The Project Gutenberg EBook of Novelas Cortas, by Pedro Antonio de Alarcón This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Novelas Cortas Author: Pedro Antonio de Alarcón Editor: W.F. Giese Release Date: April 4, 2005 [EBook #15532] Language: English and Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK NOVELAS CORTAS *** Produced by Stan Goodman, Miranda van de Heijning, Renald Levesque and the Online Distributed Proofreading Team.

MEMBER OF THE SPANISH ACADEMY
ASSOCIATE PROFESSOR OF ROMANCE LANGUAGES
IN THE UNIVERSITY OF WISCONSIN
The following stories from Alarcón are offered to the student of Spanish in the belief that the easy style, the interest of the narrative, and the incidental sidelights that they throw on Spanish life and history will make the book a welcome one in the earlier stages of study.
The stories have been very fully annotated, and nothing that seemed to offer any real difficulty has been passed over. All proper names have been explained, with the exception of a few too well known or too insignificant to justify comment. The notes are further reënforced by an Idiomatic Commentary, to be studied in connection with the text. By frequent reviews and by oral drill in translating the idioms from either language to the other, with changes of person, tense, etc., wherever possible, the Commentary should enable the student to attain to a real mastery of the idioms that are here tabulated.
Easy exercises for translation into Spanish are added. They are based on very short passages from the text, and are so graded and arranged as to afford a systematic review of the elements of grammar, a drill which beginners always need.
The vocabulary, while registering all the words in the text, except such as are nearly or quite identical, does not aim at giving, without any labor of adaptation on the part of the student, the precise equivalent required.
The stories are complete, except for a few trifling omissions dictated by class-room proprieties.
Acknowledgment is gratefully made for a number of welcome suggestions due to my esteemed colleague Mr. A.R. Seymour.
PREFACE LA BUENAVENTURA LA CORNETA DE LLAVES LAS DOS GLORIAS EL AFRANCESADO ¡VIVA EL PAPA! EL EXTRANJERO EL LIBRO TALONARIO MOROS Y CRISTIANOS EL AÑO EN SPITZBERG IDIOMATIC COMMENTARY NOTES EXERCISES FOR TRANSLATION INTO SPANISH VOCABULARY |
V 1 14 26 33 43 55 67 76 111 131 143 173 183 |
LA BUENAVENTURA(p1)
No sé qué día de Agosto del año 1816 llegó a las puertas de
la Capitanía general[1-1] de Granada[1-2] cierto haraposo y grotesco
gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de
apellido o sobrenombre Heredia, caballero en flaquísimo y
05destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían a una
soga atada al pescuezo; y, echado que hubo[1-3] pie a tierra, dijo
con la mayor frescura «que quería ver al Capitán general.»
Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente
la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas
10y las dudas y vacilaciones de los edecanes[1-4] antes de llegar a
conocimiento del Excelentísimo Sr. D.[1-5] Eugenio Portocarrero,
conde del Montijo, a la sazón Capitán general del antiguo
reino de Granada.... Pero como aquel prócer era hombre de
muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre
15por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor a lo ajeno...,
con permiso del engañado dueño, dió orden de que dejasen
pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos
pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias
20graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
—¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo
de toitico[1-6] el mundo!
—Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece
...—respondió el Conde con aparente sequedad.(p2)
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho
desparpajo:
—Pues, señor, vengo a que[2-1] se me den los mil reales.
—¿Qué mil reales?
05 —Los ofrecidos hace días, en un bando, al que presente las
señas de Parrón.
—Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?
—No, señor.
—Entonces....
10 —Pero ya lo conozco.
—¡Cómo!
—Es muy sencillo. Lo he buscado; lo he visto; traigo las
señas, y pido mi ganancia.
—¿Estás seguro de que lo has visto?—exclamó el Capitán
15 general con un interés que se sobrepuso a sus dudas.
El gitano se echó a reír, y respondió:
—¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos,
y quiere engañarme.—¡No me perdone Dios si miento!—Ayer
ví a Parrón.
20 —Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes
que hace tres años que se persigue[2-2] a ese monstruo, a ese
bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver?
¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas
sierras, a algunos pasajeros; y después los asesina, pues dice
25 que los muertos no hablan, y que ése es el único medio de que
nunca dé con él la Justicia? ¿Sabes, en fin, que ver a Parrón
es encontrarse con la muerte?
El gitano se volvió a reír,[2-3] y dijo:
—Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un
30 gitano no hay quien lo haga[2-4] sobre la tierra? ¿Conoce nadie[2-5]
cuándo es verdad nuestra risa o nuestro llanto? ¿Tiene su
merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como
nosotros?—Repito, mi General, que, no sólo he visto a Parrón,
sino que he hablado con él.(p3)
—¿Dónde?
—En el camino de Tózar.
—Dame pruebas de ello.
—Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días que
05 caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron
muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados
hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos.
Una cruel sospecha me tenía desazonado.—«¿Será
esta gente de Parrón? (me decía a cada instante.) ¡Entonces
10 no hay remedio, me matan[3-1]!..., pues ese maldito se ha empeñado
en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan a
ver cosa ninguna.»
Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó
un hombre vestido de macareno[3-2] con mucho lujo, y dándome
15 un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me
dijo:
—Compadre, ¡yo soy Parrón!
Oír esto y caerme de espaldas,[3-3] todo fué una misma cosa.
El bandido se echó a reír.
20 Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé
en todos los tonos de voz que pude inventar:
—¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién
no había de conocerte[3-4] por ese porte de príncipe real que
Dios te ha dado? ¡Y que haya madre[3-5] que para tales hijos!
25 ¡Jesús![3-6] ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en
mal hora muera[3-7] si no tenía gana de encontrarte el gitanico
para decirte la buenaventura[3-8] y darte un beso en esa mano
de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres
que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieres
30 vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres
que le enseñe el francés a una mula?
El Conde del Montijo no pudo contener la risa....—Luego
preguntó:
—Y ¿qué respondió Parrón a todo eso? ¿Qué hizo?
(p4)
—Lo mismo que su merced; reírse a todo trapo.[4-1]
—¿Y tú?
—Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las
patillas lagrimones como naranjas.
05 —Continúa.
En seguida me alargó la mano y me dijo:
—Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído
en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de
procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras
10 tonterías que me ponen de mal humor. Sólo V. me ha hecho
reír: y si no fuera por esas lágrimas....
—Qué, ¡señor, si son[4-2] de alegría!
—Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez
que me he reído desde hace seis u ocho años!—Verdad es que
15 tampoco he llorado....
—Pero despachemos.—¡Eh, muchachos!
Decir Parrón estas palabras y rodearme una nube de trabucos,
todo fué un abrir y cerrar de ojos.
—¡Jesús me ampare!—empecé a gritar.
20 —¡Deteneos! (exclamó Parrón.) No se trata de eso
todavía.—Os llamo para preguntaros qué le habéis tomado a
este hombre.[4-3]
—Un burro en pelo.[4-4]
—¿Y dinero?
25 —Tres duros y siete reales.
—Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
—Ahora dime la buenaventura—exclamó el ladrón, tendiéndome
la mano.[4-5]
30 Yo se la[4-6] cogí; medité un momento; conocí que estaba en el
caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras[4-7] de mi
alma:
—Parrón, tarde que temprano,[4-8] ya me[4-9] quites la vida, ya
me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
(p5)
—Eso ya lo sabía yo.... (respondió el bandido con entera
tranquilidad.)—Dime cuándo.
Me puse a cavilar.
Este hombre (pensé) me va a perdonar la vida; mañana
05 llego a Granada y doy el cante;[5-1] pasado mañana lo cogen....
Después empezará la sumaria....
—¿Dices que cuándo?[5-2] (le respondí en alta voz.)—Pues
¡mira! va a ser el mes que entra.[5-3]
Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor
10 propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.[5-4]
—Pues mira tú, gitano.... (contestó Parrón muy lentamente.)
Vas a quedarte en mi poder....—¡Si en todo el
mes que entra no me ahorcan, te ahorco[5-6] yo a ti, tan cierto
como ahorcaron a mi padre!—Si muero para esa fecha,[5-7]
15 quedarás libre.
—¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona
... después de muerto![5-8]
Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.[5-9]
20 Quedamos en lo dicho: fuí conducido a la cueva, donde
me encerraron, y Parrón montó en su yegua y tomó el tole[5-10]
por aquellos breñales....
—Vamos,[5-11] ya comprendo ... (exclamó el Conde del Montijo.)
Parrón ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes
sus señas....
25 —¡Todo lo contrario, mi General! Parrón vive, y aquí
entra lo más negro de la presente historia.
Pasaron ocho días sin que el capitán volviese a verme. Según
pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le
hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, a lo que me
30 contó[5-12] uno de mis guardianes.
—Sepa V. (me dijo) que el Jefe se va al infierno[5-13] de vez en (p6)
cuando, y no vuelve hasta que se le antoja.—Ello es[6-1] que nosotros
no sabemos nada de lo que hace durante sus largas
ausencias.
A todo esto, a fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho
05 serían ahorcados y que llevarían[6-2] una vejez muy tranquila, había
yo conseguido que por las tardes me sacasen de la cueva y me
atasen a un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.
Pero excuso decir que nunca faltaban a mi lado un par de
10 centinelas.
Una tarde, a eso de las seis, los ladrones que habían salido
de servicio[6-3] aquel día a las órdenes del segundo de parrón,
regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como
pintan a nuestro Padre Jesús Nazareno, a un pobre segador de
15 cuarenta a cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.
—¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais
con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo
el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de
mi mujer y de mis hijos![6-4]—¡Así he reunido, con mil sudores y
20 privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!...
