The Project Gutenberg EBook of La Espuma, by D. Armando Palacio Valdes This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Espuma Obras completas de D. ARMANDO PALACIO VALDES, Tomo VII Author: D. Armando Palacio Valdes Release Date: March 9, 2004 [EBook #11529] Language: Spanish Character set encoding: ASCII *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESPUMA *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. LA ESPUMA OBRAS COMPLETAS DE D. ARMANDO PALACIO VALDES TOMO VII LA ESPUMA 1922 I #Presentacion de la farandula.# A las tres de la tarde el sol enfilaba todavia sus rayos por la calle de Serrano banandola casi toda de viva y rojiza luz, que heria la vista de los que bajaban por la acera de la izquierda mas poblada de casas. Mas como el frio era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferian recibir de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban, tambien calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal hora y por tal calle una senora elegantemente vestida. Tras si dejaba una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde partian tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la mas grande y hermosa de Madrid, tiene un caracter marcadamente provincial: poco trafago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoria a la venta de los articulos de primera necesidad; los ninos jugando delante de las casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta con los mancebos de las carnicerias, pescaderias y ultramarinos. Asi que, no era facil que la gentilisima dama pasara inadvertida como en las calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se estaban quietos posabanse con complacencia en ella. Se hacian comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decian chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacian prorrumpir en rugidos de gozo barbaro a sus companeros. Uno de los mas salvajes y pringosos vertio en su oido, al cruzar, una de esas brutalidades que enrojeceria subito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haria llamar al _policeman_ y hasta quiza pedir una indemnizacion. Pero nuestra valiente espanola, curada de melindres, no pestaneo siquiera: con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo de la calle, continuo su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo. Nadie podia mirarla sin sentirse poseido de admiracion, mas aun que por su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardia de la figura. Llegaria bien a los treinta y cinco anos. El tipo de su rostro extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extrana mezcla de razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Napoles. En ciertos cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama. La expresion predominante de su rostro en aquel momento era la de un orgulloso desden. A esto contribuia quiza la luz del sol, que le obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en aquel rostro no habia dulzura. Debajo de sus lineas correctas y firmes se adivinaba un espiritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no eran los serenos y limpidos que sirven de complemento adorable a ciertas fisonomias virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro pais y mas a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quiza alguna vez tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero apuntado, de color rojo, con pequeno y claro velo, rojo tambien, que le llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuian a dar al rostro el matiz extrano que impresionaba a los que a su lado cruzaban. Vestia rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por entonces la ultima moda. Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los ojos: estos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de Jorge Juan, no advirtio la presencia de un joven que desde la acera contraria y caminando a la par con ella la miraba con mas admiracion aun que curiosidad. Al llegar aqui, sin saber por que, levanto la cabeza y sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien perceptible de disgusto siguio a tal encuentro. La frente de la dama se fruncio con mas severidad y se acentuo la altiva expresion de sus ojos. Apreto un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se detuvo y miro hacia atras, con objeto sin duda de ver si llegaba un tranvia. El mancebo no se atrevio a hacer lo mismo: siguio su camino, no sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil senora no se digno corresponder. Llego al fin el coche, monto en el dejando ver, al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fue a sentarse en el rincon del fondo. Como si se contemplase segura y libre de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje habia; mas no desaparecio del todo la sombra de preocupacion esparcida por su rostro, ni el gesto de desden que hacia imponente su hermosura. El juvenil admirador no habia renunciado a perderla de vista. Siguio, cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vio cruzar el tranvia se agarro bonitamente a el y subio sin ser notado. Y procurando que la dama no advirtiese su presencia, ocultandose detras de otra persona que habia de pie en la plataforma, se puso con disimulo a contemplarla con un entusiasmo que haria sonreir a cualquiera. Porque era grande la diferencia de edad que habia entre ambos. Nuestro muchacho aparentaba unos diez y ocho anos. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnetica que los ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba rayos de admiracion apasionada. Torno a nublarse su rostro; volvio a advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre chico la injuriase con su adoracion. Y ya desde entonces empezo claramente a dar senales de hallarse molesta en el coche, moviendo la hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San Jose, frente a cuya iglesia hizo parar y bajo, pasando por delante de su perseguidor con una expresion de fiero desden capaz de anonadarle. O muy temerario era o muy poca vergueenza debia de tener este cuando salto a la calle en pos de ella y comenzo a seguirla por la del Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguia lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales, que al mirarla se embebian y daban fuertes tropezones. --iMadre mia del Amparo, que mujer!--exclamo en voz alta un cadete agarrandose a su companero como si fuese a desmayarse del susto. La hermosa no pudo reprimir una levisima sonrisa, a cuya luz se pudo percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo reverente, al cual respondio ella con una imperceptible inclinacion de cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo vacilante, miro a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo le volvio la espalda con ostensible desprecio y comenzo a descender con mas prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causo entre los transeuntes la misma emocion. Tres o cuatro veces se detuvo delante de los escaparates aunque se advertia que mas que por curiosidad se paraba por el estado nervioso en que la persecucion tenaz del jovencito la habia puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla, resolviose a entrar en la joyeria de Marabini. Sentose con negligencia en una silla, levanto un poquito el velo del sombrero y se puso a examinar con distraccion las joyas recien llegadas que el dependiente de la tienda fue exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de las miradas de su adolescente adorador. Porque este, con toda comodidad, sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una insistencia que la encolerizaba cada vez mas. La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenia a joya tan delicada. Asi debio de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el extasis apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmorea de su figura. Al fin la dama, no pudiendo vencer la irritacion que esto la producia, alzose bruscamente de la silla y despidiendose con una frase seca del dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salio del comercio y llego hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aqui se detuvo; luego dio algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar en el; pero de pronto cambio de rumbo, y con paso firme se dirigio hacia la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar a la mitad de ella proximamente, entro en una casa de suntuosa apariencia, no sin lanzar antes una rapida y furibunda mirada a su perseguidor, que la recibio con entera y rara serenidad. El portero, que estaba plantado en el umbral atusandose gravemente sus largas patillas, despojose vivamente de la gorra, le hizo una profunda reverencia y corrio a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la escalera, apretando en seguida el boton de un timbre electrico. Subio lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando. La casa pertenecia al Excmo. Sr. D. Julian Calderon, jefe de la casa de banca _Calderon y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella, sirviendose por escalera distinta de los demas pisos, que tenia alquilados. Este Calderon era hijo de otro Calderon muy conocido en el comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con ellas habia hecho una buena fortuna y que en los ultimos anos de su vida la habia acrecentado, dedicandose, a la par que al comercio, al giro y descuento de letras. Fallecido el, su hijo Julian continuo su obra sin apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas casadas, la una con un medico, la otra con un propietario de la Mancha. A su vez estaba casado, bastantes anos hacia, con la hija de un comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomas Osorio, padre tambien del conocido banquero madrileno del mismo nombre, que tenia su hotel con honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramon de la Cruz. La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este banquero, y hermana politica, por lo tanto, de la senora de Calderon. Paso por delante del criado sin aguardar a que este la anunciase, avanzo resueltamente como quien tiene derecho a ello, atraveso tres o cuatro grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica cortina de raso con franja bordada, entro en una habitacion mas reducida donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillon mas proximo a la chimenea estaba arrellanada la senora de la casa, mujer de unos cuarenta anos, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castano claro excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra senora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de Espana. Las tres jovenes que sentadas en sillas seguian la fila, eran sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo fisico, si bien no la imitaban en la movilidad: rigidas y silenciosas, los ojos bajos, con modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el regimen severo a que las tenia sometidas su viva y nerviosa mama. Con una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los senores de Calderon, nina de catorce o quince anos, carirredonda, de ojos pequenos, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello, pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta nina gastaba aun los cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que la ultima de las de Alcudia, con quien sostenia timida e intermitente conversacion. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que asi nombraban a la hija de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una _matinee_ azul, demasiadamente corta para sus anos. Los senores de Calderon solo tenian esta hija y un nino de dos anos. Frente a la senora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patino, conde de Morillejo. Hallase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises estan esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Victor Manuel, la perilla apuntada, la nariz aguilena le dan un aspecto simpatico y gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristocrata. A su lado, en otra butaca, estaba Calderon, hombre de unos cincuenta anos, grueso, de cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos redondos, vagos y mortecinos. Cerca de el una senora anciana, que era la madre de la esposa de Calderon, aunque mucho se diferenciaba de ella en el rostro y la figura: delgada al punto de no tener mas que la piel sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en todos los rasgos de su fisonomia inteligencia y decision. Hablando con ella esta Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no tiene canas, se adivina facilmente que esta tenido: su rostro es el de un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomia bonachona, ojos saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en toda su persona. Al ver en la puerta a nuestra bellisima dama, la tertulia se conmovio. Todos se alzan del asiento, excepto la senora de Calderon, en cuyo rostro parado se dibujo una vaga sonrisa de placer. --iAh, Clementina! iQue milagro el verte por aqui, mujer! La dama se adelanto sonriente, y mientras besaba a las senoras y daba la mano a los caballeros, respondia a la carinosa reprension de su cunada. --iAnda! Aplicate la venda, hija, tu que no pareces por mi casa mas que por semestres. --Yo tengo hijos, querida. --iMiren ustedes que disculpa! Yo tambien los tengo. --En Chamartin. --Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo. Clementina se sento entre su cunada y la marquesa de Alcudia. Los demas volvieron a ocupar sus asientos. --iAy, hija!--exclamo aquella respondiendo a la ultima frase.--iSi vieras que catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire colado se me metio en los huesos. --Ha tenido fortuna ese aire--manifesto con sonrisa galante el general Patino. Todos sonrieron menos la interesada, que le miro con sorpresa abriendo mucho los ojos. --?Como fortuna? Fue necesario que el general le diese la galanteria mascada; solo entonces la pago con una sonrisa. --?No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina. --iAdmirable! como siempre--respondio su cunada. --Yo le encuentro falto de maneras--expreso el general. --iOh, no, general!... Permitame usted.... Y se empeno una discusion sobre si el famoso tenor poseia o no poseia el arte escenico, si era o no elegante en su vestir. Las senoras se pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos. Del tenor pasaron a la tiple. --Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el acento convencido de un inteligente. --iOh!--exclamo Calderon. --Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ?no le parece a usted, Clementina? Esta corroboro la especie. --No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distincion en las maneras--se apresuro a decir el general, echando al mismo tiempo una miradita a la senora de Calderon. --Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rabano por las hojas--manifesto la marquesa con extraordinaria viveza, atacando despues con brio y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple. Generalizose la disputa, y sucedio lo contrario que en la anterior. Los caballeros se mostraron benevolos con la cantante mientras las senoras le fueron hostiles. Pinedo la resumio, diciendo en tono grave y solemne, donde se notaba, sin embargo, la socarroneria: --En la mujer, las buenas formas son mas esenciales que en el hombre. Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada significativas. La marquesa miro al pulcro caballero con dureza y despues se volvio rapidamente hacia sus hijas, que seguian con los ojos bajos, en la misma actitud rigida y silenciosa de siempre. Pinedo permanecio grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa mas natural del mundo. --Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener tambien buenas formas--manifesto la panfila senora de Calderon. Al decir esto se oyo un resuello debil, como de risa reprimida con trabajo. Era la ultima nina de la marquesa de Alcudia, a quien su mama dirigio una mirada pulverizante. La fisonomia de la nina volvio instantaneamente a su primitiva expresion timida y modesta. --Es una opinion ...--respondio Pinedo, inclinandose respetuosamente. Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa propiedad de Calderon, desempenaba un empleo de bastante importancia en la Administracion publica. Los vaivenes de la politica no lograban arrancarle de el. Tenia amigos en todos los partidos, sin que se hubiese jamas decidido por ninguno. Hacia la vida del hombre de mundo; entraba en las casas mas aristocraticas de la corte; trataba familiarmente a la mayoria de los personajes de la banca y la politica; era socio antiguo del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches con los jovenes aristocratas que alli se reunian, quienes le trataban con harta confianza que no pocas veces degeneraba en groseria. Era hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio que sentia hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortes e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satirico que le servia para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna, de las demasias de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocia su procedencia, aunque se daba por seguro que habia nacido en humilde cuna. Unos le hacian hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban granuja de la playa de Malaga en su juventud. Lo que se sabia de positivo, era que hacia ya muchos anos habia aparecido en Madrid como parasito de un titulo andaluz, el cual, despues de haber disipado su fortuna, se salto los sesos. En la compania de este, nuestro Pinedo adquirio gran numero de relaciones utiles, llego a conocer y tratar a toda la gente que hacia viso, entre la cual era popular. Tenia el buen tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y soberbio, dejandole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su caracter socarron, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos limites, despertaba a menudo la alegria en las tertulias; bastaba para darle en ellas cierta significacion, que de otro modo no hubiera disfrutado. No tenia mas familia que una hija de diez y ocho anos llamada Pilar. Su mujer, a quien nadie conocio, habia muerto muchos anos hacia. Su sueldo era de cuarenta mil reales, y con el vivian economicamente padre e hija, en el tercero que Calderon les dejaba por veintidos duros al mes. Los gastos mayores de Pinedo eran de representacion. Como frecuentaba una sociedad muy superior a la que, dada su posicion, le correspondia, era preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las pilastras en que su empleo se sustentaba, imponiase tales dispendios sin vacilar, ahorrandolo en otras partidas del presupuesto domestico. Vivia, pues, en situacion permanente de equilibrio. El empleo le permitia frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras estos le ayudaban inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningun ministro se atrevia a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenia el honor de hablar alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrian por los salones y se celebraban mas quiza de lo que merecian, por lo mismo que en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con carabina y con pistola y era inteligentisimo y poseia una copiosa biblioteca tocante al arte culinario. Los mas altos personajes se sentian lisonjeados cuando oian decir que Pinedo elogiaba a su cocinero. --?Cuando has estado en el colegio, Pacita?--le pregunto en voz baja Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia. --Pues el viernes; ?no sabes que mama nos lleva todos los viernes a confesar? ?Y tu? --Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mama y yo nos confesamos cada mes. --?Y se conforma con eso el padre Ortega? --A mi no me dice nada.... No se si a mama.... --No le dira, no: ya sabe muy bien donde pone el pie. ?Has visto a las de Mariani? --Si; hace pocos dias, en el Retiro. --?No sabes que Maria se ha echado un novio? --No me ha dicho nada. --Si, de caballeria ... hijo del brigadier Arcos.... iUn tio mas desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como si saliese del hospital.... Ya ves, como la mama es querida del brigadier ... todo queda en casa. --Y tu, ?sigues con tu primo? --No te lo puedo decir. El lunes se marcho enfadado y no ha vuelto por casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... iAnda! pues si no anduviese yo con ojo, no se adonde hubiera parado con la marcha que llevaba.... ?Sabes que estaba empenado en que le regalase mis ligas? --iJesus!--exclamo la nina de Calderon riendo. --Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de gorrino que no habia por donde cogerle.... Se marcho muy amoscado, pero ya volvera. --Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo. --Lo unico que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso. --iQue importa!--exclamo la nina de Calderon con un desprecio que hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y anadio en seguida: --?Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement? --No, los ha encargado mama a Paris por la senora de Carvajal, que ha llegado el sabado. --Son muy bonitos. --Mas que los que hace Mme. Clement ya son. Y se enfrascaron por breves momentos en una platica de moda. La nina de Calderon, que era bastante fea, poseia, no obstante, cierto atractivo que provenia acaso de sus cortos anos, acaso tambien de una boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la sensualidad habia dejado su sello. La ultima de Alcudia era una chicuela de temperamento enfermizo, que no tenia mas que huesos y ojos. --Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de sombreros--, ?sabes que el ultimo dia que he estado en el colegio les lleve el retrato de mi hermanito?... Veras que paso mas gracioso. Lo han retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana Maria de la Saleta no queria ensenarlo a las ninas. Las chicas comenzaron a gritar: "iqueremos verlo! iqueremos verlo!" ?Sabes lo que hizo entonces? Pues lo fue ensenando con la mano puesta encima, dejando solo ver el pecho y la cabeza. --iChica, que gracia tiene eso!--exclamo Pacita soltando la carcajada. Esperanza la secundo, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por llamar la atencion de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvio a dirigir a su hija una mirada severisima. Entraba en aquel momento una senora que representaba cuarenta anos; el rostro, hermoso aun, pintado, con senales impresas mas que de los anos, de una vida agitada y galante. --Aqui esta Pepa Frias--dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderon. --Eso es; aqui esta Pepa Frias--respondio con afectado mal humor la misma--. Una mujer que no tiene pizca de vergueenza al poner los pies en esta casa. Los tertulios rieron. --?Tu te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ?que no tengo casa? Pues si que la tengo, Salesas, 60, principal.... Es decir, la tiene el casero.... Pero le pago, lo que no haran seguramente todos tus inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le habia visto.... Y tambien tengo mis sabados ... y no hay tanto calor como aqui iuf! y doy chocolate y te, y conversacion y todo ... lo mismo que aqui. Mientras decia esto, iba saludando a los circunstantes con semblante furioso. Pero como todos sabian a que atenerse, reian. Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una mujer agradable, en suma, que habia tenido y que seguia teniendo, a pesar de sus anos, muchos apasionados. --Lo que no hay--anadio acercandose a la senora de Calderon y dandole dos sonoros besos en las mejillas--es una mujer tan ingrataza y tan insignificante como tu.... Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a ti, sino a mi senor D. Julian, que alguna vez que otra sube a darme las buenas tardes y a decirme como anda la cotizacion.... Y a proposito de cotizacion, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que le avise.... Mejor dicho, no le digas nada; yo pasare esta noche por tu casa. --iPero hija, que lios traes siempre con el papel y la Bolsa y las acciones!--exclamo Mariana. --Pues los mismos que tu traerias si no tuvieses un marido tan activo que se encarga de calentarse la cabeza para que tu la tengas fresca y descansada.... --Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado--dijo Calderon. --No digo mas que la verdad. iSi creeran que es plato de gusto estar pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y andar camino del Banco! --Imagino yo, Pepa--manifesto el general con sonrisa galante--que por mas que diga, usted tiene aficion a los negocios. --?Imagina usted? iQue raro! --No tengo tanta imaginacion como usted, pero alguna si--respondio el general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa habia producido. Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque realmente su gracia se confundia a menudo con la desvergueenza. Hablar siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las cualidades que habian logrado darle popularidad en los salones. Habia quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varon que habia seguido la carrera de marino y que a la sazon estaba navegando, y una hija a quien habia casado hacia un ano. Su marido habia sido comerciante, y en los ultimos anos jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa contrajo la misma pasion. Una vez viuda siguio alimentandola. La prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en los negocios, la habian librado de la ruina, que suele ser, tarde o temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se habia mermado su fortuna, pero aun disfrutaba de un envidiable bienestar. --Pepa, el asunto marcha admirablemente--dijo Pinedo--. De Zaragoza han pedido un volcan y en la Coruna ha resuelto el Ayuntamiento establecer dos, al oriente y al poniente de la ciudad. --Me alegro, me alegro muchisimo. ?De manera que no suelto las acciones? --Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subiran a trescientos. Los pocos que estaban en la broma rieron. Los demas fijaron en ellos sus ojos con curiosidad. --?Que es eso de los volcanes, Pinedo?--pregunto la esposa de Calderon. --Senora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las poblaciones. --iAh! ?Y para que sirven esos volcanes? --Para la calefaccion, y ademas como objeto de adorno. Todos comprendieron ya la burla menos la linfatica senora, que siguio preguntando con interes los pormenores del negocio. Los tertulios reian, hasta que Calderon, entre risueno y enojado, exclamo: --iPero mujer, no seas tan candida! ?No ves que es una guasa que se traen Pepa y Pinedo? Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al oido del segundo: --Si sera panfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general Cruzalcobas le esta haciendo el amor y aun no se ha enterado. Asi llamaba Pepa al general Patino, y no sin fundamento. A pesar de su apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patino era un veterano falsificado. Sus grados habian sido ganados sin derramar una gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una persona real; miembro despues de algunas comisiones cientificas, y empleado ultimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la amistad de todos los personajes politicos; diputado varias veces; senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no habia estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general revolucionario, y eso con firme proposito de no alcanzarle nunca. Como habia viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos del arte de la guerra, pasaba por militar instruido. Estaba suscrito a dos o tres revistas cientificas; citaba en las tertulias, cuando se tocaba a su profesion, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba un tono enfatico y sacaba voz de gola que imponia respeto a los oyentes. Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no eran mas que sonidos en su boca. Preciabase de militar a la moderna por esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la musica: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del Conservatorio. Amaba tambien las flores y las mujeres, muy especialmente a la mujer del projimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los amigos. Hacia esto ultimo por vocacion, como se deben hacer las cosas, y ponia en ello todo el empeno y concentraba todas las fuerzas de su lucida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estrategicos, que no habia tenido ocasion de aplicar en el campo de batalla, servianle admirablemente para entrar a saco en el corazon de las bellas damas de la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas languidas, acudiendo a los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas partes el sombrero flamante y reluciente de Patino se agitaba en el aire declarando la ardiente y respetuosa pasion de su dueno. Estrechaba despues el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los ninos, comprandoles juguetes y libros de estampas, llevandoles alguna vez a almorzar. Se hacia querer de los criados con regalos oportunos. Venia despues el asalto; la carta o la declaracion verbal. Aqui desplegaba nuestro general una osadia y un arrojo singulares que, contrastaban notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro, Cesar, Hernan Cortes, Napoleon. Los anos no conseguian ni calmar su pasion por las altas empresas ni mermar sus extraordinarias facultades. O por mejor decir lo que perdia en vigor ganabalo en arte, con lo que se restablecia el equilibrio en aquel privilegiado temperamento. Mas la fortuna, segun ha tenido a bien comunicar a varios filosofos, se niega a ayudar a los viejos. El insigne capitan habia experimentado en los ultimos tiempos algunos descalabros que no podian atribuirse a falta de prevision o valor, sino a la versatilidad de la suerte. Dos jovenes casadas le habian dado calabazas consecutivamente. Como sucede a todos los hombres de verdadero genio en quien los reveses no producen desmayos femeniles, antes sirven para concentrar y vigorizar las fuerzas de su espiritu. Patino no lloro como Augusto sobre sus legiones. Pero medito, y medito largamente. Y su meditacion fue de fecundos resultados. Un nuevo plan estrategico, asombroso como todos los suyos, surgio del torbellino de sus pensamientos elevados. Dandose cuenta perfecta del estado y cantidad de sus fuerzas de ataque y calculando con admirable precision el grado de resistencia que podian ofrecerle sus dulces enemigos, comprendio que no debia atacar las plazas nuevas, cuyas fortificaciones son siempre mas recias, sino aquellas que por su antigueedad empezasen ya a desmoronarse. Tal viva penetracion del arte y tal destreza en la ejecucion como el general poseia, anunciaban desde luego la victoria. Y, en efecto, a consecuencia del nuevo y acertado plan de ataque, comenzaron a rendirse una en pos de otra, a sus armas, no pocas bellezas de las mejor sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos de estas Venus de plateados cabellos siguio recogiendo el merecido premio a su prudencia y bravura. Como el cartagines Anibal, Patino sabia variar en cada ocasion de tactica, segun la condicion y temperamento del enemigo. Con ciertas plazas convenia el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A una dama le gustaba el aspecto marcial y varonil del conquistador; se deleitaba escuchando las memorables jornadas de Garravillas y Jarandilla, cuando iba persiguiendo a los sublevados. A otra le placa oirle disertar en estilo correcto con su hermosa voz de gola, acerca de los problemas politicos y militares. A otra en fin, le extasiaba oirle interpretar alguna famosa melodia de Mozart o Schuman en el violoncelo. Porque nuestro heroe tocaba el violoncelo con rara perfeccion y fuerza es confesar que este delicadisimo instrumento le ayudo poderosamente en las mas de sus famosas conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresistible, indicando bien claramente que, a pesar de su arrojado y belicoso temperamento, poseia un corazon sensible a las dulzuras del amor. Y por si este arrastre oportunisimo de las notas no lo decia con toda claridad, corroboralo un alzar de pupilas y meterlas en el cogote, dejando descubierto solo el blanco de los ojos, cuando llegaba al punto algido o patetico de la melodia, que realmente era para impresionar a cualquier belleza por aspera que fuese. La maliciosa insinuacion de Pepa Frias tenia fundamento. El bravo general hacia ya algun tiempo "que estaba poniendo los puntos" a la senora de Calderon, aunque esta no daba senales de advertirlo. Jamas en sus muchas y brillantes campanas se le habia presentado un caso semejante. Disparar contra una plaza durante algunos meses canonazos y mas canonazos, meter dentro de ella granadas como cabezas y permanecer tan sosegada, durmiendo a pierna suelta como si le echasen bolitas de papel. Cuando el general le soltaba algun requiebro a quemarropa, Mariana sonreia bondadosamente. --Callese usted, picaro. iBuen pez debio usted de haber sido en sus buenos tiempos! Patino se mordia los labios de coraje. iLos buenos tiempos! iEl, que pensaba que nunca los habia tenido mejores! Pero con su inmenso talento diplomatico sabia disimular y sonreia tambien como el conejo. --?Cuando te han comprado esa pulsera?--pregunto Pacita a Esperanza, reparando en una caprichosa y elegante que esta traia. --Me la ha regalado el general hace unos dias. --iAh! ?El general, por lo visto, te hace muchos regalos?--dijo la de Alcudia con leve expresion ironica que su amiga no entendio. --Si; es muy bueno, siempre nos trae regalos. A mi hermanito le ha comprado una medalla preciosa. --?Y a tu mama no le hace regalos? --Tambien. --?Y que dice tu papa? --?Mi papa?--exclamo la nina levantando los ojos con sorpresa--, ?que ha de decir? Pacita, sin contestar, llamo la atencion de una de sus hermanas. --Mercedes, mira que pulsera tan bonita le ha regalado el general a Esperanza. La segunda de Alcudia perdio su rigidez por un momento, y tomando el brazo de Esperanza la examino con curiosidad. --Es muy bonita. ?Te la ha regalado el general?--pregunto cambiando al mismo tiempo con su hermana una mirada maliciosa. --Aqui esta Ramoncito--dijo Esperanza volviendo los ojos a la puerta. --iAh! Ramoncito Maldonado. Un joven delgado, huesudo, palido, de patillas negras que tocaban en la nariz, como las gastaba entonces el rey, y a su imitacion muchos jovenes aristocratas, entro sonriente y comenzo a saludar con desembarazo a todos, apretandoles la mano con leve sacudida y acercandola al pecho, del modo extravagante que se hace algunos anos entre los pisaverdes madrilenos. En cuanto el entro esparciose por la habitacion un perfume penetrante. --iJesus, que peste!-exclamo por lo bajo Pepa Frias despues de darle la mano-. iQue afeminado es este Ramoncito! --iHola, barbian!-dijo el joven tomando de la barba con gran familiaridad a Pinedo-. ?Que te has hecho ayer? Pepe Castro ha preguntado por ti.... --?Ha preguntado por mi Pepe Castro? iTanto honor me confunde! Causaba cierta sorpresa ver a Maldonado tutear a un hombre ya entrado en anos y de venerable aspecto. Todos los mozalbetes del _Club de los Salvajes_ hacian lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido. --Ahi tienes a Mariana--siguio este--que acaba de hablar perrerias de ti, y con razon. --?Pues? --No haga usted caso, Ramoncito--exclamo la senora de Calderon asustada. --Y Pepa tambien. --?Usted, Pepa?-pregunto el mancebo queriendo demostrar desembarazo, pero inquieto en realidad, porque la de Frias era con razon temida. --Yo, si. Vamos a cuentas, Ramoncito, ?que se propone usted echando sobre si tanto perfume? ?Es que pretende usted seducirnos a todas por el organo del olfato? --Por cualquier organo me agradaria seducir a usted, Pepa. La tertulia celebro la respuesta. Se oyo una espontanea carcajada. Pacita la habia soltado. Su mama se mordio los labios de ira y encargo a la hija que tenia mas cerca que hiciese presente a la otra, para que a su vez lo comunicase a la menor, que era una desvergonzada y que en llegando a casa se verian las caras. --iHombre, bien! choque usted--exclamo la de Frias, dando la mano a Ramoncito-. Es la unica frase regular que le he oido en mi vida. Generalmente no dice usted mas que tonterias. --Muchas gracias. --No hay de que. --Ya hemos leido la pregunta que usted hizo en el Ayuntamiento, Ramoncito--dijo la senora de Calderon, mostrandose amable para desvirtuar la acusacion de Pinedo. --iPs! cuatro palabrejas. --Por ahi se empieza, joven--manifesto Calderon con acento Protector. --No; no se empieza por ahi--dijo gravemente Pinedo--. Se empieza por _rumores_. Luego vienen las _interrupciones.... (iEs inexacto! iPruebemelo su senoria! La culpa es de los amigos de su senoria.)_ En seguida llegan los ruegos y las preguntas. Despues la explicacion de un voto particular o la defensa de una proposicion incidental. Por ultimo, la intervencion en los grandes debates economicos.... Pues bien. Ramon se encuentra ya en la tercer categoria, en la de los ruegos. --Gracias, Pinedito, gracias--respondio el joven algo amoscado--.Pues ya que he llegado a esa categoria, _te ruego_ que no seas tan guason. --iHombre, tampoco esta mal eso!--exclamo Pepa Frias con asombro--. Ramoncito, va usted echando ingenio. El joven concejal fue a sentarse entre la nina de la casa y la menor de Alcudia, que se apartaron de mala gana para dejarle introducir su silla. Este Maldonado, muchacho de buena familia, no enteramente desprovisto de bienes de fortuna y elegido recientemente concejal por la Inclusa, dirigia desde hace algun tiempo sus obsequios a la nina de Calderon. Era un matrimonio bastante proporcionado, al decir de los amigos. Esperanza seria mas rica que Ramoncito, porque la hacienda de D. Julian era solida y considerable; pero aquel, que tampoco estaba en la calle, tenia ya comenzada con buenos auspicios su carrera politica. Los padres de la chica ni se oponian ni alentaban sus pretensiones. Con el aplomo y la superioridad que da el dinero, Calderon apenas fijaba la atencion en quien requeria de amores a su hija, abrigando la seguridad de que no le faltarian buenos partidos cuando quisiera casarla. Y en efecto, cinco o seis pollastres de lo mas elegante y perfilado de la sociedad madrilena zumbaban en los paseos, en las tertulias y en el teatro Real alrededor de la rica heredera, como zanganos en torno de una colmena. Ramoncito tenia varios rivales, algunos de consideracion. No era lo peor esto, sino que la nina, tan apagada de genio, tan timida y silenciosa ordinariamente, solo con el era atrevida y desenfadada, autorizandose bromitas mas o menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que mostraban bien claro que no le tomaba en serio. Por eso le decia a menudo Pepe Castro, su amigo y confidente, que se hiciese valer un poco mas; que no se manifestase tan rendido ni ansioso; que a las mujeres hay que tratarlas con un poco de desden. Este Pepe Castro no solo era el amigo y el confidente de Maldonado, pero tambien su modelo en todos los actos de la vida social y privada. Los juicios que pronunciaba acerca de las personas, los caballos, la politica (de esto hablaba pocas veces), las camisas y los bastones eran axiomas incontrovertibles para el joven concejal. Imitabale en el vestir, en el andar, en el reir. Si el otro compraba una jaca espanola cruzada, ya estaba Ramoncito vendiendo la suya inglesa para adquirir otra parecida; si le daba por saludar militarmente llevandose la mano abierta a la sien, a los pocos dias Ramoncito saludaba a todo el mundo como un recluta; si tomaba una chula por querida, no tardaba mucho nuestro joven en pasear por los barrios bajos en busca de otra. Pepe Castro se peinaba echando el pelo hacia adelante, para ocultar cierta prematura calva. Ramoncito, que tenia un pelo hermoso se peinaba tambien hacia adelante. Hasta la calva hubiera imitado con gusto por parecerle mas _chic_. Pues bien, a pesar de tan devota imitacion no habia podido obedecerle en lo tocante a sus incipientes amores. Y esto porque, aunque parezca raro, Ramoncito habia llegado a interesarse de verdad por la nina. El amor pocas veces es un sentimiento simple. A menudo contribuyen formarle y darle vida otras pasiones, como la vanidad, la avaricia, la lujuria, la ambicion. Asi formado apenas se distingue del verdadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y causa las mismas zozobras y penas. Ramoncito se creia sinceramente enamorado de Esperancita, y acaso tuviera razon para ello, pues la apetecia, pensaba en ella a todas horas, buscaba con afan los medios de agradarla y aborrecia de muerte a sus rivales. Por mas que se esforzaba en seguir los consejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar su inclinacion o al menos la vehemencia con que la sentia, no lo lograba. Habia empezado por calculo a festejarla, con el dominio sobre si de un hombre que tiene libre el corazon: habia llegado pronto, gracias a la resistencia desdenosa de la chica, a preocuparse vivamente, a sentirse aturdido y fascinado en su presencia. Luego la competencia de otros pollos le encendia la sangre y los deseos de hacerse pronto dueno de la mano de la nina. En obsequio a la verdad, hay que decir que se habia olvidado "casi" de los millones de Calderon, que amaba ya a la hija "casi" desinteresadamente. --?Conque ha hablado usted en el Ayuntamiento, Ramon?--le pregunto Pacita--. ?Y que ha dicho usted? --Nada, cuatro palabras sobre el servicio de alcantarillas--respondio con afectado aire de modestia el joven. --?Pueden ir las senoras al Ayuntamiento? --?Por que no? --Pues yo quisiera mucho oirle hablar un dia.... Y Esperancita tiene mas deseos que yo, de seguro. --iNo, no!... Yo no--se apresuro a decir la nina. --Vamos, chica, no lo disimules. ?No has de tener ganas de oir hablar a tu novio? Esperanza se puso como una amapola y exclamo precipitadamente: --Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo. Ramoncito tambien se puso colorado. --iPero que cosas tan horribles tienes, Paz!--siguio aturdida y confusa--. No vuelvas a hablar asi porque me marcho de tu lado. --Perdona, hija--dijo la maliciosa nina, que se gozaba en el aturdimiento de su amiga y del concejal--. Yo creia.... Hay muchos que lo dicen.... Entonces, si no es Ramon sera Federico.... Maldonado fruncio el entrecejo. --Ni Federico ni nadie.... iDejame en paz!... mira, aqui esta el padre Ortega; levantate. II #Mas personajes.# Un clerigo alto, de rostro palido y redondo, joven aun, con ojos azules y mirada vaga de miope, aparecio en la puerta. Todos se levantaron. La marquesa de Alcudia avanzo rapidamente y fue a besarle la mano. Detras de ella hicieron lo mismo sus hijas, Mariana y las demas senoras de la tertulia. --Buenas tardes, padre--. Buenos ojos le vean, padre--. Sientese aqui, padre.--No, ahi no, padre; vengase cerca del fuego. El sexo masculino le fue dando la mano con afectuoso respeto. La voz del sacerdote, al preguntar o responder en los saludos era suave, casi de falsete, como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su sonrisa era triste, protectora, insinuante. Parecia que le habian arrancado a su celda y a sus libros con gran trabajo, que entraba alli con repugnancia, solo por hacer algun bien con el contacto de su sabia y virtuosisima persona a aquellos buenos senores de Calderon, de quienes era director espiritual. Sus habitos y sotana eran finos y elegantes; los zapatos de charol con hebilla de plata; las medias de seda. Le dieron la enhorabuena calurosamente por una oracion que habia pronunciado el dia anterior en el oratorio del Caballero de Gracia. El se contento con sonreir y murmurar dulcemente: --Densela a ustedes, senoras, si han sacado algun fruto. El padre Ortega no era un clerigo vulgar, al menos en la opinion de la sociedad elegante de la corte, donde tenia mucho partido. Sin pecar de entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le gustaba hacer ruido ni llamar la atencion de las tertulias sobre si. No daba ni admitia bromas, ni tenia el temperamento abierto y jaranero que suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era intrigante, debia de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad entre las demas, adquiria relieve cuando subia a la catedra del Espiritu Santo, lo que hacia a menudo. Alli se expresaba con desenfado y verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo pretendia, pero demostraba un talento claro y una ilustracion poco comun en su clase. Porque era de los poquisimos sacerdotes que estaban al tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las platicas morales que se usan y de las huecas y disparatadas declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razon, los sermones de nuestro escolapio trascendian fuertemente a lecturas modernisimas: en todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba de la evolucion, del transformismo, de la lucha por la existencia, citaba a Hegel alguna vez, traia a cuento la teoria de Malthus sobre la poblacion, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba sacar partido en defensa de la doctrina catolica. Para rechazar los nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba, en principio, partidario de las teorias de Darwin, cosa que tenia sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes, pero esto mismo contribuia a infundirles mas respeto y admiracion. Cuando hablaba para las senoras solamente, prescindia de toda erudicion que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto exquisitos. A cada persona la trataba segun sus antecedentes, posicion y temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de firme las clavijas, se mostraba exigente, tiranico, entraba en los ultimos pormenores de la vida domestica y los reglamentaba. En casa de Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que en otras partes no se le conocia. Cuando daba con alguna familia despreocupada, con poca aficion a la iglesia, ensanchaba la manga, se hacia benigno y tolerante, procurando nada mas que guardasen las formas y no diesen mal ejemplo a los otros. Hacia cuanto le era posible por afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte entre la religion y el "buen tono" en nuestro pais. Cada dia sacaba una moda que a ello contribuyese, traducidas unas del frances, otras nacidas en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre reunia ciertos dias del ano por la tarde a las damas conocidas. Eran unas agradabilisimas _matinees_, donde se oraba, tocaba el organo expresivo la mas habil pianista, decia el padre una platica familiar, departia despues amigablemente con las senoras acerca de asuntos religiosos, se confesaba la que queria, y por ultimo pasaban al comedor, donde se tomaba te, cambiando de conversacion. Cuando fallecia alguna persona de estas familias, el padre Ortega se hacia poner en las papeletas de defuncion como director espiritual, rogando que la encomendasen a Dios. Luego repartia entre todos los amigos unos papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se pedia al Supremo Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual merito que resplandecio en su sagrada pasion perdonase al conde de T*** o a la baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente no era aquel en que mas habia sobresalido el difunto, lo cual hacia el padre con buen acuerdo para evitar el escandalo y una pena a la familia. Tambien se encargaba de gestionar la adquisicion del mayor numero posible de indulgencias, la bendicion papal _in articulo mortis_, las preces de algun convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se podia tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios hacia de ellas, si escribia encima de las memorias con lapiz azul, como los ministros, "hagase", o si preguntaba al padre Ortega, como la senora del cuento: "?Y a usted quien le presenta?" Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posicion le correspondia, la marquesa de Alcudia le tomo por su cuenta, y llevandole a uno de los angulos del salon y sentados en dos butaquitas, comenzo a hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clerigo, con el codo apoyado en el brazo del sillon, cogiendo con la mano su barba rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en cuando proferia tambien alguna palabra en voz de falsete, que la marquesa escuchaba con profundo respeto y sumision, lo cual no impedia que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin alzar la voz. Habia entrado poco despues que el padre un joven gordo, muy gordo, rubio, con patillitas que le llegaban poco mas abajo de la oreja, mucha carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le estallaba. Su voz era levemente ronca y la emitia con fatiga. Al entrar nublose la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recien llegado era hijo de los condes de Casa-Ramirez y uno de los pretendientes a la mano de la primogenita de Calderon. Jacobo Ramirez o Cobo Ramirez, como se le llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa Frias, aunque con menos razon. Caracterizabale una libertad grosera en el hablar, un desprecio cinico hacia las personas, aun las mas respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosimil. Sus chistes eran de lo mas burdo y soez que es posible tolerar entre personas decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tenia alguna ocurrencia feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente desvergueenzas. La tertulia, no obstante, se regocijo con su entrada. Una sonrisa feliz se esparcio por todos los rostros, menos el de Ramoncito. --Oiga usted, Calderon--entro diciendo, sin saludar--. ?Como se arregla usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la entrada, con la poca luz que habia y la voz de mezzo-soprano que me gasta, le he confundido con una muchacha. --iHombre, no!--exclamo riendo el banquero. --iHombre, si! A mi no me importa nada que usted traiga todos los Romeos que guste.... ?Viene por aqui su amigo Pinazo? Los que entendieron adonde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la carcajada. --iNo viene! ino viene!--dijo Calderon casi ahogado por la risa. --?De que se rien?--pregunto Pacita por lo bajo a Esperanza. --No se--respondio esta con acento de sinceridad, encogiendose de hombros. --De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntare despues a Julia que no dejara de haberla cogido. Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmovil, rigida, con los ojos bajos como siempre. En el angulo de sus labios, sin embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razon la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos. --Hola, Ramoncillo--dijo acercandose a Maldonado y dandole una palmada en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor. Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e ironico, que le sento muy mal al joven. --No tanto como tu..., pero en fin, vamos tirando--respondio Ramoncito. --No, no, tu eres mas guapo.... Y si no que lo digan estas ninas.... Un poco flacucho estas, sobre todo desde hace una temporada, pero ya doblaras en cuanto se te pase eso. --No tiene que pasarme nada.... Ya se que nunca podre ser de tantas libras como tu--replico mas picado. --Pues tienes mas hierbas. --Alla nos vamos, chico; no vengas echandotelas de _fanciullo_, porque es muy cursi, sobre todo delante de estas ninas. --iPero hombre, que siempre han de estar ustedes rinendo!--exclamo Pepa Frias--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en el mundo. --Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de Calderon. --Nada de eso--manifesto Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos mas renidos son los mejores amigos. ?Verdad, barbian? Al mismo tiempo tomo la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la sacudio carinosamente. Este le rechazo de mal humor. --Quita, quita, no seas sobon. Cobo y Maldonado eran intimos amigos. Se conocian desde la infancia. Habian estado juntos en el colegio de San Anton. Luego en la sociedad siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club de los Salvajes_, adonde ambos acudian asiduamente. Como ambos ejercian la misma profesion, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los dias en todas partes, la confianza era ilimitada. Siempre habia habido entre ellos, sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito, y este, que lo adivinaba, manteniase constantemente en guardia. Esta hostilidad no excluia el afecto. Se decian mil insolencias, disputaban horas enteras; pero en seguida salian juntos en coche como si no hubiera pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en cuanto decia, hasta que conseguia irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el afecto desaparecio en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de Calderon. No quedo mas que la hostilidad. Sus relaciones parecia que eran las mismas; reunianse en el club diariamente, paseaban a menudo juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se aborrecian ya cordialmente. Por detras decian perrerias el uno del otro; Cobo con mas gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tenia, fundada o infundadamente, un desprecio verdadero. --Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la de Frias. --iNo tanto! ino tanto, Pepa!--interrumpio Ramirez afectando susto. --iPero que sinvergueenza es usted, hombre!--exclamo aquella tratando de contener la risa, que no cuadraba a su mal humor caracteristico--. Se parecen ustedes en que siempre estan reganando y haciendo las paces. Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos, insoportables. Sobre si no la habia pasado el plato a tiempo o no la habia echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no cepillaron la ropa, o tenia la ensalada demasiado aceite, armaban caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho dias sin hablarse. Para entenderse en los menesteres de la vida se escribian cartitas y en ellas se trataban de usted--. "Asuncion me ha pasado un recado diciendome que vendra a las ocho para llevarme al teatro. ?Tiene usted inconveniente en que vaya?"--escribia ella dejandole la carta sobre la mesa del despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--respondia el por el mismo procedimiento--. "?Que platos quiere usted para manana? ?Le gusta a usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como lengua. Hagame el favor de decir a la cocinera que traiga algun pescado, pero no boquerones como el otro dia, y que no fria tanto las tortillas". Ninguno de los dos queria humillarse al otro. Asi que, esta tirantez se prolongaba ridiculamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las orejas, les decia cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego, en las reconciliaciones, eran extremosos. --?Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo alli en el momento de la reconciliacion?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad brutal. --Tampoco yo, hijo--respondio, dando un suspiro de resignacion que hizo reir--. Pero ique quiere usted! Soy suegra, que es lo ultimo que se puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted no sabe. --Me las figuro. --No se las puede usted figurar. --Pues, querida, a mi me gustaria muchisimo ver a mis hijos reconciliados. No hay cosa mas fea que un matrimonio renido--dijo la bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfatica. --Tambien a mi ... pero despues que pasa la reconciliacion--respondio Pepa, cambiando miradas risuenas con Cobo Ramirez y Pinedo. --iDe que buena gana me reconciliaria yo con usted, Mariana, del mismo modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general Patino, aprovechando el momento en que la esposa de Calderon se inclino para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como tratase de quitarselo para que ella no se molestase, sus dedos se rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del general oprimieron suave y rapidamente los de la dama. --iReconciliarse!--dijo esta en voz natural--. Para eso es necesario antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos. El viejo tenorio no se atrevio a replicar. Rio forzadamente, dirigiendo una mirada inquieta a Calderon. Si insistia, aquella panfila era capaz de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle. --Por supuesto--siguio Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus reyertas. Ni voy apenas por su casa. iUf! iMe crispa el hacer el papel de suegra! --Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo, mirandola a los ojos codiciosamente. --Bueno, se lo dire a mi hija, para que se lo agradezca. --iNo, si no es por su hija!... Es porque ... me gustaria que usted se metiese en mis cosas. --iBah, bah! dejese usted de musicas--replico la de Frias medio enojada. Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que la frase la habia lisonjeado. Ramoncito volvio a sacar la conversacion del teatro Real, la liebre que sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La opera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institucion. No es el amor de la musica, sin embargo, lo que engendra esta constante preocupacion, sino el no tener otra cosa mejor en que ocuparse. Para Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderon y para otros muchos, los seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro Real y los no abonados. Los primeros son los unicos que expresan realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la Tosti fueron puestos otra vez a discusion. Los que habian llegado ultimamente dieron su opinion, tanto sobre el merito como sobre la disposicion fisica de los dos cantantes. Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche anterior habia sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer muy amable, muy fina. Le habia recibido con una gracia y una amabilidad sorprendentes. Ya habia oido hablar mucho de el, de Ramoncito, y tenia deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal, quedo asombrada por lo joven que habia llegado a ese puesto. iYa ven ustedes que tonteria! Por lo visto, en otros paises se acostumbra a elegir solo a los viejos. De cerca era aun mejor que de lejos. Un cutis que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el pecho levantado y iunos brazos!..." La vanidad hacia a Ramoncito no solo torpe, porque es regla bien sabida que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor a otra, sino un tantico atrevido dirigiendose a ninas. Estas se miraban sonrientes, brillandoles los ojos con fuego malicioso y burlon que el joven concejal no observaba. --Y diga usted Ramon, ?no se ha declarado usted a ella?--le pregunto Pacita. --Todavia no--respondio haciendose cargo ya de la intencion burlona de la pregunta. --Pero se declarara. --Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigio una miradita languida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria. --?De veras? Cuente usted ... cuente usted. --Es un secreto --Bien, pero nosotras lo guardaremos.... ?Verdad Esperanza que tu no diras nada? Y la escualida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozandose en su mal humor y en la inquietud de Ramoncito. --Yo no tengo gana de saber nada. --Ya lo oye usted, Ramon. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus novias. Yo bien se por que es, pero no lo digo.... --iQue tonta eres, chica!--exclamo aquella con verdadero enojo. El joven concejal quedo lisonjeado por tal advertencia que venia de una amiga intima. Creyo, sin embargo, que debia cambiar la conversacion a fin de no echar a perder su pretension, pues veia a Esperanza seria y cenuda. --Pues no crean ustedes que es tan dificil declararse a la Tosti y que ella responda que si.... Y si no ... ahi tienen ustedes a Pepe Castro, que puede dar fe de lo que digo. --Es que Pepe Castro no es usted--manifesto la nina de Calderon con marcada displicencia. Maldonado cayo de la region celeste donde se mecia. Aquella frase punzante dicha en tono despreciativo le llego al alma. Porque cabalmente la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se imponian a su espiritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar jamas, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia, despreocupacion, valor desdenoso y hastio de todo lo creado, que caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le hacia desgraciado. Esperanza habia puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa existencia. No pudo contestar; tal fue su emocion. Clementina estaba triste, inquieta. Desde que habia entrado en casa de su cunada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecian siglos. Habia charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas esta la habia dejado en cuanto entro el padre Ortega. Su cunada estaba secuestrada por el general Patino, que le explicaba minuciosamente el modo de criar a los ruisenores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que tenia al lado parecian de cera, rigidas, tiesas, contestando por monosilabos a las pocas preguntas que las dirigio. Una sorda irritacion se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levanto la cabeza vivamente y se puso a escuchar con avida atencion. La reticencia de Ramoncito la puso subito palida. Se repuso no obstante en seguida, y, entrando en la conversacion con amable sonrisa, dijo: --Vaya, vaya, Ramon; no sea usted mala lengua.... iPobres mujeres en boca de ustedes! --No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondio este animado por el cable que impensadamente recibia. --De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra. --Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres. --iNo se por que!--replico con un mohin de desden la dama. --Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifesto el joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo. --iPs!... Sera segun el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita, que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo. --La verdad es--apunto Esperancita timidamente--que Pepito no pasa por feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, ?verdad tu? Y se dirigio a Pacita, poniendose al mismo tiempo levemente colorada. Clementina le dirigio una mirada penetrante que concluyo de ruborizarla. --?De que se habla?--pregunto Cobo Ramirez acercandose al corro. Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada uno. La faz de Ramoncito se nublo al aproximarse su rival. Este no dejo de notarlo y le dirigio una mirada burlona. --Vamos, Ramoncillo, di; ?como te arreglas para tener tan animadas a las damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio. --No, hombre; ?como voy a echarlo si lo tienes tu todo?--profirio con irritacion el concejal. --Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy. Una sonrisa ironica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilato el rostro anguloso de Ramoncito. Habia cogido a su enemigo en la trampa. Ha de saberse que pocos dias antes averiguo casualmente, por medio de un academico de la lengua, que no se decia _azararse_, sino _azorarse_. --Querido Cobo--dijo echandose hacia atras con la silla y mirandole con fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece.... --?Pues?--pregunto el otro sorprendido. --No se dice azarar, sino _azorar_, queridisimo Cobo. Te lo participo para tu satisfaccion y efectos consiguientes. La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante, su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento, pregunto con furia: --?Y por que se dice azorar y no azarar? --iPorque si!... iPorque lo digo yo!... iEso!...--respondio el otro sin dejar de sonreir cada vez con mayor ironia y echando una mirada de triunfo a Esperanza. Se entablo una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo en sus trece sosteniendo con brio que no habia tal _azorar_, que a nadie se lo habia oido en su vida y eso que estaba harto de hablar con personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le respondia brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su triunfo. Cuanto mas furioso se ponia Cobo, mas se gozaba en humillarle delante de la nina por quien ambos suspiraban. Pero la decoracion cambio cuando Cobo irritadisimo, viendose perdido, llamo en su auxilio al general Patino. --Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejercito, ?cree que esta bien dicho azorarse? El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifesto dirigiendose a Maldonado en tono paternal: --No, Ramoncito, no: esta usted en un error. Jamas se ha dicho en Espana azorar. El concejal dio un brinco en la silla. Abandonando subito toda ironia, echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabian lo que se decian, que parecia mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase un diccionario. --El caso es, Ramoncito--dijo D. Julian rascandose la cabeza--, que el que habia en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No se quien se lo ha llevado.... Pero a mi me parece tambien, como al general, que se dice azarar.... Aquel nuevo golpe afecto profundamente a Maldonado, que, palido ya, tembloroso, lanzo con voz turbada un ultimo grito de angustia. --iAzorar viene de _azor_, senores! --iQue azor ni que coliflor, hombre de Dios!--exclamo Cobo soltando una insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y di que no lo volveras a hacer. El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron limites. Todavia lucho algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como se contestase a sus energicas protestas con risitas v sarcasmos, concluyo por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando palabras cargadas de hiel, los labios tremulos, la mirada torva. De vez en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignacion. Cobo estuvo implacable: aprovecho todas las ocasiones que se ofrecieron para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el regocijo de las ninas y hacia sonreir discretamente a las personas graves. Nadie en el mundo padecio mas hambre y sed de justicia que Ramoncito en aquella ocasion. La llegada de un nuevo personaje puso fin o suspendio por lo menos su tormento. Anuncio el criado al senor duque de Requena. La entrada de este produjo en la tertulia un movimiento que indicaba bien claramente su importancia. Calderon salio a recibirle dandole las dos manos con efusion. Los hombres se levantaron apresuradamente y se apartaron de los asientos para salir a su encuentro sonrientes, expresando en su actitud la veneracion que les inspiraba. Las damas volvieron tambien sus rostros hacia el con curiosidad y respeto, y Pepa Frias se levanto para saludarle. Hasta el padre Ortega abandono a su marquesa y se adelanto inclinado, sumiso, dirigiendole un saludo almibarado, sonriendole con sus ojos claros al traves de los fuertes cristales de miope que gastaba. Por algunos instantes apenas se oyo en la estancia mas que "querido duque", "senor duque". "iOh, duque!" El objeto de tanta atencion y acatamiento era un hombre bajo, gordo, la faz amoratada, los ojos saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el bigote entrecano, duro y erizado como las puas de un puerco-espin. Los labios gruesos y sinuosos y manchados por el zumo del cigarro puro que traia apagado y mordia paseandolo de un angulo a otro de la boca sin cesar. Podria tener unos sesenta anos, mas bien mas que menos. Venia envuelto en un magnifico gaban de pieles que no habia querido quitarse a la entrada por hallarse acatarrado. Mas al poner los pies en el saloncito de Calderon, sintiose malamente impresionado por el calor que alli hacia. Sin contestar apenas a los saludos y sonrisas que a porfia le dirigian, murmuro en tono brutal, con la voz gruesa y ronca a la vez que caracteriza a los hombres de cuello corto: --iPuf! iEsto echa bombas!... Y lo acompano de una interjeccion valenciana que principia por f. Al mismo tiempo hizo ademan de despojarse del abrigo. Veinte manos cayeron sobre el para ayudarle y esto retraso un poco la operacion. Representose en la tertulia de Calderon la escena de los israelitas en el desierto que mas se ha repetido en el mundo, la adoracion del becerro de oro. El recien llegado era nada menos que D. Antonio Salabert, duque de Requena, el celebre Salabert rico entre los ricos de Espana, uno de los colosos de la banca y el mas afamado, sin disputa, por el numero y la importancia de sus negocios. Habia nacido en Valencia. Nadie conocia a su familia. Decian unos que habia sido granuja del mercadal, otros que empezo de lacayo de un banquero y luego fue cobrador de letras y zurupeto, otros que habia sido soldado de Cabrera en la primera guerra civil, y que el origen de su fortuna estuvo en una maleta llena de onzas de oro que robo a un viajero. Algunos llegaban hasta a filiarle en una de las celebres partidas de bandoleros que infestaron a Espana poco despues de la guerra. Pero el explicaba del modo mas sencillo y grafico la procedencia de su fortuna, que no bajaba de cien mil millones de pesetas. Cuando se enfadaba con los empleados de su casa, lo cual sucedia a menudo, y notaba que se ofendian con sus palabrotas injuriosas, solia decirles gritando como un energumeno: --?Sabeis, f...., como he llegado yo a tener dinero?... Pues recibiendo muchas patadas en el trasero. Solo a fuerza de puntapies se logra subir arriba. ?Estamos? Hay que confesar que este dato adolece de ser un poco vago; pero la perfecta autenticidad de que se halla revestido, le da un valor inapreciable. Tomandolo como base de la investigacion, acaso se pueda llegar a definir el caracter y a historiar la vida y las empresas del opulento banquero. --Hola, chiquita--dijo avanzando hasta Clementina y tomandole la barba como se hace con los ninos--. ?Estas aqui? No he visto tu coche abajo. --He salido a pie, papa. --Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte el mio. --No; tengo deseos de caminar. Estoy estos dias muy pesada. El duque de Requena habia prescindido de todos los presentes y hablaba a su hija con toda la afabilidad de que era susceptible. La veia pocas veces. Clementina era su hija natural, habida alla en Valencia, cuando joven, de una mujer de la infima clase social, como el lo era al parecer. Luego se habia casado en Madrid, ya en camino de ser rico, con una joven de la clase media, de la cual no tuvo familia. Esta senora, extremadamente delicada de salud desde su matrimonio, habia cedido o, por mejor decir, habia ella misma propuesto que la hija de su marido viniese a habitar la misma casa. Clementina se educo, pues, aqui y fue amada de la esposa de su padre como una verdadera hija. Ella la quiso y la respeto tambien como a una madre. Despues que se caso solia visitarla a menudo; pero como su padre estaba siempre muy ocupado, no entraba en sus habitaciones, y desde las de su madre (asi la llamaba) se iba a la calle. Solo en los dias de banquete o recepcion, o cuando casualmente le tropezaba en las casas o en la calle departia un rato con el. Despues de preguntarle por su marido y por sus hijos, el duque se puso a