The Project Gutenberg eBook of La arlesiana

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Title: La arlesiana

Drama en tres actos y cinco cuadros

Author: Alfonso Daudet

Translator: R. A. Silva y Martínez

Release date: January 4, 2026 [eBook #77614]

Language: Spanish

Original publication: Madrid: Imprenta Bernardo Rodríguez, 1907

Credits: Ramón Pajares Box. (This file was produced from images generously made available by The Internet Archive/University of North Carolina at Chapel Hill.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ARLESIANA ***

Personajes, •  Acto I, Cuadro I, •  Acto II, Cuadro II, •  Acto II, Cuadro III, •  Acto III, Cuadro IV, •  Acto III, Cuadro V.

La arlesiana

Nota de transcripción


Cubierta del libro

p. 1

LA ARLESIANA


p. 3

ALFONSO DAUDET


LA ARLESIANA

DRAMA EN TRES ACTOS Y CINCO CUADROS

TRADUCIDO AL CASTELLANO

POR

R. A. Silva y Martínez.

Logotipo editorial

MADRID

1907


p. 4

Imp. Bernardo Rodríguez, Barquillo, 8, Madrid.


p. 5

PERSONAJES



p. 7

Viñeta ornamental

LA ARLESIANA


ACTO PRIMERO

CUADRO PRIMERO

La granja de Castelet.

Un patio, en el fondo del cual hay una puerta cochera que da salida a un camino con altos y polvorientos árboles, detrás de los que se ve el Ródano. — A la izquierda, la granja, con una casa que forma rincón en el fondo. — Es una hermosa granja, muy antigua, de aspecto señorial. — Da acceso a ella una escalera de piedra con balaustrada de viejo hierro forjado. — Sobre el edificio del fondo hay una torrecilla que sirve de granero, y en cuya parte alta, junto al friso, se ve un postigo, con una polea y varios haces de heno. — En la pare inferior del edificio, la bodega; puerta ojival y baja. — A la derecha del patio, dependencias, porche y cochera. — Algo adelante, el pozo de brocal bajo, cubierto de mampostería blanca, adornada con guirnaldas de vid silvestre. — Esparcidos por el patio, un rastrillo, una reja de arado y una gran rueda de carreta.

ESCENA PRIMERA

Francisco Samay, Baltasar, el Inocente; después Rosa Samay.

El pastor Baltasar está sentado, con una pipa corta en la boca, sobre el brocal del pozo. — El Inocente, en el suelo, apoyando la cabeza p. 8en las rodillas del pastor. — Francisco Samay delante de ellos, con un manojo de llaves en una mano y un gran cesto de botellas en la otra.

FRANCISCO SAMAY

Conque, mi viejo Baltasar, ¿qué dices de esto? ¡Hay novedades en Castelet!

BALTASAR, con la pipa entre los dientes.

Me parece...

FRANCISCO SAMAY, bajando la voz y echando
una mirada a la granja.

¡Vaya! Escucha. Rosa no quería que te hablase de ello antes de que se hubiese acabado todo; pero, ¡tanto peor!... Entre tú y yo no puede haber secretos.

EL INOCENTE, con voz doliente, un poco distraído.

Di, pastor...

FRANCISCO SAMAY

Además, como tú comprendes, en un asunto de esa importancia no me parecía mal tomar el consejo de otro más viejo que yo.

EL INOCENTE

Di, pastor, ¿qué le hizo el lobo a la cabra del señor Seguí?

FRANCISCO SAMAY

Ten paciencia, Inocente. Baltasar te acabará p. 9el cuento en seguida... ¡Toma! Juega con las llaves. (El Inocente toma el manojo de llaves y lo agita, riéndose. Francisco, acercándose a Baltasar:) Francamente, amigo, ¿qué opinas de esta boda?

BALTASAR

¿Qué quieres que opine, mi buen Francisco? En primer lugar, que es tu voluntad y la de tu nuera; también es la mía... por fuerza...

FRANCISCO SAMAY

¿Por fuerza?... ¿Por qué?

BALTASAR, sentenciosamente.

Cuando los amos tocan el violín, bailan los criados.

FRANCISCO SAMAY, sonriéndose.

Y tú no me pareces muy dispuesto a bailar... (Sentándose sobre el cesto.) Vamos a ver, ¿qué pasa? ¿Es que no te gusta eso?

BALTASAR

¡Psch!... Pues... no.

FRANCISCO SAMAY

¿Y el motivo?...

BALTASAR

Motivos, tengo varios. Primero, creo que vuestro p. 10Federico es muy joven, y que os dais demasiada prisa para casarle...

FRANCISCO SAMAY

¡Pero, hombre de Dios, si quien tiene prisa es él, nosotros no! Si te digo que está loco con su arlesiana; desde hace tres meses que se ven, no duerme, no come. Parece que esa niña le ha dado una fiebre de amor... Y después de todo, ¡qué! El chico tiene veinte años cumplidos y se desespera por hacer uso de ellos.

BALTASAR, sacudiendo la pipa.

¡Entonces, si habíais de casarle, debíais haberle buscado en los alrededores una buena ama de casa, bien surtida de hilo y de agujas; una joven bonita y hacendosa, que supiese hacer una colada, recoger la aceituna; una mujer del campo, en fin!...

FRANCISCO SAMAY

¡Ah! De seguro que una hija de esta tierra hubiera convenido más...

BALTASAR

Gracias a Dios, no es eso lo que falta en Camarga... ¡Toma!... Sin ir más lejos, la ahijada de Rosa, esa Viveta que veo rondar por aquí en tiempo de siega... Una mujer como esa necesitaba él...

p. 11FRANCISCO SAMAY

Sí, sí..., pero ¡qué le vamos a hacer..., si él ha querido tener una de la ciudad!

BALTASAR

Ahí está el mal... En nuestros tiempos, el padre era quien decía: «Quiero.» Hoy lo dicen los hijos. Tú has educado el tuyo a la nueva usanza; veremos si has acertado.

FRANCISCO SAMAY

La verdad es que a ese chico se le ha dejado hacer todo cuanto le daba la gana, y quizás algo más de lo que convenía. Pero ¿quién tiene la culpa?... Quince años hace que murió el padre (¡maldita sea...!), y ni Rosa ni yo podíamos sustituirle. Una madre, un abuelo, tienen la mano demasiado blanda para dirigir a los niños. Y, además, ¿qué quieres?, no teniendo más que uno, somos más débiles con él. Y nosotros puede decirse que solo tenemos ese, puesto que su hermano... (Señala al Inocente.)

EL INOCENTE, meneando el manojo de llaves,
que acaba de abrillantar con la blusa.

Abuelo, mira tus llaves, cómo relucen...

FRANCISCO SAMAY, mirándole enternecido.

¡Catorce años por la Candelaria!... ¡Si esto no es para dar lástima!... Sí, sí, hijito mío.

p. 12BALTASAR, levantándose de repente.

Al menos, ¿conocéis bien a esa arlesiana? ¿Sabéis exactamente a quien tomáis?...

FRANCISCO SAMAY

¡Oh! En cuanto a eso...

BALTASAR, paseándose de un lado a otro.

Mira, ten cuidado, que en esas condenadas de ciudades no pasa lo que aquí. Aquí todos nos conocemos. Vivimos a la pata llana, nos vemos venir de lejos; mientras que allá...

FRANCISCO SAMAY

No te apures; he tomado mis precauciones. Tenemos en Arlés al hermano de Rosa...

BALTASAR

¿Al patrón Marcos?...

FRANCISCO SAMAY

Al mismo. Antes de pedirla, le envié por escrito el nombre de la señorita, y le encargué que buscase informes; ya sabes que tiene buen ojo...

BALTASAR, sarcásticamente.

Pero no para matar gallinetas.

FRANCISCO SAMAY, riéndose.

El caso es que el buen muchacho no suele estar p. 13afortunado cuando viene a cazar al pantano... Pero, ¿qué más da?, es hombre listo y a quien no se le traba la lengua cuando habla con los señoritos... Treinta años hace que pertenece a la marina de Arlés; conoce a todos los de la ciudad, y según lo que nos diga...

ROSA SAMAY, en la granja.

¡Oiga, abuelo! ¿Y el moscatel?

FRANCISCO SAMAY

Ya voy, ya voy, Rosa... Dame pronto las llaves, hijito... (A Rosa, que sale al balcón:) Este Baltasar no acaba de hablar nunca... (A Baltasar:) ¡Chist!...

ROSA

¡Cómo! ¿Está ahí también el pastor?... ¿Las ovejas se guardan ahora a sí mismas?...

BALTASAR, alzando un poco su gran sombrero.

Las ovejas no salen, mi ama. Los esquiladores han llegado esta mañana.

ROSA

¡Tan pronto!...

BALTASAR

Claro..., como que estamos a primero de mayo... Antes de quince días estaré en el monte...

p. 14FRANCISCO SAMAY, abriendo la puerta de la bodega.

¡Vaya, vaya!... Bien pudiera suceder que su partida se retrasase este año... ¿No es verdad, Rosa?

ROSA

¿Quiere usted callar, hablador, e ir en seguida por el moscatel?... La gente va a llegar antes de que usted haya sacado una sola botella...

FRANCISCO SAMAY

Allá voy... (Baja a la bodega.)

ROSA

¿Tendrás cuidado del niño, Baltasar?...

BALTASAR, volviendo a ocupar su sitio sobre el pozo.

Sí, sí... Descuide, mi ama...

ESCENA II

Baltasar, el Inocente.

BALTASAR

¡Pobre Inocente! Quisiera saber quién se ocupa de él cuando yo no estoy aquí... No piensan más que en el otro...

EL INOCENTE, impacientado.

¡Vaya, cuéntame lo que le hizo el lobo a la cabra del señor Seguí!...

p. 15BALTASAR

¡Calla!... Es verdad... Si no hemos acabado el cuento... A ver, ¿en qué estábamos?

EL INOCENTE

Estábamos en... «Y entonces...».

BALTASAR

¡Caramba! Es que hay muchos «y entonces» en nuestro cuento... Vamos a ver... Y entonces... ¡Ah, ya caigo!... Y entonces la cabrita oyó moverse las hojas detrás de ella, y en lo oscuro, al volverse, vio dos orejas tiesecitas y dos ojazos que brillaban. Era el lobo...

EL INOCENTE, estremeciéndose.

¡Oh!...

BALTASAR

Como demasiado sabía que se la comería, el lobo no se daba prisa... Para eso han nacido los lobos: para comerse a las cabritas... Sino que cuando se volvió, dijo el lobo, con sonrisa de malvado: «¡Hola, hola! ¡La cabrita del señor Seguí!...»; y paseaba su lenguaza de fuego sobre el belfo color de yesca. La cabra sabía también que el lobo había de comérsela; pero, así y todo, se defendió; ¡como que era una valiente la cabra del señor Seguí!... Luchó toda la noche, hijo mío, toda la noche... Luego despuntó el alba. p. 16Cantó un gallo abajo, allá en el valle. «¡Gracias a Dios!», dijo la cabrita, que solo esperaba el día para morir, y extendiose por tierra sobre su blanco vellón bañado en sangre. Entonces el lobo se arrojó sobre ella y se la comió.

EL INOCENTE

Bien podía haberse dejado comer en seguida; ¿no es verdad?

BALTASAR, sonriendo.

¡Mira el Inocente, cómo se hace cargo de las cosas!...

ESCENA III

Los mismos, Viveta.

VIVETA, entrando por el foro con un paquete debajo del brazo
y una cestita en la mano.

Dios le guarde, tío Baltasar...

BALTASAR

¡Hola, Viveta!... ¿De dónde vienes, pequeña, cargada como una abeja?

VIVETA

Vengo de San Luis en el barco del Ródano... ¿Aquí están todos buenos? ¿Y nuestro Inocente?... (Inclinándose para besarle.) Buenos días.

p. 17EL INOCENTE, balando.

«¡Be, be!...». La cabra.

VIVETA

¿Qué dice?

BALTASAR

¡Psch! Un cuento muy bonito que acabamos de contar: la cabra del señor Seguí que riñó toda la noche con el lobo.

EL INOCENTE

Y luego, por la mañana, se la comió el lobo.

VIVETA

¡Ah! Ese es nuevo; no lo conocía.

BALTASAR

Lo inventé el verano pasado... Por las noches, en el monte, cuando estoy solo guardando el ganado a la luz de las estrellas, me entretengo en prepararle cuentos para el invierno... Es lo único que le divierte algo.

EL INOCENTE

«¡Hu, hu!...». El lobo.

VIVETA, de rodillas, junto al Inocente.

¡Qué lástima! Un niño tan bonito... ¿No se curará nunca?

p. 18BALTASAR

Todos dicen que no; pero no es lo que yo pienso... Sobre todo desde hace algún tiempo, me parece que pasa algo en su cabecita, como en el capullo del gusano de seda cuando la mariposa quiere salir. ¡Este niño despierta! ¡Estoy seguro de que despierta!...

VIVETA

Sería una dicha que sucediera semejante cosa.

BALTASAR, pensativo.

