The Project Gutenberg eBook of Orlando Furioso, Tomo II

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Title: Orlando Furioso, Tomo II

Author: Lodovico Ariosto

Translator: Manuel Aranda y Sanjuan

Release date: May 28, 2015 [eBook #49063]

Language: Spanish

Credits: Produced by Carlos Colón, Rachael Schultz and the Online
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ORLANDO FURIOSO, TOMO II ***

Nota del Transcriptor:

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

Páginas en blanco han sido eliminadas.

LOS GRANDES POEMAS.

JOYAS DE LA LITERATURA UNIVERSAL.

PUBLICADOS BAJO LA DIRECCION LITERARIA DE
D. FRANCISCO JOSÉ ORELLANA.

TOMO III DE LA COLECCION.

ORLANDO FURIOSO

POEMA ESCRITO EN ITALIANO
POR

LUDOVIGO ARIOSTO

Y TRADUCIDO AL CASTELLANO Y ANOTADO
POR

D. MANUEL ARANDA Y SANJUAN.

TOMO II.

BARCELONA.
EMPRESA EDITORIAL LA ILUSTRACION.
CALLE DE MENDIZÁBAL, NÚMERO 4.
1872.

ES PROPIEDAD.

BARCELONA.
ESTABLECIMIENTO TIPOGRAFICO DE JAIME JEPÚS.
CALLE DE PETRITXOL, NÚM 9, BAJOS.
1872.


ORLANDO FURIOSO.

CANTO XXV.

Rugiero libra á Riciardeto del suplicio de las llamas, á que le habia condenado el rey Marsilio.—Riciardeto refiere minuciosamente á Rugiero la causa de haber sido condenado á muerte.—Los dos jóvenes pasan luego al castillo de Aldigiero, que los recibe poseido de una gran tristeza, y á la mañana siguiente salen armados á impedir que Malagigo y el buen Viviano caigan en poder de Bertolagio.

¡Cuán violenta es la lucha que sostienen en un corazon juvenil los deseos de gloria y los impulsos del amor! Tan pronto vencedor como vencido uno ú otro sentimiento, todavía se ignora cuál de ellos ejerce un dominio más absoluto. Mucho influyó sin duda alguna en el ánimo de los dos adversarios el sentimiento del deber y del honor, para que suspendieran su amorosa contienda á fin de volar en auxilio de los suyos; pero pudo mucho más el amor, porque de no habérselo exigido así la señora de sus pensamientos, aquella terrible lucha no habria terminado hasta que uno de los dos contendientes alcanzara el laurel de la victoria; y mientras tanto, Agramante y el resto de su ejército estarian esperando inútilmente su auxilio. Bien podemos decir por esto, que no siempre es funesto el amor; pues si con frecuencia perjudica, otras veces es útil.

[6] Habiendo convenido los dos caballeros paganos en diferir sus querellas, se dirigieron juntamente con Doralicia hácia Paris para salvar al ejército africano: con ellos iba tambien el diminuto enano que habia ido siguiendo las huellas del Tártaro, hasta conseguir que el celoso Rodomonte le alcanzara. Llegaron á un prado, donde estaban descansando á orillas de un arroyo dos caballeros desarmados, y otros dos cubiertos con los yelmos, acompañando á una dama de bello rostro. En otra parte os diré quiénes eran estos personajes; pues antes es preciso que vuelva á hablaros del buen Rugiero, á quien dejé en el momento en que arrojaba su escudo en un pozo.

Apenas hubo andado una milla, cuando encontró uno de los correos que el hijo del rey Trojano mandaba á todos los caballeros solicitando su socorro. El mensajero le anunció tambien que Cárlos tenia puestos á los sarracenos en tan apurado trance, que si no recibian sin la menor tardanza auxilios, en breve perderian el honor ó la vida. Asaltado Rugiero por una multitud de pensamientos, no sabia á cual dar la preferencia, si bien es verdad que ni el sitio ni la ocasion eran los más á propósito para que se formara maduramente su opinion. Por último, dejó marchar al mensajero, y revolvió su caballo en la direccion que le indicaba la afligida dama, la cual iba estimulándole incesantemente para que acudiera en defensa del doncel, sin permitirle el menor reposo.

Siguiendo, pues, su marcha, llegaron á la caida de la tarde á una ciudad situada en medio de la Francia, la cual estaba en poder del rey Marsilio, quien la habia conquistado en aquella guerra. No se detuvieron en el puente ni en las puertas; pues aun cuando en torno del rastrillo y de los fosos se veia un gran número de soldados y de aprestos beli[7]cosos, nadie les estorbó el paso. Como los soldados conocian á la dama que iba en compañía de Rugiero, le dejaron pasar libremente, sin preguntarle siquiera de donde venia. Llegó á la plaza, encontrándola llena de una multitud cruel, apiñada en derredor de una siniestra pira, sobre la cual divisó pálido y macilento al jóven condenado á perecer entre sus llamas.

En cuanto Rugiero fijó sus miradas en aquel rostro abatido y lloroso, creyó ver á la misma Bradamante; tal era la semejanza del jóven con ella. Cuanto más detenidamente contemplaba su faz y su talante, tanto más se convencia de que era ella, diciendo para sí: «Ó esa es Bradamante, ó no soy yo el mismo Rugiero que antes. Arrastrada por su audacia, habrá querido tal vez defender al cautivo, y teniendo mal éxito su empresa, habrá quedado aprisionada, como estoy viendo. ¿Por qué esa precipitacion que no le ha permitido esperarme para compartir conmigo los peligros de esta aventura? ¡Ah! ¡gracias á Dios, he llegado á tiempo de salvarla!»

Y sin vacilar un solo instante, desenvainó la espada (porque su lanza habia quedado hecha pedazos junto al castillo de Pinabel), y lanzando su caballo sobre aquella multitud inerme, empezó á describir círculos con su acero, cortando frentes, rostros y gargantas. El populacho emprendió la fuga, despidiendo gritos atronadores, quedando muchos tendidos en el suelo, los más atropellados y los otros con la cabeza rota. Cual bandada de pájaros que, revoloteando seguros por las orillas de un estanque, en busca de su alimento, al ser acometidos de improviso por el rapaz halcon que se apodera de uno de ellos, se dispersan todos, abandonando al prisionero sin cuidarse siquiera de librarlo de las garras de su enemigo, así hizo aquella multitud en cuanto el [8] valiente Rugiero dió tras ella. A cuatro ó seis de los que fueron más lentos en huir les cortó la cabeza á cercen con la mayor limpieza; hendió á otros tantos hasta el pecho, y á muchos más hasta los ojos ó los dientes. Verdad es que ninguno de ellos llevaba casco, sino cofias de brillante hierro; pero aun cuando hubiesen sido yelmos del temple más fino, los habria partido del mismo modo, ó poco menos.

No se encuentra en ningun caballero moderno la fuerza de que estaba dotado Rugiero; fuerza que superaba á la del oso, á la del leon, y á la de cualquiera de los animales conocidos: tal vez podria compararse á la de un terremoto, ó á la del Gran Diablo[1], no el del Infierno, sino el de mi Señor; que con su fuego hace retroceder al cielo, á la tierra y al mar. Cada uno de sus golpes derribaba por lo menos un hombre; con frecuencia dos, y algunas veces hasta cuatro ó cinco: así es que pronto dejó ciento tendidos á sus piés. Su centelleante espada cortaba el más duro acero cual si fuese blanda cuajada. Falerina forjó aquella espada terrible en el jardin de Orgagna, para dar con ella la muerte á Orlando, pero harto le pesó haberla fabricado, pues vió su jardin destrozado con su propia obra; y si entonces causó tanta ruina y tal estrago, ¿qué no deberia hacer á la sazon, manejada por un héroe cual Rugiero? Si alguna vez se sintió este guerrero poseido de furor; si hizo alarde de su fuerza; si dió las más ostensibles pruebas de su valor indomable, nunca como entonces lo sintió, lo hizo ó las dió, creyendo batirse por su amada. Las turbas se defendian de él, ni más ni menos que una liebre perseguida por galgos: muchos fueron los que quedaron en el sitio; infinitos los que huyeron.

Rugiero salva á Riciardeto, condenado á perecer en las llamas.
(Canto XXV.)

[9] La dama habia desatado entre tanto las ligaduras que al jóven sujetaban, y le armó como pudo, presentándole un escudo y una espada: al verse libre el ofendido mancebo, procuró vengarse á su sabor de aquella gente, y dió tan evidentes muestras de su vigoroso brazo, que en breve fué tenido por valiente y esforzado. Ya habia sepultado el Sol sus doradas ruedas en los mares de Occidente, cuando el victorioso Rugiero salió con su protegido de la ciudad. Luego que el doncel se halló en completa seguridad fuera de las puertas, dió á su libertador una y mil veces las gracias, con palabras nobles y delicadas y gentil donaire, por haberle socorrido, á pesar de no conocerle, arriesgando para ello su vida, y terminó rogándole que le dijese su nombre, á fin de saber á quién debia tanto agradecimiento.

—Esas son, decia entre sí Rugiero, las bellas facciones, la graciosa apostura y el rostro encantador de Bradamante; pero su dulce voz no es la que oigo, ni el modo de manifestarme su gratitud es el que ella usaria con su leal amante. Pero si es en efecto Bradamante, ¿cómo ha podido olvidar tan pronto mi nombre?

Para asegurarse de la verdad, Rugiero dirigió con cierta astucia al mancebo esta pregunta:

—Estaba pensando en que os he visto en otra parte, y por más que esfuerzo mi imaginacion, no sé ni puedo recordar en qué sitio: ¿quereis decírmelo vos, si os acordais, y quereis decirme tambien vuestro nombre, á fin de saber á quien ha salvado hoy de las llamas mi oportuno socorro?

—Bien podrá ser que me hayais visto en otra parte, respondió el jóven; pero á mi vez ignoro dónde y cuándo, porque tambien yo voy recorriendo el mundo en busca de aventuras. Es posible asimismo que hayais visto á una hermana mia, que viste armadura y ciñe espada: somos melli[10]zos, y nuestra semejanza es tal, que ni los individuos de nuestra familia pueden distinguirnos á uno de otro. No sois el primero, ni el segundo, ni el cuarto de los que han incurrido en este error, tanto más disculpable, cuanto que caen con frecuencia en él nuestro padre, nuestros hermanos y hasta nuestra madre. En lo único que me diferenciaba de mi hermana era en los cabellos, que yo llevo cortos y descuidados como hacen los demás hombres, al paso que ella los tenia largos y trenzados en derredor de la cabeza; pero desde que recibió en la cabeza una herida, cuyo motivo seria harto prolijo referir, y un siervo de Dios le cortó la cabellera á la altura de la oreja para curarla, no ha quedado una sola señal que nos distinga, excepcion hecha del sexo y el nombre. Yo me llamo Riciardeto, ella Bradamante, y ambos somos hermanos de Reinaldo. Y si no fuera por temor de molestaros, os referiria una aventura que os dejaria asombrado, originada por mi semejanza con mi hermana, y que si al principio me causó algun placer, trocóse pronto en acerbo disgusto.

Rugiero, para cuyo oido no habia versos tan armoniosos ni historias tan halagüeñas como cuanto tuviera relacion con su amada, dirigió las más vivas instancias á Riciardeto para que le refiriera aquella aventura: el jóven, accediendo á ellas, prosiguió hablando de esta suerte:

—Sucedió en aquel tiempo, que pasando mi hermana por uno de los bosques próximos, fué herida por la saeta de un sarraceno, en ocasion en que no llevaba puesto el yelmo, viéndose obligada á cortarse sus largos cabellos para sanar de la peligrosa herida que recibiera en la cabeza. Restablecida y rapada, como digo, volvió á internarse en el bosque, y vagando por él, llegó á un manantial al que prestaban los árboles grata sombra. Como estaba rendida y disgusta[11]da, se apeó del caballo, quitóse el casco, y quedó en breve dormida sobre la fresca yerba. No creo que pueda contarse una fábula más bella ni extraordinaria que esta aventura. Mientras descansaba Bradamante, acertó á pasar por allí Flor-de-Espina de España, que andaba cazando por el bosque, y cuando tropezó con mi hermana que estaba completamente armada, pero con la cabeza descubierta, y ceñia una espada en vez de empuñar una rueca, creyó hallarse en presencia de un caballero. Tanto tiempo estuvo contemplando su hermoso rostro y su varonil aspecto, que quedó prendada de mi hermana; é invitándola á cazar, se alejó de sus compañeras, y se ocultó con ella en lo más espeso del bosque.

»Así que hubo llegado á un sitio solitario en donde no temia que la sorprendieran, con sus palabras y acciones fué poco á poco descubriendo la aguda herida de su corazon traspasado; sus ojos ardientes, sus abrasados suspiros no tardaron en descubrir el deseo que consumia su alma; su rostro perdia el color y se encendia alternativamente, hasta que por último, fuera de sí, se atrevió á darle un beso. Mi hermana habia conocido desde luego la equivocacion que aquella dama padecia; pero, imposibilitada de satisfacer sus deseos, se encontraba en el mayor compromiso.—«Mejor será, decia entre sí, apresurarme á deshacer su error, revelándole mi verdadero sexo, que consentir en que me tenga por un caballero descortés.»—Y decia la verdad; porque era una villanía, propia tan solo de un hombre hecho de estuco, dejarse requebrar por tan linda doncella, llena de dulzura y de amorosa pasion, y entretenerla con palabras vanas permaneciendo con las alas bajas como un buho. Procuró, pues, con la mayor prudencia descubrirle la verdad, manifestándole que era tambien una doncella, que[12] buscaba la gloria por medio de las armas, cual otra Hipólita ó Camila; añadiendo que habia nacido á orillas del mar de África, en la ciudad de Arcilla, y que desde su edad más temprana se habia ejercitado en el manejo de la espada y de la lanza.

»Esta confesion no apagó una sola chispa del fuego que abrasaba á la enamorada doncella: tanto era lo que Amor habia profundizado su dardo, que este remedio fué demasiado tardío para su penetrante herida. A pesar de tal revelacion, no le pareció menos bello el rostro, menos bella la mirada, ni menos bellos los atractivos todos de mi hermana; así como tampoco logró recobrar su corazon, que, separado de su pecho, se solazaba en los amados ojos de Bradamante. Imaginó que, mientras la viera cubierta con su armadura, tal vez podria conseguir que no la consumieran sus mismos deseos; mas cuando consideraba que era una mujer, suspiraba, gemia, y demostraba el dolor más vivo. Cuantos hubiesen escuchado aquel dia sus querellas y sus llantos, habrian llorado seguramente con ella.—«¡Qué tormentos, decia, ha habido tan crueles que no lo sean más los mios! Fácil me habria sido alcanzar el término deseado de cualquier otro amor, inocente ó culpable; habria sabido separar la rosa de las espinas; solo á mi anhelo no hallaré fin. ¡Oh Amor! si has querido atormentarme, porque te pesaba mi feliz y tranquilo estado, debieras contentarte con hacerme sentir los martirios que impones á los demás amantes. Entre los hombres y los animales, jamás he visto que la hembra ame á la hembra: nunca ha seducido la belleza de una mujer á otra, así como la cierva no se ha enamorado de otra cierva, ni la oveja de otra oveja. De cuantos seres existen en la tierra, en el aire y en el mar, yo soy la única que padece tan insoportable martirio: sin[13] duda has pretendido que mi lastimoso error sea el ejemplo más terrible de tu inmenso poder. La esposa del rey Nino[2], al amar á su propio hijo, sintió deseos tan nefandos como impuros: la pasion que concibió Mirra por su padre y la Cretense por el toro[3] fué odiosa sin duda; pero la mia es más insensata que todas ellas. La hembra se enamoró del varon, esperó el fin de sus deseos y lo consiguió: Pasifae se metió en una vaca de madera para lograrlo, así como otros lo realizaron por varios medios y de diferentes modos; pero aunque me socorriese Dédalo[4] con todo su ingenio, no podria desatar el nudo que formó con demasiada habilidad el poderoso Hacedor de cuanto existe en la naturaleza.»

»Tales eran las quejas y lamentos de la hermosa doncella, que se consumia interiormente, sin poder recobrar la perdida calma. Tan pronto se golpeaba el rostro, como se mesaba los cabellos ó procuraba vengarse de sí contra sí misma. Mi hermana no pudo menos de condolerse de aquella afliccion y derramar algunas compasivas lágrimas, procurando calmar tan loca como vana pasion; pero se esforzaba inútilmente en consolarla. Flor-de-Espina, que deseaba auxilio y no consuelo, continuaba lamentándose más y más, y exhalando incesantes sollozos. Empezaban ya los últimos rayos del Sol á teñir de púrpura el Occidente, y se aproximaba la hora de que buscara más seguro asilo todo el que no quisiera pasar la noche en la selva, por lo cual la doncella ofreció á Bradamante hospitalidad en esta ciudad, poco distante del bosque. Mi hermana no pudo resistir á sus[14] ruegos y llegó en su compañía al sitio en que la muchedumbre perversa y cruel me habria arrojado á las llamas, si no os hubiéseis presentado.

»Flor-de-Espina dispuso que acogiesen á mi hermana con el mayor agasajo, é hizo además que trocara su férrea armadura por un rico traje propio de su sexo, para que todos conocieran que era una mujer la que la habia acompañado; pues comprendiendo que ninguna utilidad le reportaria el aspecto varonil de mi hermana, deseaba por lo menos evitar las malignas suposiciones que no dejarian de hacerse al verla tan afectuosa con un caballero. Lo hizo tambien con el objeto de ver si podia desechar totalmente de su imaginacion el error en que la habia hecho incurrir el traje guerrero de Bradamante, contemplándola más detenidamente vestida con el que le era adecuado y le revelaba toda la verdad. Aquella noche participaron ambas del mismo lecho, pero su reposo fué muy diferente; pues mientras la una dormia, la otra gemia y lloraba, lamentándose de que su deseo fuera cada vez más ardiente. Si el sueño cerraba por algunos momentos sus párpados, la atormentaban imaginarios ensueños, figurándose ver que el cielo le concedia que Bradamante trocara su sexo por otro mejor. Cuando un enfermo, devorado por la sed, logra conciliar el sueño, mientras le abrasa la fiebre, en medio de su agitado reposo se le aparecen las cristalinas aguas de todos los manantiales que recuerda: Flor-de-Espina, lo mismo que el sediento enfermo, veia entre sueños las imágenes más deliciosas y más propicias á sus deseos; pero al despertarse, tropezaba siempre con la triste realidad. ¡Cuántas súplicas, cuántas promesas hizo durante toda la noche á Mahoma y á todos los Dioses para que por medio de un milagro sorprendente y ostensible cambiaran á Bradamante en mejor sexo! Todos[15] fueron inútiles y quizás el cielo no hizo otra cosa sino reirse de ella.

»Pasó la noche, y Febo sacó del seno de las ondas su blonda cabellera, iluminando el mundo. En cuanto apareció el dia y dejaron ambas el lecho, sintió Flor-de-Espina aumentarse su dolor; pues Bradamante, que anhelaba salir de tan embarazosa situacion, manifestó que debia ausentarse. La bella princesa quiso que se llevara en memoria suya un magnífico corcel, enjaezado con franjas de oro, y además una sobrevesta ricamente tejida por sus propias manos. Despues de haberla acompañado hasta una larga distancia, regresó á su palacio, derramando copiosas lágrimas.

»Mi hermana caminó con tal rapidez, que aquel mismo dia llegó á Montalban. Nuestra madre y todos nosotros la recibimos poseidos del mayor júbilo; porque careciendo de noticias suyas estábamos con el mayor cuidado por ella y llegamos á temer que hubiese muerto. Al quitarse el casco, reparamos en que habian desaparecido las hermosas trenzas que hasta entonces rodeaban su cabeza; examinamos tambien maravillados la peregrina sobrevesta que llevaba, y entonces ella nos refirió desde el principio al fin todo cuanto acabo de narraros, diciéndonos cómo fué herida en el bosque; cómo se vió precisada á permitir que le cortaran los cabellos para curar su herida; cómo la sorprendió, mientras estaba durmiendo á la orilla de un arroyo, una linda cazadora, á quien dejó prendada su falsa apariencia, y cómo se retiró con ella á un sitio apartado. Nos habló tambien de la afliccion de Flor-de-Espina, que nos conmovió sobremanera, y por último, nos participó su permanencia en el castillo, y todo cuanto hizo hasta regresar á nuestro lado.

»Yo conocia á Flor-de-Espina por haberla visto en Zara[16]goza y luego en Francia: sus lindos ojos y sus tersas mejillas me habian agradado en extremo; pero no dejé que tomaran cuerpo mis deseos, convencido de que es un sueño ó una locura el amor sin esperanza. Al presentárseme entonces aquella ocasion tan propicia, sentí de improviso que se reavivaba en mi pecho la antigua llama. Amor se valió de esta esperanza para tejer las redes en que de otra suerte no me hubiera prendido: caí entonces en ellas, y él me inspiró medios más á propósito para conseguir de aquella doncella lo que yo deseaba. Mi estratagema no podria menos de tener buen éxito; pues así como mi semejanza con mi hermana habia engañado á muchos, tal vez engañaria del mismo modo á la apasionada jóven. Estuve por algunos momentos indeciso; pero al fin me pareció que siempre es bueno procurarse lo que nos agrada. No participé á nadie mi proyecto, ni quise que nadie me diese su parecer con respecto á él. Durante la noche, fuí al sitio donde mi hermana tenia recogidas sus armas; me las puse, y salí del castillo cabalgando en el corcel de Bradamante, sin detenerme siquiera á esperar que amaneciese. Guiado por el amor, fuí á buscar á la bella Flor-de-Espina, y llegué á su palacio antes de que el Sol se ocultara de nuevo. Por dichoso se tuvo el que consiguió antes que nadie anunciar á la Reina mi llegada, esperando, en recompensa de tan buena noticia, obtener gracias y favores: como todos participaban del error en que tambien vos habeis incurrido, me habian tomado por Bradamante, con tanto mayor motivo, cuanto que yo llevaba el traje y el caballo con que habia salido mi hermana el dia anterior.

»A los pocos momentos salió Flor-de-Espina á recibirme, colmándome de las más tiernas caricias, con rostro tan radiante de júbilo, que no podia demostrarse más. Rodeó mi[17] cuello con sus hermosos brazos, y estrechándome suavemente, me besó en la boca. Podeis pensar si el agudo dardo que entonces me disparó el amor dejaria traspasado mi corazon. Cogióme de la mano, y me condujo presurosa á su cámara, donde me quitó el yelmo, las espuelas y las armas, sin querer confiar á nadie este cuidado. Ordenó despues que trajeran uno de sus trajes más ricos y lujosos; lo desdobló por sí misma y se puso á vestirme como si yo fuese en efecto una mujer, encerrando, por último, mis cabellos en una redecilla de oro. Yo procuraba que en mis miradas y en mi expresion se retratase la mayor modestia, lo que conseguí tan bien, que ninguno de mis ademanes revelaba mi sexo; y como por la voz se me podia tal vez conocer, procuré fingirla de modo, que nadie concibió la menor sospecha.

»Entramos despues en un salon, donde se hallaban reunidos muchos caballeros y damas, de los cuales fuimos recibidos con los honores que se conceden á las reinas y grandes señoras. Más de una vez tuve ocasion de reirme de aquellos señores, que no sabiendo que bajo aquel traje femenil se ocultaba un hombre gallardo y animoso, me enamoraban con sus miradas lánguidas ó lascivas. Cerca ya de media noche, y despues de levantar la mesa, que habia estado cubierta de los manjares más exquisitos que ofrecia la estacion, no esperó Flor-de-Espina á que yo solicitase de ella lo que habia sido causa de mi estratagema, sino que me invitó galantemente á que durmiese aquella noche con ella. Despues que nos hubieron dejado solos los pages, los escuderos, las doncellas y las dueñas que nos servian, y cuando ya estuvimos desnudos en un lecho iluminado por tantas luces que parecia de dia, dirigí á Flor-de-Espina estas palabras:

[18]

—»No os maravilleis, señora, de haberme visto regresar tan pronto á vuestro lado, cuando tal vez estaríais pensando en que no volveria á hallarme en vuestra presencia sabe Dios hasta cuando. Os diré en primer lugar la causa de mi marcha, y despues la de mi regreso. Si mi permanencia aquí hubiese bastado para calmar vuestros ardorosos deseos, habria consentido de buen grado en no separarme de vuestro lado un solo momento, conceptuándome feliz con vivir y morir en vuestro servicio; pero en vista que mi presencia solo servia para aumentar vuestra afliccion, elegí, á falta de otro medio mejor, el de ausentarme. El hado sin duda me apartó del camino recto, é hizo que me internara en un bosque inextricable, en el que oí cercanos lamentos, cual si fueran despedidos por una mujer en demanda de auxilio. Corrí hácia donde resonaban, y á la orilla de un lago cristalino ví á un fauno, que acababa de coger en sus redes á una doncella desnuda, á la que habia sacado del agua con objeto de devorarla viva. Me precipité sobre él, y con la espada en la mano, porque no me era dado socorrerla de otro modo, arranqué la vida al infame pescador. La doncella se arrojó al momento al agua y me dijo:—«Tu auxilio no quedará sin recompensa, porque sabré premiarte espléndidamente: pídeme lo que quieras: soy una Ninfa que vive en el seno de estas linfas transparentes, y tengo suficiente poder para hacer las cosas más asombrosas, y hasta para que obedezcan á mi voz los elementos y la naturaleza. Pídeme todo aquello á que se extienda mi valimiento, y despues deja á mi cuidado la satisfaccion de tus deseos. A mis cánticos baja la Luna desde el Cielo, se hiela el fuego y se solidifica el aire, y más de una vez han bastado mis más sencillas palabras para hacer temblar la Tierra y detener al Sol en su curso.»—Yo no pedí, á pe[19]sar de tantos ofrecimientos, ni los más preciados tesoros, ni dominar pueblos y naciones, ni brillar doblemente por mi virtud y mi valor, ni vencer con honor en todos los combates: únicamente solicité de ella que me allanara un camino cualquiera para satisfacer vuestros deseos, sin indicarle este ó el otro medio, sino dejándolo enteramente á su arbitrio. Apenas le hube expuesto mi demanda, cuando se sepultó otra vez en el lago, y por única respuesta me roció con algunas gotas de agua encantada. Apenas me alcanzaron varias de ellas al rostro, me encontré, sin saber cómo, enteramente transformada, y aun cuando lo veo y lo siento, no puedo dar crédito á una metamórfosis, que de mujer me ha convertido en hombre. Vos tampoco lo creeríais si no os fuera fácil convenceros ahora mismo de ello. Como todo mi anhelo se cifra en complaceros, lo mismo ahora que cuando pertenecia á otro sexo, mandad, y me encontrareis dispuesto siempre á serviros y obedeceros.»

»Así le dije, y Flor-de-Espina no tardó en convencerse de la verdad de mis palabras. Sucede con frecuencia al que ha perdido la esperanza de alcanzar una cosa ardientemente deseada, que mientras más se lamenta por verse privado de ella, más se aflige, se atormenta y encoleriza, y si bien llega á conseguirla, es tanto el pesar que siente por haber estado largo tiempo sembrando en la arena, y tan malos los resultados de la desesperacion, que no puede dar crédito á sus ojos y permanece en la mayor confusion. Esto mismo le aconteció á la jóven que, á pesar de haberse persuadido de la realidad, temia aun ser presa de un sueño halagador. Convencida, por último, exclamó fuera de sí: «¡Oh cielos, si esto es tan solo un sueño, haced que no despierte nunca!»—No fué necesario el agudo sonido de los clarines ni el ruido atronador de los tambores para empezar el amoroso[20] asalto; bastaron como señal para darlo los besos que, cual amantes palomas, empezamos á cambiarnos, y sin necesidad de saetas ni de hondas, me apoderé de la fortaleza en que planté mi estandarte victorioso, humillando á mi dulce enemiga.

»Si el lecho de Flor-de-Espina habia sido la noche anterior testigo de sus quejas y suspiros, en aquella lo fué de nuestras risas, fiestas y suaves placeres. Los flexibles acantos no entrelazan más estrechamente con sus nudos las columnas y los capitales, como pasamos toda la noche Flor-de-Espina y yo en brazos uno de otro.

»Oculto entre ambos el secreto de nuestro amor, disfrutamos de sus placeres por espacio de algun tiempo; mas no faltó quien lo descubriera, y hasta llegó á oidos del Rey, por mi desgracia. Vos, señor, que me habeis arrancado de las manos de los que encendieron la hoguera en la plaza, comprendereis fácilmente el resto; pero solo Dios conoce el desconsuelo en que he quedado.»

Rugiero y Riciardeto llegan al castillo de Agrismonte.
(Canto XXV.)

En tales términos refirió Riciardeto sus aventuras á Rugiero, haciendo con este relato menos pesada su nocturna marcha, mientras subian por un monte rodeado de peñascos y precipicios. Un escarpado sendero, angosto y lleno de rocas, les abria camino con fatigosa llave. En la cima de aquel monte se asentaba el castillo de Agrismonte del que era gobernador Aldigiero de Claramonte: este era hijo bastardo de Buovo y hermano de Malagigo y de Viviano, aunque algunos, con temerario aserto, han asegurado que era hijo legítimo de Gerardo. Pero fuese lo que quiera, lo cierto es que era valeroso, prudente, liberal, cortés y humano, y guardaba dia y noche cuidadosamente el castillo fraternal. Aldigiero, que amaba en extremo á su primo Riciardeto, dispensó á Rugiero la cortés acogida que[21] le era debida, y Rugiero le correspondió del mismo modo por respetos á su jóven compañero. Sin embargo, no salió á su encuentro tan alegremente como solia, sino que los acogió con triste semblante, por haber recibido aquel dia una noticia que anubló la ordinaria serenidad de su corazon y de su rostro. En vez de saludar á Riciardeto, le dijo:

—Primo mio, tenemos malas noticias: he sabido hoy por conducto de un mensajero de toda confianza, que el infame Bertolagio de Bayona ha convenido con la cruel Lanfusa en que le haria presentes de gran valor, con tal que ella le entregara á nuestros dos hermanos Malagigo y Viviano. Desde el dia en que Ferragús los hizo prisioneros, los ha tenido Lanfusa encerrados en un sitio malsano y privado de la luz del dia, hasta el momento en que ha ajustado con Bertolagio el pacto bárbaro y desleal de que te hablo. Mañana los debe entregar al de Maguncia en uno de sus castillos, situado en los confines de Bayona. Él mismo debe ir en persona á pagar el precio de la sangre más ilustre que existe en Francia. Acabo de avisar á nuestro Reinaldo lo que ocurre, por medio de un mensajero diligente; pero no creo que pueda llegar á tiempo, porque el camino es largo y penoso. No cuento con bastante gente para salir de estas murallas, y si bien mi deseo es grande, los medios no me acompañan. Si aquel traidor logra tenerlos en su poder, los inmolará sin remedio: así es que no sé qué hacer ni qué decir.

Mucho afligió á Riciardeto tan triste nueva; y Rugiero, al ver pesaroso á su amigo, se contristó tambien; mas observando que uno y otro guardaban silencio, y que no se les ocurria ningun medio para evitar aquel conflicto, les dijo con su decision habitual:

—Calmad vuestra inquietud; que yo solo me encargo de[22] esta empresa: este acero que veis valdrá por mil, tratándose de libertar á vuestros hermanos. No necesito más gente ni más ayuda; pues me considero bastante para cumplir yo solo lo que ofrezco: únicamente os pido un guia que me conduzca al sitio donde debe tener efecto el cange, y en cambio os prometo que desde aquí habeis de oir los gritos de cuantos presencien tan impía accion.

Así exclamó, y por cierto que no dijo una cosa nueva para Riciardeto, que ya habia tenido ocasion de ser testigo de sus proezas; pero Aldigiero le oia como se suele escuchar á un hombre que habla mucho y sabe poco. Riciardeto le llamó aparte y le refirió cómo, merced á él, acababa de librarse de las llamas, asegurándole que cuando llegara la ocasion sabria hacer mucho más de lo que prometia. Entonces Aldigiero le escuchó con mayor atencion, formó de él el concepto que por su valor merecia, y le ofreció una cena abundante y espléndida en la cual le dispensó los mismos honores que si fuese su señor. Habiendo convenido, por último, en que era posible rescatar á los dos hermanos sin necesidad de más ayuda, se retiraron á descansar, y pronto cerró el sueño los párpados de todos los moradores del castillo, excepto los de Rugiero, que permaneció despierto, molestado por una punzante idea Pesaba cual una losa sobre su corazon la noticia del peligro en que se hallaba Agramante, segun le habia participado aquel mismo dia el mensajero de dicho rey. Veia claramente que la menor demora en socorrerle redundaba en su deshonor, y consideraba con espanto la infamia, el escarnio que sobre él recaerian, yendo con los enemigos de su señor. ¡Y cuán grande no seria su falta, y el desprecio con que todos le mirarian, si escogiera tal momento para bautizarse! En cualquiera otra circunstancia hubiérase creido que su conversion era inspirada por[23] una verdadera fé; pero entonces, cuando más necesitaba Agramante de su auxilio para romper el cerco en que le tenian estrechado, todos hubieran creido que la cobardía y la pusilanimidad, y no la conviccion de abrazar una creencia más pura, eran los móviles verdaderos de su determinacion.

Esta idea fatal traspasaba el corazon de Rugiero, aunque tampoco dejaba de atormentarle la de tener que ausentarse sin despedirse de su amada. Asaltado sin cesar por tan encontrados pensamientos, tan pronto se decidia su vacilante corazon por unos como por otros. Por mucho tiempo tuvo formado el designio de ir á buscar á Bradamante al castillo de Flor-de-Espina, adonde debian haberse dirigido los dos para salvar á Riciardeto. Acordóse despues de que le habia prometido esperarla en Valleumbroso, y consideraba cuál seria el asombro de la doncella al encontrarse en el monasterio sin su amante. ¡Si al menos pudiera enviarle un mensajero ó una carta, á fin de que ella no tuviese que lamentarse de la poca obediencia de su Rugiero y de que él se hubiese alejado sin decirle una palabra!

Despues de haber forjado mil distintos pensamientos, se decidió á escribir á Bradamante cuanto le ocurria, y aun cuando no sabia cómo enviarle la carta de modo que llegara á sus manos con toda seguridad, no quiso dejar de hacerlo, esperando que por el camino podria fácilmente encontrar algun mensajero fiel. Sin más tardanza, saltó del lecho y pidió papel, tinta, plumas y luz. Los cautos y discretos escuderos del castillo facilitaron á Rugiero cuanto les habia pedido, y él se puso á escribir, empezando su carta por los cumplimientos de costumbre: en seguida hizo la relacion del mensaje que habia recibido de Agramante reclamando su auxilio y asegurándole al propio tiempo que si no se apresuraba á prestárselo quedaria muerto ó en poder de[24] los enemigos. Continuó luego haciendo ver á su amada el baldon eterno que caeria sobre él si se negaba á prestar á su rey el auxilio que le pedia en su peligro inminente, y añadió que, debiendo ser su esposo tarde ó temprano, le era forzoso preservar su honor de toda mancha, que le haria indigno de ella, modelo de virtud y lealtad. Procuró despues persuadirla de que, si habia dedicado su vida entera á adquirir un ilustre renombre por medio de sus acciones virtuosas, y si, una vez conseguido tan levantado objeto, lo tenia en mucho y anhelaba conservarlo á toda costa, ahora lo procuraba más y más á fin de hacerla partícipe de él, puesto que cuando les uniera el dulce yugo de himeneo no formarian sino una sola alma unida en dos distintos cuerpos. Reprodujo en su carta la promesa que hiciera verbalmente á Bradamante, ofreciéndole de nuevo que en cuanto finalizara el plazo durante el cual estaba obligado á servir lealmente á su rey, y dado caso de que no muriese, se convertiria á la fé cristiana tan ostensiblemente como en secreto y por su voluntad habia creido siempre en ella, y que inmediatamente pediria su mano á Reinaldo, á su padre y á sus demás parientes.

«Te suplico, añadió, que me concedas permiso para salvar al ejército de mi Señor, á fin de sellar los lábios del vulgo ignorante, que no dejaria de decir, para vergüenza y baldon mio:—«Mientras la fortuna se mostró favorable á Agramante, Rugiero no le abandonó un solo momento; pero ahora que ha pasado á favorecer á Cárlos, él se ha puesto al lado del vencedor!»—Solo te pido quince ó veinte dias de término; el tiempo necesario para presentarme en el campamento sarraceno, y poder romper el grave asedio que le oprime. Una vez libres los africanos, buscaré un pretexto justo y conveniente para volver á tu lado. A esto[25] se reduce cuanto solicito de tí para salvar mi honor; despues te consagraré el resto de mi vida.»

Con estas ó semejantes frases fué Rugiero expresando en su carta cuantos pensamientos se agolpaban á su imaginacion, los cuales fueron tantos que no me es posible reproducirlos. Baste decir que no dió fin á su epístola sino cuando hubo escrito todo el pliego. Despues de concluida, la cerró y guardó en su pecho despues de sellarla, esperando encontrar al dia siguiente quien la entregara en secreto á su dama. Cuando tuvo cerrada la carta, cerró más tranquilo los ojos en el lecho, hasta que acudió el sueño, rociando su cuerpo con las ramas empapadas en el licor del Leteo: durmió hasta la hora en que se ven vagar esas nubecillas blancas y sonrosadas, que van esparciendo por todos los risueños límites del Oriente las más brillantes y matizadas flores.

No tardó en salir el dia de su áurea morada, y en cuanto los pájaros, ocultos en la enramada, empezaron á saludar á la nueva aurora, saltó del lecho Aldigiero, deseoso de servir de guia á Rugiero y á su primo, para conducirlos cuanto antes al sitio en que debian arrancar á sus dos hermanos del poder del infame Bertolagio. Al oirlo sus huéspedes, se levantaron tambien con la mayor presteza. Luego que estuvieron vestidos y bien armados, se puso Rugiero en marcha con los dos primos, despues de haberles rogado en vano repetidas veces que le confiaran á él solo el cuidado de aquella empresa; pero ellos, ardiendo en deseos de salvar á sus hermanos, y no pareciéndoles decoroso abandonar á Rugiero, se negaron á ello más firmes que las rocas, y no quisieron consentir en que partiese solo.

Llegaron en el mismo dia al sitio en que debian ser vendidos los dos hermanos: era una vasta llanura, abrasada [26] por los ardientes rayos del Sol: no se descubrian en ella mirtos, laureles, cipreses, fresnos ni hayas: tan solo se veian plantas raquíticas ó alguno que otro humilde arbusto, jamás molestado por el azadon ó por el arado. Los tres audaces guerreros hicieron alto en un sendero que atravesaba la llanura y vieron venir hácia ellos un caballero, que llevaba una armadura con adornos de oro, y por enseña, en campo verde, el ave hermosa y peregrina que vive más de un siglo. Pero basta ya, Señor; que he llegado al final de este canto, y necesito descansar algunos momentos.


CANTO XXVI.

Malagigo explica á sus compañeros la significacion de las esculturas que ven en una fuente.—Llegan Mandricardo y Rodomonte y emprenden luchas parciales con unos y otros.—La Discordia vaga en torno de ellos, y les infunde nuevos deseos de pelear.—El valiente Rey de Sarza vuela en seguimiento de Doralicia, y Mandricardo tras él.

Hubo en la antigüedad mujeres dignas, que prefirieron la virtud á las riquezas: en nuestros dias, por el contrario, se encuentran muy pocas que no sobrepongan á todo el interés. ¡Cuán dignas son de alcanzar la felicidad en esta vida y una fama gloriosa é imperecedera despues de su muerte aquellas que, inspiradas por la pureza de su alma, rechazan los ejemplos de avaricia de las otras! Digna de eterno renombre fué Bradamante por no haber puesto su amor en las riquezas y poderío, sino en la virtud, en el esforzado ánimo y en la sin par gallardía de su Rugiero, mereciendo que[27] tan valeroso jóven cifrara en ella todo su cariño é hiciera en su obsequio cosas que pasmarán á las futuras generaciones.

He dicho antes que Rugiero, acompañado de los dos vástagos de la casa de Claramonte, Aldigiero y Riciardeto, se habia puesto en marcha para rescatar á los dos hermanos prisioneros. Dije tambien que habian visto dirigirse hácia ellos á un caballero de arrogante aspecto, el cual llevaba por enseña la imágen del ave, única siempre en el mundo, que renace de sus propias cenizas. En cuanto el recien llegado conoció, por los ademanes de los tres caballeros, que estaban allí preparados para combatir, deseó probarse con ellos, á fin de conocer si su valor correspondia á su marcial apostura.

—¿Hay alguno de vosotros, dijo, que quiera probar si vale más que yo, peleando á lanza ó espada, hasta que uno de los dos, firme en la silla, arroje de la suya á su adversario?

—Aceptando tu reto, contestó Aldigiero, cruzaria de buena gana la espada contigo ó romperia una lanza, si no fuera porque estamos preparados para llevar á cabo otra empresa, de la cual podrás ser testigo si te detienes un momento; y esta empresa reclama en tan alto grado nuestra atencion, que apenas nos da tiempo, no ya para luchar contigo, sino ni siquiera para dirigirte la palabra. Estamos esperando seiscientos hombres ó quizá más, con los cuales hemos de medir nuestras fuerzas, á fin de arrancar de sus manos á dos hermanos nuestros, á quienes traerán cargados de cadenas por este mismo sitio. El cariño fraternal y la compasion nos darán el valor que necesitamos.

Y prosiguió exponiendo los motivos que les hicieron venir apercibidos para el combate.

[28]

—Es tan justa la razon que alegas, respondió el guerrero, que no puedo menos de aceptarla; estando además persuadido de que sois tres caballeros cual hay pocos. Yo deseaba cambiar dos ó tres golpes con vosotros, para saber hasta donde alcanzaba vuestro esfuerzo; pero desisto de ello por parecerme suficiente que lo demostreis á costa de otros. Quisiera hacer más aun: desearia unir á los vuestros mi casco y mi broquel, seguro de probaros, si en vuestro favor lucho, que no soy indigno de tal compañía.

Me parece observar que alguno de mis lectores desea saber el nombre del recien llegado, que ofrecia á Rugiero y á sus dos compañeros participar de los peligros de tan arriesgada aventura. Aquella (ya no debo decir aquel) era Marfisa, la guerrera que obligó al mísero Zerbino á acompañar á la malvada vieja Gabrina. Los dos Claramonte y el buen Rugiero la aceptaron gustosos en su compañía, creyendo que era un caballero y no una doncella, y mucho menos una doncella cual Marfisa.

No tardó Aldigiero en descubrir y señalar á sus compañeros una bandera que ondeaba al viento, en torno de la cual caminaba una muchedumbre numerosa: cuando esta se fué aproximando y pudieron distinguir los trajes árabes de los que se acercaban, vinieron en conocimiento de que eran sarracenos: poco despues vieron en medio de ellos á los prisioneros, á quienes conducian atados sobre dos malos caballos, para entregarlos al de Maguncia á cambio de oro.

—¡Ya están ahí! exclamó Marfisa. ¿Qué esperamos para dar principio á la funcion?

Rugiero respondió:

—No han llegado aun todos los convidados, y faltan los mejores. Prepárase un magnífico baile, y debemos hacer[29] todo cuanto esté de nuestra parte para que sea más solemne. Ya no pueden tardar mucho.

Acababa de pronunciar estas palabras, cuando aparecieron los traidores de Maguncia: ya faltaba poco para empezar la danza.

Llegaban por una parte los de Maguncia, conduciendo varios mulos cargados de oro, de telas y otros preciosos objetos; por la otra parte, se adelantaban, entre lanzas, espadas y ballestas, los dos hermanos, tristes y macilentos, viéndose próximos á la muerte, mientras que Bertolagio, su irreconciliable enemigo, cambiaba algunas palabras con el jefe sarraceno. Al ver á aquel traidor, no pudieron contener su furia el hijo de Buovo ni el de Amon, y colocando uno y otro la lanza en el ristre, le acometieron á la vez. La lanza de uno de ellos atravesó el arzon delantero y el vientre del de Maguncia; la del otro le pasó el rostro de parte á parte. ¡Ojalá sufriesen igual castigo todos los malvados!

La acometida de los dos primos fué la señal para que Marfisa y Rugiero atacasen á su vez: la lanza de la primera no se rompió sino despues de haber muerto, uno tras otro, á tres adversarios. Rugiero dirigió su asta contra el jefe de los sarracenos, que cayó instantáneamente sin vida; el mismo golpe hizo que otros dos le acompañaran en su viaje á las regiones infernales. Esta brusca acometida produjo entre los atacados un error que les condujo á su perdicion; pues mientras los de Maguncia se creyeron vendidos por los sarracenos, estos, al verse de tal modo heridos, empezaron á llamarles asesinos, trabándose en seguida entre ambas partes una lucha terrible á lanza, espada y ballesta.

Rugiero se precipitaba, ora entre un bando, ora entre otro, derribando tan pronto diez como veinte guerreros: la doncella inmolaba otros tantos lo mismo de una que de[30] otra parte. Las tajantes espadas hacian saltar sin vida de la silla á todos cuantos alcanzaban; las corazas y los yelmos les ofrecian menos resistencia que la leña seca de un bosque á la accion devoradora de las llamas. Si recordais haber visto ú oido referir alguna vez que, cuando las abejas abandonan su colmena y se van combatiendo por los aires, suele suceder que la hambrienta golondrina las acomete, y las devora, las mata ó las dispersa, podeis imaginar que Marfisa y Rugiero hicieron otro tanto con aquella gente.

Riciardeto y su primo no imitaban á sus dos compañeros en cuanto á sus alternativos ataques á uno ú otro bando: sin cuidarse de los sarracenos, descargaban únicamente su ira sobre los de Maguncia. El hermano del paladin Reinaldo unia á su esforzado ánimo un brazo vigoroso, y en aquella ocasion redoblaba sus fuerzas el ódio que abrigaba en su corazon contra los de Maguncia.

Por igual causa parecia un leon el bastardo de Buovo; el cual, sin conceder el menor reposo á su espada, hendia todos los yelmos ó los aplastaba como si fueran huevos. ¿Y quién no se mostraria atrevido, ó no seria tenido por un nuevo Héctor, yendo acompañado por Rugiero y Marfisa, que eran la flor y nata de todos los guerreros?

Marfisa, al mismo tiempo que combatia, observaba las acciones de sus compañeros, y al ver que no la cedian en bravura, ensalzaba atónita sus proezas; pero excitaba particularmente su asombro el increible valor de Rugiero, tan extraordinario, en su concepto, que no creia tuviera igual en el mundo, suponiendo tal vez que era el mismo Marte que habia bajado á aquella llanura desde el quinto Cielo[5]. [31] Admiraba aquellas horribles estocadas; pero era mayor su asombro al ver que nunca las descargaba en vano: no parecia sino que los fendientes de Balisarda tropezaran con armas fabricadas de carton y no de duro metal. Lo mismo partia los yelmos que las más recias corazas; hendia los hombres de arriba á abajo hasta el caballo, ó los partia por medio en dos pedazos, arrojándolos sobre la yerba de la pradera á uno y otro lado. Algunas veces la misma cuchillada daba muerte al caballo y al caballero; separaba con la mayor limpieza las cabezas de los hombros, y con frecuencia tambien segaba los cuerpos por la cintura. Ocasion hubo en que de un solo tajo mató cinco enemigos, y si no fuese por temor de que no se diera crédito á una verdad, que revestiria cierta apariencia de mentira, diria más; pero considero mejor limitarme á lo ya dicho. El buen Turpin, persuadido de que dice la verdad, deja que cada cual crea lo que juzgue conveniente; y refiere cosas tan admirables de Rugiero, que si las oyéseis, diríais que son ficciones.

Marfisa, por su parte, parecia una antorcha inflamada, y de hielo todos sus contrarios: así como ella admiraba las hazañas de Rugiero, este contemplaba con estupor las de la doncella; y si Marfisa habia creido ver en él á Marte, el jóven habria supuesto que se hallaba en presencia de Belona[6], si hubiese podido adivinar que bajo aquella armadura se ocultaba una mujer. Tal vez esta misma admiracion que uno á otro se causaban, hacia nacer en ambos una emulacion fatal para aquella desgraciada gente, de cuya sangre, carne, huesos y nervios, se servian para probar quién de los dos tenia más pujanza.

Bastó el ánimo y valor de los cuatro para dispersar á los soldados de uno y otro bando, los cuales, arrojando las ar[32]mas, se declararon en vergonzosa fuga. ¡Felices aquellos que poseian un caballo veloz, pues á la sazon no era cosa de ir al paso ni al trote! ¡Desgraciados los que de él carecian, porque á su costa comprendieron lo triste que es practicar á pié la profesion de las armas!

Los vencedores quedaron dueños del campo de batalla y del botin por no haber quedado un solo infante enemigo. Por un lado huyeron los de Maguncia; por otro los moros, abandonando éstos los prisioneros, y aquéllos las acémilas. Apresuráronse los caballeros á cortar, con rostro placentero y más alegre corazon, las ligaduras que sujetaban á Malagigo y á Viviano, mientras los escuderos, no menos diligentes que ellos, se ocuparon en desatar los fardos y descargar las mulas. Además de una abundante vajilla de plata, de algunos trajes de mujer del mayor lujo y de esquisito trabajo, de magníficos tapices de oro y seda, tejidos en Flandes y dignos de adornar una estancia real, y de otras muchas cosas ricas y admirables, hallaron manjares suculentos, pan, y frascos de vino.

Al quitarse los yelmos los cuatro campeones, conocieron por los cabellos rubios y rizados de Marfisa y por su faz bella y delicada, que era una doncella la que les habia dado tan generosa ayuda. La colmaron de toda clase de atenciones, y le rogaron que no ocultase su nombre, digno de imperecedera gloria: ella, que siempre fué cortés con los amigos, se apresuró á satisfacer su deseo. No se podian cansar de contemplarla, recordando las proezas que habia llevado á cabo; pero ella solo hacia caso de Rugiero; tan solo á él dirigia la palabra, teniendo al parecer en poco á los otros dos caballeros. Entre tanto, vinieron los escuderos á anunciarles que podian participar de los manjares abandonados por los fugitivos, con los cuales habian preparado una co[33]mida al lado de una fuente, defendida por un montecillo de los rayos del Sol. Esta fuente era una de las cuatro que Merlin habia construido en Francia, rodeándola de mármoles tersos, finos y brillantes, y más blancos que la leche. El encantador habia esculpido en ellos diferentes imágenes de un trabajo admirable: parecia que respiraban, y si no hubiesen carecido de voz, diríase que estaban vivas.

Estaba en aquella fuente representada una fiera de aspecto horrible, feroz y repugnante, que parecia salir de la selva: sus orejas eran de asno; la cabeza y los colmillos, de lobo, y estaba demacrada por el hambre: tenia garras de leon; el resto de su cuerpo era de zorra, y andaba al parecer recorriendo Francia, España, Inglaterra, Italia, y en una palabra, el orbe entero[7]. Por todas partes habia ido hiriendo y matando gente, desde las clases más humildes hasta las más elevadas, y cebando especialmente su saña en los reyes, señores, príncipes y magnates. En la corte romana fué donde hizo más estragos: pues inmoló su furia papas y cardenales, mancilló la hermosa silla de Pedro, y profanó escandalosamente la fé. Al menor contacto de aquella bestia horrenda caian derribadas las murallas y fortalezas: no habia ciudad que pudiera resistirle, ni castillo que no le abriera sus puertas. Parecia que aspirara á los honores divinos, y que el vulgo necio le prestara adoracion; diríase por último que se manifestaba orgullosa de tener en su poder las llaves del Cielo y del profundo abismo.

En pos de ella se veia un caballero con los cabellos ceñidos por el laurel imperial, acompañado de tres jóvenes, cuyas reales vestiduras estaban sembradas de lises de oro: un leon adornado con las mismas insignias marchaba con ellos contra el mónstruo. Unos llevaban sus nombres escri[34]tos sobre la cabeza y otros bajo los piés. El caballero que sepultaba su espada hasta el pomo en las entrañas de la maligna fiera llevaba escrito: Francisco I de Francia: á su lado estaba Maximiliano de Austria: el emperador Cárlos V traspasaba con su lanza el cuello del mónstruo, y Enrique VIII de Inglaterra le habia atravesado el pecho con un dardo. El Leon que aferraba con sus dientes las orejas de la fiera, llevaba escrita en el lomo la palabra Décimo[8], y tenia tan abatido al mónstruo con sus violentas sacudidas, que los caballeros pudieron aproximarse á él y herirle á su sabor. Parecia hallarse ya el mundo libre de todo temor, y varios hombres ilustres, aunque no muchos, acudian al sitio en que se quitaba la vida á la fiera, para arrepentirse de sus pasados extravíos.

Marfisa y sus compañeros manifestaron vivos deseos de saber quiénes eran los vencedores del terrible mónstruo que habia esparcido el terror por todo el universo; pues aun cuando sus nombres estaban grabados en la piedra, no les eran manifiestos; por cuya razon se rogaban mútuamente que, si alguno de ellos sabia aquella historia, la refiriese á los otros. Volvióse entonces Viviano hácia Malagigo, que sin pronunciar una palabra, escuchaba á sus compañeros, y le dijo:

—A tí te toca narrar esa historia; pues, por lo que veo, no debes ignorarla. ¿Quiénes son esos guerreros, cuyas lanzas, flechas y espadas han dado muerte á tan horrible fiera?

Malagigo respondió:

—Ningun autor ha podido conocer todavía esa historia. Habeis de saber, que los caballeros, cuyos nombres están grabados en el mármol, no han visto aun la luz del dia;[35] pero dentro de setecientos años serán honra y prez de su siglo. Merlin, el sábio encantador de la Gran Bretaña, hizo construir esta fuente en tiempo del rey Arturo, é hizo tambien esculpir en ella por los más excelentes artífices los acontecimientos venideros.

«Esa bestia cruel salió de las profundidades del Infierno en los tiempos en que se pusieron límites en los campos, se empezaron á usar pesos y medidas, y se hicieron los pactos por escrito[9]. Sin embargo, al principio no recorrió todo el mundo, sino que dejó de visitar bastantes países: mas hoy son ya muchos los pueblos en que ejerce su perniciosa influencia, aun cuando solo ofende al populacho más abyecto y soez. Desde su orígen hasta nuestros dias no ha cesado un punto de crecer, y seguirá creciendo, hasta que con el tiempo llegue á ser el mónstruo mayor y más horrible de cuantos haya visto el universo. La serpiente Piton[10], tan celebrada por los poetas á causa de su tamaño y ferocidad, no tenia la mitad de las dimensiones de aquel, ni era tan abominable y repugnante. Además de sus crueles estragos, contaminará é infestará todos los países; y en esas esculturas no estais viendo más que un pálido reflejo de sus nefandos y terribles efectos. Cuando el mundo esté ya ronco á fuerza de pedir socorro, aparecerán para auxilio de la humanidad esos príncipes, cuyos nombres hemos leido, los cuales brillarán más que el rubí por sus esplendorosas acciones.

[36]

«El que más ha de ensañarse con la fiera será Francisco, rey de los franceses; y forzoso es que así suceda puesto que ninguno le aventajará en valor, siendo muy contados los que en él le igualen; por sus virtudes y su régia magnificencia oscurecerá el recuerdo de los personajes que hayan alcanzado mayor renombre, lo mismo que todo esplendor desaparece ante la radiante luz del Sol. En el primer año de su venturoso reinado, y antes de que la corona esté bien ceñida á sus sienes, atravesará los Alpes, desbaratando los proyectos del que se proponga cerrarle el paso[11], é impulsado por una justa y generosa indignacion, vengará los ultrajes, hasta entonces impunes, que habrá inferido al ejército francés un pueblo arrastrado por su furor lejos de sus rebaños y sus hogares. Descenderá desde allí á las ricas llanuras de la Lombardia, rodeado de lo más selecto de sus guerreros, y destrozará de tal modo al helvético[12], que en vano intentará despues hacer resonar los instrumentos bélicos para llamar al combate á sus soldados. Para vergüenza y baldon de la Santa Sede, de España y de Florencia, se apoderará luego del castillo, tenido hasta entonces por inexpugnable[13]. Para conquistar esta fortaleza, le servirá, con preferencia á otras armas, la honrosa espada de que se habrá valido antes para dar muerte al mónstruo corruptor de todas las naciones: ante ella huirán ó quedarán abatidas[37] las banderas de la Europa entera; y ni los fosos más profundos, ni los reductos más fuertes, ni las murallas más sólidas podrán defender á las ciudades de sus terribles efectos. Ese príncipe estará dotado de cuantas virtudes deban adornar al emperador más dichoso: al ánimo del gran César, reunirá la prudencia demostrada por el vencedor de Trasimeno y Trebia, y la fortuna de Alejandro, sin la cual los planes mejor formados se disipan como el humo. Por último, será tan liberal y tan magnánimo, que no encuentro con quien compararle dignamente.»

Así decia Malagigo, y su relato inspiró á sus oyentes el deseo de saber el destino de algun otro de aquellos héroes, que, exterminando á la fiera infernal, legaran un digno ejemplo á sus descendientes. Uno de los nombres que allí sobresalían era el de Bernardo[14], ensalzado por Merlin en su inscripcion, la cual manifestaba que, merced á él, seria Bibiena tan conocida como su vecina Florencia ó como Siena. Pero nadie lograria aventajar á Sigismundo Gonzaga[15], á Juan Salviati[16], ni á Luis de Aragon[17], cada uno de los cuales se mostró irreconciliable enemigo del mónstruo. Allí se veia á Francisco Gonzaga[18], y siguiendo sus huellas á su hijo Federico: no muy lejos del primero iban su [38] cuñado y su yerno; aquel, duque de Ferrara, y este de Urbino. Guido Ubaldo[19], hijo de uno de estos príncipes, se mostraba deseoso de que su fama de justo y de valiente no desmereciera en nada de la de su padre ó de cualquier otro héroe. Sinibaldo y Ottobon del Flisco, animados de igual ardor, hostigaban á la fiera, mientras que Luis de Gazzolo atravesaba su cuello con una saeta, despedida por un arco que le regalara Febo, al mismo tiempo que Marte le ciñera su propia espada. Dos Hércules, dos Hipólitos de Este, otro Hércules de Gonzaga y otro Hipólito de Médicis, no se separaban de las huellas del mónstruo, hasta conseguir rendirlo. Juliano no se dejaba sobrepujar por su hijo, ni Fernando por su hermano; así como Andrés Doria se mostraba dispuesto al combate, y Francisco Sforza no permitia que nadie avanzara más que él. Los dos caballeros, en cuyo blason se veia pintado el monte que oprime con su peso desde la cabeza á la cola de serpiente del impío Tifeo, eran de la generosa, ilustre y esclarecida sangre de Ávalos[20]. No habia nadie que se adelantara tanto como ellos para exterminar al mónstruo: el uno tenia escrito á sus piés el nombre del invicto Francisco de Pescara, y el otro el de Alfonso del Vasto. Pero ¿dónde dejo á Gonzalo Fernandez[21], honor y prez de España, tan encomiado por Malagigo, que pocos de los citados llegaban á igualársele? Entre los que habian dado muerte al feroz animal, se veia á Guillermo de Montferrato; pero todos sus enemigos forma[39]ban un número insignificante en comparacion de los mortales á quienes habia herido ó devorado.

Entretenidos despues de tomar algun alimento con sabrosas pláticas ú honestos pasatiempos, los cuatro compañeros dejaron transcurrir las horas del calor, tendidos sobre finísimos tapices á la sombra de los arbolillos de que estaba engalanada la orilla del arroyo. Malagigo y Viviano tenian apercibidas sus armas á fin de que sus amigos se entregaran con toda seguridad al reposo, cuando divisaron á una jóven que se dirigia presurosa hácia ellos, enteramente sola. Esta era Hipalca, á quien Rodomonte arrebató el excelente caballo Frontino. Habia seguido durante una gran parte del dia anterior al Africano, suplicándole unas veces y denostándole otras; mas viendo que no sacaba partido de sus súplicas ni de sus denuestos, volvió atrás esperando hallar á Rugiero en Agrismonte. Por el camino supo, ignoro cómo, que le encontraria allí con Riciardeto; y siéndole conocido el país, por haber estado en él otras veces, se encaminó en derechura á la fuente, y vió junto á ella á Rugiero del modo que acabo de describir: mas como buena y cauta mensajera, que sabe desempeñar una comision mucho mejor de lo que le han encargado, así que vió al hermano de Bradamante, fingió no conocer á Rugiero.

Aproximóse á Riciardeto, como si efectivamente fuese en su busca, y en cuanto la conoció el jóven, salió á su encuentro, preguntándole el objeto de su viaje. Hipalca, cuyas mejillas estaban todavía encendidas por lo mucho que habia llorado, le contestó suspirando, pero en voz bastante alta para que Rugiero, que estaba cerca de ella, pudiese oirla:

—Conducia de la brida, por órden de tu hermana, un magnífico y maravilloso caballo, llamado Frontino, á quien[40] ella tenia en mucha estima: ya habia andado más de treinta millas en direccion á Marsella, donde dentro de pocos dias debe encontrarse Bradamante, y donde me encargó que esperara su llegada, y proseguia mi camino confiada, algo temerariamente quizás, en que no habria un hombre de tan arrogante corazon que se atreviese á arrebatármelo, como yo le dijese que pertenecia á la hermana de Reinaldo; cuando un sarraceno feroz se apoderó de él ayer, dejando burladas mis esperanzas, y por más que le dije quién era el dueño de Frontino, no se mostró dispuesto á devolvérmelo. Todo el dia de ayer y parte del de hoy le he seguido rogándole y suplicándole; pero en vista de que tan inútiles eran mis ruegos como mis amenazas, le he dejado, llenándole de injurias y maldiciones, á poca distancia de aquí, donde reventando al caballo y aun reventándose él mismo, procura resistir con las armas en la mano á un guerrero, que no dudo me vengará bien pronto, segun lo acorralado que tiene al infame sarraceno.

Rugiero, que á duras penas habia podido contener su impaciencia para escuchar el fin de este relato, se puso en pié en cuanto calló Hipalca; y dirigiéndose á Riciardeto, le pidió como un favor y como recompensa del servicio que le habia prestado, que le permitiera ir solo con Hipalca hasta encontrar al sarraceno, audaz raptor de aquel caballo. Aun cuando el jóven no creia decoroso confiar á otro una empresa, que á él, y á nadie más, correspondia, accedió sin embargo á los deseos de Rugiero, el cual se despidió sin perder tiempo de los restantes compañeros, y se alejó con Hipalca, dejándolos, no ya maravillados, sino estupefactos al considerar su admirable valor.

Luego que Hipalca le hubo alejado algun tanto de la fuente, le manifestó que la dama que tan impreso tenia su valor[41] en el corazon la habia enviado en su busca, y dejando toda reserva á un lado, le siguió participando cuanto Bradamante le encargara, añadiendo que, si antes habia dicho otra cosa, era por hallarse presente Riciardeto. Manifestóle además, que el que le arrebató el caballo, habia contestado á sus observaciones con suma arrogancia, exclamando:—«Puesto que este caballo es de Rugiero, me apodero ahora de él con mayor júbilo; y por si acaso pensara recobrarlo, hazle saber que no pretendo ocultarme, y que soy aquel Rodomonte, cuyo valor ostenta su brillo por el mundo entero.»

Mientras Hipalca hablaba de esta suerte, en el rostro de Rugiero se iba pintando la cólera que hervia en su corazon, ya porque estimaba mucho á su caballo Frontino, ya por la mano que se lo enviaba, y ya tambien por parecerle que su robo era un ultraje sangriento, inferido á su valor: además consideró que seria para él mengua y baldon no arrancarlo inmediatamente del poder de Rodomonte, tomando una pronta y digna venganza.

Entre tanto la doncella continuaba guiando á Rugiero, sin permitirse el menor reposo, deseosa de ponerle con el pagano frente á frente: así llegaron hasta un sitio en que el camino se dividia en dos; el uno descendia al fondo de un valle y el otro subia á la cumbre de una colina: ambos iban á parar al sitio en que la doncella habia dejado á Rodomonte: el segundo era escabroso, pero más corto; el primero, aunque más largo, era mejor. Hipalca, en su afan por recobrar á Frontino y ver vengada su afrenta, se decidió á seguir el camino del monte, por donde era el trecho más corto; pero en aquel momento el Rey de Argel iba cabalgando por el otro en compañía del Tártaro y de los demás que he referido, y como se adelantaban por la llanura, resultaba que Rugiero se alejaba de ellos cada vez más.

[42]

Ya sabeis que habian diferido su pelea para acudir en socorro de Agramante, y que les acompañaba Doralicia causa de todas sus discordias. Escuchad ahora la continuacion de esta historia. Seguian directamente el camino que conducia á la fuente donde descansaban tranquilos y descuidados Aldigiero, Marfisa, Riciardeto, Malagigo y Viviano. Accediendo á las instancias de sus compañeros, se habia puesto la guerrera uno de aquellos trajes y adornos mujeriles que el traidor maguntino creyó destinar á Lanfusa, y por más que casi nunca abandonara la coraza y las demás piezas de su armadura, se las quitó aquel dia, presentándose vestida con el traje de su sexo ante sus admirados compañeros.

Apenas vió el Tártaro á Marfisa, se propuso apoderarse de ella, creyendo que seria fácil lograrlo, con el objeto de ofrecerla á Rodomonte en recompensa ó á cambio de Doralicia; como si Amor pudiese consentir en que un amante vendiera ó permutara á su dama, ó fuera fácil consolarnos de la pérdida de una con la adquisicion de otra. Deseoso, pues, de proporcionar al rey de Argel una doncella, á fin de no tener que desprenderse él de Doralicia, determinó entregarle á Marfisa, cuya belleza y donosura le parecieron dignas del amor de cualquier caballero, suponiendo sin duda que para su rival lo mismo seria una mujer que otra; y en su consecuencia, retó á singular batalla á todos los guerreros que acompañaban á Marfisa.

Malagigo y Viviano, que no habian abandonado sus armas á fin de velar por sus compañeros, se levantaron del sitio donde estaban sentados, dispuestos ambos al combate, porque creian tener que habérselas con los dos paganos; pero el Africano, que no pensaba en tal cosa, permaneció tranquilo; por lo cual, Mandricardo fué el único que tomó parte en la lucha. El primero que se lanzó animosamente[43] sobre su adversario enristrando un grueso lanzon fué Viviano; el Rey pagano, por su parte, le acometió con la pujanza y denuedo que le eran habituales. Ambos dirigieron sus golpes al sitio donde creian herir con más ventaja: Viviano alcanzó inútilmente en el yelmo á su enemigo; pues, lejos de derribarle, ni siquiera logró moverle. El Rey pagano, cuya lanza era más dura, atravesó el escudo de Viviano como si fuese de vidrio, y le hizo saltar de la silla, arrojándole entre las yerbas y las flores de la pradera. Acudió entonces Malagigo dispuesto á vengar sin tardanza á su hermano; pero tuvo tal prisa de reunirse con él, que en vez de vengarle, fué á hacerle compañía. Más rápido Aldigiero que su primo para cubrirse con sus armas, saltó sobre el corcel, y desafiando al Sarraceno, le embistió valerosamente á rienda suelta: el golpe que descargó fué á dar un dedo más abajo de la visera del sarraceno; voló la lanza al cielo hecha cuatro pedazos, pero Mandricardo permaneció firme en la silla. El pagano le hirió en el lado izquierdo; y como el golpe fué dirigido con terrible fuerza, de poco le valieron á Aldigiero su escudo y su coraza, porque se abrieron cual si fuesen de delgada corteza. El hierro cruel penetró en el hombro; se tambaleó el herido caballero sobre el caballo, y por último fué á dar con su cuerpo en tierra, quedando las armas enrojecidas con su sangre, y mortalmente pálido su rostro. Riciardeto acudió en seguida con heróica audacia: al enristrar su lanza, se echaba de ver, como lo habia demostrado en diferentes ocasiones, que era un digno paladin de Francia: probablemente habria hecho conocer al Tártaro que le igualaba en valor, si no le hubiera impedido arremeterle la caida de su caballo, que cogiéndole debajo, y no por culpa suya, le privó de todo movimiento.

[44]

Como no quedaba ya ningun caballero que hiciese frente al pagano, supuso este que era ya suya la doncella, premio del vencedor, y aproximándose á ella, le dijo:

—Hermosa jóven, sois nuestra, si no hay alguien que monte á caballo en favor vuestro. No podeis excusaros ni negaros á ello; pues tales son las leyes de la guerra.

Marfisa, levantando el rostro con ademan altivo, contestó.

—Tu opinion es harto errónea: podria concederte que tuvieses razon al decir que te pertenezco por derecho de conquista, cuando fuese mi señor ó mi caballero alguno de esos que has derribado. Pero no soy suya, ni pertenezco á nadie más que á mí misma: por lo tanto, el que desee poseerme debe conquistarme luchando conmigo. Tambien yo sé manejar la lanza y el escudo, y he tendido á mis piés á más de un caballero.—Dadme mis armas y mi corcel, exclamó en alta voz dirigiéndose á sus escuderos, los cuales se apresuraron á obedecerla.

Quitóse sus vestidos femeniles, y lució más y más sus raras perfecciones y su bien formado cuerpo: á no ser porque las delicadas facciones de su rostro revelaban su sexo, hubiérasela tomado por el mismo Marte. Así que tuvo puesta la armadura, ciñóse la espada, y de un salto se colocó sobre el caballo, al que clavó tres veces el acicate, haciéndole caracolear á uno y otro lado: luego, desafiando al Sarraceno, empuñó la récia lanza, y comenzó una lucha que recordaba la sostenida al pié de los muros de Troya por Pentesilea contra el tesalio Aquiles[22]. Al primer choque, rompiéronse las lanzas hasta el regaton, cual si fueran de vidrio; pero no se observó que ninguno de los dos comba[45]tientes se plegara hácia atrás una sola línea. Marfisa, ansiosa de conocer si combatiendo más de cerca le resistiria de igual modo el sarraceno, se volvió contra él espada en mano. Mandricardo prorumpió en blasfemias contra el cielo y los elementos, al ver á su enemiga inmóvil en la silla, mientras esta, que habia esperado atravesarle el escudo, increpaba no menos irritada al cielo: tanto el uno como la otra descargaban recíprocamente terribles cuchilladas sobre sus armas; pero en vano, porque las de ambos estaban encantadas, lo cual nunca fué más necesario que aquel dia. Tan buenas eran sus mallas y corazas, que no habia espada ó lanza que las atravesara; de modo que el combate podia durar todo aquel dia y hasta el siguiente, si Rodomonte no se hubiera interpuesto para interrumpirle, reconviniendo á Mandricardo por su demora y diciéndole:

—Si es que tanto deseo tienes de pelear, más vale que terminemos nuestra propia lucha. Ya sabes que la suspendimos para acudir con más prontitud en socorro de nuestro ejército, y que convinimos en no acometer otro nuevo combate ó cualquiera otra empresa hasta haber cumplido este deber.

Despues se dirigió con la mayor cortesía á Marfisa, participándole que Agramante les habia enviado un mensajero para reclamar su inmediato auxilio. Rogóle en seguida que se dignara, no solo renunciar á aquel combate ó diferirlo para mejor ocasion, sino tambien partir en su compañía para prestar su poderosa ayuda al hijo del rey Trojano, añadiendo que de este modo podria adquirir una fama que hasta el cielo se remontara, mejor que impidiendo un intento tan generoso con una pelea ignorada y sin importancia.

Marfisa, que siempre habia tenido el ardiente deseo de [46] medir sus fuerzas con los paladines de Carlomagno, y cuyo único objeto, al pasar á Francia desde las más remotas comarcas, era el de conocer por sí misma si su glorioso renombre era ó no exagerado, aceptó la proposicion de Rodomonte, en cuanto tuvo noticia de la apurada situacion de Agramante.

Entre tanto Rugiero habia seguido en vano á Hipalca por el camino del monte, y cuando llegó con ella al sitio designado, vió que Rodomonte se habia marchado por el otro camino. Suponiendo que no podia hallarse muy lejos, y que habria tomado el sendero que conducia directamente á la fuente, volvió las riendas á su corcel, y siguió con paso veloz las huellas recientemente impresas en la arena. Quiso que Hipalca regresara á Montalban, de cuyo castillo solo les separaba una jornada; porque si volvia de nuevo á la fuente, se alejaria demasiado del camino recto, y le dijo que estuviese segura de que recuperaria en breve á Frontino, como no tardaria en saberlo, bien en Montalban, ó bien en cualquier otro punto en que se hallara. Dióle además la carta que escribió en Agrismonte y que llevaba desde entonces en el pecho, y le dijo otras muchas cosas, rogándole encarecidamente que le disculpara con su amada. Hipalca fijó en su memoria todos los encargos de Rugiero; despidióse de él, volvió riendas, y no cesó de andar hasta llegar á Montalban aquella misma tarde.

A pesar de haber seguido Rugiero diligente las huellas del Sarraceno, que aparecian en el camino de la llanura, no pudo alcanzarle hasta que le vió con Mandricardo junto á la fuente. Los dos sarracenos se habian prometido mútuamente que no se atacarian por el camino, ni antes de socorrer el campamento africano tan estrechamente asediado por Cárlos. Al llegar allí, Rugiero conoció á Frontino; por[47] él conoció al guerrero que le montaba, y enristró en el momento mismo su lanza, desafiando al Africano con frases altaneras. Rodomonte hizo aquel dia más que Job; porque consiguió domar su fiero orgullo y rehusó el combate, él, que siempre habia tenido la costumbre de ser el primero en buscarlo. Aquella fué la primera y última vez en su vida que se negase á combatir; pero le parecia tan honroso el deseo de acudir en auxilio de su Rey, que aun cuando hubiese tenido á Rugiero más aferrado entre sus uñas que una liebre oprimida por las garras del ágil leopardo, no habria querido sacrificar ni el tiempo indispensable para cambiar con él una ó dos estocadas. Añádase á esto, que sabia que Rugiero, con quien debia combatir por causa de Frontino, era un caballero tan famoso, que su gloria no tenia rival; que Rugiero era el hombre con quien siempre habia deseado batirse, para conocer por sí mismo hasta dónde alcanzaba su denuedo; y á pesar de esto, no quiso aceptar aquel reto: ¡tanto era lo que le inquietaba el peligro de su Rey! A no ser por esta causa, hubiera ido hasta el confin de la Tierra, tan solo por realizar tal combate; pero en aquel momento, aunque le hubiese desafiado el mismo Aquiles, no dejara de hacer lo propio: tan oculta estaba entonces la llama de su habitual furor. Manifestó á Rugiero la causa que le impedia aceptar su reto, y aun le rogó que les prestara su auxilio en aquella empresa; porque, de obrar así, haria lo que todo caballero leal está en el deber de hacer en obsequio de su señor; añadiendo que tan luego como se levantara el asedio, tendrian tiempo de terminar sus querellas.

Rugiero le respondió:

—No tengo inconveniente en aplazar esta pelea hasta que Agramante quede libre del poder de Cárlos, con tal de[48] que me devuelvas desde luego á Frontino. Si quieres que difiera para cuando estemos en la corte el probarte la falta que has cometido, y la accion indigna de un caballero valiente que has llevado á cabo arrebatando á una débil mujer mi caballo, deja á Frontino y devuélvemelo. De lo contrario, harás mal en suponer que yo renuncie á la contienda ni que te conceda una sola hora de tregua.

Mientras Rugiero exigia al Africano la restitucion de Frontino ó un inmediato combate, y mientras Rodomonte, negándose á combatir y á devolver el caballo, aplazaba para más adelante una y otra cosa, adelantóse Mandricardo y suscitó una nueva contienda al ver que Rugiero llevaba por blason la reina de las aves. Rugiero ostentaba en su escudo el águila blanca sobre campo azul, emblema de los troyanos, porque le pertenecia de derecho como descendiente que era del esforzado Héctor, pero como Mandricardo lo ignoraba, no quiso tolerar que otro usara en su escudo el águila blanca del héroe troyano, teniéndolo á grave injuria. Mandricardo llevaba tambien como enseña el ave que arrebató en el monte Ida á Ganimedes: no dudo que sabreis cómo la conquistó aquel dia que salió vencedor en el peligroso castillo, y cómo se la dió aquella Hada juntamente con las preciadas armas que forjó Vulcano para el guerrero de Troya. Mandricardo y Rugiero se habian ya batido en otra ocasion por esta misma causa, y como ya sabeis el motivo que tuvieron para separarse, escuso referirlo de nuevo. No habian vuelto á encontrarse hasta entonces, así es que en cuanto Mandricardo vió el escudo, prorumpió en amenazas con ademan arrogante, gritando á Rugiero:

—Te reto á singular pelea. ¿Todavía te atreves á usar, temerario, la enseña que me pertenece? No es este el pri[49]mer dia que te he reconvenido por ello. ¡Insensato! ¿Has podido creer que, porque una vez te perdoné, he de tolerarlo siempre? Pero ya que ni el perdon ni las amenazas han sido bastantes para hacerte olvidar semejante locura, voy á enseñarte cuánto más te hubiera valido obedecerme que desafiar mi saña.

Así como un leño seco y bien caldeado se enciende al más pequeño soplo, del mismo modo se inflamó la cólera de Rugiero desde la primera amenaza que oyó de Mandricardo.

—¿Te has figurado, le dijo, que podrias dominarme á tu antojo, porque me ves empeñado en otra contienda? Si así lo has creido, pronto te demostraré que tan capaz soy de obligar á Rodomonte á que me devuelva mi Frontino, como de quitarte el escudo de Héctor. No hace aun mucho tiempo que combatimos por el mismo motivo; pero me abstuve de arrancarte la vida porque no llevabas espada. Lo que entonces fueron conatos, hoy serán hechos palpables y evidentes, pudiendo asegurarte que esa águila blanca, antiguo blason de mi estirpe, será para tí fatal: tú la has usurpado; yo la llevo con justo derecho.

—Tú eres el usurpador de mi divisa, exclamó Mandricardo, desnudando el acero que Orlando, en su locura, habia abandonado poco antes en el bosque.

El buen Rugiero, que jamás habia desmentido su generosidad, cuando vió que el pagano desenvainaba la espada, dejó caer en el suelo su lanza, y empuñando la excelente Balisarda, embrazó el escudo; pero en aquel momento lanzó Rodomonte su caballo entre ellos, seguido por la diligente Marfisa, procurando tanto el uno como la otra separar á los contendientes, y rogándoles que no pasaran adelante. Rodomonte se lamentó de que Mandricardo hubiese roto por dos[50] veces el pacto entre ellos estipulado; la primera, cuando combatió con varios caballeros, creyendo conquistar á Marfisa, y la segunda por desposeer de su divisa á Rugiero. Irritado por el poco interés que al Tártaro le inspiraba el peligro de Agramante, le dijo:

—Si has de proceder siempre de esta manera, es preferible que terminemos nuestro combate, mucho más justo y necesario que todos cuantos despues has emprendido. Con esta condicion quedó establecida la tregua que subsiste entre nosotros. Así que concluya contigo, me batiré con Rugiero por el caballo que reclama; y tú, si conservas la vida, podrás continuar la querella suscitada con él por causa de tu escudo; aun cuando espero darte tanto qué hacer, que no se fatigará mucho Rugiero.

—Padeces un error grosero, respondió Mandricardo: yo soy quien ha de darte qué hacer más de lo que deseas, y quien te hará sudar de piés á cabeza. No me faltarán vigor ni audacia, así como no falta el agua de un manantial, para batirme despues con Rugiero, y no solo con él, sino con otros mil que se presentaran, y hasta con el mundo entero, si se atreviese á hacerme frente.

Por una y otra parte iban en progresivo aumento la cólera y las amenazas. Mandricardo, ébrio de furor, queria pelear á un tiempo mismo con Rodomonte y con Rugiero: este, poco acostumbrado á soportar el menor ultraje, no queria ya escuchar palabras de conciliacion, sino apelar á las armas. Marfisa iba de un lado á otro, procurando calmar los ánimos; mas no teniendo quien la ayudara, se esforzaba en vano. Así como un campesino, al ver salir de madre un rio, cuyas turbulentas aguas se abren á través de los campos un nuevo camino, acude presuroso á impedir que la inundacion destruya sus mieses y su forraje, y mien[51]tras se ocupa en oponer un dique, y otro, y otro á las aguas, observa consternado que si consigue cerrarles el paso por un lado, no tardan en rebasar por otro los obstáculos que les ha puesto, precipitándose entonces toda su masa con ímpetu más destructor, así tambien, mientras Rugiero, Mandricardo y Rodomonte disputaban coléricos entre sí, pretendiendo cada uno de ellos mostrarse más esforzado, y exceder en denuedo á los otros dos, procuraba Marfisa apaciguarlos, cansándose y perdiendo el tiempo y el trabajo; pues mientras conseguia disuadir á uno de ellos de sus belicosos intentos, se denostaban los dos restantes con creciente ira.

La guerrera, insistiendo en ponerlos de acuerdo, les decia:

—Caballeros, escuchad, por favor, mis consejos. Es de todo punto necesario que aplaqueis todas vuestras querellas para cuando Agramante esté fuera de peligro. Si cada uno de vosotros se empeña, á pesar de esto, en seguir adelante con su contienda, haré á mi vez uso del derecho que me asiste de continuar mi interrumpida lucha con Mandricardo, y entonces veré si es tan capaz, como supone, de conquistarme por medio de las armas. Pero si hemos de socorrer á Agramante, hagámoslo sin dilacion, y no se hable ya de nuevas luchas entre nosotros.

—Por mí no ha de quedar, exclamó Rugiero, desde el momento en que se me devuelva el caballo. Una de dos; ó me restituye el corcel, ó de lo contrario que lo defienda de mí: estoy firmemente resuelto á perecer en este sitio, ó á regresar al campamento cabalgando en Frontino.

Rodomonte contestó:

—Probablemente será más fácil lo primero que lo segundo.—Y añadió:—Por lo demás, protesto aquí de que si nuestro Rey padece algun revés, tuya será la culpa; pues[52] yo no habré sido causa de que no se haga á tiempo lo que se debe hacer.

Rugiero no hizo caso alguno de tales protestas: arrastrado por la cólera, desnudó el acero, y se arrojó como un javalí sobre el rey de Argel, á quien empezó á golpear de tal modo con el escudo y con la hombrera, que lo descompuso hasta el extremo de hacerle perder uno de los estribos. Entonces Mandricardo le gritó:—«Suspende, Rugiero, ese combate, ó lucha conmigo.»—Al decir esto, más cruel y felon de lo que fuera hasta entonces, descargó un terrible cintarazo en el casco de Rugiero, el cual se vió obligado á bajar la cabeza hasta el cuello de su caballo, sin que pudiera enderezarse cuando lo intentó, porque el hijo de Ulieno aprovechó aquel momento para darle un nuevo y más tremendo golpe. Si el yelmo de Rugiero no hubiera sido de un temple diamantino, aquel tajo le habria hendido la cabeza hasta las mejillas. El dolor le hizo abrir ambas manos, abandonando la una la espada y la otra las riendas: el caballo se lo llevó á través de los campos, y Balisarda quedó abandonada en el suelo.

Marfisa, que habia sido aquel dia su compañera de armas, se sintió abrasada por la ira, al ver que dos caballeros habian puesto en aquel estado á uno solo: llevada de su natural magnánimo y generoso, se arrojó sobre Mandricardo, y reuniendo todas sus fuerzas, le descargó un tremendo mandoble en la cabeza. Rodomonte salió en persecucion de Rugiero, persuadido de que si conseguia darle un nuevo golpe, quedaba vencido el jóven guerrero y Frontino en su poder para siempre; pero Riciardeto y Viviano, que lo observaron, corrieron á interponerse entre su amigo y el Sarraceno. El primero acometió á Rodomonte, le hizo retroceder, y le obligó á cesar en su persecucion; el segundo[53] se acercó á Rugiero, ya vuelto en sí, y le presentó su propia espada.

En cuanto el valiente Rugiero recobró los sentidos y empuñó la espada que Viviano le ofrecia, no quiso demorar la venganza de su agravio, y se precipitó sobre el rey de Argel como el leon que acaba de ser herido por las astas de un toro y no siente el dolor de su herida: tanta era la saña, el ímpetu y el furor que le estimulaban á tomar una sangrienta venganza.

Cayó como un rayo su acero sobre la cabeza del Sarraceno, y si en vez de haberle descargado aquel mandoble con la espada de Viviano, lo hubiese dado con su Balisarda, que, como he dicho, se le escapó de las manos al principio de esta lucha á causa de una cobarde felonía, creo que el yelmo de Rodomonte no bastara á proteger su cabeza, por más que dicho yelmo fuese el que se mandó fabricar el rey de Babel[23] cuando intentó declarar la guerra á las estrellas.

Convencida la Discordia de que allí no podia haber más que contiendas y riñas, que alejarian para siempre de entre los cuatro caballeros toda esperanza de paz y tregua, dijo á su hermana, la Soberbia, que podian regresar con toda confianza al lado de sus buenos frailes. Dejémoslas marchar, y volvamos á Rugiero, que acababa de dar un tremendo golpe en la frente de Rodomonte.

El golpe de Rugiero fué tan terrible, que el Sarraceno tocó en la grupa de Frontino con su yelmo y con aquella piel impenetrable y escamosa que cubria sus espaldas; tres ó cuatro veces se le vió oscilar con el cuerpo inclinado [54] para caer en tierra, y hubiérasele escapado la espada, á no tenerla atada á la muñeca.

Entre tanto Marfisa atacaba con tal insistencia á Mandricardo, que el Tártaro tenia bañados en sudor la frente, el rostro y el pecho; otro tanto le sucedia á la guerrera; pero la armadura de ambos era tan impenetrable, que no conseguian atravesarlas por ninguna parte: hasta entonces no se llevaban la menor ventaja; pero un paso en falso dado por el caballo de Marfisa, fué causa de que la jóven necesitara el auxilio de Rugiero. Al dar el corcel una vuelta harto brusca, en un sitio donde la yerba estaba mojada, resbaló de tal suerte, que la guerrera no pudo impedir que cayera sobre el lado derecho; y en el momento en que procuraba levantarse precipitadamente, el descortés pagano lanzó sobre ella á Brida-de-oro, que atropellándola de través, la hizo caer de nuevo. Al ver Rugiero á la doncella en tan crítica situacion, se apresuró á socorrerla, ya que en aquel momento podia hacerlo, porque Frontino se llevaba á Rodomonte privado de conocimiento: el jóven guerrero descargó un golpe tan violento en el casco del Tártaro que de seguro le habria partido la cabeza como un troncho, si hubiese empuñado á la sazon á Balisarda, ó si Mandricardo se hallara cubierto con otro yelmo.

Vuelto en sí el rey de Argel durante este corto intervalo, miró en su derredor, vió á Riciardeto, y recordando que habia salido á su encuentro para impedirle que hiriera nuevamente á Rugiero, lanzóse sobre él, é indudablemente le habria dado una recompensa poco envidiable por el oportuno auxilio que proporcionara á su enemigo, á no haberlo estorbado Malagigo por medio de nuevos encantamientos. Malagigo conocia el arte de los encantos tan bien como el mágico más preeminente; y aun cuando á la sazon no te[55]nia el libro, merced al cual le era fácil detener al Sol en mitad de su carrera, recordaba sin embargo los conjuros con que solia hacerse obedecer de los espíritus infernales: inmediatamente obligó á uno de ellos á penetrar en el cuerpo del caballo de Doralicia, que se encabritó furioso. Pocas palabras bastaron al hermano de Viviano para que entrara uno de los ángeles de Minos en el manso palafren que montaba la hija del rey Estordilano; y aquel caballo, que no se movia nunca como á ello no le obligara la mano que le guiaba, dió súbitamente un salto de treinta piés de largo y diez y seis de altura. Grande fué el salto, pero no tan violento que derribara de la silla á la que en ella iba montada. La jóven, al verse hendiendo los aires, se tuvo por muerta y lanzó gritos penetrantes, mientras que el caballo, conducido por el diablo, emprendió una carrera tan vertiginosa, que no le hubiera alcanzado una saeta, llevando consigo á la jóven, la cual no cesaba de pedir socorro.

El hijo de Ulieno fué el primero en suspender la lucha, al oir aquellas voces, y se lanzó á escape tras el desbocado palafren, con objeto de auxiliar á la doncella: Mandricardo no tardó en imitarle; y cesando en sus ataques contra Rugiero y Marfisa, voló en seguimiento de Rodomonte y Doralicia, sin pedir á sus adversarios tregua ó paz.

Entre tanto la guerrera se levantó del suelo, y ardiendo en iracunda saña, iba á vengarse de su afrenta, cuando echó de ver que su enemigo estaba harto lejos para alcanzarle. El inesperado fin de la pelea, no solo hizo suspirar á Rugiero, sino rugir como un leon herido: aumentaba su desesperacion el convencimiento de que con sus caballos no era posible dar alcance á Brida-de-oro ni á Frontino.

El jóven no hacia ánimo de renunciar al combate hasta que el rey de Argel le devolviera el caballo; la doncella, [56] por su parte, no queria terminar aun su contienda con el Tártaro, por no haber probado su valor á su entera satisfaccion: dejar en suspenso la querella les parecia á ambos deshonroso; por lo cual resolvieron, de comun acuerdo, seguir las huellas de los que tanto les habian ofendido. Tenian la seguridad de encontrarlos en el campamento sarraceno, si antes no lograban hallarse de nuevo frente á frente, suponiendo que acudirian á él para hacer levantar el asedio antes de que el rey de Francia se apoderara de todo. Emprendieron, pues, la marcha hácia donde creian hallar otra vez á sus enemigos; pero entonces no se alejó Rugiero tan precipitadamente que se olvidara de despedirse de sus compañeros.

Acercóse al hermano de su adorada Bradamante, y se le ofreció como un verdadero amigo, lo mismo en la próspera que en la adversa fortuna; le suplicó despues, con la mayor galantería, que saludara en su nombre á su hermana, empleando para ello frases tan convenientes y oportunas que ni Riciardeto ni sus compañeros concibieron la menor sospecha. Dirigió el último adios á este jóven, á Viviano, á Malagigo y al herido Aldigiero, los cuales á su vez se manifestaron en extremo agradecidos á sus servicios, y le aseguraron que los tendria á su disposicion en cualquier parte que se hallasen.

Marfisa estaba tan deseosa de ir á Paris que se olvidó de despedirse de los amigos: así es que Malagigo y Viviano se vieron obligados á correr tras ella para poderla saludar desde lejos. Lo mismo hizo Riciardeto: tan solo Aldigiero no pudo imitarles por tenerle postrado su herida. Rodomonte y Mandricardo habian seguido ya el camino de Paris, y á la sazon lo emprendian Rugiero y Marfisa. En el otro canto os referiré, Señor, los hechos ma[57]ravillosos y sobrehumanos que los cuatro guerreros de que os hablo llevaron á cabo con grave daño de los soldados de Carlo-Magno.


CANTO XXVII.

Los tres guerreros paganos y el valiente Rugiero obligan á Carlomagno á refugiarse en Paris.—Cunden las rencillas en el campamento africano, hasta tal extremo que el Rey se reconoce impotente para calmar los ánimos.—El rey de Argel, despechado al ver que su dama se ha decidido por Mandricardo, abandona el campamento.

La mayor parte de las determinaciones de las mujeres producen mejor resultado cuando son efecto del primer arranque de su viva imaginacion, que si son fruto de una reflexion detenida; lo cual no deja de ser un don especial con que, entre tantos y tantos, las ha favorecido pródigamente el Cielo: no sucede lo mismo con respecto á las decisiones de los hombres; pues suelen salirles mal cuando no las han meditado con madurez, cuando no han pesado detenidamente todas las circunstancias que pueden acompañarlas, ó no han empleado mucho tiempo y mucho estudio antes de ponerlas por obra.

En el primer momento pareció excelente la estratagema de Malagigo; mas desgraciadamente no fué así, por más que, como he dicho, se librara merced á ella de un inminente peligro su primo Riciardeto. Al evocar Malagigo al espíritu infernal, lo hizo con el objeto de alejar de aquel sitio á Rodomonte y al hijo del rey Agrican; pero no tuvo[58] en cuenta que el demonio los conduciria á causar gran daño en el ejército cristiano. Si hubiese tenido tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer, debe suponerse que habria podido salvar con la misma facilidad á su primo, sin causar el menor perjuicio á las tropas cristianas. ¿No podia haber ordenado al espíritu que se llevara á la doncella hácia Oriente ú Occidente, y alejarla tanto, que no se volvieran á tener noticias suyas en Francia? Sus amantes la habrian seguido hácia cualquier otro punto, lo mismo que la seguian hácia Paris; pero esta consideracion pasó desapercibida á Malagigo por causa de su precipitacion, y el Ángel rebelde arrojado del Cielo, ansioso siempre de estrago, sangre y ruina, emprendió el camino más á propósito para afligir á Carlomagno, por lo mismo que el mágico no le prescribió la direccion que debia seguir.

El palafren que tenia el demonio en el cuerpo, continuó llevándose á la aterrada Doralicia, sin que los rios, los fosos, los bosques, las lagunas, las montañas ni los precipicios fueran un obstáculo para detenerle en su desatentada carrera. Atravesó con ella del mismo modo por en medio de los campos francés é inglés, y por entre todas las tropas agrupadas en torno de la enseña de Cristo, y no paró hasta llegar á la tienda del rey de Granada, padre de Doralicia.

Rodomonte y el hijo de Agrican pudieron seguirla algun tiempo durante el primer dia, pues no dejaron de divisarla, aunque á lo lejos; pero de pronto la perdieron de vista, y entonces fueron en pos de sus huellas, como el sabueso acostumbrado á seguir el rastro de la liebre ó del cabritillo, y no cesaron de andar hasta que hubieron llegado al campo sarraceno, donde supieron que Doralicia estaba ya en poder de su padre.

¡Mucho cuidado necesitas ahora, oh Cárlos; pues se[59] amontona tanta cólera sobre tí, que no sé cómo podrás librarte de ella! Y no solo debes precaverte de esos dos guerreros tan temibles, sino tambien del rey Gradasso, que avanza con Sacripante, dispuestos ambos á volver sus armas contra tí. Mientras tanto la veleidosa Fortuna, para aumentar tu martirio, te priva al mismo tiempo de las dos brillantes antorchas de ciencia y de valor, que hasta ahora te habian acompañado, dejándote sumido en las tinieblas más profundas. Me refiero á Orlando y á Reinaldo: el primero, enteramente loco y además furioso, vaga desnudo por montes y llanuras, soportando del mismo modo la lluvia, el frio y el calor: el segundo, cuyo juicio no está mucho más sano, se aleja de tí precisamente cuando su auxilio es más necesario, y camina á la ventura por ver si halla el menor vestigio de su adorada Angélica.

Recordareis que al principio de esta historia os dije, que un viejo y fementido encantador habia hecho creer á Reinaldo que Angélica huia con Orlando, y herido entonces su corazon por los celos más terribles que ha podido sentir amante alguno, se dirigió á Paris, en cuya ciudad le tocó por suerte el encargo de pasar á Bretaña en demanda de socorro. Terminada la batalla en que le correspondió el honor de haber encerrado á Agramante en su campo, regresó á Paris, y registró todos los conventos de monjas, las casas y recintos fortificados, siendo tan minuciosas sus pesquisas, que de seguro habria encontrado á su Angélica, como no estuviese emparedada. No viendo en ningun sitio á su amada ni á Orlando, prosiguió con nuevo ardor sus investigaciones por fuera de Paris.

Sospechó que su rival se la habria llevado á Anglante ó á Brava[24], donde estaria gozando tranquilamente de sus[60] encantos entre fiestas y placeres, y marchó á uno y otro punto sin obtener mejor resultado. Volvió de nuevo á Paris, creyendo que no podria menos de encontrar al Paladin en el camino, porque su ausencia no dejaba de tener inconvenientes. Permaneció uno ó dos dias en aquella ciudad, y viendo que Orlando no llegaba, dirigióse otra vez á Anglante y á Brava, donde procuró adquirir noticias suyas; y cabalgando dia y noche, así en las frescas horas de la mañana, como en las ardientes del medio dia, lo mismo á la luz del Sol, que á la claridad de la Luna, recorrió el camino de Paris á dichas ciudades, no ya una, sino doscientas veces.

Entre tanto, el antiguo adversario del género humano, el que incitó á Eva á arrancar con mano culpable la manzana prohibida, fijó sobre Cárlos sus torvas miradas, un dia que el valiente Reinaldo se hallaba ausente; y viendo el estrago que en aquella ocasion podia causar en el pueblo cristiano, concitó contra él todos los guerreros más escogidos con que contaban los sarracenos. Inspiró á Gradasso y Sacripante, que caminaban juntos desde que salieron del palacio encantado de Atlante, la idea de acudir en auxilio del asediado monarca sarraceno, y destruir el ejército del emperador Cárlos, sirviéndoles de guia al través de países desconocidos, y haciendo de este modo más corto su viaje. Dió á otro de los demonios que estaban á sus órdenes el encargo de apresurar la marcha de Rodomonte y Mandricardo, siguiendo la ruta por donde su otro colega obligaba á ir al caballo de Doralicia. Envió además otro demonio para que Marfisa y Rugiero no permaneciesen ociosos; pero el que guió á estos dos guerreros, procuró refrenar sus corceles, haciendo de modo que llegaran al campamento con posterioridad á los otros. Por esta razon, Marfisa y Rugiero se presentaron á Agramante media hora despues que sus[61] compañeros; pues queriendo el Ángel negro y astuto causar la mayor pesadumbre á los cristianos, hizo lo posible para impedir que la querella ocasionada por la posesion de Frontino se reprodujese, estorbando sus planes, como indudablemente se habria reproducido si hubiesen llegado Rugiero y Rodomonte al mismo tiempo.

Los cuatro primeros llegaron juntos á un sitio, desde el que podian reconocer perfectamente las posiciones del ejército opresor y del oprimido, y las banderas que ondeaban á merced del viento: celebraron consejo, y resolvieron de comun acuerdo auxiliar á Agramante, á pesar de Cárlos, y librarle del asedio que le tenia encerrado en su campamento. Formaron en seguida un grupo compacto, y penetraron en medio de los reales cristianos, gritando sin cesar: «¡África y España!» y presentándose arrogantemente como enemigos. Las tropas francesas empezaron á gritar á su vez: «¡A las armas, á las armas!» pero antes sintieron los terribles golpes de los moros, y una gran parte de la retaguardia huyó aun sin ser atacada, poseida de un terror pánico. El resto del ejército cristiano, puesto en conmocion, se desordenó sin saber la causa, que en concepto de muchos consistia en alguna disputa trabada entre suizos ó gascones, segun su costumbre; mas como para la mayor parte era todavía un misterio lo que pasaba, los soldados de cada nacion se fueron agrupando en torno de sus banderas, á los toques de los clarines ó los tambores, produciendo todo esto un estruendo que retumbaba en el Cielo.

El gran Emperador, completamente armado, aunque con la cabeza descubierta, estaba rodeado de sus paladines, y preguntaba en vano el motivo del desórden que observaba en su ejército: con aspecto amenazador, detuvo á los fugitivos, y vió con sorpresa que muchos estaban heridos en el[62] rostro ó en el pecho, que acudian otros con la cabeza ó el cuello ensangrentados, y alguno con una mano ó un brazo menos. Avanzó algun tanto, y halló un considerable número de sus soldados tendidos en tierra, revolcándose horriblemente en un rojo lago de su propia sangre, y sin que nadie los auxiliara en su agonía: encontró el campo sembrado de cabezas, brazos y piernas separadas de los cuerpos, y en fin, por donde quiera que fué, observó estremecido los mismos estragos. El reducido grupo de los cuatro sarracenos, digno de eterna y explendente fama, habia dejado una memorable y sangrienta huella de su paso. Cárlos iba contemplando aquella espantosa carnicería, tan asombrado como lleno de ira y de despecho, semejante á aquel en cuya morada ha caido un rayo y va examinando con dolor todos los destrozos que ha hecho en su camino.

Acababa de llegar apenas este primer auxilio á los parapetos del campamento de Agramante, cuando por otro lado se presentó el animoso Rugiero en compañía de Marfisa. Despues de haber recorrido una ó dos veces con la vista la situacion de sitiados y sitiadores, y conocido cuál era el camino mas breve para socorrer al monarca sarraceno, embistieron con denuedo á los cristianos. Así como cuando se da fuego á una mina, la llama devoradora recorre el largo surco de la negra pólvora con una rapidez tal que la vista apenas puede seguirla, y se oye despues el estruendo producido por los muros ó peñascos al ser arrancados violentamente de su base, del mismo modo cayeron Rugiero y Marfisa sobre los franceses, produciendo igual estrépito en su embestida. Empezaron á dar tajos á diestro y siniestro, hendiendo cabezas y cortando brazos y hombros de cuantos no se apresuraban á dejarles el camino libre y expedito. El que haya observado el paso de una tormenta,[63] que, mientras hace sentir sus destructores efectos en una parte de un valle ó de un monte, deja libre de ellos á la otra, podrá figurarse el paso de Rugiero y de Marfisa por el campamento cristiano.

Muchos de los que habian huido del furor de Rodomonte y sus tres compañeros, daban gracias á Dios por haberles concedido unas piernas tan ligeras; pero encontrándose luego por su desgracia con Rugiero y Marfisa, conocian, al ver su esperanza burlada, que el hombre, tanto si huye como si permanece firme, no es dueño de evitar su buen ó mal destino; pues el que se escapa de un peligro cae bien pronto en otro, y paga su merecido á costa de su cuerpo, pareciéndose entonces á la tímida zorra, que al sentirse sofocada por el humo y el fuego colocado por el cazador á la entrada de su madriguera, sale de ella con sus hijuelos esperando salvarse, y va á parar entre los dientes de los perros que la aguardan para despedazarla.

Marfisa y Rugiero, despues de atravesar el campo cristiano, llegaron ilesos al de los sarracenos, donde todos elevaron al Cielo sus ojos, dándole gracias por tan feliz acontecimiento. Desapareció como por encanto el temor que les infundian los paladines; el infiel más acobardado se mostraba ya dispuesto á combatir con un centenar de enemigos, y resolvieron unánimemente renovar las hostilidades sin dilacion alguna.

Pronto atronaron el espacio con sus bélicos sonidos las trompas, las bocinas y las chirimías moriscas; y se vieron tremolar á impulsos del viento las banderas y estandartes africanos. Los capitanes de Cárlos reunian tambien á los alemanes, britanos, franceses, italianos é ingleses, trabándose á los pocos momentos una pelea espantosa y sangrienta. La fuerza del terrible Rodomonte, la del furibundo[64] Mandricardo, la del animoso Rugiero, modelo de bravura, la del rey Gradasso, tan famoso en el mundo, la de la intrépida Marfisa y la del rey de Circasia, que á nadie cedia en denuedo, obligaron al rey de Francia á implorar el favor de San Juan y San Dionisio, y á guarecerse bajo los muros de Paris.

El ardor invencible y la admirable actitud de estos caballeros y de Marfisa fueron tales, Señor, que no es posible imaginarlos, cuanto menos describirlos: por esto podreis suponer qué multitud tan inmensa de cristianos caeria bajo sus golpes, y cuán grande seria el descalabro que sufrió Cárlos. Ferragús y otros muchos caballeros moros corrieron á unirse con los vencedores. No bastando el puente para dar paso á todos los fugitivos, se precipitaron muchos de estos en el Sena, donde se ahogaron: otros varios, al verse amenazados de una muerte segura por delante y por detrás, hubieran deseado poseer las alas de Ícaro. Casi todos los paladines franceses cayeron prisioneros, excepto Ogiero y el marqués de Vienne, si bien el primero salió del combate con la cabeza rota, y el segundo herido en un hombro. Si Brandimarte hubiese abandonado á Paris, como Reinaldo y Orlando, Cárlos se habria visto obligado á huir de la ciudad, en el caso de que le fuera posible escapar con vida de tan gran incendio. Brandimarte hizo todo lo que estuvo en su mano; y cuando ya no pudo más, cedió ante el furioso ataque de los moros. La Fortuna sonrió á Agramante de tal suerte, que el monarca sarraceno volvió á sitiar de nuevo á Carlomagno en su misma capital.

Los gritos y los lamentos de las viudas, de los tiernos huérfanos y de los ancianos ciegos, se elevaron desde nuestra atmósfera sombría hasta las puras regiones celestiales[65] en que reside Miguel, llamando su atencion hácia á los pueblos leales de Francia, de Inglaterra y de Alemania, cuyos cadáveres, abandonados, á la voracidad de los lobos y de los cuervos, cubrian la llanura. Enrojecióse el rostro del Ángel bienaventurado, al ver que el Creador habia sido tan mal obedecido, y se creyó engañado y vendido por la pérfida Discordia, quien, sin embargo de habérsele encargado reiteradamente que suscitara incesantes querellas entre los sarracenos, se veia claramente por la muestra que habia hecho todo lo contrario de lo que se le ordenara. Así como un criado fiel, más falto de memoria que de buena voluntad, al observar que ha olvidado un encargo que debia haber tenido tan en cuenta como su vida y su propia alma, procura diligente enmendar su falta, y no se atreve á presentarse ante la vista de su amo hasta haberla reparado, del mismo modo se negaba Miguel á remontarse hasta el sólio del Eterno, mientras no quedaran cumplidas sus órdenes.

Dirigióse con raudo vuelo al monasterio en que la otra vez habia hallado á la Discordia, y la vió sentada en medio de los monjes reunidos en capítulo para la eleccion de los prelados, contemplando con deleite cómo se arrojaban aquellos buenos padres los breviarios á la cabeza. Asióla el Ángel por los cabellos y le dió un sin número de golpes con las manos, con los piés y con el cuento de una cruz que le rompió en la cabeza y las costillas. La mísera prorumpió en estridentes gritos, pidiendo misericordia y abrazándose á las rodillas del divino mensajero, el cual no la dejó tomar aliento hasta verla dispuesta á volar al campamento del rey de África, diciéndole al marcharse: «Cuenta con otro castigo peor, si te veo un solo instante separada de los sarracenos.»

[66]

La Discordia, que habia salido con la cabeza y los brazos rotos, temiendo volver á sufrir aquellos rudos golpes, aquel furor tremendo, cogió presurosa los fuelles de que se servia para atizar su llama, y añadiendo nuevo pábulo á las hogueras cuyo fuego permanecia latente, encendió otra más terrible que comunicó en breve su voracidad á muchos corazones. De tal modo inflamó á Rodomonte, Mandricardo y Rugiero, que les obligó á acudir á la presencia de Agramante, aprovechando la oportunidad de que Cárlos se habia retirado y el campo quedaba por ellos. Expusieron al monarca africano sus mútuos resentimientos, así como las causas que los produjeron, y sometieron á la consideracion del Rey que decidiera cuáles de ellos habian de ser los primeros en combatir. Marfisa habló tambien de su cuestion con Mandricardo, manifestando que estaba resuelta á terminar su interrumpida pelea con él, que fué el primero en provocarla, y que no se hallaba dispuesta á tolerar ni un dia, ni una sola hora de retraso, para dar lugar á que los otros se batieran. En su consecuencia, dirigió las más vivas instancias á Agramante para que consintiera en su inmediata lucha con el Tártaro.

Rodomonte no se manifestaba menos decidido que ella á ser el primero en terminar con su rival la empresa que habia suspendido hasta entonces para socorrer á los sarracenos. Interrumpióle Rugiero diciendo, que no podia sufrir por más tiempo que Rodomonte estuviese en posesion de su caballo, ni que combatiera con otro antes que con él. Para agriar más la cuestion, adelantóse Mandricardo, y sostuvo que Rugiero no tenia el menor derecho para ostentar en su blason el águila blanca: arrastrado por su insensato furor, queria terminar á un tiempo sus tres contiendas, desafiando á la vez á todos sus contrincantes, y[67] los habria atacado simultáneamente, si Agramante accediera á tal pretension.

El rey de África empleó toda clase de súplicas y reflexiones para reconciliarlos; pero viéndolos al fin sordos á su voz y firmes en su resolucion, paróse á discurrir el modo de ponerlos de acuerdo para que consintiesen en combatir uno tras otro, y por último adoptó como mejor partido el de fiarlo á la suerte. Hizo escribir sus nombres en cuatro papeletas: en una iban juntos los de Mandricardo y Rodomonte; en otra los de Rugiero y Mandricardo; en otra los de Rodomonte y Rugiero y finalmente, en la última, los de Marfisa y Mandricardo. Despues hizo sacar una de las papeletas al arbitrio de la voluble diosa: la primera que salió contenia los nombres del rey de Sarza y Mandricardo: la segunda, los de este y Rugiero: la tercera, los de Rugiero y Rodomonte, quedando en el fondo la en que estaban escritos los de Marfisa y Mandricardo; lo cual causó el mayor despecho á la doncella. Tampoco se mostró muy contento Rugiero, porque conocia demasiado el vigor de los dos primeros para presumir que saldrian tan mal parados de la pelea que se verian imposibilitados de luchar despues con él ó con Marfisa.

No lejos de Paris se extendia un terreno de una milla de circunferencia próximamente; estaba rodeado de un margen algun tanto elevado que hacia de él una especie de anfiteatro. En otro tiempo, existió allí un castillo, cuyos muros habian sido arruinados por medio del hierro y del fuego: en el camino de Parma á Borgo puede verse uno semejante á él. En dicho sitio se preparó el palenque, rodeándole de una estacada de mediana altura, y formando un recinto cuadrado á propósito para el objeto, con dos puertas bastante capaces, segun se acostumbraba.

[68]

Llegado el dia prefijado por el Rey para que se efectuara el desafío de los pertinaces adversarios, se levantaron á uno y otro extremo del palenque dos grandes pabellones cerca de la empalizada y al lado de las puertas. El pabellon que estaba hácia Poniente era el destinado al gigantesco rey de Argel: el audaz Ferragús y Sacripante le ayudaban á cubrirse con la piel escamosa de la serpiente. El rey Gradasso y el vigoroso Falsiron ocupaban la tienda que miraba á Levante, poniendo por sí mismos la armadura troyana al sucesor del rey Agrican. Los monarcas de África y de España estaban sentados en un palco anchuroso y elevado, y á su alrededor se agrupaban Estordilano y los principales capitanes del ejército sarraceno. Por dichosos podian tenerse los que lograban colocarse en alguna eminencia ó en la copa de un árbol, que les permitiera descubrir el sitio de la lucha. La muchedumbre que acudió á presenciarla era inmensa, apiñándose por todos lados en torno de la extensa empalizada. Acompañaban á la reina de Castilla otras muchas reinas, princesas y nobles damas de Aragon, de Sevilla y de Granada, y de las demás naciones que se extienden hasta las columnas de Hércules: entre ellas figuraba la hija del rey Estordilano, cuyo suntuoso traje estaba formado de dos telas: la una de un color de rosa, tan desvaido que casi habia perdido su matiz, y la otra verde. Marfisa vestia un traje adecuado á su doble carácter de mujer y de guerrera: el Termodonte[25] vió más de una vez en sus orillas á Hipólita y las amazonas adornadas de un modo semejante.

No tardó en presentarse en medio del palenque un heraldo, ostentando en su cota de armas la divisa del rey[69] Agramante, y publicó en alta voz las leyes del combate; y la prohibicion impuesta á los espectadores de dar ninguna clase de señal ó auxilio á los campeones. La compacta muchedumbre esperaba impaciente la señal de la lucha, y se quejaba ya de la lentitud de los dos famosos caballeros, cuando de pronto se oyó en el pabellon de Mandricardo un gran rumor que iba creciendo por momentos. Sabed, Señor, que el rey de Sericania y el Tártaro eran los que lo producian. El primero habia armado ya completamente al segundo é iba á ceñirle la famosa espada que fué de Orlando, cuando leyó el nombre de Durindana, grabado en su empuñadura, y vió además en ella el blason usado por Almonte, á quien Orlando, muy jóven todavía, habia arrebatado aquella arma en Aspromonte. Examinóla con más detencion, y se cercioró de que era la misma del Señor de Anglante; la espada por cuya conquista se decidió á levantar el mayor y más excelente ejército que jamás saliera de los países orientales, con el cual habia subyugado el reino de Castilla y vencido á los franceses pocos años antes; pero por más que reflexionaba, no podia calcular cómo habia pasado á poder de Mandricardo.

Preguntóle dónde y cuándo habia adquirido aquel acero, y si se hallaba á la sazon en su poder por haberlo conquistado á la fuerza, ó mediante algun convenio hecho con el Conde; á lo cual respondió Mandricardo que, por apoderarse de él, habia sostenido un reñido combate con Orlando, y que el paladin se habia finjido loco, esperando de este modo encubrir el miedo de tener que luchar continuamente con él, mientras no le cediera su espada, imitando así al castor que se arranca sus órganos genitales, al verse hostigado por el cazador, por saber que su persecucion solo consiste en el deseo de apoderarse de tal presa.

[70]

Apenas oyó Gradasso semejante explicacion, cuando exclamó:

—No, no quiero cedértela ni á tí, ni á nadie: he consumido tanto oro, tanto afan, y tanta gente por alcanzar la posesion de esa arma, que no puede menos de pertenecerme con justo motivo. Procura proporcionarte otra espada: yo quiero esta, lo cual no debe asombrarte. Que Orlando esté loco ó cuerdo, poco me importa: hallo su espada, y me apodero de ella donde la encuentro. Tú la usurpaste en medio de un camino sin tener testigo alguno: yo espero obtenerla por medio de un combate. La cimitarra que empuño será mi última razon: vamos, pues, á decidir esta cuestion en la palestra. Antes de dirijir contra Rodomonte ese acero tan mal adquirido por tí, habrás de conquistarlo: es costumbre antigua la de comprar las armas de uno ú otro modo antes de utilizarlas en la batalla.

—No hay melodía tan grata á mis oidos, replicó el Tártaro, irguiendo soberbio la cabeza, como la voz del que me provoca al combate; pero haz de modo que Rodomonte consienta en el que me propones; procura que te ceda la preferencia que le corresponde para pelear conmigo, y no temas verme rehusar tu reto ni el de cuantos se presenten.

Rugiero exclamó entonces:

—Jamás consentiré en que se falte á lo acordado, ni en que se altere el órden establecido para los combates. Ó Rodomonte entra primero en la liza, ó habrá de acceder á batirse despues que yo. Si prevalece la razon alegada por Gradasso, de que es forzoso adquirir las armas antes de servirse de ellas, tampoco debes usar tú el águila blanca de mi blason mientras no la hayas ganado: pero ya que consentí en someterme á la decision de la suerte, no quiero apelar de mi sentencia: sea el rey de Argel el primero en combatir,[71] y yo el segundo. Como llegueis á trastornar en parte el órden prefijado, os prometo que yo lo he de trastornar por completo; pues no puedo consentir en que sigas haciendo uso de mi blason, si en este momento no me lo disputas con las armas en la mano.

—Aun cuando cada uno de vosotros fuese el mismo Marte, repuso Mandricardo arrebatado por la cólera, ni el uno seria capaz de arrancarme la espada, ni el otro el blason.

Y ciego de furor, lanzóse con los puños cerrados sobre el rey de Sericania, y le descargó tan tremenda puñada en la mano derecha, que le hizo soltar á Durindana. No creyendo Gradasso que el Tártaro tuviese tan loca temeridad, quedó sorprendido un momento ante tan brusco ataque, y Mandricardo se aprovechó de su estupor para recobrar el disputado acero. Repuesto Gradasso de su sorpresa, sintió la más viva indignacion al verse afrontado de aquella manera, y sobre todo en un sitio tan público, que era lo que más le afligia y le irritaba: se hizo atrás, ardiendo en deseos de venganza, y desenvainó su cimitarra. Mandricardo confiaba tanto en sus fuerzas, que no solo se preparó á empezar aquella lucha, sino que desafió tambien á Rugiero.

—Venid contra mí los dos juntos, les decia, y venga tambien Rodomonte, y la España, y el África, y el género humano; que yo no dejaré nunca de hacer frente.

Diciendo estas palabras, el indomable sarraceno esgrimia en todas direcciones la espada de Almonte, embrazaba el escudo, é insultaba, desdeñoso y soberbio, lo mismo á Rugiero que á Gradasso.

—Déjame el cuidado, decia á éste el rey de Sericania, de curar por mí solo á ese loco.

—¡No he de consentirlo, vive Dios! exclamaba Rugiero; á mí me toca castigarle: retírate; déjame solo con él.

[72]

Y continuaban ambos disputando de esta suerte, mientras atacaban á su adversario. Tan desigual combate hubiera tenido un fin trágico, á no haberse interpuesto entre los tres adversarios algunos guerreros con demasiada impremeditacion; pues se vieron expuestos á saber por experiencia lo que cuesta la pretension de salvar á los otros con peligro propio; y sin embargo, aunque hubiera acudido el mundo entero, no lograria contenerlos, si no se hubiese presentado el hijo del famoso Trojano con el rey de España, ante los cuales todos dieron muestras de reverencia y de respeto.

El rey Agramante hizo que le explicaran la causa de aquella nueva y encarnizada lucha, y despues de muchos esfuerzos, logró que Gradasso consintiese en ceder á Mandricardo la espada de Héctor por aquel dia solamente y hasta que terminase la contienda que tenia pendiente con Rodomonte. Mientras Agramante procuraba apaciguarlos, dirigiendo tanto á unos como á otros todo género de reflexiones, se oyó en el otro pabellon el rumor de una querella suscitada entre Rodomonte y Sacripante.