hablar, sin sentarse, con Calderon y Pepa Frias. Un hombre rudo y campechanote en la apariencia: sonreia pocas veces: cuando lo hacia era de modo tan leve que aun podia dudarse de ello. Acostumbraba a llamar las cosas por su nombre y a dirigirse a las personas sin formulas de cortesia, diciendoles en la cara cosas que pudieran pasar por groserias: no lo eran porque sabia darles un tinte entre rudo y afectuoso que les quitaba el aguijon. No era muy locuaz. Generalmente se mantenia silencioso mordiendo su cigarro y examinando al interlocutor con sus ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al hablar una inocencia falsa y socarrona que no le hacia antipatico. Detras se veia siempre al antiguo granuja del mercadal de Valencia, diestro, burlon, receloso y marrullero. Pepa Frias le hablo de negocios. La viuda era incansable en esta conversacion. Queria enterarse de todo, temiendo ser enganada avida siempre de ganancias y temblando con terror comico ante la perspectiva de la baja de sus fondos. Se hacia repetir hasta la saciedad los pormenores. "?Soltaria las acciones del Banco y compraria _Cubas_? ?Que pensaba hacer el Gobierno con el amortizable? Habia oido rumores. ?Se haria en alza la proxima liquidacion? ?No seria mejor liquidar en el momento con treinta centimos de ganancia que aguardar a fin de mes?" Para ella las palabras de Salabert eran las del oraculo de Delfos. La fama inmensa del banquero la tenia fascinada. Por desgracia, el duque, como todos los oraculos antiguos y modernos, se expresaba siempre que se le consultaba, de un modo ambiguo. Respondia a menudo con grunidos que nadie sabia si eran de afirmacion, de negacion o de duda. Las frases que de vez en cuando se escapaban de su boca entre el cigarro y los labios humedos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles en muchos casos. Ademas, todo el mundo sabia que no era posible fiarse de el, que se gozaba en despistar a sus amigos y hacerles caer de bruces en un mal negocio. Sin embargo, Pepa insistia aspirando a arrancar de aquel cerebro luminoso el secreto de la mina: bromeaba tomandole de las solapas de la levita, llamandole viejo, cazurro, zorro, haciendo gala de una desvergueenza que en ella habia llegado a ser coqueteria. El banquero no daba fuego. Le seguia el humor respondiendo con grunidos y con tal cual frase escabrosa que hacia reir a Calderon, aunque no tenia muchas ganas de hacerlo viendole echar sin miramiento alguno tremendos escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el picor del tabaco salivaba bastante y no acostumbraba a reparar donde lo hacia, a no ser en su casa donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. Calderon estaba inquieto, violento, lo mismo que si se los echase en la cara. A la tercera vez, no pudiendo contenerse, fue el mismo a buscar la escupidera para ponersela al lado. Salabert le dirigio una mirada burlona y le hizo un guino a Pepa. Ya tranquilo Calderon se mostro locuaz y pretendio sustituirse al duque dando consejos a Pepa sobre los fondos. Pero aunque hombre prudente y experto en los negocios, la viuda no se los apreciaba ni aun queria oirlos. Al fin y al cabo, entre el y Salabert existia enorme distancia: el uno era un negociante vulgar, el otro un genio de la banca. Sin embargo, este asentia con sonidos inarticulados a las indicaciones bursatiles del dueno de la casa. Pepa no se fiaba. Salabert se aparto un poco del grupo y se dejo caer sobre el brazo de un sillon adoptando una postura grosera, para lo cual solo el tenia derecho. En vez de ser mal vistos aquellos modales libres y rudos, contribuian no poco a su prestigio y al respeto idolatrico que en sociedad se le tributaba. Lejos nuevamente de la escupidera volvio a salivar sobre la alfombra con cierto goce malicioso, que a pesar de su mascara indiferente y bonachona se le traslucia en la cara. Calderon torno igualmente a nublarse y fruncirse hasta que, resolviendose a saltar por encima de ciertos miramientos sociales, le acerco otra vez la escupidera sin tanto valor como antes, pues lo hizo con el pie. Pepa sentose en el otro brazo y siguio haciendo carocas al duque. Este comenzaba a fijar mas la atencion en ella. Sus miradas frecuentes la envolvian de la cabeza a los pies, notandose que se detenian en el pecho, alto y provocador. Pepa era una mujer fresca, apetitosa. Al cabo de algunos minutos el banquero se inclino hacia ella con poca delicadeza, y acercando el rostro a su cara, tanto que parecia que se la rozaba con los labios, le dijo en voz baja: --?Tiene usted muchas _Osunas_? --Algunas, si, senor. --Vendalas usted a escape. Pepa le miro a los ojos fijamente, y dandose por advertida callo. Al cabo de unos momentos fue ella quien acercando su rostro al del banquero le pregunto discretamente: --?Que compro? --Amortizable--respondio el famoso millonario con igual reserva. Entraban a la sazon un caballero y una dama, ambos jovencitos, menudos, sonrientes, y vivos en sus ademanes. --Aqui estan mis hijos--dijo Pepa. Era un matrimonio grato de ver. Ambos bien parecidos, de fisonomia abierta y simpatica, y tan jovenes, que realmente parecian dos ninos. Fueron saludando uno por uno a los tertulios. En todos los rostros se advertia el afecto protector que inspiraban. --Aqui tienes a tu suegra, Emilio. iQue encuentro tan desagradable! ?verdad?...--dijo Pepa al joven. --Suegra, no; mama ... mama--respondio este apretandole la mano carinosamente. --iDios te lo pague, hijo!--replico la viuda dando un suspiro de comico agradecimiento. Volvio la tertulia a acomodarse. Los jovenes casados sentaronse juntos al lado de Mariana. Clementina habia dejado aquel sitio y charlaba con Maldonado: el nombre de Pepe Castro sonaba muchas veces en sus labios. Mientras tanto Cobo aprovechaba el tiempo, haciendo reir con sus desvergueenzas a Pacita; pero aunque intentaba que Esperanza acogiese los chistes con igual placer, no lo conseguia. La nina de Calderon, seria, distraida, parecia atender con disimulo a lo que Ramoncito y Clementina hablaban. Pinedo se habia levantado y hacia la corte al duque. Y el general, viendo a su idolo en conversacion animada con los jovenes casados, fatigado de que sus laberinticos requiebros no fuesen comprendidos, ni tampoco sus restregones poeticos, vino a hacer lo mismo. La marquesa y el sacerdote seguian cuchicheando vivamente alla en un rincon, ella cada vez mas humilde e insinuante, sentada sobre el borde de la butaca, inclinando su cuerpo para meterle la voz por el oido; el mas grave y mas rigido por momentos, cerrando a grandes intervalos los ojos como si se hallase en el confesionario. --iQue par de bebes, eh!--exclamo Pepa en voz alta dirigiendose a Mariana--. ?No es vergueenza que esos mocosos esten casados? iCuanto mejor seria que estuviesen jugando al trompo! Los chicos sonrieron mirandose con amor. --Ya jugaran ... en los momentos de ocio--manifesto Cobo Ramirez con retintin. --iHombre, ca!--exclamo Pepa, volviendose furiosa hacia el--. ?Le han dado a usted cuenta ellos de sus juegos? Aquel y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. Irenita, la joven casada, se ruborizo. --Te estan haciendo vieja, Pepa. Acuerdate que eres abuela--respondio la senora de Calderon. --iQue abuela tan rica!--exclamo por lo bajo Cobo, aunque con la intencion de que lo oyese la interesada. Esta le echo una mirada entre risuena y enojada, demostrando que habia oido y lo agradecia en el fondo. Cobo se hizo afectadamente el distraido. --?Os ha pasado ya la berrenchina?--siguio la viuda dirigiendose a sus hijos--. ?Cuanto duraran las paces?... iJesus, que criaturas tan picoteras!... Mirad, yo no voy a vuestra casa porque cuando os encuentro con morro me apetece tomar la escoba y romperla en las costillas de los dos.... Los tertulios se volvieron hacia los jovenes esposos sonriendo. Esta vez se pusieron ambos fuertemente colorados. Despues, por la seriedad que quedo bien senalada en el rostro de Emilio, se pudo comprender que no le hacian maldita la gracia aquellas salidas harto desenfadadas de su suegra. El general Patino, por orden de la bella senora de la casa, puso el dedo en el boton de un timbre electrico. Aparecio un criado: le hizo el ama una sena: no se pasaron cinco minutos sin que se presentase nuevamente y en pos de el otros dos con sendas bandejas en las manos colmadas de tazas de te, pastas y bizcochos. Momento de agradable expansion en la tertulia. Todos se ponen en movimiento y brilla en los ojos el placer del animal que va a satisfacer una necesidad organica. Esperancita deja apresuradamente a su amiga y a Ramirez y se pone a ayudar con solicitud a su madre en la tarea de servir el te a los tertulios. Ramoncito aprovecha el instante en que la nina le presenta una taza, para decirla en voz baja y alterada "que le sorprende mucho que se complazca en escuchar las patochadas y frases atrevidas de Cobo Ramirez". Esperanza le mira confusa, y al fin dice "que ella no ha oido semejantes patochadas, que Cobo es un chico muy amable y gracioso". Ramoncito protesta con voz debil y lugubre entonacion contra tal especie y persiste en desacreditar a su amigo, hasta que este, oliendo el torrezno, se acerca a ellos bromeando segun costumbre. Con lo cual, a nuestro distinguido concejal se le encapota aun mas el rostro y se va retirando poco a poco: no sea que al insolente de Cobo se le ocurra cualquier sandez para hacer reir a su costa. Llego el momento de hablar de literatura, como acontece siempre en todas las tertulias nocturnas o vespertinas de la capital. El general Patino hablo de una obra teatral recien estrenada con felicisimo exito y le puso sus peros, basados principalmente en algunas escenas subidas de color. Mariana manifesto que de ningun modo iria a verla entonces. Todos convinieron en anatematizar la inmoralidad de que hoy hacen gala los autores. Se dijeron pestes del naturalismo. Cobo Ramirez, que habia tomado te y luego unos emparedados y se habia comido una cantidad fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso a la tertulia que recientemente habia leido una novela titulada _Le journal d'une dame_ (en frances y todo), preciosa, bonitisima, la mas espiritual que el hubiera leido nunca. Porque Cobo, en literatura--icaso raro!--, estaba por lo espiritual, lo delicado. No le vinieran a el con esas nove-lotas pesadas donde le cuentan a uno las veces que un albanil se despereza al levantarse de la cama (o los bizcochos y ensaimadas que se come un chico de buena sociedad), ni le hablaran de partos y otras porquerias semejantes. En las novelas deben ponerse cosas agradables, puesto que se escriben para agradar. Esto decia con notable firmeza, resollando al hablar como un caballo de carrera. Los demas asentian. La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, alzado de hombros y cogido de cintura, la color baja, la barba negra y tan espesa y recortada que parecia postiza, corto rapidamente la platica literaria. Nada menos que era el senor ministro de Fomento. Por eso llevaba la cabeza tan erguida que casi daba con el cerebelo en las espaldas, y sus ojos medio cerrados despedian por entre las negras y largas pestanas relampagos de suficiencia y proteccion a los presentes. Hasta los veintidos anos habia tenido la cabeza en su postura natural; pero desde esta epoca, en que le nombraron vicepresidente de la seccion de derecho civil y canonico en la Academia de Jurisprudencia, habia comenzado a levantarla lenta y majestuosamente como la luna sobre el mar en el escenario del teatro Real, esto es, a cortos e imperceptibles tironcitos de cordel. Le hicieron diputado provincial; un tironcito. Luego diputado a Cortes; otro tironcito. Despues gobernador de provincia; otro tironcito. Mas tarde director general de un departamento; otro. Presidente de la Comision de presupuestos; otro. Ministro; otro. La cuerda estaba agotada. Aunque le hicieran principe heredero, Jimenez Arbos ya no podia levantar un milimetro mas su gran cabeza. Su entrada produjo movimiento, pero no tanto como la del duque de Requena. Este, cuyo rostro carnoso, sensual, no podia ocultar el desprecio que aquella asamblea le inspiraba, corrio a el sin embargo, y le saludo con rendimiento y servilismo sorprendentes, teniendo en cuenta la rusticidad y groseria con que generalmente se comportaba en el trato social. El ministro comenzo a repartir apretones de manos de un modo tan distraido que ofendia. Unicamente cuando saludo a Pepa Frias dio senales de animacion. Esta le pregunto en voz baja tuteandole: --?Como vienes de frac? --Voy a comer a la embajada francesa. --?Vas luego a casa? --Si. Este dialogo rapidisimo en voz imperceptible fue observado por el duque, quien acercandose a Pinedo le pregunto con reserva y haciendo una sena expresiva: --Diga usted, ?Arbos y Pepa Frias?... --Hace ya lo menos dos meses. La mirada que el banquero le echo entonces a la viuda no fue de la calidad de las anteriores. Era ahora mas atenta, mas respetuosa y profunda, quedandose despues un poco pensativo. Calderon se habia acercado al ministro y le hablaba con acatamiento. Salabert hizo lo mismo. Pero el personaje no tenia ganas de hablar de negocios o por ventura le inspiraba miedo el celebre negociante. La prensa hacia reticencias malevolas sobre los negocios de este con el Gobierno. Por eso, a los pocos momentos, se fue en pos de Pepa Frias y se pusieron a cuchichear en un angulo de la estancia. Clementina estaba cada vez mas impaciente, con unos deseos atroces de marcharse. Dejaba de hacerlo por el temor de que su padre la acompanase. El ministro se fue a los pocos minutos, repartiendo previamente otros cuantos apretones de manos con la misma distraccion imponente, mirando, no a la persona a quien saludaba, sino al techo de la estancia. Entonces el duque se apodero de Pepa Frias, mostrandose con ella tan galante y expresivo, como si fuese a hacerle una declaracion de amor. El general, observandolo, dijo a Pinedo: --Mire usted al duque, que animado se ha puesto. De fijo le esta haciendo el amor a Pepa. --No--respondio gravemente el empleado--. A lo que esta haciendo el amor ahora es al negocio de las minas de Riosa. La viuda anuncio al cabo en voz alta que se iba. --?Adonde va usted, Pepa, en este momento?--le pregunto el banquero. --A casa de Lhardy a encargar unas mortadelas. --La acompano a usted. --Vamos; le convidare a tomar unos pastelitos. Al duque le hizo mucha gracia el convite. --?Vienes, chiquita?--le dijo a su hija. Clementina aun pensaba quedarse un rato. Pepa, al tiempo de salir del brazo del banquero, dijo en alta voz volviendose a los Presentes: --Conste que no vamos en coche. Lo cual les hizo reir. --Conste--dijo el duque riendo--que esto lo dice por adularme. --Que se explique eso: no hemos comprendido ...--grito Cobo Ramirez. Pero ya el duque y Pepa habian desaparecido detras de la cortina. Clementina aguardo solo cinco minutos. Cuando presumio que ya no podia tropezar en la escalera a su padre, se levanto, y pretextando un quehacer olvidado, se despidio tambien. III #La hija de Salabert.# Bajo con ansia la escalera. Al poner el pie en la calle dejo escapar un suspiro de consuelo. A paso vivo tomo la del Siete de Julio, entro en la plaza Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aqui vino a su pensamiento la imagen del joven que la habia seguido y volvio la cabeza con inquietud. Nada; no habia que temer. Ninguno la seguia. En la puerta de una de las primeras casas y mejores de la calle, se detuvo, miro rapida y disimuladamente a entrambos lados y penetro en el portal. Hizo una sena casi imperceptible de interrogacion al portero. Este contesto con otra de afirmacion llevandose la mano a la gorra. Lanzose por la escalera arriba. Subio tan de prisa, sin duda para evitar encuentros importunos, que al llegar al piso segundo le ahogaba la fatiga y se llevo una mano al corazon. Con la otra dio dos golpecitos en una de las puertas. Al instante abrieron silenciosamente: se arrojo dentro con impetu, cual si la persiguiesen. --Mas vale tarde que nunca--dijo el joven que habia abierto, tornando a cerrar con cuidado. Era un hombre de veintiocho a treinta anos, de estatura mas que regular, delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pomulos, bigote retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos soldaditos de papel con que juegan los ninos; esto es, era de un tipo militar afeminado. Tambien parecia su rostro al que suelen poner los sastres a sus figurines; y era tan antipatico y repulsivo como el de ellos. Vestia un batin de terciopelo color perla con muchos y primorosos adornos; traia en los pies zapatillas del mismo genero y color con las iniciales bordadas en oro. Advertiase pronto que era uno de esos hombres que cuidan con esmero del alino de su persona; que retocan su figura con la misma atencion y delicadeza con que el escultor cincela una estatua; que al rizarse el bigote y darle cosmetico creen estar cumpliendo un sagrado e ineludible deber de conciencia; que agradecen, en fin, al Supremo Hacedor, el haberles otorgado una presencia gallarda y procuran en cuanto les es dado mejorar su obra. --iQue tarde!--volvio a exclamar el apuesto caballero dirigiendola una mirada fija y triste de reconvencion. La dama le pago con una graciosa sonrisa, replicando al mismo tiempo con acento burlon: --Nunca es tarde si la dicha es buena. Y le tomo la mano y se la apreto suavemente, y le condujo luego sin soltarle al traves de los corredores, hasta un gabinete que debia ser el despacho del mismo joven. Era una pieza lujosa y artisticamente decorada; las paredes forradas con cortinas de raso azul oscuro, prendidas al techo por anillos que corrian por una barra de bronce; sillas y butacas de diversas formas y gustos; una mesa-escritorio de nogal con adornos de hierro forjado; al lado una taquilla con algunos libros, hasta dos docenas aproximadamente. Suspendidos del techo por cordones de seda y adosados a la pared veianse algunos arneses de caballo, sillas de varias clases, comunes, bastardas y de jineta con sus estribos pendientes, frenos de diferentes epocas y tambien paises, latigos, sudaderos de estambre fino bordados, espuelas de oro y plata; todo riquisimo y nuevo. Las aficiones hipicas del dueno de aquel despacho se delataban igualmente en los pasillos, que desde la puerta de la casa conducian alli; por todas partes monturas colgadas y cuadros representando caballos en libertad o aparejados. Hasta sobre la mesa de escribir, el tintero, los pisapapeles y la plegadera estaban tallados en forma de herraduras, estribos o latigos. Al traves de un arco con columnas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz en el que figuraban un joven con casaca y peluca de rodillas delante de una joven con traje Pompadour, veiase un magnifico lecho de caoba con dosel. Asi que llegaron a esta camara, la dama se dejo caer con negligencia en una butaquita muy linda y volvio a decirle con sonrisa burlona: --iQue! ?no te alegras de verme? --Mucho; pero me alegraria de haberte visto primero. Hace hora y media que te estoy esperando. --?Y que? ?Es gran sacrificio esperar hora y media a la mujer que se adora? ?Tu no has leido que Leandro pasaba todas las noches el Helesponto a nado para ver a su amada?... No; tu no has leido eso ni nada.... Mejor: yo creo que te sentaria mal la ciencia. Los libros disiparian esos colorcitos tan lindos que tienes en las mejillas, te privarian de la agilidad y la fuerza con que montas a caballo y guias los coches.... Ademas, yo creo que hay hombres que han nacido para ser guapos, fuertes y divertidos, y uno de ellos eres tu. --Vamos, por lo que estoy viendo me consideras como un bruto que no conoce ni la A--respondio triste y amoscado el joven, en pie frente a ella. --iNo, hombre, no!--exclamo la dama riendo; y apoderandose de una de sus manos la beso en un repentino acceso de ternura--.Eso es insultarme. ?Te figuras que yo podria querer a un bruto?... Toma--anadio despojandose del sombrero--, pon ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora ven aqui, so canalla; ya que eres tan susceptible, ?no consideras que has principiado diciendome una groseria?... iHora y media!... ?Y que?... Acercate, ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los pelos. El joven, en vez de hacerlo, agarro una silla-fumadora y se monto en ella frente a su querida. --?Sabes por que he tardado tanto?... Pues por el dichoso nino, que me ha seguido hoy tambien. Al decir esto, se puso repentinamente seria; una arruga bien pronunciada cruzo su linda frente. --iEs insufrible!--anadio--. Ya no se que hacer. A todas horas, salga por la manana o por la tarde, traigo aquel fantasma detras de mi. He tenido que refugiarme en casa de Mariana. Luego, una vez alli, no hubo mas remedio que aguantar un rato. Vino papa, y porque no saliese conmigo espere otro poquito a que se fuese.... iAhi ves! --iTiene gracia ese chico!--dijo riendo el caballero. --iMucha! iSi es muy divertido que le averigueen a una donde va y lo sepa en seguida todo el mundo, y llegue a oidos de mi marido! iRiete, hombre, riete! --?Por que no? ?A quien se le ocurre mas que a ti tomarse un disgusto por tener un admirador tan platonico? ?Has recibido alguna carta? ?Te ha dicho alguna palabra al paso? --Eso es lo que menos importaba. Lo que me excita los nervios es la persecucion. Luego es un mocoso capaz por despecho, si averigua mis entradas en esta casa, de escribir un anonimo.... Y tu ya sabes la situacion especial en que me encuentro respecto a mi marido. --No es de presumir: los que escriben anonimos no son los enamorados, sino las amigas envidiosas.... ?Quieres que yo me aviste con el y le meta un poco de miedo? --iEso no se pregunta, hombre!--exclamo la dama con voz irritada--. Mira, Pepe; tu eres hombre de corazon y tienes inteligencia; pero te hace muchisima falta un poco mas de refinamiento en el espiritu para que comprendas ciertas cosas. Debieras dedicar menos horas al club y a los caballos y procurar ilustrarte un poco. --iYa parecio aquello!--dijo el joven con despecho, muy molestado por la agria reprension. --Pues si quieres que no te diga ciertas cosas, procura callarte otras. Pepe Castro se encogio de hombros con superior desden y se alzo de la silla. Dio algunas vueltas distraidamente por la estancia y paro al fin delante de un cuadrito, que descolgo para sacudirle el polvo con el panuelo. Clementina le miraba en tanto con ojos colericos. Se puso en pie vivamente, como si la alzara un resorte: luego, refrenando su impetu y adquiriendo calma, avanzo lentamente hacia la alcoba, penetro en ella, recogio su sombrero de la cama y comenzo a ponerselo frente al espejillo de una cornucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, sin embargo, en el levisimo temblor de las manos, la sorda irritacion que la embargaba. --iBueno!--exclamo por ultimo en tono distraido e indiferente--. Me voy, chico.... ?Quieres algo para la calle? El joven dio la vuelta y pregunto con sorpresa: --?Ya? --Ya--repuso la dama con exagerada firmeza. El joven avanzo hacia ella, le echo suavemente un brazo al cuello, y levantando con la otra mano el velito rojo le dio un beso en la sien. --iQue siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y tu te apresuras a ponerte la venda. --?Que estas diciendo ahi?--replico ella algo confusa--. Me voy porque tengo que hacer una visita antes de comer. --Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular.... Debes comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos ... y tu me estas insultando a cada momento. --Te digo que no te comprendo. No se a que insultos ni a que disimulos te refieres--replico la dama con afectacion. Pepe intento con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le detuvo con gesto imperioso. Tomola entonces por la cintura y la condujo hacia el divan. Sentose, y cogiendole las manos se las beso repetidas veces con apasionado carino. Ella siguio en pie sin dejarse ablandar. Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al cabo, arrancando con violencia sus manos de las de el, Clementina dijo medio riendo, medio enojada aun: --Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de Terranova.... iEres un bajo!... Primero que yo me humillase de tal modo me harian rajas. Volvio a quitarse el sombrero, y fue ella misma a colocarlo sobre la cama. --Cuando se esta tan enamorado como yo--replico el joven un poco avergonzado--, no puede llamarse nada humillacion. --?Es de veras eso, chico?--dijo acercandose a el sonriente y tomandole con sus dedos finos sonrosados la barba--. No lo creo.... Tu no tienes temperamento de enamorado.... Y si no, vamos a probarlo.... Si yo te mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es aun peor, la honra ... algunos anos de presidio..., ?lo harias? --iYa lo creo! --?Si?... Pues mira, quiero que mates a mi marido. --iQue barbaridad!--exclamo asustado, abriendo los ojos desmesuradamente. La dama le miro algunos segundos fijamente, con expresion escrutadora, maliciosa. Luego, soltando una sonora carcajada, exclamo: --?Lo ves, infeliz, lo ves?... Tu eres un senorito madrileno, un socio del _Club de los Salvajes_.... Ni yo, ni mujer ninguna te harian cambiar el frac y el chaleco blanco por el uniforme de presidiario. --iQue ideas tan extranas! --Sigue, sigue por donde te arrastra tu naturaleza de sietemesino y no te metas en honduras. Ya comprenderas que te he hablado en broma. Asi y todo me has confirmado en lo que ya pensaba. --Pues si tienes formada esa idea tan pobre de mi carino, no se por que razon me quieres--expreso el joven volviendo a amoscarse. --?Por que te quiero?... Pues por lo que yo hago casi todas mis cosas ... por capricho. Un dia te he visto en el Retiro revolviendo un caballo admirablemente y me gustaste. Luego, a los dos meses, en Biarritz, te vi en el asalto del casino tirando con un oficial ruso y conclui de encapricharme. Hice que me fueses presentado, procure agradarte, te agrade en efecto.... Y aqui estamos. Pepe concluyo por sufrir con paciencia aquel tono entre cinico y burlon de su querida. A fuerza de charlar logro hacerlo desaparecer. Clementina, cuando estaba tranquila, era afectuosa, alegre, pronta a compadecerse y a los rasgos de generosidad; su rostro, tan bello como original, no adquiria nunca dulzura, pero si una expresion bondadosa y maternal que lo hacia muy simpatico. Mas por poco que sus nervios se excitasen o se viese contrariada en sus pensamientos y deseos, el fondo de altivez, de obstinacion y aun crueldad que su alma guardaba, subia a la superficie y agitaba sus ojos azules con relampagos de feroz sarcasmo o de colera. Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni ingenioso, sabia no obstante entretenerla agradablemente con cuentecillos de salon, murmuraciones casi siempre de las personas por quienes ella sentia marcada antipatia. El recurso era burdo, pero surtia admirable efecto. "La condesa de T***, senora a quien Clementina odiaba de muerte por un desaire que en cierta ocasion le habia hecho, andaba necesitada de dinero; se lo pidio al viejo banquero Z*** y este se lo habia otorgado mediante un redito muy poco apetitoso para la deudora. Los marqueses de L***, a quienes tambien ella profesaba aversion, cuando no estaban en el poder daban reuniones alla en su finca de la Mancha y ofrecian esplendido _buffet_ a sus electores: cuando el marques era ministro daban tambien reuniones, pero suprimian el _buffet_. Julita R***, una jovencita muy linda, que tampoco inspiraba simpatias a la altiva dama, habia sido arrojada de casa de los senores de M*** por haberla hallado encerrada en el cuarto del primogenito, un chico de quince anos". Estas y otras noticias del mismo jaez dejabalas caer el gallardo mancebo de sus labios con cierta displicencia comica que despertaba el buen humor de la bella. Era todo el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los demas que poseia referianse enteramente al fisico. Se habian disipado las nubes que cubrian la frente de Clementina. Mostrose locuaz y risuena. Fue prodiga de caricias con su amante en la hora que con el estuvo. Quedo bien compensado de los alfilerazos que de ella habia recibido al principio de la entrevista, gozando de toda la dicha que una mujer hermosa y enamorada puede proporcionar cuando la soledad y la ocasion convidan. La noche habia cerrado ya, tiempo hacia. El joven encendio las dos lamparas de la chimenea sin llamar al criado, que era su unico servidor y el unico ser viviente asimismo que habitaba con el en aquel cuarto. Pepe Castro era hijo de una ilustre familia de Aragon. Su hermano mayor llevaba un titulo conocido y tenia una hermana ademas casada con otro titulo. Se habia educado en Madrid. A los veinte anos quedo huerfano. Vivio con su hermano primogenito una temporada. No tardaron en renir porque este, que era economico hasta la avaricia, no podia sufrir con paciencia su despilfarro. Trasladose entonces a casa de su hermana; pero a los pocos meses, existiendo incompatibilidad de caracteres entre el y su cunado, chocaron de modo tan violento, que se contaba en el club y en los salones de la corte que se habian abofeteado y aporreado bravamente. No llego a efectuarse un duelo entre ambos por la intervencion de algunos respetables miembros de la familia. Despues de vivir en fonda un poco de tiempo, decidiose a poner casa. Tomo un criado, se hizo traer el almuerzo de un restaurante y comia cuando en Lhardy, cuando, en casa de alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tenia muy cerca, en la calle de las Urosas, y no estaba mal provista: dos jacas de silla, inglesa y cruzada, un tiro extranjero y otro espanol, berlina, _charrette, milord, break_. Era un chorro por donde se escapaba rapidamente su hacienda, aunque no el mas copioso. La mayor parte la habia dejado sobre el tapete de la mesa de juego del club, y una porcion, no insignificante por cierto, entre las unas de algunas lindisimas chulas transformadas por el de la noche a la manana en esplendidas y llamativas cortesanas. Esto ultimo lo negaba con arrogancia pensando que su gloria de seductor podia con ello menoscabarse; pero no importa: es exacto como todo lo que aqui se puntualiza. Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba arruinado a la hora presente. A pesar de lo cual, seguia viviendo con, la misma comodidad y aparato que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Emprestitos a su hermano hipotecandole alguna finca trasconejada en las ventas y subastas, pagares a algunos arrojados usureros sobre la herencia de un tio viejo y enfermo reconociendo tres veces la cantidad recibida, joyas que su hermana le regalaba no pudiendo regalarle dinero, cuentas exorbitantes con el importador de coches y caballos, con el sastre, con el perfumista, con Lhardy, con el conserje del club, con todo el mundo. Parecia imposible que un hombre pudiera vivir tranquilo en tal estado de trampas y enredos. Sin embargo, nuestro gallardo joven vivia con la misma admirable serenidad de espiritu e identica alegria de corazon, y como el otros muchos de sus amigos y consocios segun tendremos ocasion de ver, tan arruinados aunque no tan gallardos. --Te preparo una sorpresa--dijo Clementina concluyendo de ponerse el sombrero y arreglarse el cabello frente al espejo. El bello gomoso olfateo el aire como un perro que recibe vientos y se acerco a la dama. --Si es agradable, veamos. --Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo lo que proceda de mi debe serte agradable. --Convenido, convenido. Veamos--repuso disimulando mal su afan. --Bueno, traeme aquel manguito. Castro se apresuro a obedecer el mandato. Clementina, cuando lo tuvo entre las manos se sento con afectada calma en el divan, y agitandolo luego en el aire exclamo: --?A que no adivinas lo que contiene este manguito? --Sus ojos resplandecian de alegria y orgullo al mismo tiempo. Los de Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondio con voz alterada entre dudando y afirmando: --Quince mil pesetas. La expresion alegre y triunfal del rostro de la dama se troco instantaneamente en otra de colera y despecho. --iQuita!, iquita alla, puerco!--exclamo furiosa dandole un fuerte golpe en la cara con el lujoso manguito--. No piensas mas que en el dinero.... No tienes ni pizca de delicadeza. --iYo pensaba!... Tambien hubo cambio de decoracion en la fisonomia de Castro. Se puso mas triste que la noche. --En la guita, si; ya acabo de decirtelo.... Pues no, senor; aqui no viene nada de eso. Solo hay un alfilerito de corbata que yo itonta de mi! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te tengo siempre en el pensamiento. --Y yo te lo agradezco en el alma, pichona--manifesto el joven haciendo un esfuerzo supremo sobre si mismo para vencer el repentino abatimiento y resultando de el una sonrisa forzada y amarga--. ?Por que te disparas de ese modo?... Dame eso.... Bien se conoce que tienes muy mala idea formada de mi. Clementina se nego a entregar el recuerdo. El joven insistio humildemente. Habia, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que dejaba traslucir, para el espiritu penetrante de una mujer, el sordo disgusto y la tristeza que en el fondo del alma sentia. --Nada, nada; mi pobre alfilerito que estas despreciando horriblemente ... (ise te conoce en la cara!) ... ira a la cajita donde guardo los recuerdos de los muertos. Alzose del divan; bajo el velo del sombrero. Pepe aun insistia por mostrarse galante y desagraviarla. Al fin, cuando ya estaba cerca de la puerta, volviose repentinamente y saco del fondo del manguito una primorosa carterita, que le presento, mirandole al mismo tiempo fijamente a la cara. Los ojos del joven, despues de posarse en la cartera con avida expresion de gozo, chocaron con los de su amada. Contemplaronse unos instantes, ella con expresion maliciosa y triunfante, el con gratitud y gozo reprimidos. --iSi siempre lo he dicho yo! iSi no hay otra como mi nena para saber querer!... Ven aqui, deja que te de las gracias, rica mia; deja que te adore de rodillas. Y la arrastro, embargado por el entusiasmo, hacia el divan, la obligo a sentarse de nuevo y se dejo caer de rodillas besando con fervor sus manos enguantadas. --iJesus, que locura!--exclamo la dama un tanto confusa--. iVaya una cosa para hacer tales extremos! --No es por el dinero, nena mia; no es por el dinero; es porque tienes una manera de hacer las cosas original; porque tienes la gracia de Dios; porque eres una barbiana.... iToma, toma, retemonisima! Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con calurosos ademanes. No contento, se prosterno aun mas y le beso los pies o por mejor decir, el tafilete de sus zapatos. --iQue bajo eres, Pepe!--exclamaba ella riendo. --No importa que me llames lo que quieras. Soy tuyo, ituyo hasta la muerte! Te quiero mas que a Dios. Quiero a estos piececitos tan ricos y los beso. ?Lo ves? A ver; que venga alguien a decirme que no debo hacerlo. Clementina le miraba risuena. No era facil averiguar si gozaba en realidad o se divertia simplemente con aquella adoracion o mas bien aquel regocijo estrepitoso de perro que se arrastra el sentirse acariciado y lame los pies de su senor. --No solo te debo la felicidad, sino tambien la honra. No sabes lo que he sufrido desde anteayer por la maldita deuda--decia el con voz conmovida. --?Volveras a jugar, eh? ?Volveras a jugar, perdido?--preguntaba ella tirandole de los cabellos, borrando aquella primororosa raya que los partia tan lindamente. --No ... particularmente sobre mi palabra te aseguro.... --Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, grandisimo trasto.... Me voy, me voy--anadio con un gesto de mimo, levantandose y corriendo a mirar la hora al reloj de la chimenea--. iUf, que tarde!... Adios, chiquillo. Y se precipito a la puerta extendiendo la mano a su amante sin mirarle. Este no pudo besarle mas que la punta de los dedos. Corrio a abrir, pero ya ella habia echado mano al cerrojo; por cierto que se encolerizo porque resistia a sus debiles tirones. --Adios, adios; hasta el sabado--dijo en voz de falsete. --Hasta pasado manana. --No, no; hasta el sabado. Bajo la escalera con la misma precipitacion con que la habia subido, hizo otro gesto imperceptible de despedida al portero y salio a la calle. Siguio a pie hasta la plaza del Angel, y alli detuvo un coche de punto y se metio en el. Eran mas de las seis. Hacia una hora que estaban encendidas las luces de los comercios. Ocultose cuanto pudo en un rincon y dejo vagar su mirada distraida sin curiosidad por las calles que iba atravesando. Su fisonomia adquirio la expresion altiva, desdenosa, que la caracterizaba, a la cual se anadia ahora leve matiz de hastio y preocupacion. Por su elegancia refinada, por su arrogante porte, y sobre todo por aquella severa majestad de su rostro peregrino, nadie vacilaria en diputar a Clementina por una de las mas altas y nobles damas de la corte. No obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba en todos los salones aristocraticos, en todas las listas de personas distinguidas que los periodicos publicaban al dia siguiente de cualquier sarao, carreras de caballos, u otra fiesta cualquiera, de derecho distaba mucho de serlo por su origen. No podia ser mas humilde. Su padre la habia tenido en una inglesa, manceba de un tonelero irlandes que habia llegado a Valencia en busca de trabajo. Llamabase Rosa Coote. Era esplendidamente bella y lo hubiera sido mas a cuidar algo del adorno o alino de su persona. La miseria, en que ordinariamente vivia aquel hogar ilicito, la habia hecho sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Valencia y la bella inglesa se entendieron a espaldas del tonelero, dueno temporal de las gracias de esta. Salabert era mas joven, mas gallardo: el vicio de la borrachera no le tenia dominado como a aquel. Rosa le siguio a su zaquizami abandonando al primer amante. A los pocos meses de vivir juntos, Salabert, a quien se presento ocasion de partir a Cuba como camarero de un vapor, la abandono a su vez. La inglesa, que llevaba ya en sus entranas el fruto de aquella pasajera union, rodo algun tiempo sin proteccion, sin recursos, por las calles de la ciudad, hasta que entro en relaciones con un carpintero del Grao que la recogio y llego a hacerla su legitima esposa. Clementina se crio como intrusa en aquel nuevo hogar. Su madre era una mujer violenta, irascible, con rafagas de ternura, que solo guardaba para sus hijos legitimos. A ella, por todas las senales, la aborrecia y en ella vengo injustamente el agravio de su padre. iQue terrible infancia la de Clementina! Si en Madrid se supiesen ciertos pormenores, si en rapida vision pudiesen ofrecerse a los ojos de la sociedad elegante algunas escenas por las que aquella altiva y encopetada dama paso, pocos envidiarian su existencia. iQue torturas, que refinamientos de crueldad! A los cuatro o cinco anos ya estaba obligada a ser la vigilante guardadora de otros dos hermanitos. Si en esta vigilancia decaia un punto, el castigo venia inmediatamente; pero no el castigo como quiera, el golpe pasajero, el estiron de orejas; no. El castigo era meditado con ensanamiento, procurando herir donde mas doliera y donde mas durase el dolor.... Los vecinos habian acudido mas de una vez a los lamentos de la infeliz criatura; habian increpado a la madre desnaturalizada. De ello no resultaba mas que alguna reyerta fragorosa en que la feroz irlandesa, chapurrando el valenciano, se despachaba a su gusto contra las comadres del barrio, y con mayor encono despues contra la causante de aquel disgusto. A todas horas gritaba que iba a meterla en la Inclusa. A esto se oponia el carpintero, que se jactaba de ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez intervenia en los castigos para aplacarlos, pero que la mayor parte de las veces dejaba a su esposa "que ensenase a su hija", como el decia a los vecinos que le recriminaban. Sus ideas pedagogicas chocaban con sus instintos piadosos, y cuando lograban sobreponerse iay de la desgraciada nina! Aquella serie de inauditas crueldades terminaron al fin con otra mayor que trajo consigo la intervencion de la justicia. La madre desnaturalizada, no sabiendo ya de que modo atormentar a su hija, la hizo algunas quemaduras en el trasero con una bujia. Una vecina averiguo el hecho casualmente, lo comunico a otras vecinas, se armo el consiguiente escandalo en el barrio, dieron parte al juez, se instruyo causa, y, probado el delito, la inglesa fue condenada a seis meses de carcel y la nina recogida en un establecimiento de beneficencia. Un ano despues llego a Valencia Salabert, si no hecho un potentado, con alguna hacienda. Enteraronle de lo ocurrido. Fue a ver a su hija al colegio de ninas pobres. La saco de alli y la puso en otro de pago, adonde por rara casualidad iba a visitarla. En la poblacion, sin embargo, fue loado su rasgo de generosidad. El sabia hacerlo valer en la conversacion ofreciendose a los ojos de sus conocidos como un ejemplo vivo de amor paternal y contraste notable frente a la perversidad de su antigua querida. Poco mas tarde se caso en Madrid. Fue su esposa la hija de un comerciante en camas de hierro y colchones metalicos de la calle Mayor. Era una joven bastante feita y enfermiza; pero buena, afectuosa y con cincuenta mil duros de dote. Llamabase Carmen. A los tres o cuatro anos de casados, esta, viendose cada vez mas delicada de salud, perdio la esperanza de tener familia. Sabiendo que su marido tenia una hija natural en un convento de Valencia, le propuso, con generosidad no muy frecuente, traerla a casa y considerarla como hija de ambos. Salabert acepto con gusto la proposicion. Fue a buscar a Clementina, y desde entonces cambio por entero la suerte de esta infeliz nina. Tenia entonces catorce anos y era ya un portento de hermosura, mezcla dichosa del tipo ingles correcto y delicado y de la belleza severa de la mujer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, nacarados de la raza sajona. En su mirada azul y sombria habia la misma profundidad y misterio que en los ojos negros de las valencianas. Poco desarrollada aun por virtud de su crudelisima infancia, por la vida sedentaria, despues, del convento, en cuanto cambio de clima y de forma de vida adquirio en dos o tres anos la elevada estatura y las majestuosas proporciones con que hoy la vemos. Sus partes morales dejaban bastante mas que desear. Era su temperamento irascible, obstinado, desdenoso y sombrio. Si nacio con estos vicios o fueron el resultado de sus barbaros martirios, de su tristisima infancia, no es facil resolverlo. En el convento, donde nadie la trataba mal, no fue bien querida de sus maestras y companeras por su caracter receloso, por la ausencia de carino que se notaba en su corazon. Los disgustos de sus companeras, no solo no la conmovian, sino que despertaban en sus labios una sonrisa cruel, que las dejaba yertas. Luego tenia, de vez en cuando, accesos de furor que la habian hecho temible y odiosa. En cierta ocasion, a una nina que le habia dicho algunas palabras ofensivas le echo las manos al cuello y estuvo muy proxima a asfixiarla. Nunca fue posible despues que le pidiese perdon, segun exigia la superiora. Prefirio estar recluida un mes, a humillarse. Los primeros meses que paso en casa de su padre fueron de prueba para la buena D. Carmen. En vez de una nina alegre y agradecida al inmenso favor que la hacia, se encontro frente a frente de una fierecilla, un ser antipatico sin afecto ni sumision, extravagante y caprichosa hasta un grado sorprendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando algun criado se caia o el lacayo recibia una coz de los caballos. Pero no se desanimo. Con el instinto infalible de los corazones generosos, comprendio que si aquella tierra no daba amor era porque hasta entonces solo se habia sembrado odio. Los afectos dulces residen en todo ser humano, como en todo cuerpo la electricidad: mas para hacerlos vibrar, precisa someterlos a una fuerte corriente de carino por algun tiempo. Y esto fue lo que hizo D. Carmen con su hijastra. Durante seis meses la tuvo envuelta en una atmosfera tibia de afecto, en una red espesa de atenciones delicadisimas, de testimonios constantes de vivo y afectuoso interes. Al fin, Clementina, que principio por mostrarse desdenosa y luego indiferente a aquel carino, que pasaba horas y horas encerrada en su cuarto y solo iba a las habitaciones de su madrastra cuando la llamaba, que no tenia jamas con esta una expansion viviendo en absoluta reserva, sucumbio repentinamente; sintio vibrar en su corazon ese algo maravilloso que une a las criaturas humanas como a todos los cuerpos del Universo. Cambio de un modo extrano, violento, como todo lo que procedia de su temperamento singular. Cayo, cuando menos se pensaba, de hinojos ante D. Carmen, dedicandole un respeto tan profundo, un carino tan apasionado, que la buena senora quedo estupefacta y le costo gran trabajo creer en su sinceridad. En su alma se habia operado al fin la revelacion de la ternura. Al calor maternal de aquella bondadosa senora, su corazon de hielo se habia derretido. La esencia divina del amor penetro donde, hasta entonces, solo habia entrado la esencia de Satanas. Fue un verdadero milagro. En vez de pasar la vida en su cuarto, no sabia salir del de su madrastra a quien llamaba mama, con un gozo, con un fuego, con una pronunciacion tan decidida, como solo se observa en los devotos sinceros al dirigirse a la Virgen. Devocion podia llamarse tambien lo que Clementina sentia por la esposa de su padre. Asombrada de que en el mundo existiese un ser tan dulce, tan tierno, no se hartaba de mirarla como si acabase de bajar del cielo. Queria adivinarle los pensamientos en los ojos, queria adelantarse a sus menores deseos, queria que nadie la sirviese mas que ella, queria, en fin, como todo enamorado, la posesion exclusiva del objeto de su amor. Una levisima senal de descontento de D. Carmen bastaba para confundirla y sumirla en el mas acerbo dolor. Aquella criatura tan altanera, que habia llegado a hacerse odiosa a todos, se humillaba con placer intenso, a su madrastra. Era su humillacion la del mistico que se postra por una necesidad invencible del espiritu. Cuando sentia la mano de la senora acariciandole el rostro, pensaba sentir la de Dios mismo. Apenas se atrevia a rozar con sus labios aquellos dedos flacos y transparentes. Solo para su madrastra habia cambiado tan radicalmente. Con los demas, incluso con su mismo padre, seguia mostrando la misma frialdad despreciativa, el mismo caracter obstinado y altivo. Si aparecia alguna vez mas dulce y tratable, no habia que achacarlo a su voluntad, sino al mandato expreso de D. Carmen. En cuanto este mandato cesaba o se olvidaba, volvia a su primitivo ser malevolo. Los criados la aborrecian por el orgullo insufrible que comenzo a manifestar asi que se dio cuenta de su estado de princesa heredera; por no encontrar tampoco en ella ninguna compasion para sus faltas. La que mas padecio en su servicio fue la institutriz inglesa que su padre la habia traido. Era ya entrada en anos, pero tenia gusto en vestirse y alinarse como una damisela. Esta inocente mania sirvio tantas veces de burla a la nina, que solo la necesidad le pudo obligar a tolerarlo. iPobre mujer! Todos sus secretos tecnicos de tocador fueron entregados sin piedad a la befa de los criados. Sus imperfecciones fisicas despertaban, contrahechas por la doncella de la