante...

LUCY.—Espero que el señor Mers no vacilará nunca...

LA SEÑORA MASCHINE.—¡Quién sabe...! Acuérdese usted de mi consejo: cuide mucho el tocador. (Un silencio.) Ahora, señoras, ya sólo me falta enseñarles el recibimiento.

LUCY.—¿La antesala...?

(Nuevo viaje.

LA SEÑORA MASCHINE.—¡No! ¡Nada de antesala...! ¿Para qué sirve...? ¿Qué significa este aposentillo amueblado con una percha y con un arcón de madera...? ¡No! Prepare una buena entrada al visitante; que éste no se sienta desconcertado por la decoración hostil; que pueda esperar, arrellanado en un sillón, en medio de un ambiente simpático, el minuto de audiencia que usted le concederá; que salga usted a su encuentro, si es preciso, hasta el vestíbulo, el cual resultará así un disimulado recibimiento. Ponga usted aquí la mentira inicial de su vida mundana. Sea esta habitación encantadora e íntima...! Entrase así a pie llano en la cordialidad de usted. El proveedor, el visitante, el pordiosero, todos se juzgarán bien recibidos, y de esta manera muchos de los indiferentes a quienes usted atienda se convertirán en amigos suyos.

LUCY.—Si usted me lo permite, señora, le compro todo el mobiliario.

LA SEÑORA MASCHINE.—Rechazo su proposición; en primer lugar, porque este mobiliario no es exactamente el que le conviene y, además, porque ya está vendido.

LUCY (desolada).—Entonces, ¿me abandona usted...?

LA SEÑORA MASCHINE.—Déjeme continuar: mañana iré a visitar su palacio. No se preocupe usted de la instalación; yo me encargo de ella. Le costará doscientos mil francos a precio alzado; pero dentro de veinte días estará usted en su verdadero hogar, que será todavía más cordial que éste.

LUCY.—Una última pregunta. ¿Qué tal es el hogar de usted, que se dedica a adornar los hogares del prójimo...?

LA SEÑORA MASCHINE.—¿Mi hogar...? Yo vivo en un hotel.

X

CURSO DE MEDICINA

La señorita Sita Volanges, siguiendo las exhortaciones de su amiga íntima Vera Shrestenieff, se ha alistado bajo la bandera de las «Hijas de Galia», Sociedad para la educación de las enfermeras benévolas; las Hijas de Galia se cubrieron de gloria durante la guerra: instalaron ciento cuarenta hospitales en el frente; desafiaron los bombardeos; veinte enfermeras de la Sociedad fueron muertas; ciento cincuenta resultaron heridas; la Casa fué mencionada muchas veces en la orden del día. Damas muy distinguidas organizaron sanatorios bajo la égida de la «H. D. G.», y ganaron la cruz de guerra. Los cursos para enfermeras benévolas se dan siempre en el amplio hotel cedido por la señora condesa de los Charmes, en la calle Spontini. Allí está instalado un hospital escolar, donde los peludos son cuidados y mimados. En la sala principal, que antes fuera salón, los últimos enfermos acaban su convalecencia. Es una amplia sala encristalada, completamente blanca, llena de blancos lechos y flanqueada de mesas. Unas comedidas jóvenes, vestidas de blanco, juegan a los naipes y al dominó con los gloriosos heridos. Es una escena íntima y muy conmovedora, señoreada por una abrumadora impresión de aburrimiento. Se ha notado que el aburrimiento era un remedio infalible para los convalecientes. Las señoritas Sita y Vera atraviesan con viveza la ciudad doliente y se presentan en un saloncito lleno de jóvenes y viejas damas, que esperan la apertura del curso. Están vestidas de enfermeras.

VERA.—Permítanme ustedes, señoras, que les presente a mi amiga la señorita Volanges, la cual acaba de alistarse bajo nuestra bandera... Haga el favor, mi generala, de tomar a mi ahijada bajo su protección.

LA GENERALA (una comadre gruesa y canosa; pero de modales autoritarios).—¡Ah...! ¿Una nueva recluta...? ¡Muy bien...! ¡Es usted muy joven y muy linda, señorita...! ¡Y, además, bastante rubia...! ¡En fin...! ¿A qué se dedica su padre...?

SITA (tímida).—Mi padre es director de las Forjas de Commentry-Yapamieux.

LA GENERALA (ya más amable).—¿Un metalúrgico...? ¡Bueno...! ¿Tiene usted vocación...?

SITA.—Creo que sí. Querría consagrar mi vida a cuidar los sufrimientos, a inclinarme sobre los dolores.

LA GENERALA.—¡Sí...! Además, para una mujer nunca resulta desagradable ver sufrir a los hombres. Y es más agradable todavía consolarlos.

SITA.—Siento dentro de mí algo como un apostolado...

LA GENERALA.—¡Ya lo veremos en la curación...! Pero no en seguida; antes hay que seguir los cursos...

SITA.—Yo tengo ya algunas nociones de Medicina.

LA GENERALA.—Esto puede ser ya mucho, o puede ser poco. Nosotras debemos atenernos al lado práctico y no procurar jugar a los médicos, como lo hacen las bachilleras que rodean a la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.

SITA.—¿Quién es esa dama?

LA GENERALA.—Una vieja pava blasonada, amiga de la condesa de los Charmes, a la que han nombrado presidenta, mientras que la condesa, que ha prestado su palacio, y yo, que he obtenido el apoyo del Gobierno militar, no somos mas que vicepresidentas... ¡Y pensar que sin mí no hubiéramos tenido un solo herido...!

SITA.—¿De veras...?

LA GENERALA.—¡A ver...! Las «Damas de Aquitania», la Sociedad rival, se las habían compuesto para acaparar todos los heridos graves de París y todos los cirujanos famosos... ¡Figúrese usted cómo se burlarían de nosotras...! Yo me las arreglé de tal modo, que al fin decidieron enviar a nuestro hospital modelo una parte de los heridos, que las imbéciles de enfrente pretendían acaparar. Le juro que no fué cosa fácil. ¡Maldita sea...! ¡Qué batalla...! Menos mal que acabamos ganándola por nuestra propia autoridad. Sin embargo, la querida marquesa se atribuyó todo el mérito de la victoria y se hizo nombrar presidenta.

SITA.—¡Parece que usted no la quiere mucho...!

LA GENERALA.—La detesto, y ella me paga en la misma moneda. Por esta causa, le advierto que no se deje engatusar por ella. Yo soy muy cabal en mis amistades y estimo con razón que las que no están conmigo están contra mí...

SITA (ingenua).—¿Es que hay dos partidos...?

LA GENERALA.—Hay hasta tres, si se cuenta el de la señora de los Charmes. ¡Pero esto no tiene importancia...! La buena condesa cedió su palacio y no se le pide más.

VERA (acercándose).—Generala: la llaman en el economato...

LA GENERALA.—¡Atiza...! ¡Alguna equivocación de la encargada...! ¿Lo está usted viendo...? ¡No se puede hacer nada sin mí...! (Ella desaparece, moviendo las caderas.)

VERA.—He tomado este pretexto para alejarla de aquí. Mientras se entretiene, le presentaré a la patrona mayor, la señora marquesa de la Escalinata del Patio de Guardias.

SITA.—¡Yo no sé si debo...!

VERA.—Hija mía: en nuestro sacerdocio, lo mismo que en los otros, hay que estar bien con todo el mundo; de lo contrario, aunque ponga usted en ello toda su buena voluntad, no llegará a ser nada... ¡Ah...! ¡Aquí llega nuestra querida presidenta...!

Entra una especie de jamelgo de coche fúnebre, un larguirucho esqueleto apocalíptico, de una delgadez inverosímil. Es la señora marquesa-presidenta. Mucha nobleza y condescendencia. Esta dama, sin edad y sin belleza, de ojillos negros y penetrantes, lanza sobre todos los humanos una mirada impregnada de desprecio y de compasión. Vera le presenta a Sita.

LA MARQUESA.—¡Ah...! ¡Perfectamente...! ¡La señorita Volanges...! Su padre hizo un donativo importante a nuestra Obra, y yo le di las gracias con una carta personal. Los grandes industriales han comprendido que debían ayudar a las víctimas de esta guerra, que sirvió para favorecerlos. ¿Viene usted a unirse a nuestras abnegadas hijas...? ¡Muchas gracias...! Entonces voy a indicarle el camino que deberá seguir. No se atenga usted demasiado a la parte práctica; nosotras formamos aquí mujeres capaces de suplir a los médicos cuando éstos se encuentran lejos. Deberá usted trabajar y seguir nuestros cursos con asiduidad. Las damas que escucharon mis consejos serían capaces de sufrir el examen del internado. La generala le dirá a usted que sus funciones son las de una muchacha de sala. Esta pobre criatura se equivoca; si se la hubiera hecho caso, nuestra Casa no existiría ya. Yo soy quien reclutó los cirujanos y los profesores más famosos. Si tenemos en nuestra Casa las más nobles lumbreras de la Ciencia, es gracias a mí. Ayer me di la maña suficiente para engatusar al renombrado práctico Moumel, que desea dejar a las «Damas de Aquitania» para operar en nuestro santuario; me prometió, además, explicar un curso de Rinoplastia y de Estomatología dos veces a la semana. ¿Sabe usted lo que son estas dos ciencias...?

SITA.—¿No tienen por objeto restaurar los semblantes de los heridos en el rostro...?

LA MARQUESA.—¡Eso es...! Veo que tiene usted ya conocimientos quirúrgicos. Siento que no nos hayan enviado heridos del rostro; como siempre, la generala se ha conducido tan torpemente, que nos vemos privados de tan interesantes heridos. El curso del profesor Moumel será, sin embargo, muy cautivador, aunque sólo sea teórico. Las aplicaciones de la ciencia quirúrgica no se pierden nunca; si usted no se aprovecha inmediatamente de estas lecciones, puesto que ya terminó la guerra, podrá utilizar su beneficio cuando llegue el próximo conflicto europeo.

SITA (aterrorizada).—¡Por Dios, señora...! ¿Piensa usted que una nueva catástrofe...?

LA MARQUESA.—Yo veo claro y ya tengo descontada una nueva conflagración mundial. Para nosotras, lo mismo que para los militares, la guerra es una ocasión de sacrificio y de actividad. ¡Dios me libre de desearla! La creo fatal y quiero preparar un equipo de mujeres superiores, que suplirán a los hombres de ciencia. ¡Ah! Le advierto que no quiero enfermeras demasiado elegantes. ¡Nada de rojo en los labios, ni de pintura, ni de vestidos de carnaval, ni de perfumes...!

SITA (disgustada).—Señora presidenta: yo no tenía esa intención...

LA MARQUESA.—¡Sí..., sí...! Todas dicen eso. Y pasados quince días me las encuentro emperifolladas, cubiertas de joyas y apestando a esencias. Estas costumbres son capaces de desacreditar a un hospital modelo. Una advertencia más: aquí soy yo quien lo dirige todo, y usted no tiene que recibir órdenes de nadie mas que de mí. No haga caso de lo que pudiera decirle esa generala; está medio loca. Me agrada usted, y quiero convertirla en algo de provecho; pero acuérdese de que las que no están conmigo están contra mí...

SITA (perpleja).—¡Muy bien, señora presidenta...!

LA MARQUESA.—Es usted inteligente y triunfará... ¡Hasta ahora, hija mía...!

Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha.

VERA.—¡Vamos! ¿Qué le parece a usted...?

SITA.—¡No sé qué pensar...! Yo no sospechaba que en la consagración al sacrificio tomara tanta parte la diplomacia. Si sigo a la generala, la marquesa me guardará rencor, y si sigo a la marquesa, la generala me fastidiará todo lo que pueda.

VERA.—Lo mismo sucede en todas las Obras. Estas damas se sienten animadas de la mejor intención cuando se agrupan. Y en cuanto se trata de repartirse los grados, la autoridad, las direcciones y, por consiguiente, las recompensas probables, todo el mundo se pone a reñir. Esto no impide que la máquina marche casi bien. ¡He aquí la belleza de las instituciones francesas...! Son indisciplinadas, están corroídas por luchas internas y, sin embargo, funcionan porque, a pesar de todo, las alimenta la abnegación. ¿Me espera usted aquí...? Vendré a buscarla en cuanto el profesor se encuentre entre nosotras.

Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se acerca y dirige la palabra a Sita.

LA ENFERMERA.—¿Espera usted a alguien, señorita...?

SITA.—¡Sí...! Es decir... ¡no...! Vine con la señorita Vera.

LA ENFERMERA.—¡Ah...! ¡Comprendido...! ¡Usted es la nueva...!

SITA.—¡En efecto...! Y debo tener un aire muy torpe, ¿verdad?

LA ENFERMERA.—Es la primera impresión que se experimenta. Luego se acostumbra una...

SITA (por decir alguna cosa).—Estas damas son muy agradables...

LA ENFERMERA.—¡Bah...! ¡Cuando las conozca usted...! Se han puesto una cofia para chismorrear más a gusto.

SITA.—¿Hay aquí chismes?

LA ENFERMERA.—¡Desdichada...! ¡Está usted en Villachismosa...!

SITA.—¡Es horrible...!

LA ENFERMERA.—¡No, hija mía...! Cuando haya cuidado usted a algunos heridos se iniciará en el flirteo, que acerca al enfermo a su ángel de la guarda. Todas estas viejas hadas, la generala de las enfermeras y la marquesa de las parlanchinas, no saben lo que es cuidar hombres. Una les ofrece higiene y la otra les brinda operaciones. ¡Bonito tratamiento...! Los desgraciados que vienen del frente, convalecientes o moribundos, no quieren mas que una cosa: alegría. ¡Que una cabeza graciosa se incline sobre su dolor y que tengan el calmante supremo: el amor...!

SITA.—¿El amor para los moribundos...?

LA ENFERMERA.—¿Qué duda cabe...? Si yo fuera la dueña, querría que todos los heridos viviesen en un sueño espléndido. ¡Que las enfermeras, sin excepción, fuesen lindas y cariñosas...! No prohibiría ni el tango ni el flirteo. Ponga usted aparte los atacados de altas fiebres. Los demás tienen un padecimiento terrible: el aburrimiento. Devuelva usted al convaleciente el placer de vivir, el amor; esto vale más que las partidas de piquet o de malilla a pública subasta o que la lectura de la última novela salida a luz. Querría que todas las enfermeras fueran enamoradas, criaturas lindamente adornadas y vestidas por los grandes modistos...

