Project Gutenberg's Cuentos de Amor de Locura y de Muerte, by Horacio Quiroga This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. 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Nebel acababa de entrar en el corso, ya al oscurecer, y mientras deshacia un paquete de serpentinas, miro al carruaje de delante. Extranado de una cara que no habia visto la tarde anterior, pregunto a sus companeros: --?Quien es? No parece fea. --iUn demonio! Es lindisima. Creo que sobrina, o cosa asi, del doctor Arrizabalaga. Llego ayer, me parece... Nebel fijo entonces atentamente los ojos en la hermosa criatura. Era una chica muy joven aun, acaso no mas de catorce anos, pero completamente nubil. Tenia, bajo el cabello muy oscuro, un rostro de suprema blancura, de ese blanco mate y raso que es patrimonio exclusivo de los cutis muy finos. Ojos azules, largos, perdiendose hacia las sienes en el cerco de sus negras pestanas. Acaso un poco separados, lo que da, bajo una frente tersa, aire de mucha nobleza o de gran terquedad. Pero sus ojos, asi, llenaban aquel semblante en flor con la luz de su belleza. Y al sentirlos Nebel detenidos un momento en los suyos, quedo deslumbrado. --iQue encanto!--murmuro, quedando inmovil con una rodilla sobre al almohadon del surrey. Un momento despues las serpentinas volaban hacia la victoria. Ambos carruajes estaban ya enlazados por el puente colgante de cintas, y la que lo ocasionaba sonreia de vez en cuando al galante muchacho. Mas aquello llegaba ya a la falta de respeto a personas, cochero y aun carruaje: sobre el hombro, la cabeza, latigo, guardabarros, las serpentinas llovian sin cesar. Tanto fue, que las dos personas sentadas atras se volvieron y, bien que sonriendo, examinaron atentamente al derrochador. --?Quienes son?--pregunto Nebel en voz baja. --El doctor Arrizabalaga; cierto que no lo conoces. La otra es la madre de tu chica... Es cunada del doctor. Como en pos del examen, Arrizabalaga y la senora se sonrieran francamente ante aquella exuberancia de juventud, Nebel se creyo en el deber de saludarlos, a lo que respondio el terceto con jovial condescencia. Este fue el principio de un idilio que duro tres meses, y al que Nebel aporto cuanto de adoracion cabia en su apasionada adolescencia. Mientras continuo el corso, y en Concordia se prolonga hasta horas increibles, Nebel tendio incesantemente su brazo hacia adelante, tan bien, que el puno de su camisa, desprendido, bailaba sobre la mano. Al dia siguiente se reprodujo la escena; y como esta vez el corso se reanudaba de noche con batalla de flores, Nebel agoto en un cuarto de hora cuatro inmensas canastas. Arrizabalaga y la senora se reian, volviendose a menudo, y la joven no apartaba casi sus ojos de Nebel. Este echo una mirada de desesperacion a sus canastas vacias; mas sobre el almohadon del surrey quedaban aun uno, un pobre ramo de siemprevivas y jazmines del pais. Nebel salto con el por sobre la rueda del surrey, dislocose casi un tobillo, y corriendo a la victoria, jadeante, empapado en sudor y el entusiasmo a flor de ojos, tendio el ramo a la joven. Ella busco atolondradamente otro, pero no lo tenia. Sus acompanantes se rian. --iPero loca!--le dijo la madre, senalandole el pecho--iahi tienes uno! El carruaje arrancaba al trote. Nebel, que habia descendido del estribo, afligido, corrio y alcanzo el ramo que la joven le tendia, con el cuerpo casi fuera del coche. Nebel habia llegado tres dias atras de Buenos Aires, donde concluia su bachillerato. Habia permanecido alla siete anos, de modo que su conocimiento de la sociedad actual de Concordia era minimo. Debia quedar aun quince dias en su ciudad natal, disfrutados en pleno sosiego de alma, si no de cuerpo; y he ahi que desde el segundo dia perdia toda su serenidad. Pero en cambio ique encanto! --iQue encanto!--se repetia pensando en aquel rayo de luz, flor y carne femenina que habia llegado a el desde el carruaje. Se reconocia real y profundamente deslumbrado--y enamorado, desde luego. iY si ella lo quisiera!... ?Lo querria? Nebel, para dilucidarlo, confiaba mucho mas que en el ramo de su pecho, en la precipitacion aturdida con que la joven habia buscado algo para darle. Evocaba claramente el brillo de sus ojos cuando lo vio llegar corriendo, la inquieta espectativa con que lo espero, y--en otro orden, la morbidez del joven pecho, al tenderle el ramo. iY ahora, concluido! Ella se iba al dia siguiente a Montevideo. ?Que le importaba lo demas, Concordia, sus amigos de antes, su mismo padre? Por lo menos iria con ella hasta Buenos Aires. Hicieron, efectivamente, el viaje juntos, y durante el, Nebel llego al mas alto grado de pasion que puede alcanzar un romantico muchacho de 18 anos, que se siente querido. La madre acogio el casi infantil idilio con afable complacencia, y se reia a menudo al verlos, hablando poco, sonriendo sin cesar, y mirandose infinitamente. La despedida fue breve, pues Nebel no quiso perder el ultimo vestigio de cordura que le quedaba, cortando su carrera tras ella. Volverian a Concordia en el invierno, acaso una temporada. ?Iria el? "iOh, no volver yo!" Y mientras Nebel se alejaba, tardo, por el muelle, volviendose a cada momento, ella, de pecho sobre la borda, la cabeza un poco baja, lo seguia con los ojos, mientras en la planchada los marineros levantaban los suyos risuenos a aquel idilio--y al vestido, corto aun, de la tiernisima novia. #Verano# El 13 de junio Nebel volvio a Concordia, y aunque supo desde el primer momento que Lidia estaba alli, paso una semana sin inquietarse poco ni mucho por ella. Cuatro meses son plazo sobrado para un relampago de pasion, y apenas si en el agua dormida de su alma, el ultimo resplandor alcanzaba a rizar su amor propio. Sentia, si, curiosidad de verla. Pero un nimio incidente, punzando su vanidad, lo arrastro de nuevo. El primer domingo, Nebel, como todo buen chico de pueblo, espero en la esquina la salida de misa. Al fin, las ultimas acaso, erguidas y mirando adelante, Lidia y su madre avanzaron por entre la fila de muchachos. Nebel, al verla de nuevo, sintio que sus ojos se dilataban para sorber en toda su plenitud la figura bruscamente adorada. Espero con ansia casi dolorosa el instante en que los ojos de ella, en un subito resplandor de dichosa sorpresa, lo reconocerian entre el grupo. Pero paso, con su mirada fria fija adelante. --Parece que no se acuerda mas de ti--le dijo un amigo, que a su lado habia seguido el incidente. --iNo mucho!--se sonrio el.--Y es lastima, porque la chica me gustaba en realidad. Pero cuando estuvo solo se lloro a si mismo su desgracia. iY ahora que habia vuelto a verla! iComo, como la habia querido siempre, el que creia no acordarse mas! iY acabado! iPum, pum, pum!--repetia sin darse cuenta, con la costumbre del chico.--iPum! itodo concluido! De golpe: ?Y si no me hubiera visto?... iClaro! ipero claro! Su rostro se animo de nuevo, acogiendose con plena conviccion a una probabilidad como esa, profundamente razonable. A las tres golpeaba en casa del doctor Arrizabalaga. Su idea era elemental: consultaria con cualquier misero pretexto al abogado, y entretanto acaso la viera. Una subita carrera por el patio respondio al timbre, y Lidia, para detener el impulso, tuvo que cogerse violentamente a la puerta vidriera. Vio a Nebel, lanzo una exclamacion, y ocultando con sus brazos la liviandad domestica de su ropa, huyo mas velozmente aun. Un instante despues la madre abria el consultorio, y acogia a su antiguo conocido con mas viva complacencia que cuatro meses atras. Nebel no cabia en si de gozo, y como la senora no parecia inquietarse por las preocupaciones juridicas de Nebel, este prefirio tambien un millon de veces tal presencia a la del abogado. Con todo, se hallaba sobre ascuas de una felicidad demasiado ardiente y, como tenia 18 anos, deseaba irse de una vez para gozar a solas, y sin cortedad, su inmensa dicha. --iTan pronto, ya!--le dijo la senora.--Espero que tendremos el gusto de verlo otra vez... ?No es verdad? --iOh, si, senora! --En casa todos tendriamos mucho placer... isupongo que todos! ?Quiere que consultemos?--se sonrio con maternal burla. --iOh, con toda el alma!--repuso Nebel. --iLidia! iVen un momento! Hay aqui una persona a quien conoces. Nebel habia sido visto ya por ella; pero no importaba. Lidia llego cuando el estaba de pie. Avanzo a su encuentro, los ojos centelleantes de dicha, y le tendio un gran ramo de violetas, con adorable torpeza. --Si a usted no le molesta--prosiguio la madre--podria venir todos los lunes... ?que le parece? --iQue es muy poco, senora!--repuso el muchacho--Los viernes tambien... ?me permite? La senora se echo a reir. --iQue apurado! Yo no se... veamos que dice Lidia. ?Que dices, Lidia? La criatura, que no apartaba sus ojos rientes de Nebel, le dijo i_si_! en pleno rostro, puesto que a el debia su respuesta. --Muy bien: entonces hasta el lunes, Nebel. Nebel objeto: --?No me permitiria venir esta noche? Hoy es un dia extraordinario... --iBueno! iEsta noche tambien! Acompanalo, Lidia. Pero Nebel, en loca necesidad de movimiento, se despidio alli mismo, y huyo con su ramo cuyo cabo habia deshecho casi, y con el alma proyectada al ultimo cielo de la felicidad. II Durante dos meses, todos los momentos en que se veian, todas las horas que los separaban, Nebel y Lidia se adoraron. Para el, romantico hasta sentir el estado de dolorosa melancolia que provoca una simple garua que agrisa el patio, la criatura aquella, con su cara angelical, sus ojos azules y su temprana plenitud, debia encarnar la suma posible de ideal. Para ella, Nebel era varonil, buen mozo e inteligente. No habia en su mutuo amor mas nube para el porvenir que la minoria de edad de Nebel. El muchacho, dejando de lado estudios, carreras y superfluidades por el estilo, queria casarse. Como probado, no habia sino dos cosas: que a el le era _absolutamente_ imposible vivir sin su Lidia, y que llevaria por delante cuanto se opusiese a ello. Presentia--o mas bien dicho, sentia--que iba a escollar rudamente. Su padre, en efecto, a quien habia disgustado profundamente el ano que perdia Nebel tras un amorio de carnaval, debia apuntar las ies con terrible vigor. A fines de Agosto, hablo un dia definitivamente a su hijo: --Me han dicho que sigues tus visitas a lo de Arrizabalaga. ?Es cierto? Porque tu no te dignas decirme una palabra. Nebel vio toda la tormenta en esa forma de _dignidad_, y la voz le temblo un poco. --Si no te dije nada, papa, es porque se que no te gusta que hable de eso. --iBah! como gustarme, puedes, en efecto, ahorrarte el trabajo... Pero quisiera saber en que estado estas. ?Vas a esa casa como novio? --Si. --?Y te reciben formalmente? --C-creo que si. El padre lo miro fijamente y tamborileo sobre la mesa. --iEsta bueno! iMuy bien!... Oyeme, porque tengo el deber de mostrarte el camino. ?Sabes tu bien lo que haces? ?Has pensado en lo que puede pasar? --?Pasar?... ?que? --Que te cases con esa muchacha. Pero fijate: ya tienes edad para reflexionar, al menos. ?Sabes quien es? ?De donde viene? ?Conoces a alguien que sepa que vida lleva en Montevideo? --iPapa! --iSi, que hacen alla! iBah! no pongas esa cara... No me refiero a tu... novia. Esa es una criatura, y como tal no sabe lo que hace. ?Pero sabes de que viven? --iNo! Ni me importa, porque aunque seas mi padre... --iBah, bah, bah! Deja eso para despues. No te hablo como padre sino como cualquier hombre honrado pudiera hablarte. Y puesto que te indigna tanto lo que te pregunto, averigua a quien quiera contarte, que clase de relaciones tiene la madre de tu novia con su cunado, pregunta! --iSi! Ya se que ha sido... --Ah, ?sabes que ha sido la querida de Arrizabalaga? ?Y que el u otro sostienen la casa en Montevideo? iY te quedas tan fresco! --i...! --iSi, ya se, tu novia no tiene nada que ver con esto, ya se! No hay impulso mas bello que el tuyo... Pero anda con cuidado, porque puedes llegar tarde!... iNo, no, calmate! No tengo ninguna idea de ofender a tu novia, y creo, como te he dicho, que no esta contaminada aun por la podredumbre que la rodea. Pero si la madre te la quiere vender en matrimonio, o mas bien a la fortuna que vas a heredar cuando yo muera, dile que el viejo Nebel no esta dispuesto a esos traficos, y que antes se lo llevara el diablo que consentir en eso. Nada mas te queria decir. El muchacho queria mucho a su padre a pesar del caracter duro de este; salio lleno de rabia por no haber podido desahogar su ira, tanto mas violenta cuanto que el mismo la sabia injusta. Hacia tiempo ya que no ignoraba esto: la madre de Lidia habia sido querida de Arrizabalaga en vida de su marido, y aun cuatro o cinco anos despues. Se veian aun de tarde en tarde, pero el viejo libertino, arrebujado ahora en sus artritis de enfermizo solteron, distaba mucho de ser respecto de su cunada lo que se pretendia; y si mantenia el tren de madre e hija, lo hacia por una especie de compasion de ex amante, rayana en vil egoismo, y sobre todo para autorizar los chismes actuales que hinchaban su vanidad. Nebel evocaba a la madre; y con un extremecimiento de muchacho loco por las mujeres casadas, recordaba cierta noche en que hojeando juntos y reclinados una _Illustration_, habia creido sentir sobre sus nervios subitamente tensos, un hondo halito de deseo que surgia del cuerpo pleno que rozaba con el. Al levantar los ojos, Nebel habia visto la mirada de ella, en languida imprecision de mareo, posarse pesadamente sobre la suya. ?Se habia equivocado? Era terriblemente histerica, pero con rara manifestacion desbordante; los nervios desordenados repiqueteaban hacia adentro, y de aqui la subita tenacidad en un disparate, el brusco abandono de una conviccion; y en los prodromos de las crisis, la obstinacion creciente, convulsiva, edificandose a grandes bloques de absurdos. Abusaba de la morfina, por angustiosa necesidad y por elegancia. Tenia treinta y siete anos; era alta, con labios muy gruesos y encendidos, que humedecia sin cesar. Sin ser grandes, los ojos lo parecian por un poco hundidos y tener pestanas muy largas; pero eran admirables de sombra y fuego. Se pintaba. Vestia, como la hija, con perfecto buen gusto, y era esta, sin duda, su mayor seduccion. Debia de haber tenido, como mujer, profundo encanto; ahora la histeria habia trabajado mucho su cuerpo--siendo, desde luego, enferma del vientre. Cuando el latigazo de la morfina pasaba, sus ojos se empanaban, y de la comisura de los labios, del parpado globoso, pendia una fina redecilla de arrugas. Pero a pesar de ello, la misma histeria que le deshacia los nervios era el alimento, un poco magico, que sostenia su tonicidad. Queria entranablemente a Lidia; y con la moral de las histericas burguesas, hubiera envilecido a su hija para hacerla feliz--esto es, para proporcionarle aquello que habria hecho su propia felicidad. Asi, la inquietud del padre de Nebel a este respecto tocaba a su hijo en lo mas hondo de sus cuerdas de amante. ?Como habia escapado Lidia? Porque la limpidez de su cutis, la franqueza de su pasion de chica que surgia con adorable libertad de sus ojos brillantes, eran, ya no prueba de pureza, sino de escalon de noble gozo por el que Nebel ascendia triunfal a arrancar de una manotada a la planta podrida la flor que pedia por el. Esta conviccion era tan intensa, que Nebel jamas la habia besado. Una tarde, despues de almorzar, en que pasaba por lo de Arrizabalaga, habia sentido loco deseo de verla. Su dicha fue completa, pues la hallo sola, en baton, y los rizos sobre las mejillas. Como Nebel la retuvo contra la pared, ella, riendo y cortada, se recosto en el muro. Y el muchacho, a su frente, tocandola casi, sintio en sus manos inertes la alta felicidad de un amor inmaculado, que tan facil le habria sido manchar. iPero luego, una vez su mujer! Nebel precipitaba cuanto le era posible su casamiento. Su habilitacion de edad, obtenida en esos dias, le permitia por su legitima materna afrontar los gastos. Quedaba el consentimiento del padre, y la madre apremiaba este detalle. La situacion de ella, sobrado equivoca en Concordia, exigia una sancion social que debia comenzar, desde luego, por la del futuro suegro de su hija. Y sobre todo, la sostenia el deseo de humillar, de forzar a la moral burguesa, a doblar las rodillas ante la misma inconveniencia que desprecio. Ya varias veces habia tocado el punto con su futuro yerno, con alusiones a "mi suegro"... "mi nueva familia"... "la cunada de mi hija". Nebel se callaba, y los ojos de la madre brillaban entonces con mas fuego. Hasta que un dia la llama se levanto. Nebel habia fijado el 18 de octubre para su casamiento. Faltaba mas de un mes aun, pero la madre hizo entender claramente al muchacho que queria la presencia de su padre esa noche. --Sera dificil--dijo Nebel despues de un mortificante silencio--. Le cuesta mucho salir de noche... No sale nunca. --iAh!