The Project Gutenberg eBook of Recuerdos de un anciano

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Title: Recuerdos de un anciano

Author: Antonio Alcalá Galiano

Release date: January 16, 2026 [eBook #77703]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, 1878

Credits: Ramón Pajares Box. (This book was produced from images generously made available by Junta de Andalucía / Biblioteca Digital de Andalucía, Spain.)

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Índice  •  Erratas

Recuerdos de un anciano

Nota de transcripción


Cubierta del libro

p. 1

RECUERDOS DE UN ANCIANO.


p. 3

BIBLIOTECA CLÁSICA.


RECUERDOS

DE

UN ANCIANO

POR EL EXCMO. SEÑOR

D. ANTONIO ALCALÁ GALIANO


MADRID

Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz

Colegiata, núm. 6.

1878


p. 5

AL LECTOR.


Al dar a luz, coleccionados y en forma de libro, los artículos que con el título de Recuerdos de un anciano, hace años y en vida de su autor se publicaron en la acreditada revista titulada La América, que a la sazón dirigía con sumo acierto el señor don Eduardo Asquerino, cedo al deseo manifestado repetidamente por muchas personas de valía de recorrer de nuevo las interesantes páginas que contienen, y que, aparte de su mérito literario, encierran una suma de noticias tan curiosas como ignoradas, y de cuya veracidad son garantía suficiente la prodigiosa memoria del escritor y la entera buena fe, que si resplandeció en su carácter cuando vivo, según es notorio, hoy se refleja fielmente en sus escritos.

El haber publicado el periódico Las Novedades el 11 de junio de 1862, tomada del Diario, la sesión de las Cortes en Sevilla de igual fecha de 1823, en que se adoptó la resolución de suspender al Rey para verificar la traslación del Gobierno a Cádiz, movió al autor, tanto de aquella célebre medida como de la presente obra, a escribir el primer p. 6artículo de sus recuerdos en La América, declarando entonces en un preámbulo al relato, que hoy se suprime por aparecer este hecho en el lugar que cronológicamente le corresponde y resultar allí innecesario y aun ocioso, que «como es sabido, las relaciones de oficio solo dan una idea imperfecta, o cuando menos no cabal, de los sucesos que conmemoran, y quizás no fuese inoportuno añadir al compendioso relato de lo que se dijo y se resolvió en aquella ocasión, lo que entretanto ocurría en el salón y en sus inmediaciones».

Este fue el propósito que realizó al narrar aquel episodio interesantísimo de nuestra historia moderna, y sin duda, animado por el éxito que obtuvo y puesto en vena de hablar de los principales sucesos de aquel primer tercio del siglo actual en que le tocó ser espectador interesado y aun autor principal más de una vez, empezaron a brotar de su pluma, sacadas del inmenso arsenal de sus recuerdos, las singulares escenas que describe en esta venida a ser hoy obra, de cuyo precio y tasa me vedan ocuparme el amor que profesé al padre queridísimo, el respeto que a su gloriosa memoria dedico en todas las horas de mi vida, y que aun así y todo, apenas creo que me hace digno de llamarme su hijo y de llevar, si orgulloso, a la par con temor de no merecerle, el nombre ilustre que, cualquier que sea el juicio de los críticos, logró aquel varón singular consignar de un modo indeleble en la historia y literatura patrias.

Páginas nacidas de tan castiza pluma, hechos interesantes como los relatados, bien merecen que el público fije p. 7en ellos su atención con preferencia; algunos para recordar lo que entonces leyeron; los más para leer lo que, conviniendo que se sepa, a la par que instruye, deleita.

Más tarde, cuando las circunstancias lo permitan, verá la luz la obra póstuma del autor, que es como la fuente y origen de donde proceden estos episodios; sus memorias inéditas, en que se presentará al público el personaje en la vida política y privada, desnudo de todo atavío, tal como fue en sus propósitos y en sus hechos, y derramando cual brillante antorcha la más viva luz sobre los sucesos de los dos primeros períodos de la revolución española.

Al entregar de nuevo esta producción al juicio del público, sírvame de excusa para confiar en su éxito el que ya alcanzó en otro tiempo, y que, no tratándose ni mucho menos de una obra de circunstancias, es de esperar consiga ahora como entonces.

Antonio Alcalá Galiano.


p. 9

RECUERDOS DE UN ANCIANO.


I.

CÁDIZ EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO PRESENTE.

Cádiz, donde residía yo, poco después de empezado el presente siglo, era a la sazón un pueblo floreciente. La guerra con la Gran Bretaña, seguida desde 1796 a 1802, le había sido funesta, sin causarle con todo males a que no pudiese y debiese poner término la renovación de la paz, a la cual habría de acompañar abrirse las comunicaciones con nuestras extensas y en cierto modo ricas provincias de América, fuente principal por entonces de la riqueza de España, y señaladamente de la del puerto y plaza de comercio que, si no monopolizaba, conservaba para sí en su mayor parle los provechos del tráfico con aquellas apartadas regiones. La paz de Amiens, ajustada al entrar 1802, dejó sentir su benéfico influjo en Cádiz de un modo prodigioso. Empezaron a venir en abundancia buques de varios puntos de América, todos con buenos cargamentos de producciones preciosas y de gran valor en el comercio, p. 10y, sobre todo, de plata. De esta última recibía gran porción el gobierno, no escasa los particulares, una parte crecida el vecindario gaditano. Notábase gran movimiento; poblada de buques la bahía; transitando por las calles numerosos carros cargados de efectos, o procedentes del puerto, o llevando a los muelles los venidos del interior, y cruzando por entre la concurrencia de paseantes, allí muy numerosa, robustos gallegos en cuyo cuello, doblado por el peso, como que relucía al través de la grosera tela de las talegas el metal de los pesos duros. En tanto se levantaban casas nuevas, no recomendables por su belleza arquitectónica, pero sí por su solidez y primor, todas de sillares, cuya piedra fea y de color oscuro cubría una capa de blanquísima cal que daba al total de la ciudad el carácter de blancura que la distinguía, mientras las rejas, entonces en lo general de España dejadas en su negrura primitiva, aparecían cuidadosamente pintadas, las más de ellas de color verde, y las vidrieras, en vez de compuestas de vidrios feos y pequeños, lo estaban de cristales o vidrio finísimo y transparente. Era extremado el aseo del piso, siendo allí desconocido el lodo, aun en los días en que aquel cielo, generalmente despejado, aparecía cubierto de espesas nubes, que, empujadas por el vendaval, descargaban torrentes de agua mientras azotaba el mar las murallas con espantoso bramido, derribándolas a trechos, dejando abiertos los allí conocidos con el nombre de agujeros, y amenazando ruina a los edificios vecinos. Era en cierto grado el lujo grande, pero no parecido al de los días presentes, en que conocemos comodidad y regalos ignorados de nuestros padres. No existían sino para muy pocos en España las alfombras, si bien no faltaban enteramente en Madrid, en las casas más principales, y aun de ellas había algunas en provincia. Suplían su falta en invierno las esteras; pero las de Valencia, casi únicas en Madrid, en Cádiz eran tenidas en corta estima, usando los p. 11ricos de unas hechas en Chiclana, de buena labor para ser esteras, y cuyo precio no era bajo, aunque no fuese alto. La madera de caoba, escasa en lo interior de la Península, abundaba en Cádiz. Así los muebles de la gente de la clase media hacían notable ventaja a los usados por personas de la misma calidad y de iguales o mayores bienes de fortuna avecindadas en la corte. Una particularidad de la cultura gaditana en el ramo de adorno interior era el cuidado con que se amueblaban las habitaciones interiores, cuando en Madrid el escaso lujo solía ceñirse a las salas y gabinetes de recibo. Los comedores gaditanos ostentaban, por lo común, mesas de caoba, allí entonces siempre maciza, teniéndose en menos el trabajo del enchapado. El servicio de cristal era curioso, y el agua servida a la mesa en botella blanca, en vez de echarla el criado en los vasos desde un jarro de loza basta, siendo la de los platos y fuentes toda inglesa de la llamada de pedernal, nombre que en nuestros días casi ha perdido. Así es que, trasladados a Madrid, los gaditanos hacíamos ascos, y no sin alguna razón, a varias cosas de la capital, lo cual hubo de durar aún hasta después de la guerra de la Independencia.

En el vestir era también esmerada la gente de Cádiz, pero había diferencia notable entre la del uno y la del otro sexo. Porque el traje de los hombres era, en la clase alta y media, el de los extranjeros, y particularmente el de los ingleses, y la clase baja, aunque usaba chaqueta, no vestía a la andaluza, y al revés, las mujeres, aun cuando no fuesen de majas (lo cual era diferente del vestir ordinario y no estaba en uso común), solo salían a la calle, necesitando para ello mudarse de ropa, con basquiña (cuyo nombre era el de saya), mantilla y jubón (conocido este último con la palabra corpiño), todo lo cual hacía de las gaditanas criaturas (como diríamos ahora) especiales, a las cuales daba realce el pie pequeño, calzado con zapato corto y bajo, y, p. 12al andar por las llanas y bien empedradas calles y plazas, el airoso talle y el gracioso contoneo.[1]

[1] Del andar y meneo de los gaditanos dice lord Byron en su poema Don Juan, canto segundo:

I cannot describe it; so much it strike.
Nor liken it: I never saw the like.

Que mal traducido, dice:

Tanto admira, que mal puede pintarse.
Ni a compararle acierto; que en mi vida
Cosa no vi a que pueda compararse.

Eran los gaditanos finos en sus modales, no al par con la gente cortesana, sino de una finura cual es la de las personas del alto comercio en pueblos donde el trato con los extranjeros de las naciones más adelantadas en civilización y cultura es frecuente. Algo y aun no poco tenían, con todo, de gente de provincia. Lo notable en Cádiz era que las clases bajas en su tono y modos apenas se diferenciaban de las altas, siendo corteses, y sobre todo cariñosas, y no manifestando en el trato con sus superiores ni humildad ni soberbia, como si un espíritu y práctica de igualdad social no dejase lugar ni a la sumisión ni a la envidia, o al odio por ella engendrado contra los favorecidos por la fortuna, a quienes tampoco consentía el uso que fuesen desdeñosos.

En cambio de tan ventajoso estado de cultura material, el cultivo del entendimiento estaba en Cádiz descuidado. Verdad es que se enseñaban allí las lenguas francesa e inglesa, abundando quienes las aprendiesen hasta llegar a hablarlas con la fluidez y corrección necesarias para la conversación y el despacho de los negocios mercantiles. Dos establecimientos con el título de academias, a los que hoy diríamos colegios, se habían distinguido allí desde los últimos años del siglo próximo pasado. Para señoritas había una academia dirigida por una francesa llamada madama Bienvenú, a la cual siguió otra no inferior en reputación, p. 13puesta a cargo de una española llamada doña Rita N. Aunque en estas, así como en las dos antes citadas, destinadas a niños, de ellos ya muchos crecidos, había clase de francés, no salían las discípulas muy aventajadas, porque o la genial pereza era impedimento al estudio, o las costumbres de la juventud, nada favorables a él, borraban en breve de la cabeza, como cosa no de uso, el corto y superficial saber adquirido de no buena gana.

Aunque no habían por entonces llegado los días del periodismo, palabra todavía desconocida, aunque ya existiese la de periódicos, hacia 1804 apareció uno en Cádiz. Privaba en aquellos días entre los lectores andaluces El Correo de Sevilla, de que era editor don J. Matute, médico y literato, y donde salían a luz versos de Blanco, Lista, Reinoso, Arjona, Roldán y Mármol, con algunos de González Carvajal, y también artículos en prosa sobre crítica, en los cuales El Diario Sevillano había medido sus fuerzas con un periódico madrileño en que figuraba Quintana, y salido de la contienda triunfante en alguna ocasión y siempre airoso. Mal podía Cádiz, falto de jóvenes aficionados a las letras y de hombres de edad madura dados a su cultivo, producir o sostener una obra semejante. El novel periódico gaditano dado a luz con el título de Correo de las Damas era de lo más pobre en mérito que en ocasión alguna ha salido de las prensas. Le escribía, o hablando con propiedad, le publicaba un buen señor, oficial francés emigrado, entrado en años, corto en saber, y no sobrado en luces, honrado caballero, cuyos títulos algo pomposos de barón de Bruere y vizconde de Brié cuadraban mal con su pobreza. Retazos comúnmente mal zurcidos de varios escritos componían los números de aquel periódico (no me acuerdo si semanal, pero no diario), siendo la mayor parte de lo en él publicado traducciones del francés, todas ellas harto mal hechas, si bien es justo decir que en punto a pureza de dicción castellana, con tener poquísima, todavía p. 14podrían competir con las que hoy leemos en días de muy superior ilustración, y en compañía con buenos escritos, y quedar victoriosas en la competencia.

En tanto, unos pocos jóvenes de Cádiz tuvimos el atrevimiento de pretender fundar no menos que un cuerpo literario, al cual dimos por dictado el de Academia de Bellas Letras, remedando a la de Buenas Letras que por algunos años había existido en Sevilla, y que a la sazón, si no había muerto, estaba moribunda. Eran nuestras fuerzas desigualísimas a tanta empresa, no habiendo en nosotros para llevarla a ejecución apenas otra calidad que la del buen deseo. Nuestras tareas se reducían a tener juntas literarias semanales, en las cuales se leían dos disertaciones escritas por uno de los académicos al cual tocaba por turno, debiendo versar una sobre elementos de retórica, y otra sobre los de poética, y sirviendo de texto para comentarle un capítulo de la obra del abate Batteux, traducida por Arrieta, aunque también se tenía a la vista las lecciones de Hugo Blair puestas en castellano por Munarriz, obra de más valor que la del crítico francés, y cuya versión, siendo mala, lo era menos. Seguíase a esto leerse algunas composiciones ligeras, las más de ellas en verso y de escasísimo mérito, bien que en algunas no faltase algo digno de alabanza conforme al gusto pseudo-clásico de aquellos días. Teníamos dos concursos anuales a premios, y para el acto de adjudicarlos sesiones públicas de tal cual solemnidad, en las cuales, después de leerse las obrillas premiadas, era común añadir a su lectura la de otra composición, si no poética, metrificada a lo menos. Pero a diferencia de las academias antiguas y autorizadas, éramos en la nuestra los académicos competidores y no jueces, pues habría sido arrogancia indigna de perdón la idea de juzgar obras ajenas, y, al revés, merecía disculpa competir por un premio, ejercitando en ello el ingenio, para someter nuestro trabajo al fallo de tribunal competente. p. 15Así es que de los académicos, no todos, sino una parte por acto voluntario, después de discurrir dos programas, uno de verso y otro de prosa, escribíamos nuestras composiciones, y, nombrados de antemano tres jueces, que eran escogidos de entre los hombres de más concepto por su entendimiento y ciencia así de Cádiz como de Sevilla, a estos las remitíamos sin nombre de autor y con un lema, acompañando un pliego cerrado con el mismo lema en el sobrescrito y la firma del escritor adentro, abriéndose solo el que declaraba cúya era la obrilla por la mayoría o unanimidad de los jueces preferida. La apertura del pliego era en la sesión pública para dar al triunfo del vencedor mayor realce. Todo ello, valiendo poco, no dejaba de ser ocupación un tanto provechosa, si bien, libertándonos de más graves culpas, nos hacía tal vez incurrir en la de presumidos y pedantes.

La Academia, después de algunas ridículas tentativas anteriores, comenzó formalmente con el año de 1805 y se prolongó hasta entrar 1808. La protegió bastante el capitán general de Andalucía y gobernador militar y político de Cádiz don Francisco Solano, marqués del Socorro, y antes de la Solana, persona de buenas prendas, cuyo nombre ha perpetuado más que otra cosa su trágica muerte. Poco más adelante y en este mismo artículo habré de hablar de este digno general, a quien yo particularmente debí consideraciones excesivas para una persona que, como yo, contaba entonces pocos años. Pero si logramos tan estimables aprobaciones, éramos en compensación objeto de burla para la mayor parte de los gaditanos, por quienes estábamos considerados como ridículos copleros.

De los que compusimos aquella Academia pocos vivimos, y casi todos han dejado de sí corta memoria. No porque en ella faltasen jóvenes que algo y aun bastante prometían; pero casi ninguno de los académicos había seguido la carrera dicha literaria, y, dedicados después a sus respectivas p. 16profesiones, olvidaron los entretenimientos de su mocedad, o solo volvieron a ellos rara vez el pensamiento. Vive, sin embargo, en edad muy dilatada allende los términos ordinarios de la vida humana, y vive con la cabeza firme y el ingenio despierto, laborioso, habiendo alcanzado merecido renombre en las letras, y conservándolo aún por sus presentes trabajos en su ancianidad, don José Joaquín de Mora, con la singularidad de ser compañero en este periódico del autor del presente artículo, como lo era en trabajos académicos ha ya cincuenta y nueve años. Ocioso sería y de poco interés para los lectores mentar otros nombres, no por ser de personas de corto valer, porque declararlos tales sería injusticia y casi acción villana, sino porque la suerte no les ha dado renombre, aunque tal vez en compensación les haya dado en su tranquila y meritoria vida felicidad superior a la de los que han cobrado fama a precio muy subido. Debe, con todo, aquí hacerse mención del sujeto en cuya casa celebraba la pobre Academia sus sesiones, sin tener que pagar por ello suma alguna, lo cual no nos habría sido fácil: de don José de Rojas, después conde de Casa-Rojas, que en aquellos días aún no había heredado su título.

Si la literatura daba poca ocupación a los ánimos de los gaditanos, tampoco los embebía mucho la atención la política; pero en este último punto no era Cádiz una de las poblaciones de España en que nada se pensaba sobre los negocios del Estado. Siendo puerto de mar y plaza de comercio a la sazón de primer orden, por fuerza había de resentirse de la guerra, la cual estaba continuamente poniendo a la vista la escuadra inglesa, que a la vela y aun a veces anclada se descubría desde sus torres. Si se leía la Gaceta de Madrid, que dos veces por semana llegaba al sexto día de publicada, también eran leídos, aunque por pocas personas, los periódicos extranjeros, inclusos los ingleses, no obstante estar prohibida su lectura. Como en p. 17toda España, abundaban o componían la parte más crecida los parciales de la Francia y admiradores de Napoleón, pero no faltaban los mamelucos, cuyo gremio constaba de gentes de opiniones muy diferentes: de los odiadores de la revolución desde su principio hasta su fin, y de los que veían en el emperador francés un destructor de la libertad, siendo muy de notar que, andando el tiempo, los más considerables entre los mamelucos fueron ardorosos liberales.

En punto a la política interior, daba poco que pensar, salvo en su relación con las cuestiones de la paz o de la guerra. Solo había conformidad en odiar y despreciar al Gobierno, conviniéndose en punto tal por muy diferentes motivos. A Carlos IV era común suponerle bueno, pero débil y necio; a la reina considerarla como mala mujer, y al príncipe de la Paz como a un monstruo. Pero Madrid estaba lejos, y de mudar la forma existente de gobierno nadie tenía la menor esperanza, a punto de no consentir la desesperación el deseo. Lo importante para los gaditanos era el carácter y hechos de su gobernador, cargo que desempeñaba un teniente general que a menudo era asimismo capitán general de Andalucía.

Los ancianos hablaban del gobierno del conde de O’Reilly, a quien tantas mejoras materiales había debido Cádiz, y que era citado con extremos de alabanza, no obstante achacársele, con razón o sin ella, poca limpieza, pero suponiendo que empleaba en común provecho buena parte, si no el total, de lo que sacaba por medios ilícitos a los particulares. Después de él había habido varios gobernadores, de quienes no se hacía particular recordación: Fonsdeviela, el conde de Cumbrehermosa, Iturrigaray, quizá algún otro. Pero en 1800 fue conferido el gobierno de Cádiz a un sujeto notable por su carácter personal, que se granjeó parciales acalorados y no menos ardientes enemigos: el general de artillería don Tomás de Morla.

p. 18

Este general, de familia poco conocida de Jerez, pues la antigua y aristocrática casa de los López de Morla de aquella ciudad no le reconocía por pariente, no obstante tratarle como amigo, aunque sin duda de alguna oscura nobleza, pues había entrado en un Real cuerpo para ser cadete, del cual era necesario probar que se era noble; de claro y agudo entendimiento; de instrucción en su ramo, según acreditan sus obras tenidas en estima; con pretensiones hasta de escritor poco justificadas, si bien no del todo absurdas; de condición violenta y despótica, pero adulador en la corte, así como tirano en el mando, grosero con afectación de serlo, bufón a veces en sus providencias,[2] recto en medio de esto y desinteresado como pocos, con mala reputación de soldado, pues la voz común le suponía falto de la calidad primera del guerrero, y sin embargo, arrostrando toda oposición con valentía, era temido, y juntamente querido del vulgo, y dividía en opuestos pareceres respecto a su conducta a las gentes de las clases superiores.[3]

[2] Morla gustaba mucho de remedar a Federico II de Prusia, objeto de la atención y admiración universal en los días en que el general español comenzó su carrera. Esta imitación se notaba en singularidades de sus decretos. Por ejemplo, se quejó un vecino de que una academia de baile le era molesta, y Morla puso por decreto en el memorial del querellante:

Siga la danza,
Baile el danzante
Y tenga paciencia el suplicante.

De su caprichosa y despótica justicia, citaba con admiración el vulgo el siguiente rasgo: Por cierto favor hecho a una persona de condición humilde, regaló el favorecido al gobernador, su favorecedor, media docena de gallinas. Este, para castigar un acto de gratitud que parecía cohecho, mandó meter en la cárcel al que había hecho el presente, y tenerle allí seis días, sirviéndole en cada uno de ellos una de las gallinas que le había regalado.

[3] No se haría, ni aun se apuntaría cargo tan grave y feo como es el de falta de valor en un militar, si no hubiese sido hecho a Morla delante del rey Carlos IV y hablando a Su Majestad mismo por el duque de San Carlos, padre del general conde de la Unión, muerto gloriosamente en la campaña en 1794, mientras Morla se retiraba si no vergonzosamente, poco menos.

Habiendo llegado a Cádiz en los p. 19días de lo llamado la epidemia grande, o sea la invasión de la fiebre amarilla en 1800, una de las cosas en que se señaló durante su gobierno, fue en providencias durísimas para atajar todo contagio, circunstancia digna de recordación, porque trasladado el mismo general a Granada en 1804, y apareciendo allí la misma cruel enfermedad, por lo que hizo a fin de atajarla vino a ser objeto de odio para los granadinos, lloviendo sobre él sátiras de versos casi todos malos, pero no sin chiste, y respondiendo él en prosa con algún folleto impreso en el cual presumía de médico, así como de literato.[4]

[4] Era empeño de los granadinos, como suele serlo de todo pueblo cuando en él aparece una enfermedad pegadiza o transmisible de enfermos a sanos (para huir de las sutilezas a que da lugar decir contagiosa) negar que existía el mal, y calificar de enfermedades comunes los casos de él que ocurrían. Morla tenía razón en sustentar que había enfermos de la fiebre amarilla en Granada, pero sustentaba su causa con malos medios. De los infinitos versos con que los poetas o copleros granadinos le asaeteaban, algunos quedan en la memoria del anciano cuyos son estos recuerdos. Ya uno decía:

La fiebre amarilla
Que reina en Granada
Se pasea en coche,
Anda por las plazas.
. . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . .
Aparta, que viene,
Mírale a la cara,
¡Qué gesto tan feo!
¡Qué zancas tan largas!
Huid, granadinos,
No os lleve a la zanja.

Ya otro glosando la anterior, decía:

Estimado amigo:
En esta letrilla
Voy a retratarte,
¡La fiebre amarilla!
No la verdadera,
De esa no hablo nada.
Sí solo de aquella
Que reina en Granada.
Es más horrorosa
Que una mala noche,
Y todos los días
Se pasea en coche.

Y así seguía la glosa, peor aún que lo glosado.

Otra composición era una colección de epitafios para el cementerio, algunos de ellos graciosos y todos satíricos. En uno de ellos, aludiendo a un médico favorecido de Morla, y, por supuesto, de los que daban por cierta la existencia de la fiebre amarilla, se decía:

Aquí, pecador cristiano,
Reposan cuarenta y dos
Pidiendo justicia a Dios
Contra el médico Solano.

Y terminaba:

Del contagio imaginado
Que tanto nos da que hablar,
Ninguno en este lugar
Todavía se ha enterrado.

Martínez de la Rosa, a la sazón muy joven, fue de los que (según cuentan) hicieron versos contra Morla.

p. 20

Aunque privaba mucho Morla con el príncipe de la Paz, no conservó por entonces largos años el gobierno de Cádiz. Le sucedió en él, siendo asimismo capitán general de Andalucía, el aquí mismo poco ha citado don Francisco Solano.

No se parecía a su antecesor el gobernador nuevo. Era p. 21hombre de gallarda presencia, de modales cortesanos, dado a la literatura amena, aunque no escritor, activo aun más que lo necesario, y de valor extremado, acreditado después en su fortaleza al morir asesinado entre tormentos. Había servido, si bien por breve tiempo, en un ejército francés y había tomado de los guerreros de aquella nación el porte y aire marcial, si bien no los malos hábitos de crueldad y rapiña, en aquellos, aunque con excepciones, tan comunes; propia falta de conquistadores.

Solano entró a gobernar en tiempo de paz; pero a poco de haberse hecho cargo del gobierno rompió la guerra con la Gran Bretaña en 1804. Había por aquellos días venido a Cádiz el famoso general francés Moreau de camino para el destierro a que le había condenado el cónsul Bonaparte, ascendido cabalmente en aquellos momentos al trono imperial, y Solano, aunque tenía bastante de cortesano, y aunque sabía la sumisión de nuestro Gobierno al francés, acordándose de que había conocido en una campaña en Alemania al ilustre proscrito, entonces glorioso general republicano, se esmeró en agasajarle. Recién rotas las hostilidades, Solano, con su huésped francés al lado, cuidaba de que se armasen baterías, recorría las ya hechas, se afanaba y daba aparato teatral a todos sus movimientos, mientras el francés, cuya apariencia era modesta, y cuyo aspecto y modos fríos y harto diferentes de los generales sus compatricios, parecía como que miraba con sonrisa benévola, pero sarcástica, tales alardes, cotejándolos con las reñidas y sangrientas lides en que él había adquirido inmortal fama.

No fue solo en hacerle ver preparativos militares en lo que entretuvo el general español al francés durante la estancia de este en Cádiz, la cual hubo de prolongarse algunos meses, no sin disgusto de Napoleón, que miraba a Moreau con odio, aunque afectase despreciarle. Duraba aún la paz entre España e Inglaterra, cuando llegó el famoso p. 22desterrado a Cádiz, rica entonces y dada al placer y al lujo, y su gobernador, aficionado a fiestas, gustaba de que se diesen bailes públicos en el teatro, cosa no usada en Madrid, y que un Gobierno y una corte recelosa y oscura habría mirado como criminal por ver en ello un peligro. Obsequió, pues, Solano a Moreau con un baile, a que asistió numerosa concurrencia. La mujer del general francés, riquísima americana de las Antillas francesas, no bella, pero agraciada, se presentó con un lindo traje blanco muy ajustado al cuerpo, como era uso entonces llevarlos, y de arriba a abajo rodeado como cadena en roscas con hilos de brillantes ensartados, que al dar las vueltas del vals, baile que empezaba a estar en moda en España, brillaban y como que chispeaban reflejando las luces del bien alumbrado salón de baile en que estaba convertido el teatro. Así, mientras los hombres contemplaban a aquel personaje que tanto ruido había hecho en el mundo, y veían en él una figura cuya traza nada declaraba ni prometía, las mujeres admiraban y tal vez envidiaban la riqueza de aquella señora, riqueza al lado de la cual era poca cosa el lujo gaditano.

No era solo para obsequiar a un huésped ilustre para lo que disponía Solano fiestas, pues sin motivo alguno especial las multiplicaba. El modo de cubrir su costo demuestra cuáles eran las costumbres de aquellos días. Mandó el general descontar de las pagas de los oficiales de la guarnición un tanto razonable, o bien podría decirse contra toda razón, y destinó el producto de esta exacción a los bailes, mientras a los comerciantes ricos de Cádiz, con insinuación que era precepto, sacó mucha mayor cantidad, no siendo corta la necesaria para tales fiestas. Llegada la Cuaresma, en vez de quitarse el tablado que hacía del teatro un salón para los bailes de Carnaval, como entonces no se consintiesen representaciones teatrales desde el miércoles de Ceniza hasta el domingo de Pascua, fue destinado p. 23aquel lugar a funciones calificadas de tertulias y conciertos, cuyo gasto se cubría del mismo modo que el de los bailes.

Una aventura chistosa interrumpió esta práctica. Se acercaba el día de año nuevo, no me acuerdo si de 1807 o 1808, día que celebraba como el de su santo el omnipotente don Manuel Godoy. No era Solano un adulador rastrero, pero no negaba el culto al ídolo por todos adorado aunque entre maldiciones ahogadas. Así es que convocó a los generales y oficiales superiores de la guarnición de Cádiz para que se celebrase el día del privado con el lucimiento propio de obsequio hecho a tan encumbrado personaje. Concurrió entre los generales uno célebre en los fastos de Cádiz por ser una de las figuras más raras que paseaban las calles de aquella ciudad, correspondiendo en rareza su carácter a su figura. Su nombre era don N. Ugalde, pero nadie le conocía (y no había chico ni grande que no le conociese) sino como el general Chafarote. Parecía una momia de puro pegado que tenía el pellejo a los huesos, tenía una nariz enorme y encorvadísima, la barba puntiaguda, y por consiguiente la boca hundida por extremo entre las dos facciones salientes. Jamás vistió frac, ni pantalones, ni abandonó en el peinado los rizos y la coleta. Sombrero de picos puesto de frente; casaca redonda, casi siempre de seda de color; chupa o igual a la casaca, o blanca con bordado; calzón corto, medias de seda, zapato con hebilla y el espadín recto, o, como decían entonces, atravesado por los riñones, componían su vestidura, sin que de general llevase más que la faja sobre la chupa. Con traje tan insólito añadido a su figura, sostenida en piernas que parecían cañas delgadas, era objeto de admiración a quienes le veían por la vez primera, y como de diversión para todos, aunque de burlas mal podía ser, porque el tal general nada tenía de sufrido, y no era lícito entonces ofender a personas de su clase. Pero los chiquillos, y aun los grandes, p. 24solían con pluma o lápiz dibujar un perfil de su persona, siendo ella tal, que era imposible no dar al más torpe bosquejo mucha semejanza. Era tan extraño personaje maldiciente por demás, y siendo rico y anciano, nada temía; por lo cual siempre que se desataba en vituperios del Gobierno, decía que «él por sus años estaba fuera de cuenta», no siéndole posible recibir ya grave daño. Asistió, pues, Chafarote en clase de general a la junta en que propuso Solano costear el obsequio al Príncipe de la Paz; y como todos al oír la propuesta callasen, aceptando con el silencio la carga que a pocos debía de ser grata, llegada la vez al estrafalario anciano, dijo, con gran sorpresa de todos, «que él no tenía trato ni relaciones de amistad con el caballero a quien se trataba de hacer el obsequio, y que si tales relaciones tuviese, medios tenía y voluntad de hacerle un obsequio a su costa particular y no en compañía; pero siendo como era, no veía para qué contribuir él con suma alguna». Turbáronse los circunstantes, y aun el mismo Solano, al oír frases tan atrevidas en que se hablaba como de un caballero cualquiera del príncipe generalísimo, y se disolvió la junta sin tomarse resolución alguna, de que resultó no darse el baile.

No dejó de atender Solano a objetos de más utilidad que la de tales diversiones. Si desde los días del gobierno de O’Reilly había sido Cádiz una ciudad notable por su aseo, gobernando Solano llegó la limpieza, o puede decirse la pulcritud de las calles, al punto más subido. El pueblo de Chiclana, lugar de recreo entonces preferido de los gaditanos, le debió mucho, haciéndose para él un camino de carruajes bueno y cómodo, y estableciéndose en el caño de Zurraque, que le atravesaba, una excelente barca. Vivimos en días en que en este ramo se ha adelantado infinito, y bien puede mover a risa ver celebradas hoy las pobres mejoras de pasados y no muy antiguos tiempos; pero todo es comparativo, y Solano era, para sus días, un gobernador p. 25celoso y entendido, Así es que gozaba de favor con el pueblo de todas clases, y si había quien censurase en él ligerezas, actos teatrales y afán superior a la importancia de lo a que se dedicaba, todos perdonaban estas faltas, tanto por las buenas providencias que las compensaban, cuanto porque agradaba a un pueblo ansioso de diversiones y deleite un gobernador que se complacía, entre otras cosas, en divertirle.

Así, en medio de la decadencia de aquella ciudad, a la cual privaba la guerra de su comercio, fuente única de su prosperidad, seguía siendo Cádiz una residencia agradable. Sin duda en los recuerdos de una juventud ya muy lejana hay mucho de ilusión, y al representarse en la mente las cosas de la primavera de la vida, aparecen frescas y brillantes como lo son los cuadros de una estación deliciosa. Pero no es ilusión el recuerdo de que los paseos estaban concurridos diariamente, y lleno el teatro; de que vivir bien y comer bien era allí cosa común, y que en la Pascua de Pentecostés en Chiclana, y en las ferias del Puerto se presentaba gran gentío que alegremente gastaba sumas, si no crecidas, no despreciables.

Y nótese que aun en los días de más prosperidad de Cádiz, si había buenos caudales, no se hablaba de cosa igual a la suma que para ser rico se cree necesaria en la hora presente. Un millón de pesos fuertes (allí no se solía contar por reales) era lo que se atribuía a tres o cuatro de las personas más acaudaladas. Tener cien mil pesos se reputaba estar muy bien. Y esto que, salvo el lujo de coches, apenas necesario en aquel pueblo llano y pequeño, no se escaseaban los regalos de la vida.

Vino al cabo la guerra de la Independencia, y con ella la pérdida de nuestra América Continental, y entonces recibió Cádiz la herida mortal de que hoy está convalecida, pero sin poder volver a su ser antiguo. El lustre y animación que tuvo en los días de la guerra de la Independencia, p. 26fueron hijos de la circunstancia de estar allí el Gobierno supremo de la nación, y las principales personas de esta, viniéndose a formar una España reducida a corto recinto. De ello va dada razón en La América en recuerdos anteriores a estos en la fecha de la publicación, si bien posteriores en punto a la época de que tratan.

El autor del presente artículo se acuerda ahora de que vio a Cádiz en 1844, en días para él no felices, y que admiró con extremo de dolor la decadencia de una ciudad antes tan floreciente, decadencia mayor aún que la de su propia persona y fortuna, aunque entre estas y aquellas hubiese consonancia. Pero Cádiz va recobrándose, porque para los pueblos no hay muerte, mientras que quien esto escribe camina para el sepulcro, que no puede estar lejano, y en su cansada vejez vuelve mentalmente la vista a los lugares que tanto amó, y desea cuantas prosperidades sean compatibles con el curso de las cosas humanas a la población que fue su cuna, y donde pasó algunos de los dulces años en que, a pesar de los inconvenientes que toda edad y toda situación trae consigo, es una felicidad la vida.


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II.

CÁDIZ EN LOS DÍAS DEL COMBATE DE TRAFALGAR.

En el año 1805, España había vuelto a entrar en guerra con la Gran Bretaña, gracias al atentado en plena paz cometido contra cuatro fragatas españolas. Aun los poco adictos a la alianza francesa, que eran, y aun puedo decir, éramos a la sazón muy pocos, aprobamos una guerra venida a ser inevitable, si bien censurábamos la desacertada conducta que había dado, si ya no razón, motivo al insulto hecho a nuestra bandera.

Cádiz fue uno de los puntos en que más se sentía la guerra, limitada a los mares y costas, aunque sus efectos aun en lo interior se sintiesen, pero siendo casi nada conocidos. En el mar vecino, a vista de los gaditanos, solía ondear orgullosa la bandera enemiga, a la cual, rara vez las aliadas marinas francesa y española se resolvían a hacer frente, reconociendo en ella superior poder, debido a circunstancias favorables a una nación, por necesidad y p. 28por afición nacida de la necesidad, en alto grado marinera. No se contentaban los ingleses con insultar en cierto modo a Cádiz con su presencia, sino que trataban de dar un duro golpe a las escuadras surtas en su puerto. Las que en septiembre y octubre llenaban la entonces espaciosa bahía, eran un tanto numerosas, pero estaban nada bien pertrechadas y mal tripuladas. Sin embargo, reinaba confianza en que si los ingleses intentaban caer sobre ellas forzando la entrada del puerto, saldrían de su empresa desairados y mal parados. Si en los días lejanos del reinado de Felipe II el conde de Essex había ganado a Cádiz y saqueádola, en tiempo de harto menos poder para la monarquía española los esfuerzos de las armas británicas contra tan importante punto habían salido vanos. En la decaída España de principios del siglo XVIII, las fuerzas inglesas de mar y tierra, después de ocupar las poblaciones abiertas de Rota y el Puerto de Santa María, se habían estrellado contra el fuertecillo de Matagorda, y embarcádose, no sin mengua, los que saltaron en tierra, retirándose en seguida sus navíos. En 1797, un bombardeo, cuyo objeto más era, al parecer, contra la escuadra que contra la plaza, había tenido poco efecto, reduciéndose a combates en que salieron con honra y ventaja nuestras lanchas cañoneras, siendo de notar que mandaba en esta ocasión las fuerzas agresoras Nelson, cuya fama estaba en sus comienzos, pero cuyo arrojo, ya probado en el combate del Cabo de San Vicente, era fianza y seguro vaticinio de su futura gloria. En 1805 el mismo Nelson, ya con la dignidad de Lord y con el crédito que le daban su gran victoria de Aboukir o el Nilo, y su menos claro triunfo en Copenhague, del cual, sin embargo, sacó partido no inferior al que si hubiese sido vencedor podía haber alcanzado; aguijado por una ambición noble, pero excesiva, por un patriotismo mezclado con odio rencoroso a Francia, y por un orgullo nunca enfrenado por la prudencia de que carecía, p. 29y despechado de no haber acertado con las escuadras de sus contrarios, a los cuales había perseguido con actividad pasmosa, pero no con feliz fortuna, venía a ponerse sobre Cádiz con el proyecto declarado de buscar dentro del puerto a sus enemigos, y allí combatirlos a todo trance. Por nuestra parte, nos preparábamos a la resistencia con igual ardor, ayudando a la defensa de los navíos las baterías de la costa y ciudad de Cádiz, y numerosas cañoneras.

Gobernaba a la sazón a Cádiz y Andalucía[5] el general don Francisco Solano, marqués de la Solana por su mujer y que después heredó de su padre el título de marqués del Socorro, que llevaba en el día de su trágica muerte, en que se hizo notable por su extraordinaria fortaleza.

[5] La capitanía general, impropiamente llamada de los cuatro reinos de Andalucía, pues había otra en Granada, si bien con el título de la costa, no solía estar unida con el gobierno militar y político de Cádiz, el cual, por sí solo, era un puesto de lustre y alta importancia, confiado a un teniente general. La residencia del capitán general de Andalucía fue, por algunos años, en el Puerto de Santa María, desempeñándola un general con el título de príncipe italiano (creo que de Monforte), o nacido en la Italia inferior, u oriundo de ella. Pero siendo los capitanes generales presidentes de las Audiencias, cosa que tan mal les convenía, se determinó que fuesen a establecerse en Sevilla a presidir la de aquella capital. Sin embargo, juntos en una persona aquel alto cargo con el gobierno de Cádiz, y viva a la sazón la guerra con los ingleses, con sumo acierto se dispuso que el general revestido de ambas dignidades residiese en la plaza fuerte, expuesta a los ataques del enemigo.

Era Solana un general por otro estilo que los que entonces contaba España, de alta y aventajada estatura, lleno de carnes, de expresiva figura, de presencia marcial, sediento de gloria, no corto en instrucción y aun con algo de literato; finísimo en modales, donde aparecían sus pensamientos de caballero vestidos con la cultura moderna; p. 30bastante teatral en sus actos, así militares como civiles; más de militar francés que de español; activo a menudo con exceso, lo cual le movía a obrar en todo más de lo necesario, frecuentemente con alguna precipitación y no siempre con tino; hombre, en suma, digno de aprecio, y dueño de él y de buen afecto, sobre todo entre las personas ilustradas y de alta y mediana esfera. Había militado por breve plazo en los ejércitos republicanos franceses, y si no me es infiel mi memoria, al lado del célebre general Moreau. Así es que cuando este afamado guerrero vino a Cádiz, de paso para los Estados Unidos, a donde le enviaba desterrado el recién coronado Napoleón, Solano, a pesar de no ser contrario del novel emperador francés, se esmeró en obsequiar al ilustre proscrito, traspasando tal vez en sus atenciones los límites de la prudencia. Solano había sucedido al no menos nombrado don Tomás de Morla[6] sujeto muy de otra clase, y en sus singularidades muy distante de estar falto de talento.

[6] Quizá, en articulillos posteriores se entretendrá el escritor del presente en traer al conocimiento y vista de sus contemporáneos personajes o tipos de la generación pasada. Faltan y hacen falta en nuestra España noticias de esta clase, de lo cual tienen muy errados juicios. Aun hablando de hombres no de alta estatura intelectual o política, se da a conocer lo que eran ciertos tiempos que fueron; por ejemplo, don Tomás de Morla fue hombre singular, muy notado en su época, y que hoy está olvidado, salvo en el cuerpo de Artillería, donde es venerada su memoria, y con razón, mirándolo como ilustrado artillero, aunque por otro aspecto, si es digno de conmemoración en alguna parte honrosa, también lo es de no blanda censura.

Pero aunque Morla era militar instruido, y oficial facultativo de la mejor nota, era su sucesor más soldado, siendo además el mérito de este último el entusiasmo de que el otro carecía. Diose, pues, Solano a multiplicar y ensayar medios de defensa, así de la plaza de Cádiz y la vecina costa, como de las escuadras p. 31de que las fortalezas de tierra eran amparo, en adición al que les daban sus cañones. Volvíase todo revistas, simulacros (voz hasta entonces no oída en España, si no es tratándose de templos y aras de falsos dioses), y probar cañones para cerciorarse del alcance de los fuegos. A todo acudía solícito el general, fastuoso en sus alardes, sin descuidar por esto el gobierno civil, pues, al revés, era amigo de fiestas y de mejoras materiales.

Entretanto, las escuadras seguían en su fondeadero, si amenazadas, con harta probabilidad de rechazar a un agresor temerario. Más de treinta navíos de línea, ondeando en unos la bandera tricolor, en otros la amarilla y encarnada, poblaban la bahía gaditana, dilatándose su línea desde la boca del puerto, en el lugar llamado el Berreadero, hasta las inmediaciones del arsenal de la Carraca. Allí apareció por última vez una numerosa escuadra de nuestra entonces ya decaída marina, pocos años antes tan floreciente, a lo menos a primera vista y por el indudable mérito de muchos de nuestros oficiales, si bien cuerpo de más viso que robustez por faltarle el elemento de una buena y numerosa marinería, y estar fuera de proporción con la marina mercante.

Mandaba, como es sabido, la escuadra combinada el almirante francés Villeneuve; valiente en la pelea, tímido e irresoluto en el consejo, no sin razón persuadido de la ventaja que a los suyos y a los nuestros llevaban los ingleses, y desaprobador de los planes de su Emperador, por lo cual tenía como general el grave inconveniente de ser ejecutor de lo que desaprobaba.

Menudeaban los consejos de generales a bordo. La escuadra inglesa estaba a la vista como desafiando a sus contrarios. Aún no había llegado a tomar de nuevo el mando de ella Nelson, quien no mucho antes había pasado a Inglaterra por pocos días; pero su llegada era dada por varios como hecho ya ocurrido, y por los demás como cercano. p. 32Se sabía o se suponía que Napoleón ansiaba porque sus marinos probasen sus fuerzas con la de los odiados isleños en un combate.

A un consejo de guerra celebrado para decidir si habría o no de salirse a la mar en busca del enemigo, fueron convocados dos brigadieres, uno de los cuales era mi padre don Dionisio, a la sazón próximo a recibir la faja de jefe de escuadra por haber sido novísimamente nombrado comandante general de pilotos, así como por sus antiguos, señalados y mal premiados servicios; hombre, en fin, a quien me es lícito calificar de varón ilustre, pues tal le juzgaban sus contemporáneos. En el consejo de guerra quedó resuelto que las escuadras no saliesen, y a tal resolución contribuyó como quien más mi padre, cuya opinión era, y en aquel caso fue, que empeñándose un combate general era probabilísimo fuese de los enemigos la victoria, siendo grande la probabilidad contraria si se arrojaba Nelson a embestir con los nuestros en el puerto.

Estando así las cosas, en el 18 de octubre hube yo de salir para Chiclana con mi familia, siendo el objeto de nuestro viaje mirar por la salud de mi madre, a quien aconsejaban los médicos pasar una temporada en el campo por estar convaleciente de una grave enfermedad, sobre sus achaques y padecimientos grandes y continuos. Hicimos el viaje por agua, llevándonos mi padre en su bote, y llegados, se despidió asegurando que volvería dentro de tres o cuatro días, pues era seguro que no saldría la escuadra. Despedida fue, que apenas lo era, por ser separación por breve plazo y a corta distancia, pero que vino a serlo de aquellas que solo en mejor vida terminan, si es que las almas igualmente felices pueden renovar los lazos que las unieron en el mundo.

Ajeno yo de toda zozobra, iba paseándome por el lindo campo de Chiclana hacia el mediodía del 20 de octubre, p. 33cuando un hombre del pueblo, encontrándome y saludándome con la cortesía entonces usada fuera de poblado, y queriendo entrar conmigo en conversación, cosa no rara en la franqueza española, me preguntó si no iba al altillo de Santa Ana a ver salir la escuadra. Sorprendiome la noticia, y puse en duda su certeza, pero se ratificó en su dicho quien me la había dado, afirmando que decía lo que había visto. Corrí entonces desalado a la altura, y vi el espectáculo bello para considerado en otras circunstancias, pero en aquellas dolorosísimo para mí y aun para personas menos interesadas en la suerte de aquellos marinos: el mar poblado de numerosos buques de gran porte, navegando a toda vela, ciñendo el viento, largas las banderas y en ademán de ir a provocar al enemigo.

Volví apresurado a mi casa, di la fatal noticia, y no estando mi madre para moverse, determinó que con una hermana suya, soltera, y que siempre vivió a su lado, y después al mío hasta morir en edad muy avanzada, pasase yo a Cádiz a averiguar noticias y a cuidar de nuestra casa, dejada, por la súbita e inesperada partida de mi padre, en completo abandono.

Emprendí, pues, mi viaje, que fue por tierra, en un calesín a uso de aquel tiempo. Al atravesar el arrecife que va de la isla de León (hoy San Fernando) a Cádiz, era uso de los carruajes, cuando estaba baja la marea, dejar el piso duro de la carretera por el blando de la playa, por el cual iban pegados al límite del agua, atravesando con frecuencia las olas por debajo de las ruedas. Desde allí se descubre largo espacio de mar, y cabalmente el lugar donde entonces mismo estaba dándose la acción de recordación tan funesta, aunque a la par gloriosa.

Divisábamos a lo lejos, bien que algo envueltos en nieblas, buques de la armada. La tarde estaba serena, pero no despejado el horizonte; la mar sin gran movimiento, y el sol, ya declinando, pero todavía distante del ocaso, ni p. 34brillaba con toda su luz, ni estaba oculto por nubes. Nos pareció que había humo cerca de los buques; pero a tanta distancia era imposible distinguir qué era humo y qué era niebla.

Llegamos por fin a Cádiz; era por la tarde. Pasé a casa de un amigo, y no bien había entrado, cuando viniendo otro que lo era de ambos, sin reparar en mi presencia, gritó: «Subamos a la torre, porque la de vigía ha hecho señal de combate a la vista». Inútil era el disimulo, porque yo había oído el terrible anuncio; y así, corrimos todos a la torre, siendo la de la casa en que estábamos una de las más altas y espaciosas entre las muchas que tienen las casas particulares de aquella ciudad, a la cual sirven de especial adorno vista desde lejos.

Las numerosas torres de Cádiz, y hasta las azoteas, desde las cuales algo del mar puede descubrirse, estaban atestadas de gente, de esta gran parte armada de anteojos de larga vista, instrumento muy común en los gaditanos, para quienes es registrar el mar y las naves que le surcan agradable y constante recreo. Seguía sereno el tiempo, si bien con algunas, pero no claras, señales de cercana borrasca. De la escuadra se veía poco, porque la envolvía, hasta ocultarla, una espesa nube de humo. Pero en las claras hubo de aparecer algún navío desarbolado, dando claro indicio de haber sido recio el combate, pues el viento, hasta entonces manso, y la mar, poco o nada picada, no podían haber causado tales averías. De súbito una vivísima llamarada iluminó el mar próximo al horizonte; viose entre la luz como la figura de un navío, y desapareciendo al momento la espantosa claridad, un tremendo estampido vino muy en breve a anunciar que un navío se había volado. Aun en los indiferentes, si alguno lo era del todo, hizo grande efecto tal espectáculo, mayor que en los demás en mí, como era natural; y con ello, y con ir oscureciendo, bajamos inquietos o afligidos de la torre.

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Cerró la noche, que lo fue de horrorosa incertidumbre, y no solo para los inmediatamente interesados en la suerte de los que iban en la escuadra, sino aun para lo general de las gentes, a quienes movía toda clase de buenos y nobles afectos, entrando en estos el del patriotismo.

Amaneció el día 22 con horroroso aspecto, cubierto el cielo de nubes negras y apiñadas, en cuanto permitía ver lo cerrado del horizonte, cayendo con violencia copiosa lluvia, bramando desatado el viento del SO, allí denominado vendaval, levantándose olas como montes que, según suele suceder en Cádiz en las grandes borrascas, rompían en la muralla con espantoso ruido, rociaban con su espuma los lugares vecinos, y hasta amenazaban con no leve peligro a la tierra y edificios contiguos a la orilla. Consonaba el horror y tristeza que causaba tal espectáculo con el efecto que producía en los ánimos la consideración de desventuras recién ocurridas. Porque, al asomar las gentes a ver la furia de la tempestad, descubría la vista cinco navíos de línea españoles, fondeados en lugar muy inseguro por no haberles permitido el temporal tomar bien el puerto, desmantelados en gran parte; en suma, mostrando señales de la dura pelea que en el día inmediatamente anterior habían sustentado. También aparecía uno u otro navío francés. A más distancia, cuando rompía a trechos y por cortos instantes la espesura de las nubes el furioso viento, se divisaban aquí y allí más navíos, de ellos algunos desarbolados, sin vérseles la bandera, luchando con las olas, y no pudiendo saberse ni quiénes eran, ni cuál sería su suerte. No obstante ser peligrosa y aun difícil la comunicación por medio de embarcaciones pequeñas en tan recia marejada, pudo al fin irse a los navíos anclados. Entonces empezaron a divulgarse los pasados sucesos. El combate había sido terrible. Al principio no se suponía haber sido de éxito enteramente contrario a las naciones aliadas. Dábase por obra del temporal, sobrevenido de p. 36pronto, la vuelta al puerto de los navíos presentes en su boca. En ellos (en el Príncipe de Asturias) venía el general Gravina herido gravemente; pero, según afirmaban, no de peligro sumo, a lo menos no de peligro inmediato. En el navío Neptuno (otro de los allí presentes) yacía sin conocimiento su comandante el brigadier don Cayetano Valdés, heroico no menos que lo había sido en el combate de 14 de febrero, ocho años antes, y ahora, sobre herido, atolondrado por haberle caído una pieza gruesa del aparejo sobre la cabeza. De otro navío, también de los venidos del combate, se supo haber muerto su comandante Alcedo. En cuanto a lo demás de la escuadra, no a la vista, se ignoraba la suerte de cada navío, y la de las personas que llevaban. Hay que añadir que esta incertidumbre duró días, pues hasta el 31 de octubre no supe yo la muerte de mi glorioso, aunque desdichado padre.

Numerosísimo gentío poblaba el muelle. Ni la inclemencia del tiempo impedía que personas aun de las clases superiores y acomodadas, y de ambos sexos, acudiesen a ofrecerse a los heridos, solicitando a competencia llevárselos a sus casas para su cura y regalo. Fue aquella la primera ocasión en España durante dilatados años en que se notó lo llamado espíritu público, o digamos tomar parte y aun empeño los individuos privados en un suceso público, e interés por personas con quienes no tenían relaciones de clase alguna. Ni se descuidaba el gobierno. Activo como siempre Solano, había acumulado en el muelle todos cuantos medios de transportar heridos o enfermos tenía Cádiz, en este punto no muy rico: sillas de manos, que eran entonces allí más que los coches, calesines incómodos, parihuelas. Manifestábanse los gaditanos, si no arrepentidos de anteriores injusticias, deseosos de repararlas, porque el mal éxito del combate del cabo de San Vicente (el del 14 de febrero de 1797), los había movido a juicios de desatinada severidad contra nuestros marinos, víctimas en p. 37aquel caso de la impericia y rivalidad necia de dos generales, cuando en la ocasión de que voy ahora aquí hablando, venidos a mejores pensamientos, honraban el valor y sacrificios de aquellos mismos a quienes había sido adversa la fortuna.

Veíanse espectáculos horribles, sabíanse rasgos de valor y sufrimiento en el padecer, y también heroicas impaciencias en los que, víctimas del recién terminado combate, venían, o a perder al cabo la vida de resultas de sus heridas, o a recobrar la salud después de una cura penosa. Llegó entre otros el guardia marino don N. Briones, de quien se contaba que, habiéndole llevado el pie una bala, pero dejándosele unido a lo restante de la pierna por un tendoncillo o nervio, como le hubiese dicho a un marinero que le llevase a curarse, y no se viese obedecido pronto, con la mano acabó de desprenderse del pie dando un tirón, y arrojó el miembro perdido a la cara al marinero mal obediente, quedando vivo después de tal acto, pero no por largo tiempo, pues murió recién llegado a Cádiz. Mejor suerte cupo al capitán de fragata Somoza, segundo comandante del navío Montañés, y cuya herida era de lo más singular posible; pues una bala, pasándole de refilón por el vientre, le había llevado toda la parte carnosa con la piel exterior, y dejádole sana una película de las que cubren los intestinos, casi transparente, lo cual no estorbó que conservase la vida hasta convalecer del todo, siendo curado en el hospital, a donde quiso ir, desechando numerosas ofertas de señoras y caballeros que pretendían llevársele a sus casas. Gravina padeció largo tiempo, y aun acaso si se hubiese amputado el brazo herido, no habría muerto; pero por culpa o suya o ajena, no fue llevada a efecto la operación de muchos aconsejada. Salvó a Valdés el arrojo de un oficial subalterno o guardia marina, pues habiendo quedado abandonado sin conocimiento en el navío de su mando, próximo a perderse en la costa, como de p. 38hecho se perdió, y no habiendo quien se atreviese a ir a bordo del buque puesto en peligro, alrededor del cual hervía la mar embravecida, logró el animoso joven persuadir a unos pocos valientes marineros a que le siguiesen, y, favorecido por la suerte, llegó al navío y sacó de él al digno comandante, quien llegado con felicidad a Cádiz, y trasladado a casa de unas señoras sus amigas, cuando volvió en sí, se encontró libre de peligro, y vivió después largos años para contraer nuevos méritos y pasar nuevos trabajos, siendo notable ejemplo de los vaivenes de la fortuna. Dolores hubo y desdichas menos conocidos, aunque no de menos lástima, pero quedaron ocultos entre las tinieblas en que suelen hechos notables ser desde luego envueltos y seguir siempre ignorados.

En cuanto a mí, pues forzoso me es hablar de mí en estos recuerdos, el día 22, recién aparecidos delante de Cádiz los navíos que bien merecen ser dichos despojos del combate, traté de restituirme a Chiclana a dar a mi madre algún consuelo en sus congojas y dudas, que todavía no eran, como dejo dicho, dolor por una pérdida temida solo, pero no conocida. Difícil nos era el viaje, porque por agua no consentía el tiempo hacerle, y por tierra faltaban medios de ponerse en camino, estando embargado todo carruaje. Vencí este inconveniente yendo yo a ver a Solano, el cual me distinguía notablemente, y que además hubo de tomar en consideración las circunstancias en que me hallaba. Concedióseme un calesín, y pasé a Chiclana por tierra; pero siendo a la sazón el camino que lleva a aquel lindo pueblecito, desde el de la isla de León, largo y malísimo, hicimos harto incómoda jornada, calándonos el agua, azotándonos el viento en el desabrigado vehículo, traqueteándonos horriblemente el movimiento, amenazados mil veces de volcar, y agregándose estas incomodidades a la agitación mental, bien que para distraer en parte el ánimo de la pena o del cuidado.

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No teniendo noticias en Chiclana, resolvimos venir a Cádiz a buscarlas. Seguía, como no suele suceder, aun sin intermisión, o con algunas breves en duración y no grandes en fuerzas, la borrasca. Hicimos el viaje en un coche bastante cómodo; pero salidos de la isla de León, y pasada Torregorda, al acercarnos a Cádiz, presenciamos un espectáculo espantoso. Estando la marea baja, echamos por la playa. Pero aquel camino siempre cómodo dejaba de serlo, porque le cubrían a cada paso despojos de naves, pedazos de jarcias, de arboladura, aun de cascos de buques, y con particularidad de botes, no faltando entre ellos de trecho en trecho algún cadáver, todo lo cual arrojaban a la tierra las olas encrespadas, que sin amansar su furia seguían apareciendo en el mar a modo de montes y estrellándose con ímpetu y tremendo ruido en la arena. Cerraba los ojos mi afligida madre como temerosa de encontrar entre los muertos el cuerpo de la persona querida, cuya pérdida, si no era para nosotros cierta, estaba muy dentro de los límites de lo probable.

Una vez en Cádiz, la incertidumbre seguía. Pero no es de la de mi familia y persona de la que me toca ahora aquí hablar, o a lo menos no de la que debo tratar, sino como de una parte accesoria de la situación de las cosas. En efecto, no mejorando el tiempo, casi todos los buques escapados del combate fueron a dar en la costa. Uno francés se fue a pique a la boca del puerto, pereciendo todos cuantos le tripulaban. A otro, que estaba anclado fuera, tuvo la osadía de acercarse un navío inglés hasta dispararle una andanada, a que él respondió con otra, pero con poco efecto por ambas partes, retirándose el agresor por respeto a la artillería de la plaza que comenzó a disparar, protegiendo a nuestro aliado en su apuro. De los diecisiete navíos que habían arriado bandera al terminar el combate, la mayor parte, corriendo varias fortunas en pocos días, o pocas horas, ya volvían a ser de su nación, p. 40sublevada la tripulación contra los pocos ingleses que marinaban el buque, ya recaían en poder de los que le habían ganado y ocupado, ya iban a perderse en la costa. Fue de los más afortunados el navío Santa Ana, de tres puentes, que ya rendido, combatiéndole el mar y viento, hubo de entrarse en Cádiz, cayendo prisioneros los ingleses ya dueños de él y rescatándose el teniente general don Ignacio de Álava, que en él estaba y venía herido. Así poco a poco iban llegando noticias de casos particulares. Hubo también algún parlamento, siendo recibidos en Cádiz los oficiales parlamentarios con cortesía, y hospedándose en casa de Mr. James Duff (llamado en Cádiz don Diego Duff), cónsul que había sido de su nación en la misma plaza, muy querido y respetado allí, y que seguía haciendo parte del oficio de cónsul, y llevaba el nombre de serlo en boca de lo común de las gentes, no obstante el estado de guerra. De un parlamento fue objeto el reclamar los ingleses como su prisionero a Álava, porque lo había sido por dos o tres días; pero su pretensión fue desatendida, como debía serlo, pues el favor de la suerte le había traído la libertad. A la casa de Duff era común acudir a averiguar el paradero de una u otra persona de las de la escuadra, cuyo fin o existencia aún eran ignorados; pero poco o nada se averiguaba, no cuidándose los ingleses de otras vidas que las de los suyos, y en quienes el dolor por la pérdida de la de Nelson no dejaba lugar a otros dolores.

El 31, según más arriba dejo dicho, cesaron mis dudas y las de mi familia, poniéndoles término el dolor más vivo y acerbo, dolor no para contado a indiferentes, y del que basta hacer esta leve mención, quizás, aun así, inoportuna.

Como todo pasa en el mundo, pasó la imagen de los sucesos que aquí acabo de recordar, yendo borrándose poco a poco de la memoria. Por lo pronto, dio motivo a los poetas para sentidos cantos, de ellos algunos de gran valor, p. 41pues que aún bastante conservan. La sombra de Nelson, obra de Moratín, hasta ha desaparecido de las más de las colecciones de sus obras, no tanto por el vicio de oscuridad que la afea, pero el cual está rescatado por grandísimas perfecciones, cuanto por las adulaciones en él prodigadas, no solo a Napoleón, sino al Príncipe de la Paz, a quienes prometen triunfos navales que no vinieron ni era de esperar que viniesen. La oda de Quintana vive con gloria; y si no con tanta, no ha muerto una de Arriaza.

También el púlpito, en oraciones fúnebres, ensalzó las glorias de aquel día. Se distinguió entre los sermones con esta ocasión predicados, uno que corrió impreso y aplaudido, pronunciado en el Ferrol por el señor Varela, célebre después, siendo comisario de Cruzada, como aficionado y protector de las letras y de las artes.

La guerra a Napoleón en defensa y sustento de nuestra independencia y gloria, como llena de grandísimos acontecimientos, oscureció la de un periodo más antiguo. Además, a la moribunda marina fue no menos funesta la paz y alianza con Inglaterra, que lo había sido la imprudente y poco feliz guerra sustentada contra aquel gobierno. Porque, siendo forzoso atender a lo presente y no más, convertida la atención a los ejércitos, y pareciendo como inútil la marina de guerra, perecieron carcomidos los navíos, y no se pensó en sustituirlos con otros.

Hoy ha cesado esta situación, y va resucitando, o aun puede decirse ha resucitado, nuestra marina de guerra.[7] p. 42Aún las reliquias vivas de Trafalgar no han sido olvidadas, y al cabo de 56 años sus servicios han tenido una remuneración, si no grande, sin duda decente, y lo que vale más, honrosa. Y si los sucesivos gobiernos atienden a este ramo del servicio público, la opinión general en este punto los ayuda y estimula.

[7] Aquí merece particular mención y muy honorífica el librito que, con el título de Trafalgar, escribió en 1850 don Manuel Marliani. Verdad es que su objeto fue vindicar nuestra marina de los agravios, a veces calumniosos, de M. Thiers; pero cumpliendo el autor su propósito del modo más satisfactorio posible, hizo un servicio señalado a su patria, así como a la Armada española. Al marqués de Molins, cuyo celo del honor del cuerpo a cuyo frente estaba era y es vivísimo, se debe haber patrocinado la obra del señor Marliani, suministrándole datos, y por todos los demás medios posibles, y haciéndose así acreedor a no corta parte del elogio que es debido y se tributa aquí con singular placer al autor y a la obra, y al ministro que les dio su patrocinio.


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III.

MADRID EN LOS DÍAS DEL REINADO DE CARLOS IV.

Notan algunos, y entre ellos quien esto escribe, que más de una vez lo ha repetido, cuán poco sabe la generación presente de lo que eran sus padres e inmediatos abuelos, mientras la diligencia de los eruditos ha llegado a enterarse bien y a poner con algún acierto a la vista del público lo que fueron sus antepasados absoluta o relativamente remotos. Últimamente algo se ha dicho de la época de Carlos III, pero de la de Carlos IV se habla poco o nada. Bien está, pues, en las tristes y escasas reliquias que aún quedamos de los últimos días de reinado tan deplorable, que alguna memoria dejemos y transmitamos a las generaciones futuras de la imagen política, literaria y social de un periodo casi envuelto en niebla, por lo mismo que no tuvo ni pudo despedir luz que le diese brillo, y con él a nuestra entonces malaventurada patria.

No se suponga en los borrones que siguen, y que están unidos con otros iguales o parecidos destinados a pintar p. 44usos y costumbres, y sucesos de leve monta de época de superior interés, la loca pretensión de suplir una falta o de llenar un hueco que han menester esfuerzos mayores y más detenimiento para ser suplidos o cubiertos de un modo satisfactorio. Cuento (pues justo es usar de la primera persona en trabajo de tan corto valor) lo que vi, y lo que otros han callado: lo cuento como viejo; pero, si no me engaña (como es posible que me engañe) una pasión natural, sin necio apego a lo pasado, si bien no con la amarga censura, no siempre justa, de unas escenas lastimosas. Escribo tirando a ser imparcial, y sin esperanza de conseguirlo del todo; pues, si aun las mejores cabezas y las más nobles almas no están exentas de las miserias de la flaqueza humana, cual podría estarlo quien no presume de hombre sabio o de varón justo.

Me ciño a traer a la vista de mis lectores solo escenas de la capital de la monarquía, y de uno u otro año, porque no pretendo hacer un cuadro acabado de la España de mi niñez y de los primeros años de mis mocedades. De meros rasgos puede sacarse algo y bastante para hacer pinturas, haciendo el ingenio y buen discurso lo que han hecho grandes anatomistas al construir con huesos de animales muertos esqueletos, y aun cuerpos, con fundada pretensión de ser reproducciones fieles de las que fueron criaturas vivas.

En los primeros años del presente siglo, era Madrid un pueblo feísimo, con pocos monumentos de arquitectura, con horrible caserío, y, aunque ya un tanto limpio desde que, con harto trabajo y suma repugnancia de una parte crecida del vecindario, le hizo despojar de la inmundicia que afeaba sus calles Carlos III, todavía distantísimo de verdadero aseo, como el de que entonces con razón blasonaba Cádiz. Los hierros del balconaje estaban tales cuales habían salido de la herrería; las vidrieras compuestas de vidrios pequeños, azulados, por los cuales penetraba p. 45trabajosamente la luz, y no pasaba menos dificultosamente la vista de dentro afuera; las fachadas de los edificios sucias, con las puertas y ventanas mal pintadas, y renovada en ellas la pintura tan de tarde en tarde que tal vez habría presentado mejor aspecto la madera dejada en su color primitivo. Era pésimo el empedrado. Verdad es que había aceras, de lo cual entonces carecía París y siguió careciendo por largos años; pero las aceras madrileñas, de las que hoy duran algunas, servían con imperfección al fin a que están destinadas. En los zaguanes o portales de casi todas las casas estaba el basurero, y al traer a él los sucios materiales que le llenaban, buena parte de ellos se quedaba esparcida por las escaleras. Eran estas, en general, oscuras y hechas de mala manera, atendiéndose poco o nada a mantenerlas en buen estado.

Bien es cierto que, adelantando el presente siglo, otras capitales de Europa han venido a ser muy otras de lo que eran. Londres ha visto desaparecer a millares sus horribles casas y angostas calles y callejuelas, sustituyéndolas con casas, si no hermosas, limpias y con pretensiones de adorno, y con calles bellísimas por su anchura y traza, sin contar con que en aquella capital se han construido palacios y edificios públicos de que antes carecía. París, que, no obstante contar un buen número de bellos edificios, era, en su mayor parte, una población de mal aspecto, empezó, imperando Napoleón, y siguió, reinando las dos ramas de los Borbones, una carrera de notabilísimas mejoras e innovaciones, hasta que en el reinado de Napoleón III, con verdadero exceso, atendiendo a doctrinas económicas, ha venido a convertirse en nueva ciudad de señalada hermosura. Dista infinito de haberse hecho tanto en Madrid, y, sin embargo, es mayor la diferencia que hay en nuestra capital, tal cual es y tal cual era, que entre otras ciudades mucho más enriquecidas con monumentos soberbios, pero no tan cambiadas.

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Si de lo exterior pasamos a lo interior de las casas, la mudanza o mejora es más notable. Quien ve las habitaciones modernas, no puede enterarse de lo que eran las antiguas. No porque, según piensan algunos, llevando las cosas a extremos y equivocando épocas, hubiese en 1806, por ejemplo, en las salas decentes de Madrid sillas de Vitoria. En la fecha a que me refiero, en la cual vine yo a esta capital, de donde había salido muchos años antes en mi niñez todavía, he aquí lo que era la casa de un consejero de Hacienda, cuya mujer pasaba por elegante. Había por delante de las paredes, en la sala principal, una banqueta de pino pintado imitando caobo, con florones de metal dorado en las esquinas, muy alta de pies, con asiento durísimo, y cubierta de seda en lo poco que no era de madera. Entre las ventanas había una mesa de las hoy llamadas consolas, y en la pared, delante de esta, un espejo, entonces dicho tremor del francés trumeau,[8] cuya pequeñísima luna se componía de dos pedazos, siendo el marco grandísimo a proporción, aunque no grande en absoluto, y de pino pintado, con dos columnitas delgadas, cuyos chapiteles eran de metal dorado, mientras sobre la luna o lunas, en el espacioso friso o cornisa, había un ramo de flores mal pintadas.

[8] Ya los franceses usan poco o nada de la voz trumeau, y llaman a los espejos de sala glaces.

Al adorno de la pieza principal correspondía el de las demás. Pero se distinguía por lo pobre el comedor, incluyendo el servicio de mesa. Las botellas blancas, de uso general en Cádiz, no se veían en Madrid sino en alguna muy rara mesa, sirviendo el vino en su fea botella de vidrio negro u oscuro, y el agua en un jarro que tenía el criado para llenar los vasos. Los platos y fuentes solían ser de loza de la fábrica de la Moncloa; loza blanca, no de mala apariencia. La de Valencia servía para casas más humildes. Al mismo tiempo había p. 47más vajillas de plata que hay hoy; y las empleaba en el servicio diario la gente de más alta esfera y superior riqueza; pero esta última era escasa a la sazón, si se exceptúa a los grandes señores, porque la capital carecía de los hoy llamados capitalistas; y algunos comerciantes ricos, vivían, si no pobremente, sin lujo alguno.

Las alfombras eran para pocos, siendo a la sazón su valor muy subido. En cambio, en punto a alumbrado se hacía buen gasto de cera. Los llamados quinqués, por el nombre de su inventor, eran entonces todos de los que se ponen en la pared. Las lámparas para aceite no eran conocidas: los antiguos velones estaban ya desterrados de las habitaciones de mediana decencia.

Una cosa muy de notar para los que hoy vivimos, es lo distante que estaba el lujo que entonces había de la medianía, siendo en ciertos ramos de cultura, o digamos en lo perteneciente a las comodidades y cortos regalos de la vida, a manera de un precipicio o tajo lo que hoy merece llamarse declive suave con varios puntos intermedios. Y aun en las casas de los principales señores y superiores empleados, como eran los ministros, a la sazón dotados con pingües sueldos, el lujo mismo carecía de ciertos ribetes o perfiles, hoy parte principal de quienes viven con tal cual desahogo. Había, además, riquísimos señores, aun de la grandeza, cuyos gastos eran enormes, llegando a punto de ser derroche de cuantiosísimas rentas, y que, sin embargo, en punto al servicio de mesa, vivían como hoy viven personas de muy reducidos haberes.

En el lujo de fuera de casa hay ahora, sin duda, notable aumento, pero no tanto cuanto algunos se figuran. Es idea corriente que ha crecido de un modo pasmoso el número de carruajes, y esto es muy cierto; pero no en el punto que no pocos dicen y creen. Nace esta equivocación de que comparan muchos el Madrid actual con el Madrid de 1815, o 1824, o 1836, recién terminadas las guerras de p. 48la Independencia o la revolución de 1820 a 1823, o pendiente la guerra civil; épocas todas de grandes calamidades, juntas con glorias mayores o menores, tanto cuanto con lástimas no gloriosas. En Madrid, aun en 1795 y 1796, solía llegar la doble fila de coches en el Prado, por una parte, a las inmediaciones del convento de Atocha, y por el otro extremo, a las del de Recoletos. Esto nacía de ser entonces indecoroso en ciertos empleados no tener coche. No podía un consejero ir a pie al Consejo sin rebajarse. Tenían coche los más entre los oficiales de secretaría, personajes de más cuenta que lo son los actuales, si no por su cuna o su talento o instrucción, por su poder o por la esfera en que los ponían las preocupaciones de la sociedad existente. Tenían, pues, coche gentes que vivían con estrechez en lo demás. Los coches eran pobres y feos, con rarísima excepción, tirados por mulas. Algunos llevaban el cochero montado; pero había muchos que cocheaban desde el pescante.[9]

[9] En 1795 y 96 teníamos un coche a medias entre mis padres y mi tío, a la sazón oficial de la secretaría de Hacienda, con una hermana de este y de mi padre. Mi tío, hombre instruidísimo y de talento, y no mal escritor (don Vicente Alcalá Galiano), era persona de poquísimo mundo, y solo conocía a Madrid y sus cercanías, donde había venido siendo niño y seguido viviendo. Como empezaban ya entonces a usarse los pescantes y los coches colgados de muelles, mi madre y tía querían estar al uso nuevo. «Niñas, niñas (decía mi tío, mozo aún, pero viejo en sus modos), esas cosas son para esas capitales extranjeras (que él conocía por los libros solo); pero no sirven en Madrid con su mal empedrado y sus cuestas». Resta decir que en punto al pescante ganaron las señoras, y que desde uno altísimo, como eran los de entonces, fueron gobernadas las mulas sin que sucediese mal alguno. En lo de los muelles nada consiguieron, conservándose las sopandas. De caballos no se habló, pues casi nadie los gastaba entonces. De los españoles se decía que no servían para el tiro, y los extranjeros no venían a España. Además, pasaban por no poder resistir el clima.

En 1807 ya había algunos coches tirados por caballos, pero pocos. Entonces brillaba sobre todos el de la marquesa de Tavares, recién venida de París; carruaje de los llamados bombés, y cuya figura era una esferoide o como un inmenso huevo de avestruz.

Los coches colgados de muelles p. 49se habían multiplicado en 1806: no así en 1796, en que casi todos estaban sobre sopandas. Algunos grandes tenían lindísimos trenes que lucían, sobre todo en las procesiones de administración del Viático a los enfermos por Pascua, y de Minerva después del Corpus, en que solían verse varios carruajes de una sola casa. En punto a coches de alquiler, denominados simones, los que había eran pocos y pésimos. Los de número o de plaza, es sabido que no han empezado hasta 1847.

El paseo solía estar concurrido, como hoy lo está, y nada menos si se toma en cuenta que la población era harto menos numerosa que la de nuestros días.

Dos eran los teatros abiertos, estando cerrado a fines de 1806 el de los Caños del Peral, que, destinado a óperas italianas, mientras se reedificaba el teatro del Príncipe, que se había quemado, servía a la compañía cómica de que era ornamento el justamente célebre Máiquez. Pero, mediando 1806, fue abierto el nuevo teatro del Príncipe, pasando a él los actores que representaban en el de los Caños. El recién abierto teatro, si menos indecente que el antiguo, era poco digno de un pueblo culto, siendo pequeño, como es hoy todavía, incómodo y sucio. Faltaba en él, es verdad, casi del todo el patio, donde estaban los espectadores de pie. El teatro de la Cruz conservaba su fealdad vetusta, de que apenas pudo recobrarse hasta su final caída en días novísimos, después de haberse afanado en balde para mejorarle y sustentarle. Brillaba en él hasta 1807, en que hubo de retirarse, la afamadísima Rita Luna, y a la par con ella el célebre gracioso Querol, de quienes hablaré después al tratar de lo que eran el arte dramático y los actores. Ciñéndome por ahora a la parte p. 50material del edificio, repetiré que era horrible, y que el espacioso patio, cuando estaba lleno, causaba a la vista y al oído un efecto por demás desagradable, viéndose en él lo llamado con propiedad oleadas, porque imitaba la gente empujándose el movimiento del mar, y aun podía mirarse como remedo de sus bramidos la gritería que era consecuencia del atropellarse y estrujarse de los concurrentes, en un lugar así como de diversión, de tormento. Los pocos asientos que había entre el patio y las tablas, así como los más numerosos del teatro del Príncipe, asientos entonces conocidos con el nombre de lunetas, novísimamente trocado por el americano de butacas, eran estrechos, duros, con forro de mala badana, casi siempre con desgarrones, y nunca limpia. Alumbraba los teatros una araña, que ya en 1806 era de quinqués, y en los días de iluminación además velas puestas en candeleros, que, formando lo llamado brazos, salían de los palcos.

La concurrencia a los teatros era regular. Publicaba entonces el Diario, juntamente con el anuncio de la función del día, la suma de lo recibido en la próxima pasada. Las entradas de lleno eran de 6000 reales[10] poco más, pero rara vez llegaban a tanto. Bien es cierto que los precios eran bajos. No se cobraba entrada más que para el patio, y a los palcos de amigos iban de balde los convidados o los que se convidaban a sí propios.

[10] Temo que me sea infiel la memoria, y que las entradas de lleno fuesen de 8000 reales.

Poco más tengo que añadir en cuanto a la parte material de la capital de nuestra pobre España en aquellos días de decadencia y abatimiento. Bien vendría, con todo, hablar algo aún de los vestidos entonces de uso, hoy tan ignorados, que su ignorancia ha desfigurado con el vicio de anacrónica una muy buena pintura, destinada p. 51a recordar un hecho memorable de nuestra historia.[11]

[11] La reunión de las Cortes de Cádiz en 1810, cuadro que existe en el Congreso de los Diputados.

Los hombres solían vestir entonces frac, y también levitas. Ni unos ni otros eran muy desemejantes de los del día presente, si bien tampoco se les parecían del todo. El cuello cuadrado que llevan en el citado cuadro los diputados de las Cortes en 1810, había ya desaparecido en 1806 y mucho antes. Llevábanse pantalones ajustados con media bota encima, y estas con una borla delante, calzado a que dio nombre el general ruso Souvarow. También los elegantes usaban calzón corto con cinta en vez de hebillas en la parte superior de la pierna, donde se unía con las botas de campana, que con él eran indispensables. Rarísima vez se veía en Madrid un sombrero redondo o de copa alta, y al ver un hombre que le llevaba, se suponía que era procedente de un puerto de mar, y particularmente de Cádiz. En los sombreros de picos (que así eran llamados) llevaban escarapela negra los que no tenían fuero militar: los militares la roja, aun vistiendo traje de paisano. El uso de los uniformes para visita, o aun para paseo, era también muy común. Las señoras solo gastaban sombrero para ir al teatro, y esto solo las de elevada clase. Alternaban las mantillas blancas con las negras. Las basquiñas negras, si aún vivían, tenían que compartir su existencia con las de color, y en invierno con lo llamado dulletas.

El traje del pueblo era diferente del de las personas de alta y mediana clase. Con el sombrero de picos cubrían su cabeza los hombres, prenda que disonaba de la chaqueta; pero desde el famoso motín de los días de Carlos III estaba prohibido el uso del sombrero gacho, cuya supresión fue origen de aquel exceso, y vino a ser obligatorio el de picos. Así, los señores que por capricho imitaban en su traje y modos a la plebe, entre los cuales se distinguían el p. 52marqués de Perales y el de Torrecuéllar, llevaban con vestidos casi de majos un sombrero propio para el traje más de ceremonia. En cuanto a las mujeres, las llamadas manolas vestían más o menos según están pintadas en los lindos versos, tan populares un día, y dignos de su fama, con que en época muy posterior las ha inmortalizado Bretón de los Herreros.

Excusado parece, pero con todo no será fuera de propósito decir que las capas, las cuales en España nunca mueren, pues, si por más o menos largo plazo un tanto se eclipsan, vuelven a aparecer, estaban en uso corriente en los días de que voy aquí ahora hablando. Pero las de grana, que privaban en mi niñez, habían desaparecido enteramente, destronadas y hasta extirpadas por las blancas. Compartían, sin embargo, el favor con ellas unos sobretodos llamados robs o carricks con muchos cuellos, poco diferentes de los que hoy llevan los cocheros.

Entre el aspecto puramente externo, y el estado intelectual del pueblo, puede decirse que media el trato ordinario, porque los modales tienen de ambas cosas. Era por aquellos días la poca sociedad de Madrid culta más que lo es hoy, aunque mucho menos instruida. La obscenidad en el lenguaje no faltaba, siendo este vicio de los pueblos del Mediodía, pero no había llegado al repugnante extremo en que hoy la oímos; cosa singular, porque en otros pueblos, con la cultura, si ya no con la religión, decrece esta fea práctica que entre nosotros ha tenido aumento.

En cambio, el juego de puro azar, que en días novísimos ha sido desterrado de las casas más decentes, entonces era la ocupación de las poquísimas tertulias de la gente de superior esfera.

La razón de ser tan pocas las tertulias consistía en que era peligroso recibir mucha gente en una casa. El Gobierno, recogido en los sitios Reales, desde ellos miraba a Madrid con ceño y miedo, y parecía como que se declaraba p. 53enemigo público, pagando y recibiendo odio por odio. Es verdad que el mal que se temía no pasaba de ser el destierro de Madrid, pero el destierro no es pena leve en muchos casos, por más que a los españoles ni pena parezca, pues le vemos en uso bajo gobiernos llamados constitucionales. Pero el peligro de ser desterrado, si no grave, era grande, por ser fácil incurrir en culpa que le motivase, porque lo era el estar en los sitios Reales sin objeto conocido, o el dar un baile en Madrid o cosa parecida.[12]

[12] En el Carnaval de 1808, varios jóvenes de esta capital, de los más elegantes de ella, resolvimos dar un baile por suscripción. No estaba entonces esto en uso en Madrid, y la cosa pareció, aun más que novedad, atrevimiento. En efecto, la señora que se prestó a recibir salió desterrada. Varios temimos igual suerte. Por fortuna, a pocos días (en marzo de 1808), sucesos de la mayor gravedad dieron al olvido pecados tan leves, pues dieron en tierra con la monarquía antigua.

No dejaba de ir gente a los cafés. Estos no eran lujosos, y los había de suma pobreza; pero en uno u otro no faltaba adorno ni aun asomos de elegancia, mereciendo tal calificación la Fontana de Oro, que tenía una sala espaciosísima; el del Ángel, que ha vivido hasta 1848, si bien mejorando, y hoy pasado a ser del Iris, y el de la Cruz de Malta en la calle del Caballero de Gracia. Aunque inferior a estos, no era indecente el de San Luis, que novísimamente ha sido cerrado, merced a la dureza del casero, y que había tenido pocas, aunque algunas mejoras. A este último concurrían bastantes guardias de Corps, o de la Real persona; cuerpo que representaba muy notable papel en Madrid, y más en el pueblo en sus varias clases que en lo llamado alta sociedad, de la cual, si embargo, eran, y a que concurrían algunos de ellos, bien que no muchos. Aunque ya servían helados en varios cafés, subsistían las botillerías, destinadas solo a bebidas frescas. La de Canosa, situada en la Carrera de San Jerónimo, era, si no la decana, p. 54la que había gozado de no disputada primacía entre todas; pero en 1806 estaba en decadencia, cuando en mi niñez (hacia 1795 y 96) era la preferida por las personas principales de la corte, bien que en ella entraban pocos, y ningunas señoras, llevándose la bebida a los coches. Muchos que hoy viven han visto tan miserable covacha, reliquia de tiempos antiguos, conservada hasta 1846 o 47, si no en toda su fealdad y miseria, poco menos, y sin duda teniendo parroquianos fieles, sin los cuales no podría haber dilatado su existencia.

Era miserable el aspecto de las tiendas; notándose en ellas todavía más la falta del adorno que la escasez del surtido, aunque en el último punto había no poco que desear, porque los objetos de lujo eran poco numerosos, y menos se encontraban de regalo, señaladamente en punto a provisiones. La fonda de Genieys, situada entonces en el Postigo de San Martín, era mediana en lo tocante a cocina, y nada brillante en lo concerniente al servicio, aunque no mala del todo, comparándola con lo que eran a la sazón las casas particulares; pero estaba pobremente amueblada. No relucía más, mirada por el mismo aspecto, y aun quizá era inferior, la pastelería de Ceferino, situada en la calle del León, a la cual concurrían gentes de alta y mediana clase, particularmente a comer pescado, del cual había entonces poco fresco en esta población, donde apenas se conocían otras clases que el besugo y la merluza.

Si de cosas tan humildes, las cuales, aun siéndolo, pintan, sin embargo, el estado de un pueblo, subimos a ver objetos de superior esfera, poniéndonos en la del mundo político, intelectual y moral, harto hay que decir en estos pobres recuerdos.

No voy aquí a juzgar el antiguo gobierno de España, siendo mi propósito únicamente decir, en vez de lo que debía o no ser, lo que era, y no describiendo su mecanismo, ni contando sus hechos, sino recordando cómo estaba p. 55entonces considerado, y sus relaciones con la sociedad y el pueblo de la capital de la monarquía.

Veíase el Gobierno en general aborrecido y despreciado. Lo mereció sin duda; pero tal vez excedía, en punto tal, lo sentido a lo merecido. No alcanzaba el odio al Rey, pero sí el desprecio, haciéndole favor la voz popular en cuanto a las intenciones que le suponía, pero teniendo en poco su carácter. El aborrecimiento a la Reina llegaba a un extremo increíble, solo igualado por el en que se miraba al Príncipe de la Paz, su privado y valido, reputado con bastante, pero no con completa razón, el verdadero monarca. Al revés, el príncipe de Asturias, después Fernando VII, era no un solo mytho, sino varios, figurándose gentes de diversas y contrarias opiniones en su persona imaginada todas las prendas que en un monarca futuro deseaban.

No faltaban en España quienes soñasen en una monarquía de las llamadas constitucionales. Republicanos había ya pocos, aunque había habido bastantes entre la gente ilustrada hacia 1795, y aun hasta 1804. Pero la conversión en imperio de la república francesa había dividido a los que, dándole culto, aspiraban a tomarla por modelo. Muchos se adherían a Napoleón, como representante de la revolución, en su dictadura, ya consular, ya imperial: otros, mirándole como destructor de la libertad, le abominaban. Estos últimos eran cortísimos en número, y podría decir, éramos, porque yo, niño y joven, me contaba entre ellos, pasando por lo que en Cádiz, y aun aquí en Madrid, era conocido con el nombre de mameluco, el cual, no sé por qué, servía de apodo a los enemigos a la sazón de nuestro poderoso y glorioso aliado. Lo general de las gentes admiraba y aplaudía al ínclito emperador francés, conquistador y legislador, así como supuesto protector de España.

No está de más añadir que entre el clero, y aun entre los frailes, gozaba Napoleón de alto y favorable concepto.

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La corte no residía en Madrid más que muy de paso;[13] y en los últimos años del reinado de Carlos IV, puede decirse que ni aun así.

[13] La corte solo pasaba en Madrid pocos días a fines de junio y principios de julio al trasladarse de Aranjuez a la Granja, y otros pocos en diciembre al pasar del Escorial a Aranjuez. Pero a fines de 1806 no quiso ni aun entrar en Madrid para la corta estancia de invierno, y viniendo del Escorial procedió del puente de Segovia al de Toledo, formando del uno al otro la tropa. Al terminar 1807, cuando la causa famosa del Escorial había llevado el odio al Gobierno al último extremo, ni aun se acercó el Rey a Madrid y se fue del Escorial a Aranjuez, cortando desde las ventas de Alcorcón al camino de Andalucía.

En los sitios Reales estaban todos los ministros. Allí se acudía a los besamanos, o con algún particular motivo. Entre los concurrentes, hacían el primer papel los llamados pretendientes, lo cual venía a ser a modo de un oficio o profesión con este nombre. En los últimos días de la antigua monarquía, aun a estos solía expulsarse de la residencia de los reyes.

Así, la corte no existía para la capital sino como para una ciudad de provincia. Pero el monarca verdadero, o el considerado como tal, aunque una u otra vez no lo fuese, porque lo era en casi todo, el prepotente Príncipe de la Paz pasaba la vida, alternando ya en Madrid, ya en los sitios. Aquí tenía lo llamado su corte un día a la semana; y no sin propiedad era llamada su corte, pues se asemejaba mucho más a la de un rey que a la de un ministro, aunque no se pareciese a lo que era entonces el modo de recibir a sus súbditos, apellidados vasallos, los soberanos de España.

En el hoy ministerio de Marina, edificio que desde la caída del hombre singular que le ocupó y desde él casi reinó, ha servido a varios usos, y donde vivía, como todos saben, hasta que en los últimos días de su poder pasó a residir en una casa casi humilde, mientras le habilitaban p. 57el palacio de Buena Vista, que acababa de serle ofrecido en dádiva, tenía su corte el valido de Carlos IV. Un cuerpo nuevamente creado para ser su guardia, hacía la de su casa; cuerpo considerado como ramo del de Carabineros reales, pero diferenciándose de él en el uniforme, que era el de los húsares de aquellos días; y cuerpo lucido por la buena presencia de los soldados, todos ellos escogidos, y de los oficiales, a que daban realce el vestido y las prendas todas de su equipo. Una escalera hecha a grandísimo costo, y más señalada por la riqueza que por el gusto de su adorno, daba paso a varios salones. En uno de ellos, largo y comparativamente angosto, estaba lo principal de la concurrencia, la cual, sin embargo, se extendía hasta llenar otros dos o tres cuartos de menores dimensiones. Contribuían a formar aquel concurso personas de muy diferentes clases y categorías, las más de ellas traídas allí por el interés de alguna pretensión; algunas, bien que pocas, solo para asistir a un espectáculo divertido; bastantes sin otro objeto que no faltar, porque no pareciese hija del desafecto siendo notada su ausencia. Ambos sexos, en proporción casi igual, formaban lo que algunos días parecía hasta bullicio. Como no se exigía requisito alguno para tener entrada, veíanse, aunque pocas, mujeres de reputación equívoca, o aun quizá más, pues no faltaba una u otra prostituta, aunque de lo más alto, o dígase de lo más rico de su mala ralea. Y, ¡triste es decirlo, pero aunque el mal se ha ponderado, lo hubo y grande!, de las señoras que por su cuna y situación merecían respeto, bastantes iban allí a lucir sus dotes personales para captarse la buena voluntad de aquel hombre todopoderoso, vendiendo su virtud a trueque de mercedes, siendo, si ya no común, caso no infrecuente llevar al inmundo mercado madres a sus hijas solteras, y hasta maridos a sus esposas. Lo repito, la voz popular, expresando un odio ciego, ha abultado y abultaba excesos de suyo tan enormes, pero abultaba y no más; y el p. 58mismo valido, en los largos años de su abatimiento y desventura, disculpándose, ya con más, ya con menos razón, de los graves cargos hechos a su persona, se confesaba altamente culpado en materia de amoríos, si nombre de amor pudiese merecer la satisfacción de apetitos torpes, en que las circunstancias de ambas partes hacían el trato de compra y venta.

El método seguido en aquella corte era el que suelen usar los soberanos, y el que, remedándolos, usan a veces los capitanes generales de nuestras provincias, y a falta de estos, las autoridades superiores civiles, a las cuales toca exclusivamente, aunque así no suceda entre nosotros, desempeñar el primer papel en todo cuanto no es de la milicia. Asomaba, saliendo de los aposentos interiores, el Príncipe de la Paz, y cesaba el murmullo que hay siempre en toda reunión numerosa, poniéndose en orden los concurrentes, no sin afán de todos o casi todos por situarse en la delantera, para no quedar sin ser vistos u oídos cuando pasaba, no pudiendo detenerse a hablar con cada uno, el objeto, si no de la adoración, del culto interesado de todos cuantos algo pretendían del Gobierno.

No estará acaso de más que haga aquí una pintura, o digamos bosquejo tosco, de tan afamado personaje. De su exterior solo voy a hablar, pues de sus hechos, como es público, se ha dicho bastante, si bien con extremos injustos en el vituperio, que en los últimos años de la dilatada vida del que llegó a pobre y oscura vejez, hubo de ceder un tanto, habiendo sido la singular suerte de hombre un día tan poderoso la de sobrevivir hasta al odio, cuya existencia es más tenaz que la de otros mejores afectos. Don Manuel Godoy, cuya elevación en sus comienzos fue debida puramente a sus prendas personales, era de alta estatura, lleno de carnes, aunque no gordo, muy cargado de espaldas, a punto de llevar la cabeza algo baja, de pelo rubio, y color muy blanco; rara circunstancia en p. 59un hijo de Extremadura, cuyos naturales, con raras excepciones, llevan en el rostro a manera de un reflejo del terreno de las tostadas dehesas donde tienen su cuna y pasan sus niñeces. Sobre la blancura de sus mejillas relucía un vivísimo carmín, que achacaba la feroz malicia de sus enemigos a lo vulgarmente llamado mano de gato; pero aun personas nada amigas suyas sustentaban ser don de la naturaleza, el cual en verdad casi rayaba en falta por lo muy subido. Vestía el uniforme de capitán general, pero con faja azul, en lo cual se diferenciaba como generalísimo de los capitanes generales. Llevaba en la mano su sombrero de picos con pluma blanca y su bastón. Era de fisonomía dulce, poco expresiva; en el hablar ni muy difícil ni muy fácil, no dando muestras de ingenioso, y aspirando a veces a chistoso,[14] si no con acierto, haciendo efecto, porque una sonrisa más o menos forzada recibía con aparente aprobación sus chistes.

[14] En la última o penúltima corte que tuvo el Príncipe de la Paz, cuando estaba y aun se veía cercana su caída, estando yo allí con mi madre, teníamos al lado a dos frailes, sin duda personajes de cuenta en su orden, a los cuales se acercó el valido, y dijo las palabras siguientes, cuyo sentido no entendimos hasta que noticias después sabidas nos lo explicaron: ¿Conque el Espíritu Santo se ha vuelto perdiz? Y como no recibiese respuesta a esta necedad, que era alusión a haber tomado posesión de Roma y su gobierno, en nombre de su emperador, el general francés Miollis, destronando al Papa, prosiguió el gran personaje: Sí, perdiz con sus patitas coloradas. A lo cual añadió: «Yo estoy en el caso de desear vestirme, no un hábito como ese (y señalaba el de los religiosos), sino un saco, e ir a encerrarme a un desierto». A tales frases, si no impías, cuando menos indecorosas, respondían los buenos de los frailes con sonrisitas, y esto cuando quien las decía estaba ya en vísperas de caer de su poder y grandeza; pero tales eran los tiempos, que mientras seguía en pie el ídolo, era costumbre seguir dándole culto.

Era notable en recordarse los rostros y el negocio que a cada cual traía a verle, en medio de tal confusión de personas y cosas; calidad p. 60esta de memoria común en los príncipes, donde se prueba cuánto se perfecciona cualquiera de las facultades del hombre con ser continua y casi exclusivamente cultivada y empleada. Concluida la corte, salían los concurrentes: de ellos la mayor parte a maldecir a aquel ante quien poco antes habían aparecido solícitos y sumisos. En cuanto al pueblo, que no iba a tales ceremonias, maldecía únicamente al privado, pudiendo en él más la preocupación que el juicio, y más violento en aborrecer por lo mismo que ignoraba en gran parte por qué aborrecía.

Era por cierto muy notable en aquellas horas la situación de nuestro Gobierno, y de sus relaciones con los gobernados, o digamos del concepto en que era tenido, y de los deseos o esperanzas en cuanto a lo venidero. De limitaciones al poder real pocos conocían algo, y así eran cortos en número quienes a verlas establecidas aspirasen. Esto no obstante, reinaba entre el mismo vulgo una idea confusa de que podía, y aun de que debía haberlas, y cierta persuasión de que las había habido, y de que era conveniente, así como posible, traerlas de nuevo a uso. Era muy general buscar este correctivo al poder arbitrario en el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla. Pero la dignidad de la Corona seguía, no solo respetada, sino apreciada altamente. Lo que era odiado era los favoritos o privados, que (según decían) engañaban al Rey siempre bueno, como si fuese imposible impedir que hubiese validos prepotentes cuando el monarca lo es todo y quiere depositar su confianza en una persona querida. Pero había un síntoma fatal para la autoridad, y era haber caído no solo en odio sino en desprecio algunos de los que la ejercían, inclusa la Reina, a la cual no alcanzaba la inmunidad de que en la opinión vulgar gozaba el trono.

Una sociedad política admirablemente constituida ha causado en Inglaterra que no padeciese menoscabo la monarquía ni aun reinando aborrecido, despreciado y p. 61escarnecido el vicioso Jorge IV. Al revés, en Francia recibió una herida, que con el tiempo vino a ser mortal, la autoridad real en el reinado del corrompido Luis XV. Lo que en el vecino reino, hacia 1770, podían ver en nuestra patria en 1807 vistas no de lince; pero en materias políticas pocos eran los que veían medianamente claro, porque faltaba generalmente aquí la luz de la ciencia.

No porque, al decir esto, afirme yo que estábamos los españoles poco antes de la invasión francesa envueltos en espesísimas nieblas, pues alguna si bien escasa luz nos alumbraba. El estado puramente intelectual del pueblo será asunto de otra parte de este imperfectísimo trabajo, digno de ser leído por quienes le leyeren para recibirle como chocheces; pero algo se saca de la garrulidad de los viejos, sobre todo cuando, callando o habiendo callado muchos, quienes rompen el silencio cuentan cosas y aun pequeñeces mal o poco o a veces nada conocidas. Aun los chiquillos, ansiosos de diversión, suelen agolparse alrededor de la abuela, a oír lo que cuenta de cuando era niña y moza, y por lo común lo que cuenta vale poco, y no es raro que contenga, entre cosas nuevas, otras muy sabidas. Otro tanto puede prometerse que le suceda quien, según el modo de hablar del vulgo, es un pobre abuelito.


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IV.

MADRID DE 1806 A 1807.

La literatura madrileña estaba en 1806 casi dividida en dos bandos, si bien había literatos que no eran completamente del uno ni del otro, siendo a modo de imparciales, ya en su común amistad, ya en su enemistad a ambos, y no faltando quienes desertasen de una hueste a la opuesta. En la formación de estos bandos influían variedad o contraposición en las doctrinas, así literarias como de otra clase, no dejando de influir estas últimas en aquellas, y viceversa, o razones privadas, ya de piques y resentimientos, ya de celos y ambición de ocupar puestos absoluta o relativamente superiores.

La una hueste era patrocinada por el Gobierno, o digamos por el Príncipe de la Paz, al cual eran los hombres principales o cabos personalmente adictos. Era el principal de estos don Leandro Fernández Moratín, poeta cómico aventajado, si bien falto de imaginación creadora, y de pasión viva o intensa; rico en ingenio y doctrina; clásico en su gusto, esto es, a la latina o a la francesa; nada amante p. 64de la libertad política, y muy bien avenido con la autoridad, aun la de entonces, a cuya sombra medraba, y también dominaba; en punto a ideas religiosas, laxo por demás, si hemos de tomar por testimonio sus obras, donde se complace en satirizar no solo la superstición, sino la devoción, como dejando traslucir lo que calla; de condición desabrida e imperiosa, aunque burlón; de vanidad no encubierta, y con todo esto, no careciendo de algunas buenas dotes privadas que le granjeaban amigos, aunque buenos, en número escaso. Seguíale en poder y renombre su amigo el presbítero don Pedro Estala, escritor prolífico, y hasta compilador a veces; buen helenista, cuyas traducciones del Edipo rey de Sófocles y del Pluto de Aristófanes merecen fama superior a la que le dieron; literato a quien el gusto de su siglo, como sucedió poco antes en Francia al abate Barthelemy, llevó a no conocer del todo el clasicismo griego, a pesar de su grande conocimiento de la lengua y buenas obras de aquel pueblo sin igual, porque interpretaba lo que sabía con arreglo a preocupaciones dominantes en la época en que leía y escribía; hombre a quien atribuían buenas prendas sus amigos, y en quien sus contrarios solo hallaban dureza reputada de despótica. En pos de estos, o a la par con ellos, venía el abate Melón, inferior a sus dos amigos en renombre, si no en mérito, pero al cual daba su empleo de juez de imprenta un poder que ejercía con rigor injusto a veces contra sus rivales o los contrarios a su pandilla.[15] De triunvirato era calificada esta unión de los tres, no sin añadirse a un sustantivo p. 65nada favorable adjetivos que lo eran menos. Los secuaces de los tres eran poco numerosos, no contándose entre ellos nombre alguno de los que sonaban con aplauso en nuestra literatura contemporánea.

[15] Por ejemplo, de la traducción de Blair se había hecho un compendio, y negó el juez la licencia para darle a luz, fundando la negativa en una crítica larga de la obra. No era esta muy buena (como se ha visto después), porque al cabo, caído el gobierno de Carlos IV salió a luz, pero tampoco era mala, y al juez no tocaba decidir, para si podía o no imprimirse, cual era su valor literario, sino si contenía algo contra la fe y buenas costumbres.

En el bando opuesto militaban hombres célebres ya entonces, pero cuya reputación creció en días posteriores, en los cuales vinieron a estar dominantes a la par sus doctrinas y sus personas. Sus ideas eran las de los filósofos franceses del siglo XVIII, y las de la revolución del pueblo nuestro vecino, así como en la parte religiosa, en la política, si bien no yendo todos igualmente lejos. En literatura su clasicismo era menos puro que el de sus adversarios, yéndose con los semiheréticos de los días de Voltaire, cuando los otros se quedaban con los ortodoxos Boileau y Racine. Don Manuel José Quintana, a quien concedió la suerte dilatada vida y al cabo próspera fortuna, era el principal, si no en crédito, en influencia, de los de su parcialidad literaria. De los que esta componían, muchos tenían empleos; pero en su bandera estaba el lema de oposición, no escrito en letras claras, lo cual entonces no podía haberse tolerado, pero sí en cierta cosa a manera de cifra o jeroglífico, cuya clave o sentido a nadie se ocultaba ni podía ocultarse. No podía Quintana gozar de la alta reputación que después gozó, mereciéndola, porque poco de él era conocido, y cabalmente en esto poco consiste su principal merecimiento, porque es el cantor sin par de doctrinas políticas y filosóficas, no sanas siempre, e imposibles de ser proclamadas en los días de nuestra monarquía antigua. Tachaban en él sus contrarios alguna dificultad en la expresión, cuando no era magnífica, pobreza en la rima, inexactitud en los epítetos y galicismos frecuentes; tachas no infundadas, pero completamente oscurecidas por el resplandor de los hermosos pasajes en que aparece gran poeta, no solo escribiendo en verso, sino también en prosa. A su lado era puesto Cienfuegos, y aun por algunos en p. 66lugar superior como poeta, no obstante sus extravagancias innegables, figurándose no pocos arrebatos de fogosidad lo que eran contorsiones para despertar en sí el fuego sacro; en una u otra ocasión, acertando a ser bello, pero de belleza singular en sus rarezas; varón justo y dignísimo, según acreditó en los últimos días de su vida, y con su desgraciada muerte traída por una persecución infame. Era Cienfuegos de las mismas doctrinas que su amigo Quintana, quizá extremándolas, quizá no llegando tan allá, pero pareciendo lo primero, porque la violencia en las formas suponía otra igual en la sustancia. Tras de estos venía un numeroso séquito de escritores, a quienes acontecimientos que sobrevinieron dieron ya mayor, ya menor fama.

El prosista Capmany, aunque viviendo en trato amistoso con Quintana y los suyos, sin que pudiesen verse señales de la enemistad furibunda y a todas luces vituperable que después manifestó al primero, no cabía dentro ni de la una ni de la otra de las opuestas parcialidades aquí recién mencionadas; su antifrancesismo maniático y estrafalario no había llegado al punto a que llegó en 1808, pero era purista, si bien con extrañezas en su purismo, apareciendo el lemosín cuando pretendía el escritor ser acrisolado castellano.

Un poeta de grande y merecida fama, pero de mayor concepto entre el vulgo de lectores que entre los literatos rígidos; ingenioso en grado altísimo, fácil en la dicción, diestro en el manejo de la rima, dote no común en su época; con imaginación viva, pero no fuerte; con pasión superficial, siendo su amor mero galanteo, y su patriotismo, aunque verdadero, más chispeante que ardiente; terrible en la sátira; ajeno hasta entonces a la política, pero cantor asiduo de alabanzas del Príncipe de la Paz, de cuya sociedad privada era familiar: don Juan Bautista Arriaza constituía una entidad aparte de toda pandilla. Su oficio p. 67principal, que ahora tal vez llamaríamos, o llamarán muchos su misión, era escribir sátiras, sobre todo de composiciones dramáticas, en lo cual era siempre admirable, aunque fuese con frecuencia injusto, y aun los amigos de las víctimas por él asaetadas no podían menos de aplaudir la pasmosa habilidad del flechero.

Los dos bandos literarios tenían cada uno a manera de un catecismo de su fe, o dicho con más propiedad, un libro en que a la par promulgaban sus doctrinas, y en las aplicaciones de estas daban satisfacción a sus afectos. El libro de los Moratinistas era los principios de literatura de Batteux; el de los Quintanistas las lecciones de retórica y poética del escocés Hugo Blair. Batteux no pasa de ser un comentador de Aristóteles en la parte de poética, y explayando y aplicando las doctrinas del insigne filósofo de Estagira las desfigura un tanto al diluirlas y extenderlas. Blair, hoy tenido en poco entre sus compatricios, pero algún día muy estimado, es harto más filosófico que Batteux.[16]

[16] La traducción de Batteux fue tratada con rigor grande, pero no injusto del todo, en el Memorial literario. Baste decir que el bueno del traductor, entre otras lindezas, vertió en castellano la voz ramage (esto es, trino, gorjeo o canto de los pájaros), el ruido que hacen los pájaros en las ramas de los árboles. Otra cosa se le tacha en la misma crítica como galicismo hasta ridículo, que hoy ha llegado a ser locución corriente: ¡tanto ha crecido la corrupción de nuestra lengua! El galicismo de que hablo, y que afeaba un crítico a principios de este siglo, era traducir les grecs furent battus, por los griegos fueron batidos, en vez de decir vencidos o deshechos.

En cuanto a la traducción de Blair, eran otros sus pecados. De estos, fue uno de los más chistosos traducir la voz tense, que significa tiempo en gramática, o sea tiempo de verbo, por tenso, y para autorizar el barbarismo o voz nueva, afirmar con gravedad de doctor que tense en inglés solo significaba ciertos tiempos intermedios, como el pluscuamperfecto, y otros a este tenor.

En los apéndices de una y otra obra, como se distinguiesen los del Blair por su atrevimiento a veces desvariado pero en otras ocasiones acertado, excitó eso grande indignación en los contrarios anotadores de Batteux. Por ejemplo, dijo el que adicionaba el Blair que Bartolomé Leonardo de Argensola no había sabido escribir en prosa ni en verso. Esto parecía hasta locura, y sonaba a harto más que lo que intentaba decir quien lo escribió. Con tal motivo, los amigos de Moratín y Estala, que eran quienes escribieron los apéndices a Batteux, rompieron en exclamaciones violentas, hasta llegar a apostrofar al maltratado Argensola.

Ambas obras estaban pésimamente traducidas; p. 68estando peor todavía la del francés que la del inglés. Pero el campo de batalla de las opuestas huestes estaba en los apéndices puestos por los traductores o por amigos de los traductores a los originales; apéndices destinados a juzgar, aunque por encima, las obras de nuestra literatura antigua y moderna. Para los Moratinistas la primera era en grado sumo preferible; para los Quintanistas la segunda. Aquellos se mostraban, si bien con reserva o con timidez, antifranceses; estos otros, sin dejar de ser buenos patricios, anteponían los autores extraños a los de su propia patria. Nuestro teatro era para los unos objeto de admiración, aunque según las preocupaciones del tiempo, confesaban que había pecado en no conformarse a las doctrinas creídas aristotélicas: para los de opiniones contrarias, si había en nuestra poesía dramática algo bueno, lo malo predominaba, siendo el conjunto monstruoso. Al revés, o poco menos, salvo al tratar de las comedias de Moratín, acontecía tratándose de los contemporáneos, pues en los apéndices a las lecciones de Blair llega a afirmarse que es el primero de nuestros poetas trágicos de todas épocas Cienfuegos. Que en juicios tales influían afectos de odio y de amor visibles, está claro, aunque tal vez hubo de encubrirse en parte a quienes los promulgaban, que a menudo se creían desapasionados y rectos jueces, cuando procedían como acalorados parciales.

Faltaban buenos lugares donde seguir con espacio semejantes p. 69lides. Hubo, es verdad, algunos periódicos de crítica, no enteramente faltos de mérito; pero vivieron poco. Fue el mejor de ellos el titulado Variedades de ciencias, literatura y artes, en el cual escribían Quintana y sus amigos. Mayor vida tuvo otro, cuyo título era, si mal no me acuerdo, el Memorial literario, el cual pasó de unas a otras manos, dirigiéndole, ya don P. Olive, ya los hermanos Carnerero, y sin declararse ni por los Moratinistas ni por los Quintanistas. Uno y otro periódico habían ya muerto en 1806; y don P. Olive escribía uno nuevo con el título de La Minerva, inferior a los antes aquí citados.

El pobre Diario, cuyo sucesor es el hoy llamado de Avisos, en su pequeñez suma y pésima impresión, solía contener breves artículos de lo ahora llamado polémica, no siempre despreciables, y algunas veces dignos de aprecio. En él habían escrito Capmany y Cienfuegos, sobre si es o no es castiza, o diciéndolo como se debe, si debía o no ser admitida con título de legitimidad en nuestra lengua la palabra detall, o detalle. Pero en el mismo Diario, hacia fines de 1807 o principios de 1808, había salido a luz más de una carta donde se disputaban la primacía en su arte, o la disputaban sus respectivos parciales, los barberos de Madrid y los de Andalucía.

Un periódico semanal de política, o hablando propiamente, de noticias, pues sobre materias de gobierno, aun en lo relativo a las relaciones con los extranjeros, no era lícito entonces entrar en disputas, ni aun en examen, era el Mercurio, a la sazón dirigido, y en parte escrito, por don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, en su calidad de oficial de la primera secretaría de Estado, pues de ella salía la tal obra, siendo como de oficio y a manera de un aditamento a la Gaceta, que era publicada dos veces a la semana. En el Mercurio solían publicarse artículos sobre literatura, entre los cuales dio mucho que hablar uno de la pluma de Cienfuegos, destinado a juzgar un drama, entonces p. 70muy aplaudido, cuyo título es: Sancho Ortiz de las Roelas, refundición hecha por don Cándido Trigueros de la Estrella de Sevilla, de Lope.

De obras largas sobre materias graves ninguna llamaba la atención en aquel tiempo. Pero la llamaba el teatro, si no en el grado que en la hora presente, en uno superior al efecto que producía cualquier otro producto del ingenio.

Pocas eran las obras originales que se representaban. Las comedias de Moratín estaban en el punto más alto de su reputación; pero no las representaba la compañía de Máiquez, y la del teatro de la Cruz no estaba en favor entre las gentes de la clase más alta de la sociedad, si bien en algunas ocasiones aun esta concurría al teatro desfavorecido. Máiquez gustaba de representar piececitas francesas, que entonces, como ahora, privaban. En punto a tragedias, las de Alfieri y Ducis, varias de ellas bien traducidas, aunque otras muy mal; algunas de Arnault y Legouvé, y la Zaire, de Voltaire, en la traducción de Huerta, donde la heroína tiene por nombre Jaira, disfrutaban de gran favor, porque eran muy bien representadas. Es de notar que de Corneille solo salía a nuestras tablas una traducción del Cid, recibida con poco aplauso y aun con mediana atención, y de Racine ninguna absolutamente.

De tragedias españolas a la francesa, o sea del género aún hoy mismo llamado clásico, aparecía de vez en cuando una nueva, pero casi siempre con infeliz éxito, contribuyendo a acabar con ella alguna sátira cruel del desapiadado Arriaza, el cual, si no era más blando con los traductores, no solía alcanzar sobre ellos completa victoria. El duque de Viseo, de Quintana, era tolerado y, aunque no con frecuencia, oído. El Pelayo, del mismo, fue recibido en 1806 con favor, pero no tal ni tan duradero que se repitiese su representación pasados los primeros días de su aparición y fama. Un Coriolano de Sánchez Barbero murió p. 71recién nacido. Abdalaziz y Egilona, de Vargas Ponce, tuvo igual fortuna, no siendo casi ni comprendido, porque era poco comprensible su singular lenguaje. Las tragedias de Cienfuegos hubieron de quedar reducidas a estériles aprobaciones de los amigos del poeta.[17] Alguna más tragedia nueva pasó de la pluma al teatro; pero de ellas no me acuerdo para citarlas, y no será temeridad decir que mi olvido es sentencia de condenación, porque supone el juicio contrario del público; fallo que, aun no siendo justo, es prueba del estado de la opinión en aquellos días.

[17] «La posteridad (dicen las adiciones al Blair) dará su lugar a las tragedias de don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, el primero que entre nosotros ha dado a este género su estilo, su colorido y su tono». Ya ha llegado la posteridad y ha dado un fallo diametralmente contrario al que el apasionado de Cienfuegos se prometía. Imposible parece que haya quien se atreva hoy a sacar tales obras a las tablas. ¡En el olvido yacen, y bien están allí! Con dolor dice esto quien respeta la memoria de Cienfuegos cómo hombre dignísimo, aunque como poeta, en general, solo mediano, alguna vez bueno, y con más frecuencia malo, sobre todo en sus tragedias.

En medio de esto, nuestras comedias antiguas solían aparecer en la escena, ya refundidas, ya ajustadas a las unidades, ya en su original irregularidad, mejor llamada libertad, siendo recibidas a veces con aceptación hasta extremada. De ello hubo un notable ejemplo hacia fines de 1806, en que El perro del hortelano, de Lope de Vega, tal cual salió a luz de su autor, obtuvo grandes aplausos en el teatro de la Cruz, donde, con rara excepción, únicamente seguían representándose nuestras comedias antiguas. Verdad es que fueron los actores que la representaron Rita Luna, Querol y Carretero.

De Rita Luna apenas quedan memorias, no obstante el prodigioso favor de que gozaba entre la parte más numerosa del público, y aun en el concepto de personas inteligentes, siendo como rival de Máiquez, cuyo merecido altísimo p. 72crédito fue de época posterior, y que hasta sus últimos días no llegó a privar con el vulgo, ni aun con unos pocos literatos.[18]

[18] Moratín, en cuyas obras hay un mediano soneto en alabanza de Máiquez, ya difunto, solo hizo justicia al grande actor en sus últimos años, porque antes era parcial de la compañía de la Cruz, y había llevado muy a mal que Máiquez representase en los Caños del Peral La lugareña orgullosa, del oficial de caballería don A. Mendoza, que trataba el mismo argumento que el Barón de Moratín, cuyos amigos calificaban la antes citada comedia de plagio descarado, no habiendo el Barón pasado aún de ser un manuscristo. Gustó La lugareña, pero su buen éxito indignó a los Moratinistas, y entonces Moratín hizo representar el Barón, del cual decía Querol que no bien saliese al público se morirían de vergüenza los que habían aplaudido La lugareña. Pero el Barón si agradó, no fue mucho, porque, en verdad, vale poco, y otro tanto sucede a La lugareña, hoy olvidada.

Arriaza era mortal enemigo de Máiquez. En la linda y justa sátira de la tragedia Blanca y Montcasín critica a la par con la pieza al actor, si bien suaviza la crítica, añadiendo:

Que en mala situación no hay actor bueno.

Fue cruel la venganza de Máiquez, el cual, en la comedia titulada El gusto del día, salió remedando a Arriaza en traje y modos con fidelidad tal, que dio en rostro a todos.

A Rita Luna había dotado ricamente la naturaleza; pero había hecho poco el arte para perfeccionar sus dotes naturales. Tenía muchas de las faltas de nuestros comediantes antiguos, y entre otras una intolerable, y hoy desconocida, que era la de estar de continuo volviéndose, como si de lo que decía, la mitad fuese para el actor con quien hablaba, y la otra mitad dirigida a los espectadores. Se empapaba poco en la índole de los caracteres que representaba, porque era corta en conocimientos literarios; pero a veces los comprendía por intuición, y entonces eran sus atisbos aciertos, porque parecía imposible expresar con más fuego o ternura, o gracia, o ironía, lo que llegaba ella a comprender o sentir.[19]

[19] Don Antonio Saviñón, que era buen juez en materia de declamación, y muy parcial de Máiquez, me decía hablando de Rita Luna: «En muchas ocasiones, oyéndola, me ha ocurrido decir en voz baja o en mis adentros, viéndola equivocar la índole del personaje o situación que representaba: No es eso, no es eso, pero decía esto llorando».

Tal juicio lo es muy atinado de las faltas de Rita Luna y del singular poder que ejercía sobre su auditorio.

No p. 73siendo hermosa, ni aun verdaderamente bella ni bonita, tenía ojos admirables, vivos, parleros, así excitando a unas como a otras pasiones, y una voz de exquisito metal, y, tanto cuanto sonora, flexible. Expresando el dolor, partía el corazón a sus oyentes: representando la malicia, enamoraba. En el mal drama de Kotzebue, titulado Misantropía y arrepentimiento, hoy olvidado, pero algún tiempo locamente aplaudido, al descubrir quién era, su culpa producía un efecto en nada inferior al de los mejores actores de cualquier pueblo o tiempo, y sus sollozos, y sus gemidos, y su voz llorosa sacaban lágrimas aun al oyente más frío. En El perro del hortelano, de Lope de Vega, la condesa Diana con sus caprichos de mala especie se llevaba tras sí los corazones o los sentidos. El desdén con el desdén, de Moreto, nunca ha tenido mejor intérprete. Era, en suma, Rita, grande actriz, y tal vez hoy la calificaríamos de grande artista, pero de aquellos en que están compensadas considerables imperfecciones con singularísimos primores, superando estos a aquellos en cuanto son hijos de cosas a que el arte con todo su gran poder nunca alcanza.[20]

[20] Arriaza en su linda sátira de la tragedia La muerte de Abel, donde asimismo censura otras obras dramáticas a la sazón recibidas con aplauso, llama a Rita Luna

la dama inmemorial
Del desdén con el desdén.

Ya en sus poesías se leen los siguientes versos hechos al busto de la famosa comedianta:

Si algún mortal tan insensible vive
que de esa tu expresión siendo testigo,
dolor igual al tuyo no recibe,
no le pidas al cielo otro castigo
sino el mismo... que le prohíbe
el dulce bien de suspirar contigo.

p. 74Ayudaban a esta famosa mujer dos galanes, Carretero y Ponce. No cuadraba mal ni al uno ni al otro el nombre de galán, propio de su papel en el lenguaje del teatro, porque lo eran ambos de persona. Ponce estuvo algún tiempo al lado de Máiquez, antes de pasar a la compañía rival de la de este, y tomó algo de la escuela de su maestro, pero la dejó pronto para volver al estilo antiguo español en punto a representar, si bien nunca viniendo al método extravagante de que era modelo el un día celebrado Manuel García Parra. Carretero, dotado de una voz bellísima y de bastante sensibilidad, fue mejorando, y en días muy posteriores adquirió merecida fama en una escuela que tenía bastante de la nueva, pero conservando un tanto de la antigua. Por lo que toca a Querol, era inimitable en su género. Quien le vio representar el don Claudio del Hechizado por fuerza, o el Polilla de El desdén con el desdén, o aun el Muñoz de El viejo y la niña, mal podía encontrarle rival; y eso que hemos contado en días más cercanos a un Guzmán, superior en lo general a Querol mismo, pero no en los papeles de que acabo de hablar, porque los buenos actores, como que crean los caracteres en cuya representación brillan, dejan a quienes los siguen la situación desventajosa de imitadores.