SITA.—Hay también un músculo que se llama el gran sartorio...[3].

LA ENFERMERA.—¡Es usted ya demasiado sabia, señorita...! Los infortunados que usted cuidará no tienen necesidad de su ciencia; reclaman solamente su gracia. ¡Amelos! ¡Proporcione a los que sufren la ilusión de una tierna novela! ¡No sienta usted ninguna curiosidad fisiológica...! Procure curar solamente su parte moral. Hay que distraer a estos niños grandes con pasioncillas. Cuando el pensionista se levanta, usted, sublime comedianta, le hará una reverencia. De todas formas, lo habrá salvado de la desesperación y del tedio; habrá suscitado usted en él la voluntad de vivir, que es el auxiliar más eficaz del médico. Le advierto que estos resucitados son luego muy embarazosos... ¡No importa...! Volvieron a ser hombres, y, por consiguiente, hay ya medios para hacerles entrar en razón. Hija mía: yo soy en esta Casa la última entre las últimas; pero tengo lo que falta a todas estas damas: sentido común... ¡Le enseñarán el espica del brazo y el galeno de la cabeza...!

SITA.—¡Los conozco...! Son vendajes.

LA ENFERMERA.—¡Está usted muy enterada para su edad...! ¡No importa...! Lave las escudillas, desinfecte el instrumental, dé vueltas a las vendas según está ordenado; pero no olvide usted que es mujer y que su ternura es la que cura todos los males. Un herido que se enamora de su enfermera adopta en seguida la resolución de sanar; es dócil, se presta a todas las operaciones, no recrimina y piensa, mientras se le cura: «¡Es por ella...!» Sea usted coqueta y dulce. ¡Sea elegante...! ¡Perfúmese...! ¡Es necesario...! ¡Esto forma parte de sus deberes...!

SITA.—¡No es así, señora, como se me presentaban mis funciones de enfermera...!

LA ENFERMERA.—¡Mal hecho...! Mire usted la decoración en que ha de ejercitar sus facultades: es un palacio, que abrigó las fiestas más hermosas de antes de la guerra. Su decoración fué pensada para gentes dichosas. El marido partió para la guerra en los primeros días de la movilización; abandonó este interior, que todos los artistas habían exornado para deleite de los ojos; la mujer quiso que este hogar fuera el de todos los héroes que se habían sacrificado por la salud de la patria. Se habló y se bromeó a costa de los que habían sacrificado su casa. A pesar de todo, los desdichados que vivieron aquí sus horas de sufrimiento conocieron la alegría de una acogida cordial y suntuosa. No ponga usted su atención en las mezquinas rivalidades de estas damas, que no supieron concebir toda la feminidad de su misión. Ya resulta hermoso que se consagren a esto; perdóneles la pobreza de sus ambiciones si el herido ha de beneficiarse con ello.

SITA.—Sin embargo, desde que estoy aquí no vi aún esa desinteresada abnegación, cuya grandeza ensalza usted. Oí a la generala glorificarse a costa de la marquesa; oí a la marquesa expresarse sin miramiento alguno en todo lo concerniente a la generala.

LA ENFERMERA.—¡Simple divergencia de métodos y de autoridades...! Tranquilícese... Como cada una de estas damas quiere afirmar su supremacía sobre la otra, los enfermos están mejor cuidados.

SITA.—Es usted muy indulgente. Adivino que seremos amigas.

LA ENFERMERA.—¡No se haga ilusiones...!

SITA.—¡Quia...! Mi corazón no me engaña nunca. Usted tiene una filosofía práctica y una visión clara de la vida. ¡Pero querría preguntarle algo más...!

LA ENFERMERA.—¡Pregunte...!

SITA.—Hay una persona que me parece representar en este asunto el papel de víctima; se trata de la buena condesa de los Charmes...

LA ENFERMERA.—¿Por qué...?

SITA.—Ella cedió su palacio, ella corre con los gastos de la empresa y, sin embargo, nadie le hace caso. La marquesa y la generala parecen tratarla como algo sin importancia; estas matronas se atribuyen todo el éxito de la empresa. A ellas irán a parar los honores y las cruces. ¿Qué le parece...?

LA ENFERMERA (turbada).—Me es muy difícil contestarle...

SITA.—¿Por qué...?

LA ENFERMERA.—Porque conozco a la condesa de los Charmes, que es mi amiga íntima. A ella le agradaría mucho saber que una persona en el mundo se cuidó de su existencia; pero le contestaría a usted que no le agrada que la compadezcan y que cumplió con su deber por nada, por el placer que el cumplirlo le producía... Espero que volveremos a vernos, señorita, porque le repito que me es usted muy simpática... ¡Adiós...! El famoso profesor Moumel ha llegado y va a principiar su curso...

Estrecha la mano de Sita y se va.

VERA (corriendo).—¡Hala... hala... Sita...! El profesor Moumel ocupa ya la cátedra. ¡Como no alivie usted, no encontraremos buen sitio...!

SITA (levantándose).—¡Vamos...! ¡Dígame...! ¿Quién es aquella enfermera que zarandean allí, y con la que estuve hablando mucho tiempo...?

VERA.—¿Aquella morenilla...? ¡Oh...! ¡Es la condesa de los Charmes...! (Desdeñosa.) ¡Valiente mujer...!

XI

CURSO DE PINTURA

En la academia Velázquez, la señorita Lorenza White es la discípula preferida del maestro Joaquín Pont-Dugard, miembro del Instituto y profesor de pintura para señoras. Esta joven es inverosímilmente rubia, con entonación de oro pálido; es delgada de aspecto, pero muy robusta. Una cabeza de madonna prerrafaelista, con ojos de un azul verdoso, muy inquietante; habla el francés con un acento inglés apenas perceptible. Llega la primera a clase y se instala ante su lienzo. El modelo está ya allí: es un mozo fornido, completamente desnudo; pero que lleva, por decencia, unos minúsculos calzoncillos rojizos.

EL MODELO.—¡Señorita White...! Llega usted antes de la hora...

LORENZA.—Pienso darme una buena sesión de trabajo. Quiero acabar mi estudio.

EL MODELO.—Si usted lo desea, adoptaré la pose.

LORENZA.—¡No! Espere a las demás señoritas. Se molestarían si se empezara sin ellas.

EL MODELO.—¡Oh! ¡No tienen prisa...! ¡Con tal de que las vean en el «Metro» con la caja de colores ya están contentas...! (Desdeñoso.) Esto es jugar a ser artistas..., esto es gana de perder el tiempo. Entre todas ellas, usted es la única formal.

LORENZA (ufana).—¡Es usted muy amable, Cornu...! Yo quiero llegar...

EL MODELO.—¡Usted llegará...! Posee la obstinación, que es una cualidad muy hermosa. Además, tiene usted dinero. ¡Y esto ayuda siempre...!

LORENZA.—¿Quién le ha dicho que tengo dinero...?

EL MODELO.—He oído que el patrón decía al señor Joaquín Pont-Dugard: «Querido maestro: atienda mucho a la señorita White. Es la hija de White-Petrole. Conviene que obtenga este año una mención en los Artistas franceses.» Y Joaquín le respondió: «¡No se preocupe usted...! ¡La tendrá...!» Y agregó: «Es muy rica, ¿verdad?» A lo cual le contestó el patrón: «¡Ya lo creo! ¡Es más rica que Berta Morizot...!»

LORENZA.—¡Caramba! ¡Qué bien enterados están estos señores...!

EL MODELO.—¡Bah! Son unos vivos que saben lo que se traen entre manos. Usted lleva aquí poco tiempo. Aguarde algo más y le tenderán la red de la lección particular.

LORENZA.—¿Qué lección...?

EL MODELO.—¡Verá usted...! El buen Joaquín es presidente del Jurado en el salón de Artistas. Le aconsejará que acuda a la Exposición; usted irá a trabajar a su casa, a razón de cien francos diarios; mediante lo cual él le retocará el pandero.

LORENZA.—¿El pandero...?

EL MODELO.—¡Quiero decir el cuadro...! En el año próximo, si desea usted una medalla, tendrá que encargar su retrato al maestro; esto sólo cuesta veinte mil francos. Pero os pintará de pie delante del caballete. Ha hecho ya unos veinte del mismo modo. Así logró tener su hotelito en Auteuil. ¡Y pensar que Monticelli vendía sus cuadros a diez francos cada uno en las terrazas de los cafés de Marsella...! ¡Qué lástima...!

LORENZA.—¡Sí...! ¡Da grima...! Sin embargo, yo tengo la intención de imponerme como artista. Y la señorita Cassatt, que era rica, trabajó como si fuera pobre. ¡Pongamos mano a la obra...!

EL MODELO (subiéndose a la mesa).—¡Muy bien, señorita White! ¡Y no se deje usted engatusar por estos tíos sinvergüenzas! (Adopta la pose y se apoya noblemente en el mango de una escoba.) ¿Estoy bien?

LORENZA.—¡Sí!

Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra, apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica. Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée, de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del famoso anticuario—una Juno—; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana Aymar, Julieta Capulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas. La señorita White es la única que trabaja.

ELSA.—¡Naturalmente...! ¡Lorenza está ya acabando...!

INÉS.—¡Lo hubiera apostado...! ¡Tiene horas suplementarias...!

RAQUEL.—Ella nos da el ejemplo. ¡Buenos días, White...!

LORENZA (cortés).—¡Muy buenos, amigas mías...! ¡A ver si me dejáis en paz...! Estoy a punto de sorprender el secreto del «modelado fino».

TERESA.—¿Te divierte pintar así?

LORENZA.—¡Mucho...! ¡No hago mas que pensar en el modelo desde por la mañana hasta la noche!

INÉS.—¿Qué te parece, Cornu...? ¡Vaya satisfacción para ti...!

RAQUEL.—¡Me siento holgazana, hijas mías...! (Se despereza.)

JULIETA.—¿Estuviste también de juerguecita...?

RAQUEL.—¡Estuve bailando con los norteamericanos hasta las dos de la madrugada...! No sé dónde tengo las piernas... ¡Y este endiablado estudio apenas está empezado...!

ELSA.—¡A mí me da miedo pensar que tengo que cubrir de color este lienzo...! Lo único que me interesa de todo esto son los calzoncillos, porque es lo más fácil de hacer. Lo demás tiene muchos músculos. Prefiero las mujeres, porque tienen menos músculos.

JUANA.—Pues yo prefiero los hombres; cuando se ha dado con el quid de los músculos todo marcha como una seda.

ÁGATA (a Juana).—¿Quién te ha hecho este vestido, chica...? ¿Armal y Martian...?

JUANA.—¡No! Tengo una modistilla que trabaja muy bien y que me copia los modelos de las Casas más importantes. Dentro de un rato iré a verla, para que me pruebe unas cosillas, y te llevaré conmigo. ¡Atiza...! ¿No está allí Luciana...?

RAQUEL.—No... ¡Ya no vendrá...! Está prometida, y su maridito no quiere que en lo sucesivo vea a ningún hombre desnudo.

SOFÍA.—¡Bah! Después de todo, no tenía ni pizca de talento. ¿Con quién se casa...?

RAQUEL.—Con un pintor llamado Gedeón Lourmail; un señor que expone en los Independientes mujeres azules y hombres verdes...

TODAS (indignadas).—¡Oh!

TERESA.—Por nada del mundo querría casarme con un artista. Busco un médico.

ELSA.—¡Ay! ¡Qué mal haces...! ¡Los médicos son muy pillastres...!

TERESA.—Tomaré mis precauciones; tengo una amiga que se casó con un gran ginecólogo. Le prohibe que ausculte a las clientes ni siquiera la piel, y asiste a todas las consultas escondida detrás de un tapiz que representa a Alejandro victorioso. Cada vez que su marido va más allá de lo conveniente, Alejandro se agita.

JUANA (dándose polvos).—¡Dios mío! ¡Qué estúpido ser celosa...! ¿Verdad, Raquel...?

RAQUEL.—Más estúpido todavía es casarse. ¡A menos que se presente una buena proporción...!

TERESA.—¡El maestro Joaquín, por ejemplo...!

RAQUEL.—¿Qué quieres decir con eso...?

TERESA.—¡Nada! ¡Oh! ¡Nada...! ¡Había corrido el rumor de tus esponsales con él...!

RAQUEL.—¡Es una calumnia infame...! El señor Pont-Dugard me ha cortejado, como lo ha hecho con todas... ¡Así lo exige su profesión...! Pero tú sabes de sobra que no está libre... Tiene un compromiso...

ÁGATA.—¡Bah! ¿Quién es...?

INÉS.—Una princesa italiana que fué raptada por él. ¡Lo sabe todo el mundo...! Se trata de una patricia muy bella que lo alimentó cuando él estaba en la miseria.

ÁGATA.—¡Ay! ¡Estás demoliendo a mi ídolo...!

INÉS.—¿Por qué...? Todos los grandes hombres fueron lanzados por mujeres... La princesa Lappioni se ha consagrado a la gloria de nuestro querido maestro; vive en un hotel inmediato al suyo, y hay en él una puerta de comunicación con una escalerilla secreta...

TERESA.—«La escalera de sus vicios.»

JULIETA (corriendo).—¡Hala..., hala...! ¡A trabajar...! ¡Acaba de llegar Joaquín...!

Todas estas señoritas vuelan hacia sus caballetes: se han puesto las blusas y aparentan absorberse en su arte. Joaquín entra; es un hombre de cincuenta años, extremadamente chic y muy atildado. Tiene manos de prelado, rostro banal de artista mundano, hermosos ojos negros, nariz aguileña, bigotes finos y barba en punta, demasiado negra. Luce una severa levita con la gran roseta de comendador. El que la crítica ha llamado «El maestro de la rosa» afecta una gran nobleza de actitudes. Cuando habla, siéntese uno conquistado al instante. ¡Tan dulce y cantarina es su voz...! A la entrada del gran jefe todas las discípulas abandonan su tarea y permanecen de pie.

JOAQUÍN.—Dispénsenme ustedes, señoritas, que me haya retrasado; pero me han entretenido en el Elíseo, donde yo desayunaba con la delegación del Instituto.

