The Project Gutenberg eBook of Teatro selecto, tomo 2 de 4

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Title: Teatro selecto, tomo 2 de 4

Author: Pedro Calderón de la Barca

Commentator: Marcelino Menéndez y Pelayo

Release date: November 8, 2017 [eBook #55917]

Language: Spanish

Credits: Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box and the
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK TEATRO SELECTO, TOMO 2 DE 4 ***


Nota de transcripción

Índice

Teatro selecto de Calderón de la Barca (tomo 1 de 4)


Cubierta del libro

[p. i]

TEATRO SELECTO
DE
CALDERON DE LA BARCA.


[p. ii]

BIBLIOTECA CLÁSICA.

Doce reales cada tomo en toda España.


OBRAS PUBLICADAS.

  Tomos.
HOMERO.—La Ilíada, traduccion directa del griego en verso y con notas de D. José Gomez Hermosilla. 3
CERVANTES.—Novelas ejemplares y viaje del Parnaso. 2
HERODOTO.—Los nueve libros de la historia, traduccion directa del griego, del padre Bartolomé Pou. 2
ALCALÁ GALIANO.—Recuerdos de un anciano. 1
VIRGILIO.— La Eneida, traduccion directa del latin, en verso y con notas de D. Miguel Antonio Caro. 2
Las églogas, traduccion en verso, de Hidalgo.—Las geórgicas, traduccion en verso, de Caro; ambas traducciones directas del latin, con un estudio del Sr. Menéndez Pelayo. 1
MACAULAY.    
Estudios literarios. 1
Estudios históricos. 1
Estudios políticos. 1
Estudios biográficos. 1
Estudios críticos. 1
  Traduccion directa del inglés de M. Juderías Bender.  
QUINTANA.—Vidas de españoles célebres. 2
CICERÓN.—Tratados didácticos de la elocuencia, traduccion directa del latin de D. Marcelino Menéndez Pelayo. 2
SALUSTIO.—Conjuracion de Catilina.Guerra de Jugurta, traduccion del infante D. Gabriel.—Fragmentos de la grande historia, traduccion del Sr. Menéndez Pelayo, ambas directas del latin. 1
TÁCITO.—Los anales, traduccion directa del latin de don Cárlos Coloma. 2
PLUTARCO.—Las vidas paralelas, traduccion directa del griego por D. Antonio Ranz Romanillos. 5
ARISTÓFANES.—Teatro completo, traduccion directa del griego por D. Federico Baráibar. 2
POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS.—(Teócrito, Bion y Mosco). Traduccion directa del griego, en verso, por el Ilmo. Sr. D. Ignacio Montes de Oca, Obispo de Linares (Méjico). 1
MANZONI.—Los Novios, traduccion de D. Juan Nicasio Gallego. 1
ESQUILO.—Teatro completo, traduccion directa del griego, con notas, por D. Fernando Brieva Salvatierra. 1
QUEVEDO.—Obras satíricas y festivas. 1
DUQUE DE RIVAS.—Sublevacion de Nápoles. 1

MADRID.—IMP. CENTRAL Á CARGO DE VÍCTOR SAIZ, COLEGIATA, 6


[p. iii]

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO XXXVII


TEATRO SELECTO
DE
CALDERON DE LA BARCA

PRECEDIDO DE UN ESTUDIO CRÍTICO

DE

D. MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO


TOMO II
DRAMAS TRÁGICOS

EL MÉDICO DE SU HONRA.
Á SECRETO AGRAVIO SECRETA VENGANZA.
EL ALCALDE DE ZALAMEA.
EL MAYOR MONSTRUO LOS CELOS.
AMAR DESPUES DE LA MUERTE.

MADRID

LUIS NAVARRO, EDITOR

COLEGIATA, NÚM. 6

1881


[p. v]

EL MÉDICO DE SU HONRA.


[p. vi]

PERSONAS.


El rey don Pedro.

El infante don Enrique.

Don Gutierre Alfonso.

Don Arias.

Don Diego.

Coquin, lacayo.

Doña Mencía de Acuña.

Doña Leonor.

Inés, criada.

Teodora, criada.

Jacinta, esclava herrada.

Ludovico, sangrador.

Un soldado.

Un viejo.

Pretendientes.

Acompañamiento.

Música.

Criados, criadas.


[p. 1]

JORNADA PRIMERA.


Vista exterior de una quinta de Don Gutierre, inmediata á Sevilla.

ESCENA PRIMERA.

Suena ruido de caza, y sale cayendo el INFANTE DON ENRIQUE, y algo despues salen DON ARIAS y DON DIEGO, y el último EL REY DON PEDRO.

D. Enr.

¡Jesus mil veces! (Cae sin sentido.)

D. Arias.

¡El cielo

Te valga!

Rey.

¿Qué fué?

D. Arias.

Cayó

El caballo, y arrojó

Desde él el Infante al suelo.

Rey.

Si las torres de Sevilla

Saluda de esa manera,

¡Nunca á Sevilla viniera,

Nunca dejara á Castilla!—

¡Enrique, hermano!

D. Diego.

¡Señor!

Rey.

¿No vuelve?

D. Arias.

A un tiempo ha perdido

Pulso, color y sentido.

[p. 2]¡Qué desdicha!

D. Diego.

¡Qué dolor!

Rey.

Llegad á esa quinta bella

Que está del camino al paso,

Don Arias, á ver si acaso,

Recogido un poco en ella,

Cobra salud el Infante.

Todos os quedad aquí,

Y dadme un caballo á mí,

Que he de pasar adelante;

Que aunque este horror y mancilla

Mi rémora pudo ser,

No me quiero detener

Hasta llegar á Sevilla.

Allá llegará la nueva

Del suceso. (Váse.)

ESCENA II.

DON ENRIQUE, desmayado; DON ARIAS, DON DIEGO.

D. Arias.

Esta ocasion

De su fiera condicion

Ha sido bastante prueba.

¿Quién á un hermano dejara,

Tropezando desta suerte

En los brazos de la muerte?

¡Vive Dios!...

D. Diego.

Calla, y repara

En que, si oyen las paredes,

Los troncos, Don Arias, ven,

[p. 3]Y nada nos está bien.

D. Arias.

Tú, Don Diego, llegar puedes

A esa quinta: dí que aquí

El Infante mi señor

Cayó.—Pero no; mejor

Será que los dos así

Le llevemos donde pueda

Descansar.

D. Diego.

Has dicho bien.

D. Arias.

Viva Enrique, y otro bien

La suerte no me conceda.

(Llevan al Infante.)


Sala en la quinta de Don Gutierre.

ESCENA III.

DOÑA MENCIA, JACINTA.

D.ª Men.

Desde la torre lo ví,

Y aunque quién son no podré

Distinguir, Jacinta, sé

Que una gran desdicha allí

Ha sucedido. Venía

Un bizarro caballero

En un bruto tan ligero,

Que en el viento parecia

Un pájaro que volaba;

Y es razon que lo presumas,

Porque un penacho de plumas

Matices al aire daba.

[p. 4]El campo y el sol en ellas

Compitieron resplandores;

Que el campo le dió sus flores,

Y el sol le dió sus estrellas;

Porque cambiaban de modo,

Y de modo relucian,

Que en todo al sol parecian,

Y á la primavera en todo.

Corrió, pues, y tropezó

El caballo, de manera

Que lo que ave entónces era,

Cuando en la tierra cayó

Fué rosa; y así en rigor

Imitó su lucimiento

En sol, cielo, tierra y viento,

Ave, bruto, estrella y flor.

Jacinta.

¡Ay señora! en casa ha entrado...

D.ª Men.

¿Quién?

Jacinta.

Un confuso tropel

De gente.

D.ª Men.

¿Mas que con él

A nuestra quinta han llegado?

ESCENA IV.

DON ARIAS y DON DIEGO, que sacan en brazos al INFANTE y siéntanle en una silla.—DOÑA MENCIA, JACINTA.

D. Diego.

En las casas de los nobles

Tiene tan divino imperio

La sangre del Rey, que ha dado

[p. 5]En la vuestra atrevimiento

Para entrar desta manera.

D.ª Men.

(Ap.) ¡Qué es esto que miro, cielos!

D. Diego.

El infante Don Enrique,

Hermano del rey Don Pedro,

A vuestras puertas cayó,

Y llega aquí medio muerto.

D.ª Men.

¡Valgame Dios, qué desdicha!

D. Arias.

Decidnos á qué aposento

Podrá retirarse, en tanto

Que vuelva al primero aliento

Su vida.—Pero ¡qué miro!

¡Señora!

D.ª Men.

¡Don Arias!

D. Arias.

Creo

Que es sueño ó fingido cuanto

Estoy escuchando y viendo.

¿Que el infante Don Enrique,

Más amante que primero,

Vuelva á Sevilla, y te halle

Con tan infeliz encuentro,

Puede ser verdad?

D.ª Men.

Sí es:

¡Ojalá que fuera sueño!

D. Arias.

Pues ¿qué haces aquí?

D.ª Men.

Despacio

Lo sabrás, que ahora no es tiempo

Sino sólo de acudir

A la vida de tu dueño.

D. Arias.

¡Quién le dijera que así

Llegara á verte!

D.ª Men.

Silencio,

Que importa mucho, Don Arias.

D. Arias.

¿Por qué?

[p. 6]D.ª Men.

Va mi honor en ello.

Entrad en ese retrete,

Donde está un catre cubierto

De un cuero turco y de flores;

Y en él, aunque humilde lecho,

Podrá descansar.—Jacinta,

Saca tú ropa al momento,

Aguas y olores que sean

Dignos de tan alto empleo. (Vase Jacinta.)

D. Arias.

Los dos, miéntras se adereza,

Aquí al Infante dejemos,

Y á su remedio acudamos,

Si hay en desdichas remedio.

(Vanse los dos.)

ESCENA V.

DOÑA MENCÍA; DON ENRIQUE, sin conocimiento, en una silla.

D.ª Men.

Ya se fueron; ya he quedado

Sola. ¡Oh quién pudiera, cielos,

Con licencia de su honor

Hacer aquí sentimientos!

¡Oh quién pudiera dar voces,

Y romper con el silencio

Cárceles de nieve, donde

Está aprisionado el fuego,

Que ya, resuelto en cenizas,

Es ruina que está diciendo:

«Aquí fué amor»!—Mas ¿qué digo?

¿Qué es esto, cielos, qué es esto?

[p. 7]Yo soy quien soy. Vuelva el aire

Los repetidos acentos

Que llevó; porque áun perdidos,

No es bien que publiquen ellos

Lo que yo debo callar;

Porque ya, con más acuerdo,

Ni para sentir soy mia;

y solamente me huelgo

De tener hoy que sentir,

Por tener en mis deseos

Que vencer; pues no hay virtud

Sin experiencia. Perfecto

Está el oro en el crisol,

El iman en el acero,

El diamante en el diamante,

Los metales en el fuego;

Y así mi honor en sí mismo

Se acrisola, cuando llego

Á vencerme; pues no fuera

Sin experiencias perfecto.

¡Piedad, divinos cielos!

¡Viva callando, pues callando muero!

¡Enrique! ¡Señor!

D. Enr.

(Volviendo en sí.)¿Quién llama?

D.ª Men.

Albricias...

D. Enr.

¡Válgame el cielo!

D.ª Men.

Que vive tu Alteza.

D. Enr.

¿Dónde

Estoy?

D.ª Men.

En parte, á lo ménos,

Donde de vuestra salud

Hay quien se huelgue.

D. Enr.

Lo creo,

Si esta dicha, por ser mia,

[p. 8]No se deshace en el viento;

Pues consultando conmigo

Estoy, si despierto sueño,

O si dormido discurro,

Pues á un tiempo duermo y velo.

¿Pero para qué averiguo,

Poniendo á mayores riesgos

La verdad? Nunca despierte,

Si es verdad que ahora duermo;

Y nunca duerma en mi vida,

Si es verdad que estoy despierto.

D.ª Men.

Vuestra Alteza, gran señor,

Trate, prevenido y cuerdo,

De su salud, cuya vida,

Dilate siglos eternos,

Fénix de su misma fama,

Imitando al que en el fuego

Ave, llama, ascua y gusano,

Urna, pira, voz é incendio,

Nace, vive, dura y muere,

Hijo y padre de sí mesmo;

Que despues sabrá de mí

Dónde está.

D. Enr.

No lo deseo;

Que si estoy vivo y te miro,

Ya mayor dicha no espero;

Ni mayor dicha tampoco,

Si te miro estando muerto;

Pues es fuerza que sea gloria

Donde vive ángel tan bello.

Y así no quiero saber

Qué acasos ni qué sucesos

Aquí mi vida guiaron,

Ni aquí la tuya trajeron;

[p. 9]Pues con saber que estoy donde

Estás tú, vivo contento;

Y así ni tú que decirme,

Ni yo que escucharte tengo.

D.ª Men.

(Ap. Presto de tantos favores

Será desengaño el tiempo.)

Dígame ahora, ¿cómo está

Vuestra Alteza?

D. Enr.

Estoy tan bueno

Que nunca estuve mejor;

Sólo en esta pierna siento

Un dolor.

D.ª Men.

Fué gran caida;

Pero en descansando, pienso

Que cobraréis la salud;

Y ya os están previniendo

Cama donde descanseis.

Que me perdoneis, os ruego,

La humildad de la posada;

Aunque disculpada quedo...

D. Enr.

Muy como señora hablais,

Mencía. ¿Sois vos el dueño

De esta casa?

D.ª Men.

No, señor;

Pero de quien lo es, sospecho

Que lo soy.

D. Enr.

¿Y quién lo es?

D.ª Men.

Un ilustre caballero,

Gutierre Alfonso Solís,

Mi esposo y esclavo vuestro.

D. Enr.

¡Vuestro esposo! (Levántase.)

D.ª Men.

Sí, señor.

No os levanteis, deteneos;

Ved que no podeis estar

[p. 10]

En pié.

D. Enr.

Sí puedo, sí puedo.

ESCENA VI.

DON ARIAS, DON DIEGO.—Dichos.

D. Arias.

Dame, gran señor, las plantas,

Que mil veces toco y beso,

Agradecido á la dicha

Que en tu salud nos ha vuelto

La vida á todos.

D. Diego.

Ya puede

Vuestra Alteza á este aposento

Retirarse, donde está

Prevenido todo aquello

Que pudo en la fantasía

Bosquejar el pensamiento.

D. Enr.

Don Arias, dadme un caballo,

Dadme un caballo, Don Diego.

Salgamos presto de aquí.

D. Arias.

¿Qué decís?

D. Enr.

Que me deis presto

Un caballo.

D. Diego.

Pues, señor...

D. Arias.

Mira...

D. Enr.

Estáse Troya ardiendo,

Y Eneas de mis sentidos,

He de librarlos del fuego. (Vase D. Diego.)

[p. 11]ESCENA VII.

DON ENRIQUE, DOÑA MENCÍA, DON ARIAS.

D. Enr.

¡Ay, Don Arias, la caida

No fué acaso, sino agüero

De mi muerte! Y con razon,

Pues fué divino decreto

Que viniese á morir yo,

Con tan justo sentimiento,

Donde tú estabas casada,

Porque nos diesen á un tiempo

Pésames y parabienes

De tu boda y de mi entierro.

De verse el bruto á tu sombra,

Pensé que altivo y soberbio

Engendró con osadía

Bizarros atrevimientos,

Cuando presumiendo de ave,

Con relinchos cuerpo á cuerpo

Desafiaba los rayos,

Despues que venció los vientos.

Y no fué, sino que al ver

Tu casa, montes de celos

Se le pusieron delante

Porque tropezase en ellos;

Que áun un bruto se desboca

Con celos; y no hay tan diestro

Jinete, que allí no pierda

Los estribos al correrlos.

Milagro de tu hermosura

[p. 12]Presumí el feliz suceso

De mi vida; pero ya,

Más desengañado, pienso

Que no fué sino venganza

De mi muerte, pues es cierto

Que muero, y que no hay milagros

Que se examinen muriendo.

D.ª Men.

Quien oyere á vuestra Alteza

Quejas, agravios, desprecios,

Podrá formar de mi honor

Presunciones y conceptos

Indignos dél. Y yo ahora,

Por si acaso llevó el viento

Cabal alguna razon,

Sin que en partidos acentos

La trocase, responder

A tantos agravios quiero,

Porque donde fueron quejas,

Vayan con el mismo aliento

Desengaños. Vuestra Alteza,

Liberal de sus deseos,

Generoso de sus gustos,

Pródigo de sus afectos,

Puso los ojos en mí:

Es verdad, yo lo confieso.

Bien sabe, de tantos años

De experiencias, el respeto

Con que constante mi honor

Fué una montaña de hielo,

Conquistada de las flores,

Escuadrones que arma el tiempo.

Si me casé, ¿de qué engaño

Se queja, siendo sujeto

Imposible á sus pasiones,

[p. 13]Reservado á sus intentos,

Pues soy para dama más,

Lo que para esposa ménos?

Y así, en esta parte ya

Disculpada, en la que tengo

De mujer, á vuestros piés

Humilde, señor, os ruego

No os ausenteis desta casa

Poniendo á tan claro riesgo

La salud.

D. Enr.

¿Cuánto mayor

En esta casa le tengo?

ESCENA VIII.

DON GUTIERRE, COQUIN.—Dichos.

D. Gut.

Déme los piés vuestra Alteza,

Si puedo de tanto sol

Tocar ¡oh rayo español!

La majestad y grandeza.

Con alegría y tristeza

Hoy á vuestras plantas llego,

Y mi aliento, lince y ciego,

Entre asombros y desmayos,

Es águila á tantos rayos,

Mariposa á tanto fuego.

Tristeza de la caida

Que puso con triste efeto

A Castilla en tanto aprieto,

Y alegría de la vida

Que vuelve restituida

A su pompa, á su belleza,

[p. 14]Cuando en gusto vuestra Alteza

Trueca ya la pena mia:

¿Quién vió triste la alegría?

¿Quién vió alegre la tristeza?

Honrad por tan breve espacio

Esta esfera, aunque pequeña;

Porque el sol no se desdeña,

Despues que ilustró un palacio,

De iluminar el topacio

De algun pajizo arrebol.

Y pues sois rayo español,

Descansad aquí; que es ley

Hacer el palacio el rey

Tambien, si hace esfera el sol.

D. Enr.

El gusto y pesar estimo

Del modo que le sentís,

Gutierre Alfonso Solís;

Y así en el alma le imprimo,

Donde á tenerle me animo

Guardado.

D. Gut.

Sabe tu Alteza

Honrar.

D. Enr.

Y aunque la grandeza

Desta casa fuera aquí

Grande esfera para mí,

Pues lo fué de una belleza;

No me puedo detener;

Que pienso que esta caida

Ha de costarme la vida;

Y no solo por caer,

Sino tambien por hacer

Que no pasase adelante

Mi intento... Y es importante

Irme; que hasta un desengaño

[p. 15]Cada minuto es un año,

Es un siglo cada instante.

D. Gut.

Señor, ¿vuestra Alteza tiene

Causa tal, que su inquietud

Aventure la salud

De una vida que previene

Tantos aplausos?

D. Enr.

Conviene

Llegar á Sevilla hoy.

D. Gut.

Necio en apurar estoy

Vuestro intento; pero creo

Que mi lealtad y deseo...

D. Enr.

Y si yo la causa os doy,

¿Qué direis?

D. Gut.

Yo no os la pido;

Que á vos, señor, no es bien hecho

Examinaros el pecho.

D. Enr.

Pues escuchad. Yo he tenido

Un amigo tal, que ha sido

Otro yo.

D. Gut.

Dichoso fué.

D. Enr.

A este en ausencia fié

El alma, la vida, el gusto

En una mujer. ¿Fué justo

Que atropellando la fe

Que debió al respeto mio,

Faltase en ausencia?

D. Gut.

No.

D. Enr.

Pues á otro dueño le dió

Llaves de aquel albedrío:

Al pecho que yo le fio,

Introdujo otro señor:

Otro goza su favor:

¿Podrá un hombre enamorado

[p. 16]Sosegar con tal cuidado,

Descansar con tal dolor?

D. Gut.

No, señor.

D. Enr.

Cuando los cielos

Tanto me fatigan hoy,

Que en cualquier parte que estoy,

Estoy mirando mis celos,

Tan presentes mis desvelos

Están delante de mí,

Que aquí los miro, y así

De aquí ausentarme deseo;

Que aunque van conmigo, creo

Que se han de quedar aquí.

D.ª Men.

Dicen que el primer consejo

Ha de ser de la mujer;

Y así, señor, quiero ser

(Perdonad si os aconsejo)

Quien os dé consuelo. Dejo

Aparte celos, y digo

Que aguardeis á vuestro amigo

Hasta ver si se disculpa;

Que hay calidades de culpa

Que no merecen castigo.

No os despeñe vuestro brío:

Mirad, aunque esteis celoso,

Que ninguno es poderoso

En el ajeno albedrío.

Cuanto al amigo, confío

Que os he respondido ya;

Cuanto á la dama, quizá

Fuerza, y no mudanza fué:

Oidla vos, que yo sé

Que ella se disculpará.

D. Enr.

No es posible.

[p. 17]ESCENA IX.

DON DIEGO.—Dichos.

D. Diego.

Ya está allí

El caballo apercibido.

D. Gut.

Si es del que hoy habeis caido,

No subais en él, y aquí

Recibid, señor, de mí

Una pia hermosa y bella,

A quien una palma sella,

Signo que vuestra la hace:

Que tambien un bruto nace

Con mala ó con buena estrella.

Es este prodigio pues

Proporcionado y bien hecho,

Dilatado de anca y pecho,

De cabeza y cuello es

Corto, de brazos y piés

Fuerte, á uno y otro elemento

Les da en sí lugar y asiento,

Siendo el bruto de la palma

Tierra el cuerpo, fuego el alma,

Mar la espuma, y todo viento.

D. Enr.

El alma aquí no podria

Distinguir lo que procura,

La pia de la pintura,

O por mejor bizarría,

La pintura de la pia.

Coquin.

Aquí entro yo. A mí me dé

Vuestra Alteza mano ó pié,

[p. 18]Lo que está (que esto es más llano)

O más á pié ó más á mano.

D. Gut.

Aparta, necio.

D. Enr.

¿Por qué?

Dejadle, su humor le abona.

Coquin.

En hablando de la pia,

Entra la persona mia,

Que es su segunda persona.

D. Enr.

Pues ¿quién sois?

Coquin.

¿No lo pregona

Mi estilo? Yo soy, en fin,

Coquin, hijo de Coquin,

De aquesta casa escudero,

De la pia despensero,

Pues la siso al celemin

La mitad de la comida:

Y en efecto, señor, hoy,

Por ser vuestro dia, os doy

Norabuena muy cumplida.

D. Enr.

¿Mi dia?

Coquin.

Es cosa sabida.

D. Enr.

Su dia llama uno aquel

Que es á sus gustos fïel;

Si lo fué á la pena mia,

¿Cómo pudo ser mi dia?

Coquin.

Cayendo, señor, en él;

Y para que se publique

En cuantos lunarios hay,

Desde hoy diré: «A tantos cay

»San Infante Don Enrique.»

D. Gut.

Tu Alteza, señor, aplique

La espuela al ijar; que el dia

Ya en la tumba helada y fria,

Huésped del undoso dios,

[p. 19]Hace noche.

D. Enr.

Guárdeos Dios,

Hermosísima Mencía.

Y porque veais que estimo

El consejo, buscaré

A esta dama, y della oiré

La disculpa. (Ap. Mal reprimo

El dolor, cuando me animo

A no decir lo que callo.

Lo que en este lance hallo,

Ganar y perder se llama;

Pues él me ganó la dama,

Y yo le gané el caballo.)

(Vanse el Infante, D. Arias, D. Diego y Coquin.)

ESCENA X.

DON GUTIERRE, DOÑA MENCÍA.

D. Gut.

Bellísimo dueño mio,

Ya que vive tan unida

A dos almas una vida,

Dos vidas á un albedrío,

De tu amor y ingenio fío

Hoy, que licencia me dés

Para ir á besar los piés

Al Rey, mi señor, que viene

De Castilla; y le conviene

A quien caballero es,

Irle á dar la bienvenida.

Y fuera desto, ir sirviendo

Al infante Enrique, entiendo

[p. 20]Que es accion justa y debida,

Ya que debí á su caida

El honor que hoy ha ganado

Nuestra casa.

D.ª Men.

¿Qué cuidado

Más te lleva á darme enojos?

D. Gut.

No otra cosa, ¡por tus ojos!

D. Men.

¿Quién duda que haya causado

Algun deseo Leonor?

D. Gut.

¿Eso dices? No la nombres.

D.ª Men.

¡Oh qué tales sois los hombres!

¡Hoy olvido, ayer amor,

Ayer gusto, y hoy rigor!

D. Gut.

Ayer, como el sol no via,

Hermosa me parecia

La luna; mas hoy, que adoro

Al sol, ni dudo ni ignoro

Lo que hay de la noche al dia.

Escúchame un argumento.

Una llama en noche oscura

Arde hermosa, luce pura,

Cuyos rayos, cuyo aliento

Dulce ilumina del viento

La esfera; sale el farol

Del cielo, y á su arrebol

Todo á sombra se reduce,

Ni arde, ni alumbra, ni luce;

Que es mar de rayos el sol.

Aplícolo ahora: yo amaba

Una luz, cuyo esplendor

Vivió planeta mayor,

Que sus rayos sepultaba:

Una llama me alumbraba;

Pero era una llama aquella,

[p. 21]Que eclipsas divina y bella,

Siendo de luces crisol;

Porque hasta que sale el sol,

Parece hermosa una estrella.

D.ª Men.

¡Qué lisonjero os escucho!

Muy metafísico estais.

D. Gut.

En fin, ¿licencia me dais?

D.ª Men.

Pienso que la deseais mucho,

Por eso cobarde lucho

Conmigo.

D. Gut.

¿Puede en los dos

Haber engaño, si en vos

Quedo yo, y vos vais en mí?

D.ª Men.

Pues como os quedeis aquí,

Adios, Don Gutierre.

D. Gut.

Adios. (Vase.)

ESCENA XI.

JACINTA.—DOÑA MENCÍA.

Jacinta.

Triste, señora, has quedado.

D.ª Men.

Sí, Jacinta, y con razon.

Jacinta.

No sé qué nueva ocasion

Te ha suspendido y turbado,

Que una inquietud, un cuidado

Te ha divertido.

D.ª Men.

Es así.

Jacinta.

Bien puedes fiar de mí.

D.ª Men.

¿Quieres ver si de tí fío

Mi vida y el honor mio?

Pues escucha atenta.

[p. 22]

Jacinta.

Dí.

D.ª Men.

Nací en Sevilla, y en ella

Me vió Enrique, festejó

Mis desdenes, celebró

Mi nombre... ¡felice estrella!

Fuése, y mi padre atropella

La libertad que hubo en mí:

La mano á Gutierre di,

Volvió Enrique, y en rigor,

Tuve amor, y tengo honor.

Esto es cuanto sé de mí. (Vanse.)


Sala en el alcázar de Sevilla.

ESCENA XII.

DOÑA LEONOR é INÉS, con mantos.

Inés.

Ya sale para entrar en la capilla:

Aquí le espera, y á sus piés te humilla.

D.ª Leon.

Lograré mi esperanza,

Si recibe mi agravio la venganza.

ESCENA XIII.

EL REY, criados, un SOLDADO, un VIEJO, pretendientes.—Dichas.

Voces.

(Dentro.) ¡Plaza!

[p. 23]Pret. 1.º

Tu Majestad aqueste lea.

Rey.

Yo le haré ver.

Pret. 2.º

Tu Alteza, señor, vea

Este.

Rey.

Está bien.

Pret. 2.º

(Ap.)Pocas palabras gasta.

Pret. 3.º

Yo soy...

Rey.

El memorial solo me basta.

Un sold.

(Ap.) ¡Turbado estoy! Mal el temor resisto.

Rey.

¿De qué os turbais?

Soldado.

¿No basta haberos visto?

Rey.

Sí basta. ¿Qué pedís?

Soldado.

Yo soy soldado.

Una ventaja.

Rey.

Poco habeis pedido

Para haberos turbado.

Una jineta os doy.

Soldado.

¡Felice he sido!

Un viejo.

Un pobre viejo soy, limosna os pido.

Rey.

Tomad este diamante.

Viejo.

¿Para mí os le quitais?

Rey.

Y no os espante;

Que, para darle de una vez, quisiera,

Sólo un diamante todo el mundo fuera.

D.ª Leon.

Señor, á vuestras plantas

Mis piés turbados llegan.

De parte de mi honor vengo á pediros

Con voces que se anegan en suspiros,

Con suspiros que en lágrimas se anegan,

Justicia: para vos y Dios apelo.

Rey.

Sosegaos, señora, alzad del suelo.

D.ª Leon.

(Levántase.)

Yo soy...

Rey.

No prosigais de esa manera.

[p. 24]

Salíos todos afuera.

(Vanse todos ménos la dama.)

ESCENA XIV.

EL REY, DOÑA LEONOR.

Rey.

Hablad ahora, porque si venísteis

De parte del honor, como dijísteis,

Indigna cosa fuera

Que en público el honor sus quejas diera,

Y que á tan bella cara

Vergüenza á la justicia le costara.

D.ª Leon.

Pedro, á quien llama el mundo Justiciero,

Planeta soberano de Castilla,

A cuya luz se alumbra este hemisfero,

Júpiter español, cuya cuchilla

Rayos esgrime de templado acero,

Cuando blandida al aire alumbra y brilla,

Sangriento giro, que entre nubes de oro

Corta los cuellos de uno y otro moro:

Yo soy Leonor, á quien Andalucía

Llama (lisonja fué) Leonor la bella;

No porque fuese la hermosura mia

Quien el nombre adquirió, sino la estrella;

Que quien decia bella, ya decia

Infelice; que el nombre incluye y sella

A la sombra no más de la hermosura

Poca dicha, señor, poca ventura.

Puso los ojos, para darme enojos,

Un caballero en mí, que ¡ojalá fuera

Basilisco de amor á mis despojos,

[p. 25]Áspid de celos á mi primavera!

Luego el deseo sucedió á los ojos,

El amor al deseo, y de manera

Mi calle festejó, que en ella via

Morir la noche y espirar el dia.

¿Con qué razones, gran señor, herida

La voz, diré que á tanto amor postrada,

Aunque el desden me publicó ofendida

La voluntad me confesó obligada?

De obligada pasé á agradecida,

Luego de agradecida á apasionada;

Que en la universidad de enamorados

Dignidades de amor se dan por grados.

Poca centella incita mucho fuego,

Poco viento movió mucha tormenta,

Poca nube al principio arroja luego

Mucho diluvio, poca luz alienta

Mucho rayo despues, poco amor ciego

Descubre mucho engaño; y así intenta

Siendo centella, viento, nube, ensayo,

Ser tormenta, diluvio, incendio y rayo.

Dióme palabra que sería mi esposo;

Que ese de las mujeres es el cebo

Con que engaña al honor el cauteloso

Pescador, cuya pasta es el Erebo,

Que aduerme los sentidos temeroso.

El labio aquí fallece, y no me atrevo

A decir que mintió. No es maravilla.

¿Qué palabra se dió para cumplilla?

Con esta libertad entró en mi casa;

Si bien siempre el honor fué reservado,

Porque yo, liberal de amor, y escasa

De honor, me atuve siempre á este sagrado

Mas la publicidad á tanto pasa,

[p. 26]Y tanto esta opinion se ha dilatado,

Que en secreto quisiera más perderla,

Que con público escándalo tenerla.

Pedí justicia; pero soy muy pobre:

Quejéme dél; pero es muy poderoso:

Y ya que es imposible que yo cobre,

Pues se casó, mi honor, Pedro famoso,

Si sobre tu piedad divina, sobre

Tu justicia me admites generoso,

Que me sustente en un convento pido.

Gutierre Alfonso de Solís ha sido.

Rey.

Señora, vuestros enojos

Siento con razon, por ser

Un Atlante, en quien descansa

Todo el peso de la ley.

Si Gutierre está casado,

No podrá satisfacer,

Como decís, por entero

Vuestro honor; pero yo haré

Justicia como convenga

En esta parte; si bien

No os debe restituir

Honor que vos os teneis.

Oigamos á la otra parte

Disculpas suyas; que es bien

Guardar el segundo oido

Para quien llegue despues;

Y fiad, Leonor, de mí,

Que vuestra causa veré

De suerte, que no os obligue

A que digais otra vez

Que sois pobre, él poderoso,

Siendo yo en Castilla rey.

Mas Gutierre viene allí.

[p. 27]Podrá, si conmigo os ve,

Conocer que me informasteis

Primero. Aquese cancel

Os encubra: aquí aguardad,

Hasta que salgais despues.

D.ª Leon.

En todo he de obedeceros. (Escóndese.)

ESCENA XV.

COQUIN.—EL REY.

Coquin.

(Para sí.) De sala en sala, par diez,

A la sombra de mi amo,

Que allí se quedó, llegué

Hasta aquí. ¡El cielo me valga!

¡Vive Dios, que está aquí el Rey!

Él me ha visto, y se mesura.

Plegue al cielo, que no esté

Muy alto aqueste balcon,

Por si me arroja por él.

Rey.

¿Quién sois?

Coquin.

¿Yo, señor?

Rey.

Vos.

Coquin.

Yo

(¡Válgame el cielo!) soy quien

Vuestra Majestad quisiere,

Sin quitar y sin poner;

Porque un hombre muy discreto

Me dió por consejo ayer,

No fuese quien en mi vida

Vos no quisieseis; y fué

De manera la licion,

[p. 28]Que ántes, ahora y despues,

Quien vos quisiéredes solo

Fuí, quien gustareis seré,

Quien os place soy; y en esto,

¡Mirad con quién y sin quien!

Y así, con vuestra licencia,

Por donde vine me iré

Hoy con mis piés de compas,

Si no con compas de piés.

Rey.

Aunque me habeis respondido

Cuanto pudiera saber,

Quién sois os he preguntado.

Coquin.

Y yo os hubiera tambien,

Al tenor de la pregunta

Respondido, á no temer

Que en diciéndôs quien soy, luégo

Por un balcon me arrojeis,

Por haberme entrado aquí

Tan sin qué ni para qué,

Teniendo un oficio yo

Que vos no habeis menester.

Rey.

¿Qué oficio teneis?

Coquin.

Yo soy

Cierto correo de á pié,

Portador de todas nuevas,

Huron de todo interes,

Sin que se me haya escapado

Señor profeso ó novel;

Y del que me ha dado más,

Digo más, digo más bien.

Todas las casas son mias,

Y aunque lo son, esta vez

La de Don Gutierre Alfonso

Es mi accesoria, en quien fué

[p. 29]Mi pasto meridïano

Un andaluz cordobes.

Soy cofrade del contento;

El pesar no sé quién es,

Ni áun para servirle. En fin,

Soy, aquí donde me veis,

Mayordomo de la risa,

Gentilhombre del placer

Y camarero del gusto,

Pues que me visto con él.

Y por ser esto, he temido

El darme aquí á conocer;

Porque un Rey que no se rie,

Temo que me libre cien

Esportillas batanadas,

Con pespuntes al enves,

Por vagamundo.

Rey.

¿En fin, sois

Hombre que á cargo teneis

La risa?

Coquin.

Sí, mi señor;

Y porque lo echeis de ver,

Esto es jugar de gracioso

En palacio. (Cúbrese.)

Rey.

Está muy bien;

Y pues sé quien sois, hagamos

Los dos un concierto.

Coquin.

¿Y es?

Rey.

¿Hacer reir profesais?

Coquin.

Es verdad.

Rey.

Pues cada vez

Que me hiciéredes reir,

Cien escudos os daré;

Y si no me hubiereis hecho

[p. 30]Reir en término de un mes,

Os han de sacar los dientes.

Coquin.

Testigo falso me haceis,

Y es ilícito contrato

De enorme lesion.

Rey.

¿Por qué?

Coquin.

Porque quedaré lisiado

Si le acepto, ¿no se ve?

Dicen, cuando uno se rie,

Que enseña los dientes; pues

Enseñarlos yo llorando,

Será reirme al reves.

Dicen que sois tan severo,

Que á todos dientes haceis;

¿Qué os hice yo, que á mí solo

Deshacérmelos quereis?

Pero vengo en el partido;

Que porque ahora me dejeis

Ir libre, no lo rehuso;

Pues por lo ménos un mes

Me hallo aquí, como en la calle,

De vida; y al cabo dél,

No es mucho que tome postas

En mi boca la vejez.

Y así voy á examinarme

De cosquillas. Voto á diez,

Que os habeis de reir. Adios,

Y veámonos despues. (Vase.)

[p. 31]ESCENA XVI.

DON ENRIQUE, DON GUTIERRE, DON DIEGO, DON ARIAS, criados.—EL REY.

D. Enr.

Déme vuestra Majestad

La mano.

Rey.

Vengais con bien,

Enrique. ¿Cómo os sentís?

D. Enr.

Más, señor, el susto fué

Que el golpe: estoy bueno.

D. Gut.

A mí

Vuestra Majestad me dé

La mano, si mi humildad

Merece tan alto bien;

Porque el suelo que pisais,

Es soberano dosel,

Que ilumina de los vientos

Uno y otro rosicler.

Y vengais con la salud

Que este reino ha menester,

Para que os adore España

Coronado de laurel.

Rey.

De vos, Don Gutierre Alfonso...

D. Gut.

¿Las espaldas me volveis?

Rey.

Grandes querellas me dan.

D. Gut.

Injustas deben de ser.

Rey.

¿Quién es, decidme, Leonor,

Una principal mujer

De Sevilla?

D. Gut.

Una señora

[p. 32]Bella, ilustre y noble es,

De lo mejor de esta tierra.

Rey.

¿Qué obligacion la teneis,

A que habeis correspondido

Necio, ingrato y descortés?

D. Gut.

No os he de mentir en nada;

Que el hombre, señor, de bien

No sabe mentir jamás,

Y más delante del Rey.

Servíla, y mi intento entónces

Casarme con ella fué,

Si no mudara las cosas

De los tiempos el vaiven.

Visitéla, entré en su casa

Públicamente; si bien

No le debo á su opinion

De una mano el interes.

Viéndome desobligado,

Pude mudarme despues,

Y así, libre de este amor,

En Sevilla me casé

Con Doña Mencía de Acuña,

Dama principal, con quien

Vivo, fuera de Sevilla,

Una casa de placer.

Leonor, mal aconsejada

(Que no la aconseja bien

Quien destruye su opinion),

Pleitos intentó poner

A mi desposorio, donde

El más riguroso juez

No halló causa contra mí,

Aunque ella dice que fué

Diligencia del favor.

[p. 33]¡Mirad vos si á una mujer

Hermosa favor faltara,

Si le hubiera menester!

Con este engaño pretende,

Puesto que vos lo sabeis,

Valerse de vos; y así

Yo me pongo á vuestros piés,

Donde á la justicia vuestra

Dará la espada mi fe,

Y mi lealtad la cabeza.

Rey.

¿Qué causa tuvisteis pues

Para tan grande mudanza?

D. Gut.

¿Novedad tan grande es

Mudarse un hombre? ¿No es cosa

Que cada dia se ve?

Rey.

Sí, pero de extremo á extremo

Pasar el que quiso bien,

No fué sin grande ocasion.

D. Gut.

Suplícôs no me apreteis;

Que soy hombre que, en ausencia

De las mujeres, daré

La vida por no decir

Cosa indigna de su ser.

Rey.

¿Luego vos causa tuvísteis?

D. Gut.

Sí, señor; pero creed

Que si para mí descargo

Hoy hubiera menester

Decirlo, cuando importara

Vida y alma, amante fiel

De su honor, no lo dijera.

Rey.

Pues yo lo quiero saber.

D Gut.

Señor...

Rey.

Es curiosidad.

D. Gut.

Mirad...

[p. 34]Rey.

No me repliqueis;

Que me enojaré, por vida...

D. Gut.

Señor, señor, no jureis;

Que mucho ménos importa

Que yo deje aquí de ser

Quien soy, que veros airado.

Rey.

(Ap. Que dijese, le apuré,

El suceso en alta voz,

Porque pueda responder

Leonor, si aqueste me engaña,

Y si habla verdad, porqué

Convencida con su culpa,

Sepa Leonor que lo sé.)

Decid pues.

D. Gut.

A mi pesar

Lo digo. Una noche entré

En su casa, sentí ruido

En una cuadra, llegué,

Y al mismo tiempo que fuí

A entrar, pude el bulto ver

De un hombre, que se arrojó

Del balcon; bajé tras él,

Y sin conocerle, al fin

Pudo escaparse por piés.

D. Arias.

(Ap.) ¡Válgame el cielo! ¿qué es esto

Que miro?

D. Gut.

Y aunque escuché

Satisfacciones, y nunca

Di á mi agravio entera fe,

Fué bastante esta aprension

A no casarme; porqué

Si amor y honor son pasiones

Del ánimo, á mi entender,

Quien hizo al amor ofensa,

[p. 35]Se le hace al honor en él;

Porque el agravio del gusto

Al alma toca tambien.

ESCENA XVII.

DOÑA LEONOR.—Dichos.

D.ª Leon.

Vuestra Majestad perdone;

Que no puedo detener

El golpe á tantas desdichas

Que han llegado de tropel.

Rey.

(Ap.) ¡Vive Dios, que me engañaba!

La prueba sucedió bien.

D.ª Leon.

Y oyendo contra mi honor

Presunciones, fuera ley

Injusta que yo cobarde

Dejara de responder;

Que ménos perder importa

La vida, cuando me dé

Este atrevimiento muerte,

Que vida y honor perder.

Don Arias entró en mi casa...

D. Arias.

Señora, espera, deten

La voz. Vuestra Majestad

Licencia, señor, me dé,

Porque el honor desta dama

Me toca á mí defender.

Esa noche estaba en casa

De Leonor una mujer

Con quien me hubiera casado,

Si de la parca el cruel

[p. 36]Golpe no cortara fiero

Su vida. Yo, amante fiel

De su hermosura, seguí

Sus pasos, y en casa entré

De Leonor (atrevimiento

De enamorado), sin ser

Parte á estorbarlo Leonor.

Llegó Don Gutierre pues;

Temerosa Leonor dijo

Que me retirase á aquel

Aposento, yo lo hice,

¡Mil veces mal haya, amén,

Quien de una mujer se rinde

A admitir el parecer!

Sintióme, entró, y á la voz

De marido, me arrojé

Por el balcon. Y si entónces

Volví el rostro á su poder

Porque era marido, hoy

Que dice que no lo es,

Vuelvo á ponerme delante.

Vuestra Majestad me dé

Campo, en quien defienda altivo

Que no ha faltado á quien es

Leonor, pues á un caballero

Se le concede la ley.

D. Gut.

Yo saldré donde... (Empuñan.)

Rey.

¿Qué es esto?

¿Cómo las manos teneis

En las espadas, delante

De mí? ¿No temblais de ver

Mi semblante? Donde estoy,

¿Hay soberbia ni altivez?—

Presos los llevad al punto:

[p. 37]En dos torres los poned;

Y agradeced que no os pongo

Las cabezas á los piés. (Vase.)

D. Arias.

Si perdió Leonor por mí

Su opinion, por mí tambien

La tendrá; que esto se debe

Al honor de una mujer.

D. Gut.

(Ap.) No siento en desdicha tal

Ver riguroso y cruel

Al Rey; solo siento que hoy,

Mencía, no te he de ver. (Llévanlos presos.)

D. Enr.

(Ap. Con ocasion de la caza,

Preso Gutierre, podré

Ver esta tarde á Mencía.)

Don Diego, conmigo ven;

Que tengo de porfiar

Hasta morir, ó vencer. (Vanse.)

D.ª Leon.

¡Muerta quedo! ¡Plegue á Dios,

Ingrato, aleve y cruel,

Falso, engañador, fingido,

Sin fe, sin Dios y sin ley,

Que como inocente pierdo

Mi honor, venganza me dé

El cielo! ¡El mismo dolor

Sientas, que siento, y á ver

Llegues, bañado en tu sangre,

Deshonras tuyas, porqué

Mueras con las mismas armas

Que matas, amén, amén!

¡Ay de mí! mi honor perdí.

¡Ay de mí! mi muerte hallé.


[p. 38]

JORNADA SEGUNDA.


Jardín de la quinta.

ESCENA PRIMERA.

JACINTA y DON ENRIQUE, á oscuras.

Jacinta.

Llega con silencio.

D. Enr.

Apénas

Los piés en la tierra puse.

Jacinta.

Este es el jardin, y aquí

Pues de la noche le encubre

El manto, y pues Don Gutierre

Está preso, no hay que dudes,

Sino que conseguirás

Victorias de amor tan dulces.

D. Enr.

Si la libertad, Jacinta,

Que te prometí, presumes

Poco premio á bien tan grande,

Pide más, y no te excuses

Por cortedad: vida y alma

Es bien que por tuyas juzgues.

Jacinta.

Aquí mi señora siempre

Viene, y tiene por costumbre

Pasar un poco la noche.

D. Enr.

Calla, calla, no pronuncies

[p. 39]Otra razon, porque temo

Que los vientos nos escuchen.

Jacinta.

Yo, para que tanta ausencia

No me indicie ó no me culpe

Deste delito, no quiero

Faltar de allí. (Vase.)

D. Enr.

Amor ayude

Mi intento. Estas verdes hojas

Me escondan y disimulen;

Que no seré yo el primero

Que á vuestras espaldas hurte

Rayos al sol. Acteon

Con Dïana me disculpe. (Vase.)

ESCENA II.

DOÑA MENCÍA, JACINTA, TEODORA, criadas.

D.ª Men.

¡Silvia, Teodora, Jacinta!

Jacinta.

¿Qué mandas?

D.ª Men.

Que traigas luces,

Y venid todas conmigo

A divertir pesadumbres

De la ausencia de Gutierre,

Donde el natural presume

Vencer hermosos países

Que el arte dibuja y pule.—

Teodora.

Teodor.

Señora mia.

D.ª Men.

Divierte con voces dulces

Esta tristeza.

Teodor.

Holgaréme

[p. 40]Que de letra y tono gustes.

(Han puesto luz sobre un bufetillo, y siéntase Doña Mencía en unas almohadas. Canta Teodora.)

Ruiseñor, que con tu canto

Alegras este recinto,

No te ausentes tan aprisa,

Que me das pena y martirio.

(Se queda dormida Doña Mencía.)

Jacinta.

No cantes más; que parece

Que ya el sueño al alma infunde

Sosiego y descanso. Y pues

Hallaron sus inquietudes

En él sagrado, nosotras

No la despertemos.

Teodor.

Huye

Con silencio la ocasion.

Jacinta.

(Ap.) Yo lo haré, porque la busque

Quien la deseó. ¡Oh criadas,

Y cuántas honras ilustres

Se han perdido por vosotras!

(Vanse todas las criadas.)

ESCENA III.

DON ENRIQUE.—DOÑA MENCÍA, dormida.

D. Enr.

Sola se quedó. No duden

Mis sentidos tanta dicha.

Y ya que á esto me dispuse,

Pues la ventura me falta,

Tiempo y lugar me aseguren.—

¡Hermosísima Mencía!

[p. 41]D.ª Men.

(Despierta.)

¡Válgame Dios!

D. Enr.

No te asustes.

D.ª Men.

¿Qué es esto?

D. Enr.

Un atrevimiento,

A quien es bien que disculpen

Tantos años de esperanza.

D.ª Men.

¿Pues, señor, vos...

D. Enr.

No te turbes.

D.ª Men.

Desta suerte...

D. Enr.

No te alteres.

D.ª Men.

Entrasteis...

D. Enr.

No te disgustes.

D.ª Men.

En mi casa, sin temer

Que así á una mujer destruye,

Y que así ofende á un vasallo

Tan generoso y ilustre?

D. Enr.

Esto es tomar tu consejo.

Tú me aconsejas que escuche

Disculpas de aquella dama,

Y vengo á que te disculpes

Conmigo de mis agravios.

D.ª Men.

Es verdad, la culpa tuve;

Pero si he de disculparme,

Tu Alteza, señor, no dude

Que es en órden á mi honor.

D. Enr.

¿Que ignoro, acaso presumes,

El respeto que les debo

A tu sangre y tus costumbres?

El achaque de la caza,

Que en estos campos dispuse,

No fué fatigar la caza,

Estorbando que salude

A la venida del dia,

[p. 42]Sino á tí, garza, que subes

Tan remontada, que tocas

Por las campañas azules

De los palacios del sol

Los dorados balaustres.

D.ª Men.

Muy bien, señor, vuestra Alteza

A las garzas atribuye

Esta lucha; pues la garza

De tal instinto presume,

Que volando hasta los cielos,

Rayo de pluma sin lumbre,

Ave de fuego con alma,

Con instinto alada nube,

Pardo cometa sin fuego,

Quieren que su intento burlen

Azores reales; y áun dicen

Que, cuando de todos huye,

Conoce al que ha de matarla;

Y así ántes que con él luche,

El temor la hace que tiemble,

Se estremezca y se espeluce.

Así yo, viendo á tu Alteza,

Quedé muda, absorta estuve,

Conocí el riesgo, y temblé,

Tuve miedo y horror tuve;

Porque mi temor no ignore,

Porque mi espanto no dude

Que es quien me ha de dar la muerte.

D. Enr.

Ya llegué á hablarte, ya tuve

Ocasion, no he de perderla.

D.ª Men.

¿Cómo esto los cielos sufren?

Daré voces.

D. Enr.

A tí misma

Te infamas.

[p. 43]D.ª Men.

¿Cómo no acuden

A darme favor las fieras?

D. Enr.

Porque de enojarme huyen.

ESCENA IV.

DON GUTIERRE.—Dichos.

D. Gut.

(Dentro.) Ten ese estribo, Coquin,

Y llama á esa puerta.

D.ª Men.

¡Cielos!

No mintieron mis recelos,

Llegó de mi vida el fin.

Don Gutierre es este, ¡ay Dios!

D. Enr.

¡Oh qué infelice nací!

D.ª Men.

¿Qué ha de ser, señor, de mí,

Si os halla conmigo á vos?

D. Enr.

¿Pues qué he de hacer?

D.ª Men.

Retiraros.

D. Enr.

¿Yo me tengo de esconder?

D.ª Men.

El honor de una mujer

A más que esto ha de obligaros.

No podeis salir (¡soy muerta!);

Que como allá no sabian

Mis criadas lo que hacian,

Abrieron luego la puerta.

Aun salir no podeis ya.

D. Enr.

¿Qué haré en tanta confusion?

D.ª Men.

Detras de ese pabellon,

Que en mi misma cuadra está,

Os esconded.

D. Enr.

No he sabido,

[p. 44]Hasta la ocasion presente,

Qué es temor. ¡Oh qué valiente

Debe de ser un marido! (Vase.)

D.ª Men.

Si inocente una mujer,

No hay desdicha que no aguarde,

¡Válgame Dios, qué cobarde

La culpa debe de ser!

ESCENA V.

DON GUTIERRE, COQUIN, JACINTA, DOÑA MENCÍA.

D. Gut.

Mi bien, señora, los brazos

Darme una y mil veces puedes.

D.ª Men.

Con envidia de estas redes,

Que en tan amorosos lazos

Están inventando abrazos.

D. Gut.

No dirás que no he venido

A verte.

D.ª Men.

Fineza ha sido

De amante firme y constante.

D. Gut.

No dejo de ser amante

Yo, mi bien, por ser marido;

Que por propia la hermosura

No desmerece jamás

Las finezas; ántes más

Las alienta y asegura,

Y así á su riesgo procura

Los medios, las ocasiones.

D.ª Men.

En obligacion me pones.

D. Gut.

El alcaide que conmigo

[p. 45]Está, es mi deudo y amigo,

Y quitándome prisiones

Al cuerpo, me las echó

Al alma, porque me ha dado

Ocasion de haber llegado

A tan grande dicha yo,

Como es á verte.

D.ª Men.

¿Quién vió

Mayor gloria?...

D. Gut.

Que la mia;

Aunque, si bien advertia,

Hizo muy poco por mí

En dejarme que hasta aquí

Viniese; pues si vivia

Yo sin alma en la prision

Por estar en tí, mi bien,

Darme libertad fué bien,

Para que en esta ocasion

Alma y vida con razon

Otra vez se viese unida;

Porque estaba dividida,

Teniendo prolija calma,

En una prision el alma

Y en otra prision la vida.

D.ª Men.

Dicen que dos instrumentos

Conformemente templados,

Por los ecos dilatados

Comunican los acentos:

Tocan el uno, y los vientos

Hiere el otro, sin que allí

Nadie le toque; y en mí

Esta experiencia se viera;

Pues si el golpe allá te hiriera,

Muriera yo desde aquí.

[p. 46]Coquin.

¿Y no le darás, señora,

Tu mano por un momento

A un preso de cumplimiento,

Pues llora, siente y ignora

Por qué siente y por qué llora,

Y está su muerte esperando

Sin saber por qué ni cuándo?

Pero...

D.ª Men.

Coquin, ¿qué hay en fin?

Coquin.

Fin al principio en Coquin

Hay, que eso estoy contando.

Mucho el Rey me quiere; pero

Si el rigor pasa adelante,

Mi amo será muerto andante,

Pues irá con escudero.

D.ª Men.

(A D. Gut.) Poco regalarte espero,

Porque como no aguardaba

Huésped, descuidada estaba.

Cena os quiero apercibir.

D. Gut.

Una esclava puede ir.

D.ª Men.

Ya, señor, ¿no va una esclava?

Yo lo soy, y lo he de ser.—

Jacinta, vénme á ayudar.

(Ap. En salud me he de curar:

Ved, honor, cómo ha de ser,

Porque me he de resolver

A una temeraria accion.) (Vanse las dos.)

[p. 47]ESCENA VI.

DON GUTIERRE, COQUIN.

D. Gut.

Tú, Coquin, á esta ocasion

Aquí te queda, y extremos

Olvida, y mira que habemos

De volver á la prision

Antes del dia, y ya falta

Poco: aquí puedes quedarte.

Coquin.

Yo quisiera aconsejarte

Una industria la más alta

Que el ingenio humano esmalta:

En ella tu vida está.

¡Oh qué industria...

D. Gut.

Díla ya.

Coquin.

Para salir sin lesion

Sano y bueno de prision!

D. Gut.

¿Cuál es?

Coquin.

No volver allá.

¿No estás bueno? ¿No estás sano?

Con no volver, claro ha sido

Que sano y bueno has salido.

D. Gut.

¡Vive Dios, necio, villano,

Que te mate por mi mano!

¿Pues tú me has de aconsejar

Tan vil accion, sin mirar

La confianza que aquí

Hizo el alcaide de mí?

Coquin.

Señor, yo llego á dudar

(Que soy más desconfiado)

[p. 48]De la condicion del Rey;

Y así el honor de esa ley

No se entiende en el criado,

Y hoy estoy determinado

A dejarte y no volver.

D. Gut.

¿Dejarme tú?

Coquin.

¿Qué he de hacer?

D. Gut.

Y de tí, ¿qué han de decir?

Coquin.

¿Y heme de dejar morir,

Por sólo bien parecer?

Si el morir, señor, tuviera

Descarte ó enmienda alguna,

Cosa que, de dos la una,

Un hombre hacerla pudiera,

Yo probara la primera

Por servirte; mas ¿no ves

Que rifa la vida es?

Entro en ella, vengo y tomo

Cartas, y piérdola: ¿cómo

Me desquitaré despues?

Perdida se quedará,

Si la pierdo por tu engaño,

Desde aquí á ciento y un año.

ESCENA VII.

DOÑA MENCIA, muy alborotada.—Dichos.

D.ª Men.

Señor, tu favor me da.

D. Gut.

¡Válgame Dios! ¿qué será?

¿Qué puede haber sucedido?

D.ª Men.

Un hombre...

[p. 49]D. Gut.

¡Presto!

D.ª Men.

Escondido

En mi aposento he encontrado,

Encubierto y rebozado.

Favor, Gutierre, te pido.

D. Gut.

¿Qué dices? ¡Válgame el cielo!

Ya es forzoso que me asombre.

¿Embozado en casa un hombre?

D.ª Men.

Yo le ví.

D. Gut.

Todo soy hielo.

Toma esa luz.

Coquin.

¿Yo?

D. Gut.

El recelo

Pierde, pues conmigo vas.

D.ª Men.

Villano, ¿cobarde estás?

Saca tú la espada, y yo

Iré.—La luz se cayó.

(Al tomar la luz, la mata disimuladamente.)

ESCENA VIII.

JACINTA y DON ENRIQUE, siguiéndola.—Dichos.

D. Gut.

Esto me faltaba más;

Pero á obscuras entraré. (Vase.)

Jacinta.

(Ap. á Don Enrique.)

Síguete, señor, por mí.

Seguro vas por aquí,

Que toda la casa sé.

(Miéntras Don Gutierre ha entrado dentro por una puerta, lleva Jacinta á Don Enrique por otro lado. Vuelve á salir Don Gutierre, y encuentra á Coquin.)

[p. 50]Coquin.

¿Donde iré yo?

D. Gut.

(Ap.)Ya encontré

El hombre.

Coquin.

Señor, advierte...

D. Gut.

(Ap.) ¡Vive Dios, que desta suerte,

Hasta que sepa quién es,

Le he de tener! Que despues

Le darán mis manos muerte.

Coquin.

Mira que yo...

D.ª Men.

(Ap.)¡Qué rigor!

Si es que con él ha encontrado,

¡Ay de mí!

(Vuelve Jacinta con luz.)

D. Gut.

Luz han sacado.—

¿Quién eres, hombre?

Coquin.

Señor,

Yo soy.

D. Gut.

¡Qué engaño! ¡Qué error!

Coquin.

Pues yo ¿no te lo decia?

D. Gut.

Que me hablabas presumia,

Pero no que eras el mismo

Que tenía. ¡Oh ciego abismo

Del alma y paciencia mia!

D.ª Men.

¿Salió ya, Jacinta? (Ap. á ella.)

Jacinta.

Sí.

D.ª Men.

¿Cómo esto en tu ausencia pasa?

Mira bien toda la casa;

Que como saben que aquí

No estás, se atreven así

Ladrones.

D. Gut.

A verla voy.

Suspiros al cielo doy

Que mis sentimientos lleven,

Si es que á mi casa se atreven,

[p. 51]Por ver que en ella no estoy.

(Vase él y Coquin.)

ESCENA IX.

DOÑA MENCÍA, JACINTA.

Jacinta.

Grande atrevimiento fué

Determinarse, señora,

A tan grande accion ahora.

D.ª Men.

En ella mi vida hallé.

Jacinta.

¿Por qué lo hiciste?

D.ª Men.

Porqué

Si yo no se lo dijera,

Y Gutierre lo sintiera,

La presuncion era clara,

Pues no se desengañara

De que yo cómplice era;

Y no fué dificultad

En ocasion tan cruel,

Haciendo del ladron fiel,

Engañar con la verdad.

ESCENA X.

DON GUTIERRE, que debajo de la capa trae una daga.—DOÑA MENCÍA, JACINTA.

D. Gut.

(A Doña Mencía.) ¿Qué ilusion, qué vanidad

Desta suerte te burló?

[p. 52]Toda la casa vi yo;

Pero en ella no encontré

Sombra de que verdad fué

Lo que á tí te pareció.

(Ap. Mas engáñome ¡ay de mí!

Que esta daga que hallé ¡cielos!

Con sospechas y recelos

Previene mi muerte en sí.

Mas no es esto para aquí.)

Mi bien, mi esposa, Mencía,

Ya la noche en sombra fria

Su manto va recogiendo,

Y cobardemente huyendo

De la hermosa luz del dia.

Mucho siento, claro está,

El dejarte en esta parte,

Por dejarte, y por dejarte

Con este temor; mas ya

Es hora.

D.ª Men.

Los brazos da

A quien te adora.

D. Gut.

El favor

Estimo.

(Al ir á abrazarle Doña Mencía, ve la daga.)

D.ª Men.

¡Tente, señor!

¿Tú la daga para mí?

En mi vida te ofendí,

Deten la mano al rigor,

Deten...

D. Gut.

¿De qué estás turbada,

Mi bien, mi esposa, Mencía?

D.ª Men.

Al verte así presumia

Que ya en mi sangre bañada,

Hoy moria desangrada.

[p. 53]D. Gut.

Como á ver la casa entré,

Así esta daga saqué.

D.ª Men.

Toda soy una ilusion.

D. Gut.

¡Jesus, qué imaginacion!

D.ª Men.

En mi vida te he ofendido.

D. Gut.

¡Qué necia disculpa ha sido!

Pero suele una aprension

Tales miedos prevenir.

D.ª Men.

Mis tristezas, mis enojos,

Vanas quimeras y antojos,

Suelen mi engaño fingir.

D. Gut.

Si yo pudiere venir,

Vendré á la noche, y adios.

D.ª Men.

Él vaya, señor, con vos.—

(Ap. ¡Oh qué asombros! ¡Oh qué extremos!)

D. Gut.

(Ap.) ¡Ay honor, mucho tenemos

Que hablar á solas los dos! (Vanse.)


Cámara real en el Alcázar.

ESCENA XI.

DON DIEGO y EL REY con broquel y capa de color, y miéntras habla, se muda en traje de negro.

Rey.

Ten, Don Diego, esa rodela.

D. Diego.

Tarde vienes á acostarte.

Rey.

Toda la noche rondé

De aquesta ciudad las calles,

Que quiero saber así

Sucesos y novedades

[p. 54]De Sevilla, que es lugar

Donde cada noche salen

Cuentos nuevos; y deseo

Desta manera informarme

De todo, para saber

Lo que convenga.

D. Diego.

Bien haces,

Que el rey debe ser un Argos

En su reino, vigilante:

El emblema de aquel cetro

Con dos ojos lo declare.

Mas ¿qué vió tu Majestad?

Rey.

Ví recatados galanes,

Damas desveladas ví,

Músicas, fiestas y bailes,

Muchos garitos, de quien

Eran siempre voces grandes

La tablilla, que decia:

«Aquí hay juego, caminante.»

Ví valientes infinitos:

Y no hay cosa que me canse

Tanto como ver valientes,

Y que por oficio pase

Ser uno valiente aquí.

Mas porque no se me alaben

Que no doy exámen yo

A oficio tan importante,

A una tropa de valientes

Probé solo en una calle.

D. Diego.

Mal hizo tu Majestad.

Rey.

Antes bien, pues con su sangre

Llevaron iluminada...

D. Diego.

¿Qué?

Rey.

La carta del exámen.

[p. 55]ESCENA XII.

COQUIN.—Dichos.

Coquin.

(Ap.) No quise entrar en la torre

Con mi amo, por quedarme

A saber lo que se dice

De su prision. Pero ¡tate!

(Que es un pero muy honrado

Del celebrado linaje

De los tates de Castilla),

Porque el Rey esta delante.

Rey.

Coquin.

Coquin.

Señor.

Rey.

¿Cómo va?

Coquin.

Responderé á lo estudiante.

Rey.

¿Cómo?

Coquin.

De corpore bene,

Pero de pecuniis male.

Rey.

Decid algo, pues sabeis,

Coquin, que como me agrade,

Teneis aquí cien escudos.

Coquin.

Fuera hacer tú aquesta tarde

El papel de una comedia

Que se intitula: El Rey Angel.

Pero con todo eso traigo

Hoy un cuento que contarte,

Que remata en epigrama.

Rey.

Si es vuestra, será elegante.

Vaya el cuento.

Coquin.

Yo ví ayer

[p. 56]De la cama levantarse

Un capon con bigotera.

¿No te ries de pensarle

Curándose sobre sano

Con tan vagamundo parche?

A esto un epigrama hice.

(No te pido, Pedro el Grande,

Casas ni viñas; que solo

Risa pido: en este guante

Dad vuestra bendita risa

A un gracioso vergonzante.)

«Floro, casa muy desierta

La tuya debe de ser,

Porque eso nos da á entender

La cédula de la puerta:

Donde no hay carta, ¿hay cubierta?

¿Cáscara sin fruta? No,

No pierdas tiempo; que yo,

Esperando los provechos,

He visto labrar barbechos,

Mas barbi-deshechos no.»

Rey.

¡Qué frialdad!

Coquin.

No es más caliente.

ESCENA XIII.

DON ENRIQUE.—Dichos.

D. Enr.

Dadme vuestra mano.

Rey.

Infante,

¿Cómo estais?

D. Enr.

Tengo salud,

[p. 57]Contento de que se halle

Vuestra Majestad con ella;

Y esto, señor, á una parte:

Don Arias...

Rey.

Don Arias es

Vuestra privanza: sacadle

De la prision, y haced vos,

Enrique, esas amistades,

Que á vos os deben las vidas.

D. Enr.

La tuya los cielos guarden,

Y heredero de tí mismo,

Apuestes eternidades

Con el tiempo. (Vase el Rey.)

ESCENA XIV.

DON ENRIQUE, DON DIEGO, COQUIN.

D. Enr.

Iréis, Don Diego,

A la torre, y al Alcaide

Le diréis que traiga aquí

Los dos presos. (Ap. ¡Cielos! dadme

(Vase Don Diego.)

Paciencia en tales desdichas

Y prudencia en tantos males.)

Coquin, ¿tú estabas aquí?

Coquin.

Y más me valiera en Flándes.

D. Enr.

¿Cómo?

Coquin.

Es el Rey un prodigio

De todos los animales.

D. Enr.

¿Por qué?

Coquin.

La naturaleza

[p. 58]Permite que el toro brame,

Ruja el leon, muja el buey,

El asno rebuzne, el ave

Cante, el caballo relinche,

Ladre el perro, el gato maye,

Aulle el lobo, el lechon gruña,

Y sólo permitió darle

Risa al hombre, y Aristóteles

Risible animal le hace

Por difinicion perfecta;

Y el Rey, contra el órden y arte,

No quiere reirse. Déme

El cielo para sacarle

Risa, todas las tenazas

Del buen gusto y del donaire. (Vase.)

ESCENA XV.

DON GUTIERRE, DON ARIAS, DON DIEGO.—DON ENRIQUE.

D. Diego.

Ya, señor, están aquí

Los presos.

D. Gut.

Dános tus plantas.

D. Arias.

Hoy al cielo nos levantas.

D. Enr.

El Rey mi señor de mí

(Porque humilde le pedí

Vuestras vidas este dia)

Estas amistades fía.

D. Gut.

El honrar es dado á vos.—

(Coteja la daga que se halló, con la espada del Infante.)

(Ap. ¿Qué es esto que miro? ¡Ay Dios!)

[p. 59]D. Enr.

Las manos os dad.

D. Arias.

La mia

Es esta.

D. Gut.

Y estos mis brazos,

Cuyo lazo y nudo fuerte

No desatará la muerte,

Sin que los haga pedazos.

D. Arias.

Confirmen estos abrazos

Firme amistad desde aquí.

D. Enr.

Esto queda bien así.

Entrambos sois caballeros,

En acudir los primeros

A su obligacion; y así

Está bien el ser amigo

Uno y otro; y quien pensare

Que no queda bien, repare

En que ha de reñir conmigo.

D. Gut.

A cumplir, señor, me obligo

Las amistades que juro:

Obedeceros procuro,

Y pienso que me honraréis

Tanto, que de mi crêréis

Lo que de mí estais seguro.

Sois fuerte enemigo vos,

Y cuando lealtad no fuera,

Por temor no me atreviera

A romperlas, vive Dios.

Vos y yo para otros dos:

Me estuviera á mí muy bien

Mostrar entónces tambien

Que sé cumplir lo que digo;

Mas con vos por enemigo,

¿Quién ha de atreverse? ¿quién?

Tanto enojaros temiera

[p. 60]

El alma cuerda y prudente,

Que á miraros solamente

Tal vez áun no me atreviera;

Y si en ocasion me viera

De probar vuestros aceros,

Cuando yo sin conoceros

A tal extremo llegara,

Que se muriera estimara

La luz del sol por no veros.

D. Enr.

(Ap. De sus quejas y suspiros

Grandes sospechas prevengo)

Venid conmigo, que tengo

Muchas cosas que deciros,

Don Arias.

D. Arias.

Iré á serviros.

(Vanse Don Enrique, Don Diego y Don Arias.)

ESCENA XVI.

DON GUTIERRE.

Nada Enrique respondió;

Sin duda se convenció

De mi razon. ¡Ay de mí!

¿Podré ya quejarme? Sí;

Pero consolarme, no.

Ya estoy solo, ya bien puedo

Hablar. ¡Ay Dios! ¡quién pudiera

Reducir solo á un discurso,

Medir con sola una idea

Tantos géneros de agravios,

Tantos linajes de penas

[p. 61]Como cobardes me asaltan,

Como atrevidos me cercan!

¡Ahora, ahora, valor,

Salga repetido en quejas,

Salga en lágrimas en vuelto

El corazon á las puertas

Del alma, que son los ojos!

Y en ocasion como esta,

Bien podeis, ojos, llorar:

No lo dejeis de vergüenza.

¡Ahora, valor, ahora

Es tiempo de que se vea

Que sabeis medir iguales

El valor y la prudencia!

Pero cese el sentimiento,

Y á fuerza de honor, y á fuerza

De valor, áun no me dé

Para quejarme licencia;

Porque adula sus penas

El que pide á la voz justicia dellas.

Pero vengamos al caso,

Quizá hallarémos respuesta.

¡Oh, ruego á Dios que la haya!

¡Oh, plegue á Dios que la tenga!—

Anoche llegué á mí casa,

Es verdad; pero las puertas

Me abrieron luego, y mi esposa

Estaba segura y quieta.

En cuanto á que me avisaron

De que estaba un hombre en ella,

Tengo disculpa en que fué

La que me avisó ella mesma.

En cuanto á que se mató

La luz, ¿qué testigo prueba

[p. 62]Aquí que no pudo ser

Un caso de contigencia?

En cuanto á que hallé esta daga,

Hay criados de quien pueda

Ser. En cuanto (¡ay dolor mio!)

Que con la espada convenga

Del Infante, puede ser

Otra espada como ella;

Que no es labor tan extraña,

Que no hay mil que la parezcan.

Y apurando más el caso,

Confieso (¡ay de mí!) que sea

Del Infante, y más confieso,

Que estaba allí, aunque no fuera

Posible dejar de verle;

Mas siéndolo, ¿no pudiera

No estar culpada Mencía?

Que el oro es llave maestra,

Que las guardas de criadas

Por instantes nos falsea.

¡Oh! ¡cuánto me estimo haber

Hallado esta sutileza!

Y así acortemos discursos,

Pues todos juntos se cierran

En que Mencía es quien es,

Y soy quien soy. No hay quien pueda

Borrar de tanto esplendor

La hermosura y la pureza.—

Pero sí puede, mal digo;

Que al sol una nube negra,

Si no le mancha, le turba,

Si no le eclipsa, le hiela.

¿Qué injusta ley condena,

Que muera el inocente y que perezca?

[p. 63]A peligro estais, honor,

No hay hora en vos que no sea

Crítica, en vuestro sepulcro

Vivís, puesto que os alienta

La mujer, en ella estais

Pisando siempre la huesa.

Yo os he de curar, honor,

Y pues al principio muestra

Este primero accidente

Tan grave peligro, sea

La primera medicina

Cerrar al daño las puertas,

Atajar al mal los pasos.

Y así es receta y ordena

El Médico de su honra

Primeramente la dieta

Del silencio, que es guardar

La boca, tener paciencia:

Luégo dice que apliqueis

A vuestra mujer finezas,

Agrados, gustos, amores,

Lisonjas, que son las fuerzas

Defensibles, porque el mal

Con el despego no crezca;

Que sentimientos, disgustos,

Celos, agravios, sospechas

Con la mujer, y más propia,

Aun más que sanan, enferman.

Esta noche iré á mi casa,

De secreto entraré en ella

Por ver qué malicia tiene

El mal; y hasta apurar ésta,

Disimularé, si puedo,

Esta desdicha, esta pena,

[p. 64]Este rigor, este agravio,

Este dolor, esta ofensa,

Este asombro, este delirio,

Este cuidado, esta afrenta,

Estos celos... ¿Celos dije?

¡Qué mal hice! Vuelva, vuelva

Al pecho la voz. Mas no,

Que si es ponzoña que engendra

Mi pecho, si no me dió

La muerte (¡ay de mí!) al verterla,

Al volverla á mí podrá;

Que de la víbora cuentan

Que la mata su ponzoña,

Si fuera de sí la encuentra.

¿Celos dije? ¿Celos dije?

Pues basta; que cuando llega

Un marido á saber que hay

Celos, faltará la ciencia;

Y es la cura postrera

Que el médico de honor hacer intenta.

(Vase.)

ESCENA XVII.

DON ARIAS, DOÑA LEONOR.

D. Arias.

No penseis, bella Leonor,

Que el no haberos visto fué

Porque negar intenté

Las deudas que á vuestro honor

Tengo; y acrêdor á quien

Tanta deuda se previene,

[p. 65]El deudor buscando viene,

No á pagar, porque no es bien

Que necio y loco presuma

Que pueda jamás llegar

A satisfacer y dar

Cantidad que fué tan suma;

Pero en fin, ya que no pago,

Que soy el deudor confieso:

No os vuelvo el rostro, y con eso

La obligacion satisfago.

D.ª Leon.

Señor Don Arias, yo he sido

La que obligada de vos,

En las cuentas de los dos

Más interes ha tenido.

Confieso que me quitasteis

Un esposo á quien queria;

Mas quizás la suerte mia

Por ventura mejorasteis;

Pues es mejor que sin vida,

Sin opinion, sin honor

Viva, que no sin amor,

De un marido aborrecida.

Yo tuve la culpa, yo

La pena siento, y así

Solo me quejo de mí

Y de mi estrella.

D. Arias.

Eso no:

Quitarme, Leonor hermosa,

La culpa, es querer negar

A mis deseos lugar;

Pues si mi pena amorosa

Os significo, ella diga

En cifra sucinta y breve

Que es vuestro amor quien me mueve,

[p. 66]Mi deseo quien me obliga

A deciros, que pues fuí

Causa de penas tan tristes,

Si esposo por mí perdistes,

Tengais esposo por mí.

D.ª Leon.

Señor Don Arias, estimo,

Como es razon, la eleccion;

Y aunque con tanta razon

Dentro del alma la imprimo,

Licencia me habeis de dar

De responderos tambien

Que no puede estarme bien,

No, señor, porque á ganar

No llegaba yo infinito;

Sino porque si vos fuisteis

Quien á Gutierre le dísteis

De un mal formado delito

La ocasion, y ahora viera

Que me casaba con vos,

Fácilmente entre los dos

De aquella sospecha hiciera

Evidencia; y disculpado,

Con demostracion tan clara,

Con todo el mundo quedara

De haberme á mí despreciado.

Y yo estimo de manera

El quejarme con razon,

Que no he de darle ocasion

A la disculpa primera;

Porque, si en un lance tal

Le culpan cuantos le ven,

No han de pensar que hizo bien

Quien yo pienso que hizo mal.

D. Arias.

Frívola respuesta ha sido

[p. 67]La vuestra, bella Leonor;

Pues cuando de antiguo amor

Os hubiera convencido

La experiencia, ella tambien

Disculpa en la enmienda os da.

¿Cuánto peor os estará

Que tenga por cierto, quien

Le imaginó, vuestro agravio,

Y no le constó despues

La satisfaccion?

