The Project Gutenberg eBook of Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos

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Title: Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos

Author: Manuel Chaves Nogales


Release date: July 11, 2026 [eBook #79074]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Rafael Caro Raggio, editor, 1920

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/79074

Credits: Ramón Pajares Box. (Imágenes procedentes de los fondos de la Biblioteca Nacional de España.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK NARRACIONES MARAVILLOSAS Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES HUMILDES Y DESCONOCIDOS ***

Índice

Narraciones maravillosas y biografías ejemplares de algunos grandes hombres humildes y desconocidos

Nota de transcripción

  • Los errores de imprenta han sido corregidos.
  • La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
  • La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización.

Cubierta del libro

p. 3

NARRACIONES MARAVILLOSAS


p. 4

ES PROPIEDAD

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES


IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO: MENDIZÁBAL, 34, MADRID

p. 5

MANUEL CHAVES NOGALES

NARRACIONES MARAVILLOSAS
Y BIOGRAFÍAS EJEMPLARES DE
ALGUNOS GRANDES HOMBRES
HUMILDES Y DESCONOCIDOS

Logotipo del editor

RAFAEL CARO RAGGIO, EDITOR

MENDIZÁBAL, 34, MADRID

p. 7

PROSPECTO

Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra, advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme como al alfarero persa:

«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma».

Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir, estando aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y morir a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca. Al modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y, al fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con este.

Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con aquel barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a cada una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja o la tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la gente. Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo concepto de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las p. 8que el héroe o arquetipo roto en cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño o viejo, bueno o malo, torpe o sabio.

He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano («nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en esta época de la cuarta dimensión.

Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería dar a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba privado del valor épico de todo personaje de novela.

Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en los que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y múltiple que fuese.

p. 9

He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando, más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las Narraciones maravillosas que arbitrariamente dan título al volumen, cuya maravilla no es otra que la de las almas simples ante el absurdo del mundo.

No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no sus astutas ficciones.

El Autor.

p. 11

BIOGRAFÍAS EJEMPLARES
DE ALGUNOS GRANDES HOMBRES
HUMILDES Y DESCONOCIDOS

p. 13

TRES VIDAS EJEMPLARES

A los quince años ingresó de meritorio en un Banco. Le sentaron en un taburete incómodo, frente a un gran pupitre; púsose unos manguitos negros y comenzó a escribir:

«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».

Durante medio año repitió millares de veces las mismas palabras sobre los mismos trozos de papel, y los rasgos de su escritura se estilizaron, elegantizándose maravillosamente. Entonces le señalaron un sueldo anual de mil doscientas pesetas, y a lo largo de media docena de años siguió escribiendo todos los días cientos de veces:

«Páguese a la orden de..., páguese a la orden de...».

Cuando tenía veintitantos años, su maestría era indiscutible. Pensó ya en casarse; pero como su sueldo inicial, acumulados los aumentos de los primeros quinquenios, era aún bastante exiguo, tuvo que esperar todavía el ascenso, que no sin tiempo y trabajo p. 14consiguió al fin. Abandonó entonces su viejo pupitre, se encaramó sobre otro taburete más piadoso con sus huesos ya endurecidos, y comenzó a escribir:

«Valor recibido en cuenta de..., valor recibido en cuenta de...».

Se casó y tuvo hijos; el día antes de su boda estuvo trazando con el mismo afán de siempre las palabras sacramentales; las repitió cien veces el día que le nació el primer hijo y el día que le dejó huérfano, el que le descubrió la infidelidad de su esposa, el que lo hizo viejo y el que le trajo la pulmonía que acabó con él.

«Páguese a la orden de..., valor recibido en cuenta de...».

He aquí la historia completa de una vida.

***

Otro cuento ejemplar:

Joven aún, le nacieron en las manos dos cafeteras, que ya se le quedaron adheridas para siempre jamás al metacarpo y a la primera falange. Una de las cafeteras tenía café, como era natural; la otra, leche, y no sabemos por qué, puesto que también era cafetera.

Le vistieron con un traje negro, robado a un muerto decente, y empezó a moverse al conjuro de un grito inarticulado, que le hacía ir y venir con sus dos cafeteras humeantes: «¡Eh!»

p. 15

—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?

Se le empezó a caer el pelo; recurrió primero a cubrir su calvicie con las escasas hebras que aún se defendían sobre los parietales; pero, al fin, su cráneo quedó reluciente y terso. Seguía acercándose amorosamente a los parroquianos para hacerles sus tres preguntas eternas:

—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?

Hubiera deseado ponerse a charlar con aquellos señores; contarles cómo el reúma se le metía por las piernas arriba, cómo le había entristecido la muerte de su hijo y la prostitución de su hija, cómo le sorprendían muchas cosas inexplicables del mundo y cómo resolvía él otros problemas, que la gente considera abstrusos. Pero aquellos señores no se lo permitían, no eran cordiales, no le estimaban como a un semejante. Estaba condenado a un mutismo eterno y toda su vida de relación eran aquellas cuatro palabras:

—¿Solo? ¿Mucha leche? ¿Así?

Se llevó al cementerio el deseo de interpelar a todo el mundo, preguntar unas cosas y contar otras que se le habían ido repudriendo. Ahora, los señores gusanos estarán muy divertidos escuchando las trascendentales revelaciones del echador de café.

***

Otro cuento aún:

Mi vecino ha escrito una poesía. Y con frecuencia p. 16viene a recitármela. Es una poesía lírica que empieza diciendo:

«¡Oh, tú, la de los ojos profundos!»

Yo creo, sin embargo, que mi vecino hubiera podido superar a Goethe. Pero la vida le sujeta. Es el hombre que lucha con la vida; mejor dicho, con la muerte. La miseria le anda siempre alrededor; le coge, le zarandea durante todo el día, le pega pellizcos en las tripas, le alambriza las piernas, y, por la noche, le tumba destrozado, sacudido y vacío sobre su jergón.

Es el hombre activo e inteligente que se aborta porque no ha podido vencer la miseria. Yo le veo comprando sus judías, encendiéndose el fogón, repartiendo prospectos por las calles, conduciendo tranvías, correteando, arbitrando siempre y siempre, acosado por la necesidad, que va royéndole constantemente los zancajos.

Y me permito creer que hubiera podido superar a Goethe.

***

¿Por qué se aburrirá la gente con estas historias ejemplares? ¿Por qué no agradan a nadie estos cuentos en los que no hay nada que contar? ¿Por qué ha de pasar algo si en las vidas silenciosas de estos hombres, p. 17a los que no pasa nada, hay gestas gloriosas y grandes epopeyas?

EL HOMBRE
QUE NO FUE NIÑO

Este hombre estuvo dormido hasta los catorce años; de su infancia no tenía el menor recuerdo; su inteligencia —poca o mucha— no tuvo ocasión de actuar hasta que llegó a esa edad, en la que se despertó súbitamente, espoleada por la imperiosa necesidad de vivir. Pero vivir es muy difícil cuando se está solo en el mundo y se ignora absolutamente todo. Este hombre tuvo, pues, que hacerse a sí mismo; y hacerse con prisas, con atosigamientos, entreviendo, adivinando. A este hombre le había faltado la infancia y a los quince años se encontraba tirado sobre la faz de la tierra, como si hubiese aparecido, ya talludito, por generación espontánea.

Trabajó, se afanó día y noche, descubrió muchas veces el Mediterráneo, anduvo y desanduvo, supo orientarse poniéndose de puntillas entre la muchedumbre, y a los treinta y tantos años se encontró hombre normal, civilizado, con una posición firme en la vida, con ideas propias, con profundas convicciones y un caudal considerable de experiencia.

Activo, inteligente, dueño absoluto de sí mismo, con un certero instinto y una extraordinaria lucidez mental, logró honradamente (no se olvide que esto es p. 18un cuento) el disfrute de la paz, el poder, la justicia y el amor.

Cuando todo esto lo tuvo conseguido, se permitió mirar sosegadamente a su alrededor, y advirtió entre las gentes, entre ciertas gentes, una mal disimulada hostilidad. Al principio atribuyó esta mala voluntad a envidia en unos, a legítima defensa en otros y a franca estupidez en los de más allá. No se satisfizo, sin embargo, con esta consideración y reinó mucho tiempo en el tema. Gentes a las que tenía en mucho le repudiaban discretamente; hombres a los que jamás había hecho ningún daño, le odiaban sin reservas; mujeres a las que daba su amor hondo y honrado, se esforzaban en resistir a la sugestión que en ellas ejercía su éxito, y no sin repugnancia se le rendían. Todo esto, para un hombre mentalmente deficiente, no tiene gran importancia; pero para este hombre, que pretendía la mayor suma de perfección, era un tormento insufrible.

Para los aristócratas era un advenedizo; para los artistas, un filisteo; para los que trabajaban sin éxito, un burgués; para los sabios, un ignorante.

¿Burgués? ¿Filisteo? ¿Advenedizo? ¿Ignorante? Este hombre no se desanimó, y se propuso no ser burgués, ni filisteo, ni advenedizo, ni ignorante. Y lo consiguió. Aun en la plenitud de su vida, dotado de una poderosa inteligencia y avezado a síntesis geniales, cursó muchas y varias disciplinas; aguzó su espíritu p. 19en la constante convivencia con obras y hombres de una fina espiritualidad: olvidose de sí mismo y puso vital empeño en que nada pasara por alto a su comprensión. Ya se inclinaba hacia la tierra cuando, sin jactancia, pudo considerarse superior a casi todos sus contemporáneos.

Dominaba. Nadie más competente que él, más avizor. Temíase y admirábase la extensión de sus conocimientos: maravillaba la potencialidad de su inteligencia, y, sin embargo, hombrecillos desvanecidos, incoherentes al parecer, faltos de consistencia y de cultura, mantenían la hostilidad, el menosprecio, el desinterés. Sin saber concretamente por qué, rechazaban unánimes a este hombre ejemplar que lo había logrado todo; todo menos una cosa aún indeterminada, incomprensible, todavía desconocida. No era una trivialidad, aunque debía ser algo tan pequeño que escapaba a la más fina percepción. ¿Que era lo que faltaba a este hombre? ¿Qué era lo que hacía inútil, desestimable, toda la labor de su vida?

Viejo, muy viejo ya, desesperó, al fin. Prudentemente había decidido retirarse de la lucha y dedicó el resto exiguo de sus días a rumiar su propia existencia.

Frecuentaba los cafés apartados y los jardines públicos. Charlaba con los viejos que esperan a morirse en el doble fondo de los cafés de barrio, olvidados y tristes, y con los niños que en los jardines esperan a p. 20vivir. Sus diálogos tenían una fluidez, un cauce soterrado de agua fresca y fertilizante, de que hasta entonces había carecido el monólogo reseco de su vida.

A veces, los niños le hacían preguntas inauditas, maravillosas; en otras ocasiones tenían respuestas desconcertantes. Aquello le era completamente desconocido; rebañaba el viejo los recuerdos de su infancia y no recordaba haber sido niño nunca. Los niños. ¿Qué cosas más extrañas? ¿Por qué jugarán? ¿Qué es el juego? ¿Qué trascendencia tiene?

Cuando ya iba a morirse se dio cuenta de lo que le había faltado siempre. Ser niño.

Haber jugado. Él no había hecho más que trabajar; se había hecho él solo, trabajándose. Por eso era un producto artificial, una obra imperfecta, una manufactura que los demás repelían y despreciaban. Y deploró en el alma lo que antes había sido su orgullo: ser hijo de sí mismo, de su voluntad, de su inteligencia. Y es que un hombre, todo un hombre, es muy difícil de hacer.

YO Y YO MISMO

Desde hace ya bastante tiempo observo una conducta ejemplar. Amo a mi familia y cuido de ella, acreciento mi patrimonio, amparo mi prole, profeso ideas de moderación, ensalzo las virtudes patrias, soy senador y presidente honorario de varias entidades p. 21benéficas y me irrito contra la inmoralidad, el descreimiento, el desenfreno y la rebelión. De buena fe, de absoluta buena fe, me he propuesto ser un poderoso ariete contra todas estas cosas nefandas y gasto gozoso mi energía en combatir a los enemigos del orden, la religión, la autoridad, la patria y el capitalismo.

Pero he aquí que, a raíz de una de mis furibundas campañas conservadoras, aparece un impío que pretende desautorizarme y ponerme en la picota exhumando actos y palabras de mi juventud, que contrarían mis actuales inclinaciones. Si ahora soy profundamente religioso, antes fui ateo; si hoy ensalzo a la burguesía, antes aparecí como demagogo; si amo y educo a los hijos de mi mujer, antes abandoné a los de mis amantes; si ahora combato la trata de blancas, antes las he tratado sin escrúpulos. Todo esto dicen. Bueno, ¿y qué?

Confieso que fui yo, yo mismo, quien hizo y dijo cuanto ahora me afean. Pero ¿qué solidaridad hay entre yo y yo mismo a la vuelta de veinte años?

Es verdad que entonces tenía el mismo nombre y los mismos apellidos que ahora; no es menos cierto que mis ojos eran azules como lo son hoy, si acaso un poco más claros; aquel tipo mío de los veinte años tenía algo de este mismo tipo a los cuarenta; pero ¿qué más dato de identidad hay entre aquel joven y yo? Buscándome a mí mismo estoy rebañando en mi p. 22memoria y apenas encuentro rastro de aquel sujeto que llenó este mismo espacio que hoy ocupo. Nada de cuanto entonces sentía y pensaba siento y pienso ahora. Somos seres completamente distintos.

Y, sin embargo, vienen a pedirme cuentas de lo que hice o dije hace veinte años. Es como si dentro de veinte años fuesen a pedir cuenta de estas palabras de ahora a los señores gusanos que me coman o a las hierbas que me arraiguen en la boca. No hay en mí ni una sola célula, ni una molécula, ni un átomo de los de entonces. Todo yo soy nuevo, completamente nuevo; así me lo ha dicho la Biología. Y, sin embargo, me exigen ahora solidaridad con aquel ser absurdo de los veinte años. ¡Bah! Ocurre con esto lo que con aquel cuchillo de cocina, siempre nuevo, al que se le había puesto hoja más de veinte veces y otras tantas se le había renovado el mango. ¿Qué quedaba del primitivo cuchillo? ¿Qué queda en mi piel, mis nervios y mi sangre de aquel cuerpo juvenil que hacía y pensaba esas cosas absurdas?

No pretendo buscar atenuantes, ni digo, en son de disculpa, que la vida me ha trabajado de este modo. No he claudicado, no. Es que soy otro.

Creo firmemente que un hombre, desde que viene al mundo hasta que la tierra se lo traga, nace y muere muchas veces. El mito del Ave Fénix, renaciendo de sus cenizas, no es más que la intuición de esta verdad que ahora postulo. Lo que ocurre es que los hombres p. 23son lo suficientemente idiotas para no darse cuenta de cuándo se mueren y cuándo renacen. Se ponen melancólicos, les entra la morriña, se les muda el pellejo y, a costa de todo esto, levantan castilletes psicológicos, y a veces escriben novelas, sin darse cuenta de que la verdad es que se han muerto y van a renacer. Por una estúpida fidelidad con el cadáver que dentro de ellos mismos llevan, se obstinan en conservar todo lo que ya se les ha muerto y podrido. Repito que es lo mismo que si cuando yo estuviese convertido en polen se me antojara opinar sobre la guerra de Marruecos.

No cabe, pues, pedirme solidaridad con aquel jovenzuelo libertino, descreidote, manirroto y pendenciero que llevaba mi mismo nombre y apellidos. He liquidado mis cuentas con él; le hice un solemne funeral; le enterré en un rinconcito discreto de mi memoria y allá voy algunas tardes a rezarle un poco. ¡Buen muchacho! Le tengo el mismo cariño que a algunos de mis antepasados. Pero nada más. Alguna vez miro su retrato y me sorprende que tenga algún parecido conmigo. ¡Pse! Si acaso, el aire de familia.

p. 24

EL GRAN ESTÍMULO

A los ocho años fue recadero de un comercio y trotó a diario, con sus piernecillas endebles, por toda a ciudad. En aquellos primeros años padeció mucho: hambre, frío, burlas y sofiones. Cuando tenía doce años era un redomado granuja. Le enseñaron a beber, a jugar y a convivir con las mujeres que rondan por las noches en los muelles. Pronto vio dónde estaba el peligro, y, venciendo sus furiosas apetencias, domó su potro, recogió velas y se puso a trabajar. En aquella época contrajo deudas, cuyos intereses seguía pagando treinta años después al médico y al boticario. Y lo que es más doloroso: sabía que no liquidaría hasta que estuviese bajo tierra. Un poco de alcohol, un poco de nicotina, un puñado de treponemas pálidos, nada. Lo suficiente para sufrir una tara durante toda la vida. Menos mal que paró a tiempo. En fin, a vivir. Durante quince años luchó a brazo partido con la miseria, que cuando más embebido iba por el mundo le tiraba hacia atrás, cogiéndole por los faldones de su gabancito raído, o le arrojaba de bruces al arroyo.

Por fin armó su velamen, y ya experto marinero navegó felizmente en medio de la borrasca de los talleres, las oficinas, las gerencias y las direcciones. En equilibrio inestable todavía; quiso casarse, y, al fin, lo hizo. Nueva lucha. Las necesidades, la mujer paridora p. 25y endeblucha, la suegra hostil, los cuñados... ¡Bah! Aquel hombre tenía buen temple y salió adelante. Fueron unos años terribles. Cuando regresaba del trabajo, excesivo y mal remunerado, le aguardaban las miseriucas del hogar, los lloriqueos de los niños durante la madrugada, las exigencias de los proveedores, las terribles contingencias.

Esta tremenda lucha con la necesidad no le dejaba ánimos para afrontar otras luchas más espirituales, y nuestro hombre, que tenía una fina sensibilidad, aguardaba siempre el momento feliz de cultivarse un poco, de ejercitarse en otros medios de vida más elevados. No le fue posible. Trabajó con toda su alma, y, al fin, hubo de darse por contento con asegurar el bienestar económico de los suyos.

Cuando se echó una ojeada a sí mismo tenía pocos pelos en la cabeza, pocos dientes, muchas arrugas y en el ánimo una sequedad dolorosa, una fragilidad de fósil que le hacía sentirse calcinado, extinto. Se sacudía y todo él sonaba a cascado, a hueco.

No por esto perdió su temple. Comprendió que no en balde había andado a cuerpo limpio por la vida y se resignó a no ir más allá. Esta resignación no le fue dolorosa, porque tenía un hijo, y pensó: «Lo que yo no pueda hacer, lo hará él». Y contento con esta esperanza, decía gozosamente que él había venido al mundo para servir de abono a su hijo.

Desde que el hijo nació le había atendido el padre p. 26con el mayor esmero. Cada vez que hacía un sacrificio por su salud o su educación, el buen hombre pensaba: «Yo no tuve quien hiciese esto por mí; él, sí». Y redoblaba su celo, pensando que aquel hijo suyo, para el que atesoraba instrumentos de poder, realizaría su ideal de triunfo.

El hijo era un chicarrón inteligente, apto, rozagante, con una salud a prueba de bomba y una fortaleza de espíritu poco común. Nuestro hombre, enfermucho, cascadito, combatido por cien alifafes, le admiraba y se llenaba de alegría, como si aquella juventud, aquella potencialidad fuesen suyas, estuviesen en reserva dentro de su organismo.

Crecía el hijo a expensas del padre, al que cada vez le chirriaban más los muelles. Lo natural hubiera sido que en el momento más doloroso para el padre, el hijo se torciera y maleara quebrando aquella esperanza del viejo. Pero no fue así. Veréis como fue.

Pasaron los años y el hijo no dio una sola desazón al padre. Laborioso, inteligente, mesurado, iba haciendo su camino con un aplomo que maravillaba al viejecito. Algunas veces se le antojaba, no obstante, que el hijo era demasiado impasible; acaso su lentitud y su ecuanimidad eran excesivas.

Pero no; el viejo rectificaba pronto, diciéndose: «No, no; va bien, va bien. Los hombres sanos y fuertes tienen esa serenidad; yo he sido siempre un pobre diablo enfebrecido, al que precipitaba y aturdía la necesidad. p. 27Hay que dar tiempo al tiempo. Él lo conseguirá todo al fin».

Y ocurrió que el hijo no consiguió nada. Los años transcurrían unos tras otros sin que el chicarrón avanzase un solo paso en aquella ideal perfección, en aquel triunfo glorioso que el padre había soñado. Le faltaba el afán, el estímulo divino, el acicate, que empuja a unos hombres contra otros. Aquel gran ejemplar de la raza humana era estéril, inepto para el progreso que el buen viejo había soñado. Él, con sus errores, con sus defectos y la exigüidad de su energía, había hecho más, mucho más que el hijo, dotado de todos los instrumentos de poder. El viejo, caduco ya, agotado, tembloroso, próximo a apagarse, le excitaba, le sometía al espoleo de su indeclinable avidez. Todo inútil; al hombrachón inteligente, apto, saludable, laborioso y honesto le faltaba el gran acicate: el dolor.

El dolor, máquina de cuanto se hace en la vida y aun de la vida misma.

EL AUTOR
DE TODOS LOS CRÍMENES

Cuando me detuvieron por indocumentado llevaba muchos días sin comer y muchas noches sin guarecerme bajo techado. Así fue que, al verme recluido, maltratado y transido de frío, me sentí feliz. Tranquilo en mi celda, no recordaba sino que estuve andando p. 28mucho tiempo; no sabía ni de dónde partí ni por qué me puse a andar; solo conservaba la noción de que anduve hasta que se me reventaron los pies y caí al borde de la carretera.

Unos guardias que iban de correría me sometieron a un interrogatorio y me registraron. Ni supe contestar a sus preguntas, ni encontraron entre mis ropas desgarradas indicio alguno de quién yo pudiera ser. Creyeron que ocultaba mi nombre y condición, por tener sobre mí algún delito, y fichado como sospechoso pasé a la cárcel. Les parecía inconcebible que hubiese en el mundo un hombre sensato, al parecer, y medianamente instruido que ignorase su nombre, estado y naturaleza; un hombre que, por lo visto, pretendía hacer creer que había nacido, por generación espontánea, al borde de una carretera.

Y, sin embargo, era verdad. Juro que no sabía cuáles eran mi nombre y apellidos, y que ni tenía casa, ni familia, ni origen, ni recuerdos. Ya suponía que no habría venido al mundo en la carretera donde los guardias me encontraron, barbado y talludo ya; pero lo cierto y verdad era que de mi existencia anterior no tenía más vestigios que aquella trágica caminata, cuyo punto de partida yo no acertaba a definir. Pudiera decir que salí del caos; pero ¿qué caos era aquel del cual salía yo, aborto miserable? No pude desentrañarlo. Mi cerebro, normal en cuanto tocaba al presente y al porvenir, perdía su lucidez tan pronto como me aventuraba en el pasado. No cabe duda de que se p. 29trataba de un terrible caso de amnesia; pero ¿qué lo había motivado? Renuncié a investigarlo; había algo más fuerte que mi voluntad, empeñado en que yo no penetrase en el campo terrible de mis recuerdos. Cuantas veces lo intentaba, salía vencido por la confusión, la fatiga y una infinita repugnancia. Renuncié, pues, por completo a mi pasado.

Pero a los hombres de justicia aquello les parecía inadmisible. Algo ocultaba yo, y, ternes en su sospecha, me mantuvieron encarcelado.

Por aquel tiempo había ocurrido un espantoso crimen en una aldehuela próxima. Unos míseros labradores habían sido asesinados durante la noche por unos forajidos, codiciosos del puñadito de plata que con sus hambres y fatigas había logrado reunir aquella pobre gente. No se supo quiénes eran los asesinos, y de la noche a la mañana me encontré acusado de haber cometido aquella fechoría. Al principio lo tomé a broma; pero después reconocí cuán sensato era aquel hombre que decía: «Si alguna vez me acusasen de haber robado las torres de la catedral, como primera providencia pondría tierra de por medio; después procuraría demostrar que la acusación era falsa».

Cogido entre los términos, proposiciones y silogismos de la gente de toga, estuve a punto de convencerme a mí mismo de que yo había cometido aquel doble crimen, tal vez sin saberlo. Fue providencial que los verdaderos asesinos se dejasen cazar estúpidamente. p. 30De no haber sido por esta circunstancia, yo hubiese expiado en el patíbulo mi supuesto crimen.

Todavía no se decidían a soltarme y muchos meses anduve de cárcel en cárcel. Pero, al fin, recobré la libertad; una libertad relativa, porque no dejé de estar vigilado. Siempre es sospechoso el hombre que no sabe explicar la razón de su existencia. En el mundo hay que estar por algo y para algo; para robar o ser robados, cometer asesinatos o dejarse matar, gobernar pueblos o sufrir el yugo de los gobernantes.

Un policía, un juez, un magistrado, convencidos seriamente de que cumplen una misión providencial, misión para la que han sido creados, no tolerarán nunca al hombre sin misión que cumplir, al deshilvanado, al que es brote espontáneo de la naturaleza y vive en el mundo con la indiferencia de una col. Y esto era yo.

Un semoviente que, a lo sumo, aspiraba a ser el último súbdito de un más sencillo reino: el reino vegetal. Si yo entonces hubiese podido concretar mi ideal, hubiera deseado convertirme en col. Ser humilde, orondo, fresco y recio; nacer y morir en el mismo sitio, ver salir y ponerse el sol, beber copiosamente y reposar. Esta era mi inconcreta aspiración.

Pero, por desgracia, mi antropomorfismo me condenaba a vivir como los humanos. Tuve que trabajar y ganarme la vida. No sé cómo, me encontré un día haciendo zapatos con rara perfección. (Yo no recordaba haber practicado nunca tal oficio. Después me p. 31lo expliqué todo; antes de sobrevenir la catástrofe, que me hizo perder el recuerdo de mi vida pretérita, yo había sido dramaturgo). Construir un zapato —ahora lo sé— es como construir un drama. (De ahí mi técnica zapateril).

Trabajaba honradamente, confeccionando mis dramas, digo, mis zapatos, cuando de nuevo me vi encarcelado y sometido a proceso. Se había cometido un nuevo crimen, y como los autores tampoco fueron habidos, se suponía que yo, el hombre sospechoso, el extraño sujeto, sin nombre y sin origen, era el criminal. Creyeron que yo había cometido ya «mi crimen», el crimen que tarde o temprano yo tendría que realizar, y de nuevo quisieron ahorcarme. Tampoco lo lograron. Escapé, pero fue por poco tiempo; meses después se me imputaba una nueva fechoría, y después otra y otra.

Llegué a verme acusado del asesinato de un presidente del Consejo, cuatro asesinatos menores, tres parricidios, dos infanticidios y seis u ocho robos. Yo era, fatalmente, el autor de todos los crímenes.

Soltándome un juez y tomándome otro, pasaron cerca de veinte años, hasta que una buena mañana me encontré acusado de un nuevo crimen. Tratábase del hallazgo, en una casita de las afueras, de los restos mortales de dos personas. El doble crimen tenía muchos años de fecha: unos veinte. Se exhumaron recuerdos, recayeron sospechas sobre mí y fuimos a la p. 32vista, en la que se reconstruyeron los hechos. Hacía veinte años habitaba la casa del macabro hallazgo un matrimonio joven y de posición desahogada. De improviso, el marido anunció que, en unión de su esposa, marcharía al extranjero para fijar allí su residencia. Liquidó sus asuntos particulares y nadie volvió a acordarse de ellos. Coincidió esta marcha de los esposos con la desaparición de un joven ingeniero, al que la Policía buscó en vano durante algunos meses. Nadie acertó a relacionar ambos hechos, y, al cabo de veinte años, el hallazgo de un puñado de huesos venía a descubrir la tragedia. Resultaba que el marido, enamorado apasionadamente de su esposa, había descubierto que esta sostenía relaciones ilícitas con el joven ingeniero. Ciego de dolor acechó a los adúlteros, y, al sorprenderles juntos, descargó sobre ambos su revólver, ocasionándoles la muerte. Después, con una sangre fría aterradora, preparó la coartada; simuló el viaje al extranjero, en unión de su esposa; enterró los cadáveres en el jardín del hotelito y desapareció.

De este nuevo crimen me acusaban. Yo pensé, ¡bah!, otro período de molestias. Cuando se celebró la vista, mi abogado hizo de mí una defensa maravillosa. Ya era ridícula y criminal aquella obstinación en atribuirme cuantos delitos se cometían; yo no era más que un enfermo, un infeliz atacado de amnesia total, cuya inocencia se había probado en innumerables ocasiones. ¿Por qué se me seguía molestando? Los magistrados p. 33se conmovieron, ¡al fin!; desecharon la aberración de mi culpabilidad y me absolvieron.

Pero durante las incidencias de la vista yo empecé a sentirme inquieto, sobresaltado; comencé a recordar algunos detalles sueltos primero, después algunos nombres. ¡Ah! ¡Aquel era mi crimen! ¡Sí, sí; el mío! ¡El que yo había cometido! ¡Yo, yo maté a los adúlteros! ¡Yo!

La memoria volvía. Ahora recordaba que, después de cometido mi crimen y conseguida la impunidad, eché a andar una noche, sin más carga que mi dolor, mis remordimientos, mi amor fracasado, mi locura... Y anduve..., anduve...

¡Ya sabía qué terrible catástrofe me había sumido en la inconsciencia durante veinte años! ¡Aquel era mi crimen! ¡El mío!

Cuando quise recordar, me habían absuelto.

LOS CAMINOS DEL MUNDO

Apenas tuvo veinte años, cogió la regla, el compás y el tiralíneas; tomó cuidadosamente sus medidas y trazó con toda seguridad la parábola de su vida. Después se quedó muy satisfecho. Vivir es muy difícil y hay que tomar precauciones. Por eso, él, que no quería andar equivocado, redujo su vida a una figura geométrica; le puso al pie su escala de reducción, en la p. 34proporción de uno a mil, y comenzó a cubrir, en el suave transcurso de los días, las etapas del trayecto que previamente se trazara. La vida de aquel hombre era, pues, uno de esos gráficos en cuya cuadrícula prenden las estadísticas el curso de la existencia.

Ya tranquilo y orientado, anduvo con paso firme su camino: era un camino largo, de penosas ascensiones y peligrosos declives. Pero él consultaba diariamente su gráfico y no anduvo nunca en balde. La miseria, la ignorancia y el dolor habían sido su punto de partida. Venido al mundo, sin tener para qué venir, se encontró vulnerable, hambriento y dolorido. De chicuelo padeció cuanto había que padecer; derrochó su energía debatiéndose en el arroyo y le pareció la vida mucho más absurda e inconexa de lo que ya de por sí es en realidad. Se asustó; cuando llegaba a la adolescencia estaba acobardado por los zarpazos que le tiraba el vivir, los empellones, las bofetadas y las terribles sorpresas que había recibido.

Se remansó un poco, y en un momento de lucidez cogió a la vida desprevenida y la encerró en la red de su cuadrícula. Ya está, pensó. Ahora voy a ser yo el amo.

Empezó a trabajar en uno de esos humildes menesteres de la vida moderna: dar y tomar fichas numeradas desde una ventanilla, abrir y cerrar una puerta, extender cotidianamente una misma fórmula cientos de veces, poner y quitar gabanes, cambiar papeles por p. 35dinero o papeles por papeles. Cualquier cosa. Esta simple función, esta repetición maquinal de un solo acto le aseguró los medios de subsistencia y le dejó holgura para filosofar. Como estaba aspado y dolorido, la quietud, el achicamiento, le hicieron feliz. Y durante algunos años no sintió necesidad de nada más.

Cuando hubo recobrado el equilibrio y notó que empezaba a sobrarle algo, es decir, que estaba ya por encima de su propia vida, consultó de nuevo el plan que de antemano se había trazado y emprendió la segunda etapa del camino. Era la más difícil. Ya se tenía él a él mismo; ahora se trataba de tener algo más. Pensaba, sencillamente, en casarse.

Se casó; tuvo mujer e hijos; pero otra vez la necesidad vino a querer sacarle de sus casillas, o sea de su sabia cuadrícula. Rigió con mano dura su carrito, y a despecho de su mujer y de sus hijos no se salió un paso de la sendita estrecha de su vida, y dejó atrás, sin alargar la mano, las viñas cargadas de fruta, que distraen y pierden a los caminantes.

Pero no basta con tenerse a sí mismo, tener el complemento sexual y desdoblarse en cinco o seis hijuelos que perpetúen nuestras taras. Hay que proteger todo esto, hay que salvaguardarlo, ponerlo a cubierto de los vendavales y de las aves de rapiña. Hay, en fin, que tener una casa.

Este empeño es el más trascendental de la vida de un hombre. La gente no se da cuenta y vive de precario p. 36en las celditas de esas grandes colmenas urbanas mientras el castrador no quiere desahuciarles. No se puede vivir honradamente sin tener una casa propia; por eso, tal vez, haya tanta gente inmoral en el mundo.

Ahora bien; tener una casa, cuando no se tiene dinero, es muy difícil. Aunque parece mentira, toda la superficie de la tierra está ya medida, distribuida y acotada. Es un contrasentido; pero la realidad es que, cuando un nuevo ciudadano aparece sobre la haz de la tierra, no tiene ya sitio donde ponerse. Si los hombres no fuesen tan hipócritas y abordasen las cosas francamente, se podría plantear un gravísimo problema social, llevando a los niños, cuando nacen, al Registro civil, y demandando allí que, al mismo tiempo que se le conceden los derechos civiles y políticos, se les otorgue el derecho a quedarse en algún sitio. Aquí traigo este niño; dígame usted en qué lugar de la tierra puedo ponerlo para que viva sin miedo a guardas ni rentistas.

Así pensando, nuestro hombre ejemplar procuró sustraer a la humanidad acaparadora un trocito de corteza terrestre, siquiera fuese chico como un pañuelo, para construir su vivienda.

Lo consiguió, al fin; mas para ello tuvo que privarse casi por completo de aquel tenue hilillo de vida que le quedaba. No se aquilata, en cuanto vale, la heroicidad de estos hombres, que por servir un ideal p. 37modesto sacrifican todas sus horas, privándose de esas pequeñas cosas que son en realidad toda nuestra vida. La tragedia del hombre que no tenía dinero y quería construir una casa puede hacer sonreír a mucha gente; pero seguramente no es una tragedia inferior a la de Prometeo.

Ese trágico cotidiano era el que consumía el alma de nuestro héroe. Céntimo a céntimo, ladrillo a ladrillo, hacía su casita. A veces le asaltaba un furioso deseo de derrochar, de rasgar el gráfico cuadriculado de su existencia, de irse por el mundo a vivir la vida inquieta de los desligados. Pero se acordaba de los días dolientes de su infancia y volvía los ojos con fervor a la línea geométrica por él trazada y al cénit, ya próximo, de sus aspiraciones. Así trabajó ferozmente, se privó de todo, domó la vida, poniéndole recias trabas, y cumplió su misión.

Cuando la casa estuvo terminada, plantó a su alrededor unos arriates; colocó en el tejado una veleta, orgulloso de poder clasificar los vientos; sacó una silla a la puerta y se sentó. Ya era tiempo; más no hubiese podido hacer.

Son muy pocos los hombres que cumplen su misión; menos de lo que se cree. Los malogrados, no son solo los muertos prematuramente, sino también aquellos otros a los que se les ha muerto el ánima y siguen en pie. De aquí que nuestro hombre ejemplar, al verse en su casita con su mujer y sus hijos, se sintiese p. 38privilegiado, hombre de excepción y dotes superiores. Se consideró feliz y dio por bien empleado cuanto había sufrido.

Entonces se encontró, por primera vez, en toda la plenitud de su vida. Tenía cuanto había que tener: familia, hogar, holgura. Lo había logrado todo. ¡Je, je, je! Cómo se reía él de los idiotas que andan a cuerpo limpio por el mundo. ¡Búrlense, búrlense de mi cuadrícula!

Cada día que pasaba sentado a la puerta de su casa, recibiendo la caricia del sol y el halago de los suyos, le fortalecía aún más. Llegó a sentirse pujante, como jamás había estado. Respiraba a pleno pulmón; erguíase, retador, ante los caminantes acansinados: buscaba la lucha, la fatiga. Esta exuberancia le hacía tener confianza en sí mismo, en su propia vida. Un día rompió su cuadricula y dejó escapar el torrente de sus pasiones y de sus apetencias...

Terminó pegando fuego a su casita y yéndose por el mundo otra vez.

EL VIEJO ENAMORADO

Era viejo, como la cotonía. Allá por el año 70 fue el hombre de moda, de las conquistas, de los figurines y los desafíos. Tuvo una arrogante figura; fue terror de suripantas en los bufos de Arderíus; se casó con una marquesa y enviudó pronto. Volvió a casarse p. 39con una exdoncella, excocota, y enviudó también. Ahora andaba paseando al sol su caducidad y conservando cuidadosamente las ruinas de su gallardía.

Ella era jovencita, muy jovencita y muy linda. Traviesa, vivaracha y un poquitín desvergonzada, comenzó por reírse del viejo y terminó casándose con él.

Fueron a la boda orgullosos y satisfechos. La gente, a sus espaldas, compadecía al uno y criticaba a la otra.

Todos previeron el ineludible adulterio. Los galanes profesionales olfatearon pronto la pieza y sobre la recién casadita cayeron en racimos. El viejo, que estaba ya de vuelta, les dejaba hacer sosegadamente. Salía de su casa pasito a paso, y erguido, pulcro y perfumado, cruzaba inalterable junto a los adoradores de su mujercita e iba a perderse en los rincones amables de los jardines públicos, donde pasaba las horas muertas echando migajas de pan a los gorriones y tomando el sol.

La muchacha, al principio, se aburría un poco; después se aburrió más, y terminó desesperándose. Le molestaba aquel desinterés del viejo. ¿Por qué la dejaba sola tanto tiempo? ¿Por qué no evitaba las ocasiones en que sus adoradores podían cortejarla libremente ?

