The Project Gutenberg EBook of Zalacain El Aventurero, by Pio Baroja This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.org Title: Zalacain El Aventurero Author: Pio Baroja Release Date: August 23, 2004 [EBook #13264] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ZALACAIN EL AVENTURERO *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. [Nota del Transcriptor: Este texto digital ha conservado las irregularidades en puntuacion, acentuacion y ortografia del libro original.] ZALACAIN EL AVENTURERO PIO BAROJA ZALACAIN EL AVENTURERO (Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martin Zalacain el Aventurero) MADRID.--1919. PROLOGO COMO ERA LA VILLA DE URBIA EN EL ULTIMO TERCIO DEL SIGLO XIX Una muralla de piedra, negruzca y alta rodea a Urbia. Esta muralla sigue a lo largo del camino real, limita el pueblo por el Norte y al llegar al rio se tuerce, tropieza con la iglesia, a la que coge, dejando parte del abside fuera de su recinto, y despues escala una altura y envuelve la ciudad por el Sur. Hay todavia, en los fosos, terrenos encharcados con hierbajos y espadanas, poternas llenas de hierros, garitas desmochadas, escalerillas musgosas, y alrededor, en los glacis, altas y romanticas arboledas, malezas y boscajes y verdes praderas salpicadas de florecillas. Cerca, en la aguda colina a cuyo pie se sienta el pueblo, un castillo sombrio se oculta entre gigantescos olmos. Desde el camino real, Urbia aparece como una agrupacion de casas decrepitas, leprosas, inclinadas, con balcones corridos de madera y miradores que asoman por encima de la negra pared de piedra que las circunda. Tiene Urbia una barriada vieja y otra nueva. La barriada vieja, la _calle_, como se le llama por antonomasia en vascuence, esta formada, principalmente, por dos callejuelas estrechas, sinuosas y en cuesta que se unen en la plaza. El pueblo viejo, desde la carretera, traza una linea quebrada de tejados torcidos y mugrientos, que va descendiendo desde el Castillo hasta el rio. Las casas, encaramadas en la cintura de piedra de la ciudad, parece a primera vista que se encuentran en una posicion estrecha e incomoda, pero no es asi, sino todo lo contrario, porque, entre el pie de las casas y los muros fortificados, existe un gran espacio ocupado por una serie de magnificas huertas. Tales huertas, protegidas de los vientos frios, son excelentes. En ellas se pueden cultivar plantas de zona calida como naranjos y limoneros. La muralla, por la parte interior que da a las huertas, tiene un camino formado por grandes losas, especie de acera de un metro de ancho con su barandado de hierro. En los intersticios de estas losas viejas, y desgastadas por las lluvias, crecen la venenosa cicuta y el beleno; junto a las paredes brillan, en la primavera, las flores amarillentas del diente del leon y del verbasco, los gladiolos de hermoso color carmesi y las digitales purpureas. Otros muchos hierbajos, mezclados con ortigas y amapolas, se extienden por la muralla y adornan con su verdura y con sus constelaciones de flores pequenas y simples las almenas, las aspilleras y los matacanes. Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad, con traje de casa y zapatillas, pasean por la cornisa, y al llegar Marzo o Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y melocotoneros de las huertas. Observan tambien, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algun coche o carro al pueblo, si hay novedades en las casas de la barriada nueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes del interior sienten una obscura y mal explicada antipatia por sus convecinos de extra-muros. La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertas ojivales; en otros se rompe irregularmente, dejando un boquete que por dias se ve agrandarse. En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizo posteriormente, no se sabe con que objeto, un arco de medio punto. En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieron para las poternas. Los puentes levadizos estan substituidos por montones de tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura. Urbia ofrece aspectos varios segun el sitio de donde se le contemple; desde lejos y viniendo desde la carretera, sobre todo al anochecer, tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombria, envuelta entre grandes arboles, prolongada despues por el pueblo con sus muros fortificados que chorrean agua, presentan un aspecto grave y guerrero; en cambio, desde el puente y un dia de sol, Urbia no da ninguna impresion fosca, por el contrario, parece una diminuta Florencia, asentada en las orillas de un riachuelo claro, pedregoso, murmurador y de rapida corriente. Las dos filas de casas banadas por el rio son casas viejas con galerias y miradores negruzcos, en los cuales cuelgan ropas puestas a secar, ristras de ajos y de pimientos. Estas galerias tienen en un extremo una polea y un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo las orillas del rio, hay algunos huertos, por cuyas tapias verdosas surgen cipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincon un mayor aspecto florentino. Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solo tiene callejones humedos y estrechos y la plaza. Esta es una encrucijada lobrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejas tapiadas, por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y su gran porton coronado por el escudo de la villa, y por un caseron enorme en cuyo bajo se halla instalado el almacen de Azpillaga. El almacen de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a los aldeanos la impresion de una caja de Pandora, de un mundo inexplorado y lleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de las negras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas, jaquimas, monturas de estilo andaluz; y en las ventanas, que hacen de escaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados de pesca, con su corcho rojo y sus canas, redes sujetas a un mango, marcos de hojadelata, santos de yeso y de laton y estampas viejas, sucias por las moscas. En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamon, botellas de Chartreuse falsificado, loza fina... El Museo Britanico no es nada, en variedad, al lado de este almacen. A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aire clerical, unas mangas azules y su boina. Las dos calles principales de Urbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayoria de los vecinos de esas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros. Los labradores, por la manana, salen al campo con sus yuntas. Al despertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes; luego, los alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinteros trabajan en medio de la calle en compania de los chiquillos, de las gallinas y de los perros. Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo, otras, sentencias escritas en latin, y la generalidad, un numero, la fecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mando construir... Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia, coquetona, un poco presuntuosa. El verano cruzan la carretera un sin fin de automoviles y casi todos se paran un momento en la casa de Ohando, convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas senoritas, apasionadas por lo pintoresco, mientras el grueso papa escribe postales en el hotel, suben las escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos calles principales de la ciudad y sacan fotografias de los rincones que les parecen romanticos y de los grupos de alpargateros que se dejan retratar sonriendo burlonamente. Hace cuarenta anos la vida en Urbia era pacifica y sencilla; los domingos habia el acontecimiento de la misa mayor, y por la tarde el acontecimiento de las visperas. Despues, en un prado anejo a la Ciudadela y del cual se habia apoderado la villa, iba el tamborilero y la gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril, hasta que el toque del Angelus terminaba con la zambra y los campesinos volvian a sus casas despues de hacer una estacion en la taberna. LIBRO PRIMERO La infancia de Zalacain CAPITULO PRIMERO COMO VIVIO Y SE EDUCO MARTIN ZALACAIN Un camino en cuesta baja de la Ciudadela pasa por encima del cementerio y atraviesa el portal de Francia. Este camino, en la parte alta, tiene a los lados varias cruces de piedra, que terminan en una ermita y por la parte baja, despues de entrar en la ciudad, se convierte en calle. A la izquierda del camino, antes de la muralla, habia hace anos un caserio viejo, medio derruido, con el tejado terrero lleno de pedruscos y la piedra arenisca de sus paredes desgastada por la accion de la humedad y del aire. En el frente de la decrepita y pobre casa, un agujero indicaba donde estuvo en otro tiempo el escudo, y debajo de el se adivinaban, mas bien que se leian, varias letras que componian una frase latina: _Post funera virtus vivit_. En este caserio nacio y paso los primeros anos de su infancia Martin Zalacain de Urbia, el que, mas tarde, habia de ser llamado Zalacain el Aventurero; en este caserio sono sus primeras aventuras y rompio los primeros pantalones. Los Zalacain vivian a pocos pasos de Urbia, pero ni Martin ni su familia eran ciudadanos; faltaban a su casa unos metros para formar parte de la villa. El padre de Martin fue labrador, un hombre obscuro y poco comunicativo, muerto en una epidemia de viruelas; la madre de Martin tampoco era mujer de caracter; vivio en esa obscuridad psicologica normal entre la gente del campo, y paso de soltera a casada y de casada a viuda con absoluta inconsciencia. Al morir su marido, quedo con dos hijos Martin y una nina menor, llamada Ignacia. El caserio donde habitaban los Zalacain pertenecia a la familia de Ohando, familia la mas antigua aristocratica y rica de Urbia. Vivia la madre de Martin casi de la misericordia de los Ohandos. En tales condiciones de pobreza y de miseria, parecia logico que, por herencia y por la accion del ambiente, Martin fuese como su padre y su madre, obscuro, timido y apocado; pero el muchacho resulto decidido, temerario y audaz. En esta epoca, los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, y Martin paso mucho tiempo sin sentarse en sus bancos. No sabia de ella mas si no que era un sitio obscuro, con unos cartelones blancos en las paredes, lo cual no le animaba a entrar. Le alejaba tambien de aquel modesto centro de ensenanza el ver que los chicos de la calle no le consideraban como uno de los suyos, a causa de vivir fuera del pueblo y de andar siempre hecho un andrajoso. Por este motivo les tenia algun odio; asi que cuando algunos chiquillos de los caserios de extramuros entraban en la calle y comenzaban a pedradas con los ciudadanos, Martin era de los mas encarnizados en el combate; capitaneaba las hordas barbaras, las dirigia y hasta las dominaba. Tenia entre los demas chicos el ascendiente de su audacia y de su temeridad. No habia rincon del pueblo que Martin no conociera. Para el, Urbia era la reunion de todas las bellezas, el compendio de todos los intereses y magnificencias. Nadie se ocupaba de el, no compartia con los demas chicos la escuela y huroneaba por todas partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideas espontaneamente y a templar la osadia con la prudencia. Mientras los ninos de su edad aprendian a leer, el daba la vuelta a la muralla, sin que le asustasen las piedras derrumbadas, ni las zarzas que cerraban el paso. Sabia donde habia palomas torcaces e intentaba coger sus nidos, robaba fruta y cogia moras y fresas silvestres. A los ocho anos, Martin gozaba de una mala fama digna ya de un hombre. Un dia, al salir de la escuela, Carlos Ohando, el hijo de la familia rica que dejaba por limosna el caserio a la madre de Martin, senalandole con el dedo, grito: --iEse! Ese es un ladron. --iYo!--exclamo Martin. --Tu, si. El otro dia te vi que estabas robando peras en mi casa. Toda tu familia es de ladrones. Martin, aunque respecto a el no podia negar la exactitud del cargo, creyo no debia permitir este ultraje dirigido a los Zalacain y, abalanzandose sobre el joven Ohando, le dio una bofetada morrocotuda. Ohando contesto con un punetazo, se agarraron los dos y cayeron al suelo, se dieron de trompicones, pero Martin, mas fuerte, tumbaba siempre al contrario. Un alpargatero tuvo que intervenir en la contienda y, a puntapies y a empujones, separo a los dos adversarios. Martin se separo triunfante y el joven Ohando, magullado y maltrecho, se fue a su casa. La madre de Martin, al saber el suceso, quiso obligar a su hijo a presentarse en casa de Ohando y a pedir perdon a Carlos, pero Martin afirmo que antes lo matarian. Ella tuvo que encargarse de dar toda clase de excusas y explicaciones a la poderosa familia. Desde entonces, la madre miraba a su hijo como a un reprobo. --iDe donde ha salido este chico asi!--decia, y experimentaba al pensar en el un sentimiento confuso de amor y de pena, solo comparable con el asombro y la desesperacion de la gallina, cuando empolla huevos de pato y ve que sus hijos se zambullen en el agua sin miedo y van nadando valientemente. CAPITULO II DONDE SE HABLA DEL VIEJO CINICO MIGUEL DE TELLAGORRI Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la taberna de Arcale a su hijo Martin, le solia decir: --Y si le encuentras, al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dice algo, respondele a todo que no. Tellagorri, tio-abuelo de Martin, hermano de la madre de su padre, era un hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y la pipa de barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de Arcale, tenia alli su centro de operaciones, alli peroraba, discutia y mantenia vivo el odio latente que hay entre los campesinos por el propietario. Vivia el viejo Tellagorri de una porcion de pequenos recursos que el se agenciaba, y tenia mala fama entre las personas pudientes del pueblo. Era, en el fondo, un hombre de rapina, alegre y jovial, buen bebedor, buen amigo y en el interior de su alma bastante violento para pegarle un tiro a uno o para incendiar el pueblo entero. La madre de Martin presintio que, dado el caracter de su hijo, terminaria haciendose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como un hombre siniestro. Efectivamente, asi fue; el mismo dia en que el viejo supo la paliza que su sobrino habia adjudicado al joven Ohando, le tomo bajo su proteccion y comenzo a iniciarle en su vida. El mismo senalado dia en que Martin disfruto de la amistad de Tellagorri, obtuvo tambien la benevolencia de _Marques. Marques_ era el perro de Tellagorri, un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto con las ideas, preocupaciones y manas de su amo, que era como el; ladron, astuto, vagabundo, viejo, cinico, insociable e independiente. Ademas, participaba del odio de Tellagorri por los ricos, cosa rara en un perro. Si _Marques_ entraba alguna vez en la iglesia, era para ver si los chicos habian dejado en el suelo de los bancos donde se sentaban algun mendrugo de pan, no por otra cosa. No tenia veleidades misticas. A pesar de su titulo aristocratico, _Marques_, no simpatizaba ni con el clero ni con la nobleza. Tellagorri le llamaba siempre _Marquesch_, alteracion que en vasco parece mas carinosa. Tellagorri poseia un huertecillo que no valia nada, segun los inteligentes, en el extremo opuesto de su casa, y para ir a el le era indispensable recorrer todo el balcon de la muralla. Muchas veces le propusieron comprarle el huerto, pero el decia que le venia de familia y que los higos de sus higueras eran tan excelentes, que por nada del mundo venderia aquel pedazo de tierra. Todo el mundo creia que conservaba el huertecillo para tener derecho de pasar por la muralla y robar, y esta opinion no se hallaba, ni mucho menos, alejada de la realidad. Tellagorri era de la familia de los Galchagorris, la familia de los pantalones colorados, y este consonante, entre el mote de su familia y su nombre habia servido al padre de la sacristana, viejo chusco que odiaba a Tellagorri, de motivo a una cancion que hasta los chicos la sabian y que mortificaba profundamente a Tellagorri. La cancion decia asi: Tellagorri Galchagorri Ongui etorri Onera. Ostutzale Erantzale Nescatzale Zu cera. (Tellagorri, Galchagorri, bien venido seas aqui. Aficionado a robar, aficionado a beber aficionado a las muchachas, eres tu.) Tellagorri, al oir la cancion, fruncia el entrecejo y se ponia serio. Tellagorri era un individualista convencido, tenia el individualismo del vasco reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorris. --Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda--decia. Esta era la mas social de sus teorias, las mas insociables se las callaba. Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. El se hacia la ropa, el se afeitaba y se cortaba el pelo, se fabrica las abarcas, y no necesitaba de nadie, ni de mujer ni de hombre. Asi al menos lo aseguraba el. Tellagorri, cuando le tomo por su cuenta a Martin, le enseno toda su ciencia. Le explico la manera de acogotar una gallina sin que alborotase, le mostro la manera de coger los higos y las ciruelas de las huertas sin peligro de ser visto, y le enseno a conocer las setas buenas de las venenosas por el color de la hierba en donde se crian. Esta cosecha de setas y la caza de caracoles constituia un ingreso para Tellagorri, pero el mayor era otro. Habia en la Ciudadela, en uno de los lienzos de la muralla, un rellano formado por tierra, al cual parecia tan imposible llegar subiendo como bajando. Sin embargo, Tellagorri dio con la vereda para escalar aquel rincon y, en este sitio recondito y soleado, puso una verdadera plantacion de tabaco, cuyas hojas secas vendia al tabernero Arcale. El camino que llevaba a la plantacion de tabaco del viejo, partia de una heredad de los Ohandos y pasaba por un foso de la Ciudadela. Abriendo una puerta vieja y carcomida que habia en este foso, por unos escalones cubiertos de musgo, se llegaba al rincon de Tellagorri. Este camino subia apoyandose en las gruesas raices de los arboles, constituyendo una escalera de desiguales tramos, metida en un tunel de ramaje. En verano, las hojas lo cubrian por completo. En los dias calurosos de Agosto se podia dormir alli a la sombra, arrullado por el piar de los pajaros y el rezongar de los moscones. El foso era lugar tambien interesante para Martin; las paredes estaban cubiertas de musgos rojos, amarillos y verdes; entre las piedras nacian la lechetrezna, el beleno y el yezgo, y los grandes lagartos tornasolados se tostaban al sol. En los huecos de la muralla tenian sus nidos las lechuzas y los mochuelos. Tellagorri explicaba todo detenidamente a Martin. Tellagorri era un sabio, nadie conocia la comarca como el, nadie dominaba la geografia del rio Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas y de sus aguas como este viejo cinico. Guardaba, en los agujeros del puente romano, su aparejo y su red para cuando la veda; sabia pescar al martillo, procedimiento que se reduce a golpear algunas losas del fondo del rio y luego a levantarlas, con lo que quedan las truchas que han estado debajo inmoviles y aletargadas. Sabia cazar los peces a tiros; ponia lazos a las nutrias en la cueva de Amaviturrieta, que se hunde en el suelo y esta a medias llena de agua; echaba las redes en Ocin beltz, el agujero negro en donde el rio se embalsa; pero no empleaba nunca la dinamita porque, aunque vagamente, Tellagorri amaba la Naturaleza y no queria empobrecerla. Le gustaba tambien a este viejo embromar a la gente: decia que nada gustaba tanto a las nutrias como un periodico con buenas noticias, y aseguraba que si se dejaba un papel a la orilla del rio, estos animales salen a leerlo; contaba historias extraordinarias de la inteligencia de los salmones y de otros peces. Para Tellagorri, los perros si no hablaban era porque no querian, pero el los consideraba con tanta inteligencia como una persona. Este entusiasmo por los canes le habia impulsado a pronunciar esta frase irrespetuosa: --"Yo le saludo con mas respeto a un perro de aguas, que al senor parroco." La tal frase escandalizo el pueblo. Habia gente que comenzaba a creer que Tellagorri y Voltaire eran los causantes de la impiedad moderna. Cuando no tenian, el viejo y el chico, nada que hacer, iban de caza con _Marquesch_ al monte. Arcale le prestaba a Tellagorri su escopeta. Tellagorri, sin motivo conocido, comenzaba a insultar a su perro. Para esto siempre tenia que emplear el castellano: --iCanalla! iGranuja!--le decia--. iViejo cochino! iCobarde! _Marques_ contestaba a los insultos con un ladrido suave, que parecia una quejumbrosa protesta, movia la cola como un pendulo y se ponia a andar en zig-zag, olfateando por todas partes. De pronto veia que algunas hierbas se movian y se lanzaba a ellas como una flecha. Martin se divertia muchisimo con estos espectaculos. Tellagorri lo tenia como acompanante para todo, menos para ir a la taberna; alli no le queria a Martin. Al anochecer, solia decirle, cuando el iba a perorar al parlamento de casa de Arcale: --Anda, vete a mi huerta y coge unas peras de alli, del rincon, y llevatelas a casa. Manana me daras la llave. Y le entregaba un pedazo de hierro que pesaba media tonelada por lo menos. Martin recorria el balcon de la muralla. Asi sabia que en casa de Tal habian plantado alcachofas y en la de Cual judias. El ver las huertas y las casas ajenas desde lo alto de la muralla, y el contemplar los trabajos de los demas, iba dando a Martin cierta inclinacion a la filosofia y al robo. Como en el fondo el joven Zalacain era agradecido y de buena pasta, sentia por su viejo Mentor un gran entusiasmo y un gran respeto. Tellagorri lo sabia, aunque daba a entender que lo ignoraba; pero en buena reciprocidad, todo lo que comprendia que le gustaba al muchacho o servia para su educacion, lo hacia si estaba en su mano. iY que rincones conocia Tellagorri! Como buen vagabundo era aficionado a la contemplacion de la Naturaleza. El viejo y el muchacho subian a las alturas de la Ciudadela, y alla, tendidos sobre la hierba y las aliagas, contemplaban el extenso paisaje. Sobre todo, las tardes de primavera era una maravilla. El rio Ibaya, limpio, claro, cruzaba el valle por entre heredades verdes, por entre filas de alamos altisimos, ensanchandose y saltando sobre las piedras, estrechandose despues, convirtiendose en cascada de perlas al caer por la presa del molino. Cerraban el horizonte montes cenudos y en los huertos se veian arboledas y bosquecillos de frutales. El sol daba en los grandes olmos de follaje espeso de la Ciudadela y los enrojecia y los coloreaba con un tono de cobre. Bajando desde lo alto, por senderos de cabras, se llegaba a un camino que corria junto a las aguas claras del Ibaya. Cerca del pueblo, algunos pescadores de cana, se pasaban la tarde sentados en la orilla y las lavanderas, con las piernas desnudas metidas en el rio, sacudian las ropas y cantaban. Tellagorri conocia de lejos a los pescadores.--Alli estan Tal y Tal, decia--. Seguramente no han pescado nada. No se reunia con ellos; el sabia un rincon perfumado por las flores de las acacias y de los espinos que caia sobre un sitio en donde el rio estaba en sombra y a donde afluian los peces. Tellagorri le curtia a Martin, le hacia andar, correr, subirse a los arboles, meterse en los agujeros como un huron, le educaba a su manera, por el sistema pedagogico de los Tellagorris que se parecia bastante al salvajismo. Mientras los demas chicos estudiaban la doctrina y el caton, el contemplaba los espectaculos de la Naturaleza, entraba en la cueva de Erroitza en donde hay salones inmensos llenos de grandes murcielagos que se cuelgan de las paredes por las unas de sus alas membranosas, se banaba en Ocin beltz, a pesar de que todo el pueblo consideraba este remanso peligrosisimo, cazaba y daba grandes viajatas. Tellagorri hacia que su nieto entrara en el rio cuando llevaban a banar los caballos de la diligencia, montado en uno de ellos. --iMas adentro! iMas cerca de la presa, Martin!--le decia. Y Martin, riendo, llevaba los caballos hasta la misma presa. Algunas noches, Tellagorri, le llevo a Zalacain al cementerio. --Esperame aqui un momento--le dijo. --Bueno. Al cabo de media hora, al volver por alli le pregunto: --?Has tenido miedo, Martin? --?Miedo de que? --_iArrayua!_ Asi hay que ser--decia Tellagorri--. Hay que estar firmes, siempre firmes. CAPITULO III LA REUNION DE LA POSADA DE ARCALE La posada de Arcale estaba en la calle del castillo y hacia esquina al callejon Oquerra. Del callejon se salia al portal de la Antigua; hendidura estrecha y lobrega de la muralla que bajaba por una rampa en zig-zag al camino real. La casa de Arcale era un caseron de piedra hasta el primer piso, y lo demas de ladrillo, que dejaba ver sus vigas cruzadas y ennegrecidas por la humedad. Era, al mismo tiempo, posada y taberna con honores de club, pues alli por la noche se reunian varios vecinos de la _calle_ y algunos campesinos a hablar y a discutir y los domingos a emborracharse. El zaguan negro tenia un mostrador y un armario repleto de vinos y licores; a un lado estaba la taberna, con mesas de pino largas que podian levantarse y sujetarse a la pared, y en el fondo la cocina. Arcale era un hombre grueso y activo, excosechero, extratante de caballos y contrabandista. Tenia cuentas complicadas con todo el mundo, administraba las diligencias, chalaneaba, gitaneaba, y los dias de fiesta anadia a sus oficios el de cocinero. Siempre estaba yendo y viniendo, hablando, gritando, rinendo a su mujer y a su hermano, a los criados y a los pobres; no paraba nunca de hacer algo. La tertulia de la noche en la taberna de Arcale la sostenian Tellagorri y Pichia. Pichia, digno compinche de Tellagorri, le servia de contraste. Tellagorri era flaco, Pichia gordo; Tellagorri vestia de obscuro, Pichia, quiza para poner mas en evidencia su volumen, de claro; Tellagorri pasaba por pobre, Pichia era rico; Tellagorri era liberal, Pichia carlista; Tellagorri no pisaba la iglesia, Pichia estaba siempre en ella, pero a pesar de tantas divergencias Tellagorri y Pichia se sentian almas gemelas que fraternizaban ante un vaso de buen vino. Tenian estos dos oradores de la taberna de Arcale hablando en castellano un caracter comun y era que invariablemente trabucaban las efes y las pes. No habia medio de que las pronunciasen a derechas. --?Que te _farece_ a ti el medico nuevo?--le preguntaba Pichia a Tellagorri. --!Pse!--contestaba el otro--. La _fratica_ es lo que le _palta_. --Pues es hombre listo, hombre de alguna _portuna,_ tiene su _fiano_ en casa. No habia manera de que uno u otro pronunciaran estas letras bien. Tellagorri se sentia poco aficionado a las cosas de iglesia, tenia poca _apicion_, como hubiera dicho el, y cuando bebia dos copas de mas la primera gente de quien empezaba a hablar mal era de los curas. Pichia parecia natural que se indignara y no solo no se indignaba como cerero y religioso, sino que azuzaba a su amigo para que dijera cosas mas fuertes contra el vicario, los coadjutores, el sacristan o la cerora. Sin embargo, Tellagorri respetaba al vicario de Arbea, a quien los clericales acusaban de liberal y de loco. El tal vicario tenia la costumbre de coger su sueldo, cambiarlo en plata y dejarlo encima de la mesa formando un monton, no muy grande, porque el sueldo no era mucho, de duros y de pesetas. Luego, a todo el que iba a pedirle algo, despues de renirle rudamente y de reprocharle sus vicios y de insultarle a veces, le daba lo que le parecia, hasta que a mediados del mes se le acababa el monton de pesetas y entonces daba maiz o habichuelas siempre refunfunando e insultando. Tellagorri decia:--Esos son curas, no como los de aqui, que no quieren mas que vivir bien y buenas _profinas_. Toda la torpeza de Tellagorri hablando castellano se trocaba en facilidad, en rapidez y en gracia cuando peroraba en vascuence. Sin embargo, el preferia hablar en castellano porque le parecia mas elegante. Cualquier cosa llegaba a ser graciosa en boca de aquel viejo truhan; cuando pasaba por delante de la taberna alguna chica bonita, Tellagorri lanzaba un ronquido tan socarron que todo el mundo reia. Otro, haciendo lo mismo, hubiese parecido ordinario y grosero; el, no; Tellagorri tenia una elegancia y una delicadeza innata que le alejaban de la groseria. Era tambien hombre de refranes, y cuando estaba borracho cantaba muy mal, sin afinacion alguna, pero dando a las palabras mucha malicia. Las dos canciones favoritas suyas eran dos hibridas de vascuence y castellano; traducidas literalmente no querian decir gran cosa, pero en sus labios significaban todo. Una, probablemente de su invencion, era asi: Ba dala sargentua Ba dala quefia. Erreguinen bizcarretic Artzen ditu cafia. (Ya sea sargento, ya sea jefe, a costa de la reina, toma su cafe). Esto, en boca de Tellagori, quieria decir que todo el mundo era un pillo. La otra cancion la tenia el viejo para los momentos solemnes, y era asi: Manuelacho, escasayozu Barcasiyua Andresi. (Manolita, pidele perdon a Andres). Y hacia, al decir esto Tellagorri, una reverencia comica, y continuaa con voz gangosa: Beti orrela ibilli gabe majo sharraren iguesi. (Sin andar siempre, de esa manera, huyendo de un viejecito tan majo). Y despues, como una consecuencia grave de lo que habia dicho antes, anadia: Napoleonen pauso gaiztoac ondo dituzu icasi. (Los malos pasos de Napoleon, bien los has aprendido). No era facil comprender que malos pasos de Napoleon habria aprendido Manolita. Probablemente Manolita no tendria ni la mas remota idea de la existencia del heroe de Austerlitz, pero esto no era obstaculo para que la cancion en boca de Tellagorri tuviese muchisima gracia. Para los momentos en que Tellagorri estaba un tanto excitado o borracho, tenia otra cancion bilinguee, en que se celebraba el abrazo de Vergara y que concluia asi: iViva Espartero! iViva erreguina! iOjala de repente ilcobalizaque Bere ama ciquina! (iViva Espartero! iViva la reina! Ojala de repente se muriese su sucia madre!). Este adjetivo, dirigido a la madre de Isabel II, indicaba como habia llegado el odio por Maria Cristina hasta los mas alejados rincones de Espana. CAPITULO IV QUE SE REFIERE A LA NOBLE CASA DE OHANDO A la entrada del pueblo nuevo, en la carretera, y por lo tanto, fuera de las murallas, estaba la casa mas antigua y linajuda de Urbia: la casa de Ohando. Los Ohandos constituyeron durante mucho tiempo la unica aristocracia de la villa; fueron en tiempo remoto grandes hacendados y fundadores de capellanias, luego algunos reveses de fortuna y la guerra civil, amenguaron sus rentas y la llegada de otras familias ricas les quito la preponderancia absoluta que habian tenido. La casa Ohando estaba en la carretera, lo bastante retirada de ella para dejar sitio a un hermoso jardin, en el cual, como haciendo guardia, se levantaban seis magnificos tilos. Entre los grandes troncos de estos arboles crecian viejos rosales que formaban guirnaldas en la primavera cuajadas de flores. Otro rosal trepador, de retorcidas ramas y rosas de color de te, subia por la fachada extendiendose como una parra y daba al viejo casaron un tono delicado y aereo. Tenia ademas este jardin, en el lado que se unia con la huerta, un bosquecillo de lilas y saucos. En los meses de Abril y Mayo, estos arbustos florecian y mezclaban sus tirsos perfumados, sus corolas blancas y sus racimillos azules. En la casa solar, sobre el gran balcon del centro, campeaba el escudo de los fundadores tallado en arenisca roja; se veian esculpidos en el dos lobos rampantes con unas manos cortadas en la boca y un roble en el fondo. En el lenguaje heraldico, el lobo indica encarnizamiento con los enemigos; el roble, venerable antigueedad. A juzgar por el blason de los Ohandos, estos eran de una familia antigua, feroz con los enemigos. Si habia que dar credito a algunas viejas historias, el escudo decia unicamente la verdad. La parte de atras de la casa de los hidalgos daba a una hondonada; tenia una gran galeria de cristales y estaba hecha de ladrillo con entramado negro; enfrente se erguia un monte de dos mil pies, segun el mapa de la provincia, con algunos caserios en la parte baja, y en la alta, desnudo de vegetacion, y solo cubierto a trechos por encinas y carrascas. Por un lado, el jardin se continuaba con una magnifica huerta en declive, orientada al mediodia. La familia de los Ohandos se componia de la madre, dona Agueda, y de sus hijos Carlos y Catalina. Dona Agueda, mujer debil, fanatica y entermiza, de muy poco caracter, estaba dominada constantemente en las cuestiones de la casa por alguna criada antigua y en las cuestiones espirituales por el confesor. En esta epoca, el confesor era un curita joven llamado don Felix, hombre de apariencia tranquila y dulce que ocultaba vagas ambiciones de dominio bajo una capa de mansedumbre evangelica. Carlos de Ohando el hijo mayor de dona Agueda, era un muchacho cerril, obscuro, timido y de pasiones violentas. El odio y la envidia se convertian en el en verdaderas enfermedades. A Martin Zalacain le habia odiado desde pequeno cuando Martin le calento las costillas al salir de la escuela, el odio de Carlos se convirtio en furor. Cuando le veia a Martin andar a caballo y entrar en el rio, le deseaba un desliz peligroso. Le odiaba freneticamente. Catalina, en vez de ser obscura y cerril como su hermano Carlos, era pizpireta, sonriente, alegre y muy bonita. Cuando iba a la escuela con su carita sonrosada, un traje gris y una boina roja en la cabeza rubia, todas las mujeres del pueblo la acariciaban, las demas chicas querian siempre andar con ella y decian que, a pesar de su posicion privilegiada, no era nada orgullosa. Una de sus amigas era Ignacita, la hermana de Martin. Catalina y Martin se encontraban muchas veces y se hablaban; el la veia desde lo alto de la muralla, en el mirador de la casa, sentadita y muy formal, jugando o aprendiendo a hacer media. Ella siempre estaba oyendo hablar de las calaveradas de Martin. --Ya esta ese diablo ahi en la muralla--decia dona Agueda--. Se va a matar el mejor dia. iQue demonio de chico! iQue malo es! Catalina ya sabia que diciendo ese demonio, o ese diablo, se referian a Martin. Carlos alguna vez le habia dicho a su hermana: --No hables con ese ladron. Pero a Catalina no le parecia ningun crimen que Martin cogiera frutas de los arboles y se las comiese, ni que corriese por la muralla. A ella se le antojaban extravagancias, porque desde nina tenia un instinto de orden y tranquilidad y le parecia mal que Martin fuese tan loco. Los Ohandos eran duenos de un jardin proximo al rio, con grandes magnolias y tilos y cercado por un seto de zarzas. Cuando Catalina solia ir alli con la criada a coger flores, Martin las seguia muchas veces y se quedaba a la entrada del seto. --Entra si quieres--le decia Catalina. --Bueno--y Martin entraba y hablaba de sus correrias, de las barbaridadas que iba a hacer y exponia las opiniones de Tellagorri, que le parecian articulos de fe. --iMas te valia ir a la escuela!