The Project Gutenberg EBook of Expedición de Catalanes y Argoneses al Oriente, by D. Francisco De Moncada This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: Expedición de Catalanes y Argoneses al Oriente Author: D. Francisco De Moncada Release Date: September 23, 2004 [EBook #13516] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EXPEDICIÓN DE CATALANES Y *** Produced by Virginia Paque and José Mendez EXPEDICION DE CATALANES Y ARAGONESES AL ORIENTE por D. FRANCISCO DE MONCADA BIBLIOTECA MILITAR ECONOMICA EXPEDICION DE CATALANES Y ARAGONESES AL ORIENTE BIBLIOTECA MILITAR ECONOMICA COLECCIÓN DE LOS MEJORES AUTORES MILITARES ANTIGUOS Y MODERNOS, NACIONALES Y EXTRANJEROS Y DE ALGUNOS OTROS DE CIENCIA E HISTORIA MILITAR. PUBLICADA Bajo los auspicios DEL EXCMO. SR. TENIENTE GENERAL D. Eduardo Fernández de San Roman Marqués de San Roman Director. D. Emilio Valverde Y Alvarez Cuarta seccion. OBRAS DE HISTORIA MILITAR Expedicion de Catalanes y Aragoneses, contra Turcos Y Griegos. POR D. FRANCISCO DE MONCADA EDICION DE 1777. A DON JUAN DE MONCADA. ARZOBISPO DE TARRAGONA Por obedecer á V.S. Ilustrísima he puesto en órden esta breve Historia, que la soledad de una aldea me la puso entre las manos con el deseo natural de conservar memorias casi muertas de la patria, que merecen eterna duracion. Recogí lo que pude de papeles antiguos de Cataluña, y ayudado de sus escritores y de los Griegos he procurado sacar esta EXPEDICION que los nuestros hicieron á Levante, libre de dos terribles contrarios, descuido de los naturales y propios hijos, y malicia de los extranjeros, enemigos de nuestro nombre y gloria, que parece que andaban á porfia cual de ellos seria el autor de su muerte. Halléme desocupado; y así reconocí por obligacion el salir á su defensa; si esta ha sido bastante no lo puedo asegurar, porque las armas, que son las antiguas memorias y autores, con que me opuse, andan tan confusos y faltos, que apenas me dieron el socorro necesario. Pero ya que no se entera, ni como ella fué descrita á la posteridad, quedará por lo menos renovada con mas larga relacion de la que los antiguos Catalanes nos dejaron; cuyo descuido nació de parecerles que los hechos tan esclarecidos la fama los conservara con mayor estimacion que la Historia, y que el tiempo no las pudiera oscurecer. Guárdeme Dios á V.S. Ilustrísima muy largos años. Barcelona 3 de Noviembre de MDCXX. EL CONDE DE OSONA AL LECTOR Si no tuviéramos tan repetidas pruebas del descuido, con que antes de ahora se han mirado los mas preciosos monumentos de nuestros mejores Escritores, pudiera serla la presente obra, á quien ni la dignidad de su Autor, ni la grandeza del asunto, ni la elegancia del estilo pudieron eximir de la fatal suerte que otras de no inferior mérito han experimentado. Lo cierto es que desde el año de MDCXXIII en que salió á luz, no ha vuelto á imprimirse; y así por su rareza solo era conocida de algunos curiosos con no poco menoscabo de la gloria inmortal que por su esfuerzo invencible supieron adquirirse los Catalanes y Aragoneses en su famosa Expedicion contra Turcos y Griegos. Hazañas tan memorables merecían una pluma delicada que las escribiese segun correspondia. Tal era la de DON FRANCISCO DE MONCADA, no menos célebre por la espada, que por la pluma; y digno de ser tan conocido, como merece la grandeza de su ingenio y de su alto nacimiento. Y así nos parece muy debido no omitir en este lugar las curiosas noticias, que de su vida y escritos nos dejó recogidas DON VICENTE JIMENO en los Escritores del Reino de Valencia (t. i. p. 326 y 327.) obra trabajada con mucha puntualidad, erudicion y juicio. ¡Ojala tuviéramos otras iguales á esta de los demás Reinos de España!. Dice pues: DON FRANCISCO DE MONCADA, tercero Marqués de Aytona, Conde de Osona, Señor de las Baronias de Oz, Aljafarin, Callosa, Tarbena, y otras: segundo Julio César en la valentía de la Espada y rasgo de la pluma; nació en la ciudad de Valencia, siendo su abuelo Don Francisco, primer Marqués de Aytona, Virrey de este Reino; y fué bautizado en la Iglesia Parroquial de San Esteban Protomartyr en la pila de San Vicente Ferrer, Lunes á 29 de Diciembre del año 1586. Fueron sus padres Don Gaston de Moncada, segundo Marqués de Aytona, Virrey de Cerdeña y Aragon, Embajador en la Córte de Roma; y Doña Catalina de Moncada, Baronesa de Callosa. Desde sus tiernos años se habia dedicado D. FRANCISCO al estudio de las letras, y de las lenguas Latina y Griega. Casón con Doña Margarita de Castro y Alagón, Baronesa de Laguna, y Vizcondesa de Isla; y tuvieron por hijo y sucesor á Don Guillén Ramon de Moncada, á quien D. Nicolás Antonio llama, no Oton como dice Rodríguez sino Gaston, (lo corrige después en el mismo tomo, llamándole Guillén Ramon) el cual fué Virrey de Galicia, Gobernador de la Corona en la menor edad de Cárlos II y Escritor como Don Francisco su Padre-. Fué D. FRANCISCO Consejero de Estado y Guerra, Embajador Real en la Córte de Alemania, cerca del emperador Ferdinando II. Mayordomo Mayor de Doña Isabel Clara Eugenia, Infanta de España, Señora propietaria de los Estados de Flandes, y despues de la muerte de esta Princesa Gobernador de los mismos Estados por el Rey Felipe IV, y Generalísimo de sus Armas, mientras no fué á gobernarlas el Cardenal Infante Don Fernando, hermano del Rey. Los elogios que se mereció con sus valerosas hazañas y acreditado gobierno fueron tantos, que apenas hay historiador que le mencione, que no prorrumpa en alabanzas suyas. Murió de enfermedad; pero coronado de laureles y en brazos de la fama, en el campo de Goch de la Provincia de Cleves en el año 1635, después de haber derrotado dos ejércitos enemigos, á los 49 años de edad. Las obras que escribió son estas. Expedicion de Catalanes y Aragoneses contra Turcos y Griegos. En Barcelona por Lorenzo Deu 1623 en 4.º La publicó siendo Conde de Osona, que era el Título del Mayorazgo de su Casa. Vida de Anicio Manlio Torcuato Severino Boecio. Se imprimió despues de la muerte del Autor en Francfort por Gaspar Rotelio 1642 en 16. Genealogía de la Casa de los Moncadas. La insertó Pedro de Marca, Autor Francés, grave y noticioso en su Historia de Bearne, impresa en París el año 1640 como atestigua el Maestro Fray Joseph Gomez de Porres, Carmelita. El mismo Conde la envió á Pedro de Marca el cual imprimió tambien dos Cartas latinas que el Conde le habia escrito. Esta Genealogía, en la cual habla de los Condes de Bearne, son las Notas MSS que le atribuye D. Nicolás. Antigüedad del Santuario de Monserrate. Acuerdan esta obra Gomez y Rodriguez. Hasta aquí JIMENO. A cuyas noticias, si no temiéramos alargar demasiado esta prefacion, pudiéramos añadir otras y varios elogios de nuestro Autor, que pueden verse en la Biblioteca Valentina del citado M. Fray Joseph Rodriguez; sin embargo no podemos dejar de admirar, que ni estos dos eruditos, ni Nicolás Antonio, que en su Biblioteca Española apenas deja de dar á cada obra y Autor el merecido elogio no le hiciesen de las del nuestro con la debida puntualidad; acaso porque no lograrian leerlas, por ser tan raras. La que ahora vuelve á salir á luz, merece con razon el elogio que le dá el Marqués de Mondéjar en la carta á la Duquesa de Averio, en que hace juicio de los más principales Historiadores de España, impresa por Don Gregorio Mayans al fin de las Advertencias de Mondéjar á Mariana, §. XIX. P. 114 llamándola cultísimo libro. A la verdad yo no hallo ninguno, que en su género le haga ventaja; aunque entre en su número el de la Guerra de Granada de D. DIEGO DE MENDOZA; porque si se consideran las prendas que deben adornar una historia, en ambas se hallan en sumo grado; si la elegancia y pureza de estilo, en que algunos dan el primer lugar á MENDOZA entre los Escritores Españoles, no es inferior en esto MONCADA; antes bien me parece el de este mas dulce y sin mezcla de afectacion alguna. De suerte que el primero parece haberse propuesto imitar á Salustio y Tacito; y así unas veces ama la oscuridad, y otras deja dislocadas y sin sentido las clausulas; sino es que esto sea mas bien vicio de los Codices que del Autor; pero MONCADA imitando á Julio César en la pluma, como lo habia hecho con la espada, es tan puro y elegante como él; porque nuestra lengua como hija de la Latina es capaz de admitir todos sus primores; y no le es inferior en la ciencia militar, y en los consejos políticos que á menudo mezcla con oportunidad. En el Prólogo al Lector, que preceda á la primera edicion, advierte el impresor, que por ausencia del Autor se habian cometido algunos defectos, que solo su presencia podia haber remediado; en esta se ha procurado enmendarlos en lo posible, sin faltar á la exactitud y circunspecion, con que debe procederse en los trabajos ajenos. LIBRO PRIMERO. PROEMIO. Mi intento es escribir la memorable Expedicion y Jornada, que los Catalanes y Aragoneses hicieron á las Provincias de Levante, cuando su fortuna y valor andaban compitiendo en el aumento de su poder y estimacion, llamados por Andronico Paleologo Emperador de Griegos, en socorro y defensa de su imperio y casa. Favorecidos y estimados en tanto que las armas de los Turcos le tuvieron casi oprimido, y temió su perdicion y ruina; pero despues que por el esfuerzo de los nuestros quedó libre de ellas, mal tratados y perseguidos con gran crueldad y fiereza bárbara; de que nació la obligacion natural de mirar por su defensa y conservacion, y la causa de volver sus fuerzas invencibles contra los mismos Griegos, y su Príncipe Andronico; las cuales fueron tan formidables, que causaron temor y asombro á los mayores Príncipes de Asia y Europa, perdicion y total ruina á muchas naciones y Provincias, y admiracion á todo el mundo. Obra será esta, aunque pequeña por el descuido de los antiguos, largos en hazañas, cortos en escribirlas, llena de varios y estraños casos, de guerras continuas en regiones remotas y apartadas con varios Pueblos y gentes belicosas, de sangrientas batallas y victorias no esperadas, de peligrosas conquistas acabadas con dichoso fin por tan pocos y divididos Catalanes y Aragoneses, que al principio fueron burla de aquellas Naciones, y despues instrumento de los grandes castigos que Dios hizo en ellas. Vencidos los Turcos en el primer aumento de su grandeza Othomana, desposeidos de grandes y ricas Provincias de la Asia menor, y á viva fuerza y rigor de nuestras espadas encerrados en lo mas áspero y desierto de los montes de Armenia. Después vueltas las armas contra los Griegos, en cuyo favor pasaron, por librarse de una afrentosa muerte, y vengar agravios que no se pudieran disimular sin gran mengua de su estimacion y afrenta de su nombre. Ganados por fuerza muchos Pueblos y Ciudades, desbaratados y rotos poderosos ejércitos, vencidos y muertos en campo Reyes y Príncipes, grandes Provincias destruidas y desiertas, muertos, cautivos, ó desterrados sus moradores; venganzas merecidas mas que licitas. Thracia, Macedonia, Tesalia, y Beocia penetradas y pisada á pesar de todos los Príncipes y fuerzas del Oriente, y últimamente muerto á sus manos el Duque de Athenas con toda la nobleza de sus vasallos, y de los socorros de Franceses y Griegos ocupado su estado, y en él fundado un nuevo señorío. En todos estos sucesos no faltaron traiciones, crueldades, robos, violencias, y sediciones, pestilencia comun, no solo de un ejército colecticio y débil por el corto poder de la suprema cabeza, pero de grandes y poderosas Monarquias. Si como vencieron los Catalanes á sus enemigos, vencieran su ambicion y codicia, no excediendo los límites de lo justo, y se conservarán unidos, dilataran sus armas hasta los últimos fines del Oriente, y viera Palestina y Jerusalen, segunda vez las banderas cruzadas. Porque su valor y disciplina militar, su constancia en las adversidades, sufrimiento en los trabajos, seguridad en los peligros, presteza en las ejecuciones, y otras virtudes militares las tuvieron en sumo grado, en tanto que la ira no las pervirtió. Pero el mismo poder que Dios les entregó para castigar y oprimir tantas naciones, quiso que fuese el instrumento de su propio castigo. Con la soberbia de los buenos sucesos, desvanecidos con su prosperidad, llegaron á dividirse en la competencia del gobierno; divididos á matarse, con que se encendió una guerra civil, tan terrible y cruel, que causó sin comparacion mayores daños y muertes, que las que tuvieron con los extraños. CAPITULO I. Estado de los Reinos y Reyes de la casa de Aragon por este tiempo. Antes de dar principio á nuestra historia, importa para su entera noticia decir el estado en que se hallaban las provincias y Reyes de Aragon, sus ejércitos y armadas, sus amigos y enemigos; principios necesarios para conocer donde se funda la principal causa de esta expedicion. El Rey Don Pedro de Aragon, á quien la grandeza de sus hechos dió renombre de Grande, hijo de Don Jaime el Conquistador fué casado con Gostanza hija de Manfredo Rey de Sicilia, á quien Cárlos de Anjou con ayuda del Pontífice Romano, enemigo de la sangre de Federico Emperador, quitó el Reino y la vida. Quedo Cárlos con su muerte Príncipe y Rey de las dos Sicilias, y más después que el infeliz Coradino, último Príncipe de la casa de Suevia, roto y deshecho, vino preso á sus manos, y por su órden y sentencia, se le cortó la cabeza en público cadahalso, para eterna memoria de una vil venganza, y ejemplo grande de la variedad humana. Don Pedro Rey de Aragon no se hallaba entónces con fuerzas para poder tomar satisfacion de la muerte de Manfredo y Coradino, ni después de ser Rey le dieron lugar las guerras civiles, porque los Moros de Valencia andaban levantados, y los Barones y Ricos hombres d Cataluña estaban desavenidos y mal contentos; y tambien porque mostrándose enemigo declarado de Cárlos, provocaba contra sí las armas de Francia, y las de la Iglesia, formidables por lo que tienen de divinas; los Reinos de Sicilia y Nápoles lejos de los suyos, sus armas ocupadas en defenderse de los enemigos mas vecinos. Todas estas dificultades detenian el ofendido ánimo del Rey, pero no de manera, que borrasen la memoria del agravio. En unas vistas que tuvo con el Rey de Francia Filipe su cuñado, entrevino Cárlos hijo del Rey de Nápoles, y deseando el Rey de Francia que fuesen amigos y se hablasen, siempre Don Pedro se escusó, y mostró en el semblante el pesar y el disgusto que tenia en el corazon, de que todos quedaron mal satisfechos y desabridos, y sin duda entónces Cárlos se previniera y armara, si creyera que las fuerzas del Rey de Aragon fueran iguales á su ánimo y pensamiento. Pero el cielo se las dió bastantes para tomar entera y justa satisfacion de la sangre inocente de Coradino por medios tan ocultos, que no se supieron hasta que la misma ejecucion los publicó. Los míseros Sicilianos incitados de la insolencia Francesa, desenfrenada en su afrenta y deshonor, tomaron las armas, y con aquel famoso hecho que comunmente llaman Vísperas Sicilianas, sacudieron de la cerviz pública el insufrible yugo de los Franceses, y de Cárlos, que injustamente los opremia, dejándoles al arbitrio y sujecion de ministros injustos; causa que las mas veces produce mudanzas en los estados, y casos miserables en sus Príncipes. Acudió luego Cárlos con poderoso ejército á castigar el atrevimiento y rebeldía de los súbditos. Ellos viendo cerrada la puerta á toda piedad y clemencia, pusieron la esperanza de su remedio y amparo en Don Pedro Rey de Aragon, que en esta sazon se hallaba en Africa, como verdadero Príncipe Christiano, con ejército victoriso y triunfante de muchos Jeques y Reyes de Berbería, asistidos de la mayor parte de la nobleza y soldados de sus Reinos. Llegaron ante su presencia los Embajadores de Sicilia, llenos de lagrimas, luto y sentimiento; bastantes con esta triste demostracion á mover no solo el ánimo de un Rey ofendido por particular agravio, pero el de cualquier otro que como hombre sintiera. Acordaronle la muerte desdichada de Manfredo, y la