¡Una dicha! ¡Según!... Tener un inocente es la salvación de la casa. Ya ves, desde hace quince años que nació este Inocente, ni una sola de nuestras ovejas ha enfermado, ni tampoco las moreras, ni las viñas..., nada...

VIVETA

Verdad es...

BALTASAR

No cabe duda, a él le debemos todo eso. Y si alguna vez despertase, sería preciso que estos tuviesen cuidado. Su estrella podría cambiar.

EL INOCENTE, procurando abrir el cesto de Viveta.

¡Tengo gana!

VIVETA, riéndose.

¡Vamos! En cuanto a la golosina, me parece p. 19que está casi del todo despierto... ¡Mire usted el tunante! Ha olido que ahí dentro viene algo para él... Una magnífica torta de anís que la abuela Reinalda ha hecho precisamente para su Inocentito.

BALTASAR, con interés

Chica, ¿está buena la Reinalda?

VIVETA

No anda mal, tío, para su mucha edad.

BALTASAR

Tendrás siempre buen cuidado de ella, ¿eh?

VIVETA

¡Oh! ¡Puede usted creerlo!... La pobre ancianita que solo me tiene a mí...

BALTASAR

¡Ya, ya!... Y cuando estás trabajando fuera de casa todo el día y queda sola, ¿qué pasa?...

VIVETA

Casi siempre la llevo conmigo. Así, el mes pasado, cuando fui a Montalbán a coger la aceituna, vino conmigo...; pero a Castelet nunca ha querido. Sin embargo, aquí todos nos tienen afecto.

p. 20BALTASAR

Quizás está demasiado lejos para ella.

VIVETA

¡Oh! Todavía tiene buenas piernas. ¡Vamos..., si usted la viese andar!... ¿Hace mucho tiempo que no se han visto ustedes, tío Baltasar?....

BALTASAR, con trabajo.

¡Oh! Sí... ¡Mucho tiempo!

EL INOCENTE

Tengo gana... Dame la torta...

VIVETA

No..., ahora no.

EL INOCENTE

Sí, sí... Quiero torta... Si no, le diré a Federico...

VIVETA, turbada.

¿Qué?... ¿Qué le dirás a Federico?...

EL INOCENTE

Le contaré que una vez has dado un beso a su retrato, allá arriba, en el cuarto grande.

BALTASAR

¡Anda, anda, anda!

p. 21VIVETA, colorada como una cereza.

No lo vaya usted a creer...

BALTASAR, riéndose.

Si le digo a usted que este chico se va despertando.

ESCENA IV

Los mismos, Rosa Samay.

ROSA

¿Nadie aún?...

BALTASAR

Sí, ama..., aquí hay gente.

VIVETA

Buenos días, madrina.

ROSA, sorprendida.

¿Eres tú?... ¿Qué te trae por aquí?...

VIVETA

Pues vengo, madrina, como todos los años, a lo de los gusanos de seda.

ROSA

Es verdad; no me acordaba... Desde esta mañana no sé dónde tengo la cabeza... Baltasar, echa un vistazo al camino, a ver si ves algo. (Baltasar se dirige al foro. El Inocente coge el cesto y escapa a la torrecilla.)

p. 22VIVETA

¿Espera usted a alguien, madrina?

ROSA

Sí... El mayor hace dos horas que ha salido con la tartana para ir al encuentro de su tío.

BALTASAR, desde el foro.

Nadie... (Observa que el Inocente ha desaparecido y entra en la torrecilla.)

ROSA

¡Dios mío! ¡Dios mío! Con tal de que no haya pasado nada...

VIVETA

¿Qué quiere usted que le pase? Los caminos no están muy buenos, pero Federico los ha recorrido tantas veces...

ROSA

¡Oh! No es eso... Es que me temo que el patrón Marcos haya traído malas noticias; que aquella familia no sea la que quisiéramos...

VIVETA

¿Qué familia?

ROSA

¡Es que le conozco bien a ese chico!... Si la boda no pudiera celebrarse, ahora que se le ha metido en la cabeza...

p. 23VIVETA

¿Va a casarse Federico?...

EL INOCENTE, sentado arriba, junto al friso,
en el alféizar del postigo.

¡Be..., be...!

ROSA

¡Jesús, el Inocente... allá arriba...! ¿Quieres bajar, condenado?...

BALTASAR, desde el granero.

No tenga usted cuidado, ama, aquí estoy... (Coge al niño y entra en el granero.)

ROSA

¡Oh! Ese granero me hace temblar cuando le veo abierto... Te parece a ti, si uno cayera desde arriba sobre estas losas... (Ciérrase la ventana del granero.)

VIVETA

¿Decía usted, madrina, que Federico va a casarse?

ROSA

Sí... ¡Que pálida estás!... Tú también has tenido miedo, ¿eh?

VIVETA, sofocada.

Y... ¿con quién... se casa?

ROSA

Con una joven de Arlés... Se vieron aquí un p. 24domingo en que se corrían toros, y desde entonces no ha pensado más que en ella.

VIVETA

Dícese que son muy bonitas las mujeres de esa tierra.

ROSA

Y también coquetas... Pero, ¿qué quieres? Los hombres prefieren eso...

VIVETA, muy conmovida.

Entonces... ¿es cosa resuelta?...

ROSA

No del todo... Los novios están conformes, pero la petición está todavía por hacer... Todo depende de lo que nos diga el patrón Marcos... Por eso, si hubieras visto a Federico hace un momento, cuando salió al encuentro de su tío... Le temblaban las manos al aparejar... Y aun yo, desde entonces, estoy como aturdida... ¡Le quiero tanto a mi Federico! ¡Sin él no podría vivir! Figúrate, Viveta: es más que un hijo para mí. Conforme va haciéndose hombre, me recuerda más a su padre... Aquel esposo a quien tanto amé, a quien perdí tan pronto, me lo devuelve mi hijo al crecer... Es el mismo modo de hablar, de mirar... ¡Oh! Escucha: cuando veo a ese muchacho ir y venir por la granja, me produce p. 25una impresión que no puedo describir. Me parece que no soy tan viuda... ¡Y además, no sé, hay tantas cosas entre nosotros, nuestros corazones palpitan tan al unísono!... ¡Mira! Toca el mío, repara cuán de prisa late. Diríase que yo también tengo veinte años y que es mi boda la que va a resolverse.

FEDERICO, desde fuera.

¡Madre!

ROSA

¡Ahí está!...

ESCENA V

Los mismos, Federico; luego Baltasar y el Inocente.

FEDERICO, entra corriendo.

Madre, todo va bien... Dame un beso... ¡Oh, qué felicidad!

TODOS

¿Y tu tío?

FEDERICO

Allá viene... Ya baja de la tartana... ¡Pobre señor! Le he traído tan de prisa... Estará reventado.

ROSA, riéndose.

¡Oh, qué malo eres!

p. 26FEDERICO

Ya comprenderás... me moría por traértela buena noticia... Dame otro beso...

ROSA

¿La quieres mucho a tu arlesiana?...

FEDERICO

¡Que si la quiero!...

ROSA

¿Más que a mí?...

FEDERICO

¡Oh, madre mía!... (Cogiendo por el brazo a su madre.) ¡Vamos a ver al tío! (Se alejan por el foro.)

VIVETA, en la parte anterior del escenario.

Ni siquiera me ha mirado.

BALTASAR, acercándose con el Inocente.

¿Qué te pasa, muchacha?...

VIVETA, recogiendo su paquete.

¿A mí?... Nada... El calor..., el barco..., el... ¡Oh! ¡Oh, Dios mío!...

EL INOCENTE

No llores, Viveta... No le diré nada a Federico...

p. 27BALTASAR

Unos ríen y otros lloran: esta es la vida.

FEDERICO, en el foro, agitando su sombrero.

¡Viva el patrón Marcos!

ESCENA VI

Los mismos, el patrón Marcos; luego Francisco Samay.

EL PATRÓN MARCOS

En primer lugar, ya no hay patrón Marcos. Soy desde este año capitán de cabotaje con certificados, diplomas y toda la pesca... Conque, muchacho, si no se te hace muy cuesta arriba, llámame capitán... (Con las manos en los costados.) Y guía la tartana con más suavidad.

FEDERICO

Sí, capitán.

EL PATRÓN MARCOS

Perfectamente. (A Rosa:) Buenas tardes, Rosa. (Le da un beso. Viendo a Baltasar:) ¡Hola! Aquí está el tío Estrellas.

BALTASAR

Salud, salud, marinero.

EL PATRÓN MARCOS

¿Qué es eso de marinero? ¿No acabo de decir?...

p. 28FRANCISCO SAMAY, llegando.

¡Bueno! ¿Qué noticias tenemos?

EL PATRÓN MARCOS

Las noticias, señor Francisco, son que va a ser preciso que se ponga usted sus trapitos de solemnidad y marche a escape a la ciudad para hacer la petición. Le esperan a usted...

FRANCISCO SAMAY

Entonces, ¿son buena gente?...

EL PATRÓN MARCOS

Lo mejorcito que hay... ¡Excelentes, simpáticos, como usted y yo..., y unas limonadas!...

ROSA.

¡Cómo! ¿Limonadas?...

EL PATRÓN MARCOS

¡Oh! Divinas... las hace la madre... Una receta familiar... Nunca he bebido cosa igual...

ROSA

¿Pero has estado en su casa?

EL PATRÓN MARCOS

¡Pues no! Ya puedes suponer que en semejante ocasión no debe uno fiarse más que de sí mismo... (Señalando a sus ojos.) ¡No hay informes p. 29que valgan lo que dos buenos anteojos de marina como estos!

FRANCISCO SAMAY

¿De manera que estás satisfecho?...

EL PATRÓN MARCOS

Podéis fiaros de mí... El padre, la madre, la hija... son oro en paño, como sus limonadas...

FRANCISCO SAMAY, a Baltasar, con ademán triunfante.

¿Eh?... ¿Lo ves?...

EL PATRÓN MARCOS

Y ahora me figuro que despacharéis esto en seguida.

FEDERICO

Así lo espero.

EL PATRÓN MARCOS

Por de pronto, yo no me muevo de aquí hasta que la boda se haya celebrado. Dejó a la Bella Arsenia en el astillero por quince días; y mientras se templan los violines, iré a decir dos palabras a las gallinetas: ¡Pum! ¡Pum!

BALTASAR, sarcásticamente.

Ya sabes, marinero; si te hace falta uno que te lleve el morral...

p. 30EL PATRÓN MARCOS

Gracias, gracias, tío Estrellas... He traído a la tripulación.

ROSA, asustada.

¡La tripulación! ¡Dios mío!...

FEDERICO, riéndose.

No tenga usted cuidado, madre... La tripulación del capitán no es muy numerosa; mire, ahí está...

ESCENA VII

Los mismos, un viejo marinero.

Entra gruñendo sordamente, y saluda a derecha y a izquierda. Viene sudando y cargado de escopetas, morrales y grandes botas altas.

EL PATRÓN MARCOS

No está ahí toda la tripulación. Tenemos también un grumete; pero se ha quedado en Arlés para vigilar las reparaciones. Acércate, acércate, marinero; ya saludarás el domingo... ¿Te has traído las botas y la escopeta?

LA TRIPULACIÓN

Sí, patrón.

EL PATRÓN, fuera de sí, en voz baja.

¡Pero animal, llámame capitán!

LA TRIPULACIÓN

Sí, patr...

p. 31EL PATRÓN MARCOS

¡Bueno! Mete todo eso allá dentro. (El marinero entra en la granja.) No es muy despierto, pero es un lobo de mar.

FRANCISCO SAMAY

Oye, Rosa, parece que la tripulación tiene mucha sed.

EL PATRÓN

¡Y también el capitán!... Dos horas cabeceando, al sol, en esa maldita tartana.

ROSA

¡Bien! Entremos... Precisamente el abuelo acaba de abrir un barril de moscatel en tu honor.

EL PATRÓN

¡Que rico es el moscatel de Castelet!... Con eso, y las limonadas de la señorita, vais a hacer una buena bodega. (Cogiendo del brazo a Federico.) Ven acá, muchacho; vamos a beber a la salud de tu novia.

ESCENA VIII

Baltasar; después el Potrero.

BALTASAR

¡Pobre Viveta!... Ya tiene luto para toda la vida... ¡Amar en silencio y sufrir!... Esta será su estrella, como la de su abuela... (Enciende la pipa. Silencio prolongado. Al levantar la cabeza, ve al p. 32Potrero, de pie en el dintel del portalón, con su látigo corto al cuello, la chaqueta a la espalda y el zurrón de cuero en la cintura.) ¡Anda!... ¿Qué querrá ese?

EL POTRERO, adelantándose.

Pastor, es esto Castelet, ¿verdad?

BALTASAR

Me parece.

EL POTRERO

¿Está el amo?...

BALTASAR, señalando a la granja.

¡Entra!... Están en el comedor.

EL POTRERO, con viveza.

¡No, no!... No quiero entrar... Llámele.

BALTASAR, mirándole con curiosidad.

¡Calla!... ¡Es raro! (Llama.) ¡Francisco!... ¡Francisco!...

FRANCISCO SAMAY, desde la puerta.

¿Qué hay?

BALTASAR

Ven... Aquí hay un hombre que quiere hablarte.

p. 33ESCENA IX

Los mismos, Francisco Samay.