--le decia Catalina. --iYo! iA la escuela!--exclamaba Martin--. Yo me ire a America o me ire a la guerra. Catalina y la criada entraban por un sendero del jardin lleno de rosales y hacian ramos de flores. Martin las veia y contemplaba la presa, cuyas aguas brillaban al sol como perlas y se deshacian en espumas blanquisimas. --Ya andaria por ahi, si tuviera una lancha--decia Martin. Catalina protestaba. --?No se te van a ocurrir mas que tonterias siempre? ?Por que no eres como los demas chicos? --Yo les pego a todos--contestaba Martin, como si esto fuera una razon. ...En la primavera, el camino proximo al rio era una delicia. Las hojas nuevas de las hayas comenzaban a verdear, el helecho lanzaba al aire sus enroscados tallos, los manzanos y los perales de las huertas ostentaban sus copas nevadas por la flor y se oian los cantos de las malvices y de los ruisenores en las enramadas. El cielo se mostraba azul, de un azul suave, un poco palido y solo alguna nube blanca, de contornos duros, como si fuera de marmol, aparecia en el cielo. Los sabados por la tarde, durante la primavera y el verano, Catalina y otras chicas del pueblo, en compania de alguna buena mujer, iban al campo santo. Llevaba cada una un cestito de flores, hacian una escobilla con los hierbajos secos, limpiaban el suelo de las lapidas en donde estaban enterrados los muertos de su familia y adornaban las cruces con rosas y con azucenas. Al volver hacia casa todas juntas, veian como en el cielo comenzaban a brillar las estrellas y escuchaban a los sapos, que lanzaban su misteriosa nota de flauta en el silencio del crepusculo... Muchas veces, en el mes de Mayo, cuando pasaban Tellagorri y Martin por la orilla del rio, al cruzar por detras de la iglesia, llegaba hasta ellos las voces de las ninas, que cantaban en el coro las flores de Maria. Emenche gauzcatzu ama (Aqui nos tienes, madre.) Escuchaban un momento, y Martin distinguia la voz de Catalina, la chica de Ohando. --Es _Catalin_, la de Ohando--decia Martin. --Si no eres tonto tu, te casaras con ella--replicaba Tellagorri. Y Martin se echaba a reir. CAPITULO V DE COMO MURIO MARTIN LOPEZ DE ZALACAIN, EN EL ANO DE GRACIA DE MIL CUATROCIENTOS Y DOCE. Uno de los vecinos que con mas frecuencia paseaba por la acera de la muralla era un senor viejo, llamado don Fermin Soraberri. Durante muchisimos anos, don Fermin desempeno el cargo de secretario del Ayuntamiento de Urbia, hasta que se retiro, cuando su hija se caso con un labrador de buena posicion. El senor don Fermin Soraberri era un hombre alto, grueso, pesado, con los parpados edematosos y la cara hinchada. Solia llevar una gorrita con dos cintas colgantes por detras, una esclavina azul y zapatillas. La especialidad de don Fermin era la de ser distraido. Se olvidaba de todo. Sus relaciones estaban cortadas por este patron: --Una vez en Onate... (para el senor Soraberri, Onate era la Atenas moderna.--En Espana hay veinte o treinta Atenas modernas.) Una vez en Onate pude presenciar una cosa sumamente interesante. Estabamos reunidos el senor vicario, un senor profesor de primera ensenanza y...--y el senor Soraberri miraba a todas partes, como espantado, con sus grandes ojos turbios, y decia:--?En que iba?... Pues... se me ha olvidado la especie. Al senor Soraberri siempre se le olvidaba la especie. Casi todos los dias el exsecretario se encontraba con Tellagorri y cambiaban un saludo y algunas palabras acerca del tiempo y de la marcha de los arboles frutales. Al comenzar a verle acompanado de Martin, el senor Soraberri se extrano y miraba al muchacho con su aire de elefante hinchado y reblandecido. Penso en dirigirle alguna pregunta, pero tardo varios dias, porque el senor Soraberri era tardo en todo. Al ultimo le dijo, con su majestuosa lentitud: --?De quien es este nino, amigo Tellagorri? --?Este chico? Es un pariente mio. --?Algun Tellagorri? --No; se llama Martin Zalacain. --iHombre! iHombre! Martin Lopez de Zalacain. --No, Lopez no--dijo Tellagorri. --Yo se lo que me digo. Este nino se llama realmente Martin Lopez de Zalacain y sera de ese caserio que esta ahi cerca del portal de Francia. --Si, senor; de ahi es. --Pues conozco su historia, y Lopez de Zalacain ha sido y Lopez de Zalacain sera, y si quiere usted manana vaya usted a mi casa y le leere a usted un papel que copie del archivo del Ayuntamiento acerca de esa cuestion. Tellagorri dijo que iria y, efectivamente, al dia siguiente, pensando que quiza lo dicho por el exsecretario tuviese alguna importancia, se presento con Martin en su casa. Al senor Soraberri se le habia olvidado la especie, pero recordo pronto de que se trataba; encargo a su hija que trajese un vaso de vino para Tellagorri, entro el en su despacho y volvio poco despues con unos papeles viejos en la mano; se puso los anteojos, carraspeo, revolvio sus notas, y dijo: --iAh! Aqui estan. Esto--anadio--es una copia de una narracion que hace el cronista Inigo Sanchez de Ezpeleta acerca de como fue vertida la primera sangre en la guerra de los linajes, en Urbia, entre el solar de Ohando y el de Zalacain, y supone que estas luchas comenzaron en nuestra villa a fines del siglo XIV o a principios del XV. --?Y hace mucho tiempo de eso?--pregunto Tellagorri. --Cerca de quinientos anos. --?Y ya existian Zalacain entonces? --No solo existian, sino que eran nobles. --Oye, oye--dijo Tellagorri dando un codazo a Martin, que se distraia. --?Quieren ustedes que lea lo que dice el cronista? --Si, si. --Bueno. Pues dice asi: "Titulo: De como murio Martin Lopez de Zalacain, en el ano de gracia de mil cuatrocientos y doce." Leido esto, Soraberri tosio, escupio y comenzo esta relacion con gran solemnidad: "Enemistad antigua senalada avya entre el solar d'Ohando, que es del reino de Navarra, e el de Zalacain, que es en tierra de la Borte. E dicese que la causa della foe sobre envidia e a cual valia mas, e ficieron muchos malheficios e los de Zalacain quemaron vivo al senyor de Sant Pedro en una pelea que ovyeron en el llano del Somo e porque no dexo fijo el dicho senyor de Sant Pedro casaron una su fija con Martin Lopez de Zalacain, home muy andariego. E dicho Martin Lopez seyendo venido a la billa d'Urbia foe desafiado por Mosen de Sant Pedro, del solar d'Ohando, que era sobrino del otro senyor de Sant Pedro e que habia fecho muchos malheficios, acechanzas e rrobos. E Martin Lopez contestole a su desafiamiento: Como vos sabedes yo so contado aqui por el mas esforzado ome y ardite en el fecho de las armas en toda esta tierra y paresce que los d'Ohando a vos han traido por la mejor lanza de Navarra por vengar la muertte de mi suegro que foe en la pelea peleada con lealtad en el Somo e como el cuibdaba matar a mi, yo a el. E por ende si a vos pluguiese que nos probemos vos e yo, uno para otro, fasta que uno de nos o ambos por ventura muramos, a mi plasera mucho e aqui presto. E respondiole Mosen de Sant Pedro que le plasia e se citaron en el prado de Sant Ana. En esta sazon venya dicho Martin Lopez encima de su cavallo como esforzado cavallero e antes de pelear con Mosen de Sant Pedro foe ferido de una saeta que le entro por un ojo e cayo muertto del cavallo en medio del prado. E lo desjarretaron. E preparo la asechanza e armo la ballestta e la disparo Velche de Micolalde, deudo e amigo de Mosen de Sant Pedro d'Ohando. E los omes de Martin Lopez como lo veyeron muertto e eran pocos enfrente de los de Ohando, ovyeron muy grant miedo e comenzaron todos a fugir. E cuando lo supo la muger de Martin Lopez fue la triste al prado de Sant Ana, e cuando vido el cuerpo de su marido, sangriento y mutilado, se afinojo, prisole en sus brazos e comenzo a llorar, maldiciendo la guerra e su mala fortuna. E esto pataba en el ano de Nuestro Senyor de mil cuatrociensos y doce." Cuando concluyo el senor Soraberri, miro a traves de sus anteojos a sus dos oyentes. Martin no se habia enterado de nada; Tellagorri dijo: --Si, esos Ohandos es gente _palsa_. Mucho ir a la iglesia, pero luego matan a traicion. Soraberri recomendo eficazmente a su amigo Tellagorri que no hiciera nunca juicios aventurados y temerarios, y con este motivo comenzo a contar una historia, precisamente ocurrida en Onate, pero al ir a especificar los que habian intervenido en su historia, se le olvido la especie, y lo sintio, verdaderamente lo sintio, porque, segun dijo, tenia la seguridad de que el hecho era sumamente interesante y, ademas, muy digno de mencion. CAPITULO VI DE COMO LLEGARON UNOS TITIRITEROS Y DE LO QUE SUCEDIO DESPUES Un dia de Mayo, al anochecer, se presentaron en el camino real tres carros, tirados por caballos flacos, llenos de mataduras y de esparavanes. Cruzaron la parte nueva del pueblo y se detuvieron en lo alto del prado de Santa Ana. No podia Tellagorri, gaceta de la taberna de Arcale, quedar sin saber en seguida de que se trataba; asi que se presento al momento en el lugar, seguido de _Marques_. Trabo inmediatamente conversacion con el jefe de la caravana, y despues de varias preguntas y respuestas y de decir el hombre que era frances y domador de fieras, Tellagorri se lo llevo a la taberna de Arcale. Martin se entero tambien de la llegada de los domadores con sus fieras enjauladas, y a la manana siguiente, al levantarse, lo primero que hizo fue dirigirse al prado de Santa Ana. Comenzaba a salir el sol cuando llego al campamento del domador. Uno de los carros era la casa de los saltimbanquis. Acababan de salir de dentro el domador, su mujer, un viejo, un chico y una chica. Solo una nina de pocos meses quedo en la carreta-choza jugando con un perro. El domador no ofrecia ese aire, entre petulante y grotesco, tan comun a los acrobatas de barracas y gentes de feria; era sombrio, joven, con aspecto de gitano, el pelo negro y rizoso, los ojos verdes, el bigote alargado en las puntas por una especie de patillas pequenas y la expresion de maldad siniestra y repulsiva. El viejo, la mujer y los chicos tenian solo caracter de pobres, eran de esos tipos y figuras borrosas que el troquel de la miseria produce a millares. El hombre, ayudado por el viejo y por el chico, trazo con una cuerda un circulo en la tierra y en el centro planto un palo grande, de cuya punta partian varias cuerdas que se ataban en estacas clavadas fuertemente en el suelo. El domador busco a Tellagorri para que le proporcionara una escalera; le indico este que habia una en la taberna de Arcale, la sacaron de alli y con ella sujetaron las lonas, hasta que formaron una tienda de campana de forma conica. Los dos carros con jaulas en donde iban las fieras los colocaron dejando entre ellos un espacio que servia de puerta al circo, y encima y a los lados pusieron los saltimbanquis tres carteles pintarrajeados. Uno representaba varios perros lanzandose sobre un oso, el otro una lucha entre un leon y un bufalo y el tercero unos indios atacando con lanzas a un tigre que les esperaba en la rama de un arbol como si fuera un jilguero. Dieron los hombres la ultima mano al circo, y el domingo, en el momento en que la gente salia de visperas, se presento el domador seguido del viejo en la plaza de Urbia, delante de la iglesia. Ante el pueblo congregado, el domador comenzo a soplar en un cuerno de caza y su ayudante redoblo en el tambor. Recorrieron los dos hombres las calles del barrio viejo y luego salieron fuera de puertas, y tomando por el puente, seguidos de una turba de chicos y chicas llegaron al prado de Santa Ana, se acercaron a la barraca y se detuvieron ante ella. A la entrada la mujer tocaba el bombo con la mano derecha y los platillos con la izquierda, y una chica desmelenada agitaba una campanilla. Unieronse a estos sonidos discordantes las notas agudisimas del cuerno de caza y el redoble del tambor, produciendo entre todo una algarabia insoportable. Este ruido ceso a una senal imperiosa del domador, que con su instrumento de viento en el brazo izquierdo se acerco a una escalera de mano proxima a la entrada, subio dos o tres peldanos, tomo una varita y senalando las monstruosas figuras pintarrajeadas en los lienzos, dijo con voz enfatica: --Aqui veran ustedes los osos, los lobos, el leon y otras terribles fieras. Veran ustedes la lucha del oso de los Pirineos con los perros que saltan sobre el y acaban por sujetarle. Este es el leon del desierto cuyos rugidos espantan al mas bravo de los cazadores. Solo su voz pone espanto en el corazon mas valiente... iOid! El domador se detuvo un momento y se oyeron en el interior de la barraca terribles rugidos, y como contestandolos, el ladrar feroz de una docena de perros. El publico quedo aterrorizado. --En el desierto... El domador iba a seguir, pero viendo que el efecto de curiosidad en el publico estaba conseguido y que la multitud pretendia pasar sin tardanza al interior del circo, grito: --La entrada no cuesta mas que un real. iAdelante, senores! iAdelante! Y volvio a atacar con el cuerno de caza un aire marcial, mientras el viejo ayudante redoblaba en el tambor. La mujer abrio la lona que cerraba la puerta y se puso a recoger los cuartos de los que iban pasando. Martin presencio todas estas maniobras con una curiosidad creciente, hubiera dado cualquier cosa por entrar, pero no tenia dinero. Busco una rendija entre las lonas para ver algo, pero no la pudo encontrar; se tendio en el suelo y estaba asi con la cara junto a la tierra cuando se le acerco la chica haraposa del domador que tocaba la campanilla a la puerta. --Eh, tu ?que haces ahi? --Mirar--dijo Martin. --No se puede. --?Y por que no se puede? --Porque no. Si no quedate ahi, ya veras si te pesca mi amo. --?Y quien es tu amo? --?Quien ha de ser? El domador. --iAh! ?Pero tu eres de aqui? --Si --?Y no sabes pasar? --Si no dices a nadie nada ya te pasare. --Yo tambien te traere cerezas. --?De donde? --Yo se donde las hay. --?Como te llamas? --Martin, ?y tu? --Yo, Linda. --Asi se llamaba la perra del medico--dijo poco galantemente Martin. Linda no protesto de la comparacion; fue detras de la entrada del circo, tiro de una lona, abrio un resquicio, y dijo a Martin: --Anda, pasa. Se deslizo Martin y luego ella. --?Cuando me daras las cerezas?--pregunto la chica. --Cuando esto se concluya ire a buscarlas. Martin se coloco entre el publico. El espectaculo que ofrecia el domador de fieras era realmente repulsivo. Alrededor del circo, atados a los pies de un banco hecho con tablas, habia diez o doce perros flacos y sarnosos. El domador hizo restallar el latigo, y todos los perros a una comenzaron a ladrar y a aullar furiosamente. Luego el hombre vino con un oso atado a una cadena, con la cabeza protegida por una cubierta de cuero. El domador obligo a ponerse de pie varias veces al oso, y a bailar con el palo cruzado sobre los hombros y a tocar la pandereta. Luego solto un perro que se lanzo sobre el oso, y despues de un momento de lucha se le colgo de la piel. Tras de este solto otro perro y luego otro y otro, con lo cual el publico se comenzo a cansar. A Martin no le parecio bien, porque el pobre oso estaba sin defensa alguna. Los perros se echaban con tal furia sobre el oso que para obligarles a soltar la presa el domador o el viejo tenian que morderles la cola. A Martin no le agrado el espectaculo y dijo en voz alta, y algunos fueron de su opinion, que el oso atado no podia defenderse. Despues todavia martirizaron mas a la pobre bestia. El domador era un verdadero canalla y pegaba al animal en los dedos de las patas, y el oso babeaba y gemia con unos gemidos ahogados. --iBasta! iBasta!--grito un indiano que habia estado en California. --Porque tiene el oso atado hace eso--dijo Martin--, sino no lo haria. El domador se fijo en el muchacho y le lanzo una mirada de odio. Lo que siguio fue mas agradable, la mujer del domador, vestida con un traje de lentejuelas, entro en la jaula del leon, jugo con el, le hizo saltar y ponerse de pie, y despues Linda dio dos o tres volatines y vino con un monillo vestido de rojo a quien obligo a hacer ejercicios acrobaticos. El espectaculo concluia. La gente se disponia a salir. Martin vio que el domador le miraba. Sin duda se habia fijado en el. Martin se adelanto a salir, y el domador le dijo: --Espera, tu no has pagado. Ahora nos veremos. Te voy a echar los perros como al oso. Martin retrocedio espantado; el domador le contemplaba con una sonrisa feroz. Martin recordo el sitio por donde entro y empujando violentamente la lona la abrio y salio fuera de la barraca. El domador quedo chasqueado. Dio despues Martin la vuelta al prado de Santa Ana, hasta detenerse prudentemente a quince o veinte metros de la entrada del circo. Al ver a Linda le dijo: --?Quieres venir? --No puedo. --Pues ahora te traere las cerezas. En el momento que hablaban aparecio corriendo el domador, penso sin duda en abalanzarse sobre Martin, pero comprendiendo que no le alcanzaria se vengo en la nina y le dio una bofetada brutal. La chiquilla cayo al suelo. Unas mujeres se interpusieron e impidieron al domador siguiera pegando a la pobre Linda. --To lo has metido dentro, ?verdad?--grito el domador en frances. --No; ha sido el que ha entrado. --Mentira. Has sido tu. Confiesa o te deslomo. --Si, he sido yo. --?Y por que? --Porque me ha dicho que me traeria cerezas. --Ah, bueno--y el domador se tranquilizo--, que las traiga, pero si te las comes te hartare de palos. Ya lo sabes. Martin, al poco rato, volvio con la boina llena de cerezas. La Linda las puso en su delantal y estaba con ellas cuando se presento el domador de nuevo. Martin se aparto dando un salto hacia atras. --No, no te escapes--dijo el domador con una sonrisa que queria ser amable. Martin se quedo. Luego, el hombre le pregunto quien era, y el al saber su parentesco con Tellagorri, le dijo: --Ven cuando quieras, te dejare pasar. Durante los demas dias de la semana, la barraca del domador estuvo vacia. El domingo, los saltimbanquis hicieron dar un bando por el pregonero diciendo que representarian un numero extraordinario e interesantisimo. Martin se lo dijo a su madre y a su hermana. La chica se asustaba al escuchar el relato de las fieras y no quiso ir. Acudieron solo la madre y el hijo. El numero sensacional era la lucha de la Linda con el oso. La chiquilla se presento desnuda de medio cuerpo arriba y con unos pantalones de percal rojo. Linda se abrazo al oso y hacia que luchaba con el, pero el domador tiraba a cada paso de una cuerda atada a la nariz del plantigrado. A pesar de que la gente pensaba que no habia peligro para la nina, producia una horrible impresion ver las grandes y peludas garras del animal sobre las espaldas debiles de la nina. Despues del numero sensacional que no entusiasmo al publico, entro la mujer en la jaula del leon. La fiera debia estar enferma, porque la domadora no hallo medio de que hiciese los ejercicios de costumbre. Viendo semejante fracaso el domador, poseido de una rabiosa furia, entro en la jaula, mando salir a la mujer y empezo a latigazos con el leon. Este se levanto ensenando los dientes, y lanzando un rugido se echo sobre domador; el viejo ayudante metio, por entre los barrotes de la jaula, una palanca de hierro para aislar el hombre de la fiera, pero con tan poca fortuna, que la palanca se engancho en las ropas del domador y en vez de protegerle le inmovilizo y le dejo entregado a la fiera. El publico vio al domador echando sangre, y se levanto despavorido y se dispuso a huir. No habia peligro para los espectadores, pero un panico absurdo hizo que todos se lanzasen atropelladamente a la salida; alguien, que luego no se supo quien fue, disparo un tiro contra el leon, y en aquel momento insensato de fuga resultaron magullados y contusos varias mujeres y ninos. El domador quedo tambien gravemente herido. Dos mujeres fueron recogidas con contusiones de importancia, una de ellas, una vieja de un caserio lejano que hacia diez anos que no habia estado en Urbia, la otra, la madre de Martin, que ademas de las magulladuras y golpes, presentaba una herida en el cuello, ocasionada, segun dijo el medico, por un trozo del barrote de la jaula, desprendido al choque de la bala disparada por una persona desconocida. Se traslado a la madre de Martin a su casa, y fuera que las contusiones y la herida tuviesen gravedad, fuera como dijeron algunos que no estuviese bien atendida, el caso fue que la pobre mujer murio a la semana del accidente de la barraca, dejando huerfanos a Martin y a la Ignacia. CAPITULO VII COMO TELLAGORRI SUPO PROTEGER A LOS SUYOS A la muerte de la madre de Martin, Tellagorri, con gran asombro del pueblo, recogio a sus sobrinos y se los llevo a su casa. La senora de Ohando dijo que era una lastima que aquellos ninos fuesen a vivir con un hombre desalmado, sin religion y sin costumbres, capaz de decir que saludaba con mas respeto a un perro de aguas que al senor parroco. La buena senora se lamento, pero no hizo nada, y Tellagorri se encargo de cuidar y alimentar a los huerfanos. La Ignacia entro en la posada de Arcale de ninera y hasta los catorce anos trabajo alli. Martin frecuento la escuela durante algunos meses, pero le tuvo que sacar Tellagorri antes del ano porque se pegaba con todos los chicos y hasta quiso zurrar al pasante. Arcale, que sabia que el muchacho era listo y de genio vivo, le utilizo para recadista en el coche de Francia, y cuando aprendio a guiar, de recadista le ascendieron a cochero interino y al cabo de un ano le pasaron a cochero en propiedad. Martin, a los diez y seis anos, ganaba su vida y estaba en sus glorias. Se jactaba de ser un poco barbaro y vestia un tanto majo, con la elegancia garbosa de los antiguos postillones. Llevaba chalecos de color, y en la cadena del reloj colgantes de plata. Le gustaba lucirse los domingos en el pueblo; pero no le gustaba menos los dias de labor marchar en el pescante por la carretera restallando el latigo, entrar en las ventas del camino, contar y oir historias y llevar encargos. La senora de Ohando y Catalina se los hacian con mucha frecuencia, y le recomendaban que les trajese de Francia telas, puntillas y algunas veces alhajas. --?Que tal, Martin?--le decia Catalina en vascuence. --Bien--contestaba el rudamente, haciendose mas el hombre--. ?Y en vuestra casa? --Todos buenos. Cuando vayas a Francia, tienes que comprarme una puntilla como la otra. ?Sabes? --Si, si, ya te comprare. --?Ya sabes frances? --Ahora empiezo a hablar. Martin se estaba haciendo un hombreton, alto, fuerte, decidido. Abusaba un poco de su fuerza y de su valor, pero nunca atacaba a los debiles. Se distinguia tambien como jugador de pelota y era uno de los primeros en el trinquete. Un invierno hizo Martin una hazana, de la que se hablo en el pueblo. La carretera estaba intransitable por la nieve y no pasaba el coche. Zalacain fue a Francia y volvio a pie, por la parte de Navarra, con un vecino de Larrau. Pasaron los dos por el bosque de Iraty y les acometieron unos cuantos jabalies. Ninguno de los hombres llevaba armas, pero a garrotazos mataron tres de aquellos furiosos animales, Zalacain dos y el de Larrau otro. Cuando Martin volvio triunfante, muerto de fatiga y con sus dos jabalies, el pueblo entero le considero como un heroe. Tellagorri tambien fue muy felicitado por tener un sobrino de tanto valor y audacia. El viejo, muy contento, aunque haciendose el indiferente, decia: Este sobrino mio va a dar mucho que hablar. De casta le viene al galgo. Porque yo no se si vosotros habreis oido hablar de Lopez de Zalacain. ?No? Pues preguntadle a ese viejo Soraberri, ya vereis lo que os cuenta... --?Y que tiene que ver ese Lopez con tu sobrino?--le replicaban. --Pues que es antepasado de Martin. No comprendeis nada. Tellagorri pago caro el triunfo obtenido por su sobrino en la caza de los jabalies, porque de tanto beber se puso enfermo. La Ignacia y Martin, por consejo del medico, obligaron al viejo a que suprimiese toda bebida, fuese vino o licor; pero Tellagorri, con tal procedimiento de abstinencia, languidecia y se iba poniendo triste. --Sin vino y sin _patharra_ soy un hombre muerto--decia Tellagorri--; y, viendo que el medico no se convencia de esta verdad, hizo que llamaran a otro mas joven. Este le dio la razon al borracho, y no solo le recomendo que bebiera todos los dias un poco de aguardiente, sino que le receto una medicina hecha con ron. La Ignacia tuvo que guardar la botella del medicamento, para que el enfermo no se la bebiera de un trago. A medida que entraba el alcohol en el cuerpo de Tellagorri, el viejo se erguia y se animaba. A la semana de tratamiento se encontraba tan bien, que comenzo a levantarse y a ir a la posada de Arcale, pero se creyo en el caso de hacer locuras, a pesar de sus anos, y anduvo de noche entre la nieve y cogio una pleuresia. --De esta no sale usted--le dijo el medico incomodado, al ver que habia faltado a sus prescripciones. Tellagorri lo comprendio asi y se puso serio, hizo una confesion rapida, arreglo sus cosas y, llamando a Martin, le dijo en vascuence: --Martin, hijo mio, yo me voy. No llores. Por mi lo mismo me da. Eres fuerte y valiente y eres buen chico. No abandones a tu hermana, ten cuidado con ella. Por ahora, lo mejor que puedes hacer es llevarla a casa de Ohando. Es un poco coqueta; pero Catalina la tomara. No le olvides tampoco a _Marquesch_; es viejo, pero ha cumplido. --No, no le olvidare--dijo Martin sollozando. --Ahora--prosiguio Tellagorri--te voy a decir una cosa y es que antes de poco habra guerra. Tu eres valiente, Martin, tu no tendras miedo de las balas. Vete a la guerra, pero no vayas de soldado. Ni con los blancos, ni con los negros. iAl comercio, Martin! iAl comercio! Venderas a los liberales y a los carlistas, haras tu pacotilla y te casaras con la chica de Ohando. Si teneis un chico, llamadle como yo, Miguel, o Jose Miguel. --Bueno--dijo Martin, sin fijarse en lo extravagante de la recomendacion. --Dile a Arcale--siguio diciendo el viejo--donde tengo el tabaco y las setas. Ahora acercate mas. Cuando yo me muera, registra mi jergon y encontraras en esta punta de la izquierda un calcetin con unas monedas de oro. Ya te he dicho, no quiero que las emplees en tierras, sino en generos de comercio. --Asi lo hare. --Creo que te lo he dicho todo. Ahora dame la mano. Firmes, ?eh? --Firmes. El pobre Tellagorri se olvido de decir _Pirmes_, como hubiera dicho estando sano. --A esa sosa de la Ignacia--anadio poco despues el viejo--le puedes dar lo que te parezca cuando se case. A todo dijo Martin que si. Luego acompano al viejo, contestando a sus preguntas, algunas muy extranas, y por la madrugada dejo de vivir Miguel de Tellagorri, hombre de mala fama y de buen corazon. CAPITULO VIII COMO AUMENTO EL ODIO ENTRE MARTIN ZALACAIN Y CARLOS OHANDO Cuando murio Tellagorri, Catalina de Ohando, ya una senorita, hablo a su madre para que recogiera a la Ignacia, la hermana de Martin. Era esta, segun se decia, un poco coqueta y estaba acostumbrada a los piropos de la gente de casa de Arcale. La suposicion de que la muchacha, siguiendo en la taberna, pudiese echarse a perder, influyo en la senora de Ohando para llevarla a su casa de doncella. Pensaba sermonearla hasta quitarla todos los malos resabios y dirigirla por la senda de la mas estrecha virtud. Con el motivo de ver a su hermana, Martin fue varias veces a casa de Ohando y hablo con Catalina y dona Agueda. Catalina seguia hablandole de tu y dona Agueda manifestaba por el afecto y simpatia, expresados en un sin fin de advertencias y de consejos. El verano se presento Carlos Ohando, que venia de vacaciones del colegio de Onate. Pronto noto Martin que, con la ausencia, el odio que le profesaba Carlos mas habia aumentado que disminuido. Al comprobar este sentimiento de hostilidad, dejo de presentarse en casa de Ohando. --No vas ahora a vernos--le dijo alguna vez que le encontro en la calle, Catalina. --No voy, porque tu hermano me odia--contesto claramente Martin. --No, no lo creas. --iBah! Yo se lo que me digo. El odio existia. Se manifesto primeramente en el juego de pelota. Tenia Martin un rival en un chico navarro, de la Ribera del Ebro, hijo de un carabinero. A este rival le llamaban _el Cacho_, porque era zurdo. Carlos de Ohando y algunos condiscipulos suyos, carlistas que se las echaban de aristocratas, comenzaron a proteger al _Cacho_ y a excitarlo y a lanzarlo contra Martin. _El Cacho_ tenia un juego furioso de hombre pequeno e iracundo; el juego de Martin, tranquilo y reposado, era del que esta seguro de si mismo. _El Cacho_, si comenzaba a ganar, se exaltaba, llevaba el partido al vuelo; en cambio, desanimado, no tiraba una pelota que no fuese falta. Eran dos tipos, Zalacain y _el Cacho_, completamente distintos; el uno, la serenidad y la inteligencia del montanes, el otro, el furor y el brio del ribereno. Semejante rivalidad, explotada por Ohando y los senoritos de su cuerda, termino en un partido que propusieron los amigos del _Cacho_. El desafio se concerto asi; _el Cacho_ e Isquina, un jugador viejo de Urbia, contra Zalacain y el companero que este quisiera tomar. El partido seria a cesta y a diez juegos. Martin eligio como zaguero a un muchacho vasco frances que estaba de oficial en la panaderia de Archipi y que se llamaba Bautista Urbide. Bautista era delgado, pero fuerte, sereno y muy dueno de si mismo. Se aposto mucho dinero por ambas partes. Casi todo el elemento popular y liberal estaba por Zalacain y Urbide; los senoritos, el sacristan y la gente carlista de los caserios por _el Cacho_. El partido constituyo un acontecimiento en Urbia; el pueblo entero y mucha gente de los alrededores se dirigio al juego de pelota a presenciar el espectaculo. La lucha principal iba a ser entre los dos delanteros, entre Zalacain y _el Cacho. El Cacho_ ponia de su parte su nerviosidad, su furia, su violencia en echar la pelota baja y arrinconada; Zalacain se fiaba en su serenidad, en su buena vista y en la fuerza de su brazo, que le permitia coger la pelota y lanzarla a lo lejos. La montana iba a pelear contra la llanura. Comenzo el partido en medio de una gran expectacion; los primeros juegos fueron llevados a la carrera por _el Cacho_, que tiraba las pelotas como balas unas lineas solamente por encima de la raya, de tal modo que era imposible recogerlas. A cada jugada maestra del navarro, los senoritos y los carlistas aplaudian entusiasmados; Zalacain sonreia, y Bautista le miraba con cierto mal disimulado panico. Iban cuatro juegos por nada, y ya parecia el triunfo del navarro casi seguro cuando la suerte cambio y comenzaron a ganar Zalacain y su companero. Al principio, _el Cacho_ se defendia bien y remataba el juego con golpes furiosos, pero luego, como si hubiese perdido el tono, comenzo a hacer faltas con una frecuencia lamentable y el partido se igualo. Desde entonces se vio que _el Cacho_ e Isquina perdian el juego. Estaban desmoralizados. _El Cacho_ se tiraba contra la pelota con ira, hacia una falta y se indignaba; pegaba con la cesta en la tierra enfurecido y echaba la culpa de todo a su zaguero. Zalacain y el vasco frances, duenos de la situacion, guardaban una serenidad completa, corrian elasticamente y reian. --Ahi, Bautista--decia Zalacain--. iBien! --Corre, Martin--gritaba Bautista--. iEso es! El juego termino con el triunfo completo de Zalacain y de Urbide. --_iViva gutarrac_. (iVivan los nuestros!)