Recurrió entonces al secular ardid de darle celos; pero no lo consiguió. Estirado, afable, sonriente, veía p. 40el viejo cómo su mujer hacía guiños de inteligencia a sus cortejadores y cómo cuchicheaba con ellos cada vez que la ocasión se presentaba.

Esta indiferencia la irritó aún más. Llegó a tener a su esposo un verdadero rencor. Pasó por días en los que le despreciaba profundamente. Era un inmoral, un cínico. Le importaría un bledo que ella se entregase, uno por uno, a todos sus amigos.

Pero después reflexionaba más serenamente y comprendía que aquel viejo impasible, circunspecto, siempre ecuánime y correcto siempre, la quería de verdad. Adivinaba ella, en las palabras del esposo, una celosa asistencia y un rendido enamoramiento; pero jamás logró encenderle en arrebatos pasionales.

Queriendo romper la frialdad del marido, llegó más allá de donde era prudente en sus coqueteos. Pero cuando en más de una ocasión se vio a punto de dar el saltito de la acera al arroyo, sin que nadie se lo impidiese, tuvo miedo y recogió velas. Estaba convencida de que no conseguiría soliviantar al marido, y, la verdad, el adulterio, sin el aliciente del daño que causa, no valía la pena. Así porque sí, y sin más ni más, no.

A partir de entonces volvió a la táctica del mimo y el halago; la seducción plácida y el cariño dulce y constante. El viejo parecía ser más sensible a esto.

Ella, alentada, redoblaba sus cuidados y consagraba todos los momentos de su vida a la seducción p. 41del esposo, que se dejaba querer, y sabiamente acrecía su amor, subiéndolo de tono poco a poco.

Pasó el tiempo y ella obstinose en la conquista total del marido. Fue una esclava suya: le ofrendó todos sus instantes, y, cuando el viejo se murió, se halló trágicamente enamorada de aquella esfinge ruinosa que jamás le había entregado por entero el caudal de su cariño.

A los pocos días de su viudez encontró entre los papeles del muerto el esquema de un sucinto «diario». Entre las notas correspondientes a los meses que siguieron a su boda, leyó:

«Ella está a punto de caer; si cae, terminaré mi vida hoy mismo».

EL GUARDIA PÉREZ

El cuartelillo era demasiado pequeño; en él se alojaban cuatro guardias y un cabo, con sus mujeres y sus hijuelos innumerables; había poco sitio y tenían que moverse como piojos en costura. Estas molestias mutuas provocaban frecuentes altercados entre las mujeres y entre los chicos; pero los guardias eran hombres sensatos y dirimían entre sí estas querellas amistosamente y con estricta justicia. Amonestaban gravemente a sus consortes cada vez que entre ellas estallaba la contienda por la posesión de un trozo de p. 42patiezuelo o de un rincón de cocina, y se reiteraban recíprocamente sus palabras sensatas y cordiales.

Además, el campo era muy grande, y, para el guardia que por defenderlo se esclaviza y afana, todo el campo es suyo. Así, pues, los hijos de los guardias salíanse gozosos del cuartelillo y gran parte del día estaban triscando libremente por las estribaciones de la sierra o tendidos panza arriba al sol en los prados.

La misión de los guardias era penosísima; se hallaban destacados en un rinconcillo estratégico de Sierra Morena, y desde allí custodiaban una considerable extensión de terreno, ya que no contra las hazañas de los bandidos legendarios, contra las acometidas de los mineros hambrientos en tiempos de huelgas y lockout y contra los desmanes de los campesinos, que, cuando se soliviantan, incendian las mieses y saquean las casas de labor.

Al poco tiempo de estar apartados del mundo, los alojados en el cuartelillo se habían hecho algo irritables, sobre todo las mujeres; aquella perdurable soledad provocaba en todos ellos un mutuo rencor, acrecentado cada día, que las mujeres no se recataban en mostrarse y que los hombres intentaban ahogar con las frecuentes apelaciones a la sensatez que unos a otros se hacían con curiosa insistencia. Lentamente, aquel aislamiento, aquella soledad, aquel enfrentarse a diario con la naturaleza bravía de la sierra les había ido quitando y suprimiendo todos los artificios y p. 43convencionalismos que son precisos para hacer un guardia de un hombre libre. Volvían, pues, sin darse cuenta, al estado de naturaleza en el que todo yugo es ominoso y tiránica toda disciplina.

Una tarde, el guardia Pérez, que volvía sudoroso y aspado de recorrer las carreteras polvorientas bajo el agobio implacable del solazo andaluz, encontró a su mujer que lloraba lenta y calladamente en un rincón de la alcoba. Inquirió el guardia Pérez y supo que su mujer había sufrido ultrajes de la mujer del cabo González; tranquilizó como pudo a su compañera y fue en busca del cabo; ambos se reiteraron sus excusas con machacona insistencia y se apretaron las manos fuertemente una vez y otra. Cuando volvió al lado de su mujer estuvo consolándola, con su sobria elocuencia, mientras ella movía lentamente la cabeza. No pasó más.

Otra tarde, el guardia Pérez, al regreso de la correría, encontró a su hijita —una pitusilla tristonzuela escrofulosa y blanca de linfa— con la cabeza entrapajada; en la frente, un poco de sangre cuajada junto a un mechoncillo del pelo rubiasco, casi albino, de la nena, hizo al guardia Pérez sentir que se le iba algo, que debía ser el alma, y hallarse frío, descarnado, mondo y lirondo, como si bajo el correaje y el peso del fusil no le hubiese quedado más que el esqueleto y un gusanillo roedor allá en los recovecos del cerebro. Ya esta vez la mujer no lloraba: estaba p. 44seca y tiesa junto a la pitusilla, con las pupilas encandiladas y los dedos engarabitados. Cuando el guardia Pérez quiso saber lo ocurrido, ella se limitó a decir:

—¿Para qué? ¿Para qué?

El cabo González, un poco embarazado, vino a contarlo todo. Los chicos eran tan traviesos..., hacían tantas diabluras..., la mala suerte de aquella chiquilla..., él no había querido hacerle ningún daño...

Las convencionales explicaciones fueron aceptadas y los dos hombres se abrazaron una vez más, nerviosamente, dándose cordiales palmaditas con las manos crispadas.

El guardia Pérez y su mujer se acostaron; ella estuvo callada largo rato, encerrada en un mutismo punzante; ya de madrugada lloró primero y habló después susurrante, abatida, sugeridora. Cuando el alba se colaba por las junturas desiguales del ventanillo, los dos estaban febriles y se acariciaban heroicamente.

Una hora más tarde, el cabo González y el guardia Pérez salían de correría. Caminaron silenciosos por los vericuetos de la sierra. Cuando ya el sol estaba en el cénit, se detuvieron en una altura y sacaron de las mochilas las frugales meriendas. Soplaba fuerte viento y la sierra majestuosa infundía a los dos hombres su grandeza, su infinitud, su fuerza bravía, su libertad. Comieron sosegadamente; al final, disputaron por un pretexto fútil: una hoja caída de p. 45un árbol, el rumbo del viento, el vuelo de un pájaro...

Vinieron a las manos, acometiéndose con alaridos de liberación; el cabo González llevaba las de perder y volvió la espalda a su adversario, amenazándole: «Ya las pagarás, granuja; ya las pagarás». El guardia Pérez previó la delación, se echó el fusil a la cara, y, rodilla en tierra, apuntó lentamente al fugitivo. En el momento oportuno, la bala, entrando por la espalda, tumbó sobre las jaras al cabo González.

Se formó juicio sumarísimo y el guardia Pérez fue muy justicieramente fusilado.

LA OBLIGACIÓN DE ODIAR

Yo sabía que aquel tío venía a pegarme. Me lo había olido desde el primer momento; no sabría decir por qué. El caso es que, mientras estuve bailando con Amalia —Amalia era mi novia—, empezó a chocarme. Nos miraba con descaro, no se recataba en piropear a la muchacha y se reía de muy buen humor al ver los fondillos y las rodilleras de mi pantalón blanco, que no era, ciertamente, ningún prodigio de corte ni de confección. Este tío va a pegarme, pensé. Y así ocurrió.

Los nervios se me pusieron de punta, tropecé cien veces, di innumerables pisotones a mi novia, y, al fin, la pobre, no pudiendo soportar más tiempo mis torpezas, p. 46se soltó graciosamente de mi brazo y fue a charlar con sus amigas. En cuanto me vi sin ella adiviné la catástrofe. Un sudor frío cubrió mi piel y la sangre se me agolpó a la cabeza. Para tranquilizarme y cobrar ánimos entré en el ambigú. Él se vino, como el que no quiere la cosa, tras de mí. A pesar de su sonrisa, vi claramente su negra intención y me puse a temblar. Estuve por gritar a mis amigos, diciéndoles: «¿Pero no ven ustedes que viene a matarme?».

No recuerdo cómo estalló la tormenta. Era fatal. Creo que le di un pisotón o me lo dio él a mí; no sé. Lo cierto es que de buenas a primeras me asestó un formidable puñetazo en medio de la cara. No me dolió mucho al principio, esa es la verdad. Mis dientes crujieron de un modo lastimoso y sentí un fuerte escozor en las encías. Pero, vamos, me consideré satisfecho. Los puñetazos que más nos duelen son los que todavía no nos han dado. Al golpe siguió un largo rosario de insultos; después, se quedó callado y a la expectativa.

Yo me pasé la mano por la frente, sudoroso; recogí mi sombrero, que había desertado frente al enemigo; tomé unas buchadas de cerveza, para cauterizarme la encía, y me puse a esperar el final de todo aquello.

No pasó nada más. Dio media vuelta y se marchó, escupiendo por el colmillo. Entonces me volví, con el propósito de decir a mis amigos: «¿Pero han visto p. 47ustedes la injusticia que ha cometido conmigo?». No me dejaron; todos a una se arrojaron sobre mí, diciéndome que yo era un cobarde y que a mi vez había debido pegarle. ¿No era yo más fuerte? ¿Qué me detenía entonces? Era verdad; acostumbrado a cargar de un lado para otro del almacén, con los pesados fardos de tejidos, no me hubiera costado gran trabajo coger a aquel sujeto por la cintura, levantarle en vilo y tirarle por la ventana, como si fuese una pelota; pero no se me ocurrió; ni remotamente pensé que podía haberlo hecho con un débil esfuerzo.

Me abrumaron con sus reconvenciones, se dolieron de mi cobardía y procuraron excitarme para que tomase venganza. Tentado estuve de echar a correr, desafiarlo dondequiera que le encontrase y romperle la crisma. Resistí heroicamente aquel influjo y me marché, deseando no encontrarme a mi adversario en el camino por no ponerle en el trance de tener que pegarme otra vez si seguía malhumorado.

Aquella noche fui a recoger a mi novia para que diésemos, como todos los domingos, una vuelta hasta el molino. El paseo era muy bonito; a ambos lados del camino había dos hileras de pinos; a los diez pinos, yo pretendía enlazar a mi novia por la cintura; a los veinte pinos, ella se dejaba enlazar; el que hacía veinticinco tenía unas ramas tan bajas y frondosas, que el camino se estrechaba, no dejando paso más que a una persona; allí juntábamos nuestras cabezas y p. 48nos besábamos. Los diez pinos, de la familia de los trigésimos, tenían testimonios más fehacientes aún de nuestro amor. Al cuadragésimo, Amalia sentía frío y me pedía que regresásemos a su casa. Esto era todo, y era bastante.

No pude conseguir que Amalia diese aquella noche el acostumbrado paseo. Tenía el hociquito alargado, y, según dijo, se sentía cansada. Era la primera vez que le ocurría. Adiviné el motivo de su disgusto. Me había dejado pegar; ella lo sabía y no le parecía digno de su hermosura besar un bigote que ha sido aporreado impunemente. Traté de convencerla de la puerilidad de sus escrúpulos; se puede ser un bizarro amador y un mal pugilista. No me hizo caso. La dejé llorando y leyendo la historia de Amadís.

A pesar de estas contrariedades no podía sentir odio contra el causante de todo. Estaba convencido de que era un insensato, un pobre diablo fanfarrón y mal educado. ¿Por qué me había pegado sin yo darle motivo? ¿No era esto una acción reprobable? ¿Por qué los demás no se la afeaban, y, en cambio, venían a mí con recriminaciones?

¡Bah! El mundo es estúpido, pensé. Serían capaces de alegrarse si yo le cogiese ahora y le partiese en dos pedazos. Todos me felicitarían y mi novia me dejaría sordo a besos. Creo, sin embargo, que ni él ni yo ganaríamos nada, y por eso no lo hago. ¿Me p. 49ha golpeado? Pues vaya bendito de Dios. Esto, que bien pudiera ser grandeza de alma, lo interpretaban como una cobardía. Bueno. Y aunque así fuese. ¿Es que no hay derecho a ser cobarde? Puedo ser cobarde, como soy gordo y rubio, y no sé por qué he de avergonzarme de ello.

A la noche siguiente fui a buscar a mi novia; pero no quiso recibirme. No volví a verla hasta el domingo siguiente; la encontré bailando con el otro. Cuando los vi juntos, me quedé estupefacto. Aquello era increíble. Los miraba atentamente y no dejaba de maravillarme.

El otro lo notó, soltó a Amalia de su brazo y se vino hacia mí, con un airecillo retador, que me pareció altamente ridículo.

—¿Querías algo? —me preguntó.

—No, nada —le respondí balbuceando.

—¡Como nos mirabas tan fijamente!

—Me extrañaba que mi novia bailase contigo.

—Ahora es novia mía.

—No sabía nada.

—Pues ya lo sabes.

El procedimiento me pareció algo incorrecto. Pero, en fin, ¡las mujeres son tan raras!

De lo que no me han convencido todavía es de que yo tenga por fuerza que matar a mi rival. Todo el mundo me lo dice; mi misma madre, cuando me pone la comida sobre la mesa, viene a acariciarme dulcemente p. 50y me dice con lástima, pasándome la mano por la frente: ¡Pobre hijo mío! ¡Pobre!

—¿Pobre? ¿Por qué?

BORRÓN Y CUENTA NUEVA

El viejo, con sus ochenta años a la cola, estaba ya jubilado. Su hija, al casarse, tiró de él, trayéndole a la ciudad. Vivió con ella y con su yerno, un hombrecito cariñoso y trabajador; le dieron varios nietos, le obligaron a descansar; no le faltó nunca su camisa limpia y su paquetito de picadura, y por todo esto se consideró feliz. Ya era hora. Bien ganado se lo tenía.

Por la tarde cogía a los nietecillos y se iba con ellos a las afueras para hacerles respirar el aire del campo. Andaban lentamente hasta que la ciudad se quedaba atrás, con sus mil ruidos, su hacinamiento y su cochambre. Cuando llegaban a los primeros sembrados, el viejo campesino, un poco cohibido en el ambiente denso de la urbe, se esponjaba, se erguía, volvía a sentirse fuerte y sabio. Los nietos correteaban buscando florecillas, se revolcaban sobre la hierba, se rendían gozosos.

El padre no iba nunca a estos paseos. Salía de la celdita estrecha de su casa para meterse en la cueva de su oficina; cuando estaba libre iba al café o al teatro. Tal vez por esto cayó enfermo y terminó muriéndose. p. 51Era un hombrecillo laborioso y bueno, que había pasado mucha hambre y muchas fatigas correteando con sus piernecillas zambas por las calles de los grandes comercios, subiendo y bajando escaleras, encaramado, al fin, frente a un pupitre. Se murió dulcemente diciendo que aquella noche tenía que sudar su catarro para ir al día siguiente a la oficina.

Su jefe lo sintió mucho; fue a visitar a la viuda; le dejó algún dinero, para que tuviese tiempo de llorar, y se marchó. Ya no volvería más. Aquella pobre gente comprendió entonces que había quedado roto el lazo que les unía con el mundo. Se sintieron perdidos, desligados de todo, como si hubiesen caído en otro planeta. Pronto vino la miseria; ahuyentando el recuerdo, les sacudió rudamente y les dijo: «A vivir».

La madre, que se había consagrado por completo al esposo y a los hijos, estaba quebrantada, envejecida, inútil para la lucha. No tenía más que ternura, y la ternura no es moneda corriente en el mundo cuando no va unida a la juventud y a la belleza. Los hijos cabían todos bajo una canasta. No quedaba más sostén que el abuelo; y a él volvieron los ojos.

No los volvieron en vano. Con sus ochenta años a la cola salió a trabajar. Le admitieron como jardinero en una villa. Pero tuvo que ocultar cuidadosamente a su patrón que tuviese hija y nietos a quienes mantener. Ganaba un exiguo jornal y la comida; cuando p. 52se la llevaban al pabelloncito en que estaba alojado, juntamente con los perros, y como un perro más, la ocultaba, y acechando la primera ocasión iba a llevarla a los nietecillos. Algunas veces se tardaba; los chicos, asomados al ventanuco, espiaban ansiosos su llegada con las bocas abiertas como gorriones. Al verle a lo lejos, palmoteaban de júbilo. «¡El abuelo! ¡El abuelo!», gritaban con todas sus fuerzas. La madre tendía el mísero mantel, y, lentamente, aquellas cinco criaturas consumían la ración del viejo, masticando despacio, recogiendo cuidadosamente las migajas y rociando los escasos manjares con grandes tragos de agua clara y fresca.

Así pasó el tiempo; un día, el mayor de los nietos estuvo en edad de trabajar. El viejo, que no esperaba más que esto, se murió. Antes se hubiera muerto si antes le hubiera estado permitido morirse. Su heredero en la cotidiana fatiga era un mozalbete espigado, inteligente, audaz. Había visto bien la vida. Educado en el dolor, aspiró a libertarse de su terrible disciplina. No se resignaría; por resignado murió su padre y se agotó su abuelo. Desechó de su lado la ternura, la fatal ternura, la comprensión, que tantos impulsos detiene; la sobriedad, que tantas privaciones consiente. Trepó, agarrándose con las uñas y los dientes, y pronto se llegó a su madre y le echó con arrogancia en el regazo el fruto de sus piraterías. La madre se asustó un poco; pero cuando vio p. 53que salían de la miseria, alabó a Dios; por primera vez la vida les dejaba holgura para respirar y moverse.

El hijo aquel se echaba valientemente por el mundo; reñía Dios sabe qué batallas y regresaba después con los suyos, llevando su presa en las garras. Con el bienestar la madre salió del sopor en que la miseria la tenía; se permitió echar un vistazo por el mundo y le pareció que era bastante mejor de como en sus cincuenta años se lo había imaginado. Se reconcilió con la vida, que al fin le hacía justicia y premiaba el sacrificio de los suyos; el padre, fuerte, y el esposo, honrado. Como tenía una vieja apetencia, contenida siempre, gozó acuciosa de cuantos goces le estaban aún permitidos; dio gracias al cielo, que así abría puertas a su vejez, y, merced a la fortuna del hijo, fue feliz. No supo nunca a ciencia cierta cómo ni de dónde venía aquel bienestar, aquel dinero. Lo traía su hijo; esto era todo lo que sabía. Aquel hijo que había tenido suerte. La bendita señora no atribuía más que a la suerte el triunfo de aquel hijo, acaso el más díscolo y menos cariñoso de todos, el más vicioso y rebelde, el que menos se lo merecía. Echaba de menos en él la ternura, la humildad, la continencia del abuelo y el padre. Pero le disculpaba, porque, a pesar de todo, tenía suerte, y, en definitiva, era el que les había sacado de la miseria.

***

p. 54

Cuando se trepa por sitios escarpados no es imposible caerse, y el hijo aquel se rompió un día las uñas y cayó. Lo recogió la Justicia. Un negocio sucio, una quiebra fraudulenta, un chantaje, una estafa, cualquier cosa. El asunto fue escandaloso, y la madre, vieja, se vio envuelta en el deshonor.

Entonces salió de su apoteosis. No había sido la suerte la que le había dado el bienestar. Había sido el delito. La vergüenza le inundó el alma. Siempre pensó ella que aquel hijo le había salido malo. Se acordó de su vida de miseria, de su marido y de su padre, honrados, laboriosos, pobres, pobres hasta el sacrificio, hasta la muerte. Vio la esterilidad de aquellas vidas sacrificadas y enloquecida por el dolor se volvió furiosamente contra el hijo delincuente y no supo más que gritarle con todo el horror y la impiedad de su alma:

—¡Infame! ¡Has deshonrado tu casta!

CÓMO SE DESHACE
UN HOMBRE

Quedó sin ocupar un asiento y ninguno de los que iban en las plataformas, renegando del agua y el frío, lo había visto. Claro. Estaba disimulado por el egoísmo esponjoso de aquel militar y aquella señora dilatada y por el instinto de aislamiento de aquellas dos beatitas que, en su deseo de no ser molestadas, parecían p. 55estirar más que nunca sus tocas de cartulina. Allí había un sitio, sin embargo, y nadie lo había visto.

Nadie, hasta que entró aquel hombre de los ojos claros, tan claros que parecía no ver. Tenía unas pupilas desteñidas, que no verían gran cosa, y además había bebido. Seguro que había bebido. Era sábado y la noche estaba ya bien entrada. No era preciso ser un lince para adivinar que al salir del trabajo se había rezagado en el rinconcito amable de alguna taberna. ¡Es tan agradable aguardar a que escampe ante un vaso de vino!

Mirando con sus ojuelos claros y ligeros, con esa inconsistencia con que miran los hombres que todavía no están borrachos, pero que pronto han de estarlo, vio el sitio, su sitio, el asiento a que tenía derecho, y que aquellas gentes sin conciencia —el militar, la señora, las beatas— querían hurtarle. Se irritó un poco, y, tambaleándose, atravesó el pasillo y reclamó su puesto. Aquellos seres eran tan cobardes como egoístas; fingieron no haberse dado cuenta de que ocupaban un lugar de más, y refunfuñando se estrecharon y le dejaron sentar.

—¡Pues no faltaba más! ¡Ajajá! Cada uno tiene su derecho. ¿Eh? Y se estaban tan calladitos...

El hombrezuelo se arrellanó, levantó sus piernecillas zambas y se frotó los pies uno contra otro; dijo algunas impertinencias y se serenó pronto. Su vanidad estaba satisfecha.

p. 56

Los otros callaron, prudentes y llenos de enojo. Él parecía no advertirlo y comenzó a sonreír a diestra y siniestra, entornando los párpados con inocente malicia. Hubo un silencio fastidioso. Cada cual iba enfundado en sus preocupaciones. En el tranvía es donde la gente se siente más arisca, más dura y más distinta de la gente. Tan solo aquel hombrezuelo de los ojos claros pugnaba por establecer la cordialidad y entablar una corriente de comunidad afectiva entre aquellos hitos humanos, alineados en las banquetas del tranvía. Sus esfuerzos, al principio, eran infructuosos; nadie hacia caso de las miradas de través, las muecas y las sonrisas que venía repartiendo. Pensaban todos, muy serios y estirados, en sus negocios, sus hambres, sus pasiones o sus dolores. Logró, sin embargo, captar la atención de una muchachita de buen carácter —esto saltaba a la vista— que iba frente a él. Cuando advirtió el pobrete que alguien recogía sus deseos de expansión, debió alegrarse mucho. Aventuró primero una pregunta, y pronto su locuacidad llenaba el tranvía con pintorescas imágenes, carcajadas, comentarios ingeniosos, apostillas, pullas, reticencias y picardías. Estaba contento aquel hombrezuelo; muy contento. Y había que disculparle. No dejaba de ser simpática su alegría..., y contagiosa. Los más entreabrían un poco el portillo de su cordialidad. ¡Qué diablo de hombre! ¡Cómo se reía el indino! ¡Qué bocaza, sin dientes, más cómica abría en sus carcajadas!

p. 57

¡El pobre! Se adivinaba que había estado trabajando toda una semana, padeciendo hambre y frío en el tajo, duelos y quebrantos en su casa, para aquella tarde del sábado cobrar unas monedas de jornal, que le tintineaban en el bolsillo, y beberse unos vasos de vino que le alborotaban en el exiguo meollo.

No dejaba de tener gracia cuanto decía y comentaba. Hasta las beatitas estiraban los labios, a su pesar, entre la celosía de sus tocas almidonadas. Y el hombrezuelo aquel charlaba por los codos, reía, escandalizaba, se retorcía de gusto en su asiento, contemplando los estrafalarios botines de aquel señor o la pelerina de aquella buena señora. Era indudable que estaba bebido; un poquito bebido nada más. Se le podía soportar, sin embargo, salvando algunas de sus impertinencias. ¡Qué diantre! El pobre hombre era feliz y daba gloria verle.

¿Pues y las cosas que le dijo a una pobre mujer que luchaba a brazo partido con un ballenato de diez o doce meses, empeñado en dominar con sus magníficos alaridos el estrépito del viejo y desvencijado tranvía? Puso el paño al púlpito y durante diez minutos ensalzó donosamente su moral familiar, su autoridad paternal, la ley que había impuesto a sus hijos. Y todo esto, riendo, entre chistes y burlas, porque se sentía satisfecho y feliz. Era un gratísimo espectáculo el de la felicidad de aquel viejo trabajado, que hablaba p. 58con alegría de su casa, de su pobreza, de su mujer y sus hijos.

—¡Jamás me faltó al respeto ninguno de mis hijos! ¡A todos los eduqué en mi ley y mi conciencia! ¡Yo! ¡Yo! —y paseaba una mirada de triunfo sobre el concurso—. Todos mis hijos han sido honrados. Desde el primero hasta el último. Y cuenta que fueron quince. ¡Quince hijos! ¡Yo! ¡Yo!

—¡Eh, abuelo! Ese que grita —le interrumpió una voz dura y zumbona, que salía de un rincón del tranvía—. ¿Cuántos hijos ha tenido usted?

—Quince. ¡Yo! ¡Quince!

—¡Bah! —dijo, volviéndose despectivo hacia otro lado el que le había interrumpido—. Son muchos hijos para usted solo, abuelo. Algún otro habrá tenido parte.

Nadie dijo más. El hombrezuelo calló, como por ensalmo. Se estuvo quieto, quieto, absorto. Abrió cuanto pudo los ojuelos, dilató las blanquecinas pupilas y se quedó mirando estúpidamente a quien con tanta crueldad le había herido. Hallose cara a cara con un mocetón cetrino y mal encarado, que, al reírsele en sus barbas, le enseñaba una fila de dientes blancos y afilados como los de un tigre.

Nadie dijo más. Sobre todos gravitaba el ultraje, el bestial ultraje, que nada había justificado. Volvió p. 59a enfundarse cada cual a sus preocupaciones, la hostilidad surgió de nuevo y el hombrezuelo se encontró desamparado, frente a frente con su agresor.

Largo rato estuvo mirándole a los ojos con una mirada inexpresiva y pesada. ¿Que ocurría en su alma en aquellos instantes? ¿Qué furiosos deseos de matar no le acometerían? ¿Qué terrible amargura le subió del fondo del alma a los labios? ¿Qué vergonzosa duda galopaba desandando el camino ya recorrido de su vida y ganándole en cada segundo un año entero de los que para él habían transcurrido antes en la confianza? ¡Cómo debió derrumbarse aquella felicidad agresiva que venía volcando a torrentes!

Dejó caer la cabeza sobre el pecho y no dijo más. A poco le asomaron a los ojos desteñidos dos lágrimas de rabia e impotencia —¡quién sabe si de resignación!—, y antes de que corrieran bañándole los surcos de las mejillas, se levantó, y como un autómata descendió del tranvía. Sus piernecillas zambas y endebles le llevaron vacilante hasta las callejuelas cuyas sombras habían de tragársele para siempre.

(Esto se debía titular Historia de un asesinato).

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BIOGRAFÍAS
CONTEMPORÁNEAS

El millonario.

Chico para recados se ofrece. Muy listo y formal. Sabe leer, escribir y de cuentas.

Taquígrafo-mecanógrafo muy práctico, modestas pretensiones. Inmejorables referencias.

Joven de gran experiencia comercial aceptaría administración o gerencia de negocio importante, depositando fianza.

Necesito socio capitalista para gran empresa industrial que rendiría cuantiosos beneficios. Absolutas garantías.

Caballero buena presencia, sólida posición, casaría con señorita acaudalada de padres nonagenarios. Preferiría huérfana.

Emisión de acciones de la A. I. C. P., Compañía anónima para la explotación de las minas de salchichón de Vallecas. Capital: 10.000.000 de pesetas.

p. 61La estrella.

Oficiala de sastre, muy aventajada, se ofrece. Sabe zurcir primorosamente.

Se desearía saber el paradero del joven X. X., antiguo y consecuente estudiante del tercer curso de Medicina, para informarle de un asunto de familia y hacerle cargo de un pequeño recuerdo.

Joven se ofrece para camarera en Madrid o provincias. Atrayente figura, trato delicioso.

Tanguista. Lujosísima presentación. Cocainómana y morfinómana. Patina sobre hielo y domina el paso del camello.

Aurora boreal. — Danzas exóticas y corruscantes. Decorado propio. Juventud, belleza, arte.

Señora honesta y retirada del mundo, millonaria y de buen ver todavía, desea contraer matrimonio con título del reino, con o sin grandeza, aunque se halle en precaria situación.

p. 62El que pasa sin enterarse.

Ha dado a luz un robusto niño la esposa de nuestro distinguido amigo don H. P. Tanto la madre como el recién nacido se encuentran en perfecto estado.

En los exámenes del quinto año del bachillerato ha obtenido brillantes calificaciones el aprovechado joven don H. P. P.

En reñidas oposiciones ha obtenido la plaza de auxiliar del Cuerpo Facultativo de Camelos del Estado el distinguido joven don H. P. P., a quien auguramos una brillante carrera administrativa.

Pérdida de una perrita de color canela, con un lucero en la frente y el rabo cortado. Atiende por «Vidita». Quien la entregue a su dueño, don H. P. P., será gratificado.

Se ha concedido la banda del Águila Real al distinguido funcionario del H. P. P. El Estado ha querido premiar así sus altos méritos y sus dilatados servicios.

En la mañana de ayer falleció el ilustre jefe de negociado don H. P. P. Fue un probo funcionario, un p. 63esposo ejemplar y un padre amantísimo. Descanse en paz.

Higinia.

Cocinera para casa grande se ofrece, con derecho a salida todos los domingos.

Pérdida en la Bombilla, el domingo último, de un broche, de gran valor para su dueña, por ser recuerdo de familia.

Las mejores chuletas de huerta las vende Higinia en su puesto de la plaza del Progreso. Se guisan callos con esmero.

Higinia López. — Comidas y casa de dormir. Cubierto, 1,25; habitación, 10 pesetas, y una peseta con o sin.

Pensión Higinia. — Caballeros estables, trato de familia. Toda clase de comodidades.

Higinia Palace. — El mejor hotel de España. Todo lujo. Brasserie, jazz-band, té danzant. Cenas aristocráticas.

p. 64El equivocado.

Bachiller en Ciencias y Letras necesita empleo decente. Laboriosidad y honradez.

Hallazgo de una cartera. — En mi domicilio, Pez, 88, se halla, a disposición de quien acredite ser su dueño, una cartera que contiene 20.000 pesetas y ha sido hallada en la vía pública.

Necesito préstamo de 50 duros con mi garantía personal. Pagaría altos intereses.

Inventor. — Vendo en 1000 pesetas el secreto de un invento maravilloso para hacerse millonario en quince días.

Un libro interesante. — Se ha puesto a la venta el libro de versos Zarza florida, original del fecundo poeta e infatigable proyectista...

Caridad. — Se suplica a las personas caritativas acudan en auxilio de un pobre hombre, inventor infeliz y arbitrista fracasado que se halla paralítico, viudo y con seis hijos, en un sotabanco de la calle de...

***

Esta es la verdad, la única verdad. En la vida no p. 65hay más que media docena de anuncios; esos seis anuncios son lo único notable de nuestra existencia. Todo lo demás son complicaciones inventadas por los literatos y los filósofos, gentes absurdas que no tienen nada que hacer y se divierten enredándonos.

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VIDAS CURIOSAS
DE VARIAS MUJERES
SIN IMPORTANCIA

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LOS ZARCILLOS

No fue que las mayores la abandonaran, no. Salió con ellas del colegio, y, cogida de la mano, llegó hasta la plazuela. Después, como ocurre en todas las grandes catástrofes, las versiones eran contradictorias. Hay quien dice que ella sola se escapó por las callejuelas prohibidas; otros afirman que se quedó embebecida ante la cacharrería, y otros, en fin, aseguraban que se durmió allí mismo, en aquel portal, donde ya anochecido la encontró su madre.

Lo cierto y verdad era que llegó a la plazuela con las mayores; pero se pusieron a jugar como unas locas y se olvidaron de ella. Era aún muy pequeñita, y, además, tenía un alto concepto de sí misma, por lo que se alejó sin sentimiento de aquella turbamulta, yéndose pasito a paso hacia el zaguán escondido en el fondo de la plazuela, donde estuvo revisando sus conceptos del mundo y de la vida. Una personita de una vara tiene que resolver por sí sola muy arduos problemas de filosofía si quiere aparecer sensata.

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Los académicos, los profesores, la gente grave y empingorotada del mundo han dado al acto de reflexionar una exagerada importancia; y si decimos que aquella chicuela de cuatro años estaba reflexionando, se volverán contra nosotros. Reflexionaba, sin embargo, y puestos de acuerdo su corazón de pichoncillo y su cabeza de chorlito, convenían en reconocer que la vida es francamente grata. Complacíala aquella suavidad del atardecer, el oro viejo del sol que se posaba en las azoteas y los miradores, la cantata de la viudita del conde Laurel, que quiere casarse y no encuentra con quién, y, sobre todo, aquella libertad de moverse y reírse, ganada en las interminables horas de inmovilidad y silencio que el colegio imponía. No podía dudarse de que la vida es buena.

Para que no le faltase nada, llegó con pasos quedos hasta ella una pobre mujer, arrebujada en un mantoncillo sucio, que, mirándola fijamente, le dijo admirativa y cariñosa:

—¡Oh, qué niña más bonita!

Había algo extraño en los ojos de la mujer del mantoncillo, y la niña debió advertirlo. Pero aquellos cuatro palmos de persona tenían ya su buena ración de vanidad y se rindió al halago.

—Sí, señor, bonita; muy bonita —siguió diciendo la mujer, mientras la chicuela se ruborizaba, encogidita de vergüenza.

Mentía la mujer; la chiquita era fea: tenía las piernas p. 71delgadas y negras, la boca grande, las orejas despegadas. Tal vez por esto fue más sensible a la adulación y desechó toda sospecha.

—¿Me quieres dar un beso, preciosa? Ven acá, hija mía; ajajá. ¡Qué linda! —y la besuqueaba melosa, dejándole sobre la carilla exangüe la saliva congelada de su bocaza.

—Así me gustan a mí las niñas, tan seriecitas. ¿Ves? Por eso te quiere tanto tu mamá y por eso te peina y te compone. Por buena; por buena te ha comprado estos zarcillos tan bonitos, ¿verdad?

La chicuela asentía complacida, y, sin poder dominar su orgullo, ladeó la cabeza, mostrando la orejita traslúcida y el zarcillo de coral fino que le cosquilleaba en el cuello.

—¡Preciosos! ¡Preciosos! —exclamaba la mujer—. Yo tengo una niña tan bonita como tú y voy a comprarle unos zarcillos iguales.

—¿Tú tienes una niña?

—Sí, tengo una; pero la pobrecita no tiene zarcillos.

—Cómprale unos como estos.

—Sí que se los compraré. Pero ¿cómo voy a encontrarlos tan bonitos? Verás, déjame esos; voy a la tienda, compro unos iguales y después te traigo los tuyos, ¿quieres? Mi niña se pondrá tan contenta... Anda, dámelos.

La chicuela, complaciente, mostró otra vez la orejita p. 72y la mujer abrió el broche y sacó el zarcillo. Buscó el otro, ya con cierta brusquedad, y, al cogerlo, tiró nerviosamente, amenazando romper el lóbulo. Dos grandes lágrimas aparecieron en los ojos de la niña. Iba a llorar; pero la mujer la consoló, diciéndole:

—No llores, tonta; te los traeré en seguida. Espérame aquí; espera...

Y se marchó; la niña la vio cómo corría. Pensó en la alegría que recibiría la otra niña, la hija de aquella buena mujer, y, sacando del bolsillo unos guijarros blancos, se puso a jugar, tirándolos hacia lo alto y recogiéndolos con la misma mano.

—Una, dos; una, dos, tres, cuatro; una, dos...

Cuando echó una ojeada a la plazuela se habían ido ya todas las niñas. ¿Tardaba la mujer? No, todavía no. Siguió jugando.

—Una, dos, tres; una, dos; una, dos, tres...

Pasó el farolero con su gran palo sobre el hombro; se iluminaron los balcones de la plazuela y el frío empezó a rondarle las piernas. ¿No vendría la mujer? Sí, sí vendría; le había dicho que la esperara.

—Una, dos; una, dos, tres, cuatro...

El último pájaro de la tarde, perdido su nido, anduvo revoloteando a la desesperada por la plazuela; aterrorizado, volaba sin tino, chocando contra las paredes, metiéndose en los zaguanes, abatiéndose sobre p. 73el empedrado. Por fin encontró su camino y se fue. Ya no volvió a oírse en la plazuela olvidada más que el fuerte compás de unos pasos que de tiempo en tiempo la cruzaban.

La chicuela empezó a temer. ¿A qué? No lo sabía; tal vez a todo: al ruido y al silencio; a la luz y a las sombras. A todo, menos a la sospecha de que la mujer no volviera. ¡Cómo no había de volver, si se llevó sus zarcillos y tenía que traérselos! Su confianza era ciega, absoluta. Volvería; tarde o temprano, volvería. Hay que tener cuatro años para creer así.

En tanto, la madre, sobresaltada, iba buscándola calles y plazas. Cuando la encontró estaba muy acurrucadita en el umbral, jugando maquinalmente con sus guijarros blancos.

—Uno, dos, tres; uno, dos...

Le contó el caso, y la madre, congestionada, puesta en jarras, prorrumpió en dicterios:

—¡Puerca! ¡Ladrona! ¡Robar a una niña inocente!