FRANCISCO SAMAY, acercándose precipitadamente.

¡Un hombre! ¿Por qué no pasa? Amigo, ¿tiene usted miedo de que se le caiga encima el techo?...

EL POTRERO, en voz baja.

Lo que tengo que decirle es solo para usted, señor Francisco.

FRANCISCO SAMAY

¿Por qué tiembla usted?... Hable, ya le escucho. (Baltasar fuma en un rincón.)

EL POTRERO

Dicen que su nieto de usted se va a casar con una joven de Arlés... ¿Es verdad, señor? (Óyense en el interior de la casa alegres risotadas y rumor de botellas.)

FRANCISCO SAMAY

En efecto, amigo mío... (Señalando la granja.) Escuche cómo se ríen allá dentro; estamos bebiendo a la salud de los novios.

EL POTRERO

Entonces, óigame: va usted a entregar su nieto a una miserable, que hace dos años es mi p. 34querida. Los padres lo saben todo, y me la habían prometido. Pero desde que la pretende su nieto de usted, ni ellos ni la joven me quieren ya a mí. Pensaba yo, sin embargo, que después de eso no podría ser mujer de otro.

FRANCISCO SAMAY

Eso es terrible... Pero, ¿quién es usted?...

EL POTRERO

Me llamo Mitifio. Guardo caballos allá en el pantano de Faramán. Sus pastores de usted me conocen bien...

FRANCISCO SAMAY, bajando la voz.

¿Pero es cierto lo que usted me dice? Tenga usted cuidado, joven... A veces la pasión, la cólera...

EL POTRERO

Lo que digo, lo demuestro. Cuando no podíamos vernos, me escribía; después, recogió sus cartas, pero pude apartar dos, y aquí las tengo; son de su puño y letra.

FRANCISCO SAMAY, pasando la vista por las cartas.

¡Justo cielo! ¿Qué es esto?...

FEDERICO, desde el interior.

¡Abuelo, abuelo!

p. 35EL POTRERO

¿Es una cobardía, verdad, lo que hago?... Pero esa mujer es mía, y quiero conservarla mía, cueste lo que cueste.

FRANCISCO SAMAY, con altivez.

Esté usted tranquilo; no se la vamos a quitar... ¿Puede usted dejarme esas cartas?

EL POTRERO

¡No puedo! Esto es lo único que de ella me queda, y... (en voz baja, con cólera) así la tengo en mi poder.

FRANCISCO SAMAY

Me harían mucha falta, sin embargo... El muchacho tiene mucho orgullo; solo con leer esto... se curaría su pasión.

EL POTRERO

¡Bueno! Sea: guárdelas usted, señor... Confío en su palabra... Su pastor me conoce y me las devolverá.

FRANCISCO SAMAY

Convenido.

EL POTRERO

Adiós. (Se dispone a salir.)

FRANCISCO SAMAY

Oiga, amigo: es muy largo el camino de aquí a Faramán; ¿quiere usted tomar un vaso de moscatel?...

p. 36EL POTRERO, sombrío.

¡No, gracias!... Tengo más pena que sed... (Sale.)

ESCENA X

Francisco Samay; Baltasar, que sigue sentado.

FRANCISCO SAMAY

¿Has oído?

BALTASAR, sentenciosamente.

La mujer y la tela, no las mires con candela.

FEDERICO, desde la granja.

Pero venga acá, abuelo; vamos a beber sin usted...

FRANCISCO SAMAY

¡Cómo le digo esto, Dios mío!...

BALTASAR, levantándose, con energía.

¡Valor, anciano!

ESCENA XI

Los mismos, Federico; después todos.

FEDERICO, adelantándose hacia la puerta,
con el vaso en alto.

¡Abuelo!... ¡Por la arlesiana!

FRANCISCO SAMAY

No..., no..., hijo mío... Tira el vaso; el vino se te volvería veneno.

p. 37FEDERICO

¿Qué dice usted?

FRANCISCO SAMAY

Digo que esa mujer es la última de todas, y que, por respeto a tu madre, su nombre no debe pronunciarse más aquí... ¡Toma! Lee...

FEDERICO, leyendo las dos cartas.

¡Oh!... (Da un paso hacia su abuelo.) ¿Es verdad esto?... (Después, dando un grito de dolor, va a caer sentado cerca del pozo.)


p. 38

Viñeta ornamental

ACTO SEGUNDO


CUADRO SEGUNDO

Orillas de la ría de Vacarés, en Camarga.

A la derecha, grandes cañaverales. — A la izquierda, un aprisco. — Inmenso horizonte desierto. — En primer término, cañas cortadas, reunidas en haces, y sobre ellos una gran hoz. — Al levantarse el telón, queda desierta la escena unos instantes.

ESCENA PRIMERA

Rosa, Viveta, el patrón Marcos.

Rosa, Viveta, en el foro. — En primer término, Marcos al acecho en los cañaverales.

VIVETA, mirando a lo lejos, con la mano sobre las cejas.

¡Federico!

MARCOS, sacando el cuerpo por entre los cañaverales,
con ademán desesperado.

¡Chist!...

ROSA, llamando.

¡Federico!...

MARCOS

¡Pero cállense ustedes, con mil diablos!...

p. 39ROSA

¿Eres tú, Marcos?

MARCOS, en voz baja.

Sí, sí..., yo soy... ¡Chist! No moverse... Ahí está.

ROSA

¿Quién..., Federico?

MARCOS

¡No! Un flamenco enorme..., una pieza magnífica que nos está haciendo correr desde esta mañana alrededor de la ría.

ROSA

¿No está con vosotros Federico?

MARCOS

¡No!

LA TRIPULACIÓN, oculto.

¡Ohé!

MARCOS

¡Ohé!

LA TRIPULACIÓN

¡Voló!

MARCOS

¡Ah, mil millones de diablos!... Estas condenadas mujeres... Es igual, no se me escapará... ¡Avante, marinero! (Se interna en el cañaveral.)

p. 40

ESCENA II

Rosa, Viveta.

ROSA

Ya ves cómo no estaba con su tío... ¿Quién sabe dónde habrá ido?

VIVETA

Vamos, madrina, no se preocupe usted... No puede estar muy lejos... Ahí tiene usted unas cañas recién cortadas. Habrá oído decir a las mujeres que hacían falta enrejados para los gusanos de seda, y habrá venido muy temprano a cortar las cañas.

ROSA

¿Pero por qué no vino a almorzar?... No se llevó merienda.

VIVETA

Habrá ido hasta la granja de los Girod.

ROSA

¿Te parece?

VIVETA

De seguro. Hace mucho tiempo que le vienen convidando los Girod.

ROSA

Es verdad. No había pensado en ello... Sí, sí, tienes razón. Debe de haber ido a almorzar con p. 41los Girod. Me alegro mucho de que se te haya ocurrido... Espera que me siente un poco... No puedo más. (Se sienta sobre las cañas.)

VIVETA, arrodillándose y cogiéndole las manos.

¡Que mala es esta madrina! ¡Cuánto se preocupa!... ¡Tiene usted las manos heladas!

ROSA

¿Qué quieres? Ahora tengo siempre miedo cuando no está junto a mí.

VIVETA

¿Miedo?

ROSA

Si te dijera todo cuanto pienso... No se te ha ocurrido nunca, al verle tan triste...

VIVETA

¿Qué?

ROSA

¡No! ¡No! Vale más que no diga nada... Hay cosas que se piensan; pero parece que hablando de ellas, sucederían. (Con rabia.) ¡Ah! Quisiera que una noche reventasen todos los diques del Ródano, y que el río arrastrase la ciudad de Arlés, con todas las que en ella viven.

VIVETA

¿Piensa todavía en esa mujer?

p. 42ROSA

¡Que si piensa!

VIVETA

Sin embargo, no habla nunca de ella.

ROSA

Tiene demasiado orgullo.

VIVETA

Entonces, si es orgulloso, ¿cómo puede amarla todavía, si está seguro de que era de otro?

ROSA

¡Ah, hija mía, si supieras!... No la ama del mismo modo que antes; la ama quizá más.

VIVETA

Pero, vamos a ver, ¿qué haría falta para arrancar a esa mujer de su corazón?

ROSA

Haría falta... una mujer.

VIVETA, muy conmovida.

¿De veras? ¿Cree usted que eso sería posible?

ROSA

¡Ah! ¡Cuánto amaría yo a la que me curase a mí hijo!

p. 43VIVETA

Si no es más que eso... No faltan quienes no desearían otra cosa... ¡Mire usted! Sin ir más lejos, ahí está la hija de los Girod, de que hablábamos antes. Ahí tiene usted una muchacha bonita, que le ha mirado mucho tiempo con buenos ojos. También tenemos la de los Nugaret; pero quizá no es bastante rica.

ROSA

¡Oh! Eso...

VIVETA

Entonces, madrina, es preciso que se encuentre con una de las dos.

ROSA

Sí, pero, ¿cómo? Ya sabes cómo se ha vuelto. Se esconde, huye, no quiere ver a nadie. ¡No, no! Lo que sería preciso es que el amor llegase a él y le envolviese por completo sin que se diese cuenta de ello. Alguien que viviese junto a él y que le amara bastante para no enojarse por su tristeza. Se necesitaría una criatura buena..., honrada..., valerosa..., como tú, por ejemplo.

VIVETA

¿Yo..., yo?... Si yo no le amo.

ROSA

¡Embustera!

p. 44VIVETA

¡Pues, sí! Le amo, le amo bastante para soportar todos sus agravios, todas las desgracias, si supiera que está en mi mano curarle de su pena. Pero, ¿qué quiere usted? ¡La otra era tan bella, según dicen! ¡Y yo soy tan fea!

ROSA

No, hija mía, tú no eres fea, solo eres triste, y a los hombres no les gusta eso. Para agradarles, es preciso reír, mostrar la dentadura. ¡Y la tuya es tan bonita!

VIVETA

Aunque riese, no se fijaría él más que si llorase. ¡Ah!, madrina, usted que es tan bella y que ha sido tan amada, dígame qué debe hacerse para que aquel a quien amamos nos mire y le inspire amor nuestra cara...

ROSA

Ponte ahí. Voy a decírtelo. En primer lugar, debe una figurarse que es bella: esto es más de la mitad de la belleza... Diríase que tú te avergüenzas de ti misma. Escondes todo lo que tienes... Tus cabellos no se ven. Ponte el lazo más atrás. Separa un poco esa cofia, a la arlesiana, así...; que no parezca que te cuelga de la espalda. (La compone, mientras habla.)

p. 45VIVETA

Vamos, madrina, pierde usted el tiempo... Estoy segura de que no podrá amarme.

ROSA

¿Qué sabes tú? ¿Le has dicho siquiera que le amabas?... ¿Cómo quieres que lo adivine? Demasiado sé lo que haces: cuando está delante, tiemblas, bajas los ojos. ¡Al contrario! Es preciso levantarlos, fijándolos atrevida y honestamente sobre los suyos. Con los ojos hablan las mujeres a los hombres.

VIVETA, aparte.

No me atreveré nunca.

ROSA

Vamos a ver. Mírame... ¡Pero si es bonita como una flor!... Quisiera que te viese ahora... ¡Mira! ¿Sabes lo que debías hacer? Ir hasta el cortijo de los Girod. Volveréis juntos, solitos, bordeando la ría. Al anochecer, el camino está oscuro. Tiene uno miedo, se extravía, se aprieta el uno contra el otro... ¡Ah, Dios mío! ¿Qué es lo que le estoy diciendo?... Escucha, Viveta, te lo ruega una madre. Mi hijo está en peligro; solo tú puedes salvarle. ¡Le amas, eres bonita, ve!

VIVETA

¡Ah, madrina, madrina!... (Vacila durante un instante; después sale bruscamente por la izquierda.)

p. 46ROSA, viéndola marchar.

¡Si fuera yo, qué bien sabría!...

ESCENA III

Rosa, Baltasar, el Inocente.

BALTASAR, va hacia el aprisco con el Inocente.

Ven acá, hijo mío. Vamos a ver si quedan algunas aceitunas en el fondo del saco. (Deteniéndose al ver a Rosa.) ¿Y qué, ama, le ha encontrado usted?

ROSA

¡No! Creo que habrá ido a comer a casa de los Girod.

BALTASAR

Bien puede ser.

ROSA, cogiendo por la mano al Inocente.

¡Vamos!... Hay que volver.

EL INOCENTE, pegándose a Baltasar.

No..., no..., no quiero.

BALTASAR

Déjemele, mi ama. Aquí estamos a orillas de la ría, con el rebaño. Así que venga la noche, se lo llevará el pastorcico.

EL INOCENTE

Sí..., sí..., Baltasar.

p. 47ROSA

Este niño te quiere más que a nosotros.

BALTASAR

¿Quién tiene la culpa, mi ama? Por inocente que sea, comprende bien que todos le habéis olvidado un poco...

ROSA

¡Olvidado! ¿Qué quieres decir? ¿Le falta algo? ¿No se tiene cuidado de él?

BALTASAR

Cariño es lo que le hace falta. Tiene, por lo menos, tanto derecho a él como el otro. Ya se lo he dicho a usted muchas veces, Rosa Samay...