--gritaron los de la _calle_ de Urbia aplaudiendo torpemente. Catalina sonrio a Martin y le felicito varias veces. --iMuy bien! iMuy bien! --Hemos hecho lo que hemos podido--contesto el sonriente. Carlos Ohando se acerco a Martin, y le dijo con mal ceno: --_El Cacho_ te juega mano a mano. --Estoy cansado--contesto Zalacain. --?No quieres jugar? --No. Juega tu si quieres. Carlos, que habia comprobado una vez mas la simpatia de su hermana por Martin, sintio avivarse su odio. Habia venido aquella vez Carlos Ohando de Onate mas sombrio, mas fanatico y mas violento que nunca. Martin sabia el odio del hermano de Catalina y, cuando lo encontraba por casualidad, huia de el, lo cual a Carlos le producia mas ira y mas furor. Martin estaba preocupado, buscando la manera de seguir los consejos de Tellagorri y de dedicarse al comercio; habia dejado su oficio de cochero y entrado con Arcale en algunos negocios de contrabando. Un dia, una vieja criada de casa de Ohando, chismosa y murmuradora, fue a buscarle y le conto que la Ignacia, su hermana, coqueteaba con Carlos, el senorito de Ohando. Si dona Agueda lo notaba iba a despedir a la Ignacia, con lo cual el escandalo dejaria a la muchacha en una mala situacion. Martin, al saberlo, sintio deseos de presentarse a Carlos y de insultarle y desafiarle. Luego, pensando que lo esencial era evitar las murmuraciones, ideo varias cosas, hasta que al ultimo le parecio lo mejor ir a ver a su amigo Bautista Urbide. Habia visto al vasco frances muchas veces bailando con la Ignacia y creia que tenia alguna inclinacion por ella. El mismo dia que le dieron la noticia se presento en la tahona de Archipi en donde Urbide trabajaba. Lo encontro al vasco frances desnudo de medio cuerpo arriba en la boca del horno. --Oye, Bautista--le dijo. --?Que pasa? --Te tengo que hablar. --Te escucho--dijo el frances mientras maniobraba con la pala. --?A ti te gusta la _Inasi_, mi hermana? --iHombre!... si. iQue pregunta!--exclamo Bautista--.?Para eso vienes a verme? --?Te casarias con ella? --Si tuviera dinero para establecerme ya lo creo. --?Cuanto necesitarias? --Unos ochenta o cien duros. --Yo te los doy. --?Y por que es esa prisa? ?Le pasa algo a la Ignacia? --No, pero he sabido que Carlos Ohando la esta haciendo el amor. iY como la tiene en su casa!... --Nada, nada. Hablale tu y, si ella quiere, ya esta. Nos casamos en seguida. Se despidieron Bautista y Martin, y este, al dia siguiente, llamo a su hermana y le reprocho su coqueteria y su estupidez. La Ignacia nego los rumores que habian llegado hasta su hermano, pero al ultimo confeso que Carlos la pretendia, pero con buen fin. --iCon buen fin!--exclamo Zalacain--. Pero tu eres idiota, criatura. --?Por que? --Porque te quiere enganar, nada mas. --Me ha dicho que se casara conmigo. --?Y tu le has creido? --iYo! Le he dicho que espere y que te preguntare a ti, pero el me ha contestado que no quiere que te diga a ti nada. --Claro. Porque yo echaria abajo sus planes. Te quiere enganar, y quiere deshonrarnos, y que el pueblo entero nos desprecie porque me odia a mi. Yo no te digo mas que una cosa, que si pasa algo entre ese sacristan y tu, te despellejo a ti y a el, y le pego fuego a la casa, aunque me lleven a presidio para toda la vida. La Ignacia se echo a llorar, pero cuando Martin le dijo que Bautista se queria casar con ella y que tenia dinero, se secaron pronto sus lagrimas. --?Bautista quiere casarse?--pregunto la Ignacia asombrada. --Si. --iPero si no tiene dinero! --Pues ahora lo ha encontrado. La idea del casamiento con Bautista no solo consolo a la muchacha, sino que parecio ofrecerle un halagador porvenir. --?Y que quieres que haga? ?Salir de la casa?--pregunto la Ignacia, secandose las lagrimas y sonriendo. --No, por de pronto sigue ahi, es lo mejor, y dentro de unos dias Bautista ira a ver a dona Agueda y a decirla que se casa contigo. Se hizo lo acordado por los dos hermanos. En los dias siguientes, Carlos Ohando vio que su conquista no seguia adelante, y el domingo, en la plaza, pudo comprobar que la Ignacia se inclinaba definitivamente del lado de Bautista. Bailaron la muchacha y el panadero toda la tarde con gran entusiasmo. Carlos espero a que la Ignacia se encontrara sola y la insulto y la echo en cara su coqueteria y su falsedad. La muchacha, que no tenia gran inclinacion por Carlos, al verle tan violento cobro por el desvio y miedo. Poco despues, Bautista Urbide se presento en casa de Ohando, hablo a dona Agueda, se celebro la boda, y Bautista y la Ignacia fueron a vivir a Zaro, un pueblecillo del pais vasco frances. CAPITULO IX COMO INTENTO VENGARSE CARLOS DE MARTIN ZALACAIN Carlos Ohando enfermo de colera y de rabia. Su naturaleza, violenta y orgullosa, no podia soportar la humillacion de ser vencido; solo el pensarlo le mortificaba y le corroia el alma. Al intentar seducir Carlos a la Ignacia, casi podia mas en el su odio contra Martin que su inclinacion por la chica. Deshonrarle a ella y hacerle a el la vida triste, era lo que le encantaba. En el fondo, el aplomo de Zalacain, su contento por vivir, su facilidad para desenvolverse, ofendian a este hombre sombrio y fanatico. Ademas, en Carlos la idea de orden, de categoria, de subordinacion, era esencial, fundamental, y Martin intentaba marchar por la vida sin cuidarse gran cosa de las clasificaciones y de las categorias sociales. Esta audacia ofendia profundamente a Carlos y hubiese querido humillarle para siempre, hacerle reconocer su inferioridad. Por otra parte, el fracaso de su tentativa de seduccion le hizo mas malhumorado y sombrio. Una noche, aun no convaleciente de su enfermedad, producida por el despecho y la colera, se levanto de la cama, en donde no podia dormir, y bajo al comedor. Abrio una ventana y se asomo a ella. El cielo estaba sereno y puro. La luna blanqueaba las copas de los manzanos, cubiertos por la nieve de sus menudas flores. Los melocotoneros extendian a lo largo de las paredes sus ramas, abiertas en abanico, llenas de capullos. Carlos respiraba el aire tibio de la noche, cuando oyo un cuchicheo y presto atencion. Estaba hablando su hermana Catalina, desde la ventana de su cuarto, con alguien que se encontraba en la huerta. Cuando Carlos comprendio que era con Martin con quien hablaba, sintio un dolor agudisimo y una impresion sofocante de ira. Siempre se habia de encontrar enfrente de Martin. Parecia que el destino de los dos era estorbarse y chocar el uno contra el otro. Martin contaba bromeando a Catalina la boda de Bautista y de la Ignacia, en Zaro, el banquete celebrado en casa del padre del vasco frances, el discurso del alcalde del pueblecillo... Carlos desfallecia de colera. Martin le habia impedido conquistar a la Ignacia y deshonraba, ademas, a los Ohandos siendo el novio de su hermana, hablando con ella de noche. Sobre todo, lo que mas heria a Carlos, aunque no lo quisiera reconocer, lo que mas le mortificaba en el fondo de su alma era la superioridad de Martin, que iba y venia sin reconocer categorias, aspirando a todo y conquistandolo todo. Aquel granuja de la calle era capaz de subir, de prosperar, de hacerse rico, de casarse con su hermana y de considerar todo esto logico, natural... Era una desesperacion. Carlos hubiera gozado conquistando a la Ignacia, abandonandola luego, paseandose desdenosamente por delante de Martin; y Martin le ganaba la partida sacando a la Ignacia de su alcance y enamorando a su hermana. iUn vagabundo, un ladron, se la habia jugado a el, a un hidalgo rico heredero de una casa solariega! Y lo que era peor, iesto no seria mas que el principio, el comienzo de su carrera esplendida! Carlos, mortificado por sus pensamientos, no presto atencion a lo que hablaban; luego oyo un beso, y poco despues las ramas de un arbol que se movian. Tras de esto, se vio bajar un hombre por el tronco de un arbol, se vio que cruzaba la huerta, montaba sobre la tapia y desaparecia. Se cerro la ventana del cuarto de Catalina, y en el mismo momento Carlos se llevo la mano a la frente y penso con rabia en la magnifica ocasion perdida. iQue soberbio instante para concluir con aquel hombre que le estorbaba! iUn tiro a boca de jarro! Y ya aquella mala hierba no creceria mas, no ambicionaria mas, no intentaria salir de su clase. Si lo mataba, todo el mundo consideraria el suyo un caso de legitima defensa contra un salteador, contra un ladron. Al dia siguiente, Carlos busco una escopeta de dos canones de su padre, la encontro, la limpio a escondidas y la cargo con perdigones loberos. Estuvo vacilando en poner cartuchos con bala, pero como era dificil hacer punteria de noche, opto por los perdigones gruesos. Ni en aquella noche, ni en la siguiente, se presento Martin, pero cuatro dias despues Carlos lo sintio en la huerta. Todavia no habia salido la luna y esto salvo al salteador enamorado. Carlos impaciente, al oir el ruido de las hojas, apunto y disparo. Al fogonazo, vio a Martin en el tronco del arbol y volvio a disparar. Se oyo un chillido agudo de mujer y el golpe de un cuerpo en el suelo. La madre de Carlos y las criadas, alarmadas salieron de sus cuartos gritando, preguntando lo que era. Catalina, palida como una muerta, no podia hablar de emocion. Dona Agueda, Carlos y las criadas salieron al jardin. Debajo del arbol, en la tierra y sobre la hierba humeda, se veian algunas gotas de sangre, pero Martin habia huido. --No tenga usted cuidado, senorita--le dijo a Catalina una de las criadas--. Martin ha podido escapar. La senora de Ohando, que se entero de lo ocurrido por su hijo, llamo en su auxilio al cura don Felix para que le aconsejara. Se intento hacer comprender a Catalina el absurdo de su proposito, pero la muchacha era tenaz y estaba dispuesta a no ceder. --Martin ha venido a darme noticias de la Ignacia, y como saben que no le quieren en la casa, por eso ha saltado la tapia. Cuando Carlos supo que Martin estaba solamente herido en un brazo y que se paseaba vendado por el pueblo siendo el heroe, se sintio furioso, pero por si acaso, no se atrevio a salir a la calle. Con el atentado, la hostilidad entre Carlos y Catalina, ya existente, se acentuo de tal manera, que dona Agueda, para evitar agrias disputas, envio de nuevo a Carlos a Onate y ella se dedico a vigilar a su hija. LIBRO SEGUNDO Andanzas y correrias CAPITULO PRIMERO EN EL QUE SE HABLA DE LOS PRELUDIOS DE LA ULTIMA GUERRA CARLISTA Hay hombres para quienes la vida es de una facilidad extraordinaria. Son algo asi como una esfera que rueda por un plano inclinado, sin tropiezo, sin dificultad alguna. ?Es talento, es instinto o es suerte? Los propios interesados aseguran ser instinto o talento, sus enemigos dicen casualidad, suerte, y esto es mas probable que lo otro, porque hay hombres excelentemente dispuestos para la vida, inteligentes, energicos, fuertes y que sin embargo, no hacen mas que detenerse y tropezar en todo. Un proverbio vasco dice: "El buen valor asusta a la mala suerte." Y esto es verdad a veces... cuando se tiene buena suerte. Zalacain era afortunado; todo lo que intentaba lo llevaba bien. Negocios, contrabando, amores, juego... Su ocupacion principal era el comercio de caballos y de mulas que compraba en Dax y pasaba de contrabando por los Alduides o por Roncesvalles. Tenia como socio a Capistun _el Americano_, hombre inteligentisimo, ya de edad, a quien todo el mundo llamaba el americano, aunque se sabia que era gascon. Su mote procedia de haber vivido en America mucho tiempo. Bautista Urbide, antiguo panadero de la tahona de Archipe, formaba muchas veces parte de las expediciones. Lo mismo Capistun que Martin, tenian como punto de descanso el pueblo de Zaro, proximo a San Juan del Pie del Puerto, donde vivia la Ignacia con Bautista. Capistun y Martin conocian, como pocos, los puertos de Ibantelly y de Atchuria, de Alcorrunz y de Larratecoeguia, toda la linea de Mugas de Zugarramurdi. Habian recorrido muchas veces los caminos que hay entre Meaca y Urdax, entre Izpegui y San Esteban de Baigorri, entre Biriatu y Enderlaza, entre Elorrieta, la Banca y Berdariz. En casi todos los pueblos de la frontera vasco-navarra, desde Fuenterrabia hasta Valcarlos, tenian algun agente para sus negocios de contrabando. Conocian tambien, palmo a palmo, las veredas que van por las vertientes del monte Larrun y no habia misterios para ellos hacia el lado Este de Navarra en esas praderas altas, metidas entre los bosques de Irati y de Ori. La vida de Capistun y Martin era accidentada y peligrosa. Para Martin, la consigna del viejo Tellagorri era la norma de su vida. Cuando se encontraba en una situacion apurada, cercado por los carabineros, cuando se perdia en el monte, en medio de la noche, cuando tenia que hacer un esfuerzo sobre si mismo, recordaba la actitud y la voz del viejo al decir: iFirmes! iSiempre firmes! Y hacia lo necesario en aquel momento con decision. Tenia Martin serenidad y calma. Sabia medir el peligro y ver la situacion real de las cosas sin exageraciones y sin alarmas. Para los negocios y para la guerra el hombre necesita ser frio. Martin comenzaba a impregnarse del liberalismo frances y a encontrar atrasados y fanaticos a sus paisanos; pero, a pesar de esto, creia que don Carlos, en el instante que iniciase la guerra, conseguiria la victoria. En casi todo el Mediodia de Francia se creia lo mismo. El gobierno de la Republica, los subprefectos y demas funcionarios de la frontera espanola dejaban pasar a los facciosos; y en los coches de Elizondo, por los Alduides, por San Esteban de Baigorri, por Anoa, viajaban los jefes carlistas, con sus uniformes e insignias de mando. Martin y Capistun, ademas de mulas y de caballos, habian llevado a diferentes puntos de Guipuzcoa y de Navarra, armas y materias necesarias para la fabricacion de polvora, cartuchos y proyectiles, y hasta llegaron a pasar por la frontera un canon, de desecho de la guerra franco-prusiana, vendido por el Estado frances. Los comites carlistas funcionaban a la vista de todo el mundo. Generalmente, Martin y Capistun se entendian con el de Bayona, pero algunas veces tuvieron que relacionarse con el de Pau. Muchas veces habian dejado en manos de jovenes carlistas, disfrazados de boyerizos, barricas llenas de armas. Los carlistas montaban las barricas en un carro y se internaban en Espana. --Es vino de la Rioja--solian decir en broma, al llegar a los pueblos golpeando los toneles, y el alcalde y el secretario complices los dejaban pasar. Tambien solian cargar en carros, que cubrian de tejas, plomo en lingotes, que habia de servir para fundir balas. La alusion a la guerra proxima se notaba en una porcion de indicios y senales. Curas, alcaldes y _jaunchos_ [Nota: Jaunchos-caciques.] se preparaban. Muchas veces, al cruzar un pueblo, se oia una voz aguda como de Carnaval, que gritaba en vasco: ?Noiz zuazte? (?Cuando os vais?) Lo que queria decir: ?Cuando os echais al campo? Se cantaba tambien en Guipuzcoa una cancion en vascuence, que aludia a la guerra y que se llamaba Gu guera (Nosotros somos). Era asi: UNA VOZ Bigarren chandan aditutzendet ate joca _dan dan_. Ale onduan norbait dago ta galdezazu nor dan. (Por segunda vez oigo que estan llamando a la puerta, _dan, dan_. Junto a la puerta hay alguno. Pregunta quien es.) VARIAS VOCES Ta gu guera Ta gu guera gabiltzanac gora bera etorri nayean onera. Ta gu guera Ta gu guera Quirlis Carlos Carlos Quirlis Ecarri nayean onera. (Nosotros somos, nosotros somos los que andamos de arriba a abajo queriendo venir aqui. Nosotros somos, nosotros somos Quirlis Carlos, Carlos Quirlis, queriendole traer aqui.) Y mientras en las provincias se organizaba y preparaba una guerra feroz y sangrienta, en Madrid, politicos y oradores se dedicaban con fruicion a los bellos ejercicios de la retorica. * * * * * Un dia de Mayo fueron Martin, Capistun y Bautista a Vera. La senora de Ohando tenia una casa en el barrio de Alzate y habia ido a pasar alli una temporada. Martin queria hablar con su novia, y Capistun y Bautista le acompanaron. Salieron de Sara y marcharon por el monte a Alzate. Martin contaba con una de las criadas de Ohando, partidaria suya, y esta le facilitaba el poder hablar con Catalina. Mientras Martin quedo en Alzate, Capistun y Bautista entraron en Vera. En aquel mismo momento, don Carlos de Borbon, el pretendiente, llegaba rodeado de un Estado Mayor de generales carlistas y de algunos vendeanos franceses. Se leyo una alocucion patriotica, y despues don Carlos, repitiendo el final de la alocucion, exclamo: --Hoy dos de Mayo. iDia de fiesta _nasional! iAbaco_ el _extranquero_! El _extranquero_ era Amadeo de Saboya. Capistun y Bautista anduvieron entre los grupos. Se decia que uno de aquellos caballeros era Cathelineau, el descendiente del celebre general vendeano; se senalaba tambien al conde de Barrot y a un marques navarro. Cuando llego Martin a Vera se encontro la plaza llena de carlistas; Bautista le dijo: --La guerra ha empezado. Martin se quedo pensativo. Volvieron Martin, Capistun y Bautista a Francia. Bautista gritaba ironicamente a cada paso:--_iAbaco_ el _extranquero!_--Zalacain pensaba en el giro que tomaria aquella guerra asi iniciada y en lo que podria influir en sus amores con Catalina. CAPITULO II COMO MARTIN, BAUTISTA Y CAPISTUN PASARON UNA NOCHE EN EL MONTE Una noche de invierno marchaban tres hombres con cuatro magnificas mulas cargadas con grandes fardos. Salidos de Zaro por la tarde, se dirigian hacia los altos del monte Larrun. Costeando un arroyo que bajaba a unirse con la Nivelle y cruzando prados, llegaron a una borda, donde se detuvieron a cenar. Los tres hombres eran Martin Zalacain, Capistun el gascon y Bautista Urbide. Llevaban una partida de uniformes y de capotes. El alijo iba consignado a Lesaca, en donde lo recogerian los carlistas. Despues de cenar en la borda, los tres hombres sacaron las muias y continuaron el viaje subiendo por el monte Larrun. Era la noche fria, comenzaba a nevar. En los caminos y sendas, llenos de lodo, se resbalaban los pies; a veces una mula entraba en un charco hasta el vientre y a fuerza de fuerzas se lograba sacarla del aprieto. Los animales llevaban mucho peso. Era preciso seguir el camino largo, sin utilizar las veredas, y la marcha se hacia pesada. Al llegar a la cumbre y al entrar en el puerto de Ibantelly, les sorprendio a los viandantes una tempestad de viento y de nieve. Se encontraban en la misma frontera. La nieve arreciaba; no era facil seguir adelante. Los tres hombres detuvieron las mulas, y mientras quedaba Capistun con ellas, Martin y Bautista se echaron uno a un lado y el otro al otro, para ver si encontraban cerca algun refugio, cabana o choza de pastor. Zalacain vio a pocos pasos una casucha de carabineros cerrada. --iEup! iEup!--grito. No contesto nadie. Martin empujo la puerta, sujeta con un clavo, y entro dentro del chozo. Inmediatamente corrio a dar parte a los amigos de su descubrimiento. Los fardos que llevaban las mulas tenian mantas, y extendiendolas y sujetandolas por un extremo en la choza de los carabineros y por otro en unas ramas, improvisaron un cobertizo para las caballerias. Puestas en seguridad la carga y las mulas, entraron los tres en la casa de los carabineros y encendieron una hermosa hoguera. Bautista fabrico en un momento, con fibras de pino, una antorcha para alumbrar aquel rincon. Esperaron a que pasara el temporal y se dispusieron los tres a matar el tiempo junto a la lumbre. Capistun llevaba una calabaza llena de aguardiente de Armagnac y, mezclandolo con agua que calentaron, bebieron los tres. Luego, como era natural, hablaron de la guerra. El carlismo se extendia y marchaba de triunfo en triunfo. En Cataluna y en el pais vasco-navarro iba haciendo progresos. La Republica espanola era una calamidad. Los periodicos hablaban de asesinatos en Malaga, de incendios en Alcoy, de soldados que desobedecian a los jefes y se negaban a batirse. Era una vergueenza. Los carlistas se apoderaban de una porcion de pueblos abandonados por los liberales. Habian entrado en Estella. En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera espanola que en la francesa, se sentia un gran entusiasmo por la causa del Pretendiente. Capistun y Bautista senalaron sus conocidos alistados ya en la faccion. La mayoria eran mozos, pero no faltaban tampoco los viejos. Los fueron citando. Alla estaban Juan Echeberrigaray, de Espeleta; Tomas Albandos, de Anoa; el herrero Lerrumburo, de Zaro; Echebarria, de Irisarri; Galparzasoro, el alpargatero de Urruna; Mearuberry, el carnicero de Ostabat, Miguel Larralde, el de Azcain; Carricaburo, el mozo de un caserio de Arhamus; Chaubandidegui, el hijo del confitero de Azcarat; Peyrohade y Lafourchette, los dos mozos del bazar de Hasparren. --iValientes granujas!--murmuro Martin, que escuchaba. Capistun y Bautista siguieron su enumeracion. Estaban tambien Bordagorri, el de Meharin; Achucarro, de Urdax; Etchehun, el versolari de Chacxu; Ganecoechia, de Osses; Bishino, de Azparrain, Listurria, de Briscus; Rebenacq, de Pourtales; el propietario de Saint Palais con el baron Lesbas d'Armagnac, de Mauleon; Detchesarry, el sacristan de Biriatu; Guibeleguieta, de Barcus; Iturbide, de Hendaya; Echemendi, el minero de Articuza; Chocoa, el cantero de San Esteban de Baigorri; Garraiz, el cazador de palomas de Echalar; Setoain, el lenador de Esterensuby; Isuribere, el pastor de Urepel; y Chiquierdi, el de Zugarramurdi. Los vascos, siguiendo las tendencias de su raza, marchaban a defender lo viejo contra lo nuevo. Asi habian peleado en la antigueedad contra el romano, contra el godo, contra el arabe, contra el castellano, siempre a favor de la costumbre vieja y en contra de la idea nueva. Estos aldeanos y viejos hidalgos de Vasconia y de Navarra, esta semiaristocracia campesina de las dos vertientes del Pirineo, creia en aquel Borbon, vulgar extranjero y extranjerizado, y estaban dispuestos a morir para satisfacer las ambiciones de un aventurero tan grotesco. Los legitimistas franceses se lo figuraban como un nuevo Enrique IV; y como de alli, del Bearn, salieron en otro tiempo los Borbones para reinar en Espana y en Francia, sonaban con que Carlos VII triunfaria en Espana, acabaria con la maldita Republica Francesa, daria fueros a Navarra, que seria el centro del mundo y, ademas, restableceria el poder politico del Papa en Roma. Zalacain se sentia muy espanol y dijo que los franceses eran unos cochinos, porque debian hacer la guerra en su tierra, si querian. Capistun, como buen republicano, afirmo que la guerra en todas partes era una barbaridad. --Paz, paz es lo que se necesita--anadio el gascon--; paz para poder trabajar y vivir. --iAh, la paz!--replico Martin contradiciendole--; es mejor la guerra. --No, no--repuso Capistun--. La guerra es la barbarie nada mas. Discutieron el asunto; el gascon, como mas ilustrado, aducia mejores argumentos, pero Bautista y Martin replicaban: --Si, todo eso es verdad, pero tambien es hermosa la guerra. Y los dos vascos especificaron lo que ellos consideraban como hermosura. Ambos guardaban en el fondo de su alma un sueno candido y heroico, infantil y brutal. Se veian los dos por los montes de Navarra y de Guipuzcoa al frente de una partida, viviendo siempre en acecho, en una continua elasticidad de la voluntad, atacando, huyendo, escondiendose entre las matas, haciendo marchas forzadas, incendiando el caserio enemigo... iY que alegrias! iQue triunfos! Entrar en las aldeas a caballo, la boina sobre los ojos, el sable al cinto, mientras las campanas tocan en la iglesia. Ver, al huir de una fuerza mayor, como aparece, entre el verde de las heredades, el campanario de la aldea donde se tiene el asilo; defender una trinchera heroicamente y plantar la bandera entre las balas que silban; conservar la serenidad mientras las granadas caen, estallando a pocos pasos, y caracolear en el caballo delante de la partida, marchando todos al compas del tambor... iQue emociones debian de ser aquellas! Y Bautista y Martin sonaban con el placer de atacar y de huir, de bailar en las fiestas de los pueblos y de robar en los Ayuntamientos, de acechar y de escapar por los senderos humedos y dormir en una borda sobre una cama de hierba seca... --iBarbarie! iBarbarie!--replicaba a todo esto el gascon. --iQue barbarie!--exclamo Martin--. ?Se ha de estar siempre hecho un esclavo, sembrando patatas o cuidando cerdos? Prefiero la guerra. --?Y por que prefieres la guerra? Para robar. --No hables, Capistun, que eres comerciante. --?Y que? --Que tu y yo robamos con el libro de cuentas. Entre robar en el camino, o robar con el libro de cuentas, prefiero a los que roban en el camino. --Si el comercio fuera un robo, no habria sociedad--repuso el gascon. --?Y que?--dijo Martin. --Que acabarian las ciudades. --Para mi las ciudades estan hechas por miserables y sirven para que las saqueen los hombres fuertes--dijo Martin con violencia. --Eso es ser enemigo de la Humanidad. Martin se encogio de hombros. Poco despues de media noche, la nieve comenzo a cesar y Capistun dio la orden de marcha. El cielo habia quedado estrellado. Los pies se hundian en la nieve y se sentia un silencio de muerte. --_Cantats, amics_--dijo el gascon, a quien tanta tristeza y tanto reposo imponian. --No nos vayan a oir--advirtio Bautista. --iCa!--y el gascon canto: iOan! iOan! lus de deuan lus de darrer que seguiran. Lus de darrer oan, oan, que seguiran a trot de can. (iAdelante! Adelante, los de delante y los de atras que seguiran. Los de atras, adelante, adelante, que seguiran al trote de can!) Era esta una vieja cancion gascona para medir la marcha; muy buena para el llano, pero poco oportuna en aquellos vericuetos. Bautista, animado por el ejemplo del gascon, canto un zortzico vasco frances, que decia asi: Gau erdi da errico orenean inon ez da arguiric lurrean ez diteque mendian adi deuzic aicearen arrabotza baicic. (Es media noche en el reloj del pueblo, en ninguna parte hay luz, en la tierra; no se puede, en el monte, oir mas que el rumor estruendoso del viento.) La cancion de Bautista era de una salvaje melancolia; Martin lanzo un grito, el _irrintzi_, como una larga carcajada, o un relincho salvaje terminado en una risa burlona. Capistun, como protestando, canto: Del castelet a l'aube sort Isabeu, es blanquette sa raube como la neu. (Del castillete, al alba, sale Isabel; es blanquita su ropa como la nieve.) A Martin y a Bautista no les gustaban las canciones del gascon que les parecian empalagosas, y a este tampoco las de sus amigos, a las cuales encontraba siniestras. Discutieron acerca de las excelencias de sus respectivos paises, pasando de los cantos populares a hablar de las costumbres y de la riqueza. Iba a amanecer; comenzaban a acercarse a Vera, cuando se oyeron a lo lejos varios tiros. --?Que pasa aqui?--se preguntaron. Tras de un instante se volvieron a oir nuevos tiros y un lejano sonido de campanas. --Hay que ver lo que es. Decidieron como mas practico que Capistun, con las cuatro mulas, se volviera y se encaminara despacio hacia la choza de carabineros donde habian pasado la noche. Si no ocurria nada en Vera, Bautista y Zalacain retornarian inmediatamente. Si en dos horas no estaban alla, Capistun debia ganar la frontera y refugiarse en Francia: en Biriatu, en Zaro, donde pudiese. Las mulas volvieron de nuevo camino del puerto, y Zalacain y su cunado comenzaron a bajar del monte en linea recta, saltando, deslizandose sobre la nieve, a riesgo de despenarse. Media hora despues, entraban en las calles de Alzate, cuyas puertas se veian cerradas. Llamaron en una posada conocida. Tardaron en abrir, y al ultimo el posadero, amedrentado, se presento en la puerta. --?Que pasa?--pregunto Zalacain. --Que ha entrado en Vera otra vez la partida del Cura. Bautista y Martin sabian la reputacion del Cura y su enemistad con algunos generales carlistas y convinieron en que era peligroso llevar el alijo a Vera o a Lesaca, mientras anduvieran por alli las gentes del ensotanado cabecilla. --Vamos en seguida a darle el aviso a Capistun--dijo Bautista. --Bueno, vete tu--repuso Martin--yo te alcanzo en seguida. --?Que vas a hacer? --Voy a ver si veo a Catalina. --Yo te esperare. Catalina y su madre vivian en una magnifica casa de Alzate. Llamo Martin en ella, y a la criada, que ya le conocia, la dijo: --?Esta Catalina? --Si... Pasa. Entro en la cocina. Era esta grande y espaciosa y algo obscura. Alrededor de la ancha campana de la chimenea colgaba una tela blanca planchada, sujeta por clavos. Del centro de la campana bajaba una gruesa cadena negra, en cuyo garfio final se enganchaba un caldero. A un lado de la chimenea, habia un banquillo de piedra, sobre el cual estaban en fila tres herradas con los aros de hierro brillantes, como si fueran de plata. En las paredes se veian cacerolas de cobre rojizo y lodos los chismes de la cocina de la casa, desde las sartenes y cucharas de palo, hasta el calentador, que tambien figuraba colgado en la pared como parte integrante de la bateria de cocina. Aquel orden parecia algo absurdo y extraordinario, contrastado con la agitacion exterior. La criada habia subido la escalera y, tras de algun tiempo, bajo Catalina envuelta en un manton. --?Eres tu?--dijo sollozando. --Si, ?que pasa? Catalina, llorando, conto que su madre estaba muy enferma, su hermano se habia ido con los carlistas y a ella querian meterla en un convento. --?A donde te quieren llevar? --No se, todavia no se ha decidido. --Cuando lo sepas, escribeme. --Si, no tengas cuidado. Ahora vete, Martin, porque mi madre habra oido que estamos hablando y, como ha sentido los tiros hace poco, esta muy alarmada. Efectivamente, se oyo poco despues una voz debil que exclamaba: --iCatalina! iCatalina! ?Con quien hablas? Catalina tendio la mano a Martin, quien la estrecho en sus brazos. Ella apoyo la cabeza en el hombro de su novio y, viendo que la volvian a llamar subio la escalera. Zalacain la contemplo absorto y luego abrio la puerta de la casa, la cerro despacio y, al encontrarse en la calle, se vio con un espectaculo inesperado. Bautista discutia a gritos con tres hombres armados, que no parecian tener para el muy buenas disposiciones. --?Que pasa?--pregunto Martin. Pasaba, sencillamente, que aquellos tres individuos eran de la partida del Cura y habian presentado a Bautista Urbide este sencillo dilema: "O formar parte de la partida o quedar prisionero y recibir ademas, de propina, una tanda de palos." Martin iba a lanzarse a defender a su cunado cuando vio que a un extremo de la calle aparecian cinco o seis mozos armados. En el otro esperaban diez o doce. Con su rapido instinto de comprender la situacion, Martin se dio cuenta de que no habia mas remedio que someterse y dijo a Bautista, en vascuence, aparentando gran jovialidad: --iQue demonio, Bautista! ?No querias tu entrar en una partida? ?No somos carlistas? Pues ahora estamos a tiempo. Uno de los tres hombres, viendo como se explicaba Zalacain, exclamo satisfecho: --_iArrayua!_ Este es de los nuestros. Venid los dos. El tal hombre era un aldeano alto, flaco, vestido con un uniforme destrozado y una pipa de barro en la boca. Parecia el jefe y le llamaban Luschia. Martin y Bautista siguieron a los mozos armados, pasaron de Alzate a Vera y se detuvieron en una casa, en cuya puerta habia un centinela. --iBajadlos! iBajadlos!--dijo Luschia a su gente. Cuatro mozos entraron en el portal y subieron por la escalera. Luschia, mientras tanto, pregunto a Martin: --?Vosotros de donde sois? --De Zaro. --?Sois franceses? --Si--dijo Bautista. Martin no quiso decir que el no lo era, sabiendo que el decir que era frances podia protegerle. --Bueno, bueno--murmuro el jefe. Los cuatro aldeanos de la partida que habian entrado en la casa trajeron a dos viejos. --iAtadlos!--dijo Luschia, el aldeano de la pipa. Sacaron a la calle un tambor de regimiento y un cesto, y a los dos viejos los ataron. --?Que es lo que han hecho?