Si de la compañía cómica del teatro de la Cruz pasamos a la del Príncipe, que por algunos años había sido la de los Caños del Peral, variamos de escena, pasando a la preferida por la gente de superior esfera, si ya no por los primeros literatos. Era el repertorio del teatro favorecido casi todo de piececillas francesas traducidas, y de tragedias p. 75asimismo vertidas del francés o del italiano. En todas ellas brillaba Isidoro Máiquez, tan aventajado en el género cómico cuanto en el trágico, de no comunes dotes naturales y adquiridas, siendo más las primeras, aunque no aparentes, porque entre ellas se contaba la capacidad de aprovechar asombrosamente cortos estudios. Máiquez había empezado su carrera por ser poco grato al público, por el cual estuvo a punto de ser silbado, tachándole principalmente de frío, acaso porque era natural; pero, habiendo ido a París y hecho allí una corta estancia, durante la cual oyó, admiró y trató al célebre Talma, volvió a su patria no imitador ajustado de los actores franceses, sino creador de un arte nuevo adaptable y bien adaptado a la lengua española. No tenía, con todo, conocimientos literarios, quedándose en este punto inferior a nuestros actores del día presente, aun los de segundo orden, y hasta no sabía medir el verso, pues en los que decía, solía, equivocándose, alterar la cantidad, pasándolos con quitarles o añadirles sílabas a la calidad de prosa. Pero tenía la superioridad mental, a que dan los franceses, y a su imitación los ingleses, y damos hoy los españoles cuando no queremos ser puristas, el título de genio, y esto lo era como actor en grado eminente y no disputable. Su alta estatura, su rostro expresivo, sus ojos llenos de fuego, su voz algo sorda, pero propia para conmover, la suma naturalidad en su tono y en su acción, su vehemencia, su emoción, y aun lo intenso, a falta de lo fogoso, de la pasión en los lances ya terribles, ya de ternura profunda, constituían un todo digno de ponerse a la par con los primeros de su clase de todas las naciones. Era juntamente maestro, aunque los discípulos no supieron conservar todo cuanto de él aprendieron; pero bajo su dirección le ayudaban del modo más satisfactorio posible Prieto y Caprara, muy decaídos luego que le perdieron de vista; conservaban con todo buena parte de su escuela, haciéndose oír con gusto aun el segundo, p. 76no obstante su desagradable acento extranjero, siendo napolitano, esto es, pronunciando con algo del más desagradable tono del peor dialecto de Italia. No fue tan feliz con su mujer Antonia Prado, de la cual sacó un poco, pero sin poder curarla del achaque de afectación como de mujer presumida. En el Otelo de Ducis, mala imitación de Shakespeare, en los Venecianos de Arnault, obra de poquísimo valor, y como la primera, malísimamente traducida por una misma persona; en el Polinice y el Orestes de Alfieri, puestos en hermosos versos y lenguaje por Saviñón el uno con el título de los Hijos de Edipo, y por don Dionisio Solís el segundo, y en la Muerte de Abel de Legouvé, pieza de corto valor, pero a la cual una bellísima versión del ya citado Saviñón dio realce, daba representados la compañía de Máiquez, y sobre todo por el que era su cabeza, los más perfectos modelos que en su clase se han visto en los teatros de España. Inútil es citar caracteres cómicos, en los cuales no parecía Máiquez que representaba un papel, sino que era el personaje representado; tal era la naturalidad de su expresión y modos. Aunque poco aficionado a nuestro teatro antiguo, quiso una vez representar el Pastelero de Madrigal, y admiró al público en la personificación del impostor, ya humilde, ya altivo. Hasta arrebató aplausos representando la mala comedia de Comella, cuyo título es María Teresa de Austria o el Buen Hijo; pero esto lo hizo, si a punto de lograr que se repitiese varias noches tan pobre pieza, sacrificando su mérito artístitico en su deseo de captarse el favor del vulgo con bufonadas. Máiquez era de condición violenta, soberbio por estar ufano de su mérito, nada sufrido con los grandes y poderosos, altivo y dominador con los pequeños e inferiores. Así lo bueno y malo de su carácter le atrajo frecuentes desventuras. En el año de 1807 hubo de salir de Madrid, no me acuerdo si desterrado, como lo fue después, y como lo estaba cuando en 1820 le sobrevino la muerte. p. 77Si en cuanto al arte dramático había en Madrid buenos actores, que solían representar malas o medianas piezas, y no aparecían producciones originales sino en cortísimo número, y, salvo en uno u otro caso, de escasísimo valor, en la parte del drama lírico, o dígase cantado, era grande la decadencia. Madrid, que en los reinados de Felipe V y Fernando VI había tenido una ópera italiana de las mejores de Europa, donde había brillado Farinelli; Madrid, que, aun reinando Carlos III y Carlos IV, si bien ya cerrado el regio teatro del palacio del Buen Retiro, había visto y oído en los Caños del Peral a la Todi y a la Banti, se contentaba con oír en el teatro óperas cómicas francesas medianamente traducidas, en las cuales alterna la representación con el canto. El teatro del Príncipe era el lugar destinado a tales funciones, alternando en él una compañía de cantantes con la de Máiquez. Distinguíase entre aquellos Manuel García, después subido a eminente altura; pero entonces aún no consumado maestro, a pesar de que su hermosa voz estaba en su mejor periodo. Cantaban con él su mujer Manuela Morales, cuyo mérito apenas llegaba a la medianía, aun entonces. Ayudábanlos un Cristiani, mejor actor que cantor, cuyo género era el jocoso, y la N. Briones, madre de la famosa Malibrán y de madame Viardot, ambas nacidas en París, adonde en 1807 pasó su padre con su querida.

Ya en 1806 faltaba en Madrid buena compañía de baile. Pocos años antes las había habido lindísimas, y tres bailarinas célebres, la Hutin, la Costou y la Duchemin, habían tenido acalorados parciales que disputaban unos con otros cual podría hoy suceder tratándose de una cuestión política de superior empeño. En punto a los bailarines, no daban ocasión a tales contiendas; pero no dejaban de llamar la atención y de recibir aplausos como ahora no los recibirían, habiendo caído la afición al baile, y solo concediéndose aprobación a las mujeres que en él lucen, pero poco o p. 78nada a los varones. Verdad es que lo que agradaba en el tablado tenía igual aceptación, en la proporción debida, en los bailes particulares. Quien ve ahora pasearse como de mala gana en una sala algunas parejas, figurándose que bailan, no puede hacerse cargo del ardor, de los bríos, así como de la habilidad con que se entregaban a la pasión de la danza los señoritos de los días de mis mocedades, siendo para mí, que vivía entre ellos, causa de dolor que por ser torpe o desmañado me veía completamente privado de figurar en su compañía. La gavota estaba en su auge. En los rigodones, al bailar los solos el galán, se extremaba en piruetas y trenzados, haciendo sextas. Era esto punto de vanidad, y así blasonaban los jóvenes de su afición al baile, casi como blasonan los del día presente de mirarle como una tarea penosa. En cambio, el vals, recién introducido en España, pues solo lo fue hacia 1800, era pausado en comparación con el actual y con nuestras polkas, etc.

No consentían los tiempos reuniones literarias, y por otra parte, escaseaban elementos de qué componerlas. En una u otra tienda de libros había tertulia de la clase de la que pinta don Tomás de Iriarte en su comedilla titulada La Librería; pero los tiempos habían llegado a ser tales, que eran muchos los peligros que ocasionaba el estar juntas personas instruidas, que por fuerza habían de tratar de materias graves, con las cuales a veces se rozaba la política, o de asuntos literarios, en que podía decirse alguna cosa desabrida a la pandilla predominante.

En medio de esto subsistía por entonces en España la Inquisición, pero tan mansa, que apenas era temida. El inquisidor general Arce era hombre instruido, de condición suave y, más que otra cosa, cortesano.[21]

[21] En 1808, viniendo yo de Cádiz a Madrid, traía unos libros. Entre ellos estaba la Historia de Carlos V, por Robertson en el original inglés. Llegado mi corto equipaje a la Aduana, se pusieron a examinar los libros dos inquisidores, blando de condición el uno, severo el otro. Al tropezar con Robertson, no entendiendo inglés, me preguntaron qué obra era. Yo, escamado del gesto del uno, dije el argumento de la obra, pero callé el autor, protestando que iba a estudiar el inglés, pero que no le sabía. Oído esto, un inquisidor me dijo que me le llevase, pero el otro, casi furioso, exclamó que siendo Robertson era obra prohibida. En la duda ofrecí yo entregar el libro, y así hice. En seguida conté lo ocurrido a mi tío don Vicente Alcalá Galiano, muy estrecho amigo del señor Arce, inquisidor general y patriarca. A poco me fue devuelta la historia de Robertson, aunque yo era un joven de 17 años y no tenía licencia para leer libros prohibidos. Fui a dar las gracias en persona al señor Arce, el cual tuteándome y con rostro y modos cariñosos: Hola, muchacho, me dijo, ¿conque lees esos libros? ¡Pues cuidado! Poco importaba el aviso, porque el hecho le quitaba el carácter de amenaza.

Así es que la p. 79malicia popular, mirándole como privado del gran privado, hasta le achacaba estar casado; claro desatino, pero indicio de que no veían en él las gentes un sucesor de Torquemada o de Valdés, de quienes vino a ser representante el nombrado inquisidor por la Junta Central, el afamado obispo de Orense. Se entretenía la Inquisición en perseguir y castigar a falsas beatas, inventoras de milagros, lo cual hacía con tanto mejor éxito, cuanto que no podía pasar por hija de la impiedad o la incredulidad la pena dada.

Sin embargo, la tertulia de Quintana existía, y vivió en los años críticos de 1807 y 1808, hasta que la caída del trono antiguo en Aranjuez le dio, no solo seguridad, sino importancia. En ella tuve yo entrada en noviembre de 1806, no obstante mi corta edad, que era de 17 años, porque ya cultivaba las letras con buen deseo, si no con acierto, ajeno de lo que se llama estudios, pero supliendo con la afición, aunque muy imperfectamente, lo que me faltaba. Hoy soy el único que vive de quienes componían aquella sociedad medianamente numerosa. Iban allí don Juan Nicasio Gallego, p. 80cuya fama empezaba entonces; Blanco White, ya conocido en Sevilla; Arjona, también del gremio literario sevillano; Tapia, unido con Quintana por amistad estrecha; Capmany, a quien malas pasiones llevaron después hasta a pintar con negros colores a aquella concurrencia donde era bien admitido; Alea, traductor del Pablo y Virginia, de Saint-Pierre; don Gerónimo de la Escosura, muerto académico de la lengua; don N. Viado, y algunos más de cuyos nombres no me acuerdo. Se aparecía de cuando en cuando, y no muy de tarde en tarde, Arriaza, el cual como que disonaba entre gentes casi todas opuestas al Príncipe de la Paz, cuya casa él frecuentaba, como antes he dicho. La conversación era sobre materias de literatura; pero también se hablaba de noticias, como, por ejemplo, de la campaña de Napoleón en Prusia y Polonia, llegando el atrevimiento solo a punto ser lícito manifestar, ya afecto, ya desafecto al conquistador glorioso. Solía leer Quintana las vidas de hombres célebres, que por entonces dio por primera vez a la estampa. Nunca vi allí a Cienfuegos, y en cuanto a Meléndez Valdés, creo que estaba ausente de Madrid en aquellos días. Era aquella sociedad culta y decorosa, cuadrando bien al dueño de la casa, hombre grave y severo. A ella no asistía su mujer, reputada una de las principales beldades de Madrid, pero sin duda poco aficionada a la literatura o a la sociedad de gentes nada propias para divertir a señoras en la flor de la juventud y en la madurez de su hermosura.

Así iban acercándose a la muerte el Madrid y la España de nuestros abuelos. Quien vio el Madrid y la España de 1815, con sus pretensiones a ser fiel renovación de lo antiguo, se forma de lo pasado una idea, cuando no mucho, bastante equivocada. Los que aspiran a resucitar muertos no estando dotado por Dios del don de hacer milagros, desvaría, y si trabaja para el logro de su descabellado intento, y de su trabajo algo llegan a prometerse, y se figuran p. 81haber conseguido lo que se prometían, equivocan un cadáver galvanizado con un cuerpo venido a vida nueva. Fue muy duro el golpe, llegó a penetrar muy en lo hondo el movimiento que recibieron nuestra monarquía y nuestra sociedad en 1808, y desde entonces hasta 1814, para que pudiesen tener efecto cumplido los deseos y conatos de quienes querían pasar por encima de seis años, y no años ordinarios, como si tal hueco no hubiese existido.

De la sociedad de 1814 a 1820 hay quienes conservan recuerdos que podrían, si quisiesen, trasladar de la mente a la pluma, pero cuidando de no equivocarlos con una época muy diferente.


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V.

MADRID DESDE FINES DE MAYO HASTA FINES DE AGOSTO DE 1808.

Algo hay escrito de la guerra de la Independencia, si bien quizá no tanto cuanto debería esperarse, o cuanto en otro pueblo más fecundo en autores y lectores habrían dado de sí acontecimientos tan graves y tan ricos en escenas del más vivo empeño posible. Y cuando me arrojo a decir que solo es algo lo escrito o lo publicado sobre las cosas de aquellos días, hablo de la cantidad y no de la calidad, porque hay entre lo poco obras de mérito, entre las cuales descuella la historia del conde de Toreno, donde, si hay faltas, abundan las perfecciones. Pero hay dos puntos que son los principales para quien desea enterarse de lo que fue aquella contienda, y de lo que eran aquellos días de que poco se ha tratado. Es el primero la consideración crítica y filosófica del espíritu de aquella contienda, donde concurrieron con igual celo a un fin común gentes de opiniones encontradas, presentando el total muy diversos aspectos, según el lado por el cual era mirado, pudiendo solo juzgarlo del todo quien atentamente examinare las p. 84varias ideas, y la general, venida a ser conjunto de todas las diferencias que habrían de manifestarse, logrado o próximo a lograrse el objeto del común deseo. El mismo conde de Toreno, no obstante ser hombre de grandísimo entendimiento y vasta instrucción, concibió su historia atendiendo a un modelo clásico o antiguo; y siendo por afición y hábitos poco amigo de generalizar, solo mezcló breves reflexiones políticas en su narración animada y elocuente. Pero el otro punto, poco o nada conocido, es la parle anecdótica de aquellos días, sobre la cual calla la historia por juzgarlo indigno de su atención, y faltan testimonios de observadores contemporáneos, no habiendo en España lo que es común intitular memorias, ni de la clase de que son las inglesas, ni de la de que son las francesas, las cuales, siendo unas de otras muy diferentes, contribuyen por lados diversos a poner a la vista de generaciones sucesivas lo que fueron sus abuelos o eran sus padres. De suplir esta falta pueden servir los borrones que siguen, y si pareciere arrogancia este aserto, se suplica al lector considere que la empresa es llana, pues solo requiere memoria y buen deseo, porque a contar lo que vio alcanza la vieja más ignorante, y no es más alta la pretensión de que son expresión estos recuerdos. Pocos quedamos ya de los que vivían en aquella época, muy diferente de la actual, aunque con ella enlazada, no solo como lo están todos los sucesos en los anales del linaje humano, sino con más estrecho nudo, porque si entonces vivía la España antigua, entonces también murió la España nueva, que era niña balbuciente en 1810, y hoy frisa con la vejez, por haber vivido muy de prisa, y en uno y otro caso tiene las ventajas y desventajas propias de los años primeros y otros de los ya avanzados. Basta y sobra ya de preámbulos, y entremos en materia.

Después del terrible suceso del Dos de Mayo, había quedado Madrid aterrado, pero a la par con el terror reinaba p. 85la ira. Los sucesos de Bayona, donde fue obligado el rey Fernando, locamente amado por lo mismo que era un enigma interpretado de modos diversos, todos favorables a ideas también diversas, fue compelido a hacer renuncia de la corona en su padre, para que este la traspasase a Napoleón, estaban previstos, y a nadie admiraron. Pero lo verdaderamente singular es que, en la opinión general, aun contando la de gente muy entendida e ilustrada, había poco temor de que uno u otro Napoleón reinase. Entretanto, menudeaban decretos y proclamas de Bayona: el trono había quedado como vacante (aunque de oficio nunca lo estaba, pues fue cedido por Carlos IV a Napoleón, y este a su hermano José); España estaba tranquila; de ejército español solo había cortas divisiones en lugares muy distantes unos de otros, de suerte que ninguna esperanza fundada existía de libertar a España del yugo francés; pero suplía completamente la falta de la esperanza lo vivo del deseo, o diciéndolo con toda propiedad, era este tal y tanto, que, pasando más allá de esperanza, llegaba a ser persuasión. Todos tenían puesta la vista en las provincias, como decíamos en el lenguaje común de aquellos días, y de allí aguardamos el remedio creyendo infalible su llegada y aun su eficacia. Habrá quien achaque esta locura patriótica a una causa de muchos creída innegable verdad, y es que en nuestra patria la gente superior en talento y ciencia, con raras excepciones, creía que debíamos aceptar de Francia con nuevo rey leyes nuevas y un gobierno ilustrado; y que solo el vulgo ignorante o los hombres de rancias doctrinas deseaban o esperaban el restablecimiento del trono de los Borbones, de lo cual, como es natural, se sigue que, conformándose la fe con el deseo, y este y aquella con la ceguera intelectual, ofuscasen el ánimo visiones que presentaban como fácil y seguro lo casi imposible. Tan errada persuasión, originada en escritos y dichos de los franceses p. 86y sus parciales, acogida y fomentada por algunos ingleses, y a la cual dio valimiento la conducta del rey en 1814, está en contradicción con los hechos. La tertulia de don Manuel José Quintana, por ejemplo, era el punto principal en que concurrían los hombres más señalados en España por su talento y saber, y también por sus ideas favorables a la libertad política y religiosa en grado hasta excesivo. Poco después del Dos de Mayo, don Nicasio Álvarez de Cienfuegos, a quien nadie excedía en amor a las doctrinas después llamadas liberales, había sido, por un artículo favorable a Fernando VII, inserto en la Gaceta de Madrid, llevado ante la autoridad francesa, y amenazado de una condenación a muerte. Vivía en lo general de los españoles de aquellos días honda y vehementemente sentido el amor de patria juntamente con el de libertad, confundiéndose en uno ambos afectos. De los pocos que disentían de la opinión popular, los unos eran odiosos al pueblo, y otros cedían a compromisos contraídos, no sin dolor y vergüenza, que apenas, si acaso algo, disimulaban. A pesar de contarse tantas personas de entendimiento e instrucción entre los que padecían del achaque de una credulidad infundada en prometerse triunfos de la nación española en la indudable resistencia que suponían haría al poder francés, tal confianza parecía desatino; pero más difícil que probar que lo era, venía a ser negar que existía. Disposición tal en los ánimos explica cómo fue acometida, casi unánime y simultáneamente, empresa tan atrevida cuanto lo era la de desafiar al poder francés una nación falta de recursos, y cuyas plazas fuertes fronterizas y gran parte de su territorio, inclusa la capital, estaba en poder de los invasores. Como estaban convencidos de que había de haber insurrección, bastó que algunos pocos hombres osados en varias capitales, todos ellos de corto valer, alzasen la voz, para que fuesen seguidos, siendo la voz de tales hombres a modo de campana p. 87de reloj que da la hora en que esté convenido que ha de hacerse alguna cosa, sea o no de importancia.

Los que vivíamos en Madrid, supusimos el levantamiento antes que sucediese; sucedido, le creímos superior en fuerza a la que tenía; apenas creímos sus ridiculeces, perdonamos sus excesos, nos figuramos triunfos y negamos reveses. No impedía el terror que siguió al Dos de Mayo que se mostrase la opinión con poco rebozo. La tertulia de Quintana seguía no muy concurrida, pero no falta de gente, y toda ella era entonces antifrancesa, a pesar de que, andando el tiempo, hubieron de hacerse afrancesados unos pocos de los que la formaban. En lugares mucho más humildes había el mismo espíritu. En los pobres cafés de aquel tiempo, en que era costumbre leerse la Gaceta al lado de un brasero de sartén en invierno, y cerca de la ventana en verano, se hablaba con el mismo desahogo, tal, que parecía no se recelaba peligro por parte de los dominadores. Al revés, en lo que había miedo, era en punto a negar las victorias de los levantados sobre los franceses, y los incrédulos, que no lo eran por falta de patriotismo sino por sobra de juicio, callaban medrosos cuando oían contar los hechos menos creíbles. Así, un pobre levantamiento de Segovia, pronto vencido y sofocado, fue pintado como un gran suceso en el cual los franceses, de quienes se ignoraba u olvidaba que habían atravesado los Alpes, se habían quedado sin atreverse a subir por los puertos de la cordillera de Guadarrama. La gente más curiosa acudía a los cuarteles a averiguar cuántos soldados y oficiales habían desertado cada noche, esto es, ídose a las provincias a engrosar las filas de los ejércitos españoles, ya en hostilidades con los franceses. Eran satisfactorias las noticias que se adquirían, los cuarteles iban quedando vacíos y, lo que daba más gusto, algunos de los honrados desertores se llevaban consigo las banderas.

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Al paso que seguían llegando las noticias, crecían, si no las esperanzas, desde luego grandes, a punto de no admitir aumento, los extremos del gozo. Entre todas las noticias, las de Zaragoza excitaban particular entusiasmo. Palafox había llegado a ser un semidiós; admiradas las gentes que le habían conocido en sus mocedades, apenas concluidas, de que hubiese llegado a ser un general tan insigne. Me acuerdo de una llamada batalla de las eras, dada en junio de 1808, en que los franceses habían sido completamente derrotados, y de una proclama que contenía, poco más o menos, las frases siguientes: «Si la batalla de las eras hubiese sido ganada por esos vocingleros (los franceses), se habría puesto a la par de las de Marengo, Austerlitz y Jena; pero vosotros (los aragoneses) solo la miráis como un ensayo de las que estáis dispuestos a ganar bajo el mando de vuestra Generalísima y Patrona». Esta producción fue leída y admirada en el café de la Corredera Baja de San Pablo en medio del día, tocándome, como solía tocarme, el papel de lector entre los concurrentes.

Si algo se hablaba de la Constitución que estaba haciéndose en Bayona, era por vía de burla, no sin maldecir a los que se prestaban a hacerla o aprobarla; de ellos los más forzados, como acreditaron muchos con la conducta que después siguieron, viva ya la guerra.

Murat se había ido de Madrid a reinar en Nápoles. El odio público había seguido al verdugo de las víctimas del Dos de Mayo, y, como poco antes de partirse hubiese sido acometido de cólicos violentos, aun hubo la atrocidad de culpar al facultativo que le asistió porque le hubiese salvado la vida. Quedó mandando Savary, casi igualmente aborrecido por su conducta en Madrid y Vitoria en abril próximo anterior, y por cierto más digno de aborrecimiento que el mismo Murat, siendo uno de los peores satélites de su amo. No tengo presente dónde moraba Savary, p. 89pero sí que no era en Palacio, el cual estaba abandonado, no sin dolor ni escándalo de los españoles, para quienes era a modo de religión la monarquía. Me acuerdo de haberle visto con frecuencia para ver a mi sabor las bellas pinturas que entonces contenía y ahora están en el Museo. En las salas se paseaban algunos franceses, y en un dormitorio (el de la reina María Luisa creo) dos o tres de ellos con otras tantas mujerzuelas de mala vida estaban ensayándose en el bolero con acompañamiento de guitarra y castañuelas. Veíanse por allí, en un rincón, el famoso sombrerito de tres picos con un par de botas a un lado, que eran, o se suponía ser, del mismo Napoleón, y que enviados a esta capital, cuando aún estaba en ella el rey, habían servido de prueba de que el emperador francés no solo venía a España como huésped, sino que estaba de camino. Y, como ha habido quien niegue la venida de tales prendas, no está de más decir que las vi yo más de una vez por mis propios ojos. Sin ser yo entonces muy monárquico, si bien no era lo contrario, sino mezcla de una y otra cosa, miraba con dolor e ira aquellas escenas que me parecían un insulto hecho no solo a la majestad del trono, sino al decoro del pueblo español, del cual era el trono representante.

Por fortuna, bien está repetirlo, creíamos cercana la venganza de tanta afrenta. Había llegado julio, y pocos triunfos habían conseguido nuestros odiados dominadores. Resistía Zaragoza: era verdad que el mariscal Moncey se había retirado de Valencia, rechazado de los flacos muros de aquella ciudad, solo propios para resistir a armas no de fuego: de Andalucía era seguro que Dupont se había venido atrás, desocupada Córdoba. Andábase averiguando noticias, siendo difícil tenerlas ciertas, pues solían carecer de ellas los mismos franceses. Tal era la sandez, hija del entusiasmo, que aun en gente no vulgar era frecuente salir a la calle a saber qué había, y volver a casa con p. 90grande satisfacción, porque, habiendo mirado a la cara a algunos franceses, habían notado en ellos señales de mal humor; de lo cual se deducía que estaban furiosos o tristes por el mal estado de sus negocios, como si no pudiese ser y no fuese con frecuencia aprensión del observador la figura o mala cara de los observados, o como si razones privadas y no políticas no causasen en un francés enfado o tristeza.

En medio de esto, súpose que había entrado José Napoleón como rey por las provincias del Norte. Estaba desmentido el grosero y sucio estribillo de seguidilla, que aún en Madrid cantaban a media voz dominando los franceses, el cual era, ni más ni menos, el siguiente:

Anda salero,
No c——á en España
José primero.

«Ya sucedió lo que se suponía que no», exclamó con pesar una persona al oír el estampido (que entonces no se llamaban detonaciones) de los cañones que en esta corte anunciaban y celebraban la entrada del nuevo monarca en su reino. Pero así y todo, no había por qué desmayar; malas digestiones le esperaban en el mal adquirido trono y en la tierra que llamaba su reino, y como había entrado, así saldría. Tiempo hubo en que parecía errado el pronóstico, pero al cabo vino a resultar cierto; que tanto puede un pueblo resuelto a no llevar el yugo de los extraños y tenaz en su esperanza y fe aun en los reveses de la más adversa fortuna.

Por entonces, y estando José cerca de Burgos, llegó la nueva de haberse dado una gran batalla en los confines del antiguo reino de León y de Castilla la Vieja. Como es de suponer, para los madrileños había terminado la batalla en una victoria completa de los nuestros, aunque había sido cabalmente todo lo contrario. Algo contradijo la persuasión, poco menos que universal, de haber sido de los españoles p. 91la victoria saber que el titulado rey venía acercándose a Madrid y que iba a entrar en la villa que llamaba su corte y en el usurpado palacio.

Entonces ya, si no se convino en que había habido derrota por parte de nuestros compatricios, se calló tocante a la batalla, atentos los ánimos solo al modo de recibir al rey calificado de intruso. De él se afirmaba que era tuerto; y con mayor seguridad, que gustaba de beber con exceso, a punto de merecer la grosera calificación de borracho. En suma, si de oficio y para sus poco numerosos parciales era don José Napoleón I, rey de las Españas y de las Indias (que tales títulos tomó), para las noventa y nueve centésimas partes de los españoles vino a ser conocido con el apodo familiar, pero no amigo, de Pepe Botellas.

No puedo hablar del recibimiento hecho al pretendiente al trono en Madrid, porque, si bien residía yo en esta capital, no salí de casa en aquel día. En que fue malo no cabe duda, si bien tal vez se ponderó la soledad de las calles, porque a falta de adictos, hubo de haber curiosos. Era común en aquellas horas repetir la narración y descripción de la entrada del archiduque Carlos en Madrid, titulándose el rey Carlos III, que está en los Comentarios del marqués de San Felipe, transmitiéndola los que habían leído esta obra a los que no la habían leído, y aun a los que no sabían leer; y fue universal deseo renovar la escena de casi un siglo antes. Quizá ponderó algo el marqués; pero lo cierto es que el archiduque se volvió descontento a sus reales, desde la mitad del camino, sin llegar a habitar el regio alcázar, cuando José, más fácil de contentar, siguió hasta aposentarse en el Palacio.

A la amargura y rabia que causó verle sentado en el trono material de los reyes de España, sirvió de calmante, aunque leve, saber los desaires a que se veía expuesto. Muchos se negaban a prestarle juramento de fidelidad, p. 92quiénes a las claras, resueltamente, quiénes buscando evasivas, honrados y fieles, pero no animosos; quizá algunos, puestos a ver venir, atentos a lo que había de suceder en las provincias. Celebrose como grande hazaña que el alférez mayor de los Reinos, marqués de Astorga y conde de Altamira, hubiese huido de Madrid por no llevar y levantar el pendón en la jura mandada hacer al nuevo soberano.

En tanto, habían pasado algunos días después del 19 de julio; día inmortal en que de veinte mil franceses rindieron unos y entregaron otros las armas a poco más de treinta mil españoles bisoños, en los campos de Bailén. Tardó en llegar a Madrid la noticia auténtica de tal suceso. Pero ya bien o mal sabida, y trasluciéndose, comenzaron a ser fundadas las hasta entonces numerosas y mal fundadas conjeturas.

Pocos días antes había vuelto a las inmediaciones de Madrid con sus tropas el mariscal Moncey, rechazado de Valencia; y si no derrotado, obligado a desistir de su empresa a término de abandonar dos provincias. Aunque no había hecho mucho efecto su llegada, servía, como hecho constante, de dar crédito a voces que corrían de otros de magnitud muy superior. Ya los observadores de los rostros de los franceses no andaban tan fuera de razón, porque a todos ellos y a sus parciales los veían cabizbajos, afanados, como quien se prepara a un viaje, y este no de recreo. Al cabo, los preparativos de retirada se hicieron visibles, y aun comenzó esta a efectuarse en el 29 de julio, siguiendo el 30 y 31 en que salió el intruso rey con la corte, yéndose con él algunos de sus parciales, y quedándose otros dispuestos a pasarse a la bandera nacional.

Amaneció el día 1.º de agosto de 1808, día por cierto memorable, y de aquellos de que rara vez gozan los pueblos, día cuya memoria no puede borrarse en la mente de los que hoy vivimos, y la cual es bastante viva y tierna p. 93para reanimar y conmover a personas rendidas al peso de los años y heladas por el frío de la vejez, como por fuerza hemos de ser y somos los pocos testigos que hoy quedamos de aquellas grandes escenas.

Apenas había amanecido, cuando las calles, y principalmente el Salón del Prado, rebosaban en un gentío numeroso, alegre sobre toda ponderación, ufano, y si no ajeno de malos deseos, dispuesto a enfrenarlos en medio del puro gozo de la victoria. En esto apareció entre aquel bullicio un corto piquete de franceses rezagados que corrían a juntarse con los suyos: soldados de poca edad, mal vestidos, con ciertos como saquillos de color claro y no muy limpios que solían llevar aquellas tropas de infantería, parte de ellas nada lucidas, aunque temibles en la campaña. Era de temer que la plebe alborotada les embistiese; pero se contentó con insultarlos, y si uno de ellos recibió unos cuantos golpes que le derribaron, no pasó la cosa a más, y recogiendo el pobre muchacho el fusil caído, se fue con sus compañeros, perseguido solo con silbidos y risotadas. La turba se dirigió al Retiro, que había sido convertido en ciudadela por los franceses. Veíanse allí cañones clavados; comienzos de fortificaciones o no concluidas o deshechas; municiones de guerra en abundancia; acopio de provisiones arrojadas al suelo y desparramadas, o por los mismos invasores al retirarse, o por los primeros del pueblo que llegaron, y a quienes impelió ya la locura, ya la ira, ya el lícito deseo de aprovechar parte de aquellos despojos. Abundaba el vino, como era de suponer, y convidaba a hacer de él uso. Pero un clamor casi general, levantado de repente, hizo correr la sospecha de que aquellos víveres y bebidas estuviesen llenos de veneno, por juzgarse propia acción de los pérfidos invasores haber dejado tan funesta dádiva al pueblo del Dos de Mayo en la hora de abandonarle. Pronto llegó a creerse realidad la sospecha, porque un infeliz del pueblo había caído víctima de la ponzoña. Yo p. 94mismo le vi traído entre cuatro, siguiéndole centenares de hombres enfurecidos, clamando venganza contra los amigos de los franceses que en Madrid hubiesen quedado. Pero aun los más apasionados hubieron de conocer en breve que el supuesto envenenado no lo estaba de otra ponzoña que de una, que si a algunos mata a la larga, a los más deja sanos, sin otro remedio más que el del sueño. Al ver puramente borracho al que había pasado por agonizante, se trocó el furor en risa, y volvieron a predominar los buenos afectos sobre los malos.

No podía, sin embargo, dejar de causar temor a las personas prudentes el estado de una población crecida falta absolutamente de gobierno, donde la seguridad pública y la de los individuos en sus vidas y haciendas había quedado encomendada a la virtud y buen juicio de la muchedumbre, virtud que existe, pero que se desmiente con frecuencia. No existía en Madrid autoridad ni fuerza alguna moral o material: los que estaban gobernando el día 31 de julio bajo el intruso rey, eran, cuando menos, sospechosos, y más que de mandar trataban de esconderse. Del poder militar, que en España era la verdadera policía, apenas quedaban en la capital más que unos pocos inválidos de los entonces conocidos con el nombre indecente de «culones», pues los soldados y oficiales de la anterior guarnición estaban ya todos en las provincias. Había otra dificultad, y era que quien se atreviese a tomar el mando no acertaría a resolverse en nombre de qué superior habría de ejercerle, sí del rey Fernando o del pretendiente José, porque los franceses estaban cerca y podían volver sin que hubiere quien se lo estorbase, y las tropas españolas lejos, y el pueblo, aunque tranquilo, nada dispuesto a sufrir que se le hablase de los Napoleones sino en términos del vituperio más extremado. Entonces, por disposición no se sabe de quién, se discurrió que numerosas cuadrillas de los llamados vecinos honrados paseasen las calles haciendo el oficio p. 95de patrullas. Aunque solo contaba yo diecinueve años de edad, fui de la de mi barrio o cuartel, que se juntaba en el espacioso portal de la casa que había sido y aun creo era del Banco Nacional de San Carlos, situada en la calle de la Luna, entre las de Tudescos y Silva. De allí salíamos, y recorríamos calles y calles entre gritos del pueblo reducidos a vivas, pues durante dos o tres días ni una sola desgracia, ni un solo desorden vino a turbar el sosiego público, o dígase el bien intencionado regocijo.

A cualquier circunstancia se atendía, esperando ver hecha mención solemne como de rey del cautivo Fernando. Hubo quien me contase que por deseo de oír tan deseada mención, había ido a oír misa cantada, y que tuvo el gusto de que en la colecta el sacerdote, anticipándose a órdenes de oficio, dijese después de nombrar al Papa y al obispo «Regem nostrum Ferdinandum». Frivolidades parecen estas cosas a la generación presente; pero no lo eran entonces, por ser el pronunciado nombre algo más que el de un monarca, la expresión del voto unánime de un pueblo, expresada entre grandes peligros y heroicos hechos y levantados pensamientos, tipo múltiple que contenía infinidad de proyectos y esperanzas, y señal en aquella hora, y también consecuencia de una increíble y gloriosísima victoria.

Por fin, al tercero o cuarto día de tan peligrosa situación, ocurrió un suceso funesto. Se había quedado en Madrid don Luis Viguri, intendente que había sido en la isla de Cuba, muy amigo de don Diego Godoy, el hermano de don Manuel, y a quien habían acusado de haber en una conversación con un coronel (dignísimo sujeto) llamado don N. Jáuregui, insinuado, allá en 1807, que deseando el rey Carlos IV descargarse del peso del gobierno, y no queriendo dejársele al príncipe su hijo, bien podría el Príncipe de la Paz ser declarado Regente. Fuese por esta razón o por otra, es lo cierto que, habiendo Viguri maltratado a un negro p. 96su esclavo y quejádose este calumniando a su amo, se juntó gente a los gritos, y la fama no buena en el concepto popular del desdichado amo produjo un alboroto en que cayó muerto Viguri, atándose en seguida una soga a su cadáver, con la cual atado fue arrastrado por las calles entre gritos de aplauso de gente frenética, si no malvada. Llegonos, estando en el zaguán de la casa de la calle de la Luna, la triste noticia, que vino por grados: primero, que iban a matar a Viguri; poco después, que ya había muerto; y en seguida, la atrocidad de que su cuerpo era objeto. Nada podíamos hacer más que dolernos del tal caso, y temer otros iguales o parecidos, y otro tanto hubo de pasar a los pobres vecinos honrados de los demás barrios.

Había llegado el día 4, y ni aun en las esquinas aparecía documento que dijese a los madrileños bajo qué autoridad vivían. Rompió al fin el silencio el Consejo Real, vulgarmente llamado de Castilla, con una alocución no mal escrita, aunque verbosa, impresa y puesta en carteles. El Consejo gozaba de cierto favor popular en Madrid; el vulgo le suponía un poder legal que no tenía, pero al cual aspiraba, como si en algo fuese un sustituto de las Cortes, sobre todo de las antiguas. El Consejo no había jurado la Constitución de Bayona, si bien no se había resistido de frente a hacerlo; pero su timidez poco sabida era de algunos que la sabían perdonada, cuando su resistencia era un hecho constante. Vio el Consejo llegada la hora de ser realidad su más arrogante pretensión, y ejerció su adquirido poder con satisfacción de la población de la capital; no así de las provincias, o, dicho con más propiedad, de las Juntas, que tenían pretensiones más subidas y con otro fundamento, y a las cuales movía la codicia del poder inherente a la naturaleza humana.

La alocución del Consejo tenía algo de confuso, pero no en cuanto a declararse contra los aborrecidos franceses. p. 97Mi buena memoria (de la cual espero que no se lleve a mal que haga mención, por ser dote inferior al de un buen entendimiento) es causa de que pueda, al cabo de tantos años, poner aquí de tal documento un periodo íntegro, el cual me dio golpe por su consonancia con los afectos de que todos participábamos: «Adoremos, decía, a la Divina Providencia, que si ha sabido humillar a los soberbios, no consentirá queden impunes los taladores, incendiarios y asesinos». Requiebros tales era entonces muy del uso echar a los franceses.

El atentado cometido en Viguri no se repitió en algunos días. El Consejo se convirtió en Gobierno, y dictó providencias tan buenas cuanto consentían las circunstancias. Con la crueldad irreflexiva propia de días de loco entusiasmo, fue pronto olvidada la víctima de la furia popular, y si quedó de ella memoria, fue para crear un verbo atroz, porque hacía materia de risa lo que debía de serlo de anatema, pues se llamó Vigurizar la acción de asesinar y en seguida arrastrar el cuerpo exánime del asesinado.

A otras materias se convirtió la atención de la gente ilustrada, cual era la de qué gobierno habría de establecerse.

Entretanto, casi quedó establecida, bien que por plazo breve, la libertad de imprenta. Bien es cierto que el Consejo, nada amigo de ella, trató de ponerle impedimento; pero en algún tiempo no lo consiguió, aunque lo mandase. Había censores, pero o no ejercían la censura, o no sé hacía caso de ella, ni se necesitaba. Una censura había, y era terrible, que era la seguridad de ser hecho pedazos si algo se decía o se insinuaba siquiera contra el punto principal de todos los pensamientos: la causa de la nación contra el enemigo. En los demás, era la discordancia de opiniones tan grande cuanto cabe serlo, y pocos reparaban en ello, no viéndose ni aun disputas entre las doctrinas de libertad política llevada casi al extremo, y la poco menos que irreligión del Semanario patriótico, y otras producciones p. 98rebosando fanatismo y toda especie de ideas rancias en punto a gobierno, y la mezcla singular de máximas favorables al patriotismo español y contrarias a la civilización europea y general, contenidas en la extravagante Centinela contra franceses, de Capmany; obra que compartía con los escritos de Quintana el favor popular en primer grado. Pero bien está repetirlo: en tales diferencias, no obstante su magnitud, llegada a ser contradicción, nadie reparaba, pues bastaba la semejanza o igualdad en adhesión viva a la causa santa del pueblo.

No faltaban composiciones poéticas. Primero vieron la luz las dos odas de Quintana a España libre. Eran lo que debía esperarse de autor ya tan afamado, y reproducían con ventaja los pensamientos y afectos de las conocidas composiciones del mismo poeta a la heroica desdicha de Trafalgar, y a la hazaña de Guzmán el Bueno. Otra composición salió a luz que disputó a las de Quintana la palma, y aun se la arrebató, en sentir de muchos jueces, debiendo, en razón, solo compartirla, por ser inferior en fuerza de fantasía, y solo igual, por otro lado, en el sentimiento, aunque superior en la corrección y en la admirable construcción del periodo poético a la del ya un tanto antiguo y célebre poeta. Todos entenderán que hablo aquí de la elegía, o lo que sea, sobre el suceso del Dos de Mayo, cuyo autor, don Juan Nicasio Gallego, a la sazón capellán de los pajes de Su Majestad, se había dado a conocer solo por una buena oda a la reconquista de Buenos Aires. Gallego era muy amigo de Quintana, a cuya tertulia era concurrente asiduo, y los dos poetas, en aquella ocasión rivales, se complacían en darse mutuas y sinceras alabanzas.

Otra oda apareció con el título de Profecía del Pirineo, abundante en perfecciones, manchada por algunos, pero leves, lunares, y que excitó aprobación y aun admiración, así como curiosidad, porque desde luego su autor no la publicó dando su nombre. Súpose en breve que era de p. 99Arriaza, buen poeta en su clase, pero de otra estofa que Gallego y Quintana. Pareció la nueva composición, si no la mejor de su autor, de las mejores, y particularmente de otro estilo que el general suyo. Sin embargo, era fácil notar, en composición tan justamente aplaudida, que sobresalía el ingenio más que la imaginación o el sentimiento, y la principal, si bien no la única prenda de Arriaza, era ser ingenioso.

Hubo, además, una inundación de versos patrióticos o medianos o malos. ¿Qué más? Hasta yo, empeñado entonces, invita dea, en poetizar o metrificar, di a luz una oda al uso de lo que se fabricaba, ni siquiera señalada por lo mala sino de aquella medianía que, según Horacio, ni los postes aguantan, de suerte que ni merecía ni llamó la atención aun para desaprobarla.

La Constitución hecha en Bayona mereció ser puesta en coplillas que la ridiculizaban, y ciertamente censurándola en lo poco que tenía favorable a la libertad y en lo no poco en que tiraba a formar un gobierno ilustrado. Por ejemplo, prometiéndose en aquella obra la libertad de imprenta, decía el crítico:

La libertad de la imprenta
Disfrutará la nación:
¡Pobre del Papa y del clero!
¡Pobre de la religión!

Y esto no obstante, si la voz común no mentía, esta crítica fue obra de un literato, después muy parcial de las doctrinas llamadas liberales y de la misma libertad de imprenta: de don Eugenio Tapia.

También se tentó hacer versos para cantarlos; pero, aunque siguiendo la guerra las canciones patrióticas adquirieron valimiento, por lo pronto no eran oídas sino las más toscas y vulgares. Arriaza escribió el himno llamado de las provincias, que tiene muy bellas estrofas; y el p. 100famoso guitarrista Sor le puso música, pero con corta fortuna en punto a hacerle correr entre las gentes. No porque se dejase de cantar por las calles, pues, al revés, atronaba los oídos la continua canturía. Pero las canciones que resonaban, era una que decía:

Virgen de Atocha,
Dame la mano,
Que tienes puesta
La bandolera
Del rey Fernando.
Virgen de Atocha,
Dame tu poder,
Para que al rey Fernando
Le traigas con bien.

o con otra, y no mejor música, la no mejor letra que decía:

Ya vienen las provincias
Arrempujando,
Y la Virgen de Atocha
Trae a Fernando.
¡Vivan los españoles!
¡Viva la religión!
Yo me c...o en el gorro
De Napoleón.

o una de igual valor, como es:

Ya se van los franceses—Larena,
Matan los piejos—Juana y Manuela,
Matan los piejos—Prenda,
Y el general los dice—Larena,
Que son conejos—Juana y Manuela,
Que son conejos.—Prenda.

p. 101

Y en el pueblo en que esto se cantaba era el Semanario patriótico, escrito por Quintana y sus amigos, el periódico más apreciado y respetado, y el que más influjo ejercía.

Pasaban días, y no parecían los ejércitos vencedores, aguardados con ansioso deseo, el cual vino a ser impaciencia y bien motivada. Sabíase que el de Andalucía no se había movido por haber necias rivalidades entre las Juntas de Granada y Sevilla, y las tropas de la una y la otra que le habían compuesto. Entretanto, Madrid continuaba sin una fuerza física necesaria para impedir se turbase el sosiego público, o para restablecerle en caso de que ocurriese un acto de desorden y violencia. Sobre cuál había de ser el gobierno de España durante la cautividad del rey, no había menos ansia, pero de esta solo participaba la gente entendida. Habíase armado una violenta disputa entre el Consejo y las Juntas de provincia, haciendo aquel las veces de esta en la capital, y no admitiéndole las últimas por colega, pues hasta le afeaban sin razón haber existido junto bajo el intruso José Napoleón, aunque por pocos días. Los madrileños se declararon por el Consejo, quizá por mirarle como cosa de casa, y hasta el Semanario Patriótico dedicó un artículo a defenderle de las acusaciones de las Juntas; hecho singular, si se paraba la atención en que el antiguo tribunal con pujos de gobierno debía ser mirado como acérrimo enemigo de las doctrinas políticas del periódico liberal, cuando las Juntas, por su origen y aun por uno u otro de sus actos, a pesar de sus muchos desatinos e inconsecuencias, representaban el poder popular con más o menos acierto y conocimiento de su esencia.

Llegó, por fin, el tan suspirado día de ver las madrileñas tropas españolas de las que habían vencido a los franceses. Mal representante de nuestros ejércitos con el de Valencia, que entró en esta capital el 13 o 14 de agosto. Los soldados, mal vestidos, con los zaragüelles provinciales y mantas y fajas, con los sombreros redondos, cubiertos p. 102de malas estampas de santos, desgreñados, sucios, de rostro feroz, de modos violentos, en que se veía carecer de toda disciplina, presentaban un aspecto repugnante. A la preocupación que daba a temer de tan malas trazas nada mejores hechos, se agregaba saberse los horrorosos asesinatos cometidos en Valencia en las personas de franceses no militares e indefensos, y se suponía, quizá en algún caso con verdad, que había entre aquellos soldados varios asesinos, y de cierto, si no los había, abundaban los muy capaces de serlo. El buen general Llamas que los mandaba, tenía apariencias de oficial antiguo y buen caballero, pero no de guerrero a la moderna. Ello es que en Madrid se llenó de terror la gente de educación y clase mediana al ver campeando por las calles aquella gente con guitarrillas, cantando, y a la par amenazando, entrándose en los conventos a pedir a las monjas alguna estampa más que poner en sus sombreros cargados de ellas, y dejando asomar puñales que contrastaban con las imágenes devotas. Al revés, la plebe, y de esta especialmente la parte acostumbrada o aficionada a crímenes, o si no tanto, a excesos y alborotos, miraba a los recién llegados como amigos, y en caso de necesidad, como apoyos con que podían contar de seguro. No salieron fallidas las malas esperanzas, ni vanos los justos temores. A los dos o tres días de la entrada de los valencianos, hubo un alboroto en las cercanías de la plaza de la Cebada, en que cayó muerto un sujeto cuyo nombre y calidad no pudo averiguarse, como tampoco la causa de su trágico fin, y el cadáver fue arrastrado con las mismas circunstancias que el de Viguri. Súpose que el general Llamas había acudido a impedir el asesinato de que sus soldados eran participantes, y que, sobre ser desobedecido, había sido amenazado de muerte. Cundió el terror por Madrid, por lo mismo que se ignoraba quién era la víctima, de modo que nadie podía creerse en plena seguridad.

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Así, la estancia de los valencianos en Madrid estaba considerada como una desdicha. Por lo mismo se deseaba la llegada del ejército andaluz, del cual se sabía que era compuesto de tropas disciplinadas.

El 24 de agosto, si no me es infiel mi memoria, fue cuando los vencedores de Bailén pisaron las calles de la capital, por su esfuerzo y fortuna libertada de odioso yugo. Era de esperar un entusiasmo loco en el recibimiento hecho a tales tropas, y con todo, si bien hubo grandes aplausos, se notaba menos ardor en los que aplaudían. Lo que más o lo que primero llamó la atención del público, fue el corto cuerpo de lanceros de Jerez que venían delante. Desde largos años no veían los españoles en su ejército lanzas ni corazas, y en las tropas francesas habían visto estas armas, que creían desechadas y olvidadas, vueltas a uso. Ahora, pues, pensando en las garrochas con que pican nuestros campesinos o picadores en plaza a los toros, se creyó se había dado con un medio de contrarrestar a los lanceros polacos, no dudando la vanidad nacional de que se haría con ventaja. Y se contaba que así había sucedido en Andalucía, donde habían sido ensartados los franceses en las garrochi-lanzas jerezanas. Venían los lanceros vestidos, no con uniformes al uso común, sino como los hombres del campo de Jerez, con sombrero de copa baja, muy parecidos a los hoy llamados calañeses, y con traje semejante al que llevarían si fuesen a picar reses en el campo. Daba realce a esta apariencia ser andaluces los lanceros, y como tales alegres y decidores, y sus gracias gustaban, aunque no fuesen de las mejores, por lo mismo que se los suponía graciosos, de modo que era un enviar y recibir dichetes lo que se oía alrededor de aquella gente. Las demás tropas tenían mediano aspecto, no como las valencianas, no como las mejores francesas; llevando aún la infantería el sombrero de picos, hoy dicho apuntado, el cual era entonces pequeño. Al recordar las gentes el porte p. 104marcial de los soldados de la guardia imperial francesa que llevaba consigo el vencido Dupont, pasmaba considerar que se habían rendido a hombres de muy inferior aspecto como militares.

Después de la entrada del ejército victorioso en los campos de Andalucía, ningún otro espectáculo podía llamar la atención o excitar los afectos en igual grado. No dejó, con todo, de mover las pasiones la proclamación de Fernando como rey, hecha el 25, llevando esta vez el pendón el conde de Altamira entre vítores que parecía se levantaban a la línea de los héroes.

Pero iba haciéndose hora de que a la embriaguez del triunfo sucediese el cuidado de lo presente y no lisonjeras previsiones de lo futuro. Aunque se había retirado José Napoleón hasta ponerse del otro lado del Ebro, veíanse graves peligros, y se temían no inferiores males para la patria. El entusiasmo es cosa que dura poco, sobre todo si se ha gastado muy de prisa. Pero a su decadencia no acompañó decaimiento de ánimo bastante a aconsejar la sumisión si era adversa la fortuna. Así fue que no hubo otra jornada de Bailén, sino al revés, muchas en que llevaron nuestras armas lo peor, sin el consuelo de quedar gloriosas, aun saliendo vencidas. Pero hubo tenaz propósito, aun cuando parecía locura persistir en la resistencia, y esta pertinacia heroica nunca faltó en la parte con mucho más numerosa de los hombres de aquellos días de prueba. Así, la bandera de la patria, caída a veces, se levantaba otra vez al momento, y en la isla gaditana una España abreviada, contando por suya toda la tierra no pisada por los franceses, vivió mereciendo ver premiados sus esfuerzos con haberse logrado afirmar la independencia de la nación española amenazada por el mayor poder que ha conocido el mundo.


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VI.

MADRID Y ALGUNA PROVINCIA A FINES DE 1808 Y EN 1809.

Después de la entrada de los vencedores de Bailén en la capital de España, quedó esta en una situación de más sosiego, pero comenzó a cundir entre la gente ilustrada la mayor inquietud posible sobre más de un punto. Como la gran victoria alcanzada, vistas bien las cosas, parecía un milagro, nacieron justísimos temores de que milagros tales no se repitiesen. Los elementos de desorden por lo tocante a alborotos en las calles y atentados contra la seguridad de las personas parecían neutralizados porque estaban suspendidos, o ya los contuviese la tal cual fuerza existente de la que se esperaba sustentase el imperio de la ley, o ya el haberse apagado el ardor patriótico, que así impelía a locos y criminales excesos, como estimulaba a hechos hijos de nobles pasiones. Dos cosas daban cuidado: la notoria mala calidad de los ejércitos, pobres en número y faltos de buen orden; y la carencia de un gobierno general de la nación, necesario hasta para el aumento y p. 106buena dirección de la fuerza militar. Al fin, esto último hubo de conseguirse, no sin trabajo.

Diputados de las Juntas, congregados en Aranjuez, compusieron una Junta magna, que tomó el título de Central. Establecido este gobierno en una población pequeña, estaba libre de la opresión que en tiempos revueltos ejerce sobre una autoridad, por necesidad débil, la plebe de las ciudades populosas; pero carecía por lo mismo del favor popular que en horas de apuro alienta a un objeto querido, cuya presencia inspira entusiasmo, y el cual a la vez recibe como de rechazo buena parte del que excita. El pueblo de Madrid se contentó con que hubiese al fin nacido la Junta Central, pero no saludó con pasión el día de su nacimiento y no llegó a cobrarle amor, como en las capitales de provincia le tenía lo general de la población a sus respectivas Juntas.

En cuanto a las personas capaces de juzgar en materias políticas, miraron como un bien altísimo que al cabo hubiese un gobierno; pero no acertaban a calificar para la aprobación o desaprobación al que acababa de salir a luz con harto trabajo y grandes actos de condescendencia por diversos lados, resultando una amalgama en que no quedaban bien unidas y mezcladas hasta formar un buen todo las varias materias que le componían. Por un lado, Quintana había sido nombrado oficial mayor de la secretaría de la Junta, ejerciendo grandísimo influjo en el secretario don Martín de Garay: por otro, una de las primeras disposiciones de la Central había sido nombrar Inquisidor General, confiriendo tal puesto al obispo de Orense, muy propio al objeto de tal nombramiento. La libertad de la imprenta, reinante de hecho y no de derecho, fue de nuevo negada, con rigor, por fortuna o por desgracia, no efectivo. Porque seguía la confusión o diversidad de pareceres, como cuando más, en lo relativo al modo de gobernar la nación por lo presente, y de proveer a cómo habría de ser gobernada p. 107en lo futuro. El Semanario Patriótico continuaba siendo un periódico igual en ideas a los franceses de 1789 o 1790 en punto a doctrinas; don Juan Pérez Villamil acababa de publicar un escrito muy aplaudido, en el cual, apostrofando al rey cautivo, le decía que «verificado su anhelado rescate y vuelto al trono, si quería conservarle, mandase poco, mandase menos, porque eran demasías las por muchos juzgadas prerrogativas de la Corona, y que el pueblo, de salir a recibirle ya libre, le presentaría con una mano una Constitución a que habría de atenerse»; y el mismo Quintana había dado a luz sus poemas patrióticos, por largos años escondidos en su papelera, y donde ya se ensalzaba al comunero Padilla, aprobando sus hechos, ya se denostaba a Felipe II, llenando de horror y pasmo a los monjes del Escorial,[22] ya, con motivo de celebrar la invención de la imprenta, se calificaba al poder papal de no menos que monstruoso, indigno y feo, cuyo abominable solio, sentado en las ruinas del capitolio romano, estaba próximo a caer, dejando tristes señales en sus ruinas.

[22] De esto fui yo testigo en una visita que hice al Escorial en noviembre de 1808, de que digo algo aquí más adelante, y que he hablado por extenso en un folletín del periódico Correo Nacional en 20 de agosto de 1840.

De tal y tanta confusión era la recién formada Junta fidelísimo espejo. Porque bueno es que lo sepan nuestros contemporáneos; nunca ha habido en España, ni aun en otra nación o edad alguna, democracia más perfecta que lo era nuestra patria en los días primeros del alzamiento contra el poder francés. Gobernaba entonces el pueblo, el pueblo tal cual era, ejerciendo en ciertas ocasiones su prepotencia en plebe, como más numerosa y resuelta, y yendo el Estado dejando a menudo autoridad absoluta a quienes tenían el mando, siendo inconsecuente el poder como nave mal gobernada o casi sin gobierno, a la cual arroja el ímpetu p. 108de las olas venidas a veces de distintos rumbos a muy diversas direcciones. Y todo esto no era producido ni dirigido por medios juiciosos ni con orden previo, como sucede cuando y donde las leyes arreglan el ejercicio del poder popular, sino de una manera confusa, haciendo las veces de la razón el instinto. Los amantes de la soberanía popular por fuerza habrán de convenir, si ya no deliran, en que en los pueblos soberanos, como en los soberanos de cuerpo y alma, los hay buenos y malos, porque los hay ilustrados e ignorantes, y la ignorancia y pasiones de la multitud traen tan fatales consecuencias al procomún cuanto podría traer la calidad de una persona revestida de autoridad ilimitada. En el gobierno creado por el pueblo español en 1808 estaba, pues, expresado en compendio el mismo pueblo, con todas las calidades que a la sazón tenía.

Fue llamado a presidir la Junta el conde de Floridablanca, no con gran satisfacción de los hombres adictos a doctrinas de las hoy llamadas liberales, pero en obediencia a la voz popular que, por entonces, llena de indignación por lo extremada injusta, contra todo lo perteneciente al gobierno de Carlos IV, recordaba con aplauso, no menos injusto por ser excesivo, los días de Carlos III, y al ministro que en aquel gobierno había representado el principal papel. De Floridablanca hablaban con variedad los hombres que viviendo entonces ya de edad madura, le habían conocido en el mando, y por cierto no todo era elogios en el juicio de tales críticos, pues había muy otra cosa. Yo, que ahora cuento y no juzgo, debo decir que, fuese lo que hubiese sido el Floridablanca de 1780, el de 1808 había llegado a ser incompetente para ocupar bien el alto lugar a que había sido elevado. Al frente tenía en la Central otro nombre por demás ilustre, y de persona no su amiga: el de don Gaspar Melchor de Jovellanos. En este último ponían sus esperanzas quienes deseaban encaminar p. 109las cosas del Estado por una senda cuyo paradero fuese el establecimiento de una monarquía limitada. En tanto, el Consejo Real se había resistido a reconocer la Junta Central, dando para ello razones buenas y malas, conociéndose que la principal era el recelo de que, tomando cuerpo y fuerza ciertas doctrinas, no viniesen los tribunales a perder o a no lograr el influjo en el gobierno que habían tenido o pretendido tener y a que de continuo aspiraban. No estaba dispuesto a acceder a tales pretensiones Floridablanca, pues, si bien adverso a toda idea de limitación del poder real por el popular, tampoco quería verle censurado o intervenido por los togados, y hasta en la forma con que el Consejo, sin negarse a obedecer a la Junta, ponía dificultades para hacerlo, veía el antes ministro absoluto con enojo lo que llama acertadísimamente Jovellanos escrúpulos de la obediencia. El mismo Jovellanos se inclinaba algo al Consejo Real por dos razones: por preocupaciones de togado, y porque efectivamente llevaba razón el Consejo en insinuar que, para el ejercicio de la potestad ejecutiva, convenía más una regencia de pocos que un cuerpo numeroso. En la gente que veíamos las cosas desde afuera andaban muy discordes los pareceres. No llevábamos a mal que hubiese una Junta Central, pues había habido y seguía habiendo Juntas de provincia. Pero unos estimaban buenas las razones del Consejo, y otros al contrario; y por diversos motivos esta y aquella cosa. La Junta, por su origen y por lo que este habría de influir en su índole, era popular, y el Consejo representaba a la monarquía antigua. De aquella eran de temer actos de despotismo, disposiciones imprudentes, poco orden, principios nada fijos; de estotro un firme sostener de rancios abusos y un orden de mala naturaleza, sobre todo, en punto a lo que pedían los tiempos. Fuese como fuese, hubo poco espacio para pensar en tales materias mientras residió la Junta en Aranjuez; periodo que no pasó de dos meses. p. 110Una proclama o alocución de la Junta agradó mucho, porque era de la pluma de Quintana. En verdad era una oda más del poeta patriota, pero en la disposición de los ánimos gustaba el lirismo. Prometía el nuevo gobierno poner en pie un ejército de quinientos mil infantes y cincuenta mil caballos, y no parecía desatino promesa tal, con estar muy fuera de la esfera de lo posible. También prometía la Central leyes enfrenadoras del despotismo, y ni a los que después se opusieron a leyes de esta clase sonó mal la promesa. Lo cierto es que se veía venir encima una gran desdicha con la reunión de las fuerzas de Napoleón, próximas a pasar la frontera, y la falta de poder, no solo por la inferior calidad, sino también por el corto número de nuestras tropas para disputar el triunfo. Empezaba a oírse la voz de la queja y del temor, primero en tono sumiso, porque no pareciese traición la desconfianza; luego más perceptible, por no poderse negar el peligro. El poeta Meléndez Valdés, en los días primeros del levantamiento, dócil instrumento de los franceses, como volvió a serlo, venido entonces a mejor acuerdo, y cediendo a su inclinación y a la de sus amigos, y no a su flaqueza de espíritu, había publicado un romance de mediano mérito con el título de Alarma, lleno de las ideas reinantes; pero hubo de publicar segunda Alarma, mejor que la primera, y en la cual no solo añadía un cántico más a los muchos destinados a celebrar triunfos, sino que en sentidas y patrióticas palabras anunciaba la próxima venida de Napoleón con gran poder, diciendo:

Vendrá y traerá sus legiones
Que oprimen la Escitia helada,
Ofreciendo a su codicia,
Por cebo, montes de plata.
Vendrá y lloraréis de nuevo
Las ciudades asoladas, etc.

p. 111

Estaban tan trocadas, si bien solo hasta cierto punto, las cosas, que temores tales, que un mes antes aun hubieran sido calificados de traición, parecían cosa natural y sonaban como voces de un patriotismo ilustrado y verdadero.

En tanto, se acercaba el día del cumpleaños del cautivo rey, que lo era de gala, y se preparaban los madrileños a festejarle, pero con tibio ardor, no nacido de flaqueza en el propósito de resistir al poder francés, pero sí de desmayo causado por el triste aspecto de la causa pública. El día de San Fernando, santo patrono del monarca, había sido celebrado en una u otra capital de provincia con el fervor del levantamiento recién ocurrido; en otras había sido la señal y época del alzamiento mismo, pero en Madrid, día de duelo bajo el yugo de los odiados opresores. Quiso la desgracia que no fuese más feliz la celebración de una fiesta que tanto debía serlo. A cosa de medio día comenzó a correr por las calles la noticia de que iban arrastrando por algunas de ellas dos cadáveres de personas bárbaramente asesinadas, sin que se llegase a averiguar quiénes eran las víctimas de la ira popular locamente excitada contra dos entes sin duda oscuros mientras vivieron. Pronto comenzó a asegurarse que eran los muertos arrastrados dos mamelucos. Los de la guardia imperial venidos en corto número a España con Murat, habían llamado mucho la atención por su vistoso traje y armas, y después se habían hecho blanco principal del aborrecimiento de la plebe, que veía en ellos, sobre la calidad de franceses, la de infieles. Los turbantes y calzones rojos, lo corvo de los alfanjes que casi formaban una media luna, el puñal, la carabina o fusil y las grandes pistolas, los hacían formidables a la vista. En los sucesos del Dos de Mayo se les achacaba la parte principal en punto a crueldad, y el destrozo hecho en una casa de la Puerta del Sol, cuyos moradores fueron todos pasados a cuchillo, pasaba por acto exclusivo de los mamelucos, no sé si con fundamento. Que p. 112se hubiesen quedado en Madrid mamelucos de la guardia imperial de Napoleón, distaba mucho de ser probable, y lo que sí lo venía a ser era haber sido calificados de tales los dos pobres hombres asesinados, víctimas probablemente de una riña y calumniados por sus mismos matadores. Pero ello es que la calumnia creída dio a la plebe de Madrid en aquel día infausto un carácter de ferocidad superior al manifestado contra Viguri y contra el desconocido igualmente arrastrado en agosto, recién entradas en la capital las tropas valencianas. La preocupación popular añeja suponía en los judíos un miembro o apéndice que solo tienen los animales, y para el ignorante vulgo era judío todo hombre no cristiano o no católico. Así es que gritaban por las calles que los dos cadáveres tenían rabos, con lo cual quedaba comprobado quiénes eran. Acercándome yo a mi casa, situada en la calle del Barco, lugar lejano de los que solían ser teatro de escenas de desorden, una vieja de aspecto feroz me paró como reconviniéndome, y dijo: «Qué, ¿no va usted a ver arrastrar a los mamelucos? Yo los he visto, y por mis propios ojos los he visto el rabo». Cuentan algunos que, en efecto, estropeados aquellos cadáveres sangrientos por el roce con las piedras, estaban despellejados, y que del espinazo a la rabadilla les salían tiras de pellejo que transformó en rabo la crédula y rabiosa muchedumbre; pero tal vez ni aun este motivo hubo para formar y propagar la indicada ilusión. No traté yo de desengañar a la buena, o, diciéndolo con propiedad, a la mala vieja, y antes me disculpé, con no me acuerdo qué razones, de no acudir a presenciar el espectáculo a que me convidaba. Fue aquel día uno de terror y congoja, porque ni siquiera suavizaba la alegría nacida de gratos recuerdos y lisonjeras esperanzas lo repugnante de aquellos actos y pensamientos de barbarie, manchas feas de las que empañan el lustre de los más gloriosos sucesos, cuando la multitud predomina, heroica a veces, y en España p. 113entonces, cual en cualquiera otra situación de las que recuerda la historia del mundo, pero ignorante y apasionada, quedando por la primera calidad un tanto, aunque no del todo, disculpados sus excesos.

Iba a empezar noviembre y las cosas empeoraban a ojos vistas. Con la inquietud crecían desvariadas sospechas y locas e indignas acusaciones. Ni el vencedor de Bailén escapó de ser sospechado, no siendo el general Castaños de aquellos que se captaban los afectos de la plebe, por lo mismo que se granjeaba por sus modales cultos la buena voluntad de los de elevada esfera.

Entró por fin aquel fatal noviembre, y con él un golpe de enormes desventuras. Súpose que en Lerín había caído prisionero el batallón de tiradores de Cádiz, cuerpo compuesto en gran parte de presidiarios y otra mala gente, pero consoló el saber que habían hecho una defensa gloriosísima, acto no común en los de su clase, cuya valentía, feroz en pendencias y acciones criminales, flaquea con frecuencia hasta desaparecer en las graves funciones de la guerra. No hubo gloria, y sí una fatal derrota en la batalla que sustentaron en Gamonal, cerca de Burgos, las tropas procedentes de Extremadura, bisoñas, no bien arregladas, y cuyo mando tenía un joven de alta clase, buen caballero y patricio, pero capitán inexperto. En breve hubo noticia de mayor desdicha, cual fue la rota en Reinosa y Espinosa del ejército llamado de la izquierda, que contenía muy buenas tropas. Fuerzas francesas veteranas acababan de entrar en España, procedentes de Alemania; con ellas venía el gran Napoleón acompañado de sus mejores generales, y a tal poder no podía resistir el de la pobre España, escasa en soldados y en quienes gobernasen con acierto los pocos, y de ellos muchos no buenos, con que contaba. En esto corrió una noticia consoladora, porque se aseguraba haber tenido los nuestros una ventaja notable en Caparroso, lugar de Navarra que tiene un puente, el cual se p. 114suponía ganado gloriosamente por los españoles. Vino, con todo, la Gaceta de oficio a aguar el gozo, publicando un parte de tal singularidad, que le conservo casi íntegro en la memoria, particularmente el último periodo, que era cual le pongo en seguida al pie de la letra: «Participo a usted que hemos tomado a Caparroso a las once de esta mañana, habiéndole evacuado los enemigos a las ocho. Voy corriendo a activar todo aquello, y a que sigan adelante las conquistas». Firmaba este escrito don Francisco Palafox, hermano del célebre don José, defensor de Zaragoza, y hombre muy apreciable, pero corto en luces y saber, y, si bien digno de estima, impropio para el mando.

Algo animó saberse que parte del ejército inglés vencedor de Junot en Portugal, venía adelantándose por una y otra Castilla. La división que había entrado por la Nueva se acercaba a Madrid, donde se creyó que entrase. No lo hizo, y solo se acercó pasando por el Real Sitio de San Lorenzo, o dígase el Escorial, al cual llegó ya más de mediado noviembre. Acudí allí yo a verla, pero tuve pocos compañeros. No olvidaré los pensamientos que en mí despertó ver aquellos extranjeros en aquel lugar. Los herejes ingleses aparecían armados en el monumento de Felipe II, y aparecían allí, no como enemigos, sino como aliados, y aun como acudiendo a defender la fe que no profesaban, siendo en el lema o divisa de la causa de la nación aliada con la protestante Inglaterra la defensa de la religión a la par con la del rey y la patria. De estos contrastes y de iguales o parecidas inconsecuencias vemos mucho en la historia, y no poco en las cosas todas del mundo, pero quizá el suceso que aquí conmemoro da de ello una de las pruebas más señaladas.[23]

[23] Permítaseme citarme para no repetirme. De esto hubo mucho en mi antes aquí mencionado escrito, inserto en El Correo Nacional en agosto de 1840.

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No pasé arriba de dos días en el Escorial; pero mi vuelta a Madrid fue triste, porque en el no largo camino del Real Sitio a esta corte tropezaba a cada paso con dispersos fugitivos, casi todos ellos procedentes de la derrota de Gamonal y llenos del mayor desaliento. Veíase ya llegar la hora de caer Madrid en poder del victorioso y terrible enemigo.

No bien llegué a mi casa, cuando mi madre, señora de clarísimo entendimiento, de ánimo varonil, instruida, algo dada a pensar en la política, acérrima enemiga del emperador francés, aun mucho antes de su pérfida invasión de España, y cuando era general en los españoles adorarle, previendo el mal que sobrevendría dispuso que nos trasladásemos a Cádiz, pues quedarnos en Madrid si le ocupaban los franceses venía a ser por razones privadas una cosa imposible, porque nos faltaría para vivir todo recurso. Siendo menor de edad, hube de seguirla. Salimos de Madrid el 27 de noviembre, y así no fui testigo presencial de las escenas de la corta resistencia y ocupación de la capital, de las cuales supe, sin embargo, y conservo en la memoria curiosas anécdotas; pero me abstengo de referirlas, porque me ciño a hablar de lo que vi yo mismo.

Se caminaba entonces lentamente. No porque, como hoy dicen o se figuran algunos, fuesen aquellos tiempos los en que hacían las gentes su testamento antes de emprender el viaje de Madrid a Andalucía. Al revés, el camino era bueno, y si no falto de peligro en punto a ladrones, tampoco tal que fuese caso común ser robado. No había diligencias, pero había postas medianamente servidas para los viajeros, escasos en número, que de ellas usaban, y, lo que hoy falta, en cada casa de posta había dos sillas (viejas en verdad, y malas por todos conceptos), de suerte que podía viajarse con alguna rapidez en carruaje sin llevarle propio. Pero esto solo servía para dos, o cuando más tres, personas. A una familia decente era necesario un coche p. 116de colleras, medio de viajar por cierto no barato. Andábamos nueve leguas al día, alguna vez diez con una enorme zaga, y siempre con alguna escolta, saliendo de madrugada y haciendo larga parada en la mitad del día.

Así fue que el día en que salimos de Madrid hicimos noche en Aranjuez. Allí, al amanecer del día siguiente, nos encontramos en momentos de terror y confusión. La Junta Central en la noche había resuelto trasladarse a Andalucía o a Extremadura, por venir ya encima y estar cercano el enemigo victorioso, bien que no estuviese aún en su poder el paso de Somosierra, el cual se creía defendible a pesar de estar muy mal guardado. Grande era el apuro de los numerosos dependientes del Gobierno, hallándose sin recurso alguno de coches, carros o caballerías para acompañarle en su fuga. Se acudió al medio de embargar los carruajes que había en Aranjuez, suerte que hubo de tocarnos. En tanto ahogo apelamos al favor, y conseguimos el desembargo de nuestro coche. Continuamos, pues, nuestro viaje, ya muy entrado el día, siendo Tembleque el punto en que habíamos de hacer noche. Pero yendo de camino, nos pasó una silla de posta que tuvo la desgracia de volcar y, bajándonos a dar socorro a quienes en ella venían, supimos que el Gobierno había suspendido su viaje, resuelto a quedarse en Aranjuez por no estimar muy inminente el peligro. Con estas mezclas de temor y confianza en que la imprevisión de la cabeza del Estado resultaba de la mala situación del cuerpo todo que le dominaba, allanado dos días después Somosierra, y puesto Napoleón sobre Madrid, hubo la Junta de ponerse en camino precipitadamente, siendo como un prodigio que llegase sana y salva a Badajoz, de donde por juiciosa determinación pasó a Sevilla.

No eran cortos los peligros que en tal confusión corrían los viajeros. La voz traición era aplicada a la conducta de los que huían, y el calificativo de traidor hallaba en todo p. 117lugar jueces y verdugos, siendo el juicio tan sumario que a menudo la acusación era la sentencia.[24]

[24] En los días de que voy ahora hablando, fueron asesinados no pocos viajeros. Entre ellos cayeron don Miguel Cayetano Solar, ministro de Hacienda que había sido bajo Carlos IV, y que lejos de servir al rey intruso se venía de Madrid a lugares no ocupados por el enemigo, y el general don Benito San Juan, que había defendido el paso de Somosierra con gran valor, si con infeliz fortuna, abandonado por soldados cobardes que después figuraron entre sus asesinos. Pero a bastantes personas oscuras costó la vida el venir huyendo de Madrid en aquellas horas. De algunas supe que si no murieron, escaparon con trabajo de manos de la plebe, empeñada en reputar a los traidores porque no coadyuvaban a la resistencia heroica que se suponía estaban haciendo a los franceses los madrileños, resistencia que, bien está decirlo, era imposible, por ser muy otras las condiciones relativas de la capital y del poder que vino sobre ella que las de los sitiadores y sitiados de Zaragoza.

Como prueba del estado de las cosas y de los ánimos en aquellos días, puede y debe servir la anecdotilla siguiente: Había yo llegado a Manzanares al quinto día de mi salida de Madrid, según el modo lento de caminar de aquella época. Deteniéndome, según uso, largas horas en la mala posada, a poco de estar en ella y en nuestro cuarto, se nos presentó un mozo sirviente de la casa, alto, robusto y no de la mejor traza, a lo menos en lo tocante a la seguridad de nuestras personas, pues su rostro y modos eran insolentes y aun amenazadores. Desde luego empezó a hablarnos de las cosas políticas que a todos ocupaban con empeño. «Aquí tienen ustedes, dijo, al hombre que más franceses tiene muertos en la Mancha». Y entrando en particularidades, comenzó a contar hechos atroces, que, según es probable, lo eran aun más referidos que lo habían sido real y verdaderamente, porque su idea y la de muchos era tener la más bárbara crueldad por virtud, si de ella resultaban ser víctimas los enemigos, y la jactancia y ponderación del delito pasaban por blasón de acciones heroicas. p. 118Así es que contaba el alucinado mozo que entrando en un hospital de soldados franceses, había quitado la vida a los enfermos en sus camas, y que como uno de ellos le dijese (y le remedaba al contarlo): «Español, agua de tisan», él le había respondido: «Toma tisana», magullándole los sesos. Mi madre y yo hubimos de encubrir el horror que tal relato nos causaba, y aun de murmurar algo como aprobación del hecho, porque en el rostro y modos del narrador veíamos que más quería decir o hacer que enterarnos de sus hazañas. Así fue que al cabo de una breve pausa, con gesto amenazador, dijo: «Y aquí tienen ustedes al que ha de matar a todos los traidores». Aunque sospechando, o, mejor dicho, viendo a qué se encaminaban tales palabras: «Bien hecho», exclamé yo, «porque los traidores son peores que los franceses». A esta frase mía sucedió nuevo silencio, como si el mocetón titubease; pero al fin, descubriendo la intención que llevaba en lo que decía: «Dicen», añadió, «que todos los que se vienen de Madrid son traidores». Ya la acusación estaba hecha, sin rodeos. Si yo hubiese querido argüir, estaba perdido, lo cual, a pesar de mis pocos años, conocía, habiendo visto o sabiendo cómo pasaban entonces las cosas. Quiso mi suerte que tuviese yo una ocurrencia acertada. «¿Por qué han de ser traidores?», le pregunté. A lo que él respondió: «Porque se vienen huyendo, en vez de pelear con los franceses». «¿Qué franceses?», repuse, «Pues qué, ¿no saben ustedes aquí las noticias? ¿No han sabido ustedes que Castaños les ha dado una gran batalla en que ha acabado con todos los que quedaban en España?». La buena nueva, dada hasta en lenguaje que era entonces el del pueblo, llenó de alegría a aquel feroz manchego, de suerte que solo pudo decirme: «¿Qué me cuenta usted?». «La verdad», fueron mis palabras, «según se supo en Madrid el día de mi salida». No cabiendo en sí de gozo el hombre, mudando ya de parecer en punto a juzgarnos traidores, salió presuroso a divulgar las felices p. 119noticias que yo traía. No corría yo el menor peligro porque fuese descubierto el engaño, porque, en primer lugar, no podía serlo en breve plazo; en segundo, quien me desmintiese no habría sido creído, y acaso lo habría pasado mal, y, por último, aun sabido ser incierta la gran victoria por mí contada, no se llevaría a mal haberla yo anunciado, suponiéndose que la había creído, porque el patriotismo consistía en decir lo más grato al soberano popular, siquiera fuese mintiendo.

Llegado ya a los términos de Andalucía, solo encontramos un tropiezo que podría haber sido ocasionado. Llevábamos moneda francesa, que corría entonces en Castilla y donde quiera habían estado los ejércitos franceses. El rey Carlos IV había hecho legal el uso de tal moneda, y novísimamente la Junta Central había renovado el Real mandamiento. Pero en las provincias no ocupadas, faltando la ocasión, faltaba el caso de poner en ejecución tal providencia. Así fue que, llegados a Santa Elena, hubo dificultad en recibirnos las piezas francesas, y la dificultad iba tomando carácter político, pareciendo la empresa de defender la efigie de Napoleón un tanto atrevida y arriesgada. Por fortuna, tuve yo en el mayoral de mi coche alquilado un auxiliar poderoso, porque en los de su clase no era uso buscar los traidores. Y como él (según es de creer) traería moneda francesa, la defensa que hizo de la legitimidad de este instrumento de cambio fue animosa por lo mismo de no ser desinteresada. «¿Quién es ahora el rey de España? (dijo); ¿no lo es el conde de Floridablanca? Pues ese manda que corra esta moneda». Concedida su premisa, hubo de serlo la consecuencia, y ya desde entonces no tuvimos más disputas sobre punto de tanta importancia para viajeros.

Llegamos por fin a Córdoba, donde por tener allí familia habíamos pensado hacer estancia, que al cabo vino a ser de cerca de dos meses.

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Córdoba estaba sosegada. El primer hervor de la insurrección había pasado allí. El saqueo de la ciudad por Dupont había dejado ira, pero también miedo. En Córdoba se había encarnado el levantamiento en su origen en una persona, la cual había por entonces desaparecido del teatro, habiéndole sido adversa la fortuna: en don Pedro Agustín de Echevarri,[25] singular personaje, no sin ribetes de locura en sus rarezas.

[25] Para la plebe cordobesa se llamaba Chavarría, y no gustaba oírle llamar de otro modo.

Por sus extravagancias había en aquella ciudad la causa nacional sido sustentada con menos ardor que en otros pueblos por la parte entendida y juiciosa de la población, y a la plebe que le seguía hubo de parecer amargo que la hubiese llevado a padecer una derrota en el puente de Alcolea, de lo cual fue consecuencia el saqueo antes aquí citado. Así es que aún se cantaba alguna coplilla, cuya índole satírica no habría sido sufrida en otras partes, como es la siguiente:

Pensaban los españoles
Cargar con toda la Francia,
Y se vinieron huyendo
Por la cuesta de la Lancha.

Conseguido el triunfo de Bailén, reinó tranquilidad en las provincias andaluzas lejanas del teatro de la guerra y a las cuales solo llegaban noticias favorables, pues nadie osaba darlas de otra especie. Por esto a mi llegada a Córdoba lo general del pueblo, esto es, la clase inferior de él, a la sazón predominante, no sospechaba que estuviese en peligro de caer en poder del enemigo la capital de la monarquía. De súbito se divulgó que estaba sobre Madrid el ejército francés. Inquietos los ánimos, pero sin llegar la inquietud a ser alboroto, se manifestó el justo y natural deseo de tener noticias ciertas de lo que en los lugares donde estaba lo vivo de la guerra ocurría. Había en Córdoba p. 121una Junta, pero de corta importancia, porque la oscurecía la de Sevilla, a la que en cierto modo había obedecido. La Junta cordobesa comisionó a un don N. Tenz, prebendado de aquella catedral, y que antes había sido guardia de Corps, a averiguar lo que pasaba. Tenz, hombre de no muchas luces naturales o adquiridas, pero tampoco un necio, buen patricio por otra parte, y aun acalorado parcial de la causa de la nación, se puso en camino, pero no fue más adelante que los primeros pueblos de la Mancha, donde tuvo la fatal noticia de haberse entregado Madrid.[26]

[26] Llegó a dudar de que hubiese sido tomado Madrid por los franceses todo un Jovellanos, y eso que siendo de la Central sabía las cosas de oficio. Así fue que, hablando con don José Pizarro (después célebre ministro), y diciéndole este que había casi visto entrar a los enemigos cuando él salía huyendo: «Bien (dijo aquel varón insigne, pero crédulo); pero ¿no puede haber sucedido que al entrar los enemigos, un hombre singular, como algunos de aquellos de que habla la historia, haya conmovido al pueblo excitándole a levantarse, y contenido al vencedor en el momento de su entrada?». «¡Ah!, eso sí puede ser», respondió el menos crédulo Pizarro encogiéndose de hombros. El mismo Pizarro me contó este lance.

Siendo hombre veraz y leal, se volvió a Córdoba, cumplida fielmente su comisión, y con dolor contó lo que había sabido. Pero encontró casi en todos, no solo enojo, sino incredulidad completa, y aun estuvo a pique de recibir algo más que desaprobación y reconvenciones, porque al cabo no había llegado a Madrid, y contaba lo que le habían dicho lenguas acaso de traidores. Se amedrentó el buen Tenz, tergiversó, casi se desdijo, y, lo que es más, llegó a dudar si habría sido engañado. Vino a ser opinión común que Madrid seguía resistiendo al enemigo, y esta opinión, si bien vacilante, reinó todo diciembre y aun buena parte de enero. Al propio tiempo corrían otras noticias contrarias a tal opinión, y corrían con valimiento, sin que en lo contradictorio se reparase. Napoleón había p. 122sido rechazado del puerto de Guadarrama, en parte por las nieves, en parte por un ejército imaginado, no se sabía si inglés o español. Napoleón andaba errante: aun sonó que se había refugiado a la Cartuja del Paular, y no faltó quien afirmase que allí había caído prisionero. Burlones malignos, ya por ser parciales de los franceses, o ya por divertirse, se complacían en añadir ridículas circunstancias a las relaciones corrientes, de modo que hubo quien afirmó haber sido preso Napoleón disfrazado de monje en el coro de la misma Cartuja.

No llegó la credulidad a punto de recibir como verdades tales desatinos.

En tanto, la Junta Central se había establecido en Sevilla, encargándose del gobierno supremo de España. Nadie se le disputó a las claras; pero algunas provincias apenas la reconocieron por potestad soberana, quedando varias de ellas en obediencia imperfecta. En cuanto al grande asunto de la caída de Madrid, calló la Junta, no publicando en la Gaceta lo que sabía de oficio sobre tal acontecimiento hasta cerca de dos meses después de ocurrido.

Así no presentaba Córdoba, hasta que salí yo de ella al ir terminando enero, cosa alguna que pudiese llamar la atención, dando materia a observaciones. Otra cosa debía suceder en Cádiz, adonde llegué cuando iba a entrar febrero. Pero lo que más me admiró fue que, al llegar a las puertas de la ciudad, como al presentar nuestros pasaportes se viese que procedíamos de Madrid, aunque salidos de aquella población en noviembre, se nos preguntase, como si fuese todavía casi dudoso, o como si nosotros, al cabo de dos meses de residencia en una provincia, pudiésemos saberlo como testigos presenciales, si eran o no real y verdaderamente los franceses dueños de la capital de la monarquía. No estaban, con todo, tan ignorantes de lo que pasaba los habitantes de una ciudad que, si contaba a la sazón pocos literatos, no dejaba de tener por moradores p. 123a muchos hombres de algunos conocimientos y de buen juicio. Y, sin embargo, tan culta ciudad iba a ser en breve teatro de un alboroto vergonzoso, mal descrito por todos cuantos de él han hablado, entre otros por el conde de Toreno, a quien hubieron de engañar falsos informes: el alboroto de febrero de 1809, acompañado de un asesinato, y señalado por circunstancias de ridiculez tal, que en tal ciudad, según había aparecido antes y apareció después, parece increíble.


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VII.

UN TUMULTO EN UNA CIUDAD DE PROVINCIA EN 1809.

Cádiz en 1809 era entre las ciudades de España una de las de más cultura. Hoy, si no ha decaído, apenas ha adelantado, siguiendo casi estadiza cuando otras han ido progresando, y ella hasta en ciertos puntos perdiendo algo en vez de ganar, si bien hay otros en que ha mejorado, viéndose allí, como en todo, la compensación inseparable de las cosas humanas. En esto último, o digamos en la parte de ganancias, debe contarse el cultivo del entendimiento, señaladamente en materias literarias, ramo por aquellos días allí muy descuidado, llegando a parecer hasta ridículos unos pocos, poquísimos jóvenes, que teníamos pujos de literatos y remedábamos a los escritores de la vecina Sevilla. En la parte de lo perdido merece contarse el excesivo aseo, el cual, si hoy se conserva, no está en el punto a que había llegado entonces, y el general aspecto y modos de los gaditanos, cuyo traje y usos más tenían de extranjero que de andaluz, o aun de español, salvo en las mujeres que, al revés, conservaban el vestido nacional en p. 126su pureza. Lo que era muy de notar entonces en aquella ciudad, con razón calificada de emporio, era la falta de vulgo, esto es, de vulgo insolente y soez, y de ello aun hoy bastante queda. Y no obstante esto, había sido en Cádiz feroz, como en otras poblaciones de España, el alzamiento popular, haciéndose más notable la ferocidad por lo ilustre de la víctima en que dio prueba de sí: el general don Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana, bárbaramente asesinado, después de haber llevado y sufrido con heroica fortaleza horrorosos tormentos. Nada parecía más ajeno de la índole y costumbres de los gaditanos que los movimientos populares, y, con todo, el de últimos de mayo de 1808 (según relaciones fidedignas, porque yo no lo presencié) a ninguno de otro pueblo había quedado inferior en violencia. Había habido en él asimismo una circunstancia singular. Aunque los gaditanos, como todos los españoles, eran buenos cristianos, tenía su piedad religiosa otro carácter que el de los pueblos de tierra adentro, no dejándose sentir, a lo menos en lo aparente, en Cádiz el influjo del clero, particularmente el de los monacales. Pero cuando pereció Solano, y quedó señoreada de la ciudad la enfurecida plebe, con armas arrancadas del parque en las manos de gente de la cual era muy de temer que hiciese de ellas mal uso, hubo de apelarse a un singular remedio para recoger aquellos instrumentos de daño, y fue que se encargasen de hacerlo los capuchinos. Me contaban (mas yo, como aquí dejo dicho, no lo vi, por estar a la sazón en Madrid) que era curioso espectáculo el de aquellos religiosos (cuyo hábito distaba más del vestido común que el de los frailes de otras órdenes, y por lo mismo les daba un carácter extraño), con grandes canastas o cestos llenos de fusiles, pistolas y sables que les entregaban, soltándolo todo de buena gana los que de ello se habían hecho dueños. Resultó de esto conseguir los capuchinos, si bien por breve plazo, una prepotencia en Cádiz p. 127que nadie les disputaba, ni aun otros miembros del cuerpo del clero secular o regular, y ciertamente no los militares ni los empleados civiles. No son ajenas estas particularidades al suceso del tumulto de febrero de 1809, principal asunto del presente artículo, destinado a poner recuerdos de lo pasado a la vista de la generación presente.

Pero el influjo de los capuchinos estaba, si así puede hablarse, latente y para aparecer solo cuando la necesidad de algún caso hacía necesario u oportuno su uso. Otra cosa daba más en rostro en Cádiz, y era ver la población armada formando una milicia muy semejante a la que después con el nombre de nacional, y siendo remedo de la francesa, ha existido en las poblaciones de España, útil por demás a veces, y en alto grado; en otras ocasiones en no menor proporción perniciosa; digna de alabanza y de censura; lo primero, por sus hechos patrióticos; lo segundo, más por su yerro que por su culpa de intención; instrumento, no para afianzar la libertad, sino para sustentar un partido; casi necesario en una guerra en lo interior de un Estado cuando es forzoso no tener ocupado el ejército en guarnición de plazas no amenazadas de cercano peligro. En Cádiz, desde muy largo tiempo había existido la llamada milicia urbana, pero existido más en el nombre que de hecho, y con oficiales más que con soldados, y venida a ser hasta objeto de risa, pues era conocida con el nombre de regimiento de la Pava.[27]

[27] De la antigua milicia urbana fue aprovechada una parte, que fue la de los artilleros, servicio que lo era exclusivo de los gallegos, los cuales abundan en Cádiz, siendo de esta provincia todos los mozos de cordel o esquina, y gran parte de los criados.

Los artilleros gallegos hicieron buen servicio durante el sitio de Cádiz, y destinados a un lugar de algún peligro, como era el del castillo de Puntales, no pocos de ellos perdieron allí la vida. Bien está pagarles este leve tributo en recompensa de sus ignorados méritos y sacrificios.

El gran movimiento p. 128de 1808 pedía cosa más viva que poner en pie aquel casi cadáver. Cádiz, que envió un número muy crecido de voluntarios a los ejércitos, quiso además que acudiese a la campaña la un tanto numerosa fuerza que la presidiaba, y como plaza tan fuerte no podía quedar desamparada, aun estando lejano el enemigo y cercanos los amigos ingleses dominando los mares, discurriose hacer un cuerpo militar del vecindario. A formarle concurrieron todos alegremente y con celo. Nacieron al momento seis batallones numerosos, cuatro de ellos remedo de la infantería de línea; dos de la ligera. Voluntarios de Cádiz era su nombre: a poco, y cabalmente por el suceso que voy aquí a narrar, se le confirió por el Gobierno supremo el de voluntarios distinguidos; pero el uso común era nombrarlos por un apodo o mote: el de guacamayos y cananeos. Cuadraba a los primeros la calificación del vistoso pájaro de la zona tórrida por la naturaleza de su uniforme, que era a imitación de los del ejército inglés; casaca encarnada, cuello, vueltas y solapa verde con un ligero bordado en el primero, pantalón blanco y sombrero de picos, que así se decía el antes por su figura dicho de tres picos, y hoy, por atroz galicismo, hijo de crasa ignorancia, dicho por algunos españoles tricornio,[28] y con más propiedad, si bien p. 129con frase nueva, señalado como sombrero apuntado.[29]

[28] Siendo demasiado vistoso, y también costoso y estorboso el uniforme referido de casaca larga y sombrero de picos para el servicio diario en las guardias y patrullas, los voluntarios de línea tuvieron otro, compuesto de las prendas siguientes: casaca corta de color pardo con cuello, solapa pegada, y vuelta anteados, pantalón igual a la casaca en invierno, y de mahón en verano, y sombrero redondo con chapa de latón blanco y un plumero pequeño, lo cual no disonaba, porque entonces con sombrero igual cubrían la cabeza los soldados de marina ingleses. Parecería una ridiculez recordar estas cosas del vestido, si no viésemos que de olvidarlas resultan inconvenientes. Hoy en un cuadro (de gran mérito por otra parte) destinado a representar la apertura de las Cortes de Cádiz en 1810, se ven los españoles de aquellos días pintados no con el traje que usaban, sino con el de los franceses de quince años antes, o digamos de la Convención, y tal vez del Directorio, o del Consejo de los Quinientos.

[29] Permítaseme aún aquí dar satisfacción a mi manía contra los corruptores de nuestra lengua. He dicho y escrito (no sin encontrar aprobadores) que muchos de los galicismos hoy corrientes nacen, no de haber leído mucho obras francesas, sino de conocer poco el idioma de nuestros vecinos. Esto sucede a los que traducen tricorne por tricornio. Llamaban los franceses chapeau à trois cornes a lo que nosotros sombrero de tres picos. Corne en francés es, pues, pico en castellano, tratándose de sombreros. Tricorne es abreviación de trois cornes, y si nosotros fuésemos a hacer una igual o parecida deberíamos decir tripico, pero no podríamos porque sería voz ridícula que sonaría como cosa de tripas. De todos modos, como cornio en castellano no es pico de sombrero, es tricornio un barbarismo inadmisible. Dicho sea esto sin esperanza de corrección en los tricornistas.

A los que llevaban por nombre el de la gente infiel de Canaán no valía tal calificación el ser reputados descreídos, sino el uso de la cartuchera delante del vientre, conocida con la voz de canana, que venía bien con el uniforme de las tropas ligeras españolas de aquel tiempo, chaqueta con alamares ceñida, pantalón igual en color a la chaqueta, y en la cabeza lo llamado entonces morrión, y después chacó, que iba anchando según subía. No me ciega pasión alguna al afirmar que aquellos cuerpos se hicieron merecedores de bastante elogio, y puede decirse de ninguna censura, salvo en el caso que es argumento del presente trabajo, y en el cual lo que empezó por yerro, y hasta por culpa, fue en breve remediado y compensado por un buen servicio, aunque, si ha de decirse la verdad, ensalzado y premiado con exceso.

En los voluntarios de Cádiz se habían alistado solteros, casados y viudos; padres o hijos de familia; en suma, hombres a quienes, en caso de haber quintas, tocaba entrar p. 130en sorteo, y otros que no estaban en igual caso. Como aquí poco ha dejo apuntado, Cádiz había enviado muchos mozos a las filas de los defensores de la patria en el campo; pero no todos sus mozos, y de lo primero estaba muy ufana la población.

Sin embargo, iba llegando el caso de una quinta. El entusiasmo que había llevado a empuñar las armas había cesado, o, dígase, los entusiasmados ya las habían tomado, y los que en estado de usarlas no lo habían hecho, habrían de hacerlo compelidos por la ley, si ya no se dejaba sin refuerzos el ejército, muy necesitado de tenerlos en abundancia. Corrió de súbito la voz que la quinta estaba resuelta. Entonces hubo en algunos la singular ocurrencia de que a ella no debía estar sujeta la población de Cádiz, fundándose la pretensión de tal excepción en dos razones; de las cuales la primera era haber dado los gaditanos más que su cupo, lo que debía tomárseles en cuenta como contribución de sangre adelantada; y la segunda, que los voluntarios estaban haciendo servicio militar, aunque no de campaña ni con el enemigo al frente. No eran razones tales muy poderosas, ni se dieron en términos expresos, pero corrían con no poco valimiento, haciéndolas correr y esforzándolas los que temían y no querían entrar en cántaro, y acogiéndolas con favor muchos, ya por temor de ver forzados a ser soldados a sus parientes y amigos, ya por prestarse a creer lo que oyen afirmar. En esto, gentes sin duda arteras inventaron y propagaron otra voz, causa de disgusto. Los cuerpos de voluntarios (decían) iban a salir a campaña por orden del Gobierno residente en Sevilla. Era enorme desatino la suposición; pues nadie podía pensar en poner los paisanos de Cádiz armados, los vecinos de la regalada Cádiz, frente a frente con los aguerridos enemigos a la sazón victoriosos. Pero es común creer los desatinos, y los que temían entrar en quinta y no querían salir a campaña daban crédito aparente p. 131al desagradable rumor, por lo mismo que no se le daban verdadero, embaucando a los sencillos.

Por el mismo tiempo había llegado a Cádiz, procedente de Sevilla, y con no sé qué comisión del supremo Gobierno, de que era parte, el vocal de la Junta Central, marqués del Villel, señor catalán de ilustre alcurnia y alguna riqueza. El conde de Toreno en su historia es harto desfavorable al del Villel, del cual dice que era, en la Junta Central, de los más opuestos a las reformas y apegado a todos los rancios abusos. Lo cierto es que el tal personaje era corto en saber, y al parecer, no largo en luces, de condición desabrida y de insufrible entono, aunque honrado y buen patricio y caballero. Su entono de gran señor fue lo que más disgustó a los gaditanos, entre quienes figuraban en primer lugar los comerciantes, no de los que pasan en otros lugares con este nombre, sino de clase allí diferente de la de los tenderos, y de ellos no pocos hidalgos por su cuna y enlazados con gente de la nobleza inferior. El trato en Cádiz era fino, culto, y aun podría decirse democrático, tomando esta voz en su mejor acepción; y, como reinaba la igualdad, era chocante la pretensión de superioridad de la gente de más alta esfera. El marqués del Villel disgustó, pues, por su modo de hacer las cosas, más todavía que por las cosas que hizo, si bien tiene razón Toreno en culparle de haberse entrometido en negocios privados, averiguando el modo de vivir de las personas, y queriendo arreglar familias entre sí mal avenidas, y corregir vicios a que no alcanza, porque se los ocultan fuertes consideraciones, el rigor de las leyes. Pero es lo cierto que estas pequeñeces, si contribuyeron no poco a los excesos de que el del Villel estuvo a punto de ser víctima, no fueron la causa principal que los trajo.

En la quinta que amenazaba está la causa, si no única, verdadera del desorden y atentados que voy a referir inmediatamente. p. 132Del ejército francés solían desertarse bastantes soldados de los numerosos extranjeros que en ellos servían. Los convidábamos los españoles a la deserción, haciéndoles presente que ellos también estaban padeciendo bajo el yugo que contribuían a poner y agravar sobre la cerviz de un pueblo que en nada se les había mostrado contrario. De desertores tales pocos eran polacos, porque los hijos de nación tan agraviada casi todos se habían dado con celo al servicio del emperador francés, de quien esperaban fuese su redentor, y, siendo celosos de la independencia propia, se mostraban crueles enemigos de la ajena. Sin embargo, los polacos eran mirados entre los que componían los ejércitos de Napoleón, si no con favor, poco menos, y, cuando no los más gratos, eran los más nombrados entre la gente no francesa que militaba en los ejércitos de los invasores.

De los desertores de que acabo aquí de hablar se habían formado algunos batallones o regimientos, y a uno de ellos se dio la orden de pasar a Cádiz, mediando febrero de 1809. Coincidió esto con el temor de la quinta, con las patrañas a que el mismo temor dio origen, con el disgusto que daba el marqués del Villel, y también con el mal aspecto de la causa pública, siendo señaladas y repetidas las ventajas que a la sazón alcanzaban las tropas francesas sobre las españolas. Dondequiera abundaban combustibles hacinados, y en Cádiz causaron un incendio.

La chispa o la mecha que prendió fuego a tantas materias preparadas para recibirle y extenderlo fue la próxima llegada del batallón de desertores. De repente se oye una voz terrible: Cádiz estaba vendido: los voluntarios iban a salir, y en su lugar iban a entrar los polacos (a los cuales el vulgo gaditano, acostumbrado a hablar de barcos, y habiendo de estos una clase con el nombre polacras, llamaba polacros). La Central era bien o mal obedecida, pero lo era solo en los puntos capitales; merecía p. 133a veces aprobación y la conseguía, pero no inspiraba plena confianza, porque no estaba en posesión del afecto popular, que en cada provincia quedaba reservado a sus respectivas juntas. No era de extrañar que en tal cuerpo hubiese traidores. De todos modos, lo necesario, lo urgente era impedir la entrada a los polacros, de lo cual era consecuencia necesaria, aunque de ello no se hablase, que los voluntarios no saliesen. La voz propagada fue señal de un tumulto. Los fanáticos honrados de la clase inferior, y los amantes de desorden, a quienes sucesos poco lejanos habían dado ser y valor, acudieron a una señal, que lo era en su sentir de la hora de volver, a su modo, por la causa de la patria, siempre puesta en peligro por los traidores. El tumulto estalló y creció. Los alborotados salieron en tropel voceando y amenazando por la Puerta de Tierra, por donde venían, estando ya cercanos, los mal encubiertos enemigos a quienes era necesario hacer frente. En el camino que va de Cádiz a unir la ciudad con lo demás de España, se alza hoy, y entonces comenzaba a alzarse, una obra de fortificación, llamada la Cortadura, porque lo era en el arrecife o calzada, formándola un simple lienzo o cortina flanqueada por dos baluartes, y bañada por el mar por uno y otro extremo. Había comenzado esta obra don Tomás de Morla, destinándola a impedir que los franceses, si penetraban en la isla gaditana,[30] pudiesen bombardear a Cádiz.

[30] Es de advertir que la voz «isla gaditana», aunque muy propia, solo empezó a ser usada entonces. Antes la ciudad de Cádiz no daba nombre a la isla, y la población, hoy ciudad de San Fernando, era llamada isla de León, con el aditamento de Real. La isla geográfica dividida de la tierra firme por un brazo de mar, sobre el cual corre el puente de Suazo, no tenía nombre.

Digo que la obra estaba solo comenzada, pues quedaba del todo abierta, y no podía hacer todavía ni una mediana defensa, no obstante lo cual, había en ella ya cañones. Al llegar los amotinados a aquel p. 134punto, le encontraron mal defendido, como debían ya saber; pero lo que les probó ser su triste estado obra de la traición y no de falta de tiempo, fue que, según afirmaban, hallaron los cañones llenos de arena. Que así fuese era, no solo posible, sino probable, porque la mar azota con furia aquellas playas y todo lugar a ella vecino, y sus olas, cuando se encrespan, traen consigo gruesas cantidades de arena, que sacuden, despiden y dejan en el terreno a que han llegado o se han acercado cuando se retiran. Tal vez no había ni aun tal arena; pero si la hubiese, fácil era vaciar de ella las piezas antes de hacer fuego. No se paraban a hacer estos juicios críticos los sediciosos. La arena hallada, o que creyeron hallar, fue un comprobante de la traición. En esto apareció el batallón que venía de marcha, cansado, pacífico, ajeno de recelo. Embistió de repente con los extranjeros la turba popular, nada temible, pues hasta poco numerosa era. No hicieron defensa aquellos pobres soldados, aunque bien podían, porque hubieron de quedar pasmados al recibir tal hospedaje. Así es que no hubo ni heridos, pues los extranjeros, atónitos, se dejaron hasta apalear, pero no mucho, pues retrocedieron, y con mostrarse sumisos apaciguaron la furia de los agresores.

Mientras esto pasaba fuera de puertas, dentro iba agavillándose la gente alborotada delante de la casa del marqués de Villel. Los vencedores de los polacos, vueltos triunfantes a Cádiz, aumentaron la furia de la muchedumbre, si muchedumbre merecía llamarse aquel número de personas, aunque no crecido, lo bastante para dominar sin resistencia. El marqués fue declarado traidor, a lo que se siguió el intento de matarle, como era uso hacer con los traidores. Iba a ser allanada la casa y muerto el personaje, blanco de la ira de los sediciosos. Entonces acudieron los voluntarios a defender a la persona así amenazada. Hasta aquel momento habían sido espectadores del tumulto, no p. 135aprobándole, aunque no faltase entre ellos quienes le viesen con aprobación apenas encubierta, pero no haciendo cosa encaminada o contenerle. No podía, con todo, aquel cuerpo consentir en que se cometiese a su vista, estando armado, un asesinato. Así, protegió al marqués de Villel, salvándole la vida, y le llevó entre sus filas amparando su persona, mas no sosteniendo su autoridad, hasta depositarle en lugar seguro. No había entonces más que uno que lo fuese completamente en Cádiz, aun contando las iglesias: no había más que el convento de los a la sazón archipopulares capuchinos. Allí quedó el vocal del Supremo Gobierno de España reconocido por la misma Cádiz, y quedó, si no en calidad de preso, poco menos. En salvo ya la vida del marqués, nadie pensó por lo pronto en restablecer el imperio de las leyes. Pero era necesario que hubiese quien gobernase aquella ciudad y plaza fuerte, siquiera como titular, porque el gobierno quedaba en la plebe alborotada. El empleo o puesto de gobernador en Cádiz no estaba vacante, pues le tenía un don Félix Jones, mariscal de campo, militar antiguo, cuyos servicios habían sido en la brigada irlandesa de nuestro ejército, siendo, como declaraba su apellido, su familia oriunda de Irlanda o de Gales; buen señor, y no mal oficial o soldado, pero desigual sin duda a la situación en que se veía, y en que estaba asimismo todo cuanto le rodeaba. Salvó al general Jones de completa sospecha su apellido británico, y de que le temiesen los alborotados su flaqueza; pero, si hubo de quedar libre de peligro, en su autoridad quedó anulado.

Pasó Cádiz un día en poder de la plebe, pero la de Cádiz, por fortuna, con alguna rara excepción, está exenta de ferocidad. No peligraron las casas, ni en general las personas. Se gritaba, pero a nada se procedía. En tal situación cerró la noche y vino con ella el sosiego.

En la mañana del nuevo día aparecieron las cosas sin p. 136notable mudanza. Pero era imposible que, faltando todo freno a las malas pasiones, faltase quien, impelido por ellas, se arrojase a cometer un crimen. Desempeñaba a la sazón el cargo de comandante del resguardo don N. Heredia, a quien relaciones de su familia con el príncipe de la Paz hacían poco grato a la opinión popular, y a quien su ingrato empleo forzosamente había de haber puesto en mal predicamento con la clase algo numerosa, y nada buena, de los contrabandistas. No había el pobre Heredia tenido ni la menor parte en la venida de los terribles polacros, ni en los actos despóticos del marqués de Villel, ni en cosa alguna de todas cuantas daban motivo al tumulto, pero no carecía de enemigos, y la hora era propicia para que el que se quejaba con razón o sin ella de un daño recibido se vengase. No acierto a decir, porque no llegué a averiguarlo, cómo supo el desdichado que su vida estaba en peligro, pero ello es que, en vez de esconderse, huyó, no sin ser visto y seguido en la fuga. Al ir a embarcarse, o ya embarcado, y a corto trecho de tierra, en una barquilla, fue alcanzado por sus perseguidores, que le quitaron la vida. Tan inesperado asesinato causó horror, y se vio que no podía seguir Cádiz sin gobierno. Jones nada hacía y nada podía, y se ignoraba, no viendo que fuese algo de hecho, si era o no todavía gobernador de derecho. Resolvió esta cuestión el nombramiento de un nuevo gobernador militar y político, y la elección, hecha no puede saberse por quién, recayó en el guardián de capuchinos, llegando con esto a su apogeo el favor extraordinario de que aquella orden monástica gozaba; y no sin razón digo a su apogeo, pues desde entonces empezó a declinar, hasta llegar cuatro años después a un estado de abatimiento cual nunca le había tenido en España. Había algo de instinto popular en nombramiento tan ridículo, porque, recelándose traiciones por todos lados, hubo de parecer la persona de más confianza la más interesada en que no dominasen los franceses, p. 137y tal pareció un fraile, pues aunque Napoleón al arrogarse el trono de España y traspasarle a su hermano, sin darle absoluta independencia, lejos de abolir desde luego las órdenes monacales, las había reconocido hasta señalarles lugar representadas por sus generales en las Cortes dispuestas por la Constitución de Bayona, bien veían los del clero secular, y más aún los del regular, cercano el fin de su existencia estos, y de su influjo aquellos con el establecimiento de un poder no favorable a la libertad política y civil, pero sí desfavorable a todo pensamiento religioso. Otro tanto veía el pueblo confusamente, como suele él ver las cosas, y por esto nombró para gobernarle al capuchino, si hombre poco a propósito para ejercer la autoridad en lo militar, y aun en lo civil, de toda confianza en cuanto a no entregar la plaza de Cádiz a los enemigos.

No puedo acordarme cuánto tiempo duró el gobierno del buen guardián,[31] pero sé que acabó como por consunción p. 138en breve plazo, no deponiéndole la Junta central, pero sí nombrando un nuevo gobernador militar y político, cargos desempeñados entonces por una misma persona, y esta de la clase de los oficiales generales.

[31] Está en su lugar contar una anecdotilla relativa a estos sucesos. Venía en las horas a que la narración de arriba se refiere, navegando para Cádiz, aun no bien restablecido de una grave herida recibida en la batalla de Espinosa, el ilustre general de marina don Cayetano Valdés, tan célebre en España antes y después, y en Cádiz muy particularmente. Al ir a entrar en el puerto, como pasasen cerca algunas barcas, el general, deseoso de saber quién ejercía la autoridad militar con que él había de entenderse, preguntó quién era el gobernador de Cádiz. «El guardián de Capuchinos», le respondieron desde lejos. Pareció bufonada de mal gusto al general la respuesta. Pero al hacer igual pregunta a otra embarcación que pasó, oyó también que era gobernador de Cádiz el guardián de Capuchinos. Conociendo Valdés que es uso en las cercanías de Cádiz poner en boga por temporadas un dichete más o menos o nada chistoso, pensó que era la gracia de uso entonces decir que gobernaba el guardián de Capuchinos. Pero llegándose al buque donde venía y deteniéndose a un costado un bote (no sé si el de sanidad o el del práctico), y reiterada la pregunta, y recibida la misma respuesta, incomodándose el general de que le viniesen con bufonadas, y manifestando su enojo, supo con admiración ser el hecho que él deseaba saber lo que le había parecido burleta necia. De boca del mismo general he oído, y más de una vez, este lance.

No acierto a decir si fue bien comprendido en Sevilla el alboroto de Cádiz, pero lo cierto es que hubo aplausos y premios solo hasta cierto punto merecidos, y poca severidad e imparcialidad en el castigo, ya dictase tal conducta el error, ya el disimulo.

A los voluntarios de Cádiz fueron dadas recompensas honoríficas, el dictado de distinguidos y el uso de los cordones de cadete, todo ello por haber amparado la vida del marqués, olvidando, o no sabiendo, o callando que para enfrenar el alboroto, particularmente en sus principios, cuando era cosa fácil, habían hecho poco o nada. El marqués del Villel fue llamado a Sevilla y a la Junta, desagraviado con palabras de aprobación y sin repugnancia suya a salir de una ciudad en la cual había hallado más sinsabores que satisfacciones. Fueron presos, creo que sin otros compañeros, dos jóvenes de Cádiz, ambos instruidos, y que después hicieron mediana fortuna, don Manuel María de Arrieta y don Pablo Massa, cuyo delito, o dígase cuyo supuesto delito, pues fueron al cabo absueltos después de larga, pero no dura prisión, y de una causa enojosa, era haber hecho el papel de representantes del pueblo alborotado para expresar sus pretensiones. De la quinta no volvió a hablarse, quedando exenta de ella los gaditanos, bien que en ninguna población de España creo que fue llevado a efecto con la debida regularidad y exactitud este modo de reclutar el ejército, poco propio para días en que el entusiasmo hacía mucho y el poder de la autoridad era corto, por lo cual acudían a las filas los que querían, y a los renitentes o reacios nadie podía sacar de su retiro.

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Del alboroto de febrero no quedó en Cádiz señal. Pasó allí tranquilo el año 1809, causando alegría las pocas y cortas ventajas en el mismo periodo conseguidas por nuestras armas, y dolor los grandes y multiplicados reveses de las mismas en aquellos días aciagos; pero reinando la tranquilidad más completa, de suerte que en momentos de tantas penas tuvo Cádiz la felicidad de no tener historia, mientras tan llena de sucesos estaba la de otras provincias. Los voluntarios siguieron prestando buenos servicios, y manteniendo la ciudad en paz y sosiego, de suerte que hasta el término final de la guerra no volvió aquella población a ver un alboroto de consideración en sus calles, ni cayó víctima de la furia popular persona alguna. Recién entrado el año de 1810 fueron otras las circunstancias, en las cuales Cádiz, si no le consistieron las suyas señalarse por actos de heroísmo, se acreditó de fiel a la causa de la patria, haciendo por sustentarla sacrificios no leves. Además, la ciudad que se entregó al gobierno de un religioso poco después hizo a la causa de las reformas celoso acogimiento, sucediendo allí a las doctrinas innovadoras y liberales lo que a planta llevada a terreno bien preparado para recibirla y criarla lozana, y, en cuanto no lo impiden desdichas inevitables, fuerte y robusta. Pero los sucesos desde 1810 hasta 1813 no entran en el propósito del presente artículo, y como son harto conocidos,[32] las memorias que de ellos conservo no p. 140serán quizá transmitidas a la pluma como parte de los recuerdos que con desaliño procuro dejar constantes para divertimiento, si ya no para enseñanza, de la generación presente y de las futuras.

[32] Acaba de salir a luz una obra de mucho mérito en su clase, y cuyo objeto es referir particularidades de sucesos ocurridos en Cádiz, y de los méritos contraídos por aquella población durante la guerra de la Independencia. El autor de este librito, que es don Adolfo de Castro, está ya muy conocido por muchas producciones de su pluma como hombre de nada común erudición y laboriosidad, a lo cual agrega prendas de dicción y estilo. Su obrilla contiene mil cosas, muchas de las cuales conservaba en la memoria quien esto escribe, pensando pasarlas al papel. Hoy no sabe si lo hará, pues lo que contaría como hasta ahora ignorado, en gran parte ha pasado ya a ser sabido. Pero si el señor de Castro ha hecho cuanto es dado hacer a la erudición y diligencia más prolija, como no vio los tiempos de que habla, sabe y cuenta bien lo que en ellos pasó, pero no cómo pasó y con la fisonomía de los hombres y cosas de entonces, lo cual no puede poner a la vista de sus lectores. Hay, por otra parte, ocurrencias de que son narradores infieles los documentos existentes, porque callan menudencias conocidas de los que vivían cuando ellos nacieron, las cuales explican los acontecimientos, a veces a punto de convertirlos en cosa más o menos diferente de lo que referidos de oficio aparecen.


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VIII.

CÓMO SE PASABA BIEN EL TIEMPO EN UNA CIUDAD SITIADA.

No vayan a creer mis lectores que al escribir las siguientes páginas me propongo contar hechos heroicos, ni crean que recomiendo la estancia en una plaza fuerte, verdaderamente asediada y combatida, como una situación halagüeña. Intento, al refrescar en la mente antiguas memorias y pasarlas a la pluma, y de ella a la estampa, poner a la vista de la generación presente algunas escenas del singular drama que se representaba en Cádiz cuando estaba al frente, en la opuesta costa, el ejército enemigo, dueño ya, aunque no bien asentado en su posesión, sino muy al contrario, de las tres cuartas partes del territorio español, y representante del poder del imperio francés bajo el varón más sin igual que vieron todas las edades. Fueron los actos de heroísmo nada escasos en la guerra que sostuvo España en desagravio de su honor ofendido y en defensa de su independencia, pero de estos no hubo de caber parte a los vecinos de Cádiz, si bien muchos de ellos se señalaron en la campaña, porque su ciudad, protegida p. 142por la naturaleza, les facilitaba resistir sin estragos ni graves peligros. Así, mal puede llamarse sitio o aun bloqueo lo que hacían los franceses respecto a la desde entonces llamada isla gaditana. La relación de unos con otros beligerantes en aquellos lugares, desde febrero de 1810 hasta agosto de 1812, creó un estado anómalo, compendiando o abreviando a España hasta tenerla encerrada en reducidísimos límites, pero sin quitar el carácter de la potencia España a aquella cortísima porción de su territorio. Por esto, cuando los sitios afamados de Zaragoza y Gerona, y aun los menos célebres, pero dignos de recordación y alabanza, de Astorga, Ciudad Rodrigo, Tortosa, Tarragona y algunos más, trajeron a los sitiados horrorosos males, donde fue probado su heroísmo, a los moradores en Cádiz y la vecina isla de León (hoy ciudad de San Fernando) cupo en suerte un buen pasar a corta distancia de los fuegos de un contrario poderoso.

Ni con esto pienso rebajar el mérito contraído por una ciudad de que soy hijo, a la cual conservo amor entrañable. No puede afirmarse qué habrían hecho los gaditanos puestos en grande apuro, y sujetos a los más duros rigores de la guerra; pero lo que les tocó hacer lo hicieron bien, portándose como buenos españoles. Ya en otro lugar de estos recuerdos he contado que dieron a los ejércitos una buena suma de voluntarios, y también he referido que el batallón de tiradores de Cádiz, compuesto si no todo de gaditanos, de moradores de aquella ciudad y sus cercanías, hizo en Lerín, en octubre de 1808, una gloriosa defensa, cabalmente en los días en que, amortecida la llama que tanto brilló en los primeros sucesos del alzamiento, y tanto estrago causó en el enemigo, empezaba la época de los reveses, no sin mengua del crédito de nuestros soldados. También he dicho que todo había sido paz y sosiego en Cádiz desde febrero de 1809 hasta ir a terminar el enero del año siguiente. Pero entonces, p. 143invadida la Andalucía con resistencia cortísima de nuestras escasas y desalentadas tropas, venían con gran poder sobre Cádiz los franceses. Suya era casi toda España: fuera de la Península ibérica no contaba el emperador francés con un solo enemigo en el continente. Por un momento parecía como que flaqueaba en los españoles el propósito de resistir a todo trance al invasor, dado que la resistencia solo podía parar en ser vencidos y al cabo sujetos. Sin embargo, nadie pensó en Cádiz en abrir las puertas a los a la sazón vencedores. Resistir era tenido por cosa precisa y como natural.

Uno de los graves inconvenientes con que se hacía necesario luchar era con la falta de Gobierno. Verdad es que el de la Junta Central, por un año establecida en Sevilla, había decretado trasladarse a la isla de León; pero la Junta Central había caído en sumo desconcepto, por cierto no merecido, a lo menos hasta el punto a que había llegado en aquella hora. Sabíase confusamente que en Sevilla un medio motín, con pretensiones de revolución, había sustituido al malaventurado y desconceptuado Gobierno que lo había sido de España el de la antigua Junta de provincia, reforzada con algunos personajes malcontentos e inquietos; pero el recién formado o resucitado cuerpo era a modo de fantasma o visión, que a soplo mucho menor que el del furioso viento que todo lo iba barriendo y desbaratando, debía desaparecer resuelto en humo o niebla. Cádiz no hizo caso del recién nacido poder, ni del antiguo, que reputaba difunto, y apeló al recurso de aquel tiempo, en que era fácil y común nombrar gobierno creando una Junta. De ella hizo cabeza el que era gobernador militar y político de la ciudad, el general don Francisco Javier Venegas; militar antiguo, general que había mandado con varia fortuna, literato, caballero cumplido con mucho de cortesano, aunque poco había vivido en la corte; hombre, en fin, de los que aciertan a ganarse las p. 144voluntades. Los demás de la Junta fueron nombrados por un método regular y por elección indirecta, que era lo que privaba entonces, o, digamos, el único sistema electoral conocido.

Sentado ya que había de resistirse y nombrada Junta, la cual, por supuesto, a ninguna autoridad superior obedecía, a lo menos en algún tiempo, quedaba y era urgente llevar el propósito a efecto.

Si algo podía disminuir el valor de la animosa resolución de defenderse, era la firme fe de que Cádiz y aun la isla eran inexpugnables. Ya había pasado por tal Despeñaperros, y acababa de desmentirse su alto concepto; pero un caso no probaba contra otro; sucediendo, como en otros lances de la vida pública o privada, ser vana en su significado la palabra escarmiento, no solo en cabeza ajena, sino a menudo hasta en la propia. En cuanto a la ocasión de que voy hablando, se veía el puente de Suazo echado sobre un brazo de mar con agua harto profunda; baterías rasantes a los lados del extremo que va al continente; alrededor, por la parte de afuera, salinas pantanosas, donde solo puede andarse por angostísimos pasos conocidos solo de los salineros, y fuera de los cuales perece hundiéndose quien temerariamente se arroja a pisar el terreno engañoso; y se colegía de todo ello, no si razón, pues acreditó después la experiencia ser muy fundada la confianza, que obstáculos tales no podían ser vencidos por los agresores. Pero se olvidaba que la ciencia y el valor en la guerra superan los más formidables, y que para la defensa de puntos, aun siendo fortísimos, se ha menester gente numerosa que los presidie. Esto faltaba en Cádiz, y porque inesperadamente fue suplida esta falta pudo la isla gaditana tener al frente al poderosísimo enemigo durante treinta meses y días, sin peligro casi, con pocos inconvenientes, y de modo tal, que la vida allí vino a ser, no meramente tranquila y cómoda, sino agradable y divertida. p. 145Fuese como fuese, aun con la escasa fuerza que había en Cádiz y la isla de León comenzó a prepararse la defensa. De la del puente de Suazo no trató inmediatamente el vecindario de Cádiz, dejándola a cuidado de la autoridad militar entonces obedecida. Pero las inmediaciones de la ciudad podían ser puestas en estado de buena defensa, construyendo y asimismo derribando lo necesario a dificultar su empresa a los sitiadores que se veían en perspectiva. Tenía Cádiz, y tiene otra vez hoy, fuera de la punta de tierra, por donde solo puede ser atacada, buen número de casitas y jardines, pobres o chicos, aunque aseadas y bonitas las primeras, áridos los segundos, a los cuales envía de continuo el mar grandes cantidades de arena, cuya humedad salitrosa en breve desaparece, volviéndose seca y enemiga de la vegetación, aunque no a punto de destruir la que existe, pero sí de dejarle poca belleza o frescura. Estos edificios era forzoso echar por tierra, dejando llano y liso el terreno donde, llegando ocasión de ello, pudiese jugar bien la artillería de la plaza. Aun antes de venir a caso tal, convenía detener al enemigo agresor, y particularmente en lugar tan distante que desde él no pudiese mortificar al vecindario y destruir el caserío, arrojando a la ciudad bombas. Para ello había sido trazada y empezaba a levantarse la Cortadura que ya he descrito en otro artículo de estos mis recuerdos. Poco se había adelantado en ella desde que, once meses antes, había sido teatro donde fue representada la escena de la supuesta traición descubierta y del fácil vencimiento de los polacros. El lienzo de cantería estaba hecho, así en la parte de la cortina como en la de los baluartes, pero por otras nada había, faltando aún el terraplén o piso de la muralla.