RAQUEL.—Maestro: no me he acordado de decir a mis compañeras que recibía usted esta mañana, de manos del presidente, la corbata de comendador.

Viva emoción.

JOAQUÍN (modesto).—No concedamos a estos vagos honores sino la poca importancia que merecen. ¡Sólo el Arte debe ser objeto de nuestras ambiciones, señoritas...! ¡El es el que da una significación, un valor a la existencia...! ¡Trabajemos sin descanso, señoritas...! El trabajo nos proporciona alegrías puras, junto a las cuales la riqueza y las condecoraciones no son mas que fruslerías.

EL MODELO (entre dientes).—¡Farsante...!

JOAQUÍN.—¡Y ahora voy a ver sus estudios! (Todas tornan a su tarea. Joaquín principia por el lienzo de Raquel.) ¡Delicioso...! ¡Ah! ¡Delicioso...! ¡Todavía un poco compendioso, pero vigorosamente indicado...! ¡Acuse el contorno...! «El dibujo es la probidad del Arte», dijo Ingres... ¡Caramba...! ¡Usa usted un perfume exquisito...!

RAQUEL.—Es «Ola en el alma», de la Casa Liedon.

JOAQUÍN.—Adoro los perfumes, porque viven con vida propia; se identifican con las mujeres y traducen su secreto pensamiento. ¡Un perfume es una confesión!

RAQUEL (enrojeciendo).—¡Maestro...!

JOAQUÍN (satisfecho de su conquista).—¡Continúe, hija mía, continúe...! ¡Su estudio se presenta bien! (Pasa a la vecina, a Inés, que ha pintarrajeado una imagen informe, una composición para salvajes.) No se moleste, señorita... (Estudiando su lienzo.) ¡Delicioso! ¡Oh! ¡Deliciosísimo...! ¡Y muy personal...! ¡Sacrifica usted a los falsos dioses de la nueva escuela!

INÉS (convencida).—Resulta feo, ¿verdad?

JOAQUÍN (protestando).—¡Yo no he dicho eso...! ¡Está lleno de promesas...! Pero precise más el dibujo... ¡Acuse los contornos...! ¡Dé relieve a los músculos...! ¡Haga carne que sea sonrosada...! Aficiónese al color de rosa, que es el color de la alegría... Tiene usted un bonito griñón... Es de encaje, ¿verdad...?

INÉS (conmovida).—Sí, mi querido maestro.

JOAQUÍN.—¡Ah, los encajes...! ¡Qué poemas de paciencia y de reflexión...! Se piensa en las mujeres que gastaron años enteros en producir estas maravillas, ornato de la belleza de usted... ¡Le sienta estupendamente...!

INÉS.—¡Es usted demasiado bueno, maestro...!

JOAQUÍN (cogiendo un pincel).—¡Con su permiso...! Voy a disminuir este muslo... ¡Qué buenos muslos tiene este mozo...! ¡Ajajá...! Para darle carácter, dibuja usted el esternocleidomastoideo... ¡Qué soberbio músculo...! Trabaje, hija mía. ¡Va usted por buen camino...! (Se acerca a otra discípula, a Julieta.) ¡Delicioso...! ¡Oh! ¡Completamente delicioso...! Hace usted progresos... Pero no acusa bastante el contorno...! No caiga usted en la tentación de pintar el fondo con las raspaduras de la paleta... ¡Enternézcase sobre la carne...! ¡No ve usted bastante el tono rosado...! Etc., etc...

De esta manera, el maestro ha dado la vuelta al estudio rectificando los lienzos de todas las señoritas y repartiéndoles cumplidos, como se ofrecen bombones a los niños de las escuelas primarias. Todas están encantadas.

JOAQUÍN (llega al lado de Lorenza).—¡Señorita White...! ¡Mi discípula preferida...!

LORENZA (muy tranquila).—¡Maestro...! ¡Reciba usted mis saludos...!

JOAQUÍN (mirando el estudio).—¡Delicioso! ¡Oh...! ¡Qué delicioso...! ¡Ha hecho usted progresos considerables...!

LORENZA (fría).—Pero no acuso bastante los contornos, ¿verdad?

JOAQUÍN (turbado).—¡En efecto...!

LORENZA.—¡Ni acuso bastante los músculos...! ¡Ay! ¡Conozco mis defectos...!

JOAQUÍN (recobrándose).—¡No! ¡Al revés! ¡Tiene usted tendencia a acusarlos...! ¡Esta no es pintura de mujer...! ¡Hay que atenuar un poco más...!

LORENZA (asombrada).—¡Ah! ¡Yo creía que había que abordar abiertamente el desnudo...!

JOAQUÍN.—Endulce usted su temperamento, porque de lo contrario caerá en el impresionismo.

LORENZA.—¿Es un crimen?

JOAQUÍN.—¡Por lo menos, es una torpeza...! Se lo advierto: tiene usted muy buenas condiciones... Hasta le permitiré que acuda este año a la Exposición del Salón.

LORENZA.—¿Cree usted, maestro, que estoy bastante segura de mí misma?

JOAQUÍN.—Yo estoy seguro de usted y le garantizo que será admitida. Tengo un asunto para usted: un lavadero con unas aldeanas, desnudas hasta la cintura, golpeando la ropa.

LORENZA (amargamente).—¡Qué novedad...!

JOAQUÍN.—Es un asunto eterno. Vendrá usted a hacer esto a mi casa. Mañana me traerá el esbozo. ¿Se lo figura usted así...? Carnes rosadas al aire libre; vestidos rosados; alrededor, matorrales rosados, y encima, la luz rosada del crepúsculo.

LORENZA.—Yo he visto lavanderas en Bretaña; eran viejas, sucias, feas y espléndidas; lavaban en pleno sol y estaban amarillas y terrosas. Componían un horrible poema de miseria y de espanto.

JOAQUÍN.—Señorita: es preciso que el pintor magnifique la Naturaleza y la haga agradable. ¡Esta es nuestra razón de ser...! (Mirándola.) ¡Está usted muy linda, señorita White...! ¡Me gustaría hacer su retrato...!

LORENZA.—¡Qué honor para mí, maestro...!

JOAQUÍN.—Querría dejar una imagen inmortal de usted... ¡Mire...! ¡La pintaría tal como está ahora... delante de su principiado lienzo...!

LORENZA (burlona).—¡Esto no se ha hecho nunca!

JOAQUÍN (ingenuo).—¿Verdad que no...? ¡Qué buena idea...! Dígaselo a su padre, y si tengo algunos días libres, siento que, inspirado por su radiante belleza, haré uno de mis más hermosos retratos. Y tampoco resultaría mal que los dos expusiéramos juntos nuestros cuadros... La crítica hablaría de ellos y yo alcanzaría en seguida una mención para usted.

LORENZA.—¡Me colma usted de favores...!

JOAQUÍN.—Me siento atraído hacia usted por una simpatía de artista. Quiero revelárselo a usted misma. Venga a mi casa después de clase. ¡Charlaremos de todo esto...! (Levantándose.) ¡A los pies de ustedes, señoritas...!

Echa a andar, coge su sombrero y se retira, siempre digno y solemne. El trabajo prosigue. De súbito entra Lafripe, una especie de bohemio sin edad, hirsuto, canoso y con la ropa llena de manchas.

LAFRIPE.—¡Ustedes dispensen, señoritas! (Todas se vuelven.) ¿No ha venido todavía el maestro?

RAQUEL (secamente).—Acaba de marcharse, caballero.

LAFRIPE.—¡Maldita sea...! ¡Buena la he hecho! ¡Me va a echar una bronca...!

LORENZA.—¿Qué desea usted decirle? Voy a verlo dentro de un rato.

LAFRIPE.—Yo soy quien le pone sus esbozos en cuadrícula. ¡Hay que vivir...! Me había citado aquí; pero me he entretenido jugando a la malilla... ¡Hola, Cornu...!

LORENZA.—¡Si puedo servirle en algo...!

LAFRIPE.—¡Es usted muy atenta, señorita...! Acepto su ofrecimiento; le dirá usted que estuve a ver a una vieja parienta enferma y que me retrasé por eso. El no creerá una sola palabra; pero, por tratarse de usted, aparentará creerla...

LORENZA.—¿Piensa usted que tengo tanto crédito para con él...?

LAFRIPE.—¡Claro...! Usted es su discípula predilecta. (Acercándose.) ¡Caramba! ¡No está mal del todo este dibujo...!

LORENZA (encantada).—¿De veras?

LAFRIPE.—En serio. Se nota todavía en él cierta inexperiencia, pero no carece de solidez... Además, es de «pintor». Tiene usted buenas cualidades... ¡Qué lástima...!

LORENZA.—¿Por qué «¡qué lástima...!»?

LAFRIPE.—Porque lo perderá todo. ¿Es usted robusta y violenta? Pues Joaquín la sumergirá en sus tonos rosados. ¿Dibuja usted con el pincel como los verdaderos, como los puros...? Pues él le hará «acusar» el contorno. ¿Ama usted su arte? Pues él la obligará a caer en el oficio: las «Lavanderas» almibaradas y las «Pastoras» de confitería. Y, para concluir, el retrato a la inglesa: la dama tocada con un amplio sombrero, al pie de un olmo y con flores en las manos... ¡Ah! ¡Buen pintamonas está el tal Joaquín...! ¡Cuántos talentos hizo abortar...! ¡Qué viejo tan miserable...! Usted... usted misma tiene entusiasmo e impetuosidad... El color fluye de sus dedos... Y ¿qué está usted buscando en esa caja...?

LORENZA.—Procuro aprender la técnica.

LAFRIPE.—¡Está buena la técnica de Joaquín...! Váyase usted a su casa; pinte tres manzanas en una compotera, o el carrete de su portera. Trabaje desde la mañana a la noche; dibuje y malgaste el color; pero hágalo, sobre todo, sin maestro. Entréguese usted en cuerpo y alma a su labor; reviente de exaltación, de duda, de despecho, y no pida consejos a nadie. Antes de nada huya de esta escuela como de la peste. Y de aquí a diez años tal vez sea usted una gran pintora.

LORENZA.—Seguiré sus indicaciones, caballero. Sin embargo, yo no puedo trabajar sola. ¿Podría usted darme lecciones...? Se las pagaría bien.

LAFRIPE (frío).—¡Muchas gracias...! ¡Soy un fracasado...! Retoco los lienzos del patrón, juego a la malilla y bebo bocks mientras describo los cuadros que no haré nunca. ¡Y me conformo con esto...! ¡Que usted lo pase bien, señorita...! (Se marcha, vehemente y sucio.)

XII

CURSO DE MORAL

El sargento Cirilo Bauquet llega a París; su primer cuidado es visitar a la señora Leonie Marchesse, una persona muy amable, que lo eligió como ahijado y que durante cuatro años de guerra lo colmó de regalos y de golosinas y le escribió cartas deliciosas, muy bien compuestas, a las cuales respondió él con páginas muy elocuentes; durante la lucha le describía los duros combates, y después del armisticio le hizo la crónica de la ocupación. Leonie le contestaba diciéndole todo lo que pasaba en la capital, la descripción de las fiestas de la victoria, el relato de una sesión parlamentaria a la que había asistido, etc., etc. Cirilo sacó la conclusión de que la señora Leonie desempeñaba el cargo de ama de gobierno en casa de la señora baronesa de Boel, en la calle de Richelieu. El sargento Bauquet es un joven de fisonomía agradable. Luce sobre el pecho una colección de gloriosas insignias: la placa de piloto aviador, a la derecha; la cinta de la cruz de guerra, la de la medalla militar, la de los heridos, la condecoración norteamericana, etc.; lleva, por último, la forrajera roja. Llega al número 206 de la calle de Richelieu: es una casa que parece habitada por comerciantes; pregunta al portero: «¿Hace el favor de decirme dónde vive la señora baronesa de Boel?» El portero le mira de un modo extraño: «En el primero, pasado el entresuelo; hay una placa.» En efecto; en el primero de la derecha, una puerta se adorna con una gran placa de cobre, cubierta en sus cuatro picos de arabescos multicolores; en el centro se lee esta sola palabra: Boel. Por lo visto, la baronesa se dedica al comercio. Cirilo llama; repique lejano. Una criadita, con cara de parisiense, abre.

CIRILO.—¿Vive aquí la señora baronesa de Boel?

LA SIRVIENTA.—Sí, señor.

CIRILO.—¿Podría hablar con la señorita Leonie Marchesse? (Le entrega su tarjeta.)

LA SIRVIENTA.—No sé si estará levantada ya.

CIRILO (asombrado).—¿A las tres de la tarde?

LA SIRVIENTA.—Las damas estas se acostaron muy tarde. De todas maneras, pasaré a ver... ¿Quiere esperar el señor en el salón?

La sirvienta introduce a Cirilo en una amplia estancia, parecida a un salón de médico; ni siquiera falta en ella la obligatoria mesa de incrustaciones. Moblaje estrafalario, comprado pieza por pieza en el Hotel de Ventas. Es de una impersonalidad burguesa, que no permite adivinar el estado civil de la señora Boel ni el género de comercio a que se dedica. Debe de ser una mujer de negocios, una dama picapleitos. Al cabo de un cuarto de hora aparece la señora Leonie Marchesse. Es una mujer alta, de hermosa presencia y de agradable fisonomía, con unos admirables ojos, de un encanto muy sugestivo; luce un vestido negro muy sencillo, pero muy elegante; alarga a Cirilo una mano bien cuidada.

LEONIE.—¡Dispense, mi querido ahijado, que le haya hecho esperar...! Estaba acabando de arreglarme... ¿Por qué no me anunció usted su llegada en la última carta...? ¡Habría ido a aguardarle a la estación...!

CIRILO.—Ha sido un viaje imprevisto. Vengo para preparar mi desmovilización.

LEONIE.—¡Oh! ¡Es una lástima...! ¡Le sentaba tan bien el uniforme...!

CIRILO.—¡Bastante lo llevé ya...!

LEONIE.—¿No quiere usted hacer carrera en el ejército...? ¡Me parece mal...! Un hombre joven y bien formado, como usted, tiene un hermoso porvenir en la carrera militar. ¡Pero siéntese usted...!