afrentosa de Coradino, facilitaronle la venganza con ayuda de los pueblos de Sicilia, tan aficionados á su nombre y enemigos del de Francia. Ultimamente le propusieron el estado peligroso de su libertad, vidas y haciendas, si no les amparaba su valor; por que ya Cárlos estaba sobre Mecina, y amenazaba el rigor de su castigo un lastimoso fin á todo el Reino. Movido de estas razones y de las que su venganza le ofrecia, acudió antes que su fama á Trapana con todo su poder, y fué con tanta presteza sobre su enemigo, que apenas supo Cárlos que venia, cuando vió sus armas, y se halló forzado á levantar el sitio y retirarse afrentosamente á Calabria. Con este hecho el Pontifice como amigo, y el Rey de Francia como deudo, descubiertamente se mostraron favorecedores de Cárlos, y enemigos de Don Pedro, y tomaron contra él las armas. El Rey de Castilla que por el deudo y amistad debiera ayudarle, se salió á fuera, y se inclinó á seguir el mayor poder. Don Jaime Rey de Mallorca, su hermano, tambien le desamparó, dando ayuda y paso por sus estados á sus contrarios, aunque se escusó con las débiles fuerzas de su Reino, desiguales á la defensa y oposicion de tan poderoso enemigo; disculpa con que muchas veces los Príncipes pequeños, encubren lo mal hecho, atribuyendo á la necesidad lo que es ambicion. Don Pedro con esto se halló sin amigos, solo acompañado de su valor, fortuna, y razon de satisfacer el ultraje y afrenta de su casa. Al tiempo que le juzgaron todos por perdido, venció á sus enemigos varias veces, reforzados de nuevas ligas y socorros, todo los deshizo y humilló en mar, en tierra. Mantuvo el nombre de Aragon en gran reputacion y fama, y fué el primer Rey de España, que puso sus banderas vencedoras en los Reinos de Italia, sobre cuyo fundamento hoy se mira levantada su Monarquía. Hechado Cárlos de Sicilia, intentó con mayor poder reducirla á su obediencia, y en esta hubo grandes y notables acontecimientos; pero siempre la casa de Aragon, se aseguró en el Reino con victorias, no solo contra el poder de Cárlos, pero de todos los mayores Príncipes de Europa que le ayudaban. Murieron ambos Reyes competidores en la mayor furia y rigor de la guerra, y por derecho de sucesion heredó á Cárlos Rey de Nápoles, su hijo primogénito del mismo nombre, que en este tiempo se hallaba preso en Cataluña. A Don Pedro Rey de Aragon sucedieron sus dos hijos, Alfonso mayor en los Reinos de España, Jaime en el de Sicilia. Prosiguiose la guerra hasta la muerte de Alfonso, que por morir sin hijos fué Don Jaime llamado á la sucesion, y hubo de venir á estos Reinos, dejando en Sicilia á Don Fadrique su hermano, para que la gobernase y defendiese en su nombre. Después de su vuelta á España Don Jaime, recuperadas algunas fuerzas de sus Reinos, renunció el de Sicilia á la Iglesia, temiendo que las armas Castellanas, Francesas y Eclesiásticas á un mismo tiempo no le acometiesen, y persuadido de su madre Gostanza, que como mujer de singular santidad, quiso más que su hijo perdiese el Reino, que alargar más tiempo el reconciliarse con la Iglesia. Enviaronse á Sicilia para poner en efecto la renunciacion Embajadores de parte de Don Jaime y de Gostanza, y entregar el Reino á los Legados del Pontífice Romano. Pero la gente de guerra y los naturales indignados de la facilidad, con que su Rey renunciaba lo que con tanto trabajo y sangre se habia adquirido y sustentado, y les entregaba tan sin piedad á sus enemigos, de quien forzosamente habian de temer servidumbre y muerte; pareciéndoles á los Sicilianos cierto el peligro, y á los Catalanes y Aragoneses mengua de reputacion, que lo que no pudieron las armas de sus contrarios alcanzar en tantos años, se alcanzase por una resolucion de un Rey mal aconsejado, volvieron á tomar las armas, y oponiéndose á los Legados, persuadieron á Don Fadrique como verdadero sucesor del padre y del hermano, que se llamase Rey, y tomase á su cargo la defensa comun. Fué facil de persuadir un Príncipe de ánimo levantado, en lo mas florido de su juventud, y que por otro medio no podia dejar ser vasallo y sujeto á las leyes del hermano: ocasion bastante, cuando no fuera ayudada de tanta razon, á precipitar los pocos años de Don Fadrique. Llamose Rey, y como á tal le admitieron y coronaron. Prevínose para la guerra cruel que le amenazaba, asistido de buenos soldados, y del Pueblo fiel y pronto á su conservacion, teniéndole por segundo libertador de la Patria. Opusose luego á Cárlos su mayor y mas vecino enemigo, al Papa que amparaba y defendia su causa, y al Rey Don Jaime, que de hermano se le declaró enemigo, cuyas fuerzas juntas le acometieron y vencieron en batalla naval, con que la guerra se tuvo por acabada, y Don Fadrique por perdido. Pero la oculta disposicion de la providencia Divina, que algunas veces fuera de las comunes esperanzas muda los sucesos para que conozcamos que sola ella gobierna y rige, Don Fadrique se mantuvo en su Reino, con universal contento de los buenos, asombro y terror de sus enemigos, y gloria de su nombre. Deshizose poco después la liga, por apartarse de ella Don Jaime Rey de Aragon, con gran sentimiento y quejas de sus aliados, porque sin las fuerzas de Aragon parecia cosa fatal y casi imposible vencer un rey de su misma casa, y la experiencia lo mostró, pues apartado Don Jaime de la liga, siempre los enemigos de Don Fadrique fueron perdiendo, y él acreditándose con victorias, hasta forzarles á tratar de paces quedándose con el Reino; cosa que de solo pensarla se ofendian. Concluyéronse después de algunas contradicciones, y se establecieron con mayor firmeza con el casamiento, que luego se hizo de Leonor hija de Cárlos con Don Fadrique, con que el Reino quedó libre y sin recelo de volver á la servidumbre antigua, y el Rey pacífico señor del estado que defendió con tanto valor. El Rey Don Jaime su hermano sustentaba sus Reinos de Aragon, Cataluña, y Valencia con suma paz y reputacion, amado de los súbditos, temido de los infieles, poderoso en la mar, servido de famosos capitanes, aguardando ocasion de engrandecer su corona á imitacion d sus pasados. El Rey de Mallorca Príncipe el menor de la casa de Aragon gozaba pacíficamente el señorío de Mompeller, Condados de Rocellon, Cerdaña, y Conflent, difíciles de conservar, por esta divididos, y tener vecinos mas poderosos, entre quien siempre fueron fluctuando sus pequeños Reyes; pero por este tiempo vivia con reputacion, y con igual fortuna que los otros Reyes de su casa. CAPITULO II. Eleccion de General. Tenian los Reinos de Aragon, Mallorca y Sicilia el estado que habemos referido, cuando los soldados viejos, y Capitanes de opinion, que sirvieron al gran Rey Don Pedro, á Don Jaime su hijo, y últimamente á Don Fadrique en esta guerra de Sicilia, juzgándola ya por acabada, hechas las paces mas seguras por el nuevo casamiento de Leonor con Fadrique, vínculo de mayor amistad entre los poderosos, en tanto que el interés y la ambicion no le disuelven y deshacen, deshecho causa de mas viva enemistad y odios implacables, pareciéndoles que no se podia esperar por entónces ocasion de rompimiento y guerra, trataron de emprender otra nueva contra infieles y enemigos del nombre cristiano en Provincias remotas y apartadas. Porque era tanto el esfuerzo y valor de aquella milicia, y tanto el deseo de alcanzar nuevas glorias y triunfos, que tenian á Sicilia por un estrecho campo para dilatar engrandecer su fama; y así, determinaron de buscar ocasiones arduas, trances peligrosos, para que esta fuese mayor y mas ilustre. Ayudaban á poner en ejecucion tan grandes pensamientos dos motivos, fundados en razón de su conservacion. El primero fué la poca seguridad que habia de volver á España su patria, y vivir con reputacion ella, por haber seguido las partes de Don Fadrique con tanta obstinacion contra Don Jaime su Rey y señor natural; que auque Don Jaime no era Príncipe de ánimo vengativo, y se tenía por cierto, que pues en la furia de la guerra contra su hermano no consintió que se diesen por traidores los que le siguieron, menos quisiera castigar á sangre fria lo que pudo, y no quiso en el tiempo que actualmente le estaban ofendiendo, siguiendo las banderas de su hermano contra las suyas. Pero la Majestad ofendida del Príncipe natural, aunque remita el castigo, queda siempre viva en el ánimo la memoria de la ofensa; y aunque no fuera bastante para hacerles agravios, por lo menos impidiera el no servirse de ellos en los cargos supremos: cosa indigna de lo que merecían sus servicios, nobleza y cargos administrados en paz y guerra. El segundo motivo, y el que mas le obligó á salir de Sicilia, fué ver al Rey imposibilitado de poderles sustentar con la largueza que antes, por estar la hacienda Real y Reino destruidos por una guerra de veinte años, y ellos acostumbrados á gastar con exceso la hacienda ajena como la propia cuando les faltaban despojos de pueblos y ciudades vencidas. Como entre ambas cosas cesaron hechas las paces, y fenecida la guerra, juzgaron por cosa imposible reducirse á vivir con moderacion. El Rey Don Fadrique, y su padre y hermano, con su asistencia en la guerra, y como testigos de las hazañas, industria y valor de los súbditos, pocas veces se engañaron en repartir las mercedes; porque dieron más crédito á sus ojos, que á sus oidos, y siempre el premio á los servicios, y no al favor. Con esto faltaban en sus Reinos quejosos y mal contentos, pero no pudieron dar á todos los que le sirvieron estados y haciendas, con que algunos quedaron con menos comodidad que sus servicios merecian. Pero como vieron que los Reyes dieron con suma liberalidad y grandeza lo que lícitamente pudieron á los mas señalados Capitanes, atribuyeron solo á su desdicha, y á la virtud, y valor incomparable de los que fueron preferidos, el hallarse inferiores. Estas fueron las causas que movían los ánimos en comun para tratar de engrandecer en nuevas empresas y conquistas. Los más principales Capitanes que animaban y alentaban á los demás, fueron cuatro, debajo de cuyas banderas, sirvieron Roger de Flor Vicealmirante de Sicilia, Berenguer de Entenza, Ferran Jimenez de Arenós, ambos ricos hombres, y Berenguer de Rocafort; todos conocidos y estimados por soldados de grande opinion. Comunicaron sus pensamientos entre sus valedores y amigos, y hallándoles con buena disposicion y ánimo de seguirles en cualquier jornada, se resolvieron de emprender la que pareciese más útil y honrosa. Para la conclusion de este trato se juntaron en secreto, y antes de discutir sobre su expedicion, quisieron darle cabeza; porque sin ella fuera inútil cualquier consejo y determinacion, faltando quien puede y debe mandar. Con acuerdo comun de los que para esto se juntaron, fué nombrado por General Roger de Flor Vicealmirante, poderoso en la mar, valiente y estimado soldado, práctico y bien afortunado marinero, persona que en riquezas y dinero excedia á todos los demas Capitanes; causa principal de ser preferido. CAPITULO III. Quien fué Roger de Flor. Nació Roger de Flor, á quien los nuestros eligieron pro General y suprema cabeza, en Brindiz de padres nobles, su padre fué Alemán, llamado Ricardo de Flor, cazador del Emperador Federico su madre Italiana, y natural del mismo lugar. Murió Ricardo en la batalla que Cárlos de Anjou tuvo con Coradino, cuyas partes seguia, por ser nieto de Federico su Príncipe y señor. Cárlos insolente con la victoria, después de haber cortado la cabeza á Coradino, confiscó las haciendas de todos los que tomaron las armas en su ayuda. Con esta pérdida quedó Roger y su madre con suma pobreza, y con la misma se crió hasta la edad de quince años, que un caballero Francés, religioso del Temple, llamado Yassaill, se le aficionó con ocasion de asistir en Brindiz, con el Alcon nave del Temple, cuyo Capitan era. Navegó juntamente con él Roger algunos años, y ganó tan buena opinion en el ejercicio que profesaba, que la Religion le recibió por suyo, dándole el hábito de fray sargento, en aquel tiempo casi igual al de caballero. Con el Roger comenzó á ser conocido y temido en todo el mar de Levante, al tiempo que Prolemayde, dicha por otro nombre Acre, se rendió á las armas de Melech Taseraf Sultan de Egipto, Roger, como refiere Pachimerio, era uno de los asistian en un Convento del Temple; y viendo que la ciudad no se podia defender, recogió muchos Cristianos en un navío, con la hacienda que pudieron escapar de la crueldad y furia de los Bárbaros. No le faltaron á Roger enemigos de su misma Religion, que envidiosos de sus buenos sucesos, le descompusieron con su Maestre, haciéndole cargo que se habia aprovechado por caminos no debidos á su profesion, y defraudado los derechos comunes, y alzádose con todos los despojos de sacó de Acre; que como ya esta célebre y famosa Religion se hallaba en su última vejez, y cerca de su fin, sus partes se habian enflaquecido con los vicios de la mucha edad y tiempo. La envidia, la avaricia, y ambicion habian ocupado sus ánimos en lugar del antiguo valor, y de la mucha conformidad, y piedad Cristian, que los hizo tan estimados y venerados en todas las Provincias. Quiso el Maestre con esta primera acusacion prenderle, pero Roger tuvo alguna noticia de estos intentos, y conociendo la codicia de su cabeza, y ruindad de sus hermanos, no le pareció aguardar en Marsella, donde á la sazon se hallaba, sino retirarse á lugar más seguro, y dar tiempo á que la falsa y siniestra acusacion se desvaneciese. Retiroso á Génova, donde ayudado de sus amigos, y particularmente de Ticin de Oria, armó una galera, y con ella fué á Nápoles, y ofreciese al servicio de Roberto Duque de Calabria, á tiempo que se prevenia y armaba para la guerra contra Don Fadrique. Hizo Roberto poco caso de su ofrecimiento, y del ánimo con que se le ofrecía, juzgándole por tan corto como el socorro. Obligó á Roger este desprecio á que se fuese á servir á Don Fadrique su enemigo, de quien fué admitido con muchas muestras de amor y agradecimiento: efectos no solo de su ánimo generoso, y condicion apacible para con los soldados, pero de la fuerza de la necesidad de la guerra; porque no fuere cordura desechar al que voluntariamente ofrece su servicio en tiempos tan apretados, como en los que corren riesgo la vida y libertad, y cuando se apartan los mayores amigos, y obligados. El que llega á ser amigo en los peligros y cuando el Príncipe es acometido de armas mas poderosas, sin obligacion de naturaleza y fidelidad de súbdito, debe ser admitido y honrado, aunque le traiga su propio interés, ó algun desprecio, ó agravio del contrario, que cuanto más ofendido, más util y seguro será su servicio. Fuese luego encendiendo la guerra entre Roberto y Fadrique, y Roger acreditose en ella con importantes servicios, socorriendo diversas veces plazas apretadas del enemigo, y con la pequeña armada, que llevaba á su cargo, impidiendo la libre navegacion de los mares y costas de Nápoles, con que llegó á ser Vicealmirante, y en menos de tres años hizo cosas tan señaladas, que fué una de las mas principales causas de conservar á su Príncipe en Sicilia, alcanzando juntamente para sí nombre inmortal, y riquezas mas que de vasallo. En este estado se hallaba Roger cuando le tomaron los Catalanes y Aragoneses por General en la empresa que intentaban. CAPITULO IV. Determinan los capitales su jornada, y suplican al Rey les favorezca. Los Capitanes trataron con el nuevo General cual sería la más conveniente y provechosa empresa, y resolvieron de comun parecer de ofrecerse al Emperador de los Griegos Andronico Paleólogo casi oprimido de las armas de los turcos; porque á mas de que Andronico se tenía por cierto que buscaba socorros de naciones extranjeras, dudoso de la fidelidad de los suyos, era Príncipe que tenía poca correspondencia con el Papa, á quien Roger temia por haber maltratado en tiempo de guerra las Provincias de la Iglesia, y siempre vivía con recelos de que el Papa pidiese á Don Fadrique su persona como de Religioso Templario, para vengarse de