--pregunto Martin a uno de la partida que llevaba una boina a rayas. --Que son traidores--contesto este. El uno era un maestro de escuela y el otro un expartidario de la guerrilla del Cura. Cuando estuvieron las dos victimas atadas y con las espaldas desnudas, el ejecutor de la justicia, el mozo de la boina a rayas, se remango el brazo y cogio una vara. El maestro de escuela, suplicante, imploro: --iPero si todos somos unos! El exguerrillero no dijo nada. No hubo apelacion ni misericordia. Al primer golpe, el maestro de escuela perdio el sentido; el otro, el antiguo lugarteniente del Cura, callo y comenzo a recibir los palos con un estoicismo siniestro. Luschia se puso a hablar con Zalacain. Este le conto una porcion de mentiras. Entre ellas le dijo que el mismo habia guardado cerca de Urdax, en una cueva, mas de treinta fusiles modernos. El hombre oia y, de cuando en cuando, volviendose al ejecutor de sus ordenes, decia con voz gangosa: _iJo! iJo!_ (Pega, pega). Y volvia a caer la vara cobre las espaldas desnudas. CAPITULO III DE ALGUNOS HOMBRES DECIDIDOS QUE FORMABAN LA PARTIDA DEL CURA Concluida la paliza, Luschia dio la orden de marcha, y los quince o veinte hombres tomaron hacia Oyarzun, por el camino que pasa por la Cuesta de la Agonia. La partida iba en dos grupos; en el primero marchaba Martin y en el segundo Bautista. Ninguno de la partida tenia mal aspecto ni aire patibulario. La mayoria parecian campesinos del pais; casi todos llevaban traje negro, boina azul pequena y algunos, en vez de botas, calzaban abarcas con pieles de carnero, que les envolvian las piernas. Luschia, el jefe, era uno de los tenientes del Cura y ademas capitaneaba su guardia negra. Sin duda, gozaba de la confianza del cabecilla. Era alto, huesudo, de nariz fenomenal, enjuto y seco. Tenia Luschia una cara que siempre daba la impresion de verla de perfil, y la nuez puntiaguda. Parecia buena persona hasta cierto punto, insinuante y jovial. Consideraba, sin duda, una magnifica adquisicion la de Zalacain y Bautista, pero desconfiaba de ellos y, aunque no como prisioneros, los llevaba separados y no les dejaba hablar a solas. Luschia tenia tambien sus lugartenientes; Praschcu, Belcha y el Corneta de Lasala. Praschcu era un moceton grueso, barbudo, sonriente y rojo, que, a juzgar por sus palabras, no pensaba mas que en comer y en beber bien. Durante el camino no hablo mas que de guisos y de comidas, de la cena que le quitaron al cura de tal pueblo o al maestro de escuela de tal otro, del cordero asado que comieron en este caserio y de las botellas de sidra que encontraron en una taberna. Para Praschcu la guerra no era mas que una serie de comilonas y de borracheras. Belcha y el Corneta de Lasala iban acompanando a Bautista. A Belcha (el negrito) le llamaban asi por ser pequeno y moreno; el Corneta de Lasala ostentaba una cicatriz violacea que le cruzaba la frente. Su apodo procedia de su oficio de capataz de los que dan la senal para el comienzo y el paro del trabajo con una bocina. Los de la partida llegaron a media noche a Arichulegui, un monte cercano a Oyarzun, y entraron en una borda proxima a la ermita. Esta borda era la guarida del Cura. Alli estaba su deposito de municiones. El cabecilla no estaba. Guardaba la borda un reten de unos veinte hombres. Se hizo pronto de noche. Zalacain y Bautista comieron un rancho de habas y durmieron sobre una hermosa cama de heno seco. Al dia siguiente, muy de manana, sintieron los dos que les despertaban de un empujon; se levantaron y oyeron la voz de Luschia: --Hala. Vamos andando. Era todavia de noche; la partida estuvo lista en un momento. Al mediodia se detuvieron en Fagollaga y al anochecer llegaban a una venta proxima a Andoain, en donde hicieron alto. Entraron en la cocina. Segun dijo Luschia, alli se encontraba el Cura. Efectivamente, poco despues, Luschia llamo a Zalacain y a Bautista. --Pasad--les dijo. Subieron por la escalera de madera hasta el desvan y llamaron en una puerta. --?Se puede?--pregunto Luschia. --Adelante. Zalacain, a pesar de ser templado, sintio un ligero estremecimiento en todo el cuerpo, pero se irguio y entro sonriente en el cuarto. Bautista llevaba el animo de protestar. --Yo hablare--dijo Martin a su cunado--tu no digas nada. A la luz de un farol, se veia un cuarto, de cuyo techo colgaban mazorcas de maiz, y una mesa de pino, a la cual estaban sentados dos hombres. Uno de ellos era el Cura, el otro su teniente, un cabecilla conocido por el apodo de _el Jabonero_. --Buenas noches--dijo Zalacain en vascuence. --Buenas noches--contesto _el Jabonero_ amablemente. El cura no contesto. Estaba leyendo un papel. Era un hombre regordete, mas bajo que alto, de tipo insignificante, de unos treinta y tantos anos. Lo unico que le daba caracter era la mirada, amenazadora, oblicua y dura. Al cabo de algunos minutos, el cura levanto la vista y dijo: --Buenas noches. Luego siguio leyendo. Habia en todo aquello algo ensayado para infundir terror. Zalacain lo comprendio y se mostro indiferente y contemplo sin turbarse al cura. Llevaba este la boina negra inclinada sobre la frente, como si temiera que le mirasen a los ojos; gastaba barba ya ruda y crecida, el pelo corto, un panuelo en el cuello, un chaqueton negro con todos los botones abrochados y un garrote entre las piernas. Aquel hombre tenia algo de esa personalidad enigmatica de los seres sanguinarios, de los asesinos y de los verdugos; su fama de cruel y de barbaro se extendia por toda Espana. El lo sabia y, probablemente, estaba orgulloso del terror que causaba su nombre. En el fondo era un pobre diablo histerico, enfermo, convencido de su mision providencial. Nacido, segun se decia, en el arroyo, en Elduayen, habia llegado a ordenarse y a tener un curato en un pueblecito proximo a Tolosa. Un dia estaba celebrando misa, cuando fueron a prenderle. Pretexto el cura el ir a quitarse los habitos y se tiro por una ventana y huyo y empezo a organizar su partida. Aquel hombre siniestro se encontro sorprendido ante la presencia y la serenidad de Zalacain y de Bautista, y sin mirarles les pregunto: --?Sois vascongados? --Si--dijo Martin avanzando. --?Que haciais? --Contrabando de armas. --?Para quien? --Para los carlistas. --?Con que comite os entendiais? --Con Bayona. --?Que fusiles habeis traido? --Berdan y Chassepot. --?Es verdad que teneis armas escondidas cerca de Urdax? --Ahi y en otros puntos. --?Para quien las traiais? --Para los navarros. --Bueno. Iremos a buscarlas. Si no las encontramos, os fusilaremos. --Esta bien--dijo friamente Zalacain. --Marchaos--repuso el cura, molesto por no haber intimidado a sus interlocutores. Al salir, en la escalera, _el Jabonero_ se acerco a ellos. Este tenia aspecto de militar, de hombre amable y bien educado. Habia sido guardia civil. --No temais--dijo--. Si cumplis bien, nada os pasara. --Nada tememos--contesto Martin. Fueron los tres a la cocina de la posada, y _el Jabonero_ se mezclo entre la gente de la partida, que esperaba la cena. Se reunieron en la misma mesa _el Jabonero_, Luschia, Belcha, el corneta de Lasala y uno gordo, a quien llamaban Anchusa. _El Jabonero_ no quiso aceptar en la mesa a Praschcu, porque dijo que si a aquel barbaro le ponian a comer al principio, no dejaba nada a los demas. Con este motivo, un muchacho joven, exseminarista, apellidado Dantchari y conocido tambien por el mote de _el Estudiante_, que formaba parte de la partida, recordo la cancion de Vilinch, que se llama la Cancion del Potaje, y, como en ella el autor se burla de un cura tragon, tuvo que cantarla en voz baja, para que no se enterara el cabecilla. El posadero trajo la cena y una porcion de botellas de vino y de sidra, y, como la caminata desde Arichulegui hasta alla les habia abierto el apetito, se lanzaron sobre las viandas como fieras hambrientas. Estaban cenando, cuando llamaron a la puerta: --?Quien va?--dijo el posadero. --Yo. Un amigo--contestaron de fuera. --?Quien eres tu? --Ipintza, _el Loco_. --Pasa. Se abrio la puerta y entro un viejo mendigo envuelto en una anguarina parda, con una de las mangas atadas y convertida en bolsillo. Dantchari _el Estudiante_ le conocia y dijo que era un vendedor de canciones a quien tenian por loco, porque cantaba y bailaba recitandolas. Se sento Ipintza, _el Loco_, a la mesa y le dio el posadero las sobras de la cena. Luego se acerco al grupo que formaban los hombres de la partida alrededor de la chimenea. --?No quereis alguna cancion?--dijo. --?Que canciones tienes?--le pregunto _el Estudiante_. --Tengo muchas. La de la mujer que se queja del marido, la del marido que se queja de la mujer, Pello Joshepe... --Todo eso es viejo. --Tambien tengo Hurra Pepito y la cancion entre amo y criado. --Ese es liberal--dijo Dantchari. --No se--contesto Ipintza, _el Loco_. --?Como que no sabes? Yo creo que tu no eres del todo ortodoxo. --No se lo que es eso. ?No quereis canciones? --Pero, bueno, contesta. ?Eres ortodoxo o heterodoxo? --Ya te he dicho que no se. --Que opinas de la Trinidad? --No se. --?Como que no sabes? iY te atreves a decirlo! ?De donde procede el Espiritu Santo? ?Procede del Padre o procede del Hijo, o de los dos? ?O es que tu crees que su hipostasis es consustancial con la hipostasis del Padre o la del Hijo? --No se nada de eso. ?Quereis canciones? ?No quereis comprar canciones a Ipintza, _el Loco_? --iAh! ?De manera que no contestas? Entonces eres heretico. _Anathema sit_. Estas excomulgado. --iYo! ?Excomulgado?--dijo Ipintza lleno de terror, y retrocedio y enarbolo su blanco garrote. --Bueno, bueno--grito Luschia al estudiante--. Basta de bromas. Praschcu echo unas cuantas brazadas de ramas secas. Chisporroteo el fuego alegremente; despues, unos se pusieron a jugar al mus y Bautista lucio su magnifica voz cantando varios zortzicos. Dantchari, _el Estudiante_, desafio a echar versos a Bautista y este acepto el desafio. Los dos comenzaron con el estribillo: Orain esango dizut nic zuri eguia. (Ahora te dire yo la verdad.) Y la fuerza del consonante les hizo decir una porcion de disparates y de astracanadas que produjeron el entusiasmo de la reunion. Ambos merecieron placemes y aplausos. Luego, Dantchari aseguro que sabia imitar la voz de tiple, y entre Bautista y el cantaron la cancion que comienza diciendo: Marichu, ?nora zuaz eder galant ori? (Maria, ?a donde vas tan bonita?) Bautista cantando de mozo y Dantchari de chica, dirigiendose preguntas y respuestas de burlona ingenuidad, hicieron las delicias de la concurrencia. Luego, Bautista canto la bella cancion del pais de Soul, que dice asi: Urzo churia errazu Nora yoaten cera zu Ezpaniaco mendi guciac Elurrez beteac dituzu Gaur arratzean ostatu Gure echean badezu. (Paloma blanca, dime a donde vas. Todos los montes de Espana estan llenos de nieve. Si quieres albergue para esta noche, lo tienes en mi casa.) Los de la partida aplaudieron, pero mas que esta cancion romantica les gusto el duo anterior, y _el Jabonero_, comprendiendolo asi, compro a Ipintza, _el Loco_, un papel, que era la letra de la nueva cancion de Vilinch, llamada "Juana Vishenta Olave", escrita por el autor adaptandola a un aire popular titulado iOrra Pepito! La cancion de Vilinch era un dialogo amoroso entre el propietario de un caserio y la hija del arrendador, a quien trata de conquistar. _El Estudiante_ se puso las enaguas de la posadera y se ato un panuelo en la cabeza, Bautista se calo un sombrero de copa que alguno encontro, no se sabe donde, y cantaron ambos el duo ingenuo de Vilinch, y la algazara fue tan grande que los cantores tuvieron que enmudecer porque el Cura grito desde arriba que no le dejaban dormir en paz. Cada cual fue a acostarse donde pudo, y Martin le dijo a Bautista en frances: --Cuidado, eh. Hay que estar preparados para escapar a la mejor ocasion. Bautista movio la cabeza afirmativamente, dando a entender que no se olvidaba. CAPITULO IV HISTORIA CASI INVEROSIMIL DE JOSHE CRACASCH Los dos dias siguientes estuvo lloviendo y se paso la partida en la venta haciendo algunos reconocimientos por los alrededores. Ni Zalacain ni Bautista vieron al cura. Sin duda este no se presentaba mas que en las circunstancias graves. Como era natural entre tanta gente inactiva, se pasaron las horas al lado del fuego hablando y contando diversos episodios y aventuras. Habia en la partida un muchacho de Tolosa, muy melancolico, cuyas unicas ocupaciones eran mirarse a un espejito de mano y tocar el acordeon. Este muchacho se llamaba Jose Cacochipi y algunos, a sus espaldas, le decian Jose Cracasch o sea en castellano Jose Manchas. Martin y Bautista le preguntaron varias veces que le pasaba para estar tan triste, si es que le dolian las muelas, si tenia las digestiones lentas, disgustos de familia o algun desorden en la vejiga; a todas estas preguntas contestaba Cacochipi, alias _Cracasch_, diciendo que no le pasaba nada, pero suspiraba como si le ocurrieran todas esas calamidades al mismo tiempo. Como el tal Cacochipi constituia un misterio, Martin pregunto a Dantchari, _el Estudiante_, si por ser tolosano sabia la historia de su conterraneo y amigo, y el exseminarista dijo: --Si no le decis nada, os contare la historia de Joshe, pero habeis de prometerme no burlaros de el. --No nos burlaremos de el ni le diremos nada. Dantchari hablaba en castellano con esa pedanteria clasica de los curas y seminaristas, que creen indispensable, para mayor claridad, decir de cuando en cuando alguna palabra en latin entre personas que ignoran en absoluto este idioma. --Pues habeis de saber--dijo Dantchari--que Jose Cacochipi, el hijo menor de Andre Anthoni la confitera, ha sido conocido siempre, _urbi et orbe_ por el apodo de Joshe Cracasch. Este apodo lo tenia muy merecido porque Joshe era hace anos, y aun hace meses, el mozo mas abandonado de la ciudad y de los contornos; asi que todo el pueblo, _nemine discrepante_, lo apodaba Cracasch. Joshe no ha tenido hasta hace poco mas pasion que la musica. Quisieron hacerle estudiar para cura y ordenarle _in sacris_, pero fue imposible. Se puede decir de el que es musico _per se_ y hombre _per accidens_. Durante muchos anos se ha pasado ocho o nueve horas en el piano haciendo ejercicios y, como no ha tenido alma mas que para la musica, en todo lo demas ha sido un descuidado horrible. Llevaba el traje lleno de lamparones, la boina sucia, el pelo largo, se olvidaba la corbata. Era una verdadera calamidad. Por eso se le llamaba Joshe Cracasch, y a el no solo no le ofendia el apodo, sino que le hacia gracia; en cambio su madre, Andre Anthoni, se ponia como una fiera cuando oia que a su hijo le daban este mote. Hara un ano proximamente que un indiano rico llamado Arizmendi, y que dicen que ha sido pirata... yo no lo se, _relata refero_, llego al pueblo. Como digo, este senor le pregunto al parroco: --?Que profesor de musica le podria yo poner a mi chico? --El mejor, Jose Cacochipi--contesto el cura. Le hablaron a Cracasch y este se encogio de hombros y dijo que bueno. Su madre le preparo ropa limpia y le advirtio que tuviera cuidado con lo que decia y que fuera prudente, pues la colocacion podia ser un _modus vivendi_ para el. Cracasch prometio ser prudentisimo. Llego el primer dia a casa de Arizmendi y pregunto por el amo. Salio a abrirle una muchacha, y poco despues se presento un senor. La muchacha le dijo que dejara la boina en el colgador. --?Para que?--replico Joshe--y luego, dirigiendose al senor, le pregunto:--?Es la criada, eh? --No, esta senorita es mi hija--contesto friamente el senor Arizmendi. Cracasch comprendio que habia dado un tropiezo y para enmendarlo, dijo: --Es muy guapa. iYa se parece a usted, ya! --No. Si es hijastra mia--contesto el senor Arizmendi. --Ja, ja... ique risa!... Ya tendra novio, eh. Cacochipi fue a dar en un punto que preocupaba a la familia, pues la muchacha tenia amores, a disgusto de los padres, con un primo. El senor Arizmendi le dijo que no hiciera mas preguntas impertinentes, que ya sabia que era medio bobo, pero que aprendiese a reportarse. Joshe, muy extranado con tal exabrupto, fue al cuarto del chico, donde dio su primera leccion de solfeo. Aquellas palabras duras del senor Arizmendi, mas que ofender le extranaron. Joshe no tenia ninguna malicia, toda su vida la habia pasado pensando en la musica, y de otras cosas nada sabia. A Cacochipi, que estuvo varias veces invitado a comer con la familia de Arizmendi, le chocaba la tristeza del padre y de la madre y de las hermanas y quiso alegrarles un poco; porque, como dice el profano: _Omissis curis, jucunde vivendum esse_; lo cual quiere decir que se debe vivir alegremente y sin cuidados. Lo primero que se le ocurrio a Cracasch, un dia que se le figuro que ya tenia confianza con la familia de Arizmendi, fue, a los postres, imitar el ruido del tren; luego intento cantar una cancion que en la taberna tenia mucho exito. En esta cancion se hace como si se tocara la flauta y el bombo, y como si se comiera en una cazuela, y luego medio se desnuda uno mientras canta. Joshe creia que, cuando el se quitara la chaqueta y el chaleco, toda la familia romperia a reir a carcajadas, pero fue todo lo contrario, porque el senor Arizmendi, mirandole con ojos terribles, le dijo: --Bueno, Cacochipi: pongase usted el chaleco y no vuelva usted a quitarselo delante de nosotros. Joshe se quedo frio, y no precisamente por la falta del chaleco. --A esta gente no les hace gracia nada--murmuro. Un dia, aparecio a dar la leccion con la cara pintada con varios lunares y no hizo efecto; otro, ayudado por su discipulo, ato los cubiertos a la mesa... y nada. --?Que tal, Cracasch?--le preguntaba alguno en la calle--. ?Como va la familia de Arizmendi? --iAh! Es una gente que nada le gusta.--contestaba el--. Se hacen cosas bonitas para divertirles... y nada. El dia de Carnaval, Joshe Cracasch tuvo una idea de las suyas y fue convencer a su discipulo para que sacara los trajes de su madre y de una hermana. Se disfrazarian los dos y darian a la familia Arizmendi una broma graciosisima. --Ahora si que se van a reir--decia Cacochipi en su interior. El chico no se anduvo en retoricas y el domingo de Carnaval tomo los mejores trajes que encontro y fue con ellos a la confiteria. Maestro y discipulo se pusieron las prendas femeninas, y armados de sendas escobas, fueron a la puerta de la iglesia. Al salir Arizmendi con su mujer y sus hijas de misa, Cacochipi y su discipulo cayeron sobre ellos y les dieron un sin fin de apretones y de golpes; Joshe recordo a Arizmendi que tenia dentadura postiza, a su mujer que se ponia anadidos y a la hija mayor el novio con quien habia renido, y despues de otra porcion de cosas igualmente oportunas se marcharon las dos mascaras dando brincos. Al dia siguiente, cuando se presento en casa de Arizmendi, penso Cracasch: --Nada, van a felicitarme por la broma de ayer. Entro y le parecio que todo el mundo estaba serio. De pronto, se le acerco Arizmendi y con voz mas que severa, iracunda, en un terrible _ab irato_, le dijo: --No vuelva usted a poner los pies en mi casa. iImbecil! Si no fuera usted un idiota, le echaria a puntapies. --Pero ?por que?--pregunto Jose. --?Y lo pregunta usted todavia, majadero? Cuando no se sabe portarse como una persona, no se debe alternar con los demas. Yo creia que era usted un estupido, pero no tanto. Cacochipi, por primera vez en su vida, se sintio ofendido. Se encerro en su casa y empezo a pensar en la Celedonia, la segunda hija de Arizmendi y en la voz suave y la _eloquendi suavitatem_ con que le saludaba por las mananas cuando le decia: --Buenos dias, Joshe. Cacochipi se convencio de que, como le habia dicho Arizmendi, era un estupido y de que ademas estaba enamorado. Estos dos convencimientos le impulsaron a mudarse de traje, a cortarse el pelo, a ponerse una boina nueva y a no permitir que nadie le llamara Cracasch. --Oye, Cracasch--le decia alguno en la calle. --iHombre! Creo que me has llamado Cracasch--decia el. --Si, ?y que? --Que no quiero que me vuelvas a llamar asi. --Pero hombre, Cracasch... --Toma--y Joshe empezaba a punetazos y a golpes. En poco tiempo Joshe borro su apodo de Cracasch. La Celedonia Arizmendi habia notado la transformacion de Joshe y sabia la parte que en este cambio le correspondia a ella. Joshe veia que la muchacha le miraba con buenos ojos; pero era tan timido que nunca se hubiera atrevido a decirle nada. Llevaban sus amores el camino de pasar a la historia sin llegar al primer capitulo, cuando el hijo de un boticario se encargo de darles una solucion. Queria burlarse de Joshe y escribio una carta de amor grotesca a la hija de Arizmendi, firmando Joshe Cracasch. La chica le envio la carta a Joshe diciendole que se querian burlar de el, pero que ella le estimaba y que pasara por delante de su casa y que hablarian. Joshe fue y vio a la muchacha y le dio las buenas tardes y no se le ocurrio mas; ella le pregunto si su madre, Andre Anthoni, estaba buena, el la contesto que si y entonces ella le dijo: --Hasta manana, Joshe. --Adios. Cacochipi quedo como embobado; necesitaba respirar, tomar aire y salio de Tolosa y tomo el camino de Anoeta y paso Anoeta y luego Irura y cruzo Villabona y fue andando, andando, hasta que se topo con la partida del Cura, que iba a conquistar, _viribus et armis_, la gloria. Uno de la partida le dio el alto y le hizo descender de las sublimidades amatorio-musicales en que se hallaba sumido, presentandole el sencillo dilema de recibir una paliza o de venirse con nosotros. Jose Cacochipi, por muy aficionado que sea a la musica, no ha querido que solfeen sobre el y ya hace un mes que esta en la partida. Tal era la historia de Joshe Cracasch, que conto Dantchari, _el Estudiante_, con algunos latinajos mas de los que pone el autor. CAPITULO V COMO LA PARTIDA DEL CURA DETUVO LA DILIGENCIA CERCA DE ANDOAIN Al tercer dia de estar en la venta, la inaccion era grande, y entre _el Jabonero_ y Luschia acordaron detener aquella manana la diligencia que iba desde San Sebastian a Tolosa. Se dispuso la gente a lo largo del camino, de dos en dos; los mas lejanos irian, avisando cuando apareciera la diligencia y replegandose junto a la venta. Martin y Bautista se quedaron con el Cura y _el Jabonero_, porque el cabecilla y su teniente no tenian bastante confianza en ellos. A eso de las once de la manana, avisaron la llegada del coche. Los hombres que espiaban el paso fueron acercandose a la venta, ocultandose por los lados del camino. El coche iba casi lleno. El Cura, _el Jabonero_ y los siete u ocho hombres que estaban con ellos se plantaron en medio de la carretera. Al acercarse el coche, el Cura levanto su garrote y grito: --iAlto! Anchusa y Luschia se agarraron a la cabezada de los caballos y el coche se detuvo. --_iArrayua!_ iEl Cura!--exclamo el cochero en voz alta--. Nos hemos fastidiado. --Abajo todo el mundo--mando el Cura. Egozcue abrio la portezuela de la diligencia. Se oyo en el interior un coro de exclamaciones y de gritos. --Vaya. Bajen ustedes y no alboroten--dijo Egozcue con finura. Bajaron primero dos campesinos vascongados y un cura; luego, un hombre rubio, al parecer extranjero, y despues salto una muchacha morena, que ayudo a bajar a una senora gruesa, de pelo blanco. --Pero Dios mio, ?adonde nos llevan?--exclamo esta. Nadie le contesto. --iAnchusa! iLuschia! Desenganchad los caballos--grito el Cura--. Ahora, todos a la posada. Anchusa y Luschia llevaron los caballos y no quedaron con el cura mas que unos ocho hombres, contando con Bautista, Zalacain y Joshe Cracasch. --Acompanad a estos--dijo el cabecilla a dos de sus hombres, senalando a los campesinos y al cura. --Vosotros--e indico a Bautista, Zalacain, Joshe Cracasch y otros dos hombres armados--id con la senora, la senorita y este viajero. La senora gruesa lloraba afligida. --Pero, ?nos van a fusilar?--pregunto gimiendo. --iVamos! iVamos!--dijo uno de los hombres armados, brutalmente. La senora se arrodillo en el suelo, pidiendo que la dejaran libre. La senorita, palida, con los dientes apretados, lanzaba fuego por los ojos. Sin duda, sabia los procedimientos usados por el cura con las mujeres. A algunas solia desnudarlas de medio cuerpo arriba, les untaba con miel el pecho y la espalda y las emplumaba; a otras les cortaba el pelo o lo untaba de brea y luego se lo pegaba a la espalda. --Ande usted, senora--dijo Martin--, que no les pasara nada. --Pero, ?adonde?--pregunto ella. --A la posada, que esta aqui cerca. La joven nada dijo, pero lanzo a Martin una mirada de odio y de desprecio. Las dos mujeres y el extranjero comenzaron a marchar por la carretera. --Atencion, Bautista--dijo Martin en frances--, tu al uno, yo al otro. Cuando no nos vean. El extranjero, extranado, en el mismo idioma pregunto: --?Que van ustedes a hacer? --Escaparnos. Vamos a quitar los fusiles a estos hombres. Ayudenos usted. Los dos hombres armados, al oir que se entendian en una lengua que ellos no comprendian, entraron en sospechas. --?Que hablais?--dijo uno, retrocediendo y preparando el fusil. No tuvo tiempo de hacer nada, porque Martin le dio un garrotazo en el hombro y le hizo tirar el fusil al suelo, Bautista y el extranjero forcejearon con el otro y le quitaron el arma y los cartuchos. Joshe Cracasch estaba como en babia. Las dos mujeres, viendose libres, echaron a correr por la carretera, en direccion a Hernani. Cracasch las siguio. Este llevaba una mala escopeta, que podia servir en ultimo caso. El extranjero y Martin tenian cada uno su fusil, pero no contaba mas que con pocos cartuchos. A uno le habian podido quitar la cartuchera, al otro fue imposible. Este volaba corriendo a dar parte a los de la partida. El extranjero, Martin y Bautista corrieron y se reunieron con las dos mujeres y con Joshe Cracasch. La ventaja que tenian era grande, pero las mujeres corrian poco; en cambio, la gente del cura en cuatro saltos se plantaria junto a ellos. --iVamos! iAnimo!--decia Martin--. En una hora llegamos. --No puedo--gemia la senora--. No puedo andar mas. --iBautista!--exclamo Martin--. Corre a Hernani, busca gente y traela. Nosotros nos defenderemos aqui un momento. --Ire yo--dijo Joshe Cracasch. --Bueno, entonces deja el fusil y las municiones. Tiro el musico el fusil y la cartuchera y echo a correr, como alma que lleva el diablo. --No me fio de ese musico simple--murmuro Martin--. Vete tu, Bautista. La lastima es que quede un arma inutil. --Yo disparare--dijo la muchacha. Se volvieron a hacer frente, porque los hombres de la partida se iban acercando. Silbaban las balas. Se veia una nubecilla blanca y pasaba al mismo tiempo una bala por encima de las cabezas de los fugitivos. El extranjero, la senorita y Martin se guarecieron cada uno detras de un arbol y se repartieron los cartuchos. La senora vieja, sollozando, se tiro en la hierba, por consejo de Martin. --?Es usted buen tirador?--pregunto Zalacain al extranjero. --?Yo? Si. Bastante regular. --?Y usted, senorita? --Tambien he tirado algunas veces. Seis hombres se fueron acercando a unos cien metros de donde estaban guarecidos Martin, la senorita y el extranjero. Uno de ellos era Luschia. --A ese ciudadano le voy a dejar cojo para toda su vida--dijo el extranjero. Efectivamente, disparo y uno de los hombres cayo al suelo dando gritos. --Buena punteria--dijo Martin. --No es mala--contesto friamente el extranjero. Los otros cinco hombres recogieron al herido y lo retiraron hacia un declive. Luego, cuatro de ellos, dirigidos por Luschia, dispararon al arbol de donde habia salido el tiro. Creian, sin duda, que alli estaban refugiados Martin y Bautista y se fueron acercando al arbol. Entonces disparo Martin e hirio a uno en una mano. Quedaban solo tres habiles, y, retrocediendo y arrimandose a los arboles, siguieron haciendo disparos. --?Habra descansado algo su madre?--pregunto Martin a la senorita. --Si. --Que siga huyendo. Vaya usted tambien. --No, no. --No hay que perder tiempo--grito Martin, dando una patada en el suelo--. Ella sola o con usted. iHala! En seguida. La senorita dejo el fusil a Martin y, en union de su madre, comenzo a marchar por la carretera. El extranjero y Martin esperaron, luego fueron retrocediendo sin disparar, hasta que, al llegar a una vuelta del camino, comenzaron a correr con toda la fuerza de sus piernas. Pronto se reunieron con la senora y su hija. La carrera termino a la media hora, al oir que las balas comenzaban a silbar por encima de sus cabezas. Alli no habia arboles donde guarecerse, pero si unos montes de piedra machacada para el lecho de la carretera, y en uno de ellos se tendio Martin y en el otro el extranjero. La senora y su hija se echaron en el suelo. Al poco tiempo, aparecieron varios hombres; sin duda, ninguno queria acercarse y llevaban la idea de rodear a los fugitivos y de cogerlos entre dos fuegos. Cuatro hombres fueron a campo traviesa por entre maizales, por un lado de la carretera, mientras otros cuatro avanzaban por otro lado, entre manzanos. Si Bautista no viene pronto con gente, creo que nos vamos a ver apurados--exclamo Martin. La senora, al oirle, lanzo nuevos gemidos y comenzo a lamentarse, con grandes sollozos, de haber escapado. El extranjero saco un reloj y murmuro: --Tenia tiempo. No habra encontrado nadie. --Eso debe ser--dijo Martin. --Veremos si aqui podemos resistir algo--repuso el extranjero. --iHermoso dia!--murmuro Martin. La verdad es que un dia tan hermoso convida a todo, hasta que le peguen a uno un tiro. --Por si acaso, habra que evitarlo en lo posible. Dos o tres balas pasaron silbando y fueron a estrellarse en el suelo. --iRendios!--dijo la voz de Belcha, por entre unos manzanos. --Venid a cogernos--grito Martin, y vio que uno le apuntaba en el monte, desde cerca de un arbol; el apunto a su vez, y los dos tiros sonaron casi simultaneamente. Al poco tiempo, el hombre volvio a aparecer mas cerca, escondido entre unos helechos, y disparo sobre Martin. Este sintio un golpe en el muslo y comprendio que estaba herido. Se llevo la mano al sitio de la herida y noto una cosa tibia. Era sangre. Con la mano ensangrentada cogio el fusil y, apoyandose en las piedras, apunto y disparo. Luego sintio que se le iban las fuerzas, al perder la sangre, y cayo desmayado. El extranjero aguardo un momento, pero, en aquel instante, una compania de miqueletes avanzaba por la carretera, corriendo y haciendo disparos, y la gente del Cura se retiraba. CAPITULO VI COMO CUIDO LA SENORITA DE BRIONES A MARTIN ZALACAIN Cuando de nuevo pudo darse Martin Zalacain cuenta de que vivia, se encontro en la cama, entre cortinas tupidas. Hizo un esfuerzo para moverse y se sintio muy debil y con un ligero dolor en el muslo. Recordo vagamente lo pasado, la lucha en la carretera, y quiso saber donde estaba. --iEh!--grito con voz apagada. Las cortinas se abrieron y una cara morena, de ojos negros, aparecio entre ellas. --Por fin. iYa se ha despertado usted! --Si. ?Donde me han traido? --Luego le contare a usted todo--dijo la muchacha morena. --?Estoy prisionero? --No, no; esta usted aqui en seguridad. --?En que pueblo? --En Hernani. --Ah, vamos. ?No me podrian abrir esas cortinas? --No, por ahora no. Dentro de un momento vendra el medico y, si le encuentra a usted bien, abriremos las cortinas y le permitiremos hablar. Con que ahora siga usted durmiendo. Martin sentia la cabeza debil y no le costo mucho trabajo seguir el consejo de la muchacha. Al mediodia llego el medico, que reconocio a Martin la herida, le tomo el pulso y dijo: --Ya pueda empezar a comer. --?Y le dejaremos hablar, doctor?--pregunto la muchacha. --Si. Se fue el doctor, y la muchacha de los ojos negros descorrio las cortinas y Martin se encontro en una habitacion grande, algo baja de techo, por cuya ventana entraba un dorado sol de invierno. Pocos instantes despues, aparecio Bautista en el cuarto, de puntillas. --Hola, Bautista--dijo Martin burlonamente--. ?Que te ha parecido nuestra primera aventura de guerra? ?Eh? --iHombre! A mi, bien--contesto el cunado--. A ti quiza no te haya parecido tan bien. --iPse! Ya hemos salido de esta. La muchacha de los ojos negros, a quien al principio no reconocio Martin, era la senorita a quien habian hecho bajar del coche los de la partida del Cura y despues se habia fugado con ellos en compania de su madre. Esta senorita le conto a Martin como le llevaron hasta Hernani y le extrajeron la bala. --Y yo no me he dado cuenta de todo esto--dijo Martin--. ?Cuanto tiempo llevo en la cama? --Cuatro dias ha estado usted con una fiebre altisima. --?Cuatro dias? --Si. --Por eso estoy rendido. ?Y su madre de usted? --Tambien ha estado enferma, pero ya se levanta. --Me alegro mucho. ?Sabe usted? Es raro--dijo Martin--no me parece usted la misma que vino en la carretera con nosotros. --iNo? --No. --?Y por que? --Le brillaban a usted los ojos de una manera tan rara, asi como dura... --?Y ahora no? --Ahora no, ahora me parecen sus ojos muy suaves. La muchacha se ruborizo sonriendo. --La verdad es--dijo Bautista--que has tenido suerte. Esta senorita te ha cuidado como a un rey. --iQue menos podia hacer por uno de nuestros salvadores!