senorita, algazara en la cocina. En cierta solemne ocasion, un dia de banquete, Clementina le escondio la dentadura, que tenia sobre el tocador para limpiarla. Cualquiera puede figurarse la desazon que esto produjo a la vieja _miss_. La cual se vengaba candidamente de ella llamandola _senorita Capricho y_ poniendole por temas, en los ejercicios de ingles y frances, algunas maximas y aforismos que le escociesen, verbigracia: "La soberbia es la lepra del alma. La nina soberbia es una leprosa de quien todos deben apartarse con horror"--. "Quien no respeta a los mayores nunca llegara a ser respetado", etcetera. Clementina se reia de estos desahogos. Alguna vez llego su insolencia hasta cambiar la sentencia de la profesora por otra de su invencion. Donde decia: "Nada hay tan feo y despreciable como una joven altanera", ponia la discipula: "Nada hay tan ridiculo y digno de risa como una vieja presumida". Alborotabase _la miss_, daba parte a D. Carmen, llamaba esta a su hijastra, la reprendia dulcemente, y al verla triste y acongojada desarrugaba el ceno y la besaba carinosamente. Y hasta otra. La verdad es que tenia razon _miss_ Ana y los demas criados al decir que la senora era quien echaba a perder a la chica. D. Carmen, viviendo en una espantosa soledad moral, estaba tan cautivada y agradecida al vivo carino que a todas horas le demostraba su hijastra, que no tenia ojos para ver sus faltas, y si los tenia carecia de fuerzas para corregirlas. A los diez y ocho anos era Clementina una de las mujeres mas bellas y uno de los mejores partidos de Madrid. El caudal de su padre habia crecido como la espuma. Estaba considerado como uno de los banqueros importantes de la villa y no se le conocia otro heredero ni era ya de presumir que lo tuviese. Comenzaron los jovenes de la aristocracia, de la sangre y el dinero, los socios mas eminentes del _Club de los Salvajes_, a festejarla apremiandola con vivas declaraciones. Si iba a una tertulia, un grupo de muchachos la tenia constantemente amurallada; si a la iglesia, otro grupo mayor la esperaba en correcta formacion a la salida; si al paseo de la Castellana, apuestos caballeros galopaban en las inmediaciones de su coche sirviendola de escolta. En el teatro veinte pares de gemelos estaban sin cesar posados sobre ella. El nombre de Clementina Salabert salia en todas las conversaciones de la juventud elegante, se veia impreso en todas las cronicas de salones, sonaba en Madrid como el de una de las mas brillantes estrellas del firmamento aristocratico. Tuvo buena porcion de amorios o noviazgos que no produjeron huella alguna en su corazon. Tomaba y dejaba los novios inconsideradamente, con lo cual adquirio fama de coqueta y casquivana. Pero esto no es obstaculo para que una muchacha encuentre adoradores. Al contrario, el amor propio de los hombres les incita a dedicar sus lisonjas a tal clase de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco fue serio inconveniente para ella cierto murmullo grosero y malicioso que se levanto y corrio por todo Madrid con motivo de la amistad original que entablo con un joven y celebre torero. La inocencia y debilidad de D. Carmen tuvo buena parte en ello. No solo consintio esta buena senora que el torero entrase en la casa y se sentase a su mesa, sino tambien que las acompanase en publico en mas de una ocasion. Con esto y con brindarle la muerte de algunos toros, la maledicencia, que anda suelta en la capital como en las provincias, tuvo suficiente pretexto para ensanarse ferozmente con la envidiada beldad. Mas como no pudo aportar otra cosa que sospechas atrevidas y vagas conjeturas, y como por otra parte existian dos datos positivos que las contrapesaban sobradamente, a saber, la hermosura y la riqueza excepcionales de la joven, la calumnia no produjo merma en los adoradores; solo sirvio para que algun desenganado escupiese con mas facilidad su bilis. Clementina ofrecia en sus modales y discursos, en esta edad, y la ofrecio siempre despues, cierta tendencia al _flamenquismo_, o sea a las formas desenvueltas, a la serenidad burlona, al desgarro especial de las chulas de Madrid. Semejante tendencia se hallara mas o menos exagerada en toda la alta sociedad madrilena. Es un signo que la caracteriza y la distingue de la de otros paises. Hay en esta inclinacion que se observa en Madrid, en el alcazar como en la zahurda, algo de bueno: no es todo malo. Por lo pronto significa una protesta contra esa continua mentira que el refinamiento y la complicacion de las formulas sociales trae siempre consigo. Es loable la correccion en los modales y la medida en las palabras; pero exageradas producen la frialdad tediosa que nuestros diplomaticos observan en los salones extranjeros. Clementina exageraba un poco su aficion a las palabras y a los gestos flamencos. El gusto le habia venido no se sabe como, por contagio tal vez de la atmosfera, dado que las senoras de su categoria no suelen alternar mucho tiempo con las chulas. Habia tenido una doncellita nacida y criada en Maravillas. Esta fue en sus ratos de expansion quien le proporciono mayor cantidad de vocablos y modismos. Luego su amistad con el torero que hemos mencionado; las relaciones que mantuvo despues con algunos senoritos cultivadores del genero; los teatros por horas, donde se copian, no sin gracia, las costumbres de la plebe madrilena; la amistad con Pepa Frias y otras aristocraticas _manolas_ fueron iniciandola poco a poco y la introdujeron al cabo en pleno flamenquismo. Fue entusiasta admiradora de los toros. Por milagro dejaba de asistir a una corrida desde su palco, ataviada con la consabida mantilla blanca y los consabidos claveles rojos. Y discutia las suertes, y fulminaba censuras, y tributaba aplausos, y era tenida entre los aficionados por acerrima y fervorosa _lagartijista._ El espectaculo nacional, animado y sangriento, estaba muy conforme con su naturaleza violenta, indomita. Cuando veia a otras senoras taparse los ojos o hacer otros melindres ante las peripecias de la corrida, reia sardonicamente, como si dudase de la sinceridad de su espanto. Entre los varios adoradores y solicitantes que su mano tuvo, y que entraban y caian de su gracia alternativa y rapidamente, llego uno que logro fijar algo mas su atencion. Llamabase Tomas Osorio. Era un joven de veintiocho a treinta anos de edad, rico, exiguo y delicado de figura, de rostro agraciado y genio vivo y resuelto. Supo hacerse valer mas que los otros, o por calculo o por verdadera independencia de caracter. Al entrar en amores con ella no se entrego por completo ni abdico su voluntad. En cuantas reyertas de alguna importancia tuvieron durante sus largas relaciones, pues no duraron menos de dos anos, mantuvo con energia su dignidad. Era de temperamento bilioso, soberbio, despreciativo como ella, confiado en su dinero, y poseia un donaire maligno que le daba prestigio entre las damas. Gracias a estas cualidades, Clementina no se canso de el tan pronto como de los otros. Al cabo de dos anos, sin embargo, cuando faltaban solo algunos dias para realizarse el matrimonio, rompieron de un modo sonado y hasta escandaloso. Todo Madrid se entero. Los comentarios fueron infinitos. De ellos resultaba que quien habia tomado la iniciativa para cortar las relaciones habia sido el novio. Tales dichos, exactos o no, llegaron a oidos de Clementina e hirieron su orgullo tan vivamente, que le falto poco para enfermar de ira. Paso un ano. Tuvo algun noviazgo de poca importancia. Osorio tambien galanteo a otras jovenes. En ambos se conservaba vivo, no obstante, el recuerdo de sus amores. A ella la agitaba un deseo punzante de venganza. Mientras aquel hombre anduviese en sociedad tan contento como aparentaba, se sentia humillada. En el, a pesar de su disfraz de indiferencia, ardia el fuego del amor o por lo menos del deseo. Clementina habia fascinado sus sentidos, habia penetrado en su carne: por mas esfuerzos que hacia no podia arrancarla de si. A todas horas sonaba con ella, la veia ante sus ojos cada vez mas incitante y apetecible. Cuanto mas tiempo pasaba mas crecia el fuego que le consumia y mas esfuerzo y dolor le costaba adoptar un continente altivo e indiferente al encontrarse con ella en cualquier sarao. Clementina, con la sagacidad bastante comun en las mujeres, llego al cabo a adivinar que su antiguo novio seguia adorandola en secreto y sintio un regocijo maligno. Desde entonces no se vistio, no se adorno mas que para el; para aturdirle, para fascinarle, para hacerle beber la amarga copa de los celos. De esta epoca data la fama ruidosa que adquirio como mujer elegante. Clementina en este punto era una gran artista. Sabia vestirse de tal modo que las telas, ni por sus vivos colores, ni por su riqueza, atrajesen demasiado la vista en perjuicio de la figura. Comprendiendo que el traje en la mujer no debe ser un uniforme sino adorno, un medio de hacer resaltar las perfecciones con que la naturaleza la hubiese dotado, no obedecia ciegamente a la moda. En cuanto esta atentase poco o mucho a la exposicion de su belleza, la esquivaba con valor o la modificaba. Rehuia los colores chillones, la profusion de lazos, los peinados complicados. Consideraba a su cuerpo como una estatua y la vestia como tal. De aqui una cierta tendencia, que constantemente se manifestaba en sus trajes, hacia el ropaje, esto es, hacia la amplitud de los pliegues, hacia la vestidura larga. Su figura gallarda, majestuosa, ganaba mucho de esta manera. Algo la pronuncio despues de casada, pero no llego a exagerarla, retenida por su buen gusto. Solia vestirse de blanco. Con esto y con peinar sus cabellos del modo sencillisimo que los tiene la Venus de Milo, semejaba al parecer en los salones hermosa estatua que llegase de la Grecia. Una cosa hacia muy digna de censura en el terreno moral, aunque no lo sea en el del arte: descotarse con exageracion. Una de las sumas bellezas que poseia era el pecho. Parecia amasado por las Gracias para trastornar a los dioses. No habia en Madrid una garganta mejor modelada, ni un seno mejor puesto, mas delicado, mas atractivo. El deseo vanidoso de mostrarlo, no contenido por la vigilancia saludable de una madre, le hizo incurrir en mas de una ocasion en las censuras de la sociedad. Porque la infeliz D. Carmen, a mas de no hallarse muy al tanto de los usos sociales, era tan debil con los caprichos y fantasias de su hijastra, que los tomaba sin inconveniente por actos razonables, por expresion de su gusto indiscutible y su elegancia. Algun disgusto le proporciono tal vanidad. En cierta ocasion, al presentarse en noche de baile en casa de Alcudia, la marquesa le dijo al saludarla: --Muy linda, muy linda, Clementina. Esta usted admirablemente vestida.... Pero me parece que la han descotado mucho.... Venga usted conmigo, ya arreglaremos eso. Y la llevo a su tocador y con maternal solicitud le puso en el pecho unos cefiros que ocultaron lo que en realidad no debia mostrarse. La joven procuro disimular su vergueenza achacando la falta a la modista. No obstante se sintio tan humillada por aquella leccion y por la sonrisa compasiva que la acompano, que nunca mas pudo ver desde entonces a la devota marquesa. Con este soplar incesante y adecuado, la llama de Osorio tomaba cada vez mas incremento. Ya no era poderoso por mas tiempo a guardarla en el pecho. Al cabo se confio a su hermana, que era amiga bastante intima de la joven. Rogola que tantease el terreno a ver si podia avanzar de nuevo el pie sin peligro de precipitarse. Mariana dio el recado. Clementina escucholo con mal refrenada alegria y le metio los dedos en la boca hasta que la panfila senora de Calderon desembucho lo que tenia dentro y pudo convencerse de que Tomas ardia en amores por ella. Cuando se cercioro bien, respondio con palabras ambiguas y riendo: "Lo pensaria, lo pensaria.... Estaba muy agraviada por lo que se habia dicho de la ruptura de sus relaciones.... Pero en fin, no le quitaba por completo las esperanzas". Se puso a meditar con atencion sobre el medio de satisfacer las exigencias de su amor propio herido, y al cabo de algunos dias formulo a Mariana la siguiente proposicion: "Para que consintiese en dar su mano a Tomas, era indispensable que este la pidiese de rodillas a sus padres delante de los testigos que ella elegiria a su gusto". A ninguna espanola de pura raza se le hubiera ocurrido semejante extravagancia. Precisa llevar en las venas sangre britanica para concebir un refinamiento tan monstruoso de la soberbia. Cuando Osorio tuvo conocimiento de la resolucion de su ex novia, se enfurecio atrozmente; declaro con arrogancia que antes que pasar por tal humillacion le harian cachos. No se volvio, pues, a hablar del asunto. Siguieron las cosas como antes. Mas como a pesar de sus rabiosos esfuerzos el gusano del apetito le roia cada vez con mas crueldad las entranas, el misero, al cabo de dos meses, cayo en gran abatimiento. Sintiose desfallecer de amor y de deseo. No tuvo fuerzas para alejarse de Madrid. Volvio a rogar a su hermana que otra vez entablase las negociaciones. Clementina, que estaba bien penetrada ya de que le tenia en su poder, se mostro inflexible. O pasar por aquellas singulares horcas caudinas, o nada. Y Osorio paso. ?Que habia de hacer? Efectuose la extrana ceremonia una tarde en casa de la novia. Al llegar a ella Osorio se encontro con unas veinte personas del sexo femenino, que Clementina habia elegido entre las conocidas mas envidiosas, las que mas habian murmurado con motivo de su ruptura. Adopto la mejor actitud para semejante caso. Grave, solemne, suelto de lengua y ademanes, dejando traslucir un poco de ironia, como si estuviese representando una comedia por satisfacer la fantasia de una enferma. Dijo algunas palabras previamente acerca de la historia de sus relaciones. Reconociose culpable. Elogio desmesuradamente a Clementina, con tan poca medida, que en ocasiones parecia estar burlando. Se confeso indigno de aspirar a su mano. Por fin manifesto que siendo ella tan digna de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su mano, no creia hacer nada de mas pidiendola de rodillas a sus padres. Al propio tiempo doblo una. D. Carmen vino a levantarle riendo y le abrazo con efusion. Clementina tambien le dio un apreton de manos, mas alegre al ver lo bien y dignamente que salia del paso, que satisfecha en su orgullo. La verdad es que en aquella ocasion sintio hacia el lo que nunca mas volvio a sentir, una migaja de amor. Si hubo humillacion en semejante escena resulto para ella, por la frescura y el aplomo desdenoso con que su novio la llevo a termino. Pero no importa. La mujer goza mas viva y mas intimamente observando la superioridad del hombre que humillandole. Clementina fue feliz aquella tarde. Pero si Osorio salio bien del paso, no le perdono jamas la intencion de humillarle; porque era tan orgulloso como ella. La pasion frenetica que le habia inspirado sofoco por algun tiempo todo otro sentimiento. Su luna de miel fue tan pegajosa como breve. El choque entre aquellos dos caracteres, de igual obstinacion y fiereza, era ineludible. Vino pronto y vino con una serie de pequenos desabrimientos que hicieron desaparecer en un instante del corazon de la joven los fugaces destellos de amor que su marido le habia inspirado. En el duro mas tiempo la pasion. El conocimiento que cada cual tenia del otro los hizo prudentes, rehuyendo un choque formidable que habia de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo entre los murmuradores que Osorio, cansado de la indiferencia y los desdenes de su esposa, en una hora fatal de ira y desesperacion la habia ultrajado con su misma doncella y en el mismo talamo nupcial. Despues de esta escena, que no sabemos si se realizo con los pormenores horrendos que algunos contaban, quedo roto el matrimonio para siempre. Osorio, sin derecho ya para intervenir en la conducta de su mujer, se vio obligado a ser mero espectador de ella. Entregose Clementina sin reserva, sin disimulo, puede decirse tambien que sin pudor, a todos los galanteos que se le ofrecieron. El, por su parte, para contrarrestar el ridiculo, que a causa de ellos pudiera tocarle, diose con mas descaro aun a la disipacion. Extrajo mujeres de las ultimas clases sociales y las convirtio en senoras, rodeandolas de un lujo deslumbrador. La Felipa, la Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, que fueron queridas de muchos personajes, ministros, banqueros y grandes de Espana, lo habian sido antes de el. El fue quien, por medio de sus celestinas, las habia sacado de la calle de la Paloma, del barrio de Triana en Sevilla o del Perchel, de Malaga, y habia gozado de sus primicias. Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy poco, lo indispensable solamente. Para evitar la molestia que les produciria sentarse solos a la mesa tenian siempre algun convidado. Fuera se trataban con expansiva y natural confianza. Alguna vez Osorio iba a buscar a su esposa a ultima hora a la reunion o teatro donde se hallase. Pero esto era valor entendido en el mundo. Todos sabian a que atenerse respecto a sus relaciones. Ordinariamente, Clementina salia del brazo de su amante. Charlaban largo rato en el _foyer_, a presencia de todos, esperando el coche. Entraba al fin en este. Antes de partir todavia cambiaban en tono confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas. La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos despues a juntarse en el dulce retiro de un gabinete particular. Cuando Clementina llego a su casa eran las seis y media. Silbo el cochero. Salio de su pabelloncito el portero a abrir la puerta de la verja y luego la del coche. El mismo se encargo de pagar al cochero. La dama, sin decir una palabra, entro en el jardin, que era exiguo pero lindo y bien cuidado. Subio la escalera de marmol, debajo de una gran marquesina que ocupaba mas de la mitad de la fachada del _hotel_. No era este muy grande, pero si fabricado con lujo y arte, de piedra blanca de Novelda y ladrillo fino. Osorio lo habia hecho construir hacia solamente cuatro o cinco anos. Como los planos fueron largamente meditados y discutidos, ofrecia una adecuada distribucion, que lo hacia mas comodo tal vez que el de su suegro, con ser este tres o cuatro veces mayor. Hallo a un criado en el recibimiento. --Estefania ?donde anda? --Hace ya un buen rato que ha llegado, senora. Atraveso un magnifico vestibulo iluminado por dos grandes lamparas con bombas esmeriladas sostenidas por sendas estatuas de bronce, siguio por el corredor y tomo la escalera que conducia al principal sin tropezarse con nadie. Cerca ya del salon que daba ingreso a su _boudoir_, hallo a Fernando, un criadito de catorce anos vestido con librea muy cuca y adecuada a sus anos. --?Estefania? --Debe de estar en la cocina. --Que suba inmediatamente. Entro en el _boudoir_, y yendo al espejo de cuerpo entero sostenido por dos pies derechos de madera dorada, se despojo del sombrero. Era el gabinete una pieza reducida, vestida toda ella de raso azul con cenefas de carton-piedra imitando una guirnalda de flores. Sobre la chimenea, vestida tambien de raso, habia dos magnificos candelabros y un reloj, obra de nuestros plateros del siglo pasado. Los enseres de la chimenea eran igualmente de plata. La alfombra blanca con cenefa azul. En medio un confidente forrado de tisu de oro. Butacas, sillas doradas. En el suelo dos grandes almohadones de pluma. En un rincon el espejo; en otro un escritorio de madera taraceada estilo Pompadour; en los otros dos unas columnas forradas de terciopelo azul sosteniendo dos quinques que esclarecian ahora la estancia. Comunicaba esta pieza por un lado con el tocador de la senora y este con su dormitorio; por el otro con un saloncito donde solia recibir a sus amigos los martes por la tarde o jugar al tresillo de noche con los intimos. En el _boudoir_ solo entraban algunas pocas amigas de confianza que iban a visitarla en horas no senaladas. Aqui era donde celebraba esos coloquios secretos, tan sabrosos para las mujeres, donde su pensamiento se vacia por entero, pasando de lo mas escondido y profundo a las frivolidades del dia, los pormenores del traje y de la moda. Pocos segundos despues de quitarse el sombrero aparecio Estefania. Era una jovencita palida con hermosos ojos negros. Vestia, dentro de su condicion, con elegancia y primor. Por encima del traje traia un delantal color gris orlado de puntilla blanca. --iYa podias aguardarme, chiquilla! ?Donde estabas metida?--dijo con tono de mal humor y distraido a la vez la senora. --Estaba en la cocina.... Habia ido a darle unas puntadas a la falda de Teresa, que se le ha roto en un clavo--repuso con afectada humildad la doncella. Clementina guardo silencio, absorta sin duda en sus pensamientos. Colocada frente al espejo se dejo despojar del abrigo, contemplandose al propio tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres hermosas sienten por si mismas. --?Has estado en casa de Escolar?--pregunto al cabo distraidamente. --Si, senora. --?Que ha dicho? --Que no tiene ahora una seda tan doble en ese color, pero que si la senora quiere enviara por ella. --iPuf! Para ese viaje no necesitamos alforjas.... ?Y en _La Perfeccion_? --Si, senora. Que el sabado enviaran los gorros. --?Has preguntado como seguia el padre Miguel? --No he tenido tiempo.... iEsta tan lejos!... --?Como lejos? ?Pues no has ido en coche? --No, senora.... Juanito me ha dicho que la yegua estaba desherrada.... --?Por que no te ha puesto uno de los caballos normandos? --No se.... Siempre encuentra alguna disculpa cuando la senora me manda salir en coche. --Tal me parece.... Descuida, hija: ya arreglare yo eso. iBueno esta el senor Juanito, con sus infulas de indispensable! Al echar una mirada a su doncella reflejada en el espejo, creyo observar algo extrano en sus ojos. Se volvio para mejor verlo. En efecto, Estefania los tenia enrojecidos. --iTu has llorado, chica! --?Yo?... No, senora, no. La manera de negarlo era hipocrita. La senora no tuvo necesidad de insistir mucho para que se lo confesase y aun la causa de su llanto. --El jefe, senora--comenzo a gimotear--, el jefe, que las ha tomado de poco tiempo a esta parte conmigo.... En cuando digo cualquier cosa, suelta la carcajada o dice una porqueria.... Y los demas claro, los demas, como me tienen ojeriza porque la senora me quiere, y por adular al jefe, se rien tambien.... Porque le he dicho hoy que se lo diria a la senora, me ha llenado de insolencias y me ha echado de la cocina. --iEchado! ?Y quien es el para echarte?--exclamo con impetu el ama.