--exclamo solo la madre, mordiendose rapidamente el labio. Otra pausa siguio, pero esta ya de presagio. --Porque usted no hace un casamiento clandestino ?verdad? --iOh!--se sonrio dificilmente Nebel--. Mi padre tampoco lo cree. --?Y entonces? Nuevo silencio cada vez mas tempestuoso. --?Es por mi que su senor padre no quiere asistir? --iNo, no senora!--exclamo al fin Nebel, impaciente--. Esta en su modo de ser... Hablare de nuevo con el, si quiere. --?Yo, querer?--se sonrio la madre dilatando las narices--. Haga lo que le parezca... ?Quiere irse, Nebel, ahora? No estoy bien. Nebel salio, profundamente disgustado. ?Que iba a decir a su padre? Este sostenia siempre su rotunda oposicion a tal matrimonio, y ya el hijo habia emprendido las gestiones para prescindir de ella. --Puedes hacer eso, mucho mas, y todo lo que te de la gana. iPero mi consentimiento para que esa entretenida sea tu suegra, ijamas! Despues de tres dias Nebel decidio aclarar de una vez ese estado de cosas, y aprovecho para ello un momento en que Lidia no estaba. --Hable con mi padre--comenzo Nebel--y me ha dicho que le sera completamente imposible asistir. La madre se puso un poco palida, mientras sus ojos, en un subito fulgor, se estiraban hacia las sienes. --iAh! ?Y por que? --No se--repuso con voz sorda Nebel. --Es decir... ?que su senor padre teme mancharse si pone los pies aqui? --No se--repitio el con inconsciente obstinacion. --iEs que es una ofensa gratuita la que nos hace ese senor! ?Que se ha figurado?--anadio con voz ya alterada y los labios temblantes.--?Quien es el para darse ese tono? Nebel sintio entonces el fustazo de reaccion en la cepa profunda de su familia. --iQue es, no se!--repuso con la voz precipitada a su vez--pero no solo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento. --?Que? ?que se niega? ?Y por que? ?Quien es el? iEl mas autorizado para esto! Nebel se levanto: --Senora... Pero ella se habia levantado tambien. --iSi, el! iUsted es una criatura! iPreguntele de donde ha sacado su fortuna, robada a sus clientes! iY con esos aires! iSu familia irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! iSu familia!... iDigale que le diga cuantas paredes tenia que saltar para ir a dormir con su mujer, antes de casarse! iSi, y me viene con su familia!... iMuy bien, vayase; estoy hasta aqui de hipocresias! iQue lo pase bien! III Nebel vivio cuatro dias vagando en la mas honda desesperacion. ?Oue podia esperar despues de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer, recibio una esquela: "Octavio: Lidia esta bastante enferma, y solo su presencia podria calmarla. Maria S. de Arrizabalaga." Era una treta, no tenia duda. Pero si su Lidia en verdad... Fue esa noche y la madre lo recibio con una discrecion que asombro a Nebel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que pide disculpa. --Si quiere verla... Nebel entro con la madre, y vio a su amor adorado en la cama, el rostro con esa frescura sin polvos que dan unicamente los 14 anos, y el cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su plena juventud. Se sento a su lado, y en balde la madre espero a que se dijeran algo: no hacian sino mirarse y reir. De pronto Nebel sintio que estaban solos, y la imagen de la madre surgio nitida: "se va para que en el transporte de mi amor reconquistado, pierda la cabeza y el matrimonio sea asi forzoso". Pero en ese cuarto de hora de goce final que le ofrecian adelantado y gratis a costa de un pagare de casamiento, el muchacho, de 18 anos, sintio--como otra vez contra la pared--el placer sin la mas leve mancha, de un amor puro en toda su aureola de poetico idilio. Solo Nebel pudo decir cuan grande fue su dicha recuperada en pos del naufragio. El tambien olvidaba lo que fuera en la madre explosion de calumnia, ansia rabiosa de insultar a los que no lo merecen. Pero tenia la mas fria decision de apartar a la madre de su vida una vez casados. El recuerdo de su tierna novia, pura y riente en la cama de que se habia destendido una punta para el, encendia la promesa de una voluptuosidad integra, a la que no habia robado ni el mas pequeno diamante. A la noche siguiente, al llegar a lo de Arrizabalaga, Nebel hallo el zaguan oscuro. Despues de largo rato, la sirvienta entreabrio la vidriera: --No estan las senoras. --?Han salido?--pregunto extranado. --No, se van a Montevideo... Han ido al Salto a dormir abordo. --iAh!--murmuro Nebel aterrado. Tenia una esperanza aun. --?El doctor? ?Puedo hablar con el? --No esta, se ha ido al club despues de comer... Una vez solo en la calle oscura, Nebel levanto y dejo caer los brazos con mortal desaliento: iSe acabo todo! Su felicidad, su dicha reconquistada un dia antes, perdida de nuevo y para siempre! Presentia que esta vez no habia redencion posible. Los nervios de la madre habian saltado a la loca, como teclas, y el no podia hacer ya nada mas. Comenzaba a lloviznar. Camino hasta la esquina, y desde alli, inmovil bajo el farol, contemplo con estupida fijeza la casa rosada. Dio una vuelta a la manzana, y torno a detenerse bajo el farol. iNunca, nunca! Hasta las once y media hizo lo mismo. Al fin se fue a su casa y cargo el revolver. Pero un recuerdo lo detuvo: meses atras habia prometido a un dibujante aleman que antes de suicidarse--Nebel era adolescente--iria a verlo. Unialo con el viejo militar de Guillermo una viva amistad, cimentada sobre largas charlas filosoficas. A la manana siguiente, muy temprano, Nebel llamaba al pobre cuarto de aquel. La expresion de su rostro era sobrado explicita. --?Es ahora?--le pregunto el paternal amigo, estrechandole con fuerza la mano. --iPst! iDe todos modos!...--repuso el muchacho, mirando a otro lado. El dibujante, con gran calma, le conto entonces su propio drama de amor. --Vaya a su casa--concluyo--y si a las once no ha cambiado de idea, vuelva a almorzar conmigo, si es que tenemos que. Despues hara lo que quiera. ?Me lo jura? --Se lo juro--contesto Nebel, devolviendole su estrecho apreton con grandes ganas de llorar. En su casa lo esperaba una tarjeta de Lidia: "Idolatrado Octavio: Mi desesperacion no puede ser mas grande, pero mama ha visto que si me casaba con usted me estaban reservados grandes dolores, he comprendido como ella que lo mejor era separarnos y le jura no olvidarlo nunca tu Lidia." --iAh, tenia que ser asi!--clamo el muchacho, viendo al mismo tiempo con espanto su rostro demudado en el espejo.--iLa madre era quien habia inspirado la carta, ella y su maldita locura! Lidia no habia podido menos que escribir, y la pobre chica, trastornada, lloraba todo su amor en la redaccion. iAh! iSi pudiera verla algun dia, decirle de que modo la he querido, cuanto la quiero ahora, adorada del alma! Temblando fue hasta el velador y cogio el revolver, pero recordo su nueva promesa, y durante un rato permanecio inmovil, limpiando obstinadamente con la una una mancha del tambor. #Otono# Una tarde, en Buenos Aires, acababa Nebel de subir al tramway, cuando el coche se detuvo un momento mas del conveniente, y aquel, que leia, volvio al fin la cabeza. Una mujer con lento y dificil paso avanzaba. Tras una rapida ojeada a la incomoda persona, reanudo la lectura. La dama se sento a su lado, y al hacerlo miro atentamente a Nebel. Este, aunque sentia de vez en cuando la mirada extranjera posada sobre el, prosiguio su lectura; pero al fin se canso y levanto el rostro extranado. --Ya me parecia que era usted--exclamo la dama--aunque dudaba aun... No me recuerda, ?no es cierto? --Si--repuso Nebel abriendo los ojos--la senora de Arrizabalaga... Ella vio la sorpresa de Nebel, y sonrio con aire de vieja cortesana que trata aun de parecer bien a un muchacho. De ella, cuando Nebel la conocio once anos atras, solo quedaban los ojos, aunque mas hundidos, y apagados ya. El cutis amarillo, con tonos verdosos en las sombras, se resquebrajaba en polvorientos surcos. Los pomulos saltaban ahora, y los labios, siempre gruesos, pretendian ocultar una dentadura del todo cariada. Bajo el cuerpo demacrado se veia viva a la morfina corriendo por entre los nervios agotados y las arterias acuosas, hasta haber convertido en aquel esqueleto, a la elegante mujer que un dia hojeo la _Illustration_ a su lado. --Si, estoy muy envejecida... y enferma; he tenido ya ataques a los rinones... y usted--anadio mirandolo con ternura--isiempre igual! Verdad es que no tiene treinta anos aun... Lidia tambien esta igual. Nebel levanto los ojos: --?Soltera? --Si... iCuanto se alegrara cuando le cuente! ?Por que no le da ese gusto a la pobre? ?No quiere ir a vernos? --Con mucho gusto--murmuro Nebel. --Si, vaya pronto; ya sabe lo que hemos sido para... En fin, Boedo, 1483; departamento 14... Nuestra posicion es tan mezquina... --iOh!--protesto el, levantandose para irse. Prometio ir muy pronto. Doce dias despues Nebel debia volver al ingenio, y antes quiso cumplir su promesa. Fue alla--un miserable departamento de arrabal.--La senora de Arrizabalaga lo recibio, mientras Lidia se arreglaba un poco. --iConque once anos!--observo de nuevo la madre.--iComo pasa el tiempo! iY usted que podria tener una infinidad de hijos con Lidia! --Seguramente--sonrio Nebel, mirando a su rededor. --iOh! ino estamos muy bien! Y sobre todo como debe estar puesta su casa... Siempre oigo hablar de sus canaverales... ?Es ese su unico establecimiento? --Si,... en Entre Rios tambien... --iQue feliz! Si pudiera uno... Siempre deseando ir a pasar unos meses en el campo, y siempre con el deseo! Se callo, echando una fugaz mirada a Nebel. Este con el corazon apretado, revivia nitidas las impresiones enterradas once anos en su alma. --Y todo esto por falta de relaciones... iEs tan dificil tener un amigo en esas condiciones! El corazon de Nebel se contraia cada vez mas, y Lidia entro. Estaba tambien muy cambiada, porque el encanto de un candor y una frescura de los catorce anos, no se vuelve a hallar mas en la mujer de veintiseis. Pero bella siempre. Su olfato masculino sintio en la mansa tranquilidad de su mirada, en su cuello morbido, y en todo lo indefinible que denuncia al hombre el amor ya gozado, que debia guardar velado para siempre, el recuerdo de la Lidia que conocio. Hablaron de cosas muy triviales, con perfecta discrecion de personas maduras. Cuando ella salio de nuevo un momento, la madre reanudo: --Si, esta un poco debil... Y cuando pienso que en el campo se repondria en seguida... Vea, Octavio: ?me permite ser franca con usted? Ya sabe que lo he querido como a un hijo... ?No podriamos pasar una temporada en su establecimiento? iCuanto bien le haria a Lidia! --Soy casado--repuso Nebel. La senora tuvo un gesto de viva contrariedad, y por un instante su decepcion fue sincera; pero en seguida cruzo sus manos comicas: --iCasado, usted! iOh, que desgracia, que desgracia! iPerdoneme, ya sabe!... No se lo que digo... ?Y su senora vive con usted en el ingenio? --Si, generalmente... Ahora esta en Europa. --iQue desgracia! Es decir... iOctavio!--anadio abriendo los brazos con lagrimas en los ojos:--a usted le puedo contar, usted ha sido casi mi hijo... iEstamos poco menos que en la miseria! ?Por que no quiere que vaya con Lidia? Voy a tener con usted una confesion de madre--concluyo con una pastosa sonrisa y bajando la voz:--usted conoce bien el corazon de Lidia, ?no es cierto? Espero respuesta, pero Nebel permanecio callado. --iSi, usted la conoce! ?Y cree que Lidia es mujer capaz de olvidar cuando ha querido? Ahora habia reforzado su insinuacion con una leve guinada. Nebel valoro entonces de golpe el abismo en que pudo haber caido antes. Era siempre la misma madre, pero ya envilecida por su propia alma vieja, la morfina y la pobreza. Y Lidia... Al verla otra vez habia sentido un brusco golpe de deseo por la mujer actual de garganta llena y ya estremecida. Ante el tratado comercial que le ofrecian, se echo en brazos de aquella rara conquista que le deparaba el destino. --?No sabes, Lidia?--prorrumpio alborozada, al volver su hija--Octavio nos invita a pasar una temporada en su establecimiento. ?Que te parece? Lidia tuvo una fugitiva contraccion de las cejas y recupero su serenidad. --Muy bien, mama... --iAh! ?no sabes lo que dice? Esta casado. iTan joven aun! Somos casi de su familia... Lidia volvio entonces los ojos a Nebel, y lo miro un momento con dolorosa gravedad. --?Hace tiempo?