A remediar tales males o peligros acudió solícito todo el vecindario de Cádiz, quiero decir, todos los vecinos varones y no impedidos. Era de ver el gentío que poblaba las p. 146afueras de aquella linda ciudad, todo él compuesto de trabajadores aficionados. Como sucede en ocasiones semejantes, reinaba entre el bullicio la alegría, sin que se pensase en que la causa de tal concurrencia más era para dolerse que para alegrarse. Frailes robustos, de aquellos de que sacan copias los enemigos de las órdenes monásticas para ridiculizar sin razón a todos, asidos de gruesas sogas tiraban de parte de las casitas destinadas a ser derribadas, y en breve las igualaban con el suelo, entre risas y pullas de las que solían usarse con los de su hábito, a los cuales a un tiempo, con notable contradicción, se tributaba respeto y se hacía objeto de sátira, a veces grosera, mientras ellos, acostumbrados a recibir tiros de saetas sin punta y arrojadas sin intención de dañarlos menoscabando su poder o influencia, correspondían de buen humor con dichetes iguales a los de que eran objeto. Hombres de todas las edades, cuyos vestidos declaraban ser su condición y situación en la vida social cuando menos acomodada, formando cadena, pasaban de mano en mano espuertas llenas de tierra, revueltos con gente de inferior clase para la cual era más fácil, aunque en ellas no fuese costumbre, tal trabajo. Suplían el celo y el número la falta de fuerzas o de habilidad, y animaba a los trabajadores ver cuánto adelantaban, porque en poco tiempo quedó levantado el alto terraplén, que apisonaban otros a costa de salir con los brazos, si no lastimados, doloridos.[33]

[33] Me acuerdo del buen humor con que acudíamos a trabajar, formando una como cuadrilla los que solíamos concurrir a la tertulia de la marquesa de Casa-Pontejos, madre de la excelentísima señora marquesa de Miraflores. Eran estos, entre otros, el duque de Híjar (Agustín), poeta si no de gran mérito, no del todo malo, y regular literato; el actual duque (entonces conde de Salvatierra); el conde de Casa-Tilly (después marqués de Iturbieta); el que llevaba por su mujer el título de Casa-Pontejos; don Fernando Silva (no el afamado corregidor de Madrid, don J. Vizcaíno), y algunos más hoy borrados de mi memoria, y todos, menos el duque de Híjar y yo, salidos ya al teatro del mundo. ¡Con qué alegría y ardor pasábamos de mano a mano las espuertas de tierra, y las contábamos para gloriarnos de lo activo de nuestro trabajo! No así con el pisón, pues yo le hube de tomar creyéndole obra poco penosa, y tuve que soltarle en breve, lleno de dolores en los brazos. Una enorme caldera llena de arroz con buenos tasajos servía para reponernos de la fatiga, y metíamos en ella nuestras cucharas, de palo, pero limpias y cada día nuevas.

Duró cosa de p. 147una semana este trabajar de todos sin orden ni regla, pero al cabo del breve plazo que acabo de decir, entró un arreglo dispuesto por la autoridad, que fue dividir la ciudad en barrios para el trabajo, y hacer que cada día fuesen los de aquel al cual tocase a hacer la necesaria faena. Ni aun por esto, a pesar de que ya privaba algo al trabajo de su calidad de voluntario, cesó el celo durante algunos días; pero empezó la hora en que con el cansancio venía la tibieza, perdiendo además la obra el atractivo de la novedad, si bien por fortuna entonces lo más urgente estaba hecho, y por otra parte quedaba muy disminuida la importancia de la Cortadura, porque otro era ya el punto destinado a tener a raya el poder francés, salvando la independencia de España y, aun bien puede afirmarse sin jactancia, por consecuencia de la de España la de Europa, rescatando gobiernos y pueblos la que tenían perdida.

Mientras se trabajaba en la Cortadura, y era esto el principal entretenimiento de los gaditanos, la inesperada aparición del duque de Alburquerque con su división, con dar guarnición suficiente a las líneas del brazo de mar que va desde la Carraca a Sancti Petri, aseguró la posesión de la empezada a llamar isla gaditana a los sustentadores de la independencia.

No es asunto de las presentes páginas contar de nuevo la historia de aquellos días, referida ya por mejor cortadas p. 148plumas, y hasta por la misma, tosca y pobre como es, de que salen estos renglones. En ellos me propongo solo decir lo que a la historia no compete, por ser demasiado humilde; lo que han callado quienes lo vieron; aquello de que hoy existen pocos que hayan sido testigos presenciales; pocos, y que parecemos ruinas en pie, pero en quienes no está mal, cuando podamos, que hablemos, pues no somos piedras, y que presentemos a la generación presente algunos cuadros de costumbres donde conozcan las de sus abuelos.

No obstante estar preparados a todo, la aparición de los franceses al frente de Cádiz no dejó de producir un efecto desagradable, o, cuando menos, solemnemente triste. Era el día 5 de febrero. Brillaba, como suele allí casi de continuo, el sol, siendo no infrecuentes, pero sí de corta duración, los nublados; y la atmósfera, pura y despejada, rival, si no superior a la de Madrid en sus bellos días, permitía ver los objetos distantes con claridad asombrosa.

En la expectativa del poco grato espectáculo cuya aparición era segura y se veía próxima, estaban los moradores de Cádiz, armados muchos de ellos con anteojos, poblando torres y azoteas, y la muralla que mira al norte, clavada la vista en la contrapuesta costa, y de ella en el punto llamado de Buena Vista, por donde es el camino de Jerez al Puerto de Santa María, principal medio de comunicación de lo interior de España con las poblaciones que rodean a Cádiz. De repente se divisa polvo: a poco aparecen tropas de caballería, reflejando un tanto la luz del sol las capas blancas y cascos de acero de los dragones franceses que venían delante de las demás tropas de su nación, en ordenanza como de quien no espera tropezar con oposición alguna inmediata. Singular cosa era ver aquella gente, a la par odiosa y temible al pueblo español, y verla sin recelo, aunque no para recibirla como a amiga; efecto ello de la disposición de aquellos lugares. Así es, que si p. 149nadie los vio con gusto, no hubo quien los viese con miedo, y hubo de suceder, aun a los tímidos, lo que al cordero de la fábula, que en el bien guardado redil hasta llegaba a echar fieros y retos al lobo.[34]

[34] No esta de más repetir aquí la noble y sencilla respuesta, dada por Cádiz a la intimación hecha por los franceses para que se sujetasen a José Bonaparte: «La ciudad de Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro soberano que al señor don Fernando VII». Y tampoco parece excusado renovar aquí la memoria de los agravios y calumnias de la historia de El Consulado y el Imperio, de M. Thiers, que en lo referente a otros pueblos que al francés, no pasa de obra de invención. Dice el calumniador de España que los habitantes de Cádiz, muy confiados en la fuerza natural de su ciudad y en el apoyo de las tropas inglesas, dieron suelta a sus pasiones, opusieron insultantes bravatas a las intimaciones de los franceses, y anduvieron alborotados, divididos, mofándose unos a otros, y todo ello impunemente. A esto hay quien llame historia, e historia exacta e imparcial. Bien que ya va despertando el mundo en cuanto a la obra de Thiers. Los ingleses, que la llevaron con paciencia, comienzan a probar sus falsedades. Hasta hay ya franceses que la censuran con rigor. Y es de creer que se arrepientan de haberla alabado como imparcial y verídica españoles a quienes alucinó su indudable gran mérito; mérito, sin embargo, oscurecido por gravísimas faltas.

No tardaron los franceses en acercarse al puente de Suazo. Entonces empezó a correr la noticia de que, adelantándose a reconocer las baterías, algunos pocos dragones hubieron de aventurarse a pisar el terreno de las salinas, en el que se hundieron caballos y hombres hasta quedar sepultados, lo cual se celebraba con risadas, ponderándose el apuro que debieron tener al ir hundiéndose en el fango con la ferocidad con que celebra la pasión la desventura de un contrario aborrecido. No sé si fue cierto este suceso; pero bien pudo, y, fuese o no verdad, sirvió para confirmar en la opinión de que era aquel terreno intransitable, dando a los que estaban detrás de él seguro amparo.

p. 150

A pocos días ya no fue el puente de Suazo el límite entre el reino que dominaba el intruso José y el que reconocía por rey al cautivo Fernando. El duque de Alburquerque salió de la isla de León, y ocupó un puesto que dista de ella sobre un cuarto de legua, donde había un portazgo, y que estaba vecino al caño de Zurraque. No sé por qué no le disputaron la posesión de tal punto los franceses. Ello es que, teniendo condiciones para la defensa iguales a la del puente mismo, y además la ventaja de ser punto más avanzado, se plantó allí una batería llamada del portazgo, la cual no fue ni siquiera formalmente atacada por el enemigo durante los treinta meses que siguió al frente de aquella España en compendio, y el poder que se dilataba hasta las riberas del Báltico hubo de respetar aquellas obras de pobre aspecto, pero de verdadera fortaleza.

Quedó, pues, la isla de León segura a la par que la ciudad de Cádiz. Así es que en ella murió legalmente la Central e hizo su testamento, instituyendo por heredero al Consejo de Regencia. Allí se estableció este y tomó el carácter de Gobierno Supremo de España, sin que se le negase Cádiz, aunque por lo pronto no se le reconociese del todo, siendo objeto de su amor exclusivo, cuando el amor no era corta parte del poder de la autoridad, su nueva Junta.

La isla de León vino a ser para los gaditanos lo que para Madrid un Sitio Real cuando en él residía la corte, lugar donde era común, y con frecuencia necesario, ir para negocios, y asimismo a veces para diversión y recreo. El camino estaba en buen estado, y era completamente seguro, pues ni aun cuando pudiesen alcanzar allí los fuegos de los franceses, malgastarían ellos su pólvora o municiones en disparar a blanco incierto, donde, aun acertando un tiro, sacarían de esto muy escasa ventaja.

Febrero, marzo y parte de abril fueron para las dos poblaciones p. 151asediadas una época de tranquilidad. Algo molestó al principio la carestía, pero cesó pronto, recibiéndose toda clase de auxilios de lugares vecinos y lejanos y de tierras extrañas. Estando aliados los españoles con los ingleses, participaban de la dominación de estos en el mar para traficar en toda clase de géneros. Galicia, libre de franceses desde junio de 1808, y nunca vuelta a ocupar por ellos, aun cuando se enseñorearon de poco menos que toda España, enviaba a sus hermanos de la isla gaditana los abundantes productos de sus árboles, pastos y corrales; los otros pueblos de la costa de España, especialmente los de Andalucía, no bien salían de ellos los soldados franceses, que mal podían estar en todas partes de continuo, cuando se ponían en comunicación con la España de que eran parte, la cual existía allí donde estaba el Gobierno nacional, o, digamos, donde se reconocía estar la cabeza del cuerpo moral llamado patria, cuerpo cuyos miembros bien podían estar en sujeción al titulado rey José, pero que siempre se miraban y en efecto eran partes de un todo que no podía dominar la fuerza material, porque estaba por su índole fuera de su jurisdicción o de sus alcances. Así es que, como dos meses después de formalizado el bloqueo, que solo lo era por la parte de tierra, llegaron los alimentos a un precio razonable, manteniéndose el importante artículo de la carne de vaca a seis reales la libra de 32 onzas, y las demás carnes y pan en proporción a esto, y abundando las verduras, frutas y otros regalos. Los aljibes provistos de agua llovediza, que es delgada y sin sabor, bastaron a impedir que hubiese sed, sirviéndoles de suplemento algunos pozos, cuyo contenido, si menos grato, por ser el agua algo menos delgada, nada tenía de salobre.

Hostilidades apenas había. Las escuadras inglesa y española surtas en la bahía, y más aún las numerosas lanchas cañoneras de ambas naciones, disparaban a veces a los p. 152enemigos situados en la costa opuesta. Asimismo, en las líneas alguna vez se hacía fuego; pero tan inútil uso de pólvora y el no más provechoso sacrificio de algunas vidas, nada podían influir en el éxito de la contienda pendiente.

Un suceso desagradable interrumpió, si no del todo o en todos, el sosiego material, o el del espíritu en aquel periodo. Pocos días después de haberse presentado delante de Cádiz los franceses, y en los primeros días de marzo, en que acertó a ser el Carnaval (del 4 al 6), rompió un furioso temporal del S al SO tal, que recordó a los gaditanos el que siguió inmediatamente al combate de Trafalgar, al cual superó en violencia, aunque no en duración, no habiendo este último excedido del término de tres días. Hasta a los acostumbrados a escena tan aterradora como lo es la que presenta la casi aislada Cádiz cuando, movidas las olas por un viento parecido, aunque no igual, al huracán, amenazan tragarse aquella tierra baja, expuesta a los efectos de su furia, horrorizaban el ruido del mar y del viento, la atmósfera cargada de nubes, la espuma marina cayendo a la par con la lluvia, los edificios estremeciéndose a los recios embates a que oponían resistencia, al parecer, si bien no en realidad, por demás flaca y precaria. A los venidos de tierra adentro hubo de ser objeto de pasmo y terror espectáculo tan horrible y grandioso. En medio de él, dos de las reliquias de nuestra antigua marina, y de estos uno el navío de tres puentes de más porte entre los de nuestra Armada,[35] fondeados en paraje poco seguro, porque en lo interior del puerto habrían sido molestados y aun destruidos por los fuegos de los franceses, garrándoles las anclas o rompiéndoseles los cables, se fueron con mediana rapidez, pero con inatajable curso, hacia la costa donde estaba el enemigo.

[35] La Purísima Concepción.

Fue p. 153imposible socorrerlos, y llegando casi a dar en tierra, fueron desamparados e incendiados. Aumentaba la pena ver lo irreparable de la pérdida, porque no era tiempo de pensar en construir buques nuevos. Algo pudo mitigar el dolor considerar que lo que entonces hizo el furor de los elementos lo habría venido a hacer en no largo plazo la misma naturaleza por otro medio, causando en los viejos cascos la podredumbre que trae consigo la muerte.

Mediando abril, una mañana empezó a ensordecernos y hasta a conmover la tierra un espantoso ruido. Las cañoneras, los navíos, nuestras baterías, las enemigas habían roto un fuego vivísimo y continuado. Decían los viejos acostumbrados a la guerra que nunca desde el día en que combatieron con feliz éxito a Gibraltar las baterías flotantes habían oído los hombres tronar a un tiempo tantos cañones de tan gruesos calibres. Pasmoso era el efecto que producía; pero, si causaba dolor considerar que una grande efusión de sangre acompañaba aquel estruendo (punto en el cual hubo de ser exagerada la suposición, pues, como sucede en casos tales, no correspondió el estrago al ruido), no hubo asomo de temor en cuanto a la seguridad de Cádiz o de la isla; tan firme era la persuasión de ser inexpugnables las líneas, y estar, por consecuencia, en completa seguridad la plaza, o digamos la ciudad de Cádiz.

Un inconveniente de mediana gravedad resultó de aquel tremendo cañoneo. Se perdió en él Matagorda, castillejo que mal podía conservarse, quedando los franceses dueños de ambos lados de la boca del después afamado canal o caño llamado el Trocadero, cuando antes lo eran de uno solo. De resultas quedó insegura por demás para nuestros buques la parte interior y abrigada de la bahía,[36] y aun p. 154casi cortada la comunicación por mar entre Cádiz y la isla de León, antes, si no tan segura, tan frecuente como la de tierra.

[36] Quizá con alguna inexactitud doy el nombre de bahía al puerto de Cádiz. Pero hablo como suelen mis paisanos, que así le llaman, diciendo los de la clase ínfima la badía. El puerto allí es el de Santa María, o digamos, la ciudad de este nombre. Sin embargo, se dice la boca del puerto a la entrada del de Cádiz.

Otro mal resultó de la pérdida de Matagorda, que entonces no se preveía, y fue que desde el cercano lugar llamado punta de la Cabezuela, pudieron los enemigos arrojar granadas a la ciudad de Cádiz, reputada hasta allí, y con razón, fuera de tiro, según lo que alcanzaba la ciencia teórica y había acreditado la experiencia.

Pasado el susto o desabrimiento que trajo consigo la pérdida de Matagorda, volvieron las cosas a su estado ordinario. No era este todavía de tanto entretenimiento y recreo como llegó a ser en 1812, cuando fue compensada, como después diré, la incomodidad de las bombas con la multiplicación de las diversiones. Aún no estaba abierto el teatro, que lo fue mediando 1811. Encerraba Cádiz muchas personas de alta categoría, o por su cuna, o por su dignidad, adquirida en el servicio público en una larga carrera. De estos muchos dueños de pingües y aun cuantiosísimas rentas, pero cuyo caudal consistía en tierras, como estas, estuviesen a la sazón en país ocupado por el enemigo, cobraban poco y mal, cuando cobraban algo. Quienes vivían de sueldo también recibían mermados o con irregularidad los suyos. Pero había conformidad, porque el mal de muchos no es, como suele decirse, consuelo solo de los tontos, sino que lo es asimismo de los entendidos. Las costumbres hubieron de resentirse de la situación, y España, donde el poder era desde tiempo antiguo democrático, pero la sociedad no, encogida en el recinto de Cádiz, se amoldó a los usos de aquella ciudad, donde reinaba la igualdad, pero donde también brillaba entonces hasta un grado considerable la buena crianza. Era la política el principal alimento de la conversación; pero la política para p. 155las más de las gentes se reducía a pensar y hablar de los sucesos de la guerra, pues antes de juntarse las Cortes las cuestiones políticas sobre materias constitucionales, que poco después embebieron tanto la atención, de escaso número de gentes eran conocidas.

La calle Ancha, por las mañanas, la inmediata plaza de San Antonio, cuando era posible pasear en ella al sol, o, según la frase española, que tanto golpe da a los extranjeros, tomar el sol, y la alameda, pobre y fea entonces, pero con deliciosas vistas, estaban atestadas de gente. La hora de comer para la de la clase superior o acomodada vino por aquellos días a ser la de las tres de la tarde, ya dadas. Así, el gentío de ociosos de buen porte que a la hora antes indicada charlaba y fumaba en la misma plaza de San Antonio o en sus inmediaciones, al sonar tres campanadas del reloj de la parroquia que lleva el nombre del mismo santo se dispersaba, yéndose todos en busca de lo que lo general de españoles llama la puchera, y a que dan los andaluces por nombre la olla, pero sin añadirle el epíteto de podrida, que solo a ciertas ollas cuadra.

Trasladado en mayo el Consejo de Regencia de la isla de León a Cádiz, tuvo algunas, pero pocas, creces el vecindario; pero la isla de León, convertida en mero puesto militar, no dejó de seguir animada, por ser numeroso el ejército que allí tenía su cuartel general, del cual eran parte las tropas aliadas inglesas, y un regimiento portugués, y además porque residía todavía en aquella población alguna oficialidad de marina, a lo cual se agregaba haber ido a establecerse en el mismo lugar unas pocas familias a quienes parecía mansión estrecha la de Cádiz.

La vida así pasada era uniforme, y si libre de sustos, no ajena de fastidio. Pero llegó el día de abrirse las Cortes, con lo cual quedó abierto campo a la actividad individual, o, dicho con más propiedad, a la del pensamiento; y con avivarse las facultades vinieron a pedir más alimento, p. 156y, de resultas de ello, el cuerpo de la sociedad, sintiéndose más fuerte, buscó y encontró con qué ejercitar su fuerza y satisfacer sus lícitos apetitos.

En muchas cosas hace ventaja la generación presente a la de los días pasados, porque sabe más y piensa más, y aumenta el caudal de su entendimiento y discurso, allegándole los tesoros de la experiencia. Pero tal vez siente menos que sentíamos, o, a lo menos, no siente con igual viveza. Si no carece de fe, no puede blasonar de tener mucha, y esto hasta un bien es, en cuanto evita abrazar una fe errada, y sustentarla y propagarla; pero es un mal, y no leve, porque encoge y apoca el pensamiento y embota los afectos, si no del todo, quitándoles la viveza.

No comprenden los hombres de ahora el entusiasmo con que en 1810 acogimos unos pocos, que pronto en la isla gaditana fuimos muchos, la reunión de las Cortes. Los que eran gratos ensueños, halagüeñas visiones, hijas de nuestra lectura, y enseñoreadas de nuestra fantasía, pero sin pasar de la clase de deseo, habían llegado a ser realidad, harto bien a duras penas conseguido. En el estado de las cosas bien merecía ser calificado aquello de locura, pero locura sublime.

Me acuerdo de que en uno de los primeros días de las sesiones de las Cortes generales y extraordinarias (hubo de ser el 28 de septiembre, pero de la exactitud de la fecha no estoy cierto), estaba yo en la isla, cerca del pobre teatro donde los representantes de la nación celebraban sus sesiones. Estábamos en la calle, porque el Congreso celebraba sesión secreta. En medio de un corrillo, de que era yo parte, aparecía la figura severa, pero satisfecha por demás en aquella hora, de don Manuel José Quintana. Sabíamos que se estaba tratando en la sesión, entre otras cosas, del negocio del duque de Orleans, mucho después rey de los franceses. Este alto personaje había venido a España solicitando el mando de un ejército; llamado por p. 157el regente Saavedra; mal apoyado por el mismo cuando ya le tuvo en Cádiz; a quien habían hecho viva oposición el gobierno inglés y el ministro de Estado español, Bardají; del cual se decía que los diputados por América querían hacer algo correspondiente a su clase de personaje de la regia estirpe de Borbón, y sobre quien, después de un debate en secreto, habían dispuesto las Cortes, o en aquel mismo día o en el anterior, que saliese inmediatamente de España. Nadie sospechaba o conocía las buenas calidades de aquel príncipe, acreditadas desde 1814 hasta 1830 en Francia, y después en diecisiete años y medio de reinado, en que conservó a los franceses en libertad y prosperidad, llevando tal pago cual solo merecía el tirano más aborrecible. Sabíase confusamente que había militado con gloria en los ejércitos republicanos, lo cual, por cierto, no le recomendaba a la gente del pueblo español, adicta con entusiasmo a la monarquía; constaba que estaba reconciliado con su familia, y casado con una princesa de la familia real de Nápoles, lo cual le hacía mal visto por quienes, odiando a Napoleón, eran, con todo, parciales acalorados de las ideas de la revolución por él terminada en provecho de la autoridad despótica, y por último, era francés, y esto solo bastaba para que el vulgo le recibiese con sospecha y aun con mala voluntad; consideración esta bastante a alejarle de todo poder o influjo, habiendo de redundar el que pudiese dársele por corto plazo en daño ajeno y hasta en el suyo propio. Así era aplaudida la resolución de las Cortes contraria a su persona. Con este motivo, Quintana dijo que los tiranuelos de Nápoles, Portugal y Cerdeña estaban dando pasos encaminados a adquirir el mando o influencia superior en España, y que era vano su intento, atendido el espíritu de las recién congregadas Cortes; y en todos cuantos allí estábamos escuchando causó no solo aprobación, sino placer oír tratar de tiranuelos a los pocos reyes nuestros aliados, y ver que había p. 158llegado en España la hora en que el poder popular trataba al trono como de igual a igual, y en algún caso como a inferior. Estábamos en aquellos momentos comunes en la historia en que los poderosos están caídos y exaltados los antes humildes, de lo cual se sigue por lo pronto, no la igualdad, sino un trocar de papeles en que los nuevamente encumbrados cobran la soberbia o el entono que en los recién venidos a menos afeaban.

Mientras esto pasaba, y seguía la sesión secreta, y los corrillos no amenazadores ni inquietos, sino satisfechos y curiosos, continuaban en sus conversaciones, afanándose por averiguar lo que estaba pasando en el Congreso, sonó ruido de caballos que se acercaban, y a poco asomó en la angosta calle, teatro de la escena que voy describiendo, el duque de Orleans vestido de general español, que claramente venía a entrar en el Congreso. Se apeó, en efecto, a la puerta del teatro, pero no a la principal, sino a la del vestuario, estrecha y mezquina, como lo era todo en aquel pobre edificio. Por ella entró el príncipe y allí le perdimos de vista, pero no del todo, pues hubieron de reducirle a tomar asiento en un pasillo o cuarto oscurísimo, de modo que por entre las puertas entreabiertas asomaban sus piernas, más visibles, porque llevaba calzón corto de grana y media de seda, impropias prendas para quien venía a caballo, pero sin duda preferidas por el que las llevaba, porque se presentaba con el carácter de capitán general del ejército español. Con notoria y ridícula injusticia mirábamos todos el acto del príncipe en venir a las Cortes como un insulto, y con malignidad nos recreábamos en notar que no se le daba entrada, y que estaba haciendo como de portero. El color encendido del calzón seguía dando señal vistosa de su presencia en aquel sitio, y nos atropellábamos para clavar la vista en aquel objeto, siendo nuestro afán cerciorarnos de si entraba o no, y nuestro deseo que no entrase. Quedamos plenamente satisfechos, p. 159porque, pasado algún tiempo, vimos movimiento en las piernas tan observadas, pasando el muslo de la horizontal a la vertical, esto es, poniéndose en pie el príncipe, cuyo cuerpo entero asomó inmediatamente a la puerta en ademán de quien iba a salir despedido, como hizo al momento. Montó de nuevo el duque de Orleans a caballo; saludó con cortesía, pero con mal gesto, a los circunstantes, que le vieron ir desairado, si no con insulto, pues no llegó a tanto la locura, con satisfacción no disimulada. Al día siguiente se embarcó el príncipe francés, y dio la vela de vuelta a Sicilia, no volviéndose a pensar en él durante largos años en España, ni durante tres o cuatro más en lugar alguno del mundo.

Al nuevamente abierto Congreso atendían todos. Por la primera vez se oía en España hablar en público a otros que a los predicadores o abogados. Encantaba y arrebataba tal novedad, de suerte que nacieron y crecieron reputaciones que hubieron de conservarse hasta nuestros días, mereciéndolas quienes las alcanzaron por sus virtudes y servicios eminentes a la causa pública, si no por su talento oratorio; sentencia desfavorable de que es razón excluir al ilustre Argüelles, aunque este mismo no pareció a una generación posterior lo que al auditorio de las Cortes de Cádiz. Era además común entonces leer discursos, de los cuales muchos eran celebradísimos leídos, pero oídos causaban el mal reprimido fastidio con que infaliblemente es oído lo que se lee cuando es largo, salvo en algunas piezas de verso.

Pero hasta febrero de 1811 no vinieron las Cortes a Cádiz, y los gaditanos no pudimos estar de continuo en la isla, donde no abundaban los alojamientos y los buenos escaseaban. Hízose, pues, necesario saber lo que pasaba en el Congreso, y saberlo sin demora, y para el intento servían los periódicos, que desde luego crecieron en poder, aunque ya alguno tenía desde que empezó a dominar p. 160en las cosas del Gobierno el influjo popular, lo cual coincidió con el alzamiento de 1808.

Por desgracia, no contaba Cádiz con periódico alguno como el Semanario patriótico, muerto en Madrid con la entrada de los franceses, y resucitado en Sevilla para morir en breve por su propia voluntad, hija de enojo nacido de pretender el Gobierno escatimarle la libertad de sus juicios u opiniones, o aun como la Gaceta de Valencia, célebre por las bufonadas con que comentaba los folletines del ejército francés, o como la de la Mancha, ya entonces difunta, o saliendo de tarde en tarde en diferentes lugares. Pero no mucho antes de abrirse las Cortes había empezado a publicarse en Cádiz un periódico titulado El Conciso, cuyo reducido tamaño, no dando cabida a gran número de palabras, justificaba su nombre. Era el fundador y principal escritor en él un don G. Ogirando, traductor conocido como tal hacía algunos años, cuya versión de la ópera Une folie, con el nombre de Una travesura, le había dado celebridad, más que por su mérito indudable de bien hecha y de castizo lenguaje, por la que llegó a tener aquella, hoy olvidada, y entonces y poco antes aplaudidísima música de Mehul, sobre todo, cantada por nuestro Manuel García. Había asimismo puesto en excelente castellano el mismo Ogirando la comedia francesa Les Marionnettes, a que él llamó Los Títeres, obra de Picard, hoy completamente decaído del alto concepto de que gozó, aunque, en mi pobre sentir, hay más injusticia en el extremo de su actual descrédito que la había en el de su antigua celebridad. No sé de qué otros conocimientos podía blasonar Ogirando fuera del de las lenguas francesa y castellana, siendo en la última verdadero purista: lo cierto es que no dio grandes muestras de sí, pero que tuvo fortuna, pues su periodiquillo vivió hasta 1814, siempre recibido con algún favor, habiéndose desde luego alistado en el partido que tomó el apellido de liberal de allí a poco. Pobre cosa p. 161era El Conciso, pero tal cual era, si no ayudaba, servía. Recién abiertas las Cortes, publicó uno a modo de número supletorio, al cual nombró El Concisín, que venía a dar a su papá noticias de lo que en la isla iba pasando en el Congreso; obra de escaso chiste, pero de algún efecto.

Dicho dejo que con atender a las cosas de las Cortes empezó un entretenimiento nuevo, que llamó otros. En electo, venido el Congreso a Cádiz en febrero de 1811, puede decirse que fue su venida principio de la segunda parte del drama representado en aquella población sitiada o bloqueada. Hasta para variar, vinieron las bombas o granadas como a dar aviso de que estábamos en guerra y con el enemigo cercano, pero con las bombas vino a multiplicarse las diversiones, abriéndose el teatro y celebrándose fiestas de diversas clases al aire libre; estar llenos de gente los paseos, animadas con la muchedumbre y buen humor de los concurrentes las calles y plazas, y en medio de todo esto, ventilándose con ardor todo linaje de cuestiones, no ciertamente con los conocimientos venidos hoy a ser comunes, pero con más sinceridad y calor al sustentar y esforzar errores que hay hoy para defender verdades, siendo aquello las mocedades de un pueblo, llenas de inexperiencia y superficialidad, pero ricas en ilusiones, cuyo valor, en la flaqueza de la condición humana, a veces iguala y en alguna ocasión supera al de la realidad misma.

Pintar esto más circunstanciada, aunque toscamente, será asunto a otra parte de este artículo. Si en él me sucede ver las cosas de mis mejores días como suelen verlas los ancianos, aun esto servirá para pintar cómo pensaban y sentían los hombres de entonces, y una voz que sale de los bordes del sepulcro tendrá algo en consonancia con la índole de lo que conmemora.

Hermosa imagen han presentado a la vista y contemplación de los lectores de todos tiempos los que, narrando y p. 162describiendo los sucesos y escenas de la guerra por nosotros llamada de la Independencia, han pintado a un pueblo dándose nuevas leyes mientras llovían sobre él las bombas del enemigo sitiador, dueño además de casi toda la superficie del país a que la novel legislación estaba destinada. Sin duda hay ponderación, y no corta, al decir que caían las bombas como lluvia, y más si se tiene presente que en la misma guerra hubo poblaciones reducidas a escombros, o poco menos, sin desmayar por esto sus defensores hasta la hora fatal en que llegó a ser imposible continuar la heroica resistencia. Pero, según la expresión vulgar, así se peca por carta de más como por carta de menos, y las bombas arrojadas a Cádiz desde diciembre de 1810 hasta el 24 de agosto de 1812, si escasas en número, particularmente en los primeros tiempos del bombardeo, y menos destructoras que son por lo común tales instrumentos de ruina, no dejaron, andando el tiempo, de caer con alguna frecuencia, causando molestia y acabando con varias vidas, lo cual implica que para los habitantes de Cádiz había entonces cierto grado, si bien corto, de peligro.

Ya he dicho que, aun tomado por los franceses el fuertecillo de Matagorda, a lo cual siguió establecerse los sitiadores en la Punta de la Cabezuela, puesto el más cercano a la ciudad de Cádiz entre todos los de la costa fronteriza, no se recelaba que pudiesen alcanzar sus fuegos a la linda población, hecha por breve plazo capital de la ocupada, pero no sujeta, España. De repente en un día de diciembre, pasados ya diez meses de tener delante el ejército francés, como estuviésemos los ociosos, no cortos en número, en nuestro acostumbrado lugar de reunión en la calle Ancha, llenándola toda de acera a acera en corrillos de parleros, se difundió la voz de que había caído una granada o bomba cerca del Hospital de mujeres, esto es, en un lugar muy del centro de la población. Al oír tal noticia, la primera idea fue tratarla de patraña. ¿De dónde p. 163había de venir tal bomba? Sabido era que de la costa opuesta no podía ser, pues todos sus puntos estaban fuera de tiro de la plaza, aun para los morteros conocidos de mayor alcance. Por mar, sí, era fácil meter bombas y granadas en el recinto de Cádiz, pero los franceses no se atrevían a asomarse con sus cañoneras fuera de las bocas del Guadalquivir y Guadalete, y si bien algún botecillo o lanchilla podía haberse escurrido por entre las fuerzas navales que protegían la ciudad y bahía, no así una bombardera, que es embarcación pesada y poco manejable, y ha menester otras que le den compañía y amparo. Y suponer que lo juzgado bomba fuese un aerolito enorme, no era menor desatino, y además, de aerolitos poco se sabía entonces, siendo voz que ni en el Diccionario de la Academia estaba. Con todo esto, la curiosidad hubo de llevarnos a muchos al lugar que nos daban por teatro de tan singular suceso. Llegados allí ya, a nadie quedó duda: había caído una granada de mediano tamaño. Al caer, en lugar de reventar con estrago, se había abierto como si la hubiese quebrado o rajado la violencia del golpe. Esto consistía en que en vez de venir toda rellena de pólvora y con una larga espoleta, al acabar de consumirse la cual revientan los proyectiles huecos causando grave daño sus cascos, que suben y se extienden de resultas de la explosión, venía casi atestada de plomo, y con tan corta cantidad del material destructor, que no era bastante a lanzar con violencia hecho pedazos el hierro. Veíase, pues, ser aquel un nuevo invento del arte, en que el aumento de peso se había hecho necesario para dar más alcance al proyectil que se arrojaba. No fue agradable esta ocurrencia, la cual podía traer en pos de sí consecuencias muy superiores a las que tuvo, pero causó más admiración que terror; y como a la primera granada no siguiesen otras en no corto tiempo, hasta llegó a creerse abandonada una idea que si había parado en algo, era en muy poco. p. 164Olvidadas estaban las granadas cuando vinieron las Cortes de la isla: sus debates llamaban en gran manera la atención. En las cosas de la guerra no dejaba de pensarse, pero tal vez menos de lo debido. Sin embargo, yendo a terminar febrero de 1811, empezó a prepararse una expedición, de la cual nada menos se prometían las gentes, y aun el Gobierno, que la derrota del enemigo y el levantamiento del sitio de Cádiz; porque fuerzas respetables inglesas y españolas, con un regimiento portugués, salidas de la isla gaditana y desembarcadas en Algeciras, venían a embestir a los sitiadores por la espalda, mientras una salida de los sitiados, hostilizándolos por el frente, los reducía a estar cogidos entre dos fuegos. A la historia toca definir cómo fue el malogramiento de esperanzas en gran parte fundadas, a pesar de haber conseguido los ingleses en el cerro del Puerco una victoria indudable, si bien los historiadores franceses tienen el descaro de afirmar lo contrario, dando motivo al aserto mentiroso que desavenencias entre los aliados hicieron inútil la ventaja alcanzada, y que un revés anterior llevado por nuestras armas había puesto las cosas en tal estado, que no era posible ya sacar de la expedición ventajas considerables. Pero lo que por ser pequeño no merece mención en la historia, y si en una pintura de aquel tiempo, fue el papel que en estos sucesos representaron, o diciéndolo con propiedad, representamos los voluntarios de Cádiz. Risa dará a los hombres de ahora la importancia que dimos a una cosa pequeñísima; pero así éramos, y cuales éramos debemos ser considerados. Hasta entonces aquella milicia, casi en todo semejante a la nacional de nuestros días, no había pasado de cubrir los puestos del casco de la plaza con los anejos castillos de San Sebastián y Santa Catalina, con su uniforme pardo, o de lucir el encarnado, remedo del inglés, en la procesión del Corpus y otras fiestas, haciendo triste figura con sus galas, porque los sombreros de picos o apuntados con p. 165que cubríamos la cabeza, eran diferentísimos en hechura, produciendo esto en la tropa formada un efecto desagradable a la vista. Pero necesitándose emplear en la expedición destinada a pelear fuera de la isla gaditana y en las líneas de esta la numerosa fuerza que las guarnecía, hubo de resolverse que, saliendo del recinto y murallas de Cádiz, fuésemos los voluntarios a cubrir los puestos avanzados de la Cortadura y baterías a ella inmediatas, a no larga distancia de la boca del Trocadero con los fuertes de Matagorda y Ortluis ocupados por los franceses. Levísimo, o aun puede decirse ningún peligro había que correr en aquellos lugares; porque el castillo de Puntales, próximo a ellos, y donde solían llegar las bombas y balas enemigas, y perderse vidas, no estaba incluido en los puntos en que habíamos de hacer servicio. Pero así y todo nos pareció la faena a que nos vimos destinados una verdadera salida a campaña. Por su orden, los cuatro batallones que figuraban ser de línea (vulgo guacamayos), y los dos de ligeros (alias cananeos), en seis días consecutivos marchamos ufanos a nuestra grande empresa, siguiendo desde entonces en dar guarnición a aquellos puntos. La música de un batallón, pues solo uno la tenía, fue sucesivamente acompañando a todos en la primera salida de cada uno. Tuvimos cuidado de hacer nuestras mochilas lo más pesado posible, para dar prueba a los espectadores, y aun dárnoslas a nosotros mismos, de nuestra fortaleza, elegimos para romper la marcha el punto más distante de aquel donde íbamos a parar, a fin de hacer con lo trabajosa más meritoria la jornada, y, acompañando con el canto la música instrumental, entonando las canciones patrióticas de aquellos días, en los cuales, como desde 1820 hasta 1823, era uso dar muestras del patriotismo en el canto, caminamos entre aplausos, y anduvimos una buena media legua con nuestra carga sin sentir fatiga; ¡tan ligero hacía el peso el nada fundado pero sí sincero entusiasmo! Años p. 166después, la milicia nacional de Madrid hizo muy superior servicio con igual celo, justificando con mayor motivo el entusiasmo que en ella inunda, y en días más cercanos del nuestro, cuerpos de milicias nacionales movilizadas han acreditado su buena voluntad y sufrimiento, en servicio de campaña, si no en combates; pero en los días de que voy hablando, obrábamos y sentíamos dominados por el hechizo de la novedad, y si bastante había ridículo en nuestro orgullo, merecíamos indulgencia por la candidez de nuestra soberbia un tanto fatua. Ni una sola desgracia, aun de las más leves, ocurrió a los que hasta 1812 siguieron ocupando aquellos puntos, aunque de ellos a la batería llamada la Furia, y además a la que tenía por nombre la Venganza, solían llegar balas y aun granadas; pero, buscando a tiempo, como era fácil, el abrigo de los salchichones de tierra y retama de que estaban hechas, venía a ser ninguno el peligro.

Aunque llegó a ser modesto o enfadoso pasar tanto tiempo sobre las armas, pues cada seis días había que entrar de guardia, y en hacerla en los puntos fuera de puertas se consumía buena parte de dos; con todo, lo divertido, pues lo era hasta cierto punto, de la ocupación, hacía la molestia llevadera. Las inmediaciones de la Puerta de Tierra habían sido, y por muchos años han seguido siendo para los gaditanos, lugar de recreo y fiesta, y por cierto, rara vez de recreo provechoso. Pasaban, pues, los días de guardia como de gresca y broma, siéndolo de comilonas en los vecinos ventorrillos. De esto padecían algo las costumbres, siendo ello uno de los males que trae consigo el dar a los paisanos hábitos de soldados sin el freno de la disciplina.

Mayor y mejor entretenimiento iba dando el interior de la ciudad. A muchos del sexo masculino (porque a las personas del femenino estaba vedado) ocupaba la asistencia a las Cortes. Celebraban estas sus sesiones en la iglesia p. 167de la casa de los padres Filipenses, que aun hoy subsiste; iglesia en forma de óvalo de no mala planta, pero no de adorno de buen gusto, y a la cual había adaptado medianamente al nuevo fin a que estaba destinada don N. Prats, oficial de ingenieros de marina. Unas tribunas formando a modo de andamiaje, que dentro del templo le daban trazas de costado de un teatro, componían las tribunas reservadas. Dos galerías altas con reja de balcón hasta el pecho, que corrían por todo el recinto de la iglesia y la abrazaban por entero, siendo parte antigua del edificio mismo, eran las tribunas del público, concurriendo allí donde antes iba el auditorio a oír la palabra sagrada numerosos oyentes a oír discursos de muy otra clase. De estos oyentes muchos no lo eran asiduos y constantes, pero había bastantes que tomaron la asistencia casi como oficio. Si bien la maldad de varios anticonstitucionales abultó extremadamente algunos excesos cometidos por concurrentes diarios a las galerías, y si bien en una época de atroz injusticia e inicua venganza, hubo quien inventase un nombre para hombres tales, y con inventarle añadiese, no solo un vocablo a la lengua, sino un delito en la lista de los hasta allí conocidos, apellidándolos galeríos, mal puede negarse que con frecuencia olvidaban el papel que estaban representando, el cual era el de verdaderos testigos mudos, destinados a transmitir afuera, juzgándolo y entregándolo al juicio ajeno, lo que allí veían y oían. De estos excesos ha habido no pocos en épocas posteriores, y hasta muy cercanas, y algunos de ellos de suma gravedad; pero aunque todavía la concurrencia a las sesiones de nuestros Cuerpos deliberantes dista un tanto de guardar el silencio absoluto a que está obligada, hay en este punto harto menos que censurar, pues en Cádiz, de 1811 a 1813, el mezclarse el auditorio en las deliberaciones del Congreso, dando muestras ruidosas de aprobación y desaprobación que una vez pasaron a ser hechos, era cosa continua. Había p. 168entre los bulliciosos espectadores de que voy ahora aquí hablando, todos ellos movidos por un celo sincero aunque descaminado, personas de todas clases, gaditanos y forasteros, para quienes vino a ser sustento ordinario del entendimiento la política militante.

La hora de concluir las sesiones era sobre las dos de la tarde, y las noticias de lo ocurrido en las Cortes pasaban a la calle Ancha, poco distante del lugar donde celebraba sus sesiones el Congreso, y los juicios de los procedentes de las galerías eran revisados por otra más numerosa clase de ociosos, o de hombres cuyas ocupaciones habían terminado.

Escaso campo quedaba para entretenimiento puramente literario en Cádiz, tal cual era entonces. No estaba enteramente olvidada del trabajo del espíritu, pero trabajaba influyendo en él las circunstancias, y conforme a lo que recibía era lo que daba, de suerte que el matiz político, siempre subido, con frecuencia cubriéndolo todo, daba su color a todas las producciones del ingenio.

Residía en Cádiz Quintana, ya con la dignidad de patriarca de la iglesia político-filosófica, de que había sido largos años, aunque como en secreto, por no consentir otra cosa los tiempos, uno de los principales doctores y maestros. Estaba ya en él reconocida su calidad de gran poeta, si bien no faltaba quien se la negase. Gallego, a quien la famosa composición al Dos de Mayo había desde luego remontado a uno de los primeros puestos en lo todavía llamado nuestro Parnaso, siendo a la sazón diputado a Cortes, y nunca muy amigo del trabajo, tenía contenida su vena poética, no fecunda, aunque de exquisitos productos.

Beña, militar instruido, no descuidaba, en medio de otras ocupaciones, la de lo entonces dicho pulsar la lira. Arriaza, ya en Londres, ya en Cádiz, escribía mediana prosa, no manejando mal la pluma en reñidas disputas con p. 169Blanco White, que desde Inglaterra hacía guerra cruda a todo cuanto era de España en un periódico cuyo título era El Español, pero mostrándose por lo común inferior a su diestrísimo y más instruido adversario, y entre tanto seguía cultivando la poesía, fecundo siempre y por demás ingenioso, siendo esto último la principal calidad de su talento. Capmany, en quien la vejez, aunque no muy avanzada, había extremado rarezas que siempre tuvo, docto y vivo, hacía alarde de su purismo lleno de singularidades, y mientras en las Cortes seguía las hostilidades contra los galicismos de dicción, alistado en la bandera de los reformadores, pero con actos de insubordinación frecuente, y tan allegado a la Inglaterra que parecía en él falta lo que no era sino hábito de extremarse en todo, daba rienda a resentimientos personales, publicando vituperios de Quintana. Gallardo, con un lindo y chistosísimo folleto había cobrado crédito de los más altos, que sostuvo entre lo general de los jueces, pero no entre los mejores, con su Diccionario crítico burlesco. Algunas composicioncillas, aunque no malas, del joven don Ángel de Saavedra, no daban, con todo, idea de lo que había de llegar a ser el ilustre duque de Rivas. Don Mariano Carnerero, casi abandonando por la política y sus marañas la literatura, en que había comenzado a señalarse, parece como que anunciaba que no habían de igualar a sus grandes facultades intelectuales ni la importancia de sus escritos y actos, ni la altura o extensión de su fama en lo venidero. Al revés Martínez de la Rosa, recién vuelto de Inglaterra, donde había pasado unos pocos meses, empezaba a levantar la fábrica de lo que fue después, con título justo, su elevada fortuna. Saviñón, cuya principal celebridad había sido la de habilísimo traductor, la confirmaba con nuevas versiones. Jérica y Costa, poeta o versista de corto valor, pero fecundo, empleaba su mediano ingenio en frívolas censuras de cosas apenas dignas de atención. Un don Santiago Jonama, de p. 170agudo entendimiento y bastante instrucción, pero de no poca rareza, así como otros escribiendo gozaban de concepto superior al que merecían, era tenido en precio harto inferior al suyo real y verdadero. Algunos más podría nombrar, pero me sirve mal la memoria, y con los nombrados basta para dar una idea general y somera del estado del cultivo en que estaban las letras en Cádiz sitiada.

Pero, según antes he dicho, los mismos literatos solo usaban la pluma para tratar cuestiones políticas, porque en otros asuntos apenas habrían encontrado lectores. De esto fue excepción, sin embargo, el folleto de Capmany contra Quintana, reducido a censurar su estilo, y más todavía, su dicción, justo en su crítica en uno y otro caso, injusto con suma frecuencia; por lo acre de su tono vituperable a todas luces, y no tan bien escrito como debía exigirse a juez tan severo, pues si no pecaba de galicista tampoco podía blasonar de natural y fluido; vicio este de todos los escritos de un hombre cuyo idioma verdadero era el catalán, y en cuyas obras aparecía el castellano puro como traído con violencia. A pesar de que ya el censurado Quintana había subido a la silla del patriarcado, como en ella era novel, faltaba en lo general del público la reverencia que da una larga posesión del personaje respetado, y así Capmany hubo de encontrar aprobadores numerosos. Pero los amigos de Quintana, en quienes al principio causó desmayo la súbita e inesperada acometida, volvieron en sí, e hicieron frente al adversario. Entonces, como en otro lugar de este libro he contado, salió a nuevo y más brillante teatro el que hasta entonces solo había hecho papel en el literario de Granada, don Francisco Martínez de la Rosa. Quintana se defendió con nobleza en un breve escrito. Con la publicación de este último perdió los estribos Capmany, nunca sufrido ni prudente, y en segundo folleto, indigno de su pluma, y aun de la de todo hombre de juicio, lanzó sobre Quintana, no ya censuras p. 171literarias, sino acusaciones y vituperios de toda clase, calumniosos algunos, injustos todos, sin perdonar a los amigos de su enemigo, y haciendo de los concurrentes a la tertulia de Quintana en Madrid, de los cuales era él uno casi perenne, los más feos retratos, donde si se acercaba en algún rasgo de la pintura la malicia, hasta producir alguna semejanza, con más frecuencia turbaba la mente y descomponía la mano del pintor el odio, llevándole a recargar leves faltas, o a suponer las que no había. Apoyaban a Capmany en esta contienda, más o menos disimuladamente, Arriaza, y sin rebozo, Gallardo, a los cuales se adherían todos los adversos a las reformas por odio a Quintana el político y a su secta, más que por idea alguna literaria. Pero tal contienda fue pronto olvidada, y ni aun en los periódicos se hizo de ella larga memoria.

Los periódicos eran pocos y pequeños. El Conciso no traspasaba sus estrechísimos límites. Pero el Redactor general los tuvo más extensos, llegando a los que hoy tienen algunos periódicos semanales, y constando ya cada carilla de dos columnas. Su principal redactor era un don Pedro Daza, de buena familia, de mediano pasar, bien criado, y caballero en sus modales; pero escaso en conocimientos literarios o políticos, por lo cual escribía poco en su diario. Este, sin embargo, alcanzó la primacía, escribiendo de cuando en cuando en él hombres de alguna nota, y otros de mediana, entre los cuales hube yo de ser contado una o dos veces. Los anticonstitucionales tenían periódicos de los cuales era el principal el titulado Procurador de la Nación y del Rey. Por desgracia de los hombres de esta opinión, que en el Congreso podían blasonar de tener personas de no corto mérito, aunque a reconocérsele se negase la intolerancia liberal, aun mayor entonces que lo es ahora, en los periódicos estaban mal representados. A su frente tenía el marqués de Villafranés, caballero jerezano de singular extravagancia, aun en el vestir, pues con el p. 172frac, aunque mal cortado, al cabo frac, y no casaca redonda, llevaba cinturón con un medio sable en vez de espadín, y el cual se jactaba de dormir en una dura tarima, creyendo esto conducente a la salud intelectual más todavía que a la corporal, pues contaba que a sus hijos, como les hallase dificultad en la comprensión al seguir sus estudios, había remediado el mal, de él reputado gravísimo, con rellenarles sus almohadas en vez de plumas o lana con piedras. Era el principal ayudante del raro marqués un sujeto cuyo nombre se me ha ido de la memoria, esta vez traidora,[37] y que en los días de 1814 llegó a gran privanza con el rey, a la cual siguió un revés de fortuna; clerizonte, según creo, ordenado de menores, alto, desgarbado, con un sombrero de picos mal puesto en la cabeza, cuyo título literario principal había sido, según él refería, haber hecho oposición a una plaza de organista sin haberla logrado; hombre en quien un descaro no común daba realce a sus modos y figura estrafalaria.

[37] Si mal no me acuerdo, su apellido era Molé. En los días del gobierno absoluto llegó a cierto grado de privanza muy superior a su valer, pero le sucedió lo que entonces a los de su estofa, que fue cambiarse su valimiento en desgracia y destierro. Hubo de pasar algún tiempo en semiconfinamiento en Cabra, donde no se ganó mucho crédito por título alguno, aunque tuvo embaucada a alguna persona devota.

Como ambos personajes se presentaban a tantos lugares donde podían herirlos las saetas de la burla, se veían acribillados, más con estas armas que con las de argumentos serios. Otro mérito tenían las cartas del filósofo rancio, pero estas no salían a luz en períodos fijos.

La sociedad, en tanto, era la que solía ser en Cádiz con fuerte mezcla de lo que era la de Madrid, de lo cual resultaba un buen conjunto. En aquellos días, nadie en castellano hablaba de abrir los salones, pero en cambio se iba a la tertulia. Ya he hecho mención de la de la marquesa p. 173de casa de Pontejos, en la cual se congregaba la gente de la más alta y mejor sociedad; pero, por desgracia, según fea costumbre de aquellos días, conservada hasta ha muy poco, ocupando a la concurrencia, más que otra cosa, el juego del monte. También una señora, mujer del abogado don N. Ayesa, recibía en su casa a las personas de más jerarquía, pero sin que faltase la mesa de juego, centro alrededor del cual giraban los tertulianos como palomitas en torno de la luz, y para más perfección del símil, quemándose con frecuencia en ella. De muy diversa clase era la reunión, corta en número, modesta en la apariencia, pero un tanto rica por el valor de varios de quienes la componían, que formaba todas las noches la sociedad de la señora doña Margarita López de Morla y Virués, mujer de singular entendimiento e instrucción vasta, educada en Inglaterra, aficionada a estudios serios, de agradabilísimo trato, y hasta ajena de pedantería, en la cual unos ojos hermosos y una conversación viva en que asomaba la andaluza entre la docta, suplían la absoluta falta de belleza; cargo grave para hecho a persona de su sexo, pero rescatado por perfecciones que hasta enamoraban y que hoy puede temerse sin lastimar afecto alguno ni aun el filial, al enumerar los méritos de tan ilustre difunta.[38]

[38] Trágica suerte hubo de caber a la señora de quien habla el texto de este artículo. A fuerza de discurrir, hubo de perder el juicio. En sus últimos años, apenas pisando los confines de la vejez a que no llegó, abrazó las doctrinas de Fourier con tal calor, que ya daba indicios de locura. Esta vino, por desgracia, a declararse. Medio sanó, con todo, y hacia 1849 vino a Madrid, donde sus antiguos amigos la visitábamos, y de ellos con más frecuencia Gallego y yo, agregándosenos una persona cuya amistad con tan digna mujer era harto más nueva, pero había llegado a ser estrecha: el señor don Joaquín Francisco Pacheco. Pero a poco volvió a descomponerse aquella cabeza a punto tal, que fue necesario llevarla a la casa de Toledo, en la cual murió no muchos días después de haber entrado en ella, dándole cuanta asistencia podía su amante hijo, obligado muy a su pesar a ponerla en recogimiento, y su amigo Pacheco, que en este triste caso obró como si fuese de su familia.

A su p. 174casa llevaba don Juan Nicasio Gallego el buen humor y chiste porque tanto se señalaba en el trato social, Quintana su tono severo y dogmático, Toreno sus calidades superiores de hombre, así como de talento e instrucción, de mundo. Iba allí de cuando en cuando Argüelles, pero no ordinariamente como los tres que acabo de nombrar. Iba allí el mucho después afamado Gorozarri, que en las Cortes de 1837 llegó a adquirir fama de necio y extravagante, y no sin razón, pero que había leído mucho, y que en 1810 y 1811, oscuro todavía, ya era notable por sus rarezas. Había en la reunión, como era de suponer, el hermano de la señora de la casa y que vivía con ella, don Diego López de Morla, después conde de Villacreces, de familia de lo más ilustre de Jerez, aunque no hubiese titulado todavía; hombre ingenioso, instruido, decidor, raro entre los raros y que hacía gala de serlo y de extremarse en todo, dado entonces al estudio de la medicina que después practicó, menos aficionado a la política que solían serlo todos cuantos habitaban en Cádiz, y particularmente los concurrentes a su casa y aun su misma hermana; muy desviado de la democracia, porque tenía en alta estima su noble cuna, pero allegado a doctrinas nuevas, porque sus principios filosóficos distaban a la sazón infinito de los que eran fundamento del gobierno de la España antigua. Era yo su íntimo amigo desde los últimos días de nuestras niñeces, y había continuado con él en nuestra juventud en frecuente amistoso trato, por lo cual tuve entrada en la tertulia de su hermana. A ella hube yo de llevar a otra persona de cuenta que empezó a representar en aquella reducida sociedad uno de los principales papeles, allegado yo a él, y formando como una oposición al partido predominante en p. 175el Congreso, del cual era el conde de Toreno en aquella sala particular el primer representante, así como en la de sesiones uno de los capitanes de la gloriosa hueste de los reformadores. Era la persona de quien acabo de hablar don José García de León y Pizarro (conocido solo por la parte segunda de su apellido), entonces secretario del Consejo de Estado, empleo puramente titular, pues este cuerpo, aunque existente de derecho, de hecho estaba, si no muerto, en letargo parecido a la muerte; hombre de instrucción varia y amena, de clarísimo entendimiento, de gran chiste; algo singular, llano por demás y alegre, en el trato tan agradable cuanto serlo cabe, algo y aun bastante dado a censurar, tildado de tener cierto matiz de afrancesamiento, en doctrinas no poco liberal, pero disintiendo a menudo de los corifeos de la parcialidad dominante, y, sobre todo, disgustado de lo que en ellos juzgaba entono y orgullo, y de la en su sentir casi servil sumisión con que eran mirados por sus secuaces; personaje que, después ministro más de una vez, no hubo de corresponder a las esperanzas que de él se tenían, pero más que por otra cosa, inferior a su concepto por lo duro de las circunstancias, y con quien ha sido injusta la opinión, negándole el mérito que sin duda tenía, y el cual en algún tiempo era en él conocido y confesado. Con extrañeza de las gentes por la diferencia que había entre nuestras edades, por tres años fuimos Pizarro y yo inseparables, como pueden serlo dos amigos de los más íntimos iguales o cercanos en años, paseando juntos, leyendo juntos, comentando lo que leíamos, abarcando muy diversas materias en nuestra lectura y conversaciones, conformes o poco menos en nuestras ideas políticas,[39] y sobre todo en el orgullo con que resistíamos p. 176a otro orgullo, siendo en la fe constitucional cismáticos, aunque no herejes. En aquel palenque hubo de ser la victoria, aunque no completa, de mi amigo Pizarro, de que me cupo una pequeña parte.

[39] En un punto capital eran enteramente disconformes nuestros pareceres, porque Pizarro opinaba que habría convenido a España sujetarse de buena voluntad a Napoleón, y yo todo lo contrario. En el breve primer reinado de José Bonaparte en Madrid, terminado por el suceso de Bailén y la retirada de los franceses (pocos días de julio de 1808), había prestado Pizarro juramento de fidelidad al monarca intruso, como lo había hecho todo el Consejo de Estado, de que él era secretario. Sin embargo, no vaciló en cuanto a seguir al legítimo gobierno en diciembre del mismo 1808, cuando entró el Emperador francés victorioso en la capital de España, y huyó a pie pasando mil trabajos durísimos y peligros. Así sus adversarios le echaban en cara el juramento sin mucha razón, pues habían jurado la Constitución napoleónica en Bayona varios hombres que después se señalaron sirviendo al gobierno legítimo: el señor Romanillos, el general don Miguel de Álava, mi tío el tesorero general don Vicente Alcalá Galiano, con otros de igual o inferior nota. Mostrando yo a Pizarro mi extrañeza al ver que su conducta patriótica desmentía sus opiniones de casi afrancesado, me respondió con la imagen siguiente: «Si cuando en diciembre iba yo saliendo de Madrid a pie con el uniforme puesto y calzado con alpargatas, me hubiesen dicho: “¿Dónde va usted? ¿No ve usted que resistir a los franceses es una locura?”, habría respondido: “Sí, lo creo una locura, pero no me detenga usted, porque la nación quiere, y hay obligación de acceder a su voluntad”».

En cuanto a mí, pobre muchacho, ya me había negado a las cariñosas ofertas de emplearme ventajosísimamente en el servicio del usurpador, que me había hecho don Miguel de Azanza, íntimo amigo que había sido de mi padre y de toda mi familia.

En esto apareció una tertulia de igual naturaleza, pero en que predominaban opiniones diametralmente opuestas: la de la señora doña Francisca Larrea, mujer del ilustrado alemán don N. Böhl de Faber, literato, buen escritor en nuestra lengua y apreciabilísimo, visto a todas luces. Su mujer, a quien acababan de dar licencia los franceses para pasar a Cádiz desde Chiclana, donde residía durante los meses primeros del sitio, era literata y patriota acérrima, pero de las que consideraban el levantamiento de España p. 177contra el poder francés como empresa destinada a mantener a la nación española en su antigua situación[40] y leyes, así en lo político como en lo religioso, y aun volviendo algo atrás de los días de Carlos III, únicos principios y sistema, según su sentir, justos y saludables.

[40] Me acuerdo de que la señora de Böhl repetía con entusiasmo, mirándola como emblema de nuestro alzamiento, la siguiente décima, por cierto no falta de brío en la expresión o en el pensamiento, aunque incorrecta:

Nuestra española arrogancia
Siempre ha tenido por punto
Acordarse de Sagunto
Y no olvidar a Numancia.
Franceses, idos a Francia,
Y dejadnos nuestra ley,
Que, en tocando a Dios y al rey
Y a nuestros patrios hogares,
Todos somos militares,
Y formamos una grey.

Aquí está compendiado el modo general de ver el levantamiento del pueblo español por un aspecto de los varios que presentaba, considerándole el único.

De estas doctrinas de sus padres, y más particularmente de su madre, saca las suyas que con tanto celo sustenta la afamada novelista, hoy viva, cuyo nombre en la república literaria es Fernán Caballero.

Fui yo presentado en casa de la señora de Böhl; pero por mil razones no hube de agradarle, ni ella por su parte, a pesar de su mérito, se captó mi pobre voluntad. Lo cierto es que la vi una vez y después fue mi suerte (ya en 1818) entrar con ella y su estimable marido en agrias contiendas literarias en que hubieron de injerirse con poco disimulo cuestiones políticas, no sin grande peligro mío en aquellas horas; acrimonia de que hoy me pesa al hacer a aquellos dos ilustrados consortes la debida justicia.

Pero tales reuniones eran para pocos, y lo general de las gentes había menester alguna distracción para las noches, pues de día no daban poco los paseos, extraordinariamente p. 178concurridos. El invierno de 1810 a 1811 había corrido estando en gran parte de él en la isla de León la Regencia y las Cortes, y en el otoño anterior la fiebre amarilla, que tanto estrago había hecho en Cádiz y en toda Andalucía en 1800 y 1804, había aparecido por tercera vez, no con el antiguo rigor, pero acabando con no pocas vidas y causando el temor consiguiente. Por esto, así como por otras razones, no se pensó en abrir el teatro de Cádiz. No era tiempo oportuno para hacerlo el del siguiente verano. Pero corrió este sin que diese la menor muestra de sí, como se temía, la epidemia. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de aumentar distracciones a una población que, al cabo, si lo pasaba bien, vivía encerrada en breve recinto, y expuesta al peligro del bombardeo. Había tenido Cádiz sucesivamente varios gobernadores en el corto término de dieciséis a diecisiete meses, hasta que en junio de 1811 fue nombrado para desempeñar su gobierno militar y político, hasta allí siempre unidos, el teniente general de marina don Juan María de Villavicencio, personaje notable, instruido, activo, de singular chiste que contrastaba con lo severo y adusto de su rostro, dotado de gran tino para el manejo de los hombres; hombre, a quien confío que me será lícito elogiar, sin que el cercano parentesco que con él me unía (pues era hermano y muy querido de mi madre, y además mi padrino) me incline demasiado a su favor, ni la disconformidad que llegó a haber en nuestras opiniones políticas, crecida en sus últimos días a punto de romper entre nosotros todo trato, me pueda mover a rebajar en un ápice el buen concepto de que entre las gentes, inclusos no pocos de sus contrarios, disfrutaba. Aunque era Villavicencio religioso, lo era sin superstición, siéndole familiares las obras de los filósofos franceses, y así, aunque tropezó con preocupaciones que representaban ser impropio en una ciudad amenazada de peligros darse a diversiones profanas que bien podrían p. 179provocar sobre los moradores de Cádiz la ira de Dios, no hizo caso de ellas y atendió a distraer los ánimos de los males de la guerra, proporcionándoles el esparcimiento posible en uno que, al cabo, aunque cómodo, no dejaba de ser encierro. Se abrió, pues, el teatro, y pronto se vio lleno, no obstante la escasez de recursos de los habitantes. En aquellos días el teatro de Cádiz, hoy pobre, mezquino y feo, puesto en cotejo con otros muchos después edificados, era tenido por de los mejores de España, aun incluyendo el del Príncipe, recién construido en Madrid, pequeño y de escaso adorno, aun el de los Caños del Peral, solo notable por ser algo mayores sus dimensiones. En el de Cádiz, los palcos principales, que en la nomenclatura madrileña de ahora se llaman bajos, eran todos propiedad particular, la mayor parte vinculada. Los apellidados de platea, puestos al nivel del patio y lunetas, eran incómodos, y así a los segundos concurrió la flor de la sociedad de la corte; familias de grandes de España, y de altos empleados.

Eran medianos los actores, pero entre ellos había algunos de los ya afamados de la capital. Faltaba Máiquez, que bien podría haber estado allí, atendiendo a su celo patriótico que por poco le cuesta la vida en el Dos de Mayo; pero el insigne actor se había dejado ablandar por los halagos de José Bonaparte y de las autoridades afrancesadas, y lucía su habilidad prodigiosa en las tablas de Madrid, si bien no sin conservar ardiente amor a su patria, que le atrajo dura persecución en 1814 y hasta odio personal del rey Fernando, restablecido en su trono. Faltaban dos buenos discípulos de Máiquez, Prieto y Caprara, ya conocidos de los gaditanos. Pero estaba Carretero, el galán compañero de Rita Luna, de quien ya he hablado en otra parte de estos recuerdos; estaba Díez, aventajado alumno de la escuela de Máiquez, a cuyo lado había ya representado papeles, y estaba Querol, gracioso de la más p. 180alta fama en la corte, excelente actor, y en las comedias llamadas de figurón, inimitable. Una actriz, de la cual ya he hablado al referir anécdotas de las mocedades de Martínez de la Rosa, Agustina Torres, hasta allí solo conocida en teatros de inferior clase, y de cuyas buenas dotes y cortas facultades he hablado, debiendo ahora añadir que con su natural talento y sensibilidad, recibiendo lecciones o consejos de personas entendidas, perfeccionó lo que en ella era perfectible, y brilló supliendo hasta cierto punto la falta de aquello de que por la naturaleza de su voz carecía. Otro actor, después subido a la más alta y merecida reputación, apareció en aquel mismo teatro, venido de alguno muy oscuro; pero este (hablo de Guzmán) solo apareció después de haber levantado el bloqueo y retirádose los franceses, si bien cuando todavía era Cádiz residencia del gobierno de España.

Las piezas que se representaban eran de muy varia clase: de la antigua poesía dramática castellana, y de las nuevas, representándose de cuando en cuando alguna composición patriótica recién escrita. También de aquellas de las cuales era natural sacar alusiones al día presente, solía echarse mano. Así, una comedia de poco valor titulada las Vísperas sicilianas, era oída con aplauso, a punto de venirse el teatro abajo, cuando al sonido de la campana se arrojaban los sicilianos acaudillados por Juan de Prócida sobre los franceses y hacían en ellos horrible destrozo.

Estaba el teatro bien dentro del alcance de las bombas enemigas, pero desde diciembre de 1810 y en todo 1811, y aun en los días primeros de 1812, rara vez nos enviaron los sitiadores tan molesto presente. Rara vez, digo, pero no nunca; pues, como para quitar crédito a una voz que empezó a correr después de una larga interrupción, suponiendo abandonado por los sitiadores un proyecto que tan corto efecto producía, con intervalos desiguales, que fueron siendo menores, siguieron cayendo en Cádiz granadas. p. 181Pero en mucho tiempo todas cuantas penetraron en la población se quedaron más cortas que la primera, y además viniendo como esta llenas de plomo, y no reventando, dieron motivo a la famosa coplilla de

Con las bombas que tiran
los fanfarrones
se hacen las gaditanas
tirabuzones.[41]

[41] Alusión a los rizos en forma de sacacorchos usados entonces, y que se formaban ciñendo con pedacitos de plomo delgadas mechas de pelo, que cubre y adorna la frente y sienes.

Don Adolfo de Castro, en la obrilla excelente de su género, donde trae mil particularidades de lo ocurrido en Cádiz durante la guerra de la Independencia, cita esta coplilla, y con ella una variante que es como sigue:

Con las bombas que tira
el farsante Sult
se hacen las gaditanas
toquillas de tul.

Pero como por fuerza ha de ver el lector, esto no tenía sentido, como lo de los tirabuzones. El señor de Castro (que no vivía entonces) ignora que esta variante tonta fue una copla improvisada y cantada en el teatro por un actor llamado Navarro que la echaba de gracioso, y a veces lo era, pero no a menudo. Al oírla fue aplaudida, como suele serlo cualquiera necedad, pero no era uso cantarla, pues bien se veía que no había materiales para medio pañuelo (vulgo toquilla en Andalucía) en las granadas que tiraban los franceses.

Sin embargo, ya entrado 1812, y muy a los principios, empezaron a venir con más frecuencia a visitarnos los instrumentos de muerte y ruina; y como ocurriese una u otra desgracia, ya comenzaron a buscar los habitadores en Cádiz medios de libertarse del peligro. Cabalmente de ello nació hacerse aún más alegre la vida. Como se verá en la continuación de esta narración (cuyas dimensiones van excediendo a las que pensé darle al comenzarla), los p. 182últimos meses del sitio, y los del bombardeo, nunca terrible, pero sí ya incómodo, fueron los en que de tal modo vino a ser la vida armada y rica en entretenimiento, que los pocos, poquísimos que hoy vivimos, y fuimos testigos de aquella situación, nos acordamos de ella como de una serie de días iguales a los que se pasan en una feria o en otra serie semejante de diversiones.

Lo que particularmente distinguía a los españoles de los días gloriosos en que sustentó nuestro pueblo, con raras excepciones y sin distinción de clases, la independencia y gloria de la patria, heroico en su perseverancia, aun cuando en varias ocasiones no lo fuesen en la campaña sus soldados bisoños, era la fe en la justicia de su causa, de donde nacía la confianza en el triunfo final, fuesen cuán grandes y numerosos podían ser los reveses con que hubo de afligirlos la adversa fortuna. Era en verdad España, en aquellas horas, personificación del varón justo y tenaz en su propósito, que en un pasaje, con frecuencia citado, pinta Horacio; cuyo espíritu firme, ni por las ventajas alcanzadas por el enemigo, ni por discordias intestinas y funestas desmayaba, y a quien no aterraba ver irse desmoronando sobre su cabeza el edificio de la nación a los embates del vencedor poderoso, estando, como estaba, resuelto a perecer impertérrito sepultado bajo las ruinas. De esto daba pruebas, como en ningún otro periodo de la guerra comenzada en 1808, España en los últimos meses de 1811 y primeros del siguiente; días cabalmente en los cuales hubo más sombras que lustre en el honor de nuestras armas, siendo frecuentes y graves los reveses, y escasas y de corta importancia las victorias. En aquella misma hora en que, consultada la razón, solo podía dar por respuesta que el triunfo del invasor era, si ya no seguro, poco menos, venía a ser cuando estaba haciéndose una Constitución, y cuando fue nombrado nuevo gobierno, atendiendo a ello más que a los sucesos de la guerra los p. 183moradores de la isla gaditana, mientras los de las tierras enseñoreadas por el enemigo, aun cuando poco se cuidasen de legislación política, miraban como la real y verdadera la que salía de la asediada Cádiz.

Mediado 1811, empezó en las Cortes a discutirse la Constitución. De sus méritos no me toca hablar aquí ahora: básteme decir que su todo y sus artículos empeñaban vivamente la atención y toda clase de afectos, considerándola como destinada a regir durante plazo más o menos breve a España toda. Los discursos de los diputados sobre puntos constitucionales eran oídos, no meramente con atención, sino con ansia viva, comentándose luego,[42] y aun con frecuencia en la hora de ser pronunciados; clase esta última de comentario, si no ilegal en sí, ilegalmente ejercida, pues se expresaba con aplauso a los oradores gratos al público, y con vituperios a los de opinión contraria.

[42] Perdóneseme como a un pobre viejo a quien dio algún cuidado su reputación, citar aquí algo de mis mocedades en que pruebe que no fui el loco tribuno que se me supone. En 1811 escribí un largo artículo en el Redactor general, defendiendo la doctrina que hace necesaria la sanción Real para que las resoluciones de cuerpo o cuerpos legisladores pasen a ser leyes, cuando el conde de Toreno en las Cortes había hablado contra dar al Trono tal prerrogativa. Verdad es que me ceñí a copiar los argumentos de Mirabeau. Pero al cabo algo era seguir al Mirabeau gran repúblico, en vez de seguir, como solían los más en aquel tiempo, en Mirabeau al tribuno, al revolucionario demoledor o trazador de locos planes.

Argüelles, Mejía, Muñoz Torrero, Calatrava, Oliveros, Gallego, Golfín, con algunos más, eran oídos como oráculos; Inguanzo, Gutiérrez de la Huerta, Borruell, Valiente, con otros pocos adictos a las mismas doctrinas, con extremos de injusticia. El famoso Ostolaza era blanco principal del odio y burlas del auditorio, lo cual merecía en parte por una frescura digna de ser calificada de descaro, y por ser conocidas sus malas costumbres y sus arterías para elevarse,[43] p. 184todo lo cual ponía en relieve su figura llena, su cara excesivamente redonda y rojiza, y sus ademanes y continente en grado sumo provocativos.

[43] Justifica lo aquí dicho de Ostolaza el proceso que se le formó por haber seducido a jóvenes de un colegio de que era director, cuando después de haber privado altamente con el rey Fernando fue enviado a residir en una provincia. También los medios por donde se había hecho notorio en 1810 habían sido ridículos y asimismo vituperables. Pero nada alcanza a disculpar la maldad atroz de que fue víctima, hacia 1838 o 1839, cuando, con no sé qué pretextos, murió asesinado con burlescas formas de juicio en Valencia.

Había asimismo diputados cuyos discursos unas veces eran recibidos con aplauso y otras con extremada desaprobación, porque en ellos estaban representados juntamente, pero alternando, los dos diversos y a veces opuestos principios del levantamiento popular de 1808: la predominancia del pueblo o de la plebe y el fanatismo. De ello venía o ser ejemplo don N. Torreros, conocido por el Cura de Algeciras, afluente, de corta y mala instrucción, sencillo a veces, malicioso en otras, ridículo en sus modos, y mucho en su acento ceceoso a punto de dar golpe aun en Andalucía.[44]

[44] Bien viene aquí, a fuer de buen andaluz, decir que no todos los andaluces cecean, aunque ninguno pronuncia bien el castellano. En Cádiz, por ejemplo, donde el convertir la l en r es vicio común, raros son los que hacen sonar la z, cuyo sonido sustituyen con una s, cual no la hay en otra lengua o parte alguna.

En los primeros días de las Cortes se había hecho notable el buen cura por sustentar la causa de los guerrilleros contra la de los oficiales del ejército con frases que le valieron altos aplausos. Cuando empezó a discutirse la Constitución, ya no privaba Torreros con el pueblo de las galerías, porque había soltado expresiones favorables a la intolerancia religiosa llevada al mayor extremo. Pero al hablarse del artículo de aquella Constitución que declara que la soberanía reside esencialmente en la nación, a la cual asiste el p. 185derecho de variar sus leyes fundamentales, ningún demagogo pudo exceder al cura de Algeciras sustentando una doctrina tan peligrosa, por la cual parece que está la asociación política que constituye un Estado como de continuo puesta en vilo. Sus elogios del pueblo, los temores o recelos del poder del trono, que manifestaba, ya con énfasis, ya con singulares reticencias que implicaban cargos y encerraban amenazas, y todo esto dicho con los modos y tono estrafalarios, en él tan comunes, recrearon a los oyentes, que recibían su discurso con una aprobación mezclada con risa.

También por aquellos días ocuparon a las Cortes otros asuntos, que dieron margen a que mostrase el auditorio, que de veras se creía amante de la libertad, su feroz tiranía, no sin participación de la mayoría del Congreso que en unas ocasiones le excitaba y daba ejemplo, y en otras aprobaba sus excesos, pues aprobación venía a ser su tolerancia. Los procedimientos contra un folleto del exregente Lardizábal, contra otro del consejero don José Colón, y contra una consulta quedada en mero proyecto del consejo llamado de Castilla, eran actos de despotismo en que las Cortes, figurándose parte, hacían no poca del oficio de juez, todo lo cual era celebrado, y lo que es peor, aplaudiéndose el rigor injusto, a la par que recibiéndose con violenta desaprobación la defensa que hacían de los acusados sus parciales. En uno de estos acalorados debates vituperó la conducta del desmandado auditorio el diputado don Juan Pablo Valiente, consejero de Indias, y trajo en apoyo de su censura una cita de Filangieri; pero aunque este escritor, hoy olvidado, era para los hombres de las sectas reformadoras del siglo XVIII autoridad de gran peso, los concurrentes a las galerías del cuerpo deliberante, entre los cuales no abundaban los doctos, llevaron tan a mal la cita, en odio del citador, que rompieron en un torrente de dicterios contra el orador, expresándolos p. 186en gritos y acompañándolos con amenazas, y hasta con señales de querer pasar sin dilación de las palabras a las obras. Empezó, pues, un alboroto, interrumpiose la sesión, retirose a una pieza interior Valiente, y no paró por esto el tumulto, siguiendo en voces y ademanes no leves muestras de propasarse a actos de violencia contra su persona. No tenía, con todo, aquel bullicio carácter verdadero popular, pues lo general de la población se mantenía en paz profunda, ciñéndose la turba medio amotinada al corto recinto de las dos o tres calles inmediatas al lugar donde se celebraban las sesiones, y en punto a número al de los que tenían la asistencia a las galerías por ocupación ordinaria. Hubo con todo de acudir llamado el gobernador, mi tío, que aún gozaba de favor con todo el pueblo, incluso con los constitucionales, y que, tomando del brazo a Valiente, le sacó por entre los alborotadores, y le llevó al seguro asilo de un buque surto en la bahía. No se oyó en las Cortes la merecida severísima reprobación de tal atentado, ni volvió a tomar asiento en ellas Valiente.

Mientras esto pasaba, iban cayendo en poder del enemigo varias plazas de Cataluña y Valencia; una gran derrota de la flor de nuestro ejército, mandada por el regente Blake, amenazaba aún con mayores males; y el ejército inglés, aunque victorioso, ceñido a defender a Portugal, si alguna vez conseguía ventajas dentro de España, pronto desamparaba nuestro territorio, si bien desde los confines del territorio vecino era para la causa de la restauración auxiliar poderoso. Todo esto llegaba a noticia de los vecinos de Cádiz, y si no les era grato, tampoco los afligía en extremo, llamando más su atención la lucha entre las opuestas banderías que acababan de ser bautizadas con los nombres de servil y liberal, que las operaciones militares.

También se prestaba atención a las producciones impresas, p. 187pero corta, salvo en una u otra ocasión en que lo impreso era casi como lo hablado, porque trataba de las cuestiones políticas pendientes. Los antirreformistas iban levantando la cabeza, no sin indignación de sus contrarios, que los culpaban de usar de la libertad para hablar contra la libertad, como si al obrar así no usasen de un derecho que se les había dado, así como a todos. No tenían grandes escritores, pero el padre Alvarado, que publicaba unas cartas con el nombre del Filósofo rancio, no era digno de desprecio. Una obra publicaron los de la misma parcialidad que valía poco, pero que hizo ruido, y vino a ser memorable por haber dado origen a otra producción de más valor, si bien no del que llegó a dársele, y de considerable escándalo. La que acabo de citar aquí en lugar primero, tenía por título Diccionario razonado manual, y era una sátira de los reformadores, siempre acre o amarga, por lo común necia e injusta; pero en algunas ocasiones no falta de ingenio o chiste, y hasta en uno u otro caso no ajena de justicia. Ello es que picó a sus adversarios, decidiéndose desde luego entre estos que era indispensable dar las tornas a tal agresor, y hacerlo con armas iguales a las por él empleadas. Lo más singular es que fuese señalado, como por elección, aunque no hecha por vías notorias, evidente, el campeón de los liberales a quien tocaba entrar en batalla, y, según se suponía sin consentirse en ello dudas, derribar y aniquilar al osado paladín de los serviles. El nombrado fue don Bartolomé Gallardo, dueño entonces de altísima reputación, aunque fundada en títulos que si por su calidad eran hasta cierto punto valederos, por su número y dimensiones apenas alcanzaban a constituir un valor literario muy subido. Gallardo, no muy conocido en Madrid, había sido elegido en Sevilla para escribir en el Semanario patriótico, puesto a la sazón a cargo de don Isidoro Antillón, don José María Blanco (el después conocido por Blanco White) y don Alberto Lista, a los cuales había p. 188encomendado Quintana, por entonces muy embebido en las ocupaciones de su empleo, continuar el periódico por él fundado en Madrid en agosto de 1808, al cual había logrado dar extremada valía e influencia, y en que había empleado su ya acreditada pluma. Gallardo hubo de escribir un artículo que no gustó, a punto de haber salido desechado por quienes habían de ser sus colaboradores. No eran prendas del así maltratado escritor ni la modestia, ni el sufrimiento, como hubo de probarlo en su larga carrera prolongada hasta días poco remotos del presente; carrera que fue una perpetua guerra en que él, agresor a menudo, se vio al fin obligado a defenderse y recibió más heridas que llevó, haciendo poco daño con sus armas, aunque procuró afilarles todo cuanto cabe en lo posible las puntas, y aun untárselas con veneno. Gallardo juró odio acerbo a la pandilla de Quintana y al que era de ella cabeza, lo cual, no obstante, se allegó a la bandera reformadora, pero como queriendo formar en ella un tercio o escuadrón aparte señalado por extremarse en la osadía. Había publicado un folletito de pocas páginas, titulado Apología de los palos dados a don Lorenzo Calvo de Rozas, y en tan breve trabajo y sobre tan pobre asunto había mostrado calidades de grande escritor; dicción castiza con solo algún ligero ribete de afectación, buen estilo, chiste abundante y de la mejor ley. Con tales méritos fue, sin embargo, desmedido el concepto que dio a su autor tan ligera obrilla, juguete primoroso, pero que de serlo no pasaba. Lo cierto es que Gallardo, como dejo dicho, fue señalado para contraponer un diccionario al razonado manual, y que cumplió con su encargo al cabo de no muy breve tiempo, anunciándose próximo unas veces el esperado parto de su ingenio, y otras remitiéndose a hora algo posterior el logro de las que eran altas esperanzas, y al cabo apareciendo el Diccionario crítico burlesco con grande aplauso del vulgo de lectores, y moderada aprobación de p. 189los entendidos; con bastantes malos chistes entre algunos pocos buenos; con no mucha originalidad; conteniendo trozos bien escritos y otros en que la afectación llega a ser insufrible. Lo que más valor dio a la obra fue la ira que excitó, harto merecida en parte, por la ostentación de impiedad que en ella resalta. Gallardo hubo de ser condenado por su obrilla y aun reducido a prisión, pero la muy suave en que estuvo fue para él lugar de recreo y triunfo, siendo allí visitado y adulado por gran número de personas, para quienes eran méritos las culpas del autor atrevido.

Tales eran (y si algunas de otra clase pocas) las plantas que florecían y fructificaban allí y entonces en el campo de la literatura. Por aquellos días publicó Capmany reimpreso en Londres, el libro a que impropiamente había dado el título de Filosofía de la elocuencia, mero tratado de retórica al uso antiguo, en que nada filosófico podía encontrarse aun con el mejor deseo de hallarlo, y el cual, sin embargo, había corrido con aceptación por muchos años; pero su autor, en su galofobia, le había variado, dándose por arrepentido de haber citado en él, como modelos, trozos de autores franceses, y sustituyendo a estos otros de escritores castellanos, a que agregó en su estilo renovado salpicar la composición con frases propias de los malos conceptistas del siglo XVII y hasta dignas del imaginado fray Gerundio. Pero su obra no dio margen por lo pronto ni a alabanza, ni a vituperio.[45]

[45] En días muy posteriores, y (si bien me acuerdo) en la Gaceta de Bayona, publicada hacia 1830 y escrita en castellano, fue censurada con extremos de aspereza, aunque no sin mucho de justicia, la aquí citada obra de Capmany, llegando los censores a punto de citar, para usarla en sentido contrario, la famosa frase de Quintiliano, cuando dice tocante a Cicerón: Ille se profecisse sciat cui Cicero valde placebit, afirmando que da pruebas de buen gusto quien condena a Capmany. Aquí se mezclaban con odios literarios los políticos, porque los críticos, antes servidores de José Napoleón, y pasados a protegidos de Fernando VII, no perdonarían ocasión en que pudiesen cebar su odio a los que se mantuvieron firmes en defender la causa de su patria.

Sin duda, las rarezas de que llenó Capmany la nueva edición de su obra, nunca más que mediana, justificaban no poco la severidad de la censura. ¿No son dignas de Gracián o aun del supuesto Gerundio frases como las que siguen, «corriendo se vendían antiguamente las rosas», «porque galas tan caducas no permitían asiento»; o esta otra; «los antiguos nos daban dentro de una medalla todo un César, porque los grandes hombres se han de medir de pescuezo arriba»?

p. 190En tanto empezaban a darse a luz traducciones de obras que antes no habrían podido publicarse en España. Una de Mably, de escaso valor, pero que le tuvo no corto cuando su autor, hoy enteramente olvidado, pasaba por grande autoridad en política, tuvo por traductor, o, como debe decirse, por traductora, a la excelentísima señora marquesa de Astorga, condesa de Altamira. Un don N. de la Dehesa, que en 1834 o 35 fue ministro de Gracia y Justicia, dio a la estampa en nuestra lengua, la antes estimada obra del suizo Delolme, sobre la Constitución inglesa, llamando al autor original, ciudadano de Génova, por decir de Ginebra, lo cual a más que a traducir equivocadamente la voz francesa Genève se extendía.[46]

[46] Debía el bueno del traductor, sobre haber sabido que Génova en francés es Gênes, así como Genève es Ginebra, saber que los genoveses, aun cuando era república el Estado de que eran parte, no usaban el título o calificación de ciudadanos. Al revés, en Ginebra, donde ciudadano era una calificación o un título legal, no común a todos los habitantes sino a una categoría de estos, por lo cual venía a ser un distintivo.

Más traducciones aparecieron, pero cuáles y cúyas fueron se me ha borrado de la memoria. Algo de esto era leído, de donde iban propagándose doctrinas hasta allí conocidas de pocos españoles.

Pensose en escribir para el teatro. Comenzó Martínez de la Rosa su tragedia La viuda de Padilla, y poco después p. 191su comedia Lo que puede un empleo, de las cuales ya he hablado en otro lugar de este libro. Infatigable Saviñón en traducir, lo cual hacía con extraordinario acierto, se dedicó a poner en verso castellano el Bruto primo de Alfieri, mudándole el título en el de Roma libre, y extremándose alguna vez más que el autor en varias doctrinas republicanas.[47]

[47] Al terminar el primer acto del original, recién expelido del trono Tarquino, grita el pueblo romano:

«Il primo di che vivrem noi, fia questo».

Saviñón le tradujo bien diciendo:

«Este es el primer día en que vivimos».

Pero como Alfieri usaba del verso suelto, y su traductor del Romance endecasílabo, y como cabalmente el verso aquí citado debía ser seguido en castellano por otro terminado en e o con que acabase el acto, hace Saviñón que a la exclamación del pueblo romano, Bruto, que en la tragedia italiana calla entonces, prorrumpa en el siguiente verso:

«Cópielo el mundo, y vivirán los pueblos».

En tanto, un ingenio muy de otros principios, el duque de Híjar, hermano del actual, escribió e hizo representar una composición dramática, en parte alegórica, en que no faltaban buenos trozos; pero como abundaba en pensamientos monárquicos, aunque no contrarios a las reformas que iban haciéndose, fue oída con corto favor, si bien no con desaprobación, siendo además su autor persona en quien algunas singularidades impedían que se hiciese la debida justicia al valor natural y aun al buen cultivo de su entendimiento.[48]

[48] Como hubiese dicho el buen duque, candoroso por demás, que para componer los versos se tendía boca abajo, dio esto motivo a dichetes de mal gusto. Arriaza dijo sobre ello unos versillos obscenos e ingeniosos, y Gallardo, en su Diccionario crítico burlesco, también hace mención de un gran señor, el cual «diz que componía los versos según aquí va referido». Mejor tratado merecía ser el duque de Híjar, cuya afición a las letras era notable y loable, y cuyos versos, si ya no de alto aplauso, eran merecedores de algún aprecio, siendo correctos cuando menos.

p. 192

Entre tales ocupaciones y entretenimientos dentro de la isla gaditana, se multiplicaban fuera de ella las desdichas. Cayó, al terminar el año de 1811 o en los primeros días de 1812, en poder de los franceses la ciudad de Valencia, y con ella el entonces principal ejército español, quedando prisionero el general don Joaquín Blake, uno de los del Consejo de Regencia del reino, y aun su presidente. Era el revés de tal magnitud que hubo de causar más que la ordinaria pena producida por otras desventuras en los descuidados habitantes de la isla gaditana. Al mismo tiempo sonaron, aunque medio articuladas, voces de traición de las que había tiempo que no se oían. Para Blake nunca había soplado favorable el aura popular, a lo menos la que procede de las regiones inferiores y medias de la sociedad, mientras de los que más presumían, y con razón, de entendidos, una buena parte, en la cual se contaban Argüelles y sus amigos, tenía al general desventurado en no corta estima, reputándole hombre de saber tanto cuanto buen patricio. Lo cierto es que Blake gustaba de dar batallas, y que solía perderlas; que su sequedad desagradaba generalmente, cuando a otros daba idea alta de su buen entendimiento o instrucción su silencio casi perpetuo, y que su amor a su patria y su fidelidad no desmentida a la causa de la nación, como estaban juntas con una tibieza que rayaba en frialdad, eran poco a propósito para días de pasiones violentas, de aquellas que se manifiestan más que en actos útiles, en palabras y vanas demostraciones. Así corrió por Cádiz la noticia de que Blake, si no había abrazado el partido del rey intruso, estaba cerca de abrazarlo, y que los franceses, al recibirle la espada, le habían hecho los honores de infante de España; enorme desatino, pues esto, si hubiese sucedido, casi equivaldría a reconocer, en cierto grado, los soldados de Napoleón y el gobierno de José, la legitimidad del gobierno por ellos calificado de rebelde.

p. 193Hubieron de terminar tales desvaríos (por otra parte no tan peligrosos como habrían sido tres o cuatro años antes) con llegar un parte de Blake, donde se expresaba tan bien y con tan nobles pensamientos y afectos al referir su desdicha a la par con la del Estado, que le captó no pocas voluntades, hasta colocarle en la opinión en punto superior al que merecía real y verdaderamente; porque si era honrado y un tanto instruido, no tenía las altas dotes que en él suponían sus parciales.

Importaba, después de faltar Blake, nombrar nueva regencia. Sus compañeros Agar y Císcar, que después vinieron a recobrar el favor de los constitucionales, por entonces le tenían perdido, no dudándose de su recta intención, pero sí de su suficiencia. La elección podía parecer ridícula, pues apenas había España que gobernar. Pero fue llevada a efecto con grande empeño de las Cortes y del público. Formáronse los diputados en un remedo de cónclave, encerrándose rigurosamente por unas veinticuatro horas poco más o menos. Esperábamos delante de las puertas cerradas con notable impaciencia los que nos creíamos interesados en cuestión de tanta importancia. Circulaban nombres de candidatos, los más de ellos no muy del gusto de la turba expectante, más extremada aún que la mayoría de las Cortes. Entre los cinco elegidos disgustó, más que otro nombre, el del duque del Infantado, sabiéndose además que no había sido del gusto de Argüelles y los suyos, en este caso vencidos, aunque generalmente vencedores en aquel Congreso. El de mi tío don Juan María Villavicencio tampoco fue grato, aunque se supo que le habían votado los caudillos de los liberales, y debo confesar, con arrepentimiento y vergüenza, que pudo más en mí el fanatismo político que los lazos que me unían al hermano querido de mi amadísima y amantísima madre, y que fui de los desaprobadores de la elección siendo así que el electo, por sus muchas buenas prendas p. 194aún gozaba de favor sumo entre lo general de las gentes; pero yo conocía sus principios monárquicos que, descubiertos, al cabo hubieron de engendrar mutua enemistad entre él y los constitucionales. De los otros tres nombrados, solo el nombre del conde de La Bisbal, don Enrique O’Donnell pareció bien, lo cual prueba no estar dotados de grande penetración los que juzgaban a los recién elegidos. Los dos restantes quedaron sin aplauso o censura, aunque uno de ellos (don Joaquín Mosquera) fue después objeto, más todavía que de acre vituperio, de burla amarga.

Era cosa de ver las enhorabuenas que recibían los nuevos regentes y las esperanzas y los temores que reinaban sobre su modo de gobernar, cuando faltaba un Estado en que pudiesen acreditar sus dotes de gobierno, y era lo más probable que no llegase a haberle.

Ocupaba en medio de esto los ánimos el próximo juramento y promulgación solemne de la recién elaborada Constitución, ya llevada a remate. La fiesta que para ello se preparaba no podía ser ostentosa, pero lo raro de las circunstancias le daba un alto grado de lustre. Señalose para la ceremonia el 19 de marzo, aniversario de la subida al trono de Fernando, y por singular coincidencia, día de gala forzada para los españoles residentes en la opuesta costa, por serlo del santo del que se titulaba rey de las Españas y de las Indias. En el día 18, preparado ya todo para la festividad, se veía que no se prestaría a favorecerla el cielo, pues lo que tal nombre lleva aparecía cubierto a trechos de negras nubes, casi segura señal de recios aguaceros, y aun de viento furioso. Con todo, el nuevo gobernador de Cádiz, el dignísimo general de marina, don Cayetano Valdés, juzgando más por su deseo que por lo probable, aseguró que según su experiencia y habilidad en predecir por el cariz el tiempo, podía augurar que no sería malo el del día próximo venidero, y reinando en quienes supieron tal vaticinio igual deseo que el del vaticinador, p. 195cuyo acierto en tales casos era conocido y ponderado, se entregaron todos a lisonjeras esperanzas, no obstante ver cargadísimo el horizonte por la boca del Guadalquivir, y por el mar alrededor del castillo de San Sebastián, circunstancias que, estando unidas, son indicio infalible de un viento vendaval acompañado de lluvia. Acertó más que el general marino quien con menos pasión juzgaba tomando en cuenta el aspecto del cielo. Fue el día de aquellos de que hay pocos en lo malo, y sin embargo, pudo más el alborozo que la inclemencia del tiempo, saliendo magnífica a su modo la fiesta. Había ya arreciado un tanto el bombardeo, y la catedral estaba en uno de los lugares más expuestos a la caída de los proyectiles; por lo cual fue elegida para que en él se cantase el Te-Deum, necesario apéndice de tal clase de funciones, la iglesia del convento de Carmelitas Descalzos, situado en la Alameda. Desde ella se descubre el mar con la entrada del puerto de Cádiz y la costa desde Rota, asentada cerca de la embocadura del Guadalquivir, hasta muy a la derecha de la ciudad del Puerto de Santa María, lugares ocupados por los franceses. Tronaba la artillería en ambas contrapuestas riberas, aunque estuvieron en aquel día suspensas las hostilidades, siendo los cañonazos meras salvas, pero por tan contrarias causas, que aquel saludo por una y otra parte era un reto o declaración de porfiada guerra. Bien lo notaba el numeroso concurso que llenaba aquel paseo de Cádiz, y con notarlo crecía en su entusiasmo. Era el caso de que voy ahora hablando (según en otro pobre escrito mío he dado a notar) uno de aquellos en que un pueblo entero, sin dar lugar a la reflexión, obedece a un impulso único que le domina y arrastra, porque, aun a los más opuestos a la ley que se estaba promulgando y ensalzando, y aun a los más persuadidos de que la causa de la Independencia estaba perdida, aquel acto, para los primeros odioso y para los segundos ridículo, si meditada y fríamente le consideraban, p. 196embargaba, suspendía e inspiraba un júbilo irresistible. Apareció en esto la comitiva que del edificio donde celebraban sus reuniones las Cortes venía a la iglesia. Componíanla los diputados formados de dos en dos: con ellos los regentes. Estaba formada haciendo calle por la carrera la tropa, o, según se decía entonces, tendida. El viento se había desatado y soplaba como un huracán, bramando y combatiendo, y casi derribando a las personas expuestas a sus ímpetus: las nubes iban rompiéndose en torrentes de agua despedida con violencia, azotando los rostros, a la par que calando los vestidos, y los circunstantes no por eso sentían incomodidad grave; pues con ademanes de arrebatado entusiasmo, y ojos y semblante encendidos, gritaban vivas salidos de lo más hondo del pecho y oían con desprecio los cañonazos que en honor del intruso rey de España disparaban los enemigos. Entrados en la iglesia los diputados y demás personajes a quienes de oficio tocaba asistir al acto solemne, y además los espectadores que cupieron, no desamparó la concurrencia las inmediaciones del templo, a pesar de lo desabrigado del sitio y del rigor del viento y lluvia. En una ráfaga tronchó el como huracán un álamo de mediana robustez que estaba a corta distancia de la iglesia, y hubo entre quienes lo presenciábamos alguien que, por vía de burla, calificase tal incidente de funesto agüero en cuanto a la suerte del código objeto de aquella festividad; cosa dicha sin intención, pero que así podía haber hecho suya muy de veras la persona más supersticiosa como la más sagaz y previsora, porque la obra de los legisladores de Cádiz estaba destinada a morir en breve, ya triunfasen los franceses, ya Fernando rescatado volviese al trono, no pudiendo un rey reducirse de grado a aceptar una ley que tanto restringía su poder, sin que esto sea disculpa de la negra ingratitud y bárbara y feroz injusticia con que al fin aquel monarca, vuelto a su libertad y poder por esfuerzos de p. 197los constitucionales, si no solos, a la par con los de opinión contraria, pagó con persecución indigna beneficios con que podía ir mezclada la equivocación, mas no otra idea contraria a su autoridad; mal aconsejado en parte, pero también llevado por no buenas inclinaciones propias. Mas esto que hoy vemos no lo veíamos entonces, ni venía a cuento en aquella hora pensar en lo futuro. Atendíamos solo a la grandeza y singularidad de la escena de que éramos espectadores, y asimismo parte en mayor o menor grado. No amainó el temporal, y al retirarse las Cortes y el concurso, continuaron el cielo con sus rigores y la turba de concurrentes con su entusiasmo y vivas. Hubo horas de descanso, retirándose las gentes a hacer su comida diaria a la acostumbrada hora de las tres de la tarde, y a poco más de las cuatro de la misma, nueva ceremonia llamó al pueblo a las calles, a pesar de la continuada inclemencia del tiempo. Había preparados en los principales sitios de la ciudad cuatro o cinco tablados donde había de publicarse la Constitución con solemnidad. Presidió este acto el gobernador don Cayetano Valdés, vestido de grande uniforme que estrenó para el intento; circunstancia, aunque leve, notable, porque solía tan digno personaje recordarla, pues, calado de agua al desempeñar su encargo, hubo de perder aquel vestido algo costoso; pérdida de tal cual consideración en sus entonces cortos haberes, y sacrificio que hacía a la causa de la patria una misma con la de la Constitución en tan memorable día. Terminó este tempestuoso y lluvioso, pero sin que hasta cerrar la noche dejasen de estar atestadas de gente calles y plazas. Había preparada una iluminación general, pero no fue posible llevarla a efecto.

Ya dejo dicho que empezaban a caer las granadas con más frecuencia que antes, aunque sin periodo fijo. Pero el 16 de mayo, primer aniversario de la batalla de la Albuera, vino el mariscal Soult de Sevilla a las líneas fronterizas p. 198a la isla gaditana, y como en desquite del revés padecido en igual día del año anterior, dispuso y llevó a ejecución al cerrar la noche un bombardeo más serio por su duración que todos los anteriores. Esto, si no aterró, incomodó, y, como desde entonces, o de allí a pocos días, siguiese el arrojar de granadas con regularidad, se creó con ello un modo de vivir en los moradores adecuado a las circunstancias.

El método que adoptaron los franceses fue disparar de cuatro en cuatro horas sus trece o quince obuses-morteros. Tal regularidad, por más de dos meses no desmentida, trajo consigo un método de vida en los habitantes de la ciudad, el cual correspondía con el peligro o la molestia, contribuyendo a hacerlos menores.

Las granadas alcanzaban como a dos tercios o más de la ciudad,[49] y el otro hasta el fin del sitio quedó indemne y seguro.

[49] Es muy de notar que el alcance de la primer granada que entró en Cádiz (en diciembre de 1810) fue rarísima vez excedido y no muchas igualado por las que cayeron en su recinto hasta el 24 de agosto de 1812, último día del bombardeo, siendo lo común quedarse muy cortas hasta caer muchas en la bahía. Próximos ya a retirarse los enemigos cayó una en la iglesia de San Antonio excediendo a todas las anteriores y posteriores, pero, como esto sucediese sabida ya la victoria de Salamanca, y previéndose la retirada del enemigo, no hizo el efecto que habría hecho en otro caso.

A él acudían a pasar la noche la mayor parte de los que vivían en los barrios expuestos. Rebosaban en gente las casas del barrio que lo era de refugio, y era de temer, y se temió, que con el rigor del verano, el hacinamiento de personas en espacios breves y cerrados produjese enfermedades, y tal vez que asomase y se propagase la fiebre amarilla.[50]

[50] También en el paseo de la Alameda, del cual una buena parte estaba fuera de tiro, y la otra no era de lo más expuesto, dormían muchos a cielo raso y aun solían llevar allí colchones. Como esto era en los meses de junio (hacia los fines), julio y agosto, no resultó de ello daño, no siendo, por otra parte en Cádiz, rodeado de mar, perjudicial a la salud el rocío de la noche.

De este último azote que en 1810 p. 199había caído sobre la población, aunque no recio como en 1800 y 1804, y que volvió a aparecer, con algún más rigor que en 1810, en 1813, cuando por fortuna ya estaba Cádiz libre del asedio, nos libertó aquel año como en 1811 la bondad de la Divina Providencia. Pero el fundado temor dictó precauciones. Los hombres, con rara excepción, nos quedamos a dormir en nuestras casas. Otro tanto sucedía en general aun con las mujeres de clase menos acomodada, siendo esta una de las muchas desdichas inseparables de la pobreza. Las personas apiñadas en casas por lo común pequeñas, por ser cabalmente el barrio seguro de la ciudad uno en que abundan más las habitaciones reducidas que las espaciosas, tendían sus colchones en el suelo, y, no siendo las camas cómodas, ni la estación impropia para pasar el tiempo al raso, no bien se levantaban y limpiaban y se aviaban un tanto en peinado y traje, cuando, sacando sillas fuera de las puertas, se sentaban a conversar unas con otras. Concurríase allí como a una tertulia constante. Durante los intervalos regulares entre los disparos solían los refugiados, o digamos las refugiadas, ir a dar una vuelta a sus casas. A veces se descuidaban, siendo sorprendidas por las granadas antes de volverse a su asilo o a veces cuando a él venían encaminándose.[51]

[51] De esto ocurrió un lance en mi familia, que cuento porque puede servir de dar a entender lo que pasaba. En el intervalo entre los disparos había venido a mi casa, situada en lugar ni de los más expuestos ni de los seguros, con otra criada, el ama de leche que lo era de mi desgraciado hijo Dionisio. Se descuidó hasta dejar pasar las cuatro horas de suspensión del bombardeo. Entonces se vino apresurada con el niño en sus brazos hacia el lugar que era asilo de mi mujer y parientes. Pero recién salida sonó la campana y siguió el zumbido de una granada que vino a caer en la calle a muy corto trecho, cubriéndola de polvo así como a la criatura. Era de ver, según me contaron, cómo entró despavorida y llevando en su persona y ropas señales del recién ocurrido lance.

Al llegar el término fatal, todos se ponían en escucha, atentos al sonido p. 200de la campana del convento de San Francisco. Porque, por juiciosa providencia, estaba prohibido el toque de campanas en todo caso, para que no sonase otra que la de aviso, salida del aquí citado campanario, donde un fraile, hecho atalaya, puesta la vista en las baterías francesas, al ver salir de ellas un fogonazo, daba una campanada, siendo estas tantas cuantos eran los tiros. Al sonido de la campana seguía inmediato el estampido (que entonces no era detonación más que en francés) del temible obús o mortero; venía luego el zumbido de la granada por el aire, y cuando no caía el proyectil en la mar, como solía suceder, daba aviso de su caída un recio golpe. Entraba el averiguar dónde había caído y si había hecho daño a personas o a edificios. Lo primero ocurría rara vez; lo segundo no pasaba del agujero abierto por la casi inofensiva máquina de guerra. Había risa aun cuando hubiese miedo. En los lugares seguros, donde faltaba el temor de desgracia en la propia persona, había cuidado por las más o menos queridas que estaban en sitio expuesto, y aun por las casas y muebles que podían haber padecido detrimento. Libres ya de este cuidado, aunque ciertos de haber de sentirle igual cuatro horas después, se entregaban las gentes al buen humor, por lo común compañero de incomodidades no graves. Parecía como que se estaba en competencia para hacer gala de superior mérito contraído sobre quién vivía con más estrechez en punto a espacio, o con menos regalo en punto a cama y muebles.

Pero a criaturas que viven incómodas se hace necesario procurar distracciones. En ello se ocupó la autoridad. En el lugar más lejano del alcance de los fuegos enemigos, se puso al modo de una feria. Había además allí un tablado p. 201para música instrumental y vocal, que servía con frecuencia al fin a que estaba destinado. También se formó una como plaza donde se corrió por la sortija.

El embajador de Inglaterra, que lo era entonces sir Enrique Wellesley, hermano del general que llevaba el título de lord Wellington, solía dar bailes, si no con la suntuosidad que hoy se ve en algunos, y con lo que da de sí la ostentosa grandeza de los señores ingleses, unos donde concurría la buena sociedad gaditana y la grandeza de España y demás forasteros de alta categoría residentes en Cádiz, pero hubo de cesar en la costumbre por estar su casa muy expuesta a las granadas, porque sabiendo donde estaba, se recreaban los franceses en asestar allí sus tiros, y también por estar inmediata al campanario de San Francisco, otro punto a que ponían la puntería los sitiadores. Pero si el agente diplomático de la nación, nuestra principal aliada, interrumpió sus funciones destinadas al recreo de las clases altas, convirtió su atención al entretenimiento del pueblo todo, costeando fuegos artificiales, conciertos al aire libre, y otras diversiones de clase parecida. El teatro asimismo era lugar peligroso, y ya he contado en otro lugar que nos pasó por encima y cayó muy cerca una granada, al estar representándose con loco aplauso la comedia de Martínez de la Rosa titulada: Lo que puede un empleo. Pensose, pues, en hacer otro en el lugar a la sazón destinado a espectáculos, donde concurriese el público, y comenzó la obra, trabajándose en ella con actividad, y llegándose a construir un edificio mezquinísimo y de mal gusto, solo propio para aquellos días, pero que hoy está en pie y sirve a su destino, no sin descrédito de la culta Cádiz. También se dio principio a una plaza de toros allí muy al lado. Todo esto indicaba que esperábamos pasar largo tiempo en la situación en que nos veíamos, y de hacerla llevadera. En medio de todo ello no eran desatendidos los p. 202pobres. Como de estos había y hay muchos en el barrio llamado de Santa María, de los menos distantes de la línea enemiga, se formó delante de la casa Hospicio, y a corto trecho del lugar de las diversiones, un campamento en cuyas tiendas de lona tenían albergue muchas familias, y si bien no parecían tales habitaciones propias para pasar en ellas el invierno aun en el templado clima de Cádiz, se dejaba la consideración de buscar a aquella gente otra morada a la estación del otoño, y entre tanto se remediaba en algo el mal presente.

No puede decirse qué habría sucedido si semejante estado de cosas hubiese durado mucho, dilatándose hasta la entrada de una estación en que no es agradable, ni fácil, ni siquiera posible, pasar gran parte de la vida en la calle, o si logrando los enemigos dar mayor alcance a sus piezas, no hubiese quedado en la ciudad de Cádiz lugar completamente seguro. Por fortuna, nos vimos libres de las calamidades que eran de temer antes de sentir puesto a más prueba nuestro sufrimiento.

No me acuerdo si fue el 30 o 31 de julio cuando llegó al Gobierno la noticia de la victoria alcanzada por el ejército inglés en la jornada dicha por los vencidos de los Arapiles y por los vencedores de Salamanca. Era a medio día; la noticia corrió veloz por la población; sonaron exclamaciones altas y unánimes; celebrose con salva el triunfo; respondieron al saludo con sus granadas los enemigos, y a cada tiro de estos, correspondía por nuestra parte un grito de alegría y desprecio. Hasta contaban que el fraile a quien tocaba dar las campanadas para anunciar la venida del proyectil, a cada llamarada que veía en la batería francesa, no bien tocaba la campana, saludaba a los enemigos de un modo que con poca razón, si con universal consentimiento, pasa por obsceno, a pesar de qué su nombre suena ser, más que de otra cosa, de sastrería. p. 203De allí a pocos días, como se esperaba con fundamento, se supo haber entrado en Madrid el ejército aliado vencedor. Estas segundas buenas nuevas, llegadas al anochecer, renovaron el entusiasmo, particularmente en los madrileños y demás gentes de las provincias del interior refugiadas en la isla gaditana. Apareció de súbito y por movimiento espontáneo iluminada la ciudad toda, y cantos y gritos poblaban el aire, y se abrazaban en las calles los más particularmente interesados en el recién sabido feliz suceso.

Pero, así y todo, el bombardeo seguía. Al mismo paso iban los festejos. El tablado de la música no estaba ya vacío ni silencioso ni una sola noche. La fecunda vena patriótica de Arriaza había dado de sí una canción nueva, cuyo coro era:

Viva el grande, viva el fuerte
Que en la más gloriosa acción
El furor francés convierte
En vergüenza y confusión.

Siendo la primera copla:

Ved cuál entre polvo y humo
Por los campos de Castilla
Va la bárbara gavilla
Que era un tiempo su opresión.
¿Quién los bate y los humilla
Con el rayo de victoria?
La trompeta de la gloria
Dice al mundo, Velintón.[52]

[52] Adrede va escrito el nombre del ilustre lord y general, no como debe escribirse, sino como se pronuncia en castellano y es necesario para la rima.

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Como se ve, no era la composición de lo mejor de un poeta que ha dejado muchas buenas, ni tampoco acertó quien lo puso en música; pero se oía con más gusto y entusiasmo que en tiempo alguno pueden haberse oído los mejores versos o los sonidos más melodiosos.

Como dentro de una semana, poco más o menos (en la noche del 24 al 25 de agosto de 1812), habiendo ya cesado los disparos en la tarde, el ruido de repetidas explosiones anunciaba que se estaban poniendo en retirada los sitiadores; suceso ya esperado. Amaneció el 25, y a su luz viéronse evacuadas las líneas enemigas, y a lo lejos, por el mismo camino de Buena Vista por el cual en el 5 de febrero de 1810 habían aparecido los franceses, ir marchando las columnas de caballería e infantería de los enemigos que para nunca volver desocupaban la tierra de que por tanto tiempo habían estado enseñoreados, dando poco menos que seguro vaticinio de que en no largo plazo habrían de abandonar la de España; castigada así la perfidia y dura conducta del invasor, y recibiendo el pueblo español la recompensa merecida por su primer arrojo y su no desmentida constancia.

La tarde del 25 fue destinada por un gentío numeroso a visitar las baterías abandonadas del Trocadero y la vecina punta de la Cabezuela, de la cual salían las granadas arrojadas a Cádiz. A los que en el 1.º de agosto de 1808 habíamos visitado el Retiro, nos parecía una repetición de la anterior escena la que presentaba el campamento francés en aquel momento. Los obuses-morteros eran principal objeto de la atención: se los miraba, se los palpaba, se les decían injurias, se los cargaba de desprecio, como si pudiesen ellos sentir el vituperio o la burla. El viaje a aquel punto se hacía por mar, pues por tierra había que dar para llegar a él un largo rodeo; los barcos, a pesar de haber muchos, escaseaban e iban atestados de gente, y todos ellos, al volver, traían en el tope de sus palos un gran ramo de p. 205hierba, como en señal de que ya podían pisarse los campos, saliendo de los áridos arenales a que por largos días habíamos estado reducidos. Es cierto que ramaje como el que venía en muestra traído del terreno del Trocadero, nada mejor que el de la isla gaditana, podía haberse hallado en esta última; pero no era del caso ser críticos tan prolijos, y bien venía saludar con gusto la señal que lo era de una feliz vuelta de la fortuna.

¡Rara condición la del hombre! El vernos libres del sitio no trajo consigo toda la alegría propia de tan fausto acontecimiento.

A quienes se ha acostumbrado a la agitación parecen la paz y tranquilidad una situación fastidiosa. Así es que, a los pocos días de levantado el sitio, vueltas las gentes a sus comodidades acostumbradas, era frecuente decir: «Gracias a Dios que nos vemos libres de franceses y de bombas, pero hay que confesar que la vida ahora es algo pesada, y que en los últimos apuros del sitio era muy divertida. Casi hace falta el oír sonar una campana que sirva de anunciar la venida de una bomba». Así éramos las personas de 1812: así serían las de ahora puestas en iguales circunstancias.


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IX.

CÓMO CAE UN MAL GOBIERNO.

No intenta quien esto escribe, al cabo de largos años de vida, rica en desengaños y no pobre en arrepentimientos, pero en la cual no faltan casos, siquiera se engañe, en que se ratifica en sus antiguos juicios, y en que la fría prudencia de la vejez confirma los dados entre las pasiones de una juventud ardorosa, ensalzar aquí una forma de gobierno a costa de otros, aun cuando crea hoy mismo que hay en unos de ellos superiores calidades. Pero con toda forma de gobierno puede gobernarse bien, o, si no tanto, medianamente, y con la mejor en cuanto cabe serlo, si no en absoluto relativamente a otras, es no solo dable sino frecuente cometerse desaciertos enormes contra el provecho común, así como contra el derecho o interés de los particulares. Ahora, pues, el Gobierno establecido en España en mayo de 1814, sobre las ruinas del constitucional, era malo por varios títulos, más todavía que por ser absoluto y tener la pretensión, imposible de lograr, de renovar una época pasada, y, si no remota, separada de la que la p. 208seguía por el campo de una revolución llena de graves sucesos y de consecuencias no menos importantes de los mismos, por ser ejercido sin justicia y también sin tino, guiándole un espíritu de persecución odiosa, que era, no como otras, venganza de agravios, sino injusta paga de buenos servicios, faltando concierto en las cosas y dignidad en las personas, inclusa la más alta, y sobre todo esto siendo débil a la par que violento, y encerrando en sí las causas de una caída, a la larga, infalible. Que tal caída llegó, cosa es que consta, y aun quienes la lloraron y la reputaron no merecida por sus excesos, habrán de confesar que lo fue por su torpeza.

Los padecimientos de los constitucionales, en 1814 y 1815, en quienes eran de las mismas ideas causaron un apetito de venganza vituperable, pero natural, y, como era de presumir, ansioso de saciarse, fuesen cuales fuesen los medios.

Uno se presentaba de los peores, pero asimismo de los más eficaces, señaladamente en aquellos tiempos en que tenía el atractivo de la novedad y el valor de ser no muy usado ni muy conocido, cuando hoy, si no falto enteramente de fuerza, está muy enflaquecido por el uso y por la mayor facilidad que hay para descubrir sus manejos y contrarrestarle. Ya se entenderá que se va aquí ahora hablando de una sociedad secreta. De estas había una de antigua mala fama, condenada por la Iglesia, mirada con horror por la gente piadosa, y aun por la que no lo era mucho con sospecha, a la que era común atribuir en las grandes mudanzas del mundo moderno una parte que nunca tuvo, aun cuando alguna haya tenido; en España, harto novel entonces, y grata a los ojos de los innovadores, porque era uno de los blancos de la ira de los llamados serviles, y hoy subsistente en varios pueblos donde su existencia está declarada, pero convertida en inocente y un tanto simple juego de vanas ceremonias, y aun a veces p. 209en loable medio de ejercitar la virtud de la beneficencia. Había sido costumbre en los adversarios de la Constitución suponer a tal sociedad una fuerza que no tuvo en los días de la guerra de la Independencia, pues si bien es cierto que contó entonces con algunos prosélitos, fue con pocos, y estos no los de superior influencia en los sucesos de aquellos días. Los invasores franceses la habían establecido en España, y en ella se habían afiliado muchos de sus secuaces, como por hacer corte a sus señores, y también como para dar al mundo, y darse a sí propios, una prueba de que, despreciando preocupaciones añejas, al servir al dominador extranjero trabajaban por la regeneración de la patria. Esto mismo daba a la sociedad mal color, aun a los ojos de los más entendidos y más adictos a las reformas entre los sustentadores de la causa de la Independencia, de los cuales algunos, como por ejemplo Argüelles y sus amigos, no miraban ni podían mirar con favor cosa de que eran parciales y propagadores los servidores de José Bonaparte y del poder francés, nuestro odiado enemigo.

Pero vuelto al trono Fernando, restablecida la Inquisición, perseguidos insignes patriotas y amenazados otros, el fanatismo y la sed de venganza unieron con estrecho lazo a los adictos a la Constitución proscrita que aún gozaban de libertad. Los conatos de restablecer la ley caída en muchos no pasaban del decir a las obras. Pero si una conjuración duradera era, cuando no imposible, dificultosa, porque estaría de continuo expuesta a ser descubierta y deshecha con grave daño de los conjurados, una sociedad con sus ritos y ceremonias, con su orden y arreglo, en que hay mucho simbólico capaz de interpretaciones, que así puede ser nada como mucho, la cual, cuando es conjuración, se disfraza un tanto para que haya quienes sean hermanos sin el temor o escrúpulo de ser conspiradores, era cosa muy hacedera. La hubo, pues, en España, y comenzó p. 210a tener consistencia hacia 1816. Por una rara casualidad, siendo muy extendidas sus ramas, y alcanzando a todas las ciudades principales del reino, el tronco no vino a estar en la capital de la monarquía, sino en una ciudad de provincia, y esta no de entre las de primer orden, aunque por muchos títulos ilustre: en Granada. Gobernaba a la sazón aquella provincia como capitán general de ella el conde del Montijo.[53]

[53] No el último conde del Montijo, padre de la emperatriz de los franceses, caballero de altas prendas y muy pacífico, sino su hermano mayor, muerto sin hijos en 1834.

Este personaje había figurado mucho en las cosas de nuestra patria, acreditándose de ambicioso e inquieto, pues pasaba por cosa averiguada que en marzo de 1808, en Aranjuez, disfrazado de hombre de la plebe, y llamándose el tío Pedro, había capitaneado la sedición que derribó al príncipe de la Paz, y por consecuencia, aunque en verdad no de intento, movió a Carlos IV a hacer renuncia de la corona. En la guerra de la Independencia el mismo conde había representado algún papel, aunque no de los de más nota o lustre, siendo a veces soldado valiente en el campo y nunca general, y soliendo en las ciudades trazar o dirigir alborotos, cuyo objeto era apoderarse él del mando o dársele a algunos de sus amigos. Restablecido Fernando en el trono y presos y encausados los de superior renombre entre los diputados a Cortes, apareció con general admiración declarando contra ellos para contribuir a su condenación el conde del Montijo, acción tanto más extraña, cuanto que él, por su vida anterior y opiniones conocidas, más parecía de las opiniones de los constitucionales que de las contrarias, y por otra parte, cuanto que, ausente casi siempre del lugar en que celebraban sus sesiones las Cortes, poco podía saber de ellas sino por rumores vagos. Pero como no era en él costumbre ni perseverar en un sistema ni dejar que no hablase p. 211de él la voz pública, ello es que, llegando a Granada, estableció allí la sociedad secreta, que se difundió por toda la monarquía siendo él general cabeza del cuerpo conspirador, y teniendo igual carácter la parte de la sociedad de que era inmediato presidente. Que aspirase tal sociedad desde luego al restablecimiento de la Constitución, dudoso es, y aun puedo decirse falso; pero al cabo era una asociación prohibida por las leyes humanas, y aun por las divinas, y en España, en 1816, por fuerza había de ser una máquina de guerra, cuyo juego, si ya no cuyo objeto, sería conmover o derribar el trono, pues que combatía los cimientos en que el de 1814 estaba asentado. Se multiplicaron las sociedades; hubo una en Madrid, poco notable por la calidad de las personas que la formaban; gente ardorosa, pero de poco nombre o corto influjo. No podía faltar una en Cádiz, pueblo señalado por su adhesión a la Constitución caída y la consiguiente aversión al gobierno del rey Fernando. La hubo, pues, y me tocó (pues fuerza es hablar de mí) hacer un mediano papel en ella.

Había yo vuelto de Suecia, donde era secretario en la legación de España, en el otoño de 1814 con licencia para restablecer mi salud, tan quebrantada por algún tiempo, que por rara fortuna había escapado, como suele decirse, de las puertas de la muerte. En Gotemburgo había sabido los sucesos de mayo, la disolución de las Cortes, la prisión de los diputados de más importancia y de otros costitucionales. Llenome tal noticia de indignación, la cual subió de punto cuando a mi regreso a España, verificado muy en breve, pasando por Inglaterra, me vi en Londres con algunos de los que se habían salvado de la proscripción con la fuga, y entre ellos con Gallardo, a quien miraba yo con estimación superior a la de que era digno, si bien alguna merecía, no habiendo sido justos por lo excesivos, ni su anterior altísimo concepto ni el descrédito absoluto en que cayó en sus últimos años. Cuáles eran nuestros pensamientos p. 212y afectos de odio al Gobierno establecido en Madrid, bien puede presumirse, y a ellos correspondían nuestros propósitos de venganza. Prometí yo a los desterrados contribuir a su logro en cuanto pudiese; promesa hija de loca presunción, pero cuyo cumplimiento hubo de tener efecto por un concurso de singulares circunstancias. Pero llegado a Cádiz en octubre de 1814, no encontré ni el menor medio que pudiese dar esperanza de hacer cosa alguna contra el Gobierno, a la sazón pujante. Gobernaba entonces a Cádiz y también a Andalucía el conde de La Bisbal, y estaba extremándose en dar pruebas de adhesión al Gobierno restaurado, más ofensivas a los caídos y a los parciales de estos que conducentes al fin de dar a la autoridad verdadera fuerza. En una mañana apareció en la plaza de San Antonio un cañón como amenazando a una rebelión en que nadie soñaba, e invadida y convertida en cuerpo de guardia una casa-café allí situada, a cuyo dueño, al intimarle que entregase a los soldados aquel lugar destinado al recreo público y al provecho de su propietario, se le hizo entender que era aquello castigo, o modo de purgar la atmósfera de una pieza donde, en los días del reinado de la Constitución, habían los concurrentes hablado del Rey en términos descomedidos. A esto se seguía querer reconciliar el mismo general a muchos matrimonios desavenidos, y castigar a personas por irreverencias ligeras en los templos; cosa llevada más a mal porque al mismo tiempo vivía si no divorciado, separado de su mujer y entregado a escandalosos amoríos, a punto de haber llegado a las manos en la escalera de su casa, por disputarse el papel primero entre sus queridas, dos señoras, si dignas de esta calificación por su clase, no cierto por su conducta. Todo ello hacía odioso al Gobierno, pero aún no era tiempo de que el odio pudiese hacer más que maldecir en voz baja.