ROSA

Quizá demasiadas, pastor...

BALTASAR

Este niño es la buena estrella de la casa. Debe usted quererle doblemente: primero por él, y luego por todos los de aquí a quienes protege.

ROSA

¡Lástima que no seas cura! ¡Qué bien predicarías!... Adiós. Me vuelvo a casa. (Da algunos pasos para irse; después vuelve hacia el niño, le besa con frenesí y vase.)

p. 48EL INOCENTE

¡Cómo ha apretado!

BALTASAR

¡Pobre niño! No te besa por ti.

EL INOCENTE

Tengo gana, pastor.

BALTASAR, pensativo, señalando al aprisco.

Entra y coge el saco.

EL INOCENTE, que ha ido a abrir la puerta del aprisco,
da un grito y vuelve espantado.

¡Ay!

BALTASAR

¿Qué pasa?

EL INOCENTE

¡Está ahí!... ¡Federico!...

BALTASAR

¡Federico!

ESCENA IV

Baltasar, el Inocente, Federico.

Aparece Federico a la puerta del aprisco; viene pálido, con el traje desarreglado y el pelo lleno de pajas.

BALTASAR

¿Qué haces ahí?

FEDERICO

Nada.

p. 49

BALTASAR

¿No has oído que te llamaba tu madre?

FEDERICO

Sí..., pero no me daba la gana de contestar. Esas mujeres me fastidian. ¿Qué tienen, que me están siempre espiando? Quiero que me dejen en paz, quiero estar solo.

BALTASAR

Haces mal. La soledad no es buena para lo que tú tienes.

FEDERICO

¿Lo que yo tengo?... ¡Si yo no tengo nada!

BALTASAR

¿Si no tienes nada, por qué pasas las noches llorando y quejándote?

FEDERICO

¿Quién te lo ha dicho?

BALTASAR

Ya sabes que soy brujo. (Al mismo tiempo que habla, entra en el aprisco y sale luego con un zurrón de tela que entrega al Inocente.) ¡Toma! Busca lo tuyo.

FEDERICO

¡Pues sí! Es cierto. Estoy enfermo; sufro mucho. Cuando estoy solo, lloro, grito... Hace un p. 50instante, ahí dentro, metía la cabeza entre la paja para que no se me oyese... Pastor, te lo suplico, puesto que eres brujo: dame una hierba, alguna cosa que me quite lo que tengo aquí, que me hace tanto daño.

BALTASAR

Hay que trabajar, hijo mío.

FEDERICO

¿Trabajar? Desde hace ocho días trabajo como diez jornaleros; me reviento, me agoto, y nada.

BALTASAR

Entonces, cásate pronto... No hay mejor almohada que el corazón de una honrada mujer...

FEDERICO, con rabia.

No hay mujeres honradas... (Calmándose.) ¡No! ¡No! Eso tampoco sirve. Vale más que me vaya. Es lo mejor de todo.

BALTASAR

Sí, viajar... También es bueno eso... Mira... Dentro de unos días marcharé al monte; ven conmigo..., verás que bien se está allá arriba. Aquello está lleno de fuentes que cantan, de flores tan grandes como árboles, y de estrellas, ¡de estrellas!...

p. 51FEDERICO

No está bastante lejos el monte.

BALTASAR

Entonces, vete con tu tío..., ve a recorrer mares lejanos...

FEDERICO

No..., no... Tampoco están bastante lejos los mares lejanos.

BALTASAR

¿Dónde quieres ir, pues?

FEDERICO, golpeando la tierra con el pie.

Allá..., a la tierra.

BALTASAR

¡Desdichado!... ¡Y tu madre y el abuelo, a quienes matarías a la vez!... ¡Claro! Todo sería fácil si no tuviésemos que pensar más que en nosotros mismos. Pronto echaríamos abajo la carga; pero están ahí los demás.

FEDERICO

Sufro tanto... Si tú supieras...

BALTASAR

¡Sé lo que es, vaya! Conozco tu mal, lo he tenido.

FEDERICO

¿Tú?

p. 52BALTASAR

Yo, sí... He conocido el espantoso tormento de decirse: la que amo, el deber me prohíbe amarla. Tenía yo entonces veinte años. En la casa donde servía (muy cerca de aquí, del otro lado del Ródano), la mujer del amo era hermosa, y me enamoré de ella... Nunca hablábamos de amor. Únicamente, cuando yo estaba solo en los prados, ella venía a sentarse y a reír cerquita de mí. Un día, aquella mujer me dijo: «¡Pastor, vete!... Ahora estoy segura de que te amo...». Entonces me marché, y entré en casa de tu abuelo.

FEDERICO

¿Y no os habéis vuelto a ver más?

BALTASAR

Nunca. Y, sin embargo, no estábamos muy lejos el uno del otro; y yo la amaba tanto, que después de haber llovido años y años sobre ese amor, ¡mira!, cuando hablo de él me asoman las lágrimas... ¡Qué más da! Estoy satisfecho. He cumplido con mi deber. Procura cumplir con el tuyo.

FEDERICO

¿Acaso no lo hago? ¿Soy yo quien habla de esa mujer? ¿Es que he vuelto a verla? Algunas veces... la rabia de amor se apodera de mí. Me digo: «Voy»..., y ando, ando... hasta que veo p. 53asomar los campanarios de la ciudad. Nunca he ido más allá.

BALTASAR

Bueno, entonces sé valiente hasta el final. Dame las cartas.

FEDERICO

¿Qué cartas?

BALTASAR

Esas odiosas cartas que lees día y noche, y que te abrasan la sangre en lugar de apartarte de ella, de calmarte, como el abuelo creía.

FEDERICO

Puesto que lo sabes todo, dime cómo se llama ese hombre, y te las devolveré.

BALTASAR

¿De qué te va a servir eso?

FEDERICO

Es uno de la ciudad, ¿no es cierto? ¿Algún rico?... Ella le habla siempre de sus caballos.

BALTASAR

Quizá.

FEDERICO

No quieres decirme nada; entonces, me las guardo. Si el galán quiere recuperarlas, vendrá a pedírmelas. De ese modo le conoceré.

p. 54

BALTASAR

¡Ah, loco, más que loco!... (Voces lejanas.) ¿Para qué llamarán ahora los pastores? (Mirando al cielo.) Sí que tienen razón. El sol se pone... Hay que entrar el ganado. (Al Inocente:) Espérame, pequeño; en seguida vuelvo. (Sale.)

ESCENA V

Federico, el Inocente.

Federico, sentado sobre las cañas; el Inocente, comiendo,
un poco más lejos.

FEDERICO

Todos los enamorados tienen cartas de amor; estas son las mías. (Saca las cartas.) No tengo otras... ¡Ah, pobre de mí!... Aunque me las sé de memoria, he de leerlas y releerlas sin cesar. Esto me desgarra el corazón, me mata; pero, así y todo, me agrada... como si me envenenase con algo delicioso.

EL INOCENTE, levantándose.

¡Bueno! He acabado; no tengo más gana.

FEDERICO, mirando las cartas.

¡Cuántas caricias hay aquí dentro, cuántas lágrimas, cuántos juramentos de amor! ¡Y decir que todo esto es para otro, que está escrito, que lo sé yo, y que la amo todavía! (Con rabia.) ¡Es p. 55raro que el desprecio no pueda matar al amor! (Lee las cartas.)

EL INOCENTE, acercándose y apoyándose en su espalda.

No leas eso; hace llorar.

FEDERICO

¿Cómo sabes tú que hace llorar?

EL INOCENTE, hablando lentamente y con trabajo.

Te veo por las noches, en nuestro cuarto, cuando tapas la lámpara con la mano.

FEDERICO

¡Oh, oh! El pastor tiene razón cuando dice que te despiertas. Hay que tener cuidado con esos ojitos de ahora en adelante.

EL INOCENTE

Deja ya esos cuentos tan feos. Yo sé otros mucho más bonitos. ¿Quieres que te cuente uno?

FEDERICO

¡Vamos a ver!

EL INOCENTE, sentándose a sus pies.

Pues, señor, había una vez..., había una vez... Tiene gracia; nunca me acuerdo del principio de los cuentos. (Se coge la cabecita con las manos.)

p. 56FEDERICO, leyendo las cartas.

«Me he entregado a ti por completo». ¡Oh, Dios!

EL INOCENTE

Y entonces... (Con pena.) Me cansa tanto pensar... Y entonces luchó toda la noche, y después, por la mañana, el lobo se la comió... (Deja caer la cabeza sobre las cañas, y se duerme.)

FEDERICO

Bueno, y ese cuento ¿se acabó ya? ¡Pobre pequeño, se durmió contándomelo! (Cubre al niño con su chaqueta.) ¡Es una dicha dormir así! Yo no puedo; pienso demasiado... Y, sin embargo, la culpa no es mía, sino que parece que todo se conjura a mi alrededor para hablarme de ella, para impedirme que la olvide; así, la última vez que la vi era una tarde como esta: el Inocente se había dormido como ahora... y yo le velaba, pensando en ella.

ESCENA VI

Los mismos, Viveta.

VIVETA, viendo a Federico, se detiene; aparte.

¡Ah! ¡Por fin le encuentro!...

FEDERICO

Entonces, vino pasito por detrás de las moreras y me llamó por mi nombre.

p. 57VIVETA, tímidamente.

¡Federico!

FEDERICO

¡Oh! Tengo siempre su voz en los oídos.

VIVETA

No me oye. ¡Espera! (Coge algunas flores silvestres.)

FEDERICO

Yo, intencionadamente, no volvía la cabeza. Entonces, para llamarme la atención, se puso a sacudir las moreras, riéndose con toda su alma, y yo allí sin moverme, recibiendo su encantadora risa, que parecía caer sobre mí con las hojas de los árboles.

VIVETA, acercándose por detrás, le arroja un puñado de flores.

¡Ja, ja, ja!

FEDERICO, con extravío.

¿Quién está ahí? (Volviéndose.) ¿Eres tú?... ¡Oh! ¡Qué daño me has hecho!

VIVETA

¿Te he hecho daño?

FEDERICO

¿Pero qué me quieres con tu risa, tu risa insoportable?...

VIVETA, muy conmovida.

Es que... es que te amo, y me habían dicho p. 58que para agradar a los hombres era preciso reír. (Silencio.)

FEDERICO, asombrado.

¿Me amas?

VIVETA

¡Vaya, hace mucho tiempo! De pequeñita...

FEDERICO

¡Ah! ¡Pobre criatura, cómo te compadezco!

VIVETA, con los ojos bajos.

¿Te acuerdas de cuando la abuela Reinalda nos llevaba a coger coscojo hacia Montemayor? Entonces ya te amaba; y cuando, al buscar en las encinas, nuestros dedos se juntaban bajo las hojas, no te decía nada, pero me estremecía toda... Hace de esto diez años... Conque ya ves. (Silencio.)

FEDERICO

Este amor es para ti una gran desgracia, Viveta... Yo no te amo.

VIVETA

¡Oh! Demasiado lo sé. No es de hoy. Ya en la época de que te hablo empezabas tú a no amarme. Cuando te daba alguna cosa, siempre se la dabas a los demás.

FEDERICO

Pues entonces, ¿qué es lo que quieres de mí, si sabes que no te amo, que no te amaré nunca?

p. 59VIVETA

No me amarás nunca, ¿verdad? Es lo que yo decía... Pero escucha: no tengo yo la culpa; tu madre es quien lo ha querido.

FEDERICO

¿Conque era eso lo que tramabais las dos hace un rato?

VIVETA

¡Te quiere tanto tu madre!... ¡Sufre tanto con tu dolor! Se figuraba que te aliviaría tener amistad con alguien, y por eso me envió a ti... Sin ella no hubiera yo venido. Yo no soy pedigüeña, no; me habría bastado lo que poseía. Venir aquí dos o tres veces al año; pensar en ello mucho tiempo antes y mucho más después...; oírte, estar a tu lado; no hubiera deseado más... No sabes tú, cuando llegaba a vuestra casa, cómo me latía el corazón solo con ver la puerta. (Movimiento de Federico.) ¡Y mira cuán desgraciada soy! Esa felicidad que cualquier cosa me producía, pero que llenaba mi vida, hace que la pierda ahora. Porque, como tú comprendes, todo se acabó... Después de lo que te he dicho, ya no me atreveré a encontrarme frente a ti. Es preciso que me vaya para no volver más.

FEDERICO

Tienes razón, vete; más vale.

p. 60VIVETA

Pero antes de que me vaya, déjame pedirte una cosa, la última. El mal que una mujer te ha causado, otra puede curarlo. Busca otra novia, y no te desesperes pensando siempre en aquella. Ya ves qué doble dolor sería para mí estar lejos y decirme: «No es feliz». ¡Oh, Federico mío! Te lo pido de rodillas; no te dejes morir por esa mujer. Hay otras. No todas son feas como Viveta. Yo misma conozco algunas que son bien hermosas, y, si quieres, te las indicaré.