La chica no se explicaba con claridad todo aquello y siguió sentadita en el umbral.

—Y tú, tonta —la interpeló la madre—, ¿qué haces ahí todavía? Anda para casa.

—¿A casa? —preguntó horrorizada la chiquilla—. ¡A casa, no! Yo tengo que esperar a que esa mujer me traiga los zarcillos.

p. 74

Ya no anduvo la madre con contemplaciones. La agarró de un brazo y a rastras se la llevó de allí.

Furiosa, la chicuela gritaba:

—¡Que no, que no! ¡Que tengo que esperar a que me traigan mis zarcillos!

Tardó mucho tiempo, años quizá, en desechar la idea de que había perdido sus zarcillos porque no la dejaron esperar a que volviese la mujer. Tardaría, ¿por qué no? Pero volver, ¡vaya si debió volver!

POR ENCIMA
DE LA VOLUNTAD

La hija tenía la misma cara bobalicona y redondita que debió tener su papá; aquel papá remoto, que ganaba un sueldecito decente, y se murió muy joven porque carecía de la consistencia necesaria para vivir a cuerpo limpio. La madre, en cambio, tenía una dureza, una caracterización, una angulosidad sospechosa, que la delataba, a pesar de sus carnes fofas y del modo inocentón y beato con que se prendía su velo, sujetándole al pecho con un viejo alfiler de plata, en el que se leía su nombre. Los comerciantes inteligentes no se dejaban engañar, y al exponer ante ella sus telas, su bisutería o sus joyas, les asaltaba el temor de que aquella mujerona, no obstante su empaque y la sobriedad de sus movimientos, fuera la mechera, la terrible mechera, que da pesadillas a p. 75los dependientes novatos y es para los dueños de tienda la personificación de todas las perversiones morales y el grado más alto de la escala de la delincuencia. Pero les desarmaba la carita inefable de la hija, sus blusitas claras, su modosería y aquel airecillo de coquetuela inocentona, que hacía de ella la novia ideal de todos los horteras.

Eran mecheras, sin embargo, la madre y la hija. Hacía varios años que ejercían esta profesión, casi como único medio de subsistencia, y era maravilloso que en tanto tiempo ni una sola vez hubiesen sido descubiertos sus hurtos; entraban en las tiendas, pedían artículos extraños y caprichosos, tentujeaban, desesperaban al comerciante, y, en el momento propicio, la madre ocultaba sabia y precipitadamente la pieza de encaje costosísimo, la perla, el brillantito o el reloj de pulsera. Otras veces, ante las mismas narices del dependiente, la madre daba el objeto robado a la hija, que lo escondía entre los pliegues de su blusilla de adolescente, mientras paseaba una mirada distraída por las anaquelerías, mostrando su cara de pascuas tranquilizadora. La madre fingíase miope, y en las joyerías, otras veces, acercábase exageradamente a los ojos las pequeñas bateas en que los joyeros le mostraba sus piedras preciosas, y con la punta de la lengua sorbíase alguna, que, a partir de aquel momento, pasaba a formar parte de los bienes de la familia.

p. 76

Vivían muy modestamente, a pesar de sus malas artes y de lo que la chica cosía a destajo para algunas tiendas de ropa blanca. A poco de morir el padre hubieran podido cambiar de fortuna; un señor influyente, que había protegido, con la ruin protección de nuestros días, al cabeza de familia, hizo a la madre determinadas proposiciones que debían ser aceptadas por la hija. El señor influyente daba toda clase de seguridades y sugería a las dos infelices las vistas panorámicas de un bienestar duradero. No aceptaron, sin embargo; hasta llegaron a escandalizarse; ellas eran honradas, de una honradez secular, vinculada en la familia, a través de las generaciones; gozaban de un crédito intachable entre la vecindad y pasarían por todo antes que por «aquello», sufriendo grandes miserias. El éxito de un día, ese día en que el hambre, no teniendo qué devorar, se engulle los valores morales, las empujó a la reincidencia, en su oficio de mecheras, y como hasta entonces les había salido bien...

Eran honradas, sin embargo, la madre y la hija, si se las miraba por la otra cara de la honradez, por la que más cuidadosamente se mira a las mujeres. Tenían fe en el porvenir; esperaban siempre su liberación, y cada vez que cometían un latrocinio lo hacían creyendo formalmente que sería el último a que la vida les obligaría.

Pero, como era lógico, alguna vez tenía que surgir la catástrofe. Al fin fueron descubiertas un día en el p. 77momento en que la madre ocultaba entre los cabellos un alfiler de corbata; detenidas y conducidas a la comisaría próxima, se les registró, encontrándose la alhaja robada bajo el manto beato de la madre. Pasadas veinticuatro horas, el juez mandó a la cárcel a la madre y dejó a la hija en libertad, bien por no haberse podido probar su delincuencia, bien por lástima, si es que los jueces son capaces de ella.

Durante algunos días la muchacha estuvo en un estado tal de inconsciencia, que de nada pudo hacerse cargo. El estupor de la desgracia había abierto aún más sus ojazos y acentuado la inexpresión de su cara redonda. Día y noche torturose pensando en las angustias de la madre encarcelada, en su propia soledad y desamparo y en el deshonor que había caído sobre ellas. Cuando logró alguna lucidez no halló más camino de salvación que buscar a aquel señor influyente que había sido amigo y protector de su padre, contarle toda la verdad e impetrar su auxilio en favor de la pobre madre encarcelada.

El señor influyente recibió a la muchacha alborozado; escuchó benévolo la vergonzosa historia, aseguró que todo se arreglaría felizmente, y, con exquisito tacto, renovó sus proposiciones de otro tiempo. No había podido desechar la obsesión que la belleza dulzona de la muchacha le produjera, y si antes había cejado en su empeño, la ocasión venía ahora a favorecerle y a renovar el deseo tanto tiempo insatisfecho, p. 78sin cargo alguno de conciencia, pues para el deshonor de aquella hija de ladrona era alta honra la intimidad que el caballero honorable le brindaba.

La muchacha, confusa, avergonzada, resistió sin fuerzas y aplazó su resolución hasta el día siguiente. Aquel mismo día vio a su madre en el locutorio de la cárcel, y ambas lloraron largamente, separadas por la reja. Después volvió la madre a su celda y lloró más amargamente ahora, con la cabeza cenicienta entre las palmas de las manos.

Al anochecer, el caballero influyente debía pasar por el cuartito humilde de la muchacha; saldrían y la acompañaría a cenar. Durante la tarde ella estuvo vistiéndose sus trapitos mejores; maquinalmente se peinó y adornó con esmero, y se puso en la cara sus polvos baratos y en el pecho su agua de colonia desteñida. Llegó la hora, con ella un simón y en él su protector.

Fueron a un restaurante elegante; la muchacha estaba silenciosa, estupefacta; veía los fraques recortados de los camareros, admiraba la extremada cortesía de los hombres elegantes y sentía envidia frente a la aureola que circundaba a las mujeres hermosas. Comparó esto con aquello; aquello era el trabajo no remunerado, las miseriucas del hogar, el delito, el deshonor, la cárcel... Y salió corriendo. La empujaba, la hacía huir una invencible repugnancia, una aversión p. 79arraigada en la masa de sangre y más fuerte que su voluntad rendida.

La madre cumplió condena en la cárcel; una condena durísima, impuesta por un jurado de tenderos y negociantes.

LA MUJER A QUIEN
ROBARON EL ALMA

I

Ya a punto de casarme, advertí que no sentía el menor afecto por mi prometida. No; decir esto tal vez sea inexacto; la seguía queriendo pero... había ocurrido una transmigración; un pequeño lío. Me explicaré.

Mis relaciones amorosas con la que debía ser mi mujer tenían ya seis años de fecha. En este tiempo pude convencerme de que mi elección había sido acertada. Cada día de los transcurridos me había revelado una nueva virtud de mi prometida que al cabo del tiempo llegó a mostrarse tal y como yo la había soñado. Con todas aquellas buenas cualidades y aun —¿por qué no decirlo?— con aquellos vicios y defectos que me hubiese agradado encontrar en mi mujer ya que la ilusión amorosa, hasta la más pura, tanto se alimenta de vicios como de virtudes. Parecía como si una benévola deidad hubiese ido dotando a aquella mujer de todos p. 80los atributos que a mi imaginación se le antojaban. Y, sin embargo, estuve a punto de adquirir la certidumbre de que me era en absoluto indiferente.

Pasaba las tardes junto a ella sumido en una verdadera inconsciencia y todavía recuerdo con horror el desgano, la acedía de aquellas interminables entrevistas con mi novia en los últimos tiempos. La madre, atenta a las faenas de la casa, andaba de acá para allá deslizándose suavemente sobre su zapatillas de orillo; a veces nos dejaba solos y a veces nos quedábamos en compañía de mi cuñadita, una chicuela alborotada, seis años más joven que mi prometida, que nos entretenía con sus cancioncillas, sus bromas y su melosería. Cuando ella estaba con nosotros la escena era soportable, pero cuando mi novia y yo nos quedábamos solos la tirantez, la violencia de mi situación era insufrible. Mi novia con una constancia irritante bordaba un ajuar eterno. Me parecía que llevaba miles de años viéndola enlazar nuestras iniciales que adoptaban ya posturas descoyuntadas y francamente obscenas para hacer gráfica y ostensible nuestra futura unión.

—¿Qué tienes? ¿Estás malo? —me preguntaba.

—No.

—¿Triste?

—Pse.

—¿No me quieres?

—Sí.

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—¡Cómo te aburres a mi lado!...

—No.

Felizmente mi cuñadita hacia irrupción en la sala y con sus mimos y sus risas el ambiente me parecía más respirable; evitaba ella al interponerse entre mi novia y yo aquella sensación clara de asfixia que al verme a solas con mi prometida no podía desechar. Y así matábamos el tiempo.

Al principio no me di cuenta cabal de lo que me sucedía; a pesar del agobio, del verdadero tormento que para mí representaba el continuar aquellas relaciones, jamás pensé en cortarlas. Iba por las tardes a casa de mi novia empujado por una fervorosa ilusión; la misma ilusión que me llevó hacia ella seis años antes. No habían cambiado en nada mis sentimientos. Me precio de ser un hombre sensato, sé el verdadero valor de las pasiones, conozco mi consecuencia, mi lealtad a mis propios sentimientos y aquel desgano para con mi prometida, aquel cansancio, aquel aburrimiento que me dominaban por encima de toda reflexión, y aun soterrando arbitrariamente una ilusión, una ternura y un deseo insatisfechos, vivos allá en el doble fondo de mi ser, me irritaban hasta el punto de dejarme sumido en una perplejidad de idiota. No podía convencerme, por más que hacía, de la realidad de aquel desamor. ¡Claro! ¡Como que no había tal desamor! ¡Como que lejos de haberme cansado de mi prometida —al fin lo supe—, cada día la p. 82deseaba más! Sino que no en ella..., en su hermana.

Seis años se llevaban mi novia y mi cuñadita y seis años tenía de fecha mi noviazgo. ¿Qué había de extraño en el hecho de que, andando el tiempo, a punto ya de casarme, encontrase, no en mi novia sino en su hermana seis años más joven que ella, aquella gracia, aquel indefinible encanto que fueron el acicate de mi amor? Charlando lánguidamente con mi prometida observaba codicioso a mi cuñadita, acechaba sus gestos y sus ademanes, escudriñaba su alma y, para tormento de la mía, encontraba en ella, con prodigiosa fidelidad, los mismos atractivos que antes me arrastraron hacia la hermana, entonces tan distinta y tan alejada de sí misma. No estaba en mí la inconsecuencia; no era una versatilidad de mi carácter; yo era el mismo, siempre fiel a mis apetencias. Era ella la que había transmigrado su gracia a la hermanita adolescente.

II

Soy profesor de filosofía, joven profesor de filosofía, y estoy ya a cien leguas de Kant y de su imperativo categórico. No encontré, pues, razones bastantes en mi ciencia para renunciar a mi amor por la pequeña. Además, el parecido físico de mi cuñadita a mi novia se completó con la semejanza espiritual. Advertí alborozado que así como antes yo había sido del p. 83agrado de la hermana mayor, ahora era recibido por la más pequeña con el mismo agrado, con idéntica ternura. Si eran una y la misma, ¿cómo hubiera podido ser que una me quisiera y la otra no?

No sabría decir exactamente cómo se reveló nuestro amor. Desde el primer momento ella y yo lo tomamos como cosa sabida, como viejos amantes que éramos, entre los que por algún tiempo se hubiese interpuesto una ausencia. Recuerdo que una tarde mi cuñadita me acompañó por el pasillo hasta la escalera. Siempre, al despedirme, le dedicaba una breve caricia fraternal: aquella tarde, no sé por qué, sin el alucinante trémolo de las iniciaciones de amor, naturalmente, con absoluta serenidad, la cogí por la cintura y la besé en la boca con ese sosiego, con ese regodeo con que besamos los labios que han sido nuestros muchas veces. Ella no se inmutó tampoco; esperaba, seguramente, aquel beso desde hacía mucho tiempo.

—Adiós.

—Adiós; no dejes de venir mañana.

Ni una palabra más. La hermana quedó para siempre ensombrecida, difuminada; ya nunca volví a verla con netitud; era como una sombra sobrenatural, un alma en pena que bordaba un ajuar eterno. Esquivándola, rehuyendo su inoportuna presencia, mi cuñadita y yo cubrimos en desenfrenada carrera las primeras etapas de nuestra pasión.

Fue milagroso que mi prometida no advirtiese lo p. 84que ocurría. A ninguna mujer se le hubiese ocultado aquella traición; pero mi prometida no era realmente una mujer, era una supervivencia, un pobre cuerpo sin alma. El alma, única e indivisible, había huido de su cuerpo endurecido por el tiempo para aposentarse en la blanda y armoniosa envoltura carnal de mi cuñadita. Había que creer en la transmigración de las almas.

Esta acomodaticia creencia aventó todos mis escrúpulos y mis remordimientos. Me entregué por completo al amor de la pequeña y fui feliz. Es difícil comprender mi felicidad de entonces.

III

Imaginad que poseéis un tesoro y que el tiempo os ha ido arruinando insensiblemente mientras pasabais hambre y sed por conservarlo intacto. Esto es lo que me había ocurrido con mi novia; en seis años su lozanía, su gracia, su frescura, se habían perdido para siempre y cuando al fin me hallaba en situación de desposarla la encontraba dura ya, reseca, envejecida. El caudal de mi felicidad se me había ido de entre las manos sin acercarlo a mi boca sedienta. ¡Qué alegría cuando lo vi renacer por un verdadero milagro en las formas blandas y armoniosas de mi cuñadita adolescente!

p. 85

Gozamos mucho. Por las mañanas nos veíamos en el fondo de los jardines más escondidos y penumbrosos de la urbe. Eran las horas limpias y claras de nuestro amor. Nos olvidábamos de todo y libres de remordimientos reíamos, reíamos inocentes como los chiquillos y los pájaros, comíamos golosinas, inventábamos travesuras y nos alegrábamos, con una alegría tan sana que yo pensaba al recordar, no sin esfuerzo, la tragedia de la otra, de la despojada del alma, si estaríamos privados de sentido moral, si habríamos extirpado en nosotros la conciencia.

Por las tardes, en cambio, nuestro amor adquiría las negras tintas de la tragedia, las alucinantes sombras del pecado. Delante de mi prometida, más dura y más reseca cada vez, gozábamos también de nuestro amor, pero ya sin aquella fragancia matinal, saturados de dolor, revolcándonos criminalmente en el malsano placer de la traición, buscando nuestras manos por debajo de la mesa, y nuestras bocas en la penumbra de los pasillos. Fue esta plena conciencia del delito, este ambiente morboso, lo que nos empujó al uno contra el otro haciéndonos solidarios de una culpa irredimible y privándonos para siempre de aquella pureza inefable que tenía nuestro amor en los encuentros matinales orquestados por los pájaros y los niños reidores.

Una noche, estando a solas con mi prometida hice una de aquellas furtivas salidas al pasillo, en cuyos recodos p. 86poblados de sombras, siempre encontraba propicias a las palmas de mis manos las formas blandas de mi cuñadita. Allí, en la penumbra, estuvimos acariciándonos largamente. De súbito se abrió la puerta del gabinete y lanzó sobre el pasillo un rectángulo de luz en el que se recortaba netamente la silueta de mi novia. Avanzó hacia nosotros, que, mal disimulados por la sombra de unos cortinones, permanecimos sobrecogidos de espanto. Pasó a nuestro lado, alta, erguida, rígida, moviéndose a compás con un escalofriante automatismo. Miró hacia donde nosotros estábamos ¿Nos vio? Creo que nos miró sin ver o más bien que sus ojos nos vieron pero se negaron a llevar hasta la conciencia la terrible noticia de nuestra traición. No se enteró. No se hubiese enterado nunca la pobre «desalmada». Hay algo más fuerte que la realidad y ese algo, esa incapacidad de los sentidos para percibir lo que cae fuera de toda previsión, de toda preconciencia fue lo que encubrió nuestras liviandades. Así hubiésemos continuado sabe Dios cuánto tiempo a no haber sido por la concurrencia, solo por nosotros imprevista, de una circunstancia que nos forzaba a poner término a aquella situación dentro de un plazo fijo.

Cuando por boca de mi cuñadita supe lo que ocurría, no tuve ni un momento de duda. Busqué una solución con ahinco, a la desesperada. Y la encontré. Era terrible; pero había que encontrarla y la encontré. p. 87Días después, yo emprendía un inopinado viaje a provincias.

IV

En una de esas ciudades escondidas, ciudades empozadas de las que apenas escapa de tiempo en tiempo un murmullo, caí enfermo. Así lo comuniqué en una carta a mi prometida. Dos días después recibí contestación suya. Era una carta llena de ternura y dolor en la que a vuelta de mil recomendaciones favorables a mi salud me pedía atemorizada diese por terminado mi viaje.

Dejé pasar unas fechas y volví a escribir; seguía postrado en el lecho pero la enfermedad parecía ceder. A esta carta siguieron otras; en todas ellas daba cuenta detallada de mi enfermedad. Las respuestas de mi prometida llegaban hasta mí como gritos de angustia de un corazón que se deshacía en el dolor. Rasgaba los sobres de sus cartas con la fría convicción de que iba rompiendo un alma en pedazos. Pero ¿es que para mí tenía alma aquella mujer?

En poco más de veinte días mi enfermedad sufrió varias alternativas que fueron otros tantos escalones hacia la gravedad de mi estado. A las cartas, cada vez más pesimistas por mi parte y más acongojadas por la suya, sucedieron los despachos telegráficos más breves y terribles a medida que avanzaban los días. La p. 88gravedad llegó por fin a un límite extremo. Y fallecí.

No me fue muy difícil dar una absoluta verosimilitud a mi muerte. Por fortuna, carecía de parientes próximos que hubiesen podido complicar el asunto y mis amigos eran tan pocos y tan superficiales que no había peligro de que descubriesen con su solicitud el fraude. Un pobre profesor de filosofía tiene por otra parte tan poca actualidad, tan poco relieve en el mundo que bien puede desaparecer de él sin dejar rastro de su humilde existencia. La familia de mi prometida hacía una vida tan retraída y aislada en el turbión de la metrópoli que jamás hubiese podido informarse de lo ocurrido allá en el fondo de una ciudad dormida en la que hasta los grandes hechos se apagan y enmudecen para dejar oír el confuso rumor de los siglos pasando y repasando sobre ella en históricas cabalgadas. Supe escoger a conciencia el lugar donde había de ocurrir mi fallecimiento.

V

Por lo que después supe mi prometida me amaba más de lo que yo la creía capaz. Siempre tendré en mi vida el remordimiento, no ya de haberla hecho sufrir de aquel modo, sino de haber dejado que se perdiese y arruinase aquella ternura. ¡Hay ya tan poca ternura en el mundo!

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En los primeros momentos de mi gravedad intentó volar a mi lado; de no haberlo impedido su hermana luchando con ella heroicamente, nuestra superchería se hubiese descubierto. Fue espantosa la lucha que mi cuñadita tuvo que sostener con ella para contenerla. Aún me maravilla imaginar la fuerza de voluntad, el tesón, la sobrehumana crueldad de aquella chiquilla que presenció hora tras hora el infinito dolor de su hermana con la impasibilidad de un dios. Empedernido es mi corazón, fríos y cerebralistas son mis movimientos en la vida, pero no hubiese sido capaz de contemplar día por día el espectáculo de aquella tragedia teniendo en mis labios la palabra reveladora que podía deshacerla como la espuma. Pero las mujeres —una mujer enamorada— están más allá del bien y del mal. Son como diosas, y por esta naturaleza divina, que las hace implacables, es acaso por lo que las adoramos. Al imaginar la inhumana crueldad de mi cuñadita para con mi prometida, siempre me estremezco de terror, y muchas veces he pensado si aquella chiquilla no sería un monstruo, privado de toda humana condición. Pero no; de su blanda humanidad, de su ternura, he tenido después infinitas pruebas.

Hubo, sobre todo, en la alucinante procesión de aquellos días, en los que se desgarraba la vida de mi prometida, un momento culminante, cuya grandeza dramática fue superior a cuanto he conocido.

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Mi cuñadita y mi novia dormían en una misma habitación, separadas las dos camas virginales por una mesilla de noche en la que ardía una lamparilla, parpadeando sobre su lecho de aceite. Mi prometida, arrebujada en las sábanas, sollozaba, con unos sollozos largos, ahogados. Había recibido, por la tarde, uno de aquellos telegramas que iban despojándola de toda esperanza. Mi cuñadita, inmóvil, con los ojos muy abiertos, fijos en el techo, oíala gemir, contemplando insensible cómo la luz vacilante de la lamparilla luchaba a duras penas con las sombras, que por momentos parecía iban a vencerla y extinguirla.

Pasaron las horas. Mi prometida seguía llorando, torciéndose de dolor, arremolinando sobre su cuerpo enfebrecido la revuelta cobertura.

—Sosiégate, hermana —le decía mi cuñadita.

—No; no puedo.

—Sosiégate, duerme; no le pasará nada.

—El corazón, hermana, me dice que está muy grave. Que va a morir.

—No digas eso, hermana.

—Sí; va a morir.

—Te digo que deliras.

—Va a morir.

—Estás loca; anda, sosiégate.

—Va a morir, va a morir.

—No digas locuras. Vivirá, vivirá.

—No; el corazón me ha dicho que le pierdo, y mi p. 91corazón no me engaña nunca. ¿Qué sabes tú de estas angustias?

Guardó silencio la hermana, temblándole en los labios la palabra reveladora. ¿Qué fuerza, superior a ella misma, le hizo no decirla?

Así llegó el conticinio; sobre la ciudad, dormida, pasó esa ráfaga de frío, precursora del amanecer. Siempre en este momento de la madrugada hay algo que cruje o chasca; algo vivo, persona, animal, vegetal o cosa que perece para siempre jamás.

Las dos mujeres, adormecidas por el dolor, oyeron como en sueños aquel chasquido y abrieron los ojos alucinados.

—¡Hermana! ¡Hermana! ¡Él ha muerto! —gimió mi prometida.

—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitió la otra maquinalmente, obedeciendo a una irresistible sugestión. Y fue tan fuerte el latido de aquellas palabras, que ella misma, que estaba en el secreto, para desvirtuarlas, para no creer en ellas y volver a la realidad, tuvo que gritarse, tapándose la boca con la almohada: «No ha muerto. No ha muerto. Para mí, no ha muerto».

p. 92VI

La infeliz novia-viuda recibió pocos días después mi esquela de defunción, mi cartera, un mechón de mis cabellos —auténticos cabellos míos, que me hicieron lucir durante algún tiempo una terrible trasquiladura, que era como la marca infamante de un crimen— y algunos recuerdos más. Todo esto, que yo fríamente urdía en el cuarto desmantelado de mi fonda, perdida en los recovecos de aquella ciudad, disimulada en el mundo, causó horas de dolor imponderable a mi prometida. Solo imaginar el sufrimiento de aquella pobre mujer me crispa aún los nervios. Pero ¡no había más remedio! El tiempo corría y pronto mi cuñadita no podría disimular las señales de nuestro amor.

Inmovilizada por el dolor, mi prometida dejó pasar los días sin frío ni calor para ella, sin nubes y sin sol; días muertos, que eran para la infeliz «desalmada» como un desfile eterno de almas en pena. Un poco más vieja todas las mañanas, acabó de arruinarse y extinguirse en poco tiempo. Guardó entonces bajo siete estados de la tierra su inútil canastilla de boda, enfundose en unas ropas negras y ya puede decirse que dejó de existir. Nuestro propósito estaba logrado. La habíamos matado y ya éramos libres.

Dos meses después de mi fallecimiento solicité mi p. 93traslado a otra ciudad no menos empozada y perdida que aquella, en la que se había fraguado la farsa de mi óbito. Hice mis preparativos con verdadera ilusión. Tomé en arrendamiento una alegre casita, encaramada en un altozano de las afueras, por cuyas laderas reptaban los naranjos y los olivos. Era en las tierras cálidas del sur y la cal viva de las paredes explotaba en la luz del sol, envolviendo en diafanidad los cuerpos y las almas. Así continué gozoso preparando mi felicidad minuciosamente, con esa inefable infantilidad, ese alborozo, que yo hasta entonces creí privativo de las almas limpias de pecado. Aderecé mi nido con unas cretonas claras y unos juguetillos divertidos. Cuando todo lo tuve dispuesto, me tumbé en una hamaca, encendí un cigarrillo y me puse a esperar sosegadamente.

VII

Algunos días después de mi fallecimiento empezó a rondar a mi cuñadita un apuesto joven, cazado, acaso, por aquella diabla durante alguna de las misas que en sufragio por mi alma hizo decir mi malograda prometida. Por cierto que, a estas horas, no sé qué se habrá hecho de la intención de aquellas misas; algún ánima necesitada de sufragios y poco escrupulosa se las habrá adjudicado. Hago mención de p. 94estas pequeñas cosas para que se vea hasta qué inconcebibles maquiavelismos era capaz de urdir aquella personilla enamorada. No sé si aquel inocente joven fue cazado con alevosía por mi cuñadita, ya con la intención preconcebida de destinarle al sacrificio, o si él mismo, o, mejor dicho, su implacable destino, sugirieron la diabólica idea a la muchacha, al ir hacia ella reiteradamente y estrecharla en el cortejo. Con alevosía o sin ella, supo mi cuñadita enzarzar en la red de sus miradas dulzonas de chicuela a aquel joven, digno de mejor suerte, que en pocos días hizo, llevado de su pasión, todas las estupideces necesarias para que la madre y la hermana le considerasen nocivo y amonestasen a la pequeña, pretendiendo obligarla a que no diese alas a la pasión de aquel joven insensato.

El insensato estaba gozoso, que no cabía en el pellejo. Era un hombrecito rubio, blanco y blando, presumidillo, estiradete, con una gran ansia de gozar la vida, que entonces comenzaba a entrever, y sin dos adarmes de sal en la mollera. De haberlos tenido, no le hubiese podido hacer mi cuñadita la jugarreta que le hizo.

¿Cómo se ingenió la muy indina para soliviantarle, hasta el punto de hacerle realizar las mayores gansadas, sin que ella llegase a comprometerse nunca? En pocos días le hizo entrar en la casa, hablar formalmente con la madre, pedir permiso para continuar p. 95las relaciones y después cometer tal serie de inconveniencias y locuras que la buena señora, por buena y desentendida que fuera, no tuvo más remedio que plantarle de patitas en la calle. Ya estaba. El amor contrariado. Lo que ella necesitaba para su plan.

Lloró, gimoteó y amenazó con suicidarse, todo con tanta propiedad, con tanta gracia, que la pobre madre llegó a creer firmemente en el infortunio de su hija empujada por un amor imposible. Diose tal maña, que supo hacer de un tonto un personaje diabólico, y de un capricho juvenil, un terrible apasionamiento. La madre y la hermana leían frecuentemente novelas. Y creyeron en la tragedia.

Llegó a creer en ella el mismo inocente cortejador que, sin saber cómo, sin comerlo ni beberlo, se vio asimismo héroe novelesco, seductor terrible, fiero amante, capaz de todo por lograr su amor. Cuando el horno estuvo para bollos, aquel geniecillo del mal con faldas empezó a sugerir al mozo su atrevido plan en cartas que clandestinamente se cruzaban, y en furtivas entrevistas que iban arrebatando y enloqueciendo al pobre bobalicón, metido de hoz y coz en aquella maravillosa aventura.

Pero nuestro hombre no era tan insensato como parecía. Náufrago en medio del oleaje pasional que le movía mi cuñadita se agarraba a la realidad como a un leño, y se resistía heroicamente a ser arrastrado. No quería seguir adelante. Ni él era un terrible seductor p. 96ni el cristo que lo fundó, ni aquello debía tomar otros derroteros que los que son lógicos y naturales. Fueron precisas toda la astucia, toda la tenacidad y la malicia del mundo para desprender a aquel mastuerzo de la realidad, a la que se aferraba como un alcornoque a la tierra, balancearle en el vacío y lanzarle al espacio como un pelele. Al fin perdió pie, se dejó arrastrar y pensó en raptar a la muchacha.

Con sus dengues, sus escrúpulos y su hipocresía, avivó ella el furor satánico de aquel buenazo, que llegó a creerse de buena fe que aquella perversa idea del rapto se había cocido en el puchero que tenía sobre los hombros, y que habían sido sus palabras, sus diabólicas palabras de seducción, las que habían enloquecido a su inocente amada, víctima de sus asechanzas.

Ultimaron cuidadosamente todos los detalles de la fuga. Ella dejó escrita una carta, dirigida a su madre y su hermana, a las que anunciaba su huida con aquel joven, «al que amaba más que a su propia vida». Les pedía perdón y olvido. Hizo, además, que el joven donjuán escribiese una carta análoga a sus padres, y ya se encargó él, sin necesidad de nadie que se lo recomendase, de divulgar, ufano, la noticia de su conquista entre sus amigos. La fuga de mi cuñadita fue, pues, casi una ceremonia pública, y tuvo toda la repercusión que a ella y a mí nos convenía que tuviese.

Una tarde quedaron citados en la puerta misma de p. 97su casa; procuró ella que les viese la portera y juntos marcharon después hacia la estación del Mediodía, donde tomaron billetes para el tren correo, que diez minutos después partía en dirección al sudoeste. A la tercera estación del trayecto, la línea se bifurcaba y el correo daba paso al expreso del sudeste, el mismo que ya al amanecer pasaba allá, a lo lejos, frente a mi casita, desde cuyas ventanas yo lo veía ir, esperando siempre el día que había de traerme la felicidad en forma de una viajerita recién casada que ha perdido al esposo y trae los azahares de la boda guardados en el cabás porque el viaje no se los marchite.

Así vi llegar a la mañana siguiente a mi cuñadita.

VIII

No será necesario contar la jugarreta que mi amada había hecho al inocente conquistador. Declaro que no tuve en ella arte ni parte, y que, hasta el momento en que ella vino a mí, yo no supe por qué caminos había llegado. Una vez consumada la farsa de mi fallecimiento, y refugiado en aquel rincón amable, hice saber a mi joven amor el lugar del mundo adonde yo había ido a esconderme, y, como dije antes, me senté a esperar, sosegado. Yo sabía que no tardaría en venir.

Alborozada, nerviosa, riéndose con limpias y sonoras p. 98carcajadas, me contaba los incidentes de la fuga, sus sobresaltos, sus picardías, la astucia que había tenido que emplear para repeler cortésmente las caricias que entusiasmado se obstinaba en prodigarle su compañero de fuga, hasta que llegaron al cruce con el expreso, en cuyo instante ella, con un pretexto cualquiera, salió, dejando muy sosegadito al novio, y subió al otro tren.

—No creas —me decía ella—, pasé un miedo espantoso. Me costó mucho trabajo convencerle de que no me acompañase ni se asomase a la ventanilla, porque iba a darle una sorpresa; y cuando lo logré y me encontré, al fin, en tierra, ya habían dado la salida del expreso. Crucé el andén en dos zancadas, con la falda levantada hasta la rodilla, para poder correr velozmente. Sentí mucho que me viesen las piernas; pero no había más remedio. Cuando pude subir el expreso iba ya en marcha. ¡Que horror! ¡Figúrate que no hubiese podido escaparme! ¿Qué hubiese hecho con aquel pasmarote? O, mejor dicho, ¿qué hubiese hecho él conmigo?

—Siempre hubieras sabido escurrirte, diabla.

—En fin, allá se quedó muy quietecito, en su vagón, esperando la sorpresa.

—¿Qué habrá hecho al darse cuenta de la burla que le has gastado?

—Reflexiones. ¿Qué quieres que haga?

—¿Y no temes que cuente lo ocurrido a tu madre p. 99y tu hermana, o lo diga por ahí y llegue hasta ellas?

—No; no lo dirá. Se arrancará la lengua antes de confesar que ha hecho el ridículo. Es lo suficientemente necio para ello.

—Sí; pero más adelante...

—Más adelante, él dirá, jactancioso, que me abandonó; la gente lo creerá, y todos supondrán que ando por algún escenario cantando y bailando, o tal vez metida en algo peor; me creerán perdida para siempre. Y lo estoy; perdida para todos y para siempre. Como tú.

—Cierto; el amor nos ha hecho perdernos en el mundo. No te apures; él nos ayudará a encontrarnos a nosotros mismos.

—Ya nos hemos encontrado —me dijo maliciosamente, tan maliciosamente que de momento yo no pude descubrir su malicia y ella tuvo que dármelo a entender a cucharadas.

IX

¿Será una monstruosidad decir que fuimos felices y que tuvimos hijos que fueron una bendición del cielo? Confieso que, al principio, anduve algo desazonado. No eran remordimientos por lo que habíamos hecho con aquella infeliz mujer. Mi corazón se ha mostrado siempre tan empedernido, que jamás se dejó p. 100vencer por la sensiblería. Era, más que remordimiento, miedo. Miedo a la crueldad de aquella mujercita amorosa, cuya impasibilidad ante el dolor yo conocía como nadie. ¿Era posible que un corazón tan seco, tan implacable; un corazón que había dejado desgarrarse otro corazón fraterno, por no soltar la prenda que le había robado, se sintiese alguna vez blandamente conmovido por una emoción desinteresada? Esta duda puso a prueba mi amor, que, al fin, salió triunfante. Tuve mil ocasiones de contrastar la delicadeza de sentimientos de mi mujercita, su capacidad de emoción, su ternura, su desinterés. Y, por si alguna duda me quedase, no tuve más que escudriñar en el fondo de mi alma. ¿No había sido yo tan cruel como ella, y, sin embargo, creía amarla con el más puro afecto y me creía capaz de cuantos sacrificios pudiera exigirme?

En cuanto a la infeliz a quien habíamos robado el alma, no nos importunó mucho. Algunas veces la evocábamos, enfundada en sus tocas negras, inmovilizada por el dolor, vieja, triste y sola. Pero pronto la evocación cedía el paso a cualquiera otra imagen vistosa y esmaltada de nuestro presente o nuestro porvenir. Aquel solazo vivificador del Mediodía, que empalidecía los daguerrotipos de mis antepasados, acristalados en las paredes de mi despacho, iba también desdibujando la doliente figura de mi prometida, hasta el punto de que llegaba a costarme un gran esfuerzo p. 101mental el reconstituir las líneas fundamentales de su figura, que debieran estar marcadas en nuestra mente con el hierro del crimen. A la vuelta de dos años se había borrado por completo su imagen; ya solo me quedaba el recuerdo de los hechos, y, antes de que estos se me pierdan también de vista, quiero fijarlos de algún modo, y por eso he urdido este relato, que conservo, y de tiempo en tiempo leo, porque el recordar, el revivir aquellos días es la única expiación de mi culpa, ya que la divinidad ha sido benévola conmigo y me ha concedido el ser feliz. Esto es para mí una cosa inexplicable.

Jamás he podido comprender cómo nos fue posible, lo mismo a mí que a mi amada, soterrar tan hondo en la conciencia el crimen que habíamos cometido. Ni una sola vez turbó el remordimiento nuestra felicidad; ni por un momento se nos interpuso la infeliz muerta en vida. Nunca, nunca...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Hasta que una vez ella pasó a nuestro lado, arrebujada en sus tocas negras. Con sus pupilas dilatadas por el espanto nos vio ir. ¿Qué pasaría por su alma en aquel minuto?

p. 102

LA ÓRBITA

Operaba en un gran hotel y conocía y practicaba todas las malas artes de seducción. Con sus amaneramientos de actriz de la Comedia Francesa, sus trajes firmados por los más célebres modistos y su melosería meridional, sabía engatusar a los fugitivos huéspedes de aquel espléndido palacio de trashumantes adinerados, cuya gerencia la tenía contratada para retenerles y hacerles agradable el suntuoso hospedaje. Era gente a la que no duele el dinero: diplomáticos, banqueros, negociantes en auge, terratenientes que vienen a urdir sus trabacuentas con el Estado, ganaderos que contratan suministros, directores de fábricas, alcaldes de poblaciones de más de cien mil almas, turistas, presidentes profesionales de cuanto pueda ser presidido, diputaditos espigados que esperan ser ministros antes de que se les acabe la hijuela y traman sus maquiavelismos en el hall del hotel e improvisan sus disertaciones y su fama en el ámbito desnudo e infecundo de sus appartements. Esta era su clientela.

Se hacía llamar Palmira, y se decía casada. En efecto; de vez en cuando aparecía en el hall, en el comedor, en el salón de baile, o en la brasserie, del brazo de su esposo, caballero grave y distinguido, sumido siempre en hondas preocupaciones y afanosos trabajos. Su esposa le traicionaba con cuanta frecuencia se lo permitía la renovación de los huéspedes en el p. 103hotel, y sus cómplices, en el cotidiano adulterio, pagaban por la traición tanto como por el placer. El esposo respetable y distinguido que se dejaba engañar era la salsa del pecado. Y los buenos gourmands prefieren la salsa a la tajada.