--exclamo ella ocultando su confusion--. Oh, pero no hable usted tanto. Para el primer dia es demasiado. --Una pregunta solo--dijo Martin. --Veamos la pregunta--contesto ella. --Quisiera saber como se llama usted. --Rosa Briones. --Muchas gracias, senorita Rosa--murmuro. --iOh! no me llame usted senorita. Llameme usted Rosa o Rosita, como me dicen en casa. --Es que yo no soy caballero--repuso Martin. --iPues si usted no es caballero, quien lo sera!--dijo ella. Martin se sintio halagado y, como Rosa le indico que callara, llevandose el dedo a los labios, cerro los ojos... La convalecencia de Martin fue muy rapida, tanto, que a el le parecio que se curaba demasiado pronto. Bautista, al ver a su cunado en visperas de levantarse y en buenas manos, como dijo algo ironicamente, se fue a Francia a reunirse con Capistun y a seguir con los negocios. Martin pudo tomar Hernani por una Capua, una Capua espiritual. Rosita Briones y su madre dona Pepita le mimaban y le halagaban. De conocerlo, Martin hubiera podido recitar, refiriendose a el mismo, el romance antiguo de Lanzarote: Nunca fuera caballero De damas tan bien servido Como fuera Lanzarote Cuando de su aldea vino. Rosita, durante la convalecencia, tuvo largas conversaciones con Martin. Era de Logrono, donde vivia con su madre. Dona Pepita era la causante de la desdichada aventura. A ella se le ocurrio ir a Villabona, para ver a su hijo, que le habian dicho que se encontraba herido en este pueblo. Afortunadamente, la noticia era falsa. Dona Pepita, la madre de Rosita, era una senora romantica, con unas ideas absurdas. Adoraba a su hijo, vivia temblando de que le pasara algo, pero, a pesar de todo, habia querido que fuera militar. Al decidir la aventura que termino con la detencion de la diligencia y al oir las observaciones de su hija al malhadado proyecto, habia contestado: --Los carlistas son espanoles y caballeros y no pueden hacer dano a unas senoras. A pesar de esta imposibilidad, estuvieron las dos a punto de ser emplumadas o apaleadas por la gente del Cura. Martin llego a convencerse de que la buena senora tenia una imposibilidad irreductible para enterarse de la cosas. Lo veia todo a su gusto y se convencia de que los hechos era como se los habia pintado su fantasia. Si de la madre cualquiera hubiese dicho que le faltaba un tornillo, no podia decirse lo mismo de su hija. Esta era lista y avispada como pocas; tenia un juicio rapido, seguro y claro. Muchas veces, para distraer al herido, Rosa le leyo novelas de Dumas y poesias de Becquer. Martin nunca habia oido versos y le hicieron un efecto admirable, pero lo que mas le sorprendio fue la discrecion de los comentarios de Rosita. No se le escapaba nada. Pronto Martin pudo levantarse y, cojeando, andar por la casa. Un dia que contaba su vida y sus aventuras, Rosita le pregunto de pronto: --?Y Catalina quien es? ?Es su novia de usted? --Si. ?Como lo sabe usted? --Porque ha hablado usted mucho de ella durante el delirio. --iAh! --?Y es guapa? --?Quien? --Su novia. --Si, creo que si. --?Como? ?Cree usted nada mas? --Es que la conozco desde chico y estoy tan acostumbrado a verla que casi no se como es. --?Pero no esta usted enamorado de ella? --No se, la verdad. --iQue cosa mas rara! ?Que tipo tiene? --Es asi... algo rubia... --?Y tiene hermosos ojos? --No tanto como usted--dijo Martin. A Rosita Briones le centellearon los ojos y envolvio a Martin en una de sus miradas enigmaticas. Una tarde se presento en Hernani el hermano de Rosita. Era un joven fino, atento, pero poco comunicativo. Dona Pepita le puso a Zalacain delante de su hijo como un salvador, como un heroe. Al dia siguiente, Rosita y su madre iban a San Sebastian, para marcharse desde alli a Logrono. Les acompano Martin y su despedida fue muy afectuosa. Dona Pepita le abrazo y Rosita le estrecho la mano varias veces y le dijo imperiosamente: --Vaya usted a vernos. --Si, ya ire. --Pero que sea de veras. Los ojos de Rosita prometian mucho. Al marcharse madre e hija, Martin parecio despertar de un sueno; se acordo de sus negocios, de su vida, y sin perdida de tiempo se fue a Francia. CAPITULO VII COMO MARTIN ZALACAIN BUSCO NUEVAS AVENTURAS Una noche de invierno llovia en las calles de San Juan de Luz; algun mechero de gas temblaba a impulsos del viento, y de las puertas de las tabernas salian voces y sonido de acordeones. En Socoa, que es el puerto de San Juan de Luz, en una taberna de marineros, cuatro hombres, sentados en una mesa, charlaban. De cuando en cuando, uno de ellos abria la puerta de la taberna, avanzaba en el muelle silencioso, miraba al mar y al volver decia: --Nada, la _Fleche_ no viene aun. El viento silbaba en bocanadas furiosas sobre la noche y el mar negros, y se oia el ruido de las olas azotando la pared del muelle. En la taberna, Martin, Bautista, Capistun y un hombre viejo, a quien llamaban Ospitalech, hablaban; hablaban de la guerra carlista, que seguia como una enfermedad cronica sin resolverse. --La guerra acaba--dijo Martin. --?Tu crees?--pregunto el viejo Ospitalech. --Si, esto marcha mal, y yo me alegro--dijo Capistun. --No, todavia hay esperanza--repuso Ospitalech. --El bombardeo de Irun ha sido un fracaso completo para los carlistas--dijo Martin--. iY que esperanzas tenian todos estos legitimistas franceses! Hasta los hermanos de la Doctrina Cristiana habian dado vacaciones a los ninos para que fuesen a la frontera a ver el espectaculo. iCanallas! Y ahi vimos a ese arrogante don Carlos, con sus terribles batallones, echando granadas y granadas, para tener luego que escaparse corriendo hacia Vera. --Si la guerra se pierde, nos arruinamos--murmuro Ospitalech. Capistun estaba tranquilo, pensaba retirarse a vivir a su pais; Bautista, con las ganancias del contrabando, habia extendido sus tierras. De los tres, Zalacain no estaba contento. Si no le hubiese retenido el pensamiento de encontrar a Catalina, se hubiera ido a America. Llevaba ya mas de un ano sin saber nada de su novia; en Urbia se ignoraba su paradero, se decia que dona Agueda habia muerto, pero no se hallaba confirmada la noticia. De estos cuatro hombres de la taberna de Socoa, los dos contentos, Bautista y Capistun, charlaban; los otros dos rabiaban y se miraban sin hablarse. Afuera llovia y venteaba. --?Alguno de vosotros se encargaria de un negocio dificil, en que hay que exponer la pelleja?--pregunto de pronto Ospitalech. --Yo no--dijo Capistun. --Ni yo--contesto distraidamente Bautista. --?De que se trata?--pregunto Martin. --Se trata de hacer un recorrido por entre las filas carlistas y conseguir que varios generales y, ademas, el mismo don Carlos, firmen unas letras. --iDemonio! No es facil la cosa--exclamo Zalacain. --Ya lo se que no; pero se pagaria bien. --?Cuanto? --El patron ha dicho que daria el veinte por ciento, si le trajeran las letras firmadas. --?Y a cuanto asciende el valor de las letras? --?A cuanto? No se de seguro la cantidad. ?Pero es que tu irias? --?Por que no? Si se gana mucho... --Pues entonces espera un momento. Parece que llega el barco, luego hablaremos. Efectivamente, se habia oido en medio de la noche un agudo silbido. Los cuatro salieron al puerto y se oyo el ruido de las aguas removidas por una helice, y luego aparecieron unos marineros en la escalera del muelle, que sujetaron la amarra en un poste. --iEup! Manisch--grito Ospitalech. --iEup!--contestaron desde el mar. --?Todo bien? --Todo bien--respondio la voz. --Bueno, entremos--anadio Ospitalech--que la noche esta de perros. Volvieron a meterse en la taberna los cuatro hombres, y poco despues se unieron a ellos Manisch, el patron del barco la _Fleche_, que al entrar se quito el sudeste, y dos marineros mas. --?De manera que tu estas dispuesto a encargarte de ese asunto?--pregunto Ospitalech a Martin. --Si. --?Solo? --Solo. --Bueno, vamos a dormir. Por la manana iremos a ver al principal y te dira lo que se puede ganar. Los marineros de la _Fleche_ comenzaban a beber, y uno de ellos cantaba, entre gritos y patadas, la cancion de _Les matelot de la Belle Eugenie_. Al dia siguiente, muy temprano, se levanto Martin y con Ospitalech tomo el tren para Bayona. Fueron los dos a casa de un judio que se llamaba Levi-Alvarez. Era este un hombre bajito, entre rubio y canoso, con la nariz arqueada, el bigote blanco y los anteojos de oro. Ospitalech era dependiente del senor Levi-Alvarez y conto a su principal como Martin se brindaba a realizar la expedicion dificil de entrar en el campo carlista para volver con las letras firmadas. --?Cuanto quiere usted por eso?--pregunto Levi-Alvarez. --El veinte por ciento. --iCaramba! Es mucho. --Esta bien, no hablemos, me voy. --Espere usted. ?Sabe usted que las letras ascienden a ciento veinte mil duros? El veinte por ciento seria una cantidad enorme. --Es lo que me ha ofrecido Ospitalech. Eso o nada. --iQue barbaridad! No tiene usted consideracion... --Es mi ultima palabra. Eso o nada. --Bueno, bueno. Esta bien. ?Sabe usted que si tiene suerte se va usted a ganar veinticuatro mil duros...? --Y si no me pegaran un tiro. --Exacto. ?Acepta usted? --Si, senor, acepto. --Bueno. Entonces estamos conformes. --Pero yo exijo que usted me formalice este contrato por escrito--dijo Martin. --No tengo inconveniente. El judio quedo un poco perplejo y, despues de vacilar un poco, pregunto: --?Como quiere usted que lo haga? --En pagares de mil duros cada uno. El judio, despues de vacilar, lleno los pagares y puso los sellos. --Si cobra usted--advirtio--de cada pueblo me puede usted ir enviando las letras. --?No las podria depositar en los pueblos en casa del notario? --Si, es mejor. Un consejo. En Estella no vaya usted donde el ministro de la guerra. Presentese usted al general en jefe y le entrega usted las cartas. --Eso hare. --Entonces, adios, y buena suerte. Martin fue a casa de un notario de Bayona, le pregunto si los pagares estaban en regla y, habiendole dicho que si, los deposito bajo recibo. El mismo dia se fue a Zaro. --Guardadme este papel--dijo a Bautista y a su hermana--dandoles el recibo. Yo me voy. --?Adonde vas?--pregunto Bautista. Martin le explico sus proyectos. --Eso es un disparate--dijo Bautista--te van a matar. --iCa! --Cualquiera de la partida del Cura que te vea te denuncia. --No esta ninguno en Espana. La mayoria andan por Buenos Aires. Algunos los tienes por aqui, por Francia, trabajando. --No importa, es una barbaridad lo que quieres, hacer. --iHombre! Yo no obligo a nadie a que venga conmigo--dijo Martin. --Es que si tu crees que eres el unico capaz de hacer eso, estas equivocado--replico Bautista--. Yo voy donde otro vaya. --No digo que no. --Pero parece que dudas. --No, hombre, no. --Si, si, y para que veas que no hay tal cosa, te voy a acompanar. No se dira que un vasco frances no se atreve a ir donde vaya un vasco espanol. --Pero hombre, tu estas casado--repuso Martin. --No importa. --Bueno, ya veo que lo tu quieres es acompanarme. Iremos juntos, y, si conseguimos traer las letras firmadas te dare algo. --?Cuanto? --Ya veremos. --iQue granuja eres!--exclamo Bautista--?para que quieres tanto dinero? --?Que se yo? Ya veremos. Yo tengo en la cabeza algo. ?Que? No lo se, pero sirvo para alguna cosa. Es una idea que se me ha metido en la cabeza hace poco. --?Que demonio de ambicion tienes? --No se, chico, no se--contesto Martin--pero hay gente que se considera como un cacharro viejo, que lo mismo puede servir de taza que de escupidera. Yo no, yo siento en mi, aqui dentro, algo duro y fuerte... no se explicarme. A Bautista le extranaba esta ambicion obscura de Martin, porque el era claro y ordenado y sabia muy bien lo que queria. Dejaron esta cuestion y hablaron del recorrido que tenian que hacer. Este comenzaria yendo en el vaporcito la _Fleche_ a Zumaya y siguiendo de aqui a Azpeitia, de Azpeitia a Tolosa y de Tolosa a Estella. Para no llevar la lista de todas las personas a quien tenian que ver y estar consultando a cada paso lo que podia comprometerles, Bautista, que tenia magnifica memoria, se la aprendio de corrido; cosieron las letras entre el cuero de las polainas y por la noche se embarcaron. Entraron en el vaporcito de la _Fleche_ en Socoa y se echaron al mar. Bautista y Zalacain pasaron la travesia metidos en un camarote pequeno dando tumbos. Al amanecer, el piloto vio hacia el cabo de Machichaco un barco que le parecio de guerra, y forzando la marcha entro en Zumaya. Varias companias carlistas salieron al puerto dispuestas a comenzar el fuego, pero cuando reconocieron el barco frances se tranquilizaron. Despues de desembarcar, la memoria admirable de Bautista indico las personas a quienes tenian que visitar en este pueblo. Eran tres o cuatro comerciantes. Los buscaron, firmaron las letras, compraron los viajeros dos caballos, se agenciaron un salvo-conducto; y por la tarde, despues de comer, Martin y Bautista se encaminaron por la carretera de Cestona. Pasaron por el pueblecito de Oiquina, constituido por unos cuantos caserios colocados al borde del rio Urola, luego por Aizarnazabal y en la venta de Iraeta, cerca del puente, se detuvieron a cenar. La noche se echo pronto encima. Cenaron Martin y Bautista y discutieron si seria mejor quedarse alli o seguir adelante, y optaron por esto ultimo. Montaron en sus jamelgos, y al echar a andar vieron que de una casa proxima al puente de Iraeta salia un coche arrastrado por cuatro caballos. El coche comenzo a subir el camino de Cestona al trote. Este trozo de camino, desde Iraeta a Cestona, pasa entre dos montes y tiene en el fondo el rio. De noche, sobre todo, el tal paraje es triste y siniestro. Martin y Bautista, por ese sentimiento de fraternidad que se siente en las carreteras solitarias, quisieron acercarse al coche y ponerse al habla con el cochero, pero sin duda el cochero tenia razones para no querer compania, porque, al notar que le seguian, puso los caballos al trote largo y luego los hizo galopar. Asi, el coche delante y Martin y Bautista detras, subieron a Cestona, y al llegar aqui el coche dio una vuelta rapida y poco despues echo un fardo al suelo. --Es algun contrabandista--dijo Martin. Efectivamente, lo era; hablaron con el y el hombre les confeso que habia estado dispuesto a dispararles al ver que le perseguian. Marcharon los tres a la posada, ya hechos amigos, y Martin fue a ver a un confitero carlista de la calle Mayor. Durmieron en la posada de Blas y muy de manana Zalacain y Bautista se prepararon a seguir su camino. Era el dia lluvioso y frio, la carretera, amarillenta, llena de baches, ondulaba por entre campos verdes; no se veia el monte Itzarroiz, envuelto entre la bruma. El rio, crecido, iba de color de ocre. Se detuvieron en Lasao, en la posesion de un baron carlista, a hacer que su administrador firmara un documento y siguieron bordeando el Urola hasta Azpeitia. Aqui el trabajo era bastante grande y tardaron en terminarle. Al anochecer, estuvieron ya libres, y, como preferian no quedarse en pueblos grandes, tomaron un camino de herradura que subia al monte Hernio y fueron a dormir a una aldea llamada Regil. El tercer dia, de Regil cogieron el camino de Vidania, y llegaron a Tolosa, en donde estuvieron unas horas. De Tolosa fueron a dormir a un pueblo proximo. Les dijeron que por alla andaba una partida, y prefirieron seguir adelante. Esta partida, dias antes, habia apaleado barbaramente a unas muchachas, porque no quisieron bailar con unos cuantos de aquellos foragidos. Dejaron el pueblo, y, unas veces al trote y otras al paso, llegaron hasta Amezqueta, en donde se detuvieron. CAPITULO VIII VARIAS ANECDOTAS DE FERNANDO DE AMEZQUETA Y LLEGADA A ESTELLA En Amezqueta entraron en la posada proxima al juego de pelota. Llovia, hacia frio y se refugiaron al lado de la lumbre. Habia entre los reunidos en la venta un campesino chusco, que se puso a contar historias. El campesino, al entrar otros dos en la cocina, saco su gran panuelo a cuadros y comenzo a dar con el en las mesas y en las sillas, como si estuviera espantando moscas. --?Que hay?--le dijo Martin--. ?Que hace usted? --Estas moscas fastidiosas--contesto el campesino seriamente. --Pero si no hay moscas. --Si las hay, si--replico el hombre, dando de nuevo con el panuelo. El posadero advirtio, riendo, a Martin y a Bautista que, como en Amezqueta habia tantas moscas de macho, a los del pueblo les llamaban, en broma, _euliyac_ (las moscas), y que por eso el tipo aquel chistoso sacudia las mesas y las sillas con el panuelo, al entrar dos amezquetanos. Rieron Martin y Bautista, y el campesino conto una porcion de historias y de anecdotas. --Yo no se contar nada--dijo el hombre varias veces--. iSi estuviera _Pernando_! --?Y quien era _Pernando_?--pregunto Martin. --No habeis oido vosotros hablar de _Pernando_ de Amezqueta? --No. --iAh! Pues era el hombre mas gracioso de toda esta provincia. iLas cosas que contaba aquel hombre! Martin y Bautista le instaron para que contara alguna historia de Fernando de Amezqueta, pero el campesino se resistia, porque aseguraba que oirle a el contar estas chuscadas no daba mas que una palida idea de las salidas de Fernando. Sin embargo, a instancias de los dos, el campesino conto esta anecdota en vascuence: "Un dia Fernando fue a casa del senor cura de Amezqueta, que era amigo suyo y le convidaba a comer con frecuencia. Al entrar en la casa, husmeo desde la cocina y vio que el ama estaba limpiando dos truchas: una, hermosa, de cuatro libras lo menos, y la otra, pequenita, que apenas tenia carne. Paso Fernando a ver al senor cura, y este, segun su costumbre, le convido a comer. Se sentaron a la mesa el senor cura y Fernando. Sacaron dos sopas y Fernando comio de las dos; luego sacaron el cocido, despues una fuente de berzas con morcilla y, al llegar al principio, Fernando se encontro con que, en vez de poner la trucha grande, la condenada del ama habia puesto la pequena, que no tenia mas que raspa. --Hombre, trucha--exclamo Fernando--le voy a hacer una pregunta. --?Que le vas a preguntar?--dijo el cura riendo, en espera de un chiste. --Le voy a preguntar a ver si por los demas peces que ha conocido se ha enterado algo de como estan mis parientes al otro lado del mar, alli en America. Porque estas truchas saben mucho. --Hombre, si, preguntale. Cogio Fernando la fuente en donde estaba la trucha y se la puso delante, luego acerco el oido muy serio y escucho. --?Que, contesta algo?--dijo burlonamente el ama del cura. --Si, ya va contestando, ya va contestando. --?Y que dice? ?Que dice?--pregunto el cura. --Pues dice--contesto Fernando--que es muy pequena, pero que ahi, en esa despensa, hay guardada una trucha muy grande y que ella debe de saber mejores noticias de mis parientes." Una muchacha que estaba en la cocina, al oir la anecdota, se echo a reir con una risa aguda y comunico su risa a todos. Rieron tambien de buena gana Martin y Bautista la manera de senalar del truhan, pero el campesino aseguro que el no tenia arte para estos cuentos. Le instaron para que siguiera y el hombre conto una nueva ocurrencia de _Pernando_. "--Otra vez--dijo--fue a Idiazabal, donde habia un partido de pelota, y llego tarde a la posada, cuando ya todos estaban sentados. El amo le dijo: --No hay sitio para ti, Fernando, ni probablemente tampoco habra comida. --iBah!--replico el--. iSi me dierais de balde lo que sobre! --Pues nada, todo lo que sobre para ti. Se paseo Fernando por el comedor. En la mesa redonda se habian sentado los dos bandos que habian jugado a la pelota, separados. Fernando, viendo que traian en una fuente piernas de carnero, dijo a dos o tres en voz baja: --Yo no se de donde saca el amo estas piernas de perro tan hermosas y con tanta carne. --?Pero son de perro?--dijeron ellos. --Si, de perro; pero no se lo digais a esos, que se fastidien. --?Pero de veras, Fernando? --Si, hombre; yo mismo he visto la cabeza en la cocina. iEra un perro de aguas mas hermoso! Dicho esto salio del comedor, y al volver tenian una cazuela con liebre. Fue al otro extremo de la mesa y dijo a los del bando contrario: --iVaya unos gatos mas buenos que compra este fondista a los carabineros! --iAh!, ?pero es gato eso? --Si, no se lo digais a esos, pero yo he visto las colas en la cocina. Poco despues, Fernando comia solo y tenia liebre y carnero de sobra. Al anochecer, salieron del pueblo todos, algo borrachos, y alguno se paro a echar la papilla en el camino. --Es el perro, que le ha hecho dano--decian unos, burlandose. --Es el gato--decian los otros. Y nadie queria decir que era el vino. --Companeros--dijo Fernando--, cuando se come gato y perro juntos no pasa nada. Ellos rinen en el interior como perros y gatos, pero le dejan a uno en paz." La muchacha de la risa aguda rio de nuevo y el campesino comenzo a contar otra anecdota, diciendo: --No estuvo mal tampoco la manera como Fernando deshizo la boda entre un zapatero rico de Tolosa y una novia suya. --A ver, a ver como fue--dijeron todos. "--Pues estaba Fernando de aprendiz en la zapateria del difunto Ichtaber, _el Chato de Tolosa_, y no se si vosotros sabreis, pero Ichtaber era un zapatero viejo y muy rico. Tenia Fernando de novia una chica muy guapa, pero Ichtaber, _el Chato_, al verla la empezo a cortejar y a decir si se queria casar con el, y, como era rico, ella acepto. Solian verse la muchacha y el viejo en la zapateria, y el granuja de Ichtaber, para estar mas libre, mandaba a Fernando, con cualquier pretexto, a la trastienda. El hacia como que no se incomodaba, pero se vengo. Fue a ver a su novia y hablo con ella. --Si--la dijo--. Ichtaber es buena persona y hombre de fortuna, es verdad, pero como es zapatero y chato y ha andado toda la vida con pieles, huele muy mal. --iMentiroso!--dijo ella. --No, no, fijate. Ya veras. Fernando fue a la zapateria, cogio un fuelle grande y lo relleno de esa casca que queda despues de curtidos los pellejos y que huele que apesta; luego hizo un agujero en el tabique de la trastienda y espero la ocasion oportuna. Por la tarde llego la chica, e Ichtaber dijo a su aprendiz: --Oye, Fernando, vete a la trastienda un momento a arreglar esas hormas que hay en la caja. Salio Fernando; tomo el fuelle. Miro por el agujero. Ichtaber estaba besando la mano de la chica; entonces le apunto a ella con el fuelle y metio por el agujero del tabique una corriente de aire de mal olor. Cuando Fernando miro despues, Ichtaber _el Chato_ estaba con la mano en sus diminutas narices y la muchacha lo mismo. Luego Fernando siguio dandole al fuelle con intermitencias, hasta que se canso. Dos dias despues, fue de nuevo la chica y le paso lo mismo; y ya no volvio mas, porque decia que Ichtaber _el Chato_ olia a muerto. Ichtaber hizo el amor a otra; pero Fernando le jugo la misma pasada con el fuelle, y el zapatero decia a sus amigos: --_iArrayua!_ En mi tiempo era otra cosa; las chicas estaban sanas. Ahora, la que mas y la que menos huele a perros." Volvio a oirse la risa alegre y chillona de la muchacha. Celebraron los demas circunstantes las granujerias de Fernando el de Amezqueta y fueron a acostarse. A la manana siguiente, Martin y Bautista dejaron a Amezqueta y por un sendero llegaron a Ataun, lugar en donde Dorronsoro, el jefe civil carlista, habia sido escribano. Se encontraron en el camino a un muchacho de este pueblo que iba a Echarri-Aranaz y en su compania tomaron por un camino de herradura que bordeaba la sierra de Aralar. Hablaron los tres de la marcha de la guerra, y el chico conto una anecdota de Dorronsoro, que no dejaba de tener gracia. Se habia presentado a el un senorito de San Sebastian, de familia carlista, de los que llamaban hojalateros, muy gordo y muy lucio. --Mire usted, don Miguel--habia dicho al ex escribano--, yo soy muy carlista y mi familia tambien lo es; quisiera servir a don Carlos, pero, ya ve usted, no estoy para andar por el monte y desearia entrar en las oficinas. --Bueno, ya vere si encuentro algo--le dijo Dorronsoro--; vuelva usted manana. Volvio al dia siguiente el senorito y pregunto: --?Que, ha encontrado usted algo? --Si, ya comprendo que no puede usted salir al monte; de manera que entrara usted en las oficinas... y pagara usted tres pesetas al dia. Celebraron Martin y Bautista la decision de Dorronsoro. Por la noche llegaron al valle de Araquil y se detuvieron en Echarri-Aranaz. Entraron en la cocina de la venta a calentarse al fuego. Alli, en vez de las historias del buen truhan Fernando de Amezqueta, tuvieron que oir, contada por una vieja, la historia de don Teodosio de Goni, un caballero navarro que, despues de haber matado a su padre y a su madre, enganado por el Diablo, se fue de penitencia al monte con una cadena al pie, hasta que, pasados muchos anos y siendo don Teodosio viejo, se le presento un dragon, y ya iba a devorarle, cuando aparecio el arcangel San Miguel y mato al dragon y rompio las cadenas al caballero. A Bautista y a Martin les parecieron mas entretenidas que esta tonta historia de dragones y de santos las ocurrencias del buen Fernando de Amezqueta. Estaban oyendo los comentarios a la vida de don Teodosio, cuando se presento en la venta un senor rubio, que, al ver a Bautista y a Martin, se les quedo mirando atentamente. --iPero son ustedes! --Usted es el de... --El mismo. Era el extranjero a quien habian libertado de las garras del cura. --?A que vienen ustedes por aqui?--pregunto el extranjero. --Vamos a Estella. --?De veras? --Si. --Yo tambien. Iremos juntos. ?Conocen ustedes el camino? --No. --Yo si. He estado ya una vez. --Pero, ?que hace usted andando siempre por estos parajes?--le pregunto Martin. --Es mi oficio--le dijo el extranjero. --Pues, ?que es usted, si se puede saber? --Soy periodista. La fuga aquella me sirvio para hacer un articulo interesantisimo. Hablaba de ustedes dos y de aquella senorita morena. iQue chica mas valiente, eh! --Ya lo creo. --Pues, si no tienen ustedes reparo, iremos juntos a Estella. --?Reparo? Al reves. Satisfaccion y grande. Quedaron de acuerdo en marchar juntos. A las siete de la manana, hora en que empezo a aclarar, salieron los tres, atravesaron el tunel de Lizarraga y comenzaron a descender hacia la llanada de Estella. El extranjero montaba en un borriquillo, que marchaba casi mas deprisa que los matalones en que iban Martin y Bautista. El camino serpenteaba subiendo el desnivel de la sierra de Andia. Atravesaron posiciones ocupadas por batallones carlistas. Entre los jefes habia muchos extranjeros con flamantes uniformes austriacos, italianos y franceses, un tanto carnavalescos. A media tarde comieron en Lezaun y, arreando las caballerias, pasaron por Abarzuza. El extranjero explico al paso la posicion respectiva de liberales y carlistas en la batalla de Monte Muru y el sitio donde se desarrollo lo mas fuerte de la accion, en la que murio el general Concha. Al anochecer llegaron cerca de Estella. Mucho antes de entrar en la corte carlista encontraron una compania con un teniente que les ordeno detenerse. Mostraron los tres su pasaporte. Al llegar cerca del convento de Recoletos, era ya de noche. --?Quien vive?--grito el centinela. --Espana. --?Que gente? --Paisanos. --Adelante. Volvieron a mostrar sus documentos al cabo de guardia y entraron en la ciudad carlista. CAPITULO IX COMO MARTIN Y EL EXTRANJERO PASEARON DE NOCHE POR ESTELLA Y DE LO QUE HABLARON Pasaron por el portal de Santiago, entraron en la calle Mayor y preguntaron en la posada si habia alojamiento. Una muchacha aparecio en la escalera. --Esta la casa llena--dijo--. No hay sitio para tres personas, solo una podria quedarse. --?Y las caballerias?--pregunto Bautista. --Creo que hay sitio en la cuadra. Fue la muchacha a verlo y Martin dijo a Bautista. --Puesto que hay sitio para una persona, tu te puedes quedar aqui. Vale mas que estemos separados y que hagamos como si no nos conocieramos. --Si, es verdad--contesto Bautista. --Manana, a la manana, en la plaza nos encontraremos. --Muy bien. Vino la muchacha y dijo que habia sitio en la cuadra para los jacos. Entro Bautista en la casa con las caballerias, y el extranjero y Martin fueron, preguntando, a otra posada del paseo de los Llanos, donde les dieron alojamiento. Llevaron a Martin a un cuarto desmantelado y polvoriento, en cuyo fondo habia una alcoba estrecha, con las paredes cubiertas de unas manchas negras de humo. Sin duda los huespedes mataban las chinches quemandolas con una vela o con la lamparilla y dejaban estos tranquilizadores rastros. En el gabinete y en la alcoba olia a cuadra, olor que venia de las junturas de las maderas del suelo. Martin saco la carta de Levi-Alvarez y el paquete de letras cosido en el cuero de la bota y separo las ya aceptadas y firmadas, de las otras. Como estas todas eran para Estella, las encerro en un sobre y escribio: "Al general en jefe del ejercito carlista." --?Sera prudente--se dijo--entregar estas letras sin garantia alguna? No penso mucho tiempo, porque comprendio enseguida que era una locura pedir recibo o fianza. --La verdad es que, si no quieren firmar, no puedo obligarles, y si me dan un recibo y luego se les ocurre quitarmelo, con prenderme estan al cabo de la calle. Aqui hay que hacer como si a uno le fuera indiferente la cosa y, si sale bien, aprovecharse de ella, y si no, dejarla. Espero a que se secara el sobre. Salio a la calle. Vio en la calle un sargento y, despues de saludarle, le pregunto: --?Donde se podra ver al general? --iA que general! --Al general en jefe. Traigo unas cartas para el. --Estara probablemente paseando en la plaza. Venga usted. Fueron a la plaza. En los arcos, a la luz de unos faroles tristes de petroleo, paseaban algunos jefes carlistas. El sargento se acerco al grupo y, encarandose con uno de ellos, dijo: --Mi general. --?Que hay? --Este paisano, que trae unas cartas para el general en jefe. Martin se acerco y entrego los sobres. El general carlista se arrimo a un farol y los abrio. Era el general un hombre alto, flaco, de unos cincuenta anos, de barba negra, con el brazo en cabestrillo. Llevaba una boina grande de gascon con una borla. --?Quien ha traido esto?--pregunto el general con voz fuerte. --Yo--dijo Martin. --?Sabe usted lo que venia aqui dentro? --No, senor. --?Quien le ha dado a usted estos sobres? --El senor Levi-Alvarez de Bayona. --?Como ha venido usted hasta aqui? --He ido de San Juan de Luz a Zumaya en barco, de Zumaya aqui a caballo. --?Y no ha tenido usted ningun contratiempo en el camino? --Ninguno. --Aqui hay algunos papeles que hay que entregar al rey. ?Quiere usted entregarlos o que se los entregue yo? --No tengo mas encargo que dar estos sobres y, si hay contestacion, volverla a Bayona. --?No es usted carlista?--pregunto el general, sorprendido del tono de indiferencia de Martin. --Vivo en Francia y soy comerciante. --Ah, vamos, es usted frances. Martin callo. --?Donde para usted?--siguio preguntando el general. --En una posada de ese paseo... --?Del paseo de los Llanos? --Creo que si. Asi se llama. --?Hay una administracion de coches en el portal? ?No? --Si, senor. --Entonces, es la misma, ?Piensa usted estar muchos dias en Estella? --Hasta que me digan si hay contestacion o no. --?Como se llama usted? --Martin Tellagorri. --Esta bien. Puede usted retirarse. Saludo Martin y se fue a la posada. A la puerta se encontro con el extranjero. --?Donde se mete usted?