--murmuro. --Cuatro anos--repuso el en voz baja. A pesar de todo, le falto animo para mirarla. #Invierno# No hicieron el viaje juntos, por ultimo escrupulo de casado en una linea donde era muy conocido; pero al salir de la estacion subieron en el brec de la casa. Cuando Nebel quedaba solo en el ingenio, no guardaba a su servicio domestico mas que a una vieja india, pues--a mas de su propia frugalidad--su mujer se llevaba consigo toda la servidumbre. De este modo presento sus acompanantes a la fiel nativa como una tia anciana y su hija, que venian a recobrar la salud perdida. Nada mas creible, por otro lado, pues la senora decaia vertiginosamente. Habia llegado deshecha, el pie incierto y pesadisimo, y en su facies angustiosa la morfina, que habia sacrificado cuatro horas seguidas a ruego de Nebel, pedia a gritos una corrida por dentro de aquel cadaver viviente. Nebel, que cortara sus estudios a la muerte de su padre, sabia lo suficiente para prever una rapida catastrofe; el rinon, intimamente atacado, tenia a veces paros peligrosos que la morfina no hacia sino precipitar. Ya en el coche, no pudiendo resistir mas, habia mirado a Nebel con transida angustia: --Si me permite, Octavio... ino puedo mas! Lidia, ponte delante. La hija, tranquilamente, oculto un poco a su madre, y Nebel oyo el crugido de la ropa violentamente recogida para pinchar el muslo. Subitamente los ojos se encendieron, y una plenitud de vida cubrio como una mascara aquella cara agonica. --Ahora estoy bien... ique dicha! Me siento bien. --Deberia dejar eso--dijo rudamente Nebel, mirandola de costado.--Al llegar, estara peor. --iOh, no! Antes morir aqui mismo. Nebel paso todo el dia disgustado, y decidido a vivir cuanto le fuera posible sin ver en Lidia y su madre mas que dos pobres enfermas. Pero al caer la tarde, y como las fieras que empiezan a esa hora a afilar las unas, el celo de varon comenzo a relajarle la cintura en lasos escalofrios. Comieron temprano, pues la madre, quebrantada, deseaba acostarse de una vez. No hubo tampoco medio de que tomara exclusivamente leche. --iHuy! ique repugnancia! No la puedo pasar. ?Y quiere que sacrifique los ultimos anos de mi vida, ahora que podria morir contenta? Lidia no pestaneo. Habia hablado con Nebel pocas palabras, y solo al fin del cafe la mirada de este se clavo en la de ella; pero Lidia bajo la suya en seguida. Cuatro horas despues Nebel abria sin ruido la puerta del cuarto de Lidia. --iQuien es!--sono de pronto la voz azorada. --Soy yo--murmuro Nebel en voz apenas sensible. Un movimiento de ropas, como el de una persona que se sienta bruscamente en la cama, siguio a sus palabras, y el silencio reino de nuevo. Pero cuando la mano de Nebel toco en la oscuridad un brazo tibio, el cuerpo temblo entonces en una honda sacudida. * * * * * Luego, inerte al lado de aquella mujer que ya habia conocido el amor antes que el llegara, subio de lo mas recondito del alma de Nebel, el santo orgullo de su adolescencia de no haber tocado jamas, de no haber robado ni un beso siquiera, a la criatura que lo miraba con radiante candor. Penso en las palabras de Dostojewsky, que hasta ese momento no habia comprendido: "Nada hay mas bello y que fortalezca mas en la vida, que un puro recuerdo". Nebel lo habia guardado, ese recuerdo sin mancha, pureza inmaculada de sus dieciocho anos, y que ahora estaba alli, enfangado hasta el caliz sobre una cama de sirvienta... Sintio entonces sobre su cuello dos lagrimas pesadas, silenciosas. Ella a su vez recordaria... Y las lagrimas de Lidia continuaban una tras otra, regando como una tumba el abominable fin de su unico sueno de felicidad. II Durante diez dias la vida prosiguio en comun, aunque Nebel estaba casi todo el dia afuera. Por tacito acuerdo, Lidia y el se encontraban muy pocas veces solos, y aunque de noche volvian a verse, pasaban aun entonces largo tiempo callados. Lidia tenia ella misma bastante que hacer cuidando a su madre, postrada al fin. Como no habia posibilidad de reconstruir lo ya podrido, y aun a trueque del peligro inmediato que ocasionara, Nebel penso en suprimir la morfina. Pero se abstuvo una manana que entro bruscamente en el comedor, al sorprender a Lidia que se bajaba precipitadamente las faldas. Tenia en la mano la jeringuilla, y fijo en Nebel su mirada espantada. --?Hace mucho tiempo que usas eso?--le pregunto el al fin. --Si--murmuro Lidia, doblando en una convulsion la aguja. Nebel la miro aun y se encogio de hombros. Si embargo, como la madre repetia sus inyecciones con una frecuencia terrible para ahogar los dolores de su rinon que la morfina concluia de matar, Nebel se decidio a intentar la salvacion de aquella desgraciada, sustrayendole la droga. --iOctavio! ime va a matar!--clamo ella con ronca suplica.--iMi hijo Octavio! ino podria vivir un dia! --iEs que no vivira dos horas si le dejo eso!--corto Nebel. --iNo importa, mi Octavio! iDame, dame la morfina! Nebel dejo que los brazos se tendieran inutilmente a el, y salio con Lidia. --?Tu sabes la gravedad del estado de tu madre? --Si... Los medicos me habian dicho... El la miro fijamente. --Es que esta mucho peor de lo que imaginas. Lidia se puso livida, y mirando afuera entrecerro los ojos y se mordio los labios en un casi sollozo. --?No hay medico aqui?--murmuro. --Aqui no, ni en diez leguas a la redonda; pero buscaremos. Esa tarde llego el correo cuando estaban solos en el comedor, y Nebel abrio una carta. --?Noticias?--pregunto Lidia levantando inquieta los ojos a el. --Si--repuso Nebel, prosiguiendo la lectura. --?Del medico?--volvio Lidia al rato, mas ansiosa aun. --No, de mi mujer--repuso el con la voz dura, sin levantar los ojos. A las diez de la noche Lidia llego corriendo a la pieza de Nebel. --iOctavio! imama se muere!... Corrieron al cuarto de la enferma. Una intensa palidez cadaverizaba ya el rostro. Tenia los labios desmesuradamente hinchados y azules, y por entre ellos se escapaba un remedo de palabra, gutural y a boca llena: --Pla... pla... pla... Nebel vio en seguida sobre el velador el frasco de morfina, casi vacio. --iEs claro, se muere! ?Quien le ha dado esto?--pregunto. --iNo se, Octavio! Hace un rato senti ruido... Seguramente lo fue a buscar a tu cuarto cuando no estabas... iMama, pobre mama!--cayo sollozando sobre el miserable brazo que pendia hasta el piso. Nebel la pulso; el corazon no daba mas, y la temperatura caia. Al rato los labios callaron su pla... pla, y en la piel aparecieron grandes manchas violeta. A la una de la manana murio. Esa tarde, tras el entierro, Nebel espero que Lidia concluyera de vestirse, mientras los peones cargaban las valijas en el carruaje. --Toma esto--le dijo cuando se aproximo a el, tendiendole un cheque de diez mil pesos. Lidia se extremecio violentamente, y sus ojos enrojecidos se fijaron de lleno en los de Nebel. Pero este sostuvo la mirada. --iToma, pues!--repitio sorprendido. Lidia lo tomo y se bajo a recoger su valijita. Nebel se inclino sobre ella. --Perdoname--le dijo.--No me juzgues peor de lo que soy. En la estacion esperaron un rato y sin hablar, junto a la escalerilla del vagon, pues el tren no salia aun. Cuando la campana sono, Lidia le tendio la mano y se dispuso a subir. Nebel la oprimio, y quedo un largo rato sin soltarla, mirandola. Luego, avanzando, recogio a Lidia de la cintura y la beso hondamente en la boca. El tren partio. Inmovil, Nebel siguio con la vista la ventanilla que se perdia. Pero Lidia no se asomo. #LOS OJOS SOMBRIOS# Despues de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallabame hacia largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viendome alli, vino a saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de caracter. Lo habia estimado muchos anos atras, y entonces volvia de Europa, despues de larga ausencia. Asi nuestra charla, que en otra ocasion no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolongo esta vez en larga y desahogada sinceridad. Supe que se habia casado; su mujer estaba alli mismo esa noche. Por mi parte, lo informe de mi noviazgo con Elena--y su reciente ruptura. Posiblemente me queje de la amarga situacion, pues recuerdo haberle dicho que creia de todo punto imposible cualquier arreglo. --No crea en esas sacudidas--me dijo Zapiola con aire tranquilo y serio.--Casi nunca se sabe al principio lo que pasara o se hara despues. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente mas complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido mas feliz de la tierra. Oigala, porque a usted podra serle de gran provecho. Hace cinco anos me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien habia querido mucho antes, y sobre todo el a mi. Cuanto prometia el muchacho se realizo plenamente en el hombre; era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran enfermizas, y usted no ignora de que modo se sufre y se hace sufrir con este modo de ser. Un dia me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaria muy pronto. Aunque me hablo con loco entusiasmo de la belleza de su novia, esta apreciacion suya de la hermosura en cuestion no tenia para mi ningun valor. Vezzera insistio, irritandose con mi orgullo. --No se que tiene que ver el orgullo con esto--le observe. --iSi es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. iTu, no! iLo que dices es la ponderacion justa de lo que has visto! --Te juro... --iBah; dejame en paz!--concluyo cada vez mas irritado con mi tranquilidad, que era para el otra manifestacion de orgullo. Cada vez que volvi a verlo en los dias sucesivos, lo halle mas exaltado con su amor. Estaba mas delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre. --?Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho. Fuimos. No se si usted ha sufrido una impresion semejante; pero cuando ella me extendio la mano y nos miramos, senti que por ese contacto tibio, la esplendida belleza de aquellos ojos sombrios y de aquel cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser. Cuando salimos, Vezzera me dijo: --?Y?... ?es como te he dicho? --Si--le respondi. --?La gente impresionable puede entonces comunicar una impresion conforme a la realidad? --Esta vez, si--no pude menos de reirme. Vezzera me miro de reojo y se callo por largo rato. --iParece--me dijo de pronto--que no hicieras sino concederme por suma gracia su belleza! --?Pero estas loco?--le respondi. Vezzera se encogio de hombros como si yo hubiera esquivado su respuesta. Siguio sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin volvio otra vez a mi sus ojos de fiebre. --De veras, de veras me juras que te parece linda? --iPero claro, idiota! Me parece lindisima; ?quieres mas? Se calmo entonces, y con la reaccion inevitable de sus nervios femeninos, paso conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasandose al recuerdo de su novia. Fui varias veces mas con Vezzera. Una noche, a una nueva invitacion, respondi que no me hallaba bien y que lo dejariamos para otro momento. Diez dias mas tarde respondi lo mismo, y de igual modo en la siguiente semana. Esta vez Vezzera me miro fijamente a los ojos: --?Por que no quieres ir? --No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para esas cosas. --iNo es eso! iEs que no quieres ir mas! --?Yo? --Si; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente esto: ?Por que no quieres ir mas? --iNo tengo ganas!... ?Te gusta? Vezzera me miro como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis. Se observo en seguida las manos sudorosas, que le temblaban. --Hace dias que las noto mas flacas... ?Sabes por que no quieres ir mas? ?Quieres que te lo diga? Tenia las ventanas de la nariz contraidas, y su respiracion acelerada le cerraba los labios. --iVamos! No seas... calmate, que es lo mejor. --iEs que te lo voy a decir! --?Pero no ves que estas delirando, que estas muerto de fiebre?--le interrumpi. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empuje carinosamente. --Acuestate un momento... estas mal. Vezzera se recosto en mi cama y cruzo sus dos manos sobre la frente. Paso un largo rato en silencio. De pronto me llego su voz, lenta: --?Sabes lo que te iba a decir?... Que no querias que Maria se enamorara de ti... Por eso no ibas. --iQue estupido!--me sonrei. --Si, estupido! iTodo, todo lo que quieras! Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerque a el. --Esta noche vamos--le dije.--?Quieres? --Si, quiero. Cuatro horas mas tarde llegabamos alla. Maria me saludo como si hubiera dejado de verme el dia anterior, sin parecer en lo mas minimo preocupada de mi larga ausencia. --Preguntale siquiera--se rio Vezzera con visible afectacion--por que ha pasado tanto tiempo sin venir. Maria arrugo imperceptiblemente el ceno, y se volvio a mi con risuena sorpresa: --iPero supongo que no tendria deseo de visitarnos! Aunque el tono de la exclamcion no pedia respuesta, Maria quedo un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos. --Aunque deba avergonzarme eternamente--repuse--confieso que hay algo de verdad... --?No es verdad?--se rio ella. Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatacion de las narices de Vezzera, conoci su tension de nervios. --Dile que te diga--se dirigio a Maria--por que realmente no queria venir. Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo mire con verdadera rabia. Vezzera afecto no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras Maria tornaba a contraer las cejas. --?Hay otra cosa?--se sonrio con esfuerzo. --Si, Zapiola te va a decir... --iVezzera!--exclame. --... Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuia para no venir mas aqui... ?sabes por que? --Porque el cree que usted se va a enamorar de mi--me adelante, dirigiendome a Maria. Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pero tuve que hacerlo. Maria solto la risa, notandose asi mucho mas el cansancio de sus ojos. --?Si? ?Pensabas eso, Antenor? --No, supondras... era una broma--se rio el tambien. La madre entro de nuevo en la sala, y la conversacion cambio de rumbo. --Eres un canalla--me apresure a decirle en los ojos a Vezzera, cuando salimos. --Si--me respondio mirandome claramente.--Lo hice a proposito. --?Querias ridiculizarme? --Si... queria. --?Y no te da vergueenza? ?Pero que diablos te pasa? ?Que tienes contra mi? No me contesto, encogiendose de hombros. --iAnda al demonio!--murmure. Pero un momento despues, al separarme, senti su mirada cruel y desconfiada fija en la mia. --?Me juras por lo que mas quieras, por lo que quieras mas, que no sabes lo que pienso? --No--le respondi secamente. --iNo mientes, no estas mintiendo? --No miento. Y mentia profundamente. --Bueno, me alegro... Dejemos esto. Hasta manana. ?Cuando quieres que volvamos alla? --iNunca! Se acabo. Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos. --?No quieres ir mas?--me dijo con voz ronca y extrana. --No, nunca mas. --Como quieras, mejor... No estas enojado, ?verdad? --iOh, no seas criatura!--me rei. Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mi... Al dia siguiente Vezzera entro al anochecer en mi cuarto. Llovia desde la manana, con fuerte temporal, y la humedad y el frio me agobiaban. Desde el primer momento note que Vezzera ardia en fiebre. --Vengo a pedirte una cosa--comenzo. --iDejate de cosas!--interrumpi.--?Por que has salido con esta noche? ?No ves que estas jugando tu vida con esto? --La vida no me importa... dentro de unos meses esto se acaba... mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez alla. --iNo! ya te dije. --iNo, vamos! iNo quiero que no quieras ir! iMe mata esto! ?Por que no quieres ir? --Ya te he dicho: ino-qui-e-ro! Ni una palabra mas sobre esto, ?oyes? La angustia de la noche anterior torno a desmesurarle los ojos. --Entonces--articulo con voz profundamente tomada--es lo que pienso, lo que tu sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo... Bueno, dejemos, no es nada. Hasta manana. Lo detuve del hombro y se dejo caer en seguida en la silla, con la cabeza sobre sus brazos en la mesa. --Quedate--le dije.