él entregándole á su Maestre y Religion. Y aunque no se podia esperar de la grandeza de Don Fadrique hecho tan feo, pero como los Reyes alguna veces no miden sus intereses con lo que deben á su estimacion y fama, olvidan con facilidad los servicios por otras mayores conveniencias. Y pudiera ser que rehusando Don Fadrique el entregar á Roger, fuera ocasion de rompimiento y guerra; y así no quiso Roger poner á Don Fadrique en nuevos cuidados, ni su libertad en peligro si se quedára en Sicilia. Pachimerio dice que el Papa se le pidió á Don Fadrique, y que juzgando no ser justo entregar á quien tambien le habia servido, ofreció entonces de escribir y rogar al Emperador Andronico le trajese á su servicio; porque de esta manera saldria honrado de sus tierras, y el Papa no podria quejarse de que él amparaba los fugitivos de las Religiones. Pero en este caso me parece dar más crédito á Montaner; porque al principio de este capítulo escribe Pachimerio, que si en esta relacion se apartáre de la verdad, no tendrá la culpa el escritor, sino la fama de quien él lo supo, y como la que corria entre los Griegos de nuestras cosas, era siempre falsa, no se le debe de dar crédito en lo que difiere de Montaner, y facilmente en este caso les podemos conciliar; porque solo difieren, en que Pachimerio dá por constante que el Papa pidió la persona de Roger á Don Fadrique, y Montaner dice que se temió el caso, pero no que sucedió; y así no fué mucho que la fama de tan lejos añadiese lo demás. Después de haber resuelto todos la jornada, y platicado por algunos dias los medios más convenientes para su ejecucion, dieron cargo á Roger que hablase á Don Fadrique, y le descubriese sus intentos, y le suplicase de parte de todos que los favoreciese, porque no fuera justo que se trátara públicamente, sin haber precedido su consentimiento y gusto. Roger vino á Mesina, donde el Rey estaba, poco después de concluido su casamiento con Leonor hija de Cárlos; y acabadas las fiestas y regocijos de las bodas, hablando en secreto con el Rey, le dijo, como los Catalanes y Aragoneses se querian salir de Sicilia, y pasar á Levante, no tanto por el beneficio comun de todos ellos, como por la quietud y provecho que le resultaría si le dejaban un Reino tan trabajado por las guerras pasadas libre de carga tan molesta y pesada, como eran ellos en tiempos de paz: que sus personas las tendria siempre á su devocion, y que cuando importase, le vendrían á servir de los últimos fines de la tierra; pero que por entónces le suplicaban facilitase su jornada, y les ayudase con su autoridad y fuerzas; paga bien merecida á sus servicios. Respondió el Rey, que advirtiesen que la resolucion que habian tomado de salir de Sicilia aunque le estaba bien para su conservacion, no para su fama, porque muchos podrian entender que su salida era trazada por su órden, para quedar libre de sus obligaciones; y que eran de tal calidad las que él reconocia, que por este medio no se podia librar de ellas sin conocida nota de ingrato. Pero si la esperanza de mayores acrecentamientos les llamaba á nuevas empresas, y estaban resueltos, que él les asistiria y ayudaria con sus fuerzas, con que ellos fuesen testigos y publicasen la verdad del hecho, y que primero aventurará el Reino y la vida, que faltara á la obligacion de tan señalados servicios; pero que la estrecheza del tiempo por los excesivos gastos de la guerra, no daba lugar á que el premio igualase á su deseo. Digna respuesta de Príncipe tan esclarecido, tanto más de estimar, cuando es más rara en los Príncipes la virtud del agradecimiento, y satisfacer grandes servicios cuando son tales que no se pueden pagar con ordinarias mercedes. Roger estimó en nombre de todos tan señalado favor, y la honra que les hacia, y fuese luego á dar razon á los Capitanes de lo que el Rey habia respondido, y entendido por ellos, lo celebraron y agradecieron con alabanzas. Fué Don Fadrique uno de los más señalados Príncipes de aquella edad, por la grandeza de su ánimo, y gloria de sus hechos, cuyo valor deshizo y quebrantó las fuerzas unidas para su ruina de Italia, Francia, y España, y el que á pesar de todos sus competidores quedó con el Reino de Sicilia para sí, y su posteridad, en quien hoy felizmente se conserva. No pudo suceder á Don Fadrique cosa que más le importarse para la seguridad y quietud de su nuevo reinado, que librar á su pueblo de las contribuciones y alojamientos de huéspedes tan molestos, como suelen ser los soldados mal pagados. Después que las paces y parentesco desterraron la guerra, por mantenerla daban los pueblos de Sicilia con mucha liberalidad sus haciendas á los soldados, que los defendian y amparaban contra Cárlos á quien temian; pero despues que con la paz se les quitó este miedo, comenzaron á sentir la mala vecindad de los soldados, y á desavenirse con ellos; disgustos que forzosamente habian de causar daños gravísimos, si la nueva expedicion no les atajara. CAPITULO V. Embajada de los nuestros al Emperador Andronico, y su respuesta. Roger y las demás cabezas principales del ejército resolvieron, que luego se enviasen dos Embajadores al Emperador Andronico á proponerle su servicio. Hiciéronse las instrucciones, asistiendo á ellas con otros Capitanes Ramon Montaner, uno de los escritores de mayor crédito, que intervino siempre en los consejos y ejecuciones más graves de esta expedicion. Entregáronse á dos caballeros, cuyos nombres el tiempo y el descuido dejaron envueltos en tinieblas, para que luego partiesen á Constantinopla, y diesen su embajada de parte de toda la nacion. Llegaron en breves dias con una galera reforzada de Roger. Sabida su venida, y con alguna noticia de la Embajada que traian, fueron recibidos de Andronico con agradecido semblante y muestras de mucho amor. Propuso uno de los dos Embajadores, el más antiguo en años, su embajada: que los Catalanes y Aragoneses después de hechas las paces entre Cárlos Rey de Nápoles, y Don Fadrique Rey de Sicilia, á quien ellos servian, determinaron no buscar reposo en su patria, sino acrecentar con nuevos hechos la gloria militar y fama adquirida en las pasadas guerras: que tenían para esto fuerzas bastantes en número y valor, soldados ejercitados por una larga y peligrosa guerra, Capitanes conocidos por sus victorias y nobleza de sangre; que en nombre de todos ellos le ofrecían su ayuda contra los Turcos con doblado gusto y aficion, por ocupar sus armas á favor de la casa de los Paleólogos, amigos únicos de la de Aragon, cuando sus partes estaban muy caidas, y dilatar su Imperio, destruyendo juntamente el de los enemigos del nombre Cristiano, que con tanta audacia y orgullo le querian establecer en las Provincias usurpadas al Imperio Griego. Quedaron los Emperadores contentísimos con la no esperada embajada y ofrecimiento de los Catalanes, á su parecer tan importante á sus intereses, porque entendieron que aquellos mismos, que se les venían á ofrecer, eran los que con tanto espanto y temor de toda Italia ganaron y sustentaron el Reino de Sicilia. Agradeció con palabras magníficas el gusto con que toda la nacion le ofrecía servir, y con el mismo les recibió. Quiso que luego se platicasen las condiciones con que habian de militar; y así los Embajadores pidieron conforme sus instrucciones el sueldo para la gente de guerra, y que á Roger se le diese el título de Megaduque, y por muger una de sus nietas, porque queria con tales prendas asegurarse más en su servicio. Andronico sin alterar ni mudar cosa de las que le pidieron, las concedió, sin reparar en la calidad y estado de Roger desigual al de su nieta; pero toda esta desigualdad pudo igualar la reputacion de la gente, que como General gobernaba, y verse el Griego tan oprimido de las armas de los Turcos, y poco seguro de la fidelidad de los suyos. Vivía ciego y desterrado en una aldea Bitinia Juan Lascar, legitimo sucesor del Imperio, y aunque inútil para ocuparle, viviendo él, era la posesion de Andronico tiránica, y causa muy justificada para tomar las armas los mal contentos del gobierno presente; y así lleno de temores y recelos, le fué forzoso valerse de naciones extranjeras para la guerra y defensa de su persona. Recibió en su servicio diez mil Massegatas, á quien el vulgo llama Alanos, gente bárbara de costumbres, Cristianos en la fé mas que en las obras. Tenian su morada de la otra parte del Danubio, y reconocían por señores á los Scitas de Europa. Embiaron primero al Emperador su embajada ofreciendo servirle. Nicephoro Gregoras Autor Griego de aquellos tiempos refiere lo mucho que Andronico la estimó con estas mismas palabras: Fuéle tan agradable al Emperador como si viniera del cielo. Decia que todos los Griegos le eran sospechosos y enemigos, y así continuamente procuraba amistades y ligas con los extraños, que ojalá nunca lo hiciera. Tambien recibió en su ejército muchas compañias de Turcoples que dejaron á Sultan Azan, y se bautizaron. Todas estas ayudas las deseaba Andronico, y las estimaba como grandes; y así la que los nuestros le ofrecían no se puede con palabras encarecer la estimacion que hizo de ella, por ser de gente tan aventajada á las demás que le servian, y tan temida en aquellos tiempos. Remitió Andronico los dos Embajadores á Roger concertando el casamiento, y le llevaron las insignias de Megaduque, que es lo mismo entre nosotros General de la mar: dignidad grande de aquel Imperio, pero no de las mayores. CAPITULO VI. Señala sueldo el Emperador á la gente de guerra, y hace muchas honras y mercedes á su Capitanes. Señaló Andronico las pagas segun la diferencia de las armas y ocupacion, cuatro onzas de plata cada mes á los hombres de armas, á los caballos lijeros dos, y lo mismo á los pilotos y gente de mandoneros una onza, y que siempre que llegasen á la costa de alguna Provincia del Imperio, se les diesen cuatro pagas, y cuando quisiesen volver á sus casas juntos, ó divididos, se le librasen dos para el viaje. George Pachimerio Autor Griego, cuyos fragmentos ilustran mucho esta relacion, aunque enemigo grande de los Catalanes, dice, que las pagas de los Catalanes eran doblado mayores que las de los Turcoples, y Massagetas: con que claramente se muestra la estimacion que se hizo de la milicia Catalana y Aragonesa, pues con tan excesiva diferencia la aventajaron á todos los que servian en su Imperio. De las pagas, entretenimientos y ventajas que ofreció á la nobleza y Capitanes, no señalan los Historiadores cosa con particularidad, solo el oficio y dignidad de Megaduque de Roger, y el de Senescal en Corberan de Alet. De donde sospecho que su gusto era el que limitaba sus pagas y sueldo; porque segun adelante veremos, los Generales pedian á su voluntad el dinero, con solo señalar la cantidad, sin que para esto hubiesen de dar cuenta á los contadores, y ministros de la hacienda de Andronico. Los embajadores volvieron á Sicilia, y hallaron á Roger en Licata donde aguardaba su vuelta, y sabido el buen despacho que traian se fué luego á ver con el Rey, á darle razon del honroso acogimiento que Andronico hizo á sus Embajadores y cuan largo andaba en ofrecerles mercedes. Publicóse la jornada, y los Capitanes recogieron su gente en Mecina, donde la armada se aprestaba, que en pocos dias estuvo en órden para navegar. Era la armada de treinta y seis velas, y entre ellas habia diez y ocho galeras, y cuatro naves gruesas, la mayor parte armadas con dinero del Rey, y de Roger, que para la ejecucion de esta jornada gastó la hacienda que adquirió en las guerras pasadas, y tomó veinte mil ducados de los Genoveses en nombre del Emperador Andronico. Fué mucho ménos el número de la gente de lo que se creyó; por que los dos Berengueres de Entenza, y Rocafort no pudieron juntarse con Roger, ni seguirle, porque difirieron su partida para el siguiente año. Berenguer de Entenza esperaba nuevas compañias de gentes de Cataluña para acrecentar sus fuerzas, y pasar con mayor reputacion. Berenguer de Rocafort se detenia en unos Castillos de Calabria, y reusaba el entregarlos al Rey Cárlos de Nápoles, hasta quedar enteramente satisfecho de lo que se le debia por razon de su sueldo. Roger aunque le falta de estos dos Capitanes le pudiera con justa causa detener, por ser una de las mas principales partes de su ejercito, determinó partirse, y embarcó su gente el dia que tenía aplazado. El Rey, á mas de los navíos y galeras que les dió para su viaje, les mando proveer de vituallas y bastimentos, y el dinero que pudo, un Príncipe que el reinar solo conoció las fatigas y peligros. Este fué el premio que se dió á la milicia mas invencible y victoriosa de aquella edad, y que sirvió por largos veinte años á tres Reyes, Pedro, Jaime y Fadrique, alcanzando de sus enemigos cinco victorias navales, tres en tierra, sin otros encuentros notables, y sin las expugnaciones de fuertes y grandes pueblos, y otros defendidos con loable obstinacion y valor increíble. Tal era la moderacion de aquellos tiempos, bien diferente de lo que hoy tenemos, pues vemos soldados que apenas han visto al enemigo, cuando ya juzgan por cortas las mayores mercedes. CAPITULO VII. Parte de Sicilia la armada, y que gente y milicia fué la de los Almugavares. Embarcose toda la gente en el puerto de Mecina, y antes de salir del Faro, se tomó muestra general, y se hallaron según Montaner, efectivos 1500 hombres de cabo para el servicio de la armada, sin los oficiales, y cuatro mil infantes Almugavares. Nicéforo Gregoras, Autor poco fiel en algunos de estos sucesos, dice, que Roger pasó solo mil hombres á Grecia, pero George Pachimerio ya concuerda con Montaner, y afirma que fueron ocho mil los que pasaron. Este, á mi parecer, es el verdadero número; porque seis mil y quinientos soldados de paga, es cierto que llegaron hasta el número de ocho mil con los criados y familia de los Capitanes, y Ricos hombres. Y aunque estos dos Autores no concordarán, la fé de Nicéforo fuera siempre dudosa; porque á Roger siendo Capitan de solos mil hombres, no me puedo persuadir que Andronico le hiciera Megaduque, y le casára con su nieta, sin haber precedido servicios. No parecerá ageno del intento, pues toda nuestra infantería fué de Almugavares, decir algo de su origen. La antigüedad madre del olvido, por quien han perecido claros hechos y memorias ilustres, entre otras que nos dejó confusas, ha sido el origen de los Almugavares; pero según lo que yo he podido averiguar, fué de aquellas naciones bárbaras que destruyeron el Imperio y nombre de los Romanos en España, y fundaron el suyo, que largo tiempo conservaron con esplendor y gloria de grande majestad, hasta que los Sarracenos en menos de dos años le oprimieron, y forzaron á las reliquias de este universal incendio, que entre lo más áspero de los montes, buscase su defensa, donde las fieras muertas por su mano les dieron comida y vestido. Pero luego su antiguo valor y esfuerzo, que el regalo y delicias tenian sepultado, con el trabajo y fatiga se restauró, y les hizo dejar las selvas y bosques, y convertir sus armas contra Moros, ocupadas antes en dar muerte á fieras. Con la larga constumbre de ir divagando, nunca edificaron casas, ni fundaron posesiones en la campaña, y en las fronteras de enemigos tenian su habitacion y el sustento de sus personas y familias: despojos de Sarracenos, en cuyo daño perpetuamente sacrificaban las vidas, sin otra arte ni oficio mas que servir pagados en la guerra, y cuando faltaban las que sus Reyes hacian, con cabezas y caudillos particulares corrian las fronteras, de donde vinieron á llamar los antiguos el ir á las correrias, ir en almugaveria. Llevaban consigo hijos y mujeres, testigos de su gloria, ó afrenta, y como los Alemanes en todos tiempos lo han usado, el vestido de pieles de fieras, abarcas, y antiparas de lo mismo. Las armas una red de hierro en la cabeza á modo de casco, una espada, y un chuzo algo menor de lo que se usa hoy en las compañías de arcabuceros, pero la mayor parte llevaban tres ó cuatro dardos arrojadizos. Era