¡Y cuando ya voy de vuelta,[6-5] deseando abrazarlos y pagar
las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices,
¿cómo he de perder[6-6] ese dinero, que es para mí un tesoro?—¡Piedad,
señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por
25 los dolores de María Santísima!
Una carcajada de burla contestó a las quejas del pobre padre.
Yo temblaba de horror en el árbol a que estaba atado; porque
los gitanos también tenemos familia.
—No seas[6-7] loco.... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose
30 al segador.)—Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes
cuidados mayores en que ocuparte....
—¡Cómo!—dijo el segador, sin comprender que hubiese
desgracia más grande que dejar sin pan a sus hijos.
—¡Estás en poder de Parrón! (p7)
—Parrón.... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído
nombrar.... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante,[7-1] y
he estado segando en Sevilla.[7-2]
—Pues, amigo mío, Parrón quiere decir la muerte. Todo
05 el que cae en nuestro poder es preciso que muera. Así,
pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma
en otros dos.—¡Preparen![7-3] ¡Apunten!—Tienes cuatro
minutos.
—Voy a aprovecharlos.... ¡Oídme, por compasión!...
10 —Habla.
—Tengo seis hijos[7-4]4 ... y una infeliz ...—diré viuda...,
pues veo que voy a morir....—Leo en vuestros ojos que sois
peores que fieras.... ¡Sí, peores! Porque las fieras de una
misma especie no se devoran unas a otras.—¡Ah! ¡Perdón!...
15 No sé lo que me digo.[7-5]—¡Caballeros, alguno de ustedes[7-6] será
padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo
que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo
que es una madre que ve morir a los hijos de sus entrañas,
diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?—Señores, ¡yo no
20 quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una
cadena de trabajos y privaciones!—¡Pero debo vivir para mis
hijos!... ¡Hijos míos![7-7] ¡Hijos de mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los
ladrones una cara.... ¡Qué cara!... ¡Se parecía a la de
25 los santos que el rey Nerón[7-8] echaba a los tigres, según dicen
los padres predicadores....
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho,
pues se miraron unos a otros...; y viendo que todos estaban
pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió a decirla....
30 —¿Qué dijo?—preguntó el Capitán general, profundamente
afectado por aquel relato.
—Dijo: «Caballeros, lo que vamos a hacer no lo sabrá nunca
Parrón....»
—Nunca..., nunca ...—tartamudearon los bandidos. (p8)
—Márchese V., buen hombre....—exclamó entonces uno
que hasta lloraba.
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
05 —Pronto.... ¡Márchese V.!—repitieron todos volviéndole
la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
—¿Te parece poco? (gritó uno.)—¡Pues no quiere su
10 dinero![8-1]—Vaya..., vaya.... ¡No nos tiente V. la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y a poco desapareció.
Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones
en jurarse unos a otros no decir nunca a su capitán que habían
perdonado la vida a un hombre, cuando de pronto apareció
Parrón, trayendo al segador en la grupa de su yegua.
15 Los bandidos retrocedieron espantados.
Parrón se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos
cañones, y, apuntando a sus camaradas, dijo:
—¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo[8-2] no os mato a
todos!—¡Pronto! ¡Entregad a este hombre los duros que
20 le habéis robado![8-3]
Los ladrones sacaron los veinte duros y se los[8-4] dieron al
segador, el cual se arrojó a los pies de aquel personaje que
dominaba a los bandoleros y que tan buen corazón tenía....
Parrón le dijo:
25 —¡A la paz de Dios![8-5]—Sin las indicaciones de V., nunca
hubiera dado con ellos. ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin
motivo!... He cumplido mi promesa.... Ahí tiene V.
sus veinte duros....—Conque ... ¡en marcha!
El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.
30 Pero no habría andado[8-6] cincuenta pasos, cuando su bienhechor
lo llamó de nuevo.
El pobre hombre se apresuró a volver pies atrás.[8-7]
—¿Qué manda V.?—le preguntó, deseando ser útil al que
había devuelto la felicidad a su familia.
(p9)
—¿Conoce V. a Parrón?—le preguntó él mismo.
—No lo conozco.
—¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy Parrón.
El segador se quedó estupefacto.[9-1]
05 Parrón se echó la escopeta a la cara[9-2] y descargó los dos
tiros contra el segador, que cayó redondo[9-3] al suelo.
—¡Maldito seas![9-4]—fué lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista, observé que el
árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que
10 mis ligaduras se aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en
la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para
escaparme.
15 Entretanto decía Parrón a los suyos, señalando al segador:
—Ahora podéis robarlo.—Sois unos imbéciles..., ¡unos
canallas![9-5] ¡Dejar a ese hombre, para que se fuera, como se
fué, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme
soy yo[9-6] quien se[9-7] lo encuentra y se entera de lo que pasaba,
20 hubieran sido los migueletes[9-8] habría dado vuestras señas y las
de nuestra guarida, como me las ha dado a mí, y estaríamos ya
todos en la cárcel!—¡Ved las consecuencias de robar sin
matar!—Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver
para que no apeste.
25 Mientras los ladrones hacían el hoyo y Parrón se sentaba a
merendar dándome la espalda,[9-9] me alejé poco a poco del árbol
y me descolgué al barranco próximo....
Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí a todo
escape,[9-10] y, a la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que comía
30 allí tranquilamente, atado a una encina. Montéme en él, y
no he parado hasta llegar aquí....
Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las
señas de Parrón, el cual se ha quedado con[9-11] mis tres duros y
medio....
(p10)
Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego
la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados
al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos
ha contado todos estos pormenores.
05 Réstanos ahora saber si acertó o no acertó Heredia al decir
la buenaventura a Parrón.
Quince días después de la escena que acabamos de referir,
y a eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa
presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de
10 San Felipe de aquella misma capital, la reunión de dos compañías
de migueletes que debían salir a las nueve y media en
busca de Parrón, cuyo paradero, así como sus señas personales
y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado
el Conde del Montijo.
15 El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no
menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de
sus familias y amigos para marchar a tan importante empresa.
¡Tal espanto había llegado a infundir Parrón a todo el antiguo
reino granadino!
20 —Parece que ya vamos a formar ... (dijo un miguelete a
otro[10-1]), y no veo al cabo López....
—¡Extraño es, a fe mía,[10-2] pues él llega siempre antes que
nadie[10-3] cuando se trata de salir en busca de Parrón, a quien
odia con sus cinco sentidos![10-4]
25 —Pues ¿no sabéis lo que pasa?—dijo un tercer miguelete,
tomando parte en la conversación.
—¡Hola! Es nuestro nuevo camarada....—¿Cómo te
va en nuestro Cuerpo?
—¡Perfectamente!—respondió el interrogado.
30 Era éste un hombre pálido y de porte distinguido, del cual
se despegaba mucho el traje de soldado.
—Conque ¿decías....—replicó el primero.
(p11)
—¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido....—respondió
el miguelete pálido.
—Manuel.... ¿Qué dices?—¡Eso no puede ser!...—Yo
mismo he visto a López esta mañana, como te veo
05 a ti....
El llamado Manuel[11-1]\contestó fríamente:
—Pues hace media hora que lo ha matado Parrón.
—¿Parrón? ¿Dónde?
—¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro[11-2] 10 se ha encontrado el cadáver de López.
Todos quedaron silenciosos y Manuel empezó a silbar una
canción patriótica.
—¡Van once[11-3] migueletes en seis días! (exclamó un sargento.)
¡Parrón se ha propuesto exterminarnos!—Pero ¿cómo
15 es que está en Granada? ¿No íbamos á buscarlo a la Sierra de
Loja?[11-4]
Manuel dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada
indiferencia:
—Una vieja que presenció el delito dice que, luego que
20 mató a López, ofreció que, si íbamos á buscarlo, tendríamos el
gusto de verlo....
—¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa!
¡Hablas de Parrón con un desprecio!...
—Pues ¿qué es Parrón más que un hombre?—repuso
25 Manuel con altanería.
—¡A la formación!—gritaron en este acto varias voces.
Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.[11-5]
En tal momento acertó a pasar por allí el gitano Heredia,
el cual se paró, como todos, a ver aquella lucidísima
30 tropa.
Notóse entonces que Manuel, el nuevo miguelete, dió un retemblido
y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de
sus compañeros....
(p12)
Al propio tiempo Heredia fijó en él sus ojos; y dando un
grito y un salto como si le hubiese picado una víbora, arrancó
a correr[12-1] hacia la calle de San Jerónimo.
Manuel se echó la carabina a la cara y apuntó al gitano....
Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del
05 arma,[12-2] y el tiro se perdió en el aire.
—¡Está loco! ¡Manuel se ha vuelto loco! ¡Un miguelete
ha perdido el juicio!—exclamaron sucesivamente los mil espectadores
de aquella escena.
Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban a aquel hombre,
10 que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con
mayor fuerza, abrumándolo a preguntas, reconvenciones y dicterios
que no le arrancaron contestación alguna.
Entretanto Heredia había sido preso en la plaza de la
Universidad por algunos transeuntes, que, viéndole correr
15 después de haber sonado aquel tiro, lo tomaron por un
malhechor.
—¡Llevadme a la Capitanía general! (decía el gitano.)
¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!
—¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto![12-3] (le respondieron
20 sus aprehensores.)—¡Ahí están los migueletes, y ellos
verán lo que hay que hacer[12-4] con tu persona!
—Pues lo mismo me da[12-5].... (respondió Heredia.)—Pero
tengan Vds. cuidado de que no me mate Parrón....
—¿Cómo Parrón?...¿Qué dice este hombre?
25 —Venid y veréis.