D.ª Leon.

No es

Amante prudente y sabio,

Don Arias, quien aconseja

Lo que en mi daño se ve.

Pues si agravio entónces fué,

No por eso ahora deja

De ser agravio tambien;

Y peor, cuanto haber sido

De imaginado á creido.

Y á vos no os estará bien

Tampoco.

D. Arias.

Como yo sé

La inocencia de ese pecho

En la ocasion, satisfecho

Siempre de vos estaré.

En mi vida he conocido

Galan necio, escrupuloso

Y con extremo celoso,

Que en llegando á ser marido,

No le castiguen los cielos.

Gutierre pudiera bien

Decirlo, Leonor; pues quien

Levantó tantos desvelos

De un hombre en la ajena casa,

[p. 68]Extremos pudiera hacer

Mayores, pues llega á ver

Lo que en la propia le pasa.

D.ª Leon.

Señor Don Arias, no quiero

Escuchar lo que decís,

Que os engañais, y mentís.

Don Gutierre es caballero

Que en todas las ocasiones

Con obrar y con decir

Sabrá, vive Dios, cumplir

Muy bien sus obligaciones;

Y es hombre cuya cuchilla,

O cuyo consejo sabio,

Sabrá no sufrir su agravio

Ni á un infante de Castilla.

Si pensais vos que con eso

Mis enojos adulais,

Muy mal, Don Arias, pensais:

Y si la verdad confieso,

Mucho perdisteis conmigo;

Pues si fuerais noble vos,

No hablárades, vive Dios,

Así de vuestro enemigo.

Y yo, aunque ofendida estoy,

Y aunque la muerte le diera

Con mis manos si pudiera,

No le murmurara hoy

En el honor, desleal.

Sabed, Don Arias, que quien

Una vez le quiso bien,

No se vengará en su mal. (Vase.)

D. Arias.

No supe qué responder.

Muy grande ha sido mi error,

Pues en escuelas de honor

[p. 69]Arguyendo una mujer

Me convence. Iré al Infante,

Y humilde le rogaré

Que de estos cuidados dé

Parte ya de aquí adelante

A otro; y porque no lo yerre,

Ya que el dia va á morir,

Me ha de matar, ó no he de ir

En casa de Don Gutierre. (Vase.)


Jardin.

ESCENA XVIII.

DON GUTIERRE, que sale como saltando unas tapias.—DOÑA MENCIA, durmiendo.

D. Gut.

En el mudo silencio

De la noche, que adoro y reverencio,

Por sombra aborrecida,

Como sepulcro de la humana vida,

De secreto he venido

Hasta mi casa, sin haber querido

Avisar á Mencía

De que ya libertad del Rey tenía,

Para que descuidada

Estuviese (¡ay de mí!) desta jornada.

Médico de mi honra

Me llamo, pues procuro mi deshonra

Curar; y así he venido

A visitar mi enfermo á hora que ha sido

[p. 70]De ayer la misma, (¡cielos!)

A ver si el accidente de mis celos

A su tiempo repite:

El dolor mis intentos facilite.

Las tapias de la huerta

Salté, porque no quise por la puerta

Entrar. ¡Ay Dios! ¡qué introducido engaño

Es en el mundo, no querer su daño

Examinar un hombre,

Sin que el recelo ni el temor le asombre!

Dice mal quien lo dice;

Que no es posible, no, que un infelice

No llore sus desvelos:

Mintió quien dijo que calló con celos,

O confiéseme aquí que no los siente;

Mas ¡sentir y callar! otra vez miente.

Este es el sitio donde

Suele de noche estar: áun no responde

El eco entre estos ramos.

Vamos pasito, honor, que ya llegamos;

Que en estas ocasiones

Tienen los celos pasos de ladrones.—

(Ve á Doña Mencía.)

¡Ay, hermosa Mencía,

Qué mal tratas mi amor y la fe mia!

Volverme otra vez quiero.

Bueno he hallado mi honor, hacer no quiero

Por ahora otra cura,

Pues la salud en él está segura.

Pero ¿ni una criada

La acompaña? ¿Si acaso retirada

Aguarda?...—¡Oh pensamiento

Injusto! ¡oh vil temor! ¡oh infame aliento!

Ya con esta sospecha

[p. 71]No he de volverme; y pues que no aprovecha

Tan grave desengaño,

Apuremos de todo en todo el daño.

Mato la luz, y llego, (Apaga la luz.)

Sin luz y sin razon, dos veces ciego;

Pues bien encubrir puedo

El metal de la voz, hablando quedo.—

¡Mencía! (Despiértala.)

D.ª Men.

¡Ay Dios! ¿qué es esto?

D. Gut.

No des voces.

D.ª Men.

¿Quién es?

D. Gut.

Mi bien, yo soy: ¿no me conoces?

D.ª Men.

Sí, señor; que no fuera

Otro tan atrevido...

D. Gut.

(Ap.) Ella me ha conocido.

D.ª Men.

Que así hasta aquí viniera.

¿Quién hasta aquí llegara,

Que no fuérades vos, que no dejara

En mis manos la vida,

Con valor y con honra defendida?

D. Gut.

(Ap. ¡Qué dulce desengaño!

¡Bien haya, amén, el que apuró su daño!)

Mencía, no te espantes de haber visto

Tal extremo.

D.ª Men.

¡Qué mal, temor, resisto

El sentimiento!

D. Gut.

Mucha razon tiene

Tu valor.

D.ª Men.

¿Qué disculpa me previene...

D. Gut.

Ninguna.

D.ª Men.

De venir así tu Alteza?

D. Gut.

(Ap.) ¡Tu Alteza! No es conmigo. ¡Ay Dios! ¡qué escucho!

Con nuevas dudas lucho.

¡Qué pesar! ¡qué desdicha! ¡qué tristeza!

[p. 72]D.ª Men.

¿Segunda vez pretende ver mi muerte?

¿Piensa que cada noche...

D. Gut.

(Ap.)¡Oh trance fuerte!

D.ª Men.

Puede esconderse...

D. Gut.

(Ap.)¡Cielos!

D.ª Men.

Y matando la luz...

D. Gut.

(Ap.)¡Matadme, celos!

D.ª Men.

Salir á riesgo mio

Delante de Gutierre?

D. Gut.

(Ap.)Desconfío

De mí, pues que dilato

Morir, y con mi aliento no la mato.

El venir no ha extrañado

El Infante, ni dél se ha recatado;

Sino sólo ha sentido

Que en ocasion se ponga (¡estoy perdido!)

De que otra vez se esconda.

¡Mi venganza á mi agravio corresponda!

D.ª Men.

Señor, vuélvase luégo.

D. Gut.

(Ap.) ¡Hay Dios! todo soy rabia, todo fuego.

D.ª Men.

Tu Alteza así otra vez no llegue á verse.

D. Gut.

¿Quién por eso no más ha de volverse?

D.ª Men.

Mirad que es hora que Gutierre venga.

D. Gut.

(Ap. ¿Habrá en el mundo quien paciencia tenga?

Sí, si prudente alcanza

Oportuna ocasion á su venganza.)

No vendrá, yo le dejo

Entretenido; y guárdame un amigo

Las espaldas el tiempo que conmigo

Estais: él no vendrá, yo estoy seguro.

[p. 73]ESCENA XIX.

JACINTA.—Dichos.

Jacinta.

(Ap.) Temerosa procuro

Ver quién hablaba aquí.

D.ª Men.

Gente he sentido.

D. Gut.

¿Qué haré?

D.ª Men.

¿Qué? Retirarte,

No á mi aposento, sino á otra parte.

(Retírase Don Gutierre al paño.)

¡Hola!

Jacinta.

Señora...

D.ª Men.

El aire que corria

Entre esos ramos, miéntras yo dormia,

La luz ha muerto: luego

Traed luces. (Vase Jacinta.)

D. Gut.

(Ap.Encendidas en mi fuego.

Si aquí estoy escondido,

Han de verme, y de todos conocido,

Podrá saber Mencía

Que he llegado á entender la pena mia.

Y porque no lo entienda,

Y dos veces ofenda,

Una con tal intento,

Y otra pensando que lo sé y consiento,

Dilatando su muerte,

He de hacer la deshecha desta suerte.)

(Entrase, y dice en voz alta.)

¡Hola! ¿Cómo está aquí desta manera?

D.ª Men.

Este es Gutierre: otra desdicha espera

[p. 74]Mi espíritu cobarde.

D. Gut.

¡No han encendido luces, y es tan tarde!

(Sale Jacinta con luz, y Don Gutierre por otra puerta de donde se escondió.)

Jacinta.

Ya la luz está aquí.

D. Gut.

¡Bella Mencía!

D.ª Men.

¡Oh mi esposo, mi bien y gloria mia!

D. Gut.

(Ap.) ¡Qué fingidos extremos!

Mas, alma y corazon, disimulemos.

D.ª Men.

Señor, ¿por dónde entrasteis?

D. Gut.

De esa huerta.

Con la llave que tengo, abrí la puerta.

Mi esposa, mi señora,

¿En qué te entretenías?

D.ª Men.

Vine ahora

A este jardin, y entre estas fuentes puras

Me dejó el aire á obscuras.

D. Gut.

No me espanto, bien mio;

Que el aire que mató la luz, tan frio

Corre, que es un aliento

Respirado del céfiro violento,

Y que no sólo advierte

Muerte á las luces, á las vidas muerte,

Y pudieras dormida

A sus soplos perder tambien la vida.

D.ª Men.

Entenderte pretendo,

Y aunque más lo procuro, no te entiendo.

D. Gut.

¿No has visto ardiente llama

Perder la luz al aire que la hiere,

Y que á este tiempo de otra luz inflama

La pavesa? Una vive y otra muere

A solo un soplo. Así, desta manera,

La lengua de los vientos lisonjera

Matarte la luz pudo,

[p. 75]Y darme luz á mí.

D.ª Men.

(Ap.El sentido dudo.)

Parece que celoso

Hablas en dos sentidos.

D. Gut.

(Ap.Riguroso

Es el dolor de agravios;

Mas con celos ningunos fueron sabios.)

¡Celoso! ¿Sabes tú lo que son celos?

Que yo no sé qué son ¡viven los cielos!

Porque si lo supiera,

Y celos...

D.ª Men.

(Ap.)¡Ay de mí!

D. Gut.

Llegar pudiera

A tener... ¿qué son celos?

Atomos, ilusiones y desvelos,

No más que de una esclava, una criada,

Por sombra imaginada,

Con hechos inhumanos

A pedazos sacara con mis manos

El corazon, y luégo

Envuelto en sangre, desatado en fuego,

El corazon comiera

A bocados, la sangre me bebiera,

El alma le sacara,

Y el alma ¡vive Dios! despedazara,

Si capaz de dolor el alma fuera.

Pero ¿cómo hablo yo desta manera?

D.ª Men.

Temor al alma ofreces.

D. Gut.

¡Jesus, Jesus mil veces!

Mi bien, mi esposa, cielo, gloria mia,

Ah mi dueño, ah Mencía,

Perdona, por tus ojos,

Esta descompostura, estos enojos;

Que tanto un fingimiento

[p. 76]Fuera de mí llevó mi pensamiento:

Y véte por tu vida; que prometo

Que te miro con miedo y con respeto,

Corrido deste exceso.

¡Jesus! No estuve en mí, no tuve seso.

D.ª Men.

(Ap.) Miedo, espanto, temor y horror tan fuerte

Parasismos han sido de mi muerte.

D. Gut.

(Ap.) Pues médico me llamo de mi honra,

Yo cubriré con tierra mi deshonra.


[p. 77]

JORNADA TERCERA.


Alcázar de Sevilla.

ESCENA PRIMERA.

EL REY, DON GUTIERRE, y todo el acompañamiento.

D. Gut.

Pedro, á quien el indio polo

Coronar de luz espera,

Hablarte á solas quisiera.

Rey.

Idos todos.—Ya estoy solo.

(Vase el acompañamiento.)

D. Gut.

Pues á tí, español Apolo,

A tí, castellano Atlante,

En cuyos hombros constante

Se ve durar y vivir

Todo un orbe de zafir,

Todo un globo de diamante:

A tí pues rindo en despojos

La vida, mal defendida

De tantas penas, si es vida

Vida con tantos enojos.

No te espantes que los ojos

Tambien se quejen, señor.

[p. 78]Que dicen que amor y honor

Pueden, sin que á nadie asombre,

Permitir que llore un hombre;

Y yo tengo honor y amor.

Honor, que siempre he guardado

Como noble y bien nacido,

Y amor, que siempre he tenido

Como esposo enamorado:

Adquirido y heredado

Uno y otro en mí se ve,

Hasta que tirana fué

La nube que turbar osa

Tanto esplendor en mi esposa,

Y tanto lustre en mi fe.

No sé cómo signifique

Mi pena... Turbado estoy...

Y más cuando á decir voy

Que fué vuestro hermano Enrique

Contra quien pido se aplique

Desta justicia el rigor:

No porque sepa, señor,

Que el poder mi honor contrasta;

Pero imaginarlo basta

Quien sabe que tiene honor.

La vida de vos espero

De mi honra: así la curo

Con prevencion, y procuro

Que esta la sane primero;

Porque si en rigor tan fiero

Malicia en el mal hubiera,

Junta de agravios hiciera,

A mi honor desahuciara,

Con la sangre le lavara,

Con la tierra le cubriera.—

[p. 79]No os turbeis: con sangre digo

Solamente de mi pecho;

Que Enrique, estad satisfecho,

Está seguro conmigo.

Y para esto hable un testigo:

Esta daga, esta brillante

Lengua de acero elegante,

Suya fué; ved este dia

Si está seguro, pues fía

De mí su daga el Infante.

Rey.

Don Gutierre, bien está;

Y quien de tan invencible

Honor corona las sienes,

Que con los rayos compiten

Del sol, satisfecho viva

De que su honor...

D. Gut.

No me obligue

Vuestra Majestad, señor,

A que piense que imagine

Que yo he menester consuelos

Que mi opinion acrediten.

¡Vive Dios, que tengo esposa

Tan honesta, casta y firme,

Que deja atras las romanas

Lucrecia y Porcia, y Tomiris!

Esta ha sido prevencion

Solamente.

Rey.

Pues decidme:

Para tantas prevenciones,

Gutierre, ¿qué es lo que visteis?

D. Gut.

Nada: que hombres como yo

No ven; basta que imaginen,

Que sospechen, que prevengan,

Que recelen, que adivinen,

[p. 80]Que... No sé cómo lo diga;

Que no hay voz que signifique

Una cosa, que áun no sea

Un átomo indivisible.

Solo á vuestra Majestad

Di parte, para que evite

El daño que no hay; porque

Si le hubiera, de mí fíe

Que yo le diera el remedio

En vez, señor, de pedirle.

Rey.

Pues ya que de vuestro honor

Médico os llamais, decidme,

Don Gutierre, ¿qué remedios

Antes del último hicisteis?

D. Gut.

No pedí á mi mujer celos,

Y desde entónces la quise

Más: vivia en una quinta

Deleitosa y apacible;

Y para que no estuviera

En las soledades triste,

Traje á Sevilla mi casa,

Y á vivir en ella vine,

Adonde todo lo goza

Sin que nada á nadie envidie;

Porque malos tratamientos

Son para maridos viles

Que pierden á sus agravios

El miedo, cuando los dicen.

Rey.

El Infante viene allí,

Y si aquí os ve, no es posible

Que deje de conocer

Las quejas que dél me disteis.

Mas acuérdome que un dia

Me dieron con voces tristes

[p. 81]Quejas de vos, y yo entónces

Detras de aquellos tapices

Escondí á quien se quejaba;

Y en el mismo caso pide

El daño el propio remedio,

Pues al reves lo repite.

Y así quiero hacer con vos

Lo mismo que entónces hice;

Pero con un órden más,

Y es que nada aquí os obligue

A descubriros. Callad

A cuanto viereis.

D. Gut.

Humilde

Estoy, señor, á tus piés.

Seré el pájaro que fingen

Con una piedra en la boca. (Escóndese.)

ESCENA II.

DON ENRIQUE.—EL REY; DON GUTIERRE, oculto.

Rey.

Vengais norabuena, Enrique,

Aunque mala habrá de ser,

Pues me hallais...

D. Enr.

¡Ay de mí triste!

Rey.

Enojado.

D. Enr.

¿Pues, señor,

Con quién lo estais, que os obligue?

Rey.

Con vos, Infante, con vos.

D. Enr.

Será mi vida infelice.

Si enojado tengo al sol,

Veré mi mortal eclipse.

[p. 82]Rey.

¿Vos, Enrique, no sabeis

Que más de un acero tiñe

El agravio en sangre real?

D. Enr.

¿Pues por quién, señor, lo dice

Vuestra Majestad?

Rey.

Por vos

Lo digo, por vos, Enrique.

El honor es reservado

Lugar, donde el alma asiste.

Yo no soy Rey de las almas:

Harto en esto sólo os dije.

D. Enr.

No os entiendo.

Rey.

Si á la enmienda

Vuestro amor no se apercibe,

Dejando vanos intentos

De bellezas imposibles,

Donde el alma de un vasallo

Con ley soberana vive,

Podrá ser de mi justicia

Que áun mi sangre no se libre.

D. Enr.

Señor, aunque tu precepto

Es ley que tu lengua imprime

En mi corazon, y en él

Como en el bronce se escribe,

Escucha disculpas mias;

Que no será bien que olvides

Que con iguales orejas

Ambas partes han de oirse.

Yo, señor, quise á una dama

(Que ya sé por quién lo dices,

Si bien, con poca ocasion):

En efecto, yo la quise

Tanto...

Rey.

¿Qué importa, si ella

[p. 83]Es beldad tan imposible...?

D. Enr.

Es verdad, pero...

Rey.

Callad.

D. Enr.

Pues, señor, ¿no me permites

Disculparme?

Rey.

No hay disculpa;

Que es belleza que no admite

Objecion.

D. Enr.

Es cierto, pero

El tiempo todo lo rinde,

El amor todo lo puede.

Rey.

(Ap. ¡Válgame Dios! ¡qué mal hice

En esconder á Gutierre!)

Callad, callad.

D. Enr.

No te incites

Tanto contra mí, ignorando

La causa que á esto me obligue.

Rey.

Yo lo sé todo muy bien.

(Ap. ¡Oh qué lance tan terrible!)

D. Enr.

Pues yo, señor, he de hablar:

En fin, doncella la quise.

¿Quién, decid, agravia á quién?

¿Yo á un vasallo...

D. Gut.

(Ap.)¡Ay infelice!

D. Enr.

Que ántes que fuese su esposa,

Fué?...

Rey.

No teneis qué decirme.

Callad, callad, que ya sé

Que por disculpa fingisteis

Tal quimera. Infante, Infante,

Vamos mediando los fines.

¿Conoceis aquesta daga?

D. Enr.

Sin ella á palacio vine

Una noche.

[p. 84]Rey.

¿Y no sabeis

Dónde la daga perdisteis?

D. Enr.

No, señor.

Rey.

Yo sí, pues fué

Adonde fuera posible

Mancharse con sangre vuestra,

A no ser el que la rige

Tan notable y leal vasallo.

¿No veis que venganza pide

El hombre que áun ofendido,

El pecho y las armas rinde?

¿Veis este puñal dorado?

Jeroglífico es que dice

Vuestro delito: á quejarse

Viene de vos, y he de oirle.

Tomad su acero, y en él

Os mirad: veréis, Enrique,

Vuestros defectos.

D. Enr.

Señor,

Considera que me riñes

Tan severo, que turbado...

Rey.

Toma la daga.—¿Qué hiciste,

(Dale la daga, y al tomarla, turbado el Infante corta al Rey en la mano.)

Traidor?

D. Enr.

¿Yo?

Rey.

¿Desta manera

Tu acero en mi sangre tiñes?

¿Tú la daga que te di,

Hoy contra mi pecho esgrimes?

¿Tú me quieres dar la muerte?

D. Enr.

Mira, señor, lo que dices;

Que yo turbado...

Rey.

¿Tú á mí

[p. 85]Te atreves? ¡Enrique, Enrique!

Deten el puñal, ya muero.

D. Enr.

¡Hay confusiones más tristes!

Mejor es volver la espalda,

Y áun ausentarme y partirme

Donde en mi vida te vea, (Cáesele la daga.)

Porque de mí no imagines

Que puedo verter tu sangre

Yo ¡mil veces infelice! (Vase.)

Rey.

¡Válgame el cielo! ¿qué es esto?

¡Oh qué aprension insufrible!

Bañado me vi en mi sangre,

Muerto estuve. ¿Qué infelice

Imaginacion me cerca,

Que con espantos horribles

Y con helados temores

El pecho y el alma oprime?

Ruego á Dios que estos principios

No lleguen á tales fines,

Que con diluvios de sangre

El mundo se escandalice. (Vase.)

ESCENA III.

DON GUTIERRE.

¡Todo es prodigios el dia!

Con asombros tan terribles,

De que yo estaba escondido

No es mucho que el Rey se olvide.

¡Válgame Dios! ¿qué escuché?

Mas ¿para qué lo repite

[p. 86]La lengua, cuando mi agravio

Con mi desdicha se mide?

Arranquemos de una vez

De tanto mal las raíces.

Muera Mencía, su sangre

Bañe el pecho donde asiste;

Y pues aqueste puñal

Hoy segunda vez me rinde

El Infante, con él muera. (Levanta la daga.)

Mas no es bien que lo publique;

Porque si sé que el secreto

Altas victorias consigue,

Y que agravio que es oculto

Oculta venganza pide,

Muera Mencía de suerte

Que ninguno lo imagine.

Pero ántes que llegue á esto,

La vida el cielo me quite,

Porque no vea tragedias

De un amor tan infelice.

¿Para cuándo, para cuándo

Esos azules viriles

Guardan un rayo? ¿No es tiempo

De que sus puntas se vibren,

Preciando de tan piadosos?

¿No hay, claros cielos, decidme,

Para un desdichado muerte?

¿No hay un rayo para un triste? (Vase.)


[p. 87]Sala en la casa de Don Gutierre, en Sevilla.

ESCENA IV.

DOÑA MENCÍA, JACINTA.

Jacinta.

Señora, ¿qué tristeza

Turba la admiracion á tu belleza,

Que la noche y el dia

No haces sino llorar?

D.ª Men.

La pena mia

No se rinde á razones.

En una confusion de confusiones,

Ni medidas, ni cuerdas,

Desde la noche triste, si te acuerdas,

Que viviendo en la quinta,

Te dije que conmigo habia, Jacinta,

Hablado Don Enrique

(No sé cómo mi mal te signifique),

Y tú despues dijiste que no era

Posible, porque afuera

A aquella misma hora que yo digo,

El Infante tambien habló contigo,

Estoy triste y dudosa,

Confusa, divertida y temerosa,

Pensando que no fuese

Gutierre quien conmigo habló.

Jacinta.

¿Pues ese

Es engaño que pudo

Suceder?

D.ª Men.

Sí, Jacinta, que no dudo

[p. 88]Que de noche, y hablando

Quedo, y yo tan turbada, imaginando

En él mismo, vendría,

Bien tal engaño suceder podria.

Con esto el verle agora

Conmigo alegre, y que consigo llora

(Porque al fin los enojos,

Que son grandes amigos de los ojos,

No les encubren nada),

Me tiene en tantas penas anegada.

ESCENA V.

COQUIN.—Dichas.

Coquin.

Señora.

D.ª Men.

¿Qué hay de nuevo?

Coquin.

Apénas á contártelo me atrevo.

Don Enrique, el Infante...

D.ª Men.

Tente, Coquin, no pases adelante,

Que su nombre no más me causa espanto.

Tanto le temo, ó le aborrezco tanto.

Coquin.

No es de amor el suceso,

Y por eso lo digo.

D.ª Men.

Y yo por eso

Lo escucharé.

Coquin.

El infante

Que fué, señora, tu imposible amante,

Con Don Pedro su hermano

Hoy un lance ha tenido. Pero en vano

Contártele pretendo,

Por no saberle bien, ó porque entiendo

[p. 89]Que no son justas leyes

Que hombres de burlas hablen de los reyes.

Esto aparte, en efeto

Enrique me llamó, y con gran secreto

Dijo: «A Doña Mencía

Este recado da de parte mía.

Que su desden tirano

Me ha quitado la gracia de mi hermano,

Y huyendo desta tierra,

Hoy á la ajena patria me destierra,

Donde vivir no espero,

Pues de Mencía aborrecido muero.»

D.ª Men.

¿Por mí el Infante ausente,

Sin la gracia del Rey? ¡Cosa que intente,

Con novedad tan grande,

Que mi opinion en voz del vulgo ande!

¿Qué haré? ¡Cielos!

Jacinta.

Ahora

El remedio mejor será, señora,

Prevenir este daño.

Coquin.

¿Cómo puede?

Jacinta.

Rogándole al Infante que se quede;

Pues si una vez se ausenta,

Como dicen, por tí, será tu afrenta

Pública; que no es cosa

La ausencia de un infante tan dudosa,

Que no se diga luego

Cómo y por qué.

Coquin.

¿Pues cuándo oirá ese ruego

Si, calzada la espuela,

Ya en su imaginacion Enrique vuela?

Jacinta.

Escribiéndole ahora

Un papel en que diga mi señora

Que á su opinion conviene

[p. 90]Que no se ausente; pues para eso tiene

Lugar, si tú le llevas.

D.ª Men.

Pruebas de honor son peligrosas pruebas;

Pero con todo quiero

Escribir el papel, pues considero,

Y no con necio engaño,

Que es de dos daños este el menor daño,

Si hay menor en los daños que recibo.

Quedaos aquí los dos, miéntras yo escribo.

(Vase.)

ESCENA VI.

COQUIN, JACINTA.

Jacinta.

¿Qué tienes estos dias,

Coquin, que andas tan triste? ¿No solias

Ser alegre? ¿Qué efeto

Te tiene así?

Coquin.

Metíme á ser discreto

Por mi mal, y hame dado

Tan grande hipocondría en este lado,

Que me muero.

Jacinta.

¿Y qué es hipocondría?

Coquin.

Es una enfermedad que no la habia

Habrá dos años, ni en el mundo era.

Úsase poco há, y de manera

Lo que se usa, amiga, no se excusa,

Que una dama, sabiendo que se usa,

Le dijo á su galan muy triste un dia:

«Tráigame un poco uced de hipocondría.»

Mas señor entra ahora.

Jacinta.

¡Ay Dios! Voy á avisar á mi señora.

[p. 91]ESCENA VIII.

DON GUTIERRE.—COQUIN, JACINTA.

D. Gut.

Tente, Jacinta, espera.

¿Dónde corriendo vas de esa manera?

Jacinta.

Avisar pretendia

A mi señora de que ya venía

Tu persona.

D. Gut.

(Ap.¡Oh criados,

En efecto, enemigos no excusados!

Turbados de temor los dos se han puesto.)

Ven acá, díme tú lo que hay en esto:

Díme por qué corrias. (A Jacinta.)

Jacinta.

Solo por avisar de que venías,

Señor, á mi señora.

D. Gut.

El labio sella.

(Ap. Mas deste lo sabré mejor que della.)

Coquin, tú me has servido

Noble siempre, en mi casa te has criado:

A tí vuelvo rendido,

Díme, dime por Dios lo que ha pasado.

Coquin.

Señor, si algo supiera,

De lástima no más te lo dijera.

¡Plegue á Dios! mi señor...

D. Gut.

¡No, no des voces!

¿De qué aquí te turbaste?

Coquin.

Somos de buen turbar; mas esto baste.

D. Gut.

(Ap. Señas los dos se han hecho.

Ya no son cobardías de provecho.)

Idos de aquí los dos.—Solos estamos,

(Vanse los dos.)

[p. 92]Honor, lleguemos ya, desdicha, vamos.

¿Quién vió en tantos enojos

Matar las manos y llorar los ojos?

(Alza una cortina, y descubre á Doña Mencía escribiendo.)

ESCENA IX.

DOÑA MENCÍA.—DON GUTIERRE.

D. Gut.

(Ap.) Escribiendo Mencía

Está: ya es fuerza ver lo que escribia.

(Llega á ella y quítale el papel.)

D.ª Men.

¡Ay Dios! ¡Válgame el cielo! (Se desmaya.)

D. Gut.

Estatua viva se quedó de hielo. (Lee.)

Vuestra Alteza, señor... ¡Que por Alteza

Vino mi honor á dar á tal bajeza!

No se ausente... Detente,

Voz; pues le ruega aquí que no se ausente,

A tanto mal me ofrezco,

Que casi las desdichas me agradezco.—

¿Si aquí la doy la muerte...?

Mas esto ha de pensarse desta suerte.

Despediré criadas y criados:

Solos han de quedarse mis cuidados

Conmigo; y ya que ha sido

Mencía la mujer que yo he querido

Mas en mi vida, quiero

Que en el último vale, en el postrero

Parasismo, me deba

La más nueva piedad, la accion más nueva.

Ya que la cura he de aplicar postrera,

No muera el alma, aunque la vida muera.

(Escribe y vase.—Vuelve en sí Doña Mencía.)

[p. 93]ESCENA X.

DOÑA MENCÍA.

¡Señor, deten la espada,

No me juzgues culpada:

El cielo sabe que inocente muero!

¿Qué fiera mano, qué sangriento acero

En mi pecho ejecutas? ¡Tente, tente!

¡Una mujer no mates inocente!

Mas ¿qué es esto? ¡ay de mí! ¿no estaba agora

Gutierre aquí? ¿No via (¿quién lo ignora?)

Que en mi sangre bañada,

Moria en rubias ondas anegada?

¡Ay Dios, este desmayo

Fué de mi vida aquí mortal ensayo!

¡Qué ilusion! Por verdad lo dudo y creo.

El papel romperé.—¡Pero qué veo!

De mi esposo es la letra, y desta suerte

La sentencia me intima de mi muerte:

(Lee.) El amor te adora, el honor te aborrece; y así el uno te mata y el otro te avisa. Dos horas tienes de vida: cristiana eres, salva el alma, que la vida es imposible.

¡Válgame Dios! ¡Jacinta, hola! ¿Qué es esto?

¿Nadie responde? ¡Otro temor funesto!

¿No hay alguna criada?

Mas ¡ay de mí! la puerta está cerrada,

Nadie en casa me escucha.

Mucha es mi turbacion, mi pena es mucha.

Destas ventanas son los hierros rejas,

[p. 94]Y en vano á nadie le diré mis quejas,

Que caen á unos jardines, donde apénas

Habrá quien oiga repetidas penas.

¿Dónde iré desta suerte,

Tropezando en la sombra de mi muerte?

(Vase.)


Calle.

ESCENA XI.

EL REY, DON DIEGO.

Rey.

En fin, ¿Enrique se fué?

D. Diego.

Sí, señor: aquesta tarde

Salió de Sevilla.

Rey.

Creo

Que ha presumido arrogante

Que él solamente de mí

Podrá en el mundo librarse.

¿Y dónde va?

D. Diego.

Yo presumo

Que á Consuegra.

Rey.

Está el Infante

Maestre allí, y querrán los dos

A mis espaldas vengarse

De mí.

D. Diego.

Tus hermanos son,

Y es forzoso que te amen

Como hermano, y como á rey

Te adoren: dos naturales

[p. 95]Obediencias son.

Rey.

Y Enrique

¿Quién lleva que le acompañe?

D. Diego.

Don Arias.

Rey.

Es su privanza.

D. Diego.

Música hay en esta calle.

Rey.

Vámonos llegando á ellos:

Quizá con lo que cantaren,

Me templaré.

D. Diego.

La armonía

Es antídoto á los males.

(Cantan dentro.)

El infante Don Enrique

Hoy se despidió del Rey;

Su pesadumbre y su ausencia

Quiera Dios que pare en bien.

Rey.

¡Qué triste voz! Vos, Don Diego,

Echad por aquesa calle,

No se nos escape quien

Canta desatinos tales.

(Vase cada uno por su parte.)


Sala en casa de Don Gutierre.

ESCENA XII.

DON GUTIERRE; LUDOVICO, cubierto el rostro.

D. Gut.

Entra, no tengas temor;

Que ya es tiempo que destape

Tu rostro y encubra el mio. (Tápase.)

[p. 96]Ludov.

¡Válgame Dios!

D. Gut.

No te espante

Nada que vieres.

Ludov.

Señor,

De mi casa me sacasteis

Esta noche; pero apénas

Me tuvisteis en la calle,

Cuando un puñal me pusisteis

Al pecho, sin que cobarde

Vuestro intento resistiese,

Que fué cubrirme y vendarme

El rostro, y darme mil vueltas

Luego á mis propios umbrales.

Dijísteisme que mi vida

Estaba en no destaparme;

Una hora he andado con vos,

Sin saber por donde ande.

Y con ser la admiracion

De aqueste caso tan grave,

Más me turba y me suspende

Inpensadamente hallarme

En una casa tan rica,

Sin ver que la habite nadie

Sino vos, habiéndôs visto

Siempre ese embozo delante.

¿Qué me quereis?

D. Gut.

Que te esperes

Aquí solo un breve instante. (Vase.)

Ludov.

¡Qué confusiones son estas

Que á tal extremo me traen!

¡Válgame Dios! (Vuelve Don Gutierre.)

D. Gut.

Tiempo es ya

De que entres aquí; mas ántes

Escúchame: aqueste acero

[p. 97]

Será de tu pecho esmalte,

Si resistes lo que yo

Tengo ahora de mandarte.

Asómate á ese aposento.

¿Qué ves en él?

Ludov.

Una imágen

De la muerte, un bulto veo

Que sobre una cama yace:

Dos velas tiene á los lados,

Y un crucifijo delante.

Quién es, no puedo decir;

Que con unos tafetanes

El rostro tiene cubierto.

D. Gut.

Pues á ese vivo cadáver

Que ves, has de dar la muerte.

Ludov.

¿Pues qué quieres?

D. Gut.

Que la sangres,

Y la dejes que rendida

A su violencia, desmaye

La fuerza, y que en tanto horror

Tú atrevido la acompañes,

Hasta que por breve herida

Ella espire y se desangre.

No tienes que replicar,

Si buscas en mí piedades;

Sino obedecer, si quieres

Vivir.

Ludov.

Señor, tan cobarde

Te escucho, que no podré

Obedecerte.

D. Gut.

Quien hace

Por consejos rigurosos

Mayores temeridades,

Darte la muerte sabrá.

[p. 98]Ludov.

Fuerza es que mi vida guarde.

D. Gut.

Haces bien; que ya en el mundo

Hay quien viva porque mate.

Desde aquí te estoy mirando,

Ludovico: entra adelante.

(Entrase Ludovico.)

ESCENA XIII.

DON GUTIERRE.

Este fué el más sutil medio

Para que mi afrenta acabe

Disimulada, supuesto

Que el veneno fuera fácil

De averiguar, las heridas

Imposible de ocultarse.

Y así, contando la muerte,

Y diciendo que fué lance

Forzoso hacer la sangría,

Ninguno podrá probarme

Lo contrario, si es posible

Que una venda se desate.

Haber traido á este hombre

Con recato semejante,

Fué bien; pues si descubierto

Viniera, y viera sangrarse

Una mujer, y por fuerza,

Fuera presuncion notable.

Éste no podrá decir,

Cuando refiera este trance,

Quién fué la mujer; demas,

[p. 99]Que cuando de aquí le saque,

Muy léjos ya de mi casa

Estoy dispuesto á matarle.

Médico soy de mi honor:

La vida pretendo darle

Con una sangría; que todos

Curan á costa de sangre. (Vase.)


Calle.

ESCENA XIV.

EL REY y DON DIEGO, que vuelven á salir cada uno por su parte; MÚSICA, dentro.

(Cantan dentro.)

Para Consuegra camina,

Donde piensa que han de ser

Teatros de mil tragedias

Las montañas de Montiel.

Rey.

¡Don Diego!

D. Diego.

Señor...

Rey.

Supuesto

Que cantan en esta calle,

¿No hemos de saber quién es?

¿Habla por ventura el aire?

D. Diego.

No te desveles, señor,

Oir estas necedades;

Porque á vuestro enojo ya

Versos en Sevilla se hacen.

Rey.

Dos hombres vienen aquí.

[p. 100]D. Diego.

Es verdad: no hay que esperarles

Respuesta. Hoy el conocerlos

Importa.

ESCENA XV.

DON GUTIERRE, que trae á LUDOVICO, con los ojos vendados.—Dichos.

D. Gut.

(Ap.)¡Que así me ataje

El cielo que con la muerte

Deste hombre eche otra llave

Al secreto!—Ya me es fuerza

De aquestos dos retirarme;

Que nada me está peor

Que conocerme en tal parte.

Dejaréle en este puesto. (Vase.)

ESCENA XVI.

EL REY, DON DIEGO, LUDOVICO, con los ojos vendados.

D. Diego.

De los dos, señor, que ántes

Venian, se volvió el uno,

Y el otro se quedó.

Rey.

A darme

Confusion; que si le veo

A la poca luz que esparce

La luna, no tiene forma

[p. 101]Su rostro: confusa imágen

El bulto, mal acabado,

Parece de un blanco jaspe.

D. Diego.

Téngase tu Majestad,

Que yo llegaré.

Rey.

Dejadme,

Don Diego.—¿Quién eres, hombre?

Ludov.

Dos confusiones son parte,

Señor, á no responderos: (Descúbrese.)

La una, la humildad que trae

Consigo un pobre oficial,

Para que con reyes hable

(Que ya os conocí en la voz,

Luz que tan notorio os hace);

La otra, la novedad

Del suceso más notable

Que el vulgo, archivo confuso,

Califica en sus anales.

Rey.

¿Qué os ha sucedido?

Ludov.

A vos

Lo diré, escuchadme aparte.

Rey.

Retiraos allí, Don Diego.

D. Diego.

(Ap.) Sucesos son admirables

Cuantos esta noche veo:

Dios con bien della me saque.

Ludov.

No la ví el rostro, mas solo

Entre repentidos ayes

Escuché: «Inocente muero;

El cielo no te demande

Mi muerte.» Esto dijo, y luego

Espiró; y en este instante

El hombre mató la luz,

Y por los pasos, que ántes

Entré, salí. Sintió ruido

[p. 102]Al llegar á aquesta calle,

Y dejóme en ella solo.

Fáltame ahora de avisarte,

Señor, que saqué bañadas

Las manos en roja sangre,

Y que fuí por las paredes,

Como que quise arrimarme,

Manchando todas las puertas,

Por si pueden las señales

Descubrir la casa.

Rey.

¡Bien

Hicistes! Venid á hablarme

Con lo que hubiereis sabido,

Y tomad este diamante,

Y decid que por las señas

Dél os permitan hablarme

A cualquier hora que vais.

Ludov.

El cielo, señor, os guarde. (Vase.)

Rey.

Vamos, Don Diego.

D. Diego.

¿Qué es eso?

Rey.

El suceso más notable

Del mundo.

D. Diego.

Triste has quedado.

Rey.

Forzoso ha sido asombrarme.

D. Diego.

Vente á acostar, que ya el dia

Entre dorados celajes

Asoma.

Rey.

No he de poder

Sosegar, hasta que halle

Una cosa que deseo.

D. Diego.

¿No miras que ya el sol sale,

Y que podrán conocerte

Desta suerte?

ESCENA XVII.

COQUIN.—EL REY, DON DIEGO.

Coquin.

Aunque me mates,

Habiéndote conocido,

¡Oh señor! tengo de hablarte:

Escúchame.

Rey.

Pues, Coquin,

¿De qué los extremos son?

Coquin.

Esta es una honrada accion,

De hombre bien nacido en fin;

Que aunque hombre me consideras

De burlas con loco humor,

Llegando á véras, señor,

Soy hombre de muchas véras,

Oye lo que he de decir,

Pues de véras vengo á hablar;

Que quiero hacerte llorar,

Ya que no puedo reir.

Gutierre, mal informado

Por aparentes recelos,

Llegó á tener viles celos

De su honor; y hoy obligado

A tal sospecha, que halló

Escribiendo (¡error cruel!)

Para el Infante un papel

A su esposa, que intentó

Con él que no se ausentase,

Porque ella causa no fuese

De que en Sevilla se viese

[p. 104]La novedad que causase

Pensar que ella le ausentaba...

Con esta inocencia pues

(Que á mí me consta), con piés

Cobardes, adonde estaba

Llegó, y el papel tomó,

Y, sus celos declarados,

Despidiendo á los criados,

Todas las puertas cerró,

Solo se quedó con ella.

Yo enternecido de ver

Una infelice mujer

Perseguida de su estrella,

Vengo, señor, á avisarte

Que tu brazo altivo y fuerte

Hoy la libre de la muerte.

Rey.

¿Con qué he de poder pagarte

Tal piedad?

Coquin.

Con darme aprisa

Libre, sin más accidentes,

De la accion contra mis dientes.

Rey.

No es ahora tiempo de risa.

Coquin.

¿Cuándo lo fué?

Rey.

Y pues el dia

Aun no se muestra, lleguemos,

Don Diego. (Vanse.)


[p. 105]Otra calle, y en ella la casa de Don Gutierre. En la puerta se ve la señal de una mano sangrienta.

ESCENA XVIII.

Los mismos.

Rey.

Así, pues, daremos

Color á una industria mia,

De entrar en casa mejor,

Diciendo que me ha cogido

Cerca el dia, y he querido

Disimular el color

Del vestido; y una vez

Allá, el estado veremos

Del suceso; y así haremos

Como Rey, supremo juez.

D. Diego.

No hubiera industria mejor.

Coquin.

De su casa lo has tratado

Tan cerca, que ya has llegado;

Que esta es su casa, señor.

Rey.

Don Diego, espera.

D. Diego.

¿Qué ves?

Rey.

¿No ves sangrienta una mano

Impresa en la puerta?

D. Diego.

Es llano.

Rey.

(Ap.) Gutierre sin duda es

El cruel que anoche hizo

Una accion tan inclemente.

No sé qué hacer. Cuerdamente

Sus agravios satisfizo.

[p. 106]ESCENA XIX.

DOÑA LEONOR, INÉS, con mantos.—Dichos.

D.ª Leon.

Salgo á misa ántes del dia,

Porque ninguno me vea

En Sevilla, donde crea

Que olvido la pena mia.

Mas gente hay aquí. ¡Ay Inés!

¿El Rey qué hará en esta casa?

Inés.

Tápate en tanto que pasa.

Rey.

Accion excusada es,

Porque ya estais conocida.

D.ª Leon.

No fué encubrirme, señor,

Por excusar el honor

De dar á tus piés la vida.

Rey.

Esa accion es para mí,

De recatarme de vos,

Pues sois acrêdor, por Dios,

De mis honras; que yo os di

Palabra, y con gran razon,

De que he de satisfacer

Vuestro honor; y lo he de hacer

En la primera ocasion.

[p. 107]ESCENA XX.

DON GUTIERRE.—Dichos.

D. Gut.

(Dentro) ¡Hoy me he de desesperar,

Cielo airado, si no baja

Un rayo de esas esferas

Y en cenizas me desata!

Rey.

¿Qué es esto?

D. Diego.

Loco furioso

Don Gutierre de su casa

Sale.

Rey.

¿Dónde vais, Gutierre?

D. Gut.

(Sale.) A besar, señor, tus plantas;

Y de la mayor desdicha,

De la tragedia más rara,

Escucha la admiracion,

Que eleva, admira y espanta.

Mencía, mi amada esposa,

Tan hermosa como casta,

Virtuosa como bella

(Dígalo á voces la fama):

Mencía, á quien adoré

Con la vida y con el alma,

Anoche á un grave accidente

Vió su perfeccion postrada,

Por desmentirla divina

Este accidente de humana.

Un médico, que lo es

[p. 108]El de mayor nombre y fama,

Y el que en el mundo merece

Inmortales alabanzas,

La recetó una sangría,

Porque con ella esperaba

Restituir la salud

A un mal de tanta importancia.

Sangróse en fin; que yo mismo,

Por estar sola la casa,

Llamé al sangrador, no habiendo

Ni criados ni criadas.

A verla en su cuarto, pues,

Quise entrar esta mañana...

—Aquí la lengua enmudece,

Aquí el aliento me falta.

Veo de funesta sangre

Teñida toda la cama,

Toda la ropa cubierta,

Y que en ella ¡ay Dios! estaba

Mencía, que se habia muerto

Esta noche desangrada.

Ya se ve cuán fácilmente

Una venda se desata.

¿Pero para qué presumo

Reducir hoy á palabras

Tan lastimosas desdichas?

Vuelve á esta parte la cara,

Y verás sangriento el sol,

Verás la luna eclipsada,

Deslucidas las estrellas

Y las esferas borradas;

Y verás á la hermosura

Mas triste y más desdichada,

Que, por darme mayor muerte,

[p. 109]No me ha dejado sin alma.

(Descúbrese á Doña Mencía en la cama.)[1]

Rey.

¡Notable suceso! (Ap. Aquí

La prudencia es de importancia.

Mucho en reportarme haré.

Tomó notable venganza.)

Cubrid ese horror que asombra,

Ese prodigio que espanta,

Espectáculo que admira,

Símbolo de la desgracia.

Gutierre, menester es

Consuelo; y porque le haya

En pérdida que es tan grande

Con otra tanta ganancia,

Dadle la mano á Leonor;

Que es tiempo que satisfaga

Vuestro valor lo que debe,

Y yo cumpla la palabra

De volver en la ocasion

Por su valor y su fama.

D. Gut.

Señor, si de tanto fuego

Aún las cenizas se hallan

Calientes, dadme lugar

Para que llore mis ánsias.

¿No quereis que escarmentado

Quede?

Rey.

Esto ha de ser, y basta.

D. Gut.

Señor, ¿quereis que otra vez,

No libre de la borrasca,

Vuelva al mar? ¿Con qué disculpa?

[p. 110]Rey.

Con que vuestro Rey lo manda.

D. Gut.

Señor, escuchad aparte

Disculpas.

Rey.

Son excusadas.

¿Cuáles son?

D. Gut.

¿Si vuelvo á verme

En desdichas tan extrañas,

Que de noche halle embozado

A vuestro hermano en mi casa...?

Rey.

No dar crédito á sospechas.

D. Gut.

¿Y si detras de mi cama

Hallase tal vez, señor,

De Don Enrique la daga?

Rey.

Presumir que hay en el mundo

Mil sobornadas criadas,

Y apelar á la cordura.

D. Gut.

A veces, señor, no basta.

¿Si veo rondar despues

De noche y de dia mi casa?

Rey.

Quejárseme á mí.

D. Gut.

¿Y si cuando

Llego á quejarme, me aguarda

Mayor desdicha escuchando?

Rey.

¿Qué importa, si él desengaña

Que fué siempre su hermosura

Una constante muralla

De los vientos defendida?

D. Gut.

¿Y si volviendo á mi casa,

Hallo algun papel que pide

Que el Infante no se vaya?

Rey.

Para todo habrá remedio.

D. Gut.

¿Posible es que á esto le haya?

Rey.

Sí, Gutierre.

D. Gut.

¿Cuál, señor?

[p. 111]Rey.

Uno vuestro.

D. Gut.

¿Qué es?

Rey.

Sangrarla.

D. Gut.

¿Qué decís?

Rey.

Que hagais borrar

Las puertas de vuestra casa;

Que hay mano sangrienta en ellas.

D. Gut.

Los que de un oficio tratan,

Ponen, señor, á las puertas

Un escudo de sus armas;

Trato en honor, y así pongo

Mi mano en sangre bañada

A la puerta; que el honor

Con sangre, señor, se lava.

Rey.

Dádsela, pues, á Leonor;

Que yo sé que su alabanza

La merece.

D. Gut.

Sí la doy. (Dale la mano.)

Mas mira que va bañada

En sangre, Leonor.

D.ª Leon.

No importa;

Que no me admira ni espanta.

D. Gut.

Mira que médico he sido

De mi honra: no está olvidada

La ciencia.

D.ª Leon.

Cura con ella

Mi vida, en estando mala.

D. Gut.

Pues con esa condicion

Te la doy. Con esto acaba

El Médico de su honra,

Perdonad sus muchas faltas.


[p. 113]

A SECRETO AGRAVIO SECRETA VENGANZA.

DRAMA EN TRES JORNADAS.


[p. 114]

PERSONAS.


El rey don Sebastian.

Don Lope de Almeida.

Don Juan de Silva.

Don Luis de Benavides.

Don Bernardino, viejo.

El duque de Berganza.

Doña Leonor, dama.

Sirena, criada.

Manrique, criado.

Cecilio, criado.

Un barquero.

Acompañamiento.

Soldados.

La escena es en Lisboa, en las cercanías de Aldea Gallega y en otros puntos.


[p. 115]

JORNADA PRIMERA.


Vista exterior de una quinta del Rey.

ESCENA PRIMERA.

EL REY DON SEBASTIAN, DON LOPE DE ALMEIDA, MANRIQUE, acompañamiento.

D. Lope.

Otra vez, gran señor, os he pedido

Esta licencia, y otra habeis tenido

Por bien mi casamiento;

Mas yo que siempre, á tanta luz atento,

Vivo en vuestro semblante, vengo á daros

Cuenta de mi eleccion, y á suplicaros

Que en vuestra gracia pueda

Colgar las armas, y que Marte ceda

A Amor la gloria, cuando en paz reciba,

En vez de alto laurel, sagrada oliva.

Yo os he servido, y solamente espero

Esta merced por galardon postrero,

Pues con esta licencia venturosa

Hoy saldré á recibir mi amada esposa.

Rey.

Yo estimo vuestro gusto y vuestro aumento,

Y me alegro de vuestro casamiento;

Y á no estar ocupado

[p. 116]En la guerra que en Africa he intentado,

Fuera vuestro padrino.

D. Lope.

Eterno dure ese laurel divino

Que tus sienes corona.

Rey.

Estimo en mucho yo vuestra persona.

(Vase el Rey y acompañamiento.)

ESCENA II.

DON LOPE, MANRIQUE.

Manriq.

Contento estás.

D. Lope.

Mal supiera

La dicha y la gloria mia

Disimular su alegría.

¡Felice yo, si pudiera

Volar hoy!

Manriq.

Al viento igualas.

D. Lope.

Poco aprovecha; que el viento

Es perezoso elemento.

Diérame el amor sus alas,

Volara abrasado y ciego;

Pues quien al viento se entrega,

Olas de viento navega,

Y las de amor son de fuego.

Manriq.

Para que desengañarme

Pueda, creyendo que tienes

Causa, dime á lo que vienes

Con tanta prisa.

D. Lope.

A casarme.

Manriq.

¿Y no miras que es error,

Digno de que al mundo asombre,

[p. 117]Que vaya á casarse un hombre

Con tanta prisa, señor?

Si hoy, que te vas á casar,

Del mismo viento te quejas,

¿Qué dejas que hacer, qué dejas,

Cuando vayas á enviudar?

ESCENA III.

DON JUAN DE SILVA, en traje pobre.—DON LOPE, MANRIQUE.

D. Juan.

(Para sí.) ¡Cuán diferente pensé

Volver á tí, patria mia,

Aquel infelice dia

Que tus umbrales dejé!

¡Quién no te hubiera pisado!

Pues siempre mejor ha sido,

Adonde no es conocido,

Vivir el que es desdichado.

Gente hay aquí; no es razon

Verme en el mal que me veo.

D. Lope.

Aguárdate. No lo creo.

¿Si es verdad? ¿Si es ilusion?

¡Don Juan!

D. Juan.

¡Don Lope!

D. Lope.

Dudoso

De tanta dicha, mis brazos

Han suspendido sus lazos.

D. Juan.

Deteneos, que es forzoso

Que me defienda de quien

Tanto honor y valor tiene;

[p. 118]Que hombre que tan pobre viene,

Don Lope amigo, no es bien

Que toque (¡oh suerte importuna!)

Pecho de riquezas lleno.

D. Lope.

Vuestra razones condeno,

Porque si da la fortuna

Humanos bienes del suelo,

El cielo un amigo da

Como vos: ¡ved lo que va

Desde la fortuna al cielo!

D. Juan.

Aunque haceis que aliento cobre,

En mí mayor mal está:

¡Mirad cuán grande será

Mal que es mayor que ser pobre!

Y porque mi sentimiento

Algun alivio prevenga,

Si es posible que le tenga,

Escuchad, Don Lope, atento.

A la conquista famosa

De la India, que eligió

Para su tumba la noche

Y para su cuna el sol,

Amigos, y tan amigos,

Pasamos juntos los dos,

Que asistieron en dos cuerpos

Un alma y un corazon.

No codicia de riqueza,

Sino codicia de honor

Obligó nuestros deseos

A tan atrevida accion,

Como tocar con bajeles

La provincia que ignoró

Por tantos años la ciencia,

Nunca creida hasta hoy.

[p. 119]La nobleza lusitana

De su fortuna fió

Naves, que ciertas exceden

Las fingidas de Jason.

Dejo esta alabanza á quien

Pueda con más dulce voz

Contar los famosos hechos

Desta invencible nacion;

Porque el gran Luis de Camoens,

Escribiendo lo que obró,

Con pluma y espada muestra

Ya el ingenio y ya el valor

En esta parte. Despues,

Don Lope invicto, que vos,

Por muerte de vuestro padre,

Volvisteis, me quedé yo,

Bien sabeis con cuánta fama

De amigos y de opinion,

Que ahora perdidos hacen

El sentimiento mayor.

Pero en efecto es consuelo:

¡Ved si desgraciado soy,

Que nunca le di, malquisto,

A la fortuna ocasion!

Habia en Goa una señora,

Hija de un hombre á quien dió

Grande cantidad de hacienda

Codicia y contratacion.

Era hermosa, era discreta;

Que, aunque enemigas las dos,

En ella hicieron las paces

Hermosura y discrecion.

Servíla tan venturoso,

Que merecí algun favor;

[p. 120]Pero ¿quién ganó al principio,

Que á la postre no perdió?

¿Quién fué ántes tan felice,

Que despues no declinó?

Porque son muy parecidos

Juego, fortuna y amor.

Don Manuel de Sosa, un hombre

(Hijo del gobernador

Manuel de Sosa) por sí

De mucha resolucion,

Muy valiente, muy cortés,

Bizarro y cuerdo (que yo,

Aunque le quité la vida,

No he de quitarle el honor),

De Violante enamorado

(Que este es el nombre que dió

Ocasion á mi ventura

Y á mi desdicha ocasion),

En Goa públicamente

Era mi competidor.

Poco cuidado me daba

Su amorosa pretension;

Porque siendo, como era,

El favorecido yo,

La pena del despreciado

Hizo mi dicha mayor.

Un dia, que el sol hermoso

Saliera (¡pluguiera á Dios,

Sepultara eterna noche

Su contínuo resplandor!),

Salió con el sol Violante:

Bastaba pedirle yo

Que áun el uno no saliera,

Para que salieran dos.

[p. 121]De criados rodeada

A la marina llegó,

Donde estaba mucha gente,

Porque en aquella ocasion

Habia llegado una nave

Al puerto, y su admiracion

Dió causa á aqueste concurso,

Y á mi desdicha la dió.

Estábamos en un corro

De mucha gente los dos,

Todos soldados y amigos,

Cuando á la vista paso

Violante. Iba tan airosa,

Que allí ninguno dejó

De poner el alma en ella,

Porque su planta veloz

Era el móvil que llevaba

Tras sí la imaginacion.

Dijo un capitan:—¡Qué bella

Mujer!—A quien respondió

Don Manuel:—Y como tal

Ha sido la condicion.

—Será cruel.—No por eso

Lo digo (le replicó),

Sino por ver que ha escogido,

Como hermosa, lo peor.—

Yo entónces dije: Ninguno

Sus favores mereció,

Porque no hay quien los merezca;

Y si hay alguno, soy yo.

—Mentís, dijo. Aquí no puedo

Proseguir, porque la voz

Muda, la lengua turbada,

Frio el cuerpo, el corazon

[p. 122]Palpitante, los sentidos

Muertos y vivo el dolor,

Quedan repitiendo aquella

Afrenta. ¡Oh tirano error

De los hombres! ¡Oh vil ley

Del mundo! ¡Que una razon,

O que una sinrazon pueda

Manchar el altivo honor

Tantos años adquirido,

Y que la antigua opinion

De honrado quede postrada

A lo fácil de una voz!

¡Que el honor, siendo un diamante,

Pueda un frágil soplo (¡ay Dios!)

Abrasarle y consumirle,

Y que siendo su esplendor

Más que el sol puro, un aliento

Sirva de nube á este sol!

Mucho del caso me aparto,

Llevado de la pasion.

Perdonad, vuelvo al suceso.

Apénas él pronunció

Tales razones, Don Lope,

Cuando mi espada veloz

Pasó de la vaina al pecho,

Tal que á todos pareció

Que imitaron trueno y rayo

Juntas mi espada y su voz.

Bañado en su misma sangre,

Muerto en la arena cayó,

Cuando para mi defensa

Tomé una iglesia, á quien dió

En aquel sitio lugar

La sagrada religion

[p. 123]De Francisco; que por ser

Su padre el gobernador,

Me fué forzoso esconderme

Con tanto asombro y temor,

Que tres dias un sepulcro

Habité vivo. ¿Quién vió

Que siendo el contrario el muerto,

Fuese el sepultado yo?

Al cabo de los tres dias,

Por amistad y favor,

El capitan de la nave

Que á nuestro puerto llegó,

Y que á Lisboa venía,

En ella me recibió

Una noche, cuyo manto

Fué de mi vida ocasion.

En esta nave escondido

Estuve, hasta que el veloz

Monstruo del viento y del agua

Los piélagos dividió

De Neptuno. ¡Injusto engaño

De la vida! O su pasion

No dé por infame al hombre

Que sufre su deshonor,

O le dé por disculpado

Si se venga; que es error

Dar á la afrenta castigo,

Y no al castigo perdon.

Hoy he llegado á Lisboa,

Adonde tan pobre estoy,

Que no osaba entrar en ella.

Estas mis fortunas son,

Ya no tristes, sino alegres,

Pues me dieron ocasion

[p. 124]De llegar á vuestros brazos.

Estos mil veces os doy,

Si un hombre tan infelice

Puede merecer de vos,

Oh gran Don Lope de Almeida,

Tal merced, honra y favor.

D. Lope.

Atentamente escuché,

Don Juan de Silva, las quejas,

Que en lágrimas anegadas

Dais desde el pecho á la lengua,

Y atentamente he pensado

Que no hay opinion que pueda,

Por más sutil que discurra,

Tener dudosa la vuestra.

¿Quién, en naciendo, no vive

Sujeto á las inclemencias

Del tiempo y de la fortuna?

¿Quién se libra, quién se excepta

De una intencion mal segura,

De un pecho doble, que alienta

La ponzoña de una mano

Y el veneno de una lengua?

Ninguno. Solo dichoso

Puede llamarse el que deja,

Como vos, limpio su honor

Y castigada su ofensa.

Honrado estais: negras sombras

No deslustren, no oscurezcan

Vuestro honor antiguo, y hoy

En nuestra amistad se vea

La virtud de aquellas plantas

Tan conformemente opuestas,

Que una con calor consume,

Y otra con frialdad penetra,

[p. 125]Siendo veneno las dos,

Y estando juntas, se templan

De suerte, que son entónces

Salud más segura y cierta.

Vos estais triste, yo alegre:

Partamos la diferencia

Entre los dos, y templando

El contento y la tristeza,

Queden en igual balanza

Mi alegría y vuestra pena,

Mi gusto y vuestro dolor,

Mi ventura y vuestra queja,

Porque el pesar ó el placer

Matar á ninguno pueda.

Yo me he casado en Castilla,

Por poder, con la más bella

Mujer... (Mas para ser propia

Es lo ménos la belleza.)

Con la más noble, más rica,

Más virtuosa y más cuerda

Que pudo en el pensamiento

Hacer dibujos la idea.

Doña Leonor de Mendoza

Es su nombre, y hoy con ella

Don Bernardino mi tio

Llegará á Aldea Gallega,

Donde salgo á recibirla

Con tan venturosas muestras

Como veis; y un bello barco

Tan venturoso la espera,

Que juzga por perezosas

Hoy del tiempo las ligeras

Alas; porque el bien que tarda,

No llega bien cuando llega.

[p. 126]Esta es mi dicha, mayor

Por ver cuánto la acrecienta

Vuestra venida, Don Juan.

No os dé temor, no os dé pena

Venir pobre; rico soy:

Mi casa, amigo, mi mesa,

Mis caballos, mis criados,

Mi honor, mi vida, mi hacienda,

Todo es vuestro. Consolaos

De que la fortuna os deja

Un amigo verdadero,

Y que no ha tenido fuerza

Contra vos quien no os quitó

Ese valor que os alienta,

Esa alma que os anima,

Y este brazo que os defienda.

No me respondais, dejad

Las cortesanas finezas,

Entre amigos excusadas,

Y venid adonde sea

Testigo vuestra persona

De la dicha que me espera;

Que hoy en Lisboa ha de entrar

Mi esposa, y estas tres leguas

De mar (para mí de fuego)

Hemos de venir con ella;

Que de esotra parte está

Sin duda.

D. Juan.

Pues no pretenda

Con mi humildad deslucirse,

Don Lope, vuestra nobleza,

Porque el mundo, no la sangre,

Sino el vestido, respeta.

D. Lope.

Ese es engaño del mundo,

[p. 127]

Que no ve ni considera

Que al cuerpo le viste el oro,

Pero al alma la nobleza.

Venid conmigo. (Ap. Suspiros,

Ofreced viento á las velas,

Si es que en los mares del fuego

Bajeles de amor navegan.)

(Vanse los dos.)

Manriq.

Yo me quiero adelantar

En alguna barca destas,

Que llaman muletes, y hoy

Siendo cojo con muletas,

Pediré á mi buena ama

Las albricias de que llega

Su esposo; que el primer dia

Da las albricias cualquiera,

Porque sale de forzada,

Si es lo mismo que doncella. (Vase.)


Campo cercano á Aldea Gallega.

ESCENA IV.

DON BERNARDINO, DOÑA LEONOR, SIRENA.

D. Ber.

En la falda lisonjera

Deste monte coronado

De flores, donde ha llamado

A cortes la primavera,

Puedes descansar, en tanto,

Bella Leonor, que dichoso

[p. 128]Llega Don Lope tu esposo.

Y perdona al dulce llanto,

Aunque no es gran maravilla

Que con sentimiento igual,

A vista de Portugal

Te despidas de Castilla.

D.ª Leon.

Ilustre D. Bernardino

De Almeida, mi tierno llanto

No es ingratitud á tanto

Honor como me previno

La suerte y la dicha mia.

Viendo tan cercano el bien,

Gusto ha sido; que tambien

Hay lágrimas de alegría.

D. Ber.

Cuerdamente te disculpa

La discrecion lisonjera;

Y aunque por disculpa fuera,

Te agradeciera la culpa.

Yo quiero dar más lugar

A divertir la porfía

De aquesta melancolía.

Aquí puedes descansar,

Venciendo el rigor aquí

Del sol, que en sus rayos arde,

El cielo tu vida guarde. (Vase.)

ESCENA V.

DOÑA LEONOR, SIRENA.

D.ª Leon.

¿Fuése ya, Sirena?

Sirena.

Sí.

[p. 129]D.ª Leon.

¿Oyenos álguien?

Sirena.

Sospecho

Que estamos solas las dos.

D.ª Leon.

Pues salga mi pena (¡ay Dios!)

De mi vida y de mi pecho.

Salga en lágrimas deshecho

El dolor que me provoca,

El fuego que al alma toca,

Remitiendo sus enojos

En lágrimas á los ojos,

Y en suspiros á la boca.

Y sin paz y sin sosiego

Todo lo abrasen veloces,

Pues son de fuego mis voces

Y mis lágrimas de fuego.

Abrasen, cuando navego

Tanto mar y viento tanto,

Mi vida y mi fuego cuanto

Consume el fuego violento,

Pues mi voz es fuego y viento,

Mis lágrimas fuego y llanto.

Sirena.

¿Qué dices, señora? Advierte

En tu peligro y tu honor.

D.ª Leon.

¿Tú que sabes mi dolor,

Tú que conoces mi muerte,

Me reportas desta suerte?

¿Tú de mi llanto me alejas?

¿Tú que calle me aconsejas?

Sirena.

Tu inútil queja escuchando

Estoy.

D.ª Leon.

¡Ay Sirena! ¿cuándo

Son inútiles las quejas?

Quéjase una flor constante

Si el aura sus hojas hiere,

[p. 130]Cuando el sol caduco muere

En túmulos de diamante;

Quéjase un monte arrogante

De las injurias del viento,

Cuando le ofende violento;

Y el eco, ninfa vocal,

Quejándose de su mal,

Responde el último acento.

Quéjase, porque amar sabe,

Una hiedra, si perdió

El duro escollo que amó;

Y con acento süave

Se queja una simple ave

Del que la cogió á traicion[2],

Y en la dorada prision

Así aliviarse pretende,

Que al fin la queja se entiende,

Si se ignora la cancion.

Quéjase el mar á la tierra,

Cuando en lenguas de agua toca

Los labios de opuesta roca.

Quéjase el fuego, si encierra

Rayos, que al mundo hacen guerra:

¿Qué mucho, pues, que mi aliento

Se rinda al dolor violento,

Si se quejan monte, piedra,

Ave, flor, eco, sol, hiedra,

Tronco, rayo, mar y viento?

Sirena.

Sí, mas ¿qué remedio así

Consigues desesperada?

Don Luis muerto y tú casada,

¿Qué pretendes?

[p. 131]D.ª Leon.

¡Ay de mí!

Dí, Sirena amiga, dí,

Don Luis muerto y muerta yo.

Pues si el cielo me forzó,

Me verás en esta calma,

Sin gusto, sin sér, sin alma,

Muerta sí, casada no.

Lo que yo una vez amé,

Lo que una vez aprendí,

Podré perderlo, ¡ay de mí!

Olvidarlo no podré.

¿Olvido donde hubo fe?

Miente amor. ¿Cómo se hallara

Burlada verdad tan clara?

Pues la que constante fuera,

No olvidara, si quisiera,

No quisiera, si olvidara.

¡Mira tú lo que sentí

Cuando su muerte escuché,

Pues forzada me casé

Sólo por vengarme en mí!

Ya la vez última aquí

Se despida mi dolor.

Hasta las aras, amor,

Te acompañé; aquí te quedas,

Porque atreverte no puedas

A las aras del honor.

[p. 132]ESCENA VI.

MANRIQUE.—DOÑA LEONOR, SIRENA.

Manriq.

¡Dichoso yo que he llegado,

Venturoso yo que he sido,

Felice yo que he venido,

Refelice yo que he dado

El primero labio mio

A la estampa dese pié,

Que, lleno de flores, fué

Primavera del estío!

Y pues he llegado á vos,

Beso y vuelvo á rebesar

Cuanto se puede besar,

Sin ofender á mi Dios.

D.ª Leon.

¿Quién sois?

Manriq.

El menor criado

De Don Lope, mi señor

(Mas no el hablador menor),

Que veloz me he adelantado

Por albricias de que viene.

D.ª Leon.

Descuido fué, bien decís[3];

Tomad. Y ¿de qué servís

A Don Lope?

Manriq.

Hombre que tiene

Este humor, ¿ya no os avisa

Que es gentil-hombre su nombre?

D.ª Leon.

¿Y de qué sois gentil-hombre?

[p. 133]Manriq.

De la boca de la risa.

Criado, á quien le prefieren

A los mayores cuidados,

Y es pendanga de criados,

Hecha del palo que quieren:

Cuando guardo, mayordomo;

Cuando algun vestido espero

De mi amo, camarero;

Maestresala, cuando tomo

Para mí el mejor bocado;

Secretario, poco amigo,

Cuando sus secretos digo;

Caballerizo extremado,

Cuando por no andar á pié,

Con achaque de pasealle,

Salgo á caballo á la calle;

Cuando alguna cosa fué

Tal que se guarda de mí,

Soy entónces su vêdor,

Y despues su contador,

Pues á todos desde allí

Lo cuento, á todos lo aviso;

Cuando hurto lo que quiero

De la plaza, repostero;

Despensero, cuando siso;

Soy valiente cuando huyo;

Y soy su cochero el dia

Que sus amores me fia;

Y así claramente arguyo

Que soy por tan varios modos,

Sirviéndole siempre así,

Cada oficio de por sí,

Y murmurándole, todos.

(Hablan aparte Doña Leonor y Sirena.)

[p. 134]ESCENA VII.

DON BERNARDINO, DON LUIS y CELIO, que se quedan léjos de—DOÑA LEONOR, SIRENA, MANRIQUE.

D. Luis.

Soy mercader, y trato en los diamantes,

Que hoy son piedras, y rayos fueron ántes

Del sol, que perficiona y ilumina

Rústico grano en la abrasada mina.

Paso desde Lisboa hasta Castilla,

Y en esta aldea ví la maravilla

Del cielo, reducida en una dama,

Que acompañais; y luégo de la fama

Supe que va casada ó á casarse.

Y como suele en todas emplearse

Este caudal más bien, porque las bodas

En la gala y la joya empiezan todas,

Enseñaros quisiera algunas dellas,

Que no son más lucientes las estrellas,

Por ver si la ocasion con el deseo

Hacen en el camino algun empleo.

D. Ber.

La prevencion y la advertencia ha sido

Acertada. A buen tiempo habeis venido,

Pues yo, por divertirla y alegrarla

(Que está triste) una joya he de feriarla.

Aquí esperad, y llegaré primero

A prevenirla.

D. Luis.

Pues ahora quiero

Que la lleveis, señor, para bastante

Prueba de mi verdad, este diamante;

(Dásele.)

[p. 135]Que visto su valor y su excelencia,

No dudo yo, señor, que os dé licencia

De llegar á sus piés.

D. Ber.

¡Es piedra rara!

¡Qué fondo! ¡qué caudal! ¡qué limpia y clara!

Aquí, divina Leonor, (Llégase á ella.)

Ha llegado un mercader,

En cuya mano has de ver

Joyas de grande valor,

Ricas, costosas y bellas.

Divierte un poco el pesar;

Que yo te quiero feriar

Lo que te agradare dellas.

Este diamante, farol

Que con luz hermosa y nueva,

Para su limpieza prueba

Ser luciente hijo del sol,

Viene por testigo aquí.

Toma el diamante. (Dásele.)

D.ª Leon.

(Ap.)¿Qué veo?

¡Cielos!

D. Ber.

Díme...

D.ª Leon.

(Ap.)Aun no lo creo.

D. Ber.

Si ha de llegar.

D.ª Leon.

(Ap.¡Ay de mí!

Este diamante es el mismo...)

Díle que llegue.—¡Sirena!

(Apártase Don Bernardino.)

(Ap. Sáqueme amor desta pena,

Deste encanto, deste abismo.)

Este diamante que ves,

Luz que con el sol la mides,

Di á Don Luis de Benavides,

Prenda mia y suya es.

[p. 136]O mis lágrimas me ciegan,

O es el mismo. Hoy sabré yo

Cómo á mis manos volvió.

Sirena.

Disimula, que ya llegan.

(Llega Don Luis.)

D. Luis.

Yo soy, hermosa señora...

D. Leon.

(Ap.) Alma de la pena mia,

Cuerpo de mi fantasía.

Sirena.

(Ap. á ella.) Disimula y calla ahora;

Que ya veo la razon

Que tienes para admirarte.

D. Luis.

Yo soy quien en esta parte

Piensa lograr la ocasion,

Habiendo á tiempo llegado

En que pueda mi deseo

Hacer el feliz empleo

Tantos años esperado.

Traigo joyas que vender

De innumerable riqueza;

Y entre otras, una firmeza

Sé que os ha de parecer

Bien; porque della sospecho

Que adorne esa bizarría,

Si es que la firmeza mia

Llega á verse en vuestro pecho.

Un Cupido de diamantes

Traigo de grande valor;

Que quise hacer al amor

Yo de piedras semejantes,

Porque labrándole así,

Cuando alguno le culpase

De vário y fácil, le hallase

Firme solamente en mí.

Un corazon traigo, en quien

[p. 137]No hay piedra falsa ninguna:

Sortijas bellas, y en una

Unas memorias se ven.

Una esmeralda que habia,

Me hurtaron en el camino

Por el color, imagino,

Que perfecto le tenía.

Estaba con un zafiro;

Mas la esmeralda llevaron

Solamente, y me dejaron

Esta azul piedra que miro;

Y así dije en mis desvelos:

«¿Cómo con tanta venganza

Me llevasteis la esperanza

Para dejarme los celos?»

Si gusta vuestra belleza,

Descubriré, por más glorias,

El corazon, las memorias,

El amor y la firmeza.

D. Ber.

El mercader es discreto.

¡Qué bien á las joyas bellas,

Para dar gusto de vellas,

Las fué aplicando su efeto!

D.ª Leon.

Aunque vuestras joyas son

Tales como encareceis,

Para mostrarlas habeis

Llegado á mala ocasion.

Y yo, en ver su hermoso alarde,

Contento hubiera tenido,

Si ántes hubierais venido;

Pero habeis venido tarde.

¿Qué se dijera de mí,

Si cuando casada soy,

Si cuando esperando estoy

[p. 138]A mi noble esposo, aquí

Pusiera, no mi tristeza,

Sino mi imaginacion

En ver ese corazon,

Ese amor y esa firmeza?

No los mostreis; que no es bien

Que, tan sin tiempo miradas

Agora, desestimadas

Memorias vuestras estén.

Y tomad vuestro diamante;

Que ya sé que pierdo en él

Una luz hermosa y fiel,

Al mismo sol semejante.

No culpeis la condicion

Que en mí tan esquiva hallasteis;

Culpaos á vos, que llegasteis

Sin tiempo y sin ocasion. (Ruido dentro.)

Manriq.

(Mirando dentro.)

Ya Don Lope mi señor

Llega.

D. Luis.

(Ap.)¿Habrá en desdicha igual

Mal que compita á mi mal,

Ni dolor á mi dolor?

D.ª Leon.

(Ap.) ¡Qué veneno!

D. Luis.

(Ap.)¡Qué crueldad!

D. Ber.

A recibirle lleguemos. (Vase.)

Manriq.

Callen todos, y escuchemos

La primera necedad;

Porque un novio á quien le place

La dama y á verla llega,

Como necedades juega,

Es tahur que dice y hace. (Vase.)

[p. 139]ESCENA VIII.

DOÑA LEONOR, DON LUIS, SIRENA, CELIO.

D. Luis.

¿Qué me podrás responder,

Mujer tan fácil, liviana,

Mudable, inconstante y vana,

Y mujer, en fin, mujer,

Que pueda satisfacer

A tu mudanza y tu olvido?

D.ª Leon.

Haber tu muerte creido,

Haber tu vida llorado

Causa á mi mudanza ha dado,

Que á mi olvido no ha podido;

Pues cuando te llego á ver,

A no estar ya desposada,

Vieras hoy determinada

Si soy mudable ó mujer.

Desposéme por poder.

D. Luis.

Y bien por poder se advierte:

Por poder borrar mi suerte,

Por poder dejarme en calma[4],

Por poder quitarme el alma,

Por poder darme la muerte.

Esta dices que creiste,

Y no fué vana apariencia;

Que si creiste mi ausencia,

Es lo mismo: bien dijiste.

[p. 140]D.ª Leon.

No puedo, no puedo ¡ay triste!

Responder; que está conmigo,

No mi esposo, mi enemigo.

Mas porque me culpas fiel,

Lo que le dijere á él,

Tambien hablaré contigo.