tanta la presteza y violencia con que los despedian de sus manos, que atravesaban hombres y caballos armados, cosa al parecer dudosa si Desclot y Montaner no lo refirieran, autores graves de nuestras historias, adonde largamente se trata de sus hechos, que pueden igualar con los muy celebrados de Romanos y Griegos. Cárlos Rey de Nápoles, puesto ante su presencia algunos prisioneros Almugavares, admirando de la vileza del traje, y de las armas, al parecer inútiles contra los cuerpos de hombres y caballos armados, dijo con algun desprecio, que si eran aquellos los soldados con que el Rey de Aragon piensa hacer la guerra. Replicóle uno de ellos, libre siempre el ánimo para la defensa de su reputacion; Señor, sin tan viles te parecemos, y estimas en tan poco nuestro poder, escoje un caballero de los mas señalados de tu ejército, con las armas ofensivas y defensivas que quisiere, que yo te ofrezco con sola mi espada y dardo de pelear en campo con él. Cárlos con deseo de castigar la insolencia del Almugavar, aplazó el desafío, y quiso asistir y ver la batalla. Salió un Francés con su caballo armado de todas piezas, lanza, espada, y dardo. Apenas entraron en la estacada cuando le mató el caballo, y queriendo hacer lo mismo de su dueño, la voz del Rey le detuvo, y le dió por vencedor y por libre. Otro Almugavar en esta misma guerra, á la lengua del agua, acometido de veinte hombres de armas, mató cinco antes de perder la vida. Otros muchos hechos se pudieran referir, si no fuera ajeno de nuestra historia, el tratar de otra largamente. La duda que se ofrece solo es del nombre, si fué de nacion, ó de milicia en sus principios. Tengo por cosa cierta que fué de nacion, y para asegurarme mas en esta opinion, tengo á George Pachimerio autor Griego, cuyos fragmentos dan mucha luz á toda esta historia, que llama á los Almugavares descendientes de los Avares, compañeros de los Hunos, y Godos, y aunque no se hallará autor que opuestamente lo contradiga, por muchas leyes de las partidas se colige claramente, que el nombre de Almugavar era nombre de milicia, y el ser esto verdad no contradice lo primero, porque entre ambas cosas puede haber sido. En su principio, como Pachimerio dice, fué de nacion, pero después como no ejercitaban los Almugavares otra arte ni oficio, vinieron ellos á dar nombre á todos los que servian en aquel modo de milicia, así como muchas artes y ciencias tomaron el nombre de sus inventores. Pero dudo mucho que hubiese quien se agregase á los Almugavares, milicia de tanta fatiga y peligro, sin ser de su nacion, porque la inclinacion natural les hacia seguir la profesion de los padres; ni hay hombre que pudiendo escoger siguiese milicia, que desde la primera edad se ocupase con tanto riesgo de la vida, descomodidad, y continuo trabajo. Nicephoro Gregoras dice, que Almugavar es nombre que dan á toda su infantería los Latinos; así llaman los Griegos á todas las naciones que tienen á su Poniente, pero no hay para que contradecir con razones falsedad tan manifiesta, y más contra un autor tan poco advertido en nuestras cosas como Nicephoro. Salió la armada de Mecina, y con próspera navegacion llegó á Malvacia puerto de la Morea, donde fueron bien recibidos y ayudados con algun refresco por órden del Emperador. Antes de salir llegaron cartas suyas en que mandaba á Roger que apresurase la navegacion. Partió alegre la gente con el refresco, y en pocos dias la armada arribó á Constantinopla, por el mes de Enero indicion segunda, segun Pachimerio, con universal regocijo de la ciudad viendo las armas que les habian de amparar, y defender. Andronico, y Miguel Emperadores, y toda la nobleza Griega, con mucho amor y muestras de sumo agradecimiento les recibieron, y honraron. Mandó luego Andronico desembarcar toda la gente, y que alojase dentro de la Ciudad en el barrio que llamaban de Blanquernas, y el siguiente dia se repartieron cuatro pagas como estaba concertado. CAPITULO VIII. Roger Se casa. Pelean Catalanes y Genoveses dentro de Constantinopla. Parecióle al Emperador Andronico que convenia á su seguridad y crédito, dar á entender que los ofrecimientos hechos á los nuestros se habian de cumplir con mucha puntualidad, y para que esto se mostrase luego con las obras, dió principio por lo que parecia mas difícil, que fué el casamiento de Roger con su sobrina María, con que todos quedaron satisfechos, juzgando por ciertas las demás mercedes como inferiores y más fáciles de cumplir. Hiciéronse las bodas con la solemnidad de personas Reales; porque el valor de Roger pudo igualar la nobleza de la mujer. Era María hija de Azan Príncipe de los Búlgaros, y de Trene hermana de Andronico, de quince años de edad, hermosa y por extremo entendida. Entre el mayor placer y gusto por la boda, sucedió un alboroto y pendencia entre Catalanes y Genoveses, que casi fué batalla muy sangrienta, nacida como muchas veces acontece de pequeña causa, y aunque Pachimerio dice, que fué sobre la cobranza de los veinte mil ducados que prestaron á Roger en Sicilia, y que por sosegarlos ofreció el Emperador de pagarlos, pero la más cierta ocasion de la pendencia fué, que un Almugavar discurriendo por la ciudad dió ocasion á dos Genoveses, viéndole solo, que se burlasen con mucha risa de su traje, y figura; pero el ánimo militar del Almugavar mal sufrido en los donaires y motes cortesanos, mas osado de manos que de lengua, les acometió con la espada, y travó la pendencia. Acudieron de una y otra parte valedores y amigos, estando ya los ánimos prevenidos y alterados como sospechosos, y con esto las fuerzas de entre ambas naciones se encontraron para su total ruina y perdicion. Los Genoveses sacaron su bandera ó guion, y acometieron los cuarteles de los Almugavares repartidos en el barrio de Blanquernas. Nuestra caballería reconociendo el peligro de sus Almugavares, dividida en tropas, cerró con la gente Genovesa mal ordenada. Con esto se dió lugar á que los Almugavares saliesen de sus alojamientos, y se juntasen para tomar satisfacion de quien tan injustamente los maltrataba. Peleose de una y otra parte con obstinacion, hasta que los Genoveses, muerto su Capitan Roseo del Final, se fueron retirando con notable pérdida y daño. Andronico de las ventanas de su Palacio atento y con gusto miraba la pendencia cuando los Genoveses levemente fueron mal tratados, y algunos muertos, y con palabras mostró su ánimo mal afecto contra ellos; pero cuando vió que los Almugavares con su acostumbrado rigor iban degollando cuanto se les ponia delante, temió que todos los Genoveses de Constantinopla no muriesen aquel dia; cosa peligrosa para su conservacion, porque dependia de ellos la paz de su Imperio. Tiénese por cierto que Andronico quisiera sacudirse el yugo de Genoveses si pudiera con seguridad, pero era difícil por tener ellos el poder dividido para que se pudiera oprimir á un tiempo, y si consintiera que los de Constantinopla perecieran, fuera irritar las otras fuerzas que quedaban enteras; y así con ruegos y promesas pidió á los Capitanes que recogiesen y retirasen los suyos, y George Pachimerio refiere, que mandó Andronico á Estéban Marzala gran Drungario y Almirante, que fuese á quietar el tumulto, y apaciguar las partes, y que fúe muerto y despedazado. Finalmente la presencia y autoridad de Roger, y de los otros Capitanes pudo tanto, que obedecieron todos, y con mucho peligro les retiraron, porque habian sacado sus banderas con ánimo de acometer á Pera, y saquearla, juntando á su venganza su codicia. Era esta poblacion de Genoveses, dividida por un estrecho cerco del mar de la Ciudad de Constantinopla, llamado de los antiguos Cuerno de Bisancio, y hoy de los Turcos y Griegos Galata. Retirados y sosegados los nuestros, les mandó el Emperador en agradecimiento de su puntual obediencia librar una paga. Quedaron muertos de los Genoveses en la Ciudad cerca de tres mil, y aunque lo peor llevaron ellos entónces, fué causa de mayores daños en lo venidero para los nuestros, porque con esto quedó irritada una nacion émula y poderosa, que importaba su amistad para conservar nuestras armas en aquel Imperio; porque en estos tiempos era grande y temido su poder en todo el Oriente, arbitros de la paz y la guerra. Tenian ilustres Colonias y Presidios en Grecia, en Ponto, en Palestina, armadas poderosas, poseian muchas riquezas adquiridas con su industria y valor, y absolutamente eran dueños del trato universal de Europa, con que mantenian fuerzas iguales á las de los mayores Reyes, y Repúblicas. Con esto llegaron á ser casi dueños del Imperio Griego. En este tiempo cuando los Catalanes llegaron á Constantinopla, y reconociendo las fuerzas que traian, les pareció á los Genoveses peligrosa la vecindad de sus armas; y así siempre se mantuvo entre estas dos naciones aborrecimiento y enemistad implacable que duró muchas edades, hasta que el valor de entre ambos se fué perdiendo, juntamente con el Imperio del mar, y cesó la emulacion por cuya causa muchas veces con varia fortuna se combatió. CAPITULO IX. Pasa la armada á la Natolia, y hecha la gente en el cabo de Artacio. Con el peligro de la pendencia entre Catalanes y Genoveses, advirtió Andronico los que pudieran suceder, por tener dentro de la Ciudad diferentes y varias naciones armadas, y ofendidas, que con ménos ocasion que la vez pasada vinieran sin duda á rompimiento. Llamó á nuestros Capitanes, y les explicó brevemente el fusto que tendría de ver sus armas en el Asia, amparando su miserables y Cristianos pueblos, oprimidos de los Turcos, y quitada la ocasion de nuevas pendencia y desórdenes. Roger con sus Capitanes ofreció que embarcaría su gente luego. Pero para que su partida fuese con más gusto, y el ejército quedase satisfecho, y seguro de tener en la armada ciertos los socorros y retiradas, le suplicaron nombrase por General de ella algun Caballero, ó Capitan que fuese de su nacion, para que dependiesen de ellos, temiendo que Andronico diese este cargo á Griegos ó Genoveses; y fuera cosa peligrosa para su seguridad tener el socorro en poder de gente extraña, con quien siempre hay emulacion y competencias; ocasion de graves pendencias y daños, y más en los socorros de mar, tan sujetos á las mudanzas del tiempo, que puede la ruindad y malicia de un General retardar el socorro, y hallar razon que disculpe y apruebe lo mal hecho, atribuyendo al tiempo y á peligros imaginados su tardanza. Andronico cumplidamente satisfizo á la demanda, dando el cargo de General de la armada con título de Almirante á Fernando de Aones Caballero de conocida sangre, y gallardo por su persona, y juntamente quiso que se casase con una parienta suya, para que el nuevo parentesco diese más autoridad á su cargo. El título de Almirante en aquel Imperio no era tan supremo como lo fué entre nosotros, por que estaba sujeto al Megaduque, y de él recibia las órdenes. Mando el Emperador, que un insigne Capitan de Romeos que se llamaba Marulli, hombre de sangre y estado, fuese siguiendo las banderas de Roger con su gente, y Gregorio con la mayor parte de los Alanos hiciese lo mismo. Embarcose el ejército en los navíos y galeras de su armada, y atravesando el mar de Propontide, dicho hoy de Marmora, tomaron tierra en el cabo de Artacio, poco mas de cien millas lejos de Constantinopla, lugar acomodado para la desembarcacion de la caballería. A este cabo llama Montaner Artaqui, y los antiguos Artacio, no lejos de las ruinas de la famosa ciudad de Cizico. Llegó Roger con la armada, y supo que los Turcos aquel mismo dia habian querido ganar una muralla, ó defensa de media milla de largo, puesta en la parte que el cabo se continua con la tierra firme, y que dejaron el combate, mas por la fortaleza del sitio, que por el valor de los que la defendían. Estiéndese este cabo, desde esta defensa, ó muralla algunas leguas dentro del mar, y en él hay muchas poblaciones, y abundantes valles, fértiles colinas. Era en los tiempos antiguos Isla, pero después se vino á cerrar con las arenas. Con el aviso cierto que Roger tuvo, de que los Turcos habian acometido el reparo y defensa del cabo, y que no podian estar muy lejos, dióse prisa á desembarcar la gente, y envió luego á reconocer el campo de los enemigos, y dentro de pocas horas se supo como estaban alojados seis millas lejos entre dos arroyos, con sus mugeres, hijos y haciendas. En aquel tiempo los Turcos, no olvidados aún de las costumbres de los Scitas, de quíen se precian suceder, vivian la mayor parte, y la más belicosa en la campaña, debajo de tiendas y barracas, mudándose según la variedad del tiempo, y comodidades de la tierra. Tenian puesta su mayor fuerza en la caballería, gobernada por Capitanes y Príncipes de valor, no de sangre, á quien obedecían más por gusto que por obligacion. Tenian perpetua guerra con los vecinos, sin órden militar, á imitacion de los Alarabes, que hoy poseen el Africa. Esta forma de vivir tuvieron, desde que dejaron las riveras del rio Volga, y entraron en la Asia menor, hasta que la vileza de las naciones de la Asia, y Grecia les dió crédito y reputacion. A las Monarquias y naciones, sucede lo mismo que á los hombres que nacen, crecen y mueren. Nació Grecia cuando se defendió de Jerjes, y cuando su valor deshizo el poder de tan numerosos ejércitos, y forzó al bárbaro Monarca, que se retirase vencido, y pasase el estrecho de mar del Helesponto en una pequeña barca, que poco antes soberbio y desvanecido humilló con puente. Tuvo su aumento, cuando las armas de Alejandro pasaron más allá del Ganges, y los límites y fines inmensos de la misma naturaleza no lo fueron de su ambicion. Fué su muerte, cuando las armas de los Bárbaros, por flojedad de sus Príncipes, y poca fidelidad de sus Capitanes, le pusieron en dura servidumbre. En este tiempo que Andronico ocupaba el Imperio de Oriente, los Turcos se dividieron, y hubo entre ellos algunas guerras civiles, pero por el consejo y autoridad de Orthogules se sosegaron, remitiendo á la suerte sus pretensiones, que como reviere Gregoras, y Chalchondilas, se dividieron por suerte las Provincias entre siete Capitanes, pretensores todos al gobierno universal. Dio la suerte á Caramano la parte mediterranéa de la Provincia de Frigia hasta Cilicia, y Philadelphia, aunque algun autor quiere, que este no fuese de los siete Capitanes, y que solo reinó en Caria: á Carcano la parte Frigia, que se estiende hasta Esmirna: á Calami y á su hijo Carasi, la Lidia hasta Misia Bitinia, y las demás Provincias junto al monte Olimpo, cayeron en la suerte de Otomano, que en aquella edad comenzó á ser temido, y á levantar poco después su Monarquía, venciendo y sujetando los demás Tiranos de las Provincias que vamos nombrando; con que quedó absoluto señor y Príncipe de todas ellas. La Patagonia, y las demás tierras que caen á la parte del Ponto Euino, las ocuparon los hijos de Amurat. En esta forma hallaron los nuestros repartida el Asia, y á los Turcos señores de ella: que fué grande ayuda para nuestras victorias el estar sus fuerzas divididas. CAPITULO X. Vencen los Catalanes y Aragoneses á los turcos. Por el aviso que Roger tuvo de como los Turcos estaban cerca, temiendo perder tan buena ocasion si advertidos de la llegada de los nuestros se previnieran, ó retiraran, juntó el campo, y en una breve platica les dijo, como el siguiente dia queria da sobre los alojamientos de los enemigos, fáciles de romper por estar descuidados. Propusoles la gloria que alcanzarian con vencer, y que de los primeros sucesos nacía el miedo, ó la confianza, y que la buena ó mala reputacion pendia de ellos. Mandó que no se personase la vida sino á los niños, porque esto causase más temor en los Bárbaros, y nuestros soldados peleasen sin alguna esperanza d que vencidos pudiesen quedar con vida. Dispuesto el órden con que se habia de marchar, dió fin á la platica. Oyéronle con mucho gusto, y aquella misma noche partieron de sus alojamientos á tiempo que al amanecer pudiesen acometer á los Turcos. Guiaba Roger con