--Vas a dormir aqui conmigo. No estes solo. Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articulo sin entonacion alguna: --Es que me dan unas ganas locas de matarme... --iPor eso! iQuedate aqui!... No estes solo. Pero no pude contenerlo, y pase toda la noche inquieto. Usted sabe que terrible fuerza de atraccion tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habria sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y aun asi, persistia siempre el motivo. Paso lo que temia. A las siete de la manana me trajeron una carta de Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atras. Me decia en ella que era demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mi. Que en cuanto a Maria, tenia la mas completa certidumbre y que yo no habia hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir mas alla. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no. Pero el no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoista felicidad, y por eso nos dejaba libre a mi y a ella. Ademas, sus pulmones no daban mas... era cuestion de tiempo. Que hiciera feliz a Maria, como el hubiera deseado..., etc. Y dos o tres frases mas. Inutil que le cuente en detalle mi turbacion de esos dias. Pero lo que resaltaba claro para mi en su carta--para mi que lo conocia--era la desesperacion de celos que lo llevo al suicidio. Ese era el unico motivo; lo demas: sacrificio y conciencia tranquila, no tenia ningun valor. En medio de todo quedaba vivisima, radiante de brusca felicidad, la imagen de Maria. Yo se el esfuerzo que debi hacer, cuando era de Vezzera, para dejar de ir a verla. Y habia creido adivinar tambien que algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ilibres! si, solos los dos, pero con un cadaver entre nosotros. Despues de quince dias fui a su casa. Hablamos vagamente, evitando la menor alusion. Apenas me respondia; y aunque se esforzaba en ello, no podia sostener mi mirada un solo momento. --Entonces,--le dije al fin levantandome--creo que lo mas discreto es que no vuelva mas a verla. --Creo lo mismo--me respondio. Pero no me movi. --?Nunca mas?--anadi. --No, nunca... como usted quiera--rompio en un sollozo, mientras dos lagrimas vencidas rodaban por sus mejillas. Al acercarme se llevo las manos a la cara, y apenas sintio mi contacto se estremecio violentamente y rompio en sollozos. Me incline detras de ella y le abrace la cabeza. --Si, mi alma querida...?quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada...?quieres? --iNo, no!--me respondio--no podriamos... no, iimposible! --iDespues, si, mi amor!... ?Si, despues? --iNo, no, no!--redoblo aun sus sollozos. Entonces sali desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel imbecil, al matarse, nos habia muerto tambien a nosotros dos. Aqui termina mi novela. Ahora, ?quiere verla? --iMaria!--se dirigio a una joven que pasaba del brazo.--Es hora ya; son las tres. --?Ya? ?las tres?--se volvio ella.--No hubiera creido. Bueno, vamos. Un momentito. Zapiola me dijo entonces: --Ya ve, amigo mio, como se puede ser feliz despues de lo que le he contado. Y su caso... Espere un segundo. Y mientras me presentaba a su mujer: --Le contaba a X como estuvimos nosotros a punto de no ser felices. La joven sonrio a su marido, y reconoci aquellos ojos sombrios de que el me habia hablado, y que como todos los de ese caracter, al reir destellan felicidad. --Si,--repuso sencillamente--sufrimos un poco... --iYa ve!--se rio Zapiola despidiendose.--Yo en lugar suyo volveria al salon. Me quede solo. El pensamiento de Elena volvio otra vez; pero en medio de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresion que recibio Zapiola al ver por primera vez los ojos de Maria. Y yo no hacia sino recordarlos. #EL SOLITARIO# Kassim era un hombre enfermizo, joyero de profesion, bien que no tuviera tienda establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces delicados. Con mas arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a los treinta y cinco anos proseguia en su pieza, aderezada en taller bajo la ventana. Kassim, de cuerpo mezquino, rostro exanguee sombreado por rala barba negra, tenia una mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, habia aspirado con su hermosura a un mas alto enlace. Espero hasta los veinte anos, provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, acepto nerviosamente a Kassim. No mas suenos de lujo, sin embargo. Su marido, habil--artista aun,--carecia completamente de caracter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenia sobre su marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir con la vista tras los vidrios al transeunte de posicion que podia haber sido su marido. Cuanto ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba tambien a fin de poderle ofrecer un suplemento. Cuando Maria deseaba una joya--iy con cuanta pasion deseaba ella!--trabajaba de noche. Despues habia tos y puntadas al costado; pero Maria tenia sus chispas de brillante. Poco a poco el trato diario con las gemas llego a hacerle amar las tareas del artifice, y seguia con ardor las intimas delicadezas del engarce. Pero cuando la joya estaba concluida--debia partir, no era para ella,--caia mas hondamente en la decepcion de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniendose ante el espejo. Al fin la dejaba por ahi, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al oir sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo. --Hago, sin embargo, cuanto puedo por ti,--decia el al fin, tristemente. Los sollozos subian con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco. Estas cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla. iConsolarla! ?de que? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara mas sus veladas a fin de un mayor suplemento. Era un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenian ahora con mas pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad. --iY eres un hombre, tu!--murmuraba. Kassim, sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos. --No eres feliz conmigo, Maria--expresaba al rato. --iFeliz! iY tienes el valor de decirlo! ?Quien puede ser feliz contigo? iNi la ultima de las mujeres!... iPobre diablo!--concluia con risa nerviosa, yendose. Kassim trabajaba esa noche hasta las tres de la manana, y su mujer tenia luego nuevas chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados. --Si... ino es una diadema sorprendente!... ?cuando la hiciste? --Desde el martes--mirabala el con descolorida ternura--dormias de noche... --iOh, podias haberte acostado!... iInmensos, los brillantes! Porque su pasion eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguia el trabajo con loca hambre de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la alhaja, corria con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos. --iTodos, cualquier marido, el ultimo, haria un sacrificio para halagar a su mujer! Y tu... y tu... ni un miserable vestido que ponerme, tengo! Cuando se franquea cierto limite de respeto al varon, la mujer puede llegar a decir a su marido cosas increibles. La mujer de Kassim franqueo ese limite con una pasion igual por lo menos a la que sentia por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim noto la falta de un prendedor--cinco mil pesos en dos solitarios.--Busco en sus cajones de nuevo. --?No has visto el prendedor, Maria? Lo deje aqui. --Si, lo he visto. --?Donde esta?--se volvio extranado. --iAqui! Su mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguia con el prendedor puesto. --Te queda muy bien--dijo Kassim al rato.--Guardemoslo. Maria se rio. --Oh, no! es mio. --Broma?... --Si, es broma! ies broma, si! iComo te duele pensar que podria ser mio... Manana te lo doy. Hoy voy al teatro con el. Kassim se demudo. --Haces mal... podrian verte. Perderian toda confianza en mi. --iOh!--cerro ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta. Vuelta del teatro, coloco la joya sobre el velador. Kassim se levanto y la guardo en su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama. --iEs decir, que temes que te la robe! iQue soy una ladrona! --No mires asi... Has sido imprudente, nada mas. --iAh! iY a ti te lo confian! iA ti, a ti! iY cuando tu mujer te pide un poco de halago, y quiere... me llamas ladrona a mi! iInfame! Se durmio al fin. Pero Kassim no durmio. Entregaron luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante mas admirable que hubiera pasado por sus manos. --Mira, Maria, que piedra. No he visto otra igual. Su mujer no dijo nada; pero Kassim la sintio respirar hondamente sobre el solitario. --Una agua admirable...--prosiguio el--costara nueve o diez mil pesos. --Un anillo!--murmuro Maria al fin. --No, es de hombre... Un alfiler. A compas del montaje del solitario, Kassim recibio sobre su espalda trabajadora cuanto ardia de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por dia interrumpia a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Despues se lo probaba con diferentes vestidos. --Si quieres hacerlo despues...--se atrevio Kassim.--Es un trabajo urgente. Espero respuesta en vano; su mujer abria el balcon. --Maria, te pueden ver! --Toma! iahi esta tu piedra! El solitario, violentamente arrancado, rodo por el piso. Kassim, livido, lo recogio examinandolo, y alzo luego desde el suelo la mirada a su mujer. --Y bueno, ?por que me miras asi? ?Se hizo algo tu piedra? --No--repuso Kassim. Y reanudo en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban hasta dar lastima. Pero tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis de nervios. El pelo se habia soltado y los ojos le salian de las orbitas. --iDame el brillante!--clamo.--iDamelo! iNos escaparemos! iPara mi! iDamelo! --Maria...--tartamudeo Kassim, tratando de desasirse. --iAh!--rugio su mujer enloquecida.--iTu eres el ladron, miserable! iMe has robado mi vida, ladron, ladron! Y creias que no me iba a desquitar... cornudo! iAja! Mirame... no se te habia ocurrido nunca, ?eh? iAh!--y se llevo las dos manos a la garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, salto de la cama y cayo, alcanzando a cogerlo de un botin. --iNo importa! iEl brillante, damelo! iNo quiero mas que eso! iEs mio, Kassim miserable! Kassim la ayudo a levantarse, livido. --Estas enferma, Maria. Despues hablaremos... acuestate. --iMi brillante! --Bueno, veremos si es posible... acuestate. --Damelo! La bola monto de nuevo a la garganta. Kassim volvio a trabajar en su solitario. Como sus manos tenian una seguridad matematica, faltaban pocas horas ya. Maria se levanto para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final de la cena su mujer lo miro de frente. --Es mentira, Kassim--le dijo. --iOh!--repuso Kassim sonriendo--no es nada. --iTe juro que es mentira!--insistio ella. Kassim sonrio de nuevo, tocandole con torpe carino la mano. --iLoca! Te digo que no me acuerdo de nada. Y se levanto a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo siguio con la vista. --Y no me dice mas que eso...--murmuro. Y con una honda nausea por aquello pegajoso, fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto. No durmio bien. Desperto, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba trabajando. Una hora despues, este oyo un alarido. --iDamelo! --Si, es para ti; falta poco, Maria--repuso presuroso, levantandose. Pero su mujer, tras ese grito de pesadilla, dormia de nuevo. A las dos de la manana Kassim pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecia, firme y varonil en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendio la veladora. Maria dormia de espaldas, en la blancura helada de su camison y de la sabana. Fue al taller y volvio de nuevo. Contemplo un rato el seno casi descubierto, y con una descolorida sonrisa aparto un poco mas el camison desprendido. Su mujer no lo sintio. No habia mucha luz. El rostro de Kassim adquirio de pronto una dura inmovilidad, y suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundio, firme y perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazon de su mujer. Hubo una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caida de parpados. Los dedos se arqueron, y nada mas. La joya, sacudida por la convulsion del ganglio herido, temblo un instante desequilibrada. Kassim espero un momento; y cuando el solitario quedo por fin perfectamente inmovil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de si la puerta sin hacer ruido. #LA MUERTE DE ISOLDA# Concluia el primer acto de _Tristan e Isolda_. Cansado de la agitacion de ese dia, me quede en mi butaca, muy contento con la falta de vecinos. Volvi la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un palco balcon. Evidentemente, un matrimonio. El, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de ano con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, palida, con una de esas profundas bellezas que mas que en el rostro, aun bien hermoso, estan en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo mas minimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderan nunca las mujeres. La mire largo rato a ojos descubiertos porque la veia muy bien, y porque cuando el hombre esta asi en tension de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos. Comenzo el segundo acto. Volvi aun la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que habia apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, vivi en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mi, el mas adorable sueno de amor que haya tenido nunca. Fue aquello muy rapido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mi. Fue asimismo, con la subita dicha de haberme sonado un instante su marido, el mas rapido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante senti que mi vecino de la izquierda miraba hacia alla, y despues de un momento de inmovilidad de ambas partes, se saludaron. Asi, pues, yo no tenia el mas remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observe a mi companero. Era un hombre de mas de treinta y cinco anos, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequivoca voluntad. --Se conocen--me dije--y no poco. En efecto, despues de la mitad del acto mi vecino, que no habia vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijo en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atras, y en la penumbra, lo miraba tambien. Me parecio mas palida aun. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenia inmoviles. Durante el tercero, mi vecino no volvio un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquel salio por el pasillo opuesto. Mire al palco, y ella tambien se habia retirado. --Final de idilio--me dije melancolicamente. El no volvio mas y el palco quedo vacio. * * * * * --Si, se repiten--sacudio amargamente la cabeza.