Enormes desgracias domésticas que cayeron sobre mí por aquellos días no me permitieron pensar en otra cosa que p. 213en mis aflicciones. La tentativa de Mina, cuya índole no llegó a ser conocida, aunque él haya impreso muchos años después que tenía por objeto restablecer la Constitución, y la de Porlier, claramente encaminada al fin que supuso después Mina haber sido el suyo, malogradas ambas, pasaron pronto sin dejar otra huella que dos ejemplos. Ni una ni otra fueron trazadas en las sociedades secretas.

Empezaba la de Cádiz a trabajar con alguna frecuencia en 1817. Pero sus trabajos se quedaban en vanas ceremonias, aunque muchos no nos dedicábamos a tales juegos sino con propósito y esperanza de que fuesen comienzos y medios de cosas muy graves, en tanto que otros con el juego se contentaban por lo que tenía de misterioso, y por parecerles un triunfo sobre las preocupaciones, sin que faltasen quienes, conociendo cuán natural era pasar a veras de aquellas como burlas, quisiesen diferir todo lo posible el tránsito, temerosos de agravar su peligro, como si el que corrían ya fuese corto.

De estas disposiciones se vio un ejemplo en 1817. Hizo el infeliz general Lacy una tentativa de proclamar la caída Constitución en Cataluña, llegando a dar principio a su empresa; pero vio muy en breve deshecha la escasa fuerza que le seguía, y, cayendo él prisionero para pasar en breve del encierro al suplicio, huyeron varios de sus secuaces hasta lograr ponerse en salvo. De estos fugitivos, el general Milans, con algunos pocos, llegó a Gibraltar, donde se detuvo pocos días. No era la gran sociedad secreta, ya entonces vigorosa por lo extendida, la que había tramado la conjuración de que fue fruto inmediato la fatal empresa de Lacy. Pero participaban los asociados de las ideas de los complicados en el alzamiento, y así fue que, no bien fue sabida la llegada de Milans y los suyos a Gibraltar en Algeciras, cuando de la sociedad residente en esta última población pasaron a la fortaleza inglesa comisionados p. 214a verlos y consolarlos, y en cuanto era posible a favorecerlos, siendo una de las muestras de afecto que les dieron iniciarlos y afiliarlos. De esto enviaron pronta noticia a Cádiz muy ufanos de su hecho los de Algeciras, solicitando aprobación con algo de aplauso, porque en la jerarquía de la sociedad era autoridad superior de la algecireña la gaditana. Presidía esta última a la sazón don Joaquín de Frías, oficial de la real Armada, que en días posteriores más de una vez llegó a ser ministro de Marina; hombre de mediano talento y un tanto de instrucción superficial, solemne en sus modos, campanudo en su lenguaje, que había sido encausado como constitucional en 1814 y condenado a una pena leve, y que después, como escamado, andaba cauto por demás en punto a contraer compromisos, aunque con inconsecuencia no extraordinaria en los hombres, no dejaba de persistir en algunos que bien podían serle fatales. Ello es que Frías desaprobó la conducta de los que por celo excesivo se habían propasado a patrocinar a los cómplices de una rebelión, si bien, ahuecando la voz, con frases peinadas, y como fingiendo llanto, lamentó la suerte de Lacy, a quien comparó con el asesinado maestro de obras de Salomón, personaje imaginario, cuya catástrofe sacó todavía más ayes y lágrimas aparentes de su elogiador que la verdadera y recién ocurrida del general su contemporáneo, que acababa de caer víctima de su arrojo imprudente. Pero a varios de los presididos sonó pésimamente lo dicho por el ocupante de la silla presidencial, y al revés, pareció la conducta de los hermanos de Algeciras loable en alto grado, y como propia de los fines para el logro de los cuales existía la sociedad secreta en España y en aquel tiempo. Nada formal hubo con todo de resolverse, ni había necesidad de resolución, porque los escapados de la catástrofe de Cataluña, salidos ya de Gibraltar, iban navegando para Buenos Aires, y el pensamiento de hacer lo que ellos habían hecho con infausta p. 215fortuna a nadie ocurría por entonces. Así es que el hecho que acabo aquí de referir sirvió solo de mostrar la índole y situación de las sociedades secretas en aquella hora, dispuestos a un levantamiento los más de quienes las componían, pero no todos, y unos y otros resueltos o resignados a remitir la satisfacción de su deseo a época más o menos distante, en la cual pudiere contarse con medios de que entonces se veían todavía completamente faltos.

Poco después un suceso, que pudo ser fecundo en tragedias, pero que tuvo cortas consecuencias, vino a causar fundados temores en todas las sociedades que eran ramas del tronco aún subsistente en Granada. La de Madrid fue descubierta, procediéndose a disponer la prisión de quienes la componían; pero casi todos huyeron, y solo cayó en poder de los tribunales don Juan Van Halen, coronel entonces, o teniente coronel, si no me es infiel la memoria. Era conocido Van Halen por su extremada travesura, acreditada en 1814 en una acción que estuvo a pique de costarle la vida, y que le mereció altos elogios de las Cortes y del Gobierno constitucional aún no caídos, sin que el rey restaurado declarase con su aprobación o desaprobación manifestadas en consideraciones o despego al individuo celebrado y agraciado haber tomado en gran cuenta sus servicios. Ello es que Van Halen, sin duda afiliado en las sociedades secretas, si no patrocinadas, toleradas por el Gobierno de José Bonaparte, al cual él servía, bullía en la Sociedad nueva o alterada que de la antigua tomaba rito y formas. Preso ya este personaje, y puesto en la cárcel de la Inquisición, a la cual tocaba juzgarle, no fue tratado, según parece, con rigor excesivo. De allí a poco se susurró que Van Halen había sido llevado ante el Rey mismo, a ruegos del mismo preso, o por mandado del monarca. Añadíase que súbdito y Rey habían tenido una larga conferencia, cuyos particulares eran referidos de p. 216muy diversos modos, corriendo versiones, sin duda injustas, en que se acusaba a Van Halen de haber hecho revelaciones, cuando menos, impropias; y sosteniendo otros que había tratado de persuadir a Fernando a que capitanease la Sociedad que le inspiraba odio y miedo, hasta convertirla, de enemiga que le era, en su firme apoyo. La verdad que de tan singular conferencia (si es que la hubo) no resultó cosa alguna notable, ni creció o se extendió la persecución, ni en el trato dado al encarcelado hubo agravación en la dureza, o clase mayor o menor de alivio. Lo que añadió singularidad a estos sucesos fue que muy en breve se escapó de su encierro el cautivo, y de allí a poco, de España, ejecutando su intento con facilidad tal, que bien aclaraba cuán distante estaba la Inquisición de 1817 de ser la de los días de los reyes austríacos. Así es que no faltó quien supiese haber sido la fuga de Van Halen protegida por poder muy superior; pero falta fundamento para tal sospecha, siendo cierto que, al salir, el preso fue favorecido por personas, aunque amigas suyas, enemigas del Gobierno y de la corte existentes.

No dejó de tener consecuencias el descubrimiento de la rama de la Sociedad que residía y trabajaba en Madrid. En largo tiempo no llegó a juntarse, fugitivos unos de los principales socios, y otros siempre recelando, y por lo mismo no dando nuevos motivos que los sujetasen a persecución. Así es que en 1818 estaba como rota la red que un año antes envolvía la mayor parte de España. En la misma Granada había desaparecido la autoridad superior de un cuerpo tan temible. El conde del Montijo ya no mandaba allí, y, o cansado del oficio de conspirador, no obstante tenerle suma afición, o temeroso, vivía sin ser molestado; pero había cesado de ser objeto de consideración, así como para el temor, para la esperanza.

Mas cuando iba a empezar 1819, las materias que encerraba la atmósfera política, como neutralizadas por algún p. 217tiempo, fueron agregándose hacia Cádiz para formar allí, apiñadas y en buena situación de hacer efecto, negrísima nube preñada de recia tormenta. Se había reunido en la Andalucía baja, y estaba destinado a pasar a América a intentar la reconquista de aquellas perdidas posesiones de la corona de España, un ejército que por la cortedad de su fuerza apenas merecía el nombre de tal, pero que, atendido cuál era el estado de nuestra nación entonces, no dejaba de ser considerable. Al frente de él había sido puesto el conde de La Bisbal, cuya condición mudable y ambición inquieta, si no eran ya cosa conocida, daban motivo fundado a recelos en quien depositase en él su confianza para empresas importantes. A los soldados, y aun a los oficiales poco instruidos, repugnaba atravesar el mar para ir a aportar a tierra ingrata y enemiga, donde repetidos ejemplos acreditaban que había que recoger escasa gloria y aun más corto provecho, y que temer todo linaje de calamidades. Ya, al salir de Cádiz, en 1815, la expedición mandada por el general Morillo, había habido temores de un levantamiento de los soldados; pero entonces la idea de un movimiento favorable a lo llamado libertad reinaba en pocos, y además, el general era dueño de la confianza del Gobierno, y la merecía. Otras eran las circunstancias al expirar 1818, así en punto al espíritu de las tropas como tocante a la calidad de la persona que las mandaba.

Al saberse en Cádiz que venía a ser gobernador militar y político de la ciudad, así como capitán general de Andalucía, juntamente con ser jefe del ejército destinado a América, el conde de La Bisbal, fueron grandes el descontento y el miedo. Se recordaban las gentes los cañones puestos en la plaza de San Antonio; varias tropelías cometidas contra las personas; en suma, actos de tiranía desconcertada, y por lo mismo temible en mayor grado, pues no es fácil precaverse de sus rigores. Pero el conde, no bien llegó a la ciudad donde había dejado nada buena fama, p. 218cuando se mostró tan trocado de lo que había allí sido, que en cortesía y benignidad, si no excedía, igualaba a los más queridos entre sus predecesores. Corría la voz de que tanta mudanza en los modos encerraba otra igual en las ideas sobre cosas de superior cuantía. En una palabra, el conde de La Bisbal pasaba por convertido a la doctrina constitucional, y tanto que, a manera de otro Saulo, era ya un Pablo resuelto a propagar la fe nueva que había abrazado por los medios más eficaces que los de la predicación que en su mano tenía.

Mucho encerraban de cierto estos rumores, según vinieron a probar los sucesos, si bien probaron asimismo que tan poco podrían contar con su nuevo campeón los constitucionales, como el Gobierno que acababa de poner en él su confianza.

En aquellos días yo acababa de ser nombrado secretario de la legación de España en Río de Janeiro, donde residía el rey que lo era así del Brasil como de Portugal. En 1818 me había trasladado de Cádiz a Madrid y sido relevado del cargo de secretario de la legación de S. M. en Suecia, cargo que había conservado como titular, y gozando de licencia por cerca de cuatro años después de haber salido de aquella corte remota. Mi tenaz propósito por tan largo plazo había sido no servir al Gobierno, que odiaba; mis conatos encaminados a derribarle. Pero pasaba el tiempo, y no veía señal que me diese la menor esperanza de alcanzar lo mirado por mí como un bien y ardientemente apetecido. En Madrid no encontré Sociedad formada. Así es que hube de resignarme a salir de España continuando el servicio en mi carrera. Fui, pues, nombrado para el cargo en el Brasil que poco antes he dicho, y en enero de 1819 me puse en camino para Cádiz, resuelto a embarcarme allí para el lejano país a que me llevaba la suerte.

Pero cuando llegué a Andalucía en los días últimos p. 219de enero hallé tan mudadas las cosas, que lo antes desesperación y desmayo pasó a ser fundada cuanto lisonjera esperanza, que trajo consigo renovados bríos para trabajar en lo que en mis circunstancias era criminal empresa.

No sé lo que son las sociedades secretas desde 1823 hasta el día presente. Que de ellas ha habido muchas, es constante; que aún hay algunas, es probable; pero que no son ni han sido desde mucho acá lo que eran desde 1816 hasta 1820, me parece fuera de duda. Son ya muy conocidas; están muy gastadas por el uso; reinan sobre ellas muchas menos ilusiones. Puede ser que como todo viejo estime yo las cosas de mis mocedades en grado superior al de su merecimiento, y tase las de ahora en valor inferior al suyo real y verdadero; pero hay una razón que me persuade de que no me engaño. Las Sociedades de aquel tiempo tenían en la vida política, el ardor y lozanía de la juventud, y la pureza de la virginidad; las de hoy adolecen de la frialdad y astucia de la vejez, y a fuerza de dar fruto están, si no corrompidas, estropeadas.

Los hermanos de 1819 teníamos bastante de fraternal en nuestro modo de considerarnos y tratarnos. El común peligro, así como el común empeño en una tarea que veíamos trabajosa y divisamos en nuestra ilusión como gloriosísima una vez llevada a feliz remate, nos unía con estrechos lazos, que, por otro lado, eran sobremanera agradables, porque contribuían en mucho al buen pasar de la vida. Así es, que al poner el pie en Sevilla, donde yo había parado poco tiempo, me encontré rodeado de numerosos amigos íntimos, a los más de los cuales solo había hablado una o dos veces en época anterior, cuando a otros veía entonces por la vez primera. Al momento fui informado de que en Cádiz estaba todo preparado para un levantamiento en que el general puesto al frente de sus tropas, había de pedir al Rey, en términos que harían de lo llamado súplica precepto, si no el restablecimiento de la Constitución de 1812, p. 220poco menos; esto es, la sustitución del sistema de gobierno de las monarquías moderadas al entonces vigente, calificado por su propio consentimiento de absoluto. De todo esto, gran parte era verdad; pero había bastante ponderación, porque el conde de La Bisbal sabía la conjuración, la toleraba y hasta la fomentaba; pero se detenía, daba largas, y retrocedía; incierto siempre, pues que hasta al dar el golpe contra los conjurados le dio de tal manera que los dejó con fuerzas bastantes para convertir en triunfo lo que había sido derrota.

Los pocos días que me detuve en Sevilla (y pasé allí tres o cuatro sin motivo para tal detención), fueron para mí muy lisonjeros. Se hablaba de nuestra empresa con poco, si bien con algún recato. Que así hiciesen entre sí los hermanos, todos ellos conspiradores, natural era, pero a muchos de los profanos encubrían mal o poco el proyecto que los tenía ocupados. Solía estar en trato frecuente con nosotros un sujeto no de la Sociedad, y por consiguiente no de la conjuración; hombre singularísimo en persona y modos; de estatura muy elevada, si no gordo, rehecho, con la cabeza pobladísima de pelo un tanto mal peinado, o a lo menos no peinado al uso, con el vestido mal cortado, dado a familiarizarse con gente a quien conocía poco, hablador, y que parecía, como lo era, bien intencionado, franco, servicial, y en el trato agradable en grado no corto. Este hombre, con quien fue mi suerte trabajar unido muchos años, que tuvo en el alzamiento de enero de 1820 una de las partes principales, que después ha hecho gran papel en la historia de nuestra patria, y del cual por no breve tiempo he sido amigo político, y por más largo periodo contrario, viniendo en sus últimos días a renovar nuestra amistad privada, y siendo de los que más han llorado su muerte, era don Juan Álvarez y Mendizábal. Siendo de pocos conocido entonces, era socio y principal agente de la casa de comercio de Bertrán de Lis, y tenía a su p. 221cargo las provisiones del ejército llamado expedicionario. La familia de Bertrán de Lis acababa de perder uno de los hijos, del que era su cabeza, muerto arcabuceado por orden de Elío, a quien sin razón echábamos en cara como un asesinato lo que solo fue un acto de rigor cruel, ejecutado con la ferocidad propia del carácter de aquel general, de mala condición y durísimas entrañas. Un hermano de la víctima era de los más ardientes de la sociedad secreta y de la conjuración; pero a Mendizábal no se había dado entrada en la primera, ni parte en la segunda, no sospechándose en él las calidades que después descubrió, y las cuales llegaron a dar tanta importancia a su persona. Estando él en continuo roce con los conjurados, poco reservados en aquellos días, algo sabía de sus proyectos y más trataba de averiguar, deseoso de bullir y señalarse en los sucesos que se preparaban. Como yo le viese entre mis amigos o hermanos, estos me avisaron que no le contábamos en nuestro gremio, si bien nada recelaban de él, mirándole como seguro, pero de poca cuenta. Mas, con sorpresa mía, esta misma persona, que conmigo tenía tan poco trato, me llamó a parte y me dijo que, pues tratábamos de hacer una revolución, debíamos proponernos llamar otra vez al trono al anciano Carlos IV. Tal desvarío había ya ocurrido a mejores cabezas, y aun habían dado pasos para ello algunos constitucionales de los a la sazón desterrados, pero con tan mala fortuna cuanto escaso acierto. Esto aparte, fuese o no descabellada la idea, hacerme tal proposición, a mí, empleado del Gobierno y recién llegado a la corte, un hombre que apenas me conocía, da a entender a la par el estado de los ánimos en aquellos momentos y la singularidad del carácter de Mendizábal. Como debía suponerse, respondí yo a este haciendo de su propuesta objeto medio de burlas, medio de veras, no ofendiéndole ni dándome por ofendido, no haciendo protestas hipócritas de adhesión al Gobierno, pero p. 222tratando de vanos proyectos o ilusiones los pensamientos de contribuir a una revolución que se figuraba él que yo abrigaba. No pasó de aquí por entonces tan curioso incidente: en menos de un año, Mendizábal y yo, de acuerdo, fuimos los dos los principales entre muchos que lograron el restablecimiento de la Constitución de 1812, dando así principio a la serie de revoluciones y contrarrevoluciones que han venido a hacer una España nueva tan desemejante a la antigua.

Llegado yo a Cádiz al comenzar febrero, me encontré en una escena animada. La conjuración estaba adelantada, patrocinándola el conde de La Bisbal; pero por medios rodeados, como era indispensable en su situación, si bien usando de más artificio que lo que esta exigía. Al pueblo de Cádiz trataba de hacerse grato hasta en frioleras. Como de resultas de la muerte de la reina María Isabel de Braganza, segunda esposa del rey Fernando, estuviesen cerrados los teatros, dispuso que en los cafés se jugase a la lotería a precios bajos, proporcionando así a los ociosos un entretenimiento no perjudicial, aunque no loable. Consintió las máscaras en Carnaval, no en público ni de día en las calles, pero sí en casas particulares con más franqueza que antes era uso. A esto agregó cosas de mayor importancia y transcendencia. De los conjurados que fueron sorprendidos en Valencia trazando un levantamiento, y que, cayendo en poder de Elío, fueron todos al suplicio sin demora, uno había logrado escaparse y venídose a Cádiz, donde residía, sabiéndolo el general gobernador, que le daba amparo a pesar de que recibía repetidas órdenes de buscarle y prenderle. En tanto, las juntas de la sociedad secreta menudeaban, no tan de oculto que su existencia no fuese sabida de muchos que de ellas no eran parte. De tal estado de cosas fuerza era que tuviese noticia el gobierno de Madrid, que nada hacía, o ya temiese al general viéndole cabeza y dueño de un ejército al cual no podía oponer otro p. 223España, o ya fiase en promesas de contener la rebelión en la hora en que llegase a serlo; prueba todo ello de flaqueza junto con perfidia. Cinco meses hubo de durar tal situación, plazo ciertamente largo para negocio de naturaleza tan peligrosa y apremiante.

Como era natural, los conjurados se impacientaban. ¿Qué aguardaba el general? Era la voz común ya con algo de queja. A esta, que tenía un tanto de acusación, hija de la sospecha, respondía el conde que aún no estaba el ejército bastante trabajado; frase esta del día, que significaba no estar todavía todo lo extendido que era necesario entre la oficialidad la filiación a la sociedad secreta. Se tropezaba en estas comunicaciones con un inconveniente irremediable, el cual consistía en que el conde no podía tratar con los conjurados sino por el conducto de una o dos personas, y las destinadas al intento eran, si no de las menos celosas, de las menos impacientes, llenas de confianza superior a la debida en la sinceridad del hombre de quien dependía en aquel momento la suerte de la conjuración y la de la patria. Y aquí viene bien explicar en pocas frases cuál era la planta y arreglo de la sociedad conspiradora en el momento de que voy aquí hablando.

La sociedad, cuyo nombre callo solo por razones de decencia, pues harto sabido es, no era, como ya he dicho, en España en 1819 lo que ahora es, o lo que en tiempo alguno había sido en otros pueblos. Así, conservando su rito, había buscado la fuerza en un orden propio para dar a la conjuración efecto. Había una sociedad de la clase común o inferior en Cádiz, componiéndola militares y paisanos. Formose además una sociedad en cada regimiento. Pero sobre estas existía una autoridad ejercida por una junta con el nombre de Capítulo, que celebraba sus sesiones sin aparato ni fórmula en la casa de don Francisco Javier de Istúriz. Allí asistían personas acaudaladas de Cádiz, de las que son a manera de la aristocracia de aquella ciudad, p. 224las más de ellas de edad madura, graves, sesudas, si fanáticas en alto grado, de un fanatismo por lo común no acompañado de arrojo, un tanto despreciadoras de la gente inferior, que era toda cuanta no entraba en su gremio. De esta reunión salían y eran parte quienes se entendían con el conde.

Pero se creyó necesario introducir entre el puro simbolismo a que estaban reducidas las sociedades inferiores, el cual no impedía ver claro el fin a que se caminaba, y las maquinaciones políticas de la alta junta, poco trabajadora por su índole, un cuerpo donde estuviesen juntos los más arrojados y diligentes de los conspiradores; cuerpo al cual tocaba, sin descartar de él algo de la parte simbólica, formar los planes del levantamiento proyectado y hasta extender proclamas, como si estuviese cercano el momento en que estas habían de ser de uso. De reunión tal me tocó ser parte, siendo ella más adaptada a mi condición, a mis años y a mis hábitos de vida alegre, que la grave autoridad que se congregaba en casa de Istúriz, con quien tenía yo algún trato, pero todavía no amistad estrecha y tierna como la que después por dilatados años nos ha ligado, y hoy en una vejez avanzada nos liga. No me acuerdo de quiénes y cuántos éramos los de la junta intermedia, y básteme decir que don Evaristo San Miguel y yo éramos los que en ella más trabajábamos, sin decir por esto que en su interior hiciésemos el primer papel o tuviésemos superior influencia. Esta junta espoleaba a la superior sin necesidad de ser aguijada por las inferiores; porque en ella estaba lo más ardoroso de los conjurados. Asimismo los que la componíamos no dejábamos de asistir a nuestras respectivas sociedades de última clase, donde bullíamos y dirigíamos, ya incitando, ya refrenando, muy atendidos y aun respetados por suponérsenos dueños de secretos que al oído de otros llegaban algo confusos.

Era a principios de junio, e iba haciéndose imposible p. 225demorar mucho el golpe tan de antemano resuelto y preparado. Sonaba que el ejército iba a embarcarse, En esto fue nombrado para mandar la caballería de la expedición el general don Pedro Sarsfield, de gran crédito en nuestro ejército por sus campañas en Cataluña, durante la guerra de la Independencia, y persona con quien era forzoso contar para tratarla, o como a eficacísimo cooperador o como a terrible contrario. Unían al general O’Donnell, conde de La Bisbal, con Sarsfield, antiguas relaciones; el común origen irlandés, haber militado juntos, mucha semejanza de hábitos, si no identidad completa. De las opiniones políticas de Sarsfield nada se sabía, siendo probable que hubiese pensado poco hasta entonces en tales materias, ciñéndose a vivir y pensar como mero soldado, y así es que en las mudanzas de gobierno ocurridas o intentadas en España, no había sido pronunciado su nombre. Sabíase que había sido muy amigo de Lacy, y se suponía que lamentaba su suerte y veneraba su memoria; mera suposición no apoyada en hecho alguno evidente. Era hombre seco por demás, casi hipocondríaco, entregado, según decían, a la bebida y aun al uso del opio. Todo ello le daba para el caso de la conjuración existente el carácter de un enigma que era indispensable adivinar, valiéndose para ello del método indagatorio directo o indirecto, no siendo conveniente esperar a que los sucesos le descifrasen. El conde de La Bisbal dijo a los conjurados que con él se entendían que era indispensable ganar a Sarsfield porque le valía lo que una división para la propuesta empresa. Debía ocurrir a los que recibieron tal encargo, que nadie era más a propósito que el conde mismo para ganar al general, su segundo, y asimismo su compañero y amigo en tiempos pasados. Pero alegaba O’Donnell que no podía él hacer tal averiguación sin exponer su persona, y con ella el grande hecho proyectado, si Sarsfield se mostraba adverso a la idea de una rebelión contra el Gobierno. Satisfizo p. 226a casi todos esta razón, aunque no buena, porque, fuese quien fuese el destinado a tantear a Sarsfield, por fuerza había de darle a entender, cuando no de descubrirle, que el general del ejército tenía parte muy principal en la trama. No era, sin embargo, posible desatender un encargo hecho por el conde de La Bisbal, dueño a la par de la fuerza militar y del secreto de la conjuración, por lo cual podía fácilmente valerse de la primera para acabar con la segunda. Hubo, por tanto, la autoridad superior que se congregaba en casa de Istúriz de nombrar una comisión que se entendiese con Sarsfield. De aquí tuvo origen el malogramiento de una empresa que tanto prometía, pero malogramiento tan incompleto, que, acometida después con inferiorísima fuerza, salió favorable a quienes la llevaron adelante, hasta darle feliz término contra toda racional esperanza, y gracias a la sin igual torpeza de un Gobierno que, titulándose absoluto, no sabía ejercer la autoridad de uno u otro modo entre los muchos que se presentan a quienes son cabezas del cuerpo de un Estado.

II.

Resuelto ya a entrar en tratos con el general Sarsfield, y nombrada para ello una comisión, pasó esta a la ciudad de Jerez de la Frontera, donde residía el general de la caballería, por tener allí lo principal de la fuerza de su arma. Componían la comisión tres personas; dos de ellas escogidas con acierto, pero no así la tercera. Eran las primeras las de dos oficiales de artillería, uno de ellos, amigo que había sido del general, don José Grasses, a quien ha visto gran parte de quienes hoy viven gobernador de Madrid, militar arrojado y no falto de instrucción, de natural talento y singular viveza, un tanto ligero, calidad que, viéndose p. 227en él demasiado, lo hacía a veces parecer inferior a su natural valor, de muy nobles pensamientos y finísimos modales que le acreditaban de caballero cumplido, y el otro don Bartolomé Gutiérrez de Acuña, de buenas dotes naturales, de corto saber y caballero en sus modos como lo era por su cuna, pero persona a quien hubo de tasarse por algún tiempo en valor mucho más alto que el de sus merecimientos, dándole la autoridad de un sabio en los varios sentidos de esta palabra, exageración que al cabo hubo de rebajarle en algo, cuando fue forzoso moderar la alta tasación primera, la cual daba al así celebrado, con una idea grandísima de sí mismo, un tanto de entono, a pesar de lo cual era imposible negarle buenas calidades. No sé por qué razón fue agregado a estos dos oficiales en la peliaguda comisión para que con ellos fuese un paisano a representar la parte civil de los conjurados, quitando así al proyecto el carácter de pura sedición militar, una de las criaturas más estrafalarias que han representado un papel notable en los sucesos de nuestras revoluciones, don José Moreno de Guerra. Era este un caballero de un lugar no de los principales de la provincia de Córdoba, y aunque de ideas muy revolucionarias, blasonaba no poco de su alcurnia, siendo en esto lo peor que lo hacía con no mucha razón, si bien no con falta absoluta de ella, pues decían que su nobleza era, aunque verdadera en el sentido legal, de pocos quilates y fecha no muy antigua. Tenía algún ingenio, desordenado, y en cuyos irregulares desahogos asomaba el mérito de la novedad en sus aciertos y en sus desaciertos: había leído algo,[54] sin método, por lo cual p. 228descubría no poca confusión en sus ideas; era atrevidísimo y carecía absolutamente de valor, por donde no sustentaba bien los excesos de su lengua; se consumía en deseos de hacerse notable, y a todo esto como que daba realce para llamar a él más la atención su alta estatura acompañada, si ya no de gordura de poco menos, su vestido mal hecho y desaliñado, sus modales por lo común toscos, su acento andaluz con la pronunciación de la gente del pueblo de su tierra, y la incoherencia de sus discursos en que mezclaba toda especie de cosas, de las cuales muchas no venían a cuento para las materias sobre que hablaba.[55]

[54] Moreno Guerra había leído a Maquiavelo, y, como el famoso florentino goza de mala fama entre la gente piadosa, así como entre mucha que no lo es, miraba como gran mérito el conocer las obras del autor del tratado El Príncipe, y le ensalzaba y citaba tanto que por ello era ridiculizado por quienes de cerca le trataban. En verdad, aprendió algo de las arterías recomendadas por tan insigne autor, pues en su carrera se mostró poco escrupuloso en cuanto al uso de medios para llegar a fines que, si alguna vez eran buenos, solían ser muy otra cosa.

[55] En un folleto muy gracioso y celebrado, cuyo título era Semblanzas de los diputados a Cortes de 1820 y 21, está bien retratado, como todos, y aun mejor que varios más, Moreno Guerra, y se hace alusión a lo incoherente de sus discursos, diciéndose de él que en las Cortes había contado que vio la fragata Perla, etc.

Estos tres comisionados se presentaron al general, según es de creer tomando por pretexto que iban a visitarle. Llegados a su presencia, le declararon el objeto de su visita, la existencia de la conjuración, el propósito de la misma y los medios con que contaba, oyéndolo Sarsfield, atento, impasible, como provocando con su silencio a que se le explicase todo muy por menor y puntualmente. Pero, no bien se hubo enterado de todo cuanto de él se esperaba, cuando, levantándose con tono y gesto amenazadores, dijo a los conjurados que le mirasen como a un enemigo resuelto a oponerse a su proyecto con todas sus fuerzas hasta desbaratarle y aniquilarlos a ellos, aunque puso por correctivo a sus amenazas que, como hombre de honor, no descubriría lo que fiándose en su honor acababa de serle confiado. Quedáronse atónitos y suspensos, pero no aterrados, Gutiérrez Acuña y Grasses, y temblando de pies a cabeza el p. 229casi agigantado Moreno Guerra. Pero Sarsfield, viendo la turbación de aquellos hombres, y pensándolo mejor (o bien podría decirse peor), si no es la honradez palabra vana, detuvo a los que iban a retirarse, y les dijo que la respuesta recién salida de sus labios no expresaba su modo de pensar ni su intención, pues la había dado solo para poner a prueba el temple de los conjurados, con quienes si aceptaba lo por ellos propuesto, como iba a aceptarlo, había de asociarse. No satisfizo ni podía satisfacer el nuevo aserto, pero el mal estaba hecho, el remedio era difícil, y, como durante algunos días se manifestase Sarsfield en palabras hasta celoso en la prosecución de la empresa, llegó a contarse con él, siguiéndose la propensión del hombre a acomodar su fe a su deseo.

En la Junta principal causó sumo disgusto lo ocurrido en Jerez, y aun hubo (pero fue uno solo, reprobándolo todos) quien propusiese un medio atrozmente criminal para libertarse del peligro con que Sarsfield amenazaba.[56] p. 230Pero como el daño no aparecía, continuaba la conjuración, la cual se hacía ya necesario que de proyecto pasase a ser hecho dentro de corto plazo.

[56] La persona cuya mala acción o cuyo delito intentado, de tal modo y clase que es ya altamente criminal solo el intento, pues hasta tuvo preparado el veneno que quería se diese a Sarsfield, por fortuna no era la de un español, sin que por esto pretenda yo tiznar la buena fama de sus compatricios al referir su malvado proyecto. Era, en verdad, mal sujeto, aunque hombre de bastante talento y de alguna instrucción, bien que la suya fuese superficial y de no la mejor clase. También, como Moreno Guerra, había leído a Maquiavelo, y le tenía en mucho, porque era cosa singular que el famoso florentino gozase de alta reputación entre los liberales conjurados de 1819, no solo como portentoso ingenio, lo cual es justo, sino como maestro de sanas doctrinas. Verdad es que hay liberales italianos de la misma opinión, pero a esto mueve y domina el patriotismo, olvidando al maestro de la tiranía y torcida política en su admiración al escritor ingenioso, agudo y profundo, y en su conducta no mal patricio, cuando en los no italianos es de admirar que consideren doctor y apóstol de la iglesia liberal al admirador y ensalzador de César Borja y de Castruccio Castracani. Volviendo al objeto de esta nota, diré de él que, nacido de dignísimo padre español, abrazó la causa de los americanos que alzaron bandera contra España, pasó a servirlos, y (lo que es en él de vituperar) sustentó su causa, según voz común, con espíritu de feroz odio a todo cuanto era español, acreditado en hechos de crueldad y perfidia. Esto no obstó a que después viniese a España, donde residía ya en 1816, hasta siendo oficial en nuestro ejército, si bien no en servicio activo. Tuvo parte en los trabajos de la sociedad secreta y en la conjuración de 1819, pero no pasó a la ciudad de San Fernando cuando allí tremolaba el pendón constitucional en enero, febrero y marzo de 1820. Proclamada en toda España y aceptada por el rey la Constitución, logró este mismo individuo tener asiento en las Cortes de 1820 y 1821 como representante (creo que suplente) por una provincia de América. No hizo papel lucido en aquel Congreso, donde votó con la oposición, siendo del partido que entonces llevaba el título de exaltado. En sus conversaciones solía hablar de aquellas Cortes en términos de vituperio y aun de desprecio absoluto. Concluida la legislatura ordinaria de aquel Congreso en julio de 1821, se fue a Cádiz, donde se entregó a tales maquinaciones que hubo de huir de España por no ser preso al terminar aquel año. Después poco se ha hablado de él. No quiero decir su nombre, hoy de casi todos ignorado.

Al intento, la Junta intermedia convocó a diputados de todas las inferiores, o dígase de las de los regimientos, a una reunión solemne. Celebrose esta de noche, y con un tanto de misterio y reserva, pues si no amenazaba grave peligro, no consentía el decoro ni quería el general que se dejase de proceder con cierto recato, si bien más aparente que verdadero. En una pieza de no grandes dimensiones, medianamente alumbrada, con un calor propio del mes de junio en climas muy ardientes, nos congregamos en número bastante crecido. En el ritual y planta de la sociedad hay un individuo, cuyo cargo tiene el título de Orador, aunque no lo es, pues su oficio se reduce a leer breves escritos. Desempeñaba yo este oficio como por vía de preludio de ser orador más de una vez y en varios lugares, p. 231con crédito, y también con descrédito de mi pobre persona, y ciertamente, mirando a mi interés, más en mi daño que en mi provecho, viniéndose a añadir a mi nombre, como profesión, la oratoria, que en los demás es solo un apéndice de otras ocupaciones y obligaciones.

Era entonces, como confieso, ardiente mi fanatismo; mi edad, aunque ya no la de la verdadera juventud, una en que todavía ejercen grandísimo poder en el hombre las pasiones; mi natural, más que lo común apasionado, y el lugar, la calidad de la reunión, el corto peligro presente, el no leve futuro, todo contribuía a exaltarme y dar casi frenética viveza a mis palabras y a mi acento y modos. Rasgué, pues, el velo harto transparente de símbolos inútiles, convidé al levantamiento, ponderé la tiranía bajo que gemíamos, presenté la imagen de la libertad coronada con la aureola de glorias cuyo lustre había de rodear a sus restauradores, y, al fin, cogiendo una espada desnuda que en nuestro rito debía estar y estaba siempre sobre la mesa: «Jurad», dije con voz fuerte y trémula de emoción, «jurad llevar a cabo esta empresa, y juradlo sobre esta espada, símbolo del honor, que no en balde en este lugar se os pone a la vista». Un grito unánime, que casi era un alarido, respondió a mis palabras y a mi acción y gesto, arrojándose casi todos los concurrentes a la espada, y profiriendo el juramento con tono, rostro y ademanes de loco entusiasmo, no inferior al mío. ¡Escena tremenda, preñada de males futuros, recordada aquí y ahora no para recomendarla al aplauso, y todavía menos a la imitación, sino como retrato de los tiempos y con la mira a que sirva, entre otras, de lección a gobiernos y pueblos; a los primeros para evitar, en cuanto sea posible, con una conducta juiciosa, acertada y firme, que se repitan; a los segundos para que, difundida en ellos la ilustración, no dejen que las pasiones ahoguen y usurpen la voz y autoridad del juicio!

p. 232

De esta escena hubo de tener noticia el conde de La Bisbal, y hubo de conocer que ya le era forzoso acabar con la conjuración, si ya no es que, llevando a ejecución el proyecto de los conjurados, quería darle favorable remate.

Empezó, pues, a obrar, y contra los conjurados. Su primer disposición fue mudar la guarnición de Cádiz; disposición importante, porque en la ciudad debía darse el grito de rebelión al amparo de sus murallas, y entre su población, toda ella con rarísimas excepciones, constitucional ardorosa, y en la guarnición que iba a salir estaba la mayor parte de la oficialidad ganada a la causa del alzamiento propuesto, y, al revés, en los cuerpos que venían a relevarla había menos que en otros del mismo ejército oficiales comprometidos en la empresa cuyo éxito estaba pendiente.

Si esto disgustó de cierto, otro suceso causó mayor recelo, aunque para algunos fue motivo de esperanza. De súbito vino Sarsfield de Jerez a Cádiz, y encerrándose con el conde, tuvieron ambos una larguísima conferencia sin testigos. En que trataban de combinar sus operaciones, no cabía duda: si era para llevar a efecto la revolución o para impedirla, venía a ser también dudoso; pero, bien mirado, con arreglo a fuertes indicios, lo segundo era lo probable.

Vuelto Sarsfield a Jerez, entró en comunicaciones amistosas y muy frecuentes con Gutiérrez Acuña, que allí residía. Se mostraba ya tan dado a la causa de la revolución, que vituperaba la tibieza e irresolución de su amigo el conde de La Bisbal, aunque sin poner en duda lo sincero de su fe, porque decía: «A Enrique le falta corazón». Como esto era dicho para engañar, mal puede afirmarse que hubiese veracidad al hacer semejante cargo.

Así estaban las cosas al anochecer del 6 de julio de 1819. Ya oscurecido, se habían cerrado las puertas de la p. 233ciudad de Cádiz, entonces, aunque en tiempo de paz, cerradas de noche con rigor, que para pocos casos tenía relajación, sobre todo en la Puerta de Tierra, solo abierta cuando lo era para dar paso al correo. De repente corre la voz de que la guarnición toda, menos la parte de ella que cubría las guardias, se había puesto en movimiento y aun salido por la Puerta de Tierra con el general a su frente, encaminándose al Puerto de Santa María, donde estaba acantonada la división del ejército que pocos días antes estaba guarneciendo la plaza. Con haber llegado la hora de la retreta, y no aparecer los tambores o músicas, como hacían siempre, en la plaza de San Antonio, desapareció toda duda sobre si era falso lo que corría respecto a estar en camino las tropas, sin duda para objeto importante, aunque ignorado. Empieza entonces a decirse que, antes de salir, el conde había llamado a una de las personas con quienes se entendía, y díchole que preparase todo para proclamar restablecida la Constitución de 1812 en la ciudad de Cádiz, mientras él lo hacía en el ejército, para lo cual iba a juntarle todo. Con este motivo comenzaron las enhorabuenas, y aun los vivas dados en voz baja como grato secreto que se confían las gentes unas a otras. Sin embargo, la autenticidad de la comunicación verbal hecha por el conde no constaba, y lo evidente era su salida misteriosa, y haberla dispuesto cuando, cerrada ya Cádiz, no podía ir de ella al Puerto la noticia de que marchaba allí el general con demasiado acompañamiento.

En mí como en otros despertó circunstancia tal fuertes sospechas. Pero nadie pensaba en dar aviso a nuestros amigos del Puerto, y menos que otros la Junta de casa de Istúriz, a la cual correspondía hacerlo, pero que ni congregada estaba. Lo que nadie hacía hube yo de hacerlo, obrando por mí, sin participación y aun sin consejo ajeno. Debía dar la vela en la próxima madrugada con destino a la Habana un buque-correo, cuyo mando tenía don Antonio p. 234Valera, primo mío muy querido y de nuestra grey conspiradora. Para él y la tripulación de sus botes se abría la puerta de la mar a todas las horas de la noche. Acudí, pues, a él, le pedí un bote para que fuese al Puerto con un aviso, y busqué también persona que le llevase, y cuya salida era fácil, no examinándose quiénes salían para ir en los botes. Me puso Valera por reparo la falta de tiempo, pues que de allí a pocas horas tenía que levar anclas y hacerse a la mar; pero yo le hice presente cuán fácil era a un bote con buenos remos ir en una hora al Puerto y en menos tiempo volverse a bordo del buque a que pertenecía. Accedió a mi ruego Valera, marchó el comisionado, llegó a su destino sin obstáculo ni demora, se avistó con los conjurados, y los informó de que venía sobre ellos el Conde con tropas, sin poderse decir si como amigo o contrario. De nada sirvió el aviso, pues, por causas que nunca han sido bien explicadas, y que no es ahora del caso averiguar, determinaron esperar pacíficos, cuando si hubiesen tenido intento de resistir, era muy probable que parase la resistencia en darles el triunfo, pues contaban en los que seguían al general con muchos parciales. Bien es cierto que al mismo tiempo iba a caer sobre ellos por la espalda Sarsfield al frente de la caballería, pero esto lo ignoraban.

Ahora será bien dar cuenta de lo que el mismo Sarsfield había hecho en Jerez. Allí seguía engañando a Gutiérrez Acuña y a Grasses, quizás aún más de lo necesario para su propósito. Cuando ya se preparaba a marchar contra los conjurados, en la noche, en sus primeras horas, y poco antes de la destinada a emprender su movimiento, yendo de paseo con los dos que llamaba amigos, tropezó con un rosario donde iban cantando el Ave María, y dijo en tono de burla: Cantad, cantad, que pronto no cantaréis, como considerando triunfo sobre prácticas religiosas el hecho político que suponía cercano. A esto agregó decir a Gutiérrez p. 235Acuña, que estaba levemente indispuesto: «Recójase usted y descanse para prepararse a los brillantes trabajos que le esperan». Dicho esto, se despidió, y yéndose a su casa, no bien llegó a ella, cuando firmó una orden para prender a aquellos dos crédulos conjurados, orden que fue fiel e inmediatamente cumplida. Puesto al fin en camino, ya cerca del alba, llegó al Puerto de Santa María con sus caballos, casi a la misma hora en que llegaba al mismo punto el conde con su gente por el lado opuesto. En esto, amanecido ya, las tropas acantonadas en el Puerto habían salido a formarse, como tenían por costumbre, en un sitio apellidado el Palmar,[57] llevándolos allí sus jefes, no sabedores del intento con que se les venían acercando fuerzas un tanto crecidas; pero recelosos de que era en su daño, si bien resueltos a no resistir, a no innovar cosa alguna en su conducta diaria, y a aparecer ignorantes de que la guarnición de Cádiz hubiese hecho algún movimiento.

[57] Palmar llaman en Andalucía a ciertos terrenos incultos que allí abundan, y deben su nombre a estar llenos de palmas enanas que no sé cómo deben llamarse, pues aunque soy en extremo aficionado a árboles, plantas y flores, ni sé de ello lo que sabe no ya un botánico, sino acaso el jardinero u hortelano más tosco y rudo. Este Palmar del Puerto, teatro de la hazaña de O’Donnell y Sarsfield, tiene cierta fama. Cuando en los pueblos de la Andalucía baja, vecinos a la costa, se habla de una persona de mucha edad, y quiere ponderarse su vejez, es común decir de ella que tiene más años que el Palmar del Puerto.

Así los encontraron formados al acercarse por la parte de Cádiz el conde y por la de Jerez Sarsfield. Puesto el general al frente de la formación, hizo salir y presentarse ante él a todos los comandantes[58] primeros y segundos, p. 236a los cuales intimó que se diesen presos, no expresando sino a medias por qué causa.

[58] En el orden y planta dados a aquel ejército expedicionario, constaban los regimientos de un solo batallón cada uno, como sucedía, y aun creo sucede en Inglaterra, y hoy en Portugal. No había, pues, coroneles, aunque lo fuesen personalmente algunos de los que mandaban los regimientos de un solo batallón. El de Canarias, por ejemplo, estaba mandado por don Demetrio O’Daly, brigadier, que fue uno de los presos por el conde. Pero otros tenían a su frente meros comandantes, aunque de primera clase.

Este acto pasó sin la menor alteración de la tranquilidad, viéndole con admiración los oficiales y tropa, unos, y los más, por no adivinar del todo la causa de tan raro y general rigor; otros, y no pocos, por ver convertido en contrario y perseguidor al que miraban como caudillo futuro en la empresa en que tenían parte. Cuentan que recién acabado este acto, encontrándose Sarsfield y el conde, el primero soltó la risa; fea acción, si ya no fue calumnioso aserto el suponerlo, y agravación de otra de no menos fealdad. Si los posteriores, así como los anteriores señalados servicios de Sarsfield pueden, aunque no disculpar, compensar lo vituperable de su conducta en los sucesos de que soy ahora narrador, y si su desdichada muerte, causada por un vil asesinato en medio de una sedición infame, debe hacer cara y aun respetable su memoria, la historia debe ser veraz, y para serlo, inflexible, máxima seguida aun tratándose de los primeros personajes históricos, pues hasta los mayores encomiadores en Augusto no han dejado de vituperar, ni aun pasado en silencio, las horribles proscripciones del triumviro Octavio.

No aparecía risueño ni contento el conde de La Bisbal, sino al revés, como pesaroso y avergonzado de su acción, en el momento mismo de cometerla. Al prender a los comandantes primeros y segundos de los cuerpos que estaban en el Puerto, había envuelto en su rigor a culpados e inocentes, y de entre los últimos a algunos que ni siquiera comprendían la causa por que se veían presos, pues de la conjuración tenían escasa noticia, y juzgaban la corta que tenían por rumor vano. A los no militares, y aun a algunos militares cuya culpa sabía, no quiso molestar siquiera. Se p. 237dejó decir más de una vez que nadie temiese, porque «él era caballero, y a nadie vendería», y cumplió tal palabra, que estaba en contradicción con su modo de portarse tocante a la conjuración y a los conjurados ya presos. De resultas vino a quedar en situación harto amarga, porque, si bien recibió del Gobierno la gran cruz de Carlos III, distinción que entonces tenía más valor que en el día presente, fue a la par separado del mando del ejército y llamado a Madrid, a donde hubo de encaminarse lleno de recelo, pues al cabo, si había deshecho la conjuración por lo pronto, antes la había fomentado a punto de poner como al vuelco de un dado su éxito, y de ser dueño de la suerte de España pasaba a una situación en la cual así podía recibir castigo como recompensa.

Volviendo atrás, y al suceso del 8 de julio, bien será decir que, al saberse en Cádiz lo ocurrido en el Puerto, fue grande la consternación entre los conjurados. De ellos huyeron algunos de los más comprometidos, como por ejemplo Istúriz, y no dejó de hacer otro tanto Moreno de Guerra, que se figuraba ver tras sí a Sarsfield. Pero otros no se movieron, creyéndose en mucho menos peligro. Con razón creía yo que el mío no era muy grave, porque solo había representado hasta entonces en aquellos sucesos segundos papeles, entre otros muchos; pero me constaba que el conde no ignoraba mi parte en la trama, aunque a la par me alentó haber sabido desde luego que a nadie pensaba perseguir, excepto a los ya presos. Ello es que, a pesar de aconsejarme no pocos la fuga, yo ni pensé en ella. Tal era la ceguedad del Gobierno, que nada sabía de mi conducta, ni aun de mi paradero: tal la mía, que, olvidado de toda regla de moral, conservando el título y derechos de mi empleo, pensé en trabajar con más ardor que antes en la obra que en el Palmar del Puerto parecía que había quedado reducida a ruinas.

Y así fue que, cuando una conjuración formidable había p. 238venido a parar en nada, otra compuesta de sus reliquias, como pobre rama de planta poderosa, que trasplantada apenas con esperanza de verla prender, prende, con todo, y crece, y fortifica, una conjuración, de puro arrojada hasta ridícula, vino a derribar el trono de Fernando, sentado pocos años antes en lo que parecía robustísimo cimiento, y aún lo era ciertamente.

Pocos días habían pasado desde el en que fueron presos varios de los conjurados, y ya los escapados del peligro le queríamos correr mayor con acciones que eran delito atroz, y no inferior desatino. Siete u ocho personas de escaso poder, y sin recursos, nos juntamos y formamos el proyecto de hacer una tentativa contra la persona del conde de La Bisbal, en uno de los cortos viajes que solía hacer de uno a otro punto de aquellos en que tenía acantonadas sus tropas, tentativa que bien podía ser asesinato; pero el fanatismo a estos excesos, y aun a mayores si cabe, lleva, y particularmente si se le agrega el deseo de tomar venganza. Por fortuna, locuras tales algo tenían, si no de baladronadas, de visiones, y nuestra mala idea ni a ser proyecto llegó, quedándose en desahogo de vana rabia.

Todo aparecía, pues, por entonces concluido. Así es que hube de pensar en hacer mi viaje al Brasil a servir allí mi empleo, mudando una traición en otra, porque traición era seguir sirviendo al Gobierno al cual había tratado de derribar.

Había, con todo, en mi propósito de irme al Brasil, algo de segunda intención, porque lo natural era, saliendo de Cádiz, pasar a Lisboa, donde casi de seguro encontraría barcos con destino a aquel país, parte entonces de la monarquía portuguesa, y aun residencia de su gobierno, y preferí trasladarme a Gibraltar, donde faltaban medios de hacer el viaje, aunque yo suponía que debía de haberlos. La verdad es que a Gibraltar me llevaba otro motivo. Allí p. 239sabía que había ido Istúriz con otros fugitivos, cortos en número, y casi todos ellos de poco influjo, y allí se decía que estaban Gutiérrez Acuña y Grasses, escapados con poca dificultad de su prisión en Jerez, donde tenían la casa por cárcel. Todo esto era a manera de un núcleo de conjuración renovada. A lo menos, así se lo figuraba el deseo, el cual, no obstante ser vivísimo en mí, no me llevaba, sin embargo, como suele suceder, a ser crédulo en demasía, pero tenía poder bastante para no dejar morir mis esperanzas.

El 22 de julio, día en que cumplía los treinta años de mi edad, y catorce días después de la catástrofe del Palmar, salí de Cádiz. Nadie me había molestado, y ningún peligro corría; otros en igual caso que yo vivían tranquilos, y así fue que tomé el pasaporte correspondiente como secretario de la legación en el Brasil, que iba a servir su empleo. Llegué a Gibraltar al cuarto día de mi partida; con tanta detención se caminaba, y aun todavía por allí con poca más prontitud se camina; siendo entonces forzoso ir a caballo desde la isla de León o San Fernando, cuando hoy hasta Medina Sidonia se va en ruedas por carretera bien construida. En Gibraltar, a mi arribo, encontré lo que parecía desengaño. Istúriz, en quien era común poner grandes esperanzas, como si él tuviese medios iguales a su deseo, los cuales era común suponerle en un grado excesivo, había marchado de Gibraltar a Lisboa, porque la autoridad superior de la fortaleza inglesa veía con poco gusto su estancia allí, recelosa de que tramase algo contra el gobierno español, aliado del de la Gran Bretaña. Pero estaban en la plaza Gutiérrez Acuña y Grasses, ambos y señaladamente el segundo muy amigos míos, y con ellos había algunos más a quienes el miedo o el figurarse con una importancia superior a la que tenían, habían llevado a buscar en la fuga una seguridad que igualmente habrían tenido estándose quietos, y estaba Moreno Guerra, que así p. 240nos servía de embarazo a veces, como de distracción a menudo, con sus singularidades. Todo ello nada prometía, y seguía yo resuelto a embarcarme.

Al llegar a Gibraltar me vi, como era de suponer, con el cónsul de España en aquella plaza. El que a la sazón servía aquel destino era un excelente caballero, que sin duda se portaba bien en el desempeño de su obligación salvo en un punto en que podía más su bondad que su celo o su perspicacia, el cual era el vigilar bien la conducta de los conjurados fugitivos allí congregados. A mí me trataba con cordialidad como a un diplomático que va de viaje. Si mi conducta en Gibraltar hubiese sido cauta, habría él merecido disculpa, pero me portaba yo con una imprudencia que excede los límites de lo creíble. Vivía con mis compañeros de conjuración como si lo fuese suyo de proscripción; con ellos paseaba; con ellos hablaba de los negocios pendientes sin el menor recato. Hasta hube de escribir allí un soneto atroz[59] contra el conde de La Bisbal, composición hija de un frenético espíritu de venganza, y mis amigos imprimieron el soneto en un papelillo, el cual circuló por la ciudad y fue transmitido a España, sin que p. 241locura tanta llamase particularmente la atención a mi persona.

[59] No quiero copiar este soneto, harto conocido. De él tuvo noticia el conde de La Bisbal, y después de restablecida la Constitución, procuró y logró entrar en trato, aunque no frecuente, amistoso conmigo, quejándoseme en una ocasión de que yo le había tratado mal por no conocer los motivos de su conducta. Sabido es que otra vez (en 1823) faltó el conde a la confianza que en él pusieron los constitucionales más ardorosos. Aunque yo entonces en Sevilla, en las Cortes, hablé con violencia suma contra él, hoy, sin disculparle, debo decir de su carácter lo que siento. Si el conde de La Bisbal cometió varios y gravísimos actos de falta a la fe jurada y a la obligación contraída, no tenía el carácter propio de un traidor, no obrando con premeditación ni doblez continuada. Era ligero como pocos hombres. Una hora después de haber pensado una cosa pensaba la contraria. Así obraba con sinceridad en sus mudanzas violentas.

Entretanto, recibíamos de la vecina Cádiz noticias que nos daban a creer que la desbaratada trama cuyos hilos habían sido solo en un punto cortados, estaba anudada de nuevo. Sin duda en ello había ponderación, pues mal podían hacer unos pocos individuos, de ellos ninguno de superior poder o influjo, lo que se había malogrado contando con un ejército, con un general, y con buena parte de lo más granado de la ciudad de Cádiz. Pero pensábamos y sentíamos como piensan y sienten, dominando el sentir al pensar, todos cuantos están empeñados en una obra de grande importancia y además de peligro, a que se agrega estar en destierro, circunstancia muy para tomada en cuenta, porque no hay ilusiones iguales a las de los desterrados. No lo era yo, en verdad, pero en cierto modo había llegado a serlo por mi voluntad, si bien, gracias a la incuria del Gobierno, podía todavía haberme trasladado en paz y sosiego a una situación decorosa y provechosa. Pero apenas pensaba ya en ello, renovado en Gibraltar el espíritu que poco antes me animaba en Cádiz. Lo que más nos ocupaba el ánimo era saber a punto fijo el estado de las cosas, más aún que en Cádiz, en el ejército acantonado en varios puntos de las provincias que hoy son de Cádiz y Sevilla. Al intento convenía enviar allí emisarios; pero estos nos hacían falta, y no era menor la que nos hacía el dinero, alma de toda empresa. Aun contaba yo con algunos recursos, bien que ya escasos, reliquias de un buen pasar heredado de mi padre, pero era poca cosa lo que podía destinar a gastos de la naturaleza de los que se presentaban como indispensables. No estaban más sobrados que yo los otros fugitivos, y Moreno Guerra, que presumía de acaudalado, y que real y verdaderamente tenía un mediano pasar, gustaba más de gastar palabras que dinero, no obstante ser su celo furibundo y haber en él sinceridad, aunque por las contradicciones propias del hombre p. 242su misma pasión se contenía si llegaba el caso de hacer sacrificios. Hicimos, pues, un cortísimo fondo, y solo quedó el discurrir cómo emplearle, esto es, qué emisarios habrían de salir de la plaza para el interior de España a ponernos en comunicación con la que juzgábamos conjuración ya en trabajos. No vino a ser muy dificultoso hallar algunos, pero sí lo era hallarlos buenos. Ya dejo dicho que al saberse la ocurrencia del Palmar, huyeron algunas personas de poca cuenta creyéndose comprometidos. De estas eran casi todas las de oficiales subalternos, de las sociedades fundadas en los regimientos, hombres de limitadas luces y ningún saber, y cuya fuga intempestiva los acreditaba de cautos más que de arrojados. Estos hombres no se hallaban bien en Gibraltar, pues se veían absolutamente faltos de recursos. Propúsoseles que se arrojasen a entrar en España: pusieron primero dificultades, en que unos tres o cuatro persistieron empeñados en irse a América a las tierras fuera del poder de nuestro Gobierno y enemigas, y otros al cabo se allanaron a hacer lo que de ellos se exigía, y socorridos con escasas sumas, penetraron con poca dificultad en España. Pero nosotros mismos conocíamos cuán poco podía esperarse de aquellos pobres individuos, los cuales, dicho sea de paso, y anticipádose a hablar de lo que después pasó, nada absolutamente hicieron más que vivir escondidos hasta la hora en que cinco meses después fue levantada la bandera de la rebelión constitucional para ser por tres años muy largos la dominante en nuestro suelo. Visto, pues, que se necesitaba gente más activa y entendida para, o soplar el medio avivado fuego que ardía en el ejército, o poner en comunicación con los conjurados de España los de Gibraltar, como si estos algo pudiesen ayudar a los primeros, me brindé yo loca y criminalmente a desempeñar comisión tan aventurada, lo cual por un lado me era fácil, pues no estando proscrito ni encausado, era dueño de ir y venir p. 243según mi antojo, hasta con el carácter de empleado, aunque fuerza es confesar que para ir a mi puesto daba extraños y multiplicados rodeos sin adelantar camino. Aceptado por mí el encargo, me preparé a volver a Cádiz, y para ello vi al cónsul pidiéndole me refrendase mi pasaporte a fin de que en otro punto me embarcase con destino a Río de Janeiro, pues de Gibraltar no salía, ni se esperaba saliese, barco para aquella región lejana. El buen cónsul, siempre cortés y cariñoso, así como descuidado, ni siquiera me habló de mi singular proceder durante mi estancia en la plaza inglesa, ni extrañó que me volviese al lugar de que había venido, ni hubo de hablar de mí en sus despachos. Así pude yo seguir con algún grado de seguridad mis maquinaciones, cuando con un mero aviso que habría producido mi prisión, sin duda alguna no habría caído el trono al empuje de la rebelión, o a lo menos no habría caído dentro de breve plazo.

El primer punto donde me dirigí al salir de Gibraltar, fue a Algeciras. Allí nada pude hacer ni saber, por dos razones. Era la primera que los de la sociedad algecireña, tan animados dos años antes, a tal punto se habían amedrentado y dado al desmayo de resultas de lo ocurrido en el Palmar, que, lejos de auxiliarme, ni aun trato privado querían con mi persona, desmintiéndose ya en esta ocasión el afecto fraternal con que los conjurados se miraban. Bien es cierto que yo, petulante entonces, y engreído así como intolerante, no bien noté en ellos señales de tibieza, cuando los traté con muestras hasta de desprecio, de modo que al encontrarme con ellos ni siquiera los saludaba, perdonándome ellos de buena gana una grosería que les venía a cuento por libertarlos de amigo tan peligroso. Pero otra circunstancia me tenía en apartamiento e ignorancia de todo cuanto pasaba; circunstancia que pudo haber frustrado nuestra empresa, pero que, si no la favoreció en cierto modo, no le sirvió de grande obstáculo, dando a p. 244los pasos de los conjurados una dirección por la cual vinimos a alcanzar el triunfo. Al expirar julio habían aparecido en la ciudad de San Fernando varios casos de fiebre amarilla, azote que por aquellos años solía caer sobre Cádiz y otros puntos de Andalucía, si bien no había vuelto a descargar desde 1813. En breve se difundió el mal, primero en un barrio de aquel pueblo, y a poco en todo él, haciendo numerosas víctimas. Acudiose al medio de incomunicar el pueblo infestado, y se multiplicaron las precauciones, disponiéndose cordones sanitarios para mirar por la salud del ejército, tanto cuanto por la de las poblaciones cercanas. Al entrar septiembre no había prendido del todo el mal en la ciudad de Cádiz, por donde siempre había empezado en los años anteriores, pero algunos casos eran poco menos que seguro anuncio de que allí se propagaría. Entre tanto, los cordones impedían el paso de unos a otros puntos, y como no era el correo el conducto por donde podían comunicarse con seguridad los conjurados, Algeciras venía a ser un punto donde apenas se sabía lo que cerca pasaba. Resolví, pues, pasar a Cádiz, y lo hice algo entrado septiembre, yendo en un miserable barquichuelo cargado de carbón, con harta incomodidad, pero, en cambio, con alguna más seguridad, porque no llamaban la atención pasajeros de los que suelen ir en semejantes barcos. Fue corta y feliz la navegación, y antes de veinticuatro horas de hacerme a la mar en Algeciras, estaba ya en Cádiz. A mi llegada me encontré en situación de no poco apuro. Cádiz estaba ya infestada, había salido de allí la guarnición, dejando en la plaza solo un batallón, el de Soria; con el ejército se había ido la verdadera fuerza de la conjuración, si bien de ella quedaba algo en la ciudad, a la cual se había puesto en incomunicación absoluta con el continente vecino, imponiéndose pena de la vida a quien atravesase los cordones; exceso de rigor que en casos tales nunca pasa de amenaza. Me vi, pues, encerrado p. 245y como caído en un pozo, en cuanto a la dificultad de salir, pero no en punto a ahogarme, si bien mi estancia en la ciudad era ya, cuando no un delito, un fuerte motivo de sospechar de mi conducta. Era además claro que el encierro había de durar hasta entrado diciembre, pues la experiencia tenía acreditado que la maléfica enfermedad no paraba en sus estragos hasta los fines del otoño. Estaban, sin embargo, compensados tantos graves inconvenientes con noticias para mi situación y proyectos un tanto lisonjeras. La deshecha trama estaba anudada, y si le faltaba infinito de su fuerza antigua, en cambio había adquirido ventajas nuevas, porque si entraban en la nueva composición materiales al parecer muy inferiores, servían bien a su juego todos los que en ella entraban, y si no teníamos al frente un caudillo poderoso, tampoco nos veíamos en el caso de depender de la voluntad mudable de un personaje poco seguro. De los elementos antiguos quedaban muchos en la obra nueva, aunque todos ellos de los inferiores, o cuando más de los de segundo orden tres meses antes. Por último, había entrado en nuestras filas algún refuerzo, y tal y tan bueno, que contribuyó en gran manera a la terminación feliz del renovado plan, en la ocasión primera malogrado.

Dos personas, entre varias de escaso valer, constituían tan importante refuerzo. De ellas la una al cabo de nada vino a servir, pero sirvió durante mediano tiempo por la clase de concepto de que gozaba. La otra se dio a conocer por la vez primera, mostrando calidades tan singulares, que en obra como la que teníamos a nuestro cargo son de subidísimo precio. Los dos sujetos a que acabo de referirme eran don Domingo Antonio de la Vega, abogado, ya algo entrado en años, y don Juan Álvarez y Mendizábal, harto conocido de la generación presente. El primero estaba en Cádiz; el segundo había salido con el ejército, y andaba de uno en otro acantonamiento fuera de los cordones, p. 246dándole su encargo de contratista de provisiones, medios abundantes y eficaces para trabajar en el logro de nuestro propósito con más facilidad y sin hacerse notable. Cómo alcanzamos el triunfo que tan difícil parecía debe causar admiración y pasmo en quien lo ignore, siendo todo ello cargo gravísimo contra el Gobierno que se dejó derribar por tan flacas fuerzas, y sorprender por una conjuración llevada a efecto con tan poco recato.

III.

Don Domingo Antonio de la Vega, cuya entrada en el gremio de los conjurados he citado más arriba y ha poco, declarándola suceso importante, era un hombre singular, aunque antes y después de los días en que contribuyó más con su nombre que con sus hechos al levantamiento constitucional no fuese conocido sino en reducido recinto; pero allí donde llegaba la fama de su nombre, era esta a tal punto diversa, que a los ojos de uno apareció si no radiante, poco menos, y a los de otros cubierta de negra sombra. Al querer decidir hoy cuál de los dos conceptos en que era tenido merecía, sin temeridad puede afirmarse que ni el uno ni el otro. Estaba pobre, lo cual era, si no completa, a lo menos fuerte prueba de que no había carecido de limpieza en su conducta en punto a dineros, porque de talento para ganarle no carecía, y de gastador no había pecado. Hubo, pues, de consistir su desconcepto en que tenía mala condición, siendo por demás díscolo, maldiciente y descontentadizo, y dado a satisfacer su afición a ofender a las gentes por varias clases de medios. Y en cuanto a quienes tenían formado alto concepto de su merecimiento, se fundaban en su antiguo y conocido apego a la causa apellidada de la libertad, y más digna de p. 247ser llamada de la revolución, y además en su práctica añeja de las conjuraciones, por sospechársele, y no sin razón, que en muchas de ellas había padecido persecuciones y llevado penas, aunque no graves. Verdad era que ninguna conjuración de las varias en que había entrado había pasado de mero proyecto, ni aun llegado a principios de ejecución; pero con todo, a falta del acierto había conseguido ser celebrado por la perseverancia. De la sociedad secreta antigua de que era hija o rama la conjuración existente, era uno de los asociados más antiguos en España, y lo había sido en época en que la hermandad privaba más que entre los liberales de Cádiz, entre los afrancesados. Desde 1816 no había tenido entrada en la sociedad de forma nueva. Siendo él un tanto inquieto, había tratado, como suele decirse, de levantar altar contra altar, y hacia 1818 había formado en Cádiz una sociedad del rito antiguo sin enlace con las modernas. Por un descuido increíble, la casa donde este cuerpo débil y pobre se congregaba fue registrada por los agentes del Gobierno, pero a hora en que no había en ella reunión, hallándose solo en su interior el aparato que sirve para sus símbolos y rito. No tuvo consecuencia el descubrimiento, siendo el suceso en breve olvidado; y Vega continuó, si no del todo ignorante de la conjuración, extraño a ella en la época de sus altas esperanzas y de su terminación funesta por lo pronto, aunque no absoluta. Pero como no careciese de amigos entre los hermanos, comenzó en el vulgo de estos a correr con valimiento la idea de que había sido gravísimo error excluirle de toda participación en tal negocio, pues era posible y aun probable que su experiencia, constancia y resolución hubiesen dado a las cosas mayor impulso, mejor sesgo y más feliz remate que lo que habían venido a producir los últimos tristes sucesos. Este modo de pensar cundió entre muchos de la oficialidad; a la sazón, los principales conjurados, o dicho de otro modo, los únicos, con p. 248rara excepción, que no habían desistido de trabajar en la, aunque malograda, al parecer no enteramente perdida empresa. Los principales enemigos de Vega, decían, eran los personajes de Cádiz que con tanta flojedad y torpeza se habían portado: bueno era, pues, sustituir a gente, si no tímida, tibia, personas cuyo mérito consistía en la audacia. Estaba, pues Vega, afiliado en la sociedad conspiradora, de la cual era ya parte cuando llegué de vuelta de Gibraltar a Cádiz. Había yo tratado al objeto de esta parte de mi narración en Madrid en 1808, y después en Cádiz; nunca en relaciones intimas o frecuentes, pero teniéndole en alguna estima, y si no participaba de la desmedida opinión de su valor como elemento de conjuración que muchos le atribuían, le suponía alguno superior al suyo real y verdadero, sin contar con dos circunstancias, ambas poderosas para influir en mi conducta respecto a él, de las cuales era la una participar yo en algo del enojo general contra los anteriores directores de una obra sin duda fatalmente terminada, y en mi sentir seguida con falta de valor o de tino, y la segunda que un nombre cualquiera, si era para nosotros aumento de fuerza, debía ser aprovechado conservándole o aumentándole la que traía. Sirva todo esto de disculpa de haber hablado aquí tanto de hombre que antes y después figuró tan poco, lo cual le fue común con algunos más de quienes mayor parte tuvieron en el restablecimiento de la Constitución, mal pagados después por sus servicios hasta en punto a fama.

De Mendizábal es inútil hablar en punto a su carácter, harto conocido de los más de la generación presente. No sé cómo tuvo entrada en la sociedad y conjuración, durante mi estancia en Gibraltar, pero supe a mi vuelta a Cádiz que no bien entró cuando empezó a figurar en ella en primer término, por su prodigiosa audacia y actividad y lo vivo y travieso de su imaginación e inventiva; hombre sin par en horas de desorden para traer las cosas a p. 249feliz paradero por singulares caminos, aunque por desgracia propio para desordenar lo ya ordenado, cediendo a un deseo de bullir y de ocuparse y ponerlo todo en movimiento. Se dieron al trabajo suspendido las sociedades de los regimientos. De la junta superior nada quedaba, pero hubo de suplirse su falta de un modo que ignoro. No era ya hora de entretenerse en meros trabajos simbólicos, aunque tampoco quedaron estos descuidados, sirviendo de medios de traer individuos a la conjuración, pero él pensó desde luego en llevar a efecto el alzamiento. Mucho faltaba para ello, y una de las principales faltas era la de un general que le capitanease llevándose consigo la oficialidad no participante de la conjuración, y con ella a la tropa. Se contaba como con el auxilio más poderoso con la repugnancia a embarcarse, general en el ejército, en fuerza de la cual era probable y casi seguro que seguiría dócil y aun con celo a quien le asegurase no haría viaje tan desagradable. Pero no había un general a mano, ni aun a mediana distancia, con intención o con osadía de las necesarias para acometer tal y tanta empresa, pues si es cierto que en Sevilla residía a la sazón el general don Juan O’Donojú, sabedor de lo que se tramaba, hombre de talento e instrucción, de algún crédito, en los pasados tiempos ministro de la Guerra, con no corta fama entre los constitucionales por haber estado preso como sospechado de conspirador, y a quien recomendaba para los de sus ideas la circunstancia de pasar por cosa cierta, aunque no lo fuese, que había padecido tormento; este personaje, cauto, o por su natural o a consecuencia de lo que había padecido, conocía el proyecto, le fomentaba, pero con precaución bastante a libertarse de grave peligro, de modo que lejos de querer ser cabeza de una rebelión, ni parte ostensible quería tener en ella, aun cuando no solo desease sino que por ocultos manejos contribuyese a su triunfo.

En apuro tal, tuvo Mendizábal una idea como suya, de p. 250la cual después me habló repetidas veces. Pues tanta necesidad hay de un general (dijo), ¿por qué no ha de hacerse uno a gusto? Circule entre la tropa que viene uno, sin decir su nombre o dándosele supuesto; háblese mucho de ello ponderando su importancia y la del negocio que se le confía, y yo de pronto me presentaré en los cuarteles con cualquier uniforme y faja, con lo que, gritando quienes están en la trama «Viva el general» seguirán otros, daré yo órdenes, se conmoverá Cádiz, y en un instante queda efectuado el levantamiento. Acaso tal acto de osadía habría salido bien, siendo la disposición de la tropa, como acreditaron los sucesos, seguir a quien la venía a libertar del viaje a América, por lo cual no habría entrado en averiguaciones sobre la persona que venía a mandarla. Pero hubo de parecer loco el proyecto, aun en días de locuras, y se siguió buscando general, si no entre quienes lo eran, entre los inmediatos a serlo. Mandaba en la isla de León un cuerpo, cuyo nombre era el depósito, un don N. Omlin, no me acuerdo si coronel o brigadier, de origen o nacimiento extranjero, con crédito de buen oficial, de opiniones políticas hasta entonces no conocidas, y que, o no había tenido parte en la recién sofocada conjuración, o solo había tenido una muy corta, y a este se brindó no menos que con el cargo de general del ejército si era llevado a cabo bajo su mando el levantamiento, a lo que él se prestó en la apariencia gustoso. Pero entretanto crecían los estragos de la epidemia reinante en San Fernando, y ya iban extendiéndose a Cádiz, de lo cual resultó, como antes va dicho, salir y desparramarse un tanto el ejército por la Andalucía baja, quedar cerrada Cádiz, y suspenderse toda operación, soltándose, si no rompiéndose, los hilos de la ya reparada trama. Por los mismos días, acometido Omlin de la fiebre, murió al cuarto o quinto de haber caído en cama.

Todo esto pasó en días poco anteriores al de mi llegada p. 251a Cádiz. En este, como he dicho, nada vi posible sino hacer en aquella ciudad una estancia como de tres meses. Por no sé qué aprensión juzgué conveniente estar oculto, como si mi presencia allí hubiese de causar sospecha, y aun para mi persona peligro. Uno de los conjurados mis hermanos me ofreció como asilo su casa, y yo la acepté pasando a ser su incómodo y peligroso, y aun algo gravoso huésped. Era el sujeto que me hospedó un joven llamado don José María Montero, de un mediano pasar, propietario de una botica aunque no la servía, teniendo el título muy general en Cádiz de comerciante, de buenas luces, de corta instrucción, de apreciabilísimas calidades en punto a honradez y celo, entrado en la conjuración por la sociedad, aunque a ella poco llevaba, y que a su ardor en favor del proyecto que teníamos entre manos agregaba una amistad ardiente a mi persona, no obstante haber corto tiempo que estábamos en clase alguna de trato. Cupo a este joven tener una gran parte en el restablecimiento de la Constitución, a que también contribuyó con alguna suma no muy corta, atendiendo a no ser cuantioso su caudal, y le cupo asimismo la suerte que suele tocar a ciertos participantes en grandes empresas, que fue vivir muy ignorado después del triunfo, y habiendo venido muy a menos, tener que contentarse con un mediano empleo, que también perdió sin dar para ello motivo, siendo triste ejemplo que debía retraer, pero no retrae siempre, de mezclarse en negocios políticos a personas faltas de las altas dotes o de las malas calidades necesarias para guiar con acierto la nave de la propia fortuna por el mar borrascoso de las revoluciones.

Establecido yo en casa de Montero, nada tenía que hacer allí por algún tiempo sino estar en expectativa. No me presentaba en público, y solo salía de noche, y esto para pasar a casa de una persona de toda mi confianza, con la cual me unían relaciones más estrechas que lícitas. Sin p. 252embargo, el secreto de mi residencia en Cádiz lo era solo para algunas personas, de suerte que acaso habría valido más darme al público como detenido en mi viaje a Río de Janeiro. En mi encierro tuve el disgusto de que hubiese en la casa no menos que cuatro víctimas de la epidemia reinante, pero de sus estragos estaba yo seguro, por haberla pasado ya en un año de los anteriores. Apenas hallaba con qué entretener mi ocio, y así, cediendo a una imprudencia apenas creíble, hube de escribir versillos sobre negocios de Cádiz no políticos, pero que con la política se rozaban, y en los cuales aprovechaba yo la ocasión de decir algo, y aun mucho, contra el Gobierno, sucediendo, como era natural, que tan pobres y ligeras obrillas eran recogidas y copiadas, y circulaban con aprobación muy superior a su valor escasísimo, no sin declararse el nombre del autor y el lugar donde escribía.[60]

[60] Por aquel tiempo vino a Cádiz, comisionado por el Gobierno para estudiar la epidemia, un médico llamado Cavanellas, que dijo e hizo mil extravagancias. Llovieron pullas sobre su persona y yo tomé parte en ellas, pero vituperando, más que al doctor, al Gobierno que le enviaba, y pasando a vituperarle por algo más y de mayor gravedad que la comisión dada al Cavanellas.

Iba corriendo el tiempo; había entrado noviembre; la epidemia estaba extinguida en San Fernando, y apenas existía ya en Cádiz, y se hacía urgente adelantar los trabajos desigualísimos a nuestra empresa, y sin embargo tales que en breve dieron las resultas apetecidas. Risa daría a cualquiera considerar los elementos de que se componía la poco numerosa sociedad que dentro del recinto de Cádiz era lo restante de la conjuración todavía pertinaz en su propósito. Se reducía a dos abogados con pocos pleitos, y con menor nombre que aun el ya citado Vega, y don Sebastián Fernández Vallesa, de quien habré de hablar después con alguna extensión, el joven Montero en cuya casa he dicho que yo vivía, el teniente de navío que p. 253era de la real armada don Olegario de los Cuetos, a quien han visto los que hoy viven por pocos días ministro de Estado, y, por último, mi pobre persona. Teníamos del ejército noticias cortas y confusas, y lo mismo sucedía a los que con él estaban, pero unos y otros sabíamos que trabajaban nuestros amigos o cómplices en los puntos donde residían. Los del ejército contaban mucho con los de Cádiz, figurándose que allí estaban congregadas las mismas personas que antes componían la autoridad superior de la sociedad o de la conjuración, gentes a quienes reputaban de grande influjo, y particularmente de considerable riqueza, de la cual estaban prontos a sacrificar gran parte para el infeliz remate de la grande obra. Hacíase, pues, necesario ponernos en comunicación y no por cartas, y no menos indispensable nos era a los de Cádiz engañar a los de afuera, suponiéndonos con un poder de que carecíamos para darles aliento con la seguridad de que tenían un auxiliar poderoso. Mal medio, puede decirse, y para no buen fin, pero estas son confesiones y no apología. Me tocaba ser el conducto de comunicaciones tales, pues no para otra cosa me había venido de Gibraltar, y a mi fanatismo complacía, a punto de ensoberbecerme, el peligro que iba a correr, el cual no fue grande, pero podía haberlo sido, si no estuviesen dormidos el Gobierno de España y todos sus agentes.

Salí de Cádiz, pasé a San Fernando, y atrevesé el cordón, no obstante la pena capital impuesta a quien así hiciese, y no fue necesario para ello más que unos pocos reales dados al sargento de la guardia, que vio en mí un trajinante. Verdad es que un mes antes habría habido para ello bastante dificultad; pero la epidemia estaba concluida en San Fernando y concluyendo en la algo más lejana Cádiz, y con la falta de peligro de que se propagase, yendo a entrar el invierno, el cordón era mirado como una cosa impertinente. p. 254El primer lugar a que me encaminé fue la villa de Alcalá de los Gazules. Allí estaban algunos, bien que pocos, de los comandantes y oficiales presos en el Palmar, siendo de ellos el más notable don Antonio Quiroga, que tenía el grado de coronel. Este oficial en la noche anterior al suceso del 8 de julio, al recibir en el Puerto mi aviso, había opinado por hacer resistencia al conde. En el batallón titulado de Cataluña que mandaba era muy querido, y tal le tenía en punto a disposiciones relativas al alzamiento, que receloso de él el Gobierno, hubo de hacerle embarcar hacia fines de julio y de enviarle a la isla de Cuba. Estas circunstancias habían dado al preso coronel cierto grado de concepto, y si se le suponía ambicioso, cabalmente eran ambiciosos los que nos hacían falta. Pasé, pues, a verme con Quiroga, lo cual en otro tiempo y lugar habría sido peligroso y también difícil, porque estaba preso, y por no menos causa que una tentativa de rebelión, lo cual traía consigo un encierro con incomunicación rigurosa. Pero tales estaban las cosas, que los presos por aquella causa, incomunicados de derecho, lo pasaban de hecho no solo en comunicación, sino en libertad. Quiroga se paseaba por las calles de Alcalá de los Gazules a la luz del día, concurría a un juego de billar, jugaba, y con frecuencia solía asomarse a la puerta de la casa de juego, y con el taco en la mano veía pasar la guardia destinada a tener segura su persona y saludaba al oficial que llevaba orden de no consentir que saliese ni hablase a criatura alguna. Me contaron que un oficial,[61] no de la sociedad ni de la conjuración, un día había reclamado contra tal escándalo, y blasonado de que el día en que a él tocase la guardia de p. 255los presos, cumpliría con su obligación, haciendo a los demás sujetarse al imperio de la ley; pero pareció tan mal el anuncio de esta determinación, que cayendo sobre él todos sus compañeros, aunque no de hecho de palabra, le obligaron a retractarse de su propósito, de suerte que hubo de faltar a su deber lo mismo que los otros.

[61] A este oficial dejaron atrás en Alcalá sus compañeros al ponerse en movimiento ya levantados, creyéndole su contrario. Pero él, cuando se vio solo, se vino tras de su batallón, se presentó en San Fernando, se mostró quejoso de que no hubiesen contado con él, y siguió muy celoso en la causa constitucional.

Yo, en Alcalá, tuve por habitación la prisión de mis cómplices, y dormí en el cuarto mismo de Quiroga, llevando allí adelante la conjuración ajeno de temor porque estaba en seguridad completa. En la misma villa recibí a un oficial en el gremio de la sociedad, con pocas formalidades, pero con algunas, siendo la sala de recepción una cueva pequeña en el cerro en que está edificada aquella población, y mi asiento un canto a medio pulir de mediano tamaño. Al mismo tiempo me presenté confiado, soberbio y aun misterioso para dar a entender que algo importante callaba, porque no convenía divulgarlo; mentí afirmando que trabajaba con nosotros en Cádiz gente de la mayor importancia en aquella población: conociendo cuán necesaria era tal mentira; notando el alto concepto en que era tenido Vega, por suponerle dueño de grandes dotes y secretos para llevar a feliz término las conjuraciones, abundé en el mismo sentido, y en suma, hallando en aquella gente, o dígase en la oficialidad allí residente, materia dispuesta para el logro de mis fines, fomenté su disposición hasta darles con una buena dosis de esperanza otra no menor de aliento. Pero saqué una ventaja más de mi corta estancia de dos días en aquel pueblo, que fue la de tener un general para la empresa, aunque nos hubiese de costar a mí y a mis socios el trabajo de darle tal dignidad, que aún no tenía. Desde las primeras palabras que hablé con Quiroga, descubrí en él deseo de ponerse al frente del levantamiento para llevarle a cabo, y deseo tal no era común, sino todo lo contrario, pues los más resueltos y firmes se mostraban prontos a seguir y no a acaudillar, influyendo p. 256en ellos una aprensión que no era miedo ciertamente, pero la cual los inutilizaba para llenar un lugar que era imposible dejar vacío. En suma, ningún general quería serlo del levantamiento, y ningún oficial, por muy determinado que estuviese a aventurar la vida y honra en la empresa, quería comenzar por el acto de usurpar un cargo alto de la milicia; y pues Quiroga quería, lo cual no era digno de vituperio, concediendo mirar nuestro proyecto como bueno y aun como noble, a Quiroga convenía y hasta era preciso dar el mando. Esto decidí en mi interior, y al salir de Alcalá me propuse dar pasos para ello, casi con seguridad de lograr mi intento, como le logré sin mucho trabajo.

Lo que tenía que hacer en Alcalá estaba concluido. Allí solo había visto un batallón o regimiento, y por consiguiente solo una sociedad, siendo lo que le daba importancia estar en aquel pueblo algunos de los en el nombre presos, pero lo principal de mi encargo era ponerme en comunicación con todas las sociedades del ejército, y a estas unas con otras, más que lo estaban, hasta ligarlas con fuerte lazo, dar al todo un recio impulso y tenerle preparado a recibir otro mayor y definitivo en la ya no lejana hora del alzamiento. Salido de Alcalá, pensé, pero no sin vacilar, en trasladarme a Arcos de la Frontera, donde estaba el cuartel general; lugar el más propio para trabajar con fruto, pero asimismo de no corto peligro, pues aun yendo, como iba, disfrazado, era fácil que de alguien fuese conocido, de lo cual podía seguirse mi prisión, y con ella nuevo y más completo malogramiento de nuestra empresa. Mientras, revolviendo yo en la mente estas varias consideraciones, caminaba al paso de mi mal caballo de alquiler, acompañado de un oficial, mi amigo y cómplice, y cuando, habiendo bajado de una serrezuela, atravesábamos un llano, por el cual corre el río Majaceite, al que dio fama no ha mucho un suceso de la guerra civil, p. 257y al tiempo en que poníamos la vista en Arcos, que asentada en un cerro vecino se presenta allí al viajero, divisamos una persona a caballo, viéndose ser la de un oficial seguido de su asistente, y como fuésemos acercándonos, descubrimos, él en mí y yo en él, las personas de dos amigos, agregándose a ello que él venía, si no en mi busca, poco menos. Era el con quien tropecé don N. Bustillos, oficial de artillería, sujeto digno de aprecio por mil títulos, aunque culpado del muy común delito de participante en la proyectada rebelión, y uno de los más activos entre los conjurados, sobre las cuales circunstancias tenía la de haber contraído conmigo amistad estrecha, aunque no antigua. El objeto de Bustillos era impedir que yo fuese a Arcos, acto que, según él sabía, lo sería de imprudencia temeraria. Convencido de lo que me decía Bustillos, pues ya me lo recelaba, determiné pasar a Bornos, y para ello hice noche en el camino en la casa de una viña, en despoblado, no causando extrañeza, porque con motivo de estar acantonado el ejército por aquella vecindad, transitaba por allí alguna gente. No me acuerdo por qué motivo mudé otra vez de propósito, resolviendo ir más allá, a un pueblo cuyo nombre es Villamartín, de corta nota aunque de alguna celebridad en los contornos por sus ferias. Allí había un batallón con su sociedad correspondiente, y esta de las más numerosas y celosas; allí, por supuesto, encontré amigo; allí me detuve, y desde aquel punto envié mi convocatoria a las sociedades vecinas, convocatoria que encabecé poniendo por título las más altas dignidades de la sociedad, de que estaba revestido. La convocatoria solo mandaba enviar diputados al lugar de mi residencia, y fue obedecida, acudiendo bastantes. El punto principal fue el nombramiento del general que había de ser, y yo por bajo de cuerda hice presentar como candidato a Quiroga, proposición que admiró a todos y pareció mal a no pocos, pero que, recomendada por mí cuando era consultado, en p. 258breve empezó a correr con favor, porque al cabo no se presentaba quien a mi candidato hiciese competencia. Convenidos en varios otros particulares de importancia, se retiraron a sus respectivos lugares de residencia los diputados, y yo me puse en camino de vuelta a Cádiz. Entrar en los pueblos me parecía que encerraba peligro sin tener ya objeto, y así busqué hospedaje en los campos. Al atravesar en mi viaje de vuelta la llanura regada por Majaceite, e ir a subir por la vecina serrezuela, comenzaba a cerrar la noche, que era la del 29 de noviembre, y no obstante nada tenía de oscura ni de fría. Pero aun así, necesario era encontrar cama y sustento, y al efecto se me presentaba delante un convento titulado del Valle, en tiempos no muy distantes algo celebrado por su hospedería. Aunque no era un convento lugar propio de residencia para un viajero de mis circunstancias, allí me dirigí, seguro de no correr peligro al hacerlo, y también de encontrar mediana comodidad, si ya no regalo. Pero al llamar a sus puertas y pedir asilo, logré entrar, no sin mostrar poca voluntad de acogerme, y me encontré con la mansión más desabrida que puede figurarse el hombre menos descontentadizo. De ello hago mención por ser esto retrato de los tiempos, o prueba de la mudanza ocurrida en España durante la guerra de la Independencia, y de lo imperfecto de la restauración que la siguió, a pesar de la intención de Fernando VII de reponer las cosas en el pie en que estaban en los días de su subida al trono. Aquel convento donde había habido algo de regalo, aunque tal vez grosero, estaba reducido a un grado de miseria apenas creíble. Le habitaban tres o cuatro frailes cuya estupidez ni por la de los rústicos del campo vecino podía ser excedida; tan ignorantes de todo cuanto cerca de ellos pasaba que no podía yo ser sospechado, porque carecían de toda idea en qué fundar sospecha. Pasada allí una noche, que en lo incómoda no había tenido igual, ni la he tenido después en el largo discurso p. 259de mi trabajada vida, al día siguiente, y aun temprano, llegué a Alcalá de los Gazules. Allí me recibió con gusto Quiroga; me detuve a comer, di a conocer a mi huésped que era probable fuese elegido general, con lo cual le dejé satisfecho, y proseguí mi viaje a Medina Sidonia, donde contaba pasar la noche. Era aquella ciudad la cuna de mi madre, y tenía yo en ella por parientes más o menos lejanos todas las personas principales que encierra: el alcalde, además, hombre instruido y aficionado a la literatura, era de nuestra sociedad y conjuración, y a esto se agregaba estar residiendo allí mi hijo único en compañía de una tía mía ya anciana, que había sido y siguió siendo largo tiempo para mí y para él segunda madre; pero esto no obstante, y a pesar también de que toda la gente granada de aquella ciudad era constitucional en sus ideas y deseos, la prudencia me dictaba no verlos ni aun darles noticia de que tan próximo a ellos estaba. Como mi llegada fue ya bien entrada una de las largas noches de aquella estación, hallé fuera de la población esperándome, por aviso que de ir yo allí tenían, varios oficiales del regimiento de la Corona. A ninguno de ellos conocía, y por lo mismo hube de ser tenido en más como personaje a quien daba alto valor su comisión misteriosa. Pasé allí la noche más dado a trabajos concernientes a nuestra empresa que al sueño, y después de uno breve monté a caballo antes de amanecer y me encaminé a San Fernando. Pero al llegar me esperaba una dificultad de mí no prevista, pues creía yo que el cordón sanitario por mí atravesado tan fácilmente cuando podía llevar conmigo un germen de enfermedad a países sanos no me opondría el menor tropiezo al querer penetrar de uno sano en otro en que solo mi persona podía correr peligro. Me engañaba, con todo, y así me lo dio a entender el hombre, mi compañero, que me había alquilado el caballo que montaba, ducho en aquellas cosas por ser su ocupación constante ir al cordón desde los lugares vecinos. p. 260«Mayor riguridad», me dijo, «hay para dejar entrar que para dejar salir, y hoy como nunca, porque manda la guardia un sargento muy malo que tiene dicho a los soldados que cuidado como dejan pasar a naide, que para eso les da el rey su paga». Poco menos que acorde con mi acompañante quedé yo en punto a calificar de malo al sargento que tan bien cumplía con su obligación, porque me ponía en situación harto penosa. Por fortuna, me ocurrió una idea, fruto de mi lectura, lo cual, dicho sea de paso, prueba que el leer para mucho sirve, aunque abunden quienes lo crean cosa de poca utilidad verdadera en los casos comunes de la vida. Tenía, pues, yo noticia de que habiendo sido preso un fraile, en el reinado de Felipe V, por fundada sospecha de ser autor de unos papelillos satíricos que de cuando en cuando aparecían en palacio con el título de El Duende (obrilla de fama en su tiempo, aunque de cortísimo mérito), como estuviese su prisión harto mal guardada, se acercó un día a la puerta con intento de escaparse, y, no encontrando para ello más obstáculo que el de la centinela que estaba paseándose, acechó el momento en que esta le volvía la espalda, salió, casi se cosió a ella, yéndole detrás, y cuando el soldado dio la vuelta y tomó la contraria en su paseo, él sin correr ni dar sospecha siguió en dirección opuesta como un fraile cualquiera que andaba por la calle. Había yo tenido por cuento esta relación; pero en mi apuro recurrí a hacer una cosa si no del todo igual, muy parecida, la cual me salió a medida de mi deseo. Estaba el puesto del cordón en la batería llamada del Portazgo, célebre límite que desde 1810 hasta 1812 había separado del gigante imperio francés a la entonces reducida España independiente. Tiene aquella batería, como todas, un glacis y lo llamado camino cubierto. Despedí yo desde afuera al caballo con el hombre cuyo era, y con mi maletilla, encargándole la entregase en Medina Sidonia, y me quedé sin señal alguna de caminante. p. 261Esperé a un momento en que el soldado que estaba de centinela se quedase solo, lo cual sucedió, si bien era de temer que no, pues convidaba a estar al sol la mañana, o dígase el medio día de uno de los bellos de principios de diciembre. Seguí medio agachado, y cuando vi a la centinela volverme la espalda, me dejé caer del glacis al camino cubierto; pero, en vez de retirarme, volví la cara al lugar de donde venía, y cruzados los brazos me eché de bruces sobre el borde del glasis mirando a adelante. Al volver el soldado me vio, y creyendo que había venido de adentro, y que en contravención a las órdenes me ponía en lugar donde era prohibido estar, me dio el grito común entre los militares de «Atrás, paisano». Como su atrás para mí quería decir adelante, obedecí gustoso, y me encaminé a la vecina ciudad de San Fernando, sin que en mí reparase el terrible sargento. Una vez dentro de la población tenía en ella amigos, y de los que más podían valerme, porque la conjuración, previsora, se había asegurado de muchos empleados en el ramo de Correos, y el administrador de esta dependencia del Estado en San Fernando, o digamos la isla de León, era todo nuestro y muy celoso. De este modo, esperando a la noche, llegada que fue esta, vino la correspondencia de Madrid, que debía pasar a Cádiz, y en el carrillo que la llevaba, abriéndose para darle paso la Puerta de Tierra, entró en la ciudad de Cádiz bajo el amparo del Gobierno el que estaba trabajando en derribarle.

Volví a Cádiz y a mi antiguo hospedaje, a descansar algunos días mientras crecía fuera el incendio, no obra mía, pero por mí poderosamente avivado y soplado. Di cuenta de lo ocurrido a mis poco numerosos cómplices, que nada podían hacer por lo pronto más que esperar y buscar dinero para los primeros gastos del alzamiento, género entre nosotros escaso, y que teníamos pocos medios de sacar a quienes podían disponer de sumas de mediana cuantía.

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En todo cuanto acaba aquí de referirse apenas va hecha mención de Mendizábal, de quien algo atrás se ha asegurado haber sido de los principales entre los agentes y fautores del levantamiento. La razón de omisión tan notable es que sus trabajos, si iban a la par con los nuestros y los míos, eran llevados adelante en otros lugares. En verdad, el estado presente de la conjuración en el ejército era poco menos que obra suya, pues de un cuerpo casi muerto había hecho uno vivo, robusto ya, y muy alentado; confirmando en su propósito a los fuertes, acalorando a los tibios, restituyendo los bríos a los desmayados, activando los trabajos de las sociedades, y estrechando las relaciones que a unas con otras unían; cosas para las cuales le hacían propio sus calidades naturales, y la situación en que se hallaba. En mi viaje al ejército no pude yo verme con él, oponiéndose a ello más de un obstáculo; pero si de nuestras visitas habrían resultado ventajas a la común empresa, no habrían dejado de nacer de ellas algunos y no leves inconvenientes. Mendizábal era dado a bullir más de lo necesario; con sus singularidades conducentes al logro de sus fines mezclaba rarezas inútiles, y era por demás indócil y aun dominante, y yo, entre otras faltas, tenía la que aun en cierto grado conservo de mal sufrido. Es por lo mismo probable que nos hubiésemos desavenido en cuanto al uso de muchos medios de los encaminados a alcanzar los fines en que estábamos acordes. Por otra parte, habría disminuido la importancia con que yo me presentaba, y la cual contribuía eficazmente a llevar adelante con más aliento el proyecto que teníamos entre manos, hallarme al lado con hombre a quien no podía engañar respecto a los recursos de que era yo dueño, recursos no solo pecuniarios, sino de otras varias clases. Bien estuvo, pues, que no nos viésemos entonces, como lo vino a estar que nos viésemos luego.

La cuestión de dinero era, como poco ha aquí he dicho, p. 263una de las que más nos daba que pensar, e iba haciéndose apremiante. Yo solo cortísimos picos podía dar; Montero, cuyo capital era escaso, dio veinte mil reales y un poco más, y Cuetos, simple oficial de marina en grado subalterno, pero que tenía alguno, bien que reducido crédito personal, usó de todo el suyo para tomar prestado hasta mil pesos fuertes. A personas pudientes de Cádiz no había que pensar en dirigirnos. En tanto, supimos que había vuelto a la ciudad Istúriz, persuadido con razones que parecían convincentes de que nada tenía que temer de la causa pendiente hecha a los militares, y solo a estos, después de la ocurrencia del 8 de julio. Sabedores de su llegada, pensamos en acudir a él conociendo su generosidad y suponiéndole riquezas que no poseía, así como no ignorantes de que el malogrado proyecto anterior le había sido harto costoso. Aunque, como antes aquí he dicho, no era todavía nuestra amistad estrecha, teníamos algún trato, y para él valía más que las de los otros asociados mi persona. Fui por esto yo diputado a verle y pedirle. La visita tenía que ser de día, y aunque yo solo de noche pisaba la calle, me arrojé a ella en la mañana del 25 de diciembre. Vivía Istúriz en el lugar de más concurrencia que hay en Cádiz (en la plaza de San Antonio), y el día festivo era de los en que más están fuera de su casa las gentes, lo cual hacía en la apariencia peligrosa para mí mi salida, aunque en verdad en el general descuido era el peligro que yo corría, si acaso alguno, muy corto. Me embocé en mi capa, me calé un gorro, me puse unos anteojos, y así mal encubierto llegué a la casa a que iba; pregunté por el amo, di mi nombre para ser recibido, y lo fui al instante con muestras de consideración y afecto. Pero al buen juicio de Istúriz, al cual se agregaba el escarmiento, pareció nuestro plan descabellado, porque no sin razón tenía en poco a los que en él entrábamos, menos a mí (según me dijo y probó en cierto modo), y no creía posible hiciésemos sin fuerza de clase p. 264alguna lo que no se había podido teniendo mucha, ni que se atreviesen a un acto de loco arrojo los que no habían sabido hacer una resistencia con visos de terminar en una victoria. Noté yo que en él influía el desabrimiento hijo del desengaño, y así se lo manifesté, a lo que dio por respuesta que yo estaba llevado por una imaginación acalorada con exceso, en razón de los mismos sacrificios que había hecho y estaba haciendo a una causa desesperada. Terminó nuestra disputa en decirme que por consideración personal a mí, me entregaría al momento mil duros, aunque los consideraba perdidos. Acepté la oferta, pero había una dificultad. No tenía Istúriz en casa oro, y no era día de buscarle, ni tampoco nuestro negocio consentía espera, no siendo por otra parte conveniente que me presentase yo en público, sobre todo en momentos que iban siendo muy críticos, pues no podía tardar arriba de muy pocos días el rompimiento. En caso tal, temerariamente cargué yo con el peso de más de dos arrobas y media que tiene una talega, y metiéndome esta debajo de mi capa salí de vuelta a mi asilo. A los pocos pasos conocí el desatino que había hecho. Siempre he sido de poquísimas fuerzas, y aun las muy grandes apenas bastan para llevar a pulso tanto peso, y así es que sentí írseme escurriendo el que llevaba, y faltarme poder para contenerle, viéndome además obligado a atender al embozo. En un momento me asaltaron consideraciones tristísimas y harto fundadas. Ver rodar por el suelo una suma crecida de dinero, saliendo de debajo de la capa de un hombre embozado, en un día de los más festivos, y en que no se hacen pagos, por fuerza habría de inducir a quienes tal cosa viesen a fortísimas sospechas de ser un ladrón el sujeto al cual pasaba tan raro lance. Habrían acudido mirones, y entre ellos gente dispuesta a recoger una u otra moneda de las caídas y desparramadas, y de resultas de ello era inevitable mi prisión hasta averiguar quién era yo, y por qué andaba con aquel dinero oculto. p. 265Pero si, hecha la averiguación, quedaba (solo por ser conocido mi carácter y no haber quien se quejase de haber sido robado) indemne yo de la nota y sospecha de ladrón, entraba otra cuestión no menos grave. ¿Qué hacía yo en Cádiz? ¿Por qué estaba escondido? ¿A qué llevaba tan crecida suma en día de Navidad y con tal recato, en vez de fiarla a un mozo de cordel? Y, agregando a esto las voces que corrían sobre haber conjuración, y si no pruebas legales, casi general convencimiento de haber yo tenido parte en la formada primero y luego desbaratada a medias por el conde de La Bisbal, ¿no se seguiría de mi prisión gravísimo peligro, más todavía al proyecto de levantamiento que a mi persona? Todo esto en menos tiempo que el en que lo escribo se me vino de tropel a la mente, aumentando con la congoja moral la corporal que me producía el peso que me iba rindiendo. Pero un grande apuro da fuerzas, y de ello tuve yo y di entonces una prueba, pues entrándome por una calle corta y poco transitada, me arrimé a una pared, sostuve mi embozo con los dientes, aproveché un punto algo saliente en el a modo de zócalo de una casa para en él apoyarme, respiré con fuerza, cobré con esto bríos, y capaz ya de andar por breve espacio sin soltar mi carga, apreté el paso aprovechando la feliz circunstancia de estar poco distante de la de Istúriz la casa que era mi residencia. Llegué por fin a ella, atravesé la puerta de la calle, en Cádiz por lo común abierta, llegué al segundo portón cerrado, así el cordón de la campanilla, la toqué con violencia, y hecho ya el último esfuerzo, vino la postración y hube de caer, si bien no enteramente de golpe, boca abajo, quedando cubierta con mi cuerpo la talega. Al recio campanillazo acudieron los de la casa, no sin susto, pues sabían estaba yo fuera, y las circunstancias eran para estar con recelo y temor por mí y por nosotros todos. Abierta la puerta, grité yo desde abajo con voz lastimera y como enfermiza, y corriendo mis amigos a darme favor p. 266aunque ignorando cuál era mi pena, al principio se quedaron admirados, y luego soltaron la risa, distinguiéndose entre ellos el viejo Vega, que se desternillaba. Cuenta de Napoleón el obispo de Pradt que le dijo repetidas veces, en una conversación en Varsovia, que lo sublime y lo ridículo distan un paso no más, copiando con alguna mudanza el Emperador lo que había dicho Voltaire de el amor y la devoción,[62] y prueba es de ello el lance que acabo de referir.

[62]

Car de l’amour à la dévotion
il n’y a qu’un pas.

De la cual dice nuestro Arriaza en su linda sátira de la tragedia Los Venecianos,

Sin duda se diría por tal caso
Que amor y devoción distan un paso.

No porque califique yo de sublime ni mi acción ni la empresa en que estaba empeñado, pues sería hasta profanación de la voz sublime aplicarla a tales objetos, pero al cabo grande era y grandísima vino a ser por sus resultas la importancia de un suceso tan de burlas, por lo cual no quiero omitir su relato donde aparece un testimonio más de cuán común es depender cosas graves de sucesos por demás pequeños.

Mientras esto pasaba, nuestras relaciones con el ejército iban siendo más frecuentes. Pero se había hecho necesario no dejar enfriar el calor producido por mi visita. No pareció conveniente que yo la repitiese, y fue en mi lugar Fernández Vallesa. Este sujeto, digno de aprecio por más de un título, pero poco o nada conocido, apareció con importancia superior a la que tenía, y desempeñó su encargo con sumo acierto, mezclando el valor con la prudencia. Era, en verdad, Vallesa persona de muy buenas prendas, aunque sin calidad alguna superior, no muy instruido, pero tampoco ignorante, a lo cual acompañaba un juicio claro, una gran serenidad de ánimo, y no común honradez; sujeto muy deslucido en persona y modos, defecto p. 267que a primera vista oscurecía sus dotes, las cuales se descubrían después de algún trato, y hombre a quien tocó hacer mucho en la conjuración y figurar poco después del triunfo, pero que, al cabo de su carrera, querido y también estimado, vino a ocupar un puesto alto y no de los superiores, colocándose así en el lugar correspodiente a su mérito, lugar que era de los elevados entre los de segunda clase.[63]

[63] Murió siendo magistrado del Tribunal Supremo de Guerra y Marina.

Vallesa, una vez en el ejército, lo cual logró hacer con poca dificultad, porque de día en día iba allanándose más el paso por los cordones, anunció estar hecha la elección de general en el coronel Quiroga, el cual, sin embargo, seguía preso, si tal calificación podía darse a la situación en que estaba. Poco al parecer tenía que hacer este nuestro nuevo comisionado, pero con todo hizo mucho, porque la conjuración, como todas comúnmente comparadas al fuego, necesitaba como el fuego continuos soplos para mantenerse viva.

Había en medio de esto llegado el 26 de diciembre. No estaba señalado el día en que había de tener efecto el rompimiento, pero no podía ya perderse tiempo, y era necesario poner en obra lo propuesto y dentro de plazo muy breve. Estando así las cosas, se me presentó un sujeto de mí desconocido, que me traía, de parte de Mendizábal, un encargo, diciéndome que sin demora pasase a verle en Jerez, para lo cual me traía el mensajero medio fácil y seguro de atravesar el cordón. Cauto yo, como convenía a las circunstancias, con arte procuré averiguar si el mensajero era nuestro aliado o cómplice, y pronto hube de conocer que no lo era, sino que, al contrario, ignoraba qué clase de negocio tenía yo en trato con nuestro común amigo, y creía que era sobre cosa de compra y venta, todo ello relativo al ramo de provisiones. Acomodé al saber esto p. 268mi lenguaje a lo que de mí debía pensar el que iba a ser en mi nuevo corto viaje mi compañero. En medio del día tuve que salir por medio de Cádiz, donde era tan conocido, embozado y tapándome, pero de manera que no diese tampoco sospechas por mi empeño en encubrirme a la persona que iba conmigo. No pude conseguir esto último, pues como él me dijo después, receló que yo tenía alguna causa por la cual me recataba con exceso. El hombre, sin embargo, no era de temer, porque a la política atendía poco, y si algo, era allá constitucional a su modo, como buen gaditano. Así es que nos embarcamos sin tropiezo para el Puerto, de la cual población salimos sin perder tiempo para Jerez, donde nos encontramos Mendizábal y yo, siendo de notar que no le había yo visto desde que había entrado en nuestra sociedad y nuestro proyecto.

Ya en aquella hora, una conjuración sin verdadera cabeza, sin recursos, o poco menos, tenía una fuerza formidable. Con todo eso, aún podría el Gobierno haberla atajado, como pudo fácilmente después del levantamiento haberla sujetado; pero dio con su conducta sobrado motivo para que los más amantes de las doctrinas que profesaba y de las cuales era defensor, se viesen forzados a darlo, aunque de mala gana, y por otras causas, la calificación de malo que le daban sus enemigos y se le da en esta narración prolija. Sirva de disculpa de esta prolijidad que ella misma, en sus menudencias, manifiesta con lo flaco de los medios empleados para derribar aquel poder, hasta qué punto había en él venido a menos la fuerza que tenía en 1814.

p. 269IV.

Al llegar a Jerez y verme con Mendizábal, encontré a este lleno de su importancia, y no sin razón, ufano del éxito de sus trabajos, tan feliz, según nuestro deseo, que era ya fácil y llano, a punto de contarlo como seguro lo que tres meses antes habría parecido un delirio. Por desgracia, o diciéndolo con propiedad, para mortificación de nuestra impaciencia, teníamos al principio un testigo de nuestra conversación en mi acompañante, quien, al vernos hablar de negocios de compra y venta, con ingenuidad manifestó que había recelado otra cosa de mí, porque a la salida de Cádiz tenía para él trazas de persona muy sospechosa, y tal vez implicada en un suceso político de aquellos días al cual aludió,[64] pero sin darnos susto, porque no era el de harta más gravedad que teníamos entre manos.

[64] Por aquellos días fue comunicada una Real orden supuesta, mandando poner en pie y entrar en servicio activo las milicias provinciales. De dónde salió, y cuál fin llevaba tal fraude, no creo que se haya sabido, pues de los conjurados no fue ni podía ser, porque en las milicias más contrarios teníamos que amigos. Lo cierto es que el Gobierno se indignó, y en la Gaceta expresó su indignación en nuevas y verdaderas Reales órdenes, mandando averiguar el origen de un hecho en que veía un peligro. De esto se habló mucho; no entre nosotros, atentos a mayor cuidado. Mi acompañante, más enterado de ello que de nuestro negocio, me dijo, pues, que al figurarse que yo me tapaba mucho, receló si sería de los implicados en la causa mandada formar sobre el asunto de las milicias provinciales.

Un negocio o solo un deseo de distracción llevó a este que nos era importuno, y dejándonos a solas uno con otro a los dos agentes de conjuración, supe de Mendizábal que me llamaba para que juntos pasásemos a las Cabezas de San p. 270Juan, donde habían de darse sus disposiciones finales para el levantamiento casi inmediato, porque allí estaba uno de los que en él habían de hacerlo principal, nombrándome a la tal persona, hasta allí de mí no conocida. Era esta la del primer comandante del batallón de Asturias, don Rafael del Riego, de allí a poco de tan alto renombre, por algunos años después de controvertida fama, al cabo de suerte por extremo lastimosa. Del carácter del tal personaje deben dar el mejor testimonio sus hechos, pero estos son conocidos imperfectamente, habiéndolos abultado, sacado de quicio, y desfigurado en contrarios sentidos pasiones furiosas o locas, unas de amor y otras de odio. Un motivo poderoso me sirve de impedimento para hacer su retrato, y es que lo trágico de su fin y el extremo de barbarie con que fue tratado por sus enemigos vencedores deben hacer en alto grado respetable su memoria, mientras por el lado opuesto la verdad histórica, que no admite falsedades, ni aun abona el silencio cuando es justa y necesaria la censura, exigiría, al hacer mención de sus buenas prendas, señalar igualmente las faltas enormes que las compensaban y deslustraban, y que tan fatales fueron a la patria, causa y persona del que sobre todo era desigual por demás al puesto a que por breve plazo le encumbró la fortuna. Riego tenía parte en la conjuración medio sofocada en el Palmar, siendo de la sociedad secreta, pero tenía en ella tan pobre papel, que solo era conocido de sus amigos. Tuvo la mala suerte de haber ido en el séquito militar del conde de La Bisbal en la noche del 7 al 8 de julio, desde Cádiz al Puerto, a ejecutar la prisión de los comandantes, pero, lleno del celo de la causa común, y conociendo la intención del general desde el momento en que se puso en marcha, había tratado en el camino de dar aviso a sus cómplices y de excitar a la resistencia. O por no ser sabido tal proceder, o por otra causa ignorada, lejos de participar de la desgracia de los que cayeron presos en aquel lance, había p. 271sucedido a dos de ellos (los hermanos San Miguel) en el mando del batallón de Asturias; pero lo ignorado o desatendido por unos, era recordado y aprobado por otros, de lo cual había nacido contarse mucho con Riego entre los continuadores de la poco antes malograda empresa. Yo ni de vista le conocía; pero Mendizábal me hizo de él grandes elogios, porque en la trama renovada y reforzada en el ejército había tenido y tenía muy principal parte. Esto supe en Jerez, y esto oí de nuevo en el camino que emprendimos Mendizábal y yo, sin compañeros, en la noche del 26 al 27 de diciembre. Habiendo llegado al amanecer a las Cabezas, villa pequeña, villa cuya existencia y nombre sabían pocos, excepto en los lugares comarcanos, pero de extendida fama después, y que será recordada siempre, ya para bien, ya para mal, en la historia de España, entramos en el pueblo, fuimos al alojamiento de Riego, y yo fui presentado a él, quien desde luego me recibió como amigo, a uso de aquellos días de sinceridad en nuestro entusiasmo, y se empezó al momento a trabajar en los pormenores del plan del levantamiento. Tres habían de ser los movimientos principales. El batallón de Asturias, saliendo de las Cabezas en la noche del 31 de diciembre (después se pospuso a la del 11 de enero de 1820), había de irse sobre Arcos, donde estaba el cuartel general, y juntándose en las inmediaciones de aquella población con el batallón de Sevilla, que había de acudir al mismo punto desde su acantonamiento en Villamartín, y con algún otro, juntos caer sobre la residencia del general del ejército, prenderle con todos cuantos a él siguiesen adictos, y proclamar lo que llamábamos la libertad, y por general a Quiroga. Al mismo tiempo este, sacado de su prisión en Alcalá por el batallón de España, allí acuartelado, y puesto a su frente, había de ir sobre Medina Sidonia, donde le esperaba y se le reuniría el batallón de la Corona, y ambos juntos, marchando en la larga noche de invierno, debían con la p. 272primera alborada estar sobre la batería del Portazgo y puente de Suazo, donde, aprovechando el general completo descuido, lo cual, como acreditó la experiencia, no era prometerse mucho, entrar sin resistencia y por sorpresa en la isla gaditana, y dueños ya de ella los levantados, creían seguro serlo de Cádiz, guarnecida por el batallón de Soria, muy nuestro, aunque no lo era su primer comandante, y cuyo vecindario, liberal ardoroso, recibiría con aplauso a los que debía considerar como libertadores de la patria, sujeta al yugo del despotismo. Por último, tercer movimiento hecho un poco más en lo interior, y empezado por la artillería, cuyo comandante, el coronel don Miguel López de Baños, era contado entre los más firmes y ardientes de nuestra sociedad y empresa, agregándose el batallón de Canarias y algunos más, había de marchar a la costa, donde el ejército antes expedicionario, y ya destinado a muy otro fin, había de presentarse junto. De este plan solo una parte tuvo efecto, y muchas tropas de las que con harta razón suponíamos amigas, en fuerza de las circunstancias, vinieron a sernos contrarias, no obstante lo cual, en el término de poco más de dos meses fue nuestra y completa la victoria.

Estando ocupados en estos trabajos, se presentó en las Cabezas, llamado por Riego, el comandante de un batallón acantonado, no me acuerdo si en Trebujena o en Constantina, de la sociedad también, y de la conjuración por consiguiente, pero hombre tibio e irresoluto. Enterósele de lo quede tocaba hacer en la obra común, lo cual era ponerse en marcha sobre Cádiz, juntándose, si le era posible, con Riego. Allanose a ello sin poner objeción alguna, y como si hubiese aún algo en qué convenir, después de estar conformes en lo principal, fue preguntado por Riego si necesitaba todavía alguna cosa, a lo que él respondió con gran flema y no menor asombro de nuestra parte, que solo pedía una orden del general (no del nombrado por nosotros, sino p. 273del que lo era por el Rey), para ponerse en movimiento. Ridiculizó Riego, como era de suponer, la idea de pedir una orden del general para rebelarse contra el Gobierno y contra su misma persona, pero el bueno del comandante repuso: «¿Pero y yo, si no sale bien el movimiento, con qué me cubro?». «¿Y con qué me cubro yo atacando el cuartel general?», exclamó arrebatado y replicándole Riego. No hizo mella tal consideración en el ánimo de su compañero, del cual visto estaba que poco o nada era de esperar, pues trataba de cubrirse, y así fue que se marchó con apariencias de ir disgustado, y que no tomó parte en el movimiento verificado de allí a cinco días. Pero hizo otra cosa más singular, y es que Riego, habiéndole parecido tan ridícula pretensión la de su compañero, apelase después al arbitrio de que se burló e indignó;[65] acción por largo tiempo ignorada aun de mí, y descubierta por el mismo que la hizo en una de sus frecuentes indiscreciones.

[65] Cuando regía la Constitución, y estaba Riego en el punto más alto de su fama e influjo o poder, como estuviésemos un día, estando él presente, hablando del pormenor de los sucesos de nuestra conjuración, cité yo, como idea singular por lo ridícula, la del buen comandante que necesitaba una orden supuesta del general para sublevarse, y la alentada y oportuna respuesta del que era llamado Héroe de las Cabezas, cuando, con sorpresa mía, este dijo: «Pues yo hice escribir una orden como la de que se trata, para mí, y estaba tan bien imitada la letra de la oficina y la firma del general (el conde de Calderón), que puestas al lado las órdenes verdaderas y la supuesta, no se distinguía la una de las otras». Como había entre nosotros personas, si no enemigas, tales que podían hablar de este acto, hicimos ruido y procuramos que apenas se entendiese lo que algo menguaba la clara fama de Riego. Lo más raro de todo ello, es que habiendo él publicado la Constitución de 1812, separándose del plan del alzamiento, no se atina cómo pudo pretender cubrirse con una orden para ponerse en marcha.

Pasose en claro la noche del 27 al 28, como había yo pasado la anterior caminando, pero no sentíamos la falta p. 274de sueño. Arregladas las cosas en las Cabezas, salí para Jerez de vuelta a Cádiz, y me separé de Mendizábal. En las pocas horas que pasé en Jerez, escribí para Quiroga la proclama que había de dar en la hora del levantamiento, y que solo fue publicada en San Fernando al tercero o cuarto día de estar allí, siendo ya inoportuna. Marchó a Alcalá a llevarla don Vicente Bertrán de Lis y Rives, amigo muy querido mío, cuya muerte temprana, aunque no ocurrida en la primera juventud, es una de las que lamento entre las muchas que está destinado a llorar aquel a quien concede el cielo el dudoso favor de una vida larga.

Tenía prisa de llegar a Cádiz, y lo hice sin tropiezo o gran dificultad, aunque estaba el cordón subsistente como para prueba de que había una ley o disposición del Gobierno, de que nadie hacía caso. A favor de mis relaciones con el correo, desde el Puerto fui en el carro que llevaba las valijas, juntamente con el conductor, que solo vio en mí un recomendado, y así penetré en la ciudad a la acostumbrada hora de la noche. Encontré a la gente un tanto inquieta con una novedad, y era que en la noche anterior había sido preso Istúriz y llevado al castillo de San Sebastián, donde estaba encerrado e incomunicado. Seguía, pues, la causa de los complicados en la conjuración, y con algún aumento de actividad, pues ya eran presos paisanos como cómplices de los militares; pero seguía con tan poco tino que dejaba libres a los que a la sazón amenazaban al Gobierno con peligro tan inmediato como grave. Aun mi prisión acaso, que mes y medio antes habría desbaratado de nuevo la trama, ya no habría alcanzado a impedir el alzamiento, pero a lo menos habría sido ponerse en el rastro verdadero, cuando con prender entonces a Istúriz se seguía uno que no llevaba objeto a la sazón importante.

Así es que la prisión de Istúriz nos dio pena, pero susto no, y aun la primera fue poca, por creernos seguros p. 275de libertarle dentro de tres o cuatro días. No eran más los que faltaban para el gran suceso esperado. Los pasamos en ansiosa expectativa, si llenos de esperanza, no ajenos de temor, y este, puede afirmarse sin jactancia, no por nuestras personas, sino por la causa a que con empeño tal nos habíamos dado. Llegó, por fin, el 1.º de enero y pasó, y ninguna noticia tuvimos; pasó el día siguiente y continuó la misma incertidumbre, hasta llegar la noche y cerrarse las puertas. Aunque estas habían de abrirse para el correo, ya apenas contaba yo con recibir por él noticias, y tan subidas cuanto habían sido mis esperanzas, tanto era mi desaliento, o debo decir mi desesperación, figurándome, si no una desgracia como la del Palmar, pues de ella, si la hubiese habido, habría tenido noticia el gobernador de Cádiz y sería pública, un amilanamiento al tiempo de obrar, u otra cosa parecida, que causando nuevas dilaciones iba a malograrlo todo, pues la dilación encerraba entonces segura ruina. Entre furioso y triste, siguiendo mi costumbre de salir de noche, me fui al lugar donde solía estarme hasta la hora de recogerme. Pero no habría estado allí una hora, cuando llamaron con recio campanillazo a la puerta, y acudiendo a ver quién era, preguntó por mí un sujeto desconocido. Bien podía infundir temor la pregunta, y el hecho de buscarme allí donde poquísimos sabían que podría hallárseme; pero era hora de aventurarlo todo, y así me presenté resuelto al que deseaba verme. No le conocí, pues en mi vida le había visto, pero me hizo las señales por donde nos dábamos a conocer unos a otros, a lo que siguió decirme lo siguiente: «Acabo de entrar en Cádiz en el carro del correo. Vallesa ha llegado a la isla esta tarde de vuelta del ejército: el gran golpe está dado:[66] el cuartel general ha sido p. 276sorprendido ayer antes de amanecer con feliz fortuna y ninguna resistencia: el general del ejército está preso con otros muchos: Quiroga libre, y dueño del mando, viene marchando sobre el Puente de Suazo, donde llegará al amanecer, siendo fácil, a punto de darse por seguro, que en el descuido que hay entrará en San Fernando, sorprendiendo antes la guardia avanzada del Portazgo, sin que se note siquiera».

[66] No deben extrañar los lectores que no entre aquí a referir el famoso hecho de Riego, porque hablo de cosas en que o tuve parte, o que estaban enlazadas inmediatamente con mis actos personales, Riego proclamó la Constitución de 1812 en las Cabezas, el 1.º de enero de 1820 por la mañana, y al cerrar la noche fue sobre el cuartel general de Arcos, le sorprendió con extraordinario arrojo, y con ello ganó eterno y en no corto grado merecido renombre. Pero con su valor mezcló no poco de imprudencia, mostrando ya lo que constantemente mostró en su breve carrera política, y es que obraba a medida de su capricho. Riego no tenía encargo de proclamar la Constitución de 1812, ni hacer tal cosa era parte principal de nuestros planes. Debía haber ido sobre Arcos, según estaba convenido, ocultando a qué iba hasta dar el golpe. En verdad un solo soldado infiel en un caso en que la infidelidad habría sido altamente premiada, un solo vecino del pueblo de las Cabezas que se hubiese escapado en las horas que mediaron entre la proclamación del Código de Cádiz y la salida del batallón de Asturias del pueblo, habría malogrado el plan general, y hecho la sorpresa imposible. Y no vale decir que Riego acordonó el pueblo, pues sabido es cuán fácilmente atraviesa un cordón un hombre solo.