--le dijo--. Le andaba buscando. --He ido a ver al general en jefe. --?De veras? --Si. --?Y le ha visto usted? --Ya lo creo. Y le he dado las cartas que traia para el. --iDemonio! Eso si que es ir de prisa. No le quisiera tener a usted de rival en un periodico. ?Que le ha dicho a usted? --Ha estado muy amable. --Tenga usted cuidado, por si acaso. Mire usted que estos son unos bandidos. --Le he indicado que soy frances. --Bah, no importa. Este verano han fusilado a un periodista aleman amigo mio. Tenga usted cuidado. --iOh! Lo tendre. --Ahora, vamos a cenar. Subieron las escaleras y entraron en una cocina grande. Varios paisanos y soldados, congregados alli, charlaban. Se sentaron a cenar a una mesa larga, iluminada por un velon de varios mecheros que colgaba del techo. Un hombre viejo, bajito, que presidia la mesa, se quito la boina y comenzo a rezar; todos los comensales hicieron lo mismo, menos el extranjero a quien advirtio Martin de su olvido y que, al darse cuenta, se quito apresuradamente la gorra. En el transcurso de la cena, el hombre bajito hablo mas que nadie. Era navarro de la Ribera. Tenia un tipo repulsivo, chato, de mirada oblicua, pomulos salientes, la boina pequena echada sobre los ojos, como si instintivamente quisiera ocultar su mirada. Defendia la conducta del cabecilla asesino Rosas Samaniego, que estaba entonces preso en Estella, y le parecia poca cosa el echar a los hombres por la sima de Igusquiza, tratandose de liberales y de hombres que blasfemaban de su Dios y de su religion. Conto el tal viejo varias historias de la guerra carlista anterior. Una de ellas era verdaderamente odiosa y cobarde. Una vez cerca de un rio, yendo con la partida, se encontraron con diez o doce soldados jovencitos que lavaban sus camisas en el agua. --A bayonetazos acabamos con todos--dijo el hombre sonriendo, luego anadio hipocritamente--Dios nos lo habra perdonado. Durante la cena, el repulsivo viejo estuvo contando hazanas por el estilo. Aquel tipo miserable y siniestro era fanatico, violento y cobarde, se recreaba contando sus fechorias, manifestaba crueldad bastante para disimular su cobardia, tosquedad para darla como franqueza y ruindad para darle el caracter de habilidad. Tenia la doble bestialidad de ser fanatico y de ser carlista. Este desagradable y antipatico personaje se puso despues a clasificar los batallones carlistas segun su valor; primero eran los navarros, como era natural, siendo el navarro, luego los castellanos, despues los alaveses, luego los guipuzcoanos y al ultimo los vizcainos. Por el curso de la conversacion se veia que habia alla un ambiente de odios terribles; navarros, vascongados, alaveses, aragoneses y castellanos se odiaban a muerte. Todo ese fondo cabileno que duerme en el instinto provincial espanol estaba despierto. Unos se reprochaban a otros el ser cobardes, granujas y ladrones. Martin se ahogaba en aquel antro, y sin tomar el postre, se levanto de la mesa para marcharse. El extranjero le siguio y salieron los dos a la calle. Lloviznaba. En algunas tabernas obscuras, a la luz de un quinque de petroleo, se veian grupos de soldados. Se oia el rasguear de la guitarra; de cuando en cuando una voz cantaba la jota, en la calle negra y silenciosa. --Ya me esta a mi cargando esta cancion estolida--murmuro Martin. --?Cual?--pregunto el extranjero. --La jota. La encuentro como una cosa petulante. Me parece que le estoy oyendo hablar a ese viejo navarro de la posada. El que la canta quiere decir: "Yo soy mas valiente que nadie, mas noble que nadie, mas heroico que nadie." --?Y estos no son mas valientes que los demas espanoles?--pregunto el extranjero maliciosamente. --No lo se; yo no lo creo, por lo menos. Yo, ahora mismo, si tuviera quinientos hombres tomaba Estella por asalto y le pegaba fuego. --iJa! iJa! Es usted un hombre extraordinario. --Es que lo digo porque lo creo. Yo tambien lo creo, y siento que no tenga usted los quinientos hombres. ?Y que decia usted de la gente del Ebro? --Nada, que han decidido ellos mismos que son los unicos francos, los unicos leales, porque hablan muy en bruto y cantan la jota. --?De manera que para usted este canto es como una falsificacion del valor y de la energia? --Si, algo asi. --Esta bien. Lo dire en mi proxima cronica. ?No le parece a usted mal que me sirva de sus opiniones? --De ningun modo, porque a mi no me sirven para nada. Siguieron paseando, pero al alejarse un poco, un centinela les dio el alto y volvieron a la plaza. Se hallaba esta solitaria. Dieron varias vueltas y un sereno les saludo y les dijo: --?Que hacen ustedes aqui? --?No se puede pasear?--pregunto Zalacain. --Hombre, si; pero no es una hora muy a proposito. --Es que hemos cenado tarde y estabamos dando una vuelta--dijo el extranjero--no quisieramos acostarnos tan pronto. --?Por que no van ustedes alli?--dijo el sereno, senalando los balcones de una casa que brillaban iluminados. --?Que es lo que hay alli?--pregunto Martin. --El Casino--contesto el sereno. --?Y que hacen ahora?--dijo el extranjero. --Estaran jugando. Se despidieron del vigilante nocturno y dejaron la plaza. Despues, dando un rodeo, salieron al paseo de Los Llanos. Una campana de un convento comenzo a tocar. --Juego, campanas, carlismo y jota. iQue espanol es esto, mi querido Martin!--dijo el extranjero. --Pues yo tambien soy espanol y todo eso me es muy antipatico--contesto Martin. --Sin embargo, son los caracteres que constituyen la tradicion de su pais--dijo el extranjero. --Mi pais es el monte--contesto Zalacain. CAPITULO X COMO TRANSCURRIO EL SEGUNDO DIA EN ESTELLA Conformes Martin y Bautista, se encontraron en la plaza. Martin considero que no convenia que le viesen hablar con su cunado, y para decir lo hecho por el la noche anterior escribio en un papel su entrevista con el general. Luego se fue a la plaza. Tocaba la charanga. Habia unos soldados formados. En el balcon de una casa pequena, enfrente de la iglesia de San Juan, estaba don Carlos con algunos de sus oficiales. Espero Martin a ver a Bautista y cuando le vio le dijo: --Que no nos vean juntos--y le entrego el papel. Bautista se alejo, y poco despues se acerco de nuevo a Martin y le dio otro pedazo de papel. --?Que pasara?--se dijo Martin. Se fue de la plaza, y cuando se vio solo, leyo el papel de Bautista que decia: _Ten cuidado. Esta aqui el Cacho de sargento. No andes por el centro del pueblo_. La advertencia de Bautista la considero Martin de gran importancia. Sabia que el Cacho le odiaba y que colocado en una posicion superior, podia vengar sus antiguos rencores con toda la sana de aquel hombre pequeno, violento y colerico. Martin paso por el puente del Azucarero contemplando el agua verdosa del rio. Al llegar a la plazoleta donde comienza la Rua Mayor del pueblo viejo, Martin se detuvo frente al palacio del duque de Granada, convertido en carcel, a contemplar una fuente con un leon tenante en medio, en cuyas garras sujeta un escudo de Navarra. Estaba alli parado, cuando vio que se le acercaba el extranjero. --iHola, querido Martin!--le dijo. --iHola! iBuenos dias! --?Va usted a echar un vistazo por este viejo barrio? --Si. --Pues ire con usted. Tomaron por la Rua Mayor, la calle principal del pueblo antiguo. A un lado y a otro se levantaban hermosas casas de piedra amarilla, con escudos y figuras tallados. Luego, terminada la Rua, siguieron por la calle de Curtidores. Las antiguas casas solariegas mostraban sus grandes puertas cerradas; en algunos portales, convertidos en talleres de curtidores, se veian filas de pellejos colgados y en el fondo el agua casi inmovil del rio Ega, verdosa y turbia. Al final de esta calle se encontraron con la iglesia del Santo Sepulcro y se pararon a contemplarla. A Martin le parecio aquella portada de piedra amarilla, con sus santos desnarigados a pedradas, una cosa algo grotesca, pero el extranjero aseguro que era magnifica. --?De veras?--pregunto Martin. --iOh! iYa lo creo! --?Y la habra hecho la gente de aqui?--pregunto Martin. --?Le parece a usted imposible que los de Estella hagan una cosa buena?--pregunto riendo el extranjero. --iQue se yo! No me parece que en este pueblo se haya inventado la polvora. En una calle transversal, las paredes de las antiguas casas hidalgas derrumbadas servian de cerca para los jardines. No se alejaron mas porque a pocos pasos estaba ya la guardia. Volvieron y subieron a San Pedro de la Rua, iglesia colocada en un alto, a la cual se llegaba por unas escaleras desgastadas, entre cuyas losas crecia la hierba. --Sentemonos aqui un momento--dijo el extranjero. --Bueno, como usted quiera. Desde alli se veia casi todo Estella, y los montes que le rodean, abajo el tejado de la carcel y en un alto la ermita del Puy. Una vieja limpiaba las escaleras de piedra de la iglesia con una escoba y cantaba a voz en grito: iAdios los Llanos de Estella. San Benito y Santa Clara, Convento de Recoletos donde yo me paseaba! --Ya ve usted--dijo el extranjero--que, aunque a usted le parezca este pueblo tan desagradable, hay gente que le tiene carino. --?Quien?--dijo Martin. --El que ha inventado esa cancion. --Era un hombre de mal gusto. La vieja se acerco al extranjero y a Martin y entablo conversacion con ellos. Era una mujer pequena, de ojos vivos y tez tostada. --?Usted sera carlista? ?Eh?--le pregunto el extranjero. --Ya lo creo. En Estella todos somos carlistas y tenemos la seguridad de que vendra don Carlos con ayuda de Dios. --Si, es muy probable. --?Como probable?--exclamo la vieja--. Es seguro. ?Usted no sera de aqui? --No, no soy espanol. --Ah, vamos. Y la vieja, despues de mirarle con curiosidad, siguio barriendo las escaleras. --Creo que le ha tenido a usted lastima al saber que no es usted espanol--dijo Martin. --Si, parece que si--contesto el extranjero--. La verdad es que es triste que por ese estupido hombre guapo se mate esta pobre gente. --?Por quien lo dice usted, por don Carlos?--pregunto Martin. --Si. --?Usted tambien cree que no es hombre de talento? --iQue va a ser! Es un tipo vulgar sin ninguna condicion. Luego, no tiene idea de nada. Hable con el cuando el bombardeo de Irun, y no se puede usted figurar nada mas plano y mas opaco. --Pues no lo diga usted por ahi, porque le hacen a usted pedazos. Estos bestias estan dispuestos a morir por su rey. --Oh, no lo diria. Ademas ?para que? No habia de convencer a nadie; unos son fanaticos y otros aventureros y ninguno esta dispuesto a dejarse persuadir. Pero no crea usted que todos tienen un gran respeto ni por don Carlos ni por sus generales. ?No ha oido usted en la posada que hablan algunas veces de don Bobo? pues se refieren al Pretendiente. Vieron el extranjero y Martin las otras iglesias del pueblo, la Pena de los Castillos y la parroquia de Santa Maria, y volvieron a comer. Afortunadamente, el viejecillo antipatico no se sentaba a la mesa y en cambio estaban un legitimista frances, el conde de Haussonville, de la legacion extranjera, y un joven comandante carlista llamado Iceta. El conde de Haussonville fue la alegria de la mesa. El conde, hombre de unos cuarenta anos, alto, grueso, derecho, rubio, hablaba en un castellano grotesco. Lo verdaderamente gracioso de Haussonville era su apetito voraz. Todo lo que le daban de comer no le servia mas que de aperitivo. Habia venido desde Caspe llevando prisionero a un brigadier valenciano carlista a que conpareciera ante el Estado Mayor de don Carlos, y contaba su expedicion de tal manera que hacia morirse de risa a todos. Explico su estancia en un pueblo, con el batallon metido en una iglesia, sin poder moverse por estar los caminos intransitables por la nieve, no comiendo mas que habichuelas y teniendo por retrete un confesionario, y dio tales detalles, que todo el mundo reia a carcajadas. --Un dia, sobre todo, nos trajeron sidra--dijo el frances--y entre la sidra y las habichuelas se nos armo una, que tuvimos que hacer cola delante del confesionario. Pocas veces se ha visto una congregacion de fieles tan apenados para entrar en el confesionario como nosotros. Jefes y soldados ibamos con gran dolor de corazon a cantar nuestra cancion de las habichuelas a la pequena garita del senor cura. Despues de maldecir de la alimentacion leguminosa y de la alimentacion _patatosa_, hablo del resto del viaje. Cada pueblo del transito le parecia una estacion de calvario para su estomago hambriento; recordaba las aldeas por lo que habia comido, o mejor dicho, por lo que habia ayunado; aqui habian dado por toda comida un caldo de berzas, alla por cena una colacion de verduras cocidas; y para colmo de desdichas, estaba alojado en Estella en casa de unas viejas solteronas y por la manana le daban chocolate con agua, por la tarde cocido, y de noche una sopa de ajo infame. --Y siempre, siempre, poco--decia Haussonville, levantando los brazos al cielo. Iceta era un aventurero. Habia estado al principio en la guerra, luego se fue a una republica americana, tomo parte en una revolucion y despues, expulsado de alli por rebelde, volvia al ejercito carlista, en donde estaba ya violento y deseando marcharse. Siguiendole a todas partes como amigo y asesor, iba un antiguo criado suyo que se llamaba Asensio, pero a quien se le conocia por estos dos motes: Asensio Lapurra (Asensio el Ladron) y Asenchio Araguiarrapatzallia (Asensio el decomisador de carne). Este mote lo debia Asensio a haber sido consumero en su pueblo. Asensio era graciosisimo hablando castellano; no habia palabra que empleara bien. Siempre que tenia que decir andamos, decia andemos; y al contrario, empleaba vaiga por vaya, y hagais por haced. La conversacion entre el conde de Haussonville y Asenchio Lapurra era de lo mas dislocada y pintoresca. --Si aqui hubiera un buen _quenerral_--decia Haussonville--la _querra_ estaba resuelta. --_Pueda, pueda_ que si--contestaba Asensio. --No saben _manecar_ un grande _equercito_, amigo Asensio. --Si _supieseis_ de _tatica_, otra cosa seria. Martin y el extranjero intimaron con Haussonville, con Iceta y con Asenchio Lapurra y se rieron a carcajadas con los mil quidprocuos que resultaban en la conversacion del frances y del vasco. Asensio habia estado en Cuba algun tiempo, de soldado, y conto anecdotas de aquella tierra. Lo que mas le gustaba era hablar de los chinos. --Son de _mal_ intencion, pero buenos cocineros, eso si. _Digais_ a un chino que os haga un arroz. Os hace una cosa _manifica_. Es gente _raro_. Luego se ponen a _chun, chun, chun_. ?Y entenderles? nada. ?A nosotros? Rabia nos tenian. Y al que cogian _la_ martirizaban. iPse! Nosotros _tamien_ algunos _matemos_. Martin se reia a carcajadas con las explicaciones de Asenchio Lapurra. Despues de comer en la posada, Martin, el extranjero, Iceta, Haussonville y Asensio fueron a un cafe de la plaza, donde estuvieron hablando. Habia ejercicios espirituales en la iglesia de San Juan, y una porcion de beatos y de oficiales carlistas iban a la iglesia. --iQue pais!--dijo Haussonville--la gente no hace mas que ir a la iglesia. Todo es para el senor cura: las buenas comidas, las buenas chicas... Aqui no hay nada que hacer, todo para el senor cura. Iceta y Haussonville contemplaban con desprecio aquel tropel de gente que se encaminaba hacia la iglesia. --iBestias!--exclamaba Iceta dando punetazos en la mesa--. No quisiera mas que poder ametrallarlos. El frances murmuraba como diciendoselo a si mismo: --iEspana! iEspana! _iJamais de la vie!_ Mucha hidalguia, mucha misa, mucha jota, pero poco alimento. --La guerra--anadia Asensio, metiendo la cucharada--es cosa nada _bueno_. CAPITULO XI COMO LOS ACONTECIMIENTOS SE ENREDARON, HASTA EL PUNTO DE QUE MARTIN DURMIO EL TERCER DIA DE ESTELLA EN LA CARCEL. Al dia siguiente, por la noche, iba a acostarse Martin, cuando la posadera le llamo y le entrego una carta, que decia: "Presentese usted manana de madrugada en la ermita del Puy, en donde se le devolveran las letras ya firmadas. El General en Jefe." Debajo habia una firma ilegible. Martin se metio la carta en el bolsillo, y viendo que la posadera no se marchaba de su cuarto, le pregunto: --?Queria usted algo? --Si; nos han traido dos militares heridos y quisieramos el cuarto de usted para uno de ellos. Si usted no tuviera inconveniente, le trasladariamos abajo. --Bueno, no tengo inconveniente. Bajo a un cuarto del piso principal, que era una sala muy grande con dos alcobas. La sala tenia en medio un altar, iluminado con unas lamparas tristes de aceite. Martin se acosto; desde su cama veia las luces oscilantes, pero estas cosas no influian en su imaginacion, y quedo dormido. Era mas de media noche, cuando se desperto algo sobresaltado. En la alcoba proxima se oian quejas, alternando con voces de iAy, Dios mio! iAy, Jesus mio! --iQue demonio sera esto!--penso Martin. Miro el reloj. Eran las tres. Se volvio a tender en la cama, pero con los lamentos no se pudo dormir y le parecio mejor levantarse. Se vistio y se acerco a la alcoba proxima, y miro por entre las cortinas. Se veia vagamente a un hombre tendido en la cama. --?Que le pasa a usted?--pregunto Martin. --Estoy herido--murmuro el enfermo. --?Quiere usted alguna cosa? --Agua. A Martin le dio la impresion de conocer esta voz. Busco por la sala una botella de agua, y como no habia en el cuarto, fue a la cocina. Al ruido de sus pasos, la voz de la patrona pregunto: --?Que pasa? --El herido que quiere agua. --Voy. La patrona aparecio en enaguas, y dijo, entregando a Martin una lamparilla: --Alumbre usted. Tomaron el agua y volvieron a la sala. Al entrar en la alcoba, Martin levanto el brazo, con lo que ilumino el rostro del enfermo y el suyo. El herido tomo el vaso en la mano, e incorporandose y mirando a Martin comenzo a gritar: --?Eres tu? iCanalla! iLadron! iPrendedle! iPrendedle! El herido era Carlos Ohando. Martin dejo la lamparilla sobre la mesa de noche. --Marchese usted--dijo la patrona--. Esta delirando. Martin sabia que no deliraba; se retiro a la sala y escucho, por si Carlos contaba alguna cosa a la patrona. Martin espero en su alcoba. En la sala, debajo del altar, estaba el equipaje de Ohando, consistente en un baul y una maleta. Martin penso que quiza Carlos guardara alguna carta de Catalina, y se dijo: --Si esta noche encuentro una buena ocasion, descerrajare el baul. --No la encontro. Iban a dar las cuatro de la manana, cuando Martin, envuelto en su capote, se marcho hacia la ermita del Puy. Los carlistas estaban de maniobras. Llego al campamento de don Carlos, y, mostrando su carta, le dejaron pasar. --El Senor esta con dos Reverendos Padres--le advirtio un oficial. --Vayan al diablo el Senor y los Reverendos Padres--refunfuno Zalacain--. La verdad es que este rey es un rey ridiculo. Espero Martin a que despachara el Senor con los Reverendos, hasta que el rozagante Borbon, con su aire de hombre bien cebado, salio de la ermita, rodeado de su Estado Mayor. Junto al Pretendiente iba una mujer a caballo, que Martin supuso seria dona Blanca. --Ahi esta el Rey. Tiene usted que arrodillarse y besarle la mano--dijo el oficial. Zalacain no replico. --Y darle el titulo de Majestad. Zalacain no hizo caso. Don Carlos no se fijo en Martin y este se acerco al general, quien le entrego las letras firmadas. Zalacain las examino. Estaban bien. En aquel momento, un fraile castrense, con unos gestos de energumeno, comenzo a arengar a las tropas. Martin, sin que lo notara nadie, se fue alejando de alli y bajo al pueblo corriendo. El llevar en su bolsillo su fortuna, le hacia ser mas asustadizo que una liebre. A la hora en que los soldados formaban en la plaza, se presento Martin y, al ver a Bautista, le dijo: --Vete a la iglesia y alli hablaremos. Entraron los dos en la iglesia, y en una capilla obscura se sentaron en un banco. --Toma las letras--le dijo Martin a Bautista--. iGuardalas! --?Te las han dado ya firmadas? --Si. --Hay que prepararse a salir de Estella en seguida. --No se si podremos--dijo Bautista. --Aqui estamos en peligro. Ademas del Cacho, se encuentra en Estella Carlos Ohando. --?Como lo sabes? --Porque le he visto. --?En donde? --Esta en mi casa herido. --?Y te ha visto el? --Si. --Claro, estan los dos--exclamo Bautista. --?Como los dos? ?Que quieres decir con eso? --?Yo? Nada. --?Tu sabes algo? --No, hombre, no. --O me lo dices, o se lo pregunto al mismo Carlos Ohando. ?Es que esta aqui Catalina? --Si, esta aqui. --?De veras? --Si. --?En donde? --En el convento de Recoletas. --iEncerrada! ?Y como lo sabes tu? --Porque la he visto. --iQue suerte! ?La has visto? --Si. La he visto y la he hablado. --iY eso querias ocultarme! Tu no cres amigo mio, Bautista. Bautista protesto. --?Y ella sabe que estoy aqui? --Si, lo sabe. --?Como se puede verla?--dijo Zalacain. --Suele bordar en el convento, cerca de la ventana, y por la tarde sale a pasear a la huerta. --Bueno. Me voy. Si me ocurre algo, le dire a ese senor extranjero que vaya a avisarte. Mira a ver si puedes alquilar un coche para marcharnos de aqui. --Lo vere. --Lo mas pronto que puedas. --Bueno. --Adios. --Adios y prudencia. Martin salio de la iglesia, tomo por la calle Mayor hacia el convento de las Recoletas, paseo arriba y abajo, horas y horas sin llegar a ver a Catalina. Al anochecer tuvo la suerte de verla asomada a una ventana. Martin levanto la mano, y su novia, haciendo como que no le conocia, se retiro de la ventana. Martin quedo helado; luego Catalina volvio a aparecer y lanzo un ovillo de hilo casi a los pies de Martin. Zalacain lo recogio; tenia dentro un papel que decia: "A las ocho podemos hablar un momento. Espera cerca de la puerta de la tapia." Martin volvio a la posada, comio con un apetito extraordinario y a las ocho en punto estaba en la puerta de la tapia esperando. Daban las ocho en el reloj de las iglesias de Estella, cuando Martin oyo dos golpecitos en la puerta, Martin contesto del mismo modo. --?Eres tu, Martin?--pregunto Catalina en voz baja. --Si, soy yo. ?No nos podemos ver? --Imposible. --Yo me voy a marchar de Estella. ?Querras venir conmigo?--pregunto Martin. --Si; pero icomo salir de aqui! --?Estas dispuesta a hacer todo lo que yo te diga? --Si. --?A seguirme a todas partes? --A todas partes. --?De veras? --Aunque sea a morir. Ahora, vete. iPor Dios! No nos sorprendan. Martin se habia olvidado de todos sus peligros; marcho a su casa y sin pensar en espionajes entro en la posada a ver a Bautista y le abrazo con entusiasmo. --Pasado manana--dijo Bautista--tenemos el coche. --?Lo has arreglado todo? --Si. Martin salio de casa de su cunado silbando alegremente. Al llegar cerca de su posada, dos serenos que parecian estar espiandole se le acercaron y le mandaron callar de mala manera. --iHombre! ?No se puede silbar?--pregunto Martin. --No, senor. --Bueno. No silbare. --Y si replica usted, va usted a la carcel. --No replico. --iHala! iHala! A la carcel. Zalacain vio que buscaban un pretexto para encerrarle y aguanto los empellones que le dieron, y en medio de los dos serenos entro en la carcel. CAPITULO XII EN QUE LOS ACONTECIMIENTOS MARCHAN AL GALOPE Entregaron los serenos a Martin en manos del alcaide, y este le llevo hasta un cuarto obscuro con un banco y una cantarilla para el agua. --Demonio--exclamo Martin--, aqui hace mucho frio. ?No hay sitio donde dormir? --Ahi tiene usted el banco. --?No me podrian traer un jergon y una manta para tenderme? --Si paga usted... --Pagare lo que sea. Que me traigan un jergon y dos mantas. El alcaide se fue, dejando a obscuras a Martin, y vino poco despues con un jergon y las mantas pedidas. Le dio Martin un duro, y el carcelero, amansado, le pregunto: --?Que ha hecho usted para que le traigan aqui? --Nada. Venia distraido silbando por la calle. Y me ha dicho el sereno: "No se silba." Me he callado, y sin mas ni mas, me han traido a la carcel. --?Usted no se ha resistido? --No. --Entonces sera por otra cosa por lo que le han encerrado. Martin dijo que asi se lo figuraba tambien el. Le dio las buenas noches el carcelero; contesto Zalacain amablemente, y se tendio en el suelo. --Aqui estoy tan seguro como en la posada--se dijo--. Alli me tienen en sus manos, y aqui tambien, luego estoy igual. Durmamos. Veremos lo que se hace manana. A pesar de que su imaginacion se le insubordinaba, pudo conciliar el sueno y descansar profundamente. Cuando desperto, vio que entraba un rayo de sol por una alta ventana iluminando el destartalado zaquizami. Llamo a la puerta, vino el carcelero, y le pregunto: --?No le han dicho a usted por que estoy preso? --No. --?De manera que me van a tener encerrado sin motivo? --Quiza sea una equivocacion. --Pues es un consuelo. --iCosas de la vida! Aqui no le puede pasar a usted nada. --iSi le parece a usted poco estar en la carcel! --Eso no deshonra a nadie. Martin se hizo el asustadizo y el timido, y pregunto: --?Me traera usted de comer? --Si. ?Hay hambre, eh? --Ya lo creo. --?No querra usted rancho? --No. --Pues ahora le traeran la comida.--Y el carcelero se fue, cantando alegremente. Comio Martin lo que le trajeron, se tendio envuelto en la manta, y despues de un momento de siesta, se levanto a tomar una resolucion. --?Que podria hacer yo?--se dijo--. Sobornar al alcaide exigiria mucho dinero. Llamar a Bautista es comprometerle. Esperar aqui a que me suelten es exponerme a carcel perpetua, por lo menos a estar preso hasta que la guerra termine... Hay que escaparse, no hay mas remedio. Con esta firme decision, comenzo a pensar un plan de fuga. Salir por la puerta era dificil. La puerta, ademas de ser fuerte, se cerraba por fuera con llave y cerrojo. Despues, aun en el caso de aprovechar una ocasion y poder salir de alla, quedaba por recorrer un pasillo largo y luego unas escaleras... Imposible. Habia que escapar por la ventana. Era el unico recurso. --?A donde dara esto?--se dijo. Arrimo el banco a la pared, se subio a el, se agarro a los barrotes y a pulso se levanto hasta poder mirar por la reja. Daba el ventanillo a la plaza de la fuente, en donde el dia anterior se habia encontrado con el extranjero. Salto al suelo y se sento en el banco. La reja, era alta, pequena, con tres barrotes sin travesano. --Arrancando uno, quiza puediera pasar--se dijo Martin--. Y esto no seria dificil... luego necesitaria una cuerda. ?De donde sacaria yo una cuerda?... La manta... la manta cortada en liras me podia servir... No tenia mas instrumento que un cortaplumas pequeno. --Hay que ver la solidez de la reja--murmuro. Volvio a subir. Se hallaba la reja empotrada en la pared, pero no tenia gran resistencia. Los barrotes estaban sujetos por un marco de madera, y el marco en un extremo se hallaba apolillado. Martin supuso que no seria dificil romper la madera y quitar el barrote de un lado. Corto una tira de la manta y pasandola por el barrote de en medio y atandole despues por los extremos formo una abrazadera y metio dos patas del banco en este anillo y las otras dos las sujeto en el suelo. Contaba asi con una especie de plano inclinado para llegar a la reja. Subio por el deslizandose, se agarro con la mano izquierda a un barrote y con la derecha armada del cortaplumas, comenzo a roer la madera del marco. La postura no era comoda, ni mucho menos, pero la constancia de Zalacain no cejaba, y tras de una hora de rudo trabajo, logro arrancar el barrote de su alveolo. Cuando lo tuvo ya suelto, lo volvio a poner como antes, quito el banco de su posicion oblicua, oculto las astillas arrancadas del marco de la ventana en el jergon, y espero la noche. El carcelero le llevo la cena, y Martin le pregunto con empeno si no habian dispuesto nada respecto a el, si pensaban tenerlo encerrado sin motivo alguno. El carcelero se encogio de hombros y se retiro en seguida tarareando. Inmediatamente que Zalacain se vio solo, puso manos a la obra. Tenia la absoluta seguridad de poderse escapar. Saco el cortaplumas y comenzo a cortar las dos mantas de arriba abajo. Hecho esto, fue atando las tiras una a otra hasta formar una cuerda de quince brazas. Era lo que necesitaba. Despues penso dejar un recuerdo alegre y divertido en la carcel. Cogio la cantarilla del agua y le puso su boina y la dejo envuelta en el trozo que quedaba de manta. --Cuando se asome el carcelero podra creer que sigo aqui durmiendo. Si gano con esto un par de horas, me pueden servir admirablemente para escaparme. Contemplo el bulto con una sonrisa, luego subio a la reja, ato un cabo de la cuerda a los dos barrotes y el otro extremo lo echo fuera poco a poco. Cuando toda la cuerda quedo a lo largo de la pared, paso el cuerpo con mil trabajos por la abertura, que dejaba el barrote arrancado, y comenzo a descolgarse resbalandose por el muro. Cruzo por delante de una ventana iluminada. Vio a alguien que se movia a traves de un cristal. Estaba a cuatro o cinco metros de la calle, cuando oyo ruido de pasos. Se detuvo en su descenso y ya comenzaban a dejar de oirse los pasos cuando cayo a tierra, metiendo algun estrepito. Uno de los nudos debia de haberse soltado porque le quedaba un trozo de cuerda entre los dedos. Se levanto. --No hay averia. No me he hecho nada--se dijo--. Al pasar por cerca de la fuente de la plaza tiro el resto de la cuerda al agua. Luego, deprisa, se dirigio por la calle de la Rua. Iba marchando volviendose para mirar atras, cuando vio a la luz de un farol que oscilaba colgando de una cuerda dos hombres armados con fusiles, cuyas bayonetas brillaban de un modo siniestro. Estos hombres sin duda le seguian. Si se alejaba iba a dar a la guardia de extra-muros. No sabiendo que hacer y viendo un portal abierto, entro en el, y empujando suavemente la puerta, la cerro. Oyo el ruido de los pasos de los hombres en la acera. Espero a que dejaran de oirse, y cuando estaba dispuesto a salir, bajo una mujer vieja al zaguan y echo la llave y el cerrojo de la puerta. Martin se quedo encerrado. Volvieron a oirse los pasos de los que le perseguian. --No se van--penso. Efectivamente, no solo no se fueron, sino que llamaron en la casa con dos aldabonazos. Aparecio de nuevo la vieja con un farol y se puso al habla con los de fuera sin abrir. --?Ha entrado aqui algun hombre?--pregunto uno de los perseguidores. --No. --?Quiere usted verlo bien? Somos de la ronda. --Aqui no hay nadie. --Registre usted el portal. Martin, al oir esto, agazapandose, salio del portal y gano la escalera. La vieja paseo la luz del farol por todo el zaguan y dijo: --No hay nadie, no, no hay nadie. Martin pretendio volver al zaguan, pero la vieja puso el farol de tal modo que iluminaba el comienzo de la escalera. Martin no tuvo mas remedio que retirarse hacia arriba y subir los escalones de dos en dos. --Pasaremos aqui la noche--se dijo. No habia salida alguna. Lo mejor era esperar a que llegase el dia y abriesen la puerta. No queria exponerse a que lo encontraran dentro estando la casa cerrada, y aguardo hasta muy entrada la manana. Serian cerca de las nueve cuando comenzo a bajar las escaleras cautelosamente. Al pasar por el primer piso vio en un cuarto muy lujoso, y extendido sobre un sofa, un uniforme de oficial carlista, con su boina y su espada. Tenia tal convencimiento Martin de que solo a fuerza de audacia se salvaria, que se desnudo con rapidez, se puso el uniforme y la boina, luego se cino la espada, se echo el capote por encima y comenzo a bajar las escaleras, taconeando. Se encontro con la vieja de la noche anterior, y al verla la dijo: --?Pero no hay nadie en esta casa? --?Que queria usted? No le habia visto. --?Vive aqui el comandante don Carlos Ohando? --No, senor, aqui no vive. --iMuchas gracias! Martin salio a la calle, y embozado y con aire conquistador se dirigio a la posada en donde vivia Bautista. --iTu!--exclamo Urbide--. ?De donde sales con ese uniforme? ?Que has hecho en todo en todo el dia de ayer? Estaba intranquilo. ?Que pasa? --Todo lo contare. ?Tienes el coche? --Si, pero... --Nada, traetelo en seguida, lo mas pronto que puedas. Pero a escape. Martin se sento a la mesa y escribio con lapiz en un papel: "Querida hermana. Necesito verte. Estoy herido, gravisimo. Ven inmediatamente en el coche con mi amigo Zalacain. Tu hermano, Carlos." Despues de escribir el papel, Martin se paseo con impaciencia por el cuarto. Cada minuto le parecia un siglo. Dos horas larguisimas tuvo que estar esperando con angustias de muerte. Al fin, cerca de las doce, oyo un ruido de campanillas. Se asomo al balcon. A la puerta aguardaba un coche tirado por cuatro caballos. Entre estos distinguio Martin los dos jacos en cuyos lomos fueron desde Zumaya hasta Estella. El coche, un lando viejo y destartalado, tenia un cristal y uno de los faroles atado con una cuerda. Bajo las escaleras Martin embozado en la capa, abrio la portezuela del coche, y dijo a Bautista: --Al convento de Recoletas. Bautista, sin replicar, se dirigio hacia el sitio indicado. Cuando el coche se detuvo frente al convento, Bautista, al salir Zalacain, le dijo: --?Que disparate vas a hacer? Reflexiona. --?Tu sabes cual es el camino de Logrono?--pregunto Martin. --Si. --Pues toma por alla. --Pero... --Nada, nada, toma por alla. Al principio marcha despacio, para no cansar a los caballos, porque luego habra que correr. Hecha esta recomendacion, Martin, muy erguido, se dirigio al convento. --Aqui va a pasar algo gordo--se dijo Bautista preparandose para la catastrofe. Llamo Martin, entro en el portal, pregunto a la hermana tornera por la senorita de Ohando y le dijo que necesitaba darle una carta. Le hicieron pasar al locutorio y se encontro alli con Catalina y una monja gruesa, que era la superiora. Las saludo profundamente y pregunto: --?La senorita de Ohando? --Soy yo. --Traigo una carta para usted de su hermano. Catalina palidecio y le temblaron las manos de la emocion. La superiora, una mujer gruesa, de color de marfil, con los ojos grandes y obscuros como dos manchas negras que le cogian la mitad de la cara, y varios lunares en la barbilla, pregunto: --?Que pasa? ?Que dice ese papel? --Dice que mi hermano esta grave... que vaya--balbuceo Catalina. --?Esta tan grave?