(Retírase Don Luis á un lado.)

ESCENA IX.

DON LOPE, DON BERNARDINO, MANRIQUE.—DOÑA LEONOR, SIRENA; DON LUIS y CELIO, retirados.

D. Lope.

Cuando la fama en lenguas dilatada

Vuestra rara hermosura encarecia,

Por fe os amaba yo, por fe os tenía,

Leonor, dentro del alma idolatrada.

Cuando os mira, suspensa y elevada

El alma que os amaba y os queria,

Culpa la imágen de su fantasía,

Que sois vista mayor que imaginada.

Vos sola á vos podeis acreditaros:

¡Dichoso aquel que llega á mereceros,

Y más dichoso si acertó á estimaros!

Mas ¿cómo ha de olvidaros ni ofenderos?

Que quien ántes de veros pudo amaros,

Mal os podrá olvidar despues de veros.

D.ª Leon.

Yo me firmé rendida ántes que os viese,

Y vivo y muerto sólo en vos estaba,

Porque sola una sombra vuestra amaba;

Pero bastó que sombra vuestra fuese.

¡Dichosa yo mil veces, si pudiese

[p. 141]Amaros como el alma imaginaba!

Que la deuda comun así pagaba

La vida, cuando humilde me rindiese.

Disculpa tengo, cuando temeroso

Y cobarde mi amor, llego á miraros,

Si no pago un amor tan generoso.

De vos, y no de mí, podeis quejaros,

Pues, aunque yo os estime como á esposo,

Es imposible, como sois, amaros.

D. Lope.

Ahora, tio y señor,

Me dad los invictos brazos.

D. Ber.

Y serán eternos lazos

De deudo, amistad y amor.

Y porque no culpe ahora

La dilacion, á embarcar

Nos lleguemos.

D. Lope.

Hoy el mar

Segunda Vénus adora.

Manriq.

Y pues que con tanta gloria

Dama y galan se han casado,

Perdonad, noble Senado,

Que aquí se acaba la historia.

(Vanse Don Lope, Doña Leonor, Don Bernardino, Manrique y Sirena.)

ESCENA X.

DON LUIS, CELIO.

Celio.

Señor, pues que desta suerte

Hallaste tu desengaño,

Vuelve en tí, repara el daño

[p. 142]De tu vida y de tu muerte.

Ya no hay estilo ni medio

Que tú debas elegir.

D. Luis.

Sí hay, Celio.

Celio.

¿Cuál es?

D. Luis.

Morir,

Que es el último remedio.

Muera yo, pues vi casada

A Leonor, pues que Leonor

Dejó burlado mi amor

Y mi esperanza burlada.

Mas ¿qué me podrá matar,

Si los celos me han dejado

Con vida? Aunque mi cuidado

Me pretende consolar

Dándome alguna esperanza;

Pues cuando á su esposo habló,

Conmigo se disculpó

De su olvido y su mudanza.

Celio.

¿Cómo disculpar contigo?

A mil locuras te pones.

D. Luis.

Estas fueron sus razones,

Mira si hablaban conmigo:

«Yo me firmé rendida ántes que os viese,

Y vivo y muerto sólo en vos estaba,

Porque sola una sombra vuestra amaba;

Pero bastó que sombra vuestra fuese.

»¡Dichosa yo mil veces, si pudiese

Amaros como el alma imaginaba!

Que la deuda comun así pagaba

La vida, cuando humilde me rindiese.

»Disculpa tengo, cuando temeroso

Y cobarde mi amor, llego á miraros,

Si no pago un amor tan generoso.

[p. 143]»De vos, y no de mí, podeis quejaros,

Pues, aunque yo os estime como á esposo,

Es imposible, como sois, amaros.»

Y puesto que así me ha dado

Disculpa de su mudanza,

Sea mi loca esperanza

Veneno y puñal dorado.

Si ha de matarme el dolor,

Mejor es el gusto ¡cielos!

Y si he de morir de celos,

Mejor es morir de amor.

Siga mi suerte atrevida

Su fin contra tanto honor,

Porque he de amar á Leonor,

Aunque me cueste la vida.


[p. 144]

JORNADA SEGUNDA.


Sala en casa de Don Lope en Lisboa.

ESCENA PRIMERA.

SIRENA, MANRIQUE.

Manriq.

Sirena de mis entrañas,

Que para aumentar mi pena

Eres la misma Sirena,

Pues enamoras y engañas:

Duélate ver el rigor

Con que tratas mis cuidados;

Que tambien á los criados

Hiere de barato amor.

Dame un favor de tu mano.

Sirena.

Pues ¿qué puedo darte yo?

Manriq.

Mucho puedes; pero no

Quiero bien más soberano

Que aquese verde liston,

Con que yaces declarada

Por dama de la lazada

O fregona del tuson.

Sirena.

¿Una cinta quieres?

Manriq.

Sí.

[p. 145]Sirena.

Ya aquese tiempo pasó,

Que un galan se contentó

Con una cinta.

Manriq.

Es así;

Pero si yo la tuviera,

Desparramando concetos,

Mil y ciento y un sonetos

Hoy en tu alabanza hiciera.

Sirena.

Por verme tan soneteada

Te la doy; y véte ahora,

Porque viene mi señora. (Vase Manrique.)

ESCENA II.

DOÑA LEONOR.—SIRENA.

D.ª Leon.

Ya vuelvo determinada.

Esto, Sirena, es forzoso:

Declárese mi rigor,

Porque mi vida y mi honor

Ya no es mio, es de mi esposo.

Díle á Don Luis, que pues es

Principal, noble y honrado,

Por español y soldado

Obligado á ser cortés,

Que una mujer (no Leonor,

Porque le basta saber

A un noble que una mujer)

Le suplica que su amor

Olvide; que maravilla

Cuidado en la calle tal,

Y no sufre Portugal

[p. 146]Galanteos de Castilla:

Que con lágrimas bañada

Vuelvo á pedirle se vuelva

A Castilla, y se resuelva

A no hacerme mal casada;

Porque fiera y ofendida,

Si no lo hace, vive Dios,

Que podrá ser que á los dos

Nos venga á costar la vida.

Sirena.

Desa suerte lo diré,

Si puedo verle y hablalle.

D.ª Leon.

¿Cuándo falta de la calle?

Mas no hables en ella, ve

A buscarle á la posada.

Sirena.

Mucho, señora, te atreves. (Vase.)

ESCENA III.

DON LOPE, DON JUAN, MANRIQUE.—DOÑA LEONOR.

D. Lope.

(Ap.) ¡Ay honor, mucho me debes!

D. Juan.

Ya se acerca la jornada.

D. Lope.

No queda en toda Lisboa

Fidalgo ni caballero,

Que ser no piense el primero

Que merezca eterna loa

Con su muerte.

Manriq.

Justo es;

Mas no pienso de esa suerte

Tener yo loa en mi muerte,

Ni comedia ni entremes.

[p. 147]D. Lope.

¿Luego tú no piensas ir

Al Africa?

Manriq.

Podrá ser

Que vaya; mas será á ver,

Por tener más que decir;

No á matar, quebrando en vano

La ley en que vivo y creo;

Pues allí explicar no veo

Que sea moro ni cristiano.

No matar, dice. Y los dos

Esto me vereis guardar;

Que yo no he de interpretar

Los mandamientos de Dios.

D. Lope.

¡Mi Leonor!

D.ª Leon.

¡Esposo mio!

¿Vos tanto tiempo sin verme?

Quejoso vive el amor

De los instantes que pierde.

D. Lope.

¡Qué castellana que estais!

Cesen las lisonjas, cesen

Las repetidas finezas.

Mirad que los portugueses

Al sentimiento dejamos

La razon, porque el que quiere,

Todo lo que dice quita

De valor á lo que siente.

Si en vos es ciego el amor,

En mí es mudo.

Manriq.

Y desa suerte

En mí endemoniado ha sido.

D. Lope.

Siempre, Manrique, parece,

Que al paso que yo estoy triste,

Tú estás contento y alegre.

Manriq.

Y díme, ¿cuál es mejor,

[p. 148]En pasiones diferentes,

La alegría ó la tristeza?

D. Lope.

La alegría.

Manriq.

Pues ¿qué quieres?

¿Que deje yo lo mejor

Por lo peor? Tú, que tienes

La tristeza, que es la mala,

Eres quien mudarte debes,

Y pasarte á la alegría;

Pues será más conveniente,

Que el ir yo de alegre á triste,

Venir tú de triste á alegre. (Vase.)

ESCENA IV.

DON LOPE, DOÑA LEONOR, DON JUAN.

D.ª Leon.

¿Vos estais triste, señor?

Muy poco mi pecho os debe

O yo le debo muy poco,

Pues vuestro dolor no siente.

D. Lope.

Forzosas obligaciones,

Heredadas dignamente

Con la sangre, á quien obligan

Divinas y humanas leyes,

Me dan voces y recuerdan

Desta blanda paz y deste

Olvido, en que yacen hoy

Mis heredados laureles.

El famoso Sebastian,

Nuestro rey, que viva siempre,

Heredero de los siglos

[p. 149]A la imitacion del fénix,

Hoy al Africa hace guerra.

No hay caballero que quede

En Portugal; que á las voces

De la fama nadie duerme.

Quisiérale acompañar

A la jornada; y por verme

Casado, no me he ofrecido

Hasta que licencia lleve

De tu boca, Leonor mia.

Esta merced has de hacerme,

En este caso has de honrarme,

Y este gusto he de deberte.

D.ª Leon.

Bien con esas prevenciones

Fué menester que me hicieseis

Oraciones que me animen,

Y discursos que me alienten.

Vos ausente, dueño mio,

Y por mi consejo ausente,

Fuera pronunciar yo misma

La sentencia de mi muerte.

Idos vos sin que lo diga

Mi lengua; pues que no puede

Negaros la voluntad

Lo que la vida os concede.

Mas porque veais que estimo

Vuestra inclinacion valiente,

Ya no quiero que el amor

Sino el valor me aconseje.

Servid hoy á Sebastian,

Cuya vida el cielo aumente;

Que es la sangre de los nobles

Patrimonio de los reyes;

Que no quiero que se diga

[p. 150]Que las cobardes mujeres

Quitan el valor á un hombre,

Cuando es razon que le aumenten.

Esto el alma os aconseja,

Aunque como el alma os quiere;

Mas como ajena lo dice,

Si como propia lo siente. (Vase.)

ESCENA V.

DON LOPE, DON JUAN.

D. Lope.

¿Habeis visto en vuestra vida

Igual valor?

D. Juan.

Dignamente

Es bien que lenguas y plumas

De la fama la celebren.

D. Lope.

Y vos ¿qué me aconsejais?

D. Juan.

Yo, Don Lope, de otra suerte

Os respondiera.

D. Lope.

Decid.

D. Juan.

Quien ya colgó los laureles

De Marte, y en blanda paz

Ciñe de palma las sienes,

¿Para qué otra vez, decidme,

Ha de limpiar los paveses

Tomados de orin y polvo

En que hora yacen y duermen?

Yo fuera justo que fuera,

A no estar por esta muerte

Retirado y escondido;

Y no es razon ofrecerme,

[p. 151]Porque á los ojos del Rey

Llega mal un delincuente.

Si esto me disculpa á mí,

Bastante disculpa tiene

Quien soldado fué soldado.

No os vais, amigo (y creedme),

Aunque un hombre os acobarde,

Y una mujer os aliente. (Vase.)

ESCENA VI.

DON LOPE.

¡Válgame Dios! ¡quién pudiera

Aconsejarse prudente,

Si en la ocasion hay alguno

Que á sí mismo se aconseje!

¿Quién hiciera de sí otra

Mitad, con quien él pudiese

Descansar? Pero mal digo:

¿Quién hiciera cuerdamente

De sí mismo otra mitad,

Porque en partes diferentes,

Pudiera la voz quejarse

Sin que el pecho lo supiese?

¡Pudiera sentir el pecho

Sin que la voz lo dijese!

¡Pudiera yo, sin que yo

Llegara á oirme ni á verme,

Conmigo mismo culparme,

Y conmigo defenderme!

Porque unas veces cobarde,

Como atrevido otras veces,

Tengo vergüenza de mí.

[p. 152]¡Que tal diga! ¡que tal piense!

¡Que tenga el honor mil ojos

Para ver lo que le pese,

Mil oidos para oirlo,

Y una lengua solamente

Para quejarse de todo!

Fuera todo lenguas, fuese

Nada oidos, nada ojos,

Porque oprimido de verse

Guardado, no rompa el pecho,

Y como mina reviente.

Ahora bien, fuerza es quejarme;

Mas no sé por dónde empiece;

Que, como en guerra y en paz

Viví tan honrado siempre,

Para quejarme ofendido

No es mucho que no aprendiese

Razones; porque ninguno

Previno lo que no teme.

¿Osará decir la lengua

Qué tengo?... Lengua, detente,

No pronuncies, no articules

Mi afrenta; que si me ofendes,

Podrá ser que castigada,

Con mi vida ó con mi muerte,

Siendo ofensor y ofendido,

Yo me agravie y yo me vengue.

No digas que tengo celos...

—Ya lo dije, ya no puede

Volverse al pecho la voz.

¿Posible es que tal dijese

Sin que, desde el corazon

Al labio, consuma y queme

El pecho este aliento, esta

[p. 153]Respiracion fácil, este

Veneno infame, de todos

Tan distinto y diferente,

Que otros desde el labio al pecho

Hacer sus efectos suelen,

Y este desde el pecho al labio?

¿A qué áspid, á qué serpiente

Mató su propio veneno?

A mí ¡cielos! solamente,

Porque quiere mi dolor

Que él me mate y yo le engendre.

Celos tengo, ya lo dije.

¡Válgame Dios! ¿Quién es este

Caballero castellano,

Que á mis puertas, á mis redes

Y á mis umbrales clavado,

Estatua viva parece?

En la calle, en la visita,

En la iglesia atentamente

Es girasol de mi honor,

Bebiendo sus rayos siempre.

¡Válgame Dios! ¿Qué será

Darme Leonor fácilmente

Licencia para ausentarme,

Y con un semblante alegre,

No sólo darme licencia,

Sino decirme y hacerme

Discursos tales, que áun ellos

Me obligaran á que fuese,

Cuando yo no lo intentara?

Y ¿qué será, finalmente,

Decirme Don Juan de Silva

Que ni me vaya ni ausente?

¿En más razon no estuviera

[p. 154]Que aquí mudados viniesen

De mi amigo y de mi esposa

Consejos y pareceres?

¿No fuera mejor, si fuera

Que se mudaran las suertes,

Y que Don Juan me animase

Y Leonor me detuviese?

Sí, mejor fuera, mejor.

Pero ya que el cargo es este,

Hablemos en el descargo:

Vaya, que el honor no quiere

Por tan sutiles discursos

Condenar injustamente.

¿No puede ser que Leonor

Tales consejos me diese,

Por ser noble como es,

Varonil, sagaz, prudente,

Porque quedándome yo,

Mi opinion no padeciese?

Bien puede ser, pues que dice

Que da el consejo, y lo siente.

¿No puede ser que Don Juan,

Que me quedase dijese

Por parecerle que estaba

Excusado, y parecerle

Que es dar disgusto á Leonor?

Sí, puede ser. Y ¿no puede

Ser tambien que este galan

Mire á parte diferente?

Y apretando más el caso,

Cuando sirva, cuando espere,

Cuando mire, cuando quiera,

¿En qué me agravia ni ofende?

Leonor es quien es y yo

[p. 155]Soy quien soy, y nadie puede

Borrar fama tan segura

Ni opinion tan excelente.

Pero sí puede (¡ay de mí!);

Que al sol claro y limpio siempre,

Si una nube no le eclipsa,

Por lo ménos se le atreve;

Si no le mancha, le turba,

Y al fin, al fin le oscurece.

¿Hay, honor, más sutilezas

Que decirme y proponerme?

¿Más tormentos que me aflijan,

Más penas que me atormenten,

Más sospechas que me maten,

Más temores que me cerquen,

Más agravios que me ahoguen

Y más celos que me afrenten?

No. Pues no podrás matarme,

Si mayor poder no tienes;

Que yo sabré proceder

Callado, cuerdo, prudente,

Advertido, cuidadoso,

Solícito y asistente,

Hasta tocar la ocasion

De mi vida y de mi muerte:

Y en tanto que esta se llega,

¡Valedme, cielos, valedme! (Vase.)


[p. 156]Calle con puerta de casa de Don Lope.

ESCENA VII.

SIRENA, con manto; MANRIQUE, tras ella.

Sirena.

(Ap.) Escaparme no he podido

De Manrique, para entrar

En casa; todo el lugar

Hoy siguiéndome ha venido.

¿Qué haré?

Manriq.

Tapada de azar,

Que mira, camina y calla,

Con el arte de batalla

Y el tallazo de picar;

La de entrecano picote,

Que con viento en popa vuelas,

Con el manto de tres suelas

Y chinelas de anascote,

Habla ó descúbrete, y sea

Desengaño tu fachada;

Porque callando y tapada,

Dice boba sobre fea.

Aunque en tu brío, confieso

Que indicio de todo das.

Sirena.

¿No dice más?

Manriq.

No sé más.

Sirena.

¿Y á cuántas ha dicho eso?

Manriq.

Antes soy muy recatado.

No he hablado, á fe de quien soy,

Sino cinco en todo hoy;

Que ya estoy muy reformado.

[p. 157]Sirena.

¡Gracias al cielo, que veo

Un hombre firme y constante!

Yo tampoco soy amante

De más que nueve.

Manriq.

Sí creo;

Y porque me creas á mí,

De todas mostrarte quiero

Un favor. Sea el primero (Sácalos.)

El moño que sale aquí.

Este moño pecador

Su papel un tiempo hizo,

Y de rizado y postizo

Fué mártir y confesor.

No es de aljófar lo ensartado;

Liendres son con que me alegro,

Que desde léjos mirado,

Parece un penacho negro

De blancas moscas nevado.

Aquesta sutil varilla

Es barba de la ballena,

Sacada de una cotilla,

Que fué entregar á mi pena

Lo mismo que una costilla.

Vara es de virtudes llena,

Que hace bueno el pecho y buena

La espalda más eminente;

Que ya todo talle miente

Por la barba de ballena.

La zapatilla que estás

Mirando ahora en mis manos,

Casa fué, donde sabrás

Que vivieron dos enanos[5]

[p. 158]Sin encontrarse jamás.

Este es un guante, y no hay duda

De que, como ruiseñor,

Mucho tiempo estuvo en muda:

Pregúntaselo al olor:

Sebo de cabrito suda.

Esta cinta es de una dama

De gran porte; pero yo

No la quiero.

Sirena.

¿Por qué no?

Manriq.

Porque sé que ella me ama.

¿No es causa bastante?

Sirena.

Sí.

Manriq.

La que yo tengo de amar,

Me ha de mentir, engañar,

Y se ha de burlar de mí,

Dar celos cada momento,

Maltratarme, despedirme,

Y en efecto ha de pedirme,

Que es la cosa que más siento;

Porque si al fin es costumbre

En ellas, tengo por justo

Hacer desde luego gusto

Lo que ha de ser pesadumbre.

Sirena.

¿Y es hermosa esa señora?

Manriq.

No, pero es puerca.

Sirena.

En verdad

Que es muy buena calidad.

Manriq.

Arrope un ojo la llora,

Y otro aceite.

Sirena.

¿Es entendida?

Manriq.

Cuanto dice entiendo yo;

Mas cuanto la dicen, no,

Que es entendida, entendida.

[p. 159]Sirena.

Por muestra de que es verdad,

Que amarle á su gusto espero,

Este liston solo quiero.

Manriq.

De muy buena voluntad.

Sirena.

¡Ay triste de mí!

Manriq.

¿Qué ha sido?

Sirena.

Mi marido viene allí;

Váyase presto de aquí,

Que es un diablo mi marido.

Dé vuelta á la calle presto,

Que en tanto, señor, que él pasa,

Le esperaré en esta casa.

Manriq.

En buen sagrado te has puesto;

Que aquí vivo yo, y vendré

En estando asegurada. (Vase.)

Sirena.

A un bellaco, una taimada. (Vase.)


Sala en casa de Don Lope.

ESCENA VIII.

SIRENA.

Bien dentro de casa entré

Sin que fuese conocida.

Lindamente le he engañado,

Aunque él más, pues me ha dejado

Tan afrentada y corrida.

¡Que dijera que era fea!

No importaba, aunque lo fuese,

Ni importaba que dijese

[p. 160]Que necia y que sucia sea;

Pero ¡aceite un ojo á mí,

Y otro arrope! No, por Dios.

Y áun si lloraran los dos

Una cosa, entónces sí

Que callara; ¿mas que tope

Un picarón, un taimado,

Que mis ojos han llorado

Uno aceite y otro arrope?

ESCENA IX.

DOÑA LEONOR.—SIRENA.

D.ª Leon.

Sirena.

Sirena.

Señora mia.

D.ª Leon.

¡Cuánto tu ausencia me cuesta!

¿Hablástele?

Sirena.

Y la respuesta

En este papel te envía;

Y de palabra me dijo,

Que si él una vez te hablara,

Él se fuera y te dejara.

D.ª Leon.

Con mayor causa me aflijo.

¿Para qué el papel tomaste?

Sirena.

Para traerte el papel.

D.ª Leon.

(Ap.) ¡Ay, pensamiento cruel,

Qué fácil entrada hallaste

En mi pecho!

Sirena.

Pues ¿qué importa

Que le tomes y le leas?

D.ª Leon.

¿Eso es bien que de mí creas?

[p. 161]La voz, Sirena, reporta,

Con abrasarle y romperle.

(Ap. Entiéndeme, necia, y sea

Rogándome que le vea;

Que estoy muerta por leerle.)

Sirena.

¿Qué culpa tiene el papel

Que viene mandado aquí,

Señora, para que así

Vengues tu cólera en él?

D.ª Leon.

Pues si le tomo, verás

Que es sólo para rompelle.

Sirena.

Rómpele despues de lêlle.

D.ª Leon.

(Ap. Eso sí, ruégame más.)

Pesada estás, y por tí

Rompo la nema y le leo,

Por tí sola.

Sirena.

Ya lo veo.

Abrele pues.

D.ª Leon.

Dice así:

(Abre el papel Doña Leonor, y lee.)

«Leonor, si yo pudiera obedecerte,

Y pudiera olvidar, vivir pudiera:

Fuera contigo liberal, si fuera

Bastante yo conmigo á no quererte.

»Mi muerte injusta tu rigor me advierte,

Si mi vida en amarte persevera,

¡Pluguiera á Dios! y de una vez muriera

Quien de tantas no acierta con su muerte.

»¿Que te olvide pretendes? ¿Cómo puedo

Despreciado olvidar y aborrecido?

¿No ha de quejarse de dolor el labio?

»Quiéreme tú; que si obligado quedo,

Yo olvidaré despues, favorecido;

Que el bien puede olvidarse, no el agravio.»

[p. 162]Sirena.

¿Lloras, leyendo el papel?

Son, en fin, pasadas glorias.

D.ª Leon.

Lloro unas tristes memorias

Que vienen vivas en él.

Sirena.

Quien bien quiere tarde olvida.

D.ª Leon.

Como el que muerte me dió

Está presente, brotó

Reciente sangre la herida.

Este hombre ha de obligarme,

Con seguirme y ofenderme,

A matarme y á perderme

(Que áun fuera ménos matarme),

Si no se ausenta de aquí.

Sirena.

Pues tú lo puedes hacer.

D.ª Leon.

¿Cómo?

Sirena.

Oyéndole; que él dice

Que en oyéndole una vez,

Se ausentará de Lisboa.

D.ª Leon.

¿Cómo, Sirena, podré?

Que á trueco de que se vaya,

Imposibles sabré hacer.

¿Cómo vendrá?

Sirena.

Escucha atenta:

Ahora es al anochecer,

Que es la hora más segura,

Porque ni temprano es

Para que á un hombre conozcan,

Ni tarde para temer

Que la vecindad lo note.

De mi señor, ya tú ves

Que nunca viene á esta hora.

Don Luis, no dudo que esté

En la calle: podrá entrar

A esta sala, donde hableis

[p. 163]Los dos, y entónces podrás

Decirle tu parecer.

Óyele lo que dijere,

Y obre fortuna despues.

D.ª Leon.

Tan fácilmente lo dices,

Que no le dejas que hacer

Al temor, ni áun al honor

Que dudar ni que temer.

Vé ya por Don Luis. (Vase Sirena.)

ESCENA X.

DOÑA LEONOR.

Amor,

Aunque en la ocasion esté,

Soy quien soy, vencerme puedo.

No es liviandad, honra es

La que á esta ocasion me puso:

Ella me ha de defender;

Que cuando ella me faltara,

Quedara yo, que tambien

Supiera darme la muerte,

Si no supiera vencer.—

Temblando estoy; cada paso

Que siento, pienso que es

Don Lope, y el viento mismo

Se me figura que es él.

¿Si me escucha? ¿si me oye?

¡Qué propio del miedo fué!

¡Que á tales riesgos se ponga

Una principal mujer!

[p. 164]ESCENA XI.

SIRENA y DON LUIS.—DOÑA LEONOR.

Sirena.

Esta es Leonor.

D. Luis.

¡Ay de mí!

¡Cuantas veces esperé

Esta ocasion! Ya quisiera

No haberla llegado á ver.

D.ª Leon.

Ya, señor Don Luis, estais

En mi casa, ya teneis

La ocasion que habeis deseado.

Hablad aprisa, porqué

Os volvais; que temerosa

De mí misma, tengo al pié

Grillos de hielo, y el alma

De mi aliento puede hacer

Al corazon un cuchillo

Y á la garganta un cordel.

D. Luis.

Ya sabeis, Leonor hermosa,

(Si es que olvidado no habeis

pasados gustos, y ya

Ignorais lo que sabeis),

Que en Toledo, nuestra patria

(Perdonadme), os quise bien,

Desde que en la Vega os ví

Un dia al amanecer,

Que aumentado nuevas flores

Al campo hermoso, tal vez

Lo que las manos robaron,

Restituyeron los piés.

[p. 165]Ya sabeis...

D.ª Leon.

Esperad, yo

Seré más breve. Ya sé

Que muchos dias rondasteis

Mi calle, y á mi desden

Constante siempre, tuvisteis

Amor firme, y firme fe.

Hasta que os favorecí.

¿Qué no han llegado á vencer

Lágrimas de amor, que lloran

Los hombres que quieren bien?

Y favorecido ya,

Siendo tercera fïel

La noche (¿qué no consiguen

Una reja y un papel?),

Tratábamos de casarnos,

Cuando os hicieron merced

De una jineta, y fué fuerza

Iros á servir al Rey.

Fuisteis á Flándes...

D. Luis.

Si fuí

(Que aqueso yo lo diré),

Donde dimos un asalto,

Y murió valiente en él

Un Don Juan de Benavides,

Caballero aragones.

La equivocacion del nombre

Dió causa para entender

Que fuese yo el muerto: ¡cuánto

Una mentira se crê!

Llegó la nueva á Toledo...

D.ª Leon.

Eso diré yo más bien,

Que sin vida la sentí,

Y con la vida lloré;

[p. 166]Pero callo aquí, aunque aquí

Os pudiera encarecer

Los sentimientos que hice,

Las tristezas que pasé.

En efecto, persuasiones

De muchos pudieron ser

Bastantes á que en Toledo

Me casase por poder.

D. Luis.

Yo lo supe en el camino,

Y pensando deshacer

El casamiento, corrí

Hasta que os ví y os hablé,

Con equívocas razones,

En traje de mercader.

D.ª Leon.

Estaba casada ya;

Y pues os desengañé,

¿A qué habeis venido aquí?

D. Luis.

Solo he venido por ver

Si hay ocasion de quejarme;

Que si culpando tu fe

Descanso, iré luego á Flándes,

Donde una bala me dé,

Porque la pólvora cumpla

Lo que me ofreció otra vez.

Sirena.

Gente sube la escalera.

D.ª Leon.

¡Ay cielos! ¿qué puedo hacer?

Oscura está aquesta sala:

Que aquí te quedes es bien,

Porque á tí solo te hallen;

Y habiendo entrado quien es,

Podrás irte, no á Castilla;

Que ocasion habrá despues

Para acabar de quejarte.

Sirena.

Yo voy contigo tambien. (Vanse las dos.)

[p. 167]ESCENA XII.

DON LUIS.

¿Qué confusion es esta,

Que á mi desdicha iguala?

Oscura está la sala,

Y la noche funesta

Ya de sombra cubierta

Baja. No sé la casa ni la puerta;

Que otra vez no he llegado

Aquí. ¡Forzosa pena!

Temerosa Sirena

Y Leonor, me han dejado

Confuso y sin sentido.

ESCENA XIII.

DON JUAN, que andando á oscuras, encuentra con DON LUIS.

D. Juan.

¿A estas horas, no hubieran encendido

Una luz?—Mas ¿qué es esto?

¿Quién es? ¿No me responde?

D. Luis.

(Ap.) ¡Hallé puerta por donde

Salir!

D. Juan.

Responda presto.

O ya desenvainada,

[p. 168]

Lengua de acero, lo dirá mi espada.

(Al entrarse Don Luis por la puerta que va al cuarto de Doña Leonor, alcanzado por Don Juan, saca la espada y la cruza con él, retirándose luégo.)

ESCENA XIV.

DON LOPE y MANRIQUE.—DON JUAN.

D. Lope.

¡Ruido de cuchilladas,

Y oscuro el aposento!

D. Juan.

Aquí los pasos siento.

Manriq.

Voy por luz. (Vase.)

D. Lope.

¡Aquí espadas!

Ya es fuerza que me asombre.

D. Juan.

Ya le he dicho otra vez que diga el nombre.

D. Lope.

¿Quién mi nombre pregunta?

D. Juan.

Quien, porque hableis, sospecho

Que abrirá en vuestro pecho

Mil bocas con la punta

Deste acero.

ESCENA XV.

DOÑA LEONOR, SIRENA y MANRIQUE.—DON LOPE, DON JUAN.

D.ª Leon.

(Dentro.)¡Luz, presto!

(Salen Doña Leonor y Sirena, y Manrique con luz.)

D. Lope.

¡Don Juan!

D. Juan.

¡Don Lope!

[p. 169]D.ª Leon.

¡Ay cielos!

D. Lope.

¿Pues qué es esto?

D. Juan.

En esta cuadra entraba,

Cuando un hombre salía.

D.ª Leon.

Algun hombre sería,

Que robarla intentaba.

D. Lope.

¡Hombre!

D. Juan.

Sí, y preguntando

Quién era, la respuesta dió callando.

D. Lope.

(Ap. Disimular conviene,

No crea que yo puedo

Tener tan bajo miedo,

Que mi valor condene.)

¡Bueno fuera, á fe mia,

Mataros! Yo era el mismo que salia;

Que (tan desconocida

La voz) viendo que un hombre

Me preguntaba el nombre

En mi casa, ofendida

La paciencia y turbada,

Callando doy respuesta con la espada.

Sirena.

¡Por cuánto aquí se viera

Un infeliz suceso!

D. Juan.

¿Cómo puede ser eso,

Si el que yo digo que era

Dentro está, cosa es cierta,

Pues no pudo salir por esta puerta,

Que vos entrasteis?

D. Lope.

Digo

Que era yo.

D. Juan.

Es cosa extraña.

D. Lope.

(Ap. ¡Oh cuánto á un hombre daña

Un ignorante amigo!

¡Que no puedan los cuerdos, los más sabios

[p. 170]Celar de un necio amigo los agravios!)

Pues si por cosa cierta

Teneis que dentro ha entrado,

Fuerte y determinado

Guardadme aquella puerta,

En tanto, si eso pasa,

Que yo examino toda aquesta casa.

D. Juan.

Pues no saldrá por ella.

Mirar seguro puedes.

D. Lope.

Mira que en ella quedes,

Y no te apartes della.—

(Vase Don Juan.)

(Ap. Hoy seré cuerdamente,

Si es que ofendido soy, el más prudente,

Y en la venganza mia

Tendrá ejemplos el mundo,

Porque en callar la fundo.)

Ea, Manrique, guia

Con esa luz.

Manriq.

No oso,

Que yo de duendes soy poco goloso.

(Quiere Don Lope entrar en un aposento, y detiénele Doña Leonor.)

D.ª Leon.

No entreis, señor, aquí: yo soy testigo

Que aseguraros este cuarto puedo.

D. Lope.

(A Manrique.) Pues ¿de qué tienes miedo?

Manriq.

De todo.

D. Lope.

(A D.ª Leonor.) Suelta, digo.—(A Manrique.)

Y tú véte de aquí... (Ap. Que ántes es dicha

Que falte otro testigo á mi desdicha.)

(Toma la luz y éntrase, y Manrique se va por otra puerta.)

[p. 171]ESCENA XVI.

DOÑA LEONOR, SIRENA.

D.ª Leon.

¡Ay Sirena! ¿qué suerte

Es esta tan airada?

Estoy, desesperada,

Por darme aquí la muerte;

Pues ya es fuerza que tope

A Don Luis escondido ¡ay Dios! Don Lope.

El pensó que salia

Por la puerta que entraba

A mi cuarto; allí estaba.

¿Mas por qué mi porfia

Duda lo que ha pasado?

Ya le ha visto Don Lope, ya le ha hablado.

¿Qué haré? Irme no puedo;

Porque en desdichas tantas,

Oprimidas las plantas,

Cadenas pone el miedo

De cobardes prisiones.

Toda soy confusion de confusiones.

ESCENA XVII.

DON LUIS, que sale con la espada desnuda y embozado, y tras él DON LOPE, con la espada desnuda y luz.—DOÑA LEONOR, SIRENA.

D. Lope.

No os encubrais, caballero.

D. Luis.

Detened, señor, la espada;

[p. 172]Que en la sangre de un rendido

Más que se ilustra se mancha.

Yo soy de Castilla, donde

Por los celos de una dama,

Di á un caballero la muerte

Cuerpo á cuerpo en la campaña.

Vine á ampararme á Lisboa,

Donde estoy por esta causa

De Castilla desterrado.

He sabido esta mañana

Que aquí un hermano del muerto

Cautelosamente anda

Encubierto, por vengarse

Con traicion y con ventaja.

Con este cuidado, pues,

Por esta calle pasaba,

Cuando tres hombres me embisten

A las puertas desta casa.

Viendo que (aunque el corazon

Algunas veces engaña)

Era imposible defensa

Contra tres de mano armada,

Subíme por la escalera;

Y ellos, ó por ver que estaba

En sagrado, ó por no hacer

Tan dudosa la venganza,

No me siguieron, y estuve

En esa primera sala

Esperando á que se fuesen,

Y sintiendo sosegada

La calle, bajarme quise;

Pero al salir de la cuadra,

Hallé un hombre que me dijo:

«¿Quién va?» Yo, que imaginaba

[p. 173]Que eran mis propios contrarios,

No le respondo palabra.

De una sala en otra, entré

Hasta aquí. Esta es la causa

De haberme hallado, señor,

Escondido en vuestra casa.

Ahora dadme la muerte;

Que como yo dicho haya

La verdad, y no padezca

Alguna virtud sin causa,

Moriré alegre, rindiendo

El sér, la vida y el alma

A un honrado sentimiento,

Y no á una infame venganza.

D. Lope.

(Ap. ¿Pueden juntarse en un hombre

Confusiones más extrañas?

¿Tantos asombros y miedos,

Penas y desdichas tantas?

Si en la calle este hombre ¡cielos!

Tantos pesares me daba,

¿Qué vendrá á darme escondido

Dentro de mi misma casa?

Basta, basta, pensamiento;

Sufrimiento, basta, basta,

Que verdad puede ser todo;

Y cuando no, aquí no hay causa

Para mayores extremos:

Sufre, disimula y calla.)

Caballero castellano,

Yo me alegro de que haya

Sido contra una traicion

Sagrado vuestro mi casa.

En ella, á ser hoy soltero,

Os sirviera y hospedara;

[p. 174]Porque un caballero debe

Amparar nobles desgracias.

Lo que podré hacer por vos,

Será acudiros en cuantas

Ocasiones se os ofrezcan,

Porque á ese lado mi espada,

Contra tres mil, no os suceda

Otra vez volver la espalda.

Y ahora, porque salgais

Más secreto de mi casa,

Podreis salir del jardin

Por aquella puerta falsa...

Yo la abriré... y tambien hago

Prevencion tan recatada,

Porque criados, que al fin

Son enemigos de casa,

No cuenten que os hallé en ella,

Y sea fuerza que vaya

A todos satisfaciendo

De cuál ha sido la causa.

Porque aunque es cierto que nadie

Dude una verdad tan clara,

Y yo de mí mismo tengo

La satisfaccion que basta,

¿Quién de una malicia huye?

¿Quién de una sospecha escapa?

¿Quién de una lengua se libra?

¿Quién de una intencion se guarda?

Y si llegara á creer...

¿Qué es á creer? si llegara

A imaginar, á pensar

Que álguien pudo poner mancha

En mi honor... ¿qué es mi honor?

En mi opinion y en mi fama,

[p. 175]Y en la voz tan solamente

De una criada, una esclava,

No tuviera, ¡vive Dios!

Vida que no le quitara,

Sangre que no le vertiera,

Almas que no le sacara;

Y éstas rompiera despues,

A ser visibles las almas.

Venid, iréos alumbrando

Hasta que salgais.

D. Luis.

(Ap.)Helada

Tengo la voz en el pecho.

¡Qué portuguesa arrogancia! (Vanse los dos.)

ESCENA XVIII.

DOÑA LEONOR, SIRENA; despues DON LOPE.

D.ª Leon.

Aun mejor ha sucedido,

Sirena, que yo pensaba.

Sola una vez vino el mal

Menor que el que se esperaba.

Ya puedo hablar, y ya puedo

Mover las heladas plantas.

¡Ay, Sirena, en qué me ví!

Vuelva á respirar el alma.

(Vuelve Don Lope.)

D. Lope.

Leonor.

D.ª Leon.

Señor, ¿pues qué intentas?

¿Ya no supiste la causa

Con que él entró? Ya supiste

Que yo no he sido culpada.

[p. 176]D. Lope.

¿Tal pudiera imaginar

Quien te estima y quien te ama?

No, Leonor; sólo te digo

Que ya que aquí se declara

Con nosotros...

D.ª Leon.

¿Ya él no dijo

Que aquí de Castilla estaba

Ausente por una muerte?

Pues yo, señor, no sé nada.

D. Lope.

No te disculpes, Leonor.

Mira... mira que me matas.

Tú, Leonor, ¿pues de qué habias

De saberlo? Pero basta

Que él se fie de nosotros,

Para que de aquí no salga.

Y tú, Sirena, no digas

Lo que entre los tres nos pasa

A ninguno, ni á Don Juan.

ESCENA XIX.

DON JUAN.—Dichos.

D. Juan.

(Ap.) Tanto Don Lope se tarda,

Que me ha dado algun cuidado.

D. Lope.

¡Por Dios, Don Juan, linda gracia

Es hacerme andar así

Mirando toda la casa,

Siendo cierto que fuí yo!

Tomad otro poco el hacha,

Y andadla vos.

D. Juan.

¿Para qué,

[p. 177]

Si ya aquí me desengaña

El saber que fuisteis vos?

Ya conozco mi ignorancia.

D. Lope.

Con todo habemos los dos

Segunda vez de mirarla.

D.ª Leon.

(Ap.) ¡Qué prudencia tan notable!

D. Juan.

(Ap.) ¡Qué valor y qué arrogancia!

Sirena.

(Ap.) ¡Qué temor!

D. Lope.

(Ap.)Desta manera,

El que de vengarse trata,

Hasta mejor ocasion,

Sufre, disimula y calla.


[p. 178]

JORNADA TERCERA.


Atrio de un palacio del Rey en Lisboa.

ESCENA PRIMERA.

DON JUAN, MANRIQUE.

D. Juan.

¿Dónde está Don Lope?

Manriq.

Cuando

Entró en palacio, yo aquí

Me quedé.

D. Juan.

Búscale, y dí

Que yo le estoy esperando.

(Vase Manrique.)

ESCENA II.

DON JUAN.

Quedaréme imaginando

A solas, sin mí y conmigo,

El dudoso fin que sigo,

[p. 179]Y la obligacion que tiene

Quien á hacer discursos viene

En la opinion de un amigo.

Yo de Don Lope lo soy

Tanto, que no ha celebrado

Amigo más obligado

La antigüedad hasta hoy.

Huésped en su casa estoy,

Su hacienda gasto, y es mia,

Su vida y alma me fia:

¿Pues cómo ¡cielos! podré

Ser ingrato á tanta fe,

Amistad y cortesía?

¿Podré yo ver y callar

Que su limpio honor padezca,

Sin que mi vida le ofrezca

Para ayudarle á vengar?

¿Podré yo ver murmurar

Que este castellano adore

A Leonor, que la enamore,

Y le dé lugar Leonor,

Y padeciendo su honor,

Yo lo sepa y él lo ignore?

No podré; pues si él quedara

Satisfecho, siendo mia

La venganza, en este dia

Al castellano matara.

A él sin él yo le vengara,

Prudente, advertido y sabio;

Mas de la intencion del labio

Satisfaccion no se alcanza,

Si el brazo de la venganza

No es del cuerpo del agravio.

Yo á Don Lope le diré

[p. 180]Clara y descubiertamente

Que no hable al Rey ni se ausente.

Mas si me dice por qué,

¿Cómo le responderé

La causa? Duda mayor

Es esta; que al que el valor

Eterno honor le previene,

Quien dice que no le tiene

Es quien le quita el honor.

¿Qué debe hacer un amigo

En tal caso, pues entiendo

Que si le callo, le ofendo

Y le ofendo si lo digo,

Oféndole si castigo

Su agravio? Yo fuí su espejo:

¿Por qué bien no le aconsejo?—

Mas él mismo viene allí.

No ha de quejarse de mí.

Él me ha de dar el consejo.

ESCENA III.

DON LOPE, MANRIQUE.—DON JUAN.

D. Lope.

Vuélvete, Manrique, y dí

Que luégo á la quinta voy;

Que esperando á hablar estoy

Al Rey.

Manriq.

Don Juan está allí,

Y viene á hablarte. (Vase.)

D. Lope.

(Ap.¡Ay de mí!

¿Qué puede haber sucedido?

[p. 181]¿A qué puede haber venido?)

Don Juan, ¿pues qué hay por acá?—

(Ap. ¡Oh, cómo un cobarde está

Siempre á su temor rendido!)

D. Juan.

Don Lope, amigo, yo vengo

(Si estamos solos los dos)

A aconsejarme con vos

En una duda que tengo.

D. Lope.

(Ap. Ya para oir me prevengo

Alguna desdicha mia.)

Decid.

D. Juan.

Un caso me envía

Un amigo á preguntar,

Y quiérole consultar

Con vos.

D. Lope.

¿Y es?

D. Juan.

Jugando un dia

Dos hidalgos, se ofreció

Una duda, en caso tal

Forzosa, sobre la cual

Uno á otro desmintió.

Con las voces, no lo oyó

Entónces el desmentido;

Un amigo lo ha sabido,

Y que se murmura dél;

Y por serlo tan fiel,

Esta duda se ha ofrecido.

¿Si éste tendrá obligacion

De decirlo claramente

Al otro, que está inocente;

O si dejar es razon

Que padezca su opinion,

Pues él no basta á vengalle?

Si lo calla es agravialle,

[p. 182]Y si lo dice es error

De amigo. ¿Cuál es mejor,

Que lo diga, ó que lo calle?

D. Lope.

Dejadme pensar un poco.

(Ap. Honor, mucho te adelantas;

Que una duda sobre tantas

Bastará á volverme loco.

En otro sujeto toco

Lo que ha pasado por mí.

Don Juan pregunta por sí:

Luego alguna cosa vió.

¿Haré que la diga? no;

Pero que la calle, sí.)

Don Juan, yo he considerado,

Si es que mi voto he de dar,

Que no puede un hombre estar

Ignorante y agraviado.

Aquel que ha disimulado

Su ofensa por no vengalla,

Es quien culpado se halla;

Porque en un caso tan grave,

No yerra el que no lo sabe,

Sino el que lo sabe y calla.

Y yo de mí sé decir

Que si un amigo cual vos

(Siendo quien somos los dos)

Tal me llegara á decir,

Tal pudiera presumir

De mí, tal imaginara,

El primero en quien vengara

Mi desdicha, fuera en él;

Porque es cosa muy cruel

Para dicha cara á cara.

Y no sé que en tal rigor

[p. 183]Haya razon que no asombre,

Y que se le pueda á un hombre

Decir: «No teneis honor.»

¡Darme el amigo mayor

El mayor pesar!—Testigo

En Dios (otra vez lo digo),

Que si yo me lo dijera,

A mí la muerte me diera,

Y soy mi mayor amigo.

D. Juan.

Ya quedo ahora de vos

Enseñado. Eso diré,

Y á este amigo avisaré

Que calle. Quedad con Dios. (Vase.)

ESCENA IV.

DON LOPE.

¿Quién duda que entre los dos

Pasa el caso que ponia

En tercero, y que sabía

Que Leonor matarme intenta?

—Pues el que supo mi afrenta,

Sabrá la venganza mia.

Y el mundo la ha de saber.

Basta, honor: no hay que esperar;

Que quien llega á sospechar,

No ha de llegar á creer,

Ni esperar á suceder

El mal; y pues su mudanza

Logra tan baja esperanza,

Volveré donde contemplo

[p. 184]Que dé su traicion ejemplo,

Y escarmiento mi venganza.

ESCENA V.

EL REY, ACOMPAÑAMIENTO.—DON LOPE.

Rey.

Aunque en la quinta, que del Rey la llama

El vulgo, aquesta noche duerma, digo

Que no me he de quedar hoy en Lisboa.

Esté la gente toda prevenida,

Que desde allí saldrá la más lucida

A competir con plumas y colores

Del sol los rayos, del Abril las flores.

D. Lope.

(Ap. Cobarde al Rey me llego;

Que esta pena, esta rabia y este fuego

Tan cobarde me tiene, que sospecho,

Con vergüenza, dolor y cobardía,

Que todos saben la desdicha mia.)

Dáme tus piés; será feliz mi boca,

Si con su aliento esas esferas toca.

Rey.

¡Ah Don Lope de Almeida! Si tuviera

En Africa esa espada, yo venciera

La morisca arrogante bizarría.

D. Lope.

¿Pues pudiera quedar la espada mia

En la paz, en la vaina que se os muestra,

Cuando vos, gran señor, sacais la vuestra?

Con vos voy á morir. ¿Qué causa hubiera

Que en Portugal, señor, me detuviera

En aquesta ocasion?

Rey.

¿No estais casado?

D. Lope.

Sí, señor; mas no el serlo me ha estorbado

[p. 185]El ser quien soy; porque ántes hoy me llama

Tener mayor honor á mayor fama.

Rey.

¿Cómo, recien casada,

Quedará vuestra esposa?

D. Lope.

Muy honrada

En ver que os ha ofrecido

A esta empresa un soldado en su marido;

Que es noble, es varonil, y más sintiera

Que á vuestro lado, gran señor, no fuera;

Pues si ántes por mi fama os acudia,

Ahora por la suya y por la mia.

Y no es inconveniente á mi deseo

El ausentarme della.

Rey.

Así lo creo;

Que yo lo dije porque no era justo

Descasaros tan presto, y desto gusto;

Que en vuestra casa, aunque la empresa es alta,

Podreis hacer, Don Lope, mayor falta.

(Vase el Rey y acompañamiento.)

ESCENA VI.

DON LOPE.

¡Válgame el cielo! ¿qué es esto

Por que pasan mis sentidos?

Alma, ¿qué habeis escuchado?

Ojos, ¿qué es lo que habeis visto?

¿Tan pública es ya mi afrenta,

Que ha llegado á los oidos

Del Rey? ¿Qué mucho, si es fuerza

[p. 186]Ser los postreros los mios?

¿Hay hombre más infelice?

¿No fuera mejor castigo

¡Cielos! desatar un rayo,

Que con mortal precipicio

Me abrasara, viendo ántes

El incendio que el aviso,

Que la palabra del Rey,

Que grave y severo dijo

Que yo haré falta en mi casa?

¿Pero qué rayo más vivo,

Si fénix de las desdichas,

Fuí ceniza de mí mismo?

Cayeran sobre mis hombros

Esos montes y obeliscos

De hiedra, fueran sepulcros

Que me sepultaran vivo.

Ménos peso fueran, ménos,

Que esta afrenta en que he caido,

A cuya gran pesadumbre

Ya desmayado me rindo.

¡Ay honor, mucho me debes!

Júntate á cuentas conmigo.

¿Qué quejas tienes de mí?

¿En qué, dime, te he ofendido?

Al heredado valor,

¿No he juntado el adquirido,

Haciendo la vida en mí

Desprecio al mayor peligro?

¿Yo, por no ponerte á riesgo,

Toda mi vida no he sido

Con el humilde, cortés,

Con el caballero, amigo,

Con el pobre, liberal,

[p. 187]Con el soldado, bienquisto?

Casado (¡ay de mí!), casado,

¿En qué he faltado? ¿en qué he sido

Culpado? ¿No hice eleccion

De noble sangre, de antiguo

Valor? Y ahora á mi esposa,

¿No la quiero? ¿no la estimo?

Pues si yo en nada he faltado,

Si en mis costumbres no ha habido

Acciones que te ocasionen,

Con ignorancia ó con vicio,

¿Por qué me afrentas? ¿por qué?

¿En qué tribunal se ha visto

Condenar al inocente?

¿Sentencias hay sin delito?

¿Informaciones sin cargo?

Y sin culpas ¿hay castigo?

¡Oh locas leyes del mundo!

¡Que un hombre, que por sí hizo

Cuanto pudo para honrado,

No sepa si está ofendido!

¡Que de ajena causa ahora

Venga el efecto á ser mio

Para el mal, no para el bien,

Pues nunca el mundo ha tenido

Por las virtudes de aquél

A éste en más! ¿Pues por qué (digo

Otra vez) han de tener

A éste en ménos, por los vicios

De aquélla que fácilmente

Rindió alcázar tan altivo

A las fáciles lisonjas

De su liviano apetito?

¿Quién puso el honor en vaso

[p. 188]Que es tan frágil? ¿Y quién hizo

Experiencias en redoma,

No habiendo experiencia en vidrio?

Pero acortemos discursos;

Porque será un ofendido

Culpar las costumbres necias,

Proceder en infinito.

Yo no basto á reducirlas,

(Con tal condicion nacimos)

Yo vivo para vengarlas

No para enmendarlas vivo,

Iré con el Rey, y luégo

Volviéndome del camino

(Que ocasion habrá), tambien

La tendré para el castigo.

La más pública venganza

Será, que el mundo haya visto.

Sabrá el Rey, sabrá D. Juan,

Sabrá el mundo, y áun los siglos

Futuros ¡cielos! quién es

Un portugués ofendido. (Vase.)


Orillas del mar.

ESCENA VII.

Óyese ruido de cuchilladas, y sale DON JUAN riñendo con unos SOLDADOS; despues DON LOPE.

D. Juan.

Cobardes, el satisfecho

Soy yo, que no el desmentido.

[p. 189]Un sold.

Huye, que es rayo su espada.

(Entranse Don Juan y sus contrarios.)

D. Lope.

(Dentro.) ¿No es Don Juan aquel que miro?

A vuestro lado me hallais. (Sale.)

Otro.

(Dentro.) ¡Muerto soy!

D. Juan

(Volviendo.)Si estais conmigo,

Poco fuera el mundo.

D. Lope.

Ya

Huyeron. Decid qué ha sido,

Si la ocasion que teneis

No nos obliga á seguirlos.

D. Juan.

¡Ay Don Lope, muerto estoy!

Hoy nuevamente recibo

La afrenta, que en la venganza

Pensé que estaba en su olvido.

Mas ¡ay de mí! ha sido engaño,

Porque bastante no ha sido

La venganza á sepultar

Un agravio recibido.

Cuando me aparté de vos,

Llegué hasta este propio sitio

Que bate el mar, con el fin

Que vos propio habeis venido,

Que es de volver á la quinta

Adonde habeis reducido

Vuestra casa, previniendo

Vuestra ausencia. Divertido

Llegué pues, y en esta parte

Estaban en un corrillo

Unos hombres, y al pasar

El uno á los otros dijo:

«Aqueste es Don Juan de Silva.»

Yo, oyendo mi nombre mismo,

Que es lo que se oye más fácil,

[p. 190]Apliqué entrambos oidos.

Otro preguntó: «¿Y quién es

Este Don Juan?—¿No has oido

(Le respondió) su suceso?

Pues este fué desmentido

De Manuel de Sosa.»—Yo,

Que ya no pude sufrirlo,

Saco la espada, y á un tiempo

Tales razones le digo:

«Yo soy aquel que maté

A Don Manuel, mi enemigo,

Tan presto, que de mi agravio

La última razon no dijo.

Yo soy el desagraviado,

Que no soy el desmentido;

Pues con su sangre quedó

Lavado mi honor y limpio.»

Dije, y cerrando con todos,

Siguiéndolos he venido

Hasta aquí, porque me huyeron

Luego; que es usado estilo

Ser cobarde el maldiciente;

Y así ninguno se ha visto

Valiente, que todos hacen

A las espaldas su oficio.

Esta es mi pena, Don Lope,

Y ¡vive Dios! que atrevido,

Que loco y desesperado,

De aquí no me precipito

Al mar, ó con esta espada

Mi propia vida me quito,

Porque me mate el dolor.

«¡Este es aquel desmentido,»

Dijo, no «aquel satisfecho!»

[p. 191]¿Quién en el mundo previno

Su desdicha? ¿No hizo harto

Aquel que la satisfizo?

¿Aquel que puso su vida

Desesperado al peligro,

Por quedar muerto y honrado

Antes que afrentado y vivo?

Mas no es así; que mil veces,

Por vengarse uno atrevido,

Por satisfacerse honrado

Publicó su agravio mismo,

Porque dijo la venganza

Lo que la ofensa no dijo. (Vase.)

ESCENA VIII.

DON LOPE.

«Porque dijo la venganza

Lo que la ofensa no dijo.»

Luego si me vengo yo

De aquella que me ofendió,

La publico: claro está

Que la venganza dirá

Lo que la desdicha no.

Y despues de haber vengado

Mis ofensas atrevido,

El vulgo dirá engañado:

«Este es aquel ofendido,»

Y no «aquel desagraviado.»

Y cuando la mano mia

Se bañe en sangre este dia,

Ella mi agravio dirá,

Pues la venganza sabrá

[p. 192]Quien la ofensa no sabía.

Pues ya no quiero buscalla

(¡Ay cielos!) públicamente,

Sino encubrilla y celalla;

Que un ofendido prudente

Sufre, disimula y calla.

Que del secreto colijo

Más honra, más alabanza.

Callando mi intento rijo,

Porque dijo la venganza

Lo que el agravio no dijo.

Pues de Don Juan, que atrevido

Su honor ha restituido,

No dijo el otro soldado:

«Este es el desagraviado,»

Sino: «este es el desmentido.»

Pues tal mi venganza sea,

Obrando discreto y sabio,

Que apénas el sol la vea,

Porque el que creyó mi agravio,

Me bastará que la crea.

Y hasta que pueda logralla

Con más secreta ocasion,

Ofendido corazon,

Sufre, disimula y calla.—

¡Barquero!

[p. 193]ESCENA IX.

Un BARQUERO.—DON LOPE.

Barq.

Señor.

D. Lope.

¿No tienes

Un barco aprestado?

Barq.

Sí,

No faltará para tí,

Aunque en una ocasion vienes,

Que siguiendo á Sebastian,

Nuestro rey, que el cielo guarde,

Hasta su quinta esta tarde

Los barcos vienen y van.

D. Lope.

Pues prevenle, porque tengo

De ir hasta mi quinta yo.

Barq.

¿Ha de ser luégo?

D. Lope.

¿Pues no?

Barq.

Al momento le prevengo. (Vase.)

ESCENA X.

DON LUIS, que sale leyendo un papel.—DON LOPE.

D. Luis.

(Para sí.) Otra vez quiero leer

Letras de mi vida jueces;

Porque ya es placer dos veces

El repetido placer.

(Lee.) «Esta noche va el Rey á la quinta: entre la gente podeis venir disimulado,[p. 194] donde habrá ocasion para que acabemos, vos de quejaros, y yo de disculparme.—Dios os guarde.—Leonor

¡Que no haya un barco en que pueda

Pasar! ¡Oh suerte importuna!

¡Plegue á Dios que la fortuna

Nunca un gusto me conceda!

D. Lope.

(Ap.) Leyendo viene un papel

Quien mi venganza previene,

¿Y quién dudará que viene

Leyendo mi afrenta en él?

¡Qué cobarde es el honor!

Nada escucho, nada veo

Que ser mi pena no creo.

D. Luis.

(Ap.) Don Lope es este.

D. Lope.

(Ap.Rigor,

Disimulemos, y dando

Rienda á toda la pasion,

Esperemos ocasion

Sufriendo y disimulando;

Y pues la serpiente halaga

Con pecho de ofensas lleno,

Yo, hasta verter mi veneno,

Es bien que lo mismo haga.)

En muy poco, caballero,

Mi ofrecimiento estimais,

Pues que nada me mandais,

Cuando serviros espero.

Yo quedé tan obligado

De vuestra gran cortesía,

Discrecion y valentía,

Que en Lisboa os he buscado

Para que á vuestro valor

Servir mi espada pudiera,

[p. 195]Cuando otra vez pretendiera

Vengarse el competidor,

Que aquí os busca aventajado,

Y tanto, que desta suerte

Pretende daros la muerte

Cuando esteis más descuidado.

D. Luis.

Yo, señor Don Lope, estimo

Merced que pagar espero;

Mas hoy, como forastero,

A pediros no me animo

Que en esta ocasion me honreis,

Por no empeñaros, señor,

Con ese competidor

De quien vos me defendeis:

Fuera de que ya los dos

Que estamos amigos creo;

Pues ya le hablo y le veo

Del modo que estoy con vos.

D. Lope.

Créolo; pero mirad

Vuestro riesgo con cuidado;

Que amistad de hombre agraviado

No es muy segura amistad.

D. Luis.

Yo, al contrario, siento y digo

Cuando su amistad procuro,

¿De quién no estaré seguro,

Si lo estoy de mi enemigo?

D. Lope.

Aunque argüiros podia

Con razon ó sin razon,

Seguid vos vuestra opinion,

Que yo seguiré la mia.

Y decidme, ¿qué buscais

Por aquí?

D. Luis.

Un barco quisiera;

En que hasta la quinta fuera

[p. 196]Del Rey.

D. Lope.

A tiempo llegais:

Que os podré servir creed,

Que ya le tengo fletado.

D. Luis.

Ocasion la gente ha dado

A recibir tal merced,

Que siendo tanta, no ha habido

En qué pasar; y yo quiero

Ver faccion que considero

Que otra vez no ha sucedido.

D. Lope.

Pues conmigo ireis. (Ap. Llegó

La ocasion de mi venganza.)

D. Luis.

(Ap.) ¿Cuál hombre en el mundo alcanza

Mayor ventura que yo?

D. Lope.

(Ap.) A mis manos ha venido,

Y en ellas ha de morir.

D. Luis.

(Ap.) ¡Que me viniese á servir

De tercero su marido!

ESCENA XI.

EL BARQUERO.—DON LOPE, DON LUIS.

Barq.

Ya el barco ha llegado.

D. Lope.

(Al Barquero.)Entrad

Vos en el barco primero,

Porque yo á un criado espero.

Pero no, vos le esperad,

Pues conoceis al criado;

Que al barco nos vamos ya.

Barq.

No entreis en él, porque está

Solo y á una cuerda atado,

[p. 197]Que no estará muy segura.

D. Lope.

Buscad al criado vos,

Que allí esperamos los dos.

D. Luis

(Ap.) ¿Quién ha visto igual ventura?

Él me lleva desta suerte

Adonde á su honor me atrevo.

D. Lope.

(Ap.) Yo desta suerte le llevo

Donde le daré la muerte. (Vanse los dos.)

Barq.

El criado no vendrá

En mil horas, segun creo.

Mas ¿qué es aquello que veo?

¡Desasido el barco está,

Rompida la cuerda! Dios

Solo los puede librar;

Que sin duda que en el mar

Tendrán sepulcro los dos. (Vase.)


Otro punto de la playa á vista de la quinta de Don Lope.

ESCENA XII.

MANRIQUE, SIRENA.

Manriq.

Sirena, cuyo mirar

Suspende, enamora, encanta,

¿Vienes acaso á escuchar

A su orilla cómo canta

La sirena de la mar?

Oye un soneto oportuno,

Heroico, grave y discreto:

No te parezca importuno,

[p. 198]Porque este es el un soneto

De los mil y ciento y uno.

(Saca Manrique un papel y lee.)

«Cinta verde, que en término sucinta,

Su cinta pudo hacerte aquel Dios tinto

En sangre, que gobierna el globo quinto,

Para que Vénus estuviese en cinta:

»La primavera tus colores pinta,

Por quien yo traigo en este laberinto,

Tamaño como pasa de Corinto,

El corazon, más negro que la tinta.

»Hoy tu esperanza á mi temor se junte,

Porque en su verde y amarillo tinte

Amor flemas y cóleras barrunte;

»Que como á mí de su color me pinte,

No podrá hacer, aunque en arpon me apunte,

Que mi esperanza no se encaraminte.»

Sirena.

¡Qué lindo soneto has hecho!

Pero enseña á ver si es verde

La cinta.

Manriq.

(Ap.En bien se me acuerde

Lo que la cinta se ha hecho.

¡Ah! sí.) Estaba cierto dia

Junto al Tajo, en su frescura

Contemplando tu hermosura,

Sirena, y la dicha mia.

Saqué aquella cinta bella

Para aliviar mi esperanza,

Y culpando tu mudanza,

Empecé á llorar con ella.

Besábala con placer,

Y un águila que me vió

Llegarla al labio, pensó

Que era cosa de comer.

[p. 199]Bajó de una piedra viva,

Y con gran resolucion

Arrebatóme el liston,

Y volvió á subir arriba.

Yo, aunque con gran ligereza

Subir á su nido quiero,

No pude hallar un caldero

Que ponerme en la cabeza.

Con esta ocasion se pierde

De tu liston la memoria.

Esta es, Sirena, la historia

Llamada la cinta verde.

Sirena.

Pues óyeme lo que á mí

Despues acá me pasó.

Estando en el campo yo,

Volar un águila ví,

Que era la misma; pues viendo

No ser cosa de comer,

La cinta dejó caer

Junto á mí; y yo, acudiendo

A ver lo que habia caido,

Hallé entre las flores puesta

La cinta: mira si es esta.

Manriq.

¡Notable suceso ha sido!

Sirena.

Más notable será ahora

La venganza.

Manriq.

Mejor es

Dejarlo para despues,

Que sale al campo señora. (Vase.)

[p. 200]ESCENA XIII.

DOÑA LEONOR.—SIRENA.

D.ª Leon.

Sirena.

Sirena.

Señora.

D.ª Leon.

Mucha

Es mi tristeza.

Sirena.

¿Pues no

Sabré qué es la causa yo?

D.ª Leon.

Ya la sabes; pero escucha.

Desde la noche triste

Que en tantas confusiones, abrasada

Troya á mi casa viste,

Quedando yo de todos disculpada,

Don Juan más engañado,

Libre Don Luis, Don Lope asegurado;

Despues que por la ausencia

Que quiere hacer, en esta hermosa quinta

Adonde la excelencia

De la naturaleza borda y pinta

Campaña y monte altivo,

Más estimada de Don Lope vivo;

Perdí, Sirena, el miedo

Que á mi propio respeto le tenía;

Pues si escaparme puedo

De lance tan forzoso, la osadía

Ya sin freno me alienta;

Que peligro pasado no escarmienta.

A aquesto se ha llegado

Ver á Don Lope más amante ahora;

[p. 201]Porque desengañado,

Si algo temió, su desengaño adora,

Y en amor le convierte.

¡Oh cuántos han amado desta suerte!

¡Oh cuántos han querido,

Recibiendo por gracia los agravios!

Deste error no han podido

Librarse los más doctos, los más sabios;

Que la mujer más cuerda,

De haber amado, amada no se acuerda.

Cuando Don Luis me amaba,

Pareció que á Don Luis aborrecia;

Cuando sin culpa estaba,

Pareció que temia;

Y ya (¡qué loco extremo!)

Ni amo querida, ni culpada temo;

Antes amo olvidada y ofendida,

Antes me atrevo, cuando estoy culpada,

Y pues para mi vida

Hoy sigue al Rey Don Lope en la jornada,

Escribo que Don Luis á verme venga,

Y tenga fin mi amor, porque él le tenga.

ESCENA XIV.

DON JUAN.—Dichas.

D. Juan.

(Ap.) ¡No sé cómo el corazon

Tan grandes rigores sufre,

Sin que se rinda á los golpes

De una y otra pesadumbre!

D.ª Leon.

Señor Don Juan, ¿pues no viene

[p. 202]Con vos Don Lope?

D. Juan.

No pude

Esperarle, aunque él me dijo

Que ántes que en el mar sepulte

El sol sus rayos, vendrá.

D.ª Leon.

¿Cómo puede, si ya cubren

Al mundo pálidas sombras,

Y al cielo lóbregas nubes?

D. Juan.

A mí me tuvo violento

Un gran disgusto que tuve,

Y esperar no puede á nadie

El que de sí mismo huye.

D. Luis.

(Dentro.) ¡Válgame el cielo!

D.ª Leon.

¿Qué voz

Tan lastimosa discurre

El viento?

D. Juan.

En tierra no hay nadie.

D.ª Leon.

En las ondas se descubre

Del mar un bulto, que ya

Siendo trémulas las luces

Del dia, no se determina

Quién es.

D. Juan.

Osado presume

Escaparse; pues parece

Que hácia nosotros le induce

Piedad del cielo. Lleguemos

Donde valientes le ayuden

Nuestros brazos. (Vase.)

[p. 203]ESCENA XV.

DON LOPE.—Dichos.

D. Lope.

(Dentro.)¡Ay de mí!

D. Juan.

(Dentro.) ¡Llega!

D. Lope.

(Dentro.)¡Oh tierra, patria dulce

Del hombre!

(Vuelve Don Juan y con él sale Don Lope, mojado y con una daga en la mano.)

D. Juan.

¡Qué es lo que veo!

¡Don Lope!

D.ª Leon.

¡Esposo!

D. Lope.

No pude

Hallar puerto más piadoso,

Que el que en tal favor acude

A mi fatiga. ¡Oh Leonor!

¡Oh mi bien! no es bien que dude

Que el cielo me ha prevenido

Con sus favores comunes

Tan grande dicha, en descuento

De tan grande pesadumbre.

¡Amigo!

D. Juan.

¿Qué ha sido esto?

D. Lope.

La mayor lástima incluye

Aquesta ventura mia,

Que vió el mundo.

D.ª Leon.

Como ayude

El cielo mis esperanzas,

Y vivo esteis, no hay quien culpe

A la fortuna, aunque usase

[p. 204]De su trágica costumbre.

D. Lope.

Hablé al Rey, busquéos á vos.

Y como hallaros no pude,

Fleté un barco. Estando ya

Para hacer que el agua sulque,

A mí un galan caballero,

Cuyo nombre apénas supe

(Que pienso que era un Don Luis

De Benavides), acude

Diciéndome que por ser

Forastero, á quien se suple

Un cortés atrevimiento,

Me ruega que no le culpe

El pedirme que en el barco

Le traiga; que es bien procure

Ver en la quinta del Rey

La gente cuando se junte.

Obligóme á que le diese

Un lugar; y apénas hube

Entrado con él, y el barco

De los dos el peso sufre

(Que el barquero áun no habia entrado),

Cuando el cabo, á quien le pudren

Las mismas aguas del mar,

Falta, porque le recude

Una onda reciamente,

A cuyo golpe no pude

Resistir, aunque tomé

Los remos. Al fin no tuve

Fuerza, y los dos en el barco

Entrando por las azules

Ondas del mar, padecimos

Mil saladas inquietudes.

Ya de los montes de agua

[p. 205]Ocupé las altas cumbres,

Ya en bóveda de zafir

Sepulcro en sus arcos tuve;

Al fin guiado á esta parte,

A vista ya de las luces

De tierra, chocando el barco,

De arena y agua se cubre.

El gallardo caballero,

A quien yo librar no pude,

Por apartarnos la fuerza

Del golpe, sin que se ayude

A sí mismo, se rindió

Al mar, donde le sepulte

Su olvido.

D.ª Leon.

¡Ay de mí! (Cae desmayada.)

D. Lope.

¡Leonor,

Mi bien, mi esposa, no turbes

Tu hermosura! ¡Ay cielo mio!

Un hielo manso discurre

Por el cristal de sus manos.

¡Ay, Don Juan! la pesadumbre

De verme así, no fué mucho

Que la rindiese: no sufren

Corazones de mujer

Que estas lástimas escuchen.—

Llevadla al lecho los dos.

(Llévanla entre Don Juan y Sirena.)

[p. 206]ESCENA XVI.

DON LOPE.

¡Qué bien en un hombre luce

Que callando sus agravios,

Aun las venganzas sepulte!

Desta suerte ha de vengarse

Quien espera, calla y sufre.

Bien habemos aplicado,

Honor, con cuerda esperanza,

Disimulada venganza

A agravio disimulado.

¡Bien la ocasion advertí

Cuando la cuerda corté,

Cuando los remos tomé

Para apartarme de allí,

Haciendo que pretendia

Acercarme! Y ¡bien logré

Mi intento, pues que maté

Al que ofenderme queria

(Testigo es este puñal),

Al agresor de mi afrenta,

A quien dí en urna violenta

Monumento de cristal!

¡Bien en la tierra rompí

El barco, dando á entender

Que esto pudo suceder

Sin sospecharse de mí!

Pues ya que conforme á ley

De honrado, maté primero

[p. 207]Al galan, matar espero

A Leonor: no diga el Rey,

Viendo que su sangre esmalta

El lecho que áun no violó,

Que no vaya, porque yo

En mi casa no haga falta.

Pues esta noche ha de ver

El fin de mi desagravio,

Medio más prudente y sabio

Para acabarlo de hacer.

Leonor (¡ay de mí!), Leonor,

Bella como licenciosa,

Tan infeliz como hermosa,

Ruina fatal de mi honor;

Leonor, que al dolor rendida,

Y al sentimiento postrada,

Dejó la muerte burlada

En las manos de la vida,

Ha de morir. Mis intentos

Solo los he de fiar,

Porque los sabrán callar,

De todos cuatro elementos.

Allí al agua y viento entrego

La media venganza mia;

Y aquí la otra mitad fia

Mi dolor de tierra y fuego;

Pues esta noche mi casa

Pienso intrépido abrasar.

Fuego al cuarto he de pegar,

Y yo, en tanto que se abrasa,

Osado, atrevido y ciego

La muerte á Leonor daré,

Porque presuman que fué

Sangriento verdugo el fuego.

[p. 208]Sacaré acendrado dél

El honor que me ilustró,

Ya que la liga ensució

Una mancha tan cruel;

Y en una experiencia tal,

Por los crisoles no ignoro

Que salga acendrado el oro

Sin aquel bajo metal

De la liga que tenía

Y su valor deslustraba.

Así el mar las manchas lava

De la gran desdicha mia:

El viento la lleve luego,

Donde no se sepa della;

La tierra ande por no vella,

Y cenizas la haga el fuego;

Porque así el mortal aliento,

Que á turbar el sol se atreve,

Consuma, lave, arda y lleve

Tierra, agua, fuego y viento. (Vase.)

ESCENA XVII.

EL REY, EL DUQUE DE BERGANZA, acompañamiento.

Duque.

Pensando el mar que dormia

Segundo sol en su esfera,

Mansamente retrató

A sus ondas las estrellas.

Rey.

Vine, Duque, por el mar;

Que aunque pude por la tierra,

[p. 209]Me pareció que tardaba,

Cuanto por aquí es más cerca.

Y habiendo estado las aguas

Tan dulces y lisonjeras,

Que el cielo, Narciso azul,

Se vió contemplando en ellas,

Ha sido justo venir

Donde tantos barcos vea,

Cuyos fanales parecen

Mil abrasados cometas,

Mil alados cisnes, pues

Formando esta competencia,

Unos con las alas corren,

Y otros con los remos vuelan.

Duque.

A todo ofrece ocasion

La noche apacible y fresca.

Rey.

Entre la tierra y el mar

Deleitosa vista es esta;

Porque mirar tantas quintas,

Cuyas plantas lisonjean

Ninfas del mar, que obedientes

Con tanta quietud las cercan,

Es ver un monte portátil,

Es ver una errante selva;

Pues vistas dentro del mar,

Parece que se menean.

Adios, dulce patria mia,

Que en él espero que vuelva

(Puesto que es la causa suya),

Donde ceñido me veas

De laurel entrar triunfante

De mil victorias sangrientas,

Dando á mi honor nueva fama,

Nuevos triunfos á la Iglesia,

[p. 210]Que espero ver.

Voces.

(Dentro.)¡Fuego, fuego!

Rey.

¿Qué voces, Duque, son esas?

Duque.

Fuego, dicen; y hácia allí

La quinta, que está más cerca,

Y si no me engaño, es

La de Don Lope de Almeida,

Se está abrasando.

Rey.

Ya veo

En ímpetu salir della,

Hecha un volcan de humo y fuego,

Las nubes y las centellas.

Grande incendio, al parecer,

De todas partes la cerca:

Parece imposible cosa

Que nadie escaparse pueda.

Acerquémonos á ver

Si hay contra el fuego defensa.

Duque.

¡Señor! ¿Tal temeridad?

Rey.

Duque, accion piadosa es esta,

No temeridad.

ESCENA XVIII.

DON JUAN, medio desnudo.—Dichos.

D. Juan.

Aunque

Cenizas mi vida sea,

He de sacar á Don Lope,

Que es su cuarto el que se quema.

Rey.

Detened aquese hombre.

Duque.

Desesperado, ¿qué intentas?

[p. 211]D. Juan.

Dejar en el mundo fama

De una amistad verdadera.

Y pues que presente estás,

Es bien que la causa sepas.

Apénas, oh gran señor,

Nos recogimos, apénas,

Cuando en un punto, un instante,

Creció el fuego de manera,

Que parece que tomaba

Venganza de su violencia.

Don Lope de Almeida está

Con su esposa, y yo quisiera

Librarlos.

ESCENA XIX.

MANRIQUE.—Dichos.

Manriq.

Echando chispas,

Como diablo de comedia,

Salgo huyendo de mi casa,

Que soy desta Troya Eneas.

Al mar me voy á arrojar,

Aunque menor daño fuera

Quemarme, que beber agua.

[p. 212]ESCENA XX.

DON LOPE, medio desnudo, que saca á DOÑA LEONOR, muerta.—Dichos.

D. Lope.

¡Piadosos cielos, clemencia,

Porque, aunque arriesgue mi vida,

Escapar la suya pueda!—

¡Leonor!

Rey.

¿Es Don Lope?

D. Lope.

Yo

Soy, señor, si es que me deja

El sentimiento, no el fuego,

Alma y vida, con que pueda

Conoceros, para hablaros,

Cuando vida y alma atentas

A esta desdicha, á este asombro,

A este horror, á esta tragedia,

Yacen postradas y mudas.