FEDERICO

No me faltaba más que esta persecución... No quiero ni a ti, ni a las demás, ni a las hermosas, ni a las feas. Puedes decírselo a mi madre, y que no me mande ninguna más. Todas me dan asco. ¡Siempre la misma mueca! Mentira, mentira, y mentira. Tú misma, que te arrastras sobre las rodillas y me pides amor, ¿quién me dice que no tienes en alguna parte un amante que me vendrá también con cartas?

VIVETA, tendiendo los brazos hacia él.

¡Federico!

FEDERICO, sollozando.

¡Ah! Ya ves que estoy loco y que hay que dejarme tranquilo. (Sale corriendo.)

p. 61ESCENA VII

Viveta, el Inocente; después Rosa.

Anochece.

VIVETA, de rodillas, sollozando.

¡Dios mío! ¡Dios mío!

EL INOCENTE, asustado.

¡Viveta!

ROSA

¿Qué pasa? ¿Quién llora?

VIVETA

¡Ah, madrina!

ROSA

¿Eres tú?... ¿Y Federico?

VIVETA

¡Ah! Bien le había dicho a usted que no me amaría nunca... ¡Si usted supiera lo que me ha dicho, cómo me ha hablado!

ROSA

Pero, ¿dónde está?

VIVETA

Acaba de marchar por ahí, corriendo como un loco. (Un fogonazo ilumina el cañaveral por el lado que indica Viveta.)

ROSA

¡Ah! (Quedan petrificadas, pálidas.)

p. 62MARCOS, en el cañaveral.

¡Ohé!

LA TRIPULACIÓN

¡Marró!

VIVETA

¡Ah! ¡Qué susto me ha dado!...

ROSA

Has tenido miedo, ¿eh?... Ya ves que piensas en ello como yo... ¡No, no! No es posible; es preciso tomar una resolución; yo no puedo vivir así. Ven...


CUADRO TERCERO

La cocina de Castelet.

A la derecha, en el rincón, alta chimenea de gran campana. — A la izquierda, larga mesa y banco de encina, alacenas, puertas interiores. — Amanece.

ESCENA PRIMERA

El patrón Marcos, la Tripulación.

El patrón Marcos, sobre una silla, suda lo suyo para ponerse sus botas altas. — La Tripulación, cargada con todos los avíos, está apoyada en la mesa y dormita en pie.

MARCOS

Ya ves, marinero, en Camarga solo es buena la espera de la mañana. (Tirando de la bota.) ¡Eh, vamos!... Durante el día hay que andar por el fango y levantar las piernas como un caballo p. 63tuerto, y para matar, ¿qué?, ni siquiera una cerceta. ¡Oh, iza! Ya estoy calzado... Al alba, por el contrario, los gansos, los flamencos, las fochas desfilan en batallones sobre la cabeza, y no hay más que tirar al montón. ¡Pum, pum!... Me parece que vale la pena, ¿eh?... ¿Qué dices? ¡Eh! ¡Los de a bordo! ¿Duermes, marinero?

LA TRIPULACIÓN, soñando.

¡Marró!...

MARCOS

¡Como que marró, si no he tirado! (Sacudiéndole.) ¡Despierta, animal!

LA TRIPULACIÓN

Sí, patr...

MARCOS

¿Eh?

LA TRIPULACIÓN, precipitadamente.

Sí, capitán...

MARCOS

¡Así! Vamos, ven. (Abre la puerta del foro.) Mira qué brisa. ¡Cómo te va a refrescar los hocicos!... ¡Oh, oh! Los avetoros aletean en el pantano. ¡Buena señal! (En el momento de salir, óyese abrir una ventana.)

ROSA, fuera, llamando.

Marcos...

MARCOS

¡Ohé!

p. 64ROSA

No te vayas... Tengo que hablarte...

MARCOS

Pero es que el puesto...

ROSA

Voy a despertar al abuelo... Vamos a bajar; espéranos... (La ventana se cierra.)

MARCOS, volviendo a entrar furioso.

¡Vaya! Ya no hay cacería... Brrr... ¿Qué tendrá que decirme con tanta urgencia? Estoy seguro de que es para hablarme otra vez de esa arlesiana... (Se pasea a lo largo de la habitación.) A fe mía que, si esto continúa, no se va a poder vivir aquí. El muchacho no desplega los labios, el abuelo tiene los ojos llorosos, y la madre me pone una cara... como si fuese mía la culpa. (Parándose ante la Tripulación.) Vamos a ver, ¿es mía la culpa?...

LA TRIPULACIÓN

Sí, capitán...

MARCOS

¡Cómo que sí!... Fíjate en lo que dices... ¿Acaso podía yo ir a registrar los cascos de ese penco para saber si había perdido un hierro o dos en el camino?... Y al fin y al cabo, ¿qué?... ¡Vaya unos p. 65conflictos por un amorío! Si todos los hombres fuesen como yo... ¡Fuego de Dios!... Tendría gana de ver qué hembra me echaba a mi la garra... (Sacudiendo a la Tripulación.) Y tu también, marinero, estoy seguro de que tendrías gana de verla... (Se ríe; la Tripulación se ríe también, y los dos se miran.)

ESCENA II

Los mismos; Viveta con varios paquetes.

VIVETA

¿Ya levantado, capitán?...

MARCOS

¡Ah! Es nuestra amiga Viveta... ¿Dónde vamos tan temprano, mi señora Viveta, con tanta carga?

VIVETA

Voy a llevar mi equipaje al barquero del Ródano... Me marcho en el barco a las seis.

MARCOS

¿Se marcha usted?

VIVETA

Sí, capitán; es preciso.

MARCOS

¡Qué alegremente dice: es preciso! Y los amigos p. 66de Castelet, ¿no se le parte a usted el corazón abandonándolos?

VIVETA

¡Ah, ya lo creo! Pero allá en San Luis hay una viejecita que se aburre de estar sola, y este pensamiento me da valor para marchar... ¡Ah, Virgen santa! Se me olvidaba... ¡Y el fuego que no está dispuesto..., y el desayuno de los hombres..., y precisamente se ha puesto enferma la criada esta mañana...! Pronto, pronto.

MARCOS

¿Quiere usted que la ayude?

VIVETA

Con mucho gusto, capitán. Mire: allá, detrás de la puerta, hay dos o tres haces de sarmientos.

MARCOS, cogiendo los haces.

Ya... ya. (A la Tripulación:) ¿Qué haces tú ahí mirándome con esos ojazos?...

VIVETA, cogiendo los sarmientos.

Gracias... Ahora no hay más que soplar...

MARCOS

Yo me encargo de ello.

p. 67VIVETA

¡Eso es! Mientras tanto, me acercaré al barco para que me reserven el asiento...

MARCOS, vivamente.

¿Pero, volverá usted?

VIVETA

¡Claro! Debo despedirme de mi madrina... (Cargando con el paquete.) ¡Aúpa!

MARCOS

Deje, deje. La Tripulación le llevará a usted eso. Pesa demasiado... ¡Eh, marinero!... ¡Vamos!... ¿Qué?... ¿Qué tienes? ¿De qué te asombras? ¿No te digo que cojas esos paquetes?...

VIVETA

Hasta luego, capitán... (Sale.)

ESCENA III

El patrón Marcos, solo.

¡Pues estamos bien si esta se marcha! Era lo único alegre y vivo de la casa... Y además tan simpática, tan cortés con todos, tan acertada para darle a uno sus títulos. «Sí, capitán; no, capitán». Ni una sola vez se equivoca... ¡Hola, hola! En medio de todo no sería desagradable ver p. 68saltar por el puente de la Bella Arsenia un perdigoncito como ese... ¡Bueno, bueno! ¿Qué me pasa? ¿Es que yo también?... Decididamente: por aquí corren malos vientos. A fe mía que esta arlesiana nos ha vuelto a todos locos. (Sopla con rabia.)

ESCENA IV

El patrón Marcos, Baltasar.

BALTASAR, apoyado en la mesa, le mira desde hace unos instantes.

Buen tiempo para las gallinetas, marinero...

MARCOS, sorprendido y cortado.

¡Ah! ¿Eres tú? (Tira el fuelle.)

BALTASAR

El cielo está cubierto de caza, allá hacia la granja de los Girod.

MARCOS, levantándose.

No me hables de eso. Estoy furioso. Me han hecho perder la espera...

BALTASAR

¿Y para calmarte los nervios haces...? (Imitando el ademán de soplar.) Para eso no hace falta ponerse las botas... (Se ríe.)

p. 69MARCOS

¡Está bien! ¡Está bien, grandísimo bribón! (Aparte.) ¡Que siempre ha de estar encima de uno ese hombre! (Viendo que el pastor se instala en la chimenea y enciende su pipa.) ¡Hola! ¿También tú estás citado?...

BALTASAR, sentado junto a la chimenea.

¿Citado?

MARCOS

Sí, hombre... Parece que esta mañana se celebra un gran consejo de familia. No sé que les habrá pasado... Algún otro chisme... ¡Chist! Helos aquí...

ESCENA V

Los mismos, Rosa, Francisco Samay.

ROSA

Entre usted, abuelo...

MARCOS

¿Qué ocurre?

ROSA

Cierra la puerta.

MARCOS

¡Oh, oh! Parece que es cosa seria.

ROSA

Muy seria... (Viendo a Baltasar.) ¿Estás ahí tú?

p. 70BALTASAR

¿Estoy de más, ama?...

ROSA

Bien puedes quedarte. Lo que tengo que decirles, lo sabes tan bien como nosotros... Es una cosa terrible, en la cual pensamos todos, y de la que nadie se atreve a hablar. Pero el tiempo urge, y es necesario que hablemos de una vez.

MARCOS

Apostaría que se trata de tu chico.

ROSA

Sí, Marcos, lo has adivinado... Se trata de mi hijo, que se muere. Vale la pena de hablar de ello.

FRANCISCO SAMAY

¿Qué es lo que dices?

ROSA

Digo que nuestro hijo se muere, abuelo, y vengo a preguntaros si vamos a contemplar tranquilamente cómo se va al otro mundo, sin hacer nada.

MARCOS

Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que tiene?

ROSA

Tiene que es algo p. 71superior a sus fuerzas renunciar a su arlesiana. Tiene que esta lucha le agota..., que este amor le mata.

MARCOS

Nada de eso nos dice de qué muere. Uno muere de una pleuresía, de un aparejo que le cae encima, o arrastrado por una oleada; pero, ¡qué diablo!... Un muchacho de veinte años, fuertemente amarrado a sus áncoras, no va a dejarse llevar por una contrariedad amorosa...

ROSA

¿Lo crees así, Marcos?

MARCOS, riendo.

¡Ja, ja! Hay que venir a Camarga para encontrarse todavía con esas supersticiones. (Con frivolidad.) Escuche usted esto, hermanita; es la canción de moda este invierno en el Kursaal de Arlés... (Con fatuidad.)

Felizmente no hay quien muera de amor,
felizmente (bis) no hay quien muera de amor.

(Silencio de muerte.)

BALTASAR, en la chimenea.

¡No cantan mal las cubas vacías!

MARCOS

¿Eh?

ROSA

Miente tu canción, Marcos. Hay juventudes p. 72de veinte años que mueren de amor; y aun las más de las veces, como encuentran esta muerte demasiado lenta, los que se hallan atacados de ese extraño mal se liberan de la existencia para acabar antes...

FRANCISCO SAMAY

¿Es posible, Rosa?... ¿Crees tú que el muchacho?...

ROSA

Les digo a ustedes que tiene la muerte en los ojos. Mírenle bien y lo verán. Yo hace ocho días que le vigilo; he puesto mi cama en su habitación, y por las noches me levanto para escuchar... ¿Les parece a ustedes que esto es vivir, para una madre? Constantemente tiemblo, tengo miedo de todo por él. Las escopetas, el pozo, el granero... ¡Ah! Y les advierto a ustedes que voy a hacer tapiar esa ventana del granero... Desde allá arriba se ven las casas de Arlés, y todas las tardes el muchacho sube a mirarlas... Eso me espanta... ¿Y el Ródano?... ¡Oh! ¡Ese Ródano! Sueño con él, y Federico también sueña. (Bajo.) Ayer permaneció más de una hora delante de la casa del barquero, mirando el agua con ojos de loco... Ya no tiene más que esa idea, estoy segura... Si no lo ha hecho aún, es porque yo estoy allí, siempre allí, detrás de él, guardándole, p. 73amparándole; pero ya se me acaban las fuerzas y veo que se me va a escapar.

FRANCISCO SAMAY

¡Rosa! ¡Rosa!...

ROSA

Óigame, Francisco. No haga usted lo que Marcos. No alce usted los hombros a lo que le digo... Le conozco mejor que usted a ese muchacho, y sé de lo que es capaz... Tiene toda la sangre de su madre; y yo..., si no me hubiesen dado al hombre a quien quería, sé muy bien lo que hubiera hecho.

FRANCISCO SAMAY

Pero, vamos a ver... A pesar de todo, no podemos casarle... con esa...

ROSA

¿Por qué no?

FRANCISCO SAMAY

¿Sabe usted lo que se dice, hija mía?...

MARCOS

¡Fuego de Dios!...