--pregunto la superiora a Martin. --Si, creo que si. --?En donde se encuentra? --En una casa de la carretera de Logrono--dijo Martin. --?Hacia Azqueta quiza? --Si, cerca de Azqueta. Le han herido en un reconocimiento. --Bueno. Vamos--dijo la superiora--. Que venga tambien el senor Benito el demandadero. Martin no se opuso y espero a que se preparasen para acompanarlas. Al salir los cuatro a tomar el coche y al verles Bautista desde lo alto del pescante, no pudo menos de hacer una mueca de asombro. El demandadero monto junto a el. --Vamos--dijo Martin a Bautista. El coche partio; la misma superiora bajo las cortinas y sacando un rosario comenzo a rezar. Recorrio el coche la calle Mayor, atraveso el puente del Azucarero, la calle de San Nicolas, y tomo por la carretera de Logrono. Al salir del pueblo, una patrulla carlista se acerco al coche. Alguien abrio la portezuela y la volvio a cerrar en seguida. --Va la madre superiora de las Recoletas a visitar a un enfermo--dijo el demandadero con voz gangosa. El coche siguio adelante al trote lento de los caballos. Lloviznaba, la noche estaba negra, no brillaba ni una estrella en el cielo. Se paso una aldea, luego otra. --iQue lentitud!--exclamo la monja. --Es que los caballos son muy malos--contesto Martin. Pasaron deprisa otra aldea, y cuando no tenian delante ni atras pueblos ni casas proximos, Bautista aminoro la marcha. Comenzaba a anochecer. --?Pero que pasa?--dijo de pronto la superiora--. ?No llegamos todavia? --Pasa, senora--contesto Zalacain--que tenemos que seguir adelante. --?Y por que? --Hay esa orden. --?Y quien ha dado esa orden? --Es un secreto. --Pues hagan el favor de parar el coche, porque voy a bajar. --Si quiere usted bajar sola, puede usted hacerlo. --No, ire con Catalina. --Imposible. La superiora lanzo una mirada furiosa a Catalina, y al ver que bajaba los ojos, exclamo: --iAh! Estaban entendidos. --Si, estamos entendidos--contesto Martin--.Esta senorita es mi novia y no quiere estar en el convento, sino casarse conmigo. --No es verdad, yo lo impedire. --Usted no lo impedira porque no podra impedirlo. La superiora se callo. Siguio el coche en su marcha pesada y monotona por la carretera. Era ya media noche cuando llegaron a la vista de Los Arcos. Doscientos metros antes detuvo Bautista los caballos y salto del pescante. --Tu--le dijo a Zalacain en vascuence--tenemos un caballo aspeado, si pudieras cambiarlo aqui... --Intentaremos. --Y si se pudieran cambiar los dos, seria mejor. --Voy a ver. Cuidado con el demandadero y con la monja, que no salgan. Desengancho Martin los caballos y fue con ellos a la venta. Le salio al paso una muchacha redondita, muy bonita y de muy mal humor. Le dijo Martin, lo que necesitaba, y ella replico que era imposible, que el amo estaba acostado. --Pues hay que despertarle. Llamaron al posadero y este presento una porcion de obstaculos, adujo toda clase de pretextos, pero al ver el uniforme de Martin se avino a obedecer y mando despertar al mozo. El mozo no estaba. --Ya ve usted, no esta el mozo. --Ayudeme usted, no tenga usted mal genio--le dijo Martin a la muchacha tomandole la mano y dandole un duro--. Me juego la vida en esto. La muchacha guardo el duro en el delantal, y ella misma saco dos caballos de la cuadra y fue con ellos cantando alegremente: La Virgen del Puy de Estella le dijo a la del Pilar: Si tu eres aragonesa yo soy navarra y con sal. Martin pago al posadero y quedo con el de acuerdo en el sitio en donde tenia que dejar los caballos en Logrono. Entre Bautista, Martin y la moza, reemplazaron el tiro por completo. Martin acompano a la muchacha, y cuando la vio sola la estrecho por la cintura y la beso en la mejilla. --iTambien usted es posma!--exclamo ella con desgarro. --Es que usted es navarra y con sal y yo quiero probar de esa sal--replico Martin. --Pues tenga usted cuidado no le haga dano. --?Quien lleva usted en el coche? --Unas viejas. --?Volvera usted por aqui? --En cuanto pueda. --Pues, adios. --Adios, hermosa. Oiga usted. Si le preguntan por donde hemos ido diga usted que nos hemos quedado aqui. --Bueno, asi lo hare. El coche paso por delante de Los Arcos. Al llegar cerca de Sansol, cuatro hombres se plantaron en el camino. --iAlto!--grito uno de ellos que llevaba un farol. Martin salto del coche y desenvaino la espada. --?Quien es?--pregunto. --Voluntarios realistas--dijeron ellos. --?Que quieren? --Ver si tienen ustedes pasaporte. Martin saco salvoconducto y lo enseno. Un viejo, de aire respetable, tomo el papel y se puso a leerlo. --?No ve usted que soy oficial?--pregunto Martin. --No importa--replico el viejo--. ?Quien va adentro? --Dos madres recoletas que marchan a Logrono. --?No saben ustedes que en Viana estan los liberales?--pregunto el viejo. --No importa, pasaremos. --Vamos a ver a esas senoras--murmuro el vejete. --iEh, Bautista! Ten cuidado--dijo Martin en vasco. Descendio Urbide del pescante y tras el salto el demandadero. El viejo jefe de la patrulla abrio la portezuela del coche y echo la luz del farol al rostro de las viajeras. --?Quienes son ustedes?--pregunto la superiora con presteza. --Somos voluntarios de Carlos VII. --Entonces que nos detengan. Estos hombres nos llevan secuestradas. No acababa de decir esto cuando Martin dio una patada al farol que llevaba el viejo, y despues de un empujon echo al anciano respetable a la cuneta de la carretera. Bautista arranco el fusil a otro de la ronda, y el demandadero se vio acometido por dos hombres a la vez. --iPero si yo no soy de estos. Yo soy carlista--grito el demandadero. Los hombres, convencidos, se echaron sobre Zalacain, este cerro contra los dos; uno de los voluntarios le dio un bayonetazo en el hombro izquierdo, y Martin, furioso por el dolor, le tiro una estocada que le atraveso de parte a parte. La patrulla se habia declarado en fuga, dejando un fusil en el suelo. --?Estas herido?--pregunto Bautista a su cunado. --Si, pero creo que no es nada. Hala, vamonos. --?Llevamos este fusil? --Si, quitale la cartuchera a ese que yo he tumbado, y vamos andando. Bautista entrego un fusil y una pistola a Martin. --Vamos, iadentro!--dijo Martin al demandadero. Este se metio temblando en el coche que partio, llevado al galope por los caballos. Pasaron por en medio de un pueblo. Algunas ventanas se abrieron y salieron los vecinos, creyendo sin duda que pasaba un furgon de artilleria. A la media hora Bautista se paro. Se habia roto una correa y tuvieron que arreglarla, haciendole un agujero con el cortaplumas. Estaba cayendo un chaparron que convertia la carretera en un barrizal. --Habra que ir mas despacio--dijo Martin. Efectivamente, comenzaron a marchar mas despacio, pero al cabo de un cuarto de hora se oyo a lo lejos como un galope de caballos. Martin se asomo a la ventana; indudablemente los perseguian. El ruido de las herraduras se iba acercando por momentos. --iAlto! iAlto!--se oyo gritar. Bautista azoto los caballos y el coche tomo una una carrera vertiginosa. Al llegar a las curvas, el viejo lando se torcia y rechinaba como si fuera a hacerse pedazos. La superiora y Catalina rezaban; el demandadero gemia en el fondo del coche. --iAlto! iAlto!--gritaron de nuevo. --iAdelante, Bautista! iAdelante!--dijo Martin, sacando la cabeza por la ventanilla. En aquel momento sono un tiro, y una bala paso silbando a poca distancia. Martin cargo la pistola, vio un caballo y un ginete que se acercaban al coche, hizo fuego y el caballo cayo pesadamente al suelo. Los perseguidores dispararon sobre el coche que fue atravesado por las balas. Entonces Martin cargo el fusil y, sacando el cuerpo por la ventanilla, comenzo a hacer disparos atendiendo al ruido de las pisadas de los caballos; los que les seguian disparaban tambien, pero la noche estaba negra y ni Martin ni los perseguidores afinaban la punteria. Bautista, agazapado en el pescante, llevaba los caballos al galope; ninguno de los animales estaba herido, la cosa iba bien. Al amanecer ceso la persecucion. Ya no se veia a nadie en la carretera. --Creo que podemos parar--grito Bautista--. ?Eh? Llevamos otra vez el tiro roto. ?Paramos? --Si, para--dijo Martin--; no se ve a nadie. Paro Bautista, y tuvieron que componer de nuevo otra correa. El demandadero rezaba y gemia en el coche; Zalacain le hizo salir de dentro a empujones. --Anda, al pescante--le dijo--. ?Es que tu no tienes sangre en las venas, sacristan de los demonios?--le pregunto. --Yo soy pacifico y no me gusta mezclarme en estas cosas ni hacer dano a nadie--contesto refunfunando. --?No seras tu una monja disfrazada? --No, soy un hombre. --?No te habras equivocado? --No, soy un hombre, un pobre hombre, si le parece a usted mejor. --Eso no impedira que te metan unas pildoras de plomo en esa grasa fria que forma tu cuerpo. --iQue horror! --Por eso debes comprender, hombre linfatico, que cuando se encuentra uno en el caso de morir o de matar, no puede uno andarse con tonterias ni con rezos. Las palabras rudas de Martin reanimaron un poco al demandadero. Al subir Bautista al pescante, le dijo Martin: --?Quieres que guie yo ahora? --No, no. Yo voy bien. Y tu, ?como tienes la herida? --No debe de ser nada. --?Vamos a verla? --Luego, luego; no hay que perder tiempo. Martin abrio la portezuela, y, al sentarse, dirigiendose a la superiora, dijo: --Respecto a usted, senora, si vuelve usted a chillar, la voy a atar a un arbol y a dejarla en la carretera. Catalina, asustadisima, lloraba. Bautista subio al pescante y el demandadero con el. Comenzo el carruaje a marchar despacio, pero, al poco tiempo, volvieron a oirse como pisadas de caballos. Ya no quedaban municiones; los caballos del coche estaban cansados. --Vamos, Bautista, un esfuerzo--grito Martin, sacando la cabeza por la ventanilla--. iAsi! Echando chispas. Bautista, excitado, gritaba y chasqueaba el latigo. El coche pasaba con la rapidez de una exhalacion, y pronto dejo de oirse detras el ruido de pisadas de caballos. Ya estaba clareando; nubarrones de plomo corrian a impulsos del viento, y en el fondo del cielo rojizo y triste del alba se adivinaba un pueblo en un alto. Debia de ser Viana. Al acercarse a el, el coche tropezo con una piedra, se solto una de las ruedas, la caja se inclino y vino a tierra. Todos los viajeros cayeron revueltos en el barro. Martin se levanto primero y tomo en brazos a Catalina. --?Tienes algo?--la dijo. --No, creo que no--contesto ella, gimiendo. La superiora se habia hecho un chichon en la trente y el demandadero dislocado una muneca. --No hay averias importantes--dijo Martin--.iAdelante! Los viajeros entonaban un coro de quejas y de lamentos. --Desengancharemos y montaremos a caballo--dijo Bautista. --Yo no. Yo no me muevo de aqui--replico la superiora. La llegada del coche y su batacazo no habian pasado inadvertidos, porque, pocos momentos despues, avanzo del lado de Viana media compania de soldados. --Son los _guiris_--dijo Bautista a Martin. --Me alegro. La media compania se acerco al grupo. --iAlto!--grito el sargento--. ?Quien vive? --Espana. --Daos prisioneros. --No nos resistimos. El sargento y su tropa quedaron asombrados, al ver a un militar carlista, a dos monjas y a sus acompanantes llenos de barro. --Vamos hacia el pueblo--les ordenaron. Todos juntos, escoltados por los soldados, llegaron a Viana. Un teniente que aparecio en la carretera, pregunto: --?Que hay, sargento? --Traemos prisioneros a un general carlista y a dos monjas. Martin se pregunto por que le llamaba el sargento general carlista; pero, al ver que el teniente le saludaba, comprendio que el uniforme, cogido por el en Estella, era de un general. CAPITULO XIII COMO LLEGARON A LOGRONO Y LO QUE LES OCURRIO Hicieron entrar a todos en el cuerpo de guardia, en donde, tendidos en camastros, dormian unos cuantos soldados, y otros se calentaban al calor de un gran brasero. Martin fue tratado con mucha consideracion por su uniforme. Rogo al oficial le dejara estar a Catalina a su lado. --?Es la senora de usted? --Si, es mi mujer. El oficial accedio y paso a los dos a un cuarto destartalado que servia para los oficiales. La superiora, Bautista y el demandadero, no merecieron las mismas atenciones y quedaron en el cuartelillo. Un sargento viejo, andaluz, se amartelo con la superiora y comenzo a echaria piropos de los clasicos; la dijo que tenia _loz ojoz_ como _doz luceroz_ y que se parecia a la Virgen de _Conzolacion_ de Utrera, y le conto otra porcion de cosas del repertorio de los almanaques. A Bautista le dieron tal risa los piropos del andaluz, que comenzo a reirse con una risa contenida. --A ver _zi_ te _callaz_; cochino carca--le dijo el sargento. --Si yo no digo nada--replico Bautista. --_Zi_ te _siguez_ riendo _azi_, te voy a _clava_ como a un _zapo_. Bautista tuvo que ir a un rincon a reirse, y la superiora y el sargento siguieron su conversacion. Al mediodia llego un coronel, que al ver a Martin le saludo militarmente. Martin le conto sus aventuras, pero el coronel al oirlas fruncio las cejas. --A estos militares--penso Martin--no les gusta que un paisano haga cosas mas dificiles que las suyas. --Iran ustedes a Logrono y alli veremos si identifican su personalidad. ?Que tiene usted? ?Esta usted herido? --Si. --Ahora vendra el fisico a reconocerle. Efectivamente, llego un doctor que reconocio a Martin, le vendo, y redujo la dislocacion del mandadero, que grito y chillo como un condenado. Despues de comer trajeron los caballos del coche, les obligaron a montar en ellos, y custodiados por toda compania tomaron el camino de Logrono. Al llegar cerca del puente sobre el Ebro, una porcion de lavanderas y de mujeres de carabineros salieron a ver la extrana comitiva, y varias de ellas comenzaron a cantar, sobre todo dirigiendose a la monja: Ahora si que estaras contentona Carlistona, mandilona; Ahora si que estaras contenton Carliston, mandilon, cobardon. La pobre superiora estaba livida de rabia. Martin y Bautista se miraban con cierto comico estupor. En Logrono pararon en el cuartel y un oficial hizo subir a Martin a ver al general. Le conto Zalacain sus aventuras, y el general le dijo: --Si yo tuviera la seguridad de que lo que me dice usted es cierto, inmediatamente dejaria libre a usted y a sus companeros. --?Y yo como voy a probar la verdad de mis palabras? --iSi pudiera usted identificar su persona! ?No conoce usted aqui a nadie? ?Algun comerciante? --No. --Es lastima. --Si, si, conozco a una persona--dijo de pronto Martin--, conozco a la senora de Briones y a su hija. --?Y el capitan Briones, tambien lo conocera usted? --Tambien. --Pues lo voy a llamar; dentro de un momento estara aqui. El general mando un ayudante suyo, y media hora despues estaba el capitan Briones, que reconocio a Martin. El general los dejo a todos libres. Martin, Catalina y Bautista iban a marcharse juntos, a pesar de la oposicion de la superiora, cuando el capitan Briones dijo: --Amigo Zalacain, mi madre y mi hermana exigen que vaya usted a comer con ellas. Martin explico a su novia como no le era posible desatender la invitacion, y dejando a Bautista y a Catalina fue en compania del oficial. La casa de la senora de Briones estaba en una calle centrica, con soportales. Rosita y su madre recibieron a Martin con grandes muestras de amistad. La aventura de su llegada a Logrono con un una senorita y una monja habia corrido por todas partes. Madre e hija le preguntaron un sin fin de cosas, y Martin tuvo que contar sus aventuras. --iPero que muchacho!--decia dona Pepita, haciendose cruces--. Usted es un verdadero diablo. Despues de comer vinieron unas senoritas amigas de Rosa Briones, y Martin tuvo que contar de nuevo sus aventuras. Luego se hablo de sobremesa y se canto. Martin pensaba: ?Que hara Catalina? Pero luego se olvidaba con la conversacion. Dona Pepita dijo que su hija habia tenido el capricho de aprender la guitarra e incito a Rosita para que cantara. --Si, canta--dijeron las demas muchachas. --Si, cante usted--anadio Zalacain. Rosita saco la guitarra y canto algunas canciones, acompanandose con ella, y luego, como en honor de Martin, entono un zortzico con letra castellana, que comenzaba asi: Aunque la oracion suene Yo no me voy de aqui; La del panuelo rojo Loco me ha vuelto a mi. Y el estribillo de la cancion era: Aufa que el campanero La oracion va a tocar, Aufa que yo te quiero _Maitia, maitia_, ven aca. Y Rosita, al cantar esto, miraba a Martin de tal manera con los ojos brillantes y negros, que el se olvido de que le esperaba Catalina. Cuando salio de casa de la senora de Briones, eran cerca de las once de la noche. Al encontrarse en la calle comprendio su falta brutal de atencion. Fue a buscar a su novia, preguntando en los hoteles. La mayoria estaban cerrados. En uno del Espolon le dijeron: "Aqui ha venido una senorita, pero esta descansando en su cuarto." --?No podria usted avisarla? --No. Bautista tampoco parecia. Sin saber que hacer, volvio Martin a los soportales y se puso a pasear por ellos. Si no fuera por Catalina--penso--era capaz de quedarme aqui y ver si Rosita Briones esta de veras por mi, como parece. Estaba embebido en estos pensamientos cuando un hombre, con aspecto de criado, se paro ante el y le dijo: --?Es usted don Martin Zalacain? --El mismo. --?Quiere usted venir conmigo? Mi senora quiere hablarle. --?Y quien es la senora de usted? --Me ha encargado que le diga que es una amiga de su infancia. --?Una amiga de mi infancia? --Si. --Es posible--penso Zalacain--. Si habre conocido en mi infancia a alguien que tenga criados, sin saberlo. En fin, vamos a ver a mi amiga--dijo en voz alta. El criado siguio por los soportales, torcio una esquina, y en una casa grande empujo la puerta y entro en un zaguan elegante, iluminado por un gran farol. --Pase el senorito--dijo el criado indicandole una escalera alfombrada. --Debe haber una equivocacion--penso Martin--. No es posible otra cosa. Subieron la escalera, el criado levanto una cortina y paso Zalacain. Sentada en un sofa y hojeando un album, habia una mujer desconocida, una mujer pequena, delgada, rubia, elegantisima. --Perdone usted, senora--dijo Martin--, creo que usted y yo somos victimas de una equivocacion... --Yo, por mi parte, no--contesto ella riendo, con una risa zumbona. --?Quiere algo mas la senora?--pregunto el criado. --No, pueden ustedes retirarse. Martin quedo asombrado. El criado echo la pesada cortina y quedaron solos. --Martin--dijo la dama, levantandose de su silla y poniendole las manos pequenas en sus hombros--. ?No te acuerdas de mi? --No, la verdad. --Soy Linda. --?Que Linda? --Linda, la que estuvo en Urbia cuando fue el domador, y murio tu madre. ?No te acuerdas? --?Usted es Linda? --iOh, no me hables de usted! Si, yo soy Linda. He sabido como habias venido a Logrono y he mandado que te buscaran. --?De manera que tu eres aquella chiquilla que jugaba con el oso? --La misma. --?Y me has conocido? --Si. --Yo no te hubiera conocido. --Habla, cuenta de tu vida. Tu no sabes la gana que tenia de verte. Eres el unico hombre por quien me han pegado. ?Te acuerdas? Para mi constituias toda mi familia. ?Que hara? ?Donde estara Martin? pensaba. --?De veras? iQue extrano! iHace de esto tanto tiempo! Y somos jovenes los dos. --iCuenta! iCuenta! ?Cual ha sido tu vida? ?Que has hecho por el mundo? Martin, emocionado, hablo de su vida, de sus aventuras. Luego, Linda conto las suyas, su existencia bohemia de volatinera, hasta que un senor rico le saco del circo y le brindo con su proteccion. Ahora este senor, titulo, con grandes posesiones en la Rioja, queria casarse con ella. --?Y tu te vas a casar?--la pregunto Martin. --Claro. --?De manera que dentro de poco seras una senora condesa o marquesa? --Si, marquesa, pero chico, esto no me entusiasma. He vivido siempre libre y ya las cadenas no son para mi, aunque sean de oro. Pero estas palido. ?Que te pasa? Martin sentia un gran cansancio y le dolia el hombro. Linda, al saber que estaba herido, le obligo a quedarse alli. Afortunadamente el rasguno no era grave y Zalacain curo pronto. Al dia siguiente, Linda no le dejo salir; y al verse dominado por ella, por su suave encanto, encontro el herido que sus convalecencias eran mas peligrosas para sus sentimientos que para su salud. --Que le avisen a mi cunado donde estoy--dijo Martin varias veces a Linda. Esta envio un criado a los hoteles, pero en ninguno daban noticias ni de Bautista ni de Catalina. CAPITULO XIV COMO ZALACAIN Y BAUTISTA URBIDE TOMARON LOS DOS SOLOS LA CIUDAD DE LAGUARDIA OCUPADA POR LOS CARLISTAS. De conocer Martin la _Odisea_ es posible que hubiese tenido la pretension de comparar a Linda con la hechicera Circe y a si mismo con Ulises, pero como no habia leido el poema de Homero no se le ocurrio tal comparacion. Si se le ocurrio varias veces que se estaba portando como un bellaco, pero Linda iera tan encantadora! iTenia por el tan grande entusiasmo! Le habia hecho olvidar a Catalina. Muchos dias maldecia de su barbarie, pero no se determinaba a marcharse. Decidio en su fuero interno que la culpa de todo era de Bautista y esta decision le tranquilizo. --?Donde se ha metido ese hombre?--se preguntaba. Una semana despues del encuentro con Linda, al pasar por los soportales de la calle principal de Logrono se encontro con Bautista que venia hacia el indiferente y tranquilo como de costumbre. --?Pero donde estas?--exclamo Martin incomodado. --Eso te pregunto yo, ?donde estas?--contesto Bautista. --?Y Catalina? --iQue se yo! Yo crei que tu sabrias donde estaba, que os habiais marchado los dos sin decirme nada. --?De manera que no sabes?... --Yo no. --?Cuando hablaste tu con ella por ultima vez? --El mismo dia de llegar aqui; hace ocho dias. Cuando tu te fuistes a comer a casa de la senora de Briones, Catalina, la monja y yo nos fuimos a la fonda. Paso el tiempo, paso el tiempo y tu no venias.--?Pero donde esta?--preguntaba Catalina.--?Que se yo?--la decia. A la una de la manana, viendo que tu no venias, yo me fui a la cama. Estaba molido. Me dormi y me desperte muy tarde y me encontre con que la monja y Catalina se habian marchado y tu no habias venido. Espere un dia, y como no aparecia nadie, crei que os habiais marchado y me fui a Bayona y deje las letras en casa de Levi-Alvarez. Luego tu hermana empezo a decirme:--?Pero donde estara Martin? ?Le ha pasado algo?--Escribi a Briones y me contesto que estabas aqui escandalizando el pueblo, y por eso he venido. --Si, la verdad es que yo tengo la culpa--dijo Martin--. ?Pero donde puede estar Catalina? ?Habra seguido a la monja? --Es lo mas probable. Martin, al encontrarse con Bautista y hablar con el, se sintio fuera de la influencia del hechizo de Linda y comenzo a hacer indagaciones con una actividad extraordinaria. De las dos viajeras del hotel, una se habia marchado por la estacion; la otra, la monja, habia partido en un coche hacia Laguardia. Martin y Bautista supusieron si las dos estarian refugiadas en Laguardia. Sin duda la monja recupero su ascendiente sobre Catalina en vista de la falta de Martin y la convencio de que volviera con ella al convento. Era imposible que Catalina encontrandose en otro lado no hubiese escrito. Se dedicaron a seguir la pista de la monja. Averiguaron en la venta de Asa que dias antes un coche con la monja intento pasar a Laguardia, pero al ver la carretera ocupada por el ejercito liberal sitiando la ciudad y atacando las trincheras retrocedio. Suponian los de la venta que la monja habria vuelto a Logrono, a no ser que intentara entrar en la ciudad sitiada, tomando en caballeria el camino de Lanciego por Oyon y Venaspre. Marcharon a Oyon y luego a Yecora, pero nadie les pudo dar razon. Los dos pueblos estaban casi abandonados. Desde aquel camino alto se veia Laguardia rodeada de su muralla en medio de una explanada enorme. Hacia el Norte limitaba esta explanada como una muralla gris la cordillera de Cantabria; hacia el Sur podia extenderse la vista hasta los montes de Pancorbo. En este poligono amarillento de Laguardia no se destacaban ni tejados ni campanarios, no parecia aquello un pueblo, sino mas bien una fortaleza. En un extremo de la muralla se erguia un torreon envuelto en aquel instante en una densa humareda. Al salir de Yecora, un hombre famelico y destrozado les salio al encuentro y hablo con ellos. Les conto que los carlistas iban a abandonar Laguardia un dia u otro. Le pregunto Martin si era posible entrar en la ciudad. --Por la puerta es imposible--dijo el hombre--, pero yo he entrado subiendo por unos agujeros que hay en el muro entre la Puerta de Paganos y la de Mercadal. --?Pero y los centinelas? --No suelen haber muchas veces. Bajaron Martin y Bautista por una senda desde Lanciego a la carretera y llegaron al sitio en donde acampaba el ejercito liberal. La tropa, despues de canonear las trincheras carlistas, avanzaba, y el enemigo abandonaba sus posiciones refugiandose en los muros. El regimiento del capitan Briones se encontraba en las avanzadas. Martin pregunto por el y lo encontro. Briones presento a Zalacain y a Bautista a algunos oficiales companeros suyos, y por la noche tuvieron una partida de cartas y jugaron y bebieron. Gano Martin, y uno de los companeros de Briones, un teniente aragones que habia perdido toda su paga, comenzo, para vengarse, a hablar mal de los vascongados, y Zalacain y el se encarzaron en una estupida discusion de amor propio regional, de esas tan frecuentes en Espana. Decia el teniente aragones que los vascongados eran tan torpes, que un capitan carlista, para ensenarles a marchar a la derecha y a la izquierda elevaba un manojo de paja en la mano y les decia, por ejemplo: iDoble derecha! y en seguida pasaba el manojo a la derecha y decia. iHacia el lado de la paja! Ademas, segun el oficial, los vascongados eran unos poltrones que no se querian batir mas que estando cerca de sus casas. Martin se estaba amoscando, y dijo al oficial: --Yo no se como seran los vascongados, pero lo que le puedo decir a usted es que lo que usted o cualquiera de estos senores haga, lo hago yo por debajo de la pierna. --Y yo--dijo Bautista, colocandose al lado de Martin. --Vamos, hombre--dijo Briones--. No sean ustedes tontos. El teniente Ramirez no ha querido ofenderles. --No nos ha llamado mas que estupidos y cobardes--dijo riendo Martin--. Claro que a mi no me importa nada lo que este senor opine de nosotros, pero me gustaria encontrar una ocasion para probarle que esta equivocado. --Salga usted--dijo el teniente. --Cuando usted quiera--contesto Martin. --No--replico Briones--, yo lo prohibo. El teniente Ramirez quedara arrestado. --Esta bien--dijo refunfunando el aludido. --Si estos senores quieren un poco de jaleo, cuando tomemos Laguardia pueden venir con nosotros--advirtio el oficial. Martin creyo ver alguna ironia en las palabras del militar y replico burlonamente: --iCuando tomen ustedes Laguardia! No, hombre. Eso no es nada para nosotros. Yo voy solo a Laguardia y la tomo, o a lo mas con mi cunado Bautista. Se echaron todos a reir de la fanfarronada, pero viendo que Martin insistia, diciendo que aquella misma noche iban a entrar en la ciudad sitiada, pensaron que Martin estaba loco. Briones, que le conocia, trato de disuadirse de hacer esta barbaridad, pero Zalacain no se convencio. --?Ven ustedes este panuelo blanco?--dijo--. Manana al amanecer lo veran ustedes en este palo flotando sobre Laguardia. ?Habra por aqui una cuerda? Uno de los oficiales jovenes trajo una cuerda, y Martin y Bautista, sin hacer caso de las palabras de Briones, avanzaron por la carretera. El frio de la noche les sereno, y Martin y su cunado se miraron algo extranados. Se dice que los antiguos godos tenian la costumbre de resolver sus asuntos dos veces, una borrachos y otra serenos. De esta manera unian en sus decisiones el atrevimiento y la prudencia. Martin sintio no haber seguido esta prudente tactica goda, pero se callo y dio a entender que se encontraba en uno de los momentos regocijados de su vida. --?Que? ?vamos a ir?--pregunto Bautista. --Probaremos. Se acercaron a Laguardia. A poca distancia de sus muros tomaron a la izquierda, por la Senda de las Damas, hasta salir al camino de El Ciego y cruzando este se acercaron a la altura en donde se asienta la ciudad. Dejaron a un lado el cementerio y llegaron a un paseo con arboles que circunda el pueblo. Debian de encontrarse en el punto indicado por el hombre de Yecora, entre la puerta de Mercadal y la de Paganos. Efectivamente, el sitio era aquel. Distinguieron los agujeros en el muro que servia de escalera; los de abajo estaban tapados. --Podriamos abrir estos boquetes--dijo Bautista. --iHum! Tardariamos mucho--contesto Martin--. Subete encima de mi a ver si llegas. Toma la cuerda. Bautista se encaramo sobre los hombros de Martin, y luego, viendo que se podia subir sin dificultad, escalo la muralla hasta lo alto. Asomo la cabeza y viendo que no habia vigilancia salto encima. --?Nadie?--dijo Martin. --Nadie. Sujeto Bautista la cuerda con un lazo corredizo en un angulo de un torreon, v subio Martin a pulso, con el palo en los dientes. --Se deslizaron los dos por el borde de la muralla, hasta enfilar una calleja. Ni guardia, ni centinela; no se veia ni se oia nada. El pueblo parecia muerto. --?Que pasara aqui?--se dijo Martin. Se acercaron al otro extremo de la ciudad. El mismo silencio. Nadie. Indudablemente, los carlistas habian huido de Laguardia. Martin y Bautista adquirieron el convencimiento de que el pueblo estaba abandonado. Avanzaron con esta confianza hasta cerca de la puerta del Mercadal; y enfrente del cementerio, hacia la carretera de Logrono, sujetaron entre dos piedras el palo y ataron en su punta el panuelo blanco. Hecho esto, volvieron deprisa al punto por donde habian subido. La cuerda seguia en el mismo sitio. Amanecia. Desde alla arriba se veia una enorme extension de campo. La luz comenzaba a indicar las sombras de los vinedos y de los olivares. El viento fresco anunciaba la proximidad del dia. --Bueno, baja--dijo Martin--. Yo sujetare la cuerda. --No, baja tu--replico Bautista. --Vamos, no seas imbecil. --?Quien vive?--grito una voz en aquel mismo momento. Ninguno de los dos contesto. Bautista comenzo a bajar despacio. Martin se tendio en la muralla. --?Quien vive?--volvio a gritar el centinela. Martin se aplasto en el suelo todo lo que pudo; sono un disparo y una bala paso por encima de su cabeza. Afortunadamente, el centinela estaba lejos. Cuando Bautista descendio, Martin comenzo a bajar. Tuvo la suerte de que la cuerda no se deslizase. Bautista le esperaba con el alma en un hilo. Habia movimiento en la muralla; cuatro o cinco hombres se asomaron a ella, y Martin y Bautista se escondieron tras de los arboles del paseo que circundaba el pueblo. Lo malo era que aclaraba cada vez mas. Fueron pasando de arbol a arbol, hasta llegar cerca del cementerio. --Ahora no hay mas remedio que echar a correr a la descubierta--dijo Martin--. A la una..., a las dos... Vamos alla. Echaron los dos a correr. Sonaron varios tiros. Ambos llegaron ilesos al cementerio. De aqui ganaron pronto el camino de Logrono. Ya fuera de peligro, miraron hacia atras. El panuelo seguia en la muralla ondeando al viento. Briones y sus amigos recibieron a Martin y a Bautista como a heroes. Al dia siguiente, los carlistas abandonaron Laguardia y se refugiaron en Penacerrada. La poblacion enarbolo bandera de parlamento; y el ejercito, con el general al frente, entraba en la ciudad. Por mas que Martin y Bautista preguntaron en todas las casas, no encontraron a Catalina. LIBRO TERCERO Las ultimas aventuras CAPITULO PRIMERO LOS RECIEN CASADOS ESTAN CONTENTOS Catalina no fue inflexible. Pocos dias despues, Martin recibio una carta de su hermana. Decia la Ignacia que Catalina estaba en su casa, en Zaro, desde hacia algunos dias. Al principio no habia querido oir hablar de Martin, pero ahora le perdonaba y le esperaba. Martin y Bautista se presentaron en Zaro inmediatamente, y los novios se reconciliaron. Se preparo la boda. iQue paz se disfrutaba alli, mientras se mataban en Espana! La gente trabajaba en el campo. Los domingos, despues de la misa, los aldeanos endomingados, con la chaqueta al hombro, se reunian en la sidreria y en el juego de pelota; las mujeres iban a la iglesia, con un capuchon negro, que rodeaba su cabeza. Catalina cantaba en el coro y Martin la oia, como en la infancia, cuando en la iglesia de Urbia entonaba el Aleluya. Se celebro la boda, con la posible solemnidad, en la iglesia de Zaro y luego la fiesta en la casa de Bautista. Hacia todavia frio, y los aldeanos amigos se reunieron en la cocina de la casa, que era grande, hermosa y limpia. En la enorme chimenea redonda se echaron montones de lena, y los invitados cantaron y bebieron hasta bien entrada la noche, al resplandor de las llamas. Los padres de Bautista, dos viejecitos arrugados, que hablaban solo vascuence, cantaron una cancion monotona de su tiempo, y Bautista lucio su voz y su repertorio completo y canto una cancion en honor de los novios. Ezcon berriyac pozquidac daude pozquidac daude eguin diralaco gaur alcarren jabe clizan. (Los recien casados estan muy alegres, porque hoy se han hecho duenos, uno de otro, en la iglesia.) La fiesta acabo, con la mayor alegria, a la media noche, en que se retiraron todos. Pasada la luna de miel, Martin volvio a las andadas. No paraba, iba y venia de Espana a Francia, sin poder reposar. Catalina deseaba ardientemente que acabara la guerra e intentaba retener a Martin a su lado. --Pero, ?que quieres mas?