El rey de Circasia, segun he dicho antes, ayudaba á Rodomonte á cubrirse con las armas de su antepasado Nemrod, en cuya operacion le auxiliaba Ferragús. Aproximáronse despues al sitio en que, tascando el rico freno y llenándolo de espuma, se hallaba Frontino, aquel caballo cuya usurpacion tenia tan indignado á Rugiero. Sacripante, que servia de padrino al rey de Argel, empezó á examinar cuidadosamente si el caballo estaba bien herrado, bien ensillado, y en una palabra, dispuesto como era de rigor para la lucha que se preparaba. Fijándose con más atencion en sus miembros esbeltos y proporcionados y en ciertas señales particulares, conoció, sin que le cupiera ningun género [73] de duda, que aquel corcel era su Frontalate[26], á quien habia tenido en tanta estima, y por el que hubo de sostener mil cuestiones: su pérdida le afligió hasta el extremo de que, durante mucho tiempo, no quiso caminar sino á pié. Brunel habia tenido la destreza de quitársele de debajo en Albracca, el mismo dia en que robó á Angélica el anillo, al conde Orlando su Balisarda y su trompa, y su espada á Marfisa; y cuando el bribon regresó á África, regaló á Rugiero la espada Balisarda juntamente con el caballo, al que el jóven guerrero puso despues el nombre de Frontino.

Cuando el rey de Circasia estuvo seguro de que no se equivocaba, dirigióse al de Argel, diciéndole:

—¿Sabes, señor, que ese caballo es mio? Es el mismo que me robaron en Albracca, segun podrian atestiguar muchas personas; pero como todas se hallan muy lejos de nosotros, si acaso hubiere alguno que se atreviera á contradecirme, le probaria la verdad de mi aserto con las armas en la mano. Accedo gustoso, en atencion á la intimidad que en estos últimos dias ha reinado entre nosotros, á que hagas hoy uso de mi caballo pues bien veo que no podrias pasar sin él; pero ha de ser bajo la condicion de declarar que me pertenece, y que te lo he prestado: de otro modo, no pienses montar en él, á no ser que quieras disputarme su posesion por medio de las armas.

Rodomonte, el más orgulloso de cuantos caballeros han ceñido espada, y tambien, en mi concepto, el más fuerte y valeroso de cuantos héroes han existido en la antigüedad, respondió:

—Sacripante, si otro se hubiera atrevido á hablarme en los términos que tú lo has hecho, no tardaria en conocer,[74] por su mal, que le valdria más no haber nacido. Pero en obsequio á la intimidad que, segun me has dicho, nos une de pocos dias á esta parte, me limitaré á aconsejarte amistosamente, que aplaces la empresa que te propones llevar á cabo, hasta ver el resultado del combate que voy á sostener con el Tártaro, y entonces espero ofrecerte tal ejemplo, que no podrás menos de decirme: «Por favor, quédate con el caballo.»

—La mejor cortesía con un hombre como tú es ser villano, exclamó el Circasiano lleno de ira y de despecho; así, pues, te diré ahora lisa y llanamente, que no debes contar con ese caballo, porque estoy resuelto á prohibirte que hagas uso de él mientras mi mano pueda sostener este vengador acero; y, aun cuando no tuviera más armas que las uñas y los dientes para defenderlo, sabria mantener mi derecho.

De estas palabras pasaron ambos á las injurias, á los gritos, á las amenazas, y por fin á las manos, trabándose entre ellos una lucha encendida por su ira con mayor rapidez de la que el fuego enciende una paja. Rodomonte estaba completamente armado: Sacripante no tenia coraza ni cota de malla; pero era tan diestro en el manejo de la espada, que se resguardaba perfectamente con ella de los golpes de su adversario. Aunque el vigor y el denuedo de Rodomonte eran incomparables, no prevalecian sobre la destreza y la agilidad con que Sacripante suplia la desventaja de su fuerza. La muela que tritura el grano en un molino, no ha girado nunca con tanta rapidez como Sacripante dando vueltas en derredor de su enemigo, y colocándose con presteza en los puntos donde podia atacar sin ser atacado. Al fin, Ferragús y Serpentino sacaron con bastante atrevimiento sus espadas, y se lanzaron entre ellos, seguidos del rey Grandonio y de otros muchos jefes del ejército mahometano.

[75]

Esta era la causa del rumor que oyeron en el otro pabellon los que á él habian acudido para apaciguar, aunque en vano, al Tártaro, á Rugiero y al rey de Sericania. No faltó quien llevase al rey de África la noticia de que Rodomonte y Sacripante estaban batiéndose con extremada furia por causa del corcel; y el Rey, confuso y atónito al ver tantas querellas, dijo á Marsilio:—Permanece aquí para impedir que estos guerreros se acometan de nuevo, mientras yo procuro apaciguar á los otros dos.

Luego que entró Agramante en la tienda del Africano, refrenó este su ira y se retiró con ademan respetuoso ante su rey y señor; el rey de Circasia se retiró asimismo con iguales muestras de respeto. El jefe del ejército les preguntó con severo rostro y grave entonacion la causa de tanta cólera, y cuando la hubo conocido, procuró ponerlos de acuerdo; mas sus esfuerzos fueron inútiles. El rey de Circasia se negaba tenazmente á ceder por más tiempo su caballo al de Argel, mientras no se humillase hasta el punto de suplicarle que se lo prestara. Rodomonte, soberbio como siempre, le contestó:

—Ni el cielo ni tú podreis hacer que yo consienta en agradecer á nadie, sino á mi mismo, cualquiera cosa que me sea fácil obtener por medio de la fuerza.

El Rey preguntó al Circasiano cuáles eran sus derechos sobre el caballo, y cómo le fué robado. Sacripante se lo refirió minuciosamente, y no pudo menos de ruborizarse al confesar que el diestro ladron habia aprovechado un momento en que se hallaba sumido en una profunda meditacion, para sacarle el caballo de debajo, dejando la silla sostenida con cuatro estacas.

Marfisa, que habia acudido como otros muchos al ruido de la pelea, no bien oyó referir la historia del robo del ca[76]ballo, se manifestó indignada, por recordar que aquel mismo dia le robaron su espada; y entonces reconoció el caballo en que habia visto huir al ladron, que era el mismo del buen rey Sacripante, y en el cual no se habia fijado hasta entonces. Los caballeros que la rodeaban habian oido muchas veces á Brunel vanagloriarse de aquellos hurtos, por lo cual no pudieron menos de fijar la vista en el astuto sarraceno, indicando con sus ademanes que él habia sido su autor, en término de que Marfisa concibió algunas sospechas, y preguntando á unos y á otros, averiguó por último que el ladron de su espada era Brunel. Supo además que el rey Agramante, en vez de hacerle ahorcar cual merecia por semejantes hurtos, le habia sentado en el trono de Tingitania, dando un pernicioso ejemplo.

Marfisa asió á Brunel por en medio del cuerpo, levantándole de su asiento...
(Canto XXVII)

Sintiendo renacer su antigua cólera, resolvió Marfisa vengarse en el momento mismo de Brunel, y castigar las burlas y las injurias que el ladron de su espada le dirigiera por el camino mientras huia con su espada. Hizo que su escudero le pusiera el yelmo, por estar ya cubierta con sus armas restantes: no creo que se la hubiera visto diez veces sin coraza, desde el dia en que se decidió á consagrarse á la carrera á que la llamaba su vocacion y su ardimiento increible. Cubierta ya con el yelmo, se dirigió á Brunel, que estaba colocado en la primera fila de los espectadores, y en cuanto le tuvo al alcance de su mano, le asió fuertemente por en medio del cuerpo, levantándolo de su asiento, con la misma facilidad que el águila arrebata á un polluelo entre sus corvas garras, y le llevó de este modo al sitio en que se hallaba el hijo del rey Trojano ocupado en dirimir la nueva contienda: mientras tanto Brunel no cesaba de lamentarse y de pedir misericordia, conociendo las terribles manos en que habia caido. Eran tan penetrantes las quejas y los alaridos [77] lanzados por Brunel en demanda de piedad ó de socorro, que á pesar del rumor, del estrépito y de los gritos que resonaban por todos los ámbitos del campo, la muchedumbre acudió en torno suyo. Así que llegó Marfisa á la presencia del rey de África, le dijo con semblante altanero estas palabras:

—Quiero ahorcar por mis propias manos á este ladron, aunque sea tu vasallo, por haber tenido la osadía de robarme la espada el dia mismo en que se apoderó del caballo de Sacripante: si alguno se atreviera á decir que miento, no tiene más que adelantarse y pronunciar una sola palabra; que en tu misma presencia le probaré la verdad de mi acusacion y su imprudencia. Pero como se me podria reconvenir por haber esperado á dar este paso en el momento en que las cuestiones suscitadas entre los guerreros más valientes de tu ejército les tienen harto ocupados, demoraré por espacio de tres dias el castigo á que ese infame se ha hecho acreedor: si durante este plazo no vienes en persona á buscarle, ó no envias quien abrace su defensa, daré un buen rato á las aves de rapiña, entregándoles su cuerpo, á no ser que haya quien me lo impida. Voy á situarme en aquella torre que se levanta á la entrada de un bosquecillo, á tres leguas de aquí, sin llevar conmigo más compañía que la de una doncella y un escudero. Si hay alguien tan osado que quiera ir á arrebatarme este ladron, vaya en buena hora, que allí le esperaré.

Así dijo, y colocó en el arzon delantero de la silla al mísero Brunel, al que tenia aun agarrado de los cabellos, mientras el miserable lloraba y gritaba, llamando por sus nombres á las personas de quienes solia esperar auxilio. Agramante quedó tan confuso y aturdido al verse abrumado por tantas cuestiones, que no se le ocurria ningun medio[78] para arreglarlas; sin embargo, le ofendió sobremanera la audacia de Marfisa, pues aunque no apreciaba ni queria á Brunel, ó más bien, aunque le odiaba hacia tiempo, y habia estado muchas veces á punto de ahorcarle, sobre todo desde que se dejó arrebatar el anillo, no obstante, la determinacion de la guerrera le pareció tan injuriosa para su honor, que se le encendió el rostro de vergüenza. Se dispuso á perseguirla en persona para hacerle sentir todo el peso de su poder y de su cólera; pero el rey Sobrino, que estaba presente, procuró disuadirle de aquella empresa, diciéndole que se avenia mal con su elevada dignidad, por más que estuviese firmemente convencido de obtener la victoria; lo cual, en último resultado, seria para él mengua más bien que honor, por lo mismo que además de vencer con dificultad, saldria victorioso de una mujer. Añadió que, siendo poco el honor, pero grande el peligro á que se expondria luchando con Marfisa, le parecia más conveniente que dejara ahorcar á Brunel, y aunque estuviese persuadido de que le bastaba levantar la cabeza para librarlo del suplicio, no deberia hacerlo así por no impedir que la justicia siguiera su curso.

—Podrás enviar un mensajero á Marfisa, le decia, para rogarle que someta este asunto á tu justicia, prometiéndole echar el lazo al cuello del ladron y dejarla cumplidamente satisfecha; y si en último caso se negase obstinada á acceder á tu peticion, deja que le ahorque en buen hora; pues con tal de conservar su amistad, no solo debes permitir que castigue á Brunel, sino á todos los ladrones como él.

El rey Agramante siguió de buen grado el consejo discreto y prudente de Sobrino, y desistió de perseguir á Marfisa, prohibiendo además á todos sus caballeros que fueran á desafiarla. Tampoco quiso rogarle á ella que le en[79]tregara á Brunel, y toleró, Dios sabe con cuánto esfuerzo, que la guerrera se tomara la justicia por su mano, á fin de prevenir mayores males y alejar de su ejército tantos motivos de disension.

La insensata Discordia reíase satisfecha, al ver que ya no podian volver al campamento la tregua ó la paz. Recorriólo por todas partes, sin encontrar un sitio donde reinara la alegría. La Soberbia saltaba y triscaba al par de su compañera, añadiendo sin cesar nuevos combustibles al incendio; y lanzó un grito tan horrible, que llegó al alto reino donde residia Miguel, como nuncio de la victoria que acababan de obtener. Tembló Paris, y turbáronse las aguas del Sena al escuchar aquel grito horrendo: su sonido rimbombó hasta en los bosques de las Ardennas, obligando á las fieras á abandonar precipitadamente sus antros: lo oyeron los Alpes, y las cumbres de las Cevenas, las playas de Arlés, de Blaye y de Ruan; lo oyó el Ródano, el Saona, el Garona y el Rhin, y hasta las madres aterradas estrecharon contra su pecho á sus hijuelos.

Cinco eran los caballeros que debian ser los primeros en resolver con las armas en la mano sus querellas, tan ligadas las unas á las otras, que el mismo Apolo no hubiera conseguido separarlas. Empezó el rey Agramante á deshacer el nudo de la primera contienda sometida á su decision, la cual era la suscitada entre el rey de Scitia y el de Argel por la posesion de la hija del rey Estordilano. El hijo de Trojano insistió nuevamente en ponerlos de acuerdo, esforzándose en convencer ora á este, ora á aquel adversario, y dando pruebas tanto á uno como á otro de su rectitud y amistad; mas encontrándolos igualmente sordos á sus ruegos, y persistentes hasta la tenacidad en no querer quedarse sin la dama, causa de su disension, adoptó al fin, como[80] mejor partido, el de proponerles que se sometieran al arbitrio de Doralicia, la cual habria de pertenecer á aquel en quien recayese su eleccion; pero con la condicion de que, una vez emitido su parecer, el desdeñado deberia desistir de toda pretension. Los dos contendientes aceptaron gustosos este compromiso, por abrigar cada cual la esperanza de ser el favorecido.

El rey de Sarza, que amaba á Doralicia mucho tiempo antes de que la conociera Mandricardo, á quien ella habia concedido todos los favores compatibles con su honestidad, estaba persuadido de que recaeria en él una eleccion que tan feliz debia hacerle; y esta opinion no era únicamente la suya, sino la de todo el ejército mahometano. A todos les constaba cuanto Rodomonte habia hecho por ella en las justas, en los tronos y en las batallas, y todos suponian por lo mismo que Mandricardo padecia un lamentable error, al fundar su esperanza en aquella decision. Pero el Tártaro, que habia disfrutado más veces y más tranquilamente de los encantos de Doralicia mientras el Sol dejaba de iluminar la Tierra, y estaba seguro de lo que podia esperar, se reía interiormente de la necia opinion del vulgo.

Los dos famosos campeones ratificaron en seguida su compromiso en manos del Rey, y se dirigieron juntos adonde estaba la princesa: inclinó esta sus ojos ruborosos, y concedió la preferencia á Mandricardo, lo cual dejó absortos á los circunstantes, y tan atónito y consternado á Rodomonte, que no se atrevia á levantar el rostro; mas no bien desvaneció su acostumbrada ira el rojo color de la vergüenza que habia teñido sus mejillas, tachó de injusta y falaz aquella sentencia; y empuñando la espada, gritó en presencia del Rey y de toda su corte, que continuaba resuelto á someter al acero la decision de la contienda, y que rehusaba someterse al arbitrio de una mujer voluble, y[81] como tal, inclinada siempre á hacer lo que menos debia.

Adelantóse de nuevo Mandricardo hácia Rodomonte, diciéndole: «Sea como quieras.» De modo que habria sido preciso surcar por largo tiempo una vasta extension de mar, antes de que el bajel entrase en el puerto, si Agramante, obligando á Rodomonte á amainar las velas de su nuevo furor, no le hubiera quitado la razon, convenciéndole de que ya no podria hostilizar á Mandricardo por aquella causa. Al verse Rodomonte abrumado en presencia de aquellos señores por la doble afrenta que á un mismo tiempo recibia de su amada y de su rey, á quien solo se sometia por respeto, no quiso detenerse ni un momento más en aquel sitio, y se alejó del campamento sarraceno, sin llevar en su compañía más que dos escuderos de entre la multitud allí agrupada. Semejante al toro enfurecido, que despues de haberse visto obligado á ceder su becerra al vencedor, va buscando lejos de los fértiles prados, las selvas y los parajes más solitarios ó algun estéril arenal, donde no cesa de mugir dia y noche, sin desahogar por ello su amoroso furor, así se alejaba el rey de Argel con el corazon lacerado por el dolor más vivo, despues que se vió despreciado por su ingrata dama.

Iba Rugiero á seguirle para recobrar su corcel, á cuyo fin habia ya apercibido sus armas, cuando se acordó de que entonces le tocaba batirse con Mandricardo. Desistió, pues, de seguir al Africano, y volvióse para entrar con el rey Tártaro en la palestra, antes de que se le anticipase el de Sericania, que debia batirse asimismo con él por la posesion de Durindana. Mucho le pesaba, en verdad, que le quitaran á Frontino en su misma presencia; pero resignóse á ello, formando la intencion de recobrarlo en cuanto terminara aquella empresa.

[82]

Sacripante, á quien no detenia como á Rugiero ninguna cuestion pendiente, y estaba por lo tanto en libertad de perseguir al rey de Argel, se lanzó veloz tras sus huellas; y le hubiera alcanzado bien pronto, á no haberle ocurrido en el camino una aventura que le entretuvo hasta la tarde y le hizo perder el rastro que seguia. Al pasar por la orilla del Sena, vió á una mujer que acababa de caer en él, y estaba próxima á perecer, si alguien no le daba un pronto auxilio: Sacripante se arrojó al agua, y salvó la vida á aquella desgraciada. Cuando quiso montar de nuevo á caballo, vió que se le habia escapado su corcel, el cual le obligó á correr tras él toda la tarde, por no dejarse cojer fácilmente. Logró al fin sujetarle, pero no pudo acertar con el sitio de donde se habia apartado, y anduvo más de doscientas millas por montes y llanos, antes de volver á encontrar á Rodomonte.

No pienso referir ahora dónde le alcanzó, ni el combate que se siguió entre él y el Africano, con harta desgracia para Sacripante, que perdió el caballo y la libertad; pues antes debo ocuparme de la desgracia y la ira que abrasaban á Rodomonte al partir del campamento, y de las maldiciones que lanzó contra Doralicia y Agramante. Por donde quiera que iba, inflamaba el aire con sus abrasadores suspiros, que repetia Eco desde la profundidad de las cavernas, condolida de su afliccion.

—¡Oh, imaginacion femenil! exclamaba: ¡cuán fácilmente varías, dando al olvido tus juramentos! ¡Cuán infeliz, cuán miserable es el que en tí confia! ¡Ni la más prolongada sumision á tus caprichos, ni el inmenso amor de que te dí innumerables y brillantes pruebas, han sido bastantes para contener tu corazon, ó para hacer á lo menos que no cambiara tan presto! No creo haber perdido tu amor por que yo te pareciera inferior á Mandricardo, no; solo una causa en[83]cuentro para tu deslealtad, y esta es, la de que eres mujer. ¡Oh sexo pérfido y malvado! Creo que Dios y la Naturaleza te han puesto en el mundo para terrible castigo del hombre, que, sin tí, seria feliz, así como han producido en la tierra los lobos, los osos y las feroces serpientes, han poblado el aire de moscas, abispas y cínifes, y han hecho nacer entre las doradas espigas la ortiga y la zizaña. ¿Por qué esa vivificadora Naturaleza no ha hecho que el hombre pudiera nacer sin tí, del mismo modo que se reproducen ingertándolos el serval, el peral y el manzano? Pero ¡ah! la Naturaleza no siempre hace lo más conveniente, lo cual no es extraño; pues si considero cómo la nombro, me convenceré de que no puede hacer nada perfecto, por lo mismo que lleva un nombre femenino. Y no os envanezcais, mujeres despiadadas, por que el hombre sea vuestro hijo; que tambien las rosas salen de las espinas, y la perfumada azucena de un fétido tallo. Nacidas tan solo para eterna desgracia de la raza humana, sois importunas, soberbias, desdeñosas, sin fé, sin piedad, sin juicio, temerarias, crueles, inícuas é ingratas.

Con estas y otras infinitas quejas, iba Rodomonte exhalando su mortal despecho, y lanzando las más terribles imprecaciones contra el sexo débil, en voz baja unas veces, y otras prorumpiendo en gritos, que se oian á larga distancia. Fácil era conocer que el dolor le hacia desvariar; pues por una ó dos mujeres que sean en efecto malvadas, debemos creer que otras ciento serán dignas de alabanza, y aun cuando no he podido encontrar una sola verdaderamente fiel entre todas las que he amado hasta ahora, no quiero llamar á las restantes pérfidas é ingratas, sino culpar más bien á mi mala estrella. Muchas existen en la actualidad, así como han existido infinitas, que no dan ni han dado el[84] menor motivo de queja á sus amantes; pero mi adversa fortuna hace de modo que, si entre ciento se encuentra una sola perversa, he de ser yo su víctima. A pesar de esto, pienso redoblar mis pesquisas antes de morir, ó más bien, antes de que empiecen á blanquear mis cabellos, hasta verme tal vez obligado á confesar que he dado con una que me sea fiel. Si tal sucede, como me complazco en esperarlo, consagraré toda mi existencia á ensalzarla con mi lengua, con mi prosa y con mis versos, y desde mi humilde esfera, no cesaré un punto de trabajar para proporcionarle un glorioso renombre.

No menos encolerizado estaba Rodomonte contra su rey que contra la doncella; y en su insensato furor, maldecia tan pronto al uno como á la otra. Deseaba que llovieran sobre el reino de Agramante tantos daños y tantas calamidades, que se vieran destruidas sus ciudades, sin que quedara piedra sobre piedra; deseaba tambien que el monarca se viera despedido de sus estados, y viviera sumido en el llanto y la desesperacion, mendigando su subsistencia; pero al mismo tiempo anhelaba ser él quien le devolviera lo perdido, colocándole de nuevo en su antiguo sólio, para darle una prueba de su lealtad, y hacerle ver que un amigo verdadero, ya tenga ó no la razon de su parte, debe ser siempre preferido á despecho del mundo entero.

De este modo iba el Sarraceno cabalgando á grandes jornadas y maldiciendo alternativamente á su rey y á su dama, sin que se mitigara su cólera, ni conceder apenas descanso á Frontino. Al dia siguiente ó al otro, se encontró á orillas del Saona, y se encaminó directamente hácia las costas de Provenza, con intencion de embarcarse para regresar al África. El rio estaba cubierto de una orilla á la otra de numerosas embarcaciones, que llevaban desde diferentes sitios[85] víveres y provisiones para el ejército sarraceno, por haber caido en poder de los moros las comarcas que se extienden por la orilla izquierda del rio, desde París á Aguasmuertas, y por la derecha, hasta los confines de España. Las vituallas se trasbordaban desde las naves á los carros y acémilas, y en seguida eran transportadas á donde no podian llegar los bajeles, custodiadas por fuertes escoltas. Poblaban las orillas del rio numerosos rebaños, procedentes de distintos países, y sus conductores pasaban la noche en varias hosterías, situadas junto á las márgenes del Saona.

Sorprendido Rodomonte por las densas tinieblas de la noche, al llegar á aquel sitio, aceptó la invitacion de un hostalero del país, que le instó para que se albergase en su posada. Despues que hubo dejado su caballo en la cuadra, pasó á participar de una buena cena, en que le sirvieron excelentes vinos de Córcega y de Grecia; pues el Sarraceno, rígido observador en lo demás de las costumbres mahometanas, bebia, sin embargo, á la francesa. El huésped se esforzaba en complacer á Rodomonte, ofreciéndole buena mesa y mejor rostro, por haber adivinado en su apostura, que era un guerrero ilustre, al par que valeroso; pero el infiel, que tenia el alma separada del cuerpo, y aquella noche no podia decir si conservaba el corazon, que volaba, á pesar suyo, al lado de su adorada, dejaba pasar desapercibida la solicitud del hostalero, y no le decia una palabra.

El buen hombre, que era uno de los más astutos y diligentes de que en Francia se ha conservado memoria, y habia tenido la habilidad suficiente para salvar su posada y sus bienes, á pesar de estar rodeado de enemigos extranjeros, vivia con algunos parientes suyos, á quienes habia llamado para que le ayudasen á servir con más prontitud á Rodomonte; pero ninguno de ellos se atrevia á desplegar[86] los lábios al ver al Sarraceno silencioso y pensativo. Embebido este en un confuso tropel de pensamientos, que le tenian profundamente abstraido y ajeno á cuanto le rodeaba, estaba con la cabeza baja y sin fijar en nadie la vista. Despues de haber permanecido inmóvil durante mucho tiempo, lanzó un suspiro, como si despertara de un sueño abrumador, agitó todo su cuerpo, y levantó los ojos, reparando entonces en el posadero y en su familia.

Rompió despues su prolongado silencio, y con semblante más agradable y expansivo, preguntó al huésped y á los que con él veia, si alguno de ellos estaba casado. Le respondieron que todos los circunstantes lo estaban, y entonces les exigió que le dijeran lo que cada cual creia con respeto á la fidelidad de su esposa. Todos le contestaron, que tenian á sus respectivas mujeres por buenas y honradas, excepto el posadero, que exclamó:

—Haceis bien en creer lo que más os conviene; pero yo sé que estais muy equivocados. Vuestra necia credulidad es causa de que os tenga por insensatos, en cuya opinion debe abundar tambien este caballero, á no ser que os quiera demostrar que lo negro es blanco. Así como en el mundo no existe más que un ave fénix, tampoco puede existir más de un solo hombre que consiga librarse de la infidelidad de la mujer. Cada cual cree ser el único y feliz mortal que tal triunfo alcanza; pero ¿cómo es posible que todos lo sean, si en el mundo no puede haber más que uno? Tambien yo, como vosotros, incurrí en el grosero error de creer que era posible la existencia de más de una mujer casta; pero llegó aquí, por mi buena suerte, un caballero de Venecia, el cual presentándome las pruebas más irrefutables, desvaneció por completo mi ciega ignorancia. Aquel caballero se llamaba Juan Francisco Valerio: nunca he olvidado su nom[87]bre: sabia uno por uno todos los ardides de que suelen echar mano todas las mujeres y las amantes, y además de esto, conocia tan bien todas las historias antiguas y modernas que venian en apoyo de su propia experiencia, que me dejó plenamente convencido de que jamás existieron mujeres honradas, ya fueran pobres ó ricas, y de que si alguna parecia más casta que las otras, era porque tenia más destreza para ocultar sus devaneos. Entre las infinitas historias que me contó, (y fueron tantas, que no recuerdo la tercera parte de ellas), se fijó una de tal modo en mi memoria, que ni grabada en mármoles se conservaria mejor. Estoy seguro de que todos cuantos oyeran su relato, modificarian inmediatamente su opinion con respeto á esas fementidas hembras, adhiriéndose á mi parecer; y si no os desagradara prestarme unos momentos de atencion, valeroso caballero, os referiria dicha historia para confusion del otro sexo.

El Sarraceno respondió:

—No puedes hacer nada que tanto me agrade y me deleite en estos momentos, como referirme historias ó presentarme ejemplos que estén en acuerdo con mis ideas: y á fin de que pueda oirte mejor, y tú contarme más descansado esa historia, siéntate en frente de mí, para que pueda verte el rostro.

En el canto siguiente os repetiré lo que el hostalero refirió á Rodomonte.


[88]

CANTO XXVIII.

Rodomonte oye las peores cosas que contra las mujeres pueda decir una lengua falaz.—Continúa despues el viaje hácia su reino; pero antes llega á un sitio agradable para su corazon.—Se siente abrasado de un nuevo amor por Isabel, y como le estorba el monje que acompaña á la jóven, le da una muerte cruel y traidora.

¡Oh mujeres! ¡Oh hombres, que teneis en mucho al bello sexo! No deis, por Dios, oidos á la historia que el posadero refirió en desprecio vuestro, con el objeto de hacer recaer sobre vosotras la infamia y el vilipendio, por más que una lengua tan viperina no pueda mancillaros ni aumentar vuestra estimacion, y sea achaque antiguo en el vulgo ignorante el de atreverse á todo y complacerse en hablar de lo que menos entiende. Pasad este canto por alto; pues no por eso quedará truncada esta historia, ni será menos clara mi narracion. Habiendo hallado el cuento del posadero en los escritos de Turpin, lo he colocado tambien en mi obra; pero sin malevolencia ni dañada intencion. Podeis estar persuadidas de que os amo, no solo por habéroslo expresado así mi lengua, que jamás ha sido avara en cantar vuestras alabanzas, sino por haberos dado repetidas pruebas de mi afecto, demostrándoos que ni soy ni puedo ser más que vuestro. Pasad, pues, si quereis tres ó cuatro páginas sin leer una sola línea: el que se aventure á recorrer su contenido, debe darle el mismo crédito que si se tratara de una ficcion ó una insensatez.

Pero volviendo á coger el hilo de mi discurso, os diré que, en cuanto el hostalero vió que todos estaban dispuestos[89] á escucharle, y despues de haber tomado asiento enfrente del caballero, empezó su historia en estos términos:

—Astolfo, rey de los Lombardos, á quien su hermano cedió la corona para vestir el hábito religioso, fué tan bello y apuesto en su juventud, que pocos mortales llegaron á igualarle. Con dificultad hubieran podido reproducir en el lienzo sus admirables facciones el célebre Zeuxis ó el mismo Apeles, ú otro pintor más eminente que estos, si es que ha existido. Todos convenian en que era hermoso y gentil, pero el jóven lo creia así más que nadie. No le envanecia tanto la superioridad en que, por razon de su elevada dignidad, se encontraba con respecto á los magnates de su reino, ni ser el monarca más poderoso de cuantos en aquella region existian, ni tener á su disposicion considerables riquezas y numerosos ejércitos, como la celebridad que alcanzaba en todo el mundo por su donaire y gentileza. Siempre que oia encomiar sus atractivos, sentia el mismo placer que disfrutamos cuando ensalzan la cosa que más amamos.

»Entre los varios magnates de su corte, distinguia particularmente con su afecto á un caballero romano llamado Fausto Latino, ante el cual se alababa con frecuencia de la perfeccion de su rostro ó de sus manos. Preguntándole un dia si habia visto en su vida un hombre de formas tan esbeltas y proporcionadas como las suyas, oyó una respuesta contraria á la que esperaba.

—«Segun lo que veo, respondió Fausto, y lo que oigo repetir por todas partes, tu belleza tiene pocos rivales en el mundo, y aun estos pocos los reduzco yo á uno. Este es un hermano mio, llamado Jocondo. Si se exceptúa mi hermano, no dudo que dejes á todos atrás en punto á belleza; pero estoy persuadido de que él te iguala y quizás te aventaja en hermosura.»

[90]

»Al Rey se le hacia difícil creer que existiera quien le arrebatase la palma de la belleza, por lo cual manifestó los más vivos deseos de conocer al jóven á quien tanto le encomiaban. Sus repetidas instancias arrancaron á Fausto la promesa de hacer venir á la corte á su hermano, á pesar de que le costaria un ímprobo trabajo obligarle á acceder; porque Jocondo era un hombre que jamás habia salido de Roma, donde gozaba de una existencia tranquila y sin afanes, disfrutando de los bienes que la suerte le concediera, y sin haber hecho el menor esfuerzo para aumentar ó disminuir el patrimonio que le dejó en herencia su padre: así es, que un viaje á Pavía le pareceria mucho más largo que á otros ir al Tana[27]. Pero la mayor dificultad consistiria en poderlo separar de su mujer, á la que profesaba un amor tan entrañable, que no tenia más voluntad que la suya. A pesar de todos estos obstáculos, dijo Fausto que por obedecer á su Rey, marcharia á Roma y haria más de lo que le fuera posible en este asunto. El monarca unió á sus ruegos tantos ofrecimientos y regalos, que no hubo medio de resistir á sus deseos.

»Emprendió Fausto la marcha, y á los pocos dias se encontró en Roma y en el hogar paterno. Fueron tantos los ruegos y las súplicas que dirigió á su hermano, que al fin logró hacerle consentir en acudir al llamamiento del Rey. Consiguió además, á pesar de ser bastante difícil, que su cuñada no se opusiera á sus intentos, haciéndole ver las ventajas que de ello reportaria y el agradecimiento eterno á que le quedaria obligado. Fijó Jocondo el dia de la partida, y entre tanto se proveyó de caballos y criados, y se mandó hacer trajes magníficos, suponiendo con razon que el ador[91]no da mayor realce á la belleza. La mujer no se apartaba un momento de su lado, llorando dia y noche, y diciéndole que no sabria cómo soportar aquella ausencia sin que le costara la vida, cuando al pensar en ella solamente sentia que el dolor le arrancaba el corazon.—«No llores, vida mia, le decia su esposo», y mientras tanto derramaba él un copioso llanto.—«Ojalá me sea tan próspero el viaje, como es cierto que no tardaré dos meses en volver á tu lado; pues aunque el Rey me cediese la mitad de sus estados, no consentiria en prolongar mi ausencia ni un solo dia más de dicho término.»

»La afligida esposa no se consolaba, á pesar de tales seguridades, diciéndole que el plazo era demasiado largo, y que si al regresar no la encontraba muerta, solo podria atribuirlo á un gran milagro del Cielo. Tan grande era el dolor que dia y noche la atormentaba, que se resistia á tomar toda clase de alimento, y ni siquiera podia conciliar el sueño; llegando á tal extremo, que Jocondo, movido á compasion, se arrepentia ya de haber accedido tan fácilmente á los deseos de su hermano. Quitóse ella un collar del cual pendia una cruz guarnecida de piedras preciosas, que contenia reliquias santas recogidas en muchos sitios por un peregrino bohemio. Al regresar este peregrino de Jerusalen, aquejado de una violenta enfermedad, recibió franca hospitalidad en casa del padre de la dama; y habiendo muerto en ella, dejó á su huésped heredero de la misma cruz que entonces recibia Jocondo de mano de su esposa; la cual le suplicó que la llevara siempre colgada al cuello, cual constante recuerdo y prenda de su amor.

»Aceptó el esposo con agrado aquel presente, aun cuando no tenia necesidad de él para no olvidar á su adorada compañera; pues ni el tiempo, ni la ausencia, ni la próspera ó [92] adversa fortuna podrian borrar de su corazon el recuerdo eterno é indestructible que de ella conservaria mientras existiera y aun despues de la muerte. Durante la noche que precedió á la mañana fijada para la partida de Jocondo, no parecia sino que su esposa iba á quedar muerta en sus brazos ante la idea de verse sin él. El sueño huyó de sus párpados, y una hora antes de despuntar el dia, le dió su esposo el último adios. Montó á caballo y se puso en camino, dejando todavía á su mujer en el lecho.

»Aun no habia andado dos millas, cuando se acordó de la cruz que, por un olvido deplorable, habia dejado debajo de la almohada, donde la colocó al entregársela su esposa.—«¡Necio de mí! exclamaba. ¿Cómo hallaré una disculpa aceptable, para que mi mujer no vaya á creer que agradezco tan poco su inmenso amor?»—Ninguna de las excusas que buscaba en su imaginacion le parecian buenas ni aceptables: así es que se decidió á buscar la cruz olvidada, prefiriendo recogerla por sí mismo á mandar un criado ú otra persona menos interesada. Se detuvo, y dijo á su hermano:—«Sigue andando más despacio hácia Baccano, y espérame en la primera hostería que allí encuentres; porque yo he de volver forzosamente á Roma, aunque regresaré tan pronto, que espero alcanzarte en el camino. Nadie sino yo puede desempeñar la comision que me obliga á retroceder; pero no temas, que pronto seré contigo. Adiós.»—Al decir estas palabras, volvió riendas y se alejó á galope, sin permitir que le acompañara ninguno de sus criados.

»Cuando pasó nuevamente el rio, el Sol empezaba ya á disipar las sombras de la noche. Apeóse á la puerta de su casa, entró en ella, se dirigió á su lecho, y encontró en él á su mujer profundamente dormida. Descorrió del todo las cortinas sin decir una palabra, y se ofreció á su vista lo [93] que menos esperaba: vió á su casta y fiel esposa dormida en brazos de un jóven, á quien conoció al momento; pues era un mancebo de su servidumbre, de linaje oscuro, y á quien habia criado en su casa. Si Jocondo quedó atónito y desesperado, no hay para qué decirlo: vale más suponerlo y prestar crédito al relato de otros, que verse obligado á saber por experiencia propia lo que con gran dolor de su corazon supo el engañado marido. Impelido por la cólera, tuvo intencion de sacar la espada y atravesar con ella á entrambos; pero el amor que aun sentia hácia su mujer se lo impidió bien á pesar suyo. Este mismo insensato amor (¡hasta tal extremo le tenia avasallado!) no le permitió tampoco despertarla, por ahorrarle la vergüenza de verse sorprendida por él en tan grave falta. Salió de la estancia tan silenciosamente como pudo, bajó las escaleras, montó de nuevo á caballo, y desgarrando los hijares del animal con el acicate, del mismo modo que él tenia desgarrado el corazon por el aguijon de los celos, alcanzó á su hermano antes que este hubiese llegado á la posada.

»Observaron al momento sus compañeros de viaje la alteracion de sus facciones, y conocieron que su corazon estaba oprimido por la tristeza; pero ninguno de ellos podia suponer aproximadamente la causa que la producia, ni mucho menos penetrar su secreto. Creian que se habia separado de ellos para ir á Roma, cuando donde habia ido era á Corneto[28]. Sospechaban, es cierto, que amor era el motivo de su mal; pero nadie imaginaba de qué modo tan cruel lo era. Suponia Fausto que la afliccion de su hermano procedia de haber dejado sola á su mujer, cuando, por el contrario, lo que más irritaba y ponia fuera de sí á Jocondo, era[94] haberla encontrado demasiado acompañada. El infeliz, con el entrecejo fruncido y contraidos los lábios, no levantaba los ojos del suelo, mientras Fausto procuraba por todos los medios posibles consolarle; mas de poco le servian, por lo mismo que ignoraba la causa de su pena. De esta ignorancia resultaba, que ponia en su herida un bálsamo enteramente contrario; pues recordándole su mujer, no hacia otra cosa que aumentar su dolor, cuanto más se esforzaba en calmarlo.

»Jocondo no disfrutaba el menor reposo ni de dia ni de noche: su apetito huyó con el sueño, y su rostro, tan bello hasta entonces, experimentó tal mudanza, que no parecia el mismo. Parecia que los ojos se le habian hundido en el cerebro; que la nariz habia crecido en su descarnado semblante, quedándole ya tan poco de su pasada belleza, que en vano hubiera pretendido sostener el paralelo con la hermosura del Rey. Su dolor incesante le causó una fiebre tan molesta, que se vió obligado á detenerse algun tiempo en las orillas del Arbia y del Arno, desvaneciéndose allí los últimos restos de su belleza, cual se marchita una rosa privada de la luz del sol.

»Aun cuando Fausto se lamentaba del estado á que veia reducido á su hermano, se lamentaba mucho más de ser mirado como un impostor por aquel príncipe á quien en tan alto grado le alabara. Habíale prometido presentarle el hombre más gentil de cuántos existian, y ya no podia hacerle ver sino al más feo de todos: sin embargo, continuando su camino, lo llevó consigo hasta que llegaron á Pavía. Como no queria que el Rey le viese de improviso, exponiéndose á que le tachara de insensato, le advirtió por medio de una carta, que su hermano acababa de llegar con pocas esperanzas de vida, y que una pena cruel, acompañada de[95] una fiebre devoradora, habian marchitado de tal modo sus facciones, que estaba desconocido.

»La llegada de Jocondo causó al Rey el mismo regocijo que la del amigo más querido; pues nada habia deseado en su vida tanto como conocerle. Regocijóse interiormente al ver que le era inferior en belleza, si bien conocia, que, á no ser por la enfermedad que le aquejaba, le seria superior, ó por lo menos igual. Le alojó en su mismo palacio, donde le visitaba diariamente, informándose á cada hora de su estado, y procuró rodearle de las mayores comodidades y ofrecerle toda clase de honores y consideraciones. Jocondo languidecia de dia en dia, pues el doloroso recuerdo de su criminal mujer, le roia incesantemente el corazon; y ni las fiestas, ni los juegos, ni la música, disminuian en lo más mínimo su acerba pena.

»Ocupaba un departamento situado en el piso superior del edificio, y antes de llegar á él habia un salon antiguo. Como le incomodaba toda distraccion y toda compañía, solia pasearse enteramente solo por dicha estancia, añadiendo continuamente nuevo peso á los abrumadores pensamientos que oprimian su corazon; y sin embargo, ¡quién lo creyera! encontró en aquel salon el remedio de su profunda herida. En uno de los ángulos de la estancia en que mayor oscuridad reinaba, porque casi nunca se abrian las ventanas, observó que el tabique no se unia bien al muro, y daba paso á un rayo de luz. Miró Jocondo por aquella rendija, y vió lo que pareceria increible á cualquiera que lo oyese referir; pero él no lo oyó decir á nadie, sino que lo vió, y á pesar de esto no podia dar crédito á sus ojos.

»Desde su extraño observatorio, descubrió por completo el retrete más secreto y más suntuoso de las habitaciones de la Reina, donde nadie podia penetrar excepto las perso[96]nas de su mayor intimidad. Examinó atentamente lo que allí pasaba, y vió á la Reina abrazada estrechamente con un enano, el cual habia sido tan diestro, que consiguió dominarla y hacerse dueño de su corazon. Jocondo permaneció un largo rato atónito, estupefacto, y creyendo ser presa de un engañoso sueño; mas cuando vió que el sueño no era tal, sino una evidente realidad, no tuvo más remedio que dar crédito á sus ojos.—«¿Es posible, exclamó, que se someta de tal modo á un ser deforme y despreciable esa dama, cuyo marido es el rey más poderoso, más gentil y más amable del mundo? ¡Oh lascivia!»

»Acordóse entonces de su mujer, á quien maldecia sin cesar por haberla sorprendido concediendo sus favores á un criado jóven; y al compararla con la Reina, no pudo menos de excusar algun tanto su falta, por creer que esta no procedia enteramente de su voluntad, sino de la inclinacion de su sexo, que no puede contentarse con un solo hombre y si todas tenian alguna mancha que ocultar, á lo menos la suya no habia elegido un mónstruo.

»Al dia siguiente, volvió á la misma hora y al mismo sitio, y vió de nuevo á la Reina y al enano haciendo al Rey idéntico ultraje. Por espacio de muchos dias se repitió la fiesta; y sin embargo, la princesa, con gran sorpresa de Jocondo, se lamentaba siempre del poco amor del enano. Un dia, entre otros, observó que la Reina, turbada, impaciente y melancólica, habia mandado llamar dos veces por una de sus doncellas al enano, el cual no se presentaba. Ordenó por tercera vez que le llamaran, y la doncella entonces le dijo:—«Señora, está jugando, y por no perder un sueldo, se niega el muy bribon á acudir á vuestro llamamiento.»

»Ante tan extraño espectáculo, Jocondo recobró su per[97]dida serenidad, y haciéndose digno de su nombre[29], se mostró contento, y trocó en risa su llanto. Con su alegría reaparecieron sus colores y sus buenas carnes, hasta el punto de parecer un ángel del Paraiso, dejando asombrados al Rey, á su hermano y á toda la corte ante tan repentina mudanza. Si el Rey deseaba oir de los lábios de Jocondo la causa de su rápida curacion, no se mostraba este menos deseoso de manifestársela, á fin de hacerle sabedor de tamaña injuria; pero como no queria que el Rey impusiese á su esposa el castigo que él habia dejado de imponer á la suya, antes de explicarle aquel misterio, le hizo jurar solemnemente que en ninguna ocasion habria de vengarse de cuanto le dijera ó le hiciera ver, ya le fuese desagradable, ó ya conociese que era una ofensa hecha directamente á la majestad de que estaba revestido; exigiéndole además la promesa de guardar silencio, con el objeto de que el culpable jamás pudiera sospechar, ni por palabras, ni por obras, que el Rey conocia su crímen. Astolfo, que podia imaginar cualquier cosa menos la de que se trataba, juró sin vacilar todo cuanto quiso Jocondo, y entonces este le reveló la causa de su prolongada enfermedad, diciéndole que procedia de haber encontrado á su infiel consorte en brazos de un humilde criado, y que sin duda habria muerto de desesperacion á no haber hallado tan pronto el remedio. Añadió que precisamente en el palacio real habia visto una cosa que mitigaba su quebranto, al considerar que si bien habia caido sobre él una grave deshonra, estaba seguro de no ser á lo menos el único deshonrado. Así diciendo, condujo al Rey á la rendija del salon, y le enseñó el horrible enano que se solazaba á sus anchas con la Reina.

[98] »Fácilmente comprendereis, sin necesidad de que yo lo jure, la indignacion que semejante espectáculo causó á Astolfo: faltóle poco en su rabia para perder el juicio ó para estrellarse la cabeza contra las paredes. Estuvo á punto de gritar y de romper su juramento; pero preciso le fué sellar sus lábios y devorar su amargo ultraje, puesto que lo habia jurado así sobre la sagrada hostia.»

—«¿Qué debo hacer, qué me aconsejas, amigo mio, dijo á Jocondo, ya que me has privado de saciar la justa indignacion que arde en mi pecho con la más terrible y la más merecida de las venganzas?»

—«Abandonemos para siempre á nuestras ingratas mujeres, respondió Jocondo, y probemos si todas son tan fáciles de conseguir como ellas: hagamos con las mujeres ajenas lo mismo que los demás han hecho con las nuestras. Los dos somos jóvenes y dotados de tantos atractivos, que con dificultad encontraremos quien nos aventaje. ¿Habrá alguna mujer que se muestre esquiva con nosotros, cuando vemos que no resisten á las seducciones de seres abyectos y deformes? En el caso de que no nos valgan para rendirlas ni la juventud ni la belleza, apelaremos á otro atractivo más irresistible; el oro. No debemos cejar en nuestro propósito hasta haber conquistado los ópimos despojos de mil mujeres ajenas. La ausencia, la variacion de climas y de países, el trato con las damas extranjeras curarán, á no dudarlo, las penas del amor que hoy laceran nuestro corazon.»

»Astolfo halló excelente el plan de Jocondo, y no queriendo aplazar un solo momento la partida, se puso en camino á las pocas horas, acompañado solamente del caballero romano y de dos escuderos. Visitaron de incógnito la Italia, la Francia, el país de los flamencos y el de los ingleses, sin[99] encontrar una mujer hermosa que no cediera á sus ruegos. Pagaban con liberalidad los favores que recibian, y con frecuencia se reintegraban de los dispendios hechos: muchas hermosas se ablandaron á sus súplicas; pero en cambio otras tantas les ofrecieron con instancias sus favores. Permaneciendo un mes en un país, dos en otro, adquirieron el íntimo convencimiento de que las demás mujeres no eran más fieles ni más castas que las suyas. Al cabo de algun tiempo, empezó á cansarles aquella vida agitada, aquel afan de ir siempre en busca de cosas nuevas, y sobre todo, la obligacion que se habian impuesto de cazar en cercado ajeno, exponiéndose continuamente á la muerte, y pensaron que era mucho mejor buscar una mujer de rostro y carácter agradables á entrambos, que les proporcionara en comun los placeres del amor, y de quien no tuvieran que sentir el aguijon de los celos.

—«Prefiero que seas tú más bien que cualquier otro mi compañero de amor, decia el Rey á Jocondo, por lo mismo que sé que entre todas las que componen la gran falanje femenil, no hay una sola que se contente con un hombre nada más. Bástanos con una sola para gustar los deleites amorosos, sin abusar de nuestra naturaleza, y únicamente cuando se manifiesten nuestros deseos. De este modo, no tendremos jamás disputas ni disensiones, ni creo que ella pueda quejarse; porque es indudable que si toda mujer tuviera dos maridos, les seria más fiel que á uno solo, y tal vez no habria tantas querellas entre los matrimonios.

»Jocondo aplaudió las palabras del Rey, y resueltos á llevar á cabo tal proyecto, empezaron á buscar por montes y llanuras la mujer que deseaban. Encontraron al fin lo que convenia á sus miras en la hija de un posadero español, que tenia una hostería en el puerto de Valencia, la cual [100] era una muchacha de esbelto talle y agradable presencia, y cuyo lozano semblante anunciaba que apenas habia entrado en la florida primavera de su vida. El padre, que estaba cargado de hijos y era enemigo mortal de la pobreza, consintió fácilmente en entregar su hija á los dos caballeros, para que pudiesen llevársela donde más les agradara, puesto que le habian prometido tratarla bien.

»Lleváronse á la muchacha, y disfrutaron alternativamente de sus encantos en amor y santa paz, semejantes á los fuelles de una fragua, que soplando uno tras otro, no dejan que se apague el fuego. Proponiéndose recorrer toda la España y pasar desde ella al reino de Sifax[30], salieron de Valencia y se detuvieron el mismo dia en una posada de Játiva. Los dos amigos se dedicaron á visitar los templos, los palacios, los establecimientos públicos y las calles y plazas, siguiendo la costumbre que observaban en todas cuantas ciudades recorrian. Dejaron á la muchacha en la posada con sus demás criados, los cuales se pusieron á hacer las camas, á acomodar los caballos en las cuadras ó á preparar la cena para cuando volvieran sus señores.

»En aquella posada estaba de criado un mancebo que habia servido en otro tiempo en casa del padre de la jóven, de la cual fué amado en sus más tiernos años, y con la cual habia gustado las primicias del amor. Conociéronse al instante, pero procuraron disimularlo, por temor de que lo notaran los dos amigos; mas en cuanto se alejaron estos y vieron á los demás criados dedicados á sus quehaceres, dejaron aparte todo disimulo. El jóven preguntó á la muchacha el objeto de su viaje, y á cuál de los dos señores pertenecia: entonces Flameta (que tal era el nombre de la mu[101]chacha, así como el Griego el del jóven) le respondió, manifestándole la verdad.

—«¡Ay de mí! exclamó el Griego: cuando creí llegado el tiempo de vivir siempre contigo, Flameta mia, vas á ausentarte, y te perderé tal vez para siempre! Mis dulces designios van á convertirse en amargas penas, puesto que perteneces á otros, y te alejas tanto de mí! A fuerza de trabajos y de sudores, con lo que habia ahorrado de mis salarios y con las propinas de muchos viajeros, he logrado reunir algun dinero, y pensaba volver á Valencia para pedirte á tu padre por esposa y casarnos inmediatamente.»

»La jóven se encogió de hombros, y por toda respuesta le dijo que habia llegado demasiado tarde. El Griego empezó á llorar y á lamentarse, aunque á la verdad, con algun fingimiento.

—«¿Quieres dejarme morir así? le dijo: estréchame á lo menos entre tus brazos, y permite que desahogue en tu seno esta pena que me atormenta. ¡Seria tan dulce para mí la muerte si pudiera pasar á tu lado todos los instantes que faltan hasta tu partida!»

»La jóven, compadeciéndose de su afliccion, le respondió:

—«Puedes creer que no lo deseo menos que tú; pero no encuentro sitio ni ocasion oportuna aquí, donde nos observa tanta gente.»

»El Griego replicó:

—«Estoy seguro de que si me amaras tan solo la tercera parte de lo que yo te amo, hallarias esta misma noche la ocasion de que pudiéramos solazarnos un poco.»

—«¿Y cómo conseguirlo, repuso Flameta, si duermo todas las noches entre los dos caballeros, prodigándome cada uno alternativamente sus caricias, y teniéndome siempre alguno de ellos entre sus brazos?»

[102]

—«Ese inconveniente no debe tener importancia para tí, contestó el Griego; pues demasiado sabrias evitarlo y aun escaparte furtivamente de su lado, si quisieras, como querrás sin duda en cuanto te conmueva mi profundo dolor.»

»Flameta permaneció algunos momentos pensativa, y despues dijo al mancebo, que fuese á buscarla cuando presumiera que todos dormian en la posada, informándole minuciosamente de lo que debia hacer, tanto al reunirse con ella, como al retirarse. Siguiendo el Griego sus instrucciones, en cuanto conoció que todos estaban entregados al sueño, se dirigió á la puerta del cuarto de su amada, la empujó cuidadosamente, y se adelantó muy despacio y caminando con suma cautela. Movia los piés con toda precaucion, haciéndose firme en el de detrás, y adelantando el otro como si temiera tropezar en el vidrio ó fuera pisando huevos: con los brazos extendidos del mismo modo fué vacilando hasta dar con el lecho, en el cual se metió de cabeza con el mayor silencio por el sitio donde los otros tenian los piés. Fué deslizándose suavemente por las piernas de Flameta, que estaba echada boca arriba, y así que llegó á la altura de su rostro, la abrazó estrechamente, y permaneció con ella hasta que empezó á despuntar la aurora, gustando ansioso toda la noche de las voluptuosas delicias de su ardiente amor.

»Tanto el Rey como Jocondo habian notado aquella amorosa lucha; pero engañados por un comun error, creyó cada cual que su compañero habia sido el afortunado. Cuando el Griego hubo satisfecho sus lascivos deseos, volvió á salir del mismo modo que habia entrado, y como empezara el Sol á lanzar sus fulgurantes rayos desde el horizonte, saltó Flameta del lecho, é hizo entrar á los criados.[103] Astolfo se dirigió á su compañero, diciéndole en tono de broma:

—«Amigo, mucho has debido caminar esta noche: tiempo es ya de que descanses, puesto que no has parado un momento.»

»Jocondo le respondió en el mismo tono:

—«¡Buena es esa! me estás diciendo lo mismo que yo iba á decirte: tú eres el que debe descansar, porque has estado cazando hasta la llegada del dia.»

—«Tambien yo hubiera deseado correr un poco, replicó el Rey, si me hubieses prestado el caballo, hasta dejar satisfecho el deseo.»

»Jocondo respondió:

—«Soy tu vasallo, y por lo tanto puedes hacer y deshacer conmigo toda clase de pactos: de consiguiente, si no te convenia observar nuestras mútuas condiciones, bastaba que me dijeras francamente: «Déjala estar».

»Tanto replicó el uno y tanto añadió el otro, que la cuestion iba agriándose por momentos. Sus palabras eran cada vez más insultantes, porque cada cual temia ser burlado por el compañero: llamaron á Flameta (que no estaba muy lejos, temerosa de que se descubriera su trama), á fin de que aclarara en presencia de ambos lo que uno y otro parecian ocultarse con sus negativas.

—«Dime, le dijo el Rey con mirada severa, y no temas que ninguno de los dos te hagamos daño alguno: ¿quién ha sido el dichoso que ha pasado toda la noche en tus brazos, sin permitir que nadie participara del mismo placer?»

»Entrambos esperaban ansiosos la respuesta, creyendo cada cual que iba á dejar al otro por embustero, cuando Flameta, temiendo por su vida al verse descubierta, se arrojó á sus plantas pidiéndoles perdon, y confesando que arras[104]trada por la pasion que sentia hácia su primer amante, y subyugada por la compasion que le inspiraba un corazon atormentado que habia sufrido mucho por ella, incurrió en la noche anterior en la falta, ocasion de su querella, y prosiguió refiriéndoles con todos sus detalles el ardid de que se habia valido, para que ambos creyeran que su compañero era el dichoso.

»El Rey y Jocondo estuvieron un gran rato contemplándose mútuamente, atónitos y estupefactos: hasta entonces no habia llegado á su noticia que dos hombres pudieran ser engañados de aquel modo. Acometióles despues un acceso de risa tan violento que se dejaron caer sobre la cama con la boca abierta, los ojos cerrados y pudiendo respirar apenas. Despues de haber dado rienda suelta á su hilaridad, hasta el extremo de dolerles el pecho y tener los ojos llenos de lágrimas, exclamaron:—«¿Cómo hemos de poder vigilar á nuestras mujeres á fin de que no nos engañen, si á pesar de tener á esta muchacha tan íntimamente unida á nosotros, que siempre la tocaba uno de los dos, nos ha burlado? Aunque un marido tuviera más ojos que cabellos, no podria librarse de una traicion semejante. Hemos puesto á prueba la virtud de mil mujeres, á cual más bellas, y ni una sola se nos ha resistido: podríamos hacer la misma prueba con otras mil, y de seguro que harian lo mismo que aquellas; pero debemos darnos por satisfechos con la última experiencia. Por lo tanto, estamos en el caso de creer que nuestras mujeres ni son más perversas ni menos castas que las otras, y puesto que son lo mismo que todas las de su sexo, lo mejor será volver á su lado.»

»Una vez tomada esta determinacion, hicieron que la misma Flameta llamara á su amante, y en presencia de cuantos habia en la posada, se la dieron por mujer junta[105]mente con un buen dote. Montaron despues á caballo, y en vez de seguir su camino hacia Poniente, volvieron hácia Levante, y regresaron al lado de sus mujeres, sin inquietarse en lo sucesivo por lo que hacer pudieran.»

El posadero puso fin con estas palabras á su historia, que fué escuchada con suma atencion por los circunstantes. El Sarraceno guardó completo silencio mientras duró su relato: despues dijo:

—Estoy firmemente persuadido de que los ocultos ardides de las mujeres son innumerables, y tanto, que no bastaria todo el papel del mundo para recordar una milésima parte de ellos.

Entre los presentes, se hallaba un hombre de edad madura, de más prudencia, más juicio y más atrevimiento tambien que los demás, y no pudiendo sufrir en silencio por más tiempo que se censurara tan acerbamente á todas las mujeres, se volvió al que habia narrado la historia, y le dijo:

—Todos los dias estamos oyendo referir cosas que no encierran el menor fondo de verdad: probablemente tu fábula será una de estas. No doy crédito alguno al que te la contó, por más que en lo restante fuese tan verídico como un evangelista; pues de seguro, esa historia es hija de una falsa opinion, y no de su experiencia en asuntos femeniles. La malevolencia hácia una ó dos mujeres le obligó sin duda, á odiar y vituperar á todas las demás, traspasando los límites de la cortesía; pero si se mitiga su ira, estoy cierto de que le oirás ensalzarlas mucho más de lo que ahora las calumnia. Cuando quiera alabarlas, tendrá más ancho campo del que tuvo para hablar mal de ellas, y por una mujer infeliz, merecedora de vituperio, hallará ciento dignas de honor y de respeto. En vez de censurarlas á todas, se deberia aplaudir la bondad de infinitas; y si tu Valerio dijo lo contrario,[106] obedeció á su despecho y no á lo que su corazon le dictaba.—Y ahora decidme: ¿Acaso hay entre vosotros alguno que haya guardado á su mujer la fidelidad debida? ¿Podreis negar que cuando os ha parecido conveniente, habeis perseguido á la mujer ajena, apelando hasta á las dádivas para conseguirla? ¿Creeis encontrar en todo el mundo un hombre que no haya obrado así? El que lo diga, miente; y el que lo crea, es un insensato.—En cambio, ¿habeis hallado alguna mujer que os ofrezca su amor, exceptuando á las mujeres públicas é infames? ¿Sabeis de alguno que no haya abandonado á su mujer, aun cuando fuese muy bella, para irse con otra, como estuviera persuadido de alcanzar en breve y fácilmente sus favores? ¿Qué haria aquel marido si le rogara ó le ofreciera alguna recompensa una mujer ó una doncella? Estoy seguro de que, por complacer á una ó á otra, nos expondríamos todos á perder la vida.—La mayor parte de las mujeres que abandonan á sus maridos tienen las más de las veces un justo motivo para hacerlo así; porque les ven despreciar el bien que les pertenece, para correr afanosos en busca del ajeno. Si quieren ser amados, preciso es que empiecen por amar y dar otro tanto de lo que reciben. Como estuviera en mis manos, habria de instituir una ley á la que nadie pudiera oponerse. Esta ley dispondria, que toda mujer sorprendida en flagrante adulterio fuese condenada á muerte, como no pudiese probar que su consorte habia cometido una vez la misma falta; pero si así lo probara, quedaria absuelta, y nada tendria que temer de su marido ni de la sociedad. Entre sus sublimes preceptos, nos ha dejado Cristo el de no hacer al prójimo lo que no se quiera para sí mismo. El mayor mal de que se puede acusar á las mujeres, y no á todas, es el de la incontinencia; pero en esta parte, ¿quién es más culpable? ¿Ellas, ó nosotros, para quienes la[107] continencia es una cosa completamente desconocida? Y si de esta falta no se sonroja el hombre, como debiera, ¿cuánto mayor no deberia ser su sonrojo y su vergüenza cuando blasfema, cuando se entrega al robo, al fraude, á la usura, al homicidio, y á todos los peores crímenes, si es que existen otros peores, y que practican exclusivamente los hombres?

Disponíase el sincero y justo anciano á apoyar sus razones con algun ejemplo ofrecido por esas mujeres virtuosas, cuyas acciones y cuyos pensamientos fueron siempre reflejo de su castidad, cuando el Sarraceno, á quien repugnaba oir la verdad, le lanzó una mirada terrible y amenazadora. El temor obligó al buen viejo á guardar el silencio; pero no le hizo variar de opinion.

Habiendo terminado el Rey pagano la cuestion de este modo, dejó la mesa, y se tendió despues en su lecho para disfrutar algun reposo hasta la llegada de la aurora; pero invirtió la noche, más bien que en dormir, en lamentarse de la ofensa que le infiriera Doralicia. Apenas apareció el primer albor matutino, se puso en marcha con intencion de embarcarse en el rio; porque teniendo al excelente caballo de que se habia apoderado á despecho de Sacripante y de Rugiero toda la consideracion que debe tener un buen ginete, y reflexionando que por espacio de dos dias consecutivos le habia hecho galopar más de lo justo, quiso proporcionarle el descanso necesario, haciéndole entrar en una barca, considerando por otra parte que el viaje seria así más rápido. Mandó al momento á los barqueros que se alejaran de la orilla é hicieran fuerza de remos, y la embarcacion, no muy grande y poco cargada, se deslizó velozmente por el curso del Saona.

Rodomonte no se veia libre de sus abrumadores pensa[108]mientos, lo mismo por la tierra que por el agua: si iba á caballo, los llevaba á la grupa; si embarcado, se le ofrecian en la proa y en la popa del bajel. Oprimiendo alternativamente su corazon ó su cabeza, le arrebataban todo consuelo y toda esperanza de sosiego: no sabia qué partido adoptar para hallar un alivio á su afliccion al ver que sus enemigos quedaban libres é impunes, ni de quién esperar merced, puesto que los suyos eran los que le hacian la guerra: el cruel amor, que debia acudir en su socorro, era el que más tenazmente le perseguia, sin concederle tregua ni sosiego. Navegó todo aquel dia y la noche siguiente, siempre agitado por el mismo afan; nada podia borrar de su imaginacion la injuria que habia recibido de su rey y de su dama. La misma pena y dolor que sentia á caballo los sentia tambien en la nave. Las aguas que iba surcando no podian apagar el incendio que le abrasaba, ni la variacion de sitios y de paisajes era bastante á variar su triste estado. Como el enfermo que, rendido y aniquilado por una fiebre devoradora, busca nuevas posiciones en su lecho, y volviéndose tan pronto de un lado como de otro, espera encontrarse mejor, aun cuando no consigue descansar ni sobre el derecho ni el izquierdo, sintiéndose incómodo y mal de todos modos, así tampoco experimentaba el pagano alivio alguno á su dolencia ni en la tierra ni el agua.

No teniendo ya paciencia para continuar embarcado, saltó en tierra, y pasó por Lyon y Vienne; siguió desde aquí á Valence, y despues vió á Avignon con su magnífico puente. Todas estas ciudades y otras muchas, situadas entre el rio y los montes Celtíberos, estaban sometidas á Agramante y al rey de España desde el dia en que penetraron en aquellas comarcas. Corrióse Rodomonte por la izquierda hácia Aigues-Mortes, con ánimo de embarcarse lo[109] más pronto posible para Argel, y llegó á un rio, á cuya orilla se asentaba una ciudad favorecida por Baco y Ceres, cuyos habitantes la habian abandonado, obligados á ello por las incesantes exacciones de los soldados sarracenos. Por un lado se descubria la inmensa superficie del mar; y por otro se veian ondear en los valles á impulsos del viento las doradas espigas. Descubrió allí una capilla, recientemente edificada sobre una colina, pero abandonada de los sacerdotes desde el principio de la guerra. Rodomonte la eligió para vivienda suya, por haberle agradado tanto á causa de su pintoresca situacion y de estar lejos del ruido de las armas que habian llegado á serle odiosas, que la prefirió á su reino. Renunciando á pasar al África, se alojó allí con sus escuderos, su caballo y sus equipajes. Aquel sitio estaba á pocas leguas de Montpellier, á la orilla de un rio y próximo á algunos castillos ricos y habitados, de suerte que era fácil proporcionarse lo necesario para la subsistencia.

Estando un dia el Sarraceno entregado á sus tristes pensamientos, como solia estarlo la mayor parte del tiempo, vió venir por en medio de una florida pradera á una doncella de hermoso rostro, acompañada por un monje de luenga barba: seguíales un corcel de gran talla, cargado con un bulto cubierto con un paño negro. Fácilmente habreis conocido quiénes eran la dama, el monje y lo que conducia el caballo: era Isabel, que llevaba consigo los restos de su idolatrado Zerbino. La dejé avanzando por el camino de Provenza, sirviéndole de guia y compañero el anciano venerable, que la habia persuadido á consagrar á Dios el resto de su casta vida.

Aun cuando el rostro de Isabel estaba á la sazon pálido é impregnado de melancólica tristeza, y sus cabellos desorde[110]nados; á pesar de que no cesaban de escaparse profundos suspiros de su acongojado pecho, y sus ojos estaban convertidos en dos fuentes, y se conocian en toda su persona las huellas de su dolor y sufrimiento, estas mismas circunstancias realzaban de tal modo su belleza, que el Amor y las Gracias no hubieran esquivado recrearse en ella.

En cuanto el Sarraceno vió aparecer aquella dama tan bella, sepultó en lo más recóndito de su mente el propósito de maldecir y odiar eternamente á la hermosa mitad del género humano, que es el mejor adorno del mundo, y le pareció Isabel la doncella más digna, en quien debia poner su segundo amor, borrando totalmente el recuerdo del primero, del mismo modo que un clavo saca otro clavo. Salió á su encuentro, y con el acento más dulce y el más halagüeño semblante de que supo revestirse, le hizo algunas preguntas referentes á su persona. Ella satisfizo su curiosidad ingénuamente, manifestándole que estaba determinada á dejar el mundo y sus insensatas vanidades, para atraerse la bendicion del Eterno por medio de prácticas piadosas. El orgulloso pagano, que no creia en Dios y menospreciaba toda ley y toda religion, prorumpió en una risa burlona; calificó de erróneo y poco meditado el proyecto de la jóven, y le dijo que su designio era tan censurable como el del avaro que sepulta sus riquezas, sin obtener de ellas la menor utilidad y sin provecho para los demás hombres; añadiendo, por último, que los encierros se habian hecho para los leones, los osos y las serpientes, y no para las cosas bellas é inofensivas.

El monje, que no perdia una sola de las palabras del Sarraceno, ni se separaba de la incauta jóven para acudir siempre en su socorro, apartándola del tortuoso camino del mal, como no se aparta del timon el experto navegante,[111] quiso entonces ofrecer á entrambos en suntuosa y espléndida mesa el más delicioso manjar espiritual; pero Rodomonte, que nació con mal gusto, no bien lo hubo probado cuando lo halló desagradable; y al ver que en vano procuraba interrumpir al monje sin lograr imponerle silencio, rompió el freno á su paciencia, y se arrojó sobre él enfurecido. Mas como podria pecar de difuso si continuara hablando, daré fin aquí á mi canto, por temor de que me suceda lo mismo que le sucedió al monje por hablar demasiado.


CANTO XXIX.

Isabel se hace cortar la cabeza por no satisfacer los lúbricos deseos del Pagano; el cual, advertido de su error, procura en vano aplacar su doliente espíritu.—Construye un puente en el que se apodera de los despojos de cuantos lo atraviesan.—Lucha con Orlando y caen ambos al rio.—Maravillosos hechos del Paladin.

¡Oh imaginacion calenturienta y mudable del hombre, cuán grande es tu inconstancia! ¡Con qué facilidad variamos de designios, sobre todo si son hijos de un amoroso despecho! No hace mucho, ví al Sarraceno tan profundamente irritado contra las mujeres y tan exajerado en su ódio, que llegué á figurarme, no solo que fuera inextinguible, sino que jamás llegaria á entibiarse. ¡Oh sexo encantador! Es tanto lo que me han ofendido los indebidos ultrajes que ese impío os ha prodigado, que no he de perdonarle su temeridad hasta demostrarle, por su mal, el grosero error en que ha incurrido. Con mi pluma y mi papel, haré de modo que todos convengan en que le hubiera sido más conveniente no desplegar los lábios, ó morderse la lengua [112] antes que hablar mal de vosotras. Que se produjo como un necio ó como un insensato, harto os lo habrá demostrado vuestra clara inteligencia; pues desnudó el acero de su ira contra todas, sin hacer la menor distincion. Y sin embargo, ha bastado una sola mirada de Isabel, para dar al traste con todos sus propósitos, y apenas la ha visto, cuando, sin conocerla siquiera, desea que ocupe en su corazon el sitio abandonado por Doralicia.

Abrasado repentinamente el Pagano por aquel amor naciente, intentó desvanecer con algunas fútiles razones el propósito firme y ardoroso que habia formado Isabel de dedicar su vida al Señor de todo lo creado; pero el eremita, que le servia de escudo y de defensa, acudió, como he dicho, en auxilio de la jóven, empleando los argumentos más terminantes é irrefutables para hacerla perseverar en sus piadosos intentos. Cansado Rodomonte de sufrir impaciente la enojosa locuacidad de aquel anciano, despues de haberle advertido que podia volverse á su soledad sin la doncella cuando quisiera; exasperado al ver que se oponia francamente á sus designios, y que no estaba dispuesto á cejar en su oposicion, le agarró de la barba con tal furia, que le arrancó una gran parte de ella. Excitada más y más su cólera, concluyó por asir al monje del cuello tan fuertemente, que sus dedos parecian unas tenazas, y haciéndole dar una ó dos vueltas en el aire, lo lanzó con tal ímpetu, que fué á parar al mar. No sé ni puedo decir lo que fué de él, porque las versiones son muy contradictorias. Unos dicen que se hizo pedazos contra una roca, de tal suerte, que no se podia distinguir los piés de la cabeza: otros, que fué á caer en el mar, distante más de tres millas, y que se ahogó en él por no saber nadar, á pesar de sus muchos ruegos y oraciones: otros, que acudió un Santo en su socorro, y le sacó[113] á la orilla con mano visible. Alguna de esas versiones debe de ser la verdadera; pero mi libro no vuelve á ocuparse de él.

Despues que el cruel Rodomonte se hubo desembarazado del locuaz eremita, se acercó con aspecto menos fiero á la atribulada doncella, y empezó á decirle, con la fraseología peculiar á los amantes, que era su vida, su corazon, su consuelo, su esperanza más querida, y todas esas expresiones que siempre van juntas, esforzándose en aparecer tan comedido, que no dió el menor indicio de violencia. El rostro gentil que le enamoraba parecia extinguir ó refrenar su acostumbrada arrogancia; y aun cuando era árbitro de cojer el fruto desde luego, no le pareció oportuno pasar de la corteza, suponiendo que no estaria bastante sazonado hasta que ella se decidiera á ofrecérselo como presente: el insensato se figuraba que de esta suerte iria disponiendo poco á poco á Isabel á que accediera á sus deseos.

Isabel, que se veia en aquel sitio solitario y salvaje, como el raton entre las zarpas del gato, hubiera preferido hallarse en medio de las llamas, y no cesaba de buscar en su imaginacion algun partido, algun camino por donde le fuese posible escapar intacta é inmaculada. Estaba firmemente resuelta á darse la muerte por su propia mano, antes que someterse á la voluntad del bárbaro Sarraceno, y ultrajar de este modo la memoria del amante, cuya suerte cruel y despiadada le habia llevado á morir en sus brazos, y á quien jurara fidelidad eterna. Sin embargo, no sabia qué hacer; y mientras tanto crecia por momentos el lascivo apetito del Rey pagano: le veia ya decidido á abusar de ella torpemente, destruyendo sus castos propósitos, cuando á fuerza de pensar, se le ocurrió á Isabel el medio de salir[114] ilesa y de salvar su virtud, haciendo su nombre ilustre y glorioso.

Al ver que el Sarraceno la hostigaba con palabras y ademanes muy distintos de las atenciones que le habia guardado anteriormente, le dijo:

—¡Oh, señor! Si me asegurais no atentar contra mi honor, si me prometeis que puedo permanecer sin temor al lado vuestro, os ofreceré en cambio una cosa que tendrá para vos mucho más valor que abusar de mi honestidad. No desprecieis una dicha eterna, una satisfaccion verdadera y sin par, por un placer harto pasajero, que tanto abunda en el mundo. Os será fácil encontrar otras mil mujeres hermosas que correspondan á vuestra pasion; pero no existe en la Tierra, ó son por lo menos muy contados, los que puedan proporcionaros lo que os ofrezco. Conozco una yerba, que he visto al venir aquí y podria encontrarla á pocos pasos de este sitio, que cocida con hiedra y ruda en un fuego de leña de ciprés, y exprimida despues por manos inocentes, suelta un jugo cuya virtud es tan grande, que basta mojarse tres veces el cuerpo con él, para que se endurezca hasta el punto de hacerse inpenetrable al hierro y al fuego. Práctica, como estoy, en el modo de preparar ese líquido, hoy mismo puedo hacerlo y ofreceros hoy tambien una prueba de su maravillosa eficacia, estando segura de que la apreciareis en más que la conquista de la Europa entera. En recompensa del secreto que os ofrezco, solo deseo que me jureis por vuestra fé de caballero respetar mi castidad, así en vuestras palabras como en vuestras acciones.

Esta proposicion produjo el efecto apetecido, haciendo que Rodomonte refrenara sus lascivos ímpetus, y que, deseoso de verse invulnerable, prometiera á Isabel más aun de lo que ella exigia. El Sarraceno ofreció á la jóven respe[115]tarla hasta ver los resultados de tan admirable líquido, y esforzarse en reprimir todo acto ó todo conato de violencia; si bien en su interior formaba el propósito de no cumplir su palabra, porque no respetaba ni temia á Dios ni á los Santos, y en cuanto á falta de fé dejaba muy atrás á sus infieles compatriotas. Así es que dió á Isabel las mayores seguridades de que no la molestaria, con tal de que ella se pusiera desde luego á extraer el filtro que le habia de conceder el don que en otro tiempo disfrutaron Cygno y Aquiles[31].

Isabel empezó á explorar los valles y las sombrías cañadas, lejos de las ciudades y aldeas, recogiendo una gran cantidad de yerbas, mientras el Sarraceno no se separaba un solo momento de su lado. Despues de haber recogido por muchos sitios las yerbas que creyó suficientes, unas con raices y otras sin ellas, regresaron tarde á su vivienda, donde la desolada jóven, modelo de continencia y recato, pasó toda la noche cociéndolas con mucho cuidado, en tanto que el rey de Argel examinaba curiosa y atentamente todos aquellos preparativos. Rodomonte púsose despues á jugar con los pocos criados que le acompañaban, y el calor del fuego que viciaba la atmósfera de aquel estrecho recinto les dió tal sed, que de libacion en libacion, llegaron á vaciar dos barriles de vino griego, robados por los escuderos, uno ó dos dias antes, á unos transeuntes.

Rodomonte no estaba acostumbrado á beber vino, por prohibírselo su religion; pero en cuanto lo probó, le pareció un licor divino, preferible al néctar y al maná. Burlándose del rito mahometano, continuó bebiendo á tazas y aun á botellas enteras; lo cual, unido á lo espirituoso del vino y á [116] su falta de costumbre, hizo que pronto perdieran la cabeza todos los bebedores.

Cuando Isabel juzgó que aquellas yerbas estaban bastante cocidas, apartó la caldera del fuego, y dijo á Rodomonte:

—Para que te convenzas de que no he lanzado mis palabras al viento, y para que veas la distancia que hay de la verdad á la mentira, voy á ofrecerte una prueba capaz de convencer á los más incrédulos; y esta prueba no se ha de hacer en otros, sino en mí misma. Quiero ser la primera en experimentar los preciosos efectos de ese líquido divino, á fin de que no vayas tal vez á figurarte que contiene un veneno mortífero. Me mojaré con él la cabeza, el cuello y el seno, y en seguida ensayarás en mi cuerpo la fuerza de tu brazo y el filo de tu espada, y veremos si el uno tiene bastante vigor y si la otra se mella.

Bañóse como dijo en aquel agua, y acto contínuo presentó con aire tranquilo y risueño su cuello desnudo al incauto pagano, que estaba turbado quizás por los efectos del vino, y ante cuyo vigor, de nada servian los yelmos ni los escudos. Aquel hombre bestial dió entero crédito á las palabras de Isabel, y le descargó tan terrible cuchillada, que separó de los hombros la hermosa cabeza en que Amor tenia su deliciosa morada.

Tres veces saltó el ensangrentado busto de la jóven, y de sus lábios yertos salió claramente pronunciado el nombre de Zerbino: por volar á su lado y por librarse del poder del Sarraceno, habia elegido Isabel tan extraordinario camino.

¡Oh alma pura, que no titubeaste en sacrificar tu vida y tu florida juventud, antes que faltar á la fé y á la castidad, á esa rara virtud que en nuestro tiempo apenas se conoce de nombre! ¡Descansa en paz, alma hermosa y bienaven[117]turada! ¡Quisiera que mis versos tuviesen la fuerza y el poder de que desearia dotarlos con todo el arte de la florida elocuencia y todas las galas de la divina poesía, para hacer que tu preclaro nombre viviera mil y mil años en la memoria de los mortales! ¡Vuela en paz al sólio del Eterno, legando á las demás mujeres un alto ejemplo de tu fidelidad!

Ante una accion tan incomparable y asombrosa, el Creador dirigió aquí abajo sus miradas, y exclamó:—«Eres más digna de alabanza, que aquella cuya muerte costó el trono á Tarquino[32]: por esta causa quiero instituir una ley que resista, como todas las mias, á la accion destructora del tiempo, y juro por las sagradas ondas, que nada podrá jamás alterarla. Quiero que toda mujer que en adelante lleve tu nombre, esté dotada de sublime ingenio, de belleza, gracias, bondad y prudencia; que sea un acabado modelo de pureza, de modo que todos los poetas celebren á porfía tu nombre, y que las cumbres del Parnaso, del Pindo y del Helicon resuenen sin cesar con el ínclito y digno nombre de Isabel.»

Así exclamó el Eterno, y acto contínuo serenóse el aire y aquietóse el mar más de lo que nunca lo habian estado. El alma casta de Isabel volvió al tercer cielo, pasando á disfrutar en los brazos de su Zerbino de las delicias de los bienaventurados, y dejando en la tierra, confundido de vergüenza y de estupor, á aquel nuevo Breusse feroz é impío, que maldijo su error y quedó como anonadado en cuanto se disiparon los vapores del vino. Presa de un verdadero[118] remordimiento, creyó aplacar, ó satisfacer los manes de Isabel, dando vida á su memoria, ya que habia dado muerte á su cuerpo: el medio más á propósito que se le ocurrió con este objeto, fué el de convertir la capilla que habia escogido por morada y en que inmoló á Isabel en un sepulcro, y hé aquí de qué modo.

Por medio de promesas ó de amenazas, reunió en aquel sitio todos los obreros de los alrededores, en número de unos seis mil: hizo que arrancaran enormes peñascos de los montes vecinos, y colocándolos unos sobre otros, formó con ellos una gran masa, que desde la base á la cúspide media noventa brazas: este monumento, muy parecido á la soberbia mole construida por Adriano á las orillas del Tíber[33], contenia en su interior la capilla, dentro de la cual reposaban los cuerpos de los dos amantes. Al lado del sepulcro levantó una elevada torre, donde determinó residir por algun tiempo, y construyó además un puente de unas dos brazas de anchura sobre el rio cuyas aguas lamian la falda de aquella colina. El puente era largo, pero tan estrecho, que apenas podian pasar por él dos caballos, ya marcharan ambos de frente ó en direccion encontrada, y como carecia de pretil ó parapeto, era muy fácil caer al agua por todas partes. El rey de Argel se propuso hacer pagar caro el paso de este puente á todos los guerreros, ya fuesen infieles ó cristianos, por haber jurado adornar con mil trofeos la tumba de Isabel y Zerbino.

En menos de diez dias quedó terminada la construccion del puentecillo; mas no pudo llevarse tan de prisa la del sepulcro ni la de la torre. Concluyéronse al fin todos los trabajos, y en la cima de la torre colocó un centinela que hacia constantemente el servicio de vigía, y en cuanto divi[119]saba un caballero dispuesto á pasar el puente, hacia con una trompa la señal convenida de antemano. Entonces se armaba Rodomonte y salia al encuentro del recien llegado, ora por una orilla, ora por la otra; de suerte que si el guerrero se presentaba por el lado de la torre, el rey de Argel le cortaba el paso por la orilla opuesta. El puentecillo era el campo de batalla, y en tan reducido espacio, el corcel que traspasaba un poco los bordes, caia irremisiblemente al rio, que estaba muy por debajo del puente y era profundo. En todo el mundo no ha existido un paso más peligroso. Habia reflexionado el Sarraceno, que exponiéndose con frecuencia á caer de cabeza desde el puentecillo al rio, donde forzosamente deberia beber mucha agua, llegaria á expiar el error en que le habia hecho incurrir el exceso del vino. ¡Como si el agua pudiera borrar las faltas que el vino nos hace cometer con la lengua ó con las manos!

En pocos dias llegaron muchos guerreros á aquel sitio; los unos para dirigirse á España ó Italia, por ser aquel camino el más directo y el más frecuentado; los otros para probar su valor y alcanzar un renombre que tenian en más que la vida; pero en vez de obtener la palma de la victoria, veíanse obligados á quedarse sin armas, y algunas veces sin existencia. Si los vencidos eran paganos, contentábase Rodomonte con despojarles de sus armas, y las colocaba en el sepulcro como un trofeo, con una inscripcion que indicaba el nombre de los caballeros á quienes habian pertenecido: si eran cristianos, los retenia cautivos, y sospecho que los enviaba despues á Argel.

Todavía no estaban concluidas las obras, cuando llegó por casualidad el loco Orlando á la orilla del rio, donde, como he dicho, hacia construir Rodomonte el sepulcro y la torre que no habia llegado á su fin, y el puente que apenas [120] estaba terminado. En el momento en que Orlando se presentó cerca del rio y del puente, se hallaba el Pagano cubierto con todas sus armas, pero sin casco. El Conde, impelido por su habitual furor, saltó la valla y echó á correr por el puente; mas Rodomonte quiso ahuyentarle con torva faz desde el pié de la torre en donde á la sazon se encontraba, diciéndole con tono amenazador, aunque sin dignarse desenvainar la espada:

—Indiscreto villano, temerario, importuno y arrogante, detente: este puente solo se ha hecho para caballeros nobles, y no para un bruto como tú.

Pero Orlando, que tenia distraida su imaginacion por una profunda idea, seguia adelante, sin hacer caso de tales voces.—«Fuerza será castigar á ese insensato,» exclamó el pagano; y se dirigió hácia él con intencion de precipitarlo en el rio, sin sospechar siquiera que el Conde pudiera hacerle frente.

En aquel momento, una gentil doncella, de rostro hermoso y noble porte, vistosamente engalanada, llegó á la orilla del rio con objeto de pasar el puente. Era, Señor, si no la habeis olvidado, aquella jóven que iba buscando las huellas de su adorado Brandimarte por todas partes, menos por París, donde precisamente se encontraba. En el momento en que llegó á aquel puente Flor-de-lis (que tal era el nombre de la doncella), aferróse Orlando á Rodomonte que queria arrojarle al rio. La doncella, acostumbrada á ver al Conde en la corte, le conoció al momento; pero se quedó estupefacta al reparar en aquella locura que le hacia ir desnudo por todas partes. Detúvose para ver el resultado de la lucha trabada entre dos adversarios tan vigorosos, que hacian uso de toda su fuerza para arrojar el uno al otro del puente abajo.

[121]

—¿Cómo es posible que un loco resista tanto?—decia entre dientes el irritado pagano: y se volvia y revolvia á uno y otro lado, lleno de enojo, de soberbia y de ira, buscando el sitio más á propósito para sujetar al Conde. Tan pronto adelantaba un pié como otro para hacerle tropezar, ó bien procuraba mañosamente echarle la zancadilla para derribarle, semejante al estólido oso que se empeña en arrancar el árbol de que ha caido, y al que acomete con rabia como si tuviera la culpa de su caida. Orlando, cuya imaginacion vagaba no sé por dónde, y que en semejante lucha tan solo hacia uso de aquella fuerza extraordinaria que no conocia igual en el universo, se dejó caer de espaldas al rio arrastrando al Pagano tras de sí. Ambos llegaron abrazados al fondo de las aguas, que saltaron hasta el cielo, haciendo resonar ambas orillas con el estrépito que produjo la caida. Al verse en aquel húmedo lecho, desasiéronse precipitadamente los dos adversarios. Orlando, que estaba desnudo y nadaba como un pez, dió tres ó cuatro brazadas, salió á la orilla fácilmente, y echó á correr de nuevo sin esperar á conocer el resultado de su lucha, ni cuidarse del elogio ó la censura que pudiera haber merecido. El Pagano, embarazado con el peso de sus armas, salió más tarde y más trabajosamente á la orilla.

Flor-de-lis habia pasado entre tanto con toda seguridad el rio y el puente, y reconocido por todas partes el sepulcro, para ver si encontraba en él cualquier vestigio de Brandimarte: no viendo allí ni sus armas ni su manto, pasó á buscarlo á otra parte. Pero volvamos á ocuparnos del Conde, que se alejaba de la torre, del rio y del puente.

Seria locura en mí pretender referiros una por una todas las que cometió Orlando; pues fueron tantas, que no sabria cuando acabar; pero me ocuparé de alguna que otra[122] de las más extraordinarias y á propósito para celebrar en mis versos, así como más conveniente para mi historia, y sobre todo no omitiré el hecho milagroso que llevó á cabo en los Pirineos cerca de Tolosa.—Habia ya recorrido el Conde muchos países, siempre impulsado por su furioso delirio, cuando llegó á la cumbre de los montes que separan al Franco del Tarraconense: encaminábase entonces hácia Occidente, y seguia un estrecho sendero que dominaba un valle profundo. Toparon con él en tan reducido paso dos montañeses jóvenes, que llevaban delante un asno cargado de leña, y como en el semblante de Orlando conocieron ambos que estaba privado de razon, empezaron á gritarle con voz amenazadora que se hiciera atrás ó á un lado y les dejara el paso libre. El loco no les respondió una palabra; pero descargó en el pecho del asno un tremendo puntapié con aquella fuerza que excedia á cualquier otra, y le lanzó por el espacio á tan considerable altura, que parecia un pajarillo hendiendo los aires, yendo á caer en la cima de un monte, distante más de una milla á la otra parte del valle. Arremetió despues á los dos jóvenes, uno de los cuales, impelido por el miedo y con más suerte que prudencia, se arrojó al fondo del precipicio, que tendria más de sesenta brazas de altura, y tropezando en su caida con el espeso ramaje de un matorral lleno de espinas, agarróse á él y logró salvarse á costa no más de algunos arañazos en el rostro. El otro procuró encaramarse á un peñasco que salia fuera del monte, esperando librarse de los golpes del loco, si lograba trepar á su cima; pero Orlando, decidido á matarle, lo agarró por un pié mientras se esforzaba en subir, y extendiendo cuanto pudo los brazos, lo desgarró dividiendo en dos trozos su cuerpo, del mismo modo que vemos dividir una garza ó un pollo, cuando el halconero quiere dar[123] sus entrañas á un halcon ó á un azor. Hizo muy bien en no morirse el compañero que estuvo á punto de romperse el cuello; pues refiriendo á otras personas esta aventura, dió lugar á que llegara á oidos de Turpin, y que este la dejara consignada en sus escritos.

Orlando continuó haciendo otras cosas tan estupendas como la que acabo de manifestar, mientras atravesaba aquellos montes. Despues de dar muchas vueltas, bajó por el Mediodia hácia las llanuras de España, y siguió caminando por la orilla del mar que baña las costas de Tarragona. Inspirado por su misma insensatez, quiso detenerse en aquella playa; y para preservarse de los rigores del Sol, se sepultó en la menuda y estéril arena. Mientras allí descansaba, la casualidad llevó á aquel sitio á la bella Angélica y su esposo, que á la sazon bajaban desde los Pirineos á la costa de España, segun os dije más atrás. Angélica llegó casi al lado de Orlando sin conocerle siquiera. ¡Y cómo presumir que aquel ser repugnante fuese el célebre Paladin, si le veia tan variado y tan diferente de lo que siempre habia sido! Desde que su razon estaba sometida al imperio de su insensato furor, siempre iba enteramente desnudo, así al Sol como á la sombra; de suerte que aun cuando hubiera nacido en la abrasada Siena, ó en el país de los Garamantas, ó en los montes donde nace el Nilo, su piel no estaria más tostada. Sus ojos estaban hundidos en las órbitas, sus mejillas enjutas y descarnadas, sus cabellos enmarañados y súcios, y su barba larga, erizada y asquerosa.

En cuanto Angélica le vió, retrocedió temblando de espanto, y dando un grito penetrante, corrió á ponerse bajo la salvaguardia de Medoro. Mas apenas observó el loco su presencia, se levantó de un salto para apoderarse de la jóven, cuyo rostro le agradó en extremo y cuyos atractivos[124] le inspiraron los más fogosos deseos. No conservaba ya en su imaginacion el menor recuerdo de su antiguo amor, pero persiguió entonces á Angélica del mismo modo que un perro perseguiria á una fiera. Al ver Medoro la intencion del loco, le echó encima su caballo, y empezó á darle tajos y estocadas por la espalda, con el propósito de cortarle la cabeza; pero tropezó con una piel más dura é impenetrable que el hueso ó el acero, porque el cuerpo de Orlando, como he dicho, era invulnerable y encantado. Al sentir este que le pegaban por detrás, volvióse y descargó un puñetazo descomunal sobre el caballo que el sarraceno le echaba encima. El noble animal cayó instantáneamente muerto, con la cabeza destrozada, cual si hubiera sido de vidrio, y Orlando, sin ocuparse más de Medoro, volvió á emprender nuevamente la persecucion de su fugitiva. Angélica seguia lanzando su yegua á todo escape, excitándola con el acicate y el látigo, y aun cuando el excelente bruto excedia en rapidez á la flecha desprendida del arco, la jóven se lamentaba de su desesperante lentitud: acordándose entonces de que podia salvarla el anillo que llevaba en el dedo, se lo puso en la boca; y aquel talisman, que no perdia nunca su virtud, la hizo desaparecer como á impulso de un soplo desaparece la luz. Bien fuese efecto del temor ó bien del movimiento que hizo al quitarse el anillo del dedo, ó quizá por haber tropezado la yegua, pues no puedo afirmar una cosa ú otra, lo cierto es que en el momento mismo en que Angélica se puso su talisman en la boca y ocultó á la vista de todos su agradable presencia, levantó las piernas, salió de la silla, y cayó tendida en la arena cuando no la separaban de Orlando ni siquiera dos dedos de distancia: á no ser así, hubiera caido tropezando con él, y probablemente el choque producido por la violenta carrera del loco le habria quitado[125] la vida: una casualidad feliz pudo tan solo salvarla. Fuerza le será ahora buscar por medio de otro hurto una nueva cabalgadura, porque no volverá á ver más á la que oprimia la arena huyendo del paladin.

...Y echó á correr tras la fugitiva Angélica.
(Canto XXX.)

Mas como, segun presumireis, no le será difícil proporcionarse otra, dejémosla y sigamos á Orlando, cuya impetuosidad y rabia no pudo mitigar la desaparicion de Angélica. Continuó persiguiendo á la yegua por la desnuda arena, acortando cada vez más la distancia que de ella le separaba; y alcanzándola al cabo, pudo cogerla luego de la crin, de la brida despues, y por último, la sujetó y detuvo, considerándose entonces tan feliz como el hombre que consigue hacer suya á una doncella: arreglóle las riendas y el freno, y dando un salto, se colocó en la silla. Así que estuvo montado, la obligó á galopar muchas millas seguidas en todas direcciones, sin permitirle el menor reposo, sin quitarle nunca el freno ni la silla, y sin dejarla probar alimento alguno. Al intentar saltar una zanja, cayeron pesadamente en ella la caballería y el ginete: este no se hizo daño, ni siquiera sintió la sacudida; pero la mísera bestia se dislocó una pata. No viendo el Paladin otro medio mejor de sacarla de allí, se la echó á cuestas, subió con ella al camino y la llevó de este modo hasta la distancia de unos tres tiros de flecha, no obstante lo mucho que pesaba. Resintiéndose entonces sus hombros de tanto peso, la dejó en tierra y quiso hacerle andar, tirándole de las riendas; mas la yegua le seguia con paso tardo y cojeando. «Anda, anda,» le decia Orlando, pero era inútil: aun cuando le hubiera seguido á galope, siempre seria lenta su marcha, comparada con los insanos deseos del loco. Por último, cogió el Paladin una de las riendas, y atándola á la pata derecha de la yegua, empezó á tirar de ella, arrastrando tras sí al pobre[126] animal y asegurándole que de este modo podria caminar con más comodidad; cuando es lo cierto que iba dejando las crines y la piel pegadas á los guijarros del escabroso camino, hasta que por fin murió de cansancio, de dolor y de hambre; en tanto que Orlando proseguia su marcha sin reparar en ella y sin ver que arrastraba un cadáver, dirigiéndose con su velocidad acostumbrada hácia Occidente. Siempre que el loco se sentia estimulado por el hambre, saqueaba las aldeas y las cabañas para satisfacerla; se apoderaba de los frutos, de la carne y del pan que en ellas encontraba, y arremetia á cuantos intentaban oponérsele, matando á unos, lisiando á otros, y siguiendo siempre adelante sin detener un momento su asoladora marcha. Igual ó semejante suerte hubiera sufrido Angélica, á no haber tenido la precaucion de ocultarse; porque el loco no distinguia lo blanco de lo negro, y creyendo hacer un favor á sus semejantes, cometia con ellos mil violencias.

¡Ah! ¡Maldito sea el anillo encantado y el caballero que se lo dió á Angélica! A no ser por él, Orlando se hubiera vengado á sí mismo y habria vengado á otros mil amantes al propio tiempo. Y no era aquella veleidosa mujer la única que debiera caer en manos del furioso paladin, sino cuantas hoy existen, cuya ingratitud se echa de ver en todas sus acciones y cuya maldad excluye de su corazon todo lo bueno y lo virtuoso. Pero antes de que las aflojadas cuerdas de mi lira produzcan un sonido discordante, será oportuno suspender aquí mi canto, para hacerlo menos enojoso al que me escucha.


[127]

CANTO XXX.

Orlando continúa haciendo cosas asombrosas durante su marcha.—Rugiero mata á Mandricardo.—Bradamante espera impaciente y angustiada en Montalban la llegada de su amante, que por hallarse herido se ve imposibilitado de cumplir su promesa.—Reinaldo va á socorrer al Emperador acompañado de sus hermanos.

Cuando permitimos que la impetuosa cólera venza á nuestra razon, sin oponer resistencia alguna, y nos dejamos arrastrar por los impulsos de un insensato furor, hasta el extremo de que nuestra lengua ó manos no respeten á nuestros amigos, de poco nos sirven luego los lamentos y los suspiros, pues no consiguen borrar nuestra falta. ¡Necio de mí! En vano será que me aflija y me arrepienta de cuanto dije, obedeciendo á un irascible arrebato, al terminar el canto anterior. Soy semejante á un enfermo, que despues de agotar su paciencia y su sufrimiento, para resistir al dolor, si cree que este no tiene ya remedio, se abandona á la desesperacion y prorrumpe en horribles blasfemias; pero en cuanto llega á calmarse, van cediendo poco á poco los impulsos de la cólera que habian desatado su lengua de un modo tan reprensible, y entonces reconoce su falta, y se acusa y se arrepiente de haberla cometido; mas ya no le es posible retirar las inícuas palabras proferidas.

¡Oh mujeres virtuosas! De vuestra inextinguible bondad espero el perdon que humilde os imploro. ¿No es cierto que disculpareis mi delirante frenesí, al confesarme vencido por una pasion contrariada? Preciso es que culpeis á aquella cuyos rigores me tienen en un estado cual no puede haber [128] peor, y que me obliga á decir lo que tanto me pesa despues. Bien sabe Dios cuán poca razon la asiste; y harto conoce ella mi acendrado amor.

No estoy menos fuera de mí de lo que Orlando estaba, ni soy menos digno de lástima que el desgraciado Paladin, el cual vagando por montes ó llanuras recorrió una gran parte del reino de Marsilio, arrastrando por espacio de muchos dias el cadáver de la yegua, sin abandonarlo un momento; pero al fin se vió precisado á dejarlo á la orilla de un rio que desembocaba en el mar: él se arrojó al agua, y sabiendo nadar como una anguila, salió en breve á la orilla opuesta, donde encontró á un pastor que se encaminaba hácia el rio para abrevar en él al caballo en que iba montado: aunque el pastor vió á Orlando corriendo hácia él, no creyó necesario retroceder al observar que iba solo y desnudo.

—Quisiera hacer un cambio con mi yegua y tu caballo, le dijo el loco. Te la enseñaré desde aquí, si quieres, pues la he dejado en la otra orilla: verdad es, que está muerta; más para mí no tiene otro defecto, y luego tú le podrás dar alguna medicina. Como me gusta tu caballo, espero que me hagas el favor de apearte de él, y aceptar el cambio que te propongo, dándome algo encima.

El pastor, por toda respuesta, echóse á reir, se apartó del loco y continuó su camino hácia el vado.

—Yo quiero tu caballo: ¿no me oyes?—repuso Orlando; y siguió encolerizado tras el pastor. Llevaba este un palo grueso y lleno de nudos, con el cual dió un golpe al Paladin. La rabia y el furor que de Orlando se apoderaron entonces fueron tales, que, más terrible que nunca, descargó un terrible puñetazo en la cabeza del pastor, haciéndole pedazos el cráneo y tendiéndole muerto á sus piés. Montó en[129] seguida á caballo, y continuó recorriendo diferentes caminos, señalando su paso con los lamentables efectos de su locura, sin dar al animal descanso ni alimento alguno, de suerte que en pocos dias murió como el otro. No por esto quiso el Conde resignarse á caminar á pié, ni á carecer de cabalgaduras, por lo cual fué apoderándose de cuantas encontraba, despues de matar á sus dueños.

Llegó por fin á Málaga, en cuya ciudad hizo más daños que cuantos hasta entonces habia cometido; pues además de saquear toda la poblacion, en términos de no bastar dos años para reponerse de sus pérdidas, mató tan gran número de habitantes y arrasó ó incendió tantas casas, que destruyó la tercera parte del país. Saliendo de allí, pasó á otra ciudad llamada Algeciras, situada en el estrecho de Gibraltar ó Gibelterra, pues con ambos nombres se le designa; y al llegar á ella vió que se apartaba de la playa una barca llena de bulliciosos jóvenes, que iban á solazarse paseando embarcados por aquellas ondas tranquilas y oreadas por las frescas auras matutinas. Deseando el loco participar de aquel esparcimiento, empezó á gritar:—«Esperad, esperad;» pero sus gritos fueron de todo punto inútiles, porque nadie carga voluntariamente su buque con una mercancía semejante. El esquife seguia cortando las aguas con una rapidez igual á la de la golondrina cuando hiende el espacio: Orlando entonces hostigó á su caballo, y le impelió hácia el mar pegándole con una vara. En vano se encabritó y resistió el corcel cuanto le fué posible: al fin no tuvo más remedio que entrar en el agua metiendo poco á poco las patas, luego el vientre y la grupa, y el cuello despues, hasta que apenas se le distinguia en la superficie: no podia ya retroceder á la orilla, mientras sintiera entre sus orejas la amenazadora vara: no le quedaba al desgraciado más[130] alternativa que la de ahogarse en el camino, ó atravesar á nado el estrecho hasta las playas africanas.

Ya habia perdido Orlando de vista la tierra y la barca que le hiciera abandonar la enjuta playa, pues una y otra estaban muy lejanas, y las elevadas y movibles ondas las ocultaban á sus miradas, á pesar de lo cual seguia excitando á su caballo, dispuesto á atravesar el mar de una á otra costa; mas el corcel, lleno de agua y vacío de alma, dejó de vivir y de nadar á un tiempo mismo, yéndose al fondo, donde habria precipitado á su ginete, si Orlando no tuviera los brazos fuera del mar. El Paladin empezó á agitar las piernas y las manos, sosteniéndose á flor de agua, y apartando con sus vigorosos resoplidos las olas que iban á estrellarse en su rostro. El aire era muy suave y el mar estaba tranquilo: harto necesitaba el Paladin de aquella tregua que los elementos le concedian; pues á poco que el primero hubiese agitado al segundo, probablemente habria perecido sepultado en el abismo; mas la Fortuna, protectora de los locos, le hizo arribar á una playa situada á unos dos tiros de flecha de las murallas de Ceuta. Durante algunos dias fué recorriendo á la ventura y con su ordinaria rapidez toda la costa en direccion de Levante, hasta que se encontró con un innumerable ejército de guerreros moros formado en la playa.

Dejemos al Paladin vagando errante, pues ya tendremos tiempo de volver á ocuparnos de él. En cuanto á lo que fué de Angélica despues de haberse librado tan oportunamente de las manos del Conde y de proporcionarse un buen bajel, que con un tiempo bonancible la transportó á su patria, en donde dió á Medoro el cetro de la India, tal vez lo cantará otro con mejor plectro que yo. Por lo que á mí hace, tengo tantas otras cosas que referiros, que no pienso tratar ya de esta.

[131]

Necesito pulsar las cuerdas de mi lira cantando los hechos del Tártaro, el cual, una vez ahuyentado su rival, disfrutaba contento de la posesion de la mujer más encantadora que existia en Europa desde que partió Angélica y subió al cielo la casta Isabel. Pero el altanero Mandricardo no pudo gozar por mucho tiempo de los deleites que le ofrecia la predileccion demostrada hácia él por Doralicia, porque aun tenia dos contiendas pendientes: la una con el jóven Rugiero, que no le cedia el águila blanca; y la otra con el famoso rey de Sericania, que pretendia arrebatarle la espada Durindana. Agramante y Marsilio se esforzaban inútilmente por hacerles llegar á un acomodo; pero lejos de lograr de ellos que renovaran su antigua amistad, no podian siquiera conseguir que Rugiero cediese á Mandricardo el escudo del héroe troyano, ni que Gradasso renunciara á sus pretensiones sobre la famosa espada: el primero estaba decidido á impedir que el Tártaro se sirviera de su escudo en una nueva lid, y el segundo se negaba asimismo á consentir que hiciese uso del acero tan gloriosamente manejado por Orlando, como no fuera combatiendo con él. Al fin dijo Agramante:

—Basta ya: la fortuna decidirá esta cuestion: sometámonos á ella y aceptemos lo que prefiera. Y si deseais complacerme y merecer mi gratitud eterna, echad suertes para saber quién de los dos debe combatir el primero; mas con la condicion de que el favorecido se encargará de sostener ambas contiendas, de suerte que al ganar su causa, ganará tambien la de su compañero, y si la pierde, se entenderá que ha perdido por los dos. Poca ó ninguna diferencia creo que haya entre el valor de Rugiero y el de Gradasso, y estoy persuadido de que cualquiera de los dos á quien designe la suerte, enaltecerá el lustre de sus armas. La vic[132]toria recaerá despues en quien disponga la divina Providencia: y el vencido no será objeto de censura, porque todo se atribuirá á la veleidosa fortuna.

Rugiero y Gradasso escucharon en silencio la proposicion de Agramante, y convinieron despues en que cualquiera de ellos que fuese designado, deberia sostener sus respectivas contiendas. Escribieron en seguida sus nombres en dos papeletas de igual forma y tamaño, las echaron en una urna que agitaron algun tiempo, y luego un niño metió la mano en ella, sacando uno de los dos billetes, el cual contenia el nombre de Rugiero, quedando por lo tanto dentro el del Sericanio. No es posible decir la alegría que sintió Rugiero al oir su nombre, ni el dolor que su mala suerte causó á Gradasso; mas le era fuerza someterse á los designios del cielo. Desde el mismo momento cifró todo su conato en ayudar y favorecer á Rugiero, dándole uno por uno todos los consejos que le suministraba su experiencia, ya diciéndole el modo de cubrirse con el escudo ó de parar los golpes con la espada, ya designándole cuáles debian ser los ataques falsos y cuáles los seguros, y ya tambien en qué casos era conveniente aventurar un golpe ó abstenerse de darlo.

Pasó el resto de aquel dia aconsejándole, mientras los amigos de Mandricardo hacian lo mismo con respecto á este, segun era uso y costumbre. El pueblo, ávido de presenciar la lucha, se agolpó presuroso en torno del palenque, y no contentos muchos con tomar puesto desde antes del amanecer, pasaron en él toda la noche. Aquella muchedumbre insensata gozaba de antemano con la pelea de dos valerosos caballeros; pues como siempre acontece al populacho, no comprendia ni veia más allá de lo que tenia delante de los ojos; pero Sobrino, Marsilio y otros jefes más expertos y[133] prudentes, que sabian distinguir entre lo útil y lo perjudicial, censuraron ágriamente aquella lucha, y sobre todo á Agramante, porque toleraba que se llevase á cabo. No cesaban de recordarle los graves perjuicios que causaria al ejército sarraceno la muerte de Rugiero ó del Tártaro, cualquiera que fuese el designado por su mala estrella, asegurándole que más necesidad tendrian de uno solo de los dos guerreros para hacer frente á los soldados del hijo de Pepino, que de otros diez mil mahometanos, entre los cuales costaria trabajo encontrar uno bueno. Harto conoció el rey Agramante la razon que asistia á los que así le aconsejaban; pero ya era tarde para retirar su consentimiento. Suplicó, no obstante, á Mandricardo y á Rugiero que le devolviesen la palabra empeñada, con tanto mayor motivo, cuanto que su querella no tenia importancia alguna, y por lo mismo, no era digna de que empuñasen las armas para resolverla; añadiéndoles que, si á pesar de estas reflexiones se negaban á complacerle, debian por lo menos diferir la lucha por cinco ó seis meses, más ó menos, hasta el momento en que consiguieran arrojar á Cárlos de sus estados, despojándole del cetro, de la corona y del manto. Aun cuando tanto uno como otro deseaban ardientemente obedecer á su rey, los dos permanecieron inflexibles, temiendo el baldon que recaeria sobre el primero que accediese á ajustar la tregua propuesta por Agramante.

La hermosa hija de Estordilano unió sus ruegos á los del Rey, esforzándose con la mayor vehemencia en aplacar la furia de su amante, y gastando inútilmente sus palabras, sus súplicas, sus lamentos y sus lágrimas. Le rogaba que consintiera en lo propuesto por el monarca africano, y que quisiera lo que todo el ejército queria, y se lamentaba de[134] que su tenacidad la hacia arrastrar una existencia llena de angustia y de zozobras.

—¡Triste de mí! exclamaba: ¿cómo he de hallar remedio á mi constante inquietud, si siempre os veo dispuesto á vestir la armadura y empuñar la espada contra unos ú otros? ¿Qué consuelo puede haber proporcionado á mi afligido corazon el gozo de ver terminada la querella que por mí se suscitó entre vos y Rodomonte, si va á estallar el incendio de otra más terrible? ¡Ay de mí! ¡Cuán necia fuí en mostrarme orgullosa al ver que un rey tan digno, un caballero tan fuerte, exponia su vida en peligrosa y sangrienta lid por alcanzar mi posesion, cuando hoy le veo arrostrar la misma suerte por un motivo tan frívolo! ¡La ferocidad innata en vuestro corazon fué la que entonces os inspiró, y no el amor que por mí sintierais! Pero si es verdad que vuestro amor sea tan grande como habeis pretendido manifestarme siempre, por él os ruego, y por el insufrible martirio que me lacera el alma y me despedaza el corazon, que no os cuideis de si Rugiero ostenta todavía en su escudo el águila blanca; pues no se me alcanza el perjuicio ó la utilidad que podeis reportar de que se desprenda de tal enseña ó que continúe usándola. De la batalla que estais dispuestos á llevar á cabo, no puede resultar ninguna ventaja, y sí un inmenso daño. Suponiendo que despues de mucho trabajo arranqueis el águila á Rugiero, ¿qué recompensa esperais obtener? En cambio, si os vuelve el rostro la Fortuna, á la que no teneis por cierto asida de su cabello, causareis un daño tan enorme, que solo al pensar en él siento que el corazon se me parte de dolor. Si teneis en tan poco la vida, que no vacilais en exponerla por un águila pintada, deberíais apreciarla, aunque solo fuera porque vuestra vida es la mia; porque no se extinguirá la una sin que[135] se extinga la otra, y porque, como no me será doloroso morir con vos, estoy dispuesta á seguiros en muerte lo mismo que en vida os he seguido; pero no quisiera que mis últimos momentos fueran tan amargos como lo serán si pereceis antes que yo.

Con estas y semejantes palabras, acompañadas de lágrimas y suspiros, no cesó Doralicia en toda la noche de incitar á su amante á la paz. Mandricardo, aspirando el dulce llanto que brotaba de los húmedos ojos de la jóven, así como las enamoradas quejas que exhalaban aquellos lábios más encendidos que la rosa, respondió, dando á su vez libre paso á las lágrimas:

—Por piedad, vida mia, no os atormenteis así por una cosa tan insignificante; pues aunque Carlomagno y el rey de África con sus ejércitos de sarracenos y franceses reunidos desplegasen sus banderas en contra mia, no deberíais abrigar el más ligero temor. En poco estimais mi esfuerzo y mi denuedo si un solo Rugiero os hace temblar por mi suerte. ¿Habeis olvidado, por ventura, que solo, sin espada ni cimitarra, y sin tener más armas que el asta de una lanza, me abrí paso á través de una multitud de guerreros armados? Aunque con vergüenza y dolor, no tiene Gradasso inconveniente en referir á cuantos se lo preguntan, que le retuve cautivo en uno de mis castillos de Siria. Y sin embargo, la fama de Gradasso aventaja á la de Rugiero. Tampoco niega este mismo rey, ni vuestro Isolier, ni el rey circasiano Sacripante, ni los famosos Grifon y Aquilante, ni otros cien guerreros, así moros como cristianos hechos prisioneros el dia anterior, que únicamente á mí debieron su libertad. Aun no ha cesado el asombro que les causó la extraordinaria hazaña que llevé á cabo aquel dia, mucho mayor de lo que pudiera serlo la destruccion del ejército moro y del cristia[136]no por mi solo esfuerzo. ¿Y ahora podrá Rugiero, jóven inexperto, causarme algun daño ó la menor afrenta, luchando conmigo frente á frente? ¿Y ahora que poseo á Durindana y la armadura de Héctor, ha de infundirme miedo ese Rugiero? ¡Ah! ¿Por qué me habeis impedido demostrar si yo era capaz de obtener vuestra posesion por medio de las armas? Si así hubiera sido, estoy seguro de que conoceríais mi valor lo bastante para prever el fin que le espera á Rugiero. Enjugad, por Dios, esas lágrimas: no me hagais tan tristes presagios, y estad persuadida de que mi honor, y no el águila pintada en un escudo, es el que me obliga á batirme mañana.

En estos términos se expresó el Tártaro; pero su tristísima amada opuso tales razonamientos á los suyos, que no solo eran capaces de hacerle mudar de propósito, sino tambien de conmover á una roca. Iba ya á vencer su resistencia, por más que solo pudiera oponer sus débiles atavíos mujeriles á la armadura de Mandricardo, y ya le habia arrancado la promesa de complacerla en el caso de que el Rey volviera á hablar de nuevo acuerdo, como indudablemente lo habria hecho; pero tan pronto como brilló la risueña aurora, precursora del Sol, el animoso Rugiero, deseoso de demostrar á los ojos de todos que llevaba el águila con justo derecho, y por no oir hablar más de treguas ni de aplazamientos, cuando lo que anhelaba era abreviar la lucha, se presentó haciendo resonar su trompa en el palenque, en cuya estacada se agolpaba una numerosa muchedumbre.

No bien llegó á los oidos del orgulloso Tártaro el arrogante sonido que le retaba á singular batalla, cuando saltó del lecho negándose á escuchar una palabra más de paz, y pidió sus armas, con tan terrible aspecto, que la misma Doralicia no se atrevió á insistir en sus súplicas, dando ya por[137] inevitable la pelea. Mandricardo se armó apresuradamente, esperando con la mayor impaciencia que sus escuderos concluyeran de servirle; saltó en seguida sobre el excelente corcel que perteneció en otro tiempo al bravo defensor de París, y partió á escape hácia el terreno elegido para terminar con las armas en la mano la contienda, llegando á él al mismo tiempo que el monarca; de suerte que no se hizo esperar mucho la señal del ataque.

Colocaron á los dos adversarios sus lucientes yelmos en la cabeza, les entregaron sus respectivas lanzas, y el agudo sonido de los clarines, que resonó acto contínuo, demudó los semblantes de mil espectadores. Los caballeros pusieron la lanza en ristre; clavaron los acicates en los hijares de sus corceles, y se acometieron con tal ímpetu, que no parecia sino que el Cielo iba á hundirse y á abrirse la Tierra.

Por una y otra parte se veia acudir la blanca ave que sostiene á Jove por la region del aire, como todavía se la ve volar por la Tesalia, si bien con distinto plumaje. Al verles blandir sus macizas entenas, se conocia la nobleza y ardimiento de uno y otro campeon, y mucho más al verles resistir ese choque terrible, tan vigorosamente como las torres resisten el huracan, ó los escollos á los furiosos embates de las olas. Las lanzas volaron hechas pedazos hasta el Cielo, y segun afirma Turpin, verídico en este punto, dos ó tres de aquellos fragmentos volvieron á caer en la Tierra encendidos, por haber penetrado en la esfera del fuego.

Los caballeros desnudaron inmediatamente sus espadas, y sin que su corazon diera cabida al más mínimo temor, volvieron á acometerse, dirigiendo cada uno la punta de su acero al rostro de su adversario. Hiriéronse en la visera al primer encuentro; y aun cuando ambos intentaban der[138]ribarse mútuamente, no quisieron matar los caballos, lo cual fuera una cosa censurable, porque los pobres animales no tienen la culpa de las luchas de sus señores. El que suponga que habian convenido de antemano en respetar la vida de sus corceles, ignora la costumbre antigua y se equivoca mucho; porque sin necesidad de pacto alguno, se consideraba como un acto vergonzoso y digno de vilipendio el de herir al caballo del enemigo. Hiriéronse en las viseras, que, á pesar de ser muy dobles, apenas resistieron la violencia del golpe: estos se renovaban sin cesar, cayendo sobre las armaduras más espesos que el granizo cuando destroza las ramas, las hojas, los frutos y destruye las codiciadas mieses. Ya sabeis si Durindana y Balisarda tenian buen temple, y lo que valian manejadas por tales manos.

Mas aun no se habian dado ningun golpe digno de su brazo: ¡tan sobre aviso estaban uno y otro! Mandricardo fué el primero en causar daño á su enemigo, poniendo á Rugiero á punto de perecer. Uno de esos mandobles tremendos que solo aquellos campeones sabian dar, partió por la mitad el escudo de Rugiero, le abrió la coraza é hizo penetrar el cruel acero hasta la carne viva. Aquella terrible sacudida heló de espanto á los circunstantes, temerosos de la suerte de Rugiero, hácia quien se mostraban favorablemente dispuestos todos ó la mayor parte de ellos; y si la Fortuna se mostrara propicia á los deseos de la mayoria, ya hubiera sido muerto ó aprisionado Mandricardo: hé aquí la causa de que aquel golpe alcanzara á todos los presentes. Yo creo que algun ángel se interpuso para salvar entonces al caballero.

Rugiero, más terrible que nunca, correspondió dignamente y sin demora á tan cruel acometida, descargando otro golpe más violento con su espada en la cabeza del Tár[139]taro; pero su impetuosa cólera le hizo obrar con demasiada precipitacion, por lo cual le disculpo si entonces no hirió de corte á su adversario. Si Balisarda le hubiera alcanzado de filo, de nada habria servido el yelmo de Héctor, á pesar de estar encantado. Tan aturdido dejó aquel golpe á Mandricardo, que se le escapó la brida de la mano, y osciló tres veces en la silla, próximo á caer de cabeza, mientras iba corriendo al rededor del palenque aquel Brida-de-oro; cuyo nombre ya conoceis, que soportaba mal de su grado el peso de su nuevo señor. La serpiente que se siente pisada ó el leon herido, no sienten una cólera y un furor semejantes al del Tártaro en cuanto se rehizo del golpe que le habia privado de sentido: á medida que crecian su ira y su despecho, crecian tambien su fuerza y su valor. Hizo dar á Brida-de-oro un salto hácia Rugiero, levantó la espada, empinóse en los estribos, y dirigiendo el tajo al almete, creyó rajarle aquella vez desde la cabeza al pecho; pero Rugiero fué más diligente, porque aprovechando el momento en que su enemigo tenia el brazo levantado para herirle, le introdujo la punta de su cortante espada en el sobaco derecho, defendido tan solo por la cota de malla; hizo en esta un gran boquete, y retiró de nuevo su Balisarda teñida en roja y humeante sangre. De este modo impidió que Durindana cayera impetuosa sobre él con inminente riesgo de su vida; mas no pudo evitar por completo el golpe, que le obligó á caer sobre la grupa con los ojos cerrados por el dolor: si el yelmo de Rugiero hubiera sido de peor temple, aquella cuchillada habria dejado eterna memoria de sus funestos efectos.