Marulli la vanguardia con la caballería, y llevaba solos dos estandartes, en el uno las armas del Emperador Andronico, y en el otro las suyas. Seguia la infantería hecho un solo escuadron de toda ella, donde gobernaba Corbarán de Alet Senescal del ejército. Llevaba en la frente solas dos banderas, contra el uso comun de nuestros tiempos, que suelen ponerse en medio del escuadron como lugar más fuerte y defendido. La una bandera llevaba las armas del Rey de Aragon Don Jaime, y la otra las del Rey de Sicilia Don Fadrique; porque entre las condiciones que por parte de los Catalanes se propusieron al Emperador, fué de las primeras, que siempre les fuese lícito llevar por guia el nombre y blason de sus Príncipes, porque querian que adonde llegasen sus armas, llegase la memoria y autoridad de sus Reyes, y porque las armas de Aragon lastenian por invencibles. De donde se puede conocer el grande amor y veneracion que los Catalanes y Aragoneses tenian á sus reyes, pues aún sirviendo á Príncipes extraños, y en Provincias tan apartadas, conservaron su memoria, y militaron debajo de ella: fidelidad notable, no solo conocida en este caso, pero en todos los tiempos. Porque no se vió de nosotros Príncipe desamparado por malo y cruel que fuese, y quisimos más sufrir su vigor y aspereza, que entregarnos á nuevo señor. No fué preferido el segundo al primogénito. Siempre seguimos el órden que el cielo, y naturaleza dispuso, ni se alteró por particular aborrecimiento ó aficion, con no haber apenas Reino donde no se hayan visto estos trueques y mudanzas. Pasaron los nuestros á media noche la muralla, ó reparo que divide el cabo de tierra firme, y al amanecer se hallaron sobre los Turcos, que como en parte segura, y á su parecer lejos de enemigos, estaban sin centinelas, reposando dentro de sus tiendas con descuido y sueño. Cerró Roger y Marulli con la caballería, metiéndose por las tiendas y flacos reparos que tenian con grande ánimo. Siguiéronle los Almugavares con el mismo, dando un sangriento y dichoso principio á la nueva guerra. Los Turcos á quien la furia y rigor de nuestras espadas no pudo oprimir en el sueño, al ruido de las armas y voces despertaron, y con la turbacion y miedo que semejantes asaltos suelen causar en los acometidos, tomaron las armas para su defensa, pero fueron pocos, divididos y desarmados, con que su resistencia fué inútil y sin provecho contra el esfuerzo y gallardia de nuestra gente, que ya lo ocupaba todo. Pelearon los Turcos con desesperacion, viendo á sus ojos despedazar y degollar á sus más caras prendas, de gente que ni aún por el nombre conocían. Alcanzose cumplidísima victoria, dejando en el campo muertos de los Turcos tres mil caballo, y diez mil infantes. Los que quedaron vivos fueron los que reconociendo con tiempo el desorden y pérdida, y que los Catalanes eran impenetrables á los golpes de sus dardos, se pusieron en seguro con la huida, y el que querer muchos hacer lo mismo después les causó mas presto la muerte, por que ocupados en retirar sus hijos y mujeres, dejaban la batalla, y luego perecian. La presa fué grande, y los niños cautivos muchos. Refiere Nicéforo, Griego de nacion, y enemigo declarado de la nuestra, el espanto y terror que causó en los Turcos este primer acometimiento con estas mismas palabras: «Como los Turcos vieron el ímpetu feroz de los Latinos, (que así llama á los Catalanes) su valor, su disciplina militar, y sus lucidas y fuertes armas, atónitos y espantados huyeron, no solo lejos de la ciudad de Constantinopla, pero más adentro de los antiguos límites de su Imperio.» Nuestra gente siguió el alcance poco rato, por no tener la tierra conocida, y volvieron aquella misma noche al cabo, por tener el alojamiento reconocido y seguro. CAPITULO XI. Retirase el ejército par invernar en el cabo de Artacio sus alojamientos. Dieron aviso al Emperador del buen suceso de su victoria, enviando cuatro galeras con riquísimos presentes para entre ambos Príncipes, Andronico y Miguel, y en nombre de los soldados se envió á María muger del Megaduque Roger lo más precioso y rico de la presa. Causó notable admiracion entre los Griegos la brevedad con que se alcanzó tan señalada victoria, y el pueblo la celebró con alabanzas, libre del temor de los Turcos, que insolentes con las victorias alcanzadas de los Griegos de la otra parte del estrecho amenazaban la Ciudad, con los alfanges desnudos; pero casi toda la nobleza, que como fuera justo debiera mostrarse más agradecida á tan grande beneficio, manifestó el veneno de sus ánimos, que la envidia de la agena felicidad no dió lugar á que se pudiese mas encubrir. Los privados de Andronico, y las personas de mayor estimacion de su nacion, comenzaron á temer nuestras fuerzas, juzgándolas por superiores á las que ellos tenian, y que dentro de casa tanto poder en manos de extranjeros era cosa peligrosa. Estas platicas y discursos las alentaba el Emperador Miguel, incitado de un oculto sentimiento que causó en su ánimo la victoria, porque algunos meses antes habia pasado el estrecho con un ejército poderosísimo, y por miedo de los Turcos ó poca seguridad de los suyos, se retiró con gran pérdida de su reputacion, sin travar ni aún una pequeña escaramuza con el enemigo; y como los Catalanes siendo tan pocos vencieron á los que él no se atrevió acometer con tan excesivo número de gente, de esto nació su corrimiento, y de él un grande aborrecimiento y deseo de nuestra perdicion. Los Príncipes sienten mucho que haya quien se les iguale en valor, y aún en la dicha aborrecen á quien se les aventaja, porque el poder no sufre virtud y partes aventajadas en ageno sujeto, y más cuando en su competencia sucede el aventajarse. Si una baja y vil emulacion de un Príncipe en hacer versos causó la muerte á Lucano, ¿Cuánto mayor fuera si de valor y fortuna se compitiera? Y así no se debe tener por Captan cuerdo el que intenta una empresa errada por su Príncipe, si ya n quiere competir con el del Imperio. Con el buen suceso que tuvieron no trataron de pasar adelante, ni seguir la victoria: cosa que les hizo perder reputacion, y fué ocasion de hacer muchos excesos en aquella comarca, que irritaron gravemente el ánimo de los naturales y Griegos. Cuando quisieron entrar la tierra á dentro, comenzó el primer dia de Noviembre á entrar con tanto rigor el invierno, con vientos frios y agua que les detuvo. Los rios por sus crecientes sin poderse vadear, la campaña esteril llena de enemigos, los caminos difíciles por donde se habia de marchar para socorrer á Philadelphia, eran causas bastantes para diferir cualquier empresa. Roger con el parecer y consejo de sus Capitanes se resolvió de invernar en Cizico, lugar acomodado por la fortaleza del sitio, y abundancia de las vituallas, y porque el año siguiente fuese menos embarazosa la salida que si hubieran de partir de Grecia, y embarcar y desembarcar la caballería tantas veces, cosa de suyo tan molesta. Dieron luego aviso al Emperador de esta resolucion y aprobóla con mucho gusto, porque era lo que más le convenia, por tener el ejército alojado en la frente del enemigo, y apartado de Constantinopla y de los demás pueblos Griegos, donde no faltáran quejas y pesadumbre, aunque cerca de tres meses anduvieron alojados por Asia sin efecto, trabajando la tierra con insoportables contribuciones. Mandó Andronico que con mucha diligencia se llevasen por mar las vituallas que no se hallaban en el cabo, con que pasaron los nuestros un invierno muy apacible. El Megaduque Roger envió con cuatro galeras por su mujer María. El órden que se tuvo en los cuarteles para escusar pendencias entre los soldados y sus huéspedes, fué el siguiente. Los soldados nombraron seis de su parte, y los de la tierra otros tantos, para que de comun parecer y acuerdo se pusiese precio á las vituallas: porque encareciéndose más de lo justo fuera gran descomodidad para los soldados, y dándose á un precio muy bajo no resultase en notable daño de los huéspedes, á más que faltára el comercio y provision ordinaria que acudia de todas partes con abundancia. Ordenose á Fernando Aones Almirante, que con la armada fuese á invernar á la isla de Jio, puerto seguro y vecino de las Costas enemigas. Es el Jio isla de las más señaladas del mar Egeo, por nacer en ella sola el Almaste, cosa que negó naturaleza á las demás partes de la tierra. CAPITULO XII. Ferran Jimenez de Arenós se aparta de los suyos. Las cosas de mar y tierra, concertadas en la forma dicha, se pasaba el invierno con sosiego y mucha conformidad, pero luego nuestras fuerzas se fueron enflaqueciendo con algunas divisiones y discordias civiles. Ferran Jimenez de Arenós, caballero de gran linage, y buen soldado, se desavino con Roger sobre el gobierno de sus gentes, y pareciéndole desigual la competencia, se apartó del ejército con los suyos, y volviéndose á Sicilia, pasando por Athenas se quedó á servir á su Duque, que le recibió agradecido, y honró con cargos militares, en cuyo servicio se detuvo hasta que la necesidad de sus amigos en Galípoli le llamó y volvió á juntarse con ellos, aventurando como buen caballero la libertad y la vida. Pachimerio dice, que la ocasion de apartarse Ferran Jimenez de Roger fué, porque muchas veces le advirtió que reprimiese y castigase los soldados, y como vió que en esto no andaba como debia, se apartó de su compañía con los que le quisieron seguir. ¡Notable fuerza de inclinacion, que apenas se apartaba el peligro de las armas extranjeras, cuando ya las competencias y guerras civiles se encendian entre ellos!. En abriendo el tiempo, el Megaduque Roger, y su muger María se fueron á Constantinopla con cuatro galeras á tratar con el Emperador de la jornada, y á pedirle dinero para hacer pagamento general antes que el ejército saliese en campaña. Miguel estaba en Constantinopla, y queriendo Roger visitarle y darle razon de lo que pensaba hacer aquel año, no le dió lugar, porque se tenía por ofendido del mal tratamiento que habia hecho á los de Cizico sus vasallos. Esto dice Pachimerio. Lo cierto es, que Roger alcanzó de Andronico el dinero con tanta largueza, que pudo dar dobladas pagas; liberalidad grande, si la falta de hacienda y dinero con que se hallaba, permitiera que se le pudiera dar este nombre. Tiénese por virtud heróica en un Príncipe la liberalidad si en ella concurren dos calidades, tener que dar, y que se lo merezca á quien se dá, y cualquiera de estas dos que falte no es liberalidad sino injusticia; y así aunque Andronico repartió las mercedes en personas de grandes merecimientos, como le faltó la primera calidad, que es tener que dar, túvose por muy excesivo este donativo, y por hierro muy grave, porque estaba el fisco y cámara Imperial tan destruida, que no podia acudir á las pagas ordinarias, ni á otros gastos forzosos del Imperio. No hay cosa mas perniciosa que el dinero recogido para la defensa comun, desperdiciarle en gastos voluntarios, y cuando la necesidad aprieta, acudir á nuevas impuestos y pechos, dando por razon y causa justa el aprieto la falta que nace de sus excesos y demasías. Las imposiciones son justas, cuando es forzosa la necesidad que obliga á ponerlas, pero cuando el Príncipe consume la hacienda con dádivas ó gastos impertinente y excesivos, ninguna justificacion pueden tener, pues solo proceden de sus desórdenes ó descuidos. Trataron Roger, y el Emperador de cómo se habia de hacer la guerra aquel año, y Andronico solo le encargó el socorro de Philadelphia, lo demás dejó al arbitrio de los demas Capitanes y suyo; porque desde lejos y antes de las ocasiones mal se puede ordenar lo que conviene, ni tomar parecer cierto en cosas tan inciertas y varias como se ofrecen en una guerra. Dejó Roger á su mujer María en Constantinopla, y navegó con sus cuatro galeras la vuelta del cabo el primer dia de Marzo del año mil trescientos tres. Luego que llegó se pasaron las cuentas con los huéspedes, tomose muestra general, y se halló que los soldados en poco más de cuatro meses, que fué el tiempo que invernaron, habian gastado las pagas de ocho, y algunos de un año. Sintió Roger el exceso y desorden de los soldados, que como Capitan prudente y práctico, conoció el mal, aunque como dependia su autoridad del arbitrio de los soldados, no se atrevió á poner el remedio que convenia, porque no se disminuyese ó perdiese. Mal puede un Capitan conservar un ejército con puntual y estrecha obediencia, si el poder y fuerzas con que los ha de castigar le dan ellos mismo; de que nace la insolencia y libertad. Roger conociendo el tiempo, satisfizo los huéspedes, pagando todo lo que habian gastado en mantener los soldados, y no quiso se les descontase de su sueldo; y así les quedó libre el dinero de las cuatro pagas, que luego les dió, y tomando Roger sus libros de las raciones y cuentas, donde constaba de los gastos excesivos que los soldados habian hecho, los quemó en la plaza pública de Cizico, con que quedaron todos obligados y agradecidos á su liberalidad. Los autores Griegos dicen que Cizico y toda su comarca quedó destruida por las crueldades y robos de los Catalanes, y que temiendo el Emperador Andronico que Roger no alargase el salir en campaña, por la mala disciplina y poca obediencia de los soldados, envió su hermana á los últimos de Marzo á Cizico, para que exhortase á Roger su yerno saliese con el ejército, pues el tiempo y la ocasion convidaban á la guerra, y los soldados recien pagados saliesen con más gusto. CAPITULO XIII. Parte el ejército á socorrer á Philadelphia y vencen á Caramano Turco General de los que la tenian sitiada. El deseo que tenía Roger de salir en campaña, ayudado de la persuasion de su suegra, hizo que luego se pusiese en ejecucion la salida, y así se señalo para los nueve de Abril. Estando apercibiéndose ya todos para el viaje, dos Massagetas ó Alanos esperando en un molino que les moliesen un trigo, llegaron algunos Almugavares á tratar con descompostura una mujer que estaba dentro á tomar la harina, salieron á la defensa los Alanos, y entre otras razones que dieron contra Roger su capitan fué decir: que si les daban tales ocasiones, harian del Megaduque Roger lo que hicieron del gran doméstico. Este fué Alejos Raul, que en una fiesta militar le mataron estos á traicion de un flechazo. Refirieron estas palabras á Roger, y por su mandado ó consentemiento aquella misma noche los Almugavares dieron sobre los Alanos, y si la oscuridad de la noche y el cuidado de los vecinos nos les defendiera, los degolláran todos. Murieron muchos, y entre ellos un mozo valiente hijo de George, cabeza de los Alanos. A la mañana volvieron á troparse, y quedaron los Catalanes superiores habiendo muerto más de 300 Alanos; y si no temiera á los vecinos de Cizico, á quien por los malos tratamientos tenian irritados, que no tomasen las armas, y se pusiesen de parte de los Alanos, lo hubieran sin duda degollado á todos. Por este caso se apartó la mayor parte de los Alanos del ejército de Roger; solo quedaron con él hasta mil, que con promesas y ruegos los detuvieron. Roger quiso con dinero aplacar al padre por la muerte del hijo, pero Gregorio menospreció el dinero, y al agravio del hijo muerto se añadió la afrenta del ofrecimiento: con que el bárbaro quedó irritado, aunque encubrió la ofensa para mayor venganza. Este suceso alargó la partida hasta los primeros de Mayo, que salieron de Cizico seis mil con nombre de Catalanes, mil Alanos, y las compañias de Romeos debajo del gobierno de Marulli; pero todos sujetos, y á órden de Roger. Iva tambien Nastago gran Primicerio. Llegaron con estas fuerzas á Anchirao, y de allí con gran valor y confianza, que sí lo dice Pachimerio, fueron á sitiar á Germe; lugar fuerte donde los Turcos estaban, y entendida por ellos la resolucion, con sola la fama de su venida dejaron el lugar, y se retiraron. Pero no pudo ser esto tan á tiempo, que su retaguardia no fuese gravemente ofendida de los Catalanes. De allí pasaron á otro lugar que la historia de Pachimerio