El batallón de Sevilla, acantonado en Villamartín, cumpliendo fielmente lo dispuesto, y guiado por su segundo comandante don N. Osorio, a quien siguió el primer comandante, fue asimismo sobre Arcos, adonde llegó antes de amanecer. Pero no dio con Riego y los de este. En tal situación esperó a la luz del día, siendo prodigio que al verse solos y creerse perdidos, la tropa no se creyese vendida y se dispersase. En tanto, Riego, viéndose sin esta ayuda que esperaba, dio el golpe solo. Pero si de este fue el atrevimiento, del otro fue el mérito de la obediencia al plan formado y de la firmeza. Sin embargo, nadie habló con alabanza de la conducta del batallón de Sevilla y de sus jefes. Una acción de valor temerario seguida del triunfo, se lleva tras sí la atención general, distrayéndola de ocuparse en actos, si no de inferior mérito, de menos bulto.

Grandes noticias eran estas, y tales que p. 277equivalían al triunfo completo de nuestra causa; de suerte, que hasta en mí, siempre más inclinado a creer y mirar posible lo adverso que lo favorable, produjeron el efecto de infundirme, juntamente con loca alegría por lo presente, las más lisonjeras esperanzas para lo futuro.

El gran golpe estaba dado, y si aún quedaba por hacer una cosa, al parecer nada fácil, que era la entrada en la isla gaditana, atendido el estado de las cosas, lo miraba yo como cosa hecha. En esto último acerté, pues, como referiré de aquí a poco, fue entrado y ganado por nosotros lo que había sido diez años antes baluarte de la España independiente y límite del gigante imperio de Napoleón, sin resistencia y hasta sin conocimiento de los que dentro estaban, a pesar de lo cual, y de algún otro suceso feliz, montes de dificultades se nos pusieron delante, a punto de poner muy a pique de ser trágicos fines los que habían sido tan afortunados principios.

Volviendo a mi persona, cuando recibí las para mí tan faustas nuevas, corrí a verme con mis amigos y cómplices, a fin de prepararlo todo para abrir las puertas de Cádiz a los levantados. Parecía la cosa fácil una vez en San Fernando los nuestros. Guarnecía a Cádiz con muy escasa fuerza el batallón de Soria, en el cual teníamos cómplices numerosos, si bien no lo era el primer comandante; pero este más trazas tenía de sernos amigo que contrario, como lo probó al fin, aunque tarde; y de los gaditanos esperábanos con plena seguridad, si no otro auxilio, el de su arrebatado aplauso, que no deja de servir, y aun bastante, en señaladas ocasiones.

Pero luchábamos con un inconveniente, el cual era lo corto del poder o influjo de las cinco o seis personas únicas que en Cádiz estábamos en el secreto de lo que pasaba, y aquí se nos presentó un obstáculo en don Domingo Antonio de la Vega, quien, sin contar con que se nos mostró tímido, como de él no se esperaba, obró guiado p. 278por consideraciones de interés privado, harto disculpables en sus circunstancias, pero funestas para nuestra empresa, pues habiendo él tomado tanta parte en los trabajos y peligros, no quería que fuese de otros el provecho ni la gloria, y sabía que, levantaba la población de Cádiz, daría el mando por elección a los que nada habían hecho en la empresa nueva, cuando, entrando el ejército, tocara un alto puesto al que en la nueva conjuración le ocupaba muy principal, y en el concepto de los vencedores era tenido en mucho. Que no calumnio a Vega al decir de él que tales motivos le guiaban en el 3 de enero de 1820, me consta de sus propias declaraciones, pues más de una vez en el aquí recién citado día, me expresó lo que yo de él no supongo, sino refiero, procurando hacer uno con su interés el mío. Pero me olvido de que pensando en lo posterior, aunque inmediato, he pasado por alto varias circunstancias de la mañana del mismo 3 de enero.

Bien era de suponer que dormiría yo poco en la noche anterior. Así es que el alba me encontró despierto, suponiendo que en aquella hora o éramos dueños de la importante posición de la isla de León o San Fernando, o habíamos tenido un revés inesperado que reduciría a nada la victoria en el cuartel general recién conseguida. Pasaron horas, y ninguna noticia me llegaba. Inquieto nuevamente por demás, envié una persona a la Puerta de Tierra a que viese si venía gente de la Isla, como viene todos los días a Cádiz en no corto número, y de los que viniesen averiguase lo que allí había pasado o pasaba. Fue mi comisionado y volvió con noticias que, por ser tan ordinarias y triviales, si no me causaron dolor, aumentaron mis angustiosas dudas. Habían llegado de la isla de León calesines salidos de aquel pueblo ya entrado el día, y como fuesen preguntados los caleseros qué había de nuevo en el punto de que venían, respondieron que nada. Terrible era la respuesta, por ser al parecer prueba evidente de p. 279que se le había a Quiroga malogrado el golpe. No perdí tiempo en despachar una persona de mi confianza a la isla de León, y me puse a esperar las tres o cuatro horas que debía tardar la respuesta. No hube de estar por tan largo tiempo en mi casi congojosa espera, pues a poco más de una hora de su salida, mi comisionado me escribió desde poco más de la mitad del camino que Quiroga y los suyos eran ya dueños de la Isla, y que había hablado con una corta partida o avanzada de sus tropas, que, vencida ya más de la cuarta parte del camino que separa aquella población de la de Cádiz, estaba en el lugar a que da nombre un torreón antiguo llamado Torregorda. Nueva alegría fue esta tras de nuevas congojas, y esta vez parecía todo concluido, aunque vino a distar mucho de estarlo. He aquí lo que había pasado con particularidades que calla o ignora la historia; menudencias quizás, pero tales que explican nuestro increíble triunfo.

Por mucha prisa que se hubiese dado Quiroga en su marcha, no había podido hacerla con la prontitud necesaria para el fin propuesto. En primer lugar, no se había movido en el día 1.º al mismo tiempo que Riego, lo cual se le achacaba a grave culpa, pero no lo fue, porque si se hubiese movido, habría habido de detenerse en el camino, atajándole el paso dos ríos que, estando como estaba lloviendo con violencia, y siendo como torrentes, hasta dos o tres horas después de escampar, no podían ser vadeados. En segundo lugar, puesto ya en marcha, encontró muy malo de resultas de las lluvias el camino. También al llegar a Medina Sidonia, si allí se le reunió el batallón de la Corona, lo hizo, aunque sin asomo de resistencia, con alguna tardanza. Esta, aunque no grande, trajo pérdida de tiempo, y lo mojado y cenagoso del terreno hicieron trabajoso el paso de las cuatro leguas que hay de Medina-Sidonia al puente de Suazo. Ello es que, en vez de llegar a avistar este punto antes de amanecer, o con luz p. 280dudosa, se vio cercano a la batería del Portazgo entre las nueve y diez de la mañana de un claro día; mala hora para sorpresas.

Hubieron de titubear todos cuantos allí venían sobre acometer una empresa a que todo el poder de Napoleón no había bastado, pero hubieron también de reflexionar que ningún lugar es fuerte si no está defendido. Hízose, pues, la prueba de si lo estaba. Dos compañías del regimiento de la Corona se adelantaron hasta la batería del Portazgo. Había en esta una corta guardia mandada por un oficial subalterno, ignorante de lo que pasaba, pues aún lo estaban las autoridades de Cádiz de haber sido sorprendido el cuartel general treinta horas antes a cinco o seis leguas de distancia. Viendo el oficial del puesto llegar tropa, la juzgó amiga, no suponiendo que pudiese haberla contraria en España, entonces en paz, y saludando al que mandaba a los recién llegados como compañero, le pidió que le entregase el pasaporte o carta de sanidad u otro documento que debía traer consigo. En tanto, formados como venían los de la Corona, hicieron alto delante del cuerpo de guardia, mientras los que este lugar ocupaban, ajenos de recelo, no tomaron las armas, dejándolas asimismo afuera en el lugar acostumbrado. Al fingir ir a dar el pasaporte el que mandaba a los en aquel caso agresores, hizo a los suyos una seña, a la cual, obedientes ellos, se arrojaron de golpe al soldado que estaba de centinela, le desarmaron, no consintiéndole resistir el asombro; cogieron como a manojo las armas y las tiraron a tierra, y apuntando al oficial y a los suyos que, sin armas, salían a echar mano a las suyas, curiosos más todavía que irritados de tan imprevisto suceso, les intimaron que se entregasen prisioneros, lo cual hicieron ellos sin resistir y sin saber por qué eran así tratados. Todo esto pasó en completo silencio. Quedaba aún el Puente de Suazo, de más fama que fuerza, entonces, pues da su nombre a los lugares vecinos, y si es p. 281formidable y dificilísimo de expugnar, aun en la guerra de la Independencia había quedado de segunda línea, y en 1820 ni guarnecido estaba. Salió encargado de tomarle o de ocuparle, o solo de pasar por él, un capitán de granaderos de la Corona, llamado don Miguel de Bádenas, joven de singular humor festivo, atronado, muy conocido en la buena sociedad de Madrid, donde eran citadas sus rarezas. No conocía Bádenas el lugar a que iba, pues nunca había estado en él, por lo cual fue yerro darle el encargo que llevaba, si bien fue yerro que no tuvo malas consecuencias. Atravesó Bádenas con los suyos a todo correr el espacio como de un cuarto de legua o algo más, que separa el Portazgo del Puente; llegó a este último sin saber dónde estaba; vio baterías a sus costados y un puente levadizo al frente, sin gente las primeras, y el segundo con el paso expedito; siguió adelante, mirándole desde las baterías uno u otro soldado sin conmoverse o mostrar extrañeza; se puso al otro extremo del largo puente, y ya frente de las primeras casas de la población de San Fernando, y enterado allí, con asombro suyo, de que dejaba ya atrás el fuerte puesto, cuyo nombre había sonado en sus oídos, loco de alegría, y apelando a sus singularidades, se echó en tierra, se revolcó por ella, pidió papel, y con lápiz puso en el que le trajeron Soy dueño del Puente de Suazo, y firmó tan raro parte con la palabra Netez, voz derivada del adjetivo neto que él usaba con frecuencia, soliendo designarse por ella a sí propio. Así fue entrada por pocos hombres la isla gaditana.

En el pueblo de San Fernando nadie sabía lo que estaba sucediendo, menos los conjurados, y aun estos apenas, porque habiendo salido al amanecer a recibir a sus amigos, con no verlos venir, cansados de esperar, recelosos y desesperados, se habían vuelto a sus casas. Un incidente más señaló tan singular suceso, como para poner en relieve la inercia o incuria de las autoridades que allí había. p. 282Estaba en aquella población, que es el primer departamento de marina, no menor personaje que el ministro, o dígase el secretario de Estado y del despacho del ramo, que era entonces el teniente general don Baltasar Hidalgo de Cisneros, buen oficial, pero no político avisado. Residía allí, por breve tiempo, aunque conservando su alto puesto e importante cargo por orden del Rey, a fin de que activase la salida de la expedición dedicada a reconquistar una parte de nuestras perdidas provincias ultramarinas. Estaba el buen ministro o trabajando o descansando en su morada, en plena paz, y en su entender seguridad completa, cuando ya la bandera de la insurrección, que pronto fue la constitucional de 1812, pasaba triunfante las desiertas calles. Sabedores los constitucionales de la presencia allí de tal personaje, no tardaron en dar orden de asegurarse de su persona. De hacerlo fue encargado un oficial con pocos soldados. Tenía el ministro en su casa una guardia de infantería de marina, la cual, viendo formarse enfrente tropa de tierra, no hizo alto en ello, y antes dio franca entrada al oficial de ejército que manifestó deseos de ver al general ministro. Este último, asimismo se mostró pronto a recibir la visita que se le anunciaba; pero como, con sorpresa suya, el recién entrado a su presencia le intimase que se diese a prisión, el honrado y candoroso anciano, aunque no ignorante por experiencia propia de lo que son las revoluciones, pues diez años antes había sido en la de Buenos Aires, donde era virrey, depuesto y preso, ajeno de toda sospecha de ver en la España europea cosa igual o parecida, juzgó que procedía del Rey el duro injusto proceder que con él se usaba, y exclamó: «que bien veía que S. M. había sido sorprendido, pues él había hecho de su parte todo lo posible para que la expedición saliese». Pero como, continuando la conversación, pasase él a averiguar por qué conducto venía la orden de prenderle, y le fuese respondido que la disposición era del general del ejército p. 283nacional; asombrado al oír tal adjetivo, comprendió su significado, y se vio llevar a decoroso encierro, no volviendo en sí de su asombro de que se hubiese apoderado de la isla de León fuerza armada sin sentirlo ni el vecindario ni las autoridades militares de lugar de tanta importancia. No sin razón va aquí citada esta ocurrencia, porque esclarece la situación en que tuvo efecto, y explica, como lo que más, el éxito de una conjuración, solo por culpa del Gobierno favorecida por la fortuna.

Mientras esto sucedía en la isla de León, en Cádiz, recibido ya el aviso de estar cercana parte de nuestras tropas, sin que supiésemos en cuánta fuerza, nos preparábamos a recibirla. Al intento juntamos gente, de ella la mayor parte de la peor clase posible, y le dimos por punto de reunión la Puerta de Tierra. Pero aquí empezaron las dificultades. Guiado Vega por los motivos que antes aquí dejo dichos, y además, faltándole arrojo por haberle quitado los años el que tenía; como había sabido que hora y media antes estaban algunos de los de Quiroga en Torregorda, los suponía, no sin razón, en la Cortadura, y por estar este puesto avanzado indefenso, dueños de ella, que es decir casi a las puertas de la plaza. Por esto prefería en su entender lo cierto y seguro a lo dudoso y arriesgado, y también se veía ya puesto por los vencedores sus cómplices a la cabeza de una junta. En tanto, furioso yo con su vacilación y dilaciones, quería arrojarme a la calle, pero me lo estorbaba diciéndome que con mi salida intempestiva podía echar a perder lo que había salido o iba tan a medida de nuestro deseo. Es de contar que ya recibíamos avisos de que las autoridades de Cádiz, sabedoras, aunque tarde, de lo que pasaba, estaban en movimiento y apercibiéndose a la defensa, pero nos daba esto poco miedo. Faltaba a Cádiz gobernador; el que hacía sus veces, el teniente de rey don N. González Valdés, había sido castigado en 1814 por constitucional, pecado no común en el ejército, y de p. 284él juzgábamos que si no se nos declaraba amigo no se nos mostraría acérrimo contrario. Verdad es que estaba en Cádiz el general Campana, pero en él ni pensábamos, siendo hombre que, con razón o sin ella, gozaba de escaso concepto en la milicia. En el batallón que guarnecía la plaza veíamos un apéndice de la parte del ejército levantado. Solo quedaba en Cádiz el regimiento de la Pava, o sea milicia urbana del tiempo antiguo, tal que ni sirvió en la guerra de la Independencia, sustituyéndole los voluntarios. Pero ¡rareza de las que suelen suceder en el mundo! Contra toda probabilidad habíamos logrado levantar el ejército, y traer parte de él hasta dentro de la isla gaditana, y con todas las probabilidades en favor nuestro, no fuimos dueños de la, aunque fuerte, indefensa ciudad de Cádiz, cuyo vecindario nos era afecto, y con no lograr su posesión, nuestra empresa, bien comenzada, estuvo cerca de terminar trágicamente y en nuestra ruina.

Volviendo a mi situación y la de mis allegados, continuaba yo mi altercado con Vega, insistiendo en hacer algo, cuando él, con el tono enfático siempre suyo y el medio bramido que precedía en su boca a sus frases: «Calle usted, Antonio», me dijo, «y no dude de que no hay que temer; que si hubiese gobierno en España, meses ha que estaría usted siete estados debajo de tierra». Triunfó al fin Vega, ayudado de otros, aunque solo por lo pronto, creyendo todos de cuarto en cuarto de hora saber que los de Quiroga estaban en la Puerta de Tierra, o cuando menos en la Cortadura.

En esto, el día brevísimo, como de los primeros de enero, iba a terminar, y yo, esperando a Vega que se había ido a su casa para volver o aguardando noticias, y entre ellas la de la llegada de los de Quiroga, me consumía de rabia, hasta que me eché a la calle. Pero no encontraba conocidos a quienes preguntar, y solo veía la gente inquieta y notaba movimiento. Vega, creyendo errado el p. 285golpe, se había escondido. La gente nuestra que estaba apostada en la Puerta de Tierra, no viendo venir tropa de afuera, y sin moverse la de adentro, se había ido dispersando. Acudí al cuartel del regimiento de Soria, y el segundo comandante, mi amigo y cómplice, me declaró que no era posible por entonces que su tropa se declarase por nuestra causa. No sabiendo qué hacer, lleno de dolor y de rabia, corrí a la casa donde solía pasar las primeras horas de la noche, y allí me estuve sin pensar en volver a la de mi asilo, de donde se había retirado su propio dueño no creyendo aquella estancia segura.

Seguía la ciudad en silencio, cuando a altas horas de la noche, que yo no había tratado de dar al sueño, sonaron dos o tres cañonazos. De nuevo volví a salir, pero no tenía a dónde ir ni a quién preguntar. Al cabo llegué a saber de un desconocido, en la calle, que el fuego que había sonado había sido en la Cortadura. Pero reinaba donde quiera silencio, dormía el pueblo, o velaba recogido cada cual en su casa, y todo declaraba que, si había habido choque, los que venían de fuera habían sido rechazados. Era mortal mi angustia, porque a la incertidumbre se agregaba un tanto de reconvención que me hacía a mí propio por haber cedido en el día anterior a ajena voluntad en vez de hacer la mía, y además consideraba culpados a todos cuantos desde Cádiz habíamos traído allí a los levantados, prometiéndoles fácil entrada en aquella plaza, sin cuya posesión corrían grave peligro.

Estos pensamientos me hicieron pasar segunda noche desvelada, pero harto peor que la anterior, en que la inquietud estaba acompañada de alegría. Con el nuevo día vine a saber lo ocurrido en la noche, lo cual fue, según testimonios venidos después a confirmar o rectificar las primeras noticias, lo siguiente.

Quiroga había perdido muchas horas en la Isla, atento a varios cuidados y no ligeros. Pero debía haber desatendido p. 286cualquiera otra consideración, poniendo la suya principalmente en ocupar desde luego a Cádiz, o cuando menos la Cortadura, pues esta dista solo como una legua de Torregorda, donde ya habían llegado algunos de sus soldados al mediodía, y con haber adelantado en la tarde una corta fuerza hasta aquella obra avanzada, a la sazón sin defensa alguna, nuestra habría sido la plaza de Cádiz, o en la misma noche, o al día siguiente. Difirió, con todo, hasta cerca del oscurecer la marcha de la fuerza destinada a tan importante objeto, la cual hubo de andar su camino entre las tinieblas de la noche. A yerro tal agregó otro para los suyos no menos funesto. Aunque tenía a su lado el comandante que había sido del batallón de Aragón, don Lorenzo García, llamado el fraile por haberlo sido lego antes de ser militar, y el cual era persona de no común arrojo, y con la circunstancia de ser hombre de los dichos «de vida airada», que en Cádiz, donde él había residido, pasan la vida en comilonas, en los ventorrillos que hay en el camino a San Fernando, y aunque el mismo García solicitó del nuevo general, muy su amigo, la dirección de una expedición a que llevaba él la ventaja de conocer aquel terreno a palmos, fue encomendada la empresa al primer comandante de la Corona don N. Rodríguez Vera, buen oficial, pero para quien los lugares donde iba a obrar eran absolutamente desconocidos. Así es que en su marcha nocturna, ya casi cerca de media noche, se encontró Vera al frente, como gigante que le atajaba el paso, la alta muralla de la Cortadura corriendo de mar a mar, y al acercársele, oyó dentro gran rumor de armas, llamar a la pelea en voces terribles, y en medio de esto salieron de las troneras dos disparos de cañones de grueso calibre, la bala de uno de los cuales acertó a caer en la poco numerosa columna de su mando, matando a dos e hiriendo a algunos más de los que la componían. Fue, por cierto, rara casualidad que de dos tiros solos, salidos de batería no rasante, p. 287sino al revés, muy elevada, una bala de cañón fuese tan certera. Mayor casualidad fue que en una tropa declarada en rebelión al Gobierno, y persuadida de que venía a consultar amigos, tal recibimiento, acompañado de tal estrago, no hubiese infundido sospechas de traición y producido un contralevantamiento, pero la tropa se mantuvo fiel, y el que la mandaba, desesperando de poder tomar tanta fortaleza con el corto poder de que disponía, hubo de volverse a San Fernando. Desde entonces la Cortadura, en poder de las tropas fieles al rey, fue valladar insuperable para las fuerzas de Quiroga y Riego, y aseguró al Gobierno la posesión de Cádiz por más de dos meses; de suerte que, solo después de haber jurado Fernando VII la Constitución, lograron los restauradores de esta poner el pie en lo que debía haber sido una de sus primeras conquistas.

He aquí lo que había sido la inesperada y feliz resistencia de la Cortadura. Al saberse confusamente lo ocurrido en Arcos, donde había caído prisionero el general del ejército expedicionario, y con alguna más claridad que habían entrado en la isla de León tropas de los levantados, las autoridades de la plaza de Cádiz trataron de defenderla. El teniente de rey acudió al general Campana, el cual tomó el mando con cualquier título. No tenían mucha fuerza, y de la poca que tenían desconfiaban; pero nadie se movía ni alzaba la voz, y era fácil obrar cuando nadie se presentaba a oponerse, reinando en la ciudad quietud y silencio. En esto, un joven animoso tomó a su cargo la defensa de la Cortadura. Era el de quien aquí ahora hablo el capitán de infantería don Luis Fernández de Córdoba, tan famoso después en los anales de España, entonces de pocos años y ningún renombre, no obstante lo ilustre de su familia. Tenía yo relaciones de parentesco con Córdoba y alguna amistad, y bien podría, si hubiese yo andado libre por Cádiz, haber tratado de atraerle a nuestro partido, y es probable que lo hubiese hecho, y aun que lo hubiese conseguido, p. 288porque no tenía él opiniones políticas formadas, y de su carácter podía presumirse que le sedujesen el atractivo de lo llamado libertad, y una empresa que abría a su actividad un camino ancho, y, según la opinión de muchos en aquellos días, glorioso. Pero Córdoba solo supo que había una rebelión o sedición militar, y que faltaban fuerzas para hacerle resistencia, si bien no tanto que algo no pudiese hacerse, y esto poco cubriría de gloria a quien con brío lo acometiese, mayormente si, favoreciéndole la fortuna, salía airoso de su empeño. Marchó, pues, a la Cortadura con poquísima gente de la milicia urbana y algunos artilleros; llegó allí, por su buena suerte y nuestra desdicha y la tardanza de Quiroga, como una hora antes que los que venían a ocupar aquel puesto se presentasen; al sentirlos venir dio voces, armó alboroto, tocó tambores aparentando tener consigo gran fuerza, mandó hacer disparos con tanta felicidad que, de dos cañonazos, uno hizo estrago en sus enemigos, y con su osadía y habilidad, cuando ya pocos, si acaso algún más disparo podía hacer, vio retirarse a los que venían a apoderarse del punto de cuya defensa se había encargado, labrando con este hecho la fábrica de su fortuna, que después tuvo su mayor aumento en una causa, si no idéntica, análoga a la de que él había sido ardoroso contrario, y todo ello no con una deserción vergonzosa, sino al revés, sin mengua de su decoro. Pero fuerza es confesar que le favoreció la suerte, pues si Rodríguez Vera hubiese conocido el lugar donde estaba, lejos de retroceder, habría seguido por la playa, al abrigo ya de los fuegos de la fortaleza, y rodeando esta la habría entrado por la gola casi indefensa, pudiendo Córdoba y los suyos solo morir con gloria, pero no rechazar a los agresores.

Con esto quedó por lo pronto seguro Cádiz por la causa del Rey. Una tentativa hecha de allí a dos días, en la noche del 5, a que asistí yo en persona y que tenía mil probabilidades p. 289de salirnos favorable, por haberse entrometido en ella más de una persona y dado disposiciones que se contradecían, vino a parar solo en proporcionar la fuga de varios de los presos en el castillo de San Sebastián, que pasaron al ejército ya constitucional, y fueron allí de tanto servicio y provecho que sin ellos no habría triunfado; pero no sirvió de darnos la posesión de Cádiz, que sin duda habría sido nuestra si se hubiese seguido el plan primero en vez de alterarle con inoportunas adiciones, como hicieron algunos en la hora de ejecutarle. Aunque en lo singular no es este lance menos digno de atención que otros aquí referidos, pues al revés, abunda en escenas que juntamente provocan a risa y pena, me abstengo de contarle por menor ahora, por haber dejado correr la pluma harto más de lo debido en estas narraciones prolijas. Baste decir que de resultas salió orden de prenderme, y que, después de estar siete días oculto, salí de Cádiz no sin peligro, favoreciéndome para atravesar la Puerta de Mar la casualidad apenas vista en aquellos alrededores de estar nevando, y que pasado a un buque francés disfrazado de marinero, entre otros de la misma nación, me fui al Trocadero, y de allí pude escapar a Puerto Real, donde encontré a Riego con algunas tropas de las suyas. Ya en el ejército de San Fernando, referir lo que allí pasaba y pasó sale fuera de los límites de esta parte de mis recuerdos.

Réstame solo hacer leve mención de lo que todos saben. Nuestra empresa, gracias a la torpeza del Gobierno llevada a ejecución con felices comienzos, por nuestros yerros, y asimismo por causas que no pudimos remediar, llegó a tener tan mal aspecto al cabo de dos meses de floja guerra civil, que nuestra perdición parecía segura; pero el mismo torpe proceder que dejó pasar a ser rebelión una conjuración mezquina, dio al cabo la victoria a una rebelión de flaquísima fuerza cuando estaba, si no vencida, poco menos. Tres años y medio hubo de durar el edificio que p. 290levantamos con tan malos materiales; pero la falta de solidez apareció al cabo: tal cual fue levantado, cayó derribado a no muy recio embate. De él algo quedó, sin embargo, malo y bueno, y de lo uno y de lo otro está sintiendo los efectos la generación presente.


p. 291

X.

EL 10 DE MARZO DE CÁDIZ.

Ya más de una vez ha dado a notar quien esto escribe cuán olvidada está la generación presente de lo que hicieron y pensaron sus padres. Parece como que la parte más moderna de nuestra historia, o digamos la que está más atrás del periodo en que, muerto Fernando VII, comenzó la guerra por la sucesión a la corona de España, es una de las más desconocidas. Verdad es que la breve época desde 1820 hasta 1823 tiene poco que la recomiende, habiendo sido su terminación no solo funesta, sino ignominiosa para los que entonces predominaron, y no, cierto, porque todos ellos fuesen dignos de desprecio, sino porque, traídos por los sucesos a una situación de que era imposible no salir mal, si no merecieron el descrédito en que cayó la revolución de que fueron defensores, y con ella hasta cierto punto sus personas, tampoco pudieron, ni pueden con razón, extrañar la a veces injusta y acre censura que ha sido común hacer de sus hechos y sus nombres.

Pero no es lo malo que se tache, si a veces con justicia, p. 292a veces sin ella y en todo caso con rigor, por lo excesivo no merecido, a los constitucionales de 1823, pues peor es, si cabe, y atendiendo a que duele más a los humanos ser despreciados que ser maltratados; que de las cosas de aquellos días solo queden memorias escasas y confusas. De seguro no faltarán quienes al leer el encabezamiento del artículo presente pregunten: ¿Y qué ocurrió en Cádiz el 10 de marzo que merezca ser conmemorado? ¿Y de qué año fue el 10 de marzo, cuya recordación da margen a no menos que un artículo de periódico del día presente?

Sin embargo, este 10 de marzo hoy conservado en pocas memorias, como que casi ha desaparecido la generación cuyos ánimos tanto ocupó, era citado con frecuencia desde 1820 a 1823, siendo uno de los asuntos que daban motivo a encarnizadas disputas y vehementes declamaciones y apasionados juicios, en los cuales, tomando la fundada acusación carácter de odio y venganza, y apareciendo espíritu de bandería, perdía mucho de su fuerza, mientras por el lado opuesto, defensas hijas de parcialidad política, tiraban a convertir en acto loable, o cuando menos disculpable, un delito que debía ser calificado de tal, juzgándole por sus méritos y fuese cual fuese la causa en cuyo favor se declarase, y diese su fallo definitivo la fortuna. Y así fue que, vuelto en 1823 al mando y predominio el partido de la monarquía, fue celebrado y recompensado como buen servicio hecho al trono un atentado que toda autoridad debería haber desaprobado, aun cuando por motivos dignos de consideración no castigase a los perpetradores y directores.

Empezaba a correr marzo de 1820, y se veía España en una situación de que da la historia pocos ejemplos. Sobre cuatro mil hombres no cabales dueños de la ciudad de San Fernando tenían allí levantada la bandera de la Constitución de 1812, y el Rey, señor de todas las fuerzas de la monarquía, en el término de más de dos meses no había p. 293podido vencer una rebelión de tan flacas fuerzas. Una columna procedente de aquel punto, y que apenas ascendió en la hora de su salida a dos mil hombres, había recorrido buena parte de la Andalucía Baja, proclamando en varias de sus poblaciones la Constitución, y perseguida por las tropas reales, alcanzada y vencida, pero no desbaratada, en Marbella, haciéndose después de este revés señora de la ciudad de Málaga, rechazando allí a los contrarios que vinieron a embestirle, y obligada a emprender la fuga después de su triunfo, había padecido segunda y mayor derrota en Morón, lo cual no impidió que sus fugitivas reliquias ocupasen por algunas horas a Córdoba. En tanto, los que habían quedado en San Fernando se veían cercados por fuerzas muy superiores a las suyas en puesto harto mal defendido, pues dueños de Cádiz sus contrarios, así como lo eran de la tierra de allende el Puente de Suazo y la batería del Portazgo, fácilmente podían por el lado nombrado en primer lugar haber superado los pobres obstáculos que les ofrecía la espaciosa playa. Que tan flaco poder como era el de los rebeldes existiese aún, y hasta con apariencias de fuerte, era ciertamente un prodigio, pero prodigio que podía y debía ser explicado por la situación de España por aquellos días. Los constitucionales, aunque en número muy escaso, tenían la ventaja de estar en perfecto concierto, unidos con el lazo de la sociedad secreta, si no todos ellos, los que gozaban de algún influjo, y hasta el ser pocos les daba vigor, porque es privilegio de una minoría reducida tener una fuerza que es grande por estar reconcentrada. Además tenían parciales en el ejército que con habilidad y osadía habían adquirido extraordinaria influencia sobre sus compañeros e inferiores. Si la mayor parte de los españoles era realista, lo era tímida y confusamente, sin pasión todavía, porque no tenía que chocar y luchar con pasiones contrarias, poco satisfecha del Gobierno, del cual juzgaba por los efectos que era p. 294malo, y de resultas, si no deseosa de verle caído, tampoco dispuesta a sostenerle contra una fuerza contraria. Así, los constitucionales levantados, donde quiera que ponían el pie y levantaban el grito, si no encontraban amigos y valedores, tampoco tenían que habérselas con enemigos, y, hasta viéndose rodeados de espectadores cuya indiferencia parecía buena voluntad, cobraban bríos suponiéndose o figurándose tener un tanto numerosos parciales.

Si tal era la disposición de los ánimos en lo general de la nación, y si por ello, y particularmente por el estado de la opinión en una parte crecida de la oficialidad del ejército, la causa de los levantados dueños de la ciudad de San Fernando no podía darse por perdida, resta considerar cómo pensaban y sentían en aquellas horas quienes componían las dos fuerzas beligerantes, dando este nombre solo a los que en Andalucía sustentaban las opuestas partes de la revolución y de la monarquía.

En el ejército destinado a Ultramar reinaba entre la tropa, corriendo 1819, grande repugnancia a embarcarse. Esta repugnancia de los soldados fue aprovechada por los conspiradores, los cuales, fomentándola y avivándola, predispusieron los ánimos de gente ruda en quienes no podía haber opiniones políticas en favor del levantamiento. En punto a la oficialidad, ha sido calumnia corriente atribuir a toda ella que obraba movida por tan feo motivo, pero en punto a que influía en una parte de ella, quizá la menor, apenas cabe duda. A unos pocos oficiales instruidos habían llevado a la empresa doctrinas de las llamadas liberales, bien estudiadas; a muchos, deseos de medrar; a otros un espíritu inquieto. La sociedad secreta había comprometido a no pocos, que habían pasado a ser constitucionales porque habían empezado por ser sectarios. Así, en general, y aun puede decirse con rarísima excepción, si acaso alguna, todavía en marzo las tropas acantonadas en San Fernando bajo la bandera constitucional se mantenían firmes p. 295y hasta ardorosas en su adhesión a la causa que habían abrazado.

No había sucedido lo mismo en la columna volante, de la cual habían desertado algunos oficiales y muchos soldados a la bandera Real. Pero esto era sabido de pocos en San Fernando, los cuales lo ocultaban a punto de conseguir que estuviese casi generalmente ignorado, no fuese que el ejemplo incitase a la imitación, cosa en aquellas circunstancias harto probable.

Pero lo que apenas sabían ni los constitucionales ni los mismos oficiales superiores que militaban en las filas de los Reales, era que, particularmente en las tropas que formaban la guarnición de Cádiz, había llegado a crearse un espíritu, si no anticonstitucional, hostil a los constitucionales, que iba llegando a ser entusiasmo. Por cierto, si esto hubiese sido conocido, habría causado en la parte opuesta desmayo, y en la propia bríos, con lo cual la expugnación de San Fernando y la ruina completa del levantamiento constitucional habría sido cosa fácil.

Varias causas habían contribuido a convertir en celosos y acalorados parciales de la causa monárquica a los mismos que poco antes por la aversión a embarcarse abrazaron o favorecían la de los levantados. Fue una desgracia que, al ser sorprendido por Riego en Arcos el cuartel general del ejército, sin haber verdadera refriega, hubiesen caído muertos dos o tres soldados del batallón de Guías del general, y aunque luego este mismo cuerpo se puso bajo la bandera constitucional, desde luego dio muestras de obrar como forzado y resentido, pudiendo estas cosas al parecer de inferior importancia más que otras de muy superior clase en los ánimos de la soldadesca. Así, los guías se fueron desertando casi todos, y viniéndose a Cádiz se formó de ellos un cuerpo con su nombre antiguo. De otros desertores de la bandera constitucional, y no del batallón de Guías, fue compuesto en la misma plaza de p. 296Cádiz otro batallón con el nombre de Leales de Fernando VII, y con llamarse así, y con la idea constante en su mente de la deserción, se sentían poseídos de afectos de ardorosa lealtad al monarca. Hasta la circunstancia de ser el vecindario de Cádiz, con rarísimas excepciones, apasionado amigo de la Constitución en aquel pueblo nacida, contribuyó a excitar en el soldado pensamientos y afectos contrarios, porque el no encubierto desvío de los paisanos a los que miraban como opresores aumentó la mala voluntad o desprecio con que suelen mirarlos y tratarlos los militares.

Todo esto, bien será repetirlo, no estaba patente. Así, en la oficialidad de la fuerza opuesta a la constitucional abundaban parciales de estos, irresolutos tanto cuanto ignorantes del modo de pensar y sentir de la clase llamada de tropa.

Tal era la situación de las cosas, y bien podía ser considerado el ejército de San Fernando como perdido, cuando comenzaron a circular por Cádiz rumores que daban por noticia haber sido proclamada la Constitución en puntos de España bastante lejanos. De Galicia llegó casi a saberse con certeza. De otros lugares se decía con menos verdad, pero se presumía con sobrado fundamento que así fuese. En tanto, faltó el correo de Madrid, porque el conde de La Bisbal, puesto al frente de una corta fuerza, había proclamado la Constitución en la Mancha cortando la comunicación entre la capital y Andalucía, lo cual hizo creer desde luego como cierto lo que en breve llegó a serlo, y era haber triunfado la causa del levantamiento constitucional en el mismo centro del Gobierno, compeliendo al Rey a doblar la cerviz y sujetarse al yugo.

Mandaba el ejército opuesto a los levantados constitucionales el general Freire, y la escuadra surta en la bahía de Cádiz el capitán general de marina don Juan María Villavicencio; el primero bien acreditado en la guerra de la Independencia p. 297por distinguidos servicios, y en 1814 sospechado de cierta inclinación a la Constitución entonces derribada; el segundo, persona muy notable por haber sido hasta uno de los regentes del reino desde 1812 a 1813, así como por su larga carrera, y también por su talento y saber, nada afecto a la causa constitucional, de lo cual había dado pruebas, pero tolerante con sus adversarios. Como puede presumirse, aparecía el primero más celoso de la causa que sustentaba, por lo mismo que podía ser sospechado de tibio, mientras el segundo, señalado por sus no lejanos grandes servicios al poder monárquico, cuyos excesos había condenado como prudente sin faltarle por esto a la lealtad debida, parecía que preveía ser necesario buscar un medio de avenencia entre parcialidades poderosas. Sabidas las noticias de la sublevación de Galicia con certeza, y de la de la Mancha confusamente, y siendo muy de temer que hubiese habido una gran mudanza en Madrid, ambos generales vinieron a Cádiz, el uno del Puerto de Santa María, y el otro de su navío. Su llegada conmovió al pueblo de Cádiz; supusiéronles intenciones que no traían; acudió numeroso gentío a la plaza de San Antonio, que había sido llamada de la Constitución desde 1812 a 1814; el hecho mismo de haber allí tal concurso era ya grave, trocado el temor en confianza, siendo así que poco antes los gaditanos, irritados y medrosos, apenas salían a la calle, y no osaban congregarse en crecido número; y, como acaece siempre cuando hay muchas personas juntas, la concurrencia, aun sin ser bulliciosa, tenía apariencias y aun carácter de serlo, sonando como clamor sordo las conversaciones particulares, y alterados los rostros de los concurrentes como de quienes estaban en ansiosa expectativa a punto de no poder ya distinguirse que aquella reunión fuese pacífica, sin poder por esto ser calificada con razón de sediciosa. No podía durar mucho tal incertidumbre. Los generales se asomaron al balcón de una casa p. 298que daba a la misma plaza, y en breve, sin que ninguno de los dos lo hubiese dispuesto ni consentido, pero sin que mostrase resolución de estorbarlo, un grito de «Viva la Constitución» salido de mil bocas pobló el aire, y atronó aquel recinto. No sonó una voz que a tal exclamación se opusiese; no se dio providencia para reprimir un movimiento que era ya una rebelión o revolución declarada. Era entonces, y fue por algún tiempo, costumbre dar a la inscripción que anunciaba tener una plaza el nombre de la Constitución a modo de un carácter sagrado y una importancia política la más alta. Así es que de pronto se buscó una tabla, y escribiendo en ella el a la sazón terrible letrero, fue este colocado en el lugar donde había estado otro igual escrito con letras de bronce dorado en lápida de mármol, saludando apasionadas aclamaciones a aquel símbolo de una época renovada, que para los gaditanos era de glorioso y caro recuerdo. Siguiose iluminarse el pueblo todo al cerrar la noche, y discurrir las gentes por las calles con ruidosa alegría, tanto que en las escenas de la revolución de 1808 a 1814 no hubo una que a esta excediese en punto a manifestaciones de entusiasmo popular, y pocas que la igualasen.

En tanto, el general de marina Villavicencio, a impulsos de su natural conciliador, o mandó o consintió que pasasen a San Fernando tres oficiales de la armada a dar al ejército llamado Nacional noticia de lo ocurrido. Fueron los que llevaron tal comisión el conde de Mirasol, muerto ha pocos días, don Jacobo Oreiro, y don N. Sánchez Cerquero.

Poco esperábamos en San Fernando recibir tan faustas nuevas. Yo, que era uno de los contados a cuya noticia había llegado haber sido vencida y deshecha la columna volante del mando de Riego, había salido en la misma tarde de aquel día (9 de marzo), y cuando en Cádiz ocurría tan inesperada mudanza, a dar un corto paseo, y me sentía p. 299poseído de negra melancolía, viendo cercano el momento en que, o había de caer en manos de nuestros contrarios y pagar con la vida mi delito, o de escapar con trabajo a vivir la vida del proscrito, empresa nada fácil. Venía retirándome de mi paseo, y había entrado en las calles, cuando noté súbito alboroto de general alegría. Anunciábase haberse jurado en Cádiz la Constitución, y la llegada de los portadores de la noticia tanto cuanto feliz difícil de creer. Ya antes más de una vez habían corrido voces semejantes creídas de algunos, dudadas de muchos, y venidas a desvanecerse como ilusión hija del deseo. En esta ocasión fui yo de los incrédulos, hasta que varias personas me afirmaron ser verdad averiguada lo que yo estimaba lo contrario. Me encaminé, pues, a casa del general Quiroga, donde hallé a los oficiales de marina, procedentes de Cádiz, rodeados de gente alborozada, agasajados, festejados y acosados a preguntas por quienes apenas podían creer el felicísimo suceso de que eran nuncios.

Entró entonces el discurrir qué habría de hacerse, por nuestra parte. Lo primero que se resolvió, fue enviar a Cádiz comisionados que tratasen de ponernos en paz y unión con las autoridades y tropas de aquella ciudad, si bien pareció oportuno dar el carácter de parlamentarios a los encargados de tan importante comisión, por no considerarse aún la paz asentada. Tres fuimos los nombrados para la comisión o parlamento; el coronel don Felipe Arco-Agüero, jefe de estado mayor de nuestro ejército; el de igual graduación don Miguel López de Baños, que tenía el mando de nuestra artillería, y tercera persona no militar, que fue la mía, recomendándome para tal comisión el ser diplomático, y más todavía el cercano parentesco que me unía con el general Villavicencio, hermano de mi madre, además mi padrino de bautismo, y a cuyo lado había yo pasado buena parte de mi niñez. Comenzamos desde las primeras horas de la noche a prepararnos para nuestro p. 300viaje, si bien los preparativos no podían ser muchos, ni lo eran. De ello nos distrajo por breve rato la agradable ocupación de salir de la población al sitio llamado Manchón de Torrealta, donde está situado el observatorio astronómico, y desde el cual registra la vista no corto espacio, descubriéndose a lo lejos, allende las aguas de la bahía y las tierras llanas inmediatas, la ciudad de Cádiz, blanca como la nieve, en el horizonte; pero en aquel momento, si las tinieblas de la noche no permitían ver sus casas y torres, señalaba el lugar donde estaban un resplandor vivísimo nacido de las luminarias, cuya luz se dilataba a largo trecho. Numerosos espectadores acudían a recrearse con la contemplación de aquella luz, más grata todavía que la de la aurora lo es para el navegante, tras de una noche de borrasca, peligro y ansias.

Poquísimo dormí yo en la noche de que voy ahora aquí hablando, porque hacía en mí el gozo lo que podría haber hecho la pena más aguda. Amaneció el deseado día, y en sus primeras horas pasé a juntarme con mis compañeros, y emprendimos nuestro breve viaje. Llevábamos los parlamentarios algún acompañamiento: un ayudante de Arco-Agüero, llamado don N. Silva, cuatro soldados de artillería de a caballo, con largas barbas, por lo cual eran apellidados barbones, y un trompeta de la misma arma. Todos iban a caballo menos yo; circunstancia no digna de mención si no hubiese influido en mi suerte en los sucesos que siguieron, y debida a que, siendo yo pésimo jinete, no quería ir haciendo ridícula figura a nuestra entrada en Cádiz, por lo cual escogí un calesín a pesar de lo incómodo y feo de tan mala y antigua máquina de viaje.

Poco más de media legua habríamos andado desde San Fernando, y estábamos cercanos al lugar donde, cerca del torreón apellidado de Torregorda, tuerce casi formando un ángulo recto, y va en derechura a Cádiz la carretera nombrada allí arrecife, cuando empezamos a encontrar p. 301gente de Cádiz, que a pie había andado sobre legua y media ansiosa de ver y saludar a los constitucionales de ellos tan amados. Según íbamos adelantando, iba creciendo el número de los viajeros, que llegó a ser muy considerable ya a más de media legua de Cádiz. Habíamos los del ejército constitucional, cuyo título era el de nacional, tomado por divisa añadir a la escarapela encarnada un ribete ancho de cinta verde, divisa considerada después por muchos como propia de la sociedad secreta directora del levantamiento, y de la cual éramos gran parte de los del ejército, si bien no todos, pero divisa que no lo era de sociedad alguna, siendo solo emblema de nuestra esperanza al acometer y empezar a poner por obra nuestra empresa, esperanza nunca del todo perdida. Como sabían esto los gaditanos todos, los paisanos se habían puesto escarapela como militares, y, no habiendo tenido tiempo para coser a las que traían el ribete verde, se habían contentado con poner un lazo de este color sobre el centro de la escarapela encarnada. Las manifestaciones de alegría de aquellas gentes tenían trazas de delirio, y al vernos rompían en altos vivas, declarando, a la par que adhesión a la causa que con ellos nos era común, afecto vivo y aun admiración a nuestras personas, en las cuales veían representadas las de nuestros compañeros. En medio de tanto aplauso, llegamos a la obra avanzada llamada la Cortadura, guarnecida por tropas que poco antes eran para nosotros enemigas, habiéndolo sido por espacio de dos meses, plazo durante el cual habían nacido en ella contra nuestra causa, y más aún contra nuestras personas, pasiones de odio no poco vivo, siendo muy otra nuestra firme, pero errada creencia, pues los reputábamos amigos violentados a sernos hostiles. Sin embargo, al acercarnos al fuerte, más por pedantería que por recelo, quisimos usar las fórmulas comunes de la guerra, y mandamos al trompeta que con nosotros venía, tocar llamada. Salieron a respondernos; p. 302pero no como prestándose al parlamento, sino calificándole de inútil, porque ya no estábamos en guerra. Parecía afectuosa la respuesta, así como fundada en buena razón, y, con todo, no hubo de agradarnos, porque fue dada con desabrimiento. Otras dos causas, con harto más motivo, mezclaron un tanto de disgusto y desconfianza a nuestra alegría. Poco antes de llegar a la Cortadura, del numeroso gentío que venía de Cádiz se separó una persona que vino a hablarnos, entendiéndose particularmente con Arco-Agüero, con quien había tenido algunas relaciones de trato casi amistoso. Era el personaje de quien ahora hago aquí mención un don N. Elola, oidor o, como decimos ahora, magistrado de la Audiencia de Sevilla, vivo, travieso, no de la mejor reputación, pues era tachado de ligero y cruel, no sé si con justicia, entremetido y dado a bullir, sin crédito de constitucional ni de lo contrario, y el cual, no sé, ni llegamos a saber, por qué razón venía de Cádiz, y si lo hacía por voluntad propia o encargo de otros. Lo cierto es que Elola se empeñó en persuadir a Arco-Agüero a que nos volviésemos sin llegar a Cádiz; pero como las razones que alegaba nada claro ni explícito contenían, no juzgamos decoroso ni justo dejar de cumplir con lo que nos estaba encomendado. Separose, pues, de nosotros Elola, sin haber logrado convencernos, y no sé si regresó a Cádiz o si siguió a San Fernando.

Igual, si no mayor, causa de temor o de sospecha nos dio otra circunstancia que por lo pronto no fue de todos nosotros notada ni aun sabida. Cabalmente, cuando estábamos llamando a parlamento, y recibiendo por respuesta que tal acto era impropio entre gentes ya no enemigas, había crecido sobre manera y agolpádose en aquel lugar la turba procedente de Cádiz, cuyos vivas y aplausos eran tales y tantos que nos ensordecían, y en medio de la gritería reparamos que también gritaban desde el fuerte asomados a sus murallas los soldados, y aunque viniendo p. 303sus gritos de lejos solo podían oírse estos, confundiéndose otros más cercanos y numerosos, no faltó quien oyese que eran, en vez de bendiciones y aplausos, maldiciones y denuestos. Pero esto, repito, apenas llegó a nuestra noticia, y aun cuando hubiese llegado nos habría desviado de pensar en ello el espectáculo que presentó a nuestra vista Cádiz.

A pesar de que las turbas (pues llegaron a serlo) que nos esperaban fuera de las puertas parecía como que debían haber dejado poca gente en el casco de la ciudad, o fuese porque de la población nadie había querido quedarse en casa, o que los que no habían salido a la calle, sin excepción de clase u ocupación, poblaban los balcones y ventanas, era inmenso el gentío que se presentaba a la vista. Las casas estaban adornadas con colgaduras. Entre tanto llovían sobre nosotros, los parlamentarios, flores arrojadas por los que estaban en alto, mientras los que paseaban las calles se apiñaban a nuestro alrededor con animación casi frenética, gritando y procurando asirnos la mano o bien la pierna, o aun solo el vestido. Mis compañeros, poco o mucho conocidos en Cádiz, eran objeto de admiración, y a mí, nacido en aquella ciudad y que en ella había pasado buena parte de mi juventud, se me daban generalmente testimonios de ardiente afecto. Los caballos de mis compañeros apenas podían romper por el tropel, y se encabritaban espantados, y a mi pobre calesín apenas consentían que rodase, no faltando quien se subiese en las ruedas para apretarme la mano o darme una enhorabuena afectuosa. ¡Días eran aquellos que no volverán en largo tiempo, no siendo tan arrebatado o loco entusiasmo posible ya a una generación llena de desengaños y escarmientos, y que por ser más cuerda ha perdido muchos de los placeres que las ilusiones hijas de la inexperiencia traen consigo!

Como ya va aquí dicho, atravesamos casi toda la ciudad p. 304de Cádiz por estar muy distante de la Puerta de Tierra la casa del general Freire, a que nos encaminábamos. Al ir a llegar a ella, pasamos las esquinas de la calle de Linares, que desde la plaza de San Antonio, que iba a ser de la Constitución, va al paseo de la Alameda, y que era y debe de ser aún hoy una de las vías de comunicación en aquella ciudad más transitadas. Al atravesar descubrimos parte de la plaza atestada de gente, porque allí iba a jurarse la Constitución ante la lápida que de ella era recordación y símbolo. Reservándonos nosotros asistir a aquel espectáculo para la hora muy cercana en que, presentes las autoridades, había de celebrarse la ceremonia del juramento, nos apeamos a la puerta de la casa del general y pasamos a su presencia.

Hallamos a Freire cortado, inquieto, ni desabrido ni afable, y solo con muestras de estar muy poco satisfecho de la situación en que se veía. La sala en que le vimos estaba muy concurrida, llenándola personas de diversas opiniones, cuáles alegres y soberbias, cuáles si ya no mostrando tristeza o enojo, dando señales o de abatimiento o de recelo. Vinieron a abrazarnos amigos nuestros, que presos por haber sido cómplices en nuestra empresa, habían sido puestos en libertad pocas horas antes y en las de la noche. Otros, poco antes nuestros contrarios ardorosos, con frases conciliatorias procuraban captarse nuestro afecto, explicando su conducta anterior como quien se disculpa de una falta. Bien mirado y considerado todo, no nos sentíamos satisfechos de la escena de que eran teatro aquel lugar y los cercanos, y de que éramos testigos. Freire como que procuraba despedirnos para que nos volviésemos al lugar de que habíamos venido, aunque no lo dijese claramente, y habiendo soltado una expresión de temor de que puestas en roce las tropas de su mando con las del ejército nacional, este introdujese en aquellas un espíritu de indisciplina; y respondiendo a esto Arco-Agüero, como algo p. 305picado, que el ejército constitucional era por demás disciplinado, añadió el general de las tropas reales que las suyas (según esperaba) a ningunas cedían en este punto; pero lo dijo con tan anublado rostro y vacilante acento, que bien parecía que hablaba según su deseo y no según su esperanza. En esto sonó un tremendo ruido, oyéronse tiros, voces confusas, carreras: se asomó al balcón Freire y desde la calle le gritaron que estaban asesinando al pueblo. Él dio muestras de no creer tal cosa, pero poco pudo decir, porque ya el hecho estaba patente. La parte trágica y en sus consecuencias no poco funesta de la historia de la segunda época constitucional había comenzado, anticipando los odios que por fuerza habían de nacer de la mudanza de una a otra opinión sustentada con vehemencia, y del choque de intereses que cambios tales tienen por consecuencia forzosa.

II.

La súbita acometida de parte de la guarnición de Cádiz a los pacíficos paisanos que habían acudido alegres a una fiesta a que los había convidado la autoridad, era un suceso que debían haber previsto el general Freire y los que a sus órdenes mandaban las tropas de aquella plaza. Pero de estos últimos, algunos, sin duda, fueron cómplices, aunque solo cómplices hasta cierto grado, del hecho atroz de la desmandada soldadesca; y en cuanto al general, justo será decir que, combatido de terribles dudas, casi arrepentido de haberse prestado a que se proclamase la Constitución en el día anterior, sin llegar su arrepentimiento a punto de atreverse a revocar su resolución cuando menos aventurada, sintiéndose casi rebelde sin serlo, y por lo mismo falto o de la osadía o de la fe que p. 306hace de la rebelión la defensa de un principio, o bien creído, o tomado por pretexto, no acertaba a contener la tropa, sofocando el espíritu que la animaba, y dejaba andar las cosas, lisonjeándose de que no llegarían a un extremo.

Así, mientras con loco alborozo celebraba en la noche del 9 al 10 de marzo el restablecimiento de la Constitución el vecindario de Cádiz, bramaban de coraje los soldados en los cuarteles, siendo para ellos cada viva que oían un insulto insufrible, o un reto que pedía respuesta. En tal disposición de ánimo no fallaron malos consejeros que les persuadiesen a pasar de las palabras de queja y resentimiento a las obras. Quiénes fueron los consejeros del atentado que cometieron, no está averiguado, ni aun hoy, al cabo de largos años y de una causa que duró más de tres, sin dar de si más que llevar al suplicio a un pobre guarda de las puertas, no más culpado que otros, pero sí totalmente desvalido. Que los consejeros del movimiento que vino a ser sublevación, no dictasen el modo brutal con que fue llevado a efecto, probabilísimo es; pues, resuelto el hecho, hubo de quedar el modo de la ejecución encargado a gente baja y grosera. Porque haberse opuesto en la tarde del 9 a obedecer a quien les mandaba, fuese quien fuese, proclamar la Constitución, o consentir que la proclamase el pueblo, habría sido acto loable en cierto grado, y aun haber manifestado los soldados y oficiales en la mañana del 10, quietos en sus cuarteles, su desaprobación de todo cuanto estaba pasando e iba a hacerse, declarándose resueltos a ser fieles al Rey y su Gobierno, habría merecido aprobación más todavía que disculpa. Y con tal declaración bastaba para que el acto de jurar la Constitución hubiese sido por lo menos suspendido, evitando por tal medio un choque al cual no podía arrojarse el indefenso y tímido vecindario.

Pera no fue así; y saliendo a la calle primero el batallón p. 307de Guías y después el de Leales, casi en tropel, sin son de cajas, asomaron los de aquel a la plaza de San Antonio por varias de las calles que en ella desembocan, y saludaron al numeroso gentío allí congregado con una descarga. Pretenden los defensores de la inicua agresión que muchos de los tiros disparados lo fueron al aire, y solo para amedrentar, de lo cual citan como prueba haber habido pocas víctimas entre tanta gente allí apiñada; pero si tan prudentes o misericordiosos estuvieron algunos, no fueron todos, pues quedaron una o dos personas muertas y varias heridas en aquel sitio, sin contar con que solo el terror producido por tal barbarie era un acto de ferocidad punible. Huyeron en confuso tropel los que llenaban la espaciosa plaza, entre los cuales había mujeres, niños y ancianos, dándoles alcance los soldados con muestras, si no con intención, de hacer en ellos estrago. Difundiose por la ciudad el alboroto, hubo gritería, gemidos; cerrar de puertas que parecía nuevos disparos y alternaba con los que ciertamente lo eran. Enfureciéndose los agresores, como siempre acaece, con sus primeros actos de violencia, discurrían por las calles voceando, amenazando y a veces hiriendo, pues en lugares distantes del teatro del acto primero de aquella tragedia cayeron muertos algunos paisanos. Resistencia no hubo, por no ser el pueblo gaditano propio para la guerra de calles. Así, al alboroto y bullicio siguió la soledad de las calles, y la angustia y terror en el interior de las casas, pero el silencio no en algún tiempo; pues los vencedores sin batalla con tiros continuos y gritos descompasados de viva el rey seguían dando satisfacción a sus pasiones.

Ya dejo dicho que a la primer noticia del alboroto se asomó el general Freire al balcón para sosegar al pueblo que acudía a quejarse y pedir favor, y que aseguró que nada había qué temer, quizá no creyendo lo ya ocurrido. En tanto los del parlamento, desempeñada ya nuestra comisión, p. 308íbamos a volvernos a nuestro ejército a ser portadores de nuevas poco satisfactorias, y muy otras que las que los nuestros con harta razón esperaban. Fue gran fortuna que hubiésemos diferido unos cuantos minutos ponernos en camino, pues, no siendo así, habría roto la sedición antes de haber nosotros llegado a la Puerta de Tierra; y no habiendo por ella salida, porque nos la habría impedido la tropa acuartelada en la inmediación, sin duda alguna habríamos sido sacrificados. Pero como el tumulto comenzó cabalmente en el momento de ir a montar mis compañeros en los caballos que habían dejado a la puerta de la casa del general, suspendieron el salir, y, al revés, se volvieron adentro, donde no creyéndose seguros, subieron a las azoteas que tienen todas las casas de Cádiz, y saltando de una en otra de las de la manzana, al fin pararon en una ya algo distante, donde bajando por la escalera encontraron en uno de los pisos o cuartos de la casa quien les diese abrigo. Otra y harto más crítica fue mi suerte.

Ya dije que había dejado mi calesín a alguna, bien que corta, distancia del alojamiento de Freire, y en esta distancia estaba la calle de Linares en medio. La había yo atravesado, o iba a subir en el calesín, cuando vi que este huía a buen correr de su caballo, y, por otro lado, un golpe crecido de gente huyendo en tropel y barriendo la angosta calle como un torrente me atajaba el camino para la vuelta. En la esquina había (y creo hay aún) una confitería que comunica con una botillería del mismo dueño, a la cual solía yo concurrir algunos meses antes, y había concurrido bastantes años, siendo en ella conocido de los mozos de servicio. Respaldarme a una de las puertas de la confitería, ya cerradas, fue mi primer acto; el segundo o casi inmediato volver mi sombrero de suerte que la escarapela con su lista verde no se viese. Así parecía yo un militar, siendo entonces muy común en los oficiales llevar el p. 309sombrero de picos o apuntado con divisas juntamente con el traje de paisano. Por esto no llamé la atención de unos cuantos soldados de Guías que entraron furiosos por la calle persiguiendo a los fugitivos. Delante de mí, y en la acera opuesta, cayó uno de estos enredado en su capa, y echándose sobre él un soldado repetidas veces, le hirió al parecer con su bayoneta; pero creyéndole muerto o moribundo, pasó adelante en busca de nueva víctima, cuando, con sorpresa mía, el que creía yo cadáver se levantó sano y salvo, y se puso en huida, pues ni él tenía otra lesión ni daño que el causado por el miedo, ni su agresor, ciego de furia, había acertado a atravesar con su arma otra cosa que la capa o capotillo del caído. En medio de esto oí yo que me llamaban por mi nombre por las rendijas de la puerta. Respondí, y volvió a hablarme un mozo del café que, preguntándome en voz baja si había algún soldado enfrente, y diciendo yo que todos estaban ya distantes siguiendo el alcance, abrió de la puerta lo bastante para que por allí cupiese mi persona, y tirándome de los faldones me hizo entrar de espaldas, siendo tal la prisa que teníamos, yo por verme en seguridad y él por llevarme a lugar en su sentir algo menos expuesto, que, sin detenerse a abrir la entrada que alzando una tabla del mostrador da paso de este a la parte exterior de la tienda, me hizo saltar por encima y casi caer al lado opuesto. Una vez dentro de la casa, pasé a la sala que servía de botillería y no tenía puerta a la calle, sino solo a un patio, y encontré aquella pieza llena de gente, en su mayor número de mujeres, acongojadas y aterradas. No les fue grata mi llegada, pues pronto se enteraron de quién era yo y del triste caso en que me veía, y les entró el fundado temor de que podrían penetrar allí los soldados y el menos racional de que, si entraban, pagarían todas las personas en aquel lugar refugiadas la pena de hallarse en mi compañía. Así fue que un rumor sordo empezó a declarar deseos de que p. 310saliese de entre gentes a las cuales estaba comprometiendo; pero pudo más al cabo la compasión que el miedo, y no hubo quien se atreviese a proponer acción tan fea como habría sido la de arrojarme a la calle donde me amenazaba grandísimo peligro. Lo que sí hicieron fue apoderarse de mi sombrero, y con tijeras descoserme de la escarapela la cinta verde que le servía de ribete, y la cual, por lo mismo de no estar sobrepuesta, me delataba como procedente del ejército de San Fernando. Entre tanto poblaban el aire varios ruidos de voces y tiros, y desde adentro juzgaban muchos refriega o combate lo que era alboroto y excesos de los vencedores, que lo habían sido sin hallar resistencia. Mal podía suponerse que hubiera poder que la hiciese, pero no faltaban quienes se figurasen que en aquel pueblo indefenso y nada belicoso podía haber personas capaces de apelar a las armas para, o hacer frente a una agresión, o tomar de ella venganza, mientras otros se lisonjeaban de que una parte de la guarnición estaba en batalla con la otra en cuya sublevación no había tenido parte. Cesó por fin el ruido, o solo sonaba el de los vivas al Rey dados con voces así como destempladas, roncas: claro indicio tanto de la furia mostrada en la repetición del gritar de los voceantes, cuanto de la bebida con que habían excitado su entusiasmo al arrojarse a su atroz hazaña, y le habían mantenido y seguían manteniendo al solemnizar su triunfo. Pero, como no se oyesen ya disparos, comenzaron los abrigados en la botillería a pensar en irse a sus respectivas casas, lo cual fueron llevando a efecto poco a poco, asomándose primero algunos o algunas con precaución, y aventurándose luego a salir los menos tímidos, y sirviendo el ejemplo a los demás, pues ya veían que habían pasado para lo general de las gentes los momentos de mayor peligro. No así para mí, cuya situación era diferente, y que a la sazón no tenía casa en Cádiz. Por esto hube de detenerme, pensando en qué haría. Solo p. 311ya, o poco menos, en mi asilo, había llegado la hora de las tres de la tarde, que era la de comer en Cádiz, y el dueño de aquel establecimiento, no obstante no ser fonda, ni servirse en él otra cosa que bebidas frescas, me propuso darme de comer, lo cual acepte yo sin escrúpulo, suponiendo que pagaría lo que gastase. Comí, pues, y no mal en medio de mi inquietud, y hube de hacerlo de pescado, por ser aquel día viernes de Cuaresma, pensando en que a un francés o inglés parecería natural, siguiendo ideas supersticiosas sobrado comunes, que fuere tan trágico aquel día de la semana, porque entre los extranjeros tiene la reputación de aciago que los españoles atribuyen al martes. Pero cuando concluí mi comida, y para pagarla pedí la cuenta, se me presentó el mismo amo de la casa diciendo que nada me cobraría por título alguno; acto de cortesía y generosidad por desgracia compensado con la condición que me puso, y fue que le hiciese el favor de irme a la calle lo más pronto posible. No tuve otro remedio que obedecer, y me arrojé a correr mi suerte por medio de la ciudad atribulada y desierta, o solo poblada fuera de las casas por soldados que habían roto el freno de la disciplina.

Triste era por cierto y espantoso el aspecto de aquella población, entonces todavía por lo común alegre y de gran concurrencia en sus calles y paseos. Veíanse cerradas todas las puertas, así las que caían a la calle como las que daban paso a los balcones y rejas, y se notaba que aun las de madera detrás de las vidrieras lo estaban asimismo; reinaba profundo silencio, cuando no le interrumpían los gritos de los soldados. Vagaban estos por el pueblo con gesto airado y ademanes descompuestos, como buscando enemigos en quienes desahogar su furia, y rabiosos porque no los encontraban. Por entre ellos pasaba yo sin ser notado, gracias a las divisas de militar que llevaba en mi sombrero. Incierto en cuanto a escoger el punto a que p. 312primero me dirigiría, resolví ir a casa de mi tío, porque precisamente por haber él enviado a nuestro ejército en la tarde anterior los oficiales de marina portadores de las para nosotros alegres nuevas, y también, según nos parecía, de seguridades de paz y unión, le considerábamos, no con toda justicia, obligado a hacer que se nos respetase. Llegué, pues, a su casa, penetré donde él estaba, le encontré comiendo con alguna gente, y levantándose al verme, con rostro donde se pintaban sorpresa y enojo, me mandó ir a otra pieza, donde sin perder un momento vino a hablarme sin testigos. Su primer palabra fue preguntarme qué traía, y mi respuesta, seca y hasta insultante, nacida de ver su gesto no afable, fue que no venía a buscar al pariente, o al hermano más querido de mi difunta adorada madre, sino al general de marina que nos había convidado a venir a Cádiz como amigos; siendo mi principal empeño que me reuniese con mis compañeros para que juntos tuviésemos igual fortuna. La respuesta de mi tío fue que nada sabía de ellos, ni tenía que ver con lo que pasaba, por lo cual me remitía al general Campana, con quien me tocaba entenderme, pues este era el gobernador de Cádiz. Salime yo, pues, sin despedirme ni ser despedido, y resuelto a seguir el consejo de mi tío, fui en busca del personaje a quien me remitía; viaje nuevo más peligroso que el que acababa de hacer con tan poco feliz suceso. Estaba por entonces el general Campana en uno de los pabellones de los cuarteles próximos a la Puerta de Tierra, siendo forzoso para llegar allí desde el punto de la ciudad de que yo venía atravesarla toda cuan larga es, pasando por sitios por los cuales estaba en mayor número desparramada la sublevada tropa. Fue mi suerte oír entre sus gritos expresados deseos de haber a las manos a los que pocas horas antes habían entrado en Cádiz procedentes de San Fernando y sido recibidos en triunfo, prometiéndoles, si los descubrían, saciar en ellos su saña. Bien p. 313temía yo, y no sin algún motivo, ser conocido de alguno de aquellos hombres feroces, porque de su número no pocos habían estado en el ejército de San Fernando, en el cual era yo muy conocido, aun de los individuos de la clase de tropa, que me daban por título o nombre el de El Gacetero. Pero tuve la dicha de no tropezar con quien me conociese, y llegué al alojamiento del general Campana. La sala en aquella hora estaba llena de oficiales, todos celosos de la causa Real, todos, a lo menos en la apariencia, ufanos de lo ocurrido. Asombrose el general de verme allí, y no obstante no tener conmigo amistad, sino mero conocimiento, se esforzó en persuadirme a que luego, luego, me retirase y fuese a esconderme, porque (según me decía) estaba la gente muy exaltada, y era muy posible que fuese yo víctima de alguna violencia. Pero yo insistí en reclamar mi privilegio de parlamentario, y más todavía en que se me llevase donde estaban mis compañeros, siendo esto último mi principal deseo, porque me habría creído deshonrado si no participaba de su suerte, y también porque ellos no sabían si yo había huido dejándolos en peligro, y no quería yo tener sobre mí tan fea y no merecida nota, ni justificar la prevención desfavorable con que aun el más despreocupado militar juzga al paisano. Mi primera pretensión fue tratada como ridícula; y en cuanto a la segunda, se me aseguró lo que era verdad, y yo no quería creer, a saber: que nadie de los que estaban en autoridad entonces sabía ni sospechaba dónde habían ido a ocultarse los oficiales parlamentarios, pues los soldados estaban presos. Desistí al fin de mi temeridad, o, diciéndolo con más propiedad, de mi necia pertinacia; seguí el consejo del general Campana, que me le daba con empeño e insistencia afectuosa, y me encaminé a buscar abrigo en los puntos en que juzgué me sería menos difícil hallarle. Pero encontré resistencia a acogerme aun en amigos y parientes: tal era el terror de que estaban poseídos los gaditanos. p. 314Cerró en tanto la noche, que fue nublada y lluviosa, y, no habiéndose encendido los faroles del alumbrado de la ciudad, que, si no tan bueno como suele serlo ahora el de toda población considerable, era lo mejor qué a la sazón había en España, quedó Cádiz así como en soledad y silencio, en tinieblas, de manera que los poquísimos precisados a transitar por las calles íbamos a tientas y tropezando. En tanta incomodidad y angustia ocurrió que en la calle cuyo nombre es del Sacramento, oí cerca de mí un «¡Viva el Rey!» dado por voz bronca y vinosa, y, antes que viese la persona de quien salía el grito, me sentí detenido y asido por un soldado que, en estado de embriaguez casi completa, andaba, vagando con el sable desnudo, pronto así a hacer mal como a contentarse con dar voces. «¿Quién vive?», me dijo, «y ¿dónde va usted?», a lo cual respondí yo ser oficial de la Real marina (y recalqué el adjetivo Real) que iba con una comisión de mi general. No estaba el que me detenía para entrar en averiguaciones prolijas, y como su enojo era con los paisanos y yo no le parecí tal, por mi sombrero que veía en la oscuridad cuando estábamos juntos, me llamó compañero, trocado en familiaridad el respeto, y, convidándome a gritar «Viva el Rey», lo cual hice yo de buena o mala gana, me dejó ir adelante. Pero podía repetirse este lance con peores resultas. Así fue que crecieron mis ansias, hasta que, por fortuna, en casa de la viuda del hermano mayor de mi madre (que también había sido general de marina) y con cuyas hijas gemelas me había criado más como hermano que como primo, siendo la misma nuestra edad, encontré donde pasar con descanso y seguridad la noche. Pero aun esta misma familia limitó a una noche su hospitalidad, lo cuál no extrañé, pues al cabo más hacían por mí que otros. Pasé, pues, en aquella casa la noche, y dormí profundamente, con admiración de quienes me hospedaban, que atribuyeron a serenidad lo que era cansancio. Llegó la mañana p. 315y hube de desocupan mi lugar de provisional abrigo, y de volver a mis vanas pesquisas del día anterior. No había mejorado con el nuevo día el aspecto de Cádiz, y apenas uno u otro habitante había salido de su casa, mientras los soldados, cansados de la agitación pasada, casi todos se habían recogido a las filas de sus respectivos cuerpos, quedando pocos, si bien todavía algunos, sueltos por las calles. En tanto, acudí yo en busca de noticias o de asilo, entre otras personas, a dos que eran de nuestra sociedad secreta, que habían sido partícipes en sus trabajos juntos conmigo pocos meses antes, y que, hasta por su obligación así como por reglas de decoro, debían darme amparo. Pero ambos me recibieron con sequedad casi grosera, y me trataron con tan claro desvío, que, si no me echaron fuera de sus casas a viva fuerza, me intimaron que saliese de ellas en términos que no daban lugar a resistencia alguna y ni siquiera a demora. Volví otra vez a mi paseo sin objeto, cuando una casualidad rarísima le puso término, dándole el más favorable en mis circunstancias, o, a lo menos, el más conforme a mis deseos con empeño manifestados. Caminando yo por una de las desiertas calles del centro de Cádiz, y próximo al teatro Principal, sentí pasos detrás de mí, y a corta distancia, dados tan a compás con los míos, que bien declaraba ser de persona que me seguía. En caso tal, fuese amigo o contrario quien venía sobre mí o a mí, la resistencia era inútil. En efecto, mi seguidor, pues no era perseguidor, en voz muy baja me llamó por mi apellido. Respondí yo, preguntando qué me quería. «¿A dónde va usted?», repuso él; y un no lo sé fue mi segunda respuesta. «¿Y por qué no va usted a juntarse con sus compañeros (dijo hablando otra vez el desconocido, que para mí lo era, aunque él me conociese bien)». «Porque no sé dónde están (respondí yo), y desde el alboroto de ayer los ando buscando». «Pues yo soy quien los tengo ocultos (dijo aquel hombre), y precisamente he salido a p. 316comprar algo con que almuercen. ¿Quiere usted venirse conmigo?». «¿No he de querer?», fue mi nueva respuesta. «Pues déjeme usted pasar delante», dijo mi interlocutor (cuya conversación conmigo había pasado siguiendo andando el uno detrás del otro), «sígame usted, y al llegar a la casa número tantos de la calle de Linares entraré yo, y, si no hay soldados en la calle, dejaré la puerta entornada, y por ella entrará usted en mi seguimiento». Hicímoslo así, hallamos la calle del todo desierta, se entró mi guía en la casa indicada, pasé yo detrás y cerré tras de mí la puerta, y siendo la casa de las llamadas de pisos, esto es, como son generalmente las de Madrid que tienen más de un vecino, subiendo la escalera hasta llegar al cuarto tercero, llamamos a él, y abierto que nos fue, sin anunciar mi llegada pasé yo a la sala donde encontré a Arco-Agüero, López de Baños y el ayudante Silva. Un grito de agradable sorpresa me saludó al ponerme delante de mis compañeros, que, juzgando al haberme perdido de vista que yo me había acogido a lugar seguro, oyeron con sorpresa que mis aventuras, trabajos y peligros habían sido muy otros que los suyos, pues desde la casa del general a su asilo solo habían tenido que saltar azoteas y, no habiendo sido descubiertos, no habían sido molestados. Juntos ya los tres del parlamento, determinamos qué habíamos de hacer, lo cual fue, en vez de seguir escondidos, reclamar el derecho de parlamentarios según práctica o ley de la guerra, alegando que al llegar a las obras avanzadas de la plaza habíamos tocado llamada. Quiso Arco-Agüero que yo extendiese la reclamación como ejercitado en el manejo de la pluma. Pero, hecho el escrito y firmado, ocurrió una dificultad no leve, que lo era asimismo para que permaneciésemos por más tiempo abrigados o amparados en aquella casa. El que en ella vivía comenzó a sentir remordimiento o miedo de tenernos allí, y, sobre todo, rehuía llevar un mensaje nuestro por donde quedase convicto de habernos protegido p. 317por un periodo de cerca de veinticuatro horas. Nos sacó, y a él también, de este apuro una idea de Arco-Agüero, la cual fue aconsejar a aquel buen hombre que dijese al gobernador, al llevarle nuestra reclamación, que en el día antes, en el momento de empezar el alboroto habían llamado a la puerta de su habitación en el cuarto tercero, y que, yendo él a abrir fue sorprendido por tres oficiales armados venidos de la azotea, según pareció, los cuales, habiéndole sujetado le habían encerrado en un cuarto interior y tenídole desde entonces en aquel encierro, no dándole libertad sino para encargarle del papel de que era portador. Agradó al mensajero el ingenioso embuste, y, prestándose a él, marchó a cumplir su comisión, aliviado de sus ansias. En tanto, nos preparamos a matar el hambre, dando prisa a la criada para que nos trajese el almuerzo; almuerzo, ¡ay!, que no hubimos de comer, ni tampoco otro igualmente mandado traer con no mejor fortuna en el discurso de aquella malaventurada mañana.

Hubo de andar ligero nuestro enviado, porque no mucho después de su salida oímos ruido en la calle, y asomándonos con precaución por detrás de la vidriera, vimos hasta veinte hombres de tropa formados enfrente del lugar de nuestro refugio. Siguiose oír abrir la puerta que daba a la calle, sonar pasos pesados de más de una persona en la escalera, llamar con recios golpes al cuarto en que estábamos, darse entrada a los que venían, y aparecerse en la sala un oficial de la peor traza posible, siguiéndole tres o cuatro soldados con las armas preparadas. Era el tal oficial, repito (sin que la desfavorable preocupación con que le mirábamos nos llevase a ser injustos), de fea catadura, alto, por demás moreno, de tosca presencia y groserísimos modales; hablador, con mucho de jaque, y de la clase de los llamados pinos entonces en nuestro ejército, lo que significaba haber ascendido a oficial, p. 318de la clase de sargento y no de la de cadetes, de la cual salía nuestra oficialidad con no muchas excepciones. De que había sido o valiente o afortunado era testimonio un buen número de cruces que llevaba, trayéndolas dispuestas formando un círculo en el costado de su uniforme. Al atravesar los umbrales de la sala en que estábamos esperándole, este oficial nos presentó la punta de su espada desnuda, plantándose como un matador en la plaza de toros al ponerse en suerte, y mandando a sus soldados asimismo preparar las armas, aunque no apuntar, nos gritó ron voz ronca y amenazadora: ¡Dense ustedes presos! Admirámonos todos, y López de Baños, hombre de valor sereno y acreditado, riéndose, dijo a nuestro aprehensor que no le miraba con miedo, pues era un oficial antiguo de superior graduación; que extrañaba su proceder violento y hasta ridículo, y que mal venía suponernos dispuestos a resistir y querer atropellarnos, cuando venía allí por nuestro llamamiento. Quedose cortado aquel soldado rudo, cuya estupidez excedía a lo común de las gentes faltas de talento, instrucción y crianza, y tal fue su confusión, que hasta se olvidó de pedir las espadas a aquellos a quienes iba a llevar y llevó consigo en calidad en que disonaba ir con la espada ceñida. Salimos a la calle con la escolta que nos esperaba, y marchando diez soldados delante de nosotros y otros tantos detrás, nos pusimos en camino, ignorando nosotros cuál iba a ser nuestra suerte. Al atravesar la vecina plaza de San Antonio, vimos que venía por ella formado un cuerpo de tropas a situarse donde había estado el día antes el letrero de plaza de la Constitución y poner otro en su lugar, que hubo de ser el del Rey, y no el antiguo del Santo, haciendo esta sustitución con ceremonia solemne y expiatoria del pecado allí recién cometido. Algo de susto pasamos al ver aquella fuerza, pero no fuimos de ella notados, pues no recibimos ni aun el más leve insulto. Prosiguiendo nuestro camino, llegamos a la puerta p. 319llamada de la Caleta, donde hicimos alto, entrando en el cuerpo de guardia de aquel punto, con lo cual estaba visto que por entonces iba a ser nuestra prisión el vecino castillo de San Sebastián. Pero como esta fortaleza está a alguna, bien que corta distancia de la plaza, y asentada en peñas asperísimas, aunque bajas, siendo el camino hasta llegar a su recinto por demás desigual y también de rocas, y cubriéndole la mar cuando está la marea llena, hasta dejar el castillo en una isla a que se va por un pésimo puente de tablas; y como la hora de nuestra llegada a la Caleta fuese la de la pleamar, y el puente estuviese cortado en todo su largo, fue necesario aguardar a la vaciante para tener franco el paso al lugar de nuestro destino. En el cuerpo de guardia había un oficial de milicias provinciales de Sevilla con tropa del mismo cuerpo; hombre atento, servicial, cortés, en suma, caballero, que, siéndolo por su cuna,[67] declaraba serlo por su crianza.

[67] Era hijo o hermano del marqués de San Gil.

Este consintió en que un ordenanza fuese a una tienda de comestibles poco distante a traernos de allí algo que comer durante nuestro descanso, que debía ser de dos o tres horas, atendiendo al estado de la marea. Supo esto con enojo nuestro aprehensor, que deseaba sujetarnos hasta a padecer hambre. Pero como declarase este su intento, y mezclase con la declaración nuevos insultos y amenazas, ya colérico López de Baños le hizo presente que, preso y todo, antes de ser condenado era un coronel a quien debía respeto un subalterno, y que, esto aparte, nunca un hombre de honor, como debe serlo quien viste uniforme, maltrata ni aun de palabra a persona alguna, y menos siendo personas algo distinguidas, de cuya custodia está encargado. Parose un sí es no es turbado con esta reconvención aquel hombre rudo y violento; pero, recapacitando un poco para buscar disculpa o explicación de sus p. 320malos modos y rigor brutal, nada de esto es por ustedes (dijo), compañeros; esto va principalmente para el perillán del paisano. Oí yo con paciencia el cumplimiento hecho a mi pobre persona, pero no le extrañé, por ser entonces tal modo de pensar común en la parte baja de la milicia; ideas que ya van desvaneciéndose, aunque no hayan desaparecido del todo en cabezas poco ilustradas.

Lo cierto fue que por mortificar al perillán del paisano no quiso el bueno del oficial dejar de hacer lo mismo con aquellos a quienes llamaba compañeros. Porque, ansiando privarnos del corto regalo de un mal almuerzo, de repente dio orden de ponernos en marcha para el castillo, a pesar de que no había bajado la marea lo bastante para ir a él a pie enjuto, como habría sucedido con solo haber esperado todavía sobre una media hora. Perdimos, pues, como antes apunté, el segundo almuerzo, y le perdimos habiéndole pagado como el primero, y nos dirigimos sin demora a nuestra prisión por entonces definitiva, llegándonos el agua hasta el tobillo cuando menos, y en algunos lugares bastante más arriba, y lastimándonos los pies con tropezar en las puntas agudas de las numerosas rocas que, cubiertas por el mar, aún no podíamos ver para evitar pisarlas. No era esta una gran desdicha ni un peligro, pero era incomodidad bastante para que los soldados de nuestra escolta, no obstante ser del batallón de Leales y nuestros enemigos, haciéndose cargo del mal ajeno porque en aquel caso lo era también propio, gruñesen y en voz perceptible y alta dijesen que no era regular ni había para qué hacer pasar aquel mal rato a aquellos caballeros oficiales. Pero la incomodidad duró poco, y una vez en el castillo, nuestro aprehensor hizo entrega de nuestras personas al gobernador del fuerte, y dejándonos seguros se volvió a Cádiz, no sin esperar a que bajase más la marea para hacer menos incómodo su regreso.

Era el gobernador del castillo un buen sujeto, oficial p. 321antiguo, bien criado, y según aparecía, y apareció, no muy extremado ni firme en ideas políticas, de las cuales alcanzaba poco; fiel sin exceso de celo, por lo cual no nos trató ni con rigor ni con blandura, no faltándonos a la cortesía, pero rehuyendo ocasiones en que ejercerla. Dispuso ponernos incomunicados, para lo cual había recibido órdenes; pero protestando tener pocos encierros, nos puso de dos en dos, a López de Baños con el ayudante Silva, y a Arco-Agüero conmigo. A esto agregó concedernos que para comer lo hiciésemos juntos los cuatro, estando presente para observarnos el oficial de la guardia.

El que lo era a la sazón se llamaba don N. Riego Pica, según él nos dijo, añadiendo, como quien desea estar exento de un borrón, que no tenía parentesco, con el Riego no Pica, señalado por el hecho de las Cabezas. Solía el Riego realista venir a visitarnos, pero no entraba muy adentro en nuestro cuarto, diciendo que tenía horror a las pulgas, de las que, en su opinión, había allí muchas, de cuyo rigor nos dejaba participar, y paseando de la puerta del cuarto hasta la pared de enfrente, ensartada la llave de nuestra prisión por su ojo en un dedo de su mano, y haciéndole dar vueltas continuas, se entretenía en darnos noticias propias para desconsolarnos. En verdad, no se quedaba inferior a nuestro aprehensor en cuanto a tenernos y mostrarnos mala voluntad, pero nos daba pruebas de su desafecto con modos, aunque secos y fríos, corteses.

Así pasamos la tarde del día 11, en la mañana del cual ocurrió nuestra prisión y llegada al castillo, y lo mismo fueron todo el día 12 y aun la mañana del 13.

Entretanto, deliberaban los que mandaban en Cádiz sobre qué debía hacerse con nosotros. Que hubo quien aconsejase pasarnos por las armas como a rebeldes, si bien ha habido quien lo haya dicho, no parece cierto. Lo primero a que se apeló fue a enviar a San Fernando un parlamento p. 322proponiendo canjearnos por los generales a la sazón encerrados en la Carraca, y hechos prisioneros cuando fue sorprendido por Riego el cuartel general en Arcos, así como por el ministro de Marina Cisneros, que en la misma ciudad de San Fernando había caído en poder de los levantados constitucionales.

Al llegar al ejército dicho nacional esta propuesta, encontró los ánimos de los que allí mandaban llenos a la par de soberbia y de ira. Sabíase ya estar ondeando triunfante en más de un punto de España el pendón constitucional, presumiéndose con razón que sería alzado en breve aun en Madrid mismo. Si esto daba aliento, por otra parte el atentado cometido en Cádiz había sido sabido con indignación furiosa. De los gaditanos que en la mañana del infausto día 10 habían salido de la ciudad y adelantado largo trecho, pocos se volvieron atrás y los más huyeron a San Fernando. Congregados allí, y enfurecidos con la noticia del hecho atroz y pérfido de la guarnición de Cádiz, rompieron en altos clamores, y comunicaron sus pensamientos y afectos al vecindario de la población donde por dos meses y días había residido el ejército nacional, vecindario, hasta entonces tranquilo, y el cual, si en general más que contrario nos era amigo, no había, con todo, hecho demostración alguna favorable a nuestra causa. Alborotada aquella gente, pedía armas para tomar venganza en los asesinos, del pueblo gaditano; y si tal jactancia de población poco belicosa habría valido poco delante de los soldados, tenía fuerza moral y no corta oír proclamados nuestros principios ya por algunos más que los militares del ejército sublevado, o los pocos que estábamos militando con nuestra presencia o con nuestra pluma bajo la misma bandera. En aquellas mismas horas llegaron de Gibraltar algunos personajes de cuenta, entre ellos don Facundo Infante y don Bartolomé Gutiérrez Acuña, trayendo buenas noticias, como era el pormenor de la revolución de Galicia, y todavía más p. 323alegres y muy fundadas esperanzas. Tal era la situación de las cosas cuando llegó allí la propuesta del canje, la cual fue desechada con indignación, dando por motivo de desecharla que los generales prisioneros lo habían sido por una sorpresa, cuando nosotros los parlamentarios por el carácter que llevábamos éramos personas sagradas aun en medio de la guerra más reñida y seguida con más furor y encono. Pero, como podía recelarse que los de Cádiz intentasen algo en nuestro daño, se los amenazó con que si en algo nos maltrataban, igual suerte cabría a los generales prisioneros, ateniéndose al principio de las represalias; cruel y no muy justo para puesto en ejecución, pero saludable como amenaza cuando el temor que infunde impide actos de bárbara violencia. Siguiose a esto que envalentonados los constitucionales así como irritados, rotas ya las hostilidades con los de Cádiz, adelantasen por la carretera o arrecife, y plantasen una batería a corta distancia de la Cortadura, arrojando desde ella bombas o granadas, y haciendo esto como por vía de reto y a fin de tomar el papel de agresores.

Mientras esto pasaba, medio ignorándolo nosotros, en la tarde del 13 entró Riego Pica, según era su costumbre, en nuestro encierro, y dando su acostumbrado paseo sin perder la maña de guardarse de las temidas pulgas ni dejar de hacer girar la llave en su dedo, nos dijo que corría la voz de haberse prestado el rey a jurar la Constitución, pero que, siendo tal acto a las claras forzado, no hacía caso de él la guarnición de Cádiz. No sé si esperaba respuesta, pero ninguna dimos, aparentando recibir con frialdad tan graves noticias.

Pasó la noche, y en la mañana del 14 fue relevada nuestra guardia, sustituyendo a los del batallón de Leales que la formaba, tropa de las milicias provinciales de Sevilla. Aunque estos cuerpos de provinciales desde 1820 a 1823 se dieron a conocer en general por desafectos a la Constitución, p. 324en las horas de que voy ahora aquí hablando, ganamos mucho con pasar bajo su custodia. El oficial que mandaba la nueva guardia, si no era amigo de nuestra causa, tampoco era enemigo, y considerándonos como a individuos, se nos mostraba atento y afable, de suerte que nos fue muy satisfactorio el cambio que nos privaba del Riego tan diferente del constitucional del mismo apellido. Pero lo principal era no ser dudoso que en Madrid había triunfado la causa constitucional, aun cuando no fuese completo su triunfo.

Tranquila y aun agradable fue la noche del 14 al 15, pero más agradable aún la mañana que siguió. En ella fueron recibidas en Cádiz las Gacetas de oficio de Madrid con el decreto del 7 en que prometía Fernando VII jurar la Constitución, y con la noticia de haber hecho el juramento el 9 con toda formalidad, habiéndose además creado una junta a modo de vigilante de los hechos futuros del monarca. Viendo tan trocadas las cosas el gobernador del castillo, envió a decirnos que estábamos en libertad, pero que nos tenía aún en aquella fortaleza por precaución, trocada la prisión en amparo amistoso, porque estaba revuelta y amenazando la guarnición en Cádiz, dominada por los autores del atentado cometido cinco días antes. Y como en el mensaje se nos exhortase a que nos alegrásemos, comiésemos y bebiésemos, hubo quien respondiese por vía de burlas que en punto a comer, sobre todo Galiano no había esperado el consejo, siendo cierto que yo, a la sazón joven y glotón, había distraído mis penas comiendo copiosamente. Pasamos a visitar al gobernador en respuesta a su cortesía, y fuimos muy agasajados por él y por su mujer y dos hermanas de esta que tenía consigo.

Así corrió el día 15, hasta que, llegadas las horas avanzadas de la noche, nos entregamos al descanso y sosegado sueño. Habíamos despertado temprano, y Arco-Agüero, p. 325cuyo humor era alegre, me había rogado que escribiese una proclama o de mi invención o dictada por él, cuando, llamando a la puerta de nuestro cuarto, ya no encierro, al abrir me encontré al entonces oficial subalterno de la armada Real, y hoy teniente general de la misma y consejero de Estado, don Juan José Martínez y Tacón, conocido mío antiguo, el cual me dijo que venía con un bote de orden de su general a recogernos para llevarnos a San Fernando, haciendo el viaje por agua, por donde no es costumbre hacerlo, rodeando a Cádiz, porque el estado de la plaza o ciudad, donde seguía la guarnición, si no sublevada, poco menos, y mostrándose resuelta a no hacer paz con los constitucionales, no consentía que atravesásemos por dentro de su recinto, de lo que se seguiría peligro no solo a nuestras personas sino a la paz pública. Vestímonos al instante, despedímonos apresurados del ya amigo gobernador y de su familia, subimos al bote por la playa, no habiendo allí muelle, y, estando clara y templada la mañana, casi callado el viento y la mar serena, como si estuviese la naturaleza en consonancia con el estado de nuestros ánimos, rodeamos la todavía inquieta y acongojada Cádiz hasta llegar a las aguas de su bahía. Allí atracamos al navío general, y se nos dijo que subiésemos a él. Hicímoslo así, y pasando a la cámara encontramos en ella al general, mi tío, acompañado de sus hijas. Un seco saludo de nuestra parte correspondió al que él nos hizo, y, puestos a un lado de la cámara como en formación nosotros, y al otro el general con su familia, reinó por algunos instantes completo silencio, dominando en nuestros ánimos la pasión política a un punto de hacerme aún a mí olvidar las relaciones de estrecho parentesco. Mi tío, siempre cortés, aunque nunca afable en su rostro, ni cuando lo era en su intención y su trato, nos instó a que participásemos de su almuerzo, pero, proponiéndonos la alternativa, en caso de no aceptar el convite, de irnos inmediatamente a nuestro ejército en p. 326una falúa que al intento estaba preparada. Escogimos lo último con despego que rayaba en descortesía, y nos salimos de la cámara haciendo un frío y silencioso saludo. Bajamos a la embarcación, emprendimos nuestro corto viaje, y al enfilar, después de la línea de la Cortadura, la en que estaba nuestra recién plantada batería, sabedores los que la guarnecían de ir nosotros en la falúa que veían a lo lejos navegando para San Fernando, rompieron el fuego con un ruidoso saludo. Otro tanto hicieron las baterías de las inmediaciones de San Fernando, habiendo la particularidad de que pasasen muy altas silbando dos o tres balas de cañón por encima de nuestras cabezas, lo cual alborotó a nuestro acompañante el oficial de marina, poco antes aquí citado, no por causarle linaje alguno de temor, pues ningún peligro corríamos, ni aun, habiéndole corrido, podía ello haber hecho mella en el ánimo de un militar pundonoroso y bizarro, sino porque receló que, enfurecidos y enconados los constitucionales contra los de Cádiz, quisiesen mostrárseles enemigos. Así me lo manifestó, pero yo le desvanecí su sospecha, adivinando la causa de la ocurrencia que la motivaba, la cual fue que en la prisa del alborozo, sin reparar que algunos cañones estaban cargados con bala, los dispararon por vía de salva en celebridad de nuestro regreso. Así fue que continuaron los disparos ya con solo pólvora, produciendo cada estampido en nuestros ánimos más grato efecto que el que habría causado la más dulce melodía. Llegamos por fin al muelle denominado de la Punta de la Cantera, hallámosle cuajado de gente, rompió en altos vivas el concurso, y al poner el pie en tierra fuimos abrazados y aun llevados en brazos o en andas formadas por brazos, no solo por los de nuestro ejército, sino por el paisanaje de aquella vecina población, si antes indiferente, o cuando más tibia, entonces ya constitucional ardorosa. Volviose a la escuadra la falúa, y nosotros pasamos al pueblo que por más de dos meses había p. 327sido el de nuestra residencia, en días muchos de ellos de tribulación, y al cual volvíamos en horas de triunfo e inefable alegría.

Tardó algunos días en abrirse del todo la comunicación con Cádiz, cuyos habitantes seguían amedrentados a punto de ni sentir gozo por las que debían ser para ellos felicísimas nuevas. Tardó asimismo la guarnición en resignarse a las consecuencias de la mudanza de gobierno, aun sabido ya que a ella se había doblado el Rey, y continuó por breve plazo de días ni sumisa ni rebelde. Pero de allí a poco hubieron de salir de la plaza, teatro de su exceso, aquellas tropas mal contentas, entrando a ocupar su lugar los de nuestro ejército, cuya causa había triunfado. Entonces comenzó a tratarse de formar causa a los fautores del suceso del 10 de marzo, y así lo dispuso el Gobierno, haciendo lo que debía en rigurosa justicia, pero quizá no lo más conveniente. El clamor de los constitucionales de Cádiz y de nuestro ejército pidiendo que fuesen tratados aquellos delincuentes con todo el rigor de la ley, quitó (bien es repetir lo dicho en el principio del artículo presente) a la justicia, si no su verdadero carácter, las apariencias de serlo y casi toda su fuerza moral, porque nuestros clamores más que otra casa sonaban como de quien pedía venganza.[68]

[68] Estando, como estoy, pronto siempre a condenarme a mí mismo, cuando creo que he errado o yerre, debo recordar un hecho. En el 10 de marzo de 1822, esto es, habiendo pasado sin particular mención en el de 1821, si mal no recuerdo por consejo mío, nos presentamos en el Congreso, vestidos de luto, los diputados por la provincia de Cádiz a pedir se activase la causa de los que habían trazado o capitaneado la sedición militar ocurrida en aquel día dos años antes. Si bien es cierto que escandalizaba la dilación en el proceso, la cual fue tanta que solo una víctima oscura pagó por otras personas harto más culpadas que vivieron para recibir alabanzas y premios por su atentado, no es menos verdad que influir con nuestra acción en el curso de la justicia era, cuando menos, impropio. A esto se agregó que, habiendo hablado contra nosotros un diputado eclesiástico, constitucional moderado, le repliqué yo con tal violencia que hubo de rayar en desmán, pues se alzó un clamor contra mí, aun en aquellas Cortes tan violentas en sus principios y conducta.

p. 328Justo habría sido calificar la acción de los realistas del 10 de marzo como delito, y no como fidelidad a la causa del monarca; pero bien habría sido también cubrir aquellos excesos y a quienes los cometieron con el manto del olvido o de la clemencia. No fue así, y con todo no se logró su condenación y castigo; pero les preparamos días de altas alabanzas y recompensas dentro del plazo de poco más de tres años, plazo al expirar el cual dio vuelta completa en nuestro daño la rueda de la fortuna.


p. 329

XI.

LAS SOCIEDADES PATRIÓTICAS DE 1820 A 1823.

Tanto hay dicho, y con tantas equivocaciones a veces, sobre las llamadas sociedades patrióticas de la época corrida desde 1820 a 1823, que bien será dar de ellas alguna razón, o exacta noticia, aun cuando obliguen las circunstancias a hacer breve y superficial la que a dar me arrojo. Hasta puede decirse que, en cierta manera, a aquel cuyo nombre suele ir unido con la de una de ellas, y esta la más célebre, toca describir el teatro en que hizo algún papel, y recordar las escenas allí representadas, lo cual tal vez no hará con la imparcialidad debida en los juicios, pero sí con fidelidad al referir de los hechos.

Establecido en España un gobierno de los apellidados libres, dignos del nombre que llevan en cuanto les es apropiado porque en ellos hay libertad para expresar los pensamientos, ya por la vía de la imprenta, ya por discursos en los Cuerpos deliberantes, cuyas sesiones son públicas, nadie pensó por lo pronto en hacer uso de la palabra ante un numeroso concurso para tratar cuestiones políticas, no p. 330haciéndolo en virtud de ejercer un cargo público, sino solo para ejercitar un derecho de individuo particular y libre. La Constitución de 1812, prolija en general, estaba manca en algunos puntos, y sobre lo llamado derecho de reunión nada decía. El recuerdo de los famosos clubs de Francia vivía entre los franceses y asimismo entre los extranjeros, e inspirando un horror de lo pasado, infundía terror cuanto a lo futuro. En Inglaterra es cierto que con frecuencia se congregaban crecidas turbas a tratar de la cosa pública, ya en general, ya en lo relativo a cuestiones pendientes; pero tal práctica, emanada no ya de una ley, sino de falta de ley que la prohibiese, había sido, como lo ha sido después en más de una ocasión, coartada, y por otro lado estaba enlazada con las costumbres de un pueblo rara vez tomado por modelo, aun cuando sea muy común, así como muy justo, alabarle. Además, la Constitución había nacido en una plaza sitiada, donde era difícil que se consintiese deliberar en reuniones numerosas, que fácilmente podían convertirse en motín, con gravísimo peligro, cuando no daño, de la seguridad pública. En medio de todo ello, resultó que mientras de la libertad de imprenta se habló mucho en la primera época constitucional, en la de reunión apenas hubo quien pensase.

Sin embargo, en Cádiz, entrado el año de 1814, hubo de formarse una como tertulia pública en la sala de un café, donde se hacían discursos, y aun, según tengo entendido, proposiciones para que fuesen aprobadas. Pero aquella ciudad, si bien la más señalada entre todas las de España por su adhesión a la causa constitucional, no era ya residencia del Gobierno, y todo cuanto en ella pasaba no tenía importancia superior a la que tiene una capital de provincia. Murió recién nacida la tertulia o sociedad de que acabo de hacer mención, y solo dejó de sí memoria por haber sido duramente castigados quienes a ella concurrieron, y por haber alcanzado el castigo al sitio en que p. 331celebró sus sesiones, pues, como en otro lugar de estos mis recuerdos dejo contado, restablecido el Gobierno absoluto, el conde de La Bisbal mandó convertir aquella pieza de un café en cuerpo de guardia para purificar su atmósfera; castigo que, declarando serlo de una sala inocente e impasible, lo era del dueño del establecimiento, a quien causó grave perjuicio.

Corrieron, en tanto, los años, y en 1820 fue restablecida la Constitución por un levantamiento militar que vino a ser popular, y por haberse allanado el Rey a jurarla y ponerla en ejecución. Entonces hubo de pensarse en celebrar reuniones que imitasen a los meetings ingleses o a los clubs franceses.

No sé de quién nació esta idea, y lo cierto es que, poco después de jurada por Fernando VII la Constitución, se abrió en Madrid en el café llamado de Lorencini, situado en la Puerta del Sol, una sociedad que pronto adquirió grande influjo y fama no de la mejor clase. A ella, con todo, hubieron de concurrir personajes de tanta nota cuanto eran el exministro don José García de León y Pizarra y el conde de La Bisbal, a sincerarse de cargos que allí les hacían en discursos apasionados delante de un auditorio numeroso. Como debía suponerse de tal reunión y de aquellas circunstancias, predominaban allí las opiniones más extremadas, sustentadas con vehemencia; y no siendo los oradores ni los asistentes gente flemática ni acostumbrada al uso del examen y discusión libres, pronto asomó intención de que lo que en la reunión se resolviese no se quedase en vanas palabras.

Mientras esto ocurría en la capital de España, otro tanto pasaba o iba a pasar en varias poblaciones de las más considerables. Era natural que en la ciudad de San Fernando (o según era común todavía llamarla por su nombre antiguo de la isla de León) no nos quedásemos atrás en punto a formar reuniones de igual clase, que desde luego tomaron p. 332el nombre de sociedades patrióticas, con el cual llegaron a adquirir nada buena fama y censura merecida; pero es error suponer que en los dos meses y medio que había estado allí proclamada la Constitución por el ejército encerrado en su recinto, se hubiese pensado siquiera en hablar en público sobre materias políticas, lo cual no podría haber sido sin algún peligro para nuestra causa. Al revés, hubo de preceder la sociedad apellidada Lorencini en Madrid a la que se abrió en San Fernando, muy entrado el mes de abril de 1820.

Dispúsose abrirla en un café, en el cual se levantó una tribuna, remedo fiel en la forma de los púlpitos de nuestras iglesias, desde el cual sitio tocaba perorar ante un inmenso auditorio al que se titulaba orador, a falta de título que mejor le cuadrase. Me tocó ser el primero para inaugurar las tareas de la sociedad, pues no inferior título que el de inauguración dábamos a aquel acto. Era la vez primera que iba yo a hablar a un número crecido de personas congregadas sin exigir circunstancia alguna para darles entrada, esto es, a puerta abierta. Y aquí perdonarán mis lectores que me detenga un tanto a hablar de cosa de tan corto valer como es mi persona, o, digamos, mis pensamientos, dichos y hechos, porque lícito es aprovechar una ocasión de manifestarse tal cual es y ha sido un anciano con frecuencia maltratado, y porque tal manifestación, aun teniendo mucho de defensa, contribuye a poner en su verdadera luz sucesos mal conocidos de una parte de nuestra historia.

Haciendo mi examen de conciencia, y buscando en mis adentros qué motivo pudo inducirme, con algunos años ya de carrera diplomática, con parientes cercanos, todos ellos parciales del Gobierno del Rey, tal cual era su forma en 1819, aunque desaprobasen sus excesos por un lado y por el otro su torpeza, y teniendo medios de medrar como había tenido algunos, y despreciándolos, a jugar p. 333con gravísimo peligro mi vida, y mi situación y esperanzas, podría caer en la tentación, que sería sobre criminal, ridícula, de reputarme a manera de un Santo en lo político, como lo son algunos en lo religioso, o, dicho de otro modo, un varón justo olvidado de su propio interés y hasta de su vanidad, y dedicado completamente al triunfo de un principio al que estaba pronto a sacrificarlo todo para conseguirle a cualquiera costa. Ahora bien: si hay tales hombres en la esfera política, lo cual ni afirmo ni niego, no tengo yo ni tenía la arrogante pretensión de ser de su número. He de confesar, pues, que mi deseo de hablar en público, o lo que puede llamarse una fuerte vocación, me impelía a sobreponer a mi interés inmediato el más remoto de obtener aumentos a la par con gloria, y proporcionármelos con el instrumento de la palabra.

A dar fomento a esta mi ambición me llevaban asimismo mis doctrinas. Lo poco que en España se entendía de política, ha sido causa de no haberse comprendido bien las mías, y los hombres más entendidos de la generación presente, dándose poco a estudiar lo pasado, han formado con ligereza sus juicios sobre mi conducta y opiniones. Hasta ha habido hoy mismo un escritor, y no mi enemigo, que, honrándome con elogios excesivos y superiores a mis merecimientos, comete la atroz injusticia de compararme con Danton;[69] con el feroz demagogo incitador de sediciones y matanzas, cuya memoria está unida a la de los asesinatos de septiembre.

[69] Alúdese aquí a la obra recién publicada por don Juan Rico y Amat sobre los oradores españoles. Hay en ella errores, no pocos ni leves, nacidos de que al hablar de aquella época, faltando noticias, se fundan los juicios en suposiciones. Así, da por supuesto el autor que hubo muchas reuniones en San Fernando, en las cuales me mostré yo furibundo demagogo.

Cierto es que yo he dado ocasión alguna vez a tales cargos, y que, puesto en circunstancias revolucionarias, he p. 334obrado y aun hablado como procedían y hablaban los prohombres de la revolución francesa, si bien no como los feroces jacobinos; pero estos casos raros no constituyen, o no constituyeron en mí, según es común suponer, un desmandado demagogo.

Mi yerro principal venía de mi admiración de las libertados inglesas, y de mi persuasión de que podían y debían ser aplicadas a mi patria. Sabía yo el inglés casi desde la niñez; había leído mucho los buenos autores de aquella nación, miraba sus prácticas y leyes con veneración y envidia, y deseaba traerlas a mi patria. Republicano, ni soñaba en serlo. Una mudanza de soberano, llegase o no a serlo de dinastía, habría sido muy de mi gusto, por razones claras de comprender; pero, no viéndola posible, no ponía mi pensamiento en cosa que a ella encaminase. Tal era el interior, tales las doctrinas del hombre que comenzó a adquirir renombre en las tribunas de las sociedades populares.

Cuando subí a la abierta en San Fernando, varias circunstancias ridículas por ser pequeñas contribuían a turbarme, y, sin embargo, aun no estando preparado, rompí a hablar, y siendo locamente aplaudido por mi verbosidad, cobré con los aplausos bríos, y concluí mi primera arenga en público, la cual habría de ser seguida de muchas, no siempre en provecho de mi persona, o, diciéndolo con propiedad, de mi concepto. Pero tales discursos, más que encaminados a promover desorden o a pregonar y propagar doctrinas demagógicas, se reducían a trivialidades: mucho repetir la voz libertad; mucho encarecer los bienes que ella trae consigo; mucho ensalzar la Constitución, como fuente de la cual había de correr como en torrentes todo linaje de felicidad pública y aun privada; alguna vez explicar la índole del recién establecido Gobierno, o en su todo o en sus partes. Debo añadir que, con rara excepción, las sociedades patrióticas de provincias no pasaron p. 335de ser necias o insulsas, quedando reservado a las de la capital el ser en alto grado perjudiciales.

Ya lo era entonces en Madrid la llamada de Lorencini. O sea la condición impaciente de los pueblos meridionales, gente la cual, con alguna contradicción, es larga en palabras y no se contenta con ellas, sin querer pasar desde luego a las obras, o sea porque todo pueblo no acostumbrado a la discusión templada y pacífica solo quiere usarla como preliminar de actos dirigidos a ejercer el poder, los oradores del café de Lorencini pretendieron ser no una reunión de individuos sueltos, sino un cuerpo deliberante. Así es que enviaron diputaciones al Gobierno, pidiendo no menos que excluir del Ministerio a uno de los que le componían, al ministro de la Guerra, marqués de las Amarillas. Admiró al Gobierno tal y tanto desacato; negó a los suplicantes su arrogante pretensión; alterose con este motivo, aunque no gravemente, la paz pública; fueron de resultas presos algunos de los de la sociedad señalados por haberse desmandado, y la sociedad de Lorencini, si no fue disuelta, hubo de ser reducida a silencio, a lo menos por breve plazo.

Pero el viento soplaba a la sazón favorable a las reuniones llamadas sociedades patrióticas, que iban naciendo en toda población un tanto considerable de nuestra España, con aprobación de los constitucionales todos. Hasta les había dado su aprobación Martínez de la Rosa, quien, recién salido del lugar de su confinamiento, había estado en la de Granada a su paso por aquella ciudad; aprobación expresada con una frase ingeniosa, pues las calificó de batidores de la ley. Así en Madrid, sintiéndose los malos efectos de las discusiones del café de Lorencini, pero conviniéndose, en general, en que, si aquella sociedad había sido mala, era lo conveniente crear una buena que le hiciese frente, se procedió a la formación de una asociación nueva, titulándosela de los amigos del orden, y escogiendo para lugar p. 336donde se estableciese el espacioso salón del café apellidado de la Fontana de Oro. Era el tal salón larguísimo y de alguna anchura, y por su construcción permitía hacer una división entre la parte de la sala que habían de ocupar los socios, y otra de grande capacidad destinada a contener un crecido número de oyentes. No faltó su púlpito con el nombre de tribuna, remedos la cosa y el nombre de la vecina Francia, bien que ya hubiese habido un mueble igual, llamado lo mismo en nuestras Cortes de 1810 a 1814, donde uno u otro orador subía para pronunciar desde allí o leer sus arengas.

Había yo llegado a Madrid a ocupar y servir mi plaza de oficial último de la secretaría de Estado (ascenso por cierto no muy notable con que había sido premiada la parte que había tenido en la recién hecha revolución), cuando fue abierta la sociedad de los amigos del orden, cuyo destino fue en breve ser conocida solo por el del lugar en que celebraba sus sesiones, perdiendo poco a poco, pero no desde luego, del todo su derecho a la honrosa denominación que había tomado. Yo, que había hablado dos o tres veces en la de San Fernando, y una vez sola en la que se abrió en Cádiz en el café del Correo, granjeándome en esta última más desaprobación que aplauso, porque choqué con una pasión nacida de lo que creían los gaditanos ser su interés, me preparé para estrenarme en la capital como orador estrenando la sociedad nueva, sin que pueda ahora acordarme de cómo me fue concedido tal honor, aunque sí confiese que le deseaba y que le había solicitado.

Mi primer discurso ya tuvo algo de oposición; acción impropia de un empleado, pero muy natural en aquellas circunstancias, porque ya empezaba a haber disensión entre los que comenzaban a calificarse unos de hombres de 1812 y otros de 1820; los primeros, ufanos de la fama antigua y de sus gloriosos padecimientos, y los segundos p. 337de ser restauradores de la caída Constitución; aquellos, tratando a estotros con entono y desdén, y correspondiendo los desairados con resentimiento, pues llevaban menos que lo debido cuando tal vez eran superiores a sus merecimientos, sus esperanzas o sus pretensiones. No estaban aún, sin embargo, vivas las pasiones que pronto empezaron a dar muestra de sí, excepto en lo relativo al marqués de las Amarillas, a quien miraban con disgusto los constitucionales más ardorosos, y particularmente los restauradores de la Constitución, o digamos los revolucionarios, porque el marqués, constitucional, pero tibio, no de los perseguidos en 1814, aristocrático en sus modos y aficiones, y celoso de la disciplina militar y aun del orden civil, no era admirador de la sublevación militar de las Cabezas ni de las que siguieron, y si bien no trataba mal a los participantes en aquella empresa, ocultaba poco que al considerarlos como buenos obraba casi forzado. Y si bien no era esto de culpar en el marqués, tampoco es de extrañar que no le mirasen bien aquellos que le creían su enemigo, ni que extremándose como gente violenta, y abultándose su enemistad, le profesasen poco menos que odio. Si yo no llegaba a tanto, esto prueba que hacer guerra al marqués de las Amarillas era cosa natural en un hombre de 1820, revolucionario, y aunque no militar, parte del ejército de Quiroga, que con el dictado de ejército libertador subsistía unido. Además, aunque desaprobase la sociedad nueva los excesos de la antigua, y hubiese sido creada para formar respecto de ella un contraste, la miraba, sin poderlo remediar, como a hermana; hermana de mala conducta, pero con quien la ligaba algún vínculo, y cuyos yerros, si bien indudables y vituperables, más consistían en su modo de proceder que en sus doctrinas, porque había caminado por malas sendas a buenos fines. Lo cierto es que yo, en mi primer discurso en la Fontana, impugné la idea de que por la vía de la imprenta o en los p. 338discursos de las sociedades se debía hablar de las cosas en general y no de las personas, sosteniendo que en los actos de la vida pública, si bien respetando los de la privada, era en los que debían ocuparse quienes servían o de intérpretes o de despertadores de la opinión pública. Y siguiendo esta idea, puse un caso hipotético de un personaje elevado a quien debíamos aparecer hostiles, y designé al marqués ministro de la Guerra sin nombrarle, casi copiando un discurso que contra el ministro inglés sir Roberto Walpole hizo hacia 1730 sir Guillermo Windham en el Parlamento británico; discurso de poquísimos, si acaso de algunos, españoles conocido entonces, por lo cual hubo de parecer idea original mía lo que era plagio, y logré altos y repetidos aplausos por el contenido de mi discurso y por mi modo desenfadado de pronunciarle. Así empezó, la sociedad de la Fontana, y así poco más o menos siguió en 1820, hasta que en 1821, ausente yo de ella, vino a ser un teatro donde se representaban escenas escandalosas.

Cuatro o cinco discursos de medianas dimensiones hice yo en la Fontana, en todos los cuales me mostré parcial loco del levantamiento de 1820, pero no deseoso de desorden ni provocando a él; errado con frecuencia en mis principios, pero solo por extremarlos, y nunca trocándolos por otros ajenos a la Constitución vigente; en suma, digno de severa censura por mi poco seso, pero no de mayor pena como incitador a desmanes. Hablaban allí don Ramón Adán, don Manuel Eduardo Gorostiza, célebre autor de comedias, en aquellos días muy aplaudidas, don Manuel Núñez, muerto pocos días ha, intendente jubilado, y otros más de cuyos nombres en este instante no me acuerdo. Todos ellos, si no hacían oposición al Gobierno, abogaban la causa entonces llamada ya de los exaltados. Apareció un día en aquella tribuna un eclesiástico llamado don N. Falcó, que había sido (creo) diputado en las Cortes ordinarias p. 339de 1813 y 1814, y pronunció una oración elegantísima, cuya única falta era exceso en el aliño del estilo y en el esmero de la pronunciación; y agradó sobremanera al auditorio y hasta le cautivó lo que dijo, y el modo de decirlo. Con todo, su argumento no pasó de ser alabanzas de la Constitución y de sus consecuencias en términos generales; propio proceder de hombre que de allí a dos años había de señalarse como diputado a Cortes entre los moderados primero, y a la postre entre los apenas constitucionales, si bien no enteramente absolutistas. Otro clérigo de distinta especie, grosero y osado, y antes de una orden monástica, también apareció en más de una ocasión en aquella tribuna, sacando partido de que solía acompañar a una señora francesa viuda del general don Luis Lacy, y de que presentaba al público un niño del cual decía, no sin ser contradicho, que era hijo de aquella ilustre y desgraciada víctima de nuestras discordias civiles. Con todo esto, corría el tiempo, y los amigos del orden, si bien contrarios al Gobierno, como no podían menos de serlo, pues una reunión de la clase de aquella sociedad, si no es de oposición, muere, matándola cuando no otra cosa el fastidio que causa, todavía no habían hecho cosa alguna en quebrantamiento del orden ni que a ello se aproximase.

Sin embargo, había dado la sociedad uno u otro paso en que nadie reparó por el pronto, y cuyas consecuencias podían ser peligrosas y aun fatales, porque se arrogaba facultades de un cuerpo político que, como tal, procedía fuera del lugar donde se congregaban los socios para hacer discursos. Así fue que en junio de 1820, estando próximo a venir a Madrid el general Quiroga, diputado a Cortes electo, la sociedad de la Fontana nombró una comisión que fuese a obsequiarle en nombre de la misma en su entrada en la capital de la monarquía. Pero en ello nadie hizo alto para censurarlo, y la sociedad, como tal, rerepresentó p. 340su papel en las demostraciones hechas para honrar al general del ejército que había proclamado la Constitución en San Fernando.

Entretanto, ninguno de los socios primeros de la Fontana se había separado de la sociedad, aunque desaprobasen el espíritu que le animaba, y solía concurrir a ella aún don Sebastián Miñano con otros de sus opiniones, censurando a los oradores, casi siempre con razón, pero no condenando al cuerpo entero. Iban así las cosas, cuando la llegada de Riego a Madrid, juntamente con los sucesos que la acompañaron y siguieron, y los que habían antecedido y produjeron su viaje, vinieron a convertir en rompimiento escandaloso lo que era discordancia de opiniones, y más todavía de intereses, entre los dos bandos que ya aparecían formados en el gremio de los constitucionales.

No es mi propósito ahora referir aquí lo que ya en alguna otra obrilla mía dejo dicho, y lo que con más extensión está explicado en algún escrito mío que acaso verá la luz después del momento, poco lejano, en que cierre yo los ojos a ella, tocante a la conducta de Riego, de los ministros y del partido que con el famoso general obraba, y del cual se desentendió y apartó él en su conducta en los sucesos que señalaron los días primeros de septiembre de 1820. Me ciño a hablar del papel que en tan graves circunstancias presentó la sociedad de que era yo parte principalísima entonces.

La cuestión pendiente entre el Gobierno y los hombres de 1820, casi todos, era si había o no de ser disuelto el ejército que se había levantado en enero proclamando la Constitución, y que después había tenido aumento de fuerza, y estaba al mando de Riego desde que había venido Quiroga a tomar como diputado su asiento en las Cortes. No había una buena razón que pudiese alegarse contra la providencia del ministerio que había dispuesto la disolución, pero con ello parecía sin razón que caía una p. 341mancha sobre la revolución, representada por aquel ejército; no siendo de extrañar que fuésemos tan propensos a recelar los que sentíamos en nuestro fuero interno que nuestro hecho nos hacía acreedores a extremos o de alabanza o de censura, participando mucho de esta última todo cuanto no era la primera. Era lo cierto entonces que la revolución estaba concluida legalmente, pero en la realidad no, porque estaba fuerte, y trabajando con actividad la vencida causa su contraria, teniendo por su cabeza al monarca reinante, y por cómplices a todos los gobiernos de Europa y a una parte muy crecida del pueblo en España. De tal situación nada bueno podía salir, y en ella nada podía hacerse con acierto completo; y no siendo las cosas lo que sonaban y aparentaban ser, lo que tenía visos de racional por lo común no lo era, y de todo ello nacían juicios errados y actos conformes a tales juicios, siendo la verdad que del triunfo de la Constitución rígidamente observada, y dando al trono todo cuanto ella le concedía, con ser tan poco, la restauración del antiguo gobierno absoluto era, si no infalible, harto probable. No pretendo con esto abonar mi conducta y la de quienes conmigo obraban. Trato solo de explicar el origen y la índole de nuestras culpas.

En la Fontana solía hablarse contra la disolución del ejército, pero no con mucho calor ni con insistencia, porque en otras partes, y no del todo ostensiblemente, había comenzado y estaba siguiéndose con ardor la guerra comenzada.

A la llegada de Riego se habían repetido los obsequios hechos a Quiroga, pero con muy inferior efecto, a pesar de que en renombre y concepto excedía mucho el primero al segundo. Las circunstancias habían variado: los constitucionales estaban divididos, y los ánimos estaban más dispuestos a luchar que a mostrar satisfacción o a concurrir a festejos. p. 342Todo ello vino a parar en recibir Riego una orden de ir de cuartel a Asturias, lo cual equivalía a un destierro; y en recibir órdenes iguales o parecidas el general de artillería don N. Velasco, el coronel don Evaristo San Miguel; el de igual clase don N. Manzanares y algún otro. De mí comenzó a susurrarse que sería enviado como secretario de embajada a Londres, plaza que entonces desempeñaba, sin perder por ello su puesto, un oficial de la secretaría de Estado. Pero no fue así, y las cosas tomaron para mí otro aspecto. Fui llamado por el oficial mayor de la secretaría don Joaquín Anduaga, el cual me hizo presente que así él como otros dos compañeros suyos que lo eran míos, don Mauricio Onís y don Manuel de Aguilar, iban a separarse de la sociedad de la Fontana, de la cual eran todavía socios, y que esperaban que yo hiciese otro tanto, no solo por razones de lo llamado compañerismo, sino también por otras de mucha mayor fuerza. Mi respuesta fue negarme rotundamente a lo que se me pedía, y, como se me hiciese presente cuán impropio era seguir yo sirviendo mi plaza en una secretaría del despacho, y continuar siendo miembro de un cuerpo declarado ya hostil al Gobierno, convine yo en que tal proceder sería malo y hasta escandaloso, y que por lo mismo estaba yo dispuesto a hacer renuncia, pero de mi empleo, y no del oficio de orador en la tribuna de la Fontana. Cumplí en breve mi propósito, extendí mi renuncia en términos un tanto impropios, y aunque respetuosos en la forma, todo lo contrario en el fondo, y al cabo de ocho años largos de carrera, y tras de mis servicios a una causa que entonces «de oficio» estaba declarada justa, quedé reducido a la clase de mero particular, sin derecho a percibir sueldo, porque aún no existía la clase de cesantes.

Consumado hecho tal, en que mi fatua vanidad tenía no corta parte, aunque también tuviesen alguna y no leve los principios a que quería yo arreglar mi conducta, esperé p. 343coger amplio premio de mi sacrificio en vivas y palmadas. Subí, pues, en la noche del 6 de septiembre a la tribuna de la sociedad, seguro de ser aplaudido, y ciertamente al principio excedió la realidad a mis esperanzas, con ser estas muy subidas. Una salva de aplausos tanto cuanto ruidosa, prolongada, me saludó al presentarme al público, y yo, embargado el ánimo, enternecido, cediendo a un tiempo a buenos y a malos afectos, iba a empezar mi discurso, del cual hube de pronunciar algunas frases, justificando o ensalzando mi proceder, cuando fui interrumpido de un modo inesperado, y tanto, que habría sido en balde todo intento de proseguir mi arenga, si ya no me contentaba con hacer el papel, sobre inútil a todo fin desairado, de quien, según la frase vulgar, predica en desierto.