Incansable Rugiero, atacó otra vez á Mandricardo, alcanzándole con su acero en el costado derecho: de nada sirvió la escogida calidad del metal, ni lo perfecto de su[140] temple, contra aquella espada que jamás caia en vano; pues estaba encantada con el único objeto de que no pudieran resistirle ni las corazas, ni las mallas encantadas. Rajó cuanto encontró á su paso, y causó una nueva herida en el costado del Tártaro, el cual prorumpió en blasfemias contra el Cielo, manifestándose tan furiosamente irritado, que el tempestuoso mar es menos pavoroso. Para hacer un esfuerzo supremo y decisivo, arrojó lejos de sí el escudo azul en que campeaba el águila blanca, y empuñó el acero con ambas manos.

—¡Ah! exclamó Rugiero: basta esta accion para probar que eres indigno de llevar esa enseña: la abandonas ahora y antes la cortaste; ya no podrás sostener que te es necesaria.

Al decir estas palabras, sintió caer á Durindana sobre su cabeza con tanta furia, que le habria parecido menor el peso de una montaña. El acero le partió por medio la visera, y fué una suerte para él que se hallase separada del rostro: desde allí bajó hasta el arzon, que á pesar de estar forrado con dos chapas de hierro no opuso resistencia; y llegó al fin al arnés, abriéndole cual si fuese de cera, juntamente con la mantilla que le cubria, é hirió tan gravemente á Rugiero en un muslo que su curacion fué despues larga y penosa.

Dos regueros de sangre teñian ya las armas de ambos combatientes: los circunstantes no podian calcular quién llevaba la mejor parte en aquella lucha. Pero Rugiero disipó pronto esta duda por medio de su espada, tan funesta para muchos; pues esgrimiéndola de punta, la dirigió hácia el sitio que el Tártaro dejó en descubierto despues de haber arrojado su escudo. El acero atravesó la coraza por el lado izquierdo, en donde penetró más de un palmo, abriéndose paso hasta el corazon; por lo cual Mandricardo tuvo que[141] renunciar á sus pretendidos derechos sobre el águila blanca y sobre la famosa espada de Orlando, renunciando al mismo tiempo á su vida, que le era mucho más preciosa que la espada ó el escudo. Pero no expiró sin venganza: en el momento en que recibia el golpe mortal, descargó precipitadamente la espada, que tan sin derecho estaba en su poder, sobre Rugiero, al cual habria partido la cabeza, si este jóven guerrero no le hubiese privado antes de su fuerza y debilitado su vigor. Sin embargo, Mandricardo pudo herir á Rugiero en el momento mismo en que este le arrancaba la vida, rompiendo con su Durindana un círculo de hierro bastante grueso y una cofia de acero: la espada del Tártaro desgarró la piel y traspasó los huesos, penetrando más de dos dedos en la cabeza del amante de Bradamante que cayó aturdido en la arena, vertiendo un rio de sangre por su herida. Rugiero fué el primero en medir el suelo: su adversario tardó aun algunos instantes en caer, por lo cual creyeron todos los circunstantes que Mandricardo era el vencedor; y hasta la misma Doralicia, que todo aquel dia habia pasado por mil distintas alternativas de afliccion y alegría, participó del error comun, y elevó las manos al Cielo en accion de gracias al Eterno por que hubiese tenido tal término la pelea. Pero cuando por algunas señales harto manifiestas apareció vivo el que vivia y sin vida el muerto, sustituyó la satisfaccion á la tristeza en el pecho de los amigos de Rugiero.

El Rey, los príncipes y los caballeros más nobles corrieron á abrazar al jóven héroe, que se levantaba penosamente, y le felicitaron ensalzando su victoria hasta lo infinito: todos se alegraban del triunfo de Rugiero, expresando sus lábios lo que su corazon sentia, menos Gradasso que pensaba de un modo muy diferente de como se expresaba, y si[142] en su rostro se veia retratado un fingido gozo, envidiaba en su interior tan gloriosa victoria, y maldecia el destino ó la casualidad que hizo salir de la urna el nombre de Rugiero.

¿Cómo podré describir los plácemes y los innumerables agasajos, llenos de cariño y sinceridad, que el monarca africano prodigó aquel dia á Rugiero, sin cuyo auxilio no habia querido desplegar al viento su banderas, ni salir de África, ni arrostrar los azares de la guerra, á pesar de las numerosas huestes con que contaba? Pero despues de haber dado muerte al hijo del rey Agrican, tenia á su vencedor en más que á todos los guerreros del mundo reunidos. Y no eran solamente los hombres los que celebraban á porfía la intrepidez de Rugiero, sino tambien las hermosas damas que habian acudido al territorio franco desde África y España con los ejércitos sarracenos: hasta la misma Doralicia, que, bañada en llanto, se dolia de su afliccion junto al helado cadáver de su amante, hubiera tal vez imitado á las demás, si no la contuviera la vergüenza. Esto lo supongo, más no lo afirmo, aun cuando es muy posible; porque además de que la belleza, los méritos, el noble aspecto y los atractivos de Rugiero rendian todos los corazones, sabemos por experiencia que Doralicia era tan veleidosa, que por no verse privada de amor, habria fijado sin dificultad su pensamiento en el jóven guerrero. Mandricardo le convenia mientras estaba vivo; pero ¿qué habia de hacer de él despues de muerto? Forzoso seria sustituirle con otro amante apuesto, vigoroso y dispuesto á calmar el ardor de sus deseos.

En el ínterin habia llegado con presteza el médico más hábil de la corte, el cual, despues de examinar todas las heridas de Rugiero, declaró que no eran mortales. Agra[143]mante hizo llevar á su tienda al herido, deseando tenerle á su lado dia y noche para demostrarle su afecto y sus solícitos cuidados. Suspendió por su propia mano á la cabecera de su lecho, el escudo y todas las armas que fueron de Mandricardo, excepto Durindana, que entregó al rey de Sericania. Juntamente con dichas armas puso á disposicion de Rugiero á Brida-de-oro, aquel arrogante corcel que Orlando abandonara al ser acometido por su delirante furor. Rugiero, deseoso de ofrecer al afectuoso monarca un obsequio que no podia menos de serle grato, le regaló este mismo caballo. Pero cesemos por ahora de hablar del héroe, y volvamos á ocuparnos de quien por él gime y suspira en vano. Fuerza me será describir los amorosos tormentos que aquella prolongada expectativa hacia sufrir á Bradamante.

Al regresar Hipalca á Montalban, se apresuró á comunicar á la jóven las noticias que con tan viva impaciencia esperaba, refiriéndole primeramente cuanto le sucedió con Rodomonte por causa de Frontino; despues le manifestó cómo habia encontrado á Rugiero en la fuente con Riciardeto y los hermanos de Agrismonte, y cómo se alejó en compañía del jóven guerrero con la esperanza de encontrar al Sarraceno y castigarle por la felonía que habia cometido con una dama al apoderarse del corcel que llevaba: añadióle que se habia frustrado su designio por haberse marchado Rodomonte por otro camino, y le dió cuenta por último de la causa que impedia á Rugiero ir á Montalban, sin olvidar ninguna de las palabras que en su descargo le habia encomendado el jóven que trasmitiera á Bradamante. Despues se sacó del seno la carta que para ella le habia dado su amante, y se la entregó.

Bradamante, con rostro más bien turbado que sereno, leyó aquella carta, que le habria satisfecho mucho más, si[144] no estuviese de antemano consentida en ver á Rugiero. El temor, el despecho y la tristeza que le causó la recepcion de una simple misiva, en vez del amante á quien esperaba, turbaron la serena tranquilidad de su rostro, á pesar de lo cual besó cien y cien veces la carta, dirigiendo su corazon al que la habia escrito. Sus ardientes suspiros habrian abrasado aquel papel, á no haberlo impedido las lágrimas que sobre él derramó. Leyó cinco ó seis veces su contenido, é hizo que Hipalca le repitiera otras tantas todos los detalles de su entrevista con Rugiero. Las lágrimas no la abandonaban un momento, y es de creer que no hubiera tenido término su llanto, si no lo calmara la esperanza y el consuelo de ver pronto á su amado. Este habia prometido ir á Montalban en el término de quince á veinte dias, y así se lo habia asegurado á Hipalca, jurándole que no dejaria de cumplir su promesa.

—¿Y quién me asegurará, exclamaba Bradamante, que no le puede sobrevenir alguno de esos accidentes que ocurren en todas partes, y mucho más en medio de los azares de la guerra, y le aparte tanto de su propósito que le impida para siempre su regreso? ¡Ay de mí! Rugiero, ¡ay de mí! ¿Quién podria creer que amándote yo más que á mí misma, no tuvieras reparo en sacrificar mi amor por dedicarlo á tus enemigos más irreconciliables? Das tu generosa ayuda á los mismos que debieras oprimir: y en cambio oprimes á los que debes auxiliar. Al ver que tan ciegamente premias ó castigas, dudo si es baldon ó es alabanza lo que crees merecer. Tu padre fué inmolado por Trojano; debes saberlo, porque hasta las piedras tienen noticia de esta muerte; y tú, sin embargo, procuras que el hijo de Trojano no tenga que sufrir daño ni deshonra. ¿Es así como vengas á tu padre, Rugiero? ¿Toda la recompensa que á tus[145] ojos merecen los que le han vengado, consiste en hacerme morir de pena y de dolor, á mí, que soy de la misma sangre de sus vengadores?

Tales reconvenciones dirigia la afligida Bradamante, no una, sino muchas veces, á su ausente Rugiero, con voz ahogada por su llanto. Hipalca procuraba consolarla, asegurándole que el guerrero guardaria eternamente sus juramentos, y aconsejándole que le esperase, ya que no podia hacer otra cosa, hasta el dia fijado por él mismo para su regreso. Las consoladoras palabras de Hipalca, y la esperanza que jamás abandona á los amantes, lograron calmar el temor, el llanto y la afliccion de Bradamante. Decidiose, pues, á permanecer en Montalban hasta que terminara el plazo designado por Rugiero y tan mal observado por él, aunque si faltó á su promesa, no tuvo por cierto la culpa; pues juguete de acontecimientos diversos, se vió obligado á aplazar el término pactado. Por otra parte, sus heridas exigieron que yaciese más de un mes tendido en el lecho á las puertas de la muerte: tanto fué lo que se agravaron despues de su lucha con el Tártaro.

La enamorada jóven le esperó ansiosa é inútilmente todo el dia, sin tener otras noticias de Rugiero que las suministradas por Hipalca y despues por su hermano, que le dió cuenta del desinteresado auxilio que le prestó el jóven y de la libertad devuelta por él á Malagigo y Viviano. Estas noticias, en extremo gratas para su corazon, produjeron en él cierta amargura. Riciardeto le habia ponderado el gran valor y la belleza de Marfisa, y le habia añadido que Rugiero se marchó en su compañía, diciendo que debian dirigirse á auxiliar á Agramante, acorralado y sin fuerzas para sostenerse ya en su campamento. Bradamante aprobó que Rugiero fuera tan dignamente acompañado; pero ni pudo[146] aplaudirlo ni alegrarse, por lo mismo que oprimia su pecho una cruel sospecha. Si Marfisa era tan bella como pregonaba la fama, y hasta aquel dia habian viajado siempre juntos, seria un milagro que Rugiero no la amase ya. Desechaba despues esta idea, y esperaba y temia al mismo tiempo, aguardando con zozobra el dia que debia hacerla dichosa ó desventurada, sin alejarse un solo momento de Montalban.

Sucedió por entonces que el Señor del castillo, el primero de sus hermanos (no por la edad, pues habia dos mayores que él, sino por su ilustre fama), Reinaldo, en fin, cuya gloria y esplendor se reflejaban en su familia como los rayos del Sol en las estrellas, llegó un dia al castillo á la hora de nona[34], no llevando más que un paje en su compañía. La causa de su venida consistió en que, al regresar un dia desde Brava á Paris, camino que, segun he dicho, recorria con frecuencia por ver si lograba dar con las huellas de Angélica, llegó á sus oidos la fatal noticia de que Malagigo y Viviano iban á ser entregados al de Maguncia, por lo cual se encaminó á Agrismonte. Allí supo que se habian salvado con la destruccion y muerte de todos sus adversarios; que á Marfisa y Rugiero se debia tan heróica y humanitaria accion, y que sus hermanos y primos estaban ya de vuelta en Montalban. Impaciente entonces por estrecharlos contra su pecho, le parecia un año cada hora que pasaba sin verlos, y voló hácia el castillo, donde tuvo el placer de abrazar á su madre, su mujer, sus hijos y sus hermanos, así como á los primos que habian gemido hasta entonces en la cautividad, asemejándose, cuando se vió rodeado de todos sus parientes, á la golondrina que regresa al nido de sus hambrientos hijuelos llevándoles el alimento en el pico.

Regreso de Reinaldo á su castillo.
(Canto XXX.)

[147] Habiendo descansado un dia ó dos en el castillo paterno, se ausentó de nuevo haciendo que le acompañaran sus hermanos Riciardo, Alardo, Riciardeto y Guiciardo el mayor de ellos, así como Malagigo y Viviano, todos los cuales tomaron las armas y siguieron al valiente Paladin. Bradamante, esperando que se aproximara el tiempo que tan lentamente transcurria para su anhelante deseo, dijo á sus hermanos que se hallaba indispuesta, y se excusó de ir con ellos. Con harta razon les manifestó que estaba enferma; pero no por causa de la fiebre ó de algun dolor físico, sino por el deseo que excitaba su alma y la hacia padecer una languidez amorosa.

Reinaldo no quiso detenerse más en Montalban, y se llevó consigo la flor de los guerreros de su familia. El canto siguiente os dirá cómo se acercó á Paris, y cuánto auxilio dió á Carlomagno.


CANTO XXXI.

Guido combate con Reinaldo; pero conociéndose despues mútuamente, suspenden la lucha y se prodigan las mayores muestras de cariño.—Siguen su marcha á Paris, y derrotan á las gentes de Agramante.—Brandimarte encuentra á Rodomonte mientras iba en busca de Orlando, y se bate con él, saliendo vencedor el Sarraceno.—Reinaldo sostiene una lucha más terrible con el rey de Sericania, por haberse empeñado este en arrebatar al Paladin su caballo Bayardo.

¿Qué otro estado puede haber más dulce y más placentero que el de un corazon enamorado? ¿Qué otra existencia más feliz y más envidiable que la del que está sujeto al yugo del amor, si el hombre no se viera excitado continuamente [148] por esa cruel sospecha, ese temor, ese martirio, ese frenesí, esa rabia, en fin, que llaman celos? Cualquiera otra amargura que se interponga entre los suavísimos deleites del amor no hace más que aumentar, perfeccionar y purificar, si cabe, su exquisita delicadeza. La sed hace que el agua nos parezca sabrosa y agradable, y el hambre permite que apreciemos mejor los manjares que la satisfacen: el que no ha experimentado los desastres de la guerra, desconoce el inapreciable valor de la paz. Aun cuando los ojos no ven lo que nunca se aparta del corazon, el de todo amante se resigna á la ausencia del objeto amado; pero al regresar este, la alegría es tanto mayor cuanto más prolongada ha sido la ausencia. Puede soportarse el yugo del amor cuando este no es correspondido, si nos queda algun indicio de esperanza; pues tarde ó temprano se alcanza la recompensa que la constancia merece. Los desdenes, las negativas, todas las penas y los martirios que el Amor ocasiona, redundan en su mismo beneficio; porque el placer que más nos ha costado conseguir, es el que se disfruta con mayor deleite. Pero si el contagio infernal de los celos derrama su mortífero veneno en un alma agitada y predispuesta á recibirlo, no logra el amante destruir sus perniciosos efectos, aun cuando su presencia devuelva la alegría y el consuelo á aquella alma atormentada. Los celos producen la más cruel y emponzoñada de las heridas, contra la que no valen medicinas, ni emplastos, ni exorcismos, ni hechicerías, ni la prolongada observacion de los astros, ni todos los experimentos que durante su vida pudo hacer Zoroastro, el inventor del arte mágica: herida terrible, que hace sentir al hombre todos los dolores conocidos, y le mata de desesperacion.

¡Oh llaga incurable, tan fácilmente impresa en el cora[149]zon de un amante por la más leve sospecha, falsa ó verdadera! ¡Llaga que se apodera del hombro hasta el punto de ofuscarle la razon y la inteligencia y alterar por completo su primitivo aspecto! ¡Oh celos inícuos, que tan injustamente habeis arrebatado á Bradamante todo consuelo! No me refiero ahora precisamente á lo que Hipalca y Riciardeto le dijeron, y que tan amargamente impreso quedó en su corazon, sino á otra noticia infausta y desconsoladora que recibió algunos dias despues. Todo cuanto he dicho hasta ahora es nada en comparacion de lo que tengo aun que referiros; pero lo aplazo para otra ocasion, pues antes es preciso que volvamos á reunirnos con Reinaldo y sus compañeros, que se dirigian á París.

Hacia la tarde del segundo dia de viaje, encontraron á un caballero, cuya sobrevesta y escudo eran negros, si bien el segundo estaba atravesado por una faja blanca. Aquel caballero iba acompañando á una dama. En cuanto estuvo á corta distancia de Reinaldo y sus compañeros, desafió á Riciardeto, que iba delante de todos, y que por su aspecto parecia un animoso campeon: Riciardeto, pronto siempre á aceptar tales proposiciones, volvió riendas, tomó el terreno necesario, y sin decirse una sola palabra ni preguntarse siquiera su condicion, se lanzaron de improviso uno contra otro. Reinaldo y los demás caballeros se hicieron á un lado para ver el resultado de aquel encuentro.—«No tardaré en derribar á mi adversario, si consigo que mi lanza tropiece donde acostumbro á dirigir el bote», decia para sí Riciardeto; pero el efecto no correspondió á su intencion: el caballero le dió una lanzada en la visera del casco con tal violencia, que lo arrancó de la silla y lo echó á rodar por el camino á bastante distancia de su caballo. Alardo quiso encargarse en el acto, de vengarle, y á su vez midió[150] el suelo, aturdido y maltrecho: tan terrible fué aquel encuentro, del que salió además con el escudo hecho pedazos. Guiciardo enristró sin demora la lanza, en cuanto vió á sus hermanos por el suelo; á pesar de que Reinaldo gritaba: «Detente, detente, que ahora me toca á mí.» Aun no se habia puesto el casco, cuando ya Guiciardo se precipitaba sobre su adversario; pero no supo sostenerse mejor que los dos anteriores, y sin saber cómo se encontró tendido á su lado.

Riciardo, Viviano y Malagigo quisieron hacer frente al guerrero desconocido; mas Reinaldo, armado ya completamente, interrumpió su generosa porfía, exclamando:

—Necesitamos estar pronto en París, y llegaríamos demasiado tarde, si tuviese que esperar á que cada uno de vosotros fuese derribado sucesivamente.

Pronunció estas palabras de modo que no le oyeron los demás; pues de lo contrario hubiera sido una injuria demasiado grave para ellos.

Reinaldo y su contendiente tomaron el terreno necesario, y se acometieron con sin igual violencia. Rudo fué el choque; pero el Paladin, que valia por sí solo tanto como todos sus compañeros juntos, permaneció firme en la silla: las lanzas se hicieron añicos, como si fueran de vidrio; mas ninguno de los combatientes se inclinó una sola línea hácia atrás. Los corceles chocaron uno contra otro con tal fuerza, que se vieron obligados á doblar los cuartos traseros: Bayardo se rehizo al momento, de modo que apenas interrumpió su carrera; pero el caballo del guerrero negro salió con la columna vertebral rota, y cayó sin vida. El caballero, al ver muerto á su corcel, dejó los estribos y se puso rápidamente en pié, diciendo al hijo de Amon, que se dirigia hácia él sin empuñar otra arma:

[151]

—Señor: el sentimiento que me ha causado la muerte de este corcel, á quien tuve en grande estima mientras vivió y del que acabas de privarme, no me permite dejarle sin venganza, porque va en ello mi honra: así, pues, prepárate á empezar de nuevo el combate; pero te aconsejo que eches mano de toda tu bravura para defenderte de mí.

Reinaldo le respondió:

—Si la pérdida de ese caballo es el único motivo que tienes para renovar la lucha, te daré uno de los mios no menos excelente que el tuyo, y de este modo quedará aquella recompensada.

—Equivocado estás, replicó el desconocido, si me crees tan cuidadoso por la carencia de caballo. Veo que no has comprendido bien mi idea, por lo cual me explicaré con más claridad. Quiero decir que creeria cometer una gran falta al retirarme sin haber experimentado tu valor espada en mano, y sin llevar la seguridad de que tu esfuerzo es igual al mio, ó si vales más ó menos que yo. Continúa á caballo ó apéate de él: lo dejo á tu albedrío; pues con tal que sostengas la lucha, estoy dispuesto á concederte toda clase de ventajas, segun lo que me estimula el deseo de conocer por mí mismo si sabes manejar la espada.

Reinaldo le respondió al momento, y sin la menor vacilacion:

—Acepto el desafío; y á fin de que combatas sin recelo, y no puedas desconfiar de mis compañeros, haré que se alejen hasta que me reuna con ellos, y únicamente quedará conmigo un paje para guardar mi caballo.

Al decir esto, previno á sus compañeros que le dejasen solo. Esta muestra de delicadeza del Paladin lo enalteció sobremanera en el concepto del guerrero incógnito. Reinaldo se apeó, entregó las riendas de Bayardo á uno de[152] sus escuderos, y en cuanto hubo perdido de vista á sus parientes, embrazó el escudo, desnudó el acero y se puso á las órdenes de su adversario. Inmediatamente se trabó entre ellos la lucha más terrible que pudiera haberse visto, quedando ambos asombrados de hallar una resistencia tan tenaz y prolongada en su adversario respectivo: mas así que conocieron su mútuo denuedo, dejaron á un lado el orgullo ó el furor que pudiera perjudicarles, y procuraron conservar su sangre fria para aprovechar todas las ventajas que les concedia su experiencia en los combates. Resonaban á gran distancia con horrible fragor los golpes despiadados y crueles que se daban: cada cuchillada hacia volar fragmentos de sus recios escudos, desgarraba sus cotas de malla ó arrancaba los clavos de sus corazas. Persuadidos ambos de que el más lijero descuido podia ocasionarles un daño inmenso, y no queriendo ceder una pulgada de terreno, ponian tanto cuidado en herir como en parar los golpes.

Más de hora y media duraba ya el combate: el Sol se habia ocultado bajo las olas; las tinieblas de la noche se extendian hasta los límites del horizonte, y sin embargo, los combatientes no se daban tregua ni reposo alguno, como si el ódio ó la venganza, y no el deseo de gloria, fuera el único motivo de su ruda pelea. Reinaldo no cesaba de pensar en quién podria ser aquel caballero tan esforzado, que se defendia de sus golpes con tanto vigor y audacia, que más de una vez habia puesto su vida en peligro, y cuyos ataques le tenian ya rendido y fatigado, hasta el extremo de inspirarle alguna inquietud el resultado del combate, y de desear que este terminara pronto, con tal de sacar ileso su honor. El guerrero desconocido, por su parte, no sospechaba siquiera que fuese el señor de Montalban, tan famoso entre todos los guerreros del mundo, aquel con quien lu[153]chaba por un motivo de tan escasa importancia: solo sabia que era imposible hallar un hombre más sobresaliente en el manejo de las armas. Se arrepentia ya de haber acometido la empresa de vengar la muerte de su caballo, y de buen grado pondria fin á aquella danza, si no le resultara algun baldon.

Era ya tan densa la oscuridad, que erraban casi todos sus golpes: no sabian donde descargarlos ni cómo pararlos, y apenas se distinguian sus espadas en la mano. Por fin, el señor de Montalban se decidió á proponer que no continuaran batiéndose á oscuras, y que valia más diferir la contienda para cuando el soñoliento Arcturo[35] se hubiese alejado con la noche. Invitó en seguida á su rival á que pasara á descansar en su tienda, ofreciéndole que estaria en ella tan seguro, honrado y agasajado como en el mejor castillo á cuya puerta hubiera pedido hospitalidad. El caballero incógnito aceptó la oferta sin hacerse rogar mucho, y ambos se dirigieron al sitio en que habian plantado sus tiendas los compañeros de Reinaldo. El Paladin cogió entonces el caballo de uno de sus escuderos, y regaló á su cortés adversario aquel corcel, que era un animal soberbio, ricamente enjaezado y á propósito para toda clase de combates.

El caballero negro habia oido á Reinaldo pronunciar su propio nombre antes de reunirse con sus parientes, y conociendo entonces que el guerrero con quien acababa de pelear era su propio hermano, sintió su corazon conmovido por la más dulce y afectuosa solicitud, y derramó lágrimas de gozo y de ternura. Aquel guerrero era Guido el Salvaje; el mismo que, segun recordareis, habia viajado [154] por mar mucho tiempo en compañía de Marfisa, Sansonetto y los hijos de Olivero. El traidor Pinabel le impidió ver más pronto á su familia, por haberle tenido cautivo y obligado á defender la inícua costumbre establecida por él. Al oir Guido que aquel caballero era Reinaldo, el más famoso de los héroes conocidos, á quien habia deseado ver con mayor vehemencia que el ciego la perdida luz, exclamó lleno de júbilo:

—¡Ah Señor! ¿qué fatalidad me ha arrastrado á pelear con vos, á quien por espacio de tanto tiempo he amado y amo, y á quien deseo manifestar mi inmenso respeto? Yo soy Guido, descendiente, como vos, de la sangre ilustre del generoso Amon. Constanza fué mi madre, y nací en las lejanas costas del mar Euxino[36]. La causa de mi venida á este país no es otra que el ardiente deseo de conoceros y de conocer asimismo á mis demás parientes; y sin embargo, en vez de honraros, como era mi intencion, veo que os he causado una grave injuria. Sírvame de excusa para tan lamentable error la circunstancia de no haberos conocido: decidme cómo podré borrar mi falta, pues á todo estoy dispuesto para lograrlo.

Despues de abrazarse y de darse recíprocamente las mayores muestras de cariño, Reinaldo le respondió:

—No teneis por qué arrepentiros del combate que habeis sostenido conmigo; pues para probarme que sois un digno vástago del árbol de nuestro linaje, no podíais haberme ofrecido mejor testimonio que el gran valor de que habeis dado tan arrogantes muestras. No mereceríais tanto crédito, si vuestras costumbres hubieran sido más tranquilas y pacíficas; pues el leon no engendra al gamo, ni el águila ó el halcon á la paloma.

[155]

Hablando de esta suerte, llegaron á la tienda, donde Reinaldo manifestó á sus compañeros que aquel caballero era Guido á quien deseaban conocer tanto tiempo hacia. Todos le acogieron con sumo gozo, y á todos les pareció que se asemejaba á su padre. No me detendré en explicar la acogida que le hicieron Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, así como Viviano, Aldigiero y Malagigo, sus primos, ni repetiré tampoco las cariñosas frases que mútuamente se dirigieron; solo diré, en conclusion, que fué cordialmente recibido por todos ellos.

Si en todo tiempo hubiera sido grata á sus hermanos la presencia de Guido, lo fué para ellos mucho más en aquella ocasion en que tan útiles podian serles sus auxilios. Apenas el nuevo Sol salió del seno de las aguas, coronado de luminosos rayos, cuando Guido emprendió la marcha con sus hermanos y primos bajo el estandarte de Montalban. Tan rápidamente caminaron por espacio de dos dias, que llegaron á la orilla del Sena, á unas diez millas de las asediadas murallas de Paris, donde su buena fortuna hizo que encontráran á Grifon el blanco y Aquilante el negro, los dos guerreros de impenetrable armadura, hijos de Gismunda y de Olivero. Estaban conversando con una doncella que por su aspecto no parecia de condicion humilde, pues vestia un rico traje blanco, adornado con franjas de oro: su rostro era plácido y bello; aun cuando lo anublaba algun tanto el llanto y la tristeza: en la expresion de sus facciones y en sus ademanes se conocia que hablaba de cosas muy importantes.

Guido conoció al instante á entrambos caballeros, y fué conocido tambien por ellos, en atencion á que no hacia muchos dias que se habian separado.

—Hé ahí, dijo á Reinaldo, dos guerreros á quienes pocos [156] aventajan en valor: si llegaran á reunirse con nosotros en defensa de Cárlos, seguro estoy de que los sarracenos no se atreverian á hacernos frente.

Reinaldo confirmó la opinion de Guido, manifestando que los dos hermanos eran unos perfectos campeones. Tambien él los habia conocido en el esmerado adorno de sus personas y en las sobrevestas, blanca la del uno y negra la del otro, que llevaban constantemente sobre la armadura. Grifon y Aquilante se apresuraron á saludar á Guido, á Reinaldo y sus hermanos, y olvidando antiguas disensiones, estrecharon amistosamente al señor de Montalban entre sus brazos. En otro tiempo se batieron con encarnizamiento por culpa de Trufaldin, cuya aventura seria larga de contar; pero á la sazon se acogieron con cariño fraternal, dando su rencor al olvido. Reinaldo se volvió despues á Sansonetto, que habia tardado un poco más en reunirse con ellos, y le saludó con la reverencia debida á su reconocido valor, del que estaba ya plenamente informado.

En cuanto la doncella vió llegar á Reinaldo y le hubo conocido (pues trataba á todos los paladines), le comunicó una noticia harto triste.

—Señor, le dijo, tu primo Orlando, á quien tanto deben la Iglesia y el Imperio; ese héroe tan famoso y tan prudente hasta ahora, ha perdido el juicio y vaga errante por el mundo. Ignoro las causas de un suceso tan extraordinario como deplorable; pero sí puedo asegurarte que he visto su espada y sus demás armas esparcidas por el campo; y he visto además cómo un caballero cortés y compasivo las fué recogiendo una á una, y formó con ellas un hermoso trofeo, colgándolas en un arbusto, de donde el hijo de Agrican arrancó aquel mismo dia la espada, quedándose con ella. ¡Gran desgracia ha sido para los cristianos el que Durinda [157]na haya vuelto otra vez á poder de los infieles! Mandricardo se apoderó asimismo de Brida-de-oro, que vagaba libremente en derredor de las armas de su dueño. Aun no hace muchos dias, que ví á Orlando correr desnudo por los montes, sin rubor y sin conocimiento, lanzando gritos y aullidos espantosos: en resúmen, te afirmo que está loco, y nunca hubiera podido dar crédito á un acontecimiento tan cruelmente deplorable, á no verlo por mis propios ojos.

Despues refirió cómo le habia visto caer del puente abajo, luchando á brazo partido con Rodomonte.

—Hablo de estos sucesos, añadió la doncella, con todos aquellos á quienes creo amigos de Orlando, para ver si entre tantos hay alguno que, movido á compasion, procure traerlo á Paris ó á otro sitio seguro, donde permanezca hasta recobrar la razon.

Aquella dama era la bella Flor-de-lis, á quien Brandimarte amaba más que á sí mismo, la cual se dirigia á París por ver si allí lograba encontrar á su amante. Puso tambien en conocimiento de Reinaldo las disputas y combates sostenidos entre el Sericanio y el Tártaro por la posesion de Durindana; diciéndole por último, que á causa de la muerte de Mandricardo, habia pasado á poder de Gradasso.

Al recibir una noticia tan extraordinaria como triste, Reinaldo prorumpió en desconsoladores lamentos, sintiendo que su corazon se deshacia en llanto, lo mismo que el hielo se deshace al calor de los rayos del Sol. Al instante formó la incontrastable resolucion de buscar á Orlando, donde quiera que se hallara, lisonjeándose de antemano con la esperanza de obtener su curacion si llegaba á encontrarle; pero ya que por la voluntad del cielo, ó por efecto la casualidad se habia reunido en aquel sitio un grupo de guerreros tan escogidos, no quiso alejarse de allí sin poner an[158]tes en fuga á los sarracenos, y obligarles á levantar el asedio de París. Creyó, no obstante, oportuno diferir el ataque hasta que se hiciera completamente de noche, lo cual redundaria en ventaja suya, y resolvió por lo tanto acometer al enemigo hácia la tercera ó cuarta vigilia, cuando el agua del Leteo hubiera esparcido el sueño por todos los párpados.

Hizo que sus compañeros se retiraran á un bosque, donde permanecieron ocultos durante el resto del dia; pero en cuanto el Sol, dejando á la Tierra envuelta en la oscuridad, regresó al seno de su antigua nodriza, y los osos, cabras, serpientes y otras fieras[37], que habian estado ocultas mientras brillaba el más resplandeciente de los astros, adornaron el cielo, Reinaldo puso en movimiento su silenciosa hueste, y seguido de Grifon, Aquilante, Viviano, Alardo, Guido y Sansonetto, se adelantó cosa de una milla á sus demás compañeros, con paso cauteloso y sin proferir una sola palabra. Halló dormidos á los guardias de Agramante; los pasó á cuchillo sin perdonar á uno solo la vida, y llegó en seguida hasta el centro del campamento moro con tanto sigilo, que no fué visto ni oido. Tan destrozada dejó Reinaldo la primera guardia que encontró en el campo de los infieles, que no quedó un solo guerrero con vida; de suerte que los sarracenos, soñolientos, aterrados é inermes, no pudieron oponer gran resistencia al choque irresistible de sus impetuosos acometedores. Para infundir mayor espanto en los sorprendidos mahometanos, hizo Reinaldo que sus compañeros lanzaran penetrantes gritos, mezclando con los sonidos de sus trompas y clarines su nombre invencible y famoso. Lanzó al combate á su Bayardo, y el noble bruto, animado del mismo ardor que su dueño, traspuso de un sal[159]to las barreras, derribó ginetes, aplastó peones, y destrozó pabellones y barracas. Al oir resonar por el aire los formidables nombres de Reinaldo y Montalban, no hubo un solo soldado en el ejército pagano, por valiente que fuese, á quien no se le erizaran los cabellos. Españoles y africanos empezaron á huir en confuso tropel, sin perder tiempo en recoger sus armas y equipages; pues ninguno queria detenerse á probar los crueles efectos del impulso asolador de sus enemigos. Guido iba en pos de Reinaldo, y tanto él como los dos hijos de Olivero, Alardo, Riciardeto y sus otros dos hermanos, imitaban las heróicas acciones del Paladin: Sansoneto se abria ancho camino con su espada, y Aldigiero y Viviano daban evidentes pruebas de su destreza en el manejo de las armas: todos, en fin, competian en denuedo y bizarría, agrupándose en torno del estandarte de Claramonte.

Reinaldo tenia en Montalban y en las aldeas inmediatas setecientos soldados acostumbrados á soportar en todo tiempo las fatigas de la guerra, aunque no tan malos como los mirmidones de Aquiles[38]. Cada uno de por sí era tan ardoroso en el combate, que mil contrarios no hubieran podido hacer huir á un centenar de ellos, y puede asegurarse que muchos de tales soldados competirian ventajosamente con los caballeros más afamados. Aun cuando Reinaldo no poseia grandes riquezas en tesoros ni en ciudades, su generosidad, sus modales francos y su sencillez le habian granjeado la estimacion y el cariño de aquellos soldados, en términos de que ni uno solo quiso abandonar jamás su bandera, á pesar de las más brillantes ofertas. El Paladin no[160] alejaba nunca de Montalban á su pequeño ejército, excepto cuando á ello le obligaba una necesidad imperiosa; pero entonces, deseando prestar á Carlomagno un eficaz auxilio, se decidió á dejar en su castillo una guarnicion muy reducida, y acudió con sus tropas á atacar á Agramante. Los pocos centenares de hombres, de quienes acabo de ocuparme, hicieron en los sarracenos el mismo estrago que causa el lobo voraz en los rebaños de ovejas que pastan en las orillas del falanteo Galeso[39], ó el terrible leon en los de cabras que se apacientan junto á las márgenes del bárbaro Cinifio[40].

Reinaldo habia dado al Emperador aviso prévio de su llegada á las inmediaciones de París, y de su intencion de asaltar por la noche de improviso el campamento mahometano: en virtud de dicho aviso, hizo Carlomagno los preparativos convenientes, y cuando llegó el momento oportuno, acudió en auxilio del Señor de Montalban con sus Paladines y con el hijo del rico Monodante, el prudente y leal amante de Flor-de-lis, á quien esta jóven habia ido buscando en vano durante tantos dias por casi toda la Francia. La doncella conoció á Brandimarte desde lejos por la enseña que acostumbraba llevar, y en cuanto él la conoció á su vez, dejó el combate, y lleno de gozo, corrió á abrazarla estampando en sus mejillas mil cariñosos besos. En los tiempos antiguos se tenia tal confianza en la virtud de las doncellas y de las mujeres, que las dejaban viajar sin compañía alguna por montes y llanuras y por los[161] países extranjeros: á su regreso las tenian por tan buenas y puras como al partir, sin que en el corazon de los amantes ó de los maridos se albergara la más lijera sospecha en contra de su honestidad.

Flor-de-lis se apresuró á participar á su amante que Orlando se habia vuelto loco. Parecióle á Brandimarte tan increible y desconsoladora aquella noticia, que á haberla oido de otros lábios, la habria tenido por una calumnia; pero no pudo dudar de la veracidad de la hermosa Flor-de-lis, á quien solia dar crédito en cosas más graves. Afirmóle la doncella, que no habia oido, sino visto por sus propios ojos tan lamentable desgracia, y que conocia perfectamente al Conde á quien solia tratar con alguna intimidad: le dijo el sitio y el momento en que le vió, y le describió el puente peligroso donde Rodomonte se oponia al paso de todos los caballeros, si no le entregaban sus ropas y sus armas para engalanar con ellas un sepulcro suntuoso construido por su órden. Añadió que habia presenciado la furiosa locura de Orlando, viéndole llevar á cabo cosas horribles y prodigiosas, y concluyó describiendo la lucha del Paladin con el Pagano, que estuvo á punto de perecer sepultado en las aguas.

Brandimarte, que amaba al Conde cuanto es posible amar á un compañero, á un hermano ó á un hijo, se dispuso á buscarlo, arrostrando si necesario fuese las mayores fatigas y peligros para lograr que el arte de la medicina ó el de los encantamientos restituyera la razon á aquel cerebro enfermo; y armado á caballo, como estaba, se puso en camino, acompañado de Flor-de-lis. Dirigieron su ruta hácia el sitio en que la doncella habia visto al Conde, y de jornada en jornada, llegaron al puente guardado por el rey de Argel. El vigía hizo la señal acostumbrada: los escuderos[162] presentaron las armas y el caballo á Rodomonte, el cual terminó sus preparativos bélicos en el momento en que Brandimarte se presentaba en la entrada del puente. El Sarraceno le gritó con su ferocidad habitual:

—Quien quiera que seas, tú, á quien un extravío del camino ó de la mente ha hecho que la suerte dirija hasta aquí tus pasos, apéate del caballo, abandona tus armas y tributa homenaje á este sepulcro, si no quieres que te inmole y te haga servir de víctima propiciatoria á los manes de la que en él yace. Yo sabré obligarte á ello, si así no lo haces, y entonces no tendré consideracion contigo.

Brandimarte no se dignó responder al arrogante Sarraceno sino enristrando su lanza. Clavó el acicate á Batoldo, su excelente corcel, y se lanzó sobre el infiel con una bizarría digna de competir con la de los campeones más formidables. Rodomonte, á su vez, atravesó el puente á rienda suelta y lanza en ristre. Acostumbrado el caballo del infiel á recorrer aquel estrecho paso, y á hacer caer con frecuencia desde él ya á uno, ya á otro caballero, avanzaba con entera seguridad; pero el de Brandimarte se adelantaba vacilante, espantado y tembloroso. Extremecióse el puente: al peligro que ofrecia su angostura y la falta de pretiles, añadióse el riesgo de un inminente hundimiento.

Los dos caballeros, diestros en toda clase de combates, empezaron á descargarse golpes nada suaves con sus lanzas, que parecian vigas, y conservaban el mismo espesor que tenian al ser cortadas de sus troncos silvestres. El vigor y la agilidad de sus respectivos caballos no pudieron contrastar la violencia de los golpes; por lo cual ambos corceles cayeron sobre el puente, revueltos en confuso monton con sus ginetes. Al quererse levantar con la precipitacion á que los excitaba la aguda é insistente punta del acicate, les faltó[163] el terreno necesario para afirmar la planta, y cayeron ambos en el agua, produciendo un estrépito que resonó en los Cielos, lo mismo que en otro tiempo resonó en ellos el estruendo producido por nuestro rio cuando se precipitó en él el inexperto conductor de la luz[41].

Los caballos fueron á parar con todo el peso de sus ginetes, que permanecieron firmes en la silla, hasta el fondo del rio, con intencion sin duda de ver si encontraban alguna ninfa bella. No era aquel el primero ni el segundo salto que el Pagano habia dado en aquellas ondas con su intrépido corcel, por lo cual sabia cómo estaba el fondo, dónde se hallaba el terreno firme ó blando, y los sitios en que las aguas eran más ó menos profundas: así fué que sacó inmediatamente fuera del rio la cabeza y los brazos, y procuró alcanzar á Brandimarte, valiéndose de todas sus ventajas. Este se vió al principio arrastrado por la corriente; pero despues su caballo se hundió en la arena, y no pudiendo salir de ella, puso al ginete en inminente peligro de perecer. Asaltóles despues una ola con tal fuerza, que elevándolos á una considerable altura, los hizo rodar por donde habia mayor profundidad, quedando Brandimarte debajo de su caballo.

Flor-de-lis, pálida y afligida, presenciaba desde el puente aquella lucha; y al ver el peligro de su amante, recurrió á las lágrimas, á los ruegos y á los votos.

—¡Ah, Rodomonte! exclamaba: en nombre de aquella cuya memoria quieres honrar, no seas tan cruel que dejes perecer ahogado á tan valiente caballero. Si has amado alguna vez, generoso guerrero, apiádate de mí, que tanto amo [164] á tu adversario. Conténtate, por favor, con hacerle prisionero, y con que sus armas adornen ese sepulcro; porque esas armas serán el trofeo más brillante de cuantos has formado en él con los despojos de tantos caballeros.

Tan penetrantes al par que expresivas fueron las súplicas de la atribulada doncella, que conmovieron al Rey pagano, á pesar de su crueldad, haciendo que se apresurara á socorrer á Brandimarte, á quien tenia su corcel sepultado en el abismo, y estaba próximo á perecer á causa de tanta agua como habia tragado. Sin embargo, antes de auxiliarle, le quitó el Sarraceno la espada y el casco, despues de lo cual le sacó del rio, é hizo que le condujeran á la torre con los demás cautivos.

Cuando Flor-de-lis vió á su amante sepultado en una prision, perdió toda esperanza; sin embargo, antes que verle perecer en el rio, preferia mil veces aquel triste resultado del que se culpaba á sí misma, y á nadie más; pues ella habia sido causa del viaje de Brandimarte, por haberle referido su encuentro con el Conde en el peligroso puente. Alejóse de allí con la esperanza de llevar á Reinaldo, Guido el Salvaje, Sansoneto ú otro caballero de la corte de Pepino, famoso por sus hazañas en Mar y Tierra, á propósito para hacer frente al Sarraceno y si no más valiente, más feliz al menos de lo que Brandimarte habia sido. Muchos dias anduvo sin encontrar un caballero que por su aspecto le pareciera capaz de luchar con Rodomonte y salvar á su amado. Despues de buscar con insistencia un guerrero tal como lo deseaba, tropezó por fin con uno, que llevaba una sobrevesta rica, lujosa y recamada de ramas de ciprés. Más adelante os diré quién era este caballero, pues antes me es forzoso regresar á París, para continuar refiriéndoos el destrozo que en los moros causaron Reinaldo y Malagigo.

[165]

Imposible de todo punto me seria contar el número de los fugitivos y mucho menos el de los que fueron á parar á los rios del Infierno. Turpin, que se habia tomado el trabajo de contarlos, no logró terminar por haberle sorprendido en su tarea las sombras de la noche[42].

Entregado al primer sueño estaba en su tienda el rey Agramante, cuando despertó sobresaltado al oir á un caballero, que le gritaba que huyera cuanto antes, si no queria caer prisionero. Tendió el monarca una mirada en torno suyo, y quedó asombrado al ver el desórden de sus gentes, que huian á la desbandada en todas direcciones, sin pensar en hacer frente al enemigo, desarmados y desnudos, pues ni tiempo habian tenido para embrazar sus rodelas. Turbado, confuso y sin saber qué partido tomar, hizo Agramante que le pusieran la coraza, cuando se presentaron Falsiron, su hijo Grandonio, Balugante y los demás capitanes, participándole el peligro que corria de quedar muerto ó prisionero; añadiendo que, si lograba salvar su persona, bien podia decir que le era propicia la suerte. Esta fué la opinion unánime de Marsilio, Sobrino y todos los demás jefes sarracenos; los cuales aseguraron al monarca que su ruina no pendia más que de la llegada de Reinaldo, el cual avanzaba rápidamente, y que si esperaba á que viniese el Paladin con toda su gente, podia tener por cierto que él y sus amigos perderian la vida ó serian hechos prisioneros por el enemigo. Aconsejáronle en tan apurado trance que reuniera los escasos restos de su ejército, y se retirara con ellos á Arlés ó Narbona, plazas fuertes ambas y capaces de [166] mantener un sitio prolongado: de este modo lograria dos cosas: poner en salvo su persona, y vengar tarde ó temprano aquella afrenta, rehaciendo de una vez sus tropas, que tomando nuevamente la ofensiva, conseguirian á no dudarlo aniquilar á las de Carlomagno.

Agramante aceptó el parecer unánime de sus capitanes, por más que lo creyese muy duro, y emprendió la retirada hácia Arlés, marchando, ó mejor dicho, volando por el camino que más seguro le pareció, favorecido en su fuga por las tinieblas nocturnas y por los excelentes guias que llevaba. Entre españoles y africanos, apenas pudieron escapar veinte mil hombres de la bien urdida emboscada de Reinaldo. El que pudiera contar los infieles que acuchilló el Paladin, los que degollaron sus hermanos y los dos hijos del señor de Viena, los que mordieron el polvo á los golpes de los setecientos hombres de armas de Reinaldo, y los que, en su desatentada fuga, se ahogaron en el Sena, contaria tambien las hojas que esparcen Favonio y Flora en el mes de Abril.

Hay quien supone que á Malagigo se debió en gran parte aquella victoria nocturna, no porque hubiese cortado muchas cabezas, ni enrojecido el campo con la sangre de sus enemigos, sino porque con el poder de su arte hizo que saliera de las profundas cavernas del Tártaro una inmensa multitud de espíritus infernales con tantas banderas y tantas lanzas, que en toda la extension de la Francia no podria colocarse otro ejército igual al que formaron. Supónese tambien que hizo resonar tantos clarines, tantos tambores y tan discordantes ruidos, tantos relinchos de caballos, tantos gritos y tal tumulto y confusion, que sus ecos vibraron en las llanuras, montes y valles de las comarcas más lejanas, infundiendo de este modo un pánico irresistible en los [167] moros, que no pudieron menos de buscar su salvacion en la fuga.

No olvidó el Rey de África á Rugiero, que continuaba enfermo de gravedad á consecuencia de sus heridas; hizo que le colocaran lo más cómodamente posible en un corcel de suave andadura, y cuando llegó á un sitio en que ya no habia peligro, lo mandó trasladar á una nave que le condujo hasta Arlés, en cuya ciudad debia reunirse todo su ejército. Los que á Reinaldo y á Carlomagno volvieron las espaldas (cien mil, ó poco menos, segun creo), procuraron escapar de manos de los franceses, dispersándose por los campos, los bosques, los montes y los valles; pero la mayor parte de ellos encontró el paso interceptado, y enrojeció con su sangre lo que era verde y blanco.

No corrió igual suerte el rey de Sericania, cuya tienda estaba bastante apartada del campamento. Al llegar á su noticia que el señor de Montalban era el que atacaba á sus amigos, inundó tal júbilo su corazon, que se entregó á los más vivos arrebatos de alegría, dando gracias á su Dios por haberle proporcionado aquella noche la deseada ocasion de conquistar á Bayardo, aquel incomparable corcel. Creo haberos dicho ya en otra parte, que el rey Gradasso habia anhelado durante largo tiempo dos cosas: ceñir la excelente Durindana, y cabalgar en el sin par Bayardo. Con este objeto pasó á Francia á la cabeza de un ejército de cien mil hombres, y habia desafiado á Reinaldo para disputarle la posesion de su caballo, acudiendo á la orilla del mar donde esperaba efectuar la pelea; pero Malagigo echó por tierra sus planes, haciendo que su primo se alejara á pesar suyo de aquellas costas á bordo de un bajel. Seria prolijo referir esta historia; pero sí debo hacer constar que desde entonces tuvo Gradasso por cobarde y vil al esforzado Pa[168]ladin. Por este motivo se alegró tanto el Sericanio al oir que Reinaldo era quien atacaba el campamento sarraceno. Púsose sin demora sus armas, montó en su alfana, y se dirigió en busca del señor de Montalban á través de la oscuridad. Fué tendiendo á sus piés sin vida á cuantos encontraba: sin cuidarse de si los que le salian al paso eran soldados franceses ó africanos, vibraba indistintamente contra ellos su temible lanza. Recorriendo el campo en todas direcciones, cuidaba tan solo de buscar á Reinaldo, llamándole muchas veces por su nombre con estentórea voz: poco á poco se fué acercando al sitio en que eran más espesos los cadáveres de los combatientes, hasta que al fin logró hallarse frente á frente con el Paladin, y del primer choque volaron sus lanzas hechas astillas hasta el estrellado carro de la noche.

Cuando Gradasso conoció al Paladin, no por que viera en él enseña alguna, sino por sus horribles golpes, y por Bayardo que parecia dueño absoluto del campo, no tardó en echarle en cara lo indignamente que en otro tiempo faltó á su palabra, dejando de presentarse en el terreno el dia en que debia batirse con él.

—Esperabas sin duda, añadió, que porque entonces pudiste escapar de mis manos, no volveríamos á encontrarnos nunca: bien ves ahora que tus esperanzas han quedado defraudadas. Debes estar persuadido de que, aun cuando te ocultaras en las profundidades de la laguna Estigia ó te remontaras hasta el cielo, lo mismo te seguiria á través de las tinieblas eternas, que á través de la luz celestial, mientras conservaras en tu poder ese caballo. Si tu corazon no te proporciona el ánimo suficiente para contrarestarme; si estás convencido de que no puedes igualarte á mí, y prefieres la vida al honor, fácilmente puedes salvarla, con tal[169] que me entregues en paz tu palafren. De este modo podrás vivir, ya que te es tan cara la vida; pero vivirás á pié, porque serás indigno de montar á caballo, ya que tan mal cumples con las reglas de caballería.

Riciardeto y Guido el Salvaje estaban presentes cuando el Sarraceno dirigió los anteriores reproches al Paladin, é irritados al ver tanta insolencia, desenvainaron á un tiempo sus aceros para castigarle por ella; mas Reinaldo se opuso á su resolucion, y no toleró que se infiriese el menor ultrage á Gradasso, exclamando:

—¿Por ventura, no soy yo solo suficiente para escarmentar al que se atreve á ultrajarme?

Dirigiéndose despues hácia el Pagano, añadió:

—Escucha, Gradasso: quiero ante todo probarte, si me prestas atencion, que fuí á la playa con objeto de llevar á cabo nuestro combate, despues de lo cual sostendré con las armas en la mano la verdad de mis palabras: por de pronto te diré, que mientes como un villano al acusarme de haber faltado á las reglas de caballería. Ruégote, sin embargo, que antes de empezar esta nueva lucha, dés oidos á mi legítima y verdadera excusa, á fin de que no vuelvas á dirijirme injustas reconvenciones: en seguida disputaremos á pié la posesion de Bayardo, frente á frente, y en sitio apartado, tal como en tu primer desafío deseaste.

El rey de Sericania era cortés, como suelen serlo todos los que tienen un corazon magnánimo, y accedió á oir las excusas del Paladin. Encaminóse con él á la orilla del rio, donde Reinaldo, en breves frases, expuso claramente los motivos de su ausencia, poniendo al cielo por testigo de la veracidad de sus asertos: llamó despues al hijo de Buovo, el único que estaba completamente informado de todas las circunstancias que para aquella mediaron, el cual explicó,[170] sin añadir ni quitar una sílaba, el encanto de que se habia valido para impedir la realizacion del combate.

—Lo que acabo de probarte por medio de testigos, concluyó diciendo al Paladin, quiero demostrártelo tambien con las armas, y espero que ellas te servirán de testimonio más convincente en este mismo momento ó cuando te plazca.

El rey Gradasso, que no queria dejar por la segunda su primera querella, escuchó tranquilamente las disculpas de Reinaldo, aunque dudando si eran falsas ó verdaderas. Designaron para teatro de su segundo combate, no ya la playa de Barcelona, donde debió efectuarse el primero, sino una llanura regada por una fuente cercana, á la que convinieron en acudir á la mañana siguiente. Reinaldo prometió llevar allí su caballo, que seria colocado á igual distancia de ambos contendientes, con la condicion de que si el Rey mataba al Paladin, ó le hacia prisionero, quedaba el corcel por suyo; pero si Gradasso resultaba muerto, ó se entregaba á su adversario, Durindana pasaria á poder de este. Segun dije antes, Reinaldo habia oido de los lábios de Flor-de-lis, con gran asombro y mayor desconsuelo, que su primo habia perdido la razon, así como la contienda que se suscitó despues por causa de sus armas, y finalmente que Gradasso logró quedarse con aquel acero que tantos laureles proporcionara á Orlando.

Una vez puestos de acuerdo, volvió el rey de Sericania á reunirse con sus escuderos, á pesar de que el Paladin le dirigió las más vivas instancias para que aceptara su hospitalidad. Apenas despuntó el alba, armóse el Rey pagano: Reinaldo hizo otro tanto, y ambos llegaron simultáneamente cerca de la fuente, donde debia decidirse quién seria el dueño de Bayardo y Durindana. Los amigos de Reinaldo[171] parecian temerosos por el éxito del combate que debia llevarse á cabo sin testigos entre este y Gradasso, y de antemano se lamentaban de la decision del Paladin: Gradasso unia á su extraordinaria sagacidad una audacia y un vigor incomparables, y como además, á la sazon ceñía la espada del hijo del gran Milon, su temor por Reinaldo era hasta cierto punto natural. Pero á quien tenia especialmente inquieto y desasosegado aquel desafío, era al hermano de Viviano, que de buena gana hubiera hecho lo posible por dejarlo sin efecto; mas no se atrevió á arrostrar por segunda vez el enojo y la cólera que le habia demostrado su primo, cuando impidió que se realizara el primer combate arrebatando al Paladin á bordo de una nave.

Mientras que todos estaban temerosos, inquietos y angustiados, Reinaldo se alejó alegre y tranquilo esperando librarse del baldon que una sospecha injuriosa habia hecho recaer sobre él, para sellar eternamente los lábios de los señores de Hautefeuille y Poitiers. Caminaba, pues, con celeridad, seguro y confiado en alcanzar los honores del triunfo. Cuando Reinaldo por un lado y Gradasso por otro llegaron casi al mismo tiempo junto á la cristalina fuente, se saludaron con suma cortesía, y se trataron con tan amistosa cordialidad cual si les unieran los estrechos vínculos del cariño y de la sangre. Creo oportuno dejar para otra ocasion el relato del combate que se siguió entre ambos.


[172]

CANTO XXXII.

Mientras Bradamante esperaba á Rugiero, recibe noticias que le oprimen el corazon. Dícenle que Marfisa ha conquistado su amor, por lo cual se entrega al dolor y al llanto.—Aléjase enteramente sola de Montalban para dar muerte á Marfisa, y en el camino encuentra á Ulania con tres reyes, á los que desafía y vence.

Recuerdo ahora que debia hablaros de una sospecha que asaltó la imaginacion de la hermosa dama del herido Rugiero (y á decir verdad, aunque os lo habia prometido, se me olvidó despues); de una sospecha mucho más desagradable y cruel que la primera, y tambien más aguda y emponzoñada que la que le atravesó el corazon con su acerado dardo, á consecuencia de las noticias que Riciardeto le diera. Debia ocuparme de ella y empecé, sin embargo, á hablar de otra cosa, por haberse interpuesto Reinaldo, y porque luego Guido me dió bastante qué hacer, cuando entretuvo algun tiempo al Paladin en su camino. Pasando así de uno á otro asunto, resultó que me olvidé de Bradamante; pero ya que ahora he refrescado mi memoria, seguiré mi interrumpido relato antes de referir la pelea de Reinaldo y Gradasso. Sin embargo, antes de proseguir, os diré algunas palabras acerca de Agramante, que se ocupaba en reunir en Arlés el resto de las tropas que habian podido librarse de la matanza nocturna.

La ciudad de Arlés era un lugar muy á propósito para servir de punto de reunion, y para aguardar refuerzos y proveerse de víveres, teniendo la España próxima, el [173]África en frente, y bañándola un rio que desemboca en el mar. Marsilio hizo que se reunieran bajo sus banderas todos los hombres de sus estados aptos para el combate, así infantes como ginetes, y dispuso además que se armaran en Barcelona, de grado ó por fuerza, todos los buques á propósito para sostener una batalla naval. Agramante celebraba diariamente consejo con sus capitanes; no perdonaba gasto ni fatiga alguna, y agoviaba con ruinosos impuestos y exacciones á todas las ciudades de África. A fin de obtener, aunque en vano, de Rodomonte que regresara á su lado, hizo que le ofrecieran en su nombre la mano de una prima suya, hija de Almonte, prometiéndole en dote el hermoso reino de Oran. El arrogante sarraceno se negó á alejarse del puente, donde habia vencido á cuantos caballeros llegaron al peligroso paso, y habia reunido ya tantas armas y despojos, que el sepulcro casi desaparecia bajo ellos.

Marfisa no quiso observar la conducta de Rodomonte: apenas supo que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno; que sus gentes habian quedado muertas, prisioneras ó fugitivas, y que él mismo se habia visto en la dura necesidad de retirarse á Arlés con los escasos restos de su ejército, sin esperar otro aviso, acudió presurosa á su lado para prestarle el apoyo de su brazo, y ofrecerle su vida y hacienda. Llevó consigo á Brunel, y se lo restituyó sano y salvo al monarca, despues de haberle tenido diez dias y diez noches en medio de las angustias que le causaba la cruel espectativa de verse ahorcado de un momento á otro; pero como la guerrera vió que nadie abrazaba su defensa ni lo reclamaba, le devolvió la libertad por no manchar sus manos con sangre tan ruin y despreciable. Perdonóle, pues, todas sus antiguas injurias, y le llevó consigo á Arlés, ofre[174]ciéndolo á Agramante. Fácilmente supondreis el júbilo que al monarca causaria el inesperado auxilio de la doncella: para demostrarle de un modo evidente la gran estimacion que de él hacia, quiso valerse de Brunel, como de la prueba más terminante, y dió órden de que le impusieran el mismo suplicio con que le habia amenazado la guerra: Brunel fué ahorcado, y su cadáver, abandonado en un sitio inculto y yermo, sirvió de pasto á los cuervos y á los buitres. La justicia divina hizo entonces que Rugiero estuviese enfermo y no pudiera interceder por el ladron, ó quitarle del cuello el lazo mortal, como ya lo hizo en otra ocasion: cuando lo supo, ya se habia llevado á cabo la ejecucion, de suerte que Brunel pereció abandonado de todos.

Bradamante se lamentaba entre tanto de la lentitud con que transcurrian los siete dias, término fijado para que Rugiero regresara á su lado y abrazase la verdadera fé: su impaciencia solo era comparable á la de los que gimen en la esclavitud ó en el destierro, los cuales creen que no llega nunca el dia en que han de recobrar su libertad ó han de disfrutar de la vista siempre anhelada y agradable de la patria querida. Más de una vez pensó, en medio de su abrumadora espectacion, que Eton ó Pirous[43] se habrian quedado cojos, ó que las ruedas del carro del Sol estarian estropeadas, cuando tardaban en girar mucho más tiempo del acostumbrado. Cada dia que pasaba le parecia más largo que aquel en que el justo Hebreo, lleno de fé santa, produjo un entorpecimiento en el cielo[44], y cada noche más prolongada que aquella en que Hércules fué concebido[45]. [175] ¡Ah! ¡Cuántas veces envidió la suerte de los osos, de los lirones y de los tejones soñolientos! Hubiera querido pasar durmiendo, sin despertar un momento, todo el tiempo que faltaba para que Rugiero se presentase, y sin poder oir otra cosa hasta que su amante la sacara de su sueño con su grata voz; pero no solo no le era posible hacerlo así, sino que ni siquiera lograba conciliar el sueño por lo menos una hora cada noche. Agitábase continuamente en el lecho; huia de ella el reposo; á cada momento se levantaba á abrir la ventana para ver si la esposa de Titon empezaba á esparcir sus blancas azucenas y encarnadas rosas á los primeros albores del Sol naciente. Y sin embargo, en cuanto aparecia este con todo su fulgor, ansiaba ya ver el cielo cubierto de estrellas.

Cuando solo faltaban tres ó cuatro dias para que expirara el plazo, aguardaba llena de esperanza á cada momento que se presentara un mensajero diciéndole: «Ya está aquí Rugiero.» Subia con frecuencia á una elevada torre, desde la que se descubrian á lo lejos los bosques, los campos y el camino que conducia de París á Montalban. Si veia brillar una armadura, ó divisaba á alguno que por su aspecto le pareciera un caballero, creia conocer en él á su deseado Rugiero, y se despejaba su frente y sus radiantes ojos. Si veia algun transeunte á pié ó desarmado, creia ver en él al mensajero de su esperanza; y aun cuando resultaban siempre defraudados sus deseos, reproducíanse en ella, no obstante, las mismas alternativas de esperanza y contrariedad.

[176]

Esperando encontrarle, cubríase algunas veces con sus armas, bajaba del monte y recorria la llanura: como no le veia por ninguna parte, suponia que habria llegado ya á Montalban por otro camino, y entonces regresaba al castillo con la misma ansiedad con que de él habia salido, sufriendo una nueva decepcion. De este modo pasó dias y dias á cual más tristes, y entre tanto expiró el plazo tan esperado por ella. Pero transcurrió otro dia, dos, tres, seis, ocho y veinte sin ver á su esposo ni recibir la menor noticia suya: entonces, convertida su angustia en desesperacion, prorumpió en quejas tales, que hubieran sido capaces de enternecer á las mismas Furias coronadas de serpientes en sus antros infernales; se golpeó el seno y se mesó los dorados cabellos.

—¿Será posible, exclamaba, que me vea obligada á perseguir con mi amor al ingrato que huye y se aparta de mí? ¿Habré de adorar al que me desdeña? ¿Debo suplicar al que se muestra sordo á mis quejas? ¿He de tolerar que reine en mi corazon el que así me ódia, al que tan envanecido está de sí mismo, que solo una diosa inmortal descendida del Olimpo podria encender en su pecho la llama del amor? ¡Ay! ¡Harto sabe ese guerrero altivo que le amo y le adoro con toda mi alma, y sin embargo, no me quiere ni por amante ni por esclava: convencido está de que por él padezco y me muero, y probablemente espera para socorrerme á que la muerte haya cerrado mis ojos! Teme ver mis lágrimas y oir el relato de mi contínuo sufrimiento, que bastaria para obligarle á ceder en su proterva tenacidad, y se oculta de mí, como puede ocultarse el áspid para conservar su venenosa ira cuando teme oir sonidos armoniosos. Amor, deten por piedad á ese rebelde, que huye libre y velozmente de mi lenta persecucion, ó vuélveme al feliz[177] estado del que me hiciste salir cuando no estaba sojuzgada por tí ni por nadie. Pero ¡cuán necia soy al confiar en tí! Demasiado sé que no te ablandan los ruegos ni las súplicas, y que te deleitas, ó más bien que vives y te alimentas tan solo de las lágrimas que haces brotar á raudales de los ojos de tus víctimas. Mas ¡ah! ¡Desgraciada! ¿A quién he de acusar sino á mi insensata pasion, que me remonta á tanta altura á través de los aires, que llega hasta la region donde se abrasan sus alas, y no pudiendo sostenerse, me precipita desde el Cielo á la Tierra? ¡Y si á lo menos concluyeran aquí mis males!... Pero no; es forzoso que mi pasion vuelva á remontarse y arder de nuevo, para que el dolor que sufro no tenga nunca fin! Mas, en vez de lamentarme de mi pasion, ¿no debo culpar más bien á mi propia insensatez, que me obligó á darle entrada en mi corazon y dejarla adquirir un dominio tan grande sobre él, que ha arrancado á la razon de su asiento, viéndome ya sin fuerza para resistir á su poder? Ya no es tiempo de vencerla ni dominarla, aunque me lleva constantemente de mal en peor, y estoy segura de que bajaré pronto al sepulcro, porque esta ansiedad aumenta por momentos mi martirio.—Pero ¿por qué me acrimino de este modo? ¿En qué ha consistido mi falta sino en amarle? ¿Y es esto de extrañar cuando su hermosura se apoderó de improviso de mis sentidos, dominados por la debilidad natural de mi sexo? ¿Por qué habia de resistir y defenderme de su extremada belleza, de su noble apostura y de sus expresivas frases? ¡Ah! ¡Cuán desgraciado es el que se niega á ver la luz del Sol! Y además de que así lo quiso mi destino, ¿no consiguieron vencer mi resistencia otras palabras dignas de crédito? ¿No se me pintó con los colores más vivos la felicidad que debia ser la recompensa de este amor? Si los acentos persuasivos de Merlin fueron finjidos, si sus[178] consejos fueron engañosos, deberé lamentarme de su falacia, pero no dejar de amar á Rugiero. De Merlin, y aun tambien de Melisa me quejo y me quejaré eternamente; pues si hicieron que los espíritus infernales me ofrecieran á la vista los descendientes de mi estirpe, fué tan solo para tenerme en una esclavitud perpétua por medio de una esperanza engañosa, aun cuando no comprendo la razon que les instigó á obrar así, como no fuera la de estar envidiosos de mi dulce, segura y tranquila felicidad.

Tanto abrumaba el dolor á Bradamante, que hacia inaccesible su corazon á todo consuelo; y sin embargo, á pesar de su intensidad, no pudo impedir que se abriera paso hasta su pecho un rayo de esperanza, trayendo á su memoria las tiernas frases con que Rugiero se habia despedido de ella, cuyo recuerdo, venciendo á los contrarios afectos que á la doncella agitaban, hizo que esperara de hora en hora el regreso de su amante con más resignacion. Esta esperanza la sostuvo por espacio de un mes, despues de transcurridos los veinte dias, é hizo más llevadera su cruel y continuada angustia.

Un dia que, segun su costumbre, iba recorriendo el camino por donde esperaba que vendria Rugiero, llegó á sus oidos una noticia que disipó la débil esperanza que aun la sostenia. Encontró casualmente á un caballero gascon, procedente del campamento africano, donde habia permanecido prisionero desde el dia en que se dió la gran batalla delante de Paris. Despues de dirigirle varias preguntas sobre diferentes asuntos, Bradamante entró de lleno en la cuestion, causa de su constante inquietud, y le pidió noticias de Rugiero, limitando á él desde entonces toda su conservacion. El caballero le suministró las noticias que deseaba, pues estaba perfectamente enterado de cuanto[179] habia ocurrido en la corte de Agramante, y le describió el combate personal que Rugiero sostuvo con Mandricardo, diciendo que el Tártaro habia quedado muerto en el campo; pero que su vencedor salió tan mal herido, que permaneció más de un mes postrado en el lecho, inspirando su vida sérios temores. Si el caballero hubiese terminado aquí su narracion, esta sola hubiera bastado para disculpar á Rugiero; mas luego añadió que se encontraba en el campo africano una doncella llamada Marfisa, tan valiente como hermosa, y experta en el manejo de las armas, la cual amaba á Rugiero de quien era correspondida, en términos que rara vez se les veia separados, por lo cual todos estaban en la persuasion de que se habian prometido eterna fé, y de que, en cuanto Rugiero estuviera completamente restablecido, celebrarian públicamente sus desposorios con gran placer de todos los reyes y príncipes paganos que conocian el valor sobrehumano de uno y otro, y esperaban que de su union saldria una raza de guerreros la más esforzada que jamás hubiese existido.

Motivos tenia el Gascon para creer lo que decia, pues tal era la version más acreditada y unánime en el campamento africano, y tal lo que públicamente se decia. Dieron orígen á estos rumores las repetidas muestras de benevolencia que mediaban entre Rugiero y Marfisa; y ya sabemos que la Fama, al difundir una noticia, buena ó mala, se complace en abultarla conforme va pasando de boca en boca. La circunstancia de haberse presentado la guerrera con Rugiero para pelear en favor de los moros y de vérseles siempre juntos, apoyaba hasta cierto punto esta sospecha, que tomó mayor incremento al observarse que, habiéndose ausentado Marfisa llevando consigo á Brunel, como ya he dicho, regresó sin que nadie la llamara, solo por ver á Ru[180]giero. Unicamente por visitarle, cuando sus heridas le tenian postrado en el lecho del dolor, habia ido al campo, no una, sino muchas veces: permanecia á su lado durante el dia, y se separaba de él al hacerse de noche, dando con su conducta mucho que hablar á los sarracenos; pues suponiéndola todos tan altiva y desdeñosa, que apenas encontraba un caballero digno de aprecio, solo con Rugiero se la veia humilde y bondadosa.

Luego que el Gascon terminó su relato, asegurando á Bradamante que era la historia fiel de lo ocurrido, apoderóse de la doncella tanta pena y tan cruel desesperacion, que estuvo próxima á caer del caballo. Volvió riendas sin decir una palabra, henchida de ira, de rabia y de furiosos celos, y regresó á su castillo furibunda y sin el menor resto de esperanza. Armada como estaba se dejó caer en el lecho, apoyando su rostro y sus lábios en las almohadas, á fin de ahogar el rumor de los sollozos que podrian descubrir el estado de su alma. Repitiendo las palabras del caballero Gascon, cayó en tal desaliento y dolor, que no le fué posible contenerlo, y se vió obligada á exhalarlo de esta suerte:

—¡Ay mísera de mí! ¿A quién podré dar crédito en lo sucesivo? Fuerza será decir que todos los hombres son pérfidos y crueles, si lo eres tambien tú, Rugiero mio, ¡á quien yo creia tan tierno y tan leal! ¿Se vió nunca una crueldad, una traicion más odiosa? ¡Cualquiera otra es insignificante, si se compara con el pago que has dado á los beneficios que me debias! Ya que no existe un solo caballero que pueda igualarse á tí en ardor, en belleza, en varonil denuedo, en costumbres y en bizarría, ¿por qué no añades, Rugiero, á tan ilustres y virtuosas dotes, la de la constancia? ¿Por qué no se ha de decir tambien que es inviolable tu firmeza y tu[181] lealtad, esa virtud ante la cual ceden todas las demás? ¿Ignoras, por ventura, que si la lealtad no existe, pierden todo su esplendor el valor más heróico y las proezas más brillantes, lo mismo que sin la luz no puede verse ningun objeto, por hermoso que sea? Harto fácil te fué engañar á una doncella de quien eres señor, árbitro y dios, y á la que podias haber hecho creer con tus palabras que el Sol era oscuro y frio, si así te lo hubieses propuesto. ¡Pérfido! Si ahora no te arrepientes de dar muerte á la que tanto te ama, ¿qué cosa habrá capaz de hacerte sentir remordimientos? Si la falta de fé y lealtad es para tí una cosa tan leve ¿qué otro peso podrá oprimir tu corazon? ¿Qué suplicios guardas para los que te aborrecen, cuando á mí, que tanto te amo, me haces sufrir estos tormentos? ¡Ah! ¡Si no consigo una pronta venganza, afirmaré que en el Cielo no hay justicia! Si la ingratitud es el pecado que grava con mayor peso la conciencia del hombro, y por ella fué precipitado el más hermoso de los ángeles desde el Cielo á los profundos Infiernos, y si todo crímen encuentra un castigo proporcionado, cuando una cumplida enmienda no lava las culpas del corazon, procura guardarte del castigo que te espera como merecida recompensa de tu ingratitud para conmigo, ya que no quieres reparar tu falta. Tambien debo acusarte, cruel, de otro vicio más infame; del de ladron: y no porque me hayas arrebatado el corazon, pues voluntariamente te absuelvo de este robo, sino porque habiéndote entregado á mí, te me has sustraido contra toda razon y justicia. ¡Restitúyeme tu corazon, impío, pues harto sabes que no hay salvacion para el que guarda lo que no le pertenece! Me has abandonado Rugiero; yo no quiero, y aunque quisiera, no podria abandonarte: mas, para poner término de una vez á mis torturas y sufrimientos, puedo y quiero arrancarme la existen[182]cia. Un solo pesar me atormenta: el de no morir poseyendo tu cariño; pues si los dioses me hubiesen concedido la gracia de exhalar el último suspiro cuando me amabas, jamás muerte alguna fuera tan agradable.

Al decir estas palabras, saltó del lecho dispuesta á morir, y arrebatada por la cólera, dirigió contra su corazon la punta de la espada; pero la armadura que llevaba impidió la realizacion de su criminal propósito. Entonces se abrió paso en su turbada mente una idea más digna, y deslizó en su corazon estas palabras:—«¡Oh! doncella nacida de una estirpe esclarecida: ¿por qué intentas poner fin á tus dias de un modo tan innoble y bochornoso? ¿No vale más, acaso, que te lances en medio de los combates, donde á todas horas se puede encontrar una muerte gloriosa? Podrá muy bien suceder que expires á la vista de Rugiero, que tal vez derramará algunas lágrimas á tu memoria; y si llegases á sucumbir bajo sus golpes, ¿qué otra muerte más apetecible podrias esperar? Razon será que el mismo Rugiero te arranque la vida, ya que es causa de que vivas en un perpétuo tormento. Podrá tambien suceder que, antes de morir, encuentres una ocasion oportuna para vengarte de aquella Marfisa, que con sus pérfidos y deshonestos amores te ha conducido al borde de la tumba, privándote de tu Rugiero.»

Estas reflexiones parecieron mejores y más razonables á la guerrera, y en seguida añadió á sus armas una divisa, que era el emblema de su desesperacion y de sus deseos de morir. Su sobrevesta era del color amarillento que toman las hojas cuando las han arrancado de sus ramas, ó cuando al árbol que las hojas sostenia llega á faltarle la sávia que le daba vida: en la orla estaba recamada de troncos de ciprés, cual si estuviera marchito despues de haber sentido el filo de la dura hacha. Con este traje, tan adecuado á su dolor, saltó [183] sobre el caballo que solia montar Astolfo, y cogió aquella lanza de oro, cuyo solo contacto bastaba para lanzar de la silla á los caballeros más valientes. No creo necesario repetir ahora por qué, dónde ni cuándo se la entregó Astolfo, ni de qué modo habia pasado á manos del duque inglés. Bradamante se armó con ella, ignorando, sin embargo, su prodigiosa propiedad.

Vió venir una dama con un escudo pendiente del arzon.
(Canto XXXII.)

Sin escudero y sin compañía alguna, bajó del monte y se dirigió por el camino más corto para llegar á París y al sitio en que poco antes se hallaba establecido el campamento sarraceno; pues aun no habia circulado por Montalban la noticia de que el paladin Reinaldo, ayudado de Carlomagno y de Malagigo, habia obligado á los moros á levantar el asedio de París. Ya habia dejado á sus espaldas á Quercy, la ciudad de Cahors y las montañas donde nace el Dordoña, y descubria las comarcas de Clermont y Montferrand, cuando vió venir por el mismo camino una dama de benigno aspecto, que lleva un escudo pendiente del arzon de la silla: á su lado iban tres caballeros, y la acompañaba además un séquito numeroso de doncellas y escuderos.

La hija de Amon preguntó el nombre de aquella dama á un escudero que pasó por su lado, y este le contestó:

—Es una embajadora, enviada al Rey del pueblo franco desde un país situado más allá del polo Artico, la cual ha venido tras una larga navegacion desde una isla que unos llaman Perdida y otros Islandia, cuya reina, admirable por su belleza sin igual en el mundo, belleza que solo á ella, y á nadie más, ha concedido el Cielo, envia á Cárlos el escudo que veis; pero con la condicion expresa de que ha de entregarlo al mejor caballero que, segun su opinion, exista en el mundo. Como ella se tiene, y con razon, por la más hermosa de las mujeres, quisiera encontrar un caballero que á su[184] vez fuese el más audaz y valiente de los hombres; porque ha formado el incontrastable designio, al que nada podrá hacerle faltar, de no entregar su corazon y su mano, sino al que descuelle sobre todos por sus señaladas proezas. Espera encontrar en Francia, y entre los famosos paladines de Carlomagno, el caballero que haya dado mayores pruebas de ser más fuerte y denodado que otro cualquiera. Los tres señores que veis al lado de esa embajadora son tres reyes: el uno de Suecia, el segundo de Gocia, y de Noruega el tercero; en valor pocos, ó ninguno, les igualan. Esos tres, cuyos estados son los menos lejanos de la Isla Perdida, así llamada porque sus costas son muy poco conocidas de los navegantes, eran y son todavía amantes de la Reina: por obtener su mano, cuya posesion se disputan mútuamente, y por hacerse agradables á sus ojos, han llevado á cabo tales proezas, que durará su memoria mientras la bóveda celeste gire sobre sus ejes: pero ella no quiere á ninguno de los tres, como desdeñará á todo aquel que no esté reconocido por el primer guerrero del mundo.—«Poco me importan, suele decirles, los triunfos que consigais en estos países. Si uno de vosotros sobrepuja á los otros dos, como el Sol sobrepuja á las estrellas, reconoceré su mérito, y no podré menos de ensalzarle por él; pero no creo que eso baste para que tenga la pretension de ser el mejor caballero que haya ceñido espada. Pienso enviar un rico escudo de oro á Carlomagno, á quien estimo y venero como el monarca más sábio que existe en el mundo, con el encargo de que lo entregue al caballero que consiga la palma del valor y de la bizarría. Que sea el vencedor vasallo suyo ó de otros, poco me importa: me someteré gustosa al parecer de aquel rey. Si despues de haber llegado ese escudo á poder de Carlomagno y de darlo al caballero de más ardor y[185] fortaleza que, segun su opinion, exista en su corte ó en otra cualquiera, es uno de vosotros el que con el auxilio de su valor trae el escudo, cifraré en él todo mi amor, todo mi anhelo, y ese será mi esposo y mi dueño.»—Esta promesa ha hecho venir hasta aquí á estos tres reyes, cuyos estados se encuentran muy remotos de la Francia, con el firme propósito de conquistar el escudo ó perecer en la demanda.

Bradamante escuchó con la mayor atencion la respuesta del escudero, el cual se despidió de ella, y lanzando su caballo á galope, se reunió en breve á sus compañeros. La guerrera no siguió tras él, sino que continuó su camino tranquilamente, vaticinando en su interior diferentes cosas que sobrevendrian, á no dudarlo, y especialmente la de que aquel escudo seria un manantial inagotable de rencillas y discordias entre los paladines y demás caballeros de la Francia, si Carlomagno se decidia á declarar cuál de ellos fuese el mejor y entregárselo á él. Esta idea oprimia su corazon, pero mucho más y de peor manera se lo destrozaba el recuerdo del abandono en que la habia dejado Rugiero por entregar su amor á Marfisa. Tan fija y tenazmente estaba grabado en su imaginacion este pensamiento, que caminaba á la ventura, sin saber donde iria á parar, ni si encontraria un cómodo asilo donde albergarse durante la noche. Así como la nave separada de la orilla por los vientos ó por cualquier otro accidente, boga privada de piloto ó timonel por donde quiere llevarla la corriente, así la guerrera, preocupada constantemente con la idea de Rugiero, se dejaba llevar por Rabican, del que no se cuidaba en lo más mínimo.

Alzando por fin los ojos, vió que el Sol habia vuelto la espalda á las ciudades de Bocco[46], y se habia sepultado, [186] como un pez, en el seno de su anciana nodriza, más allá de Marruecos. No podia pensar en cobijarse bajo la enramada, porque soplaba un viento frio, y el Cielo encapotado anunciaba de un momento á otro lluvia ó nieve. Apresurando el paso de su corcel, no tardó mucho en ver á un pastor que estaba recogiendo sus ganados: preguntóle con mucho interés si habia por allí cerca algun albergue bueno ó malo donde pudiera recogerse, pues como quiera que fuese, de seguro estaria en él bastante mejor que expuesta á la lluvia. El pastor respondió:

—No conozco otro sitio que poder indicaros, como no sea un castillo llamado la Roca de Tristan, que está á cuatro ó seis millas de aquí: pero no es muy fácil encontrar asilo en él, porque todo caballero tiene que conquistar su hospitalidad con las armas en la mano, y defenderla despues de los que acuden nuevamente á pedirla. Si cuando se presenta algun guerrero, está desocupada la estancia, el Castellano le recibe sin ninguna dificultad; pero le exige la promesa formal de que ha de salir á pelear contra todos los que vayan llegando posteriormente. Si no se presenta nadie, el caballero pasa tranquilamente la noche; pero si llega algun viajero, está obligado á requerir sus armas y á luchar con él, debiendo el vencido ceder su puesto al vencedor, y resignarse á pasar la noche á la intemperie. Si dos, tres, cuatro ó más guerreros juntos hallan vacío el castillo, se albergan en él con toda paz y sosiego: el que llega despues, tiene peor suerte, porque ha de combatir con todos los primeros. Por el contrario, si es uno solo el que ha recibido hospitalidad, bien necesita de todo su vigor y destreza; porque está obligado á pelear con dos, tres, cuatro, ó con cuantos se presenten despues que él. Una costumbre análoga rige con respecto á las damas ó doncellas que llegan solas ó acom[187]pañadas al castillo: la hospitalidad corresponde de derecho á la más hermosa, y la que lo sea menos, tiene que cederle el puesto y quedarse fuera de la fortaleza.

Bradamante preguntó dónde estaba situado aquel castillo, y el buen pastor, en vez de contestarle, se limitó á designárselo con el dedo á una distancia de cinco ó seis millas. A pesar de la rapidez de Rabican, no pudo Bradamante hacerle caminar de prisa por aquel terreno pantanoso y difícil á causa de lo lluvioso del tiempo, y llegó despues que la noche hubo tendido su espeso manto. Halló cerrada la puerta del castillo, y dijo al que lo custodiaba, que deseaba alojarse en él. Le contestaron que estaban ya ocupadas las habitaciones por algunas damas y guerreros que habian llegado antes que ella, y estaban esperando en torno de un buen fuego que terminaran los preparativos de la cena para sentarse á la mesa.

—Como no se la hayan comido ya, exclamó la doncella, no creo que el cocinero la haya guisado para ellos. Ve, pues, y diles que aquí les espero; que conozco la costumbre que rije en este castillo, y me propongo observarla.

Corrió el centinela á llevar á los caballeros esta embajada, tanto menos agradable para ellos, cuanto que estaban descansando cómodamente, y se veian obligados á salir fuera del castillo con un tiempo borrascoso, y cayendo la lluvia á torrentes. Se levantaron, sin embargo; cogieron sus armas con mucha calma, y se dirigieron con bastante lentitud á donde les estaba esperando la guerrera. Aquellos tres caballeros valian tanto, que muy pocos podian igualárseles en el mundo: eran los mismos á quienes habia encontrado Bradamante durante el dia al lado de la embajadora; y habian venido á Francia desde Islandia para conquistar el escudo de oro. Como habian caminado con más [188] rapidez, llegaron al castillo antes que la guerrera. Muy pocos les aventajaban en el manejo de las armas; pero Bradamante era una de estos pocos, y además, por ningun concepto se resignaba á permanecer fuera del castillo aquella noche, mojándose y sin tomar alimento.

Los habitantes de la fortaleza se asomaron á las ventanas y galerías para ver la lucha á la incierta y débil claridad que la Luna esparcia, á pesar de las nubes y de la copiosa lluvia. Deseosa Bradamante de medir sus armas con los tres caballeros, así que oyó abrir las puertas y bajar el puente levadizo, y vió salir por él á sus tres adversarios, sintió una alegría semejante á la de un amante apasionado, que procura entrar furtivamente en la estancia de su amada, cuando despues de mucho esperar, oye por fin la silenciosa llave dando vuelta á la cerradura. En cuanto vió á los tres guerreros salir á un tiempo ó con poca diferencia fuera del puente levadizo, retrocedió para tomar terreno, y lanzó en seguida su excelente corcel á rienda suelta, enristrando la lanza que le confiara su primo, aquella lanza que derribaba indefectiblemente del caballo á todo campeon, aun cuando fuera el mismo Marte. El rey de Suecia, que fué el primero en acometer, fué tambien el primero en quedar tendido en el campo: ¡con tanta violencia dió contra la visera de su yelmo aquella lanza que nunca se habia enristrado en vano! Embistió despues el rey de Gocia, y encontróse sin saber cómo lejos de su corcel con los piés en el aire: el tercero, por fin, midió asimismo el suelo con sus espaldas, quedando medio enterrado en el agua y el barro.

En cuanto Bradamante hubo derribado á sus tres contendientes con otros tantos botes de su lanza, se dirigió al castillo, donde debia recibir la hospitalidad que habia con[189]quistado: mas antes de entrar en él, le hicieron jurar que saldria á combatir con todo caballero que se presentara. El señor del castillo, que acababa de apreciar su valor, le prodigó toda clase de atenciones: por su parte, hizo lo mismo la dama que habia llegado á la fortaleza con los tres vencidos, la mensajera enviada al rey de Francia desde la isla Perdida. Saludó cortesmente á la jóven, y con el agrado y afabilidad, naturales en ella, salió á su encuentro, la cogió de la mano, é hizo que se sentara á su lado cerca del fuego.

Bradamante empezó á desarmarse, y ya se habia quitado el escudo y el yelmo, cuando salió unida á este una cofia de oro en que acostumbraba recoger sus cabellos, los cuales cayeron en ondulantes rizos sobre sus hombros, y descubrieron que aquel guerrero era una doncella tan hermosa como valiente. A la manera que al levantarse el telon suele aparecer la escena, iluminada con mil luces, y adornada con arcos y soberbios monumentos llenos de oro, de estátuas y de magníficas pinturas, ó como cuando el Sol, al rasgar una nube, ostenta su disco refulgente y esplendoroso, así tambien, al quitarse Bradamante el yelmo, pareció mostrar el Paraiso abierto á los ojos atónitos de los circunstantes. Habian crecido los hermosos cabellos que le cortara el monje, y eran ya tan largos, que podia sujetarlos trenzados en la parte posterior de la cabeza, si bien todavía no tenian su primitiva longitud. El señor del castillo habia visto otras veces á Bradamante: así es que la conoció en seguida, y redobló su solicitud y sus cuidados para con ella.

Sentados al rededor del fuego, entretuvieron sus oidos con agradables al par que honestas pláticas, mientras preparaban otro alimento, que proporcionara un placer seme[190]jante á sus cuerpos. La doncella preguntó á su huésped si la costumbre que veia establecida en el castillo para albergar á los transeuntes era de fecha reciente, ó si contaba ya algunos años de antigüedad; así como cuándo y quién la estableció. El Castellano satisfizo su curiosidad en los siguientes términos:

—En el reinado de Faramundo, su hijo Clodion amaba á una jóven, donosa y bella, que por sus atractivos no tenia rival en aquella época remota. Tan enamorado estaba de ella, que continuamente se le veia á su lado con una asiduidad igual á la que, segun es fama, empleaba para guardar á Io su pastor[47]; pues en el corazon del príncipe dominaban por igual el amor y los celos. La tenia en este mismo castillo que le habia regalado su padre, y rara vez salia de él: vivian aquí con Clodion diez de los mejores caballeros que por entonces habia en Francia. Cierto dia llegó á esta fortaleza el valiente Tristan, acompañando á una dama, á quien pocas horas antes acababa de arrancar de las manos de un gigante feroz. Presentóse Tristan cuando el Sol habia ya vuelto las espaldas á las playas de Sevilla; y como no habia otro albergue en un rádio de diez millas, pidió aquí hospitalidad. Clodion, que, segun he dicho, estaba tan furiosamente enamorado como celoso, habia resuelto negar la entrada en su castillo á todo caballero indistintamente, mientras permaneciera en él su amada. Viendo Tristan que á pesar de sus repetidos ruegos no encontraba la hospitalidad que pedia, esclamó:

—»Yo sabré obligarte á hacer, á pesar tuyo, lo que no han conseguido mis instancias.

[191]

»Y desafió á Clodion y á los diez caballeros que con él estaban, diciéndoles con arrogante voz, que con su lanza y su espada les daria una leccion de cortesía y nobleza; mas habia de ser con la condicion de que si los derribaba á todos ellos, y él permanecia firme en la silla, deberia quedar dueño del castillo por aquella noche, mientras que los vencidos estarian obligados á pasarla fuera de él. El hijo del rey de Francia corrió un inminente peligro de muerte por no sufrir tal baldon; pues fué derribado violentamente de su caballo: igual suerte cupo á sus diez compañeros; y el vencedor Tristan, dejándolos á la puerta, entró en el castillo, donde halló á aquella jóven tan amada de Clodion: la naturaleza, tan avara en repartir los dones de la hermosura, parecia, sin embargo, haberse complacido en adornar á la linda dama con toda clase de atractivos. Tristan empezó en seguida á hablar con ella, mientras que el insoportable torcedor de los celos martirizaba fuera del castillo á su amante, el cual no tardó en dirigir al caballero las súplicas más ardientes, rogándole que le restituyera su amada.

»Aun cuando Tristan no estaba muy prendado de la jóven, pues la pocion encantada que en otra ocasion habia bebido no le permitia amar á ninguna mujer más que á Isota, deseoso, sin embargo, de vengarse de la ruda y descortés acogida de Clodion, le contestó que creeria incurrir en una imperdonable falta, si consintiera en que una dama tan bella saliese del castillo.—«Si Clodion se lamenta de dormir solo á la intemperie, añadió al mensajero, y desea compañía, le enviaré una jóven que tengo conmigo, fresca, sonrosada y bella, aunque no tanto como su amada. Accederé á que la doncella que le ofrezco pase á su lado la noche y obedezca todos sus mandatos; en cuanto á la más[192] bella, me parece justo y conveniente que quede á disposicion del más vigoroso.»

»Despechado Clodion con tal respuesta, é inflamado de cólera, anduvo toda la noche dando vueltas en torno del castillo, como si estuviera encargado de velar por el reposo de los que dentro de él dormian á sus anchas; lamentándose de que le hubieran privado de su dama mucho más que del frio y del viento. A la mañana siguiente, se la devolvió Tristan, condolido de su tristeza, librándole al mismo tiempo del doloroso peso que le oprimia el corazon; pues le aseguró clara y firmemente que se la entregaba tal cual la habia encontrado, y que aun cuando la dureza del príncipe para con él le hacia acreedor del mayor ultraje, se daba por satisfecho con haberle tenido toda la noche á la intemperie. Clodion intentó disculpar su conducta, diciendo que el amor le habia hecho incurrir en tan grave falta; pero Tristan no quiso aceptar tal disculpa, replicándole que el amor debe excitar en el corazon del hombre sentimientos generosos, y nunca actos tan villanos.

»Clodion no permaneció mucho tiempo en este castillo despues de la partida de Tristan, sino que cambió de morada, regalando esta á un caballero á quien tenia en grande estima, con la expresa condicion de que, tanto él como sus sucesores habrian de observar, siempre que se les pidiese hospitalidad, la costumbre siguiente: el caballero más valiente y la dama más hermosa deberian ser los preferidos para albergarse aquí, y el que resultara vencido estaria obligado á abandonar el puesto, y á dormir en el prado ó donde más le agradara. Tal es la ley cuya observancia se ha conservado hasta nuestros dias.»

Mientras el Señor del castillo entretenia á sus oyentes refiriéndoles esta historia, el mayordomo habia estado dis[193]poniendo la mesa en el gran salon, pieza notable por su asombrosa suntuosidad, al cual pasaron los convidados á la luz de las antorchas. Al entrar en dicho salon Bradamante y su jóven y donosa compañera, lo recorrieron con la vista y observaron que sus soberbias paredes estaban cubiertas de pinturas magníficas. Maravilladas al ver aquella estancia tan lujosamente adornada, casi se olvidaban de disfrutar de los manjares por contemplarla, á pesar de que necesitaban restaurar sus fuerzas, casi aniquiladas por las fatigas de aquel dia, y á pesar tambien de que el mayordomo y el cocinero se impacientaban al ver que las viandas se enfriaban en los platos, atreviéndose á decir estas palabras: «Mejor será que ante todo deis alimento á vuestros estómagos, pues tiempo os quedará para dárselo á los ojos.»

Estaban ya sentados á la mesa, é iban á empezar la cena cuando el Señor del castillo reparó en que faltaba á la ley si permitia que se alojaran dos damas en la fortaleza; preciso era que la más hermosa continuara en ella y saliera la otra á pesar de la lluvia y de la violencia del huracan; pues como no habian llegado las dos al mismo tiempo, la costumbre exigia que se hiciera así. Llamó á dos ancianos y algunas dueñas de la casa, que servian de árbitros en tales casos, y designándoles ambas doncellas, les ordenó que dieran su parecer sobre cuál de las dos era la más hermosa. Quedó resuelto por unanimidad que la más bella era la hija de Amon, la cual sobrepujaba en gracias á la otra dama del mismo modo que en valor habia sobrepujado á los tres reyes. El Castellano dijo entonces á la embajadora de Islandia, que presenciaba la deliberacion no sin algun recelo:

—No debe pareceros descortesía que observemos la ley cual corresponde. Forzoso os será, pues, buscar otra mo[194]rada donde albergaros, puesto que todos hemos convenido en que esa jóven os aventaja en belleza y donosura, por más que esté despojada de todo adorno.

Cual se ve de improviso á una negra nube subir desde un húmedo valle hasta el cielo, cubriendo con su tenebroso crespon la faz del Sol poco antes radiante y esplendorosa, del mismo modo se demudó el semblante de la dama, al oir la dura sentencia que la obligaba á arrostrar la lluvia y el frio fuera del castillo, en términos de que ya no parecia la misma jóven plácida y serena que pocos momentos antes.

Cubrióse su rostro de una palidez mortal, muestra evidente del desagrado que le causaba tan inhumana sentencia; pero observándolo Bradamante y conmovida por una tierna compasion, quiso oponerse á que saliera aquella dama diciendo:

—No puede parecerme justo ni bien meditado todo fallo que se prenuncie sin oir de antemano cuantas razones quiera alegar en su defensa la parte condenada. Yo, aceptando la defensa de esta causa, y haciendo abstraccion completa de si mi belleza es superior ó inferior á la de esta dama, diré que no he venido aquí como mujer, ni quiero tampoco que se me considere como á tal. ¿Y quién se atreverá á asegurar, como no consienta en desnudarme de mis vestidos, que soy, ó no soy, lo que esa jóven es? Lo que no se sabe, no debe afirmarse, y mucho menos cuando tal afirmacion puede perjudicar á otro. Muchos conozco que tienen los cabellos largos como yo, y sin embargo, no son mujeres. Si he conquistado la hospitalidad que me concedeis, como caballero ó como mujer, harto claramente lo habeis visto. ¿Por qué pues habeis de calificarme de mujer, si todas mis acciones son de hombre? Vuestra ley tan solo establece que las damas han de ser vencidas por las[195] damas, y no por los guerreros. Supongamos, sin embargo, admitiendo vuestro parecer, que yo fuese mujer (lo cual no concedo en manera alguna), pero que mi belleza no llegara á igualar á la de esa dama: no creo que por esta causa os resolvierais á dejarme sin la recompensa de que mi valor me hiciese acreedora, por más que mi rostro no la mereciese; porque seria una punible injusticia negarme por falta de atractivos lo que mi valor me hubiera hecho conquistar por medio de las armas. Y aunque la costumbre dispusiera que el que pierde en punto á belleza debe abandonar el puesto, yo querria permanecer en él á todo trance. Por lo tanto, no siendo iguales las circunstancias que concurren entre esa dama y yo, debo inferir que, sentada la cuestion bajo el punto de vista de la belleza, puede perder mucho y no ganar nada conmigo, y donde las pérdidas y las ganancias no son iguales en todo, no puede tampoco establecerse una competencia honrosa: por consiguiente, ya sea favor ó justicia, no prohibireis á esa dama que pase la noche en este castillo. Si hay alguno que se atreva á decir que mi opinion no es justa y razonable, pronta estoy á sostener como guste, que su parecer es falso, y verdadero el mio.

La hija de Amon, compadecida de que tan sin razon se viese aquella dama obligada á salir al campo, donde caia una copiosa lluvia y no habia un solo abrigo donde guarecerse, supo persuadir al señor del castillo con sus razonables y sensatas palabras, y especialmente con su última proposicion, á que se estuviera quieto, y conviniera con ella en cuanto habia expuesto. Así como durante el ardiente calor del estío, cuando más sedientas están las agostadas plantas, se reanima la flor, próxima á marchitarse por falta de aquel jugo que la sostenia, en cuanto siente la an[196]helada lluvia, así tambien la embajadora, al verse tan brillantemente defendida, ostentó en su rostro la apacible belleza que la adornaba anteriormente.

Preparáronse entonces á disfrutar de los placeres de aquella cena que aun no habian tocado, y no fué ya turbado su contento por la llegada de ningun caballero andante. Todos hicieron honor al banquete, excepto Bradamante, que continuaba triste y afligida como siempre; pues aquel temor, aquella terrible sospecha que la oprimia sin cesar, le quitaba el gusto para todo. Una vez terminada la cena (que se habria prolongado más, si no lo hubiera impedido el deseo de satisfacer la curiosidad), se levantó Bradamante, imitándole la mensajera. Por órden del Castellano, encendió un paje una multitud de bugías, que esparcieron la más viva claridad en todo el salon. En el canto siguiente diré lo que ocurrió.


CANTO XXXIII.

Bradamante ve representadas las guerras futuras en las pinturas del castillo cuyas puertas le abrió su valor.—La fuga de Bayardo interrumpe el combate de Reinaldo y el rey de Sericania.—Astolfo, que daba la vuelta al mundo á través de los aires, llega á Nubia de donde espulsa á las feroces arpías, que devoraban los manjares de la mesa del rey, y las persigue hasta la boca del infierno.

Timágoras, Parrasio, Protógenes, Polignoto, Timante, Apolodoro, el ilustre y universalmente conocido Apeles, Zeuxis[48], y todos los pintores más famosos de la antigüe[197]dad, cuyo renombre (á pesar de Cloto[49] que destruyó sus cuerpos y despues sus obras) vive y vivirá en el mundo, mientras se lea ó escriba, merced á los poetas; cuantos existieron ó aun existen en nuestro tiempo, como Leonardo de Vinci, Andrés Mantegna, Juan Bellini, los dos Dossi, y el que pinta y esculpe con igual talento, Miguel, más bien que mortal, Ángel divino; Sebastiano del Piombo, Rafael, Ticiano, honra de Venecia y Urbino los primeros y de Cadore el último, y todos aquellos cuyos trabajos compiten con las obras maestras de la antigüedad; cuantos artistas, en fin, gozan hoy de alguna fama ó la han tenido hace mil y mil años, representaron con sus pinceles en lienzos ó edificios únicamente los sucesos que ya acaecieron; pero jamás habreis oido decir que ningun pintor antiguo ni moderno haya pintado los acontecimientos futuros, y sin embargo, se han encontrado cuadros representando historias, que se pintaron antes de que sucedieran.

No puede envanecerse de hacer otro tanto ningun artista, vivo ó muerto; porque este arte pertenece tan solo á los encantadores, á cuyos conjuros se estremecen los espíritus infernales. Valiéndose Merlin de un libro que se pro[198]porcionó en el lago Averno[50] ó en las grutas Nursinas[51], obligó á los demonios á construir en una sola noche el salon de que he hablado en el canto anterior. El arte mágica con que nuestros antepasados hicieron tales prodigios, se ha perdido completamente.

Pero volviendo donde me estarán esperando los que ansiaban contemplar las pinturas de aquella sala, diré que á una señal dada por el Señor del castillo, trajo un escudero varias antorchas encendidas, cuya luz disipó las tinieblas que en torno reinaban, produciendo tal claridad que parecia de dia. El Castellano dijo entonces:

—Habeis de saber, que de todos los combates que aquí están representados, son todavía muy pocos los que han acontecido, porque se pintaron antes de que sucedieran; pero su autor supo tambien adivinarlos. A la vista teneis las victorias ó derrotas que nuestros soldados conseguirán ó tendrán que sufrir en Italia. El profeta Merlin se esmeró en reproducir en esta sala todas las batallas prósperas ó adversas que los franceses habian de dar al otro lado de los Alpes, desde la época en que él vivió hasta mil años despues. El rey de Bretaña envió á Merlin á disposicion del rey franco sucesor de Marcomiro[52]: os diré en pocas palabras la causa de la venida de Merlin, y por qué ejecutó este trabajo.

[199] »El rey Faramundo, que fué el primero que invadió la Galia atravesando el Rin á la cabeza del ejército franco, despues de conquistar este país, formó el designio de sojuzgar tambien la soberbia Italia, en vista de que el Imperio romano iba decayendo de dia en dia; y con este objeto quiso aliarse con el británico Arturo, contemporáneo suyo. Arturo, que no emprendia cosa alguna sin consultar préviamente el parecer de Merlin, del sábio encantador hijo del demonio, que profundizaba los arcanos del porvenir, supo por él los peligros á que expondria á sus soldados si penetraba en la region que dividen los Apeninos y está limitada por el mar y los Alpes, cuya profecía se apresuró á poner en conocimiento de Faramundo. Merlin anunció al Rey franco que todos cuantos empuñaran el cetro de Francia despues de él, verian sus ejércitos destruidos por el hierro, el hambre ó la peste, y que sus pretensiones sobre Italia solo les reportarian alegrias transitorias y prolongados lutos, pocas ventajas é interminables daños, porque las lises no podrian arraigarse jamás en aquel país. Faramundo dió tal crédito á los vaticinios del encantador, que dirigió hácia otra parte sus armas; y Merlin, previendo los acontecimientos futuros como si en realidad hubieran tenido efecto, accedió á los ruegos del Rey, segun se cree, é hizo por medio de encantamientos esas pinturas que representan todos los hechos de armas que deberian llevar á cabo los franceses, como si ya se hubiesen realizado. El monarca francés quiso dar á entender á sus sucesores que así como podria alcanzar triunfos y honores todo el que abrazara la defensa de Italia contra cualquiera de sus enemigos, del mismo modo deberia estar seguro de hallar abierta la tumba en sus montañas si se dirigia á ella con intencion de saquearla ó tiranizarla, haciéndole soportar el yugo de la esclavitud.»

[200] Así dijo, y en seguida condujo á los circunstantes hácia el cuadro donde empezaban las historias, mostrándoles á Sigeberto, que estimulado por los cuantiosos donativos que le ofreciera el emperador Mauricio, bajaba desde el monte de Jove á la extensa llanura regada por el Lambro y el Tesino. Veíase en él á Autharis, no solo rechazando la invasion de los franceses, sino desordenando y aniquilando su ejército[53].

En otro cuadro se veia á Clodoveo atravesando los Alpes á la cabeza de un ejército de cien mil hombres; pero el Duque de Benevento, que no contaba para hacerle frente más que con un número muy reducido de tropas, fingia abandonar el campamento, á fin de que cayera el enemigo en el lazo que se le tendia. La soldadesca francesa se lanzaba sobre el vino lombardo para escarmiento y baldon suyo, quedando prendida en él, como las moscas en la miel[54].

En el cuadro siguiente se veia á Childeberto enviando á [201] Italia una inmensa multitud de capitanes y guerreros franceses; pero sin poder envanecerse, más que Clodoveo, de haber saqueado ó vencido al lombardo; porque cayó sobre su ejército la espada del Cielo produciendo en él tal estrago, que todos los caminos estaban sembrados de cadáveres franceses, muertos de calor ó de disentería, en términos que de cada diez no volvió uno sano[55].

El Castellano les mostró despues á Pepino y en seguida á Cárlos, que bajaban uno tras otro á Italia, consiguiendo ambos ver coronada su empresa de un éxito feliz, por lo mismo que no la habian llevado á cabo con objeto de asolar el país, sino con el de defender el primero al oprimido Pastor Esteban, y el segundo á Adriano y á Leon despues. El uno conseguia domeñar al belicoso Astolfo, y el otro vencer y hacer prisionero á su sucesor, reponiendo al Papa en su honorífico puesto[56].

[202] Mostróles á continuacion al jóven Pepino, que con su ejército parecia cubrir todo el territorio que se extiende desde el Pó hasta las costas orientales. A fuerza de gastos y de mucho trabajo, establecia un puente en Malamocco, cuyo extremo llegaba á Rialto, para combatir sobre él. Despues estaba representado en actitud de huir, dejando á los suyos sepultados bajo las aguas, por haberle destruido el puente las olas y el viento[57].

Seguia á continuacion Luis de Borgoña, que descendia á la llanura en que debia quedar vencido y prisionero, obligándole su vencedor á jurar que nunca volveria las armas contra él. Por haber cumplido mal su juramento, caia de nuevo en el lazo que se le habia tendido, y dejando en él los ojos, le trasladaban los suyos como un topo al otro lado de los Alpes[58].

Representaba la pintura siguiente las portentosas hazañas de Hugo de Arlés, arrojando de Italia á Berengario, y[203] derrotándole dos ó tres veces seguidas, á pesar del auxilio de los hunos y de los bávaros. Obligado despues á ceder al número, capitulaba con el enemigo; pero no sobrevivia mucho tiempo á esta afrenta, y su sucesor, no menos infortunado que él, se veia precisado á ceder á Berengario todos sus estados[59].

Más allá contemplaron á otro Cárlos, que para consuelo del buen Pastor, encendia en Italia el fuego de la guerra, y en dos terribles batallas daba muerte á dos reyes: á Manfredo, primero, y á Conradino despues. Su gente, que tenia el reino oprimido con toda clase de vejámenes, se diseminaba por las ciudades, y al poco tiempo toda ella era degollada al toque de vísperas[60].

El Castellano les enseñó despues (dejando en claro una larga série de años, y aun de lustros), un capitan francés que descendia de los Alpes para hacer la guerra á los ilustres Viscontis, el cual sitiaba á Alejandría con un numeroso [204] ejército, compuesto de infantes y ginetes: el Duque de Milan reforzaba la guarnicion de la plaza sitiada, y al mismo tiempo preparaba no lejos de allí una emboscada, á la que con astucia y maña sabia atraer á los imprudentes franceses. El Conde de Armañac perecia en ella con la mayor parte de sus gentes, cuyos cadáveres yacian esparcidos por toda la llanura, y los restos del ejército caian prisioneros en Alejandría: aumentado el caudal del Tánaro con la sangre derramada en la batalla, se precipitaba en el Pó enrojeciendo sus aguas[61].

Mostróles á continuacion un señor de la Marca y tres condes de Anjou, diciendo:

—Ved cuán molestos son estos guerreros á los habitantes de la Daunia y de los Abruzzos, á los Marsos y á los Salentinos[62]; pero de nada les valdrán los auxilios que reciban de Roma ó de Francia para conseguir afirmar su planta en aquellos países; y si no, ved cómo Alfonso y Fernando les arrojan del reino cuantas veces intentan penetrar en él[63].

[205] »Ahí teneis á Cárlos VIII, que desciende de los Alpes, llevando consigo la flor de los guerreros franceses: atraviesa el Liris[64] y se apodera de todo el reino sin desenvainar la espada ó enristrar la lanza, excepto del escollo que se extiende por los brazos, el pecho y el vientre de Tifeo[65], en donde no pudo vencer la resistencia del valeroso Iñigo del Vasto, descendiente de la estirpe de Ávalo[66]

El señor del castillo, que iba describiendo aquellas historias á Bradamante, añadió al mostrarle la isla de Ischia:

—Antes de seguir más adelante, quiero referiros lo que solia contarme mi abuelo cuando yo era niño: es un suceso que él habia oido relatar á sus padres ó abuelos, y estos á los suyos, remontándose de esta suerte la tradicion hasta aquel de mis ascendientes que oyera la historia de los propios lábios del que hizo sin necesidad de pincel las variadas imágenes que aquí veis. Cuando Merlin mostró al Rey el castillo edificado sobre la empinada roca que os estoy designando, le dijo lo que vais á escuchar:—«Esa isla llegará á ser defendida un dia por un caballero, cuya audacia despreciará las llamas que hasta el mismo Faro le han de rodear por todas partes; y por aquella época ó poco despues (le designó el dia y el año) deberá nacer de su sangre un [206] guerrero, que dejará muy atrás á todos los más valientes que existan ó hayan existido. No fué tan grande la belleza de Nireo[67], ni el valor de Aquiles, ni la audacia de Ulises, ni la velocidad de Lada[68]; no fué tan prudente Néstor, que tanto supo y vivió tanto[69], ni César tan liberal y magnánimo como la antigua fama nos lo representa, que, comparados con el varon ilustre que debe nacer en Ischia, no queden oscurecidas todas las virtudes que los han hecho famosos. Y si se envaneció la antigua Creta cuando vió nacer en ella al nieto del Cielo[70]; si Hércules y Baco hicieron á Tebas gloriosa[71]; si Delos se alabó de haber llevado á los dos gemelos[72], no dejará esa isla de estremecerse de gozo y de adquirir un renombre que por todo el orbe resuene, cuando nazca en ella aquel gran Marqués[73] á quien el Cielo prodigará todos sus dones.»—Así le dijo Merlin, y repitió muchas veces que estaba reservado para ver la luz primera en el instante en que más oprimido se [207] viera el romano Imperio, á fin de que, merced á él, recobrara su libertad.—Pero como os he de enseñar más adelante algunas de sus hazañas, no quiero hablaros de ellas prematuramente.

Así dijo el Castellano, y volvió á ocuparse del cuadro en que estaban representadas las ínclitas proezas de Cárlos.

—Ved ahí, les decia, cómo se arrepiente Luis de haber hecho que Cárlos acuda á Italia; pues su intencion al llamarle solo será la de que le preste auxilio contra su inveterado rival, y no la de que le despoje de sus estados. Por esta razon se aliará á los venecianos, y al regreso de Cárlos, intentará apoderarse de él. Mirad cómo baja la lanza el animoso Rey, se abre un camino sangriento y se aleja, á pesar de los esfuerzos de sus enemigos. Mas las tropas que habrá dejado para conservar el nuevo reino, sufrirán una suerte bien distinta; pues Fernando, ayudado por el Señor mantuano, reunirá tantas fuerzas en su contra, que en pocos meses no dejará un francés vivo, lo mismo en el mar que en la tierra. Sin embargo, la pérdida de un solo hombre muerto á traicion, hará desaparecer todo el júbilo de la victoria[74].

[208] Así diciendo, les mostró al marqués Alfonso de Pescara, y prosiguió:

—Despues que los lauros alcanzados en mil empresas hayan hecho brillar á ese guerrero más que el resplandeciente rubí, caerá en una asechanza que le tenderá un malvado etíope por medio de un tratado doble, y ahí podeis ver cómo cae el mejor caballero de aquella edad con la garganta traspasada por una saeta[75].

En seguida les enseñó al rey Luis XII atravesando los montes al frente de un ejército italiano, el cual, venciendo al Moro, plantaba la flor de lis en el terreno fecundo propiedad de los Viscontis. Desde allí enviaba sus soldados por el mismo camino que ya habia seguido Cárlos, á fin de que echaran un puente sobre el Garellano; pero no tardaban en ser derrotados, y en quedar muertos ó ahogados en el rio[76].

—Contemplad, decia el Señor del castillo, esa nueva y terrible matanza del ejército francés, obligado á emprender [209] la fuga; el español Gonzalo Fernandez es el que por dos veces le ha hecho caer en la trampa. Ved, sin embargo, cómo la Fortuna, que tan adversa se mostrara entonces al rey Luis, le sonríe despues más benigna en las ricas llanuras que el Pó divide entre los Apeninos y los Alpes, hasta donde se oyen los bramidos del Adriático[77].

Al decir estas palabras, se reconvino á sí mismo por haber olvidado lo que debia referir de antemano; y volviendo atrás, les designó un traidor que vendia al enemigo el castillo que su señor le confiara; el pérfido suizo, que más adelante cargaba de cadenas al mismo que pagaba sus servicios: traiciones ambas que concedian el triunfo al rey de Francia sin necesidad de combatir[78].

A continuacion les hizo reparar en César Borgia, que con el auxilio de aquel Rey, aumentaba su poderío en Italia, y desterraba de Roma á su albedrío cuantos grandes y señores le eran molestos[79]. Despues les indicó el mismo Rey, que [210] hacia desaparecer de Bolonia la sierra, la reemplazaba con el roble, ponia luego en fuga á los genoveses que se le habian rebelado, y subyugaba su ciudad[80].

—Mirad ahí, continuó diciendo, cuán cubierta de cadáveres está la campiña de Giaradadda: todas las ciudades abren sus puertas al Rey, y ni aun la misma Venecia puede resistirle. Mirad cómo este no consiente al Papa que, pasados los límites de la Romanía, arrebate la ciudad de Módena al Duque de Ferrara; pues por el contrario, obligando al Pontífice á detener su invasion y á respetar los estados de aquel duque, le despoja de la ciudad de Bolonia, y se la entrega á la familia de los Bentivoglio. Contemplad más allá al ejército francés saqueando á Brescia despues de apoderarse de nuevo de ella, y ved cómo socorre á Felsina, y dispersa casi á un tiempo mismo al ejército papal.—El uno y el otro se encuentran luego frente á frente en las llanuras que riega el Chiese. Por un lado el ejército francés, y por el otro el del Papa, reforzado con un numeroso cuerpo de españoles, traban una sangrienta batalla. Caen sin cesar combatientes de ambas partes, enrojeciendo el suelo; todos los fosos y zanjas están llenos de sangre humana. Marte no sabe á quien conferir la palma de la victoria; pero merced á la intrepidez de un Alfonso, ceden los españoles, y los franceses quedan dueños del campo: á consecuencia de esta batalla, es saqueada la ciudad de Rávena, y el Papa, mordiéndose los lábios de desesperacion, hace que una multitud de alemanes descienda á modo de tempestad, desde las montañas vecinas, los cuales, arrollando en todos los en[211]cuentros á los franceses, les arrojan al otro lado de los Alpes, y colocan despues un vástago del Moro en el jardin de donde arrancan las lises de oro[81]. Ved cómo vuelve el francés, y cómo le derrota el suizo desleal, llamado por el jóven en su auxilio, á pesar del riesgo á que se exponia por haber sido el mismo que vendiera y aprisionara á su padre[82]. Pero mirad cómo ese mismo ejército, que habia caido debajo de la rueda de la Fortuna, se prepara á vengar la derrota de Novara, guiado por un nuevo rey, y pasa á Italia bajo mejores auspicios[83]. Ahí teneis á Francisco I destrozando á los suizos de tal modo, que casi los extermina completamente, y haciéndoles además perder para siempre el título de domadores de príncipes y defensores de la Iglesia cristiana, con que aquellos villanos mal nacidos se enga[212]lanaban. Mirad cómo, á pesar de la Liga, se apodera de Milan, y pensiona al jóven Sforza. Ved á Borbon que defiende la ciudad por el rey de Francia contra el furor aleman. Ved despues cómo, mientras está ocupado el monarca francés en empresas de mayor importancia, y sin sospechar el orgullo y la crueldad de que hacen gala los suyos, le arrebatan á Milan.

»Fijad la vista en ese otro Francisco, que tanto se parece al abuelo, no solo en el nombre, sino tambien en el valor, el cual, despues de expulsar á los franceses, recobra con el favor de la Iglesia el suelo pátrio[84]. Ved cómo vuelve Francia, pero conteniendo sus ímpetus, y sin recorrer con rápido vuelo la Italia, cual solia; pues el bravo Duque de Mantua sale á oponérsele en el Tesino y le corta el paso. Federico, en cuyo rostro no apunta todavía el bozo de la pubertad, se hace digno de eterna gloria, por haber sabido defender á Pavía del furor de Francia y desbaratar los proyectos del Leon del mar, haciendo uso de su diligencia y sagacidad más bien que de las armas[85].