Esta muerta beldad, esta

Flor en tanto fuego helada,

Que solo el fuego pudiera

Abrasarla, que de envidia

Quiso que no resplandezca,

Esta, señor, fué mi esposa,

Noble, altiva, honrada, honesta,

Que en los labios de la fama

Deja esta alabanza eterna.

Esta es mi esposa, á quien yo

Quise con tanta terneza

De amor, porque sienta más

[p. 213]El no verla y el perderla

Con una tan gran desdicha,

Como en vivo fuego envuelta,

En humo denso anegada;

Pues cuando librarla intenta

Mi valor, rindió la vida

En mis brazos. ¡Dura pena!

¡Triste horror! ¡fuerte suceso!

Aunque un consuelo me deja,

Y es, que ya podré serviros;

Pues libre desta manera,

En mi casa no haré falta.

Con vos iré, donde pueda

Tener mi vida su fin,

Si hay desdicha que fin tenga.—

Y vos, valiente Don Juan, (Ap. á él.)

Decid á quien se aconseja

Con vos, cómo ha de vengarse

Sin que ninguno lo sepa;

Y no dirá la venganza

Lo que no dijo la afrenta.

Rey.

¡Notable desdicha ha sido!

D. Juan.

Pues óigame vuestra Alteza

A parte; porque es razon

Que solo este caso sepa.

Don Lope sospechas tuvo,

Que pasaron de sospechas

Y llegaron á verdades;

Y en resolucion tan cuerda,

Por dar á secreto agravio

Tambien venganza secreta,

Al galan mató en el mar,

Porque en un barco se entra

Con él solo: así el secreto

[p. 214]Al agua y fuego le entrega,

Porque el que supo el agravio

Sólo la venganza sepa.

Rey.

Es el caso más notable

Que la antigüedad celebra;

Porque secreta venganza

Requiere secreta ofensa.

D. Juan.

Esta es verdadera historia

Del gran Don Lope de Almeida,

Dando con su admiracion

Fin á la tragicomedia.


[p. 215]

EL ALCALDE DE ZALAMEA.

DRAMA EN TRES JORNADAS.


[p. 216]

PERSONAS.


El rey Felipe II.

Don Lope de Figueroa.

Don Álvaro de Ataide, capitan.

Un sargento.

La Chispa.

Rebolledo, soldado.

Pedro Crespo, labrador viejo.

Juan, hijo de Pedro Crespo.

Isabel, hija de Pedro Crespo.

Inés, prima de Isabel.

Don Mendo, hidalgo.

Nuño, su criado.

Un escribano.

Soldados.

Un tambor.

Labradores.

Acompañamiento.

La escena en Zalamea y sus inmediaciones.


[p. 217]

JORNADA PRIMERA.


Campo cercano á Zalamea.

ESCENA PRIMERA.

REBOLLEDO, CHISPA, soldados.

Reboll.

¡Cuerpo de Cristo con quien

Desta suerte hace marchar

De un lugar á otro lugar

Sin dar un refresco!

Todos.

Amén.

Reboll.

¿Somos gitanos aquí,

Para andar desta manera?

Una arrollada bandera

¿Nos ha de llevar tras sí,

Con una caja...

Sold. 1.º

¿Ya empiezas?

Reboll.

Que este rato que calló,

Nos hizo merced de no

Rompernos estas cabezas?

Sold. 2.º

No muestres deso pesar,

Si ha de olvidarse, imagino,

El cansancio del camino

A la entrada del lugar.

[p. 218]Reboll.

¿A qué entrada, si voy muerto?

Y aunque llegue vivo allá,

Sabe mi Dios si será

Para alojar; pues es cierto

Llegar luégo al comisario

Los alcaldes á decir

Que si es que se pueden ir,

Que darán lo necesario.

Responderles, lo primero,

Que es imposible, que viene

La gente muerta; y si tiene

El concejo algun dinero,

Decir: «Señores soldados,

Orden hay que no paremos:

Luégo al instante marchemos.»

Y nosotros, muy menguados,

A obedecer al instante

Orden, que es en caso tal,

Para él órden monacal,

Y para mí mendicante.

Pues ¡voto á Dios! que si llego

Esta tarde á Zalamea,

Y pasar de allí desea

Por diligencia ó por ruego,

Que ha de ser sin mí la ida;

Pues no, con desembarazo,

Será el primer tornillazo

Que habré yo dado en mi vida.

Sold. 1.º

Tampoco será el primero

Que haya la vida costado

A un miserable soldado;

Y más hoy, si considero

Que es el cabo desta gente

Don Lope de Figueroa,

[p. 219]Que si tiene fama y loa

De animoso y de valiente,

La tiene tambien de ser

El hombre más desalmado,

Jurador y renegado

Del mundo, y que sabe hacer

Justicia del más amigo,

Sin fulminar el proceso.

Reboll.

¿Ven ustedes todo eso?

Pues yo haré lo que yo digo.

Sold. 2.º

¿Deso un soldado blasona?

Reboll.

Por mí muy poco me inquieta;

Pero por esa pobreta,

que viene tras la persona...

Chispa.

Seor Rebolledo, por mí

Voacé no se aflija, no;

Que, como ya sabe, yo,

Barbada el alma, nací:

Y ese temor me deshonra;

Pues no vengo yo á servir

Ménos que para sufrir

Trabajos con mucha honra;

Que para estarme, en rigor,

Regalada, no dejara

En mi vida, cosa es clara,

La casa del regidor,

Donde todo sobra, pues

Al mes mil regalos vienen;

Que hay regidores que tienen

Mesa franca con el mes.

Y pues al venir aquí,

A marchar y padecer

Con Rebolledo, sin ser

Postema, me resolví,

[p. 220]Por mí ¿en qué duda ó repara?

Reboll.

¡Viven los cielos, que eres

Corona de las mujeres!

Sold. 2.º

Aquesa es verdad bien clara.

¡Viva la Chispa!

Reboll.

¡Reviva!

Y más si por divertir

Esta fatiga de ir

Cuesta abajo y cuesta arriba,

Con su voz al aire inquieta

Una jácara ó cancion.

Chispa.

Responda á esa peticion

Citada la castañeta.

Reboll.

Y yo ayudaré tambien.

Sentencien los camaradas,

Todas las partes citadas.

Sold. 1.º

¡Vive Dios, que ha dicho bien!

(Cantan Rebolledo y la Chispa.)

Chispa.

Yo soy titiri, titiri, tina,

Flor de la jacarandina.

Reboll.

Yo soy titiri, titiri, taina,

Flor de la jacarandaina.

Chispa.

Vaya á la guerra el alférez,

Y embárquese el capitan.

Reboll.

Mate moros quien quisiere,

Que á mí no me han hecho mal.

Chispa.

Vaya y venga la tabla al horno,

Y á mí no me falte pan.

Reboll.

Huéspeda, máteme una gallina;

Que el carnero me hace mal.

Sold. 1.º

Aguarda; que ya me pesa

(Que íbamos entretenidos

En nuestros mismos oidos)

De haber llegado á ver esa

[p. 221]Torre, pues es necesario

Que donde paremos sea.

Reboll.

¿Es aquella Zalamea?

Chispa.

Dígalo su campanario.

No sienta tanto voacé,

Que cese el cántico ya:

Mil ocasiones habrá

En que lograrle, porque

Esto me divierte tanto,

Que como de otras no ignoran

Que á cada cosita lloran,

Yo á cada cosita canto,

Y oirá uced jácaras ciento.

Reboll.

Hagamos alto aquí, pues

Justo, hasta que venga, es,

Con la órden el Sargento,

Por si hemos de entrar marchando

Y en tropas.

Sold. 1.º

Él solo es quien

Llega ahora; mas tambien

El Capitan esperando

Está.

ESCENA II.

EL CAPITAN, EL SARGENTO.—Dichos.

Capitan.

Señores soldados,

Albricias puedo pedir:

De aquí no hemos de salir,

Y hemos de estar alojados

Hasta que Don Lope venga

Con la gente que quedó

[p. 222]En Llerena; que hoy llegó

Orden de que se prevenga

Toda, y no salga de aquí

A Guadalupe, hasta que

Junto todo el tercio esté,

Y él vendrá luego; y así,

Del cansancio bien podrán

Descansar algunos dias.

Reboll.

Albricias pedir podias.

Todos.

¡Víctor nuestro Capitan!

Capitan.

Ya está hecho el alojamiento:

El comisario irá dando

Boletas, como llegando

Fueren.

Chispa.

Hoy saber intento

Por qué dijo, voto á tal,

Aquella jacarandina:

«Huéspeda, máteme una gallina;

Que el carnero me hace mal.» (Vanse.)


Calle.

ESCENA III.

EL CAPITAN, EL SARGENTO.

Capitan.

Señor Sargento, ¿ha guardado

Las boletas para mí,

Que me tocan?

Sarg.

Señor, sí.

Capitan.

¿Y dónde estoy alojado?

Sarg.

En la casa de un villano,

Que el hombre más rico es

Del lugar, de quien despues

[p. 223]He oido que es el más vano

Hombre del mundo, y que tiene

Más pompa y más presuncion

Que un infante de Leon.

Capitan.

Bien á un villano conviene

Rico aquesa vanidad.

Sarg.

Dicen que esta es la mejor

Casa del lugar, señor:

Y si va á decir verdad,

Yo la escogí para tí,

No tanto porque lo sea,

Como porque en Zalamea

No hay tan bella mujer...

Capitan.

Dí.

Sarg.

Como una hija suya.

Capitan.

Pues

Por muy hermosa y muy vana,

¿Será más que una villana

Con malas manos y piés?

Sarg.

¿Que haya en el mundo quien diga

Eso?

Capitan.

¿Pues no, mentecato?

Sarg.

¿Hay más bien gastado rato

(A quien amor no le obliga,

Sino ociosidad no más)

Que el de una villana, y ver

Que no acierta á responder

A propósito jamás?

Capitan.

Cosa es que en toda mi vida,

Ni áun de paso, me agradó;

Porque en no mirando yo

Aseada y bien prendida

Una mujer, me parece

Que no es mujer para mí.

[p. 224]Sarg.

Pues para mí, señor, sí,

Cualquiera que se me ofrece.

Vamos allá; que por Dios,

Que me pienso entretener

Con ella.

Capitan.

¿Quieres saber

Cuál dice bien de los dos?

El que una belleza adora,

Dijo, viendo á la que amó:

«Aquella es mi dama,» y no:

«Aquella es mi labradora.»

Luego si dama se llama

La que se ama, claro es ya

Que en una villana está

Vendido el nombre de dama.

Mas ¿qué ruido es ese?

Sarg.

Un hombre,

Que de un flaco rocinante

A la vuelta desa esquina

Se apeó, y en rostro y talle

Parece á aquel Don Quijote,

De quien Miguel de Cervántes

Escribió las aventuras.

Capitan.

¡Qué figura tan notable!

Sarg.

Vamos, señor; que ya es hora.

Capitan.

Lléveme el Sargento ántes

A la posada la ropa,

Y vuelva luégo á avisarme. (Vanse.)

[p. 225]ESCENA IV.

DON MENDO, NUÑO.

D. Mend.

¿Cómo va el rucio?

Nuño.

Rodado,

Pues no puede menearse.

D. Mend.

¿Dijiste al lacayo, dí,

Que un rato le pasease?

Nuño.

¡Qué lindo pienso!

D. Mend.

No hay cosa

Que tanto á un bruto descanse.

Nuño.

Aténgome á la cebada.

D. Mend.

¿Y que á los galgos no aten,

Dijiste?

Nuño.

Ellos se holgarán;

Mas no el carnicero.

D. Mend.

Baste;

Y pues han dado las tres,

Cálzome palillo y guantes.

Nuño.

¿Si te prenden el palillo

Por palillo falso?

D. Mend.

Si álguien,

Que no he comido un faisan,

Dentro de sí imaginare,

Que allá dentro de sí miente,

Aquí y en cualquiera parte

Le sustentaré.

Nuño.

¿Mejor

No seria sustentarme

A mí, que al otro? que en fin

Te sirvo.

[p. 226]D. Mend.

¡Qué necedades!

—En efecto, ¿que han entrado

Soldados aquesta tarde

En el pueblo?

Nuño.

Sí, señor.

D. Mend.

Lástima da el villanaje

Con los huéspedes que espera.

Nuño.

Más lástima da y más grande

Con los que no espera...

D. Mend.

¿Quién?

Nuño.

La hidalguez; y no te espante;

Que si no alojan, señor,

En cas de hidalgos á nadie,

¿Por qué piensas que es?

D. Mend.

¿Por qué?

Nuño.

Porque no se mueran de hambre.

D. Mend.

En buen descanso esté el alma

De mi buen señor y padre,

Pues en fin me dejó una

Ejecutoria tan grande.

Pintada de oro y azul,

Exencion de mi linaje.

Nuño.

Tomáramos que dejara

Un poco del oro aparte.

D. Mend.

Aunque si reparo en ello,

Y si va á decir verdades,

No tengo que agradecerle

De que hidalgo me engendrase,

Porque yo no me dejara

Engendrar, aunque él porfiase,

Si no fuera de un hidalgo,

En el vientre de mi madre.

Nuño.

Fuera de saber difícil.

D. Mend.

No fuera, sino muy fácil.

[p. 227]Nuño.

¿Cómo, señor?

D. Mend.

Tú, en efecto,

Filosofía no sabes,

Y así ignoras los principios.

Nuño.

Sí, mi señor, y áun los ántes

Y postres, desde que como

Contigo; y es, que al instante,

Mesa divina es tu mesa,

Sin medios, postres ni ántes.

D. Mend.

Yo no digo esos principios.

Has de saber que el que nace,

Sustancia es del alimento

Que ántes comieron sus padres.

Nuño.

¿Luego tus padres comieron?

Esa maña no heredaste.

D Mend.

Esto despues se convierte

En su propia carne y sangre:

Luego si hubiera comido

El mio cebolla, al instante

Me hubiera dado el olor,

Y hubiera dicho yo: «Tate,

Que no me está bien hacerme

De excremento semejante.»

Nuño.

Ahora digo que es verdad...

D. Mend.

¿Qué?

Nuño.

Que adelgaza la hambre

Los ingenios.

D. Mend.

Majadero,

¿Téngola yo?

Nuño.

No te enfades;

Que si no la tienes, puedes

Tenerla, pues de la tarde

Son ya las tres, y no hay greda

Que mejor las manchas saque,

[p. 228]Que tu saliva y la mia.

D. Mend.

Pues esa, ¿es causa bastante

Para tener hambre yo?

Tengan hambre los gañanes;

Que no somos todos unos;

Que á un hidalgo no le hace

Falta el comer.

Nuño.

¡Oh, quién fuera

Hidalgo!

D. Mend.

Y más no me hables

Desto, pues ya de Isabel

Vamos entrando en la calle.

Nuño.

¿Por qué, si de Isabel eres

Tan firme y rendido amante,

A su padre no la pides?

Pues con eso tú y su padre

Remediaréis de una vez

Entrambas necesidades:

Tú comerás, y él hará

Hidalgos sus nietos.

D. Mend.

No hables

Más, Nuño, en eso. ¿Dineros

Tanto habian de postrarme,

Que á un hombre llano por suegro

Habia de admitir?

Nuño.

Pues ántes

Pensé que ser hombre llano,

Para suegro, era importante;

Pues de otros dicen, que son

Tropezones, en que caen

Los yernos. Y si no has

De casarte, ¿por qué haces

Tantos extremos de amor?

D. Mend.

¿Pues no hay sin que yo me case,

[p. 229]Huelgas en Búrgos, adonde

Llevarla, cuando me enfade?

Mira si acaso la ves.

Nuño.

Temo, si acierta á mirarme

Pedro Crespo...

D. Mend.

¿Qué ha de hacerte,

Siendo mi criado, nadie?

Haz lo que manda tu amo.

Nuño.

Sí haré, aunque no he de sentarme

Con él á la mesa.

D. Mend.

Es proprio

De los que sirven, refranes.

Nuño.

Albricias, que con su prima

Inés á la reja sale.

D. Mend.

Dí que por el bello oriente,

Coronado de diamantes,

Hoy, repitiéndose el sol,

Amanece por la tarde.

ESCENA V.

ISABEL é INÉS, á una ventana.—Dichos.

Inés.

Asómate á esa ventana,

Prima, así el cielo te guarde:

Verás los soldados que entran

En el lugar.

Isabel.

No me mandes

Que á la ventana me ponga,

Estando este hombre en la calle,

Inés, pues ya cuánto el verle

En ella me ofende sabes.

Inés.

En notable tema ha dado

[p. 230]De servirte y festejarte.

Isabel.

No soy más dichosa yo.

Inés.

A mi parecer, mal haces

De hacer sentimiento desto.

Isabel.

¿Pues qué habia de hacer?

Inés.

Donaire.

Isabel.

¿Donaire de los disgustos?

D. Mend.

(Llegando á la ventana.)

Hasta aqueste mismo instante,

Jurara yo á fe de hidalgo

(Que es juramento inviolable)

Que no habia amanecido;

Mas ¿qué mucho que lo extrañe,

Hasta que á vuestras auroras

Segundo dia les sale?

Isabel.

Ya os he dicho muchas veces,

Señor Mendo, cuán en balde

Gastais finezas de amor,

Locos extremos de amante

Haciendo todos los dias

En mi casa y en mi calle.

D. Mend.

Si las mujeres hermosas

Supieran cuánto las hace

Más hermosas el enojo,

El rigor, desden y ultraje,

En su vida gastarian

Más afeite que enojarse.

Hermosa estais, por mi vida.

Decid, decid más pesares.

Isabel.

Cuando no baste el decirlos,

Don Mendo, el hacerlos baste

De aquesta manera.—Inés,

Éntrate acá dentro, y dale

Con la ventana en los ojos. (Vase)

[p. 231]Inés.

Señor caballero andante,

Que de aventurero entrais

Siempre en lides semejantes,

Porque de mantenedor

No era para vos tan fácil,

Amor os provea. (Vase.)

D. Mend.

Inés,

Las hermosuras se salen

Con cuanto ellas quieren.—Nuño.

Nuño.

¡Oh que desairados nacen

Todos los pobres!

ESCENA VI.

PEDRO CRESPO; despues JUAN CRESPO.—Dichos.

Crespo.

(Ap.)¡Que nunca

Entre y salga yo en mi calle,

Que no vea á este hidalgote

Pasearse en ella muy grave!

Nuño.

(Ap. á su amo.) Pedro Crespo viene aquí.

D. Mend.

Vamos por esotra parte;

Que es villano malicioso.

(Sale Juan Crespo.)

Juan.

(Ap.) ¡Que siempre que venga, halle

Esta fantasma á mi puerta,

Calzada de frente y guantes!

Nuño.

(Ap. á su amo.) Pero acá viene su hijo.

D. Mend.

No te turbes ni embaraces.

Crespo.

(Ap.) Mas Juanico viene aquí.

Juan.

(Ap.) Pero aquí viene mi padre.

D. Mend.

(Ap. á Nuño. Disimula.) Pedro Crespo,

Dios os guarde.

Crespo.

Dios os guarde.

(Vanse Don Mendo y Nuño.)

[p. 232]ESCENA VII.

PEDRO y JUAN CRESPO.

Crespo.

(Ap.) Él ha dado en porfiar,

Y alguna vez he de darle

De manera que le duela.

Juan.

(Ap. Algun dia he de enojarme.)

¿De dónde bueno, señor?

Crespo.

De las eras; que esta tarde

Salí á mirar la labranza,

Y están las parvas notables

De manojos y montones,

Que parecen al mirarse

Desde léjos montes de oro,

Y áun oro de más quilates,

Pues de los granos de aqueste

Es todo el cielo el contraste.

Allí el bieldo, hiriendo á soplos

El viento en ellos süave,

Deja en esta parte el grano,

Y la paja en la otra parte;

Que áun allí lo más humilde

Da el lugar á lo más grave.

¡Oh, quiera Dios que en las trojes

Yo llegue á encerrarlo, ántes

Que algun turbion me lo lleve,

O algun viento me lo tale!

Tú, ¿qué has hecho?

Juan.

No sé cómo

Decirlo sin enojarte.

A la pelota he jugado

[p. 233]Dos partidos esta tarde,

Y entrambos los he perdido.

Crespo.

Haces bien, si los pagaste.

Juan.

No los pagué; que no tuve

Dineros para ello: ántes

Vengo á pedirte, señor...

Crespo.

Pues escucha ántes de hablarme.

Dos cosas no has de hacer nunca:

No ofrecer lo que no sabes

Que has de cumplir, ni jugar

Más de lo que está delante;

Porque si por accidente

Falta, tu opinion no falte.

Juan.

El consejo es como tuyo;

Y porque debo estimarle,

He de pagarte con otro.

En tu vida no has de darle

Consejo al que ha menester

Dinero.

Crespo.

Bien te vengaste. (Vanse.)


Patio ó portal de la casa de Pedro Crespo.

ESCENA VIII.

CRESPO, JUAN, EL SARGENTO.

Sarg.

¿Vive Pedro Crespo aquí?

Crespo.

¿Hay algo que usted le mande?

Sarg.

Traer á su casa la ropa

De Don Álvaro de Ataide,

Que es el capitan de aquesta

[p. 234]Compañía, que esta tarde

Se ha alojado en Zalamea.

Crespo.

No digais más: eso baste;

Que para servir á Dios,

y al Rey en sus capitanes,

Está mi casa y mi hacienda.

Y en tanto que se le hace

El aposento, dejad

La ropa en aquella parte,

Y id á decirle que venga

Cuando su merced mandare

A que se sirva de todo.

Sarg.

El vendrá luego al instante. (Vase.)

ESCENA IX.

CRESPO, JUAN.

Juan.

¿Que quieras, siendo tan rico,

Vivir á estos hospedajes

Sujeto?

Crespo.

Pues ¿cómo puedo

Excusarlos ni excusarme?

Juan.

Comprando una ejecutoria.

Crespo.

Díme por tu vida, ¿hay álguien

Que no sepa que yo soy,

Si bien de limpio linaje,

Hombre llano? No por cierto:

Pues ¿qué gano yo en comprarle

Una ejecutoria al Rey,

Si no le compro la sangre?

¿Dirán entónces que soy

Mejor que ahora? Es dislate.

[p. 235]Pues ¿qué diran? Que soy noble

Por cinco ó seis mil reales.

Y eso es dinero, y no es honra;

Que honra no la compra nadie.

¿Quieres, aunque sea trivial,

Un ejemplillo escucharme?

Es calvo un hombre mil años,

Y al cabo dellos se hace

Una cabellera. Este

En opiniones vulgares,

¿Deja de ser calvo? No,

Pues que dicen al mirarle:

«¡Bien puesta la cabellera

Trae Fulano!» Pues ¿qué hace,

Si aunque no le vean la calva,

Todos que la tiene saben?

Juan.

Enmendar su vejacion,

Remediarse de su parte,

Y redimir las molestias

Del sol, del hielo y del aire.

Crespo.

Yo no quiero honor postizo,

Que el defecto ha de dejarme

En casa. Villanos fueron

Mis abuelos y mis padres;

Sean villanos mis hijos.

Llama á tu hermana.

Juan.

Ella sale.

[p. 236]ESCENA X.

ISABEL, INÉS.—CRESPO, JUAN.

Crespo.

Hija, el Rey nuestro señor,

Que el cielo mil años guarde,

Va á Lisboa, porque en ella

Solicita coronarse

Como legítimo dueño:

A cuyo efecto marciales

Tropas caminan con tantos

Aparatos militares

Hasta bajar á Castilla

El tercio viejo de Flándes

Con un Don Lope, que dicen

Todos que es español Marte.

Hoy han de venir á casa

Soldados, y es importante

Que no te vean; y así, hija,

Al punto has de retirarte

En esos desvanes, donde

Yo vivia.

Isabel.

A suplicarte

Me dieses esta licencia

Venía. Yo sé que el estarme

Aquí, es estar solamente

A escuchar mil necedades.

Mi prima y yo en ese cuarto

Estaremos, sin que nadie,

Ni áun el mismo sol, hoy sepa

De nosotras.

Crespo.

Dios os guarde.

[p. 237]Juanito, quédate aquí,

Recibe á huéspedes tales,

Miéntras busco en el lugar

Algo con que regalarles. (Vase.)

Isabel.

Vamos, Inés.

Inés.

Vamos, prima;

Mas tengo por disparate

El guardar á una mujer,

Si ella no quiere guardarse.

(Vanse Isabel y Juan.)

ESCENA XI.

EL CAPITAN, EL SARGENTO.—JUAN.

Sarg.

Esta es, señor, la casa.

Capitan.

Pues del cuerpo de guardia al punto pasa

Toda mi ropa.

Sarg.

(Ap. al Capitan.) Quiero

Registrar la villana lo primero. (Vase.)

Juan.

Vos seais bien venido

A aquesta casa; que ventura ha sido

Grande venir á ella un caballero

Tan noble como en vos le considero.

(Ap. ¡Qué galan! ¡Qué alentado!

Envidia tengo al traje de soldado.)

Capitan.

Vos seais bien hallado.

Juan.

Perdonaréis no estar acomodado;

Que mi padre quisiera

Que hoy un alcázar esta casa fuera.

Él ha ido á buscaros

Que comais; que desea regalaros,

Y yo voy á que esté vuestro aposento

[p. 238]Aderezado.

Capitan.

Agradecer intento

La merced y el cuidado.

Juan.

Estaré siempre á vuestros piés postrado.

(Vase.)

ESCENA XII.

EL SARGENTO.—EL CAPITAN.

Capitan.

¿Qué hay, Sargento? ¿Has ya visto

A la tal labradora?

Sarg.

Vive Cristo,

Que con aquese intento

No he dejado cocina ni aposento,

Y no la he encontrado.

Capitan.

Sin duda el villanchon la ha retirado.

Sarg.

Pregunté á una criada

Por ella, y respondióme que ocupada

Su padre la tenía

En ese cuarto alto, y que no habia

De bajar nunca acá; que es muy celoso.

Capitan.

¿Qué villano no ha sido malicioso?

Si acaso aquí la viera,

Della caso no hiciera;

Y sólo porque el viejo la ha guardado,

Deseo, vive Dios, de entrar me ha dado

Donde está.

Sarg.

Pues ¿qué haremos

Para que allá, señor, con causa entremos,

Sin dar sospecha alguna?

Capitan.

Sólo por tema la he de ver, y una

Industria he de buscar.

[p. 239]Sarg.

Aunque no sea

De mucho ingenio, para quien la vea

Hoy, no importará nada;

Que con eso será más celebrada.

Capitan.

Óyela, pues, ahora.

Sarg.

Dí, ¿qué ha sido?

Capitan.

Tú has de fingir...—Mas no; pues ha venido

(Viendo venir á Rebolledo.)

Ese soldado, que es más despejado,

Él fingirá mejor lo que he trazado.

ESCENA XIII.

REBOLLEDO, LA CHISPA.—Dichos.

Reboll.

(A la Chispa.) Con este intento vengo

A hablar al Capitan, por ver si tengo

Dicha en algo.

Chispa.

Pues háblale de modo

Que le obligues; que en fin no ha de ser todo

Desatino y locura.

Reboll.

Préstame un poco tú de tu cordura.

Chispa.

Poco y mucho pudiera.

Reboll.

Miéntras hablo con él, aquí me espera.

(Adelántase.)

—Yo vengo á suplicarte...

Capitan.

En cuanto puedo

Ayudaré, por Dios, á Rebolledo,

Porque me ha aficionado

Su despejo y su brío.

Sarg.

Es gran soldado.

Capitan.

Pues ¿qué hay que se ofrezca?

[p. 240]Reboll.

Yo he perdido

Cuanto dinero tengo y he tenido

Y he de tener, porque de pobre juro

En presente, pretérito y futuro.

Hágaseme merced de que, por vía

De ayudilla de costa, aqueste dia

El alférez me dé...

Capitan.

Diga: ¿qué intenta?

Reboll.

El juego del boliche por mi cuenta;

Que soy hombre cargado

De obligaciones, y hombre al fin honrado.

Capitan.

Digo que eso es muy justo,

Y el alférez sabrá que ese es mi gusto.

Chispa.

(Ap.) Bien le habla el capitan. ¡Oh si me viera

Llamar de todos yo la Bolichera!

Reboll.

Daréle ese recado.

Capitan.

Oye, primero

Que le lleves. De tí fiarme quiero

Para cierta invencion que he imaginado,

Con que salir espero de un cuidado.

Reboll.

Pues ¿qué es lo que se aguarda?

Lo que tarda en saberse, es lo que tarda

En hacerse.

Capitan.

Escúchame. Yo intento

Subir á ese aposento

Por ver si en él una persona habita,

Que de mí hoy esconderse solicita.

Reboll.

Pues ¿por qué á él no subes?

Capitan.

No quisiera

Sin que alguna color para esto hubiera,

Por disculparlo más; y así, fingiendo

Que yo riño contigo, has de irte huyendo

Por ahí arriba. Entónces yo enojado,

La espada sacaré: tú, muy turbado,

[p. 241]Has de entrarte hasta donde

La persona que busco se me esconde.

Reboll.

Bien informado quedo.

Chispa.

(Ap.) Pues habla el Capitan con Rebolledo

Hoy de aquella manera,

Desde hoy me llamarán la Bolichera.

Reboll.

(Alzando la voz.) ¡Vive Dios, que han tenido

Esta ayuda de costa que he pedido,

Un ladron, un gallina y un cuitado!

Y ahora que la pide un hombre honrado,

¡No se la dan!

Chispa.

(Ap.)Ya empieza su tronera.

Capitan.

¿Pues cómo me habla á mí desa manera?

Reboll.

¿No tengo de enojarme,

Cuando tengo razon?

Capitan.

No, ni ha de hablarme.

Y agradezca que sufro aqueste exceso.

Reboll.

Ucé es mi capitan: sólo por eso

Callaré; mas por Dios, que si tuviera

La bengala en la mano...

Capitan.

(Echando mano á la espada.) ¿Qué me hiciera?

Chispa.

Tente, señor. (Ap. Su muerte considero.)

Reboll.

Que me hablara mejor.

Capitan.

¿Qué es lo que espero,

Que no doy muerte á un pícaro atrevido?

(Desenvaina.)

Reboll.

Huyo, por el respeto que he tenido

A esa insignia.

Capitan.

Aunque huyas,

Te he de matar.

Chispa.

Ya él hizo de las suyas.

Sarg.

Tente, señor.

Chispa.

Escucha.

Sarg.

Aguarda, espera.

[p. 242]Chispa.

Ya no me llamarán la Bolichera.

(Vase el Capitan corriendo tras Rebolledo; el Sargento tras el Capitan: sale Juan con espada, y despues su padre.)

ESCENA XIV.

JUAN, CRESPO.—LA CHISPA.

Juan.

Acudid todos presto.

Crespo.

¿Qué ha sucedido aquí?

Juan.

¿Qué ha sido esto?

Chispa.

Que la espada ha sacado

El Capitan aquí para un soldado,

Y, esa escalera arriba,

Sube tras él.

Crespo.

¿Hay suerte más esquiva?

Chispa.

Subid todos tras él.

Juan.

(Ap.)Accion fué vana

Esconder á mi prima y á mi hermana. (Vanse.)


Cuarto alto en la misma casa.

ESCENA XV.

REBOLLEDO, huyendo; y se encuentra con ISABEL é INÉS; despues, EL CAPITAN y EL SARGENTO.

Reboll.

Señoras, pues siempre ha sido

Sagrado el que es templo, hoy

Sea mi sagrado aqueste,

Puesto que es templo de amor.

[p. 243]Isabel.

¿Quién á huir desa manera

Os obliga?

Inés.

¿Qué ocasion

Teneis de entrar hasta aquí?

Isabel.

¿Quién os sigue ó busca?

(Salen el Capitan y el Sargento.)

Capitan.

Yo,

Que tengo de dar la muerte

Al pícaro ¡vive Dios!

Si pensase...

Isabel.

Detenéos,

Siquiera porque, señor,

Vino á valerse de mí;

Que los hombres como vos

Han de amparar las mujeres,

Si no por lo que ellas son,

Porque son mujeres; que esto

Basta, siendo vos quien sois.

Capitan.

No pudiera otro sagrado

Librarle de mi furor,

Sino vuestra gran belleza:

Por ella vida le doy.

Pero mirad que no es bien

En tan precisa ocasion

Hacer vos el homicidio

Que no quereis que haga yo.

Isabel.

Caballero, si cortés

Poneis en obligacion

Nuestras vidas, no zozobre

Tan presto la intercesion.

Que dejeis este soldado

Os suplico; pero no

Que cobreis de mí la deuda

A que agradecida estoy.

[p. 244]Capitan.

No sólo vuestra hermosura

Es de rara perfeccion,

Pero vuestro entendimiento

Lo es tambien, porque hoy en vos

Alïanza están jurando

Hermosura y discrecion.

ESCENA XVI.

CRESPO y JUAN, con espadas desnudas; LA CHISPA.—Dichos.

Crespo.

¿Cómo es eso, caballero?

¿Cuando pensó mi temor

Hallaros matando un hombre,

Os hallo...

Isabel.

(Ap.)¡Válgame Dios!

Crespo.

Requebrando una mujer?

Muy noble, sin duda, sois,

Pues que tan presto se os pasan

Los enojos.

Capitan.

Quien nació

Con obligaciones, debe

Acudir á ellas, y yo

Al respeto desta dama

Suspendí todo el furor.

Crespo.

Isabel es hija mia,

Y es labradora, señor.

Que no dama.

Juan.

(Ap.¡Vive el cielo,

Que todo ha sido invencion

Para haber entrado aquí!

Corrido en el alma estoy

[p. 245]De que piensen que me engañan,

Y no ha de ser.) Bien, señor

Capitan, pudierais ver

Con más segura atencion

Lo que mi padre desea

Hoy serviros, para no

Haberle hecho este disgusto.

Crespo.

¿Quién os mete en eso á vos,

Rapaz? ¿Qué disgusto ha habido?

Si el soldado le enojó,

¿No habia de ir tras él? Mi hija

Estima mucho el favor

Del haberle perdonado,

Y el de su respeto yo.

Capitan.

Claro está que no habrá sido

Otra causa, y ved mejor

Lo que decís.

Juan.

Yo lo he visto

Muy bien.

Crespo.

Pues ¿cómo hablais vos

Así?

Capitan.

Porque estais delante,

Más castigo no le doy

A este rapaz.

Crespo.

Detened,

Señor Capitan; que yo

Puedo tratar á mi hijo

Como quisiere, y no vos.

Juan.

Y yo sufrirlo á mi padre,

Mas á otra persona no.

Capitan.

¿Qué habiais de hacer?

Juan.

Perder

La vida por la opinion.

Capitan.

¿Qué opinion tiene un villano?

[p. 246]Juan.

Aquella misma que vos;

Que no hubiera un capitan,

Si no hubiera un labrador.

Capitan.

¡Vive Dios, que ya es bajeza

Sufrirlo!

Crespo.

Ved que yo estoy

De por medio. (Sacan las espadas.)

Reboll.

¡Vive Cristo,

Chispa, que ha de haber hurgon!

Chispa

(Voceando.) ¡Aquí del cuerpo de guardia!

Reboll.

¡Don Lope! (Ap. Ojo avizor.)

ESCENA XVII.

DON LOPE, con hábito muy galan y bengala; SOLDADOS, UN TAMBOR.—Dichos.

D. Lope.

¿Qué es aquesto? La primera

Cosa que he de encontrar hoy,

Acabado de llegar,

¿Ha de ser una cuestion?

Capitan.

(Ap.) ¡A qué mal tiempo Don Lope

De Figueroa llegó!

Crespo.

(Ap.) Por Dios que se las tenía

Con todos el rapagon.

D. Lope.

¿Qué ha habido? ¿Qué ha sucedido?

Hablad, porque ¡vive Dios,

Que á hombres, mujeres y casa

Eche por un corredor!

¿No me basta haber subido

Hasta aquí, con el dolor

Desta pierna, que los diablos

Llevaran, amén, sinó

[p. 247]No decirme: «Aquesto ha sido?»

Crespo.

Todo esto es nada, señor.

D. Lope.

Hablad, decid la verdad.

Capitan.

Pues es que alojado estoy

En esta casa: un soldado...

D. Lope.

Decid.

Capitan.

Ocasion me dió

A que sacase con él

La espada: hasta aquí se entró

Huyendo; entréme tras él

Donde estaban esas dos

Labradoras; y su padre

Y su hermano, ó lo que son,

Se han disgustado de que

Entrase hasta aquí.

D. Lope.

Pues yo

A tan buen tiempo he llegado,

Satisfaré á todos hoy.

¿Quién fué el soldado, decid,

Que á su capitan le dió

Ocasion de que sacase

La espada?

Reboll.

(Ap.)¿A que pago yo

Por todos?

Isabel.

Aqueste fué

El que huyendo hasta aquí entró.

D. Lope.

Dénle dos tratos de cuerda.

Reboll.

¿Tra-qué han de darme, señor?

D. Lope.

Tratos de cuerda.

Reboll.

Yo hombre

De aquesos tratos no soy.

Chispa.

(Ap.) Desta vez me le estropean.

Capitan.

(Ap. á él.) ¡Ah, Rebolledo! por Dios,

Que nada digas: yo haré

[p. 248]Que te libren.

Reboll.

(Ap. al Capitan. ¿Cómo no

Lo he de decir, pues si callo,

Los brazos me pondrán hoy

Atras como mal soldado?)

El Capitan me mandó

Que fingiese la pendencia,

Para tener ocasion

De entrar aquí.

Crespo.

Ved ahora

Si hemos tenido razon.

D. Lope.

No tuvisteis para haber

Así puesto en ocasion

De perderse este lugar.—

Hola, echa un bando, tambor,

Que al cuerpo de guardia vayan

Los soldados cuantos son,

Y que no salga ninguno,

Pena de muerte, en todo hoy.—

Y para que no quedeis

Con aqueste empeño vos,

Y vos con este disgusto,

Y satisfechos los dos,

Buscad otro alojamiento;

Que yo en esta casa estoy

Desde hoy alojado, en tanto

Que á Guadalupe no voy,

Donde está el Rey.

Capitan.

Tus preceptos

Ordenes precisas son

Para mí.

(Vanse el Capitan, los soldados y la Chispa.)

Crespo.

Entráos allá dentro.

(Vanse Isabel, Inés y Juan.)

[p. 249]ESCENA XVIII.

CRESPO, DON LOPE.

Crespo.

Mil gracias, señor, os doy

Por la merced que me hicisteis

De excusarme la ocasion

De perderme.

D. Lope.

¿Cómo habiais,

Decid, de perderos vos?

Crespo.

Dando muerte á quien pensara

Ni áun el agravio menor...

D. Lope.

¿Sabeis, vive Dios, que es

Capitan?

Crespo.

Sí, vive Dios;

Y aunque fuera el general,

En tocando á mi opinion,

Le matara.

D. Lope.

A quien tocara,

Ni áun al soldado menor,

Solo un pelo de la ropa,

Viven los cielos, que yo

Le ahorcara.

Crespo.

A quien se atreviera

A un átomo de mi honor,

Viven los cielos tambien,

Que tambien le ahorcara yo.

D. Lope.

¿Sabeis que estais obligado

A sufrir, por ser quien sois,

Estas cargas?

Crespo.

Con mi hacienda;

Pero con mi fama no.

[p. 250]Al Rey la hacienda y la vida

Se ha de dar; pero el honor

Es patrimonio del alma,

Y el alma sólo es de Dios.

D. Lope.

¡Vive Cristo, que parece

Que vais teniendo razon!

Crespo.

Sí, vive Cristo, porque

Siempre la he tenido yo.

D. Lope.

Yo vengo cansado, y esta

Pierna que el diablo me dió,

Ha menester descansar.

Crespo.

Pues ¿quién os dice que no?

Ahí me dió el diablo una cama,

Y servirá para vos.

D. Lope.

¿Y dióla hecha el diablo?

Crespo.

Sí.

D. Lope.

Pues á deshacerla voy;

Que estoy, voto á Dios, cansado.

Crespo.

Pues descansad, voto á Dios.

D. Lope.

(Ap.) Testarudo es el villano:

Tan bien jura como yo.

Crespo.

(Ap.) Caprichudo es el Don Lope:

No haremos migas los dos.


[p. 251]

JORNADA SEGUNDA.


Calle.

ESCENA PRIMERA.

DON MENDO, NUÑO.

D. Mend.

¿Quién te contó todo eso?

Nuño.

Todo esto contó Ginesa,

Su criada.

D. Mend.

¡El Capitan,

Despues de aquella pendencia

Que en su casa tuvo (fuese

Ya verdad ó ya cautela),

Ha dado en enamorar

A Isabel!

Nuño.

Y de manera,

Que tan poco humo en su casa

Él hace como en la nuestra

Nosotros. En todo el dia

Se ve apartar de la puerta:

No hay hora que no la envíe

Recados: con ellos entra

Y sale un mal soldadillo,

Confidente suyo.

[p. 252]D. Mend.

Cesa;

Que es mucho veneno, mucho,

Para que el alma lo beba

De una vez.

Nuño.

Y más no habiendo

En el estómago fuerzas

Con que resistirle.

D. Mend.

Hablemos

Un rato, Nuño, de véras.

Nuño.

¡Pluguiera á Dios fueran burlas!

D. Mend.

¿Y qué le responde ella?

Nuño.

Lo que á tí, porque Isabel

Es deidad hermosa y bella,

A cuyo cielo no empañan

Los vapores de la tierra.

D. Mend.

¡Buenas nuevas te dé Dios!

(Al hacer la exclamacion da una manotada á Nuño en el rostro.)

Nuño.

A tí te dé mal de muelas;

Que me has quebrado dos dientes.

Mas bien has hecho, si intentas

Reformarlos, por familia

Que no sirve ni aprovecha.—

El Capitan.

D. Mend.

¡Vive Dios,

Si por el honor no fuera

De Isabel, que le matara!

Nuño.

(Ap.) Más será por tu cabeza.

D. Mend.

Escucharé retirado.—

Aquí á esta parte te llega.

[p. 253]ESCENA II.

EL CAPITAN, EL SARGENTO, REBOLLEDO.—DON MENDO y NUÑO, retirados.

Capitan.

Este fuego, esta pasion,

No es amor solo, que es tema,

Es ira, es rabia, es furor.

Reboll.

¡Oh! ¡nunca, señor, hubieras

Visto á la hermosa villana,

Que tantas ánsias te cuesta!

Capitan.

¿Qué te dijo la criada?

Reboll.

¿Ya no sabes sus respuestas?

D. Mend.

(Ap. á Nuño.) Esto ha de ser: pues ya tiende

La noche sus sombras negras,

Antes que se haya resuelto

A lo mejor mi prudencia,

Ven á armarme.

Nuño.

¡Pues qué! ¿tienes

Más armas, señor, que aquellas

Que están en un azulejo

Sobre el marco de la puerta?

D. Mend.

En mi guadarnes presumo

Que hay para tales empresas

Algo que ponerme.

Nuño.

Vamos

Sin que el Capitan nos sienta. (Vanse.)

ESCENA III.

EL CAPITAN, EL SARGENTO, REBOLLEDO.

Capitan.

¡Que en una villana haya

Tan hidalga resistencia,

[p. 254]Que no me haya respondido

Una palabra siquiera

Apacible!

Sarg.

Estas, señor,

No de los hombres se prendan

Como tú: si otro villano

La festejara y sirviera,

Hiciera más caso dél:

Fuera de que son tus quejas

Sin tiempo. Si te has de ir

Mañana, ¿para qué intentas

Que una mujer en un dia

Te escuche y te favorezca?

Capitan.

En un dia el sol alumbra

Y falta; en un dia se trueca

Un reino todo; en un dia

Es edificio una peña;

En un dia una batalla

Pérdida y victoria ostenta;

En un dia tiene el mar

Tranquilidad y tormenta;

En un dia nace un hombre

Y muere: luego pudiera

En un dia ver mi amor

Sombra y luz como planeta,

Pena y dicha como imperio,

Gente y brutos como selva,

Paz y inquietud como mar,

Triunfo y ruina como guerra,

Vida y muerte como dueño

De sentidos y potencias:

Y habiendo tenido edad

En un dia su violencia

De hacerme tan desdichado,

[p. 255]¿Por qué, por qué no pudiera

Tener edad en un dia

De hacerme dichoso? ¿Es fuerza

Que se engendren más despacio

Las glorias que las ofensas?

Sarg.

Verla una vez solamente

¿A tanto extremo te fuerza?

Capitan.

¿Qué más causa habia de haber,

Llegando á verla, que verla?

De sola una vez á incendio

Crece una breve pavesa;

De una vez sola un abismo

Sulfúreo volcan revienta;

De una vez se enciende el rayo,

Que destruye cuanto encuentra;

De una vez escupe horror

La más reformada pieza;

¿De una vez amor, qué mucho,

Fuego de cuatro maneras,

Mina, incendio, pieza y rayo,

Postre, abrase, asombre y hiera?

Sarg.

¿No decias que villanas

Nunca tenían belleza?

Capitan.

Y áun aquesa confianza

Me mató, porque el que piensa

Que va á un peligro, ya va

Prevenido á la defensa;

Quien va á una seguridad,

Es el que más riesgo lleva,

Por la novedad que halla,

Si acaso un peligro encuentra.

Pensé hallar una villana;

Si hallé una deidad, ¿no era

Preciso que peligrase

[p. 256]En mi misma inadvertencia?

En toda mi vida ví

Más divina, más perfecta

Hermosura. ¡Ay, Rebolledo!

No sé qué hiciera por verla.

Reboll.

En la compañía hay soldado

Que canta por excelencia,

Y la Chispa, que es mi alcaida

Del boliche, es la primera

Mujer en jacarear.

Haya, señor, jira y fiesta

Y música á su ventana;

Que con esto podrás verla,

Y áun hablarla.

Capitan.

Como está

Don Lope allí, no quisiera

Despertarle.

Reboll.

Pues Don Lope

¿Cuándo duerme, con su pierna?

Fuera, señor, que la culpa,

Si se entiende, será nuestra,

No tuya, si de rebozo

Vas en la tropa.

Capitan.

Aunque tenga

Mayores dificultades,

Pase por todas mi pena.

Juntáos todos esta noche;

Mas de suerte que no entiendan

Que yo lo mando. ¡Ah, Isabel,

Qué de cuidados me cuestas!

(Vanse el Capitan y el Sargento.)

[p. 257]ESCENA IV.

LA CHISPA.—REBOLLEDO.

Chispa.

(Dentro.) Tenga esa.

Reboll.

Chispa, ¿qué es eso?

Chispa.

Ahí un pobrete, que queda

Con un rasguño en el rostro.

Reboll.

¿Pues por qué fué la pendencia?

Chispa.

Sobre hacerme alicantina

Del barato de hora y media

Que estuvo echando las bolas,

Teniéndome muy atenta

A si eran pares ó nones:

Canséme y dile con esta. (Saca la daga.)

Miéntras que con el barbero

Poniéndose en puntos queda,

Vamos al cuerpo de guardia;

Que allá te daré la cuenta.

Reboll.

¡Bueno es estar de mohina,

Cuando vengo yo de fiesta!

Chispa.

Pues ¿qué estorba el uno al otro?

Aquí está la castañeta:

¿Qué se ofrece que cantar?

Reboll.

Ha de ser cuando anochezca,

Y música más fundada.

Vamos, y no te detengas.

Anda acá al cuerpo de guardia.

Chispa.

Fama ha de quedar eterna

De mí en el mundo, que soy

Chispilla la Bolichera. (Vanse.)


[p. 258]Sala baja de casa de Crespo, con vistas y salida á un jardin. Ventana á un lado.

ESCENA V.

DON LOPE, CRESPO.

Crespo.

(Dentro.) En este paso, que está

Más fresco, poned la mesa

Al señor Don Lope. Aquí

Os sabrá mejor la cena;

Que al fin los dias de Agosto

No tienen más recompensa

Que sus noches.

D. Lope.

Apacible

Estancia en extremo es esta.

Crespo.

Un pedazo es de jardin,

En que mi hija se divierta.

Sentáos; que el viento suave

Que en las blandas hojas suena

Destas parras y estas copas,

Mil cláusulas lisonjeras

Hace al compas desta fuente,

Cítara de plata y perlas,

Porque son en trastes de oro

Las guijas templadas cuerdas.

Perdonad si de instrumentos

Solos la música suena,

Sin cantores que os deleiten,

Sin voces que os entretengan;

Que como músicos son

Los pájaros que gorjean,

No quieren cantar de noche,

[p. 259]Ni yo puedo hacerles fuerza.

Sentáos, pues, y divertid

Esa contínua dolencia.

D. Lope.

No podré; que es imposible

Que divertimiento tenga.

¡Válgame Dios!

Crespo.

Valga, amén.

D. Lope.

Los cielos me den paciencia.

Sentáos, Crespo.

Crespo.

Yo estoy bien.

D. Lope.

Sentáos.

Crespo.

Pues me dais licencia,

Digo, señor, que obedezco.

Aunque excusarlo pudierais. (Siéntase.)

D. Lope.

¿No sabeis qué he reparado?

Que ayer la cólera vuestra

Os debió de enajenar

De vos.

Crespo.

Nunca me enajena

A mí de mí nada.

D. Lope.

Pues

¿Cómo ayer, sin que os dijera

Que os sentarais, os sentasteis,

Y áun en la silla primera?

Crespo.

Porque no me lo dijisteis;

Y hoy, que lo decís, quisiera

No hacerlo: la cortesía,

Tenerla con quien la tenga.

D. Lope.

Ayer todo erais reniegos,

Porvidas, votos y pesias;

Y hoy estais más apacible.

Con más gusto y más prudencia.

Crespo.

Yo, señor, respondo siempre

En el tono y en la letra

[p. 260]Que me hablan: ayer vos

Así hablabais, y era fuerza

Que fueran de un mismo tono

La pregunta y la respuesta.

Demas de que yo he tomado

Por política discreta

Jurar con aquel que jura,

Rezar con aquel que reza.

A todo hago compañía;

Y es aquesto de manera,

Que en toda la noche pude

Dormir, en la pierna vuestra

Pensando, y amanecí

Con dolor en ambas piernas;

Que por no errar la que os duele,

Si es la izquierda ó la derecha,

Me dolieron á mí entrambas.

Decidme por vida vuestra

Cuál es, y sépalo yo,

Porque una sola me duela.

D. Lope.

¿No tengo mucha razon

De quejarme, si há ya treinta

Años que asistiendo en Flándes

Al servicio de la guerra,

El invierno con la escarcha,

Y el verano con la fuerza

Del sol, nunca descansé,

Y no he sabido qué sea

Estar sin dolor un hora?

Crespo.

¡Dios, señor, os dé paciencia!

D. Lope.

¿Para qué la quiero yo?

Crespo.

No os la dé.

D. Lope.

Nunca acá venga,

Sino que dos mil demonios

[p. 261]Carguen conmigo y con ella.

Crespo.

Amén, y si no lo hacen,

Es por no hacer cosa buena.

D. Lope.

¡Jesus mil veces, Jesus!

Crespo.

Con vos y conmigo sea.

D. Lope.

¡Vive Cristo, que me muero!

Crespo.

¡Vive Cristo, que me pesa!

ESCENA VI.

JUAN, que saca la mesa.—DON LOPE, CRESPO.

Juan.

Ya tienes la mesa aquí.

D. Lope.

¿Cómo á servirla no entran

mis criados?

Crespo.

Yo, señor,

Dije, con vuestra licencia,

Que no entraran á serviros,

Y que en mi casa no hicieran

Prevenciones; que á Dios gracias,

Pienso que no os falte en ella

Nada.

D. Lope.

Pues no entran criados,

Hacedme merced que venga

Vuestra hija aquí á cenar

Conmigo.

Crespo.

Díla que venga

A tu hermana al punto, Juan. (Vase Juan.)

D. Lope.

Mi poca salud me deja

Sin sospecha en esta parte.

Crespo.

Aunque vuestra salud fuera,

Señor, la que yo os deseo,

Me dejara sin sospecha.

[p. 262]Agravio haceis á mi amor;

Que nada deso me inquieta:

Pues decirla que no entrara

Aquí, fué con advertencia

De que no estuviese á oir

Ociosas impertinencias;

Que si todos los soldados

Corteses como vos fueran,

Ella habia de asistir

A servirlos la primera.

D. Lope.

(Ap.) ¡Qué ladino es el villano,

O cómo tiene prudencia!

ESCENA VII.

JUAN, INÉS, ISABEL.—DON LOPE, CRESPO.

Isabel.

¿Qué es, señor, lo que me mandas?

Crespo.

El señor Don Lope intenta

Honraros: él es quien llama.

Isabel.

Aquí está una esclava vuestra.

D. Lope.

Serviros intento yo.

(Ap. ¡Qué hermosura tan honesta!)

Que ceneis conmigo quiero.

Isabel.

Mejor es que á vuestra cena

Sirvamos las dos.

D. Lope.

Sentáos.

Crespo.

Sentáos, haced lo que ordena

El señor Don Lope.

Isabel.

Esté

El mérito en la obediencia.

(Siéntanse.—Tocan dentro guitarras.)

D. Lope.

¿Qué es aquello?

[p. 263]Crespo.

Por la calle

Los soldados se pasean

Tocando y cantando.

D. Lope.

Mal

Los trabajos de la guerra

Sin aquesta libertad

Se llevaran; que es estrecha

Religion la de un soldado,

Y darla ensanches es fuerza.

Juan.

Con todo eso, es linda vida.

D. Lope.

¿Fuérades con gusto á ella?

Juan.

Sí, señor, como llevara

Por amparo á Vuecelencia.

ESCENA VIII.

Soldados, REBOLLEDO.—Dichos.

Un sold.

(Dentro.) Mejor se cantará aquí.

Reboll.

(Dentro.) Vaya á Isabel una letra,

Y porque despierte, tira

A su ventana una piedra.

(Suena una piedra en una ventana.)

Crespo.

(Ap.) A ventana señalada

Va la música: paciencia.

Una voz.

(Canta dentro.)

Las flores del romero,

Niña Isabel,

Hoy son flores azules,

Y mañana serán miel.

D. Lope.

(Ap. Música, vaya; mas esto

De tirar es desvergüenza...

¡Y á la casa donde estoy

[p. 264]

Venirse á dar cantaletas!...

Pero disimularé

Por Pedro Crespo y por ella.)

¡Qué travesuras!

Crespo.

Son mozos.

(Ap. Si por Don Lope no fuera,

Yo les hiciera...)

Juan.

(Ap.)Si yo

Una rodelilla vieja,

Que en el cuarto de Don Lope

Está colgada, pudiera

Sacar... (Hace que se va.)

Crespo.

¿Dónde vais, mancebo?

Juan.

Voy á que traigan la cena.

Crespo.

Allá hay mozos que la traigan.

Solds.

(Dentro, cantando.)

Despierta, Isabel, despierta.

Isabel.

(Ap.) ¿Qué culpa tengo yo, cielos,

Para estar á esto sujeta?

D. Lope.

Ya no se puede sufrir,

Porque es cosa muy mal hecha.

(Arroja la mesa.)

Crespo.

Pues ¡y cómo que lo es!

(Arroja la silla.)

D. Lope.

(Ap. Lléveme de mi impaciencia.)

¿No es, decidme, muy mal hecho

Que tanto una pierna duela?

Crespo.

Deso mismo hablaba yo.

D. Lope.

Pensé que otra cosa era.

Como arrojasteis la silla...

Crespo.

Como arrojasteis la mesa

Vos, no tuve que arrojar

Otra cosa yo más cerca.

(Ap. Disimulemos, honor.)

[p. 265]D. Lope.

(Ap. ¡Quién en la calle estuviera!)

Ahora bien, cenar no quiero.

Retiráos.

Crespo.

En hora buena.

D. Lope.

Señora, quedad con Dios.

Isabel.

El cielo os guarde.

D. Lope.

(Ap.)A la puerta

De la calle ¿no es mi cuarto?

Y en él ¿no está una rodela?

Crespo.

(Ap.) ¿No tiene puerta el corral,

Y yo una espadilla vieja?

D. Lope.

Buenas noches.

Crespo.

Buenas noches.

(Ap. Encerraré por defuera

A mis hijos.)

D. Lope.

(Ap.)Dejaré

Un poco la casa quieta.

Isabel.

(Ap.) ¡Oh qué mal, cielos, los dos

Disimulan que les pesa!

Inés.

(Ap.) Mal el uno por el otro

Van haciendo la deshecha.

Crespo.

¡Hola, mancebo!...

Juan.

Señor.

Crespo.

Acá está la cama vuestra. (Vanse.)


Calle.

ESCENA IX.

EL CAPITAN, EL SARGENTO; LA CHISPA, y REBOLLEDO, con guitarras; SOLDADOS.

Reboll.

Mejor estamos aquí.

El sitio es más oportuno:

[p. 266]Tome rancho cada uno.

Chispa.

¿Vuelve la música?

Reboll.

Sí.

Chispa.

Ahora estoy en mi centro.

Capitan.

¡Que no haya una ventana

Entreabierto esta villana!

Sarg.

Pues bien lo oyen allá adentro.

Chispa.

Espera.

Sarg.

Será á mi costa.

Reboll.

No es más de hasta ver quién es

Quien llega.

Chispa.

Pues qué, ¿no ves

Un jinete de la costa?

ESCENA X.

DON MENDO con adarga, NUÑO.—Dichos.

D. Mend.

(Ap. á Nuño.) ¿Ves bien lo que pasa?

Nuño.

No,

No veo bien; pero bien

Lo escucho.

D. Mend.

¿Quién, cielos, quién

Esto puede sufrir?

Nuño.

Yo.

D. Mend.

¿Abrirá acaso Isabel

La ventana?

Nuño.

Sí abrirá.

D. Mend

No hará, villano.

Nuño.

No hará.

D. Mend.

¡Ah, celos, pena cruel!

Bien supiera yo arrojar

A todos á cuchilladas

[p. 267]De aquí; mas disimuladas

Mis desdichas han de estar,

Hasta ver si ella ha tenido

Culpa dello.

Nuño.

Pues aquí

Nos sentemos.

D. Mend.

Bien: así

Estaré desconocido.

Reboll.

Pues ya el hombre se ha sentado,

Si ya no es que ser ordena

Alguna alma que anda en pena,

De las cañas que ha jugado,

Con su adarga á cuestas, da

Voz al aire. (A la Chispa.)

Chispa.

Ya él la lleva.

Reboll.

Va una jácara tan nueva,

Que corra sangre.

Chispa.

Sí hará.

ESCENA XI.

DON LOPE y CRESPO, á un tiempo, con broqueles, y cada uno por su lado.—Dichos.

Chispa.

(Canta.) Erase cierto Sampayo,

La flor de los andaluces,

El jaque de mayor porte

Y el rufo de mayor lustre.

Este, pues, á la Chillona

Halló un dia...

Reboll.

No le culpen

La fecha; que el asonante

Quiere que haya sido en lúnes.

[p. 268]Chispa.

Halló, digo, á la Chillona,

Que brindando entre dos luces,

Ocupaba con el Garlo

La casa de las azumbres.

El Garlo, que siempre fué,

En todo lo que le cumple,

Rayo de tejado abajo,

Porque era rayo sin nube,

Sacó la espada, y á un tiempo

De tajo y reves sacude.

Crespo.

Sería desta manera.

D. Lope.

Que sería así no duden.

(Acuchillan Don Lope y Crespo á los soldados y á Don Mendo y Nuño; métenlos, y vuelve Don Lope.)

Huyeron, y uno ha quedado

Dellos, que es el que está aquí.

(Vuelve Crespo.)

Crespo.

(Ap.) Cierto es que el que queda allí,

Sin duda es algun soldado.

D. Lope.

(Ap.) Ni áun este se ha de escapar

Sin almagre.

Crespo.

(Ap.)Ni este quiero

Que quede sin que mi acero

La calle le haga dejar.

D. Lope.

Huid con los otros.

Crespo.

Huid vos,

Que sabreis huir más bien. (Riñen.)

D. Lope.

(Ap.) ¡Vive Dios, que riñe bien!

Crespo.

(Ap.) ¡Bien pelea, vive Dios!

[p. 269]ESCENA XII.

JUAN, con espada.—DON LOPE, CRESPO.

Juan.

(Ap. Quiera el cielo que le tope.)

Señor, á tu lado estoy.

D. Lope.

¿Es Pedro Crespo?

Crespo.

Yo soy.

¿Es Don Lope?

D. Lope.

Sí es Don Lope.

¿Que no habiais, no dijisteis,

De salir? ¿Qué hazaña es esta?

Crespo.

Sean disculpa y respuesta

Hacer lo que vos hicisteis.

D. Lope.

Aquesta era ofensa mia,

Vuestra no.

Crespo.

No hay que fingir;

Que yo he salido á reñir

Por haceros compañía.

ESCENA XIII.

Soldados, EL CAPITAN.—Dichos.

Solds.

(Dentro.) A dar muerte nos juntemos

A estos villanos.

Capitan.

(Dentro.)Mirad...

(Salen los soldados y el Capitan.)

D. Lope.

¿Adónde vais? Esperad.

¿De qué son estos extremos?

Capitan.

Los soldados han tenido

[p. 270](Porque se estaban holgando

En esta calle, cantando

Sin alboroto y rüido)

Una pendencia, y yo soy

Quien los está deteniendo.

D. Lope.

Don Álvaro, bien entiendo

Vuestra prudencia; y pues hoy

Aqueste lugar está

En ojeriza, yo quiero

Excusar rigor más fiero;

Y pues amanece ya,

Orden doy que en todo el dia,

Para que mayor no sea

El daño, de Zalamea

Saqueis vuestra compañía:

Y estas cosas acabadas,

No vuelvan á ser, porqué

Otra vez la paz pondré,

Vive Dios, á cuchilladas.

Capitan.

Digo que por la mañana

La compañía haré marchar.

(Ap. La vida me has de costar,

Hermosísima villana.)

Crespo.

(Ap.) Caprichudo es el Don Lope;

Ya haremos migas los dos.

D. Lope.

Veníos conmigo vos,

Y solo ninguno os tope. (Vanse.)

ESCENA XIV.

DON MENDO; NUÑO, herido.

D. Mend.

¿Es algo, Nuño, la herida?

Nuño.

Aunque fuera menor, fuera

[p. 271]De mí muy mal recibida,

Y mucho más que quisiera.

D. Mend.

Yo no he tenido en mi vida

Mayor pena ni tristeza.

Nuño.

Yo tampoco.

D. Mend.

Que me enoje

Es justo. ¿Que su fiereza

Luego te dió en la cabeza?

Nuño.

Todo este lado me coge. (Tocan dentro.)

D. Mend.

¿Qué es esto?

Nuño.

La compañía

Que hoy se va.

D. Mend.

Y es dicha mia,

Pues con eso cesarán

Los celos del Capitan.

Nuño.

Hoy se ha de ir en todo el dia.

ESCENA XV.

EL CAPITAN y EL SARGENTO, á un lado.—DON MENDO y NUÑO, al otro.

Capitan.

Sargento, vaya marchando

Antes que decline el dia

Con toda la compañía,

Y con prevencion que cuando

Se esconda en la espuma fria

Del océano español

Ese luciente farol,

En ese monte le espero,

Porque hallar mi vida quiero

Hoy en la muerte del sol.

Sarg.

(Ap. al Capitan.) Calla, que está aquí un figura

[p. 272]Del lugar.

D. Mend.

(Ap. á Nuño.) Pasar procura,

Sin que entienda mi tristeza.

No muestres, Nuño, flaqueza.

Nuño.

¿Puedo yo mostrar gordura?

(Vanse Don Mendo y Nuño.)

ESCENA XVI.

EL CAPITAN, EL SARGENTO.

Capitan.

Yo he de volver al lugar,

Porque tengo prevenida

Una criada, á mirar

Si puedo por dicha hablar

A aquesta hermosa homicida.

Dádivas han granjeado

Que apadrine mi cuidado.

Sarg.

Pues, señor, si has de volver

Mira que habrás menester

Volver bien acompañado;

Porque al fin no hay que fiar

De villanos.

Capitan.

Ya lo sé.

Algunos puedes nombrar

Que vuelvan conmigo.

Sarg.

Haré

Cuanto me quieras mandar.

Pero si acaso volviese

Don Lope, y te conociese

Al volver...

Capitan.

Ese temor

Quiso tambien que perdiese

[p. 273]En esta parte mi amor;

Que Don Lope se ha de ir

Hoy tambien á prevenir

Todo el tercio á Guadalupe;

Que todo lo dicho supe

Yéndome ahora á despedir

Dél, porque ya el Rey vendrá,

Que puesto en camino está.

Sarg.

Voy, señor, á obedecerte.

Capitan.

Que me va la vida advierte.

ESCENA XVII.

REBOLLEDO, LA CHISPA.—EL CAPITAN, EL SARGENTO.

Reboll.

Señor, albricias me da.

Capitan.

¿De qué han de ser, Rebolledo?

Reboll.

Muy bien merecerlas puedo,

Pues solamente te digo...

Capitan.

¿Qué?

Reboll.

Que ya hay un enemigo

Ménos á quien tener miedo.

Capitan.

¿Quién es? Dílo presto.

Reboll.

Aquel

Mozo, hermano de Isabel.

Don Lope se le pidió

Al padre, y él se le dió,

Y va á la guerra con él.

En la calle le he encontrado

Muy galan, muy alentado,

Mezclando á un tiempo, señor,

Rezagos de labrador

[p. 274]Con primicias de soldado:

De suerte que el viejo es ya

Quien pesadumbre nos da.

Capitan.

Todo nos sucede bien,

Y más si me ayuda quien

Esta esperanza me da,

De que esta noche podré

Hablarla.

Reboll.

No pongas duda.

Capitan.

Del camino volveré;

Que ahora es razon que acuda

A la gente que se ve

Ya marchar. Los dos sereis

Los que conmigo vendreis. (Vase.)

Reboll.

Pocos somos, vive Dios,

Aunque vengan otros dos,

Otros cuatro y otros seis.

Chispa.

Y yo, si tú has de volver,

Allá ¿qué tengo de hacer?

Pues no estoy segura yo,

Si da conmigo el que dió

Al barbero que coser.

Reboll.

No sé qué he de hacer de tí.

¿No tendrás ánimo, dí.

De acompañarme?

Chispa.

¿Pues no?

¿Vestido no tengo yo,

Animo y esfuerzo?

Reboll.

Sí,

Vestido no faltará;

Que ahí otro del paje está

De jineta, que se fué.

Chispa.

Pues yo plaza pasaré

Por él.

[p. 275]Reboll.

Vamos, que se va

La bandera.

Chispa.

Y yo veo ahora

Por qué en el mundo he cantado:

«Que el amor del soldado

No dura un hora.» (Vanse.)

ESCENA XVIII.

DON LOPE, CRESPO, JUAN.

D. Lope.

A muchas cosas os soy

En extremo agradecido;

Pero sobre todas, esta

De darme hoy á vuestro hijo

Para soldado, en el alma

Os la agradezco y estimo.

Crespo.

Yo os le doy para criado.

D. Lope.

Yo os le llevo para amigo;

Que me ha inclinado en extremo

Su desenfado y su brío,

Y la aficion á las armas.

Juan.

Siempre á vuestros piés rendido

Me tendreis, y vos vereis

De la manera que os sirvo,

Procurando obedeceros

En todo.

Crespo.

Lo que os suplico,

Es que perdoneis, señor,

Si no acertare á serviros,

Porque en el rústico estudio,

Adonde rejas y trillos,

Palas, azadas y bieldos

[p. 276]Son nuestros mejores libros,

No habrá podido aprender

Lo que en los palacios ricos

Enseña la urbanidad

Política de los siglos.

D. Lope.

Ya que va perdiendo el sol

La fuerza, irme determino.

Juan.

Veré si viene, señor,

La litera. (Vase.)

ESCENA XIX.

ISABEL, INÉS.—DON LOPE, CRESPO.

Isabel.

¿Y es bien iros,

Sin que os despidais de quien

Tanto desea serviros?

D. Lope.

(A Isabel) No me fuera sin besaros

Las manos y sin pediros

Que liberal perdoneis

Un atrevimiento digno

De perdon, porque no el premio

Hace el don, sino el servicio.

Esta venera, que aunque

Está de diamantes ricos

Guarnecida, llega pobre

A vuestras manos, suplico

Que la tomeis y traigais

Por patena, en nombre mio.

Isabel.

Mucho siento que penseis,

Con tan generoso indicio,

Que pagais el hospedaje,

Pues de honra que recibimos,

[p. 277]Somos los deudores.

D. Lope.

Esto

No es paga, sino cariño.

Isabel.

Por cariño, y no por paga,

Solamente la recibo.

A mi hermano os encomiendo,

Ya que tan dichoso ha sido

Que merece ir por criado

Vuestro.

D. Lope.

Otra vez os afirmo

Que podeis descuidar dél;

Que va, señora, conmigo.

ESCENA XX.

JUAN.—Dichos.

Juan.

Ya está la litera puesta.

D. Lope.

Con Dios os quedad.

Crespo.

El mismo

Os guarde.

D. Lope.

¡Ah buen Pedro Crespo!

Crespo.

¡Ah señor Don Lope invicto!

D. Lope.

¿Quién os dijera aquel dia

Primero que aquí nos vimos,

Que habíamos de quedar

Para siempre tan amigos?

Crespo.

Yo lo dijera, señor.

Si allí supiera, al oiros,

Que érais... (Al irse ya.)

D. Lope.

Decid por mi vida.

Crespo.

Loco de tan buen capricho.

(Vase Don Lope.)

[p. 278]ESCENA XXI.

CRESPO, JUAN, ISABEL, INÉS.

Crespo.

En tanto que se acomoda

El señor Don Lope, hijo,

Ante tu prima y tu hermana

Escucha lo que te digo.

Por la gracia de Dios, Juan,

Eres de linaje limpio

Más que el sol, pero villano:

Lo uno y lo otro te digo,

Aquello, porque no humilles

Tanto tu orgullo y tu brío,

Que dejes, desconfiado,

De aspirar con cuerdo arbitrio

A ser más; lo otro, porque

No vengas, desvanecido,

A ser ménos: igualmente

Usa de entrambos designios

Con humildad; porque siendo

Humilde, con recto juicio

Acordarás lo mejor;

Y como tal, en olvido

Pondrás cosas que suceden

Al reves en los altivos.

¡Cuántos, teniendo en el mundo

Algun defecto consigo,

Le han borrado por humildes!

Y ¡á cuántos, que no han tenido

Defecto, se le han hallado,

Por estar ellos mal vistos!

[p. 279]Sé cortés sobremanera,

Sé liberal y esparcido;

Que el sombrero y el dinero

Son los que hacen los amigos;

Y no vale tanto el oro

Que el sol engendra en el indio

Suelo y que conduce el mar,

Como ser uno bienquisto.

No hables mal de las mujeres:

La más humilde, te digo

Que es digna de estimacion,

Porque, al fin, dellas nacimos.

No riñas por cualquier cosa;

Que cuando en los pueblos miro

Muchos que á reñir enseñan,

Mil veces entre mí digo:

«Aquesta escuela no es

La que ha de ser, pues colijo

Que no ha de enseñarse á un hombre

Con destreza, gala y brío

A reñir, sino á por qué

Ha de reñir; que yo afirmo

Que si hubiera un maestro solo

Que enseñara prevenido,

No el cómo, el por qué se riña,

Todos le dieran sus hijos:»

Con esto, y con el dinero

Que llevas para el camino,

Y para hacer, en llegando

De asiento, un par de vestidos,

El amparo de Don Lope

Y mi bendicion, yo fío

En Dios que tengo de verte

En otro puesto. Adios, hijo;

[p. 280]Que me enternezco en hablarte.

Juan.

Hoy tus razones imprimo

En el corazon, adonde

Vivirán, miéntras yo vivo.

Dáme tu mano, y tú, hermana,

Los brazos, que ya ha partido

Don Lope, mi señor, y es

Fuerza alcanzarle.

Isabel.

Los mios

Bien quisieran detenerte.

Juan.

Prima, adios.

Inés.

Nada te digo

Con la voz, porque los ojos

Hurtan á la voz su oficio.

Adios.

Crespo.

Ea, véte presto;

Que cada vez que te miro,

Siento más el que te vayas:

Y haz por ser lo que te he dicho.

Juan.

El cielo con todos quede.

Crespo.

El cielo vaya contigo. (Vase Juan.)

ESCENA XXII.

CRESPO, ISABEL, INÉS.

Isabel.

¡Notable crueldad has hecho!

Crespo.

(Ap. Ahora que no le miro,

Hablaré más consolado.)

¿Qué habia de hacer conmigo,

Sino ser toda su vida

Un holgazan, un perdido?

Váyase á servir al Rey.

[p. 281]Isabel.

Que de noche haya salido,

Me pesa á mí.

Crespo.

Caminar

De noche por el estío,

Antes es comodidad

Que fatiga, y es preciso

Que á Don Lope alcance luego

Al instante. (Ap. Enternecido

Me deja, cierto, el muchacho,

Aunque en público me animo.)

Isabel.

Éntrate, señor, en casa.

Inés.

Pues sin soldados vivimos,

Estémonos otro poco

Gozando á la puerta el frio

Viento que corre; que luégo

Saldrán por ahí los vecinos.

Crespo.

(Ap. A la verdad, no entro dentro,

Porque desde aquí imagino,

Como el camino blanquea,

Que veo á Juan en el camino.)

Inés, sácame á esta puerta

Asiento.

Inés.

Aquí está un banquillo.

Isabel.

Esta tarde diz que ha hecho

La villa eleccion de oficios.

Crespo.

Siempre aquí por el Agosto

Se hace. (Siéntanse.)

[p. 282]ESCENA XXIII.

EL CAPITAN, EL SARGENTO, REBOLLEDO, LA CHISPA Y SOLDADOS, embozados.—CRESPO, ISABEL, INÉS.

Capitan.

(Ap. á los suyos.) Pisad sin ruido.

Llega, Rebolledo, tú,

Y da á la criada aviso

De que ya estoy en la calle.

Reboll.

Yo voy. Mas ¡qué es lo que miro!

A su puerta hay gente.

Sarg.

Y yo

En los reflejos y visos

Que la luna hace en el rostro,

Que es Isabel, imagino,

Esta.

Capitan.

Ella es: más que la luna,

El corazon me lo ha dicho.

A buena ocasion llegamos.

Si ya, una vez que venimos,

Nos atrevemos á todo,

Buena venida habrá sido.

Sarg.

¿Estás para oir un consejo?

Capitan.

No.

Sarg.

Pues ya no te le digo.

Intenta lo que quisieres.

Capitan.

Yo he de llegar, y atrevido

Quitar á Isabel de allí.

Vosotros á un tiempo mismo

Impedid á cuchilladas

El que me sigan.

[p. 283]

Sarg.

Contigo

Venimos, y á tu órden hemos

De estar.

Capitan.

Advertid que el sitio

Donde habemos de juntarnos

Es ese monte vecino,

Que está á la mano derecha,

Como salen del camino.

Reboll.

Chispa.

Chispa.

¿Qué?

Reboll.

Ten esas capas.

Chispa.

Que es del reñir, imagino,

La gala el guardar la ropa,

Aunque del nadar se dijo.

Capitan.

Yo he de llegar el primero.