También se decía porteña, aunque con extraordinaria facilidad cambiaba de un punto a otro del planeta el lugar de su nacimiento. En realidad, este es un dato que, para practicar el amor, no tiene una exagerada importancia. Lo cierto es que había nacido en Sevilla y que salió de allí para ejercer dignamente la prostitución, como en Francia salen de Marsella casi todas las beneméritas propagadoras del mal gálico, que extiende su patriótico influjo por todo el universo. El Mediodía aporta, en todas las naciones, un gran contingente a la prostitución y a la poesía lírica.

Había nacido en un viejo corral de un barrio silencioso y evocador de Sevilla, en cuyas callejuelas crecía la hierba por entre los guijarros del empedrado, y se hacían sonoros, claros y distintos los pasos de los transeúntes. Entonces no vivía mal la gente corralera; los corrales eran auténticos palacios, venidos a menos; conservaban cierto señorío, cierta holgura, que fortalecían a sus pobres moradores, haciéndoles un poco hidalgos arruinados, firmes y orgullosos, como si también ellos hubiesen venido a menos. Las modernas casas de vecindad con su horrible construcción tendinosa, p. 104sus patios de cemento y sus celditas estrechas, son una anticipación de la cárcel, del cuartel o del hospital.

Pero, sobre todo, aquel patio inmenso del corral, con su fuente de piedra en el centro y sus arcadas blancas, en las que explotaba el sol, era la delicia de la chiquillería. Palmira, que entonces no se llamaba así, y tenía en vez de sus rizados bucles una trenza enhiesta en el cogote, como el rabo de una lagartija, se pasaba el día entero en aquel patio del corral con otras cien chiquillas corraleras, que ejercitaban sus cuerpecillos, casi desnudos y tostados por el sol, en el aprendizaje de las danzas populares de Andalucía, que dan a las mujeres esa plasticidad, esa gracia, que después se pagan a tan buen precio en los prostíbulos.

Palmira recordaba su infancia con agrado. Había mucha hambre y poco pan en la talega: mal humor en su madre, malos tratos en el padre alcoholizado, egoísmo en los hermanos y crueldad en las vecinas. Pero había un solazo vivificador, un desgaire, una exuberancia, un tan claro optimismo en aquel ambiente mísero de sus primeros años, que la negra pobreza se arrebolaba y encendía, fingiendo un bienestar y una holgura que bastaban a la sobriedad de aquellas gentes trabajadoras.

Cuando tuvo diez años y empezó a apetecer todas las superfluidades fue cuando notó la miseria que la rodeaba. La miseria es una creación nuestra. No hay p. 105nadie en el mundo lo suficientemente pobre para que se le considere desdichado. A la vida le basta con muy poco, casi nada; todo lo demás es superfluo. Esta superfluidad llega, sin embargo, a tener una importancia vital; hay quien fracasa en conseguir una fruslería cualquiera, un cintajo honorífico, un título de dominio o unos billetes de Banco, y, por fracasar, se muere realmente de dolor, como se muere el padre que no consigue preferencias y comodidades para sus hijos. Y tan superfluo es lo uno como lo otro. Palmira empezó a desear y se hizo desdichada.

En aquel tiempo, sus padres quisieron comenzar a resarcirse de los sacrificios que por ella debieron haber hecho y la pusieron a trabajar en una fábrica. Aprendió el valor del dinero: tantas horas de trabajo eran tantas pesetas, y tantas pesetas eran unas medias de seda, y tantas unos zapatos de charol, y cuantas una blusa o unos pendientes. Así valoradas las cosas, o, mejor dicho, realzado su valor por el esfuerzo que costaba conseguirlas, se exarcebó su ansia de poseerlas. Estas fruslerías tomaron a sus ojos tal prestigio, que se le hizo imposible vivir sin ellas.

En la convivencia con las obrerillas viciosas y ambiciosas de su taller supo que ella tenía una moneda con la que se podían comprar todas las superfluidades anheladas, y precipitadamente, antes de tiempo, siendo aún una niña, cambió su moneda a un experto cambista, ansioso numismático, coleccionador de estas monedas p. 106vivas, las únicas monedas que tienen un origen divino. Y se prostituyó.

Hay quienes cuentan que la prostitución de Palmira fue una desgarradora tragedia. De un lado, el hambre, el desamparo, la bestialidad del padre, la insensibilidad maternal y el dolor del trabajo agotador y no remunerado; de otra parte, el ansia de vivir, el bienestar y la tentación constante de las viejas alcahuetas que rastrean a diario los barrios bajos, husmeando la miseria y la belleza, para servir el apetito de esos ogros modernos, que de ordinario se contentan con husmar la carne de las niñas nada más.

Pero este aparato terrorífico es un poco exagerado. Palmira cayó, si a esto puede llamarse caída, por lo que caen todas las que caen. Porque les apetece. No hay que buscar complicadas argumentaciones para justificar un acto tan natural como este. Puede creerse que en el amor la mujer no pone más que una cosa, bien material y palpable por cierto; todas las demás cosas las pone la imaginación del varón.

Palmira tuvo suerte en su nueva vida. No es muy corriente, pero tuvo suerte. Iniciada en el rincón más oculto y profundo de la prostitución, supo elevarse pronto, gracias al ajetreo laborioso de sus caderas, que al poco tiempo se hicieron fuertes y rotundas, como se desarrollan los bíceps de los empedradores y los cargadores del muelle. Sorteó milagrosamente el escollo de los males secretos, esquivó los bajos fondos p. 107del sentimentalismo y a los dieciocho años estaba hecha toda una mujer y salía a flote entre las espumas de la sociedad. Empezó a frecuentar los teatros y los paseos; las señoras decentes se acostumbraron a verla, desde muy cerca, en las plateas y los salones de té, y esto hizo que crecieran las pujas a la llana, que decidían sus favores. Físicamente estaba ya lograda; usó con gran sagacidad de las artes cosméticas, dio regalo a su cuerpo, que es como decir que cuidó su herramienta de trabajo, y pudo esperar que aquella lozanía, aquella frescura de su tez, aquella juventud, fuesen eternas, a lo menos en el concepto que de la eternidad puede tener una amorosa de dieciocho años. En otro aspecto, basta notar que el comercio de la carne aviva la vigilancia del espíritu, y ella, que tan en grande comerciaba con su cuerpo, tuvo que buscar el equilibrio en algunas satisfacciones espirituales, logradas a poca costa si, en su caso, se dispone de una gran intuición y de poderosas ambiciones. No quiere esto decir que se hiciese literata, no. Pero llegó a tener una noción bastante aproximada del mundo y de la vida. Ya es bastante; algunos intelectuales no la tienen, ni siquiera remota.

Pensó entonces que, aunque la prostitución tiene un origen sagrado y una estirpe nobilísima, en los tiempos que corren no basta su ejercicio para encumbrarse, y vio que le faltaban algunos factores para el éxito. Tenía dos caminos por los cuales la mujer prostituida p. 108puede hoy lavarse de toda culpa y contratar de igual por igual con la sociedad: el matrimonio o el arte. Casándose, o haciéndose artista, era como únicamente podía seguir avanzando en su carrera. Resistió heroicamente la tentación de consagrarse al arte y decidió casarse. Esta fue una de sus mayores pruebas de clarividencia, porque, tratándose de ennoblecer y purificar su vida, la elección entre cualquiera de los dos términos aparece dudosa. Cierto que el matrimonio es uno de los siete sacramentos de la Iglesia; pero, ¡caramba!, las varietés, por ejemplo, son una cosa muy seria; no falta, seguramente, quien les haya encontrado antecedentes bíblicos y orígenes celestes.

Y se casó; es decir, no se casó, pero fue lo mismo que si se casara. Andan por el mundo algunos sujetos meritísimos, correctos, instruidos, laboriosos, a los que no sabemos por qué la corriente de la vida pone al margen. Son esos sujetos que a veces nos encontramos como naufragados en el remolino de las calles céntricas. Eran buenas personas, iban derechamente a un sitio fijo, tenían quién les aguardase, y, sin embargo, se han perdido, y después de dar estúpidamente muchas vueltas, se han remansado en una acera, como los ciegos, los mudos, sordos y tullidos, que piden limosnas en la carrera.

Hay que creer que también a esos sujetos, como a los mendigos, les ha faltado de pronto algún sentido oculto, alguno de esos misteriosos sentidos que indudablemente p. 109nos sirven con la misma eficacia que los cinco sentidos corporales. Acaso es que les falla el sentido común, o que han perdido la brújula, o que se han olvidado de su itinerario. ¿Quién sabe? Lo cierto es que se quedan detenidos en algún cantillo, inanimados, muertos, real y verdaderamente muertos. Cuando ya empiezan a corromperse, viene la miseria, con su gran escoba de barrendera municipal, y les quita de aquel sitio céntrico, llevándoles a los grandes depósitos de detritus, donde han de esperar en fermentación a que los utilicen como abonos.

Esperando a que lo barrieran, y con claros síntomas de descomposición, se hallaba don Gonzalo de los Reyes Pérez, hombre de gran espíritu, licenciado en Derecho, técnico de numerosas técnicas y profesional de varios órdenes, cuando Palmira, en trance de buscar esposo que diese realce y solvencia a su comercio, le echó una mano cariñosa.

Se entendieron pronto. Las capitulaciones de aquel pacto fueron curiosísimas. Don Gonzalo contraería matrimonio canónico con Palmira: no era necesario cubrir las formalidades del caso; bastaba divulgar la noticia, vestida con todas las garantías posibles. Palmira, en su vida privada, conservaría toda su libertad de acción; pero en la vida pública aparecería sometida a la tutela conyugal. Fue muy difícil delimitar cuál era la vida privada de Palmira; pero, al fin, se consiguió, pasando como sobre ascuas por ciertas escabrosidades. p. 110Don Gonzalo no tendría derecho a reclamar el débito conyugal en ningún caso, y se obligaba a observar una vida regular, austera, digna y, al parecer, laboriosa. En cambio, Palmira le facilitaría todos los recursos necesarios para que ambos viviesen en grandes hoteles, le vestiría con lujo, le costearía sus investigaciones técnicas y su coñac, poniendo al mismo tiempo en juego sus influencias para que fuese reconocido y patentizado el claro talento y la constante laboriosidad de su noble esposo. Y así se hizo.

Don Gonzalo, que se veía perdido en medio del arroyo, quitándose el hambre a bofetadas, ensayando el chantaje y fracasando en la esgrima, aceptó alborozado. Palmira, por su parte, vio con gusto que se hallaba en posesión de un esposo correcto, sabio y distinguido, con una venerable barba cenicienta y una prestancia intelectual y académica que provocaría, seguramente, la intromisión frecuente y productiva de ese agente maligno que en la intimidad hace infelices y astados a tantos sabios venerables.

Se casaron —a lo menos dieron publicidad al enlace—, y poco después se trasladaban a la corte, instalándose suntuosamente en aquel gran hotel, donde Palmira iba a tender sus deliciosas redes. La pesca no pasó por alto a la gerencia del hotel, muy celosa de la inmoralidad que no produce dinero, y como además Palmira vio que había que moderar, en lo posible, los gastos de la industria, tuvieron don Gonzalo p. 111y su cónyuge que tratar en secreto con el gerente de la casa, que, a partir de entonces, fue a la parte en las ganancias, reduciéndoles, en cambio, el precio del hospedaje y dando a Palmira todas las facilidades estratégicas que fueron precisas.

El negocio iba bien. Don Gonzalo se portaba, en su papel, a las mil maravillas, y Palmira llegó, en las artes de seducción, a un completo triunfo. En dos o tres temporadas ahorró unos cuantos miles de pesetas, que colgó de su cuello y sus orejas, con lo que subieron de precio las ofertas. Merced a sus tratos íntimos con un ministro de la corona, llegó don Gonzalo a ser miembro de algunas entidades fundamentales para la vida del Estado, y, entre tanto, la vida, fácil, muelle, acariciadora, iba dando plenitud y aristocracia a Palmira y ensanchando la frente y el abdomen de su venerable cónyuge, que alguna vez, por no irle a la zaga, llegaría a ser hombre público también.

Pero don Gonzalo se consagró al coñac y al humorismo. Tener un gran espíritu es peligrosísimo para andar por el mundo. Hubiera sido don Gonzalo una mala bestia, y es seguro que Palmira le hubiese levantado cien codos sobre la multitutd llevándole incluso a los más altos puestos, porque para eso disponía ella sabiamente del punto de apoyo que pedía Arquímedes para mover el mundo, o por lo menos de un punto de apoyo que sirve para mover a los hombres que mueven el mundo. Don Gonzalo, que realmente p. 112tenía talento, cuando se vio adulado y envuelto en nubes de incienso por los que iban a cortejar a su mujer, no pudo disimular la risilla irónica que le retozaba en el cuerpo y empezó a perder su prestancia. En vez de consolidar un prestigio tan fácilmente ganado, comenzó a burlarse de sí mismo y de los que le atacaban, se dedicó a fraguar frases ingeniosas que fueron consideradas de un pésimo gusto, hizo befa y chacota de muchas cosas respetables y no tardó en crearse una peligrosa reputación de hombre extravagante y pernicioso. Esto y algunos excesos de coñac estaban a punto de dar al traste con su personalidad y por ende con el pingüe negocio de Palmira.

Adivinó esta con su certero instinto el peligro que la amenazaba y decidió dar el golpe definitivo, triunfar de una vez y para siempre. Había llegado el momento preciso de saltar, de conquistar de un golpe la riqueza. No era difícil. En el mundo hay mucha más gente absurda de lo que puede creerse y entre aquella turbamulta acaudalada que desfilaba por el gran hotel había no pocos homunculejos forrados de dinero que se hubiesen arruinado por Palmira o por cualquiera otra bestezuela de lujo semejante. Se habla de terribles pasiones, se complican las cosas, se urden complejidades psicológicas y el resultado es que un honorable caballero pone sus títulos nobiliarios, sus billetes de Banco o su talento en manos de p. 113una zorra cualquiera que sabe aderezarse con esmero. Esto es muy divertido y hasta si se quiere beneficioso y meritorio para la república. Lo repugnante es el artificio sentimental de que se rodean estas uniones desiguales que para ser aceptadas en la sociedad, tiene que llevar la cédula de penitencia de un apasionamiento fatal y melodramático.

Palmira había provocado ya algunas pasiones terribles; pero hasta entonces sus apasionados habían sido adolescentes de escasa solvencia. Fue curiosísimo el incidente a que dio lugar con sus arrebatos uno de estos jovenzuelos exaltados que perseguía día y noche a Palmira, espiándola e impidiéndola con sus impertinencias el ejercicio de su profesión. Decidió Palmira desengañarle de una vez y aprovechando la circunstancia de hallarle una noche en uno de los desiertos pasillos del hotel, le hizo pasar a su habitación. Justo es consignar que le llevó sin ningún propósito alevoso. Iba simplemente a desengañarle.

Ocurrió que don Gonzalo, contra lo que ella suponía, se hallaba allí tumbado en un inefable butacón y entre sorbo y sorbo de coñac y filosofía. Al ver entrar a su cónyuge levantó el campo y fue a refugiarse en el cuarto de baño sin desamparar en su fuga su preciada botella de Domecq. Palmira se dio cuenta y disimuladamente entró a advertirle que no había peligro. Se trataba simplemente de una explicación con aquel jovenzuelo. Prometió a don Gonzalo que no p. 114perdería su verticalidad y con esta promesa el sabio se tranquilizó y se dispuso a esperar tras el débil tabique.

Pero estas cosas de amor no salen nunca a golpe cantado. El jovenzuelo se expresaba con un ardor romántico digno de ochocientos treinta y por añadidura tenía una sugestiva figura. El diálogo subió de punto y don Gonzalo oyó pronto algunas frases que no hubiera querido oír. Unas pausas, unas sospechosas pausas, le alarmaron aún más. «¡Diablo, esto se complica!», pensó para su capote. Pidió auxilio a su coñac y media hora después, estaba completamente beodo. Había conseguido impermeabilizarse y ya todo el globo terráqueo se le antojaba una fruslería.

Ideando una interpretación racionalista del Apocalipsis estaba ya, cuando vino a alarmarle un confuso rumor. No era ese batir de alas de que hablan los poetas, no. Era algo más alarmante todavía. Palmira, después de escuchar conmovida todos los razonamientos del joven recobró su presencia de ánimo y su posición normal. Entonces le hizo ver la insensatez de su aspiraciones, le amonestó cariñosamente y ya con cierta dureza le anunció que no seguiría permitiendo sus asechanzas. Aquella entrevista había sido una liquidación. En todos los presupuestos que se consagran a las atenciones públicas hay un capitulo destinado a la beneficencia; Palmira acababa de agotar en aquel momento su consignación y el joven p. 115insolvente y apasionado debía, pues, retirarse para siempre. Decir esto Palmira y ponerse por las nubes el fogoso amador fue todo uno. Vinieron apóstrofes, imprecaciones, amenazas, desesperación. El joven romántico llegó a maltratar a Palmira de palabra y obra, anunciando que estaba dispuesto a todo antes que perderla. Don Gonzalo, desde su escondite, se hacía cruces ante la insensatez de aquel caballerete.

Furiosa por tal insistencia Palmira se cruzó de brazos y piernas rechazando con desconcertante frialdad las quejas del enamorado. Llegado este al punto culminante de la desesperación, sacó rápidamente una pistola automática y la asestó al pecho de Palmira. Esta apenas pudo lanzar un grito:

—¡Gonzalo!

Gonzalo la oyó y pensó con la celeridad del rayo: ¿Salgo o no salgo? Dudó unos momentos; la interrogación de Hamlet no era seguramente más trascendental. ¿Salgo o no salgo?

Salió al fin; pero ya era tarde. Palmira, por instinto de conservación había sacrificado una vez más su honestidad y el insensato estaba a punto de quedar inerme. La aparición heroica de don Gonzalo, esgrimiendo vacilante la barra del toallero, fue épica.

Decidida a que tuviesen término aquellas inquietudes, Palmira puso más carne en el anzuelo. Se descotó aun más y cruzó las piernas con mayor holgura. Había que hacer la jugada definitiva, esa jugada que lo mismo en la vida de los hombres que en la p. 116de las mujeres determina el camino que ya se ha de seguir siempre de modo inexorable. Había que prender a un amante definitivo; lo suficientemente idiota para enamorarse de verdad; lo suficientemente rico para poder otorgarle a perpetuidad la exclusiva.

Y fueron cayendo. Ya hemos dicho que hay mucha más gente absurda de la que parece. Al final de aquella temporada, cuando ya el mundo galante deriva hacia las playas de lujo, Palmira se encontró con su aspiración triplemente satisfecha. Tenía tres amantes ideales entre quienes escoger; tres hombres maravillosos, cargados de dinero, que anhelaban consagrarle sus vidas. Era feliz. Había inspirado pasiones avasalladoras a hombres solventes y había llegado, por lo tanto, al término de su carrera, ya que las pasiones, que por sí solas nada valen, se miden y estiman por la responsabilidad económica que llevan aparejada.

El conflicto estaba en elegir a uno de ellos. En cuanto al dinero, los tres estaban igualmente dotados; no había diferencia sensible y Palmira se encontraba perpleja, porque por primera vez en su vida no venía don dinerito a inclinar de un lado la balanza en que pesaba sus decisiones. Había, pues, que decidirse aquilatando calidades y no cantidades. Esto era nuevo para ella. Se encontraba vacilante como esas ingenuas pastorcitas de los cuentos de hadas que de improviso tienen que escoger entre tres príncipes p. 117igualmente rubios y esbeltos. «Si los tres tienen todo lo que yo puedo desear, ¿cómo escoger a uno? Si los tres son ricos en la misma medida, ¿a cuál doy mi preferencia?», pensaba Palmira.

Era preciso mirarlos desde otro punto de vista distinto del interés. Entonces recordó que vagamente había oído hablar alguna vez de cualidades morales. «Veamos qué es eso», pensó, y no tardó en enterarse.

Cuando supo formular algunos juicios sobre cosas inmateriales —ella, que no había sabido más que contar—, aplicó sus nociones metafísicas a sus tres amantes; pero le ocurrió entonces una cosa terrible. Los tres tenían idéntica categoría moral o, mejor dicho, los tres padecían la misma ausencia de valores morales.

El primero era un tipo exótico. Venido sabe Dios de dónde, recorría el mundo sin descanso, dejando a su paso una estela de plata ganada en fantásticas empresas radicadas en remotos países. Era difícil saber en qué rincón del mundo trabajaban y sufrían los mineros, los campesinos o los artífices que creaban con dolor aquella fabulosa riqueza. Más que un hombre, era un mito; el mito de la moderna civilización. Tenía algo de diosezuelo y se movía entre los simples mortales con esa dejadez, esa inconsistencia, esa ruindad de los antiguos monarcas absolutos a quienes pesaba demasiado la corona. A duras penas podía entendérsele cuando hablaba; su idioma p. 118natural era un galimatías formado con voces de todas las lenguas del mundo y en sus hábitos mentales como en sus costumbres traía el arrastre de vidas exóticas conocidas por él en sus remotas excursiones. Palmira, que en el fondo de su manera de ser tenía una rancia solera, una fuerte raigambre en la vida, honda, sana y natural del pueblo, rechazaba instintivamente aquel artificio, aquella artificiosa humanidad del millonario incomprensible, refinado, maniático, ligado únicamente al mundo por el lazo de su dinero. Pensó que sería muy desdichada uniendo su vida a la de aquel hombre desasido.

Otro de los amantes de Palmira era un viejo prócer de la más acrisolada aristocracia castellana. Viudo dos veces y enredado siempre con mujeres galantes, al final ya de su larga vida de placer y ociosidad se había enamorado de Palmira con toda la insensatez de la senectud. La vida se le iba a chorros y quería retenerla, fundiéndose con la rozagante juventud de aquella mujer espléndida. También era inmensamente rico; los gnomos que creaban su riqueza eran un formidable ejército de trabajadores, que acampaba disciplinado y silencioso a lo largo de los valles y los montes, sin pedir jamás aumento en la soldada ni exigir cuenta de los beneficios que rendía. Eran los alcornoques, los valientes alcornoques, obreros laboriosos a cuya sobriedad bastaba un poco de agua y de sol. El viejo aristócrata había derrochado sin tasa p. 119durante toda su vida; pero aquella riqueza, en vez de menguar, crecía. Invirtió aquel caudal inagotable en pervertir a los demás y en pervertirse a sí mismo. En el amor, como en los demás movimientos de su alma, gozó siempre con las torceduras y los desequilibrios inauditos. Vivió escandalosamente hozando en todos los vicios y cuando encontró a Palmira era su cuerpo una ruina, hueso y baba, repugnante caracol blasonado.

El tercero de aquellos modernos príncipes era un cincuentón sebáceo, rezumante, ventrudo. Como Palmira, procedía del pueblo: pero al enriquecerse había conservado toda la miseria, toda la podredumbre y grosería de los necesitados, realzándolas y poniéndolas en evidencia. Sus manazas ensortijadas y su corpachón de cerdo envuelto en seda promovían una sensación de asco invencible. Tenía mucho dinero; lo había conseguido explotando la miseria de los demás; la basura es acaso lo que más dinero deja y aquel gran cochino sensual había comerciado con basura. Casas de préstamo, burdeles, salas de juego, bailes y operaciones usurarias habían sido sus negocios favoritos, y gracias a ellos, su riqueza era imponderable. Cuando tuvo dinero se limitó a exaltar sus groseros instintos, y era, en resumen, la animalidad más baja y ruin consagrada por los ritos de la civilización.

Palmira no supo decidirse. Cuando no miraba a sus tres amadores por el lado del interés le parecían p. 120igualmente horripilantes. Había que cerrar los ojos y escoger a uno cualquiera, el que fuese. Después de todo, ¿qué más le daba? Pero ya se había metido en demasiadas honduras; pudiéramos decir que había perdido su ingenuidad de prostituta, su angelical ingenuidad que le había hecho caer siempre con los ojos cerrados del lado del dinero.

***

El tiempo apremiaba y Palmira no sabía decidirse. Consultó con Gonzalo; a pesar del lugar secundario que este hombre eminente desempeñaba al lado de Palmira, ella no dejaba de tenerle cierta consideración y un tierno afecto. Le expuso sus dudas y le pidió consejo.

—Tú tienes mucho talento, chiquita —le dijo el falso esposo—, y puedes enredar a los tres. Eres mucha mujer para uno solo. Creo que al final ellos mismos te lo agradecerían.

—No se trata de eso —repuso Palmira—; tengo que decidirme por uno de los tres y consagrarme a él para toda mi vida.

—¿Y conmigo, qué piensas hacer?

—Tendrás una jubilación decorosa. Decididamente, voy a retirarme de la vida pública.

—¿Cuál tiene más dinero?

—Los tres son igualmente ricos.

—¿Cuál es el que te quiere más?

p. 121

—Los tres me desean furiosamente.

—¿A cuál prefieres tú por su carácter, por su género de vida, por sus inclinaciones?

—A ninguno.

—Pues cierra los ojos y carga con cualquiera.

—Eso es terrible. Son unos hombres tan extraños a mí, tan distintos, tan incomprensibles que temo sufrir un error, que sería fatal. ¿Y si después no nos entendemos?

—Déjate de tonterías. Tú, si quieres, podrás entenderte con todos los hombres de la tierra y creo que si bajara por aquí algún selenita no se escaparía seguramente a tu... comprensión. Las mujeres tenéis una maravillosa facilidad para adaptaros. Lo mismo te harías a la vida de los indios patagones que a la de los esquimales, si unos y otros tenían dinero.

—Pero es que yo quiero ahora proporcionarme de una vez y para siempre una vida que satisfaga algo mis inclinaciones. No quiero vivir para los demás, sino para mí misma. Para conseguir esto anhelo el dinero.

—Eso es más difícil para ti que poseer el oro a montones. Déjate de sensiblerías. Haberte quedado en tu salita del corral allá en Sevilla; te hubieses casado con un buen mozo que te daría hijos y porrazos. Andarías sucia, abandonada, envejecida... Pero en cambio vivirías de verdad, en lo que es tuyo, en lo p. 122que realmente puede conmover tu alma. Todo esto que ahora te rodea, este lujo, esta molicie, son postizos para ti, lo comprendo; te parecerá falso y despreciable pero es lo único que tienes. Lo otro, lo hondo, lo sincero, lo que desde el subsuelo te subía al corazón y te florecía en la boca lo has perdido para siempre. Sigue bizarramente tu camino. Adelante. La morriña es el azote de los aventureros.

—Tienes razón, Gonzalo. Sin embargo, una vez conseguida la riqueza, ¿por qué no aspirar a lo otro? ¡Sería yo tan feliz! ¡Volver con los míos! ¡Llegar con las manos llenas de oro! Triunfar entre ellos, entre las vecindonas del corral, entre las amigotas de la plazuela, entre aquella pobre gente que se maravillaría al verme joven, hermosa y rica. ¿Es pueril, verdad? Pues esto valdría para mí más que la admiración de todos los príncipes de la tierra. Tener después una casita, la misma en que viví con los míos, en la misma callejuela escondida, respaldada en la misma iglesia a cuya Virgen haría yo el regalo de mis mejores joyas. Esta sería mi felicidad, mi verdadera vida.

—Pues eso a bien poca costa puedes conseguirlo. Renuncia a la vida fastuosa que esos amantes extraños te ofrecen: renuncia a tus sueños de grandeza y ve a esconderte en tu rincón. Después de todo, lo mismo se vive en un palacio que en un chozo.

—¿No crees tú que al fin me desesperaría y terminaría p. 123por lanzarme otra vez, ya sin fuerzas, al torbellino del mundo?

—No; en todas partes se puede vivir con la misma intensidad, con el mismo espíritu. Las preocupaciones de ambiente son para los incapaces. El turista, al dar la vuelta al mundo, no recibe seguramente más emociones que el enfermo postrado en su lecho, que alza los ojos al cielo, traspasando el cuadro angosto de su ventanita. Todo depende de la capacidad de sensación que se posea.

—¿Me aconsejas entonces que lo deje todo, que olvide mis sueños de poderío?

—No te aconsejo nada. Pero sí quiero que sepas algo que yo mismo he creído observar. Casi todas las heroínas del mundo, y tú eres una de ellas, luchan, fracasan o triunfan; pero al poeta, como al espectador, no le interesan más que los accidentes de esa lucha, la eficacia de los golpes que se dan o se reciben y el temple de las armas. Al final de la epopeya, un epitafio o un arco de triunfo. Pero ¿y después? Yo te creo capaz de unir tu vida a la de uno de esos potentados. Habrías triunfado, mas ¿qué sería de ti entonces?

—Gozaría de todos los bienes del mundo.

—Son demasiados bienes para almas tan chiquitas como las nuestras. Los poderosos tienen un momento de estupor, de infelicidad, cada vez que se dan cuenta de que no pueden gozar más que de una porción p. 124insignificante de lo que poseen. Es la misma pena que a mí me atormenta al considerar que puedo comprar mucho más coñac del que me es posible beber. Figúrate cuál sería mi dolor si poseyendo todo el oro del mundo —es decir, todo el coñac del mundo— me sintiera omnipotente en la vida, pero a condición de no sorber jamás una copita. ¿Sería una verdadera tragedia, verdad? Pues esa es tu misma tragedia, la de todas las mujeres que como tú triunfan y para triunfar han de arrancarse del alma su propia vida, su verdadero apetito, su copita de coñac. En unas es el amor de hijas o el amor de madres, en otras la sinceridad, en otras el pudor, en estas la ternura, en aquellas la veneración a los penates. Eso, que en definitiva es lo único verdadero en el alma de las mujeres, tienen que arrasarlo las que como tú esperan triunfar. Renuncia a tus sueños ambiciosos, olvida para siempre la quimera del oro y si no te resignas, si eres fuerte y ambiciosa todavía, arranca de tu alma lo que aún te hace ser mujer, quémalo, avienta sus cenizas y adelante.

***

En un callejoncito de un barrio silencioso, donde crece la hierba entre los guijarros del empedrado y se hacen sonoros, claros y distintos los pasos de los transeúntes, hay una casa humilde y llena de vejez, cuyas paredes pulquérrimas están siempre dispuestas p. 125al halago de la cal. Tiene la casa un pequeño zaguán que una viejecita meticulosa aljofifa a diario; en él se quedan como cuajados los armoniosos pregones callejeros, los cantares y las risas de las niñas que juegan en la plazuela y los trinos de los canarios que filosofan en el patio. Es la casa de Palmira.

Palmira es ya la esposa real y verdadera de don Gonzalo. Hace una vida ejemplar, cuida su casa, escatima su dinero, rinde culto a la Virgen de su barrio y, poco a poco, lentamente, ha ido captándose la consideración de sus humildes vecinos. Don Gonzalo tiene un destinito, bebe con moderación e idolatra a su esposa. En la azotea ha construido él mismo un palomar y dedica sus tardes a observar atentamente —acaso por una indesechable aberración— las complicaciones sexuales de sus avecillas, sus arrullos, sus celos, sus leyes morales e inmoralidad. Tal vez se divertía antes como ahora.

El matrimonio vive con gran modestia. Llegaron con un poquito de dinero, compraron aquella casita, la arreglaron cuidadosamente, él se agenció lo necesario para ir viviendo y jamás dieron que hablar a la vecindad. Doña Palmira hace algunas obras de misericordia y da saludables consejos a las mocitas del barrio; conserva algunas joyas de valor que lucen sobre el pecho de la Madre de Dios en la Semana Santa, mima sus macetas de claveles y albahaca, hace sus novenas y toda su vida es de una gran ejemplaridad. p. 126Dicen que su juventud fue algo turbulenta; pero, ¡bah!, de todas las mujeres hermosas se dice lo mismo. Es una santa, no hay más que verla. ¡Qué recato! ¡Qué viva indignación siente contra la inmoralidad!

No es farsa; no. Es que estas grandes pecadoras, cuando se arrepienten y pasan los años, son de una santa intransigencia.

AZUCENA

Antes había sido casa de labranza; pero al fin de sus días se convirtió en burdel. Uno de esos burdeles rurales a los que van los señoritos todos los días y los braceros todas las semanas. Era una casa chata, grande y vieja, emplazada en el extremo meridional del pueblo y separada un tanto de las otras casas hacinadas que reptan empujándose y sosteniéndose hasta la meseta central, donde se abre la plaza mayor con su iglesia, su ayuntamiento y su estanco.

En la vieja casona de labradores, el olor fuerte de las lociones medicamentosas que se daban las nuevas pupilas y el perfume gordo y molesto de las esencias, los polvos y las cremas que usaban no habían podido desterrar las añejas y fragantes esencias que pueblan el ámbito silencioso de estas humildes moradas campesinas; a través de la penumbra grata que hay siempre en las salas húmedas y austeras de las p. 127gañanías, la luz del sol iba a explotar en la cal viva de las gruesas paredes, furiosamente enjalbegadas; lucen polícromas las guijas pequeñitas y pulcras del piso; zumban los moscardones allá entre la trabazón de las vigas carcomidas; en el alcarracero, las tallas de barro dejan caer sus gruesas gotas de sudor y las viejas cortinas de encaje rejuvenecen cuando sus tules remendados y deleznables arden triunfales como amianto en la llama del sol.

En aquel ámbito poblado de gravedad fue la tía Lunanca a poner su burdel. La moralidad aldeana lanzó entonces su anatema contra la venerable casa de labranza, cuya vejez así se veía profanada, y las mocitas del pueblo pasaban aprisa por aquel lugar, temerosas de que por los ojos entornados de aquellas ventanas les acechase el Pecado para sorbérselas como se sorbe el camaleón a las moscas; mosquitas muertas que ellas se hacían.

También algunas tardes, sobre todo cuando se santificaban las fiestas, bajaban del pueblo en bandada quince o veinte igorrotes que se ejercitaban en lapidar la fachada de la casa con el beneplácito y regocijo del honrado vecindario. Los guijarros de la chiquillería penetraban inclementes por los huecos de la casa en vergüenza, rebotaban en los hierros de las ventanas, quebraban los vidrios de las puertas, desgarraban las cortinas y saltaban impetuosos sobre la cómoda encinta o los lechos empingorotados cuyos p. 128tableros de nogal tenían frecuentes impactos de las injurias infantiles. La Lunanca, cerrando puertas y ventanas, maldecía y pedía a sus santos males, terribles condenaciones para toda aquella tropa de pequeños honderos; sus huéspedas, displicentes y habituadas ya, buscaban refugio en la cocina mientras pasaba la nube, suspendiendo sus difíciles toaletas. Sueltas las matas de pelo abundantísimo, lavadas las caras, cuyos poros transpiraban dolidos de los afeites baratos, laxos los cuerpos viciosos de barraganas que cubrían con sus batas de percal exiguas y entreabiertas, iban a tenderse en los poyos de piedra del hogar, duros y esquinados como para recibir los cuerpos curtidos de los braceros que allí se sentarían antes para cambiarse sus escasas palabras de sobriedad y trabajo.

***

Azucena parecía dormida con los ojos abiertos. Largo rato hacía que la Verduga la contemplaba a su sabor y cada vez admirábase y sobrecogíase más ante la belleza incomparable de aquella muchacha que sentada junto a la ventana se bañaba en la luz fuerte de la luna estival, cuyos reflejos tenían una dura angulosidad sobre las líneas armoniosas de aquel rostro sereno. La Verduga, haciendo un alto en el trajinar asqueroso de sus manos humildes y suspendiendo el torpe devanar de sus pocas y ruines ideas p. 129librábase momentáneamente de su dura esclavitud de sirvienta en el burdel cuando se plantaba silenciosa y conmovida ante la plácida hermosura de Azucena.

Contemplándola en silencio, con los brazos amarillos cruzados sobre el alto vientre satisfacía la Verduga su ansia de belleza, esa imprecisa aspiración de todas las almas, aun de las más humildes y abyectas. Llegó a sentir una verdadera veneración por la muchacha.

El origen de Azucena era humildísimo. En el olivar, una pobre mujer aceitunera sintiose un mediodía dolorosamente desgarrada y apenas bajó del árbol chato cuyos frutos recogía afanosamente, depositó sobre el santo suelo aterronado una criatura blanca y primorosamente redondeada, que las aceituneras recogieron como un fruto más de aquella tierra secularmente próvida. Los braceros festejaron a la recién nacida levantándola en alto sobre sus cabezas hirsutas y tostadas, y el sol de fuego de aquel mediodía, el mismo sol que durante todo el verano había curvado las espaldas de los segadores y encendido las hojas de las hoces, clavó su saeta implacable en las pupilas de la recién nacida velándolas para siempre. Aquellos ojos claros de la hija del olivar no vieron más que aquel día ígneo y después quedaron eternamente deslumbrados.

La niña nació ciega; las aceituneras, torpes comadres de parir, no pudieron evitarlo ni advertirlo p. 130y todo aquel día la criaturita redonda y blanca, el pan más blanco y tierno que aquella tierra había dado, anduvo de mano en mano entre las rudas fiestas de los hombres que acabaron de cegarla haciendo cabrillear las hojas pulidas de sus hoces ante los ojuelos blanquecinos de la recién nacida.

Al pie de los olivos, sobre los terrones, frente al sol, la niña ciega habíase criado y aquella masa blanca y fofa fue teniendo una corteza morena y dorada, como la de esos grandes panes familiares que se conservan blandos durante los siete días de la semana, en el fondo húmedo de las tinajas de barro empotradas en los hogares.

A los quince años era alta, trigueña y fuerte; sus ojos continuaban quietos y abiertos con las pupilas desteñidas y los párpados rígidos, pero sus mejillas se habían hecho armoniosas y una intensa vibración de vida las coloreaba y encendía; el reposo, la contemplación de sus paisajes interiores alborotados únicamente por los gritos inarticulados de los mayorales y los silbidos largos de los pastores habían dado a su cuerpo una serenidad augusta. Sus formas habíanse ido haciendo suavemente sin el dolor de las faenas duras que tuercen y arruinan los cuerpecillos cimbreantes de las adolescentes en el agro y ofrecían una armonía clásica, una promesa firme de belleza perfecta, realzada por la inquietud y el misterio de aquellos ojos descoloridos que habían cegado p. 131para siempre, después de ver el triunfo del sol en el cénit cuando están candentes los almiares y los olivos, ahítos de sol, piden doloridos que libren sus brazos de la preciosa carga.