»Reparad en esos dos marqueses, ambos terror de nuestras gentes y honor de Italia; ambos de una misma estirpe, y nacidos en un mismo nido. El primero es hijo de aquel marqués Alfonso, con cuya sangre vísteis enrojecido el suelo, por haber caido en las asechanzas que un negro le tendiera. [213] Ved cuántas veces son arrojados de Italia los franceses, merced á sus consejos. El otro cuyo aspecto es tan benigno y apacible, es señor del Vasto, y se llama Alfonso. Este es el valiente caballero de quien os hablaba cuando os enseñé la isla de Ischia, y con respecto al cual dijo tantas cosas Merlin á Faramundo, profetizando que aplazaria su nacimiento para cuando más necesidad tuviesen de su ayuda la afligida Italia, la Iglesia y el Imperio contra los ultrajes de los bárbaros. Mirad cómo, puesto á las órdenes de su primo el de Pescara, y bajo los auspicios de Próspero Colonna, hace que los suizos y especialmente los franceses conserven un terrible recuerdo de Bicocca[86]. Ved cómo Francia se apresta de nuevo á vengar las afrentas recibidas, bajando su rey con un ejército á Lombardia y enviando otro á talar el reino de Nápoles; pero la Fortuna, que juega con los mortales como el viento con el árido polvo, al cual hace describir rápidos remolinos, lo remonta hasta el Cielo, y de improviso lo precipita en la Tierra de donde lo ha elevado, alimenta las ilusiones del Rey que cree tener reunido en torno de Pavía un ejército de cien mil hombres, cuando á pesar de ver los que desertan continuamente, no sabe si sus gentes aumentan ó disminuyen: así es que por culpa de algunos ministros avaros, y por la bondad del Rey que de ellos se fia, son muy pocos los que acuden á reunirse bajo sus banderas, al resonar por la noche el toque de llamada para rechazar el ataque del sagaz español, que sostenido por los [214] dos ilustres descendientes de Ávalos, seria capaz de abrirse paso hasta el Cielo ó el Infierno. Ved lo más selecto de la nobleza de Francia llenando con sus cadáveres el campo; ved á su Rey animoso, que á pesar de rodearle un bosque de lanzas y espadas, y de estar muerto su caballo, no quiere rendirse ni suponerse vencido, aun cuando todo el ejército enemigo se precipita sobre el, y hácia él solo dirige sus ataques, en tanto que el Rey no tiene quien le socorra. El valeroso monarca empapado en sangre enemiga se defiende á pié; pero preciso es que el valor ceda al fin á la fuerza. Ved al Rey prisionero, y védlo luego en España, y mirad cómo se concede el laurel de la victoria y de la prision del monarca al Marqués de Pescara y á su inseparable compañero el del Vasto. Queda un ejército deshecho en Pavía: el otro que se dirigia á invadir á Nápoles, se queda á su vez como una luz cuando le falta la cera ó el aceite. Contemplad al Rey, que deja á sus hijos en la prision ibera, y vuelve á sus estados: ved cómo, mientras combate de nuevo en Italia, le ataca otro en su propio país. Mirad cuántos homicidios y rapiñas afligen á Roma por todos sus ámbitos, siendo mancilladas con estupros é incendios lo mismo las cosas divinas que las profanas. El ejército de la Liga contempla de cerca el estrago, y escucha distintamente el llanto y los gemidos; pero en vez de oponerse á él, retrocede, consintiendo que el sucesor de Pedro caiga prisionero[87]. El Rey envia á Lautrec con nuevas tropas, no ya para apoderarse de Lombardia, sino para arrancar de manos impías y criminales, la[215] cabeza y demás miembros de la Iglesia; pero Lautrec retrasa tanto su marcha, que al llegar á Roma encuentra ya al Padre Santo en libertad, por lo cual sigue adelante, poniendo sitio á la ciudad donde está sepultada la Sirena[88], y recorre todo el reino[89]. Ved cómo desplega sus velas la armada imperial para dar socorro á la ciudad asediada, y ved á Doria cuál le sale al encuentro, y la destroza, incendía ó echa á pique. Pero mirad cómo la Fortuna, hasta aquí tan propicia á los franceses, les retira sus favores, y les hace perecer, no por medio del hierro, sino de la peste, en términos que de cada mil hombres apenas vuelve uno á su amada Francia[90]

Todas estas historias y otras muchas que seria prolijo enumerar, pintadas con los más vivos y variados colores, estaban representadas en aquel salon, cuya capacidad era tanta, que bastaba para contenerlas. Bradamante y su compañera quisieron verlas dos ó tres veces, porque no se cansaban de admirarlas, y de leer las inscripciones que en letras doradas se veian al pié de cada una de ellas; y despues de pasar algunos momentos comentando lo que aca[216]baban de ver, fueron á ocupar las habitaciones que el señor del castillo, acostumbrado á tratar á sus huéspedes con toda clase de consideraciones, les designó para que se entregaran al reposo. Cuando todos dormian ya tranquilamente, Bradamante se decidió á acostarse; pero no hizo más que dar vueltas en su lecho á uno y otro lado, sin poder conciliar el sueño. Al acercarse la aurora, consiguió dormir algunos momentos, y le pareció ver en sueños la imágen de Rugiero que le decia:—«¿Por qué te consumes dando crédito á una falsedad? Antes retrocederán los rios en su curso, que deje yo transcurrir un solo instante sin dedicarte todos mis pensamientos. Si no te amara, tampoco podria amar á mi propio corazon ni á las pupilas de mis ojos.»—Y parecia añadir:—«He venido á recibir el bautismo y á cumplir lo que te he ofrecido: si he tardado tanto, ha sido por haberme detenido una herida muy distinta de las que produce el Amor.»—Al llegar aquí desapareció el sueño, y con él, la imágen de Rugiero: la guerrera se entregó de nuevo á su afliccion, profiriendo mentalmente estas quejas entre llantos y suspiros:

—¡Ay mísera de mí! Solo fué un sueño lo que era grato á mi corazon, y en cambio lo que me atormenta es una realidad harto positiva. El bien fué un sueño demasiado rápido en desvanecerse; pero no es sueño, no, este terrible martirio. ¡Ah! ¿Por qué mis sentidos despiertos no ven y oyen lo que creyó ver y oir mi pensamiento? ¡A qué condicion habeis quedado reducidos, ojos mios, que cerrados veis el bien, y abiertos, el mal! El dulce sueño me prometia paz; pero el amargo despertamiento renueva mis torturas: el dulce sueño ha sido, por mi mal, harto falaz; pero el amargo despertamiento no se equivoca. Si la verdad me mata, y me consuelan las ilusiones, permita el Cielo[217] que no vuelva yo á oir ni á ver la verdad en la Tierra: si durmiendo soy feliz, y velando desgraciada, ¡ojalá me sea dado dormir sin despertar jamás! ¡Cuán felices son los animales que permanecen seis meses enteros sin abrir los ojos, entregados á un sueño profundo! Poco me importa que un sueño semejante se parezca á la muerte, que permaneciendo en vela se viva más tiempo; pues mi aciaga suerte, contraria á la de todos los humanos, encuentra la muerte velando y la vida durmiendo; y si la muerte á tal sueño se asemeja, ¡oh Muerte, ven cuanto antes á cerrar mis párpados!

Empezaba el Sol á teñir de púrpura los límites del horizonte, las nubes se disipaban, y el naciente dia prometia ser menos borrascoso que el anterior, cuando la guerrera, despierta ya, tomó sus armas para continuar sin perder tiempo su camino, dando las gracias al Señor del castillo por su hospitalidad y por las consideraciones que le habia guardado. Al salir del castillo, vió que la embajadora se le habia anticipado, y que llegaba con sus doncellas y sus escuderos al sitio en que la estaban esperando los tres reyes á quienes la guerrera derribara la noche anterior con su lanza de oro: habian pasado estos una noche cruel, sufriendo el agua, el viento y el frio, á cuyos males debia añadirse el de que tanto ellos como sus caballos habian tenido que resignarse á un completo ayuno, rechinando los dientes y pisando el lodo; pero lo que sobre todo les mortificaba, era la idea de que la mensajera pusiera en conocimiento de su señora, aparte de las demás circunstancias, la de que habian sido derribados por la primera lanza que en Francia se volvió contra ellos.

Resueltos á perecer ó á tomar una pronta venganza del ultraje recibido, á fin de que Ulania rectificara el juicio que[218] de su valor habia formado, retaron á nueva lid á la hija de Amon, en cuanto esta acabó de pasar el puente levadizo, sin presumir que desafiaban á una doncella, pues los ademanes de Bradamante no eran los de tal. La jóven, que iba de prisa y no queria perder tiempo, rehusó al pronto el combate; pero fueron tantas las provocaciones de los tres reyes, que no pudo negarse ya sin mengua para ella; y enristrando la lanza, de tres botes derribó á los tres en tierra, con lo cual terminó el combate: despues, sin dignarse siquiera mirarlos, les volvió las espaldas, y se alejó rápidamente.

Aquellos guerreros, que habian venido de tan apartadas regiones solo por conquistar el escudo de oro, se levantaron sin pronunciar una palabra, como si la voz se les hubiese extinguido al mismo tiempo que el denuedo, y quedaron confusos, maravillados y sin atreverse á levantar la vista hasta Ulania, recordando sin duda las muchas veces que en su presencia se habian jactado por el camino de que no habria caballero ni paladin capaz de hacer frente al menos valeroso de los tres. Deseando la dama humillarles más y castigar su desmedida arrogancia, les hizo saber que era una doncella, y no un paladin, quien les habia arrojado de la silla.

—Si una mujer os ha hecho medir el suelo, les decia, ¿qué no debereis pensar con respecto á la bravura de Orlando y de Reinaldo, que con mayor motivo han alcanzado tan glorioso renombre? Si cualquiera de ellos conquista el escudo, ¿sereis capaces por ventura de disputárselo con más valor del que habeis demostrado contra una doncella? Yo por mí no lo creo, y supongo que vosotros tampoco lo creeis. Podeis daros ya por satisfechos; pues no teneis necesidad de ofrecer una prueba más clara de vuestro valor: y si hay alguno de vosotros tan temerario que de[219]see hacer en Francia otra nueva experiencia de su esfuerzo, solo conseguirá añadir el daño á la vergüenza que por dos veces habeis encontrado en este país, á no ser que juzgue más útil y glorioso recibir la muerte por mano de tales guerreros.

Luego que estuvieron plenamente convencidos de que era una doncella la que habia mancillado su fama, tan brillante hasta entonces, cuya circunstancia confirmaron no solo Ulania, sino las personas de su séquito, se sintieron poseidos de tal dolor y tanta ira, que estuvieron á punto de volver contra sí mismos sus aceros; y arrastrados por su despecho furioso, se quitaron cuantas armas llevaban encima, sin conservar siquiera la espada, y las arrojaron al foso del castillo, jurando que, para reparar la afrenta que una mujer les habia causado, haciéndoles medir vergonzosamente el suelo, estarian un año entero sin usar armas de ninguna clase y sin caminar más que á pié por toda clase de caminos, y añadiendo que hasta que hubiera transcurrido el año, no vestirian otras armas ni montarian más caballos que los que consiguieran ganar combatiendo. Para castigar, pues, su falta, emprendieron de nuevo su viaje; ellos á pié y desarmados, y Ulania y su servidumbre á caballo.

Bradamante llegó por la noche á un castillo que habia en el camino de París, y supo allí que Agramante habia sido derrotado por Carlomagno y por su hermano Reinaldo. En aquel castillo encontró una cordial hospitalidad y buena mesa; pero la guerrera, insensible á los solícitos cuidados que le prodigaban, comia poco, dormia menos y no hallaba reposo en parte alguna. Sin embargo, no debo ocuparme tanto de Bradamante, que vaya por ella á descuidar á aquellos dos caballeros que habian atado sus caballos cerca de la solitaria fuente.

[220]

El combate que voy á describir no tenia por objeto la conquista de una ciudad, ni de una corona; sino el de ver cuál de los dos deberia quedar en posesion de Durindana y de Bayardo. Sin que tuviesen necesidad de clarin ó trompeta para dar la señal del combate; sin heraldo que les recordase la defensa ó el ataque y excitase su valor, desnudaron al mismo tiempo sus espadas, y se precipitaron uno contra otro. Pronto resonó el aire con los golpes terribles y reiterados, y pronto tambien empezó la ira á dominarles. Imposible seria hallar otras dos espadas, por más firmes, sólidas y duras que fuesen, que no se hubiesen roto ó mellado bajo la increible violencia de aquellos desmesurados golpes; pero las de ambos guerreros eran tan sólidas y tal la seguridad que una larga experiencia les prestaba, que bien podian chocar entre sí mil y más veces sin peligro de romperse.

Reinaldo, cambiando de sitio con destreza, maña y arte, esquivaba los tremendos tajos de Durindana, por constarle cuán bien hendia el acero mejor templado. El rey Gradasso descargaba innumerables golpes con ella, pero casi todos al aire; y si lograba acertar alguno, era siempre en sitio donde podia hacer muy poco daño. Reinaldo calculaba mejor sus ataques, y adormecia con frecuencia el brazo del pagano: su acero penetraba á veces por los costados ó por las junturas del yelmo y la coraza de Gradasso; pero tropezaba con la cota diamantina, y no conseguia romper ó desunir una sola malla; porque, merced al arte de los encantadores que la fabricaron, era sumamente dura y fuerte. Sin concederse el menor reposo, habian estado mucho tiempo tan atentos á herir ó parar los golpes, que las miradas de cada uno de ellos no se separaban un solo instante de los ojos de su adversario, cuando una nueva riña llamó su atencion y dió tregua á su furor.

Suspendieron el combate, al ver á Bayardo en gran peligro.
(Canto XXXIII.)

[221] Volvieron ambos la cabeza simultáneamente al oir un grande estrépito, y vieron á Bayardo riñendo con un mónstruo más grande que él y cuyas formas eran de ave. Su cabeza tenia más de tres brazas de longitud; los miembros restantes eran de murciélago; el plumaje negro como la tinta; las garras enormes, agudas y encorvadas; los ojos de fuego; la mirada torva y las alas tan enormes, que más bien parecian dos velas. Quizás fuera un ave verdadera; pero no sé si en otro país se habrá hallado otra igual, porque nunca he visto un animal semejante, ni he leido nada con respecto á él, excepto lo que he encontrado en las obras de Turpin. Esta consideracion me hace creer que el pájaro en cuestion seria un espíritu infernal que Malagigo hizo aparecer bajo aquella forma, á fin de impedir el combate. Reinaldo lo sospechó tambien así, y dirigió despues las más ágrias reconvenciones á su primo, el cual rechazó semejante imputacion; y para convencer á Reinaldo de su sinceridad, le juró por la luz que da luz al Sol que era infundada aquella sospecha.

Fuese ave ó demonio, lo cierto es que el mónstruo cayó sobre Bayardo y lo aferró con sus garras. El caballo, que era vigoroso en extremo, rompió las riendas que le sujetaban, y lleno de rabia y cólera, se volvió contra su acometedor á coces y mordiscos: el ave le soltó, y remontándose velozmente por los aires, volvió á precipitarse sobre él, clavándole sus punzantes uñas y hostigándole sin cesar. Herido el corcel, é incapaz de resistir á su enemigo, huyó rápidamente hácia la selva vecina, procurando ampararse de la espesura. No por eso cesó de perseguirle la plumada fiera, procurando aprovecharse de los claros del bosque para caer de nuevo sobre el caballo; pero tanto se internó este en la enramada, que al fin logró guarecerse en una cueva. En cuanto el[222] mónstruo alado perdió sus huellas, remontóse al cielo, para buscar otra presa.

Al ver Reinaldo y Gradasso que se les escapaba el caballo, causa de su combate, convinieron en diferirlo hasta salvar á Bayardo de las garras que le hacian huir por la oscura selva; pero con la condicion de que el primero que lograra cogerle habia de volver con él á aquella fuente, para terminar la interrumpida contienda. Se apartaron de la fuente, siguiendo las huellas recientemente impresas en la tierra, pero Bayardo se alejaba cada vez más de ambos adversarios, que no podian competir con él en velocidad. Gradasso saltó sobre su Alfana, é internándose por la selva, dejó muy atrás al Paladin, triste y en extremo descontento. A los pocos pasos, perdió Reinaldo el rastro de su corcel, que en su vertiginosa carrera, habia ido buscando los rios, los árboles, los peñascos, los senderos más escabrosos y salvajes para librarse de las terribles garras que, cayendo del cielo, se clavaban en sus lomos. Convencido Reinaldo de la inutilidad de sus pesquisas, volvió á la fuente á esperarlo, por si Gradasso le llevaba allí, tal como habian convenido de antemano; mas cuando vió que esperaba en vano, se dirigió de nuevo al campamento á pié y sumido en una profunda tristeza.

Pero volvamos al rey de Sericania, cuya suerte fué más propicia que la del paladin; pues su buena estrella, más bien que su derecho, hizo que oyera los relinchos de Bayardo, al cual encontró en la profunda cueva, tan poseido de espanto todavía, que no osaba salir fuera de ella; de cuya oportunidad se aprovechó el pagano para apoderarse de él. Aunque Gradasso recordaba perfectamente su promesa de volver con él á la fuente, no se mostró dispuesto á cumplirla, y se hizo el siguiente razonamiento:

[223]

—Conquístelo en buen hora el que lo desee por medio de las armas: yo prefiero apoderarme de él en paz. Tan solo por hacer mio á Bayardo he venido de uno á otro extremo de la Tierra; ya que le tengo en mi poder, harto loco será el que crea que pienso desprenderme de él. Si Reinaldo quiere recuperarle, que haga un viaje á la India, como yo lo he hecho á Francia: tan seguro estará en Sericania como yo lo he estado las dos veces que he venido á este país.

Así diciendo, se dirigió por el camino más transitable hácia Arlés, donde logró reunirse con el ejército sarraceno, y se embarcó en una galera despalmada[91] con Bayardo y Durindana. En otra ocasion hablaré de él; que ahora debo dejar atrás á Gradasso, á Reinaldo y á toda la Francia, y ocuparme de Astolfo, que, merced á la silla y el freno, hacia ir al Hipogrifo por los aires á guisa de palafren, con tan rápido vuelo que no lo es tanto el del águila ó el halcon.

Despues que Astolfo hubo recorrido toda la Galia de uno á otro mar y desde los Pirineos al Rin, volvió hácia los montes que separan la Francia de la España. Pasó por Navarra y luego por Aragon, maravillando á todo el que le veia; dejó á Tarragona á la izquierda y á Vizcaya á la derecha, llegó á Castilla y vió á Galicia y al reino de Lisboa: despues dirigió su vuelo hácia Córdoba y Sevilla, sin que quedara en el interior ó en las costas una ciudad que no visitara. Vió á Gades, y la meta que puso el invencible Hércules á los primitivos navegantes[92]. En seguida se dispuso á recorrer el África desde el mar de Atlante hasta los confines del Egipto; visitó las Baleares famosas, pasando [224] por encima de Ibiza, y volviendo las riendas, emprendió su vuelo en demanda de Arzilla, sobre el mar que la separa de España.

Vió á Marruecos, Fez, Oran, Hipona, Argel, Bugía, ciudades soberbias que ciñen la corona de otras muchas ciudades, pero coronas de oro y no de hojas ó yerbas. Adelantóse despues hácia Biserta y Túnez; vió á Capisa, la isla de Alzerbe, Trípoli, Benghazzi y Tolemaida hasta donde el Nilo dirige su curso al Asia. Despues recorrió todas las comarcas situadas entre el mar y las pobladas cumbres del fiero Atlas; y volviendo la espalda á los montes de Carena, se lanzó hácia los Cireneos, atravesó los desiertos de arena y llegó á Halbay en los confines de la Nubia, donde permaneció algun tiempo más allá del sepulcro de Bato[93] y el gran templo de Ammon, que hoy se halla destruido[94]. Desde allí se dirigió á la otra Tremecen sometida á las leyes de Mahoma, y en seguida dirigió su raudo vuelo hácia la parte de la Etiopía que está al otro lado del Nilo. Detúvose por fin en la ciudad de Nubia, que está situada entre Dobada y Coalle, cuyos habitantes son cristianos, mientras que sus vecinos adoran al falso profeta, y tanto unos como otros están siempre con las armas en la mano en los confines de sus respectivos territorios. A la sazon era Senapo el emperador de Etiopía, el cual en lugar de cetro ostentaba una cruz: sus riquezas y poderío eran inmensos, y sus dominios tan vastos, que se extendian hasta la entrada del mar Rojo. Su religion era casi la nuestra, la única que podia concederle la salvacion eterna, y en sus estados, si [225] no me equivoco, se empleaba el fuego para lavar la mancha del pecado original.

El duque Astolfo se apeó en la gran corte de Nubia, y visitó á Senapo. El palacio donde tenia la residencia el soberano de Etiopía era mucho más rico que fuerte: las cadenas de los puentes y de las puertas, los goznes, las cerraduras, los cerrojos y todo cuanto en nuestros países es de hierro, era allí de oro macizo; pero aunque este finísimo metal abundaba tanto, sabian, sin embargo, apreciar su valor. Las galerías del régio alcázar estaban formadas por columnatas de trasparente cristal: bajo los ventanales del palacio lanzaba vivos destellos un magnífico friso rojo, azul, amarillo, blanco y verde, hecho con incrustaciones de rubíes, esmeraldas, zafiros y topacios, colocados con la más admirable proporcion. Las paredes, los techos, los pavimentos estaban tambien recargados de perlas y de piedras preciosas. Allí es donde se recoge el bálsamo con una abundancia tal, que la de Jerusalen no podia sostener la comparacion. El almizcle que se recibe en Europa, de allí sale; de allí procede el ámbar, que se reparte por otras marismas; en suma, de aquellas regiones recibimos las cosas que tanto valor tienen en las nuestras.

Dícese que el Soldan de Egipto paga tributo á aquel rey y le presta vasallaje, á fin de que no varíe el curso del Nilo, como podria hacerlo si quisiera, lo cual seria para el Cairo y toda aquella region una causa de terrible escasez y calamidades. Los etíopes llaman Senapo á su monarca; nosotros le llamamos Preste, ó más bien Preste Juan. De cuantos reyes existieron en Etiopía, aquel era el más rico y poderoso; pero á pesar de todo su poder y sus tesoros, habia perdido desgraciadamente la vista, y aun no era este el mayor de sus males: mucho más molesto y enojoso se le[226] hacia el de estar atormentado de un hambre perpétua, á pesar de todas sus riquezas. Cuando el infeliz monarca, excitado por su constante apetito, iba á beber ó á comer alguna cosa, aparecia inmediatamente el infernal tropel de las arpías[95], monstruosas, repugnantes y nefandas, y con sus inmundas bocas ó sus rapaces uñas vaciaban los vasos y devoraban las viandas: cuando sus estómagos voraces no podian contener más alimento, infestaban y ensuciaban los manjares restantes.

Tal era el castigo á que Senapo se habia hecho acreedor, porque viéndose, cuando estaba en la flor de su edad, rodeado de tantos honores y consideraciones, poseyendo inmensas riquezas, y siendo el más vigoroso y osado de todos los etíopes, se apoderó de él la insensata soberbia que perdió á Lucifer, y se atrevió á declarar la guerra á su Hacedor. Con este objeto levantó un numeroso ejército, y se dirigió con él á la montaña donde nace el rio de Egipto, porque habia oido decir que en aquel monte salvaje, cuya cumbre se lleva á través de las nubes y llega hasta el mismo Cielo, existia el Paraiso llamado terrenal donde habitaron Adan y Eva. El arrogante monarca avanzaba á la cabeza de un innumerable ejército, compuesto de infantes y ginetes montados en caballos, camellos y elefantes, con el mayor anhelo, y jactándose de someter á sus leyes á todos los habitantes del Paraiso. Dios reprobó su temeraria audacia, y envió contra aquella muchedumbre á uno de sus ángeles, el cual exterminó á más de cien mil hombres, y condenó á Senapo á vivir en perpétua noche. Despues hizo que acu[227]dieran á su mesa los mónstruos horrendos de las grutas infernales, que le arrebataban y contaminaban todos los alimentos, sin permitirle que gustara ó bebiera uno solo. Habia venido á aumentar su desesperacion un vaticinio, que le anunciaba que sus manjares dejarian de ser arrebatados ó infestados, cuando viera aparecer por el aire un caballero cabalgando en un caballo alado; y como le parecia imposible esta maravilla, vivia triste y melancólico y privado de toda esperanza.

Cuando, poseidos del mayor estupor, vieron los habitantes desde las murallas y las torres á Astolfo montado en el Hipogrifo, acudieron presurosos á avisar al rey de Nubia, que recordando entonces la prediccion, y sin darse tiempo, en medio de su alegría, á coger el fiel báculo que le servia de guia y apoyo, salió al encuentro del volador caballero con los brazos extendidos y vacilante paso. Astolfo se posó en la plaza del castillo, despues de haber descrito extensos círculos en el aire al descender. Luego que el Rey estuvo en presencia del Duque, arrodillóse y exclamó con las manos cruzadas:

—¡Oh, Ángel de Dios! ¡oh, nuevo Mesías! Si no merezco perdon por mis pasadas faltas, considera que estas son fruto de la humana naturaleza, y que á vosotros toca perdonar al pecador arrepentido. Convencido de la enormidad de mi crímen, no te pido, no me atreveria á pedirte que me devuelvas la perdida vista, si bien debo creer que puedes hacerlo, porque eres uno de los bienaventurados espíritus á Dios tan gratos. ¡Ah! Date por satisfecho con el martirio que sufro no siéndome posible contemplarte, y no permitas que el hambre me consuma eternamente. Impide por lo menos que las fétidas arpías arrebaten todos mis alimentos, y en accion de gracias prometo erigirte en mi capital un[228] templo de mármol, que tenga todas las puertas y los techos de oro, y esté adornado interior y exteriormente de piedras preciosas; prometo colocarle bajo la advocacion de tu santo nombre, y esculpir en él el milagro que hayas hecho en favor mio.

Así decia el Rey, que nada veia, mientras procuraba en vano besar los piés de Astolfo, el cual le respondió:

—Ni soy Ángel de Dios, ni nuevo Mesías, ni vengo del Cielo: soy tan solo un mortal, pecador como tú, é indigno de las mercedes que el Señor me prodiga. Sin embargo, haré cuanto esté de mi parte para alejar de tu reino á esos mónstruos malvados, ya ahuyentándolos, ó ya dándoles muerte. Si así lo consigo, no debes darme las gracias, sino á Dios, que dirigió mi vuelo hácia aquí para ayudarte en tus cuitas. Guarda tus votos para el Omnipotente, á quien únicamente se deben, y á quien debes consagrar la iglesia y los altares que me ofrecias.

Hablando de esta suerte, se dirigieron ambos á palacio, rodeados de los personajes más ilustres de la corte. El Rey dió órden á sus servidores de que preparáran inmediatamente una comida suntuosa, esperando que aquella vez no le serian ya arrebatados de las manos los manjares. Sirvióse á los pocos momentos un espléndido banquete en un salon magnífico. Astolfo fué el único que se sentó á la mesa al lado de Senapo, y apenas se colocaron en ella las viandas, cuando se oyó resonar por los aires un discordante rumor, producido por las horribles alas de las arpías fétidas y repugnantes, que acudian atraidas por el olor de los manjares. Eran siete formando un solo grupo, y todas tenian rostros de mujer, lívidos, enjutos y demacrados por una prolongada abstinencia: su aspecto era más horrible que el de la misma muerte. Sus alas eran inmensas, deformes[229] y súcias: en vez de manos estaban provistas de garras, terminadas en uñas encorvadas y retorcidas; sus vientres enormes exhalaban un olor repugnante, y su larga cola se enroscaba formando círculos como la de una serpiente.

Apenas se habia oido el rumor de su venida, cuando se las vió á todas precipitarse simultáneamente sobre la mesa, derribando los vasos y apoderándose de los manjares: de sus vientres se exhalaba tal fetidez, que era preciso taparse las narices por no ser posible soportar aquel hedor insufrible. Astolfo, arrebatado por la cólera, desnudó el acero contra aquellas aves insaciables, y lo descargó sobre el cuello, la espalda, el pecho ó las alas de unas y otras; pero como si pretendiera herir á un saco de estopa, todos sus golpes se embotaban y quedaban sin efecto. Mientras tanto, las arpías no dejaron una copa ni un plato intactos, ni abandonaron el salon hasta despues de haber saciado su voracidad ó contaminado cuanto no pudieron devorar.

El Rey habia estado firmemente persuadido de que Astolfo ahuyentaria á las arpías; mas viendo luego su esperanza defraudada, empezó á gemir y suspirar, volviendo á su acostumbrada desesperacion. Acordóse entonces el Duque de la trompa que solia auxiliarle en los mayores peligros, y calculó que no habia medio mejor que aquel para librar al Rey de tales mónstruos. Hizo que el monarca y todos los señores de su corte se taparan los oidos con cera caliente, para impedir una fuga general cuando hiciera resonar su talisman. En seguida cogió las bridas del Hipogrifo, se acomodó en la silla, empuñó su preciosa trompa, é indicó por señas al mayordomo que mandara servir nuevos manjares. Siguiendo su consejo, prepararon en una galería otra nueva mesa. En cuanto empezaron á servirla, presentáronse las arpías, segun su costumbre; entonces requirió As[230]tolfo su trompa, y los mónstruos, que no tenian tapados los oidos, no pudieron permanecer un momento más en la estancia, así que oyeron aquel sonido aterrador, y huyeron á la desbandada, llenos de espanto, sin cuidarse de la comida ni de nada. El Paladin clavó los acicates en los hijares de su corcel, el cual salió volando fuera de la galería; abandonó el castillo y la gran ciudad, y se remontó por los aires persiguiendo á los mónstruos. Astolfo no daba tregua á sus resoplidos en tanto que las arpías continuaban huyendo hácia la zona del fuego, hasta que se encontraron en el elevadísimo monte en que el Nilo tiene su orígen, si es que le tiene en alguna parte.

Casi en las mismas raices de la montaña, se encuentra una cueva profunda que desaparece en las entrañas de la Tierra, la cual, segun se dice, es la verdadera puerta por donde pasa todo el que quiere bajar al Infierno. La turba inmunda corrió presurosa á guarecerse en aquella gruta, como en el albergue más seguro, y descendió hasta las orillas del Cocyto[96] y aun más allá, para no escuchar los sonidos de la trompa.

El ínclito duque dió fin á sus insoportables resoplidos cuando llegó á la infernal y caliginosa boca que da libre acceso á todo el que abandona la luz, é hizo que su corcel plegara las alas. Pero antes de llevar más lejos á nuestro héroe, y en vista de que he llenado el papel por todos lados, descansaré un momento siguiendo mi costumbre, y daré fin á este canto.


[231]

CANTO XXXIV.

Oye Astolfo la lamentable historia de Lidia en la gruta infernal: casi consumido por el fuego que sale del subterráneo, sube en su caballo alado, y llega al Paraiso terrenal. Recorre despues el Cielo, acompañado de S. Juan, é informado detalladamente por él de cuanto ve, coge el juicio de Orlando y parte del suyo propio: visita á las que hilan el estambre de nuestra vida, y se aleja de allí.

¡Oh famélicas, inícuas y fieras Arpías, enviadas por la justicia divina á todas las mesas de la ciega y extraviada Italia[97], para castigar tal vez nuestros antiguos pecados!

¡Ah! ¡Cuántas criaturas inocentes, cuántas tiernas madres perecen de hambre y de miseria, mientras contemplan cómo devoran esos mónstruos en una sola cena lo que bastaria para sostener su existencia! ¡Maldicion al que abrió las cavernas en donde habian permanecido encerradas por espacio de muchos años, dando lugar á que se esparciera por Italia la fetidez y la estúpida gula, causa de sus males presentes! La paz y las buenas costumbres desaparecieron desde entonces, y á la bienhechora tranquilidad que se disfrutaba han sucedido guerras incesantes, miseria, zozobra y ansiedad, cuyo término no es dado prever, como no llegue un dia en que tirando de los cabellos á sus perezosos hijos, les arroje de las orillas del Leteo, exclamando:—«¿No habrá ninguno entre vosotros, cuyo valor iguale al de Calais y Cethes[98], y sea capaz de librar á la Italia de sus[232] garras y pestilencia, devolviéndole su halagüeña y perdida pulcritud?»

El Paladin hizo con las arpías que molestaban al Rey etíope lo mismo que hicieron aquellos dos hermanos con las que tan desesperado tenian á Fineo. Segun dije antes, Astolfo habia ido persiguiendo á aquel tropel de mónstruos con los sonidos de su trompa, hasta que se detuvo al pié de un monte, á la entrada de la cueva donde aquellos se habian refugiado. Púsose á escuchar atentamente, y llegó á sus oidos un discordante rumor de alaridos, ayes y lamentos sin fin, señal evidente de que allí estaba el Infierno. Resolvió penetrar en la gruta y contemplar á los que habian dejado de existir, con intencion además de llegar hasta el centro de la Tierra, recorriendo todos los círculos infernales.

—¿Qué puedo temer, decia para sí, entrando en esa caverna, mientras conserve en mi poder esta trompa? Con ella haré huir á Pluton, á Satanás y al Cancerbero.

Esto diciendo, se apeó prontamente del alígero corcel y le dejó atado á un árbol: en seguida se hundió en el antro, empuñando préviamente el cuerno en que cifraba toda su esperanza. Pocos pasos habia andado, cuando sintió sus narices y sus ojos ofendidos por un humo insoportable y más denso que el de la pez ó el azufre; á pesar de lo cual siguió adelante. Pero á medida que avanzaba, iban condensándose los espesos vapores y aumentándose las tinieblas, de suerte que empezó á temer que no podria ir más allá y le seria forzoso retroceder. De pronto vió sobre su cabeza un objeto cuyas formas no pudo distinguir, pero que se pare[233]cia mucho al cadáver de un ahorcado movido por el viento despues de haber estado muchos dias expuesto al Sol y á la lluvia. Tan escasa era la claridad que habia en aquel ahumado y lóbrego camino, que el Duque no acertaba á comprender en qué consistia aquel objeto que iba por los aires: para averiguarlo, se decidió á pegarle dos veces con su espada, y dedujo que debia ser un espíritu, pues sus golpes no encontraron mayor resistencia que si los hubiera descargado sobre la niebla. Entonces oyó que una voz afligida le dirigia estas palabras:

—Sigue descendiendo, sin hacer daño á nadie. ¡Demasiado me atormenta el negro humo del fuego del Infierno que inunda este recinto!

El Duque se detuvo sorprendido, y dijo á la sombra:

—¡Así Dios rompa las alas de ese humo para que no pueda subir hasta tí, como yo desearia que me dijeras cuál es tu suerte! Y si quieres que lleve noticias tuyas á la Tierra, habla; estoy dispuesto á complacerte.

La Sombra replicó:

—Me halaga tanto la idea de volver, aunque solo sea en memoria, á ese mundo de luz radiante y esplendorosa, que el deseo de alcanzar tal don desata forzosamente mi lengua, y me obliga á revelarte mi nombre y mi historia, por más que su relato me sea penoso[99].

La Sombra hizo una pausa, y luego prosiguió:

—Me llamo Lidia, Señor, y nací en elevada cuna, pues soy hija del poderoso Rey de Lidia. Por haber sido ingrata y desdeñosa mientras viví con el más fiel de los amantes, el alto juicio de Dios me ha condenado á permanecer eternamente en medio de este humo. Esta caverna está llena de un número infinito de mujeres, condenadas á la misma [234] pena por la misma falta. La cruel Anaxareta[100] se halla más abajo, donde el humo es más denso y el tormento mayor. Su cuerpo quedó en el mundo convertido en piedra, mientras que su alma pasó á estas profundidades, por haber mirado con indiferencia el suicidio de su desesperado amante. No muy lejos de aquí se encuentra Dafne, arrepentida, aunque tarde, de haber hecho correr tanto á Apolo[101]. Seria harto prolijo enumerar uno á uno los infieles espíritus de las mujeres ingratas que aquí se hallan: son tantos, que llegan hasta lo infinito; pero seria mucho más largo designarte el número de hombres que hoy deploran su ingratitud, y que en castigo de ella han sido precipitados á un sitio más profundo, donde el humo les ciega y les devoran las llamas. Siendo las mujeres más crédulas y fáciles de engañar, sus seductores se han hecho dignos de mayor suplicio. Harto lo saben Teseo[102], Jason[103], el que turbó el antiguo reino latino[104], el que suscitó el sanguinario enojo [235] de su hermano Absalon por causa de Tamar[105], y otra inmensa multitud de infieles de ambos sexos, unos por haber abandonado á sus mujeres y otros á sus maridos.

»Mas como debo hablarte de mí con preferencia á los demás, y confesar la falta que aquí me trajo, te diré que fuí en vida tan bella y orgullosa, que no sé si ha habido otra mujer que pudiera igualárseme: tampoco podré decir cuál de estas dos cosas sobresalia más en mí, aunque la belleza que á todos cautivaba, engendró el orgullo y la fastuosidad. En aquel tiempo vivia en Tracia un caballero, reputado como el más valiente del mundo, el cual oyó ponderar mi belleza y mis atractivos por más de un conducto fidedigno; y en consecuencia, formó el designio de concederme todo su amor, esperando que su valor le haria digno de que yo aceptase con gratitud su corazon. Pasó á Lidia, y apenas me hubo visto, cuando quedó sujeta su voluntad por un lazo mucho más fuerte. Ocupó un distinguido lugar entre los caballeros de la corte de mi padre, en la cual acrecentó su fama. Seria prolijo ponderarte su heróico valor, las increibles proezas que llevó á cabo, y los merecimientos de que se hubiera hecho digno si hubiese dado con un hombre más agradecido. Merced á él, mi padre sometió á la Panfilia, la Caria y la Cilicia; y tanto era así, que jamás se decidió á acometer con su ejército á los enemigos, sino cuando á él le parecia conveniente. Por fin, un dia se atre[236]vió á pedir al Rey mi mano en recompensa de tantas victorias, persuadido de que sus méritos le daban derecho para obrar así; pero el monarca se negó desdeñoso á tal demanda, porque queria unir á su hija con un príncipe poderoso y no con un caballero particular, que no tenia más bienes que su valor: mi padre, guiado tan solo por el interés y la avaricia, orígen de todos los vicios, apreciaba la honradez ó admiraba el valor, lo mismo que un asno los melodiosos acordes de la lira.

»Alcestes (que este era el nombre del caballero de quien te hablo), al verse desdeñado por el mismo que le era deudor de las mayores recompensas, se alejó de la corte, amenazándole al marchar con que le haria arrepentirse de no haberle concedido la mano de su hija. Pasó en seguida al servicio del Rey de Armenia, antiguo émulo del de Lidia y su enemigo capital; y tanto le estimuló, que le dispuso á tomar las armas y declarar la guerra á mi padre. En atencion á sus ínclitas y famosas acciones, obtuvo el mando del ejército armenio, y manifestó que todas sus conquistas serian para el Rey de Armenia, excepto la de mi persona, que reservaba para sí como recompensa de su valor en cuanto se apoderase de todo. Imposible me seria manifestarte los inmensos perjuicios que Alcestes ocasionó á mi padre en aquella guerra. Destrozó cuatro ejércitos, y en menos de un año le redujo á tal extremo, que de todos sus estados no le quedó más que un castillo, cuya elevada posicion le hacia casi inexpugnable, en el cual se encerró el Rey con sus más fieles servidores y los tesoros que pudo reunir precipitadamente. Alcestes fué á sitiarnos allí, y al poco tiempo nos colocó en tan desesperada situacion, que mi padre habria consentido en entregarme á él, no como mujer, sino como esclava, juntamente con la mitad de su reino, con tal de sa[237]lir en libertad y sin sufrir más daños; pues estaba seguro de perder sus riquezas y de morir cautivo. Antes de arrostrar este terrible golpe, quiso valerse de todos los medios que estuvieran en su mano; y á este fin, me ordenó que saliera del castillo para conferenciar con Alcestes, puesto que yo era la causa de tantos males.

Me puse en camino con la intencion de ofrecer al vencedor por precio de la paz mi persona, y de rogarle que conservase la parte que quisiera de nuestro reino. Al tener noticia Alcestes de mi llegada, salió á mi encuentro pálido y tembloroso: á juzgar por su semblante, parecia más bien un vencido cargado de cadenas que un vencedor. Adivinando yo en su turbacion la intensidad de su ardiente pasion hácia mí, desistí de hablarle tal como estaba dispuesta á hacerlo, y en vista de aquella oportunidad, modifiqué mi opinion en consonancia con el estado en que le veia. Empecé por maldecir su amor y dolerme de su crueldad, que le habia incitado á oprimir tan inicuamente á mi padre, y á apoderarse de mí por medio de la fuerza, asegurándole que otra hubiera sido á los pocos dias su suerte, si hubiese sabido continuar portándose del modo cómo empezó, y que tan grato nos habia sido á mi padre y á todos. Le añadí que, si bien mi padre se habia opuesto al principio á su recta demanda, consistia en su rudeza natural, que le impedia acceder á la primera peticion, lo cual no debió haberle servido de pretexto para dejar de prestarle sus buenos servicios y para vengarse tan precipitadamente; cuando si hubiera obrado mejor, podria haber alcanzado de seguro la recompensa que anhelaba. Díjele además que, aun suponiendo que mi padre hubiese insistido en su negativa, mis súplicas hubieran sido tan incesantes, que al fin habria accedido á hacer de mi amante mi esposo; y en último resultado, si persistiera[238] en su resolucion, yo me habria portado de tal modo, que Alcestes se hubiera envanecido de poseerme; pero ya que creyó mejor intentar otros medios, yo por mi parte estaba resuelta á no amarle, y al ir á entregarme á él, lo hacia solo por salvar á mi padre. Terminé diciéndole, que no contara con disfrutar por mucho tiempo el placer que bien á pesar mio le proporcionaba; pues estaba decidida á derramar mi sangre en el mismo momento en que yo hubiera satisfecho con mi persona todo cuanto sus impúdicos deseos le hicieran obtener por medio de la violencia.

»Estas y otras parecidas frases empleé conociendo mi dominio sobre Alcestes, y le dejé más arrepentido por lo que habia hecho que lo estuviera el mayor santo en su solitario yermo. Cayó á mis plantas, y suplicóme encarecidamente, presentándome un puñal y empeñándose tenazmente en que lo cogiera, que me vengase de su enorme crímen. Aprovechando la disposicion en que le veia, formé el propósito de seguir obrando del mismo modo hasta sujetarle á mi albedrío; y á este fin, le dí esperanzas de que aun podria hacerse digno de obtener mis favores, si enmendando su falta, conseguia que se restituyeran á mi padre las provincias conquistadas, y si andando el tiempo procuraba merecer mi mano, no por medio de las armas, sino sirviéndome y amándome. Alcestes prometió obedecerme, y me dejó regresar al castillo tan incólume como habia salido de él, y sin atreverse siquiera á darme un beso: ved cuán sujeto le tenia el yugo que supe ponerle, y si era profunda la llaga que por mí le habia infligido Amor para no tener necesidad de aguzar nuevas saetas.

»Alcestes se presentó en seguida al Rey de Armenia, á quien, en virtud del pacto formado de antemano, correspondia todo el país que se conquistase; y del mejor modo[239] que le fué posible, le rogó que regresara á Armenia, restituyendo á mi padre las tierras que habia sometido y devastado. El monarca, encendido de ira, dijo á Alcestes que alejara tal pensamiento de su mente; pues estaba decidido á no envainar su espada mientras mi padre conservara un solo palmo de terreno: añadióle que, si las palabras de una vil mujerzuela le habian hecho variar de propósito, sufriese él solo las consecuencias: en cuanto á él, no estaba dispuesto á sacrificar por tan leve causa las conquistas que eran fruto de un año de trabajos y peligros. Alcestes insistió en sus súplicas, lamentándose de que no tuvieran el efecto deseado: por último, montó en cólera y exigió del Rey con amenazas que hiciera de grado ó por fuerza lo que le pedia. Llegó á tal extremo su ira, que de las palabras irrespetuosas pasó á vias de hecho; y desenvainando la espada, se arrojó sobre el monarca, y le quitó la vida, á pesar de los esfuerzos de los numerosos soldados que le rodeaban. En seguida llamó en su auxilio á los Cilicios y á los Tracios, que estaban á su sueldo, y á otros de sus secuaces, y derrotó aquel mismo dia á los Armenios. Continuando sus triunfos, á sus solas expensas, y sin recurrir á mi padre, en menos de un mes le restituyó todas sus provincias; y para indemnizarnos de las enormes pérdidas que nos hiciera sufrir su rencor, nos entregó un botin abundante y valioso, exigió un fuerte tributo á la Armenia y á la Capadocia, su limítrofe, y taló toda la Hircania hasta las orillas del mar.

»Volvió á nuestra corte; pero en lugar de ofrecerle los honores del triunfo, resolvimos darle la muerte, aun cuando por entonces nos detuvo la consideracion de que estaba rodeado de muchos amigos fieles, que podian vengarle con daño nuestro. Fingí, pues, corresponder á su pasion, y procuré de dia en dia avivar sus esperanzas de alcanzar mi [240] mano, exigiendo antes de él que diera nuevas pruebas de su valor venciendo á otros enemigos nuestros. Le mandé luego con frecuencia que acometiera por sí solo, ó acompañado de un número reducido de soldados, empresas extraordinarias, tan peligrosas algunas, que más de mil campeones hubieran encontrado en ellas irremisiblemente la muerte; pero lograba siempre un éxito tan feliz, que volvia victorioso, aun despues de luchar muchas veces con seres horribles y monstruosos, con gigantes y con lestrigones[106] que infestaban nuestros estados. El invencible Alcides no tuvo que arrostrar tantos peligros, por órden de su madrastra ó de Euristeo, en Lerna, en Nemea, en Tracia, en Erimanto, en la Numidia, en los valles de Etolia, en las orillas del Tíber, en las del Ebro y en otras partes[107], como los que arrostró mi amante siempre que yo se lo rogaba con fingidas súplicas y designios homicidas; pues mi intento no era otro que el de librarme de su presencia. No pudiendo conseguirlo por estos medios, puse por obra otros de más seguro efecto: supe inducirle á que infiriera los más graves ultrajes á sus mejores amigos, y suscité de este modo el ódio de todos contra él: Alcestes, cuya dicha mayor consistia en anticiparse á mis deseos, los satisfacia prontamente, sin que le detuviera consideracion alguna y sin oponer la más mínima dificultad.

»Cuando, merced á estos indignos manejos, conocí que habia exterminado á todos los enemigos de mi padre, y ví que Alcestes, supeditado á mi voluntad, no contaba con un solo amigo, le declaré explícitamente lo que hasta entonces le habian ocultado mis fingimientos, diciéndole que me ins[241]piraba un ódio tan mortal, que me habia propuesto hacerle perecer; pero considerando despues que una accion semejante podria acarrearme la execracion pública, porque sabiéndose demasiado cuánto le debia, me tacharian de cruel, me daba por satisfecha con prohibirle que volviera á presentarse ante mi vista.—Desde entonces no quise verle ni hablarle más, y me negué á recibir sus cartas ó recados. Causóle tal tormento mi negra ingratitud, que abrumado al fin por el dolor, y viendo que eran inútiles sus constantes súplicas, cayó enfermo y murió. En castigo de mi crímen estoy condenada á sufrir las molestias de ese humo que me hace llorar y me ennegrece el rostro: así estaré eternamente, pues no hay misericordia para los que gimen en el Infierno.»

Luego que la desdichada Lidia cesó de hablar, procuró Astolfo seguir adelante para saber si allí habia otros condenados; pero aquel humo, vengador de la ingratitud, fué haciéndose tan denso, que no le permitió avanzar un solo paso; fuerza le fué retroceder y salir de aquel recinto con paso presuroso, antes de exponerse á perecer entre tan densos vapores. Se dirigió hácia la salida con tal rapidez, que al poco rato divisó la entrada de la caverna, pudo ver la luz del dia á través del aire tétrico y caliginoso de esta, y por último, á fuerza de trabajo y de cansancio, salió del antro, dejando el humo á sus espaldas.

Con objeto de cerrar para siempre el camino á aquellos mónstruos de insaciable estómago, fué amontonando piedras y derribando árboles, con los cuales construyó del modo que mejor pudo una especie de reducto á la entrada de la caverna, cerrándola tan bien, que las Arpías no pudieron volver nunca á la Tierra.

El negro humo de la pez no solo ennegreció é infestó los [242] vestidos del Duque mientras estuvo en la tétrica caverna, sino que, abriéndose paso á través de ellos, le ensució todo el cuerpo; por lo cual fué buscando algun tiempo un sitio en donde hubiera agua, hasta que al fin encontró en una floresta un manantial que brotaba de entre las hendiduras de una roca, en el cual se lavó de piés á cabeza. Montó luego sin perder tiempo en el Hipogrifo, y se elevó por el aire para llegar á la cumbre de aquella montaña que juzgaba próxima al círculo de la Luna. En su deseo de contemplar lo que allí existiera, atravesó veloz la inmensidad del espacio, sin dignarse dirigir una mirada á la baja tierra; y tan rápidamente hendió los aires, que al fin llegó á la cúspide del monte.

Las flores que por aquellas placenteras regiones matizaban las auras podrian compararse al zafiro, al rubí, al oro, al topacio, al crisólito, y á las perlas, diamantes y jacintos. Las yerbas eran de un verde tan admirable, que si las poseyéramos aquí abajo, desdeñaríamos por ellas las esmeraldas: igual belleza reunian las ramas de los árboles, cargadas siempre de frutas y flores: entre el frondoso ramaje cantaban preciosos pájaros de plumaje azul, blanco, verde, rojo y amarillo: los murmurantes arroyuelos y tranquilos lagos vencian al cristal en transparencia, y una brisa suave, de soplo dulce, igual y apacible, producia en el aire un estremecimiento á propósito para que no molestase el calor del dia, y desprendia los diferentes aromas de las flores, de los frutos y de las hojas, formando con todos ellos una mezcla que inundaba el alma de embalsamada suavidad. En medio de la meseta del monte se elevaba un palacio, que parecia encendido por las más refulgentes llamas: tan grande era el esplendor que irradiaba en torno suyo, que desde luego se conocia no ser obra de ningun mortal.

[243]

Astolfo refrenó su corcel, dirigiéndolo á paso lento hácia el palacio, que tenia más de treinta millas de circunferencia, y se puso á contemplar extasiado la belleza de aquellos contornos. El mundo fétido y deleznable que habitamos le pareció entonces, comparado con la suavidad, magnificencia y delicioso aspecto de aquel país, una mansion miserable y ruin, objeto del desprecio y de la ira del Cielo y de la naturaleza. Cuando llegó cerca del refulgente edificio, se quedó extático de asombro, al ver que todo su recinto estaba formado por una sola piedra preciosa, más roja y brillante que el carbúnculo. ¡Obra sublime de un arquitecto superior á Dédalo! ¿Cuál de nuestros más afamados edificios podrá compararse á tí? ¡Enmudezca á tu lado la gloria de las siete maravillas del mundo, tan ponderadas por nosotros!

En el luciente vestíbulo de aquella morada dichosa se presentó al Duque un anciano, cubierto con un manto más rojo que el minio y una túnica más blanca que la leche. Sus cabellos eran blancos, y blanca asimismo la suelta barba que hasta el pecho le llegaba: por su aspecto venerable parecia uno de los bienaventurados elegidos del Paraiso. Dirigiéndose con agradable rostro al Paladin, que acababa de apearse respetuosamente de su corcel, le dijo:

—¡Oh, noble caballero, que por la voluntad del Cielo te has elevado hasta el Paraiso terrestre! Aun cuando ignoras la causa de tu viaje, y desconoces el fin de tus deseos, ten, sin embargo, entendido que no sin misterio has llegado hasta aquí desde el hemisferio ártico. Has atravesado inconscientemente ese vasto espacio, para oir mis consejos y saber cómo has de socorrer á Cárlos, y librar á la Santa Fé del peligro en que se encuentra; pero guárdate, hijo mio, de atribuir tu presencia en estos sitios á tu ciencia ó á tu valor, [244] pues de nada te hubieran servido tu trompa ni tu caballo alado, si Dios no te lo hubiese permitido. Más tarde trataremos de este asunto detenidamente, y te diré cuanto debes hacer: ahora ven á recrearte con nosotros, pues tu prolongado ayuno debe serte ya molesto.

El anciano prosiguió hablando con Astolfo, y le dejó sumamente maravillado cuando, revelándole su nombre, le dijo que era uno de los evangelistas, aquel Juan tan querido del Redentor, cuyas palabras hicieron creer á sus hermanos que la muerte no pondria fin á sus dias, siendo causa de que el Hijo de Dios dijera á Pedro:—«¿Por qué te inquietas, si quiero que él se quede hasta mi vuelta[108]?»—Y aun cuando no dijo:—«No debe morir,» ellos lo supusieron así. Fué transportado á aquellos lugares, donde encontró á Enoch juntamente con el gran profeta Elias, á quien habia precedido, los cuales no han visto aun llegar su última hora, y gozarán de una primavera eterna, lejos de una atmósfera nociva y pestilente, hasta que las trompetas angélicas anuncien que vuelve Cristo sobre la blanca nube.

Aquellos Santos hicieron al caballero una grata acogida, y le ofrecieron una habitacion en el palacio. El Hipogrifo encontró en otro departamento pienso excelente y abundante. Sirviéronle al Paladin diversos frutos de tan delicioso sabor, que consideró disculpables á nuestros primeros padres si el deseo de gustarlos les obligó á desobedecer las órdenes del Eterno Padre. Luego que el Duque venturoso hubo satisfecho la necesidad inherente á su naturaleza humana, tomando un alimento exquisito y disfrutando un tranquilo reposo, pues en aquella morada se le dispensaron toda clase de comodidades y atenciones, dejó el lecho cuando la Aurora habia salido ya de los brazos de su anciano esposo, á [245] quien ama á pesar de su edad avanzada, y vió que se dirigia hácia él el discípulo más querido del Señor, el cual le tomó de la mano, y empezó á tratar con él de muchas cosas que deben permanecer en silencio. Despues le dijo:

—Tal vez ignoras, hijo mio, lo que en Francia sucede, aun cuando vienes de ella. Has de saber que vuestro Orlando, por haber olvidado su deber, ha sido castigado por Dios, á quien ofenden doblemente las faltas de sus hijos más queridos que las de los que niegan su santa ley. Orlando, que recibió de Dios al nacer una fuerza sobrenatural y un denuedo extraordinario, y alcanzó el don no concedido á mortal alguno de ser invulnerable, porque el Señor quiso constituirle en defensa y escudo de su santa Fé, como constituyó á Sanson en defensa de los Hebreos contra los Filisteos sus enemigos, ha pagado los inmensos beneficios de su Hacedor con suma ingratitud; pues abandonó al pueblo cristiano en los momentos en que más necesitaba de su auxilio, y arrastrado de su amor criminal hácia una infiel, por dos veces ha intentado, cruel é impío, quitar la vida á uno de sus primos. Para castigarle, ha permitido Dios que vaya errante por el mundo, privado de razon y enteramente desnudo; y de tal modo ha ofuscado su inteligencia, que no le es dado conocer á nadie, ni aun á sí mismo. Segun se lee en los libros santos, Nabucodonosor sufrió un castigo semejante: el Señor hizo que aquel poderoso monarca viviera durante siete años privado de juicio y apacentándose de yerba y heno como un buey; pero como el delito del Paladin ha sido menor que el de Nabucodonosor, la voluntad divina ha fijado en tres meses el tiempo en que ha de estar purgándolo. Así, pues, el único objeto que el Redentor ha tenido para permitirte llegar hasta aquí, ha sido el de que supieras por mi boca el medio de restituir su[246] juicio á Orlando. Verdad es que necesitas emprender otro viaje conmigo y abandonar toda la Tierra: debo conducirte al círculo de la Luna, que es de todos los planetas el que más próximo está de nosotros; porque solo en él existe la medicina que ha de curar á Orlando de su locura. En cuanto dicho astro derrame esta noche su luz sobre nuestras cabezas, nos pondremos en camino.

Durante el resto del dia, trató el Apóstol de estas cosas y otras muchas; pero tan luego como el Sol se sepultó en el mar y asomó sus cuernos la Luna, preparóse un carro que estaba destinado para recorrer las regiones celestiales: era el mismo en que desapareció en otro tiempo Elias de ante la vista de la asombrada multitud en las montañas de la Judea. El santo Evangelista unció á él cuatro corceles más resplandecientes que las llamas; Astolfo se colocó en él, empuñó las riendas y lo lanzó hácia el Cielo. Remontóse el carro por los aires con tanta velocidad, que llegó en breve á la region del fuego eterno; pero el Santo amortiguó milagrosamente su ardor mientras la atravesaron. Despues de haber pasado por la esfera del fuego, se dirigieron desde ella al reino de la Luna; vieron que en su mayor parte brillaba como un acero bruñido y sin mancha, y lo encontraron igual, ó poco menos, contando en su tamaño los vapores que le rodean, á nuestro globo terráqueo con los mares que lo circundan y limitan.

Astolfo consideró allí con doble asombro que aquel astro, el cual nos parece un reducido círculo cuando le examinamos desde aquí abajo, era inmenso visto de cerca, y que necesitaba fijar con toda detencion sus miradas cuando queria distinguir la tierra y el mar que la rodea, pues estando envuelta en la oscuridad, apenas eran perceptibles desde aquella elevada altura sus contornos. Descubrió en[247] la Luna rios, lagos y campos muy diferentes de los nuestros: otras llanuras, otros valles, otras montañas, otras ciudades y otros castillos muy distintos, y otras casas de una elevacion cual nunca habia visto el Paladin: allí existen además extensas y solitarias selvas, donde las Ninfas se entretienen en dar contínua caza á las fieras.

Como la causa de la ascension del Duque á las regiones de la Luna no habia sido la de recorrerlas minuciosamente, tuvo que limitarse á apreciar su conjunto, y siguió al santo Apóstol, que le condujo á un valle encerrado entre dos montañas, en el cual se hallaban admirablemente recogidas todas las cosas que se pierden por culpa nuestra, por causa del tiempo ó por los reveses de la fortuna: en una palabra, todo cuanto aquí se pierde va á parar allí. No hablo de los reinos ó de las riquezas que la suerte prodiga ó arrebata, sino de lo que esta no tiene facultades para dar ó quitar. Allí se encuentran muchas reputaciones, que el tiempo, cual gusano roedor, corroe y concluye por destruir: allí se hallan infinitos ruegos y votos que los pecadores dirigen á Dios: las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo que se pierde inútilmente en el juego, la ilimitada ociosidad de los ignorantes, los proyectos vanos que no llegan á ejecutarse, los deseos no menos vanos, son tantos, y tantos que llenan la mayor parte de aquel valle: en resúmen, allí arriba podreis encontrar todo cuanto aquí abajo habeis perdido.

Conforme iba pasando el Paladin por entre aquellos montones de cosas perdidas, dirigia preguntas á su guia con respecto á ellos: llamóle, sobre todo, la atencion uno de estos formado por vejigas hinchadas, en cuyo interior resonaban, al parecer, gritos tumultuosos; y supo que eran las coronas antiguas de los asirios, los lidios, los persas y[248] los griegos, tan famosas en otros tiempos y hoy apenas conocidas. Despues vió una masa confusa de anzuelos de oro y plata, que eran los regalos que, con esperanza de mayor recompensa, se ofrecen á los reyes, á los príncipes y á los poderosos. Vió unas guirnaldas, entre las que habia redes ocultas; y preguntando lo que significaban, oyó que eran las lisonjas y adulaciones. Los versos hechos en alabanza de los magnates estaban representados por cigarras de molesto y discordante canto. Los amores mal correspondidos lo estaban por cadenas de oro y grillos de pedrería. Reparó en un monton de garras de águila, y supo que eran el emblema de la autoridad que los reyes dan á sus ministros: los fuelles que estaban esparcidos por todos los ribazos de la montaña, eran las promesas y los favores que los príncipes conceden á sus Ganimedes, y que se disipan con la edad florida de estos. Además vió Astolfo ruinas de castillos y ciudades mezcladas con tesoros: preguntó á su guia por ellas, y supo que eran tratados ó conjuraciones mal encubiertas. Vió serpientes con rostro de doncella, indicando las acciones de los ladrones y monederos falsos; y vió bocas destrozadas de diferentes maneras, resultado de la triste condicion de los cortesanos. Reparó en una gran masa de manjares esparcidos por el suelo, y preguntó al Apóstol lo que aquello significaba.—«Es la limosna, le dijo, que deja alguno para que se reparta despues de su muerte.» Atravesó despues una montaña cubierta de variadas flores, las cuales en otro tiempo exhalaban un olor agradable, convertido á la sazon en un insoportable hedor: era la donacion (si es lícito decirlo) que Constantino hizo al buen Silvestre. Vió una prodigiosa abundancia de varillas de liga, que eran ¡oh mujeres! vuestros atractivos y encantos.

No acabaria nunca, si hubiera de enumerar en mis versos[249] todas las cosas que allí vió Astolfo: todo cuanto procede de nosotros se encuentra allí reunido, excepto la locura, que no existe en poca ni en mucha cantidad, porque permanece constantemente en la Tierra. Allí contempló Astolfo los dias que habia malgastado en su vida y sus acciones inútiles: pero no habria podido conocerlos en sus distintas formas, si su guia no le hubiera llamado la atencion sobre ellos. Despues llegó donde estaba lo que creemos poseer tan firmemente, que jamás se nos ocurre pedir á Dios que nos lo conserve; hablo del juicio, el cual se hallaba en un monte, tan exclusivamente solo, como mezcladas las otras cosas que dejo enumeradas. Era como un líquido sutil y húmedo, pronto á evaporarse si no se le tiene bien tapado, y estaba contenido en muchos frascos de diferentes dimensiones adaptados á tal objeto. En el mayor de todos ellos estaba encerrado el juicio del señor de Anglante, y le encontraron fácilmente entre tantos, porque llevaba esta inscripcion: «Juicio de Orlando.» Los demás frascos tenian escrito tambien el nombre de aquellos cuyo juicio contenian. El Duque vió que su correspondiente frasco estaba vacío en gran parte; pero observó con sorpresa que muchos de los que él suponia en el pleno uso de su razon, no tenian mucha, á juzgar por la cantidad encerrada en sus frascos respectivos. A unos se la habia hecho perder el amor; á otros el deseo de honores; á otros el afan de atesorar riquezas, que les obligaba á cruzar la vasta extension de los mares: estos la habian perdido por tener demasiada confianza en sus señores; aquellos por ir tras las farsas de la mágia; varios por su pasion por las alhajas, ó los cuadros; y otros, en fin, por aquello que más anhelaban. Los sofistas, los astrólogos y aun los poetas tenian allí como en depósito gran parte de su juicio.

[250]

Mediante la vénia del escritor del oscuro Apocalipsis, Astolfo se apoderó del suyo: aproximó á sus narices el cuello de la botella que lo contenia, y creyó sentir que la parte de juicio que habia perdido, volvia á colocarse en su primitivo asiento; lo cual seria así, puesto que Turpin confiesa que Astolfo se portó durante mucho tiempo con la mayor prudencia, hasta que un nuevo error que cometió, le trastornó otra vez el cerebro.

El Paladin cogió tambien la botella más grande y más llena, donde estaba el juicio que solia hacer prudente y sábio al Conde; la cual no era tan lijera como presumió al verla reunida á las otras en la montaña. Antes que el Paladin descendiese de aquella esfera llena de luz, el santo Apóstol le condujo á un palacio situado á orillas de un rio: todas sus estancias estaban llenas de copos de lino, seda, algodon y lana, teñidos de variados colores, unos vivos y brillantes, y otros súcios y oscuros. En la primera galería, una mujer entrada en años iba formando madejas con sus hilos en unas devanaderas, cual se ve á las aldeanas en el Estío devanar la seda de los capullos mojados, durante la época de la recoleccion. Cuando se concluia un copo, otra anciana acudia con uno nuevo, y se llevaba á otra parte lo ya devanado, mientras que una tercera se ocupaba en separar los hilos más finos de los más toscos, que la primera devanaba sin hacer esta separacion.

—¿Qué trabajo se hace aquí, preguntó Astolfo á Juan, que no lo puedo comprender?

—Esas viejas son las Parcas, respondió el Apóstol, y con esos estambres van hilando las vidas de vosotros los mortales. La vida humana dura tanto como uno de esos copos; ni un momento más. La Muerte y la Naturaleza tienen sus ojos fijos aquí constantemente, para saber la hora en que [251] cada cual debe dejar de existir. Aquella anciana se cuida de escoger los hilos más hermosos, porque se tejen despues para servir de adorno al Paraiso: con los más toscos se hacen fuertes ligaduras para los condenados.

Todos los copos que habian pasado ya por las devanaderas, y estaban preparados para otros trabajos, tenian puestas unas pequeñas planchas de hierro, de oro ó de plata con los nombres de aquellos á quienes correspondian. Despues se iban haciendo con ellos compactos montones, y un anciano se los iba llevando, sin darse punto de reposo, sin cansarse nunca y volviendo siempre en busca de otros nuevos. Aquel viejecillo era tan listo y ágil, que parecia haber nacido para correr constantemente; y recogiendo aquellas madejas en su manto, se las llevaba á otra parte con la mayor diligencia. En otro canto os diré dónde se dirigia y el objeto de su trabajo, si me indicais que teneis placer en ello, prestándome la halagüeña atencion que acostumbrais.


CANTO XXXV.

El apóstol San Juan elogia á los autores y poetas.—La bella hija de Amon, defendiendo á Flor-de-lis, desafía y vence á Rodomonte, y se apodera del buen Frontino. Llega á Arlés, y envia su caballo á Rugiero, desafiándole al mismo tiempo: mientras el guerrero forma distintas conjeturas para adivinar quién puede haberle devuelto su caballo, Bradamante derriba á Grandonio, Serpentino y Ferragús.

¡Ah, señora de mis pensamientos! ¿Quien querrá apiadarse de mí y subir al Cielo para recoger en él mi perdida razon que va extraviándose sin cesar, desde el momento en [252] que salió de vuestros hermosos ojos el dardo que me atravesó el corazon? No me quejaria, sin embargo, de esta pérdida, si estuviera seguro de conservar el poco juicio que ahora tengo; pero mucho me temo llegar á ser tal cual he descrito á Orlando, si continúa debilitándose progresivamente. Creo, no obstante, que para recobrar mi razon no tendria necesidad de remontarme hasta el círculo de la Luna ó el Paraiso, pues no la supongo colocada en tan elevadas regiones: antes al contrario, la veo vagar errante por vuestros bellos ojos, por vuestro rostro sereno, por ese seno de marfil y esos turgentes pechos, en donde de buen grado la recogeria con mis lábios, si me permitiéseis recobrarla.

El Paladin iba recorriendo los anchurosos departamentos de aquel palacio, contemplando las generaciones futuras, despues de haber visto cómo daban vueltas en las fatales devanaderas las que ya estaban hiladas, cuando llamó su atencion un copo más resplandeciente que si fuera de oro puro: si las piedras preciosas pudieran triturarse é hilarse despues con cierto arte, no podrian resistir la comparacion con aquel copo: al ver su belleza asombrosa é incomparable, sintió Astolfo un vehemente deseo de saber á quién perteneceria tal vida y cuándo disfrutaria de ella. El Evangelista satisfizo su curiosidad diciéndole que tendria principio veinte años antes de que con la M y con la D se designase el año corriente de la encarnacion del Verbo divino[109]; y así como aquel copo no tenia igual ó semejante en brillo y en belleza, tampoco lo tendria la afortunada edad en que deberia existir en el mundo aquel sin par varon, porque todas las cualidades más preciosas y raras que la Naturaleza, la [253] Fortuna ó el estudio pueden conceder al hombre, las reuniria aquel en sí, cual dote perpétua é infalible.

—Entre los arrogantes deltas del rey de los rios, le decia el Apóstol, se asienta hoy humilde una pequeña aldea; ante sí tiene el Pó, y por detrás la defiende un nebuloso abismo de pantanos extensos. Andando el tiempo, llegará á ser esa aldea la más ilustre de todas las ciudades de Italia, no por la solidez de sus murallas, ni la magnificencia de sus suntuosos edificios, sino por la cultura de las ciencias y artes, y por sus esclarecidas costumbres. Tanta y tan rápida exaltacion no será obra de la casualidad, sino que así lo ha dispuesto el Cielo para que sea digna cuna del hombre de quien te hablo, del mismo modo que el labrador atiende con esmero al tierno arbolillo que ha de producir frutas esquisitas y el artífice suele afinar el oro en que ha de engastar piedras preciosas. Nunca hubo en aquel reino terrestre un alma que estuviera revestida de cuerpo más hermoso y agradable: con dificultad ha bajado ó bajará de estas esferas celestiales un espíritu tan digno como el que la Suprema Sabiduria, en sus altos designios, hará descender para animar á Hipólito de Este. Tal será el nombre del varon á quien Dios concederá tan inestimables dones. Todas esas prendas, que distribuidas entre muchos, á muchos bastarian para hacerlos ilustres, las reunirá para su eterna gloria el príncipe de quien has querido que te hable. Las virtudes, los estudios serán ensalzados por él, y si hubiera de describirte todas sus brillantes cualidades, acabaria tan tarde, que Orlando esperaria inútilmente la restitucion de su juicio[110].

De este modo iba hablando con el Duque el imitador de [254] Cristo, y cuando hubieron visitado todas las estancias del extenso palacio donde se trabajaban las vidas de los mortales, se dirigieron hácia el rio, cuyas aguas, mezcladas con arena, se deslizaban súcias y enturbiadas, encontrando en la orilla á aquel anciano á quien vimos recogiendo las madejas con sus inscripciones. No sé si le recordareis: hablo de aquel hombre de quien me ocupaba en el fin del otro canto, viejo de rostro; pero de miembros tan ágiles, que superaba al ciervo en velocidad. Se llenaba el manto con los nombres de otros, cercenando el monton de madejas que jamás se acababan, y se alijeraba de su peso en aquel rio que se llama Leteo, ó más bien, perdia en él su rica carga. Quiero decir que en cuanto llegaba á la orilla del rio, aquel viejo pródigo sacudia su manto lleno, y precipitaba en las turbias ondas todas las planchas que contenian las inscripciones mencionadas. Un número infinito de ellas llegaba al fondo, de suerte que ya no podian utilizarse para otro uso; y de cada cien mil de las que quedaban sepultadas en el arenoso lecho, apenas salia una á flor de agua. A lo largo y en torno de aquel rio iban revoloteando bandadas de cuervos, buitres, cornejas y otras aves, que producian un discordante rumor con sus graznidos estridentes; y en cuanto veian al viejo arrojando aquel número prodigioso de chapas, se lanzaban en tropel sobre ellas, cogiéndolas con el pico ó las encorvadas garras; pero no se las llevaban muy lejos, porque al querer remontar su vuelo por el espacio, se quedaban sin fuerzas para sostener su peso, de modo que el Leteo devoraba la memoria digna de preciados nombres.

Mas á pesar de los malignos propósitos del viejo, que queria sepultarlas todas en el rio, las bienhechoras aves lograban salvar algunas: el resto yacia para siempre sumido [255] en el olvido: los cisnes sagrados, ora se alejaban nadando con su presa, y ora agitando sus alas por los aires, se dirigian á un collado próximo, donde existia un templo consagrado á la Inmortalidad, y en él una Ninfa que descendia hasta las márgenes del Leteo implacable, y cogia los nombres del pico de los cisnes, los llevaba al templo y los fijaba en torno de una columna que se elevaba en su centro con este objeto.

Astolfo deseaba conocer los profundos misterios y enigmáticos significados que estaban representados en aquel viejo, en su afan de precipitar en el rio, sin fruto alguno, todos aquellos nombres, en aquellas aves, y en el sagrado recinto desde donde la Ninfa habia bajado al Leteo, acerca de lo cual dirigió algunas preguntas al hombre de Dios, que le respondió de esta suerte:

—Debes saber, que no se mueve una sola hoja en el universo sin que aquí se ordene su movimiento. Todo efecto ha de corresponder exactamente entre el Cielo y la Tierra, pero de distinto modo. Aquel viejo, cuya barba inunda el pecho y cuya velocidad nada detiene, desempeña aquí arriba el mismo trabajo y produce iguales efectos que el Tiempo allá abajo. En cuanto los hilos han concluido aquí de dar vueltas en derredor de la rueda, allá llega á su término la existencia humana. Allí queda el recuerdo, aquí la nota; ambos divinos é inmortales, si no fuera porque allí el Tiempo, y el viejo de luenga barba aquí, se apoderan de ellos y los desvanecen: este los arroja, como ves, en el rio; aquel los sepulta en las tinieblas del olvido. Así como aquí arriba los cuervos, los buitres, las cornejas y otras varias aves se esfuerzan en sacar fuera del agua los nombres que les parecen más bellos, del mismo modo abajo los rufianes, los aduladores, los bufones, los favoritos, los delatores y cuan [256]tos viven en las cortes y merecen más distinciones que los hombres virtuosos y buenos, apellidándoles cortesanos gentiles, porque saben imitar al asno y al cerdo, cuando la justa Parca, ó más bien Venus y Baco, ha cortado el hilo de la vida de sus señores, esos seres de que te hablo, inertes, viles y nacidos tan solo para llenar sus estómagos ó sus bolsas á costa agena, repiten durante algunos dias el nombre de los difuntos; despues los dejan caer en los abismos del olvido como una pesada carga. Pero así como los cisnes, que cantando alegres, ponen en salvo las medallas en el templo, de igual suerte los poetas salvan á los hombres dignos de inmortalidad de un olvido mucho peor que la misma muerte.

«¡Oh Príncipes discretos y prudentes que seguís el ejemplo de César! Al distinguir á los escritores con vuestra amistad, poco temor deben infundiros las aguas del Leteo. Los poetas verdaderamente dignos de este nombre son tan raros como los cisnes, ya porque el Cielo no consiente que en el mundo existan los hombres esclarecidos en gran número, ya tambien por culpa de la avaricia de los señores, que dejan mendigar su sustento á los más ilustres ingenios, y oprimiendo la virtud y galardonando los vicios, arrojan de su lado las artes y las ciencias. Cree firmemente que Dios ha privado á tales ignorantes de su inteligencia y les ofusca los sentidos: no les ha permitido comprender las dulzuras de la poesía, á fin de que al morir no quede de ellos ni aun el recuerdo. Si hubiesen sabido granjearse la amistad de Sciras[111], no solo saldrian vivos del fondo de sus sepulcros aun cuando todos hubieran observado las peores costumbres, sino que exhalarian un perfume más grato que el del nardo ó de la mirra. No fué Eneas tan piadoso, ni [257] Aquiles tan fuerte, ni tan terrible Héctor, como supone la fama y como han sido otros mil y mil que con más justicia deben anteponérseles; pero la munificencia y generosidad de los descendientes de aquellos héroes les han hecho merecer los honores sublimes é infinitos con que los escritores supieron conservar su memoria. No fué Augusto tan santo y tan benigno cual nos ha indicado la trompeta de la fama puesta en boca de Virgilio: el buen gusto que demostró por la poesía no puede perdonarle sus inícuas proscripciones. Nadie sabria si Neron fué injusto, ni su fama seria tal vez menos buena, aunque hubiese sido enemigo implacable del Cielo y de la Tierra, si hubiera sabido captarse la amistad de los escritores. Homero cantó las victorias de Agamenon, pintó á los troyanos como viles y pusilánimes, y nos hizo saber que Penélope[112], fiel á su esposo, habia tenido que sufrir mil ultrajes de los suyos; pero si quieres saber la verdad desnuda, vuelve toda esa historia al contrario, y verás que los griegos salieron derrotados, los troyanos vencedores y que Penélope fué una meretriz. Recuerda por otra parte la fama que de sí ha dejado Elisa[113], aquella pudorosa doncella, á quien se calificó de prostituta, solo porque Maron no fué muy amigo suyo. Por lo demás, no debe sorprenderte mi exaltacion ni verme tratar tan difusamente este asunto; pues, aparte de que amo á los escritores, cumplo con mi deber defendiéndolos, porque en vuestro mundo yo tambien fuí escritor, y supe adquirir mejor que [258] todos los demás una gloria que no podrá arrebatarme el tiempo ni la muerte: mi alabado Cristo se ha dignado, en su justicia, concederme un galardon de tan envidiable naturaleza. ¡Cuánto compadezco á los infortunados que viven en la triste época en que la hidalguía tiene cerrada su puerta, á la cual llaman dia y noche inútilmente con rostro pálido, demacrado y moribundo! De aquí resulta (volviendo á lo que anteriormente trataba), que los poetas y los hombres estudiosos sean pocos; pues hasta las mismas fieras abandonan los sitios en que no hallan abrigo ni alimento.»

Al pronunciar el bendito anciano estas palabras, brillaban sus ojos como si despidieran fuego; pero recobrando en el acto la serenidad de su rostro, se volvió hácia el Duque con dulce sonrisa. Quédese por ahora Astolfo con el escritor del Evangelio: en cuanto á mí, no puedo permanecer más tiempo en aquellas regiones elevadas, y quiero dar el salto necesario para pasar desde el Cielo á la Tierra, y volver á hallar á la hermosa doncella á quien hirieron los celos con su dardo emponzoñado.

Dejé á Bradamante en el momento en que, tras breve lucha, acababa de derribar sucesivamente á tres reyes, y dije que, habiendo llegado á un castillo situado en el camino de Paris, supo que Agramante, derrotado por Reinaldo, se habia refugiado en Arlés. Convencida de que su Rugiero debia estar con aquel rey, en cuanto apareció en el cielo la nueva luz, se puso en camino hácia Provenza, donde Cárlos se disponia á perseguir á su enemigo. Durante este viaje, que procuró hacer por la via más corta, encontró á una jóven bella y agraciada, aunque su rostro estaba triste y lloroso. Era la doncella enamorada del hijo de Monodante; aquella dama gentil que habia dejado en el puente fatal á su amante cautivo de Rodomonte. Iba buscando á un caballero que es[259]tuviera acostumbrado á combatir en la tierra y en el agua, y tan valiente que se atreviera á hacer frente al Pagano. Cuando la desconsolada amiga de Rugiero encontró á aquella jóven no menos desconsolada que ella, la saludó cortesmente y le preguntó la causa de sus cuitas. Flor-de-lis la examinó un breve espacio, y creyendo hallar en ella el caballero que buscaba, le refirió la aventura del puente cuyo paso interceptaba el rey de Argel, y en el que habia hecho prisionero á su amante, no por la superioridad de su valor, sino porque sabia prevalerse astutamente del auxilio que le proporcionaban el rio y la angostura de aquel paso.

—Si eres, le dijo Flor-de-lis, tan audaz y cortés como se adivina en tu aspecto, véngame, por Dios, del que me ha privado de mi amante, cuya esclavitud es causa de mi incesante angustia, ó al menos dime en qué país podré hallar un caballero tan capaz de resistir al Pagano y tan ejercitado en los combates y las armas, que haga inútil el auxilio del rio y del puente. Si así lo haces, además de portarte cual corresponde á todo hombre bien nacido y á todo caballero andante, prestarás tu apoyo al más fiel de todos los amantes fieles: no soy yo quien debe mencionar sus demás virtudes, pues son tantas y tantas que el que de ellas no tenga noticia, bien puede decirse que carece de la vista y del oido.

La magnánima Bradamante, que acogia con placer cualquier empresa que pudiera hacerla digna de alabanza é inmarcesible gloria, no vaciló un solo instante en dirigirse al puente con tanta mayor voluntad cuanto que entonces estaba desesperada y dispuesta hasta á perder la vida; pues creyéndose abandonada de su Rugiero, le era odiosa la existencia.

—Enamorada jóven, respondió á Flor-de-lis: me ofrezco[260] en cuanto valgo á acometer esa empresa peligrosa: aparte de otras razones que me impulsan á hacerlo así, existe en particular, la de que, segun dices, tu amante es tan leal como son muy pocos hombres; pues creia y te lo juro, á fé mia, que en amor todos eran perjuros.

Dijo estas últimas palabras exhalando un suspiro que salia de lo más profundo de su corazon, y añadió: «¡Marchemos!». Al dia siguiente llegaron al rio y á la entrada del temible puente. Descubiertas por el vigía que solia avisar á su señor resonando una trompa, se armó el Pagano, y segun su costumbre, salió á esperarlas á la orilla del rio. En cuanto vió aparecer á aquella guerrera, prorumpió en amenazas de muerte, ordenándola que dejara en el sepulcro, cual ofrenda expiatoria, sus armas y el corcel en que montaba. Bradamante, informada por Flor-de-lis de la lamentable historia de Isabel, que yacia allí inmolada por mano del infiel, respondió al altivo Sarraceno:

—¿Por qué pretendes, hombre bestial, que los inocentes expíen tu delito? Solo tu sangre es la que debe aplacar los manes de tu víctima, pues tú la asesinaste, como es bien notorio; por lo cual, la muerte que espero darte por mi mano en venganza suya, será para ella una oblacion y una víctima mucho más gratas que todas las armas y arneses de tantos caballeros como has derribado del caballo. Y este don que le ofrecerá mi mano, lo agradecerá con tanto mayor motivo cuanto que soy mujer, como ella: y si he venido hasta aquí, ha sido con el deseo, con el único objeto de vengarla; pero antes de medir nuestras fuerzas, es preciso que arreglemos las condiciones de la pelea. Si soy vencida, harás conmigo lo que has hecho con los demás prisioneros; pero si es mia la victoria, como creo y espero, me pertenecerán tu caballo y tus armas; colgaré estas en el sepulcro,[261] quitando de sus mármoles los demás trofeos, y tus cautivos quedarán en libertad.

Rodomonte respondió:

—Me parece justo que sea como dices; pero no podré entregarte los prisioneros, porque no los tengo aquí. Los he enviado á mi reino de África; mas te prometo, y te lo juro por mi fé, que si por caso inopinado sucede que continúes en la silla y yo me quede á pié, haré que todos sean puestos en libertad en el tiempo que se necesita para enviar un mensajero que ejecute rápidamente mis órdenes. Pero si te toca caer debajo, que es lo más regular y lo que yo creo, no pretendo que dejes las armas, ni que tu nombre figure grabado entre el de los vencidos: tu hermoso rostro, tus bellos ojos, tus rizados cabellos que respiran amor y gentileza, serán el premio de mi victoria, y me bastará que sustituya el amor á tu cólera. Mi valor y mi fuerza son tales, que no deberás avergonzarte de tu derrota.

En los lábios de la jóven se dibujó una sonrisa, pero una sonrisa amarga, señal evidente de su ira; y sin responder una palabra al arrogante infiel, se dirigió á la cabeza del puente, aguijó á su caballo, y con la lanza de oro en ristre, corrió al encuentro del orgulloso moro. Rodomonte, por su parte, se aprestó á la lucha, y avanzó á todo escape, haciendo resonar el puente con un estrépito tan terrible, que era capaz de atronar los oidos de cuantos estuvieran á una larga distancia. La lanza de oro produjo su efecto acostumbrado; arrancó de la silla á aquel pagano, invencible hasta entonces, lo suspendió en el aire, y le hizo caer de cabeza en el puente. Como aquel estrecho paso apenas dejaba espacio suficiente para que el corcel de la guerrera fijara la planta, la jóven corrió un riesgo inminente de caer precipitada en el rio; pero Rabican, á quien el viento y el fuego [262] habian engendrado, era tan ágil y diestro, que pasó fácilmente por la margen derecha, y hubiera sido capaz de pasar tambien por el filo de una espada.

Bradamante se volvió, dirigiéndose hácia el vencido Pagano, al cual dijo con irónico acento:

—Ya puedes ver cuál de los dos ha perdido, y á quién ha tocado quedar debajo.

Rodomonte quedó mudo de asombro al contemplarse derribado por una mujer, y no pudo ó no quiso responder á sus palabras, permaneciendo algun tiempo semejante á un hombre poseido de estupor ó á un idiota. Se levantó, por fin, triste y silencioso, y así que hubo andado cuatro ó seis pasos, se quitó el escudo, el yelmo y las armas restantes y las arrojó contra las peñas. En seguida se alejó de aquellos sitios solo y á pié, despues de haber ordenado á uno de sus escuderos, que fuera á poner en libertad á sus cautivos, con arreglo á lo pactado, y pasó mucho tiempo sin que se tuviera de Rodomonte más noticia sino la de que se habia retirado á una oscura caverna.

Bradamante vence á Rodomonte.
(Canto XXXV.)

Despues de la partida del Sarraceno, Bradamante colgó sus armas en el elevado sepulcro; hizo quitar de él todas las que habian pertenecido á los caballeros de la corte de Cárlos, conociéndolas por sus respectivas inscripciones, y no descolgó ni permitió que se descolgasen las de los sarracenos vencidos. Además de la armadura del hijo de Monodante, encontró allí las de Sansoneto y Olivero, que habian llegado al puente buscando las huellas del señor de Anglante: allí fueron vencidos, hechos prisioneros y enviados al África la víspera del combate de Bradamante con el orgulloso infiel: la jóven ordenó que se quitaran aquellas armaduras del sitio en que estaban suspendidas, y que se guardaran dentro del sepulcro. En cuanto á las pertenecientes [263] á los caballeros paganos, quedaron, como ya he dicho, colgadas de las peñas. Entre ellas estaban las de un rey, cuyos esfuerzos por apoderarse de Frontino fueron tan multiplicados como infructuosos: me refiero al rey de Circasia, que despues de andar vagando mucho tiempo por montes y llanuras, fué á perder en aquel sitio su segundo corcel, y se marchó aligerado del peso de sus armas.

Aquel Rey pagano se habia alejado del peligroso puente, desarmado y á pié, pues Rodomonte dejaba en libertad á todos los guerreros que pertenecian á su secta; pero no tuvo valor para regresar de nuevo al campamento, porque despues de tantas fanfarronadas como en él habia propalado, consideraba muy afrentoso volver vencido y desarmado. Entonces sintió renacer en su corazon el deseo de buscar á su inolvidable Angélica, y por fortuna suya tuvo noticia (no se por qué conducto) de que habia regresado á su patria: excitado, pues, por su inextinguible amor, se apresuró á seguir sus vestigios.

Pero volvamos á la hija de Amon. En cuanto puso en aquel sitio una inscripcion para recuerdo de su victoria, preguntó con dulzura á Flor-de-lis, cuyo corazon estaba oprimido, é inundado de lágrimas su abatido rostro, dónde queria encaminarse al abandonar aquel país. Flor-de-lis respondió:

—Deseo ir al campamento sarraceno, que está bajo las murallas de Arlés, donde espero encontrar un buque y un buen guia que me conduzca á las playas de África. No me detendré mientras no consiga reunirme con mi esposo y señor, y haré todos los esfuerzos imaginables para romper sus cadenas; porque si no se realiza la promesa de Rodomonte, quiero tener á uno y otro cerca de mí.

—Me ofrezco á acompañarte durante una parte de tu[264] viaje, dijo Bradamante: pero tan pronto como lleguemos á la vista de Arlés, deseo que, en obsequio á mí, vayas á buscar en el campo de Agramante á ese Rugiero, cuyo nombre resuena en todo el mundo, y que le devuelvas este excelente caballo del que he derribado al arrogante africano: quiero además que le repitas estas mismas palabras: «Un caballero que espera probar á la faz del mundo entero que has faltado á la fé que le debias, me ha confiado este corcel, encargándome que te lo entregara, á fin de encontrarte dispuesto y preparado. Dice que apercibas todas tus armas y que le esperes para luchar con el.» No añadas una palabra más, y si quisiere saber por tí quien soy yo, dile que lo ignoras.

Flor-de-lis respondió con su amabilidad acostumbrada:

—Siempre me hallarás dispuesta á prodigar en tu servicio, no ya las palabras, sino hasta la vida, en justa reciprocidad de lo que has hecho por mí.

Bradamante le dió las gracias, cogió á Frontino, y presentó sus riendas á la doncella.

Las dos jóvenes y hermosas viajeras emprendieron su marcha por la orilla del rio, y caminaron con tanta rapidez que no tardaron en distinguir los muros de la ciudad de Arlés y en oir el rumor producido por las olas al estrellarse en las costas vecinas. Bradamante se detuvo á la entrada de los arrabales, con el fin de dejar á Flor-de-lis el tiempo suficiente para que pudiera entregar á Rugiero su caballo. Adelantóse Flor-de-lis; atravesó el rastrillo, el puente y la puerta, y se proporcionó un guia que la acompañara hasta la posada donde residia Rugiero; apeóse del caballo al llegar á ella, y desempeñó su embajada en los mismos términos que le habia encargado Bradamante, devolviendo el excelente Frontino al jóven guerrero: despues, sin aguar[265]dar respuesta, se marchó presurosa, para poner por obra el designio que habia formado.

Rugiero quedó confuso y sumamente pensativo, no pudiendo adivinar quién le enviaba aquel reto, precedido de tan grave ultrage, y seguido al mismo tiempo de una accion tan cortés y delicada: no podia comprender cómo habia un hombre capaz de motejarle de falta de fé: de todos sospechaba menos de Bradamante, y atribuia principalmente aquel paso al irreconciliable Rodomonte, si bien no atinaba con el motivo que este pudiera tener para obrar así. Exceptuando al rey de Argel, no recordaba que en todo el mundo hubiera nadie con quien tuviera una cuestion pendiente. Entre tanto la doncella de Dordoña hacia resonar su trompa en señal de desafío.

Llegó á noticia de Agramante y de Marsilio que á las puertas de la ciudad habia un caballero que pedia el combate. Serpentino, que casualmente se hallaba con ellos, les pidió licencia para cubrirse con sus armas y salir á castigar á aquel guerrero temerario. Corrió el pueblo en tropel á las murallas: no quedó niño ni anciano que no acudiera á ver quién seria el vencedor. Serpentino de la Estrella se presentó en el terreno de la lucha, cubierto con una magnífica armadura y una rica sobrevesta; pero al primer encuentro midió el suelo, y su caballo huyó cual si tuviera alas. La galante guerrera se lanzó en pos de él, y trayéndole de la brida, se lo presentó al Sarraceno diciéndole:

—Monta, y haz que tu señor me mande un caballero mejor que tú.

El Rey africano, que estaba presenciando el combate desde las murallas, rodeado de todos sus cortesanos, quedó sorprendido al ver la accion cortés que habia usado la doncella para con Serpentino. «Tenia derecho para retenerlo[266] cautivo, y no lo ha hecho,» exclamó Agramante en alta voz y en presencia del pueblo sarraceno. Llegó Serpentino, y cumpliendo el encargo de Bradamante, pidió al rey de su parte que enviara contra ella un caballero mejor. Grandonio de Volterna, el caballero más orgulloso de España, hizo con sus ruegos de modo que le designaran para suceder á Serpentino: salió furibundo y amenazador al campo, diciendo á la doncella:

—De muy poco ha de servirte tu cortesanía, porque cuando quedes vencido por mí, he de llevarte prisionero á la presencia de mi señor; pero probablemente morirás, si mi brazo hiere con su habitual pujanza.

La jóven le respondió:

—La grosería de tus palabras no impedirá que me muestre cortés contigo, aconsejándote que vuelvas á la ciudad antes de que tus huesos se resientan de la dureza del suelo. Vuélvete y dí de mi parte á tu Rey, que no me he tomado el trabajo de venir hasta aquí para combatir con adversarios de tu jaez; sino que he pedido el combate, para medir mis armas con guerreros de mayor valimiento.

Estas palabras desdeñosas é insultantes excitaron una furiosa cólera en el corazon del Sarraceno, el cual, sin ser dueño de replicar una sola palabra, revolvió iracundo su corcel. La guerrera lo revolvió á su vez, y embistió á Grandonio con Rabican y con su lanza de oro: apenas el asta fatal tocó el escudo del infiel, cuando hizo caer á este del caballo con los piés hácia arriba. La magnánima doncella se apoderó del corcel del vencido, y exclamó:

—Demasiado te advertí que te hubiera valido más llevar al Rey mi mensaje, que empeñarte á todo trance en combatir conmigo. De nuevo te ruego que digas á tu señor, que de entre todos sus guerreros elija uno digno de hacerme[267] frente, y que no pretenda malgastar mis fuerzas con hombres tan poco ejercitados como vosotros en el manejo de las armas.

Los caballeros aglomerados en las murallas no podian adivinar quién era aquel guerrero que tan firme permanecia en los arzones, é iban recordando los nombres de los campeones que tantas veces les habian hecho temblar en las batallas. Muchos suponian que fuese Brandimarte; la mayor parte se fijaba en Reinaldo; otros hubieran presumido que seria Orlando, si no tuvieran noticia de su triste suerte.

Deseoso el hijo de Lanfusa de sostener el tercer encuentro, lo reclamó para sí, advirtiendo que lo pedia, no porque esperara vencer, sino por hacer más disculpable, con su derrota, la de los otros dos guerreros. Se proveyó de todas las armas que para tales casos se requerian, y de los cien caballos que tenia en una cuadra, escogió uno, cuya carrera le parecia más veloz y más á propósito. Salió en busca de la doncella para empezar el combate, pero antes la saludó cortesmente.

—Si es que puedo saberlo, le dijo Bradamante contestando á su saludo, desearia que me dijéseis quién sois.

Ferragús satisfizo esta curiosidad, pues rara vez solia ocultar su nombre á sus adversarios. Bradamante añadió:

—No me desdeño de pelear con vos; pero hubiera deseado encontrar otro enemigo.

—¿Quién es? preguntó Ferragús.

—Rugiero, replicó la jóven, pudiendo apenas pronunciar este nombre, que al salir de sus lábios esparció por su bellísimo rostro los vivos colores de la rosa. En seguida añadió:

—La esclarecida fama de ese guerrero me inspiró el de[268]seo de venir á medir mis armas con las suyas. Ni anhelo otra cosa, ni nada me importa, como no sea el conocer hasta donde llega su valor en los combates.

Dijo con la mayor sencillez estas palabras, que alguno habrá interpretado tal vez maliciosamente. Ferragús le contestó:

—Primeramente hemos de ver cuál de los dos es más experto en el manejo de las armas; y si tongo la misma suerte que mis antecesores, entonces vendrá á aliviar mi tristeza ese gentil caballero con quien tienes tantos deseos de pelear.

Bradamante habia tenido alzada la visera mientras hablaba. Admirando Ferragús su hermoso rostro, se sintió ya medio vencido, y decia entre sí:—«No parece sino que mi adversario sea un ángel del Paraiso; y aunque no me toque con su lanza, me tienen ya abatido sus bellos ojos.» Tomaron terreno, y al encontrarse, Ferragús saltó, como los otros, fuera de la silla. Bradamante sujetó su caballo, y le dijo:

—Vuélvete, y cumple lo que me has prometido.

Ferragús se alejó avergonzado, y acercándose á Rugiero que se hallaba con el rey Agramante, le hizo saber que su vencedor deseaba luchar con él. Ignorando quién fuese el caballero que le retaba, y casi seguro de vencerle, pidió Rugiero sus armas, poseido de la mayor alegría, sin que los terribles botes de lanza que habian derribado á sus amigos pudieran debilitar el ánimo de su esforzado corazon. Dejo para el otro canto el relato de cómo se armó Rugiero, cómo salió de la ciudad y lo demás que sucedió.


[269]

CANTO XXXVI.

Mientras Bradamante hace sentir á Marfisa todo el peso de su furor, los ejércitos cristiano y sarraceno vienen á las manos.—Rugiero y Bradamante se aprestan despues á combatir, pero les interrumpe Marfisa, que pelea de nuevo con la guerrera cristiana; conociendo luego que Rugiero es su hermano, olvida todas sus querellas para entregarse á la más viva alegría.

Todo caballero dotado de gentileza y cortesanía ha de demostrarse forzosamente gentil y cortés en todas partes, y no puede menos de ser así, porque á nadie le es dado alterar el carácter que han formado su naturaleza y sus costumbres. Del mismo modo, todo caballero de alma vil ha de darse á conocer por sus bajezas; pues sus instintos le inclinan al mal, y los hábitos contraidos difícilmente se modifican. Muchos ejemplos de cortesanía y gentileza nos han legado los guerreros antiguos: los modernos nos ofrecen muy pocos; pero en cambio, presenciamos y tenemos noticia diariamente de las acciones más villanas. Como prueba de ello citaré, ilustre Hipólito, aquella guerra en que adornásteis nuestros templos con las banderas cogidas á los enemigos y trajísteis á las costas de nuestra patria sus galeras cargadas de rico botin[114]. Entonces se cometieron los [270] excesos más crueles é inhumanos de que hayan dado ejemplo los tártaros, los turcos ó los moros, aunque no los llevaron á cabo los venecianos, modelo siempre de justicia, sino sus impíos soldados mercenarios. No me refiero precisamente á los numerosos incendios que devoraron nuestras ciudades y nuestros amenos campos, por más que aquella fuera una venganza indigna, especialmente tratándose de vos que, siendo aliado del César cuando este tenia asediada á Padua, impedísteis más de una vez que se prendiera fuego á las ciudades y apagásteis más de un incendio despues de haber estallado en los templos y en las aldeas, obedeciendo tan solo á los generosos impulsos de la magnanimidad innata en vos. No me refiero á estos ni á otros hechos, no menos atroces y crueles; sino á lo que es capaz de arrancar lágrimas de las mismas peñas, siempre que de ello se trate. Aquel dia, Señor, en que enviásteis á vuestros servidores en persecucion de los enemigos que, abandonando sus buques, se habian retirado á una fortaleza, merced á importunos auxilios, ví á un Hércules y á un Alejandro[115] arrastrados por el mismo ardor que animó á Héctor y Eneas cuando se precipitaron en las olas para incendiar las naves griegas; los cuales, espoleando sus corceles, hostilizaron al enemigo en sus reductos, y tan adelante les llevó su audacia, que el segundo volvió con mucho trabajo, pero el primero quedó allí.

Salvóse el Ferruffino; mas el Cantelmo fué hecho prisionero. ¡Oh desgraciado Duque de Sora! ¡Cuál debió ser tu dolor y tu cólera al ver á tu hijo rodeado de mil aceros, conducido á una nave, despojado de su yelmo y deca[271]pitado! No me habria sorprendido que tan terrible espectáculo fuera capaz de darte la muerte lo mismo que el hierro á tu hijo.

Y tú, cruel esclavon, ¿dónde has aprendido las leyes de la guerra? ¿En qué region de la bárbara Escitia has oido decir que deba inmolarse al que, despues de hecho prisionero, rinde las armas y renuncia á defenderse? ¿Y has podido darle muerte tan solo porque defendia á su patria? ¡Oh siglo cruel! ¡Qué mal hace el Sol en iluminarte con sus resplandores, cuándo tanto abundan en tí los Tiestes, los Tántalos y los Atridas! Cortaste la cabeza, bárbaro inhumano, al jóven más valeroso que existia de un polo al otro polo y desde las apartadas regiones de la India hasta aquellas en que el Sol se oculta: su gentileza y juvenil edad hubieran movido á compasion á un Antropófago, á un Polifemo, pero no á tí, que fuiste más perverso é implacable que cualquier cíclope ó lestrigon. No creo que se halle un ejemplo semejante entre los guerreros antiguos, que cifraron todos sus conatos en dejar memoria de magnanimidad y de hidalguía, y eran humanos despues de la victoria. Bradamante no solo no trataba con rigor á los que arrancaba de la silla tocándolos con su lanza, sino que llevaba su galantería hasta el extremo de sujetar sus caballos mientras volvian á montar.

Os dije, hablando de esta jóven valerosa y bella, que habia vencido á Serpentino de la Estrella, Grandonio de Volterna y Ferragús, y que despues les ayudó á montar á caballo: dije tambien que el tercero de estos habia ido á participar á Rugiero el reto que le dirigia la doncella, en quien todos creian ver un caballero. Rugiero aceptó gozoso el desafío, y mandó que le trajeran sus armas. Mientras se las estaba poniendo en presencia del Rey, volvieron los [272] cortesanos á hacer conjeturas sobre quién podria ser aquel guerrero incomparable que sabia dar tan soberbios botes de lanza, y preguntaron á Ferragús si lo conocia, puesto que habia hablado con él. El interpelado respondió:

—Tened por cierto que no es ninguno de los que habeis nombrado. Al ver su rostro, me pareció que era el hermano más jóven de Reinaldo: pero despues de haber experimentado su indomable valor, estoy seguro de que Riciardeto no puede igualársele. Más bien estoy dispuesto á creer que sea una hermana suya que, segun noticias, se le parece mucho, y goza la fama de igualar en fuerza y destreza á Reinaldo y á todos los paladines franceses. Pero despues de lo que he visto hoy, la creo superior á su hermano y á su primo.

Cuando Rugiero oyó estas palabras, sintió que su corazon se estremecia; tiñóse su rostro de ese rojo color que la aurora esparce por los aires, y quedó turbado é indeciso. Estimulado, al escuchar aquella noticia, por su siempre abierta y amorosa herida, sintió que se deslizaba por sus venas un fuego abrasador al mismo tiempo que circulaba por sus huesos un frio glacial, producido por el temor de que algun nuevo enojo pudiera haber extinguido el grande amor que Bradamante le dedicaba. En esta incertidumbre no sabia si salir al encuentro de su amada ó permanecer quieto en la ciudad.

Encontrándose allí Marfisa, que tenia grandes deseos de tomar parte en aquella lucha, y estaba cubierta con sus armas de las que rara vez se desprendia así de dia como de noche, apenas vió que Rugiero se armaba, pensó que perderia la ocasion de alcanzar la palma del triunfo, si dejaba que el guerrero saliera antes que ella; por lo cual se le adelantó, confiada en la victoria. Montó á caballo, y salió á [273] escape al sitio donde la hija de Amon, palpitante de impaciencia, estaba esperando á Rugiero, deseosa de retenerlo cautivo, y pensando cómo dirigiria su lanza contra él de modo que menos daño le hiciera. Marfisa apareció fuera de las puertas de la ciudad, llevando en la cimera de su casco un fénix, emblema que lo mismo podia indicar su orgullosa presuncion de ser la única en el mundo en fortaleza, como su honesto propósito de permanecer siempre vírgen. Bradamante la miró con atencion, y viendo que no era Rugiero, le preguntó su nombre, y supo que tenia ante sí á la que le arrebataba su amor, ó mejor dicho, á la que creia su rival, á la que tanto ódio é ira le habia inspirado, á la que seria en fin causa de su muerte, si no tomaba una inmediata venganza de las lágrimas que por su causa derramaba.

Revolvió su corcel y se precipitó sobre Marfisa, no ya con la intencion de derribarla, sino con la de atravesarla de parte á parte con su lanza, y librarse así de sus crueles sospechas. Fuerza le fué á Marfisa medir el duro suelo al primer bote: esta afrenta, que no estaba acostumbrada á recibir, le causó tanta cólera, que estuvo á punto de volverse loca de furor. Apenas se vió en el suelo, sacó la espada, ardiendo en deseos de vengarse de su caida. No menos furiosa la hija de Amon, exclamó:

—¿Qué intentas? ¡No sabes que eres mi prisionera? Si me he mostrado cortés y generosa con los demás, no quiero ser lo mismo contigo, Marfisa, y estoy resuelta á castigar tus instintos villanos y orgullosos.

Estas palabras hicieron estremecerse á Marfisa como un escollo azotado por un viento impetuoso. Quiso contestar, pero el furor embargaba su voz hasta el extremo de que solo pudo articular un rugido. Empezó á esgrimir su espada en todas direcciones, amenazando con ella lo mismo á Bra[274]damante que á su corcel; pero la guerrera cristiana le revolvia con destreza, y lograba esquivar los golpes de su enemiga. Enfurecida en extremo, arremetió á su vez lanza en ristre contra Marfisa, y apenas la tocó, cuando la hizo rodar por el polvo. Levantóse Marfisa nuevamente y continuó descargando cuchilladas sobre su adversaria, la cual le asestó un tercer bote que produjo el mismo efecto que los otros. Aun cuando Bradamante era esforzada, no habria triunfado con tanta facilidad de Marfisa, que no la cedia en valor y denuedo, á no ser por la lanza encantada.

Entre tanto, algunos guerreros del ejército cristiano, que estaba acampado á cosa de milla y media de distancia, se habian ido aproximando al campo en que tenia lugar la lucha, con objeto de admirar la bizarría del caballero cristiano, en quien veian á uno de los suyos, aunque ignoraban quién fuese. Al observar el generoso hijo de Trojano la proximidad de tales guerreros, no quiso encontrarse desprevenido; y á fin de evitar cualquier sorpresa peligrosa, ordenó que una buena parte de sus tropas tomara las armas y se formara fuera de las murallas. Rugiero, á quien el ardor de Marfisa le privó de pelear, salió con dichas tropas. El enamorado jóven estaba contemplando la lucha, lleno de temor y de inquietud por su amada; pues harto conocia el valor de Marfisa. Lleno de temor, como digo, las vió dirigirse una contra otra; pero al observar que Bradamante derribaba á su rival, quedó maravillado y estupefacto: al reparar despues en que la lucha de ambas guerreras no terminaba al primer encuentro, como las anteriores, sintió su corazon profundamente contrariado y temeroso de alguna desgracia. Hacia votos por la dicha y el bien de ambas doncellas; pues amaba á las dos, aunque el afecto que por ellas sentia era muy diferente: Bradamante le ins[275]piraba un amor ardiente y frenético; Marfisa, benevolencia más bien que amor. De buen grado habria interrumpido aquella lucha, si hubiese podido dejar á ambas en buen lugar; pero los guerreros que con él estaban se le adelantaron, interponiéndose entre las dos guerreras, para impedir que venciera el campeon cristiano, el cual llevaba la mejor parte en la pelea. Avanzaron á su vez los caballeros cristianos, y se empeñó al instante un terrible combate, oyéndose resonar por todas partes el grito de «¡A las armas!» cosa que sucedia casi todos los dias. «¡A caballo! ¡Pronto, á armarse! ¡Agrúpese cada cual en derredor de su bandera!» decia con claro y belicoso sonido más de un clarin, recorriendo el campamento, y así como estos llamaban á los ginetes, los tímpanos y los atabales llamaban á los infantes.

Pronto se generalizó la pelea, que fué horrorosa y sangrienta. La valerosa doncella de Dordoña, sumamente encolerizada por no haber podido inmolar á Marfisa aquel dia en que tanto lo deseaba, empezó á recorrer el campo de batalla en todas direcciones, con la esperanza de encontrar á Rugiero, por quien suspiraba sin cesar. Por fin le conoció en el águila de plata que sobre fondo azul llevaba en su escudo, y se detuvo para contemplar con los ojos y la imaginacion aquel pecho, aquellos hombros, aquella agradable apostura y aquella gracia que embellecia todos los movimientos de su amante; pero recordando despues con gran despecho que otra mujer reinaba en su corazon, exclamó poseida de cólera:

—¿Con que otra, y no yo, ha de besar esos hermosos lábios? ¡Ah! no, no; es imposible que ames á otra, Rugiero; de nadie has de ser, sino mio. Antes que verme obligada á morir de rabia, has de perecer á mis manos; pues si te[276] pierdo en este mundo, por lo menos el Infierno me devolverá tu alma, y estarás á mi lado eternamente. Ya que me haces expirar de dolor, justo es que me concedas el dulce consuelo de la venganza; porque, segun todas las leyes, el que da á otro la muerte debe perecer. A pesar de esto, nuestro suplicio nunca será igual; pues tú morirás con justo motivo, al paso que yo muero sin razon. Al arrancarte la vida, haré morir ¡ay de mí! al que desea mi muerte; pero tú, cruel, sacrificas á la que te ama y adora!... Mas ¿por qué vacila mi mano en desgarrar con su acero el corazon de mi enemigo que tantas y tantas veces me ha herido de muerte, confiado en la impunidad que Amor le daba, y ahora presencia, frio é indiferente, mi agonía, sin conmoverle mi dolor profundo? ¡Despierta denodado, ánimo mio, y venga con la muerte de ese infame las mil y mil que me ha hecho sufrir!

Al decir esto, precipitóse sobre Rugiero; pero antes le gritó:

—Defiéndete, pérfido. ¡Si mi brazo secunda á mi furor, no lograrás pisotear los ópimos despojos del corazon altivo de una doncella!

Cuando Rugiero oyó estas palabras, creyó conocer la voz de su amada, como así era; pues la tenia tan impresa en la memoria, que la hubiera distinguido entre mil. Harto comprendió que en aquellas palabras iba envuelta una amarga reconvencion por no haber cumplido la promesa que á Bradamante hiciera, y deseoso, por lo mismo, de justificarse, le indicó con un ademan que deseaba hablarle; pero la jóven, arrastrada por su dolor y por su ira, se dirigia hácia él con la visera calada, con intencion de ponerle tal vez donde no hubiera arena. Cuando Rugiero la vió caer sobre él tan frenética, se afirmó en la silla, y enristró[277] su lanza; pero la tuvo suspendida é inclinada de modo que no la pudiera herir. La jóven, que le embestia con ánimo implacable y dispuesta á herirle, al llegar junto á él, no pudo resolverse á hacerle sufrir la vergüenza de una caida. Sus lanzas, pues, no produjeron efecto alguno; pero en cambio el amor vibró contra entrambos sus armas, y les atravesó el corazon de una amorosa lanzada.

Conociendo Bradamante que no podria resolverse nunca á causar una afrenta á Rugiero, corrió á desahogar en otra parte la cólera que le abrasaba el pecho, y llevó á cabo tales proezas, que serán famosas mientras el cielo gire. En pocos instantes hizo morder el polvo con su lanza de oro á más de trescientos guerreros: á ella solamente se debió aquel dia la victoria: ella sola puso en fuga á todo el ejército moro. Rugiero no cesaba de dar vueltas por todas partes buscándola, y consiguiéndola al fin, se le acercó y le dijo:

—¡Preciso es que te hable ó muera! ¿Qué te he hecho, para que así huyas de mí? Detente, por Dios, y escúchame.

Así como al soplo de los templados vientos meridionales, que aspiran del mar su tibio hálito, se derriten las nieves y los hielos de los torrentes que poco antes eran tan sólidos, así tambien, al oir aquellos ruegos, aquellos breves lamentos, el corazon de la hermana de Reinaldo se ablandó compasivo, cuando poco antes la ira le habia endurecido como el mármol. Sin embargo, no quiso ó no pudo responderle; pero clavó el acicate en un costado de Rabican, y se alejó cuanto pudo del campo de batalla, indicando con un ademan á Rugiero que la siguiera. Llegó á un solitario valle, donde habia una pequeña llanura, en medio de la cual se veia un bosquecillo de cipreses, que parecian vaciados todos en un mismo molde. En aquel bosquecillo se levantaba un[278] gran sepulcro de mármol blanco, recientemente construido. Una breve inscripcion indicaba á los curiosos el nombre del que en él yacia sepultado, pero Bradamante no paró mientes en ella. Rugiero excitó la carrera de su corcel, y á los pocos momentos llegó al bosque y al sitio en que se hallaba la doncella.

Pero volvamos á Marfisa, que en el ínterin habia vuelto á montar á caballo, y procuraba buscar á la guerrera que la derribara al primer encuentro: la habia visto alejarse del campo de batalla, y vió tambien cómo Rugiero se alejaba á su vez, yendo en pos de Bradamante: muy lejos de pensar que el amor le hacia seguir sus huellas, creyó que la perseguia para terminar con las armas en la mano sus mútuas querellas. Espoleó su caballo, y siguió su pista, llegando al bosquecillo casi al mismo tiempo que ellos. Todo el que viva amando, comprenderá sin necesidad de que yo lo escriba, lo molesta que fué para ambos amantes su llegada. Al ver á Marfisa, causa de todo su mal, Bradamante no pudo permanecer tranquila; porque ¿quién podria impedir que no creyera como una cosa cierta, que su amor por Rugiero la hacia volar tras él? Afirmándose en esta creencia, empezó á prodigar á su amante los nombres de traidor y perjuro, exclamando además:

—¿No te bastaba, pérfido, que me trasmitiera la fama tu perfidia, sino que has querido tambien presentarme tu nueva amante? Veo que anhelas arrojarme de tu lado: pues bien, para satisfacer por completo tus deseos inícuos é infames, estoy decidida á morir; pero no será sin hacer lo posible para que perezca conmigo la que es causa de mi muerte.

Al terminar estas palabras, se precipitó más irritada que una víbora sobre Marfisa, dándole en el escudo una lanza[279]da con tal fuerza, que la derribó de espaldas y le hizo clavar casi la mitad de su casco en la tierra: no se puede decir que Marfisa estuviera desprevenida, antes bien se preparaba á combatir é hizo lo que pudo por resistir el choque; pero á pesar de esto dió de cabeza contra el suelo. La hija de Amon, que queria morir ó dar muerte á su enemiga, estaba poseida de tan iracunda saña, que no quiso ya servirse de su lanza para derribarla de nuevo, sino que intentó separar del tronco la cabeza de Marfisa, medio sepultada en la arena; y arrojando lejos de sí la lanza de oro, desenvainó la espada y se apeó rápidamente del caballo: pero llegó ya tarde; porque Marfisa se habia puesto en pié y se preparaba á acometerla, tan excesivamente encolerizada al ver que en aquella nueva lucha tambien habia sido vencida, que de nada le servian á Rugiero las súplicas, ni los gritos con que procuraba estorbar un espectáculo que le afligia vivamente: tan poseidas de furor estaban ambas guerreras que luchaban hasta con desesperacion. Poderosamente atraidas por su mútuo ódio, fueron acercándose hasta el extremo de no serles posible manejar los aceros ni luchar de otro modo más que aferrándose una á otra con las manos. Dejaron caer las espadas por no necesitarlas en aquel extraordinario género de lucha, y buscaron nuevos modos de ofenderse, mientras Rugiero se esforzaba en calmarlas con sus palabras; pero viendo que eran completamente estériles sus ruegos, se resolvió á separarlas empleando la fuerza, y á este fin, les arrebató los puñales de las manos arrojándolos al pié de un ciprés: cuando no tuvieron hierro alguno con que herirse, renovó sus súplicas y aun sus amenazas, pero siempre en vano, porque no pudiendo de otro modo, se ofendian con los puños y los piés. Rugiero insistía, y tan pronto sujetaba á la una como á la otra por los bra[280]zos ó las manos, separándola de su adversaria: por último, hizo tanto, que atrajo sobre sí todo el ódio y furor de Marfisa. Acostumbrada esta guerrera á despreciarlo todo, olvidó la amistad que á Rugiero la unia; y dejando á Bradamante, corrió á recoger su espada, y se lanzó sobre él.

—Cometes una accion villana y descortés, le dijo, viniendo á interrumpir nuestro combate; pero esta mano, que basta á vencer á entrambos, castigará tu audacia.

En vano procuró Rugiero apaciguar á Marfisa, empleando las frases más conciliadoras; tan irritada la veia contra él, que conoció que era tiempo perdido el empleado en aplacarla. Al fin, enrojecido á su vez de cólera, se vió obligado á desenvainar la espada. No creo que Atenas, ó Roma, ú otro país del mundo ofrecieran á los que lo contemplaban un espectáculo más agradable, que lo que este combate lo fué para la celosa Bradamante, por lo mismo que venia á echar por tierra todas sus sospechas. Habia recogido del suelo su espada, y se mantenia apartada observando las peripecias de aquella nueva lucha: creia ver en Rugiero al Dios de la guerra, por su pujanza y destreza; y si este le parecia el mismo Marte, veia en Marfisa una furia infernal, escapada del Averno.

El gallardo jóven estuvo por espacio de algun tiempo sin hacer uso de todo su vigor, pues conocia demasiado el poder de su espada, tantas veces puesto á prueba: donde caia aquel acero, quedaban rotos ó perdian su virtud todos los encantos, por cuya causa procuraba descargar sus golpes de plano, y no de filo ó de punta, á fin de no ocasionar daño á Marfisa. Largo rato combatió de aquel modo; pero al fin perdió la paciencia, al dirigirle su adversaria una terrible cuchillada con intencion de dividirle la cabeza: levantó el escudo con objeto de parar el golpe, y aun cuando[281] por estar encantado su broquel no quedó rajado ó hendido, la violencia del tajo fué tal, que le dejó adormecido el brazo: á no haber poseido las armas de Héctor, hubiera perdido el brazo izquierdo y quizá tambien la cabeza, cumpliendo así el cruel deseo de la doncella. Al sentir el guerrero este golpe, olvidó toda compasion; despidieron rayos sus ojos, y asestó á su adversaria una estocada con toda su fuerza. ¡Desgraciada de tí, Marfisa, si te hubiera alcanzado el acero!

No podré deciros cómo, pero el caso fué que la espada penetró más de palmo y medio en el tronco de uno de los muchos cipreses que allí habia plantados. En el mismo momento, un gran terremoto sacudió el monte y la llanura, y se oyó una voz estentórea, superior á la de todo mortal, que saliendo del sepulcro que habia en medio del valle, exclamaba:

—¡Deteneos! Suspended ese terrible combate; pues seria inhumano é injusto que el hermano diera muerte á su hermana ó esta matara á aquel. Tú, Rugiero, y tú, Marfisa mia, dad crédito á mis palabras que no son fingidas: concebidos los dos en un mismo seno por obra de un mismo padre, vísteis juntos la luz primera. Rugiero II os engendró: llamóse vuestra madre Galaciela, cuyos hermanos, despues de haber quitado la vida á vuestro desdichado progenitor, la expusieron en un débil leño al furor de las olas, sin tener en cuenta que se hallaba grávida de vosotros, ni que procedíais de su mismo tronco. Pero el destino, que aun antes de nacer os reservaba para llevar á cabo las empresas más gloriosas, hizo que la barquilla llegase felizmente á las costas deshabitadas que en frente de las Sirtes se encuentran, desde donde subió al Paraiso el alma bienaventurada de Galaciela, despues de daros á luz: tal fué la volun[282]tad de Dios y tal vuestro destino. Testigo yo de aquel suceso, dí á vuestra madre una sepultura tan honrosa como era posible en aquella playa desierta, y envolviéndoos en mi manto, os llevé al monte de Carena. Hice salir una leona de las guaridas del bosque, la amansé, la obligué á abandonar á sus cachorros, y durante veinte meses os alimentó cuidadosamente con su leche. Un dia en que se me ocurrió alejarme de vuestra morada para recorrer el país, os vísteis sorprendidos por una horda de árabes, segun tal vez recordareis, los cuales se apoderaron de tí, Marfisa; pero Rugiero pudo salvarse merced á la celeridad de sus piernas. Tu pérdida me afligió profundamente, y desde entonces redoblé mi vigilancia para custodiar á tu hermano. Demasiado sabes, Rugiero, los cuidados que tu maestro Atlante te prodigó durante su vida. Las estrellas fijas me predijeron que perecerias á traicion entre los cristianos, y para apartar de tu cabeza su funesto influjo, consagré todos mis esfuerzos á mantenerte alejado de ellos: viéndome al fin impotente para contrarestar tus deseos, caí enfermo y perecí de dolor; pero antes de expirar pude prever que vendrias á luchar con Marfisa en este sitio, é hice que los espíritus infernales me construyeran con enormes piedras el sepulcro que estais viendo: al mismo tiempo dije á Aqueronte con penetrante voz: «No quiero que, despues de mi muerte, arrebates mi espíritu de este bosque, hasta que llegue á él Rugiero para batirse con su hermana.» Esta es la razon de que mi espíritu haya estado esperando vuestra venida bajo esta verde enramada por espacio de muchos dias. Desecha, pues, esos terribles celos que sientes por nuestro Rugiero, á quien tanto amas, Bradamante. Pero me es forzoso ya abandonar la region de la luz y pasar á la mansion de las tinieblas.