Crespo.

Harto hemos gozado el sitio.

Entrémonos allá dentro.

Capitan.

(Ap. á los suyos.) Ya es tiempo, llegad amigos.

(Lléganse á los tres los soldados, detienen á Crespo y á Inés, y se apoderan de Isabel.)

Isabel.

¡Ah traidor! Señor, ¿qué es esto?

Capitan.

Es una furia, un delirio

De amor. (Llévala y vase.)

Isabel.

(Dentro.) ¡Ah traidor!—¡Señor!

Crespo.

¡Ah cobardes!

Isabel.

(Dentro.)¡Padre mio!

Inés.

(Ap.) Yo quiero aquí retirarme. (Vase.)

Crespo.

¡Cómo echais de ver (¡ah impíos!)

Que estoy sin espada, aleves,

Falsos y traidores!

Reboll.

Idos,

Si no quereis que la muerte

Sea el último castigo.

(Vanse los robadores.)

[p. 284]Crespo.

¿Qué importará, si está muerto

Mi honor, el quedar yo vivo?

¡Ah! ¡quién tuviera una espada!

Porque sin armas seguirlos

Es en vano; y si brioso

A ir por ella me aplico,

Los he de perder de vista.

¿Qué he de hacer, hados esquivos;

Que de cualquiera manera

Es uno solo el peligro?

ESCENA XXIV.

INÉS, con una espada.—CRESPO.

Inés.

Ya tienes aquí la espada.

Crespo.

A buen tiempo la has traido.

Ya tengo honra, pues tengo

Espada con que seguiros (Vanse.)


Campo.

ESCENA XXV.

CRESPO, riñendo con EL SARGENTO, REBOLLEDO y los SOLDADOS; despues ISABEL.

Crespo.

Soltad la presa, traidores

Cobardes, que habeis cogido;

Que he de cobrarla, ó la vida

[p. 285]He de perder.

Sarg.

Vano ha sido

Tu intento, que somos muchos.

Crespo.

Mis males son infinitos,

Y riñen todos por mí... (Cae.)

—Pero la tierra que piso,

Me ha faltado.

Reboll.

Dadle muerte.

Sarg.

Mirad que es rigor impío

Quitarle vida y honor.

Mejor es en lo escondido

Del monte dejarle atado,

Porque no lleve el aviso.

Isabel.

(Dentro.) ¡Padre y señor!

Crespo.

¡Hija mia!

Reboll.

Retírale como has dicho.

Crespo.

Hija, solamente puedo

Seguirte con mis suspiros. (Llévanle.)

ESCENA XXVI.

ISABEL y CRESPO, dentro; despues JUAN.

Isabel.

(Dentro.) ¡Ay de mí!

Juan.

(Saliendo.)¡Qué triste voz!

Crespo.

(Dentro.) ¡Ay de mí!

Juan.

¡Mortal gemido!

A la entrada dese monte

Cayó mi rocin conmigo,

Veloz corriendo, y yo ciego

Por la maleza le sigo.

Tristes voces á una parte,

Y á otra míseros gemidos

[p. 286]Escucho, que no conozco,

Porque llegan mal distintos.

Dos necesidades son

Las que apellidan á gritos

Mi valor; y pues iguales

A mi parecer han sido,

Y uno es hombre, otro mujer,

A seguir ésta me animo;

Que así obedezco á mi padre

En dos cosas que me dijo:

«Reñir con buena ocasion,

Y honrar la mujer,» pues miro

Que así honro las mujeres,

Y con buena ocasion riño.


[p. 287]

JORNADA TERCERA.


Interior de un monte.

ESCENA PRIMERA.

ISABEL, llorando.

Nunca amanezca á mis ojos

La luz hermosa del dia,

Porque á su sombra no tenga

Vergüenza yo de mí misma.

¡Oh tú, de tantas estrellas

Primavera fugitiva,

No des lugar á la aurora,

Que tu azul campaña pisa,

Para que con risa y llanto

Borre tu apacible vista,

O ya que ha de ser, que sea

Con llanto, mas no con risa!

Detente, oh mayor planeta,

Más tiempo en la espuma fria

Del mar: deja que una vez

Dilate la noche esquiva

Su trémulo imperio: deja

Que de tu deidad se diga,

Atenta á mis ruegos, que es

[p. 288]Voluntaria y no precisa.

¿Para qué quieres salir

A ver en la historia mia

La más enorme maldad,

La más fiera tiranía,

Que en vergüenza de los hombres

Quiere el cielo que se escriba?

Mas ¡ay de mí! que parece

Que es crueldad tu tiranía;

Pues desde que te he rogado

Que te detuvieses, miran

Mis ojos tu faz hermosa

Descollarse por encima

De los montes. ¡Ay de mí!

Que acosada y perseguida

De tantas penas, de tantas

Ansias, de tantas impías

Fortunas, contra mi honor

Se han conjurado tus iras.

¿Qué he de hacer? ¿Dónde he de ir?

Si á mi casa determinan

Volver mis erradas plantas,

Será dar nueva mancilla

Al anciano padre mio,

Que otro bien, otra alegría

No tuvo, sino mirarse

En la clara luna limpia

De mi honor, que hoy ¡desdichado!

Tan torpe mancha le eclipsa.

Si dejo, por su respeto

Y mi temor afligida,

De volver á casa, dejo

Abierto el paso á que digan

Que fuí cómplice en mi infamia;

[p. 289]Y ciega y inadvertida

Vengo hacer de la inocencia

Acrêdora á la malicia.

¡Qué mal hice, qué mal hice

De escaparme fugitiva

De mi hermano! ¿No valiera

Más que su cólera altiva

Me diera la muerte, cuando

Llegó á ver la suerte mia?

Llamarle quiero, que vuelva

Con saña más vengativa

Y me dé muerte: confusas

Voces el eco repita,

Diciendo...

ESCENA II.

CRESPO.—ISABEL.

Crespo.

(Dentro.) Vuelve á matarme.

Serás piadoso homicida;

Que no es piedad el dejar

A un desdichado con vida.

Isabel.

¿Qué voz es esta, que mal

Pronunciada y poco oida,

No se deja conocer?

Crespo.

(Dentro.) Dadme muerte, si os obliga

Ser piadosos.

Isabel.

¡Cielos, cielos!

Otro la muerte apellida,

Otro desdichado hay más,

[p. 290]Que hoy á pesar suyo viva.

(Aparta unas ramas, y descúbrese Crespo atado.)

Mas ¿qué es lo que ven mis ojos?

Crespo.

Si piedades solicita

Cualquiera que aqueste monte

Temerosamente pisa,

Llegue á dar muerte... Mas ¡cielos!

¿Qué es lo que mis ojos miran?

Isabel.

Atadas atras las manos

A una rigurosa encina...

Crespo.

Enterneciendo los cielos

Con las voces que apellida...

Isabel.

Mi padre está.

Crespo.

Mi hija veo.

Isabel.

¡Padre y señor!

Crespo.

Hija mia,

Llégate, y quita estos lazos.

Isabel.

No me atrevo; que si quitan

Los lazos que te aprisionan,

Una vez las manos mias,

No me atreveré, señor,

A contarte mis desdichas,

A referirte mis penas;

Porque si una vez te miras

Con manos, y sin honor,

Me darán muerte tus iras;

Y quiero, ántes que lo veas,

Referirte mis fatigas.

Crespo.

Detente, Isabel, detente,

No prosigas; que hay desdichas,

Que para contarlas, no

Es menester referirlas.

Isabel.

Hay muchas cosas que sepas,

Y es forzoso que al decirlas,

[p. 291]Tu valor se irrite, y quieras

Vengarlas ántes de oirlas.

—Estaba anoche gozando

La seguridad tranquila

Que al abrigo de tus canas

Mis años me prometian,

Cuando aquellos embozados

Traidores (que determinan

Que lo que el honor defiende,

El atrevimiento rinda)

Me robaron: bien así

Como de los pechos quita

Carnicero hambriento lobo

A la simple corderilla.

Aquel Capitan, aquel

Huésped ingrato, que el dia

Primero introdujo en casa

Tan nunca esperada cisma

De traiciones y cautelas,

De pendencias y rencillas,

Fué el primero que en sus brazos

Me cogió, miéntras le hacian

Espaldas otros traidores,

Que en su bandera militan.

Aqueste intrincado, oculto

Monte, que está á la salida

Del lugar, fué su sagrado:

¿Cuándo de la tiranía

No son sagrado los montes?

Aquí ajena de mí misma

Dos veces me miré, cuando

Aun tu voz, que me seguia,

Me dejó; porque ya el viento,

A quien tus acentos fias,

[p. 292]Con la distancia, por puntos

Adelgazándose iba:

De suerte, que las que eran

Antes razones distintas,

No eran voces, sino ruido;

Luégo, en el viento esparcidas,

No eran voces, sino ecos

De unas confusas noticias;

Como aquel que oye un clarin,

Que cuando dél se retira,

Le queda por mucho rato,

Si no el ruido, la noticia.

El traidor pues, en mirando

Que ya nadie hay que le siga,

Que ya nadie hay que me ampare,

Porque hasta la luna misma

Ocultó entre pardas sombras,

O cruel ó vengativa,

Aquella ¡ay de mí! prestada

Luz que del sol participa;

Pretendió ¡ay de mí otra vez

Y otras mil! con fementidas

Palabras, buscar disculpa

A su amor. ¿A quién no admira

Querer de un instante á otro

Hacer la ofensa caricia?

¡Mal haya el hombre, mal haya

El hombre que solicita

Por fuerza ganar un alma,

Pues no advierte, pues no mira

Que las victorias de amor,

No hay trofeo en que consistan,

Sino en granjear el cariño

De la hermosura que estiman!

[p. 293]Porque querer sin el alma

Una hermosura ofendida,

Es querer una mujer

Hermosa, pero no viva.

¡Qué ruegos, qué sentimientos,

Ya de humilde, ya de altiva,

No le dije! Pero en vano,

Pues (calle aquí la voz mia)

Soberbio (enmudezca el llanto),

Atrevido (el pecho gima),

Descortés (lloren los ojos),

Fiero (ensordezca la envidia),

Tirano (falte el aliento),

Osado (luto me vista),

Y si lo que la voz yerra,

Tal vez con la accion se explica,

De vergüenza cubro el rostro,

De empacho lloro ofendida,

De rabia tuerzo las manos,

El pecho rompo de ira:

Entiende tú las acciones,

Pues no hay voces que lo digan;

Baste decir que á las quejas

De los vientos repetidas,

En que ya no pedia al cielo

Socorro, sino justicia,

Salió el alba, y con el alba,

Trayendo la luz por guia,

Sentí ruido entre unas ramas:

Vuelvo á mirar quién sería,

Y veo á mi hermano. ¡Ay cielos!

¿Cuándo, cuándo ¡ah suerte impía!

Llegaron á un desdichado

Los favores mas aprisa?

[p. 294]Él á la dudosa luz,

Que, si no alumbra, ilumina,

Reconoce el daño, ántes

Que ninguno se le diga;

Que son linces los pesares,

Que penetran con la vista.

Sin hablar palabra, saca

El acero que aquel dia

Le ceñiste: el Capitan,

Que el tardo socorro mira

En mi favor, contra el suyo

Saca la blanca cuchilla:

Cierra el uno con el otro;

Este repara, aquel tira;

Y yo, en tanto que los dos

Generosamente lidian,

Viendo temerosa y triste

Que mi hermano no sabía

Si tenía culpa ó no,

Por no aventurar mi vida

En la disculpa, la espalda

Vuelvo, y por la entretejida

Maleza del monte huyo;

Pero no con tanta prisa,

Que no hiciese de unas ramas

Intrincadas celosías,

Porque deseaba, señor,

Saber lo mismo que huia.

A poco rato, mi hermano

Dió al Capitan una herida:

Cayó, quiso asegundarle,

Cuando los que ya venian

Buscando á su capitan,

En su venganza se irritan.

[p. 295]Quiere defenderse; pero

Viendo que era una cuadrilla,

Corre veloz; no le siguen,

Porque todos determinan

Más acudir al remedio

Que á la venganza que incitan.

En brazos al Capitan

Volvieron hácia la villa,

Sin mirar en su delito;

Que en las penas sucedidas,

Acudir determinaron

Primero á la más precisa.

Yo pues, que atenta miraba

Eslabonadas y asidas

Unas ánsias de otras ánsias,

Ciega, confusa y corrida,

Discurrí, bajé, corrí,

Sin luz, sin norte, sin guia,

Monte, llano y espesura,

Hasta que á tus piés rendida,

Antes que me des la muerte

Te he contado mis desdichas.

Ahora que ya las sabes,

Rigurosamente anima

Contra mi vida el acero,

El valor contra mi vida;

Que ya para que me mates,

Aquestos lazos te quitan (Le desata.)

Mis manos: alguno dellos

Mi cuello infeliz oprima.

Tu hija soy, sin honra estoy

Y tú libre: solicita

Con mi muerte tu alabanza,

Para que de tí se diga

[p. 296]Que por dar vida á tu honor

Diste la muerte á tu hija.

Crespo.

Álzate, Isabel, del suelo;

No, no estés más de rodillas;

Que á no haber estos sucesos

Que atormenten y que aflijan,

Ociosas fueran las penas

Sin estimacion las dichas.

Para los hombres se hicieron,

Y es menester que se impriman

Con valor dentro del pecho.

Isabel, vamos aprisa:

Démos la vuelta á mi casa;

Que este muchacho peligra,

Y hemos menester hacer

Diligencias exquisitas

Por saber dél y ponerle

En salvo.

Isabel.

(Ap.)Fortuna mia,

O mucha cordura, ó mucha

Cautela es esta.

Crespo.

Camina. (Vanse.)


Calle á la entrada del pueblo.

ESCENA III.

CRESPO, ISABEL.

Crespo.

¡Vive Dios!, que si la fuerza

Y necesidad precisa

De curarse, hizo volver

[p. 297]Al Capitan á la villa,

Que pienso que le está bien

Morirse de aquella herida,

Por excusarse de otra

¡Y otras mil! que el ánsia mia

No ha de parar, hasta darle

La muerte. Ea, vamos, hija,

A nuestra casa.

ESCENA IV.

EL ESCRIBANO.—CRESPO, ISABEL.

Escrib.

¡Oh señor

Pedro Crespo! dadme albricias.

Crespo.

¡Albricias! ¿De qué, Escribano?

Escrib.

El concejo aqueste dia

Os ha hecho alcalde, y teneis

Para estrena de justicia

Dos grandes acciones hoy:

La primera, es la venida

Del Rey, que estará hoy aquí

O mañana en todo el dia,

Segun dicen; es la otra,

Que ahora han traido á la villa

De secreto unos soldados

A curarse con gran prisa,

A aquel Capitan que ayer

Tuvo aquí su compañía.

Él no dice quién le hirió;

Pero si esto se averigua,

Será una gran causa.

Crespo.

(Ap.¡Cielos!

[p. 298]¡Cuando vengarse imagina,

Me hace dueño de mi honor

La vara de la justicia!

¿Cómo podré delinquir

Yo, si en esta hora misma

Me ponen á mí por juez,

Para que otros no delincan?

Pero cosas como aquestas

No se ven con tanta prisa.)

En extremo agradecido

Estoy á quien solicita

Honrarme.

Escrib.

Venid á la casa

Del concejo, y recibida

La posesion de la vara,

Hareis en la causa misma

Averiguaciones.

Crespo.

Vamos.—

A tu casa te retira.

Isabel.

¡Duélase el cielo de mí!

¿No he de acompañarte?

Crespo.

Hija,

Ya teneis el padre alcalde:

El os guardará justicia.

(Vanse.)

[p. 299]


Alojamiento del Capitan.

ESCENA V.

EL CAPITAN, con banda, como herido; EL SARGENTO.

Capitan.

Pues la herida no era nada,

¿Por qué me hicisteis volver

Aquí?

Sarg.

¿Quién pudo saber

Lo que era ántes de curada?

Ya la cura prevenida,

Hemos de considerar

Que no es bien aventurar

Hoy la vida por la herida.

¿No fuera mucho peor

Que te hubieras desangrado?

Capitan.

Puesto que ya estoy curado,

Detenernos será error.

Vámonos, ántes que corra

Voz de que estamos aquí.

¿Están ahí los otros?

Sarg.

Sí.

Capitan.

Pues la fuga nos socorra

Del riesgo de estos villanos;

Que si se llega á saber

Que estoy aquí, habrá de ser

Fuerza apelar á las manos.

[p. 300]ESCENA VI.

REBOLLEDO.—EL CAPITAN, EL SARGENTO.

Reboll.

La justicia aquí se ha entrado.

Capitan.

¿Qué tiene que ver conmigo

Justicia ordinaria?

Reboll.

Digo

Que ahora hasta aquí ha llegado.

Capitan.

Nada me puede á mí estar

Mejor: llegando á saber

Que estoy aquí, no hay temer

A la gente del lugar;

Que la justicia, es forzoso

Remitirme en esta tierra

A mi consejo de guerra:

Con que, aunque el lance es penoso,

Tengo mi seguridad.

Reboll.

Sin duda, se ha querellado

El villano.

Capitan.

Eso he pensado.

ESCENA VII.

CRESPO, EL ESCRIBANO, labradores.—Dichos.

Crespo.

(Dentro.) Todas las puertas tomad,

Y no me salga de aquí

Soldado que aquí estuviere;

Y al que salirse quisiere,

Matadle.

[p. 301]Capitan.

Pues ¿cómo así

Entrais? (Ap. Mas ¡qué es lo que veo!)

(Sale Pedro Crespo con vara, y labradores con él.)

Crespo.

¿Cómo no? A mi parecer,

La justicia ¿ha menester

Más licencia?

Capitan.

A lo que creo,

La justicia (cuando vos

De ayer acá lo seais)

No tiene, si lo mirais,

Que ver conmigo.

Crespo.

Por Dios,

Señor, que no os altereis;

Que sólo á una diligencia

Vengo, con vuestra licencia,

Aquí, y que solo os quedeis

Importa.

Capitan.

(Al Sargento y á Rebolledo.)

Salíos de aquí.

Crespo.

(A los labradores.)

Salíos vosotros tambien.

(Ap. al Escribano. Con esos soldados ten

Gran cuidado.)

Escrib.

Harélo así.

(Vanse los labradores, el Sargento, Rebolledo y el Escribano.)

ESCENA VIII.

CRESPO, EL CAPITAN.

Crespo.

Ya que yo, como justicia,

Me valí de su respeto

[p. 302]Para obligaros á oirme,

La vara á esta parte dejo,

Y como un hombre no más,

Deciros mis penas quiero,

(Arrima la vara.)

Y puesto que estamos solos,

Señor Don Álvaro, hablemos

Más claramente los dos,

Sin que tantos sentimientos

Como han estado encerrados

En las cárceles del pecho

Acierten á quebrantar

Las prisiones del silencio.

Yo soy un hombre de bien,

Que á escoger mi nacimiento,

No dejara (es Dios testigo)

Un escrúpulo, un defecto

En mí, que suplir pudiera

La ambicion de mi deseo.

Siempre acá entre mis iguales

Me he tratado con respeto:

De mí hacen estimacion

El cabildo y el concejo.

Tengo muy bastante hacienda,

Porque no hay, gracias al cielo,

Otro labrador más rico

En todos aquestos pueblos

De la comarca; mi hija

Se ha criado, á lo que pienso,

Con la mejor opinion,

Virtud y recogimiento

Del mundo: tal madre tuvo:

Téngala Dios en el cielo.

Bien pienso que bastará,

Señor, para abono desto,

[p. 303]El ser rico, y no haber quien

Me murmure; ser modesto,

Y no haber quien me baldone;

Y mayormente, viviendo

En un lugar corto, donde

Otra falta no tenemos

Mas que saber unos de otros

Las faltas y los defectos,

Y ¡pluguiera á Dios, señor,

Que se quedara en saberlos!

Si es muy hermosa mi hija,

Díganlo vuestros extremos...

Aunque pudiera, al decirlo,

Con mayores sentimientos

Llorarlo, porque esto fué

Mi desdicha.—No apuremos

Toda la ponzoña al vaso;

Quédese algo al sufrimiento.

—No hemos de dejar, señor,

Salirse con todo al tiempo;

Algo hemos de hacer nosotros

Para encubrir sus defectos.

Este, ya veis si es bien grande;

Pues aunque encubrirle quiero,

No puedo; que sabe Dios

Que á poder estar secreto

Y sepultado en mí mismo,

No viniera á lo que vengo;

Que todo esto remitiera,

Por no hablar, al sufrimiento.

Deseando pues remediar

Agravio tan manifiesto,

Buscar remedio á mi afrenta,

Es venganza, no es remedio:

[p. 304]Y vagando de uno en otro,

Uno solamente advierto,

Que á mí me está bien, y á vos

No mal; y es, que desde luego

Os tomeis toda mi hacienda,

Sin que para mi sustento

Ni el de mi hijo (á quien yo

Traeré á echar á los piés vuestros)

Reserve un maravedí,

Sino quedarnos pidiendo

Limosna, cuando no haya

Otro camino, otro medio

Con que poder sustentarnos.

Y si quereis desde luego

Poner una S y un clavo

Hoy á los dos y vendernos,

Será aquesta cantidad

Más del dote que os ofrezco.

Restaurad una opinion

Que habeis quitado. No creo

Que desluzcais vuestro honor,

Porque los merecimientos

Que vuestros hijos, señor,

Perdieren por ser mis nietos,

Ganarán con más ventaja,

Señor, por ser hijos vuestros.

En Castilla, el refran dice

Que el caballo (y es lo cierto)

Lleva la silla.—Mirad (De rodillas.)

Que á vuestros piés os lo ruego

De rodillas, y llorando

Sobre estas canas, que el pecho,

Viendo nieve y agua, piensa

Que se me están derritiendo.

[p. 305]¿Qué os pido? Un honor os pido,

Que me quitasteis vos mesmo;

Y con ser mio, parece,

Segun os le estoy pidiendo

Con humildad, que no es mio

Lo que os pido, sino vuestro.

Mirad que puedo tomarle

Por mis manos, y no quiero,

Sino que vos me le deis.

Capitan.

Ya me falta el sufrimiento.

Viejo cansado y prolijo,

Agradeced que no os doy

La muerte á mis manos hoy,

Por vos y por vuestro hijo;

Porque quiero que debais

No andar con vos más cruel,

A la beldad de Isabel.

Si vengar solicitais

Por armas vuestra opinion,

Poco tengo que temer;

Si por justicia ha de ser,

No teneis jurisdiccion.

Crespo.

¿Que en fin, no os mueve mi llanto?

Capitan.

Llanto no se ha de creer

De viejo, niño y mujer.

Crespo.

¿Que no pueda dolor tanto

Mereceros un consuelo?

Capitan.

¿Qué más consuelo quereis,

Pues con la vida volveis?

Crespo.

Mirad que echado en el suelo,

Mi honor á voces os pido.

Capitan.

¡Qué enfado!

Crespo.

Mirad que soy

Alcalde en Zalamea hoy.

[p. 306]Capitan.

Sobre mí no habeis tenido

Jurisdiccion: el consejo

De guerra enviará por mí.

Crespo.

¿En eso os resolveis?

Capitan.

Sí,

Caduco y cansado viejo.

Crespo.

¿No hay remedio?

Capitan.

Sí, el callar

Es el mejor para vos.

Crespo.

¿No otro?

Capitan.

No.

Crespo.

Pues juro á Dios,

Que me lo habeis de pagar.—

¡Hola! (Levántase y toma la vara.)

ESCENA IX.

Labradores.—CRESPO, EL CAPITAN.

Un Lab.

(Dentro.) ¡Señor!

Capitan.

(Ap.)¿Qué querrán

Estos villanos hacer?

(Salen los labradores.)

Labrads.

¿Qué es lo que mandas?

Crespo.

Prender

Mando al señor Capitan.

Capitan.

¡Buenos son vuestros extremos!

Con un hombre como yo,

Y en servicio del Rey, no

Se puede hacer.

Crespo.

Probaremos.

De aquí, si no es preso ó muerto,

No saldreis.

[p. 307]Capitan.

Yo os apercibo

Que soy un capitan vivo.

Crespo.

¿Soy yo acaso alcalde muerto?

Dáos al instante á prision.

Capitan.

No me puedo defender:

Fuerza es dejarme prender.

Al Rey desta sinrazon

Me quejaré.

Crespo.

Yo tambien

De esotra:—y áun bien que está

Cerca de aquí, y nos oirá

A los dos.—Dejar es bien

Esa espada.

Capitan.

No es razon

Que...

Crespo.

¿Cómo no, si vais preso?

Capitan.

Tratad con respeto...

Crespo.

Eso

Está muy puesto en razon.

Con respeto le llevad

A las casas, en efeto,

Del concejo; y con respeto

Un par de grillos le echad

Y una cadena; y tened,

Con respeto, gran cuidado

Que no hable á ningun soldado;

Y á esos dos tambien poned

En la cárcel; que es razon,

Y aparte, porque despues,

Con respeto, á todos tres

Les tomen la confesion.

Y aquí para entre los dos,

Si hallo harto paño, en efeto,

Con muchísimo respeto

[p. 308]Os he de ahorcar, juro á Dios.

Capitan.

¡Ah villanos con poder!

(Vanse los labradores con el Capitan.)

ESCENA X.

REBOLLEDO, LA CHISPA, EL ESCRIBANO.—CRESPO.

Escrib.

Este paje, este soldado

Son á los que mi cuidado

Sólo ha podido prender;

Que otro se puso en huida.

Crespo.

Este el pícaro es que canta:

Con un paso de garganta

No ha de hacer otro en su vida.

Reboll.

¿Pues qué delito es, señor,

El cantar?

Crespo.

Que es virtud siento,

Y tanto, que un instrumento

Tengo en que canteis mejor.

Resolveos á decir...

Reboll.

¿Qué?

Crespo.

Cuanto anoche pasó...

Reboll.

Tu hija mejor que yo

Lo sabe.

Crespo.

O has de morir.

Chispa.

(Ap. á él.) Rebolledo, determina

Negarlo punto por punto:

Serás, si niegas, asunto

Para una jacarandina

Que cantaré.

Crespo.

A vos despues

[p. 309]Tambien os harán cantar.

Chispa.

A mí no me pueden dar

Tormento.

Crespo.

Sepamos pues,

¿Por qué?

Chispa.

Eso es cosa asentada,

Y que no hay ley que tal mande.

Crespo.

¿Qué causa teneis?

Chispa.

Bien grande.

Crespo.

Decid, ¿cuál?

Chispa.

Estoy preñada.

Crespo.

¿Hay cosa más atrevida?

Mas la cólera me inquieta.

¿No sois paje de jineta?

Chispa.

No, señor, sino de brida.

Crespo.

Resolveos á decir

Vuestros dichos.

Chispa.

Sí diremos

Aun más de lo que sabemos;

Que peor será morir.

Crespo.

Eso excusará á los dos

Del tormento.

Chispa.

Si es así,

Pues para cantar nací,

He de cantar, vive Dios:

(Canta.) Tormento me quieren dar.

Reboll.

(Canta.) ¿Y qué quieren darme á mí?

Crespo.

¿Qué haceis?

Chispa.

Templar desde aquí,

Pues que vamos á cantar. (Vanse.)


[p. 310]Sala en casa de Crespo.

ESCENA XI.

JUAN.

Desde que al traidor herí

En el monte, desde que

Riñendo con él (porque

Llegaron tantos) volví

La espalda, el monte he corrido,

La espesura he penetrado,

Y á mi hermana no he encontrado.

En efecto, me he atrevido

A venirme hasta el lugar

Y entrar dentro de mi casa,

Donde todo lo que pasa

A mi padre he de contar.

Veré lo que me aconseja

Que haga ¡cielos! en favor

De mi vida y de mi honor.

ESCENA XII.

INÉS, ISABEL, muy triste.—JUAN.

Inés.

Tanto sentimiento deja;

Que vivir tan afligida,

No es vivir, matarte es.

Isabel.

¿Pues quién te ha dicho ¡ay Inés!

Que no aborrezco la vida?

Juan.

Diré á mi padre... (Ap. ¡Ay de mí!

[p. 311]¿No es esta Isabel? Es llano

Pues ¿qué espero?) (Saca la daga.)

Inés.

¡Primo!

Isabel.

¡Hermano!

¿Qué intentas?

Juan.

Vengar así

La ocasion en que hoy has puesto

Mi vida y mi honor.

Isabel.

Advierte...

Juan.

¡Tengo de darte la muerte,

Viven los cielos!

ESCENA XIII.

CRESPO, labradores.—Dichos.

Crespo.

¿Qué es esto?

Juan.

Es satisfacer, señor,

Una injuria, y es vengar

Una ofensa y castigar...

Crespo.

Basta, basta; que es error

Que os atrevais á venir...

Juan.

¿Qué es lo que mirando estoy?

Crespo.

Delante así de mí hoy,

Acabando ahora de herir

En el monte un capitan.

Juan.

Señor, si le hice esa ofensa,

Que fué en honrada defensa,

De tu honor...

Crespo.

Ea, basta, Juan.—

Hola, llevadle tambien

Preso.

Juan.

¿A tu hijo, señor,

[p. 312]Tratas con tanto rigor?

Crespo.

Y áun á mi padre tambien

Con tal rigor le tratara.

(Ap. Aquesto es asegurar

Su vida, y han de pensar

Que es la justicia más rara

Del mundo.)

Juan.

Escucha por qué,

Habiendo un traidor herido,

A mi hermana he pretendido

Matar tambien.

Crespo.

Ya lo sé;

Pero no basta sabello

Yo como yo; que ha de ser

Como alcalde, y he de hacer

Informacion sobre ello.

Y hasta que conste qué culpa

Te resulta del proceso,

Tengo de tenerte preso.

(Ap. Yo le hallaré la disculpa.)

Juan.

Nadie entender solicita

Tu fin, pues sin honra ya,

Prendes á quien te la da,

Guardando á quien te la quita.

(Llévanle preso.)

ESCENA XIV.

CRESPO, ISABEL, INÉS.

Crespo.

Isabel, entra á firmar

Esta querella que has dado

Contra aquel que te ha injuriado.

Isabel.

Tú, que quisiste ocultar

[p. 313]La ofensa que el alma llora,

¡Así intentas publicarla!

Pues no consigues vengarla,

Consigue el callarla ahora.

Crespo.

No: ya que como quisiera,

Me quita esta obligacion

Satisfacer mi opinion,

Ha de ser desta manera. (Vase Isabel.)

Inés, pon ahí esa vara;

Que pues por bien no ha querido

Ver el caso concluido,

Querrá por mal. (Vase Inés.)

ESCENA XV.

DON LOPE, soldados.—CRESPO.

D. Lope.

(Dentro.)Pára pára.

Crespo.

¿Qué es aquesto? ¿Quién, quién hoy

Se apea en mi casa así?

Pero ¿quién se ha entrado aquí?

(Salen Don Lope y soldados.)

D. Lope.

¡Oh Pedro Crespo! Yo soy;

Que volviendo á este lugar

De la mitad del camino

(Donde me trae, imagino,

Un grandísimo pesar),

No era bien ir á apearme

A otra parte, siendo vos

Tan mi amigo.

Crespo.

Guárdeos Dios;

Que siempre tratais de honrarme.

D. Lope.

Vuestro hijo no ha parecido

[p. 314]Por allá.

Crespo.

Presto sabreis

La ocasion: la que teneis,

Señor, de haberos venido,

Me haced merced de contar;

Que venís mortal, señor.

D. Lope.

La desvergüenza es mayor

Que se puede imaginar.

Es el mayor desatino

Que hombre ninguno intentó.

Un soldado me alcanzó

Y me dijo en el camino...

—Que estoy perdido, os confieso,

De cólera.

Crespo.

Proseguí.

D. Lope.

Que un alcaldillo de aquí

Al Capitan tiene preso.—

Y ¡vive Dios! no he sentido

En toda aquesta jornada

Esta pierna excomulgada,

Sino es hoy, que me ha impedido

El haber ántes llegado

Donde el castigo le dé.

¡Vive Jesucristo, que

Al grande desvergonzado

A palos le he de matar!

Crespo.

Pues habeis venido en balde,

Porque pienso que el alcalde

No se los dejará dar.

D. Lope.

Pues dárselos, sin que deje

Dárselos.

Crespo.

Malo lo veo;

Ni que haya en el mundo creo

Quien tan mal os aconseje.

[p. 315]¿Sabeis por qué le prendió?

D. Lope.

No; mas sea lo que fuere,

Justicia la parte espere

De mí; que tambien sé yo

Degollar, si es necesario.

Crespo.

Vos no debeis de alcanzar,

Señor, lo que en un lugar

Es un alcalde ordinario.

D. Lope.

¿Será más que un villanote?

Crespo.

Un villanote será,

Que si cabezudo da

En que ha de darle garrote,

Par Dios, se salga con ello.

D. Lope.

No se saldrá tal, par Dios;

Y si por ventura vos,

Si sale ó no, quereis vello,

Decid dónde vive ó no.

Crespo.

Bien cerca vive de aquí.

D. Lope.

Pues á decirme vení

Quién es el alcalde.

Crespo.

Yo.

D. Lope.

¡Vive Dios, que si sospecho!...

Crespo.

¡Vive Dios, como os lo he dicho!

D. Lope.

Pues, Crespo, lo dicho dicho.

Crespo.

Pues, señor, lo hecho hecho.

D. Lope.

Yo por el preso he venido,

Y á castigar este exceso.

Crespo.

Pues yo acá le tengo preso

Por lo que acá ha sucedido.

D. Lope.

¿Vos sabeis que á servir pasa

Al Rey, y soy su juez yo?

Crespo.

¿Vos sabeis que me robó

A mi hija de mi casa?

D. Lope.

¿Vos sabeis que mi valor

[p. 316]Dueño desta causa ha sido?

Crespo.

¿Vos sabeis cómo atrevido

Robó en un monte mi honor?

D. Lope.

¿Vos sabeis cuánto os prefiere

El cargo que he gobernado?

Crespo.

¿Vos sabeis que le he rogado

Con la paz, y no la quiere?

D. Lope.

Que os entrais, es bien se arguya,

En otra jurisdiccion.

Crespo.

Él se me entró en mi opinion,

Sin ser jurisdiccion suya.

D. Lope.

Yo sabré satisfacer,

Obligándome á la paga.

Crespo.

Jamás pedí á nadie que haga

Lo que yo me puedo hacer.

D. Lope.

Yo me he de llevar el preso.

Ya estoy en ello empeñado.

Crespo.

Yo por acá he sustanciado

El proceso.

D. Lope.

¿Qué es proceso?

Crespo.

Unos pliegos de papel

Que voy juntando, en razon

De hacer la averiguacion

De la causa.

D. Lope.

Iré por él

A la cárcel.

Crespo.

No embarazo

Que vais: solo se repare,

Que hay órden que al que llegare

Le den un arcabuzazo.

D. Lope.

Como esas balas estoy

Enseñado yo á esperar.

Mas no se ha de aventurar

Nada en esta accion de hoy.—

[p. 317]Hola, soldado, id volando,

Y á todas las compañías

Que alojadas estos dias

Han estado y van marchando,

Decid que bien ordenadas

Lleguen aquí en escuadrones,

Con balas en los cañones

Y con las cuerdas caladas.

Un sold.

No fué menester llamar

La gente; que habiendo oido

Aquesto que ha sucedido,

Se han entrado en el lugar.

D. Lope.

Pues vive Dios, que he de ver

Si me dan el preso ó no.

Crespo.

Pues vive Dios, que ántes yo

Haré lo que se ha de hacer. (Vanse.)


Sala de la cárcel.

ESCENA XVI.

DON LOPE, EL ESCRIBANO, soldados, CRESPO, todos dentro.

(Suenan cajas.)

D. Lope.

Esta es la cárcel, soldados,

Adonde está el Capitan:

Si no os le dan, al momento

Poned fuego y la abrasad,

Y si se pone en defensa

El lugar, todo el lugar.

Escrib.

Ya, aunque la cárcel enciendan,

[p. 318]No han de darle libertad.

Solds.

Mueran aquestos villanos.

Crespo.

¿Que mueran? Pues ¡qué! ¿no hay más?

D. Lope.

Socorro les ha venido.

Romped la cárcel: llegad,

Romped la puerta.

ESCENA XVII.

Salen los soldados y DON LOPE por un lado; y por otro, EL REY, CRESPO, labradores y acompañamiento.

Rey.

¿Qué es esto?

Pues ¡desta manera estáis,

Viniendo yo!

D. Lope.

Esta es, señor.

La mayor temeridad

De un villano, que vió el mundo.

Y, vive Dios, que á no entrar

En el lugar tan aprisa,

Señor, vuestra Majestad,

Que habia de hallar luminarias,

Puestas por todo el lugar.

Rey.

¿Qué ha sucedido?

D. Lope.

Un alcalde

Ha prendido un capitan,

Y viniendo yo por él,

No le quieren entregar.

Rey.

¿Quién es el alcalde?

Crespo.

Yo.

Rey.

¿Y qué disculpa me dais?

Crespo.

Este proceso, en quien bien

[p. 319]Probado el delito está,

Digno de muerte, por ser

Una doncella robar,

Forzarla en un despoblado,

Y no quererse casar

Con ella, habiendo su padre

Rogádole con la paz.

D. Lope.

Este es el alcalde, y es

Su padre.

Crespo.

No importa en tal

Caso, porque si un extraño

Se viniera á querellar,

¿No habia de hacer justicia?

Sí: pues ¿qué mas se me da

Hacer por mi hija lo mismo

Que hiciera por los demas?

Fuera de que, como he preso

Un hijo mio, es verdad

Que no escuchara á mi hija,

Pues era la sangre igual...[6]

Mírese si está bien hecha

La causa, miren si hay

Quien diga que yo haya hecho

En ella alguna maldad,

Si he inducido algun testigo,

Si está escrito algo de más

De lo que he dicho, y entónces

Me den muerte.

Rey.

Bien está

Sentenciado; pero vos

[p. 320]No teneis autoridad

De ejecutar la sentencia

Que toca á otro tribunal.

Allá hay justicia, y así

Remitid el preso.

Crespo.

Mal

Podré, señor, remitirle,

Porque como por acá

No hay más que sola una audiencia,

Cualquiera sentencia que hay,

La ejecuta ella, y así

Está ejecutada ya.

Rey.

¿Qué decís?

Crespo.

Si no creeis

Que es esto, señor, verdad,

Volved los ojos, y vedlo.

Aqueste es el Capitan.

(Abren una puerta, y aparece dado garrote en una silla el Capitan.)

Rey.

Pues ¿cómo así os atrevisteis?...

Crespo.

Vos habeis dicho que está

Bien dada aquesta sentencia:

Luego esto no está hecho mal.

Rey.

El consejo ¿no supiera

La sentencia ejecutar?

Crespo.

Toda la justicia vuestra

Es solo un cuerpo no más:

Si éste tiene muchas manos,

Decid, ¿qué más se me da

Matar con aquesta un hombre

Que estotra habia de matar?

Y ¿qué importa errar lo ménos,

Quien ha acertado lo más?

Rey.

Pues ya que aquesto es así,

[p. 321]¿Por qué, como á capitan

Y caballero, no hicisteis

Degollarle?

Crespo.

¿Eso dudais?

Señor, como los hidalgos

Viven tan bien por acá,

El verdugo que tenemos

No ha aprendido á degollar.

Y esa es querella del muerto,

Que toca á su autoridad,

Y hasta que él mismo se queje,

No les toca á los demas.

Rey.

Don Lope, aquesto ya es hecho.

Bien dada la muerte está;

Que errar lo ménos no importa,

Si acertó lo principal.

Aquí no quede soldado

Alguno, y haced marchar

Con brevedad; que me importa

Llegar presto á Portugal.—

Vos, por alcalde perpétuo

De aquesta villa os quedad.

Crespo.

Solo vos á la justicia

Tanto supierais honrar.

(Vase el Rey y el acompañamiento.)

D. Lope.

Agradeced al buen tiempo

Que llegó su Majestad.

Crespo.

Par Dios, aunque no llegara,

No tenía remedio ya.

D. Lope.

¿No fuera mejor hablarme,

Dando el preso, y remediar

El honor de vuestra hija?

Crespo.

En un convento entrará;

Que ha elegido y tiene esposo

[p. 322]Que no mira en calidad.

D. Lope.

Pues dadme los demas presos.

Crespo.

Al momento los sacad. (Vase el Escribano.)

ESCENA XVIII.

REBOLLEDO, LA CHISPA, soldados; despues, JUAN.—DON LOPE, CRESPO, soldados y labradores.

D. Lope.

Vuestro hijo falta, porque

Siendo mi soldado ya,

No ha de quedar preso.

Crespo.

Quiero

Tambien, señor, castigar

El desacato que tuvo

De herir á su capitan;

Que aunque es verdad que su honor

A esto le pudo obligar,

De otra manera pudiera.

D. Lope.

Pedro Crespo, bien está.

Llamadle.

Crespo.

Ya él está aquí.

(Sale Juan.)

Juan.

Las plantas, señor, me dad;

Que á ser vuestro esclavo iré.

Reboll.

Yo no pienso ya cantar

En mi vida.

Chispa.

Pues yo sí,

Cuantas veces á mirar

Llegue el pasado instrumento.

Crespo.

Con que fin el autor da

A esta historia verdadera:

Sus defectos perdonad.


[p. 323]

EL MAYOR MONSTRUO LOS CELOS.


[p. 324]

PERSONAS.


El Tetrarca Herodes.

Otaviano.

Aristóbolo.

Filipo, viejo.

Tolomeo.

Un capitan.

Polidoro, gracioso.

Mariene.

Sirene.

Libia.

Arminda.

Soldados romanos.

Soldados judíos.

Músicos.

Criados.

Judíos, damas.

Acompañamiento.

La escena es en las cercanías de Joppe, en Ménfis y en Jerusalen.


[p. 325]

JORNADA PRIMERA.


Sala de una quinta á orillas del mar en la playa de Joppe (ó Jafa.)

ESCENA PRIMERA.

EL TETRARCA, MARIENE, LIBIA, SIRENE, FILIPO, criados, músicos.

(Música.)

La divina Marïene,

El sol de Jerusalen,

Por divertir sus tristezas,

Vió el campo al amanecer.

Las aves, fuentes y flores

La dan dulce parabien,

Repitiendo, por servirla,

Al aire una y otra vez:

Sea triunfo de sus manos

Lo que es pompa de sus piés.

Fuentes, sus espejos sed,

Corred, corred, corred:

Aves, su luz saludad,

Volad, volad:

Flores, paso prevenid,

Vivid, vivid.

Tetrarc.

Hermosa Marïene,

[p. 326]Á quien el orbe de zafir previene

Ya soberano asiento,

Como estrella añadida al firmamento:

No con tanta tristeza

Turbes el rosicler de tu belleza.

¿Qué deseas? ¿Qué quieres?

¿Qué envidias? ¿Qué te falta? ¿Tú no eres,

Amada gloria mia,

Reina en Jerusalen? Su monarquía,

En cuanto ciñe el sol, el mar abarca,

¿No me aclama su ínclito monarca,

Como dan testimonio

Letras de Marco Antonio

Y firmas de Otaviano,

Porque los dos intentan, aunque en vano,

Repartir el imperio

Que dilata y extiende su hemisferio

Desde el Tíber al Nilo?

Y yo, con cauto pecho y doble estilo,

¿De Antonio no defiendo

La parte, porque así turbar pretendo

La paz, y que la guerra

Dure, porque despues cuando la tierra

De sus huestes padezca atormentada

Y el mar cansado de una y otra armada,

Pueda yo declararme,

Y en Roma, tú á mi lado, coronarme?

Tu hermano y Tolomeo,

¿No son á quien les fío mi deseo

Y ley de mi albedrío,

Pues con los dos socorro á Antonio envío?

Y en tanto ¡oh cielo hermoso!

Que al triunfo llega el dia venturoso,

¿No estás de mí adorada?

[p. 327]¿De mis gentes no estas idolatrada?

¿No habitas esta quinta,

Que sobre el mar de Joppe el cielo pinta?

Pues no tan fácilmente

Se postre todo el sol á un accidente;

Liberal restituya tu alegría

Su luz al alba, su esplendor al dia,

Su fragancia á las flores,

Al campo sus colores,

Sus matices á Flora,

Sus perlas á la aurora,

Su música á las aves,

Mi vida á mí, pues con discursos graves

A celos me ocasionan tus desvelos.—

No sé qué más decir, ya dije celos.

Mariene.

Tetrarca generoso,

Mi dueño amante y mi galan esposo,

Ingrata al cielo fuera

Y á mi ventura ingrata, si rindiera

El sentimiento mio

A pequeño accidente su albedrío.

La pena que me aflige,

De causa ¡ay cielos! superior se rige,

Tanto, que es todo el cielo

Depósito infeliz de mi desvelo,

Pues todo el cielo escribe

Mi desdicha, que en él grabada vive

En papel de cristal con letras de oro.

No con causa menor mi muerte lloro.

Tetrarc.

Ménos entiendo ahora yo y más dudo

El mio y tu dolor; y si es que pudo

Tanto mi amor contigo,

Hazme ya de tu mal, mi bien, testigo.

Sepa tu pena yo, porque la llore,

[p. 328]Y más tiempo no ignore

Muerte, que ya con mis sentidos lucha.

Mariene.

Nunca pensé decirlo; pero escucha.

Un doctísimo hebreo

Tiene Jerusalen, cuyo deseo

Siempre ha sido, estudioso

Apresurar al tiempo presuroso

La edad, como si fuera

Menester acordarle que corriera.

Este, pues, vigilante,

En láminas leyendo de diamante

Caracteres de estrellas,

Hoy los futuros contingentes dellas

A todos adelanta:

Tanta es la fuerza de su estudio, tanta,

Que es oráculo vivo

De todo ese cuaderno fugitivo

Que en círculos de nieve

Un soplo inspira y un aliento bebe.

Yo, que mujer nací (con esto digo

Que amiga de saber), docto testigo

Le hice de tu fortuna y mi fortuna,

Porque viendo que al orbe de la luna

Hoy empinas la frente,

El futuro previne contingente.

Con el mio juzgó tu nacimiento,

Y á los delirios de la suerte atento,

Halló... Aquí el labio mio

Torpe, muda la voz, el pecho frio,

Se desmaya, se cansa y desfallece,

Y aquí todo mi cuerpo se estremece.

Halló, en fin, que sería

Trofeo injusto yo ¡qué tiranía!

De un monstruo el más cruel, horrible y fuerte

[p. 329]Del mundo: halló tambien que daria muerte

(¿Qué daño no se teme prevenido?)

Ese puñal, que ahora traes ceñido,

A lo que más en este mundo amares.

¡Mira si tales penas, si pesares

Tan grandes, es forzoso

Que tengan mi discurso temeroso,

Muerta la vida y vivo el sentimiento!

Pues infaustos los dos, con fin sangriento,

Por ley de nuestros hados,

Vivimos á desdichas destinados:

Tú, porque ese puñal será homicida

De lo que más amares en tu vida;

Y yo, siendo con llanto tan profundo,

Trofeo del mayor monstruo del mundo.

Tetrarc.

Bellísima Marïene,

Aunque ese libro inmortal

En once hojas de cristal

Nuestros discursos contiene,

Dar crédito no conviene

A los secretos que encierra;

Que es ciencia que tanto yerra,

Que en un punto solamente

Mayores distancias miente

Que hay desde el cielo á la tierra.

De esa ciencia singular

Sólo se debe saber

El mal que se ha de temer,

Mas no el que se ha de esperar.

Sentir, padecer, llorar

Desdichas que no han llegado,

Ya lo son; pues tu cuidado

No puede haberte oprimido,

Despues de haber sucedido,

[p. 330]A más que haberlas llorado.

Y si ahora tu desvelo

Lo que ha de suceder llora,

Tú haces tu desdicha ahora

Mucho primero que el cielo;

Que llorar con desconsuelo,

Por imaginada ó dicha[7],

Una distante desdicha,

Ya es acercarla en rigor;

Y no hay desdicha mayor

Que el esperar la desdicha.

Con otro argumento yo

Vencer tu dolor quisiera:

Si ventura acaso fuera

La que el astrólogo vió,

¿Diérasla crédito? No,

Ni la estimaras ni oyeras;

¿Pues por qué en nuestras quimeras

Han de ser escrupulosas,

Las venturas mentirosas,

Las desdichas verdaderas?

Dé crédito el cauto igual

Al favor como al desden:

Ni aquel dudes porque es bien,

Ni este creas porque es mal:

Y si en argumento tal

No estás satisfecha, mira

Otro que al discurso admira.

Esta prevista crueldad,

O es mentira ó es verdad:

Dejémosla si es mentira

Pues nada nos asegura,

[p. 331]Y á que sea verdad vamos,

Porque siéndolo, arguyamos

Que es el saberla ventura.

Ninguna vida hay segura

Un instante: cuantos viven,

En un principio perciben

Tan contados los alientos,

Que se cumplen por momentos

Los números que reciben.

Yo en aqueste instante no

Sé si mi cuenta cumplí,

Ni si la debo; tú sí,

A quien el cielo guardó

Para un monstruo: luego yo

Llorar debiera ignorante

Mi fin; tú no, si este instante

A ser tan dichosa vienes,

Que seguro el vivir tienes,

Pues no está el monstruo delante.

Y pasando al fundamento

De lo que sabes de mí,

¿Cómo es compatible, dí,

Que aqueste puñal sangriento

Dé en ningun tiempo violento

Muerte á lo que yo más quiero,

Y á tí un monstruo? Ver no espero

Cosa de mí más querida;

Luego amenazan tu vida

Aquel monstruo y este acero.

Pues si hoy el hado importuno,

Que es de los gentiles dios,

Te ha amenazado con dos

Fines, no temas ninguno.

No hay más rigor para el uno

[p. 332]Que para el otro piedad:

Luego será necedad

Temer, al rigor atenta,

Cuando es fuerza que uno mienta,

Que el otro diga verdad.

Y porque veas aquí

Cómo mienten las estrellas,

Y que triunfar puedo dellas,

Mira el puñal... (Desenváinale.)

Mariene.

¡Ay de mí!

Tente, señor.

Tetrarc.

¿De qué así

Tiemblas, dí?

Mariene.

Mi muerte advierte

Mirarle en tu mano fuerte.

Tetrarc.

Pues porque no temas más,

Desde hoy inmortal serás,

Yo haré imposible tu muerte.

Sea el mar, campo de hielo,

Sea el orbe de cristal,

Deste funesto puñal,

Monstruo acerado del suelo,

Sepulcro.

(Arroja el puñal por una ventana.)

ESCENA II.

TOLOMEO, dentro.—Dichos.

Tolom.

(Dentro.) ¡Válgame el cielo!

Mariene.

¡Oh qué voz tan triste he oido!

Filipo.

Aire y agua han respondido

Con asombro ó con desmayo.

[p. 333]Libia.

El trueno fué de aquel rayo

Un lastimoso gemido.

Mariene.

¿Qué mucho que á mí me asombre

Acero tan penetrante,

Que hace heridas en las ondas,

Y impresiones en los aires?

Tetrarc.

Los pequeños accidentes

Nunca son prodigios grandes.

Acaso la voz se queja...

Y porque te desengañes,

Iré á saber lo que ha sido,

Penetrando á todas partes

Las entrañas de los montes,

Los cóncavos de los mares.

(Vanse todos, menos Mariene y sus dos damas.)

ESCENA III.

MARIENE, LIBIA, SIRENE.

Mariene.

Toda soy horror.

Libia.

El mar

Es monumento inconstante

De un mísero, que rendido

Entre sus espumas trae.

Sirene.

Ya tu esposo, el gran Tetrarca,

Con generosas piedades

Movido, al bajel humano

Ha dado puerto en la márgen.

Mariene.

El puñal que fué cometa

De dos esferas errante,

Arpon del arco del cielo,

Clavado en un hombro trae.

[p. 334]Libia.

Tolomeo es. ¡Ay de mí!

(Ap. Mas bastaba ser mi amante

Para ser tan infelice.)

¡Qué prodigio tan notable!

¡Qué espectáculo tan triste!

Mariene.

¡Qué asombro tan admirable!

Vamos de aquí, que no tengo

Animo para mirarle.

(Vase con sus damas.)

ESCENA IV.

EL TETRARCA, FILIPO, y los criados, que traen á TOLOMEO, con el puñal clavado en un hombro.

Tetrarc.

Ya del mar estais seguro,

Infelice navegante.

¡Así la mortal herida

Diera treguas á mis males!

Tolom.

Detente, señor, detente:

Este puñal no me saques,

Porque al ver la puerta abierta,

Sus espíritus no exhale

El alma. Ya que los cielos

Solamente en esta parte

Son piadosos, pues me dan

Para verte y para hablarte

Tiempo, no se pierda el tiempo.

Mi muerte y la tuya sabe.

Tetrarc.

¿Tolomeo?

Tolom.

Sí, señor.

Tetrarc.

Llevadle de aquí, llevadle

A curar.

[p. 335]Tolom.

Aqueso no;

Que cuando el riesgo es tan grande,

Ménos importa mi vida

Que la tuya; y así, ántes

Que acaben mi poco aliento

Desdichas que son tan grandes,

Oye las tuyas, señor;

Y cuando helado cadáver,

Me falte tiempo al decirlas,

Al saberlas no te falte.

Otaviano en tierra y mar,

Ondas ocupando y valles,

Llegó á Egipto: salió Antonio

Con tu socorro á buscarle,

De Cleopatra acompañado

En el Bucentoro, nave

Que labró para él Cleopatra

De marfiles y corales.

A los principios fué nuestra

(¡Fuerte pena, injusto trance!)

La fortuna; pero ¿cuándo

Estuvo firme un instante?

Enojáronse las ondas,

Y el mar, Nembrot de los aires,

Montes puso sobre montes,

Ciudades sobre ciudades.

La armada del enemigo,

Como estaba hácia la parte

Del puerto abrigada, en él

Quiso el cielo que se ampare.

Mas la nuestra, dividida,

Deshecha y sin órden, sale

A la campaña del mar,

Donde impelida mi nave,

[p. 336]Caballo fué desbocado,

Que no hay freno que le pare.

Atormentada en efecto,

Desmantelado el velámen,

Los árboles destroncados,

Enmarañados los cables,

Y trayendo, finalmente,

Arena y agua por lastre,

A vista ya de las torres

De Jerusalen la grande[8],

Fué rüina en un escollo,

Y aquí una tabla á los ayes

Repetidos fué delfin

Enseñado á sus piedades.

¿Quién crêrá que la fortuna,

En un hombre que se vale

De la piedad de un fragmento,

Pudiera hacer otro lance?

Yo lo afirmo, pues yo ví

De acero un cometa errante

Contra este humano bajel,

Correr la esfera del aire.

Este pues que de mi vida

Tasando está los instantes,

Sólo el decir me permite

Que tu enemigo triunfante

Queda en Egipto, y Antonio

O rendido ó muerto yace;

Que de Aristóbolo, hermano

De tu esposa, no se sabe;

Y en fin, que tus esperanzas

[p. 337]Como el humo se deshacen.

Y ya que de tus desdichas,

Siendo el todo, no soy parte,

Dáles sepulcro á las mias;

Aunque las mias son tales,

Que ellas se harán su sepulcro,

Pues tienen para labrarle

Sangre y acero, y podrán

Enternecer un diamante;

Que áun los diamantes se rinden

Al acero y á la sangre.

Tetrarc.

Ser un hombre desdichado

Todos han dicho que es fácil,

Y yo digo que es difícil,

Porque es estudio tan grande

Aqueste de las desdichas,

Que no le ha alcanzado nadie.—

Quitadme ese asombro, ese

Funesto horror de delante.

Llevadle donde le curen...

Y aquese puñal... guardadle,

Que importa saber qué debo

Hacer dél; que ya él me hace

Tenerle por prodigioso.—

¡Ay Filipo! hagan alarde

Mis suspiros de mis penas,

Mis lágrimas de mis males.

(Llévanse los criados á Tolomeo.)

[p. 338]ESCENA V.

EL TETRARCA, FILIPO.

Filipo.

Señor, los grandes sucesos

Para los sujetos grandes

Se hicieron, porque el valor

Es de la fortuna exámen.

Ensancha el pecho, que en él

Cabrán todos tus pesares,

Sin que á la voz ni á los ojos

Se asomen.

Tetrarc.

¡Ay! que no sabes,

Filipo, cuál es mi pena,

Pues quieres darla esa cárcel.

Filipo.

Sí sé, pues sé que has perdido

Tal república de naves.

Tetrarc.

No es su pérdida la mia.

Filipo.

Serálo el mirar triunfante

A tu enemigo.

Tetrarc.

No tengo

Miedo á las adversidades.

Filipo.

De Aristóbolo tu hermano,

Ni de Marco Antonio sabes.

Tetrarc.

Cuando sepa que murieron,

Tendré envidia á bien tan grande.

Filipo.

Los prodigios del puñal

Preñeces[9] son admirables.

Tetrarc.

Al magnánimo varon

No hay prodigio que le espante.

[p. 339]Filipo.

Pues si prodigios, fortunas,

Pérdidas y adversidades

No te rinden, ¿qué te rinde?

Tetrarc.

¡Ay, Filipo! no te canses

En adivinarlo, puesto

Que miéntras no adivinares

El amor de Marïene,

Todo es discurrir en balde.

Todos mis intentos son

Entrar con ella triunfante

En Roma, porque no tenga

Que envidiar mi esposa á nadie.

¿Por qué ha de gozar belleza

Que no hay otra que la iguale

(Error del mérito), un hombre,

Que hay otro que le aventaje?

Piérdase la armada, muera

El César Antonio, falte

Aristóbolo, Otaviano

De un polo á otro polo mande,

Con trágicas prevenciones

Hoy los cielos me amenacen,

Vuelva el prodigioso acero

A mi poder; que á postrarme

Nada basta, nada importa,

Siempre con igual semblante;

Sino solamente el ver

Que yo no he sido bastante

A hacer reina á Marïene

Del mundo; y en esta parte

Dirás, y diránlo todos,

Que es locura: no te espantes,

Que cuando amor no es locura,

No es amor; y el mio es tan grande,

[p. 340]Que temo (advierte, Filipo)

Que pasando los umbrales

De la vida, y que llegando

De la muerte á esotra parte,

Ha de quedar en el mundo

Por un prodigio admirable

De las fortunas de amor

A las futuras edades. (Vanse.)


Sala de un palacio de Ménfis.

ESCENA VI.

OTAVIANO, soldados romanos.

Otavian.

Felice es la suerte mia,

Pues de Egipto victorioso,

Dilato la monarquía

De Roma, dueño famoso

De los términos del dia.

Cante pues victoria tanta

La fama, y en testimonio

De que á todas se adelanta,

Sean triunfo de mi planta

Hoy Cleopatra y Marco Antonio.

Presos á los dos procura

Llevar mi heroica ventura,

Porque, lidiador bizarro,

Sean fieras de mi carro

El poder y la hermosura.

[p. 341]ESCENA VII.

POLIDORO, ARISTÓBOLO, un CAPITAN.—OTAVIANO, soldados.

Capitan.

Aunque habemos discurrido

De Cleopatra el gran palacio,

Hallarla no hemos podido,

Ni á Antonio, porque su espacio

Laberinto de oro ha sido.

Solamente hemos hallado

A Aristóbolo, cuñado

Del que hoy en Jerusalen

Tetrarca asiste, de quien

Nos informó este criado.

(Señalando á Aristóbolo.)

Tu contrario fué; y así,

Porque averigües aquí

Sus designios, le traemos

De la parte en que le habemos

Hallado. Llega. (A Polidoro.)

Polidor.

(Ap.¡Ay de mí!)

(Ap. á Aristóbolo.)

¿Cuál diablo me metió, cuál,

Cielos, en engaño igual?

¿No son notables errores

Que otros vivan de traidores,

Y yo muera de leal?

Aristób.

(Ap. á Polidoro.)

Si así la vida me das,

No temas: seguro estás,

Que yo á tí te la daré.

[p. 342]Disimula.

Polidor.

Yo lo haré,

Hasta que no pueda más.

Aristób.

Grande César Otaviano,

Cuyo renombre inmortal

El tiempo asegure ufano

En láminas de metal,

Que intente borrar en vano:

No manches, no, riguroso

Los aplausos que has tenido

Con sangre; que es ser piadoso

Vencedor con el vencido,

Ser dos veces victorioso.

Otavian.

(A Polidoro.)

Aunque pudiera ¡oh valiente

Aristóbolo! vengarme

En tu vida dignamente

De tí y tu hermano, mostrarme

Quiero piadoso y clemente.

Álzate del suelo, y pues

El fin de mis glorias es

Entrar en Roma triunfante

Con Marco Antonio delante,

Y con Cleopatra á los piés,

Díme dónde están; que no

He sabido de ellos yo

Desde que aquel Bucentoro,

Armada nave de oro,

De la batalla salió.

Polidor.

Yo de los dos te dijera,

Si yo de los dos supiera;

Pues por mis discursos hallo

Que hiciera más en callallo

Yo, que en decírtelo hiciera;

[p. 343]Mas desde que llegué aquí,

Nunca más á los dos ví.

Otavian.

Eso no es agradecer

Mi piedad. Yo he de saber

Dellos, y ha de ser así.—

¡Hola!

Capitan.

Señor.

Otavian.

Al infante

Aristóbolo llevad

A una torre, y ni un instante

Goce de la claridad

Del sol: la noche le espante

Por eterna.

Polidor.

Aquí llegó,

Señor, de tu engaño el fin. (Ap. á él.)

Aristób.

(Ap. á Polidoro.)

Sufre.

Polidor.

¿Torre obscura yo?

Otavian.

Llevadle.

Polidor.

(Ap.El demonio sin

Duda me Aristoboló.)

Que yo...

Capitan.

Calla.

Polidor.

¿Qué es callar?

¡Vive Baco, que he de hablar!

¿Yo príncipe? Muy errado,

Muy cerrado y muy culpado

Soy...

Otavian.

¿Qué teneis que esperar?

Y ese criado, primero

Padezca un tormento fiero,

Ó muera en él de leal.

Polidor.

¿Qué es tormento? (Ap. Mal por mal,

Torre pido, noche quiero.)

[p. 344]Vamos á la torre: yo

Soy Aristóbolo, no

Príncipe errado, segun

Decia. (Ap. Sin duda que algun

Ángel me Aristoboló.)

Aristób.

Enfrena un poco el rigor,

Sabrás de los dos, señor;

Y de mi voz advertido,

Oirás que los dos han sido

Funestos triunfos de amor.

Apénas rota su armada

Vió Antonio, cuando la alada

Nave, haciéndose á la vela,

Nada pensando que vuela,

Vuela pensando que nada;

Pues con ligereza suma,

Pez sin escama nadaba,

Ave volaba sin pluma,

Tan veloz, que no le ajaba

Un solo rizo á su espuma.

A Ménfis en fin llegó,

Donde rehacerse pensó

De la pérdida y tornar

A la campaña del mar,

Que tantas desdichas vió;

Mas viendo que le seguias

A Ménfis, y que traias

De tu parte á la fortuna,

Pues al orbe de la luna

Con alas suyas subias;

Lamentando mal y tarde

La pérdida de su gente,

Sin que á ser despojo aguarde,

Del extremo de valiente

[p. 345]Dió al extremo de cobarde;

Pues ciego y desesperado,

Al panteon, colocado[10]

A egipcios reyes, entró

Y una sepultura abrió,

Donde vivo y enterrado,

Dijo, sacando el acero:

«Nadie ha de triunfar primero

De mí que yo mismo: así

Triunfo yo mismo de mí,

Pues yo mismo mato y muero.»

Cleopatra que le seguia,

Viendo que ya agonizaba,

Bañado en su sangre fria,

Cuyo aliento pronunciaba

Más, cuanto ménos decia:

«Muera (dijo) yo tambien;

Pues por piedad ó por ira,

No cumple con ménos quien

Llega á querer bien, y mira

Muerto á lo que quiso bien.»

Y asiendo un áspid mortal

De las flores de un jardin,

Dijo: «Si otro de metal

Dió á Antonio trágico fin,

Tú serás vivo puñal

De mi pecho; aunque sospecho

Que no moriré, á despecho

De un áspid, pues en rigor,

No hay áspid como el amor,

Y há dias que está en mi pecho.»

Y él con la sed venenosa

[p. 346]Hidrópicamente bebe,

Cebado en Cleopatra hermosa,

Cristal que exprimió la nieve,

Sangre que vertió la rosa.

Yo lo ví todo, porqué

Así como aquí llegué,

El palacio examinando,

A Aristóbolo buscando,

Hasta el sepulcro me entré,

Donde él rendido al valor,

Y ella postrada al dolor

Yacen, porque de esta suerte

Aun no divida la muerte

A dos que junta el amor.

Otavian.

Aquí dió fin mi esperanza,

Aquí murió mi alabanza,

Pues por asombro tan fuerte,

No ha de pasar mi venganza

Los umbrales de la muerte.

Ya triunfar de ellos no espero;

Que yo solamente quiero

Saber qué intento ha obligado

Al Tetrarca tu cuñado

Para que sañudo y fiero

Te enviase contra mí.

Polidor.

Si tú estás diciendo aquí

Que es cuñado, ¿no es error

Preguntarme qué es, señor,

Su intento? Pues digo así

Que lo que á esto le ha obligado,

Es el verme de esta suerte,

Pues solo me habrá enviado

A que tú me des la muerte,

Propia alhaja de un cuñado.

[p. 347]Capitan.

Si examinar su intencion

Quieres, yo te la diré,

Pues con aquesta ocasion

Este cofre les quité.

Joyas y papeles son

Las que hay en él.

Otavian.

Muestra á ver.

—Cifra es del mayor poder

Su inestimable riqueza;

Mas la pintada belleza

De una extranjera mujer

(Saca del cofrecillo un retrato.)

Es la más noble y mejor

Joya, y la de más valor.

No ví más viva hermosura,

Que el alma de la pintura.

Aristób.

(Ap.) Atento el emperador

Mira el retrato fiel;

Mas ¡ay fortuna cruel!

Ver los papeles porfía.

¡Mal haya el hombre que fía

Sus secretos á un papel!

(Saca Otaviano del cofrecillo una carta.)

Otavian.

(Lee.) «En esta faccion está el fin de mis deseos, pues no espero para declararme emperador de Roma, sino que Otaviano, rendido ó preso...»

¿Qué tengo que saber más?

Y pues sospechoso estás,

Y aun convencido conmigo,

Miéntras pienso tu castigo,

En una torre estarás.

Polidor.

No son buenos pensamientos

Andar pensando tormentos.

[p. 348]

¿No será mucho mejor,

Que no castigos, señor,

Pensar gustos y contentos?

Otavian.

Llevadle de aquí.

Polidor.

Escuchar

Debes que...

Otavian.

No hay que aguardar.

Polidor.

Sí hay.

Otavian.

Dí.

Polidor.

Solamente digo

Que no hay que esperar castigo,

Pues no me dejas hablar.

(Los soldados se llevan á Polidoro.)

ESCENA VIII.

OTAVIANO, ARISTÓBOLO, EL CAPITAN.

Otavian.

(Al Capitan.) Tú partirás al momento

Con gente y armas, y atento

A mi cesárea obediencia,

Traerás preso á mi presencia

Al Tetrarca; que es mi intento

Que como á César me dé

Del tiempo que ha gobernado

Residencia: y tú, porque

En efecto eres criado,

En quien tal lealtad se ve,

Darte libertad espero;

Pero por rescate quiero

Que ya liberal me des

El decirme cúyo es

Este retrato.

[p. 349]Aristób.

(Ap.Aquí muero

De confusion: si le digo

Quién es, á amarla le obligo;

Desesperarle es mejor.

Halle imposible su amor

Al principio: así consigo

Su quietud.) Esa pintura,

Sombra ya de una escultura,

Ceniza de un rayo ardiente,

Es memoria solamente

De una difunta hermosura.

Otavian.

¿Muerta es esta mujer?

Aristób.

Sí.

Otavian.

(Ap.) ¿Para qué, amor, ¡ay de mí!

Sin esperanzas la veo?

Aristób.

(Ap.) Bien se logró mi deseo.

Otavian.

Libre estás, véte de aquí. (Vase Aristóbolo.)

ESCENA IX.

OTAVIANO.

La muerte y el amor una lid dura

Tuvieron sobre cuál era más fuerte,

Viendo que á sus arpones de una suerte

Vida ni libertad vivió segura.

Una hermosura amor divina y pura

Perficionó, donde su triunfo advierte;

Pero borrando tanto sol la muerte,

Triunfó así del amor y la hermosura.

Viéndose amor entónces excedido,

La deidad de una lámina apercibe,

A quien borrar la muerte no ha podido.

[p. 350]Luego bien el laurel amor recibe,

Pues de quien vive y muere dueño ha sido,

Y la muerte lo es sólo de quien vive. (Vase.)


Campo en las inmediaciones de Jafa.

ESCENA X.

LIBIA.

Por las faldas lisonjeras

De estos elevados riscos,

Que son del puerto de Jafa

Enamorados Narcisos,

A divertir mis pesares

Melancólica he salido,

Por no escuchar los ajenos,

Pudiendo llorar los mios.

Sola estoy, salga del pecho

En acentos repetidos

Mi dolor. ¡Ay Tolomeo!

En tanto que lloro y gimo

Desdichas tuyas, admite

Este llanto que te envío.

Bastaba quererte bien,

Para que (¡rigor impío!)

Te sucediese mal todo,

Tropezando en tus peligros.

Cuando victorioso (¡ay triste!)

Te esperaba el pecho mio,

Dulce fin de tus amores,

¡Muerto has llegado y vencido!

[p. 351]ESCENA XI.

MARIENE, SIRENE.—LIBIA.

Sirene.

Casta Vénus de estos montes,

Si á divertir has venido

Con la música y las flores

Los ojos y los oidos,

La atencion vuelve y la vista

A ese bruto cristalino,

Pues son flores sus celajes

Y música sus bramidos.

Mariene.

Nada puede para mí

Servir, Sirene, de alivio.

ESCENA XII.

EL TETRARCA, FILIPO.—Dichos.

Filipo.

Este es, señor, el puñal,

Que ya una vez despedido

De tu mano, vuelve á ella.

Tetrarc.

Ya con asombro le miro

Como á fatal instrumento.

Mas dí, ¿cómo se ha sentido

Tolomeo?

Filipo.

No es la herida,

Señor, de tanto peligro,

Como la falta de sangre.

Tetrarc.

Marïene.

Mariene.

Esposo mio.

[p. 352]Tetrarc.

Girasol de tu hermosura,

La luz de tus rayos sigo,

Bien como la flor del sol,

Cuyos celajes y visos,

Iluminados á rayos,

Tornasolados á giros,

Le van siguiendo, porque

Iman del fuego atractivo,

Le hallan su vista ó su ausencia,

Ya luciente, y ya marchito.

Mariene.

Ya que del fuego te vales,

Sea amor ó sea artificio,

Yo tambien; pues como aquella

Ave que tuvo por nido

Y por sepulcro la llama,

Enamorando el peligro,

Bajel de púrpura y oro,

Bate los remos de vidrio;

Así yo que á tantos rayos

Vida, muriendo, recibo,

Hasta que abrasada muera,

Me parece que no vivo.

Tetrarc.

Dejadnos solos.

(Vanse Filipo, Libia y Sirene.)

ESCENA XIII.

EL TETRARCA, MARIENE.

Tetrarc.

Ya pues

Que serán mudos testigos

De mis lágrimas y voces

Estos mares y estos riscos,

[p. 353]Salgan, Marïene hermosa,

Afectos del pecho mio

En lágrimas á las ondas,

Y á las peñas en suspiros.

Este sangriento puñal,

Sacre de acero bruñido

(Que no con poca razon

Sacre de acero le digo,

Pues cuando desenlazado

De mi mano le despido,

Con la presa vuelve á ella,

En sangre y horror teñido),

Es aquel que la dudosa

Ciencia de un astro previno

Para homicida de quien

Más adoro y más estimo.

Y aunque es verdad que constante

A peligrosos jüicios

No doy crédito, y desprecio

Los contingentes delirios

Del hado y de la fortuna

(Dioses que coloca[11] el vicio),

No sé qué nuevo temor

En mi pecho ha introducido

Verle volver á mi mano,

Que ya le temo y le admiro;

Y entre el miedo y el valor,

Ya cobarde, ya atrevido,

Sitiado dentro de mí,

Me quiero dar á partido.

Porque aunque bien yo no creo

Los acasos prevenidos,

[p. 354]No los dudo; que no ignoro

Que ese estrellado zafiro,

República de luceros,

Vulgo de astros y de signos,

A quien le sabe leer

Es encuadernado libro,

Donde están nuestros alientos

Asentados por registro.

Y así, ni dudando bien,

Ni bien creyendo, imagino

Que debe el varon perfecto

A los sucesos previstos

Darlos al crédito en una

Parte, y en otra al olvido:

Aquí para no esperarlos,

Y allí para prevenirlos;

Pues señor de las estrellas,

Por leyes de su albedrío,

Previniéndose á los riesgos,

Puede hacer virtud del vicio.

Yo, pues, entre dos afectos

Vacilante y discursivo,

Ni creyendo ni dudando,

El puñal á tus piés rindo.

Tú eres, bellísima hebrea,

La luz hermosa que sigo,

La beldad que sola adoro,

La imágen que sola admiro.

No es posible que yo quiera,

Si inmortal al tiempo vivo,

Otra cosa más que á tí;

Tanto, que mil veces digo

Que el mayor monstruo del mundo

Que te amenaza á prodigios,

[p. 355]Es mi amor, pues por quererte,

A tantas cosas aspiro,

Que temo que él ha de ser

Ruina tuya y blason mio.

Pues si lo que yo más quiero

Eres tú, y el cielo mismo

No puede hacer que no seas,

Sin borrar lo que ya hizo;

Tú eres á quien amenaza

Ese hermoso basilisco,

Que en tus piés se disimula

Entre dos cándidos lirios.

Yo quise hacer imposible

Tu muerte, cuando atrevido

Arrojé al mar el puñal;

Pero habiendo una vez visto

Que áun en él no está seguro,

Pues por casos exquisitos

Podrá llegar donde estés

Siempre ignorando el peligro:

Para más seguridad

Tuya, cuerdo he prevenido

Que tú, árbitro de tu vida,

Traigas tu muerte contigo;

Que mayor felicidad

Nadie en el mundo ha tenido,

Que ser, á pesar del hado,

El juez de su vida él mismo.

La parca, que nuestras vidas

Tiene pendientes de un hilo,

Para que el tuyo no corte

Pone en tu mano el cuchillo.

En tu mano está tu suerte:

Vive tú sola á tu arbitrio,

[p. 356]Pues si acercas el aliento,

Podrás embotarle el filo.

Si es verdad ó si es mentira

El hado, no lo averiguo,

Mas prevengo los dos males;

Pues prudente y advertido,

Si es mentira la sospecha,

De que la temas te alivio;

Si es verdad, con la razon

A hacerla mentira aspiro.

Luego, mentira ó verdad,

Para todo prevenido,

Yo no puedo darte más

Que tu vida: esta te rindo.