--le decia--.?No tienes ya bastante dinero? ?Para que exponerte de nuevo? --Si no me expongo--replicaba Martin. Pero no era verdad, tenia ambicion, amor al peligro y una confianza ciega en su estrella. La vida sedentaria le irritaba. Martin y Bautista dejaban solas a las dos mujeres y se iban a Espana. Al ano de casada, Catalina tuvo un hijo, al que llamaron Jose Miguel, recordando Martin la recomendacion del viejo Tellagorri. CAPITULO II EN EL CUAL SE INICIA LA "DESHECHA" Con la proclamacion de la monarquia en Espana, comenzo el deshielo en el campo carlista. La batalla de Lacar, perdida de una manera ridicula por el ejercito regular en presencia del nuevo rey, dio alientos a los carlistas, pero a pesar del triunfo y del botin la causa del Pretendiente iba de capa caida. La batalla de Lacar no hizo mas que enriquecer el repertorio de las canciones de la guerra con una copla que mas que para soldados parecia escrita para el coro de senoras de una zarzuela, y que decia asi: En Lacar, chiquillo, Te viste en un tris, Si don Carlos te da con la bota Como una pelota, Te envia a Paris. Era dificil, al oir esta cancion, no pensar en unas cuantas coristas balanceando voluptuosamente las caderas. Los carlistas hablaban ya de traicion. Con el fracaso del sitio de Irun y con la retirada de don Carlos, los curas navarros y vascongados empezaron a dudar del triunfo de la causa. Con la proclamacion de Sagunto, la desconfianza cundio por todas partes. --Son primos y ellos se entienden--decian los desconfiados, que eran legion. Algunos que habian oido hablar de un don Alfonso, hermano de don Carlos, creian que a este don Alfonso le habian hecho rey. Los ambiciosos de los pueblos veian que todas las clases ricas se inclinaban a favor de la monarquia liberal. Los generales alfonsinos, despues de hecho su agosto y ascendido en su carrera todo lo posible, encontraban que era una estupidez continuar la guerra durante mas tiempo; habian matado la republica, que ciertamente por estolida merecia la muerte; el nuevo gobierno les miraba como vencedores, pacificadores y heroes. iQue mas podian desear! En el campo carlista comenzaba la _Deshecha_. Ya se podia andar por las carreteras sin peligro; el carlismo seguia por la fuerza de la inercia, defendido debilmente y atacado mas debilmente todavia. La unica arma que se blandia de veras era el dinero. Martin, viendo que no era dificil recorrer los caminos, tomo su cochecito y se dirigio hacia Urbia una manana de invierno. Todos los fuertes permanecian silenciosos, mudas las trincheras carlistas, ni una detonacion, ni una humareda cruzaban el aire. La nieve cubria el campo con su mortaja blanca bajo el cielo entoldado y plomizo. Antes de llegar a Urbia, a un lado y a otro, se veian casas de campo derrumbadas, fachadas con las ventanas tapiadas y rellenas de paja, arboles con las ramas rotas, zanjas y parapetos por todas partes. Martin entro en Urbia. La casa de Catalina estaba destrozada; con los techos atravesados por las granadas, las puertas y ventanas cerradas hermeticamente. Ofrecia el hermoso caseron un aspecto lamentable; en la huerta abandonada, las lilas mostraban sus ramas rotas, y una de las mas grandes de un magnifico tilo, desgajada, llegaba hasta el suelo. Los rosales trepadores, antes tan lozanos, se veian marchitos. Subio Martin por su calle a ver la casa en donde nacio. La escuela estaba cerrada; por los cristales empolvados se veian los cartelones con letras grandes y los mapas colgados de las paredes. Cerca del caserio de Zalacain habia una viga de madera, de la que colgaba una campana. --?Para que sirve esto?--pregunto a un mendigo que iba de puerta en puerta. Era para el vigia. Cuando notaba un fogonazo tocaba la campana para avisar a la gente de la parte baja. Entro Martin en el caserio Zalacain. El tejado no existia; solo quedaba un rincon de la antigua cocina con cubierta. Bajo este techo, entre los escombros, habia un hombre sentado escribiendo y un chiquillo ocupado en cuidar varios pucheros. --?Quien vive aqui?--pregunto Martin. --Aqui vivo yo--contesto una voz. Martin quedo atonito. Era el extranjero. Al verse se estrecharon las manos afectuosamente. --iLo que dio usted que hablar en Estella!--dijo el extranjero--. iQue golpe aquel mas admirable! ?Como se escaparon ustedes? Martin conto la historia de su escapatoria, y el periodista fue tomando notas. --Puedo hacer una cronica admirable--dijo. Luego hablaron de la guerra. --iPobre pais!--dijo el extranjero--. iCuanta brutalidad! iCuanto absurdo! ?Se acuerda usted del pobre Haussonville que conocimos en Estella? --Si. --Murio fusilado. ?Y del Corneta de Lasala y de Praschcu que fueron de los que nos persiguieron cerca de Hernani? --Si. --Esos dos habian salvado al cabecilla Monserrat de la muerte. ?Sabe usted quien los ha fusilado? --?Pero los han fusilado? --Si, el mismo Monserrat, en Ormaiztegui. --iPobre gente! --A otro, llamado Anchusa, de la partida del Cura, debia usted tambien conocer... --Si, lo conocia. --A ese lo mando fusilar Lizarraga. Y al _Jabonero_, el lugarteniente del Cura... --?Tambien lo fusilaron? --Tambien. Al _Jabonero_ le debia el Cura la unica victoria que consiguio en Usurbil cuando defendieron una ermita contra los liberales; pero tenia celos de el y ademas creia que le hacia traicion, y lo mando fusilar. --Si esto sigue asi no vamos a quedar nadie. --Afortunadamente ya ha comenzado la _Deshecha_ como dicen los aldeanos--contesto el extranjero--.?Y usted a que ha venido aqui? Martin dijo que el era de Urbia, asi como su mujer, y conto sus aventuras desde el tiempo en que habia dejado de ver al extranjero. Comieron juntos y por la tarde se despidieron. --Todavia creo que nos volveremos a ver--dijo el extranjero. --Quien sabe. Es muy posible. CAPITULO III EN DONDE MARTIN COMIENZA A TRABAJAR POR LA GLORIA En la epoca de las nieves, un general audaz que venia de muy lejos intento envolver a los carlistas por el lado del Pirineo, y saliendo de Pamplona avanzo por la carretera de Elizondo; pero al ver el alto de Velate defendido y atrincherado por los carlistas, se retiro hacia Engui y luego tomo por el puerto de Olaberri, proximo a la frontera, por entre bosques y sendas malisimas; y perdidos sus soldados en los bosques, llegaron despues de dos dias y tres noches al Baztan. La imprudencia era grande, pero aquel general tuvo suerte, porque si la terrible nevada que cayo al dia siguiente de estar en Elizondo cae antes, hubieran quedado la mitad de las tropas entre la nieve. El general pidio viveres a Francia, y gracias a la ayuda del pais vecino, pudo dar de comer a su gente y preparar alojamiento. Martin y Bautista se hallaban en relacion con una casa de Bayona, y fueron a Anoa con sus carros. Anoa esta a un kilometro proximamente de la frontera, en donde se halla establecida la aduana espanola de Dancharinea. Aquel dia, una porcion de gente de la frontera francesa se asomo a Anoa. La carretera estaba atestada de carromatos, carretas y omnibus, que conducian al valle de Baztan para las tropas fardos de zapatos, sacos de pan, cajones de galleta de Burdeos, esparto para las camas, barriles de vino y de aguardiente. El camino estaba intransitable y lleno de barro. Ademas de todo aquel convoy de mercancias consignado al ejercito, hallabanse otros coches atiborrados de generos que algunos comerciantes de Bayona llevaban a ver si vendian al por menor. Habia tambien cerca del puente, sobre el riachuelo Ugarona, una porcion de cantineros con sus cestas, frascos y cachivaches. Martin con su mujer, y Bautista con la suya, se acercaron a Anoa y se alojaron en la venta. Catalina queria ver si obtenia noticias de su hermano. En la venta preguntaron a un muchacho desertor carlista, pero no supo darles ninguna razon de Carlos Ohando. --Si no esta en Penaplata, ira camino de Burguete--les dijo. Se encontraban a la puerta de la venta Martin y Bautista, cuando paso, envuelto en su capote, Briones, el hermano de Rosita. Le saludo a Martin muy afectuoso y entro en la venta. Vestia uniforme de comandante y llevaba cordones dorados como los ayudantes de generales. --He hablado mucho de usted a mi general--le dijo a Martin. --?Si? --Ya lo creo. Tendria mucho gusto en conocer a usted. Le he contado sus aventuras. ?Quiere usted venir a saludarle? Tengo ahi un caballo de mi asistente. --?Donde esta el general? --En Elizondo. ?Viene usted? --Vamos. Advirtio Martin a su mujer que se marchaba a Elizondo; montaron Briones y Zalacain a caballo y charlando de muchas cosas llegaron a esta villa, centro del valle del Baztan. El general se alojaba en un palacio de la plaza; a la puerta dos oficiales hablaban. Le hizo pasar Briones a Martin al cuarto en donde se encontraba el general. Este, sentado a una mesa donde tenia planos y papeles, fumaba un cigarro puro y discutia con varias personas. Presento Briones a Martin, y el general, despues de estrecharle la mano, le dijo bruscamente: --Me ha contado Briones sus aventuras. Le felicito a usted. --Muchas gracias, mi general. --?Conoce usted toda esta zona de mugas de la frontera que domina el valle del Baztan? --Si, como mi propia mano. Creo que no habra otro que las conozca tan bien. --?Sabe usted los caminos y las sendas? --No hay mas que sendas. --?Hay sendero para subir a Penaplata por el lado de Zugarramurdi? --Lo hay. --?Pueden subir caballos? --Si, facilmente. El general discutio con Briones y con el otro ayudante. El habia tenido el proyecto de cerrar la frontera e impedir la retirada a Francia del grueso del ejercito carlista, pero era imposible. --Usted ?que ideas politicas tiene?--pregunto de pronto el general a Martin. --Yo he trabajado para los carlistas, pero en el fondo creo que soy liberal. --?Querria usted servir de guia a la columna que subira manana a Penaplata? --No tengo inconveniente. El general se levanto de la silla en donde estaba sentado y se acerco con Zalacain a uno de los balcones. --Creo--le dijo--que actualmente soy el hombre de mas influencia de Espana. ?Que quiere usted ser? ?No tiene usted ambiciones? --Actualmente soy casi rico; mi mujer lo es tambien... --?De donde es usted? --De Urbia. --?Quiere usted que le nombremos alcalde de alla? Martin reflexiono. --Si, eso me gusta--dijo. --Pues cuente usted con ello. Manana por la manana hay que estar aqui. --?Van a ir tropas por Zugarramurdi? --Si. --Yo les esperare en la carretera, junto al alto de Maya. Martin se despidio del general y de Briones, y volvio a Anoa, para tranquilizar a su mujer. Conto a Bautista su conversacion con el general; Bautista se lo dijo a su mujer y esta a Catalina. A media noche, se preparaba Martin a montar a caballo, cuando se presento Catalina con su hijo en brazos. --iMartin! iMartin!--le dijo sollozando--. Me han asegurado que quieres ir con el ejercito a subir a Penaplata. --?Yo? --Si. --Es verdad. ?Y eso te asusta? --No vayas. Te van a matar, Martin. iNo vayas! iPor nuestro hijo! iPor mi! --Bah, itonterias! ?Que miedo puedes tener? Si he estado otras veces solo, ?que me va a pasar, yendo en compania de tanta gente? --Si, pero ahora no vayas, Martin. La guerra se va a acabar en seguida. Que no te pase algo al final. --Me he comprometido. Tengo que ir. --iOh, Martin!--sollozo Catalina--. Tu eres todo para mi; yo no tengo padre, ni madre, ni tengo hermano, porque el carino que pudiese tenerle a el lo he puesto en ti y en tu hijo. No vayas a dejarme viuda, Martin. --No tengas cuidado. Estate tranquila. Mi vida esta asegurada, pero tengo que ir. He dado mi palabra... --Por tu hijo... --Si, por mi hijo tambien... No quiero que, andando el tiempo, puedan decir de el: "Este es el hijo de Zalacain, que dio su palabra y no la cumplio por miedo"; no, si dicen algo, que digan: "Este es Miguel Zalacain, el hijo de Martin Zalacain, tan valiente como su padre... No. Mas valiente aun que su padre." Y Martin, con sus palabras, llego a infundir animo en su mujer, acaricio al nino, que le miraba sonriendo desde el regazo de su madre, abrazo a esta y, montando a caballo, desaparecio por el camino de Elizondo. CAPITULO IV LA BATALLA CERCA DEL MONTE AQUELARRE Martin llego al alto de Maya al amanecer, subio un poco por la carretera y vio que venia la tropa. Se reunio con Briones y ambos se pusieron a la cabeza de la columna. Al llegar a Zugarramurdi, comenzaba a clarear. Sobre el pueblo, las cimas del monte, blancas y pulidas por la lluvia, brillaban con los primeros rayos del sol. De esta blancura de las rocas precedia el nombre del monte Arrizuri (piedra blanca) en vasco y Penaplata en castellano. Martin tomo el sendero que bordea un torrente. Una capa de arcilla humedecida cubria el camino, por el cual los caballos y los hombres se resbalaban. El sendero tan pronto se acercaba a la torrentera, llena de malezas y de troncos podridos de arboles, como se separaba de ella. Los soldados caian en este terreno resbaladizo. A cierta altura, el torrente era ya un precipicio, por cuyo fondo, lleno de matorrales, se precipitaba el agua brillante. Mientras marchaban Martin y Briones a caballo, fueron hablando amistosamente. Martin felicito a Briones por sus ascensos. --Si, no estoy descontento--dijo el comandante--; pero usted, amigo Zalacain, es el que avanza con rapidez, si sigue asi; si en estos anos adelanta usted lo que ha adelantado en los cinco pasados, va usted a llegar donde quiera. --?Creera usted que yo ya no tengo casi ambicion? --?No? --No. Sin duda, eran los obstaculos los que me daban antes brios y fuerza, el ver que todo el mundo se plantaba a mi paso para estorbarme. Que uno queria vivir, el obstaculo; que uno queria a una mujer y la mujer le queria a uno, el obstaculo tambien. Ahora no tengo obstaculos, y ya no se que hacer. Voy a tener que inventarme otras ocupaciones y otros quebraderos de cabeza. --Es usted la inquietud personificada, Martin--dijo Briones. --?Que quiere usted? He crecido salvaje como las hierbas y necesito la accion, la accion continua. Yo, muchas veces pienso que llegara un dia en que los hombres podran aprovechar las pasiones de los demas en algo bueno. --?Tambien es usted sonador? --Tambien. --La verdad es que es usted un hombre pintoresco, amigo Zalacain. --Pero la mayoria de los hombres son como yo. --Oh, no. La mayoria somos gente tranquila, pacifica, un poco muerta. --Pues yo estoy vivo, eso si; pero la misma vida que no puedo emplear se me queda dentro y se me pudre. Sabe usted, yo quisiera que todo viviese, que todo comenzara a marchar, no dejar nada parado, empujar todo al movimiento, hombres, mujeres, negocios, maquinas, minas, nada quieto, nada inmovil... --Extranas ideas--murmuro Briones. Concluia el camino y comenzaban las sendas a dividirse y a subdividirse, escalando la altura. Al llegar a este punto, Martin aviso a Briones que era conveniente que sus tropas estuviesen preparadas, pues al final de estas sendas se encontrarian en terreno descubierto y desprovisto de arboles. Briones mando a los tiradores de la vanguardia preparasen sus armas y fueran avanzando despacio en guerrilla. --Mientras unos van por aqui--dijo Martin a Briones--otros pueden subir por el lado opuesto. Hay alla arriba una explanada grande. Si los carlistas se parapetan entre las rocas van a hacer una mortandad terrible. Briones dio cuenta al general de lo dicho por Martin, y aquel ordeno que medio batallon fuera por el lado indicado por el guia. Mientras no oyeran los tiros del grueso de la fuerza no debian atacar. Zalacain y Briones bajaron de sus caballos y tomaron por una senda, y durante un par de horas fueron rodeando el monte, marchando entre helechos. --Por esta parte, en una calvera del monte, en donde hay como una plazuela formada por hayas--dijo Martin--deben tener centinelas los carlistas; sino por ahi podemos subir hasta los altos de Penaplata sin dificultad. Al acercarse al sitio indicado por Martin, oyeron una voz que cantaba. Sorprendidos, fueron despacio acortando la distancia. --No seran las brujas--dijo Martin. --?Por que las brujas?--pregunto Briones. --?No sabe usted que estos son los montes de las brujas? Aquel es el monte Aquelarre--contesto Martin. --?El Aquelarre? ?Pero existe? --Si. --?Y quiere decir algo en vascuence, ese nombre? --?Aquelarre?... Si, quiere decir Prado del macho cabrio. --?El macho cabrio sera el demonio? --Probablemente. La cancion no la cantaban las brujas, sino un muchacho que en compania de diez o doce estaba calentandose alrededor de una hoguera. Uno cantaba canciones liberales y carlistas y los otros le coreaban. No habian comenzado a oirse los primeros tiros, y Briones y su gente esperaron tendidos entre los matorrales. Martin sentia como un remordimiento al pensar que aquellos alegres muchachos iban a ser fusilados dentro de unos momentos. La senal no se hizo esperar y no fue un tiro, sino una serie de descargas cerradas. --iFuego!--grito Briones. Tres o cuatro de los cantores cayeron a tierra y los demas, saltando entre brenales, comenzaron a huir y a disparar. La accion se generalizaba; debia de ser furiosa a juzgar por el ruido de fusileria. Briones, con su tropa, y Martin subian por el monte a duras penas. Al llegar a los altos, los carlistas, cogidos entre dos fuegos, se retiraron. La gran explanada del monte estaba sembrada de heridos y de muertos. Iban recogiendolos en camillas. Todavia seguia la accion, pero poco despues una columna de ejercito avanzaba por el monte por otro lado, y los carlistas huian a la desbandada hacia Francia. CAPITULO V DONDE LA HISTORIA MODERNA REPITE EL HECHO DE LA HISTORIA ANTIGUA Fueron Martin y Catalina en su carricoche a Saint Jean Pied de Port. Todo el grueso del ejercito carlista entraba, en su retirada de Espana, por el barranco de Roncesvalles y por Valcarlos. Una porcion de comerciantes se habia descolgado por alli, como cuervos al olor de la carne muerta, y compraban hermosos caballos por diez o doce duros, espadas, fusiles y ropas a precios infimos. Era un poco repulsivo ver esta explotacion, y Martin, sintiendose patriota, hablo de la avaricia y de la sordidez de los franceses. Un ropavejero de Bayona le dijo que el negocio es el negocio y que cada cual se aprovechaba cuando podia. Martin no quiso discutir. Preguntaron Catalina y el a varios carlistas de Urbia por Ohando, y uno le indico que Carlos, en compania del _Cacho_, habia salido de Burguete muy tarde, porque estaba muy enfermo. Sin atender a que fuera o no prudente, Martin tomo el carricoche por el camino de Arneguy; atravesaron este pueblecillo que tiene dos barrios, uno espanol y otro frances, en las orillas de un riachuelo, y siguieron hasta Valcarlos. Catalina, al ver aquel espectaculo, quedo horrorizada. La estrecha carretera era un campo de desolacion. Casas humeando aun por el incendio, arboles rotos, zanjas, el suelo sembrado de municiones de guerra, cajas, correas de artilleria, bayonetas torcidas, instrumentos musicales de cobre aplastados por los carros. En la cuneta de la carretera se veia a un muerto medio desnudo, sin botas, con el cuerpo cubierto por hojas de helechos; el barro le manchaba la cara. En el aire gris, una nube de cuervos avanzaba en el aire, siguiendo aquel ejercito funesto, para devorar sus despojos. Martin, atendiendo a la impresion de Catalina, volvio prudentemente hasta llegar de nuevo al barrio frances de Arneguy. Entraron en la posada. Alli estaba el extranjero. --?No le decia a usted que nos veriamos todavia?--dijo este. --Si. Es verdad. Martin presento a su mujer al periodista y los tres reunidos esperaron a que llegaran los ultimos soldados. Al anochecer, en un grupo de seis o siete, aparecio Carlos Ohando y _el Cacho_. Catalina se acerco a su hermano con los brazos abiertos. --iCarlos! iCarlos!--grito. Ohando quedo atonito al verla; luego con un gesto de ira y de desprecio anadio: --Quitate de delante. iPerdida! iNos has deshonrado! Y en su brutalidad escupio a Catalina en la cara. Martin, cegado, salto como un tigre sobre Carlos y le agarro por el cuello. --iCanalla! iCobarde!--rugio--. Ahora mismo vas a pedir perdon a tu hermana. --iSuelta! iSuelta!--exclamo Carlos ahogandose. --iDe rodillas! --iPor Dios, Martin iDejale!--grito Catalina--. iDejale! --No, porque es un miserable, un canalla cobarde, y te va a pedir perdon de rodillas. --No--exclamo Ohando. --Si--y Martin le llevo por el cuello, arrastrandole por el barro, hasta donde estaba Catalina. --No sea usted barbaro--exclamo el extranjero--. Dejelo usted. --iA mi, _Cacho!_ iA mi!--grito Carlos ahogadamente. Entonces, antes de que nadie lo pudiera evitar, _el Cacho_, desde la esquina de la posada, levanto su fusil, apunto; se oyo una detonacion, y Martin, herido en la espalda, vacilo, solto a Ohando y cayo en la tierra. Carlos se levanto y quedo mirando a su adversario. Catalina se lanzo sobre el cuerpo de su marido y trato de incorporarle. Era inutil. Martin tomo la mano de su mujer y con un esfuerzo ultimo se la llevo a los labios--. iAdios!--murmuro debilmente, se le nublaron los ojos y quedo muerto. A lo lejos, un clarin guerrero hacia temblar el aire de Roncesvalles. Asi se habian estremecido aquellos montes con el cuerno de Rolando. Asi hacia cerca quinientos anos habia matado tambien a traicion Velche de Micolalde, deudo de los Ohando, a Martin Lopez de Zalacain. Catalina se desmayo al lado del cadaver de su marido. El extranjero con la gente de la fonda le atendieron. Mientras tanto, unos gendarmes franceses persiguieron al _Cacho_, y viendo que este no se detenia, le dispararon varios tiros hasta que cayo herido. * * * * * El cadaver de Martin se llevo al interior de la posada y estuvo toda la noche rodeado de cirios. Los amigos no cabian en la casa. Acudieron a rezar el oficio de difuntos el abad de Roncesvalles y los curas de Arneguy, de Valcarlos y de Zaro. Por la manana se verifico el entierro. El dia estaba claro y alegre. Se saco la caja y se la coloco en el coche que habian mandado de San Juan del Pie del Puerto. Todos los labradores de los caserios propiedad de los Ohandos estaban alli; habian venido de Urbia a pie para asistir al entierro. Y presidieron el duelo Briones, vestido de uniforme, Bautista Urbide y Capistun el americano. Y las mujeres lloraban. --Tan grande como era--decian--. iPobre! iQuien habia de decir que tendriamos que asistir a su entierro, nosotros que le hemos conocido de nino! El cortejo tomo el camino de Zaro y alli tuvo fin la triste ceremonia. * * * * * Meses despues, Carlos Ohando entro en San Ignacio de Loyola; _el Cacho_ estuvo en el hospital, en donde le cortaron una pierna, y luego fue enviado a un presidio frances; y Catalina, con su hijo, marcho a Zaro a vivir al lado de la Ignacia y de Bautista. CAPITULO VI LAS TRES ROSAS DEL CEMENTERIO DE ZARO Zaro es un pueblo pequeno, muy pequeno, asentado sobre una colina. Para llegar a el se pasa por un camino, en algunas partes muy hondo, al cual los arbustos frondosos forman en verano un tunel. A la entrada de Zaro, como en otros pueblos vasco-franceses, hay una gran cruz de madera, muy alta, pintada de rojo, con diversos atributos de la pasion: un gallo, las tenazas, la lanza y los clavos. Estas cruces barbaras, con estrellas y corazones grabados en negro, dan un caracter sombrio y tragico a las aldeas vascas. En el vertice del cerro donde se asienta Zaro, en medio de una plazoleta, estrecha y larga, se yergue un inmenso nogal copudo, con el grueso tronco rodeado por un banco de piedra. Una de las caras que forman la plaza es grande, con portico espacioso, alero avanzado y varias ventanas cubiertas por persianas verdes. Sobre el escudo que se ostenta en el arco de la puerta, se ve escrita la fecha en que se edifico la casa, y unas palabras en latin indicando quien la hizo: _Bacalareus presbiterus Urbide Hoc domicilium fecit in lapide_. En un extremo de la plazoleta se levanta la iglesia, pequena, humilde, con su atrio, su campanario y su tejadillo de pizarra. Rodeandola, sobre una tapia baja, se extiende el cementerio. En Zaro hay siempre un silencio absoluto, casi unicamente interrumpido por la voz cascada del reloj de la iglesia, que da las horas de una manera melancolica, con un tanido de lloro. En el reloj de la torre de otro pueblo vasco, en Urruna, se lee escrita esta triste sentencia: _Vulnerant omnes, ultima necat_. Todas hieren, la ultima acaba. Mejor todavia la triste sentencia podria estar escrita en el reloj de la torre de Zaro. En el cementerio, alrededor de la iglesia, entre las cruces de piedra, brillan durante la primavera rosales de varios colores, rojos, amarillos, y azucenas blancas de aspecto triste. Desde este cementerio se ve un valle extensisimo, un paisaje amable y pastoril. El grave silencio que reina en el camposanto, apenas lo turbian los debiles rumores de la vida del pueblo. De cuando en cuando, se oye el chirriar de una puerta, el tintineo del cencerro de las vacas, la voz de un chiquillo, el zumbido de los moscones... y, de cuando en cuando, se oye tambien el golpe del martillo del reloj, voz de muerte apagada, sombria, que tiene en el valle un triste eco. Tras de estas campanadas fatidicas, el silencio que viene despues parece un tierno halago. Como protesta de la eterna vida, en el mismo camposanto las malas hierbas crecen vigorosas, extienden sus vastagos robustos por el suelo y dan un olor acre en el crepusculo, tras de las horas de sol; pian los pajaros con algarabia estrepitosa y los gallos lanzan al aire su cacareo valiente, como un desafio. La vista alcanza desde alla un extenso panorama de lineas suaves, de intenso verdor, sin rocas adustas, sin matorrales sombrios, sin nada duro y salvaje. Los pueblecillos blancos duermen sobre las heredades, las carretas rechinan en los caminos, los labradores trabajan con sus bueyes en los campos, y la tierra, fertil y humeda, reposa bajo la gran sonrisa del cielo y la inmensa piedad del sol... En el cementerio de Zaro hay una tumba de piedra, y en la misma cruz escrito con letras negras dice en vasco: AQUI YACE MARTIN ZALACAIN MUERTO A LOS 24 ANOS EL 29 DE FEBRERO DE 1876 * * * * * Una tarde de verano, muchos, muchos anos despues de la guerra, se vio entrar en el mismo dia en el cementerio de Zaro a tres viejecitas vestidas de luto. Una de ellas era Linda; se acerco al sepulcro de Zalacain y dejo sobre el una rosa negra; la otra era la senorita de Briones, y puso una rosa roja. Catalina, que iba todos los dias al cementerio, vio las dos rosas en la lapida de su marido y las respeto y deposito junto a ellas una rosa blanca. Y las tres rosas duraron mucho tiempo lozanas sobre la tumba de Zalacain. CAPITULO VII EPITAFIOS He aqui el epitafio que improviso el versolari Echehun de Zugarramurdi en la tumba de Zalacain el Aventurero: Lur santu onctan dago Martin Zalacain lo Eriotzac hill zuen Bazan salvatuco Eliz aldeco itzalac Gorde du betico Bere icena dedin Honratu gaur guero Aurrena Euscal Errien Gloriya izateco. (En esta santa tierra esta durmiendo Martin Zalacain. La muerte lo hirio, pero el logro salvarse. En el proximo presbiterio se guarda para siempre su nombre, para honra primeramente del pais vasco y despues para su gloria.) Y el joven poeta navarro Juan de Navascues gloso el epitafio del versolari Echehun de Zugarramurdi, en esta decima castellana: Duerme en esta sepultura Martin Zalacain, el fuerte. Venganza tomo la muerte De su audacia y su bravura. De su guerrera apostura El vasco guarda memoria; Y aunque el libro de la historia Su rudo nombre rechaza, iCaminante de su raza, Descubrete ante su gloria! FIN INDICE PROLOGO.--Como era la villa de Urbia en el ultimo tercio del siglo XIX LIBRO PRIMERO LA INFANCIA DE ZALACAIN I.--Como vivio y se educo Martin Zalacain. II.--Donde se habla del viejo cinico Miguel de Tellagorri III.--La reunion de la posada de Arcale IV.--Que se refiere a la noble casa de Ohando V.--De como murio Martin Lopez de Zalacain, en el ano de gracia de mil cuatrocientos y doce VI.--De como llegaron unos titiriteros y de lo que sucedio despues VII.--Como Tellagorri supo proteger a los suyos VIII.--Como aumento el odio entre Martin Zalacain y Carlos Ohando IX.--Como intento vengarse Carlos de Martin Zalacain LIBRO SEGUNDO ANDANZAS Y CORRERIAS I.--En el que se habla de los preludios de la ultima guerra carlista II.--Como Martin, Bautista y Capistun pasaron una noche en el monte III.--De algunos hombres decididos que formaban la partida del Cura IV.--Historia casi inverosimil de Joshe Cracasch V.--Como la partida del Cura detuvo la diligencia de Andoain VI.--Como cuido la senora de Briones a Martin Zalacain VII.--Como Martin Zalacain busco nuevas aventuras VIII.--Varias anecdotas de Fernando de Amezqueta y llegada a Estella IX.--Como Martin y el extranjero pasearon de noche por Estella y de lo que hablaron X.--Como transcurrio el segundo dia en Estella XI.--Como los acontecimientos se enredaron, hasta el punto de que Martin durmio el tercer dia de Estella en la carcel XII.--En que los acontecimientos marchan al galope XIII.--Como llegaron a Logrono y lo que les ocurrio XIV.--Como Zalacain y Bautista Urbide tomaron los dos solos la ciudad de Laguardia, ocupada por los carlistas LIBRO TERCERO LAS ULTIMAS AVENTURAS I.--Los recien casados estan contentos II.--En el cual se inicia la _Deshecha_ III.--En donde Martin comienza a trabajar por la gloria IV.--La batalla cerca del monte Aquelarre V.--Donde la Historia Moderna repite el hecho de la Historia Antigua VI.--Las tres rosas del cementerio de Zaro VII.--Epitafios End of the Project Gutenberg EBook of Zalacain El Aventurero, by Pio Baroja *** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ZALACAIN EL AVENTURERO *** ***** This file should be named 13264.txt or 13264.zip ***** This and all associated files of various formats will be found in: https://www.gutenberg.org/1/3/2/6/13264/ Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. 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It exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from people in all walks of life. Volunteers and financial support to provide volunteers with the assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will remain freely available for generations to come. In 2001, the Project Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 and the Foundation web page at https://www.pglaf.org. Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit 501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at https://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by U.S. federal laws and your state's laws. The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered throughout numerous locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact information can be found at the Foundation's web site and official page at https://pglaf.org For additional contact information: Dr. Gregory B. Newby Chief Executive and Director gbnewby@pglaf.org Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide spread public support and donations to carry out its mission of increasing the number of public domain and licensed works that can be freely distributed in machine readable form accessible by the widest array of equipment including outdated equipment. Many small donations ($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt status with the IRS. The Foundation is committed to complying with the laws regulating charities and charitable donations in all 50 states of the United States. Compliance requirements are not uniform and it takes a considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up with these requirements. We do not solicit donations in locations where we have not received written confirmation of compliance. 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Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be freely shared with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper edition. Most people start at our Web site which has the main PG search facility: https://www.gutenberg.org This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, including how to make donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.