[283]

Calló la voz, dejando en extremo asombrados á Marfisa, á Rugiero y á la hija de Amon. Los dos primeros, llenos de júbilo, se reconocieron como hermanos, y se arrojaron uno en brazos de otro, sin que Bradamante se manifestara ya ofendida por estas muestras de cariño. Ambos hermanos empezaron á recordar con gran placer algunas de las circunstancias de su edad juvenil, acabando de conocer así la verdad de las palabras proferidas por el espíritu de Atlante. Rugiero no quiso ocultar á su hermana el amor que á Bradamante tenia; le refirió con palabras afectuosas todos los grandes favores que debia á su amada, y no cesó hasta conseguir que sucediera el afecto á la cólera en el corazon de ambas jóvenes é hizo que se abrazaran mútuamente en señal de reconciliacion.

Marfisa dirigió despues algunas preguntas á Rugiero con respecto á la patria y clase de su padre; deseaba sobre todo saber quién le habia muerto; si su muerte ocurrió en palenque cerrado ó en el campo de batalla, y quiénes eran los que habian intentado sepultar en las olas á su desgraciada madre; todo lo cual se habia borrado de su memoria, dado caso de que hubiera llegado á su noticia cuando niña. Rugiero satisfizo su justa curiosidad diciéndole que eran de orígen troyano, y que descendian directamente de Héctor.

—Cuando Astyanax[116], prosiguió diciendo, se escapó de las manos de Ulises y de los lazos que le habia tendido, dejando en lugar suyo otro jóven de su misma edad, salió de aquel país, y despues de haber vagado mucho tiempo por los mares, llegó á Sicilia y reinó en Messina. Sus descendientes pasaron al otro lado del Faro, y se establecieron en [284] una parte de la Calabria; y despues de una larga série de años fueron á habitar en la ciudad de Marte. Varios emperadores é ilustres reyes de su raza dominaron en Roma y en otras partes, desde Constante y Constantino hasta Carlomagno, hijo de Pepino el Breve. Entre ellos se distinguieron Rugiero I, Gianbaron, Buovo, Rambaldo, y por último Rugiero II, que fué, segun acabais de oir á Atlante, el que fecundizó el seno de nuestra madre. La historia ha inmortalizado los preclaros hechos de nuestros progenitores.

Rugiero continuó refiriendo que el rey Agolante habia ido á Francia con Almonte y el padre de Agramante, llevando en su compañía una doncella hija suya, tan valerosa que venció en combate singular á muchos paladines: cediendo al poco tiempo al amor que Rugiero le inspiraba, desoyó las amonestaciones de su padre, recibió el bautismo y se casó con su amante: pero abrasado el traidor Beltran de un incestuoso amor hácia su cuñada, vendió á su patria, á su padre y á sus dos hermanos con la esperanza de poseerla, entregó la ciudad de Ris[117] á los enemigos, y aquellos quedaron á merced del vencedor. Terminó el jóven guerrero diciéndoles que tan pronto como Agolante y sus despiadados hijos se apoderaron de Galaciela, que se hallaba en cinta de seis meses, la abandonaron al furor del mar tempestuoso, en medio de un riguroso invierno y en una barquilla sin timon.

Estaba Marfisa escuchando con profunda atencion todas las palabras de su hermano, y mientras tanto brotaban de sus hermosos ojos copiosas lágrimas de júbilo, al pensar en que circulaba por sus venas la sangre de los Mongrana y los Claramonte, cuyos descendientes habian sabido brillar por luengos años en el mundo, sobrepujando en bizarría á [285] los varones más ilustres. Cuando Rugiero le reveló que el abuelo, el padre y el tio de Agramante dieron muerte á traicion á Rugiero y trataron de un modo cruel á Galaciela, no pudo Marfisa contenerse y le interrumpió diciendo:

—¡Ah, hermano mio! Perdóname que te diga que has cometido una gran falta dejando sin venganza la muerte de tu padre. Si no pudiste derramar la sangre de Almonte y de Trojano, por estar ya muertos, ¿no debias hacer recaer tu cólera sobre sus hijos? ¿Es posible que Agramante viva, viviendo tú? Mancha es esa de la que tu rostro no se verá libre jamás, porque, despues de tantas injurias, no solo no has inmolado á ese rey, sino que permaneces en su corte admitiendo un sueldo suyo. Pero juro á Dios, (á ese Cristo, Dios verdadero, á quien deseo adorar como lo adoró mi padre) que no he de despojarme de esta armadura hasta dejar vengados á Rugiero y á mi madre. Me lamento y me lamentaré de tu conducta, mientras te vea entre las tropas de Agramante ó de cualquier otro monarca mahometano, esgrimiendo ese acero que debieras bañar en su aborrecida sangre.

¡Con cuánta satisfaccion levantó su rostro la hermosa Bradamante al escuchar estas palabras, que la llenaban de júbilo! La hija de Amon se esforzó en persuadir á Rugiero á que pusiera inmediatamente por obra los consejos de Marfisa, y á que fuera á reunirse con Carlomagno, dándose á conocer á aquel monarca, que tenia en tanta veneracion y aprecio el recuerdo de las ínclitas proezas de su padre Rugiero, que aun le consideraba como el más valiente de todos los guerreros. Rugiero le respondió acertadamente, que tal debia haber sido su conducta desde un principio, pero que habia perdido un tiempo precioso por no haber tenido un [286] conocimiento tan exacto de la historia de sus padres como despues lo tuvo, y que habiéndole ceñido Agramante la espada de caballero, cometeria una accion indigna y una traicion infame si le diera la muerte, despues de haberle rendido pleito homenaje. Sin embargo, prometió á Marfisa, como se lo habia prometido en otro tiempo á Bradamante, aprovechar la menor oportunidad que se le presentase y emplear todos los medios que á su alcance estuviesen para acceder á los deseos de ambas sin faltar á las leyes del honor. Añadió que si no lo habia hecho ya, no era suya la culpa, sino del Rey de Tartaria, que le dejó tan mal parado despues de su combate con él, como era bien notorio, y como podia atestiguar la misma Marfisa mejor que otra persona cualquiera, puesto que entonces le visitaba diariamente.

Largo rato debatieron los tres este importante asunto, y por último convinieron en que Rugiero volviera al lado de Agramante, hasta que se le presentara una ocasion propicia para pasar al servicio de Carlomagno.

—Déjale que se vaya, dijo Marfisa á Bradamante, y desecha todo temor; yo te prometo hacer de modo que dentro de pocos dias no obedezca las órdenes de Agramante.

Así dijo; pero se guardó de revelar el propósito que al efecto habia fraguado en su imaginacion.

Rugiero se despidió al fin de ellas, y volvia ya riendas á su corcel para regresar al lado de Agramante, cuando llamaron la atencion de los tres unos lamentos que salian del valle inmediato.

Escucharon más atentamente y creyeron percibir el llanto y los gemidos de una mujer. Pero deseo que este canto termine aquí y que secundeis benévolos este deseo, prometiendo por mi parte narraros cosas más interesantes en el canto siguiente, si acudís á escucharlo.


[287]

CANTO XXXVII.

Atraidos Rugiero y las dos doncellas por los lamentos que se oian en el valle inmediato, encuentran á Ulania y sus compañeras á quienes Marganor habia cortado los vestidos.—Los dos amantes y Marfisa acometen al infame y vengan aquella afrenta.—Marfisa hace cambiar la ley que estaba establecida en el castillo de Marganor, y este perece á manos de Ulania.

Si así como las mujeres ponen noche y dia todo su cuidado y diligencia en obtener los dones que la Naturaleza no puede proporcionar sin el arte, y como han practicado con buen éxito las acciones más sublimes, se hubieran dedicado á aquellos estudios que inmortalizan las virtudes humanas, y hubiesen podido cantar por sí mismas sus propias alabanzas sin necesidad de mendigar el auxilio de los escritores, á quienes el despecho y la envidia corroe el corazon de tal modo, que ocultan con frecuencia el bien que de ellas pueden decir, y publican el mal por todos los medios que están á su alcance, tan enaltecido se veria su nombre, que tal vez llegaria á empañar la brillante fama de los varones más eminentes. No contentos muchos poetas, en especial los antiguos, con prodigarse mútuamente el incienso de la adulacion, estudian asíduamente el modo de poner en relieve todas las imperfecciones de la mujer, y para impedir que llegue á prevalecer sobre el hombre, se esfuerzan cuanto pueden en oscurecer su mérito, cual si el esplendor del sexo femenino pudiera amenguar el del nuestro, lo mismo que las nubes disminuyen la intensidad de los rayos del Sol. [288] Pero jamás ha tenido bastante poder la lengua con sus discursos ni la mano con sus escritos, por más que hayan cifrado todos sus conatos en aumentar el mal y disminuir el bien, para destruir la gloria de la mujer hasta el extremo de no dejar alguna parte de ella, aun cuando desgraciadamente han logrado que no llegara ni con mucho á donde debiera.

Harpalice[118], Tomiris[119], las heroinas, que socorrieron á Turno y á Héctor[120], la princesa que, seguida de Tirios y Sidonios, atravesó los mares para establecerse en la Libia[121], Zenobia[122], la famosa reina que llevó sus armas victoriosas por la Asiria, la Persia y la India[123], y otras muchas, no fueron las únicas damas dignas de la inmortalidad por sus esclarecidos hechos de armas. Y no tan solo Roma y Grecia tuvieron el privilegio de dar al mundo mujeres fieles, castas, prudentes y esforzadas: todos los países de la Tierra las han producido, desde las márgenes del Indo hasta las playas de las Hespérides, donde el Sol recoje su cabellera; pero los escritores falsos, injustos y envidiosos de su tiempo apenas nos han dejado el recuerdo de una por cada mil. Continuad á pesar de esto vuestro camino, ¡oh mujeres amantes de la virtud! sin que os detenga el temor de no adquirir la honrosa fama que vuestras elevadas acciones merecen; pues así como no hay cosa buena[289] que dure siempre, tampoco se perpetúan las malas, y si hasta ahora habeis carecido de escritores que enaltecieran vuestras sublimes virtudes, en la época actual contais con ellos. Hoy os dedican sus cantos Marullo, el Pontan, los dos Strozzi, padre é hijo; el Bembo, el Cappel, el que ha hecho adquirir á sus cortesanos el mismo gusto que siente por la poesía, Luis Aleman y esos dos príncipes, tan queridos de Marte como de las Musas y descendientes de los soberanos de la comarca que atraviesa el Mincio y está rodeada de anchurosos lagos. El amor, la fé y el invencible y esforzado ánimo que aun en presencia de los mayores peligros ha demostrado Isabel por uno de estos príncipes, han hecho que él os pertenezca más que á sí mismo, aun cuando ya era inclinado por instinto á honraros y reverenciaros, y á hacer resonar el Pindo y el Cinthio con vuestras alabanzas, elevándolas hasta el mismo Cielo: por esta razon se manifiesta incansable en celebraros en sus versos llenos de fuego, y por esta razon tambien está siempre dispuesto á tomar las armas para castigar á los que os ultrajen. No existe en el mundo un caballero más decidido que él á perder su vida en defensa de la virtud, y al mismo tiempo que con sus acciones da á los poetas inagotable materia para ensalzarle, eterniza la fama de los demás con sus escritos. Digno es por lo tanto de que el Cielo le concediera una esposa dotada de tan inestimables prendas como la que más de su sexo, una esposa de constancia inalterable, y que haya sido para él una verdadera columna, despreciando todos los reveses de la fortuna[124]. ¿Dónde se vieron nunca dos esposos más dignos el uno del otro? Coloca nuevos [290] trofeos en la orilla del Oglio; pues entre el fragor de las armas, de los carros, de los incendios y de las olas ha escrito versos tan sonoros y melodiosos, que el cercano rio se manifiesta envidioso de su gloria.

Al par de ese ilustre príncipe, un Hércules Bentivoglio enaltece vuestras virtudes en agradables poesías; Renato Trivulcio, mi querido Guideto y Molza, favorito de Febo, segun vosotras mismas decís, os dedican tambien sus versos, lo mismo que Hércules, duque de los Carnutos é hijo de mi señor, el cual despliega sus alas, y cual canoro cisne se remonta cantando por los aires y llevando vuestro nombre hasta el cielo. El Marqués del Vasto, no contento con ofrecer, merced á sus prodigiosas hazañas, suficientes asuntos en que se inspiraran todos los antiguos poetas de Roma y Atenas, se ensaya asimismo en inmortalizaros con sus escritos. Y aparte de estos y de otros muchos que os han glorificado y os glorifican en sus canciones, vosotras tambien sabeis dejar eterno recuerdo de vuestras virtudes; pues abandonando por un momento la aguja y el hilo, habeis ido y vais aun en número considerable á extinguir con las Musas vuestra sed en la fuente de Aganipe[125], regresando de ella tan inspiradas, que más bien necesitamos los hombres de vuestros auxilios que vosotras de los nuestros. Si pretendiera recordar aquí los nombres de estas ilustres poetisas, y ocuparme de cada una de ellas en particular, ponderando cual merecen sus excelencias, me veria precisado á escribir más de un pliego y dedicar hoy mi trabajo exclusivamente á este asunto. Si me limito á pronunciar cinco ó seis nombres, podrán ofenderse ó enojarse con razon las que no cite. ¿Qué haré pues? ¿Las pasaré á todas en silencio, ó es[291]cogeré una sola entre tantas? Escogeré una sola; pero la elegida será tal, que su nombre hará enmudecer á la envidia, y nadie podrá llevar á mal que me calle con respecto á las demás y solo á ella la celebre. La dama á quien me refiero, no solo se ha hecho inmortal por ese estilo tan dulce cual no he oido otro alguno, sino que con sus palabras ó escritos podria muy bien sacar de la tumba á cualquier mortal, haciéndole vivir eternamente. Así como Febo derrama sobre su cándida hermana rayos más luminosos que sobre Venus y Maya[126] y cuantas estrellas giran con el cielo ó tienen movimiento propio, así tambien la facundia y la elocuencia inspiran á la dama de que os hablo más dulcemente que á todas las demás, y prestan tal vigor á sus altos y luminosos pensamientos, que engalana con un nuevo sol al cielo. Victoria es su nombre, perfectamente adecuado á la que ha nacido entre los triunfos y á la que siempre está rodeada de laureles y trofeos, y parece haber encadenado á la victoria. Semejante á la fiel Artemisa[127], que tan celebrada fué en la antigüedad por el recuerdo piadoso que dedicó á su Mausoleo, Victoria tiene sobre aquella reina la ventaja de que en vez de haber sepultado á su esposo, ha conseguido resucitarle en la memoria de los vivos, obra bastante más digna y meritoria. Si Laodamia[128], [292] si la mujer de Bruto[129], si Arria[130], Argía[131], Evadne[132], y otras muchas merecieron alabanzas por haber querido seguir á sus maridos en el sepulcro, ¿cuántas mayores no deberán tributarse á Victoria por haber arrancado el nombre de su esposo á las aguas del Leteo y á las del rio que rodea nueve veces el tenebroso abismo, á pesar de las Parcas y de la Muerte? Si el héroe macedonio envidió al fiero Aquiles la sonora trompa meónica que celebró sus hazañas[133], ¿cuánta mayor envidia te tendria ¡oh invicto Francisco de Pescara! si hubiese vivido en esta época, al ver que la más casta de las esposas, tan adorada por tí, te tributa en sus versos el honor que se te debe, y que merced á ella resuena tu ilustre nombre por el universo hasta el extremo que pudieras desear? ¡Oh! Si quisiera consignar en el papel todo cuanto pudiera ó desearia decir de tí, ilustre Victoria, mi tarea seria por demás larga y prolija, aunque no tanto que no me quedara una gran parte por manifestar, y en el ínterin dejaria en suspenso la bella historia de Marfisa y sus compañeros, que os prometí continuar si acudíais á oir este canto.[293] Ya que estais aquí para escucharme, y yo dispuesto á cumplir mi promesa, guardaré para mejor ocasion mi propósito de cantar las alabanzas de tan esclarecida dama, no por tener la pretension de que mis versos sean necesarios á quien bastan y sobran sus propias y dulcísimas rimas, sino por satisfacer mis deseos de honrarla y alabar su virtuoso corazon.

Concluyo, pues, adorables mujeres, afirmando que en todos los tiempos han existido muchas de vuestro sexo dignas de figurar en la Historia; pero cuyos nombres han quedado sepultados en el olvido por efecto de la envidia de los escritores, lo cual no sucederá ya en adelante pues, que vosotras mismas sabeis inmortalizar vuestras virtudes. Si las dos cuñadas hubieran sabido hacer otro tanto, hoy conoceríamos con mayor exactitud todas sus hazañas: me refiero á Bradamante y á Marfisa, cuyas ínclitas proezas procuro sacar á luz, aunque me esfuerzo en vano, pues solo he podido averiguar la décima parte de ellas: en cuanto á las que conozco, ya veis cuán voluntariamente las canto, no solo porque es un deber el descubrir toda heróica accion donde quiera que se halle oculta, sino tambien porque mi mayor anhelo es el de hacerme agradable á vuestros ojos, ¡oh encantadoras mujeres, á quienes amo y venero!

Como os decia, preparábase Rugiero á emprender su marcha, y se habia despedido ya de sus compañeras y sacado su espada del ciprés sin que el árbol se lo estorbara como anteriormente, cuando oyó gritos lastimeros y cercanos que llamaron poderosamente su atencion; y seguido de las dos jóvenes, se lanzó hácia el sitio de donde al parecer salian aquellos gemidos, con objeto de prestar el auxilio que el caso requiriese. Cuanto más avanzaba, más claras y distintas llegaban las quejas á sus oidos: una vez en el valle,[294] vieron tres mujeres desconsoladas y llorosas y en una situacion algo extraña; pues una mano atrevida y criminal les habia cortado las faldas de sus vestidos hasta el ombligo, y no sabiendo cómo ocultar su desnudez, se mantenian sentadas sin atreverse á levantarse. Así como aquel hijo de Vulcano que salió del polvo sin auxilio de madre alguna, y fué despues confiado por Palas á los cuidados de la curiosa Aglaura, ocultaba la deformidad de sus piés permaneciendo constantemente sentado en el carro, del que fué inventor[134], del mismo modo ocultaban aquellas tres jóvenes las cosas que debian tener secretas, permaneciendo sentadas en el suelo.

Aquel espectáculo increible y deshonesto hizo que en los rostros de las dos magnánimas guerreras apareciera el color que suele tener en la Primavera la rosa de los jardines de Pesto. Bradamante contempló con alguna atencion á aquellas jóvenes y conoció en una de ellas á Ulania, la embajadora que habia venido á Francia desde la isla Perdida; y conoció tambien á las otras dos jóvenes por haberlas visto en otra ocasion acompañando á la primera. Se dirigió, sin embargo, á la embajadora, y le preguntó qué mano impía y menospreciadora de toda ley y toda costumbre habia [295] podido descubrir á los ojos de los demás los secretos que la misma Naturaleza al parecer se esfuerza en encubrir. Ulania que conoció al instante, por sus armas y por su voz, á la guerrera que pocos dias atrás habia derribado de la silla á tres campeones, le refirió que los moradores de un castillo próximo, gente perversa y despiadada, además de inferirles la afrenta de cortarles los vestidos, las habian azotado y causado otros daños: añadió que ignoraba lo que habia sido del escudo de oro, y de los tres reyes que la venian acompañando á través de tantos países, cuya suerte desconocia por completo; y terminó diciendo que se dirigia por aquel camino, no obstante lo mucho que le pesaba caminar á pié, para denunciar tal ultraje á Carlomagno, con la esperanza de que no lo dejaria impune.

Al llegar al valle vieron tres damas con los vestidos cortados.
(Canto XXXVII.)

Esta narracion, y la vista de aquella grave injuria, excitó la indignacion de Rugiero y de las dos guerreras, cuyos corazones eran tan compasivos como fuertes y valientes; y olvidando sus propios asuntos, y sin aguardar siquiera á que la afligida Ulania les rogara que tomasen á su cargo su venganza, emprendieron inmediatamente el camino del inhospitalario castillo. Pero antes se quitaron de comun acuerdo las sobrevestas con las cuales pudieron cubrir la desnudez de aquellas desdichadas: Bradamante no quiso tolerar que Ulania siguiera caminando á pié, y la hizo montar á la grupa de su caballo, y Rugiero y Marfisa hicieron lo mismo con las otras dos jóvenes.

La embajadora indicó á Bradamante la via que más directamente conducia al castillo, y en cambio la hija de Amon procuró consolarla, asegurándole que castigaria al que la habia ofendido. Salieron del valle, y empezaron á subir una montaña por un sendero largo y tortuoso: el Sol se habia ocultado ya tras los mares, y nuestros caminantes[296] no se habian concedido aun el menor reposo, cuando en la empinada cumbre de un monte de difícil acceso vieron una pequeña aldea, en donde hallaron el mejor albergue y cena que era compatible con las condiciones de aquel lugar. Examinaron atentamente cuanto les rodeaba, y observaron que por todas partes habia mujeres, ya viejas, ya jóvenes, pero no vieron el rostro de un solo hombre. No fué tan grande el asombro de Jason y de los argonautas que con él iban, al ver que en toda la extension de la isla de Lemnos no existian siquiera dos varones, por haber dado muerte las mujeres de la misma á sus esposos, padres, hijos y hermanos[135], como el que experimentaron en aquella aldea Rugiero y sus compañeras.

Bradamante y Marfisa hicieron que se proporcionasen á Ulania y á las doncellas de su servidumbre tres vestidos, si no tan lujosos como los que llevaban, á lo menos completos. Rugiero llamó á una de las mujeres que habitaban allí, y le manifestó sus deseos de saber dónde estaban los hombres de aquella tierra, puesto que no veia ninguno. La interrogada satisfizo su curiosidad de esta manera:

—Lo que tal vez es para vos un motivo de asombro, es una pena aguda é intolerable para nosotras, que vivimos en la soledad más triste; y como si sus rigores no fueran ya bastantes, nuestros padres, esposos é hijos, á quienes tanto amamos, se hallan muy lejos de nosotras, condenados á una triste separacion por un dueño tan tirano como cruel. Este bárbaro señor nos ha relegado á los confines de sus tierras, donde hemos nacido, y que apenas distan dos leguas de[297] aquí, despues de habernos hecho sufrir mil dolorosas injurias, amenazando con la muerte y los suplicios más terribles á nuestros parientes y á nosotras mismas, si ellos se atreven á venir á nuestro lado, ó si llega á su noticia que nosotras nos permitimos recibirles. Hasta tal extremo nos ódia, que no tolera nuestra proximidad á él, ni que se nos reuna alguno de los nuestros, como si le emponzoñara el olor del sexo femenino. Dos veces se han despojado los árboles de su verde cabellera, y otras dos se han engalanado con ella, desde que ese infame señor se entrega impunemente á su furor sombrío: sus vasallos le temen como á la misma muerte; porque á su mal corazon ha añadido la naturaleza un vigor sobrenatural. Su cuerpo, de estatura gigantesca, está dotado de más fuerza que cien hombres juntos: y su crueldad no se limita á nosotras, que somos sus vasallas, sino que se ensaña doblemente con las extranjeras. Si apreciais vuestro honor y el de esas tres damas que os acompañan, os será mucho más útil, bueno y seguro no pasar adelante y seguir otro camino; pues este conduce al castillo del hombre de que os hablo, en donde os será forzoso someteros á la infame ley que ha establecido, con daño y vergüenza de las damas y caballeros que pasan por su territorio. Marganor el felon (así se llama el señor, el tirano de aquel castillo) supera en crueldad al mismo Neron y á cuantos se hayan hecho famosos por sus iniquidades: su deseo de saciarse con sangre humana, y en especial con la de las mujeres, es mayor que el del lobo ansioso de beber la sangre del cordero; y cuantas damas llegan, por su mala estrella, á su castillo, son arrojadas de él, despues de haber tenido que soportar la afrenta más vergonzosa.

Rugiero y sus compañeras manifestaron deseos de conocer la causa de aquel ódio implacable, y suplicaron á su[298] huéspeda que les hiciera la merced de continuar, ó más bien de relatarles la historia por completo.

—«El señor del Castillo, dijo la aldeana, fué siempre de instintos crueles, inhumanos y feroces; pero durante algun tiempo supo ocultarlos tan bien, que nadie los pudo adivinar. Mientras vivieron sus dos hijos, cuya índole era muy distinta de la de su padre, pues acogian benignamente á los extranjeros, y en su corazon no tenia entrada la crueldad ni demás villanas inclinaciones, florecian en aquella mansion la hidalguía, las suaves costumbres y las acciones honrosas. Su padre, á pesar de su avaricia, jamás quiso privarles de cuanto les era grato. Los caballeros y las damas que pasaban por este camino, recibian tan halagüeña hospitalidad, que se alejaban prendados de la amabilidad y galantería de los dos hermanos. Ambos habian recibido al mismo tiempo las sagradas órdenes de caballería, y ambos eran gallardos, ardorosos y de régio continente: llamábase el uno Cilandro, y Tanacro el otro. Por sus hechos merecian toda clase de elogios y distinciones, como los hubieran seguido mereciendo sin duda, á no haberse dejado dominar por ese deseo que llamamos amor, por culpa del cual se apartaron del camino recto y se intrincaron en el laberinto del error, mancillando de un golpe la honrosa conducta de su vida entera.

»Llegó cierto dia al castillo de Marganor un caballero de la corte del Emperador de Oriente con una dama de recatado porte, y tan bella como pudiera anhelar el más exigente deseo. Cilandro se apasionó de ella hasta tal punto, que temió morir, si no alcanzaba su posesion: le parecia que, al alejarse aquella dama, se iria con ella su existencia. Conociendo que por medio de los ruegos no conseguiria nada, se decidió á hacerla suya por la fuerza. Armóse, y se emboscó [299] á corta distancia del castillo, por donde debian pasar al partir: su acostumbrada audacia y el fuego que ardia en su corazon no le dieron tiempo para reflexionar en lo que iba á hacer; así fué que en cuanto divisó al caballero, salió á atacarle frente á frente. Creia poder vencerle al primer encuentro y alcanzar de un solo golpe la victoria y la conquista de la dama; pero el caballero, que era más diestro en el manejo de las armas, le hizo pedazos la coraza, cual si fuera de vidrio. No tardó Marganor en saber la triste nueva, y ordenó que trasladaran á su hijo en un féretro al castillo: al contemplarle muerto, prorumpió en acerbo llanto, é hizo que enterraran el cadáver en el sepulcro de sus antepasados.

»Esta desgracia no influyó para nada en la hospitalidad que se concedia á los caballeros y damas transeuntes; porque Tanacro no era menos galante ni menos gentil que su hermano. En el mismo año llegó de lejanas tierras un magnate con su esposa; él maravillosamente apuesto; ella tan donosa y bella cuanto es presumible, y digna de todo encomio, lo mismo por su belleza, que por su honestidad y su esforzado ánimo. Aquel caballero descendia de una estirpe ilustre y generosa; era tan valiente como el guerrero de mayor fama, y bien necesitaba reunir tan envidiables dotes quien poseia el amor de una dama de tan excelentes y valiosas prendas. Olindro de Longueville era el nombre del guerrero: Drusila el de su esposa. Tanacro sintió por ella una pasion tan violenta como la que concibiera su hermano por la dama, causa de su desastrosa muerte. Lo mismo que él, buscó todos los pretextos imaginables para violar la sagrada y santa hospitalidad, antes que resignarse á sufrir la muerte que indudablemente le ocasionarian sus irresistibles deseos; pero recordando el triste ejemplo de su hermano, víctima de su poco meditada resolucion, se propuso robar [300] á la dama de modo que Olindro no pudiera vengar su deshonra. Pronto se extinguió en él aquel virtuoso y digno proceder que guiaba todos sus pasos, y pronto tambien se vió envuelto en las cenagosas aguas del vicio, en cuyo fondo habia permanecido constantemente su padre. Durante la noche reunió sigilosamente veinte hombres armados, y se emboscó con ellos en cierta gruta que habia en el camino del castillo y algo apartada de él. Apenas se presentó Olindro al dia siguiente, le cerraron el paso, le cortaron la retirada por todas partes, y á pesar de su heróica y tenaz resistencia, perdió la vida y la mujer á un tiempo mismo.

»Muerto Olindro, Tanacro se llevó cautiva á la hermosa dama, cuya desesperacion era tal, que se negaba resueltamente á vivir y pedia por favor que le arrancasen la existencia.

»Decidida á no sobrevivir á su esposo, se arrojó al fondo de un precipicio; mas no pudo conseguir su intento, aun cuando quedó herida en la cabeza y lastimosamente magullada. Tanacro la hizo conducir al castillo en unas parihuelas: mandó que se la asistiera cuidadosamente, pues no queria perder tan codiciada presa, y en tanto que se acercaba su restablecimiento, lo iba preparando todo para celebrar la boda, resuelto como estaba á ofrecer el título de esposa á una tan bella y honesta dama.

»En esto se cifraban los pensamientos, los deseos, los cuidados y las conversaciones todas de Tanacro. Conociendo que la habia ofendido, confesaba su culpa y hacia cuanto le era posible por enmendarla; pero todo en vano: cuanto mayor era su cariño y más se esforzaba en demostrárselo, mayor era y más intenso el ódio que Drusila le tenia, y más firme su resolucion de vengarse de él matándole; pero este ódio no la cegaba hasta el punto de desconocer que, si[301] queria ver logrado su propósito, le era fuerza disimular, apelar á la astucia, hacer ver á Tanacro lo contrario de lo que sentia, y fingir haber olvidado su primer amor, aceptando el que el asesino de su esposo le ofrecia. Su rostro afectaba una completa calma, pero en su corazon hervia el deseo de venganza, único que la animaba. Muchos planes formó: adoptó unos, desechó otros y aplazó algunos. Por último, juzgó que realizaria mejor su intento, sacrificando ella misma su existencia; porque ¿qué suerte más venturosa podria apetecer que la de perder su vida por vengar á su adorado esposo? Mostróse, pues, sumamente gozosa, fingiéndose impaciente por efectuar el matrimonio proyectado: lejos de manifestar repugnancia, procuraba allanar cuantos obstáculos podian demorarle, y hasta se adornaba y engalanaba con cierta coquetería, ni más ni menos que si hubiera entregado á su Olindro al más completo olvido. Sin embargo, una condicion impuso: la de que las bodas se celebrasen al uso de su país. Nada menos cierto que la costumbre que, segun indicó, existia en su patria; pero no ocurriéndosele otro medio de matar á Tanacro, imaginó un pretexto engañoso para conseguir el buen éxito de su plan. Esta costumbre era la siguiente: La que vuelve á contraer matrimonio, antes de unirse á su nuevo esposo, debe aplacar los manes del difunto á quien ofende, haciendo celebrar misas y honras, en remision de sus pasadas culpas, en el templo en que descansan los restos de su primer esposo; y una vez terminado el sacrificio, recibe el anillo nupcial de mano de su nuevo cónyuge; pero en el intermedio, el sacerdote que celebra la ceremonia ha de pronunciar algunas oraciones apropiadas al caso sobre el vino preparado á tal efecto; y despues de bendecirlo y escanciarlo en una copa, lo ha de presentar á la esposa, que debe ser la primera en beber, pasándolo despues al esposo.

[302]

»Tanacro, á quien importaba muy poco que se hicieran las bodas como ella deseaba, dijo:—«Con tal de acelerar el término venturoso de nuestra union, consiento gustoso en cuanto quieras.»—El insensato no podia sospechar que Drusila procuraba vengar por este medio la muerte de Olindro, y que entregada á sus ideas de venganza, no hallaba cabida en su mente otro pensamiento.

»Acompañaba á Drusila una anciana, que habia sido aprisionada al mismo tiempo que ella: llamóla y le dijo recatadamente á fin de que nadie pudiera enterarse:—«Prepárame un tósigo rápido y violento, de esos que sabes componer, y tráemelo en un pomo; pues he hallado el medio de quitar la vida al infame hijo de Marganor, y el de que ambas huyamos de este castillo, medio que te explicaré cuando estemos más despacio.»—La anciana salió, preparó el veneno, lo puso en un pomo y volvió al palacio. Drusila vertió en un frasco de dulce vino de Candía aquel jugo emponzoñado, y lo guardó para el dia de las bodas, que estaba ya próximo.

»Vestida lujosamente y engalanada con ricas joyas, se dirigió al templo el dia designado: siguiendo sus órdenes, se habia colocado sobre dos columnas el ataud de Olindro. Inmediatamente se cantó un solemne oficio con asistencia de una concurrencia numerosa. Marganor, más alegre que de costumbre, formaba parte de ella, colocado al lado de su hijo y rodeado de sus amigos. En cuanto terminaron las fúnebres exequias, el sacerdote bendijo el vino con el tósigo que contenia, y lo echó en una copa de oro, tal como Drusila habia dicho. Esta bebió cuanto era compatible con su decoro y podia surtir el efecto deseado, y ofreció en seguida la copa con rostro sereno á su nuevo esposo, el cual apuró su contenido. Apenas Tanacro devolvió la copa al[303] sacerdote, abrió los brazos para estrechar entre ellos á Drusila; pero esta, abandonando entonces su fingida dulzura y su apacible aspecto, le rechazó violentamente, prohibiéndole que pusiera en ella sus manos. Inflamados los ojos y el rostro por su furor, oculto por tanto tiempo, esclamó con voz terrible y desentonada:

—»¡Traidor, apártate de mí! ¿Cómo has podido imaginar que te concediera momentos de júbilo y placer en cambio de las lágrimas, de las penas y martirios que me has ocasionado? Mi propósito ha sido otro: el de que murieras á mis manos; porque has de saber que ese licor que acabas de beber era un veneno. Lo que me pesa es que hayas tenido un verdugo demasiado honroso para lo que tú mereces, y que tu muerte sea tan rápida y fácil; pues tu delito es tan grande, que no sé dónde pudiera hallar manos y penas bastante afrentosas para castigarlo. Duéleme tambien no haber podido proporcionarte una muerte comparable á mi sacrificio; pues si me hubiera sido dable matarte á medida de mi deseo, mi venganza seria completa. ¡Perdóneme mi dulce esposo, si no lo he hecho así, y ojalá acepte mi buena voluntad; bien ve que, si no he podido hacerte morir como hubiera deseado, he empleado á lo menos cuantos medios han estado á mi alcance! Pero me consuela la esperanza de ver sufrir á tu alma en el otro mundo el castigo que en este no he logrado imponerte segun mis deseos; y entonces, ¡con cuánto gozo presenciaré tu tormento!»

»Despues añadió con alegre rostro y elevando al Cielo sus ojos empañados por la proximidad de la muerte:

—»¡Acepta benigno, Olindro mio, esta víctima que te ofrece tu esposa en venganza de tu muerte, é impetra del Eterno la gracia de que me permita estar hoy contigo en el Paraiso! Si te dice que no pasa á vuestro reino ningun[304] alma que no haya contraido algun mérito especial, dile que me he hecho acreedora á tal merced, ofreciéndole en su santo templo los ópimos despojos de este mónstruo perverso y detestable, y que no hay obra más meritoria que la de purgar la Tierra de seres tan abominables é impíos.»

«Al decir estas palabras apagóse su voz y su vida al mismo tiempo: aun despues de muerta, parecia brillar en su rostro la alegría de haberse vengado del cruel que la privara de su esposo. No sé si Tanacro exhaló su postrimer aliento antes ó despues que ella; aunque sospecho que fué antes, por cuanto los efectos debieron ser más rápidos en él en atencion á que habia bebido mayor cantidad. Marganor, que vió caer á su hijo moribundo, y le contempló despues sin vida entre sus brazos, estuvo próximo á expirar del inmenso dolor que laceró su corazon. ¡Tenia dos hijos, y á la sazon le rodeaba la más espantosa soledad! Dos mujeres les condujeron á tan triste fin: la muerte del primero habia sido causada por apoderarse de la una: la otra se la habia dado al segundo por su propia mano. El amor, la compasion, el enojo, el dolor, la ira, el desesperado deseo de muerte y de venganza producian una violenta tempestad en el corazon del desgraciado y solitario padre, que se estremecia como las furiosas olas agitadas por el viento. Fuera de sí, se arrojó sobre Drusila sin tener en cuenta que era un cadáver yerto; y arrebatado por la cólera, empezó á ultrajar aquel cuerpo inanimado. Cual la serpiente que en vano muerde el hierro que la tiene clavada en la arena, ó como el mastin que corre tras el guijarro que le arroja el viandante, y mordiéndole inútilmente con rabia, se resiste á alejarse sin venganza, así Marganor, más irritado que todas las serpientes y los mastines juntos, procuraba saciar su furor en el exánime cuerpo de Drusila; pero viendo que los destro[305]zos que en él ocasionaba no podian mitigar su vengativa saña, acometió á las mujeres que habia en el templo, sin respetar á unas más que á otras, y desnudando cruel é impío el acero, hizo con nosotras lo mismo que el labrador hace en la yerba con su hoz. Nada pudo detenerle, y en un momento mató á treinta é hirió á más de ciento. Marganor era y es tan temido de sus vasallos, que ninguno se atrevia á afrontar su cólera: así es que mujeres, grandes y pequeños, todos huyeron de la iglesia, considerándose dichoso el que lograba escapar.

«Los amigos de Marganor lograron al fin con sus súplicas y sus esfuerzos contener su furor insensato, y le hicieron entrar en su castillo, situado en la cima de un peñasco, mientras en el valle quedaba el pueblo poseido de la mayor consternacion. Duraba aun su rabia contra nosotras, pero como sus amigos y sus vasallos le rogaban que no nos inmolase, determinó espulsarnos á todas, y aquel mismo dia hizo publicar un bando previniéndonos que abandonásemos el país y pasáramos á habitar los confines de sus dominios. ¡Desgraciada de la que en adelante intentara aproximarse al castillo! De este modo fueron separadas las mujeres de sus maridos; las madres de sus hijos; y si algunos son tan atrevidos que se arriesguen á venir á vernos, deben procurar que no lo sepa quien pueda avisar á Marganor; pues ha castigado con gravísimas multas á muchos de los que han infringido sus órdenes, y á otros muchos les ha hecho perecer cruelmente.

«Además de ésta, ha establecido en su castillo otra ley, la más inícua de que pueda haber noticia. Toda mujer á quien se encuentre en el valle (y esto acontece algunas veces), debe ser azotada con mimbres y arrojada ignominiosamente del país; pero antes han de cortársele los[306] vestidos, obligándola á ir enseñando lo que la naturaleza y la honestidad ordenan que se oculte. Las que llegan acompañadas por caballeros perecen irremisiblemente, porque el tirano las conduce como víctimas propiciatorias al panteon donde yacen sus hijos, y las degüella por su propia mano sobre sus tumbas. Los caballeros son despojados vergonzosamente de sus armas y corceles, y sepultados en un lóbrego calabozo. Tanto de dia como de noche tiene mil soldados á sus órdenes: así es que siempre está en disposicion de cumplir tan impía costumbre. Pero aun hay más: si por ventura deja á algun caballero en libertad, le obliga á jurar préviamente sobre la hostia consagrada que tendrá un ódio implacable al sexo femenino mientras dure su vida. Si no os importa perder á esas damas, y perderos vosotros con ellas, id enhorabuena á ver los muros en que se guarece el felon, y entonces sabreis cuál es mayor, si su fuerza ó su crueldad.»

Este relato excitó en un principio la compasion de las guerreras; pero luego sintieron tal indignacion, que si así como era de noche hubiera sido de dia, habrian corrido al castillo, sin detenerlas consideracion alguna. Pernoctaron, pues, en aquella aldea, y en cuanto la Aurora apareció indicando á las estrellas que debian ceder su puesto al Sol, tomaron las armas y montaron á caballo. En el momento en que iban á emprender la marcha, oyeron resonar á sus espaldas un prolongado rumor de pisadas de caballos, que les obligó á dirigir sus miradas hácia el fondo del valle, y vieron á la distancia de un tiro de piedra un grupo como de veinte hombres armados, unos á caballo y otros á pié, que se adelantaban por un estrecho sendero conduciendo sobre un corcel á una mujer, cuyo rostro indicaba su mucha edad, á la que llevaban del mismo modo que si fuera[307] un delincuente condenado á las llamas, al cepo ó á la horca. A pesar de la distancia, todos conocieron á aquella mujer por su aspecto y por su traje, y segun dijeron las de la aldea, era la camarera de Drusila; la misma que, segun he dicho, fué aprisionada con la desgraciada dama por el infame Tanacro, y á quien esta confió el encargo de que le compusiera el veneno, tan cruel en sus efectos. Sospechando lo que iba á suceder, no quiso entrar en el templo con las demás mujeres, sino que, aprovechando la ocasion en que se celebraba el matrimonio, salió de la ciudad, y fué á refugiarse donde creyó estar con toda seguridad. Algunos espías dijeron despues á Marganor que se habia retirado á Austria, y desde entonces el vengativo señor empleó todos los medios imaginables para apoderarse de ella, con objeto de quemarla viva ó empalarla.

Sus regalos y promesas sedujeron á un baron austriaco, en quien pudo más la avaricia que el honor; el cual entregó á Marganor aquella anciana, á pesar de haberle asegurado que nadie la molestaria en su país. La envió hasta Constanza, atada sobre una acémila, como si fuera un fardo de mercancías, y encerrada en una caja, con objeto de impedir que hablara con sus conductores: obedeciendo estos las órdenes de un hombre tan despiadado como Marganor, se la llevaban para que desahogara en ella su desenfrenada rabia.

Así como el gran rio que nace en Vésulo[136], cuanto más avanza y más se dirije hácia el mar, recibiendo en su curso las aguas del Lambra, del Tesino, del Adda y de otros muchos afluentes, tanto más crece en caudal é impetuosidad, así tambien Rugiero y las dos guerreras sentian aumentar su ódio y enojo contra Marganor á medida que iban tenien[308]do noticia de sus contínuas crueldades. Bradamante y Marfisa ardian en tanta cólera y tal ira contra el felon por sus incesantes delitos que determinaron castigarle, á pesar del crecido número de sus satélites; pero les pareció que una muerte rápida seria una pena harto dulce é indigna de tantos crímenes, y por lo tanto resolvieron hacerle sufrir un suplicio prolongado y doloroso. Sin embargo, se propusieron salvar á la anciana antes de que aquellos esbirros la condujeran á la muerte. Con la brida y el acicate excitaron de tal modo el ardor de sus corceles, que en breve alcanzaron á los soldados de Marganor. Jamás tuvieron que resistir los acometidos un choque tan impetuoso y violento, y huyeron atemorizados, abandonando sus armas, sus escudos y hasta la prisionera: así como el lobo que se dirije hácia su cueva llevando la presa codiciada entre sus dientes, al ver que el cazador y sus perros le cierran el paso cuando más seguro se creia, abandona su carga, y huye presuroso por donde conoce que los matorrales son más espesos, así los acometidos fueron tan prestos en huir como sus acometedores en atacarles. No solo abandonaron su prisionera y sus armas, sino tambien una porcion de caballos, y corrieron á ocultarse en los torrentes y en las grutas, creyendo que huirian mejor cuanto más desembarazados estuviesen.

Rugiero y las dos jóvenes se alegraron sobremanera de aquella dispersion, que les proporcionaba tres caballos para las tres damas, á quienes el dia anterior habian tenido que llevar á la grupa de los suyos. Libres ya de aquel cuidado, siguieron su camino hácia la infame é inhospitalaria ciudad, haciendo que la anciana les acompañara para que fuese testigo de su modo de vengar á Drusila: la vieja, temerosa de que el éxito no correspondiera á sus esperanzas, se [309] resistió cuanto pudo, prorumpiendo en gritos, lamentos y chillidos; pero Rugiero la colocó por fuerza á la grupa de Frontino, que partió en seguida á galope.

Llegaron por fin á un valle, donde vieron un pueblo bastante grande y accesible por todos lados, pues no estaba rodeado de muros ni de fosos. En medio de él se levantaba una empinada roca, y sobre esta una elevada fortaleza. Sabiendo que era el castillo de Marganor, se encaminaron hácia él con gran decision. Apenas llegaron al pueblo, algunos soldados que estaban de guardia en la entrada, cerraron una barrera que los tres guerreros acababan de atravesar, mientras que otros acudian á interceptarles todas las salidas: á los pocos momentos se presentó Marganor, acompañado de algunos de los suyos á pié y á caballo, todos completamente armados; y con frases breves, pero arrogantes, intimó á los recien llegados que observaran la impía costumbre establecida en sus dominios.

Marfisa, que habia concertado de antemano con Rugiero y Bradamante el modo cómo habian de obrar, en vez de contestar á Marganor, lanzó su caballo contra él; y desdeñando servirse de la espada ó de la lanza, pues solo confiaba en su vigor y en su esforzado ánimo, le descargó en el yelmo tan terrible puñetazo, que le hizo caer sin sentido sobre la silla del caballo. Bradamante se precipitó al mismo tiempo que Marfisa sobre sus adversarios; y Rugiero, imitando á las dos guerreras, empuñó su lanza, y sin quitársela del ristre, atravesó con ella seis hombres; uno herido en el vientre, dos en el pecho, otro en el cuello, otro en la cabeza, y al sexto que huia le entró el agudo hierro por la espalda, y le salió por el pecho, quedando rota el asta. La hija de Amon iba derribando á cuantos tocaba con su lanza de oro, cuyos efectos eran tan terribles como los de un rayo [310] abrasador desprendido del Cielo, que arrolla, destroza y anonada cuanto encuentra á su paso.

Mientras tanto Marfisa habia amarrado fuertemente á Marganor con los brazos á la espalda, abandonándolo á la merced de la anciana camarera de Drusila, que se mostró sumamente alborozada con tal presa. Los vencedores trataron despues de incendiar el pueblo, á no ser que sus habitantes prometieran enmendar su falta, aboliendo la impía ley de Marganor y aceptando la que ellos se propusieron á su vez establecer. Poco trabajo les costó obtener su asentimiento; porque aquella gente, además de temer que Marfisa hiciera mucho más de lo que decia (y lo que la guerrera pretendia, era nada menos que incendiar el pueblo y exterminar á todos sus habitantes), odiaba profundamente á Marganor y su cruel y fementida costumbre; pero le obedecia resignada, imitando la conducta de muchos, que prestan mayor obediencia y sumision al que más ódian: por otra parte, vivian en una desconfianza perpétua unos de otros, y como nadie se atrevia á manifestar en alta voz sus deseos, toleraban que Marganor desterrara á este, diera muerte á aquel, se apoderara de los bienes de uno, y deshonrara á otro. Mas si su corazon permanecia callado en la Tierra, las quejas secretas que de su fondo salian se elevaban hasta el Cielo, implorando la venganza del Eterno y de los santos; la cual, si bien es lenta en llegar, compensa despues su tardanza con la intensidad del castigo. Ebrio entonces el pueblo de furor y ódio, procuró vengarse del tirano llenándole de improperios y de golpes, y realizando el proverbio que dice, que del árbol caido todos hacen leña.

Sirva Marganor de saludable ejemplo á los que reinan; porque quien mal anda, mal acaba. Chicos y grandes, todos se complacian en presenciar el castigo de sus nefandos [311] pecados. Muchos de los que lloraban la pérdida de sus esposas, sus hermanas, sus hijas ó sus madres, corrian á darle muerte, sin cuidarse de ocultar la intencion que los guiaba. Rugiero y las dos magnánimas guerreras le arrancaron con sumo trabajo de las manos del pueblo irritado, porque su intencion era la de hacerle perecer de hambre, de angustia y de dolor. Entregáronlo desnudo á aquella vieja que sentia hácia él todo el ódio de que es susceptible el corazon de una mujer, y tan fuertemente atado, que no podria romper sus ligaduras á pesar de todos sus esfuerzos: la anciana, dando inmediato principio á su venganza, empezó á pincharle el cuerpo con un penetrante aguijon que le proporcionó un campesino, espectador de aquellos sucesos. Por su parte, la embajadora de Islandia y sus dos doncellas, que no podian olvidar la vergonzosa afrenta recibida, no quisieron permanecer inmóviles, y se precipitaron sobre él con un encarnizamiento semejante al de la vieja; pero aquel género de venganza no satisfacia por completo sus deseos, y aun cuando le herian á pedradas, le arañaban, le mordian y le clavaban agujas, no veian satisfecha su rencorosa saña. Así como el torrente que, hinchado por las lluvias ó por el deshielo, emprende una marcha destructora, y precipitándose desde las montañas, va arrastrando en su impetuoso curso los árboles, los peñascos, las cosechas y las casas, pero inclinando al fin su orgullosa frente, se debilita tanto, que una mujer, un niño, lo pueden atravesar por todas partes, y muchas veces á pié enjuto; así tambien Marganor, cuyo solo nombre habia hecho temblar hasta entonces á cuantos lo oian, una vez abatida su soberbia arrogancia, quedó reducido al extremo de que hasta los muchachos se burlaban de él, y se atrevian á arrancarle las barbas y los cabellos.

[312]

Rugiero y sus jóvenes compañeras subieron en seguida al castillo, situado en la cima del peñasco. Penetraron en él sin que opusieran la menor resistencia los que le custodiaban, y permitieron que el pueblo se apoderara de una parte de los ricos arneses que en él habia, entregando la otra á Ulania y á sus ultrajadas doncellas. Recobraron el escudo de oro, y pusieron en libertad á los tres reyes aprisionados por el tirano, los cuales, al dirigirse al castillo, iban á pié y desarmados, como creo haberos dicho; pues desde el dia en que Bradamante los venció, habian caminado constantemente á pié y sin armas, en compañía de la dama que desde tan apartadas regiones se dirigiera á Francia. No sé si fué una felicidad ó una desgracia para Ulania el que los tres reyes carecieran de armas; hubiera sido lo primero, porque llevándolas habrian podido defenderla; pero si hubiesen quedado vencidos en la demanda, su derrota habria causado la muerte de la embajadora; pues Marganor, llevándola al panteon en que yacian los dos hermanos, como solia llevar á cuantas damas iban protegidas por caballeros armados, la hubiera ofrecido en sacrificio á los manes de sus hijos. Preferible fué por lo tanto verse obligadas á enseñar lo que el pudor manda tener oculto, antes que arrostrar la muerte; además de que su oprobio quedaba disminuido en gran parte por la circunstancia de haber tenido que ceder á la fuerza.

Antes de alejarse las guerreras, exigieron á los habitantes el juramento de que los maridos confiarian á las mujeres el gobierno del país y de todo en general, diciéndoles que seria castigado con las penas más severas el que se atreviese á infringir esta disposicion. En una palabra, los hombres deberian ceder á las mujeres todas las prerogativas de que en otras partes disfrutaba el sexo viril. Despues les hicie[313]ron prometer que no darian hospitalidad, ni permitirian que traspasasen el umbral de una sola casa cuantos transitaran por aquel país, fuesen nobles ó plebeyos, si no juraban por Dios y por los Santos, ó por aquello que más pudiera obligarles, que serian siempre leales defensores de las mujeres y enemigos de sus enemigos, y que si tarde ó temprano estaban dispuestos á casarse, obedecerian sumisos los menores caprichos de sus mujeres, á las cuales deberian permanecer enteramente sujetos. Marfisa les anunció que volveria por allí antes de que terminara el año y de que los árboles perdieran sus hojas, y les amenazó con saquear y quemar el pueblo como no encontrase puesta en vigor aquella costumbre.

No quisieron ausentarse de allí sin sacar antes el cadáver de Drusila del sitio inmundo en que yacia, depositándolo juntamente con el de su esposo en un sepulcro que hicieron construir lo más ricamente que fué posible. La vieja no cesaba de acribillar el cuerpo de Marganor con su inseparable aguijon, y se lamentaba de que su edad no le permitiera continuar sin descanso en semejante tarea.

Las animosas guerreras vieron una columna erigida en la plaza del pueblo, al lado del templo, en cuya columna habia hecho inscribir el impío Marganor su ley insensata y cruel: en ella colocaron, á guisa de trofeo, el escudo, la coraza y el yelmo del tirano, y debajo de este trofeo hicieron grabar la ley cuya observancia previnieron á su vez, no habiendo consentido Marfisa en alejarse hasta ver terminada esta inscripcion, totalmente contraria á la anterior que ordenaba la muerte y la deshonra de toda mujer.

Rugiero, Bradamante y Marfisa se separaron allí de la embajadora de Islandia, la cual no quiso seguirles, con objeto de arreglarse otros nuevos vestidos; pues no creia de[314]coroso presentarse en la corte de Carlomagno si no iba tan suntuosamente engalanada como de costumbre. Quedóse, pues, Ulania, conservando á Marganor en su poder; pero temerosa de que pudiera escaparse, y á fin de evitar en lo sucesivo que llegara á ultrajar á otras damas, le hizo arrojar desde lo alto de una torre. Este fué el mejor salto que dió en toda su vida.

Pero dejemos ya de hablar de Ulania y de sus compañeras, y volvamos á los viajeros que se dirigian á Arlés. Caminaron todo aquel dia y el siguiente hasta la hora de tercia[137], y cuando llegaron á un sitio en que el camino se dividia en dos, conduciendo el uno al campamento francés y yendo á terminar el otro al pié de las murallas de Arlés, volvieron los amantes á abrazarse y á repetir su dura y triste despedida. Por último, las doncellas se alejaron en direccion del campamento, Rugiero en la de Arlés, y yo pongo aquí fin á mi canto.


[315]

CANTO XXXVIII.

Rugiero regresa á Arlés.—Marfisa y Bradamante se presentan á Carlomagno: la primera abraza la fé cristiana.—Astolfo se aleja de las regiones celestiales y devuelve la vista al Rey de Nubia. Despues entra con los suyos en el reino de Agramante.—Este monarca hace un pacto con el emperador Cárlos, mediante el cual confian á dos guerreros la decision de sus contiendas.

En vuestros ojos leo, ¡oh amables damas! que os dignais escuchar benévolas mis versos, el disgusto que os causa la nueva y repentina separacion de Rugiero y Bradamante; observo que sentís casi la misma pena que sintió esta última al ver alejarse al guerrero, y tal vez llegais á sospechar que en el corazon de este no debia arder con mucha intensidad la llama del amor. Tambien yo participaria de vuestra opinion, si la razon que tuvo para abandonar á su amada contra su expresa voluntad hubiera sido otra, aun cuando esperara alcanzar un tesoro mucho más valioso que los que Craso y Creso[138] poseyeron, pues un gozo tan puro, un contento tan inefable no puede comprarse con oro ni con plata; pero se trataba de salvar su honor, y en este caso, no tan solo es digno de disculpa, sino de elogios: portándose de otro modo, se habria hecho acreedor al mayor baldon é ignominia, y si Bradamante se hubiese empeñado en detenerle por más tiempo, habria dado pruebas evidentes de amarle poco ó de tener poco discernimiento; pues si bien es verdad que la mujer enamorada debe tener la vida [316] del hombre á quien ama en tanta ó en más estima que la suya propia (me refiero á aquellas en cuyo corazon han penetrado profundamente las flechas del amor), tambien lo es que á la felicidad de verle, debe anteponer siempre el honor de su amante; el honor, más preciado que la misma vida, por más que prefiramos esta á todos cuantos placeres existen. Volviendo al lado de su soberano, hizo Rugiero lo que debia; porque no podia abandonar su servicio sin incurrir en una ignominiosa bajeza. Si Almonte habia hecho morir á su padre, Agramante era completamente ajeno á este crímen, aparte de que habia enmendado las faltas de sus ascendientes con las atenciones que de contínuo prodigó á Rugiero. El jóven guerrero cumplió, pues, con su deber yendo á reunirse con el monarca sarraceno, así como Bradamante cumplió con el suyo, no procurando detenerle á su lado, como hubiera podido, con sus insistentes ruegos. Tiempo vendrá en que á Rugiero le sea posible satisfacer los deseos de su amada y los suyos propios, si ahora no los ha atendido: pero el que empaña su honor, aunque no sea más que un momento, no puede borrar la mancha en él producida, aun cuando viva cien y cien años.

Rugiero volvió á Arlés, donde Agramante habia reunido las tropas que le quedaban. Mientras tanto Marfisa y Bradamante, que unidas casi por los vínculos del parentesco, habian contraido una estrecha amistad, llegaron al sitio en que Cárlos, apelando á todos los medios de que disponia, reunia un numeroso ejército, con la esperanza de terminar en una sola batalla ó en un asalto general aquella guerra, tan prolongada como enojosa. Bradamante fué conocida en cuanto se presentó en el campamento, y acogida con las mayores muestras de alegría y solicitud. Todos la saludaron y honraron á porfía, mostrándose ella á su vez afable[317] y bondadosa con todo el mundo. Reinaldo corrió á su encuentro apenas tuvo noticia de su llegada; Riciardo, Riciardeto, sus demás parientes, todos, en fin, se apresuraron á felicitarla por su regreso.

No bien circuló la noticia de que su compañera era Marfisa, aquella guerrera tan famosa por sus hechos de armas y que tan preciados laureles habia conquistado desde el Catay hasta las fronteras de España, todos los guerreros, desde el más poderoso hasta el más humilde, salieron de sus tiendas: la multitud, deseosa de ver aquellas dos hermosas guerreras, acudia por todas partes á su paso, y se agolpaba, se empujaba y se oprimia en tropel en su afan por contemplarlas. Presentáronse á Carlomagno con gran reverencia. Segun dice Turpin, aquel fué el primer dia que se vió á Marfisa arrodillada; pues el hijo de Pepino le pareció el único mortal digno de semejante homenaje, entre cuantos reyes ó emperadores, así cristianos como sarracenos, eran celebrados por sus virtudes ó sus riquezas. Cárlos las acogió benignamente; salió á recibirlas fuera de su tienda, y quiso que se sentaran á su lado con preferencia á todos los reyes, príncipes y señores de su corte. Ordenóse á la multitud que se retirara, y en presencia de lo más selecto del séquito del Emperador, de los paladines y de los principales magnates, empezó Marfisa á hablar de esta suerte con halagüeña voz:

—Excelso, invicto y glorioso Augusto, que desde los mares de la India al Tirintio estrecho[139], y desde la nevada Escitia hasta la abrasada Etiopía haces respetar tu cándida cruz; ¡oh tú, el más sábio y justo de todos los reyes! sabe que vengo desde el más apartado confin de la Tierra, atrai[318]da por el rumor de tu fama ilustre, para la que no hay límite alguno. Hablándote con entera ingenuidad, te diré que únicamente la envidia me obligó á emprender tan largo viaje, y que solo he venido para luchar con tus guerreros, proponiéndome que no existiera en el mundo un rey tan poderoso cuya religion fuera opuesta á la mia. Por esta razon he enrojecido los campos con sangre cristiana, y estaba dispuesta á darte otras y más terribles pruebas de mi cruel enemistad, si no hubiera ocurrido una circunstancia que ha trocado en amistad mi ódio. Cuando pensaba causar mayores daños á tus huestes, supe (más adelante te diré cómo) que fué mi padre el bravo Rugiero de Ris, engañado y vendido traidoramente por su pérfido hermano. Mi madre me llevó en su seno á través de los mares, y dióme á luz en medio de la mayor miseria. Fuí criada por un mágico, hasta que una horda de árabes me arrebató de su lado, cuando apenas contaba siete años: mis raptores me vendieron en Persia como esclava á un rey, á quien dí muerte cuando llegué á la pubertad, por haber pretendido arrancarme mi virginidad. Exterminé con él á todos sus secuaces; arrojé del reino á su perversa estirpe, y me apoderé del trono. Fué tal mi buena estrella, que me hice dueña de siete reinos, á pesar de que mi edad no pasaba uno ó dos meses de los diez y ocho años. Envidiosa, como he dicho, de tu fama, formé el decidido empeño de debilitar el brillo de tu ínclito renombre: tal vez hubiera realizado mi propósito, ó quizás tambien me habria engañado. Pero habiendo sabido, despues de estar en Francia, que me unen á tí los lazos del parentesco, forzoso me ha sido domar mis insanos designios, y hacer que mi furor plegara sus alas. Así como mi padre fué tu pariente y servidor, tambien lo soy yo, por lo cual doy al olvido aquella envidia y aquel ódio [319] protervo que un tiempo sentí contra tí, ó más bien lo reservo para hacerlo recaer sobre Agramante y sobre todos los parientes de su padre y su tio, que con tanta perfidia asesinaron á mis padres.

Marfisa continuó diciendo que queria abrazar la fé cristiana, y regresar despues de haber inmolado al rey Agramante, y con el beneplácito de Cárlos, á sus dominios de Oriente, con objeto de bautizar á sus súbditos y empuñar sus armas contra todas las naciones que adoraran á Mahoma y Trivigante, prometiendo que todas sus conquistas serian para el imperio y en beneficio de la religion de Cristo.

El Emperador, cuya elocuencia igualaba á su valor y sabiduría, prodigó mil elogios á Marfisa, así como á su padre y á todo su linaje: contestó con la mayor benignidad á cuanto habia dicho la guerrera, y concluyó declarando que la acogia gustoso, no solo como á pariente, sino como á su propia hija.

Al decir estas palabras, se levantó, abrazóla de nuevo y la besó en la frente en señal de adopcion. Todos los caballeros de las casas de Mongrana y Claramonte se adelantaron entonces á felicitar á Marfisa. Fuera prolijo referir las consideraciones que le prodigó Reinaldo, el cual habia tenido muchas veces ocasion de admirar sus proezas, cuando fué con los suyos á asediar á Albracca. No lo seria menos manifestar la alegría que al verla tuvieron Guido, Aquilante, Grifon y Sansoneto, que pelearon con ella en la ciudad de las mujeres homicidas, así como Malagigo, Viviano y Riciardeto, para quienes habia sido tan fiel é intrépida compañera, cuando los dos primeros escaparon de las manos de los pérfidos maguntinos y de los impíos moros españoles que iban á venderlos.

[320]

Dispúsose para el dia siguiente, cuidando el mismo Cárlos de todos los preparativos, un paraje lujosamente adornado, donde Marfisa recibiera el bautismo. El Emperador llamó á los obispos y á los doctores de la religion cristiana, encargándoles que instruyesen á la doncella en los misterios de nuestra Santa Fé. El arzobispo Turpin, revestido de pontifical, derramó sobre su cabeza las purificadoras aguas del bautismo, siendo Carlomagno su padrino en la sagrada ceremonia.

Pero ya es tiempo de llenar el cerebro vacío del insensato Orlando con el contenido de la botella, de que el duque Astolfo iba provisto al descender en el carro de Elias desde el cielo más bajo[140]. Al descender Astolfo de la luciente esfera, se posó en la montaña más alta de la Tierra, llevando el precioso frasco que debia sanar el juicio del valiente entre los valientes. San Juan indicó en aquella montaña al Duque de Inglaterra una yerba de propiedad maravillosa, con la cual quiso que frotara los ojos del rey de Nubia y le devolviera la vista, á fin de que dicho rey, en agradecimiento de este inmenso favor y de los ya recibidos, le proporcionara tropas suficientes para asaltar á Biserta. El santo anciano le enseñó despues punto por punto el medio de armar y disciplinar á aquellas tropas inexpertas, para que pudiera atravesar sin peligro los desiertos de arena que tan funestos eran á los hombres.

Montando de nuevo en el caballo alado que fué primero de Atlante y de Rugiero despues, dejó el Paladin aquellas regiones bienaventuradas, despidiéndose de San Juan, y siguiendo las orillas del Nilo, llegó en breve al país de los Nubios, y descendió en la capital, pasando en seguida á vi[321]sitar á Senapo. Extraordinario fué el júbilo que causó al Rey su regreso, pues no habia podido olvidar el gran beneficio de que le era deudor por haberle librado de las molestas arpías; pero cuando Astolfo hizo desaparecer de sus ojos aquel espeso humor que le privaba de la luz, y le devolvió la vista, le adoró y reverenció como si fuera un dios, y no solo le proporcionó la gente que le pedia para llevar la guerra al reino de Biserta, sino que puso á sus órdenes cien mil hombres más, ofreciéndose tambien él á marchar con la expedicion. El ejército era tan numeroso, que apenas cabia en una llanura extensa; estaba formado exclusivamente de infantería, porque en aquel país hay mucha escasez de caballos, aunque los camellos y elefantes se encuentran en gran abundancia. Durante la noche que precedió al dia en que debia emprender la marcha el ejército de Nubia, montó el Paladin en su hipogrifo, se dirigió con raudo vuelo hácia el Mediodia hasta llegar al monte donde tiene su orígen el viento austral que sopla contra las Osas, y encontró la caverna, por cuya estrecha boca se escapa furioso aquel viento, siempre que se despierta. Siguiendo las órdenes de su maestro, habia llevado un odre vacío, que colocó tácita y cautelosamente en el respiradero del antro donde dormia fatigado el fiero Noto; el cual cayó tan bien en aquel lazo, para él desconocido, que cuando al dia siguiente quiso salir de la caverna, quedó cautivo y encadenado en el odre.

Contento el Paladin con tal presa, volvió á la Nubia, y en el mismo dia emprendió la marcha al frente de aquel ejército negro, seguido de un gran convoy de provisiones. El glorioso Duque llegó al pié del Atlas con toda felicidad y sin haber perdido un solo hombre; pues aunque tuvo necesidad de atravesar los desiertos de arena, no pudo moles[322]tarle el viento, puesto que lo llevaba aprisionado. Cuando hubo traspuesto la montaña, y llegado á un sitio desde el que se descubria una extensa llanura y las costas, eligió las tropas más escogidas y mejor disciplinadas de su ejército, y formando con ellas dos cuerpos, las colocó á uno y otro lado de la falda del monte. Dejándolas allí, subió á la cumbre, absorto al parecer en elevados pensamientos; y cayendo de rodillas, dirigió á su santo maestro una ferviente oracion, seguro de que sus ruegos serian atendidos; despues de lo cual se puso á arrojar á la llanura una gran cantidad de piedras.

¡Oh! ¡cuánto le es dado hacer al que deposita toda su confianza en Jesucristo! Aquellas piedras, al rodar por la montaña, iban creciendo de un modo sorprendente y extraordinario; formaban vientres, patas, cuellos y hocicos, y á medida que se alejaban de la cumbre, se las oia relinchar clara y distintamente: en cuanto llegaban á la llanura, sacudian las grupas, y quedaban convertidas en caballos bayos, castaños ó tordos. Los soldados que estaban apostados á la entrada del valle, se apoderaban inmediatamente de ellos; de suerte que en pocas horas estuvieron todos perfectamente montados, pues cada caballo habia aparecido con su silla y su freno correspondiente. Así fué como Astolfo en un dia convirtió á ochenta mil ciento dos infantes en otros tantos ginetes, con los cuales recorrió toda el África, talándolo é incendiándolo todo á su paso y haciendo innumerables prisioneros.

Agramante habia confiado la custodia del país, hasta su regreso, al rey Brancardo y á los de Fez y de los Algazeres, los cuales acudieron á oponerse á las correrías del Paladin; pero antes despacharon al Rey de África un mensajero embarcado en una nave lijera, con encargo de que [323] hiciera fuerza de remo y velas, á fin de informar á Agramante de los ultrajes y daños que sufria su reino por parte del Rey de Nubia. El enviado navegó dia y noche sin descanso, hasta llegar á las costas de Provenza, donde encontró á su Rey cercado en Arlés por Carlomagno, que estaba acampado á una milla de distancia. Al tener noticia el monarca africano del peligro á que dejaba expuesto su reino por conquistar el de Pepino, reunió en un consejo general á los reyes y príncipes del pueblo sarraceno, y despues de fijar atentamente sus excrutadoras miradas en Marsilio y en Sobrino, los dos reyes más ancianos y prudentes de cuantos habian acudido á su llamamiento, se expresó en estos términos:

—Por más que esté convencido del mal efecto que produce el oir lamentarse á un general en jefe de su falta de prevision, no tendré reparo en confesar la mia, mucho más cuando mi sinceridad puede servir de legítima excusa á un error, orígen de males que no estaban al alcance de la inteligencia humana. Confieso, pues, ingénuamente que cometí un error al dejar el África indefensa sin prever que el ejército nubio podia invadirla. Pero ¿quién, sino Dios, único que conoce el porvenir, hubiera podido pensar que viniese á talar nuestros Estados el ejército de un país tan apartado del nuestro, y del que nos separan inmensos desiertos de movediza arena? Sin embargo, nada más cierto: aquella nacion enemiga ha puesto sitio á Biserta, despues de dejar el África despoblada en su mayor parte. Ahora bien: deseo saber vuestra opinion sobre tan importante asunto. ¿Debo alejarme de aquí sin recoger el fruto de nuestros trabajos, ó proseguir esta empresa hasta llevarnos á Cárlos prisionero? ¿Creeis que sea posible salvar mi trono de África y destruir el imperial á un tiempo mismo? Si al[324]guno de vosotros lo cree así, le ruego que hable, á fin de adoptar el mejor partido, y ponerlo en ejecucion sobre la marcha.

Así dijo Agramante, y fijó su vista en el Rey de España, que estaba sentado junto á él, como si quisiera darle á entender que esperaba su respuesta á cuanto habia dicho. Marsilio dobló la rodilla, inclinó la cabeza en señal de reverencia, volvió á ocupar su elevado asiento, y pronunció estas palabras:

—Señor: la fama acostumbra exajerar todas las noticias que propaga, ya sean buenas ó malas Persuadido de esta verdad, jamás me abandono á la desesperacion ni redoblo mi audacia ó me entusiasmo más de lo que es debido, por malos ó buenos que sean los casos en que la fama me haya puesto: por el contrario, siempre temo ó espero que su importancia sea menor, y nunca creo que sucedan del modo cómo llegan á nuestros oidos á través de tantas bocas. Cuanta menos verosimilitud haya en lo que se nos anuncia, tanto mayor debe ser nuestra incredulidad. Ahora bien: ¿es siquiera presumible que un rey de tan apartada nacion haya sentado su planta en la belicosa África, seguido de un innumerable ejército y teniendo que atravesar las arenas por las que Cambises hizo marchar á su ejército con funesto presagio?[141] Más bien estoy dispuesto á creer que sean árabes bajados de las montañas, que se hayan puesto á talar y saquear el país, cometiendo algunas muertes aisladas y haciendo algunos cautivos, por haber encontrado poca ó ninguna resistencia, y que Branzardo, lugarteniente[325] y virey de aquellos países, haya abultado los sucesos á fin de hacer más disculpable su falta de celo y actividad. Pero quiero conceder más: doy por supuesto que sean en efecto los nubios, milagrosamente llovidos del cielo, ó trasladados ocultamente entre las nubes, como lo hace creer el no haberles visto nunca por el camino. ¿Puedes recelar que una gente como esa saquee el África, aun cuando no envies tropas en su socorro? ¡Menguado por demás seria el valor de tus súbditos, si temieran á un pueblo tan pusilánime! Bastará que envies algunas naves, y que se vean los colores de tus banderas, para que esos insensatos, ya sean nubios ó árabes, á quienes la circunstancia de encontrarte aquí con nosotros, separado por el mar de tu reino, ha infundido el atrevimiento de declararte la guerra, huyan de nuevo á sus guaridas tan pronto como aquellas zarpen de estas costas. Aprovecha, pues, la ocasion que te ofrece para vengarte la ausencia del sobrino de Carlomagno. No estando Orlando aquí, ni un solo cristiano podrá resistir tu acometida. Mas si por negligencia ó imprevision dejas perder la honrosa victoria que te espera, puedes tener por cierto que la fortuna te volverá las espaldas, con gran vergüenza y eterno baldon para nosotros.

Con estas y otras razones se esforzaba el rey Marsilio en persuadir al Consejo que no salieran de Francia los sarracenos hasta arrojar á Carlomagno de sus estados. Pero el rey Sobrino, que conocia claramente la intencion del de España, y sabia que hablaba en pró de su interés personal y no en el de sus aliados, respondió así:

—¡Ojalá hubiera sido un falso adivino, cuando te aconsejaba, Señor, que no rompieras la paz! ¡Ojalá hubieras creido á tu fiel Sobrino, ya que mis presentimientos no me engañaban, en vez de escuchar al soberbio Rodomonte, á[326] Marbalusto, á Alzirdo y á Martasino, á los cuales quisiera tener ahora frente á frente, pero en especial al primero, para recordarle su presuntuosa promesa de romper la Francia cual si de frágil vidrio fuera, y de seguir al Cielo ó al Infierno tus banderas, ó más bien, la de abrirles el camino de la victoria. Y ahora, ¿qué es lo que hace? En el momento en que más necesaria es su ayuda, se entrega á un ócio indigno y despreciable, mientras yo, que fuí entonces tachado de cobarde por predecirte la verdad, no te he abandonado un momento, como no te abandonaré hasta perder esta vida, que, aunque agobiada por el peso de los años, arriesgaré uno y otro dia en tu favor, combatiendo contra todo el que de francés lleve el nombre. Ninguno, sea quien fuere, se atreverá á decir que he cometido una sola accion villana: antes bien, muchos que se han jactado más que yo, no han hecho más ni siquiera tanto como tu leal Sobrino. Hablo de este modo para demostrar que lo que dije entonces, y lo que voy á decirte, no debe atribuirse á perfidia ni á cobardía, sino que es fruto de una verdadera amistad y de una sincera adhesion.

»Yo te aconsejo que vuelvas á los estados de tu padre sin demora alguna, pues el que pierde lo propio por conquistar lo ajeno no da pruebas de tener el juicio sano. Si esto puede llamarse conquista, harto lo sabes. Treinta y dos reyes feudatarios tuyos salimos contigo de las costas africanas: si intentas ahora contarlos, los verás reducidos á una tercera parte: los demás han perecido. Plegue al Dios Todopoderoso que no caigan más; porque si intentas proseguir la guerra, mucho temo que no quede la cuarta ni siquiera la quinta parte, y que tu pueblo sea exterminado completamente. Es indudable que la ausencia de Orlando redunda en beneficio nuestro; porque, si él estuviera[327] con los suyos, tal vez no quedáramos los pocos que aun vivimos; pero esta circunstancia no aleja de nosotros el peligro, por más que prolongue nuestra triste suerte. Acaso ¿no está contra nosotros Reinaldo, cuyas hazañas le colocan á tanta altura como á su primo? ¿No tenemos que combatir contra todos sus parientes y contra los paladines, terror eterno de nuestros soldados? ¿No cuentan con el apoyo de ese segundo Marte (y advierte que alabo á mis enemigos bien á pesar mio), con el valeroso esfuerzo de Brandimarte, tan intrépido como Orlando, y cuya pujanza he tenido ocasion de esperimentar en parte, y en parte la he conocido á costa de otros? Muchos dias hace que ha desaparecido Orlando, y sin embargo, hemos perdido más de lo que hemos ganado.

»Y si hasta aquí llevamos la peor parte, temo que en adelante nuestros reveses sean mayores. Mandricardo ha perecido; Gradasso nos ha privado de su auxilio; Marfisa nos ha abandonado en la ocasion más crítica, y lo mismo ha hecho el Rey de Argel, del cual puedo decir que si fuese tan leal como valiente, poco nos importaria la pérdida de Gradasso ó de Mandricardo. Mientras nos hemos quedado sin auxiliares tan poderosos, y los nuestros han perecido á millares, y nuestras provincias, haciendo el último esfuerzo, nos han enviado todos sus guerreros y no esperamos ya naves con refuerzos, han venido á colocarse bajo las banderas de Cárlos cuatro campeones, tenidos, y con razon, por tan valientes como Orlando ó Reinaldo; pues desde aquí hasta Batrun[142], con dificultad se encontrarán otros cuatro que se les igualen. Ignoro si sabeis quiénes sean Guido el Salvage, Sansoneto y los hijos de Olivero; en cuanto á mí, me inspiran más admiracion y más recelo que[328] todos los príncipes y caballeros que de Alemania ó de otro cualquier país extranjero han venido á militar á las órdenes del Emperador en contra nuestra. Por lo mismo, no creo que estemos en el caso de tener en poco los refuerzos que llegan sucesivamente al campamento cristiano.

»Cuantas veces salgas al campo, otras tantas llevarás la peor parte ó serás derrotado. Si África y España tuvieron con frecuencia que ceder cuando eran diez y seis contra ocho, ¿qué sucederá despues que la Italia y la Alemania se han unido con la Francia y el ejército anglo-escocés, y cuando tengamos que pelear seis contra doce? ¿Qué otra cosa podemos esperar sino baldon y daño? Si pretendes continuar obstinado esta empresa, perderás al mismo tiempo tus soldados aquí, y allá tu corona; pero si te decides á regresar, salvarás nuestros intereses y tambien tu trono. Comprendo que seria una cosa indigna de tí abandonar á Marsilio, y que si tal hicieras todos te calificarian de ingrato; pero queda un remedio: ajusta la paz con Cárlos, cosa que debe agradarle, si á tí te agrada. Si te avergüenzas de pedir la paz, tú que has sido el primero en recibir la ofensa, y no desistes de combatir, á pesar del resultado que estás viendo, procura á lo menos quedar vencedor; lo cual podrá suceder, si me das crédito, si confias á uno de tus caballeros el cuidado de dirimir tus querellas, y si el elegido es Rugiero. Bien sabes, como yo, que nuestro Rugiero con las armas en la mano vale tanto como Reinaldo ú Orlando ó cualquier otro caballero cristiano; pero si te empeñas en dar una batalla general, por más que el valor de ese jóven sea sobrehumano, él no será nunca más que uno solo, al paso que tus enemigos serán muchos. Mi opinion es la de que envies á decir al Rey cristiano, si así te parece, que para terminar de una vez la guerra, y con objeto de que [329] cese el derramamiento de sangre de uno y otro ejército, le propones un combate entre el más valeroso de sus caballeros y uno de los tuyos, y que reasuman ambos en sí toda la guerra, hasta que el uno venza y el otro sucumba; pero con la condicion de que el rey del vencido haya de ser tributario del rey del vencedor. No creo que Cárlos rechace esta condicion, aun cuando conozca la ventaja. Fio tanto en el vigoroso denuedo de Rugiero que espero que salga vencedor; y como por otra parte nos asiste la razon, estoy seguro de que vencerá, aunque tuviese que pelear con el mismo Marte.»

Con estas y otras razones no menos eficaces, logró Sobrino que se adoptara su parecer, nombrándose acto contínuo los intérpretes, que pasaron en el mismo dia á llevar á Cárlos la embajada. El Emperador, que contaba con tantos guerreros intrépidos, dió por suya la victoria, y nombró para llevar á cabo aquella empresa al paladin Reinaldo, en quien, despues de Orlando, tenia mayor confianza. Uno y otro ejército acogieron con júbilo este acuerdo, pues ambos estaban ya cansados y pesarosos de una guerra que fatigaba á la vez su cuerpo y su espíritu. Cada cual se habia propuesto pasar en el reposo el resto de sus dias, y cada cual maldecia interiormente la ira y el furor que tantas riñas y contiendas habian suscitado.

Reinaldo, que se veia tan enaltecido por la preferencia con que el monarca cristiano le habia honrado sobre todos los demás campeones, se aprestó gozoso al combate: tenia en poco á Rugiero, y estaba persuadido de que no podria resistirle, ni siquiera hacerle frente, por más que hubiera dado muerte á Mandricardo en el palenque. En cuanto á Rugiero, si bien le envanecia el honor de haber sido elegido por su rey para tan importante empresa como el me[330]jor de todos los guerreros mahometanos, se mostraba triste y apenado, no por efecto del temor; pues ni retrocederia ante Reinaldo, ni ante él y Orlando reunidos, sino por la idea de que su adversario era hermano de su adorada y fiel prometida, la cual le dirigia en sus cartas contínuas quejas, mostrándose cada vez más contrariada y resentida. Pensaba, y con razon, que si á las anteriores ofensas añadia la de salir á combatir y tal vez á matar á su hermano, el amor que por él sentia hasta entonces se convertiria en un ódio tan violento, que con dificultad podria aplacarle. Mientras Rugiero se lamentaba á sus solas por verse obligado á sostener muy á pesar suyo aquella lucha, su amada derramaba copiosas lágrimas por haber llegado á las pocas horas tan funesta nueva á sus oidos. Golpeábase el pecho, mesaba sus dorados cabellos, heria sus inocentes y llorosas mejillas, y acusando al destino de cruel, llamaba á Rugiero ingrato y despiadado. Cualquiera que fuese el resultado del combate, no podria menos de ser terriblemente doloroso para ella. Se le partia el corazon solamente al pensar que Rugiero pudiera sucumbir en la contienda; pero si el Dios de los cristianos, haciéndoles sentir el peso de su enojo, permitia que la Francia fuese vencida y humillada, resultaria para Bradamante un daño más transcendental y lamentable; porque no solo perderia á su hermano, sino que le seria ya de todo punto imposible, á no ser que arrostrara la vergüenza, el baldon y la enemistad de todos los suyos, reunirse á su prometido esposo tan públicamente como deseaba, y tal como se habia propuesto muchas veces, pensando en ello dia y noche: aunque por otra parte, los lazos de amor y los juramentos que unian á los dos amantes eran tan terminantes y formales, que no habia medio de retractarse ó arrepentirse.

[331]

En medio de su desesperacion, acudió á socorrerla aquella que jamás la abandonaba en la adversidad: me refiero á la mágica Melisa, que no pudo menos de estremecerse al oir los lamentos y sollozos de Bradamante. Se esforzó en consolarla, y le ofreció que en la ocasion oportuna pondria remedio á sus cuitas, é impediria aquella lucha futura, causa de su llanto y de sus desvelos.

Entre tanto Reinaldo y Rugiero aprestaban sus armas para el combate: concedióse la eleccion de estas al campeon del Romano imperio, y Reinaldo, que desde la pérdida de Bayardo no habia vuelto á montar á caballo, quiso que la pelea fuese á pié, y que sus armas consistiesen en coraza, cota de malla, hacha y puñal. Ya fuera efecto de la casualidad, ó consejo de su cauto y perspicaz Malagigo, el cual sabia que para los tajos de Balisarda no servian de nada las armaduras, convinieron los dos guerreros, como he dicho, en que no harian uso de la espada. En cuanto al sitio del combate, lo señalaron en una gran llanura próxima á los antiguos muros de Arlés.

Apenas salió la vigilante Aurora del palacio de Titon para dar principio al dia prefijado y anunciar la hora designada para el combate, cuando se adelantaron los heraldos de uno y otro campo, y levantaron pabellones en los extremos del palenque, cerca de los cuales establecieron dos altares. Al poco rato se vió salir, escuadron por escuadron, al ejército pagano, y en medio de él al Rey de África cubierto con una magnífica armadura, y rodeado de toda la pompa y suntuosidad orientales. A su lado cabalgaba Rugiero sobre un caballo bayo, de negras crines, frente blanca y patas traseras de igual color: el arrogante Marsilio no se desdeñaba de servir de escudero al jóven campeon, llevando el casco que Rugiero ganara poco antes con tanto trabajo[332] al Rey de Tartaria, aquel casco, inmortalizado ya por otros versos, y que mil años antes habia usado el troyano Héctor. Otros príncipes y señores de la corte se habian repartido las restantes armas, incrustadas de piedras preciosas y admirablemente cinceladas de oro.

Carlomagno salió casi al mismo tiempo de sus atrincheramientos con sus tropas cuidadosamente formadas en órden de batalla. Rodeábanle sus famosos Pares; y junto á él marchaba Reinaldo, cubierto con todas sus armas, menos el yelmo que fué de Mambrino, confiado á la sazon á Ogiero el dinamarqués, uno de los paladines. Llevaban las dos hachas de armas, una el duque Namo, y otra, Salamon, rey de Bretaña.

Cárlos reunió á todos los suyos á un lado del palenque: los moros africanos y españoles se formaron al otro lado. Entre uno y otro ejército quedaba un gran espacio vacío: cualquiera que se atreviese á entrar en él, seria castigado con la muerte, segun mútuo acuerdo de los dos monarcas. Despues de conceder la segunda eleccion de armas al campeon del ejército pagano, se adelantaron dos sacerdotes de una y otra religion con un libro en la mano: en el del uno estaba escrita la perfecta vida de Jesucristo; en el del otro el Coran: el emperador acompañaba al sacerdote del Evangelio, y Agramante acompañaba al otro.

Acercóse Cárlos al altar levantado por los suyos, y elevando las manos al cielo, exclamó:

—¡Oh Dios eterno, que quisiste morir por redimir nuestras almas! ¡Oh Vírgen sacratísima, cuya virtud fué tan grata al Supremo Hacedor, que Dios tomó en tus entrañas la forma humana, y le llevaste nueve meses en tu santo seno, conservando siempre tu inmaculada pureza! Sed testigos de que prometo, si sucumbe mi campeon en la pelea, [333] que yo y todos mis sucesores pagaremos al rey Agramante, ó á quien le suceda en el gobierno de sus estados, veinte cargas anuales de oro puro, y prometo tambien empezar la tregua, que se convertirá en paz perpétua: si falto á mi promesa, inflámese en el acto vuestra formidable cólera, y caiga sobre mi cabeza y la de mis hijos, de modo que se comprenda desde luego que la hemos merecido por no haber cumplido nuestra palabra: solo os suplico que mi pueblo se libre de vuestro justo castigo.

Mientras Cárlos hablaba así, tenia la mano puesta sobre el Evangelio y los ojos fijos en el cielo.

Aproximóse entonces Agramante al altar que los paganos habian adornado espléndidamente, y juró que regresaria al África con todo su ejército, y pagaria á Cárlos un tributo igual, si Rugiero quedaba vencido aquel dia, añadiendo que desde luego existiria entre ellos una tregua con las condiciones enunciadas antes por el Emperador. Imitando á este, puso por testigo á Mahoma, con la mano colocada sobre el libro que le presentaba su sacerdote, de que prometia observar fielmente cuanto habia ofrecido. Los dos monarcas se separaron en seguida con presteza, volviendo cada cual á ponerse al frente de sus tropas. Adelantáronse acto contínuo entrambos campeones, para prestar su respectivo juramento. Rugiero prometió que, si su rey le ordenaba por sí mismo ó por cualquier otro conducto la suspension del combate, abandonaria su servicio y pasaria á militar á las órdenes del Emperador. Reinaldo juró á su vez que, si Carlomagno era causa de que se interrumpiera el combate, mientras no quedara vencido ninguno de los dos campeones, se uniria al ejército de Agramante.

Una vez terminadas las ceremonias preliminares, pasó cada cual al lado de los suyos, y á los pocos momentos dieron [334] los clarines la señal del combate. Los animosos guerreros salieron á encontrarse con paso lento y estudiado. Inmediatamente empezó el ataque, y se oyó resonar el ruido de las armas, que esgrimian con sin igual presteza. Con el hacha ó con el puñal se descargaban furiosos golpes en la cabeza y en las piernas con tal destreza y agilidad, que solo viéndolo podia creerse. Rugiero, que combatia contra el hermano de la que poseia su destrozado corazon, procuraba herirle con tal miramiento, que le creyeron menos valiente que su adversario: más atento á la defensa que al ataque, él mismo no sabia lo que deseaba; pues al paso que le hubiera disgustado profundamente dar muerte á Reinaldo, no queria tampoco perder su vida.

Pero he llegado á un punto en que es preciso suspender este relato. En el canto siguiente oireis su conclusion, si quereis venir á escucharla.


CANTO XXXIX.

Agramante rompe el pacto; pero derrotado su ejército, se ve obligado á retirarse al África.—El valiente Astolfo persigue al enemigo hasta Biserta, cuya ciudad asedia. Orlando llega allí casualmente, y el Duque, instruido de lo que debia hacer, le devuelve el juicio.—Dudon encuentra á Agramante en alta mar, y le pone en grave aprieto.

La situacion en que se encontraba Rugiero era en verdad de las más penosas y duras que puedan existir, por lo cual no es extraño que padeciera física y moralmente, al considerar que no podia librarse de una de las dos muertes que ante sí tenia. Si se mostraba menos vigoroso que Reinaldo, se exponia á perecer: si daba muerte al paladin, can[335]sarian la suya los desdenes de su amada, en cuyo ódio, más temible que la misma muerte, incurriria sin remedio.

Reinaldo, á quien no preocupaba idea alguna, hacia todos los esfuerzos imaginables por alcanzar la victoria, y esgrimia altivo y terrible su hacha de armas, descargando tremendos golpes en la cabeza y brazos de su adversario. Rugiero se servia de su arma para parar los golpes, echándose á un lado ó á otro, y cuando á su vez procuraba herir á Reinaldo, era en el sitio en que menos daño pudiera hacerle. A la mayor parte de los señores sarracenos empezó á parecerles muy desigual el combate: pues observaban la poca animacion de Rugiero á quien tenia casi acorralado su enemigo. El monarca africano contemplaba la lucha, cubierto de palidez su rostro, lanzando fuertes suspiros y acusando en su mente á Sobrino, de quien procedia aquel fatal error, puesto que lo habia aconsejado.

Entonces fué cuando Melisa, versada en todas las supercherías del arte de los encantadores ó de los magos, trocó su aspecto femenino en la figura del gran Rey de Argel. Por su rostro, por sus movimientos, era el vivo retrato de Rodomonte, y llevaba la piel escamosa del dragon, la espada y el escudo que acostumbraba usar el sarraceno. Montada en un espíritu infernal que habia tomado la forma de caballo, se dirigió hacia el desanimado hijo del rey Trojano, y le dijo con acento terrible y fruncido entrecejo:

—Señor, habeis cometido una gran falta oponiendo á un franco tan fuerte y tan famoso un adversario jóven é inexperto, en una ocasion en que se trata de la suerte del reino y del honor de África. Apresuraos á interrumpir ese combate, cuyo resultado ha de ser desastroso para nosotros. Confiadlo á Rodomonte, sin que os importe violar el pacto y el juramento hecho de antemano. En momentos tan crí[336]ticos como los presentes, cada cual debe demostrar hasta dónde alcanza su esfuerzo, y mientras esté yo aquí, tened por seguro que cada uno de vuestros soldados valdrá por ciento.

Estas palabras pesaron tanto en el ánimo de Agramante, que, sin reflexionar en lo que hacia, lanzóse contra el enemigo. La confianza que le inspiraba el Rey de Argel fué causa de que se cuidara muy poco de su juramento: el auxilio que en aquella ocasion hubieran podido prestarle mil caballeros lo habria tenido en menos que el del solo Rodomonte. En un momento se vieron por todas partes las lanzas enristradas y los caballos lanzados á todo escape contra los cristianos. Melisa desapareció tan luego como, merced á sus ficciones, vió empeñada la batalla.

En el momento en que los dos campeones vieron interrumpido tan bruscamente su combate, contra todo acuerdo y contra toda promesa, dejaron de herirse; y deponiendo su mútua enemistad, se dieron palabra de no volver á dirigir sus armas uno contra otro, hasta haber averiguado con certeza cuál de los dos reyes habia sido el primero en violar el pacto, si el anciano Cárlos ó el jóven Agramante: al propio tiempo renovaron su juramento de declararse enemigos del perjuro.

Mientras tanto, los dos ejércitos habian llegado á las manos: pronto se vió quién avanzaba y quién retrocedia; quiénes eran los cobardes y quiénes los más valientes: todos corrian con la misma ligereza, solo que los primeros huian al paso que los segundos perseguian.

Marfisa habia permanecido hasta entonces inactiva en compañía de su cuñada; pero tan contrariada é impaciente como el lebrel que ve correr en torno suyo á la fugitiva fiera, y no pudiendo perseguirla al mismo tiempo que los[337] demás perros por tenerle sujeto el cazador, se agita irritado, se atormenta, se aflije, se desespera, lanza penetrantes é infructuosos ladridos, y forcejea por desasirse de la mano que le detiene. Durante todo el dia habian estado contemplando con cierta sanguinaria envidia á los sarracenos formados en la estensa llanura; pero contenidas por el respeto á lo pactado, se habian limitado á lamentar su inaccion, exhalando frecuentes suspiros. Mas no bien observaron la violacion del pacto y de la tregua, cuando se precipitaron gozosas en medio de las filas africanas. Marfisa atravesó con su lanza el pecho del primero que encontró, haciéndola salir más de dos brazas por la espalda: desnudó en seguida su acero, y en menos tiempo del que se necesita para referirlo, rompió cuatro yelmos como si fueran de vidrio. Bradamante no le fué en zaga: si su lanza de oro producia distinto efecto, en cambio tiraba del caballo á cuantos alcanzaba: no mató á nadie, pero derribó doble número de guerreros que Marfisa. Las dos heroinas llevaron á cabo estas proezas sin separarse hasta entonces, por lo cual fueron testigos de sus mútuas hazañas; pero arrastradas luego por el ardor del combate, se fué cada una por su lado haciendo sentir el peso de su ira á los aterrados sarracenos. ¿Quién podria contar el número de guerreros que derribó aquel dia la lanza de oro? ¿Quién podria calcular el número de cabezas que segó la terrible espada de Marfisa?

Así como al soplo de tranquilos vientos, cuando las cumbres de los Apeninos se cubren de verdura, se precipitan á un mismo tiempo dos torrentes que al caer siguen distinto curso, y van arrancando las peñas y los copudos árboles de sus elevadas márgenes, arrastrando hácia el valle los frutos y las mieses, como si compitiesen ambos en el deseo de dejar huellas más desastrosas de su paso, así tambien las dos[338] magnánimas guerreras, recorriendo el campo en direccion distinta, iban causando horrorosos estragos en las filas africanas, la una con su lanza, y la otra con su espada.

Agramante apenas podia contener á sus soldados, que empezaban á abandonar sus banderas. En vano preguntaba por Rodomonte, en vano le buscaba con la vista por todos lados: nadie sabia donde estaba. Por instigacion del Rey de Argel (segun creia) habia roto el pacto solemnemente estipulado, poniendo á Dios por testigo; y sin embargo, este rey habia desaparecido de repente. Tampoco veia á Sobrino, que se habia retirado á Arlés, rehuyendo toda responsabilidad, y deseando permanecer extraño al perjurio, cuyo inmediato y terrible castigo esperaba presenciar aquel mismo dia. Marsilio se habia alejado tambien, dominado por iguales sentimientos: así es que Agramante no pudo resistir á las tropas de Cárlos, á los italianos, alemanes é ingleses, todas gentes aguerridas y denodadas, entre las cuales iban confundidos los paladines, cual piedras preciosas engarzadas en oro, y cerca de ellos algunos caballeros sin rival en el mundo, como el intrépido Guido el Salvaje y los dos hijos de Olivero, y aquellas dos guerreras, cuyas proezas creo inútil recordar, y que seguian exterminando un número infinito de moros.

Mas, suspendiendo por algun tiempo el relato de esta batalla, me propongo ahora atravesar los mares sin auxilio de bajel; pues no es justo que olvide á Astolfo por ocuparme exclusivamente de las cosas de Francia.

Ya os he hablado de las mercedes que recibió del Santo Apóstol, y creo haberos dicho tambien que el rey Branzardo y el de los algaceres aprestaban sus ejércitos para oponérsele. Estas tropas, reunidas con la mayor precipitacion, se componian casi de niños, ancianos y hasta mujeres; por[339]que Agramante, obstinado en su vengativa empresa, habia dejado por dos veces al África exhausta de hombres: así es que habian quedado en ella muy pocos en estado de tomar las armas, y por lo tanto, formaban un ejército cobarde é indisciplinado. No tardaron en demostrarlo así, pues en cuanto descubrieron á los nubios á lo lejos, huyeron desordenadamente. Astolfo lanzó tras ellos á sus soldados mucho más aguerridos, y los fué persiguiendo como si fueran un rebaño de carneros, dejando el campo sembrado de cadáveres: algunos pocos consiguieron encerrarse en Biserta con el rey Branzardo; pero el rey Bucifar quedó prisionero, causando al primero más dolor su pérdida que si hubiera visto destruido todo su ejército. Siendo Biserta una ciudad grande, era preciso fortificarla considerablemente, y sin Bucifar no podia llevar á cabo los trabajos necesarios. Deseoso Branzardo de rescatarle, buscaba en su imaginacion un medio cualquiera para conseguirlo, cuando se acordó de que, muchos meses hacia, tenia en su poder al paladin Dudon, á quien el Rey de Sarza habia cautivado en la costa de Mónaco, en el primer viaje que hizo á Francia: desde entonces Dudon, descendiente de Ogiero el danés, habia permanecido encerrado en una prision.

Branzardo quiso cangearlo por el Rey de los algaceres, y con este objeto envió un mensajero al jefe de los nubios, sabiendo que Astolfo era un paladin, y que por lo tanto aceptaria gustoso la proposicion de salvar á otro paladin. El gallardo Duque accedió en efecto á lo propuesto por el sarraceno, y rescató á Dudon, el cual le dió infinitas gracias por su libertad, y se puso á su disposicion para ayudarle en aquella guerra, tanto por tierra como por mar. Contando Astolfo con un ejército tan numeroso, que no hubieran podido resistirle siete países tan extensos como el África, y[340] recordando que el santo Anciano le habia recomendado muy eficazmente que expulsara á los sarracenos de las costas de Provenza y Aguasmuertas de que se habian apoderado, eligió nuevamente de entre sus soldados aquellos que más aptos le parecieron para los trabajos del mar, y habiéndose llenado las manos tanto como pudo de hojas de laureles, cedros, olivos y palmas, se dirigió á la playa y las arrojó á las olas. ¡Oh almas felices y queridas del cielo! ¡Oh efecto sublime de un poder que el Señor concede raras veces á los mortales! ¡Milagro prodigioso! Apenas tocaron el agua, aquellas hojas empezaron á crecer de un modo increible; encorváronse y se hicieron gruesas, largas y pesadas; las venas que las atravesaban se convirtieron en duras grapas de hierro y sólidos maderos, y conservando la forma aguda de sus extremidades, quedaron en un momento transformadas en naves de diferentes clases, y tantas cuantas habian sido las hojas arrancadas de los árboles.

Fué en efecto un espectáculo asombroso el que ofrecieron aquellas hojas convertidas milagrosamente en fustas, galeras y otros bajeles. No menos milagroso fué verlas provistas de velas, remos, obenques y de todo el aparejo indispensable en un buque. Astolfo encontró bien pronto quien supiera gobernar su flota á través de los mares y de los vientos embravecidos; pues las cercanas costas de la Córcega y la Cerdeña le suministraron excelentes pilotos, timoneles, marineros y patrones. La expedicion, compuesta de veintiseis mil hombres de todas clases, tuvo por jefe á Dudon, caballero de gran experiencia, é igualmente valeroso en mar y tierra.

Aun estaba la flota anclada en la costa de África, esperando un viento favorable, cuando se presentó en ella un navio cargado con los prisioneros que Rodomonte habia[341] hecho en el peligroso puente, donde, segun he dicho varias veces, era tan reducido el espacio para combatir. Entre dichos prisioneros estaban el cuñado del Conde, el fiel Brandimarte, Sansoneto y otros muchos caballeros de Alemania, de Francia y de Gascuña, cuyos nombres creo ocioso recordar. El piloto, que no sospechaba la presencia del enemigo, echó el ancla en aquella playa, dejando muchas millas atrás el puerto de Argel donde se habia propuesto fondear, á no habérselo impedido un fuerte vendabal que impelió la popa más de lo que debia. Creia llegar con toda seguridad entre los suyos, como Progne á su bullicioso nido; pero así que vió el águila imperial, las lises de oro y los leopardos, perdió el color, como suele perderlo el que pone inadvertidamente su pié sobre la serpiente venenosa dormida entre la yerba, y se retira pálido y aterrado huyendo del reptil henchido de rabia y de veneno. No pudiendo ya el piloto huir, ni sabiendo cómo ocultar á sus cautivos, tuvo que resignarse á saltar en tierra, y fué conducido con Brandimarte, Olivero, Sansoneto y otros muchos á la presencia de Astolfo y del hijo de Ogiero, que manifestaron su alegría al ver á sus amigos: en recompensa de su trabajo, fué condenado el patron á remar en las galeras de Astolfo.

El hijo del rey Oton recibió, como os digo, á los caballeros cristianos con señaladas muestras de placer, é hizo que les prepararan un banquete en su pabellon, y que les proveyeran de armas y de cuanto necesitasen. Dudon difirió su salida del puerto accediendo á los deseos de los recien llegados, cuya conversacion le era sumamente grata, y cuyas noticias le sirvieron mucho más que si se hubiera hecho á la mar uno ó dos dias antes. Por ellos vino en perfecto conocimiento del estado en que á la sazon se hallaban los asuntos de Francia y de Carlomagno, y supo tambien dón[342]de podria fondear con más seguridad y obtener mejores resultados. Mientras estaba escuchándolos atento, se oyó un rumor que iba creciendo por momentos, y unas voces de alarma tan terribles, que obligaron á los caballeros á hacer mil distintas suposiciones. El duque Astolfo y sus compañeros se apresuraron á montar á caballo y á empuñar sus armas, y se dirigieron al sitio en que más fuertemente resonaba la gritería, inquiriendo por uno y otro lado el motivo del tumulto, cuando vieron á un hombre tan feroz, que á pesar de ir solo y desnudo, causaba grandes estragos en el campamento. Iba esgrimiendo un palo tan duro, tan pesado y tan macizo, que derribaba sin sentido á cuantos alcanzaba. Ya habia hecho más de cien víctimas, sin que se atrevieran á contenerle, como no fuera arrojándole saetas desde lejos, pues no habia nadie tan animoso que osara aproximarse á él.

Dudon, Astolfo, Brandimarte y Olivero, que habian acudido presurosos al oir aquel estrépito, estaban considerando con asombro la inmensa fuerza y el valor inusitado de aquel hombre feroz, cuando vieron venir á una doncella, vestida de negro, que corrió hácia Brandimarte y le saludó, echándole al mismo tiempo los brazos al cuello. Era la donosa Flor-de-lis, la doncella que tan viva pasion sentia por Brandimarte, y que estuvo á punto de volverse loca de dolor cuando dejó á su amante cautivo en el estrecho puente. Habiendo sabido por el mismo Rodomonte que Brandimarte habia sido enviado á Argel en compañía de los demás cautivos, resolvió atravesar los mares para reunirse á él, y se embarcó en Marsella en una nave de Levante, que pertenecia á un caballero anciano de la familia del rey Monodante, el cual habia recorrido muchos países, así por mar como por tierra, para encontrar á Brandimarte, teniendo[343] por último noticia de que lo hallaria en Francia. Conoció la jóven al momento á Bardino, que así se llamaba aquel caballero, el cual habia criado á Brandimarte en la Roca Silvana, despues de haberle sustraido niño aun al Rey su padre. Cuando Bardino supo la causa del viaje de Flor-de-lis y el modo cómo su protegido habia pasado al África, puso su bajel á disposicion de la doncella, y quiso acompañarla en su travesía. Al llegar á la costa africana, supieron que Astolfo tenia puesto sitio á Biserta, y les anunciaron que quizás Brandimarte estaria con él.

Al ver la jóven á su amante, corrió á abrazarle con tanta mayor alegría, cuanto que sus pasados sinsabores contribuian á aumentarla. No fué menor el júbilo que sintió el gentil caballero al contemplar allí á su adorada y constante compañera, á quien amaba más que á todo en el mundo: le prodigó las más dulces caricias, la estrechó infinitas veces contra su corazon; sus apasionados besos se sucedian sin poder saciar su amoroso fuego, y hubieran continuado así largo tiempo, si Brandimarte, alzando los ojos, no hubiera reparado en Bardino, que habia venido acompañando á la jóven. Extendió las manos con intencion de abrazarle y de preguntarle al propio tiempo el motivo de su venida; pero se lo impidió la multitud de soldados que huian desordenadamente ante aquel palo que el desnudo loco volteaba en torno suyo, abriéndose ancho paso.

Flor-de-lis miró atentamente á aquel insensato, y exclamó dirigiéndose á Brandimarte:—«¡Es el Conde!»—Astolfo conoció tambien á Orlando por el retrato que de él le hiciera el Santo Evangelista en el Paraiso terrestre: de otra suerte, nadie hubiera podido sospechar siquiera que fuese el cortés Paladin aquel ser súcio, insensato, maltrecho y que por su aspecto se asemejaba más bien á una fiera que á un hombre.

[344]

Movido Astolfo á compasion, se volvió á Dudon y Olivero que estaban cerca de él, y con lágrimas en los ojos les dijo:—«Ahí teneis á Orlando.»—Los dos caballeros le consideraron con atencion algunos momentos, quedando mudos de asombro y de estupor al verle en tan aflictivo estado. La mayor parte de los circunstantes derramaban lágrimas que arrancaba á sus ojos la piedad y el sentimiento, pero exclamando Astolfo:—«No es ocasion de llorar, sino de pensar en curarle,»—saltó del caballo, y lo propio hicieron Brandimarte, Sansoneto, Olivero y Dudon, rodeando simultáneamente al sobrino de Carlomagno con intencion de sujetarle. Al verse Orlando encerrado en aquel círculo, empezó á esgrimir su palo insensata y desesperadamente, é hizo sentir la fuerza de su brazo á Dudon, el cual, cubriéndose la cabeza con el escudo, pretendió acometerle, y á no haber sido porque la espada de Olivero se interpuso amortiguando la fuerza del golpe, el terrible palo del loco hubiera hecho pedazos el escudo, el yelmo, el cráneo y la cabeza del hijo de Ogiero. A pesar de esto, destrozó el escudo, y cayó con tal furia sobre el almete, que el caballero quedó tendido en el suelo. Sansoneto descargó tambien un tajo sobre el palo, con tal vigor, que le cortó en redondo más de dos brazas. Brandimarte cogió entonces á Orlando por detrás, oprimiéndole vigorosamente con sus brazos, mientras que Astolfo le sujetaba por las piernas; pero dando el loco una furiosa sacudida, lanzó de espaldas al Duque inglés á más de diez pasos de distancia, y aunque no pudo soltarse de los brazos de Brandimarte que le tenia fuertemente asido por mitad del cuerpo, descargó en seguida tan tremendo puñetazo sobre Olivero, que lo tendió á sus piés pálido é inanimado y vertiendo sangre por nariz y ojos. A no ser por el excelente temple del casco que llevaba Olivero, aquel[345] puñetazo le hubiera quitado la vida, á pesar de lo cual cayó el caballero cual si su alma hubiese volado al Paraiso.

Astolfo y Dudon se habian levantado, aunque este con la cara hinchada, y uniendo sus esfuerzos á los de Sansoneto, cuyo golpe habia sido tan certero, acometieron nuevamente á Orlando. Dudon le sujetó tambien por detrás, procurando echarle una zancadilla para derribarle; Astolfo y los demás le cojieron los brazos, y ni aun así podian refrenar sus violentos ímpetus. El que haya visto á un toro perseguido, cuyas orejas sujetan con los dientes los perros de presa, y que corre mugiendo y arrastrando consigo á los tenaces canes de quienes no puede desprenderse, podrá formarse una idea del espectáculo que presentaba Orlando arrastrando consigo á todos aquellos guerreros.

Algun tanto repuesto Olivero del puñetazo que tan mal parado le dejara, levantóse del suelo, y viendo que el sistema seguido por Astolfo no produciria el resultado que se deseaba, arbitró un medio más á propósito para derribar á Orlando, lo puso inmediatamente por obra y surtió el efecto apetecido. Ordenó que le trajeran algunas cuerdas fuertes, en cuyos extremos hizo lazos corredizos, y logró echarlos á las piernas, á los brazos y al cuerpo del Conde: en seguida encargó á cada uno de los guerreros que sostuvieran fuertemente las cuerdas por el extremo opuesto al lazo, y valiéndose de este medio, consiguieron tirar al suelo á Orlando como si fuera un buey ó un caballo.

En cuanto le vieron caer en tierra, se arrojaron todos sobre él, y le ataron más sólidamente de piés y manos: en vano forcejeaba Orlando desesperado y furioso; sus esfuerzos eran ya impotentes. Astolfo dispuso acto contínuo que le trasladaran de aquel sitio, manifestando que queria cu[346]rarle de su locura; y como Dudon era el de mayor estatura de todos aquellos guerreros, cargó con él y le llevó hasta la misma orilla del mar. Astolfo ordenó que le lavaran el cuerpo siete veces, y que le metieran otras tantas en el agua, hasta hacer desaparecer de su rostro y de sus miembros la endurecida mugre que los cubria: despues le tapó la boca, que despedia fuertes resoplidos, con ciertas yerbas cogidas á este efecto, de modo que solo pudiera respirar por las narices: destapando en seguida la redoma en que estaba encerrado el juicio de Orlando, se la aplicó tan cerca de la nariz, que al hacer Orlando una fuerte aspiracion la vació completamente. ¡Oh prodigio admirable! El Conde recobró en el acto la razon, y sintió renacer su inteligencia con mayor claridad y lucidez que nunca. Sucedióle á Orlando, en cuanto Astolfo hizo desaparecer su locura, lo que al hombre que despierta de un sueño profundo y penoso: no duerme ya, está en la plenitud de sus sentidos, y sin embargo, todavía cree contemplar asombrado las formas horribles de desmesurados mónstruos, que ni existen ni pueden existir, y se le figura estar haciendo aun las cosas extrañas é inusitadas que su imaginacion le representaba durante su sueño.

El Paladin permaneció algunos momentos absorto y estupefacto; miró sin pronunciar una palabra á Brandimarte, al hermano de la hermosa Alda y al que le restituyó el juicio, y estuvo largo rato pensando cómo y cuándo habia ido á parar á aquellas playas. Despues paseó sus miradas en todas direcciones, sin poder conocer el sitio en que se encontraba, ni adivinar el motivo de hallarse desnudo y atado de piés á cabeza con tantas cuerdas. Por fin, dijo, como Sileno á los que le tenian sujeto en una caverna: «Desatadme,» con rostro tan sereno, con mirada tan segura[347] y tan distinta de lo que hasta entonces habia sido, que sus amigos le complacieron, apresurándose á vestirle un traje que mandaron traer, y esforzándose en consolarle del dolor que le causaba su pasada locura.

Al volver Orlando á su primitivo estado, más prudente y varonil que nunca, se sintió tambien emancipado de su funesto amor, hasta el extremo de que la misma mujer cuyas gracias y perfecciones admiraba antes, y á quien tan frenéticamente habia amado, le parecia ya un ser envilecido é indigno de su estimacion, y cifró desde entonces todos sus deseos y conatos en recobrar cuanto aquel amor le habia arrebatado.

Mientras tanto Bardino participó á Brandimarte la muerte de Monodante, su padre, y le anunció que venia á ofrecerle la corona, en primer lugar, de parte de su hermano Giliante, y despues, de la de los habitantes del archipiélago que se extiende en las más apartadas regiones del Oriente, país el más rico, más populoso y más placentero del mundo. Para determinarle á aceptar, adujo, entre otras varias razones, la de que tal era su deber; le pintó las dulzuras del suelo pátrio, y le aseguró que en cuanto las hubiera disfrutado, aborreceria para siempre su vida errante. Brandimarte le contestó que estaba decidido á permanecer al lado de Orlando, sirviendo á Cárlos mientras durara la guerra, y que si lograba ver el término de esta, pensaria más detenidamente en sus propios asuntos.

Al dia siguiente, se hizo á la vela la escuadra mandada por el hijo del Danés con rumbo á las costas de Provenza. Orlando, sabedor por Astolfo del estado en que se hallaba la guerra, se unió á él, y ambos se dedicaron á estrechar el cerco de Biserta, concediendo, sin embargo, al Duque inglés los honores del mando, á pesar de que este no hacia[348] más que lo aconsejado por el Conde. Si por ahora no me ocupo de su plan de ataque, ni de cómo, cuándo y por qué lado se dió el asalto á la gran Biserta, ni de la batalla que precedió al asalto, ni de los que compartieron con Orlando la gloria de aquel dia, no os dé cuidado alguno, porque pronto volveremos á encontrarlos. Dignaos, entre tanto, escuchar el relato de la derrota que los francos hicieron sufrir á los moros.

El rey Agramante se vió casi abandonado en lo más fuerte del peligro; pues los reyes Marsilio y Sobrino se retiraron con muchos paganos á la ciudad de Arlés, y despues se embarcaron en sus respectivas escuadras, temerosos de no poder salvarse en tierra: un gran número de gefes y caballeros del ejército moro imitó en breve su ejemplo. Agramante continuó resistiendo, á pesar de esta defeccion; pero cuando ya no pudo más, volvió las espaldas y corrió á encerrarse en la ciudad que estaba próxima. Bradamante se lanzó en su seguimiento, estimulando á su veloz Rabican, pues anhelaba darle muerte por haberla privado tantas veces de su querido Rugiero. Marfisa, á quien animaba el mismo deseo, por vengar, aunque algo tarde, la muerte de su padre, excitaba á su corcel con el acicate, comunicándole en cuanto le era posible la misma prisa que ella tenia. Pero ninguna de las dos pudo llegar á tiempo de impedir que el Rey penetrase en la ciudad murada, y se salvase luego á bordo de sus naves.

Cual dos sabuesos esbeltos y valientes, que soltados al mismo tiempo de la trailla, regresan tristes y pesarosos por haber seguido inútilmente á los ciervos ó á las cabras monteses, pareciendo como avergonzados de su lentitud, así retrocedieron las dos doncellas, suspirando al ver al Pagano en salvo. Sin embargo, no permanecieron ociosas, y[349] precipitándose en lo más espeso de la fugitiva multitud, hicieron caer á los botes de su lanza, para no volver á levantarse, á un crecido número de contrarios. En mala ocasion habian sido derrotados los moros, pues ni aun huyendo podian salvarse; porque Agramante, para mayor seguridad suya, mandó cerrar las puertas de la ciudad que daban al campo y cortar todos los puentes que habia sobre el Ródano. ¡Ah infelices pueblos! ¡Siempre que los tiranos creen reportar alguna utilidad, os tratan como rebaños de carneros ó de cabras! Muchos de los fugitivos se arrojaron al rio; otros al mar; otros enrojecieron la tierra con su sangre. Pereció la mayor parte de ellos; solo unos cuantos quedaron prisioneros, porque los demás no podian ofrecer un buen rescate.

Aun quedan vestigios en Arlés de las espantosas pérdidas que ambos ejércitos sufrieron en aquella batalla, si bien fué mayor la que en los Sarracenos causaron Bradamante y Marfisa: no lejos de la ciudad y donde el Ródano se estanca, se ve todo el campo cubierto de sepulcros.

El rey Agramante habia hecho entre tanto cortar las amarras y dirigir á alta mar los navios mayores de su flota, dejando los más lijeros cerca de la costa para recoger á los que á su bordo querian salvarse. Estuvo dos dias á la vista del puerto para socorrer á los fugitivos, y porque los vientos le eran contrarios: al llegar el tercero se dió á la vela, con la esperanza de regresar en breve al África.

Temeroso el rey Marsilio de que entonces le tocara á su España pagar el desquite de aquella guerra, y de que se desencadenara sobre sus estados tan negra y deshecha tempestad, hizo rumbo á Valencia, y se dedicó solícito á poner sus fortalezas en estado de defensa, aprestándose para la lucha que fué causa de su ruina y de la de sus aliados.

[350]

Agramante bogaba en tanto hácia las costas de África en buques mal armados y peor tripulados; tan exhaustos de hombres, como llenos de quejas y reconvenciones. Como habian perecido en Francia las tres cuartas partes del ejército, unos acusaban al monarca de orgullo, otros de crueldad, otros de insensatez, y cual suele suceder en semejantes casos, todos le maldecian interiormente; pero contenidos por el temor, permanecian quietos á la fuerza. Dos ó tres hubo, sin embargo, que siendo amigos y teniendo más confianza entre sí, se atrevieron á despegar los lábios y á desahogar su cólera y su despecho; mientras el mísero Agramante, no viendo en torno suyo más que fingidos semblantes, y oyendo sin cesar palabras aduladoras, falsas y engañosas, estaba todavía persuadido de que todos le amaban y le compadecian. El Monarca africano habia resuelto no desembarcar en las playas de Biserta, porque sabia positivamente que estaban en poder de los nubios; y por lo tanto dispuso que su flota fondeara en un punto bastante lejano de la ciudad sitiada, y á propósito para saltar en tierra con toda seguridad: una vez logrado esto, pensaba dirigirse en derechura á socorrer á su afligido pueblo. Mas no correspondiendo su destino adverso á aquella intencion justa y prudente, quiso que la escuadra formada tan milagrosamente en las costas africanas con hojas de árboles, que iba surcando las olas con rumbo á Francia, encontrara á la suya durante la noche, con un tiempo nebuloso, oscuro y triste, para que fuese mayor el desórden producido por tan inesperado encuentro.

Agramante ignoraba de todo punto que Astolfo enviara contra él una flota tan numerosa, y aun cuando se lo hubiesen dicho, tampoco hubiera creido que una sola rama pudiese producir cien naves; por lo cual seguia su derrotero[351] sin desconfianza alguna, y sin cuidarse de poner centinelas ni vigías en las gabias para que le dieran parte de lo que descubrieran. Las naves cuyo mando confió Astolfo á Dudon, tripuladas por gente resuelta y animosa, habian divisado la flota mora al ponerse el Sol; dirigieron las proas en su demanda, abordaron de improviso á los desprevenidos enemigos, y en cuanto se convencieron por su lenguaje de que eran moros y por lo tanto adversarios suyos, echaron los ganchos de abordaje y los garfios encadenados. Fué tan rudo el choque y tan impetuoso, que muchos buques sarracenos fueron echados á pique por los grandes navios de Dudon, á los que impelía además un viento favorable. En seguida trabóse una lucha desesperada, lloviendo sobre los bajeles de Agramante, el hierro, el fuego y piedras enormes, con tanta furia, que parecia aquello una tempestad más terrible que cuantas el mar habia presenciado.