El suceso que interrumpió mi oración fue haber coincidido con ella un alboroto o motín de aquellos a que entonces comenzó a aplicarse la voz de asonada, palabra rejuvenecida de nuestro vocabulario, donde como anticuada figuraba, estando en desuso. A los gritos de viva la Constitución y viva el pueblo soberano, que eran las aclamaciones principales usadas en semejantes alborotos, hubieron de estremecerse de placer mis numerosos oyentes, a los cuales, si eran gratas mis declamaciones, era harto más agradable el tumulto, pues sobre ser más animado que el discurso más vehemente, prometía tener efectos más inmediatos y de superior importancia. En vano yo, influyendo en mí por un lado la vanidad, pero también (séame lícito decirlo) por otro mi convencimiento de que convenía más la oposición por medio de palabras que por el de alborotos, traté de persuadir a mi auditorio de que con oírme serviría mejor a nuestra causa común, que con lanzarse a excesos, si no de los mayores, desde luego propensos a producir algunos de los más graves.

Cansado yo, y habiendo dejado vacía la tribuna, no p. 344hubo quien viniese a ocuparla, entretenida la gente ociosa y bulliciosa con el alboroto de las calles; de suerte que con mi malhadada y apenas comenzada arenga se cerró el primer periodo de aquella sociedad de la que tanto se ha hablado.

Al día siguiente a la noche de que acabo de hablar, hubo una acalorada sesión en las Cortes sobre los excesos de la noche anterior y los de que ellos eran resultas. Habló Argüelles con alguna elocuencia, con la razón de su parte, y no del todo con prudencia o tino, y los de la oposición con escasa habilidad para defender su mala causa. Mientras el Ministerio sustentaba la lid en las Cortes, hizo un alarde ostentoso de fuerza en las calles, poblándolas de tropas, y en la Puerta del Sol de cañones, a cuyo lado estaban los artilleros con las mechas encendidas. En el Congreso fue completa la victoria del Gobierno, y en las calles mal pudo conseguirla, pues no hubo asomo de resistencia. Hablar en la Fontana en circunstancias tales era imposible, por lo mismo que no podíamos hacerlo con templanza, ni sin ella. Lo que hicimos los principales socios, esto es, los más activos, fue meternos en una pieza de la casa en cuyo piso bajo celebrábalos las sesiones, y acordar suspender estas por plazo indeterminado, pero no sin hacer a manera de una protesta en términos violentos en la esencia, aun cuando no lo fuesen en la forma. Se me encargó este trabajo, le hice yo de prisa, y le leí a mis consocios, pero no acerté a darles gusto, recayendo sobre mi obra muy general desaprobación por muy diversas razones aparentes, y en verdad, por una común a no pocos que la disimulaban, la cual era el miedo, porque a la fiera amenaza del Gobierno recelaban que seguirían duros golpes. Me acuerdo particularmente que, como yo en el desaprobado escrito dijese cosas graves por lo fuertes, protestando que no las decía, hubo un socio de pocas letras que expresó su extrañeza al notar la contradicción entre lo que yo afirmaba p. 345estando haciendo lo contraído, a lo cual respondió en mi defensa otro socio «que el escribir es un arte, y que la contradicción aparente en mí tachada era una figura retórica (la preterición)», lo cual con todo no satisfizo. Vino, pues, a quedar cerrada la Fontana por dos meses a lo menos, sin que los socios compensasen con excesos de la pluma en un manifiesto el sacrificio forzado que hacían renunciando al uso de la palabra.

Pero cuando permanecíamos callados, estuvo a pique de llevarnos a romper el silencio un incidente, el cual prueba que no teníamos inclinación a obrar por medio de motines. Habían las Cortes votado una ley suprimiendo gran parte de las órdenes monásticas, y el Rey, a quien repugnaba dar su sanción a tal proyecto, se manifestó primero dispuesto a negarla, pero después consintió en darla a trueco de ciertas condiciones, y luego volvió a manifestarse resuelto a la negativa. Entendida entonces la Constitución al pie de la letra, se creía que con negar o conceder el monarca su sanción a un proyecto de ley, nada o poco tenía que ver el Ministerio, siendo asunto propio de la regia prerrogativa; pero aun así importaba a los ministros que el proyecto de ley sobre monacales, aun no habiendo sido propuesto por ellos, pasase a ser ley con la sanción real. En medio de esto, o de algún ministro más ligero e imprudente que violento o pérfido, o de empleados allegados a los ministros que creían complacer a sus superiores o servirlos bien, aun contra su deseo en punto a los medios, nació la idea de que convenía amedrentar al monarca, sacando de él por el miedo una vez más lo que ya con frecuencia en los puntos de mayor gravedad se había sacado. Para tan vituperable fin no dudaron quienes a él aspiraban escoger medios nada buenos, pero oportunos; y como la Fontana había conseguido inspirar a la corte terror a la par que odio, a la Fontana apelaron quienes deseaban violentar la conciencia del Rey compeliéndole a confirmar p. 346con su sanción la ley sobre monacales. Difundiose de súbito por Madrid a mediodía la voz de que a la noche había sesión en la Fontana, excitose por varios conductos a los socios a que cesase la suspensión voluntaria de hablar en su tribuna, hubo muchos que acogiesen por buena tal idea y se prestasen a llevarla a efecto, y el vulgo liberal, lleno de gozo, se preparó a acudir a un espectáculo para él siempre entretenido, y que lo sería más si en él hubiese de hablarse contra la persona misma del Rey en términos poco embozados. Pero a unos cuantos socios no acomodaba de manera alguna servir de instrumento a política tan torcida, lo cual sería por otra parte convenir en que nuestra sociedad merecía la acusación que le hacían sus enemigos, suponiéndola promovedora de sediciones. Así fue que, congregados en la pieza en que habíamos acordado suspender nuestras sesiones cerca de dos meses antes, ahora deliberamos si era conveniente abrirlas, y, si bien no faltaron quienes opinasen por la afirmativa, prevalecimos los de contrario parecer, y quedó la sociedad en su silencio. Por desgracia, sirvió de poco esta determinación nuestra, pues llegó a Palacio la falsa noticia de que en la Fontana estaba ya hablándose contra la corte con gran calor, y ante un numeroso gentío igualmente acalorado, con lo cual amilanado el Rey se allanó a dar la sanción que de él se exigía. Cuál fue el resentimiento del monarca y los palaciegos, y qué efectos estuvo a pique de tener, no es asunto de la relación presente: baste en ella decir que la sociedad de la Fontana, lejos de prestarse a promover un alboroto, se resistió hasta a abrir sus sesiones cuando a hacerlo era provocada, y no fue, por cierto, culpa de los que en ella figurábamos que, contra nuestra voluntad, sirviésemos de instrumento con que, amenazado, el Palacio cedió al terror que le causaba nuestro nombre, viéndose en esto que era peor nuestro concepto que nuestros merecimientos; preocupación de entonces que hoy todavía dura. p. 347Pero si permaneció muda la Fontana en el suceso que acabo de referir, no así cuando, retirado Fernando VII al Escorial, trazó allí planes de derribar la Constitución, y con escasa maña declaró su intento sin dar el golpe que meditaba nombrando por sí, y sin anuencia de sus demás ministros, para desempeñar el ministerio de la Guerra a una persona a todas luces sospechosa. Estalló con esta en Madrid un motín que duró tres días, consintiendo el alboroto los ministros, si bien, por lo mismo que nadie se opuso a los bulliciosos, no pasó el desorden de ser una continuada gritería en que abundaban voces injuriosas a la real persona.[70]

[70] Los que no vivieron en aquellos días no tienen idea de lo que era entonces una asonada. Lejos de causar terror, como los alborotos de nuestros días, eran una verdadera fiesta. En vez de cerrarse las puertas de las casas o las tiendas, todo estaba abierto y poblados de gente los balcones. El motín se reducía a gritos acompañados de canto, porque la revolución de 1820 fue en alto grado filarmónica. El grito principal era viva el pueblo soberano; las canciones varias. La famosa del trágala se usaba solo delante de las casas de determinadas personas, y, por lo común, de noche como por vía de cencerrada.

Se abrió con este motivo la Fontana, y desde su tribuna peroraron varios de los que solían lucir allí su elocuencia, y algunos más que en aquella ocasión se estrenaron. Hablé yo también, y parecí frío y poco digno de mi fama, porque eran horas aquellas de desacato en el hablar, y yo no sabía llegar en la forma a la descompostura generalmente usada entonces. Esto aparte, la Fontana en aquella ocasión obró en consonancia con lo que pasaba fuera de su recinto, pues ni excitó ni fomentó en gran manera el desorden, contentándose con hacer en él un papel y no el primero. Quien más se desmandó fue un don Santiago Jonama, hombre de gran talento y regular instrucción, nada liberal desde 1814 hasta 1820, y hasta entonces poco grato a los constitucionales, si bien figuró después entre los más p. 348extremados de su bando, acarreándole sus violencias prisión y temprana muerte causada por enfermedad contraída en su encierro. Este tal aludió a que era posible que llegasen las cosas al caso de deponer al Rey, por lo cual, pasado ya el tumulto, fue llamado por el jefe político y medio reprendido en términos suaves. De los demás en ninguno hubo que notar, porque el yerro o delito era de tantas personas y en tantos lugares, que se hacía imposible no solo el castigo sino aun la censura.

Después de estos sucesos (por noviembre y diciembre de 1820 y al principiar 1821) tuvo la Fontana un eclipse. Estaba, bien puede decirse, abierta de derecho; pero de hecho nadie hablaba en su tribuna. Hasta no sé por qué causa la tribuna hubo de desaparecer por breve plazo, siendo de notar que nadie la echase de menos. Si no había recibido aquella sociedad un golpe, había sido acometida de un mal funestísimo a un cuerpo de su clase, como lo es a los periódicos de oposición violenta, y era que el partido en ella dominante había venido a ser el del gobierno o ministerio, por lo cual no era posible hablar desde aquella tribuna dando gusto a la muchedumbre. Entretanto, por lo mismo que los llamados hombres de 1820 se habían avenido y unido con los ministros, otras personas de diferente opinión, o cuyo interés era casi contrario, se iban deslizando a una recia oposición, cuya fuerza principal era que contaba con el favor palaciego y con el del Rey mismo. Quiso este partido novel, que ni aun podía pretender ser un bando de alguna influencia, usar también del arma de los discursos en sociedad patriótica, sin conocer que arma tal no sirve para todas las manos. Así es que formó una sociedad en el café de la Cruz de Malta; pero según debía suceder, con poca feliz fortuna a la postre.

p. 349II.

Para lograr que comprendan los que poco saben de la historia de España en 1820 por qué la sociedad patriótica fundada y abierta en el café de la Cruz de Malta tuvo breve la vida y escasa la fortuna, aunque en ella se habló con tanta violencia cuanto en donde más, indispensable es decir a qué circunstancias debió su origen aquella malhadada reunión y de qué clase de personas estuvo compuesta.

Ofendido y no sin causa el Rey de haber sido engañado y compelido por un terror sin motivo a dar su sanción a la ley de supresión de monacales, se propuso vengarse de un agravio que le punzaba más porque le lastimaba en su vanidad de sagaz y ladino. Buscó la codiciada venganza por varias sendas; primero por una en que caminasen unidos los llamados exaltados u hombres de 1820 con los amigos personales del monarca, o digamos sus privados, contra los ministros, y después, no siendo fácil llevar a cabo tal unión, por otro medio a él más grato, cual era el de una conjuración que, si salía favorecida por la suerte, acabaría a la par con la Constitución y los ministros. Malogrose este último plan, y descubierta la trama, salvó al Rey su inviolabilidad, pero la legal de que disfrutaba no alcanzó a ser moral, por lo cual su persona quedó expuesta, no solo a acre censura, sino a groseros insultos. Vuelto del Escorial, a donde había ido para llevar adelante su empresa hasta darle cima, y regresando de allí, no por su voluntad, sino llamado o constreñido por fuerza a la cual nada tenía que oponer, fue a su entrada en la capital saludado con maldiciones y denuestos, y estos últimos de la clase más soez, de lo que recibió dolor y enojo superiores p. 350a todo cuanto podrían haberle causado tentativas contra su vida. De ello acusaba a sus ministros, y no sin razón, bien que a estos servía de disculpa haberles sido imposible refrenar la ira de los constitucionales sin dar a los enemigos de la Constitución un grado no leve de fuerza; cuando estos ya la habían cobrado no corta de resultas de haber sido maltratados los prohombres de la revolución en los sucesos de septiembre. Haberse avenido los ministros con aquellos a quienes dos meses antes habían mirado como a contrarios y castigado como a inquietos, era otro acto que la corte calificaba de culpa, aunque lo mismo habían querido hacer o aparentádolo los palaciegos con plena aprobación del Rey mal disimulada. Había además un crecido número de personas no palaciegas, que en las ocurrencias que causaron el destierro de Riego y sus amigos habían abrazado la causa del ministerio con calor, cebándose en los caídos, proclamándose constitucionales, y calificando de facciosos a sus adversarios; en suma, ofendiendo gravemente a unas personas y a un partido cuyo nuevo encumbramiento veían con dolor e ira, viéndose ellos casi pasados a una oposición de la cual no podían prometerse ventajas, ni aun siquiera sentirse halagados por el aura popular que respiran por lo común con recreo las oposiciones. Si entre tales individuos había algunos amantes sinceros de la Constitución o de un gobierno libre, eran estos en número corto, no señalados por su adhesión a la causa constitucional en los tiempos pasados, y por lo mismo, o ya sospechosos a los liberales extremados, o en situación en la cual era fácil hacer caer sobre ellos sospechas de la peor clase posible. Contábase entre esta gente lo general de los afrancesados, llenos de odio a los constitucionales de 1812, y no sin alguna razón, si bien no la bastante, a justificar los medios que empleaban para satisfacer su pasión rencorosa. Porque es cierto que en 1820, con alguna injusticia y con ninguna cordura, p. 351los restauradores de la Constitución, con raras excepciones, no habían escaseado insultos a los malaventurados secuaces de José Bonaparte, cuyo crimen había sido grave, pero en algunos acompañado de circunstancias atenuantes, y a los cuales aconsejaba una sana política tratar como lo han sido en nuestros días los servidores del Pretendiente. Provocados los maltratados, que lo eran de palabra más que de obra, pero resentidos de la injuria más todavía que del daño, y estrechando los lazos que los unía su misma situación de excomulgados políticos, iban formando un partido que buscaba en los anticonstitucionales aliados, yéndose poco a poco desviando aun de la profesión de doctrinas un tanto liberales en que solían ellos buscar y creían hallar la justificación de su pasada culpa.

Esta amalgama de personas vituperaba entonces la conducta del ministerio por lo que llamaba vergonzosa capitulación con los que le habían hecho guerra en septiembre, y a los cuales había vencido y sujetado a merecida, aunque blanda pena. Pero escogieron para comenzar su campaña los de la novel oposición el medio de formar una sociedad patriótica, idea desatinada, de la cual, si lo pensaban bien, no podían sacar provecho. No era la hora en que principiaron a poner por obra su plan la más a propósito para sociedades patrióticas, si ya no las hacían como lo que eran las de provincia, donde se reducían las sesiones a explicar artículos de la Constitución, por lo común disparatando, cosa que no bastaba para los auditorios madrileños, y por esto era preciso que en una tribuna popular de la capital o se hiciesen elogios de los ministros, lo que en reuniones tales no es sufrible, o se hiciesen censuras oyéndolas con desaprobación cabalmente la gente en lo general más inclinada a aceptarlas y aplaudirlas, porque no eran del gusto de estas o no merecían su confianza los censores.

Sin embargo, a los primeros discursos pronunciados en p. 352la Cruz de Malta acudieron numerosos oyentes, y como los oradores en punto a doctrinas y a invectivas contra el Gobierno nada dejasen que desear, ni aun comparándolos con los de a la sazón muda Fontana, fueron oídos con satisfacción y terminaron sus arengas entre vivas y palmadas. Pero bajo la corriente a la cual cedían los aprobantes, dejándose llevar por ella como incautos, había otra que impelía a mirar con reprobación la oposición nueva. Los liberales antiguos, y aun la mayor parte de los nuevos, descontando los del mero vulgo, comenzaron a murmurar de la sociedad novel, sospechando la intención que la movía, convirtiendo pronto en certidumbre la sospecha, y llevando a mal, como era y es propio de la parcialidad que se dice o aun se cree amante de la libertad, que otros hiciesen corte al ídolo de su culto y pretendiesen ser por él favorecidos. De todo ello resultó caer la reunión de la Cruz de Malta en pronto y completo descrédito entre los partidos todos, condenándola unos por lo que sonaba ser, y otros por no ser lo que sonaba. Despertose la idea muy natural de que convenía que se hablase en la Fontana levantando altar contra altar, o, digamos, contraponiendo el de la deidad verdadera al de la falsa, con lo cual caería al instante la última resuelta en polvo. Presteme yo a llevar a efecto tal proyecto, y lo hice de muy mala gana, porque acababa de ser incluido entre los vueltos a sus destinos con ventaja, y además aprobaba hasta cierto punto la conducta del Gobierno, quizá porque desaprobaba la de sus contrarios, y, por el lado opuesto, sentía afición a toda sociedad patriótica y llevaba a mal que les coartase la facultad de hablar el Gobierno, del cual, si estaba yo satisfecho en buena parte, no lo estaba del todo. Batallaban también en mi ánimo dos principios encontrados, llevándome a sustentarlos pasiones diversas a ellos conformes: no querer ponerme en guerra con un Gobierno del cual había novísimamente recibido una merced, y, lo que era más, recibido p. 353otras iguales mis amigos políticos, siendo esta señal de alianza contra un enemigo común, y sentir repugnancia, por otra parte, o aparecer apóstata, aun cuando no lo era, pues hablaría al cabo contra una sociedad de la clase de las que yo admiraba, si bien compuesta de personas muy otras que las de mi bando, o, dígase, de una sociedad en la cual apenas podía yo culpar los hechos, pero en que juzgaba muy mal de las intenciones de los oradores. Con todo, acudí a la Fontana, y como no estuviese allí aún repuesta en su lugar la tribuna, peroré subido en una mesa, según se hacía en el café de Lorencini. Mi discurso no fue ni ministerial ni de oposición, porque inculpé malamente a los ministros, y afeé el espíritu inquieto de los de la Cruz de Malta, sustentando el derecho de hablar en público y condenando al Gobierno porque le coartaba o se le declaraba contrario, pero insistiendo en que la oposición hecha de palabra no debía provocar a sediciones ni alborotos. Poco efecto hubo de hacer mi arenga, sucediendo otro tanto a la que en seguida hizo mi amigo don Manuel Eduardo de Gorostiza. No recibí señal de desaprobación de los ministros, aunque alguna merecía, ni de los de mi partido, no obstante ser ellos a la sazón ministeriales. Los periódicos dijeron que se había hablado en la Fontana, donde los oradores (señalándonos por nuestros nombres) habíamos sostenido principios de orden, lo cual fue hacernos favor, sin dejar de hacernos justicia. Nuestros pobres rivales de la Cruz de Malta hubieron de callar, porque para seguir la guerra por ellos declarada habían menester fuerzas muy superiores a las suyas. Quedó, pues, triunfante la Fontana, y con ella el ministerio, el cual la miraba, si como amiga, como una que lo era poco segura y no más grata. Fue restablecida la tribuna, pero desde ella se hablaba poco y con escasísimo efecto. Concurría yo, pero solo como oyente, distraído a otras atenciones que la a que llamaban los discursos, dignos en verdad de poca, porque, no siendo p. 354la reunión de oposición, en sus efectos era nada. En medio de ello (empezando enero de 1821) salí yo de Madrid y me trasladé a Córdoba, a servir la intendencia de aquella provincia, con la que había sido agraciado al expirar el anterior noviembre.

En Córdoba se formó una sociedad, y, como debe suponerse, hablé yo en ella, cosa que no cuadraba con la dignidad de mi cargo; pero en aquellos días se reparaba poco en tal cosa. Mis discursos allí no fueron demagógicos ni podían serlo, porque no eran de lucha entre doctrinas o intereses opuestos y se reducían a alabanzas de la Constitución, a explicaciones de artículos de la misma, o a justificar reformas de las que entonces estaban haciendo las Cortes.

Corriendo el año de 1821, separó el Rey de sus puestos a sus ministros, y puso en su lugar otros, si bien muchos de ellos constitucionales que habían dado pruebas de serlo, harto inferiores en renombre a aquellos cuyos puestos ocupaban. El espíritu de inquietud comenzó a dar muestras de sí, y, andando el tiempo y mediado el año, la sociedad de la Fontana comenzó a ser por demás borrascosa, según entendí entonces y ha sido fama luego. De sus excesos me hacen responsable no pocos escritores de hoy, completamente ignorantes de lo pasado en los días de que voy hablando; pero mi justificación es fácil, pues no podía, estando en Córdoba, estar en una sociedad madrileña. Lo cierto es que el jefe político de Madrid, Martínez de San Martín, mandó cerrar la tal sociedad, excediéndose, en mi sentir, aun pensándolo hoy, de las facultades que le concedía la ley vigente, pero procediendo con acierto, si cabe acierto en no atenerse a la ley, porque la interpretó estirándola, y la interpretación, aunque errónea, hubo al fin de ser aprobada por las Cortes.

Separado Riego del mando militar de Aragón, siendo su separación bien merecida, coincidió, o poco menos, con p. 355el cerrar de la Fontana, haber varios individuos, de ellos muchos socios y oradores en aquellas reuniones turbulentas, que discurrieron pasear por las calles de Madrid como imagen de santo en procesión el retrato del general objeto de la severidad del Gobierno y del culto de los patriotas extremados, haciéndole honores parecidos a los que a las santas imágenes hace la Iglesia. Disgustó al Ministerio el proyecto, y salió una orden prohibiendo ponerle en ejecución; pero tal orden o no fue sabida, o no se tuvo por ajustada a la ley ni por acreedora a obediencia, y, comenzada la procesión, tropezó esta en la calle de las Platerías con un batallón de la Milicia nacional mandado por don Pedro Surra y Rull, a la sazón del comercio de Madrid, el cual, habiendo intimado a los que traían con pompa solemne el retrato que se retirasen y disolviesen, y hallando resistencia pasiva, mandó embestir con ellos a bayoneta calada; pero de tal modo, que la embestida no pasase de amago, porque no preveía que hubiese quien a los suyos hiciese frente. Y fue así, que los de la procesión, viendo venir sobre ellos a los milicianos, se dieron a la fuga, dejando en el suelo la imagen objeto de su veneración y obsequios, la cual fue recogida, y por lo pronto depositada (según creo) en las casas consistoriales. Tanto los del partido vencedor cuanto los del vencido en lid tan poco reñida, convinieron en dar a aquel lance, más cómico que trágico, por nombre o apodo el de batalla de las Platerías; pero no pocos escritores tildaron como horrible exceso la conducta en caso tal observada por el Gobierno y sus agentes. Alcanzó el golpe a la sociedad de la Fontana, cuyas puertas quedaron entonces para siempre cerradas para otro fin que el servicio ordinario de un café, pues aunque todavía hubo en Madrid una sociedad patriótica, y por cierto no poco alborotada, fue otro el lugar donde se congregó, y otros que los socios antiguos de la Fontana quienes en ella se distinguieron.

p. 356

En tanto, continuaban en varias ciudades de provincias las sociedades patrióticas; pero el hecho mismo de que continuasen acreditaba no ser miradas como peligrosas por las autoridades.

Sin embargo, podría decirse que la tolerancia de la autoridad probaba poco en varias poblaciones, donde o estaba supeditada, o era ejercida contra el Gobierno. Esto pasaba en Cádiz y Sevilla en los últimos meses del año de 1821 en que estaban ambas capitales con las dos provincias de ellas dependientes separadas de la obediencia al Ministerio y a las leyes. Pero, aun allí y entonces, las sociedades patrióticas o públicas no dirigían el movimiento que nacía de las sociedades secretas dominantes en ambas ciudades y si a él coadyuvaban era en corto grado y con escaso efecto.

Así fue que en diciembre del aquí recién citado año, siendo yo diputado electo por la provincia de Cádiz, y habiendo pasado a ella con objeto de traerla con política artificiosa a la obediencia al Gobierno y a las leyes, cuando me proponía valerme para mis fines de la sociedad patriótica de aquella ciudad, supe que tal sociedad era tenida en muy poco hasta por los hombres de opiniones más extremadas y los más empeñados en que no cediese la loca resistencia o rebelión que tantos males estaba produciendo. Era cabeza de la sociedad don Domingo Antonio de la Vega, de quien he hablado bastante en otro lugar de estos mis recuerdos, y participaba la reunión del disfavor con que estaba mirado en Cádiz su presidente, o digamos, de la mala fortuna que a este perseguía, a punto de no haber recaído en él premio alguno por los notabilísimos servicios que había hecho a la causa constitucional en los trabajos que, con grave peligro de quienes en ellos tuvieron parte, la sacaron triunfante al cabo. Fui yo, con todo, una vez a la sociedad, invitado a ello, y no pudiendo excusarme, hablé, y fui muy aplaudido al oírme; pero en breve p. 357fue muy censurado mi discurso por haber sido completamente evasivo, pues ni una sola palabra dije sobre la gran cuestión pendiente, la cual ocupaba todos los ánimos, y me ceñí a hablar de las obligaciones que había contraído al ser nombrado diputado y de mis propósitos en punto al modo de desempeñarlas. Era, con todo, tan corto el valor que se daba a todo cuanto se decía o hacía en la sociedad que aun mi proceder algo cauteloso, o, cuando menos, poco franco, si fue con razón desaprobado, no me atrajo clase alguna de sinsabores, y eso que no escasearon para mí en aquellos días, en la misma ciudad, y por la causa que a todos tenía en ansioso empeño.

Igual era, o quizá inferior en importancia a la sociedad de Cádiz, la de Sevilla. No porque en la una y en la otra se oyesen sanas doctrinas, pues sucedía a menudo lo contrario; pero se perdían en los aires, sin dejarse sentir su influencia fuera del recinto en que se celebraban las sesiones todas las perjudiciales ideas que desde sus tribunas se predicaban.

No hablé yo en la sociedad de Sevilla en dos o tres días que pasé en el mes de enero de vuelta de Cádiz en aquella ciudad, reducida ya con trabajo a la obediencia, así como lo había sido su compañera en los anteriores excesos. También a mi paso por Écija asistí a la sociedad que en ella había, a pesar de no ser capital de provincia, pero sí población importante por su vecindario y su riqueza. Era común entonces en España decirse que unos pueblos eran constitucionales y otros no, y el de Écija estaba contado por de los apasionados de la Constitución, y en alto grado. Pero su sociedad era pacífica, y en ella se explicaban los artículos del Código sagrado (que tal nombre se le daba entonces), con poco acierto en general, como se debía esperar del corto saber de casi todos cuantos en ella peroraban; pero con mucha paz y a satisfacción del auditorio, al cual servían aquellas pláticas doctrinales profanas p. 358de diversión, que, en una ciudad donde hay pocas, venía bien por cierto. Aunque solo me detuve allí a hacer noche, como fui a la sociedad no pude excusarme de hablar en ella, y dije algunas trivialidades que me valieron buena cosecha de aplausos.

Abriéronse en breve las Cortes de 1822 y 1823, y considerando quiénes eran los diputados electos, había razón sobrada para presumir que en ellas predominaría el partido dicho a la sazón exaltado. No correspondieron del todo a las esperanzas o los temores las resultas, pues en la primera legislatura del nuevo Congreso, variando la mayoría, ya se declaraba por uno, ya por otro de los dos bandos que estaban haciéndose cruda guerra. En la cuestión de las sociedades patrióticas ganaron los moderados una victoria, desechándose una proposición en la cual iba implicado que se abriese la de Madrid, porque se interpretaba la ley vigente hasta aprobar la conducta del jefe político que la había cerrado y mantenía cerrada. Con vergüenza confieso que fui yo de parecer contrario al de la mayoría, durando aún en mí la afición a tan perniciosas reuniones.

Pero sobrevinieron los sucesos que señalaron el día 30 de junio y los seis siguientes, concluyendo el 7 de julio en una agresión violentísima del partido monárquico o absolutista, y una victoria completa de los constitucionales. Del triunfo, al cual habían contribuido los moderados, sacaron los exaltados todo el provecho, cayendo en sus manos el poder a despecho del Rey, constreñido a escoger de entre ellos sus ministros. Abiertas Cortes extraordinarias en octubre de 1822, una comisión del Congreso, entre varias proposiciones que hizo encaminadas a defender y sustentar la Constitución contra los enemigos que dentro de España la combatían y desde afuera la amenazaban, propuso que fuesen abiertas las sociedades patrióticas. Me tocó hacer una nueva ley sobre ellas, y la hice sencillísima, y muy arreglada a las buenas doctrinas, siendo su p. 359único defecto que, con ponerla en práctica en las circunstancias en que se veía el pueblo español, se fomentaba todo linaje de desorden y se imposibilitaba el remedio cuando ocurriese.

No tardó mucho en abrirse en Madrid una sociedad para que sirviese de prueba de lo que era en su aplicación y uso la nueva ley. No sirvió ya la Fontana, sin que sepa yo la causa, para teatro de nuevos alborotos, como si fuese menester otro edificio cuya fama oscureciese la del antiguo, por excederle en lo malo. Trabajaba ya entonces una división más al no muy fuerte partido constitucional, pues los exaltados, guiados por dos sociedades secretas, una de otra enemigas, estaban en pugna no menos recia que la que ambos juntos habían tenido y aun no cesaban de sustentar contra los moderados. El Ministerio tuvo, pues, a su frente a los de la sociedad otra que la de que había salido, y sus contrarios, como era natural, extremando las doctrinas favorables al poder popular, le tachaban no solo de torpe, sino de tibio, aplicándole el epíteto, común en aquellas horas, de pastelero. La sociedad, junta en un salón del convento de Santo Tomás, hubo de llamarse Landaburiana, tomando este nombre en obsequio a la memoria del oficial de la Guardia Real don Mamerto Landáburu, asesinado en la tarde del 30 de junio del año 1822 por los anticonstitucionales de la misma Guardia. Acudí yo a ella como a campo de batalla donde lejos de esquivar la lid la buscaba, seguro de la victoria alcanzada entre aplausos. En efecto, en el primer día en que hablé en su tribuna, como fuese el argumento de mi discurso declamar contra las potencias extranjeras que a las claras estaban preparándose a romper en hostilidades contra la España constitucional, salí de mi empresa airoso, vitoreado como cuando más en ocasiones anteriores. Poco me duró mi triunfo. Yo era amigo del Ministerio, impropio título para ganarme aprobaciones en una reunión de la clase de la Landaburiana, p. 360en la cual la sociedad de los comuneros, enemiga de la de que yo seguía siendo en ella parte de las principales, contaba por representantes de sus doctrinas e interés a la mayor parte de los oradores. Habló en ella el anciano Romero Alpuente, vertiendo con su débil voz de viejo achacoso máximas subversivas e incitadoras a toda clase de excesos, que si bien proferidas con frialdad excesiva, y saliendo de hombre cuya cabeza estaba cubierta de canas, producían efectos perniciosísimos. Empezó a distinguirse en el mismo teatro don Juan Florán, muerto poco ha titulándose marqués de Tabuérniga; joven entonces, de claro talento y de instrucción corta, declamador hueco y teatral en sus modos, pero propio para arengar a la muchedumbre ignorante. A estas famas recién nacidas y crecientes intenté yo oponer la mía algo antigua; pero con poco fruto, y en breve hube de conocer que no solo quedaba y quedaría vencido en la lid, si a ella me arrojaba, sino que me costaría suma dificultad hasta el intentarlo, impidiéndomelo muestras de desaprobación próximas a ser insultos. Abandoné, pues, el campo, y hube de retirarme aun del lugar destinado a los socios, y si alguna vez concurría a la sociedad fue al sitio destinado a los meros oyentes, desde el cual oía llover denuestos sobre mis amigos políticos y sobre mi persona.[71]

[71] Desde el lugar destinado al público solían mis amigos políticos desmentir a los oradores. Una noche, el señor don Facundo Infante, entonces diputado, como oyese que decían de mí una cosa falsa, gritó «es mentira»; conmoviose el auditorio, pero no paso de murmullo desaprobador su enojo. El orador desmentido no hizo más que ratificarse, pero solo en parte, en lo que había afirmado.

No faltaban en aquella reunión los mueras y a alguno de estos se agregaba mi nombre. Entre tanto iba haciéndose la sociedad turbulenta, a punto de que amenazaba excitar a un motín, y, aunque era probable que no pasasen de amenazas sus provocaciones, el Gobierno y sus parciales no eran sufridos, no siéndolo partido alguno p. 361en España y menos entonces, y las circunstancias habían venido a ser críticas sobremanera, despedazando el Estado una guerra interior y viéndose venir una invasión de los extraños. Pero la inexorable mal pensada ley, hija de mi locura más que de la de otros, tenía atadas las manos a la autoridad, pues si podía mandar cerrar la sociedad en la hora en que se desmandase, tenía obligación de consentir que de nuevo se abriese, corrido brevísimo plazo. En apuro tal, apeló el Gobierno a un recurso en que llegaba a los últimos términos de lo ridículo su mal encubierta flaqueza. Mandó reconocer la sala en que celebraba sus sesiones aquella reunión turbulenta, y cuidó de que se declarase el edificio en mal estado, a punto de amenazar ruina, por lo cual, celoso al parecer del bien de los socios y del público, cuya concurrencia le hacía participante del peligro, prohibió congregarse en lugar tan poco seguro. Bien era fácil haber hallado otra sala, aunque menos espaciosa, donde seguir perorando y alborotando; pero estaban cansados de la sociedad hasta los mismos socios. Murió, pues, tan singularmente la sociedad Landaburiana dejando de sí menos nombre que su antecesora, aunque en la historia de nuestros desvaríos merecía ocupar un lugar prominente.

Su fin fue el de las sociedades patrióticas de la capital, porque, coincidiendo con él gravísimos acontecimientos, como fueron la presentación de las notas de las potencias aliadas y la inminencia de la invasión francesa, que pronto vino a ser un hecho, ocupaban los ánimos mayores cuidados que el de prestar atención a vanas declamaciones.

Sin embargo, en las provincias no quedaron desocupadas las tribunas populares. En el último tercio del año 1822, favoreciéndolas hasta no corto grado el Gobierno, si bien hallando en ellas más contrarios que amigos, daban entretenimiento a las poblaciones. De las de algunas sé, pero confusamente, que fueron promovedoras no solo de desorden, sino de excesos. Una hubo en Cartagena cuyo p. 362nombre descubre su mala índole, porque se titulaba de los virtuosos descamisados, remedo este sustantivo del de sans culottes, si bien, al copiar a nuestros vecinos, pareció conveniente mudar la pieza de ropa, cuya carencia constituía un mérito o un derecho a ser tenidos los asociados por modelos de patriotismo. Por supuesto, cuadraba mal a semejante cuerpo el nombre que llevaba y el epíteto con que se distinguía, por no ser en sus miembros la virtud calidad muy común, ni dejar de llevar camisa los que pretendían ser de suma pobreza, porque los verdaderamente necesitados no son los que asisten a tales reuniones ni los que en ellas predominan.

Otras sociedades se distinguían por su inocencia. En la de Córdoba, a ejemplo de otras, sintiéndose escasez de oradores y hambre de discursos, se apeló al arbitrio de convidar al clero y a las comunidades religiosas a que viniesen a la tribuna a hacer panegíricos de la Constitución, y como no aceptar el convite pareciese peligroso, acudieron clérigos y frailes a hacer el para ellos ingrato oficio de predicadores profanos.[72] Cosa era que movía a risa oír a aquellos infelices, casi todos ellos enemigos de la causa p. 363porque se veían obligados a abogar, decir trivialidades que por lo común eran desatinos enormes, agregándose a la mala voluntad visible en los oradores su ignorancia completa en punto a las materias que trataban.

[72] En una excursión de unos días que hice a Andalucía a fines de febrero de 1823, como hiciese noche en Andújar la diligencia en que yo iba y se supiese ser yo uno de los pasajeros, me envió una diputación la sociedad de aquella ciudad, la cual, sin ser capital, la tenía, así como Écija, por ser población crecida y rica. Pero fue grande mi extrañeza al ver al frente de los que me convidaban al vicario, a quien yo por casualidad conocía por haber viajado con él en silla de posta hasta Madrid en 1817, y porque en el viaje, hablando de un obispo de Jaén que había sido liberal en 1813, se expresó el buen eclesiástico en términos que le declaraban tan lejano de ser constitucional, cuanto cabe. Pero el pobre señor cedía a las circunstancias, como otros de su clase y opiniones. Por supuesto, fui yo a la sociedad y hablé como en Écija. No era por cierto peligrosa al orden público aquella reunión, pues era solo inocente, dando a esta palabra las varias acepciones que es común darle.

Pero solía suceder con alguno de estos eclesiásticos, a quien, en sentido inverso de un personaje de comedia muy conocido, no cuadraría mal el nombre de fray Obediente Forzado, se deslizase un tanto a mostrar desaprobación, si bien no de la Constitución, de su espíritu y de varias doctrinas a la sazón predominantes, así como de leyes de ellas emanadas, y entonces era grande la indignación del auditorio, sin considerar que el malhadado orador, apremiado a hablar, había de hacerlo, o contra su propia opinión en gravísimas materias, o en parte contra los principios reputados santos en el lugar donde predicaba. Por fortuna, fueron raros casos tales, y cuando ocurrieron, no tuvieron efectos funestos a los oradores. En general los discursos constitucionales de los desafectos a la Constitución solo se señalaban por lo vacíos de ideas y por la insulsez a ello consiguiente. Pero tales cuales eran bastaban para hacer pasar el tiempo a los oyentes, que lo eran solo a medias, pues más debían ser llamados concurrentes distraídos.

Estas sociedades pacíficas vinieron a ser a modo de tertulias públicas, en que el orador hacía a veces el papel de algún pobre músico que toca o canta delante de un auditorio que le presta o poca atención o ninguna. Yo hacía el papel de asistente a la de Córdoba durante el mes de marzo de 1823 que pasé en aquella ciudad, y aun hablé en ella una vez para oponerme al desmandado comunero Moreno Guerra, quien, hablando de la próxima entrada del ejército francés invasor en nuestro suelo, le pronosticó pronta y fácil victoria, moviéndole a tal aserto, que vino a ser verdad, el mismo exceso de su furor de partido, pues solo intentaba cebarse en los de la sociedad secreta su enemiga, a la cual achacaba haber traído la guerra.

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Durante la estancia del Rey y las Cortes en Sevilla en la fatal primavera de 1823, aún no sé si seguía allí abierta una sociedad patriótica, pero el hecho mismo de no saberlo prueba que si existía, era tenida en muy poco. No la hubo, y mal podía consentirse en el siguiente verano en Cádiz, estando sitiada y combatida la plaza por el ejército francés mandado por el duque de Angulema. Ni estaban a la sazón los espíritus para echar de menos declamaciones vagas de tribuna, siendo general el decaimiento llegado a ser postración, y si poseídos algunos de furia intensa, precisados a no manifestarla, en parte por temor a la autoridad, y en parte también por estar ciertos de que a pocos lograrían comunicar sus pasiones furibundas, y porque sentían que un furioso, cuando no causa terror, provoca a risa.

Que las sociedades patrióticas causaron algún mal, aunque no al punto que suele suponerse, y ningún bien, es cosa que hoy apenas hay quien duda. Así es que, recién proclamada la Constitución de 1812 en 1836, de resultas de varias conmociones populares, y triunfante el partido más extremado de esta época, los ministros de él salidos, y que eran sus caudillos y representantes, se negaron a conceder licencia para el establecimiento de una sociedad patriótica al uso antiguo en Madrid, y si el haber habido quien esto solicitase prueba que aquellas reuniones aún contaban con uno u otro aprobante, el hecho de que no hubo un clamor pidiendo su resurrección, cuando todo quería reponerse según estaba en 1823, acreditó que aquellos cuerpos un tiempo tan famosos vivían en el recuerdo más para ser reprobados que aplaudidos.

En estos años novísimos ha habido, sin embargo, reuniones en que se ha hablado ante un público numeroso sin que de ello haya resultado el menor inconveniente. Pero las reuniones de ahora son para un punto concreto, y versan sobre cuestiones en que la pasión toma poca parte, no teniendo por tanto semejanza con las sociedades patrióticas p. 365que tanto dieron que hacer y decir en los tres años y poco más en que estuvo la Constitución de 1812 establecida, pero no firmemente asentada en nuestro suelo. Que hoy produjesen el efecto que en los pasados tiempos, es muy dudoso, siendo lo cierto que si existiesen tendrían forma diversa de la que tuvieron, y serían en algo, aunque no en mucho, diferentes las doctrinas que en ellas resonasen. Pero estas son conjeturas ajenas del artículo presente, en el cual solo ha querido darse un compendio de la historia de aquellos cuerpos, compendio escrito ad narrandum y no ad probandum, aunque de la narración bien pueden y aun deben sacar datos en que fundar juicios los lectores.


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XII.

SOCIEDADES SECRETAS DE ESPAÑA DESDE 1820 A 1823.

En anteriores trabajos he hablado, con ocasión de referir o explicar cómo cayó un mal gobierno en nuestra patria, de la parte principal que tuvo en derribarle una sociedad secreta. Posteriormente he escrito en compendio la historia de las reuniones públicas apellidadas sociedades patrióticas, que representaron importantísimo papel en el drama de trágico fin de que fue España teatro, desde que fue en ella restablecida la Constitución de 1812 por un acto de violencia, hasta que la invasión de un ejército extranjero, favorecida por la parte más numerosa, aunque, cierto, no la más respetable o ilustrada, del pueblo español, la echó al suelo. Pero quizá no esté de más dar alguna noticia de lo que la misma sociedad restablecedora de la Constitución hizo mientras la ley política restablecida por sus esfuerzos se mantuvo en pie, como también del nacimiento y creces de otra sociedad salida de sus entrañas, la cual, su rival y aun su enemiga desde luego, cobrando pujanza, vino a entrar en viva y enconada guerra p. 368con su madre; lid a la par ridícula y funesta, que, si no trajo consigo el acabamiento de la Constitución, debido a superiores causas, contribuyó a él en grado no corto. En verdad, sin saber qué hacían las sociedades secretas en 1820, 21 y 22, la historia de las cosas de aquellos días incurre en errores graves, e induce con ello a equivocados juicios, siendo común achacar los efectos a causas otras que las verdaderas.

Mucho han dicho los pocos escritores que han tratado de un periodo de nuestros anales en verdad nada glorioso, contra la fatal y desvariada idea de que una sociedad, máquina usada para combatir y derribar un gobierno, continuase en juego con la pretensión de dirigir en conciliábulos secretos la conducta del que había puesto en pie. Autoridad de tanto respeto como es la de don Manuel José Quintana asienta en sus cartas a lord Holland que es absurda por demás la idea de «gobernar como se conspira». Pero los censores, si bien lo son con justicia, olvidan que hay malas consecuencias casi forzosas de hechos de mala especie, y que el medio abrazado para acabar con el despotismo del gobierno de 1819 hubo de ser vituperable aun a los ojos de la gente juiciosa que aplaudía el para ellas buen fin a que se había llegado por nada buen camino. Pretender que, jurada por el Rey la Constitución, y establecido como gobierno legal el constitucional, se hubiese disuelto por voluntad propia una sociedad ufana de su triunfo y llena del conocimiento de su poder, es pretender una cosa justa, pero apenas asequible.

Sin duda erramos o pecamos gravemente quienes, en vez de disolver la sociedad a que me voy ahora aquí refiriendo, atendimos no solo a conservarla viva y en acción sino a extenderla y robustecerla, y no fui yo de los que menos parte tuvieron en tanta culpa. Pero hoy mismo, cuando lo confieso y de ello me arrepiento, no puedo olvidar las razones no enteramente desatinadas que influyeron p. 369en mi conducta y en la de otros mis compañeros en aquellos días. Que Fernando VII había jurado la Constitución forzado a hacerlo, era evidente, a punto de no haber quien lo negase; que los enemigos del recién entronizado sistema político eran muchos y poderosos, no era menos notorio; que así no podía considerarse la revolución como concluida, era opinión de muchos, si bien no de todos, y aun los que lo contrario decían tenían trazas de hablar, o quizá de juzgar, en su interior, más que guiados por la luz de la razón, movidos por la fuerza de su buen deseo.

Ahora bien: suponiendo la revolución detenida en su carrera, pero no terminada, porque tenía a su frente amenazándola a la contrarrevolución su enemiga, sin poderse evitar que de nuevo entrasen en pugna, convenía que los constitucionales, no sobrados en número, tuviesen un orden y arreglo interno por el cual estuviesen unidos con fuerte lazo. Sucedía, como antes de romper la revolución, y en los actos que la prepararon, que la curiosidad hacía sectarios a muchos que sin serlo no habrían sido liberales ardorosos. Además el interés, no de la clase del individual, sino el de partido, menos feo que el primero, aunque también digno de reprobación, movía a los autores de la revolución a desear ser fuertes, para afianzar la seguridad y lograr el aumento, o cuando menos la conservación, de lo que habían ganado. Todo ello valía poco mirado como argumento encaminado a justificar un acto reprensible, pero quien no le dé valor ignora qué cosa es lo llamado capitulaciones de conciencia.

Al cabo, fuese o no disculpable, acaeció que la sociedad secreta determinó seguir unida y activa, siendo gobierno oculto del Estado, resuelta al principio a ser auxiliar del gobierno legal, pero llevada en breve por impulso inevitable a pretender dominarlo, y a veces a serle contraria.

Poco varió la sociedad su planta antigua. Fue adoptado en ella el sistema de representación o electivo. Madrid, p. 370como era natural, vino a ser la residencia del cuerpo Supremo director o cabeza de la sociedad entera. Componíanle representantes de los cuerpos llamados capítulos, constituidos en las capitales de provincia, y compuestos de representantes de los cuerpos inferiores repartidos en diferentes poblaciones, o en los regimientos del ejército que los tenían privativos suyos, siendo de ellos a la par con los oficiales uno u otro sargento, bien que en raro caso; perniciosa idea esta última, que hizo suya, pero dándolo extensión, andando el tiempo, la otra sociedad rival, con notable daño de la disciplina.

Estaba formado el gobierno Supremo oculto (si oculto puede llamarse uno cuya existencia es sabida y nadie trata de encubrir) de personajes de tal cual nota y cuenta, de estos algunos de los de la primera, otros no tanto. Del primer ministerio constitucional a que dio nombre Argüelles ni uno solo era de la sociedad, ni en el cuerpo director ni en otro, hasta después de cumplirse el segundo tercio de 1820. Pero tenía en el mismo cuerpo asiento el conde de Toreno, ilustre ya por más de un título, si bien a la sazón mero diputado a Cortes, por no haber aceptado una legación que le fue confiada. Estaba asimismo en él don Bartolomé Gallardo, cuyo renombre había llegado a ser altísimo al terminar la primera época constitucional en 1814 y cuya fama aún no podía haber tenido el menoscabo que de allí a poco fue teniendo, hasta llegar a la decadencia suma en que ha muerto oscuramente en vejez bastante avanzada; concepto después sobradamente rebajado en lo tocante a su valor literario, si bien con más injusta y aun loca exageración avaluado en días anteriores. Predominaba, con todo, en el gobierno de la sociedad, como en ella entera, el interés más que las doctrinas de los hombres de 1820, los cuales comenzaban a llamarse así por lo mismo que su interés iba siendo otro que el de los hombres de 1812.

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Hasta julio de 1820 (época en que se abrieron las Cortes primeras del nuevo periodo constitucional), nada hacía la sociedad más que extenderse, sin disentir del gobierno legal en punto alguno importante. Pero habiendo el ministerio dispuesto la disolución del ejército llamado libertador, resolvió la sociedad, por medio del cuerpo de su director o autoridad suprema, oponerse a una disposición arreglada a la justicia. Para lograr su intento apeló a medios harto dignos de reprobación, pues no eran menos que los de una resistencia, la cual, si bien había de comenzar por medios, aunque ilegales, pacíficos, no podía parar sino en pésimo fin, ya se encendiese guerra civil, ya encendida fuese la victoria del uno o del otro partido, ya, por último, hecha pública la resistencia, viniese el gobierno a quedar vencido, quedando con esto conculcadas las leyes. El plan era que el general del ejército (cargo ejercido a la sazón por Riego, sucesor de Quiroga, al cual excedía mucho en fama) representase contra la dispersión de la fuerza de su mando, en vez de obedecer la orden que para llevarla a efecto había recibido. Para dorar este acto de insubordinación, quitándole su carácter puramente militar, habían de representar en igual sentido varios cuerpos civiles, y entre estos la diputación provincial de Cádiz, a la cual ni la razón ni aun las leyes de entonces daban derecho para entrometerse en tal negocio. Pero estas peticiones unidas, procedentes de un ejército cuyo alzamiento acababa de ser coronado por la victoria, y al cual debía su existencia la nueva Constitución, y de una provincia y ciudad constitucionales como por antonomasia, eran retos más que súplicas, y quienes las usábamos como instrumento las mirábamos como armas que habrían de darnos de seguro el triunfo. Salvó a la patria de este peligro, pero no sin causarle graves males, la súbita determinación de Riego, que, siguiendo el consejo de un canónigo su hermano, célebre después por sus rarezas, y entonces enviado p. 372a traerle a la razón, por el conde de Toreno entre varios y más que por otro alguno, se vino del ejército, dando a su viaje el carácter de fuga, pues no tuvieron noticia de su partida sus cómplices hasta después de estar él en camino.

La llegada de Riego a Madrid desbarató nuestro plan criminal, y desde entonces, por algún tiempo, la sociedad secreta nada hizo sino dejarse llevar por las circunstancias. De los pasos desatentados que dio Riego durante su breve estancia en Madrid, lejos de ser consejera, como fue entonces y aun es hoy común suponer, fue desaprobadora, pero tímida y callada. Llevó, sin embargo, el cuerpo en algunos de sus miembros el golpe merecido por su anterior y mal conocido exceso, pero no merecido por los que se le achacaron, los cuales fueron pretexto o motivo de la leve pena impuesta a los culpados, y de la más grave del desconcepto en que se trató de ponerlos, y en parte se consiguió, llegando a pasar por verdades averiguadas falsísimos cargos.[73]

[73] Entre otras calumnias, corrió con valimiento la de que tenía la sociedad formado un ministerio, que por un acto de violencia había de ser sustituido al que existía. En el supuesto proyecto me tocaba ser ministro de Estado. Aunque contaba yo treinta y un años de edad y ocho de carrera diplomática, y había sido de los principales entre los restablecedores de la Constitución, esta calumnia me ofendió, más porque parecía una burla, que por lo infundada. ¡Tanto se distaba entonces de hacer las rápidas carreras que después hemos visto!

La pena impuesta a unos causó en otros disgusto y hasta indignación: nació de ello aumentarse la desunión entre los que componían el gobierno oculto: se exacerbaron las pasiones, y vino a parar la discordia en una proscripción, que, por fortuna, no pudo pasar de ser expulsión de la sociedad de los que en ella eran minoría. Alcanzó tal rigor a no menor personaje que el conde de Toreno, no aprovechándole su renombre antiguo, p. 373ni su recién terminado destierro huyendo de la pena capital que, si bien solo en rebeldía, le había sido impuesta. Igual suerte cupo al intendente de ejército don Domingo de Torres, a pesar de su extremado celo del bien y lustre de la sociedad, celo que se extendía a la observancia de los ritos estimados por otros en poco. Algunos más fueron los expulsados.

Seguía en tanto la sociedad fría y desmayada. Era contraria al ministerio; pero, como este se componía de hombres de altísimo concepto entre los constitucionales antiguos, la oposición que se le hacía era de parte de algunos hecha casi con repugnancia, y de parte de otros, si con acrimonia y encono, con corta esperanza del triunfo.

Pero con la división de los constitucionales iban cobrando aliento el Rey y los parciales de Fernando, que lo eran del gobierno absoluto. De aquí nacía irse arrimando al gobierno los más entre los antes sus contrarios, en tanto que unos pocos, entre los cuales me contaba yo, nos resistíamos a la reconciliación mientras no avasallásemos a los que nos habían vencido y desconceptuado, guiándonos, ya ciego deseo de venganza, ya razones políticas de más o menos peso.

Así, cuando el Rey trató de negar la sanción al decreto de las Cortes sobre supresión de los monacales, y cuando fue forzado a darla por la amenaza de una sedición que en la sociedad de la Fontana había de comenzar, pero que no comenzó, por no prestarse los socios a abrir las sesiones por ellos voluntariamente suspendidas, el gobierno de la sociedad secreta nada resolvió y nada hizo. Verdad es que Regato y yo, ambos parte del actual gobierno, nos afanamos, y no sin éxito, porque la Fontana siguiese cerrada y muda; pero nuestra conducta no fue ni censurada ni aprobada por nuestros compañeros.

Sin embargo, de allí a poco, cuando, irritado Fernando VII de haber sido engañado y burlado al compelerle a p. 374dar la sanción al decreto que desaprobaba, hubo de decir en privada conversación a alguno de sus fieles servidores que se prestaría a avenirse con los llamados exaltados para hacer guerra a sus ministros, y aun para sustituirlos con otros entre los cuales hubiese constitucionales de los más ardorosos, llevada al gobierno oculto la cuestión sobre si convendría o no entrar en trato con la corte, fue resuelta por afirmativa, pero nos costó gran trabajo ganar la votación a los que en ella triunfamos, no sin haber de esforzarnos en gran manera para alcanzar el triunfo, y aun vimos tal tibieza, recelo, y como pena en los aprobantes, que reputamos desde luego muy difícil aprovechar nuestra victoria. Así fue que los tratos seguidos con mutua desconfianza por parte de los palaciegos y por la nuestra, oyéndose con poca satisfacción todo cuanto de ello se iba dando parte mientras estaban pendientes, pronto concluyeron en un rompimiento, siendo por otra parte verdad que la perfidia de la corte justificó a los que de ella nada favorable a nuestros intentos se prometían.

En los alborotos que ocurrieron durante la residencia del Rey en el Escorial, en noviembre de 1820, y con motivo de haber Su Majestad nombrado un ministro de la Guerra sin consultar a los demás del Ministerio, agregándose a ello ser el sujeto nombrado notoriamente desafecto a la Constitución, y haberse descubierto al mismo tiempo una conjuración cuyo objeto era el restablecimiento del gobierno absoluto, poco tuvo que hacer el gobierno de la sociedad secreta para fomentar el desorden que desde luego se manifestó en la capital y reinó en ella durante tres o cuatro días. Su resolución formal por votación unánime fue dejar correr las cosas. Corrían, en efecto, como torrente impetuoso, contra la persona del monarca. No eran, como he dicho en otros de estos mis recuerdos, los de la sociedad ni los apellidados exaltados los más furiosos en aquellos días, pues los que pasaban por moderados y ministeriales p. 375se mostraban, si no en mayor grado, igualmente violentos en la sociedad de la Fontana, y por las calles y plazas, hechas teatro de un alboroto que, no hallando resistencia, no causó daños materiales o inmediatos. Quizá no es fuera de propósito decir que en los groseros insultos hechos al Rey a su entrada en Madrid de vuelta del Real Sitio, solo tomó parte la gente soez o uno u otro loco, pero cediendo a propio impulso y no a dirección alguna.

Mas si el gobierno de la sociedad secreta no fue excitador ni aun siquiera causador de los desmanes de aquellos momentos, no se descuidó en punto a aprovecharlos, pues lo hizo celebrando con el Ministerio una concordia como entre potencia y potencia.

Verdad es que el Ministerio había mudado en aquellos días en parte en su conducta, en otra parte en su composición. Al ministro de Ultramar, don N. Porcel, había sucedido don Ramón Gil de la Cuadra, a la sazón ni enteramente moderado, ni exaltado, pero con algo del uno y del otro carácter, y además de la sociedad secreta, aunque no del cuerpo supremo de la misma, sino de otro de los inferiores, en el cual estaba compensado lo inferior de su categoría con lo distinguido de las personas de que estaba compuesto. Como estuviese asimismo vacante el ministerio de la Guerra, fue nombrado para desempeñarle el ilustre general de marina don Cayetano Valdés, el cual no era exaltado, pero había hecho actos de tal; honradísimo caballero, así como militar valiente, y en quien concurría la circunstancia de ser pariente lejano de Riego. Ambas cosas facilitaron la avenencia poco menos que generalmente deseada. Pasaron los militares desterrados a ocupar cargos importantes, y a mí me cupo una suerte parecida. Fue muy censurada esta capitulación, pero los censores afeaban más la conducta de los ministros que la nuestra, suponiéndola para ellos humillación y para nosotros victoria.

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Para hacer constar mejor la paz restablecida entre los de la oposición, que eran de la sociedad, y los ministros y amigos de ellos, volvieron al cuerpo director o gobierno oculto los que de él habían sido excluidos, pero con una u otra excepción, y entre estas la notabilísima hecha de Toreno, a quien no alcanzó nuestra amnistía. Sin duda contribuyó a tal rigor el valor político de tan digno personaje, y haber él tratado con desprecio la como pena que le había sido impuesta sin previo juicio. Así, cuando Argüelles y Valdés entraron en la hermandad, quedó separado de ella para siempre el digno amigo de ambos, que era hermano antiguo.

Lo cierto es que la sociedad secreta se declaró amiga y auxiliar del Ministerio, y siguió siéndolo hasta la caída de este en marzo de 1821. Se prestaron Argüelles y Valdés a entrar en la sociedad, y así lo hicieron, pero sin ser del cuerpo su director supremo, sino del inferior de que seguía siendo parte su colega Gil de la Cuadra. Debe añadirse que ni uno ni otro fueron hermanos muy celosos, aunque no fuesen infieles, y que antepusieron siempre, como debían, su oficio de altos empleados y de ciudadanos al de socios.

No a toda la sociedad fue grata la reconciliación con los ministros. En el cuerpo su director se mostraba muy descontento el después celebérrimo Regato, o ya hubiese empezado a ser traidor a la causa constitucional, o ya estuviese vacilante y jugando juego doble, o solo alimentase su odio sin objeto fijo todavía, habiéndole posteriormente empujado las circunstancias y su falta de honradez a la infame conducta que siguió, la cual le ha dado tan merecida mala fama. Ni era único en su modo de pensar, porque en los socios o hermanos de inferiores categorías no escaseaban, aunque no abundasen, quienes en su opinión coincidían.

En febrero de 1821 (ausente yo de Madrid por estar p. 377sirviendo la Intendencia de la provincia de Córdoba), se sublevaron los guardias de la Real persona (vulgarmente dichos de Corps), tal vez forzados a hacerlo por habérseles hecho groseros insultos. Acudió a reprimir la sublevación el Gobierno, y lo llevó a efecto; pero fue acusado con poca razón de tibieza y aun de contemplaciones con los sublevados. Es lo cierto que en la indisciplina civil y aun militar de aquella época, no pocos de los que se precipitaron a oponerse a la sublevación obraron como de motu proprio, más que como obedientes a orden superior de legítima procedencia, y que la ejecución de lo dispuesto por el Gobierno hubo de resentirse de tal circunstancia. Los que por exceso de celo, haciendo más de lo que les era mandado, merecieron ser tachados de cierto linaje de desobediencia, quedaron por demás descontentos cuando vieron, si no desaprobada, tibiamente aprobada su conducta. Regato y algún otro abrazaron la causa de estos quejosos, siendo probable que al hacerlo solo vieron con gusto llegada la hora de un rompimiento, de ellos mucho antes ardientemente deseado. Desprendiéndose del tronco de la sociedad antigua, fueron estos a fundar otra nueva, si al principio pobre y con pocas apariencias de medro, no muy tarde robusta y poderosa, tal que, si la catástrofe que acabó con la Constitución y con todo linaje de liberalismo, y aun de libertad, no hubiese sobrevenido, compitiendo con la sociedad madre, habría llegado a oscurecerla y tal vez a destruirla.

Dio nombre y correspondiente forma, o fórmulas, a la novel sociedad secreta (si es que de secreta merecía con exactitud el nombre) una idea de don Bartolomé Gallardo. Este escritor afectadísimo, político violento más que atinado o agudo, se distinguía por su afición ardorosa a las cosas de su patria y lengua. La sociedad en que él tenía un puesto de los superiores en categoría, aunque en ella no ejerciese grande influencia, había tomado de una antigua p. 378y extranjera nombre y ritos. Bien es cierto que de la del mismo nombre en otros pueblos se diferenciaba notablemente, por ser una asociación puramente política y concretarse a los negocios del país donde estaba establecida, y que al ritual y planta y arreglo de las de su clase en tierras extrañas había añadido algo peculiar de España y del oficio que en su patria ejercía. Pero todo ello aun parecía poco a Gallardo, resuelto a españolizar más los nombres y símbolos de la que era propiamente una asociación de españoles constitucionales o liberales. Para su intento había vuelto la atención a la época de la guerra de las comunidades de Castilla, traída a la memoria de los españoles con ideas de amor y veneración a quienes en ella figuraron sustentando la parte del popular por la oda de Quintana a Juan de Padilla, y por la tragedia de Martínez de la Rosa, cuya heroína, que le da título, es la viuda del mismo famoso personaje. De aquí nació un plan de crear en la sociedad secreta grados y dictados que variasen los en uso o se les sustituyesen, tomándolo todo de lo que habían sido los comuneros.

Tal idea de Gallardo, comunicada por él en conversaciones particulares, hubo de dar golpe y de agradar a quienes proyectaban una asociación entre secreta y pública, cuya índole y apariencia fuesen propias para captarse voluntades y encontrar secuaces, particularmente en el vulgo. Diéronse, pues, los nuevos sectarios el nombre de comuneros, siendo en el uso común más corriente apellidarse hijos de Padilla; y llamaron a sus sociedades particulares Torres. A esto añadieron varios dictados de los cargos de la secta, insignias, ritos; todo ello en parte remedo, pero asimismo variación, de los usos y formas del cuerpo de que se separaban. Uno u otro nombre de personaje distinguido contribuyó desde luego al lustre e importancia de los comuneros. Ocupaba entre ellos uno de los primeros puestos Regato, de no corto poder e influjo todavía p. 379en los negocios, y de gran crédito entre los liberales más extremados, no obstante ser escasos sus merecimientos, aunque fuese de ingenio vivo y sutil y de extraordinaria audacia y travesura. De mucho más valor era el joven, a la sazón brigadier, don José María Torrijos, de quien tanto va dicho en otra parte de estos recuerdos. Movió a Torrijos a entrar en los comuneros, además de su natural fogoso, estar descontento del Gobierno legal y también del secreto de la sociedad antigua, porque en la represión del levantamiento de los guardias de Corps había hecho más que otro alguno, y por ello había sido si no reprendido, poco menos. También fue comunero y llegó al puesto más alto en la sociedad el brigadier Palarea, en la guerra de la Independencia acreditado, pero en su clase culto, guerrillero, y en las Cortes, a la sazón juntas, orador de la oposición, si bien hablaba con más ardor y celo que elocuencia o tino. Andando el tiempo, y no pasando mucho, contaron en su gremio los hijos de Padilla al general Ballesteros, hombre que, a pesar de su corto entendimiento, había alcanzado grande fama en la guerra de la Independencia, y que desde 1815, época en que fue ministro de la Guerra bajo el rey absoluto, en días de sañuda persecución de los constitucionales, había seguido una conducta vacilante y dudosa, y, a pesar de ello, privaba sobremanera con los liberales más ardientes; ejemplo este, no raro, de sujetos que, aun sin el talento de ser arteros, consiguen medrar y tener concepto en diversos y aun opuestos bandos. Adquirió desde su entrada en el gremio de los de la misma comunión política cierto puesto como de maestro y personaje venerado, el anciano Romero Alpuente, cuyo renombre de magistrado desinteresado mal podía encubrir sus malísimas calidades; fríamente violento y predicador de la anarquía, que se valía de medios torcidos para recoger aplausos de la gente más baladí. También, como se debía suponer, pasó a militar en las filas p. 380comuneras Moreno Guerra, el cual (según le he pintado en otros de mis recuerdos anteriormente publicados)[74] parecía como naturalmente llamado a tal milicia por la clase de su instrucción, por los hábitos de su vida política y hasta por su misma persona física y lo general de su porte y modos.

[74] En los artículos cuyo título es Cómo cae un mal Gobierno. Al escribir lo que va arriba, difícil es no tropezar en uno de dos escollos: o el de repetir lo dicho en otro lugar, o el de citarme a mí propio apareciendo presumido.

También figuró y mucho en la comunería, sin mayor mérito que el de una osadía e inquietud a que pocos podían llegar, el diputado a Cortes don Francisco Díaz Morales, oficial de artillería comprometido en una conjuración en los días de la monarquía absoluta, y por ello condenado a muerte, aunque, suspendida por largo plazo la ejecución de la sentencia, logró, a la par con la libertad, el concepto de víctima ilustre cuando vino a triunfar su causa; de ilustre familia cordobesa, pero inclinado a mezclarse con la plebe, no obstante su educación en el real colegio de Segovia; padrino de todo alboroto y de todo alborotador,[75] y hasta con un matiz como de locura que hacía menos criminales sus malos hechos; persona que murió ha poco tiempo en indigencia absoluta, habiéndose apelado a la caridad pública para que una suscripción le diese el sustento y abrigo necesarios, y siendo su desgracia tal, que le sobrevino la muerte al llegarle el tal cual alivio de su miseria.

[75] Entre otros, había apadrinado a principios de 1821 al después famoso Bessieres, que había sido condenado a muerte en Barcelona por tener parte en una conjuración republicana. No fue, como es notorio, ejecutada la sentencia, empeñándose los más ardorosos y extremados liberales por salvar al que estimaban su caro hermano, el cual vino a ser campeón del absolutismo.

Este último personaje, muy dado al cosmopolitismo, trasplantó a España vástagos de otra sociedad extranjera que procuró enlazar con la de los comuneros; pero el vástago, p. 381si prendió, no echó raíces ni medró a punto de figurar notablemente en un terreno ocupado ya por producciones del suelo propio. Fue así que, recién nacida la sociedad de los comuneros, ocurrió caer de súbito la Constitución española en Nápoles y el Piamonte, que, proclamada en el reino aquí nombrado en primer lugar, había vivido allí algunos meses, y siéndolo igualmente en la Italia Septentrional solo existió en ella algunos días, de lo cual resultó haber de huir del suelo patrio los liberales más comprometidos, y acudir a España, donde encontraron, como debían esperar, cariñoso y aun fraternal acogimiento. No se mostraron, por cierto, ingratos los así favorecidos, pues, lejos de serlo, declaraban que en nuestro suelo habían hallado segunda patria; pero la misma circunstancia de vivir con los españoles como hermanos los llevaba, sin mala intención, a mezclarse muchos de ellos más de lo justo en los negocios de su nueva familia. La revolución de Italia había sido obra de una sociedad secreta, desde 1817 o 12 establecida en su suelo, y conocida con el dictado de la de los carbonarios (o carboneros), la cual se había dilatado por Francia, donde la sociedad masónica era instrumento muy conocido y gastado, y por lo mismo, para fines políticos inútil enteramente. Hubo, pues, también en España ventas de carbonarios, pero en corto número y con flaco poder, siendo Díaz Morales uno de los que trataron de fomentarlas. Andando el tiempo, y ya al empezar 1823, aspiraron los carbonarios a salir de su oscuridad o insignificancia, como pegándose a los comuneros más violentos y obrando a la par con estos; pero nunca llegaron a merecer mucha atención, y aun una u otra fechoría que discurrieron no alcanzó a darles siquiera un grado mediano de mala fama.

Grande fue la indignación en la sociedad primitiva al ver desgajar de su tronco aquella rama y plantarla como destinada a ser árbol rival del antiguo destinado a hacerle p. 382sombra, y desde luego a desacreditarle, porque su descrédito justificaba el nuevo plantío, suponiéndole necesario para dar a los liberales mejor sombra y nutrirlos con más saludable fruto. Lo en parte singular fue ver entre los más furiosos anticomuneros a Gallardo, a quien por sus antecedentes y conducta habría parecido natural ver alistado en el gremio de la gente más extremada y violenta, y del cual debía presumirse que se dejase llevar por los nombres castellanos algo autorizados de la novel asociación; pero se indignó sobremanera de ver como que se apropiaban su invención, y, pudiendo en él más lo literato que lo político, miró solo a los nuevos asociados como a plagiarios, les achacó que al robarle sus ideas se las habían desfigurado por no comprenderlas bien, y dio suelta contra ellos a su natural de hombre vano y acre en demasía.

No correspondió la novel asociación con odio manifiesto al de que era objeto, porque se sentía débil aún y conocía que debía ser modesta y reservada, aspirando solo a cobrar fuerzas y destinando las que cobrase a una guerra contra su rival, pero difiriéndola para tiempo oportuno.

La caída del Ministerio en que figuraba en primer término Argüelles, fue dolorosísima para la sociedad antigua, que durante cuatro meses había estado con él en unión estrecha, contentándose con ser su auxiliar, y no aspirando a dominarle, como hizo año y medio después con un ministerio nacido de su seno. Los comuneros que acababan de nacer no eran muy adictos a los ministros caídos, pero aparentaron serlo, y se excedieron en sus demostraciones de enojo por el acto que los derribó, mirando en él una ocasión de mostrar su celo para descubrir conjuraciones y conjurados.

Corría en tanto el año de 1821, no exento de turbulencias ni de sublevaciones realistas, pero amenazando con males superiores a los que ocurrían, los cuales eran pronto remediados, o sobresanados.

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Pero en otoño del mismo año tomaron los negocios un aspecto y sesgo pésimos, no tanto por hechos de los enemigos de la Constitución, cuanto por disensiones entre sus amigos. Habiendo cometido Riego actos de enorme imprudencia como capitán general que era de Aragón, fue separado de aquel mando por el Gobierno; disposición justa, pero que tenía la desgracia de ser grata al Rey, lo cual, sobre otras razones, era una poderosísima para que pareciese injusta, y aun atroz, a los liberales conocidos por el distintivo de exaltados. Hubo en Madrid conatos de sedición que fueron reprimidos. Entretanto, circulaba por las provincias la idea de que el Gobierno supremo, dócil por demás con la real persona y con toda la corte, iba a consentir en el restablecimiento del poder absoluto, o en algo poco menos. En todos los conventículos de la sociedad antigua, a la sazón en el apogeo de su poder, era tal el pensamiento dominante.

En ninguna parte de España eran los constitucionales más numerosos, ni contaba la antigua sociedad secreta con más poder, así por el número como por la calidad de quienes la componían, que en la ciudad de Cádiz. Los comuneros, escasos en número, y apenas contando con persona alguna de tal cual valía, eran casi nada en un lugar teatro donde la otra sociedad poderosa había llevado a cabo el restablecimiento de la Constitución, siendo de todos sabido que era obra suya. Y lo fue también, y casi exclusivamente, el proyecto concebido en los días de que voy ahora aquí hablando, y llevado a ejecución hasta cierto punto de levantar bandera contra el Gobierno constitucional en nombre de la Constitución misma.

No fue consultado para el intento el gobierno superior establecido en Madrid. Al revés, procedieron los de Cádiz ocultándole su proyecto, y hasta fue tildado de delación algún paso dado para que, conocido en la capital el daño que amenazaba, se atajase o previniese por las vías de p. 384consejo cariñosas y fraternales, por las cuales únicamente podía proceder un cuerpo falto de fuerza material, y que, aun si la hubiese tenido, no habría querido emplearla.

Al cabo la semirrebelión estalló y se comunicó a Sevilla, siendo también allí de la misma sociedad la dirección, así como lo fue el origen del levantamiento.

Entonces el gobierno de Cádiz estuvo en la sociedad apenas disimulado. Los que no eran de ella sabían su existencia, se mostraban prontos a prestarle obediencia, averiguaban ansiosos lo que en ella se trataba, y esperaban para cumplirlo a saber lo que se resolvía.

En medio de esto, el cuerpo llamado Capítulo de Cádiz, al cual obedecía, las sociedades inferiores de la provincia, inclusas las de la misma ciudad, numerosas y acaloradas, se veían en situación de notable apuro. Muchos de aquel cuerpo habían atizado el fuego que veían con pena y terror crecido hasta ser incendio que amenazaba gravísimo daño. La autoridad suprema de Madrid había disculpado más que aprobado los hechos de las de Cádiz y Sevilla, y, si nada afecta al Ministerio, ni aun a la mayoría de las Cortes, que solo era semiministerial y solía variar, tampoco veía sin horror que fuese a encenderse una guerra civil entre los constitucionales. Los enemigos de estos se mostraban al doble satisfechos, porque el desorden les daba motivo a censurar un estado de cosas que tan malos efectos producía y en que eran desatendidas impunemente las leyes, y porque esta misma confusión les daba juntamente materia a la censura, y fundadas esperanzas de triunfo. Pero en el mismo Capítulo había hombres obcecados resueltos a llevar las cosas adelante hasta a una situación de rebelión completa, mientras otros procuraban traer una avenencia que no dejaba de ser dificultosa. En las juntas inferiores era lo común estar por los pareceres más violentos, influyendo en esto varias razones: fanatismo p. 385nacido de escasa ilustración en algunos, temor en otros por creerse comprometidos por los pasos primeros dados en la carrera de la rebelión, y ambición o interés en un gran número, que esperaban de la guerra civil ascensos y otras ventajas, porque comenzaba a asomar la idea, llevada después a extremos a resultas de verla realizada, de que sembrando o fomentando las revueltas se coge buena cosecha de grados y honores. Y si bien las Cortes, en dos resoluciones que se contradecían, habían a la par dado apoyo al Ministerio y declarádosele enemigas, aprobando con esto último el quebrantamiento de las leyes que como por fórmula en su primera resolución sustentaban, ni aun esto alcanzó a traer a la sumisión a la parte más crecida de los rebelados en Cádiz y Sevilla, muy numerosos en la primera ciudad, y escasos en número en la segunda, pero dominantes en ambas.

Tal era la situación de las cosas en Cádiz al terminar 1821, gobernando allí la sociedad secreta, a la cual obedecía, sin ser de ella, el gobernador militar y político; hombre honradísimo, hasta virtuoso, de mansa condición, deseoso del bien, y pesaroso del papel que estaba representando por sentir que con su conducta evitaba mayores males.

Me tocó en aquellos días, en que acababa de ser elegido diputado a Cortes por la provincia de Cádiz, pasar a aquella ciudad desde la de Córdoba en que estaba residiendo, porque había estado sirviendo en ella mi empleo de intendente. Había yo sido de los desaprobadores del pensamiento de resistir al Gobierno legal; pero empezada, contra mi deseo no encubierto, la guerra entre los exaltados y los moderados, por cálculo político no desacertado, aunque de mala especie, me había puesto de parte de los primeros, y bullía en su favor, porque preveía que, si triunfando el Ministerio triunfaba con él la ley, infaliblemente los anticonstitucionales, unidos a la sazón con los ministeriales, p. 386pronto se sobrepondrían a sus compañeros, y deshaciéndose de ellos y de la Constitución, recogerían todo el fruto de la victoria. Salí, pues, para Cádiz lleno de pena, descontento aun de mí mismo, incierto sobre cuál sería el modo de pensar de mis amigos políticos, de los cuales había disentido al desaprobar yo el proyecto del rompimiento, y deseoso de encontrar términos de avenencia, si bien con poca esperanza de ver mi deseo logrado. Pero, llegado que hube al pueblo de mi nacimiento y también de mi amor, cabeza de la provincia que me había elegido diputado a Cortes, encontré que mis amigos, con rara excepción, deseaban ya la paz, viendo cuán funesta sería la guerra. Había con todo dificultades enormes que vencer para reducir a la obediencia a los que habían sacudido el yugo y querían sustentar con la fuerza su desobediencia. En dos semanas que pasé en Cádiz apenas salí del Capítulo, casi constituido en sesión permanente. Debo decir que pocos días de mi larga vida han sido más amargos, aunque en ella hayan abundado horas de amargura. Los singulares medios por donde llegamos por lo pronto, pero no de buena manera, al fin apetecido merecen una relación circunstanciada en la cual se dé a conocer qué eran aquellos días.

II.

Si era el Capítulo de Cádiz la única autoridad real y verdadera de aquella provincia, era una autoridad supeditada por los que de ella dependían. Así es que no osaba tomar resolución alguna, disimulaba, y cuando se aventuraba a dar un paso adelante en la carrera por donde los que en él eran el mayor número querían llevar las cosas, al punto se veía precisado a detenerse y aun a retroceder, p. 387si no en la realidad, en la apariencia. Hasta con la minoría del mismo Cuerpo se veía la mayoría forzada a guardar contemplaciones, que eran actos de condescendencia. Verdad es que los frívolos pretextos con que se cohonestó el primer acto de resistencia estaban desvanecidos; que habían intervenido en el negocio las Cortes, y en dos votaciones, en no corto grado, si ya no enteramente contradictorias, se habían declarado contra los ministros, aunque condenando a los semirrebelados, y mandándoles sujetarse a las leyes y al Gobierno, y (lo que es más) que, pendientes estos sucesos, había habido una elección general, y en las Cortes electas iba a predominar el partido exaltado, con lo cual estaba logrado el objeto que había dado ocasión a la resistencia de los gaditanos y sevillanos. Pero esto último venía a ser una desgracia, porque daba un argumento erróneo, pero de gran fuerza para el vulgo, a los que insistían en seguir desobedientes hasta llegar a ser rebeldes, sustentando su causa con las armas. Algunos hombres, y de los más notables, causantes o fautores de los primeros movimientos, habían sido elegidos diputados, y, si bien con esto había adquirido fuerza la causa por ellos abrazada y sustentada, era común decir que, llegados ellos a encumbrarse, daban con el pie a lo que les había servido de escalera, lo cual no parecía bien y aun dolía a quienes nada habían ganado en toda la serie, aunque no larga tampoco corta, de aquellos disturbios. Esto decían algunos, y acusación tal muy repetida hallaba favorable acogimiento en numerosos jueces, en litigio en que eran muy crecidos en número los que juzgaban. En la ciudad de Cádiz la sociedad tenía influjo sobre las clases todas del pueblo, inclusas las ínfimas, allí a la sazón constitucionales, y sabido es que entre la gente ruda e ignorante, las opiniones extremadas prevalecen.

Ni se contentaban los de los cuerpos inferiores con mostrarse indóciles en sus reuniones y en su manejo para p. 388allegarse parciales fuera de ellas, a lo que hacía, y más todavía a lo que, no sin causa, sospechaban que intentaba hacer el Capítulo, sino que le enviaban una u otra diputación, que, contra toda regla, era admitida, y a la cual se daba voz, si bien no voto, y que al usar de la voz lo hacía en tono de no encubierta amenaza, y como quien manda en vez de ser como quien representa. Mal podía reprimir la ira el presidente del Capítulo, hombre nada sufrido entonces, y, sin embargo, tascaba el freno, aunque sin poder ocultar que se violentaba. Al revés los de la corta minoría; viéndose apoyados por gente de afuera, aparecían no solo renuentes, sino indignados y soberbios.

Pasaba uno y otro día sin salir de situación tan angustiosa, cuando urgía una decisión final, y apremiaban a darla los sucesos, empujando a ella por opuestos lados. Se presentó en el Capítulo un comisionado del de Sevilla, y nos echó en cara nuestra timidez, declarando que los sevillanos (esto es, no los hijos y vecinos de aquella ciudad, sino los que en ella pretendían llevar la voz del pueblo) estaban resueltos a seguir resistiendo hasta que la victoria en verdadera lid decidiese entre la causa del Gobierno de Madrid y la de las provincias desobedientes. Singular era tal aserto, siendo sabido que en Sevilla la población, aunque con excepciones, no era, como en Cádiz, constitucional, sino lo contrario, por lo cual, si llegaban las hostilidades, difícil había de ser que no fuese el triunfo de los parciales del Gobierno, a los cuales se habían agregado los de la monarquía absoluta. Pero cuando a los de Cádiz, tachados de tibios, o quizá de algo más, se ponía por ejemplo de ardor y fortaleza la conducta de los de Sevilla, a estos, según supimos muy en breve, se citaba por modelo para avergonzarlos, y aun para intimidarlos, los de Cádiz.

Entretanto, el Gobierno supremo oculto de Madrid, lleno de congoja y de temores, ansiaba por ver reducidas a p. 389la obediencia a las provincias ya casi rebeladas. Apeló, pues, de nuevo al consejo, porque otras armas no tenía, y solo por la vía de la persuasión podía lograr el fin que anhelaba. No creyendo los escritos suficientes para ver satisfecho su buen deseo, cuerdamente dispuso enviar a Cádiz un hermano comisionado, y al intento eligió uno de los más comprometidos en el alzamiento de 1820, lo cual equivale a decir de aquellos para quienes la causa de la Constitución era una misma con la de su interés personal, pues cayendo aquella, vería en grave riesgo hasta su vida. Fue el elegido el oficial de marina don Olegario de los Cuetos, a quien ha visto la generación presente figurar, al cabo, en primer término en el partido apellidado progresista.

Sabida que fue en lo general de la población de Cádiz la venida de tan digna persona, y sospechándose y aun casi sabiéndose a qué venía, los más extremados y alborotados levantaron la voz de que un emisario del Ministerio había llegado con la mira de reducir al pueblo a la servidumbre y acabar con los patriotas, y de resultas con la libertad misma. Hubo hasta inquietud peligrosa por la propagación de tal rumor, acogiendo la credulidad las calumnias de la maldad, y estuvo a pique de ser maltratado, y aun tal vez en el grado último, uno de los restablecedores de la Constitución.

La llegada de Cuetos ponía al Capítulo gaditano en una situación por un lado ventajosísima, y por otro algo apurada, porque si la autoridad del Gobierno oculto, si no de todos obedecida, por todos declarado con derecho a exigir obediencia, nos mandaba someternos, de temer era, atendido el estado de los ánimos, que aun a su mismo Gobierno secreto la sociedad de Cádiz se declarase medio rebelde, llevando delante, hasta sustentarla con las armas y hacer la rebelión completa, acompañada de guerra civil entre constitucionales, la separación de la obediencia a las p. 390leyes y a la autoridad que en nombre de las leyes obraba. De todos modos, iba a acabar la hora de las dilaciones y tergiversaciones.

Pero si bien el Capítulo podía proceder por sí en tan grave negocio, no quiso; en lo cual si un tanto se expuso, obró con cordura a la par que con atrevimiento, trayendo el negocio a la deliberación y resolución de toda la sociedad secreta, o, dígase, de todos cuantos quisieron concurrir con su voto, o con su voz, o con su asistencia a la determinación final sobre la cuestión pendiente. Fue, pues, convocada, al intento de promover en ella un debate y resolución definitiva, una junta magna para las primeras horas de la noche. Era esta de las de enero (1822), que aun en las latitudes apartadas de las polares son bastante largas, y dan tiempo para detenerse en prolongadas discusiones. Acudieron los de la sociedad, si todos no, en número muy crecido: corrió por la ciudad la noticia de la convocación y del negocio que iba en ella a tratarse y decidirse; estaban todos suspensos y como colgados de lo que iba a dictar una asociación ilícita, y hasta el mismo gobernador y jefe político, no obstante ser honrado patricio, buen caballero y cristiano piadoso, como si hubiese renunciado a su autoridad por no poder ejercerla, se sometía al fallo de un tribunal o cuerpo cuyos miembros estaban anatematizados por la Iglesia, sobre sus otras nulidades.

Aunque el Capítulo había resuelto someter la cuestión a la resolución de la irregular Junta magna, no debía ni quería, ni en razón podía, presentarse en ella sin el intento formado de influir poderosamente en lo que resolviese la numerosa reunión convocada. Para el intento, era indispensable que hasta desapareciese la minoría del mismo Capítulo, corta, pero tenaz, y tal que podría frustrar el proyecto de sumisión, si no aparecía unanimidad en vez de mayoría en lo resuelto por el cuerpo cuya autoridad p. 391iba a ser como renunciada al ponerla en juicio ante quienes de ella dependían. Consiguiose nuestro intento, no sin trabajo, sosegando el honrado fanatismo de una o dos personas, y aun logrando que guardase silencio otra, cuya violencia, según juicio que pudo ser erróneo, pero que tenía harto fundamento, parecía hija de malas pasiones y de ambición poco escrupulosa. Así nos encaminamos al sitio donde se había de celebrar la junta con un tanto de confianza, pero ciertamente no ajenos de recelo.

Abierta la sesión, siendo en ella presidente el del Capítulo, y proponiéndose ante todo que entrase y fuese oído el comisionado del gobierno supremo de nuestra sociedad, se levantó a oponerse a que siquiera se le diese entrada el entonces famoso escritor que llevaba por apellido Clara-Rosa. El tal sujeto, ejemplo lastimoso del influjo que tienen y poder que cobran en tiempos revueltos personas cuyo ningún valor moral no está compensado por dotes intelectuales ni por saber, acreditó con sus palabras mal zurcidas, en las cuales ni observó las fórmulas de la sociedad, cuán malas eran sus intenciones, y cuán escasos sus recursos para sustentar sus opiniones. Entre sus errores, fue uno apellidar a Cuetos emisario, dictado que, sin ser ofensivo, venía a serlo, porque con nombrar así a Cuetos se le había hecho odioso ante el vulgo. Esto proporcionó al presidente una ocasión de ensalzar a Cuetos, y de poner en claro, si no cual era su comisión, la alta procedencia de este, y por consiguiente, su importancia. No bastaron, con todo, ni la dignidad de la silla presidencial, ni las convincentes razones dadas por quien la ocupaba para que no siguiese la discusión sobre si había o no de entrar Cuetos. Tales trazas llevaba el negocio, predominando en la junta los de opiniones extremadas, si no por ser allí los más numerosos, por ser los más audaces y llevarse consigo a los tímidos o vacilantes, que parecía casi cierto que el comisionado del gobierno de la sociedad no sería ni admitido p. 392en la junta, cuando el presidente, sin esperar la votación, dando un golpe en la mesa, con voz clara, fuerte y como de quien manda, dijo que «en nombre de nuestras leyes, dese entrada al momento a nuestro digno hermano». Sorprendió a todos el atrevimiento, y siguió al mandato la obediencia, de suerte que, cuando empezaban los malcontentos a quejarse de lo que calificaban de acto ilegal y despótico, estaba Cuetos en la sala, y llenos de aliento los deseosos de la sumisión, y de desmayo, en medio de su furia, los de la opinión contraria. Oído Cuetos, el cual, no por sí, sino en nombre de quienes le enviaban, aconsejó el desistimiento de la resistencia, todavía iba a renovarse sobre ello el debate, cuando alzando la voz el comandante del batallón de la Princesa, hombre de gran entereza y de aquellos para quienes valían más sus obligaciones de militar y de ciudadano que los de miembro de un cuerpo no legal, declaró que él con la tropa de su mando estaba resuelto a obedecer a la autoridad legítima y constitucional, o, dígase, a las leyes civiles y militares. Era tal modo de expresarse una condenación explícita hasta de la existencia de la sociedad, o, si no tanto, de la parte que la misma tomaba en la dirección de los negocios públicos, así como lo era de todo lo hecho en Cádiz y Sevilla desde los primeros pasos dados en la carrera de la resistencia al Ministerio. Pero lo atrevido de la declaración cuadraba bien con el deseo de quienes deseaban sofocar el incendio que ellos mismos habían causado y atizado. El escándalo causó un alboroto o principio de desorden en la junta, e impidiendo seguir la discusión, produjo una cosa a manera de votación, pero no votación perfecta, la cual, levantada la sesión entre quejas y reconvenciones de los vencidos, vino a dar de sí que Cádiz entrase en el orden de que se había separado. La gente que, en las inmediaciones o en otros lugares, estaba aguardando ansiosa a saber lo resuelto por la sociedad, árbitra entonces de la suerte de aquellas provincias, p. 393entendió desde luego que la resistencia había concluido. Al día siguiente hubo un amago de motín dirigido contra los de la sociedad a quienes con sobrada razón se atribuía el éxito del grave negocio que tanto ocupaba los ánimos del vecindario gaditano. Pero los sediciosos, faltándoles apoyo, no pasaron de amenazar, y tras días de inquietud vinieron otros de sosiego, ya muy deseados por la gente de algún valer, y aun por la parte de esta que había visto con placer y aprobado los primeros desmanes.

Allanándose Cádiz a entrar en la senda legal, inmediatamente le siguió Sevilla, dándose el parabién quienes dirigían los negocios en esta última ciudad de verse fuera de una situación de angustia y peligro. Allí no había que temer alboroto de la plebe, siendo la de Sevilla, con raras excepciones, indiferente en punto a los promovedores de la resistencia, cuando no contraria.

En dos provincias más de España (en Galicia y Murcia) había habido movimientos para ayudar a los desobedientes de Cádiz y Sevilla; pero duró poco el triunfo de los que los causaron, restableciéndose el orden e imperio de la ley sin dificultad considerable. En todo ello obraban ciertos cuerpos de la sociedad secreta, no en obediencia al gobierno de la misma, sino por sí, de lo cual resultaba falta de unión y concierto en el gremio numeroso de los asociados en España.

Mientras esto pasaba, apenas daban señal de vida los comuneros como cuerpo, si bien algunos de ellos se asociaban a los desobedientes, como convenía a personas de las ideas más extremadas. Con todo, ocurrió recién pasados los primeros días de haber levantado la bandera de la resistencia Cádiz y Sevilla, un incidente notable y extraño. El Gobierno legal, no bien supo las inquietudes de Andalucía, cuando cuidó de impedir que a las poblaciones semirrebeladas acudiesen personas cuyas opiniones y conducta conocidas diesen fundado motivo de temer que fuesen a p. 394fomentar la idea de la resistencia. Pero cuando esta disposición, no muy legal pero en uso constante en nuestra España donde los movimientos y residencia de las personas están como sujetos a la intervención de los que mandan, estaba llevándose a efecto, se apareció en Andalucía, con licencia de la superioridad, Regato, persona muy principal entre los comuneros, pero hombre de cuyos antecedentes conocidos debía esperarse que prestase eficaz auxilio a los desobedientes. No hubo de hacerlo, ni tampoco lo contrario, a lo menos claramente, y la como oscuridad con que vivió entre los semirrebelados encerraba sin duda un misterio, si bien en ello apenas se hizo alto.

También pareció extraño que el Ministerio nombrase entonces para desempeñar el gobierno político de Sevilla a un sujeto de mérito, pero comunero y amigo no menos que del anciano Romero Alpuente, es decir, de la persona a quien más se allegaba la gente más sediciosa. Así es que en Sevilla, restablecido el orden, los pocos hijos de Padilla que encerraba aquella ciudad, aparecían adictos a quien había venido a poner, y puesto, término a la resistencia.

No sucedió lo mismo en Cádiz. Allí creció de súbito la sociedad comunera, y creció prodigiosamente, pasándose a ella todos los de la antigua, descontentos y aun furiosos por la terminación de los recién pasados disturbios. Y como en Cádiz las clases inferiores eran constitucionales, fue fácil a la comunería aumentar allí sus filas hasta formar una crecida hueste. De esta era principio fundamental el odio a la sociedad antigua.

Entretanto, en Madrid, abiertas las nuevas Cortes, trabajaban las dos sociedades influyendo en la conducta de los diputados que respectivamente eran de ellas, los cuales cuando menos componían más de una mitad del nuevo Congreso.

Pero, coincidiendo con la reunión de este nuevo cuerpo p. 395legislador y en la esencia soberano, por un lado ser elegido Riego para la presidencia durante el primer mes de la legislatura, y por el otro haberse formado un Ministerio de moderados, todos ellos hombres de mérito y alto concepto, entre los cuales descollaba Martínez de la Rosa, tomaron las cosas singular aspecto y sesgo en cuanto al proceder de los gobiernos ocultos. El de la antigua no era amigo del Ministerio, pero tampoco su enemigo, y los meros socios estaban divididos, contándose entre ellos así los hombres más vehementes de la oposición, como no pocos ministeriales declarados y celosos. Vino esto a influir en la mayoría del Congreso a punto tal que no la había fija, sino al revés muy variable, y esto sobre cuestiones importantes, siendo así que, recién hechas las elecciones, era general esperar, unos con temor y pena, y otros con gozo y soberbia, que predominarían constantemente los exaltados. En tanto, el gobierno de los hijos de Padilla y todos cuantos de él dependían, hacían al Ministerio cruda guerra en unión estrecha con no pocos diputados que éramos de la otra sociedad rival. Yo, que estaba entre estos últimos, obrando o hablando con desatentada violencia, como si quisiese probar que no merecía ser acusado de moderado, como lo había sido poco antes en Cádiz, y que veía mi conducta aprobada y ensalzada por los escritos de los comuneros, y o tibiamente aplaudida, o a veces solo disculpada por los de mi hermandad, sentí lo que era a la par pueril enojo y justo cálculo político, y en un momento de mal humor, para el cual no me faltaba motivo, solté la expresión de que mi puesto natural entonces era estar entre los comuneros. Oyeron algunos de estos, amigos míos, mis palabras, y equivocando por resolución deliberada un arranque de ira, participaron a su gobierno que iban a contarme en su gremio; y tal era la necesidad que tenía su sociedad de recibir aumentos, que pasó nada menos que una circular a todas las torres, haciéndoles saber p. 396la adquisición de mi pobre persona como una conquista digna de mención especial. Pronto, sin embargo, vino el desengaño, porque pasado el ímpetu en que yo me había mostrado inclinado a dar tal paso, determiné por varias razones mantenerme firme en la asociación a que me ligaban fortísimos lazos. Grandísima fue la indignación de los comuneros contra mí, y si disimulada por algún tiempo, conservada hasta dar claras y vivas muestras de sí en periodo no muy distante.

Iban así las cosas trabajosamente, y estaban próximas a terminar las Cortes ordinarias de 1822, encendida la guerra civil en Cataluña, no sin tentativas de emprenderla en otros puntos; no encubriendo el gobierno francés la mala voluntad que nos profesaba, ni aun su intención de hostilizarnos a la larga; el Rey dispuesto a recobrar su poder antiguo, y ya apenas contento con el Ministerio moderado por él mismo escogido, y lleno de condescendencia a sus deseos, y las Cortes con escaso concepto, sin fe en sí propias, no atreviéndose ni a dar apoyo al Ministerio ni a hacerle guerra. En la sociedad de que yo era parte había la misma incertidumbre que en las Cortes.

Ocurrieron en esto los sucesos que señalaron los días corridos desde el 30 de junio al 7 de julio: la sublevación de la Guardia Real, y su vencimiento en las calles de la capital que invadieron. En los días que permanecieron las tropas sublevadas y el Gobierno constitucional frente a frente, nada hicieron las sociedades secretas que no les fuese común con los demás liberales. La nuestra apenas celebró juntas.

Pero la victoria de la causa constitucional mudó la faz de las cosas. El Rey, vencido y sujeto, se veía forzado a darse por satisfecho con seguir reinando en la apariencia, o dicho con más propiedad, con que continuase la ficción legal que le suponía reinante, ficción, como todas las de igual clase, de nadie creída.

p. 397

El Ministerio, bajo cuya dirección habían venido las cosas públicas a tan fatal paradero, no podía seguir gobernando, ni él quería. Formar el que había de sustituirle vino a ser puesto a cargo del gobierno oculto de nuestra sociedad, el cual, puesta mano a la obra, la completó como pudo, aceptando la lista de ministros que le fue presentada el Rey, tan sujeto a todo que en prestarse a cuanto más le dolía encontraba nuevas pruebas de su estado de cautiverio.

No solo tuvo nuestra sociedad la imprudencia de hacer nombrar un Ministerio compuesto exclusivamente de personas de ella misma, sino que se mostró satisfecha y aun ufana de ello, como si hubiese alcanzado una victoria y conseguido una gran ventaja. Lo que había logrado era cargar con una responsabilidad enorme, introducir en el Estado un gobierno secreto al cual obedecía el gobierno público o legal, y crear nuevos elementos de discordia, cuando tantos había que pugnaban unos contra otros, en nuestro daño y el de nuestra causa.

Grande fue el furor de la mayor parte de los comuneros al verse excluidos de participación en el Ministerio, cuando este venía a manos de una oposición, en la cual muchos de ellos habían peleado y señaládose. Pero los más de ellos disimularon por lo pronto, tirando a contener a los impacientes o mal sufridos de su sociedad, lo cual dentro de breve plazo llegó a ser nada fácil empresa.

Otro inconveniente asimismo de bulto tenía el recién formado Ministerio. No podían por la Constitución vigente ser ministros los diputados, y era forzoso llamar para entregarles las riendas del gobierno a otros hombres en vez de los caudillos de la parcialidad predominante en el Congreso, donde tenían asiento los de más nombradía entre los exaltados. Ahora bien; aun cuando habría sido dificultoso hallar en nuestras filas hombres capaces de ser buenos ministros, y tampoco era fácil señalar algunos siquiera p. 398medianos para circunstancias en que acertar era casi imposible, crecía de punto la dificultad si se iba a buscar sujetos idóneos para estar al frente de la nación en la minoría de las Cortes nuestras antecesoras, o fuera de ellas en lo general de los españoles de algún renombre. En el Congreso inmediatamente anterior habían figurado los constitucionales de antigua fama, y el mayor número de estos pasaban por ser del partido moderado, cuando la oposición exaltada del mismo cuerpo, si bien compuesta de personas muy dignas, era reputada, y no sin razón, inferior en valor intelectual al gremio de aquellos con quienes habían estado en guerra, y por los cuales había sido vencida repetidas veces. Sin agravio de la respetable memoria de los que en agosto o a últimos de julio de 1822 se encargaron del gobierno de la nación, bien puede decirse que no eran sus fuerzas bastantes a llevar el grave peso que se echó sobre sus hombros. Don Evaristo San Miguel, que no había sido diputado, merecía ser tenido por un buen militar y no mal literato, recomendándole además ser amigo y compañero de Riego; pero por ninguna de sus calidades, a pesar de tenerlas buenas, parecía a propósito para ministro de Estado. Tal vez el ministerio de la Guerra, que fue confiado al general López de Baños, no caía mal en él, aunque fuese bizarrísimo soldado y hombre entero más que instruido o agudo. Recomendaban a don José Manuel de Vadillo, diputado que acababa de ser en las Cortes de 1820 y 21, su instrucción algo extensa y su entonces no mal juicio, así como el haber sido ya jefe político de una provincia en 1814, a pesar de lo cual para la actividad necesaria en un ministro le faltaba mucho. Aunque nadie podía negar algún talento y buena intención a don F. Fernández Gascó y a don Felipe Benicio Navarro, por confesión casi general, y por no ser sus nombres de suficiente fama, hacían desairada figura en su encumbramiento. La Hacienda fue dada a don M. Egea, pero solo en interinidad, pues no p. 399obstante ser de nuestra sociedad secreta, y buen empleado, todavía no tenía nombre bastante para ser elevado a ministro propietario. Por último, fue llamado a desempeñar el alto cargo de ministro de Marina el entonces capitán de navío don Dionisio Capaz, que había sido diputado a Cortes en las de 1813 y 14, pero de quien, para no decir más en su censura, bien puede asegurarse que su elevación admiró al cuerpo de la armada, y no pudo causar grande satisfacción a los pocos que le conocían.

Formado el Ministerio, solo agradó al cuerpo del cual procedía. A no pocos causó disgusto; a lo general de las gentes, sorpresa. No justificaron los hechos los temores de quienes recelaban ver salir de los nuevos ministros disposiciones de violencia revolucionaria, ni correspondieron ellos a las lisonjeras esperanzas y a los temores que de su advenimiento al poder habían concebido por un lado sus amigos y por el opuesto sus contrarios.

Sin embargo, hubo al principiar los recién nombrados a desempeñar sus cargos un momento en que cesaron los odios antiguos y todavía no aparecieron los nuevos, periodo en el cual los parciales de la monarquía absoluta, no bien recobrados de su derrota en Madrid, guardaban silencio, en que los moderados, igualmente vencidos en las últimas lides, aunque no hubiese sido sobre ellos directamente alcanzada la victoria, se resignaban a su destino, y en que los exaltados, aun los descontentos, no creían conveniente a ellos mismos dar todavía señal del espíritu que los animaba.

Mina, nombrando general del ejército destinado a sujetar a los rebeldes catalanes, caminaba a su destino con algunas tropas, y ningún liberal extremado por entonces dejaba de tener en mucho a Mina, y si otra cosa sentía, lo disimulaba. Iban a juntarse Cortes extraordinarias como con harta menos necesidad de tenerlas juntas se había hecho el año anterior, cuando era de los moderados el predominio, p. 400y las Cortes eran más que son hoy lo que a todos los sucesos daba color e impulso, aun cuando las Cortes mismas, como el Ministerio, habían venido a ser poco más que ejecutores de lo que disponían las sociedades secretas, o digamos de lo que dictaba las más antigua de estas, sirviéndole hasta entonces la novel de auxiliar, si bien no de buena voluntad y teniendo que contentarse con censurar a algunos de los miembros de aquel cuerpo, pero respetando al cuerpo entero, a lo menos en público, mientras en hablillas o en sus conciliábulos le zahería y tiraba a desconceptuarle.

Abiertas las Cortes extraordinarias, el primer paso de estas, de alguna bien que no grande importancia, fue elegir el que había de ser presidente durante el primer mes de la recién comenzada legislatura. Aquí resultó la votación hecha con arreglo al espíritu de los partidos políticos antiguos y no con el que comenzaba a animar a las dos sociedades hasta convertir su rivalidad en guerra; pues los de una y otra sociedad secreta conocidos por ser exaltados se declararon por el candidato que triunfó, el cual era comunero, mientras otros de la sociedad antigua antes, y aun entonces moderados, votaron con la minoría casi constituida en oposición al novel Ministerio.

Entretanto, los gobiernos supremos ocultos se iban preparando a hostilizarse, pero con timidez y hasta con vacilación, no sin disimulo, pero más engañándose a sí propios, a lo menos en los primeros tiempos, que procediendo con doblez o encubriendo con apariencias de amistad o de indiferencia afectos de odio y propósito de empeñar una lid en viendo para ello ocasión oportuna.

En los debates y aun en los votos de las Cortes extraordinarias continuó por algunos días, o, digamos, como dos meses; se vio lo que se había visto al elegir el presidente del primer mes. El Ministerio veía entre los que le hacían oposición, si no violenta, declarada, a no pocos de la misma p. 401sociedad de que él había nacido y de que seguía siendo representación pública o legal, y por la cual era dirigido en muchos de sus actos, en tanto que encontraba apoyo en lo general de los comuneros.

Daba tal irregularidad materia a debates alguna vez acalorados en el cuerpo director supremo de la sociedad antigua, donde pudiendo más la amistad política reinante que la enemistad incipiente de secta, varios nos inclinábamos a los comuneros, sin llegar con todo a pretender aunar con los nuestros el interés o principios de quienes, como sectarios, eran nuestros rivales; pero en los cuerpos inferiores de la sociedad, en Madrid y más en los de las provincias, la enemistad a los comuneros comenzó a dar muestra de sí, aunque casi siempre justificada o disculpada por claras provocaciones.

Pero un periódico, a la sazón famoso, vino a hacer imposible la continuación de la paz entre los hijos de Padilla y los a quienes estos calificaban de hermanos pasteleros.

Ya se entenderá que hablo del Zurriago, cuyo valor entonces era grandísimo, no estando tasado ni siendo posible tasarle por su mérito intrínseco, sino por el que le daban las circunstancias, el cual era escandalosamente exorbitante. Creado el Ministerio de una sociedad sola, el Zurriago se le declaró enemigo, por razones obvias, y entre estas la principal, por su necesidad de ser enemigo del poder dominante, so pena, si a ello faltaba, de no ser leído; de suerte que no hubo de ser de la oposición por ser comunero, sino que al revés, se veía como precisado a llevar la voz de la comunería para cumplir con su obligación de hacer guerra al Gobierno a todo trance. Sin embargo, el Zurriago se declaraba intérprete de los deseos y opiniones de los comuneros, estos no le desmentían, y los ministros y la sociedad antigua eran, no solo censurados, sino insultados gravemente por aquel periódico procaz. p. 402Así, los más pacíficos no pudimos continuar siéndolo, por más que nos doliese empezar la campaña.

Para ver cómo esta comenzó y fue seguida, no estará de más, aun cuando para ello se vuelva atrás un tanto, pintar lo que era entonces el cuerpo director y gobernador de la sociedad antigua y sus relaciones con los que le prestaban obediencia.

III.

El cuerpo director, o sea gobierno supremo de la antigua sociedad secreta, en octubre de 1822, al tiempo de congregarse las Cortes extraordinarias, estaba, como antes, compuesto de representantes de los Capítulos, o digamos, de las autoridades superiores de provincia. Los más de los que componíamos cuerpo tal éramos diputados a Cortes, y de los que más papel hacían en el Congreso, aunque no pocos comuneros también figuraban en las primeras filas del mismo Congreso a nuestro lado. Nuestro presidente era por entonces Riego, y no siendo la menor irregularidad de nuestra situación en aquellas horas estar presididos por una persona cuyas inclinaciones eran todas hacia la sociedad comunera nuestra contraria; inclinaciones apenas disimuladas y cuya manifestación nos causaba grandes apuros y aun disgustos. En efecto, Riego, no bien fue nombrado el ministerio de la sociedad con su anuencia, teniendo en él entrada y aun lugar principal San Miguel su amigo, cuando comenzó a querer ejercer sobre este último personaje un influjo extraordinario, tanto más insufrible cuanto pretendía ejercerle, no en punto a graves cuestiones, sino en pequeñeces, y para satisfacción de pasiones personales, ya favorables, ya adversas a sujetos p. 403determinados. No siempre quisieron o pudieron los ministros prestarse a conceder pretensiones caprichosas, que a veces eran en daño de hombres apreciables, y Riego, que veía en San Miguel un amigo, pero también un subalterno suyo, miró la menor resistencia hecha a sus deseos por el novel ministro como un acto de ingratitud, o sea de rebeldía. Llegó a tanto el enojo del famoso general, que hubo de partirse de Madrid para Andalucía en el mes de septiembre, y de pasear varias poblaciones, donde, haciendo imprudentes discursos mal pergeñados, recibió altos y vivos aplausos de los necios, y fue oído con desaprobación por los entendidos. Era el héroe de las Cabezas hombre desinteresado en punto a provechos, y aun en punto a honores, pero no así en lo tocante a oírse vitorear, para lo cual no excusaba servirse de artes de toda especie, y, por lo mismo que se creía íntegro, y tenía razón de creerlo, miraba como enemigo de mala naturaleza al que le negaba, o siquiera le escaseaba, el culto.

No dejaba con todo Riego, aunque su inclinación a los comuneros nacía de verse de ellos aplaudido, de tener quienes con él coincidiesen, manifestándose, cuando no favorables, poco menos a la sociedad comunera.

Bien será confesar que, recién abiertas las Cortes extraordinarias, y empezados en ellas debates de no corto empeño, como resultase que el Ministerio encontraba fuerte oposición en algunos de nuestra sociedad, los más de ellos personas de valía, y al revés recibía apoyo de casi todos los diputados comuneros, algunos de nosotros, uno de los cuales era yo, y con sumo calor a veces, nos mostrábamos amigos más que contrarios de la sociedad rival, cuya conducta política, fuera del interés o pasión de secta, era conforme a la nuestra en todo punto. Nacían de esto disputas que en nada venían a parar, pues no terminaban en una resolución, quizá por estar todos seguros de que si alguna se tomase, de nadie sería obedecida.

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Pero el interés y pasión de secta iban mostrándose en negocios de menor cuantía en sí, pero de no inferior importancia si se tomaba en cuenta el efecto que producían en los ánimos, y por consecuencia en el proceder de los individuos.

Al abrirse las sesiones de nuestro cuerpo, harto frecuentes, se empezaba por lo que se llama despacho ordinario en los Cuerpos legisladores u otros de índole igual o parecida. Ya una sociedad particular, ya un Capítulo de provincia, se quejaba de los comuneros, especificando los agravios que de ellos recibían los nuestros, y aun solía mezclar con la queja otra del Gobierno legal, nuestro hijo y representante, al cual atribuían que favorecía a nuestros enemigos los hijos de Padilla harto más de lo debido. Es un escándalo (nos hacía presente una sociedad) que el empleo tal (y citaba uno, a veces no muy alto ni de grande influjo en los negocios) haya sido dado a un comunero, cuando hay aquí hermanos dignísimos que podrían servirle, y le han pretendido con éxito desfavorable a su pretensión. Ya no es posible (venían diciéndonos por otro lado) sufrir más tiempo los insultos de los comuneros, a quienes la autoridad en vez de refrenar parece como que apadrina. En las quejas de estos últimos había más razón, porque en las provincias la desunión entre las dos sociedades había llegado a ser enemistad, lo cual se dejaba sentir aun en Madrid, salvo donde abundaban los diputados propensos a no mirar mal a quienes con ellos votaban.

Pero la hostilidad de los periódicos comuneros iba asomando, aun cuando solo en el Zurriago apareciese desembozada, descarada y violenta. En tanto se abrió nuevo teatro, donde los de la sociedad de fecha moderna, declarando, con fundamento o sin él, que obraban no solo como particulares, sino en nombre del cuerpo de que eran miembros, comenzaron a desatarse, así como contra el Ministerio, contra el Gobierno oculto del cual eran representación p. 405los ministros. Fue el nuevo teatro a que acabo ahora de referirme, la sociedad patriótica llamada Landaburiana, abierta hacia principios de noviembre de 1822. De ella y de sus excesos he hablado hace poco, y por tocante al argumento del presente artículo, debo añadir que casi todos cuantos allí hablaban se proclamaban hijos de Padilla y enemigos de aquellos a quienes, con grosera expresión, común entonces, daban el mote de hermanos pasteleros. Asistía a la sociedad Landaburiana Romero Alpuente, y recibía allí obsequiosas aprobaciones tributadas en su persona a uno de los personajes más venerandos y venerados de la novel comunidad. Asistía asimismo Riego, pero su asistencia solo servía de provocar, a la par con aplausos a su persona, vituperios a la sociedad por él presidida, habiendo a la sazón comenzado a oírse la frase, después muy repetida, de viva Riego sin mandil; grito que oía con frecuencia el así aplaudido, sin dar la menor muestra de desaprobarle.

Agregábase a todas estas causas de disensión entre las dos sociedades una quizá de superior gravedad. Estaba a la sazón haciéndose proceso criminal a los principales fautores y caudillos de la rebelión de la Guardia Real, ocurrida en los días primeros de julio. La causa era seguida ante la justicia militar con beneplácito y aun con aprobación de los liberales más extremados, los cuales, por una singularidad hoy no enteramente desterrada aun cuando solo aparezca en raros casos, buscaban apoyo en la Milicia contra la autoridad civil cuando les convenía para el logro de sus deseos, encontrando en el ejército, tal cual estaba entonces, instrumentos propios para el triunfo o defensa de la causa revolucionaria. Fue nombrado para fiscal en el proceso un oficial llamado don N. Paredes, comunero muy estimado entre los suyos. Al encargarse este de la causa, o a petición propia, o por disposición ajena, se hizo ramo separado relativo a un don N. Goiffieu, francés de nacimiento, p. 406realista extremado en sus opiniones, oficial de las Guardias Reales y del regimiento antes llamado de Walonas, y culpado en la sublevación del cuerpo de que era parte, y en la muerte dada a Landáburu su compañero por los soldados. A pesar de ser notoria y grave la culpa del tal infeliz, como tenía cómplices si no en el todo, en una parte no leve de su delito, chocó, y no sin razón, ver que él solo fuese juzgado como lo fue, y condenado a muerte, siendo en breve ejecutada la sentencia. Pero a los fautores de la sedición y caudillos de la soldadesca rebelada se sujetó a una causa larga y enmarañada, con trazas de no terminar sino en muy dilatado plazo, yendo el fiscal buscando delincuentes por todos lados, en lo cual veían sus amigos pruebas de su celo, y sospechaban sus contrarios intentos de salvar con las dilaciones y complicaciones a aquellos en cuya salvación tenían no encubierto empeño el Rey y sus parciales. Llegó la osadía de Paredes a pedir y lograr por breves días la prisión de los que habían sido ministros en los días en que se rebeló y continuó en rebelión la Guardia. Tanto desafuero causó la indignación que no podía menos de excitar: alzose un clamor contra que un mero fiscal y un consejo de guerra se arrogasen facultades solo propias de las Cortes, declarando haber lugar a exigir la responsabilidad a los ministros por sus actos: llevose el negocio al Congreso, y en él fue desaprobada la conducta de Paredes; pero no con la dureza debida, y tampoco sin alguna oposición, siendo yo (con dolor y vergüenza así como con arrepentimiento lo confieso) de los pocos que desaprobaron hasta la blanda y tímida desaprobación de los actos ilegales y altamente vituperables del fiscal sospechoso.[76]

[76] Cuando repaso los sucesos de mi vida y trato de juzgarlos, no con imparcialidad, lo cual no es posible, pero según me dicta hoy mi conciencia, y con la frialdad que trae consigo el tiempo, no hay parte de mi carrera en que crea haber andado más errado, y de que más me arrepienta y aun me avergüence, que de los pasos dados por mí en el negocio de Paredes, y en todo lo relativo a mis relaciones con el Ministerio y con los comuneros en octubre y noviembre de 1822, durante los primeros meses de aquellas Cortes extraordinarias. Al meditar en ello ahora, encuentro en mi propio ejemplo, cuán común es en el hombre la adulación, pues quien la niega a las cortes de los reyes la tributa a los pueblos, o, diciéndolo como se debe, a los que tomando el nombre del pueblo no pasan de ser partidos. Yo entonces sostenía al Ministerio y conocía su nulidad; me arrimaba a los comuneros, estando persuadido de su mala índole, defendía en público mucho de lo que en mi interior desaprobaba, y mal satisfecho de mí mismo, no me corregía de una conducta que estimaba en algo reprensible. Verdad es que no todo era en mí lisonja, pues había en mi proceder loca pasión, lo cual es igualmente vituperable, pero no tan feo.

Abrazaron los comuneros la causa p. 407del de su sociedad, diciendo de los de la rival y ya contraria «estar visto que el ministerio y los amigos de este querían guardar indignas contemplaciones con los moderados, y, por condescendencia con ellos y aun con los realistas, salvar a los culpados principales sujetos a juicio, de donde provenía ponerse obstáculos al honrado, celoso y valiente fiscal en el desempeño de su cargo». A acusaciones tales respondían con contra-acusaciones los inculpados, según los cuales Paredes se había puesto de inteligencia con la corte, siendo mera apariencia el exceso de su celo, y la realidad que, mientras buscaba criminales donde mal podía encontrarlos, y donde no le era lícito entrometerse, aquellos sobre quienes debía recaer la pena escapaban cuando menos por lo pronto sin castigo, siendo su defensa lo enredado de la causa, cuya complicación los daba amparo. En suma, para los de la sociedad ministerial vino a ser casi verdad averiguada estar Paredes ganado por el Rey; cargo tal vez injusto, a pesar de que su proceder vino al cabo a dar a aquellos a quienes acusaba, no solo la impunidad, sino, con la mudanza que ocurrió sin concluirse la causa, el triunfo más completo.

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Entretanto en la tribuna de la sociedad Landaburiana y en El Zurriago era el asunto principal tratado en aquellos días el de Paredes y los encausados. Los hermanos pasteleros decían (para usar de las groseras palabras empleadas entonces) se habían quitado la máscara, apadrinando a los conspiradores para libertarlos del rigor de la ley, a lo cual se seguiría hacer con ellos causa común, y hasta echar por tierra la Constitución, sustituyéndola una con dos Cámaras, a las cuales se apellidaba odiosas.

Ya he dicho que aun yo, tachado (no sin algún motivo) de inclinarme a los comuneros, no pude sufrir más ver a mis amigos hechos blanco de acusaciones tanto cuanto injustas inicuas. Rompí, pues, aun por mi cuenta propia la guerra contra la comunería, aunque no disparando mis tiros contra ella como sociedad, sino solo increpando a quienes en su nombre nos hostilizaban, a la par que ensalzando los merecimientos de nuestra hermandad en términos poco prudentes. Mi folleto (pues un folleto fue mi acto de hostilidad) valía poquísimo, pero encendió una ira violenta en aquellos contra quienes estaba dirigido, los cuales me atribuyeron una imprudencia muy superior a la que en justicia debía echárseme en cara.

La sociedad comunera no por esto se había puesto en guerra con la nuestra, si bien no desmentía a los que blasonaban de llevar su voz al acusarnos y denostarnos. Pareció entonces como forzoso poner en claro la situación respectiva de las dos potencias semiocultas que existían dentro del Estado legal. A una declaración formal de guerra suelen preceder negociaciones, y el modo de hacer estas más solemnes es el nombramiento de un embajador. Fue nombrado uno por el gobierno de nuestra sociedad para que pasase a entenderse con el de la potencia antes solo rival, hasta a veces aparente amiga, ya en aquella hora enemiga, pero enemiga dudosa. Para desempeñar tan importante embajada fue escogida mi pobre persona.

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Ya nombrado, cuidé de aumentar con ridículo énfasis la importancia de mi misión a la autoridad delante de la cual había de desempeñarla, solicitando pública audiencia con la solemnidad correspondiente. Fueme concedida, como era de esperar, y difícil es decir, al recordar el desempeño de mi embajada, quién se llevó en aquella farsa la palma en punto a ridiculez, habiéndonos ambas partes extremado. Aunque nuestra sociedad antigua se distinguía por su ceremonial, en el cuerpo gobernador de ella la habíamos omitido enteramente, pero en el de los comuneros, a lo menos para acto tal como era el de recibir una embajada de potencia extraña, había algo, bien que poco, en adorno del lugar, e insignias o condecoraciones en las personas. Lleno yo de entono, me presenté haciendo el papel de legado romano que intimaba al Senado cartaginés que se decidiese sin demora por la paz o la guerra, o el de Argante haciendo la misma intimación a los Cruzados presididos por Godofredo; y no se tenga por pedante esta cita, porque llevaba yo en la mente los lances a que me refiero para acomodarlos disparatadamente a la ocasión en que me veía. Si entonado y hueco aparecí yo, no lo estuvo menos el gran maestre de la orden que me recibió en pleno capítulo. A mis quejas de la conducta de El Zurriago, y a mi petición, reducida a que declarase la sociedad no ser aquel periódico representante de sus opiniones o intentos según él aseguraba, recibí una respuesta casi evasiva sobre el primer punto, y sobre el segundo una negativa rotunda.

En suma, por ambas partes hubo pompa en los modos, y sequedad en el tono hasta rayar en desabrimiento. Me retiré, pues, sin sacar fruto de mi embajada; mal ensayo de un diplomático que ya lo había sido de veras, pero en puestos inferiores. Fui muy censurado de los comuneros, y creo que merecía serlo, pero incurrieron en la ridiculez de afirmar que yo me había turbado y cortado ante p. 410el espectáculo solemne que presentó a mi vista su sociedad reunida.

Como era de suponer, la negociación malograda produjo exacerbarse la guerra. Pero como ya entonces amenazase una más seria de parte de Francia, y como, a pesar de ventajas alcanzadas sobre los realistas levantados en Cataluña y las Provincias Vascongadas por Mina y Torrijos, donde quiera asomasen partidas de anticonstitucionales, dando a conocer por estas chispas, y sobre ellas por otros síntomas, la existencia de intenso fuego oculto pronto a romper en voraz incendio, se veía claro la necesidad de avenirse entre sí los constitucionales, o, cuando menos, de estos los conocidos por exaltados. Hubo, pues, tratos para venir a conciliación las sociedades ya enemigas, no por medio de pomposas embajadas, sino por medio de negociadores en conferencia amistosa. Nombró para el intento la sociedad comunera al general Ballesteros, a Romero Alpuente y a Regato; la nuestra a Istúriz, a otro, cuyo nombre no recuerdo, y a mí, a pesar del mal éxito del desempeño de mi anterior cargo. Abierta la conferencia, habló primero en ella Romero Alpuente, cuyo talento no era grande y a quien entre otras calidades, aunque le sobrase la malicia, faltaba el tino. Díjonos que los comuneros tenían muchas quejas de nosotros, y una de las principales era que al formarse el Ministerio nos le hubiésemos tomado por entero, sin darles en él siquiera una corta parte, y que podía remediarse el yerro con darles una dedadita de miel, lo cual por el pronto bastaría, siendo por otra parte fácil, pues «en el ministerio había un Capaz que era muy incapaz».[77]

[77] Esto aludía a que El Zurriago, una de cuyas mañas era poner nombres de burla a personas conocidas, llamaba al ministro de Marina Capaz el incapaz.