--Todas las situaciones dramaticas pueden repetirse, aun las mas inverosimiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho... Y las de su _Tristan_ tambien, lo que no obsta para que haya alli el mas sostenido alarido de pasion que haya gritado alma humana... Yo quiero tanto como usted a esa obra, y acaso mas... No me refiero, querra creer, al drama de _Tristan_, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinacion de una dicha muerta, es otra cosa... Usted asistio al preludio de una de esas repeticiones... Si, ya se que se acuerda... No nos conociamos con usted entonces... Y precisamente a usted debia de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyo un acto mio feliz... iFeliz!... Oigame. iEl buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo mas... Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces--en lo bueno unicamente, por suerte.--Y segundo, porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, despues de lo que va a oir. Oigame: La conoci hace diez anos, y durante los seis meses que fui su novio, hice cuanto me fue posible para que fuera mia. La queria mucho, y ella, inmensamente a mi. Por esto cedio un dia, y desde ese instante, privado de tension, mi amor se enfrio. Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de mi nombre--se me consideraba buen mozo entonces--yo vivia en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas. Una de ellas llevo conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exaspere y la pretendi seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente. Tenia razon, perfecta razon. En consecuencia flirtee con una amiga suya, mucho mas fea, pero infinitamente menos habil para estas torturas del tete-a-tete a diez centimetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniendose uno dueno de si. Y esta vez no fui yo quien se exaspero. Seguro, pues, del triunfo, pense entonces en el modo de romper con Ines. Continuaba viendola, y aunque no podia ella enganarse sobre el amortiguamiento de mi pasion, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de dicha cada vez que me veia entrar. La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habria cerrado los ojos para no perder la mas vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho mas alta. Una noche fui alla dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Ines corrio a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente palida. --Que tienes--me dijo. --Nada--le respondi con sonrisa forzada, acariciandole la frente. Dejo hacer, sin prestar atencion a mi mano y mirandome insistemente. Al fin aparto los ojos contraidos y entramos. La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo solo un momento y desaparecio. Romper, es palabra corta y facil; pero comenzarlo... Nos habiamos sentado y no hablabamos. Ines se inclino, me aparto la mano de la cara y me clavo los ojos, dolorosos de angustioso examen. --iEs evidente!...--murmuro. --Que--le pregunte friamente. La tranquilidad de mi mirada le hizo mas dano que mi voz, y su rostro se demudo: --iQue ya no me quieres!--articulo en una desesperada y lenta oscilacion de cabeza. --Esta es la quincuagesima vez que dices lo mismo--respondi. No podia darse respuesta mas dura; pero yo tenia ya el comienzo. Ines me miro un rato casi como a un extrano, y apartando bruscamente mi mano y el cigarro, su voz se rompio: --iEsteban! --Que--torne a decirle. Esta vez bastaba. Dejo lentamente mi mano y se reclino atras en el sofa, manteniendo fijo en la lampara su rostro livido. Pero un momento despues su cara caia de costado bajo el brazo crispado al respaldo. Paso un rato aun. La injusticia de mi actitud--no veia mas que injusticia--acrecentaba el profundo disgusto de mi mismo. Por eso cuando oi, o mas bien senti, que las lagrimas salian al fin, me levante con un violento chasquido de lengua. --Yo creia que no ibamos a tener mas escenas--le dije paseandome. No me respondio, y agregue: --Pero que sea esta la ultima. Senti que las lagrimas se detenian, y bajo ellas me respondio un momento despues: --Como quieras. Pero en seguida cayo sollozando sobre el sofa: --iPero que te hecho! ique te he hecho! --iNada!--le respondi.--Pero yo tampoco te he hecho nada a ti... Creo que estamos en el mismo caso. Estoy harto de estas cosas! Mi voz era seguramente mucho mas dura que mis palabras. Ines se incorporo, y sosteniendose en el brazo del sofa, repitio, helada: --Como quieras. Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder: --Perfectamente... Me voy. Que seas mas feliz... otra vez. No comprendio, y me miro con extraneza. Habia cometido la primer infamia; y como en esos casos, senti el vertigo de enlodarme mas aun. --iEs claro!--apoye brutalmente--porque de mi no has tenido queja...?no? Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida. Comprendio mas mi sonrisa que las palabras, y sali a buscar mi sombrero en el corredor, mientras que con un iah!, su cuerpo y su alma se desplomaban en la sala. Entonces, en ese instante en que cruce la galeria, senti intensamente cuanto la queria y lo que acababa de hacer. Aspiracion de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resalto como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecia en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponia en venta, acababa de cometer el acto mas ultrajante, con la mujer que nos ha querido demasiado... Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista mas alta del propio valer. Y luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lagrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado, es la mas bella luz que pueda inundar un corazon de hombre. iY concluido! No me era posible ante mi mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecia mas. Habia enlodado en un segundo el amor mas puro que hombre alguno haya sentido sobre si, y acababa de perder con Ines la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entranablemente. Desesperado, humillado, cruce por delante de la puerta, y la vi echada en el sofa, sollozando el alma entera sobre sus brazos. iInes! iPerdida ya! Senti mas honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve. --iInes!--llame. Mi voz no era ya la de antes. Y ella debio notarlo bien, porque su alma sintio, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacia mi amor, esta vez si, inmenso amor! --No, no...--me respondio.--iEs demasiado tarde! * * * * * Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura mas agotada y tranquila que la de sus ojos cuando concluyo. Por mi parte, no podian apartar de los mios aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofa... --Me creera--reanudo Padilla--si le digo que en mis muchos insomnios de soltero descontento de si mismo, la tuve asi ante mi... Sali de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna... Volvi a los ocho anos, y supe entonces que se habia casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torne a alejarme, y hace un mes regrese, bien tranquilizado ya, y en paz. No habia vuelto a verla. Era para mi como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho, que despues amo cien veces... Si usted es querido alguna vez como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprendera toda la pureza viril que hay en mi recuerdo. Hasta que una noche tropece con ella. Si, esa misma noche en el teatro... Comprendi, al ver a su marido de opulenta fortuna, que se habia precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali... Pero al verla otra vez, a veinte metros de mi, mirandome, senti que en mi alma, dormida en paz, surgia sangrando la desolacion de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo dia de esos diez anos. iInes! Su hermosura, su mirada, unica entre todas las mujeres, habian sido mias bien mias, porque me habian sido entregadas con adoracion--tambien apreciara usted esto algun dia. Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompi las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasion enfermante, encendio en llama viva lo que queria olvidar. En el segundo o tercer acto no pude mas y volvi la cabeza. Ella tambien sufria la sugestion de Wagner, y me miraba. iInes, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentro en su palidez la sensacion de esa dicha muerta hacia diez anos. iY _Tristan_ siempre, sus alaridos de pasion sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta! Sali entonces, atravese las butacas como un sonambulo, aproximandome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez anos no hubiera yo sido un miserable... Y como diez anos atras, sufri la alucinacion de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella. Pase, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez antes sobre el sofa, ella, Ines, tendida en el divan del antepalco, sollozaba la pasion de Wagner y su dicha deshecha. iInes!... Senti que el destino me colocaba en un momento decisivo. iDiez anos!... ?Pero habian pasado? iNo, no, Ines mia! Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, murmure: --iInes! Y como diez anos antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondio bajo sus brazos: --No, no...iEs demasiado tarde!... #EL INFIERNO ARTIFICIAL# Las noches en que hay luna, el sepulturero avanza por entre las tumbas con paso singularmente rigido. Va desnudo hasta la cintura y lleva un gran sombrero de paja. Su sonrisa, fija, da la sensacion de estar pegada con cola a la cara. Si fuera descalzo, se notaria que camina con los pulgares del pie doblados hacia abajo. No tiene esto nada de extrano, porque el sepulturero abusa del cloroformo. Incidencias del oficio lo han llevado a probar el anestesico, y cuando el cloroformo muerde en un hombre, dificilmente suelta. Nuestro conocido espera la noche para destapar su frasco, y como su sensatez es grande, escoge el cementerio para inviolable teatro de sus borracheras. El cloroformo dilata el pecho a la primera inspiracion; la segunda, inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego pasan cosas singulares. Es asi como la fantasia de su paso ha llevado al sepulturero hasta una tumba abierta en que esa tarde ha habido remocion de huesos--inconclusa por falta de tiempo. Un ataud ha quedado abierto tras la verja, y a su lado, sobre la arena, el esqueleto del hombre que estuvo encerrado en el. ... ?Ha oido algo, en verdad? Nuestro conocido descorre el cerrojo, entra, y luego de girar suspenso alrededor del hombre de hueso, se arrodilla y junta sus ojos a las orbitas de la calavera. Alli, en el fondo, un poco mas arriba de la base del craneo, sostenido como en un pretil en una rugosidad del occipital, esta acurrucado un hombrecillo tiritante, amarillo, el rostro cruzado de arrugas. Tiene la boca amoratada, los ojos profundamente hundidos, y la mirada enloquecida de ansia. Es todo cuanto queda de un cocainomano. --iCocaina! iPor favor, un poco de cocaina! El sepulturero, sereno, sabe bien que el mismo llegaria a disolver con la saliva el vidrio de su frasco, para alcanzar el cloroformo prohibido. Es, pues, su deber ayudar al hombrecillo tiritante. Sale y vuelve con la jeringuilla llena, que el botiquin del cementerio le ha proporcionado. ?Pero como, al hombrecillo diminuto?... --iPor las fisuras craneanas!... iPronto! iCierto! ?Como no se le habia ocurrido a el? Y el sepulturero, de rodillas, inyecta en las fisuras el contenido entero de la jeringuilla, que filtra y desaparece entre las grietas. Pero seguramente algo ha llegado hasta la fisura a que el hombrecillo se adhiere desesperadamente. Despues de ocho anos de abstinencia, ?que molecula de cocaina no enciende un delirio de fuerza, juventud, belleza? El sepulturero fijo sus ojos a la orbita de la calavera, y no reconocio al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no habia el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se entremordian con perezosa voluptuosidad que no tendria explicacion viril, si los hipnoticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos, sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasion que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa. --Y eso, asi... ?la cocaina?--murmuro. La voz de adentro sono con inefable encanto. --iAh! iPreciso es saber lo que son ocho anos de agonia! iOcho anos, desesperado, helado, prendido a la eternidad por la sola esperanza de una gota!... Si, es por la cocaina... ?Y usted? Yo conozco ese olor... ?cloroformo? --Si--repuso el sepulturero avergonzado de la mezquindad de su paraiso artificial. Y agrego en voz baja:--El cloroformo tambien... Me mataria antes que dejarlo. La voz sono un poco burlona. --iMatarse! Y concluiria seguramente; seria lo que cualquiera de esos vecinos mios... Se pudriria en tres horas, usted y sus deseos. --Es cierto;--penso el sepulturero--acabarian conmigo. Pero el otro no se habia rendido. Ardia aun despues de ocho anos aquella pasion que habia resistido a la falta misma del vaso de deleite; que ultrapasaba la muerte capital del organismo que la creo, la sostuvo, y no fue capaz de aniquilarla consigo; que sobrevivia monstruosamente de si misma, transmutando el ansia causal en supremo goce final, manteniendose ante la eternidad en una rugosidad del viejo craneo. La voz calida y arrastrada de voluptuosidad sonaba aun burlona. --Usted se mataria... iLinda cosa! Yo tambien me mate... iAh, le interesa! ?verdad? Pero somos de distinta pasta... Sin embargo, traiga su cloroformo, respire un poco mas y oigame. Apreciara entonces lo que va de su droga a la cocaina. Vaya. El sepulturero volvio, y echandose de pecho en el suelo, apoyado en los codos y el frasco bajo las narices, espero. --iSu cloro! No es mucho, que digamos. Y aun morfina... ?Usted conoce el amor por los perfumes? ?No? ?Y el Jicky de Guerlain? Oiga, entonces. A los treinta anos me case, y tuve tres hijos. Con fortuna, una mujer adorable y tres criaturas sanas, era perfectamente feliz. Sin embargo, nuestra casa era demasiado grande para nosotros. Usted ha visto. Usted no... en fin... ha visto que las salas lujosamente puestas parecen mas solitarias e inutiles. Sobre todo solitarias. Todo nuestro palacio vivia asi en silencio su esteril y funebre lujo. Un dia, en menos de diez y ocho horas, nuestro hijo mayor nos dejo por seguir tras la difteria. A la tarde siguiente el segundo se fue con su hermano, y mi mujer se echo desesperada sobre lo unico que nos quedaba: nuestra hija de cuatro meses. ?Que nos importaba la difteria, el contagio y todo lo demas? A pesar de la orden del medico, la madre dio de mamar a la criatura, y al rato la pequena se retorcia convulsa, para morir ocho horas despues, envenenada por la leche de la madre. Sume usted: 18, 24, 9. En 51 horas, poco mas de dos dias, nuestra casa quedo perfectamente silenciosa, pues no habia nada que hacer. Mi mujer estaba en su cuarto, y yo me paseaba al lado. Fuera de eso nada, ni un ruido. Y dos dias antes teniamos tres hijos... Bueno. Mi mujer paso cuatro dias aranando la sabana, con un ataque cerebral, y yo acudi a la morfina. --Deje eso--me dijo el medico,--no es para usted. --?Que, entonces?