no le nombra, solo dice que estaba dentro para su defensa Sausi Crisanislao famoso soldado y Capitan de Búlgaros, á quien mandó ahorcar con doce de sus soldados los más principales, sin decir con certeza la ocasion de este castigo; solo se presume, que habrian defendido mal algun lugar que estaba á su cargo, ó entregado alguna fortaleza, y queriendo Sausi disculparse atravesó razones con Roger, que le movieron á meter mano á la espada, y herirle, y después fué entregado á los que le habian de ahorcar. Los Capitanes Griegos detuvieron la ejecucion, y alcanzaron de Roger el perdon; porque le advirtieron el disgusto que tendria el Emperador Andronico si castigase un hombre de tanta calidad, y tan buen soldado, sin haberle dado razon. Era Crisanislao uno de los capitanes Búlgaros que prendió Miguel padre de Andronico en la guerra de la Chana, y detenido gran tiempo en prision fué puesto en libertad por Andronico, y honrado en cargos militares, y en gobiernos de Provincias, y entónces se hallaba en esta parte de Frigia ocupado en servicio del Emperador. Luego de allí pasó el ejército á Geliana camino de Philadelphia, donde le llego aviso á Roger de algunos lugares fuertes que ocupaban los Turcos, significándole la violencia que padecían, y por carta le suplicaban les ayudase, pues eran Romeos que se dieron á la fuerza del tiempo, y que se querian levantar contra los enemigos. Roger les respondió que estuviesen de buen ánimo, que él les socorrería. Con esto pasó adelante á meter el socorro en Philadelphia, que era el principal intento que llevaban, Caramano Alisurio que la tenía sitiada, cuyo gobierno se extendía por esta Provincia, con el aviso que tuvo de la venida del ejército de los Catalanes, levantó el sitio con la mayor parte de su ejército, y caminó la vuelta de ellos, con deseo de vengar la rota del año antes que los Catalanes dieron á sus compañeros. Esto pareció que le convenia, y no aguardarlos sobre Philadelphia; ciudad grande, y con gente armada, que animada del ejército amigo saldria á pelear. Dejó algunos fuertes guarnecidos, con que le pareció que los de la ciudad no intentarian el salir, pero dos millas lejos al amanecer se reconocieron de una y otra parte, y se pusieron en órden para pelear. El ejército de los Turcos llegaba á ocho mil caballos y doce mil infantes Caramanos todos, los mas valientes y temidos de toda la nacion, superiores en número á los nuestros, pero muy inferiores en el valor, en la disciplina, en la ordenanza militar, y en las armas ofensivas y defensivas; solo habia igualdad en el ánimo y deseo de pelear. Roger dividió en tres tropas su caballería, Alanos, Romeos y Catalanes, y Corbaran de Alet, á cuyo cargo estaba la infantería, la dividió en otros tantos escuadrones, y hecha señal de acometer se envistieron con gallardo ánimo y bizarría. Travóse la batalla muy sangrienta para los Turcos, por que los Catalanes más prácticos en herir, y más seguros por las armas de ser ofendidos, hacian grande daño en ellos con muy poco suyo. Junto á los conductos de la ciudad fué donde más reciamente se envistieron. Pero los Turcos valientes y atrevidos no dejaban por todos los caminos que podian de ofender á los nuestros, y poner en duda la victoria, que hasta al medio dia anduvo varia; pero el valor acostumbrado de los Catalanes la hizo declarar por su parte con notable daño de los Turcos. Escaparonse huyendo hasta mil caballos, de ocho mil que entraron en la batalla, y solos quinientos infantes, y Caramano Alisurio se retiró herido. De los nuestros perecieron ochenta caballos, y cien infantes. Rehechos sus escuadrones, pasaron la vuelta de Philadelphia, siguiendo lentamente al enemigo, y temiendo alguna gran emboscada de sus copiosos ejércitos. Los Turcos de los fuertes, sabida la rota, los desampararon, y fueron siguiendo su Capitan vencido. Fué la presa y lo que se ganó en esta batalla, segun Montaner, de mucha consideracion. Con esta victoria comenzaron á levantar cabeza las ciudades de Asia, viendo que los nuestros habian dado principio á su libertad, que los Turcos tenian tan oprimida. Llegó esta opresion á tanto extremo, que les quitaban las mujeres y los hijos para instruirles en su secta. Profanaban los templos y monasterios tan antiguos, donde habia depositados tantos cuerpos de Santos, y grande memoria de nuestra primitiva Iglesia que tanto floreció en aquellas Provincias, trocando el verdadero culto en falsa y abominable adoracion de su profeta. Pero como por los justos juicios de Dios estaba ya determinada la destruicion y servidumbre de todo aquel Imperio y nacion, fué de poco provecho para alcanzar entera libertad todo lo que los nuestros hicieron, antes parece que se confirmó con esto su perdicion; pues cuando los grandes remedios no curan la dolencia porque se dan, es casi cierta la muerte. Nuestros Capitanes se detuvieron antes de entrar en Philadelphia, reconociendo algunos lugares vecinos adonde se pudieron haber retirado y rehecho; pero todo lo hallaron libre de los Turcos; á quien el miedo hizo alargar muchas leguas. CAPITULO XIV. Entra en Philadelphia el ejército victorioso. Ganánse algunos fuertes que el enemigo tenía cerca de la ciudad, y dan segunda rota á los Turcos junto á Tiria. Libres los de Philadelphia del sitio, que tan apretados les tuvo por el valor de las armas de los Catalanes, salieron á recibir el ejército los magistrados y el pueblo, con Teolepto su Obispo, varon de rara santidad, y por cuyas oraciones se defendió Philadelphia más que por las armas del ejército que la guardaba. Entraron las tropas de nuestra caballería primero, con los estandartes vencidos y ganados de los Turcos. Seguían después el carruaje lleno de los Despojos enemigos, y gran número de mujeres y niños cautivos, y algunos mozos reservados para el triunfo de la entrada. Las compañías de infantería eran las últimas, y en medio de ellas las banderas y los Capitanes más señalados, con lucidísimas armas y caballos, que como cosa nunca vista de los de Asia, les causó grande admiracion. No hubo en aquella entrada soldado por particular que fuese, que no vistiese seda ó grana, aunque en aquel tiempo los Turcos no usaban trajes costosos, pero entre los despojos de los Griegos habian alcanzado gran cantidad de ropa y vestidos de mucho precio, que en esta victoria se cobraron. Detuviéronse quince dias en la ciudad, entretenidos con las fiestas y regocijos que se les hicieron; porque fué cosa notable el amor y el respecto con que les trataron los naturales, como quien reconocia de ellos la libertad y la vida que tan aventuradas las tuvieron. La necesidad siempre es agradecida, pero con el beneficio que recibe, seacaba. Roger salió de Philadelphia á poner en libertad á algunos pueblos de que estaban apoderados los Turcos, y entre otros á Culla algunas leguas mas adelante hacia el Levante de la Ciudad; pero sabida la retirada y huida de su ejército, se retiraron los turcos. Los naturales los recibieron abiertas las puertas, como quien escapaban de tan dura servidumbre, pareciéndoles que con esto alcanzarian perdon de haberse entregado antes fácilmente á los Turcos. Roger perdonó la multitud del pueblo, pero castigó gravemente á muchos. Cortó la cabeza al Gobernador, y al más principal viejo del regimiento condenó á la horca. Estuvo un rato pendiente de ella sin morir, y atribuyendolo á milagro cortaron la soga los que estaban presente, y le libraron. Volvió el ejército á Philadelphia, y según Pachimerio dice, Roger recogió muchos ducados, y se hizo contribuir más de lo que debiera; por sentirse ya en la Ciudad la falta de bastimentos, por ser muy populosa de suyo, y tener dentro el ejército, después de haber padecido un largo sitio que fué tan apretado que una cabeza de jumento se vendió por un precio increíble. Nastago Duque y Primicerio del Imperio, que militaba en este ejército con Roger, se apartó de él y se fué á Constantinopla, porque no podia ver como Griego maltratar á los naturales, y las demasías que Roger hacia con ellos; y así llegado á Constantinopla quiso que el Emperador le yese, y como esto se le negó por los deudores y amigos de la mujer del Megaduque, á l que yo puedo entender, se fué al Patriarca, y por su medio el Emperador dió oidos á las quejas que traia contra Roger, de que se encendió en el Palacio una gran discordia entre los amigos y émulos del Megaduque. Pareció á los Capitanes del ejército que convenia hechar primero al enemigo de las Provincias marítimas, porque no quedase poderoso á las espaldas, y porque la vecindad de su armada les diese más fuerzas y seguridad. Con esta determinacion partieron luego de Philadelphia para Niza, Ciudad de Licia, y de allí á Magnesia la que está en la ribera del rio Meandro, donde apenas llegó Roger cuando dos ciudadanos de Tiria vinieron á pedirle socorro diciendo; que la Ciudad no estaba bastantemente fortificada que pudiese defenderse de los terribles asaltos del enemigo, y que si el socorro se tardaba, era cierto el perderse: que los Turcos con poco cuidado se podian coger á tiempo que estuviesen derramados por aquellas vegas, y hacer alguna buena suerte, con grande honra del ejército y provecho suyo: que en llegando la noche se retiraban á los bosques, y salido el sol volvían á talar y destruir la campaña. Roger con la mayor presteza y diligencia que pudo tomó la gente más desembarazada y suelta, y fué la vuelta de Tiria para meterse dentro de ella antes del dia. Llegó á ser tan buen tiempo, que los Turcos ni le pudieron descubrir, ni sentir, habiendo caminado treinta y seis millas en diez y siete horas. Vino la mañana, y los Turcos comenzaron á bajar á la llanura, y llegarse á la ciudad, y ya estaban cerca de las puertas para hacer sus acostumbrados acometimientos, cuando Corbaran de Alet Senescal salió á rebatirlos con doscientos caballos y mil infantes. Cargó sobre ellos con tanta gallardia, que les rompió y degolló la mayor parte, pero la que quedaba entrera en reconociendo á los nuestros se fué retirando hacia la aspereza de la montaña. Corbaran les siguió con parte de la caballería; pero como los caballos de los turcos estaban desembarazados, y los nuestros cargados con el peso de las armas, llegaron á la falda del monte á tiempo que los Turcos temerosos y cuidadosos solo de sus vidas, habian dejado los caballos, y mejorándose de puesto, porque tomaron los altos de donde mejor se podian guardar y ofender, impidiendo la subida á sus enemigos. El Senescal con mejor ánimo que consejo, mandó que se apeasen los suyos, y él hizo lo mismo, y acometió segunda vez á los Turcos; pero como ellos estaban en lo alto, y tenian algunos reparos con piedras, y flechazos defendían la subida, y tiraban golpes más seguros y ciertos á los que más se señalaban, Corbarán, como valiente y esforzado caballero, era de los que más les apretaban por su persona, y para subir con más ligereza, y andar más suelto, se quitó las armas, después el morrion, ocasion de su muerte; porque le dieron un flechazo en la cabeza, de que luego murió, con cuya pérdida los demás se retiraron. Con la muerte de tal Capitan trocóse la victoria de este dia en tristeza y sentimiento; porque perder una buena cabeza suele causar algunas veces inconvenientes y daños de mayor consideracion, que no lo es el provecho que resulta de la victoria que se adquiere con su muerte. Sintiólo Roger mucho, que le tenia concertado de casar con una hija suya, y puesta en su persona su mayor esperanza. Perdio la vida Corbarán con más honroso fin, que los demás Capitanes, porque cayó con la espada en la mano, y en la misma victoria, y no por manos de traidores como otros compañeros suyos. Es corto el discurso de los hombres que se tiene por gran desdicha lo que se pudiera contar entre los prósperos sucesos de la vida. Prévinole á Corbarán una muerte honrada á otra cruel y afrentosa, pues corriera, como es de creer, el mismo riesgo que los demás Capitanes. Enterrándole en un templo dos leguas de Tiria, á donde dice Montaner, que estaba el cuerpo de San Jorge. Hiciéronle compañía diez Cristianos, que solos murieron en aquel encuentro. Levantáronle un sepulcro de mármol, y honráronle con grandes obsequias, pues solo para cumplir con su memoria se detuvieron ocho dias. De Tiria despacharon órden á su armada, que estaba en la Isla del Jio, para que lo más presto que pudiese pasase á Tierra firme de la Asia, y que se detuviese en Ania aguardando segunda órden. CAPITULO XV. Llega Berenguer de Rocafort con su gente á Constantinopla, y por órden del Emperador se junta con Roger en Epheso. Berenguer de Rocafort llegó de Sicilia por este tiempo á Constantinopla con algunos vajeles y dos galeras, y con dos cientos hombres de á caballo, y mil Almugavares, habiendo cobrado ya del Rey Cárlos el dinero que le debia, y restituido los castillos de Calabria que estaban en su poder. Mandóle luego Andronico, que navegando la vuelta de la Asia, procurase juntar sus fuerzas con las de Roger; y así con mucha brevedad llegó al Jio, adonde halló á Fernando Aones de partida, y juntos llegaron á Ania, de donde avisaron á Roger don dos caballos ligeros de la venida de Rocafort con los suyos. Llegó esta nueva antes de salir de Tiria, y causó generalmente en todo el campo grandísimo contento, así por la gente que Rocafort traía, que era mucha y escogida, como por la opinion que tenía de muy valiente y esforzado Capitan. Envió luego Roger á visitarle con Ramon Montaner, y con órden de que se partiese luego de Ania, y viniese á Epheso, dicha por otro nombre Altobosco. Partió Montaner con una tropa hasta de veinte caballos, y con alguna gente practica, para que le guiasen por caminos desviados, por no encontrarse con los Turcos, que ordinariamente corrian la tierra, y salteaban los caminos más pasageros. Valióle á Montaner poco esta diligencia y cuidado, porque muchas veces hubo de abrir camino con la espada; llegó al fin á la Ciudad de Ania libre de estos peligros. Dio á Rocafort la bien venida de parte de los suyos, y le dijo lo que Roger ordenaba acerca de su partida. Rocafort obedeció, y dejando para la guarnicion de la armada quinientos Almugavares, con lo restante de la gente tomó el camino de Epheso, adonde llegó acompañado de Montaner dentro de dos dias. Esta ciudad es una de las más señaladas de toda el Asia por su famoso templo dedicado á la diosa Diana. Fué no solamente reverenciada de los romanos, pero de los Persas y Macedones, que tuvieron antes el Imperio, y todos conservaron sus inmunidades y derechos, sin que se mudasen jamás mudándose los Imperios: tanto era el respecto con que veneraban los antiguos las cosas que se persuadian que tenian algo de divinidad y religion. Pero el mayor título que esta Ciudad tiene para ser famosa y célebrada, es haber puesto en ella el Apóstol y Evangelista San Juan los primeros fundamentos de la fé. De este Santo referiré lo que Montaner escribe, que por referirlo en esta misma historia, no parece ageno de la nuestra. Dicen que en esta Ciudad de Epheso está el sepulcro donde San Juan se encerró cuando desapareció de los mortales, y que poco después vieron levantar una nube en semejanza de fuego, y que creyeron que en ella fué arrebatado su cuerpo, porque después no pareció. La verdad de esto no tiene otro fundamento mayor que la tradicion de aquella gente, referida por Montaner. El dia antes de San Juan, cuando se dicen las vísperas del Santo, sale un maná por nueve agujeros de un mármol que esta sobre el sepulcro, y dura hasta poner del sol del otro dia, y es tanta cantidad, que sube un palmo sobre la piedra, que tiene doce de largo y cinco de ancho. Curaba este maná de muchas y graves dolencias, que con particularidad las refieren Montaner. Después de cuatro dias que Rocafort y Montaner llegaron á Epheso, entró tambien Roger con todo el ejército. Alegráronse todos de ve á Rocafort amigo y compañero en todas las guerras de Sicilia, por el socorro que les traia, que hallándose lejos y en tierras enemigas