Así diciendo, el gitano se hizo conducir delante del jefe de
los migueletes, y señalando a Manuel, dijo:
—Mi Comandante, ¡ése es Parrón, y yo soy el gitano que
dió hace quince días sus señas al Conde del Montijo!
30 —¡Parrón! ¡Parrón está preso! ¡Un miguelete era
Parrón!...—gritaron muchas voces.
—No me cabe duda.... (decía entretanto el Comandante,
leyendo las señas que le había dado el Capitán general.)—¡A
fe que[12-6] hemos estado torpes!—Pero ¿a quién se le hubiera (p13)
ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que
iban a prenderlo?
—¡Necio de mí![13-1] (exclamaba al mismo tiempo Parrón, mirando
al gitano con ojos de león herido): ¡es el único hombre
05 a quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!
A la semana siguiente ahorcaron a Parrón.
Cumplióse, pues, literalmente la buenaventura del gitano....
Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa
que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos
10 que fuera acertada regla de conducta la de Parrón, de matar a
todos los que llegaban a conocerle....—Significa tan sólo[13-2]
que los caminos de la Providencia son inescrutables[13-3] para la
razón humana;—doctrina que, a mi juicio, no puede ser más
ortodoxa.
Guadix, 1853.
(p14)
Querer es poder.
Don Basilio, ¡toque V. la corneta, y bailaremos!—Debajo
de estos árboles no hace calor....
—Sí, sí..., D. Basilio: ¡toque V. la corneta de llaves!
—¡Traedle a D. Basilio la corneta en que se está enseñando
05 Joaquín!
—¡Poco vale!...—¿La tocará V., D. Basilio?
—¡No!
—¿Cómo que no?[14-1]
—¡Que no!
10 —¿Por qué?
—Porque no sé.
—¡Que no sabe[14-2]!...—¡Habrá hipócrita igual![14-3]
—Sin duda quiere que le regalemos el oído[14-4]....
—¡Vamos![14-5] ¡Ya sabemos que ha sido V. músico mayor[14-6]
15 de infantería!...
—Y que nadie ha tocado la corneta de llaves como V....
—Y que lo oyeron en Palacio[14-7]..., en tiempos de
Espartero[14-8]....
—Y que tiene V. una pensión....
20 —¡Vaya,[14-9] D. Basilio! ¡Apiádese V.!
—Pues, señor.... ¡Es verdad! He tocado la corneta
de llaves; he sido una ... una especialidad,[14-10] como dicen
ustedes ahora...; pero también es cierto que hace dos años
regalé mi corneta a un pobre músico licenciado, y que desde
25 entonces no he vuelto[14-11]... ni a tararear.
—¡Qué lástima! (p15)
—¡Otro[15-1] Rossini!
—¡Oh! ¡Pues lo que es esta tarde,[15-2] ha de tocar[15-3]
usted!...
—Aquí, en el campo, todo es permitido....
05 —¡Recuerde V. que es mi día,[15-4] papá abuelo[15-5]!...
—¡Viva! ¡Viva! ¡Ya está aquí la corneta!
—Sí, ¡que toque!
—Un vals....
—No..., ¡una polca!...
10 —¡Polca!... ¡Quita allá![15-6]—¡Un fandango!
—Sí..., sí..., ¡fandango! ¡Baile nacional!
—Lo siento mucho, hijos míos; pero no me es posible tocar
la corneta....
—¡Usted, tan amable!...
15 —Tan complaciente....
—¡Se lo suplica a V.[15-7] su nietecito!...
—Y su sobrina....
—¡Dejadme, por Dios!—He dicho que no toco.
—¿Por qué?
20 —Porque no me acuerdo; y porque, además, he jurado no
volver a aprender....
—¿A quién se lo ha jurado?
—¡A mí mismo, a un muerto, y a tu pobre madre, hija
mía!
25 Todos los semblantes se entristecieron súbitamente al escuchar
estas palabras.
—¡Oh!... ¡Si supierais a qué costa aprendí a tocar la
corneta!...—añadió el viejo.
—¡La historia! ¡La historia! (exclamaron los jóvenes.)
30 Contadnos esa historia.
—En efecto.... (dijo D. Basilio.)—Es toda una historia.
Escuchadla, y vosotros juzgaréis si puedo o no puedo tocar la
corneta....
Y sentándose bajo un árbol rodeado de unos curiosos y (p16)
afables adolescentes, contó la historia de sus lecciones de
música.
No de otro modo, Mazzepa,[16-1] el héroe de Byron, contó una
noche a Carlos XII,Mazzepa,[16-2] debajo de otro árbol, la terrible historia
05 de sus lecciones de equitación.
Oigamos a D. Basilio.
Hace diez y siete años que ardía en España la guerra civil.
Carlos e IsabelMazzepa,[16-3] se disputaban la corona, y los españoles,
divididos en dos bandos, derramaban su sangre en lucha fratricida.
10 Tenía yo un amigo, llamado Ramón Gámez, teniente de
cazadores de mi mismo batallón, el hombre más cabal que he
conocido....—Nos habíamos educado juntos; juntos salimos
del colegio; juntos peleamos mil veces, y juntos deseábamos
morir por la libertad....—¡Oh! ¡Estoy por decirMazzepa,[16-4]
15 que él era más liberal que yo y que todo el ejército!...
Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe
en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan
de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin,
hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus
hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción,
20 al subordinado matar a su Teniente Coronel....—¡Buenos
humos teníaMazzepa,[16-5] Ramón para aguantar insultos e injusticias
ni al luceroMazzepa,[16-6] del alba!
Ni mis amenazas, ni mis ruegos, bastaron a disuadirle de su
25 propósito. ¡Era cosa resuelta! ¡Cambiaría el morriónMazzepa,[16-7] por
la boina,Mazzepa,[16-8] odiando como odiaba mortalmente a los facciosos!
A la sazón nos hallábamos en el Principado,Mazzepa,[16-9] a tres leguas del
enemigo.
Era la noche en que Ramón debía desertar, noche lluviosa
30 y fría, melancólica y triste, víspera de una batalla.
A eso de las doce entró Ramón en mi alojamiento.
Yo dormía.
(p17)
—Basilio....—murmuró a mi oído.
—¿Quién es?
—Soy yo.—¡Adiós!
—¿Te vas ya?
05 —Sí; adiós.
Y me cogió una mano.
—Oye ... (continuó); si mañana hay, como se cree, una
batalla, y nos encontramos en ella....
—Ya lo sé: somos amigos.
10 —Bien; nos damos un abrazo, y nos batimos en seguida.
—¡Yo moriré mañana regularmente,Mazzepa,[17-1] pues pienso atropellar
por todo hasta que mate al Teniente Coronel!—En cuanto a
ti, Basilio, no te expongas....[17-2]—La gloria es humo.
—¿Y la vida?
15 —Dices bien: hazte comandante.... (exclamó Ramón.)
La paga no es humo..., sino después que uno se la ha[17-3]
fumado....—¡Ay! ¡Todo eso acabó para mí!
—¡Qué tristes ideas! (dije yo no sin susto.)—Mañana sobreviviremos
los dos a la batalla.
20 —Pues emplacémonos para después de ella....
—¿Dónde?
—En la ermita de San Nicolás, a la una de la noche.—El
que no asista,[17-4] será porque haya muerto.—¿Quedamos
conformes?
25 —Conformes.
—Entonces.... ¡Adiós!...
—Adiós.
Así dijimos; y después de abrazarnos tiernamente, Ramón
desapareció en las sombras nocturnas.
30 Como esperábamos, los facciosos nos atacaron al siguiente día.
La acción fué muy sangrienta, y duró desde las tres de la
tarde hasta el anochecer.
(p18)
A cosa de las cinco, mi batallón fué rudamente acometido
por una fuerza de alaveses[18-1] que mandaba Ramón....
¡Ramón llevaba ya las insignias de Comandante y la boina
blanca de carlista[18-2]!...
05 Yo mandé hacer fuego contra Ramón, y Ramón contra mí:
es decir, que su gente y mi batallón lucharon cuerpo a
cuerpo.
Nosotros quedamos vencedores, y Ramón tuvo que huir con
los muy mermados restos de sus alaveses; pero no sin que antes
10 hubiera dado muerte por sí mismo, de un pistoletazo,[18-3] al que la
víspera era su Teniente Coronel; el cual en vano procuró
defenderse de aquella furia....
A las seis la acción se nos volvió desfavorable, y parte de mi
pobre compañía y yo fuimos cortados y obligados a rendirnos....
15 Condujéronme, pues, prisionero a la pequeña villa de...,
ocupada por los carlistas desde los comienzos de aquella campaña,
y donde era de suponer[18-4] que me fusilarían
inmediatamente....
La guerra era entonces sin cuartel.
20 Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi
cita con Ramón!
Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de
dicho pueblo.
Pregunté por mi amigo, y me contestaron:
25 —¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel.
Pero habrá perecido[18-5] en la última hora de la acción....
—¡Cómo! ¿Por qué lo decís?
—Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado
hoy a sus órdenes da razón[18-6] de él....
30 ¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!
Una esperanza me quedaba.... Que Ramón me estuviese (p19)
aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo
no hubiese vuelto al campamento faccioso.
—¡Cuál será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba
yo.)—¡ Me creerá muerto!—¿Y, por ventura, tan lejos
05 estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre
a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!...
Así amaneció el día siguiente.
Un Capellán entró en mi prisión.
Todos mis compañeros dormían.
10 —¡La muerte!—exclamé al ver al Sacerdote.
—Sí—respondió éste con dulzura.
—¡Ya!
—No: dentro de tres horas.
Un minuto después habían despertado[19-1] mis compañeros.
15 Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos
de la prisión.
Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera
y no abandonarla más.