Iba a continuar cuando le interrumpió su colega Regato, con muestras visibles de p. 411ira contenida a duras penas, el cual negó que los comuneros reclamasen una parte en el gobierno, pues su deseo era que se gobernase bien, fuese por ellos o por otros, de lo cual se estaba muy distante. Toconos hablar en medio de esto; pero dijimos poco, y sin claridad ni precisión, no siendo fácil avenirnos con quienes parecían mal avenidos entre sí, y aun sintiendo la maligna complacencia que es común sentir cuando se ve división entre los enemigos. Fuéronse enzarzando en su disputa Romero Alpuente y Regato; seguimos nosotros más entretenidos con su riña y deseosos de fomentarla que atentos a buscar una concordia en aquellos momentos inasequible, y, sin resolver ni aun proponer cosa alguna, había el cansancio de los disputantes traído un momento de silencio, cuando rompiéndole Ballesteros, hasta entonces callado, y medio dormido, expresó con cuánto placer veía que al cabo estábamos todos acordes, no pudiendo menos de ser así entre personas amantes de la libertad y de la Constitución en igual grado. Aunque de las luces del buen general no era de admirar tal ocurrencia, todavía hubo de dejarnos parados, y, reprimiendo la risa, no obstante la tentación fortísima que de ella nos asaltó, aprovechamos en cierto modo la ocasión de terminar la conferencia, no persuadidos como Ballesteros de que estaba trocado en amistad el odio, pero tampoco negándolo, y satisfechos de haber concluido con un negocio al cual no era posible hallar buena salida.[78]

[78] Por aquel tiempo comenzaron a salir a luz unas cartas que se decían ser del compadre de El Zurriago, en las cuales se hacía cruda guerra a este periódico y a toda la sociedad comunera. Estaban escritas en buen estilo, y abundaban en chistes, muchos de ellos de buena ley. Su autor (por unos pocos días ignorado) era un don Gabriel García, que había sido del ayuntamiento de Madrid, y señalándose por una defensa de Goiffieu que le mereció injustas censuras, y el mismo que en 1836, después del suceso de la Granja, fue subsecretario de Estado. Mucho incomodaron a los comuneros las tales cartas, de que hoy apenas habrá quien se acuerde.

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Así es que la guerra continuó embravecida, y aun hubo de señalarse por un incidente de pocos sabido. Por aquellos días desapareció uno de los dos que escribían El Zurriago. Corrió al momento la voz de que los hermanos, en aquel lance no pasteleros, sino muy al revés, lo habían hecho víctima, y tal vez quitado la vida, o que a lo menos le tenían encerrado en alguna oscura mazmorra. Nosotros ya nos quejábamos, ya nos indignábamos, ya nos burlábamos de lo que reputábamos una calumnia, opinión que hasta ahora había tenido, y sobre la cual me ha hecho vacilar un aserto de fecha moderna y digno de alguna fe.[79]

[79] Este escritor de El Zurriago (Don N. Mejía), cuyo compañero murió pasado por las armas en 1824 cerca de Almería, en una loca tentativa de restablecer la Constitución, vivió hasta ha poco, pero vuelto a su patria desde los Estados Unidos de la América Septentrional a donde había huido en 1823, vino tan trocado que no intentó hacer papel, como bien podía; se mostraba arrepentido de su conducta anterior, prefería la oscuridad y la indigencia a darse a conocer, y es fama que recibió socorros, de que tenía suma necesidad, hasta de Martínez de la Rosa, a quien tanto había ultrajado, pero cuyo perdón solicitó humilde y alcanzó, pagando con gratitud el beneficio. Sin embargo de su arrepentimiento acompañado de una confesión de sus yerros, siguió afirmando que real y verdaderamente había sido asaltado de noche, y encerrado después de aprehendido, hasta qué al cabo de algunos días fue puesto en libertad, también de noche, dejándole en una plaza. Tal aserto es digno de crédito. Pero por el lado opuesto me consta que la sociedad a la cual fue achacado aquel acto criminal, ni le dispuso ni le creyó cierto. Quizá algunos de ella, más celosos que cuerdos o justos, cometieron tal, sin dar parte de él al cuerpo director, que no le habría aprobado. Quizá algunos de sus aparentes amigos fueron culpados de aquella maldad para atribuirla a sus contrarios. De todos modos, el asunto queda oscuro, y llevar a él la luz se ha hecho imposible.

Mientras seguía escondido, o por disposición propia, como maquinación contra sus enemigos, o por otra causa hasta hoy de mí ignorada, el zurriaguista, algunos amigos p. 413de este, o que para ciertos fines pasaban por serlo, trazaron su rescate o venganza.

Ya dejo dicho en una parte anterior de este trabajo que, como a la sombra de la sociedad comunera, existía cierta cosa a modo de ramal de la de los carbonarios italianos. Estos, como si estuviesen cansados de que de ellos no se hablase, ni aun para vituperarlos, hubieron de pensar en señalarse por un acto de vigor, y, con motivo de la desaparición del escritor de El Zurriago, discurrieron echar mano a una persona de la sociedad a la sazón ministerial, y tenerle en estrecho y duro encierro en rehenes del perdido periodista. Fueron los que tomaron tal determinación pocos en número, y hubo la singularidad de que entre ellos figurase el que era a la sazón bufo caricato de la ópera italiana, mediano cantante y no mal actor, que solía dar que reír al público y recoger aplausos, por gestos raros, y palabras en español chapurreado interpoladas en el texto italiano de lo que cantaba. No obstante el secreto que era natural guardar en resolución tan aventurada, no faltó un delator ni aun en el escaso número de los congregados, así que como a las once de la noche, hallándome yo como tenía por costumbre en casa de mi amigo y colega Istúriz, llegó a este el aviso de mi peligro, y él, sin enterarme del negocio, me rogó que me quedase a dormir en su casa aquella noche, dándome por motivo que a la mañana siguiente muy temprano habíamos de tratar de un asunto importante. Accedí yo, como debía suponerse, al deseo de mi amigo, y llegado el día siguiente, supe la causa que me había hecho pernoctar en casa ajena aunque tan amiga. Con estar descubierta la fechoría trazada, quedó imposibilitada su ejecución. De allí a muy poco, en altas horas de la noche, apareció en una plaza de Madrid, medio desnudo, el escritor secuestrado, con lo cual terminó tan ridículo incidente, ruidosísimo entonces, casi de todos ignorado hoy, siendo la común opinión tener el suceso por p. 414farsa dispuesta por la aparente víctima y por sus amigos.[80]

[80] En prueba de que este malvado proyecto existió, contaré lo siguiente: Un íntimo amigo nuestro comunero, concurrente a casa de Istúriz, como oyese hablar de la reunión en que se había resuelto el atentado contra mi persona, clamó que era una calumnia o un chisme de los que suelen correr y creerse entre enemigos. Pero al día siguiente volvió confuso, y con candor confesó que había averiguado ser cierto haber habido tal junta y tal resolución; si bien afirmó, con veracidad, que no había sido acto de los comuneros.

Mucho mayores sucesos estaban preparándose en aquellas horas. No tardaron en llegar a nuestro Gobierno las famosas notas en que Rusia, Austria, Prusia y Francia condenaban nuestra Constitución, y más todavía la revolución que había traído su restablecimiento, declarándose resueltas a obligar a España de uno u otro modo a devolver al Rey el uso de su autoridad para que la ejerciese según creyese justo y oportuno.

El Ministerio, recibidas estas comunicaciones, preparó la respuesta, y la comunicó a la sociedad antes de traerla a las Cortes. El supremo gobierno oculto aprobó plenamente la conducta de los ministros, y en cierto grado preparó, aunque no dispuso del todo, ni podía disponer, la escena del 9 de enero de 1823.

Mi intento ahora es referir y no disputar, por lo cual no pretendo ni desaprobar ni justificar la conducta de nuestro Gobierno al resolver cuestión de tanta magnitud cuanta fue la que encerraba la paz o la guerra; la sumisión de la nación o su resistencia; la posibilidad o no posibilidad de entrar en tratos; conducta casi generalmente reprobada, entre otras razones, por haberle sido notoriamente adversa la fortuna. Diré solo que de muchos actos de mi vida política estoy arrepentido, y lo confieso y aun lo pregono; que de otros sigo satisfecho, aun hoy mismo, en mi interior y no lo encubro; que conozco puedo equivocarme p. 415ahora como juzgo que me equivoqué antes, y, finalmente, que hay pasos dados en mi carrera sobre los cuales hoy mismo opino que no fueron dados ni con acierto completo ni con desatino, incluyendo en estos últimos la parte considerable que tuve en lo relativo a la respuesta dada a las famosas notas. Creo en este momento mismo que nada habría salvado la Constitución, ni Constitución alguna que no fuese la que da al monarca una autoridad semiabsoluta, acompañada de una condenación solemne de la revolución de 1820; del trágico fin que cupo a la española de 1812 en 1823: creo asimismo que procedimos con poca maña y sobrada ligereza, errando los medios aun cuando acertásemos en el fin que nos proponíamos. Aun cálculos de política en que predominaba el interés de bandería sobre el del Estado hubieron de influir en nuestro ánimo, no conociendo, pero tampoco ignorando enteramente, su influjo en nuestros pensamientos y resoluciones. Nos oíamos acusar de vergonzosas contemplaciones con los enemigos de la Constitución y de la libertad, y hasta de prestarnos a la sustitución de una Constitución reformada a la vigente, y quisimos desmentir la acusación, no sin el loable propósito, mezclado con nuestra mira interesada, de impedir una revolución que amenazaba, si nos manifestábamos dispuestos a acceder a los deseos de los monarcas extranjeros, o a los del Rey y sus parciales.

Sea como fuere, el entusiasmo, en gran parte facticio, y ciertamente de pocos, pero aparente, vivo y común en los que sentían empeño en la causa pública, con que fueron recibidas las resoluciones del Congreso en las sesiones de 9 y 11 de enero, calló por algún tiempo a los comuneros, y aun los constriñó a mezclar sus voces en el coro de alabanzas tributadas a los ministros prohombres de la sociedad de ellos aborrecida. Pero quiso la común desdicha que al ruidoso himno laudatorio sucediese muy en breve un grito de pena y terror, y también de afectos p. 416de ira y vergüenza, causado por la derrota de una división de nuestro ejército por una partida de facciosos, gruesa sí, pero al parecer poco respetable; derrota padecida a corta distancia de la capital, y que causó en ella un temor sumo, aunque no fundado. Al creerse que los vencedores podían presentarse delante de los muros, o, hablando con propiedad, de las tapias de Madrid, en cuyo interior contaban numerosos amigos, pensó el Gobierno, forzado a ello, conferir el mando militar de la capital al general Ballesteros, lo cual en aquellas circunstancias era una importantísima concesión hecha a la sociedad comunera. El negocio vino a las Cortes en sesión pública, donde un diputado comunero calificó al general agraciado de personaje que había figurado en primer término en el cuadro del 7 de julio, siendo recibida la expresión con palmadas de los concurrentes a la tribuna, en la cual escaseaban, como siempre escasean, los ministeriales. Sobre la importancia general de aquellos sucesos gravísimos, apareció en ellos rota la unión hasta entonces constante de los diputados a Cortes de la una y la otra sociedad.

Pasó en no largo plazo el peligro inmediato de Madrid, y del gobierno constitucional, pero había descubierto y hasta hecho patente el peligro algo menos cercano, pero no muy distante, en que estaba la causa pública, amenazada por fuerte poder, flaquísima en fuerzas para la defensa.

El conocimiento del común peligro trajo la división al seno de la sociedad comunera. De ella muchos personajes de nota, y entre estos casi todos los que eran diputados a Cortes, menos tres o cuatro, más notables por su violencia que por su brillo, se adhirieron a los de la sociedad rival dando apoyo al Ministerio. Pero los capitanes, aunque de los principales de su hueste, fueron seguidos de pocos soldados, y, según sucede en casos tales, los más vehementes y extremados se llevaron consigo o mantuvieron bajo su influjo o mando a las turbas.

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Estas, casi todas comuneras, entre los liberales de las provincias habían llegado a un estado de frenética furia contra los de la sociedad su rival. En Cádiz las cosas habían llegado a excesos increíbles. Las cintas y divisas verdes, en las que (como en otra ocasión he dicho) veían los poco entendidos un símbolo de la sociedad antigua, no habiéndolo sido sino de la esperanza en el triunfo que los restablecedores de la Constitución habían tenido al acometer y sustentar su empresa, eran objeto de insulto para la plebe liberal. Persona hubo del sexo femenino, y no de la clase baja, que se paseó con zapatos en que lo bajo de la suela era verde para indicar que destinaba aquel color a ser pisado. A puerilidades semejantes acompañaron serios desórdenes, y a estos actos de despotismo por parte de la autoridad, la cual, no obstante estar en manos de constitucionales y aun de exaltados, procedía con la tiranía que en tiempos de revolución, y sobre todo en España, es la regla de conducta de los partidos políticos militantes. En suma, en toda la nación los comuneros numerosos y violentos, con sumo poder en las poblaciones donde abundando los liberales lo era la plebe, y con menos fuerza donde los constitucionales escaseaban, o apenas contaban entre los suyos genios de las clases ignorantes, seguían a los caudillos hasta entonces inferiores en nota que no se habían unido al Ministerio.

Todo ello venía a parecer cosa leve, cuando llamaba la atención la invasión inminente pronto pasada a ser invasión realizada. Ante ella fueron casi nada en la apariencia las rencillas de las sociedades rivales, pero en la apariencia y no más, pues a la sorda obraban, y no tuvieron poco influjo en las deserciones de los antes defensores de la Constitución; deserciones en que los de una y otra sociedad tuvieron igual vergonzosa parte, pero a las cuales dieron con sus argumentos pretexto los comuneros más que los de otra parcialidad, por lo mismo que, saliendo de p. 418ellos, parecían más poderosas las razones contra la continuación de la resistencia.

En efecto, la condenación de las respuestas dadas a las notas comenzó a oírse salida de los labios que poco antes clamaban contra toda idea de avenencia con los extranjeros o con los realistas. De aquí siguió desaprobarse la idea de la traslación del Rey, Gobierno y Cortes a Andalucía, la cual era consecuencia forzosa de la resistencia a la invasión francesa, encaminada a restituir al Rey el lleno de su poder perdido. Cayó, por proponer este viaje necesario, el ministerio de los hermanos, pero un motín escandaloso obligó al monarca a reponer a los ministros caídos. Vituperaron entonces agriamente los comuneros (si no todos, los más de ellos, y entre estos los que entre los antes caudillos de la sociedad se habían resistido a unirse con los ministeriales) el atentado cometido contra la real persona y las leyes; desacato y aun exceso atroz que no admitía disculpa, pero tal era la desgracia de los tiempos que, al vituperarle con sobrada razón, tenían que declararse aprobadores de una conducta cuyo término forzoso era el triunfo de la invasión francesa y la caída de la Constitución, lo cual disonaba en boca de constitucionales de celo extremado. Una vez llegados el monarca y el Congreso a Sevilla, nuevo Ministerio, pero ya no de la sociedad secreta, aunque de ella fuesen varios de los ministros nombrados, tampoco mereció la aprobación de los comuneros, si bien tuvo en su favor los votos de los que de la sociedad se habían separado. En verdad ya entonces ambas sociedades habían perdido su fuerza, y las luchas, si alguna había, eran como la de cuerpos debilitados por achaques de temprana vejez en las cuales se muestra el rencor inveterado, pero falta poder en los combatientes para hacerse daños graves. Además, en su interior las mismas sociedades estaban, si no disueltas, combatidas por un elemento de disolución incipiente, a modo de lo que es en lo material un p. 419cuerpo apolillado del cual se va desprendiendo resuelta en polvo mucha parte, mientras lo que sigue en pie solo existe entero en la apariencia. Algunos de los prohombres de los hijos de Padilla más exaltados (no de los que se habían unido al cabo con la sociedad rival) entraron en trato secreto y amistoso con el Real Palacio, pero estos tratos conocidos poco dieron de sí, a no ser por lo que influyeron en la opinión de gente de más poder, señaladamente en los ejércitos, y, siendo sabidos, no podían ser castigados, ni aun con entregarlos a la vergüenza y censura, porque había llegado la hora en que la opinión pública, dividida, trabajada, desmayada e incierta, no acertaba a juzgar ni aun para condenar las acciones más feas, y en que, desapareciendo el interés público, atendían los más cada cual al suyo privado. En situación tal fue la causa de la Constitución y aun la de la dignidad de la nación abandonada por personas de todas las sociedades, o de ninguna de las secretas; personas altas y bajas; de las antes apasionadas y de las tibias; de las entendidas y de las ignorantes. Ejemplos hubo en medio de esto de honrada fidelidad, compartiendo también la gloria (si en ello gloria había, aunque haya quien contra toda regla de justicia y moral lo niegue) algunos comuneros distinguidos, y otros que se contaban en la sociedad antigua, y el general Mina de esta última, y el general Torrijos de aquella, pudieron presentarse en tierra extraña, proscritos, pero con la frente erguida como de quienes han cumplido con su obligación a todo trance, en medio de numerosos ejemplos de lo contrario. Ni fueron los generales citados los únicos dignos de ser mencionados con alabanza, porque militares y no militares de varias categorías los acompañaron en su honrosa desventura. Como en otros de estos mis recuerdos he dicho, por consecuencia de la flaqueza humana, la cual apenas consiente que en el hombre no vaya mezclado lo malo con lo bueno, los que llevaron al destierro su honor intacto p. 420llevaron con él un tanto de sus antiguas rivalidades. Pero, como los años de la emigración engendraron nuevas pasiones de amistad y aun de odio, al aparecer restablecido en España el gobierno parlamentario, ya no revivieron las antiguas sociedades secretas. Hubo, es verdad, otras de que solo tengo noticias vagas, y aun hubo cierta cosa a modo de resurrección de la antigua, pero el cuerpo que hubo de creerse resucitado estaba meramente galvanizado, y, en vez de repetir, remedaba las funciones de su pasada vida. No sé si me engaño, pero, tímido como soy en aventurar opiniones, todavía me arrojo a decir que el tiempo del predominio absoluto de las sociedades secretas en los negocios públicos, si no es ya imposible, es improbable en altísimo grado.


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XIII.

DEPOSICIÓN DEL REY POR LAS CORTES EN SEVILLA EL 11 DE JUNIO DE 1823.

Las Cortes, de resultas de la invasión del territorio español por el ejército francés, se habían retirado a Andalucía y abierto sus sesiones en Sevilla, habiéndose traído consigo al Rey, su enemigo, pero embozado, y traídosele, no sin haberse él resistido a hacer el viaje, si bien valiéndose de pretextos no políticos, pero tan claramente pretextos, y no más, que nadie ignoraba, ni S. M. mismo pretendía ocultar del todo, que eran un modo decoroso de declarar su resolución de esperar a los invasores, los cuales de hecho eran sus mejores amigos, aunque de derecho o de oficio aparecían siendo sus contrarios.

Las Cortes en Sevilla discutían, deliberaban, resolvían, pero con evidente desmayo, que era forzosa consecuencia de las tristísimas circunstancias en que se hallaban. Veíase claro que del pueblo, si no la parte mejor, la mucho más numerosa, hacía causa común con los invasores. Flacos de espíritu, si no traidores, los generales se rendían al peso de desdichas superiores a las que pueden resistir humanas p. 422fuerzas. Divisábase la nube desde mucho antes formada, y se la notaba crecer en negrura y oscuridad, hacer ya estragos en los lugares a que alcanzaba, y amenazar con otros, tal vez mayores, aquellos donde no había llegado pero a que se venía encaminando con mediana rapidez, si bien con curso que no podía ser atajado. En el mismo Congreso, lo que había sido unanimidad en los días 9 y 11 de enero, en mayo era ya solo mayoría, si numerosa aún, poco alentada, y a la cual se oponía una minoría valiente, cuya osadía y firmeza declaraban que contaba con auxilio poderoso.

Fuera del recinto en que se celebraban las sesiones, los diputados estaban, como era fuerza sucediese, inquietos, tristes y dudosos en punto a la conducta que debía seguirse, cuando se estaba viniendo a tierra la fábrica de que eran custodios. Era común quejarse de que nada se hacía; pero provocados quienes así se quejaban a indicar qué podía hacerse, nadie acertaba a proponer cosa alguna, porque, en verdad, nada había que hacer, sino seguir la guerra y llevar los reveses que eran de ella consecuencia con resignación, tanto más difícil de tener cuanto que el trágico fin de la Constitución se descubría claro y a poca distancia. El Ministerio, incompleto y hecho a retazos, no gozaba de la confianza del Rey, el cual, sin embargo, le miraba con cierto afecto parecido a gratitud, porque le había libertado de otro de él tan odiado como el de San Miguel y consortes, pero que le habría preferido al de los comuneros y de Flores Estrada; gente, en verdad, más extremada en sus doctrinas contrarias a toda autoridad, inclusa la del trono, pero unida entonces con la corte y las reales personas por común aborrecimiento a la sociedad secreta, su enemiga, en aquellas horas predominante.

Las dos sociedades seguían en guerra más rencorosa que viva. De la comunera se habían separado muchos de p. 423los de superior valer, y de ellos no pocos diputados pasados a hacer causa común con el ministerio de San Miguel y con el que le había sucedido. Por eso los fieles a la bandera comunera, sin profesar ideas muy monárquicas, se habían, con todo, arrimado a la persona de Fernando VII y a la corte, reprobando la guerra empezada y pintando posible un ajuste con los franceses. La otra sociedad, debilitada por su mismo triunfo, y porque, habiendo gobernado por algún tiempo en malas circunstancias, había cometido graves yerros, se sentía incapaz de hacer frente a desdichas de que se la hacía, y no con grande injusticia, responsable. En las reuniones del cuerpo principal director no se formaban ya los planes del Gobierno, como sucedía en los últimos meses de 1822 y principios de 1823, cuando el Ministerio era poco más que ejecutor de las resoluciones de la sociedad; cosa a que no se habría sujetado Calatrava y algún otro de sus compañeros. En medio de esto, dictando, según con frecuencia sucede, la flaqueza actos de violencia, y también llevando el hecho mismo de no tener que hacer o proponer a pensar en desatinos, ocurrió un día en la Junta, que era autoridad suprema de la sociedad, encontrarse en la bolsa llamada Saco de proposiciones, donde, conforme a rito, se presentaban todas cuantas se hacían ignorándose sus autores, una reducida a que se discurriese medio de acabar con Fernando, y aun con su real familia.[81]

[81] Este incidente tuvo resultas. Hubo de revelarle al rey un traidor, a quien hizo tal el miedo. Compró el revelador su perdón con esta bajeza; pero, siendo hombre cobarde por extremo, el pensamiento de que podría tener consecuencias para él funestas su acción, le trajo una enfermedad que le acabó con la vida. Quedó de la delación testimonio en una cláusula de la amnistía dada por el Rey absoluto en mayo de 1824, donde se exceptuaba del perdón a «los que en sociedades secretas hubiesen propuesto la muerte del Rey o de otras personas reales».

Indignó sobremanera tal idea a varios de los concurrentes, y entre ellos a Istúriz y al que esto p. 424escribe, y nos separamos de la sociedad, a punto de declarar que no asistiríamos en adelante a sus juntas; lo cual cumplimos, viendo en el acto de aquella propuesta, no solo un crimen, sino, como teníamos razón para presumir, un lazo que se nos armaba. De este modo las dos sociedades, poco antes gigantes, y disputándose con calor y furia la dominación, habían perdido en gran parte su fuerza, como en aquella hora lo había perdido todo en el gremio de los constitucionales, el cual iban reduciendo continuas deserciones.

El estado de la población donde celebraba sus sesiones el Congreso, y donde residían el Rey y su Gobierno, distaba mucho de ser satisfactorio. Eran numerosísimos en Sevilla los parciales del Rey absoluto y enemigos de la Constitución, y solo por lo cobardes no se hacían en alto grado temibles. La milicia nacional sevillana, poco numerosa, no inspiraba ni temor ni confianza. La de Madrid, trasladada a Andalucía con el Gobierno, era ardorosamente constitucional, pero de su mismo ardor había que recelar, porque una parte de ella, corta pero atrevida, tomaba, como siempre acontece, el predominio en el cuerpo entero, cuya voz intentaba llevar, y en cuya conducta a veces influía. En verdad, los dos batallones de milicianos que, acompañando al Rey y al Congreso, habían hecho la larga marcha de Madrid a Sevilla, nada menos que admiración merecían por su ejemplar conducta, en que la disciplina, por ser voluntaria, no dejaba de ser severa; por su porte marcial, y por su sufrimiento en el viaje, en que hombres acomodados y criados con cierto grado de regalo, habían llevado las mismas penalidades que los soldados verdaderos, y llevádolas con alegría serena. Pero un tercer batallón que salió de la capital de España bastante después que los otros dos, se distinguía de estos por el espíritu que le animaba, siendo alborotado y propenso a la sedición y a todo linaje de excesos. Recién llegado a p. 425Sevilla este batallón, al recibirse la noticia de desmanes ocurridos en Madrid al entrar en la capital los realistas y los franceses, abultando la voz pública lo que en sí ya no era poco, trataron los nuevamente venidos de tomar lo que llamaban represalias en los absolutistas sevillanos de los crímenes de los absolutistas madrileños, y, para el intento, ya en sí injusto, como lo es castigar ajenas culpas aun en el cómplice en la intención pero no en el acto, se valieron del peor medio posible: armaron un alboroto en que cayó asesinado en la calle un sujeto desconocido, y fue saqueada una casa donde residía un diputado a Cortes, virtuoso eclesiástico y juicioso constitucional, que perdió su escaso haber sin perder por esto la serenidad plácida de su condición, por que se distinguía. El Ministerio, del cual era, si no presidente, por no haber entonces entre nosotros tal dignidad, el principal en consideración e influjo, don José María Calatrava, obró con todo el vigor posible, separando de su destino al jefe político de Sevilla, flojo por demás en aquel suceso. Pero lo posible en vigor era harto poco en horas de tanto apuro y peligro, y así los elementos de desorden subsistían fuertes, mal contenidos y amenazando estragos para el momento seguro y vecino en que sucesos graves viniesen a acabar con la fuerza que los contenía.

Tal era el estado de las cosas, cuando se supo que venía adelantando el ejército francés, el cual estaba ya próximo a invadir las Andalucías por los caminos que las separan de la Mancha, sin que existiese fuerza armada capaz ni siquiera de dificultarles un tanto el paso. El ejército, o, diciéndolo con más propiedad, la corta división que había llevado el nombre de ejército, y cuyo mando había tenido el conde de La Bisbal, puesto a las órdenes del general López de Baños, había emprendido por Extremadura su retirada, delante de los invasores; pero de él llegaban al Gobierno pocas y confusas noticias, porque los pueblos p. 426nada dispuestos a favorecer a los constitucionales ponían obstáculos a las comunicaciones. Por esto, el Ministerio, que contaba con las tropas de López de Baños para cubrir a Sevilla, y con la ciudad al Rey y a las Cortes, hubo de pensar en enviar al general una persona de confianza para saber de él, entenderse con él y concertar las disposiciones por las cuales había el Gobierno de salvarse de caer en poder del enemigo. Quiso la desgracia que el comisionado, por motivo que no es del caso referir, pequeñísimo en sí, pero por sus consecuencias grave en extremo, cumpliese tan mal su encargo, que ni salió de Sevilla, donde estuvo escondido para no poner patente su culpa, y de ello se siguió, con ignorarse su paradero y el de las tropas a que había sido enviado, hacerse las más fatales suposiciones. Entretanto, el que debía ser ejército, y no lo era, y cuyo núcleo estaba en la parte más meridional de Andalucía, mandándole el general Villacampa, de nada podía servir, y además su general, honrado, pero no de grandes luces, cediendo a un uso de pronto introducido, pasó al Gobierno un escrito, cuyo objeto mal podía conocerse, y el mismo escritor no podría haber explicado, en el cual exponía y ponderaba las dificultades de resistir a los enemigos, a punto de convertirlas en imposibilidad absoluta.

Tan congojosa situación para los constitucionales era la en que se veían en el día 10 de junio de 1823, víspera de otro funestísimo, en que todo cuanto podía hacerse era escoger entre gravísimos males uno que, por ser menor que otros, no dejaba de ser un mal en grado no pequeño.

Yo (pues fuerza es hablar de mí en lances en que a mi pequeñez tocó aparecer en primer término) me encontraba aquel día en cama, con alguna calentura. Era a la sazón mi compañero inseparable el duque de Veragua, miliciano de caballería de Madrid, el cual, separándose de p. 427mi cabecera, vino pronto a avisarme que el Congreso estaba en sesión secreta porque le habían llegado importantes y malísimas noticias. Me vestí aprisa, salí, me encaminé al lugar donde se celebraban las sesiones, y antes de llegar a él, tropecé con varios diputados amigos que se volvían, acabada ya la sesión, que fue muy breve. Lo que a ella había dado motivo, era un oficio o parte recibido de un don N. Mateos, jefe político de una de las provincias andaluzas, donde se refería haber pasado los franceses el famoso desfiladero de Despeñaperros, sin tropiezo alguno, retirándose fugitivas y dispersas las poquísimas tropas constitucionales apostadas en aquel paso y sus inmediaciones. Concluía el parte de Mateos con repetir, trocada alguna palabra y el sentido, la frase o el dicho atribuido a Francisco I, pues decía: «Todo se ha perdido, hasta el honor». Tan consoladora aserción era digna de las circunstancias. Por supuesto, oída la comunicación, nada se había hecho o dicho, y callando el Ministerio, y no hablando los diputados, la campanilla del presidente había dado la señal para que cada cual se fuese a su casa, o a sus quehaceres, y a llorar males al parecer irremediables, o a buscarles remedio.

No lo era por cierto para mi dolencia lo que acababa de saber, y así, vuelto a mi casa y a recogerme, hube de pasar una tarde y noche nada agradables. Sin embargo, no tenía mi indisposición tanta gravedad que me embargase el pensamiento o me ofuscase la razón. Me entretuve en discurrir, pero sin acertar con cosa que, aun medianamente, me satisficiese.

Amaneció el nuevo día, sin que posteriores noticias, o de Córdoba, en cuyos términos era de suponer estuviesen los franceses entrados por Sierra Morena, o de Extremadura, donde ni había lugar a suponer cuál era la situación de los enemigos o de nuestras cortas fuerzas, llegasen a aumentar o disminuir el temor o la pena, el aliento o la p. 428desconfianza. Pero era hora de la sesión ordinaria y pública del Congreso, la cual se hacía imposible no celebrar, sin que la impaciencia y ansias generales diesen de sí fatalísimas consecuencias.

No obstante el mal estado de mi salud, me encaminé a mi puesto en las Cortes. Cuando para allí iba, me detuve a hablar con un amigo, en cuya compañía iba un médico, y, quejándome yo de mi indisposición, examinándome este último, me encargó me volviese a mi casa a recogerme y que tomase un vomitivo. Por más de una razón no hice caso de su dictamen, pues la ocasión no era para otra cosa que para morir en pie, si se me agravaba la enfermedad, sin contar con que, locamente parcial yo entonces del sistema médico de Broussais, casi nuevo en España, acudía por remedio de mis males al agua de limón con goma, cuando no había tiempo o necesidad de aplicarme sanguijuelas.

Fuime, pues, al Congreso y encontré a mi llegada un espectáculo doloroso.

La sala de sesiones estaba vacía, porque no se acertaba a abrir la del día sin haber de antemano pensado, y hasta cierto punto dispuesto, lo que en ella habría de hacerse. Las tribunas rebosaban en gente, siendo las destinadas al público capaces de contener un auditorio algo numeroso. En el allí congregado reinaban el dolor y el miedo, a la par con una ira feroz, de aquella que, mezclada con el terror del cual en gran parte procede, es más temible que otra alguna hija de pasión menos fea. No teníamos los diputados otro lugar en que estar juntos fuera del salón que una pieza no muy grande, a los pies de este, a la cual separaba de él solo una pared con puertas que, aun cerradas, daban paso al ruido. Así es que oíamos el murmullo, salido de las tribunas; murmullo triste y amenazador que nos estaba convidando, si merece la calificación de convite lo que era precepto, a abrir la sesión, y dar en ella p. 429alguna disposición de la más alta importancia. En cambio, llegaba a las tribunas el zumbido que formábamos muchos hablando a un tiempo en voz más o menos baja, pero que a cierta distancia debía de parecer disputa a voces. No lo era por cierto, pero sí un desordenado dar de pareceres, en que todos tomaban parte sin que uno solo fuese atendido. Se perdía el tiempo, lo cual era un mal grande en tanto ahogo, pero lo era mayor porque la parte violenta del público parecía dispuesta a tener poca espera y a obrar si nuestra inacción continuaba. Los ministros estaban entre nosotros abrumados por el peso de la desdicha, sin hallar salida del laberinto en que todos estábamos enredados. Habían aconsejado al Rey que se trasladase a Cádiz, única salida posible; pero el monarca parecía resuelto a no seguir el consejo. De cuando en cuando, formando no poco ruido las muchas conversaciones particulares, había quien dijese en voz algo más alta, ¡silencio!, y, repetida la insinuación como para recomendarla, al repetirla sonaba tanto, saliendo de muchas bocas, que venía a ser casi una gritería.

En esto yo, acostumbrado a la acción por aquellos días, y persuadido de que, en horas críticas, no hacer cosa alguna es hacer lo peor posible; conociendo además que, en momentos de incertidumbre, en medio de una turba, aún poco numerosa, ejerce el mando o superior influjo quien osa tomársele, esforzando la voz y dando a mis palabras el tono de mandato, grité: ¡silencio!, y tuve la fortuna de lograr lo que pretendía. Callaron todos por un momento, y acudiendo Riego, con quien no estaba yo entonces en amistoso trato, pero que hubo de desear oírme, y diciendo él oigamos a Galiano, me vi dueño del campo entre tantos mis iguales y algunos mis superiores.

Mi plan estaba formado de pronto, y, si no era bueno, al cabo no era peor que otros, y a todos llevaba la ventaja de ser un plan, y de haber en mí resuelta voluntad de ponerle p. 430en ejecución inmediatamente, en hora en que la menor dilación era cierta ruina.

El plan consistía en hacer que constase de oficio la resistencia del Rey a salir de Sevilla, lo cual quería decir su resolución de esperar allí a los franceses, para que, junto con estos sus enemigos de derecho y sus amigos de hecho, fuese la Constitución abolida y duramente tratados los constitucionales. Y, si bien ni aun a mí convenía que esto constase, mientras podía disimularse, había llegado el caso en que era preciso poner patente el mal para proveer a la cura.

La cura era tratar de vencer al Rey, hasta hacerle consentir en pasar a Cádiz, y el método que había de seguirse tenía que ser análogo al antes usado para traerle de Madrid a Andalucía.

Pero, si era necesario algo más duro, forzoso se hacía proceder hasta suspenderle en el ejercicio de su autoridad, y, no siendo posible llevarle como Rey, llevarle como cautivo, con todo el decoro que había en tal atentado. Porque, además, se hacía necesario tener presente que, en la frenética indignación de los constitucionales, y al desaparecer toda barrera legal, los más atrevidos serían, si bien por brevísimo plazo, dueños del campo, y en el inevitable confuso desorden, habría estragos y víctimas, no siendo poco probable que entre las últimas fuese incluido el imprudente monarca.[82]

[82] El general Álava (don Miguel), aunque constitucional, honrado y leal por su deber, monárquico por sus afectos, votó en Sevilla la suspensión del Rey, y de ello estaba ufano, diciendo que creía que votándola había salvado a S. M. la vida. Quienes estaban en Sevilla en junio de 1823 no extrañarán que haya personas que así hayan opinado y opinen.

Todo ello lo pensé y arreglé de pronto, y traté de proceder a la ejecución. Desde luego las tres proposiciones que hice, y que en la relación de la sesión aparecen, estaban p. 431formadas en mi mente, si bien no del todo, pudiendo y debiendo variarse según fuesen dictándolo las circunstancias.

Se presentó desde luego una dificultad. Calatrava decía que, siendo él ministro, solo como tal podía hablar en el Congreso, y como tal representaba al Rey; por lo cual juzgaba indecente, y hasta criminal, en vez de declarar su voluntad, acusarle. Era honroso al buen juicio y a la rectitud de Calatrava tal escrúpulo, y yo, estimulándole en lo debido, me dediqué a buscar medio de libertarle del compromiso en que se hallaba. Le rogué, pues, que se fuese a Palacio, e hiciese nuevo y mayor esfuerzo para vencer al Rey, y, si nada conseguía, me avisase; o, en caso de no poder darme aviso, fijase un plazo, vencido el cual, debía yo del silencio colegir que el deseado consentimiento no se había obtenido. Conformose Calatrava, pero me puso otras dificultades, que yo no traté de tomar en poco, pues, si entrábamos en contestación, sobre perder tiempo, le confirmaría yo en su opinión, en vez de convencerle. Así, prometiéndole acceder en todo a su deseo, él se marchó, y los diputados nos quedamos aguardando noticias, sin abrir la sesión, aunque oíamos que su apertura era pedida casi con bramidos. Aguardamos, sin embargo, a que llegase la hora, pasada la cual, acabada la esperanza, y aun vencido ya el plazo, y sirviendo, según estaba convenido, por respuesta desfavorable el silencio, hubo prórroga en la espera, hasta que, al fin, dándose por mala noticia la falta de ellas, iba yo a empezar la fatal campaña, cuando vino a confirmarme en mi propósito aviso recibido de Palacio, en que se me decía mostrarse el Rey obstinadamente resuelto a no moverse. Con esto entramos en el salón, reinó silencio, y levantándome yo, hice la primera proposición,[83] p. 432que consta en el acta de aquel día. No hubo sobre ella debate, porque oír explicaciones del Gobierno a todos parecía justo y conveniente.

[83] En punto al orden y tenor de estas proposiciones, véase el tomo que contiene algunos Diarios de Cortes (bien que muchos de ellos compendiados) relativos a las sesiones del Congreso de 1822 y 1823, cuando desde abril a septiembre de este último año celebraba sus sesiones, en Sevilla primero, y después en Cádiz. Esta obrita es curiosa, porque da a conocer sucesos, o ignorados, o muy imperfectamente sabidos.(a) — Nota del autor.


(a) El tomo a que se refiere es el compilado por el oficial mayor del Congreso don Francisco Argüelles, que por acuerdo de la Comisión de gobierno interior de dicho Cuerpo, fue publicado en 1858.

Cuando, por medio de preguntas, saqué a los ministros respuestas por donde, sin acusar ellos al Rey, constaba que S. M. no atendía a sus consejos, hice la segunda proposición, que ya dio margen a algunas observaciones. No pudo, con todo esto, haber fuerte oposición a que se solicitase del Rey que pasase a Cádiz, pues ya por iguales medios se lo había traído a Sevilla.

Al salir del salón la comisión nombrada para llevar a S. M. el mensaje en el que el Congreso, sin irreverencia en la forma, le hacía una súplica apremiante, que él miraba como nuevo exceso contra su persona, y mientras diputados y espectadores, con rostros en que se pintaban, ya cólera, ya pena, ya inquietud, seguíamos con la vista a nuestros compañeros, y sobre todo, al presidente de la comisión, el general don Cayetano Valdés, cuya figura, severa y desabrida, era como una imagen de las circunstancias, pasé yo de mi asiento al de enfrente, inmediato al que ocupaba Argüelles, con el cual entré en conversación sobre el gran negocio que nos estaba ocupando. Vivía yo entonces en trato amistoso con el célebre orador y repúblico asturiano, particularmente desde que juntos habíamos sustentado acaloradas lides en defensa de las respuestas dadas a las notas de los soberanos aliados y la resistencia p. 433a poner la Constitución y la suerte de nuestra patria a merced de los extranjeros, o del Rey mismo. Tanto Argüelles cuanto yo (créase o no esto último) sentíamos dolor vivo y aun repugnancia a tomar un partido violento; pero él igualmente que yo, preferíamos un golpe violento a dejar perecer la ley fundamental del Estado, y lo que es uso llamar la libertad, a la cual amenazaba en aquella hora muerte segura y próxima, y muerte que vendría indudablemente acompañada de horrorosas convulsiones, o digamos, variando la imagen para expresar mejor la idea, que al desplomarse el edificio político, todavía en pie, a más de una víctima, y estas de distinta especie, habría de hacer polvo y confundir en sus ruinas. Menos dispuesto Argüelles que yo a pensar lo peor, conservaba esperanza de que cediese el Rey, como había cedido en Madrid, y así me lo expresó, a lo cual repliqué con dolor que yo esperaba una respuesta arrogantemente desfavorable. «Pues entonces, ¿qué ha de hacerse?», me dijo. «¿Qué?», respondí: «nombrar una regencia». «¿Y ha pensado usted en las consecuencias tristísimas de tal acto?», volvió a preguntarme. «», le dije, «y no me excede usted en sentimiento al vernos obligados a tal cosa; pero ¿hay otro medio? Si le hay, dígamele usted, y yo estoy por él». Meditándolo un poco: «No veo otro», repuso, «y yo apoyaré lo que usted proponga. Pero», añadió, «¿no será bueno, si hemos de pasar a nombrar regencia, suspendiendo al Rey en el uso de su poder, que solo lo hagamos interinamente, y para el acto de trasladarse el Gobierno con las Cortes a Cádiz?». Fue nueva para mí la idea, y me dio golpe, y así, aun no contando con que necesitaba el apoyo de Argüelles y los que le seguían para dar el paso atrevidísimo a que iba a arrojarme, aprobé y adopté el pensamiento de mi poderoso colega, por lo mismo que era menos violento el acto; porque, lo repito, no tenía deseo de atentar a la persona o dignidad real, contra la cual, si procedía, lo hacía obrando en defensa de las p. 434para mí sagradas leyes. Convenidos, pues, mi antes antagonista y ahora amigo político y yo, contaba con que sus palabras sostendrían mi propuesta. En esto aparece la diputación de vuelta de Palacio, tristes y cabizbajos todos cuantos la componían, y sobre todos ellos el Presidente, muy venerador de sus reyes, aunque constitucional celoso. Lo que dijo consta en el acta y es público, de modo que no es posible negar que el Rey nos arrojaba el guante, siéndonos forzoso, o recogerle y entrar en fatal lid, o abandonar el campo y entregarnos a la fuga. La cara y el acento de Valdés eran tanto cuanto melancólicos, solemnes; en los demás diputados y en el auditorio era igualmente lúgubre en cierto grado el aspecto, y en no poca parte de gravedad en el silencio, parecido a la calma precursora de las más recias tormentas. Entonces me levanté conmovido, tanto más cuanto que la agitación sentía en mí crecida la calentura, y, apoyadas las manos en el respaldo del banco que delante de mí tenía, comencé en un breve discurso a explanar y sostener mi proposición, clavando todos en mí los ojos, atentos los oídos, llenos de ansia los semblantes, y como colgados de mis labios los oyentes, no, cierto, para oír de mi un discurso entretenido, sino por lo que contenían mis palabras. Cesé de hablar, y, por algunos segundos, nadie siguió, ni hubo murmullo en las tribunas. Pero, a poco, pidiendo la palabra en contra de mi proposición dos o tres diputados, y en pro también uno u otro, y entre estos el que importaba más que todos, el mismo Argüelles. Impugnó mi proposición, con un calor que parecía delirio, el diputado Vega Infanzón, oficial de marina, cuyo hermano, muerto en Cádiz en 1813 de la fiebre amarilla, había representado uno de los principales papeles en las Cortes de 1810, al lado del conde Toreno, con quien asimismo dos años antes había pasado a Inglaterra, como representantes ambos de la junta de Asturias en el levantamiento de España contra Napoleón. p. 435No tenía el diputado de 1823 las calidades de su hermano; pero era honrado, de mediano saber, y de condición suave, por lo cual se extrañó más su acaloramiento en este debate. Como el tiempo apremiaba, y todos cuantos hablábamos lo hacíamos en pocas frases, y Vega, al revés, divagaba, repelía muchas veces no solo sus ideas, sino aun sus expresiones, y gritaba, ya con voz de ira, ya con acento de dolor, entró en muchos la sospecha de que intentaba alargar la discusión con algún fin torcido; acusación en mi sentir injusta, pero a la cual daba motivo saberse que se estaba conjurando contra el gobierno constitucional, y que en la dilación ponían gran parte de sus esperanzas los conjurados. Lo cierto es que empezaron murmullos en las tribunas, y aun en los bancos, intentando hacer callar al difuso orador; yerro gravísimo que procuré yo con otros pocos impedir, yéndome de banco a banco a recomendar la prudencia, y reclamando que guardasen orden los concurrentes a las tribunas. No dejó de costarnos trabajo conseguir nuestro intento, porque aun en el salón, un diputado eclesiástico llamado Sáenz de Buruaga, hombre de más celo que talento o saber, y en quien el amor, que él creía serlo de la libertad, era furibunda intolerancia, con voces y ademanes quería imponer silencio al Vega, no sin dar muestras de tratar de pasar de las palabras a las obras; ejemplo que había sido seguido; y por otra parte el diputado, general Álava, se quejó de que desde una tribuna amenazaba al Congreso un espectador con un sable desnudo. Pudo, no obstante, impedirse todo desmán, y, si solo la amenaza puso miedo en algunos diputados a punto de influir en sus votos, peligro poco más lejano y harto más seguro retraía de votar mi proposición. Esto hizo notar con sentidas frases y nobleza en su breve discurso Argüelles, respondiendo a Vega, su paisano y amigo, que blasonaba de su firmeza en defender al Rey en aquella hora. Por fin tuvo término el discurso de Vega, y p. 436reducidos los que siguieron a dos o tres sentencias, declarado el punto suficientemente discutido, hubo de procederse a la votación. Ocurrió a algunos el desatino de pedir que fuese nominal, lo cual, entre mayores inconvenientes, tenía el de la pérdida de tiempo, cuando cada minuto parecía precioso. Logré yo disuadir de la pretensión a quienes la tenían, y tuvo efecto la votación según el método ordinario, levantándose los que aprobaban, y quedándose sentados los de parecer contrario. Muy pocos fueron los que no se pusieron de pie, pues vimos hasta con sorpresa levantados aprobando la atrevida propuesta a aquellos pocos diputados cuya moderación rayaba en desafecto a las nuevas leyes y en adhesión a la antigua monarquía. Algunos, bien que no muchos, se ausentaron del todo; otros, asimismo en reducido número, amedrentados y vergonzantes andaban entre los bancos y la pared, no atreviéndose a votar en pro o en contra, y ni siquiera a salirse porque no se les achacase a falta haberse ausentado. Así y todo, a bulto, contamos sobre 90[84] o poco menos levantados; mayoría crecida en aquel Congreso en que p. 437rara vez eran más de 120 los votantes. Hubo, después, quien hiciese constar su voto contrario y se le consintió, a pesar de que ninguno había dado; pero esto fue ya en Cádiz, llevándose a exceso la condescendencia, por no pasar la mayoría por tirana.

[84] En la sentencia a pena capital dada por la Audiencia de Sevilla contra los que votaron la suspensión del Rey, resulta ser el número de los que aprobaron mi proposición muy inferior al que este artículo afirma. Pero la sentencia no está fundada en la verdad, aunque lo esté en que como tal aparece en el proceso. Muchos de los que votaron aprobando, arrepentidos después o medrosos, aseguraron no haber votado o hécholo en contra. La Audiencia y aun el Gobierno tenían poco deseo de cebar su saña en diputados que no habían figurado en primer término, y así se prestaban a admitir justificaciones bien o mal fundadas. Asimismo, por razones de política, venía bien que apareciese haber sido una minoría del Congreso lo que apareció mayoría en aquel acto. Si no fuese algo fea acción bajar a personalidades, podía aquí citarse más de un nombre de diputados que votaron el sí y habiendo después probado con falsedad lo contrario no fueron incluidos en la proscripción que cayó sobre todos sus compañeros, aunque de ellos solo en el pobre Riego fue ejecutada la sentencia.

El gran voto estaba dado, y restaba convertirle en hecho. Nombrada la regencia en pocos minutos, su presidente don Cayetano Valdés hizo un discurso brevísimo, pero muy notable. He sido vencido más de una vez (dijo), pero he cumplido siempre con mi obligación, y esto prometo ahora. Daba realce a estas sencillas palabras el aspecto de quien las pronunciaba, de rostro desfigurado por efecto de las viruelas, de andar desgraciado, de desaliño sumo, si bien no de desaseo, en el vestido y en el modo de expresarse; con apariencias de vejez, aunque apenas entrado en ella; modelo de patriotismo, cubierto de heridas[85] gloriosamente ganadas en mar y tierra, leal servidor de sus reyes y observante de la ley militar y civil, y en quien se notaba entonces el dolor del trance en que se veía, a la par con su firme resolución de proceder a ejecutar lo que él mismo, si bien con amargura, había votado.

[85] Fue gravemente herido en el combate naval de Trafalgar y en la batalla de Espinosa en noviembre de 1808. Ya en el combate del 14 de febrero de 1797 (el del cabo de San Vicente) fatalísimo para nuestra marina, se había distinguido por un excesivo arrojo acompañado de tino, salvando, o dígase rescatando, del poder del enemigo al navío general La Trinidad que había arriado la bandera y volvió a izarla.

Iba ya entrando la noche. En esto anunciaron haber sido sorprendidos en una reunión o conciliábulo unos cuantos que estaban tratando de dar un golpe decisivo que acabase con los constitucionales. Fueron presos en el acto los conjurados, a quienes presidía el general Downie, escocés venido al servicio de España en la guerra de la Independencia, alcaide a la sazón del alcázar de Sevilla, hombre p. 438estrafalario por demás, y que, puesto en libertad al restablecerse el poder absoluto, fue recompensado medianamente, y hubo de dar que pensar y que sentir a sus favorecedores por sus rarezas, las cuales, yendo en aumento, vinieron a ser demasías insufribles, con ribetes de actos de locura.

Quedaron las Cortes en sesión permanente, que duró hasta entrar la noche del día 12. Pero, no habiendo qué hacer o qué decir, era la única señal de continuar el Congreso en sesión, que ocupaban la silla el presidente y su lugar en la mesa los secretarios. No muy alumbrado el salón, con poca, aunque alguna, gente en las tribunas, y en los asientos solo algunos diputados que se remudaban; interrumpido de cuando en cuando el silencio por unas pocas breves razones a que los incidentes que ocurrían daban margen, presentaban la sala de sesiones y quienes en ella figuraban un aspecto de tristísima solemnidad.

De afuera menudeaban los oficiosos que acudían con avisos o consejos, de ellos los más, o poco útiles, o impertinentes. En aquella suspensión de las leyes, no pocos hubieron de figurarse que, siendo yo el autor de la proposición aprobada, había venido a ser un ente a modo de cabeza interina del Congreso y del gobierno, y así no puede decirse a qué punto me veía molestado a cada momento con comunicarme noticias de poca importancia o con insinuarme lo que debía hacerse, como si hacerlo estuviese en mi mano. No limpio aún de calentura, aunque no agravado, me sentía rendido, y así me eché y aun me entregué por cortos ratos al sueño, tendido en un hueco que quedaba entre la espalda del dosel y la pared, y teniendo por cabecera un cojín, en que ponían la rodilla los diputados al jurar, mientras que, fiel yo al método Broussaísta, bebía copiosos tragos de agua de limón con goma, absteniéndome de probar otra cualquiera sustancia aun líquida. Ello es que así me puse bueno enteramente al llegar la mañana.

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Todo el día 12 fue día de vivas ansias. El Rey se había sujetado sin resistencia a la decisión del Congreso; la conjuración en su favor estaba descubierta en su parte principal, y presos los principales conjurados; y, con todo esto, estábamos en no leve peligro, siendo el mayor que tan atrevido golpe como el que acabábamos de dar llevaba trazas de ser golpe en vago. La regencia no encontraba desobediencia, pero tampoco obediencia, haciendo la inercia lo que podría haber hecho la resistencia más viva. Poco se adelantaba en la disposición del viaje. Se escondían aquellos a quienes tocaba recibir o ejecutar órdenes. Tardó tiempo en encontrarse un general[86] que mandase las tropas que habían de ir escoltando y guardando al Rey, a la par que monarca, preso.

[86] Un general se disculpó de admitir el desabrido encargo alegando que no tenía faja, porque había enviado fuera su equipaje.

Hasta la guardia del Congreso desamparó casi toda su puesto, yéndose a sus casas, o a disponerse a acompañarnos a Cádiz los milicianos nacionales de Sevilla que la formaban, hasta el punto de quedar casi solas las pocas centinelas. Si no hubieren sido cobardísimos los realistas sevillanos, con suma facilidad nos habrían disuelto, y preso o muerto, pero esperaron al día siguiente para dar prueba de su número, de su previo concierto y de su furia; prueba que se desahogó en robar, en saquear equipajes, y en dar de palos a constitucionales de poca monta, entre ellos a los dependientes del Congreso.

Adelantada la tarde del 12, llegó a creerse que el Rey no se pondría en camino. Hubo entonces proyectos extremados de hacerle salir violentamente. Por fortuna, al ponerse el sol, cuando varios desesperaban de ver terminado aquel conflicto en paz y en orden, se supo que Fernando estaba fuera de las puertas de Sevilla, con su familia y séquito de viaje.

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Entonces se levantó la sesión fríamente.

Por la noche hubo orden de iluminar la ciudad, y, lo que bien podía temerse que no sucediese, la orden fue puntual y aun escrupulosamente obedecida. Ardían hachas en todos los balcones y ventanas, y a una claridad como la del día acompañaba una suma soledad en las calles; cabizbajos, afanados o inquietos los pocos que por ellas transitaban; extrañísimo contraste el de las luminarias, siempre señal de bullicio y alegría, con una situación de terror y pena de que daba muestra el melancólico silencio.

En la misma noche nos embarcamos los diputados en el barco de vapor que por entonces solo iba a Sanlúcar de Barrameda. Lo que después ocurrió está ya fuera del argumento del presente artículo.

Bien será con todo añadir una circunstancia. Recelábase que al llegar Fernando VII a la isla gaditana, dueño ya otra vez del poder, se resistiese a encargase de él, protestando así contra la violencia de que había sido víctima. Había, por lo mismo, dudas sobre qué habría de hacerse para proveer al gobierno del Estado. Pero aquel Rey, a menudo singular en sus actos y modos, al decirle el presidente de la regencia interina que, nombrada esta solo para el acto de la traslación del gobierno a Cádiz, había cesado en su cargo, y entregaba el gobierno a sus reales manos, solo dijo prestándose a reinar y gobernar como antes: «Pues qué, ¿no estoy ya loco?». Nada respondió, ni podía responder el presidente, quien se contentó con hacer una demostración de respeto, y pasó S. M. a ejercer sus facultades y prerrogativa, según la Constitución, en Cádiz del modo y para los fines que mostraron sucesos posteriores.

Tales incidentes trajeron y acompañaron el célebre acto de las Cortes en Sevilla, en que fue suspenso un rey, como podía haberlo sido el último empleado.

La historia le ha juzgado, y casi con unanimidad, desfavorablemente.

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El pobre individuo que esto escribe tiene, con todo, el atrevimiento de creer tal fallo injusto. Dispuesto y aun acostumbrado a arrepentirse de muchas acciones de su vida política, y siendo apóstata confeso, como es, si bien no en el grado que suponen quienes le han pintado como sedicioso tribuno, de lo que hizo en Sevilla en el día 11 de junio, no está arrepentido.

Esto no es decir que aquel acto de las Cortes fue bueno. Ninguno podía serlo en aquellas circunstancias. Fue acaso del mal el menos; pero el menos era ya mucho, cuando la elección había de ser de uno entre varios gravísimos males. Pensar que habría muerto pacíficamente la Constitución en Sevilla, como vino a morir poco después en Cádiz, es un desatino en que solo pueden creer quienes no vieron o no se representan bien la situación de las cosas y de los ánimos, en la hora en que el Rey provocó a las Cortes y a todos los constitucionales, intimándolos rendirse a discreción dentro de un brevísimo plazo. De seguro la contrarrevolución en Sevilla habría sido desordenada y sangrienta.

Pero esta es disputa larga, y a que, solo de paso, ha sido casi forzoso aludir en este breve escrito. Lo que en él se ha pretendido es pintar el suceso de Sevilla, en la parte en que los documentos de oficio ni le pintan ni pueden pintarle.


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XIV.

DOS VIAJES QUE NO SE PARECEN EL UNO AL OTRO.

Los lectores que tengan paciencia para leer lo que sale a luz procedente de mi pobre cabeza, tal vez van a ser puestos a dura prueba leyendo en los renglones que siguen cosas que solo tocan a mi persona. Pero, al cabo, la persona de un viejo tiene la particularidad de ser imagen de tiempos pasados: en un hombre que en su larga vida física y política ha hecho un papel superior a su valor, y más señalado por reveses que por triunfos, y por censuras que por alabanzas, despierta la curiosidad la relación de lo ocurrido en sus primeros años; y los sucesos de una vida se enlazan con las costumbres de los tiempos en que pasaron. Si he de decir verdad, aunque parezca blasfemia y tal vez lo sea, la fama de la elocuencia de Néstor está fundada en gran parte en que hablaba como viejo, y sacaba a plaza las cosas de sus mocedades. No soy yo un Néstor, por cierto; pero me parezco a él en la edad, y en referirme a antiguallas, y por esto reclamo, no en todo, pero sí en parte, la indulgencia que con él han tenido lectores de todas las edades.

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En año de 1802 se casó por la vez primera el entonces príncipe de Asturias, que después reinó con tan varia fortuna llamándose Fernando VII, con una princesa de Nápoles. Fue destinada a traer a España la real novia desde la capital del reino de las Dos Sicilias una división, que hoy sería escuadra, compuesta de tres navíos, el Príncipe de Asturias, de 120 cañones; el Bahama, de 74, y el Guerrero, del mismo porte; de dos fragatas, la Sabina y la Atocha de 36 y 40, y de un buque menor. Mandaba mi padre el Bahama, cuyas tablas de hermoso cedro, que fueron admiración de los napolitanos, le tocó tres años después manchar con su sangre, cuando en Trafalgar perdió gloriosamente la vida. Quiso entonces el ilustre marino de quien me glorío de ser hijo, llevarme consigo, no para acostumbrarme a la vida de marino, pues al revés, no quería que siguiese yo su carrera, no obstante saber de mí que tenía afición loca al cuerpo de la Armada y a las cosas de la mar, sino para contribuir a lo que se llama formarse viendo el mundo. Contaba yo a la sazón trece años de edad, vestía el uniforme de cadete de Reales Guardias Españolas desde los siete años, y había empezado a ser cadete efectivo a los doce, pero vivía en mi casa con real licencia hacía un año. Fuimos en aquella expedición dos individuos pertenecientes al ejército, pero de diferentes grados, que el uno era mariscal de campo y yo cadete, siendo el primero don Francisco Solano, de quien más de una vez he hecho mención en los recuerdos de mi juventud, y al cual tocó representar distinguido papel en el teatro de nuestros sucesos políticos, papel trágico al fin para él, pero propio para realzar su memoria, por la no común fortaleza con que llevó la muerte violenta de que fue víctima.

Zarpamos de Cádiz en los días primeros de junio de 1802, yendo con nosotros el navío Reina Luisa, de 120 cañones, destinado a ir Livorno para traer a España a la entonces reina de Escocia, hija querida de la reina María p. 445Luisa, cuyo destino fue tan desgraciado, que hasta de compasión vino a ser indigna; blanco del odio de los españoles, y habiendo pasado, destronada y desterrada, a figurar como principal acusada en un proceso criminal por estafa ante los tribunales franceses. En el Estrecho, un abordaje del Bahama con el Príncipe estuvo a pique de acabar con ambos navíos, siendo casi milagroso que escapasen solo rozándose por los costados, y haciéndose una ligera avería. Después pasamos a ponernos a la vista de Argel, con el objeto de ajustar diferencias pendientes con el Dey. De allí fue comisionado nuestro navío con solo la fragata Sabina a pasar a Túnez, con igual objeto. Tres días pasamos en el último puerto fondeados, pero sin ir a tierra, para evitar cuarentenas a nuestra vuelta, que había de ser al puerto de Cartagena de Levante.[87] Séame lícito decir que era yo instruido para mi edad, y que la vista de la Goleta y los lugares inmediatos, teatro de antiguas glorias, seguidas de reveses, hizo grande efecto en mi ánimo casi de niño.

[87] Así se decía entonces para distinguir la otra Cartagena que era española, y a la cual se daba el nombre de Cartagena de Indias.

Llegados a Cartagena, y habiendo pasado allí más de un mes, salimos para Nápoles, entrado agosto. La navegación fue larga, porque sopló con frecuencia el Levante. Llegó al cabo el ansiado día de avistar a la famosa Nápoles, y entramos en su puerto con ostentación y ufanía, porque la España de entonces, aunque decaída hasta lo sumo, todavía era considerada como potencia poderosa por los napolitanos.

Navegaba nuestra escuadra con viento favorable y bonancible; en el centro el navío general, a los dos costados de este, de modo que los baupreses hiciesen línea con las aletas de babor y estribor al buque del centro,[88] el Bahama p. 446y el Guerrero: algo más atrás las fragatas.

[88] Esta situación de los buques me recuerda una que puede llamarse rareza de mi digno padre, pero rareza loable atendiendo a su origen. Había dado orden el general de navegar en el orden que dice el texto. Era vanidad de mi padre, justificada por sus navegaciones atrevidas y felices, ser marinero a la par que astrónomo, desvaneciendo la preocupación que suponía ser los oficiales apellidados científicos no de los más hábiles navegantes. Puso pues, grande empeño en llevar su navío durante la travesía como clavado en el punto que le estaba señalado, y lo consiguió, aunque era difícil, y el lograrlo causó mucha molestia a los oficiales de guardia. No pudo hacer lo mismo el Guerrero por el otro costado del general. Bien es verdad que en lo velero le aventajaba mucho el Bahama.

Embargaba los ánimos el hermoso espectáculo; el Vesubio, aunque sin lanzar fuego entonces, con sus tostadas cumbres y sus bellísimas verdes faldas; al otro lado la ciudad en lindo anfiteatro, dominándola el castillo de San Telmo; en los contornos amenos campos, y a nuestra espalda las islas que ciernen una parte del que más que puerto es golfo; despejado el cielo, templado el aire, azules las ondas, como son las del Mediterráneo; y en medio de todo, surcando pausada y majestuosamente las apenas agitadas aguas, los buques de guerra en son de fiesta, ondeando al viento las banderas y gallardetes. Entretanto, tronaban a la par los cañones de tierra y de mar, destinados igualmente a ser instrumentos de destrucción y muerte, o pregoneros de alegría.

Fuimos, como era de presumir, sumamente obsequiados en la corte napolitana los españoles. Todo era convites, bailes, festejos. Entre la lava que rodea a Pórtici, sin quitarle ser mansión deleitosísima, y en la residencia que allí tenía el Rey, nos dio la corte una linda fiesta. Acertó a tronar aquella noche, y repetido el retumbar de los truenos por el eco hasta en las cavernas del vecino Vesubio, daba al baile singular carácter. Era aquella, por cierto, fiesta napolitana, porque se bailaba sobre un volcán verdadero p. 447en las inmediaciones de la verdadera Nápoles.

No pudimos detenernos mucho en aquellos lugares. Nos aguardaba impaciente la corte de España en Barcelona, a donde se había trasladado.

En el navío general iba la infanta de Nápoles destinada a ser princesa de Asturias. Pero no había en él cabida para toda su comitiva, y se dispuso que una parte de ella fuese en el Bahama. Mi padre, generoso por demás, y a la sazón medianamente rico, en vez de sentir que le hubiese tocado esta suerte de que escapó el navío Guerrero, y que solo le traía gastos crecidos, aprovechó la ocasión de acreditarse de hombre garboso y de gusto. Hasta convidó a hacer el viaje en su navío a varias personas, mas todas ellas de distinción, las cuales aceptaron el convite.

No se conocían aún, entonces, a bordo de un buque los regalos y comodidades que hoy se han hecho comunes, gracias a los progresos de las ciencias acomodados a la civilización moderna. Pero así y todo, puede afirmarse que aun para el día presente habría sido señalado aquel viaje por los placeres de que pudo gozarse en la navegación: para entonces fue extraordinario. Un buen cocinero francés nos tenía una exquisita mesa, para la cual hubo esmero y lujo en escoger las primeras materias, y un buen acopio de nieve consintió que se sirviesen con frecuencia en alta mar, no solo al fin de la comida, sino en las horas del calor, quesitos helados, obra de un excelente repostero napolitano que tomó mi padre a su servicio. No era menos notable la colección de vinos, entre los cuales lucía el Jerez amontillado, hoy común, entonces con el mérito de ser sobre exquisito, de invención moderna. La sociedad era excelente; reinaban en el Bahama el buen humor, y aun la alegría. Entre los pasajeros había una señora siciliana, muy buena cantora, que recreaba a la sociedad acompañándose con la guitarra (pues piano aun no era uso llevar a bordo). Entre otras piezas sobresalía una p. 448a la sazón famosa (según creo de Paisiello), cuya letra es:

Nel cor più non mi sento
Brillar la gioventù

y cuyo final es:

Pietà, pietà, pietà
L’amore è un certo che
Che delirar mi fa,

dulcísima melodía que hoy han condenado al olvido las armonías noveles y aun otras melodías más vivas. No faltaba en la concurrencia el atractivo de la belleza, porque venía con nosotros una de las más celebradas beldades de España, la Matilde Gálvez, nacida en nuestro suelo, pero precisada a residir en Italia por haberse casado con el coronel napolitano Minuolo, de distinguida familia. Me acuerdo de que, como toda mujer hermosa, gustaba de ganarse adoraciones, y que con sus bellísimos ojos, bien manejados, daba placer y tormento a varios de sus compañeros de navegación. En mí, con mis once años, nada podía producir, pero sentía gusto en verla, y en que, como solía, me hiciese fiestas como a un chiquillo. El tiempo parecía como que se había convenido en que aquella travesía todo fuese placer puro, porque el viento nos fue constantemente favorable, y siempre flojo, por lo cual navegábamos, si no con grande velocidad, con mediana, y con la mar serena. Un día apareció por entre nuestra escuadra un buque de guerra inglés de poco porte. Largó su bandera y nosotros las nuestras, y en el tope del palo mayor del navío general apareció el estandarte real, por entonces rara vez visto a bordo, que fue al momento saludado, correspondiendo con sus saludos el buque extranjero.

Al séptimo día de nuestra salida de Nápoles, llegamos a Barcelona, cuyo brillo entonces nos la hizo parecer poco inferior a la capital de las Dos Sicilias. Desplegaba allí en aquella ocasión nuestra corte su lujo, tal cual era entonces, suspendida la tristeza que por lo común en ella reinaba. p. 449Esmerábanse en obsequiarla los catalanes con procesiones de máscaras y demás clases de fiestas por que se distinguen. Juntose allí con nuestra corte la de Etruria, venida a tomar parte en los festejos. Entretanto, la mesa del Bahama se distinguía aun entre las de la corte, y nunca volvía mi padre de tierra a comer sin traer consigo algunos convidados.[89]

[89] Quiero contar un incidente de poca monta y ridículo, ocurrido en Barcelona, pero que estimo digno de mención, como pintura de usos y costumbres de aquel tiempo. Dispuso mi padre presentarme a S. M. a que besase la real mano. Como en otro artículo de los que he publicado anteriormente he dicho, entonces los uniformes servían para paseo y visitas, pero el uniforme de ordenanza y el de moda eran muy desemejantes. Carlos IV miraba con horror que se llevase el pelo cortado en redondo, y en su corte eran indispensables la coleta en los militares y la bolsa en los paisanos. Así, pues, hube yo de prepararme a parecer en la real presencia vistiéndome muy de otro modo que de ordinario. Al uniforme con solapa suelta sustituí otro con solapa pegada y redonda sobre el pecho; al chaleco, la chupa; al pantalón, el calzón corto con hebilla de charretera debajo de la rodilla; a la bota, el zapato con hebilla también; el sable, arrastrando; la espada, de media taza ceñida; al sombrero con plumero llevado de lado, uno con galón y sin plumero dispuesto para llevarle de frente. Una coleta postiza, sujeta con una cinta, me caía por la espalda. En tal atavío, luciendo dos piernas en que ni asomo de pantorrillas se veía, entré en el palacio del capitán general, que era la residencia del monarca. En una de las antecámaras estaba mi coronel, el duque de Osuna, abuelo del que hoy lleva este título, con otros varios. Era diligencia precisa presentarme a mi coronel antes que al Rey. El duque me recibió afable, me examinó bien, me hizo dar vuelta en redondo, y, se cercioró, por lo pronto, de que iba yo en regla. Pero de súbito, me miró a la frente, y su aprobación cesó. Llevaba yo el pelo cayendo sobre la frente, y debía llevarle cortado casi a raíz y formando punta saliente en el medio. Intentó bondadoso el Duque remediar el daño, y con su propia mano, pasándomela por la cabeza, procuró alzar hacia atrás los pelos pecadores, pero rebeldes ellos caían hacia adelante no bien faltaba la fuerza que les daba dirección contraria a la que tenían. Entonces, vuelto el general coronel a mi padre: «Galiano (le dijo), no le aconsejo a usted que le presente al Rey así, no sea que haya un disgusto». Tuve, pues, que salir de palacio, sin lograr el fin para que había entrado, con gran dolor mío y no menor de mi padre, el cual, no obstante su gran talento y saber, daba importancia a tales menudencias.

Cuatro años después, de Real orden cayeron las coletas, y el Rey mismo sacrificó la suya. Citábase como prueba de la extremada privanza del príncipe de la Paz que hubiese logrado de su Soberano tal sacrificio.

p. 450

Hubimos en breve de regresar a Nápoles, porque habíamos de llevar allí a nuestra infanta doña Isabel a celebrar su matrimonio con el príncipe heredero de la corona napolitana; enlace del cual fue uno de los frutos la señora doña María Cristina de Borbón, tan célebre en nuestra historia contemporánea, objeto de tan altos y tan merecidos aplausos, y hoy... En este lugar, sobre tal punto, es lo mejor el silencio; pero sea permitido a quien se gloría de su adhesión a tan ilustre señora, derramar sobre esta página una lágrima que se agregue a las que en este momento está ella derramando por la muerte de la cuarta víctima que entre sus hijos ha hecho la muerte, arrebatándole todos en lo más florido de sus años.

Nuestro viaje de vuelta a Nápoles igualó al primero, en lo breve, en lo cómodo, en lo regalado, pero no en lo alegre. Faltaban algunos de los del viaje a Barcelona, y además, las segundas partes, que con rarísima excepción no son buenas en los libros, suelen no serlo en la vida. Es calidad del placer la de durar poco.

Largos años habían pasado desde el viaje que acabo de conmemorar hasta otro de que voy a hablar ahora. Y bien pensado, no habían sido tantos, pues no habían pasado de veintiuno, pero ¡cuán llenos de sucesos! Mediaban entre ambas épocas la guerra de la Independencia y la revolución de 1820. El cadete de guardias de 1802 no había seguido la carrera militar. Había sido diplomático, pero más que otra cosa, político revolucionario. Era en 1823, yendo a terminar aquel año funesto. Acababa de ser diputado a p. 451Cortes. ¡Diputado a Cortes! ¿Quién podía haber dicho en Barcelona en 1802 que había de haber diputados a Cortes en España de allí a ocho años, y de volver a haberlos de allí a dieciocho? ¿Quién, que el muchacho que admiraba la corte de Carlos IV, había de tener la desdicha de verse obligado a proponer la suspensión del ejercicio de la autoridad Real en su hijo?

Y, sin embargo, en 1823, la monarquía de Carlos IV había resucitado de derecho, pero de hecho no. Había en su lugar otra, quizá más absoluta, pero no la misma. Un gobierno no es todo en una nación, y el de más ilimitado poder tiene en buena parte que ser lo que los pueblos a él sujetos. Pero, fuese como fuese, el Gobierno de Fernando VII en 1823 tenía que vengarse de agravios grandes, aunque provocados, y era natural que estuviese yo señalado como uno de los principales objetos de su resentimiento y odio.

Fui, pues, proscrito, y me libertó de la muerte la fuga. La plaza de Gibraltar vino a ser mi primer puerto de salvamento. Pero allí no era posible permanecer, pues ni tenía yo recursos para vivir, ni el gobierno inglés consentía la estancia de los enemigos del gobierno español en un lugar que, si bien con mengua nuestra de dueño extranjero, es por su situación parte de España.

Nos vimos forzados a desocupar a Gibraltar y trasladarnos a Inglaterra. Pero era dificultad, y no leve, que poquísimos entre nosotros teníamos con que costear el viaje. A mí, que en mis primeros años pasaba hasta por rico, y era en verdad hombre acomodado, reveses pecuniarios considerables, y también mi imprudencia en gastar alegremente en mi juventud, nada había quedado de lo heredado de mi padre, más que un crédito crecido, cantidad muy difícil de cobrar, y que vino a ser incobrable. Es elogio que no niegan nuestros enemigos a los hombres de aquella época, que salieron de los más altos destinos con p. 452las manos puras. Así es que en octubre y noviembre de 1823 estaba llena la plaza de Gibraltar de personajes de alta categoría como empleados, que eran verdaderos indigentes, y como allí no había medios de ganar la vida, y menos de contar con la suma necesaria para pagar un pasaje a país algo distante, solo de la caridad podíamos esperar alivio.

La caridad no nos faltó. Declamen enhorabuena contra los ingleses muchos de nuestros compatricios; los más de ellos, sin conocerlo, ecos de las pasiones francesas: lo cierto es que en caridad ningún pueblo aventaja ni aun iguala al británico, y de ello buenas pruebas hemos tenido no pocos españoles.

Pero la caridad tiene sus límites, y su oficio es socorrer la necesidad, y no suministrar al lujo y ni aun siquiera al regalo. Además, los ingleses son en tal punto caritativos, pero severos. En Gibraltar no era posible hacer distinción de personas entre los necesitados. Otra cosa fue en Inglaterra, y de esto se dio buena prueba conmigo, que recibí favores de los cuales conservo agradecido recuerdo. No extraño que en Gibraltar fuese yo medido por el rasero común, por el cual pasaron personas distinguidas, a la par con otras que en la esfera social eran muy poco.

Una suscripción dio medios para fletar un buque. Era este un bergantín de poco porte, cuyo nombre era El Orbe, y que no llegaba a medir doscientas toneladas inglesas. En él nos fue destinado para nuestra habitación el entrepuente. Pusiéronse en él camas, cada una para tres personas. Destinósenos para alimento carne salada y galleta, con un barril de ron. Así nos amontonamos hasta creo unas cuarenta o cincuenta personas, en muy reducido espacio. Era en diciembre, y el tiempo fue como de la estación, y aun peor quizá que lo ordinario. Al tercer día era la mar muy recia, y rompía en el barco. No estaba el entrepuente preparado para pasajeros, y recibiendo nuestra p. 453habitación la luz por arriba, no había, como hay en las cámaras, cubierta con vidrios que poner, a fin de evitar que los golpes de mar entren con gran peligro del barco, que podría llenarse de agua. Así, nos pusieron una cubierta de madera que clavaron, y nos dejaron a oscuras en estrecho encierro. Como salir era imposible para socorrer necesidades indispensables, sobre todo de las menores, pusieron en medio del entrepuente dos enormes cubos o tinas. A poco, los recios balances hacían salir el asqueroso contenido de las cubas ya llenas, y le siguió una hediondez insufrible. A ello había que agregar los no menos sucios productos del mareo. Se inficionó el aire. En suma, tal vino a ser nuestra situación, que dando recios golpes, comenzamos a pedir socorro. Se apiadaron de nosotros el capitán y dos ingleses pasajeros de cámara que con él iban, y derribando dos tablas pusieron en comunicación nuestro entrepuente con la cámara y con la escalera que subía a la cubierta, con lo cual nuestra situación, sin dejar de ser demasiado crítica, se hizo tolerable, pues podíamos salir del encierro y subir al aire libre, y aun recibíamos alguna ventilación de lado por la puerta recién abierta. Por mi conocimiento del idioma inglés, el capitán quiso darme entrada en su cámara, y aun asiento en su mesa, pero solo una vez acepté por no parecer grosero. En tanto, sucediéndose el mal tiempo y arreciando la borrasca, apenas permitía salir del lugar que, si ya no encierro, era horrorosa vivienda. Una noche derribó un golpe de mar lo que se llama obra muerta, que es como el pretil del buque, y se llevó consigo para anegarlos a un pobre perro y a algunas gallinas que traía el capitán para sí y los pasajeros de cámara. Hízose por esto difícil a los pasajeros caminar por tablas cubiertas de agua, sujetas a violentos vaivenes, y con uno como precipicio al lado. La mala comida fue empeorando con el tiempo, y a estómagos no acostumbrados a ella se hizo casi insufrible. Fortuna fue p. 454que los vientos furiosos soplasen favorables, de suerte que a los quince días de nuestra salida de Gibraltar avistamos las costas de Inglaterra. En prueba de que no hay ponderación en este relato de nuestras miserias, no está de más decir que nuestro barco corrió con el apodo del barco negrero, por juzgársele parecido a aquellos en que van encerrados los infelices africanos destinados a servir como esclavos en los puntos de América donde subsiste la esclavitud, para afrenta de la civilización, digan cuanto quieran sus defensores.

Bien es de suponer que en este viaje últimamente descrito hube yo de acordarme del otro pasado en días más felices. Algunas navegaciones había yo hecho entre las dos, y no era la vez primera que atravesaba los mares que separan a Inglaterra de España; pero mis pasajes no se habían señalado ni por el extremo de lo bueno, ni por el de lo malo. Las incomodidades horrorosas trajeron a la memoria el placer antiguo. Cuarenta años y meses van pasados después, y el contenido de los dos viajes está fijo en mi mente. Además, los miro como ejemplos de las grandes vueltas de mi fortuna. Esta importa poco a mis lectores, pero quizá pueda servir de aviso a los que se aventuran en la carrera de las revoluciones, a lo menos para que sepan que si en ella se encuentran bienes, se encuentran comprados a precio subido. Pero me arrepiento de esta sentencia al momento de haberla dicho, porque las revoluciones son hembras caprichosas, y hay quien logra sus favores sin hacer mucho gasto de ingenio o de padecimientos para adquirirlos.


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XV.

RECUERDOS DE UNA EMIGRACIÓN.

La voz emigración, aplicada a los que, o desterrados o huyendo del peligro de padecer graves daños por fallos de tribunales, o por la tiranía de los soberanos o gobiernos, o de las turbas, se refugian a tierra extraña, es nueva, y comenzó a estar en uso para señalar con un dictado al conjunto de hombres que, de resultas o de reformas, aun cuando útiles algunas para ellos odiosas, o de excesos atroces y de una persecución feroz, huyeron de su patria, Francia, en el periodo corrido desde 1789 a 1794, y fueron a poner en salvo sus vidas y juntamente a formar a manera de un Estado hostil al que figuraba como tal en el patrio suelo. Bien es verdad que, como antes de los últimos años del siglo próximo pasado había habido en Europa, y aun fuera de Europa, guerras intestinas y mudanzas de gobierno, las cuales llevaban consigo padecimientos o amenaza de gravísimos males para los vencidos, no habían faltado ocasiones en que agregaciones numerosas de gentes fugitivas de un país habían venido a formarse en otro vecino o distante, uniéndolas afectos vivos de odio al contrario y p. 456de amor entre sí, nacido de común interés e iguales pasiones. Las guerras de religión en el siglo XVI crearon lo que hoy diríamos una emigración de protestantes que, desde el lugar donde habían hallado asilo, hacían cruda guerra al gobierno católico de su nación y a todos los de la misma fe. La revocación del edicto de Nantes por Luis XIV de Francia, dio ser y vida a una como colonia francesa que se extendía por Inglaterra y Holanda, y que llegó a ser funestísima al gran monarca francés en los años postreros de su largo reinado, antes tan lleno de poder y gloria. No había sido menos considerable la reunión de los fieles servidores y parciales de la monarquía inglesa que, después de degollado en público cadalso Carlos I y proclamada en el suelo inglés la república, pronto pasada a ser regida por Cromwell con poder absoluto, se había establecido en Holanda y Flandes, aunque parte de ella hiciese residencia en Francia.

De los yerros y culpas comunes a las emigraciones cupo alguna, y no muy leve parte, a las anteriores al siglo XVIII, pero en nada comparable con lo que pasó a la emigración de los franceses desde 1789 hasta 1795, o a las de otros pueblos en días del presente harto más cercanos.

En la vida del desterrado alternan y se mezclan las penas con las ilusiones, el interés que a todos liga con las pasiones que los desunen hasta llegar a producir entre ellos odios acerbos, y las preocupaciones respecto a lo pasado con los que engendra lo presente, y se preparan para lo futuro. La historia de su patria en los años en que hubieron de abandonarla aparece a sus ojos desfigurada, naciendo de ello variadas acusaciones, a la par con cargos justos, y en la halagüeña visión, sin cesar presente a su sentido interno, de su futura victoria y dominación, la ambición más violenta mueve a disputarse con furia los imaginados puestos de mayor provecho y honra. No es más p. 457reñida y extremada la guerra entre un ministerio real y verdadero, y los hombres de una oposición que con ardor tira a derribarle, que la que siguen unos con otros pobres desterrados en medio de su desvalimiento, contendiendo por los despojos de una batalla que suponen ganada, aun cuando estén enteramente faltos de fuerza, siquiera para salir al campo.

De estas faltas adolecía la porción considerable de españoles a los cuales arrojó la caída del Gobierno constitucional en 1823 al lejano suelo de la Gran Bretaña. Porque si en Francia y en otros países encontraron más o menos seguro asilo los fugitivos de nuestra patria en aquellos días, siendo en corto número y estando apenas tolerados y vigilados, no llegaron a formar cuerpo político o social, mientras en el suelo británico, al amparo de las leyes, favorecidos por la opinión, si no patrocinados socorridos por el gobierno, libres en cuanto cabe estarlo entre un pueblo libre, se miraban y eran, hasta cierto grado, una potencia, sin contar con que los refugiados a otras tierras, adictos a la España constitucional, que en su patria había desaparecido o estaba eclipsada, la saludaban allí donde la creían existente y de donde esperaban verla salir de nuevo como astro que oculta el movimiento de los mundos.

Justo es decir que si nuestra emigración tuvo las flaquezas inherentes a la naturaleza humana, fue bastante superior a las de otros pueblos en este punto, y lo fue a la de los italianos y polacos, que vinieron a ser, o fueron desde luego, sus compañeras. Hubo, es verdad, en la española espíritu de bandería, piques de que nacieron odios, mutuas acusaciones, casi todas injustas o cuando menos exageradas, ya relativas a lo pasado, ya a lo presente, y envidias de quienes padecían más a otros cuyos padecimientos, por ser menores a los ojos ajenos, parecían cortos o ningunos; en suma, todas las pasiones que más nacen y p. 458crecen, y aparecen en horas de desventura, pero no las imputaciones de traición, y menos aún los actos de violencia que entre otros emigrados llegaron a causar hasta asesinatos.

Y una cosa ennobleció a nuestros hombres de 1820 a 23; hombres cuyos errores o cuyas culpas no trato de disimular, errados por lo común en las doctrinas, desacertados y aun desatinados muchos de ellos en su conducta, y a algunos de los cuales manchaba el recuerdo de actos de feroz crueldad cometidos en su patria impeliéndolos a ellos el fanatismo, pero cuyo blasón indudable fue que se presentaron, con rarísima si acaso alguna excepción, puros del ruin delito de la corrupción, viéndose en situación de honrosa indigencia a los que en el gobierno constitucional habían ocupado los más altos puestos. Bien sé que este mérito es solo negativo, que puede el hombre ser culpado de delitos atroces, y hasta feos, conservando honradez en punto a ceder al influjo del dinero, y que observar un precepto del Décalogo no autoriza a mostrarse ufano a quien quebranta los otros. Pero al cabo tiene quien (según la expresión vulgar) se ensucia las manos una circunstancia contra sí que le agrava la culpa, y es que a otros actos criminales suele acompañar cierta justificación a los ojos del propio pecador en su fuero interno, siendo en estos puntos las capitulaciones de conciencia muy comunes, pero el que se vende conoce bien su propia maldad y bajeza, de donde nace en él mismo la degradación, y en el público la idea que califica su culpa como superior a todas las demás de que es capaz el linaje humano.

Cuando al terminar 1823 y en los días primeros de 1824 apareció el gran golpe de los emigrados o refugiados españoles en Inglaterra, fueron todos ellos recibidos, por lo general del público, con favor extremado. Bien es verdad que los Tories, por entonces dominantes, pues de su bando eran los ministros, y la parte más crecida de la nación p. 459que en las cosas políticas influye o toma empeño, habían mirado con aversión a veces excesiva la causa de la Constitución de 1812 y a sus restablecedores y defensores, y aun visto con cierto grado de satisfacción el triunfo del duque de Angulema y del poder francés; venciendo en sus ánimos el odio a la democracia y a la revolución, y el afecto parcial a los Borbones de Francia, el disgusto que solía causar el engrandecimiento de una potencia rival antigua y moderna de la Gran Bretaña; pero aun los Tories tenían menos aborrecimiento a los demócratas españoles que a los de otros pueblos, viviendo en su mente recuerdos de los días de la guerra de nuestra independencia en que los constitucionales eran sus amigos en su porfiada contienda contra el tremendo y temido poder de Napoleón Buonaparte.[90]

[90] De intento va escrito con u antes de la o el apellido de Napoleón, porque se va hablando de sus acérrimos enemigos que así le llamaban, sin que haya datos para resolver por qué razón era mirada esta intercalación de la u como una ofensa por los que tenían intención de hacerla, y por los que la recibían con enojo. Los realistas más violentos de Francia Buonaparte le decían, y con solo leer el apellido así escrito estaba declarado ser el escritor contrario por extremo del emperador caído. Otro tanto hacían los Tories ingleses, y el periódico Quarterly Review, señalado por su odio acerbo al grande emperador, así le llama aún hoy mismo, cuando, olvidadas antiguas pasiones, es de Napoleón III parcial más que otra cosa. Walter Scott, aunque tory, en su Vida de Napoleón, que a pesar de su corto valor tuvo alguna celebridad más de treinta años ha, blasona de su imparcialidad por preferir llamarle sin la odiosa o sospechosa u, Bonaparte. Y con todo, en sus primeros años, cuando no era conocido su nombre de pila, y sí solo su apellido, Buonaparte le llamaban hasta en impresos algunos de sus admiradores. Un dichete italiano que corrió en boca de muchos era i tutti i francesi sono ladri. ¿Son todos los franceses ladrones? A lo cual era la respuesta: «non tutti ma Buonaparte». Todos no, pero sí una buena parte. Verdad es que esto salía de injusto enemigo, pero no habría jugado así con el vocablo quien no llamase Buonaparte al vencedor de Italia.

Los Whigs no admiraban mucho nuestra caída p. 460Constitución, pero habían sustentado nuestra causa en el Parlamento y por la vía de la imprenta, y tenían más motivos para protegernos y agasajarnos vencidos porque la parte de nuestras doctrinas para ellos censurable, si no odiosa, ya mal podía propagarse. En cuanto a los radicales, nos recibían con los brazos abiertos como a hermanos y mártires por una causa que les era común, sin pensar que no todos los españoles que allí acudían profesaban su fe, por otra parte mal conocida de la turba de desterrados, cuyas doctrinas eran confusas y limitadas. Pero había y hay en Inglaterra, como en todos los pueblos, no obstante ser allí más común que en otras tener noticia de las cosas políticas, y tomar en ellas alguna parte lo general de las gentes, muchas personas que no eran propiamente ni Tories, ni Whigs, ni radicales, y estas nos hicieron desde luego el mejor acogimiento posible. El capricho popular, más fuerte en el pueblo inglés que en los demás del mundo, se mostró en nuestro favor, debiendo añadirse que en diez años tal favor apenas tuvo menoscabo.

Había, sin embargo, preocupaciones en punto a los últimos sucesos de España, imperfectamente conocidos, como suelen serlo en Inglaterra los de todos los pueblos extraños. Habían visto los ingleses caer las Cortes y el Gobierno constitucional con poca gloria, malográndose locas infundadas esperanzas de una porfiada resistencia a la invasión francesa; desertar al enemigo nuestros generales La Bisbal, Morillo y Ballesteros con otros de inferior nota; seguir en su deserción a sus caudillos los oficiales y soldados, en vez de abandonarlos como a traidores. En medio de estas deserciones, aparecía la figura de un general fiel a sus juramentos hasta la última hora, y pertinaz en la defensa de la Constitución hasta la caída del Gobierno constitucional, y además este general era una persona cuyo nombre había sonado en los oídos ingleses, siendo recibido con aplauso en los días de la guerra contra Napoleón, y aun en las horas p. 461en que la causa de la independencia española era más tibiamente sustentada. Esta figura era la del general Espoz y Mina, a la cual singulares circunstancias anteriores daban proporciones, belleza y lustre muy superiores a lo que de justicia le correspondía, si bien sería injusticia y locura negarle buen grado y cantidad de merecimientos. Así, al llegar Mina a Inglaterra fue recibido y considerado como el principal representante de la España constitucional, vencida y prófuga, pero viva aún en tierra extraña. Ni por lo pronto se negaron los desterrados a reconocer en el general exguerrillero esta como supremacía, que después le fue tan contestada. Verdad es que aún no estaba en el territorio inglés el general don José María Torrijos, después cabeza de un partido opuesto al de Mina, y el cual podía blasonar de constancia no inferior a la de su rival, y de lealtad acrisolada en la defensa de la causa constitucional en sus últimas horas. Aparte de estos dos personajes, había uno a quien daban a la sazón gran valor circunstancias no personales suyas, pero muy poderosas. Era este el canónigo Riego, hermano del infeliz general bárbaramente sacrificado, aun siendo admitidas doctrinas que justificasen su castigo. Era el canónigo hombre por demás estrafalario, y tenía consigo a su sobrina, viuda[91] del general, de todo lo cual procuraba él sacar partido en su particular provecho; ocultándose sin duda a sus propios ojos este su interés personal, porque se equivocaba y confundía hasta en su propio concepto el amor de su familia y nombre, con el deseo de figurar, que era en él, si no el único, el mayor de sus defectos.

[91] Esta pobre señora murió a poco de su llegada a Londres.

Como dejo dicho aquí poco ha, llegábamos casi todos los españoles a Inglaterra en un estado de miseria completa, de suerte que solo la caridad pública podía darnos el indispensable abrigo y sustento. Si algunos tenían bienes, p. 462no podían recibir auxilios, o los recibían mal, en fuerza de las circunstancias; de decretos que les confiscaban o secuestraban su hacienda privada, de persecuciones populares que no respetaban su propiedad, de temor en algunos de sus apoderados, de mala fe en otros. Pero la mayor parte de ellos se componía de personas que vivían de su profesión, militares, eclesiásticos, abogados, empleados civiles, médicos, escritores; en suma, lo que constituye el núcleo del partido llamado liberal en todos los pueblos, o, digamos, de lo que en él forma la porción más activa y predominante. Ocurrir a cubrir las necesidades de tantos desdichados fue una de las primeras atenciones de los ingleses, y antes que su gobierno lo hiciese, como vino pronto a hacerlo con no común generosidad, hubo de anticiparse el público por medio de cuantiosas suscripciones.

Pero se hacía necesario calificar los méritos de los refugiados para que no viniese a disfrutar de los beneficios de tales gente perdida (como en parte suele suceder y, aun en cierto aunque en corto grado, sucedió entre nosotros), y para que en los auxilios dados hubiese una regla de proporción, recibiendo más quien más había perdido en su patria, no siendo posible igualar a un exministro con un exmiliciano nacional, al cual algunos actos particulares, o su propia voluntad, hija de excesivo temor, o de idea de su superior importancia, había lanzado con sus superiores al destierro. Esta calificación mal podían hacerla los ingleses. Discurriose, pues, crear una comisión de españoles que sirviese para el intento. Mi conocimiento del idioma inglés, adquirido en mis primeros años, y aumentado con el estudio y con una corta residencia anterior en Inglaterra cuando servía en la carrera diplomática, llevó a mis compañeros a incluirme en comisión tan desabrida, de la que hube de escapar en breve, pero para volver a entrar en otra de la misma clase. A pesar de mi p. 463buena memoria, no me acuerdo de por quiénes o cómo fue hecha la elección, aunque no hubo de serlo con mucha regularidad, pero, tal cual fue, satisfizo. Como era natural, salió elegido por cabeza o presidente de la comisión el general Mina, bajo cuya bandera parecía que estaban los fugitivos alistados. Fuimos los demás elegidos a ver al que había de presidirnos, manifestando con este paso la superioridad que en él era uso por entonces reconocer, aunque a muchos ya desabrida por varias y muy diferentes razones. No era yo de los contrarios a Mina, a quien ni siquiera conocía de vista; pero, cediendo a un fatuo orgullo que conozco ser uno de mis capitales defectos, por lo mismo que le veía tan ensalzado y adulado, no quería tributarle obsequios, y ni me había presentado a él hasta entonces, ni al ir a verle con mis compañeros me puse delante para ser notado, sino que al revés, medio ocultándome detrás de los otros, logré que en mí en aquel momento nadie reparase. La figura de Mina de ningún modo correspondió a la idea que de él me tenía yo formada, lo cual a menudo sucede tratándose de personas conocidas por su mucha buena o mala fama. Tenía el famoso exguerrillero una presencia en nada notable, no siendo ni muy bien ni muy mal parecido, con nada de guerrero ni de feroz en su fisonomía, pues antes parecía un buen hombre de la clase inferior entre la media. El trato con gente principal no había afinado mucho sus modales[92] ni corregido su lenguaje, que seguía siendo el de un campesino navarro, y más tosco que de lo que de su presencia debía esperarse.

[92] Algo los afinó, sin embargo, la compañía de su señora, con quien acababa entonces de casarse, y cuya educación era esmerada, así como modales en alto grado finos.

Pero lo que en él desde luego asomaba era la cautela, hija de la clase de vida que se había visto obligado a seguir en sus campañas de guerrillero, y que él acertó a aplicar a sus hechos y dichos p. 464como político, de suerte que el diplomático más avisado no podía excederle en cuanto a hacer, como cuentan decía Talleyrand, uso de la palabra para ocultar sus pensamientos. De esto dio desde luego una prueba en la corta conferencia de que voy ahora aquí hablando. Llevó la voz, en nombre de la comisión que iba a reconocerle por presidente, el famoso eclesiástico y escritor, exdiputado de las Cortes extraordinarias de 1812 y de las ordinarias de 1820, don Joaquín Lorenzo Villanueva. Este varón erudito, contra la general esperanza, entrando en las Cortes primeras de la isla de León con apariencias de antirreformista, se había pronto señalado como de los primeros campeones del bando apellidado liberal, y granjeádose el odio acerbo del bando opuesto, por lo cual, en la persecución padecida por los liberales en 1814, había salido de los peor librados. Si bien sustentaba Villanueva con tesón y aun con ardor las doctrinas con poco motivo aunque generalmente calificadas de jansenistas en la parte de resistencia a los principios conocidos por ultramontanos, o favorables a la mayor extensión de la potestad pontificia, en sus modos excesivamente suaves representaba lo que la preocupación vulgar tiene por propio de un jesuita consumado. Solía clavar los ojos en el cielo cuando hablaba, e inclinando también un tanto la cabeza parecía como que trataba de reducir a menos su alta estatura. Siendo escritor notable por la pureza de su dicción castellana y por lo correcto de su estilo, si bien difuso y pesado y de corto juicio, en sus discursos dejaba ver bastante de la calidad de sus escritos.[93]

[93] No ha mucho ha salido a luz una obra póstuma de este autor, titulada Viaje a las Cortes, por don Joaquín Lorenzo Villanueva, trabajo cuya publicación es de aquellas imprudencias que suele cometer un amor vivo y respetuoso, pero ciego, a la memoria de un difunto. En verdad la tal obrilla no solo rebaja, y no poco, el mérito del autor, y en este el del hombre, por más de un título, sino que bien meditada apoca y aun humilla el concepto de las Cortes de 1810, pintando con fidelidad prolija muchos de sus yerros y flaquezas. Muchas citas podrían hacerse en abono de la censura severa, pero justa y acaso oportuna, que acaba aquí de hacerse de tan pobre y mal pensado libro.

Nunca tanto cuanto en la ocasión a que la narración p. 465presente se refiere, pudo manifestar estas singularidades de sus modos el buen padre Villanueva, que empezó a hablar al general dándole altas alabanzas en aliñadas frases y rotundos períodos, que si habrían sentado bien en un discurso pronunciado en las Cortes, y mejor todavía en uno académico, aun en tales lugares podrían haber sido tachados de un tanto de afectación ciceroniana. Mina, a quien no acomodaba ser de la comisión, porque el serlo le habría acarreado, sobre molestia, algunos compromisos que él deseaba excusarse, respondió a su elogiador, que trataba a la par de ensalzarle y de persuadirle, expresando su resistencia a aceptar el cargo que se le confería, pero procurando dar a su resistencia el mejor color posible. «Yo...», decía, «sí, por mis compañeros quiero hacer mucho, pero... eso de comisión, yo..., no conviene, y... pues no hay cuidiao..., yo siempre..., pero de ese modo no..., porque yo acá me lo entiendo y..., y siempre haré por todos..., no así, pues porque no me parece lo mejor», y por este estilo seguía con palabras sueltas, cuyo sentido apenas podía comprenderse, ni deseaba, por otra parte, quien las decía fuesen muy comprendidas, salvo en cuanto a que no quería ser de la comisión, ni en clase de presidente, ni como mera parte de ella. Insistió Villanueva en convencer o persuadir al general, y se entabló una como discusión entre los que se expresaban en tan diferente estilo, la cual vino a parar en nada, si nada era no contar con Mina. Asistí yo silencioso espectador a tal escena, en que encontré algo de diversión, y de que saqué algún conocimiento de Mina, bien que escaso. Esto aparte, no quedé resentido de la conducta del general, como quedaron otros, siendo p. 466la ocasión que acabo ahora aquí de referir motivo, y más que motivo pretexto, de los primeros descontentos que excitó contra sí Mina; descontentos hijos de pasiones y del interés, así como del desvanecimiento de locas ilusiones, no sin tener él grave culpa de las enemistades que se granjeó, pues, poco franco de suyo, alimentaba en otros esperanzas que él no tenía; esperanzas cuya falta de cumplimiento causaba a la par con dolor enojo, y recaía sobre quien las había fomentado.

A la llegada de la primera inundación de emigrados, que coincidió con los últimos días del año para España infausto de 1823, solo pensaron por lo pronto los fugitivos en su desvalida situación, y en acomodarse a vivir con lo que la caridad británica les daba, no corta cantidad para socorro cuando habían de ser muchos los socorridos, y tampoco grande para personas que solían vivir con tal cual desahogo. Pero si los partidos que en su patria los dividían no aparecieron vivos en el lugar del destierro, no estaban muertos, y tenía cada cual su bandera recogida, mas no abandonada. Bien es cierto que, andando el tiempo, asomaron, y se manifestaron y crecieron, no sin furor y encono, las anteriores discordias, y hubo continuas deserciones de uno a otro bando, en las cuales iba de continuo perdiendo el que tenía por cabeza a Mina.

Sabido es que la mutua enemistad de dos sociedades secretas había sido causa de grandes inquietudes en los últimos meses de 1822 y primeros de 1823, así en Madrid como en las provincias. De ellas, la de los comuneros, la más extremada en doctrinas, no había llegado a apoderarse del Gobierno, que sin cesar codició, y con toda clase de medios buscó, teniendo que contentarse con hacer el mando desabrido, peligroso y casi imposible a su rival, cuyo acierto, por otra parte, no había sido mucho. Cuando ya amenazaba ruina el edificio de la Constitución, o, digamos, de la revolución, los comuneros se habían dividido, viniéndose p. 467de ellos las personas de más nota, y especialmente casi todos los diputados de su gremio, a unir con los prohombres de la sociedad enemiga, quedándose algunos de menos valer por su talento, ciencia o reputación, pero de los más osados o extremados, en su campo antiguo, y siguiendo a estos últimos casi toda la hueste. El general Ballesteros, cabeza de la sociedad de hecho, aunque no por su título, aparecía dudoso, pero más allegado a los de superior moderación. El general Torrijos, quizá segundo en importancia entre ellos, atento a su obligación de soldado en la campaña, se había alejado de las lides políticas, salvo en punto a defender la Constitución contra la invasión extranjera. Comenzada la guerra, Ballesteros en una capitulación había entregado su ejército, y con él la causa constitucional y de su patria, a los invasores. Torrijos se había mantenido fiel hasta la última hora, y, libre y restablecido ya el Rey en su trono, había celebrado una verdadera capitulación militar con los franceses, y puesto en salvo su persona sin menoscabo de su obligación o de su honor; hecho lo cual se vino a Inglaterra, donde llegó ya bien entrado el año de 1824. Su nombre, poco o nada conocido hasta entonces de los ingleses, apenas sonó en la hora de su llegada, pero entre los españoles trajo a los comuneros uno de sus más notables caudillos. La desunión que existe siempre entre los desterrados, y que más que de otros pueblos es culpa constante del español, y había sido muy señalada durante la dominación de los constitucionales, tomó en breve forma y cuerpo en Inglaterra. Las dos sociedades rivales no resucitaron, pero sí los dos bandos de moderados y exaltados, bien que no compuestos completamente de quienes de ellos eran parte en España. Dos hombres simbolizaron estas parcialidades, y en cuanto cabía en su situación, fueron cabezas de dos cuerpos inertes, pero vivos, y con esperanzas de despertar de su letargo y dar muestras de sí en nuevos sucesos, restituidos ya al p. 468seno de su patria, llevando a ella la bandera a la sazón caída. Fue casualidad que la cabeza de cada bando fuese, al parecer, más propia para serlo del cuerpo otro que el suyo. Torrijos, de ilustre familia, nacido, bien puede decirse, en la corte, educado en la casa de pajes del Rey, y, por lo mismo, entrado en la carrera militar ya en la clase de capitán, hombre de fina crianza y modales amables, no muy instruido, pero sí con los conocimientos comunes de la gente de su clase, era sin duda a propósito para acaudillar y representar al partido más aristocrático de la emigración, si algo en la emigración merecía el nombre de aristocracia. Al revés, oriundo Mina de la clase del pueblo, habiendo recibido en sus primeros años solo los rudimentos de la educación más común, habiéndose formado en la dura y áspera vida de guerrillero, y debiendo su elevación al poder popular, cuando había divisiones políticas, tenía su puesto natural entre la gente más extremada y menos culta. Ambos eran ambiciosos; pero el primero, franco en su ambición hasta pecar en no leve grado de imprudente, se prestaba a seguir para mandar a la gente que en su sentir era más activa, de la cual se prometía más pronta la victoria, cuando el segundo, cauto y astuto, veía en el sabor y juicio de las personas más entendidas más abonada fianza de su seguro si no cercano triunfo.

Esto aparte, no todos los emigrados eran del uno o del otro de estos partidos; pero sucedía en el pueblo emigrado lo que en otros pueblos, y era que los pacíficos no entraban en cuenta, cuando la emigración aparecía en movimiento, aunque este movimiento no llegase a más que a hacer ruido. Además, en todo caso, en cualquiera eventualidad prevista, los pacíficos se allegaban a uno u otro bando, salvo unos pocos que tenían pretensión de levantar bandera propia, de lo que en 1830 dieron muestras fatales para la causa común, y en alguna ocasión para ellos mismos.

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No faltaban, entre estos pacíficos, personajes de nota, pues, al revés, abundaban; pero tales personajes son los menos. Por ejemplo, Quiroga, cuya importancia como primer caudillo del levantamiento constitucional debía haber sido grande, figuraba poco y no tenía quien le siguiese. Bullía infinito el canónigo Riego; pero por su profesión no podía ser caudillo, y por su vanidad contaba con su apellido y la memoria de su hermano para ser figura principal en el drama de la revolución española, viva o amortecida, no consiguiendo lo cual, se contentaba con hacer papel entre radicales ingleses y desterrados franceses e italianos, habiendo logrado con que apareciese mención de su nombre en la vida del ilustre Ugo Fóscolo, uno de los objetos de su ambición algo pueril. Argüelles, ilustre entre los ingleses y relacionado con gran parte de lo más distinguido de aquel pueblo, vivía con sus amigos el respetabilísimo general de marina don Cayetano Valdés y su excolega en el Ministerio de 1820 don Ramón Gil de la Cuadra, apartado de un movimiento cuya esterilidad conocía, y respetado en su apartamiento, pero se inclinaba a Mina para el caso, poco probable durante algunos años, de que pudiese hacerse algo para variar la suerte de nuestra patria. Istúriz y yo, unidos en estrechísima amistad, solíamos estar en frecuente o íntimo trato con la casa de Argüelles y sus compañeros, y como ellos pensábamos y obrábamos, si bien Istúriz se desviaba en su interior de Mina un poco más que yo, que, viéndolo muy rara vez y habiéndole primero mirado con muy poca afición, al fin tenía pensamientos de ponerme a su lado, si llegase la hora de obrar, no obstante unirme con Torrijos relaciones de amistad antigua, contraída en nuestras mocedades. Ni debo omitir hacer desde luego aquí mención de un hombre a quien dio importancia su trágica muerte, hija de su natural indómito y de su presunción ciega. El coronel de Pablo, conocido por su mote de Chapalangarra, había defendido p. 470a Alicante hasta la última hora del reinado de la Constitución, como Torrijos a Cartagena, cometiendo, según es fama, actos de tiranía, como era de esperar de su condición feroz y escaso discurso, pero sin impureza, aunque dijo lo contrario la voz de la calumnia, y había parado en entregar la plaza por una capitulación asimismo honrosa, en la hora en que llegaba a ser inútil y habría sido hasta perjudicial prolongar la resistencia. Venido a Inglaterra, se había acercado a Mina, bajo quien había servido y distinguídose en la guerra de la Independencia; pero, como hombre ignorante y apasionado, le había casi exigido que inmediatamente se lanzase a restablecer la Constitución en España, y como no consintiese tal desvarío el buen juicio de Mina, el antes su amigo y secuaz se convirtió en su enemigo más crudo y violento, creyéndole traidor y acusándole sin rebozo de serlo.[94]

[94] Un caso singular ocurrió en 1826 que explica la condición de Chapalangarra, y alguna de las causas del odio que este cobró a Mina. Salió a luz en un periódico inglés un artículo en que era acusado Chapalangarra, respecto al tiempo en que gobernaba a Alicante con poder absoluto, de actos, no solo de cruel y feroz tiranía, sino de rapiña. Presentose el así infamado ante un tribunal a demandar al escritor su enemigo de injuria y calumnia. Temió este, y con razón, ser condenado, y ofreció al querellante una suma razonable para que se retirase de la demanda. No era vergonzoso aceptar tal propuesta, acompañada de desmentirse el libelista a sí propio, como prometía hacer e hizo, porque en dinero habría pagado su exceso, si hubiese sido condenado, y en dinero dado en calidad de daños y perjuicios a la persona por él infamada. Pero Chapalangarra, no bien recibió el dinero cuando fue a entregarle a Mina para que le emplease en el restablecimiento de la libertad en España. Mina era hombre puro por demás, y no estaba necesitado, pero recibió la cantidad por no descorazonar o enojar al que la daba, siendo su política no dar un golpe ni aun leve a esperanzas con que estaban enlazados su crédito personal de patriota y su influjo. Pero Chapalangarra, que quería lanzarse a España a todas horas, y que juzgaba la suma que había dado, aunque pobrísima para una tentativa política, bastante a una empresa de las que él deseaba y estimaba oportunas, entró en un furor ciego contra Mina, y si bien no acusándole de haberse apropiado aquella cantidad, sino de haberla recibido para seguir engañando con esperanzas que no pensaba en hacer realidades.

Pero Chapalangarra, p. 471si se apartó de su bandera antigua, no se pasó a la de otro, y llegó a ser caudillo sin secuaces, viviendo por lo común solitario, desabrido, parco por demás en la comida y bebida hasta hacerse notar por ello, casi indispuesto con todos; en suma, llegando con su carácter bilioso y su corto saber, a rayar en los límites de la locura, pero locura de una sola clase, o dígase, monomanía de belicoso patriotismo.

En medio de todo esto, la esperanza de volver pronto a España, y entrar en ella victoriosos, no faltaba en la clase ignorante y numerosa de los emigrados. En balde era que una parte, aunque corta, del ejército francés siguiese en territorio español, y que estuviesen prontas a seguirle numerosas tropas, si de ello hubiese necesidad; en balde que la parte más crecida de nuestro pueblo manifestase a la derribada Constitución enemistad violenta, y que la contrarrevolución, la cual viene a ser la revolución continuada, presentando una de sus fases, pusiese a la vista armada la plebe con el nombre de voluntarios realistas; fuerza democrática al servicio de un poder absoluto representante, y ya antiguo representante, de una considerabilísima parte de lo que lleva y merece el nombre de pueblo. Había otro pueblo imaginario en la cabeza de los emigrados, el pueblo de que ellos habían sido parte, y tipo, y representantes en España. Solo la traición, o cuando no tanto, la incapacidad de los gobiernos podía haber dado la victoria a los franceses y a los realistas; pero volviendo la nación en sí, como era fuerza que sucediese, y con unos más honrados o más hábiles caudillos que los anteriores, pronto restablecería la libertad en su suelo, plantándola harto más firme que p. 472antes estaba. Tales opiniones son las de toda emigración, y de ellas no podía estar exenta la española de 1821.

Así es que, cuando una desvariada empresa dio a una corta cuadrilla de constitucionales por el término de tres o cuatro días posesión de la plaza de Tarifa, desmantelada y descuidada, a punto de no tener fuerza que la presidiese, hubo un movimiento de alegría entre la parte más numerosa de los emigrados, a cuya noticia llegó la de la inesperada ocupación de aquella fortaleza, de corta importancia, pero fortaleza al cabo, antes que llegase, horas después, la de su pronta e infalible caída en poder de los franceses que guarnecían a Cádiz. Hombres hubo, si no de los de superior agudeza y claridad de entendimiento ni de la más vasta instrucción, pero no rudos ni ignorantes,[95] a quienes, anublando el juicio la pasión, pareció aurora de la regeneración española lo que era una mala clara entre negras nubes y que traía en pos de sí nuevas desdichas.

[95] Entre estos puedo citar a don Olegario de los Cuetos, que hasta llegó a ser ministro de Estado, bien que por breve plazo (en 1843 bajo la regencia del duque de la Victoria), el cual llegó a Londres trayendo la noticia de la toma de Tarifa por los constitucionales, y prometiéndose de ello resultas que al cabo traerían el restablecimiento de la Constitución en España.

Pero la tentativa hecha sobre Tarifa, y a la par en Almería, con no menos infeliz fortuna, y pérdidas de vidas, dignas, a lo menos, de lástima, pasó en breve, y cayó la emigración en su estado ordinario, nunca enteramente abandonada por la esperanza, aunque no hubiese en qué fundarla, pero resignada a aplazar el cumplimiento de esta, o si no tanto, los esfuerzos inmediatos para traerlo a época algo más lejana. Hasta la inesperada aparición de la carta constitucional dada a Portugal por su nuevo rey don Pedro, vivió la emigración tranquila.

No por esto, en verdad, desaparecían los partidos, pero existían oscuros, sin extender su influjo a más que a un p. 473corto número de personas, y dejando a las otras adherirse al que fuese de su aprobación, cuando hacerlo así fuese oportuno. En suma, los partidos políticos de aquellos días tenían las apariencias, y en cierto grado la índole de las rivalidades de un lugar de provincia, y para que en ello hubiese semejanza, solían ceñirse al recinto de Somers Town, barrio pequeño en los extremos de Londres, que es a modo de un lugarillo entre los varios cuya aglomeración forman aquella capital inmensa, falta de límites legales conocidos. Allí vivía una España que no ha dejado de tener influencia en los sucesos de la España verdadera.

II.

De muchos de nuestros compatriotas que nunca han pisado el suelo de la Gran Bretaña es conocido el nombre de Somers Town como el de una abreviada España constitucional, que hizo tal, con su residencia allí, una gran parte de los desterrados españoles, de los cuales pocos viven hoy para conservar de ella memoria, pero de que se conserva no poca por transmisión de padres a hijos, y de ancianos a amigos, cuyos descendientes existen y forman buena porción de la generación presente. Es Somers Town un barrio pequeño, al cual divide del casco de la aglomeración de casas que hoy y ha mucho constituye el como centro de lo llamado Londres un camino o calle, pues de ambas cosas tiene, y camino nuevo (New road) se llama, y de tal le dan aspecto las casas, que todas tienen delante reducidos jardines en vez de formar la calle sus paredes, pero que, por la extensión que va teniendo, y aun por la que tienen ha ya largo tiempo la metrópoli del imperio británico, calle viene a ser, a ambos lados de la cual hay p. 474barrios crecidos y populosos. Apenas cuenta Somers Town casas para gente de más que decorosa pobreza, constando las más de ellas de un solo piso sobre el bajo o entresuelo; algunas de dos, casi ninguna de tres: número que es el común de los pisos de las habitaciones de la gente acomodada en los buenos barrios del centro de aquella capital inmensa. Esta circunstancia, haciendo las casas un tanto baratas, señalaba aquel barrio como propia residencia de gentes de escasos haberes, aunque no de indigencia absoluta. Ya en época muy anterior, cuando aquel mismo barrio, recién formado o poco menos, y todavía muy reducido, distaba bastante del casco de la gran ciudad, faltando en el lado contrario del camino nuevo las numerosas y bellas calles y plazas que hoy llenan y adornan aquel espacio, había servido de morada a muchos de los emigrados franceses del tiempo de la primera revolución de su patria, circunstancia que, conmemorada por residentes en Londres, hubo de llevar a tal lugar a los primeros españoles que a él acudieron y fueron núcleo del cuerpo que allí vino a formarse.

Con todo, si bien Somers Town era el lugar considerado, y con razón, como la población cabeza de la nación emigrada, o hablando, como suele hacerse, con frase militar y a la moderna, el cuartel general de la emigración, no residían en él los emigrados todos. Varios de ellos, entre los cuales era yo uno, y otro Istúriz, y otro Argüelles con sus compañeros de casa, el general Valdés y don Ramón Gil de la Cuadra, con unos cuantos más de menos nombradía, no vivíamos en el barrio que llegó a ser español, pero sí a poca distancia de él, yéndonos acercando unos a otros hasta habitar los más en las calles próximas al camino nuevo, por el lado opuesto al en que está Somers Town. Así eran las comunicaciones frecuentes, a pesar de lo cual la línea divisoria no dejaba de producir efectos y no cortos. Porque la política militante que se mantenía p. 475siempre viva en la otra banda del New road, y lo llamado chismografía, que siempre existe donde hay agregación de gentes, y más cuando no pasa la agregación de ser corta, o no llegaban al lugar en que residíamos, o llegaban ya debilitados habiendo perdido mucho en la corta travesía.

Hay quien pondera las ventajas que sacan los hombres de una residencia en tierra extraña, y no faltan por otro lado desaprobadores de los pensamientos y hábitos que engendra la ausencia voluntaria o forzada del suelo patrio. Ello es que en verdad los viajes son útiles, y quien de ellos vuelve fatuo es porque llevaba en sí el germen que el viaje ha desenvuelto. Pero el establecimiento de una a manera de colonia unida por estrechos lazos y pasiones e interés común en medio de una población de extraños, carece de la mayor parte de las ventajas que el viajar lleva consigo. Hasta la necesidad de aprender la lengua de los naturales de la tierra donde se vive, grande para quien tiene que estar en perpetuo trato y roce con ellos, se hace mucho menor para gentes que, salvo en unos pocos negocios de la vida, encuentran con quienes comunicar sus pensamientos y afectos en la lengua propia. Así es que de los emigrados españoles pocos aprendieron de la lengua inglesa más que algunas voces de ellos no bien pronunciadas; y de estos pocos, los más se ciñeron a aprenderla para la conversación o la lectura de los periódicos; pero de la Inglaterra política, de la Inglaterra literaria, de la Inglaterra social, ni se cuidaron siquiera, y las escasas ideas que sobre tan graves puntos adquirieron fueron sobremanera cortas y confusas. Verdad es que de esto hubo tal cual excepción, pero tal cual y no más; y en su escasez se vio prueba nueva de lo verdadero de la máxima antigua en cuanto a que la excepción confirma la regla. Y era hasta blasón de algunos emigrados que habían creado una imagen de su patria en su barrio, habiendo aprendido en él algo de la lengua castellana criadas de servicio y p. 476tenderos, y hasta habiendo llegado a pregonar la hora en las altas de la noche en idioma de Castilla uno de los guardas nocturnos de la clase de los que llamamos serenos, a los cuales convendría mal tal nombre en la nebulosa Londres; guardas que hoy ya no existen, habiéndoseles sustituido los empleados de policía. A un árbol que crecía solitario cerca de una esquina en la banda del camino nuevo, y donde, a uso español, solían juntarse muchos a engañar, a cielo raso, las horas ociosas en conversación entretenida, bautizaron con el nombre de árbol de Guernica, sin que hubiese entre él y el de Vizcaya la semejanza más remota, y solo por agregar a un árbol la calificación que ha hecho famoso a uno de los de nuestra tierra.

Un poco ajenos a la vida interior y política ordinaria de Somers Town vivíamos otros españoles. La casa en que residía Argüelles era el punto en que por la noche solíamos juntarnos, y también en esto seguíamos un mal uso de nuestra patria, porque aun en las noches de invierno, bastante más largas que aquí, donde no son cortas, era nuestra asistencia a hora bien avanzada, o digamos, al dar las once poco más o menos. Allí solía la conversación ser amena, y en algún caso instructiva. Argüelles, dulce en su trato, aunque de condición violenta que sabía reprimir; muy amigo de sus amigos, y no menos enemigo de sus enemigos; lleno de honradas preocupaciones casi todas ellas patrióticas; estudioso, pero nada aficionado a ideas nuevas, y tratando hasta de ignorarlas para no reprobarlas, bajaba a la sala, tarde, de la parte alta de la casa donde tenía su dormitorio, que era asimismo cuarto de estudio, trayendo por lo común en la mano una gran jaula que contenía un ruiseñor, porque era hábil en avezar a la vida de encierro estos pájaros ariscos, de suerte que lograba darnos un rato de agradable música de la que poco se disfruta en España. Cuando bajaba con nosotros ya estaba allí sustentando la tertulia el respetable general don p. 477Cayetano Valdés, para mí aun más que para otros objeto de respetuoso cariño, porque había sido compañero y muy amigo de mi padre; cuyos modales de caballero, habiendo vivido en roce con las primeras clases de la sociedad, y siendo él mismo de familia distinguida por su antigua nobleza, aparecían en medio de la llaneza de su modo de producirse; de instrucción corta, salvo en su profesión de marino, y aun en esta más de los hábiles marineros que de los sabios astrónomos, no muy escasos en número entre los oficiales de nuestra antigua real armada; de buen juicio, manifestado a veces con singularidades, más que de agudo ingenio; cuya bien merecida fama de valiente estaba hermanada con otra no menor de honrado, y que llevaba con plácida resignación y dignidad las amarguras del destierro, sujetándose a las que eran duras necesidades para hombre acostumbrado a vivir como persona de alta esfera.[96]

[96] Este respetabilísimo personaje, poco antes de verse obligado a salir de España, se había casado con una señora viuda, de muy ilustre cuna y alguna riqueza. De ella recibía en la emigración los medios de vivir, lo cual le dolía sobremanera. Por lo mismo excusaba gastos, sujetándose a lo que para él hubieron de ser duras privaciones, aunque las llevase con ánimo sereno. Era fumador, y siempre lo había sido de buenos puros habanos, y en la emigración se redujo a fumar un pésimo tabaco picado llamado returns, muy barato, en pipas ordinarias de barro blanco, según uso de la ínfima plebe inglesa. Menudencias son estas, pero de aquellas que debe tener en cuenta quien desee conocer bien los sucesos y los caracteres de los hombres. Causaba pena y admiración ver al sobrino querido del poderoso ministro de Marina de Carlos III y Carlos IV, el bailío don Antonio Valdés, y al general que había ocupado tan altos puestos y disfrutado constantemente de los regalos de la vida, envuelto en una nube de tabaco pestífero, entre la cual asomaba su rostro risueño.