--le respondi. Y senale el funebre lujo de mi casa que continuaba encendiendo lentamente catastrofes, como rubies. El hombre se compadecio. --Prueba sulfonal, cualquier cosa... Pero sus nervios no daran. Sulfonal, brional, estramonio...ibah! iAh, la cocaina! Cuanto de infinito va de la dicha desparramada en cenizas al pie de cada cama vacia, al radiante rescate de esa misma felicidad quemada, cabe en una sola gota de cocaina! Asombro de haber sufrido un dolor inmenso, momentos antes; subita y llana confianza en la vida, ahora; instantaneo rebrote de ilusiones que acercan el porvenir a diez centimetros del alma abierta, todo esto se precipita en las venas por entre la aguja de platino. iY su cloroformo!... Mi mujer murio. Durante dos anos gaste en cocaina muchisimo mas de lo que usted puede imaginarse. ?Sabe usted algo de tolerancias? Cinco centigramos de morfina acaban fatalmente con un individuo robusto. Quincey llego a tomar durante quince anos dos gramos por dia; vale decir, cuarenta veces mas que la dosis mortal. Pero eso se paga. En mi, la verdad de las cosas lugubres, contenida, emborrachada dia tras dia, comenzo a vengarse, y ya no tuve mas nervios retorcidos que echar por delante a las horribles alucinaciones que me asediaban. Hice entonces esfuerzos inauditos para arrojar fuera el demonio, sin resultado. Por tres veces resisti un mes a la cocaina, un mes entero. Y caia otra vez. Y usted no sabe, pero sabra un dia, que sufrimiento, que angustia, que sudor de agonia se siente cuando se pretende suprimir un solo dia la droga! Al fin, envenenado hasta lo mas intimo de mi ser, prenado de torturas y fantasmas, convertido en un tembloroso despojo humano; sin sangre, sin vida--miseria a que la cocaina prestaba diez veces por dia radiante disfraz, para hundirme en seguida en un estupor cada vez mas hondo, al fin un resto de dignidad me lanzo a un sanatorio, me entregue atado de pies y manos para la curacion. Alli, bajo el imperio de una voluntad ajena, vigilado constantemente para que no pudiera procurarme el veneno, llegaria forzosamente a descocainizarme. ?Sabe usted lo que paso? Que yo, conjuntamente con el heroismo para entregarme a la tortura, llevaba bien escondido en el bolsillo un frasquito con cocaina... Ahora calcule usted lo que es pasion. Durante un ano entero, despues de ese fracaso, prosegui inyectandome. Un largo viaje emprendido diome no se que misteriosas fuerzas de reaccion, y me enamore entonces. La voz callo. El sepulturero, que escuchaba con la babeante sonrisa fija siempre en su cara, acerco su ojo y creyo notar un velo ligeramente opaco y vidrioso en los de su interlocutor. El cutis, a su vez, se resquebrajaba visiblemente. --Si,--prosiguio la voz,--es el principio... Concluire de una vez. A usted, un colega, le debo toda esta historia. Los padres hicieron cuanto es posible para resistir: iun morfinomano, o cosa asi! Para la fatalidad mia, de ella, de todos, habia puesto en mi camino a una supernerviosa. iOh, admirablemente bella! No tenia sino diez y ocho anos. El lujo era para ella lo que el cristal tallado para una esencia: su envase natural. La primera vez que, habiendome yo olvidado de darme una nueva inyeccion antes de entrar, me vio decaer bruscamente en su presencia, idiotizarme, arrugarme, fijo en mi sus ojos inmensamente grandes, bellos y espantados. iCuriosamente espantados! Me vio, palida y sin moverse, darme la inyeccion. No ceso un instante en el resto de la noche de mirarme. Y tras aquellos ojos dilatados que me habian visto asi, yo veia a mi vez la tara neurotica, al tio internado, y a su hermano menor epileptico... Al dia siguiente la halle respirando Jicky, su perfume favorito; habia leido en veinticuatro horas cuanto es posible sobre hipnoticos. Ahora bien: basta que dos personas sorban los deleites de la vida de un modo anormal, para que se comprendan tanto mas intimamente, cuanto mas extrana es la obtencion del goce. Se uniran en seguida, excluyendo toda otra pasion, para aislarse en la dicha alucinada de un paraiso artificial. En veinte dias, aquel encanto de cuerpo, belleza, juventud y elegancia, quedo suspenso del aliento embriagador de los perfumes. Comenzo a vivir, como yo con la cocaina, en el cielo delirante de su Jicky. Al fin nos parecio peligroso el mutuo sonambulismo en su casa, por fugaz que fuera, y decidimos crear nuestro paraiso. Ninguno mejor que mi propia casa, de la que nada habia tocado, y a la que no habia vuelto mas. Se llevaron anchos y bajos divanes a la sala; y alli, en el mismo silencio y la misma suntuosidad funebre que habia incubado la muerte de mis hijos; en la profunda quietud de la sala, con lampara encendida a la una de la tarde; bajo la atmosfera pesada de perfumes, vivimos horas y horas nuestro fraternal y taciturno idilio, yo tendido inmovil con los ojos abiertos, palido como la muerte; ella echada sobre el divan, manteniendo bajo las narices, con su mano helada, el frasco de Jicky. Porque no habia en nosotros el menor rastro de deseo--iy cuan hermosa estaba con sus profundas ojeras, su peinado descompuesto, y, el ardiente lujo de su falda inmaculada! Durante tres meses consecutivos raras veces falto, sin llegar yo jamas a explicarme que combinaciones de visitas, casamientos y garden party debio hacer para no ser sospechada. En aquellas raras ocasiones llegaba al dia siguiente ansiosa, entraba sin mirarme, tiraba su sombrero con un ademan brusco, para tenderse en seguida, la cabeza echada atras y los ojos entornados, al sonambulismo de su Jicky. Abrevio: una tarde, y por una de esas reacciones inexplicables con que los organismos envenenados lanzan en explosion sus reservas de defensa--los morfinomanos las conocen bien!--senti todo el profundo goce que habia, no en mi cocaina, sino en aquel cuerpo de diez y ocho anos, admirablemente hecho para ser deseado. Esa tarde, como nunca, su belleza surgia palida y sensual, de la suntuosa quietud de la sala iluminada. Tan brusca fue la sacudida, que me halle sentado en el divan, mirandola. iDiez y ocho anos... y con esa hermosura! Ella me vio llegar sin hacer un movimiento, y al inclinarme me miro con fria extraneza. --Si...--murmure. --No, no...--repuso ella con la voz blanca, esquivando la boca en pesados movimiento de su cabellera. Al fin, al fin echo la cabeza atras y cedio cerrando los ojos. iAh! iPara que haber resucitado un instante, si mi potencia viril, si mi orgullo de varon no revivia mas! iEstaba muerto para siempre, ahogado, disuelto en el mar de cocaina! Cai a su lado, sentado en el suelo, y hundi la cabeza entre sus faldas, permaneciendo asi una hora entera en hondo silencio, mientras ella, muy palida, se mantenia tambien inmovil, los ojos abiertos fijos en el techo. Pero ese fustazo de reaccion que habia encendido un efimero relampago de ruina sensorial, traia tambien a flor de conciencia cuanto de honor masculino y vergueenza viril agonizaba en mi. El fracaso de un dia en el sanatorio, y el diario ante mi propia dignidad, no eran nada en comparacion del de ese momento, ?comprende usted? iPara que vivir, si el infierno artificial en que me habia precipitado y del que no podia salir, era incapaz de absorberme del todo! iY me habia soltado un instante, para hundirme en ese final! Me levante y fui adentro, a las piezas bien conocidas, donde aun estaba mi revolver. Cuando volvi, ella tenia los parpados cerrados. --Matemonos--le dije. Entreabrio los ojos, y durante un minuto no aparto la mirada de mi. Su frente limpida volvio a tener el mismo movimiento de cansado extasis: --Matemonos--murmuro. Recorrio en seguida con la vista el funebre lujo de la sala, en que la lampara ardia con alta luz, y contrajo ligeramente el ceno. --Aqui no--agrego. Salimos juntos, pesados aun de alucinacion, y atravesamos la casa resonante, pieza tras pieza. Al fin ella se apoyo contra una puerta y cerro los ojos. Cayo a lo largo de la pared. Volvi el arma contra mi mismo, y me mate a mi vez. Entonces, cuando a la explosion mi mandibula se descolgo bruscamente, y senti un inmenso hormigueo en la cabeza; cuando el corazon tuvo dos o tres sobresaltos, y se detuvo paralizado; cuando en mi cerebro y en mis nervios y en mi sangre no hubo la mas remota probabilidad de que la vida volviera a ellos, senti que mi deuda con la cocaina estaba cumplida. iMe habia matado, pero yo la habia muerto a mi vez! iY me equivoque! Porque un instante despues pude ver, entrando vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos muertos, que volvian obstinados... La voz se quebro de golpe. --iCocaina, por favor! iUn poco de cocaina! #LA GALLINA DEGOLLADA# Todo el dia, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenian la lengua entre los labios, los ojos estupidos, y volvian la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a el, a cinco metros, y alli se mantenian inmoviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenian fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atencion al principio, poco a poco sus ojos se animaban, se reian al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegria bestial, como si fuera comida. Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvia electrico. Los ruidos fuertes sacudian asimismo su inercia, y corrian entonces, mordiendose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrio letargo de idiotismo, y pasaban todo el dia sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalon. El mayor tenia doce anos y el menor, nueve. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habian sido un dia el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer y mujer y marido hacia un porvenir mucho mas vital: un hijo: ?Que mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagracion de su carino, libertado ya del vil egoismo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovacion? Asi lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llego, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura crecio, bella y radiante, hasta que tuvo ano y medio. Pero en el vigesimo mes sacudieronlo una noche convulsiones terribles, y a la manana siguiente no conocia mas a sus padres. El medico lo examino con esa atencion profesional que esta visiblemente buscando la causa del mal, en las enfermedades de los padres. Despues de algunos dias los miembros paralizados recobraron el instinto; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habian ido del todo; habia quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. --iHijo, mi hijo querido!--sollozaba esta, sobre aquella espantosa ruina de su primogenito. El padre, desolado, acompano al medico afuera. --A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podra mejorar, educarse en todo lo que permita su idiotismo, pero no mas alla. --iSi!... isi!...--asentia Mazzini.--Pero digame: ?Usted cree que es herencia, que...? --En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que crei cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay alli un pulmon que no sopla bien. No veo nada mas, pero hay un soplo un poco rudo. Hagala examinar bien. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redoblo su amor a su hijo, el pequeno idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo mas profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nacio este, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los diez y ocho meses las convulsiones del primogenito se repetian, y al dia siguiente amanecia idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperacion. iLuego su sangre, su amor estaba maldito! iSu amor, sobre todo! Veintiocho anos el, veintidos ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un atomo de vida normal. Ya no pedian mas belleza e inteligencia como en el primogenito; pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamadaras de dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitiose el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasion por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la mas honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabian deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstaculos. Cuando los lavaban mugian hasta inyectarse de sangre el rostro. Animabanse solo al comer, cuando veian colores brillantes u oian truenos. Se reian entonces, echando afuera lengua y rios de baba, radiantes de frenesi bestial. Tenian, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada mas. Con los mellizos parecio haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres anos desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacian sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razon de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual habia tomado sobre si la parte que le correspondia en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redencion ante las cuatro bestias que habian nacido de ellos, echo afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio especifico de los corazones inferiores. Iniciaronse con el cambio de pronombres: _tus_ hijos. Y como a mas del insulto habia le insidia, la atmosfera se cargaba. --Me parece--dijole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos--que podrias tener mas limpios a los muchachos. Berta continuo leyendo, como si no hubiera oido. --Es la primera vez--repuso al rato--que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvio un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: --De nuestros hijos, ?me parece? --Bueno; de nuestros hijos. ?Te gusta asi?--alzo ella los ojos. Esta vez Mazzini se expreso claramente: --?Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? --iAh, no!--se sonrio Berta, muy palida--ipero yo tampoco, supongo!... iNo faltaba mas!...--murmuro. --?Que no faltaba mas? --iQue si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiendelo bien! Eso es lo que te queria decir. Su marido la miro un momento, con brutal deseo de insultarla. --iDejemos!--articulo, secandose por fin las manos. --Como quieras; pero si quieres decir... --iBerta! --iComo quieras! Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliciones, sus almas se unian con doble arrebato y locura por otro hijo. Nacio asi una nina. Vivieron dos anos con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaecio, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequena llevaba a los mas extremos limites del mimo y la mala crianza. Si aun en los ultimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidose casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasabale lo mismo. No por eso la paz habia llegado a sus almas. La menor indisposicion de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habian acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distentido, y al menor contacto el veneno se vertia afuera. Desde el primer disgusto emponzonado habianse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel friccion, es, cuando ya se comenzo, a humillar del todo a una persona. Antes se contenian aun por la comun falta de exito; ahora que este habia llegado, cada cual, atribuyendolo a si mismo, sentia mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habiale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestia, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el dia sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplio cuatro anos, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algun escalofrio y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, torno a reabrir la eterna llaga. Hacia tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. --iMi Dios! ?No puedes caminar mas despacio? ?Cuantas veces?... --Bueno, es que me olvido; ise acabo! No lo hago a proposito. Ella se sonrio, desdenosa: --iNo, no te creo tanto! --Ni yo, jamas, te hubiera creido tanto a ti...itisiquilla! --iQue! ?que dijiste?... --iNada! --iSi, te oi algo! Mira: ino se lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tu! Mazzini se puso palido. --iAl fin!--murmuro con los dientes apretados.--iAl fin, vibora, has dicho lo que querias! --iSi, vibora, si! iPero yo he tenido padres sanos, ?oyes?, isanos! iMi padre no ha muerto de delirio! iYo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! iEsos son hijos tuyos, los cuatro tuyos! Mazzini exploto a su vez: --iVibora tisica! ieso es lo que te dije, lo que te quiero decir! iPreguntale, preguntale al medico quien tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmon picado, vibora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita sello instantaneamente sus bocas. A la una de la manana la ligera indigestion habia desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jovenes que se han amado intensamente, una vez siquiera, la reconciliacion llego, tanto mas efusiva cuanto hiriente fueron los agravios. Amanecio un esplendido dia, y mientras Berta se levantaba, escupio sangre. Las emociones y mala noche pasada tenian, sin duda, su gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloro desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, despues de almorzar. Como apenas tenian tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El dia radiante habia arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrandola con parsimonia (Berta habia aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyo sentir algo como respiracion tras ella. Volviose, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operacion. Rojo... rojo... --iSenora! Los ninos estan aqui, en la cocina. Berta llego; no queria que jamas pisaran alli. iY ni aun en esas horas de pleno perdon, olvido y felicidad reconquistada, podia evitarse esa horrible vision! Porque, naturalmente, cuanto mas intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, mas irritable era su humor con los monstruos. --iQue salgan, Maria! iEchelos! iEchelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Despues de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapose en seguida a casa. Entretanto los idiotas no se habian movido en todo el dia de su banco. El sol habia transpuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, mas inertes que nunca. De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, queria observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Queria trepar, eso no ofrecia duda. Al fin decidiose por una silla desfondada, pero faltaba aun. Recurrio entonces a un cajon de kerosene, y su instinto topografico hizole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfo. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron como su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y como en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Vieronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse mas. Pero la mirada de los idiotas se habia animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensacion de gula bestial iba cambiando cada linea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequena, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintiose cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. --iSoltame! idejame!--grito sacudiendo la pierna. Pero fue atraida. --iMama! iAy, mama! iMama, papa!--lloro imperiosamente. Trato aun de sujetarse del borde, pero sintiose arrancada y cayo. --Mama, iay! Ma...--No pudo gritar mas. Uno de ellos le apreto el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa manana se habia desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancandole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyo oir la voz de su hija. --Me parece que te llama--le dijo a Berta. Prestaron oido, inquietos, pero no oyeron mas. Con todo, un momento despues se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzo en el patio: --iBertita! Nadie respondio. --iBertita!--alzo mas la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan funebre para su corazon siempre aterrado, que la espalda se le helo de horrible presentimiento. --iMi hija, mi hija!--corrio ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujo violentamente la puerta entornada, y lanzo un grito de horror. Berta, que ya se habia lanzado corriendo a su vez al oir el angustioso llamado del padre, oyo el grito y respondio con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, livido como la muerte, se interpuso, conteniendola: --iNo entres! iNo entres! Berta alcanzo a ver el piso inundado de sangre. Solo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de el con un ronco suspiro. #LOS BUQUES SUICIDANTES# Resulta que hay pocas cosas mas terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de dia el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro. Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren asi los mares, cambiando caprichosamente de rumbo. No pocos de los vapores que un buen dia no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aqui o alla, inmoviles para siempre en ese desierto de algas. Asi, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada dia, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lugubre puerto, siempre esta frecuentado. El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al _Maria Margarita_, que zarpo de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de manana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas mas tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendio una chalupa que abordo al _Maria Margarita_. En el buque no habia nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aun. Una maquina de coser tenia la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No habia la menor senal de lucha ni de panico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ?Que paso? La noche que aprendi esto estabamos reunidos en el puente. Ibamos a Europa, y el capitan nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado. La concurrencia femenina, ganada por la sugestion del campo de batalla presente, oia estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oido a la voz de los marineros en proa. Una senora recien casada se atrevio: --?No seran aguilas?... El capitan se sonrio bondadosamente: --?Que, senora? ?Aguilas que se lleven a la tripulacion? Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada. Felizmente un pasajero sabia algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje habia sido un excelente companero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco. --iAh! isi nos contara, senor!--suplico la joven de las aguilas. --No tengo inconveniente--asintio el discreto individuo.--En dos palabras--y en los mares del norte, como el _Maria Margarita_ del capitan--encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo--viajabamos tambien a vela--nos llevo casi a su lado. El singular aire de abandono que no engana en un buque, llamo nuestra atencion, y disminuimos la marcha observandolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se hallo a nadie, y todo estaba tambien en perfecto orden. Pero la ultima anotacion del diario databa de cuatro dias atras, de modo que no sentimos mayor impresion. Aun nos reimos un poco de las famosas desapariciones subitas. Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajariamos de conserva. Al anochecer nos tomo un poco de camino. Al dia siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendiose de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habian desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extension. En la cocina hervia aun una olla con papas. Como ustedes comprenderan, el terror supersticioso de nuestra gente llego a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacio, y yo fui con ellos. Apenas abordo, mis nuevos companeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupacion. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoria cantaba ya. Llego mediodia y paso la siesta. A las cuatro, la brisa ceso y las velas cayeron. Un marinero se acerco a la borda y miro el mar aceitoso. Todos se habian levantado, paseandose, sin ganas ya de hablar. Uno se sento en un cabo y se saco la camiseta para remendarla. Cosio un rato en silencio. De pronto se levanto y lanzo un largo silbido. Sus companeros se volvieron. El los miro vagamente, sorprendido tambien, y se sento de nuevo. Un momento despues dejo la camiseta en el cabo arrollado, avanzo a la borda y se tiro al agua. Al sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceno ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatia comun. Al rato otro se desperezo, restregose los ojos caminando, y se tiro al agua. Paso media hora; el sol iba cayendo. Senti de pronto que me tocaban en el hombro. --?Que hora es? --Las cinco--respondi. El viejo marinero me miro desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostandose enfrente de mi. Miro largo rato mi pantalon, distraido. Al fin se tiro al agua. Los tres que quedaban se acercaron rapidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajo y se tendio en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el ultimo se levanto, se compuso la ropa, apartose el pelo de la frente, camino con sueno aun, y se tiro al agua. Entonces quede solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacian, se habian arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvian momentaneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Asi habian desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del dia anterior, y los otros y los de los demas buques. Esto es todo. Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad. --?Y usted no sintio nada?--le pregunto mi vecino de camarote. --Si, un gran desgano y obstinacion de las mismas ideas, pero nada mas. No se por que no senti nada mas. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a _toda costa_ contra lo que sentia, como deben de haber hecho todos, y aun los marineros sin darse cuenta, acepte sencillamente esa muerte hipnotica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia celebre, que noche a noche se ahorcaban. Como el comentario era bastante complicado, nadie respondio. Se fue al rato. El capitan lo siguio un rato de reojo. --iFarsante!--murmuro. --Al contrario--dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra.--Si fuera farsante no habria dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua. #EL ALMOHADON DE PLUMA# Su luna de miel fue un largo escalofrio. Rubia, angelical y timida, el caracter duro de su marido helo sus sonadas ninerias de novia. Lo queria mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordan, mudo desde hacia una hora. El, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses--se habian casado en abril--vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rigido cielo de amor, mas expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenia en seguida. La casa en que vivian influia no poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso--frisos, columnas y estatuas de marmol--producia una otonal impresion de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el mas leve rasguno en las altas paredes, afirmaba aquella sensacion de desapacible frio. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia. En ese extrano nido de amor, Alicia paso todo el otono. No obstante, habia concluido por echar un velo sobre sus antiguos suenos, y aun vivia dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido. No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastro insidiosamente dias y dias; Alicia no se reponia nunca. Al fin, una tarde pudo salir al jardin apoyada en el brazo de el. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordan, con honda ternura, le paso la mano por la cabeza, y Alicia rompio en seguida en sollozos, echandole los brazos al cuello. Lloro largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardandose, y aun quedo largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra. Fue ese el ultimo dia que Alicia estuvo levantada. Al dia siguiente amanecio desvanecida. El medico de Jordan la examino con suma detencion, ordenandole calma y descanso absolutos. --No se--le dijo a Jordan en la puerta de calle, con la voz todavia baja.--Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vomitos, nada... Si manana se despierta como hoy, llameme en seguida. Al otro dia Alicia seguia peor. Hubo consulta. Constatose una anemia de marcha agudisima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo mas desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el dia el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasabanse horas sin oir el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordan vivia casi en la sala, tambien con toda la luz encendida. Paseabase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinacion. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el dormitorio y proseguia su mudo vaiven a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su direccion. Pronto Alicia comenzo a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacia sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedo de repente mirando fijamente. Al rato abrio la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor. --iJordan! iJordan!--clamo, rigida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra. Jordan corrio al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror. --iSoy yo, Alicia, soy yo! Alicia lo miro con extravio, miro la alfombra, volvio a mirarlo, y despues de largo rato de estupefacta confrontacion, se sereno. Sonrio y tomo entre las suyas la mano de su marido, acariciandola temblando. Entre sus alucinaciones mas porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenia fijos en ella los ojos. Los medicos volvieron inutilmente. Habia alli delante de ellos una vida que se acababa, desangrandose dia a dia, hora a hora, sin saber absolutamente como. En la ultima consulta Alicia yacia en estupor mientras ellos la pulsaban, pasandose de uno a otro la muneca inerte. La observaron largo rato en silencio y pasaron al comedor. --Pst...