Pesadilla, fiebre o locura, esto me sucedió a mí.—La idea
20 de Ramón; de Ramón vivo, de Ramón muerto, de Ramón en
el cielo, de Ramón en la ermita, se apoderó de mi cerebro de
tal modo, que no pensé en otra cosa durante aquellas horas
de agonía.
Quitáronme el uniforme de Capitán, y me pusieron una gorra
25 y un capote viejo de soldado.
Así marché a la muerte con mis diez y nueve compañeros de
desventura....
Sólo uno había sido indultado ... ¡por la circunstancia de
ser músico!—Los carlistas perdonaban entonces la vida a los
30 músicos, a causa de tener gran falta de ellos en sus
batallones....
(p20)
—Y ¿era V. músico, D. Basilio?—¿Se salvó V. por eso?—preguntaron
todos los jóvenes a una voz.[20-1]
—No, hijos míos.... (respondió el veterano.) ¡Yo no era
músico!
05 Formóse el cuadro, y nos colocaron en medio de él....
Yo hacía el número once, es decir, yo moriría el
undécimo....
Entonces pensé en mi mujer y en mi hija, ¡en ti y en tu
madre, hija mía!
10 Empezaron los tiros....
¡Aquellas detonaciones me enloquecían!
Como tenía vendados los ojos, no veía caer a mis compañeros.
Quise contar las descargas para saber, un momento antes de
morir, que se acababa mi existencia en este mundo....
15 Pero a la tercera o cuarta detonación perdí la cuenta.
¡Oh! ¡Aquellos tiros tronarán eternamente en mi corazón y
en mi cerebro, como tronaban aquel día!
Ya creía oírlos a mil leguas de distancia; ya los sentía reventar
dentro de mi cabeza.
20 ¡Y las detonaciones seguían!
—¡Ahora!—pensaba yo.
Y crujía la descarga, y yo estaba vivo.
—¡Esta es!...—me dije por último.[20-2]
Y sentí que me cogían por los hombros, y me sacudían, y me
25 daban voces en los oídos....
Caí....
No pensé más....
Pero sentía algo como un profundo sueño....
Y soñé que había muerto fusilado.
30 Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.
No veía.
Llevéme la mano a los ojos como para quitarme una venda, (p21)
y me toqué los ojos abiertos, dilatados....—¿Me había
quedado ciego?
No....—Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.
Oí un doble de campanas..., y temblé.
05 Era el toque de Animas.[21-1]
—Son las nueve.... (pensé.)—Pero ¿de qué día?
Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la prisión
se inclinó sobre mí.
Parecía un hombre....
10 ¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho?
¡Todos habían muerto fusilados!
¿Y yo?
Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.
Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el nombre
15 de siempre,[21-2] mi pesadilla....
—¡«Ramón!»
—¿Qué quieres?—me respondió la sombra que había a mi
lado.
Me estremecí.
20 —¡Dios mío! (exclamé.)—¿Estoy en el otro mundo?
—¡No!—dijo la misma voz.
—Ramón, ¿vives?
—Sí.
—¿Y yo?
25 —También.
—¿Dónde estoy?—¿Es ésta la ermita de San Nicolás?—¿No
me hallo prisionero?—¿Lo he soñado todo?
—No, Basilio; no has soñado nada.—Escucha.
Como sabrás,[21-3] ayer maté al Teniente Coronel en buena lid....—¡Estoy
30 vengado!—Después, loco de furor, seguí matando...,
y maté ... hasta después de anochecido..., hasta
que no había un cristino[21-4] en el campo de batalla....
(p22)
Cuando salió la luna, me acordé de ti.—Entonces enderecé
mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de
esperarte.
Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y la noche
05 antes no había yo pegado los ojos....—Me dormí, pues,
profundamente.
Al dar la una, lancé un grito y desperté.
Soñaba que habías muerto....
Miré a mi alrededor, y me encontré solo.
10 ¿Qué había sido de ti?
Dieron las dos..., las tres..., las cuatro....—¡Qué
noche de angustia!
Tú no parecías....
¡Sin duda habías muerto!...
15 Amaneció.
Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca
de los facciosos.
Llegué al salir el sol.[22-1]
Todos creían que yo había perecido la tarde antes....
20 Así fué que, al verme, me abrazaron, y el General me colmó
de distinciones.
En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún[22-2] prisioneros.
Un presentimiento se levantó en mi alma.
—¿Será Basilio uno de ellos?—me dije.
25 Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución.
El cuadro estaba formado.
Oí unos tiros....
Habían empezado a fusilar.
Tendí la vista...; pero no veía....
30 Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo.
Al fin te distingo....
¡Ibas a morir fusilado!
Faltaban dos víctimas para llegar a ti....
¿Qué hacer?
(p23)
Me volví loco; dí un grito; te cogí entre mis brazos, y, con
una voz ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:
—¡Éste no! ¡Éste no, mi General!...
El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía[23-1]
05 por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:
—Pues qué, ¿es músico?
Aquella palabra fué para mí lo que sería para un viejo ciego
de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.
La luz de la esperanza brilló a mis ojos tan súbitamente, que
10 los cegó.
—¡Músico (exclamé); sí..., sí..., mi General! ¡Es
músico! ¡Un gran músico!
Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.
—¿Qué instrumento toca?—preguntó el General.
15 —El ... la ... el ... el...; ¡si!... ¡justo!...,
eso es..., ¡la corneta de llaves!
—¿Hace falta un corneta[23-2] de llaves?—preguntó el General,
volviéndose a la banda de música.
Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.
20 —Sí, mi General; hace falta—respondió el Músico mayor.
—Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución
al momento....—exclamó el jefe carlista.
Entonces te cogí en mis brazos y te conduje a este calabozo.
No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije,
25 con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:
—¡Te debo la vida!
—¡No tanto!—respondió Ramón.
—¿Cómo es eso?—exclamé.
—¿Sabes tocar la corneta?
30 —No.
—Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la
mía sin salvar la tuya.
(p24)
Quedéme frío como una piedra.
—¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?
—Poca, muy poca....—Ya recordarás la que nos enseñaron
en el colegio....
05 —¡Poco es, o, mejor dicho, nada!—¡Morirás sin remedio!...
¡Y yo también, por traidor..., por falsario!—¡Figúrate
tú que dentro de quince días estará organizada la banda de
música a que has de pertenecer!...
—¡Quince días!
10 —¡Ni más ni menos!—Y como no tocarás la corneta....
(porque Dios no hará un milagro), nos fusilarán a los dos sin
remedio.
—¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A ti! ¡Por mí! ¡Por mí, que
te debo la vida!—¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de
15 quince días sabré música[24-1] y tocaré la corneta de llaves.
Ramón se echó a reír.
—¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?
En quince días ... ¡oh poder de la voluntad! En quince
días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento
20 en medio mes), ¡asombraos!... ¡En quince días aprendí
a tocar la corneta!
¡Qué días aquellos!
Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y
horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar
25 próximo a darme lección....
¡Escapar!...— Leo en vuestros ojos esta palabra....—¡Ay!
Nada más imposible!—Yo era prisionero, y me vigilaban....
Y Ramón no quería escapar sin mí.
Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía....
30 Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta, la
endemoniada corneta de llaves....
¡Quería aprender, y aprendí!
(p25)
Y, si hubiera sido mudo, habría hablado....
Y, paralítico, hubiera andado....
Y, ciego, hubiera visto.
¡Porque quería!
05 ¡Oh! ¡La voluntad suple por todo!—QUERER ES PODER.
Quería: ¡he aquí la gran palabra!
Quería..., y lo conseguí.—¡Niños, aprended esta gran
verdad!
Salvé, pues, mi vida y la de Ramón.
10 Pero me volví loco.
Y, loco, mi locura fué el arte.
En tres años no solté la corneta de la mano.
Do-re-mi-fa-sol-la-si; he aquí mi mundo durante todo aquel
tiempo.
15 Mi vida se reducía a soplar.[25-1]
Ramón no me abandonaba....
Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta.
¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades[25-2]] del arte se
20 agrupaban para oírme....
Aquello era un pasmo, una maravilla....
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía elástica,
gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave[25-3], a la fiera, al sollozo
humano....—Mi pulmón era de hierro.
25 Así viví otros dos años más.
Al cabo de ellos falleció mi amigo.
Mirando su cadáver, recobré la razón....
Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta ... (¡qué
asombro!), me encontré con que[25-4] no sabía tocarla....
30 ¿Me pediréis ahora que os haga són[25-5] para bailar?
Madrid, 1854.
(p26)
Un día que el célebre pintor flamenco Pedro Pablo Rubens[26-1]
andaba recorriendo los templos de Madrid acompañado de sus
afamados discípulos, penetró en la iglesia de un humilde convento,
cuyo nombre no designa la tradición.
05 Poco o nada encontró que admirar el ilustre artista en aquel
pobre y desmantelado templo, y ya se marchaba renegando,
como solía, del mal gusto de los frailes de Castilla la Nueva,[26-2]
cuando reparó en cierto cuadro medio oculto en las sombras
de feísima capilla;[26-3] acercóse a él, y lanzó una exclamación
de asombro.
Sus discípulos le rodearon al momento,[26-4]] preguntándole:
—¿Qué habéis encontrado, maestro?
—¡Mirad!—dijo Rubens señalando, por toda contestación,
al lienzo que tenía delante[26-5].
15 Los jóvenes quedaron tan maravillados como el autor del
Descendimiento.[26-6]
Representaba aquel cuadro la Muerte de un religioso.— Era
éste muy joven, y de una belleza que ni la penitencia ni la agonía
habían podido eclipsar, y hallábase tendido sobre los ladrillos
20 de su celda, velados ya los ojos por la muerte, con una mano
extendida sobre una calavera, y estrechando con la otra, a su
corazón, un crucifijo de madera y cobre.