El amo de la finca, de los olivos y de los gañanes se fijó un día en ella y la hizo suya sin rodeos. En una de las cuadras del cortijo, húmeda, silenciosa, sembrada de aperos de labranza, ejerció el amo su prerrogativa y la niña ciega fue para él como un fruto más de aquella tierra generosa. Certero y sabio hizo presa con sus dientes en el cuello de la muchacha, gozándose en las nuevas formas expresivas que el placer y el dolor, el agridulce de la iniciación, hallaban en aquellas carnes temblorosas y vibrantes que supieron suplir la inexpresión de las muertas pupilas, traduciendo al lenguaje torpe de los músculos, los nervios y la piel la divina palabra que en los instantes de la conjunción canta en las pupilas húmedas de la iniciada.

Gozó el amo aquel extraño placer dejándolo a un lado cuando ya lo hubo gustado muchas veces, que la niña ciega fue gustosa también en la frecuente práctica de aquella transfiguración, de aquellos dones que hacía de su sensibilidad depurada por la dificultad expresiva de sus ojos apagados. Jamás pensó que aquella entrega fuese un sacrificio y cuando el amo no volvió a requerirla, solo se advirtió un poco apesadumbrada, algo más ciega y ensombrecida p. 132de lo que hasta allí había estado. No supo de odios ni vergüenzas y si algún resquemor doloroso le quedó, fue su esterilidad, que, en aquellas tierras solares donde los hijos agarran en la entraña de las madres con la misma facilidad que las simientes en los surcos, no hay unión natural y noble que no sea santificada por la fecundidad.

Quedó un poco más hermética y un poco más cerca de la plenitud y la armonía: su silencio adquirió cierto tinte de eternidad, pero su alma conturbada que quería irradiar y hallaba una densa cortina ante las ventanas naturales de los ojos, buscaba en todo el cuerpo una expansión, quería salir a flor de piel y así era toda ella una vibración múltiple, un largo estremecimiento que había conseguido plasticidad en aquellas formas quietas y ardorosas.

Siguió presidiendo inmutables las fiestas y las labores del campo. Pero no podía resignarse a la esterilidad y como sus ojos no vieron nunca los rasgos fisonómicos del poseedor, sino que su epidermis lo sentía sobre ella, no halló razones bastantes para no buscar en otros hombres la cuerda tensa que hacía vibrar el diapasón de su sensibilidad. Y como estaba consumiéndose en aquella natural necesidad de ser poseída, atraía hacia el olivo que le servía de dosel a los braceros cuyos silbos y gritos le parecían más sonoros, juntándose con ellos en aquel interminable estremecimiento que era la razón de su gracia.

p. 133

Las mujerucas tristes de los braceros —el pañuelo negro sobre el rodete nunca destrenzado y con las puntas anudadas bajo la barbilla— se soliviantaron pronto y Azucena tuvo que huir de aquellas furias castas y atormentadas.

Halló refugio en lo profundo de las torrenteras a donde los campesinos iban a llevarle las pomas, los racimos de uva y las flores, hasta que un día la tía Lunanca con su certero instinto fue a sacarla de entre los jarales para confinarla en su burdel que a partir de entonces tuvo algo de santuario al que los hombres iban ya con cierta compunción para gozar de aquel sereno goce que a todos por igual brindaban las carnes blancas y castas de Azucena.

La Lunanca misma y las compañeras de burdel y hasta la Verduga, la hedionda sirvienta, llegaron a sentir la supremacía que aquella mujer ciega y hermosa ejercía sobre las gentes y sobre las cosas, sobre todas las cosas, que se ennoblecían y purificaban al rodearla y tocar de cerca su indiscutible aristocracia.

Así, la Verduga pasábase las horas muertas ante ja figura inmóvil de Azucena en cuyo rostro plácido hallaba alguna luz para sus ojuelos pitarrosos llenos de sombras.

Seis días de la semana andaba la Verduga limpiando los fondos de aquel bajo fondo social con un trajinar fatigoso y repugnante y al séptimo día descansaba llorando sin interrupción ni consuelo el largo p. 134rosario de sus desdichas. Durante toda la semana se la veía ir y venir silenciosa, de un lado para otro, atenta únicamente a sus faenas con los ojos secos y los labios cárdenos pegados con una saliva congelada que debía de amargarle el alma. Pero cuando llegaban los domingos cesaba la Verduga en su afanoso trajinar, vestíase toda de negro, echábase el pañuelo negro también sobre la frente y acurrucada en el rincón más escondido del burdel poníase a llorar quedamente con largos y difíciles suspiros hasta que con los ojos abotargados íbase a su jergón al toque de oraciones para descansar de sus penas que ya no le saldrían a flor de labio hasta el siguiente domingo.

En estos festines de dolor era cuando la Verduga se enfrontaba con Azucena y le hacía entre sollozo y sollozo el relato de sus pesadumbres. Casó en su juventud con un mocetón aventurero que a poco de rodar aspeado por todos los caminos, dio en ser el ejecutor de la Justicia. Y cuando al fin sintió ella en su cuerpo la repulsión hacia aquellas manazas holgazanas que por holgar se ensangrentaban, volvió al pueblo prefiriendo el contacto con todas las podredumbres a la convivencia con aquel hombrachón carnicero que le asqueaba el alma. En el pueblo la llamaron la Verduga y no hubo un amo que le arrojase un pedazo de pan. Únicamente la Lunanca la tomó a su servicio y a cambio de las labores vergonzosas p. 135que en el burdel hacía, diole una escudilla de bazofia y un pañuelo negro para la cabeza.

***

Los hombres iban en busca de Azucena y ella los recibía a todos con la misma ilusión, el mismo estremecimiento de sus carnes sensibles. Iban los señoritos como jayanes, los enfebrecidos por el juego y los sacudidos por el alcohol; los que buscan en el burdel la gracia y el optimismo que en el hogar extinguen el afán por los ochavos, la religión y el miedo al agua clara; los que pagan con el dinero de las mujeres desangeladas a las que uncieron, los que derrochan en unas décadas el patrimonio familiar y los que gastan y triunfan encaramados sobre los torsos vencidos de los jornaleros. Iban también los viejos laboriosos que se abstuvieron siempre hasta lograr sus títulos, sus menciones honoríficas, sus credenciales o sus onzas de oro, y los ruines comerciantes establecidos en los soportales de la plaza con sus géneros averiados y sus balanzas ladronas, y los trajinantes rumbosos y los mercaderes viajeros que buscaban escépticos aquel encanto de la hembra ciega, y los colonos afanosos que juntaban para la renta y para holgar un día con Azucena y los pegujaleros y los mocitos imberbes que sacaban el dinero a sus hermanas a hurtadillas de los padres.

Todos posaban sobre ella que por igual se les ofrecía p. 136sumisa e ilusionada. Aquellas cohortes de hombres diversos eran para Azucena como un solo hombre, el hombre, que iba a ella siempre enamorado, siempre ardiente y deseoso; la ciega no supo nunca de desdenes ni de infidelidades y siempre tuvo propicio al amado que cada día mostraba ante ella nuevos matices de su alma compleja. Jamás hubo en ella la sombra del hastío y todas las noches esperaba hallar en las palabras del amado o en sus varias caricias una grata sorpresa, que reavivara el fuego de su amor.

Advertir la diferencia de unos hombres y otros era para Azucena un complicado cinematismo que no podía llegar a su conciencia estando veladas sus pupilas, y, como eran los otros sentidos, más torpes y groseros, los informadores, la ciega no llegó a enterarse nunca de las promiscuidades y admitía el goce de los nervios, los músculos y la epidermis como una función santificada. Amor purísimo y no liviandad era, pues, para la hembra ciega aquel darse a todos sin la media tinta de un recato ni la expiación de una repugnancia. Su ceguera la libraba del contagio en aquel desfilar de hombres encendidos por la lujuria y era la castidad misma reflejada en la serenidad de su rostro, en la frescura de su piel y en la honesta condición que a su contacto adquirían las cosas prostituidas del burdel.

Mientras las otras mujercitas del prostíbulo se iban p. 137agotando sacrificadas en el ara de la tía Lunanca, Azucena se hacía más ancha y plena, más luminosa y más fuerte y sus formas adquirieron pronto cierta rotundidad triunfal, porque no había en aquellos constantes contactos carnales el virus de ningún vicio.

***

Un día llegó al burdel de la Lunanca una mujerona de esas que salen de la ciudad para hacer por pueblos y aldeas su recluta de hembras de placer. Puso empeño en llevarse a la ciega y lo consiguió. Abandonó Azucena la vieja casona de labranza y fue a parar a uno de los prostíbulos elegantes de la capital. Era una casa silenciosa en la que los pies se deslizaban quedamente sobre el terciopelo y había un cálido aliento en el ambiente de los salones, verdaderos laberintos, para ella, por el desplazamiento irregular y aventurado de los chirimbolos frágiles, los inútiles objetos de fantasía que se quebraban con estrépito al roce de las manos inhábiles de la ciega.

Como había de ser explotada su ceguera, el dueño de la mancebía aderezó hábilmente el retrete de Azucena acomodándolo a aquella extraña condición de su nueva pupila. Pintó de un solo tono claro las paredes y el techo, perdió la luz en la pudibundez de los focos esmerilados, llevose todos los espejos, hasta los que se inclinaban desvergonzados sobre el lecho p. 138y dotó a la nueva pupila de unas largas batas blancas y unas pieles blancas también en las que se arrebujaba ella complacida. Y una vez hechos el ambiente y el reclamo comenzaron a llegar los curiosos tocados de lujuria.

Eran hombres extraños, incomprensibles, frágiles, como aquellas porcelanas que Azucena derribaba a cada momento, con sus manos perdidas. Igual que las tanagrillas y las figuras de biscuit, se le rompían y fracasaban los sutiles y aristocráticos amadores entre el ritmo acentuado e igual de sus anchas caderas y la simplicidad de sus caricias que tenían un sabor monótono y ritual para los habituados a otros placeres.

Ella imaginaba que el amado, su único amado, había envejecido prematuramente, y recibía siempre una clara sensación de acabamiento y ruina en aquel varón antes prepotente que sabía conmoverla y sentirse conmovido con las caricias duras e intensas. También llegaban frecuentemente unos ancianos estirados y olorosos cuyas carnes maceradas por el placer constante no tenían aquella viril rugosidad, aquel sabor a sarmiento de los viejecillos abstinentes del agro. Y Azucena sentíase desasida por aquel su fiel enamorado que durante las mil y una noches la hizo vibrar en una larga y múltiple sonoridad.

Pronto se sintió avergonzada y cohibida; hasta entonces todo había sido en ella expresión clara y p. 139concreta de la naturaleza y había en aquella prostitución rural que practicaba algo que la santificaba y ennoblecía. Pero en el nuevo ambiente artificioso, entre aquella borrachera de perfumes exóticos de la que nunca salía al aire libre y sano, en los brazos de aquel amado lleno de perversión y bubas íbase borrando el sentimiento de la naturaleza y por primera vez mordieron en su alma el asco, la vergüenza, el horror de su condición, y el miedo a su culpa. Entonces sintió el dolor de la deshonrosa misión que hasta allí había ejercido como un sacerdocio y comenzó a perder en este punto y hora aquella su augusta serenidad.

***

Azucena había perdido su gracia y nunca más volvió a recobrar su indefinible encanto. Los hombres huyeron de ella definitivamente y solo muy de tarde en tarde caía un huésped extravagante que tocase, quedamente con los nudillos, en el olvidado cuartito de la ciega.

El amado de siempre la desdeñaba al fin y entonces vino a embargarle una infinita tristeza que la hacía sentirse más hundida, más ciega, más penumbrosa que nunca. Esta pesadumbre que era una losa sobre el corazón era para los extraños el «mal ángel».

No volvió a sonar el diapasón de su alma y la eternidad, toda una eternidad, corría con silencio de tumba en aquella estancia confortable. El frío se le metió p. 140en los huesos, traspasando misteriosamente las pieles blancas y el fuego de sus carnes jóvenes aún. Era un frío interior que sacudía su cuerpo haciéndolo encogerse, engarabitarse atormentado por aquellos dardos que le amorataban las carnes.

A veces, se templaba en el recuerdo de aquellos días felices cuando los braceros iban jubilosos a poseerla sobre los terrones infundiéndole aquel optimismo, aquella clara y honda satisfacción de haber pagado la deuda reclamada por la naturaleza. Recordaba el bienestar de entonces que la hacía extenderse gozosa en una vibrante distensión de sus miembros complacidos después de aquellas uniones, y se bañaba en la evocación de aquella plenitud, de aquella inefable calma, de aquella honradez.

Ahora se miraba prostituida, sacerdotisa de un rito repugnante y criminal, mancillada por el contacto viscoso de aquellas manos finas y ensortijadas incapaces de aquella presión fuerte y sana que sobre sus carnes estallantes ejercían aquellas otras manos ásperas, y la amargura la hacía estarse acurrucada junto a los tizones de la chimenea. Definitivamente Azucena había perdido su gracia.

Era una mujerona desangelada y torpe cuyos brazos oprimían dolorosamente a los yacentes o les abandonaban laxos y desganados.

Ante aquel fracaso pensaba entristecida en la veneración que le guardaban los jornaleros de su tierra p. 141y el respeto que infundía a los señoritos impíos que iban a la casona de la tía Lunanca, un poco recatados y conmovidos, porque allí estaba la ciega hermosa con sus sahumerios, sus macetas de albahaca en la ventana y su alto lecho tallado en el que habían de entrar siempre un poco emocionados al contacto de las sábanas grandes y bastas, que tenían ese olor fragante de los membrillos guardados en las cómodas entre la ropa blanca.

Esta ruina de su señorío entre gentes aturdidas, refinadas y bárbaras, le quemaba los ojos fríos y daba una odiosa rigidez a sus brazos, un ridículo automatismo a todo su cuerpo antes flexible y suave, ejercitado en esa ondulación de las palmeras y las mieses en las tierras cálidas favoritas del sol.

En la olvidada estancia de Azucena era una noche interminable. Fuera, en las otras estancias fastuosas del gineceo triunfaban otras gracias exóticas, creadas en los laboratorios ciudadanos, conseguidas como se logra la espuma sobre el turbión de las grandes civilizaciones. Eran gracias inconsútiles, movedizas sobre un revuelto mar de pasiones, perversión, exaltaciones, ansias imprecisas y vejez.

Entre aquellas gracias artificiosas fracasaba la gracia lenta, rítmica, engarfiada en el terruño, dimanada directamente de la naturaleza que se había hecho carne en la carne vibrante de Azucena.

p. 142

El dueño de la mancebía, que estaba atento al fracaso de Azucena con su clientela, pensó luego en deshacerse de ella y no le fue difícil trasladarla a otro prostíbulo de menos fuste, donde las burlas fueron más sangrientas y aún más terrible la perversión entre aquellos oficinistas encorvados de unas largas y lujurias negras que llevaban un olorcillo agrio en sus ropas sudadas y su piel sebácea.

Allí palpó Azucena con sus manos largas y susceptibles todas las miserias de esa mesocracia atormentada y anhelante, que sustrae unas monedas del guisote familiar y del abrigo de los hijuelos encanijados, para satisfacer sus ansias burguesas en el saloncillo de una mancebía entre cocineras insumisas o en la sala de un casino con las fatales posibilidades de un tapete verde.

Eran aquellos unos hombres miopes, apresurados, incapaces, que tenían siempre un mismo sobresalto, un mismo malestar, como de no hallarse satisfechos de sus vidas. Topillos desgraciados de las grandes ciudades que salen precipitados del agujero de sus oficinas, para meterse en el otro agujero de sus viviendas estrechas, no podían nunca pararse a contemplar la gracia de Azucena, ni siquiera su suave tristeza. Les irritaba aquella parsimonia de la hembra ciega, aquella normalidad, aquella resignación.

Pasados los días curiosos en que aquellos buenos p. 143hombres acudían extrañados a poseer a la hembra ciega, esta tuvo escasos requerimientos. La patrona quiso a su vez lanzarla de su triste gineceo, pero Azucena temía verse perdida en aquel caos de las grandes vías urbanas y se resistía a marchar sufriendo silenciosa las afrentas de aquel monstruo enfaldado que se propuso hacerle la vida imposible.

Por el prostíbulo iba un ente estrafalario, guitarrista, alcahuete, a veces recadero diplomático, a ratos valentón, a intervalos sablista, vago de nativitate, enredador, parlanchín y borracho a cuyo expediente recurrió el ama para verse libre de la ciega.

Este sujeto habló largas horas con la pobre mujer adolorida y supo ganar su voluntad incierta. Azucena tuvo confianza en él y se prestó a abandonar en su compañía la casa sucia de la mesocracia, el último baluarte de su infame comercio.

La llevó a un tugurio, el más oculto y estrecho de una de esas grandes colmenas ciudadanas y allí la dejó abandonada a su ceguera. Pasaron unos días; Azucena sentada en el borde de su camastro se movía apenas para tomar el mísero alimento que las vecindonas compasivas iban a comprarle con las escasas monedas que la quedaban. Cuando se le acabaron vendió sus pieles, sus vestidos y sus medias de seda. Arrebujada en harapos esperó silenciosa.

El abandono, la ceguera y la miseria no la impresionaban. Le parecía que había salido de una triste p. 144cárcel y tenía una dulce conformidad, una suave satisfacción interior que aliviaban su alma.

***

El hambre la echó a la calle, haciéndola caminar a la ventura. Sin saber cómo llegó después de mucho andar a los jardines públicos; tropezó con un banco y cayó en él rendida. Envolvíala un airecillo suave, viejo amigo que le silbaba en los oídos una antigua canción, y reían lejanos unos chiquillos y unos pájaros.

Entonces, se dio cuenta de su soledad y le subió del pecho a los labios una terrible congoja. Estuvo a punto de gritar desesperada; el mismo miedo la contuvo y unos instantes hallose anodada, como herida por un terrible golpe. Seguían sonando de vez en vez las carcajadas armoniosas de los niños y la interminable cantata de los pájaros; las horas se consumían lentamente y el vientecillo íbase creciendo y subiendo de punto.

Poco a poco Azucena fue serenándose un tanto, orientándose en aquella total desorientación en que había caído. La noche venía aprisa y se oía a los pequeñuelos alejarse charloteando acuciosos con sus ayas, y a los pajarillos aletear inquietos alrededor de sus nidos. El jardín se hundía rápidamente en el silencio y ya solo se oía el confuso rumor que a distancia producen los cien mil estrépitos de las grandes p. 145ciudades. Pasaban perezosos los últimos paseantes y cuando se hubo perdido el quedo rumor de los pasos sobre los senderos enarenados nada volvió a oírse.

Azucena se estuvo quieta, quieta, con las manos entrelazadas sobre el regazo. Después de la emoción de verse abandonada fue recobrándose y a poco que corrió el tiempo logró cierta calma, mejor dicho, cierta insensibilidad.

El frío húmedo del jardín bloqueaba sus pies y sus manos y el viento castigaba su frente, pero había llegado a tan profunda abstracción que los agentes exteriores se estrellaban incapaces, ante aquella figura hierática que tenía la misma impenetrabilidad que las figuras arrancadas del mármol. Mármol amorosamente trabajado parecía aquella figura blanca de Azucena, que la luz cambiante de la luna iba contrastando al cubrir su parábola.

Así llegó suavemente el conticinio; acabaron de morir los ruidos ininteligibles de la urbe y en el silencio absoluto del jardín, Azucena, que sentía en el fondo del alma una espantosa lucha, halló al fin la calma, recobró su espíritu y se sintió feliz. Al amanecer se halló purificada, limpia de toda culpa; con los primeros rayos de sol fue invadida por una inefable confianza. Vio el sol en el fondo de su alma y se regocijó.

Ya no volvió a moverse de aquel jardín amable. p. 146Halló en la ciudad un agujerillo limpio donde puso su lecho pobrísimo y todos los días antes de que amaneciese, íbase con su andar balbuciente hasta aquel banco del jardín, en el que pasaba los días interminables del verano y los días fugacísimos del invierno.

Le daban limosnas; pocas, que los más de los transeúntes apenas la veían en aquel remanso. Pero iban siempre aquellos niños reidores y nunca le faltó algún resto de las ricas meriendas que las ayas llevaban en sus faldriqueras enormes.

Los chiquillos fueron acostumbrándose a verla siempre en su banco escondido y a poco se familiarizaron con ella y llegaron a entenderla y a amarla. Ella les contaba unos cuentos vistosos, esmaltados, brillantes, en los que ponía todo el afán cromático de sus pupilas desteñidas; los chiquillos, conmovidos, enamorados, le daban sus empanadas sabrosas.

Azucena con el tiempo íbase venciendo. Aún podía imaginarse que era hermosa pero su extremada sobriedad, aquellas frugalísimas colaciones que le deparaban la conmiseración infantil, la habían hecho enjuta y la habían endurecido. Los días inclementes pasados a la intemperie habían curtido su piel, que lentamente se resquebrajaba tomando ese tinte amarillento que componían los imagineros para sus crucificados.

No volvió a sentirse desdichada. En el jardín, entre p. 147los niños sanos, fuertes, alegres, escuchando aquel lejano runrún que los afanes ciudadanos le traían, saludada por todos los vientos, purificada por su austeridad, ennoblecida por el dolor resignado y suave de los días sin pan, sumisa por la mendicidad, aromada por la eterna florescencia del jardín, templada por los rayos de sol en el invierno y esponjada en la sombra durante el estío, Azucena volvió a poseer su gracia, aquella gracia natural surgida de entre los terrones al pie de los olivos.

Los niños escuchándola refrenaban sus imaginaciones zigzagueantes al paso tardío de la palabra amorosa y cálida de aquella mujer ciega que les hablaba lentamente de las labores penosas de la tierra, de los sacrificios, de las virtudes legendarias, de las canciones populares, de las penas de las mujerucas, de las ansias imprecisas de los mozuelos ambiciosos, del señorito fuerte, del gañán sufrido, de las bestias incansables con sus altos ejemplos, del viento, del sol y de la lluvia que en su boca tenían una calidad insospechada, una caracterización de hadas buenas o de espíritus maléficos con los que los hombres se debatían para hacer sus vidas fuertes y honradas, extraídas de la naturaleza, conseguidas como florescencias maravillosas de aquella tierra secularmente próvida. Y así, hasta que se murió.

p. 148

LA TÍA CONCHITA

La tía Conchita fue siempre la preocupación de su familia. Era aquella una dilatada familia de comerciantes, industriales, militares y burócratas, gente toda de trapa y garduña, retoñada bravamente de un recio tronco secular, cuya figura simpática y fuerte se perpetuaba con honores de icono en los estrados de sus numerosos descendientes, caracterizado de una vez y para siempre por su testa rapada y cenicienta, su prognatismo, su levita desencajada y su leontina de oro.

Esta gran familia, que a semejanza de la de Noé se había esparcido por el universo mundo, no tenía más antecedentes ni más árbol genealógico que aquel abuelo salido de la nada, cuya vida intensa y laboriosa, a ratos pintoresca y a ratos sublime, ofrecía constantes ocasiones de ejemplaridad y era, no obstante los años transcurridos desde su muerte, el estímulo y el guion más decisivo en las vidas de sus nietos.

Muy poco se sabía de él. Salió como grumete en un velero con rumbo a la América española que aún era tal. Decíase que ya hombre hecho y derecho comerció en el «ébano» trayendo y llevando preciosos cargamentos de esclavos que hicieron la base de su fortuna. Después comerció en mil cosas diversas, fundó ingenios y haciendas, descubrió y colonizó, ganó o robó el oro a manos llenas y ya, a la postre, p. 149volvió a España, anduvo en juntas y conspiraciones, se le acusó de filibustero, fue jefe político, se le otorgaron cruces y murió beatamente a los ciento cinco años entre las piadosas manos de un sacerdote jesuita.

Tuvo muchos hijos que fincaron unos en España y otros en América heredando todos aquel ansia posesoria del fundador. Se multiplicaron en nietos y la vasta red de la familia llegó a ser una verdadera masonería intercontinental cuya doctrina estribaba en la fuerza, la tenacidad y el dominio. Aves de presa todos ellos, si estos tiempos creasen nobleza por derecho propio les corresponderían las águilas heráldicas. Cual más, cual menos, unos en las covachuelas, otros en las gerencias, otros en los mismos talleres, todos dedicaron sus vidas a la consecución del bienestar económico, al acrecentamiento del patrimonio familiar, que, al escindirse en cada generación, recomenzaba luego a engrosar ávidamente. Todos tenían el mismo afán. Todos eran hechura del progenitor. Todos, menos la tía Conchita.

La pobre señora jamás hizo cosas a derechas. Casó mal, error imperdonable en el seno de aquella familia, en la que hasta las hembras en el tálamo nupcial procuraban por el bienestar y la riqueza. El marido después de arruinarla la abandonó y fue pronto a morirse en un rincón infecto. Quedó viuda, joven y pobre.

p. 150

Volvió al amparo de la gran familia y tácitamente convinieron sus deudos en irla manteniendo por turno hasta el fin de sus días. Así, de unos en otros, resignada y amorosa, vivió desde entonces al margen siempre de los afanes de sus parientes que ella, en su desasimiento y renuncia, no supo comprender jamás. Se hizo querer de todos; los innumerables sobrinos adoraron en la tía Conchita y no deseó más.

Diez o doce años llevaba de viudez cuando un acontecimiento insólito la arrancó de cuajo de aquella vida muelle y triste de renunciamiento. Apareció entonces en escena uno de sus primos lejanos, a la sazón comandante o teniente coronel del ejército, quien en aquellos días había sido movilizado por causa de la última guerra colonial que comenzaba a enzarzarse. Era soltero, ya cuarentón, fuerte aún y típicamente bizarro. Días después debía partir para el campo de operaciones y bromeando con su familia anunciaba lo improbable de su regreso. La guerra era dura para los nuestros, había centenares de bajas, él estaba ya viejo, y, además, ¡le importaba todo tan poco! Era de los que se quedarían allí. Y con esto echaba sus bravatas.

Alguien de la familia insinuó entonces la peregrina idea. Hubo muchos cabildeos y cuando el militar se enteró de la endiablada maquinación comenzó riéndose y terminó aceptando. Tratábase de hacer una obra de caridad. La pobre tía Conchita no tenía sobre p. 151qué caerse muerta; era una carga para todos. Él, en cambio, tenía una paga considerable y en el desgraciado caso de que muriese sobre el campo de batalla, a su viuda le correspondería una pingüe pensión. Claro que como era soltero ese dinero se lo ahorraría el Estado y..., era una lástima, porque allí estaba la tía Conchita ¡a quien hacía tanta falta!

Dispuesto a quedarse por allá, como él decía, le daba igual y aceptó. Ahora bien; era preciso que la ingeniosa y caritativa idea pasase inadvertida para la tía Conchita cuya susceptibilidad no soportaría seguramente la humillante donación.

Fue necesario que el militar fingiera una avasalladora pasión por la tía Concha, que esta correspondiese al amoroso requerimiento, que se anduviesen los trámites de rigor y se casasen, todo al vuelo. La farsa se llevó a cabo sin obstáculos en ocho o diez días y cuando a la mañana siguiente de consumado el matrimonio partió el militar para el campo de batalla, la pobre tía Conchita quedó anonadada, estupefacta, sin saber lo que le había pasado y perdida en tales emociones y tal confusión que ya nunca lo sabría.

Pasó el tiempo y poco a poco fue recobrando su serenidad, caviló muchas noches sobre aquel extraño suceso, agigantó el recuerdo de los escasos días en que convivió con el militar, contempló horas y horas los retratos del esposo y no tardó en sentirse enamorada, p. 152blanda y profundamente enamorada de aquel sujeto casi desconocido, que en seis días abrió un nuevo cauce a su vida e hizo correr los veneros ocultos de su corazón.

Las noticias de la campaña eran pocas y tardías. La tía Conchita no tuvo de su esposo más que algunas referencias indirectas. A la grata sensación de su enamoramiento sucedieron la inquietud, la zozobra, la angustia. ¿Por qué no escribiría? ¿Por qué la olvidaba? Los parientes no fueron tan impíos que le dijesen la verdad y la tía Conchita comenzó a consumirse en desesperación. Lloraba, rezaba, invocaba a sus Vírgenes y a sus santos familiares pidiéndoles milagros que salvaguardasen la vida del amado; todas sus horas estaban dedicadas al culto fervoroso del ausente.

Pasaron unos meses más. No recibió ninguna noticia. El militar no tuvo jamás un recuerdo para aquella parienta pobre y tontona a la que había hecho el regalo de lo que le sobraría después de muerto porque no podía consumirlo en vida. Guerreó bravamente y cuando le tocó caer murió con la misma entereza con que había vivido y pensando en que a nadie causaría pesar su fin.

No fue así.

Tuvieron la culpa aquellos parientes astutos, aquella gran familia de aves de presa devenida del negrero que creyendo salvar de la miseria a la tía Conchita p. 153labró su infelicidad, su inefable tragedia. Lo que hicieron con ella fue un crimen.

EL DINERITO
DE LA PORDIOSERA

Se le hizo tarde. Estaba helando y aún le faltaba una legua de camino. Ya no tenía fuerzas; sus resortes, aquellos acerados resortes de sus nervios que siempre la sacaron triunfante del hambre, el frío y el cansancio respondían mal al espoleo de su voluntad. Temblando, las manos heladas, las piernas torpes y la vista incierta, anduvo hasta que cerró la noche. El viento la trabajaba con dureza batiéndole el flanco derrengado por el reúma y la arterioesclerosis, y la infeliz sentía con terrible netitud que se le iba quedando helada la osamenta allá en el fondo de los harapos y el pellejo.

Después comenzó a sentirse bien. Ya no le apretaban tanto el hambre y el frío. Las manos, racimos de huesos empezaron a llenársele de sangre calentita y pronto las tuvo negras e hinchadas como dos morcillas. Estaba a gusto, muy a gusto. Tanto que se sentó en el borde del camino y sentada se quedó dormida.

Ya entonces le fue más fácil al viento terminar su tarea. De un empujón la echó a rodar; la metió la p. 154nariz entre la grava húmeda donde empezaban a formarse los cristalitos de la helada y allá se fue silbando tan satisfecho de su obra. Hora tras hora cayó encima de la vieja muy acurrucadita sobre el suelo el frío de aquella noche clara.

Fue ya al amanecer cuando la encontraron. En la casa de socorro hubo que trabajar de firme con ella pero al fin la hicieron reaccionar.

A la primera gota de sangre que entró en su corazón, tan pronto como tuvo un hálito de vida, se revolvió desesperada. ¡Sus ropas! ¡Sus ropas! La habían despojado de sus harapos y allí estaban arrebujados en un rincón. Quiso cogerlos, se lo impidieron, rabió, lloró, luchó por alcanzarlos y en la lucha las pobres ropas se rasgaron.

Cosidos a las entretelas se hallaron hasta veinte billetes de mil pesetas. La pordiosera era capitalista; una modesta capitalista. El caso no deja de ser frecuente.

Hubo un buen hombre con puntas y ribetes de filántropo que tomó sobre sí la tarea de sacar a la vieja de su miseria. Dura tarea porque habituada a la mendicidad desde que se sintió vivir, la miseria era en ella una segunda naturaleza, el cansancio su descanso, el hambre su satisfacción, y el frío su amigo de siempre. Su mano tendida al mundo durante cincuenta años de limosnera estaba ya anquilosada y a su pesar conservaba el ademán pedigüeño.

p. 155

Pero aquel era un hombre paciente. A sus claros razonamientos la pordiosera tuvo que rendirse y cambiar de vida. Con aquellos mugrientos billetes que en años interminables de miseria había ido ensartando en la mugre de sus ropas le hizo comprar vestidos, arrendar una casita soleada de las afueras, adquirir muebles, tomar una criada...

La vieja, resignada, veía cómo mermaba su tesoro a medida que alrededor suyo se acumulaban los instrumentos de bienestar que aquel hombre creía indispensables para ella. Con ojos asombrados veía cómo las cargas de leña rellenaban su carbonera, cómo las sábanas blancas y las mantas tibias guardaban sus caricias en el fondo de las cómodas henchidas de ropa y cómo la despensa bien abastecida esparcía un grato olorcillo de los jamones, los quesos y la fruta. Todo aquella era suyo; suyas las blandas mecedoras en cuyo regazo los huesos doloridos descansaban al fin, suyas las pieles, las alfombras y suyo aquel gran fuego del hogar cuya humareda empenachaba la pulcra casita bañada en sol, dulce sol del invierno, aprisionado por los cristales de colores de la galería.

Cuando así la tuvo instalada el hombre aquel se marchó satisfecho de su obra. Ya estaba redimida. Le hizo gastar una buena parte de sus codiciados billetes pero la había dado una vida más fácil, más holgada y más limpia.

p. 156

Al verse sola la vieja empezó a dar vueltas a todo aquello. Tentujeaba las ropas, repasaba los cacharros, palpaba con manos insistentes de ciega las cortinas, los cuadros y los muebles, abría y cerraba los innumerables cajones, iba y venía cada vez más aturdida comprendiendo menos cada vez.

Sentíase extraña. Un agudo sentimiento de extrañeza le hizo irse retrayendo del contacto frecuente con cuanto le rodeaba. Se recluyó poco a poco en un cuartito estrecho y oscuro; todo lo demás de la casa le sobraba y aun dentro de aquella celda no sabía ir más allá de los cuatro ladrillos en que había de posarse. Despidió a la criada y su último dispendio fue la adquisición de unos fuertes candados que taparon las bocas imprudentes de cajones y puertas. Y ya se encerró —para siempre jamás— en aquel zaquizamí sombrío, ancho mundo inagotable para sus necesidades. Lo demás de la casa fue empolvándose primero, agrietándose después y desmoronándose por último.

Se equivocó aquel hombre bien intencionado. La vieja no necesitaba todo aquello y fue un error y una crueldad imponérselo. Aunque pueda parecer una blasfemia hay que decir que la necesidad no es igual para todos.

Otra madrugada unos traperos encontraron junto a la carretera el cadáver de una vieja harapienta muerta de hambre y de frío al parecer. En su faltriquera p. 157se halló junto con unos mendrugos un manojito de llaves herrumbrosas.

LA NECROFILIA

Mi abuela, por lo menos en los tiempos en que yo pude conocerla, rendía un fervoroso culto a los muertos. Acaso esta necrofilia fuese en ella una pasión puramente senil, ya que según noticias que posteriormente pude adquirir, la bendita señora había tenido en su juventud otras muchas pasiones bien distantes de su final preocupación, aunque de la intensidad con que amó la vida pudiera deducirse exactamente su extremada consideración a la muerte.

Metíase en la cama —una cama altísima de roble primorosamente tallado, vestida con unas sábanas de Holanda saturadas de olor a fruta— poco después del toque de ánimas; pero antes sentábase sosegadamente en una butaquita colocada a los pies del lecho, y allí, a oscuras casi, perdiéndose y apareciendo entre las vacilaciones de una mariposa de aceite con la que alumbraba a sus imágenes, rezaba lentamente credos, avemarías y padrenuestros por las almas de sus padres y de sus abuelos, de sus hijos muertos, de sus parientes acabados, de los navegantes, de los combatientes, de los que estaban en pecado mortal. A veces quedábase aletargada a la mitad de sus rezos y el ánima que en aquellos momentos salía del p. 158purgatorio a sus instancias, debía sufrir horriblemente ante el temor de que mi abuela se quedase definitivamente dormida. Ella se daba cuenta perfecta de los sufrimientos de estas pobres almas pecadoras a las que en sus cabezadas somnolientas, dejaba colgadas del débil hilo de su piedad y al despabilarse rezaba de nuevo precipitadamente tal vez pensando que las ánimas salían de su cárcel a paletadas entre el runrunear de sus oraciones.

El mes grande de mi abuela era el de noviembre; su día, su gran día, el de difuntos.

Levantábase al amanecer; oía muchas misas en diversas iglesias con gran atosigamiento, y después, cargada de coronas y ramos de flores, íbase al cementerio. Visitaba las tumbas de los parientes próximos, después, las de los parientes remotos, los amigos y los simplemente conocidos; parábase por último ante los panteones de los potentados, considerando atentamente las bellezas artísticas de cada uno de los mausoleos y no salía nunca de la necrópolis sin dar también una vueltecita por los sepulcros de los hombres que habían sido célebres en su buena época. Charlaba y discutía amigablemente con los sepultureros, los empleados del cementerio, los lampisteros, los limpiadores de nichos, los lapidarios y los chamarileros que le ofrecían verjas y cruces para las sepulturas.

Cuando el frío de la tarde la amedrentaba, volvíase p. 159a su casa con un puñadito de castañas asadas y unos dulces. En su alcoba, frente al lecho, tenía ya sobre su cómoda una gran vasija llena de aceite hasta los bordes en la que ardían veinte o treinta lamparillas, por cuyas lengüecitas de fuego se quejaban las almas en pena de sendos deudos de mi abuela. Volvía ella a sus rezos mientras las campanas de la iglesia próxima doblaban desesperadamente y de tiempo en tiempo levantábase sobresaltada para colocar una nueva lamparilla en la vasija por algún alma amiga injustamente olvidada.

Y siempre así; a toda hora, en cualquiera época del año mi benditísima abuela encontraba ocasión de rendir su culto a los muertos. Eran para ella una preocupación indesechable, una aberración. Habíase familiarizado con la muerte y en cualquier momento nos hablaba con gran serenidad de los detalles de su sepelio que quería tener bien dispuesto, de las oraciones que habíamos de rezar por su alma y de los cuidados que habíamos de tener con sus pobres huesos y su piel amarilla cuando fuéramos a darles tierra.