CIRILO.—¡Muchas gracias...! ¡Temería molestarla...!

LEONIE.—¡Oh! No tengo nada que hacer hasta las ocho. Si usted quiere, saldremos juntos a recorrer París.

CIRILO.—Prefiero permanecer al lado de mi querida madrina, que ha sido tan buena para mí y a la que yo deseaba tanto conocer. Sus cartas me sostuvieron durante las horas penosas. Tengo que felicitarla. ¡Escribe usted como madame Sevigné...!

LEONIE (orgulloso).—¡Oh! Tengo mis títulos académicos, aunque maldito si me sirven de algo.

CIRILO.—Una mujer no debe sentir nunca ser instruida, cuando es bonita.

LEONIE.—¡Indudablemente...! ¡Pero es preferible que sea bonita...!

LA SIRVIENTA (entrando sin llamar).—¡Leo..! La señora pregunta si podrás salir de paseo a las seis.

LEONIE.—¡Bah! ¡Ya ves que tengo aquí a mi ahijado...! Que mande a Carmen, o a Irma.

LA SIRVIENTA.—¡Es que el general quiere que seas tú...!

LEONIE.—¡Pues contéstale que he salido y déjanos en paz...!

Este breve coloquio sume a Cirilo en una estupefacción inquieta. La sirvienta sale.

CIRILO.—¿Tiene usted mucho trabajo?

LEONIE.—Ahora hay algo menos que hacer, a causa de la marcha de los norteamericanos. Dentro de poco no nos quedará mas que la clientela ordinaria...

CIRILO.—¡Ah...! ¿Se dedica usted a los negocios?

LEONIE.—¿A qué negocios...?

CIRILO.—Yo creía... Acabo de ver en la puerta una placa comercial...

LEONIE (retorciéndose de risa).—¡Ah...! ¡Es verdad...! ¡No te dije lo que hacía...!

CIRILO (asombrado por este tuteo repentino).—¡En efecto...! ¡Y temí ser indiscreto si le pedía algunos detalles...!

LEONIE.—Y como tú no me los pedías, yo no te los di. Además, me disgustaba que supieras lo que hacía... ¿Qué habrías pensado de tu madrina si ésta te hubiera escrito: «Estoy empleada en casa de la señora Boel, una amable mujer que recibe desde las ocho de la noche hasta las tres de la madrugada a los caballeros que buscan un alma hermana metidita en carnes...?» Habrías dicho para tus adentros: «¡Es una perdida...!» Y no me hubieras contestado más. Esto me habría apesadumbrado, porque te llegué a tomar cariño. Aquí, en la casa, mis compañeras me gastaban bromas: «¡Ya está Leo escribiendo a su galán...!» «¡No le habléis...! ¡Es sagrado...!» ¡Y tenían razón! Te escribía todas las noches, después del yantar, y si me hubiesen molestado, me habría vuelto loca de rabia...

CIRILO (turbado).—No tengo por qué censurarla, señora. Por el contrario, le debo un gran reconocimiento. Esperaba sus cartas todas las mañanas con una impaciencia de la que no puede usted tener idea. ¡Eran tan compasivas y tan conmovidas...! Se las leía a mis compañeros de trinchera y luego a mis camaradas de ocupación en Maguncia. Todo el mundo me envidiaba; los amigos que partían con permiso me pedían la dirección de usted con el pretexto de traerle noticias mías. ¡Y yo no quería dárselas...!

LEONIE.—¿Tenías celos?

CIRILO.—¡No...! Pero los soldados que pasaron en las primeras líneas los meses más rudos conservaron la rudeza de su precaria existencia. No saben hablar a las mujeres, y alguno hubiera podido agraviarla...

LEONIE.—¡Bah! ¡Figúrate tú...! ¡Precisamente en mi oficio...!

CIRILO.—Desconocía su oficio, como usted dice. Suponía que usted era el ama de gobierno de una señora anciana... su lectora...

LEONIE (soñadora).—Por esto y nada más que por esto hubiera querido esperarte en la estación y llevarte conmigo por ahí. ¿Te avergüenzas de mí...?

CIRILO (sincero).—¡Oh! No tengo derecho a juzgarla. ¡Ya ve usted...! Yo no había pensado siquiera en buscar madrina...

LEONIE (asombrada).—¿Es posible...? Entonces el anuncio de la Vida Parisiense...

CIRILO.—Era una broma que mis compañeros me habían gastado sin que yo lo supiera. Cuando usted me escribió, su carta me pareció tan bonita, que contesté. De esta manera comenzó nuestra correspondencia. Yo la estimulé; advertía en usted una criatura delicada y maltratada por la vida. Nos comprendimos.

LEONIE.—¡Oh! ¡Te aseguro que te había comprendido...! ¡Eras tan atento y tan dulce...! Cuando tenía algún pesar, me consolabas con las palabras necesarias. Será una estupidez, pero llegué a enamorarme de ti... ¿No te disgusta que te lo confiese...?

CIRILO (confuso).—¡Sin duda está usted de buen humor...!

LEONIE.—¡Hablo muy en serio...! Tú no eres como los demás; tú tienes carácter. Cuando una persona es un grosero, no escribe cosas tan bellas. Por esta causa, yo había trazado mis proyectos para el porvenir: «En cuanto vuelva, saldré a su encuentro. Nos juntaremos; nos iremos a provincias, a su lindo país de Gascogne, donde estaré bien escondida. Me encargaré del cuidado de su casa. Le ayudaré; seré su abnegada compañera, su esclava, y le amaré tanto que acabará por ser dichoso...» Todas las noches me dormía pensando en ti y rezaba también por ti... ¡Porque sabrás que tengo sentimientos religiosos...!

CIRILO (conmovido).—¿De manera que pensaba usted en mí de este modo...?

LEONIE.—¡Sí...! No lo tomes a broma. Estoy segura de haberte preservado de algunos peligros.

CIRILO.—¡Qué extraño...!

LEONIE.—¡Ah...! ¡Comprendido...! Eres como todos los compañeros... ¡No tienes fe...!

CIRILO.—¡Al contrario...! ¡Tengo mucha...!

LEONIE (interrumpiéndole).—¡Más vale así...! ¡Te aseguro que no miento...! Es inútil decirte que no he sido muy feliz. Estaba de maestra de instrucción primaria en un pueblecillo del centro. Conocí al hijo del alcalde. ¡Tenía que suceder así! En un pueblecillo de provincias se aburre una. Pasa un buen mozo, bien puesto, que se dedica a perseguirnos. ¡Y se acaba por ceder...! Luego, el seductor os deja plantada con dos niños que se parieron en secreto y que se confiaron a una nodriza... Entonces ya no se sabe a qué santo encomendarse... No basta el sueldo... Y hay que hacerse prostituta, aunque no se tengan ganas de ello...

CIRILO (cogiéndole las manos).—¡Pobrecita mía...!

LEONIE.—Afortunadamente, di con la señora Boel, que se portó muy bien conmigo. A esta casa vienen solamente personas distinguidas, que no tienen maneras brutales y que pagan convenientemente. ¡Qué diantre...! ¡Son como parroquianos...! La casa está habitada por familias burguesas. Ninguno de los inquilinos sospecha que haya aquí una casa de citas. Jamás se da un escándalo; las mujeres no se extralimitan en nada; nunca hemos tenido disgustos con la Policía. Pero me estoy charla que charla y no me acuerdo de que hablemos de ti.

CIRILO.—¡Bah! ¡Yo no soy interesante...!

LEONIE.—¿Por qué...? Vas a ser desmovilizado y debes preocuparte del porvenir...

CIRILO.—Volveré en seguida a mi antigua profesión...

LEONIE.—¡Tan joven y ya tienes una profesión...!

CIRILO.—¡Sí...!

LEONIE.—¿Y a qué te dedicabas cuando eras paisano...? ¡Nada... nada...! ¡Tienes que contestarme...! Yo te he referido toda mi vida y tú debes ser también franco conmigo... De lo contrario, me imaginaré que tienes un oficio del que te avergüenzas...

CIRILO (confuso).—No es ésta precisamente la razón que me impide confesárselo a usted...

LEONIE.—A pesar de mi profesión, yo, hijo mío, soy una buena muchacha... ¡Es que no tienes confianza con tu madrina...!

CIRILO (vacilante).—¡Va usted a tomar a mal que no se lo haya avisado antes...! He sido un cobarde. Yo pensé: «¡Si me descubro, no me escribirá con tanta franqueza...!» Además, hubiera usted dejado de enviarme las golosinas y los obsequios, que yo repartía entre mis compañeros. ¡Fuí muy culpable y ahora sufro el castigo de mi disimulo...!

LEONIE (impaciente).—¡Acabarás por desesperarme! ¿Qué ocultas en tu existencia...? ¿Acuñas moneda falsa...? ¿Te dedicas a la trata de blancas...? ¿Eres diputado...? ¡Contéstame...!

CIRILO.—¡Soy cura...!

LEONIE (estupefacta).—¿Eh...? ¿Que tú... que usted es sacerdote...?

CIRILO.—Antes de la guerra estaba de cura ecónomo en Saint-Sacernien-Haute-Garonne. Senté plaza para mientras durase la guerra, como mis compañeros. ¡Veinticuatro meses disfrazado! Luego me hirieron en Bouchavesnes; después entré en aviación. ¡Y aquí estoy...! No me guarde usted rencor por esta tardía confesión, puesto que usted misma la ha provocado. Yo hubiera querido salir de esta casa dejando a usted ignorante de mi condición. La veo consternada y pronta a llorar...

LEONIE.—No me faltan motivos para ello... Ahora va usted a detestarme...

CIRILO.—Soy tan amigo de usted como antes. En cualquier tiempo, nuestra misión fué toda de indulgencia. Pero la guerra ha venido a confirmarla; cuando se vió lo que yo he visto, siéntese uno incapaz de severidad, si no es para consigo mismo. Aunque hubiera sabido quién era usted, no habría dejado de venir.

LEONIE.—¡Es usted demasiado bueno, caballero...! Me consuela lo mejor que puede. Si yo lo hubiera sabido, jamás me hubiera atrevido a escribirle...

CIRILO.—Lo importante para la nobleza de nuestros actos es la intención, no la persona. Yo he conservado sus queridas cartas y las releeré cuando dude de la bondad de los humanos. No me avergüenza la ternura que contienen; usted ha puesto en ellas lo mejor de su corazón. Y si no ve usted inconveniente en ello, le ruego que continúe esta correspondencia.

LEONIE.—¡Cómo...! ¡Ya, en lo sucesivo, es imposible...!

CIRILO (sonriente).—¿Por qué no se atreverá usted a dirigirse a un ministro de la religión, mientras que, en cambio, charlaba libremente con el «peludo» Bauquet? ¡Pues es una tontería, mi querida amiga...! Allá lejos, como ayer, cumpliré con mi obligación y necesitaré de alguien que me dé ánimos. Además, ¿qué sería de usted si no tuviera ya la ayuda moral que mis pobres cartas le proporcionaban...?

LEONIE.—¡Yo pensaba escribir a un hombre, caballero...! Me había forjado ciertas ideas...

CIRILO (sonriente).—¿Acaso el sacerdote no es un hombre...? Ninguno, entre mis hermanos, se atrevería a censurarme en este instante. Tengo una deuda de agradecimiento para con usted, y quiero saldarla. Pude apreciarla en todo su valor, mi querida amiga; un alma como la suya no está completamente perdida. Usted puede redimirse de sus faltas, si hay falta en ello.

LEONIE (vaga).—¡Cierto...! ¡Pero ya no me las pagarán...!

CIRILO.—Usted puede ganarse la vida en otro oficio más... ¿cómo decirlo...? más catalogado... Es usted inteligente e instruída; le recuerdo sus propias palabras: usted pensaba convertirse en la esposa de un desmovilizado...

LEONIE.—¡En la suya...!

CIRILO.—Yo le encontraré una colocación decente lejos de París. Allí, si usted lo desea, podrá aislarse del pasado y olvidar lo que ha sufrido. Se convertirá de nuevo en un ser libre.

LEONIE.—Todo eso es muy bonito, pero irrealizable. Si usted hubiera sido un ahijado como todos los demás, hubiéramos podido entendernos. Usted hubiese encontrado en mí una criada sumisa y pronta a embellecerle todos los minutos de la vida. Hay que renunciar a ello; vuelvo a caer en mi miseria...

CIRILO.—¿Por qué no intenta usted siquiera un esfuerzo...?

LEONIE.—Le repito que no resulta práctico. Ejerzo una profesión que no es de las más regocijadas; hay en ella momentos desagradables... ¡Pero no sirvo mas que para esto...! La costumbre nos hace indiferentes a todas las náuseas... Sea como fuere, tengo el pan seguro para mí y para mis hijos. Usted me ha ofrecido buenos consejos, que, por desgracia, llegaron un poco tarde.

CIRILO.—¡Nunca es demasiado tarde...! La Magdalena... Santa María Egipcíaca...

LEONIE.—¡Siempre mencionan a éstas...! Son el orgullo de la corporación. Tuvieron suerte, y nada más. En nuestro oficio, para ser perdonadas, hay que hacer antes fortuna. Después se compra un castillo y se vuelve una decente.

CIRILO.—¡Usted leyó eso en las novelas...!

LEONIE.—¡De ningún modo...! Conozco a señoras respetables que principiaron como yo, pero que supieron administrarse y ahorraron dinero. Se casaron y entraron en el buen camino.

CIRILO.—No pierdo la esperanza de hacer que usted entre también en él; pero por medios más sencillos. (Levantándose.) ¡Ea! Ya es tarde y tengo que hacer un montón de cosas... Mi querida madrina: cuando no lleve este uniforme me será muy difícil visitarla. Además, abandonaré raras veces mi puesto. Prométame que me escribirá, que me permitirá continuar por carta la obra de su rehabilitación...

LEONIE (triste).—¡Se lo prometo, caballero...! No me servirá de mucho... En fin, podemos probar a ver... Lo acompañaré hasta la puerta...

Leonie lleva a Cirilo hasta el recibimiento; apenas cerrada la puerta, aparece la sirvienta.

LEONIE.—¿Qué quieres...?

LA SIRVIENTA.—Es lo de siempre... El general, que está colgado del teléfono... Pregunta por cuarta vez si volviste a casa... El pobrecito pierde la paciencia. ¿Qué se contesta...?