En el fondo del lienzo se veía pintado otro cuadro, que
figuraba estar colgado[26-7] cerca del lecho de que se suponía haber
25 salido el religioso para morir con más humildad sobre la dura
tierra.
Aquel segundo cuadro representaba a una difunta, joven
hermosa, tendida en el ataúd entre fúnebres cirios y negras y
suntuosas colgaduras....
(p27)
Nadie hubiera podido mirar estas dos escenas, contenida la
una en la otra, sin comprender que se explicaban y completaban
recíprocamente. Un amor desgraciado, una esperanza
muerta, un desencanto de la vida, un olvido eterno del mundo:
05 he aquí el poema misterioso que se deducía de los dos ascéticos
dramas que encerraba aquel lienzo.
Por lo demás, el color, el dibujo, la composición, todo revelaba
un genio de primer orden.
—Maestro, ¿de quién puede ser esta magnífica obra?—preguntaron
10 a Rubens sus discípulos, que ya habían alcanzado
el cuadro.
—En este ángulo ha habido un nombre escrito (respondió
el maestro); pero hace muy pocos meses que ha sido borrado.—En
cuanto a la pintura, no tiene arriba de treinta años, ni
15 menos de veinte.
—Pero el autor....
—El autor, según el mérito del cuadro, pudiera ser Velazquez,[27-1]
Zurbarán, Ribera, o el joven Murillo, de quien tan prendado
estoy.... Pero Velazquez no siente de este modo.
20 Tampoco es Zurbarán, si atiendo al color y a la manera de ver
el asunto. Menos aún debe atribuirse a Murillo ni a Ribera:
aquél es más tierno, y éste es más sombrío; y, además, ese
estilo no pertenece ni a la escuela del uno ni a la del otro. En
resumen: yo no conozco al autor de este cuadro, y hasta juraría
25 que no he visto jamás obras suyas.—Voy más lejos: creo que
el pintor desconocido, y acaso ya muerto, que ha legado al
mundo tal maravilla,[27-2] no perteneció a ninguna escuela, ni ha
pintado más cuadro que éste, ni hubiera podido pintar otro que
se le acercara en mérito.... Ésta es una obra de pura inspiración,
30 un asunto propio,[27-3] un reflejo del alma, un pedazo de la
vida.... Pero.... ¡Qué idea!—¿Queréis saber quién ha
pintado ese cuadro?—¡Pues lo ha pintado ese mismo muerto
que veis en él!
—¡Eh! Maestro.... ¡Vos[27-4] os burláis!
(p28)
—No: yo me entiendo....
—Pero ¿cómo concebís que un difunto haya podido pintar
su agonía?
—¡Concibiendo que un vivo pueda adivinar o representar su
05 muerte!—Además, vosotros sabéis que profesar de veras[28-1] en
ciertas Órdenes religiosas es morir.
—¡Ah! ¿Creéis vos?...
—Creo que aquella mujer que está de cuerpo presente[28-2] en el
fondo del cuadro era el alma[28-3] y la vida de este fraile que agoniza
10 contra el suelo; creo que, cuando ella murió, él se creyó
también muerto, y murió efectivamente para el mundo; creo,
en fin, que esta obra, más que el último instante de su héroe o
de su autor (que indudablemente son una misma persona),
representa la profesión de un joven desengañado de alegrías
15 terrenales....
—¿De modo que puede vivir todavía?...
—¡Sí, señor, que puede[28-4] vivir! Y como la cosa tiene fecha,
tal vez su espíritu se habrá serenado[28-5] y hasta regocijado, y el
desconocido artista sea ahora un viejo muy gordo y muy
20 alegre....—Por todo lo cual ¡hay que buscarlo! Y, sobre
todo, necesitamos averiguar si llegó a pintar más
obras....—Seguidme.
Y así diciendo, Rubens se dirigió a un fraile que rezaba en
otra capilla y le preguntó con su desenfado habitual:
25 —¿Queréis decirle al Padre Prior que deseo hablarle de
parte del Rey?
El fraile, que era hombre de alguna edad, se levantó trabajosamente,
y respondió con voz humilde y quebrantada:
—¿Qué me queréis?—Yo soy el Prior.
30 —Perdonad, padre mío, que interrumpa vuestras oraciones
(replicó Rubens). ¿Pudierais decirme quién es el autor de
este cuadro?
—¿De ese cuadro? (exclamó el religioso.) ¿Qué pensaría
V. de mí si le contestase que no me acuerdo?
(p29)
—¿Cómo? ¿Lo sabíais, y habéis podido olvidarlo?
—Sí, hijo mío, lo he olvidado completamente.
—Pues, padre ... (dijo Rubens en són de burla[29-1] procaz),
¡tenéis muy mala memoria!
05 El Prior volvió a arrodillarse sin hacerle caso.
—¡Vengo en nombre del Rey!—gritó el soberbio y mimado
flamenco.
—¿Qué más queréis, hermano mío?—murmuró el fraile,
levantando lentamente la cabeza.
10 —¡Compraros[29-2] este cuadro!
—Ese cuadro no se vende.
—Pues bien: decidme dónde encontraré a su autor....—Su
Majestad deseará conocerlo, y yo necesito abrazarlo, felicitarlo...,
demostrarle mi admiración y mi cariño....
15 —Todo eso es también irrealizable....—Su autor no está
ya en el mundo.
—¡Ha muerto!—exclamó Rubens con desesperación.
—¡El maestro decía bien! (pronunció uno de los jóvenes.)
Ese cuadro está pintado por un difunto....
20 —¡Ha muerto!... (repitió Rubens.) ¡Y nadie lo ha conocido!
¡Y se ha olvidado su nombre!—¡Su nombre, que
debió ser inmortal![29-3] ¡Su nombre, que hubiera eclipsado el
mío!—Sí; el mío..., padre.... (añadió el artista con
noble orgullo.) ¡Porque habéis de saber[29-4] que yo soy Pedro Pablo
25 Rubens!
A este nombre, glorioso en todo el universo, y que ningún
hombre consagrado a Dios desconocía ya, por ir unido[29-5] a cien
cuadros místicos, verdaderas maravillas del arte, el rostro pálido
del Prior se enrojeció súbitamente, y sus abatidos ojos se clavaron
30 en el semblante del extranjero con tanta veneración
como sorpresa.
—¡Ah! ¡Me conocíais! (exclamó Rubens con infantil satisfacción.)
¡Me alegro en el alma! ¡Así seréis menos fraile
conmigo!—Conque ... ¡vamos![29-6] ¿Me vendéis el cuadro?
(p30)
—¡Pedís un imposible!—respondió el Prior.
—Pues bien: ¿sabéis de alguna otra obra de ese malogrado
genio? ¿No podréis recordar su nombre? ¿Queréis decirme
cuándo murió?
05 —Me habéis comprendido mal.... (replicó el fraile.)—Os
he dicho que el autor de esa pintura no pertenece al mundo;
pero esto no significa precisamente que haya muerto....
—¡Oh! ¡Vive! ¡vive! (exclamaron todos los pintores.)
¡Haced que lo conozcamos!
10 —¿Para qué? ¡El infeliz ha renunciado a todo lo de la
tierra! ¡Nada tiene que ver con los hombres!... ¡nada!...—Os
suplico, por tanto, que lo dejéis morir en paz.
—¡Oh! (dijo Rubens con exaltación.) ¡Eso no puede ser,
padre mío! Cuando Dios enciende en un alma[30-1] el fuego sagrado
15 del genio, no es para que esa alma se consuma en la soledad,
sino para que cumpla su misión sublime de iluminar el alma de
los demás hombres. ¡Nombradme el monasterio en que se oculta
el grande artista,[30-2] y yo iré a buscarlo y lo devolveré al siglo[30-3]
—¡Oh! ¡Cuánta gloria le espera!
20 —Pero ... ¿y si la rehusa?—preguntó el Prior tímidamente.
—Si la rehusa acudiré al Papa, con cuya amistad me honro,
y el Papa lo convencerá mejor que yo.
—¡El Papa!—exclamó el Prior.
25 —¡Sí, padre; el Papa!—repitió Rubens.
—¡Ved por lo que[30-4] no os diría el nombre de ese pintor
aunque lo recordase! ¡Ved por lo que no os diré a qué convento
se ha refugiado!
—Pues bien, padre, ¡el Rey y el Papa os obligarán á decirlo!
30 (respondió Rubens exasperado.)—Yo me encargo de que así
suceda.
—¡Oh! ¡No lo haréis! (exclamó el fraile.)—¡Haríais muy
mal, señor Rubens!—Llevaos[30-5] el cuadro si queréis; pero dejad
tranquilo al que descansa.—¡Os hablo en nombre de Dios!— (p31)
¡Sí! Yo he conocido, yo he amado, yo he consolado, yo he
redimido, yo he salvado de entre las olas de las pasiones y las desdichas,
náufrago y agonizante, a ese grande hombre, como vos
decis, a ese infortunado y ciego mortal, como yo le llamo; olvidado[31-1]
05 ayer de Dios y de sí mismo, hoy cercano a la suprema
felicidad!...—¡La gloria!...—¿Conocéis alguna mayor
que aquélla a que él aspira? ¿Con qué derecho queréis resucitar
en su alma los fuegos fatuos de las vanidades de la tierra,
cuando arde en su corazón la pira inextinguible de la caridad?—¿Creéis
10 que ese hombre, antes de dejar el mundo, antes de
renunciar a las riquezas, a la fama, al poder, a la juventud, al
amor, a todo lo que desvanece a las criaturas, no habrá sostenido
ruda batalla con su corazón? ¿No adivináis los desengaños y
amarguras que lo llevarían[31-2] al conocimiento de la mentira de
15 las cosas humanas?—Y ¿queréis volverlo a la pelea cuando ya
ha triunfado?