Yo, que entre los terrores pánicos de mi adolescencia tenía en primer lugar el terror a la muerte, admiraba a mi abuela como a un ser sobrenatural por la sencillez, la afabilidad con que se volvía de cara a la nada. Me daba la impresión de que ella había hecho ya el viaje de retorno y por una gracia p. 160única de la divinidad estaba con nosotros. Tales eran la seguridad, el aplomo, la certeza que había logrado en su comercio diario con los muertos, a los que ella agasajaba con aquel mimo y aquella suavidad que en su juventud tuvo —dicen— para sus amadores. Yo esperaba que algún día ni abuela cerrase sus ojos en una de sus cabezadas somnolientas y que en ese momento sus amados de ahora viniesen a raptarla, llevándosela envuelta blandamente en sus finos sudarios; y en cierto modo no dejaba yo de envidiar aquella serenidad de la anciana, dispuesta siempre para un tránsito felicísimo.

Cuando le llegó la hora, mi abuela se murió. Yo, que aquella noche andaba desazonado al advertir la proximidad de la Intrusa, estuve largas horas en acecho y pude seguir paso a paso la agonía de la pobre abuela; fue una verdadera agonía; su resistencia física era grande y luchó a brazo partido con la muerte; gritaba, revolvíase, fundíase al fin en un ronco estertor en que su cuerpo, todo su cuerpo protestaba. Cuando en el conticinio se declaró vencida, le quedó cuajada en los ojos una mirada de espanto.

He sospechado siempre que mi abuela anduvo algo descaminada en sus relaciones con los muertos. Estos, sus íntimos amigos, debieron de informarla mal; seguramente no le dijeron toda la verdad y la pobre llegó algo engañada; el espanto que se pintó en sus ojos decía claramente que «aquello» no p. 161era lo previsto. Entonces empecé a desconfiar de los muertos y alejé de mí la necrofilia.

Y empecé a creer que la muerte no nos otorga su amistad ni su confianza a cambio de la ornamentación barroca con que la adornamos para hacerla presentable en sociedad.

p. 163

NARRACIONES
MARAVILLOSAS

p. 165

EL DESCONTENTADIZO

Primero pasé grandes apuros que me hicieron recordar la parábola del camello y el ojo de la aguja; después, anduvieron manoseándome sin compasión y cuando al fin pude darme cuenta de mi estado, me encontré fajadito y cubierto de encajes sobre una hermosa cuna. En una rápida ojeada a los muebles y a las paredes ricamente tapizadas, comprendí que había venido a caer entre gentes acomodadas. Me resigné a ser un burguesito ejemplar y en el acto reconocí que las nodrizas, los idiomas y las asignaturas de Derecho, las izquierdas, la ruleta, el bacarrá y la dispepsia serían mis enemigos naturales. Descorrido en parte el velo de mi porvenir, opté por dormirme beatíficamente y esperar sosegado los acontecimientos.

—¡Oh, qué feo es!

Oí que una voz bastante desagradable —después supe que era la de una tía solterona, que veinte años más tarde debía resistir heroicamente a mis peticiones p. 166de dinero— pronunciaba estas ofensivas palabras y abriendo un ojo como Dios y mi falta de costumbre me hacían entender que debía abrirse, le lancé una mirada furibunda. Ya verás, arpía —quise decirle—, lo que este feo va a costarte.

Cuando advirtieron que yo estaba despierto, vinieron a importunarme, uno tras otro, todos los miembros de mi respetable familia. Acudió mi señor padre, muy alborozado y, a lo que yo pude colegir, más orgulloso de ser mi padre que de que yo fuese su hijo; advertí en aquel instante que en el cariño paternal hay mucho de egolatría, y si todos los recién nacidos adivinasen esto como lo adiviné yo, no se pondrían tan tontos ni andarían tan envanecidos; acudieron también mis dos hermanitas, muy lindas y discretas, aunque me pareció que ya se inclinaban más al cultivo de las artes de seducción que a otras disciplinas domésticas. Esto me dio mala espina, pues la perspectiva de ser hermano terrible y calderoniano de dos señoritas de la buena sociedad, en estos años en que vine a nacer, no me hacía maldita la gracia.

El tío Pepe vino también a arañarme la mejilla con los cañones de su barba y a atufarme con su peste a coñac. Al tío Pepe todos le querían mal en casa; era el menos respetable de mi respetable familia; bebía, jugaba, malversaba fondos y, a no ser por las influencias de papá, ya hubiese parado en la p. 167cárcel. Creo que, ya viejo, llegó a ser jefe de administración de no sé qué cosa. El tío Lorenzo, antípoda del tío Pepe, llegó después a rozarme la cara con sus labios fríos y delgados; dijo que él se encargaría de hacerme un buen comerciante y se marchó. Yo no sé lo que él entendería por un buen comerciante, o mejor dicho, lo sé y por pudor lo callo.

Todos me besuquearon y trajeron en palmitas cuanto les vino en ganas, asegurando todos que me querían muchísimo, pero sin atender a que el mejor modo de quererme sería el dejarme descansar de mi largo y penoso viaje. Así son los mayores; nos miman y nos zarandean por lo que esto les divierte y entretiene, no por el placer que este traernos y llevarnos como panderetillo de bruja pueda producirnos.

Al fin, se fueron con mil diablos, y yo volví afanosamente a mi sueño. Cuando desperté de nuevo debía de ser ya muy tarde; papá y mamá, acostados charlaban animadamente. Fui todo oídos, que no es ser gran cosa dada mi insignificancia física, y pronto pude entender que hablaban de mí, de mi porvenir, de mi carrera, de mi posición social. Me horroricé. Mamá creía que yo debía de estudiar una carrerita corta, que me permitiera zambullirme en una covachuela administrativa, un archivo, una cátedra de escaso empeño, o cosa así. Debía esmerarme en mi educación —también callo por pudor lo que mi señora p. 168madre tomaba por educación—, y bien relacionado, con un sueldecito seguro y unas pesetejas de herencia, esperar una buena proporción; una señorita rica, quién sabe si millonaria.

Papá se indignaba —en casa el dinero era de mamá— y quería a su hijo para más altos empeños. Él había sido hombre de un certero instinto y de un constante dominio de la realidad; pero para triunfar le había faltado la base, la cultura inicial. Yo tenía que aprender todas las cosas que él había ignorado, ¡terrible labor!, y aprovechando su tingladillo, no recuerdo si político o económico, consagrar con mi futura sapiencia todas las artimañas, todas las habilidades y despojos llevados a cabo por mi laborioso y aprovechado progenitor, que en determinado ramo de la actividad social había conseguido fundar un valioso cacicato de cuyos pingües beneficios yo sería usufructuario.

Largas horas estuve meditando sobre estas dos inexorables decisiones que el destino me imponía; pesé y sopesé el pro y el contra de cada una; consulté a mi conciencia, virginal hasta entonces, pero cuya doncellez no pasaría más adelante; preví los peligros que toda rebeldía me traería aparejados...

Y decidí morirme. En efecto; a la mañana siguiente, para morir como buen burguesito, tomé tal atracón de leche materna, que horas después, y con gran sentimiento de los míos, que habían visto en mí el p. 169modo de descargar sus monstruosidades y darles perpetuidad, volví al limbo de donde no debía de haber salido.

EL MUERTO INSEPULTO
Y TRANSEÚNTE

Yo era peluquero y en mi oficio llegué a gozar de una envidiable reputación. Reconozco que jamás tuve ocasión de salir de las modestas peluquerías de los barrios extremos, pero esto no me quita mérito. Debía esta postergación a mi modestia, a mi carácter pusilánime. Nada más. Pero no tenía tampoco mayores aspiraciones. En mi pequeña barbería me sentía muy a gusto y mi arte, la suavidad de mis manos y la dulzura de mis maneras, eran dotes apreciadas en cuanto valían por mis humildes parroquianos.

Cuando cumplí veinte años, me hicieron soldado, ingresé en el cuartel y pasé días horribles entre aquellos hombres violentos e implacables. Me abrumaban con el peso de armas y correajes, me rendían con caminatas terribles y ejercicios sin fin y toda mi blandura, mi naturaleza dulzona y aristocrática de oficial de barbería hubo de resentirse gravemente. Cuando se convencieron de que yo no servía para aquel bárbaro ajetreo me mandaron a la peluquería del regimiento donde recobré algo el sosiego. Allí estuve algún tiempo y todos los soldados reconocieron p. 170que yo era un hombre superior por la inusitada suavidad, el miramiento con que rapaba sus testas esquinadas y sus barbas salvajes. Vuelto así a mi elemento me sentí orgulloso de mí mismo y de mi arte.

Pero se declaró la guerra; nos movilizaron y de la noche a la mañana, me encontré sobre el campo de batalla frente a unos feroces enemigos y cargado otra vez con armas y correajes. Allí no había escapatoria; en la guerra la gente no se corta el pelo ni se deja afeitar —de ello deduzco yo la barbarie de las guerras—, y quieras que no, se empeñaron en hacer un bravo guerrero de un humildísimo rapabarbas. Puse todo mi empeño en conseguirlo, pero no me fue dable.

Así las cosas, nos metieron en fuego por primera vez. Yo iba desde el primer instante más muerto que vivo. Al poco rato de avanzar frente al enemigo, comenzaron a silbar las balas. Un soldado que marchaba junto a mí dio de pronto una zapateta bastante ridícula y se cayó de espaldas echando sangre por la boca. No pude ver más; se me cerraron los ojos y así seguí avanzando, a tientas, mientras oía a lo lejos el zumbido de las balas.

De pronto oí un silbido más fuerte que los demás; aquella bala venía por mí. En efecto; sentí un terrible golpe en el pecho y me di cuenta de que caía mortalmente herido. Unos minutos después yo fallecía; estaba muerto, irremisiblemente muerto.

p. 171

Yo me daba cuenta aún de algo de lo que por fuera pasaba pero por dentro de mí, en los entresijos de mi ser, muerto y bien muerto me sentía.

Así estuve varias horas; me preocupaba mucho la posibilidad de que los buitres viniesen a comerme; pero no veía el medio de evitarlo. Indudablemente me comerían. Y vendrían también los cuervos y me sacarían los ojos...

Vinieron unos camilleros y unos médicos. Me recogieron con pocos miramientos y dándome trastazos, me arrumbaron en un furgón automóvil. ¡Oh, si los cadáveres pudiéramos quejarnos!

Cuando ya se disponían a enterrarme, como era su obligación, uno de aquellos médicos estuvo registrándome y atosigándome de una manera cruel. Le oí decir que yo no estaba muerto, cosa que me hizo reír de buena gana para mi calavera, que es como únicamente podemos reírnos los muertos aún no descarnados. Aquel bárbaro insistió en sus masajes, sus inyecciones y sus inhalaciones fatigosas hasta hacerme abrir los ojos e incorporarme. Aquello era de una crueldad inaudita pues lo menos que se puede hacer con los muertos es dejarlos descansar en paz.

Obligado fieramente, acosado por todas partes, de tal modo que el mismo médico estaba ya exasperado, me hicieron hablar, no sé cómo, pues no recuerdo el caso de ningún cadáver parlante.

p. 172

Cuando pude hacer uso de la palabra, la empleé en manifestar a aquellos señores el deseo de reposo eterno que, como buen cadáver, tenía. Formulé, pues, la petición de que me enterrasen para que aquellos caballeros perdiesen las vanas sospechas que tenían de que yo estuviese aún vivo.

Estas palabras, sensatas, les dejaron estupefactos y como yo las repitiera muy cuerda y respetuosamente, lo tomaron a mal y, poniéndose en pie sobre mis inseguras piernas de fallecido me atizaron tal puntapié en el trasero, que yo admití la posibilidad de morirme por segunda vez.

De entonces acá mi vida de cadáver insepulto y viandante ha sido un verdadero martirio. He escuchado los mayores insultos y he sufrido los castigos más atroces.

Ante mi obstinación en declarar mi estado, se han burlado de mí y me han desmentido categóricamente llamándome impostor. ¡Claro! Como no he podido sacar la cédula de cadáver que por clasificación me corresponde, nadie me cree. Me han formado consejos de guerra, me han encarcelado, he sido deportado y últimamente me he visto convertido en quincenario profesional.

¿Y todo por qué? Por mantener firmemente la íntima convicción de que soy un fallecido; una víctima del heroísmo. Nadie me cree.

Y ahora, en secreto, yo mismo he empezado a dudar. p. 173Muerto, bien muerto estoy aunque me hagan andar, hablar y moverme artificialmente. Desasido de todas las cosas de este mundo me hallo, y ni voluntad, ni amor, ni nada de lo que los vivos tienen he conservado. Pero de vez en cuando, me asalta una irrefrenable apetencia de callos, longaniza o chuletas de huerta. Y la verdad, soy el primer cadáver con apetito que conozco.

Esto me hace tener mis dudas.

LA LIBRE REPÚBLICA
DE LAS BESTIAS

Este hombre era un arbitrista con muy pocos arbitrios; un arbitrista que tenía por todo caudal y por toda familia un perro; un perrillo costroso con unos ojuelos tristes y un rabito calvo más triste aún. El perro y el amo eran intelectuales. Y les iba mal en la vida.

El amo, por toda ocupación se plantaba en la Puerta del Sol y arrimado a una farola se pasaba las horas muertas mordiéndose las uñas con una voracidad digna de mejor empleo e imaginando al mismo tiempo, fantásticos arbitrios. Mientras, el perrillo, huroneaba en los montones de basura de los mercados.

Al anochecer volvía el perrillo en busca del amo. p. 174En aquel momento cambiaban una mirada de inteligencia y mutua conmiseración.

—¿Qué tal te ha ido, perro?

—Mal; muy mal, hombre. ¡Esos guardias! ¿Y a ti?

—Peor. ¡Esos gobiernos!

Pasito a paso íbanse entonces de recogida al agujero en que moraban. Un mismo jergón se apiadaba de los huesos maltrechos del hombre y el perro; juntos se prestaban calor el uno al otro.

Un día de hambre —un día— el perro y el hombre al regreso de sus correrías se miraron a los ojos largamente. Al hombre le pareció que aquella mirada dulce y pesada del perro era más intelectual que de costumbre. Lo que el perro quería decirle con los ojos debía de estar muy claro. Pero el hombre no supo entenderlo. «¡Qué brutos son los animales racionales!», pensaría el perro.

Aunque habituado a los rasgos de inteligencia del perrillo, se conmovió el hombre ante la vivacidad, el espíritu que denotaba aquella larga mirada del can. Y pensando en ello discurrió la más peregrina teoría que puede imaginarse.

Empezó poniendo todo su empeño en descifrar lo que el perro quería decirle con los ojos. Sujetándole la cabeza le obligó a mirarle fijamente mientras él con los ojos muy abiertos escrutaba en el fondo de las pupilas desteñidas del animalejo con la misma p. 175furia y encono que los hipnotizadores. El pobre perrillo no podía sostener aquella mirada inquisitiva que se le metía pupilas adentro produciéndole en la espina dorsal escalofríos que le obligaban a dar fuertes sacudidas.

El signo más claro de la irracionalidad está precisamente en ese terror instintivo que obliga a todos los animales a bajar la vista cuando se les mira trente a frente. No hay ningún animal capaz de soportar la mirada fija del hombre.

Aquel bichejo tan inteligente, tan humano, no tenía más mérito ni más superioridad que esa; la de haberse acostumbrado a mirar sin miedo los ojos fascinadores de su amo hambriento. ¡Y cómo estaba preñada de inteligencia aquella mirada del perro! ¡Cuántas cosas quería decir y en realidad decía!

«Si de ordinario —pensaba el arbitrista— pudiésemos mirar con atención a los ojos de los animales, es posible que les concediésemos un poquito, siquiera un poquito de raciocinio. Les consideramos irracionales porque no hemos sabido leer en sus ojos y no hemos visto en ellos la chispa de la inteligencia. Mi perro la tiene, eso es indudable. Pues bien; yo voy a cultivar esa inteligencia rudimentaria. Voy a dar cultura a mi perro».

Esta fue desde entonces su preocupación ídola. Consultó a varios biólogos, tomó lecciones de un hipnotizador y sometió a su perro al plan que se había trazado. p. 176Estaba dispuesto a sugestionarle hasta el punto de sacudir la inteligencia de la bestezuela y despertarla del sueño eterno a que había sido condenada por el Supremo Hacedor. Miraba a los ojos del animalejo hasta ponerse bizco y consiguió acostumbrarle a aquella extraña comunicación espiritual.

El perro se cansaba algunas veces y le miraba estúpidamente con aquella estúpida tristeza que tienen en los ojos algunos hombres a quienes la vida les viene ancha. Otras veces el perrillo parecía enloquecer bajo la mirada del amo y se volvía furioso como atacado de epilepsia. Pero de vez en cuando, el bichejo, concentrando todas sus potencias, poníase a pensar las mismas cosas que iba pensando el magnetizador. Era un simple fenómeno de telepatía. Esto no es extraño; los rayos del sol concentrados por una lente encienden el fuego y nadie se maravilla. Lo mismo, exactamente lo mismo hizo el arbitrista con los destellos de inteligencia de su perro.

En estos mudos coloquios el hombre infundió al perro, primero, algunas ideas generales, varios principios teológicos, algo de filosofía, letras y biología. El perro recorrió guiado por su dueño toda la evolución del pensamiento humano. Cuando ya lo tuvo suficientemente iniciado en las disciplinas del espíritu, quiso hacer de él un técnico para que no hiciese mal papel si andando el tiempo quería ser ministro. Acto p. 177seguido le confirió el título de doctor honoris causa y salió con él a la conquista del mundo. Iba contento. Poseer un animal que sabe cosas trascendentales es tener la llave del mundo. Algunos igorrotes han triunfado en la vida solo porque poseían uno o varios animales bimanos que sabían cosas. Ese es el secreto de todos los caciques políticos.

Pero de momento el perro sabio no tenía más que un campo abierto a su actividad. La pista de un circo. Y a ella fueron a dar. Ante el público estupefacto el arbitrista y su can daban lecciones de hipnotismo. El perro sabía escribir y vuelto de lomo hacia su amo contestaba por escrito a las preguntas que al oído hacían los espectadores al arbitrista. La sensatez con que el perro daba sus respuestas, la claridad y concisión con que las redactaba de su pata y letra promovieron una revolución.

Aquel triunfo fue incomensurable. El arbitrista millonario en pocos meses constituido en empresario del perro sabio pensó entonces en ampliar su teoría.

Escogió tres o cuatro caballos, dos tigres, tres leones, un elefante y algunas bestias más. Los sometió al mismo procedimiento que al perrillo y después de muchos días de terrible labor consiguió por medio del hipnotismo concentrar las potencias de aquellas bestias haciendo saltar en todas ellas la chispa de la inteligencia. A todos ellos les hizo bachilleres y p. 178después obligó a cada uno a cursar las disciplinas más oportunas a sus facultades.

Por fin llegó el momento trascendental de presentarlos en el mundo. Temblando de emoción dio su última clase a los animales; pero cuando al final de la lección les anunció que a la noche siguiente los presentaría ante el público, vio con gran estupefacción que se negaban a ello categóricamente.

—Nada de exhibicionismos —decía el elefante que se había hecho bibliófilo.

—Debemos ser respetados —agregaba el tigre convertido en un formidable economista.

—¡Desprestigios, no! —gritaban todos.

El hombre quiso imponerse por la fuerza; se exasperó ante la resistencia de las bestias y requirió el látigo para castigarlas. Los animales se reunieron acto seguido en consejo y tras una breve deliberación acordaron sentenciar a muerte al hombre como reo de lesa superanimalidad. La sentencia fue ejecutada y el hombre pereció a patas de la justicia. En aquel momento los animales constituidos en asamblea acordaron proclamar la libre república de las bestias, declarar la guerra al género humano y de momento, hasta hallarse en condiciones de presentar la batalla, retirarse prudentemente a la selva.

Así lo hicieron. Nadie ha sabido esto. Pero dentro de algunos años los exanimales que poseerán ya una cultura vendrán a precipitarse sobre la humanidad. Dios se lo pague al infortunado arbitrista.

p. 179

EL PURGATORIO
DE LOS TONTOS

No iba descontento. Llevaba detrás un landó y veinticinco simones. No iba descontento. Mi entierro se verificaba con toda la pompa y solemnidad que yo había deseado y previsto.

Me dejaba llevar camino de la necrópolis muy serio y estirado dentro de una caja de ébano. Hacía una buena tarde de sol y me agradaba pasar solemnemente ante la buena gente trabajadora que me saludaba con todo respeto al ver cruzar mi carroza fúnebre seguida de tan lucido cortejo.

En el camino anoté cuidadosamente en mi memoria quienes habían acudido a mi sepelio y quienes no. Mi espíritu volaba de un simón a otro y si bien es verdad que oí no pocas conversaciones inconvenientes, quedé complacido de la corrección de mis deudos, amigos y conocidos, de sus buenas maneras y de su irreprochable indumento. No se crea que yo era un muerto frívolo porque me preocupaba de estas minucias, no. Es que no se muere uno más que una vez en la vida y en definitiva es para esto, para que le entierren a uno con decencia, para lo que se afana y atosiga uno en los últimos años de su vida.

Un rato después de haberse verificado mi inhumación sin incidentes, me asaltó el temor de que me hubiesen enterrado vivo. Los casos de catalepsia son p. 180frecuentes y, además, ¿qué muerto era yo que andaba después de enterrado pensando en pompas y vanidades mundanas? Una terrible congoja me dominó y anhelé salir de aquel encierro pero apenas formulé mi deseo me encontré libre, sano y salvo sobre la haz de la tierra. Esto me tranquilizó. ¿Si no estuviese muerto del todo cómo me sería posible andar así desencarnado? Y ya con absoluto sosiego, pasito a paso, me torné a Madrid.

Dejé pasar la noche y muy de mañana fui a parar sin saber cómo ante la puerta de mi oficina en la que entré sin ser visto. Los ordenanzas no me saludaron. Iba a reprenderles pero recordé que estalla muerto. ¡Miserables! ¡Ya no me saludarían más! Había perdido de un solo golpe mi alta jerarquía administrativa.

Penetré en mi negociado. Pérez con las patas —esto es, las patas— encima de la mesa leía una revista pornográfica. He aquí el triste resultado —me dije—, de quince años de amonestaciones y sanos consejos morales. López liaba cigarrillos, tarareando un chotis y García, el irreverente García, adueñado interinamente de mi mesa, se complacía en alterarlo y revolverlo todo. Mudaba de sitio el tintero, el frasco de la goma y las tijeras, revolvía los expedientes y curioseaba en los cajones. ¡Oh, terrible perturbador! ¡Cómo gozabas de mi impotencia! ¡Cómo disfrutabas provocando el desorden y el caos! p. 181¿No sabes, desgraciado, que cada cosa tiene en este mundo un sitio inmutable y que la prosperidad de un país, su sana administración y creciente riqueza dependen tal vez de que se sepan colocar en su sitio exacto desde el más alto jefe de administración hasta el último pisapapeles del reino?

Allí estuve las cuatro horas de oficina que fueron otras tantas horas de tormento para mí. Los malsines de mis subordinados discutían, chillaban y escarnecían mi memoria. Estuve decidido a marcharme muchas veces pero una fuerza irresistible ataba mi alma desencarnada al ambiente de aquella sala infecta en la que transcurriera la mitad de mi vida.

Sin saber por qué al salir de la oficina seguí haciendo mi vida normal. Fui a casa, asistí a la comida, estuve después en el café, presidí la tertulia, subí al billar, paseé por Recoletos, compré unos dulces a Pepita y me planté en su casa. Pero un sospechoso rumor hizo que mi alma se detuviese sobresaltada a la puerta de su alcoba. Y, ¡la verdad!, ni en espíritu me atreví a entrar.

Volví a casa y me tumbé en mi cama. Al día siguiente se repitió mi tormento. Estuve en la oficina, en el café, en Recoletos y en casa de Pepita. Allí parecía que me llamaban con campanillas. O aquella chica era un prodigio de laboriosidad o yo era un alma en pena bastante indiscreta. No sé.

Día tras día hice durante algunos meses la misma p. 182vida sobrenatural que, aparte de mi incorporeidad, maldito lo que de sobrenatural tenía. Llegué a desesperarme y a estar aun en el límite de la desesperación, pasado el cual no sé adónde se va. ¡Para esto no valía la pena morirse!

Yo había creído que al morir abandonaba uno por completo todas las miserias, las preocupaciones y los dolores de la vida terrena, pero al cabo de un año de estar muerto y enterrado me encontraba atado a cuanto en la vida fue mi obsesión. ¿No dicen que los muertos tienen una gloria, un purgatorio y un infierno? ¿No se llama reposo eterno a la muerte? ¿Por qué andaba yo como panderetillo de bruja sin poder libertarme de tanta y tanta majadería como me rodeó en vida? ¿Qué me importaba en fin de cuentas que González hiciese las carambolas por chamba? Pues y las infidelidades de Pepita, ¿qué se me daban ya?

La gracia divina me ha permitido al fin conocer mi culpa y mi castigo. Esta vida carnal sin carne, este atadijo a las pequeñeces de la existencia terrenal no es otra cosa que el purgatorio de los tontos. Por un decreto de la divinidad, los tontos, los memos, los que no supimos ver más allá de nuestras narices, los que jamás tuvimos una idea pura, ni un pensamiento elevado, ni una abstracción, ni un atisbo siquiera del más allá, tenemos aquí nuestro purgatorio, entre los nuestros, entre nuestros chismes p. 183cotidianos y nuestras preocupaciones habituales. Es un terrible castigo. Imaginarlo en todo su dolor es casi imposible. ¡Es espantoso este purgatorio de los tontos!

Yo algunas veces tengo un poco de lucidez y comprendo no solo mi dolor sino el ridículo que hago divagando por el mundo. Antiguamente por lo menos se nos temía y se nos llamaba almas en pena, trasgos y endriagos; pero ahora es vergonzoso.

Los espiritistas se entretienen haciéndonos acudir a las patas de sus odiosos veladores, y por si este ultraje fuera poco han dado en llamarnos ¡kamarrupas! ¡Yo, un kamarrupa!

Hago estas revelaciones en beneficio de la humanidad entontecida. Hay que despertarse, abrir el ojo y alambicar un poco. Este purgatorio de los tontos es terrible.

Voy escribiendo estas revelaciones con tinta simpática en un montoncito de cuartillas que hay en el fondo del segundo cajón a mano derecha de mi mesa de trabajo... ¡Ojalá alguno acierte a descifrarlas y sirvan algún día para aviso de ingenuos!

p. 184

LAS MIL PESETAS
QUE HAY EN EL MUNDO

Jamás ha habido en el mundo una cantidad de dinero superior a mil pesetas o a su equivalencia en francos, marcos, chelines, dólares, rublos, plumas o cuentas de vidrio. Sobre ese dinero, el único que hay de verdad, el único que existe, bien por donación espontánea de la naturaleza, bien por las propinas de la divinidad a los santos varones que con más celo la sirvieron, se ha levantado el gigantesco edificio de la economía. Unos hombres que no tenían brazos para producir, ni ánimos para mover guerras, ni cabezas para pensar, inventaron el agio. A partir de entonces y merced a los infinitos sofismas de que se valieron, el dinero inicial, el verdadero patrimonio de Adán ha ido multiplicándose maravillosamente. Con el advenimiento de la Edad Moderna, la creación de los bancos, los empréstitos de los estados, el papel moneda y las sociedades por acciones el dinero ha aumentado fabulosamente. Se habla de miles de millones con un desconcertante aplomo. La estafa universal de la moderna economía no reconoce límites y millares de empleados se inclinan ocho horas diarias sobre las ventanillas y los pupitres de los Bancos, trabajando afanosamente. Hace algún tiempo yo no podía explicarme en qué consistía esa labor p. 185abrumadora de los infinitos empleados de banca. Pero ahora estoy en el secreto y cuando por incidencia tengo trato con ellos procuro abrocharme cuidadosamente y no dejar de la mano mis escasas monedas de metal. Esos hombres son capaces de todo. Lo que no me explico es cómo meten en la cárcel a los que dan el timo del portugués y en cambio dejan en libertad de operar a esos hombres, mucho más peligrosos.

Pues bien; este secreto de las mil pesetas, únicas que hay en el mundo, fue descubierto hace seis u ocho años por un judío alemán que ambicioso de poder emprendió la más atrevida empresa que puede imaginarse. El vasto plan del judío consistía en apoderarse una por una de las mil monedas que han servido de base a la monstruosa hipérbole de la moderna ciencia crematística y una vez capturado todo el dinero que hay de verdad, no sus astutas ficciones, soplar el castillete de naipes de la economía universal y verlo caer grotescamente.

La guerra europea vino a favorecerle y mientras los beligerantes se partían el alma a gloriosos trastazos el judío recorrió Alemania, Austria, Hungría y Rusia, llevándose los treinta o cuarenta dineros que por allí había. Pronto empezaron a sentirse los efectos; el falso dinero iba dando la cara de su falsedad y la gente empezó a rechazar los billetes de banco, las láminas y los títulos. Los bolcheviques dándoselas de sinceros quisieron abolir el dinero p. 186cuando el dinero se había abolido a sí mismo al desaparecer la media docena de auténticos kopecs que el judío alemán pudo encontrar en todas las Rusias.

Los austriacos vieron con espanto que sus coronas de papel tenían la misma realidad y consistencia que el derecho divino de sus reyes, y los marcos al sentirse amenazados acrecieron en la multiplicación pero pronto quedó patente su invalidez.

Así, por donde quiera que el hijo de Israel va pasando se deshace la ficción monetaria. En Portugal el reis se pierde ya en los recovecos del cálculo infinitesimal y en España, donde los cuatro cuartos que hay están en manos de tres toreros y seis tahúres, pronto sobrevendrá la catástrofe. A menos que Romanones se dé cuenta, que todo puede ser, y mal negocio entonces para el judío alemán.

Leal y desinteresadamente hago esta advertencia. Desinteresadamente por que no poseo un solo céntimo y en definitiva me da igual que mi hipotético dinero esté en las manos del judío alemán o en las del editor. Tan mal ha de irme con uno como con el otro.

Pero tened cuidado; si el judío se alza al fin con las únicas mil pesetas que hay en el mundo, tal vez volvamos los ojos con amor a la memoria de nuestros ilustres financieros.

p. 187

EL DESASTROSO FIN
DE LA HUMANIDAD

La vida era cada vez más difícil y el malthusianismo crecía. Sus abominables prácticas habíanse extendido no solo por las grandes ciudades, sino por las villas y aldeas, y la sencilla pastora como la dama de gran mundo sabían pecar y eludir la penitencia.

Llegó un momento en que nadie tenía hijos. La humanidad iba a terminar de un momento a otro. El egoísmo de esta generación postrera no se contentaba con alargarse la vida todo lo posible, merced a los repetidos injertos de glándula intersticial, sino que cortaba el camino implacablemente a todo nuevo ser. No nacían niños. Y eso que los curas se partían el alma echando bendiciones nupciales y aún se escribían novelas de gran sentimentalismo.

Próximo ya al acabamiento del género humano, se enteraron los políticos de lo que ocurría. Los sociólogos dijeron que ellos estaban al cabo de la calle hacía muchísimo tiempo, pero la verdad es que nadie se dio cuenta del peligro mientras no faltaron diez o doce años, a lo sumo, para que se precipitase el juicio final.

Cundió la alarma y los soviets de todo el mundo —porque todo el mundo era sovietista— estudiaron atentamente el problema y resolvieron sacar a p. 188los sabios de las mazmorras en que a pan y agua los tenían demandándoles una solución inmediata para el pavoroso problema. Los sabios —que eran más sabios desde que no comían ostras, ni se daban banquetes, ni fumaban grandes puros— aguzaron el intelecto, y propusieron que en adelante los niños se hiciesen en laboratorios especiales, en los que unos matraces de nueva invención sustituirían con ventaja al anticuado e incómodo claustro materno.

Se hicieron felicísimos ensayos y se comenzaron a construir los edificios gigantescos de unas grandes fábricas de niños. El procedimiento era sencillísimo. Llegaban los presuntos padres, depositaban una moneda por una ranura, una máquina automática les extraía de un brazo, o de donde fuese, una pequeña porción de sustancia vital, se hacía de ella un cuidadoso cultivo y sin más molestia que la de pasar nueve meses después a recoger el encargo, cátate a un padre y una madre hechos y derechos. ¿Era sencillo?

Pues ni así iban. Y las fábricas sovietistas de bebés al por mayor quebraron por falta de clientes.

Los gobiernos, frente al fracaso de este sistema de incubadoras y ante los apremios del tiempo pues la humanidad se extinguía a toda prisa, volvieron de nuevo los ojos a los sabios. Les acortaron aún más la ración, les prohibieron terminantemente las deliberaciones, las consultas y los congresos, y esperaron inquietos sus soluciones.

p. 189

Al fin se presentó una, genial, radicalísima, salvadora. El mundo no se acabaría porque, quieras que no, nacerían hijos y en grandes cantidades de hijos, como lo demandaba aquella terrible amenaza. Se había encontrado el medio de que toda semilla vital fuese fecundada. No habría escapatoria: mediante unos injertos maravillosos de no sabemos qué glándula de pescado, las mujeres tendrían hijos por cientos, por millares, por millones. El estudio de los fenómenos de la reproducción en los peces había dado la clave del problema. Se había llegado a la hueva humana.

Se empezó a usar el procedimiento y los resultados fueron prodigiosos. Matrimonios que en veinte años no habían tenido un solo descendiente, se encontraban con tres o cuatro mil hijos en pocos meses. Hubo entonces que resolver otro grave problema; el de asegurar la vida a las miríadas de seres que iban apareciendo. Nuevo injerto a las huevas y los niños en formación adquirían tal vitalidad, que ni el calor ni el frío, ni el hambre ni la sed podían aniquilarlos. Se consiguió captar de la atmósfera los elementos de nutrición necesarios, y bastaba que los chicos aspirasen un poco de aire libre para que se sintiesen hartos, como al desprenderse del pecho de las nodrizas.

Empezó a poblarse el mundo con una rapidez incalculable. A la vuelta de cuatro o cinco años las casas estaban abarrotadas de seres; en las calles la p. 190gente, desbordándose de las aceras, inundaba el arroyo e interceptaban la circulación de vehículos, los campos se cubrían de seres humanos que no cabían en las ciudades, y pronto la avalancha humana llegó hasta las orillas de los mares, cayendo al agua muchos miles de personas que no tenían un palmo de tierra para posar la planta.

Cuando el Supremo Hacedor, en uno de sus ratos de ocio, revolvió el arca de sus viejas producciones, encontró a la tierra en tan terrible situación. Se horrorizó, no dejó de reprocharse su descuido, y cogiendo el mundo con unas tenazas, lo sacudió violentamente en el espacio para desprender aquella humanidad parásita. Después, lo lavó cuidadosamente con un poderoso desinfectante, lo envolvió en unas gasas deletéreas, y, junto con unas bolitas de naftalina celestial, lo envió al museo arqueológico que para su solaz y recreo tienen los dioses. Porque por allá arriba son muy aficionados a la arqueología.

DOS GRANDES ERRORES

Sabemos con absoluta precisión cuando hemos de morirnos. Esto, claro es, no se dice por ahí porque los que ya están avisados tienen miedo y lo callan. Los otros, los que aún no están sujetos al emplazamiento fatal, creen que la muerte es un agente extraño, p. 191algo así como el recaudador de contribuciones de la divinidad y les satisface mantener el mito de la Pálida, terrible huéspeda que avanza campos y ciudades provista de sudario y la guadaña, viejas prendas que alguna vez sirvieron a la poesía lírica, y hoy, pasadas ya de moda, apenas si preocupan a tal o cual Hamlet de aldea.

Sabemos cuándo hemos de morimos, podemos apreciar la cuerda que nos queda y a veces paseamos años y años por el mundo con nuestra papeleta de defunción escondida en el fondo de la conciencia. Este conocimiento de nuestro fin no es un aviso milagroso de la Providencia ni tiene complicaciones taumatúrgicas, no. Es suficiente que pongamos un poco de atención en nosotros mismos; nos basta auscultar cuidadosamente nuestro ser para adivinar lo que nos resta de vida. Un poco de reposo, un día entero de lluvia o viento encerrados en nuestra habitación, una noche de insomnio nos permiten escuchar todos los ronquidos, estertores y fracasos de nuestro organismo. El que atiende a esos indicios pronto se entera de cómo está su máquina y calcula su duración como un experto relojero podría calcular la de un reloj. Esta es una vieja verdad; ya en los siglos XV y XVI la postulaban unos buenos hombres que anunciaban solemnemente el día preciso en que había de morirse de muerte natural. El pueblo los tomó a broma y se divirtió mucho con sus errores de cálculo; la Inquisición p. 192los tomó en serio y dio en la manía de quemarlos. Error gravísimo; porque una vez cogidos sí que podían predecir su muerte.

Consecuente con mi teoría, yo supe hace algunos años el tiempo que me quedaba de vida. Y a juzgar por cómo se me hacían agua en la cabeza no pocas cosas sólidas y cómo me chasqueaban y crujían otras muchas en el hígado y en el corazón, deduje que pronto había de morir.

Hombre sensato, deseché las preocupaciones sobrenaturales y me puse a ordenar mis asuntos. Pensé entonces que, pues me había de morir y el trance estaba próximo, era una insensatez el seguir afanándose por las cosas terrenas. Suspendí todos mis trabajos y me di de lleno a escucharme, a inquirir en los entresijos de mi quebrantada humanidad. Pero por desgracia yo no tenía bienes y, mientras atendía a las palpitaciones de mi pobre hígado, mi mujer y mis hijos pasaban grandes hambres. Tuve que escribir cartas a los amigos pidiéndoles dinero. El resultado fue menos que mediano. En cambio logré una sólida reputación de vago y de sablista. ¡Idiotas! ¿Cómo querían que trabajase un moribundo? Echado día y noche sobre mi jergón, percibía uno por uno los íntimos derrumbamientos de mi ser, las muertes chiquitas que anunciaban inexorables la muerte grande y definitiva.