Los soldados de Dudon, á quienes el cielo infundia entonces más pujanza y denuedo que de ordinario, porque habia sonado la hora de castigar los infinitos crímenes de los sarracenos, sabian dirigir desde cerca ó desde lejos tan certeros golpes, que Agramante no encontraba sitio donde guarecerse: caia sobre él una verdadera lluvia de saetas, y por todas partes se veia amenazado de espadas, garfios, picas y hachas. Las máquinas de guerra y los tormentos[143] vomitaban sin cesar piedras enormes y pesadas, que destrozaban los bajeles de popa á proa, y abrian en ellos ancho paso á las olas; pero el mayor daño lo causaban las materias inflamables, produciendo en los buques el incendio tan fácil de prender como difícil de apagar.

La infortunada chusma sarracena, por evitar un peligro[352] se lanzaba en otro más inmediato, pues los unos, huyendo del acero enemigo, se arrojaban al mar, donde perecian ahogados; los otros, moviendo á un tiempo piés y brazos, intentaban salvarse en las lanchas; pero los que las tripulaban, temerosos de zozobrar por verlas excesivamente cargadas, rechazaban á los fugitivos. Cuantos se agarraron á los botes para subir á ellos, dejaron la mano clavada en su borde, yendo su cuerpo á enrojecer las agitadas olas. Muchos de los que habian contado con la probabilidad de salvar á nado su vida ó de perderla al menos de un modo menos doloroso, al ver su esperanza burlada, empezaban á desfallecer; y para librarse de perecer en el agua, volvian á los buques que abandonaran por temor al incendio: al llegar junto á ellos, se abrazaban á un madero ardiendo, y por escapar á dos géneros de muertes, hallaban en ambos á un mismo tiempo el término de su existencia. Algunos, aterrados por las saetas ó las hachas que veian en torno suyo, se precipitaban en el mar, pero en vano; porque no tardaba en alcanzarles una piedra ó un venablo que impedia su fuga.

Pero será tal vez más útil y conveniente suspender mi canto, puesto que todavía lo escuchais con deleite, antes de que os llegue á causar fastidio ó hastío si lo prolongo demasiado.


[353]

CANTO XL.

El rey Agramante se ve obligado á huir, y contempla desde lejos el incendio de Biserta. Habiendo conseguido saltar en tierra, encuentra al Rey de Sericania, que le da nuevas pruebas de lealtad.—Gradasso desafía á Orlando y á otros dos caballeros cristianos, jactándose de que dará muerte al primero.—Rugiero combate con Dudon por librar á siete reyes de la esclavitud.

Pecaria de difusa mi narracion, si quisiera referir todos los episódios de aquel combate naval: relatarlos ante vos, ¡oh hijo magnánimo del invicto Hércules! seria, como vulgarmente se dice, llevar jarros á Samos, murciélagos á Atenas y cocodrilos á Egipto; porque no solo habeis presenciado escenas semejantes á las que describo de oidas, sino que las habeis hecho presenciar á otros con admiracion. Vuestro leal pueblo fué testigo de un grandioso espectáculo, la noche y el dia que estuvo contemplando en el Pó, como si fuera en un teatro, la escuadra enemiga acosada por el hierro y el fuego. Entonces vísteis, y dísteis á conocer á muchos todo el horror de los gritos y lamentos que pueden oirse en un combate naval, el de las aguas enrojecidas por torrentes de sangre, y el de los mil géneros de muertes que se encuentran en semejantes luchas. Yo no pude verlo[144]; hacia seis dias que, viajando de distintos modos y por diferen[354]tes caminos, habia ido con toda la celeridad que me fué posible á echarme á los piés del gran Pastor para impetrar socorros; pero no necesitásteis, Señor, ginetes ni peones para romper mientras tanto los dientes y las garras del Leon de oro[145], ni para humillarlo hasta el extremo de no haberse atrevido á molestarnos más desde aquel dia. Supe entonces vuestro triunfo por Alfonso Trotto, que se halló en la batalla; por Aníbal y Pedro Moro, Afranio, Alberto, los tres Ariostos, el Bagno y el Zerbinatto, los cuales me dieron tan minuciosos detalles, que no pude poner en duda aquella brillante victoria, de la que me ofrecieron una prueba fehaciente las numerosas banderas depositadas en el templo, y las quince galeras que, con una multitud de bajeles de otros portes, fueron apresadas y conducidas á nuestros puertos.

Cuantos vieron aquellos incendios, aquellos naufragios, el apresamiento de la escuadra enemiga, y las escenas de muerte y desolacion tan variadas que acontecieron en venganza de los estragos causados en nuestras ciudades, podrán formarse una idea de los destrozos y la matanza que sufrieron los míseros africanos con su rey Agramante, durante la noche oscura en que fueron atacados por Dudon.

Cuando se empeñó el combate, era ya de noche, y todo estaba rodeado de profundas tinieblas; pero en cuanto el azufre, la pez y el alquitran, lanzados en gran cantidad, comunicaron el fuego desde la proa á la popa, y las voraces llamas empezaron á abrasar y consumir las galeras y naves mal defendidas, se veian con tal claridad todos los objetos, que no parecia sino que la noche hubiese dado paso á la luz del dia. Mientras duró la oscuridad, no le inspiró gran cuidado á Agramante el enemigo, ni le creia tan fuer[355]te que, como lograra prolongar su resistencia, no pudiera rechazarlo; pero en cuanto se disiparon las tinieblas, y vió contra lo que esperaba, que las naves contrarias eran dos veces más numerosas que las suyas, opinó de muy distinta manera. Seguido de algunos de sus guerreros, saltó á una lancha, á la que habian trasbordado á Brida-de-oro y sus objetos más preciados, y se fué deslizando con el mayor silencio por entre las naves de su flota, hasta llegar á un sitio más seguro y lejos de los suyos á quienes Dudon seguia acosando con encarnizamiento y reduciéndolos al más lamentable extremo. Mientras se escapaba el Monarca africano, causa principal de tantos desastres, el fuego, el mar y el hierro abrasaba, absorbia y exterminaba á sus infelices soldados. Sobrino acompañaba en su fuga á Agramante, que se lamentaba con aquel prudente rey de no haberle dado crédito, cuando previó con inspiracion profética y divina los males que á la sazon le abrumaban con su doloroso peso.

Pero volvamos al paladin Orlando: comprendiendo este héroe la necesidad de apoderarse de Biserta, para que no volviera á molestar con nuevas guerras á la Francia, aconsejó á Astolfo que la arrasase, antes de que que pudiera recibir auxilios; y en su consecuencia, se ordenó al ejército que lo tuviera todo dispuesto para el amanecer del tercer dia. El Duque inglés habia preparado muchos buques con este objeto, pues no quiso que toda la escuadra siguiese á Dudon, y confió su mando á Sansoneto, tan buen guerrero en el mar como en la tierra, el cual fué á anclar frente á Biserta, á una milla de la entrada del puerto. Cumpliendo cual verdaderos cristianos, que no se determinan á acometer empresa alguna sin implorar la gracia de Dios, Astolfo y Orlando dispusieron que el ejército dedicase á la oracion y al ayuno los dias que faltaban para el ataque, y que al [356] llegar el tercero, estuviesen todos preparados para marchar á la primera señal sobre Biserta, que una vez conquistada, deberia ser entregada al pillaje y al incendio. Despues de haber cumplido con las prácticas piadosas ordenadas por sus jefes, los parientes, amigos y conocidos pasaron reunidos á disfrutar de los modestos banquetes que debian restaurar sus fuerzas, y á su conclusion se abrazaron repetidas veces derramando lágrimas y dirigiéndose las tiernas palabras de despedida que suelen usarse entre personas amadas en el momento de una separacion.

Dentro de Biserta, los sacerdotes y el afligido pueblo sarraceno hacian tambien oracion, golpeándose el pecho y llamando entre interrumpidas lágrimas á su Mahoma, que no podia escucharlos. ¡Cuántos ayunos, cuántas promesas, cuántos donativos se ofrecieron privadamente al falso profeta, y cuántos templos, altares y estátuas se le prometieron como recuerdo de aquel apurado trance! Despues de recibir la bendicion del Cadí, el pueblo tomó sus armas y volvió á guarnecer las murallas.

Descansaba aun la bella Aurora en su lecho al lado de su esposo Titon, y la oscuridad reinaba todavía por todas partes, cuando Astolfo por un lado, y Sansoneto por otro, se apercibieron para el combate, y en cuanto oyeron la señal dada por el Conde acometieron con irresistible ímpetu á Biserta. Bañaba el mar dos lados de la ciudad: los otros dos se asentaban sobre tierra firme, y estaban defendidos por elevados muros de construccion antigua y singular. Estas eran sus únicas fortificaciones; pues desde que el rey Branzardo se vió obligado á encerrarse en ella, no pudo disponer de tiempo y brazos suficientes para aumentar los medios de defensa.

Astolfo encargó al Rey de Nubia que causara en las al[357]menas el mayor daño posible con faláricas[146], hondas y ballestas, á fin de quitar á los sitiados las ganas de asomarse á ellas, y de que pudieran circular sin dificultad ninguna los ginetes y peones que llevaban al pié de las murallas piedras, tablas, vigas y máquinas de guerra. Pasábanse de mano en mano los materiales necesarios para cegar los fosos, cuya agua se habia cuidado de cortar el dia antes, por lo cual en muchos sitios quedaba descubierto su cenagoso fondo: los soldados de Astolfo trabajaron con tal ardor, que en breve los dejaron obstruidos y llenos, y completamente nivelado el suelo hasta el mismo muro. Astolfo, Orlando y Olivero dieron entonces la señal del asalto.

Los nubios, poseidos de una febril impaciencia, arrastrados por la esperanza del saqueo, y sin hacer caso del peligro á que se exponian, arremetieron los primeros contra la ciudad, cubiertos con testudos[147], y llevando sus arietes y demás instrumentos bélicos á propósito para destruir las torres ó derribar las puertas; pero no hallaron desprevenidos á los sarracenos, que haciendo llover sobre ellos, á manera de tempestad, hierro, fuego, piedras y enormes trozos de almenas, desencajaban las tablas y las vigas de las máquinas de guerra construidas en su daño. Mientras reinó la oscuridad y durante las primeras acometidas, sufrieron dolorosas pérdidas los soldados cristianos; pero en cuanto salió el Sol de su espléndido palacio, la Fortuna volvió la espalda á los sarracenos.

El conde Orlando hizo que se renovara el asalto con más furia, tanto por mar como por tierra: Sansoneto, que habia[358] permanecido hasta entonces en alta mar con sus buques, entró en el puerto, se acercó á la ciudad, y desde bordo molestaba al enemigo con hondas, arcos y varios tormentos, y al propio tiempo hacia desembarcar lanzas, escalas, pertrechos de guerra y marineros, que auxiliaran á los de tierra. Olivero, Orlando, Brandimarte y Astolfo combatian valerosamente en la parte de la ciudad que se extendia tierra adentro. Cada uno de ellos iba al frente de uno de los cuatro cuerpos en que habian dividido sus huestes, y llevaban á cabo las más brillantes proezas, ya en los muros, ya en las puertas ó en varias partes á la vez. De este modo se podia apreciar el valor de cada cual mucho mejor que si hubiesen estado reunidos: de este modo podian conocer los numerosos testigos de sus hazañas cuál de ellos era más digno de premio ó de alabanza.

Empujáronse hácia las murallas torres de madera construidas sobre ruedas, é hicieron que se adelantaran los elefantes, llevando otras torres sobre sus anchos lomos, las cuales llegaban á tanta altura, que excedian en elevacion á las almenas. Acudió Brandimarte, apoyó una escala contra el muro, y subiendo por ella, excitó á sus soldados á imitar su ejemplo. Los más intrépidos se lanzaron tras él, bastándoles para creerse seguros el tenerle en su compañía: nadie se tomó el cuidado de reparar si la escala era ó no bastante sólida para soportar tanto peso: en cuanto á Brandimarte, no se ocupaba más que del enemigo; llegó combatiendo hasta lo alto de la escala, y al fin logró asirse de una almena. Ayudándose con piés y manos, saltó á ella, y empezó á esgrimir en torno suyo su terrible acero, y á hendir cráneos y atravesar pechos, magullando y derribando á cuantos se le oponian, y haciendo prodigios de valor: pero en aquel momento, no pudiendo resistir la es[359]cala el enorme peso que gravitaba sobre ella, se rompió, y excepto Brandimarte, fueron á caer en el foso unos sobre otros todos cuantos subian.

A pesar de este contratiempo, ni perdió el intrépido paladin su audacia, ni pensó en retroceder, por más que se encontraba solo y siendo blanco de los sitiados. Sus compañeros le gritaban que volviese atrás, pero no quiso hacerles caso; y dando un salto desde el muro, que tendria más de treinta brazas de altura, cayó en el interior de la ciudad, sin hacerse daño alguno y como si hubiese hallado el duro terreno lleno de pluma ó paja. Acometiendo en seguida á cuantos vió en su derredor, les hizo morder el polvo, atravesándolos ó rajándolos con su acero, como se atraviesa ó corta un delgado paño. En su incansable ardor, lo mismo embestia á unos que á otros, y tanto unos como otros procuraban ponerse fuera de su alcance. Sus compañeros, que le habian visto saltar al interior de la ciudad, temieron no poder llegar bastante pronto para socorrerle. El rumor del riesgo que corria circuló en breve de boca en boca por todo el campo; la Fama, con rápido vuelo, fué difundiendo la noticia y acrecentando el peligro, y llegó sin plegar un momento sus voladoras alas á los diferentes sitios en que Orlando, el hijo de Oton y Olivero se hallaban combatiendo. Estos guerreros, y en especial el Conde, que amaban á Brandimarte y le tenian en singular estima, sabiendo que el menor retraso podria hacerles perder tan excelente compañero, se abalanzaron á las escalas; subieron á las murallas por distintos puntos á la vez, y rivalizando en audacia, se mostraron tan resueltos y animosos á la par, que su solo aspecto hizo temblar á los enemigos.

Así como en medio de una deshecha tempestad, acometen las olas á un temerario bajel, procurando entrar por la[360] proa ó por los costados con rabia y con furor, mientras el piloto suspira, gime y pierde el valor y las fuerzas en el momento en que deberia echar mano de todos sus recursos, hasta que una ola más poderosa que las demás logra penetrar en el buque, y da libre paso á las otras, que se precipitan por donde entró aquella, así tambien, en cuanto escalaron los muros los tres paladines, abrieron tan ancho camino, que sus soldados pudieron seguirles con toda seguridad, subiendo por las mil escalas que habian fijado al pié de las murallas. Entre tanto, los macizos arietes abrian numerosas brechas con tan buen éxito, que por más de un sitio podian acudir los sitiadores en socorro del animoso Brandimarte.

Con un furor igual al que anima al altivo rey de los rios, cuando rompe sus márgenes y diques y se abre ancho paso á través de los campos ocneos, arrastrando entre sus turbias ondas los feraces surcos, las fecundas mieses, las cabañas, los rebaños, los perros y hasta los pastores, y haciendo que los peces naden sobre las copas de los olmos en donde poco antes solian revolotear los pajarillos, con un furor semejante se precipitó la impetuosa hueste cristiana por las distintas brechas de las murallas, entrando con la tea incendiaria y con el hierro á destruir la mal defendida ciudad. El asesinato, el saqueo, el incendio y todos los excesos imaginables consumaron en un momento la ruina de la rica y triunfal Biserta, de aquella ciudad reina de toda el África. El suelo estaba sembrado de cadáveres por todas partes: la sangre derramada por infinitas heridas formaba un lago más súcio y cenagoso que el que ciñe en torno la ciudad de Dite: el fuego, comunicándose de unos edificios á otros, devoraba palacios, pórticos y mezquitas: los lamentos, los alaridos y el rumor de los golpes con que cada cual[361] se heria el pecho en su desesperacion, resonaban lúgubremente en las estancias vacías y saqueadas.

Veíase salir á los vencedores por las funestas puertas cargados de rico botin; unos con vasos preciosos, otros con riquísimas telas y otros con objetos de oro y plata dedicados desde tiempo inmemorial al servicio de las mezquitas: muchos soldados se llevaban cautivos á los niños, otros á sus madres desconsoladas; se cometieron, por fin, estupros, violaciones y otros actos de barbarie, que ni Orlando ni el Duque inglés pudieron evitar, á pesar de haber llegado á su noticia una gran parte de ellos.

El bravo Olivero dió la muerte á Bucifar, rey de los algaceres: Branzardo, reducido al último extremo y perdida ya toda esperanza, se quitó la vida por su propia mano: el duque del Leopardo hizo prisionero á Fulvo, que murió á consecuencia de las tres heridas que recibiera. Tal fué la suerte de los tres guerreros á quienes el Rey de África confió al partir la custodia de sus estados.

Entretanto Agramante habia abandonado su escuadra y huido con Sobrino: al ver desde lejos el incendio que se extendia por la costa, lloró y suspiró por su Biserta; pero cuando supo al saltar en tierra los desastres que habian acontecido en su reino, quiso suicidarse, y hubiera llevado á cabo su intento si Sobrino no lo impidiera, diciéndole:

—No podrian alcanzar tus enemigos una victoria más grata que la de saber que te habias dado la muerte, porque de este modo alimentarian la esperanza de gozar tranquilamente de sus conquistas. Tu vida impedirá semejante alegría, pues mientras existas tendrán siempre motivos de temor: harto conocen que no pueden enseñorearse por mucho tiempo del África, como no sea por muerte tuya. Al morir, privarias á tus súbditos de la esperanza, único bien[362] que nos queda. Si vives, confio en que nos salvarás, alejando los males que pesan sobre nosotros, y restituyéndonos la tranquilidad y la alegría. Muriendo tú, estoy persuadido de que seremos esclavos del vencedor, y el África su desolada tributaria. Vive, pues, Señor, si no para tí, á lo menos para no agravar la desesperada situacion de los tuyos. Tienes la seguridad de que el Soldan de Egipto, con cuyos estados confina tu reino, te auxiliará con gente y dinero; pues nunca sufrirá que el hijo de Pepino adquiera tal predominio en África: además, tu pariente Norandino vendrá con todas sus fuerzas para devolverte lo perdido, y en cuanto llames á los turcos, armenios, persas, árabes y medos, acudirán veloces en tu socorro.

Con estas y parecidas frases procuraba el prudente anciano avivar en el corazon de su señor la esperanza de reconquistar en breve el África, por más que él mismo careciera de ella. Demasiado sabia cuánto gime y suspira en vano y cuán apurada y extrema es la situacion del que se deja arrebatar su reino y acude al auxilio de los Bárbaros para rescatarlo. Una prueba de esta verdad nos la ofrecieron Annibal y Yugurta en los tiempos antiguos[148]; y en los modernos, Luis el Moro, cautivo de otro Luis. Escarmentado con tales ejemplos vuestro hermano Alfonso (á vos me dirijo, Señor mio), ha considerado siempre como un loco al que fia en los otros más que en sí mismo; y por esta ra[363]zon, cuando la cólera implacable de un pontífice irritado le declaró la guerra, supo resistir á las promesas y á las amenazas, y no quiso ceder á otros sus estados, aunque en sus escasos medios de defensa no le fuera posible extenderse demasiado, y á pesar de ver arrojados de Italia á sus defensores y dueños del reino á sus enemigos[149].

El rey Agramante habia mandado hacer rumbo hácia Levante, é iba navegando por alta mar, cuando se vió sorprendido por una violenta tempestad producida por un impetuoso viento de tierra. El piloto que gobernaba el buque exclamó:

—Veo que se prepara una tormenta tan borrascosa, que la nave no podrá resistirla. Si quereis seguir mi consejo, señores, será conveniente arribar á una isla próxima que está á la izquierda, y en la que podremos esperar á que pase el furor de la tempestad.

Consintió Agramante en ello, y se salvó de aquel peligro refugiándose en la isla, que para abrigo de los navegantes está situada entre el África y las fraguas del Vulcano[150]. No se veia habitacion alguna en toda la isla, cuyo suelo estaba cubierto de humildes mirtos y de enebros: retiro plácido y favorito de los ciervos, de los gamos, liebres y cabritos, era conocida tan solo de los pescadores, que solian tender y secar sus húmedas redes en las peladas zarzas, concediendo mientras tanto algun reposo á los pescados en el fondo del mar.

[364]

Allí encontraron otro bajel que por fortuna suya habia podido guarecerse de la tempestad: á su bordo se hallaba, procedente de Arlés, el gran guerrero que ceñia la corona de Sericania. Cuando los dos monarcas se vieron en la playa, corrieron á abrazarse con alegría y deferencia, pues ambos eran muy amigos, y poco antes habian peleado juntos ante los muros de París. Gradasso escuchó el relato de las desventuras de Agramante con verdadero disgusto, y procuró consolarle, ofreciéndose en persona á auxiliarle; pero le disuadió de ir al desleal país de Egipto en demanda de socorro.

—Pompeyo enseña á los reyes fugitivos, le dijo, si es ó no peligroso pasar á aquel país[151]; y como me has dicho que Astolfo ha venido á arrebatarte el África con la ayuda de los etíopes, súbditos del rey Senapo, que ha reducido á cenizas la capital, y que á su lado pelea Orlando, cuya cabeza estaba hasta hace poco tan exhausta de razon, se me ha ocurrido un magnífico remedio para hacerte salir de situacion tan angustiosa. Acometeré en favor tuyo la empresa de retar al Conde á combate singular; y aunque su cuerpo fuese de cobre ó de hierro, estoy seguro de que no podrá resistirme.

»Muerto el Conde, las huestes cristianas huirán ante nosotros como los corderillos ante un lobo hambriento: despues me será muy fácil obligar á los nubios á que evacuen el África; haré que los otros nubios, separados de tus enemigos por el Nilo y por la diferencia de religion, y los árabes y macrobios, ricos de oro y de gente los primeros y de caballos los segundos, los persas, los caldeos, pueblos todos á los que con otros muchos alcanza mi cetro, lleven de tal [365] modo la guerra á la Nubia, que sus habitantes no permanecerán por mucho tiempo en sus estados.»

Parecióle muy oportuno á Agramante el segundo proyecto del rey Gradasso, y dió mil gracias á la Fortuna por haberle llevado á la isla desierta; pero no quiso consentir bajo ningun concepto que Gradasso peleara con Orlando por su causa, aunque la reconquista de Biserta fuese el premio de su victoria, pareciéndole que su aquiescencia menoscabaria su honor.

—Si se ha de desafiar á Orlando, respondió, soy yo quien debe pelear con él: pronto me verás dispuesto á retarle; despues, haga Dios lo que mejor le parezca de mí.

—Hagamos otra cosa mejor que se me ha ocurrido ahora, repuso Gradasso; luchemos los dos á la vez con Orlando y con otro cualquiera de los suyos.

—Con tal de que yo tome parte en el combate, replicó Agramante, poco me importa ser el primero ó el segundo: por lo demás, confieso que no podria encontrar en el mundo un compañero de armas mejor que tú.

—Y yo, ¿dónde me quedo? preguntó entonces Sobrino. Si os parezco demasiado viejo, tengo en cambio más experiencia, y en el peligro, es conveniente en alto grado unir la pericia á la fuerza.

Era Sobrino un anciano que, á pesar de su avanzada edad, conservaba todo su vigor y robustez, y era capaz de llevar á cabo todavía famosos hechos de armas: él mismo aseguraba que sentia circular la sangre por sus venas con igual ardor que en sus verdes y juveniles años.

Admitieron su demanda como justa, y acto contínuo se procuraron un mensajero que pasase á la costa africana á desafiar de su parte al conde Orlando, el cual deberia pasar con otros dos caballeros armados á Lampedusa, pequeña[366] isla bañada en todo su derredor por el Mediterráneo. El mensajero navegó sin cesar haciendo fuerza de vela y remo, y llegó en breve á Biserta, donde encontró á Orlando ocupado en repartir entre sus soldados el botin y los cautivos.

El enviado desempeñó públicamente la comision que le confiaran Gradasso, Agramante y Sobrino, oyéndola con tanto júbilo el príncipe de Anglante, que le colmó de espléndidos y honoríficos regalos. Habia sabido por sus compañeros que Gradasso llevaba ceñida su excelente Durindana, y en su afan de recobrarla, tenia resuelto ir hasta la India, creyendo que el Rey de Sericania no podria estar en otra parte despues de haberse ausentado de Francia. Al recibir la noticia de que se hallaba tan cerca de él, se apresuró á aceptar el reto, esperando recobrar su espada, la hermosa trompa de Almonte y el excelente Brida-de-Oro, que, segun supo tambien, habia ido á parar á poder del hijo de Trojano.

Eligió por compañeros de aquel combate al leal Brandimarte y á su cuñado, cuyo valor habia tenido ocasion de conocer, y le constaba asimismo que ambos le amaban en extremo. Dedicóse á buscar por todas partes buenos caballos, buenas corazas, buenas mallas, y espadas y lanzas para sí y para sus compañeros; pues segun debeis saber, no contaban en África con sus armas habituales. Os he dicho muchas veces que el señor de Anglante fué arrojando por el suelo todas las suyas cuando se sintió acometido por su furor insensato, y que Rodomonte se habia apoderado de las de los otros dos caballeros, que estaban depositadas en la torre contigua al sepulcro de Isabel. En África no podian proporcionarse muchas, tanto por haberse llevado Agramante todo lo que era á propósito para combatir en Fran[367]cia, como tambien porque en aquel país siempre habia pocas. Sin embargo, Orlando ordenó que se reunieran todas las que pudieran hallarse, bruñidas ó mohosas, y mientras tanto paseaba por la playa hablando con sus compañeros de la lucha futura.

Sucedió que habiéndose alejado del campamento más de tres millas, al tender la vista por el mar, vió un buque que se dirigia á toda vela hácia la costa de África. Aquel bajel se adelantaba solo, sin piloto ni marineros, y á merced del viento ó de la suerte: así es que, al llegar cerca de la costa, encalló en la arena.

Pero antes de seguir ocupándome de este asunto, el cariño que siento por Rugiero me obliga á continuar su historia, ordenándome que prosiga narrando lo que á él y al señor de Claramonte se refiere. Dejé á entrambos guerreros en el momento en que suspendian su combate, al ver rotos los convenios y los pactos y trabada la batalla entre los dos ejércitos. En seguida procuraron inquirir por medio de sus respectivos compañeros de armas quién habia sido el primero en violar sus juramentos y dado lugar á tanto daño, si el emperador Cárlos ó el rey Agramante.

En tanto, uno de los escuderos de Rugiero, jóven fiel, astuto y perspicaz, que no habia perdido de vista á su señor á pesar de lo confuso y encarnizado de la batalla, se llegó á él, presentándole su espada y su caballo, para que pudiese socorrer á los africanos. El héroe montó en su palafren, cogió la espada, y no queriendo tomar parte en la pelea, alejóse del campo de batalla, despues de ratificarse en el convenio que habia hecho con Reinaldo; esto es, de que si Agramante era realmente el perjuro, le abandonaria con su infame secta.

Durante todo aquel dia no quiso Rugiero hacer uso de[368] sus armas: cuidóse tan solo de detener á unos y á otros, preguntándoles quién fué el primero en acometer, si su monarca ó el de los cristianos. Oyó confesar á todos que fué Agramante quien violó sus juramentos; pero como el jóven guerrero amaba á su señor, creia cometer una grave falta dejando su servicio por esta causa. He dicho antes que el ejército sarraceno fué dispersado, deshecho y precipitado desde lo alto de la voluble rueda de la Fortuna, como plugo á Aquel que hace girar el mundo. Recogido en sí mismo Rugiero, se puso á reflexionar en si deberia quedarse ó seguir á su señor: por una parte, el amor de Bradamante refrenaba sus deseos de regresar al África, y le incitaba á quedarse, amenazándole con una pena dolorosa, si no observaba estrechamente el juramento y el pacto que habia hecho con el paladin Reinaldo: por otra parte le estimulaba con no menos fuerza la consideracion de que, si abandonaba á Agramante en situacion tan crítica, podrian tacharle de vil y de cobarde, y de que si para muchos seria buena la causa de su permanencia, otros muchos la admitirian con dificultad, y no pocos dirian que no debe observarse un juramento ilícito é injusto.

Todo aquel dia, la noche siguiente y el otro dia estuvo á solas, y sin que su fatigada mente le sacara de aquella perplejidad. Por último, resolvió reunirse á Agramante, y pasar al África con este objeto. Mucho podia en él el amor conyugal; pero era mayor el imperio del deber y el honor.

Volvió á Arlés, esperando encontrar todavía la armada que le trasportara al África; pero no halló bajel alguno en el mar ni en el rio, ni vió ningun sarraceno, como no fuesen los muertos en la batalla. Agramante se llevó al partir todas sus naves mejores, é incendió en el puerto las demás. Viendo Rugiero burlada esta esperanza, dirigióse á Mar[369]sella, siguiendo el camino de la costa, y llevando el propósito de apoderarse de un buque que de grado ó por fuerza le condujera á las playas africanas. Ya habia llegado allí el hijo del danés con la armada de los bárbaros cautiva: el inmenso número de embarcaciones ancladas en el puerto y cargadas de vencedores y vencidos cubria de tal modo las aguas, que no se hubiera podido echar en ellas un grano de mijo. Dudon habia conducido á Marsella todas las naves de los paganos que pudieron escapar del fuego y del naufragio aquella terrible noche, excepto unas pocas que consiguieron huir: entre los cautivos figuraban siete reyes de diferentes países de África, que al ver destrozada la flota, se rindieron con sus siete navios, y estaban agobiados por un profundo sentimiento, mudos y llorosos.

Dudon habia saltado en tierra con el objeto de ir aquel mismo dia á presentarse al Emperador: desembarcó con toda pompa, seguido de los cautivos y del botin conquistado, de modo que su entrada en Marsella fué una marcha triunfal: despues colocó los prisioneros á lo largo de la playa, en torno de los cuales circulaban alegres los nubios vencedores, haciendo resonar el aire con el nombre glorioso de Dudon.

Rugiero, que se hallaba todavía á alguna distancia, supuso que aquella era la armada de Agramante, y para saber la verdad, clavó el acicate á su caballo; pero al llegar más cerca, conoció entre los cautivos al Rey de los nasamones, á Bambirago, Agricalte, Farurante, Rimedonte, Manilardo y Balastro, que tenian la cabeza inclinada derramando tristes lágrimas. Rugiero sentia hácia ellos un afecto sincero, y por lo mismo no pudo tolerar que estuvieran reducidos á tan miserable suerte: comprendiendo que en aquella ocasion era preciso recurrir á la fuerza, pues los[370] ruegos serian completamente inútiles, bajó la lanza, acometió á los guardias que los custodiaban, y empezó á hacer sus proezas acostumbradas: empuñó en seguida la espada, y en un instante tendió á más de cien contrarios á sus piés. Dudon oyó los gritos, vió el estrago que en los suyos hacia Rugiero, aunque sin conocer al que lo causaba; contempló á los nubios que huian sin aliento y sobrecogidos de temor y de angustia, y requiriendo su escudo, su yelmo y su corcel, montó á caballo, empuñó la lanza y voló animoso al combate, cual convenia á un paladin de Francia. Ordenó á los suyos que se retirasen, y clavando los acicates al caballo, llegó donde estaba Rugiero, que entre tanto habia hecho otras cien víctimas y reanimado la esperanza de los cautivos: al ver á Dudon que se dirigia hácia él, solo y á caballo, mientras que los demás estaban á pié, juzgó que era el jefe de aquellas tropas, y le embistió á su vez.

Al observar Dudon, en medio de su veloz carrera, que Rugiero le acometia sin lanza, arrojó la suya, desdeñando la ventaja que le proporcionaba sobre su adversario. Rugiero, comprendiendo toda la delicadeza de aquella accion, dijo entre sí:—«Mi enemigo no puede menos de ser uno de esos guerreros esforzados á quienes se llama Paladines de Francia. Antes de pasar adelante, quiero saber su nombre, si tiene á bien decírmelo.»—Preguntóselo así, y supo que era Dudon, hijo de Ogiero el danés. Igual pregunta dirigió este á Rugiero, el cual satisfizo su curiosidad con no menor cortesía. Una vez conocidos sus nombres, se desafiaron y empezó el combate.

Dudon empuñaba la ferrada maza, que en mil empresas le habia dado eterno renombre: al esgrimirla, demostraba claramente que era digno hijo del valeroso danés. Rugiero desenvainó aquella espada que no tenia rival en el mundo[371] para abrir cascos y corazas, y en breve hizo conocer que su valor en nada desmerecia al del paladin Dudon; pero, como tenia constantemente fija en su imaginacion la idea de ofender á su dama lo menos que le fuese posible, y le constaba que hiriendo á su contrincante, la ofenderia (pues conocedor de las casas más ilustres de Francia, sabia que la madre de Dudon era Armelina, hermana de Beatriz y tia de Bradamante), procuraba por esta razon no herirle de punta, y se limitaba á dirigirle escasísimas cuchilladas, y á defenderse de los golpes de la maza, ya parándolos, ya esquivándolos.

Turpin es de opinion de que la victoria habria quedado por Rugiero, pues á los pocos golpes le hubiera sido fácil dar muerte á Dudon; pero todas las veces que este quedó al descubierto, se contentó con herirle de plano. Rugiero podia usar tanto de plano como de filo su espada, que era bastante gruesa; y en esta ocasion la vibraba con tanta fuerza y agilidad, que deslumbrado y aturdido Dudon por el contínuo martilleo, apenas podia sostenerse en la silla.

Pero á fin de ser más agradable al que me escucha, aplazaré mi canto para otra ocasion.


[372]

CANTO XLI.

Dudon cede á Rugiero los siete reyes cautivos.—El campeon sarraceno se embarca con ellos: una deshecha tempestad echa á pique su nave.—Rugiero se salva á nado.—Un verdadero siervo de Dios le convierte al cristianismo.—Combate de Orlando, Brandimarte y Olivero con los tres reyes moros, en el que queda herido Sobrino y muertos Gradasso y Agramante.

Los perfumes que un apuesto jóven ó una hermosa doncella, á quienes el amor causa con frecuencia apasionado llanto, esparcen en sus cabellos ó en sus elegantes trajes, exhalan y desprenden en derredor sus aromáticos efluvios, y durante muchos dias conservan su fragancia, dando un testimonio claro y evidente de su excelencia primitiva. El benéfico licor que, por desgracia suya, hizo Icario probar á sus pastores[152], y en cuya busca pasaron los Alpes en otro tiempo los celtas y los boios sin sentir el cansancio[153], manifiesta que si al principio es dulce, lo es mucho más pasado un año. El árbol que no pierde sus hojas durante el rigor del invierno, demuestra que al llegar la primavera conservaba todavía su verde ramaje. La ínclita estirpe que de tan diversos modos se mostró siempre rodeada de la auréola de la hidalguía, cuyo brillo y esplendor aumenta sin [373] cesar, atestigua y hace presumir claramente que el progenitor de la ilustre casa de Este debia brillar, como el Sol entre las estrellas, por esas obras virtuosas y laudables que remontan á los hombres hasta el Cielo.

Acostumbrado Rugiero á imprimir en todas y cada una de sus notables acciones el ostensible sello de su valor sublime y de su cortesía, y á patentizar la magnanimidad siempre creciente de su corazon, se mostró del mismo modo en su combate con Dudon, absteniéndose de emplear todo su vigoroso esfuerzo por temor de darle muerte. Dudon sospechó con verosimilitud que Rugiero no queria matarle, porque habiéndose quedado más de una vez á descubierto, y estando tan cansado que apenas podia resistir á su adversario, este renunció á hacer uso de su superioridad. Cuando se persuadió de que Rugiero respetaba su vida y procuraba no herirle, resolvió igualarle en delicadeza, ya que en fuerza y vigor era muy inferior á él.

—Por Dios, le dijo, dejemos el combate, ya que la victoria no puede ser mia. Así lo reconozco, y me confieso vencido y á merced de tu generosidad.

Rugiero le respondió:

—Tambien yo deseo la paz, pero con la condicion de que me entregues en libertad á esos siete reyes que tienes ahí encadenados.

Y le mostró los siete reyes que estaban cargados de cadenas y con la frente inclinada, segun dije antes, exigiendo que no le estorbara su regreso al África con ellos. El Paladin accedió á tal demanda, y le concedió además que eligiese el buque que fuera más de su agrado para pasar á su país. Rugiero lo hizo así; se desataron las amarras de la nave, desplegáronse las velas y se entregaron á merced del viento, que al principio impulsó con soplo favorable la[374] hinchada lona con gran contento del piloto. Fué huyendo la costa de la vista de los navegantes, y al poco tiempo acabó por desaparecer de tal modo, que no parecia sino que el mar se habia quedado sin límites ni orillas.

Hácia la caida de la tarde dió á conocer el viento claramente su perfidia y sus malas artes: desde la popa saltó á la proa, en la que no permaneció fijo mucho tiempo, sino que fué dando vueltas en derredor del buque, y burlando los esfuerzos del piloto; pues tan pronto soplaba por delante como por detrás ó por los costados: elevábanse las olas arrogantes y amenazadoras, produciendo montañas de mugiente espuma: cada una de ellas parecia mostrarse pesarosa ó indecisa de tantas muertes como todas juntas iban á producir.

Los vientos continuaban encontrados: unos hacian avanzar la embarcacion, otros la obligaban á retroceder y otros la acometian de través, amenazándola todos con sumergirla. El piloto que dirigia la maniobra, lanzaba fuertes suspiros; pálido y turbado gritaba ó indicaba inútilmente por medio de señas que virasen ó amainasen las velas; pero de poco le servian sus señas y sus gritos, pues la lluvia y las sombras de la noche impedian que se distinguieran los más próximos objetos, y la voz iba á perderse sin dejarse escuchar por el aire, herido entonces con mayor fuerza por los gritos unánimes de los navegantes y por el fragor que producian las olas al romperse, de suerte que en la popa, en la proa ó en una y otra banda era absolutamente imposible oir las voces de mando.

El viento despedia horribles silbidos al chocar contra el aparejo: inflamaban el aire frecuentes relámpagos: en el Cielo rimbombaban truenos espantosos. Corrian los marineros aterrados, unos al timon, otros á los remos; otros se[375] esforzaban en atar ó desatar las cuerdas, segun la necesidad, y muchos se dedicaban á extraer el agua de la embarcacion, devolviendo el mar al mar. El soplo incesante del Bóreas, cada vez más furioso, daba nuevo aliento al fragor creciente de aquella horrible tempestad: las velas azotaban á los mástiles, produciendo estridentes sonidos: las olas se elevaban cada vez más, y casi llegaban al Cielo: hiciéronse pedazos los remos, y la implacable borrasca desató su impetuoso furor hasta tal extremo, que se inclinó el buque por la proa, tocando en la superficie del mar su desarmada borda. Toda la banda derecha fué á parar debajo del agua, y el buque estuvo á punto de quedar con la quilla hácia arriba; al verse los tripulantes expuestos á caer en el profundo abismo, lanzaron gritos de terror, encomendándose al Todopoderoso. Juguetes de la Fortuna, libráronse de aquel peligro para precipitarse en otro no menos terrible; pues la nave empezó á abrirse por muchas partes, dando paso á las enemigas olas.

El impetuoso temporal no cedia en sus embates crueles y aterradores. A veces veian los navegantes que avanzaban las olas tan desmesuradamente elevadas, que parecian tocar con su espumosa cresta en los cielos: otras veces se veian ellos mismos levantados á tanta altura, que al mirar abajo creian ver los abismos infernales. Poca ó ninguna era ya su esperanza, y si acaso les quedaba alguna, se desvanecia ante el espectáculo de una muerte inevitable.

Toda la noche fueron recorriendo errantes los distintos mares adonde les arrojó el viento, que, en vez de cesar, redobló su furia al amanecer. De pronto descubrieron un pelado escollo: hicieron desesperados esfuerzos para esquivarlo, pero no les fué posible, porque el tempestuoso mar y el aquilon les echaban sobre él á pesar suyo. El piloto,[376] pálido de espanto, apeló tres ó cuatro veces á todo su vigor para dar vuelta al timon; pero rompiéndose este, fué arrebatado por el mar. El viento hinchaba las velas con tanta fuerza, que no era posible calarlas poco ni mucho: próximos á estrellarse contra aquel fatal peñasco, no tenian ya tiempo para deliberar ni para evitar su ruina.

Conociendo que no habia remedio para la irreparable pérdida de la nave, cada cual se atuvo á su interés particular; cada cual atendió exclusivamente á salvar su vida, y todos á porfía se precipitaron en la lancha, que repentinamente cargada con el peso de tanta gente como en ella procuraba refugiarse, amenazaba zozobrar. Rugiero, que vió al cómitre, al contramaestre y al resto de la tripulacion abandonar en tropel el buque, quiso asimismo salvarse en la frágil barquilla, sin armas y en jubon como se hallaba; pero la encontró tan cargada ya, y eran tantos los fugitivos que sucesivamente la invadian, que fué hundiéndose por momentos hasta desaparecer enteramente bajo las olas, sepultando en ellas á cuantos esperaron librarse de la muerte abandonando el bajel. Entonces se oyeron angustiosos y lastimeros gritos implorando el socorro del Eterno; pero estos gritos no llegaron hasta las celestiales regiones, porque precipitándose el mar lleno de furiosa rabia, cerró de improviso toda salida á los quejidos y lamentos. La mayor parte de los náufragos quedó para siempre en el fondo del abismo; los otros pudieron salir, flotando á merced de las olas; otros sacaban la cabeza y procuraban salvarse á nado: por un lado veíanse brazos luchando con la muerte; por otro piernas desnudas.

Rugiero, despreciando el furor de la tempestad, se remontó desde el fondo á la superficie de las aguas, y vió á corta distancia el pelado escollo de que él y sus compañeros[377] habian procurado huir inútilmente. Esperando hallar un refugio en la roca, se puso á nadar vigorosamente, despidiendo fuertes resoplidos á fin de rechazar las importunas olas que inundaban su rostro.

Mientras tanto el viento y la tempestad iban empujando la vacía embarcacion, totalmente abandonada por aquellos que, en su afan de salvarse, corrieron por desgracia suya á la muerte. ¡Cuán falaz es la esperanza humana! Salvóse la nave que debia perecer, en cuanto el piloto y los marineros la dejaron flotar sin rumbo ni gobierno. No parecia sino que el viento hubiese cambiado de opinion al ver la fuga de todos los tripulantes; pues apenas evacuaron estos el buque, hizo que siguiera mejor rumbo, sin tocar tierra y deslizándose por mares más tranquilos: mientras que bajo la direccion del piloto fué incierto su derrotero, apenas careció de ella, lo enderezó directamente al África, fué á parar cerca de Biserta, dos ó tres millas más hácia Egipto, y faltándole el viento y el agua, quedó encallado en la estéril y desierta arena.

La casualidad hizo que Orlando se paseara por aquella playa cuando varó la nave. Deseoso el Paladin de saber si venia sola, vacía ó cargada, saltó en un ligero esquife, acompañado de Brandimarte y Olivero, y los tres pasaron á su bordo. Pusiéronse á registrar la embarcacion por todas partes, y quedaron sorprendidos al no ver en ella ningun ser humano: tan solo encontraron el caballo Frontino, la armadura y la espada de Rugiero, el cual, en su precipitacion por salvarse del naufragio, no habia tenido tiempo de recoger sus armas. Orlando conoció en seguida aquella espada, llamada Balisarda, por haberle pertenecido en otro tiempo. Tengo noticia de que habeis leido la historia en que se manifiesta cómo se la arrebató á Falerina, cuando[378] destruyó sus magníficos jardines; cómo Brunel se la robó despues al Conde, y cómo la regaló el astuto africano á Rugiero al pié del monte de Carena.

Orlando habia tenido frecuentes ocasiones de experimentar las maravillosas propiedades de aquel acero: por eso se llenó de júbilo al verle de nuevo en su poder, y dió fervorosas gracias al Eterno, persuadido (como lo manifestó despues repetidas veces) de que Dios se lo enviaba para que se sirviese de él en su próximo combate con el señor de Sericania, que á su incontrastable valor, reunia la doble ventaja de poseer á Bayardo y Durindana. En cuanto á la armadura, como ignoraba su procedencia, no le pareció una cosa tan sublime como se lo parecia al que acostumbraba á resguardarse con ella; y aun cuando la creyó buena, admiró mucho más su adorno y su riqueza. Siendo su cuerpo invulnerable, poca falta le hacian las armas defensivas: así es que cedió todas aquellas á Olivero, menos la espada, que tuvo buen cuidado de ceñirse: Brandimarte se quedó con el corcel. De esta suerte, quiso el Conde que se repartieran entre los tres compañeros de armas los objetos hallados en el buque.

Deseando todos ellos presentarse el dia de la batalla con magnificencia, procuraron engalanarse con trajes nuevos y ricos. Orlando hizo bordar en su divisa la torre de Babel destruida por el rayo. Olivero quiso ostentar un perro de plata echado, con la trailla sobre el lomo, y estas palabras: Hasta que venga: quiso además que la veste fuese de oro y digna en un todo de él. Brandimarte determinó vestir una sobrevesta oscura y triste, en señal de luto por la muerte de su padre, y tambien por su propia dignidad. Flor-de-lis se esforzó cuanto pudo en hacerla más bella y airosa, añadiéndole en derredor una franja de paño sencillo entreteji[379]da de piedras preciosas, que resaltaban sobre el color oscuro del ropaje.

La tierna amante hizo por su mano aquella sobrevesta, digna de armadura más lujosa, que el caballero debia vestir sobre su coraza, é hizo tambien la gualdrapa que habia de cubrir la grupa, el pecho y las crines del caballo. Pero desde el dia en que empezó aquel trabajo hasta el en que le terminó sin interrupcion y aun mucho despues, desapareció de su rostro la alegría. Oprimia su corazon el temor, el continuado tormento de que su Brandimarte fuese arrebatado á su cariño. Más de cien veces le habia visto arrostrar los peligros de las batallas, y sin embargo, nunca sintió el temor que entonces le helaba la sangre y marchitaba los hermosos colores de su rostro. Esta zozobra, desconocida para ella, redoblaba la angustia de su corazon.

Cuando los tres caballeros tuvieron listas sus armas y sus arneses, se hicieron á la mar, dejando á Astolfo y Sansoneto encargados del ejército y de la prosecucion de la conquista. Flor-de-lis, entregada á la desesperacion y dirigiendo al Cielo sus querellas, fué siguiendo con la vista el bajel hasta que desapareció en el horizonte. Astolfo y Sansoneto no pudieron arrancarla de la playa sino á costa de mucho trabajo, y la acompañaron al palacio, dejándola tendida en su lecho temblorosa y desconsolada.

Mientras tanto una aura favorable impulsaba el bajel á cuyo bordo iban los tres escogidos caballeros, que tardaron poco en llegar á la isla en donde debia tener efecto el combate. El caballero de Anglante, su cuñado Olivero y Brandimarte saltaron en tierra, y levantaron su tienda hácia el lado oriental de la isla. Agramante llegó el mismo dia y acampó en el lado contrario; pero como se acercaba la noche, aplazaron la lucha para la siguiente aurora. Por una[380] y otra parte se apostaron centinelas armados que custodiaron las tiendas hasta el nuevo dia.

Durante la noche pasó Brandimarte, con permiso de Orlando, al alojamiento de los sarracenos, con objeto de hablar al Rey de África, de quien habia sido amigo, y bajo cuyas banderas pasó en otro tiempo á Francia. Despues de haberse cambiado recíprocos saludos y muestras de deferencia, procuró el leal caballero, con amistosas razones, disuadir al Rey pagano del proyectado combate, prometiéndole en nombre de Orlando que se le restituirian todas las ciudades situadas entre el Nilo y las columnas de Hércules, con tal que creyese en el Hijo de Maria.

—El cariño que siempre os he profesado y os profeso todavía, me induce á daros este consejo; y podeis creer que lo considero excelente, cuando yo mismo lo he adoptado. Por fortuna mia he conocido que Jesucristo es el verdadero Dios, y Mahoma un insensato; y siendo así, me complacería en extremo veros, merced á mis esfuerzos, en el camino que yo sigo, que es el de la salvacion, y con vos á todos cuantos amo. En esto consiste vuestro bien; la mejor determinacion que podeis tomar es esta, pues cualquiera otra que adopteis no os valdrá tanto, y menos que todas la de combatir con el hijo de Milon; porque la utilidad de la victoria no podrá compararse con las desgracias que serán consecuencia de una probable derrota. Si salís vencedores, vuestras ventajas serán muy limitadas; al paso que si salís vencidos, os exponeis á sufrir mayores pérdidas. Aun cuando mateis á Orlando y á los dos que hemos venido á vencer ó morir con él, no creo que por esto logreis recobrar los dominios perdidos. Tampoco debeis esperar que nuestra muerte varíe el aspecto de las cosas; pues á pesar de ella, Cárlos no carecerá de guerreros que sepan defender hasta la última torre del país conquistado.

[381]

Así decia Brandimarte, y se manifestaba dispuesto á añadir otras razones no menos poderosas, cuando le interrumpió el pagano, diciéndole con voz airada y altivo rostro:

—En verdad que es temeridad ó locura la tuya y la de todo el que se permita dar buenos ó malos consejos á quien ni los pide ni los necesita. Hablando ingénuamente, debo decirte, que no sé cómo podré persuadirme de que el consejo que me das proceda del cariño que me has tenido y me tienes todavía, cuando te veo aquí en compañía de Orlando. Antes bien creeré que eres presa de aquel dragon que devora las almas y desea arrastrar contigo al mundo entero á la infernal mansion del dolor eterno. Dios, en sus altos juicios, tiene ya determinado concederme la victoria ó hacerme sufrir la derrota; reponerme en el trono de mis antepasados ó condenarme á vivir desposeido de él; pero ni á tí, ni á mí, ni á Orlando nos es dado prever lo que sobrevendrá. Suceda lo que quiera, no podrá obligarme el liviano temor á cometer una accion indigna de mi elevada alcurnia, y aun cuando estuviera seguro de morir, prefiero perder la vida antes que deshonrar mi sangre. Puedes ya retirarte, y si mañana no te muestras más experto en el manejo de las armas de lo que hoy me lo has parecido como orador, pobre compañía será la de Orlando!

Agramante pronunció estas últimas palabras con reconcentrada y sarcástica ira. Separáronse en seguida, y se entregaron al descanso hasta que el nuevo Sol salió de entre las olas. Apenas habia despuntado la aurora, cuando en un momento estuvieron todos cubiertos con sus armas y montados á caballo. Cambiaron entre sí muy escasas palabras, y sin ninguna dilacion, sin que precediera el menor intervalo, enristraron las lanzas para acometerse.

Pero me pareceria, Señor, cometer una falta imperdona[382]ble, si, por querer ocuparme exclusivamente de ellos, dejara á Rugiero tan abandonado en el mar, que al fin se ahogase. El esforzado jóven iba, segun os dije, empujando con piés y brazos las horribles olas. El viento y la tempestad se agitaban amenazadores en torno suyo, pero su propia conciencia le agitaba mucho más. Le aterraba la justa venganza de Jesucristo; pues como se habia cuidado tan poco de recibir el bautismo en las aguas puras y cristalinas del templo, cuando dispuso del tiempo necesario, temia á la sazon encontrarlo en aquellas aguas amargas y salobres. Entonces recordaba las promesas que tantas veces hizo á su amada, y el juramento que pronunció antes de empezar su combate contra Reinaldo, todo lo cual habia dejado sin cumplimiento. Arrepentido de sus culpas y lleno de remordimientos, rogó al Señor varias veces que no le hiciera sufrir allí el merecido castigo, ofreciéndole de todo corazon abrazar el cristianismo si fijaba en tierra su planta, y no volver á esgrimir espada ni lanza contra los fieles en favor de los moros, sino que regresaria presuroso á Francia y prestaria homenaje á Carlomagno, cumpliendo además los ofrecimientos hechos á Bradamante, y llegando cuanto antes al término honesto de sus amores.

Apenas hubo andado cien pasos cuando vió á un hermitaño.
(Canto XLI.)

Apenas pronunció este voto, sintió como por milagro que se acrecentaban sus fuerzas, al paso que decrecian las del viento. Al par de la fuerza renació su abatido ánimo: continuó azotando y hendiendo las olas, que se sucedian unas á otras sin intermision, y tan pronto le elevaban á considerable altura, como le hacian adelantar con su violento empuje. A fuerza de elevarse y descender alternativamente, y despues de mucha fatiga, logró por último tocar la playa, y salió, empapado en agua, á aquella parte del islote que se metia en el mar con inclinacion más pronunciada. Todos [383] los demás tripulantes del buque náufrago, vencidos por la fuerza incontrastable de las olas, quedaron al fin sepultados en ellas: Rugiero fué el único que se salvó en el solitario escollo, merced á la bondad divina.

A los pocos momentos de encontrarse en aquel monte inculto y salvaje al abrigo de los embates del mar, apoderóse de su alma un nuevo recelo, producido por el temor de verse aislado en tan reducidos límites y expuesto á perecer de hambre; sin embargo, se sobrepuso á aquel temor, indigno de su corazon indomable, y dispuesto siempre á sufrir cuanto el Cielo tenia prescrito, dirigió su intrépida planta por aquellas duras peñas, subiendo en derechura hácia la cumbre del monte. Apenas hubo andado cien pasos, cuando vió un hombre agobiado por la edad y la abstinencia, que por su traje y su aspecto parecia un eremita digno de respeto y veneracion. El anciano, al ver junto á sí á Rugiero, exclamó, repitiendo las palabras que el Señor dijo á San Pablo cuando le hirió con aquel golpe saludable:

—¡Saulo, Saulo! ¿por qué persigues mi fé?—Creiste pasar el mar sin pagar flete, defraudando las esperanzas de los otros: ya ves que Dios, cuya mano es muy larga, te ha alcanzado en el momento en que creias estar más lejos de él.

Y continuó hablando en estos términos el santo eremita, el cual habia tenido la noche anterior una vision, en que Dios le reveló que Rugiero se salvaria en el escollo con su ayuda, haciéndole sabedor tambien de la vida pasada y futura del jóven héroe, de la muerte funesta que le estaba reservada, y el destino de todos sus descendientes. El ermitaño estuvo algun tiempo reprendiendo severamente á Rugiero, pero despues le dirigió palabras consoladoras. Le reprendia porque habia ido difiriendo el momento de poner[384] su cuello bajo el suave yugo de himeneo, y porque, habiendo descuidado lo que debia hacer mientras era dueño de su albedrío y Cristo le atraia suplicante hácia sí, lo habia hecho despues de un modo menos meritorio, y solo cuando le vió venir amenazándole con su terrible azote. Le consoló despues, asegurándole que Cristo concede la gloria, tarde ó temprano, al que se la pide humilde; y le citó la parábola de los obreros del Evangelio que recibieron todos igual recompensa[154].

Mientras se encaminaban á la celda del ermitaño, que estaba abierta en el corazon de la roca, aquel santo varon fué iniciando á Rugiero, con caridad y con ferviente celo, en los preceptos de nuestra Santa Fé. Sobre la roca en que existia la celda, descollaba una pequeña capilla, bastante cómoda y bella, que miraba hácia el Oriente. Al pié de la capilla se veia un bosque, que iba á parar en descenso hasta la playa, y estaba poblado de laureles, enebros, mirtos y palmeras fructíferas y fecundas, regados siempre por una fuente cristalina, cuyas aguas caian murmurando desde la cumbre de la roca. Cerca de cuarenta años hacia que el ermitaño habitaba en aquel escollo, que le habia designado el Salvador como el lugar más á propósito para dedicarse á la vida contemplativa. Durante tanto tiempo su alimento consistió en las frutas que cogia de una ú otra planta y en agua pura; así es que frisaba en los ochenta años sin haber perdido su fuerza y su energía y exento de todo achaque.

Cuando entraron en la celda, se apresuró el anciano á encender un buen fuego, y puso en la mesa algunos frutos que Rugiero aceptó de muy buen grado, despues de secar su ropa y sus cabellos. Fué aprendiendo despues con más [385] despacio todos los grandes misterios de nuestra Fé, y al dia siguiente le bautizó el santo anacoreta con las aguas puras del manantial.

Rugiero se encontraba todo lo contento que era posible en aquella morada solitaria, y mucho más despues de haberle prometido el anciano que le enviaria de allí á pocos dias adonde tanto deseaba volver. Entre tanto pasaba agradables ratos hablando frecuentemente con el ermitaño, ora del reino de los cielos, ora de los asuntos que con él tenian relacion, y ora de su posteridad. El Señor, que lo sabe y lo ve todo, habia revelado al santísimo eremita que Rugiero pereceria siete años despues de haberse convertido á la fé cristiana; pues á consecuencia de la muerte que Bradamante dió á Pinabel y que se atribuyó á Rugiero, y á causa tambien de la de Bertolagio, le asesinarian los impíos maguntinos, quedando tan oculto este crímen, que no llegaria á noticia de nadie, porque sus matadores tendrian cuidado de enterrarle en el mismo sitio del asesinato. Por esta causa no podrá ser vengado, hasta transcurrido mucho tiempo, por su hermana y por su esposa, la cual, á pesar de hallarse en cinta, le irá buscando por diferentes países. Bradamante dará á luz un hijo en los bosques inmediatos al frigio Ateste, entre el Adige y el Brenta, al pié de aquellos collados que le parecieron al troyano Antenor tan amenos con sus minas sulfurosas, sus rios transparentes, sus campos plácidos y sus deliciosas praderas, que dejó por ellos voluntariamente el elevado Ida[155], el suspirado Ascanio[156] y el querido Xanto[157]. El hijo de Bradamante, llamado tambien Rugiero, crecerá adornado de belleza y de valor, y reconocido [386] por aquellos pueblos troyanos como descendiente de su propia raza, le elegirán por su jefe. Jóven aun, prestará á Cárlos su apoyo y sus útiles servicios en la guerra contra los lombardos, y en recompensa obtendrá á justo título el dominio de aquel país que para él será erigido en marquesado, y como Cárlos le dirá en latin:—Este señores aquí[158]—cuando le haga tal merced, aquella hermosa comarca tomará con propicio augurio el nombre de Este en el futuro siglo, perdiendo por consiguiente sus dos primeras letras el nombre de Ateste que antiguamente llevara.

El Señor predijo tambien á su siervo los efectos de la terrible venganza que sufririan los asesinos de Rugiero, el cual se apareceria en sueños á su fiel consorte poco antes de despuntar el dia, para indicarle el nombre de sus matadores, y mostrarle el sitio en que se hallará sepultado, y entonces Bradamante y su cuñada destruirán á sangre y fuego la ciudad de Poitiers. Su hijo Rugiero castigará tambien á los maguntinos en cuanto llegue á la pubertad. El Eterno habia hablado además al ermitaño de los Azzos, de los Albertos, de los Obizzos y de su ilustre descendencia, así como de Nicolás, Leonelo, Borso, Hércules, Alfonso, Hipólito é Isabel. Pero el santo anciano, que no podia decir cuanto sabia, refirió á Rugiero lo que creyó oportuno, guardando silencio sobre lo que no juzgó conveniente participarle.

Mientras tanto Orlando, Brandimarte y el marqués Olivero se precipitaban lanza en ristre contra el sarraceno Marte (que de tal modo se podia llamar á Gradasso) y contra los reyes Agramante y Sobrino, que á su vez corrian rápidamente á su encuentro, resonando la playa y el mar vecino con el estrépito producido por su carrera. Al primer encuentro, las lanzas volaron hasta las nubes hechas asti[387]tillas; el estruendo ocasionado por este choque hizo que el mar se hinchara, y que resonaran sus ecos hasta en las costas de Francia. Orlando dirigió su acometida contra Gradasso; por su valor eran dignos el uno del otro, pero el segundo pareció más resuelto y aguerrido, merced á la ventaja que le proporcionaba la posesion de Bayardo. El intrépido corcel chocó tan vigorosamente contra el caballo de Orlando, cuya resistencia era menor, que le hizo oscilar á uno y otro lado, y al fin cayó en el suelo cuan largo era. Orlando se esforzó tres ó cuatro veces en levantarle, castigándole con el acicate y con la mano; pero viendo la inutilidad de sus esfuerzos, se apeó, embrazó el escudo y desenvainó á Balisarda.

Olivero y el Rey de África se embistieron, sin que de su encuentro resultase ventaja para ninguno de ambos. Brandimarte derribó á Sobrino del caballo, no pudiéndose averiguar si la culpa habia sido del ginete ó del caballo, pues Sobrino no solia caer tan fácilmente; pero ya tuviese la culpa el caballo, ya el ginete, el caso es que el sarraceno quedó debajo de su corcel. Al ver Brandimarte á su contrario en el suelo, no quiso renovar el ataque, sino que se lanzó contra Gradasso que acababa de dejar desmontado á Orlando.

La lucha entre el Marqués y Agramante continuaba como al principio: despues de haber roto sus lanzas contra los escudos, se acometieron espada en mano. Orlando, que no veia á Gradasso dispuesto á embestirle de nuevo, porque Brandimarte se lo impedia estrechándole y no concediéndole un momento de reposo, volvió la vista y vió á Sobrino, que estaba, como él, á pié y sin tener con quien luchar. Corrió á su encuentro, y al precipitarse sobre él, hasta el mismo Cielo se asustó de su terrible aspecto. Vién[388]dose Sobrino atacado por un campeon tan formidable, empuñó con más fuerza las armas para resistir su acometida, y así como el nauta, contra el que se dirigen mugiendo las amenazadoras olas, presenta la proa á sus embates, y al ver cómo se hincha el mar, quisiera encontrarse en la tierra, del mismo modo opuso Sobrino su escudo á los desastrosos golpes de la espada de Falerina; pero era tan fino el temple de aquella Balisarda, que no habia armadura que le resistiera, y mucho menos estando manejada por un guerrero tan valeroso como Orlando, único en el mundo por su pujanza y denuedo. Aquel tajo atravesó el escudo, sin que de nada le sirviera estar reforzado por un círculo de acero: lo atravesó de parte á parte, y alcanzó el hombro de Sobrino, resguardado por una doble chapa de hierro y la cota de malla, á pesar de lo cual penetró en la carne causándole una profunda herida. Revolvióse colérico el sarraceno, pero en vano procuraba herir á Orlando, á quien el supremo Motor del cielo y de los astros habia concedido la gracia de la invulnerabilidad. El valeroso Conde descargó un nuevo tajo sobre su contrario, con intencion de separarle la cabeza del cuerpo: conociendo ya Sobrino el vigor del de Claramonte, y lo inútil que era parar sus golpes con el escudo, se hizo atrás, pero no lo suficiente para evitar que Balisarda le alcanzara en la frente. El golpe cayó de plano, pero fué tan tremendo, que le abolló el casco, le atronó la cabeza, y le hizo caer sin sentido en tierra, pasando mucho rato antes de que pudiera levantarse.

Creyendo el Paladin haber terminado la lucha con él, ó suponiendo que yacia muerto, corrió á atacar á Gradasso para impedir que hiciera sucumbir á Brandimarte; porque el pagano le aventajaba en armas, en espada, en caballo, y quizá tambien en pujanza. Montado el audaz Brandimarte[389] en Frontino, aquel excelente corcel que perteneció á Rugiero, se portaba tan bien en su lucha con Gradasso, que no se advertia gran desventaja por su parte, y aun tal vez llevara lo mejor de la pelea si hubiese poseido una coraza tan bien templada como la del pagano; mas no siendo así, le era forzoso esquivar los golpes de su adversario, haciéndose á uno ú otro lado. No ha existido otro caballo que comprendiera mejor que Frontino los movimientos de su ginete: cual si estuviera dotado de inteligencia, sabia inclinarse á la derecha ó á la izquierda para evitar los tajos de Durindana. Agramante y Olivero continuaban por su parte luchando con encarnizamiento, demostrando que eran dos guerreros igualmente ejercitados en el manejo de las armas y poco diferentes en cuanto á vigor.

Orlando habia dejado, segun he dicho antes, á Sobrino tendido en el suelo, y deseando socorrer á Brandimarte en su combate parcial con el rey Gradasso, se adelantaba á pié y con la celeridad posible, cuando, próximo ya á acometer al pagano, vió vagar libremente por el campo el caballo de que fué derribado Sobrino, y deseando servirse de él, corrió á sujetarle. Lo consiguió sin dificultad; de un salto se acomodó en la silla, y sosteniendo la espada con una mano, cogió con la otra las lujosas riendas de aquel corcel. Gradasso vió la actitud de Orlando, y desafiando su furor, le llamó por su nombre, haciendo alarde de vencer por sí solo al Paladin, á Brandimarte y á su compañero. Dejando á Brandimarte, volvióse hácia el Conde, y le tiró una estocada que atravesó la armadura hasta tropezar en la carne, á tiempo que Orlando le descargaba un tremendo mandoble con su Balisarda; y como donde esta caia eran inútiles todos los encantos, bajó hendiendo el yelmo, el escudo, la coraza, el arnés, y todo cuanto halló á su paso, dejando he[390]rido al Rey de Sericania en el rostro, en el pecho y en el muslo, lo cual no le habia sucedido nunca desde que llevaba aquella armadura: por lo mismo le causó extrañeza, y sobre todo despecho y sobresalto, que aquella espada cortase de tal modo, á pesar de no ser su Durindana: si Orlando se hubiese hallado más cerca de su enemigo, era más que seguro que le habria hendido desde el cráneo hasta el vientre. Gradasso comprendió por semejante prueba, que no debia tener ya tanta confianza en la bondad de su armadura; así es que en adelante procedió con más prudencia y cautela de lo que solia, y estuvo más atento á parar los golpes. Brandimarte, á quien la intervencion de Orlando habia dejado sin adversario con quien combatir, se puso en medio de la liza para acudir en auxilio del que lo necesitara.

Hallándose en tal estado la batalla, el rey Sobrino volvió en sí y se levantó del suelo, donde habia permanecido hasta entonces, á pesar del fuerte dolor que sufria en la cara y en el hombro. Tendió la vista en todas direcciones, y observando el combate de su Señor, se dirigió hácia él con objeto de ayudarle; pero tan cautelosamente, que nadie lo notó. Colocóse detrás de Olivero, que tenia los ojos fijos en el rey Agramante sin cuidarse de otra cosa, y de una terrible cuchillada le desjarretó el caballo, que cayó en tierra instantáneamente. Olivero cayó tambien, y como aquel ataque habia sido tan imprevisto, se quedó con el pié izquierdo metido en el estribo y debajo del caballo, de suerte que eran inútiles cuantos esfuerzos hacia para levantarse. Sobrino le descargó otra cuchillada de través, creyendo cortarle la cabeza; pero el acero quedó embotado en el yelmo terso y brillante, fabricado por Vulcano, que Héctor usó en otro tiempo.

[391]

Brandimarte vió el peligro que corria su compañero, y se lanzó á toda brida sobre el sarraceno, descargándole en la cabeza un mandoble que le hizo medir el suelo; pero el animoso anciano se levantó con prontitud, y volvió á acometer á Olivero con intencion de abrirle el camino de la otra vida ó de no permitirle al menos que se levantara. El campeon cristiano, que tenia expedito el mejor brazo y podia por lo tanto defenderse con su espada, la empezó á esgrimir con tal rapidez, que obligó á Sobrino á mantenerse á una respetuosa distancia: Olivero esperaba salir pronto de situacion tan embarazosa, si conseguia tener á raya un breve espacio á su enemigo, pues le veia tan empapado en sangre, y era tanta la que seguia derramando, que á su parecer pronto debia sucumbir, siendo tal su debilidad que apenas le permitia tenerse de pié. Olivero continuaba entre tanto haciendo los mayores esfuerzos para levantarse, pero su caballo permanecia inmóvil.

En el ínterin Brandimarte habia acometido al rey Agramante, cayendo sobre él como una furiosa tempestad: montado en aquel Frontino, que giraba como un torno, tan pronto le atacaba por delante, como por los lados. Si bueno era el caballo del hijo de Monodante, no era peor el del rey del Mediodia, que cabalgaba en Brida-de-oro, el soberbio corcel que le regalara Rugiero despues de habérselo conquistado al arrogante Mandricardo. La armadura de Agramante, buena y perfecta á toda prueba, era de un temple superior á la que Brandimarte cogió al acaso y tan precipitadamente como lo exigia la perentoriedad del tiempo, confiando en su esfuerzo para trocarla pronto por otra mejor, aun cuando el Rey africano le habia teñido en sangre el hombro derecho con una penetrante cuchillada, despues de tener otra herida de alguna consideracion en el[392] costado, causada por la espada de Gradasso. El amante de Flor-de-lis espió con tal cuidado los movimientos de su enemigo, que al fin halló modo de descargarle un tajo, que destrozándole el escudo, penetró en el brazo derecho, y le ocasionó una lijera herida en la mano; pero todo esto no era más que un juego ó un pasatiempo en comparacion de la lucha espantosa que sostenian Orlando y el rey Gradasso.

Este último habia casi desarmado al Paladin, cuyo casco estaba roto por la cimera y los lados; el escudo hecho pedazos en la pradera; la coraza y las mallas abiertas en muchos sitios; pero como era invulnerable, no habia podido herirle. Sin embargo, el estado á que Orlando tenia reducido á Gradasso era mucho peor; porque además de la primera herida, le habia inferido otras en el rostro, en el cuello y en medio del pecho. Desesperado el sarraceno al ver correr su sangre, mientras Orlando se conservaba incólume á pesar de tantos golpes, empuñó su espada con ambas manos, con el firme propósito de abrirle la cabeza, el pecho, el vientre y todo el cuerpo: cayó el acero tan de lleno y con tal furia sobre la frente del valiente Conde, que cualquier otro que no fuera Orlando habria quedado hendido de arriba á abajo; pero la espada volvió á levantarse tan luciente y tersa como si aquel golpe hubiera sido dado de plano. El Paladin quedó aturdido con la violencia del golpe, que le hizo ver mil estrellas en el suelo: soltó la brida, y habria soltado tambien la espada, á no tenerla sujeta á la muñeca por una cadenilla. Asustado el caballo que montaba Orlando con el estrépito de aquel golpe, echó á correr por la arenosa playa dando á conocer la velocidad de sus piernas, y sin que el Conde, privado todavía de sentido, pudiera refrenarle. Persiguióle Gradasso, y le habria[393] alcanzado fácilmente á poco más que hubiese excitado á Bayardo, cuando al volver la vista, vió en la situacion más apurada á Agramante, á quien el hijo de Monodante tenia sujeto con la mano izquierda, y despues de haberle desatado el casco, procuraba introducirle un puñal por la garganta: el monarca africano no podia oponerle resistencia alguna, por haber perdido su espada.

Dejando Gradasso la persecucion de Orlando, voló en auxilio de Agramante, y mientras el incauto Brandimarte, no creyendo que el Paladin dejara escapar al Rey de Sericania, estaba muy ajeno de que le atacara, y atendia únicamente á degollar á Agramante, llegó Gradasso, y empuñando su espada con ambas manos, descargó con toda su fuerza un descomunal fendiente sobre el yelmo del descuidado Brandimarte. ¡Oh Padre celestial! ¡Dígnate conceder un lugar entre tus elegidos á ese mártir de tu fé, que al llegar al término de su viaje borrascoso, recoge sus velas para siempre en el puerto! ¡Ah Durindana! ¿Has podido mostrarte tan cruel para con tu señor Orlando, que no tuviste reparo en inmolar ante sus mismos ojos al compañero más leal y más querido que tenia en el mundo? El círculo de hierro y de dos dedos de espesor que ceñia el yelmo quedó roto y partido por tan vigorosa cuchillada: igual suerte tuvo la cofia de acero que debajo de él estaba, y Brandimarte, con rostro pálido y desencajado, cayó al suelo de espaldas, regando la arena con el ancho raudal de sangre que se escapaba de su herida.

Al recobrar el Conde el sentido, volvió los ojos y vió á su Brandimarte en el suelo y á Gradasso sobre él, en actitud que indicaba claramente que habia sido su matador.

Ignoro si pudo más en Orlando el dolor ó la ira, pero[394] como no tenia tiempo para lamentarse, devoró su afliccion y dió rienda suelta á su inmensa cólera.

Mas tiempo es ya de terminar este canto.


CANTO XLII.

Orlando alcanza la victoria.—Bradamante y Reinaldo se lamentan amargamente, la una por la ausencia de Rugiero, y por la de Angélica el otro.—Decídese Reinaldo á ir en busca de su amada, y encuentra en el camino al Desden que le protege.—A consecuencia de este encuentro, se dirige hácia Italia, donde le acoge placenteramente un caballero.

¿Qué duro freno, qué férreo nudo ó qué cadena de diamante, si forjarse pudiera, será bastante á contener la impetuosidad de tu cólera, de modo que su explosion no traspase los límites fijados de antemano, cuando veas á la persona por quien más cariño ó amistad siente tu corazon constante, expuesta á la deshonra ó á la muerte por efecto de la violencia ó de la perfidia? Si una justa indignacion inclina entonces tu ánimo á la crueldad y á la venganza, merece excusa, en este caso, porque la razon no ejerce imperio alguno en el pecho. Al ver Aquiles que Patroclo, llevando un falso almete, enrojecia el campo con su sangre, no se satisfizo con dar muerte á su matador, sino que llevó su venganza hasta el extremo de arrastrarle y hacerle pedazos[159].

[395] Un furor parecido inflamó, invicto Alfonso, á vuestros soldados el dia en que os hirió una piedra en la frente, y al veros tan mal parado, creyeron que habíais exhalado el último aliento: fué tal el arrebato de su cólera, que ni las murallas, ni los fosos, ni los parapetos pudieron librar de ella á vuestros enemigos, todos los cuales perecieron á sus manos, en términos de no quedar uno solo para anunciar la derrota[160]. Caísteis herido, y vuestra caida fué causa del dolor que movió á los vuestros al furor y á la crueldad; si hubiérais permanecido á su frente, tal vez habrian refrenado su rencorosa saña. Bastaba á vuestra gloria haber recobrado la Bastia en menos horas que dias necesitaron para arrebatárosla las tropas cordobesas y granadinas; pero quizás la venganza divina permitió que en aquella ocasion os halláseis herido, á fin de que no pudiérais oponeros al castigo de los criminales y depravados escesos que aquellas tropas habian cometido poco tiempo antes, cuando el desventurado Vestidel, herido, casi exánime y desarmado, se entregó despues de vencido en manos de aquellos soldados, moriscos en su mayor parte, los cuales le dieron una muerte cruel, atravesándole con más de cien espadas. En resúmen, diré que no hay ira semejante á la que uno siente al presenciar un ultraje inferido á su señor, á su pariente, á su constante compañero. Por esta razon es justo y natural que Orlando sintiera su corazon poseido por una repentina cólera, al ver á su querido amigo Brandimarte tendido en el suelo sin vida á consecuencia de la horrible cuchillada que le descargara el rey Gradasso.

[396] Así como un pastor trashumante blande colérico y rabioso su cayado contra la fugitiva y hórrida serpiente que le acaba de matar con sus dientes ponzoñosos al hijo que jugueteaba por la arena, del mismo modo blandió el señor de Anglante su cortadora espada, más temible que otra alguna: el primero que encontró al alcance de su brazo fué el rey Agramante, que ensangrentado, sin espada, con el escudo hecho pedazos, desatado el yelmo y lleno de heridas, se habia librado de las manos de Brandimarte, como se libra de las garras del azor el gavilan medio muerto, despues de haber dejado, envidioso ó atontado, la cola en poder de su enemigo. Atacóle Orlando, descargándole una cuchillada en el sitio en que la cabeza se une al cuerpo; y como el yelmo estaba desatado é indefenso el cuello, se lo cortó á cercen como si hubiera sido un endeble junco. El pesado tronco del monarca africano cayó, y fué á dar en la arena su última sacudida, mientras que su alma pasó á las cenagosas aguas del Infierno, donde la recogió Caronte con un garfio, pasándola á su barca.

Orlando se precipitó en seguida sobre el Sericanio, blandiendo su Balisarda, sin cuidarse más de Agramante. Cuando Gradasso vió caer al Rey de África con la cabeza separada del tronco, sintió lo que no habia sentido hasta entonces: tembló su corazon y palideció su rostro. Dominado por un triste presentimiento, se creyó ya vencido, al ver venir hácia él al caballero de Anglante; y aun no habia podido apercibirse á la defensa, cuando cayó sobre él el golpe mortal. Orlando le hirió en el costado derecho por debajo de la última costilla; y el acero, despues de atravesar las entrañas, salió más de un palmo por el costado izquierdo, teñido en sangre hasta la misma empuñadura, y demostrando claramente que la mano del guerrero más[397] valeroso y audaz del universo habia dirigido la estocada que arrancó la vida al más fuerte y decidido de todos los paganos.

Poco satisfecho el Paladin con tal victoria, saltó rápidamente del caballo, y con el rostro turbado y lloroso, acudió con prontitud adonde yacia Brandimarte. La tierra estaba inundada de sangre en torno suyo; el yelmo, que parecia abierto de un hachazo, tal vez le habria defendido lo mismo si hubiese sido más quebradizo que una corteza. Orlando se apresuró á quitar el casco á Brandimarte, y vió con horror que este tenia la cabeza partida desde el cráneo hasta la boca entre una y otra ceja: sin embargo, conservaba aun bastante aliento para pedir hasta el último instante al Rey del Paraiso la remision de sus pecados; para aconsejar al Conde, cuyas mejillas surcaba el llanto, que tuviera paciencia, y para decirle:

—Orlando, tenme presente en tus oraciones, tan agradables á Dios; te recomiendo tambien á mi Flor de...

No pudo concluir de pronunciar aquel nombre y expiró. Al mismo momento se oyeron sonar en el espacio las gratas voces y armoniosos cantos de los ángeles que recogian su alma, la cual, desligada de su corpóreo velo, subió á las regiones celestiales entre dulcísimas melodias. Aunque Orlando debia manifestarse contento por tan devoto fin, y estaba seguro de que Brandimarte habia volado á más feliz morada, puesto que vió el Cielo abierto para él, sin embargo, su condicion humana, frágil por naturaleza, no le permitió contemplar, sin llanto en los ojos, la pérdida del jóven guerrero, á quien queria más que á un hermano.

Entre tanto Sobrino yacia tendido en el suelo, derramando por sus heridas tan copiosa sangre, que debia tener ya casi exhaustas las venas. Olivero continuaba en su vio[398]lenta posicion, sin haber logrado levantarse ni sacar su pié, dislocado y casi roto por el peso del caballo; y si su cuñado no acudiera á ayudarle á pesar del llanto y la afliccion que le embargaba, no habria podido retirarlo por sí mismo, pues sufria dolores tan crueles, que aún despues de levantarse, le fué imposible apoyarse en él: tenia además la pierna tan entumecida, que necesitaba apoyo para dar algunos pasos.

Una victoria semejante causaba poca satisfaccion á Orlando, pues vino á amargarla la muerte de Brandimarte y la poca seguridad que ofrecia la vida de su cuñado. Acercóse á Sobrino, que, si bien respiraba todavía, estaba tan empapado en sangre propia, que el velo de la muerte iba tendiéndose sobre sus ojos. El Conde hizo que le atendieran y curaran esmeradamente sus heridas, y procuró consolarle con palabras afectuosas, como si le hubieran unido á él los lazos del parentesco: el bravo Paladin, tan terrible en los combates, se mostraba lleno de clemencia y humanidad despues de la victoria. Recogió las armas y caballos de los muertos, y abandonó á sus escuderos los restantes despojos.

Federico Fulgoso manifiesta alguna duda con respecto á la veracidad de esta parte de mi historia, y asegura que habiendo recorrido con su armada todas las costas de Berbería, llegó á esta isla y la encontró tan salvaje, tan montuosa y desigual, «que no existe, dice, en toda su extension un solo sitio llano donde fijar la planta;» por lo cual cree inverosímil que, en tan escabroso escollo, pudieran combatir á caballo los seis mejores guerreros del mundo. Para semejante objecion solo tengo una respuesta: en aquel tiempo existia en el interior de la isla una plazoleta de las más á propósito para este género de luchas; pero un temblor de tierra ocurrido poco despues hizo pedazos un pe[399]ñasco, cuyos fragmentos cubrieron por completo aquella llanura. Así, pues, ¡oh luz radiante de la Fulgosa estirpe, antorcha serena y esplendorosa! si por esto me has censurado tal vez en presencia de aquel invicto capitan á quien debe vuestra patria su actual reposo, abandona tu malevolencia, trocándola en cariño, y apresúrate á decirle, como te lo suplico, que tampoco he faltado ahora á la verdad.

En aquella ocasion, dirigió Orlando sus miradas hácia el mar, y vió que una embarcacion ligera se adelantaba rápidamente y á toda vela, con intencion, al parecer, de fondear en la isla. En este momento no os diré quien iba en ella, porque más de una persona me espera en otra parte. Veamos si en Francia estaban contentos ó tristes despues de haber expulsado á los sarracenos, y veamos lo que hace aquella fiel amante al ver alejarse de ella á su adorado.

Me refiero á la acongojada Bradamante, que despues de haber presenciado la violacion del juramento que Rugiero hizo pocos dias antes en presencia de las huestes cristianas y sarracenas, no sabia ya en qué fijar su esperanza, al ver que aquella le habia salido fallida. Desesperada por esta nueva decepcion, reprodujo sus antiguos llantos y querellas; volvió segun su costumbre á acusar de cruel á Rugiero y de duro y despiadado á su destino, y dando rienda suelta á su dolor, tachó al Cielo de injusto, débil é impotente, porque toleraba tal perjurio sin dar muestras inequívocas de su desagrado. Prorumpió despues en ágrias acusaciones contra Melisa, y maldijo tambien al oráculo de la gruta, porque sus afirmaciones engañosas la habian sumergido en el mar de los amores, en el cual se veia próxima á perecer. Haciendo á Marfisa partícipe de su afliccion, volvió á lamentarse con ella amargamente de la conducta de Rugiero, que tan impíamente habia faltado á sus promesas, y[400] con ella procuró desahogarse, pidiéndole auxilio contra su propia desesperacion.

Marfisa se limitó á encogerse de hombros y á prodigarle los más tiernos consuelos, única cosa que podia hacer, diciéndole que no creia á Rugiero tan pérfido que prolongara mucho tiempo su ausencia; pero que si no volvia, le daba su palabra de que no sufriria tan punible falta, pues estaba dispuesta á hacerle cumplir lo prometido, ó á castigarle con las armas en la mano. De este modo hizo que Bradamante refrenara un poco su dolor; tan cierto es que las penas se mitigan cuando encuentran un corazon amigo donde desahogarse.

Ya que hemos visto á Bradamante en medio de su afliccion llamando á Rugiero perjuro, impío y soberbio, veamos ahora si era mejor la suerte de su hermano, que no tenia en su cuerpo vena ó nervio, hueso ó médula que no sintiera el hálito ardiente de la llama del amor. Me refiero á Reinaldo, el cual, segun sabeis, estaba enamorado en extremo de Angélica la bella, aunque no era tanto la hermosura de esta jóven como la fuerza de los encantamientos lo que le habia hecho caer en las redes de Cupido. Mientras los demás paladines disfrutaban tranquilamente de un reparador sosiego despues de haber aniquilado las fuerzas de los moros, él era el único de los vencedores que se entregaba á la pesadumbre causada por su amoroso quebranto. Cien mensajeros habian partido por órden suya en busca de Angélica, y él mismo hizo algunas pesquisas con este objeto; pero al fin tuvo que recurrir á Malagigo, cuyo auxilio le habia sido tan útil en distintas ocasiones, y le reveló su amor con los ojos bajos y frente ruborosa, rogándole que le indicase el punto donde á la sazon se encontraba su deseada Angélica.

[401]

Malagigo oyó con el mayor asombro esta confesion, pues sabia que Reinaldo habia despreciado repetidas veces la posesion de la jóven con que ella misma le brindara, y aun él mismo habia hecho y dicho entonces cuanto pudo, empleando los ruegos y hasta las amenazas, para inducirle á que correspondiera á los deseos de Angélica, sin haber podido conseguirlo, á pesar de que de la aquiescencia de Reinaldo dependia la libertad de Malagigo. A la sazon le veia anhelar lo mismo que habia rechazado, cuando ni podia servir á nadie de utilidad, ni tenia un motivo tan poderoso para ello: por esta causa le dijo, que recordara cuán sin razon le habia ofendido en otro tiempo tratándose de este mismo asunto, y cuán cerca estuvo de perecer en una oscura prision por efecto de sus desdenes.

Sin embargo, cuanto más importunas parecian á Malagigo las súplicas de Reinaldo, tanto más le patentizaban la intensidad de su pasion. Los ruegos del Paladin no fueron inútiles, pues lograron que Malagigo sepultara en el océano del olvido sus antiguos resentimientos, y que se dispusiera á prestarle el auxilio reclamado: aplazó, sin embargo, su respuesta decisiva, aunque le hizo más llevadera esta demora con la esperanza de que le seria favorable, asegurándole que pronto le diria la residencia de Angélica, bien fuese en Francia ó bien en otra parte.

Malagigo pasó en seguida á una gruta situada entre dos montañas inaccesibles, donde solia conjurar á los demonios: abrió allí su libro, evocó en tropel á los espíritus infernales, y al presentarse estos, llamó al que estaba al corriente de los casos de amor, preguntándole la causa de que Reinaldo, cuyo corazon era antes tan duro, le tuviera entonces tan blando y asequible al amor. El demonio consultado le explicó la virtud de aquellas dos fuentes, una de[402] las cuales encendia el fuego de la pasion, al paso que la otra lo extinguia, añadiendo que el mal que causaba la una no podia remediarse de otro modo sino bebiendo las aguas de la otra que corrian en direccion opuesta. Malagigo supo por el mismo espíritu, que habiendo bebido Reinaldo en la fuente que inspiraba la aversion, se mostró obstinado y reácio á los incesantes ruegos de la hermosa Angélica; pero bebiendo despues, por su mala estrella, el amoroso fuego de la otra, volvió á amar, en virtud del influjo de aquellas aguas, á la misma que tan implacablemente habia rechazado hasta entonces. Su mala estrella y peor destino le llevaron á beber la llama de aquel helado manantial; pues acercándose Angélica casi al mismo tiempo á apagar su sed en el otro, privado de dulzura, sintió de improviso su corazon tan radicalmente curado de su amor, que desde entonces huyó del Paladin como podria huir de una serpiente: en cambio Reinaldo la amó con tanta vehemencia cuanto mayor era el ódio y el despego que hasta entonces sintiera por ella.

Aquel espíritu instruyó perfectamente á Malagigo de cuanto tenia relacion con el anómalo estado de Reinaldo, y le participó asimismo que Angélica, despues de entregarse á un jóven africano, abandonó las regiones de Europa, zarpando de las costas españolas á bordo de las atrevidas naves catalanas, y dirigiendo su rumbo á la India á través de las veleidosas olas.

Cuando Reinaldo se presentó á su primo en busca de la respuesta prometida, esforzóse Malagigo en disuadirle de su amor hácia Angélica, diciéndole que se habia convertido en esclava de los caprichos de un vil pagano, y que á la sazon se hallaba tan lejos de Francia, que era imposible seguir sus huellas, pues iba navegando en compañía de Medo[403]ro con direccion á su país natal. La partida de Angélica no habria parecido por sí sola una cosa muy grave á su animoso amante, ni le habria turbado el sueño ó hecho desistir del propósito de ir hasta el Oriente en su busca; pero al saber que un sarraceno habia cogido antes que él las primicias de su amor, sintió tal pasion y desconsuelo, que en toda su vida se vió tan desesperado.

No pudo contestar una sola palabra: un temblor convulsivo estremeció su corazon y sus lábios: se le trabó la lengua, y sintió su boca tan amarga como si hubiera apurado un ponzoñoso brevaje. Alejóse bruscamente de Malagigo, y arrastrado por sus furiosos celos, determinó pasar á Oriente, despues de haber derramado copioso llanto y de dar libre curso á sus quejas y lamentos.

Pidió licencia al hijo de Pepino para emprender aquel viaje, alegando como pretexto el deseo de recobrar su caballo Bayardo, que Gradasso le habia robado menospreciando las reglas de caballería, por lo cual su honor exigia que le persiguiera, á fin de impedir que el falaz sarraceno llegara á alabarse de haberlo arrebatado, con las armas en la mano, á un paladin francés. Cárlos le concedió la licencia que pedia para ausentarse, á pesar del profundo sentimiento que tanto á él como á toda la Francia causaba la partida del Paladin; pero como le pareció justa y honrosa su demanda, no supo negarse á ella.

Dudon y Guido quisieron acompañarle; mas Reinaldo desechó la oferta de uno y otro, y se alejó enteramente solo de Paris, exhalando contínuos suspiros y entregado á su amoroso quebranto.

No podia apartar de su memoria el penoso recuerdo de las innumerables veces que pudo haber disfrutado de los encantos de Angélica, mientras que él, obstinado y loco,[404] rechazó constantemente los halagos de tan rara beldad; entonces desperdició las ocasiones más propicias de gustar un placer que siempre rechazaba, y ahora se daria por muy satisfecho con poder disfrutarlo un solo dia, aunque despues le costase la vida.

Constantemente le tenia preocupado la idea, que no se apartaba un momento de su imaginacion, de cómo podia ser que un pobre soldado borrase del corazon de Angélica el recuerdo del amor y del mérito de sus primeros adoradores.

Agitado por tales pensamientos, que le destrozaban el pecho, tomó Reinaldo el camino de Levante, y pasó por el Rin y Basilea, hasta llegar á la gran selva de las Ardenas. Despues de haber andado muchas millas por aquel bosque lleno de aventuras, lejos de ciudades y castillos, y por donde el terreno era más áspero y peligroso, vió que el cielo se cubria de improviso con negras nubes, que ocultaban la luz del Sol, á tiempo que salia de una caverna oscura un mónstruo extraordinario con figura de mujer. Tenia en la cabeza mil ojos desprovistos de párpados; no podia cerrarlos, ni creo que durmiese nunca: el número de sus oidos igualaba al de sus ojos; en vez de cabellos, rodeaba su cabeza una multitud de serpientes; y por cola ostentaba una serpiente mayor y más horrible, que despues de rodearle el pecho, se enroscaba por el cuerpo, formando inextricables anillos. Aquel sér espantoso habia salido al mundo, procedente de las regiones infernales.

Sucedióle entonces á Reinaldo lo que no le habia sucedido en mil y mil empresas: al ver que el mónstruo se preparaba á acometerle y se adelantaba á su encuentro, sintió circular por sus venas un terror tan desusado, que no podia siquiera compararse con el que sienten los más cobardes en[405] presencia del peligro: sin embargo, fingió un ardimiento que estaba lejos de poseer, y empuñó la espada con mano temblorosa. El mónstruo se lanzaba al combate de un modo que revelaba su experiencia y su pericia en las luchas: vibró en sentido vertical su venenosa serpiente, y embistió en seguida á Reinaldo, dando grandes saltos y amenazándole por cien lados á la vez. En vano era que el Paladin, indeciso y vacilante, le descargara numerosos tajos á diestro y siniestro; ninguno de ellos podia herirle. Unas veces le aplicaba el mónstruo su serpiente contra el pecho, haciéndole sentir su helado contacto bajo la armadura y hasta en el mismo corazon: otras, la introducia por la visera del casco, deslizándola por el cuello ó por el rostro del guerrero, que renunciando á sostener aquella lucha, intentó escapar clavando desaforadamente los acicates en los hijares de su corcel; pero la furia infernal, que no parecia coja, de un solo salto se lanzó sobre la grupa del caballo.

Por más que Reinaldo se revolvia á la derecha, á la izquierda y á todos lados, no podia desprenderse de aquel sér maldito, ni sabia qué medio arbitrar para alejarlo de su lado, viendo que de nada le servian los saltos y carreras de su corcel. El corazon del Paladin temblaba como la hoja en el árbol, no porque la serpiente le causara herida alguna, sino porque le hacia sentir tal horror y tal aversion, que, á pesar suyo, se estremecia, suspiraba y hasta se arrepentia de vivir. En tanto iba atravesando desatentado y frenético los senderos más tenebrosos, los sitios más agrestes de aquel intrincado bosque, por donde eran más ásperas sus quebraduras, y por donde el terreno llano estaba más cubierto de espinas y maleza y más profunda era la oscuridad, esperando librarse de este modo de aquel mónstruo hediondo, abominable y hórrido, y habria corrido un in[406]minente riesgo de perecer, si no recibiera á tiempo un pronto auxilio; pero lo socorrió oportunamente un caballero, cubierto con una armadura tersa y brillante, que usaba por cimera un yugo roto, y en cuyo escudo se veian pintadas encendidas llamas sobre fondo amarillo, divisa que tambien ostentaba en su lujosa vestidura y en la manta del caballo: llevaba empuñada su lanza, la espada al cinto, y la maza de armas, despidiendo fuego, pendiente del arzon de la silla. Aquella maza estaba llena de un fuego eterno, que ardia continuamente sin consumirse nunca: el broquel más duro, la coraza de mejor temple, ó el casco más reforzado no podian resistir sus golpes; por lo cual era forzoso dejar el paso franco á aquel caballero por donde quiera que girara su inextinguible antorcha, siendo su auxilio el más á propósito para librar á nuestro guerrero de las manos del asqueroso mónstruo.

Cual convenia á un caballero de ánimo varonil, corrió el desconocido á rienda suelta hácia el sitio de donde salia aquel rumor, hasta que descubrió al mónstruo enlazando á Reinaldo con los anillos de su serpiente y haciéndole sentir calor y frio á un tiempo mismo, sin que el Paladin pudiera desembarazarse de él, á pesar de todos sus esfuerzos. Lanzóse el caballero sobre aquel sér extraordinario, y descargándole un golpe en el costado, le hizo caer sobre el lado derecho; pero apenas tocó en el suelo, se irguió con presteza y empezó á girar y vibrar de nuevo su temible serpiente. El caballero renunció entonces á hacer uso de su lanza y apeló al fuego para combatirle: empuñó la maza, y sacudiéndole con ella innumerables golpes, más espesos que el granizo, no le dió tiempo siquiera para que le acometiese á su vez. Mientras el guerrero incógnito obligaba á retroceder ó mantenia á raya al horrendo animal, hiriéndo[407]le y vengando de esta suerte mil injurias, aconsejaba al Paladin que se alejara por el sendero que subia hasta la cumbre de la montaña: Reinaldo siguió el consejo y el camino designado, y sin volver una sola vez la cabeza para mirar atrás, no cesó de andar hasta perderle de vista, á pesar de lo áspera y difícil que era la ascension de aquella eminencia.

Cuando el caballero hubo obligado al mónstruo infernal á guarecerse en su oscura caverna, donde quedó royéndose y desgarrándose á sí mismo, y vertiendo eterno llanto por sus mil ojos, subió por aquella cuesta tras de Reinaldo, con objeto de servirle de guia, le alcanzó en la cumbre y se reunió con él á fin de sacarle fuera de aquellos sitios agrestes y sombríos. Apenas le vió el Paladin á su lado, se apresuró á manifestarle su vivo agradecimiento, diciéndole que se consideraba obligado á perder su vida por él donde quiera que se encontrase. Despues le rogó que le dijera su nombre, á fin de conocer al que le habia dado tan generosa ayuda, y de ensalzar cual merecia su bondad sublime en presencia de Carlomagno y de los campeones franceses. El caballero respondió:

—No lleves á mal que por ahora te oculte mi nombre; pero prometo revelártelo antes de que la sombra haya crecido un paso, demora que no debe parecerte larga.

Siguieron caminando juntos hasta llegar á un fresco manantial, cuyo dulce murmullo solia atraer á los viandantes y pastores, que acudian á beber en sus linfas transparentes el amoroso olvido. Aquellas eran, Señor, las heladas aguas que apagaban el fuego del amor: al beberlas, nació en el corazon de Angélica el ódio constante que desde aquel momento tuvo á Reinaldo. Si Angélica le habia desagradado tanto anteriormente y si encontró en él un ódio tan tenaz,[408] no consistió, Señor, en otra causa que en la de haber bebido Reinaldo aquellas aguas.

Al encontrarse el caballero que acompañaba á Reinaldo junto á la orilla del manantial, detuvo su corcel jadeante de cansancio, y dijo:

—No haremos mal en reposar aquí un momento.

—No haremos sino muy bien, respondió Reinaldo; pues además de que va apretando el calor del medio dia, me encuentro tan asendereado de resultas de mi combate con aquel mónstruo, que disfrutaré con placer algunos instantes de tranquilo reposo.

Apeáronse ambos de sus caballos, dejándoles pastar libremente por la floresta: tan pronto como fijaron la planta entre las florecillas de variados colores que esmaltaban el suelo, se quitó cada cual su yelmo, y Reinaldo, abrasado por el calor y por una sed ardiente, corrió al líquido cristal, apagando á la vez la sed y el amor que le devoraban, al primer sorbo que dió en las heladas ondas.

Cuando el otro caballero vió que Reinaldo retiraba del agua sus lábios, alejando arrepentido de su mente hasta el menor rastro de aquel insensato deseo que le inspiraba Amor, se levantó erguido, y con semblante grave y altanero le dijo lo que se negó á revelarle poco antes.

—Sabe, Reinaldo,—exclamó—que me llamo el Desden, y que he venido tan solo para romper un yugo indigno de tí.

Apenas pronunció estas palabras, desapareció de improviso, y su caballo con él.

Reinaldo consideró como un milagro esta brusca desaparicion: dirigió la vista á todas partes diciendo: ¿Dónde se halla? y quedó entregado á la mayor indecision, sin poder adivinar si todo aquello habia sido efecto de algun sortilegio,[409] merced al cual Malagigo le habria enviado uno de sus ministros infernales para que rompiera las cadenas que le habian tenido aprisionado tanto tiempo, ó si consistiria en que Dios, en su inefable bondad, le habria mandado desde las regiones celestiales un ángel que le curara de su ceguera, como en otro tiempo envió al arcángel á curar á Tobías.

Fuese ángel, demonio ú otra cosa el sér que le habia devuelto su libertad, el Paladin no pudo menos de dar las gracias y alabar la benéfica accion de aquel caballero, de quien solo sabia que acababa de curar su corazon de sus amorosas ánsias. En el acto sintió renacer su antiguo ódio hácia Angélica, pareciéndole sumamente indigna, no ya de ir á buscarla hasta tan lejos, sino de andar siquiera media legua por ella. Sin embargo, perseveró en su propósito de pasar á la India con objeto de recobrar á su Bayardo en el reino de Sericania, tanto porque su honor se lo exigia, cuanto porque así se lo habia anunciado al Emperador.

Entró al dia siguiente en Basilea, donde poco tiempo antes habia llegado la noticia del combate que debia sostener Orlando contra los reyes Gradasso y Agramante. La noticia de esta lucha no se sabia por aviso del Conde, sino por haberla circulado como verídica un viajero procedente de Sicilia. Reinaldo, que deseaba hallarse al lado de Orlando en aquella batalla, vió con disgusto la gran distancia que de él le separaba, y por lo tanto, emprendió la marcha con toda premura, cambiando de guias y caballos de diez en diez millas, y aumentando la rapidez de su viaje tanto como le era posible. Pasó el Rhin por Constanza, y sin detenerse un momento, atravesó volando los Alpes, entró en Italia, dejó atrás á Verona y Mantua, y llegó á las orillas del Pó, pasándolo con toda precipitacion.

[410]

Llegaba el Sol al término de su carrera y aparecia ya la primera estrella en el Cielo, cuando, mientras estaba Reinaldo á la orilla del rio, vacilando entre si deberia mudar de caballo, ó detenerse hasta que las sombras huyesen ante la nueva aurora, vió que se llegaba á él un caballero de bondadoso aspecto y agradable semblante, el cual, despues de saludarle, le preguntó si era casado. Reinaldo respondió, bastante sorprendido al oir tal pregunta:

—Estoy, en efecto, sometido al yugo de himeneo.

El caballero repuso:

—Me alegro mucho de que así sea.

Y con objeto de explicar la causa de su pregunta, añadió:

—Ruégote que te dignes aceptar la hospitalidad que para esta noche te ofrezco en mi morada, y te haré ver una cosa que merece llamar la atencion de todo el que viva con una mujer.

Reinaldo, ya fuese porque el cansancio producido por su precipitado viaje le invitara el reposo, ó ya porque el deseo de ver y oir contínuas aventuras era innato en él, aceptó la oferta del caballero y echó á andar en su compañía.

Apenas se hubieron alejado un tiro de saeta del camino, se encontraron delante de un gran palacio, de donde salió una multitud de escuderos iluminando con antorchas sus inmediaciones. Entró Reinaldo en aquel edificio, y dirigiendo la vista en torno suyo, quedó sorprendido ante su magnificencia desusada, y ante sus bellas y bien entendidas formas arquitectónicas; riqueza, lujo y dispendios que no correspondian á un simple particular. Piedras combinadas de jaspe y pórfido formaban el elegante arco de entrada: las puertas eran de bronce con figuras cinceladas, que parecian moverse y respirar. Atravesábase despues un pórtico[411] formado de admirables mosáicos que recreaban la vista, y desde él se pasaba á un patio cuadrado, que tenia en cada uno de sus lados una galería de cien brazas de longitud. A cada una de estas galerías daba acceso una puerta, y entre esta y la galería descollaba un arco, desiguales todos en anchura, pero semejantes en cuanto á la variada ornamentacion con que los habia engalanado un artista hábil y prolijo. Desde cada arco se entraba en la respectiva galería por una rampa tan suave, que una acémila cargada podria subir sin dificultad por ella: al extremo de la rampa, se encontraba otro arco, y todos ellos precedian á un salon. Los arcos superiores adelantaban tanto su bóveda, que cubrian con ellas las anchurosas puertas, y cada uno de ellos estaba sostenido por dos columnas, de bronce ó de mármol.

No acabaria nunca, si pretendiera describir en todos sus detalles las suntuosas habitaciones de aquel palacio, ni cuanto, además de lo que se veia, habia construido el hábil arquitecto debajo de tierra. Las elevadas columnas, los capiteles de oro que servian de sostenimiento á ricos artesonados, recargados de pedrerías, los mármoles más peregrinos en que una diestra mano habia esculpido caprichosos adornos, las pinturas, las molduras, y otros mil detalles, cuya mayor parte no podia verse á causa de la oscuridad, probaban que los tesoros de dos reyes juntos no habian bastado para costear la construccion de tan soberbio edificio.

Entre los ricos, bellos y numerosos adornos que abundaban en aquella deliciosa mansion, descollaba una fuente, cuyas aguas fresquísimas y abundantes formaban una multitud de bulliciosos arroyuelos: allí era donde los pajes habian colocado las mesas, pues estaba en medio del patio á igual distancia de las galerías, y desde ella se veian las cuatro puertas del magnífico palacio. Un artista diligente y[412] entendido habia construido aquella fuente, de un trabajo prolijo al par que elegante: tenia la forma de un pabellon ó templete octogonal, coronado por un cielo de oro, cuya parte interior estaba esmaltada de variados colores; ocho estátuas de mármol blanco sostenian aquel cielo con el brazo izquierdo. El ingenioso escultor habia puesto en la mano derecha de cada estátua el cuerno de Amaltea, del cual caia el agua con delicioso murmullo en un recipiente de alabastro. Aquellas ocho estátuas representaban otras tantas matronas, y aun cuando todas diferian en el rostro y en los trajes, eran iguales en gracia y en belleza. Cada una de ellas tenia apoyados los piés en otras dos bellas figuras de menor tamaño, que con la boca entreabierta daban á entender el deleite que les causaba el canto y la armonía: su actitud parecia indicar que cifraban todo su estudio y su trabajo en cantar las alabanzas de las hermosas damas colocadas sobre sus hombros, como si realmente fuesen aquellas cuyas facciones reproducian.

Las estátuas inferiores sostenian tambien grandes cartelones donde, entre pomposas alabanzas, se leian los nombres de las figuras superiores. Dichos cartelones contenian asimismo, aunque algun tanto apartados de los otros, los de las figuras pequeñas trazados con caractéres legibles. Reinaldo examinó á la luz de las antorchas aquellas damas y caballeros uno por uno. La primera inscripcion en que fijó la vista nombraba con mucho elogio á Lucrecia Borgia, cuya belleza y honestidad deben anteponer sus compatriotas los romanos á las de la antigua matrona del mismo nombre. Los dos caballeros que tenian á bien sostener tan excelente y honrosa carga eran, segun la leyenda, Antonio Tebaldeo y Hércules Strozza: émulo de Lino el primero, y rival de Orfeo el segundo.

[413]

No menos airosa y bella era la estátua siguiente, en cuyo cartel se leia: «Esta es Isabel, hija de Hércules; la ciudad de Ferrara se considerará mucho más feliz por haberla visto nacer en su seno, que por cualquier otro favor que, durante el rápido transcurso de los años, deberá concederle la fortuna benigna, propicia y bienhechora.»—Los dos caballeros que la servian de sosten, mostrando en su actitud el vehemente deseo de que resonara siempre la gloria de Isabel, se llamaban ambos Juan Jacobo, Calandra el uno y Bardelone el otro.

En el tercero y cuarto lados del octógono, donde el agua salia del pabellon por estrechas canales, se elevaban dos damas, cuya patria, estirpe y fama les era comun, así como eran iguales en belleza y elevado ánimo. Llamábase la una Isabel; Leonor la otra, y segun manifestaba la marmórea inscripcion, por ellas deberia adquirir tanta gloria la tierra de Manto, que no se envanecerá tanto de haber sido la patria de Virgilio, cuya circunstancia la honra en extremo, como de haber visto nacer en su seno á estas princesas. Tenia la primera al pié de la veneranda orla de su vestido á Jacobo Sadoleto y Pedro Bembo: un elegante Castiglione y un culto Muzio Arelio servian de pedestal á la segunda. Tales eran los nombres desconocidos entonces, y hoy tan famosos, que se veian esculpidos en el bello mármol.

Vieron despues á aquella, á quien el Cielo dotará con tantas perfecciones cuantas el próspero ó adverso destino haya prodigado á dama alguna en el transcurso de los siglos. La inscripcion de oro indicaba que aquella princesa era Lucrecia Bentivoglio, y entre otras muchas alabanzas, afirmaba que el duque de Ferrara se mostraria contento y orgulloso de ser su padre. Un Camilo cantaba sus perfecciones[414] con voz sonora y halagüeña, que escuchaban el Reno y Felsina con tanta atencion y asombro, como en otro tiempo escuchó el Anfriso[161] los cánticos de su pastor; y las cantaba tambien aquel poeta por quien la comarca donde el Isauro derrama sus dulces aguas en mayor vaso[162] será mucho más famosa desde la India á la Mauritania y desde las regiones australes hasta las hiperbóreas, que por haberse pesado en ella el oro romano cuya circunstancia le dió perpétuo nombre: me refiero á Guido Postumo, á quien Palas y Febo ceñirán las sienes con doble corona.

La dama que sigue en órden á las precedentes es Diana. «No la juzgueis por la altivez de su semblante, decia la marmórea inscripcion; pues su corazon será tan bondadoso como bello su rostro.»—El docto Celio Calcagnin extenderá con armoniosos acentos la fama y el glorioso nombre de esta princesa hasta el reino de Moneso y el de Juba, la India y la España; al mismo tiempo que un Marco Cavallo hará brotar por ella en Ancona un raudal de poesía tan abundante como el que hizo salir el caballo alado en el monte, no sé si del Parnaso ó de Helicona.

Al lado de estos elevaba su magestuosa frente Beatriz, cuyo escrito hacia su elogio en estos términos:—«Beatriz labrará la dicha de su esposo mientras viva, pero la muerte de esta princesa ocasionará la ruina de su consorte y la de toda la Italia, que siendo vencedora con ella, gemirá sin ella en la esclavitud.»—Un señor de Correggio y un Timoteo, honor de los Bendedei, parecian escribir las glorias de Beatriz en cadenciosas rimas; los sonidos de las dulcísimas liras de uno y otro obligarán á detener su curso para [415] escucharlos al rio donde sudaron los antiguos electros.

Entre el lado que ocupaban estas estátuas y el de la columna en que estaba representada la Borgia, se veia esculpida en alabastro una gran dama de tan noble y magestuoso porte, que, á pesar de estar velada por un transparente tul, y de vestir un ropaje negro y sencillo, sin ninguna clase de adornos, brocados de oro ni joyas, sobresalia por su belleza entre las otras figuras más engalanadas, como sobresale entre todas la estrella de Venus. Cuanto más fijamente se contemplaba su rostro, menos se podia conocer lo que dominaba con preferencia en él; si la gracia ó la belleza, la magestad ó el ingenio y la modestia.—«El que pretenda cantar cual corresponde las virtudes de esta dama, decia el tallado mármol, acometerá la más digna de las empresas, pero nunca podrá alabarse de haberla llevado al término que se merece.»—A pesar de la bondad y de la gracia que se veian impresas en su apacible y perfecto continente, parecia desdeñosa de que se atreviese á celebrarla con humilde canto un ingenio tan rudo como era el único que le servia de pedestal, sin tener otro á su lado, ignoro por qué causa. Todas las figuras anteriores tenian esculpidos sus nombres: la mano del artífice habia suprimido tan solo los de estas dos últimas.

Aquellas estátuas dejaban en medio un espacio circular cuyo pavimento era de coral finísimo; en dicho espacio reinaba constantemente un ambiente fresco y agradable comunicado por el puro y líquido cristal que por fuera de aquel recinto caia en un canal fecundo, el cual, despues de regar un pequeño prado esmaltado de verde, azul, blanco y amarillo, se dividia en varios arroyuelos, acogidos con placer por las mórbidas yerbas y los delicados arbustos.

El Paladin, sentado á la mesa, sostenia una amistosa [416] conversacion con su atento huésped, recordándole con demasiada frecuencia el cumplimiento de lo prometido; pero observaba con extrañeza que el caballero estaba muy distraido por algun pesar oculto, pues apenas transcurria un momento sin que exhalase ardorosos suspiros. Impulsado por la curiosidad, estuvo Reinaldo muchas veces á punto de preguntarle la causa de su tristeza; pero contenido por una modesta delicadeza, no se atrevió á interrogarle. Al terminar la cena, un page que desempeñaba las funciones de copero puso sobre la mesa una magnífica copa de oro puro, llena de piedras preciosas por fuera y de vino por dentro. El señor de la casa levantó entonces la cabeza, miró á Reinaldo con una sonrisa, en la que un observador atento hubiera adivinado más amargura que satisfaccion, y exclamó:

Un page puso sobre la mesa una copa de oro puro
(Canto XLII.)

—Ha llegado ya el momento de cumplir esa promesa que tanto me recuerdas: voy á suministrarte una prueba que debe ser grata y preciosa para todo hombre casado. En mi concepto, todo marido tiene la obligacion de averiguar si su mujer le ama, de saber si le honra ó le convierte en objeto de menosprecio, si hace que le respeten como un hombre ó le comparen á un animal. El peso de los cuernos es el más lijero que puede haber, á pesar de la infamia con que abruma al hombre: todo el mundo lo ve, mientras el que los lleva no lo siente. Sabiendo á ciencia cierta que tu mujer te es fiel, tendrás más razon para amarla y respetarla, que el que conoce la perfidia de la suya ó el que da cabida en su corazon á las sospechas y á los celos. Muchos maridos están sin razon celosos de sus mujeres, á pesar de ser castas y buenas, al paso que otros, ciegamente confiados en la lealtad de su consorte, van por el mundo ostentando sus cuernos. Ahora bien: si deseas estar persuadido [417] de la fidelidad de tu esposa (como creo que crees y debes creer, porque es trabajo inútil hacer creer lo contrario, á no ser que tengas una prueba fehaciente de ello), tú mismo podrás cerciorarte de su lealtad, sin necesidad de que nadie te la afirme, solo con que acerques á tus lábios ese vaso que te he hecho traer con el único objeto de mostrarte lo que te he prometido. Al beber en él, observarás un efecto maravilloso, porque si llevas la cimera de Cornualles, se derramará el líquido por tu pecho sin que llegue una sola gota á tu boca; pero si tienes una mujer fiel, apurarás su contenido de un solo trago. Haz, pues, la prueba.

Así diciendo, se puso á mirar atentamente si se derramaba el vino por el pecho de Reinaldo.

El Paladin, casi convencido y deseoso de averiguar lo que tal vez no le hubiera gustado saber despues, extendió el brazo, cogió el vaso y estuvo á punto de hacer la prueba; pero se detuvo, pensando en lo peligroso que era aproximar á él los lábios.

Permitid, señor, que descanse un momento, y en seguida os referiré la respuesta de Reinaldo.


[418]

CANTO XLIII.

El Caballero refiere al Paladin la insensata curiosidad que le privó de su dicha.—Reinaldo marcha á Rávena con objeto de embarcarse, y oye otra historia durante el viaje.—Llega á la isla en que su primo acababa de alcanzar la victoria que tan poco satisfecho le dejara.—El cenobita que bautizó á Rugiero, convierte á Sobrino al cristianismo y cura á Olivero.

¡Oh execrable avaricia! ¡oh apetito desordenado de riquezas! No me maravillo de que subyugues fácilmente á las almas viles ó contaminadas por el vicio: pero sí me causa asombro ver que sujetas con la misma cuerda y aferras con la misma garra á más de un hombre, cuyo elevado ingenio le haria digno de honor y de respeto, si supiera sustraerse á tu vergonzoso influjo. Hombres hay que estudian la tierra, el mar y el cielo y conocen y explican perfectamente las causas de todos los fenómenos de la Naturaleza, remontando el vuelo de su atrevido pensamiento hasta el mismo sólio del Altísimo; y sin embargo, heridos por tu mortífero y venenoso aguijon, no tienen más afan ni más idea que la de acumular tesoros, en lo cual cifran todo su anhelo, toda su salud y su única esperanza.

Otros derrotan ejércitos enteros y atraviesan las ferradas puertas de belicosas ciudades, siendo los primeros en exponer su fuerte pecho al acero enemigo y los últimos en retirarse, á pesar de lo cual no pueden librarse de que los hagas gemir en tu afrentosa prision hasta el fin de sus dias. Muchos de los que por su talento ó su aptitud habrian conquistado un nombre ilustre y preclaro en las artes ó en[419] las ciencias, permanecen por tu culpa sumidos en un olvido humillante.

¿Y qué diré de algunas damas de esclarecido linaje y de sin par belleza, á quienes veo mostrarse duras, incontrastables, constantes y más firmes que columnas ante la gentil apostura, la fidelidad y la asídua solicitud de sus adoradores? Que llega un dia en que la avaricia produce en ellas tal mudanza, que no parece sino que las haya encantado de improviso, y sin amor (¿quién lo creeria?), las ofrece como rica presa á las seducciones de un viejo, de un sér deforme ó de un mónstruo.

¡Ah! No sin motivo me lamento de ello: entiéndame quien pueda, que yo sé bien lo que me digo, y aun cuando parezca lo contrario, ni me separo con estas quejas de mi propósito, ni olvido la materia de mi canto; mas no quiero adaptar por más tiempo mis palabras á lo que venia diciendo, sino á lo que tengo que deciros. Volvamos, pues, á ocuparnos del Paladin, que estuvo próximo á hacer la prueba de la copa.

Os decia que quiso meditar un poco antes de acercar el vaso á sus lábios. Reflexionó y despues dijo:

—Asaz loco seria el que buscase lo que no quisiera encontrar. Mi esposa es mujer, y por consiguiente, frágil: dejemos, pues, que mi confianza en ella siga siendo la misma; pues si hasta ahora me ha hecho y me hace vivir tranquilo, ¿qué ganaré con someterla á una prueba? Pocas serian las ventajas, y en cambio, me expondria tal vez á perder mucho, porque el tentar á Dios suele á veces irritarle: no sé si mi resolucion es prudente ó insensata, pero sí que no quiero saber lo que me conviene ignorar. Apártese, pues, ese vino de mi vista: ni tengo sed, ni deseo tenerla; porque hay cosas que el Señor nos prohibe investigar[420] lo mismo que prohibió á nuestro primer padre tocar el árbol de la vida; y así como Adan, despues de haber gustado la manzana que el mismo Dios le mandó respetar, pasó de la alegría al llanto, y transcurrió su vida entera sufriendo las miserias de los mortales, así tambien se ve precipitado el hombre desde la dicha á la pena y la afliccion de que jamás logra verse libre, cuando una necia curiosidad le mueve á averiguar cuanto hace y dice su mujer.

Mientras así decia el buen Reinaldo, iba apartando lejos de sí el odiado vaso, y al terminar sus palabras, observó que el señor de aquel palacio derramaba abundantes lágrimas, exclamando, despues de haberse tranquilizado algun tanto:

—¡Maldito sea el que me incitó á hacer esa prueba, que me ha arrebatado ¡ay de mí! ¡á mi dulce consorte! ¿Por qué no te habré conocido diez años atrás, para haber atendido tus consejos, antes de que empezaran mis afanes y las incesantes lágrimas que me tienen casi ciego? Pero quiero descorrer el velo que oculta esta historia, á fin de que conozcas mis desgracias, y participes de mi afliccion, refiriéndote el principio y el orígen de mi incomparable tormento.

»Habrás dejado algo más arriba una ciudad á la cual ciñe en torno, á manera de lago, un claro rio, que siguiendo desde ella su curso, se precipita en el Pó, y tiene su nacimiento en Benaco[163].

»Esta ciudad fué construida en la época en que quedaron arruinados los muros de la que edificaron los descendientes del dragon de Agenor[164]. Allí nací yo, de estirpe ilustre,[421] pero bajo humilde techo y en pobre cuna. Si la fortuna se mostró conmigo tan poco cuidadosa que al nacer no me dió riquezas, la Naturaleza suplió este descuido concediéndome una hermosura superior á la de todos mis iguales. En mi lozana juventud, ví á más de una dama y de una doncella prendadas de mi gallarda apostura; pues, aunque parezca mal que el hombre se elogie á sí mismo, debo advertir que supe realzar mis gracias naturales con modales distinguidos.