fué de grande importancia, y aumentó mucho las fuerzas de los Aragoneses. Diósele luego el oficio de Senescal que vacó por muerte de Corbarán, y para que en todo le sucediese, le dió Roger su hija por mujer, habiendo sido primero concertada con Corbarán; porque con este nuevo parentesco aseguraba Roger la condicion y aspereza de Rocafort, aparejada para intentar cosas nuevas. Dióle cien caballos para la gente que traía, con armas de á caballo, y cuatro pagas. En Epheso, dice Pachimerio, que Roger y los Catalanes hicieron notables crueldades para sacar dinero, cortando miembros, atormentando, degollando los desdichados Griegos, y que en Metellin un hombre rico y principal llamado Macrami fué degollado, porque prontamente no quiso dar cinco mil escudos que le pidieron: licencia militar y atrevimiento ordinario en gente de guerra mal disciplinada. Roger, todo el dinero, caballos y armas que recogió de las contribuciones de las ciudades vecinas envió á Magnesia con una buena escolta; porque en esta ciudad como la más fuerte de aquellas provincias, determinó poner su asiento para invernar. De Epheso se fueron todos juntos á la Ciudad de Ania, adonde estaba Fernando Aones con la armada. Hiciéronles un grande recibimiento á Roger y á Rocafort los soldados que se hallaban en Ania, saliéndoles á recibir con grande alegria y regocijo; porque ya les parecia que juntos eran bastantes á recuperar el Asia, hechando de ella á los Turcos. Roger agradeció y satisfizo este buen recibimiento, dando una paga á todos los soldados de la armada; y porque Tiria quedaba desarmada y sin defensa, determinaron que se enviase alguna gente para su seguridad. Fué Diego de Orós hidalgo Aragones, buen soldado, con treinta caballos y cien infantes; porque con esto les parecia que quedaria en defensa la Ciudad y su comarca, fiando más en la reputacion de sus armas, que en el número de la gente: que muchas veces alcanza la reputacion lo que no pueden las fuerzas. CAPITULO XVI. Reprimen los nuestros el atrevimiento de Sarcano Turco. Llegan nuestras banderas á los confines de la Natolia y Reino de Armenia. Tuvieron nuestros Capitanes consejo del camino que tomarian, y concordaron todos en que volviesen otra vez hácia las Provincias Orientales y pasados los montes, entrasen en Pámphila, adonde les pareció que estarian las mayores fuerzas de los Turcos, y habria ocasion de venir con ellos á batalla, que este fué siempre el intento principal que se llevaba; porque siendo nuestro ejército tan pequeño, no se podia hacer la guerra á lo largo, y ocupar Ciudades y lugares, habiendo de dejar en ellas guarnicion, porque era dividir y deshacer sus fuerzas; y así pareció siempre acertado caminar la vuelta de los Turcos, y pelear con ellos. Pero en tanto que se trataba de poner en ejecucion la salida, Sarcano Turco con saber que el ejército de los Catalanes estaba dentro de la Ciudad, se atrevió á correr su vega llevando á sangre y fuego cuanto se le puso delante. Pagó presto su atrevimiento y locura; porque salieron los nuestros sin aguardar órden, ni esperar los Capitanes: tanto les ofendia la osadía de este Bárbaro, y dieron con tanta presteza sobre él y los suyos, que aunque luego quiso retirarse, no pudo sin mucho daño, porque se halló tan empeñado que hubo de pelear para huir. Siguieron los nuestros el alcance hasta la noche, y volvieron á la Ciudad con nuevos brios, dejando muertos en la campaña de los enemigos mil caballos y dos mil infantes: cosa apenas creida de los que quedaron dentro de la ciudad, porque la salida fué muy tarde, y con mucho desorden. Roger y los demas Capitanes considerando cuán dañosa les pudiera ser la detencion, si los soldados advirtieran el peligro de la jornada y camino que intentaban, con el gusto de la victoria pasada, quisieron que dentro de seis dias marchase el campo. Partieron de Ania, y atravesaron la Provincia de Caria, y todo aquel inmenso espacio de Provincias que están entre la Armenia y el mar Egeo, sin que hubiese enemigo que se les opusiese. Marchaba el campo según la comodidad de los lugares muy de espacio, consolando los pueblos Cristianos, y animándoles á su defensa, y con universal admiracion de todos los fieles eran recibidos los nuestros, alegrándose de ver armas Cristianas tan á dentro, las cuales los que entonces vivian jamás vieron en sus Provincias, aunque su deseo siempre las llamaba y esperaba; pero la flojedad de los Griegos nunca les dió lugar á que las viesen, hasta que el valor de los Catalanes y Aragoneses se las mostró. CAPITULO XVII. Pelean con todo el poder de los Turcos los Catalanes y Aragoneses en las faldas del monte Tauro, y alcanzan de ellos señaladísma victoria. Poco antes que llegasen á las faldas del monte Tauro, que divide la Provincia de Cicilia de Armenia la menor, hicieron alto, y trataron de que primero se reconociesen las entradas y pasos peligrosos, sospechando siempre, como sucedió, que el enemigo no les aguardase. En tanto que esto se consultaba, nuestra caballería que reconocia la campaña, descubrió el ejército enemigo que aguardaba el nuestro entre los valles de las faldas del monte. Tocóse arma en ambos ejércitos, y los Turcos viéndose descubiertos, y que su traza habia salido vana y sin fruto, se resolvieron luego de salir á lo llano, y acometer á los nuestros que venian algo fatigados del camino, antes que pudiesen descansar ni mejorar de puesto. Había en el campo de los Turcos veinte mil infantes, y diez mil caballos, y la mayor parte de ellos eran de los que habian escapado de las rotas pasadas. Tendióse su caballería por el lado izquierdo, y la infantería por el derecho la vuelta del campo Cristiano. Opusose Roger con su caballería á la del enemigo, que por la frente y costado cerró con la nuestra. Rocafort con su infantería, y Marulli hizo lo mismo, habiendo primero los Almugavares hecho su señal acostumbrada en los encuentros más arduos, que era dar con las puntas de las espadas y picas por el suelo, y decir: despierta hierro; y fué cosa notable lo que hicieron aquel dia, que antes de vencer, se daban unos á otros la enhorabuena, y se animaban con cierta confianza del buen suceso. Travóse la batalla en puesto igual para todos, con grandes y várias voces, peleándose valerosamente, porque pendia la vida y libertad de entre ambas partes de la victoria de aquel dia. Si los nuestros quedáran vencidos por ser poco prácticos en la tierra, y tener tan lejos la retirada, fuera cierta su muerte, ó lo que se tuviera por peor quedar cautivos en poder de aquellos Bárbaros ofendidos. Los Turcos tenian tambien igual peligro; porque los naturales de aquellas Provincias Cristianas á donde estaban, viéndoles rotos y vencidos, les acabáran sin duda, satisfaciendo en ellos una justa venganza. En el primer encuentro, por la multitud y número infinito de los Bárbaros, se corrió gran riesgo, y estuvo la victoria muy dudosa, pero cobraron nuevo ánimo y vigor; porque los Capitanes repitieron segunda vez el nombre de Aragon, y desde entonces parece que esta voz infundió en los enemigos temor, y en los nuestros un esfuerzo nunca visto. Y como ya de una y otra parte se habia llegado á los golpes de alfanjes y espadas, en que los nuestros tenian tanta ventaja por las armas defensivas, luego se comenzó á inclinar la victoria por nuestra parte. Los Catalanes ejecutaban en los vencidos su rigor y furia acostumbrada en las guerras contra los infieles, que aquel dia en los Turcos todo fué desesperacion, ofreciéndose á la muerte con tanta determinacion y gallardia, que no se conoció en alguno de ellos muestras de quererse rendir, ó fuese por estar resueltos de morir como gente de valor, ó porque desesperaron de hallar en los vencedores piedad. En tanto que sus brazos pudieron herir siempre hicieron lo que debian, y cuando desfallecían con el semblante y los ojos mostraban que el cuerpo era el vencido, no el ánimo. Los nuestros no contentos de haberlos hecho desamparar el campo, les siguieron con el mismo rigor que pelearon en la batalla. La noche y el cansancio de matar dió fin al alcance. Estuvieron hasta la mañana con las armas en la mano. Salido el sol, descubrieron la grandeza de la victoria, grande silencia en todas aquellas campañas, teñida la tierra en sangre, por todas partes montones de hombre y caballos muertos, que afirma Montaner, que llegaron á número de seis mil caballos, y doce mil infantes, y que aquel dia se hicieron tantos y tan señalados hechos en armas, que apenas se pudieran ver mayores; y con encarecer esto no refiere alguno en particular, con grande injuria y agravio de nuestros tiempos, pues tales hazañas merecieran perpetua memoria. Quedó con tanto brio nuestra gente después de esta victoria, y tan perdido el miedo á las mayores dificultades, que pedian á voces que pasasen los montes, y entrasen en la Armenia, porque querian llegar hasta los últimos fines del Imperio Romano, y recuperar en poco tiempo lo que en muchos siglos perdieron sus Emperadores; pero los Capitanes templaron esta determinacion tan temeraria, midiendo, como era justo, sus fuerzas con la dificultad de la empresa. CAPITULO XVIII. Con la entrada del invierno vuelven los nuestros á las Provincias marítimas. Rebelanse los de Magnesia, poneles sitio Roger, pero llamado de Andronico, le levanta, y llega á la boca del estrecho con todo el ejercito. Detuviéronse ocho dias en el lugar de la victoria, y fueron pocos para recoger la presa. Prosiguieron su camino hasta un lugar que Montaner llama Puerta del hiero; término, y raya de la Natolia y Armenia. Detúvose tres dias Roger dudoso del camino que tomarian, pero al fin viendo cerca el Otoño, y hallándose tan á dentro de las Provincias que aún no estaban bien aseguradas á su devocion, se resolvió con el parecer de sus Capitanes, de volver á la Ciudad de Ania, y pasar en ella el invierno, hasta que fuese tiempo de salir en campaña; pues aquel año se habia roto cuatro veces al enemigo, y recuperado tantas Provincias. Nicephoro dice, que por faltar las espías y gente práctica en la tierra dejaron de pasar adelante; porque sin ella fuera cosa muy peligrosa, y Roger era tan diestro Capitan, que no se aventurára temerariamente. Hacinase las jornadas muy cortas, porque no pareciese que la retirada era por algun temor, caminando por los puestos que tenian ya reconocidos á la ida. En esta retirada cargan los Historiadores Griegos á los nuestros de insolentes y crueles, que hicieron más daño en las Ciudades de Asia que los Turcos enemigos del nombre Cristiano; y aunque creo que fueron algunos los daños, pero no tantos como ellos lo encarecen. Porque el tiempo que los nuestros estuvieron en Asia, fué muy poco, y éste le ocuparon siempre en vencer y alcanzar señaladas victorias de sus enemigos, de donde les resultaba infinita ganancia de las presas que hacian, que eran tantas, que algunas veces las dejaban, ó por no poderlas llevar, ó por estimarlas en poco; pero yo doy por verdadero lo que dicen los Griegos, más no por eso se les puede quitar la gloria de sus victorias. ¿Qué ejército se ha visto que diese ejemplo de moderacion y templaza, y más el que alcanza muy á tarde sus pagas? No hay duda que un ejército amigo mal disciplinado, es tan dañoso en una Provincia como el del enemigo; y así los Griegos la mayor parte de sus historias entretienen en las quejas de estos daños, encareciéndolos más de lo que debe un Historiador. Veniáse el ejército retirando hácia Magnesia, donde Roger tenía la mayor parte de sus riquezas y tesoro, cuando les llegó aviso de los de Magnesia, como Ataliote su Capitan se habia rebelado; y degollado la guarnicion de los Catalanes que Roger habia dejado, y alzádose con sus tesoros que habia recogido dentro de la Ciudad. El caso pasó de esta manera. Magnesia era una Ciudad fuerte y grande, y por entre ambas cosas difícil de ganar si los ánimos de los naturales estaban unidos. Sucedió que Roger mal advertido les entró á pedir, que para cuando él volviese le tuviesen á punto caballos y dinero para socorrer su gente. Ellos valiéndose del aborrecimiento que los Alanos, que estaban dentro, tenian á los Catalanes, y movidos de la codicia de hacerse dueños de los tesoros que Roger habia recogido, se resolvieron de tomar las armas, y rebelarse. Comunicado su consejo con Ataliote, y aprobado por él, les pareció ponerle en ejecucion; porque como antes vivian á modo de Ciudad libre, temian venir en sujecion. Los ciudadanos eran muchos y armados, los Alanos tambien, y los graneros con abundancia de trigo, armas, dineros y otros pertrechos militares; finalmente recibiendo fé y juramento entre sí de valerse unos á otros, pasaron á cuchillo parte de los Catalanes que estaban dentro, parte prendieron, y los pusieron en cárceles muy seguras. Con esto se confirmaron en su rebelion; porque no hay cosa que más la asegure un hecho semejante, cuando la atrocidad quita la esperanza del perdon. Este hecho no le parece al Griego Pachimerio que lo refiere digno de vituperio, antes lo aprueba y alaba; con que claramente se debe tener por apología más que por historia la suya. Sabida la rebelion de los de Magnesia por Roger, quiso castigarla luego; y así con parte de los Alanos que le seguían, de los Romeos, y con todos los Catalanes fué á poner sitio á la ciudad para castigarla, como merecia tan fea maldad. Hizo venir con notable diligencia máquinas y artificios para batirla, y á pocos dias dió un asalto general, en que fueron rebatidos los nuestros con grande mofa y escarnio de los cercados, y á Roger con palabras injuriosas le afrentaban. Quiso Roger romperles los conductos, pero ellos advertidos hicieron una salida con que impidieron el efecto. El cerco se continuaba, y en ese mismo tiempo les vino un despacho de Andronico en que les mandaba, que dajado el sitio de Magnesia, viniese á juntarse con Miguel su hijo, para socorrer al Príncipe de Bulgaria cuñado de Roger, porque un tio suyo se le habia levantado con parte del estado, y estaba en punto de perderse si no se le acudia presto con socorro. Tengo por muy cierto, que este levantamiento fué fingido por Andronico, por dar alguna razon aparente para sacar los nuestros de Asia, de quien temió siempre, que acreditados con tantas victorias se alzarian con ella, negándole la obediencia, y para obligar más á Roger, le puso delante el peligro de su cuñado. A estos daños vive sujeto el Capitan que sirve á Príncipes tiranos ó pequeños, en quien siempre la sospecha y recelos tienen el primer lugar en sus consejos. Dichoso el que obedece y sirve á grande y poderoso Monarca, en cuya grandeza no puede caber ofensa nacida del aumento de su vasallo. Para tener por ciertos estos movimientos, me hace gran dificultad el ver que no trata Nicephoro de ellos, antes bien dá diferente causa porque los nuestros no pasaron adelante con sus victorias, que fué el miedo grande de Andronico, y sin duda este fué el que detuvo la buena dicha de los nuestros, y el que impidió que no se restaurasen todas las Ciudades y Provincias del antiguo Imperio de los Romanos. Estas son las mismas palabras de Nicephoro: «Roger, después de haberse juntado en consejo, resolvió de replicar al Emperador, y en tanto ver si podia ganar á Magnesia, pero la resistencia de los de dentro fué de manera, que Roger se hubo de retirar con pérdida de reputacion y gente, y aunque llegó á tratar de concierto con ellos, con solo que le volviesen el dinero, no lo pudo alcanzar. Por esto y porque los Alanos se despidieron, trató Roger de levantarse del sitio, dando por disculpa que el Emperador se lo mandaba; pero muchos no dejaron de tener un oculto sentimiento de salir de aquellas Provincias sin castigar los Magneositas, y dejar lo que habian ganado á la furia y rigor de los Bárbaros, que luego las habian de ocupar viéndolas sin defensa. No faltaban entre los soldados ordinarios algunos, que con secretas pláticas alteraban los ánimos para nuevos movimientos, diciendo: ¿Qué nos importaba haber vencido tantas