LEONIE.—¡Que ya voy...! ¡Maldito rufián...!

LA SIRVIENTA.—¿Se marchó tu ahijado...? ¿Y sin tomar nada...?

LEONIE.—¡No! ¡Figúrate...! ¡Es una aventura extraordinaria! ¿Conoces la historia de Thais?

LA SIRVIENTA.—¡He leído algo de eso...! ¿No es un cura de antaño, que va a casa de una muchacha alegre para convertirla...?

LEONIE.—¡Justo...! Pues bien, amiga mía; acaba de sucederme lo mismo...

LA SIRVIENTA.—Entonces... ¿te metes en un convento...?

LEONIE.—¡Por ahora no! Voy a ver al general... ¡A escape...! ¡Mi sombrero...!

XIII

CURSO DE AMOR

La señorita Dora Lazique está prometida; debe casarse con el hijo de la firma Lardant-Edward (coches automóviles). Ama mucho a su próximo compañero de existencia. Agreguemos que carece de fortuna y que, por consiguiente, su matrimonio es un matrimonio de amor. Reconócese un matrimonio de amor en que el novio aporta la fortuna y adopta el régimen de la comunidad: a esto se reduce el heroísmo del paladín moderno; puede arrepentirse de su gallardía más tarde, a la hora del divorcio. La señorita Dora acaba de saber por un anónimo que su prometido conserva un hilo atado a la pata; es decir, que este joven no ha liquidado su pasado. En esto, lo mismo que en otras debilidades, parécese a muchos jovencillos del Tercer Estado, que no tienen valor para romper y conservan a sus queridas hasta más allá del matrimonio; de suerte que el adulterio es concomitante de los esponsales, y continúa después de los primeros meses del enlace. Habría que formular cosas definitivas referentes a este problema, pero no tenemos tiempo. Ahora bien; la señorita Dora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo. Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha, víctima de un impostor. Si usted tuviese vergüenza...»; etc. Dora piensa que la vergüenza parece el nombre de una piel; no ha perdido la serenidad un solo instante; decide presentarse en la calle Molitor y ver a la señorita que fué la buena amiga de su futuro. Parte, pues, acompañada de su aya, a la que pone de centinela delante del 26 de la calle Molitor. Luego sube a casa de la señorita Duval, que vive en un sexto piso; llama, y sale a abrirle una señora anciana.

DORA.—¿La señorita Duval...?

LA SEÑORA.—¡Aquí es...! ¿Viene usted a propósito de las lecciones...?

DORA.—Estoy de paso en París y querría adquirir algunas nociones de pirograbado. (Alargándole una tarjeta.) Soy la señora Stowe, de Chicago.

LA SEÑORA.—Voy a avisar a mi hija.

Sale y deja a la señorita Dora en este recibimiento, que adornan unas acuarelas pobremente enmarcadas y unos grabados extraños. Al cabo de algunos minutos, otra señora, menos vieja de aspecto, abre la puerta de un saloncito-estudio de apariencia muy divertida, porque se adivina que la dueña de la casa ha fabricado por sí misma todo el decorado: maderas quemadas, cueros estampados, estaños repujados, gredas adornadas y muebles de madera blanca pintados; encima de la chimenea, y en un marco espléndido, sonríe la fotografía del que fué dueño de la casa. Está pidiendo a gritos que lo abofeteen. ¡Tan satisfecho de sí mismo aparece!... La señora anuncia a una mujer con un rostro que debió ser lindo, y al que una tristeza ya lejana otorga una nobleza especial. Es Julia Duval.

JULIA.—Es usted la señora Stowe, ¿verdad?

DORA (con un acento americano bien imitado, pero que no engaña a nadie).—¡La misma! Vengo con motivo del pirograbado y del cuero.

JULIA (muy tranquila).—Estoy a sus órdenes. ¿Qué género de objetos desea usted estudiar más especialmente?

DORA (guiada por cierta presciencia).—¡Dios mío...! Los objetos de ornamentación corriente... Los que convienen a un hogar burgués...

JULIA.—¡Comprendido...! Usted tiene un marido que se interesa por las artes aplicadas y que desearía convertirla en una artesana...

DORA.—¡No! Estoy aquí sin que lo sepa. Querría darle una sorpresa, ¿me entiende?

JULIA (que ya sabe a qué atenerse).—¡Sí! Se trata de una de esas gestiones que una no se atreve a confesar a su prometido, y todavía menos a su esposo, aunque éste sea tan americano como usted y como yo.

DORA (ingenua).—¡Justo! Usted es la persona indicada para guiarme.

JULIA.—¿De veras? ¿Ha visto usted obras mías...?

DORA.—¡Naturalmente...! ¡En el Salón...!

JULIA.—Pues tiene usted muy buena vista, porque debo confesarle que no he acudido a ninguna Exposición.

DORA.—¡Qué aturdida soy...! Yo he visto trabajos de usted en otra parte... En casa de Chose..., o de Machin...

JULIA (complaciente).—¡Apuesto a que ha sido en la calle de San Honorato...!

DORA.—¡Eso es! ¡Qué cosa tan bonita, Dios mío...!

JULIA.—Gracias por sus plácemes; los adoro cuando son sinceros.

DORA.—¡Además había oído hablar de usted...!

JULIA.—¡Ah! ¿Quiere decirme a quién...?

DORA.—A una amiga que desea permanecer desconocida.

JULIA (burlona).—¡Lo adivino! Una amiga anónima, ¿verdad?

DORA.—¡Algo parecido!

JULIA.—Dará usted las gracias a su amiga, puesto que me proporciona una discípula tan agradable...

DORA.—En cuanto al precio...

JULIA (interrumpiéndola).—Ya hablaremos de esto más adelante. Siéntese en ese sillón, porque tenemos que decirnos muchas cosas.

DORA.—¿Usted qué sabe?

JULIA.—Hace poco tenía yo un presentimiento. Y pensaba: «Hay una señora Stowe, de Chicago, que vendrá a verme una de estas tardes para pedirme algunas lecciones. Se mostrará muy confusa, a causa de su gestión, que es un poco atrevida, y apenas llegada aquí tendrá grandes deseos de marcharse. ¡Son tan tímidas las americanas...!»

DORA (valerosa).—Se equivoca usted. No me marcharé si no me echa a la calle.

JULIA.—Me guardaré muy bien de portarme así con una persona que acude a mí con tanta cortesía. A mi edad, y en mi posición, debe una dedicarse a formar buenas discípulas, ¿verdad...?

DORA.—Eso depende de las intenciones de usted.

JULIA.—¡Oh! Voy a retirarme de los negocios después de no haber hecho fortuna. Ya no valgo para nada. Por lo tanto, le cederé muy gustosamente mis secretos. ¿Desea usted adornar la casa de su marido...? No conozco al señor Stowe; pero... (Ojeada a la fotografía.) conozco a bastantes individuos que se le parecen; tomaremos, pues, un nombre general: el del señor Stowe. ¡Además, todos los nombres se parecen...!

DORA.—Tratemos sólo del señor Stowe.

JULIA.—Es más cómodo. Vamos a ver... El señor Stowe, ¿es su marido desde hace muy pocos días...? ¿Es un buen mozo, todavía joven, de unos treinta y cinco años...?

DORA.—Así es, poco más o menos.

JULIA.—¿Y usted no sabe aún nada acerca de su carácter ni de sus gustos...?

DORA.—¡Dios mío...!

JULIA.—¡Dejemos en paz a Dios...! ¿Usted tiene empeño en ser feliz con un ciudadano al que ha aceptado a ojos cerrados...? Nada más sencillo, si usted acierta a conducirse bien. En primer lugar, ¿lo ama usted?

DORA.—¡Oh! ¡Ya lo creo...! ¡Estoy segura de ello...!

JULIA.—El, por su parte, debe amarla. Sin duda, para casarse con usted, ha sacrificado algunos afectos que estimaba en mucho.

DORA.—Lo ignoraba hasta hace poco.

JULIA.—¡Bueno! Desde luego hay que contar con que es un hombre formado para la vida del hogar. No se trata de un bohemio. Necesita sus comidas a una hora fija y sus... diversiones están previstas de antemano. Usted es bastante joven para él y acaso toma el matrimonio como una liberación de la vida de familia. El, en cambio, entra un poco más en ella. ¡Mucho cuidado! De aquí provienen las primeras discrepancias. Las primeras horas de toda unión son las más difíciles. Si en ellas sobreviene el choque, ¡se acabó!... No caiga usted en el exceso contrario y no sea una fregatriz. Con una poca costumbre, llegará usted a discernir los días en que hay que ser una compañera de fiesta y aquellos en que hay que resignarse a no ser mas que una esposa. Apuesto a que el señor Stowe es uno de estos egoístas risueños que quieren que todo el mundo sea feliz en el momento en que ellos están satisfechos de la vida, y que no toleran que nadie esté alegre si ellos están tristes. No son unos indiferentes; pero consideran al mundo con relación a su querida persona. Amanse ellos en usted, si me es lícito hablar así, y la aman a usted al través de ellos. ¡Se ha pretendido erróneamente que el amor era el egoísmo de dos personas...!

DORA.—¡Me tranquiliza usted...!

JULIA.—Los hombres no son santos; pero tienen una excusa, y es que las mujeres apenas valen más que ellos. Si se encuentran algunas mejores, entre todas, no hay que alabarlas demasiado; la bondad es para ellas un deporte o una costumbre. ¡Prosigamos...! Que la acogida de usted sea siempre risueña, como el vestido será siempre objeto de sus cuidados. Un joven autor ha consagrado una comedia a las mujeres que no se preocupan de sí mismas. En ellas les ha hecho saludables advertencias.

DORA.—No tema usted nada. Tengo una serie de deshabillés muy notables.

JULIA.—Todo no se reduce a los deshabillés. Usted debe estar siempre en plena representación delante de su marido; ha de interpretarle continuamente la comedia del descuido; en este momento es usted joven, todo marcha bien y las menores cosas le resultarán fáciles; dentro de diez años habrá perdido usted ya su brillo y ganado otros atractivos. Yo así lo espero. Sin embargo, tendrá usted que estar sobre aviso, y esta diplomacia no se improvisa. El tiempo en que la mujer está segura de sí misma dura muy poco; el tiempo en que está segura de su marido dura todavía menos. Hay que prever el minuto en que el compañero es amenazado por el demonio de la saciedad.

DORA (desconsolada).—¿Supone usted que mi marido se cansará de mí?

JULIA (amargamente).—¿No se cansó de su querida? Porque supongo que el señor Stowe habrá tenido una querida antes de su matrimonio.

DORA.—Yo también lo supongo.

JULIA.—¿Y piensa usted que esta mujer, que no hacía con él su primer experimento, y que acaso lo amaba, no habrá recurrido a todo para atraérselo y conservarlo...?

DORA.—Y, en opinión de usted, ¿por qué no lo consiguió...?

JULIA.—Porque el hombre más enamorado siente la necesidad de comprometer su dicha, aunque no sea mas que para convencerse a sí mismo de que es libre; una mujer alegre conserva raramente a su amigo, o, si usted lo prefiere, a su amante, más de siete años.

DORA.—¿Qué diferencia establece usted entre el amante y el amigo?

JULIA.—Para nosotras, el amigo es el amante legítimo, es lo que representa en nuestra clase al esposo, al caballero de confianza. Después de todo, los mejores maridos para ustedes se fabrican con nuestros amigos.

DORA.—¡Comprendido! ¡Ustedes son, como quien dice, una escuela de aplicación...!

JULIA.—¡Ay, sí...! Y no ignoramos que formamos discípulos para bien de las mujeres honradas, que nos detestan. Nuestra única venganza consiste en pensar que con el tiempo nos casaremos con los maridos divorciados de nuestras rivales.

DORA (furiosa).—¡Pero yo no quiero que suceda eso!

JULIA.—¡No lo digo por usted, señorita! Confío en que sabrá usted defender su tesoro.

DORA.—No deseo otra cosa; pero reconozco toda mi inferioridad...

JULIA.—¿Qué entiende usted por eso...?

DORA.—¡Es difícil de explicar! Hay una ciencia del amor, que se hace muy mal en no enseñar a las jóvenes. De esta suerte, las tales llegan al matrimonio sin conocer los refinamientos que agradan a su compañero.

JULIA (riendo).—No va usted a hacerme creer que las jovencitas de hoy estén tan poco enteradas de estas cosas. He oído confidencias de caballeros que me enseñaron bastante acerca de la inocencia de las señoritas de la buena sociedad. ¡Muchas de estas mosquitas muertas podrían darnos lecciones!

DORA.—Desgraciadamente, es exacto; sin embargo, hay entre nosotras algunas que no están muy enteradas y que quieren aparentar que saben más de lo que saben realmente.

JULIA.—Pues aconseje a éstas que no se engrían con una ciencia de la que no conocen mas que los principios. El hombre que sea su marido, tendrá a gran felicidad enseñarles la práctica, si le parece bien. Además, será preciso animarle; lo que se cuida más en una comida son los entremeses y el postre. ¡Es importante no asombrarse ante las primeras sorpresas! Por el contrario, reprima usted las manifestaciones de su asombro y diga que todo tiene su razón de ser, hasta las familiaridades que al principio le parezcan excesivas. ¡Sobre todo, no se niegue usted a nada! No sea indiferente ni distraída; espere a comprender el porqué de las acciones que la desconcertaron; esta revelación no le será concedida sino al cabo de un tiempo vario; con paciencia y buena voluntad, apenas se hará esperar.

DORA.—Muchas amigas mías me han confesado que ellas no habían experimentado nunca esta revelación.

JULIA.—Porque sus amigas tendrán unos esposos imbéciles o torpes; lo cual viene a ser lo mismo. O bien porque ellas serán bastante tontas y se habrán asqueado de un juego en el que no ganaban desde el primer instante. «No hay atajo sin trabajo», ha dicho un fabulista.

DORA.—¡Confiese usted que todo esto resulta muy complicado!