»Vivia por entonces en mi ciudad natal un hombre de prudencia suma y profundo conocedor de todas las ciencias, el cual, cuando cerró sus ojos á la luz del Sol, contaba la edad de ciento veintiocho años. Pasó su vida entera en la soledad y el aislamiento más completos; pero cuando llegaba á su ocaso, sintió el fuego del Amor, y á fuerza de dádivas, obtuvo la posesion de una matrona hermosa, de la cual tuvo secretamente una hija. Con objeto de impedir que esta imitara el ejemplo de su madre, que vendió por oro su castidad, esa virtud más preciada que todos los tesoros del mundo, la apartó de todo roce con la sociedad, y la trajo á este sitio desierto y solitario, donde, por arte mágica, obligó á los demonios á que levantaran el palacio rico, espléndido y anchuroso que estás viendo. Confió á algunas mujeres de edad madura y de notoria castidad la educacion de su hija, que fué creciendo en gracias y belleza; prohibiéndoles estrechamente que le permitieran ver á hombre alguno, y sobre todo, que le hablaran de ellos en tan tierna edad; y á fin de que tuviera sanos ejemplos en que inspirarse, hizo modelar en lienzo y en [422] mármol los retratos de las mujeres más pudorosas que con mayor fortaleza habian sabido resistir los halagos de sus seductores; y no solo quiso que se reprodujesen las facciones de aquellas que en los pasados tiempos fueron el ornato del mundo por su amor á la virtud, y cuya fama, conservada en la Historia, durará eternamente, sino tambien las de otras damas no menos honestas, que en la edad futura darán nuevo realce á toda la Italia, como esas ocho que ves en esta fuente.

»Cuando el viejo conoció que su hija habia llegado á la edad en que el hombre puede coger los sazonados frutos del amor, ya fuese por mi suerte ó por mi desdicha, me consideró como el más digno de todos para ofrecerme su mano, señalándome como dote de la jóven, además de este magnífico palacio, las extensas campiñas, así de secano como de regadío, que le rodean en un rádio de veinte millas. Ella era tan hermosa y recatada cuanto pudiera apetecer el más exigente deseo: con respecto á las labores de aguja, competia en destreza y perfeccion con la misma Palas; su magestuoso porte y la melodía de su voz y de su canto le daban el aspecto de un sér celeste y no mortal; conocia tan bien las artes liberales que rivalizaba, ó poco menos, con su padre. A su gran talento, á su incomparable belleza, que hasta á las peñas habria inspirado amorosos deseos, unia un amor, una dulzura, cuyo solo recuerdo me traspasa el corazon. Su único placer, su más vehemente anhelo, consistia en estar á mi lado por donde quiera que fuese. Mucho tiempo vivimos de este modo, sin que la menor querella turbara nuestra dicha: pero al fin la tuvimos, por culpa mia.

»Cinco años habian transcurrido desde que doblé la cerviz al yugo de himeneo, cuando murió mi suegro, empezando[423] al poco tiempo los pesares que me abruman todavía, del modo que vas á oir. Aun me tenia cobijado bajo sus alas el amor de mi esposa, que te pondero tanto, cuando una noble dama de este país se apasionó de mí hasta un extremo inconcebible. Aquella dama conocia el arte de los encantamientos y sortilegios, como puede conocerlo la maga más experta: hacia la noche clara, el dia oscuro, detenia el Sol en la mitad de su carrera, y obligaba á la Tierra á estremecerse; pero aun así, no tuvo suficiente poder para inducirme á curar su amorosa herida con el remedio que únicamente podria aplicarle faltando á la fidelidad jurada á mi esposa; y á pesar de que era bastante bella y expresiva, á pesar de constarme su loca pasion, á pesar de las frecuentes promesas y regalos que me hacia, y de sus vivas y contínuas instancias, no pudo conseguir que desprendiese una chispa de mi primer amor para dársela á ella, porque mi confianza en la lealtad de mi mujer bastaba para refrenar mis deseos.

»La esperanza, el crédito, la certidumbre que del amor de mi esposa tenia me habrian hecho despreciar hasta los seductores detractivos de la jóven Leda, ó los ofrecimientos de riquezas y sabiduría que en otro tiempo se hicieron al gran pastor del monte Ida[165]; pero todas mis repulsas no eran suficientes á alejarla de mi lado.

»Un dia en que aquella maga, llamada Melisa, me encontró fuera del palacio, y me pudo hablar con toda tranquilidad, halló medio de convertir mi paz en guerra, y de[424] arrancar con el áspero aguijon de los celos la confianza arraigada en mi corazon. Empezó por alabar mi propósito de ser fiel á quien lo fuese conmigo, y despues añadió:

—»Pero tú no puedes decir que tu esposa guarda la fé jurada, mientras no veas una prueba fehaciente de su lealtad. Porque ella no comete falta alguna, cuando podria faltar, te figuras que es leal y pudorosa; pero ¿en qué fundas esa creencia, para decir y asegurar que tu mujer es un modelo de castidad, cuando no te separas un momento de su lado, ni le permites que vea á ningun hombre? Aléjate un poco; aléjate de tu casa; haz circular por ciudades y aldeas la noticia de tu ausencia, y que tu mujer ha quedado sola; deja que los amantes y sus tiernas epístolas lleguen hasta ella, y si, resistiendo á las súplicas y á las dádivas, no mancilla el lecho conyugal, ó si, mancillándolo, cree que su falta permanecerá oculta, entonces podrás decir que te es fiel.»

»La encantadora no cesó de hablarme de este modo, hasta que me predispuso á poner á prueba la fidelidad de mi mujer.

—»Supongamos, le dije, que mi esposa sea tal cual yo no puedo creerla: ¿cómo podré convencerme despues de que es digna de premio ó de castigo?»

»Melisa me contestó:

—»Yo te daré una copa, de una propiedad extraordinaria: la copa que en otro tiempo hizo Morgana para descubrir á su hermano la traicion de Ginebra. El que tiene una mujer honesta, bebe en ella sin trabajo; pero el marido burlado no puede aproximarla á sus lábios sin que antes se vierta el vino que contiene y se le derrame por el pecho. Antes de partir harás la prueba, y segun lo que presumo, beberás fácilmente, pues estoy en la creencia de que tu[425] mujer está aun pura de toda mancha: así verás el efecto de esa copa. Pero si al regresar repites la prueba, no espero ver tu pecho tan limpio; á pesar de que si no queda empapado en el vino, y bebes sin dificultad, podrás considerarte como el más feliz de los maridos.»

»Acepté sin vacilar la oferta. Melisa me entregó la copa: hice la prueba, y dió el resultado previsto, atestiguando, conforme á mis deseos, la honradez y fidelidad de mi dulce consorte. La maga exclamó entonces:

—»Déjala algun tiempo sola: permanece separado de ella uno ó dos meses: vuelve despues, coge el vaso de nuevo, y prueba si bebes, ó si te mojas el pecho.»

»A mí se me hacia muy duro el partir, no tanto por demostrar de este modo mis dudas sobre la fidelidad de mi mujer, como porque no podia resolverme á permanecer dos dias, ni siquiera una hora, lejos de ella. Advirtiéndolo Melisa, dijo:

—»Yo haré que conozcas la verdad por otros medios. Quiero que mudes de voz y de traje, y que te presentes á tu esposa bajo la figura de otro caballero.»

»Señor, cerca de aquí existe una ciudad defendida por los terribles y amenazadores brazos del Pó, cuya jurisdiccion se extiende desde aquí hasta la sinuosa orilla del mar. Aunque cede en antigüedad á las ciudades circunvecinas, compite con ellas en suntuosidad y ornato: la fundaron los escasos restos de los troyanos que se escaparon del azote de Atila[166]. Gobierna esta ciudad un caballero rico, jóven y[426] apuesto, que siguiendo un dia el raudo vuelo de su halcon, llegó á mi palacio, y al entrar en él, vió á mi esposa, la cual le causó una impresion tan viva, que le quedó su imágen grabada en el corazon. Desde entonces no perdonó medio alguno para inclinarla á satisfacer sus deseos; pero fueron tantas las repulsas y los desaires de mi mujer, que desistió de sus instancias, aun cuando no pudo borrar de su imaginacion el recuerdo de su sin par belleza.

»Tanto fué lo que me instó Melisa y hasta tal punto me alucinaron sus consejos, que me decidí á tomar la forma del gobernador, y sin que yo pueda decirte cómo, transformó mi aspecto, mi voz, mis ojos y mis cabellos. Persuadida estaba ya mi esposa de que yo habia emprendido un viaje con direccion á Levante, cuando volví á mi casa bajo el aspecto, traje, voz y facciones de su jóven seductor. Melisa me acompañaba, disfrazada de paje, llevando las más ricas pedrerías que pueden producir las Indias ó las costas Eritreas. Yo, que conocia las costumbres de mi palacio, entré en él sin vacilacion alguna, seguido de Melisa, y llegué á donde estaba mi mujer en ocasion tan oportuna, que á la sazon no estaba á su lado ninguna doncella ni escudero. Hícele presentes mis deseos; le presenté el perverso estímulo de toda mala accion, ostentando ante su vista los rubíes, diamantes y esmeraldas capaces de conmover á la virtud más firme, y le dije que todo aquello era nada en comparacion de lo que podia esperar de mí. Le hablé despues de la comodidad que nos ofrecia la ausencia del marido, y le recordé que hacia mucho tiempo solicitaba sus favores, como no debia ignorar, añadiendo por último, que mi amorosa constancia era digna de alcanzar la merecida recompensa.

»Manifestóse al principio bastante turbada y confusa; su[427] rostro se tiñó con el carmin de la vergüenza, y no queria escucharme; pero al ver los brillantes destellos de las piedras preciosas, empezó á ablandarse su corazon, y por último me respondió con voz rápida y temblorosa lo que me arranca la vida cada vez que lo recuerdo: que accedería á mis súplicas cuando estuviera segura de que nadie lo supiese jamás. Esta respuesta fué un dardo envenenado que me atravesó el alma: sentí que recorria mis venas y mis huesos un frio glacial, y la voz expiró en mi garganta.

»Entonces Melisa, descorriendo el velo de su encanto, me restituyó mi forma primitiva. Puedes juzgar cuál seria la mortal palidez de mi esposa al verse sorprendida por mí en tan grave falta. Quedamos entrambos lívidos, mudos y con la frente inclinada. Apenas tuve voz y ánimo para exclamar:

—«¿Con que me harias traicion, si hubiera alguno que quisiera comprar mi deshonra?»

»La única contestacion que pudo dar á estas palabras consistió en derramar un torrente de lágrimas. Mucha fué su vergüenza, pero mayor la irritacion que sintió al ver que era yo quien le inferia aquella afrenta; irritacion que siguió multiplicándose hasta convertirse en ódio y en furor. En el momento mismo resolvió huir de mi lado, y á la hora en que el Sol desciende de su carro, se dirigió al rio, saltó en una lancha, y fué surcando toda la noche su corriente: al rayar el dia se presentó al caballero que tiempo atrás la habia requerido de amores, y de cuyo aspecto y semblante me habia revestido para hacer un cruel experimento contra mi propio honor, y como no se habia apagado el fuego de su pasion, creo inútil deciros si la recibiria con júbilo. Desde allí me envió á decir mi esposa, que renunciara para siempre á poseerla, y á que me devolviera su amor.

[428]

»¡Triste de mí! Desde aquel dia viven juntos con gran contento, mofándose de mí, mientras yo me voy consumiendo á impulsos del mal que entonces me procuré, sin encontrar paz ni sosiego. Mi tormento aumenta en vez de atenuarse, y estoy seguro de que me llevará al sepulcro; porque ya no le queda mucho que hacer en mí, y aun creo que habria muerto durante el primer año, si no me hubiese sostenido un solo consuelo, el cual consiste en que de todos cuantos caballeros se han albergado en mi palacio de diez años á esta parte y á quienes he presentado esa copa, no he visto uno solo al que no se le derramara el líquido por el pecho. En medio de mi acerbo pesar, siento un gran alivio al ver que tantos otros participan de mi misma suerte. Tú has sido el único prudente entre infinitos necios, porque tú solo te has negado á hacer ese ensayo peligroso.

»Mis deseos de poner á prueba hasta un extremo exagerado la fidelidad de mi esposa, hacen que mi vida, sea larga ó breve, no tenga nunca sosiego ni reposo. Melisa se manifestó desde luego gozosa por este resultado, pero su infundado júbilo duró poco; porque habiendo sido la causa de mi mal, la odié de tal modo, que no podia soportar su vista. Irritada ella al verse odiada por mí, á quien decia amar más que á su propia vida, y cuando esperaba reinar como soberana en mi corazon, una vez alejada mi esposa, tardó poco en ausentarse á su vez por no tener siempre presente la causa de su mal, y abandonó este país, de tal modo que no he vuelto á tener noticias suyas.»

Así dijo el afligido caballero, y cuando puso fin á su historia, Reinaldo se quedó algunos momentos pensativo, movido á compasion: despues exclamó:

—Melisa te dió á la verdad un consejo pérfido, al proponerte que hostigaras á la abeja: y á tu vez fuiste poco[429] perspicaz corriendo en busca de lo que no querrias haber encontrado. Si tu esposa, cediendo á la avaricia, se vió inducida á faltarte á la fé jurada, no te asombre; porque no es ella la primera ni la quinta que ha salido vencida en esta lucha: ¡cuántas mujeres de mucho más talento y de mayor fortaleza han cometido las acciones más bajas por menor precio! ¿Acaso no ha habido tambien hombres que por oro han vendido á sus señores y á sus amigos? Si deseabas ver cómo tu mujer se defendia, no debiste atacarla con tan terribles armas: ¿ignoras por ventura que ni el mármol ni el durísimo acero pueden oponer resistencia al oro? Creo, pues, que al tentarla incurriste en una falta mucho mayor que la cometida por tu esposa cediendo tan pronto. ¡Oh! Si ella te hubiese puesto á prueba del mismo modo, tal vez habrias sucumbido con mayor facilidad.

Al decir esto, dejó Reinaldo la mesa, pidiendo licencia á su huésped para retirarse á dormir, con intencion de descansar un poco y emprender de nuevo su marcha una ó dos horas antes de la salida del Sol. Como disponia de poco tiempo, su intencion era la de aprovecharlo sin desperdiciar un solo momento. El señor del palacio le dijo, que podia pasar á las habitaciones interiores, donde tenia preparados estancia y lecho, y entregarse al reposo el tiempo que tuviera por conveniente; pero añadió que, si queria seguir su consejo, podria dormir toda la noche á pierna suelta y viajar mientras dormia.

—Te hago preparar una barca, le dijo, en la cual podrás continuar tu viaje, disfrutar un sueño tranquilo y sin cuidado toda la noche, y adelantar una jornada tu camino.

Reinaldo se apresuró á aceptar este ofrecimiento, dando repetidas gracias á su amable huésped, y sin más tardanza,[430] se dirigió al rio, donde le estaban esperando ya los marineros. El Paladin se tendió con toda comodidad en la barca, que cediendo al vigoroso empuje de seis remos, se deslizó por la superficie del agua con tanta rapidez y agilidad como un pájaro por los aires. El caballero francés quedó dormido apenas inclinó la cabeza, habiendo encargado antes á los remeros que le despertasen en cuanto estuvieran á la vista de Ferrara.

El veloz esquife dejó pronto á Melara á la izquierda y á Sermide á la derecha, y pasó por Figarolo y Stellata, donde el iracundo Pó se divide en dos brazos. El nauta tomó el de la derecha, y dejó que el de la izquierda siguiera su curso hácia el territorio de Venecia: pasó luego por Bondeno, y ya iba aclarándose el Cielo hácia la parte del Oriente, matizada por la Aurora de blanco y encarnado con las flores que derramaba de su canastillo, cuando se despertó Reinaldo, en ocasion en que se divisaban á lo lejos los dos castillos de Tealdo.

—¡Oh ciudad venturosa!, exclamó, ¡de quien me predijo mi primo Malagigo, cuando hice este mismo viaje en su compañía, despues de contemplar las estrellas fijas y errantes, y de evocar algun espíritu adivino, que en los futuros siglos ha de remontarse tanto tu gloria y esplendor, que serás la honra y prez de toda la Italia!

Así decia el Paladin, mientras la barca continuaba deslizándose sobre el rey de los rios con tal velocidad, que no parecia sino que tuviese alas: en breve llegó á la pequeña isla que está más próxima á la ciudad, y aun cuando entonces se hallaba inculta y descuidada, alegróse Reinaldo de contemplarla, porque no ignoraba cuán bella y próspera llegaria á ser andando el tiempo. En otra ocasion en que hizo este mismo viaje, acompañado de Malagigo, le oyó[431] decir que cuando la cuarta esfera hubiese girado con el carnero setecientas veces[167], aquella isla seria la más amena y deliciosa de cuantas se hallasen circundadas por el mar, por los rios ó los lagos, y que al verla, no habria nadie que se acordara de ponderar las maravillas de la patria de Nausicaa[168]. Le oyó tambien decir, que por la magnificencia de sus edificios sobrepujaria á la isla que tenia el emperador Tiberio en tanta estima[169]; que sus deliciosos jardines, ricos en toda clase de plantas, dejarian muy atrás á los afamados de las Hespérides; que Circe[170] no tuvo nunca en sus rebaños ni en sus establos tan inmenso número de animales, ni de tan variadas especies; que Venus abandonaria á Chipre y á Guido para residir en aquella isla en compañía de Cupido y de las Gracias; que tan asombrosa transformacion se deberia al trabajo y al cuidado del que, uniendo á su poder é inteligencia la voluntad, sabria además rodear á su ciudad nativa de tan fuertes murallas y baluartes, que podria defenderse de todos los ataques sin apelar al auxilio extranjero, y que el príncipe que deberia hacer unas cosas y otras seria hijo de un Hércules y padre de otro Hércules.

De esta suerte iba Reinaldo trayendo á su memoria todo cuanto, adivinando lo futuro, le habia dicho su primo, con quien solia pasar algunos ratos en semejantes pláticas, y al [432] ver el aspecto pobre y humilde de la ciudad, decia para sí:

—¿Cómo puede ser que en medio de esos pantanos florezcan las ciencias y las artes liberales? ¿Será posible que esa aldea miserable se convierta en una ciudad anchurosa y espléndida, y en campiñas amenas y feraces lo que hoy solo son cenagosas lagunas y estériles quebraduras? ¡Oh ciudad venturosa! ¡Desde ahora me apresuro á saludar el amor, la hidalguía, la gentileza de tus señores, y las esclarecidas virtudes de tus caballeros y de tus egrégios ciudadanos! ¡Ojalá que la inefable bondad del Redentor, y la prudencia y justicia de tus príncipes te mantengan perpétuamente en medio de la abundancia y la alegría, y disfrutando de una paz y un amor inalterables! ¡Ojalá te preserven siempre del furor de tus enemigos, descubriendo sus malas artes, y que tu bienestar cause celos al extranjero, en vez de envidiar tú la suerte de alguno de ellos!

Mientras Reinaldo se expresaba en estos términos, el sutil leño iba surcando las aguas con más rapidez que el halcon cuando desciende de la region de los aires atraido por el señuelo y las voces del cazador. El nauta dirigió poco despues la nave por el afluente de la derecha del brazo derecho del Pó por donde iban navegando, y pronto dejaron atrás á San Giorgio, y las torres de la Fossa y de Gaibana. Como sucede con frecuencia que un pensamiento produce otros muchos sucesivamente, Reinaldo se acordó del caballero en cuyo palacio habia cenado la noche anterior; recordó tambien que aquella ciudad era la causa de sus tormentos, y le vino á las mientes aquella copa que revelaba las faltas de las mujeres. Despues acudió á su memoria el experimento que el caballero proponia á sus huéspedes, sin haber encontrado uno solo, de cuantos habian consentido en hacerlo, que pudiera beber sin mojarse el pecho. Unas [433] veces se arrepentia de no haber intentado tambien aquella prueba, pero otras decia entre sí:

—Ahora me alegro de haberme resistido á efectuar tal ensayo; porque si salia bien, confirmaba mi creencia, y si no, ¿qué partido deberia adoptar? Mi creencia vale tanto como la más completa seguridad, de suerte que en muy poco podria acrecentarla; por lo cual, dado caso de que la prueba me hubiese salido bien, seria harto débil la utilidad que de ella reportara: en cambio, el daño que me habia de causar la conviccion de descubrir en mi Clarisa lo que no deseara, seria infinito. Era, pues, correr un albur de mil contra uno, y arriesgarme á perder mucho para ganar muy poco.

Entregado estaba el caballero de Claramonte á estas reflexiones, con la cabeza inclinada, cuando uno de los remeros que iba enfrente de él, se puso á mirarle con mucha atencion: y creyendo adivinar la idea que absorbia su imaginacion por completo, le dirigió la palabra, expresándose con elegancia y energía. Su conversacion giró sobre la inexperta conducta del caballero que habia hecho con su esposa la prueba mayor que puede hacerse con una mujer, conviniendo en que la dama que defiende del oro y la plata su corazon armado de castidad, es capaz de defenderlo más fácilmente entre mil espadas ó en medio de las llamas.

—Con harta razon le dijiste, añadió el remero, que no debia haberle ofrecido tan ricos presentes; pues hay muy pocos pechos que tengan la fortaleza necesaria para rechazar semejantes ataques. No sé si habrás oido hablar de una jóven, cuya historia tal vez haya llegado hasta tu país, que vió incurrir á su esposo en una falta igual á aquella, por la que este la habia condenado á muerte. Mi amo debia recordar que el oro y los regalos ablandan los corazones [434] más duros; pero lo olvidó cuando necesitaba tenerlo bien presente en su memoria, y se acarreó su desgracia. No obstante, él sabia tan bien como yo el ejemplo que cito, por haber acontecido en nuestra patria, en esa ciudad de aquí cercana, que el refrenado Mincio baña y rodea como un lago: me refiero á Adonio, que regaló á la mujer del juez un perro maravilloso.

—Esa historia no ha atravesado todavía los Alpes, dijo el Paladin; nunca he oido hablar de ella, ni en Francia, ni en las apartadas regiones por donde he viajado: así es que, si no te sabe mal referírmela, te escucharé de muy buena voluntad.

El remero empezó aquella historia de esta suerte:

—Existió en otro tiempo en este país un caballero llamado Anselmo, de familia noble, que en su juventud, vestido con larga toga, se dedicó á aprender lo que Ulpiano enseña[171]. Cuando quiso elegir esposa, buscó una bella, honesta y de noble progenie, cual á su posicion correspondia, hallando por fin en un país inmediato una jóven de hermosura sobrehumana, la cual estaba dotada de tantas gracias y donosura, que parecia toda amor y gentileza, mucho más tal vez de lo que al reposo doméstico y á la profesion de su esposo convenia. Apenas se unió á ella, cuando se convirtió en el más celoso de todos los maridos; no porque ella le diese motivo para serlo, sino á causa de la misma belleza y lozanía de su esposa. Habitaba en la misma ciudad un caballero de antigua é ilustre cuna, descendiente de aquella arrogante estirpe producida por la mandíbula de un dragon, de la cual descendieron tambien Manto y los que con ella fundaron mi ciudad natal. Este [435] caballero, llamado Adonio, se enamoró de la bella esposa de Anselmo, y para llegar á la realizacion de sus deseos, empezó á gastar sin tasa ni medida en trajes, en banquetes, y en presentarse con una magnificencia igual á la de los señores más ricos y poderosos. El tesoro del emperador Tiberio no habria bastado para tan locos dispendios[172], de suerte que á los dos años, segun creo, habia derrochado ya todo su patrimonio. Su casa, frecuentada hasta entonces mañana y tarde por numerosos amigos, hallóse abandonada en cuanto faltaron en ella las perdices, las codornices y los faisanes; y Adonio, que siempre habia sido el primero en los festines, se vió postergado y casi reducido á mendigar, por lo cual tomó el partido de ir á ocultar su pobreza en un país lejano, donde no fuese conocido.

»Poniendo por obra esta resolucion, salió una mañana de su patria, sin despedirse de nadie, y mientras caminaba por la orilla del lago que lame los muros de la ciudad, suspirando, vertiendo triste llanto y sin poder olvidar, á pesar de lo mucho que le preocupaba su miserable estado, á la dama que reinaba en su corazon, una aventura imprevista vino á sacarle de la mayor indigencia para elevarle al colmo de la dicha. Vió que un labriego estaba muy afanoso pegando palos á una zarza con un enorme garrote; detúvose y le preguntó la causa de tanto trabajo; el campesino le contestó que acababa de ver en aquel matorral una culebra muy vieja y tan larga y gruesa como no la habia visto ni esperaba verla en toda su vida, añadiendo que estaba [436] resuelto á no alejarse de allí hasta haberla encontrado y muerto.

»Adonio no pudo oir con paciencia las palabras del campesino, pues solia amparar á las culebras, que eran el emblema de su linaje, en memoria de haber salido sus antepasados de los esparcidos dientes de un dragon; y dirigiéndose al labriego con amenazador aspecto, le obligó, bien á pesar suyo, á abandonar la empresa, de modo que ni pudo matarla ni hacerle daño alguno. Adonio continuó su camino hácia el país en que esperaba vivir desconocido, donde pasó siete años ausente de su patria y entregado al dolor y á la indigencia. A pesar de la ausencia y de la estrechez en que vivia, causa suficiente de constante preocupacion, aquel amor que se habia apoderado de su alma, no cesaba un momento de abrasarle y profundizar la herida de su corazon, en términos de que al fin le fué forzoso volver á los sitios en que habitaba la dama cuya belleza anhelaban contemplar extasiados sus ojos, y emprendió el regreso á su país natal, triste, aflijido, con la barba y los cabellos largos y descuidados y pobremente vestido.

»En aquella época necesitó mi patria enviar al Padre Santo un embajador, cuya residencia en la Santa Sede debia tener una duracion ilimitada: echaron suertes, y recayó en el Juez esta mision. ¡Oh dia infortunado, orígen del perpétuo llanto de Anselmo! En vano presentó todo género de excusas; en vano apeló á los ruegos, á las súplicas y á las promesas para evitar aquel viaje: no tuvo más remedio que someterse. Tan duro y cruel le parecia tener que pasar por aquel terrible trance, como si se hubiera visto abrir las carnes ó arrancar el corazon. Pálido y desencajado por la inquietud y los celos que le habria de causar su mujer durante su ausencia, le rogó suplicante, en los términos que[437] consideró más eficaces, que no le faltase á la fé jurada, repitiéndole que á la mujer no le basta la hermosura, ni la nobleza, ni la fortuna para ser respetada cual corresponde, como no dé á conocer en sus palabras y acciones que posee además esa virtud tanto más apreciada cuanto más pura é inmaculada se ostenta despues de luchar y vencer, la virtud de la castidad; añadiendo, por último, que su ausencia le proporcionaria ancho campo donde poner á prueba la suya.

»Con semejantes frases procuraba grabar profundamente en su pecho la obligacion en que estaba de serle fiel. ¡Con cuántas lágrimas, con cuánto desconsuelo se lamentó ella, gran Dios, de aquella partida cruel é irremediable! En medio de su afliccion, juró á Anselmo que el Sol perderia su luz antes de que ella fuese tan cruel que faltase á la fé jurada, y que si alguna vez llegara á sentir este deseo, preferiria morir antes. Aun cuando el contrariado esposo dió crédito á tales promesas y juramentos, que le tranquilizaron algun tanto, quiso obtener mayores seguridades buscando ¡oh insensato! nuevas causas que aumentaran su desconsuelo. Tenia un amigo, que poseia la facultad de leer en el porvenir, y conocia del todo, ó á lo menos en su mayor parte, la ciencia de la mágia y de los sortilegios. Fué á verle, y le rogó que le predijera si su mujer, llamada Argía, permaneceria siéndole fiel durante el tiempo de su ausencia, ó si sucederia lo contrario. El astrólogo, obligado por sus ruegos, se puso á trabajar sobre el punto propuesto, y empezó á trazar líneas y figuras correspondientes á las del Cielo. Anselmo le dejó dedicado á su tarea, y al dia siguiente volvió á saber la respuesta.

»El adivino permaneció silencioso al verle, por no revelar al doctor una cosa que le afligiria seguramente; procuró[438] eludir la contestacion con diferentes excusas, pero vencido al fin por sus ruegos importunos, le anunció que su esposa tardaria en deshonrarle el tiempo que él tardara en traspasar el umbral de su puerta, y que su traicion no seria motivada por la belleza ó por las súplicas de un amante, sino por un vil interés. Si acaso te son conocidas las vicisitudes del amor, podrás apreciar por tí mismo cómo se quedaria el corazon del triste Anselmo, al oir aquellas predicciones amenazadoras de los motores celestes, que aumentaron el temor y las dudas crueles que ya en él se abrigaban; pero lo que llevaba al último extremo la tristeza que le oprimia, no concediendo un momento de reposo á su calenturienta imaginacion, era la consideracion de que su mujer, vencida por la avaricia, habia de traficar con su honra.

»Poniendo cuanto estaba de su parte para evitar que incurriera en tan lamentable falta (porque la necesidad suele arrastrar al hombre á robar los altares, si encuentra una ocasion oportuna), la dejó en posesion de todos sus bienes (que no eran pocos), entregándole el dinero, las alhajas, las rentas y el usufructo de sus posesiones, y en una palabra, todo cuanto poseia.

—»Paso á tus manos mi fortuna entera, le dijo, no solo para que la disfrutes y la gastes en cubrir tus atenciones, sino para que la consumas, la disipes, la dés ó la vendas, y en fin, para que hagas con ella cuanto se te antoje. Con tal de volver á hallarte como te dejo, poco me importa lo demás; con tal de que continúes siendo siempre la misma, te autorizo para desposeerme de tierras y palacios.»

»Rogóle además que no siguiese habitando en la ciudad, á no ser que tuviera noticia de su regreso; y le instó que se trasladase al campo, donde podria vivir con más comodidad, lejos del trato social. Este consejo se lo inspiraba la[439] creencia de que los sencillos campesinos, dedicados al cultivo de la tierra ó á la custodia de sus ganados, no podrian influir fatalmente en los honrados propósitos de su esposa. Argía, enlazando con sus torneados brazos el cuello de su temeroso Anselmo, y bañándole el rostro en llanto que á raudales brotaba de sus ojos, le reconvenia tristemente por suponerla tan débil y culpable como si ya le hubiese engañado, y porque su injusta sospecha procedia de que no tenia confianza en su cariño leal.

»Pero seria harto prolijo si me propusiera referir todo cuanto se dijeron en el momento de la separacion.—«¡Te recomiendo mi honor!»—fueron las últimas palabras de Anselmo: echó á andar en seguida, y no parecia sino que el corazon iba á saltársele del pecho cuando volvió la brida al caballo. Ella lo siguió mientras le fué posible con la vista anublada por las copiosas lágrimas que surcaban sus mejillas.

»Durante este tiempo, el mísero y desdichado Adonio, pálido y desfigurado, segun dije, por su luenga barba, caminaba la vuelta de su patria, esperando no ser ya conocido en ella: llegó al lago próximo á la ciudad, y cerca del sitio donde habia prestado su auxilio á la culebra á quien tenia acorralada un labriego dentro de un espeso matorral con la intencion de matarla. Al llegar á aquel paraje, en el momento en que empezaba á despuntar el dia y aun brillaban en el Cielo algunas estrellas, vió que se adelantaba á su encuentro por la orilla del lago una doncella, vestida con un traje extraño y de porte noble y magestuoso, aunque no llevaba en su compañía doncellas ni escuderos. Aquella dama se dirigió á él con agradable semblante y le dijo estas palabras:

—»Aunque no me conoces, ¡oh noble caballero! soy pa[440]riente tuya, y te debo además un gran beneficio: soy lo primero, porque el esclarecido linaje de ambos remonta su orígen al arrogante Cadmo. Soy la hada Manto; yo fuí quien puso la primera piedra de esa ciudad á la que, segun habrás oido decir, llamé Mantua, de mi nombre: soy tambien una de las hadas, y para decirte lo que á mí se refiere, te haré saber que, por nuestro fatal destino, estamos expuestas á padecer todos los males de los humanos, excepto la muerte; pero á nuestra existencia inmortal va unida una condicion tan funesta como la misma muerte: cada siete dias nos vemos precisadas á tomar la forma de una culebra. Es una cosa tan horrible el verse cubierta con esa inmunda escama, é ir arrastrándose por el suelo, que no hay desconsuelo mayor en el mundo, y tanto es así, que maldecimos la vida. Con decirte que en dicho dia nos vemos expuestas á toda clase de peligros á causa de nuestra metamórfosis, comprenderás en qué consiste la gratitud que te debo, cuyo orígen voy á recordarte. No hay animal más aborrecido en la tierra que la culebra; y nosotras, revestidas de su forma, tenemos que sufrir los golpes, los ultrajes y las persecuciones de todo el que nos descubre, y si no podemos refugiarnos debajo de tierra, fuerza nos es soportar el peso de la mano que nos hiere. ¡Cuánto más nos valdria morir, que exponernos á quedar destrozadas ó heridas bajo las plantas de los hombres!

»El gran favor que te debo consiste en que, al pasar cierto dia por estas deliciosas arboledas, me libraste de las manos de un labriego que me maltrataba: á no ser por tu generosa intervencion, habria corrido inminente riesgo de salir con la cabeza ó los riñones aplastados, y aun cuando de todos modos hubiera quedado con vida, no podria evitar que me dejara coja ó deslomada; pues durante los dias en[441] que nos arrastramos por el suelo cubiertas con la serpentina piel, nos vemos privadas de nuestro poder, y el Cielo, sujeto el resto del tiempo á nuestra voluntad, se niega á obedecernos. En los restantes dias, nos basta una sola palabra para detener al Sol en mitad de su carrera y amortiguar su luz; para que la inmóvil Tierra dé vueltas y se traslade de un punto á otro, y para que el hielo se inflame, y el fuego se congele.

»He venido ahora con objeto de darte la merecida recompensa por el beneficio que de tí recibí entonces. Libre del manto viperino, puedo conceder cuantas gracias se me pidan: á partir de este momento, quiero que seas tres veces más rico de lo que lo fuiste al heredar á tu padre: no quiero que te vuelvas á ver sumido en la indigencia, sino que cuanto más gastes, más se aumente tu fortuna; y como no ignoro que continúas envuelto en las redes con que Amor te prendió tiempo atrás, voy á decirte el medio más á propósito para que desahogues tus encendidos deseos. Quiero que pongas en ejecucion mi consejo, mientras el marido esté ausente, y que vayas á presentarte á su mujer, que vive retirada en el campo: yo te acompañaré.»

»Y continuó diciéndole de qué modo deberia presentarse á la señora de sus pensamientos, indicándole el traje que habia de llevar, las palabras, los ruegos y hasta las persuasivas incitaciones de que le convenia hacer uso. Le manifestó tambien la forma en que ella pensaba presentarse; pues, á excepcion del dia en que vagaba errante convertida en culebra, todos los demás podia metamorfosearse del modo que mejor le cuadrara. Hizo que Adonio se vistiese con el traje de uno de esos peregrinos que van de puerta en puerta pidiendo una limosna por el amor de Dios. Manto se transformó en el perro más pequeño de cuantos[442] haya podido crear la Naturaleza, de pelo largo y sedoso, más blanco que el armiño, de grato aspecto y maravillosos movimientos. Una vez disfrazados de esta suerte, emprendieron la marcha hácia la casa de la bella Argía: al llegar cerca de algunas cabañas de labradores, le pareció oportuno al jóven detenerse, y empezó á tocar una especie de caramillo, á cuyo son se puso el perro á bailar sostenido sobre las patas traseras.

»Aquel rumor y aquella música llegaron á oidos de Argía, que se mostró curiosa de presenciar tan raro espectáculo, y mandó á decir al romero que fuera con el perro á su morada. Comenzaba á cumplirse el destino del doctor. Adonio empezó de nuevo á ordenar al perrillo diferentes juegos, y este, obediente á su voz, ejecutó una porcion de bailes del país y extranjeros, con los movimientos, las actitudes y los pasos más apropiados; despues hizo todo cuanto le mandó su amo, con tanta atencion y dando pruebas de tan extraordinaria inteligencia, que los circunstantes, asombrados, no se atrevian á pestañear ni á respirar siquiera. Quedóse Argía en extremo prendada de aquel donoso animalejo; no tardó en sentir un vivo deseo de poseerlo, y encargó á su nodriza que ofreciera al astuto peregrino una cantidad no despreciable por su adquisicion.

—»Aunque tuvieseis más tesoros de los que pueden saciar la avaricia de la mujer, respondió el fingido romero, no serian bastantes á pagar una sola pata de este perro.»

El perrillo empezó á ejecutar diferentes bailes.
(Canto XLIII.)

»Y para demostrar la verdad de sus palabras, hízose á un lado con la nodriza, y ordenó al diminuto can que diese á aquella mujer una moneda de oro, como prueba de su galantería. Sacudióse el perrillo; y dejó caer una moneda, y Adonio, volviéndose á la nodriza, le dijo que la recogiese, añadiendo:

[443] —»¿Crees que podré dar por ningun precio un animal tan bello y útil como este? No le mando una sola cosa, sea la que quiera, que no me la procure en seguida, y lo mismo sacude perlas que anillos, y que los trajes más ricos y suntuosos. Sin embargo, dí á tu señora, que estoy dispuesto á cedérselo, pero no á cambio de oro; pues un animal como ese no puede pagarse con dinero, sino á condicion de dormir una noche con ella.

»Así diciendo, le entregó una perla que acababa de dejar caer el perrillo para que se la ofreciese á su señora. Esta proposicion pareció á la nodriza más ventajosa que un gasto de diez ó veinte ducados. Acercóse á su ama, y trasladándole la propuesta del peregrino, la excitó con vehemencia á que no titubeara en adquirir aquel perro, ya que podia lograrlo por un precio, que aunque se dé, no se pierde. La hermosa Argía se mostró en un principio esquiva, en parte por no faltar á su esposo, y en parte por creer imposible todo cuanto oia con respecto al perro; pero la nodriza no cesó de acosarla y de apurarla, recordándole que difícilmente volveria á hallar una fortuna tan grande, y al fin consiguió que Argía consintiera en ver otro dia al perro en su propia estancia, sin tantos testigos de vista.

»Esta nueva presentacion de Adonio fué tan fatal como desastrosa para el mísero doctor. El perrillo produjo doblas á centenares, sartas de perlas, y toda clase de piedras preciosas, cuya vista conmovió el altivo corazon de la dama, la cual perdió toda su firmeza al saber que el peregrino era el mismo caballero que con tanta constancia la habia amado. Las instigaciones de su infame nodriza, los ruegos y la presencia de su amante, las riquezas que este le ofrecia, la prolongada ausencia del mísero doctor, la esperanza del misterio, todo en fin se conjuró tan violentamente en con[444]tra de sus honestos propósitos, que por último aceptó el hermoso perro, abandonándose en cambio en brazos de su amante.

»Adonio disfrutó á su placer de los encantos de su bella dama, á quien la hada inspiró un amor tan ferviente hácia su galan, que no podia permanecer un momento separada de él. El Sol recorrió los doce signos del Zodiaco antes de que el Juez obtuviese licencia para regresar; al fin volvió, pero poseido de las más crueles sospechas, á causa de la prediccion del astrólogo. Al llegar á su patria, su primera visita fué para él, preguntándole con grande ansiedad si su mujer le habia sido infiel, ó si le habia guardado su amor y su fé. El adivino trazó por medio de sus figuras una representacion del polo con todos sus planetas y constelaciones, y despues le respondió que habia sucedido lo que tanto temia, cumpliéndose su vaticinio, y que su esposa se habia entregado á un amante, seducida por espléndidas riquezas.

»Una lanza ó un venablo que se le hubiese clavado en el corazon no habrian podido causarle una herida tan cruel. Para convencerse más y más de su desgracia, á pesar de que daba entero crédito á las afirmaciones del astrólogo, fué en busca de la nodriza, y llamándola aparte, procuró sonsacarla con cautelosa maña, empleando grandes rodeos y circunloquios para ver si descubria el menor indicio de la verdad; pero á pesar de todos sus esfuerzos y destreza, no pudo obtener el más mínimo dato, porque ella, acostumbrada al fingimiento, lo estuvo negando todo con impenetrable rostro, y á fuerza de estudio y de astucia, supo mantener á su señor en una irritante perplegidad por espacio de más de un mes.

»¡Cuán preferible le habria parecido la duda, si hubiese reflexionado en el dolor que debia causarle la realidad![445] Despues de haber procurado infructuosamente por medio de súplicas y de regalos que la nodriza le revelase la verdad, y al ver que no tocaba cuerda que no despidiese un sonido falso, resolvió esperar prudentemente á que se deslizase la discordia entre ellas, sabiendo que donde hay mujeres, nunca faltan riñas y pendencias. Y en efecto, no tardó en suceder lo que esperaba: á la primera disputa que aquellas tuvieron, fué la nodriza espontáneamente á contárselo todo sin ocultar el más insignificante detalle.

»Seria largo de contar lo que pasó entonces en el corazon y en la consternada mente del desdichado Juez; baste decir que su dolor fué tan intenso, que estuvo á punto de perder el juicio. Dominado por la cólera, se preparó á morir, pero despues de haber muerto á su criminal esposa; queria que la sangre de entrambos, derramada por el mismo puñal, lavase la afrenta de aquella y pusiera fin á su tormento. Regresó, pues, á la ciudad, impulsado por sus ciegos y furibundos designios, y desde ella envió al campo á uno de sus más fieles criados, á quien dió préviamente las órdenes más terminantes. Le mandó que pasara á ver á su mujer Argía, y le dijese de su parte, que estaba atacado de una fiebre tan violenta, que difícilmente podria encontrarle vivo, por lo cual, sin esperar más compañía, deberia apresurarse á venir con él, si conservaba algun cariño hácia su esposo; y como estaba seguro de que se pondria en marcha sin replicar una palabra, previno al criado que en el camino le cortara la cabeza.

»El enviado acudió inmediatamente en busca de su señora para cumplir las prescripciones de su amo. Argía montó á caballo y emprendió acto contínuo la marcha, despues de coger su perrito, el cual la habia ya avisado del peligro que corria, aconsejándole, sin embargo, que á pesar de él,[446] no suspendiese su viaje, puesto que ya lo tenia todo previsto y calculado para que no careciese de auxilio en el momento oportuno. El criado se habia apartado del camino, y atravesando muchas sendas extraviadas, llegó intencionalmente á la orilla de un rio que, bajando de los Apeninos, desemboca en este que, surcamos, y corria por un bosque espeso, oscuro y muy apartado de las ciudades y las aldeas.

»Parecióle aquel sitio el más solitario y á propósito para desempeñar la criminal mision que se le habia confiado, y desenvainando la espada, participó á Argía cuanto su señor le encargaba, previniéndole por consiguiente, que antes de morir pidiese á Dios perdon de todas sus faltas. No podré decirte cómo se ocultó la dama; pero lo cierto es que cuando el criado fué á herirla, desapareció de su vista, y á pesar de haberla buscado cuidadosamente por todas las inmediaciones, no pudo dar con ella, quedando burlado. Regresó al lado de su señor, avergonzado, confuso, absorto y aterrado, y le refirió aquella extraña aventura, de la que no podia darse cuenta. Anselmo ignoraba que su mujer estuviese protegida por la hada Manto; pues la nodriza, al descubrirlo todo, le habia ocultado esta circunstancia, no sé por qué motivo.

»Al ver que no habia podido vengar su afrentoso ultraje ni mitigado su pena, no sabia qué nueva resolucion tomar: lo que antes era una débil paja, se habia convertido ahora en una enorme viga, cuyo peso oprimia horriblemente su corazon: temia que llegara á oidos de todo el mundo la noticia de su deshonra, conocida hasta entonces de unos pocos; y así como antes podia ocultarla, su frustrada tentativa de venganza daria lugar á que en breve circulara por todas partes. Harto comprendia que su esposa, despues de[447] conocer sus pérfidas intenciones, haria lo posible por romper los lazos que á él la unian, entregándose en manos de algun señor poderoso que la conservara en su poder con ostensible menosprecio y vergüenza de su marido, ó yendo tal vez á parar á manos de alguno que fuese bastante infame para explotar su belleza. Para prevenir semejante desgracia, despachó mensajeros en todas direcciones con encargo de buscarla, los cuales hicieron las más minuciosas pesquisas por toda Lombardia, sin dejar de reconocer una sola aldea. El mismo Anselmo salió en persona á registrar todo el país, sin que quedase rincon que no visitara ó mandara explorar, pero no pudo adquirir el menor indicio que le pusiera sobre las huellas de su esposa.

»Al fin llamó á aquel servidor, á quien habia encargado la criminal accion que quedó sin efecto, é hizo que le condujera al mismo sitio en que Argía desapareció de su vista, sospechando que tal vez se ocultara durante el dia entre los matorrales y pasara las noches en alguna cabaña. El criado le condujo adonde esperaba encontrar la oscura selva, pero en su lugar halló un gran palacio.

»Mientras Anselmo practicaba las indagaciones de que me he ocupado, la hada habia construido de improviso y por encanto, á ruegos de Argía, un palacio de alabastro, enriquecido por dentro y por fuera con multitud de adornos de oro. No es posible expresar, ni imaginar siquiera, la riqueza que encerraba aquel edificio, ni su belleza arquitectónica. El palacio de mi amo, que tan magnífico te pareció anoche, seria á su lado una humilde choza. Los tapices más ricos, los cortinajes de más admirable tejido y de distintas formas adornaban profusamente, no solo los salones, las cámaras y las galerías, sino tambien las caballerizas y bodegas. Veíanse por do quiera innumerables jarrones de[448] oro y de plata; piedras preciosas azules, rojas y verdes, talladas de modo que servian de platos, copas y jarros, y una extraordinaria abundancia de telas de seda y oro.

»Como iba diciendo, el Juez tropezó con aquel palacio, cuando no pensaba encontrar ni una cabaña, y sí tan solo el bosque desierto y solitario. Quedóse tan asombrado de lo que veia, que se creyó juguete de una ilusion engañadora: no sabia si estaba ébrio, si soñaba ó si habia perdido la razon. Vió en la puerta principal del palacio un etíope de nariz y lábios abultados, y rostro tan hediondo y desagradable, como no recordaba haber contemplado otro en toda su vida: su aspecto, parecido al de Esopo, segun nos le pintan, seria capaz de entristecer al Paraiso, si en él estuviera: su traje era súcio y andrajoso como el de un mendigo: en fin, por más que diga, no podré dar una idea aproximada de su repugnante fealdad.

»Como Anselmo no veia por allí más ser viviente que el etíope á quien pudiera dirijirse, se le acercó preguntándole el nombre del dueño de tan suntuoso edificio.—«Este palacio es mio,»—contestó el interpelado. Anselmo estaba seguro de que el negro se burlaba de él, ocultándole la verdad; pero este le afirmó bajo juramento que el palacio era suyo, y que nadie podia disputarle su posesion; en prueba de lo cual, le brindó á que entrara á visitarle, si en ello tenia gusto, y que lo recorriera á su placer, añadiendo que si en él veia alguna cosa que le agradara para sí ó para sus amigos, podia desde luego quedarse con ella. Anselmo entregó las riendas del caballo á su criado, se apeó al umbral de la puerta y fué recorriendo las diferentes salas y cámaras, y examinando con prolija atencion los departamentos inferiores y superiores del palacio. Contemplaba asombrado la forma, el buen gusto y la situacion del edificio, así como[449] sus ricos y acabados adornos y la suntuosidad de sus muebles, dejando escapar con frecuencia estas palabras:

—»Todo el oro que existe en la Tierra no seria suficiente para pagar una morada tan espléndida.

»El asqueroso moro le contestó:

—»No es absolutamente imposible adquirirla, y si no á cambio de oro ó plata, puede sin embargo pagarse con una cosa que no cuesta tanto.

»Y en seguida le hizo una proposicion semejante á la que Adonio dirigió á Argía. Al oir Anselmo una propuesta tan súcia y repugnante, trató al etíope de hombre bestial é insensato, y rechazó con energía por tres ó cuatro veces sus instancias; pero el negro no cejó á pesar de las terminantes negativas del Juez, y renovó con tanta perseverancia sus ruegos, y tales medios de seduccion empleó, ofreciéndole siempre en recompensa el maravilloso palacio, que al fin le redujo á acceder á sus desenfrenados propósitos. Argía que estaba oculta cerca de allí, se presentó de improviso en el momento en que su marido incurria en una falta parecida á la suya, y le dijo con penetrante voz:

—»¡Oh espectáculo digno de un doctor tenido por sábio!

»Juzga, señor, cuál seria la vergüenza y la confusion de Anselmo al verse sorprendido en medio de su depravada y repugnante accion: en aquel momento hubiera deseado que la Tierra se abriese para precipitarse en sus entrañas. Argía, á fin de atenuar su propia falta y aumentar la vergüenza de su marido, empezó á dirigirle las más amargas reconvenciones, gritándole:

—»¿Qué castigo mereces por lo que te he visto hacer con un hombre tan soez, cuando por haberme dejado llevar de una pasion natural quisiste darme la muerte, á pesar de que yo cedí á los ruegos de un amante hermoso y gentil,[450] que me habia ofrecido un presente á cuyo lado nada vale este palacio? Si entonces me consideraste acreedora de una muerte, debes conocer que ahora te has hecho digno de ciento. Sin embargo, aunque en este recinto mis facultades son tales que puedo hacer contigo lo que se me antoje, no pretendo vengarme más cruelmente de tu perfidia. Iguala el debe y el haber, esposo mio, y perdóname, como yo te perdono. Hagamos las paces, bajo la condicion de que olvidaremos nuestras mútuas culpas y de que jamás nos echaremos en cara nuestro pasado error.

»El marido aceptó con gusto este pacto, y se apresuró á perdonar á su mujer; restablecióse la paz y la concordia entre ambos esposos, y desde entonces vivieron en la mejor armonía.»

Calló el remero, y Reinaldo no pudo menos de sonreirse al oir el final de su historia, aunque la accion vergonzosa del doctor tiñó de vivo rubor su rostro: alabó, sin embargo, la determinacion de Argía, que supo atraer á su marido á la misma red en que ella habia caido, aunque no de un modo tan grosero como él.

Cuando el Sol estuvo algo adelantado en su carrera, el Paladin hizo que le sirvieran algunos de los manjares de que el galante Mantuano le habia provisto abundantemente la noche anterior. Huia entre tanto á su derecha un país delicioso, y á su izquierda la inmensa laguna: apareció y desapareció en seguida Argenta y su territorio, así como la playa donde el Santerno desemboca.

Creo que entonces no estaba aun construida la fortaleza de la Bastia, de cuya conquista no pudieron envanecerse mucho las tropas de España, y que tan abundantes lágrimas hizo derramar á los romañoles. Desde allí dirigieron la embarcacion en filo á la margen derecha del rio, cuyas[451] aguas surcaba como si volara por ellas, y entraron despues en un lago tranquilo, que los condujo hácia el Sur cerca de Rávena. Aunque Reinaldo solia estar con frecuencia escaso de dinero, no obstante, á la sazon tuvo el suficiente para dar una buena propina á los remeros antes de que le dejasen en tierra.

Mudando guias y caballos, pasó aquella misma noche por Rímini; no quiso detenerse á pernoctar en Montefiore, y casi al romper el dia llegó á Urbino. Aun no existian en esta ciudad ni Federico, ni Isabel, ni el buen Guido, ni Francisco Maria, ni Leonor[173], cuya afable y sencilla solicitud habria sabido decidir sin duda á tan famoso guerrero á aceptar durante algunos dias la generosa hospitalidad, que ha tanto tiempo vienen ofreciendo á cuantas damas y caballeros pasan por su corte. Como nadie le detuvo en su marcha, siguió Reinaldo hasta Cagli por el camino más recto; atravesó el Apenino por el monte que cruzan el Metauro y el Gauno[174], dejándolo á la izquierda; pasó por la Umbría y el país de los Etruscos, y descansó en Roma: desde esta gran ciudad se encaminó al puerto de Ostia, y embarcándose allí, se trasladó por mar á la ciudad en que el piadoso Eneas dió sepultura á los restos de su padre Anquises[175].

En dicha ciudad cambió de bajel, y sin pérdida de momento bogó en demanda de la pequeña isla de Lampedusa, que habian elegido para teatro de su lucha Orlando y los otros cinco combatientes. Reinaldo no cesaba de excitar al piloto, el cual aceleraba cuanto podia la marcha del buque, haciendo fuerza de vela y remo; pero los vientos contra[452]rios, harto impetuosos por desgracia, no le permitieron llegar con la oportunidad deseada.

Desembarcó en el momento en que el príncipe de Anglante acababa de dar cima á su empresa, tan útil como gloriosa, arrancando la vida á Gradasso y Agramante, por más que la victoria le costó cara. En aquel combate habia perecido el hijo de Monodante, y Olivero yacia tendido en la arena, sufriendo vivos dolores á consecuencia de su caida, que le dislocó gravemente un pié. El Conde no pudo menos de derramar abundantes lágrimas al abrazar á Reinaldo y al participarle la muerte de Brandimarte, que le habia amado con tanto desinterés y firmeza. Otro tanto sucedió al señor de Montalban cuando vió á su desgraciado amigo con la cabeza horriblemente dividida por el acero de Gradasso: en seguida corrió á abrazar á Olivero, que continuaba en tierra á consecuencia de la dislocacion de su pié, é hizo cuanto le fué posible para consolarle, aunque por su parte tambien necesitaba consuelos por el pesar que le causaba el haber llegado á participar del banquete cuando ya estaban levantados los manteles.

Los escuderos transportaron los cadáveres de Gradasso y Agramante á la destruida ciudad de Biserta, entre cuyas ruinas les dieron ignorada sepultura, y en seguida divulgaron el resultado del combate. Astolfo y Sansoneto supieron la victoria obtenida por Orlando, con suma alegría, turbada empero por la noticia de la muerte de Brandimarte. El triste fin del magnánimo guerrero debilitó de tal modo la expansion natural de su júbilo, que no pudieron impedir que en sus semblantes se retratara la tristeza. ¿Y quién de ellos se atreveria á llevar á Flor-de-Lis la noticia de tan inmensa desgracia?

Durante la noche que precedió á aquel dia, Flor-de-Lis[453] habia visto en sueños la sobrevesta que tejió y bordó por su mano, para que Brandimarte se engalanara con ella, salpicada de gotas rojas á manera de lluvia tempestuosa; figurábase haberla recamado de aquel modo y sentia una gran afliccion, diciendo al parecer entre sí:—«¿Cómo es que habiéndome recomendado mi dulce dueño que fuera toda negra, la he recamado contra sus deseos de un modo tan extraño y raro?»—No pudo menos de ver en aquel sueño un presagio funesto, cuya espantosa confirmacion se recibió aquella misma noche; pero Astolfo procuró ocultársela hasta que él y Sansoneto reunidos pasaron á ver á la infeliz doncella.

Cuando llegaron á su presencia y observó Flor-de-Lis que en sus semblantes no se retrataba esa expresion de alegría que debe inspirar la victoria, adivinó desde luego, sin necesidad de más aviso, la triste suerte que habia cabido á su Brandimarte. En el momento mismo sintió su corazon tan oprimido, tan anublada su vista, y tan amortiguados todos sus sentidos, que dió con su desmayado cuerpo en tierra. Al volver en sí, sepultó las manos en su abundante cabellera, y empezó á herirse desesperadamente el rostro, repitiendo en vano aquel adorado nombre; siguió arrancándose y dispersando los cabellos, ora prorumpiendo en agudos gritos, como si estuviera poseida de los demonios, ora dando rápidas vueltas en derredor de la estancia, como, segun nos cuentan, las daban en otro tiempo las Ménades errantes, á los ecos de las bocinas[176].

Tan pronto se dirigia suplicante á los caballeros, pidién[454]doles un puñal para sepultárselo en el corazon, como queria correr á la playa donde habia anclado la nave conductora de los cadáveres de los dos sarracenos, para mutilar los restos de uno y otro, y saciar en ellos su furiosa y vengativa saña: otras veces pretendia atravesar el mar, para tener la satisfaccion de exhalar su último suspiro al lado de su amante.

—¡Ah Brandimarte mio! ¿Por qué te dejé acometer tamaña empresa sin ir en tu compañía? exclamaba. ¡Ni una sola vez dejó tu Flor-de-Lis de seguirte á donde quiera que fuiste! Otra fuera tu suerte, si me hubieras tenido á tu lado; porque mis ojos no se habrian apartado un momento de tí, y en el caso de que el infame rey de Sericania te atacara por la espalda, con un solo grito habria acudido en tu auxilio, ó tal vez hubiera alejado de tu cabeza el golpe mortal, interponiéndome rápidamente entre tí y tu cruel enemigo, y sirviéndote mi propio cuerpo de escudo; pues mi muerte no ocasionaria una pérdida tan lamentable como la tuya. Ahora moriré de todos modos; pero sin que mi muerte sea provechosa para nadie. ¡Oh! Si al menos hubiese perecido en tu defensa, ¿de qué modo mejor podria haber sacrificado mi vida? Y aun cuando el hado duro y hasta el mismo Cielo se hubiesen mostrado contrarios á mis deseos, no expirarias al menos sin que yo te diese el ósculo de despedida; habria inundado al menos tu rostro con mi llanto, y antes de que tu alma, rodeada de espíritus bienaventurados, volase al seno de su Creador, te habria dicho:—«¡Ve en paz, y espérame en la celestial morada; pues donde quiera que vayas, estoy dispuesta á seguirte presurosa!»—¿Era ese, Brandimarte, era ese el reino cuyo cetro debias empuñar? ¿Es así como debia pasar contigo á Damogira? ¿Es ese el régio trono que me tenias preparado? ¡Ah Fortuna cruel![455] ¡Cuánta ventura me arrebatas! ¡Qué halagüeñas esperanzas has desvanecido! ¡Ah! Puesto que he perdido tanto bien, ¿qué puede ya interesarme en el mundo?

Mientras así decia, su rabia y su furor iban aumentando en tales términos, que volvia á arrancarse los cabellos, como si tuvieran la culpa de su desdicha: se golpeaba y mordia las manos y se desgarraba el pecho y los lábios con las uñas. Pero volveré á Orlando y á sus compañeros, en tanto que la desdichada doncella se destroza y se consume en estéril llanto.

Deseoso Orlando de aplicar á la dolencia de su cuñado los prontos auxilios que su estado exigia, y anhelando al propio tiempo dar á Brandimarte honrosa sepultura en un sitio más digno, embarcóse con direccion á la montaña que ilumina la noche con su fuego, y oscurece el dia con su denso humo[177]: el viento era favorable y la playa en cuya demanda navegaban estaba bastante cerca hácia la derecha. Con un viento fresco y favorable largaron las amarras al declinar el dia, y se alejaron de Lampedusa, guiados en su derrotero por la pálida luz de la diosa de la noche: al dia siguiente fondearon en la amena playa que rodea á Agrigento, donde Orlando dispuso para la noche siguiente los preparativos necesarios para inhumar con pompa los restos mortales de Brandimarte. Cuando vió cumplidas fielmente sus órdenes, y el Sol dió paso á las tinieblas nocturnas, rodeado el Paladin de un numeroso séquito de caballeros que habian acudido á Agrigento respondiendo á su invitacion, trasladóse á la orilla del mar que parecia abrasada por la llama de infinitas antorchas, y volvió donde estaba depositado el cuerpo del que vivo y muerto habia[456] querido tanto, y cuya lamentable pérdida arrancaba gemidos y lamentos á los circunstantes.

Junto al fúnebre ataud estaba llorando el anciano Bardin, que debia tener ya secos los ojos y los párpados á causa de las incesantes lágrimas que habia derramado en el buque. Llamando al Cielo cruel, y perversos á los astros, rugia como el leon acometido por la fiebre, y con sus temblorosas manos se arrancaba las plateadas canas ú ofendia su arrugada frente. Al presentarse Orlando, redoblaron con más fuerza los gemidos y las lágrimas: aproximóse el Conde al cadáver, y permaneció algun tiempo con los ojos fijos en él, sin desplegar los lábios y tan pálido como el ligustro ó el flexible acanto arrancados de su tallo por la mañana ó por la noche: por último exhaló un profundo suspiro, y sin separar la vista del rostro de su amigo, exclamó:

—¡Oh valiente, leal y querido compañero, cuyo ensangrentado cadáver contemplo, aunque sé que resides en el Cielo, y que has conquistado una vida, que nada puede arrebatarte ya! Perdóname este llanto que me hace derramar, no tanto la idea de que no estés á mi lado, como el pesar que siento por haberme quedado en el mundo, y privado por tanto de disfrutar contigo la felicidad que te rodea. Ahora me encuentro solo: sin tí nada puede haber en la Tierra que me complazca. Si hemos arrostrado juntos el furor de los elementos y los peligros de la guerra, ¿por qué no he de participar tambien de tu reposo? ¡Grandes deben de ser mis culpas, cuando no se me ha permitido salir de este mundo impuro siguiendo tus huellas! Si no te abandoné en los trabajos, ¿por qué no ha de tocarme parte de la recompensa? Tú has ganado, mientras que yo he perdido: para tí han sido los beneficios; para mí las pérdidas.—El mismo dolor que siento ahora conmueve tambien á la Italia, la[457] Francia y la Alemania. ¡Oh! ¡Cuán inmenso será el desconsuelo de mi Señor y tio! ¡Cuán grande la afliccion de todos los paladines! ¡Cuán intenso el pesar del Imperio y de la Iglesia cristiana, que han perdido en tí su principal sosten! ¡Oh! ¡Cómo disminuirá con tu muerte el terror y el espanto de nuestros enemigos! ¡Cómo sentirán renacer los paganos su abatido espíritu, recobrando nuevo vigor y nueva audacia! ¡Cuál debe ser en estos momentos el quebranto de tu desdichada esposa! Desde aquí veo su llanto y oigo sus desgarradores gemidos: sé que me acusa, y que tal vez me maldice al ver que por mi causa ha muerto contigo toda su esperanza. ¡Oh Flor-de-Lis! Al vernos privados de Brandimarte, nos queda al menos un consuelo; el de que todos cuantos guerreros hoy existen deben envidiar su gloriosa muerte. Aquellos Decios[178], aquel que fué tragado por la Tierra en el Foro romano[179], el mismo Codro, tan alabado por los Argivos[180], no fueron más útiles á su pa[458]tria, ni se ofrecieron á la muerte con más gloria que tu amante.

Mientras Orlando pronunciaba estas palabras, los monjes de hábitos negros, blancos y grises, y una multitud de clérigos iban en procesion formando dos prolongadas hileras y rogando á Dios que concediera al alma del difunto eterno descanso entre los bienaventurados. Las innumerables luces que brillaban por todas partes parecian haber convertido la noche en dia. Alzaron el féretro, en cuya conduccion turnaron condes é ilustres caballeros, é iba cubierto con un paño de seda de purpúreo color, bordado de franjas de oro, que alternaban con otras de grandes perlas: el cadáver de Brandimarte yacia sobre espléndidos cogines de un trabajo elegante y delicado, y cubiertos de piedras preciosas, y llevaba puesta una sobrevesta del mismo color y tejido que aquellos.

A la cabeza del fúnebre cortejo marchaban trescientos pobres, todos ellos cubiertos con unas túnicas negras que les llegaban hasta el suelo: seguian luego cien pajes montados en otros tantos magníficos caballos de batalla, y unos y otros llevaban luengos mantos de luto que arrastraban por la tierra. Rodeaban el féretro numerosas banderas desplegadas, en las que se veian pintadas diferentes divisas, conquistadas todas ellas á mil vencidas huestes en favor del César y de San Pedro, por aquel vigoroso brazo que pendia de un frio cadáver. Al par de las banderas, se veian infinitos escudos, que llevaban todavía los blasones de los esforzados guerreros á quienes habian sido arrebatados. Doscientas personas destinadas á las diversas ceremonias de tan suntuosas exequias seguian despues, llevando, como los demás, hachas encendidas, y encerradas, más bien que vestidas, en negro ropaje. Cerraban el cortejo Orlando, que de[459] vez en cuando derramaba copiosas lágrimas de sus ojos, tristes y encendidos, y Reinaldo, no menos aflijido que él. Olivero no pudo asistir á causa del daño de su pié.

Seria interminable si os hubiese de referir en mis versos todos los pormenores de las exequias, enumeraros los mantos de color oscuro ó turquí que se veian en la comitiva, ó contar las infinitas hachas que se quemaron. El fúnebre acompañamiento se dirigió hácia la catedral, haciendo que los habitantes de la ciudad vertieran tristes lágrimas á su paso; pues las personas de todo sexo, edad y condicion no podian menos de condolerse del desgraciado fin de un mancebo tan apuesto, tan bueno y tan jóven. Colocaron el cadáver de Brandimarte en la nave principal de la iglesia, y cuando las plañideras hubieron dado tregua á sus inútiles llantos y gemidos, y los sacerdotes pusieron fin á los abundantes eleisones y demás oraciones dedicadas á los difuntos, que sobre él pronunciaron, lo depositaron en una caja sobre dos columnas, cubriéndola por disposicion de Orlando con un rico paño de oro, hasta que se le trasladara á un sepulcro más costoso.

Antes de salir de Sicilia, mandó Orlando que se acopiara una gran cantidad de pórfidos y alabastros: quiso que se trazaran los planos del mausoleo, y dedicó gruesas sumas para premiar los trabajos de los arquitectos y escultores más afamados. Despues de la partida de Orlando, pasó Flor-de-lis á Sicilia, en donde vigiló cuidadosa la ereccion del sepulcro, presenciando la colocacion de las losas, y de las grandes columnas que hizo traer desde la costa de África. Viendo que sus lágrimas no tenian fin, que sus suspiros se obstinaban cada vez más en salir del pecho, y que no podia calmar su violento dolor, á pesar de todos los oficios y misas que mandaba decir continuamente, resolvió no sepa[460]rarse de aquel sitio hasta que exhalara el alma, y se hizo construir en el mismo sepulcro una celda, en la que se encerró, pasando allí su vida.

Orlando le envió varias cartas y mensajes, que de nada sirvieron, por lo cual pasó él mismo á Sicilia para inducirla á que saliera de allí, asegurándole que si accedia á regresar á Francia, la llevaria á vivir en compañía de Galerana, señalándole una fuerte pension: y si preferia volver al lado de su padre, la acompañaría gustoso hasta Lizza, ó haria que edificaran un monasterio para ella, en el caso de que le pareciera más conveniente consagrarse al Señor. A pesar de todo, Flor-de-lis no abandonó el sepulcro, y extenuada allí por la penitencia, y dedicada dia y noche á la oracion, no pasó mucho tiempo sin que la Parca fiera cortara el hilo de sus dias.

Los tres guerreros franceses habian abandonado ya la isla en que tenian los cíclopes sus antiguas grutas, alejándose tristes y afligidos por verse precisados á dejar en ella á su cuarto compañero. Les pesaba en extremo abandonar á Olivero sin un médico que atendiera á su curacion, la cual, descuidada al principio, se presentaba difícil y peligrosa. Los lamentos del enfermo les tenian muy alarmados con respecto al resultado de su dolencia, y en ocasion en que trataban entre ellos de este asunto, se le ocurrió al piloto una idea, que les comunicó, y les agradó sobremanera. Díjoles el marino que en un islote desierto que se hallaba á corta distancia, vivia un eremita, á quien nadie habia recurrido en vano en demanda de socorro ó de consejos, asegurándoles que aquel solitario tenia la facultad sobrenatural de dar vista á los ciegos, resucitar los muertos, contener el viento al hacer la señal de la cruz y amansar el mar cuando más furioso estuviese; por lo cual les[461] aconsejaba que fueran en busca de aquel varon tan favorecido de Dios, no abrigando la menor duda de que sabria devolver la salud á Olivero, puesto que ya habia dado otras muestras más evidentes de su virtud.

Orlando acogió con marcada satisfaccion este consejo, y ordenó que se hiciera rumbo á tan santo lugar, como en efecto lo hicieron sin desviar la proa á uno ú otro lado hasta que al romper el dia divisaron el escollo. Guiada la embarcacion por marinos expertos, abordaron á él con toda seguridad; en seguida, los criados y algunos remeros ayudaron á trasladar al Marqués á una lancha, que les condujo á través de las espumosas olas al duro escollo; pasando acto contínuo á la santa morada donde residia el anciano que bautizó á Rugiero.

El siervo del Señor del Paraiso recibió afablemente á Orlando y á sus compañeros, les bendijo con plácido semblante, y les preguntó el motivo que allí les conducia, á pesar de que los espíritus celestiales le habian avisado con antelacion su llegada. Orlando le respondió, que el objeto de su viaje no era otro que el de encontrar un remedio para su Olivero, el cual habia sido peligrosamente herido peleando en defensa de la Fé de Cristo. El santo anciano se apresuró á tranquilizarle, prometiéndole una curacion pronta y radical. Ignoraba la ciencia de la medicina, y carecia de toda clase de ungüentos y remedios; pero se encaminó á la capilla, dirigió una fervorosa plegaria al Salvador, y saliendo tranquilo y satisfecho, dió su bendicion á Olivero en nombre de las tres personas eternas, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¡Oh poder maravilloso que da el Señor á los que creen en él! De repente desaparecieron todos los dolores del caballero, que sintió su pié radicalmente curado y más fuerte[462] y ágil que nunca. Sobrino tuvo entonces ocasion de presenciar una cura tan prodigiosa. El monarca sarraceno, cuyas heridas se agravaban más de dia en dia, apenas vió el milagro maravilloso y evidente que el santo monje acababa de hacer, se dispuso á abjurar los errores de la religion mahometana y abrazar la Fé de Cristo verdadera, suplicando, con corazon contrito, que le iniciaran en los misterios de nuestra sublime creencia. El justo varon, accediendo á sus deseos, derramó sobre su cabeza las puras aguas del bautismo, y le volvió, rezando, á su vigor primitivo.

Orlando y los demás caballeros se regocijaron de esta conversion casi tanto como de ver á su Olivero completamente sano de su peligrosa dolencia; pero fué mucho mayor el gozo que sintió Rugiero, cuya fé y cuya devocion iban aumentando progresivamente. El jóven guerrero habia permanecido en el escollo desde la noche en que llegó á él nadando.

El devoto anciano continuó conversando afablemente con los caballeros, y exhortándoles con fervientes súplicas á que procuraran atravesar limpios y puros esta oculta zanja, llena de cieno y de inmundicia, que se llama vida, tan grata para los hombres frívolos y necios, y á que tuvieran los ojos fijos en el camino que conduce al Cielo.

Orlando dispuso que uno de sus criados pasara á bordo del buque, y que trajera pan y buen vino, caza y cecinas, é hicieron que el santo varon, cuyo paladar acostumbrado á los sencillos frutos de la tierra habia olvidado ya el sabor de las perdices, probara por caridad y condescendencia la carne, bebiera vino, é hiciera, en fin, lo mismo que todos. Cuando el alimento hubo restaurado sus fuerzas, empezaron los caballeros á hablar de diferentes asuntos; y[463] como suele suceder que en la conversacion una cosa sirve de demostracion á otra, vinieron á parar en que Reinaldo, Olivero y Orlando conocieron en Rugiero á aquel campeon tan famoso por sus proezas, cuyo valor ensalzaban todos á porfía. Reinaldo no sospechó que fuese aquel guerrero con quien habia peleado en la estacada; y aunque el rey Sobrino le conoció desde el momento en que le vió aparecer al lado del cenobita, quiso, sin embargo, guardar silencio por temor de equivocarse.

Cuando todos se convencieron de que tenian ante sí á aquel Rugiero, cuya audacia, cortesanía y sublime valor le habian granjeado un nombre célebre en el orbe entero, y tuvieron noticia de que se habia convertido al cristianismo, se le acercaron con semblante alegre y placentero: uno le estrechó la mano; otro le besó con amistosa efusion, y otro le abrazó estrechamente; pero sobre todos el señor de Montalban se esforzó en acariciarle y en darle más vivas muestras de su cariñosa solicitud.

En el otro canto, si teneis á bien escucharlo, os explicaré los motivos de tan afectuosa deferencia.


[464]

CANTO XLIV.

Reinaldo promete á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, y regresa con él á Marsella.—Astolfo llega al mismo puerto, despues de haber exterminado á sus enemigos, y desde allí pasa á Paris, donde todos los caballeros son recibidos con los mayores honores y consideraciones.—Rugiero marcha á combatir con Leon, á quien el duque Amon habia prometido la mano de su hija.

Con frecuencia acontece que, bajo humildes techos y en albergues miserables, en medio de la estrechez y de las calamidades, los corazones se unen con los lazos de una amistad más firme y duradera, que entre las envidiadas riquezas ó la ociosidad de los regios alcázares y de los expléndidos palacios, llenos de intrigas y de sospechas, de donde está desterrada por completo la caridad, y donde no se encuentra amistad que no sea fingida. Esta es la causa de que los pactos y los convenios que hacen entre sí los príncipes y los reyes sean tan fugaces. Los emperadores, los papas, los reyes, unidos hoy por mútuos tratados de alianza, se convertirán mañana en enemigos capitales; porque ni su corazon, ni sus propósitos guardan consonancia con su apariencia exterior, y porque, importándoseles lo mismo lo justo que lo injusto, tan solo atienden á su conveniencia particular: sin embargo, á pesar de que son poco capaces de comprender los dulces sentimientos de una amistosa cordialidad, porque tan delicado afecto no reside donde siempre se trata de él con hipocresía y disimulo, lo mismo en las cuestiones graves que en las insignificantes, si por casualidad llega á reunirlos en algun sitio humilde una impensada [465] y cruel desgracia, que les agobie mútuamente con su peso, entonces, y solo entonces, aprenden á conocer y apreciar en poco tiempo el valor inapreciable de la santa amistad, de que durante muchos años no pudieron darse cuenta. El santo anciano, en su modesto retiro, logró unir á sus huéspedes con los fuertes vínculos de un acendrado cariño, mucho mejor que otros lo hubieran hecho en la corte, y este cariño quedó tan arraigado en sus corazones, que no se desvaneció sino con la muerte. El piadoso varon los encontró á todos benignos y asequibles á sus exhortaciones, y conoció que sus almas eran más cándidas que el blanco plumaje de un cisne: todos ellos eran francos, amables, generosos, é incapaces de esa iniquidad que os he descrito, propia solo de los que, cubiertos con la máscara de una refinada hipocresía, jamás se manifiestan como son; por lo cual, dieron al olvido sus antiguas ofensas y querellas, y desde aquel momento se amaron más que si los hubieran engendrado los mismos padres.

El señor de Montalban se mostraba más solícito que los demás en acariciar y halagar á Rugiero, tanto por haber tenido ocasion de conocer su valor y bizarría, cuanto por ver en él al caballero más afable y más humano que existia en el mundo, y principalmente por reconocerse deudor de los muchos favores que el esforzado jóven le habia prestado en diferentes ocasiones. Sabia que Rugiero habia salvado á Riciardeto, cuando el Rey de España le hizo encarcelar, por haberle encontrado en el lecho con su hija: sabia tambien que habia librado á los dos hijos del Duque Buovo, segun os he dicho, de las manos de los sarracenos y de los malvados sicarios del maguntino Bertolagio; y estas muestras de heróica abnegacion le parecian tan grandes, que le obligaban á amarle y á reverenciarle: lo que más le pesaba[466] era no haber podido hacer lo mismo cuando militaban el uno bajo las banderas africanas y el otro al servicio de Carlomagno; pero á la sazon, que le veia convertido al cristianismo, se apresuró á satisfacer gustoso su deuda de gratitud, prodigando á Rugiero toda clase de ofrecimientos, honores y demostraciones de cariño.

Viendo el prudente eremita tan marcada benevolencia, tomó pié de ella para decirles:

—Ahora no falta ya más que una cosa, que espero obtener sin oposicion; y es que, así como acabais de uniros por los lazos de una generosa amistad, os unais tambien por los vínculos del parentesco, á fin de que de vuestras dos razas ilustres, cuya nobleza no encuentra igual en el mundo, salga una estirpe que supere en esplendor á todo el que despiden los fulgurantes rayos del Sol mientras recorre su órbita: una estirpe cuya gloria irá en aumento conforme vayan transcurriendo los años y los lustros, y durará (segun lo que Dios me inspira con objeto de que os lo revele) mientras los cielos efectúen sus acostumbradas revoluciones.

Y prosiguiendo su conversacion en estos términos, el santo anciano concluyó por persuadir á Reinaldo á que prometiera á Rugiero la mano de su hermana Bradamante, si bien es verdad que ninguno de los dos necesitaba tales consejos. El Príncipe de Anglante y Olivero encarecieron á su vez la conveniencia de esta union, esperando que, así como ellos, la aprobaran el rey Cárlos y el duque Amon, y que la Francia entera se regocijaria por ella. Así decian; pero ignoraban que Amon, con aprobacion del hijo de Pepino, se habia comprometido por aquellos dias con Constantino, emperador de Oriente, que le pidió la mano de Bradamante para su hijo Leon, heredero de sus vastos dominios; el cual, sin ver á la jóven, se habia enamorado[467] perdidamente de ella por la sola fama de sus hazañas. Amon le respondió, que por sí solo no podia decidirse enteramente hasta hablar con su hijo Reinaldo, que por entonces se hallaba lejos de la corte; y aun cuando no le cabia la menor duda de que su hijo daria su consentimiento, aceptando gustoso una alianza tan ilustre, no se atrevia, sin embargo, á tomar una resolucion definitiva á causa de la suma deferencia que le tenia.

Mientras tanto Reinaldo, separado de su padre, ignorante de los tratos de este con el Emperador, y cediendo á su propio deseo, al parecer de Orlando y de sus compañeros, y sobre todo á las instancias del eremita, prometió á Rugiero la mano de su hermana, persuadido de que Amon no podria menos de aprobar satisfecho aquel parentesco. Pasaron todo aquel dia y gran parte del siguiente en compañía del virtuoso cenobita, olvidándose casi de regresar á bordo, á pesar de serles el viento favorable; pero los marinos, que se lamentaban de tanta demora, les enviaron repetidos avisos, apremiándolos para que se embarcaran, hasta que por último tuvieron que separarse del eremita. Rugiero, que habia permanecido en aquel retiro tantos dias, sin apartarse un solo momento del escollo, se despidió afectuosamente del santo maestro que le iniciara en la verdadera fé. Orlando le devolvió su espada, la armadura de Héctor y el buen Frontino, tanto para darle una prueba evidente del cariño que le profesaba, cuanto por saber que antes le habian pertenecido; y si bien el Paladin tenia más derecho á poseer aquel acero encantado, conquistado por él á costa de mil trabajos y fatigas en el formidable jardin de Falerina, que Rugiero, á quien se lo habia entregado un ladron, juntamente con Frontino, sin embargo, se lo cedió voluntariamente, así como las demás armas á la primera indicacion.

[468]

Bendecidos los caballeros por el devoto anciano, volvieron á embarcarse, y al instante dieron las velas al Noto y los remos al agua. Durante su navegacion, disfrutaron de un tiempo tan sereno y bonancible, que no tuvieron necesidad de apelar á los rezos ni á los votos hasta que fondearon en Marsella sanos y salvos. Dejémosles allí, hasta que me sea posible conducir á aquel puerto al glorioso duque Astolfo.

Luego que Astolfo tuvo noticia de la victoria alcanzada á costa de tanta sangre, juzgó que la Francia se hallaba para siempre libre de los ataques del África, y por consiguiente creyó oportuno disponer que el Rey de Nubia regresara á su país con su ejército, por el mismo camino que cruzara al marchar contra Biserta. El hijo de Ogiero habia enviado de nuevo al África la escuadra que destruyó la de los moros, y en cuanto desembarcaron de ella los nubios que la tripulaban, un nuevo milagro hizo que los costados, las popas y las proas de las embarcaciones recobraran su primitiva forma de hojas de árbol; despues acudió el viento, y como cosa leve, las dispersó por el aire y las hizo desaparecer en un instante.

No tardaron en alejarse de África las huestes nubias, unas á pié y otras á caballo; pero Astolfo manifestó antes su viva y eterna gratitud al rey Senapo, por haber acudido en persona á prestarle un generoso auxilio con toda su fuerza y todo su poder, y le entregó el terrible y fogoso Austro encerrado en el claustro uterino: quiero decir, que le confió el odre que contenia el viento que suele soplar del Sur con inusitada violencia, agitando las arenas del desierto como si fueran las olas de un tempestuoso mar, y elevándolas en confusos remolinos hasta el mismo Cielo: encarecióle la importancia de mantenerlo cautivo, para que[469] no les molestara en su viaje, y le recomendó, por último, que al llegar á su país, le diese libertad.

Dice Turpin, que en el momento en que el ejército penetró en las gargantas del empinado Atlas, todos los caballos se transformaron de nuevo en piedras, de suerte que los nubios se volvieron como habian venido.

Pero ya es tiempo de que Astolfo regrese á Francia, por lo cual tan pronto como hubo fortificado los principales puntos del reino de África, hizo desplegar las alas á su Hipogrifo, que de un solo vuelo le llevó á Cerdeña, y de Cerdeña á las playas de Córcega; desde allí prosiguió el Duque su camino sobre el mar, volviendo algun tanto las riendas á la izquierda, hasta que por último contuvo la rapidez de su carrera al dar vista á las marismas de la rica Provenza, donde hizo con el Hipogrifo cuanto le ordenó el Evangelista. El santo Apóstol le habia prevenido que, una vez llegado á Provenza, dejara de espolearle, y que cesando de oponer la silla y el freno á su natural impetuosidad, le permitiera alejarse libremente.

Además, el cielo más bajo, que recibe en su seno todo cuanto pierden los mortales, habia privado de sus sonidos á la trompa, que se quedó, no ya ronca, sino muda, cuando el guerrero puso el pié en la divina morada.

Llegó Astolfo á Marsella el mismo dia en que desembarcaron Orlando, Olivero y el señor de Montalban, juntamente con el buen Sobrino y el bravo Rugiero. El triste recuerdo de la muerte de su amigo Brandimarte impidió que los Paladines reunidos pudieran dar expansion al júbilo que sentian por el feliz resultado de la guerra. Desde Sicilia habian participado al Emperador la muerte de los dos reyes sarracenos, la prision de Sobrino y el desgraciado fin de Brandimarte: tampoco ignoraba Cárlos la conversion de[470] Rugiero, y en su corazon y en su rostro se echaba de ver claramente el gozo que sentia, por verse libre de aquel peso intolerable que habia gravitado sobre sus hombros, en términos de no poder reponerse fácilmente.

A fin de honrar cual debia á aquellos guerreros, que eran las columnas y el principal sosten del santo Imperio, dispuso el Emperador que toda la nobleza del reino saliera á recibirlos hasta la orilla del Saona, y él mismo se adelantó á su encuentro fuera de los muros de la ciudad con una brillante comitiva, compuesta de reyes y duques, y en compañía de la Emperatriz, que iba rodeada de muchas doncellas, tan notables por su hermosura como por la elegancia y riqueza de sus galas. El alegre Emperador, los paladines, los amigos y parientes, la nobleza y el pueblo acogieron al Conde y á sus compañeros con las más evidentes muestras de cariñoso afecto, aclamando los nombres de Mongrana y Claramonte.

Tan pronto como hubieron terminado los plácemes y los abrazos, Reinaldo, Orlando y Olivero condujeron á Rugiero á la presencia del Emperador, manifestándole que aquel jóven era hijo de Rugiero de Ris, digno heredero de las virtudes de su padre, y tan fuerte y animoso y tan experto en los combates como podrian atestiguar los ejércitos cristianos. En aquel momento se presentaron Marfisa y Bradamante, las dos amigas bellas y esforzadas: la primera corrió á abrazar á su hermano: la segunda le saludó con cierta expansion contenida por el respeto.

El Emperador hizo que Rugiero volviera á montar á caballo, del que se habia apeado reverentemente, y quiso que cabalgara á su lado, no perdonando la menor ocasion de honrarle y darle señales inequívocas de su aprecio; pues sabia su conversion al cristianismo, porque apenas desem[471]barcaron los guerreros, se habian apresurado á poner en noticia de Cárlos los detalles de todo lo ocurrido. La noble comitiva entró en la ciudad en medio de una pompa verdaderamente triunfal: por do quiera se veian enramadas y guirnaldas de flores: todos los edificios estaban colgados de vistosos tapices: sobre los vencedores caia una verdadera lluvia de flores y de yerbas olorosas, que arrojaban á manos llenas desde los balcones y ventanas elegantes damas y apuestas doncellas: al recorrer algunas calles, se encontraban con arcos y trofeos levantados en breves momentos, en que estaban representados la toma y el incendio de Biserta y otros varios hechos de armas: en otras partes se elevaban tablados, en los que se ejecutaban diferentes juegos, pantomimas y espectáculos escénicos, y en fin, por do quiera aparecian fijados grandes cartelones con esta inscripcion: A los libertadores del Imperio. Entre los sonidos de los penetrantes clarines, de los canoros pífanos, y de mil armoniosas músicas; entre los aplausos, las aclamaciones, el gozo y el afecto de una inmensa multitud que apenas cabia en las calles, apeóse el magno Emperador en su palacio, donde todo aquel brillante séquito se entregó durante muchos dias á los placeres de los torneos, de los banquetes, de los bailes, de los juegos y de las representaciones escénicas.

Reinaldo aprovechó la primera oportunidad para participar á su padre su propósito de unir á Bradamante con Rugiero, manifestándole al propio tiempo que se la habia prometido por esposa en presencia de Orlando y de Olivero, los cuales apoyaron su dictámen por creer que era imposible contraer un parentesco, que por la nobleza y valor del elegido fuese, no tan solo igual, sino mejor que el acordado. El duque Amon no quiso ocultar á su hijo el marcado descontento con que escuchó sus palabras, por haberse atrevido[472] á disponer de la mano de la doncella sin consultarle, cuando él estaba resuelto á desposarla con el hijo de Constantino y no con Rugiero, el cual ni empuñaba un cetro, ni poseia absolutamente nada sobre la tierra, como si no supiese que la nobleza, y especialmente la virtud, carecen de valor cuando no las acompañan las riquezas.

Beatriz censuró la determinacion de su hijo mucho más que el Duque su esposo, calificándola de arrogante en demasía, y declaró secreta y ostensiblemente, que se opondria á que Bradamante fuese esposa de Rugiero, por tener resuelto hacerla á toda costa emperatriz de Oriente. Reinaldo por su parte persistia en su obstinacion, decidido á no faltar en un ápice á su palabra. La madre, que creia á la magnánima doncella predispuesta en favor suyo, la escitaba á confesar que preferia la muerte á enlazarse con un caballero pobre, amenazándole al mismo tiempo con retirarle su afecto si toleraba la grave injuria que su hermano le inferia, y aconsejándole que se negara con audacia y firmeza, puesto que Reinaldo no podia obligarla á acceder á sus deseos á la fuerza.

Bradamante permanecia silenciosa, sin atreverse á contradecir á su madre, hácia quien sentia tal respeto y reverencia, que ni siquiera podia pensar en desobedecerla; pero, por otra parte, consideraba como un crímen prometer lo que no queria cumplir; y no queria, porque no le era posible, pues Amor le habia arrebatado su poco ó mucho albedrío. No atreviéndose á rehusar, ni á dar muestras de contento, se limitaba á guardar un absoluto silencio, interrumpido por frecuentes suspiros; pero cuando se encontraba á solas, y en sitio donde no pudiese ser oida, daba libre curso al llanto que en copioso raudal se escapaba de sus ojos, haciendo sentir á su pecho y á sus blondos cabe[473]llos los crueles efectos del dolor que la atormentaba, golpeándose aquel y mesándose lastimosamente estos. En medio de su afliccion y de su llanto, exclamaba:

—¡Ay de mí! ¿Habré de querer lo que no quiere la que debe ejercer sobre mi voluntad un dominio mayor que el mio propio? ¿Tendré en tan poca estima los deseos de mi madre, que me sea posible posponerlos á mi principal anhelo? ¡Ah! ¿Puede haber pecado más grave ó baldon más vergonzoso para una doncella, que el de tomar esposo contra la voluntad de aquellos á quienes está obligada á obedecer? ¡Ay mísera de mí! ¿Tendrá bastante poder mi cariño filial para conseguir que te abandone, Rugiero mio? ¿Logrará que me entregue á una nueva esperanza, á un nuevo deseo y á un nuevo amor, ó haciendo abstraccion completa de la reverencia y atencion que á los buenos padres deben los buenos hijos, atenderé tan solo á mi bien, á mi dicha, á mi deleite? Conozco cuáles son mis deberes, sé cuánto debe exigirse de una buena hija: no lo ignoro ¡ay de mí! pero ¿de qué me sirve si los sentidos luchan ventajosamente con la razon, si Amor la acosa y la obliga á someterse, y no me permite que disponga de ella ni aun de mí misma sino cuando á él le parece, reduciéndome á decir y hacer tan solo lo que él me dicta? Soy hija de Amon y de Beatriz, pero tambien soy ¡desventurada! esclava del amor. Si falto á mis deberes filiales, espero encontrar compasivo perdon en mis padres; pero si ofendo al amor, ¿quién podrá librarme con ruegos y con súplicas de sus furores? ¿quién logrará que atienda una sola de mis disculpas y no me cause una muerte desastrosa y repentina? ¡Ah! He procurado á costa de prolongados é incesantes esfuerzos atraer á Rugiero á nuestra Fé; al fin lo he conseguido, pero ¿qué me importa, si mi piadoso propósito redunda en beneficio[474] de otros, del mismo modo que la abeja renueva su miel todos los años, para verse privada siempre del fruto de su trabajo? ¡No, no! ¡Antes la muerte que verme en brazos de otro esposo! Si no obedezco á mi padre y á mi madre, obedeceré en cambio á mi hermano, que es mucho más prudente que ellos y tiene su cerebro sano y despejado. El mismo Orlando aprueba lo que Reinaldo ordena, de suerte que cuento con el apoyo de ambos caballeros, más temidos y venerados en el mundo que todos nuestros demás parientes juntos. Si no existe un solo mortal que no vea en ellos la flor, la gloria y el esplendor de la raza de Claramonte, si todos los ensalzan y los glorifican á porfía, ¿por qué he de consentir que Amon disponga de mí con preferencia á Reinaldo y al Conde? No, no debo permitirlo, y con tanto mayor motivo, cuanto que el Emperador griego solo ha recibido de mi padre una vaga promesa, al paso que Reinaldo ha comprometido su palabra con Rugiero.

Si Bradamante se afligia y atormentaba, la imaginacion de Rugiero no estaba mucho más tranquila; pues aunque la noticia de la oposicion del Duque y de su esposa no habia circulado todavía por la ciudad, el triste jóven tenia conocimiento de ella. Lamentábase de su adversa fortuna, que no le permitia gozar de tanto bien, por haberle negado tronos y riquezas, cuando se mostraba tan pródiga con otros mil, indignos de poseerlas, y sin embargo, se veia dotado en tan gran cantidad de todos los demás bienes que concede la naturaleza á los hombres, ó se alcanzan á fuerza de estudio y de fatiga, que no ha existido mortal alguno que poseyera tantos, pues á su belleza cedia toda otra belleza; con dificultad se hallaria quien resistiera á su pujanza, y nadie, como él, merecia la palma de la magnanimidad y de la régia esplendidez; pero el vulgo, que dispone á su arbi[475]trio de los honores y las consideraciones, y los da ó los quita como le parece (y no se crea que eximo á nadie del nombre de vulgo, excepto á los hombres prudentes y estudiosos; pues los papas, los reyes y los emperadores no los hacen las mitras, los cetros, ni las coronas, sino la prudencia, el recto criterio, cualidades que el Cielo concede á un limitado número de personas), para ese vulgo, repito, que solo da valor á las riquezas, no existe otra cosa en el mundo más digna de admiracion, y sin ellas, nada respeta y nada aprecia, por grandes que sean la belleza, el valor, la pujanza, la destreza, la virtud, la sabiduría y la bondad, considerando por último como lo más insignificante de todo los amorosos quebrantos semejantes al que me ocupa.

—Puesto que Amon está decidido, pensaba Rugiero, á que su hija sea emperatriz, desearia que no llevara á cabo tan pronto su alianza con Leon, y que me diera por lo menos un año de término; no necesito mayor plazo para precipitar del sólio imperial á Leon y á su padre, y cuando les haya arrancado su corona, Amon no me juzgará un yerno indigno de sí. Pero si Constantino pretende ser suegro de Bradamante con la precipitacion que ha exigido; si no hace caso alguno de la palabra que Reinaldo y su primo Orlando me han dado en presencia del santo eremita, del marqués Olivero y del rey Sobrino, ¿qué deberé hacer? ¿Toleraré tan grave ultraje, ó arrostraré la muerte antes que sufrirlo? ¿Qué haré, Dios mio? ¿Deberá recaer mi venganza en el padre de Bradamante? Paso por alto que no debo precipitarme para tomar una determinacion semejante, y si obro necia ó cuerdamente al intentarla; pero quiero suponer que me sea fácil arrancar la vida al viejo insano y á toda su descendencia: esta venganza ¿me proporcionará alguna satisfaccion? ¡Ah! No: redundará, por el contrario, en contra de mi constante[476] anhelo, que siempre se ha cifrado en conservar el amor de mi bella dama y en no merecer su ódio; y si doy muerte á su padre, ó intento ó llevo á cabo alguna accion perjudicial para su hermano ó sus parientes, ¿no le doy un justo motivo para que me llame enemigo suyo, y se niegue con horror á ser mi esposa? ¿Qué debo, pues, hacer? ¿Sufriré tal insulto? ¡Ah no, vive Dios! primero la muerte. Pero no, no quiero morir: antes debe perecer con más justicia ese Leon Augusto, que ha venido á turbar mi inmensa alegría: deben perecer él y su infame padre. No costó tanto Elena á su troyano amante, ni Proserpina á Piritoo en tiempos más remotos, como he de hacer pagar caro mi quebranto al padre y al hijo. ¿Y podrá suceder, vida mia, que no te pese abandonar á tu Rugiero por ese griego? ¿Logrará tu padre arrancarte el fatal consentimiento, aun cuando tuviese de su parte á tus hermanos? ¡Ay! ¡Harto temo que tus deseos concuerden con los de Amon más bien que con los mios, y que te parezca mejor partido el que te ofrece un César que el de un simple caballero! ¿Podrá suceder acaso que un nombre régio, un título imperial, la grandeza y la pompa de las cortes lleguen á corromper el levantado ánimo, el gran valor y la sólida virtud de mi Bradamante, hasta el extremo de menospreciar por ellos la fé jurada, y olvidar todas sus promesas? ¿No deberia arrostrar el enojo de Amon, antes que dejar de decirme lo que siempre me ha dicho?

Decia entre sí Rugiero estas y otras muchas cosas, profiriendo con frecuencia sus quejas de tal modo, que llegaban á oidos de los que se hallaban cerca de él, por lo cual Bradamante tuvo más de una vez noticia de su pesadumbre, causándole las penas de Rugiero un dolor no menos vivo que las suyas propias; pero lo que más la atormentaba de cuanto, segun le decian, afligia á su enamorado caballero, era[477] el saber que su principal quebranto procedia de las sospechas de que ella pudiese abandonarle, por entregar su mano al Griego. Con el fin de tranquilizarle y desterrar esta creencia de su corazon, le envió un dia á una de sus más fieles camareras con el encargo de que le trasmitiera estas palabras:

—Tened la seguridad, adorado Rugiero, de que continuaré siendo la misma hasta el sepulcro, y más allá, si posible fuera. Ya se muestre el Amor benigno ó altanero para conmigo, ya sea buena ó mala mi fortuna, mi constancia será tan firme como la de una roca que sufre incontrastable los embates del viento y del mar, segun lo he demostrado permaneciendo, como permaneceré siempre, inmutable, lo mismo en la tempestad que en la bonanza. Una lima ó un cincel de plomo podrán tallar de varios modos el diamante antes que los golpes de la fortuna ó las iras del amor consigan doblegar mi corazon constante, y las aguas del turbio y caudaloso rio subirán hácia la cumbre de los Alpes antes que cualquier nuevo accidente, bueno ó malo, consiga variar el rumbo de mis ideas. A vos tan solo, Rugiero mio, he concedido el dominio sobre mi corazon, lo que es tal vez mucho más de lo que algunos creen. Estoy íntimamente convencida de que mi lealtad es más inquebrantable que la que juran sus súbditos á un nuevo monarca: sé que ningun rey ni emperador del mundo reina en sus estados con mayor seguridad que vos en mi albedrío, y que no necesitais construir fosos ni murallas por temor de que otro os arrebate su posesion; pues sin necesidad de que levanteis tropas, no habrá asalto que yo no rechace, ni riqueza capaz de conquistarme, ni un corazon como el mio se adquiere á tan vil precio; ni podrá sojuzgarme la nobleza, ni el brillo de una corona que suele des[478]lumbrar al vulgo necio; ni existirá una de esas bellezas que tanto influyen en las imaginaciones volubles y caprichosas capaz de impresionarme tanto como la vuestra. Desechad, pues, todo temor de que mi corazon pueda amoldarse á las nuevas formas que se pretenda darle, pues vuestra imágen está tan profundamente grabada en él, que es imposible borrarla. El marfil, el diamante, la piedra más dura y que más resistencia oponga al esfuerzo del lapidario, pueden romperse, pero no es posible grabar en ellos una figura distinta á la esculpida primitivamente. Mi corazon, que participa de la naturaleza y propiedades del mármol ó de otra materia resistente al hierro, podrá tal vez quedar destrozado por los golpes de Amor, pero este será impotente para grabar en él otra imágen que no sea la vuestra.

A estas palabras añadió otras muchas, llenas de amor, de fé, de consuelo, y capaces de restituirle mil veces á la vida, si mil veces hubiese muerto; pero cuando más confiados estaban en haber llevado sus esperanzas á buen puerto y al abrigo de los furores de la tempestad, viéronse de nuevo envueltos en oscuro ó impetuoso torbellino, que los arrojó lejos de la playa á merced de las procelosas olas. Resuelta Bradamante á cumplir todavía más de lo prometido, y evocando su acostumbrada audacia, hizo caso omiso de todo respeto y reverencia, y se presentó un dia á Carlomagno, diciéndole:

—Señor, si mis trabajos han encontrado alguna gracia á los ojos de vuestra majestad, dignaos concederme un don en recompensa; pero antes de deciros en qué consiste, os ruego que me empeñeis vuestra palabra real de acceder á mi deseo, seguro de que mi demanda será justa y recta.

—Querida hija, le respondió el Emperador, tu valor y virtud merecen que te dé cuanto me pidas, y aunque de[479]sees una parte de mis estados, juro concedértela con tal de contentarte.

—La gracia que espero de vuestra Alteza, repuso la doncella, es que no permitais que me den un esposo cuyo valor sea inferior al mio. Los que aspiren á mi mano, han de sostener antes conmigo un combate á espada ó lanza. El vencedor será mi esposo: el vencido deberá ir á otra parte en busca de mujer.

El Emperador le contestó con rostro placentero, que la demanda era en un todo digna de la que la hacia; por lo cual podia estar tranquila, pues él por su parte haria cuanto le rogaba.

Aquella entrevista no permaneció tan secreta, que no llegara al poco tiempo á noticia de todos, y en el mismo dia tuvieron conocimiento de ella el anciano Amon y su esposa Beatriz. La irritacion y el enojo que les causó el atrevido paso de su hija, fueron indescriptibles; porque vieron que su propósito no era otro que el de elegir á Rugiero y rechazar á Leon. Atendiendo diligentes á impedir que se realizara el intento que habia formado, la sacaron engañada de la corte, y se retiraron con ella á Roca-Fuerte, castillo que Cárlos habia dado pocos dias antes á Amon, el cual estaba situado entre Perpiñan y Carcasona, en un punto importante de la orilla del mar. Allí la tuvieron encerrada como en una prision, con designio de enviarla cuanto antes á Oriente, alejándola de buen ó mal grado de Rugiero, para obligarla á contraer su enlace con Leon.

La valerosa doncella, no menos sumisa que animosa y fuerte, permanecia resignada y obediente á la voluntad de su padre, á pesar de que no le habian puesto centinelas de vista y podia entrar y salir libremente del castillo: sin embargo, estaba firmemente resuelta á sufrir la prision, los[480] tormentos más crueles y hasta la muerte, antes que renunciar á su Rugiero.

Al verse Reinaldo separado de su hermana á causa del ardid de Amon, y conociendo que ya no podria disponer de ella, con lo cual quedaba imposibilitado de cumplir su palabra, se quejó amargamente de su padre, hablando de él en términos exentos de todo respeto filial; pero el Duque se cuidaba muy poco de tales quejas, y seguia adelante con los proyectos que habia formado sobre el porvenir de su hija.

Informado Rugiero de este nuevo contratiempo, temió perder para siempre á su amada y que Leon alcanzaria voluntaria ó forzosamente su mano, si continuaba mucho tiempo vivo: obligado por tan cruel alternativa, se propuso secreta y resueltamente inmolar á su rival, convirtiéndole de Augusto en Divino, y arrancar la vida juntamente con el trono al padre y al hijo, si sus esperanzas no quedaban defraudadas. Vistióse las armas que fueron del troyano Héctor y despues de Mandricardo, hizo ensillar al excelente Frontino, y cambió de cimera, de escudo y de sobrevesta. No juzgó conveniente ostentar en su proyectada empresa el águila blanca en campo azul, y en su lugar puso por divisa en su escudo un unicornio blanco como la azucena en campo rojo. Eligió por única compañía al más fiel de sus escuderos, con expreso encargo de que no revelara en ocasion alguna el nombre de su señor.

Pasó el Mosa y el Rin, atravesó las provincias de Austria y de Hungría, bajó por la orilla derecha del Ister[181], y tan de prisa anduvo, que al poco tiempo llegó á Belgrado. Cerca del sitio en que el Save se precipita en el Danubio y marcha unido con él á desembocar en más anchuroso mar, [481] vió Rugiero un numeroso ejército acampado en tiendas y pabellones en torno de la enseña imperial; pues Constantino intentaba recobrar aquella ciudad que le habian conquistado los búlgaros. El mismo Emperador, teniendo al lado á su hijo, mandaba en persona cuantas tropas habia podido reunir en todo el Imperio. En frente de él tenia el ejército búlgaro, que ocupaba la ciudad y toda la montaña que la rodea, extendiéndose hasta la misma orilla del Save, cuyas aguas acudian á beber las huestes de una y otra nacion.

Rugiero llegó en el momento en que los griegos se esforzaban en echar un puente sobre el rio, mientras los búlgaros procuraban impedirlo, y encontró á los dos ejércitos batiéndose con encarnizamiento.

El número de los griegos era cuádruple al de sus contrarios, y además tenian embarcaciones con puentes para facilitar el paso del rio, que estaban empeñados en atravesar á viva fuerza. Mientras una parte del ejército imperial se ocupaba en esta operacion, Leon se alejó del rio por medio de un movimiento simulado, y dando un gran rodeo por el campo, retrocedió de nuevo, echó los puentes en la orilla opuesta y pasó por ellos con toda rapidez, seguido de mas de veinte mil soldados, entre infantes y ginetes, con los cuales marchó por la orilla del rio, y cayó furiosamente sobre uno de los flancos del enemigo. Tan luego como el Emperador vió aparecer á su hijo por la margen opuesta, uniendo puentes á puentes y naves á naves, pasó á su vez con el resto de sus tropas.

Vatrano, jefe y rey de los búlgaros, guerrero de gran prez, prudente y animoso, se esforzaba inútilmente en contener por todas partes un ataque tan impetuoso, cuando oprimiéndole Leon con su robusta mano, le hizo caer de[482]bajo del caballo; y como no quiso rendirse prisionero, perdió la vida atravesado por mil espadas. Los búlgaros habian hecho frente hasta entonces; pero apenas se vieron privados de su jefe, se apresuraron á huir de la tormenta que en torno suyo descargaba cada vez más amenazadora, volviendo las espaldas hácia donde antes tenian el rostro.

Rugiero, que habia pasado el rio confundido entre los griegos, al ver aquella derrota, se dispuso á socorrer á los búlgaros, sin pararse á reflexionar en lo que hacia, é impulsado tan solo por su ódio á Constantino, ó más bien á su hijo Leon. Picó á Frontino, que se asemejaba al viento en su velocidad, y se adelantó á todos los ginetes, colocándose en medio de los búlgaros, que poseidos de un terror pánico, huian al monte, abandonando la llanura. Consiguió detener á muchos de ellos, llevólos de nuevo al combate, enristró su lanza, y lanzó su caballo contra los griegos con tan terrible aspecto, que Marte y Júpiter se estremecieron de espanto en su olímpica morada.

Fijó la vista, con preferencia á los otros, en un caballero que llevaba bordada en su purpúrea sobrevesta una mazorca de seda y oro, con todo su tronco, al parecer de mijo: era hijo de una hermana de Constantino, y su tio le amaba con paternal ternura: Rugiero le hizo pedazos, cual si fueran de vidrio, el escudo y la coraza, y el hierro de su lanza le salió más de un palmo por la espalda. Despues de dejar muerto á aquel guerrero, empuñó su Balisarda, se precipitó sobre el escuadron más próximo, y repartiendo cuchilladas á diestro y siniestro, empezó á hendir troncos y cabezas, á atravesar pechos y costados y á segar gargantas.

Pronto quedó el campo sembrado de cabezas, piernas, brazos, manos y troncos; la sangre de los muertos, for[483]mando un espantoso arroyo, corria hasta el valle. Al ver tan descomunales tajos, no hubo un solo griego que se atreviera á contrastarlos: aterrados estos, dejaron de oponer resistencia, de suerte que en breve cambió la faz del combate; pues cobrando nuevo ardimiento el búlgaro fugitivo, hizo frente á su enemigo, empezó á perseguirle con denuedo, y en un momento rompió sus apiñados escuadrones é hizo emprender la fuga á todas sus banderas.

Leon Augusto se habia retirado á una eminencia, al ver la desordenada huida de los suyos: triste y consternado contemplaba desde aquella altura que dominaba todo el campo, al guerrero que hacia morder el polvo á tanta gente y que era capaz él solo de exterminar á todo su ejército: á pesar del gran daño que le causaba, no podia menos de admirar su valor y elogiar sus ínclitas proezas. Por la divisa, la sobrevesta y la brillante armadura con ricos adornos de oro, que llevaba aquel guerrero, conocia fácilmente que no era búlgaro, á pesar del generoso auxilio que les prestaba. No se cansaba de contemplar atónito sus hechos de armas sobrehumanos, llegando á ocurrírsele que tal vez seria un ángel exterminador bajado del Cielo para castigar á los griegos por los pecados con que tantas y tantas veces habian ofendido al Eterno.

Como Leon abrigaba un corazon magnánimo y sublime, quedó tan prendado de aquel campeon, á quien otros muchos en su caso habrian cobrado ódio, que deseaba verle salir ileso del combate; y tanto era así, que hubiera preferido perder, no ya uno, sino seis de sus soldados, y hasta una parte de su reino, antes que presenciar la muerte de tan digno caballero.

Así como el tierno niño á quien su enojada madre castiga y aleja de sí, no va á buscar un refugio al lado de su[484] hermana ó de su padre, sino que vuelve á buscar á la que le castigó, abrazándola dulcemente, así tambien Leon no podia sentir ódio alguno hácia Rugiero, por más que hubiese esterminado su vanguardia, y amenazara con la misma suerte al resto del ejército, porque el increible valor de audaz guerrero excitaba en su alma más afecto que ódio.

Mas si Leon admiraba y queria ya á Rugiero, creo que no obtendrá la misma favorable correspondencia; porque el bravo Paladin le odiaba con toda su alma, y su único deseo era el de darle la muerte por su mano. Le fué buscando con insistencia por todas partes, preguntando á muchos dónde podria encontrarle; pero la buena estrella y la prudencia del príncipe griego impidieron que se hallase con él frente á frente. Leon mandó tocar retirada para evitar el total exterminio de sus huestes, y ordenó que un mensajero partiera á todo escape á rogar al Emperador que emprendiese á su vez la retirada y repasara el rio, asegurándole que podia darse por muy satisfecho si no se lo estorbaban: mientras tanto, él, con las escasas tropas que consiguió reunir, volvió al puente por donde habia pasado el Save. Fueron innumerables los griegos que perecieron á manos de los búlgaros en el monte y en el rio; é indudablemente habrian perecido todos, á no haber pasado á la orilla opuesta del rio, cuyas aguas les protegieron en su derrota. Muchos soldados cayeron precipitados desde los puentes y se ahogaron: otros muchos corrieron durante largo tiempo buscando un vado, sin atreverse á volver la vista atrás, y muchos tambien cayeron prisioneros y fueron conducidos á Belgrado.

Terminada de este modo aquella batalla, que hubiera sido funesta para los búlgaros despues de la muerte de su rey, si no hubiese vencido por ellos el animoso guerrero que lle[485]vaba pintado en su rojo escudo el unicornio blanco, se apresuraron los vencedores á mostrarle su inmensa gratitud por aquella victoria, que á él tan solo debian, segun se complacian en reconocer. Unos le saludaban, otros se inclinaban reverentemente al llegar junto á él; estos le besaban la mano, aquellos el pié; considerándose muy dichosos los que podian verle de cerca, y más aun los que lograban tocarle, por creer que tocaban una cosa divina y sobrenatural. Por último, en medio de entusiastas aclamaciones le suplicaron unánimes que accediera á ser su rey, su capitan, su guia.

Rugiero les respondió que seria su rey y su capitan, ó lo que ellos quisieran; pero que aquel dia se negaba á empuñar el cetro ó el baston de mando, y hasta á descansar en Belgrado, porque queria perseguir á Leon antes de que se alejara más y consiguiera vadear el rio, y no cesar en su persecucion hasta conseguir alcanzarle y darle muerte; pues con este solo objeto habia hecho un viaje de más de mil millas, y no por otra causa. Sin esperar á más, separóse del grupo que le rodeaba, y se dirigió por el camino que, segun informes, atravesaba Leon volando, por miedo tal vez de que le cortaran la retirada. Era tal el ardor con que siguió las huellas de su rival, que ni siquiera se detuvo á llamar ni á esperar á su escudero.

Leon le llevaba tanta ventaja en su huida (pues de tal puede calificarse aquella confusa retirada), que encontró el paso libre y expedito, rompiendo en seguida el puente é incendiando las naves. Cuando llegó Rugiero, ya habia ocultado el Sol sus rayos; y no encontrando un albergue donde recogerse, siguió adelante, caminando á la débil claridad de la Luna, sin hallar á su paso ciudad ni castillo alguno. Ignorando á donde dirigirse para buscar un asilo, prosiguió[486] durante la noche su marcha, sin apearse un solo momento del caballo, hasta que al despuntar la nueva aurora, vió por fin á la izquierda una ciudad, en donde se propuso permanecer todo el dia, con objeto de conceder algun descanso á Frontino que tantas millas habia andado la noche anterior sin detenerse un momento ni verse libre de la brida.

Uno de los súbditos más queridos de Constantino, llamado Ungiardo, era el gobernador de aquella ciudad, de la cual habia sacado el Emperador, con motivo de la guerra, un número considerable de peones y ginetes. Hallando libre la entrada, penetró Rugiero en la ciudad, en la que le hicieron tan favorable acogida, que consideró innecesario seguir adelante para buscar un sitio mejor ni más abundante. Hácia la tarde alojóse en la misma posada que él un caballero de Rumanía, que se habia encontrado en la terrible batalla cuando Rugiero tomó parte en ella á favor de los búlgaros: aquel caballero pudo escapar milagrosamente de las manos del prometido de Bradamante; pero tan aterrado, que aun se sentia estremecido de espanto, pareciéndole ver por todas partes al caballero del unicornio.

Apenas vió el escudo, conoció al guerrero que usaba aquella divisa, el mismo que derrotó á los griegos y á cuyas manos pereció tanta gente. Inmediatamente se dirigió corriendo al palacio del gobernador, solicitando una audiencia para revelarle una cosa de la más alta importancia, é introducido á presencia de Ungiardo, le dijo cuanto me reservo para el canto siguiente.


[487]

CANTO XLV.

Leon libra de la muerte á Rugiero, que habia sido encarcelado.—Rugiero, encubierto con la armadura del príncipe griego y ostentando el blason de este, vence en combate singular á Bradamante; el dolor y la angustia que le produce su victoria, le inducen á atentar contra su vida.—Marfisa emplea todos los medios imaginables para estorbar el matrimonio de Bradamante con Leon.

Cuanto más alto veais al mísero mortal en la inestable rueda de la Fortuna, tanto más rápidamente le vereis con la cabeza donde antes tenia los piés, dando una espantosa caida. Tenemos repetidos ejemplos de esta verdad en Polícrato[182], el rey de Lidia[183], Dionisio[184], y otros cuyos nombres creo inútil recordar, los cuales cayeron desde la cúspide de la grandeza y poderío en la miseria más extremada. En cambio, cuanto más deprimido, cuanto más humillado se encuentra el hombre en la parte inferior de la rueda, tanto más cerca se ve de su punto culminante, si aquella da una vuelta completa; y más de uno que casi [488] tenia la cabeza metida en un cepo, al dia siguiente ha dictado leyes al mundo. Servio[185], Mario[186] y Ventidio[187] nos han ofrecido una prueba de esto en los tiempos antiguos, y el rey Luis en el nuestro[188]. Este monarca, suegro del hijo del Duque mi señor, despues de haber sido derrotado en Saint-Aubin y de caer en las garras de su enemigo, estuvo á punto de perder la cabeza: el gran Matias Corvino[189] corrió poco antes un peligro mucho mayor, y sin embargo, el uno subió al trono de Francia, y el otro fué coronado rey de Hungría. Los numerosos ejemplos de que están llenas las historias antiguas y modernas, nos hacen ver que la desgracia va siempre en pos de la prosperidad y vice-versa, que la gloria y el baldon se suceden alternativamente y que el hombre no debe confiar jamás en sus riquezas, en sus estados, ni en sus victorias; pero tampoco debe abatirse por los reveses de la Fortuna, cuya rueda está siempre dando vueltas.

Era tal la confianza que Rugiero tenia en su valor y su fortuna despues de la victoria alcanzada sobre Leon y el emperador Constantino, que se creia capaz de dar la muerte al padre y al hijo, acometiéndolos él solo, sin compañía ni[489] auxilio de ninguna clase, aunque les rodearan cien escuadrones armados. Pero la veleidosa deidad que no quiere que nadie confie en ella, le demostró en pocos dias con cuánta facilidad ensalza á los hombres ó los precipita en el abismo, con qué rapidez se convierte de amiga en adversa. Para hacérselo conocer así, se valió del caballero que en la terrible batalla habia tenido no poco trabajo en escapar de sus manos, el cual acudió presuroso á procurarle disgustos y penalidades, haciendo saber á Ungiardo que el guerrero que derrotó y aniquiló para muchos años las huestes de Constantino, se encontraba aquel dia en la ciudad, donde pernoctaría seguramente, y que, aprovechando una ocasion tan propicia, seria fácil aprisionarle sin trabajo ni riesgo alguno, con lo cual se hallaria el Emperador en disposicion de subyugar fácilmente á los búlgaros.

Ungiardo habia sabido por los fugitivos que en gran número acudieron á refugiarse en su ciudad, por no haber podido todos pasar el puente, las circunstancias de aquella matanza en la que habian perecido la mitad de los griegos á manos de un caballero, cuyo solo esfuerzo derrotó un ejército y salvó á otro. No pudo menos de asombrarse al oir que él mismo habia ido á caer en la red sin que nadie le persiguiera, y demostró en su rostro y sus palabras la complacencia que le causaba aquella noticia. Aprovechando el momento en que Rugiero estaba durmiendo sin la menor desconfianza, envió algunas de sus gentes, que con todo sigilo y cautela le sorprendieron en el lecho, y se apoderaron fácilmente de él.

Descubierto Rugiero por su propio escudo, quedó en la ciudad de Novengrado prisionero de Ungiardo, hombre cruelísimo, á quien regocijó lo que no es decible tan cobarde hazaña. ¿Qué resistencia podia oponer Rugiero, desnudo y[490] desarmado, cuando al despertar se vió cargado de cadenas? Ungiardo despachó inmediatamente un correo á caballo, participando á Constantino tan feliz nueva. El Emperador se habia alejado la noche precedente de las orillas del Save con todo su ejército, retirándose con él á la ciudad de Beltek, que pertenecia á su cuñado Andrófilo, padre del jóven príncipe cuyas armas habia atravesado, cual si fuesen de cera, la lanza del gallardo caballero, cautivo á la sazon de Ungiardo. Constantino hacia fortificar los muros y reparar las puertas de aquella ciudad por temor de que los búlgaros, guiados por un guerrero tan valiente, le causaran otra cosa peor que miedo, y concluyeran de aniquilar el resto de sus tropas; pero al tener noticia de la prision del caballero, rehízose su ánimo hasta el punto de no temer ya á sus enemigos, aun cuando les hubiese auxiliado el mundo entero.

Fué tal el júbilo que inundó el corazon del Emperador, que no sabia lo que se hacia.—«Derrotaremos á los búlgaros,»—exclamaba con acento alegre y con la más completa conviccion: y así como el campeon que en un combate ha cortado los dos brazos á su adversario, puede dar por segura la victoria, tan cierto estaba el Emperador de la suya, luego que supo el encarcelamiento de Rugiero. No tenia Leon menos motivos de alegría que su padre; pues además de lisonjearse con la esperanza de recobrar á Belgrado y hacerse dueño de todo el país de los búlgaros, habia formado el propósito de captarse la amistad del guerrero por medio de beneficios sin cuento, é inducirle á que militara bajo sus banderas. Si lo conseguia, no envidiaria ya á Carlomagno, que contaba con paladines tan famosos como Reinaldo y Orlando.