Así transcurrieron unos meses, un año, varios años. p. 193Mi situación de futuro cadáver era ya dificilísima. Seguí pidiendo dinero; ya entonces revelé algo a los amigos más íntimos; les dije, en una palabra, que me hallaba moribundo y se apiadaron algo más, no mucho. Pero los muy brutos, viendo al poco tiempo que no me moría, volvieron a cerrar sus bolsas. Estaba desacreditado. Si me hubiese muerto —pensaba—, estaría en buen lugar ante ellos, elogiarían mi memoria y darían dinero a mi viuda y a mis hijos. De improviso, ¡qué idea!, discurrí que el mejor medio de asegurar un pasajero vivir a los míos después de mi muerte era encomendarlos a la piedad de mis amigos en emocionantes cartas redactadas casi en la agonía. No hay hombre capaz de resistirse a la súplica de un moribundo. Redacté pues numerosas cartas preñadas de lúgubres imágenes, de trágicos emplazamientos para la otra vida, de súplicas, de estertores... Llegué a dominar por completo esto que pudiéramos llamar literatura agónica. Aquello era una idea genial; el sablazo de ultratumba. Hice un cálculo de mis amigos y de sus posibilidades; se me presentaba un pingüe negocio. Hay que morir, me dije.

Pero no moría aún; son demasiadas las cosas que tienen que quebrársele a uno allá dentro para morir del todo. Ya me faltaba muy poco, casi nada. Y, sin embargo, no era posible que esperásemos más.

Decidí aligerar el desenlace. Quiero decir que pensé suicidarme. No hay que asustarse. Lo mío no tenía p. 194realmente los caracteres de un suicidio. Era un empujoncito, un empujoncito nada más lo que me faltaba. Cogí una gran pistola, herencia de mi abuelo, y estuve preparándola. Al examinar la carga me alarmé un poco. ¿No era demasiado grande aquel pedazo de plomo para matar una cosa tan nimia, tan insignificante como lo que de mí estaba vivo? ¿No era demasiada pólvora, demasiada detonación, demasiado escándalo? Una pueril cerbatana hubiese sido suficiente; pero, por desgracia, la cerbatana es en nuestros días un arma ineficaz para el suicidio y además un poco ridícula.

Me resigné; moví aquel pistolón y me hice polvo. Creo que fallecí antes de que el plomo me llegase a los sesos.

***

¿Quieren ustedes creer que me equivoqué? Créanlo; las famosas cartas no dieron un solo céntimo a mi pobre viuda. En cuanto a mi muerte y a sus claros indicios...

Baste decirles que hace diez años que yazgo dos varas bajo tierra y aún siento aquí en la calavera algo que no me deja sosegar: un gusanillo, un gusanillo...

EL BROMAZO

Mi proceso ha sido sonado. El crimen que se me imputaba era una verdadera obra de arte, con la que los gacetilleros consiguieron emocionar a los burgueses p. 195de suyo indiferentes y estólidos. Una mujer, una pobre mujer, había aparecido asesinada en su lecho y junto se encontraron los cadáveres espantosamente mutilados de sus dos hijitos; además, los muebles se hallaban en desorden y la pobre gaveta descerrajada y sin un céntimo.

La mujer era viuda; sostenía conmigo relaciones amorosas; algunas veces me había dado un poco de dinero, y por esto, y porque los niños no eran muy agradables ni me miraban bien, reñíamos frecuentemente. Dieron en decir que yo había sido el asesino y me encarcelaron.

Negué con energía; pero no pude probar nada. Viendo que no hacían caso de mis protestas, decidí fugarme. Lo conseguí a poco. Mi propósito era buscar por mí mismo las pruebas de mi inocencia, ya que nadie, ni siquiera mi defensor, creía en mis palabras. Yo era inocente —ya no tengo empeño en que lo creáis— y había un medio de demostrarlo.

La noche del crimen estuve en casa de mi amante y disputamos; los vecinos me vieron entrar y me oyeron dar voces. Hacia la media noche me marché sin que nadie pudiera sentirme. Camino de mi casa encontré a un sujeto extraño; me pidió le orientase, pues se había perdido en el dédalo de las callejuelas del barrio. Parecía extranjero; vestía mal y hablaba peor. Adiviné en él un tipo interesante y charlamos como buenos amigos. Era uno de esos sujetos estrafalarios p. 196que andan perdidos por el mundo, de los que se puede decir que son la avidez en dos piernas y unos ojillos curiosos. No supe cómo se llamaba, adónde iba ni de dónde venía. Mostró empeño en escudriñar aquel barrio viejo y pintoresco a la luz de la luna de enero y durante tres horas recorrimos todas las callejuelas, llegamos a los muelles, pasamos el puente y acodados en el pretil estuvimos viendo cómo la luna hacía cosquillas al río. Ya al amanecer nos separamos. Me hizo saber tan solo que al día siguiente abandonaría la ciudad y poco después el territorio. No he vuelto a saber nada de él.

Transido de frío y lleno de fango llegué a casa y me acosté. Tuve alguna fiebre y estuve delirando. La patrona ha declarado después que me oyó pronunciar palabras ininteligibles con gran excitación. Cinco horas más tarde vino la policía y me condujo ante el juez. Yo era el asesino de mi amante y de sus hijos.

Únicamente podría probar lo contrario si lograba encontrar a aquel vagamundo. Así lo dije; hicieron algunas pesquisas infructuosas y no me atendieron más. Entonces me fugué y durante tres meses empleé toda mi astucia y mi energía en buscar al maldito extranjero y en huir de la Justicia. Creí adivinar que había marchado al país vecino y allí fui a buscarle. Puse anuncios en los periódicos, inquirí en cárceles, hospitales y cuarteles. Nada. Desesperé, y en este momento volvió a cazarme la policía. Se consiguió mi p. 197extradición y volví a mi antigua cárcel, corroborando con mi huida al extranjero la sospecha de que yo fuese el asesino. Los inocentes no huyen nunca, dicen con toda gravedad esos absurdos y axiomáticos magistrados.

Negando yo y agobiándome ellos con sus acusaciones, se celebró la vista de la causa. Todos los testigos me han sido adversos; el fiscal, después de despreciar las pruebas por innecesarias, ha llamado la atención del Tribunal sobre mi cinismo. El idiota de mi defensor, harto ya de exhortarme a la confesión, ha dicho una interminable serie de majaderías. La pasión, la miseria, los hijos del otro, el atavismo... ¡Puaf!

Echando requiebros al jurado estaba mi defensor cuando me asaltó una invencible repugnancia por todo aquello. Aquel gran aparato, aquellas enfadosas pruebas, aquellos graves peritos, aquella ciencia, aquellas calvas, aquellas togas y birretes, y hasta las chaquetas negras y llenas de arrugas de los menestrales del jurado, me parecieron ridículas, terriblemente ridículas.

Ante mis ojos y ante mi conciencia, todo, hasta lo más sagrado, se estaba poniendo en evidencia, en ridículo. Nada podía yo hacer para desbaratar el error, el formidable error de aquellos sabios y hombres buenos. Les grité a la cara; me hicieron callar. Después de un ataque de ira me asaltó una terrible angustia, p. 198y, por último, no supe hacer más que insultarlos y reírme a carcajadas.

Sus términos, sus proposiciones, sus silogismos y sus razonamientos me parecían espantosamente cómicos. Ya los había dejado por imposible, y les oía desbarrar y decir sutilezas mientras me reía a mandíbula batiente. Palabra que me reía con toda mi alma. Así deben reírse los dioses viendo errar a las criaturas.

Me condenaron a muerte. Al leérseme la sentencia volví a indignarme y a gritarles. Como si no. Muy metidos en sus togas y sus librotes, aquellos señores habían fallado en justicia. ¡En justicia! ¡Ja, ja, ja! Entre carcajadas me volvieron a la celda.

A los pocos días debían ejecutarme en garrote vil. Empleé aquel tiempo en pensar serenamente sobre lo sucedido y poco a poco conseguí calmarme. Me daba cuenta exacta de cómo el error, semejante a un diablillo maligno, se había apoderado de cada una de aquellas privilegiadas cabezas de los que me condenaron y, ¡qué diantre!, era divertido verles machacar en el error, darle vueltas, tomarlo, sobarlo, medirlo, y, al fin, consagrarlo con una monstruosidad: la sentencia. ¿Cómo se atreverán esos presuntuosos a sentenciar y dar muerte a un hombre? ¿No piensan que si se equivocan, yo, un pobre diablo cualquiera, puede escupirles a la cara y reírse de ellos?

Y esto es lo que hacía. Reírme; reírme con espantosas carcajadas.

p. 199

En la mañana de la ejecución vino a verme un sacerdote.

—¿Sabe usted algo, padre? —le pregunté anhelante.

—No, hijo.

—Pues vaya usted con Dios —le dije por no agraviarle.

Me ejecutaron con toda la solemnidad y aparato con que estas cosas se hacen. El público, llevado allí para la ejemplaridad de la pena, presenciaba conmovido aquel ceremonial que a mí se me antojaba altamente grotesco. Quise decirles muchas cosas. Mas ¿para qué?

Di el cuello al verdugo; hizo este funcionar su máquina, y en aquel momento os juro que mi satisfacción, mi alegría por estar solo en el secreto, por haber burlado a aquellos graves hombres, me hizo feliz. Quise reírme por última vez, pero ya no pude. Entonces, no sabiendo qué hacer para mostrar mi desprecio, mi burla hacia toda aquella gente, saqué un palmo de lengua.

No lo entendieron. ¡Qué brutos! Menudo bromazo les he jugado. Porque... ¡¡Soy inocente!!

p. 200

EL SUICIDIO DEL CADÁVER

Nació; le bautizaron; a fuerza de chupetones y rabietas consiguió tenerse en dos pies; articuló primero unos gritos y se hizo entender después con las mismas palabras que usaban sus padres; más tarde reconoció esas mismas palabras, escritas o impresas; en adelante, le torturaron con otras muchas cosas que maldito si le importaban; aprendió que la tierra tiene dos movimientos, uno de rotación y otro de traslación, y el corazón, otros dos, sístole y diástole; reconoció la soberanía de las Cortes con el rey; se convenció de que dos y dos son cuatro; tuvo que creer que a don Favila se lo comió un oso y que San Hermenegildo fue mártir; aprendió la ley de la gravedad y otras muchas leyes naturales y contra natura; amó a su patria, temió a Dios, respetó a la Guardia civil, leyó el Quijote y se hizo bachiller. Entonces olvidó casi todas estas cosas y aprendió otras que fueron olvidadas igualmente cuando se hizo licenciado. Tomando y dejando cosas se formó al fin; prestó dilatados servicios a su patria en cualquier menester burocrático; hizo el amor, le casaron, le nacieron hijos, y como suyos los inscribió en el Registro civil; se le cayeron el pelo y los dientes; le concedieron una gran cruz y se murió.

Muerto y enterrado —pomposamente enterrado— estaba p. 201hacía algunos años cuando por primera vez se puso a pensar seriamente y a fondo. Esto de pensar en la tumba no es extraño. Los biólogos dicen a todo el que les quiere oír que no nos morimos de una vez, sino poquito a poco. Empezamos a morirnos cuando se nos cae el primer diente, cuando nos sale la primera cana, y muriéndonos tiramos años y lustros, hasta que nos entierran, o mejor dicho hasta mucho después de habernos enterrado, porque a veces aunque se nos haya muerto el corazón y estemos tiesos y estirados, mondos y lirondos, dándonos a la carcoma, aún hay en nosotros partes vivas que si pudieran actuar libremente protestarían contra el sepelio prematuro. Hay muertos a los que les crecen las uñas; prueba de nuestra tesis es también que a veces los cirujanos remiendan a los vivos averiados con trozos de la piel de esos muertos a medias; popular es la frase de morirse a pedazos y la de estar medio muerto, y por si esto fuera poco yo tengo mis dudas respecto de las momias. ¿Por qué ha de estar muerto Tutankamen y no han de estarlo ciertos senadores que yo me sé?

No es pues extraño que nuestro ilustre cadáver a los diez o doce años de estar domiciliado en la huesa se pusiese a pensar. Es por el contrario naturalísimo. Jamás había pensado nada mientras anduvo por el mundo. Su pensamiento fue virgen al féretro, no había sufrido el menor desgaste, no tenía pues p. 202por qué morir y en aquella paz del sepulcro comenzó a actuar vigorosamente. A medida que el difunto fue desencarnando empezó a moverse el pensamiento con cierta libertad dentro de su calavera. La poca costumbre de pensar hizo creer al muerto en los primeros tiempos que aquello que le escarbaba en el occipital era un gusanillo demasiado ansioso. Pero no; pronto se convenció de que era él, él mismo, su propia sustancia, lo que le escarabajeaba.

Pensando, pensando, con toda la gravedad y circunspección que le prestaba su respetable condición de cadáver, abominó de aquel trasiego de cosas en que se había empleado el venerable puchero que sobre los hombros sostuvo durante cincuenta o sesenta años. Aquel tomar y dejar ideas, que por una oreja le entraban y por la otra le salían, le pareció despreciable. Reconoció que su cerebro había sido un cedazo por el que la linfa se filtraba, mientras en el meollo se le iban depositando las arenas de aluvión y los cantos rodados. Nada más.

A los doscientos años de estar dos metros bajo tierra había conseguido tal lucidez, estaba tan limpio de envoltura carnal, que el pensamiento rodaba vertiginoso por la órbita de su calavera, proporcionándole ideas maravillosas. Sus conclusiones fueron radicalmente distintas de las que obtuvo mientras vivió a flor de tierra. Adquirió el convencimiento de que la humanidad insepulta es perfectamente estúpida. ¿Para p. 203qué ese ajetreo de la vida? ¿Para qué tanto afán? ¿Por qué apasionarse por tan grandes errores? Poquito que se reía él de Ptolomeo, Newton y Einstein.

Pero esta clarividencia le llevó a ser humorista y más tarde se le agrió el humor. Le entró una rabia sorda contra su anterior vida. Había sido un majadero. ¡Si él hubiese pensado las cosas mientras tuvo cédula como las pensaba a los doscientos años de estar muerto y enterrado! Le irritaba la idiotez de los vivos. De buena gana hubiese salido por el mundo a insultar a la gente; pero no podía. Cuatro metros cúbicos de tierra sobre su menguado esqueleto pesaban demasiado. Se enfureció por su impotencia. Tenía que salir de allí y hacer curiosas revelaciones a la humanidad. Se volvió loco. El gusanillo de su pensamiento, como una luciérnaga, saltaba frenético dentro de la calavera. No pudo resistir más. Se dio un chocazo contra el féretro y los dos parietales desencajados se apretaron el uno contra el otro cogiendo en medio al bichito de luz, al terrible pensamiento, que murió como un piojo entre dos uñas. El muerto se había suicidado.

p. 204

HISTORIA DE UN HOMBRECITO
QUE NO NACIÓ

I

No me apesadumbra esta muerte inminente a que estoy sin remisión condenado. Es más: creo que ya he vivido bastante y que poco, muy poco de cuanto hay en el mundo me queda que conocer y sentir. Desde hace varios meses padezco una conciencia adulta, que prematuramente se hizo parásita de esta masa gelatinosa de que estoy formado. ¿Para qué seguir soportando su tiranía por más tiempo?

Sé que pertenezco, o he debido pertenecer, al género humano, que tengo el signo de varón y que, de haber sucedido las cosas de modo normal, yo hubiese sido dado a luz dentro de unos días; dentro de unos meses habría aprendido a tenerme en dos pies; pasados unos años sabría engendrar nuevos seres, y ocurrido poco más de medio siglo, volvería a la nada.

No ha sido así; muero nonnato y, ¡qué diablo!, muero feliz, gracias a la milagrosa plenitud de mi conciencia, que en esta redoma en que yazgo me ha permitido seguir exactamente el curso que dan a su vida los humanos, nada grato, por cierto. No se tome p. 205a mala parte este mi pesimismo. Creo que si todos los hombres tuviesen plena conciencia desde el momento en que son concebidos, muy pocos se prestarían a seguir adelante.

Voy a morir y aún no soy más que un feto informe, o mejor dicho, un concepto no desarrollado. Pero ¿es que todos los conceptos valen acaso la pena del desarrollo?

No lo creo; por eso muero a gusto. Y porque no quede en el aire como una petulancia juvenil esta conformidad con mi destino, expondré someramente cuanto en mis escasos meses de conciencia he podido aprender del mundo y de los hombres.

II

Mi padre es una buena alimaña del Señor, que trabaja, suda, sufre, bebe, canta y hace sufrir a los demás. Creo que en el mundo hay unos Códigos, producto de la sabiduría universal, que determinan exactamente lo que en cada momento mi padre debe hacer. De esto, que yo ya sé hace algún tiempo, él no se ha enterado todavía y viénenle de esta ignorancia graves daños. En este momento, según mis noticias, gime encarcelado, bajo la terrible acusación de parricida e incestuoso, y por los indicios que he podido recoger supongo que no tardarán en llevarlep. 206 al matadero, aunque todavía no he podido poner muy en claro para qué han de matarle, si no han de comérsele. Parece ser que le inmolan a una diosa bárbara, llamada Justicia, cuyo culto primitivo se conserva entre los civilizados. Disculpen estas perplejidades e incongruencias mías; pero con solo unos meses de conciencia, mis conocimientos del mundo y de la vida son muy fragmentarios. No creo, sin embargo, que lo sean menos los vuestros.

Por todas estas cosas, la buena gente de la aldea se ha congratulado de que yo no venga al mundo. ¡Pobre! —decían—. ¿Qué sería de ese desdichado aborto del infierno, hijo del incesto y del crimen? ¡Angelito! ¡Más le ha valido haberse muerto!

Yo, pese a todo esto, no tengo muchos motivos para estar quejoso de mi padre. Es más: me siento un poco orgulloso de ser su hijo. Mi padre es joven, fuerte y hermoso. Ningún muchacho de la aldea tira la barra de hierro más lejos que él ni muerde en el cuello con más ardor a las mujeres. Repito que es una sana y alegre alimaña de Dios, que en una época de debilidades, claudicaciones y tristezas ha sabido conservar fieramente su entereza ejemplar, su noble gallardía de bestia entera, confiada en sus garras, sus dientes y su destino.

Mi padre era pastor. Durante el tiempo que conviví con él le admiré rendidamente. Tiraba de la honda como un guerrero balear, silbaba como un fauno,p. 207 corría como el viento y su larga cayada arremolinaba en torno suyo a los rebaños, sumisos y complacidos. Yo pensé que con tan buenas prendas mi padre triunfaría en el mundo. Creí que no tardarían en hacerle obispo o cosa así. Pero me equivoqué.

III

Un día llegó hasta el hato en que mi padre y yo con él sesteábamos, una mujer, joven todavía, ancha, fuerte y hermosa. Mi padre le dedicó desde el primer momento sus toscas zalemas, le hizo probar su queso más fresco, sus piñones y sus nueces. Ella le regaló un pañizuelo bordado y le hizo beber el agua fría del regato en la cuenca rosada de sus manos. Hecho esto, se marchó riendo y no volvió más.

Inquieto se quedó mi padre. Cuando llegó la noche dejó el rebaño al cuidado de los mastines y echó cuesta abajo hacia la masía. Rondando las paredes de la casona estuvo hasta que las estrellas le dijeron que iba a venir el alba, y entonces, pasito a paso, se volvió a la montaña.

Bajamos también a la noche siguiente y a la otra. A la cuarta noche, mi padre, encaramado en unos aperos, tocó con los nudillos, quedamente, en el marco de un alto ventanuco, por cuyas rendijas había él p. 208atisbado el cuartito estrecho de aquella mujer que le sonsacara.

La mujer se sobresaltó un tanto; pero pronto logró mi padre calmarla con sus caricias, que ella gustó a poco sin rebozo. Desde entonces, mi padre dejaba todas las noches el ganado a la custodia de los perros, y a buen andar íbase contento y satisfecho hacia la masía, por cuyas paredes trepaba hasta meterse por aquel ventanuco en cuyo alféizar le recogían los arremangados brazos de aquella buena y complaciente mujer, que ya le retenían afanosos hasta la madrugada. Regalábanse entrambos con mutuas caricias; dábanse el uno al otro fehacientes testimonios de su amor, y en uno de aquellos transportes mi padre me dio a mí, que ya no volví con él a la majada.

IV

Empezó para mí una nueva vida. Me sentí tan a placer en mi flamante morada, tan bien asistido, que pronto empecé a crecer y desarrollarme. Me hallaba bien acondicionado, progresaba y empezaba a ser algo en el mundo. Entonces fue cuando por primera vez di en el hábito de filosofar.

Pero aquel sosiego, que favorecía mi rápido desarrollo, trajo a mi madre —ya entonces supe que p. 209aquella había de ser mi madre— espantosas desdichas. Pronto empezó a hacerse notar mi existencia, no obstante el cuidado con que la pobre mujer apretaba los cordones de su corpiño, reduciendo hasta lo inverosímil la estrecha cárcel que me aprisionaba.

En aquel entonces hubo en la masía un movimiento inusitado. Por lo que después pude saber había llegado el amo. El amo de la casona, los ganados, los pastos; el amo de mi madre, de mi padre, y creo que amo mío también. Aquella llegada del que yo suponía buen dios posesor desazonó a mi madre sobremanera, y largas horas la sentí llorar con lentos y difíciles sollozos, allá en el último rincón del sobrado, donde nadie pudiese verla.

Una noche, después de la cena, sobrevino la catástrofe. El amo había cenado bien; la morcilla, el tasajo, los alcaparrones y el queso picante le habían hecho beber mucho vino y los ojos debían brillarle como dos diamantes negros. Yo adiviné esta furia de sus ojos en el estremecimiento de terror de mi madre cuando, mandada llamar por él, se presentó sumisa a su deseo.

El amo estaba contento y quiso que de su alegría participase mi infeliz madre. Por una vez el amo la libraba de su monótona vida de sirvienta y la elevaba hasta él, dándole parte de su exuberancia. Había que estarle agradecida.

Pero mi madre no quería; resistiose largo rato a p. 210los deseos de expansión del amo, hasta que este, fuera de sí, quiso tomar por fuerza lo que de buen grado no le daban.

—Ven acá, mala pécora —decía con terribles voces—. ¿Qué remilgos para conmigo son esos? A buena hora mangas verdes, hipocritona.

—Déjeme, mi amo, déjeme —suspiraba mi madre.

—¿Dejarte? ¿A santo de qué? ¿No eres mía, lagarta? ¿No lo has sido siempre?

—Eso fue antes, amo. Era yo una chiquilla...

—Antes, ahora y después. ¿Olvidas que fui yo mismo quien te quitó de ser mocita, quien te hizo madre y quien te evitó que cayeses después en un burdel? ¿No comes honradamente el pan de mi casa, en vez de andar rodando por las ferias? Anda, déjate de gazmoñerías. Todavía eres joven y hermosa para arrepentirte, morena.

—No quiero, no quiero.

—Pues querrás, como siempre quisiste, vaca vieja.

—No; aquello se acabó. Sanseacabó. ¡Por estas!

—¿Y por qué, paloma?

—Porque quiero a otro hombre.

—Buena cosa, nena. Yo no te lo impido. Si quieres a otro hombre, yo te casaré con él, mi reina; tendrás la dote prometida y te diré al fin qué fue de nuestro hijo para que tu hombre y tú lo recojáis.

—¡Mi hijo!

p. 211

—Hecho un hombre está. Dieciocho años tiene y gloria da verle.

—Dime, por caridad, dónde está mi hijo.

—Dime tú antes quién es ese hombre a quien quieres.

—Ese hombre es...

—¿Quién?

—Un niño todavía. El zagal que pastorea el rebaño detrás del robledo.

—¿Juan Sin Nombre, el zagal?

—Juan Sin Nombre el zagal, el mismo.

—¡Dios de Dios!

Un nuevo estremecimiento de mi madre me hizo adivinar que algo terrible había pasado por los ojos del amo. Debieron apagársele las luces de la lujuria; algo espantoso debió ocurrirle en el alma y, cuando volvió a hablar, su voz era honda, dura y seca.

—Vete, maldita; vete, perra. Vete, maldición de mi casa y de mi vida.

Sollozando, mi madre se salió de la pieza. Sus lágrimas no podían disimular su contento por haberse librado milagrosamente de las zarpas del amo, y no bien entró en su cuartito, abrió la ventana, recogió entre sus brazos a mi padre, que allí la esperaba, y juntos se descolgaron por el paredón de la masía y juntos corrieron, sin volver atrás la cara, mientras el vientecillo de la sierra les azotaba el perfil, y los perros cortijeros, uno a uno, iban llevando la noticia p. 212del rapto hasta el fin del mundo con sus intermitentes ladridos.

V

Mi padre y mi madre se amaban impetuosamente. Tuve certeza de ello en aquellos días en los que mi madre, huida de la masía, se escondía en un socavón, con honores de vivienda, allá en los cerros donde pastoreaba el ganado. Allí iba mi padre a llevarle sus sabrosos presentes. La miel, la leche, la fruta que compraba o robaba por los alrededores. Dormía mi madre en aquella cueva sobre un lecho de hojas secas; servíanle de fogaril unas trébedes y un agujero abierto en el techo natural de la cueva, y aún tenía, a pocos pasos, un regato, que de espejo, baño y fuente le servía. Creo que mi madre se sentía allí dichosa, y, a mi juicio, aquellos tres o cuatro días fueron los únicos de paz y gozo que tuvo la infeliz.

El amo no se resignó con su desaparición. Hízola buscar cielo y tierra, y ya, desesperado de encontrarla, se fue hacia el hato y llamando aparte a mi padre le abordó sin rodeos.

Con la fría crueldad de un dios o un demonio le hizo saber que estaba al corriente de sus relaciones con mi madre. Díjole que no le parecían bien aquellos amoríos, que mi madre era mujer de su casa y p. 213servicio y que para su casa y para sí la quería. Él era el amo y allí no había de hacerse más que su santa voluntad.

Le oyó mi padre con paciencia felina. Con un poco de imaginación se le hubiese visto mover el rabo a compás de un lado para otro, y más de una vez, a lo largo de la filípica, gruñó sordamente, amenazando con saltar al cuello del amo.

Contúvose, sin embargo; no creo que lo hiciese por prudencia, sino porque estaba satisfecho y porque tenía a la hembra en su cubil y entre las zarpas su formidable cayada.

—Búsquela, nostramo, búsquela —le decía con sorna.

—No la buscaré más; has de ser tú quien me la traiga. Ese encargo te doy.

—No podré cumplirlo, amo.

—Vaya si podrás. Podrás, porque esa mujer, que hasta aquí fue mía, será mañana de otro, de cualquiera. Menos tuya.

—¿Y por qué no mía?

Irguiose el amo, temblando de furor, y rugió al fin:

—¡Porque es tu madre!

—¡Bah! —repuso el pastor—. ¡Mi madre! ¡Bah! Es mi amante.

—Es tu madre, idiota.

—¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Ea!, largo de aquí con sus cuentos, viejo zorro.

p. 214

—Ven acá, imbécil. Esa mujer, criada de mi casa, de quien yo dispuse siempre a mi antojo y a quien le hice un hijo, que eres tú, podrá no volver a la masía, pero ya nunca será tuya.

—Pero ¿por qué ha de ser mi madre, si yo la quiero para mí, mía, como hombre y mujer, lobo y loba? Fuera de aquí, ¡ea! ¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Mi hembra! Largo de aquí. Ya verás, amo, para lo que me sirven tus historias. ¡Largo!

Y, enarbolando la cayada, la volteó sobre su cabeza y la descargó furiosamente sobre las espaldas del amo, que cuando se repuso y quiso hacerle cara no consiguió sino que mi padre tirase lejos la cayada, y ya con uñas, dientes y pezuñas le agredió gozoso, pateándole con furia. Cuando se cansó le dejó respirar, incorporarse y huir, mientras iba descargando contra él las piedras más certeras que salieron de su mano a impulso del brazo más templado de toda la serranía.

Vibrante, excitado por la lucha, la pelambrera revuelta, el pecho jadeante, al descubierto por entre los jirones de la camisa, echó a correr hacia el socavón donde mi madre le aguardaba, sumisa y enamorada, y allí yació con ella a su placer con fieros estremecimientos de tigre en celo, que rindieron para siempre a la hembra. Ya dije que tenía mis motivos para estar orgulloso de mi padre.

p. 215VI

No creo que al principio la noticia del incesto conturbase mucho a mi padre. ¡Qué sabía él! El instinto le había llevado hacia una mujer y el instinto nada le decía en contra de esta querencia, aun después de saber que aquella hembra era su madre.

Se dispuso a seguir queriéndola, como hasta allí la había querido, dándosele un ardite de la extraña y absurda circunstancia que infundía un sentido criminal a su noble y sana apetencia.

Pero aquel que en los primeros momentos se le antojó levísimo contratiempo, empezó a escarabajearle en el meollo y ya no le dejó sosegar. Me imagino la estupefacción de mi padre al ver que una cosa tan nimia, tan insignificante, se le oponía tenaz, dispuesta a torcer su voluntad. Presto a defender su hembra contra los mayores obstáculos del mundo, a los que él otorgaba una representación plástica de grandes moles de granito, hierros, llamas, garras, dientes, veíase acometido por una imperceptible dificultad, que él no creyó nunca tuviese valor alguno. Decir a mi padre que una imposibilidad moral había de obligarle a refrenar su apetito era como torcer el curso de un río con procedimientos suasorios.

Desgraciadamente, no era mi padre tan entera alimaña p. 216como debió ser, y no obstante su fortaleza contra los corpóreos enemigos, se dejó tomar y vencer por aquel inaprensible adversario de su dicha.

La agresión de que había hecho objeto al amo le aconsejaba huir de aquellos parajes, y cuando fue de noche, mi padre, mi madre y yo emprendimos la marcha, siguiendo los más difíciles atajos y las sendas más extraviadas.

Durante el camino caviló mucho mi padre, tomado ya por aquel artero adversario de su instinto, y no tardé mucho en darme cuenta de cómo sin querer empezó a repeler a la hembra que, atemorizada por la noche y el frío, buscaba su cobijo.

Anduvimos hasta el amanecer y ya entrado el día topamos con una cuadrilla de segadores nómadas, a los que nos unimos. Dos o tres semanas vivimos en su compañía. A lo largo de aquellos días yo pude darme cuenta de cómo el asco iba venciendo en mi padre aquella inclinación primera que le llevó al incesto. La cavilación, el dar y dar vueltas del exiguo meollo en torno a aquella infranqueable barrera fueron arruinándole y dejándole requemado, correoso, extinto. Repudiaba, al principio con dulzura, luego con furor, a la infeliz madre de entrambos, cuyas entrañas no habían sabido adivinar la tragedia, y pronto la vida fue imposible a su lado. Se separó de los segadores y muchos días estuvimos vagando y merodeando por los caseríos de la comarca. Mi madre p. 217proveía a nuestra subsistencia buscando raíces, hurtando racimos, trabajando, a veces, en las duras faenas del campo, allí donde por caridad querían darle quehacer. Mi padre, más ensombrecido cada día, íbase, desde que apuntaba el día, a la bodeguilla, y allí se estaba bebiendo en silencio, jarro tras jarro, el vino turbio y agrio, hasta que anochecido se reunía con mi madre en cualquier chozo abandonado. Ella, rendida de la faena del día, de sus hambres y sus dolores, aún tenía ánimos para ofrecérsele blandamente enamorada. Entonces él se desataba en denuestos y la golpeaba. Yo he sentido alguno de aquellos golpes sobre la tersa esfericidad de su vientre y por ella temí más que por mí.

De mal en peor seguimos arrastrando nuestro dolor por todos los caminos. Un fatal designio nos iba acercando a nuestra aldea. Creo que era mi madre la que, sintiéndose próxima a dar a luz, derivaba hacia el viejo campanario tan amado. Mi padre se dejaba llevar insensible a todo lo que no fuese su furor. Una tarde que no había bebido demasiado le sentí llegar suavemente hasta mi madre. Parecía contento. Cantaba, silbaba, reía con estrépito y se dejaba acariciar por las manos destrozadas de mi madre, que lloraba de alegría, viéndole otra vez junto a sí. El infeliz estaba contento aquella tarde. ¡Pobre padre mío! ¿Por qué te dejaste vencer por aquel invisible enemigo? ¿Por qué perdiste tu recia animalidad? ¿Por p. 218qué dejaste de ser una buena alimaña de Dios para convertirte en algo menos que un hombre y que una bestia?

Aquella tarde se dejó llevar de las caricias de mi madre y fue incestuoso una vez más.

VII

Pero a la otra mañana, cuando al lucir el sol vio claramente su pecado recortado en el azul del cielo, sintió un asco invencible, una infinita repugnancia. Y apaleó a mi madre.

¿Cuánto sufrió aquella mujer? ¿Cómo se explicaría la desdichada aquellos ramalazos de locura de su amado? ¿Qué infinita bondad no habría en su alma cuando se los perdonaba?

Trabajando, padeciendo, hambrienta, odiada y apaleada cada día, como un perro sarnoso, llegó mi madre al noveno mes de su embarazo. No dudo de que grandes debieron ser sus pecados; mas dificulto que haya habido una tan terrible expiación como la suya.

Hace no más que veinticuatro horas estaba en un rincón de nuestra cueva, a la que habíamos vuelto, y era tal su congoja, tan incomensurable su dolor, que pedía a todos los poderes de la tierra y del cielo la librasen de la vida.

Los poderes incógnitos no fueron sordos a su súplica. p. 219Una vez más llegó mi padre ebrio de dolor y de vino, y una vez más fustigó las carnes maceradas de la infeliz. Revolviose ella, por primera vez, contra el castigo y pidió a mi padre que por los clavos de Cristo no la martirizase más, o por lo menos le dijese qué causas tenía aquel odio salvaje.

Mi padre no pudo contenerse por más tiempo y se lo escupió a la cara, al mismo tiempo que, echándole las manos al cuello, le apretó con furia, no sé si de odio o de apetito. No sé.

Como no sé tampoco si mi madre murió víctima de la presión de los dedos de mi padre, engarbados a su cuello, o del horror y el asco de su crimen.

VIII

De esto hace ya unas horas. Mi padre cayó minutos después en las garras de la justicia, que lo ahorcará bonitamente. En cuanto a mí, pocos son los que se han ocupado de salvarme. Creen que ya estoy muerto y que el mundo no ha debido ver la aparición de un engendro tal del crimen cual yo debiera ser. ¡Pse! Tal vez tengan razón.

Unas aldeanas piadosas están velando el cadáver de mi madre, en cuyo centro esta redoma en que yazgo va enfriándose por segundos. Pronto dejaré de existir.

Y no me pesa.

p. 220

EL ÁNIMA DE LA VIEJA

Cuando la conocí ya estaba hecha una pavesita. Era vieja, tan retevieja, que hasta la cuenta de los años había perdido. Vivía en uno de los cuartos del desván desde hacía quién sabe el tiempo y pudiera creerse que la vertiente del tejado, pesando sobre su cabeza cana, había ido humillándola, hasta clavarle la barbilla en el esternón y hacer que su espinazo se arquease tenso ya y a punto de lanzar al espacio la flecha de su alma.

La mitad de sus días se le iba con el rosario entre las manos y sentada ante la angosta buhardilla, desde la que admiraba, con sus ojuelos quietos y blanquecinos, la inmensidad del mundo, la grandeza del creador y el gracioso ir y venir de las nubes, en las que a veces cabalgaba su fantasía, yéndose con ellas, en dilatados viajes, a regiones de ensueño, pobladas con loca confusión por los esmaltes y colores de su infancia, las tintas planas y aurirrojas de su juventud, las perlas de sus sartas de lágrimas y el oro viejo de la liturgia. Entonces era cuando se le iba el santo al cielo.

Un viejo bote de tomates, lleno de tierra negra y coronado de hierbabuena, representaba ante ella el milagro de la vida inagotable, y al otro lado de la ventana un jilguero cautivo le renovaba cada día el p. 221espectáculo del dolor. Eran sus asideros a la realidad. Sin la hierbabuena y el pájaro, la vieja, arrebatada por las nubes, se hubiera perdido fácilmente en el espacio.

La otra mitad de la escasa vida que ya le restaba se la llevaba la escalera. Eran ciento y pico de escalones, que ella, al subir y al bajar, repasaba cuidadosamente, tanteándolos una vez y otra con el balbuceo de sus piernas, trabadas por el reúma, que de tiempo en tiempo le obligaba a guardar unas grandes pausas, ilustradas con hondos suspiros. Arrebujada en sus trapitos negros y recorriendo este calvario de la escalera la vi por primera vez. Otras muchas veces la hallé después en el mismo sitio, cobrando fuerzas en los descansillos o ganando trabajosamente los peldaños.

Mi relación con ella no pasó de ahí. Padecía, según me dijeron, un mal genio insoportable y no pocas rarezas; esto la hacía andar por el mundo más sola y desamparada aún, ya que la acritud de carácter, las rarezas y manías favorecen y disculpan nuestra impiedad para con los viejos. Vivía con una gran miseria, clara y limpia, eso sí, de la menguada caridad de unos parientes remotos, que no querían turbar su conciencia dejando que abiertamente se muriese de hambre. Y así iba tirando la pobre. Jamás hablé con ella ni le mostré interés alguno. ¡Bah! —me dije—. Una pobre vieja que espera a morirse del todo después de una vida humilde y vulgar.

p. 222

Supe después que aquel invierno lo había pasado muy mal; mi mujer le envió algunos días un poco de calor para sus pobres huesos ateridos, unas medicinas, unos alimentos, no sé. Esto me valió, cuando de nuevo la encontraba en la escalera, unas largas miradas de gratitud, de las que ni siquiera supe descubrir el significado. ¡Qué pocas veces nos merecemos la gratitud que se nos tiene!

Un día antes de que llegase la primavera, cuando ya la habían venteado los gorriones que anidan en el alero, la vieja se sentó una tarde ante el cuadro azul de su buhardilla y, mirando embelesada al cielo, satisfizo su aspiración de diluirse en él. Su cuerpo, ya sin vida, quedose sentado ante la guardilla, mirando con los ojos, más abiertos que nunca, aquella teoría de tejados y azoteas, que habían constituido para ella, en los últimos años, todo el espectáculo del mundo. Ni la hierbabuena ni el pájaro, que seguían trabajando y sufriendo, se enteraron de lo que había ocurrido.