JULIA.—Pasa lo que en todos los aprendizajes; pero crea usted que el aprendizaje es lo más delicioso que hay. Conviene entregarse a él sin procurar analizarse; toda distracción es nefasta en estos minutos. Procure especialmente no aparentar un entusiasmo que no sienta; esto no engaña a nadie y es más bien vejatorio para el copartícipe, que tiene medios de comprobar la sinceridad de los sentimientos y la exactitud de las expresiones de usted. Al principio, la ignorancia de usted será lo que le seducirá mejor; luego seguirá con alegría sus progresos; el minuto más precioso será aquel en que adivinará que usted toma interés en la partida, jugando fuerte y pagando fuerte y en buena moneda. En esta noche quedará él conquistado definitivamente y no pensará más en la querida, que le enseñó el arte de las caricias.

DORA.—¿Está usted muy segura de que no pensará más en ella?

JULIA.—Se lo juro; puede usted entregarse con toda confianza al dulce dueño, que la iniciará. Además, nunca le recomendaré bastante que dedique todos sus cuidados al «guardarropa». Una mujer enamorada debe estar siempre dispuesta a las conversaciones inesperadas; a partir de los treinta y cinco años, en cuanto un hombre tiene un... motivo de conversación, quiere aprovecharlo en seguida, ante el temor de que esta conversación decaiga; esté usted siempre engalanada y emperifollada; no provoque la charla, pero compóngaselas para favorecerla. Si parece que su marido no le hace mucho caso, no recurra a los celos; éstos son mal excitante, que dejan en pos de sí microbios de reproches y de discusiones. Tampoco sirve de nada una visible tristeza; la mujer triste pierde mucho de su encanto o impacienta a su marido. Cierto que excita a los otros; lo cual es una compensación...

DORA.—¡Una compensación para las coquetas...!

JULIA.—Una coqueta no está triste nunca. Otra recomendación: no se muestre jamás aburrida, porque correría usted el riesgo de aburrir. Sonría, ármese de buen humor y siempre llevará usted las de ganar. ¡Ea! ¿Se me olvida algo...?

DORA.—¡Oh! Todavía tengo que aprender muchas cosas. No sospechaba que la vida fuese tan complicada...

JULIA.—¡Tranquilícese! Tiene usted lo esencial, porque es usted bonita, joven y además nada tonta.

DORA.—¿Y en qué nota usted que no soy tonta?

JULIA.—En la gestión que ha hecho. ¡Pocas jóvenes hubieran sido capaces de ello, señora Stowe! No le guardo rencor por esto; al contrario, me parece muy bien. Sin embargo, ¡pudiera usted haber dado con una profesora de pirograbado menos indulgente que yo...!

DORA.—Le ruego que me perdone si mi visita le ha causado alguna pesadumbre.

JULIA.—Mi pesadumbre pasó hace ya mucho tiempo. Sin duda voy a empezar otra vez mi vida. ¡No hago otra cosa de veinte años a esta parte!

DORA.—Me dolería entretenerla más tiempo. (Levantándose.) ¡Toda lección merece su salario, señora! ¿La ofenderé suplicándole que acepte esta sortija, que no tiene valor alguno...? (Le ofrece una sortija que se ha quitado del dedo.)

JULIA (cogiendo la sortija).—¡Muchas gracias, señorita!

Acompaña a Dora y luego entra en el salón, donde la señora anciana acude a su encuentro.

LA SEÑORA.—¡Qué! ¿Tienes una nueva discípula?

JULIA.—¡No, mamá! Es una muchacha que carece de condiciones para el estudio...

XIV

CURSO DE CANTO

El despacho de un juez de instrucción; moblaje pobre; un bureau debajo de una ventana; tres sillas; una biblioteca con cortinillas, que probablemente no encierra ningún libro; una puertecilla, que da a las habitaciones del escribano, invisible; se entra por otra puerta que hay en el fondo. Los que vienen por aquí vuelven solos raras veces. A esta puerta va a llamar cierto día el señor Eloy Genvrain; este quincuagenario agostado no se retrasa mucho; en esta misma mañana ha recibido una hoja invitándolo a presentarse en el palacio de Justicia, a cosa de las dos, en el despacho del señor Renato de Espardeillan, juez de instrucción. Este viejo caballero estaba ayer mismo reluciente y llevaba erguida una noble faz, muy rasurada, peluda, adornada con una gran nariz delgada y subrayada por un bigote en forma de paréntesis. ¡Parecía un bravo jabalí domesticado! Hoy no es mas que un mísero vejete, repentinamente encorvado, que parece implorar la caridad. ¡Compréndese que este hombre no se teñirá más! La vejez lo ha herido irremediablemente, gracias a la citación del juez.

Después de un calvario de indagaciones, llega ante el umbral del Torquemada; llama a la puerta; acércase un escribano polvoriento; el paciente muestra su citación; es introducido en este despacho. Sobre el bureau está inclinado un caballero joven, delgado y más bien elegante, con el aspecto de un primer actor del Vaudeville: nariz roma, boca glotona, ausencia de cejas y calvicie agresiva. Este magistrado, poco decorativo, se levanta cortésmente e indica una silla Imperio que hay junto a su temible bureau.

EL JUEZ.—Es usted el señor Eloy Genvrain, diputado del Bajo Saona, ¿verdad?

ELOY (humilde).—¡El mismo, señor juez!

EL JUEZ.—Muchas gracias por haber acudido tan pronto a mi citación; trátase de un asunto en que los querellantes dan muestras de una prisa especial y quieren una solución pronta.

ELOY (fingiendo torpemente una sorpresa).—¡Le confieso que estoy mal preparado para esta conversación!

EL JUEZ (burlón).—¿De qué piensa que se iba a tratar en ella?

ELOY.—Soy relator de la ley acerca del aumento de sueldo a los magistrados instructores y pensaba que usted deseaba interrogarme sobre este particular.

EL JUEZ (turbado).—¡No, señor diputado...! Desde luego, esta cuestión no me es indiferente. Pero yo le he llamado aquí para un asunto que le atañe de un modo más directo. Le acusan a usted de corruptor de una menor.

ELOY (dando un brinco).—¡Yo...! ¿Yo...? ¡Qué infamia...!

EL JUEZ.—Comprendo su emoción. ¡Sin embargo, hay una querella contra usted!

ELOY (sin darle importancia).—¡Tiene gracia!

EL JUEZ.—No lo dudo; pero, con arreglo a los informes de la Policía, usted fué sorprendido en un hotel de la calle de las Grandes Baldosas en compañía de una muchachita que no había cumplido los quince años; el padre y el hermano de la joven lograron del comisario un proceso verbal instruído a instancias suyas; la joven Elisa Machut declaró ante el oficial de Policía que había sido llevada a este hotel merced a pérfidos manejos, y que una vez encerrada con usted no había podido substraerse a sus galantes empeños.

ELOY (aniquilado).—Señor juez: ¡soy víctima de una abominable maquinación! ¡Han logrado dar un golpe de chantage político sin ejemplo en la historia del sufragio universal!

EL JUEZ.—¡No veo la relación que pueda tener esto con el sufragio universal!

ELOY.—¿Me juzga usted culpable?

EL JUEZ.—Yo le pregunto solamente si confiesa los hechos.

ELOY.—¡No puedo negarlos, puesto que me cogieron en flagrante delito! ¡Pero es preciso que sepa usted la verdad! ¡Aquí donde usted me ve, caballero, nunca he engañado a mi mujer...!

EL JUEZ (dubitativo).—¡Sin embargo...!

ELOY.—Quiero decir que nunca la había engañado hasta estos últimos tiempos. ¡Y algún mérito tenía el conservar esta constancia...! Soy diputado desde hace cinco años. ¡Excuso decirle las tentaciones que habré tenido que sufrir en los teatros subvencionados! Además, he redactado el informe de Bellas Artes. ¡Y he permanecido casto...! ¡Este hecho es único en los anales de Bellas Artes!

EL JUEZ.—¡En efecto!

ELOY.—Puede usted felicitarme tanto más cuanto que la señora Genvrain, sin que horripile, tampoco puede pasar por una belleza.

EL JUEZ (indulgente).—¡Y usted no tenía valor para engañarla! ¡Claro! Así, las señoritas subvencionadas no resultan ya tan atrayentes.

ELOY.—No tengo opinión sobre este asunto, porque nunca quise verlas de cerca.

EL JUEZ.—Estos escrúpulos le honran. ¡Pero después se ha desquitado usted...! ¡Las quería usted menores, picarón!

ELOY.—¡Yo picarón...! ¡Usted tiene ganas de broma...! ¡Aborrezco el amor, así se trate del conyugal...!

EL JUEZ.—¡Usted oculta sus intenciones, mi querido diputado!

ELOY.—Le repito que soy víctima de una maquinación. La culpa de todo esto la tiene la Proporcional.

EL JUEZ.—No comprendo cómo la Reforma electoral le ha impulsado a llevar a una menor a una casa de citas.

ELOY.—Porque usted no conoce la perfidia de los competidores. Voy a desenvolver ante usted toda la canallada de mis adversarios. ¡Podría hacerse con ella una película...!

EL JUEZ (resignado).—Está usted aquí para defenderse y yo le escucho con paciencia.

ELOY.—Mi historia será breve. En el Bajo Saona soy el campeón de las ideas avanzadas; los republicanos cuentan siempre conmigo; recibí proposiciones de Fumeux. ¿No lo conoce usted?

EL JUEZ.—No.

ELOY.—Es el boticario de Bizons-les-Dames, un agente de la reacción, a quien derroté en las elecciones de mil novecientos catorce. Este me dijo: «Genvrain: ¿quiere usted figurar conmigo en la lista de candidatos? La Acción Francesa le apoyará; saldrá usted con dos conservadores, que se disfrazarán de moderados; yo y Chaulard, el liquidador, corremos con los gastos...» ¿Qué hubiera hecho usted en mi lugar...?

EL JUEZ (cándido).—Hubiese aceptado.

ELOY.—¡Yo lo rechacé! ¡No se ha hecho ese pan para mis dientes!

EL JUEZ.—¡Bah! ¡La cuestión es comer!

ELOY.—Fumeux separóse de mí lanzándome una mirada perversa, y me amenazó de esta suerte: «Amigo mío: ya que se empeña usted en obrar por su cuenta, veremos cómo nos las arreglamos para impedirle que triunfe.» Entonces no concedí importancia a estas palabras; sentíame orgulloso de haber rechazado los obsequios de Artajerjes.

EL JUEZ.—Todo esto no me explica...

ELOY.—¡Espere usted! A partir de aquel día, recibí extraños ofrecimientos: me proponían entrar en Consejos de Administración y patrocinar negocios comerciales. Iba a ganar miles y más miles. ¡No se me exigía trabajo alguno!

EL JUEZ.—¡Y decir que yo he buscado durante toda mi vida una ganga como esa!

ELOY.—¡Es usted una criatura! Veíase demasiado la trampa; pretendían comprometerme en un negocio puerco. ¡No iban a ir con semejantes destinos a un imbécil como yo...!

EL JUEZ.—¡Justo!

ELOY.—Sin embargo, yo no era lo suficientemente estúpido para dejarme atrapar; cuando los otros vieron que por este camino no iban a conseguir nada, ensayaron otra martingala: me mandaron a Chabornac; éste es uno de mis electores más influyentes, un encargado de café-cantante de toda mi confianza. El tal Chabornac vino a buscarme hace pocos días y me habló de esta manera: «Mi querido diputado: vengo de parte de la familia Machut para ver a Elisita Machut, que ha huído del hogar paterno a fin de debutar en un café-cantante. A estas buenas personas les disgusta tener una niña en el teatro y querrían traerla al buen camino a fuerza de puntapiés en... ¡Ya me entiende usted...! En fin, si usted quisiera, vendría conmigo al curso de Canto donde la rapaza se perfecciona; le echaríamos el guante, usted le diría buenas cosas y yo me la llevaría a Bizons. ¡Usted no puede negarme esto, que causará, además, un efecto excelente en su distrito...!» Yo no me había olido la trastada, y seguí a mi Chabornac; llevóme a lo más hondo de una callejuela, allá, por el bulevar de Estrasburgo; subimos la escalera de una casa tan nauseabunda, que usted no la hubiera encontrado digna de albergar siquiera sus canes. Al llegar al entresuelo, pasamos a una habitación sin muebles; no había en ella mas que un piano, sobre el cual manoteaba un mísero bujarrón tuberculoso; en torno suyo había una fila de mujercitas, que repetían a coro una canción necia. El profesor les tarareaba el estribillo de moda; estas desventuradas debían desgañitarse cantando en seguida aquello en los music-halls de provincias, donde son entregadas como pasto a los sargentos mayores de la guarnición. ¡Y que se tolere esto en nuestra época...!

EL JUEZ.—¡Se toleran tantas cosas...!

ELOY.—¡Qué tristeza...! ¡Valiente porquería el tal curso de Canto...! Las pobres criaturas cantaban al unísono y descubrían sus muslos con el mismo ademán. No he visto en el mundo nada más lúgubre que aquello. En la primera hilera de estas réprobas distinguimos a Elisita Machut, que se movía con más ardor que sus compañeras y que alzaba la pierna a la altura de un principal. ¡Ya le daré a usted la dirección, señor juez, para que haga cesar este escándalo!

EL JUEZ.—¡Sí..., sí...! ¡Continúe...!

ELOY.—Esperamos a que acabara esta triste exhibición; luego se adelantó Chabornac, se llevó aparte a la rapaza durante algunos minutos y después de esto me la trajo, diciéndome: «¡Aquí la tiene, señor Genvrain! Es una chica razonable, que sólo desea tornar al buen camino; vamos a llevarla a comer y usted le sermoneará lo que sea necesario...» Le juro que había tomado en serio mi papel de bienhechor; por otra parte, la tarea era fácil: la joven Elisa tenía una cara apicarada y un cuerpo delicioso y carnosito. Hubiera usted pensado que contaba por lo menos veinte años. ¡Tan hermosa y robusta parecía...!

EL JUEZ.—¡Evidentemente, usted se dejó engañar por las apariencias...!