Este acero y este amor

Son hoy tus dos enemigos:

Pues miéntras yo te corono

De mil laureles invictos,

Triunfa tú dese, y al fin

Dueño tú de tu albedrío,

Guárdate tu vida tú,

Huye tú de tu peligro,

Hazte tú tu duracion,

Lábrate tú tus designios,

Cuéntate tú tus alientos,

Y vive al fin tantos siglos,

Que este amor y este puñal

Triunfen de muerte y olvido.

Mariene.

Oye, señor, oye, espera;

Que aunque agradezco y estimo

El don que á mis plantas pones,

Ni le acepto ni le admito;

Que de púrpura manchado

Y entre flores escondido,

[p. 357]Tanto me estremezco, tanto

En verle me atemorizo,

Que muda y helada creo,

Torpe el labio, el pecho frio,

Que soy de aquesos jardines

Estatua de mármol vivo.

Mas rompiendo á mi silencio

Las prisiones y los grillos

Con que en cárceles de hielo

El temor los ha tenido,

Quiero declararme, y quiero

Argüirte que no ha sido

Cuerda determinacion

(Si bien de tu amor indicio)

La que contigo has tomado

Y ejecutado conmigo.

Dejo á una parte si es bien

El darse por entendido

Hoy mi amor de que yo sea

Del tuyo sujeto digno;

Y creyéndote cortés

(Pues por amante y marido

Me está tan bien el creerlo),

En mi argumento prosigo,

Sin tocar si es bien ó mal

Tampoco haberlo creido;

Pues por verdad ó mentira,

Ya tú en esta parte has dicho

Que el prevenirlo es cordura,

Esperarlo desatino,

Y providencia discreta

No esperarlo y prevenirlo.

Y así, esto aparte dejando,

Vuelvo á mi argumento, y digo:

[p. 358]Si ese sangriento puñal

Es el que cruel y esquivo

El hado esquivo y cruel

Contra mi pecho previno,

¿Quién te persuadió, Tetrarca,

Quién te informó, quién te dijo

Que era la seguridad

De mi vida traer conmigo

La ejecucion de mi muerte,

Y que podrán ser amigos,

Ni hacer buena compañía

La vida y el homicidio?

Si este mi suerte amenaza

Con asombros, ¿es arbitrio

Para excusar que se encuentren,

Hacer que anden un camino

Los dos, siguiéndose siempre

El acaso y el peligro?

¿Fuera buena prevencion

En el humano sentido,

Para estorbar que se abrase

Este supremo edificio,

Acompañarle del fuego?

¿Fuera acierto conocido

Para excusar que un espejo

No se quiebre, junto á él mismo

Poner piedras en que encuentre?

Pues piensa que es esto mismo

Lo que intentas, pues intentas

Que nunca estén divididos

Ese puñal y este pecho;

Y han de ser siempre enemigos,

Por más que juntos los vea,

Seguridad y peligro,

[p. 359]Vida, muerte y impiedad,

Sombra y luz, virtud y vicio,

Homicidio y homicida,

Torre y fuego, piedra y vidrio.

Confieso que la razon

Es fuerte, cuando advertido

Dices que no es ocultarle

Remedio, cuando le vimos

Volver del mar á tus manos;

Y que será gran martirio,

Confieso tambien, estar

Dudando siempre afligido

Un pecho, «¿quién será ahora

Dueño de los hados mios?»

Pero entre apartarle tanto

Que ignore quién habrá sido,

Y acercarle tanto, que

Sepa que viene conmigo,

Hay un medio, que es ponerle

Con tal dueño y en tal sitio,

Que lo sepa y no lo tema.

Tú lo has de traer ceñido;

Pues si del juicio me acuerdo,

El mágico no me dijo

Que tú darias la muerte

A lo que más has querido

Con él, sino que con él

Moriria; y pues colijo

Que otro podrá aborrecer

Lo que tú quieres, delito

Fuera, echándole de tí,

Dar armas á tu enemigo,

Pues podrá venir á manos

De quien me haya aborrecido.

[p. 360]Y así, señor, yo te ruego,

Y así, señor, te suplico

Que tú, alcaide de mi vida,

Traigas el puñal contigo.

Con eso seguramente

Sabré que aquel tiempo vivo

Que tú le tienes. Que escuches

El argumento te pido.

O tú me quieres ó no:

Si me quieres, no peligro,

Pues á lo que tú más quieres

No has de dar muerte tú mismo.

Si no me quieres, no soy

A quien arrastra el destino

De tu amor, y al mismo instante

De la amenaza me libro.

Luego olvidada ó querida,

Mi seguridad te pido,

Mis temores desvanezco,

Mis quietudes facilito,

Mis deseos aseguro,

Mis contentos solicito,

Mis recelos acobardo,

Mis esperanzas animo,

Cuando tu amor y mi vida

Triunfen de muerte y olvido.

Tetrarc.

Tanto tu vida deseo,

Que á ser tu alcaide me obligo.

¡Ojalá fuera verdad,

No prevencion, este estilo,

Para que nunca murieras!

Y así á tus voces movido,

En tu nombre, dulce esposa,

Segunda vez me le ciño. (Tocan dentro cajas.)

[p. 361]Pero ¡válganme los cielos!

¿Qué alboroto, que rüido

Es este?

Mariene.

El cielo parece

Que se hunde de sus quicios.

Tetrarc.

¡Qué asombro!

Mariene.

¡Qué confusion!

ESCENA XIV.

FILIPO y LIBIA, cada uno por su lado.—EL TETRARCA, MARIENE.

Filipo.

Señor.

Libia.

Señora.

Tetrarc.

Filipo,

¿Qué es esto?

Mariene.

¿Qué es esto, Libia?

Libia.

No sé si sabré decirlo.

Filipo.

Gente del emperador

Otaviano, tu enemigo,

A Jerusalen ocupa;

Y ya todos sus vecinos,

Sabiendo que Antonio es muerto,

Parciales y divididos

Te buscan para prenderte,

Diciendo á voces que has sido

La causa de sus traiciones.

Mariene.

¡Ay de mí!

Tetrarc.

¡Pierdo el sentido!

Mariene.

Huye, señor: ese monte

Sea tu sagrado asilo,

Porque mejor las desdichas

[p. 362]Se vencen en los principios.

Tetrarc.

¿Qué es huir? Viven los cielos,

Que tengo de recibirlos.

Mariene.

Mira, señor...

Tetrarc.

¿Qué he de ver?

Mariene.

Que es un vulgo...

Tetrarc.

Ya lo miro.

Mariene.

Alborotado.

Tetrarc.

¿Qué importa?

Mariene.

Tu vida...

Tetrarc.

Mi vida libro...

Mariene.

¿Cómo?

Tetrarc.

Poniéndome...

Mariene.

¿Dónde?

Tetrarc.

Delante dél.

Mariene.

Es delirio.

Tetrarc.

No es.

Mariene.

¿Por qué?

Tetrarc.

Porque con verme,

Verás que su orgullo rindo.

(Vuelven á tocar.)

Adios, esposa, que ya

Segunda vez dan aviso

Las cajas.

Mariene.

Tente.

Tetrarc.

¿Qué temes?

Mariene.

Temo, señor, tu peligro,

Que vas solo.

Tetrarc.

No voy tal:

Tú vas, señora, conmigo,

Y este acero, que me basta

(Si es de la muerte ministro)

A ser asombro del mundo,

A ser rayo, á ser prodigio.


[p. 363]

JORNADA SEGUNDA.


Sala del palacio de Ménfis.

ESCENA PRIMERA.

Dos soldados romanos, con un retrato grande de Mariene.

Sold. 1.°

Ya que en sus melancolías

No hay cosa que le divierta

Más, que en varios trajes ver

Repetida esta belleza,

Y este es el primer retrato

De cuantos de la pequeña

Lámina al lienzo pasó

Del noble arte la excelencia,

Pongámosle de su cuarto

Sobre el marco de esa puerta,

Para que cuando entre y salga

A todas horas le vea.

Sold. 2.°

Bien has prevenido.

Sold. 1.°

Pues

Sea presto, que ya llega. (Cuélganle.)

Sold. 2.°

Con la prisa que me das,

No sé si bien puesto queda.

¡Quiera Dios que no se caiga,

Vencido el clavo ó la cuerda!

[p. 364]ESCENA II.

OTAVIANO.—Dichos.

Otavian.

(Para sí.) Pasion tan desesperada,

Que al primer paso tropieza

En un imposible, y cae

En otro, queriendo ciega

Dar una esperanza viva

En una hermosura muerta,

Bien se ve que no es pasion,

Sino locura, y de tema

Tan invencible, que triunfos,

Aplausos, lauros y empresas

No la alivian, puesto que

Ni todo ni parte sean

A echar de mí una aprension

Tan rebeldemente necia.

Sold. 1.°

Como mandaste, señor,

Que en todo Ménfis se hicieran

De este pequeño retrato

(Vuélvele el pequeño.)

Várias copias, traje esta,

(Señala el grande.)

Por ser la más parecida.

Otavian.

Dices bien, pues no pudiera

Haberla mejor sacado

El pincel, cuando corriera

Las líneas y los bosquejos

Al lienzo desde mi idea.

¿Que nunca me hayas sabido,

O con maña ó con cautela,

[p. 365]De Aristóbolo, quién fuese

Alma de deidad tan bella?

Sold. 1.°

Con ese intento mil veces

A la torre que le encierra

De guarda entré; pero nunca

Lo supe; que de manera

Aristóbolo ha perdido

El juicio desde que en ella

Está, que es en vano ya

Que á nada en razon atienda.

Otavian.

¿Qué dices?

Sold. 1.°

Que solamente

Desatinos dice y piensa.

Otavian.

No me espanto ¡ay infelice!

Si la causa que le fuerza

A perder el juicio ha sido

Perder esta hermosa prenda.

¿Cómo es compatible, ¡oh rara

Beldad! que un delirio sientan

Dos, el uno porque te halle,

Y el otro porque te pierda?

¡Qué mal hice cuando necio,

De amor y de su violencia,

Culpé á Antonio que adorase

A aquella gitana,[12] á aquella

Que en los teatros del mundo

Hizo la mayor tragedia!

¡Oh qué bien vengado está

De mi altivez y soberbia!

Pues para mayor trofeo,

Con instrumento se venga

Tan fácil como un retrato,

[p. 366]Y ese de una beldad muerta.

(Tocan dentro cajas destempladas.)

¿Pero qué es aquesto? Cuando

Triste pronuncia mi lengua

Muerta beldad, me responden

Las cajas y las trompetas

Destempladas. ¿Si los cielos,

Si los montes, si las selvas,

Si los vientos, si los mares,

Cuando mi voz les acuerda

De igual pérdida la ruina,

Compadecidos celebran

De esa difunta hermosura

Repetidas las exequias?

(Vuelven á sonar las cajas.)

Otra vez ¡piadosos cielos!

Suena el rumor de más cerca.

Ved quién ese pavor causa.

Sold. 1.°

Mucho extraño que las señas

No te lo digan, pues es

Ceremonia usada esta

De los bárbaros gitanos,

Siempre que rendida ó presa

Alguna persona real

En su corte sale y entra.

Otavian.

¿Pues quién entra ó sale hoy,

O preso ó rendido en ella?

ESCENA III.

UN CAPITAN.—Dichos.

Capitan.

(Que ha oido la pregunta de Otaviano.)

El Tetrarca, á quien tú diste

[p. 367]Orden de que yo le prenda.

Y viendo cuánto supone

Virey que por tí gobierna,

Usando la ceremonia

De que con sus armas venga,

Y con salva se reciba,

Bien que trágica y funesta,

Llega á tus piés.

(Vuelven á tocar cajas destempladas.)

ESCENA IV.

EL TETRARCA, en medio de soldados.—Dichos.

Otavian.

Más estimo

Ver postrada esa soberbia,

Que el alto triunfo con que

Roma recibirme espera.

Quede él solo, y los demas

Salgan, Patricio, allá fuera;

Que por si acaso mi enojo

Tras sí mis acciones lleva,

No quiero que nadie airado

Con un rendido me vea.

Templad vos, pues sois mi espejo,

Mi cólera.

(Mira el retrato que tiene en la mano.)

Tetrarc.

(Ap.¡Suerte adversa!

¿A qué más pudo llegar

De tus ceños la influencia?)

Invicto Otaviano, cuyo

Nombre en láminas eternas

El tiempo escriba, dictado

[p. 368]De las plumas y las lenguas,

A tus piés llego ofendido,

Porque para que vinieran

Mi lealtad y mi valor

A rendirte esta obediencia,

No era menester que fuesen

Por mí; que el que se respeta

Por fuerza cuando por gusto

Puede, á sí mismo se afrenta,

Pues quita á la voluntad

Lo que le añade á la fuerza.

Dáme tu mano. (Ap. Mas ¡cielos

(Otaviano le alarga una, y el Tetrarca al ir á besársela repara en el retrato que Otaviano tiene en la otra.)

Divinos! al besar ésta,

¿Qué es lo que en la otra miro?

¿Habrá en el mundo quien beba

Dos venenos á dos manos,

Y á un mismo tiempo los sienta

En los labios y en los ojos?)

(Vuelve Otaviano la espalda, y Heródes le sigue de rodillas.)

Otavian.

Si informado no estuviera

De mi razon, á la tuya

Bastante crédito diera;

Pero si son destempladas

Cláusulas, que no concuerdan,

Esa afectada humildad

Con tu traidora soberbia;

No violencia, no rigor

La prevencion te parezca;

Que con vasallos que son

De los de viva quien venza,

Fuerza es que la voluntad

[p. 369]Se aproveche de la fuerza.

Tetrarc.

(Ap. ¡Mortal estoy! Dadme, dioses,

Valor, que quizá no es ella.—

¡Que agora me la ocultase!)

Si contra mí te aconseja

Quien pretende...

Otavian.

No presumas

Que mal advertido hiciera

Extremos tales; de tí

Sé la ambicion con que intentas

Conspirar al sacro imperio,

A cuyo efecto la guerra

Mantenias, dando á Antonio

Los socorros para ella.

Estas firmas te convencen:

De ellas lo sé. Llega, llega,

Míralas bien, tuyas son.

Míralas.

(Saca unas cartas, y preséntaselas puestas encima del retrato.)

Tetrarc.

Ya miro, al verlas,

Mi muerte más declarada

De lo que áun tú mismo piensas,

Pues... yo... si...

Otavian.

Esa turbacion

Es ya segunda evidencia.

Pero quien á un Idumeo

Honró, baja estirpe hebrea,

Rebelada de sus nobles

Tribus, esto y más merezca.

Y así, miéntras el castigo

A los demas escarmienta,

Sabe que soy Otaviano,

Que soy el único César

[p. 370]De Roma, y el Nilo y Tíber

Humildes mis plantan besan;

Y que á cuantos contra mí

Con traiciones, con cautelas

Quieran conspirar, negando

A mi poder la obediencia,

Seré yo quien los corone

De laurel, para que sean,

Con un impulso á mis plantas,

Con una accion á mis huellas,

Dos trofeos de una vez,

Mi laurel y su cabeza.

(Vase Octaviano hácia la puerta sobre la cual está el retrato.)

Tetrarc.

(Ap.) ¡Que esto escuchen mis oidos,

Y aquesto mis ojos vean,

Sin que el dolor me despeñe!

Yo he de morir, cosa es cierta,

A sus manos ó á mis celos:

Pues él á mis celos muera,

Y á mis manos; que una vida

Tan grande, no es bien se venda

A menor precio.

(Al entrarse Otaviano, va á herirle Heródes; cae el retrato en medio de los dos, y se queda clavado en él el puñal.)

Otavian.

(Volviendo.)¿Qué es esto?

Tetrarc.

Desesperada impaciencia,

Que ha de costarme el decirla

Aun mucho más que el hacerla.

Otavian.

¡Tú con el desnudo acero,

Cuando yo la espalda vuelta,

Y entre tu acero y mi espalda

Esta hermosa imágen puesta!

¡Turbado tú, yo seguro,

[p. 371]Y ella herida! ¡Tú con muestras

De venganzas, yo de agravios,

Y ella de piedades! ¡Muerta

Tú la accion, yo vivo al riesgo,

Y ella ofendida! Vive ella

(Que como á deidad que adoro,

Bien puedo este obsequio hacerla),

Que este sacrílego acero,

Ya que horrores representa,

El instrumento ha de ser,

Pues lo fué de tu violencia,

(Quita el puñal del retrato.)

De tu castigo: vea el mundo

Que el que me agravia, me venga.

¡Hola!

ESCENA V.

EL CAPITAN, soldados.—OTAVIANO, EL TETRARCA.

Capitan.

Señor.

Otavian.

A la torre,

Donde su hermano se encierra,

Llevad tambien al Tetrarca,

Donde sólo un criado tenga

De los que le hayan seguido.

Tetrarc.

Cuando mi sepulcro sea,

La vida debo á un puñal,

Yo le pagaré con ella.

Otavian.

Y yo la vida á un retrato;

Y pues que de otra manera

No puedo, con adorarle

Tambien pagaré mi deuda. (Vanse.)


[p. 372]Prision en una torre de Ménfis.

ESCENA VI.

Dos soldados, y POLIDORO, paseándose.

Sold. 1.º

Grande es tu melancolía.

Polidor.

¿Melancolía decís,

Bergantonazo? Mentís.

Sold. 1.º

Pues ¿qué es eso?

Polidor.

Hipocondría;

Que un príncipe como yo

No habia de adolecer

Vulgarmente, ni tener

Mal que tiene un sastre.

Sold. 1.º

No

Te enojes de eso.

Polidor.

Sí quiero,

Que estar triste solamente,

No es achaque competente

De un príncipe prisionero:

Y más si se considera

La grande superchería

Con que de noche y de dia

Me tratan.

Sold. 2.º

¿De qué manera?

Polidor.

¿De qué manera, picaño?

¿Qué príncipe se perdiera,

Donde una infanta no hubiera

Que condolida á su daño

Con músicas le avisara

Desde el cubo del terrero,

[p. 373]Y á pagar de su dinero

Las guardas le sobornara,

Para que una noche oscura,

En dos caballos los dos,

Por parque, á la paz de Dios

Se fuesen á su ventura?

Sold. 2.º

Si estuviera por acá

(Ap. Así saber algo trato)

La dama de aquel retrato.

Quizá ella...

Polidor.

Claro está

Que mirara por su honor;

Y caso que allá estuviera

Preso un infante, y no hubiera

Tenídole mucho amor;

Las desdichas acabadas

De esta mi prision cruel,

Por no haberse ido con él

La matara yo á patadas,

Segun la adoro; y sospecho

Que si donde estoy supiera,

Estrafalaria viniera

Por mí.

Sold. 2.º

Lo medio está hecho,

Porque yo compadecido

Aderezo te traeré

De escribir. (Vase.)

Sold. 1.º

Yo un propio haré,

Al punto que haya sabido

Dónde se ha de encaminar

La carta.

Polidor.

¿Qué dices?

Sold. 1.º

Digo

Lo que por tí á hacer me obligo.

[p. 374]Polidor.

Mil abrazos te he de dar

Miéntras, habiendo avisado

Y librádome mi dama,

Te hago el hombre de más fama.

Sold. 1.º

No es aquese mi cuidado;

(Ap. Que más que espero de tí,

De Otaviano espero, pues

Con eso sabrá quién es

Dueño del retrato.) (Sale el Soldado 2.º)

Sold. 2.º

Aquí

Hay ya de escribir recado.

Polidor.

¿Con su tinta y pluma?

Sold. 2.º

En él

Se dice todo.

Polidor.

¿Hay papel?

Sold. 2.º

Tambien.

Polidor.

¿Batido y cortado?

Sold. 2.º

No, pero el que bastará.

Polidor.

¿Polvos?

Sold. 2.º

Polvos hay.

Polidor.

¿Oblea,

Lacre y sello?

Sold. 2.º

Sí.

Polidor.

Pues ea,

Llegadme el bufete acá. (Llégansele.)

La silla. (La llegan.)

Sold. 2.º

Ya está llegada.

Polidor.

¿Papel, tinta y pluma aquí

No hay? ¿Polvos y sello?

Los dos.

Sí.

Polidor.

Pues áun no tenemos nada.

Sold. 1.º

¿Qué falta que prevenir?

Polidor.

Lo mejor.

Sold. 2.º

Sepa qué fué,

[p. 375]Volando por ello iré.

Polidor.

El que yo no sé escribir.

Sold. 1.º

¿Ahora sale con eso

El tonto...

Sold. 2.º

El loco...

Sold. 1.º

El menguado?

(Maltrátanle y échanle á rodar la capa y el sombrero.)

Polidor.

¿Quién vió príncipe aporreado?

ESCENA VII.

EL TETRARCA, EL CAPITAN.—POLIDORO, los dos soldados.

Capitan.

Esta es la torre en que preso

Aristóbolo está: en ella

Dejarte el César mandó.

Sold. 2.º

(Aparte á su compañero.)

Gente en la prision entró.

Sold. 1.º

No vean que le atropella

Nuestro enojo; que han mandado

Con respeto le tratemos.

Sold. 2.º

Que le servimos mostremos.

(Vuelven á poner á Polidoro la capa y el sombrero, fingiendo que le sirven.)

Capitan.

¿Cómo tu Alteza ha pasado

La noche?

Polidor.

Mal, y peor

La mañana; que á porrazos

Aquestos picaronazos

Me han muerto. (Da tras ellos.)

Capitan.

Tente, señor;

¿Qué haces?

[p. 376]Polidor.

Reñir, vive Apolo,

A manera de valiente

Al uso, que habla si hay gente,

Y calla cuando está solo.

Capitan.

Advierte que á estar contigo

Viene el Tetrarca tu hermano.

Polidor.

¿El Te... qué?

Capitan.

El Tetrarca.

Polidor.

(Ap.) En vano

Es ya excusarse el castigo

De haber tal engaño hecho.

Capitan.

(A Heródes.) Llegad: bien podeis llegar

Con Aristóbolo á hablar.

(Adelántase Heródes.)

Tetrarc.

(Ap. ¡Qué miro! Mas sospecho

Que hay algun secreto aquí,

Pues con su nombre no ignoro

Que esté preso Polidoro

Para grande fin; y así,

Disimular me conviene.)

Dáme en mis últimos plazos,

Aristóbolo, los brazos...

Polidor.

(Ap.) Borracho el Tetrarca viene:

¡Aristóbolo me llama!

Tetrarc.

Ya que en mis penas el cielo

No me deja otro consuelo

Que ver mentida la fama

Que de tu muerte corrió.

Polidor.

(Ap.) ¡Vive Dios, que insiste en ello!

¿Qué fuera que sin sabello[13]

[p. 377]Fuese Aristóbolo yo?

Capitan.

(Ap. á los soldados.) Dejarlos solos es bien,

Que hablen los dos, pues es llano

Que á algun efecto Otaviano

Quiso que juntos estén.

(Vanse el Capitan y soldados.)

ESCENA VIII.

EL TETRARCA, POLIDORO.

Tetrarc.

¿Estamos ya solos?

Polidor.

Sí.

Tetrarc.

¿Qué es aquesto, Polidoro?

Polidor.

Un fingimiento que lloro.

Tetrarc.

¿De qué suerte?

Polidor.

Escucha.

Tetrarc.

Dí.

Polidor.

Porque este traje lucido

Me dió mi amo, es lo primero;

Que parece caballero

Un pícaro bien vestido.

Lo segundo, porque el dia

Que el César triunfante entró,

Y á Antonio y Cleopatra halló

En su fatal bobería,

Prisioneros nos hicieron,

Y como iba galan yo,

Con la caja en que guardó

[p. 378]Cartas y joyas, creyeron

Que era Aristóbolo. Él

El engaño prosiguió,

Con que él me Aristoboló,

Y yo le Polidoré.

Qué fué dél, no sé; que están

Mis ánsias con luz tan ciega,

Sin ver si vienen ni van,

En un callejon Noruega,

Aprendiendo á gavilan.

Tetrarc.

Ya que de aqueso informado

Estoy, á un lado te aparta:

Que tengo que hablar conmigo.

Polidor.

Esa es la dicha más rara

De un buen hablador, hallarse

Con quien no le diga nada,

Y le oiga cuánto él diga. (Vase.)

ESCENA IX.

EL TETRARCA.

Ya que solo me veo, salgan

En lágrimas y suspiros,

Sin estruendo de palabras,

A los labios y á los ojos

Tan cautelosas mis ánsias,

Que saliendo de ella, áun no

Las eche ménos el alma.

¿Qué es esto, cielos, qué es esto,

¡Ay de mí! que por mí pasa?

Que bien será menester

Que vuestra autoridad valga

[p. 379]Mi crédito, porque es tal

El tropel de mis desgracias,

Que áun pasando á la experiencia,

Se me queda en la ignorancia.

Dejo aparte que del sacro

Laurel pierda la esperanza;

Dejo haberme convencido

De mis designios mis cartas;

Dejo el castigo forzoso

De accion tan desesperada

Como que á morir matando

Me despeñase mi saña;

Pues la desesperacion,

Designios y ambicion paran

Solo en pensar que ya tengo

El cuchillo á la garganta;

Y voy á que otro dolor

Es tal, que el morir no basta

Para acabar con él, puesto

Que en mi frase se adelanta

De á la garganta el cuchillo;

Pues dirá desde hoy mi patria

Que, el cuchillo al corazon,

Murió su infeliz Tetrarca.

Al corazon dije, y dije

Bien; que él es á quien traspasa

Ver en poder de Otaviano

A Marïene retratada,

Y en dos partes, como quien

Dice que la luna clara

De un espejo, si está entera,

Hace un rostro, y si quebrada,

Dos; mostrando que en abusos

De supersticiones várias,

[p. 380]El espejo que se quiebra

Siempre agüeros amenaza;

Y es el mayor haber visto

A Mariene con dos caras.

Bien discurro yo que en una

Hermosura soberana,

Por soberana hermosura

Solamente la retratan,

Sin más intencion que el serlo,

O la excelencia ó la gala

Del artífice; bien creo

Que al verla, el no recatarla

De mí, es ignorar quién sea;

Que ser mi esposa y mostrarla

Era cosa muy indigna

Para hecha cara á cara,

Cuando no por mí, por ella;

Pero todo esto no salva

El que no tenga interior

Afecto ¡ay de mí! de amarla

Quien no contento con una

En la mano, otra en la sala,

Jura por ella el haber

De tomar de mí venganza.

Y pasando á que el puñal

En su pecho... (Tocan cajas dentro.)

¿Mas qué cajas

A marchar tocan? ¿Habrá

Quien en esta triste estancia

Me diga qué marcha es esta?

[p. 381]ESCENA X.

FILIPO.—EL TETRARCA.

Filipo.

Sí.

Tetrarc.

¿Quién?

Filipo.

Yo, á quien adelanta

Su lealtad á ser, señor,

El criado que se manda

Que sólo te asista.

Tetrarc.

¡Oh, cuánto

El ser tú quien me acompaña,

Estimo!

Filipo.

No es leal el que

No lo es hasta las aras;

Y así, aqueste breve tiempo

Que le queda á tu esperanza

De vida (pues se presume

Que ántes que de Egipto salga

Otaviano, su rigor

En tí ejecute), mis canas,

Mi amor, mi fe, mi alma y vida

Vienen á ver qué me encargas.

Tetrarc.

¿Tan breve y tan cierta es

Mi muerte?

Filipo.

El que su jornada

Apresure, lo adivina.

Tetrarc.

¿Cómo?

Filipo.

Como hace la marcha

Á Jerusalen, por si hay,

Muerto tú, novedad.

Tetrarc.

Calla,

[p. 382]Filipo, no me lo digas;

Que tú eres el que me matas

Antes que él.

Filipo.

¿Yo, señor?

Tetrarc.

Sí,

Pues tú el morir me adelantas.

¡Á Jerusalen el César,

Donde (¡los cielos me valgan!)

Halle á Marïene viva,

Quien la idolatró pintada!

¡Él victorioso, yo muerto,

Y ella querida! ¿Qué aguarda

Mi desesperado amor?

(Quiere quitar la espada á Filipo.)

Filipo.

¿Qué haces?

Tetrarc.

Quitarte la espada

Para arrojarme sobre ella;

Que más valor y más causa

Tengo yo que Antonio.

Filipo.

Mira...

Tetrarc.

Sí haré, si me das palabra

De hacer por mí una fineza.

Filipo.

No habrá cosa que no haga

Yo por tí.

Tetrarc.

¿Si es prodigiosa?

Filipo.

Ningun prodigio me espanta.

Tetrarc.

¿Si es terrible?

Filipo.

Que lo sea.

Tetrarc.

¿Cruel?

Filipo.

¿Qué importa?

Tetrarc.

¿Temeraria?

Filipo.

Valor tengo para todo.

Tetrarc.

¿Fiera?

Filipo.

Nada me acobarda.

[p. 383]Tetrarc.

¿Y si es bárbara?

Filipo.

Tampoco.

Tetrarc.

Pues escucha. Pero aguarda,

Que es tal la resolucion,

Que para representarla

A los teatros del mundo,

Como al fin trágica farsa,

Pues hay recado, quiero ántes,

Con escribirla ensayarla.

(Pónese á escribir.)

Filipo.

(Ap.) ¿Qué será resolucion,

Que con prevenciones tantas

Piensa? Apénas dos renglones

Escribe y cierra la carta,

Cuando á mí vuelve.

Tetrarc.

Oye agora.

Filipo.

Sí haré con vida y con alma.

Tetrarc.

Si todas cuantas desdichas,

Si todas cuantas desgracias

Ha inventado la fortuna,

Deidad de los hombres vária,

Se perdieran, todas juntas

Hoy en mí solo se hallaran;

Que soy epílogo y cifra

De las miserias humanas.

Yo que ayer de Marïene

Esposo y galan, con raras

Muestras de amor coroné

De victorias mi esperanza;

Hoy lloro agravios, sospechas,

Temores, desconfianzas

Y... celos iba á decir;

Pero imaginarlos basta.

Yo que ayer de Palestina

[p. 384]Gobernador y monarca,

No cupe ambicioso en cuanto

El sol dora, y el mar baña;

Hoy pobre, triste y rendido,

Entre dos fuertes murallas

Aprisionándome el vuelo,

Tengo abatidas las alas.

Yo que del laurel sagrado

Ayer pretendí las ramas

Siempre verdes, á pesar

De los rayos que las guardan;

Hoy, segur suya mi acero,

Veo que sus pompas tala,

Solamente por llegar

Embotado á mi garganta.

¡Pluguiera al hado! ¡pluguiera

Al cielo que aquí pararan

Sus presagios, y que en mí

Se desmintiera la ingrata

Indignacion de un destino!

Pues muriendo yo á la saña

Del temple infausto, pudiera

Persuadir á la ignorancia,

Que ya de lo que más quise

Ejecutó la amenaza.

Mas ¡ay triste! ¡ay infelice!

Que no soy yo á quien más ama

Mi misma vida, supuesto

Que tambien ella tirana

Me aborrece por ser mia;

Y no con morir acaban

Mis desdichas, que inmortales

Mas allá de morir pasan.

Otaviano... Al pronunciarlo,

[p. 385]Valor y aliento me faltan.

Otaviano adora... ¿Cómo

Lo diré sin que me añada

Dolor á dolor?—Adora

A Marïene; pintada

Dos veces la ví, y dos veces

A él gentil, pues idolatra

Una vez á un sol sin luz,

Y otra á una deidad sin alma.

¡Mal haya el hombre infeliz,

Otra y mil veces mal haya

El hombre que con mujer

Hermosa en extremo casa!

Que no ha de tener la propia

De nada opinion; pues basta

Ser perfecta un poco en todo,

Pero con extremo en nada;

Que es armiño la hermosura

Que siempre á riesgo se guarda:

Si no se defiende, muere;

Si se defiende, se mancha.

No pues mi ambicion, Filipo,

No mi atrevida arrogancia,

No el ser parcial con Antonio,

No mi poder, no mis armas,

Me aflige, me desespera,

Me precipita y me arrastra;

Sino el ser de Marïene

Esposo. ¡Oh caigan, oh caigan

Sobre mi mares y montes!

Aunque si de ofensas tantas

El peso no me derriba,

No me rinde, no me agrava,

El de los montes y mares

[p. 386]No me agobiará la espalda.

Y así, viendo cuánto á instantes

Mi vida cuenta la parca,

Y cuánto á brazo partido

En esta lóbrega estancia

Luchando estoy de mi muerte

Con las sombras y fantasmas;

Viendo, en fin, que apénas hoy

En una pública plaza

Seré horror de la fortuna,

Seré del amor venganza,

Cuando él sea ¡ay infeliz!

(Pues á Jerusalen marcha,

Donde es fuerza que la vea)

En tálamos de oro y grana,

Heredero de mis dichas,

Dueño de mis esperanzas;

Muero de agravios y celos

Que matan, porque no matan.

Dirásme que ¿qué me importa,

Pues con la vida se acaban

Las desdichas? ¡Ay Filipo,

Cuánto esa opinion engaña!

Que amor en el alma vive,

Y si ella á otra vida pasa,

No muere el amor, sin duda,

Puesto que no muere el alma.

El ¿no nace de una estrella,

Ya propicia ó ya contraria?

¿Pues cómo faltará amor,

Miéntras la estrella no falta?

¿Quieres ver cuál es la mia?

Pues si pudiera apagarla

Hoy con el último aliento

[p. 387]Lo hiciera, porque faltara

Del cielo, y otro ninguno

En su gracia ó su desgracia

No naciera como yo,

Porque como yo no amara.

Y en fin, ¿para qué discurre

Mi voz? ¿para qué se cansa?

Otra pena, otro dolor,

Otro tormento, otra ánsia

En el corazon no llevo,

Sino sólo ver que aguarda

Marïene á ser empleo

De otro amor, de otra esperanza.

Sea barbaridad, sea

Locura, sea inconstancia,

Sea desesperacion,

Sea frenesí, sea rabia,

Sea ira, sea letargo,

O cuanto despues mis ánsias

Quisieren; que todo quiero

Que sea, pues todo es nada,

Como no sean mis celos;

Y así, pues que la palabra

Me has dado de obedecerme,

Haz lo que mi amor te encarga.

Vuelve á Jerusalen, vuelve

A la esfera soberana

Del mejor sol de Judea;

Y en diciéndote la fama

Que he muerto, en el mismo instante

Con mortal eclipse apaga

A la tierra el mejor rayo,

Al cielo la mejor llama,

Al campo la mejor flor,

[p. 388]La mejor estrella al alba.

Tolomeo, que quedó

Por capitan de mis guardas,

Y siempre á Mariene asiste

Sin poder seguirme, á causa

De quedar convaleciente

De aquella herida pasada,

Dará la ocasion, á cuyo

Fin, para él es esta carta: (Dásela.)

Dél te fía, pues no dudo,

Previstas las circunstancias

De un veneno ó de un dogal,

Que él te guarde las espaldas.

Muera yo, y muera sabiendo

Que Mariene soberana

Muere conmigo, y que á un tiempo

Mi vida y la suya acaban;

Pero no sepa que yo

Soy el que morir la manda:

No me aborrezca el instante

Que pida al cielo venganza.

No te acobarde lo horrible

De una historia tan extraña;

Que cuando murmuren unos

Que hubo quien dejó por manda

Un homicidio, creyendo

Que así sus penas engaña,

Que así sus quejas desmiente,

Que así desdice sus ánsias,

Y que así enmienda sus celos,

Otros habrá que le aplaudan;

Pues no hay amante ó marido

(Salgan todos á esta causa)

Que no quisiera ver ántes

[p. 389]Muerta, que ajena su dama.

Filipo.

Bien quisiera responderte;

Mas no es posible, que baja

Mucha gente á la prision.

Tetrarc.

Por si vienen por mí, salga

Mi valor á recibirlos.

Tú, cobrando la ventaja

Que puedas, parte, Filipo,

Al instante.

Filipo.

Señor...

Tetrarc.

Calla,

Que sé que tienes razon;

Pero no puedo escucharla.

Filipo.

Ni yo decirla, que llega

Ya la gente.

Tetrarc.

Esferas altas,

Cielo, sol, luna y estrellas,

Nubes, granizos y escarchas,

¿No hay un rayo para un triste?

Pues si ahora no los gastas,

¿Para cuándo, para cuándo

Son, Júpiter, tus venganzas? (Vanse.)


Playa de Jaffa.

ESCENA XI.

ARISTÓBOLO, MARIENE, LIBIA, damas y soldados judíos.

(Tocan cajas.)

Aristób.

Dáme otra vez los brazos,

Porque coronen tan hermosos lazos

[p. 390]Hoy la esperanza mia.

Mariene.

Mi vida, hermano, á tu valor se fía:

Publiquen, pues, tus glorias,

Que victorias de amor son mis victorias.

Aristób.

Ya que por la lealtad de Polidoro

(Como te dije) con mi nombre preso,

De un infeliz á otro infeliz suceso,

Pude llegar donde tu luz adoro,

Y donde á tu obediencia y tu decoro

Atenta dignamente

Nuestra nacion, de su alistada gente

General me ha nombrado,

Cumpliré la palabra que te he dado

De morir animoso,

O traerte libre á tu adorado esposo.

Mariene.

¡Oh, cúmplamela el cielo!

Y pues el campo de cristal y hielo

De aquí á Egipto es tan breve

Por ese pasadizo que de nieve,

O se encrespa ó se eriza,

Cuando el copete de su frente riza,

Presto la nueva espero

De que mi amor desempeñó tu acero.

Aristób.

Si tu amor va conmigo,

Fácil empresa, fácil triunfo sigo.

(Vuelven á tocar cajas.)

ESCENA XII.

TOLOMEO.—Dichos.

Tolom.

Ya el campo cristalino

Tanto pez de madera, ave de lino,

[p. 391]Admite en sus esferas,

Que parecen las ondas lisonjeras,

Ocupando horizontes,

Una vaga república de montes.

Y pues noble no queda,

Que excusarse á tan alta faccion pueda,

Que me des te suplico

Licencia...

Mariene.

Antes de oirla, la replico.

Capitan de mis guardas te ha dejado

Mi esposo; su palacio te ha fiado.

No es asistirme á mí ménos ufana

Faccion que esotra.

Aristób.

Dice bien mi hermana;

Y pues el cargo, que os quedeis abona,

Mirad que me mireis por su persona.

Tolom.

Obedecerte espero.

Mariene.

Y yo veros partir á todos quiero,

Porque os den para iros,

Agua mis ojos, viento mis suspiros.

(Vuelven á tocar la caja, y vanse Mariene, Aristóbolo, las damas y los soldados.)

ESCENA XIII.

TOLOMEO, LIBIA.

Libia.

Permita la ocasion á mi deseo

El que de tu salud ¡oh Tolomeo!

El parabien te dé; si bien pudiera

Dármele á mí mejor de que no hubiera

Marïene admitido

La fineza de ir; que hubiera sido

[p. 392]Doblada la dolencia

Consolar un dolor con una ausencia.

Tolom.

Agradezca, señora,

El favor toda una alma que te adora;

Y pues como á milagro

Suyo, mi vida á tu deidad consagro,

Crê que el morir sentia,

No, Libia hermosa, no porque moria,

Sino porque sin verte,

Pagaba con dos vidas una muerte.

Libia.

Responderte quisiera;

Mas la Reina, que ocupa la ribera,

Me echará ménos: sólo te prevengo

Que ya falseada para vernos tengo

Del jardin esta llave.

Tolom.

Si ser amor ladron de casa sabe,

Dáme la llave ahora,

Y apénas desdoblar verás, señora,

La falda que arrugó la noche fria,

Sobre la hermosa variedad del dia,

Cuando entre en el jardin, y sean sus flores

Los testigos no más de tus favores,

Siendo sus pompas bellas,

Si flores para tí, para mí estrellas.

Libia.

Toma, y advierte no entres (que quejosa

De tí Sirene, y de mi amor celosa

Anda) hasta... Mas no puedo

Proseguir: adios, pues.

Tolom.

Confuso quedo.

Oye, espera.

Libia.

No faltes desta parte;

Que yo, si puedo, volveré á informarte.

(Vase.)

[p. 393]ESCENA XIV.

TOLOMEO, y despues, FILIPO.

Tolom.

Aunque en la paz me quedo,

Temer más guerra en mis sentidos puedo

Que tienen mar y tierra,

Pues incluyen más guerra

Que tierra y mar el ánsia y el cuidado

Del que aquí aborrecido y allí amado,

Lidia con su deseo,

Siendo Sirene y Libia...

Filipo.

(Dentro.)Tolomeo.

Tolom.

¡Cielos! ¿Llamáronme?

Filipo.

Sí.

Tolom.

¿Quién?

(Sale Filipo con una banda en el rostro.)

Filipo.

Un hombre que ha llegado

En un barco que ha volado

Desde el mar de Egipto aquí,

Y que sin ser conocido

De otro (á cuyo fin cubierto

El rostro, ha tomado puerto

En sitio más escondido),

A solas tiene que hablaros.

Seguidme.

Tolom.

¿No me direis

Quién sois?

Filipo.

Despues lo sabreis.

Tolom.

(Ap. ¿Quién vió sucesos más raros?)

Guiad, pues.

Filipo.

Sí haré, que ninguno

Me ha de ver hablar con vos. (Vanse.)

[p. 394]


Otro punto de la costa, más retirado.

ESCENA XV.

TOLOMEO, FILIPO.

Tolom.

Ya estamos solos los dos,

Y el sitio es tan oportuno

Que es apartado lugar.

Filipo.

Pues leed ese papel;

Que en viendo lo que hay en él,

Tenemos mucho que hablar.

Tolom.

Cada punto, cada instante

Añadís al corazon

Otra nueva confusion.

Filipo.

Aun más quedan adelante.

Lêd, que más duda os espera

Por piadoso ó por cruel.

Tolom.

Del Tetrarca es el papel,

Y dice... (Lee para sí.)

Filipo.

(Ap.)Desta manera,

Descubriendo su intencion,

Lo que hay en él he de ver,

Para ver qué debo hacer.

Tolom.

Notable es mi confusion.

(Lee.) «A mi servicio conviene,

»A mi honor y á mi respeto,

»Que muerto yo, con secreto

»Deis la muerte á Marïene.»

Hombre, que de asombros lleno

Traes en carta tan sucinta,

Del rejalgar de su tinta,

Conficionado el veneno;

[p. 395]Si conjuracion ha sido

La desta temeridad,

Y á examinar mi lealtad

De parte suya has venido;

No sólo en lo que contiene

Mi honor convendrá[14]; mas piensa

Que he de morir en defensa

De mi reina Marïene.

Y pues traidor, vive Dios,

Eres (que no te encubrieras

El rostro, si noble fueras),

Y estamos solos los dos,

Te tengo de hacer pedazos

Entre mis brazos.

Filipo.

No harás,

Que yo no esperaba más

Para darte mil abrazos. (Descúbrese.)

Tolom.

¡Filipo! (¡qué es lo que veo!)

¡Tú sospechoso! (¡qué miro!)

Ya con más causa me admiro,

Con más razon no lo creo.

Filipo.

El Tetrarca para tí

Con esta carta me envía;

Que de los dos solos fía

La accion que contiene en sí.

Muerto él, nos manda que muera

Marïene; pero ya

Que de tu valor está

Vista la fe verdadera,

[p. 396]Quédese el caso encubierto;

Que si él vive, estarlo es bien,

Y si acaso muere, ¿quién

Ha de obedecer á un muerto?

Tolom.

Dices bien; pero aun es mucha

Mi duda: sepa qué es esto.

¿Quién en tal furor le ha puesto?

Filipo.

Si quieres saberlo, escucha.

Otaviano enamorado

De un retrato que...

Tolom.

Detente,

Que por aquí viene gente.

Filipo.

A los dos nos ha importado

Que no me vean, y así,

Por desmentir la sospecha,

Quédate á hacer la deshecha,

Y vénte despues tras mí;

Que en ese monte te espero,

Y mil prodigios sabrás. (Vase.)

ESCENA XVI.

TOLOMEO.

¿Qué tengo que saber más,

Si ya de lo que sé muero?

Mariene era, ya torció

A los jardines el paso;

Y yo suspenso del caso

Que me ha sucedido, no

Sé de una accion tan cruel

Cuántas cosas anticipo.

Vuelvo á seguir á Filipo,

Volviendo á lêr el papel.

[p. 397]ESCENA XVII.

SIRENE.—TOLOMEO.

Sirene.

Decidme si por aquí

Ha pasado Marïene;

Que en su seguimiento... Pero

Si hubiera visto quién eres,

Ni áun esto te preguntara,

Por no hablarte, por no verte.

Tolom.

Espera, Sirene, aguarda.

Sirene.

¿Para qué, tirano aleve,

Ingrato, falso, inconstante?

Tolom.

Para que sepas, Sirene,

Que los hombres como yo,

Con principales mujeres

Bien pueden no ser amantes,

Pero no el no ser corteses.

Yo, por soldado, no tuve

Inclinacion...

Sirene.

Cese, cese

Tu voz, que áun satisfacciones

De tí no quiero.

ESCENA XVIII.

LIBIA, que se queda retirada, escuchando á TOLOMEO y SIRENE.

Libia.

(Ap.)¡Valedme,

Cielos! ¡Qué escucho! Mas ¿cómo

[p. 398]Lo dudo? pues claramente

Dice que la satisface

La que dice que no quiere

Oir satisfacciones.

Tolom.

Ya

Que aquesta ocasion ofrece

El acaso de encontrarme,

Por mí mismo has de oirme: atiende.

Sirene.

No haré tal; que cortesana

Yo tambien, no quiero hacerte

El pesar de que no leas

El papel que te divierte

Tan á solas; y así es bien

(Porque él sea el que me vengue,

Mostrando cuán poco ó nada

Mis vanidades lo sienten)

Que pues leyéndole te hallo,

Que leyéndole te deje. (Vase.)

ESCENA XIX.

TOLOMEO, LIBIA.

Libia.

(Ap.) ¿Qué papel, cielos, será

El que la venga y la ofende?

Tolom.

Haces bien, pues, aunque vuelva

A lêrle una y muchas veces,

Una y muchas volveré

A dudar lo que contiene.

Libia.

(Ap.) Mi sufrimiento ¿qué aguarda?

Tolom.

(Lee.) «A mi servicio conviene...»

Libia.

(Adelantándose y asiendo á Tolomeo el papel.)

Suelta, ingrato.

[p. 399]Tolom.

¿Qué es aquesto?

Libia.

Saber qué papel es este.

Tolom.

Pues no lo has de saber, Libia.

Libia.

¿Cómo no?

Tolom.

Si es que merece

Algo contigo mi honor,

Si me estimas, si me quieres,

Débate yo la fineza

De no verle.

Libia.

¿Qué es no verle?

Si lo que á decirte vuelvo

Es que en el jardin no entres,

De cuya puerta la llave

Mi amor te entregó imprudente,

Hasta que una seña mia

Te asegure de Sirene,

Porque quejosa de tí,

Y de mí celosa, suele

Estar en él á deshoras;

¿Cómo, dí, ingrato, pretendes,

Hallándote con la misma

De quien recatarte debes,

Dándola satisfaciones,

Y diciéndola que aqueste

Papel la venga de tí,

Que sin mirarle le deje?

Tolom.

Aunque tienes razon, Libia,

Vive Dios, que no la tienes.

El papel ni á ella ni á tí

Toca, y en fin no has de verle.

Libia.

He de verle.

Tolom.

Mira...

Libia.

Aparta.

Tolom.

Considera...

[p. 400]Libia.

Quita.

Tolom.

Advierte,

No desatento...

Libia.

¿Tú?

Tolom.

Sí.

Libia.

¿De qué suerte?

Tolom.

Desta suerte.

Libia.

¿Tú conmigo tan grosero?

Tolom.

¿Tú conmigo tan aleve?

Los dos.

Suelta el papel.

(Parten entre los dos el papel.)

ESCENA XX.

MARIENE, TOLOMEO, LIBIA.

Mariene.

¿Qué papel?

Tolom.

(Ap.) ¡Grave mal!

Libia.

(Ap.)¡Desdicha fuerte!

Tolom.

¿Qué pudiste engendrar, Libia,

Sino áspides y serpientes?

Libia.

¿Qué más áspides que celos?

Mariene.

¿Pues qué atrevimiento es este?

¿Así mi esplendor se agravia?

¿Así mi sombra se ofende?

¿Mi decoro se aventura,

Y mi respeto se pierde?

¿En mi casa, y á mis ojos,

Vuestras acciones se atreven

A profanar un palacio,

Templo de honor tal, que á verle

El sol no entrara, á no entrar

Con disculpa de que viene

[p. 401]A darle la luz; que el sol

Aun no entrara de otra suerte?

Dáme esa parte tú, y tú

Esotra: de ellas conviene

Informar á mi recato.

Tolom.

Que es una víbora advierte,

Que dividida en mitades,

Con cualquier extremo muerde.

Mariene.

Véte tú, Libia, de aquí.

Libia.

(Ap.) Piedad es el que me ausente,

Por no verla tan airada. (Vase.)

ESCENA XXI.

MARIENE, TOLOMEO.

Mariene.

Tú tambien, ¿qué aguardas? Véte.

Tolom.

Si por ventura han podido

Mis servicios merecerte

Sola una merced que sea

Capaz de muchas mercedes,

Rompe ese papel, y no

Le leas, señora: atiende

Que cuanto por verle ahora,

Darás despues por no verle.

Mariene.

¿Qué deseo de mujer

Se rindió al inconveniente?

Tolom.

El que advertido de mí

Sepa que, á fin diferente

De que llegase á tus manos,

Está inficionado ese

Papel de un mortal veneno,

Tan rigoroso y tan fuerte,

[p. 402]Que matará á quien le mire,

Que es la causa porque el lêrle

A Libia le defendia,

Viendo que entre estos laureles

Era ella quien le habia hallado,

No siendo ella á quien previene

Matar mi fe en tu servicio;

Que hay en él algun aleve,

Con quien se escribe Otaviano.

Y así, que de tí le eches,

Con lágrimas á tus piés,

Te suplico humildemente.

Mariene.

Quien advierte de un peligro

Nunca suplicando advierte,

Porque el beneficio manda,

Y no ruega: luego mientes;

Que si estos extremos haces

Cuando me acuerdas los bienes,

¿Qué dejas que hacer, qué dejas

Cuando los males acuerdes?

Letra del Tetrarca es,

Con que ya se desvanece

El que fuese tuyo, y ya,

Que viva ó muera, he de lêrle.

Tolom.

¡Ay infelice de tí!

Mariene.

Dice á partes desta suerte:

Muerte es la primer razon

Que he hallado: honor contiene

Esta. Marïene aquí

Se escribe. ¡Cielos, valedme!

Que dice mucho en tres voces

Marïene, honor y muerte.

Secreto aquí, aquí respeto,

Servicio aquí, aquí conviene,

[p. 403]Y aquí, muerto yo, prosigue.

Mas ¿qué dudo? ya me advierten

Los dobleces del papel

Adonde están los dobleces,

Llamándose unos á otros.

Sé, oh prado, lámina verde,

En que ajustándolos lea.

(Pone los pedazos en el suelo, y júntalos.)

(Lee.) A mi servicio conviene,

A mi honor y á mi respeto,

Que muerto yo, ¡hados crueles!

Deis... ¡con qué temor respiro!

Deis la muerte á Marïene.

Bien dijiste que era fiero

Tósigo y veneno fuerte,

Puesto que si no me mata,

Por lo ménos lo pretende.—

¿Quién este papel te dió?

Tolom.

Filipo, que con él viene

De Egipto. Pero, señora,

Estar satisfecha puedes

De su lealtad y la mia,

Pues los dos...

Mariene.

Otra vez mientes;

Que ni él ni tú sois leales.

Pues cobardes, pues aleves,

O viva ó muera, no sois,

Como debeis, obedientes

Al precepto de mi esposo.

¿Quién más es cómplice en este

Secreto?

Tolom.

Nadie, señora.

Mariene.

Pues mira lo que te advierte

Mi voz, que ninguno sepa,

[p. 404]Ni áun Filipo, que á entenderle

Llegué yo.

Tolom.

Un mármol seré. (Vase.)

ESCENA XXII.

MARIENE.

¡Oh infeliz una y mil veces

La que se ve aborrecida

De la cosa que más quiere!

¿En qué, amado esposo mio,

En qué mi vida te ofende,

Que te pesa de que viva

La que de adorarte muere?

Cuando yo tu libertad

Trato, y á imperios de nieve

Doy, Semíramis de ondas,

Babilonias de bajeles;

Cuando en mi imaginacion,

Despues que vives ausente,

Adorando estoy tu sombra,

Y á mis ojos aparente,

Por burlar mi fantasía,

Abracé el aire mil veces;

¿Tú en una obscura prision,

Funesto mísero albergue,

En vez de abrazar mi imágen,

Estás trazando mi muerte?

O te quiero ó no. Si no

Te quiero, ¿no es más decente

A un noble, que de mujer

Que le olvida no se acuerde?

[p. 405]Y si te quiero, ¿por qué,

Despues de muerto, pretendes

Que muera? ¿No sabré yo,

Sin mandarlo, obedecerte?

Luego olvidando ¡ay de mí!

O queriendo, de una suerte

Ofendes tu vanidad,

O mi gratitud ofendes.

Si del mundo el mayor monstruo

Me está amenazando en ese

Encuadernado volúmen,

Mentira azul de las gentes,

Y tú me matas, será

Bien decirse de tí que eres

El mayor monstruo del mundo.

¡Mas ay! que en llegando á este

Término, no se qué nuevo

Espíritu me enfurece;

Y pues me tocan al alma

Afectos tan diferentes

De los mios, ¡plegue al cielo,

Fementido esposo aleve,

Que el socorro que te envío

Nunca á tomar puerto llegue!

Entre las Sirtes y Scilas

De Egipto á pique le echen

Los zozobrados embates,

Los contrastados vaivenes

De las ráfagas de Eolo,

O los sepulcros de Tétis.

No sólo en tu libertad

Milite, pero de suerte

Irrite á Otaviano, que

Apresurando tu... ¡Tente,

[p. 406]Lengua! no su muerte digas;

Basta que él diga mi muerte;

Que una cosa es ser quien soy,

Y otra ofenderme él. ¡Oh plegue

Al cielo que victoriosa

Tan en su favor navegue

La armada de tu socorro,

Que sobre el puerto de Ménfis

En tan grande estrecho ponga

La confusion de sus gentes,

Que temerosa de que

Las mias sus muros entren

A sangre y fuego, á partido

Reducidas, me lo entreguen

Vivo, para que á mis brazos...!

Pero ¿qué digo? Suspende,

Lengua, otra vez el acento,

Si no es que decir intentes:

«A mis brazos, para que

Vengativa é impaciente

En ellos le haga pedazos.»

—¡Ay de mí! ¡qué fácilmente

De un extremo á otro se pasan

En afectos de mujeres

Las lástimas á ser iras,

Y los favores desdenes!

De mujeres dije; pero

Dije mal, que excluirse deben

Las mujeres como yo

De lo comun de las leyes.

Y pues piadosas en una

Parte y en otra crueles

Mis ánsias lidian, en tanto

Tropel como me acomete

[p. 407]De divididos afectos,

De encontrados pareceres

Y opuestas obligaciones;

¡Déme el cielo industria, déme

Medio el hado, para que

Tanto unas como otras temple,

Que como esposa ofendida,

Y como reina prudente,

Cumpla con el mando, y cumpla

Conmigo, cuando á ver lleguen

Cielo, sol, luna y estrellas,

Astros y signos celestes,

Montes, mares, troncos, plantas,

Hombres, fieras, aves, peces,

Que como reina perdone,

Y como mujer me vengue!


[p. 408]

JORNADA TERCERA.


ESCENA PRIMERA.

Judíos, músicos, y luego MARIENE, soldados romanos, EL CAPITAN, y OTAVIANO.

Judíos.

(Dentro.) Viva Otaviano.

Músicos.

(Dentro.)Viva.

Judíos.

(Dentro.) Y en los campos de Oriente...

Músicos.

(Dentro.) Y en los campos de Oriente...

Judíos.

(Dentro.) Ciñan su augusta frente...

Músicos.

(Dentro.) Ciñan su augusta frente...

Judíos.

Sacro el laurel, pacífica la oliva.

(Tocan cajas destempladas.)

Mariene.

(Dentro.) La aclamacion festiva

Convertida en lamento

De mísero concento,

Diga en mi pena fiera

Que muera yo donde mi esposo muera.

Solds.

(Dentro.) A tierra, á tierra.

(Salva y chirimías dentro.)

Capitan.

(Dentro.)Marche,

Inspirado el clarin, herido el parche,

A la ciudad en órden nuestra gente.

(Salen Otaviano, el Capitan y soldados romanos.)

Otavian.

Salve, tú, oh gran metrópoli de Oriente,

[p. 409]Jerusalen divina.

Salve, oh tú, emperatriz de Palestina

Y del Asia señora,

Que en el rosado imperio del aurora,

Con luciente voz muda

El sol en su primera edad saluda.

Salve otra vez, y admite

Tu César, cuyo nombre, que compite

Al tiempo y al olvido,

Dos veces al laurel restituido,

Pisa tu arena: una

En favor del poder y la fortuna;

Y otra, por más blasones,

A pesar de traidoras sediciones;

Pues cuando presumias

Que del romano yugo sacudias

La cerviz con haber hoy enviado

A Aristóbolo tanto leño alado

A librar tu Tetrarca,

Yo como en fin caudillo de la parca,

Habiéndole encontrado en el camino,

Y á fuerza del destino

Dejádole su armada

En las costas de Jafa derrotada,

Llego á tí, donde intento

Que el primer escarmiento

Que tu muralla vea,

De tu Tetrarca la cabeza sea;

A cuyo fin, por más infeliz suerte,

Su muerte dilaté, porque su muerte

Le dé terror más fiero,

Y más al filo de este infausto acero[15],

[p. 410]Desagraviando de camino aquella

Que ofendió, soberana deidad bella.

De ese, pues, bajel donde

Más le sepulta el buque que le esconde,

A tierra le sacad con el criado,

Que tambien, por haberme á mí engañado,

Y que él era Aristóbolo fingido,

Ha de morir. ¿Mas qué confuso ruido

(Vanse los soldados, y suenan á un lado cajas y á otro música.)

De músicas en una

Parte se escucha? ¿Quién (en otra alguna

Sedicion) cajas toca destempladas,

Repitiendo encontradas,

Allí con voz altiva...?

Judíos y
Músicos.

 

(Dentro.) Viva Otaviano, viva.

Otavian.

Y allí con voz severa...

Mariene.

(Dentro.) Y muera yo donde mi esposo muera.

Capitan.

De la ciudad abiertas

A tu salva, señor, miro dos puertas

Que de aquí se divisan,

Y várias de un extremo en otro avisan;

Que por una de hombres el festivo

Vulgo, aclamando tu renombre altivo,

A recibirte sale;

Y porque el llanto al regocijo iguale,

Por otra, negros lutos arrastrando,

Y haciendo las mujeres nuevo bando,

Salen tambien diciendo,

En ambos coros uno y otro estruendo...

Judíos y
Músicos.

 

Viva Otaviano, viva;

Y en los campos de Oriente

[p. 411]Ciñan su augusta frente

Sacro el laurel, pacífica la oliva.

Mariene.

(Dentro.) La aclamacion festiva,

Convertida en lamento

De mísero concento,

Diga de otra manera,

Que muera yo donde mi esposo muera.

ESCENA II.

Salen, por un lado, FILIPO, con una fuente y en ella unas llaves, y TOLOMEO con otra, y en ella un laurel; y por el lado opuesto, MARIENE y damas, vestidas de luto, con un velo en el rostro; judíos, músicos.—Dichos.

Tolom.

Pues la ciudad no tiene

Más medio, aunque lo sienta Marïene,

Fuerza es rendirnos. Llega,

Y tú las llaves y el laurel entrega.

Filipo.

(A Otaviano.)

En albricias del fin de penas tantas,

Jerusalen, señor, hoy á tus plantas

Sus llaves rinde...

Tolom.

Y su laurel y oliva...

Los dos.

Diciendo á voces...

Todos.

Otaviano viva.

Mariene.

A tus piés infelice

Llega tambien quien afligida dice,

Bien que en cláusula ménos lisonjera,

Que muera yo donde mi esposo muera.

Otavian.

En extremos tan raros,

[p. 412]Que agradeceros tengo y que estimaros

A vosotros;—mas no que agradeceros

(A Mariene.)

Ni estimaros á vos, llegando á veros

Con señas tan funestas,

De mis aplausos perturbar las fiestas.—

Marche el campo.

(Vuelve la espalda, y ella le detiene.)

Mariene.

Primero

Me has de escuchar.

Otavian.

Si enternecer no espero

Mis iras, ¿para qué con ellas luchas?

Mariene.

¿Para qué tú gobiernas si no escuchas?

Otavian.

Dices bien, oirte quiero; mas no ignoro

Que tampoco es respeto ni decoro

Que tapada escucharte haya, sin verte.

Mariene.

Tambien tú dices bien: ahora advierte.

(Quítase el velo.)

Otavian.

(Ap.) ¡Cielos! ¿qué es lo que veo?

¿De cuándo acá tomó cuerpo el deseo?

Mariene.

(Ap.) ¡Cielos! ¿qué es lo que miro?

Todo el aliento al corazon retiro

Al verme en su presencia descubierta.

Otavian.

(Ap.) ¿No es esta la beldad que adoré muerta?

Mariene.

(Ap.) Suspensa al verle quedo.

Otavian.

(Ap.) Al mirarla, ni crêr ni dudar puedo.

Tolom.

(Ap.) ¿Qué extremo es este? ¡Ay infeliz! sin duda

Viene á que el César á vengarla acuda

De aquel rigor. ¿No basta, pena mia,

Presa á Libia tener desde aquel dia,

Sino querer ahora

Descubrir el secreto?

Filipo.

(Ap.)Pues ignora

[p. 413]A qué fué mi venida,

No hay que temer, segura está mi vida.

Mariene.

(Ap.) Mal cobarde me aliento.

Otavian.

(Ap.) Mal osado me animo.

Mariene

(Ap.) Mas ¿por qué me reprimo?

Otavian.

(Ap. ¿Pero por qué lo que he de estimar siento?)

Mujer, ¿qué quieres?

Mariene.

Que me estés atento.

Otavian.

¿Qué aguardas pues?

Mariene.

Escucha.

(Ap. Mucha es mi turbacion.)

Otavian.

(Ap.) Mi pena es mucha,

Pues la muerta ceniza es viva llama.

Mariene.

Inclito César, cuya heroica fama...

ESCENA III.

Soldados que traen al TETRARCA y á POLIDORO.—Dichos.

Un Sold.

Con el criado aquí el Tetrarca viene.

Tetrarc.

(Ap á Polidoro.)

¡Qué miro! ¿con el César Marïene?

¿Pues no bastaba ¡cielos!

Ir á morir, sino á morir de celos?

Polidor.

¿Qué son celos? ¡pluguiera

A Baco, para mí celos hubiera,

Y no hubiera un garrote

Que anda desde la nuez hasta el cogote,

Ya haciéndome cosquillas!

Otavian.

Su castigo

Diré despues: prosigue.

Mariene.

Ya prosigo.

[p. 414]Inclito César cuya heroica fama

Al alcázar se eleva de la luna,

Cuando con labios de metal te aclama

Su Júpiter, y dios de la fortuna:

Si cuando él á relámpagos se inflama,

El íris le serena, en mi importuna

Suerte que eres mi Júpiter se vea,

Y el íris de mi paz tu laurel sea.

Y pues tu nombre en láminas se escribe,

Que el tiempo que más vuela, que más corre,

Ni con las torpes alas le derribe,

Ni con las plantas trágicas le borre;

Vive piadoso, generoso vive.

Y del sol coronada la alta torre

Que al águila de Roma le dió nido,

Verás triunfar del tiempo y del olvido.

Yo soy la desdichada Marïene...

Dijera bien la desdichada esposa

De ese, contra quien ya tu ceño tiene

Blandida la cuchilla rigorosa.

Si una línea de púrpura detiene

Del más noble animal la más furiosa

Accion, deten tú el paso á tus enojos,

Pues son líneas de púrpura mis ojos.

Mas ¡ay! que en vano á tus piedades pido

La vida que has de darme generoso;

Que eres Rey, y has de ser compadecido;

Que eres valiente, y has de ser piadoso;

Que eres noble, has de ser agradecido;

Que eres tú, y has de ser tan victorioso

Que conozcas que alcanza ménos gloria

El que con sangre mancha la victoria.

No pues el que te espera heróico asiento

Construyas en cadalso duro y fuerte,

[p. 415]No el triunfal carro en triste monumento,

No el fausto en ceremonias de la muerte,

No la música en mísero lamento,

No la felicidad en triste suerte,

La gala en luto, en pena la alegría.

No eches á mal tan venturoso dia.

Entra triunfando, pero no venciendo,

Entra venciendo, pero no vengando;

Que más aplausos has de ganar, entiendo,

Perdonando, señor, que castigando:

Halle piedad la que lloró pidiendo,

Halle piedad la que pidió llorando;

Y pues son dos, siquiera una reciba,

O que yo muera, ó que mi esposo viva.

Tetrarc.

(Ap.) ¿Quién de dos muertes sitiada

Vió su vida tan á un tiempo,

Que negada ó concedida,

De cualquiera suerte muero?

Polidor.

(Ap.) ¡Hay tal infamia! ¡que llore

Por su marido, pudiendo

Llorar por mí, que á estas horas

Más de sentenciado tengo

La cara que él!

Otavian.

(Ap.Bien se deja

Ver que Aristóbolo al trueco

Del criado, y ver que estaba

En el retrato suspenso,

Fingiendo ser muerta, quiso

Desvanecer mis afectos.

Por mí, por ella y por él

Importa que satisfecho

Viva, pues ha de vivir.

¿Adónde hallará el ingenio

Disculpas para un marido

[p. 416]Que es plática de tal riesgo,

Que áun satisfaciendo agravia?

Mas no hablando con él, puedo

Darle á él la satisfaccion.)

Alzad, señora, del suelo.

Una vida me pedís,

Y aunque es verdad que lo siento,

Enmiende el pesar de oiros

El gusto de obedeceros.

Mas no me lo agradezcais;

Que si una vida os ofrezco,

Es porque os debo una vida,

Sin saber á quién la debo.

Vuestro hermano, entre otras joyas,

Perdió este retrato vuestro,

Y sin saber cúyo fuese

(De que hago testigo al cielo,

Y á cuantos dioses adoro),

Sólo por ser tan perfecto,

Mandé á un pintor que me hiciese

Dél una imágen de Vénus.

Esta pues, constituida

Ya una vez en deidad, viendo

Un peligro en que me hallaba

(Decir cuál fuese no quiero,

Porque olvidaré el perdon

Si del delito me acuerdo),

Dél me libró; de manera,

Que aunque Vénus fuese el dueño

Del acaso, fuisteis vos

Del acaso el instrumento;

Y así en términos pagando

El haberos interpuesto

Entre otro acero y mi vida,

[p. 417]He de hacer con vos lo mesmo,

Hoy que os advierto interpuesta

Entre otra vida y mi acero.

Viva vuestro esposo, y no

Solamente viva, pero

A su honor restituido;

Y por no dejar á riesgo

Vuestros ojos de que lloren

Otra vez, ni oiros ni veros

En mi vida... (Ap. La voz miente,

No el alma.) perdon concedo

A vuestro hermano, y á cuantos

En este levantamiento

Cómplices fueron; y en fin,

Porque ni al llanto ni al ruego

Quede nada que pedirme,

Aun vuestro retrato os vuelvo;

Que no es decoro ser mio,

El dia que sé que es vuestro.

Tomad, pues. (Dásele.)

Mariene.

Vivas los siglos

Del Fénix.

Tetrarc.

Y tan eternos

Como deseará esta vida,

Que ya como tuya ofrezco,

Porque el ser dádiva tuya

Le crezca el merecimiento

A Marïene.

Mariene.

¡Felice,

Dulce esposo, amado dueño,

El dia que vuelvo á verte

En mis brazos! Quien en ellos...

(Ap. Mas no, que el de mi decoro

No es el de mi sentimiento.)

[p. 418]Tetrarc.

(Ap.) ¡Qué dichosos desengaños!

Haber sabido, el primero,

El acaso del retrato,

Y el segundo hallar secreto

Aquel rigor que fié

De Filipo y Tolomeo.

Tolom.

(Ap.) Ya ¿qué tengo que temer?

Pues anda tan fina, es cierto

Que tener quiere su enojo

En la cárcel del silencio.

¡Y luégo dirán que no hay

Mujer que guarde secreto!

Así me sucedan bien

Los medios que tengo puestos

En la libertad de Libia,

De que avisada la tengo

Con el mismo que esta noche

Ha de abrir el aposento

Para que pueda librarla.

Otavian.

Mi tienda armad; que no quiero

Entrar en Jerusalen

Hasta que el recibimiento

De imperial triunfo aperciba.

(Ap. Hermoso prodigio bello,

¿Qué me sirve haberte hallado,

Si cuando te hallo te pierdo?)

Mariene.

Hasta dejarle en su tienda,

Vamos todos.

Tetrarc.

Yo el primero,

Como el más interesado,

Seré quien vaya diciendo:

¡Viva Otaviano!

Todos.

(Música.)Viva,

Y en los campos de Oriente

[p. 419]Ciñan su augusta frente

Sacro el laurel, pacífica la oliva.

¡Viva Otaviano, viva!

(Vanse todos, menos Polidoro y unos soldados.)

ESCENA IV.

POLIDORO, soldados.

Sold. 1.º

¿Por qué vos, pues perdonado

Estais, en su seguimiento

No vais, dándole con todos

Las gracias?

Polidor.

Porque no quiero;

Que tan gran superchería

Como conmigo se ha hecho,

No se hiciera, vive Apolo,

No digo yo con un negro,

Pero ni con un capon,

Que áun es muchísimo ménos,

Cuanto va desde ser hombre,

A sólo empezar á serlo.

Sold. 1.º

¿Qué superchería?

Polidor.

¿No fuisteis

Vos quien me dijo, viniendo,

Que venía á ser ahorcado?

Sold. 1.º

Yo lo dije.

Polidor.

¿Pues qué es ello?

¿Es bien hacerme caer

En falta con todo un pueblo,

Que estaba ya convidado?

¿Es juego de niños esto?

—Venga usted á ser ahorcado.

[p. 420]—Vaya usted, que ya está absuelto.—

¿Qué ha de decirse de mí,

Sino que soy un grosero,

Y no valgo cuatro cuartos

Para ahorcado? Y fuera desto,

¿Qué ahorcado no es como un pino

De oro, en el comun lamento

De las viejas que le lloran?

¿Está por ventura el tiempo

Para no ser pino de oro,

Siquiera por un momento?

La costa que tenía hecha,

De más de cuatro mil gestos,

Para escoger los que habia

De ir por el camino haciendo,

¿Qué he de hacer della? Y despues,

¿Qué dirán de mí los ciegos,

Que la jácara tendrán

Escrita ya de mis hechos?

Ello, he de morir ahorcado;

Que mi honra es lo primero:

Y así, ustedes no se cansen,

Que aunque les pese, he de hacerlo.

Pues luégo ¡es bobo el delito,

Sino oir al pregonero:

«Esta es la justicia, á este hombre

Por príncipe contrahecho!»

Sold. 1.º

Ande el menguado.

Sold. 2.º

Este es loco.

Polidor.

Hablemos bien, caballeros;

Que no es loco ni menguado

Quien tiene mi entendimiento.

Sold. 1.º

Dejarle para quien es.

Polidor.

Han de ahorcarme, ó sobre eso

[p. 421]Me mataré con mi padre,

Con mi tio y con mi abuelo:

Y para satisfacer

Hoy á todo el universo

De que no queda por mí,

A voces iré diciendo:

«Esta es la justicia, á este hombre

Por príncipe contrahecho.»

Sold. 1.º

Pues por vida...

Polidor.

¿Qué me jura?

ESCENA V.

ARISTÓBOLO.—Dichos.

Aristób.

Polidoro, pues ¿qué es esto?

Sold. 2.º

No es nada.

Polidor.

No sino mucho.

Aristób.

¿Qué es, dí?

Polidor.

Un atrevimiento,

Y un desacato muy grande,

Que aquí contigo se ha hecho;

Pues siendo yo tu persona

Ahorcarme quisieron éstos,

Y no pudo ser á mí

Cuando yo no era yo mesmo,

Porque hacía tu papel.

Aristób.

Pues si conmigo es el duelo,

Satisfecho le perdono,

Porque no te quejes dellos.

¿Dónde está el Emperador?

Sold. 1.º

En su tienda.

Aristób.

Pues yo quiero

[p. 422]Irle á agradecer la vida

A la piedad de su pecho.

Polidor.

Yo sabré de aquí adelante

El papel que represento. (Vanse.)


Aposento retirado en el palacio de Heródes, en Jerusalen.

ESCENA VI.

EL TETRARCA, MARIENE, acompañamiento.

Tetrarc.

Despues de darme la vida,

Que yo tan á costa compro

De los agravios que callo,

De las desdichas que lloro,

Torciendo las blancas manos,

Humedeciendo los ojos,

Turbada la voz del pecho,

Pálido el color del rostro,

Hasta el palacio has llegado,

Y en él á lo más remoto

De sus cuartos. Pues ¿qué es esto?

Mira que es afecto impropio

Del beneficio cobrarle

Tan presto: no rigoroso

Tu pecho aquel bruto sea,

Que viendo el veloz arroyo

De una fuente inficionado

Del áspid, noble y piadoso

La enturbia porque no beba

El caminante, que absorto

De ver enturbiar la plata,

[p. 423]Que le brindó con sonoro

Acento á beber cristal

En penada copa de oro,

Maldice al bruto, ignorando

El favor: yo así dudoso,

No agradeceré la vida,

Si con agravios la logro;

Que es turbar los beneficios

Embozarlos con enojos.

Mariene.

Ya hemos llegado hasta el cuarto

Prevenido. Salíos todos.

(Vase el acompañamiento.)

Tú tenme abierta esa puerta,

En tanto que yo dispongo

Cerrar esotra.

Tetrarc.

(Ap.)¿Fortuna,

Qué es esto?

Mariene.

Ya estamos solos.

Tetrarc.

¿Qué miras?

Mariene.

Miro el puñal,

Que del reloj presuroso

De mi vida fué el volante.

Tetrarc.

En un peligro notorio

De mi vida, le perdí.

Mariene.

Pues escucha.

Tetrarc.

Ya te oigo.

Mariene.

Bien pensarás, oh cobarde

Amante, oh tirano esposo,

Aleve, cruel, sangriento,

Bárbaro, atrevido y loco,

Bien pensarás que pedir

A aquel monarca famoso,

A aquel valiente romano,

A aquel capitan heróico,

[p. 424]Cuya vida el ave sea

Que en sagrado mauseolo

Nace, vive, dura y muere,

Hijo y padre de sí propio,

La tuya, comprada á precio

De suspiros y sollozos,

Ha sido piedad y amor

De mi pecho generoso;

Pues no ha sido, no, piedad,

Ni amor, afecto rabioso

Y venganza sí, porque

No hay otro estilo, no hay otro

Camino de castigar

Un ingrato pecho, como

Pagarle con beneficios,

Cuando ofende con enojos;

Que merced hecha á un ingrato,

Más que merced es oprobio.