—Pero ¡eso es renunciar a la inmortalidad!—gritó Rubens.
—¡Eso es aspirar a ella!
—Y ¿con qué derecho os interponéis vos entre ese hombre
20 y el mundo?—¡Dejad que le hable, y él decidirá!
—Lo hago con el derecho de un hermano mayor, de un
maestro, de un padre; que todo esto soy para él.... ¡Lo hago
en el nombre de Dios, os vuelvo a decir!—Respetadlo...,
para bien de vuestra alma.
25 Y, así diciendo, el religioso cubrió su cabeza con la capucha
y se alejó a lo largo del templo.[31-3]
—Vámonos[31-4] (dijo Rubens.) Yo sé lo que me toca hacer.
—¡Maestro! (exclamó uno de los discípulos, que durante la
30 anterior conversación había estado mirando alternativamente al
lienzo y al religioso.) ¿No creéis, como yo, que ese viejo frailuco
se parece muchísimo al joven que se muere en este cuadro?
—¡Calla![31-5] ¡Pues es verdad!—exclamaron todos.
—Restad las arrugas y las barbas, y sumad los treinta años
que manifiesta la pintura, y resultará que el maestro tenía (p32)
razón cuando decía que ese religioso muerto era a un mismo tiempo
retrato y obra de un religioso vivo.—Ahora bien: ¡Dios me
confunda si ese religioso vivo no es el Padre Prior!
Entretanto Rubens, sombrío, avergonzado y enternecido profundamente,
05 veía alejarse al anciano, el cual lo saludó cruzando
los brazos sobre el pecho poco antes de desaparecer.
—¡Él era..., sí!... (balbuceó el artista.)—¡Oh!...
Vamonos.... (añadió volviéndose a sus discípulos.) ¡Ese
hombre tenía razón! ¡Su gloria vale más que la mía!— ¡Dejémoslo
10 morir en paz!
Y dirigiendo una última mirada al lienzo que tanto le había
sorprendido, salió del templo y se dirigió a Palacio,[32-1] donde lo
honraban SS. MM. teniéndole a la mesa.[32-2]
Tres días después volvió Rubens, enteramente solo, a aquella
15 humilde capilla, deseoso de contemplar de nuevo la maravillosa
pintura, y aun de hablar otra vez con su presunto autor.
Pero el cuadro no estaba ya en su sitio.
En cambio se encontró con que[32-3] en la nave principal del templo
había un ataúd en el suelo, rodeado de toda la comunidad,
20 que salmodiaba el Oficio de difuntos....
Acercóse a mirar el rostro del muerto, y vió que era el Padre
Prior.
—¡Gran pintor fué!... (dijo Rubens, luego que la sorpresa
y el dolor hubieron cedido lugar a otros sentimientos.)—¡Ahora
25 es cuando más se parece a su obra!
Madrid, 1858.
(p33)
En la pequeña villa del Padrón, sita en territorio gallego,[33-1] y
allá por el año[33-2] del 1808, vendía sapos y culebras y agua llovediza,[33-3]
a fuer de legítimo boticario, un tal GARCÍA[33-4] DE PAREDES,
misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso,[33-5] de aquel
05 varón[33-6] ilustre que mataba un toro de una puñada.
Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado
por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre
dejaba a las tinieblas campar por su respeto[33-7] en todas las
calles y plazas de la población.
10 A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres
circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó
en la plaza que hoy se llamará[33-8] de la Constitución un silencioso
grupo de sombras, aun más negras que la obscuridad de
cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de
15 Paredes, cerrada completamente desde las Ánimas,[33-9] o sea desde
las ocho y media en punto.
—¿Qué hacemos?[33-10]—dijo una de las sombras en correctísimo
gallego.
—Nadie nos ha visto....—observó otra.
20 —¡Derribar la puerta!—propuso una mujer.
—¡Y matarlos!—murmuraron hasta quince voces.
—¡Yo me encargo del boticario!—exclamó un chico.
—¡De ése nos encargamos todos!
—¡Por judío![33-11]
25 —¡Por afrancesado!
—Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses....
—¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han
acudido en montón!
(p34)
—¡ Ah! Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados[34-1]
al pozo!
—¡Mi mujer degolló ayer a uno!...
—¡Y yo ... (dijo un fraile con voz de figle) he asfixiado a
05 dos capitanes, dejando carbón encendido en su celda, que antes
era mía![34-2]
—¡Y ese infame boticario los protege!
—¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles
excomulgados!
10 —¡Quién lo había de esperar[34-3] de García de Paredes! ¡No
hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más
realista del pueblo!
—¡Toma! ¡Como que[34-4] vendía en la botica retratos del
príncipe Fernando![34-5]
15 —¡Y ahora los vende de Napoleón!
—Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores....
—Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos....
—¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!
—¡Oíd qué algazara traen![34-6] ¡Pues no gritan ¡viva el
20 Emperador!
—Paciencia.... (murmuró el fraile.) Todavía es muy
temprano.
—Dejémosles emborracharse.... (expuso una vieja.)
Después entramos[34-7]... ¡y ni uno ha de quedar vivo!
25 —¡Pido que se haga cuartos[34-8] al boticario!
—¡Se le hará ochavos,[34-9] si queréis! Un afrancesado es más
odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño:
el afrancesado vende y deshonra a su patria. El francés comete
un asesinato: el afrancesado ¡un parricidio!
30 Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica,
García de Paredes y sus convidados corrían la francachela[34-10] más
alegre y desaforada que os podáis figurar.
(p35)
Veinte eran, en efecto, los franceses que el boticario tenía a
la mesa, todos ellos jefes y oficiales.
García de Paredes contaría[35-1] cuarenta y cinco años; era
alto y seco y más amarillo que una momia; dijérase[35-2] que su
05 piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a
la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía
algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las
descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas
entre montañas, que sólo ofrecen obscuridad, vértigos y muerte
10 al que las mira; lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente
alguna vez,[35-3] pero sin alterarse; que devoran todo lo que
cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido
sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo
busca la imaginación en los mares antípodas.
15 La cena era abundante, el vino bueno, la conversación
alegre y animada.
Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban,
comían y bebían a un mismo tiempo.
Quién[35-4] había contado los amores secretos de Napoleón;
20 quién la noche del 2 de Mayo[35-5] en Madrid; cuál[35-6] la batalla de
las Pirámides;[35-7] cuál otro la ejecución de Luis XVI.[35-8]
García de Paredes bebía, reía y charlaba como los demás, o
quizás más que ninguno;[35-9] y tan elocuente había estado en favor
de la causa imperial, que los soldados del César[35-10] lo habían
25 abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.
—¡Señores! (había dicho el boticario): la guerra que os
hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros,
hijos de la Revolución, venís a sacar a España[35-11] de su tradicional
abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas religiosas,
30 a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas utilísimas
e inconcusas «verdades de que no hay Dios, de que no hay
otra vida, de que la penitencia, el ayuno, la castidad y demás
virtudes católicas son quijotescas[35-12] locuras, impropias de un pueblo
civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el (p36)
redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana....»
¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!
—¡Bravo, vítor!—exclamaron los hombres del 2 de Mayo.
El boticario inclinó la frente con indecible angustia.
05 Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.
Bebióse un vaso de vino, y continuó:
—Un abuelo mío, un García de Paredes, un bárbaro, un
Sansón,[36-1] un Hércules, un Milón de Crotona,[36-2] mató doscientos
franceses en un día.... Creo que fué en Italia. ¡Ya veis que
10 no era tan afrancesado como yo! ¡Adiestróse en las lides contra
los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo
Rey Católico,[36-3] y montó más de una vez la guardia en el Quirinal,[36-4]
siendo Papa nuestro tío Alejandro Borja![36-5] ¡Eh, eh!
¡No me hacíais tan linajudo!—Pues este DIEGO GARCÍA DE
15 PAREDES, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente
boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia; entró por
asalto en Cerinola, y peleó como bueno[36-6] en la batalla de Pavía![36-7]
¡Allí hicimos prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha
estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó
20 hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra
cabeza, y a quien llaman Murat![36-8]
Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron
querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo
a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un
25 vaso, y exclamó con voz atronadora:
—¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era
un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos
infiernos!—¡Vivan los franceses de Francisco I[36-9] y de Napoleón
Bonaparte!
30 —¡Vivan!...—respondieron los invasores, dándose por
satisfechos.
Y todos apuraron su vaso.
Oyóse en esto[36-10] rumor en la calle, o, mejor dicho, a la puerta
de la botica.
(p37)
—¿Habéis oído?—preguntaron los franceses.
García de Paredes se sonrió.
—¡Vendrán[37-1] a matarme!—dijo.
—¿Quién?
05 —Los vecinos[37-2] del Padrón.
—¿Por qué?
—¡Por afrancesado!—Hace algunas noches que rondan mi
casa....—Pero ¿qué nos importa?—Continuemos nuestra
fiesta.
10 —Sí ... ¡continuemos! exclamaron los convidados.
¡Estamos aquí para defenderos!
Y chocando ya botellas contra botellas, que no[37-3] vasos contra
vasos.
—¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando![37-4] ¡Muera Galicia![37-5]—gritaron
15 a una voz.
García de Paredes esperó a que[37-6] se acallase el brindis, y
murmuró con acento lúgubre:
—¡Celedonio!
El mancebo[37-7] de la botica asomó por una puertecilla su cabeza
20 pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.
—Celedonio, trae papel y tintero—dijo tranquilamente el
boticario.