FRANCISCO SAMAY

Yo no soy más que un aldeano, Rosa; pero estimo tanto el honor de mi nombre y de mi casa, como si fuese señor de Caderousse y de Barbantana... ¡Esa artesiana en mi casa!... ¡Vamos!...

p. 74ROSA

Verdaderamente, les admiro a ustedes dos cuando me hablan de su honor. ¡Bueno! ¿Y yo? ¿Qué tendría que decir entonces? (Adelantándose hacia Francisco.) Veinte años hace que soy su hija de usted, señor Francisco: ¿ha oído usted nunca una mala palabra sobre mi conducta?... ¿Se encontraría en alguna parte una mujer más honrada, más fiel a su deber?... Es preciso que lo diga yo, puesto que ninguno de ustedes piensa en ello... Mi hombre, al morir, ¿no ha dado fe ante todos de mi discreción y de mi lealtad?... Y si yo, yo, consiento en traer esa pícara a mi casa y en darle mi hijo, ese pedazo de mis entrañas, diciéndole: «Hija mía», ¡ah!, ¿creen ustedes acaso que me será menos violento que a los demás?... Y, sin embargo, estoy dispuesta a hacerlo, ya que no hay otro medio de salvarle...

FRANCISCO SAMAY

Ten piedad de mí, hija mía; me matas...

ROSA

¡Oh, padre mío! Se lo ruego a usted: piense en su Federico... Usted ha perdido ya a su hijo... Este otro es su nieto, es dos veces su hijo; ¿querría usted perderlo también?...

FRANCISCO SAMAY

Esa boda me matará...

p. 75ROSA

¡Y qué! Moriremos todos... ¿Qué importa? ¡Con tal de que el hijo viva!

FRANCISCO SAMAY

¿Quién me hubiera dicho, Dios mío, que habría de ver semejante cosa?...

BALTASAR, levantándose de repente.

Yo sé de uno que no la verá... ¡Cómo! ¡Aquí, en Castelet, una perdida que ha rodado con todos los chalanes de la Camarga!... ¡Pues estaría bien!... (Arrojando al suelo la capa y el cayado.) Ahí están mi capa y mi cayado, señor Francisco. Deme usted la cuenta para que me vaya...

FRANCISCO SAMAY, suplicándole.

Baltasar, es por el muchacho... ¡Piénsalo! No tengo más que ese.

ROSA

¡Vaya! Déjele que se marche... Se le ha dado demasiada importancia a este criado.

BALTASAR

¡Ah! Con cuánta razón se dice que mil ovejas sin pastor no son un buen rebaño. Lo que falta hace mucho tiempo en esta casa es un hombre que la dirija. Hay mujeres, jóvenes, viejos; falta el amo.

p. 76ROSA

Contéstame con franqueza, pastor... ¿Crees que el muchacho sería capaz de matarse si no le diéramos esa mujer?

BALTASAR, con gravedad.

Lo creo...

ROSA

¿Y preferirías verle morir?...

BALTASAR

¡Cien veces!...

ROSA

Vete, miserable; vete, maldito brujo... (Se lanza sobre él.)

FRANCISCO SAMAY, interponiéndose.

Deja, deja, Rosa... Baltasar es de tiempos más severos que los tuyos, en que se ponía el honor por encima de todo. Yo también pertenezco a aquel tiempo, pero ya no soy digno de él. Voy a darte la cuenta; puedes marcharte, pastor...

BALTASAR

¡No!... Todavía no... Ahí baja el muchacho... Quisiera ver cómo se las van ustedes a arreglar para decirle eso... Federico, Federico, tu abuelo quiere hablarte...

p. 77ESCENA VI

Los mismos, Federico.

FEDERICO

¡Calla! ¡Todos aquí!... Pero, ¿qué pasa? ¿Qué les ocurre a ustedes?

ROSA

Y a ti, desdichado, ¿qué te ocurre?... ¿Por qué estás tan pálido, tan febril? Mírele usted, abuelo, ya no es más que la sombra de sí mismo...

FRANCISCO SAMAY

La verdad es que ha cambiado mucho...

FEDERICO, con pálida sonrisa.

¡Bah! Estoy algo enfermo. Pero no es nada, un poco de fiebre; ya pasará. (A Francisco:) ¿Quería usted hablarme, abuelo?...

FRANCISCO SAMAY

Sí, hijo mío, quería decirte... Yo..., tú... (Aparte, a Rosa:) Díselo tú, Rosa; yo no podría nunca.

ROSA

Escucha, hijo mío: todos sabemos que tienes una gran pena, de la cual no quieres hablarnos. Sufres, eres desgraciado... ¿Es por esa mujer, verdad?

p. 78FEDERICO

Haga usted el favor, madre... Habíamos quedado en que no se pronunciaría nunca ese nombre aquí.

ROSA, con exaltación.

Es preciso, sin embargo, puesto que mueres por eso..., puesto que quieres morir... ¡Oh! No mientas... Lo sé; solo has encontrado un medio para arrancar ese amor de tu corazón: irte con él de este mundo... Pues, hijo mío, no mueras; como quiera que sea esa maldita arlesiana, tómala... Nosotros te la damos.

FEDERICO

¿Es posible?... Madre... ¡Pero usted no lo ha pensado bien!... Usted sabe lo que es esa mujer...

ROSA

Ya que la amas...

FEDERICO, muy conmovido.

¿De veras, madre, usted consentiría?... Y usted, abuelo, ¿qué dice de esto?... ¿Se sonroja usted, baja la cabeza? ¡Ah! Pobre anciano, cuánto debe costarle... ¡Tanto me han de amar ustedes para hacer por mí un sacrificio semejante!... ¡Pues, no; mil veces no! No aceptaré... Levantad la cabeza, amigos míos, y miradme sin avergonzaros... La mujer a quien yo dé vuestro nombre será digna de él, os lo juro...

p. 79ESCENA VII

Los mismos; Viveta, por el foro.

VIVETA, deteniéndose, con timidez.

Perdonen ustedes... ¡Estorbo!...

FEDERICO, deteniéndola.

No..., quédate..., quédate... ¿Qué le parece a usted, abuelo? Creo que a esta no se avergonzaría usted de llamarla hija...

TODOS

¡Viveta!...

VIVETA

¿Yo?...

FEDERICO, a Viveta, sosteniéndola entre sus brazos.

Ya sabes lo que me dijiste: «El mal que una mujer me ha hecho, solo una mujer puede curarlo». ¿Quieres ser tú esa mujer, Viveta? ¿Quieres que te dé mi corazón? ¡Está muy enfermo, muy destrozado por las sacudidas que ha sufrido, pero es igual! Creo que si tú lo intentas, lo conseguirás. ¿Quieres probar, di?... (El abuelo y la madre quedan alelados, con los brazos extendidos hacia Viveta en ademán suplicante.)

VIVETA, inclinando la cabeza sobre el seno de Rosa.

Contéstele usted por mí, madrina.

BALTASAR, sollozando, coge la cabeza de Federico
entre sus manos.

¡Ah, hijo mío, Dios te bendiga por el bien que me haces!


p. 80

Viñeta ornamental

ACTO TERCERO


CUADRO CUARTO

El patio de Castelet.

Lo mismo que en el cuadro primero, pero limpio, reluciente, endomingado. A los dos lados de la puerta del foro, un mayo con guirnaldas de flores. Encima de la puerta, un colosal ramillete de trigo verde, acianos, amapolas, meletas y espuelas de caballero.

Movimiento de mozos y de doncellas en traje de fiesta. Junto al pozo, una criada llenando un cántaro. De vez en cuando llega con la brisa el sonido del pífano, el redoble de los tamboriles.

ESCENA PRIMERA

Baltasar, mozos, criadas.

Baltasar por el foro, sudando y cubierto de polvo.

LOS MOZOS

¡Ah! Aquí está Baltasar.

UNO DE LOS MOZOS

Buenos días, tío Baltasar.

BALTASAR, alegremente.

Salud, salud, jóvenes... (Va a sentarse al borde del pozo.)

p. 81LA CRIADA

¡Dios mío! Cuánto calor tiene usted, pobre pastor.

BALTASAR, enjugándose la frente.

Vengo de lejos y el sol quema... Dame el cántaro... (La mujer levanta el cántaro y le da de beber.)

LA CRIADA

¿Pero es razonable que a la edad que usted tiene se ponga en semejante estado?...

BALTASAR

¡Bah! No soy tan viejo como creen... Es ese gran tunante de sol al que no estoy acostumbrado... Calcula, hija mía: hacía más de sesenta años que no pasaba un mes de junio en los llanos. (Los mozos se han acercado y forman corro en torno de él.)

UN MOZO

Es cierto, abuelo. Se retrasa usted mucho este año en llevar el ganado al monte.

BALTASAR

¡Caramba! Sí. Los animales no están contentos; pero, ¿qué quieres?... He casado al padre, he casado al abuelo, y no podía morirme sin casar al chico... Por fortuna, no durará mucho esto: hoy se publican las amonestaciones, primera y última; el jueves los regalos, el sábado la boda. Después, al monte...

p. 82LA CRIADA

¿No va usted a descansar nunca, tío Baltasar? ¿Piensa usted guardar el ganado hasta el fin de sus días?...

BALTASAR

¡Que si pienso!... (Quitándose el sombrero.) Al gran Pastor que allá arriba está no le he pedido nunca más que una cosa: que me haga morir en plenos Alpes, en medio de mi rebaño, una de esas noches de julio en que se ven tantas estrellas... Por lo demás, no me apuro. Estoy seguro de irme así. ¡Es mi estrella!... Otro trago, gatita mía. (Bebe; la criada sostiene el cántaro.)

LOS MOZOS, mirándose unos a otros con admiración.

¡Ya sabe que esa es su estrella!...

ESCENA II

Los mismos, el patrón Marcos y la Tripulación.

El patrón Marcos aparece sobre el descansillo de la escalera. Está endomingado, con chaleco de seda, gorra dorada de grandes galones, corbata de seda y camisa bordada.

MARCOS, a Baltasar, que está bebiendo.

¡Eh! Tío Baltasar: reservémonos, que esa bebida se sube a la cabeza...

BALTASAR

Vean ustedes al lindo don Diego, que se da p. 83pisto ahí arriba porque tiene una gorra nueva que reluce como la bacía de un barbero... ¿No has ido a misa, mal cristiano, en un día como este?

MARCOS, bajando.

Mil gracias... Hay que ir a buscar la misa demasiado lejos, en este país de salvajes... Y me acuerdo de la tartana... (Mirando a su alrededor.) ¡Oh, oh! ¡Que empavesados estamos!... ¿Qué harán ustedes el día de la boda, si hacen esto el de los dichos?...

UN MOZO

Pero hoy no solamente son los dichos, sino que también es San Eloy, la fiesta de los labradores.

MARCOS

Por eso se oye roncar a los tamboriles.

EL MOZO

Sí; los cofrades de San Eloy van de granja en granja bailando la farandola. Los tendremos en Castelet antes que llegue la noche.

MARCOS

Pero oye: ¿es que el día de San Eloy es más larga la misa que los demás domingos?... Nuestra gente no acaba de llegar...

p. 84LA CRIADA

Seguramente habrán dado la vuelta por San Luis para recoger a la abuela Reinalda.

MARCOS

¡Hombre!... ¿Conque vamos a ver a esa buena anciana? A propósito, tío Estrellas: ¿no es esa una de tus antiguas amigas?...

BALTASAR

Cállate, marinero.

MARCOS, riéndose.

¡Hola, hola! Parece que en tiempo del abuelo Reinaldo... (Los mozos se ríen.)

BALTASAR

¡Cállate, marinero!

MARCOS

Habéis, como suele decirse, espigado juntos.

BALTASAR, levantándose, pálido, con voz terrible.

¡Marinero!... (El patrón retrocede, asustado. Los mozos dejan de reír. Baltasar les mira a todos un instante.) Podéis reíros lo que queráis de este viejo loco de Baltasar y de sus estrellas... ¡Pero ese asunto es sagrado!... Prohíbo mentarlo...

p. 85MARCOS

Bueno, bueno; nadie ha querido incomodarte. ¡Qué diablo!

LOS MOZOS

De ningún modo, tío Baltasar; ya sabe usted... (Le rodean. Vuélvese a sentar tembloroso.)

MARCOS, aparte, a la Tripulación.

No he visto una casa como esta para tomar en serio historias de mujeres. Es lo mismo que el otro con su arlesiana. Parecía que todo se había acabado, que ya no había esperanza. Y ahora...

LOS MOZOS, corriendo hacia el foro.

¡Ahí están! ¡Ahí están!...

BALTASAR, muy conmovido.

¡Oh, Dios mío! (Se aparta a un rincón.)

ESCENA III

Los mismos, Rosa, Francisco, Federico, Viveta, el Inocente, la abuela Reinalda.

Entran por el foro, todos engalanados, con cofias de encaje y chaquetas rameadas. — La vieja va la primera, apoyándose en Viveta y en Federico.

LA ABUELA REINALDA

Helo aquí todavía, el viejo Castelet... Dejadme, hijos míos, que lo mire un poquito...

p. 86MARCOS

Buenos días, abuela Reinalda.

LA ABUELA REINALDA, haciéndole una gran reverencia.

¿Quién es este señor tan elegante?... No le conozco...