No pues por librarte, no,

Del veneno riguroso

Turbé el cristal, aprendiendo

Piedades del unicornio;

Antes, para que le bebas,

Te le enturbié con embozos;

Y al reves de la piedad

De aquel animal piadoso

Procedí, pues él cubrió

El beneficio de polvo,

Y yo de halagos la ofensa:

¡Mira lo que hay de uno á otro,

Que él desdora las piedades,

Y yo las crueldades doro!

No me diera, no, venganza

Verte morir, cuando noto

[p. 425]Que es la muerte en los afanes

Ultima línea de todos;

Verte vivir, sí, ofendido,

Aborrecido y quejoso;

Porque en el mundo no hay

Castigo más riguroso

Para un ingrato, que verse

Olvidado de lo propio

Que se vió amado: el que llega

Á esto, ¿cómo vive? ¿cómo?

Fuera desto, por mí misma,

Por mi honor, por mi decoro,

Pedí tu vida, encubriendo

Las causas con que me enojo,

Que saben todos quién soy,

Y quién eres uno solo;

Y no por ganar con uno,

Habia de perder con todos.

Tu vida pedí en efecto,

Porque sepas que no ignoro

Que has vivido en esta ausencia

De mi muerte cuidadoso.

Este papel, esta firma

Te convenza. ¡Con qué asombro

Le miras, quedando viva

Estatua de nieve y plomo!

En mi mano está: no tienes

Que examinar estudioso

Cómo vino á ella, porque

La tierra, viendo el adorno

Y la hermosura que debe

A ese cristalino globo,

Que parte la luna á giros,

Que el sol ilumina á tornos,

[p. 426]Le ofreció de no encubrirle

Nada en su centro más hondo;

Que áun los cielos, con ser cielos,

Dan las mercedes á logro.

¿Tú eres (¡aquí de mi aliento!)

Tú (desmayo al primer soplo,

Con mis lágrimas me anego,

Con mis suspiros me ahogo)

De Jerusalen Tetrarca?

¿Tú eres rama de aquel tronco?

¡Qué bien dice aquel que dice

Que eres bajo y afrentoso

Idumeo, cuya cuna

Bárbara es! ¿Qué más apoyo

Desta opinion, que tus celos,

Infames como alevosos?

¿Qué fiera la más cruel,

Qué bruto el más riguroso,

Qué pájaro el más aleve,

Qué bárbaro el mas ignoto

Mató muriendo? pues ántes

De hombres, fieras y aves oigo

Que mueren dando la vida.

Dígalo en bramidos roncos

La víbora, que mordiendo

Sus entrañas, poco á poco

Se despedaza, sacando

Muchas vidas de un aborto.

Dígalo el ave que muestra

El pecho en mil partes roto,

Y por dar la vida, muere

Desangrada entre sus pollos.

Dígalo el bárbaro, pues

Que al peligro más notorio

[p. 427]Expuesto el pecho, á su espalda

Pone á su esposa, y piadoso

Es escudo de su vida

Contra la pluma y el plomo.

Mas tú, más que todos fiero;

Mas tú, más bruto que todos;

Mas tú, más bárbaro, en fin,

No solo apénas, no solo

Favoreces lo que amas;

Pero avaro de los gozos,

Aun muriendo no los dejas:

Bien como el que codicioso

Amante de sus riquezas,

Porque no las goce otro,

Manda que despues de muerto

Le entierren con su tesoro.

Supongo que fué fineza

Este decreto, supongo

Que fué con celos; que nada

Quiero dejar en tu abono:

¿Quién muriendo, pues, previno

Avariento ó cauteloso,

Llevar desde aqueste mundo

Prevenciones para el otro?

Si es nuestra vida una flor

Sujeta al más fácil soplo

De los alientos del austro,

De los suspiros del noto,

Que en espirando ella, espira

Todo cuanto vemos, todo

Cuanto gozamos; ¿qué error

Dispuso que tú celoso

Prevengas para el sepulcro

Las riquezas y los gozos?

[p. 428]¿Qué hazaña de amor es esta?

Y pues examino y toco

Que podrá vivir mi pecho

Más seguro y más dichoso

Aborrecido que amado,

Desde aquí á mi cargo tomo

El hacer que me aborrezcas;

Que aunque pudiera con otro

Medio huir de tí, y vivir

En el clima más remoto

(Donde el sol avaramente

Dispensa sus rayos rojos,

Ú donde pródigo abrasa

Menudas arenas de oro)

Más feliz sin tí y conmigo,

No he de dar con tal divorcio

Que decir al mundo, y esto

Se quedará entre nosotros.

En tu vida, ni en mi vida

Me has de mirar sin enojos,

Me has de hablar sin sentimientos,

Me has de escuchar sin oprobios,

Ver sin suspiro los labios,

Ver sin lágrimas los ojos;

Y este obscuro velo puesto

Siempre delante del rostro,

Estorbará el que te vea,

Siendo mis reales adornos

Eternamente este luto;

Y en aquese cuarto solo

Viviré con mis mujeres

Guardando viudez en todo.

Y nunca me entres en él,

Que por los dioses que adoro,

[p. 429]Que de la más alta almena

Me arroje al sepulcro undoso

Del mar, donde infelizmente

Me oculte en su centro hondo.

Y no me sigas, porque

Te miro con tanto asombro,

Con tanto temor te hablo,

Con tanto pavor te oigo,

Que pienso que ya se cumple

De aquel judiciario docto

El hado; pues si él me dijo

Que tu acero prodigioso,

Y el mayor monstruo del mundo

Me amenazan, hoy conozco

La verdad, pues si entras dentro,

Huyendo del uno al otro,

O me ha de matar tu acero,

O el mar, que es el mayor monstruo.

(Vase, y cierra la puerta.)

ESCENA VII.

EL TETRARCA.

¡Hasta aquí pudo, hasta aquí

Llegar un hado cruel!

El papel mismo, el papel

Que con Filipo escribí

A Tolomeo ¡ay de mí!

¿Tiene Marïene? ¡fuerte

Dolor! Y ella ¡injusta suerte!

De mi rigor ofendida,

Me ha dilatado la vida,

[p. 430]Por dilatarme la muerte.

No me quejo del rigor

Con que se queja á los cielos:

Bien lo merecen mis celos,

Bien lo merecen mi amor.

Mas quéjome de un traidor

Tan aleve y tan cruel...

Mas ¡ay de mí! que no es dél

La culpa, que sólo es mia,

Que esto merece quien fía

Sus secretos de un papel.

Ni sé qué hacer, ni decir:

Que entre uno y otro pesar,

Ya ni me puedo quejar,

Ni dejarlo de sentir.

Desenojarla es mentir,

Porque es mi amor de manera,

Mi pasion tan dura y fiera,

Que si en tanta confusion

Hoy volviera á la prision,

Hoy al delito volviera.

Porque ella, al fin, no ha de ser,

Ni vivo, ni muerto yo,

De otro nuevo dueño, no;

Que mi amor se ha de ofender,

Aunque no lo llegue á ver.

En parte gusto me ha dado

El que se haya declarado,

Pues en esta ocasion ya,

Sin escándalo estará

Siempre este cuarto cerrado.

Cerraréle por de fuera,

Y yo mismo no entraré

En él, porque áun yo no sé

[p. 431]Si á mí otros celos me diera.

Y sí hiciera, sí, sí hiciera,

Pues si á mirarme llegara

En sus brazos, y pensara

Que era tan dichoso, allí

Me desconociera á mí,

Y que era otro imaginara.

De suerte que mis desvelos,

Enseñados á desdichas,

Tuvieran miedo á mis dichas,

Pues ellas me dieran celos.

¿Quién son estos desconsuelos,

Quién es aqueste rigor,

Cuya pena, cuyo horror,

Que no es, discurso prolijo,

Ni envidia, ni amor, es hijo

De la envidia y del amor?

Hecho de heridos despojos,

Tiene de sirena el canto,

Y de cocodrilo el llanto,

De basilisco los ojos,

Los oidos, para enojos,

Del áspid: luego bien fundo,

Siendo monstruo sin segundo

Esta rabia, esta pasion

De celos, que celos son

El mayor monstruo del mundo.

ESCENA VIII.

FILIPO, TOLOMEO.—EL TETRARCA.

Filipo.

¿Cómo te daré, señor,

El parabien de tu vida?

[p. 432]Tetrarc.

Viendo la tuya rendida

A manos de mi rigor.

Filipo.

¿En qué te ofendí?

Tetrarc.

Traidor,

Poco leal, ménos fiel,

¿Qué hiciste, dí, de un papel

Qué...?

Tolom.

(Ap.)Ya mis desdichas creo.

Filipo.

¿No era para Tolomeo?

Tetrarc.

Sí.

Filipo.

Pues él te dirá dél.

Tolom.

(Ap.) ¡Qué poco duró (¡ay de mí!)

El secreto en la mujer!

Tetrarc.

Dí tú, traidor.

Tolom.

(Ap.)¿Qué he de hacer?

Tetrarc.

Un papel que te escribí,

¿Qué es dél?

Tolom.

(Ap.La verdad aquí

Es la disculpa mejor.)

Una dama...

Tetrarc.

Dí.

Tolom.

Señor,

A quien sirvo para esposa...

Tetrarc.

Prosigue.

Tolom.

De mí celosa

(Necios delitos de amor),

Me le quitó de la mano,

Y ella...

Tetrarc.

No prosigas, no,

Y castigue ese error yo...

Filipo.

Tente, señor.

Tetrarc.

Por mi mano.

Tolom.

Ya esperar aquí es en vano.

La fuga mi vida guarde.

[p. 433]Filipo.

Huid, Tolomeo.

Tetrarc.

¡Ah cobarde!

Si al mismo cielo te subes,

Campaña serán las nubes

Que hagan de mi honor alarde.

(Huye Tolomeo, y síguele Heródes, á quien procura detener Filipo.)


Campo, y en él la tienda de Otaviano.

ESCENA IX.

TOLOMEO, huyendo, y FILIPO, deteniendo al TETRARCA.

Tolom.

¿Dónde de tanto rigor

Estaré seguro? (Éntrase en la tienda.)

Filipo.

Advierte

Que huyendo tu acero fuerte,

Al campo salió, señor,

Y ya del Emperador

Hasta la tienda ha llegado.

Tetrarc.

Pues válgale ese sagrado

Por ahora; aunque no sé

Cómo un punto viviré

Ofendido y no vengado. (Vanse.)

[p. 434]ESCENA X.

OTAVIANO y TOLOMEO, saliendo de la tienda.

Otavian.

Hombre, que turbado y ciego,

Robado el color, y puesta

La mano en la espada, osas

Haber entrado en mi tienda,

Cuando he mandado que todos

Solo me dejen en ella

Con mis pesares: si acaso

Alguna traicion intentas.

Buena ocasion has hallado.

¿Qué aguardas?

Tolom.

Detente, espera,

Que es lealtad, y no traicion,

La que á este trance me fuerza.

Otavian.

¿Quién eres?

Tolom.

Soy un soldado,

Hijo infeliz de la guerra,

Que llegué por mis servicios

A ser capitan en ella

De las guardias del Tetrarca,

Y de Sion en su ausencia

Gobernador.

Otavian.

¿Qué pretendes?

Tolom.

No mi vida, aunque pudiera,

La de Marïene sí,

Que es mi señora y mi Reina.

Otavian.

Buenas cartas de favor

Traes. Dí, y lo que fuere sea.

Tolom.

(Ap. ¡Oh Libia, cuánto el empeño

[p. 435]De tu libertad me arriesga,

Pues por tí de una verdad

He de hacer una cautela!)

El Tetrarca enamorado

Tanto de su esposa bella

Vivió, que intentó pasar

A la práctica experiencia,

De que á amores y privanzas,

Cuando sus aumentos llegan,

Es de la felicidad

Declinacion la tragedia.

Viendo, pues, que de su muerte

Pronunciada la sentencia

Estaba; y viendo que tú,

Enamorado de verla,

En dos retratos la amabas

(Que todo aquesto me cuenta

Quien trajo una carta), aleve

Dispuso mandarme en ella

Que yo, como quien aquí

La asistia de más cerca,

La atosigase y matase:

Cuyos celos de manera,

Al verla hoy viva y contigo,

Crecieron con la sospecha

De que por ella tomaste

A Jerusalen la vuelta;

Que en vez de que agradeciese[16]

El que su vida pidiera

Con tantas ánsias, llegó[17]

Con ella á palacio apénas,

Cuando en un obscuro cuarto

[p. 436]La encerró, y con saña fiera

Conmigo embistió á matarme,

Por no haberla hallado muerta.

Dél es de quien vengo huyendo

A darte la infeliz nueva

De que Marïene está

Por tí en tanto riesgo puesta,

Que no tiene de su vida,

Seguridad; pues es fuerza,

Quien en ausencia lo manda,

Que lo ejecute en presencia.

Pues eres César, señor,

Y tan generoso César,

Que para victorias tuyas

Faltan plumas, faltan lenguas,

Del poder deste tirano

La saca, porque te deba

El sol su mejor aurora,

La aurora su mejor perla,

La tierra su mejor sol,

Y el cielo su...

Otavian.

Cesa, cesa;

Calla, calla, no prosigas,

No en la persuasion me ofendas.

¡Expuesta Mariene, cielos!

¿Y por mi ocasion expuesta

Á tanto riesgo? ¿Qué aguardo?

No soy quien soy, si por ella

No pierdo la vida. Iré

Donde... (Ap. Mas con más prudencia

Lo he de mirar; que no es bien

Que la informacion primera

Me lleve tras sí, y más cuando

No es cobarde la sospecha

[p. 437]De todos estos.) Soldado,

Mira si verdad me cuentas.

Tolom.

Tanto, que á la misma torre

Adonde encerrada, presa

Y afligida está, señor,

Te llevaré á que la veas,

Luego que baje la noche

De pardas sombras cubierta.

Otavian.

¿A la misma torre?

Tolom.

Sí,

Porque yo tengo...

Otavian.

Dí apriesa.

Tolom.

(Ap. ¡Para qué de cosas sirve

Hoy mi amor!) Llave maestra

De sus jardines. Si acaso

De mi lealtad te recelas,

Lleva tus guardas contigo

Y todo el palacio cerca,

Para que en cualquiera trance,

Llegando una vez á verla,

Como he dicho, en su socorro,

Asegures su defensa.

(Ap. Y yo la vida de Libia,

Pues que no dudo que puesta

La ciudad en confusion,

Podré ir á favorecerla.)

Otavian.

Tan á los reparos sales,

Que ya nada dudo; y sea

En fin lealtad ó traicion,

Por verte, Mariene bella,

Iré, y si es á darte vida,

Quiera amor que lo agradezcas. (Vanse.)


[p. 438]Habitacion de Mariene.

ESCENA XI.

MARIENE, SIRENE; damas, unas con luces, que pondrán en un bufete, y otras con azafates.

Mariene.

Dejadme morir.

Sirene.

Avierte

Que esa pena, ese dolor,

Más que tristeza es furor,

Y más que furor es muerte.

Mariene.

Es tan fuerte

Mi mal, es tan riguroso,

Que no me mata de fiel,

Sin ver él

Que ser conmigo piadoso,

No es dejar de ser cruel.

Dama 1.ª

Ya que aborreciendo el lecho,

En el jardin te has estado

Hasta esta hora, dé el cuidado

Blandas treguas al despecho.

Mariene.

Mal sospecho

Que pueda el sueño aliviar

Mi pesar;

Pero, porque no pagueis

La culpa que no teneis,

Empezadme á destocar.

(Recogen las damas en los azafates los adornos que quita Mariene.)

Sirene.

¿Quieres, miéntras desafía

Al sol esplendor tan bello,

Desobligado el cabello

[p. 439]De los adornos del dia,

La voz mia

Algo te advierta?

Mariene.

No,

Porque yo

No quiero que me mejore

Quien cante, sino quien llore.

Sirene.

Filósofo hubo que halló

Causa en la naturaleza

Para aumentar la armonía,

Al alegre la alegría,

Como al triste la tristeza.

Mariene.

Pues empieza,

Con calidad que el dolor

Hagas mayor.

Sirene.

Con una letra será,

Que aunque es antigua, podrá

Conseguir eso mejor.

(Canta.) Ven, muerte, tan escondida,

Que no te sienta venir,

Porque el placer del morir

No me vuelva á dar la vida.

Mariene.

¡Bien sentida

Y declarada pasion!

¿Cúyos son

Esos versos?

Sirene.

No lo sé,

Porque acaso los hallé,

Estudiando otra cancion.

Mariene.

Vuélvelos á repetir,

Porque yo con ellos pida...

Las dos.

Ven, muerte, tan escondida

Que no te sienta venir.

Mariene.

Mas si á advertir

[p. 440]

Llego mi ansia entretenida,

El canto impida,

Que ya no los quiero oir.

Las dos.

Porque el placer del morir

No me vuelva á dar la vida.

ESCENA XII.

OTAVIANO y TOLOMEO, á la puerta, embozados.—Dichas.

Tolom.

(Ap. á Otaviano.) Pisando las negras sombras

En el silencio nocturno,

El jardin has penetrado,

Al tiempo que al cuarto suyo

Se iba retirando ella.

Otavian.

(Ap. á Tolomeo.) Ya tus verdades no dudo,

Ni su prision, pues tan sola

Está, y vestida de luto

Todavía. Tú á la puerta,

En tanto que me aseguro

De si es acaso ó malicia.

Pues ménos ruido hará uno,

Me espera.

Tolom.

Sí haré, teniendo

La gente que has traido, á punto

Para cualquier accidente. (Vase.)

ESCENA XIII.

Dichos, ménos Tolomeo.

Otavian.

(Ap.) Tanto de verla me turbo,

Que no sabré discurrir

[p. 441]Si esto es ya pesar ó gusto.

Mariene.

Vuelve, Sirene, pues es

Tan á mi intento el asunto.—

Tú, Laura, cierra esas puertas.

Sirene.

Obedecerte procuro.

(Canta.) Ven, muerte, tan escondida...

Dama 1.ª

Y yo tambien, pues acudo

A cerrar las puertas.

(Al ir hácia donde está Otaviano, él la detiene.)

Otavian.

No

Lo intentes, que es dolor sumo,

Sin luz y sol quedar ciego

Dos veces.

Dama 1.ª

¡Qué veo y escucho!

¡Ay de mí infeliz!

Mariene.

¿Qué es eso?

Dama 1.ª

El mal embozado bulto

De un hombre que ha entrado aquí.

Mariene.

¡Hombre aquí!

Otavian.

(Ap.)Ya hablar no excuso.

Mariene.

Dad voces.

Sirene.

Yo no podré,

Que áun cómo respirar dudo.

Dama 1.ª

Ni yo, que apénas aliento.

Dama 2.ª

Ni yo, que medrosa huyo.

(Huyen las damas, dejando caer los azafates y adornos.)

ESCENA XIV.

MARIENE, OTAVIANO.

Mariene.

Huya tambien yo.

Otavian.

(Desembozándose.)Teneos,

[p. 442]Vos, y reparad el susto;

Que más que para enojaros,

Para serviros os busco.

Mariene.

¡Vos, señor! pues... cómo... si...

Aquí... yo... cuando...

Otavian.

Quien pudo

Antes de veros amaros,

Despues de veros, mal dudo

Que dejar de amaros pueda.

Mariene.

No son de César Augusto

Esas razones.

Otavian.

Sí son,

Pues más á veros me indujo

Vuestro daño que mi afecto,

Vuestro riesgo que mi gusto.

Yo he sabido que, en poder

De tirano dueño injusto,

Estais expuesta al peligro

De tan sacrílego insulto

Como que obre por su mano

Lo que á la ajena dispuso.

A poner en salvo vengo

Vuestra vida.

Mariene.

El labio mudo

Quedó al veros, y al oiros

Su aliento le restituyo,

Animada para sólo

Deciros que algun perjuro,

Aleve y traidor, en tanto

Malquisto concepto os puso.

Mi esposo es mi esposo, y cuando

Me mate algun error suyo,

No me matará mi error,

Y lo será si dél huyo.

[p. 443]Yo estoy segura, y vos mal

Informado en mis disgustos;

Y cuando no lo estuviera,

Matándome un puñal duro,

Mi error no me diera muerte,

Sino mi fatal influjo;

Con que viene á importar ménos

Morir inocente, juzgo,

Que vivir culpada á vista

De las malicias del vulgo.

Y así si alguna fineza

He de deberos, presumo

Que la mayor es volveros.

Otavian.

Sí haré, si vuestro discurso,

Como salva mi primero

Motivo, salva el segundo.

Un retrato tenía vuestro,

A cuyo hermoso dibujo,

Sin saber cúyo era, daba

Mi humana adoracion culto.

Por sanear sospechas (ya

Lo vísteis) sabiendo cúyo

Fuese, os le dí, y pues sirvió

Ya en vuestro abono, no dudo

Que con justicia le pido.

Mariene.

No haceis; que tenerle es uno

Por acaso, y otro es

Por voluntad; y á este puro

Fuego abrasará mi mano,

(Haciendo ademan de acercarla á una de las hachas que alumbran el cuarto.)

Si en ella el menor impulso

Reconociera de que

Para volvérosle tuvo.

[p. 444]Otavian.

No hicierais, porque impidiera

Yo llegar al ardor suyo,

Estorbando así la accion.

(Quiere tomarla la mano, y ella lo resiste.)

Mariene.

Es atrevimiento injusto.

Otavian.

No es sino justo deseo.

Mariene.

Antes á los cielos juro,

Que con vuestro mismo acero,

(Quita á Otaviano el puñal que trae, que es el de Herodes.)

Que ya en mi mano desnudo

Está, me atraviese el pecho.

Otavian.

Ténte, mujer; que confundo

Mis sentidos al mirar

No sé qué fatal trasunto,

Que ví otra vez.

Mariene.

De ese pasmo,

De ese pavor que en tí infundo,

El contratiempo gozando,

Huiré, puesto el iracundo

Acero al pecho. Mas ¡cielos! (Conociéndole.)

¿No es el que fiero y sañudo

Me amenaza? Con más causa

Ya de dos contrarios huyo.

(Arroja el puñal, huye, y síguela Otaviano.)

Otavian.

Oye, espera. (Vanse.)

ESCENA XV.

EL TETRARCA.

¿Quién, ladron

Del mismo tesoro suyo,

Dentro de su misma casa

[p. 445]Buscó sus bienes por hurto?

Hasta ahora la esclava no

Abrió. ¡Qué triste discurro

El cuarto á la media luz

De escaso esplendor nocturno,

Que allí horrores late, y más

Si á sus reflejos descubro

De mujeriles adornos,

Ajadamente difusos,

Sembrando el suelo! ¿Qué es esto?

No me propongas, discurso,

Que bajel que echa la ropa

Al mar, padece infortunios;

Que casa que se despoja

De las alhajas que tuvo,

Estragos de fuego corre;

Pues ni la tormenta dudo

Ni el incendio ignoro, cuando

Entre dos aguas fluctúo,

Entre dos fuegos me hielo,

Viendo que me embisten juntos,

Para zozobrar, suspiros,

Para hacerme llorar, humos.

Estas arrojadas señas,

¿No son de ilustres, de augustos

Faustos despojos? ¿Aqueste

No es el fiero puñal duro, (Levantándolo.)

Que registro de los astros

Es aguja de sus rumbos?

¿No es este el que yo á Otaviano

Dejé? Sí. ¿Pues quién le trujo

Aquí entre arrastradas pompas?

Pero ¿para qué lo apuro,

Si es de los desconfiados

[p. 446]La imaginacion verdugo?

¡Tarde hemos llegado, celos,

Tarde, tarde! Pues no dudo

Que quien arrastra despojos,

Habrá celebrado triunfos.

Si es dichoso el desdichado,

Que siéndolo no lo supo;

¡Desdichado del dichoso,

Que ya sin serlo lo tuvo

Por cierto! Y pues que me ponen

En mi mano mis influjos,

A ellos muera, ántes que...

ESCENA XVI.

OTAVIANO, MARIENE.—EL TETRARCA.

Otavian.

(Dentro.)Espera,

Aguarda.

Tetrarc.

Pero ¡Qué escucho!

(Sale Mariene huyendo, y Otaviano tras ella.)

Mariene.

Será en vano, pues primero

Que logres... Mas ¡cielos justos!

¿Qué es lo que miro?

Tetrarc.

Turbado

He quedado.

Otavian.

Yo confuso.

Mariene.

Y yo confusa y turbada,

Pues entre dos daños, de uno

Doy en otro, y ya no sé

Cuál dejo, ni cuál procuro,

Cuál pierdo, ó cuál solicito,

Cuál hallo, al fin, ó cuál busco;

[p. 447]Pues siempre tengo peligro,

Cuando paro, y cuando huyo.

Tetrarc.

Vista tu fuga, á tu honor

Este pecho será muro.

Otavian.

No temas, que de tu vida

Este pecho será escudo.

Tetrarc.

Cumple, pues, lo que prometes.

Otavian.

Así verás si lo cumplo.

(Sacan las espadas.)

Mariene.

¡Ay de mí! Para salir

De tan justo ó tan injusto

Duelo, estas luces apague. (Apaga las luces.)

Tetrarc.

¿Adónde, César perjuro,

Te escondes?

Otavian.

Yo no me escondo.

Tetrarc.

No te encuentro, aunque te busco.

Mariene.

Tente, esposo. ¡Ay infelice

De mí! (Encuéntranse, los dos y riñen.)

Otavian.

A mi violento impulso

Muere, aleve.

Tetrarc.

Aunque la espada

Perdí, con aqueste agudo

Puñal morirás.

(Encuentra con Mariene, y la hiere.)

Mariene.

¡Ay triste!

Tened piedad, dioses justos,

Pues aquí muero inocente. (Cae.)

Otavian.

¡Qué es lo que oigo!

Tetrarc.

¡Qué escucho!

Otavian.

Vengaré su muerte.

[p. 448]ESCENA XVII.

TOLOMEO, soldados, damas, con luces; y despues, LIBIA, ARISTÓBOLO, FILIPO y POLIDORO.—EL TETRARCA, OTAVIANO.

Solds.

Entrad

Todos, que es grande el tumulto.

Damas.

Llegad todas.

Libia.

A tan grande

Estruendo, romper no excuso

Mi prision.

Aristób.
y Filipo.

 

Señor, ¿qué es esto?

Polidor.

No haber gozado el indulto

Marïene como yo.

Otavian.

Dar muerte al hombre más bruto,

Más bárbaro, más sangriento,

Que ha eclipsado el sol más puro.

Tetrarc.

Yo no la he dado la muerte.

Todos.

¿Pues quién?

Tetrarc.

El destino suyo,

Pues que muriendo á mis celos,

Que son sangrientos verdugos,

Vino á morir á las manos

Del mayor monstruo del mundo.

Aristób.

El mayor monstruo los celos

Son siempre.

Tetrarc.

Porque ninguno

De mí la venganza tome,

Vengarme de mí procuro,

Buscando desde esa torre

[p. 449]En el ancho mar sepulcro. (Vase.)

Otavian.

Seguidle todos, seguidle.

Tolom.

Desesperado y confuso

Se arrojó al mar.

Otavian.

Retirad

Aquese cielo caduco,

Y diga en su monumento

Para los siglos futuros

El epitafio: «Aquí yace,

Desfigurado su vulto,

La beldad más milagrosa,

Muerta por celos injustos.»

Tolom.

Libia, tu mano merezca

Quien al peligro se expuso

De libertarte.

Libia.

En llorando

De Mariene el infortunio.

Filipo.

En que acaba la tragedia,

Donde se cumplió su influjo.

Polidor.

Como la escribió su autor;

No como la imprimió el hurto

De quien es su estudio echar

A perder otros estudios.


[p. 451]

AMAR DESPUES DE LA MUERTE.


[p. 452]

PERSONAS.


Don Álvaro Tuzaní.

Don Juan Malec, viejo.

Don Fernando de Válor.

Alcuzcuz, morisco.

Cadí, morisco viejo.

Don Juan de Mendoza.

El señor Don Juan de Austria.

Don Alonso de Zúñiga, corregidor.

Don Lope de Figueroa.

Garcés, soldado.

Doña Isabel Tuzaní.

Doña Clara Malec.

Beatriz, criada.

Inés, criada.

Un criado.

Moriscos y moriscas.

Soldados cristianos.

Soldados moriscos.

La escena es en Granada y en varios puntos de la Alpujarra.


[p. 453]

JORNADA PRIMERA.


Sala en casa de Cadí, en Granada.

ESCENA PRIMERA.

Moriscos, con casaquillas y calzoncillos, y MORISCAS con jubones blancos é instrumentos; CADÍ y ALCUZCUZ.

Cadí.

¿Están cerradas las puertas?

Alcuzc.

Ya el portas estar cerradas.

Cadí.

No éntre nadie sin la seña

Y prosígase la zambra.

Celebremos nuestro dia,

Que es el viérnes, á la usanza

De nuestra nacion, sin que

Pueda esta gente cristiana,

Entre quien vivimos hoy

Presos en miseria tanta,

Calumniar ni reprender

Nuestras ceremonias.

Todos.

Vaya.

Alcuzc.

Mé pensar hacer astilias,

Sé tambien entrar en danza.

[p. 454]Uno.

(Canta.) Aunque en triste cautiverio,

De Alá por justo misterio,

Llore el africano imperio

Su mísera ley esquiva...

Todos.

(Cantando.) ¡Su ley viva!

Uno.

Viva la memoria extraña

De aquella gloriosa hazaña

Que en la libertad de España

A España tuvo cautiva.

Todos.

¡Su ley viva!

Alcuzc.

(Cantando.) Viva aquel escaramuza

Que hacer el jarife Muza,

Cuando darle en caperuza

Al españolilio antigua.

Todos.

¡Su ley viva! (Llaman dentro muy recio.)

Cadí.

¿Qué es esto?

Uno.

Las puertas rompen.

Cadí.

Sin duda cogernos tratan

En nuestras juntas; que como

El Rey por edictos manda

Que se venden, la justicia,

Viendo entrar en esta casa

A tantos moriscos, viene

Siguiéndonos. (Llaman.)

Alcuzc.

Pues ya escampa.

ESCENA II.

DON JUAN MALEC.—Dichos.

Malec.

(Dentro.) ¿Cómo os tardais en abrir

A quien desta suerte llama?

Alcuzc.

En vano llama á la puerta

[p. 455]

Quien no ha llamado en el alma.

Uno.

¿Qué haremos?

Cadí.

Esconder todos

Los instrumentos, y abran

Diciendo que solo á verme

Venisteis.

Otro.

Muy bien lo trazas.

Cadí.

Pues todos disimulemos.—

Alcuzcuz, corre: ¿qué aguardas?

Alcuzc.

Al abrir del porta, temo

Que ha de darme con la estaca

Cien palos el alguacil

En barriga, é ser desgracia

Que en barriga de Alcuzcuz

El leña, y no alcuzcuz haya.

(Abre Alcuzcuz, y sale Don Juan Malec.)

Malec.

No os receleis.

Cadí.

Pues, señor

Don Juan, cuya sangre clara

De Malec os pudo hacer

Veinticuatro de Granada,

Aunque de africano orígen,

¡Vos desta suerte en mi casa!

Malec.

Y no con poca ocasion

Hoy vengo buscándôs: basta

Deciros que á ella me traen

Arrastrando mis desgracias.

Cadí.

(Ap. á los moriscos.)

Él sin duda á reprendernos

Viene.

Alcuzc.

Eso no perder nada.

¿Prender no fuera peor

Que reprender?

Cadí.

¿Qué nos mandas?

[p. 456]Malec.

Reportáos todos, amigos,

Del susto que el verme os causa,

Hoy entrando en el cabildo,

Envió desde la sala

Del rey Felipe Segundo

El presidente una carta,

Para que la ejecucion

De lo que por ella manda,

De la ciudad quede á cuenta.

Abrióse, empezó en voz alta

A leerla el secretario

Del cabildo; y todas cuantas

Instrucciones contenia,

Todas eran ordenadas

En vuestro agravio. ¡Qué bien

Pareja del tiempo llaman

A la fortuna, pues ambos

Sobre una rueda y dos alas,

Para el bien ó para el mal

Corren siempre y nunca paran!

Las condiciones, pues, eran

Algunas de las pasadas

Y otras nuevas que venian

Escritas con más instancia,

En razon de que ninguno

De la nacion africana,

Que hoy es caduca ceniza

De aquella invencible llama

En que ardió España, pudiese

Tener fiestas, hacer zambras,

Vestir sedas, verse en baños,

Ni oirse en alguna casa

Hablar en su algarabía,

Sino en lengua castellana.

[p. 457]Yo, que por el más antiguo,

El primero me tocaba

Hablar, dije que aunque era

Ley justa y prevencion santa

Ir haciendo poco á poco

De la costumbre africana

Olvido, no era razon

Que fuese con furia tanta;

Y así, que se procediese

En el caso con templanza,

Porque la violencia sobra

Donde la costumbre falta.

Don Juan, Don Juan de Mendoza

Deudo de la ilustre casa

Del gran marqués de Mondéjar,

Dijo entónces: «Don Juan habla

Apasionado, porque

Naturaleza le llama

A que mire por los suyos,

Y así, remite y dilata

El castigo á los moriscos,

Gente vil, humilde y baja.—

Señor Don Juan de Mendoza

(Dije), cuando estuvo España

En la opresion de los moros

Cautiva en su propria patria,

Los cristianos, que mezclados

Con los árabes estaban,

Que hoy mozárabes se dicen,

No se ofenden, ni se infaman

De haberlo estado, porque

Más engrandece y ensalza

La fortuna al padecerla

A veces, que al dominarla.

[p. 458]Y en cuanto á que son humildes,

Gente abatida y esclava,

Los que fueron caballeros

Moros no debieron nada

A caballeros cristianos

El dia que con el agua

Del bautismo recibieron

Su fe católica y santa;

Mayormente los que tienen,

Como yo, de reyes tanta.—

Sí; pero de reyes moros,

Dijo.—Como si dejara

De ser real, le respondí,

Por mora, siendo cristiana

La de Válores, Cegríes,

De Venegas y Granadas.»

De una palabra á otra, en fin,

Como entramos sin espadas,

Unos y otros se empeñaron...

¡Mal haya ocasion, mal haya,

Sin espadas y con lenguas,

Que son las peores armas,

Pues una herida mejor

Se cura que una palabra!

Alguna acaso le dije

Que obligase á su arrogancia

A que (aquí tiemblo al decirlo)

Tomándome (¡pena extraña!)

El báculo de las manos,

Con él... Pero hasta esto basta;

Que hay cosas que cuesta más

El decirlas que el pasarlas.

Este agravio que en defensa,

Esta ofensa que en demanda

[p. 459]Vuestra á mí me ha sucedido,

A todos juntos alcanza,

Pues no tengo un hijo yo

Que desagravie mis canas,

Sino una hija, consuelo

Que aflige más que descansa.

Ea, valientes moriscos,

Noble reliquia africana,

Los cristianos solamente

Haceros esclavos tratan;

La Alpujarra (aquesa sierra

Que al sol la cerviz levanta,

Y que poblada de villas,

Es mar de peñas y plantas,

Adonde sus poblaciones

Ondas navegan de plata,

Por quien nombres las pusieron

De Galera, Berja y Gavia)

Toda es nuestra: retiremos

A ella bastimentos y armas.

Elegid una cabeza

De la antigua estirpe clara

De vuestros Abenhumeyas,

Pues hay en Castilla tantas,

Y hacéos señores, de esclavos;

Que yo, á costa de mis ánsias,

Iré persuadiendo á todos

Que es bajeza, que es infamia

Que á todos toque mi agravio,

Y no á todos mi venganza.

Cadí.

Yo para el hecho que intentas...

Otro.

Yo para la accion que trazas...

Cadí.

Mi vida y mi hacienda ofrezco.

Otro.

Ofrezco mi vida y alma.

[p. 460]Uno.

Todos decimos lo mismo.

Morisca.

Y yo en el nombre de cuantas

Moriscas Granada tiene,

Ofrezco joyas y galas.

(Vanse Malec y varios moriscos.)

Alcuzc.

Mé, que solo tener una

Tendecilia en Vevarambla

De aceite, vinagre é higos,

Nueces, almendras é pasas,

Cebolias, ajos, pimientos,

Cintas, escobas de palma,

Hilo, agujas, faldriqueras,

Con papel blanco é de estraza,

Alcamonios, agujetas

De perro, tabaco, varas,

Caniones para hacer plumas,

Hostios para cerrar cartas,

Ofrecer llevarla á cuestas

Con todas sus zarandajas,

Porque me he de ver, si llegan

A colmo mis esperanzas,

De todos los Alcuzcuzes

Marqués, conde ó duque.

Uno.

Calla,

Que estás loco.

Alcuzc.

No estar loco.

Otro.

Si no loco, es cosa clara

Que estás borracho.

Alcuzc.

No estar,

Que jonior Mahoma manda

En su alacran no beber

Vino, y en mi vida nada

Lo he bebido... por los ojos;

Que si alguna vez me agrada,

[p. 461]Por no quebrar el costumbre,

Me lo bebo por la barba.

(Vanse.)


Sala en casa de Malec.

ESCENA III.

DOÑA CLARA, BEATRIZ.

D.ª Clar.

Déjame, Beatriz, llorar

En tantas penas y enojos;

Débanles algo á mis ojos

Mi desdicha y mi pesar.

Ya que no puedo matar

A quien llegó á deslucir

Mi honor, déjame sentir

Las afrentas que le heredo,

Pues ya que matar no puedo,

Pueda á lo ménos morir.

¡Qué baja naturaleza

Con nosotras se mostró,

Pues cuando mucho, nos dió

Un ingenio, una belleza

Adonde el honor tropieza,

Mas no donde pueda estar

Seguro! ¿Qué más pesar,

Si á padre y marido vemos

Que quitar su honor podemos,

Y no le podemos dar?

Si hubiera varon nacido,

Granada y el mundo viera

[p. 462]Hoy, si con un jóven era

Tan soberbio y atrevido

El Mendoza, como ha sido

Con un viejo... Y por hacer

Estoy que llegue á entender

Que no por mujer le dejo;

Pues quien riñó con un viejo,

Podrá con una mujer.

Pero es loca mi esperanza.

Esto es solamente hablar.

¡Oh si pudiera llegar

A mis manos mi venganza!

Y mayor pena me alcanza

Verme ¡ay infelice! así,

Porque en un dia perdí

Padre y esposo, pues ya

Por mujer no me querrá

Don Álvaro Tuzaní.

ESCENA IV.

DON ÁLVARO.—DOÑA CLARA, BEATRIZ.

D. Álv.

Por mal agüero he tenido,

Cuando ya en nada repara

Mi amor, haber, bella Clara,

Mi nombre en tu boca oido;

Porque si la voz ha sido

Eco del pecho, sospecho

Que él, que en lágrimas deshecho

Está, sus penas dirá:

Luego soy tu pena ya,

Pues que me arrojas del pecho.

[p. 463]D.ª Clar.

No puedo negar que llena

De penas el alma esté,

Y andas tú en ellas, porqué

No eres tú mi menor pena.

De tí el cielo me enajena:

¡Mira si eres la mayor!

Porque es tan grande mi amor,

Que tu mujer no he de ser,

Porque no tengas mujer

Tú, de un padre sin honor.

D. Álv.

Clara, no quiero acordarte

Cuánto respeto he tenido

A tu amor, y cuánto ha sido

Mi respeto en adorarte;

Sólo quiero en esta parte

Disculparme de que así

Haya entrado hoy hasta aquí,

Antes de haberte vengado;

Porque haberlo dilatado

Es lo más que hago por tí.

Que aunque en las leyes del duelo

Con mujer no se ha de hablar,

Y aunque puedo consolar

Tu pena y tu desconsuelo

Con decir á tu desvelo

Que no llore y que no sienta;

Porque la accion que se intenta

Sin espada (mayormente

Cuando hay justicia presente)

Ni agravia, ofende ni afrenta;

De uno ni otro me aprovecho,

Mas de otra disculpa sí,

Y es decir que entrarme aquí

Antes de haber satisfecho

[p. 464](Pasando al Mendoza el pecho)

A tu padre, accion ha sido

Cuerda; porque recibido

Está que no se vengó

Bien del ofensor, si no

Le dió muerte el ofendido,

Si no es que su hijo sea

O sea su hermano menor:

Y así para que su honor

Hoy imposible no vea

La venganza que desea,

Una fineza he de hacer,

Que es pedirte por mujer

A Don Juan: y así, colijo

Que en siendo una vez su hijo,

Le podré satisfacer.

Solo á esto, Clara, he venido;

Y si me tuvo hasta aquí

Cobarde en pedirte así,

Haber tan pobre nacido;

Hoy que esto le ha sucedido,

Sólo le pida mi labio

Su agravio en dote: y es sabio

Acuerdo dármele, pues

Ya sabe el mundo que es

Dote de un pobre un agravio.

D.ª Clar.

Ni yo, Don Álvaro, espero

Acordarte, cuando lloro,

La verdad con que te adoro

Y la fe con que te quiero.

No intento decir que muero

Hoy, dos veces ofendida,

No que á tu aficion rendida,

No que en amorosa calma

[p. 465]Eres vida de mi alma

Y eres alma de mi vida;

Que sólo dar á entender

Quiero en confusion tan brava,

Que quien fuera ayer tu esclava,

Hoy no será tu mujer;

Porque si cobarde ayer

No me pediste, y hoy sí,

No quiero yo que de tí,

Murmurando el mundo, arguya

Que para ser mujer tuya

Hubo que suplir en mí.

Rica y honrada pensé

Yo que áun no te merecia;

Mas como era dicha mia,

Solamente lo dudé:

Mira cómo hoy te daré

En vez de favor castigo,

Haciendo al mundo testigo

Que fué menester, señor,

Que me hallases sin honor

Para casarte conmigo.

D. Álv.

Yo lo intento por vengarte.

D.ª Clar.

Yo lo excuso por temerte.

D. Álv.

Esto, Clara, ¿no es quererte?

D.ª Clar.

¿No es esto, Álvaro, estimarte?

D. Álv.

No has de poder excusarte...

D.ª Clar.

Darme la muerte podré.

D. Álv.

Que yo á Don Juan le diré

Mi amor.

D.ª Clar.

Diré que es error.

D. Álv.

Y eso ¿es lealtad?

D.ª Clar.

Es honor.

D. Álv.

Y eso ¿es fineza?

[p. 466]D.ª Clar.

Esto es fe;

Pues á los cielos les juro

De no ser de otro mujer,

Como mi honor llegue á ver

De toda excepcion seguro.

Solo esto lograr procuro.

D. Álv.

¿Qué importa si?...

Beatriz.

Mi señor

Sube por el corredor

Con mucho acompañamiento.

D.ª Clar.

Retírate á este aposento.

D. Álv.

¡Qué desdicha!

D.ª Clar.

¡Qué rigor!

(Vanse Don Álvaro y Beatriz.)

ESCENA V.

DON ALONSO DE ZÚÑIGA, DON FERNANDO VÁLOR y DON JUAN MALEC.—DOÑA CLARA; DON ÁLVARO, oculto.

Malec.

Clara...

D.ª Clar.

Señor...

Malec.

(Ap.¡Ay de mí!

¡Con cuánta pena te encuentro!)

Éntrate, Clara, allá dentro.

D.ª Clar.

(Ap. á su padre.)

¿Qué es esto?

Malec.

Oye desde ahí.

(Vase Doña Clara al cuarto donde está Don Álvaro, quedándose tras la puerta entreabierta.)

D. Alon.

Don Juan de Mendoza preso

Queda en el Alhambra ya;

Y así preciso será,

[p. 467]En tanto que este suceso

Se compone, que lo esteis

Vos en vuestra casa.

Malec.

Aceto

La carcelería, y prometo

Guardarla.

Válor.

No lo estareis

Mucho; que pues me ha dejado

El señor Corregidor

(Porque en el duelo de honor

Nunca la justicia ha entrado)

A mí hacer las amistades,

Yo las haré, procurando

El fin.

D. Alon.

Señor Don Fernando

De Válor, con dos verdades

Se sanea una malicia;

Pues que no hay agravio, es ley,

Ni en el palacio del Rey

Ni en tribunal de justicia.

Todos lo somos allí,

Y allí no le puede haber.

Válor.

El medio pues ha de ser

Este...

D. Álv.

(Ap. á D.ª Clara.)

¿Oyeslo todo?

D.ª Clar.

Sí.

Válor.

Que en este caso no hay medio

Que le sanee mejor.

Escuchadme.

Malec.

¡Ay del honor

Que se cura con remedio!

Válor.

Don Juan de Mendoza es

Tan bizarro caballero

[p. 468]Como ilustre, está soltero,

Y Don Juan de Malec, pues,

En quien sangre ilustre dura

De los reyes de Granada,

Tiene una hija celebrada

Por su ingenio y su hermosura.

A nadie toca tomar,

Si satisfaccion desea,

La causa, sino á quien sea

Su yerno. Pues con casar

A Don Juan con Doña Clara,

Estará cierto...

D. Álv.

(Ap.)¡Ay de mí!

Válor.

Que no pudiendo por sí

Vengarse la ofensa rara,

Pues habiendo á un tiempo sido

Interesado en su honor,

Como tercero ofensor,

Y como su hijo ofendido;

En no teniendo de quién

Estar ofendido pueda,

Por la misma razon queda

Seguro. Don Juan tambien,

No habiendo de darse muerte

A sí mismo en tanto abismo,

Vendrá á tener en sí mismo

Su mismo agravio: de suerte

Que no pudiendo agraviarse

Un hombre á sí, haciendo sabio

Dueño á Don Juan del agravio,

No tiene de quién vengarse,

Y queda limpio el honor

De los dos, pues en efeto

No caben en un sujeto

[p. 469]Ofendido y ofensor.

D. Álv.

(Ap. á D.ª Clara.)

Yo responderé.

D.ª Clar.

Detente,

No me destruyas, por Dios.

D. Alon.

Eso está bien á los dos.

Malec.

Hay mayor inconveniente,

Pues toda nuestra esperanza

Que Clara deshaga entiendo...

D.ª Clar.

(Ap.) El cielo me va trayendo

A las manos la venganza.

Malec.

Que mi hija, no sabré

Si hombre que aborreció ya

Con tanta ocasion, querrá

Por marido. (Sale D.ª Clara.)

D.ª Clar.

Sí querré;

Que importa ménos, señor,

Si aquí tu opinion estriba,

Que yo sin contento viva,

Que vivir tú sin honor.

Porque si fuera tu hijo,

La ira me estaba llamando,

Bien muriendo ó bien matando,

Y siendo tu hija, colijo

Que en el modo que pudiere

Te debo satisfacer,

Y así, seré su mujer:

De cuyo efecto se infiere

Que estoy tu honor defendiendo,

Que estoy tu fama buscando.

(Ap. Y pues no puedo matando,

Quiero vengarte muriendo.)

D. Alon.

Vuestro ingenio solo pudo

En un concepto cifrar

[p. 470]Conclusion tan singular.

Válor.

Y ya el efecto no dudo.

Escríbase en un papel

Esto que aquí se trató,

Para que le lleve yo.

D. Alon.

Ambos iremos con él.

Malec.

(Ap.) Quiero usar de aqueste medio,

Miéntras empieza el motin.

Válor.

Todo esto tendrá buen fin,

Pues estoy yo de por medio.

(Vanse los tres.)

D.ª Clar.

Ahora que á un aposento

Se han retirado á escribir,

Podrás, Álvaro, salir.

ESCENA VI.

DON ÁLVARO.—DOÑA CLARA.

D. Álv.

Sí haré, sí haré, y con intento

De no volver á ver más

Alma tan mudable en pecho

Tan noble; y el no haber hecho,

Cuando la muerte me das,

Un notable extremo aquí,

No fué respeto, no fué

Temor, gusto sí, porqué

Mujer tan baja...

D.ª Clar.

¡Ay de mí!

D. Álv.

Que á un tiempo, con vil intento,

Fe injusta, estilo liviano,

Ofrece á un hombre la mano

Y á otro tiene en su aposento,

[p. 471]No me está bien que se diga

Que nunca la quise bien.

D.ª Clar.

La voz, Álvaro, deten,

A que un engaño te obliga;

Que yo te satisfaré

Con el tiempo.

D. Álv.

Estas no son

Cosas de satisfaccion.

D.ª Clar

Podrán serlo.

D. Álv.

¿No escuché

Yo que la mano darias

Hoy al de Mendoza?

D.ª Clar.

Sí;

Pero no sabes de mí

El fin de las ánsias mias.

D. Álv.

¿Qué fin? Darme muerte. Advierte

Si hay disculpa que te cuadre,

Pues él agravió á tu padre

Y á mí me ha dado la muerte.

D.ª Clar.

El tiempo, Álvaro, podrá

Desengañarte algun dia

Que es constante la fe mia,

Y que esta mudanza está

Tan de tu parte...

D. Álv.

¿Quién vió

Tan sutil engaño? Dí,

¿No le das la mano?

D.ª Clar.

Sí.

D. Álv.

¿No has de ser su mujer?

D.ª Clar.

No.

D. Álv.

Pues ¿qué medio puede haber...

D.ª Clar.

No me preguntes en vano.

D. Álv.

Clara, entre darle la mano

Y entre no ser su mujer?

[p. 472]D.ª Clar.

Darle la mano, quizá

Será traerle á mis brazos,

Con que le he de hacer pedazos.

¿Estás satisfecho ya?

D. Álv.

No; que si él muere en tus lazos,

Dejará ¡ay Dios! al morir

Muy desvalido el vivir,

Porque son, Clara, tus brazos

Para verdugos muy bellos.

Pero ántes que (ya que sea

Ese tu intento) él se vea

Ni áun para morir en ellos,

Curaré de mis desvelos

Yo con su muerte el rigor.

D.ª Clar.

Eso ¿es amor?

D. Álv.

Es honor.

D.ª Clar.

Esa ¿es fineza?

D. Álv.

Son celos.

D.ª Clar.

Mira, mi padre escribió.

¡Quién detenerte pudiera!

D. Álv.

¡Qué poco menester fuera

Para detenerme yo! (Vanse.)


Sala en la Alhambra.

ESCENA VII.

DON JUAN DE MENDOZA, GARCÉS.

Mendoza.

Nunca en razon la cólera consiste.

Garcés.

No te disculpes. ¡Qué! Muy bien hiciste

En ponerle la mano;

[p. 473]Que no por viejo el que es nuevo cristiano

Piense que inmunidad el serlo goza

De atreverse á un Gonzalez de Mendoza.

Mendoza.

Hay mil hombres que en fe de sus estados

Son soberbios, altivos y arrojados.

Garcés.

Para aquestos traia el condestable

Don Iñigo (el acuerdo era admirable)

En la cinta una espada,

Y otra que le servia de cayada.

Preguntándole un dia,

Que dos espadas á qué fin traia,

Dijo: «La de la cinta se prefiere

Para aquel que en la cinta la trajere.

Estotra, que de palo me ha servido,

Para quien no la trae y es atrevido.»

Mendoza.

Muy bien mostró deber los caballeros

Traer para dos acciones dos aceros.

Ya que el triunfo ha salido

De espadas, dáme aquesa que has traido,

Porque á cualquier suceso

No me halle sin espada aunque esté preso.

Garcés.

Yo me agradezco haber la vuelta dado

Hoy á tu casa en tiempo que á tu lado

Puedo servirte, si enemigos tienes.

Mendoza.

Y ¿cómo de Lepanto, Garcés, vienes?

Garcés.

Como quien ha tenido

Fortuna de haber sido

En ocasion soldado,

Que haya en faccion tan grande militado

Debajo de la mano y disciplina

Del hijo de aquel águila divina,

Que en vuelo infatigable y sin segundo

Debajo de sus alas tuvo al mundo.

Mendoza.

¿Cómo el señor Don Juan llegó?

[p. 474]Garcés.

Contento

De la empresa.

Mendoza.

¿Fué grande?

Garcés.

Escucha atento.

Con la liga...

Mendoza.

Detente, porque ha entrado

Tapada una mujer.

Garcés.

Soy desdichado,

Pues á quínola puesto de romance,

Me entra figura con que pierdo el lance.

ESCENA VIII.

DOÑA ISABEL TUZANÍ, tapada.—Dichos.

D.ª Isab.

Señor Don Juan de Mendoza,

¿Podrá una mujer que viene

A veros en la prision,

Saber de vos solamente

Cómo en la prision os va?

Mendoza.

Pues ¿por qué no?—Garcés, véte.

Garcés.

Mira, señor, que no sea...

Mendoza.

En vano dudas y temes;

Que ya el habla he conocido.

Garcés.

Por eso me voy.

Mendoza.

Bien puedes.

(Vase Garcés.)

ESCENA IX.

DOÑA ISABEL, DON JUAN DE MENDOZA.

Mendoza.

En igual duda los ojos

Y los oidos me tienen,

[p. 475]Porque de los dos no sé

Cuál dijo verdad ó miente:

Porque si á los ojos creo,

No pareces tú lo que eres;

Y si creo á los oidos,

No eres tú lo que pareces.

Merezca, pues, ver corrida

La sutil nube aparente

Del negro cendal, porque

Si una vez la luz la vence,

Digan mis ojos y oidos

Que hoy amaneció dos veces.

D.ª Isab.

Por no obligaros, Don Juan,

A que dudeis más quién puede

Ser quien os busca, es razon

Descubrirme; que no quieren

Mis celos que adivineis

A quién la fineza deben.

Yo soy...

Mendoza.

¡Isabel, señora!

Pues ¡tú en mi casa, y tú en este

Traje, fuera de la tuya!

¡Tú á buscarme desta suerte!

¿Cómo era posible, cómo

Que vanas dichas creyese?

Luego fué fuerza dudarlas.

D.ª Isab.

Apénas cuanto sucede

Supe, y que aquí estabas preso,

Cuando mi amor no consiente

Más dilacion en buscarte;

Y ántes que á casa volviese

Don Álvaro Tuzaní

Mi hermano, he venido á verte

Con una criada sola

[p. 476](Mira ya lo que me debes)

Que á la puerta dejo.

Mendoza.

Pueden

Hoy con aquesta fineza,

Isabel, desvanecerse

Las desdichas, pues por ellas...

ESCENA X.

INÉS, con manto, asustada.—Dichos.

Inés.

¡Ay señora!

D.ª Isab.

Inés, ¿qué tienes?

Inés.

Don Álvaro mi señor

Viene aquí.

D.ª Isab.

¿Si conocerme

Pudo, aunque tan disfrazada

Vine?

Mendoza.

¡Qué lance tan fuerte!

D.ª Isab.

Si me siguió, yo soy muerta.

Mendoza.

Si estás conmigo, ¿qué temes?

Entrate en aquesa sala

Y cierra; que aunque él intente

Hallarte, no te hallará,

Si ántes no me da la muerte.

D.ª Isab.

En grande peligro estoy.

¡Valedme, cielos, valedme!

(Escóndense las dos.)

[p. 477]ESCENA XI.

DON ÁLVARO.—DON JUAN DE MENDOZA; DOÑA ISABEL, escondida.

D. Álv.

Señor Don Juan de Mendoza,

Hablar con vos me conviene

A solas.

Mendoza.

Pues solo estoy.

D.ª Isab.

(Ap. al paño.) ¡Qué descolorido viene!

D. Álv.

(Ap.) Pues cerraré aquesa puerta.

Mendoza.

Cerradla. (Ap. ¡Buen lance es este!)

D. Álv.

Ya pues que cerrada está,

Escuchadme atentamente.

En una conversacion

Supe ahora cómo vienen

A buscaros...

Mendoza.

Es verdad.

D. Álv.

A esta prision...

Mendoza.

Y no os mienten.

D. Álv.

Quien con el alma y la vida

En aquesta accion me ofende.

D.ª Isab.

(Ap. al paño.) ¿Qué más se ha de declarar?

Mendoza.

(Ap.) ¡Cielos! ya no hay quien espere.

D. Álv.

Y así, he querido llegar

(Antes que los otros lleguen,

Queriendo efectuar con esto

Amistades indecentes)

En defensa de mi honor.

Mendoza.

Eso mi ingenio no entiende.

D. Álv.

Pues yo me declararé.

D.ª Isab.

(Ap. al paño.) Otra vez mi pecho aliente;

[p. 478]Que no soy yo la que busca.

D. Álv.

El Corregidor pretende,

Con Don Fernando de Válor,

De Don Juan Malec pariente,

Hacer estas amistades,

Y á mí solo me compete

Estorbarlas. La razon,

Aunque muchas darse pueden,

Yo dárosla á vos no quiero;

Y en fin, sea lo que fuere,

Yo vengo á saber de vos,

Por capricho solamente,

Si es valiente con un jóven

Quien con un viejo es valiente,

Y en efecto, vengo solo

A darme con vos la muerte.

Mendoza.

Merced me hubiérades hecho

En decirme brevemente

Lo que pretendeis, porque

Juzgué, confuso mil veces,

Que era otra la ocasion

De más cuidado, porque ese

No es cuidado para mí.

Y puesto que no se debe

Rehusar reñir con cualquiera

Que reñir conmigo quiere;

Antes que esas amistades

Que decís que tratan, lleguen,

Y que os importa estorbarlas

Por la ocasion que quisiereis,

Sacad la espada.

D. Álv.

A eso vengo;

Que me importa daros muerte

Más presto que vos pensais.

[p. 479]

Mendoza.

Pues campo bien solo es este. (Riñen.)

D.ª Isab.

(Ap. al paño.) De una confusion en otra,

Más desdichas me suceden.

¿Quién á su amante y su hermano

Vió reñir, sin que pudiese

Estorbarlo?

Mendoza.

(Ap.)¡Qué valor!

D. Álv.

(Ap.) ¡Qué destreza!

D.ª Isab.

(Ap. al paño.)¿Qué he de hacerme?

Que veo jugar á dos,

Y deseo entrambas suertes,

Porque van ambos por mí,

Si me ganan ó me pierden...

(Tropezando en una silla, cae Don Álvaro: sale Doña Isabel tapada y detiene á Don Juan.)

D. Álv.

Tropezando en esta silla,

He caido.

D.ª Isab.

¡Don Juan, tente!

(Ap. Pero ¿qué hago? El afecto

Me arrebató desta suerte.) (Retírase.)

D. Álv.

Mal hicisteis en callarme

Que estaba aquí dentro gente.

Mendoza.

Si á daros la vida estaba,

No os quejeis; que más parece

Que estar conmigo, reñir

Con dos, si á ampararos viene.

Aunque hizo mal, porque yo

De caballero las leyes

Sé tambien; que habiendo visto

Que el caer es accidente,

Os dejara levantar.

D. Álv.

Ya tengo que agradecerle

Dos cosas á aquesa dama:

Que á darme la vida llegue,

[p. 480]Y llegue ántes que de vos

La reciba, porque quede,

Sin aquesta obligacion,

Capaz mi enojo valiente

Para volver á reñir.

Mendoza.

¿Quién, Don Álvaro, os detiene? (Riñen.)

D.ª Isab.

(Ap. al paño.) ¡Oh quién pudiera dar voces!

(Llaman dentro á la puerta.)

D. Álv.

A la puerta llama gente.

Mendoza.

¿Qué haremos?

D. Álv.

Que muera el uno

Y abra luégo el que viviere.

Mendoza.

Decís bien.

D.ª Isab.

(Saliendo.)Primero yo

Abriré, porque ellos entren.

D. Álv.

No abrais.

Mendoza.

No abrais.

(Abre Doña Isabel.)

ESCENA XII.

DON FERNANDO DE VÁLOR, DON ALONSO; despues, INÉS.—DOÑA ISABEL, tapada; DON ÁLVARO, DON JUAN DE MENDOZA.

D.ª Isab.

Caballeros.

Los dos que mirais presentes

Se quieren matar.

D. Alon.

Teneos,

Porque hallándôs desta suerte

Riñendo á ellos y aquí á vos,

Se dice bien claramente

Que sois la causa.

[p. 481]D.ª Isab.

(Ap.)¡Ay de mí!

Que me he entregado á perderme,

Por donde entendí librarme.

D. Álv.

Porque en ningun tiempo llegue

A peligrar una dama

A quien mi vida le debe

El sér, diré la verdad

Y la causa que me mueve

A este duelo. No es de amor,

Sino que como pariente

De Don Juan Malec, así

Pretendí satisfacerle.

Mendoza.

Y es verdad, porque esa dama

Acaso ha venido á verme.

D. Alon.

Pues que con las amistades

Que ya concertadas tienen,

Todo cesa, mejor es

Que todo acabado quede

Sin sangre, pues vence más

Aquel que sin sangre vence.—(Sale Inés.)

Idos, señoras, con Dios.

D.ª Isab.

(Ap.) Solo esto bien me sucede.

(Vanse las dos.)

ESCENA XIII.

DON ALONSO, DON ÁLVARO, DON JUAN DE MENDOZA, DON FERNANDO DE VÁLOR.

Válor.

Señor Don Juan de Mendoza,

A vuestros deudos parece

Y á los nuestros, que este caso

Dentro de puertas se quede

[p. 482](Como dicen en Castilla),

Y que con deudo se suelde,

Pues dando la mano vos

A Doña Clara, la fénix

De Granada, como parte

Entónces...

Mendoza.

La lengua cese,

Señor Don Fernando Válor,

Que hay muchos inconvenientes.

Si es el fénix Doña Clara,

Estarse en Arabia puede;

Que en montañas de Castilla

No hemos menester al fénix,

Y los hombres como yo

No es bien que deudos concierten

Por soldar ajenas honras,

Ni sé que fuera decente

Mezclar Mendozas con sangre

De Malec, pues no convienen

Ni hacen buena consonancia

Los Mendozas y Maleques.

Válor.

Don Juan de Malec es hombre...

Mendoza.

Como vos.

Válor.

Sí, pues desciende

De los reyes de Granada;

Que todos sus ascendientes

Y los mios reyes fueron.

Mendoza.

Pues los mios, sin ser reyes,

fueron más que reyes moros,

Porque fueron montañeses.

D. Álv.

Cuanto el señor Don Fernando

En esta parte dijere,

Defenderé yo en campaña.

D. Alon.

Aquí de ministro cese

[p. 483]El cargo; que caballero

Sabré ser cuando conviene;

Que soy Zúñiga en Castilla

Antes que Justicia fuese.

Y así, arrimando esta vara,

Adónde y como quisiereis,

Al lado de Don Juan, yo

Haré...

ESCENA XIV.

Un CRIADO.—Dichos.

Criado.

En casa se entra gente.

D. Alon.

Pues todos disimulad;

Que al cargo mi valor vuelve.

Vos, Don Juan, aquí os quedad

Preso.

Mendoza.

A todo os obedece

Mi valor.

D. Alon.

Los dos os id.

Mendoza.

Y si desto os pareciere

Satisfaceros...

D. Alon.

A mí

Y á Don Juan, donde eligiereis...

Mendoza.

Nos hallaréis con la espada...

D. Alon.

Y la capa solamente.

(Vase Don Alonso, y Don Juan de Mendoza va acompañándole.)

Válor.

¡Esto consiente mi honor!

D. Álv.

¡Esto mi valor consiente!

Válor.

Porque me volví cristiano,

¿Este baldon me sucede?

[p. 484]D. Álv.

Porque su ley recibí,

¿Ya no hay quien de mí se acuerde?

Válor.

¡Vive Dios, que es cobardía

Que mi venganza no intente!

D. Álv.

¡Vive el cielo, que es infamia

Que yo de vengarme deje!

Válor.

¡El cielo me dé ocasion...

D. Álv.

¡Ocasion me dé la suerte...

Válor.

Que si me la dan los cielos...

D. Álv.

Si el hado me la concede...

Válor.

Yo haré que veais muy presto...

D. Álv.

Llorar á España mil veces...

Válor.

El valor...

D. Álv.

El ardimiento

Deste brazo altivo y fuerte...

Válor.

De los Válores altivos!

D. Álv.

De los Tuzanís valientes!

Válor.

¿Habeis escuchado?

D. Álv.

Sí.

Válor.

Pues de hablar la lengua cese

Y empiecen á hablar las manos.

D. Álv.

Pues ¿quién dice que no empiecen?


[p. 485]

JORNADA SEGUNDA.


Sierra de la Alpujarra.—Cercanías de Galera.

ESCENA PRIMERA.

Tocan cajas y trompetas, y salen soldados, DON JUAN DE MENDOZA y EL SEÑOR DON JUAN DE AUSTRIA.

D. Juan.

Rebelada montaña,

Cuya inculta aspereza, cuya extraña

Altura, cuya fábrica eminente,

Con el peso, la máquina y la frente

Fatiga todo el suelo,

Estrecha el aire y embaraza el cielo:

Infame ladronera,

Que de abortados rayos de tu esfera

Das, preñados de escándalos tus senos,

Aquí la voz y en Africa los truenos.

Hoy es, hoy es el dia

Fatal de tu pasada alevosía,

Porque vienen conmigo

Juntos hoy mi venganza y tu castigo;

Si bien corridos vienen

De ver el poco aplauso que previenen

Los cielos á mi fama;

[p. 486]Que esto matar y no vencer se llama,

Porque no son blasones

A mi honor merecidos

Postrar una canalla de ladrones

Ni sujetar un bando de bandidos:

Y así, encargue á los tiempos mi memoria

Que la llamo castigo y no vitoria.

Saber deseo el orígen deste ardiente

Fiero motin.

Mendoza.

Pues oye atentamente.

Esta, austral águila heroica,

Es el Alpujarra, esta

Es la rústica muralla,

Es la bárbara defensa

De los moriscos, que hoy,

Mal amparados en ella,

Africanos montañeses,

Restaurar á España intentan.

Es por su altura difícil,

Fragosa por su aspereza,

Por su sitio inexpugnable

É invencible por sus fuerzas.

Catorce leguas en torno

Tiene, y en catorce leguas

Más de cincuenta que añade

La distancia de las quiebras,

Porque entre puntas y puntas

Hay valles que la hermosean,

Campos que la fertilizan,

Jardines que la deleitan.

Toda ella está poblada

De villajes y de aldeas;

Tal, que cuando el sol se pone,

A las vislumbres que deja,

[p. 487]Parecen riscos nacidos

Cóncavos entre las breñas,

Que rodaron de la cumbre,

Aunque á la falda no llegan.

De todas las tres mejores

Son Berja, Gavia y Galera,

Plazas de armas de los tres

Que hoy á los demas gobiernan.

Es capaz de treinta mil

Moriscos que están en ella,

Sin las mujeres y niños,

Y tienen donde apacientan

Gran cantidad de ganados;

Si bien los más se sustentan,

Más que de carnes, de frutas

Ya silvestres ó ya secas,

O de plantas que cultivan;

Porque no sólo á la tierra,

Pero á los peñascos hacen

Tributarios de la yerba;

Que en la agricultura tienen

Del estudio, tal destreza,

Que á preñeces de su azada

Hacen fecundas las piedras.

La causa del rebelion,

Por si tuve parte en ella,

Te suplico que en silencio

La permitas á mi lengua.

Aunque mejor es decir

Que fuí la causa primera,

Que no decir que lo fueron

Las pragmáticas severas

Que tanto los apretaron,

Que decir esto me es fuerza:

[p. 488]Si uno ha de tener la culpa,

Más vale que yo la tenga.

En fin, sea aquel desaire

La ocasion, señor, ó sea

Que á Válor al otro dia

Que sucedió mi pendencia,

Llegó el alguacil mayor

Dél, y le quitó á la puerta

Del ayuntamiento una

Daga que traia encubierta;

O sea que ya oprimidos

De ver cuánto los aprietan

Órdenes que cada dia

Aquí de la corte llegan,

Los desesperó de suerte,

Que amotinarse conciertan:

Para cuyo efecto fueron,

Sin que ninguno lo entienda,

Retirando á la Alpujarra

Bastimento, armas y hacienda

Tres años tuvo en silencio

Esta traicion encubierta

Tanto número de gentes:

Cosa que admira y eleva,

Que en más de treinta mil hombres

Convocados para hacerla,

No hubiera uno que jamás

Revelara ni dijera

Secreto de tantos dias.

¡Cuánto ignora, cuánto yerra

El que dice que un secreto

Peligra en tres que le sepan!

Que en treinta mil no peligra,

Como á todos les convenga.

[p. 489]El primer trueno que dió

Este rayo que en la esfera

Desos peñascos forjaban

La traicion y la soberbia,

Fueron hurtos, fueron muertes,

Robos de muchas iglesias,

Insultos y sacrilegios

Y traiciones, de manera

Que Granada, dando al cielo

Bañada en sangre las quejas,

Fué miserable teatro

De desdichas y tragedias.

Preciso acudió al remedio

La justicia; pero apénas

Se vió atropellada, cuando

Toda se puso en defensa:

Trocó la vara en acero,

Trocó el respeto en la fuerza,

Y acabó en civil batalla

Lo que empezó en resistencia.

Al Corregidor mataron:

La ciudad, al daño atenta,

Tocó al arma, convocando

La milicia de la tierra.

No bastó; que siempre estuvo

(Tanto novedades precia)

De su parte la fortuna:

De suerte, que todo era

Desdichas para nosotros.

¡Qué pesadas y qué necias

Son, pues en cuanto porfían,

Nunca ha quedado por ellas!

Creció el cuidado en nosotros,

Creció en ellos la soberbia

[p. 490]Y creció en todos el daño,

Porque se sabe que esperan

Socorro de África, y ya

Se ve si el socorro llega,

Que el defenderle la entrada

Es divertirnos la fuerza:

Además, que si una vez

Pujantes se consideran,

Harán los demas moriscos

Del acaso consecuencia;

Pues los de la Extremadura

Los de Castilla y Valencia,

Para declararse aguardan

Cualquier victoria que tengan.

Y para que veais que son

Gente, aunque osada y resuelta,

De políticos estudios,

Oid cómo se gobiernan;

Que esto lo habemos sabido

De algunas espías presas.

Lo primero que trataron

Fué elegir una cabeza;

Y aunque sobre esta eleccion

Hubo algunas competencias

Entre Don Fernando Válor

Y otro hombre de igual nobleza,

Don Álvaro Tuzaní;

Don Juan Malec los concierta

Con que Don Fernando reine,

Casándose con la bella

Doña Isabel Tuzaní,

Su hermana. (Ap. ¡Oh cuánto me pesa

De traer á la memoria

El Tuzaní, á quien respetan,

[p. 491]Ya que á él no le hicieron rey,

Haciendo á su hermana reina!)

Coronado pues el Válor,

La primer cosa que ordena,

Fué, por oponerse en todo

A las pragmáticas nuestras,

O por tener por las suyas

A su gente más contenta,

Que ninguno se llamara

Nombre cristiano, ni hiciera

Ceremonia de cristiano:

Y porque su ejemplo fuera

El primero, se firmó

El nombre de Abenhumeya,

Apellido de los reyes

De Córdoba, á quien hereda.

Que ninguno hablar pudiese,

Sino en arábiga lengua;

Vestir sino traje moro,

Ni guardar sino la secta

De Mahoma: despues desto,

Fué repartiendo las fuerzas.

Galera, que es esa villa

Que estás mirando primera,

Cuyas murallas y fosos

Labró la naturaleza,

Tan singularmente docta,

Que no es posible que pueda

Ganarse sin mucha sangre,

La dió á Malec en tenencia;

A Malec, padre de Clara,

Que ya se llama Maleca.

Al Tuzaní le dió á Gavia

La Alta, y él se quedó en Berja,

[p. 492]Corazon que vivifica

Ese gigante de piedra.

Esa es la disposicion

Que desde aquí se penetra;

Y esa, señor, la Alpujarra,

Cuya bárbara eminencia,

Para postrarse á tus piés,

Parece que se despeña.

D. Juan.

Don Juan, vuestras prevenciones

Son de Mendoza y son vuestras,

Que es ser dos veces leales.—

(Tocan dentro.)

Pero ¿qué cajas son estas?

Mendoza.

La gente que va llegando,

Pasando, señor, la muestra.

D. Juan.

¿Qué tropa es esa?

Mendoza.

Esta es

De Granada, y cuanto riega

El Genil.

D. Juan.

¿Y quién la trae?

Mendoza.

Tráela el marqués de Mondéjar,

Que es el conde de Tendilla,

De su Alhambra y de su tierra

Perpetuo alcaide.

D. Juan.

Su nombre

El moro en África tiembla.—(Tocan.)

¿Cuál es esta?

Mendoza.

La de Murcia:

D. Juan.

¿Y quién es quien la gobierna?

Mendoza.

El gran marqués de los Vélez.

D. Juan.

Su fama y sus hechos sean

Corónicas de su nombre. (Tocan.)

Mendoza.

Estos son los de Baeza,

Y viene por cabo suyo

[p. 493]Un soldado, á quien debiera

Hacer estatuas la fama,

Como su memoria eterna,

Sancho de Ávila, señor.

D. Juan.

Por mucho que se encarezca,

Será poco, si no dice

La voz que alabarle intenta,

Que es discípulo del duque

De Alba, enseñado en su escuela

A vencer, no á ser vencido. (Tocan.)

Mendoza.

Aqueste que ahora llega,

El tercio viejo de Flándes

Es, que ha bajado á esta empresa

Desde el Mosa hasta el Genil,

Trocando perlas á perlas.

D. Juan.

¿Quién viene con él?

Mendoza.

Un monstruo

Del valor y la nobleza,

Don Lope de Figueroa.

D. Juan.

Notables cosas me cuentan

De su gran resolucion

Y de su poca paciencia.

Mendoza.

Impedido de la gota,

Impacientemente lleva

El no poder acudir

Al servicio de la guerra.

D. Juan.

Yo deseo conocerle.

ESCENA II.

DON LOPE DE FIGUEROA.—Dichos.

D. Lope.

Voto á Dios, que no me lleva

En aqueso de ventaja

[p. 494]Un átomo vuestra Alteza,

Porque hasta verme á sus piés,

Sólo he sufrido á mis piernas.

D. Juan.

¿Cómo llegais?

D. Lope.

Como quien,

Señor, á serviros llega

De Flándes á Andalucía;

Y no es mala diligencia,

Pues vos á Flándes no vais,

Que Flándes á vos se venga.

D. Juan.

Cúmplame el cielo esa dicha.

¿Traeis buena gente?

P. Lope.

Y tan buena,

Que si fuera el Alpujarra

El infierno, y estuviera

Mahoma por alcaide suyo,

Entraran, señor, en ella...

Si no es los que tienen gota,

Que no trepan por las peñas,

Porque vienen...

ESCENA III.

Un soldado, GARCÉS, ALCUZCUZ.—Dichos.

Un sold.

(Dentro.)Detenéos.

Garcés.

(Dentro.) Tengo de llegar: afuera.

(Sale Garcés con Alcuzcuz á cuestas.)

D. Juan.

¿Qué es esto?

Garcés.

De posta estaba

A la falda desa sierra,

Sentí ruido entre unas ramas,

Páreme hasta ver quién era,

[p. 495]Y ví este galgo que estaba

Acechando detras dellas,

Que sin duda era su espía.

Maniatéle con la cuerda

Del mosquete, y porque ladre

Qué hay allá, le traigo á cuestas.

D. Lope.

¡Buen soldado, vive Dios!

¿Esto hay acá?

Garcés.

¡Pues! ¿qué piensa

Vueseñoría que todo

Está en Flándes?

Alcuzc.

(Ap.)¡Malo es esta!

Alcuzcuz, á esparto olelde

El nuez del gaznato vuestra.

D. Juan.

Ya os conozco: no me cogen

Estas hazañas de nuevas.

Garcés.

¡Oh cómo premian sin costa

Príncipes que honrando premian!