veces, si se nos quita el premio de las manos? ¿Para esto salimos de nuestra tierra, y del regalo de la patria; para tener por recompensa del peligro de la vida tantas veces aventurada una pequeña paga? ¿Después de ganada una Provincia sacarnos de ella, y darnos por galardon de tantos servicios una nueva y peligrosa guerra? Los Capitanes y la demás gente de lustre aunque disimulaban, y en lo exterior se dejaban engañar, sentian mal de esta partida, y creyeron que más habia nacido de los recelos de Andronico, que de los movimientos de Bulgaria. Llegaron los nuestros á la ciudad de Ania, y de allí tomaron el camino hasta la boca del estrecho por todas aquellas Provincias marítimas, navegando siempre la armada al paso que ellos marchaban por tierra. Con esta órden llegaron al Cabo que está en el estrecho, en frente de Galípoli, que Montaner llama Boca de Aner. Avisaron de allí al Emperador como estaban á punto para embarcarse, aguardando nueva órden para partirse. Quedó contentísimo Andronico de que los Catalanes le hubiesen obedecido, y alabándoles por cartas su puntualidad en cumplir sus órdenes, les hizo saber como los movimientos de Bulgaria con solo la fama de que venia el ejército de los Catalanes se sosegaron.» Esto es lo que dice Montaner; Pero Pachimerio parece que refiere con más verdad la ocasion que tuvo Andronico en este segundo despacho de decir que ya estaba todo sosegado; porque Miguel Paeologo su hijo á persuasion de los Griegos ofendidos, y de los soldados de otras naciones que tenia en su servicio, que como inferiores en número y valor temian á los Catalanes, escribió á su padre Andronico que no queria que Roger se juntase con su ejército, porque temia guerras civiles, y que la insolencia de los Catalanes no la pudiera sufrir, si con la misma libertad que en Asia habian de proceder y vivir, y que Gregorio cabeza de los Alanos estaba con él ofendido por la muerte de su hijo, y que viendo á Roger y á los suyos, sería ocasion de algun gran rompimiento. Con esto Andronico le pareció que sería conveniente buscar algun medio para que esto se compusiese; y así mando á su hermana Irene, y á su sobrina María, que se fuesen luego á Galípoli, y tratasen con Roger, que dajando la mayor parte de su ejército en Asia, con solos mil hombres escogidos pasase á juntarse con Miguel. Consultó el caso Roger con los más principales Capitanes, y á todos les pareció cosa peligrosa el dividir sus fuerzas, y sospecharon luego que esto no fuese principio de alguna muy grande traicion; y así Roger respondió á su suegra, que él no se hallaba con ánimo bastante de persuadir á los Catalanes que se dividiesen, pasando mil de ellos á Grecia, y que los demás quedasen en Asia. La suegra volvió al Emperador, y le dió razon de lo que habia pasado con su yerno. Con esto se acabó la guerra de Asia en poco más de dos años; corto espacio de tiempo para tan señalados hechos, bastantes á ilustrar un siglo entero. CAPITULO XIX. Alojase el ejército en la Thracia Chersoneso, y Roger parte á Constantinopla. Embarcóse el ejército en las galeras y navíos de su armada, y siguiendo el órden que tenian del Emperador Andronico, atravesaron el estrecho, y desembarcaron. Toda la gente en la Thracia Chersoneso, tomando por plaza de armas y principal cabeza de sus alojamientos á Galípoli, Ciudad en aquel tiempo tenida por la más principal de la Provincia, puesta casi á la boca del estrecho que mira al Norte. Estiéndese este Isthmo ó chersoneso de Tracia setenta millas á lo largo, y seis en ancho, y en algunas partes menos de tres. Por la parte del Oriente le baña el mar del estrecho, llamado de los antiguos Helesponto, que divide la Europa del Asia. Ciñele el mar Egeo por la parte del ocaso y medio dia, y por el Setentrion el mar del Propontide, llamado en nuestros tiempos de Marmora. Fué en lo pasado este Isthmo morada de los Cruseos, y hubo en la parte que se continúa con la Tierra firme Lisimachia, celébre por su fundador Lisímaco, que le dió el nombre, y Sexto, lugar conocido por los amores de dos infelices amantes. Pero al tiempo de los Catalanes y Aragoneses llegaron á esta Provincia apenas parecian sus ruinas; solo en las de la antigua Lisimachia habia un castillo llamado Ejamille, y muchas aldeas y poblaciones pequeñas á donde los nuestros se alojaron en tanto que pasaba el rigor del invierno, tomando, como tengo dicho, á Galípoli, Ciudad de mediana poblacion, por principal fuerza y presidio para la defensa comun. Guardóse el mismo órden en los alojamientos que el año antes se tuvo en el cabo de Artacio, quedando al parecer todos satisfechos y sosegados, se fué Roger á Constantinopla con cuatro galeras, y con parte de la infantería más escogida á verse con el Emperador Andronico, y darle la enhorabuena de la restauracion de tantas provincias del Asia, y recibir juntamente mercedes y honras debidas á tantas victorias. Llegaron á la ciudad los nuestros acompañando su General, y con universal admiracion de todos les recibieron y acompañaron hasta el Palacio, donde el Emperador con demostraciones y palabras nunca antes usadas le honró, y Roger después de haberle dado entera relacion del estado de las Provincias que puso en libertad, le pidió dinero para hacer pagamento general. Repondió el Emperador con mucho cumplimiento, diciendo, que era muy debedo á su valor no dilatar pagas tan bien ganadas, y que él se las mandaria librar luego. Pero aunque esta respuesta en lo exterior fué la que Roger podia desear, quedo el Emperador muy desabrido de esta demanda, porque después de tan grandes presas, y despojos riquísimos de las Provincias conquistadas, pedirle luego una pequeña paga, era señal de una codicia insaciable, y que difícilmente todo el poder del Imperio Griego la pudiera satisfacer. Lo que alcanza el soldado en premio de la victoria sirve más para el gusto que para la necesidad, y así se distribuye con mucha largueza en juegos, en camaradas, y en banquetes; pero la paga se estima siempre como cosa que se dá en precio de su trabajo, y de su sangre, y acude con ella á su necesidad, y siente mucho que ésta se le niegue, ó se dilate, y más cuando el Príncipe gasta con gran largueza en una vana ostentacion de su Magestad, y deja de acudir á esta obligacion, en la cual se funda y apoya la verdadera grandeza de los Reyes. CAPITULO XX. Berenguer De Entenza con nuevo socorro llega á Constantinopla, donde se le dió el cargo de Megaduque, y á Roger le ofrecieron el de César. Roger quedó en la Ciudad algunos dias solicitando al Emperador su despacho, y á los ministros de su hacienda que maliciosamente ocultaban el dinero, y ponian dificultades y estorbos en los medios y arbitrios que se daban para su cobranza: artes usadas siempre de los que manejan hacienda de Príncipes. Aunque en esta detencion concurria el Emperador. En este medio llegó á Galípoli Berenguer de Entenza, hombre conocido por su sangre y valor, llamado con grande instancia del Emperador Andronico, que aunque Berenguer tenía ya ofrecido que le vendría á servir, envió segunda vez por él con embajada particular, ofreciendo hacerle muy aventajadas mercedes. Partió de Mecina Berenguer solicitado de este segundo llamamiento, y llegó á Grecia con algunas galeras, y cinco bajeles armados, y en ellos mil Almugavares, y trescientos hombres de á caballo, toda gente muy lucida. Detúvose en Galípoli diez dias, donde fué recibido con notable gusto de toda la nacion, hasta saber lo que Roger ordenaba, á quien envió dos caballos para que le diesen aviso de su llegada. Holgóse mucho Roger de tener á Berenguer de Entenza en su compañía, porque habia entre los dos estrechísima amistad, y grandes obligaciones para conservarla. Escribióle que viniese luego á Constantinopla, porque el Emperador querria honrar su persona como se contenia en dos cartas del mismo Emperador, con sellos pendientes de oro, que juntamente con la suya le enviaba. Con esto Berenguer de Entenza se fué á Constantinopla, y luego acompañado no solamente de Roger, y de todos los de nuestra nacion, pero tambien de muchos Griegos principales, que en público profesaban nuestra amistad, entró en el Palacio Imperial. Recibióle Andronico con semblante alegre, pero con ocultos temores y sospechas, porque los Catalanes se aumentaban, no solo en reputacion, pero con nuevos suplementos de gente. Y aunque Andronico procuró con particular instancia, que Berenguer viniese á servirle, fué antes que los Catalanes alcanzasen tantas victorias de los Turcos. Pero después que por ellas creció su estimacion, tuvo por sospechosa compañía tan poderosa dentro de su casa, y Pachimerio dice, que el Emperador no le quiso recibir á su sueldo, porque venia con más compañías de gente que él pedia. Roger de Flor entre las muchas partes que le hicieron famoso, fué el ser agradecido, y reconocer en público sus obligaciones á Berenguer de Entenza, que en los tiempos que pobre y desvalido llegó á Sicilia, le amparó y ayudó á levantar su fortuna. Pidió licencia al Emperador para renunciar el oficio de Megaduque en Berenguer, dando por motivo su valor y nobleza igual á la de los Reyes, y que caballero de tan alta sangre era justo que tuviese el primer lugar en el ejército. Berenguer de Entenza con igual correspondencia suplicó al Emperador, que el título de César que le ofrecía fuese servido de darle, á Roger; persona de tantos servicios, y por el casamiento de su nieta adoptado en la casa Real, pocas veces usada, no solo en los tiempos presentes, pero ni en los antiguos, donde la moderacion y templaza parece que tuvieron alguna estimacion. Roger poderoso en riquezas, acreditado con victorias, estimado por el nuevo parentesco, Berenguer por sangre y por valor ilustre, parece que entre ambos pudieran tener razon de pretender el supremo lugar, pero las mismas calidades que les debieran incitar á la emulacion, fueron las que les moderaron, juzgando por muy aventajadas las agenas, y por muy inferiores las propias. El siguiente dia después de la llegada de Berenguer, asistiendo toda la nobleza de la Corte, así extranjeros como naturales, Roger de Flor, habida licencia de Andronico, se quitó el bonete, insignia de su dignidad de Megaduque, y juntamente con el sello, baston y estandarte de su oficio, le entregó á Berenguer; rehusólo, y sin duda no lo admitiera, si el Emperador resueltamente no se lo mandara. Causó en los Griegos gran admiracion la cortesía de Roger, y Andronico la celebró, y honró con otra más señalada merced, ofreciendo á Roger título de César, uno de los mayores de su Imperio; con que entre ambos quedaron obligados, y los Griegos ofendido de ver que Andronico diese el título de César desusado ya en aquel imperio por sospechoso á los Príncipes. En los tiempos antiguos, cuando floreció el Imperio Romano, llamar á uno César, era señalarle por su sucesor, como lo es entre los Emperadores occidentales el Rey de Romanos, en Francia el Delphin, y en nuestra España el Príncipe. Pero declinado ya el poder de los Romanos, después de dividido el Imperio, los Emperadores Griegos daban solamente el título de César, sin algun derecho de sucesion; pero siempre quedó estimado este oficio, puesto que solo era sombra de lo que fué. Túvose después por el primero, hasta que la dignidad de Sebastocrator fué preferida, cuando Alejos Commeno dió su segundo lugar en el Imperio á Isacio. Esta tambien perdió después su precedencia y autoridad, cuando el mismo Alejos, por quedar sin hijo varon, casó su hija primogénita Irene, con Alejos Paleólogo, dándole título de Déspota, que es lo mismo que llamarle á uno señor, y fuera sin duda Emperador si no muriera antes que su suegro; de suerte que la dignidad de César en aquel Imperio es la tercera, por ser la primera la de Déspota, y la segunda la de Sebastocrator. Dice Curopalates que estas tres dignidades no tienen particular ocupacion á que acudir, y que al César le llaman señor; palabra tenida por soberbia, y debida solo á Dios en los tiempos antiguos aún de los mismos Emperadores, pues leemos de Augusto, de Tiberio, y de algunos otros que jamás consintieron que les llamasen señores. Tratavanle de Magestad al César, el bonete que llevaba era de oro y grana, y su remate casi como el del Emperador, la capa de grana, las media y zapatos de color celeste, y la silla como la del mismo emperador, pero sin águilas, iba junto al Emperador en las públicas entradas y acompañamientos, y vivia dentro de su Palacio. Todo este suceso que se ha referido es conforme se saca de lo que Montaner en su historia, y Berenguer en sus relaciones no dejó escrito. Pero George Pachimerio en el cap. II del libro 12 refiere con alguna variedad este suceso; y así me ha parecido no confundirlo con lo de arriba, ya que no los podia conciliar, para que el que lo leyere pueda con claridad hacer juicio de lo que le pareciere más verdadero. Determinado ya el Emperador de recibir á Berenguer de Entenza, le envió á llamar muchas veces, que se decia estaba en Galípoli, y para asegurarle le envió sus patentes con sellos pendientes de oro, en que le prometia con juramento, que queriéndose quedar le trataria con buena voluntad, y ánimo amigable, y que cuando se quisiese ir no lo impediría. Berenguer recibidos los despachos, con la fé y palabra del Emperador, se fué á Constantinopla con dos navíos, pero llegado, no quiso salir fuera de ellos, y envió el aviso al Emperador de su llegada. Mandóle luego al Emperador llamar, y le envió coches y caballos para que entrase con mucha autoridad y honra, pero Berenguer ni quiso salir de los navíos, ni obedecer, pidiendo que el Emperador le enviase en rehenes á su hijo el Déspota Juan. Pareció esto mal así al Emperador, como á todos, pues no se fiaba de su palabra y juramento; y así le dejó muchos dias en los navíos. Finalmente llegándose el dia de Navidad le envió á llamar, diciéndole que estuviese de buen ánimo pues le habia asegurado con su fé y palabra. Estuvo dudoso mucho tiempo, hasta que se desengañó, y se fué al Emperador, de quien fué magníficamente recibido, pero siempre se retiraba á los navíos, á donde el Emperador tuvo siempre cuenta de regalarle. El dia de Natividad le tomó al Emperador el juramento de fidelidad, y con esto le dió la dignidad de Megaduque del Senado, y le dió la vara dorada, invencion nueva del Emperador, y le vistieron al modo y uso de Senador, con que dejó sus navíos, y se fué á posar á Cosmidio donde estaban sus Catalanes, que algunos de ellos fueron tambien honrados con títulos y mercedes grandes; y desde entónces Berenguer tuvo grandes autoridad con los privados, y en los consejos de Andronico. En el juramento de fidelidad que hizo Berenguer disimuló su engaño, dando muestras de verdad y llaneza; pues habiendo de jurar que sería amigo de los amigos del Emperador, y enemigo de sus enemigos, exceptuó á Fadrique de los enemigos, porque decia que le habia jurado antes amistad. Esto pareció á los inteligentes que encerraba en sí algun gran secreto, más de lo que exteriormente parecia; otros lo tomaron bien, diciendo que como fué fiel á Fadrique, así lo sería al Emperador, con que ganó opinion y gloria, siguiendo la sentencia de Platon, de cuanta importancia sea el parecer bueno y justo para ganar opinion, y poder engañar. CAPITULO XXI. Los Genoveses persuaden al Emperador la guerra contra los Catalanes, y Miguel Paleóloga hace lo mismo, y alborotase en Galípoli la gente de guerra. Los Genoveses de Pera, que poco antes fortificaron y engrandecieron con fosos y murallas, fueron los primeros que hicieron sospechosas nuestras armas, y pusieron duda en nuestra fidelidad, diciendo al Emperador Andronico, que tenian nuevas de Poniente, que se preparaba una grande y poderosa armada para acometer las Provincias del Imperio á la primavera, y que esto lo tenian por cierto por manifiestas conjeturas; y que los Catalanes que antes estaban en su servicio, y los que después con Berenguer de Entenza vinieron, estaban unidos para su daño, y no para su def