El tercero que vino a serlo de aquella familia, que lo venía a ser por la amistad, si no por el parentesco, era Gil de la Cuadra, que por algún tiempo vivió en el campo, y ya en la casa, tomaba menos parte que sus dos compañeros p. 478en nuestro trato, soliendo estar él encerrado en una segunda sala contigua a la en que nos juntábamos, escribiendo siempre, y (según corría la voz) formando el plan de una conjuración de cuya ejecución había de ser cabeza Mina; pero como conjuración tal no llegó a ponerse por obra, ni del futuro plan de gobierno para nuestra patria que acompañaba el proyecto apareció cosa alguna en 1834, bien es de suponer que sobre otra materia serían los constantes escritos del autor, hasta ahora sepultados en el olvido, como al cabo de larguísima vida ha venido a estarlo su persona en la tumba. Ocioso sería enumerar quiénes componíamos de continuo aquella reunión diaria, o, hablando quizá con propiedad, nocturna; pero sería injusticia no nombrar entre ellos a don Felipe Bauzá, muerto en Inglaterra en vísperas del día en que nos tocó, y habría tocado a él, volver al suelo patrio, cosmógrafo distinguidísimo y director del depósito hidrográfico en Madrid, a quien haber sido diputado en las Cortes de 1822 y 23 atrajo su desgracia, por causas políticas, a tratar las cuales no era él aficionado. Rara noche dejábamos de asistir Istúriz y yo, que juntos llegábamos sobre las once, y nos retirábamos dadas las doce cuando más temprano. Hablábase allí de varias materias, pero más con mucho que de otra alguna de las políticas. Sobre estas, si no reinaba unanimidad de opiniones, eran cortas en número y no importantes las discordias, olvidado de todo punto lo que en 1820 y hasta últimos de 1822 nos había dividido, y muy presente en la memoria y el juicio lo que en el curso de 1823 hasta la caída del Gobierno constitucional nos había unido con estrecho lazo. Desatinábamos no poco, según yo ahora veo las cosas, y aun según todos deben suponer, si conocen cuán errados son generalmente los juicios en situación tal cual era entonces la nuestra, pero había en nosotros tanta fe, que bien nos hacía merecedores de absolución por nuestros yerros. Eran aquellas sin duda horas de amargura, p. 479y bien echábamos de menos la patria ausente, y harto llorábamos la suerte de la causa que habíamos creído para nosotros justa y puede decirse santa, lo cual no obstante, había en nuestra situación algo y no poco que la suavizase: la amistad, que se hace más tierna en la desdicha, algo de lícito orgullo de lo que estimábamos nuestro honrado proceder, y esperanzas, aunque lejanas y débiles nunca del todo perdidas, que nos presentaban un futuro incierto, distante, pero hermoso, como es en sí todo porvenir halagüeño, a lo cual nunca pueden llegar las realidades. En mejores días me ha sucedido, y no a mí solo, volver la vista con la mente a aquellas horas de destierro y pobreza, y considerarlas casi como suele considerarse un bien perdido. Verdad es que nuestros años eran entonces menos, y esto era una gran ventaja cuya pérdida es al hombre por demás dolorosa: verdad es que la edad de la mayor fuerza intelectual y física lleva consigo bienes que dan resistencia y con ella buen ánimo en las mismas desventuras: verdad que

«a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor».

Del imaginado Robinson, en cuya inventada historia encuentran los críticos el mayor mérito el de la habilidad con que el autor da a su narración la apariencia de serlo de sucesos real y verdaderamente pasados, se supone que, al salir de su isla desierta, donde tanto había padecido, sintió vivo dolor, aunque salía de un lugar horrible para trasladarse a uno culto, que era además su patria. No de otra manera, al recordarnos las noches de Londres sentimos tentación de exclamar: «¡Aquellas eran horas felices!». Y una buena razón tenemos para decirlo cuando pensamos en desengaños posteriores, en ilusiones desvanecidas, en yerros propios y ajenos, pues del hombre es errar, y tanto cuanto se dilata la vida se multiplican los errores a la par p. 480con los que no lo son, en tantas amistades acabadas, convertidas a veces en enemistades, o pasadas a ser desvío cuando menos. Perdonen mis lectores esta efusión del ánimo contristado al meditar sobre consecuencias forzosas de una vida prolongada, y particularmente de una vida política en que tantas y tales son las mudanzas traídas por modos diferentes de ver las cosas, en que el interés o la pasión suelen cegarnos, pero en que motivos poderosos nos compelen a volver por lo que estimamos el provecho común, impeliéndonos a actos en que, discordando los pareceres, chocan unas con otras las voluntades, siendo el choque, por necesidad, violento.

Volviendo de estas reflexiones, acompañadas de arrebato acaso intempestivo, al tono de narrador, y narrador en estilo llano, cual conviene a quien lo es de nada graves sucesos, diré que, por lo general de la emigración, la tertulia de la casa de Argüelles y Valdés era mirada con cierta clase de respeto. Sin duda, los parciales de Torrijos y otros que, sin serlo de este, miraban ya a Mina con bastante mala voluntad, recelaban, y no sin causa, que, si no con todos los de nuestra tertulia, con los habitantes de la casa en que esta se reunía, privaba en grado no corto el general exguerrillero; pero tal privanza no daba muestras de sí, porque parecía aquella pobre reunión como puesta en superior esfera, a donde no llegaban los como airecillos o vaporcillos de pasiones que influían en los habitantes de Somers Town, o en quienes, viviendo con estos en continuo trato, como ellos pensaban y sentían.

Algunos pocos imprudentes, como es sabido, se lanzaron a España, donde al momento cayeron en poder del Gobierno, siendo sin misericordia sacrificados. Tal suerte cupo a los hermanos Bazán, un tiempo parciales de Mina, y después sus contrarios, que no contentos con vituperar al juicioso general por lo que hacía, y lo cual si hubiese hecho, habría sido no solo en su propio daño, sino contra p. 481el harto más importante interés de nuestra causa y nuestra patria, se arrojaron a dar ejemplo de una conducta diametralmente opuesta, siendo su trágico fin lección, aunque de pocos aprovechada, porque si en su locura no tuvieron muchos imitadores, no cesó la desatinada opinión de mucha parte de los desterrados de seguir culpando en Mina una inacción que las circunstancias no solo justificaban sino hacían forzosa.

En tanto, el general, objeto de tan injustas censuras, no residía en Somers Town, ni aun por lo común en Londres. Su salud y su conveniencia le dictaban vivir apartado del aire de una ciudad populosa y de los chismes de una emigración desocupada y malcontenta. Sus parciales iban decreciendo en número, sus enemigos antiguos y nuevos creciendo en bríos. Torrijos había atraído a sí no poca gente, mucha de ella de la sociedad rival de la Comunera, mientras la Constitución estaba vigente en España. Don Evaristo San Miguel, a quien daba fama haber sido compañero de Riego, y escritor en 1820 en el ejército levantado en San Fernando, así como después la circunstancia de ser ministro de Estado, y como tal haber respondido a las famosas notas de Verona, sustentando después su respuesta, calificada de temeraria, en el campo de batalla, donde cayó prisionero muy gravemente herido, sin ser de Torrijos, no encubría su aversión a Mina. Acompañábale en ello su entonces estrechísimo amigo don Olegario de los Cuetos, el cual, si no era personaje de cuenta, no dejaba de hacer papel, y siendo chistoso y de felices ocurrencias, amontonaba contra Mina acres y a veces ingeniosas frases de vituperio.[97]

[97] No muy bien aconsejado Mina, dio a luz en Inglaterra una compendiada historia de los hechos de su vida toda, librillo mal escrito y no mejor pensado, que hubo de causar pena a los que entonces éramos sus amigos. Por lo mismo fue materia de censura burlona para sus contrarios. Como ponderase en su obra el excaudillo de guerrillas hasta un punto increíble la cantidad y calidad de sus victorias en la guerra de la Independencia, anubló con ello la indudable alta gloria que había adquirido, si bien solo a los ojos de un odio ciego pudo borrarse. Me acuerdo que el ya aquí citado don Olegario de los Cuetos puso por mote a tal escrito El romance de Francisco Espoz, aludiendo a los conocidos romances de Francisco Esteban, chiste que fue aplaudido de muchos, siendo entonces manía de algunos suponer que el general no tenía el apellido de Mina y que le tomó por ser el de Mina de uno en 1809 guerrillero afamado.

p. 482

Así estaban las cosas cuando de súbito, mediado 1826, llegó a Inglaterra la noticia de que, muerto don Juan VI, rey de Portugal, su hijo y heredero don Pedro, residente en el Brasil y rebelado contra su padre, con el ya título de Emperador de aquel remoto estado americano, renunciando su cetro europeo, le había puesto en manos de su hija, menor de edad, acompañando la dádiva con la de una Constitución a su pueblo. No era este suceso de poca monta, porque una ley de las llamadas como por antonomasia Constitución, y que de hecho creaba un poder popular, mal podía existir en una parte de la Península ibérica sin que a la otra algo de ella se comunicase. Había más, y era haber sido el ministro plenipotenciario de Inglaterra en Portugal el portador de la recién otorgada Constitución, de lo cual era general deducir que de su influjo venía tan inesperado suceso, no pudiendo él haberse atrevido a usar de su influencia en tan grave materia sin estar para ello autorizado por su gobierno, consecuencia que sacaron, no solo los pobres desterrados españoles, crédulos de suyo, y más de lo que tanto los lisonjeaba, sino liberales y monárquicos de todos los pueblos, los primeros para prometerse mucho del gobierno británico y ensalzarle, los segundos para recelarse de él y maldecirle. Se equivocaban, con todo, unos y otros, pero no era fácil desengañarlos, lo cual no es maravilla, pues la equivocación todavía hoy en algunos dura. Todo ello consistía en atribuir al famoso ministro p. 483Canning intenciones que nunca tuvo del todo, y que si llegó a tener en parte, y esta muy corta, fue en fuerza de habérsela atribuido, y aprovecharse él de lo que se le suponía. Porque Canning tory era, aunque de los de doctrinas más liberales entre los de su partido, y tory murió y haciendo profesión de serlo, aun cuando llegado a ser primer ministro en 1827 vio contra sí la mayor parte de los antes sus amigos políticos, sin contar con que en 1826 no era más que uno del ministerio, aunque superior en mérito y renombre a sus compañeros, inferior en categoría a lord Liverpool, acérrimo tory, teniendo que avenirse con él y otros de sus colegas de las mismas ideas, nada favorables por cierto a la extensión del poder popular en el continente, si a los ojos de otros constitucional, a los de ellos revolucionario. Pero, dejando esto aparte, que bien merece ser calificado de digresión, y aun tal vez de digresión impertinente, el efecto producido en los españoles constitucionales por la Constitución dada a Portugal fue tal y tanto, que a quienes menos esperanzas teníamos de mejora en nuestra suerte y la de nuestra patria, entre los cuales me contaba yo, llenó de alegría e infundió confianza en lo futuro.

Con todo esto, el número de los desterrados que de Inglaterra acudió a Portugal fue corto, y las noticias que de allí venían, si no desconsoladoras, propias para rebajar en no corto grado nuestro gozo. Volvió, sin embargo, a subir este de punto cuando, amenazando a Portugal el Gobierno español, el británico resolvió enviar tropas a socorrer al portugués, su aliado, y llevó su resolución a efecto sin demora. Entonces pronunció Canning con este motivo un discurso célebre, calificado de revolucionario por los más de los que eran todo lo contrario en el continente, y aplaudido por muchos liberales, según mi corto entender, con poco motivo, pero que a varios de entre nosotros, y entre estos a Argüelles, más que placer causó disgusto y enojo. p. 484Las resultas confirmaron lo que en nosotros parecía nimio recelo.

Sin embargo, aun los desconfiados no dejaron de concebir esperanzas. El amigo y compañero de casa de Argüelles don Ramón Gil de la Cuadra, que entre sus íntimos gozaba del más alto concepto por nada justificado, me encargó que escribiese una carta para que fuese publicada en el periódico The Times, donde procurase desvanecer la idea de que el pueblo español no deseaba una Constitución liberal, y, sosteniendo lo contrario, ponderando el crédito de que Mina gozaba en España en calidad de tipo de la causa de que había sido defensor, dándome a entender, pero no claramente, que deseaba el gobierno inglés ver propagada tal idea como para preparar la opinión a que aprobase cualquier acto encaminado a restablecer la libertad en España. Escribí yo la carta, que salió a luz y dio motivo a artículos en otros periódicos; pero todo se quedó en dar margen a reflexiones sobre la materia que contenía, las cuales duraron poco. Entretanto, los contrarios a Mina manifestaron gran descontento, suponiendo el paso dado por mí, no en favor de la causa común tomando por instrumento a Mina, sino en favor de Mina en el caso para ellos cercano de ondear de nuevo la bandera constitucional en nuestra patria. Nunca he podido averiguar después si de hecho hubo entonces algo de trato, aunque poco e indirecto, entre el desterrado general español y algún agente subalterno, pero autorizado, del gobierno británico; mas me inclino a creer que nada absolutamente hubo, si bien no acuso de fingirlo a Mina, y menos todavía a Gil de la Cuadra, y solo juzgo que uno y otro tomaron por realidad las ilusiones de su deseo, fundándose en algunas conversaciones a que dieron importancia muy superior a la debida.

Pronto pasó lo que parecía aurora de nuestra felicidad rayando en Portugal, y se convertía en día tormentoso, y p. 485en encapotársenos más que antes estaba el horizonte. Volvimos, pues, a nuestra vida pacífica y triste. En medio de esto, la como colonia de Somers Town se iba desmembrando, y buena parte de ella empezaba a escoger por morada una isla dependiente de las británicas, poco distante de ellas, y sujeta al gobierno inglés, que brindaba con grandes ventajas a quienes vivían en situación cercana a la pobreza. Era esta la isla de Jersey, un tiempo, pero en días ya remotos, francesa, o, diciéndolo con propiedad, normanda, donde el idioma es francés, aunque no puro, y de los llamados patois entre nuestros vecinos, las leyes peculiares suyas, las costumbres sencillas, la vida un tanto barata, el clima no frío, pero sí sujeto a violentas y frecuentes borrascas, a vientos impetuosos y a continuas lluvias, y cercada de un mar rara vez tranquilo, que brama y se estrella furibundo contra multiplicados escollos. Es, con todo, bellísima aquella isla, en cuyo terreno reducido, pues apenas mide legua y media de norte a sur, y casi otro tanto del este al oeste, abundan lindas vistas campestres; cubierto el suelo de abundante arbolado, principalmente de manzanos, de cuyo fruto se saca la sidra, bebida ordinaria de aquellos isleños; en cuyo terreno quebrado cerros de poca altura, cortados por valles, remedan altas y fragosas sierras, y representan, en pequeño, los países de los Alpes y Pirineos; donde abunda el ganado vacuno, siendo el de allí señalado por la abundancia y calidad de la leche de las vacas, de que se saca exquisita manteca, aun superior a la de la vecina Bretaña. Es allí franco el puerto, aunque no para todos los objetos, pero tal cual es, trae consigo en algunas cosas necesarias a la vida copioso surtido y precios bajos. Todo ello hacía aquel asilo propio para pasar en él la vida los desterrados; y comunicada la noticia de lo bien que allí se pasaba por los primeros llegados, fueron siguiéndolos otros, y en breve excedió a la de Somers Town la población española p. 486de Jersey. Los más de los desterrados se establecieron en la población de Saint-Helier, que, con la de Saint-Aubin, son las dos de la isla que merecen el nombre de pueblos; pero hay doce divisiones llamadas parroquias, y que lo son del culto protestante, y todo el territorio está sembrado de casas de campo con anejos de tierras de corta extensión. Varias de estas casas fueron tomadas en arrendamiento a precios cómodos por españoles que se dieron al cultivo o al cuidado de las reses vacunas, de que tenían dos o tres cabezas no más; pero, ayudándose con lo que recibían del gobierno, lo cual constituía una renta que suele faltar al labrador, sacaban los más de sus afanes alguno aunque escaso provecho. En aquella vida campestre no fue olvidada la política, pero compartían con ella la atención diaria otros cuidados, u otras ocupaciones, o cuando no, conversaciones a que daban materia cuidados ajenos, pareciendo como que aquel aire, si no mitigaba la pena causada por el destierro, le daba cierto carácter tranquilo y, en cuanto cabe, dulce. Allí terminaron su carrera mortal algunos de nuestros compañeros de destierro; y quienes en los tiempos venideros visiten el cementerio de Saint-Helier encontrarán en él testimonios del dolor de los que sobrevivían a los amigos o parientes perdidos, y en uno como apartado rincón de un mar distante, recuerdos de los disturbios de la revuelta y malaventurada España.

También estaba más pacífica que antes la mermada población española de Londres. Mina seguía casi siempre en el campo. Torrijos se había vuelto escritor. Los demás seguían su vida acostumbrada.

En medio de esta situación pacífica, recibimos algunos, y entre ellos Istúriz y yo, una carta del general Mina, residente a la sazón a alguna pero corta distancia de Londres, en que nos acompañaba una serie de cuestiones a que solicitaba respuesta; todas ellas relativas a la suerte p. 487de España, en la suposición de una empresa encaminada a sustituir al gobierno del Rey uno de los llamados constitucionales. Qué gobierno o qué sistema convendría establecer en la rescatada patria, por lo pronto, era el principal asunto de todas aquellas cuestiones que bajaban a más de un pormenor, no reinando en ellas el mejor orden, y faltando algo, y también sobrando, de lo que, al parecer, requería tal materia, pero al cabo, dándose a entender que ocurría o se tenía entre manos un negocio que hacía necesaria una determinación sobre tan importantes puntos. Como a la sazón reinaba completa tranquilidad en Europa, y no sabíamos, ni aun parecía probable, que corriese peligro la de España, nos sorprendió la carta de Mina, y aunque solicitaba respuesta a sus preguntas solamente por escrito, Istúriz y yo determinamos pasar a dársela en persona, tanto para explanar bien nuestras ideas, cuanto, y esto era lo principal, para averiguar el motivo de pedirnos opinión sobre tales puntos en aquella hora. Fuimos, pues, a vernos con Mina, y nada sacamos en limpio, así porque el general nada tenía de franco, y siendo, como suele decirse, de malas explicaderas, no trataba de mejorar las suyas, sino al revés, de valerse de su defecto para no comprometerse a cosa alguna, como porque el secreto más fácil de guardar es el que nada contiene, y este era entonces el de Mina. Volvímosnos, pues, de mal humor, porque nos habíamos llevado chasco, y sentíamos nuestra vanidad un tanto ofendida de haber como caído en un lazo, cuando presumíamos de avisados, siendo el lazo haber contribuido, aunque en poco, a favorecer un manejo del astuto general, quien, sintiéndose acosado con pretensiones de amigos poco sagaces o juiciosos para que algo hiciese por la causa común, y molestado con injustísimas y violentas acusaciones porque nada hacía, quería entretener la impaciencia y acallar la malicia, para lo cual empleaba medios poco a propósito al cabo para el logro de p. 488su intento, pues si él con su buen juicio conocía cuán imposible era restablecer en España la Constitución caída, u otra a ella semejante, por otro lado se engañaba al creer que con arterías harto visibles podía satisfacer a los bien dispuestos, o desarmar a contrarios enconados, cuando a los primeros disgustaba y a los segundos daba ocasión de renovar con aumento de furia y con mejor pretexto sus acusaciones.

La guerra declarada por la Rusia a la Puerta Otomana en 1828 fue para nosotros causa de prometernos algo, bien que inciertos en nuestra esperanza o nuestro deseo, porque es una de las tristes condiciones del destierro mirar con disgusto la pública felicidad en los extraños y celebrar las discordias y guerras, considerando, a veces sin motivo, que de la inquietud han de salir gananciosos.

Al revés, el ministerio de Martignac en Francia fue visto por nosotros con poca satisfacción, pues si bien algunos esperaban de él que, influyendo en las cosas de España, hiciese al Gobierno de Madrid, cuando no otra cosa, más indulgente, no era un perdón lo que en general podía contentar a nuestra soberbia, aun dejando aparte la consideración de que un perdón dado por Fernando VII en el pleno de su autoridad mal podía alcanzarnos a todos.

Pero la mudanza del ministerio francés en 1829 y el descontento que en Francia causó, despertó esperanzas dormidas, y esta vez no sin algún fundamento, como vinieron a acreditar los sucesos en el término de menos de un año. De la resistencia hecha al nuevo ministerio por el pueblo de Francia recibíamos noticias ciertas. Veíase inminente una revolución en el Estado nuestro vecino, cuyos príncipes y gobierno habían impuesto a nuestra patria el que nosotros considerábamos pesado yugo. Así, los impacientes entre los desterrados comenzaron a bullir, y si Mina no se movía, otros creyeron llegada la hora de una tentativa en favor de nuestra causa de que a ellos resultaría p. 489gloria y provecho legítimos, y a la par descrédito a un rival casi odiado. Verdad era que si la situación de Francia no consentía que pudiese ayudar al Gobierno español, y aun prometía dentro de poco tal vez convertir en auxiliador el poder que nos había sido, y debía ser el más temible contrario, el estado de Inglaterra no era tal que de ella pudiese esperarse que favoreciese o siquiera consintiese empresas revolucionarias. Era a la sazón cabeza del ministerio británico el duque de Wellington, muy favorable a los españoles en punto a socorrer sus necesidades y a mostrarles cierto grado de consideración y afecto compasivo, pero por sus doctrinas políticas y antecedentes por extremo opuesto a todo cuanto a revolución en pro del poder popular se parecía. Esto no retrajo de la idea de acometer la empresa de restaurar a viva fuerza la libertad española no solo a Torrijos y sus allegados antiguos, sino a otros que habían venido a serlo, y en aquella hora a algunos dignos sujetos de buen seso y prudentes de los que hasta entonces habían tenido con el general excomunero poco trato, viendo en él, si no un contrario político, menos todavía un amigo, y sí una persona enlazada con los que habían sido de ellos enemigos verdaderos. Nació de estas circunstancias un proyecto, que empezó a ser llevado a ejecución, tan descabellado que asombra ver participando en él ciertos personajes; proyecto que sin la revolución casi inmediatamente ocurrida en Francia se habría quedado en ser una locura inocente, pero que con el suceso, si no del todo inesperado, nada seguro, que derribó del trono a Carlos X, perdió en la apariencia lo que había tenido de desatino, y al revés, andando el tiempo, vino a parar en una sangrienta tragedia.

p. 490III.

La expedición destinada a dar libertad a España, que hacia fines de junio de 1890 se preparó en Londres, y cuya primera terminación (porque bien puede decirse que la tuvo segunda, y funestísima) no pasó de la corriente del Támesis, es una prueba dolorosa, entre otras muchas, del extremo a que precipitan a hombres de entendimiento y aun de prudencia desvariadas ilusiones nacidas del entusiasmo, y la impaciencia de la desdicha. En efecto; en aquella expedición iban hermanadas la falta de secreto con la cortedad de medios, de suerte que faltaban las condiciones para que pudiese tener un éxito siquiera medianamente satisfactorio. Un golpe dado de pronto e inesperado suele salir bien, o si no tanto, llega a tener algún efecto, a punto de dejar por mayor o menor plazo dudosas sus resultas. Napoleón mismo, con ser todo un Napoleón, no habría entrado en París y tomado de nuevo posesión del trono imperial a los veinte días de haber desembarcado en Cannes al frente de menos de mil hombres, si hubiese habido noticias de que estaba preparándose en la isla de Elba a invadir a Francia. Y para descender de lo muy grande a lo muy pequeño, en 1824 había sido ocupada Tarifa por una corta porción de hombres arrojados, cabalmente porque nadie podía sospechar tal exceso de atrevimiento, cual era el de lanzarse con tan flaco poder a restablecer en España la Constitución entonces recién caída. Por otro lado, la expedición del príncipe de Orange, después Guillermo III de Inglaterra, para arrebatar el cetro de manos de su suegro Jacobo II, fue llevada adelante con harta publicidad; pero era de tal poder, que, aun viéndola venir, no alcanzaban a malograrla los preparativos hechos para p. 491resistirle. Y aun lo mismo hubo de acontecer, andando el tiempo, y después del en que ocurrió lo que estos renglones refieren, a la fuerza que preparó el exemperador del Brasil para sentar en el trono de Portugal a su hija; empresa favorecida al cabo por la fortuna. Muy distantes estaban de contar con medios de algún valor los que en Londres se aprestaban a dar por tierra con el gobierno de Fernando VII. Un barco mercante de poco porte, acaso un centenar de hombres, y armamento para algunos más, pero no en cantidad considerable, constituían toda su fuerza. En otro punto de igual o superior importancia, que era el de recursos pecuniarios, tampoco iba la expedición muy sobrada; pero llevaba más que lo suficiente a su escaso poder en gente y armas, habiéndole facilitado una suma de algunos miles de pesos fuertes un buen inglés de la clase media, llamado Boyd, el cual, hallándose con una suma de dinero para Inglaterra no muy crecida, y según creo procedente de una herencia, ardiendo en celo arrebatado de la causa de la libertad, y particularmente de la de España, buscó empleo a su reducido capital en una empresa que a la postre podría darle provecho y desde luego le daría gloria y encumbramiento; desdichado cálculo en lo que de tal tenía, pues hubo de costar al infeliz la vida poco más de un año después, cayendo desapiadadamente sacrificado. La expedición llevaba también a la España rescatada un gobierno ya formado, nacido no ciertamente de la elección, ni aun de una hecha por la nación emigrada, que si poco habría valido, al cabo podía blasonar de ser producto de una votación de lo que quedaba siendo el pueblo de la España constitucional, sino, cuando no por sí mismo nombrado, hijo de los votos de pocos; pero esto era inconveniente inevitable de tal empresa. No se puede llamar del todo singular la composición del gobierno a que ahora aquí me refiero, sino en cuanto a la persona de uno de los tres que le formaban, don Manuel p. 492Flores Calderón, nunca en España de la asociación comunera, de severo juicio, y al parecer de pasiones poco violentas, pero en quien debía de haber un ardor encubierto que le movió a entrar y tener parte principal en un proyecto de hombres más celosos que prudentes, y a entrar en ella asociándose con personas a las cuales hasta entonces no había estado arrimado. No era menos extraño ver haciendo uno de los principales papeles en aquel drama a don José María Calatrava; pero en este la vehemencia de las pasiones lo explicaba todo. De la pluma del mismo Calatrava salió un manifiesto o alocución a la nación, que fue, para no perder tiempo, impreso en Inglaterra, como si no quisiesen los que iban a entrar en guerra con Fernando hacerla sin declararla, imitando actos de iniquidad de otros gobiernos, siendo la producción de que voy hablando una obra bien escrita, sin inoportunas galas en el estilo, y con elegancia y decoro, y, si no bien pensada, lo bastante para lo que eran nuestras doctrinas y deseos en aquel tiempo. Pero en la obra había un defecto que la hacía, si no ridícula, poco menos, y era la solemnidad y pompa con que tan flaco poder se presentaba como podría una potencia fuerte; propio proceder del autor, el cual, entre algunas buenas dotes, y otras no tan buenas calidades, tenía un orgullo excesivo. Así es que, en general, aun a aquellos no de la expedición a quienes agradó el papel, disonó haberse escrito y dado a luz para tan pobre empresa, como si fuese voz sonora y bien templada, así como fuerte, que sonaba amenazando, pero salida de cuerpo tan pequeño, que mal podría dar efecto a la amenaza. Sin embargo, a casi todos admiraba y a no pocos infundía desatinadas esperanzas ver que semejante escrito, reproducido en muchos ejemplares, circulando por Londres, y acompañado de actos que seguían sin interrupción, como era haber un barco fletado en que entraban municiones de guerra y estaba pronta a embarcarse gente p. 493armada y prevenida a guerrear, no diese margen a providencia alguna del gobierno inglés, cuando al lado de él había un ministro plenipotenciario del rey de España que no podía menos de hacer sobre tan grave negocio vivas reclamaciones, no siendo creíble que el duque de Wellington, tanto por sus inclinaciones conocidas, cuanto por su situación y deber, dejase de atender a ellas del modo más satisfactorio posible para el reclamante. Duró más de lo regular un estado motivo de admiración para algunos y para otros de dudas, así como para unos pocos de desvariadas figuraciones. Zarpó entretanto de su fondeadero el buque, que le tenía en el río Támesis, cerca del puente de Londres, y comenzó su navegación, que por fuerza en sus principios había de ser lenta hasta desembocar en el mar, y, según es allí uso, no se embarcaron los pasajeros, pensando hacerlo en Gravesend o algo más abajo. Pero entonces el Gobierno, que sin duda no quiso dar el golpe hasta darle seguro, sin dilatarle a punto de verse precisado a prender y sujetar al rigor de las leyes a los principales de la expedición, mandó detener el buque, como debía y podía, siendo ya fácil probar cuál era su destino. Terminó así la expedición, muy superior en importancia a todas cuantas tentativas de parecida naturaleza habían hecho los emigrados, pero superior únicamente por el valor de las personas que en ella entraron y por la solemnidad con que se preparó, si bien tan desigual al fin que se proponía cuanto lo habían sido en épocas poco anteriores aun las más descabelladas.

Materia a grandes disensiones habría dado la mala fortuna de la expedición, por lo mismo que nada había tenido de trágica, pues hubo de ocasionar burlas malignas de los que la desaprobaban; burlas que habrían causado resentimiento, si en parte no justo, en otra parte fundado; pero nos salvó de disgustos, de que tocaría algo aun a los al parecer más indiferentes, el gran suceso de la revolución p. 494de Francia en 1830 que inmediatamente sobrevino.

No es de extrañar que hasta a los más descorazonados llenase de alegrísimas esperanzas y renovados bríos ver derribada del trono la rama superior de la estirpe de los Borbones, y sustituida la bandera tricolor, emblema de la revolución, y emblema del cual no se suponía que se quedase en ser para nosotros y para casi todos los revolucionarios de fuera de Francia inútil, a la bandera blanca que nos había sido tan funesta, y que, mientras ondeaba triunfante, era un signo propio para recordar nuestra desventura y prometernos que sería esta duradera.

Si cuando faltaban de todo punto, aunque no para algunos pocos, esperanzas de volver al suelo patrio y de entrar a pisarlo no perdonados sino vencedores, pasando por consiguiente a ocupar en él los puestos eminentes, eran entre nosotros tales y tantas las discordias y ambiciones de mando, ¿qué no hubieron de ser cuando a la vista aun de los menos propensos a formarse halagüeñas ilusiones se presentaba una España constitucional renacida y abierta de nuevo a los desterrados, estándoles tan llano el camino, o, cuando menos, habiendo en él tropiezos tan escasos en número y tan fáciles de vencer?

Así es que no bien constó estar ya triunfante en Francia el partido apellidado liberal, cuando fue nuestra idea, con raras excepciones, trasladarnos al territorio donde prevalecían nuestras doctrinas y cuyo interés juzgábamos uno mismo que el de los constitucionales españoles. Fui yo uno de los primeros que de Inglaterra pasaron a Francia, encargado por los que nos juntábamos en casa de Valdés y Argüelles de ir a tantear el estado e intenciones de aquel recién nacido gobierno en lo tocante a España, encargo que admití suponiendo, por haber salido de aquella reducida, pero importante reunión, o digamos tertulia de la paz hija de la falta de esperanza en que vivía, que se obraba de acuerdo con Mina, sirviendo de conducto para p. 495entenderse con él Gil de la Cuadra, quien fue asimismo el que con más ahinco me aconsejó ponerme en camino, dando así a mi comisión, si tal nombre merecía, algún valor, y sobre todo a mis ojos, el bastante para que me encargase de ella sin temor de aparecer neciamente crédulo y vano. Séame lícito añadir que contaba yo asimismo con el tal cual renombre de que entonces aún gozaba, muy superior, sin duda, a mis merecimientos, pero debido a mi conducta política en el alzamiento de 1820, y en las Cortes de 1822 y 23, y a la circunstancia de figurar yo entre los primeros en más de una lista de proscritos condenados a muerte por más de una causa. Pero se presentaba una dificultad para hacer mi viaje con la prontitud que, al parecer, requerían las circunstancias, y cuya importancia abultaba mi deseo. La embajada francesa en Londres estaba compuesta casi toda de gente muy adicta al derribado gobierno de Carlos X, que había recibido con no corto dolor y enojo la noticia de la gran mudanza ocurrida en su patria, y, como es natural, no la creía definitiva según llegó a serlo, y teniendo además órdenes muy estrechas de no dar ni visar pasaportes para Francia a constitucionales españoles, cumplía con su obligación sin tomar en cuenta que, trocadas las cosas, era natural que fuese diferente y aun contraria su conducta, y discutiéndose de esto, y ateniéndose a órdenes no revocadas, con lo cual procedían aquellos empleados conforme a sus inclinaciones y deseos, sin poder por ello ser reprendidos ni aun desaprobados en justicia por la autoridad nueva de su patria. Parecía, pues, difícil llevar a efecto mi proyectado viaje, a lo menos hasta que corriese algún tiempo; pero me sacó del apuro y me facilitó la entrada en Francia, yendo en mi compañía una persona que solía aparecer y hacer gran papel en horas de desorden y revueltas, siendo como nacida para discurrir arbitrios raros y salir bien de empresas dificultosas, aunque era menos feliz su suerte y muy inferior su acierto p. 496en circunstancias ordinarias; persona parecida en lo moral a lo que son en lo físico seres que andan admirablemente por tierra asperísima y quebrada, y en la llana y fácil de pisar, o tropiezan o son torpes. La persona a quien me refiero en este instante era la de Mendizábal.

Este, por muchos títulos acreedor a ser llamado digno personaje, a pesar de sus defectos y yerros, había vivido hasta un grado muy notable oscurecido en la época corrida desde marzo de 1820 hasta junio de 1823, esto es, mientras estuvo vigente la Constitución, en cuyo restablecimiento había tenido tanta y tan principal parte. Figuraba como intendente honorario, y aún no sé si este destino o estos honores eran adquiridos antes de 1820 por servicios buenos, aunque nada conocidos, que había prestado sirviendo en el ramo de provisiones del ejército durante la guerra de la Independencia. Llevaba, sin quejarse, tal suerte que había sido común a hombres de méritos, si algo inferiores a los suyos, muy considerables, contraídos en la empresa que mudó, y durante tres años tuvo mudada, la suerte de España. Pero encerrado el gobierno constitucional en Cádiz en junio de 1823, se presentó Mendizábal ofreciéndose a la nada fácil tarea de mantener al ejército sitiado en la isla gaditana con los escasísimos recursos que podían ponerse a su alcance. No bien tomó tal encargo, cuando empezó al desempeño con actividad prodigiosa, atrayéndose por ello la atención y aun la admiración de muchos que hasta entonces poco o nada le conocían.[98]

[98] Entre estos citaré al general Álava, el cual me dijo en julio de 1823 que merecía Mendizábal una estatua de oro lágrima. Singular coincidencia es esta con la de la malhadada estatua de 1858.

Pero no podía Mendizábal crear dinero, y como lo necesitaba en cantidad, si no muy crecida, tampoco corta, el gobierno, reducido a la mayor estrechez, y las Cortes, a las cuales este apeló, recurrieron a un medio altamente p. 497vituperable, pero, por desgracia, usado por anteriores gobiernos de España, hasta de los constitucionales, siendo vicio nuestro muy común respetar poco todo derecho individual, sin que el de la propiedad esté exceptuado. Por aquellos días, o pocos meses antes, el cónsul general de España en París, don Justo Machado, encargado del fondo producto de las indemnizaciones que en virtud de tratados había pagado Francia a particulares españoles para reparación de perjuicios causados en España desde 1808 hasta 1814 por los ejércitos franceses, viendo próxima la invasión de nuestro territorio por la fuerza que a ello se aprestaba con el fin de acabar con el gobierno constitucional, y receloso de que el gobierno francés, no reconociendo ya por tal al español, se echase sobre aquel fondo, le puso en salvo, de lo cual dio aviso, mereciendo por esta su acción aprobación muy señalada. De esta suma, pues, determinó disponer el gobierno de Cádiz, por lo pronto, para sus necesidades grandísimas y urgentísimas, no haciendo alto en que no era suyo, y quedando satisfecho con prometer competente indemnización en mejor tiempo a aquellos a quienes despojaba de sus bienes. Diéronse, pues, a Mendizábal letras contra Machado, a la sazón residente en Londres, y en cuyo poder estaban, o debían suponerse que estuviesen, tales sumas. Pero Machado protestó las letras, alegando para su acción más de un pretexto, siendo uno de ellos, que el fondo de que se trataba no era del gobierno, lo cual era verdad, pero lo cual no tocaba a Machado resolver, pues por el gobierno estaba encargado de aquel dinero, y no por los interesados. Corrieron, en tanto, con tal rapidez los sucesos, y cayó tan pronto el gobierno constitucional, que no pudo este, dar paso alguno en tal negocio. Restablecido Fernando VII en su poder absoluto, su gobierno escribió a Machado aprobando y aun ensalzando su proceder, no solo como justo, sino como un señalado servicio hecho a su soberano. Pero Machado, con p. 498extraña modestia, apenas aceptó tal elogio, soltando la expresión de que había salvado caudales de particulares, esto es, dando a entender que no tenía los que estaban en su poder a disposición del nuevo gobierno de Madrid, como no los había puesto a la del caído encerrado en Cádiz. Siguiose de aquí una correspondencia bastante singular y aun chistosa, pero inútil en cuanto a sacar a Machado el dinero que de él se reclamaba. Entretanto, Mendizábal, tenedor de las letras protestadas, estaba en Inglaterra refugiado, mientras Machado residía, ya en la misma Londres, ya en París, evitando pasar a España, ni separado de la obediencia al gobierno del rey, ni lo contrario, y viviendo bien, como persona muy entendida en tal materia.

No tenía tan buena suerte Mendizábal, a quien, sobre las calamidades comunes a los desterrados, había caído encima otra nueva, pues, andando siempre en negocios, hubo de contraer una deuda que no pudo pagar, y cuyo importe era, creo, de unas 2000 libras esterlinas (sobre 190.000 reales), habiéndole su acreedor, a uso inglés, hecho encerrar en la cárcel destinada particularmente a los presos por deudas. Allí vivía, pues, disfrutando en su desgracia del alivio que dan las leyes inglesas a los que están en tal situación, pues habitaba fuera de las paredes de la cárcel, en sus inmediaciones, dentro de ciertos límites donde es lícita la residencia a los deudores presos, y además tenía el derecho de salir en ciertas no largas épocas del año, con la obligación de recogerse temprano a su habitación forzada, y de no entrar en ciertos lugares como aquellos donde se come y bebe por dinero, y otros de igual o parecida naturaleza. En medio de esto, Mendizábal, o aconsejado u obrando por su propio discurso como hombre de ingenio fecundo en formar raros planes, tuvo la idea de prender a Machado como su acreedor por no menor suma que la de 100.000 libras esterlinas (o dígase sobre 9.500.000 reales), cantidad casi igual al valor de las letras de cambio p. 499que contra él tenía. Inadmisible parecía su pretensión, porque las letras estaban giradas por el muerto gobierno constitucional de España, y al que le había sucedido tocaba demandar a Machado con más o menos fundamento, así como a Mendizábal repetir contra el gobierno su deudor. Pero las circunstancias eran raras, tanto que de otras iguales no había ejemplo: el gobierno de Madrid no se reconocía heredero del de Cádiz, como lo es todo gobierno de su antecesor, y Mendizábal, o había de quedarse sin lo suyo, o había de lograr cobrarlo allí donde estaba. Lo cierto es que encontró abogados que le persuadiesen, no solo de lo justo de su pretensión, sino de que era probable que saliese de ella triunfante. Las leyes inglesas, que dan excesivo valor al juramento, sujetan a aquel de quien se reclama bajo él una deuda a ser desde luego detenido y encarcelado, dejándole el recurso de pedir y lograr crecidas sumas, como daños y perjuicios del que le hizo prender, si resulta haber sido sin bastante fundamento. Mendizábal, pues, logró fácilmente el mandamiento de prisión por él solicitado, y aprovechando uno de los días en que él tenía la facultad de salir, acompañado de un su amigo, portador del documento terrible, se fue a esperar a Machado a la puerta del teatro de la Ópera italiana, donde sabía que había de ir el destinado a ser su víctima, como lugar de concurso casi forzoso a quienes como él vivían. Por rara casualidad tardó algo aquella noche en acudir al teatro Machado, y corría el tiempo, y estaba cercana y casi inmediata la hora en que Mendizábal debía estar recogido, pues de no hacerlo sería agravada su prisión, sobre tener que pagar una buena cantidad, perdiendo la fianza de que de su imperfecta o incompleta libertad no abusaría. Tuvo al fin término tan fundada congoja, con aparecer, aunque tarde, antes de la hora fatal, Machado, y un preso por deuda de 2000 libras hizo prender a otro por 100.000; caso que rara vez, si acaso alguna más, habrá ocurrido. p. 500No es del todo una digresión de mi objeto la narración que acabo aquí de hacer, pues la prisión de Machado y los procedimientos legales a que dio motivo pusieron a Mendizábal en el caso de hacer servicios a nuestra causa, que lo era suya. En primer lugar, tuvo licencia para pasar a Francia, cosa que era común negar a constitucionales menos comprometidos que él, consintiéndolo su acreedor primitivo, sin duda con seguridad, pero no tal que estuviese el deudor enteramente libre.

Llegó a noticia de Mendizábal, que entonces me veía poco (no por haber tibieza en nuestra amistad, sino por desviarnos diversos cuidados en la inmensa y afanada Londres), que necesitaba yo un pase para Francia, y al punto me ofreció llevarme como su criado, porque su pasaporte le concedía llevar uno. Emprendimos, pues, nuestro viaje en el 11 de agosto de 1830, día cabalmente en que se sentaba Luis Felipe en el trono que le había levantado la revolución, y de que otra revolución vino a derribarle.

Momento de inefable placer fue aquel para mí, que, al cabo de cerca de siete años de destierro, me ponía en camino, según creía, para mi patria, yendo a entrar en ella triunfante con el triunfo de la causa que había servido con celo. Por casualidad, el día antes me había sentido con algo de calentura, la cual, con todo, consultado un facultativo, por ser ligeramente nerviosa, no era obstáculo para viajar, y aunque estando a bordo sentí síntomas febriles, pronto noté que habían desaparecido. Era el día hermoso como de los buenos de agosto; soplaba favorable el viento, no recio, pero no calmoso; rizaban la superficie del mar en el por lo común alborotado estrecho de Calais algunas bien que no altas olas; daba el sol calor grato, y yo, puesto en la cubierta cerca de la proa del buque, le veía cortar el mar, y me hallaba a cada instante bañado por el rocío del agua marina, con lo cual sentía volverme del todo la salud, y nacer en mí más que común aliento, agregándose p. 501a lo cual, cuando nos acercamos a la costa francesa, ver en Calais tremolando a millares las banderas tricolores, signo de victoria a la sazón para la causa de la libertad común a muchos pueblos; con el influjo de lo moral en lo físico, me vi al instante en un estado de salud la más robusta. Tres horas duró la agradable travesía: saltamos en tierra a la tarde, nos pusimos en camino a prima noche en la silla correo, y poco después de amanecer el día 13 me encontré en la capital de Francia.

Si en breve fui seguido de españoles de los residentes en Londres, por lo pronto hallé en París varios compañeros de destierro, de los cuales algunos nunca habían venido a Inglaterra, y otros habían salido de allí algún tiempo antes. Era de los primeros una persona que por algunos días bulló mucho entre nosotros, y haciendo papel logró cierto influjo, aunque corto, habiendo sido después su suerte alcanzar alguna fortuna en España, si bien no empleos del Gobierno, distinguirse como escritor, figurar en el Congreso de Diputados, aunque no con lustre como orador, gozar de varia reputación, y al fin caer en la desdicha, si merecida por sus faltas, más dura que la que ha cabido en suerte a hombres con menores prendas y no inferiores culpas. Era este el tan nombrado don Andrés Borrego, a quien no siempre he mirado como amigo, y a veces hasta como a contrario, con quien había contraído en 1858, como alguna vez antes, relaciones, aunque no estrechas, de trato amistoso, y cuya triste fortuna, sin abonar su conducta, hoy lamento sin querer encubrirlo.

Había yo visto a Borrego algunas veces en Gibraltar en octubre de 1823, cuando recién salido yo de Cádiz empezaba la vida de desterrado. Había reparado poco en él, pero a mi llegada a París se me presentó como conocido y aun como amigo, y también como hombre dispuesto a trabajar en la causa que a Francia me había traído, y dueño ya de cierto grado de influjo entre los periodistas y aun p. 502en el ánimo del general Lafayette, todavía omnipotente o poco menos en aquella hora, propenso a dejarse cautivar por la lisonja, y en verdad (según supe de su misma boca), prendado de Borrego, al cual suponía de harto más valer entre nosotros que el que entonces tenía. De cuáles eran las pretensiones de Borrego, que las abrigaba grandes, hablaré posteriormente, cuando refiera la lucha que empezó al competir por acaudillar la empresa de lo que llamábamos dar libertad a España.

Encontré también en París a mi queridísimo amigo y compañero don Ángel Saavedra, todavía no, como es hoy, duque de Rivas. Con él renové los lazos de estrecha amistad que nos habían unido, nunca rotos y solo aflojados por habernos separado largas distancias y no corto plazo; pero Saavedra, si firme constitucional, no tenía ambición de figurar en primera línea, y así en mis proyectos conté con él solo como un compañero en la fortuna que habría de caber a nuestra causa.

También encontré a don José Manuel de Vadillo, otro amigo antiguo, y de los que habían compuesto el Ministerio a que dio nombre don Evaristo San Miguel; pero en él tampoco pude ver más que un liberal extremado, en quien lo atrevido y aun exagerado de los principios hacía mal maridaje con su natural flemático e indolente; hombre no falto de valor, pero sí muy opuesto a hacer esfuerzos; en suma, bastante revolucionario en las doctrinas y nada propio para serlo en las obras.

Otro sujeto acudió desde luego a verme, y a tratar conmigo con empeño y pertinacia de negocios políticos, no encubriendo su pretensión de ocupar en cualquiera empresa el puesto de uno de los principales, si ya no el principal caudillo, que era el general don Pedro Méndez de Vigo. Con él no había yo tenido amistad, y solo alguno, pero poco, trato en Londres. No obstante haber sido acusado de la muerte dada a ciertos presos en el mar cerca p. 503de la Coruña en 1823, hecho que fue, como debía serlo, muy vituperado, había logrado Méndez Vigo licencia para pasar de Inglaterra a Francia, cosa que a pocos de nosotros se concedía, y lo cual en nuestras preocupaciones era, si no una culpa, cosa a ella parecida, como si la emigración en Inglaterra hiciese del suelo británico una patria, y del territorio francés, mientras dominaba en él un gobierno causador de nuestra ruina, un lugar de mala nota. Extrañé, por lo mismo, ver a Méndez Vigo tan ansioso de lanzarse a restaurar la libertad y con ideas revolucionarias extremadas; pero sin serle adicto ni enemigo, como le encontré pretensiones tan subidas, esquivé ligarme con él, porque no buscaba yo gobierno para España ni generales para el mando de fuerzas destinadas a libertarla, todo lo cual me sobraba, siendo mi objeto solicitar ayuda del gobierno francés, y con ella medios para juntar y preparar del todo fuerzas, a las cuales no faltarían de cierto quienes, bien o mal, las dirigiesen y gobernasen.

Estaban también a la sazón en París dos personajes de tanta importancia como eran don Francisco Martínez de la Rosa y el conde de Toreno. Con el primero me había unido en mi primera juventud estrecha amistad; pero en las lides políticas desde 1820 a 1823, alistados en diferentes y opuestas banderas, nos habíamos llegado a mirar con algo parecido a odio, que por fortuna desapareció del todo con el tiempo, y que ya entonces no existía, pues entramos desde luego en trato cortés, si no amistoso. Pero Martínez de la Rosa, muy dura o injustamente tratado por el bando llamado exaltado en 1822, estaba desviado de la política; aunque vivía fuera de España, vivía como mero desterrado y no como proscrito; hasta había paseado por las calles de Madrid cuando los invasores y absolutistas españoles cantaban su triunfo sobre la Constitución, y huían o gemían ocultos o padecían todos los constitucionales; y por esto, y por el horror que había concebido a los desmanes populares, p. 504si no deseaba que continuase en su patria el gobierno que la regía, no se prestaba a actos de violencia que le derribasen. Así nadie contaba con él en agosto de 1830. No así el conde de Toreno, quien, si por razones de algún peso para él, no quiso aparecer figurando en aquellos momentos, cooperaba a los planes de los constitucionales más activos hasta con celo, empleando en ello su influjo en buena parte de la sociedad de París de la clase llamada de capitalistas; ardoroso como el que más, si bien no traspasando los límites del partido en cuyas filas militó, y olvidado todo resentimiento, no obstante haber tenido motivo de queja por enormes agravios a veces iguales a los de que había sido blanco Martínez de la Rosa, y otras veces de distinta clase, pero no menos atroces.

Desde luego empecé a dar pasos, poniéndome en comunicación con personajes franceses, de los de más nota y cuenta en aquellos momentos. El primero de ellos fue el general Lafayette, que me recibió con el agasajo en él natural, cautivándome desde luego, pero no en el grado que a otros, sus modales de caballero y aun de cortesano cumplido, cierta bondad no exenta de ambición, y una llaneza donde se descubría que, al querer igualarse con sus inferiores, era un señor muy principal que descendía, como sin esfuerzo, naturalmente y por afición, pero que descendía al cabo. A todo proyecto favorable a extender la revolución fuera de su patria se prestaba Lafayette gustoso, y hasta con celo; pero, aunque su poder era mucho, nunca llegaba a tanto que pudiese lanzar al gobierno o aun al pueblo francés a empresas aventuradas, cuyo objeto fuese puramente el provecho ajeno, aunque sea común en los franceses blasonar del desinterés con que sirven a los extraños. Aunque vi más de una vez a Lafayette, no llegó a ser intimidad nuestro trato, porque aun para los asuntos de España, divididos de allí a poco los españoles, acertaron a captarse la voluntad del general otros p. 505de mis compatricios que aquellos con quienes yo estaba en unión formando un partido aun antes de tener campo en que los partidos pudiesen dar de sí consecuencias. Debo, con todo, añadir que, aun cerca de cuatro años después, próximo ya a morir aquel ilustre anciano, pues ilustre era, no obstante sus graves yerros, y cercano yo también a volver a mi patria, cuyas puertas ya me daban paso franco, tuve la satisfacción de recibir muestras de su amistoso afecto, dadas en el mismo lecho de que a pocos días pasó a ser trasladado al sepulcro.

No fue para mí de tanto agrado, ni aun de alguno, la visita que por el mismo tiempo hice al afamado Benjamin Constant. Había sido yo admirador apasionado de sus escritos, y seguía siéndolo, y aun hoy lo soy en bastante grado, pues veo con placer que van recobrando sus doctrinas la por algún tiempo casi perdida fama, mientras de su carácter y conducta sabía, aunque algo, poco, recomendándole a mis ojos la enemistad que le profesaban mis enemigos, y no habiendo sabido, como haré por posteriores escritos dignos de crédito, que si en él todavía como escritor hay mucho que aprobar y alabar, en los hechos de su vida hay harto más motivo que para el elogio para el vituperio. Pero, aun con toda mi admiración de entonces, salí de mi corta conversación con el famoso publicista por demás descontento. Porque habiendo yo manifestado a aquel célebre personaje que tratábamos de dar cuanto antes a nuestra patria la libertad de que el anterior gobierno francés la había despojado, él, asomando ya entonces entre los suyos la idea política del partido que vino a triunfar en Francia sin que él hasta entonces le fuese contrario, me dijo: Ah! il ne faut pas, que puede traducirse no hay que hacer eso. Incomodado yo, con gesto y tono que hubieron de ser desabridos, à qui ne faut-il pas? le pregunté, haciendo de la pregunta réplica, a lo cual él, conociendo el mal efecto en mí producido por sus palabras, se explayó p. 506en vagas, pero frías protestas de su conocido amor a la libertad, recordando cuánto había condenado la guerra o expedición en que el gobierno francés restableció en España el poder absoluto. Pocas y cortadas frases siguieron a estas, y me despedí, siendo probable haberle yo disgustado tanto cuanto él a mí, si no más todavía. No volví a verle, ni hubo para qué, en lo que duró su vida, de allí a pocos meses terminada.

Pero no era yo solo quien bullía entre los constitucionales españoles. Obraba como un comisionado; pero sin saberse de quién ni saberlo bien yo mismo, mientras otros, cuyo número creció mucho en breve, bullían y obraban, o por su cuenta propia, o por la ajena. Desde luego me estorbaba y juntamente me ayudaba Mendizábal, porque, siendo de mi partido, pero de natural propenso a hacerlo todo por sí, estimaba en nada mis acciones, y pretendía dictarme las que él juzgaba convenientes. De una cosa estaba ufano, y con razón, y era de que, haciéndonos falta dinero, él había dado con un medio de encontrarle en cantidad suficiente para nuestras necesidades. Ahora, pues, para toda empresa es indispensable el dinero, y para una como la nuestra lo era en alto grado, y la dificultad de hacerse con él era grandísima, y Mendizábal la había vencido hasta cierto punto, lo cual habría envanecido a cualquiera, y dádole, sobre entono, superioridad sobre sus compañeros; pero a Mendizábal daba una vanidad como a quien más, porque en proporcionar recursos pecuniarios tenía él el punto de su gloria, mirando lo demás como de muy inferior importancia, y, si estimando el talento aplicado a otras materias como instrumento, juzgándole, aunque bueno, propio solo para servir de ayuda a planes de Hacienda. Yo cabalmente pecaba entonces, y gravemente, por el lado opuesto, no dando a las atenciones pecuniarias la importancia que merecen. Agregándose a esto ser Mendizábal dominante y yo nada sufrido, en sus conatos para dictarme p. 507lo que debía hacer, siendo él todavía persona cuyo nombre distaba de ponerse en parangón con el mío, hubo entre los dos disputas, a veces acaloradas, si no agrias, y una de ellas llegó a agriarse, aunque por corto tiempo, naciendo de ella para mí un revés que hubo de influir en mi suerte.

Se iban trasladando a Francia todos los emigrados de Inglaterra que se sentían o creían capaces, o de entrar en acción con las armas en la mano, o de dirigir los negocios políticos como conviene a una empresa tal cual era la del restablecimiento del Gobierno constitucional, lo que llevaba consigo una revolución, no pudiendo esperarse que fuese llevada a feliz remate sin resistencia. Entre estos no tardó en presentarse Istúriz, cuyas relaciones conmigo eran de amistad fraternal. Tardaba, en tanto, Mina, y quienes culpaban su flojedad cuando nada había que hacer, más la culpaban en horas en que obrar con vigor era en nosotros casi una obligación sagrada; pero sin razón entonces como antes, pues el precavido general, si, como acreditó de allí a poco, no se había olvidado de su antiguo valor, calculaba las dificultades que tenía que vencer y les daba el valor debido. Al cabo pasó a París, y de París se fue muy pronto a la frontera.

Entre este acudir de españoles a Francia, no apareció Torrijos ni sus compañeros en el Gobierno formado para la expedición acabada en flor, o aun podría decirse en capullo, como un mes antes, pero no porque el activo general y su no menos animoso colega Flores Calderón huyesen del peligro, pues fueron a buscar para teatro de sus hechos la parte meridional de España, trasladándose a Gibraltar, tanto porque allí encontrarían menos competidores por el mando, cuanto por ser conveniente acometer al Gobierno español por puntos uno de otro muy distantes, a fin de distraer su atención para la defensa.

Así puede decirse que había terminado la emigración en Inglaterra, si bien quedaban allí no pocos de los proscritos, p. 508pero como retirados de la política militante, y espectadores y no actores en las escenas que se preparaban, las cuales distaron mucho de corresponder a las esperanzas lisonjeras con mucho fundamento concebidas con motivo de la mudanza del gobierno francés, hasta el punto de haber reducido a la emigración en Francia, durante tres años, a una situación más pacífica, si cabe, que la en que había estado en Inglaterra.

Referir las particularidades o el pormenor de los sucesos que en septiembre y octubre de 1830 prepararon en París y otros puntos, y en la frontera produjeron la infeliz tentativa hecha para restablecer en nuestro suelo la Constitución u otra cosa semejante, dará argumento a otra parte de este enojoso trabajo; pero antes no será ocioso, volviendo atrás la vista, contar algunos sucesos anecdóticos de nuestra larga estancia en Inglaterra; sucesos que sería bien haber referido antes, pero que, corriendo sin buen gobierno la pluma, han sido omitidos, aunque en mi sentir no deben quedar olvidados, siquiera sea para puro entretenimiento de mis lectores, si acierto a entretenerlos, lo cual, no lo puedo negar, es uno de los fines a que aspiro.

IV.

Hubo entre los españoles emigrados en Inglaterra algunos caracteres raros, y en mi corto entender, no dignos de recordación, o dignos de ella a lo menos en cuanto la de las personas está enlazada con la de las cosas de aquel periodo, en el cual eran para nosotros motivo de conversación, ya para la extrañeza, ya para la risa, las singularidades a que ahora aquí me refiero. Por lo mismo, la omisión que de tales menudencias he hecho, según me parece, es de condenar, y merece reparo, porque con ella falta p. 509algo en la tosca, si bien fiel, pintura que he hecho de nuestra estancia en Inglaterra. Pero tengo que echarme en cara otra omisión de más bulto, y es la de no haberme detenido más en especificar los favores que al pueblo inglés debimos, los cuales fueron tales y tantos, que la ligera mención de ellos antes hecha en otros artículos no es paga suficiente de nuestra deuda de gratitud, cuando en mi sentir era ocasión de satisfacerla en lo posible la narración de lo ocurrido en los días en que se contrajo obligación tan crecida.

Invirtiendo el orden con que acabo de hablar de estas mis omisiones, empezaré a repararlas por la que he puesto en segundo lugar, por parecerme de superior importancia. Y aquí me veo obligado a acogerme de nuevo a la indulgencia de mis lectores, tantas veces solicitada; porque he de decir cosas relativas a tan pobre sujeto como soy y me conozco, y confieso ser, para ocupar la atención pública; pero de mis negocios, a la par que de otros de más valor escribo, y, tratándose de beneficios recibidos, mal podría callar los hechos a su persona quien los recibió muy señalados. Y hay una razón más que me mueve, o, hablando con propiedad, me impele, y como que me precisa a dar tal testimonio. Por ser lo que llaman las gentes anglómano paso, y no puedo negar que en algún grado lo soy, y desde los años primeros de mi edad adulta comencé a serlo, y en lo que eran vagas inclinaciones nacidas de circunstancias particulares me han confirmado después mis estudios. Además, las bondades de que no solo yo, sino muchos de mis compatricios y hermanos en fe política, hemos sido objetos han añadido un título más, y este poderoso, para que mostremos gratitud y admiración a un pueblo que, con colmarnos de beneficios, dio pruebas de una de sus muchas buenas cualidades; lo cual no obstante, ha querido mi suerte que divida mi patria en bandos, y habiendo yo mudado el de mí seguido por otro, al parecer, p. 510si no del todo, opuesto, haya en la última y buena parte de mi vida allegádome al que la Francia de 1834 a 1848 miraba como amigo y la Gran Bretaña como contrario, sujetándome a ser tachado de ingrato, aunque en verdad sin causa.

Ya dejo apuntado en las primeras páginas de estos artículos cuán bien recibidos fuimos por el pueblo del Imperio británico los constitucionales españoles. También he dicho con cuánta largueza contribuyeron a socorrer nuestras necesidades personas de todas las opiniones, aun aquellas que con más desaprobación, y hasta con ceño, miraban las doctrinas por sustentar las cuales estábamos padeciendo. Pero no estará de más entrar en el pormenor de algunos de los beneficios a que debimos vivir, si no con regalo, con comodidades propias de un estado que, si era pobreza en sentido relativo, no lo era en absoluto.

El gobierno inglés, a los pocos meses de haber la como inundación de refugiados españoles invadido la tierra británica, trató de sustituirse a los actos de caridad, aunque colectiva y pública, en su carácter de meros particulares, asegurando de un modo permanente la suerte de las desdichadas víctimas de la revolución vencida en España. De notar es que el Ministerio inglés de aquel tiempo era tory, y que a pesar de todo cuanto han dicho los franceses, y creído los no franceses, había visto con poco disgusto, y aun algunos de quienes le componían con satisfacción, el triunfo del duque de Angulema, porque, no obstante serlo del poder francés, lo era asimismo de la bandera blanca, tan grata a los antirrevolucionarios de todos los pueblos, y esto no obstó a que los socorros dados a los españoles tuviesen cierta solemnidad, como acto patente en que la compasión iba hermanada con algo de respeto y cariño. Tomó a su cargo el duque de Wellington la dirección superior de tal negocio, y bajo de él entendió en ello más particularmente su amigo, y antes su secretario de campaña, p. 511el lord Fitzroy Somerset, que en días muy posteriores, con el título de lord Raglan, ha hallado en Crimea un campo de victoria y una tumba, dilatando por el mundo su nombre. Por los españoles fue escogido para entenderse con los ingleses, en los casos frecuentes en que estos necesitaban auxilio para el justo reparto de las sumas con que socorrían a los objetos de su beneficencia, el exdiputado a Cortes don Domingo Ruiz de la Vega, hoy uno de los pocos que sobrevivimos de aquella época; ruinas tristes del viejo edificio resuelto ya en polvo y casi olvidado. Poco menos que a todos los refugiados comprendió la beneficencia del Gobierno, y los que de ella no participaron fue porque, o tenían medios de subsistir, y no les consentía su delicadeza recibir auxilios no necesarios, o se hallaban en circunstancias particulares en que mal podían tomar lo que venía por mano de aquel Gobierno. Debe añadirse que quien una vez fue incluido en la lista siguió siendo socorrido con tal que no saliese de las Islas británicas o sus dependencias inmediatas las de Jersey y Guernesey, extendiéndose el beneficio a tal punto que ha habido y quizás hay algunos, triunfante ya nuestra causa en el suelo patrio desde ha veintinueve años muy cumplidos, que todavía viven de lo que cobran de una suma destinada a ser socorro para el forzoso destierro.

Pero aunque el Gobierno acogió a todos, hubo de cerrar su lista, si bien después más de una vez la abrió de nuevo para incluir a refugiados que llegaban. Sin embargo, por lo pronto, estos nuevos desterrados, que iban creciendo en número, no podían ser abandonados por un pueblo en general caritativo, y en particular, por entonces, amante de los españoles. Así es que revivió al momento la junta llamada Commité, que antes de dar socorros el Gobierno los daba, hallándolos en numerosas suscripciones. Pasado algún tiempo, el exdiputado don Joaquín Lorenzo Villanueva y yo hicimos al lado de esta junta de socorros el oficio p. 512que con el Gobierno hacía Ruiz de la Vega. Además, me alcanzaron los auxilios de esta junta en graves necesidades que hube de padecer con mi reducida familia, compuesta de un hijo de catorce años (en 1825) cuando llegó conmigo, y de una anciana de cerca de setenta, tía carnal materna mía, y para mí y mi hijo Dionisio segunda madre, y la cual no dejaba de ser uno de los objetos curiosos de la emigración, trasladada a tanta edad a clima y pueblo para ella tan extraños.

En los que así iban acudiendo había personas dignas; de ellas muchas expuestas a ser perseguidas en su patria por motivos que no los deshonraban, pero tampoco faltaban quienes viniesen buscando un modo de vivir que les faltaba en España, o quienes hubiesen merecido castigos por culpas en que la política tenía o poca o ninguna parte. Aun entre estos, pocos hacían cosa que pudiese desacreditarlos y, desconceptuándolos, comunicar algo de su desconcepto a sus compañeros. Eran sí, por lo común, descontentadizos y maldicientes, siendo blanco de sus censuras los principales de la emigración. Aun a los ingleses de la junta que los socorrían acusaban malamente, y sobre todo al secretario de la misma, míster Freshfield, buen hombre, de poca cuenta, que, sin duda a la par que por loables motivos, trabajaba para que sonase su nombre hasta allí oscuro, pretensión harto disimulable, pero al cual comenzaron a calumniar, suponiéndole que se enriquecía con los fondos de las suscripciones, y los escatimaba a los desterrados; acusación que, sobre ser calumniosa, era desvariada pero general, a punto de llevarse a mal que se defendiese al acusado. También Villanueva y yo llevábamos nuestra parte de malquerencia porque no se concediese todo cuanto solicitaban a todos los que pedían. Pero estas eran pequeñeces recibidas comúnmente con risa por ser ridículas, y si alguna vez con un tanto de indignación, con una que duraba poco.

p. 513

Hacia fines de 1828, cuando el Gobierno más de una vez había dado entrada en la lista de los socorridos a número no corto de personas, y cuando las suscripciones no habían parado del todo, si bien eran menos, fue hecha una nueva apelación a la caridad pública en nuestro favor, con solemnidad bastante a darle fuerza. Hubo una reunión de las llamadas meetings, en la ciudad vieja (City); la presidió el lord corregidor, hablaron en ella personas notables y se distinguió por un discurso el elocuente abogado Mr. Denman, a la sazón afamado diputado en la Cámara de los Comunes, que, después con la dignidad de lord, añadida, no a nombre de tierras, sino a su apellido, llegó a ser primer juez en Inglaterra (lord chief justice), y murió desempeñando tan alto cargo. Correspondió bien el público al llamamiento, no cansándose la generosidad con hacerse de ella tanto uso, y una suscripción nueva y bastante cuantiosa alivió miserias que constantemente se iban renovando.

Pero no era solo en actos que al cabo tienen la índole de limosnas en lo que mostraban los ingleses el afecto que nos profesaban. Se extendían las pruebas de su cariñoso empeño en mirar por nosotros hasta el punto de dar cierta protección a criminales, contribuyendo a que no fuese probada su culpa puestos en juicio, y a que saliesen por consiguiente absueltos. De esto hubo dos ejemplos notables. Fue el primero el de un joven cuyo padre, oficial que había sido en nuestro ejército, era emigrado, y que había logrado colocación en una casa de comercio inglesa y, con igual irreflexión que maldad, falsificado la firma de sus principales. Llevaba en aquel tiempo tal delito en Inglaterra por pena la capital, y según costumbre, hija de preocupaciones de aquel pueblo mercantil, mientras el derecho del Rey de perdonar o conmutar las penas era ejercido con frecuencia para mitigar el rigor de unas leyes penales entonces todavía con exceso duras, rarísima vez, si p. 514acaso alguna, había sido dejada de ejecutarse una sentencia de muerte en un falsario. Pero en el caso de que voy ahora hablando, no hubo perdón que solicitar, porque el acusado salió absuelto, no obstante ser clara su culpa, pues la acusación fue seguida de tal modo, que evidentemente tiraba a hacer pocas o nulas las pruebas del delito: los testigos, así los contrarios al reo como los llamados en su defensa, se pusieron en lo posible como de acuerdo, el juez fue blando en el resumen, y el jurado sin vacilación dio su fallo, como allí tiene que serlo por unanimidad, favorable. Triste es añadir que costó la vida al padre la culpa del hijo, no obstante haber este quedado impune.[99]

[99] El infeliz padre se suicidó.

Fue el otro caso el de un zapatero riojano, habilísimo en su oficio, tanto que encontraba trabajo en abundancia y bien remunerado, pero haragán incorregible, así como vicioso. Este tal se dejó crecer la barba, cosa a la sazón rara, y más en Inglaterra, y haraposo y necesitado por gastar más del corto socorro que recibía, después de vagar y dormir al raso alguna noche, entró en una tienda de licores de las a que concurre la plebe, donde su singular aspecto, su color cetrino y las miradas de sus ojos negros y lucientes infundieron terror a algunos que le miraban como a un bandido de teatro, y risa a otros menos asustadizos, de lo último de lo cual enojado nuestro compatriota, apeló al recurso común de la gente no buena de su clase y hábitos en nuestra tierra, y sacando una navaja, hirió a uno de los burlones y puso en fuga despavoridos a los circunstantes. También tenía entonces pena de la vida su delito, aun cuando las heridas hechas no causasen la muerte. Fue, pues, preso el criminal, y llevado a juicio, y no habiendo otro modo de salvarle la vida que el de declararle loco, hubo de probarse que lo estaba, siendo la sentencia la de encierro en una de las casas destinadas a los p. 515dementes, a lo cual debe añadirse que en breve de la casa de su prisión se le proporcionó la fuga y la pronta salida del territorio británico.

Otras faltas menores hubieron de ser disimuladas, pues si bien en general fue digna de alabanza la conducta de los emigrados españoles, imposible era que entre tantos hombres no hubiese quienes pecasen, ya leve, ya gravemente, sobre todo, si consideramos que entre ellos, si no abundaban, no faltaban gentes no de las más respetables cuando vivían en su patrio suelo.

Especificar las muestras de consideración que en el trato privado solían recibir nuestros compañeros, sería tarea enojosa y difícil de desempeñar, pues muchas no fueron conocidas. Reinaban sobre este punto generosas ilusiones. Una vez, preguntado yo sobre las calidades y circunstancias de un compañero de destierro que no me merecía muy alto concepto, hube de responder que no le conocía, a lo cual el preguntante me añadió que sin duda era un caballero, pues tal le declaraba su traza, porte y modales, cuando el objeto de semejante elogio, si no era un mal sujeto, pecaba por tosco y sin crianza, como hombre que no había recibido buena educación, ni tenido trato con gente fina. Debe añadirse que unos pocos, y la justicia, aunque sea en nuestra honra, dicta decir poquísimos, que para darse valor apelaron a imposturas, titulándose lo que no eran y tomando distinciones muy altas, lograron casi todos salir con su intento a medida de su deseo; pero tales personas se iban a residir fuera de Londres o de Jersey, y lejos de la observación de sus compañeros de destierro.

A los más conocidos de nuestro gremio fue común hacer señaladas distinciones; pero todos ellos esquivaban recibirlas, aunque las agradeciesen. Hubo de aceptar algunas muestras de superior consideración, pero poquísimas, entre las muchas con que a porfía se le brindaba, p. 516Argüelles, si no contento, y esto dejaba de estarlo por lo tocante a la suerte de su patria y causa, resignado en su modesto retiro, viviendo de aquello que sus amigos y parientes le socorrían, bastante a cubrir sus escasísimas necesidades de hombre parco, sobrio, ajeno de lujo y regalo y de todo lo que se llama vicio, aun de la clase apenas digna de tal nombre. Como él vivía el venerable Valdés, como él Istúriz, como él Bauzá, y otros cuya enumeración sería enojosa. En cuanto a mi pobre persona, como tenía perdido ya, o próximo a perderse, el por algún tiempo no corto haber heredado de mi padre, había recurrido al arbitrio de dar lecciones de lengua española a los ingleses, por lo cual hube de rozarme con muchos de ellos, y entre estos con bastantes de las clases superiores de la sociedad, así como con muchos de la media, siendo mi fortuna, no por mi escaso merecer, sino en atención a mi desgracia, ser tratado, no como un maestro que enseña por dinero (gente a quien trataba entonces, si no con desdén, con poco menos la gente inglesa de clase), sino como un amigo a quien se convidaba a la mesa y a tertulias concurridas. Sir Jorge Grey, ahora ministro en su patria, y sobrino del afamado conde de Grey, primer ministro desde 1830 a 34; sir Dionisio Lemarchant; Mr. Eduardo Ellice, que hoy acaba de fallecer, y era entonces cuñado del mismo conde Grey; el Alderman Woor, miembro del Parlamento, y que hizo gran papel algún tiempo en Inglaterra, me favorecieron con tratarme más según mi clase en España, que según la a que me veía reducido en Inglaterra. Pero entre todas las personas a quienes me complazco en tributar este homenaje de tierna gratitud que no llegará a su noticia, hay una familia que me hizo enteramente suyo, y en la cual encontré consideración superior a la merecida, y con ella vivo y casi fraternal afecto, sin olvidar hasta favores en intereses que, por ser dados con delicadeza, pude recibir sin menoscabo de mi decoro. Era esta familia p. 517la de un comerciante retirado inglés llamado Mr. Griffin, cuyas hijas, pues hijos no tenía, por su crianza, talento e instrucción se distinguían aun en Inglaterra, y una de las cuales casada durante nuestra amistad con el afamado navegante inglés sir Juan Franklin, con el nombre de lady Franklin se ha hecho notable en sus esfuerzos por averiguar la por mucho tiempo ignorada suerte de su marido, muerto en una expedición en las regiones polares, mientras otra, casada con sir Juan Simpkinson, me proporcionó la estrecha amistad con su marido, abogado en chancillería, hombre de vasta instrucción, entendidísimo en los clásicos griegos y latinos, y también en la literatura francesa e italiana, de ingenio agudo, de humor sarcástico, y por mil títulos de agradabilísima compañía. Así su mujer, como las dos hermanas, solteras cuando las conocí, y ya no en la primera juventud, pero pasadas al estado de matrimonio después, instruidas por la lectura y por multiplicados viajes, de modales como los de la parte superior de la clase media, o dígase de la de caballeros en su patria, cultos al par de los de la sociedad más alta, me dieron a conocer juntamente con el trato de otras personas, pero en grado muy superior, lo íntimo de la sociedad inglesa, a ninguna inferior en lo agradable, y la posibilidad de una amistad estrechísima entre personas de diferente sexo, y no enlazadas por parentesco o deudo, sin el más leve matiz de lo que en otros pueblos hace tales amistades sospechosas a veces, y hasta en no corto grado merecedoras de sospecha. Otra vez y mil pido perdón a quienes lean estos renglones por hacer mención de cosas que me son tan personales; pero sobre serme necesario dar aquí salida a afectos vivos y tiernos de gratitud, bien puede servir mi caso de ejemplo de lo que debieron los españoles constitucionales a los ingleses. Los enemigos del pueblo británico, frío en la apariencia, pero caluroso en sus p. 518actos, y si con trazas y actos que a nuestros ojos son de grosería, llevando en su trato la cortesía y respetos sociales a un grado no común de refinamiento, bien harían en enterarse de la historia de la emigración española, y aprenderían de los pocos que de ella quedan, que bienhechores y amigos como lo fueron para nosotros los del gran pueblo que nos dio acogimiento por largo plazo, mal pueden hallarse en otra tierra alguna.

Entre los objetos de tan vivo y por largos días constante afecto, había algunos, bien que pocos, no muy dignos de él, pero casi ningún ingrato. El estado de ociosidad en que los emigrados vivían no era favorable a su buena moral, y, sin embargo, apenas produjo efectos perniciosos, salvo en chismes entre ellos de los que abundan en las poblaciones reducidas. Pero como en toda reunión de hombres los hay de condición singular que se dan a notar por algo entre sus compañeros, no faltaban entre nosotros, y porque servían de causarnos o diversión o extrañeza, esta última mezclada en alguna ocasión con aprecio, no estará de más en este trabajo dedicar unos renglones a hacer de ellos memoria.

Alguna se conserva del extorero José González, conocido por el mote de Muselina, a quien dio más fama que su corta habilidad en su oficio de banderillero, que le granjeó más silbidos que aplausos en las plazas de toros, el papel que representó en la emigración, y aun la circunstancia de estar en ella por razones políticas muy ajenas de su antiguo modo de vida y de su crianza. Pero el pobre hombre había sido de los que capitanearon la plebe de Málaga, cuando allí fue proclamada con alboroto la Constitución en marzo de 1820, por lo cual temió, no sin razón, ser castigado por el gobierno absoluto, el cual así solía cebarse en los pequeños como en los grandes. El haber sido colocado en la lista de los socorridos, dividida primero p. 519en seis y después en cinco clases,[100] en la cuarta de estas, que comprendía a los escritores y otros y tenía por encabezamiento literatos, se dio motivo a un lance chistoso que, contado después, ha sido causa de la idea errada de que la comisión inglesa, no contando con la clase en que era justo colocar a un torero, había juzgado su profesión, si no literaria,[101] cosa a ello parecida en las costumbres p. 520españolas.

[100] Seis fueron en el principio las clases en que fueron distribuidos los refugiados, y las cuotas las siguientes:

1.ª clase 5 libras esterlinas, sobre 475 rs.  
2.ª 4 380  
3.ª 322 17 ms.
4.ª 3 285  
5.ª 234 17 ms.
6.ª 2 190  

En breve fue suprimida la sexta clase, porque se consideró que 190 reales al mes era poco aun para pobres, y los que la componían pasaron a la quinta.

Para cada mujer propia o parienta más cercana y dependiente del socorrido, recibía este dos libras esterlinas o 190 reales, y por cada hijo una libra o 95 reales, pero con tal que el total del socorro no pasase de once libras al mes (1645 reales), que fue el máximum. Por los hijos nacidos en Inglaterra de matrimonios refugiados nada se daba, porque eran ingleses, y como tales tenían derecho a ser socorridos por la ley de pobres.

Estos eran los auxilios que daba el Gobierno. Los de los comités variaban.

[101] El lance que dio a notar la rareza de hablarse de estar Muselina entre los literatos fue el siguiente: Era amigo íntimo del famoso señor Manuel García, padre de la muy afamada Malibrán, y por empeños de este, que a la sazón tenía cierto influjo en Londres como hábil maestro de música, fue colocado entre los socorridos, como debía serlo, no atendiendo a su categoría, difícil de señalar, sino a la cantidad que se deseaba que recibiese, la cual era de tres libras esterlinas, o sea sobre 285 reales mensuales. En un día de cobranza fue Muselina con los demás que recibían auxilios al lugar donde estos se distribuían. Como al margen de la lista debía cada cual poner recibí y añadir su firma, él, que no sabía escribir ni aun leer, dijo a uno que estaba cerca: «¿Quiee osté poné ahí mi nombre o una cruj?». «¿En qué clase está usted?», le preguntó aquel a quien pidió el favor, pronto a complacerle. «Yo no zé en qué claze (dijo Muselina); pero entre loz que cobran tres libraj estoy yo». Fue el otro a mirar, y viendo que los de la cuota indicada formaban la clase cuarta, y que el título de esta empezaba con literatos: «Bueno está», dijo riéndose, «¿conque está usted como literato y no sabe escribir?». Corrió de boca en boca el suceso, y se comentó, aumentó y desfiguró un poco.

Muselina era entrometido, chistoso como el más salado andaluz, aunque grosero, bastante avisado para no dar muestras de su grosería entre gentes decentes, activo y servicial. A él solían deber muchos españoles concurrir en alguna ocasión al aristocrático teatro de la Ópera italiana, porque estando en trato de estrecha amistad con varios de la compañía, estos le daban billetes de favor, que él vendía a reducido precio. Muselina (como era de presumir) no volvió a España, aun después del triunfo de nuestra causa, porque siguió allí socorrido, cuando en su patria nada tenía con qué contar, y en tierra ajena, para él amiga, murió, y descansan sus despojos.

De muy diferente carácter, pero de humilde, aunque de harto más decorosa profesión que la suya, era un zapatero de Granada llamado N. Crespo, y conocido por el mote de Patillas, con el cual se apellidaba él a sí propio y quería que los demás le apellidasen.

Era habilísimo en su oficio, hasta para calzar señoras; pero, aunque bien avenido con los ingleses, miraba con aversión sus modas en el calzado, y se atenía a las de España, si bien a las del tiempo en que él tenía fama y parroquianos numerosos. Su manía era no tener muebles ni alfombrado el suelo, como suele estarlo en Inglaterra hasta el de las casas pobres, y lo estaba el de las en que vivían los emigrados, pero con el socorro del Gobierno, y lo poco que le daba su trabajo, tenía mesa abierta, y como es de suponer, concurrida, gastando así gran parte de su escaso haber en dar sustento a compañeros de desdicha que no lo necesitaban absolutamente. Este infeliz, que así como otros con razón suponía que en su patria no podía prometerse p. 521otra suerte que la de caer en completa miseria, se quedó asimismo en Londres recibiendo socorros del Gobierno hasta 1847; pero entonces, como hubiese caído enfermo del pecho un hijo que tenía consigo, al cual amaba tiernamente, y como por consejo de los médicos para tal dolencia fuese conveniente un clima menos frío y los aires patrios, hubo de venirse a Madrid, donde su desdicha excedió con mucho a lo que podían ser sus temores. Siendo honradísimo y pundonoroso, tuvo con todo que recurrir a la caridad, por impedirle trabajar su vejez y achaques, y el número grande de los de su oficio en una capital populosa. Aquí, lamentándose de que en suelo extraño vivía, aunque modesta, algo holgadamente, cuando en el propio se veía mendigo, llegó hasta a serlo en las calles, donde haraposo, sucio, con la barba larga y cana, presentaba una imagen lastimosa, sobre todo, a la vista de quienes le habíamos conocido en Inglaterra, hasta que, rendido por las enfermedades y los años, fue a parar a un hospital, donde tuvo triste fin su vida.

No tocó tan mal destino al un día afamado Cojo de Málaga, que también quería ser llamado así, y no por su nombre de Pablo López. Este, que por la indigna injustísima sentencia que en 1814 produjo su condena a muerte, por fortuna no llevada a ejecución, más que por ser conocido como grande alborotador en las tribunas de las Cortes, había adquirido cierta fama, desde 1820 hasta 1823 había vivido sin hacer el papel que él creía que le tocaba, pero resignado, si bien escamado del peligro que había corrido, se mostraba más cauto que locamente celoso, y viendo a los constitucionales desunidos y en guerra, no acertaba a ponerse, ni de parte de los exaltados, a lo cual parecía que debían inclinarle sus hábitos, pero a lo cual se oponía su antiguo culto a Argüelles, ni de la de los moderados por no chocar con los liberales más ardorosos, y entre estos con los del ejército un día llamado libertador, p. 522por quienes en enero de 1820 había sido sacado del presidio de la Carraca y venido a pasar dos meses con nosotros en el cercado ejército de Quiroga. Era el Cojo cortísimo de luces y sobrado en presunción, pero no mal hombre, y daba mucho que reír con sus necedades, si bien estas eran ponderadas, achacándosele muchas que no decía, pero no mal discurridas y muy del género de las que con frecuencia salían de sus labios. No sé si murió en Jersey en los últimos días de la emigración, o si logró pisar de nuevo la tierra de España en 1834; pero corriendo este año, estaba ya terminada su vida y olvidado su nombre.

Por otras rarezas, y de mucha peor especie, era notado el anciano Romero Alpuente, siempre singular en nuestra España. Con todo, varios de entre los que habían sido comuneros seguían honrándole mucho, y también a una amiga que tenía consigo, hembra de no buena ralea, de la cual hubo algo fundadas sospechas de que se entendía con el Gobierno de Fernando VII, si bien pudo esto no pasar de sospecha causada por el mal concepto de aquella en quien recaía. Romero Alpuente, de quien es el famoso dicho la guerra civil es un don del cielo, achacado a algún otro en días muy posteriores, pero no cuando fue pronunciado, sin que el mismo de quien salió negase ser suyo, logró volver a su patria, donde murió en julio o agosto de 1834, nombrado, creo, procurador a Cortes; pero ya puesto en causa por acusación de querer traer su figurado don del cielo a nuestra patria, la cual le habría tenido doblado, pues ya disfrutaba de él con el levantamiento carlista, a la sazón un tanto pujante.

De diferentísima especie era otro sujeto digno del más alto aprecio, y de lástima mucho más que de censura, por sus no comunes rarezas, que le redujeron a triste vida y le trajeron a miserable muerte. Hablo aquí ahora de un sujeto de mí muy querido, y a quien nadie podía querer p. 523mal conociendo las dotes de su buen entendimiento, aunque pervertido por un tanto de locura, su vasta instrucción, su escrupulosa honradez, aun su modestia con visos de afectada, pero real y verdadera, en medio de cosas que al parecer la contradecían, del malhadado don Esteban Desprat, diputado que había sido en las Cortes de 1820 y 21, y poco señalado en ellas porque carecía del don de la palabra, y hermanaba, con desvariada osadía en sus doctrinas, singular encogimiento en sus modos. Fue el acto de huir de España hasta cierto grado voluntario en Desprat, pues si bien quedándose habría sido perseguido, no tenía que temer extremos en el rigor de la persecución, pues había figurado poco, y no era de las segundas Cortes, blanco principal, por sus actos, de la saña del Gobierno del rey vuelto a su trono. Pero Desprat, no por mero temor, como después acreditó no volviendo a su patria cuando en ella no corría el menor peligro y sí podía volver hasta a ser diputado a Cortes, sino por un arrebatado celo de la causa liberal, huyó a Inglaterra. Allí se condenó a una vida de duras privaciones, dándose juntamente al estudio. Llegó a tener en varios ramos conocimientos extensos y algo profundos; pero en vez de hacer alarde de su saber, lo encubría, siendo costumbre suya hacer sobre una u otra materias preguntas como de ignorante, deseoso de saber de ella un poco; cuando no del todo satisfecha su curiosidad con la respuesta a sus primeras preguntas, solía en la conversación ir manifestándose más entendido a veces que la persona por él preguntada. Poco a poco sus ideas fueron siendo las de un radical de los más extremados, y paró, andando el tiempo, en socialista. En medio de esto, dio en frecuentar gente de sus ideas; y como entonces estas en Inglaterra contaban pocos prosélitos, y estos no respetables, se habituó a asociarse con personas, o de corto valer, o, cuando menos en la esfera social, de puesto muy humilde. Comenzó también a tasarse la comida y bebida, p. 524siendo lo común hacer la primera de pan y queso que llevaba en la faltriquera, y la segunda de agua, que bebía sacándola de las bombas que hay en Londres en las calles, donde asimismo solía lavarse. Renunció a cama mullida, y como tenía bastantes libros, dormía sobre un cajón lleno de ellos. Pero por algún tiempo pagó dos casas, pequeñas ambas, mezquinas y sin muebles, situadas en distintos y uno de otro apartados barrios, para poder ir con más comodidad a diversos y entre sí no cercanos lugares a que le llamaban sus ocupaciones estudiosas. Andando el tiempo, llegó el en que volvimos a nuestra patria los desterrados; pero Desprat no pensó en acompañarnos, y no porque, como otros, prefiriese vivir del socorro que daban los ingleses, pues tenía un pasar más que mediano en España, sino porque el Gobierno aquí establecido distaba infinito de ser conforme a sus ideas, ya ultrarrepublicanas, si tal expresión puede con propiedad usarse. Aun la revolución de 1836 que trajo consigo el restablecimiento de la Constitución de 1812 por la fuerza popular, y aun lo llamado en jerga novel pronunciamiento de 1840, no llegaron a satisfacerle ni con mucho. En tanto, una hermana suya, sabedora de sus necesidades, sobre rogarle por sí y por conducto de varios amigos que volviese con su familia, le remitió sumas no cortas para que viviese con comodidad en Inglaterra si se obstinaba en permanecer allí; pero él no quiso tomar ni aun la más leve parte de aquel dinero, alegando que había causado a la que se le remitía graves perjuicios, sujetándola a persecuciones en los días del restaurado absolutismo, contra lo cual la digna señora protestó, asegurando que los daños por ella recibidos estaban más que subsanados. Quería vivir de su trabajo, y para ello se afanaba, pero le ponía tasa, y una muy baja, y si le daban algo más que la tasación no lo admitía. Tan mala vida hubo de hacer mella en su salud; pero no por esto se prestaba él a linaje alguno de regalo, parecido más p. 525a santo penitente que a otra cosa, y siendo ejemplo de ascetismo revolucionario. Su estatura pequeña, lo raro de su vestido, que, según creo, él mismo cortaba y cosía, y un tono humilde, no afectado, sino producto natural de su rareza, chocaban desde luego en su persona al verle y oírle. Hube de tratarle mucho en una estancia de seis meses que hice en Londres en 1843, proscrito yo entonces de nuevo, pero por causa diferentísima de la que él sustentaba, y le encontré muy amigo, a pesar de lo opuesto de nuestras opiniones, porque me profesaba muy buen afecto. Pero le encontré enfermo y llegado a los mayores extremos en sus manías; acostumbrado a andar a pie larguísimas distancias con su ración de pan y queso en el bolsillo, resistiéndose a tomar otro alimento, aunque alguna vez accediendo al cabo, y, ¡cosa singular!, diciendo que él, por lo común, trataba con pillos, porque en ellos encontraba gentes de sus opiniones, siendo, en la suya, gran lástima que los hombres en otras cosas honrados y decentes, en política abrigasen y sustentasen doctrinas falsas y perniciosas. Al cabo hubo de terminar su vida, en periodo poco distante del día de hoy, en un destierro y en su absoluta pobreza, constante en no apelar al uso del dinero suyo propio para hacer más suave el tránsito de la vida a la muerte, a que llegó por dolencias molestísimas y prolongadas.

No me ocurren por ahora a la memoria otros ejemplos de hombres singulares en nuestra emigración, aunque hubo algunos más; pero bien ha sido cerrar su catálogo con la mención de uno en alto grado estimable.

De los escritos publicados durante la emigración, pocos son dignos de ser recordados. Don José Joaquín de Mora publicó algunas obrillas cortas en prosa y verso, pero pronto salió de Inglaterra para la América antes española.

Dos periódicos, no diarios ni aun semanales, sino publicados p. 526a largos plazos, existieron, siendo la vida del uno breve, y la del otro casi igual en lo larga a nuestro destierro.

El citado en primer lugar tenía por redactor principal a un hombre de cortos alcances y escaso saber, que en Cádiz o en la isla de León en 1811 había publicado uno con el título del Robespierre español, y que en Inglaterra hacia 1816 y 17 había publicado otro que por su destemplanza había precisado a sus compañeros de destierro a negarle de un modo solemne que fuese expresión de sus doctrinas o pensamientos. A él se agregó y en él escribió no poco un don N. Acevedo, asturiano, que en Madrid en 1821 y 22 había escrito en El Espectador titulándose el Momo, nombre que inspiraba pretensiones a ser chistoso, por cierto nada fundadas, porque si bien bastante instruido, era de erudición indigesta y muy escaso juicio, escritor pesado, acre, grosero en sus denuestos, y que hasta en 1824 tomó el nombre de Mysse Basileos (si no me engaño) sin reparar en que en un constitucional español no estaba bien declararse odiador de los reyes.

Fue el segundo periódico el titulado Ocios de españoles emigrados, donde escribieron principalmente don José Canga Argüelles y don Joaquín Lorenzo Villanueva. En ninguno de los dos escribí yo, lo cual digo porque ha sido frecuente creer lo contrario. Una contienda literaria entre el mismo Villanueva y don N. Puigblanc mostró superioridad de saber en el último, pero empleada en sustentar extravagancias a la par con verdades, haciéndole mucha ventaja como escritor el primero. En una contestación sobre política entre el insigne economista, pero hombre singular, don Álvaro Flórez Estrada y don José Calatrava, cada uno llevó en mi sentir la palma, pero fue del segundo en materia de estilo. Don Vicente Salvá, dueño de un almacén de librería y exdiputado, trabajó mucho en el ramo de bibliografía. Lo que otros tal vez hicieron, o no p. 527salió a luz, o no llamó la atención a punto de habérseme quedado grabado en la memoria.

Tiempo es ya de seguir a la emigración a Francia y decir algo de sus esfuerzos para restablecer en España, si no la Constitución íntegra de 1812, una que de ella fuese y proclamase ser legítima heredera.


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XVI.

LA EMIGRACIÓN CONSTITUCIONAL EN LA FRONTERA Y EN CAMPAÑA.

Tiempo es de volver al punto de estos recuerdos en que me separé del orden de la narración para reparar omisiones cometidas al referir los sucesos, si es que merecen tal nombre, que señalaron la estancia de los españoles constitucionales en la Gran Bretaña, mientras allí estuvieron formando cuerpo con presunciones de una nación abreviada. Este mismo carácter hubieron de conservar por breve plazo, y con pretensiones, si no más subidas, más fundadas, los que pasando a Francia en agosto y septiembre de 1830 vinieron a formar una potencia enemiga de la España regida por el poder absoluto de Fernando VII, y resueltos a romper las hostilidades con un acto de agresión, acción justificable en quienes creían que iban a dar libertad a un pueblo oprimido, a deshacer lo hecho por la invasión francesa de 1823, y a encontrar en su patria numerosos parciales, cuya cooperación, sobre contribuir a un triunfo sin ella difícil, y, diciéndolo con propiedad, imposible, p. 530convertiría en nacional y legítimo el hecho de entrar en son de guerra en tierra propia procediendo de una extraña.

Ya en una parte anterior de este trabajo he contado la llegada de muchos de mis compañeros de destierro a París, nuestros primeros actos en la capital de Francia, los pasos que dimos para lograr del gobierno francés que favoreciese nuestros intentos, y la división que entre nosotros había, existente ya desde mucho antes, mayor entonces, como era natural que fuese cuando pintaba una ilusión no del todo descabellada, cercano el día en que ambiciones, ya nobles y prudentes, ya locas y criminales, iban a encontrar un terreno donde podrían contender por la victoria desde luego, y por el predominio muy en breve.

Dos eran, en medio de esto, las principales necesidades de los refugiados, en su situación nueva de potencia beligerante. La una era encontrar en el gobierno francés, no solo favorable acogimiento, sino disposición a ayudarlos embozada o desembozadamente en la empresa a que iban a arrojarse. La otra era tener una cabeza común, de todos reconocida por tal y obedecida. Aun esto segundo en no corto grado se enlazaba con lo primero, porque era indispensable tal cabeza para los tratos necesarios que exigía el hecho de ponerse de acuerdo los futuros auxiliadores con los auxiliados. Por su desgracia, estos últimos no tenían una autoridad o gobierno, sino varias o varios: el de Torrijos, ya formado en Inglaterra y trasladado a Gibraltar; pero no sin dejar en Francia jefes militares dependientes de él y hasta negociadores semiagentes diplomáticos: otro que iba a formarse, el cual tendría en Mina un general a sus órdenes y un señor verdadero, y sobre esto tres o cuatro personas de alguna, si bien no mucha cuenta, sin la presunción de tomar el título de gobierno, pero igualmente resueltos a no obedecer ni a Mina ni a Torrijos, esto es, a no ser gobernados.

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En el gobierno francés había muy diferentes opiniones, que poco a poco vinieron a ser opuestas la una a la otra, sobre si era o no conveniente al nuevo poder francés contribuir al restablecimiento de la Constitución caída en España, y, aun concediendo que conviniese contribuir a tal fin, por qué medios, hasta qué grado había de hacerse. Ya he referido cuán empeñado estaba en favorecernos Lafayette, cuyo influjo en los actos del gobierno hasta diciembre de 1830, y por consiguiente, en agosto, septiembre y octubre, periodo en que hicieron los expatriados españoles su tentativa de restauración constitucional, era grandísimo, pero no tanto que venciese toda oposición, pues sabían resistirle, al cabo con feliz fortuna, adversarios más prudentes o más diestros. De estos últimos, no pocos que podían bastante en el ánimo del rey Luis Felipe y en el de sus ministros, y casi todos los ministros mismos, preferían ver el nuevo rey o el recién levantado trono reconocido por todas las potencias, y en paz, si no en amistad con ellas, a lanzarse en una carrera donde, si podían alcanzar gloriosos triunfos, de seguro habría de correrse grave peligro, y donde la victoria habría de ser comprada con la guerra, lo cual juzgaban que era pagarla a precio excesivo. Entre estas opiniones fluctuaba, o tenía apariencias de fluctuar, el rey mismo, por su índole inclinado a la paz, y juzgándola asimismo conducente al común provecho y al suyo particular, bien que cediendo a veces, no a ímpetus hijos de su valor antiguo que aún conservaba en los peligros, sino a deseos de conservar el buen afecto aun del partido popular extremado, y de no llevar las cosas por exceso de condescendencia a situación no menos peligrosa que la de que huía. De todo ello resultó apelar a términos medios; favorecernos, pero con timidez y parsimonia, y estar preparado a trocar el escaso favor en oposición declarada, aunque nunca en hostilidad a las personas.

p. 532

Entretanto, como no era posible, no estando en guerra Francia con España, tratar el gobierno de aquella abiertamente con los españoles proscritos, nos veíamos obligados, según la frase vulgar, a llamar a varias puertas, por donde teníamos un tanto franca o menos trabajosa la entrada. La de Lafayette nos estaba abierta con la mejor voluntad posible; pero si todos penetrábamos por ella, no todos éramos recibidos con igual favor; y como íbamos con pretensiones muy diversas en punto a las personas que habrían de dirigir nuestra empresa, seguíase de ello que la preferencia dada a unos era, si bien no en la intención, en los efectos, disfavor hecho a otros, causando a la causa común no leve perjuicio.

Desde algunos años antes estaban Lafayette y Torrijos en correspondencia epistolar muy amistosa. Agregábase a esto ser Torrijos de la sociedad de los comuneros, reputada por los franceses y por todos los extranjeros la más análoga en ideas al partido político de que el afamado y anciano general era cabeza aparente. También Torrijos, aunque ausente, contaba con un gobierno formado, el cual, si le faltaba tierra en que ejercer su autoridad, tenía nombrados sus generales, y hasta sus negociadores. Con algunos de estos estrechó sus relaciones el ilustre francés, y a él dio los no muy cuantiosos socorros destinados a empresa tal como era la de hacer guerra a un rey que contaba para defenderse con todos los recursos de una, si no poderosa, tampoco pequeña monarquía. Pero como en la desunión y los odios que nos estaban destrozando y enflaqueciendo se hacía necesario a los de un bando desconceptuar a los de otro opuesto o diverso, los que más privaban con Lafayette lograron persuadir a este personaje, a veces por demás crédulo, de que Mina cedía mucho a los consejos e influjo del duque de Wellington, y bastó la mención de un nombre a la sazón en Francia aborrecido para hacer sospechosos, si no odiosos, a los meramente acusados p. 533de estar en relaciones amistosas con el vencedor de Waterloo, que era asimismo un tory acérrimo, y enemigo de la Francia revolucionaria.[102]

[102] Ocurrió sobre esto un lance chistoso o como represalias de los de Mina. Entre los agentes de Torrijos lo era entonces en París, muy activo, el a la sazón coronel o brigadier Miniussir, hermano político del desdichado general. A un parcial de Mina, que hablando con varios franceses los halló preocupados con la idea de que el exguerrillero navarro obedecía al influjo inglés, se le ocurrió citar el hecho de que Miniussir había estado en la batalla de Waterloo, donde se portó con bizarría. «¿No habrá sido con Wellington», dijeron los franceses. «Sí, con Wellington estuvo», dijo, y dijo verdad el parcial de Mina. Bastó esto para alejar del trato con Miniussir a los franceses, que miraron como culpa lo que no lo era. Por fortuna de Torrijos, tenía este otro negociador en don Ignacio López Pinta, muy querido de Lafayette.

Entretanto Mina, se preparaba a venir a Francia y a la frontera de España, desmintiendo los infundados cargos que era común hacerle. Pero él había menester también de un gobierno que le auxiliase, y fondos con que proveer a los primeros gastos de la campaña que iba a emprender. De esto último se encargó Mendizábal, y lo consiguió sacándolo de fondos de los empréstitos hechos por el gobierno constitucional desde 1820 hasta 1822 y no reconocidos por el rey de España vuelto a su poder absoluto. Pero un dueño del dinero en casos tales quiere, y con razón, saber a quién ha de dársele, y a esto debe añadirse que Mendizábal, por su natural, propendía a querer gobernarlo todo. Así es que activó el nombramiento de una junta, y pretendió influir en él, y lo consiguió completamente. Entonces, acordándose del disgusto que había tenido conmigo, y del cual seguía resentido, intentó y logró que no fuese yo de ella, como parecía natural, por haber sido yo el primero que aparecí en París, y haber entablado tratos en nombre de la emigración con algunos, bien que pocos, personajes de cuenta. Tuvo Mendizábal el arte de sustituir a mi nombre p. 534el de Istúriz, recién llegado a París, y mal podía yo oponerme a que recayese tal distinción en uno que, sobre ser distinguido patricio, era mi amigo más estrecho y querido, carácter que todavía conserva. Había también en Mendizábal para preferir a Istúriz una razón que podía mucho en su ánimo entonces, como pudo después, y cabalmente en una ocasión señalada respecto al mismo personaje. Istúriz había tratado muy poco a Mendizábal, y, si no le miraba con malos ojos, tampoco le tenía en mucho, y Mendizábal tenía singular empeño en ganarse y hacer suyos a los que de hecho eran, o él reputaba, sus contrarios. Fuese como fuese, quedé yo descartado y arrinconado, lo cual confieso que fue uno de los golpes más duros que he llevado, o que más he sentido entre los muchos reveses y sinsabores por que he pasado en mi larga y no muy feliz carrera. No me acuerdo bien de quiénes fueron los otros cuatro que compusieron la junta, aunque sé que fue uno de ellos el general (a la sazón brigadier) don Vicente Sancho, no procedente de Inglaterra, pues había pasado la emigración en el Mediodía de Francia, y muy relacionado con Mina.

Había ya dos poderes constituidos (hablando a la moderna) en la emigración que amenazaba invadir a España, y pretendía gobernarla; pero así como al lado de potencias poderosas viven, y vivían antes más que hoy, Estados pequeños, ya con el título de repúblicas o ciudades libres, ya con el de principados o ducados, y aun con el de reinos independientes, a pesar de su corta extensión y mezquina fuerza, así algunos caudillos se mantenían firmes en su propósito de libertar a España, no por cuenta ajena, sino por la suya propia.

No podía aspirar a tanto Borrego, pero no menos pretendía que conseguirlo, dando el mando a un su amigo, del cual creía que podía disponer a su antojo. Era su candidato p. 535un catalán llamado don Antonio Baiges,[103] exguardia de Corps, y no sé si ya en grado superior al de subalterno en la milicia, rudo, sin letras, notable por su gallarda presencia no acompañada de finos modales, ambiciosísimo, inquieto, sospechado antes y después de infidelidad a la causa liberal, quizá sin motivo, y cuya suerte fue venir a morir, después de estar por largo tiempo olvidado, herido de una bala o granada, cuando en 1843 estaba ejerciendo un mando entre los entonces rebeldes dueños de la ciudad de Barcelona.

[103] Este Baiges fue acusado de haber estado en el campo carlista. Como quería figurar entre los progresistas más extremados, pendiente aún la guerra civil, vino una vez a Madrid, y se presentó en el Café Nuevo, donde concurría la gente más ardorosa, entre la cual quiso entrar y ser contado. Pero le avino mal, pues muchos le cayeron encima, de modo que corrió peligro. Desapareció entonces, y vino a aparecer sirviendo a la Junta central de Barcelona en la época en que en aquella ciudad perdió la vida.

Por descabellada que pareciese la idea de Borrego en sustituir tal candidato a Torrijos o a Mina, no dejó su empeño de causar molestia y crear obstáculos, porque, si era de poco valer el favorecido, su favorecedor tenía en París algunas y buenas relaciones, que él sabía aprovechar, siendo activo y osado, aun sin contar con que para hacer mal bastan fuerzas muy inferiores a las necesarias para hacer bien, y desunirnos era hacernos mal, y también cosa fácil, pues lo difícil era unirnos para formar un cuerpo que forzosamente tuviese una cabeza.

Serlo pretendía el general don Pedro Méndez de Vigo, y al efecto se afanaba sobremanera. Si no alcanzó el objeto de su deseo por lo pronto, al cabo, andando el tiempo, se granjeó una clientela, pero no toda de españoles, pues se ligó con refugiados italianos y polacos, con los cuales entró en locas empresas; pero en días posteriores a los sucesos que voy ahora aquí narrando. En ellos no apareció Vigo como independiente, sino solo con pretensiones de p. 536serlo, y pasado a la frontera, no sé a quién se agregó con sus no numerosos secuaces.

No estaba muy claro si el general Milans reconocía a alguno por su superior, porque sus parciales solo de él se decían dependientes; pero no era hombre desvariadamente ambicioso ni de mala índole, y por su cuna y primera crianza tenía prendas de caballero. Así es que a nadie fue obstáculo.

Tampoco lo fue el infeliz De Pablo o Chapalangarra, aunque hizo alarde de su independencia en vez de ocultarla; pero si se declaró resuelto a no reconocer superiores, no pretendió buscar en la emigración secuaces. De todos desconfiaba, por lo cual a nadie se prestaba a seguir; siendo más que vano, receloso, y persuadido por otra parte de que en España misma era donde convenía buscar auxiliares para la empresa de levantar en ella la bandera constitucional, lo cual no era desacierto, siendo solo el error de sus ideas, y la causa de su trágico fin, el creer que allí donde era conveniente buscarlos era fácil encontrarlos.

Hechos ya estos arreglos harto imperfectos, aquellos a quienes tocaba pasar de los proyectos a las obras se trasladaron a Bayona. Allí pasó Mina sin haberse detenido en París, donde hubo de estar de incógnito por brevísimo plazo, tal vez solo de horas.

Desde aquel momento en adelante no fui testigo presencial de los sucesos de la frontera, pero de ellos puedo decir algo, refiriéndome a noticias dadas por varias personas de cuya veracidad no tengo ni debo tener duda. Porque, volviéndome a Inglaterra, levanté mi casa, recogí mi familia, y hube de volverme a París, adonde llegué en los días últimos de septiembre a pasar en Francia una vida oscura harto más desagradable que la que pasaba en Londres, hasta que trasladado a Tours en 1832, durante mi estancia de dos años en aquella linda ciudad, viví en ella, si con grande estrechez, agradablemente, compensando el trato p. 537de amigos allí adquiridos los inconvenientes de mi cortedad de recursos.

Coincidió, pues, con mi llegada a la capital de Francia el comenzar de los preparativos para la invasión de España, siendo teatro de las operaciones preliminares las poblaciones francesas linderas del Pirineo. El centro de estas era Bayona, y allí fue a establecerse la junta que, para evitar confusión, llamaré aquí del partido de Mina. Los que obedecían a la del partido de Torrijos establecida ya en Gibraltar, en número igual o tal vez superior a los otros, si bien acudieron a la misma ciudad, y en ella hicieron estancia, no tenían allí su cabeza. Los independientes vagaban por las inmediaciones.

Entonces comenzó a verse un espectáculo en algo parecido al que, según noticias, presentaba a la vista y consideración la reunión de los emigrados franceses en Coblenza en 1792. Se creía seguro el triunfo, y empezaba a reputarse delito o poco menos la tardanza, echando en cara los primeros en llegar a quienes venían después que no era razón participasen de la honra y provecho de la victoria los omisos o menos diligentes en presentarse en el campo. Y el campo (como me escribía un amigo dándome noticias de lo que allí pasaba) era las a la sazón mal empedradas calles de Bayona.

Mina no había llegado de los primeros, ni tenía para qué apresurarse. Pero sus contrarios aun entonces se desataron a incriminar su pereza, tachándole cuando menos de irresoluto. A su lado, o bajo sus órdenes, se habían puesto, sin embargo, los más entre los principales de la emigración, aunque no faltasen entre los parciales de Torrijos personas de mérito y de bien adquirido renombre en el gran partido constitucional, cuya bandera habían seguido. El exministro y militar don Evaristo San Miguel recibió un mando de la junta que obraba de acuerdo con Mina, no obstante ser de los mayores enemigos del caudillo navarro, p. 538y salió a desempeñarle a la frontera de Cataluña, donde se encontró con los parciales de Torrijos, que obedecían al digno exdiputado don José Grasses; pero, pudiendo en ambos la antigua amistad más que las nuevas discordias, y el amor a la causa común más que afectos de bandería, se pusieron de acuerdo a punto de no conocerse quién tenía el mando. Pocas ocasiones tuvieron de competir por él, pues apenas se alejaron de la raya, entrado que hubieron en la tierra de España, para ellos entonces enemiga, y se vieron obligados a recogerse pronto a Francia casi sin pelear, pero sin mengua, no estando en su mano acometer imposibles.

Por el confín de Francia con Navarra y Guipúzcoa era donde se preparaba lo recio de la guerra, porque si bien amenazaron los constitucionales entrar por Aragón, allí nada hicieron, sin que esto sea, ni por asomo, culpar a los encargados de guerrear por aquellos lugares, que faltos de fuerza, y no unidos, encontraron a su frente preparados a resistirles las tropas del general Rodil, que no era todavía en aquella hora constitucional celoso.

Cortas, por cierto, eran las fuerzas que se arrojaban a tanta empresa como era derribar al Gobierno establecido en España, y bien habría sido esperar a que entendiéndose con los constitucionales de dentro de la Península los de fuera a punto de concentrar sus operaciones, encontrasen los invasores una ayuda, no solo útil, sino absolutamente necesaria. Tal vez esta idea detenía a Mina, si detenerse puede decirse no haberse arrojado al territorio español, a pocas horas de haber llegado a los puntos con él confinantes. Pero a tan juicioso proceder se oponían poderosas consideraciones. Los de Torrijos, capitaneados por don Francisco Valdés, coronel en España, y que tenía de la junta formada en Londres meses antes, y ya residente en Gibraltar, un despacho de mariscal de campo, del cual, sin embargo, no usó las divisas, estaban llenos de impaciencia, p. 539vituperaban la flojedad de Mina, y por otro lado, temían que obrando el caudillo navarro cogiese para sí la mayor parte de la honra y provecho de la, a sus ojos alucinados, casi segura victoria. Los mismos amigos de Mina le apremiaban a que obrase, porque no quedasen solos los que iban a hacerlo, y saliendo deshechos con estrago, se atribuyese al acto de haberlos abandonado su desdicha, que lo sería de la causa común. Por otra parte, el gobierno francés, tímido y no muy seguro auxiliador de los constitucionales armados en su territorio, no estaba en guerra con el de España, ni deseaba estarlo si lo podía evitar, por lo cual no quería, ni era razón quisiese, conservar en su territorio aquella fuerza armada, amenazando a una potencia extraña, siendo por esto su anhelo que de una vez se saliese de situación tan embarazosa, pues, o triunfante la bandera liberal en España, pasaría a tener en su vecina una amiga fiel en vez de una enemiga encubierta, o, vencidos los agresores, dictarían la prudencia y aun la justicia disolver las reuniones de gente armada que comprometiese la paz sin dar en compensación el menor provecho.

Parecerá extraño, al tratar de estos sucesos y referir los intentos y actos de Mina, en punto de tal gravedad como era el de empezar la guerra, que nada diga de la junta, que al parecer para algo hubo de haber sido nombrada, y no siendo gobierno, mal podía acertarse con lo que era. Pero la pobre junta se veía mirada como rival por la de Torrijos, como nada por los que a nadie obedecían, y no como mucho por Mina, el cual, si bien no le faltaba a la consideración, rara vez acudía a ella, y en verdad no tenía para qué. Lo más singular era que el mismo padre de la junta, Mendizábal, dado siempre a llevar las cosas por medios irregulares y a hacer poquísimo caso de superiores, iguales o inferiores para dirigir por ajeno precepto o consejo su conducta, en vez de oír para seguirla p. 540la voz de su propio capricho, solía entenderse con Mina para todo, incluso aquello en que debería haberse dirigido a la junta, si es que esta era algo. Tal proceder disgustó sobremanera al nada sufrido Istúriz, y aun hubo de enojar en cuanto cabía a sus flemáticos compañeros. De estos el brigadier Sancho, sin incomodarse al parecer ni con Mina ni con Mendizábal, con quienes le unía estrecha amistad, pero sin avenirse a representar un papel un tanto desairado, acordándose de que era militar, desamparó la junta por salir a campaña, y fue a ponerse como soldado a las órdenes de Mina.

Singular principio habían tenido en aquella hora las hostilidades, si tal nombre merece el suceso que voy a referir, trágico y horroroso en extremo. Mientras se apresuraba Valdés a penetrar en España seguido de unos 1000 hombres y poco más, como para dar ejemplo a Mina, poniendo patente lo que en él culpaba de indecisión, y mientras Mina se preparaba a seguirle, no de buena gana, porque veía cuán locamente precipitada era la agresión, pero resuelto a no dejar de exponer su vida, un hombre impelido por el fanatismo más ciego posible se arrojó casi solo a representar el papel de restaurador de lo llamado libertad en su patria. Con haber dicho antes cuáles eran los pensamientos, afectos y situación extraña de Chapalangarra (o digamos de De Pablo), fácil es adivinar que era el sujeto de quien voy hablando en el momento presente. Fiado en su gloria y renombre, y en el influjo que se figuraba tener entre sus paisanos, lleno de los recuerdos de la guerra de la Independencia, y olvidado de lo ocurrido desde 1820 a 23, pensó que su presencia y voz conocidas bastarían para inducir a millares de navarros a seguirle.[104]

[104] He entendido que alguien acompañaba a Chapalangarra. Pero él solo se lanzó a la muerte.

No había andado largo trecho por el suelo patrio, cuando dio con una p. 541cuadrilla o partida de gente armada, que era, según es probable, parte de un cuerpo de voluntarios realistas. En vez de huir el desalumbrado constitucional, se fue en derechura a los que juzgaba que podía hacerse amigos, y comenzó a predicarles, trayéndoles a la memoria sucesos de la guerra contra Napoleón; cómo seguían entonces a Mina, y aun al mismo De Pablo los navarros; ser una misma la causa que él venía a sustentar, y que tenía esperanzas de ser oído con tanto favor que encontrase en ellos auxiliadores para la obra de dar libertad a la patria. Hubieron de quedarse atónitos y suspensos los oyentes al oír las extrañas frases que el predicador les dirigía, frases para muchos incomprensibles, si bien para otros abominables, y más hubo de causarles pasmo ver que un hombre, no seguido de fuerza, osase pon tanta serenidad ponérseles delante, cuando los principios que proclamaba declaraban ser su enemigo. Pero no duró mucho la admiración, sucediendo a esta pasiones de muy otra clase, y, disparando uno un tiro al predicador como en respuesta al sermón, el ejemplo fue seguido, y cayó el infeliz Chapalangarra cubierto de heridas. Ni se contentaron sus matadores con verle muerto, sino que arrojándose sobre su cadáver, le destrozaron, llevándose algunos de sus miembros por trofeo; hecho atroz repetido en otra ocasión por gente igualmente bárbara, pero proclamando otras doctrinas, y propio proceder de la plebe feroz por su ignorancia, y cruel, sea cual fuere la voz que apellida o la bandera que sigue.

Debió el triste fin de Chapalangarra haber dado que pensar a los constitucionales, no porque la temeridad de aquel infeliz, víctima de su fanatismo y arrojo, pudiese tener buen término, sino porque indicaba, por las circunstancias anejas a la desgracia, cuál era el espíritu de las poblaciones donde esperaba la inminente agresión encontrar amigos. Pero nunca emigrados comprenden la situación del pueblo que se han visto obligados a abandonar y de p. 542que han estado ausentes por no breve plazo. Así es que coincidió con la muerte de Chapalangarra la entrada de los de Valdés, A los cuales siguieron muy pronto los de Mina, no sin que antes, según me han referido personas dignas de todo crédito, hubiesen estado a punto de venir a las manos unos con otros. No se quedó Mina en Francia; pero por causas que ignoro, hubo de entrar separado del grueso de su gente, pues solo acompañado de dos o tres fieles secuaces, corrió gravísimos peligros, de que escapó como por milagro.

No tengo datos para contar por menor o con exactitud las ocurrencias de la guerra de dos o tres días, de que hubieron de volver los constitucionales vencidos, sin mengua de su honra, y habiendo tenido pérdidas lastimosas. Al segundo o tercer día de estar en España vinieron sobre ellos fuerzas respetables de las que mandaba el general Llauder, entre las cuales se contaban tropas de la Guardia Real, a la sazón muy lucida. Resistir a tal poder era imposible, y fue fortuna que todos cuantos habían penetrado en el territorio español no hubiesen quedado en él para bañar el suelo patrio con su sangre; pues el Gobierno del rey Fernando a ningún enemigo político perdonaba la vida. Porque las tropas reales, en vez de embestir desde luego a sus contrarios, se encaminaron como a cortarles la retirada a Francia, lo cual notado por los constitucionales, retrocedieron estos a buscar el abrigo del Estado vecino; pero aun así no habrían hallado franco el paso a no habérsele abierto con una carga dada por unos pocos de a caballo de su mando el antes capitán de carabineros reales don N. Cía, recién venido a la emigración. Cedió con tal flojedad la infantería de la Guardia Real a tan pobre fuerza, que merece algún crédito lo que después aseguraron varios realistas pasados a ser sostenedores del trono legítimo y constitucional de Isabel II, y es que adrede dejaron pasar a los que se retiraban, sabiendo que de no hacerlo p. 543así, sería horrorosamente ensangrentada la victoria. Pero si hubo tal humanidad en aquella hora, no la hubo en la inmediatamente posterior, que fue la del alcance. No habiendo señales visibles que demarquen en los despoblados de la frontera teatro de aquellos sucesos el territorio del uno y otro Estados vecinos, dentro de Francia fueron muertos, o cayeron prisioneros para perecer con cortísima demora bastantes de entre los constitucionales.

Entretanto, quedaba en España Mina, no ignorándolo sus enemigos, esto es, los servidores del gobierno español. Hacerse con su persona para quitarle con alguna solemnidad, aunque escasa y sin dilación, la vida, vino a ser empeño vivo en unos, tibio en otros, pero igual en sus efectos, de todos los vencedores. Registraron los lugares más fragosos del Pirineo, ayudándose con perros de caza. Apenas quedó monte, valle o cueva en que no se hiciese escrupuloso registro, Pero el caudillo navarro estaba en su elemento cuando trataba de escapar indemne de una persecución aun la más tenaz, y oculto, ya en cuevas, ya en medio de la intrincada maleza, más de una vez sintió o vio pasar a su lado y casi tocándole, a los que le buscaban ansiosos de su prisión y suplicio. Dos o tres días hubo de durar este peligro, corridos los cuales, pisó Mina de nuevo el territorio francés volviendo a su situación de emigrado, de la cual no había de salir sino en virtud de una amnistía traída por posteriores y entonces inesperados sucesos.

No tuvieron tan trágico fin las tentativas hechas por los confines de Aragón y Cataluña, las cuales vinieron a parar en nada, recogiéndose los invasores a Francia sin pelear, viendo que no tenían fuerzas para empeñar una lid contra sus poderosos enemigos.

De allí a muy poco, el gobierno francés, habiendo logrado del de España que, si bien con visible mala voluntad, reconociese a Luis Felipe por rey de los franceses, mandó, como era de esperar, dispersarse a los españoles p. 544reunidos en la frontera. Grande indignación nos causó este hecho, que, bien mirado, era un acto de rigurosa justicia. Bien es verdad que porque los franceses nos habían quitado la libertad en 1823 los juzgábamos obligados a devolvérnosla en 1830, tan trocadas ya las cosas que en Francia dominaban los que más habían vituperado la invasión del ejército del duque de Angulema. Pero no pueden las naciones regirse por leyes que obliguen a la restitución de lo que no es un objeto material o físico, ni cabe una reparación tal que subsane todos los daños y perjuicios hechos en época no inmediata.

Desparramáronse los emigrados por Francia, no viniendo a ser París su centro, como poco antes lo era Londres. En las tentativas hechas en el Mediodía, que produjeron la muerte de Torrijos, no pudieron tomar parte más que llorando a las víctimas y maldiciendo a los sacrificadores. Uniéndose con emigrados de otras naciones uno u otro de los nuestros, bien que en cortísimo número, fueron participantes en empresas encaminadas a derribar otros gobiernos que el de España. Hasta se distinguieron por más pacíficos que otros emigrados, y particularmente que los polacos, en no mezclarse en los negocios del pueblo francés, a la sazón por demás inquieto.[105]

[105] Es de notar que al solemne entierro del general Lamarque, donde se presentaron con banderas los emigrados de todas las naciones, concurrieron poquísimos españoles de los que vivían en París. Por supuesto, no fue allí Mina. Al difunto general, más ansioso de los triunfos y gloria de las armas francesas que del establecimiento de la libertad en pueblos extraños, solo debían mirar los españoles como a un devastador de su patria, que lo había sido en la guerra de nuestra independencia.

Con harto mayores motivos para tener alegres esperanzas que los que debíamos tener en Inglaterra, acaso teníamos menos, sobre todo al empezar 1832, viendo cómo triunfaba el gobierno español cuando era combatido.

p. 545

Sin embargo, los sucesos de Portugal, cuando el exemperador del Brasil don Pedro de Braganza tremoló el pendón constitucional en Oporto, fueron como una aurora nuncia del cercano día de nuestra redención y victoria. Pero el día vino sin traérnosla, y fue nublado, y con presagios de acabar fatalmente. Por otro lado, sin embargo, se nos abrió el camino a nuestra patria. A ella volvimos casi todos mal corregidos de nuestros yerros, pero firmes en nuestros principios y con honra. Perdidos en el seno de la nación, nuestra historia cesó en 1834, y algunos solo hemos figurado con más o menos lustre, y diferentemente juzgados por diversas y opuestas doctrinas e interés, en los anales de la España nueva.

FIN.


p. 547

ÍNDICE.


Caps.   Págs.
I. Cádiz en los primeros años del siglo presente. 9
II. Cádiz en los días del combate de Trafalgar. 27
III. Madrid en los días del reinado de Carlos IV. 43
IV. Madrid de 1806 a 1807. 63
V. Madrid desde fines de mayo hasta fines de agosto de 1808. 83
VI. Madrid y alguna provincia a fines de 1808 y en 1809. 105
VII. Un tumulto en una ciudad de provincia en 1809. 125
VIII. Cómo se pasaba bien el tiempo en una ciudad sitiada. 141
IX. Cómo cae un mal gobierno. 207
X. El 10 de marzo en Cádiz. 291
XI. Las sociedades patrióticas de 1820 a 1823. 329
XII. Sociedades secretas de España desde 1820 a 1823. 367
XIII. Deposición del rey por las Cortes en Sevilla el 11 de junio de 1823. 421
XIV. Dos viajes que no se parecen el uno al otro. 443
XV. Recuerdos de una emigración. 455
XVI. La emigración constitucional en la frontera y en campaña. 529

p. 549

CORRECCIONES Y ERRATAS.


PÁGINA. LÍNEA. DICE. DEBE DECIR.
67 28 baetus battus
88 24 esforzados forzados
113 5 empezaban empeoraban
218 32 1810 1819
392 4 entrase al momento dese entrada al momento a
459 24 Guartvrly Revieu Quarterly Review
459 35 nia ma
466 28 comunetis comuneros
477 29 veturns returns