ROSA

Es mi hermano, abuela Reinalda...

FRANCISCO SAMAY

Es el patrón Marcos.

MARCOS, apuntándole, y en voz baja.

¡Capitán!...

LA ABUELA REINALDA

Muy señor mío, señor patrón.

MARCOS, furioso, entre dientes.

¡Patrón!... ¡Patrón!... Y no se han fijado en la gorra.

EL INOCENTE, aplaudiendo.

¡Oh! ¡Qué bonitos son este año los árboles de San Eloy!

LA ABUELA REINALDA

Me da gusto volver a ver todas estas cosas. Hace tanto tiempo... Desde tu boda, Francisco...

FEDERICO

¿Recuerda usted estos sitios, abuela?...

p. 87LA ABUELA REINALDA

¡Ya lo creo! Aquí, la cámara de los gusanos de seda; allí, el porche. (Avanza y se detiene ante el pozo.) ¡Oh! ¡El pozo!... (Sonriéndose.) Es posible, Dios mío, que la madera y la piedra le conmuevan a una hasta tal punto...

MARCOS, aparte a los mozos.

Esperad; vamos a reírnos. (Se acerca a la vieja, la coge suavemente por el brazo, y le hace dar algunos pasos hacia el rincón en que se ha parapetado Baltasar.) Y a ese, abuela Reinalda, ¿le reconoce usted?... Creo que es de su tiempo...

LA ABUELA REINALDA

¡Bendito sea Dios! Pero es... es Baltasar...

BALTASAR

¡Dios le guarde a usted, Reinalda! (Da un paso hacia ella.)

LA ABUELA REINALDA

¡Oh!... ¡Oh, mi pobre Baltasar!... (Se miran un momento sin decir nada. — Todos se apartan respetuosamente.)

MARCOS, burlonamente.

¡Hola, hola! ¡Los viejos tortolitos!

ROSA, con severidad.

¡Marcos!

p. 88BALTASAR, aparte a la anciana.

Tengo la culpa. Sabía que iba usted a venir. No hubiera debido quedarme aquí...

LA ABUELA REINALDA

¿Por qué? ¿Para cumplir nuestro juramento?... ¡Bah! No vale la pena. Dios mismo no ha querido que muriésemos sin habernos vuelto a ver, y por eso ha puesto amor en el corazón de estos dos muchachos. Después de todo, bien nos debía eso para recompensar nuestro valor...

BALTASAR

¡Oh! Sí, nos ha hecho falta el valor; cuántas veces, llevando el ganado, veía el humo de su casa de usted, que parecía hacerme señas, diciéndome: ¡Ven!... ¡Aquí está!...

LA ABUELA REINALDA

Y yo, cuando oía el ladrido de tus perros, y te reconocía a lo lejos con tu gran capa, necesitaba fuerzas para no correr hacia ti. En fin, ahora ha terminado nuestra pena, y podemos mirarnos a la cara sin avergonzarnos... Baltasar...

BALTASAR

¡Reinalda!

LA ABUELA REINALDA

¿No te avergonzarías de darme un beso, aunque esté vieja y arrugada como estoy...?

p. 89BALTASAR

¡Oh!

LA ABUELA REINALDA

¡Bueno! Entonces, apriétame bien sobre tu corazón, mi buen amigo. Va para cincuenta años que te debo este beso de amistad. (Se dan un prolongado beso.)

FEDERICO

¡Qué hermoso es el deber! (Apretando el brazo a Viveta.) Viveta, te amo...

VIVETA

¿De veras?

MARCOS, acercándose.

Dígame, abuela Reinalda: ¿no podríamos ahora dar una vuelta por la cocina, para ver si el asador ha cambiado desde entonces?

FRANCISCO SAMAY

Tiene razón... ¡A la mesa! (Coge a la anciana por el brazo.)

TODOS

¡A la mesa, a la mesa!

LA ABUELA REINALDA, volviéndose.

Baltasar...

ROSA

Vamos, pastor...

p. 90BALTASAR, muy conmovido.

Voy... (Todos salen por la izquierda. — La escena queda desierta algunos segundos. — Anochece.)

ESCENA IV

Federico, Viveta. Salen los dos de la casa.

FEDERICO, llamando a Viveta cerca del pozo.

Viveta, escucha, mírame... ¿Qué tienes? No estás contenta.

VIVETA

¡Oh! Sí, Federico mío.

FEDERICO

Cállate, no mientas; tú tienes algo que te atormenta y te amarga la alegría de nuestros esponsales. Sé muy bien lo que es: te asusta tu enfermo. Todavía no estás segura de él... Pues, sé feliz; te juro que estoy curado.

VIVETA, meneando la cabeza.

A veces cree uno eso, y después...

FEDERICO

¿Te acuerdas de aquel año en que estuve tan enfermo? De todo el tiempo de mi enfermedad no me ha quedado más que una cosa en la memoria. Era una mañana en que por primera vez habían abierto la ventana. ¡La brisa del Ródano p. 91olía tan bien aquella mañana!... Habría podido señalar una por una todas las hierbas sobre las que había pasado. Y, además, no sé por qué, pero el cielo me parecía más transparente que de costumbre, los árboles tenían más hojas, los hortelanos cantaban mejor, y yo me encontraba bien... Entonces entró el médico, y dijo, mirándome: «¡Está curado!...». Pues bien; ahora que te hablo estoy como aquella mañana; es el mismo cielo, la misma paz de todo mi ser, y solo siento un deseo: apoyar la cabeza en tu seno y quedar así siempre... Ya ves que estoy curado.

VIVETA

¿Luego es verdad que me amas?...

FEDERICO, en voz baja.

Sí...

VIVETA

¿Y la otra?... ¿No piensas ya en aquella que tanto daño te hizo?...

FEDERICO

No pienso más que en ti, Viveta...

VIVETA

¡Oh! Sin embargo...

FEDERICO

¿Por qué cosa quieres que te lo jure?... Tú p. 92eres la única en mi corazón, yo te lo digo... No hablemos de ese triste pasado. Ya no existe para mí.

VIVETA

Entonces, ¿por qué conservas cosas que te lo recuerdan?

FEDERICO

Pero... si no conservo nada.

VIVETA

¿Y esas cartas que tienes ahí?...

FEDERICO, asombrado

¡Cómo! ¿Tú lo sabías?... Sí, es verdad; las he guardado mucho tiempo. Tenía una maldita curiosidad por conocer a ese hombre; pero ahora, mira. (Se desabrocha la chaqueta.)

VIVETA

¿Ya no están ahí?...

FEDERICO

Baltasar fue a devolverlas esta mañana.

VIVETA

¿Has hecho eso, Federico mío? (Colgándose de su cuello.) ¡Oh! ¡Qué feliz soy!... Si supieras cuánto me han hecho sufrir esas malditas cartas... cuando me apretabas sobre tu pecho y me decías: p. 93«¡Te amo!». Siempre las sentía allí, bajo tu ropa, y eso me impedía creerte.

FEDERICO

¿De modo que no me creías, y, sin embargo, querías ser mi mujer?

VIVETA, sonriendo.

Eso me impedía creerte; pero no me impedía amarte...

FEDERICO

Y ahora, si te digo: «¡Te amo!», ¿me creerás?...

VIVETA

¡Dímelo! ¡Vamos a ver!

FEDERICO

¡Oh, amada mía! (La estrecha sobre su pecho, y después, enlazados los dos, marchan despacito y desaparecen unos instantes detrás del porche.)

ESCENA V

Los mismos, el Potrero, Baltasar.

Mitifio entra precipitadamente, da algunos pasos por el patio desierto, y luego, cuando va a llamar a la casa, ábrese la puerta y aparece Baltasar.

BALTASAR, volviéndose.

¡Eres tú!... ¿Qué quieres?

p. 94EL POTRERO

¡Mis cartas! (En este momento la pareja de enamorados entra en escena.)

BALTASAR

¡Cómo! ¿Tus cartas?... Pero si se las he llevado a tu padre esta mañana. ¿No vienes de tu casa?

EL POTRERO

Hace dos noches que duermo en Arlés.

BALTASAR

¿De manera que eso continúa?...

EL POTRERO

¡Siempre!...

BALTASAR

Hubiera creído, sin embargo, que después de lo de las cartas...

EL POTRERO

Cuando somos cobardes por ellas, las mujeres nos perdonan todas las cobardías.

BALTASAR

Entonces, buen provecho te haga, muchacho. Aquí, gracias a Dios, hemos acabado con esa locura. El chico se casa dentro de cuatro días, y esta vez ha elegido a una mujer honrada.

p. 95EL POTRERO

¡Ah! Sí, él es bien feliz. Debe de ser tan grato amarse con libertad, ante Dios y los hombres; estar orgulloso de aquella a quien se ama; poder decir a todo el que pasa: «¡Miradla; es mi mujer!». Yo voy por la noche, como un ladrón. Durante el día me escondo, ando a su alrededor, y luego, cuando estamos solos, todo se vuelve escándalos y cuestiones. ¿De dónde vienes?... ¿Qué has hecho?... ¿Qué hombre es ese con quien hablabas?... ¡Y cuántas veces, en medio de nuestras caricias, siento unos deseos de ahogarla para que no me engañe más!... (Aquí los novios, enlazados por el talle, aparecen, atravesando la escena por el foro.) ¡Ah! ¡Que horrible vida de desconfianza y de mentiras! Por fortuna, esto va a terminar. Ahora vamos a vivir juntos, y desdichada de ella si...

BALTASAR

¿Os casáis?

EL POTRERO

No, la robo... Si esta noche estás allá en el aprisco, oirás un fuerte galopar en la llanura. Llevaré a la dama en mis brazos, sobre la silla, y respondo de que la sujetaré bien.

BALTASAR

¿Conque te ama mucho esa maldita arlesiana?...

p. 96FEDERICO, deteniéndose en el foro.

¡Oh!

EL POTRERO

Sí... Es un capricho del momento. Y, además, un robo no le sentará mal. Correr a la ventura por las carreteras, rodar de posada en posada, el cambio, el miedo, la persecución: he ahí lo que a ella le gusta sobre todo. Es como esas aves marinas que no cantan sino en medio de la tempestad...

FEDERICO, aparte, con rabia.

¡Es él! ¡Por fin!...

VIVETA

Ven, Federico... ¡No te quedes ahí!

FEDERICO, rechazándola.

¡Déjame!

VIVETA, desolada.

¡Ah! Aún la quiere... Federico...

FEDERICO

Vete... ¡Te digo que te vayas! (La empuja hacia el interior de la casa y luego vuelve a escuchar.)

EL POTRERO

A mí me da miedo este viaje. Pienso en el viejo que va a quedarse solo, en mis caballos, en la cabaña, en la grata vida de hombre honrado que p. 97hubiese llevado allá, si no hubiera tropezado con ella.

BALTASAR

¿Por qué marchar, entonces? Haz lo que ha hecho el nuestro. Renuncia a esa mujer y cásate.

EL POTRERO, bajo.

No puedo... ¡Es tan hermosa!...

FEDERICO, abalanzándose.

¡Demasiado sé que es hermosa, miserable!... Pero, ¿qué necesidad tenías de venir a recordármelo? (Con risa de rabia.) ¡Un aldeano!... ¡Era un aldeano como yo!... (Adelantándose a él.) ¡Ah! Mi dicha te causa envidia y vienes a contármelo al salir de sus brazos, cuando todavía tienes en los labios sus besos de la última noche. Pero es que no sabes que, por uno de esos momentos de pasión de que me hablas, por un minuto de tu vida, daría yo toda la mía; todo mi paraíso por una hora de tu purgatorio... ¡Maldito seas por haber venido, chalán del infierno!... Todavía es peor que haberla visto a ella... Tú me traes con su aliento el horrible amor de que estuve a punto de morir. Ahora todo se acabó, estoy perdido. Y mientras recorras los caminos con ella, habrá aquí mujeres que lloren... ¡Pero no! Eso no es posible, eso no ha de ser. (De un salto se apodera de uno de los grandes martillos que han servido para plantar p. 98los mayos.) Vamos, defiéndete, bandido, defiéndete, que te voy a matar; no quiero morir solo. (El Potrero retrocede. Durante toda esta escena se oye el ruido de los tamboriles que llegan.)

BALTASAR, arrojándose sobre Federico.

Desgraciado, ¿qué vas a hacer?

FEDERICO, procurando desasirse.

No, déjame... Él, primero; después, su arlesiana. (En el momento en que se arroja sobre el Potrero, Rosa se lanza entre ellos. Federico se detiene, titubea; el martillo se le cae de las manos. En el mismo instante aparece gente sacudiendo antorchas ante la granja, y los farandoleros invaden el patio gritando: «¡San Eloy!... ¡San Eloy!».)

LOS FARANDOLEROS

¡San Eloy! ¡San Eloy! ¡A la farandola!

LA GENTE DE LA GRANJA, saliendo al balcón.

¡San Eloy!... ¡San Eloy!... (Cantos y danzas.)


CUADRO QUINTO

La cámara de los gusanos de seda.