Muy distintos á los de Leon eran los deseos de Teodora, á cuyo hijo habia dado muerte Rugiero pasándole de par[491]te á parte con su lanza. Corrió á arrojarse á los piés de Constantino, de quien era hermana, derramando copiosas lágrimas que iban á caer en su seno, merced á las cuales consiguió atraerse el corazon del monarca, enterneciéndole y excitando en él una profunda compasion.

—No me alzaré, Señor mio, de tus plantas, mientras no permitas que me vengue del infame que inmoló á mi hijo, ya que le tenemos aprisionado. Considera que mi hijo, además de haber sido sobrino tuyo, te amó con entrañable cariño; considera tambien cuántas arriesgadas empresas llevó á cabo en tu obsequio, y juzga si harás mal en no vengarle del que le ha arrancado la vida. Bien ves que el mismo Cielo, apiadado de nuestro dolor, ha alejado del campo de batalla á ese impío, y le ha hecho caer en nuestras redes, cual desatentada avecilla, á fin de que mi hijo no permanezca mucho tiempo á orillas de la laguna Estigia, esperando su venganza. Entrégame, Señor, á ese guerrero, y permite que desahogue mi tormento presenciando el suyo.

El llanto, la afliccion y las eficaces palabras de Teodora, que no quiso levantarse á pesar de las instancias de Constantino, le obligaron por último á consentir en su demanda, y á ordenar que el cautivo fuese puesto á disposicion de su hermana. Las terminantes órdenes del Emperador tuvieron pronto cumplimiento, y al dia siguiente ya estaba el guerrero del unicornio en poder de la cruel Teodora, la cual, considerando un castigo harto leve para su deseo de hacer que le descuartizaran vivo, ó el de imponerle una muerte pública y afrentosa, quiso inventar otro género de suplicio más espantoso é inusitado. Desde luego mandó que le encerraran, encadenado de piés, manos y cuello, en el fondo tenebroso de una torre, donde jamás habian pene[492]trado los rayos del Sol. Concedióle por único alimento un poco de pan enmohecido, y aun le tuvo privado de él por espacio de dos dias, y confió su custodia á un carcelero más dispuesto que ella misma á hacerle todo el mal que pudiese.

¡Oh! Si la bella y valerosa hija de Amon, ó la magnánima Marfisa hubieran tenido noticia de los tormentos que sufria Rugiero en aquella prision, una y otra habrian arriesgado su vida por alcanzar su libertad, y la misma Bradamante no hubiera vacilado en arrostrar la cólera de Amon ó de Beatriz con tal de volar en su auxilio.

Fiel Carlomagno á la promesa que hiciera á la doncella de no consentir en que entregaran su mano á caballero alguno cuyo valor y audacia fueran inferiores á los suyos, hizo publicar á son de trompa esta decision, no tan solo en su corte, sino tambien en todos los dominios del Imperio, desde donde se esparció en alas de la Fama por toda la Tierra. El bando contenia estas condiciones: «Todo el que aspirase á enlazarse con la hija de Amon, deberia sostener con ella un combate singular desde la salida hasta el ocaso del Sol, y si prolongaba su resistencia todo este tiempo sin ser vencido, deberia entenderse que la doncella se consideraba vencida por él, sin que ella pudiera negarse de ningun modo á cumplir lo pactado. La eleccion de armas quedaba al arbitrio del aspirante, pues esta circunstancia le era completamente indiferente á la doncella.» Y con razon podia hacerlo, porque las manejaba todas á la perfeccion, lo mismo á pié que á caballo.

Amon se vió obligado á ceder, porque no se atrevió ni quiso desobedecer al Emperador, y despues de muchas vacilaciones, se decidió á regresar á la corte en compañía de su hija. A pesar del enojo y de la cólera que á Beatriz le cau[493]saba la determinacion de su hija, hizo que le prepararan ricos y elegantes trajes de distintas hechuras y colores. Bradamante pasó á la corte con su padre, y no encontrando en ella al objeto de su pasion, ya no le pareció tan bella como solia en tiempos más felices. Así como el que admira en los meses de Abril y Mayo un jardin frondoso y esmaltado de flores, al volverlo á ver cuando el Sol, inclinándose hácia el Austro, va acortando los dias, lo encuentra desierto, hórrido y salvaje, así tambien le pareció á la doncella á su regreso que la corte imperial, abandonada por Rugiero, no era la misma que habia dejado al ausentarse. No se atrevió á preguntar qué habia sido de su amante, por temor de infundir mayores sospechas; pero prestaba atento oido á las conversaciones en que de él se trataba, procurando tener noticias suyas sin averiguar directamente lo que deseaba. De este modo supo que habia partido; mas le fué imposible conocer con exactitud el camino que siguiera, porque Rugiero, al ausentarse, ocultó su determinacion á todos, excepto al escudero que se llevó consigo.

¡Ah! ¡Cuántos suspiros exhaló! ¡Cuán grande fué su temor al saber que se habia ausentado como pudiera hacerlo un fugitivo! ¡Cómo la afligieron además las punzantes sospechas de que se hubiese alejado por olvidarla! Agitaba angustiosamente su imaginacion la idea de que Rugiero, perdida ya toda esperanza de enlazarse con ella en vista de la obstinada negativa de Amon, se habia alejado tal vez con el propósito de romper sus amorosos lazos, y con el de hacer lo posible por arrancar su imágen de su corazon, buscando de uno en otro país una doncella cuya belleza pudiera borrar el recuerdo de su primer amor, así como, segun se dice, un clavo saca á otro clavo. A este pensamiento sucedia otro nuevo, que le representaba á su amante lleno[494] de leal ternura, y que la obligaba á reprenderse á sí misma por haber prestado oidos á tan necias é inícuas sospechas. De esta suerte iban dominando alternativamente en su cerebro dos ideas distintas: la una defendia á Rugiero, la otra le acriminaba: tan pronto las acogia como las rechazaba, sin saber en cuál fijarse, presa de la más cruel perplegidad, hasta que optó por la opinion más favorable, desechando la contraria. Cada vez que recordaba las tiernas y frecuentes protestas de su Rugiero, se arrepentia de sus sospechas y de sus infundados celos, como pudiera arrepentirse del error más grave; y cual si estuviese en presencia de su amante, confesaba su falta y se golpeaba el pecho, exclamando:

—Conozco que he hecho mal; pero el que á ello me ha obligado, es tambien causa de mayores males. Toda la culpa es de Amor, que ha grabado en mi corazon tu imágen tan bella y placentera; de Amor, que ha impreso en él ese ardimiento, ese ingenio y esas virtudes que todos reconocen. ¿No debe parecerme imposible que cualquier dama y doncella que tenga ojos para ver, no se sienta repentinamente inflamada por tu amor, y no emplee todos los medios posibles para romper los amorosos lazos que nos unen y atraerte á los suyos? ¡Ah! ¡Ojalá hubiese esculpido el Amor tus pensamientos en los mios, del mismo modo que ha grabado en ellos tu imágen! Estoy segura de que se ofrecerian á mi mente tan claros y ostensibles como impenetrables los veo ahora; entonces me veria tan libre de estos insoportables celos, que con dificultad volverian á atormentar mi corazon, y en lugar de la indecible angustia que hoy me causan, quedarian no ya vencidos y destrozados, sino muertos para siempre. Ahora me parezco al avaro, cuyo corazon está tan unido al tesoro que ha enterrado,[495] que ni le es posible vivir contento lejos de él, ni consigue desechar el temor de que se lo roben.

»No viendo tu adorada imágen, ni oyendo tu voz, Rugiero mio, el temor puede más en mí que la esperanza; y aunque le considero vano y engañoso, me abandono á él á pesar mio; pero apenas brille para mis ojos la luz de tu agradable rostro que hoy me ocultas, contra lo que tenia derecho á esperar, no sé en qué parte del mundo, desaparecerá este falso temor, arrojado en el abismo por una sólida esperanza. ¡Vuelve, pues, Rugiero amado; vuelve y alienta la esperanza casi desvanecida por el temor!

»Así como las sombras crecen á medida que el Sol se aleja, produciendo ridículos terrores, y conforme aparecen los primeros rayos del más brillante de los astros se reducen las sombras, tranquilizando á los tímidos; del mismo modo tiemblo sin Rugiero, y así tambien se desvanece mi temor cuando le veo. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Rugiero, vuelve antes de que el temor oprima enteramente á la esperanza!

»Así como durante la noche lanzan todas las estrellas fúlgidos destellos que se apagan en cuanto aparece el dia, así mi sol, al privarme de su vista, me convierte en satélite del insoportable temor; pero tan pronto como se presenta en el horizonte huye el miedo, y renace la esperanza. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, vuelve, luz adorada, y expulsa al temor que me consume!

»Cuando el Sol se aleja, haciendo más breves los dias, la Tierra se despoja de sus galas, mugen los vientos, arrastrando las nieves y el hielo, enmudecen las aves y desaparecen las flores y las hojas. Yo tambien ¡oh dulce Sol mio! cuando por desgracia apartas de mí tus espléndidos fulgores, siento tales y tan horribles tormentos, que sus rigores son como un áspero invierno que entristeciera mi alma muchas[496] veces al año. ¡Ah! ¡Vuelve á mí, Sol mio, vuelve y conduce la deseada y dulce primavera! Disipa las nieves y los hielos, y restituye su serenidad primitiva á mi nublada y oscurecida mente.»

Así como Progne ó Filomena exhalan dolientes quejas cuando, al regresar de proporcionarse el alimento necesario para sus hijuelos, encuentran el nido vacío, ó cual se lamenta la tórtola que ha perdido su compañera, así tambien se lamentaba Bradamante, por temor de haber perdido para siempre á su Rugiero, inundando frecuentemente de lágrimas su rostro lo más ocultamente que podia. ¡Oh! ¡Cuánto mayor seria su quebranto si supiese lo que todavía ignoraba; si tuviese noticia de que su amante gemia en un hediondo calabozo, atormentado, afligido y condenado á una muerte cruel!

La Bondad eterna permitió que llegaran á oidos del generoso hijo del César las crueldades que ejercia la infame Teodora con el caballero á quien tenia cautivo, y su propósito de darle muerte en medio de mil inusitados tormentos; por lo cual formó el decidido empeño de auxiliarle con todas sus fuerzas, á fin de impedir que pereciera un guerrero dotado de tanto valor. El generoso Leon, que sentia irresistible afecto hácia aquel campeon, ignorando, sin embargo, que fuese Rugiero atraido por aquel valor que calificaba de sin par y le parecia sobrehumano, estuvo reflexionando mucho tiempo en los medios de que deberia valerse para salvarle; y por fin encontró uno que creyó el más á propósito para conseguir su intento, sin exponerse al ódio de su cruel tia. Habló secretamente con el carcelero, diciéndole que queria tener una entrevista con el cautivo, antes de que tuviera cumplimiento la terrible sentencia fulminada contra él.

Leon pone en libertad á Rugiero.
(Canto XLV.)

[497] En cuanto llegó la noche, se presentó en la torre acompañado de uno de sus más fieles escuderos, hombre audaz, vigoroso y apto para la lucha, é hizo que el carcelero le abriese ¡as puertas de la prision, guardando un riguroso incógnito. El carcelero, que estaba completamente solo, introdujo ocultamente á Leon con su escudero en la torre donde gemia el mísero Rugiero destinado á sufrir el mayor de los suplicios; una vez dentro, echaron ambos un lazo corredizo al cuello del carcelero en el momento en que les volvia las espaldas para abrir el portillo, y le enviaron rápidamente al otro mundo. Inmediatamente levantaron la trampa, y el Príncipe, con una entorcha encendida en la mano, se descolgó por una cuerda colocada allí á este efecto, y bajó al sitio en que yacia Rugiero privado de la luz del Sol, encontrándole cargado de cadenas y tendido sobre una reja que apenas le separaba un palmo del agua que por debajo de ella corria. Aquel recinto húmedo y malsano hubiera bastado por sí solo para ocasionar la muerte del prisionero en un mes ó tal vez en menos tiempo.

Leon estrechó á Rugiero entre sus compasivos brazos, diciéndole:

—Caballero: el maravilloso valor de que has dado tantas pruebas me une á tí con los espontáneos é indisolubles lazos de una amistad eterna y verdadera, exigiéndome que anteponga tu bien al mio propio, que olvide mi seguridad por la tuya, y que sacrifique el cariño de mis padres y de toda mi familia al que deseo merecer de tí. Yo soy Leon, el hijo de Constantino, que vengo en persona, como ves, á darte auxilio, á pesar del peligro á que me expongo (si mi padre llega á saberlo) de ser desterrado de mi patria, ó de acarrearme para siempre su enojo; pues des[498]de la espantosa derrota que le hiciste sufrir en Belgrado, siente un inextinguible ódio contra tí.

Y continuó dirigiéndole otras muchas frases consoladoras, y procurando reanimar su esperanza, al mismo tiempo que rompia sus ligaduras. Rugiero le contestó:

—¡Ah! ¡Os debo una inmensa gratitud! Esta vida, que me devolveis, es vuestra; disponed de ella á vuestro antojo: en todas ocasiones me hallareis dispuesto á sacrificarla en vuestro obsequio.

Rugiero fué sacado de aquel oscuro calabozo, sin que él ni sus libertadores fueran conocidos de nadie, quedando en su lugar el cadáver del carcelero. Leon le condujo á su palacio, donde le aconsejó que permaneciera tres ó cuatro dias oculto y silencioso, ofreciéndole que haria en tanto lo posible para que le restituyeran las armas y el magnífico corcel de que se apoderara Ungiardo. Al dia siguiente echóse de ver la fuga de Rugiero, por haber encontrado vacía la prision y al carcelero extrangulado. Nadie sabia á quién achacar aquella evasion, de la que todos hablaban, pero sin atinar con lo cierto: á cualquiera otro se habria atribuido antes que á Leon, porque muchos opinaban con verosimilitud, que el Príncipe tenia más motivos para exterminar á un enemigo peligroso que para socorrerle.

Tanta hidalguía por parte de Leon no pudo menos de confundir á Rugiero, el cual se sintió tan poseido de asombro por la conducta de su rival, y experimentó tal cambio en sus ideas, especialmente en la que le obligara á emprender aquel largo viaje, que comparando las más recientes á las antiguas, resultaban totalmente distintas: sus primitivos pensamientos rebosaban en ódio, ira y veneno: los que á la sazon dominaban en su mente estaban llenos de amor y gratitud. Embebido en estas reflexiones noche y dia, su[499] mayor cuidado, su principal deseo consistia en pagar el inmenso agradecimiento que debia á Leon con una abnegacion igual ó mayor á la del Príncipe, pareciéndole que aunque consagrara á su servicio los pocos ó muchos años que le quedaran de vida, ó se expusiera á mil muertes seguras, nunca haria tanto como Leon merecia.

Entre tanto llegó á la corte de Constantino la noticia del bando publicado por el Rey de Francia, previniendo que el que aspirara á la mano de Bradamante deberia medir sus fuerzas con ella, á espada y lanza. Supo el Príncipe griego esta condicion con tanto disgusto, que su rostro se cubrió de una palidez mortal; porque, conociendo hasta donde alcanzaban sus fuerzas, estaba persuadido de que no podia pelear con buen éxito con la guerrera. Meditó detenidamente el modo de salir airoso de este compromiso, y se le ocurrió que la astucia y la sagacidad podrian sustituir á la falta de vigor, haciendo que aquel guerrero, cuyo nombre ignoraba todavía, y á quien consideraba capaz por su pujanza y denuedo de medirse con cualquier paladin francés, se presentara á aceptar el reto, encubierto con sus armas y blasones, estando persuadido de que confiándole tal empresa era seguro el vencimiento y la sumision de Bradamante. Mas para esto se necesitaban dos cosas: primera, que el caballero se prestara á secundar sus planes; y segunda, que le sustituyese de modo que no pudiera traslucirse semejante superchería.

Llamó, pues, á Rugiero; le expuso sus proyectos y le rogó con persuasivas palabras que accediera á tomar parte en aquel desafío con nombre ajeno y bajo mentida enseña. Grande era el poder de la elocuencia del Príncipe, pero en el ánimo de Rugiero pesaba mucho más que su elocuencia la inmensa gratitud que le debia y de la que no creia verse[500] desligado nunca; por lo cual, aunque le parecia dura y casi irrealizable semejante proposicion, le respondió, no obstante, con una solicitud que estaba muy lejos de sentir su corazon, que podia disponer de él en todo y por todo. A pesar del agudo dolor que laceró su alma, apenas pronunció esta promesa, dolor tan intenso que le atormentaba dia y noche sin concederle un momento de reposo; á pesar de que en tal empresa veia su sentencia de muerte, jamás se le ocurrió la idea de arrepentirse; pues antes que dejar de complacer á Leon, estaba dispuesto á arrostrar, no una, sino mil muertes. Y estaba seguro de morir; porque renunciar á su amada, era lo mismo que renunciar á la vida, tanto si el dolor y la amargura lograban aniquilarle, como si no llegaban á triunfar de su vigoroso espíritu; pues en uno ú otro caso, estaba resuelto á hacer pedazos el velo que rodea al alma, arrojándola fuera de él, lo cual le seria mucho más fácil y soportable que ver á Bradamante en brazos de otro hombre.

Aun cuando se hallaba dispuesto á morir, vacilaba en escoger un género de muerte. Asaltóle la idea de fingirse menos fuerte y presentar su pecho desnudo á los golpes de la guerrera, con lo cual, si lograba perecer á sus manos, no habria muerte más deliciosa que la suya; pero al mismo tiempo reflexionó que, si bien impedia de este modo el matrimonio de la doncella con Leon, faltaria en cambio á su sagrada deuda de gratitud y á su palabra; porque habia prometido luchar con Bradamante en singular batalla, y no fingir ó intentar tan solo el combate de modo que Leon no tuviera por qué felicitarse de su auxilio. Decidió, por último, permanecer fiel á su promesa, y aun cuando no cesaron de agitarle mil pensamientos contrarios, los fué alejando de su mente, y adoptó tan solo el que le exhortaba á no faltar á su palabra.

[501]

Leon habia hecho preparar en tanto, con asentimiento de su padre Constantino, armas y caballos; y acompañado de un séquito tan distinguido y numeroso cual convenia á su elevado rango, emprendió la marcha, llevando consigo á Rugiero, á quien hizo devolver de antemano todas sus armas y su buen Frontino; y tanto anduvieron un dia y otro dia, que en breve llegaron á Francia y á París. Leon no quiso entrar en la ciudad; hizo plantar sus tiendas en el campo, y en el mismo dia envió al Rey de Francia un mensajero dándole noticia de su llegada. Carlomagno apreciaba en extremo al hijo de Constantino, como se lo habia demostrado repetidas veces, haciéndole frecuentes visitas y colmándole de atenciones y regalos. Leon le manifestó la causa de su venida y le rogó que diera órden para que se presentara cuanto antes en el palenque la guerrera que se negaba á unirse con un marido menos fuerte que ella; pues el único objeto de su viaje era el de obtenerla por esposa ó perecer bajo sus golpes. Carlomagno atendió á la demanda, é hizo que Bradamante se presentase al dia siguiente fuera de las puertas de la ciudad, en el palenque que se construyó á toda prisa durante la noche al pié de los elevados muros de París.

Rugiero pasó la noche que precedió al dia fijado para la batalla, como suele pasarla el condenado que debe morir á la mañana siguiente. No queriendo ser conocido, habia optado por combatir enteramente cubierto con la armadura; tampoco quiso hacer uso de lanza ni de caballo, ni de más armas ofensivas que la espada. Si rehusó emplear la lanza en la pelea, no fué por el temor que pudiera infundirle aquella lanza de oro que solia derribar de la silla á todo caballero, y que de manos de Argalia, pasó á las de Astolfo, y últimamente á las de la doncella; pues nadie supo que[502] poseyera tal propiedad ó que estuviese hecha por medio de la nigromancia, excepto el Rey que la hizo forjar, legándosela á su hijo. Astolfo y Bradamante, que la habian usado despues, ignoraban que estuviese encantada, y creian que á su propia pujanza, y no al encanto, debian el triunfo en todos sus combates, creyendo tambien que con cualquiera otra asta que hubiesen tenido á mano, habrian hecho lo mismo. El único motivo que tuvo Rugiero para negarse á pelear á caballo fué el de no verse en la precision de cabalgar en Frontino; pues la jóven podria conocerlo fácilmente, tan luego como le viera, por haberlo montado y cuidado mucho tiempo en Montalban. El jóven héroe, cuyo único afan consistia en evitar por todos los medios posibles que Bradamante pudiera conocerlo, no quiso hacer uso de Frontino ni de otra cualquier cosa que pudiera dar indicios de su persona.

Tampoco quiso servirse de su espada en aquella empresa; pues harto sabia que contra Balisarda seria toda coraza tan blanda como la cera y todo temple irresistible á sus tajos. Echó mano de otra espada; pero antes procuró quitarle el filo á martillazos, á fin de que cortase menos. Con tales armas se presentó Rugiero en el palenque al brillar en el horizonte el primer albor matutino. Para parecerse más á Leon, se vistió la sobrevesta que hasta entonces habia llevado este príncipe, y ostentó en su escudo el águila de oro con dos cabezas sobre fondo rojo. Esta suplantacion era tanto más fácil, cuanto que los dos tenian la misma estatura y robustez; además de que, al presentarse el uno, tuvo el otro sumo cuidado de no ser visto de nadie.

Bradamante hacia por su parte preparativos diametralmente opuestos á los de su amado; pues mientras Rugiero se ocupaba en embotar el filo de su espada á martillazos,[503] para evitar que tajase ó punzara, la doncella se entretuvo en afilar la suya cuidadosamente, anhelando que traspasara las armas defensivas de su adversario, penetrando en su carne; quisiera que todos sus golpes fuesen tan bien dirigidos que atravesaran de parte á parte el corazon del Príncipe.

Cual se suele ver en las barreras un caballo árabe, esperando fogoso la señal de las carreras, y que en su impaciencia no cesa de piafar, hinchando las narices y enderezando las orejas, así tambien la animosa doncella, muy ajena de presumir que su adversario fuese Rugiero, aguardaba con una febril impaciencia la señal del combate, no pudiendo permanecer tranquila en ningun lado y sintiendo circular por sus venas un fuego abrasador. Así como, despues de oirse el estampido del trueno, se levanta repentinamente un viento furioso, que agita el mar hasta en sus más profundas capas y levanta en un momento torbellinos de polvo que llegan hasta el Cielo, haciendo que las fieras se dispersen por los bosques, que el pastor busque un refugio con sus ganados, y que el aire se resuelva en lluvia y en granizo, con un furor igual empuñó Bradamante la espada y acometió á su Rugiero, apenas se dejó oir la señal deseada. Pero no oponen mayor resistencia al impetuoso soplo de Bóreas el roble secular, ó el macizo muro de una sólida torre; no contrasta con más vigor los embates de las procelosas olas un duro escollo, á quien azotan por todas partes dia y noche con espantoso fragor, como resistió Rugiero, resguardado por la impenetrable armadura que Vulcano dió en otro tiempo al troyano Héctor, á los furibundos golpes que el ódio y la cólera de Bradamante hacia llover cual desatada tempestad sobre sus costados, su pecho ó su cabeza.

Tan pronto daba tajos como estocadas la doncella;[504] todos sus conatos se cifraban en introducir la punta de la espada por entre las junturas de la armadura, de modo que su cólera quedase satisfecha. Ora le atacaba por un lado; ora por otro; girando aquí y allí, y consumiéndose de despecho y de impaciencia, al ver que sus golpes no producian efecto alguno. Así como el que asedia una ciudad de gruesas murallas y sólidos baluartes, multiplica sus asaltos, y se esfuerza en echar abajo las puertas ó las altas torres, ó en cegar los fosos, y prodiga estérilmente las vidas de sus soldados, sin encontrar un medio para abrirse paso, así tambien Bradamante se afanaba y se deshacia en inútiles esfuerzos, sin poder romper malla ni coraza, á pesar de los innumerables tajos y reveses que descargaba sobre los brazos, la cabeza y el pecho de Rugiero, haciendo saltar millares de chispas del escudo, del almete ó de la coraza del guerrero á los impulsos de sus golpes, más espesos que el granizo que cae con sonoroso estrépito sobre los tejados de las casas.

Rugiero se mantenia siempre en guardia, limitándose á defenderse con gran destreza y absteniéndose de ofender á su amada; deteníase, retrocedia, daba vueltas, y su mano seguia el movimiento de sus piés. Tan pronto oponia el escudo como la espada á los tajos de la mano enemiga, procurando no atacarla á su vez, ó si lo hacia, era de modo que no pudiese ofenderla en lo más mínimo. Bradamante ardia en deseos de terminar aquella lucha antes de que expirase el dia, pues recordaba las condiciones del bando, y preveia el peligro que la amenazaba, si no se daba prisa; veíase expuesta á quedar en poder del aspirante á su mano, si no le hacia prisionero ó le arrancaba la vida.

Ya el Sol, próximo á sumergir su cabeza en el mar, se acercaba á los límites de Alcides, cuando la guerrera empezó á desconfiar de sus fuerzas y á perder la esperanza.[505] A medida que esta le iba faltando, redoblaba su ódio y multiplicaba sus golpes, anhelando vivamente romper aquellas armas que habian resistido todo un dia á su furioso ímpetu, semejante al obrero que habiendo descuidado el trabajo del dia, al ver que la noche se aproxima, se apresura en vano, se fatiga y rinde, hasta que le faltan á un mismo tiempo la luz y las fuerzas.

¡Oh desdichada doncella! ¡Si conocieras al que deseas inmolar! ¡Si supieses que es Rugiero, de cuya vida depende la tuya, pronto volverias contra tí misma el acero que dirijes contra su pecho! ¡Harto me consta que su existencia te es más querida que la tuya propia, y cuando conozcas que tu adversario ha sido Rugiero, sé muy bien que te arrepentirás de la lucha que con él has sostenido!

Cárlos y cuantos le rodeaban, persuadidos de que el contendiente de la doncella era Leon y no Rugiero, al ver que era tan fuerte y ágil en el manejo de las armas como la misma Bradamante, admiraban la destreza con que sabia defenderse sin ofenderla, y modificando sus ideas, exclamaron:—«No hay duda de que se convienen mútuamente, y son dignos uno de otro.»

Cuando Febo desapareció enteramente en el mar, el Emperador mandó suspender el combate, y declaró que Bradamante estaba obligada á aceptar á Leon por esposo, sin excusa de ningun género. Rugiero volvió entonces presuroso al pabellon en donde le esperaba el Príncipe, cabalgando en un caballo de mezquina apariencia, sin descansar un solo instante, sin quitarse el yelmo ni aligerarse de sus armas. Leon le estrechó repetidas veces entre sus brazos con demostraciones de un cariño fraternal, y despojándole despues de su yelmo, le besó en el rostro con grande amor.

—Quiero, le dijo, que de hoy en adelante dispongas de[506] mí á tu albedrío; mi persona, mis bienes, mis estados, todo queda desde hoy á tu disposicion. Nunca podré remunerarte dignamente el inmenso favor que acabas de prestarme, y aunque ciñera á tu cabeza mi propia corona, tampoco quedarias suficientemente recompensado.

Rugiero, agobiado por una pesadumbre indecible y aborreciendo la vida, contestó algunas palabras entrecortadas, y se apresuró á devolver al Príncipe su traje y enseñas, tomando otra vez su blanco unicornio: en seguida, suponiéndose cansado y débil, alejóse lo más pronto que pudo, y se retiró á su alojamiento. Hácia la mitad de la noche, armóse de piés á cabeza, ensilló su corcel, se colocó en él de un salto, y se puso en marcha dejando á Frontino que siguiera el camino que mejor le pareciese, sin llevar un solo escudero en su compañía ni ser oido de nadie. Frontino fué caminando á la ventura, y llevó á su amo tan pronto por caminos rectos como por senderos extraviados, unas veces por los bosques y otras por las campiñas, mientras el desventurado jóven no daba tregua á su llanto, llamando á la muerte, cuya presencia deseaba para calmar su obstinado quebranto: la muerte le parecia el único medio de acabar con su insoportable martirio.

—¡Ay de mi! exclamaba. ¿A quién debo acusar de haberme arrebatado á un tiempo mi bien y mi esperanza? ¡Ah! Si no deseo vengar mi injuria, ¿contra quién he de volverme? ¡Nadie, nadie más que yo me ha ofendido y sepultado en condicion tan miserable! Preciso es, pues, que me vengue de mí contra mí mismo, puesto que soy el único culpable. Y si tan solo me hubiera perjudicado á mí, tal vez podria perdonarme aunque con dificultad mi propia falta, ó más bien, quizás me perdonaría contra mi voluntad; pero ¿acaso me será posible hacerlo, cuando he causado á[507] mi amada una injuria igual á la mia? Aun cuando llegara yo mismo á perdonarme, no es justo que deje á Bradamante sin venganza. Para vengarla, pues, debo y quiero morir, sin que me pese abandonar la vida; pues la única cosa que puede librarme de mis tormentos es la muerte. Lo que más me desespera es no haber perecido antes de ofender á mi amada. ¡Oh! ¡Cuán feliz habria sido expirando en el calabozo en que me tuvo la cruel Teodora! Aunque para matarme hubiese empleado los tormentos que le inspiraba su misma crueldad, me habria quedado al menos el consuelo de esperar que Bradamante recibiria la noticia de mi muerte con lágrimas de compasion. Pero cuando sepa que he pospuesto su aprecio al de Leon, y que me he desprendido de mi propia voluntad para entregarla en sus manos, tendrá razon en odiarme muerto ó vivo.

Exhalando estas y otras muchas tristes quejas, acompañadas de frecuentes suspiros y sollozos, se encontró al amanecer en un paraje inculto y solitario, situado entre oscuros bosques; y como su desesperacion le incitaba al suicidio, y deseaba morir oculto é ignorado, le pareció aquel paraje el más á propósito y mejor dispuesto para llevar á cabo tan criminal designio. Penetró en el bosque sombrío, por donde vió más espesas las umbrosas ramas y más intrincada la maleza; pero antes abandonó á Frontino, quitándole el freno y la rienda, y dejándole en completa libertad.

—¡Oh mi noble corcel! le dijo: si me fuera dado recompensar dignamente tus merecimientos, tendrias muy poco que envidiar á aquel palafren que se remontó al Cielo y está colocado entre las estrellas[190]. Ni Cila[508]rio[191], ni Arion[192], ni cuantos caballos mencionan en sus obras los escritores griegos y latinos, fueron mejores que tú, ni se hicieron acreedores á más alabanzas: si acaso llegaron á igualarte en bondad, sé que ninguno puede envanecerse de haber disfrutado la honra y prez que tú has tenido; pues te quiso y te cuidó con tanto cariño la más bella, valerosa y gentil de las mujeres, que ella misma te alimentaba por su mano, y por su mano tambien te colocaba el freno y la silla. Entonces eras grato para mi dama: ¡ah! ¿Por qué he de insistir en llamarla mia, si ya no me pertenece; si la he entregado en manos de otro? ¡Ay de mí! ¿Por qué tardo en volver la punta de esta espada contra mi pecho?

Si Rugiero se afligia y atormentaba en el bosque, moviendo á compasion á las fieras y á las aves, únicos seres animados que podian escuchar sus querellas y ver el llanto que iba cayendo, cual copiosa lluvia, en su pecho, no debeis figuraros que Bradamante se encontraba más tranquila en París, cuando vió que ya no podia alegar ninguna excusa para enlazarse con el Príncipe de Grecia ó dilatar por lo menos aquella union aborrecida. Antes que aceptar otro esposo que no fuese Rugiero, estaba resuelta á todo: á faltar á su palabra; á arrostrar la malevolencia del Emperador, de toda la corte, de sus parientes y de sus amigos; y cuando ya no le quedara otro recurso, á darse la muerte con la espada ó con el veneno. Preferia morir, á arrastrar una vida angustiosa separada de su amante.

—¡Ay, Rugiero mio! exclamaba; ¿dónde te encuentras? ¿Será posible que te halles tan distante de mí, que no hayas [509] tenido noticia del bando de Carlomagno, conocido de todo el orbe, y de tí solo ignorado? Estoy segura de que si hubiera llegado á tus oidos, nadie se habria presentado á aceptar el reto tan pronto como tú. ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué otra cosa debo pensar como no sean sucesos funestos? ¿Será acaso posible, Rugiero mio, que únicamente tú no hayas oido lo que ha llegado á noticia de todo el mundo? Si estás informado de ello, y no has acudido volando, forzosamente debes de haber muerto ó hallarte cautivo. ¡Oh! ¡Quién supiese la verdad! Tal vez ese hijo de Constantino te habrá tendido algun lazo, ó interceptado traidoramente la via, á fin de impedir que llegaras aquí antes que él. Impetré de Carlomagno la gracia de que se negara á conceder mi mano á todo caballero cuya fortaleza fuese inferior á la mia, creyendo que tú serias el único á quien yo no pudiera resistir con las armas en la mano. A nadie concedia tanto valor y pujanza como á tí: Dios ha castigado mi audacia, haciéndome caer en poder de un hombre que no ha llevado á cabo en toda su vida una sola accion honrosa. ¿Pero deberé someterme por no haber podido matar á mi adversario ni obligarle á rendirse? No, no: seria una injusticia, y no estoy dispuesta á resignarme á ella, ni á acatar la resolucion del Emperador. Sé que todo el mundo me acusará de inconstancia, si me niego á cumplir lo prometido; pero no seré la primera ni la última que haya parecido ó parezca inconstante. Me basta con tener la firmeza de una roca para guardar á mi amante la fidelidad debida, y con aventajar en constancia á las damas más famosas de los tiempos antiguos y modernos. Que me tachen de inconstante en cuanto á lo demás, poco me importa, con tal que la inconstancia redunde en mi beneficio; y aunque todo el mundo me crea más voluble que una hoja, no me dará cuidado alguno, si logro romper mi proyectado enlace con Leon.

[510] Bradamante pasó toda la noche que siguió al dia tan infausto para ella, profiriendo tristes querellas, interrumpidas frecuentemente por los suspiros y las lágrimas; pero tan luego como el dios de la Noche se retiró á las grutas cimerias[193] acompañado de las sombras, el Cielo, cuyos decretos eternos habian dispuesto la union de Bradamante con Rugiero, acudió en auxilio de la doncella.

A la mañana siguiente se presentó la arrogante Marfisa al Emperador, protestando contra la grave falta que se habia cometido con su hermano, y declarando que no estaba dispuesta á tolerar que se le arrebatara tan arbitrariamente su esposa sin decirle una palabra. Añadió que fácilmente podria probar que Bradamante era mujer de Rugiero, como se lo probaria, antes que á nadie, á la misma guerrera, si se atreviese á negarlo; pues habia dicho á Rugiero en su presencia las solemnes palabras que forman el verdadero vínculo del matrimonio, y ambos estaban comprometidos de tal modo que ya no eran dueños de sí mismos ni podian uno ú otro aceptar desde entonces otro yugo.

Ignoro si Marfisa decia ó no la verdad; pero lo que sí me atrevo á asegurar es que el deseo de impedir, con razon ó sin ella, el enlace de Leon, le dictaba estas palabras, más bien que el propósito de decir la verdad, y aun estoy tentado á creer que dió aquel paso de acuerdo con Bradamante, que no hallaba otro medio más digno ni expedito de alejar á Leon y recobrar á Rugiero.

Sorprendido el monarca al oir semejante protesta, mandó llamar en el acto á Bradamante, y en presencia del duque Amon le repitió lo que Marfisa habia ofrecido probar.

La doncella escuchó las palabras de Carlomagno, con la [511] cabeza baja, confusa, y sin afirmar ni negar nada, demostrando claramente en su actitud que Marfisa habia dicho la verdad. Tanto Reinaldo como el señor de Anglante oyeron alborozados las afirmaciones de la hermana de Rugiero, que podrian ser causa de que no siguiese adelante la alianza proyectada, y que Leon suponia como cosa resuelta. Merced á ellas Rugiero llegaria á ser dueño de Bradamante, á pesar de la obstinacion del anciano Duque, sin necesidad de apelar á nuevas cuestiones, ó de emplear la violencia para arrancarla del poder de su padre. Ambos paladines comprendian que si, en efecto, habian mediado entre los dos jóvenes tales palabras, su union era un hecho consumado é irrefutable, hecho que les facilitaria el cumplimiento de su promesa más dignamente y sin nuevas querellas.

—Ese es un engaño que habeis urdido contra mí, decia Amon; pero os equivocais torpemente, porque aun cuando fuesen ciertas todas vuestras ficciones, no lograríais doblegar mi voluntad. Aun suponiendo (y estoy muy lejos de creerlo) que mi hija haya hecho neciamente á Rugiero las promesas que decís, y que Rugiero le haya prometido lo mismo, quisiera que me dijeran con más despacio y claridad, y de un modo más explícito, cuándo y en qué sitio ocurrió eso. Estoy persuadido de que no se han cambiado tales promesas, como no fuese antes de que Rugiero recibiera el bautismo. Si pronunciaron esos juramentos antes de que Rugiero se convirtiese al cristianismo, poco caso debemos hacer de ellos; porque siendo ella cristiana y él pagano, no es válido semejante matrimonio. Por esta razon no creo que el Príncipe de Grecia haya luchado inútilmente, ni creo que nuestro Emperador deje de cumplir su palabra por esta sola causa. Esta cuestion la debiérais haber suscitado cuando el suceso estaba reciente y en todo su vigor, y antes de[512] que Cárlos, á excitacion de Bradamante, hubiera publicado el bando que ha hecho venir á Leon á pelear desde tan lejos.

Tal fué la respuesta que dió Amon á Orlando y á su hijo, con objeto de desbaratar el mútuo convenio de los dos amantes. Entre tanto el Emperador escuchaba atento las razones de uno y otros, sin apoyar á ninguna de ambas partes.

Así como se oye el murmullo que producen las hojas en las profundas selvas, cuando Austro ó Bóreas lanzan sus impetuosos resoplidos, ó cual suelen estrellarse las ondas en la playa, si Eolo se manifiesta airado contra Neptuno, así tambien el sordo rumor de esta contienda se esparció en breve por toda la Francia, dando tanto que oir y escuchar, que apenas se trataba de otra cosa. Unos se pronunciaban en favor de Rugiero; otros en el de Leon; pero la mayor parte apoyaba al primero: Amon apenas reunia un voto favorable contra diez que le eran contrarios. El Emperador continuaba encerrado en la más extricta neutralidad; mas pareciéndole el asunto digno de estudio, lo sometió á la decision de su Parlamento.

Al ver Marfisa aplazada la boda, como lo deseaba, volvió á presentarse y propuso un nuevo partido.

—Puesto que Bradamante no puede ser esposa de otro, mientras viva mi hermano, si Leon insiste en obtenerla, será preciso que apele á todo su valor y su denuedo para arrancar á Rugiero la vida. Una vez muerto el vencido, el vencedor verá colmada su dicha sin temor á rival alguno.

Cárlos se apresuró á participar á Leon esta nueva propuesta del mismo modo que le habia hecho conocer todo lo ocurrido. Leon estaba seguro de vencer á Rugiero y de[513] salir airoso de todo asunto mientras contara con el apoyo del caballero del unicornio: aceptó, pues, aquel fatal reto, porque ignoraba que su leal amigo se hubiese internado en el bosque oscuro y solitario para dar rienda suelta á su afliccion, y pensaba que se habria alejado tan solo una ó dos millas con objeto de pasearse, y que volveria pronto. Pero no tardó en arrepentirse: pues aquel en quien confiaba no regresó aquel dia, ni en los dos siguientes, ni siquiera se tenia noticia de él: no creyendo conveniente ni seguro aventurar sin él un combate con Rugiero, mandó á buscar al guerrero del unicornio por todas partes, á fin de evitar el perjuicio y la afrenta que preveia. Varios mensajeros recorrieron por órden suya las ciudades, aldeas y castillos, hasta una larga distancia, y no contento con esto, montó á caballo, y se puso á practicar en persona las más minuciosas pesquisas. Pero ni él, ni sus mensajeros habrian obtenido el menor indicio del guerrero á quien buscaban, á no ser por el auxilio de Melisa, que hizo lo que me propongo referiros en el otro canto.


[514]

CANTO XLVI.

Despues de muchas pesquisas, Leon consigue encontrar á Rugiero, y sabedor de los vínculos que le unen á Bradamante, renuncia á sus pretensiones sobre la doncella, con la que por fin se une el jóven héroe.—El Rey de Sarza es el único que pretende acibarar el júbilo de los dos esposos pero es vencido por Rugiero, y muere prorumpiendo en horribles blasfemias.

Si mis cartas marinas no me engañan, muy pronto descubriré el puerto, y podré cumplir en la playa los votos que he hecho á la que me ha guiado al través de tan anchurosos mares, donde más de una vez he temido extraviarme ó presenciar el naufragio de mi bajel. Pero ya me parece ver la tierra: sí, sí, ya la veo, y distingo perfectamente la costa. Percibo un rumor semejante al trueno, producido por la alegría que agita el aire y estremece las ondas, y oigo el ruido de las campanas y los penetrantes ecos de los clarines, mezclados con los gritos de gozo del pueblo. Empiezo á conocer los rostros de los que acuden á ocupar las dos orillas del puerto: parece que todos se alegren de mi feliz regreso despues de tan largo viaje. ¡Oh! ¡Cuántas damas nobles y hermosas, cuántos caballeros adornan la playa con su presencia! ¡Cuántos amigos me esperan, á quienes debo eterno agradecimiento por el placer con que saludan mi llegada!

En la misma punta del muelle veo á Mamma y á Ginebra con las damas de la familia del Correggio: con ellas está tambien Verónica de Gambera, tan querida de Apolo y del santo coro aonio. Veo otra Ginebra, de la misma san[515]gre que la primera, teniendo á Julia á su lado; veo á Hipólita Sforza, y á la jóven Trivulcio, educada en el bosque sagrado: tambien os veo, Emilia Pia y Margarita, acompañadas de Ángela Borgia y de Graciosa. Más allá diviso á Ricarda de Este, con Blanca, Diana y sus demás hermanas. ¡Oh! Ahí está la bella Bárbara Turca, más honesta y prudente aun que hermosa, en compañía de Laura: el Sol no ha visto nunca una pareja tan perfecta como esta, desde las orillas del Indo hasta el confin de la Mauritania.

Hé ahí á Ginebra, cuyas virtudes enriquecen la casa de Malatesta con tanto brillo y esplendor, que los suntuosos palacios imperiales jamás han tenido adornos más dignos ni más espléndidos. Si esta doncella se hubiera encontrado en Ariminum[194], cuando César, envanecido por la conquista de la Galia, vaciló en arrostrar la enemistad de Roma atravesando el rio, estoy seguro de que, recogiendo sus banderas y abandonando su botin y sus victoriosos trofeos, habria hecho ó roto las leyes y pactos que le dictara Ginebra, y tal vez no hubiera llegado á oprimir la libertad de su patria.

Hé ahí á la esposa, la madre, las hermanas y las primas del Señor de Bozolo, á las Torelli con las Bentivoglio, á las Visconti y las Pallavicini: hé ahí á la que arrebata la palma de la gracia y la belleza á cuantas damas existen hoy y á cuantas griegas, latinas ó bárbaras han existido dignas de fama por su donosura; á la incomparable Julia Gonzaga, que donde asienta la planta ó fija los serenos ojos, no solo le cede la primacía toda belleza, sino que tambien la admira, cual si fuese una diosa bajada del Cielo. Con ella está [516] su cuñada, cuya constancia jamás pudieron alterar los prolongados reveses de la fortuna.

He ahí á Ana de Aragon, fúlgida antorcha de la estirpe del Vasto; á Ana, bella, gentil, amable y prudente, santuario de castidad, amor y fé. A su lado veo á su hermana: los esplendentes rayos de su belleza anublan los de cualquiera otra beldad. Hé ahí á la que ha arrebatado á su invicto consorte de las orillas de la laguna Estigia, haciéndole brillar en el Cielo, con ejemplo nunca visto, á pesar de las Parcas y de la Muerte. Tambien están allí mis Ferraresas, y las damas de la corte de Urbino, y conozco además á las de Mantua y cuantas doncellas galanas produce la Toscana y la Lombardia.

Si no me engañan mis ojos, deslumbrados por el brillo de tantos rostros agraciados, ese caballero que viene entre ellas y á quien tantas consideraciones guardan, debe de ser Unico Accolti, la antorcha refulgente de Arezzo. Allí veo á su sobrino Benedicto con su manto y su capelo de púrpura, juntamente con el cardenal de Mantua y con el Campeggio, honra y prez del sacro Colegio: si no me equivoco, observo en sus rostros y en sus movimientos un alborozo tan grande por mi feliz regreso, que no sé cómo podré pagar tan benévola solicitud. Con ellos están Lactancio y Claudio Tolomei, Pablo Pansa, el Dresino, Latino Juvenal, mis queridos Capilupi, el Sasso, el Molza, Florian Montino y Julio Camilo, que nos enseñó un camino más expedito y breve para guiarnos á las praderas ascreas[195]. Me parece distinguir tambien á Marco Antonio Flaminio, al Sanga y al Berna.

Hé ahí á mi Señor Alejandro Farnesio. ¡Cuán selecta es[517] su comitiva! Fedro, Capella, Porzio, Filippo el bolonés, el Volterrano, el Madalena, Blosio, Pierio, el cremonés Vida, manantial inagotable de elocuencia; y Lascari, Musuro, Navagero, Andrés Maron y Severo el monje. En el mismo grupo veo otros dos Alejandros, Guarino el uno, y Orologi el otro. Conozco tambien á Mario de Olvito y al divino Pedro de Arezzo, azote de los príncipes[196]. Más allá diviso á dos Jerónimos, el uno es el de Veritade y el otro el Cittadino. Veo al Mainardo, veo á Leoniceno, al Panizzato, á Teocreno y á Celio. Allí están Bernardo Capel y Pedro Bembo, que ha sacado nuestro puro y armonioso idioma del dominio del vulgo, enseñándonosle con su ejemplo tal cual en realidad debe ser. Aquel que va en pos de él es Gaspar Obizi, admirador y émulo de sus glorias literarias.

Veo al Frascatoro, al Bevazzano, á Trifon Gabriele, y un poco más allá al Tasso. Observo cómo fijan en mí sus miradas Nicolás Tiepoli, Nicolás Amanio, y Anton Fulgoso, que se manifiesta sorprendido y alegre al verme cerca de la playa. Aquel que se mantiene apartado de las damas es mi Valerio: tal vez pide un consejo al Barignan, que le acompaña, para evitar la ardiente inclinacion que siente hácia ellas, á pesar de los desdenes que le han hecho sufrir.

Veo al Pico y al Pio, dos ingenios sublimes y sobrenaturales, unidos por los vínculos de la sangre y de la amistad. El que viene con ellos es uno de los escritores más esclarecidos; no he conocido otro á quien se tributen tantos honores como á él: si el retrato que de él me han hecho es verdadero, debe de ser el hombre á quien con tanto anhelo deseo conocer; es, en suma, Jacobo Sannazar, el que obliga á las [518] Camenas[197] bajará dejar los montes para á las playas. He ahí al docto, al fiel, al diligente secretario Pistofilo, que junto con los Acciajuoli y mi querido Angiar, se regocija al verme á cubierto de los peligros de las olas.

Veo á mi pariente Annibal Malaguzzo, acompañado de Adoardo, el cual me infunde la grata esperanza de que hará resonar el nombre de mi ciudad nativa desde el promontorio de Calpe hasta las orillas del Indo. Victor Fausto, el Tancredi y otros ciento dan señales de un verdadero júbilo al volverme á ver: veo, en fin, á todas las damas y caballeros manifestarse contentos por mi regreso. ¡Ea, pues! A concluir sin tardanza el corto trecho que me resta por recorrer, ya que el viento es favorable, y volvamos á Melisa, diciendo de qué modo salvó la vida al buen Rugiero.

Esta Melisa, segun recuerdo haberos dicho muchas veces, tenia un vehemente deseo de que Rugiero se uniese á Bradamante con indisolubles lazos, y tomaba una parte tan viva en las penas ó placeres de los dos amantes, que de hora en hora procuraba adquirir noticias suyas, teniendo continuamente ocupados á los espíritus infernales en ir y venir con nuevas de sus protegidos. De este modo pudo sorprender á Rugiero en el momento en que se encontraba en una selva oscura, víctima del dolor más profundo y tenaz, y resueltamente decidido á dejarse morir de hambre: al verle la encantadora, conoció que era ocasion de acudir en su auxilio, y saliendo de su habitual morada, marchó por el camino en que estaba segura de encontrar á Leon.

El Príncipe griego habia enviado unos tras otros diferentes mensajeros para explorar todos los lugares comarcanos, y él en persona se dedicó tambien á buscar al caballero del unicornio. Montada la sábia Maga en un espíritu, [519] al que habia puesto freno y silla aquel mismo dia, dándole la figura de un mal caballo, se encontró, como esperaba, con el hijo de Constantino.

—Si la nobleza del alma es tal como indica el rostro, le dijo Melisa; si vuestra cortesía y bondad corresponden á vuestra presencia, prestad algun consuelo, algun auxilio al mejor caballero de nuestra época, el cual no tardará en exhalar el último aliento, si no halla una pronta ayuda ó un consuelo rápido. El mejor caballero de todos cuantos ciñen ó han ceñido espada y embrazado escudo; el caballero más apuesto y galan de cuantos existen ó han existido, se encuentra próximo á morir, si no hay quien vuele en su auxilio, tan solo por haberse portado con extremada hidalguía. ¡Venid, por Dios, señor, y ved si podeis hallar algun medio para arrancarle de su situacion desesperada!

Ocurriósele á Leon en el momento que el caballero á quien se referia Melisa debia ser aquel en cuya busca habia hecho recorrer, y aun él mismo recorria todo el país; por lo cual siguió en el acto presuroso á la persona que reclamaba su apoyo en tan piadosa empresa. No anduvieron mucho, cuando Melisa llegó con él al sitio en que se hallaba Rugiero al borde del sepulcro. Le vieron tan pálido, desencajado y abatido por un ayuno de tres dias, que difícilmente se habria podido levantar del suelo para volver á caer, aun cuando conservaba todavía algun vigor. Estaba tendido en la yerba, cubierto con su armadura, calado el yelmo y ceñida la espada; tenia la cabeza recostada en el escudo, donde se veia pintado el blanco unicornio. Entregado á su afliccion, no cesaba de pensar en la ofensa que habia inferido á Bradamante y en su negra ingratitud para con ella: su dolor se convertia en una rabia tan furiosa, que se mordia las manos y los lábios, mientras inundaban[520] su rostro torrentes de lágrimas. Tan alucinado y absorto le tenian sus tristes pensamientos, que no vió acercarse á Leon y Melisa; por lo cual ni interrumpió sus lamentos, ni cesó en sus suspiros, ni dió tregua á su llanto.

Leon se detuvo, contemplando atentamente por algunos instantes al caballero; apeóse despues de su corcel, y se acercó á Rugiero, cuyas quejas le revelaban claramente que el Amor era causa de aquel tormento; pero no la persona que motivaba tan violento martirio, por no haberle oido pronunciar su nombre. Fué acercándose cada vez más, hasta que por último se le puso delante y le saludó con fraternal ternura, inclinándose hácia él y estrechándole entre sus brazos. La llegada repentina de Leon no creo que fuera muy grata á Rugiero, por temor de que le molestara, ó hiciese lo posible por oponerse á su fatal proyecto. Leon le dijo con las frases más cariñosas y persuasivas que se le ocurrieron, y con todo el afecto que pudo demostrarle:

—No te niegues á confiarme la causa de tus penas, pues en el mundo hay pocos males tan grandes que no tengan remedio, cuando se conoce su orígen, y el hombre no debe perder la esperanza mientras conserve un soplo de vida. Pésame en el alma que te hayas querido ocultar de mí, cuando debes estar persuadido de que soy tu mejor amigo, no solo desde que te hiciste tan acreedor á mi gratitud que jamás podré pagarte la deuda contigo contraida, sino desde el dia en que tuve motivo para considerarte siempre como mi enemigo más capital: por esta razon debes esperar que te ofrezca un desinteresado auxilio, poniendo á tu disposicion mis riquezas, mis amigos y hasta mi vida. No te parezca, pues, impertinente mi demanda, y permíteme que procure librarte de tu dolor, aunque para ello tenga que [521] recurrir á la fuerza, á los halagos, á las dádivas, á la destreza ó á la astucia: si mis esfuerzos son inútiles, entonces podrás apelar á la muerte como al único remedio de tus males; pero antes de llegar á tal extremo, no impidas que haga cuanto cabe en lo humano.

Y siguió empleando frases tan tiernas y afectuosas, ruegos tan eficaces, que concluyó por conmover á Rugiero, cuyo corazon no era de hierro ni de mármol. El triste jóven comprendió que, si continuaba encerrado en su obstinado silencio, cometeria una accion descortés y censurable; quiso hablar, pero las palabras expiraron en sus lábios dos ó tres veces. Al fin dijo:

—Señor mio: voy á decirte mi nombre; pero estoy seguro de que cuando lo sepas, desearás mi muerte con tanta ó quizás con mayor vehemencia que yo mismo: sabe que soy tu aborrecido rival, ese Rugiero que tanto te odió. Ha muchos dias ya que salí de esta corte con intencion de darte la muerte, á fin de no verme privado por tu causa de Bradamante, en vista de que el duque Amon estaba decidido en favor tuyo. Pero como el hombre propone y Dios dispone, me ví en el apurado trance en que tu extremada generosidad me hizo cambiar de opinion, y desde entonces no solo depuse todo el ódio que abrigaba en mi corazon contra tí, sino que me propuse servirte y complacerte con la adhesion más ciega. Ignorando que yo fuese Rugiero, me suplicaste que conquistase para tí la mano de la hija de Amon, lo cual era lo mismo que pretender arrancarme el corazon del pecho ó el alma del cuerpo. ¡Bien has visto si he sabido sacrificar mis deseos á los tuyos! Bradamante te pertenece: poséela en paz: tu felicidad me será siempre mucho más grata que la mia; pero ya que me veo privado de ella, no te opongas á que me prive asi[522]mismo de la vida; pues antes podré quedarme sin alma, que vivir sin Bradamante. Además, mientras yo exista no puedes enlazarte con ella legítimamente, porque me unen á esa hermosa doncella vínculos sagrados, y no puede tener dos esposos á la vez.

Quedóse Leon tan lleno de asombro al oir que aquel caballero era Rugiero, que permaneció mudo, inmóvil y sin pestañear, pareciéndose mas bien que á un hombre á una de esas estátuas que se colocan en las iglesias en cumplimiento de un voto. La abnegacion de Rugiero le pareció una cosa tan extraordinaria como no se vió ni podrá verse jamás. No disminuyó esta confesion el cariño que profesaba al jóven; antes al contrario, se acrecentó de tal modo, que se dolia de sus penas más que el mismo Rugiero. Por esta razon; y por mostrarse digno de su elevado nacimiento, no quiso que el pundonoroso jóven le aventajara en generosidad y grandeza de alma, por más que se considerase inferior á él en todo lo demás, y le dijo:

—Rugiero, si aquel dia en que derrotaste mi ejército con tu valor increible hubiera sabido, como sé ahora, tu nombre, aun cuando te odiaba, me habria prendado tu virtud del mismo modo que me prendó cuando lo ignoraba; y desterrado el ódio de mi corazon, te habria amado con un cariño igual al que ahora siento hácia tí. No negaré que aborrecia tu nombre antes de conocerte; pero puedes estar seguro de que aquel aborrecimiento no ha pasado adelante, y si hubiese conocido la verdad cuando rompí tus cadenas, como la conozco ahora, habria hecho en aquella ocasion lo mismo que estoy dispuesto á hacer hoy en obsequio tuyo. Y si entonces, que no te debia la gratitud que ahora te debo, me habria portado de este modo, ¿con cuánto mayor motivo no deberé portarme lo mismo en estos momentos?[523] No haciéndolo así, seria el más ingrato de los hombres, puesto que, ahogando tus deseos, te has privado de tu dicha para cedérmela; pero yo te la devuelvo, y al hacerlo así, me considero más feliz que si la hubiese poseido. Mereces mucho mejor que yo unirte á Bradamante; porque si bien sus méritos le han grangeado mi estimacion, no es tan grande mi amor hácia ella que piense en cortar el hilo de mi existencia por verla esposa de otro. No quiero de ningun modo que tu muerte, rompiendo los lazos matrimoniales que os unen, me facilite la legítima posesion de tan hermosa doncella. ¡Ah! No solo renunciaria á Bradamante, sino tambien á cuanto poseo en el mundo y hasta la vida misma, antes que pueda decirse que un caballero cual tú ha tenido que sufrir el menor disgusto por mi causa. Lo que sí me contrista es tu poca confianza en mí; pues pudiendo disponer de mi voluntad más que de la tuya propia, has preferido morir de desesperacion á aceptar mi sincero y desinteresado auxilio.

Seria prolijo repetir todas las palabras que Leon añadió á las anteriores, el cual, redarguyendo todas las observaciones que en contrario podia alegar Rugiero, logró triunfar de su resistencia y obtener esta respuesta:

—Me someto á tu voluntad, y prometo no atentar contra mi vida; ¿pero cuándo podré pagarte mi gratitud por haberme salvado dos veces de la muerte?

Melisa hizo traer al instante manjares suculentos y delicados y vinos generosos para restaurar las abatidas fuerzas de Rugiero, próximo á perecer de inanicion. Atraido Frontino por los relinchos de los caballos, corrió al sitio en que su señor se hallaba: hizo Leon que le cogieran sus escuderos, le ensillaran y se lo presentaran á Rugiero, el cual montó en su corcel con mucho trabajo, á pesar de ayu[524]darle Leon: hasta tal extremo habia perdido aquel vigor de que hizo gala pocos dias antes para vencer á todo un ejército y para luchar más tarde con su amada. Alejáronse de aquel sitio, y despues de haber andado cosa de media legua, llegaron á una abadía, donde juzgaron conveniente permanecer tres dias, hasta que el caballero del unicornio hubo recobrado su primitivo vigor: despues Rugiero volvió á la corte acompañado de Leon y Melisa, y encontró en ella una embajada de los búlgaros, que habia llegado la noche anterior.

Aquella nacion, que habia elegido por rey á Rugiero, creyendo encontrarle en la corte de Carlomagno, enviaba en busca suya á algunos de sus magnates, deseando jurarle obediencia, prestarle homenaje y coronarlo. El escudero del jóven héroe, que acompañaba á los embajadores, llevó á Francia noticias suyas, refiriendo la batalla que habia sostenido auxiliando á los búlgaros en Belgrado, donde venció á Leon y al Emperador su padre, causando á las tropas griegas una mortandad espantosa; por cuya razon, aquellos le habian reconocido por su Señor, á pesar de su cualidad de extranjero: añadió tambien, que en Novengrado fué hecho prisionero por Ungiardo y entregado á Teodora, y que se daba por muy seguro que habia logrado escapar de la prision, cuya puerta se halló abierta y muerto al carcelero, ignorándose por lo demás el paradero del fugitivo.

Rugiero entró en la ciudad por sitios ocultos y extraviados y sin ser conocido de nadie, presentándose al dia siguiente á Carlomagno acompañado de Leon. Llevaba el escudo con el águila de oro de dos cabezas, segun habian convenido de antemano, y las mismas insignias y sobrevesta rota y agujereada en varias partes que usó en su combate con Bradamante: así es que en el momento fué[525] conocido por el caballero que luchó con la jóven. Leon le acompañaba desarmado, vestido con un traje riquísimo y suntuoso, y rodeado de una brillante comitiva. Inclinóse respetuosamente al llegar á la presencia del Emperador, que se adelantó á recibirle, y llevando de la mano á Rugiero, en quien tenian fijas sus miradas todos los circunstantes, dijo así:

—Te presento al bravo caballero que supo resistir á Bradamante desde la salida hasta el ocaso del Sol, y como esta doncella no logró prenderle, matarle ni arrojarle del palenque, está seguro de haber vencido, y si no ha comprendido mal vuestro bando, magnánimo señor, cree haber conquistado la mano de la guerrera, y en su consecuencia acude á vos para que le sea entregada. Además de que nadie puede disputársela, á tenor de las condiciones del bando, ¿hay otro caballero más digno que él de merecerla por su valor? Si debe poseerla el que más la ame, no existe un hombre que sienta por ella una pasion tan viva y sincera como la suya, y si hay alguien que pretenda oponerse, dispuesto está á sostener su derecho con las armas en la mano.

Cárlos, y todos los que se hallaban presentes, se quedaron estupefactos al oir estas palabras; pues estaban persuadidos de que el adversario de Bradamante habia sido Leon, y no aquel caballero incógnito. Marfisa, que habia acudido á presenciar aquella escena con los demás señores de la corte, apenas pudo contenerse mientras Leon estuvo hablando, y tan luego como este dió fin á sus palabras, se adelantó diciendo:

—Puesto que Rugiero no se halla aquí para dirimir la contienda suscitada con ese caballero por causa de su esposa, yo, que soy su hermana, no puedo consentir sin pro[526]testar en que se le arrebate por falta de defensa, y desafío á cualquiera que pretenda tener derechos sobre Bradamante ó más mérito que Rugiero.

Pronunció estas palabras con un tono tan irritado y amenazador, que muchos temieron verla empezar allí mismo la lucha, antes de que el Emperador le designase el palenque. Leon no consideró oportuno que Rugiero continuara encubierto por más tiempo, y alzándole la visera del almete, exclamó dirigiéndose á Marfisa:

—He aquí el adversario que está dispuesto á aceptar tu reto.

Al ver que era Rugiero el campeon á quien tenia tanto ódio, se quedó Marfisa como el anciano Egeo, cuando en medio de un banquete impío conoció que era su propio hijo aquel á quien pretendia envenenar su inícua mujer, como sin duda lo habria logrado, á poco más que el engañado padre tardara en conocerle por su espada[198]. Marfisa corrió á abrazar á su hermano con tanta efusion, que no podia separarse de su cuello. Reinaldo, Orlando y el Emperador especialmente, le besaron con cariño sincero. Dudon, Olivero y el rey Sobrino no se cansaban de colmarle de caricias, y por fin, ninguno de los paladines ni de los barones dejó de agasajarle.

Cuando terminaron los abrazos y las felicitaciones, Leon, cuya elocuencia era notable, empezó á referir á Carlomagno en presencia de toda su corte cómo habian podido más en él la bizarría y la audacia desplegadas por Rugiero en Belgrado que cualquiera otra ofensa, á pesar del gran es[527]trago que causó en sus gentes; manifestó que, estimulado por esta sincera y repentina inclinacion, le sacó, arrostrando el enojo de todos sus parientes, de la prision donde le habian encerrado despues de entregarle en poder de una desolada madre, que pretendia hacerle morir en medio de los más horribles tormentos; describió el incomparable acto de generosidad que no tuvo ni tendrá igual en los pasados ó futuros siglos, llevado á cabo por Rugiero en obsequio suyo y en pago de la libertad que le debia, y continuó refiriendo minuciosamente todo cuanto Rugiero habia hecho por él, sin dejar de hacer mencion del agudo dolor que laceró el alma del desdichado amante al verse obligado á renunciar á su esposa; dolor que le arrastró al suicidio, del que únicamente le libró un auxilio oportuno. Leon supo pintar estas escenas con tan suaves y patéticos colores, que sus oyentes no pudieron contener las lágrimas.

Dirigióse despues al obstinado Amon con tan eficaces y persuasivos ruegos, que no solo logró conmoverle, ablandar su corazon y hacerle mudar de dictámen, sino que tambien consiguió que accediera á pedir perdon á Rugiero por su anterior malevolencia, y á suplicarle que le aceptase por padre y por suegro, ofreciéndole la mano de Bradamante. Varias personas amigas, lanzando alegres exclamaciones, corrieron presurosas á anunciar tan feliz noticia á la doncella, que en aquellos momentos estaba retirada en su más oculta estancia, llorando sus contínuos sinsabores y próxima á perecer de dolor. Al simple anuncio de tan fausto suceso, quedó su corazon tan exhausto de aquella sangre que hacia afluir á él la piedad, cuando el dolor le traspasaba, que su mismo gozo estuvo á punto de hacerle perder la vida. Debilitóse su vigor y su energía de tal modo, que apenas podia tenerse en pié, sin embargo de poseer el ánimo [528] esforzado y varonil que os es notorio. El condenado al cepo, á la horca, á la picota ó á otro género de muerte peor, cuyos ojos están ya cubiertos con la venda negra, no se manifiesta, al oir el grito del perdon, tan alegre como Bradamante.

Regocijáronse las familias de Mongrana y Claramonte al ver unidas sus dos próximas ramas por nuevos vínculos; pero sintieron un pesar semejante á la alegría de aquellas, Gano, el conde Anselmo, Falcon Gini y Ginami, que procuraron disimular su negra envidia y sus pérfidos manejos, esperando una ocasion de vengarse con tanta astucia como la zorra espera emboscada á la liebre. Aparte de que Orlando y Reinaldo habian arrancado la vida en diferentes ocasiones á muchos individuos de esta raza fementida, si bien los sabios y prudentes consejos de Carlomagno pudieron conseguir que dieran al olvido sus mútuas querellas y rencores, la reciente muerte de Pinabel y Bertolagio les dió nuevos motivos de duelo; pero ocultaban sus ruines proyectos de venganza, fingiéndose ignorantes de ambas muertes.

Los embajadores búlgaros que habian pasado á la corte de Carlomagno, como he dicho, con la esperanza de encontrar en ella al bravo campeon del unicornio, á quien habian aclamado por su rey, al saber que estaba allí, se felicitaron por su buena estrella, que habia confirmado su esperanza, y se postraron reverentemente á los piés de Rugiero, rogándole que volviese á Bulgaria, donde le tenian preparado el cetro y la corona en Andrinópolis, y excitándole á que se apresurara á acudir en defensa de su trono; porque, segun voz pública, Constantino se preparaba á invadir de nuevo el territorio búlgaro á la cabeza de un ejército mucho más numeroso que el primero. Terminaron asegurán[529]dole que si podian contar con el auxilio de su rey, esperaban rechazar á Constantino, y aun arrebatarle la corona imperial de Oriente.

Rugiero aceptó la corona, accedió á todos los ruegos de los embajadores, y les prometió estar en Bulgaria á los tres meses, si la suerte no le era contraria. Noticioso Leon Augusto de lo que ocurria, dijo á Rugiero que se atuviera á la amistad jurada, y que, siendo él rey de los búlgaros, quedaba de hecho estipulada la paz entre estos y Constantino; añadióle que él por su parte no se apresuraria á partir de Francia para ponerse al frente de sus escuadrones, y que se comprometia á hacer que su padre renunciara á las comarcas que hubiese arrebatado á sus nuevos súbditos.

A pesar de todas las virtudes y méritos de Rugiero, ninguno pudo tanto en el ánimo de la ambiciosa madre de Bradamante ni consiguió hacerle grato á sus ojos como el título de rey. Hiciéronse las bodas con régia esplendidez y con una magnificencia digna del que las dispuso: el mismo Emperador se ocupó en ellas, y quiso que se celebraran cual si hubiera casado á una de sus hijas. Los servicios y merecimientos de Bradamante eran tales, además de los contraidos por toda su familia, que aquel magnánimo señor no creia recompensarlos demasiado aunque para ello tuviese que vender la mitad de su reino. Hizo publicar por todas partes que celebraria audiencias públicas, donde por espacio de nueve dias podrian acudir con seguridad todos los que tuvieran alguna queja que exponer. Hizo levantar en la campiña suntuosos pabellones de oro y seda, adornados de ramos entrelazados y de vistosas flores, los cuales presentaban un golpe de vista tan agradable, que no se ha contemplado en el mundo un espectáculo más bello que aquel. No cabian dentro de París los innumerables forasteros [530] griegos, latinos ó bárbaros, pobres, ricos y de toda condicion que acudieron atraidos por la fama de aquellas fiestas. Los señores, los príncipes y los embajadores que allí se reunieron, procedentes de todos los puntos del globo, eran innumerables: por lo cual hubo necesidad de alojarlos, si bien con toda comodidad, en pabellones, en tiendas de campaña, y entre las enramadas de las próximas alamedas.

La maga Melisa se habia esmerado la noche anterior en adornar con cuidado prolijo la cámara nupcial que por tanto tiempo soñara. Aquella adivina deseaba vivamente, desde una época bastante lejana, la celebracion de una alianza tan conveniente: présaga del porvenir, conocia los admirables frutos que debia producir aquella planta. Habia colocado el lecho nupcial en medio de un pabellon anchuroso y capaz, el más rico, el más adornado y admirable que, con destino á la paz ó la guerra, se haya tejido en el mundo. La hada se lo habia quitado á Constantino, en ocasion en que estaba acampado en la costa de Tracia con objeto de esparcirse: contando de antemano con el asentimiento de Leon, y deseosa de presenciar su asombro, presentándole una prueba del arte que refrena al gran gusano infernal, y probándole que podia disponer á su antojo de él y de la raza espúrea enemiga de la divinidad, hizo que los mensajeros del Averno transportaran aquel pabellon desde Constantinopla á París. Se lo quitó á Constantino, emperador de Grecia, á la luz del medio dia, con las cuerdas, los palos y los demás accesorios interiores y exteriores: lo hizo transportar por los aires, y lo destinó para suntuoso alojamiento de Rugiero: una vez terminadas las bodas, lo restituyó milagrosamente á su primitivo sitio.

Habian transcurrido cerca de dos mil años desde que fué tejido aquel pabellon. Una doncella de la tierra de Ilion, que [531] poseia la inspiracion profética, lo labró por su propia mano á fuerza de arte, tiempo y paciencia. Esta doncella se llamó Casandra, y ofreció aquel trabajo como un rico presente á su hermano el ínclito Héctor. Casandra habia bordado en la tela, con oro y seda de varios colores, la efigie del caballero más ilustre que debia salir del tronco de su hermano, á pesar de que no ignoraba que estaba separado de sus raices por numerosas ramas. Héctor lo tuvo en mucha estima mientras vivió, tanto por la mano que lo hizo como por su esquisito trabajo.

Pero despues de su muerte, cometida á traicion, y de la victoria alcanzada sobre los troyanos por los griegos, á quienes el falso Sinon abrió las puertas de la ciudad, dando lugar á la catástrofe más espantosa que registra la Historia, cupo en suerte aquel pabellon á Menelao, con el cual se trasladó á Egipto, donde se vió obligado á entregarlo al rey Proteo en cambio de la esposa que este tirano le habia arrebatado. Elena se llamaba la dama por quien Menelao trocó su pabellon, el cual pasó más tarde á manos de los Tolomeos, de quienes lo heredó Cleopatra. Esta reina lo tuvo que ceder con otras muchas riquezas en el mar de Leucades á las gentes de Agripa: cayó sucesivamente en poder de Augusto y de Tiberio, hasta que por último fué á parar á manos de Constantino, de aquel Constantino, á quien la bella Italia debe recordar con dolor mientras el cielo gire. Cuando este príncipe, disgustado de residir á orillas del Tíber, pasó á Bizancio, se llevó consigo aquel precioso velo, que Melisa arrebató á otro Constantino.

De oro eran sus cuerdas; de marfil sus apoyos, y estaba todo él entretejido con figuras más bellas que las producidas por el diestro pincel de Apeles. Allí se veian las Gracias, con trajes airosos y elegantes, auxiliando en su alum[532]bramiento á una reina, la cual daba á luz un príncipe tan hermoso cual no ha visto otro la Tierra desde el siglo primero al cuarto. Veíase á Júpiter, al elocuente Mercurio, á Venus y á Marte, derramando sobre él á manos llenas etéreas flores, dulce ambrosía y perfumes celestiales. En sus pañales se leia en pequeños caractéres el nombre de HIPÓLITO[199]. La Ventura, precedida de la Virtud, le guiaba en sus juveniles años.—Más allá se veian representados nuevos personajes, de larga cabellera y prolongadas túnicas, que iban á reclamar á su padre el tierno niño de parte de Corvino. Veíasele alejarse reverente de Hércules y de Leonor su madre, y pasar á las márgenes del Danubio, donde la gente corria á verle y adorarle como á un Dios. Veíase al prudente Rey de los Húngaros admirando la precoz sagacidad de que daba muestras en su edad temprana, exaltándole sobre todos sus barones, y colocando en sus manos á pesar de sus tiernos años, el cetro de la Estrigonia. Veíase al jovencillo continuamente al lado de aquel monarca, ya fuese en su régio alcázar, ó ya en la tienda de campaña: si aquel poderoso rey llevaba su ejército contra los Turcos ó[533] contra los Alemanes, con él iba Hipólito, contemplando fijamente sus esclarecidas y magnánimas proezas, y aprendiendo prácticamente el camino de la virtud. Veíase cómo distribuia los primeros años de su vida entre la cultura de las artes y los ejercicios bélicos, aleccionado por Fusco, el cual le explicaba los pasajes oscuros y difíciles de las obras clásicas. La hábil Casandra habia representado á Fusco con tal perfeccion, que parecia oírsele decir al niño:—«Si deseas ser fuerte, glorioso é inmortal, debes imitar este ejemplo, y evitar este otro.»

Aparecia despues revestido, jóven aun, con la púrpura cardenalicia, tomando parte en las deliberaciones del consistorio reunido en el Vaticano, y sorprendiendo con su talento y elocuencia al Sacro Colegio, cuyos individuos parecian exclamar maravillados:—«¿Qué llegará á ser este jóven cuando alcance su edad madura? ¡Oh! Si llega á poseer el manto de San Pedro, ¡qué dicha para su edad! ¡Qué fortuna para su siglo!»

En otra parte se veian los juegos y honestos pasatiempos de su juventud. Ora atacaba á los osos en las alpestres rocas, ora esperaba al jabalí en el fondo de los valles pantanosos, ora perseguia á caballo con la velocidad del viento á las cabras monteses ó los añosos ciervos, y al alcanzarlos parecian caer divididos en dos partes iguales de una sola de sus cuchilladas. En otra parte se le veia en medio de un escogido grupo de filósofos y poetas: unos le describian el curso de los planetas, otros la Tierra; otros le enseñaban la constitucion física del Cielo; estos tristes elegías, aquellos alegres versos, cantos heróicos ó armoniosas odas: más allá se le veia escuchando con placer la música ó ejecutando con suma gracia algunos pasos de baile.

Casandra habia consagrado esta primera parte de sus[534] cuadros á representar los hechos culminantes de la infancia del sublime mancebo; pero en la otra procuró pintar sus actos de prudencia, justicia, valor, modestia, y de aquella virtud que estuvo unida á él tan estrechamente: me refiero á la virtud que distribuye dádivas y favores, á esa liberalidad espléndida en que brilla tanto como en todas las otras. En esta segunda parte se veia al jóven con el infortunado Duque de los Insubres, sentándose á su lado en los consejos en tiempo de paz ó desplegando con él, armado, el estandarte de las culebras. Unido á aquel duque por una fé y una adhesion ilimitadas, así en los tiempos prósperos como en los adversos, le seguia en su fuga, le consolaba en su afliccion y le guiaba al través de los peligros.

En otro lado se le veia profundamente pensativo, atendiendo á la salvacion de Alfonso y de Ferrara, procurando con inusitada perspicacia y destreza descubrir lo que recelaba, y haciendo ver palmariamente á su justísimo hermano las traidoras y pérfidas tramas que contra él fraguaban sus más queridos allegados, y mereciendo así el glorioso sobrenombre que concedió á Ciceron la libertada Roma[200]. Más allá se le veia, cubierto con una brillante armadura, volando en socorro de la Iglesia y haciendo frente á un ejército aguerrido con un corto número de soldados indisciplinados: su sola presencia bastaba para extinguir el incendio que amenazaba devorar los Estados eclesiásticos, de suerte que con razon podia decir:—«¡Llegué, ví y vencí!»

Veíasele en otra parte peleando en las playas de su patria contra la flota más numerosa que jamás armaran los venecianos para combatir con los turcos ó los argivos: la vencia y destrozaba, entregando á su hermano las galeras[535] cautivas y cargadas de rico botin, sin que guardara para sí más que el honor de la jornada, lo único de que no podia desprenderse.

Las damas y los caballeros contemplaban atentamente aquellas figuras, sin saber lo que representaban, pues no tenian á nadie que les advirtiera que todas aquellas cosas designaban algunos acontecimientos futuros; pero se complacian en admirar unos rostros tan bellos y tan bien hechos y en leer las inscripciones. Solo Bradamante, instruida por Melisa, sentia una secreta satisfaccion, pues conocia perfectamente toda la historia. Aun cuando Rugiero no estaba tan enterado de ella como su esposa, recordaba, sin embargo, que Atlante le habia hablado muchas veces con encomio de aquel Hipólito, que seria uno de sus nietos.

¿Quién podria describir en verso los infinitos agasajos que á todos prodigó el Emperador, la variedad de los juegos, la magnificencia de las fiestas, y la abundancia y lujo de los festines? Los caballeros más valientes se daban á conocer por su vigor y pujanza, rompiendo millares de lanzas cada dia: se sostenian combates á pié y á caballo, uno á uno, dos á dos, y haciéndose á veces general la lucha; pero Rugiero descollaba entre todos, saliendo siempre vencedor, á pesar de justar dia y noche, y lo mismo en la danza que en la lucha ó en cualquier otro juego, nadie lograba arrebatarle la palma de la victoria.

El último dia de las fiestas, y en el momento de dar principio al banquete imperial, teniendo Carlomagno á Rugiero á su izquierda y á Bradamante á su derecha, vieron venir presuroso por la llanura, dirigiéndose hácia donde estaban las mesas, á un caballero completamente armado, de elevada estatura y arrogante aspecto, y cubierto tanto él como su caballo de negros paños. Era el Rey de Argel, [536] que á consecuencia de la vergüenza que le habia causado la guerrera, cuando le derribó en el puente peligroso, juró no ponerse la armadura, ni ceñir espada ni montar á caballo, hasta haber permanecido en una celda un año, un mes y un dia, como un eremita. Tales eran los castigos que los caballeros solian imponerse por sus propias faltas en aquellos tiempos. A pesar de haber tenido noticia durante su retiro de lo ocurrido á Cárlos y al hijo de Trojano respectivamente, no obstante, por no faltar á su voto, dejó de requerir sus armas, como si la desgraciada suerte de su señor no le alcanzase tambien; pero tan pronto como hubo transcurrido todo el año, todo el mes y todo el dia, se encaminó á la corte de Francia con nuevas armas y espada, y lanza y caballo.

Sin apearse, sin inclinar la cabeza, y sin dar ninguna señal de reverencia, presentóse ante Carlomagno y toda su brillante corte con actitud provocativa y desdeñosa. Quedáronse todos asombrados al ver tanta insolencia, y suspendiendo las conversaciones y la comida, se levantaron para escuchar las palabras de aquel guerrero, que dijo con voz estentórea y arrogante, luego que estuvo delante de Cárlos y Rugiero.

—Soy Rodomonte, el rey de Sarza, y vengo á desafiarte, á tí, Rugiero, á singular batalla. Soy quien espera probarte, antes de que el Sol llegue al término de su carrera, que has sido desleal para con tu señor, y que eres un traidor, indigno de merecer los honores que te dispensan estos caballeros. A pesar de que tu felonía es bien patente, pues la confirmas en el mero hecho de ser cristiano, para hacerla más ostensible, me presento en este campo á probártela; y si hay alguien que se ofrezca á combatir en tu lugar, estoy dispuesto á admitir la lucha. Si no basta uno, poco importa; aceptaré [537] cuatro ó seis, y sostendré contra todos lo que he dicho.

Rodomonte desafía á Rugiero.
(Canto XLVI.)

Rugiero se irguió arrogante al oir tales palabras, y, con licencia de Cárlos, contestó al sarraceno, que mentía él y todos cuantos pretendieran tacharle de traidor; que siempre se habia portado con su rey de modo que nadie podia censurarle con justicia, y que estaba dispuesto á sostener que nunca habia dejado de cumplir sus deberes para con Agramante. Añadió que no tenia necesidad de auxilio ajeno para defender su causa, como esperaba demostrárselo, de suerte que tendria bastante, y aun quizá demasiado, con un solo adversario.

Reinaldo, Orlando, el Marqués y sus dos hijos, Grifon el Blanco y Aquilante el Negro, Dudon, Marfisa, todos á una se ofrecieron á luchar con Rodomonte en defensa de Rugiero, procurando convencerle de que, estando recien casado, no debia turbar la paz de sus bodas; pero el jóven les respondió:

—Esos subterfugios serian indignos de mí: os ruego, pues, que permanezcais tranquilos.

Trajéronle las armas que conquistó al famoso Mandricardo, y preparóse sin la menor dilacion á la lucha. Orlando calzó las espuelas á Rugiero; el mismo Emperador le ciñó la espada; Bradamante y Marfisa le pusieron la coraza, y los otros caballeros el resto de su arnés. Astolfo le presentó de la brida su excelente corcel, cuyos estribos sostuvo el hijo del Danés, y por último, Reinaldo, Namo, y el marqués Olivero le abrieron paso al través de la multitud, haciendo despejar el palenque, que estaba siembre dispuesto para semejantes usos.

Veíase á las damas y á las doncellas pálidas y temblorosas, cual tímidas palomas que huyen de entre las espigas para refugiarse en sus nidos, arrojadas del pasto por el ím[538]petu del huracan que va mugiendo entre relámpagos y truenos, y empujando la negra tempestad que se desata en lluvia y granizo con grave daño de los campos: estaban temerosas por la suerte de Rugiero, cuya fuerza consideraban inferior á la de aquel pagano. Este temor se hacia extensivo al pueblo y á la mayor parte de los caballeros y barones, de cuya memoria no se habia borrado todavía lo que el pagano hizo en París, cuando, completamente solo, destruyó á sangre y fuego una gran parte de la ciudad, en la que se conservaban, como probablemente se conservarian por espacio de mucho tiempo, los vestigios de aquellos estragos, los mayores que soportó la Francia.

Pero sobre todos temblaba Bradamante, no ya por creer que el sarraceno aventajase á Rugiero en la fuerza y el ánimo que presta la confianza del propio valimiento, ni porque á Rodomonte le asistiese la razon que casi siempre milita en favor del que la tiene, sino por ese recelo natural en cuantos aman, el cual no dejaba de causarle cierta zozobra. ¡Oh! ¡Qué de buen grado habria tomado sobre sí la empresa de aquella incierta lucha, aun cuando hubiera tenido la seguridad de perecer en la demanda! No una, sino mil vidas habria deseado perder si las tuviera, con tal de que Rugiero no arriesgara la suya. Pero cuantos ruegos dirigió á su esposo para que le cediese tan árdua empresa, fueron inútiles, y tuvo que resignarse á presenciar la lucha con rostro triste y acongojado espíritu.

Dispuestos ya ambos combatientes, no tardaron en precipitarse uno contra otro lanza en ristre. Los hierros al chocar con la armadura parecieron de hielo: las astas, voladoras aves prontas á remontarse hasta las nubes. El bote de la lanza del pagano, dirigido al centro del escudo de su adversario, hizo muy poco efecto; pues se halló con[539]trastado por el excelente temple del acero que forjara Vulcano para el famoso Héctor. Rugiero dirigió asimismo su bote contra el broquel del pagano, y lo pasó de parte á parte, á pesar de tener un palmo de espesor, y de ser de hueso, cubierto interior y exteriormente con una chapa de acero; y á no haber sido porque la lanza no resistió aquel tremendo choque, y se quebró al primer encuentro, elevándose hasta el cielo sus astillas cual si estuviesen provistas de alas, habria atravesado la coraza (¡tanta fuerza llevaba!) aunque fuera de diamante, quedando allí mismo terminado el combate. Los corceles tocaron el suelo con sus grupas; pero los ginetes, excitándoles con la brida y las espuelas, les hicieron erguirse en el acto, y abandonando las lanzas, desenvainaron los aceros y se acometieron con nueva furia.

Haciendo girar con maestría á uno y otro lado sus animosos y ágiles caballos, aptos para aquel género de lucha, empezaron á buscar con sus punzantes espadas la parte más débil de la armadura. Rodomonte no iba defendido aquel dia por la dura y escamosa piel de la serpiente, ni empuñaba la tajante espada de Nemrod, ni llevaba cubierta la cabeza con su yelmo acostumbrado: todas estas armas quedaron colgadas en el sepulcro de Isabel, como creo haber dicho anteriormente, desde el dia en que la doncella de Dordoña le venció en el puente. La armadura que llevaba á la sazon, aunque bastante buena, no era tan perfecta como la primera, por más que ni la una ni la otra pudieran resistir al filo de Balisarda, para la que eran tan inútiles los encantamientos ó lo esmerado de la construccion, como la bondad del acero ó la firmeza del temple. Rugiero la esgrimió con tal destreza, que agujereó las armas defensivas del pagano por más de un punto.

[540]

Cuando Rodomonte vió su armadura teñida en sangre por tantas partes, y que no podia evitar que cada cuchillada le rasgara la carne, sintió más rabia y más furor que el tempestuoso mar en el rigor del invierno; y arrojando el escudo, empuñó con ambas manos su acero, y descargó con todo su vigor una cuchillada sobre el yelmo de su enemigo. Una fuerza tan extraordinaria como la que tiene la máquina colocada en el Pó sobre dos naves, y que levantada á impulsos de varios hombres y de muchas ruedas, se deja caer empotrando las aguzadas vigas, llevaba el golpe que el pagano descargó con toda su fuerza sobre Rugiero con sus dos manos por demás pesadas; y á no tropezar con el yelmo encantado, habria partido de un solo golpe al caballo y al ginete. Rugiero inclinó por dos veces la cabeza, y abrió los brazos y las piernas, próximo á caer. El Sarraceno redobló su terrible golpe, sin dar á su adversario tiempo de reponerse; tras este siguió el tercero; pero la espada no pudo soportar tan continuado martilleo, y al fin voló hecha pedazos, dejando desarmado al cruel musulman. Este contratiempo no detuvo á Rodomonte, que se precipitó con rapidez sobre Rugiero, cuya cabeza estaba tan atronada y tan ofuscada la mente, que no sentia nada: pero no tardó el africano en despertarle de su sueño; pues ciñéndole el cuello con su membrudo brazo, le aferró con tanta violencia y de tal modo, que le arrancó del arzon y le hizo rodar por el suelo.

Apenas se encontró Rugiero tendido en tierra, cuando se puso en pié, lleno, más que de ira, de vergüenza y de despecho; porque fijando sus miradas en Bradamante, observó la palidez del semblante sereno de su amada, que al verle caer, se sintió desfallecida y próxima á morir de angustia. Deseoso Rugiero de vengar aquella afrenta, empu[541]ñó de nuevo su espada y arremetió furioso al pagano, el cual le echó encima su caballo con intencion de derribarle; pero el esforzado jóven supo esquivarle haciéndose rápidamente á un lado, y al pasar, cogió con la mano izquierda las riendas del corcel, obligándole á dar vueltas, mientras que con la derecha dirigia su espada contra el vientre, el pecho ó los costados del ginete, á quien hizo sentir por dos veces la frialdad del acero, una en el costado y otra en el muslo.

Rodomonte, que aun conservaba el pomo y la guarnicion de su espada rota, asestaba con ellos tales golpes á Rugiero, que fácilmente podria aturdirle de nuevo; mas el jóven, á quien asistia el derecho á la victoria, le sujetó el brazo, y ayudándose con las dos manos, empezó á tirar de él hasta que logró arrancarle de la silla. La fuerza ó la destreza del pagano hicieron que cayese de modo que quedara al igual de Rugiero; quiero decir que cayó en pié, pues por lo demás toda la ventaja estaba á favor del segundo, que habia conservado su espada. Rugiero se servia de ella para mantener á raya al sarraceno y quitarle las ganas de acercarse á él: sobre todo evitaba cuidadosamente que se le viniera encima aquel cuerpo tan grueso y tan grande, capaz de aplastarle con su peso, y procuraba ganar tiempo á fin de que Rodomonte fuera desangrándose por el costado, por el muslo y por sus demás heridas, hasta dejarle tan desmayado que no tuviese más remedio que confesarse vencido.

Sin embargo, reuniendo el sarraceno todas sus fuerzas, arrojó con furia el pomo de la espada, que aun tenia en la mano, sobre la cabeza de Rugiero, á quien dejó más aturdido que nunca. El golpe le alcanzó en la carrillera del yelmo y en el hombro, con tanta fuerza, que le hizo vacilar[542] y dar traspiés, permaneciendo derecho con mucho trabajo. El pagano quiso entonces precipitarse sobre él, pero no pudo conseguirlo; porque la herida del muslo le impidió dar un paso, y al esforzar su marcha más de lo que podia, cayó con una rodilla en tierra. Rugiero aprovechó rápidamente aquella ocasion propicia, y empezó á golpearle el pecho y el rostro, descargándole tal diluvio de estocadas y estrechándole tanto, que al fin le derribó de un fuerte empujon. Rodomonte, empero, volvió á levantarse, merced á sus esfuerzos sobrehumanos, y logrando alcanzar á Rugiero, le oprimió vigorosamente entre sus brazos. Entonces empezó una terrible lucha cuerpo á cuerpo, en la que cada cual de los combatientes, uniendo el vigor á la destreza, sacudia al otro violentamente, dando contínuas vueltas y aferrándose con inusitada fiereza.

Las heridas del muslo y del costado habian privado á Rodomonte de una gran parte de su fuerza, al paso que Rugiero tenia destreza, una gran inteligencia y estaba muy ejercitado en la lucha: conociendo el jóven héroe sus ventajas, quiso aprovecharse de ellas, y empezó á descargar furiosos golpes con los brazos y el pecho, y con uno y otro pié en donde veia salir la sangre con más abundancia, en donde más peligrosas eran las heridas del pagano. Rodomonte, abrasado de ira y de despecho, cogió á Rugiero por el cuello y por los hombros; le empujó, le hizo oscilar á uno y otro lado, y apoyándoselo en el pecho, lo levantó del suelo, manteniéndole suspendido; volvió á hacerle dar vueltas y á oprimirle estrechamente, y por último, trabajó lo que no es decible para derribarle. Entre tanto Rugiero, recogido en sí mismo, echaba mano de todo su vigor é inteligencia para quedar encima, y á fuerza de ensayar el modo más á propósito para realizar su intento, logró suje[543]tar á Rodomonte; oprimióle el pecho con el costado izquierdo, manteniéndole unido á él con toda su fuerza: al mismo tiempo puso su pierna derecha delante de la rodilla izquierda del pagano, y le pasó la otra por detrás de la rodilla derecha dándole un fuerte empujon: en seguida le levantó del suelo y le hizo caer de cabeza á sus piés.

Rodomonte dejó impresas en la arena su cabeza y su espalda, y tan violenta fué la sacudida, que enrojeció la tierra en un gran trecho con la abundante sangre que brotaba de sus heridas. Rugiero, que se veia ayudado por la Fortuna, procuró impedir que se levantara el sarraceno, colocándole las rodillas sobre el vientre, y sujetándole por el cuello con una mano mientras con la otra dirigia el puñal sobre sus ojos. Así como acontece alguna vez en las minas de oro de la Panonia[201] ó de la Iberia, que si algun hundimiento repentino sorprende á los que en ellas se encuentran atraidos por una criminal avaricia, les deja tan abatidos que apenas puede su acongojado espíritu hallar una salida por donde escaparse, del mismo modo abatió el vencedor al sarraceno, en cuanto consiguió derribarle. Amenazándole con la punta del puñal que habia desenvainado, le intimó la rendicion, prometiendo respetar su vida; pero Rodomonte, á quien causaba menos temor la muerte que demostrar alguna cobardía en la mas insignificante de sus acciones, no respondió una palabra y empezó á retorcerse y á sacudir el peso de su enemigo, haciendo todos los esfuerzos posibles para ponerle debajo.

Así como el mastin, vencido por un feroz alano que ha hecho presa en su cuello, se afana, forcejea y se debate en vano con ojos ardientes y espumosa lengua, y no puede [544] librarse de su tenaz enemigo, superior en fuerza aunque inferior en rabia, así tambien se veia impotente el pagano para salir de debajo del vencedor Rugiero. Sin embargo, se retorció y sacudió en tales términos, que pudo hacer uso de su mejor brazo, y procuró herir á Rugiero en los riñones con el puñal que á su vez habia sacado en aquella ocasion extrema. Conoció el jóven entonces el error que iba á cometer difiriendo por más tiempo la muerte del impío sarraceno, y levantando su brazo cuanto le fué posible, hundió dos y tres veces el hierro del puñal en la horrible frente de Rodomonte, librándose por fin de tan terrible enemigo. El alma desdeñosa del africano, que fué tan arrogante y soberbia en esta vida, se separó de su helado cuerpo, y huyó blasfemando á las estériles orillas del Aqueronte[202].

FIN DEL ORLANDO.


NOTAS:

[1] Nombre bajo el cual se designaba vulgarmente una enorme pieza de artillería que poseia el duque de Ferrara en tiempo de Ariosto.

[2] Semíramis, reina de Babilonia.

[3] Pasifae, mujer de Minos, rey de Creta, que se enamoró, segun la Fábula, de un toro, y segun algunos autores, de un general llamado Taurus.

[4] Célebre mecánico ateniense, que construyó la vaca de madera en que se encerró Pasifae para satisfacer sus bestiales deseos.

[5] Segun el sistema astronómico da Ptolomeo, el planeta Marte ocupaba el quinto lugar entre los cielos que formaban dicho sistema.

[6] Diosa de la guerra, hermana y mujer de Marte.

[7] En esta fiera está representada la Avarícia.

[8] Segun algunos comentadores, este leon representa al Papa Leon X.

[9] Porque hasta entonces no habian dado los humanos muestras de la avaricia que empezaba á dominarles. La doctrina que aquí asienta el Autor es comunista y absurda; porque, si se pusieron límites á los campos, se usaron pesas y medidas, y se pactó por escrito, fué para reprimir y contener los efectos de la codicia y el afan de apoderarse de lo ajeno.

[10] Serpiente monstruosa que apareció en la Tierra cuando se retiraron las aguas del diluvio de Deucalion. Apolo la mató á flechazos.

[11] Francisco I de Francia, poco despues de su advenimiento al trono, resolvió apoderarse del ducado de Milan, ocupado á la sazon por Maximiliano Sforza; á este efecto, reunió un numeroso ejército, y despues de haberle dividido en tres cuerpos, pasó los Alpes en tres dias, lo que realizó sin dificultad alguna puesto que el ejército suizo no le esperaba más que en un punto por donde el monarca francés procuró no pasar.

[12] En la batalla de Marignan, conocida con el nombre de batalla de los Gigantes, que duró dos dias: perdida por los suizos y milaneses, se vió obligado el duque Sforza á ceder la corona ducal al monarca francés, mediante una honrosa capitulacion.

[13] La ciudadela de Milan.

[14] Bernardo Dovizi, natural de Bibbiena en Italia, cardenal y literato, y maestro del Papa Leon X.

[15] Cardenal, hijo de Federico Gonzaga I; mandó las tropas de su hermano Federico II, marqués de Mantua.

[16] Obispo de Ferrara y cardenal; fué sobrino del Papa Leon X: desempeñó varias misiones diplomáticas; protegió las ciencias y las artes y murió en 1553.

[17] Rey de Sicilia, cuyo país gobernó con prudencia y sabiduría hasta su sentida muerte.

[18] Juan Francisco Gonzaga II, marqués de Mantua: escogido por el Papa, los venecianos, la España y el duque de Milan para mandar sus tropas reunidas contra Cárlos VII de Francia, cuando este príncipe invadió la Italia, ganó algunas victorias sobre el ejército francés.

[19] Guido Ubaldo I, duque de Urbino, hijo de Federico III.

[20] Los marqueses de Pescara y del Vasto, de quienes se ha hecho mencion en dos notas del canto XV.

[21] Gonzalo Fernandez de Córdoba, generalmente conocido bajo el nombre del Gran Capitan, por las increibles muestras de pericia militar y de valor que dió en España y en Italia.

[22] Pentesilea, reina de las amazonas, figuró entre los aliados de Priamo durante los últimos años del sitio de Troya. Pereció en un combate que sostuvo con Aquiles.

[23] Nemrod, nieto de Cham, fundador del imperio de Babilonia, quien se supone que aconsejó la construccion de la torre de Babel.

[24] Antiguas ciudades de Francia, llamadas hoy Angers y Blaye.

[25] Rio del Asia, llamado hoy Thermeh, que bañaba las llanuras en que acampaban las amazonas, una de cuyas reinas fué Hipólita.

[26] Frente de leche.

[27] Rio de Noruega, que desagua en el Océano glacial Artico.

[28] Ciudad de los antiguos Estados Pontificios, al N. de Civitavecchia. Fácilmente se comprenderá el juego de palabras que aquí emplea el poeta.

[29] Giocondo en italiano significa alegre, contento, lo mismo que jocundo en castellano anticuado.

[30] La Numidia, parte septentrional de África.

[31] Hijo de Marte el primero, y conocido héroe griego el segundo, ambos invulnerables.

[32] Habiendo sido deshonrada Lucrecia, esposa de Colatino, por Sexto, hijo de Tarquino el Soberbio, rey de Roma, confesó su desgracia á su marido y á su padre, y se dió la muerte. Este sucoso fué causa de que el pueblo romano, acaudillado por L. Junio Bruto y Colatino, derribara la monarquía y estableciera la república.

[33] El sepulcro de Adriano, que hoy es el castillo de Santo Angelo en Roma.

[34] Una de las horas en que los romanos dividian el dia, y equivale á las tres de la tarde.

[35] Nombre griego dado á la constelacion conocida con el nombre de Osa menor.

[36] Antiguo nombre del mar Negro.

[37] Alusion á las constelaciones llamadas Osa mayor y menor, las cabrillas, etc.

[38] Los mirmidones habitaban una comarca de la Tesalia que componia parte del reino de Aquiles. Tambien habia mirmidones, en la isla de Egína, y segun cuenta la fábula, Júpiter convirtió las hormigas de la isla en hombres despues del diluvio.

[39] Pequeño rio del reino de Nápoles que desagua en el golfo de Tarento, cuyo golfo debe su nombre á la ciudad fundada por Falanto, de quien se ha hecho mencion en otra nota del canto XX.

[40] Nombre antiguo de un rio de África, en el estado de Trípoli, hoy llamado Guad-Quaham.

[41] Alusion á la caida de Faeton, hijo de Apolo, en el Eridano, rio de Italia, cuando se empeñó en regir los caballos del carro del Sol.

[42] Turpin, de quien tantas veces hace mencion el Autor, fué un monje de San Dionisio, y despues arzobispo de Reims, secretario, amigo y compañero de armas de Carlomagno. Se le atribuyó indebidamente un libro titulado: De vita Caroli Magni et Rolandi, más conocido con el nombre de Crónica del arzobispo Turpin.

[43] Nombres de dos de los cuatro caballos del carro del Sol. Los dos restantes se llamaban Eos y Flegon.

[44] Cuando Josué, lleno de fé santa, detuvo el curso del Sol para terminar su combate con los Jebuseos.

[45] Enamorado Júpiter de Alcmena, esposa de Anfitrion, aprovechóse de la ausencia del marido que estaba en la guerra para presentarse á Alcmena bajo el aspecto de Anfitrion. Engañada ella por este ardid, acogió alegremente á Júpiter y durmió con él, quedando en cinta de Hércules. Como el amor que el Dios tenia á Alcmena era infinito, dícese que no se contentó con pasar una noche, sino que reunió tres en una para dedicar más tiempo á su placer.

[46] Rey de Mauritania, en África.

[47] Celosa Juno de la ninfa Io, amada de Júpiter, la convirtió en vaca, y confió su custodia á Argos, príncipe que tenia todo su cuerpo lleno de ojos y no los cerraba sino sucesiva y alternativamente.

[48] Célebres pintores de la antigüedad todos ellos. Timágoras, de Calcio, fué el primero que desafió en su arte á otro pintor y le venció: Parrasio, de Efeso, el primero que sujetó á reglas el arte de la pintura, vivió hácia el año 420 antes de Jesucristo, y estaba tan envanecido de su talento, que llevaba generalmente un vestido de púrpura y una corona de oro, calificándose á sí mismo de rey de los pintores: Polignoto, de Thasos, fué el primero que retrató á las mujeres con vestiduras brillantes y lujosas: Protógenes, de Rodas, consiguió tanta celebridad por sus obras, que cuando Demetrio sitió á Rodas y se apoderó de la ciudad, mandó que se respetase del saqueo el barrio en que él trabajaba: Timante, de Cythnos, ó Sicion, fué contemporáneo y rival de Parrasio Apolodoro, pintor griego, que excedió en su arte á sus antepasados: Apeles, de Colophon el pintor más célebre y conocido de la antigüedad, el único á quien Alejandro el Grande permitió que le retratara: Zeuxis, otro pintor griego de fama universal.

[49] Una de las tres Parcas: la que tiene la rueca é hila el destino de los hombres.

[50] Lago de la Campania, á 3 leguas de Nápoles. Tiene la forma de un pozo muy profundo, y exhalaba vapores fétidos, por lo cual le consideraban los antiguos como la entrada de los Infiernos.

[51] Grutas situadas en la montaña de Norsia, cerca de Nápoles, donde es fama que en la más profunda de ellas tenia su residencia habitual la Sibila de Cumas. Acudian muchos á ella para consultar el porvenir, para aprender el arte de los encantamientos y para hacer sagrados á los demonios los libros que llevaban; pero no podian salir de la gruta hasta que transcurriera un año, un mes y un dia, y si se olvidaban de efectuarlo en el término fijado, quedaban en ella para siempre.

[52] Marcomiro V, rey franco, padre de Faramundo, á quien muchos historiadores tienen por el primer rey de Francia.

[53] Deseoso Mauricio, emperador de Constantinopla, de arrojar de Italia á los lombardos, incitó á Sigeberto, rey de Austrasia, á que tomara las armas contra ellos, ofreciéndole en cambio ricos presentes y donativos espléndidos. Sigeberto pasó los Alpes á la cabeza de un numeroso ejército, y llegó á la Galia Cisalpina. Autharis, rey de los lombardos, apenas supo su venida, se fingió temeroso y se encerró dentro de los muros de Milan; entonces los franceses, haciendo gala de mayor audacia y seguridad de la que les convenia, descuidaron toda vigilancia, y aprovechándose Autharis de este descuido, cayó sobre ellos y los destrozó, causándoles una mortandad horrorosa.

[54] Clodoveo, rey de Francia, pasó con un numeroso ejército á Italia, con objeto de destruir el poder de los lombardos. Como Grimoaldo, duque de Benevento, á quien correspondia la corona de Lombardia, estaba á la sazon ocupado en pelear con los hermanos Pertarita y Gondiberto, que se la disputaban, se conoció impotente para resistir á los franceses, y determinó valerse de la astucia. Con las escasas fuerzas de que disponia simuló un ataque contra Clodoveo, y huyendo despues atrajo al enemigo al campamento lombardo, que estaba abundantemente provisto de víveres y vino. La intencion de Grimoaldo tuvo cumplido efecto, porque abalanzándose los franceses sobre los barriles de vino, no tardaron en embriagarse, y cuando Grimoaldo los vió por la noche ébrios y soñolientos, cayó sobre ellos y los derrotó de tal suerte, que no quedó uno solo que pudiera llevar á su país la noticia de su derrota.

[55] Queriendo vengar Childeberto, sucesor de Clodoveo, la derrota que á este hiciera sufrir Grimoaldo, envió á Italia una poderosa hueste dividida en tres cuerpos: el jefe de la primera fué atravesado por una saeta delante del castillo de Milan, por cuya causa sus soldados se desbandaron, pasando algunos á reunirse con los otros dos cuerpos: el segundo anduvo recorriendo y devastando la Venecia y la Lombardia. El tercero puso sitio á Milan, donde pasó algun tiempo esperando socorros del emperador de Oriente, y como estos no llegaran y el ejército francés sufriera entre tanto una pestilente mortandad, los pocos soldados que quedaban regresaron á sus hogares.

[56] Exaltado Esteban II al sólio pontificio, Astolfo, rey de Lombardia, empezó á vejarle de diversos modos, llegando hasta á apoderarse de Rávena, á pesar de los dones que el Papa le ofrecia para contenerle. En su consecuencia, Esteban II pidió auxilio á Pepino, rey de Francia, el cual atacó á Astolfo, le venció y le obligó á restituir á la Santa Sede cuanto le habia usurpado. En cuanto Pepino regresó á Francia, empezó de nuevo Astolfo sus ataques contra Roma, por lo cual, llamado otra vez el monarca francés, obligó tambien al lombardo á cejar en sus persecuciones. Muerto Astolfo, le sucedió su hijo Desiderio, que fué vencido y encerrado en Lyon por Carlomagno, segun se ha dicho en el canto III.—Al papa Adriano sucedió Leon III, el cual fué acometido una mañana mientras celebraba los divinos oficios por sus competidores Pascual Primicerio y Gíampdo Preste, que arrancaron al Papa sus vestiduras, lo arrojaron al suelo, le quisieron sacar los ojos y la lengua, y se le llevaron por fin prisionero. El Papa pudo escaparse, merced á su camarero Albino, y fué á pedir auxilio á Carlomagno, que á la sazon estaba en guerra con los sajones. No pudiendo el Emperador acompañarle, le envió á Roma con una numerosa escolta y le restableció en su trono. En agradecimiento, Leon III puso en la cabeza de Carlomagno la corona imperial. Los dos culpables fueron despues aprehendidos y llevados á Francia, donde murieron en el cautiverio.

[57] Pepino, hijo de Carlomagno y coronado rey de Italia por el Papa Leon III, declaró la guerra á los venecianos por apoderarse de la Dalmacia. Despues de haberse hecho dueño de la campiña de Venecia y de muchas islas cercanas, intentó asaltar el palacio de Rialto, adonde se habia trasladado el Dux desde el de Malamocco, y no pudiendo conseguir su objeto por tierra, construyó un puente de tablas sobre toneles vacíos en el canal de Orfano que es muy profundo, para que sus soldados, poco acostumbrados á los combates navales, lucharan sobre él con más comodidad. Pero los venecianos, defendiéndose en sus lanchones, y auxiliados por un viento impetuoso que agitó fuertemente las aguas, hicieron pedazos el puente, precipitando á los franceses en el canal, y Pepino tuvo que abandonar la empresa, á consecuencia de las pérdidas que sufrió.

[58] Reinando Berengario I en Italia, Luis III de Francia, hijo de Boson, rey de Borgoña, quiso disputarle la corona; pero vencido por Berengario, le juró que no volveria á tomar las armas contra él. Olvidando á los cuatro años su juramento, le declaró de nuevo la guerra, pero fué sorprendido en Verona por su competidor, el cual se apoderó de él, hizo que le sacaran los ojos, y le envió á Francia, donde desde entonces le apellidaron el Ciego.

[59] Reinaba en Italia Berengario II, en cuyo tiempo Rodolfo, rey de Borgoña, pasó á Italia, llamado por muchos señores que odiaban á aquel, le venció y le privó de la corona. Berengario solicitó el auxilio de los hunos, los cuales pasaron á Italia y la devastaron. Viendo esto los italianos, é irritados con la pusilanimidad de Rodolfo, llamaron á su vez á Hugo, conde de Arlés, que despues de expulsar á los hunos y á Rodolfo, reinó diez años. Por entonces entraron en Italia los bávaros con un grande ejército; pero fueron vencidos por Hugo. Berengario III, sucesor de su padre, intentó recobrar despues sus estados hereditarios; y auxiliado por los hunos y los bávaros, obligó á Hugo á pedir la paz, bajo condicion de que él saldria de Italia dejando en rehenes á su hijo Lotario. Al poco tiempo Hugo murió en Arlés, y su hijo, que estaba encerrado en Pavía, solo le sobrevivió dos años.

[60] El buen Pastor á que se refiere Ariosto fué Urbano IV, á quien llama bueno por ironía; pues en vez de practicar obras santas, llamó á Cárlos de Anjou para encender la guerra en Italia. Este príncipe pasó en efecto á la Península con un ejército francés y derrotó á Manfredo, rey de Nápoles, que murió en la batalla. En cuanto á su sobrino y sucesor Conradino, logró escaparse; pero vendido por algunos de los que protegian su fuga, fué entregado á Cárlos, el cual, cediendo á las sugestiones del Papa, le hizo decapitar en la plaza de la Anunziata de Nápoles.—Poco tiempo despues fué exterminado el ejército francés por los sicilianos, cuya matanza es bastante conocida con el nombre de Vísperas sicilianas.

[61] Molestados los florentinos y boloneses por Galeas Visconti, duque de Milan, se conjuraron contra él con la mayor parte de los príncipes italianos, é hicieron que pasara desde Francia á auxiliarles el conde de Armagnac con un ejército de 20,000 hombres, que pusieron sitio á Alejandría: entonces Galeas, dejando una fuerte guarnicion en la ciudad, salió con el resto de sus tropas, y dando un gran rodeo, cayó sobre la retaguardia del enemigo, mientras los sitiados hacian una salida vigorosa, de suerte que los franceses, cogidos entre dos fuegos, quedaron muertos ó prisioneros. El conde de Armagnac murió á consecuencia de sus heridas.

[62] Daunia: region de la Italia meridional, que hoy forma, poco más ó menos, la Capitanata.—Marsos: pueblo de la Italia antigua, que habitaba en las montañas que rodean el lago Fucino, en el reino de Nápoles.—Salentinos: pueblo antiguo de la Italia meridional, al que se coloca en la costa de Calabria.

[63] Casado Jacobo, conde de la Marca y descendiente de los reyes de Francia, con Juana II, reina de Nápoles, olvidó lo prometido al casarse, é intentó gobernar con exclusion de su esposa. Juana, auxiliada por Francisco Sforza, duque de Milan, obligó á su marido á huir á Francia.—Alfonso, hijo adoptivo y sucesor de Juana, tuvo que combatir contra los condes Luis y Renato de Anjou, los cuales le disputaban la corona por descender de Cárlos III; pero Alfonso los venció y se hizo dueño del reino. A la muerte de Alfonso, Renato de Anjou declaró la guerra á su sucesor Fernando, inducido á ello por muchos señores italianos; pero el nuevo rey alcanzó la victoria y se estableció en el trono, á pesar de que los franceses ayudaron á Renato con hombres y dinero.

[64] Rio de Italia, que desagua al E. de Gaeta. Hoy se llama el Garigliano.

[65] Este escollo es la isla de Ischia, situada á la entrada del golfo de Nápoles, bajo la cual suponian algunos poetas que estaba sepultado el gigante Tifeo, uno de los que intentaron asaltar el Olimpo.

[66] Cárlos VIII de Francia quiso conquistar el reino de Nápoles, haciendo valer ciertos derechos que los príncipes de la casa de Anjou habian legado á su familia. En cinco meses llevó á cabo dicha conquista, contando con el auxilio de muchos magnates italianos; pero no pudo apoderarse de la fortaleza levantada en la isla de Ischia, que defendió valerosamente Iñigo del Vasto, en favor de Fernando II de Nápoles.

[67] Rey de Naxos: era despues de Aquiles el más hermoso de todos los griegos que fueron al sitio de Troya.

[68] Lada, segun los historiadores, fué tan veloz en la carrera, que cuando corria no dejaba la huella de sus plantas en el suelo.

[69] Néstor, rey de Pylos, es celebrado entre los poetas por su sabiduría y elocuencia, y llegó á una edad tan avanzada, que, segun Homero, vivió tres edades de hombre.

[70] Júpiter, fué hijo de Saturno, el cual lo fué del Cielo, segun la fábula, por cuya razon Ariosto llama á Júpiter, nieto del Cielo. Este dios fué criado secretamente en la isla de Creta, adonde le envió su madre Rhea para impedir que su padre lo devorase, como hacia con todos sus hijos varones.

[71] Por haber nacido en ella.

[72] En Delos, una de las islas Ciclades, nacieron Diana y Apolo, hijos de Júpiter y Latona. Segun la fábula, la celosa esposa de Júpiter obligó á la Tierra á no dar refugio á Latona mientras estaba encinta; pero Neptuno, movido á compasion, hizo salir del fondo del mar la isla de Delos, donde Latona se refugió. Esta isla estuvo fluctuando sobre las aguas, hasta que Latona dió á luz á los dos gemelos, y entonces se fijó entre las demás del archipiélago griego.

[73] Fernando Francisco de Ávalos, marqués de Pescara, de quien se ha hablado ya en el canto XV.

[74] Habiendo muerto Galeas Sforza, duque de Milan, dejó un hijo de corta edad llamado Juan Galeas, en cuyo nombre gobernaba el estado su tio Luis Sforza, llamado el Moro, á causa de su color moreno. Intentando este usurpar á su sobrino la corona ducal, y contrariado en sus propósitos por Alfonso, rey de Nápoles, indujo á Cárlos VIII de Francia á que pasara á Italia con objeto de conquistar el reino de Nápoles, cuya conquista llevó Cárlos á cabo, segun se ha dicho en una nota precedente. No tardó el francés vencedor en publicar sus propósitos de apoderarse de toda la Italia, y recelosos por esta causa los príncipes italianos, y en especial Luis Sforza, que era ya duque de Milan por muerte de su sobrino y estaba arrepentido de haber llamado á Cárlos VIII, formaron entre los milaneses, los venecianos y los mantuanos una alianza para oponerse á las pretensiones del nuevo rey de Nápoles. Los ejércitos de ambas partes vinieron á las manos en las márgenes del Taro, y despues de combatir con indecisa fortuna, lograron los franceses abrirse paso. Mientras tanto el rey Fernando, sucesor de Alfonso salió de Ischia y entró en Nápoles, cuyos habitantes, cansados del orgullo é insolencia de los franceses, le recibieron con los brazos abiertos, y auxiliado por los venecianos, exterminó á todos los enemigos que quedaban en el reino.

[75] Quedaba aun en poder de los franceses el castillo nuevo de Nápoles, cuando un esclavo moro que estaba á su servicio, prometió á las tropas napolitanas y aragonesas que en una noche dada incendiaria la armada francesa, y les abriria las puertas de la iglesia de Santa Cruz. Alfonso de Pescara, llamado á media noche por aquel malvado, acudió á conferenciar con él desde el pié de las murallas del castillo, y entonces el moro le lanzó una saeta lunada que le dejó muerto en el acto.

[76] Poco despues de su advenimiento al trono de Francia, intentó Luis XII recobrar el Milanesado, y á este fin se alió con el Papa Alejandro VI y los venecianos contra Luis Sforza el Moro, á quien desposeyó de sus estados obligándole á pedir auxilio al emperador Maximiliano. Aliado despues Luis XIII con el rey de España acometieron juntos á Federico de Aragon, rey de Nápoles, le vencieron y se repartieron su reino; pero habiéndose suscitado algunas disensiones entre los españoles y franceses á causa de esto reparto, acudieron á las armas para dirimirlas, y encontrando Gonzalo de Córdoba al ejército francés en el momento en que intentaba pasar el Garigliano, le causó una sangrienta derrota.

[77] Despues de la derrota del Garigliano, los españoles consiguieron vencer á los franceses en Ceriñola, ciudad del reino de Nápoles, en cuya batalla pereció el Duque de Nemours, generalísimo del ejército francés; y á consecuencia de estas dos victorias, los franceses, que ya solo conservaban la plaza de Gaeta, tuvieron que abandonarla, y con ella el reino.—La victoria que consiguió el rey Luis XII posteriormente fué la de Rávena, mencionada ya en otro canto.

[78] En cuanto Luis XII entró en Milan, abandonada por su duque Luis el Moro, se fueron rindiendo á sus armas todas las ciudades del ducado, incluso Génova, cuyo castillo vendió por dinero su gobernador, que era suizo, al ejército francés. Apenas regresó Luis XII á sus estados, ocurrieron algunos choques entre los milaneses y la guarnicion francesa y aprovechando Luis el Moro esta circunstancia, recuperó en breve su patrimonio, auxiliado por un ejército suizo. A los pocos dias volvieron los franceses, le atacaron, y los suizos que auxiliaban al Duque de Milan, ganados por el oro francés, se pasaron al enemigo, entregando á Luis el Moro, que fué llevado cautivo á Francia, donde murió á los diez años de cautiverio.

[79] César Borgia, hijo natural de Rodrigo Borgia, que despues fué Papa con el nombre de Alejandro VI, se hizo célebre por sus crímenes y sus perfidias. Su padre le hizo cardenal, y en seguida le obligó á abandonar la púrpura para tomar la espada. Casó con una hija de Juan de Albret, rey de Navarra y pariente de Luis XII de Francia, el cual le ayudó á apoderarse en 1501 de la Romanía, Urbino, Camerino y Sinigaglia, envenenando á la mayor parte de los pequeños príncipes de estos países, y cometiendo inauditas crueldades con los nobles.

[80] Ayudado el Papa Julio II por los franceses, arrojó de Bolonia en 1508 á la familia Bentivoglio, que llevaba por enseña ó blason una sierra, redujo á la ciudad á su obediencia y puso en ella el Roble, que era su blason.

[81] Habiendo quitado los venecianos al Papa Julio II muchos pueblos al Norte de Italia, el Pontífice formó en 1508 con Luis XII de Francia, Fernando V de España y el emperador Maximiliano la liga de Cambrai, y obligó á Venecia á aceptar condiciones desventajosas. Cuando no necesitó de los socorros de Luis XII le suscitó enemigos, y á