ELOY.—Fuimos a comer al restaurante Duval para acabar nuestra conversación; el miserable Chabornac me hacía beber, mientras que yo multiplicaba los sabios consejos a la rapaza; ésta estaba sentada a mi lado; me contemplaba con sus grandes ojos y murmuraba: «¡Qué bien habla usted...! Habla como mi confesor. Estuve enamorada de mi confesor cuando hice mi primera comunión...» ¡Yo charlaba y bebía...! A los postres, Chabornac se eclipsó, como quien no hace nada, dejándome con la pilluela. Esta habíase vuelto completamente buena y me juraba que tomaría el tren del día siguiente para tornar al redil; yo sentíame feliz y orgulloso de haber realizado una buena acción; cierto que estaba a medios pelos y que consideraba al universo con indulgencia. Notaba en mí una imprevista juventud. He de advertirle que no fuí nunca joven. Ejercía el cargo de ujier en Bizons cuando mi mujer se fijó en mí. Yo no había cometido ninguna locura en esta capital de distrito. Desengañado de cuanto se relaciona con los sentidos, habíame consagrado a la política, canalizando en esta dirección todas mis aspiraciones. Mientras yo predicaba justamente la prudencia, apoderóse de mí un demonio, que experimentó un maligno placer obligándome sin decir oxte ni moxte a hacer ademanes contrarios. Pronunciaba palabras definitivas acerca del deber, en tanto que mis manos se perdían por la rolliza grupa de esta Elisa tan trémula. ¿Qué sucedió luego...? Creo recordar que la joven me condujo a un baile público y que me obligó a bailar. Debí escandalizar a los concurrentes habituales de aquel lugar, porque pronto nos plantaron en la calle. Yo era ya un pingajo. La de los Machut hizo entonces de mí lo que le dió la gana. ¿Cómo desperté en un hotelito de la calle de las Grandes Baldosas? ¿Cometí el crimen que usted me reprocha? ¡Lo ignoro! No soy mas que un pobre hombre que no puede con el vino de Champaña...

EL JUEZ.—¡Sin embargo, el flagrante delito...!

ELOY.—Yo dormía y soñaba que acababa de ser nombrado presidente de la Comisión de Presupuestos, cuando unos golpes retumbaron en la puerta; recuerdo que, medio dormido, murmuré: «¡Levántate, Julia...! ¡Es el correo!» Julia es mi mujer. Los golpes se hicieron más recios; mi compañera fué a abrir con una precipitación que me asombró. Entró un comisario, seguido de los Machut, padre e hijo, los cuales no vacilaron en compararme con el más vil de los animales. El comisario cogió mis papeles y me invitó a seguirle; Elisa lloraba y se arrojaba a los pies de su papá; yo contemplaba esta escena bíblica con un estupor ridículo. ¡De súbito lo comprendí todo! ¡Había caído en una encerrona! El traidor Chabornac había maquinado esta perfidia; necesitábase un escándalo para desacreditar al campeón de las ideas republicanas en el Bajo Saona. ¡Los Machut se habían vendido al enemigo y Chabornac me había traicionado! Me atrajeron a este hotel de tercer orden después de haber alquilado previamente la habitación. ¡Estaba perdido...!

EL JUEZ (conmovido).—Señor diputado: su relato es bastante verosímil; pero yo no puedo dejar de cursar una denuncia tan grave.

ELOY.—¡Oh! ¡No hay nada más sencillo! Anuncie a los querellantes que no me presentaré otra vez diputado si desisten de su denuncia. ¿Quieren que cante la palinodia? Pues la canto, y en paz...

EL JUEZ (perplejo).—Sin embargo, ¿y si está en juego el interés de la República?

ELOY.—¡Oh! ¡El interés de la República...! ¡Si viera usted cuán poco me importa! A mí no me preocupa mas que una cosa.

EL JUEZ.—¿Cuál?

ELOY.—¡Que mi mujer no se entere de esta historia!

EL JUEZ.—Será muy difícil ocultársela.

ELOY.—¿De veras?

EL JUEZ.—Y, además, ¿qué importaría que lo supiera?

ELOY (aterrado.)—¡Valiente ocurrencia! ¿Ignora usted que el capital es suyo?

EL JUEZ (amable).—¡Bah! ¡Acabará usted por convencerme...! Vamos a ver, mi querido diputado... Acaso hay un medio de arreglarlo todo...

ELOY.—¡No haga que me alegre sin motivo...!

EL JUEZ.—¡Usted, en fin de cuentas, es víctima de unos maestros del chantage!

ELOY.—¿Se convence usted?

EL JUEZ.—Se echará tierra a este asunto; pero con una condición.

ELOY.—¡Aceptada...!

EL JUEZ.—En estos últimos tiempos, usted ha votado de una manera que ha contrariado al presidente del Consejo; usted, que era el más firme apoyo del Gobierno, ha cedido a las peores sugestiones de la oposición.

ELOY.—¿Lo sabe usted...?

EL JUEZ.—¡Ay, querido diputado! La justicia no es tan ciega como se dice.

ELOY.—¡Ya me doy cuenta...!

EL JUEZ.—No tengo que darle ningún consejo. Usted es demasiado listo para no comprender que su suerte está en sus propias manos. ¡Vuelva, pues, a su casa, caballero...! Arreglaremos este asunto. Y en lo sucesivo desconfíe del chantage, plaga de nuestra época...

XV

CURSO DE ESGRIMA

El maestro Eustaquio Bouteloup es el director de una sala de armas situada en el barrio Monceau; tres amplias estancias, adornadas con floretes, espadas, caretas y fusiles antiguos; el maestro es un hombre de estatura mediana y horriblemente musculoso; lleva puesto el peto de asalto; su rostro evoca un retrato de Velázquez; para completar la imagen, sólo le falta la gorguera... Este hombrecito es el rey de la espada y su lección pasa por infalible; no ama mas que su arte y experimenta un placer sensual manejando espadas. Desde hace treinta años ha sido confidente de todos los duelistas, lo mismo de los más listos que de los más ignorantes; solamente la guerra pudo interrumpir las consultas que el maestro Eustaquio solventaba en su pisito bajo de la calle Logelbach. Al comienzo de este diálogo, el maestro se dispone a colocar una hoja de espada en una empuñadura; deplora, en tanto que canturrea, la tristeza de estos tiempos, en que nadie se bate y en que no se concede atención al noble arte de las armas; solamente tiene como discípulos a los antiguos concurrentes a la sala, que combaten la gota o la arterioesclerosis. ¡La guerra ha matado al duelo, lo mismo que mató a la conversación! El maestro ha terminado de fijar la hoja en la empuñadura con grandes precauciones, cuando suena la campanilla de la puerta de entrada. El maestro sale a abrir e introduce a dos caballeros: uno es el señor Bill Sharp, su antiguo discípulo; otro es un joven muy pálido, muy alto, muy rubio y que no parece estar muy tranquilo.

EL SEÑOR SHARP.—Querido maestro Eustaquio: te traigo a uno de mis amigos, el señor vizconde León de Cogniot, que tiene necesidad de tus conocimientos.

EUSTAQUIO.—¡Adelante, señores! Pasen a la sala de armas; a estas horas no hay nadie todavía. (Introduce a los visitantes en el santuario.) ¡Siéntense en el diván...! ¡Bienvenido a nuestra sala, señor vizconde...! Entra usted en un salón que vió las mejores espadas de esta época. Ahí donde se sienta usted se sentaron los más famosos campeones de espada, que son discípulos míos.

EL SEÑOR SHARP.—¡El maestro Bouteloup conserva la pura tradición de la espada! ¡Todo el que recibe sus lecciones es invencible!

EL VIZCONDE (débil).—¡Acepto este augurio!

EUSTAQUIO.—¿De qué se trata...? ¿Quiere adiestrarse este caballero?

EL SEÑOR SHARP.—¡No! Mi amigo tiene que batirse en duelo dentro de algunos días...

EUSTAQUIO (sorprendido).—¡Pues no lo comprendo! ¿No está prohibido el duelo mientras dure el estado de sitio...?

EL SEÑOR SHARP.—Tienes razón, amigo mío; pero dentro de diez días volveremos al antiguo régimen merced a la ratificación del Tratado de paz, y entonces las personas decentes podrán zurrarse a su talante en el terreno. ¡En fin, ya era hora...! ¡Se iba uno enmoheciendo...!

EUSTAQUIO (radiante).—¡Gracias a Dios! Me traen ustedes una noticia estupenda, por la que les doy las gracias. Les juro que creía que mis compatriotas no tenían mas que sangre de nabo en las venas. Le prometo, señor vizconde, prepararlo con todo esmero.

EL VIZCONDE (siempre débil).—¡Muchas gracias, maestro!

EUSTAQUIO.—¡Vamos a ver de qué se trata...! A mí me gusta conocer siempre el asunto, porque debe usted comprender que si éste no me agrada lo enviaré a un compañero.

EL VIZCONDE.—Apruebo sus escrúpulos. Mi caso es de los más honrosos y estoy seguro de que usted, a su vez, aprobará mi conducta. No tengo nada de matón y desde mis más tiernos años evité las cuestiones. Yo me inclino a la conciliación.

EUSTAQUIO (severo).—¡Mal hecho! ¡Un hombre no debe dejarse pisotear por nadie...!

EL VIZCONDE.—Tiene usted razón, mi querido maestro; pero yo soy alegre por naturaleza y mis principios me apartan del duelo.

EUSTAQUIO.—Veo que no es usted deportista. Usted no tiene sangre en las venas.

EL VIZCONDE.—He jugado al tennis, que es todo lo que me permitían mis medios.

EUSTAQUIO.—¡Sí! Usted ha descuidado su educación. ¡Continúe...!

EL VIZCONDE (molesto).—¡Yo he cumplido con mi deber durante la guerra! Figuré en la sección veintidós y tengo los galones de sargento.

EL SEÑOR SHARP (confuso).—¡Adelante!

EL VIZCONDE.—Digo esto para indicar que no soy pendenciero y que no me gusta armar camorra con el prójimo.

EUSTAQUIO.—¡Estos sentimientos le honran! ¡Nunca se debe buscar camorra al prójimo! Lo que se debe hacer es aprovechar las ocasiones que éste le ofrezca a uno para romperle las narices. ¡Eso es todo!

EL VIZCONDE.—¡Usted hará de juez, caballero! Estaba yo en el cabaret de Lutecia, en compañía del señor Sharp, mi amigo, aquí presente, y de mi amiga, la señorita Amelia Migeon, conocida principalmente por el sobrenombre de Zipette; la velada deslizábase deliciosa, divirtiéndonos todos delicadamente, como personas bien educadas. Pero he aquí que viene a sentarse junto a nosotros un individuo acompañado de una especie de pellejo. No comprendo cómo admiten gente de esta calaña en el cabaret de Lutecia; la mujer hallábase en un estado de embriaguez avanzada, y el hombre apenas se encontraba mejor que ella; piden champaña, y luego se ponen a mirarnos de hito en hito a Zipette y a mí, y a comunicarse en voz baja ciertas reflexiones, que debían ser muy graciosas porque les hacían reír de una manera irritante; yo sentía que se me subía la sangre a la cabeza, y mi amiga, por su parte, se agitaba; lo cual no es buena señal en ella.

EL SEÑOR SHARP.—¿No exageró usted las cosas?

EL VIZCONDE (molesto).—No soy un niño, amigo mío, y veo claramente todo. Usted, en cambio, no ha visto nada, porque nos refería su viaje al Canadá.

EUSTAQUIO.—Le ruego que refiera pronto su historia.

EL VIZCONDE.—¡Está bien! Los vecinos persistían en su molesta actitud; en esto, mi Zipette, agotada ya su paciencia, se pone a hablar en voz alta y a gritar que había en el vasto universo personas sin educación, las cuales acabarían por recibir unas cuantas bofetadas de las personas distinguidas de la reunión.

EUSTAQUIO.—¡Ah! Esto es una provocación.

EL VIZCONDE.—¡Usted perdone! ¡Era la respuesta a una provocación!

EL SEÑOR SHARP.—¡Y dale! ¿Vas a empezar otra vez...? Los testigos han reconocido que tú eras el ofensor.

EL VIZCONDE (con amargura).—¡Los testigos son unos calabazas!

EL SEÑOR SHARP.—¡Muchas gracias! ¡Se sacrifica uno por ti para que luego lo trates de esta manera!

EL VIZCONDE.—¡Yo no he hablado de ti en particular! Ahora bien; apenas había lanzado Zipette estas aladas palabras, cuando la doncella de al lado, dirigiéndose a la concurrencia, aludió a ciertas golfantas que merecían recibir una buena azotaina; agregó que los caballeros y las señoras a quienes interesara este espectáculo no tendrían que esperar mucho tiempo para verlo. Entonces mi Zipette apostrofa a su vecina y le dice: «¡Usted perdone, señora! ¿Se dirigen a mí esas frases?» «Señora: se dirigen a los pendones en general. Pero ¡si usted quiere aplicárselas...!» «Los dichos de una prostituta no tienen importancia: por eso desdeño los suyos...» Etc., etc. Figúrese usted cómo se regocijaría la honrada reunión; esto excitaba más a las dos señoras, las cuales llegaron a emitir dudas acerca de su fidelidad para con sus amantes. Cuando los cocheros riñen, llega siempre un momento en que los golpes van a dar sobre los clientes. Lo mismo sucede en las discusiones de mujeres; hasta entonces nos habíamos esforzado por calmar a las señoras, pero esto no servía sino para enfurecerlas más; nos vimos arrastrados en la cuestión; el caballero de al lado me trató de idiota, y yo le califiqué de «rastacuero»; revolotearon los epítetos; con ademán simultáneo nos tiramos los platos a la cabeza; yo le obsequié con un cangrejo a la americana; él me envió mollejas de ternera; nos separaron; cambiamos las tarjetas, y luego nos plantaron a los cinco en la calle. Al día siguiente nuestros testigos poníanse a trabajar; mi adversario, un tal Gómez Ocervo, español, exigió la espada. Esto es muy desagradable para mí, porque no sé coger un florete. ¡Me bato mañana, y seré incapaz de defenderme...!

EUSTAQUIO.—¡Creo conocer a su adversario...! ¡Calle...! ¡Ocervo...! ¡Pertenece a la sala Massena...! ¡Es un tipo muy bragado...!

EL VIZCONDE (inquieto).—¿De veras?

EUSTAQUIO.—Si es el Ocervo que yo me imagino, le vencerá desde el primer encuentro... En fin, tranquilícese... Yo me las apañaré para que no resulte mas que herido. ¿Dónde se bate usted...?