Gran sala, con amplia ventana y balcón en el fondo. — A la izquierda, en segundo término, entrada de la cámara; en primer término, la habitación de los hijos. — A la derecha, una escalera de madera que conduce al granero. Bajo la escalera, una cama medio oculta por cortinajes. — Al levantarse el telón, el escenario está desierto. — En el patio de Castelet se oyen los pífanos y los tamboriles p. 99de los farandoleros. En este momento entra Rosa con una lamparilla en la mano. — Deja la lamparilla, va al balcón del fondo y se queda allí un momento mirando bailar; después entra.

ESCENA PRIMERA

Rosa Samay, sola.

Cantan ahí abajo. No sospechan nada. El mismo pastor se ha equivocado viéndole saltar de tan buena gana: «Eso no será nada, mi ama. El último trueno, como cuando va a acabar la tempestad...». ¡Dios le oiga!... Pero tengo miedo..., y velo...

ESCENA II

Rosa, Federico.

FEDERICO, se detiene al ver a su madre.

¿Qué haces ahí?... Creía que ya no dormías aquí...

ROSA, algo turbada.

Sí. Tengo allá todavía algunos gusanos de seda que no han salido. Es preciso que los vea... Pero y tú, ¿por qué no te has quedado abajo cantando como los demás?

FEDERICO

Estaba muy cansado.

ROSA

¡El caso es que habías tomado con tanto entusiasmo p. 100esa farandola!... También Viveta ha bailado mucho. Esa muchacha es un pajarito; apenas tocaba el suelo... ¿Has visto cómo la rondaba el mayor de los Girod? Es tan simpática... ¡Ah! Vais a hacer los dos una buena pareja.

FEDERICO, vivamente.

Buenas noches. Voy a acostarme. (Le da un beso.)

ROSA, deteniéndole.

Y además, ya sabes, si esa no te gusta, hay que decirlo. Pronto te encontraremos otra.

FEDERICO

¡Oh, madre!

ROSA

¡Eh! ¿Qué quieres? No busco yo la dicha de esa muchacha, sino la tuya... ¡Y no pareces tú muy feliz!...

FEDERICO

Sí..., sí...

ROSA

Vamos, mírame. (Le coge la mano.) Parece que tienes fiebre.

FEDERICO

Sí... La fiebre de San Eloy, que hace beber y bailar. (Retira la mano.)

p. 101ROSA

(Aparte.) No sabré nada. (Volviéndole a coger la mano.) Pero no te vayas; siempre te apartas.

FEDERICO, sonriendo.

Vamos. ¿Qué hay?

ROSA, mirándole cara a cara.

Dime... Ese hombre que vino hace un momento...

FEDERICO, desviando los ojos.

¿Qué hombre?

ROSA

Sí..., esa especie de gitano, de gañán... Te ha hecho daño verle, ¿no es verdad?

FEDERICO

¡Bah! Eso ha sido un instante, una locura... y ¡mira!, te lo ruego, no me hagas hablar de esas cosas... Temería mancharte removiendo todo ese cieno delante de ti.

ROSA

¡Vamos! ¿Es que no tienen las madres derecho a ir por todas partes sin mancharse, a preguntarlo todo, a saberlo todo?... Vamos, háblame, hijo mío. Ábreme tu pecho. Me parece que si me hablases solo un poquito, tendría yo tanto que decirte... ¡Y no quieres!

p. 102FEDERICO, dulce y tristemente.

No; te lo ruego. Dejemos eso en paz.

ROSA

Entonces, ven... Bajemos...

FEDERICO

¿Para qué?

ROSA

¡Ah! Quizás estoy loca, pero se me figura que tienes algo malo en la mirada. No quiero que te quedes solo... Ven a la luz, ven... Y además, todos los años, por San Eloy, bailas conmigo la farandola. Este año no te has acordado. Vamos, ven. Tengo gana de bailar. (Sollozando.) También tengo gana de llorar.

FEDERICO

Madre, madre, te amo..., no llores... ¡Ah! ¡No llores, Dios mío!

ROSA

Háblame, pues, si me amas.

FEDERICO

Pero, ¿qué quieres que te diga?... Pues sí, hoy he tenido un mal día. Era de esperar. Después de tales sacudidas, no se calma uno de repente. Mira el Ródano los días de mistral: ¿acaso no se agita mucho después de haber cesado el viento? Hay que dejar tiempo a las cosas para que p. 103se aquieten... Vamos, no llores. Todo eso no será nada... Duerma yo una noche a pierna suelta, y mañana nada... No pienso más que en olvidar, en ser feliz.

ROSA, con gravedad.

¿No piensas más que en eso?

FEDERICO, volviendo la cabeza.

Nada más...

ROSA, mirándole con gran fijeza.

¿De veras?

FEDERICO

De veras.

ROSA, tristemente.

Entonces, tanto mejor...

FEDERICO, dándola un beso.

Buenas noches... Voy a acostarme. (Rosa le sigue con la mirada y la sonrisa hasta la puerta de la habitación. Apenas se cierra la puerta, el aspecto de la madre cambia, y se torna terrible.)

ESCENA III

Rosa, sola.

¡Es un infierno ser madre!... Poco faltó para que muriese cuando di a luz a ese hijo. Después p. 104ha estado enfermo mucho tiempo... A los quince años tuvo también una grave enfermedad. Le saqué de todo por milagro. Las arrugas de mi frente pueden decir cuánto he temblado, cuántas noches en vela he pasado... Y ahora que he hecho de él un hombre, ahora que es fuerte, y tan hermoso, y tan puro, no piensa más que en arrancarse la vida, y para defenderle contra sí mismo tengo que velar aquí, ante su puerta, como cuando era pequeñito. ¡Ah! En realidad hay ocasiones en que Dios no es razonable. (Se sienta sobre una banqueta.) Pero si es mía tu vida, mal hijo. Te la he dado, te la he dado veinte veces. Fue tomada día por día de la mía. ¿No sabes que he necesitado toda mi juventud para darte tus veinte años? Y ahora quieres destruir mi obra. ¡Oh! ¡Oh! (Apaciguada y triste.) Verdad es que también sufre mucho mi pobre hijo. Su odioso amor le domina todavía, y yo era una loca pensando que alguien podría curarle. ¡Tiene la enfermedad de su madre! Los corazones como los nuestros no saben amar más que una vez... Pero no es culpa mía. No me deben castigar por eso; vamos a ver..., ¿qué puedo hacer yo más de lo que he hecho?... Yo le decía: «Tómala..., te la damos». Como no la hubiese ido a buscar yo misma... Si a lo menos supiera dónde encontrar a esa pícara, la traería a la fuerza... Pero es demasiado tarde. Se ha marchado, y precisamente por eso quiere morir él... p. 105¡Quiere morir! ¡Cuán ingratos son los hijos!... También yo, cuando mi pobre marido murió y tenía mis manos entre las suyas al expirar, sentía vivo anhelo de marchar con él... Pero tú estabas allí, tú; no comprendías bien lo que pasaba, pero tenías miedo y gritabas. ¡Ah! Al primer grito tuyo eché de ver que la vida no me pertenecía, que no tenía derecho de marcharme... Entonces te cogí en mis brazos, te sonreí, canté para dormirte, con dolor en el corazón, y aunque viuda para siempre, tan pronto como pude, me quité las tocas de luto para no entristecer tus ojos de niño... (Con un sollozo.) Lo que hice por él entonces, bien podía hacerlo él por mí ahora... ¡Ah, pobres madres! ¡Cuán dignas de compasión somos! Lo damos todo, y no se nos devuelve nada. Somos las enamoradas a quienes se abandona siempre. Y, sin embargo, nosotras no engañamos nunca y tenemos tal arte para envejecer... (Óyense tamboriles y ruido de danzas.) ¡Qué noche! ¡Qué velada!... (Ábrese vivamente la puerta de la habitación.) ¿Quién es?

ESCENA IV

Rosa, el Inocente.

Sale el Inocente de la habitación de la izquierda, con los pies desnudos, los rubios cabellos en desorden, sin blusa, sin chaleco, solo con p. 106un pantalón de pana sujeto por un tirante. — Brillan sus ojos; su fisonomía muestra viveza e inteligencia inusitadas.

EL INOCENTE, aproximándose, con un dedo sobre los labios.

¡Chist!

ROSA

¿Eres tú?... ¿Qué quieres?...

EL INOCENTE, en voz baja.

Acuéstese usted y duerma tranquila... ¡No ocurrirá nada esta noche!...

ROSA

¡Cómo! Nada... ¿Conque estás enterado?...

EL INOCENTE

Sé que mi hermano tiene un gran pesar y que usted me hace acostar en su cuarto temiendo que el dolor acabe con él... Por eso hace varias noches que no pego ojos... Hace algún tiempo que se encontraba mejor, pero esta noche ha sido muy mala... Ha vuelto a llorar, a hablar solo. Decía: «¡No puedo..., no puedo!... ¡Tengo que irme!...». Por fin se acostó. Ahora duerme, y me he levantado callandito, callandito, para venir a decírselo a usted. ¿Por qué me mira usted así, madre?... ¿Le sorprende a usted que vea tan claras las cosas y que tenga tanto entendimiento?... Pero ya sabe usted lo que decía Baltasar: «Este niño se despierta, se despierta».

p. 107ROSA

¿Es posible?... ¡Oh!... ¡Oh mi Inocente!

EL INOCENTE

Madre, me llamo Juanito. Llámeme Juanito. Ya no hay inocentes en esta casa.

ROSA, vivamente.

Calla..., no digas eso.

EL INOCENTE

¿Por qué no?

ROSA

¡Ah! Estoy loca... Es ese pastor con sus cuentos... Ven, querido mío, ven que te mire. Me parece que no te he visto nunca, que me nace ahora un nuevo hijo. (Poniéndole sobre sus rodillas.) ¡Cómo has crecido, que hermoso estás! ¿Sabes que te parecerás a Federico? Ahora sí que hay verdadera luz en tus ojos.

EL INOCENTE

¡A fe mía, sí, creo que ahora estoy enteramente despierto!... Lo cual no impide que tenga mucho sueño y que me vaya a dormir, porque me caigo... ¿Quiere usted darme otro beso?

ROSA

¡Que si quiero! (Le besa apasionadamente.) ¡Te debo tantas caricias! (Le acompaña hasta el cuarto.) Vete a dormir, hijo mío, vete.

p. 108ESCENA V

Rosa, sola.

¡Ya no hay Inocente en esta casa! Si esto fuese a traernos desgracia... ¡Ah! ¿Qué estoy diciendo?... No merezco esta inmensa alegría nueva... ¡No, no! No es posible. Dios no me ha devuelto un hijo para quitarme otro... (Inclina la cabeza un momento ante una imagen de la Virgen incrustada en la pared; va hacia la puerta del cuarto y escucha.) Nada..., los dos duermen. (Cierra la ventana del foro; pone en orden algunos objetos, algunas sillas; luego entra en su alcoba y corre la cortina. A través de las vidrieras del foro se ve despuntar el alba.)

ESCENA VI

Federico; Rosa, en la alcoba.

FEDERICO, entra medio vestido, con aspecto extraviado;
escucha y se detiene.

(Aparte.) Las tres. Ya viene el día. Pasará lo mismo que en el cuento del pastor. Luchó toda la noche, y luego por la mañana..., luego por la mañana... (Da un paso hacia la escalera; después se detiene.) ¡Oh, es horrible!... ¡Qué despertar van a tener todos aquí!... Pero es imposible. No puedo vivir. Siempre la veo en brazos de aquel hombre. Se la lleva, la estrecha, la... ¡Ah, visión p. 109maldita, yo te arrancaré de mis ojos! (Se lanza a la escalera.)

ROSA, llamando.

¡Federico!... ¿Eres tú? (Federico se detiene en medio de la escalera, titubeando, con los brazos tendidos.)

ROSA, saliendo precipitadamente de la alcoba, corre
al cuarto de los niños, mira y da un grito terrible.

¡Ah! (Se vuelve y ve a Federico en la escalera.) ¿Qué...? ¿Adónde vas?...

FEDERICO, extraviado.

¿Pero no los oyes allá, hacia el aprisco?... Se la lleva... ¡Esperadme, esperadme!... (Se abalanza; Rosa corre tras él desesperadamente. — Cuando llega a la puerta que está en medio de la escalera, Federico acaba de cerrarla. — Rosa golpea con rabia.)

ROSA

¡Federico, hijo mío!... ¡En el nombre del cielo! (Golpea la puerta, la sacude.) ¡Abre, abre!... ¡Hijo mío!... Llévame, llévame contigo a la muerte... ¡Ah!... ¡Dios mío!... ¡Socorro! ¡Mi hijo!... Mi hijo va a matarse... (Baja la escalera como una loca, se precipita a la ventana del foro, la abre, mira, y cae dando un grito terrible.)

p. 110ESCENA VII

Los mismos, el Inocente, Baltasar,
el patrón Marcos.

EL INOCENTE

¡Madre!... ¡Madre!... (Se arrodilla junto a su madre.)

BALTASAR, al ver la ventana abierta, se lanza a ella
y mira hacia el patio.

¡Ah! (Al patrón Marcos, que acaba de entrar:) Mira por esa ventana; verás si se muere de amor.

Cul-de-lampe