El mancebo volvió con recado de escribir.[37-8]
—¡Siéntate! (continuó su amo.)—Ahora, escribe las cantidades
25 que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas.
Encima de la columna de la derecha, pon: Deuda,[37-9] y encima
de la otra: Crédito.
—Señor ... (balbuceó el mancebo.)—En la puerta hay
una especie de motín.... Gritan ¡muera el boticario!...
30 Y ¡quieren entrar!
—¡Cállate y déjalos!—Escribe lo que te he dicho.
Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico
ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la
ruina.
(p38)
Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades
que anotar.
—¡Vamos a ver, señores! (dijo entonces García de Paredes,
dirigiéndose a sus comensales.)—Se trata de resumir nuestra
05 fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación.
—Vos,[38-1] Capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado[38-2]
desde que pasasteis los Pirineos?[38-3]
—¡Bravo! ¡Magnífica idea!—exclamaron los franceses.
—Yo.... (dijo el interrogado, trepándose en la silla y
10 retorciéndose el bigote con petulancia.) Yo ... habré
matado ... personalmente ... con mi espada ... ¡poned
unos diez o doce!
—¡Once a la derecha![38-4]—gritó el boticario, dirigiéndose al
mancebo.
15 El mancebo repitió, después de escribir:
—Deuda ... once.
—¡Corriente! (prosiguió el anfitrión.)—¿Y vos?...—Con
vos hablo, señor Julio....
—Yo ... seis.
20 —¿Y vos, mi Comandante?
—Yo ... veinte.
—Yo ... ocho.
—Yo catorce.
—Yo ... ninguno.
25 —¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas....—respondía
cada cual, según le llegaba su turno.
Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.
—¡Veamos ahora, Capitán! (continuó García de Paredes.)—Volvamos
a empezar[38-5] por vos. ¿Cuántos españoles esperáis
30 matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía...
tres años?
—¡Eh!... (respondió el Capitán.)—¿Quién calcula[38-6] eso?
—Calculadlo...; os lo suplico....
—Poned otros once.
(p39)
—Once a la izquierda....—dictó García de Paredes.
Y Celedonio repitió:
—Crédito, once.
—¿Y vos?—interrogó el farmacéutico por el mismo orden[39-1]
05 seguido anteriormente.
—Yo ... quince.
—Yo ... veinte.
—Yo ... ciento.
—Yo ... mil—respondían los franceses.
10 —¡Ponlos todos a diez, Celedonio!... (murmuró irónicamente
el boticario.)—Ahora, suma por separado[39-2] las dos
columnas.
El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores
de muerte, vióse obligado a hacer el resumen con los dedos,
15 como las viejas. Tal era su terror.
Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose
a su amo:
—Deuda..., 285.—Crédito..., 200.
—Es decir ... (añadió García de Paredes), ¡doscientos
20 ochenta y cinco muertos, y doscientos sentenciados! ¡Total,
cuatrocientas ochenta y cinco víctimas!!!
Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral,
que los franceses se miraron alarmados.
En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.
25 —¡Somos unos héroes!—exclamó al terminarla.—Nos
hemos bebido[39-3] setenta botellas, o sean[39-4]] ciento cinco libras y
media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos
bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por
cabeza.—¡Repito que somos unos héroes!
30 Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el
mancebo balbuceó tambaleándose:
—¡Ya entran!...
—¿Qué hora es?—preguntó el boticario con suma
tranquilidad.
(p40)
—Las once. Pero ¿no oye usted que entran?
—¡Déjalos! Ya es hora.[40-1]
—¡Hora!... ¿de qué?—murmuraron los franceses, procurando
levantarse.
05 Pero estaban tan ebrios, que no podían moverse de sus sillas.
—¡Que entren![40-2] ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo,
con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad
y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas!
¡Nosotros los recibiremos!
10 En esto,[40-3] sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los
botes y redomas que los vecinos[40-4] del Padrón hacían pedazos, y
oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:
—¡Muera el afrancesado!
Levantóse García de Paredes, como impulsado por un resorte,
15 al oír semejante clamor dentro de su casa, y apoyóse en la mesa
para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo
una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la
inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso,
con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció
20 las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las campanadas
del toque de agonía:[40-5]
—¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos,
hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos
ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos
25 más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar
la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los
verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes, y librar de la
muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos,
aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos
30 campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni[40-6] un
momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto (p41)
en abrazaros, como Sansón,[41-1] a la columna del templo, y morir,
a precio de matar a los enemigos de Dios?
—¿Qué dice?—se preguntaron los franceses.
—Señor..., ¡los asesinos están en la antesala!—exclamó
05 Celedonio.
—¡Que entren!... (gritó García de Paredes.)—Ábreles
la puerta de la sala.... ¿Qué vengan todos ... a ver cómo
muere el descendiente de un soldado de Pavía![41-2]
Los franceses, aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por
10 insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el
español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados,
hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían
sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos
asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros[41-3] estaban adheridos[41-4]
15 a la tabla por insuperable fuerza de atracción.
En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y
mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos
alaridos y lanzando fuego por los ojos.
—¡Mueran todos!—exclamaron algunas mujeres, lanzándose
20 las primeras.
—¡Deteneos!—gritó García de Paredes con tal voz, con
tal actitud, con tal fisonomía, que, unido este grito a la inmovilidad
y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a
la muchedumbre, la cual no se esperaba[41-5] aquel tranquilo y
25 lúgubre recibimiento.
—No tenéis para qué[41-6] blandir los puñales.... (continuó
el boticario con voz desfallecida.)—He hecho más que todos
vosotros por la independencia de la Patria.... ¡Me he fingido
afrancesado!... Y ¡ya veis!... los veinte Jefes y Oficiales
30 invasores ... ¡los veinte!—no los toquéis[41-7]...—¡están
envenenados!...
Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho
de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados,
y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la (p42)
cabeza caída hacia adelante, los brazos extendidos sobre la
mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los
demás agonizaban silenciosamente.
—¡Viva García de Paredes!—exclamaron entonces los españoles,
05 rodeando al héroe moribundo.
—Celedonio.... (murmuró el farmacéutico.)—El opio se
ha concluido.... Manda por opio a la Coruña[42-1]....
Y cayó de rodillas.
Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el
10 boticario estaba también envenenado.
Vierais[42-2] entonces un cuadro tan sublime como espantoso.—Varias
mujeres, sentadas en el suelo, sostenían en sus faldas y en
sus brazos al expirante patriota, siendo las primeras en colmarlo
de caricias y bendiciones, como antes fueron las primeras en
15 pedir su muerte.—Los hombres habían cogido todas las luces
de la mesa, y alumbraban arrodillados aquel grupo de patriotismo
y caridad....—Quedaban, finalmente, en la sombra
veinte muertos o moribundos, de los cuales algunos iban desplomándose
contra el suelo con pavorosa pesantez.
20 Y a cada suspiro de muerte que se oía, a cada francés que
venía a tierra, una sonrisa gloriosa iluminaba la faz de García
de Paredes, el cual de allí a poco devolvió su espíritu al cielo,
bendecido por un Ministro del Señor y llorado de sus hermanos
en la Patria.
Madrid, 1856.
(p43)
El tierno episodio que voy a referir es rigurosamente histórico,
como los anteriores y como los siguientes; pero no ya sólo
por la materia, sino también por la forma.—Vivo está quien lo
cuenta, como suele decirse..., y entiéndase que quien le
05 cuenta no soy yo; es un Capitán retirado que dejó el servicio
en 1814.
Hoy no soy escritor; soy mero amanuense: no os pido, pues,
admiración ni indulgencia, sino que me creáis a puño cerrado.[43-1]
Para invención, el asunto es de poca monta; y luego pertenece
10 a un género en que yo no me tomaría el trabajo de inventar
nada....
Presumo de liberal,[43-2] y un pobre Capitán retirado me ha conmovido
profundamente contándome los sinsabores ... políticos
de un Papa muy absolutista....
15 Mi objeto es conmoveros hoy a vosotros con su misma
relación, a fin de que el número de los derrotados cohoneste
mi derrota.
Habla mi Capitán.
Uno de los más calurosos días del mes de Julio de 1809, y
20 ¡cuidado que[43-3] aquel dichoso año hizo calor! a eso de las diez
de la mañana, entrábamos en Montelimart, villa o ciudad del
Delfinado,[43-4] que lo que sea no lo sé,[43-5] ni lo he sabido (p44)
nunca, y maldita la falta[44-1] que me hacía saber que existía
tal Francia en el mundo....
—¡Ah! ¿Conque era en Francia?...
—Pues ¡hombre![44-2] ¡Me gusta! ¿Dónde está el Delfinado
05 sino en Francia?—Y no crean ustedes que ahí, en la frontera...,
sino muy tierra adentro,[44-3] más cerca del Piamonte[44-4] que de
España....
—¡Siga V...., Capitán! Los niños ... que aprendan[44-5]
en la escuela....—Y tú, ¡a ver si[44-6] te callas, Eduardito!
10 —Pues como digo, entrábamos en Montelimart, ahogados
de calor y polvo, y rendidos[44-7] de caminar a pie durante tres semanas,
veintisiete[44-8] oficiales españoles que habíamos caído prisioneros
en Gerona[44-9].... Mas no creáis[44-10] que en la capitulación
de la plaza, sino en una salida que hicimos pocos días antes, a
15 fin de estorbar unas obras en el campamento francés.... Pero
esto no hace al caso. Ello es[44-11] que nos atraparon y nos llevaron
a Perpiñán,[44-12] desde donde nos destinaron a Dijon[44-13].... Y
ahí tienen Vds. el por qué[44-14]] de lo que voy a referir.