--se encogio de hombros desalentado su medico.--Es un caso serio... poco hay que hacer... --iSolo eso me faltaba!--resoplo Jordan. Y tamborileo bruscamente sobre la mesa. Alicia fue extinguiendose en subdelirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitia siempre en las primeras horas. Durante el dia no avanzaba su enfermedad, pero cada manana amanecia livida, en sincope casi. Parecia que unicamente de noche se le fuera la vida en nuevas olas de sangre. Tenia siempre al despertar la sensacion de estar desplomada en la cama con un millon de kilos encima. Desde el tercer dia este hundimiento no la abandono mas. Apenas podia mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aun que le arreglaran el almohadon. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha. Perdio, luego, el conocimiento. Los dos dias finales deliro sin cesar a media voz. Las luces continuaban funebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agonico de la casa, no se oia mas que el delirio monotono que salia de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordan. Murio, por fin. La sirvienta, que entro despues a deshacer la cama, sola ya, miro un rato extranada el almohadon. --Senor--llamo a Jordan en voz baja.--En el almohadon hay manchas que parecen de sangre. Jordan se acerco rapidamente y se doblo a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que habia dejado la cabeza de Alicia, se veian manchas de sangre. --Parecen picaduras--murmuro la sirvienta despues de un rato de inmovil observacion. --Levantelo a la luz--le dijo Jordan. La sirvienta lo levanto, pero en seguida lo dejo caer, y se quedo mirando a aquel, livida y temblando. Sin saber por que, Jordan sintio que los cabellos se le erizaban. --?Que hay?--murmuro con la voz ronca. --Pesa mucho--articulo la sirvienta, sin dejar de temblar. Jordan lo levanto; pesaba extraordinariamente. Salieron con el, y sobre la mesa del comedor Jordan corto funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevandose las manos crispadas a los bandos:--sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, habia un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca. Noche a noche, desde que Alicia habia caido en cama, habia aplicado sigilosamente su boca--su trompa, mejor dicho--a las sientes de aquella, chupandole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remocion diaria del almohadon habia impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succion fue vertiginosa. En cinco dias, en cinco noches, habia vaciado a Alicia. Estos parasitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma. #EL PERRO RABIOSO# El 20 de marzo de este ano, los vecinos de un pueblo del Chaco santafecino persiguieron a un hombre rabioso que en pos de descargar su escopeta contra su mujer, mato de un tiro a un peon que cruzaba delante de el. Los vecinos, armados, lo rastrearon en el monte como a una fiera, hallandolo por fin trepado en un arbol, con su escopeta aun, y aullando de un modo horrible. Vieronse en la necesidad de matarlo de un tiro. * * * * * #Marzo 9--# Hoy hace treinta y nueve dias, hora por hora, que el perro rabioso entro de noche en nuestro cuarto. Si un recuerdo ha de perdurar en mi memoria, es el de las dos horas que siguieron a aquel momento. La casa no tenia puertas sino en la pieza que habitaba mama, pues como habia dado desde el principio en tener miedo, no hice otra cosa, en los primeros dias de urgente instalacion, que aserrar tablas para las puertas y ventanas de su cuarto. En el nuestro, y a la espera de mayor desahogo de trabajo, mi mujer se habia contentado--verdad que bajo un poco de presion por mi parte--con magnificas puertas de arpillera. Como estabamos en verano, este detalle de riguroso ornamento no danaba nuestra salud ni nuestro miedo. Por una de estas arpilleras, la que da al corredor central, fue por donde entro y me mordio el perro rabioso. Yo no se si el alarido de un epileptico da a los demas la sensacion de clamor bestial y fuera de toda humanidad que me produce a mi. Pero estoy seguro de que el aullido de un perro rabioso, que se obstina de noche alrededor de nuestra casa, provocara en todos la misma funebre angustia. Es un grito corto, metalico, de agonia, como si el animal boqueara ya, y todo el empapado en cuanto de lugubre sugiere un animal rabioso. Era un perro negro, grande, con las orejas cortadas. Y para mayor contrariedad, desde que llegaramos no habia hecho mas que llover. El monte cerrado por el agua, las tardes rapidas y tristisimas; apenas saliamos de casa, mientras la desolacion del campo, en un temporal sin tregua, habia ensombrecido al exceso el espiritu de mama. Con esto, los perros rabiosos. Una manana el peon nos dijo que por su casa habia andado uno la noche anterior, y que habia mordido al suyo. Dos noches antes, un perro barcino habia aullado _feo_ en el monte. Habia muchos, segun el. Mi mujer y yo no dimos mayor importancia al asunto, pero no asi mama, que comenzo a hallar terriblemente desamparada nuestra casa a medio hacer. A cada momento salia al corredor para mirar el camino. Sin embargo, cuando nuestro chico volvio esa manana del pueblo, confirmo aquello. Habia explotado una fulminante epidemia de rabia. Una hora antes acababan de perseguir a un perro en el pueblo. Un peon habia tenido tiempo de asestarle un machetazo en la oreja, y el animal, babeando, el hocico en tierra y el rabo entre las patas delanteras, habia cruzado por nuestro camino, mordiendo a un potrillo y un chancho que hallo en el trayecto. Mas noticias aun. En la chacra vecina a la nuestra, y esa misma madrugada, otro perro habia tratado inutilmente de saltar el corral de las vacas. Un inmenso perro flaco habia corrido a un muchacho a caballo, por la picada del puerto viejo. Todavia de tarde se sentia dentro del monte el aullido agonico del perro. Como dato final, a las nueve llegaron al galope dos agentes a darnos la filiacion de los perros rabiosos vistos, y a recomendarnos sumo cuidado. Habia de sobra para que mama perdiera el resto de animacion que le quedaba. Aunque de una serenidad a toda prueba, tiene terror a los perros rabiosos, a causa de cierta cosa horrible que presencio en su ninez. Sus nervios, ya enfermos por el cielo constantemente encapotado y lluvioso, provocaronle verdaderas alucinaciones de perros que entraban al trote por la portera. Habia un motivo real para este temor. Aqui, como en todas partes donde la gente pobre tiene muchos mas perros de los que puede mantener, las casas son todas las noches merodeadas por perros hambrientos, a que los peligros del oficio--un tiro o una mala pedrada--han dado verdadero proceder de fieras. Avanzan al paso, agachados, los musculos flojos. No se siente jamas su marcha. Roban--si la palabra tiene sentido aqui--cuanto les exige su atroz hambre. Al menor rumor--no huyen porque esto haria ruido, sino se alejan al paso, doblando las patas. Al llegar al pasto se agazapan, y esperan asi, tranquilamente, media o una hora, para avanzar de nuevo. De aqui la ansiedad de mama, pues siendo nuestra casa una de las tantas merodeadas, estabamos desde luego amenazados por la visita de los perros rabiosos, que recordarian el camino nocturno. En efecto, esa misma tarde, mientras mama, un poco olvidada, iba caminando despacio hacia la portera, oi su grito: --Federico! iUn perro rabioso! Un perro barcino, con el lomo arqueado, avanzaba al trote en ciega linea recta. Al verme llegar se detuvo, erizando el lomo. Retrocedi, sin volver el cuerpo, para descolgar la escopeta, pero el animal se fue. Recorri inutilmente el camino, sin volverlo a hallar. Pasaron dos dias. El campo continuaba desolado de lluvia y tristeza, mientras el numero de perros rabiosos aumentaba. Como no se podia exponer a los chicos a un terrible tropiezo en los caminos infestados, la escuela se cerro, y la carretera, ya sin trafico, privada de este modo de la bulla escolar que animaba su desamparo, a las siete y a las doce, adquirio lugubre silencio. Mama no se atrevia a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido miraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anochecia, veia avanzar por entre el pasto ojos fosforescentes. Concluida la cena se encerraba en su cuarto, el oido atento al mas hipotetico aullido. Hasta que la tercera noche me desperte, muy tarde ya: tenia la impresion de haber oido un grito, pero no podia precisar la sensacion. Espere un rato. Y de pronto un aullido corto, metalico, de atroz sufrimiento, temblo bajo el corredor. --iFederico!--oi la voz traspasada de emocion de mama--?sentiste? --Si--respondi, deslizandome de la cama. Pero ella oyo el ruido. --iPor Dios, es un perro rabioso! iFederico, no salgas, por Dios! iJuana! iDile a tu marido que no salga!--clamo desesperada, dirigiendose a mi mujer. Otro aullido exploto, esta vez en el corredor central, delante de la puerta. Una finisima lluvia de escalofrios me bano la medula hasta la cintura. No creo que haya nada mas profundamente lugubre que un aullido de perro rabioso a esa hora. Subia tras el la voz desesperada de mama. --iFederico! iVa a entrar en tu cuarto! iNo salgas, mi Dios, no salgas! iJuana! iDile a tu marido!... --iFederico!--se cogio mi mujer a mi brazo. Pero la situacion podia tornarse muy critica si esperaba a que el animal entrara, y encendiendo la lampara descolgue la escopeta. Levante de lado la arpillera de la puerta, y no vi mas que el negro triangulo de la profunda tiniebla de afuera. Tuve apenas tiempo de asomar el cuerpo, cuando senti que algo firme y tibio me rozaba el muslo; el perro rabioso se entraba en nuestro cuarto. Le eche violentamente atras la cabeza con un golpe de rodilla, y subitamente me lanzo un mordisco, que fallo en un claro golpe de dientes. Pero un instante despues senti un dolor agudo. Ni mi mujer ni mi madre se dieron cuenta de que me habia mordido. --iFederico! ?Que fue eso?--grito mama que habia oido mi detencion y la dentellada al aire. --Nada: queria entrar. --iOh!... De nuevo, y esta vez detras del cuarto de mama, el fatidico aullido exploto. --iFederico! iEsta rabioso! iEsta rabioso! iNo salgas!--clamo enloquecida, sintiendo el animal a un metro de ella. Hay cosas absurdas que tienen toda la apariencia de un legitimo razonamiento: Sali afuera con la lampara en una mano y la escopeta en la otra, exactamente como para buscar a una rata aterrorizada, que me daria perfecta holgura para colocar la luz en el suelo y matarla en el extremo de un horcon. Recorri los corredores. No se oia un rumor, pero de dentro de las piezas me seguia la tremenda angustia de mama y mi mujer que esperaban el estampido. El perro se habia ido. --iFederico!--exclamo mama al sentirme volver por fin.--?Se fue el perro? --Creo que si; no lo veo. Me parece haber oido un trote cuando sali. --Si, yo tambien senti... Federico: ?no estara en tu cuarto?... iNo tiene puerta, mi Dios! iQuedate adentro! iPuede volver! En efecto, podia volver. Eran las dos y veinte de la manana. Y juro que fueron fuertes las dos horas que pasamos mi mujer y yo, con la luz prendida hasta que amanecio, ella acostada, yo sentado en la cama, vigilando sin cesar la arpillera flotante. Antes me habia curado. La mordedura era nitida, dos agujeros violeta, que oprimi con todas mis fuerzas, y lave con permanganato. Yo creia muy restrictivamente en la rabia del animal. Desde el dia anterior se habia empezado a envenenar perros, y algo en la actitud abrumada del nuestro me prevenia en pro de la estricnina. Quedaban el funebre aullido y el mordisco; pero de todos modos me inclinaba a lo primero. De aqui, seguramente, mi relativo descuido con la herida. Llego por fin el dia. A las ocho, y a cuatro cuadras de casa, un transeunte mato de un tiro de revolver al perro negro que trotaba en inequivoco estado de rabia. En seguida lo supimos, teniendo de mi parte que librar una verdadera batalla contra mama y mi mujer para no bajar a Buenos Aires a darme inyecciones. La herida, franca, habia sido bien oprimida, y lavada con mordiente lujo de permanganato. Todo esto, a los cinco minutos de la mordedura. ?Que demonios podia temer tras esa correcion higienica? En casa concluyeron por tranquilizarse, y como la epidemia--provocada seguramente por una crisis de llover sin tregua como jamas se viera aqui--habia cesado casi de golpe, la vida recobro su linea habitual. Pero no por ello mama y mi mujer dejaron ni dejan de llevar cuenta exacta del tiempo. Los clasicos cuarenta dias pesan fuertemente, sobre todo en mama, y aun hoy, con treinta y nueve transcurridos sin el mas leve trastorno, ella espera el dia de manana para echar de su espiritu, en un inmenso suspiro, el terror siempre vivo que guarda de aquella noche. El unico fastidio, acaso, que para mi ha tenido esto, es recordar punto por punto lo que ha pasado. Confio en que manana de noche concluya, con la cuarentena, esta historia, que mantiene fijos en mi los ojos de mi mujer y de mi madre, como si buscaran en mi expresion el primer indicio de enfermedad. * * * * * #Marzo 10--# iPor fin! Espero que de aqui en adelante podre vivir como un hombre cualquiera, que no tiene suspendidas sobre su cabeza coronas de muerte. Ya han pasado los famosos cuarenta dias, y la ansiedad, la mania de persecuciones y los horribles gritos que esperaban de mi, pasaron tambien para siempre. Mi mujer y mi madre han festejado el fausto acontecimiento de un modo particular: contandome, punto por punto, todos los terrores que han sufrido sin hacermelo ver. El mas insignificante desgano mio las sumia en mortal angustia: iEs la rabia que comienza!--gemian. Si alguna manana me levante tarde, durante horas no vivieron, esperando otro sintoma. La fastidiosa infeccion en un dedo que me tuvo tres dias febril e impaciente, fue para ellas una absoluta prueba de la rabia que comenzaba, de donde su consternacion, mas angustiosa por furtiva. Y asi el menor cambio de humor, el mas leve abatimiento, provocaronles, durante cuarenta dias, otras tantas horas de inquietud. No obstante esas confesiones retrospectivas, desagradables siempre para el que ha vivido enganado, aun con la mas arcangelica buena voluntad, con todo me he reido buenamente.--iAh, mi hijo! iNo puedes figurarte lo horrible que es para una madre el pensamiento de que su hijo pueda estar rabioso! Cualquier otra cosa...ipero rabioso, rabioso!... Mi mujer, aunque mas sensata, ha divagado tambien bastante mas de lo que confiesa. iPero ya se acabo, por suerte! Esta situacion de martir, de bebe vigilado segundo a segundo contra tal disparatada amenaza de muerte, no es seductora, a pesar de todo. iPor fin, de nuevo! Viviremos en paz, y ojala que manana o pasado no amanezca con dolor de cabeza, para resurreccion de las locuras. * * * * * #Marzo 15--# Hubiera querido estar absolutamente tranquilo, pero es imposible. No hay ya mas, creo, posibilidad de q