D. Juan.

Venid acá.

Alcuzc.

¿A mé decilde?

D. Juan.

Sí.

Alcuzc.

Ser gran favor tan cerca.

Bien estalde aquí.

D. Juan.

¿Quién sois?

Alcuzc.

(Ap. Aquí importar el cautela.)

Alcuzcuz, un morisquilio,

A quien lievaron por fuerza

Al Ampujarro; que mé

Ser crestiano en me conciencia,

Saber la trina crestiana,

El Credo, la Salve Reina,

El pan nostro, y el catorce

Mandamientos de la Iglesia.

Por decir que ser crestiano,

[p. 496]Darme otros el muerte intentan;

Yo correr, é hoyendo, dalde

En manos de quien me prenda.

Si me dar el vida, yo

Decilde cuanto allá piensan,

Y lievaros donde entreis

Sin alguna resistencia.

D. Juan.

(Ap. á Mendoza.) Como presumo que miente,

Tambien puede ser que sea

Verdad.

Mendoza.

¿Quién duda que hay muchos

Que ser cristianos profesan?

Yo sé una dama que está

Retirada allá por fuerza.

D. Juan.

Pues ni todo lo creamos

Ni dudemos.—Garcés, tenga

Ese morisco por preso...

Garcés.

Yo, yo tendré con él cuenta.

D. Juan.

Que en lo que luégo dijere,

Veremos si acierta ó yerra.

Y ahora vamos, Don Lope,

Dando á los cuarteles vuelta,

Y á consultar por qué sitio

Se ha de empezar.

Mendoza.

Vuestra Alteza

Lo mire bien, porque aunque

Parece poca la empresa,

Importa mucho; que hay cosas,

Mayormente como estas,

Que no dan honor ganadas,

Y perdidas dan afrenta:

Y así, se debe poner

Mayor atencion en ellas,

No tanto para ganarlas,

[p. 497]Cuanto para no perderlas.

(Vanse Don Juan de Austria, Don Juan de Mendoza, Don Lope y soldados.)

ESCENA IV.

GARCÉS, ALCUZCUZ.

Garcés.

Vos ¿cómo os llamais?

Alcuzc.

Arroz;

Que si entre moriscos era

Alcuzcuz, entre crestianos

Seré arroz, porque se entienda

Que menestra mora pasa

A ser crestiana menestra.

Garcés.

Alcuzcuz, ya sois mi esclavo:

Decid verdad.

Alcuzc.

Norabuena.

Garcés.

Vos dijisteis al señor

Don Juan de Austria...

Alcuzc.

¿Que aquél era?

Garcés.

Que le llevariais por donde

Entrada tiene esa sierra.

Alcuzc.

Sí, mi amo.

Garcés.

Aunque es verdad

Que él á sujetaros venga

Con el marqués de los Vélez,

Con el marqués de Mondéjar,

Sancho de Avila y Don Lope

De Figueroa, quisiera,

Yo que la entrada á estos montes

Solo á mí se me debiera:

Llévame allá, porque quiero

[p. 498]Mirarla y reconocerla.

Alcuzc.

(Ap. Engañifa á este crestiano

He de hacerle, é dar la vuelta

Al Alpujarra.) Venilde

Conmigo.

Garcés.

Detente, espera;

Que en este cuerpo de guardia

Dejé mi comida puesta

Cuando salí á hacer la posta,

Y quiero volver por ella;

Que en una alforja podré

(Porque el tiempo no se pierda)

Llevarla, para ir comiendo

Por el camino.

Alcuzc.

Así sea.

Garcés.

Vamos pues.

Alcuzc.

(Ap.)Santo Mahoma,

Pues tú selde mi profeta,

Lievarme, é á Meca iré,

Aunque ande de ceca en meca.

(Vanse.)


Jardin en Berja.

ESCENA V.

Moriscos y músicos; y detras, DON FERNANDO VÁLOR y DOÑA ISABEL TUZANÍ.

Válor.

A la falda lisonjera

Dese risco coronado,

Donde sin duda ha llamado

[p. 499]A córtes la primavera,

Porque entre tantos colores

De su república hermosa

Quede jurada la rosa

Por la reina de las flores,

Puedes, bella esposa mia,

Sentarte. Cantad, á ver

Si la música vencer

Sabe la melancolía.

D.ª Isab.

Abenhumeya valiente,

A cuya altivez bizarra,

No el roble del Alpujarra

Dé corona solamente,

Sino el sagrado laurel,

Arbol ingrato del sol,

Cuando llore el español

Su cautiverio cruel:

No es desprecio de la dicha

Deste amor, desta grandeza,

Mi repetida tristeza,

Sino pension ó desdicha

De la suerte; porque es tal

De la fortuna el desden,

Que apénas nos hace un bien,

Cuando le desquita un mal.

No nace de causa alguna

Esta pena, (Ap. ¡A Dios pluguiera!)

Sino sólo desta fiera

Condicion de la fortuna.

Y si ella es tan envidiosa,

¿Cómo puedo yo este miedo

Perder al mal, si no puedo

Dejar de ser tan dichosa?

Válor.

Si la causa de mirarte

[p. 500]Triste tu dicha ha de ser,

Pésame de no poder,

Mi Lidora, consolarte;

Que habrá tu melancolía

De ser cada dia mayor,

Pues que tu imperio y mi amor

Son mayores cada dia.

Cantad, cantad, su belleza

Celebrad, pues bien halladas,

Siempre traen paces juradas

La música y la tristeza.

(Música.)

No es menester que digais

Cúyas sois, mis alegrías;

Que bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.

ESCENA VI.

MALEC, que llega á hablar á DON FERNANDO, hincada la rodilla; y á los lados, DON ÁLVARO y DOÑA CLARA, que salen en traje de moros y se quedan á las puertas; BEATRIZ.—Dichos.

D.ª Clar.

(Ap.) «No es menester que digais

Cúyas sois, mis alegrías...»

D. Álv.

(Ap.) «Que bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.»

(Siempre suenan los instrumentos, aunque se represente.)

D.ª Clar.

(Ap.) ¡Cuánto siendo haber oido

Ahora aquesta cancion!

D. Álv.

(Ap.) ¡Qué notable confusion

La voz en mí ha introducido!

[p. 501]D.ª Clar.

(Ap.) Pues cuando mi casamiento

A tratar mi padre viene...

D. Álv.

(Ap.) Pues cuando dichas previene

Amor, á mi amor atento...

D.ª Clar.

(Ap.) Glorias mias, escuchais...

D. Álv.

(Ap.) Escuchais mis fantasías...

(Música.)

Ellos.

(Ap.) Que bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.

Malec.

Señor, pues entre el estruendo

De Marte el amor se ve

Tan hallado, bien podré

Decirte cómo pretendo

Dar á Maleca marido.

Válor.

Quién fué tan feliz, me dí.

Malec.

Tu cuñado Tuzaní.

Válor.

Muy cuerda eleccion ha sido,

Pues uno y otro fïel

A preceptos de su estrella,

Él no viviera sin ella,

Y ella muriera sin él.

¿Adónde están?

(Llegan Don Álvaro y Doña Clara.)

D.ª Clar.

A tus piés

Alegre llego.

D. Álv.

Y yo ufano,

Para que nos des tu mano.

Válor.

Mil brazos tomad, y pues

En nuestro docto alcoran,

Ley que ya todos guardamos,

Más ceremonias no usamos

Que las prendas que se dan

Dos, déle á Maleca divina

Sus arras el Tuzaní.

[p. 502]D. Álv.

Todo es poco para tí,

A cuya luz peregrina

Se rinde el mayor farol;

Y así temo, porque arguyo

Que es darle al sol lo que es suyo,

Darle diamantes al sol.

Aqueste un Cupido es,

De sus flechas guarnecido;

Que áun de diamantes Cupido,

Viene á postrarse á tus piés.

Esta una sarta de perlas,

De quien duda quien ignora

Que las llorara el aurora,

Si tú habias de cogerlas.

Esta es un águila bella,

Del color de mi esperanza;

Que sólo un águila alcanza

Ver el sol que mira ella.

Un clavo para el tocado

Es este hermoso rubí,

Que ya no me sirve á mí,

Pues mi fortuna ha parado.

Estas memorias... Mas no

Las tomes; que en tales glorias,

Quiero que tengas memorias

Tú, sin traértelas yo.

D.ª Clar.

Las arras, Tuzaní, aceto,

Y á tu amor agradecida,

Traerlas toda mi vida

En tu nombre te prometo.

D.ª Isab.

Y yo os doy el parabien

De aqueste lazo inmortal,

(Ap. Que ha de ser para mi mal.)

Malec.

Ea, pues, las manos den

[p. 503]Albricias al alma.

D. Álv.

Puesto

A tus piés estoy.

D.ª Clar.

Los brazos

Conformen eternos lazos.

Los dos.

Yo soy feliz...

(Al darse las manos, tocan cajas dentro.)

Todos.

Mas ¿qué es esto?

Malec.

Cajas españolas son

Las que atruenan estos riscos,

Que no tambores moriscos.

D. Álv.

¿Quién vió mayor confusion?

Válor.

Cese la boda, hasta ver

Qué novedad causa ha sido...

D. Álv.

¿Ya, señor, no lo has sabido?

¿Qué más novedad que ser

Dichoso yo? Pues el sol

Mira apénas mi ventura,

Cuando eclipsan su luz pura

Las armas del español.

(Vuelven á tocar.)

ESCENA VII.

ALCUZCUZ, con unas alforjas al hombro.—Dichos.

Alcuzc.

¡Gracias á Mahoma y Alá,

Que á tus piés haber llegado!

D. Álv.

Alcuzcuz, ¿dónde has estado?

Alcuzc.

Ya todos estar acá.

Válor.

¿Qué te ha sucedido?

Alcuzc.

Yo

Hoy de posta estar, é aposta

[p. 504]Liego aquí, aunque por la posta,

Quien por detras me cogió,

Lievóme con otros dos

A un Don Juan, que ahora es venido;

E crestianilio fingido,

Decirle que crêr en Dios.

No me dió muerte; cativo

Ser del soldado crestiano,

Que no se labará en vano:

A éste apénas le apercibo

Que senda saber por donde

Poder la Alpojarra entrar,

Cuando la querer mirar.

De camaradas se esconde,

E aquesta forja me dando

Donde venir su comida,

Por una parte escondida,

Entrar los dos camenando.

Apénas solo le ver,

Cuando, sin que seguir pueda,

Füí por monte, é se queda

Sin cativo é sin comer;

Porque aunque me seguir quiso,

Una trompa que salir

De moros, le hacer huir:

E yo venir con aviso

De que ya muy cerca dejo

Don Juan de Andustria en campaña,

A quien decir que acompaña

El gran marqués de Mondejo

Con el marqués de Luzbel,

El que fremáticos doma,

Don Lope Figura-roma,

Y Sancho Débil con él:

[p. 505]Todos hoy á la Alpojarra

Venir contra tí.

Válor.

No digas

Más, porque á cólera obligas

Mi altivez siempre bizarra.

D.ª Isab.

Ya desde esa excelsa cumbre

Donde tropezando el sol,

O teme ajar su arrebol

O teme apagar su lumbre,

Ni bien ni mal se divisan

Entre várias confusiones

Los armados escuadrones

Que nuestros términos pisan.

D.ª Clar.

Grande gente ha conducido

Granada á aquesta faccion.

Válor.

Pocos muchos mundos son,

Si á vencerme á mí han venido,

Aunque fuera el que sujeta

Ese hermoso laberinto,

Como hijo de Cárlos Quinto,

Hijo del quinto planeta;

Porque aunque estos horizontes

Cubran de marciales señas,

Serán su pira estas peñas,

Serán su tumba estos montes.

Y pues se viene acercando

Ya la ocasion, advertidos,

No ya desapercibidos

Nos hallen, sino esperando

Todo su poder; y así,

Su puesto ocupe cualquiera.

Malec se vaya á Galera,

Vaya á Gavia Tuzaní,

Que yo en Berja me estaré,

[p. 506]Y á quien Alá deparare

La suerte, que Alá le ampare,

Pues suya la causa fué.

Id á Gavia; que la gloria

Que hoy es de amor interes,

Celebrarémos despues

Que quedemos con victoria.

(Vanse Don Fernando Válor, Doña Isabel, Malec, moriscos y músicos.)

ESCENA VIII.

DON ÁLVARO, DOÑA CLARA; ALCUZCUZ y BEATRIZ, retirados.

D.ª Clar.

(Para sí.) «No es menester que digais

Cúyas sois, mis alegrías...»

D. Álv.

(Para sí.) «Qué bien se ve que sois mias

En lo poco que durais.»

D.ª Clar.

(Para sí.) Alegrías mal logradas,

Antes muertas que nacidas...

D. Álv.

(Para sí.) Rosas sin tiempo cogidas,

Flores sin sazon cortadas...

D.ª Clar.

(Para sí.) Si rendidas, si postradas

A un ligero soplo estais...

D. Álv.

(Para sí.) No digais que el bien gozais...

D.ª Clar.

(Para sí.) Pues siendo para perder,

Que sintais es menester...

D. Álv.

(Para sí.) No es menester que digais.

D.ª Clar.

(Para sí.) Alegrías de un perdido,

Aborto sois de un cuidado,

Puesto que habeis espirado

Primero que habeis nacido.

[p. 507]Si acaso, si yerro ha sido

Hallarme vuestras porfías

Por otra, no esteis baldías

Conmigo un rato pequeño:

Dejadme, y buscad el dueño

Cúyas sois, mis alegrías.

D. Álv.

(Para sí.) Por gran maravilla os toca,

Dichas: luego bien moristeis;

Que si maravillas fuisteis,

Fuerza fué vivir tan poco.

De contento estuve loco,

Y ya de melancolías:

¡Qué bien, qué bien, alegrías,

Se ve que sois de otro á quien

Buscais! Y ¡ay, penas, qué bien,

Qué bien se ve que sois mias!

D.ª Clar.

(Para sí.) Aunque si ser pretendeis

Alegrías, bien hicisteis...

D. Álv.

(Para sí.) Pues que dos veces lo fuisteis,

En una que os deshaceis.

D.ª Clar.

(Para sí.) Dos veces desde hoy sereis

Venturosas.

Los dos.

(Para sí.)Lo mostrais

En la prisa con que os vais

Cuando á mi alivio acudís...

D. Álv.

(Para sí.) En lo tarde que venís...

D.ª Clar.

(Para sí.) En lo poco que durais.

D. Álv.

Hablando estaba conmigo

A solas, porque no sé

Si en tantas penas podré

Hablar, Maleca, contigo.

Cuando era mi amor testigo

Desta victoriosa palma,

Vuelve á suspenderse en calma;

[p. 508]Y así calla, porque es mengua

Que quiera alzarse la lengua

Con los afectos del alma.

D.ª Clar.

El hablar es libre accion,

Pues puede un hombre callar;

El oir no, porque ha de estar

Eso en ajena razon;

Y es tanta mi suspension,

Que ocupada del sentir,

No oiré lo que has de decir:

¿Qué mucho en tanto pesar

Que tú no estés para hablar,

Si yo no estoy para oir?

D. Álv.

El rey á Gavia me envia,

Tú á Galera vas, y amor,

Luchando con el honor,

Se rinde á su tiranía:

Quédate ahí, esposa mia,

Y piadoso el cielo quiera

Que el cerco que nos espera,

Que el poder que nos agravia,

Me vaya á buscar á Gavia,

Porque te deje en Galera.

D.ª Clar.

¿De suerte, que no podré

Verte, hasta ver acabada

Esta guerra de Granada?

D. Álv.

Sí podrás; que yo vendré

Todas las noches, porqué

Dos leguas que hay en rigor

De allí á Gavia, será error

No volarlas mi deseo.

D.ª Clar.

Mayores distancias creo

Que sabe medir amor.

Yo en el postigo estaré

[p. 509]Esperándote del muro.

D. Álv.

Y yo, dese amor seguro,

Cada noche al muro iré.

Dáme los brazos, en fe. (Cajas.)

D.ª Clar.

Cajas vuelven á tocar.

D. Álv.

¡Qué desdicha!

D.ª Clar.

¡Qué pesar!

D. Álv.

¡Qué padecer!

D.ª Clar.

¡Qué sentir!

¿Esto es amar?

D. Álv.

Es morir.

D.ª Clar.

Pues ¿qué más morir que amar?

(Vanse los dos.)

ESCENA IX.

BEATRIZ, ALCUZCUZ.

Beatriz.

Alcuzcuz, llégate aquí,

Pues solos hemos quedado.

Alcuzc.

Zarilia, aquese recado

¿Ser al alforja, ó á mí?

Beatriz.

¡Que siempre has de estar de gorja,

Aunque todo sea tristeza!

Escúchame.

Alcuzc.

Esa fineza

¿Ser á mí, ó ser al alforja?

Beatriz.

A tí es; pero ya que así

Ella mi amor atropella,

Tengo de ver qué hay en ella.

Alcuzc.

Luego ser á elia, é no á mí.

Beatriz.

Esto es tocino... y condeno

(Va sacando lo que dicen los versos.)

[p. 510]Traerlo tú deste modo.

Este es vino. ¡Ay de mí! Todo

Cuanto traes aquí es veneno.

Yo no lo quiero tocar

Ni ver, Alcuzcuz: advierte

Que puede darte la muerte

Si lo llegas á probar. (Vase.)

ESCENA X.

ALCUZCUZ.

¿Todos de voneno llenos

Estar? Sí: ya lo creer,

Pues Zara decir, que ser

Sierpe é saber de vonenos.

Y áun otra razon más clara

Es de que el voneno vió

Zara, que no le probó,

Con ser tan golosa Zara.

El crestianilio sin duda

Matar á Alcuzcuz queria.

¡Ay tan gran beliaquería!

Mahoma librarme pudo,

Porque á Meca le ofrecer

Ir á ver el zancarron. (Cajas.)

Mas cerca escochar el són,

Y ya de divisos ver

En trompas el monte lieno.

Seguir quiero al Tozaní.

¿Haber álguien por ahí

Que querer deste voneno? (Vase.)


[p. 511]Cercanías de Galera.

ESCENA XI.

DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE DE FIGUEROA, DON JUAN DE MENDOZA, soldados.

Mendoza.

Desde aquí se dejan ver

Mejor las señas, al tiempo

Que ya declinando el sol,

Está pendiente del cielo.

Aquella villa que á mano

Derecha, sobre el cimiento

De una dura roca há tantos

Siglos que se está cayendo,

Es Gavia la alta: y aquella

Que tiene á su lado izquierdo,

De quien las torres y riscos

Están siempre compitiendo,

Es Berja; y Galera es esta,

A quien este nombre dieron

O porque su fundacion

Es así, ó ya porque vemos

Que á piélagos de peñascos

Ondas de flores batiendo,

Sujeta al viento, parece

Que se mueve con el viento.

D. Juan.

Destas dos fuerzas la una

Se ha de sitiar.

D. Lope.

Pues miremos

Cuál tiene disposicion

Más al propósito nuestro,

Y manos á la labor;

[p. 512]Que piés no están para eso.

D. Juan.

Aquel morisco rendido

Me traed, y dél sabremos

Si trata verdad ó no

En lo que fuere diciendo.

¿Dónde está Garcés, á quien

Se le dí por prisionero?

Mendoza.

No le he visto desde entónces.

ESCENA XII.

GARCÉS.—Dichos.

Garcés.

(Dentro.) ¡Ay de mí!

D. Juan.

Mirad qué es eso.

(Sale Garcés herido, cayendo.)

Garcés.

Yo soy; que á tus plantas no

Llegara ménos que muerto.

Mendoza.

Garcés es.

D. Juan.

¿Qué ha sucedido?

Garcés.

Tu Alteza perdone un yerro

Por un aviso.

D. Juan.

Decid.

Garcés.

Aquel morisco, aquel preso

Que me entregaste, te dijo

Que venía con intento

De entregarte el Alpujarra:

Yo, señor, con el deseo

De saber el paso, y ser

El que la entrase el primero

(Que áun la ambicion del honor

No es ambicion de provecho),

Dije que me la enseñara.

[p. 513]Seguíle á solas por esos

Laberintos donde el sol

Aun se pierde por momentos,

Con andarlos cada dia.

Apénas entre dos cerros

Él se vió conmigo, cuando

Por los peñascos subiendo,

Dió voces, y ya á sus voces

O á las que le hurtaba el eco,

Respondieron unas tropas

De moros, que descendiendo,

A la presa se avanzaban

Como quien son, como perros.

Inútil fué la defensa,

Y en fin, en mi sangre envuelto,

Discurrí el monte á ampararme

De las hojas, cuando veo

Debajo de las murallas

De Galera, donde llego,

Abierta una boca, un

Melancólico bostezo

Del peñasco sobre quien

Estriba, que con el peso

Del edificio, sin duda

Gimió, y por quedar gimiendo

Siempre, no volvió á cerrarle,

Y se le dejó entreabierto.

Aquí, pues, me eché, y aquí,

O bien porque no me vieron,

O porque ya sepultado

Me dejaron como muerto,

De aquesta manera estuve

El sitio reconociendo;

Y en fin, Galera minada

[p. 514]De los ardides del tiempo

(Que para sitios de peñas

Es el mejor ingeniero)

Está: y como tú sobre ella

Te pongas, podrás con fuego

Volarla, como esta boca,

Que es muy posible, ganemos,

Sin esperar lo prolijo

De sitiarla; y yo te ofrezco

Hoy por una vida, cuantas

Galera contiene dentro;

Sin que pueda con mi rabia,

Sin que valgan con mi acero,

Ni en los niños la piedad,

Ni la clemencia en los viejos,

Ni el respeto en las mujeres,

Que con esto lo encarezco.

D. Juan.

Retirad ese soldado. (Llévanle.)

Ya tomo por buen agüero,

Don Lope de Figueroa,

Saber de Galera esto;

Que desde que oí que habia

En el Alpujarra pueblo

Que Galera se llamaba,

La quise poner el cerco,

Por ver si, como en el mar,

Dicha en las galeras tengo

En la tierra.

D. Lope.

Pues ¿qué aguardas?

Vamos á ocupar los puestos;

Que esta es la hora mejor,

Pues de noche, sin estruendo

Podremos llegarnos más.—

A Galera marche el tercio.

[p. 515]

Un sold.

Pase la palabra.

Otro.

Pase.

Soldads.

A Galera.

D. Juan.

Dadme, cielos,

Fortuna, como en el agua,

En la tierra, porque opuestos

Aquella naval batalla

Y este cerco campal, luégo

Pueda decir que en la tierra

Y en la mar, tuve en un tiempo

Dos victorias, que confusas,

Aun no distinga yo mesmo

De un cerco y una naval,

Cuál fué la naval ó el cerco. (Vanse.)


Muros de Galera.

ESCENA XIII.

DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; despues, DOÑA CLARA.

D. Álv.

Vida y honor, Alcuzcuz,

Hoy á tu cuidado dejo;

Pues ya ves que si se sabe

Que falto de Gavia y vengo

A Galera, honor y vida

En sólo un instante pierdo.

Con esa yegua te queda,

Miéntras yo en el jardin entro;

Que luégo salgo, y es fuerza

Que hemos de volvernos luégo

A entrar en Gavia ántes que

[p. 516]En Gavia nos echen ménos.

Alcuzc.

Sempre á te servir me obligo;

Y aunque con tal prisa vengo

Que áun no me diste lugar

De dejalde en mi aposento

Este alforja, sin menear

Aquí haliar en este puesto.

D. Álv.

Si de aquí faltas, la vida

Te he de quitar, vive el cielo.

(Sale Doña Clara por un postigo.)

D.ª Clar.

¿Eres tú?

D. Álv.

Pues ¿quién pudiera

Ser tan fïel?

D.ª Clar.

Entra presto;

No acierten á conocerte,

Si en el muro te detengo. (Vanse.)

ESCENA XIV.

ALCUZCUZ; despues, soldados.

Alcuzc.

¡Vive Alá, que me dormir!

Pesado estar, sonior suenio.

No haber oficio tan malo

Como el de ser alcahuetos,

Porque todos los oficios

Trabajar para sí mesmos,

É alcahueto para el otros.—

Jó, yegua.—A mi cuento vuelvo;

Que vencer el suenio así.

Tal vez se hacer zapatero

Zapatos, tal vez se hacer

El sastre el vestido nuevo,

[p. 517]El cocinero probar

Si estar el guisado bueno,

Hacer el pastel hechizo

É comerle el pastelero:

En fin, alcahueto sólo

No es para sí de provecho,

Pues ni calzar lo que cose

Ni probar lo que está haciendo.

Jó...—¡Que se tomó ¡ay de mé!

El yegua, é se me ir corriendo!

(Éntrase corriendo, y dice dentro.)

Jó, yegua, detente é hacer

Esto que te estar pidiendo;

Que yo hacer por tí otra cosa

Que me pedir tú. No puedo

Alcanzar...—¡Ay, Alcuzcuz! (Sale.)

¡Muy buena hacienda haber hecho!

¿En qué volverse mi amo?

Que él me ha de matar, ser cierto,

Pues ser forzoso que á Gavia

No poder liegar á tiempo.

Hé aquí que sale é decir:

«Dar el yegua.—No le tengo.—

¿Qué le hacer?—Fuéseme el yegua.—

¿Por dónde?—Por esos cerros.—

Mataréte.» ¡Zas!... é dame

Con el daga por el pecho.

Pues si habemos de morer,

Alcuzcuz, con el acero,

Y hay mortes en que escoger,

Murámonos de voneno;

Que es morte mas dolce. Vaya,

Pus que ya el vida aborrezco.

(Saca una bota de la alforja, y bebe.)

[p. 518]Mejor ser morer así,

Pues no morer por el ménos

Bañado un hombre en su sangre:

¿Cómo estar? Bueno me siento:

No ser el voneno fuerte;

E si es que morer pretendo,

Más voneno es menester: (Bebe.)

No ser frio, á lo que bebo,

El voneno, ser caliente:

Sí, pues arder acá dentro.

Más voneno es menester; (Bebe.)

Que muy poco á poco muero.

Ya parece que se enoja,

Pues que ya va haciendo efecto;

Que los ojos se me turbian

E se me traba el cerebro,

El lengua ponerse gorda

E saber el boca á herro.

Ya que muero, no dejar (Bebe.)

Para otro matar voneno,

Será piedad. ¿Dónde estar

Me boca, que no la encuentro?

(Cajas dentro.)

Soldads.

(Dentro.) Centinelas de Galera,

Al arma.

Alcuzc.

¿Qué ser aquesto?

Mas si relámpagos hay,

¿Quién duda que ha de haber truenos?

[p. 519]ESCENA XV.

DON ÁLVARO y DOÑA CLARA, asustados.—ALCUZCUZ.

D.ª Clar.

Las centinelas, señor,

Hacen de las torres fuego.

D. Álv.

Sin duda el campo cristiano

En el nocturno silencio

Amparado de las sombras,

Sobre Galera se ha puesto.

D.ª Clar.

Véte, señor; que ya ves

Todo el castillo revuelto.

D. Álv.

¿Y será gloriosa accion

Que digan de mí que dejo

Sitiada á mi dama...

D.ª Clar.

¡Ay triste!

D. Álv.

Y que las espaldas vuelvo?

D.ª Clar.

Sí, que en defender á Gavia

Está tu honor de por medio,

Y quizá han ido sobre ella:

Tambien es de advertir esto.

D. Álv.

¿Quién vió mayor confusion

Que yo en un punto padezco?

Mi honor y mi amor están

Dándome voces á un tiempo.

D.ª Clar.

Responde á las de tu honor.

D. Álv.

Antes responder pretendo

A las dos.

D.ª Clar.

¿De qué manera?

[p. 520]D. Álv.

En llevarte me resuelvo

Conmigo; que si en dejarte

Y en no dejarte me pierdo,

Corra mi honor y mi amor

Una fortuna y un riesgo.

Vénte conmigo: una yegua,

Veloz injuria del viento,

Nos llevará.

D.ª Clar.

Con mi esposo

Voy: nada aventuro en esto.

Tuya soy.

D. Álv.

¡Hola, Alcuzcuz!

Alcuzc.

¿Quién llama?

D. Álv.

Yo soy, trae presto

La yegua.

Alcuzc.

¿El yegua?

D. Álv.

¿Qué aguardas?

Alcuzc.

Aguardo el yegua, que luégo

Me decir que volvería.

D. Álv.

Pues ¿dónde está?

Alcuzc.

Fuése huyendo;

Mas yegua es de su palabra,

E volver luego al momento.

D. Álv.

¡Viven los cielos, traidor!...

Alcuzc.

No tocar á mé, teneros,

Porque estar avonenado,

E matar con el aliento.

D. Álv.

Que tengo de darte muerte.

D.ª Clar.

Detente. ¡Ay de mí!

(Va á detenerle, y se hiere la mano.)

D. Álv.

¿Qué es eso?

D.ª Clar.

Por detenerte, la mano

Me corté con el acero.

D. Álv.

Cueste esa sangre una vida.

[p. 521]D.ª Clar.

Pues por la mia te ruego

Que no le mates.

D. Álv.

¿Qué en mí

No podrá ese juramento?

¿Es mucha la sangre?

D.ª Clar.

No.

D. Álv.

Apriétate á ella ese lienzo.

D.ª Clar.

Y pues ves que no es posible

Seguirte ya, véte presto:

Que no siéndolo en un dia

Ganar la villa, yo ofrezco

Irme mañana contigo,

Pues nos queda el paso abierto

Siempre por aquesta parte.

D. Álv.

Con esa esperanza acepto

El partido.

D.ª Clar.

Alá te guarde.

D. Álv.

¿Para qué, si yo aborrezco

Vivir ya?

Alcuzc.

Pues aquí haber

Para la perder remedio:

Que á mí me sobrar un poco

De dolcísimo voneno.

D.ª Clar.

Véte pues.

D. Álv.

¡Qué triste voy!

D.ª Clar.

Y yo ¡qué afligida quedo!

D. Álv.

Por saber qué opuesta estrella...

D.ª Clar.

Por saber qué hado severo...

D. Álv.

Es este que entre mi amor...

D.ª Clar.

Es el que entre mis deseos...

D. Álv.

Siempre se pone...

D.ª Clar.

Está siempre...

D. Álv.

A mis desdichas atento.

D.ª Clar.

Puesto que un arma cristiana

[p. 522]Nos estorba por momentos.

Alcuzc.

¿Esto es dormer ó morer?

Mas todo diz que es el mesmo,

Y ser verdad, pues no sé

Si me muero ó si me duermo.


[p. 523]

JORNADA TERCERA.


Cercanías de Galera.

ESCENA PRIMERA.

DON ÁLVARO, sin ver á ALCUZCUZ, que está durmiendo en el suelo.

D. Álv.

Noche pálida y fria,

A tu silencio dignamente fia

Mi esperanza su empleo,

Mi amor su dicha, mi alma su trofeo;

Pues en tí (aunque á pesar de tanta estrella)

Dará más noble luz Maleca bella,

Cuando redes y lazos

Robada finja entre mil dulces brazos.

En alas del cuidado,

Como á un cuarto de legua ya he llegado

De Galera. Esta parte

Donde naturaleza obró sin arte

Cerrados laberintos

De hojas, ni bien confusos ni distintos,

Nocturno albergue sea

Del caballo; y pues nadie hay que me vea,

Quede á ese tronco atado,

Más seguro á las riendas hoy fiado

[p. 524]Un bruto, que al cuidado ayer de un hombre,

(Tropieza en Alcuzcuz.)

Que... Mas no hay accidente que no asombre

Un pecho enamorado.

Si bien este accidente

Con justa causa mi valor le siente,

Pues cuando al muro ya á acercarme empiezo,

Todo cuanto hoy he visto, todo cuanto

He hallado, es asombro, horror y espanto.

¡Ay infelice, ay triste,

Oh tú, que monumento el monte hiciste!

Mas no... ¡Ay dichoso, oh tú, que con la muerte

Mejoraste las ánsias de tu suerte!

¡Con qué de sombras lucho!

(Despierta Alcuzcuz.)

Alcuzc.

¿Quién es que me pisar?

D. Álv.

¡Qué veo! ¡Qué escucho!

¿Quién va? ¿Quién es?

Alcuzc.

Alcuzcuz,

Que aquí esperar le mandaste

Con el yegua, y aquí estar,

Sin que me haber visto nadie.

Si haber de volver á Gavio

Hoy, ¿cómo salir tan tarde?

Mas siempre haber al partirse

Gran perecilia entre amantes.

D. Álv.

Alcuzcuz, ¿qué haces aquí?

Alcuzc.

¿Cómo preguntar qué haces

A Alcuzcuz, si te esperar

Desde que por porta entraste

Del muro á ver á Maleca?

D. Álv.

¿Quién vió cosa semejante?

Pues ¿desde anoche, que fué

Eso, estás aquí?

[p. 525]Alcuzc.

¿Qué hablalde

Desde anoche, si no haber

Que me dormir un instante

Con un mal voneno que

Tomar porque me matase,

De miedo de que la yegua

Ir por esos andurriales?

Mas pues ya es el yegua vuelta

Y voneno no matarme

(Que Alá mejorar el horas),

Vamos pues.

D. Álv.

¡Qué disparates!

Tú estabas borracho anoche.

Alcuzc.

Si hay vonenos que emborrachen,

Sí estar... y creerlo ahora

En que el boca á hierro sabe,

Estar el lengua é los labios

Secos como pedernales,

Ser de yesca el paladar,

Saberme todo á venagre.

D. Álv.

Véte de aquí; que no es bien

Que ya otra vez me embaraces

La dicha, pues por tí anoche

Perdí la ocasion más grande;

Y no quiero que por tí

Aquesta tambien me falte.

Alcuzc.

No tener el culpa, Zara

Sí, porque ella asegorarme

Que era voneno, é beberle

Por morirme. (Ruido dentro.)

D. Álv.

Hácia esta parte

Siento gente. Entre estas ramas

Esperemos á que pasen. (Vanse.)

[p. 526]ESCENA II.

GARCÉS, soldados.

Garcés.

Esta de la mina es

La boca que al muro sale:

Llegad, llegad con silencio,

Pues no nos ha visto nadie.

Ya está dada fuego, y ya

Esperamos por instantes

Que reviente el monte, dando

Nubes de pólvora al aire.

En volándose la mina,

Ninguno un minuto aguarde,

Sino á ir á ocupar el puesto

Que ella nos desocupare,

Procurando mantenerle

Hasta llegar lo restante

De la gente que emboscada

En esa espesura yace. (Vanse.)

ESCENA III.

DON ÁLVARO, ALCUZCUZ; despues, moriscos y DON LOPE.

D. Álv.

¿Oiste algo?

Alcuzc.

Nada oir.

D. Álv.

¿Quién duda que es ronda que ande

Corriendo el monte? Por eso

Puse cuidado en guardarme.

[p. 527]¿Fuéronse?

Alcuzc.

¿Ya no lo ves?

D. Álv.

Ya es bien al muro acercarme.—

(Disparan dentro.)

Mas ¿qué es esto?

Alcuzc.

No haber boca

Que más claramente hable

Que la boca de una pieza,

Aunque se ignora el lenguaje.

(Explosion de una mina.)

Moriscs.

(Dentro.) ¡Valedme, cielos!

Alcuzc.

¡Valedme,

Mahoma! así Alá te guarde.

D. Álv.

Parece que se desquicia

De sus ejes inmortales

Todo el orbe de cristal,

Todo el globo de diamante.

D. Lope.

(Dentro.) Ya voló la mina; todos

A la batería que hace. (Cajas.)

D. Álv.

¿Qué Etnas, qué Mongibelos,

Qué Vesubios, qué volcanes

En su vientre concibieron

Los montes, que así los paren?

Alcuzc.

¿Qué monjiles, qué besugos,

Qué leznas ni qué alacranes?

Que todo ser humo y fuego.

D. Álv.

¿Quién vió más terrible trance?

En confusos laberintos

De armas ya la villa arde,

Y para abortar horrores,

Víbora de alquitran y áspid

De pólvora, hecha pedazos,

Todas las entrañas abre.

Estrago de España es este.

[p. 528]Ni soy noble, pues, ni amante,

Si á socorrer á mi dama

Al fuego no me arrojare,

Trepando al muro y rompiendo

Sus almenas de diamante;

Que como yo entre mis brazos

A Maleca hermosa saque,

Galera y el mundo todo

Mas que se queme y se abrase. (Vase.)

Alcuzc.

Ni ser amante ni noble,

Si en confusion tan notable

Quedar Zara. Mas ¿qué importa

No ser yo noble ni amante?

Hartos amantes y nobles

Haber: y como escaparme

Yo, que Zara y que Galera

Mas que se queme y se abrase. (Vase.)


Ruinas de Galera.

ESCENA IV.

DON JUAN DE MENDOZA, DON LOPE DE FIGUEROA, GARCÉS, soldados; despues, MALEC, moriscos y DOÑA CLARA.

D. Lope.

No quede persona á vida:

Llévese á fuego y á sangre

La villa.

Garcés.

A pegarla fuego

Entraré. (Vase.)

[p. 529]Sold. 1.º

Yo á aprovecharme

Del saco. (Salen Malec y moriscos.)

Malec.

Yo basto solo,

Puesto por muro delante,

A defenderla. (Batalla.)

Mendoza.

Señor,

Este es Ladin el alcaide.

D. Lope.

Ríndete ya.

Malec.

¿Qué es rendirme?

D.ª Clar.

(Dentro.) ¡Ladin, señor, dueño, padre!

Malec.

(Ap.) Maleca es: ¡oh quién pudiera

Hoy dividirse en dos partes!

D.ª Clar.

(Dentro.) Que me da un cristiano muerte.

Malec.

Pues á mí estotros me maten

Sin defenderme, y á un tiempo

Tu vida y mi vida acaben.

D. Lope.

Muere, perro, y á Mahoma

Da un recado de mi parte.

(Éntranse los cristianos, retirando á los moriscos.)

ESCENA V.

Despues de haberse concluido la batalla dentro, salen soldados, GARCÉS, DON LOPE y DON JUAN DE MENDOZA.

Sold. 1.º

No se ha hecho presa tal

De joyas y de diamantes.

Sold. 2.º

Rico quedo desta vez.

Garcés.

Ninguna vida hoy se guarde

Que á mi acero, por hermosa

O por caduca, se escape:

Sólo me falta de hallar

[p. 530]Aquel morisquillo infame,

Para volver bien vengado.

D. Lope.

Pues toda Galera arde,

Manda retirar la gente

Antes que su incendio llame

El socorro.

Mendoza.

A retirar.

Pase la palabra.

Soldads.

Pase. (Vanse.)

ESCENA VI.

DON ÁLVARO; despues, DOÑA CLARA.

D. Álv.

Por entre montes de llamas,

Entre piélagos de sangre,

Tropezando en cuerpos muertos,

Quiso mi amor que llegase,

A la casa de Maleca,

Estrago ya miserable,

Pues del acero y del fuego

Pavesa dos veces yace.

¡Ay esposa! presto yo

Moriré, si llego tarde.

¿Dónde Maleca estará?

Que ya no se mira á nadie.

D.ª Clar.

(Dentro.) ¡Ay de mí!

D. Álv.

Esta voz que el viento

Lastimosamente esparce

De mal pronunciadas quejas,

De bien repetidos ayes,

Es rayo que me penetra.

¿Quién vió desdicha más grande?

[p. 531]A las luces que confusas

Ya cebado el fuego hace,

Miro una mujer que está

Apagándolas con sangre...

¡Y es Maleca! ¡Oh santos cielos!

O dadla vida ó matadme.

(Entra, y saca á Doña Clara, suelto el cabello, sangriento el rostro, y medio vestida.)

D.ª Clar.

Soldado español, en quien

Ni piedad ni rigor cabe:

Piedad pues que ya me heriste,

Rigor pues no me acabaste,

Vuelve á mi pecho el acero:

Mira que es rigor notable

Que tus acciones no sean

Ni rigores ni piedades.

D. Álv.

Deidad infeliz (que ya

Hay infelices deidades,

Pues de tí lo aprenden cuantas

De humanas fortunas saben),

El que en sus brazos te tiene,

No solicita matarte;

Que ántes quisiera su vida

Dividir en dos mitades.

D.ª Clar.

Bien dicen esas razones

Que eres africano alarbe;

Y si por mujer y triste,

Dos veces puedo obligarte,

Una fineza te deba.

En Gavia está por alcaide

El Tuzaní, esposo mio:

Pártete luego á buscarle,

Y este estrecho último abrazo

Le llevarás de mi parte;

[p. 532]Y dirásle que su esposa,

Bañada en su propia sangre,

A manos de un español,

De sus joyas y diamantes

Más que de honor ambicioso,

Hoy muerta en Galera yace.

D. Álv.

El abrazo que me das,

No, no es menester llevarle

A tu esposo; que por ser

Fin de tus felicidades,

Él le sale á recibir;

Que no hay desdicha que tarde.

D.ª Clar.

Sola una voz ¡ay bien mio!

Pudo nuevo aliento darme,

Pudo hacer feliz mi muerte.

Deja, deja que te abrace.

Muera en tus brazos y muera... (Espira.)

D. Álv.

¡Oh cuánto, oh cuánto ignorante

Es quien dice que el amor

Hacer de dos vidas sabe

Una vida! pues si fueran

Esos milagros verdades,

Ni tú murieras, ni yo

Viviera; que en este instante,

Muriendo yo y tú viviendo,

Estuviéramos iguales.

Cielos, que visteis mis penas,

Montes, que mirais mis males,

Vientos, que oís mis rigores,

Llamas, que veis mis pesares,

¿Cómo todos permitís

Que la mejor luz se apague,

Que la mejor flor se os muera,

Que el mejor suspiro os falte?

[p. 533]Hombres que sabeis de amor,

Advertirme en este lance,

Decidme en esta desdicha,

¿Qué debe hacer un amante

Que viniendo á ver su dama

La noche que ha de lograrse

Un amor de tantos dias,

Bañada la halla en su sangre,

Azucena guarnecida

De más peligroso esmalte,

Oro acrisolado al fuego

Del más riguroso exámen?

¿Qué debe aquí hacer un triste

Que el tálamo que esperarle

Pudo, halla túmulo, donde

La más adorada imágen,

Que iba siguiendo deidad,

Vino á conseguir cadáver?

Mas no, no me respondais,

No teneis que aconsejarme;

Que si no obra por dolor

Un hombre en sucesos tales,

Mal obrará por consejo.

¡Oh montaña inexpugnable

De la Alpujarra, oh teatro

De la hazaña más cobarde,

De la victoria más torpe,

De la gloria más infame!

¡Oh nunca, oh nunca tus montes,

Oh nunca, oh nunca tus valles

Hubieran visto en su cumbre

Hubieran visto en su márgen

La más infeliz belleza!

Mas ¿de qué sirve quejarme,

[p. 534]Si las quejas, con ser quejas,

Aun no son prendas del aire?

ESCENA VII.

DON FERNANDO VÁLOR, DOÑA ISABEL TUZANÍ, moriscos.—DON ÁLVARO; DOÑA CLARA, muerta.

Válor.

Aunque con lenguas de fuego

Galera en su ayuda llame,

Tarde hemos llegado.

D.ª Isab.

Y tanto,

Que ya sus plazas y calles

Son abrasadas cenizas,

Que en llamas piramidales

Se oponen á las estrellas.

D. Álv.

No os admire, no os espante

Venir tan tarde vosotros,

Si yo tambien vine tarde.

Válor.

¡Oh qué presagio tan triste!

D.ª Isab.

¡Qué asombro tan miserable!

Válor.

¿Qué es esto?

D. Álv.

Esta es la mayor

Pena, este el dolor más grande,

La desdicha más cruel,

La desventura más grave;

Que ver morir y morir

Tan triste y tan lamentable-

Mente lo que se ama, es

La cifra de los pesares,

El colmo de las desdichas

Y el mayor mal de los males:

Maleca ¡ay triste! mi esposa,

[p. 535]Es (¡qué pena tan notable!)

La que (¡qué dolor tan triste!)

Pálida (¡qué duro trance!)

Y sangrienta (¡qué cruel!)

Estáis mirando delante.

Aleve mano en su pecho

Hizo herida penetrante

Entre el fuego. ¿A quién no admira,

A quién no asombra que apague

Fuego á fuego, y que al acero

Se dé á partido un diamante?

Todos sois testigos, todos,

Del más sacrílego ultraje,

La más fiera accion, el más

Triste horror, costoso exámen

Del amor y la fortuna,

Y así, desde aqueste instante

Todos lo habeis de ser, todos,

De la mayor, la más grande

Y la más noble venganza

Que en sus corónicas guarde

La eternidad de los bronces,

La duracion de los jaspes;

Pues á esta beldad difunta,

Flor truncada, rosa fácil,

Que al fin maravilla muere

Como maravilla nace,

Hago juramento, hago

Firme amoroso homenaje

De vengar su muerte; y puesto

Que Galera, á quien no en balde

Dieron este nombre, ya

Zozobrando sobre mares

De púrpura que la anegan,

[p. 536]De llamas que la combaten,

Se va á pique despeñada

Desde esta cumbre á ese valle;

Pues ya de los españoles

Apénas se escucha el parche,

Y pues se van retirando,

Yo iré siguiendo el alcance,

Hasta que al mismo entre todos

Homicida suyo halle:

Vengaré, si no su muerte,

A lo ménos mi coraje;

Porque el fuego que lo ve,

Porque el mundo que lo sabe,

Porque el viento que lo escucha,

La fortuna que lo hace,

El cielo que lo permite,

Hombres, fieras, peces, aves,

Sol, luna, estrellas y flores,

Agua, tierra, fuego, aire

Sepan, conozcan, publiquen,

Vean, adviertan, alcancen

Que hay en un alarbe pecho,

En un corazon alarbe

Amor despues de la muerte,

Porque áun ella no se alabe

Que dividió su poder

Los dos más firmes amantes. (Vase.)

Válor.

Detente, espera.

D.ª Isab.

Primero

Harás que un rayo se pare.

Válor.

Retirad esa belleza

Infeliz.—No os acobarde

Ver que esa bárbara Troya

Ese rústico homenaje

[p. 537]

Caiga en horror á la tierra,

Vuele en cenizas al aire,

Moriscos de la Alpujarra,

Si para venganzas tales,

Vuestro rey Abenhumeya

No ciñe este acero en balde. (Vase.)

D.ª Isab.

(Ap.) ¡Pluguiera el cielo sus montes,

Que son soberbios Atlantes

Del fuego que los consume,

Del viento que los combate,

Ya titubear se viesen,

Ya caducar se mirasen,

Porque dieran fin en ellos

Tantas infelicidades! (Vanse.)


Campo inmediato á Berja.

ESCENA VIII.

DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE, DON JUAN DE MENDOZA, soldados.

D. Juan.

Ya que rendida Galera

En rüinas se eterniza,

Y que en su propria ceniza

Es el fénix y la hoguera;

Ya que del ardiente esfera,

Entre el escándalo sumo,

Un fragmento la presumo

Adonde voraz y ciego

Es el Minotauro el fuego

Y es el laberinto el humo;

[p. 538]No tenemos que esperar,

Sino ántes que la aurora

Cuaje las perlas que llora

Sobre la espuma del mar,

Empiece el campo á marchar

A Berja; que mi atrevido

Corazon, nunca vencido,

Descanso no ha de tener

Hasta á Abenhumeya ver

A mis piés muerto ó vencido.

D. Lope.

Si quieres, señor, que hagamos

De Berja lo que hemos hecho

De Galera, satisfecho

Estás de tus armas: vamos.

Pero si el órden miramos

Del Rey, no fué su intencion

Destruir gentes que son

Sus vasallos, sino dar

Escarmientos, y templar

El castigo y el perdon.

Mendoza.

Yo lo que Don Lope digo:

Piadoso y cruel te crean,

Y la cara al perdon vean,

Pues vieron la del castigo.

Sea su perdon testigo

De tus piedades, señor:

Témplese ya tu rigor,

Pues más se suelen mostrar

El valor en perdonar,

Porque el matar no es valor.

D. Juan.

Mi hermano (es verdad) me envía

A que esto apacigüe yo;

Mas rogar sin armas, no

Sabe la cólera mia.

[p. 539]Pero ya que de mí fia

Castigo y perdon, me obligo

A que el mundo sea testigo

Que uso en cualquiera ocasion

Con las armas del perdon,

Con los ruegos del castigo.—

Don Juan...

Mendoza.

Señor...

D. Juan.

Vos iréis

A Berja, donde está hoy

Válor, y que á Berja voy,

De mi parte le diréis.

Público el perdon le haréis

Y el castigo, y con igual

Providencia al bien y al mal,

Le diréis que si rendido

Se quiere dar á partido,

Daré perdon general

A todos los rebelados,

Con que vuelvan á vivir

Con nosotros y asistir

En sus oficios y estados;

Que de los daños pasados

Hoy mi justicia severa

Más satisfaccion no espera;

Que se rinda al fin, porqué,

Si no, á Berja soplaré

Las cenizas de Galera.

Mendoza.

A servirte voy. (Vase.)

[p. 540]ESCENA IX.

DON JUAN DE AUSTRIA, DON LOPE, soldados.

D. Lope.

No ha habido

Saco jamás que haya dado

Más provecho: no hay soldado

Que rico no haya venido.

D. Juan.

¿Tanto tesoro escondido

Dentro de Galera habia?

D. Lope.

Dígatelo la alegría

De tus soldados.

D. Juan.

Yo quiero,

Porque presentar espero

A mi hermana y reina mia

Desta guerra los trofeos,

A los soldados feriar

Cuanto fuere de enviar.

D. Lope.

Con esos mismos deseos

Hice yo algunos empleos,

Y esta sarta que he comprado

A un hombre que la ha ganado,

Te ofrezco por la mejor

Joya para dar, señor.

D. Juan.

Buena es; y no es excusado

Tomarla, por no excusar

Lo que me habeis de pedir.

Enséñeos yo á recibir,

Pues vos me enseñais á dar.

D. Lope.

El precio es más singular

Que os sirvais della y de mí.

[p. 541]ESCENA X.

DON ÁLVARO, ALCUZCUZ.—Dichos.

D. Álv.

(Sin ver á Don Juan.) Hoy, Alcuzcuz, sólo á tí

Quiero, en la empresa que sigo,

Por compañero y amigo.

Alcuzc.

Muy bien te fiar de mí;

Aunque tu esfuerzo, no sé

Qué ser lo que acá procura.

(Ap. á Don Álvaro.)

Mas quedo; que éste es su Altura.

D. Álv.

¿Aqueste es Don Juan?

Alcuzc.

Sí á fe.

D. Álv.

Con atencion le veré,

Por su fama y su opinion.

D. Juan.

¡Qué iguales las perlas son!

D. Álv.

(Ap.) Y ya, aunque yo no quisiera

Con atencion verle, fuera

Precisa en mí la atencion.

Aquella sarta ¡ay de mí!

Que en su mano ¡ay alma! ves,

Bien la he conocido, es

La que yo á Maleca di.

D. Juan.

Vamos, Don Lope, de aquí.

¡Qué admirado este soldado

De mirarme se ha quedado!

D. Lope.

Pues ¿quién, señor, no se admira,

Cada vez que el rostro os mira?

(Vanse Don Juan, Don Lope y soldados.)

[p. 542]ESCENA XI.

DON ÁLVARO, ALCUZCUZ.

D. Álv.

Suspenso y mudo he quedado.

Alcuzc.

Ya, señor, que solo estás,

¿Por qué has bajado, decir,

De la Alpujarra, y venir

Aquí?

D. Álv.

Presto lo sabrás.

Alcuzc.

Mé no querer saber más

De que hasta aquí haber venido,

Para ser arrepentido

De seguirte.

D. Álv.

Pues ¿por qué?

Alcuzc.

Escuchar, é lo diré.

Mé, sonior, cativo he sido

De un cristianilio soldado,

Que si en el campo me ver,

Matar.

D. Álv.

¿Cómo puede ser,

Si vienes tan disfrazado,

Conocerte? Y pues mudado

El traje los dos traemos,

Pasar entre ellos podemos,

Sin sospecha averiguada,

Por cristianos, pues en nada

Ya moriscos parecemos.

Alcuzc.

Tú, que bien el lengua hablar,

Tú, que cativo no ser,

Tú, que español parecer,

Seguro poder pasar;

[p. 543]Mé, que no sé pernunciar,

Mé, que preso haber estado,

Mé, que este traje no he usado,

¿Cómo excusar el castigo?

D. Álv.

Hablando solo conmigo,

Pues, en fin, en un criado

Ninguno reparará.

Alcuzc.

¿E si álguien quiere saber

De mé algo?

D. Álv.

No responder.

Alcuzc.

¿Quién no responder podrá?

D. Álv.

Quien mire cuánto le va.

Alcuzc.

Mahoma solamente pudo

Hacerme por fuerza mudo,

Siendo tan grande hablador.

D. Álv.

Necios extremos de amor,

No dudo ¡ay de mí! no dudo

Que acuseis mi atrevimiento,

Pues idólatra gentil

De un sol puesto, en treinta mil

Un soldado hallar intento

A quien sigo por el viento,

Pues ni señas ni razon

Traigo dél; mas confusion

Por admiracion me das:

¿Qué importa un prodigio más,

Adonde tantos lo son?

Bien sé, bien, que no es posible

Hallar mi venganza, no;

Mas ¿qué hiciera yo, si yo

No intentara lo imposible?

Pero aunque bien infalible

Ví la primer seña, en vano

La creo, porque está llano

[p. 544]Que es quien es, y es cosa clara

Que un noble no ensangrentara

En una mujer la mano;

Porque valor no asegura,

Porque no arguye nobleza,

Quien no admira una belleza,

Quien no adora una hermosura,

Que en sí misma está segura:

Luego no es suyo el rigor.

Mienten sus señas, amor,

Tus indicios han mentido;

Que otro ha sido, que otro ha sido

El vil, el fiero, el traidor.

Alcuzc.

¿Ser eso á qué haber venido?

D. Álv.

Sí.

Alcuzc.

Pues presto nos volver,

Porque ¿cómo puede ser

Sin haberle conocido,

· · · · · · · · · · ·[18]

Hallarle?

D. Álv.

Cuando el efeto

No alcance, me lo prometo.

Alcuzc.

Esas el cartas serán

De «En la corte á mi hijo Juan,

Que andar vestido de prieto.»

D. Álv.

A tí no te toca más...

Alcuzc.

Ya saber, que hablar por señas

[p. 545]En álguien viniendo.

D. Álv.

Sí.

Alcuzc.

Ponga Alá tiento en mi lengua.

ESCENA XII.

Soldados.—Dichos.

Sold. 1.º

La ganancia está partida

Bien así, pues el que juega,

Aunque vaya por dos, siempre

Algo de ribete lleva.

Sold. 2.º

¿Por qué no ha de ser igual

La ganancia, si lo fuera

La pérdida?

Sold. 3.º

Eso sí que es justo.

Sold. 1.º

Mirad; yo nunca quisiera

Tener con mis camaradas

Por intereses pendencias:

Haya solamente un hombre

Que diga que es razon esa,

Y yo no hablaré palabra.

Sold. 2.º

¿Mas que lo dice cualquiera?

¡Ah soldado!...

Alcuzc.

(Ap.)¡A mé decir,

E no responder! ¡Paciencia!

Sold. 2.º

¿No respondeis?

Alcuzc.

Ha, ha, ha.

Sold. 3.º

Mudo es.

Alcuzc.

(Ap.)¡Si bien lo supieran!

D. Álv.

(Ap. Este ha de echarme á perder

Si yo no salgo á la enmienda.

Divertirlo importa.) Hidalgos,

[p. 546]Perdonad, por vida vuestra,

Si no entiende ese criado

Lo que le mandais, pues muestra

Bien que es mudo.

Alcuzc.

(Ap.)No ser mudo;

Mas ser en casion como esta

Pique, repique y capote,

Pues que no tiene respuesta.

Sold. 2.º

Lo que decirle queria,

Ha sido suerte que pueda

Mejorarse en vos, que es duda.

D. Álv.

Yo holgara satisfacerla.

Sold. 1.º

Yo he ganado por los dos

Entre el dinero una prenda,

Que es este Cupido...

D. Álv.

(Ap.)¡Ay triste!

Sold. 1.º

De diamantes.

D. Álv.

(Ap.)¡Ay Maleca!

Las joyas son de tu bodas

Despojos de tus exequias.

¿Cómo he de vengarla, cómo,

Si van tomando las señas

Los extremos, pues alcanza

Desde un soldado á una Alteza?

Sold. 1.º

Al partir, pues, la ganancia,

Le doy el Cupido en cuenta

En lo que yo le gané;

Dice él que no quiere prendas:

Mirad si habiendo ganado

Yo, no es justo que prefiera

En la particion.

D. Álv.

Yo quiero

Componer la diferencia,

Ya que he llegado á ocasion,

[p. 547]Dando el dinero por ella

En que estuviere jugada;

Pero con una advertencia,

Que he de saber yo primero

Quién la trajo, porque sea

Segura.

Sold. 2.º

Seguras son

Todas cuantas hoy se juegan;

Porque todo se ha ganado

En el saco de Galera

A esos perros.

D. Álv.

(Ap.)¡Que yo, cielos,

Tal escuche y tal consienta!

Alcuzc.

(Ap.) ¡Qué mé, ya que no matar,

No poderle hablar siquiera!

Sold. 1.º

Yo os pondré con quien la trajo;

Que él me contó aquí por señas,

Que entre sus joyas quitado

La habia á una morisca bella,

A quien dió muerte.

D. Álv.

(Ap.)¡Ay de mí!

Sold. 1.º

Venid: de su boca mesma

Lo oiréis.

D. Álv.

(Ap.No oiré; que primero,

Como una vez quién es sepa,

Le mataré á puñaladas.)

Vamos. (Vanse.)


[p. 548]Vista exterior de un cuerpo de guardia.

ESCENA XIII.

Soldados; y luego, GARCÉS, DON ÁLVARO y ALCUZCUZ.

Soldads.

(Dentro.) Deténganse.

Otros.

(Dentro.)Afuera. (Riñen dentro.)

Un Sold.

(Dentro.) Tengo de darle la muerte,

Aunque el mundo lo defienda.

Otro.

Con nuestro enemigo es.

Otro.

Pues, amigo, muera, muera.

Garcés.

(Dentro.) Si yo estoy solo ¿qué importa

Que todos contra mí sean?

(Salen riñendo Garcés y soldados, y deteniéndolos Don Álvaro; detras Alcuzcuz.)

D. Álv.

Tantos á uno, soldados,

Es infamia y es bajeza.

Deténganse, ó haré yo,

Vive Dios, que se detengan.

Alcuzc.

(Ap.) ¡A bonas cosas venir,

A no hablar, é á ver pendencias!

Un Sold.

Muerto soy. (Cae dentro.)

ESCENA XIV.

DON LOPE, soldados.—Dichos.

D. Lope.

¿Qué es esto?

Un Sold.

Muerto

Está: huyamos, no nos prendan.

(Huyen todos los que reñian.)

[p. 549]Garcés.

(A Don Álvaro.) La vida os debo, soldado:

Yo, yo os pagaré la deuda. (Vase.)

D. Lope.

Detenéos.

D. Álv.

Ya lo estoy.

D. Lope.

De los dos las armas vengan:

Quitadle la espada.

D. Álv.

(Ap.¡Ay cielo!)

Mire Usiría y advierta

Que á poner paz la saqué,

Sin ser mia la pendencia.

D. Lope.

Yo sólo sé que en el cuerpo

De guardia os hallo, con ella

Desnuda y un hombre muerto.

D. Álv.

(Ap.) Imposible es mi defensa.

¿A quién habrá sucedido

Que á matar á un hombre venga,

Y por darle vida á otro,

En tal peligro se vea?

D. Lope.

Y vos, ¿no dais esa espada?

¡Bueno! ¿hablador sois de señas?

Pues yo os he visto otra vez

Hablar, si bien se me acuerda.

En ese cuerpo de guardia

Presos aquestos dos tengan,

Miéntras sigo á los demas.

Alcuzc.

(Ap.) Dos cosas me daban pena,

Pendencia, é caliar; ya ser

Tres, si bien hacer el cuenta.

Una, dos, tres: sí, tres ser,

Prision, caliar é pendencia. (Llévanlos.)

[p. 550]ESCENA XV.

DON JUAN DE AUSTRIA.—DON LOPE; despues, DON JUAN DE MENDOZA.

D. Juan.

¿Qué ha sido aquesto, Don Lope?

D. Lope.

Fué, señor, una pendencia

En que un hombre muerto ha habido.

D. Juan.

Pues si cosas como esas

No se castigan, habrá

Cada dia mil tragedias;

Mas usarse ha con templanza

De la justicia. (Sale Don Juan de Mendoza.)

Mendoza.

Tu Alteza

Me dé sus piés.

D. Juan.

¿Qué hay, Mendoza?

¿Qué responde Abenhumeya?

Mendoza.

Sorda trompeta de paz

Toqué á la vista de Berja,

Y muda bandera blanca

Me respondió á la trompeta.

Entré con seguro dentro,

Llegué al dosel ó á la esfera

De Abenhumeya... Bien dije,

Si estaba con él la bella

Doña Isabel Tuzaní,

Que hoy es Lidora, y su reina.

A la usanza de su ley

En una almohada me sienta,

Gozando de embajador

En todo la prêminencia,

(Ap. ¡Ay, amor, qué neciamente

[p. 551]Dormidos gustos despiertas!)

Y él de rey la autoridad.

Dí tu embajada; y apénas

Se divulgó que hoy á todos

Dabas perdon, cuando empiezan

Por las plazas y las calles,

A hacer alegrías y fiestas.

Pero Abenhumeya, hijo

Del valor y la soberbia,

Encendido en saña, viendo

Cuánto alborota y altera

A sus gentes el perdon,

Esto me dió por respuesta:

«Yo soy rey de la Alpujarra;

»Y aunque es provincia pequeña,

»A mi valor, presto España

»Se verá á mis plantas puesta.

»Si no quieres ver su muerte,

»Díle á Don Juan que se vuelva,

»Y si algun baharí morisco

»Gozar dese indulto piensa,

»Llevátele tú contigo

»A que sirva en esa guerra

»A Felipe, porque así

»Haya ese más á quien venza.»

Con esto me despidió,

Dejando ya en arma puesta

La Alpujarra, porque toda,

Ya civiles bandos hecha,

Unos «España» apellidan,

Otros «Africa» vocean;

De suerte que su mayor

Ruina, que su mayor guerra

Hoy, parciales y divisos,

[p. 552]Tienen dentro de sus puertas.

D. Juan.

Nunca tiene más asiento,

Más duracion ni más fuerza

Un rey tirano, porque

Los primeros que le alientan

Al principio, son al fin

Los primeros que le dejan,

Quizá bañado en su sangre.

Y pues hoy desa manera

La Alpujarra está, ántes que ellos

Víboras humanas sean

Que se dén muerte á sí mismos,

Marche el campo todo á Berja,

Y venzámoslos nosotros

Primero que ellos se venzan:

No hagamos suya la hazaña,

Si hacerla podemos nuestra. (Vanse.)


Prision en el cuerpo de guardia.

ESCENA XVI.

ALCUZCUZ y DON ÁLVARO, con las manos atadas.

Alcuzc.

El rato que estar aquí

Solos los dos é poder

Hablar, quijera saber,

Sonior Tozaní, de tí,

Ya que Alpojarra dejar

E á aquesta terra venir,

Si fué á matar, ó á morir.

D. Álv.

A morir, y no á matar.

[p. 553]Alcuzc.

Quien poner en paz pendencia,

El peor parte ha lievado.

D. Álv.

Como yo no era culpado,

No me puse en resistencia;

Que este corazon gentil

Puesto en defensa, mil presto

Me dejaran.

Alcuzc.

Con todo esto,

Yo me atener á los mil.

D. Álv.

En fin, ¿yo dejé de ver

Al que infame se alabó

De que las joyas quitó,

Dando muerte á una mujer?

Alcuzc.

No ser eso lo peor,

Si no estar mandados ya

Confesar. Mas ¿qué será

Ver venir al confesor,

Creyendo crestianos ser?

D. Álv.

Ya que todo lo he perdido,

Me he de vender bien vendido.

Alcuzc.

Pues ¿qué pensar ahora hacer?

D. Álv.

Con un puñal que escondido

En la cinta me quedó,

Que siempre debajo yo

De la casaca he traido,

Dar á esa posta la muerte.

Alcuzc.

¿Con qué manos?

D. Álv.

¿No podrás

Con los dientes por detras

Romper ese lazo fuerte?

Alcuzc.

Por detras... y dientes... no

Estar muy limpia la traza.

D. Álv.

Llega, rompe ó desenlaza

El cordel...

[p. 554]Alcuzc.

Sí haré.

D. Álv.

Que yo

Veré si te ven.

Alcuzc.

(Desátale.)Ya estar:

Romper tú el mio.

D. Álv.

No puedo;

Que entra gente.

Alcuzc.

Así me quedo

Con cordel y sin hablar. (Retiránse.)

ESCENA XVII.

Un soldado, que hace la posta; GARCÉS, con prisiones.—Dichos.

Soldado.

(A Garcés.) Aquel vuestro camarada

Y un criado suyo mudo,

Que animoso sacar pudo

A vuestro lado la espada,

Son los que veis.

Garcés.

Aunque es fuerza

Sentir que me hayan prendido

Tantos como me han seguido,

En una parte me esfuerza

A no sentirlo el librar

A quien la vida me dió,

Pues en su descargo yo

Me tengo de declarar.

Vos á Don Juan mi señor

De Mendoza le decí

Cómo preso quedo aquí:

Que merced me haga y favor

De verme, para que pida

[p. 555]Mi vida al señor Don Juan,

Pues mis servicios serán

Los méritos de mi vida.

Soldado.

Yo le diré que aquí os vea,

En acabando de hacer

La posta.

D. Álv.

(Ap. á Alcuzcuz.) Tú puedes ver,

Como al descuido, quién sea

El que con la posta ha entrado

En la prision.

Alcuzc.

Sí veré.—

¡Ay de mí! (Repara en Garcés.)

D. Álv.

¿Que tienes?

Alcuzc.

¿Qué?

El haber aquí llegado...

D. Álv.

Prosigue.

Alcuzc.

Estar de horror lleno.

D. Álv.

Habla.

Alcuzc.

De temor no vivo.

D. Álv.

Di.

Alcuzc.

Ser de quien fuí cautivo,

Ser á quien corrí el vonero.

Sin duda saber que aquí

Estar... Mas por sí ó por nó,

El cara guardaré yo,

Para que no me vea, así.

(Échase como que quiere dormir.)

Garcés.

(Á Don Álvaro.) Puesto que sin conoceros

Ni haberos servido en nada,

Me dió vida vuestra espada,

Bien crêreis que siento el veros

Desa suerte. Si pudiera

Tener mi prision consuelo,

El libraros, vive el cielo,

[p. 556]Sólo mi consuelo fuera.

D. Álv.

Guardeos Dios.

Alcuzc.

(Ap.)¿Preso venir

Y el de la pendencia ser?

Sí que entónces no le ver

Con la prisa del reñir.

Garcés.

En fin, hidalgo, no os dé

Cuidado vuestra prision;

Que yo por la obligacion

En que entónces os quedé,

La vida pondré, primero

Que vos, siendo mia, pagueis

La culpa que no teneis.

D. Álv.

De vuestro valor lo espero;

Si bien mi prision no ha sido

Lo que más siento, por Dios,

Sino que perdí por vos

La ocasion que me ha traido

A esta tierra.

Soldado.

No teneis

Que temer los dos morir,

Pues siempre he oido decir,

Y áun vosotros lo sabeis,

Que si de una muerte son

Dos los cómplices, no habiendo

Más de una herida, y no siendo

Caso pensado ó traicion,

Uno muera solamente,

Y que éste que muere sea

El de la cara más fea.

Alcuzc.

(Ap.) El que tal decir revente.

Soldado.

Y así, el tal mudo este dia,

De todos tres, morirá. (Vase.)

[p. 557]ESCENA XVIII.

DON ÁLVARO, GARCÉS, ALCUZCUZ.

Alcuzc.

(Ap.) Claro estar, porque no habrá

Cara peor que la mia

En el mundo.

Garcés.

De vos creo

Que aquesta merced me haréis,

Ya que obligado me habeis.

Alcuzc.

(Ap.) ¡Ley ser morir el más feo!

Garcés.

Sepa á quién debo el vivir.

D. Álv.

Yo no soy más que un soldado,

Que aventurero he llegado...

Alcuzc.

(Ap.) ¡Ley el más feo morir!

D. Álv.

Solamente con deseo

De hallar á un hombre: esta ha sido

La ocasion que me ha traido.

Alcuzc.

(Ap.) ¡Ley ser morir el más feo!

Garcés.

Quizá yo os podré decir

Dél. ¿Cómo se llama?

D. Álv.

No

Lo sé.

Garcés.

¿En qué tercio llegó

A esta ocasion á servir?

D. Álv.

No lo sé.

Garcés.

¿Qué señas tiene?

D. Álv.

No sé.

Garcés.

Pues bien le halleréis,

Si su nombre no sabeis

Ni señas, ni con quién viene.

D. Álv.

Pues sin saberle las señas,

[p. 558]Nombre, ni con quién está,

Le he tenido hallado ya.

Garcés.

No son enigmas pequeñas

Las vuestras; pero no os dé

Cuidado, pues en sabiendo

Su Alteza este caso, entiendo

Que me dé vida, porque

Me tiene á mí obligacion

Tan grande, que si no fuera

Por mí, no entrara en Galera;

Y esa perdida ocasion

Hallar podremos los dos;

Que de quien sois obligado,

He de estar á vuestro lado

Al bien y al mal, vive Dios.

D. Álv.

En efecto, ¿que vos fuisteis

El que entraisteis en Galera?

Garcés.

¡Pluguiera á Dios no lo fuera!

D. Álv.

¿Por qué, si esa hazaña hicisteis?

Garcés.

Porque desde que yo en ella

El primero puse el pié,

No sé qué influjo, no sé

Qué hado, qué rigor, qué estrella

Me persigue, que no ha habido

Cosa que á la suerte mia,

Desde aquel infausto dia

Mal no me haya sucedido.

D. Álv.

¿De qué os nace ese recelo?

Garcés.

No sé sino es de que allí

Muerte á una morisca dí,

Y se ofendió todo el cielo,

Porque su hermosura era

Su traslado.

D. Álv.

¿Tan hermosa

[p. 559]Era?

Garcés.

Sí.

D. Álv.

(Ap.¡Ay perdida esposa!)

¿Cómo fué?

Garcés.

Desta manera:

Estando de posta un dia,

Entre unas espesas ramas.

Que á los lutos de la noche

Iban pisando las faldas,

Prendí á un morisco. No quiero

(Que estas son cosas muy largas)

Deciros que me engañó,

Llevándome entre unas altas

Peñas, adonde sus voces

Convocaron la Alpujarra;

Que huyendo dél, me escondí

En una gruta; pues basta

Decir que esta fué la mina,

Que en una peña cavada,

Monstruo fué que concibió

Tanto fuego en sus entrañas.

Yo fuí quien noticia della

Traje al señor Don Juan de Austria,

Y yo fuí quien al ingenio

La noche estuve de guardia,

Yo quien de la batería

Mantuve siempre la entrada

A la otra gente, y yo, en fin,

Quien por medio de las llamas

Penetré la villa, siendo

Su racional salamandra,

Hasta que llegué, pasando

Globos de fuego, á una casa

Fuerte, que sin duda era

[p. 560]De la gente plaza de armas,

Pues allí se avanzó toda.—

Pero parece que os cansa

Mi relacion, y que no

Teneis gusto en escucharla.

D. Álv.

No es sino que divertido

Acá en mis penas estaba.

Proseguid.

Garcés.

Llegué, en efecto,

Lleno de cólera y rabia,

A la casa de Malec

(Que era en fin toda mi ánsia

El palacio ó casa fuerte),

Al tiempo que ya su alcázar

Don Lope de Figueroa,

Lustre y honor de su patria,

Rendido tenía y sitiado

Del fuego por partes várias,

Y muerto al alcaide. Yo

Que entre el aplauso buscaba

El provecho, aunque mal juntos

Provecho y honor se hallan,

Ambiciosamente osado

Discurrí todas las salas,

Penetré todas las piezas,

Hasta que llegué á una cuadra

Pequeña, último retrete

De la más bella africana

Que vieron jamás mis ojos.

¡Ah! ¡quién supiera pintarla!

Mas no es tiempo de pinturas.

Confusa, al fin, y turbada

De verme, como si fueran

Las cortinas de una cama

[p. 561]De una muralla cortinas,

Detras se esconde y ampara.—

Pero con llanto en los ojos,

Y sin color en la cara

Os habeis quedado.

D. Álv.

Son

Memorias de mis desgracias,

Muy parecidas á esas.

Garcés.

Tened, tened confianza,

Si es por la ocasion perdida:

Quien no la busca, la halla.

D. Álv.

Decís verdad. Proseguid.

Garcés.

Entré tras ella, y estaba

Tan alhajada de joyas,

Tan guarnecida de galas,

Que más parecia que amante

Prevenia y esperaba

Bodas que exequias. Yo viendo

Tal belleza, quise darla

La vida, como al rescate

Saliese fiadora el alma.

Apénas, pues, me atreví

A asirla una mano blanca,

Cuando me dijo: «Cristiano,

Si es más ambicion que fama

Mi muerte, pues con la sangre

De una mujer más se mancha

Que se acicala el acero,

Estas joyas satisfagan

Tu hidrópica sed, y deja

Limpio el lecho, la fe intacta

De un pecho, donde se encierran

Misterios que áun él no alcanza.»

—Llegué á los brazos...

[p. 562]D. Álv.

Espera:

Escucha, detente, aguarda,

No llegues á ellos.—¿Qué digo?

Mis discursos me arrebatan

La voz. Proseguid; que á mí

Eso no me importa nada.

(Ap. ¡Pluguiera á amor, pues más siento

Ya el quererla que el matarla!)

Garcés.

Dió voces en la defensa

De su vida y de su fama:

Yo, viendo que ya acudia

Otra gente, y que ya estaba

Perdida la una vitoria,

No quise perderlas ambas,

Ni que los otros soldados

Conmigo á la parte entraran;

Y así, trocando el amor

Entónces en la venganza

(Que fácilmente al afecto

De un extremo al otro pasa),

Arrebatado no sé

De qué furia, de qué saña

Que me movió el brazo entónces

(Aun repetido es infamia),

O por quitarla una joya

De diamantes y una sarta

De perlas, dejando todo

Un cielo de nieve y grana.

La atravesé el pecho.

D. Álv.

¿Fué

Como ésta la puñalada?

(Saca un puñal y hiérele.)

Garcés.

¡Ay de mí!

Alcuzc.

Aquesto estar hecho.

[p. 563]

D. Álv.

Muere, traidor.

Garcés.

¿Tú me matas?

D. Álv.

Sí, porque esa beldad muerta,

Esa rosa deshojada,

El alma fué de mi vida,

Y hoy es vida de mi alma.

Tú eres el que busco, tú

Tras quien me trae mi esperanza

A vengar á su hermosura.

Garcés.

¡Ah, que me coges sin armas

Y con traicion!

D. Álv.

Nunca consta

De términos la venganza.

Don Álvaro Tuzaní,

Su esposo, es el que te mat