Pues, señor, como uno se acostumbra a todo, y el Emperador
20 nos pasaba[44-15] diez reales diarios durante el viaje—que íbamos
haciendo a jornadas militares de tres o cuatro leguas,—y nadie
nos custodiaba, porque cada uno de nosotros había respondido
con su cabeza de que no desertarían los demás, y veintisiete
españoles juntos no se han aburrido nunca, sucedía que, sin embargo
25 del[44-16] calor, de la fatiga y de no saber ni una palabra de
francés, pasábamos muchos ratos divertidos,[44-17] sobre todo desde
las once de la mañana hasta las siete de la tarde, horas que permanecíamos
en las poblaciones del tránsito; pues las jornadas
las hacíamos de noche con la fresca.... A ver, Antonio,
30 enciéndeme esta pipa.
Montelimart....—¡Bonito pueblo!...—El café está en
una calle cerca de la Plaza, y en él entramos a refrescarnos, es
decir, a evitar el sol ... (pues los bolsillos no se prestaban a
gollerías), en tanto que[44-18] tres de nuestros compañeros (p45)
iban a ver al Prefecto[45-1] para que nos diese las boletas de
alojamiento,[45-2] que en Francia se llaman mandat....
No sé si el café estará todavía como entonces estaba. ¡Han
pasado cuarenta[45-2] y cuatro años! Recuerdo que a la izquierdata[45-3]
05 de la puerta había una ventana de reja,[45-] con cristales, y delante
una mesa a la cual nos sentamos algunos de los oficiales, entre
ellos C...., que ha sido diputado a Cortes[45-5] por Almería[45-6] y
murió el año pasado....—Ya veis que esto es cosa que puede
preguntarse.[45-7]
10 —Pues ¿no dice V. que ha muerto?
—¡Hombre! Supongo que C. ... se lo habrá contado[45-8] a
su familia—respondió el Capitán, escarbando la pipa con la
uña.
—¡Tiene V. razón, Capitán!—Siga V....; el que no lo
15 crea, que [45-9] lo busque.
—¡Bien hablado, hijo mío!—Pues, como íbamos diciendo,
sentados estábamos a la mesa del café, cuando vimos correr
mucha gente por la calle, y oímos una gritería espantosa....
Pero como la gritería era en francés, no la entendimos.
20 —Le Pape![45-10] Le Pape! Le Pape!...—decían los muchachos
y las mujeres, levantando las manos al cielo, en tanto
que todos los balcones se abrían y llenaban de gente, y los
mozos del café y algunos gabachos que jugaban al billar se lanzaban
a la calle con un palmo de boca abierta,[45-11] como si oyeran
25 decir que el sol se había parado.
—¡Pues parado está, papá abuelo![45-12]
—¡Cállese V. cuando hablan los mayores! ¡A ver[45-13]... el
deslenguado!
—No haga V. caso, Capitán.... ¡Estos niños de
30 ahora!...
—Toma[45-14].... ¡Y si está parado[45-15]!...—murmuró el
muchacho entre dientes.
—Le Pape! Le Pape! ¿Qué significa esto?—nos preguntamos
todos los oficiales.
(p46)
Y cogiendo a uno de los mozos del café, le dimos a entender
nuestra curiosidad.
El mozo tomó dos llaves; trazó con las manos una especie
de morrión sobre su cabeza; se sentó en una silla, y dijo:
05 —Le Pontife![46-1]
—¡Ah!... (dijo C....—que era el más avisado de
nosotros.—¡Por eso fué luego diputado a Cortes!)—¡El
Pontífice! ¡El Papa!
—Oui, monsieur. Le Pape! Pie sept.[46-2]
10 —¡Pío VII[46-3]!... ¡El Papa!... (exclamamos nosotros,
sin atrevernos a creer lo que oíamos.) ¿Qué hace el
Papa en Francia? Pues ¿no está el Papa en Roma? ¿Viajan
los Papas? ¿El Papa en Montelimart?
No extrañéis nuestro asombro, hijos míos.... En aquel
15 entonces[46-4] todas las cosas tenían más prestigio que hoy.—No
se viajaba tan fácilmente, ni se publicaban tantos periódicos.—Yo
creo que en toda España no había más que uno, tamaño
como un recibo de contribución.[46-5]—El Papa era para nosotros
un sér[46-6] sobrenatural..., no un hombre de carne y hueso....—¡En
20 toda la tierra no había más que un Papa!... Y en
aquel tiempo era la tierra mucho más grande que hoy.... ¡La
tierra era el mundo..., y un mundo lleno de misterios, de
regiones desconocidas, de continentes ignorados!—Además,
aun sonaban en nuestros oídos aquellas palabras de nuestra
25 madre y de nuestros maestros: «El Papa es el Vicario de
Jesucristo; su representante en la tierra; una autoridad
infalible, y lo que desatare o atare aquí, remanecerá atado o
desatado en el cielo....»
Creo haberme explicado.—Creo que habréis comprendido
30 todo el respeto, toda la veneración, todo el susto que experimentaríamos
aquellos pobres españoles del siglo pasado, al oír
decir que el Sumo Pontífice estaba en un villorrio de Francia y
que íbamos a verle!
Efectivamente: no bien salimos del café, percibimos allá,(p47)
en la Plaza (que como os he dicho estaba cerca), una empolvada
silla de posta, parada delante de una casa de vulgar
apariencia y custodiada por dos gendarmes de caballería,
cuyos desnudos sables brillaban que era un contento[47-1] ....
05 Más de quinientas personas había alrededor del carruaje,
que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a
ello los gendarmes, quienes, en cambio,[47-2] no permitían al público
acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había
apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos....
10 —Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del Alcalde?
—No, hijo mío.—Era el Parador de diligencias.
A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un
poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron
arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.
15 De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente
grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u
oficina.
Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos
de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de
20 calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio,
que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados
en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno,
y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados
por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes
25 ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes
de la Iglesia....
Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues
nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales),
pero todos dijimos a un tiempo:
30 —¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!
Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba
y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir;
porque su humildad denotaba que él era el Rey.
En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía.(p48)
Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes,
de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado
de pocas pero muy hondas arrugas, revelaba la más
austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que
05 parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus
ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan
blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza.
Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de
algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta
10 entonces una emoción por aquel estilo.
El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy
viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación,
se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción
rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.
15 Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando
en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre
dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote,
sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra
almohada que una silla de madera?
20 En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en
tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario,
más descomunal, más terrible que cuanto veíamos[48-1]....—El
nombre de NAPOLEÓN circuló por nuestros labios.
¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de
25 Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente,[48-2] encendido en
guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa!—¡Él
debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San
Pedro[48-3] y lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo
judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!
30 Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué
había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el
Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?
Nada sabíamos..., y, si he de deciros[48-4] la verdad, por lo
que a mí hace,[48-5] todavía no he tenido tiempo de averiguarlo....
(p49)
—Yo se lo diré a V., por vía de paréntesis, en muy pocas
palabras, Capitán.—Esto completará la historia de V., y dará
toda su importancia a ese peregrino relato.
El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón
05 un decreto, por el que[49-1] reunió al Imperio francés los Estados
pontificios, declarando a Roma[49-2] ciudad imperial libre.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida;
pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio
del Quirinal,[49-3] donde aun contaba con algunas autoridades y su
10 guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron
un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro.
Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último
paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: ¡al arma!;
15 el cañón de Sant-Angelo[49-4] pregonó la extinción del gobierno
temporal de los Papas, y la bandera tricolor[49-5] ondeó sobre el
Vaticano.
El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era
el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de
20 Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: Consummatum
est![49-6]
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión
contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando
las puertas a hachazos.[49-7]
25 En la Sala de las Santificaciones[49-8] encontraron a cuarenta
suizos, resto del poder del ex Rey de Roma,[49-9] quienes los dejaron
pasar adelante por haber recibido orden de no oponer
resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa
30 en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales
Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría.
(p50)
Pío VII vestía roquete y muceta;[50-1] había dejado su lecho
para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad
asombrosa.
Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no
05 se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie
al gobierno temporal de los Estados romanos.[50-2] El Papa
contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos,
sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del
Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden
10 de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio
entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de
las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más
restos de su grandeza mundanal que un papetto, moneda
15 equivalente a cuatro reales de vellón,[50-3] que llevaba en el
bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popolo[50-4] lo esperaba una silla
de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron
las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme
20 de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa,
estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....
—¡En esa silla lo encontré yo!...—¿Ven ustedes cómo
no miento?
25 —Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he
terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....
—Pues voy allá,[50-5] señores míos.
Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho
me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados
30 en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había
agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso,(p51)
y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la
puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos
sacerdotes.
Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda
05 conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también
éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello
fué[51-1] que, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó
en nosotros una larga y expresiva mirada.
10 En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y
cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con
las boletas para alojarnos....
Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras
antes de abandonar a Cataluña;[51-2] y si se me ha olvidado[51-3] decíroslo,
os lo digo ahora.
15 Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó
otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.
El italiano, el músico, había reconocido el canto.
¡Ya sabía que éramos españoles!
Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que
20 ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado
de Bailén y Zaragoza;[51-4] ser defensor de la historia, de la
tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia
de las naciones; paladín[51-5] de Cristo; cruzado[51-6] de la libertad.
—En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha
25 de ser!—¿Quién había de adivinar entonces, al defender a
D. Fernando VII[51-7] contra los franceses, que él mismo los llamaría
al cabo de catorce años y los traería a España en contra nuestra,[51-8]
como sucedió en 1823?...—En fin; no quiero hablar...,
¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!
30 El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa
se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y
recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al