EL SEÑOR SHARP.—En el Parque de los Príncipes, en el barrio de los exploradores, a las once.

EL VIZCONDE.—Yo pensaba que nadie se batía en tiempo de guerra.

EUSTAQUIO.—¡Sí! Pero se ha levantado el estado de sitio y el duelo no es ya contrario a las leyes del honor.

EL VIZCONDE.—No es que tenga miedo; pero yo había contado con un breve aplazamiento a fin de adiestrarme.

EUSTAQUIO.—Voy a enseñarle a ponerse en guardia. Si sigue usted bien mis consejos, no arriesgará gran cosa. Póngase este peto y tome esta careta; aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted sobre el terreno; coloque su brazo en tal forma que su espada sea como una prolongación de su antebrazo. ¡Esté así, inmóvil! ¡No deje que su hoja se separe de la línea...! Usted tiene un brazo bastante sólido y no debe hacer mas que recobrar inmediatamente su posición. Ahora voy a ensayar las principales estocadas que se intentan sobre el terreno; su adversario es muy fuerte y no arriesgará combinaciones complicadas: rectas, fondos, envolvimientos, una y dos... Conteste sin descubrirse. Cuando advierta que va a venir la estocada, salte hacia atrás.

EL VIZCONDE.—Pero ¿y si no advierto que viene?

EUSTAQUIO.—¡Oh! ¡Es cuestión de intuición...! Si hubiera tenido más tiempo, le hubiese enseñado a replicar inmediatamente. ¡Nada como esto para desconcertar a un adversario...!

EL VIZCONDE.—De todas maneras, mi querido maestro, si escapo de ésta vendré a perfeccionarme en su arte.

EUSTAQUIO (tranquilo).—¡Cuento con ello! ¡Cuidado! ¡Voy a atacarle...!

EL VIZCONDE (saltando muchos metros atrás).—¡Caramba...!

EUSTAQUIO (persiguiéndole).—¡Muy bien! ¡Pero no se vaya tan lejos...!

La lección continúa; al cabo de una hora, el vizconde casi sabe ponerse en guardia con la espada; el maestro le garantiza que no hará mal papel, le aconseja que se acueste temprano y que duerma y le vende un par de espadas de combate con la cazoleta reglamentaria. El vizconde se marcha seguido del señor Sharp; diez minutos después de esta visita, el maestro recibe otra: el comandante Prune le trae a un caballero moreno, de tez olivácea, que tampoco parece muy tranquilo.

PRUNE (cabeza de viejo militar retirado).—¡Salud, mi querido Bouteloup! Le traigo a mi amigo el señor Gómez Ocervo, que tiene mañana una cuestión de honor. Gómez: el señor maestro Bouteloup, cuyo elogio le he hecho!

GÓMEZ.—¡Celebro mucho conocerle, maestro!

EUSTAQUIO (que ha pasado ya de la edad de los asombros).—¿Es usted pariente del esgrimidor?

GÓMEZ.—¡De ninguna manera! No somos de la misma familia. ¡Además, yo no sé ni coger una espada...!

EUSTAQUIO.—¡Bah! Ya le enseñaré a ponerse en guardia. No lo matarán. Apenas le herirán levemente. ¡Y esto es lo esencial!

PRUNE (principiando un discurso).—Mi amigo riñó ayer con un borracho...

EUSTAQUIO.—¡Sí, sí! ¡Ya lo sé...! ¡En el cabaret de Lutecia...!

PRUNE.—¿Cómo se ha enterado usted...?

EUSTAQUIO.—En mi sala se está al corriente de todas las cuestiones de honor. Este caballero se bate mañana, a las once, en el Parque de los Príncipes, ¿no es cierto?

GÓMEZ.—¡Efectivamente! ¡Está usted bien informado!

EUSTAQUIO.—No tiene usted tiempo que perder. ¡Póngase este peto...! (Le da el mismo peto que acaba de dejar el vizconde.) ¡Cúbrase con esta careta! ¡Aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted mañana! ¡Ya está...! Colóquese de forma que su antebrazo sea como una prolongación de su espada... Etcétera..., etcétera...

Reprodúcese la lección lo mismo que ya la conocemos; el maestro aconseja a su neófito que no se mueva, que salte nada atrás y así sucesivamente; Gómez se despide de su profesor, después de haber comprado un par de espadas de combate y la manopla.

EUSTAQUIO.—Será muy extraño que mañana por la mañana se hagan daño alguno. De todas formas, iré a ver el duelo, porque me parece que no se aburrirá uno allí.

Llegan los discípulos y se ponen al corriente del acontecimiento.

Al otro día por la mañana, en el barrio de los exploradores, los cuatro testigos y los dos adversarios se encuentran; saludos ceremoniosos; mientras los duelistas se van, cada uno a su cabina, para ponerse la obligatoria camisa sin almidonar, el director del combate, el célebre Julio, gran campeón de espada, charla con los testigos; mídese el suelo a grandes zancadas; juéganse los puestos a cara o cruz; los chauffeurs de las dos limosinas que han conducido a los dos grupos han trepado al techo de las cabinas, a fin de asistir al juicio de Dios. Cada uno de ellos se pone de parte de su patrón, aunque ambos son de alquiler.

EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Qué aire más ridículo tiene tu cliente...! ¡Apenas puede mantenerse en pie...!

EL SEGUNDO «CHAUFFEUR».—¡Tu cliente sí que parece ridículo...! ¡Seguramente está temblando!

EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Mi cliente es todo un hombre! ¡Se va a comer al tuyo como si fuera un mostachón...! ¡Y sin beber siquiera...!

EL SEGUNDO «CHAUFFEUR».—¡Quita de ahí, hombre ¡El mío es todo nervios! ¡Os podremos! ¡Te lo aseguro...! ¡Eso es viejo!

EL PRIMER «CHAUFFEUR».—¡Tú no calles...! ¡Pero ya verás...!

Continúa la discusión entre estos caballeros; están a punto de venir a las manos; pero he aquí que llegan los periodistas, el operador del cinematógrafo, los fotógrafos, el maestro Bouteloup, los parientes y los amigos de cada combatiente; aquello se llena de gente; se desinfectan las espadas quemándolas en una palangana; los dos médicos, que proceden a esta delicada operación, parecen hacer un ponche; ambos duelistas, en camisa, se mantienen aparte; el guarda del barrio se acerca al vizconde y le habla.

EL GUARDA.—Caballero: ¡hoy es día de aniversario...!

EL VIZCONDE (encantado de encontrarse con un interlocutor).—¿De veras? ¿Y qué aniversario es?

EL GUARDA.—Hoy hace seis años, justos y cabales, que el príncipe Monsousoff fué muerto en desafío en este mismo sitio.

EL VIZCONDE (sonriendo débilmente).—¡Espero que esto no será contagioso!

EL GUARDA.—¿Quién es capaz de saberlo...? ¡Se da tan pronto una grave estocada! ¡Pobre príncipe...! ¡Lo vuelvo a ver cayendo bañado en su sangre! ¡Mire! Fué a morir allí, en la cabina, donde usted se ha vestido...

EL VIZCONDE (verduzco).—¡Oh! ¡No soy supersticioso...!

Los testigos ponen fin a esta agradable conversación; los adversarios son conducidos a sus sitios; aquéllos hácense un poco atrás; el famoso Julio pronuncia la palabra sacramental: «¡Adelante, caballeros!» De común acuerdo, siguiendo las enseñanzas del maestro, ambos combatientes dan un brinco hacia atrás; ligera emoción en la concurrencia; pausa; de esta guisa podrían permanecer mucho tiempo; Julio toma la resolución de conducir otra vez a estos caballeros a su punto de partida; los enemigos se observan, rígido el brazo, sin moverse; el operador del cine da vueltas a su manivela. ¡Esto no formará un conjunto excelente! Así se pasa el tiempo del encuentro; luego son separados los adversarios; sus testigos van a confortarlos, en tanto que los doctores se dedican al masaje del antebrazo.

SHARP (a su apadrinado).—¡Muy bien! ¡Ha estado usted estupendo! Pero ¿por qué no intenta usted un pequeño ataque?

Como el comandante Prune ha hecho la misma advertencia a su apadrinado, síguese que en el segundo encuentro los adversarios se atacan con una violencia no exenta de torpeza; hay un cuerpo a cuerpo que regocija al operador de cine; precipítase Julio para separar a estos dos furiosos; pínchase fuertemente en el índice; lo vendan; descanso.

Tercer encuentro: más calma; tejemaneje insignificante y anodino; sin embargo, la espada del vizconde roza la muñeca de Gómez.

JULIO (lleno de esperanza).—¡Alto! ¡Ha sido usted tocado, caballero...!

Se desnuda al español; no tiene nada; se le vuelve a vestir; se desinfectan las espadas.

Cuarto encuentro: al esbozar una tímida agresión, el vizconde se pincha en la muñeca con la espada tendida de su compañero. ¡No se ha escapado esto a la mirada vigilante de Julio!

JULIO (precipitándose con el bastón levantado).—¡Alto...!

Los médicos se apoderan de la muñeca que les tiende el vizconde, un poco pálido, y, a fuerza de apretársela, hacen salir una gotita de sangre de la herida.

JULIO (satisfecho).—El duelo ha terminado, caballeros, puesto que uno de los adversarios se encuentra en condiciones de inferioridad.

Ceremonia de la reconciliación; después de una corta pero cortés discusión, Gómez se adelanta hacia el vizconde y le expresa la esperanza de no haberle herido mortalmente; el otro le tiende la mano tan poco ensangrentada; hay un asalto de finezas.

GÓMEZ.—Pronto será mediodía. Usted no ha desayunado y yo tampoco. ¿Quiere hacerme el favor de ser mi huésped en compañía de sus amigos?

EL VIZCONDE (contento).—¡Con mucho gusto! Mi coche está ahí. Iremos juntos. ¿Adonde nos dirigimos?

GÓMEZ (finamente).—¡El cabaret de Lutecia me parece el lugar más indicado. Telefonaremos a las señoras, que vendrán a reunirse con nosotros, y así se conocerán mejor.

Dicho y hecho; el vizconde y el señor Ocervo suben a la misma limosina; todo el mundo está locamente alegre, menos el chauffeur del vizconde, que no comprende nada de esto.

EL «CHAUFFEUR».—¡Cómo! ¡Se baten y después se van juntos! ¡Qué asquerosa es la gente del gran mundo! ¡Y decir que he estado a punto de zurrarme con mi colega a causa de este tío imbécil...!

FIN





ÍNDICE
PÁGINAS.
I.—Curso de literatura 5
II.—Curso de declamación17
III.—Curso de euritmia31
IV.—Curso de natación47
V.—Curso de idiomas63
VI.—Curso de «bridge»77
VII.—Curso de belleza91
VIII.—Curso de cocina107
IX.—Curso de decorado119
X.—Curso de medicina135
XI.—Curso de pintura149
XII.—Curso de moral165
XIII.—Curso de amor179
XIV.—Curso de canto193
XV.—Curso de esgrima207

MARCELO PROUST.—Por el camino de Swann. Traducida del francés por Pedro Salinas.

A la sombra de las muchachas en flor. Traducida por Pedro Salinas.

ENRIQUE MANN.—Las diosas. Diana. Traducida del alemán por José P. Bances.

Las diosas. Minerva. Traducida por M. Pedroso.

Las diosas. Venus. Traducida por M. Pedroso.

Los pobres. Traducida por M. Pedroso.

El profesor Unrat. Traducida por José P. Bances.

EMILIO CLERMONT.—Laura. Traducida del francés por Luis Bello.

ANDRES SUARES.—Créssida. Traducida del francés por Bernardo G. de Candamo.

LEONARDO COIMBRA.—La alegría, el dolor y la gracia. Tr. del portugués por Valentín de Pedro.

MIGUEL DE UNAMUNO.—Tres novelas ejemplares y un prólogo.

ANTON CHEJOV.—El jardín de los cerezos. Traducida del ruso por Saturnino Ximénez.

TOMAS MANN.—La muerte en Venecia. Tristán. Traducida del alemán por J. Pérez Bances.

ALEJANDRO ARNOUX.—El "cabaret". Traducida del francés por Bernardo G. de Candamo.

JUAN GIRAUDOUX.—La escuela de los indiferentes. Traducida del francés por Tomás Borrás.

Simón el Patético. Traducida por Manuel Azaña.

Lecturas para una sombra. Traducida por N. González Ruiz.

FRANCIS JAMMES.—Rosario al sol. Traducida del francés por Magda Donato.

ANNIE VIVANTI.—Los devoradores. Traducida del italiano por Cristóbal de Castro.

ESCIPION SIGHELE.—Eva moderna. Traducida del italiano por Cristóbal de Castro.

La mujer y el amor. Traducida del italiano por Pedro Pedraza.

HUMPHRY WARD.—Roberto Elsmere. Traducida del inglés por F. Villaverde.

CARLOS PEGUY.—Obras escogidas.

VALERY LARBAUD.—Fermina Márquez. Traducida del francés por Enrique Díez-Canedo.

ISRAEL ZANGWILL.—Los hijos del Ghetto. Traducida del inglés por Vicente Vera.

EUGENIO D'ORS.—Oceanografía del tedio.

SCHNITZLER.—Anatol. Tr. del alemán por L. Araquistain.

LOS POETAS

MIGUEL DE UNAMUNO.—El Cristo de Velázquez.

FRANCIS JAMMES.—Del toque de alba al toque de oración. Tr. del francés por E. Díez-Canedo.

TEIXEIRA PASCOAES.—Tierra prohibida. Traducida del portugués por Valentín de Pedro.

ALBERT SAMAIN.—En el jardín de la infanta. Traducida del francés por Emilio Carrère.

NOTAS:

[1] Aquí hay un juego de palabras intraducible al español. Des seins—de los senos—y desseins—designios—suenan lo mismo al pronunciarlas.—(N. del T.)

[2] Aquí y en las líneas siguientes hay varios juegos de palabras inglesas y francesas semejantes o casi semejantes en su pronunciación y de traducción imposible al español.—(N. del T.)

[3] El gran sartorio, en francés, llámase le grand couturier, es decir, «el gran modisto»; de donde un juego de palabras intraducible al español.—(N. del T.)

book's back cover