Cuando se encontraron muerta a la vieja, vinieron a preguntarnos si queríamos hacer algo por ella, ya que éramos sus protectores. Advierto que este pomposo título nos había costado apenas el trabajo de alargarle unas cuantas cosas inservibles. Dispuse todo lo necesario para su enterramiento, hice decir unas misas por su alma y mandé recoger del desván sus p. 223trastos y cachivaches para conservarlos, por si alguien aparecía reclamándolos. No vino nadie.

La buena vieja estaba más sola de lo que se creía. Todo su mundo había desaparecido en el transcurso de unos años y unos tras otros habían ido hundiéndose en el polvo los parientes, los amigos, los conocidos. Sin darse cuenta exacta de la catástrofe que presenciaban sus ojos en aquellos últimos veinte años, veía cómo la muerte barría las lilas de las personas amadas o simplemente conocidas. Hoy era un hermano, mañana aquel amigo, el otro tal o cual grande hombre de su época. Había llegado el fin del mundo y solo ella quedaba ya para llorarlos a todos y rezar por ellos, sola, trágicamente sola, en un mundo nuevo, con cuyos habitantes no llegaría a entenderse.

Y no eran solo las personas las que le abandonaban: eran también las cosas, todas las cosas de aquel viejo mundo tan amado, las que se deshacían en polvo, disueltas en aquella gran tragedia de su longevidad. Todo había desaparecido al transformarse, al encarnar en la carne de aquella nueva humanidad que desconocía la vieja. Las casas, las calles, los jardines, la ciudad entera habían desaparecido, e inútilmente buscaba la longeva las antiguas sugestiones del mundo, los gratos lugares de su juventud, recorriendo torpemente las tradicionales sendas, que a duras penas podía reconocer. Envuelta en sus tocas asomábase alguna vez al mundo, después de la gran catástrofe p. 224del tiempo, y los grandes comercios, las calles amplias y rectas, pobladas de monstruosos palacios, los cafés y las cervecerías, los trenes, la luz y el estruendo le hacían perder la pista de las viejas veredas urbanas, por entre las que andaba como entre unas ruinas. Aquella gran ciudad, enjoyada de luz, cubierta de mármoles y bronces, no era para la viejecita más que una ruina. La ruina de un mundo, el suyo, aquel para el que prematuramente había sonado la hora final.

Al morirse murió con ella para siempre aquel mundo a que había pertenecido. Ya nadie, después de ella, podrá evocarlo con limpieza y netitud. La nueva humanidad creerá que tiene apresada en sus museos y sus archivos el alma de aquellas horas, y hasta algunos insensatos pretenderán hacerla revivir artificialmente con sus evocaciones; pero la verdad es que aquello murió y jamás volverá a ser vivido. Podremos escudriñar en el porvenir y saber acaso con absoluta precisión lo que ha de pasar; pero el secreto del pasado es impenetrable para nosotros. De lo que fue, nunca sabremos nada. Ha habido en el mundo muchos profetas; pero nadie ha tenido el don de la historia, de la verdadera historia.

Esta íntima convicción de nuestra incapacidad historicista me hacía mirar los viejos trastos que pertenecieron a la vieja con el mismo respeto con que miro el hacha de sílex en los museos de prehistoria.

p. 225

Pronto la figurilla feble de la vieja fue borrándose de nuestra memoria. La hubiésemos olvidado del todo a no ser por la presencia de aquellos cachivaches que le pertenecieron, y que conservábamos, aun a sabiendas de que nadie vendría ya a reclamarlos. Me parecía que malbaratar aquello era como aventar las cenizas de la vieja, borrar el rastro que había dejado en el mundo. ¡Es tan insignificante lo que queda de una vida!

La curiosidad de mi mujer profanó un día aquellos despojos. Anduvo revolviendo en los apolillados cajones de una cómoda de la vieja, que conservaba intactos los últimos hálitos de su existir, y —Eva siempre— me hizo tomar parte en aquella profanación.

—Ven, mira las cosas que tenía la vieja.

Toda una tarde estuvimos revolviendo sin piedad en aquellos cajones, atestados de viejos vestidos de seda, galas convertidas en jirones, ropa blanca de un blanco ahuesado por el tiempo, refajos remendados, pelerinas y cortinas de encaje, cuyos tules finísimos se deshacían entre los dedos. Mi mujer se dedicó al expurgo de los trapos y yo me apoderé de un crucifijo de marfil y unos paquetes de cartas, documentos y daguerrotipos. Fue un infame saqueo.

De entre todos los trapajos que conservaba la vieja, únicamente se halló en buen uso un vestido de seda tornasolada, a la moda isabelina, que debió satisfacer, p. 226con el énfasis de sus encajes, la pompa de su corte amplio y el brillo de sus lentejuelas, la aspiración de fastuosidad de la pobre vieja, allá en el momento culminante de su existencia.

Se me antojó hacer un retrato a mi mujer, vestida con aquellas galas, a las que por excepción no encontraba ese desconcertante sabor a disfraz que tienen todos los trajes de época. Le hice, pues, ponerse aquel vestido y componer su peinado a tono con los figurines del período isabelino: requerí la paleta y los pinceles y me puse a pintar.

Trabajé con fervor, intentando seguir la sugestión de aquel traje; ajusté mi técnica a la de aquella época germinadora del impresionismo y creí hacer una buena obra de arte. No lo conseguí, a pesar de mi obstinación y mi entusiasmo. Lo que ha sido, no volverá a ser; y como no me satisfacía aquel pastiche que mi perseverancia fraguaba, empecé a desesperar.

En cambio, mi mujer, que había vestido aquel traje de difícil conformación con cierta repugnancia, empezaba a saberlo llevar con gracia. Al principio le parecieron absurdas aquellas mangas quebradas, insoportable aquel acinturamiento y entorpecedora y fea aquella cola redonda que envaraba sus movimientos. No en vano estaba habituada a las flojas y someras vestiduras de nuestros días. Pero a poco de posar ante el lienzo, y mientras yo luchaba inútilmente con líneas y colores, ella había conseguido p. 227humanizar de nuevo el traje muerto, se había identificado con él y sabía interpretarlo fielmente con el ademán, el gesto y la actitud.

Esto hizo que cada vez pintase menos y mirase más. Me convencí de la inutilidad de mi esfuerzo y tuve que contentarme con admirar la instintiva capacidad artística de mi mujer, muy superior a mi impotente capacidad profesional.

Un día de buen humor hice que mi mujer vistiese el traje de seda de la vieja, no para posar ante el lienzo, sino para sentarse a la mesa. Comimos, charlando de cosas indiferentes, que más que nada eran pretextos para que mi mujer hiciese jugar las vetustas sedas, que exhalaban suaves murmullos de gozo, estremecidas por el contacto con la juventud de aquella mujer hermosa, grato contacto con el que seguramente habían soñado años y años, arrugaditas en el fondo de su humilde sarcófago.

Mi mujer, identificada ya con el alma del vestido, estuvo deliciosa y yo fui feliz por unas horas, y conocí entonces toda la sana alegría, el optimismo y el contento de estar vivo que atesoran esos encantadores lienzos de los maestros holandeses, titulados, invariablemente, «El pintor y su esposa».

Al final de la comida hice destapar unas botellas de mistela y de licor de rosa que había capturado en las profundidades de una antigua bodega. El inocente p. 228licor de rosa tiene, no obstante su candorosa dulzarronería, una hipócrita malicia de niño travieso que desataba las lenguas de nuestras abuelas y hacia brillar sus ojos en los saraos entre las celosías de las mantillas y los pericones.

p. 229

LA MUERTE
DEL ESPÍRITU ADÚLTERO

I

Una hora después de haber cenado, mediada ya la botella de licor de rosa y cansados mi mujer y yo de nuestras incursiones por frívolos andurriales, fuimos tomando en nuestra charla el empaque de dos tipos auténticos de la época romántica en sus últimos años.

En cuanto a mí no me sorprendía verme representando aquel panel tan fácil, tan hecho, tan visto en libros, museos, archivos y escenarios. ¿Pero y mi mujer? Con la misma gracia, mitad dengosa, mitad desgarrada —entre el romanticismo y el naturalismo— de una dama de la corte isabelina, evocaba gestos, ademanes y actitudes de la época que yo no recordaba haber descubierto jamás en los cuadros de aquel tiempo ni siquiera en aquellos primeros daguerrotipos que ya hoy tienen la calidad artística y el valor expresivo de una visión personal. Puedo decir que en sus maneras, lenguaje e inflexiones de voz revivía exactamente el espíritu del romanticismo en sus postrimerías. Fue en aquella ocasión cuando aprendí de una vez para siempre el tono romántico que desespera a mis émulos y desconcierta a mis críticos, imposibilitados para contrastarlo.

Debo advertir que mi mujer es adorablemente inculta; no tiene la menor idea de nada. Es de una blanda p. 230humanidad en la que yo con mis pulgares he impreso algunas huellas y en todo momento me reconozco a mí mismo allí donde mi mujer se acusa. Pero en aquella ocasión empecé a sentirla extraña y terminé reconociéndola reveladora.

II

No soy un espíritu ni otorgo el menor crédito a los cándidos investigadores de lo sobrenatural. No hay más espíritu que el mío. Es posible que a mi alrededor vaguen cientos y cientos de almas en pena, pero todas esas almas no son más que reflejos de una: de la mía. Las tolero mientras me divierten; cuando empiezan a molestarme las mato. No concibo, pues, los remordimientos ni todas esas zarandajas inventadas para hacer odioso el delito. Si el ánima de mi padre viniese a importunarme, la estrangularía y me iría a tomar el sol. No tengo, sin embargo, necesidad de usar procedimientos de violencia. Cojo las almas en pena y las convierto; todas sirven a mis necesidades. Unas me impulsan al bien, otras a la verdad, otras a la belleza; algunas me dan saludables lecciones; otras otorgan plasticidad a mi pensamiento; otras, en fin, me advierten cuándo debo limpiar mi estómago... He hecho de ellas mis más fieles servidores. A todas las reconozco en cualquier momento y bajo cualquier disfraz como p. 231reconozco la sombra de mi cuerpo por muy desfigurada que la perspectiva me la presente. Analizo estas proyecciones de mi alma con la meticulosidad de un profesor alemán; sé, al céntimo, cómo está con ella mi economía; descubro cuánto me deben los espíritus superiores y reconozco mi deuda para con los que llamo kamarrupas. Y, sin embargo...

He aquí una proyección con la que no he podido identificarme.

III

Imaginad el desdichado papel que uno de nuestros cómicos actuales, caracterizado a la usanza del año sesenta, representaría con su desentono, sus anacronismos y su incomprensión en una auténtica tertulia de por aquellas fechas. Esta era exactamente mi situación respecto a mi mujer aquella noche. Milagrosamente, aparecía ella como un tan fiel trasunto de la juventud de su abuela que, en cada palabra, en cada gesto, se desviaba medio siglo de mí mostrando lo artificioso y falso de mi incompleta reconstrucción espiritual de la época. Por primera vez mi mujer era distinta de ella misma y de mí. No nos entendíamos. El espíritu de alguien —el de la vieja del desván acaso— se había metido de por medio.

Al principio hice inauditos esfuerzos por ponerme p. 232a tono. Evidenciaba, sin embargo, a cada momento la naturaleza histriónica de aquella resurrección mientras mi mujer seguía jugando con maravillosa soltura aquel vestido de seda tornasol de tan gozoso modo que yo sospeché que el cuerpo juvenil de mi esposa había estado penando hasta hallar su propio y natural completo en aquel hábito.

Y así, sugestionado, procuré seguir la farsa.

IV

No tardó esta en hacérsenos imperceptible. Nos creímos que habíamos vuelto a nuestra sinceridad, nos olvidamos de la máscara y, ya sin precauciones, seguimos charlando a placer arrellanados en un diván que arrastré cerca de la chimenea. Dejé el comedor a media luz y allí, enlazando por la cintura a mi mujer, me dejé llevar por el encanto de aquella confortable y sugeridora ocasión.

Permanecimos algún tiempo en silencio. Mi mujer alargaba sus piececillos hasta la chimenea y parecía obsesionada con el lengüeteo de las llamas. Su cara, entintada en rojo, parecía la cara de esas muñecas de cera furiosamente carmíneas y por un momento temí se derritiese al calor de la lumbre. Su ensimismamiento era más hondo cada vez. Para contestar a mis preguntas parecía hacer un largo viaje a través de p. 233unas remotas regiones en las que le sorprendían mis llamadas. Eludía mis interpelaciones con un monosílabo y volvía a irse. ¿A dónde? Yo no lo sabía y empecé a sentirme molesto. Le costaba un gran trabajo atenderme. Hacía visibles esfuerzos para venir conmigo, pero creo que contra su voluntad volvía a escapar a sus paisajes ideales, por más que yo la retenía, la acosaba a preguntas y la estrechaba entre mis brazos.

Esta insistencia empezó a causarle molestia. Cada vez contestaba de peor gana a mis requerimientos. Llegué a serle insufrible; me contestó al fin violentamente y se separó de mí colocándose al otro extremo del diván con la cara entre las palmas de las manos y las pupilas fijas en el fuego.

Me levanté airado ante aquella inexplicable actitud y comencé a medir la habitación con largos y fuertes pasos. Empecé entonces el monólogo de las recriminaciones. Debo declarar que al principio fui un poco farsante. Es más; me agradaba aquella actitud desdeñosa de mi mujer. Y como me gustaba la escena que estábamos representando, extraje cuidadosamente de la realidad todas las raíces de los minúsculos hechos cotidianos que podían hacer florecer en mis labios el reproche. Estaba muy contento de mi inventiva. Mis quejas sonaban bien. Reproché a mi mujer su falta de cariño, su desdén por mis preocupaciones, su incomprensión para mis inquietudes p. 234espirituales. Aquel monólogo tenía emoción y fui subiéndolo de tono con cautela al principio, con desapoderado entusiasmo después.

Ella, a medida que crecía el énfasis de mis acusaciones, mostrábase más ceñuda. Estaba a tono también. Mantenía su mutismo con una gran entereza, una llamita roja ardía en sus pupilas, y sus labios, aplastados el uno contra el otro, eran como un signo de dolor. Yo, que la miraba de reojo mientras recitaba mi monólogo, me desconcerté un poco. Hice una transición, y ya sinceramente y a lo que yo creí sin farsa, la interrogué:

—¿Pero qué es lo que ha pasado entre nosotros, mujer? ¿Por qué estás así? ¿Te han dolido mis reproches? Ea, dejémonos de farsas. Mis reproches no han sido sinceros. Son ganas de jugar a sufrir. A veces, esta naturaleza nuestra tan adicta al dolor se irrita cuando no lo siente cerca y, ¡ya ves qué tontería!, lo finge. ¿No te ha pasado igual algunas veces, chiquita? El dolor es tan consustancial para nosotros que cuando no aparece en nuestra vida, tenemos necesidad de inventarlo. ¿No has sentido tú nunca el deseo de padecer, y por padecer has inventado tú misma un sufrimiento? Pues así han sido mis quejas para contigo. Dolor imaginario. Ganas de sufrir que tiene esta carne viciosa de que estamos hechos. ¿Qué tengo yo que reprocharme, mi alma?

No respondió la mujer a estas sensatas y sinceras p. 235palabras. Seguía impenetrable, extraña. Sus ojos continuaban fijos en un punto ideal y su boca contraída hacía una mueca de enojo tan exacta que me exasperé y cogiéndola por un brazo la sacudí con fuerza:

—Mírame.

No me contestó tampoco. Furioso por aquella estúpida terquedad estuve a punto de golpearla. Pero sentí la carne de su brazo tan blanda bajo la presión de mis dedos atenazadores que la solté temiendo desgarrarla. Volví a mis razonamientos. Jamás he sido tan sensato, tan paciente. Y eso que una furia infernal iba tomándome por dentro, encendiéndome la sangre en las venas y cegando los veneros de mi razón.

Conteniendo mi ira me propuse forzar su dureza y llegar hasta el fondo de su alma con suasorias palabras. Ya entonces no discurseaba. Me preguntaba a mí mismo qué había ocurrido entre mi mujer y yo para que de improviso nos sintiéramos extraños, remotos, desconocidos. ¿Qué era lo que se había interpuesto? ¿Qué obstáculo me había cortado el camino de su corazón, ancha vía siempre abierta a mi deseo? Suavemente fui envolviendo a mi mujer en mis blandas caricias. Era indudable que había sufrido una especie de letargo espiritual y había que hacerla reaccionar. Extremé mi amoroso afán y entonces sonaba ya mi voz con aquel mismo tono mayor de las declamaciones p. 236románticas. Era absolutamente sincero, sin embargo.

Me deslicé a los pies de mi mujer y allí, abrazado a sus rodillas, hice desgarradas invocaciones a su alma, conjurándola para que abandonase sus lejanías y volviese a mí. Este tono mayor debió ser más eficaz, porque advertí en mi mujer algunos indicios de una honda lucha y, creyendo llegado el instante de romper el encantamiento, le sujeté la cabeza con las manos y alzándola le pedí:

—Mírame.

Lentamente, como obra de un sobrehumano esfuerzo, fue alzando hasta mí el rostro; pero cuando sus ojos dieron con los míos no pudieron resistir mi mirada y los vi fundirse en lágrimas y cerrarse vencidos. Cayó sobre el pecho la cabeza; con un furioso ademán me rechazaron sus brazos, y allá se fue sollozando avergonzada al más sombrío rincón de la estancia, donde, con la cara escondida bajo el brazo, estuvo llorando sin consuelo, tomada de una congoja tal que parecía haber caído sobre ella todo el dolor del mundo.

V

Fue tal el desconcierto que me produjo aquella actitud de mi mujer que tardé algún tiempo en reaccionar. p. 237Menos aún que su enojo me explicaba su dolor. ¿Qué pasaba en el alma de mi mujer? Me esforcé en dar una interpretación racional a tales estados de alma y a poco que medité creí haber descubierto el sentido de aquel desdén primero y aquellas lágrimas que le habían seguido. Es indudable —pensé— que mi mujer se declara culpable. ¿Culpable? ¿De qué? ¿Adulterio? Empecé rechazando la hipótesis por absurda. Habituado a una absoluta sumisión de mi mujer, no concebía que su alma, modelada a imagen y semejanza, se volviese contra mí. Cierto que nunca le presté una extraordinaria atención; pero no era menos cierto que ella no la requería. A veces estaba días y días sin dedicar una hora a mi esposa; pero yo sabía a ciencia cierta que una frase mía, un gesto, bastaban para cubrir sus necesidades espirituales durante una semana. Tenía un alma pequeñita, a cuya sustancia subvenía yo con largueza. Mi mujer no necesitaba más.

Reconocer por otra parte la posibilidad de un adulterio de naturaleza puramente física me parecía más absurdo aún y apenas formulé la suposición.

Pero allí estaba, sin embargo, mi mujer llorando, con tan claro llanto de culpable, con la cara escondida y rehuyendo mi contacto con tal repugnancia que la hipótesis iba tomando cuerpo y perfilándose al fin netamente como síntesis de la dolorosa escena. Quise rechazar el supuesto, pero ya no podía. ¿No era p. 238así, con aquellas mismas actitudes e idéntico ademán como todas las heroínas del mundo se han declarado culpables?

Menos trabajo me costaba aceptar la idea de la culpabilidad de mi mujer que explicármela. Esto se hallaba fuera de toda previsión y toda lógica. Pero estaba tan terminada la escena que acabábamos de representar, tenía tanta plasticidad aquella tácita confesión, que tuve que rendirme a la evidencia. Mi habitual sensatez, mi cerebralismo, si se quiere, me hacían rechazar de plano el supuesto, pero son tantos los hombres sensatos que han hablado de lo ilógico y absurdo de la mujer en sus relaciones sexuales, se ha dicho tantas veces que las mujeres son arcanos insondables y que el amor no resiste las disciplinas de la razón, que abdiqué de mis convicciones, y ya en el vacío, una vez otorgada personalidad al absurdo, me convencí de que mi mujer podía muy bien haberme estado engañando a mansalva.

La amargura que este reconocimiento me trajo no fue tanta por el dolor de sentirme engañado como por el desencanto de ver fallidas todas mis previsiones. Era un fracaso moral tan grande que a su lado se empequeñecía la molestia física de sentirse cornudo.

Al rato de estar rumiando pacientemente este dolor, este fracaso, me revolví airado contra mí. ¿Qué hombrezuelo miserable era yo que así me entretenía p. 239en desmenuzar mi desdicha? Había que dejarse de disquisiciones. «Ya ves —me decía— a lo que te han traído tus especulaciones psicológicas. Mientras tú creías jugar con el corazón de tu mujer como un diosezuelo, ese corazón navegaba a la deriva por el mundo a merced de las olas y de los pescadores. Sacude tu estúpido cerebralismo, olvida tus proposiciones y tus razonamientos, alza los brazos y la voz, grita, patalea, ruge, sé hombre alguna vez. ¿Crees que ser hombre es encadenar tus sensaciones y tus movimientos a ese eterno y silencioso devanar de tu conciencia? ¡A vivir, majadero! ¡Triste cornudo reflexivo! Grita, lucha. ¿No ves que tu mujer se huelga con algún hermoso animal mientras tú estás rumiando tus meditaciones?».

VI

Sentí el acicate en los ijares y me alcé magnífico yendo con mensurados pasos hacia el rincón donde mi mujer yacía entregada a sus lloros. Iba amasando mis insultos, disponiéndome a echarle las garras al cuello y convenciéndome de que mi honor (mi honor, mi honor, cómo retumbaba la palabreja allá dentro) exigía una cruenta satisfacción. Pero al mismo tiempo había en mí otro yo, cándido y simple que procuraba asirse a la realidad diciéndose que todo p. 240era una fantasía, que no había tal adulterio y que pasadas unas horas aquella lucubración dolorosa se desvanecería. Y aun había dentro de mí un tercer personaje, diablillo maligno que asistía como espectador a la tragedia o el sainete, que se preparaba frotándose las manos de contento mientras repasaba el programa de la función.

Cuando sintió que me acercaba, mi mujer se alzó con presteza, sacó sus ojos con sobrio ademán y me conminó:

—No te acerques a mí.

—Como quieras. De cerca o de lejos hemos de hablar —le respondí.

—No hablemos más; no me atormentes ni exijas de mí una explicación que no sabría darte.

—¿Eres de verdad culpable?

Un prolongado silencio y una leve inclinación de su cabeza, cuyos ojos se cerraron, me dieron la respuesta. Aquella certeza de mi mal acabó con todos mis distingos. Ya no había en mí más que aquel extraño ser que quería acusar su hombría, su animalidad. Era un tipejo bárbaro con los ojuelos encendidos de furor, los labios gruesos, el pecho cubierto de vello y las piernas musculosas y torcidas que se agazapaba dentro de mí, dispuesto a saltar sobre su presa. Le tiré de la cadena y seguí interrogando a mi mujer.

—¿Por qué me has abandonado?

—No me preguntes nada. No sé.

p. 241

—¿Cómo has podido mentir un día y otro? ¿Es posible que tu alma no te haya traicionado?

—No sé; no sé.

—¿Cómo has podido aceptar sin repugnancia mis caricias siendo culpable? ¿No has sentido siquiera el deseo de librarte de mí? Si no me amabas, si querías a otro, ¿por qué no me lo dijiste?

—Ahora te lo he dicho.

—Ahora es tarde ya. Me has injuriado sin necesidad. Tú sabes que te hubiese dejado seguir libremente tu deseo. Has sido así conmigo porque eres torpe y ruin. Solo quisiste ofenderme. Nada sé de culpa, pero adivino que tu caída ha sido una baja apetencia de bestezuela sensual. ¿No amas a ningún otro hombre? Si verdaderamente estuvieses enamorada de tu amante, ¿le hubieses hecho pasar por la abyección de compartir tu cuerpo entre él y yo? No digas que le quieres, ramera.

—Le quiero; por quererle con toda mi alma soy culpable. Tuya soy; te pertenezco; puedes vengarte en mí; pega, insulta, mata, que por amor de ese hombre he de sufrirlo todo.

—Mientes, mientes. No le quieres, dime que no le quieres. Ningún daño te haré; pero no me digas que le quieres. Dime que caíste con él porque sí, porque te vino en gana; que caíste con él y con otro y con otro. Pero no mientas, no blasfemes invocando el amor para cubrir tus liviandades de cortesana.

p. 242

A mi pesar, el tono exaltado que empleaba mi mujer íbame arrastrando las palabras, las inusitadas y retumbantes palabras de los melodramas que salían de mis labios, llegaron a sugestionarme. El hombrezuelo bárbaro saltaba y el diablillo no recataba su contento.

—Puedes ofenderme cuanto quieras —repuso con voz sombría mi mujer—; pero no me harás renegar de este cariño a un hombre por quien lo he sacrificado todo. Le amo más que a mi propia vida. No me hagas repetirlo. Castiga, insulta, mas no intentes arrancarme una confesión de liviandad que sería un engaño más. Bastante te he mentido ya.

—Mientes ahora, como mentiste antes. Quieres a ese hombre como a mí; te burlarás de él como a mí me has burlado. Yo te daré libertad. Te irás con él y cuando más confiado esté en tu cariño iré yo o irá otro y con flores, con golosinas o dinero, ¿con dinero mejor, verdad?, te haremos mentir de nuevo. ¡Pobre hombre si cree en ti, pobre!

—Basta, basta.

—¿Crees que no lo sé? Tú te vendes a poco precio y hay muchos compradores para golosina tan deseada como tú. ¿Qué? ¿Cuándo le serás infiel? ¿Por qué no le engañas ya? ¿A qué esperas? ¿Y por qué no ahora? ¿Y con quién mejor que conmigo?

Al decir esto me acerqué a ella suavemente. En mis labios había una sonrisa que debió parecerle feroz, p. 243porque apartó los ojos de mí horrorizada y con una entereza dramática que no pude prever cogió uno de los largos y terribles agujones de su peinado y asestándolo exactamente al lado del corazón, me dijo:

—Si te acercas, me mato.

Vacilé un momento; pronto me repuse; sin embargo, vi claramente el ridículo de aquella actitud, me pareció todo aquello tan inusitado, tan absurdo y grotesco que me eché a reír con una carcajada tan honda que no creo fuese yo quien la lanzase; más me inclino a creer que fuese cosa del diablillo que seguía muy complacido presenciando la escena desde la última butaca de mi conciencia.

Cautelosamente me acerqué a mi mujer y de improviso, con un rápido ademán le sujeté la mano, torcí el blanco brazo y arranqué de entre los dedos el aguijón que aspiraba a honores de arma mortífera. No resistió ella más y volvió a echarse de bruces en el diván, llorando sin consuelo.

—Vete, vete —me decía.

—¿Tanto le quieres? —le pregunté—. Es raro. Dicen que el amor no puede estar oculto y yo nunca te he notado ese desaforado amor.

—Vete, vete —repetía acongojada.

—Me iré —le dije—; no volverás a verme; tuya será esta casa, tuyo cuanto tengo. No oirás de mis labios un reproche ni una queja. Pero pruébame que es cierto ese amor. Demuéstrame que tu p. 244traición ha tenido por causa una noble apetencia y me iré. Te dejaré ser feliz si me convences de que mereces serlo. No me digas que amas a ese hombre; pruébamelo. ¿Callas? ¿Qué pruebas de amor podrás dar tú que no sea el ardoroso contacto de tu piel?

Se levantó furiosa.

—¿Quieres saber cómo le amo? —me preguntó.

—Sí.

—Espera.

Salió un momento; la sentí revolviendo en su secreter y a poco volvió con un paquete de cartas que sin mirarme arrojó sobre la mesa.

—Ahí tienes —dijo— el rastro de mi amor.

Se volvió hacia la chimenea. Cubrió sus desnudos hombros con un chal de cachemira y allí, de espaldas a mí, se quedó quieta y silenciosa.

VII

Recogí aquel paquete de cartas que me atrevería a decir me quemaba las manos si no fuese porque aún había un resto de sensatez en mí que me hacía ver todo lo que estaba ocurriendo con un desapasionado interés capaz de resistir a las fuertes sugestiones de la escena.

Dejando a mi mujer frente a los leños, me fui a mi estudio. Encendí allí una lamparita eléctrica que había p. 245sobre la mesa y su luz cayó sobre el paquete de cartas. Lo demás de la vasta pieza quedó en sombras, poblado por los mil y un espectros de mis preocupaciones artísticas. Desaté la cinta que unía aquellas cartas y empecé a repasarlas profundamente emocionado.

Había triunfado en mí el diablillo espectador, sobreponiéndose a todos los otros yo que pugnaban por salirme a la superficie. El diablillo les hizo callar a todos, golpeándoles con sus vejigas, mientras yo me arrellanaba en el sillón y me disponía a leer aquellas cartas del amante de mi mujer, un poco complacido. ¡Qué diablo! No tengo más remedio que decirlo.

Esperaba hallar uno de esos estúpidos epistolarios amatorios que sirven de burdo disfraz al apetito sexual y me regodeaba pensando que mi espíritu crítico iba a desnudar a mi rival, dejándolo a la intemperie.

Leí la primera carta. Si no hubiese seguido leyendo todo, se habría evitado. Era una carta tan desconcertante, tan extraña, tan anacrónica, que parecía mentira hubiese sido escrita por uno de esos hombres que andan por la calle, suben a los taxis, presencian los partidos de fútbol y se adueñan de las mujercitas inconsistentes de esos otros hombres distraídos que comentan a Spengler y asisten a los congresos científicos y las exposiciones artísticas. ¿Cómo no vi el anacronismo de aquellas cartas? No sé; esperaba hallar algo tan distinto, fue tan grande mi sorpresa que p. 246como por encanto perdí pie y me lancé al absurdo. Únicamente así me explico cómo pude dar crédito y realidad a lo que leía.

Hallé en aquellas cartas tal énfasis, tal engolamiento, una tan retórica versión del sentimiento amatorio, una tan plástica concepción de las pasiones que, por encima de todo principio, me arrastró el dramatismo de aquellas cartas, y ya abierto y vulnerable sucumbí fácilmente a la emoción que destilaban los ayes lastimeros, el rendido enamoramiento, el desesperanzado afán y el furioso deseo de aquel desconocido amador, que tan alto rango poético daba a su inclinación por mi mujer.

Me dejé llevar. Leyendo aquellas cartas obtuve la misma satisfacción que me proporcionaría el mejor poema romántico. Olvidé por completo la realidad, me desprendí de mi propia vida y durante una hora no alenté más que en pos de aquella avasalladora pasión. Admiraba la resistencia de la heroína, que se adivinaba a través de las apremiantes súplicas del enamorado doncel; medía el alcance de su dolor fluctuante entre el deber inexorable y el deseo invencible. A medida que las cartas iban pasando veía cómo su voluntad se quebrantaba a los certeros golpes de aquel inflamado amor, que con tan altas y vibrantes palabras se ofrecía, y llegó a parecerme excesiva su esquivez, fría su condición y empedernido su pecho.

Únicamente cuando se hablaba de él, del otro —el p. 247otro era yo—, recobraba el sentido de la realidad, dejaba a un lado la emoción retórica y examinaba fríamente la situación: pero aun entonces lo hacía como el actor principal de una comedia que atiende cuidadoso al desempeño fiel del papel que se le fía. Pero a poco que seguía leyendo volvía a dominarme la grandilocuencia del amante y ya no sentía más que el interés novelesco de aquella pieza retórica que tenía entre las manos.

En el orden cronológico de las cartas había una laguna. Aunque no estaban fechadas, se adivinaba que el epistolario se hallaba dividido por un lapso, en el que los amantes debieron verse y hablarse a diario. Había sido un verano, durante el cual el esposo —tenía que hacer un gran esfuerzo para recordar que el esposo era yo— había estado ausente. Dejé las cartas sobre la mesa y calculé. Aquella laguna correspondía a los meses del verano anterior, que yo dediqué a viajar por Italia. Esto me hizo identificar ya exactamente aquella novela epistolar con mi propia idea, el adulterio de mi mujer y la infelicidad que tan inocente y desprevenido me cogía.

Se me llenó el alma de amargura. Seguí leyendo. Aquellas cartas eran ya las cartas del amante. Durante mi ausencia, mi mujer había sucumbido. El amante, que había probado las mieles de la convivencia con el objeto de su amor, no se resignaba a la separación que mi regreso había impuesto y, un poco p. 248tirano ya, obligaba a mi mujer a dedicársele por entero. Menudeaban las furtivas citas. La espoleaba para que me abandonase. Ella debía resistir heroicamente aquellas sugestiones, y él, desesperado a veces, clamaba al cielo y a la tierra por su amada cautiva en el argel de mi hogar, mezquina y sombría cárcel para el amor que uno y otro se tenían.

¡Qué tristeza más grande la de ver mi casa tan clara, tan confortable y reidora, convertida en dura cárcel de un amor castigado! ¡Qué infeliz papel el mío, trocado de amante esposo en brutal cancerbero, guarda roñosa de un tesoro vivo, anhelante por sortear a cuerpo limpio las asechanzas del mundo, el demonio y la carne!

Las últimas cartas eran cada vez más apremiantes. Loco de amor, de celos y de rabia, el amante de mi mujer la obligaba a abandonarme, esgrimiendo contra ella terribles amenazas. La última carta fijaba un plazo improrrogable: mañana...

Miré la ventana. Pronto estaría alboreando.

VIII

Sentí un desconsuelo imponderable. El frío del conticinio se me había metido en los huesos. Tosí, y aquella tos seca de fumador impenitente me hizo sentir cómo estaba de desganado por dentro. Advertí por p. 249primera vez todo el asco y la podredumbre de una muela que nos ha roído la carie; todo el frío de las canas que se acusan como alfileres en los parietales entre la negrura del cabello, fuerte aún. Me molestaban los omóplatos: mis piernas habían adelgazado, y la barba, crecida en unas horas, se me antojó la excrecencia de mi sangre, que se fosilizaba allá dentro. Volví los ojos hacía mi interior y me encontré reseco, extinto. Bajo la bóveda craneana un gusanillo tragón rebañaba lo poco que de mi sustancia quedaba ya.

Me levanté con la premiosidad de una maquinaria desarticulada. Alcé el brazo hacia una de las panoplias que decoraban mi estudio y engarfié una pesada pistola de desafío. Metí el ojo por la boca del cañón. ¿Cómo se cargaban estas pistolas? —pensé—. ¡Ah, sí! Se cargaban por la boca. Saqué de un armario la carga. Esto es, el fulminante, la pólvora, la bala... Ahora hay que atascarla bien con la baqueta. Hay que ajustarla bien: luego fallan y se hace el ridículo. Ea, ya está. Ahora...

Abrí la ventana y el jardín se escondió más aún en la sombra y se quedó muy calladito, esperando en qué pararía aquello. ¡Cómo va a retumbar la detonación!

Volví a sentarme a la mesa con la pistola en la mano. ¿Qué me falta? Nada, nada. Me sonreí. Había pensado en un espejo. ¡Qué tonterías se le ocurren a p. 250uno! Es muy difícil, a veces, mantener la serenidad, por muy discreto que se sea.

Alcé la pistola hasta la sien...

IX

—¿Qué vas a hacer?

Mi mujer asomaba entre las cortinas su cara de cera, los planchados y brillantes bandos de su tocado y un brazo, envuelto en seda tornasolada.

—Nada —contesté—; hacía un simulacro de suicidio. Esto siempre es grato... no llegando hasta el final.

Y guardé la pistola impertérrito en uno de los cajones de la mesa.

—¿No piensas realmente en matarte?

—No. ¿Por qué he de pensarlo?

Me hizo mucha gracia la cara de espanto y desconcierto que tenía mi mujer.

Por un momento pensé, a seguida, que todo aquello había sido una farsa y que debía terminar ya.

—Bueno: dejémonos de tonterías. Es muy tarde; vamos a acostarnos —le dije con la mayor naturalidad, a tiempo que acudí a enlazarla por la cintura. Fue la última vez que toqué la realidad con la punta del pie. Mi mujer vaciló un momento; pero después me rechazó con asco.

p. 251

—¿Olvidas que no soy tuya, que pertenezco a otro hombre?

¡Otra vez el obstáculo! ¡Qué lata! Era como cuando se hace un nudo en los cordones del zapato. Y como cuando esto ocurre, me puse furioso. Habrá que cortar ese nudo —me decía sin remates—. Y lo corté.

X

No recuerdo exactamente las palabras que precedieron al suceso. Sé que mi mujer me repitió muchas veces que no podía ser mía, que me odiaba. Yo apuré hasta el último instante mi paciencia. Cuando esta se acabó, cogí un puñalito que de cortapapeles me servía y con él corté el nudo de mi zapato en la garganta de mi mujer, que de allí a poco se extinguió, repitiendo dulcemente el nombre el su amante.

XI

Todo esto es cierto, rigurosamente cierto. Yo maté a mi mujer una noche en que me confesó que tenía un amante, al que quería más que a su propia vida.

Lo triste es que aquel amante no existió nunca, y que, aun en el caso de haber existido, yo no hubiese matado por ello a mi mujer. Mi cultura, mis convicciones, p. 252mis sentimientos, todo, hasta el instinto mismo, me lo vedaba. Pero lo cierto es que cometí aquel bárbaro crimen.

Y que jamás creí ni creo pudiera cometerlo.

Y que ni siquiera hubo tal adulterio.

XII

—¿Y las cartas acusadoras? —me preguntará alguno.

¡Bah! Eran las cartas que conservaba la vieja del desván; la vieja que prestó su vestido y su espíritu a mi mujer aquella noche. En cuanto fue de día, lo vi claramente.

¿Que por qué se dejó matar ella? ¿Que por qué fue dócil, hasta el último instante de su vida, a la estúpida alucinación de creerse adúltera?

¡Ah! ¿Qué sé yo?

F I N