--Ve a llamarle. Es menester que yo caliente las orejas, lo mismo a ese necio que a Juanito. iSi nos descuidamos van a mandar en esta casa los criados mas que los amos! --Senora ... yo no me atrevo. ?Quiere que le envie recado por Fernando? --Haz lo que quieras, pero llamale. Se habia irritado vivamente al escuchar los sollozos de su doncella. Estefania era su predilecta, a quien distinguia entre todos los criados y confiaba gran parte de sus secretos. Como todos los despotas presentes y pasados, estaba dominada sin darse cuenta de ello. El caracter zalamero y adulador de la doncellita habia ganado su corazon de tal manera, que con el, sin saberlo ella misma, le habia entregado la voluntad. Estefania era de hecho quien mandaba en la casa, pues que mandaba en la senora. El criado que no entraba en su gracia, podia prepararse a salir en plazo mas o menos corto. Y sucedia lo que puede darse como regla segura en tales casos, que la preferida y amada de la senora era profundamente antipatica a la servidumbre. No acaece esto solamente por esa pasion vergonzosa que en mayor o menor grado reside en todos los seres humanos, la envidia, sino tambien porque es condicion precisa del hipocrita y adulador con el grande, ser al propio tiempo altanero y malevolo con el pequeno. Llamado por Fernando, a quien Estefania dio el encargo, no tardo en presentarse en la puerta del gabinete el cocinero, con los atavios del oficio, esto es, con mandil y gorra blanca; todo blanquisimo. Era un moceton de treinta anos, de rostro fresco y no desgraciado, con largas patillas negras. En el ceno que contraia su frente, en la preocupacion que se observaba en sus ojos, comprendiase que ya sabia a que venia llamado. Clementina se habia sentado en el confidente. Estefania se habia retirado a un rincon y puso los ojos en el suelo al entrar el jefe. --Vamos a ver, Cayetano; acabo de saber que despues de tratar con muy poca consideracion a esta chica, la ha echado usted de la cocina. Le llamo para decirle que ni yo consiento que ningun criado trate mal a otro, ni usted esta facultado para echar a nadie dentro de mi casa. --Senora ... yo no la he tratadu mal.... Es ella, la que nus trata mal a todus ... pincha aqui, pincha alla, sin dejarnus en paz--tartamudeo el cocinero con marcado acento gallego. --Bueno, pues si pincha aqui y pincha alli, ningunu de ustedes esta facultadu para desvergonzarse con ella.... Se me dice a mi y concluido--, replico vivamente la senora imitando el acento del jefe. --Es que.... --Es que, nada. Ya sabe usted lo que le he dicho. Hemos concluido--manifesto el ama con gesto imperioso. El cocinero, con la cara encendida y todo el cuerpo tembloroso, permanecio unos segundos inmovil. Despues, antes de retirarse, dirigio una larga mirada iracunda a la doncellita, que seguia con los ojos en el suelo con expresion hipocrita donde se traslucia el triunfo del amor propio. --iChismosa!--le vomito al rostro mas que le dijo. La senora se alzo de su asiento, y rebosando de colera por tal falta de respeto, le dijo: --?Y como se atreve usted a insultarla en mi presencia? Marchese usted pronto.... iQuitese de mi vista! --Senora, lo que le digu es que ella tiene la culpa.... --Pues si tiene la culpa, mejor.... Vayase usted. --Todus nus iremus de la casa, senora, porque a esa mentecata no hay quien la sufra. --Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese ido. Puede usted buscar otro sitio donde servir, que yo no tolero que ningun criado se me quiera imponer. El cocinero quedose otra vez inmovil y estupefacto ante aquella brusca despedida; pero reponiendose en seguida giro sobre los talones, diciendo con dignidad: --Esta bien, senora; lo buscare. Clementina siguio murmurando despues de haberse ido: --iPero que atrevido es este gallegazo! ?Habra mastuerzo? No creo que a nadie mas que a mi le toquen semejantes criados.... Apaciguandose de pronto por virtud de otra idea que le acudio, dijo: --Anda, ven a vestirme, que ya es tarde. Entro en su tocador seguida de Estefania. Contra lo que debia presumirse, esta tenia el semblante grave y nublado. Comenzo a despojarse rapidamente de su traje de calle para ponerse el de media ceremonia con que comia y recibia a sus intimos por la noche, mas claro siempre, con un pequeno descote y los brazos cubiertos. La doncella, a una indicacion suya, saco un traje color fresa exprimida del gran armario de espejo que ocupaba enteramente uno de los lienzos de la pared. Antes de ponerselo le arreglo el pelo y le quito las botinas bronceadas, sustituyendolas con el zapato adecuado. No habia abierto su boca la palida doncellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada vez mas tristeza y preocupacion. Al fin, hallandose arrodillada a los pies de su ama, levanto los ojos para decirla timidamente: --Senora, voy a rogarle una cosa ... que no despida a Cayetano. Clementina la miro con sorpresa: --?Esas tenemos?... Conque despues que has sido tu la que.... --Es que, senora--articulo Estefania poniendose todo lo colorada que permitia su tez--, si ahora le despide, me van los demas a tomar ojeriza. --?Y a ti que te importa? La doncella insistio con muchas veras y cada vez con palabras mas suplicantes y persuasivas. La senora nego poco tiempo. Como el asunto era de poca monta y observaba no sin sorpresa el interes y aun ansiedad que su predilecta tenia en que el cocinero quedase, no tardo en concederlo, ordenandole que ella arreglase el asunto. Con esto el semblante de la chica se animo al instante, se puso como unas pascuas y comenzo a maniobrar en torno de su ama con extraordinaria presteza. Dos golpecitos dados en la puerta las sorprendio a ambas. --?Quien es?--pregunto la senora. --?Te estas vistiendo, Clementina?--se oyo de fuera. Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama no disminuyo por esto. Osorio subia rarisima vez a su cuarto estando ella sola. --Si; me estoy vistiendo. ?Hay gente abajo? --Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio.... Es que tengo que hablar contigo. Te espero aqui en el salon. --Bien; alla voy. Desde entonces hasta que termino de arreglarse, Clementina guardo silencio obstinado, expresando en el rostro una preocupacion sombria que no paso inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar los ultimos toques a los pliegues de la falda, habia un ligero temblor, como el de las ninas que por primera vez se visten para ir a un baile. Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de arriba contiguo a su _boudoir_. Estaba sentado negligentemente en una butaca; pero al ver a su esposa se levanto, dejando caer previamente en la escupidera la punta del cigarro que fumaba. Clementina observo que estaba algo mas palido que de costumbre. Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y mal color que cuando se caso; pero en los ultimos doce anos se habia gastado bastante su naturaleza. Muchas arrugas en la cara; el cabello gris y la barba tambien; los ojos menos vivos. Fue a cerrar la puerta que su mujer dejo abierta, y acercandose a esta le dijo con afectada naturalidad: --El cajero me ha entregado hoy un recibo tuyo de quince mil pesetas.... Aqui esta. Saco la cartera y de ella un papelito satinado y oloroso, que presento a su esposa. Esta lo miro un instante con semblante grave, sombrio, sin pestanear, y guardo silencio. --Hace quince dias me entrego otro de nueve mil.... Aqui esta. La misma operacion, y el mismo silencio. --El mes pasado me presento tres; uno de siete mil, otro de once mil y otro de cuatro mil.... Aqui los tengo tambien. Osorio agito el punado de papeles un instante delante de los ojos de la dama. Viendo que esta no despegaba los labios, pregunto: --?Estas conforme? --?Con que?--dijo secamente. --Con que son exactas estas partidas. --Lo seran si estan firmados los recibos por mi. Tengo poca memoria, sobre todo en cuestiones de dinero. --Es una gran felicidad--repuso sonriendo ironicamente Osorio, mientras volvia a guardar en la cartera los papeles--. Yo tambien he intentado muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, el cajero se encarga siempre de refrescarsela a uno.... iBueno!--anadio, viendo que su mujer no replicaba--. Pues no he subido a otra cosa mas que a hacerte una pregunta, y es la siguiente: ?Crees que las cosas pueden seguir de este modo? --No entiendo. --Me explicare: ?crees que puedes seguir tomando de la caja cada pocos dias cantidades tan crecidas como estas? Clementina, que estaba palida cuando entro, se habia puesto fuertemente encarnada. --Mejor lo sabras tu. --?Por que mejor?... Tu debes de saber adonde llega tu fortuna. --Bien, pues no lo se--replico refrenando con trabajo su despecho. --Nada mas claro. Los seiscientos mil duros que tu padre me ha entregado al casarme, como estan en fincas producen, segun puedes enterarte de los libros, unos veintidos mil duros. El gasto de la casa, sin contar con el mio particular, suma bien tres veces esa cantidad.... Saca ahora, si quieres, la consecuencia. --Si te pesa que se gaste de tu dinero, puedes vender las casas--dijo Clementina con desdenosa sequedad, volviendo a ponerse palida. --Es que si se vendiesen, manana seria yo responsable con mi dinero de su importe. ?No sabes eso? --Firmare cualquier papel diciendo que no se te haga cargo de nada. --No basta, querida, no basta. La ley no me exime nunca de responder de la dote mientras tenga dinero.... Ademas, si tu te lo gastases _alegremente_ (recalco esta palabra), el negocio seria para ti muy bueno, pero para mi deplorable, porque siempre me quedaba en la obligacion de ... subvenir a tus necesidades. --?De mantenerme, verdad?--dijo ella con ironia amarga. --Queria evitar esa palabra ... pero, en efecto, es la mas exacta. Hablaba Osorio en un tonillo impertinente y protector que estaba desgarrando por varios sitios la soberbia de su esposa. Desde las feroces reyertas que habian producido su separacion debajo del mismo techo, no habian tenido una entrevista de tal especie como la presente. Cuando por la convivencia se originaba algun rozamiento, resolvianlo por una breve y seca explicacion de pasada, en que ambos, sin deponer el orgullo, usaban de prudencia por temor del escandalo. Pero ahora el asunto tocaba en lo mas vivo a Osorio. Para un banquero, por esplendido que sea, lo mas vivo es el dinero. Ademas su amor propio, aunque otra cosa aparentase, habia sufrido mucho en los ultimos anos. No basta fingir indiferencia y desden ante los extravios de una esposa; no basta pagarle en igual moneda paseandole por delante de los ojos las queridas, hacer gala de ellas ante el publico. Las armas seran iguales, pero las heridas que la mujer causa son mas profundas y mas graves que las del hombre. El malestar que la conducta libre de su esposa le causaba no disminuia con el tiempo. El abismo que los separaba era cada vez mas profundo. Por eso, la airada venganza cogia esta ocasion por los pelos. Clementina le miro un instante. Luego, encogiendose de hombros y haciendo con los labios una leve mueca de desden, dio la vuelta y se dispuso a salir de la estancia. Osorio avanzo unos pasos colocandose entre ella y la puerta. --Antes de irte quiero que sepas que el cajero tiene orden de no pagar ningun recibo que no vaya visado por mi. --Enterada. --Para tus gastos tendras una cantidad fija, que ya determinaremos cual ha de ser. No quiero mas sorpresas en la caja. Clementina, que iba a salir por la puerta de la antesala, retrocedio para hacerlo por la de su _boudoir_. Antes de desaparecer, teniendo el portier levantado con una mano y encarandose con su marido, le dijo con reconcentrada ira: --Al fin resultas un puerco como tu cunado; solo que este no las echa como tu de generoso. Dejo caer el portier y dio un gran portazo. Osorio hizo un movimiento para arrojarse detras de ella; pero reponiendose instantaneamente grito mas que dijo para que le oyese bien: --iEs claro! soy un puerco porque no quiero mantener senoritos hambrientos. iQue los mantengan las viejas que los utilizan! Despues de proferida esta ferocidad quedo satisfecho al parecer, porque en sus labios se dibujo una sonrisa de triunfo y sarcasmo. Cinco minutos despues ambos esposos estaban en el comedor riendo y bromeando con los tres o cuatro convidados que tenian. IV #Como alentaba a la virtud el senor duque de Requena.# A ver, a ver, explica eso. --Senor duque, el negocio es clarisimo. Hoy he hablado con Regnault. La mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vias y estableciendo maquinaria a proposito, una mitad mas de lo que actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento cincuenta mil duros. --Me parece mucho. --?Mucho, para un resultado como ese? --No; me parecen muchos frascos. --Pues a mi no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un ingeniero inteligente y practico. Seis anos ha estado explotando las de California. Ademas, el ingeniero ingles que ha ido con el asegura lo mismo. Los que asi hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no habia apelativo designado para el. Llamabasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano, alto, huesudo, de rostro palido y anguloso, brazos y piernas larguisimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se sabia a que horas comia ni dormia. Cuando llegaba a las ocho de la manana al escritorio, ya traia hecha la tarea de cualquier hombre en todo el dia. A las doce de la noche aun se le podia ver muchas veces con la pluma en la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres, que poseen todos los que han de lograr exito feliz en el mundo, Salabert penetro, al poco tiempo de tenerle por infimo escribiente, el caracter y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideracion en apariencia, porque esto no entraba jamas en su proceder, se la dio de hecho acumulando sobre el los trabajos de mas importancia. En poco tiempo llego a ser el hombre de confianza del celebre especulador, el alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los demas empleados y de ella se servia Salabert para cargarlos de trabajo en horas excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que tenia en construccion y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al ano. El dependiente se creia bien retribuido, considerabase feliz pensando que hacia seis anos nada mas, ganaba mil quinientas. Todos los dias, antes de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y conversaba con el un rato largo o corto segun las circunstancias. El duque tenia las oficinas en los altos de su palacio del paseo de Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardin que, por lo amplio, merecia el nombre de parque. En el verano, los arboles, tupidos de follaje, apenas dejaban ver la blanca cresteria de la azotea. En el invierno, las muchas coniferas y arbustos de hoja permanente que alli crecian, le daban todavia aspecto muy grato. Era el centro de reunion de todos los pajaros del distrito del Hospicio. Tenia acceso por una gran escalinata de marmol. Ademas del piso bajo donde se hallaban los salones de recibir y el comedor poseia otros dos. Parte del ultimo era lo que ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le bastaba para la direccion de sus negocios con una docena de empleados expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario valia no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo atribuia a su dueno. Esta y otras contradicciones parecidas se iran resolviendo segun vayamos penetrando en su caracter, uno de los mas curiosos y mas dignos de fijar la atencion del lector. Las cocinas estaban en los sotanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tenia por complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecian gran numero de arbustos y flores exoticas y donde el agua que manaba profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en edificio aparte al extremo del jardin, lo mismo que la habitacion de algunos criados, no todos. El duque, repantigado en el unico sillon que habia en el despacho de Llera, mientras este se mantenia frente a el de pie dando vueltas en la mano a unas grandes tijeras de cortar papel, paseo tres o cuatro veces de un angulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar a las ultimas palabras de su secretario. Al fin gruno mas que dijo: --iHum! El ministro esta cada dia mas terco. --iQue importa! ?No sabe usted el secreto de hacerle ceder?... Telegrafie usted a Liverpool y antes de quince dias el frasco de azogue baja desde sesenta a cuarenta duros. El duque de Requena habia formado por iniciativa y consejo de Llera, hacia cuatro anos, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este producto habia subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con un deposito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al Gobierno. Esto, realizado en la epoca misma del pago del emprestito de cien millones de pesetas que el Gobierno habia hecho hacia diez anos a una casa extranjera, le empujaria a pensar en la venta de la mina de Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos millones, subvencionando periodicos y personajes, podia darse por seguro el exito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venia desenvolviendose con regularidad y tocaba a su termino. --Alla veremos--manifesto el opulento banquero quedandose unos instantes pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, sera necesario formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso. --iClaro que se formara! --El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio mas de ocho millones de pesetas. --Eso ya es otra cosa--manifesto Llera poniendose serio--. Apoderarse de un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La gerencia ira a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto por ciento mayor o menor.... ies decir, a nada! --Verdad, verdad--mascullo Salabert quedandose otra vez profundamente pensativo. Llera tambien permanecio silencioso y meditabundo. --Ya le he indicado a usted el unico medio que hay para conseguir la direccion.... Este medio consistia en tomar una cantidad bastante crecida de acciones en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las que se pudiesen; luego comenzar a venderlas mas baratas, hasta llegar a producir el panico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo durante algun tiempo este era el medio que proponia Llera para conseguir la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad mas una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veia tan claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz, minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veian acometer empresas de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudieramos llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacia en su cerebro; le venia de afuera. Pero en el germinaba y se desarrollaba quiza como en ningun otro de Espana. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor, penetraba hasta las ultimas fibras, lo contemplaba en sus multiples aspectos, y una vez convencido de que le reportaria ventajas, se lanzaba sobre el con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus dotes de especulador habia producido el engano del publico. Estaba bien convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier vacilacion resultaba perjudicial. Tal audacia no procedia, pues, directamente de su temperamento, sino de la reflexion. Era una muestra de su astucia incomparable. Por lo demas, su fondo era timido. Este defecto, en vez de corregirse con la felicidad casi nunca interrumpida de sus exitos, se aumentaba cada dia. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez mas avaro. Ademas, con los anos, el pesimismo va penetrando en el espiritu del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones, nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibia pinguees ganancias. Si por acaso no obtenia ninguna o habia leve perdida, creia el caso digno de ser lamentado largamente. Asi que, sin el concurso de Llera, sin su caracter osado y su imaginacion fecunda en invenciones, el duque de Requena haria ya tiempo que no se aventuraria en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que habia perdido de inventiva y audacia habialo reemplazado por un tacto y habilidad verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que solo la edad y una atencion constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que Llera y el se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este conocimiento del corazon humano llegaban en Salabert a pecar de excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los hombres, mirandoles siempre del lado de los intereses materiales, habia llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y le expuso a serios percances. Quiza lo que veia en los otros no era mas que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos. Para el no habia hombre ni mujer incorruptibles. Un poco mas caras o un poco mas baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los ultimos anos el soborno llego a ser en el una mania. Si tropezaba con personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacian de buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecia. Era una de las tareas mas pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los proyectos de soborno cuando recaian en hombres que sin duda habian de rechazarlos con indignacion. Si tenia un pleito, lo primero que pensaba era cuanto dinero iban a costarle los magistrados que habian de fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba _in mente_ la cantidad que debia destinar al ministro o al subsecretario o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lapiz negro que tenia siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones. El duque de Requena ni tenia sentido moral ni nunca lo habia conocido. Su vida de granuja anonimo en Valencia, estaba senalada por una serie de travesuras y manas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas para sacar al projimo su dinero, que lo hicieron digno emulo del _Lazarillo de Tormes, El picaro Guzman de Alfarache_ y otros heroes famosos de la novela espanola. Por cierto que antes de ir adelante conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo habia puesto a Salabert el sobrenombre de _El picaro Guzman_ con que le conocian. Pero este apodo no salio del circulo de amigos. Mejor exito tuvo una frase del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del duque. Decia que a estas iniciales A.S. debia ponerseles signo de admiracion para que dijeran: _iA Ese!_ Contabase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde habia ido a buscar fortuna, compro un tabernucho en los arrabales de la Habana, con todo su mobiliario, incluyendo en el una negra destinada a su servicio. Esta negra, durante los anos que tuvo aquel comercio, fue su criada, su ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a Espana, liquido sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la negra.... iy los hijos! Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la subasta de carreteras, cediendolas unas veces con primas, otras construyendolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los emprestitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplego nuestro negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "organo de la adquisividad" tan poderoso, que con razon le hicieron celebre entre los personajes de la banca. No era antipatico su trato. Al reves de casi todos los que aspiran a las riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las palabras. Era mas bien brusco que cortes; pero sabia admirablemente distinguir de personas y se suavizaba cuando hacia falta. Esta misma tosquedad nativa serviale para disfrazar lo astuto y sutil de su pensamiento. Parecia que aquel exterior burdo, rustico, aquellos modales exageradamente libres y campechanos no podian menos de guardar un corazon franco y leal. Era (por fuera nada mas) el tipo acabado del castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o mucho segun le convenia, se expresaba con dificultad real o fingida (que esto nunca llego a averiguarse), tenia de vez en cuando salidas chistosas, aunque siempre tocadas de groseria, y solia decir en la cara algunas cosas desagradables que le hacian temible en los salones. La preponderancia adquirida por sus riquezas habia hecho crecer este ultimo defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solia hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergueenza; signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando tropezaba con un personaje politico de los que a el le convenia tener propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se transformaba en adulacion y casi casi en servilismo. Mas esta farsa, aunque admirablemente desempenada, no enganaba a nadie. El duque de Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creia ya alguno en sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachon. Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo confianza y alegria. Como sucede a todos los que han conseguido elevarse, los defectos que universalmente se le reconocian, mejor dicho, la mala fama que tenia, no era obstaculo para que se le respetase, para que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de el. Los hombres muchas veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocia esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y abusaba de ella. Muchos que vivian con independencia, no solo le toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algun amigo de la infancia, sino que apetecian y buscaban su trato. --Veremos, veremos--repitio de nuevo cuando Llera le recordo el medio de apoderarse de la gerencia--. Tu eres muy fantastico; tienes la cabeza demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aqui lo que con las alhondigas. Por consejo de Llera, el negociante habia construido alhondigas en algunas capitales de Espana, las cuales no habian tenido el exito que esperaban. Como despues de todo el negocio no era de gran entidad, las perdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las habia llorado como si lo fuesen y no habia escaseado a su secretario frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto. Serviale de arma para despreciar sus planes, aunque despues los utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su hacienda. Teniale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto a cualquier trabajo por enojoso que fuera. Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistio en afirmar que el negocio de ahora era de exito infalible si se le conducia por los caminos que el senalaba. Salabert corto bruscamente la discusion pasando a otros asuntos. Informose rapidamente de los del dia. La perdida de una fianza que habia hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de si, bufo y pateo como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamo animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera, que su bondadoso corazon concluiria por arruinarle. La perdida, en total, representaba unas veintidos mil pesetas. Las fianzas que el duque hacia por sus mas intimos amigos o parientes eran del tenor siguiente: Las hacia generalmente en papel, exigia al afianzado un seis por ciento del capital depositado, y se encargaba ademas de cortar y cobrar los cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos los tenedores de valores del Estado, le producia un seis por ciento mas. Asi eran los negocios que el duque hacia, no tanto por interes como por impulso irresistible de su corazon. Salio furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y aprendiendo alli que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de cuenta corriente, el mismo recogio el _talon_ despues de firmarlo. Debia pasar por alla a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningun trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salio a pie como era su costumbre por las mananas. En las hermosas coniferas que bordaban los caminos del jardin-parque cantaban alegremente los pajaros. Se comprendia que no habian puesto fianza alguna y la habian perdido. El senor duque maldita la gana que tenia de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Paso de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los jardineros y del portero, mordiendo con mas ensanamiento que nunca su enorme cigarro. En la calle no tardo en colorearse un poco su rostro. Tuvo un encuentro agradable y util. El presidente del Consejo de Estado, a quien le gustaba tambien madrugar, le saludo en el paseo de Recoletos. Hablaron algunos momentos y los aprovecho para recomendarle, con la brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas marismas en que estaba interesado. Despues, a paso lento, mirando con sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniendolos particularmente en las frescas domesticas que regresaban a sus casas con la cesta de la compra llena y las mejillas mas coloradas por el esfuerzo, se dirigio al Banco de Espana. Era mucha la gente que le quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenia un instante, daba un apreton de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro palabras en tono familiar y desenfadado, seguia su camino. Era temprano aun. Antes de llegar al Banco se le ocurrio subir a casa de su amigo y compariente Calderon. Tenia este su almacen y su escritorio en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo habia dejado, esto es, pobrisimo de apariencia y hasta lobrego y sucio. En aquel local, donde la luz se filtraba con trabajo al traves de unos cristales polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor de las pieles curtidas llegaba a producir nauseas, el viejo Calderon habia ido amontonando con mecanica regularidad duro sobre duro, onza sobre onza, hasta formar algunas pilas de millon. Su hijo Julian nada habia cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros mas ricos de Madrid, no habia querido prescindir del almacen de pieles, y eso que este comercio, comparado con el de letras y efectos publicos que la casa llevaba a cabo, poco le representaba. Calderon era un tipo de banquero distinto de Salabert. Tenia un temperamento esencialmente conservador, medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la ganancia pequena a la grande cuando esta se logra con riesgo. De inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda empresa nueva le parecia una locura. Cuando veia fracasar a un companero en alguna, sonreia maliciosamente y se daba a si mismo el parabien por el gran talento de que estaba dotado. Si rendia ganancias, sacudia la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir sera el reir". Economico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su casa. Si la tenia puesta con relativo lujo habia sido a fuerza de suplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque habia llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio exteriormente si habia de competir con los muchos e inteligentes banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habian cambiado mucho desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la plaza. Pero despues de comprados cuidaba con tal esmero de la conservacion de los muebles, exigia tal refinamiento de vigilancia a los criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada vez que el cochero le decia que un caballo estaba desherrado, era un disgusto. Tenia un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las mimaba tanto o mas que a sus hijos. Sacabalas a paseo por las tardes; pero no le conducian al teatro por miedo a una pulmonia. Preferia que su mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la perdida de una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponia enferma, lo que pasaba por nuestro banquero. La preocupacion, el abatimiento se pintaban en su semblante. Visitabala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no habia buen humor en la casa. Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razon. La apatia de su mujer era tan grande, que si el no se encargase de tomar la cuenta a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe como andaria la casa. Mariana no disponia ni ejecutaba nada. Su papel era el de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera se creeria humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para los menesteres mas insignificantes de la vida domestica. Ella juzgabalo natural, y sobre todo muy comodo cuando la sordida economia de Calderon no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra esta exclusiva centralizacion de las atribuciones administrativas era su madre, aquella senora delgadisima, de ojos hundidos, de quien hicimos mencion en el primer capitulo. Tales protestas no eran, sin embargo, frecuentes ni duraderas. En el fondo habia un acuerdo perfecto entre la suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a quien habia ayudado a labrar su capital, era mas amante aun del orden y la economia, mejor dicho, era todavia mas tacana que el. Por esto no habia podido vivir jamas con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderon, su papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual desempenaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella. Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento, la guardaba mas consideraciones que a esta. Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderon y casi tan timido, pero mucho mas inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena dosis de fanfarroneria: su avaricia por un conocimiento profundo de los hombres. Sabia bien que el aparato, la ostentacion de las riquezas, influye notablemente hasta en el animo de los mas despreocupados; contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer empresas importantes. De aqui el lujo con que vivia, su palacio, sus trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad madrilena. El caracter de Calderon le inspiraba un desprecio profundo: al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequenez de su amigo se crecia, contemplabase mas grande de lo que en realidad era y experimentaba viva satisfaccion. No se juzgaba solamente mas habil, mas astuto (unicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y liberal, casi un prodigo. Penetro resoplando en el tenebroso almacen de la calle de San Felipe Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los dependientes, para los cuales el duque de Requena no era solo el primer hombre de Espana, sino un ser sobrenatural. Produciales su vista la misma impresion de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoracion que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundian su frente en el polvo como aquellos, por lo menos se ponian colorados hasta las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el papel ni prestaban atencion a lo que el parroquiano les decia. Mirabanse con senales de pavor y decianse en voz baja lo que de sobra sabian todos: "iEl duque!" "iEl duque!" "iEl duque!" El duque paso, como solia cuando por casualidad iba por alli, sin dignarse arrojarles una mirada, y se fue derecho al pequeno departamento donde Calderon solia estar. Mucho antes de llegar a el comenzo a decir en voz alta: -iCaramba, Julian! ?cuando saldras de esta cueva? Esto no es una casa de banca; es una cuadra. No tiene vergueenza el que viene a visitarte. iPuf! ?Pero desollais aqui tambien las reses, o que? Hay un hedor insufrible. Calderon ocupaba, al final del almacen, un rincon separado del resto por un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar, pues, todas las palabras de su amigo antes que este empujase la mampara. --iQue quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los dependientes de la filipica--; no todos somos duques ni se nos enredan los millones en los pies. --iQue millones! ?Se necesitan millones para tener un despacho limpio y confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julian; eres un pobre y toda la vida lo seras. Yo con mil reales sere mas rico siempre que tu con mil duros; porque se gastarlos. Calderon gruno algunas protestas y siguio trabajando. El duque, sin quitarse el sombrero, dejose caer en la unica butaca que alli habia forrada de badana blanca, o que debio de ser blanca. Ahora presentaba un color indefinible entre amarillo de ambar, ceniza y verde botella, con fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos. Habia ademas tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en identico estado, una estanteria de pino llena de legajos, una caja pequena de valores, una mesa de escribir antiquisima de nogal y forrada de hule negro, y detras de ella un sillon tosco y grasiento donde se hallaba sentado el jefe de la casa. Aquel pequeno departamento estaba esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no pudiesen registrarlo habia visillos que, a mas de ser de lo mas ordinario y barato en el genero, ofrecian la curiosa circunstancia de ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo. --Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de pieles, que no es digno de un hombre de tu representacion y tu fortuna. --Fortuna ... fortuna--mascullo Calderon sin dejar de mirar el papel en que escribia--. Ya se que se habla de mi fortuna.... iSi fuesemos a liquidar, quien sabe lo que resultaria! Calderon no confesaba jamas su dinero: gozaba en echarse por tierra. Cualquier alusion a su riqueza le molestaba en extremo. Por el contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible. --Ademas--siguio diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene son cada vez mayores. ?A que no sabes lo que llevo gastado este ano, vamos a ver? --Poca cosa--respondio el duque con sonrisa despreciativa. --?Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aun estamos en Noviembre. --?Que dices?--manifesto el duque con viva sorpresa--. No puede ser. --Lo que oyes. --Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julian.... A no ser que en esos setenta y cinco mil duros esten incluidos los gastos de la casa que estas fabricando en el Horno de la Mata. --Pues naturalmente. Al duque le acometio al oir esto tal golpe de risa, que por poco se ahoga. Cayosele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompanando a la risa, fue tan vivo, que parecia que iba a desplomarse presa de la congestion. --iHombre, tiene gracia! itiene muchisima gracia eso!--dijo al cabo entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me habia ocurrido hasta ahora.... De aqui en adelante incluire en los gastos de mi casa todas las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer con mas gasto que un rey. La risa tan franca y ruidosa del duque molesto y corrio extraordinariamente a Calderon. --No se a que viene esa risa.... Si sale de la caja, en el capitulo de gastos esta.... De todas maneras, Antonio, mas sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. El duque, de algun tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo y companero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que habia de efectuarse la subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de consideracion. D. Julian lo era, tanto por el capital que representaba, como por su caracter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en cualquier especulacion la acreditaba de segura, y esto era lo que Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambio la conversacion. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseia bajo su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su prevision en cierto negocio fracasado donde no se dejo coger, desollando a otros negociantes enemigos y reconociendole tacitamente sobre ellos superioridad de talento y penetracion. Cuando le tuvo bien trasteado, hablole por tercera o cuarta vez, en terminos vagos, del negocio de la mina. Ofrecialo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. iSi algun dia fuera posible comprar esa mina, que gran negocio! No habia conocido otro mas claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f..., con un poco de habilidad y trabajandolo bien, acaso con el tiempo.... Para entonces necesitabanse algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen capital. Si no los hallaba en Espana, iria al extranjero a buscarlos.... Calderon, al oir hablar de un negocio, se encogia como los caracoles cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que el duque le suministraba, que le obligo a meterse de golpe en la cascara. Asi que Salabert comenzo a precisar un poco, pusose torvo y sombrio, mostrose receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen a exigir una cantidad exorbitante. Cuando hubo concluido su largo discurso, un poco incoherente, que parecia mas bien un monologo, el duque se levanto bruscamente. --Vaya, Julianito, me voy de aqui al Banco. Al mismo tiempo saco otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque no fumaba, lo encendio por formula, pues los dejaba apagarse en seguida para seguir mordiendolos. D. Julian respiro con satisfaccion. --iTu siempre con esa actividad febril!--dijo, sonriendo y alargandole la mano. --iSiempre detras del dinero! Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderon se acordo de que podia utilizar aquella visita. --Oye, Antonio: tengo ahi un monton de _londres_.... ?Las quieres? Te las doy baratas. --No me hacen falta ahora. ?Como las cedes? --A cuarenta y siete. --?Son muchas? --Ocho mil libras entre todas. --Siento no necesitarlas. Es buena ocasion. Adios. Trasladose al Banco, asistio a la reunion, y despues de hacer efectivos los nueve mil duros del _talon_, salio con su amigo Urreta, otro de los celebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se dieron la mano para despedirse. --?Adonde va usted?--le pregunto Salabert. --Voy de aqui a casa de Calderon, a ver si puede facilitarme _londres_. --Es inutil el paseo--repuso vivamente el primero--. Todas las que tenia acabo yo de tomarselas. --Hombre, lo siento. ?Y a como se las ha puesto? --A cuarenta y seis, diez. --No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun asi las tomaria. --?Le hacen a usted falta de verdad?--dijo Salabert echandole al mismo tiempo el brazo sobre los hombros. --De verdad. --Pues voy a ser su Providencia. ?Que cantidad necesita usted? --Bastante. Diez mil libras lo menos. --No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde. El rostro de Urreta se ilumino con una sonrisa de agradecimiento. --iHombre, no puedo permitir!... A usted le haran falta tambien.... --No tanto como a usted.... Pero aunque asi fuera.... Ya sabe usted que se le quiere mucho. Es usted el unico guipuzcoano con talento que he tropezado hasta ahora. Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas en el hombro. Estrecharonse de nuevo la mano, y despues que Urreta se deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese tono brusco y campechanote que tanto realza el merito de cualquier servicio, se despidieron. El duque tomo inmediatamente un coche de alquiler. --A la calle de San Felipe Neri, numero.... --Esta bien, senor duque--repuso el cochero. Alzo la cabeza el procer para mirarle. --iHola! ?Me conoces? Y sin aguardar la contestacion se metio adentro y cerro la portezuela. --Julian.... Julian--grito a su amigo antes de abrir la mampara del escritorio--. Vengo a hacerte un favor.... iQue suerte tienes, maldito! Mandame esas _londres_ a casa. --iHola!--exclamo el banquero con sonrisa triunfal--. ?Las necesitas? --iSi, f...., si! Siempre me ha de hacer falta a mi lo que a ti te conviene soltar.... Adios.... Y sin entrar en el despacho dejo libre la mampara de resorte que tenia sujeta y se fue. Dio las senas al cochero de un hotel situado en el barrio Monasterio y se reclino en un angulo, mordiendo su cigarro y resoplando con evidente satisfaccion. Experimentola nuestro banquero despues de cometer aquella granujada, despues de despojar a su amigo Calderon de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de justicia o de caridad. Su imaginacion, siempre alerta para los asuntos donde hubiese dinero, vago, mientras el carruaje le conducia al Hipodromo, al traves de los varios negocios en que estaba comprometido; pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La combinacion de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo, tenia sus puntos flacos. A reforzarlos se aplico con el pensamiento, hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de construccion barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacian semejar a las obras de confiteria. Apresurose el portero a abrirle con acatamiento. Salvo en tres pasos el diminuto jardin. Al subir las pocas escaleras del piso bajo salio a la puerta una criada joven. --Hola, Petra: ?y tu ama? --Duerme todavia, senor duque. --Pues ya son las doce--dijo sacando su cronometro--. Voy a subir de todos modos. Y pasando por delante de ella, entro en la antesalita ochavada. Despojose del gaban que la domestica recibio y se encargo de colgar. Subio al piso principal. El dormitorio donde penetro era un gabinete con alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de sus habitaciones, observabase la mano del mueblista que cumple el encargo que le han dado, segun el patron corriente. Las puertas de madera del balcon estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una mesilla de centro y un armarito para colocar chucherias. Observabase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, corse, medias, andaban esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo habia algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del centro una licorera con las botellas casi vacias y las copas fuera de su sitio. El duque echo una mirada torva a esta licorera y alzo suavemente la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de ebano con incrustaciones de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanquisima, y cabellos negros, negrisimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una posicion de animal bien cebado. Hasta en el sueno es posible conocer la condicion y espiritualidad de la persona. Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujeto con cuidado, y sentandose en una butaquita que habia al lado de la cama, se puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y delicadas: perfil griego, frente pequena y bonita, nariz recta, labios rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de alabastro y nacar, de rosas y leche, debajo de la cual corria la vida abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos, manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo frio del tiempo, tenia un brazo y casi medio cuerpo fuera de las sabanas. Verdad que en el gabinete ardia con vivo e intenso fuego la chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo mas hermoso y mejor torneado que pudiera verse en el genero. Pero la mano que estaba al cabo de este brazo no correspondia a su belleza. Era una mano donde la holganza presente no habia conseguido borrar las huellas del trabajo pasado, mano pequena, pero deformada, con los dedos macizos y aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado. Aunque el banquero no se movia, la fijeza y avidez de sus ojos posados sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magnetica. Al cabo de algunos minutos cambio de postura, suspiro con fuerza y abrio los ojos, que eran negros como la tinta. Fijaronse un instante con vaga expresion de asombro en el duque, y cerrandolos de nuevo murmuro una interjeccion de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de que habia hecho una cosa fea, dio la vuelta, abrio de nuevo los ojos y dijo sonriendo: --iHola! ?Eres tu? Al mismo tiempo le alargo la mano. El duque se la estrecho, y alzandose de la butaca le dio un sonoro beso en la mejilla, diciendo: --Si quieres dormir mas te dejare. No he venido mas que a darte un beso. Pero no era uno, sino buena porcion los que le estaba aplicando en ambas mejillas. La joven fruncio el entrecejo, disgustada de aquellas caricias, que por venir de un viejo no debian de serle agradables. Ademas, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la mania de morder el tabaco, solian estar sucios. iQuita, quita!--dijo al fin rechazandole--. No me sobes mas. Bastante me has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eche sobre mi un frasco de rosa blanca y todavia a las doce de la noche me olia mal. --Olor de tabaco. No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo. Esta salida brutal no desperto la indignacion del duque como era de presumir. Solto una carcajada y le dio una palmadita carinosa en la mejilla. --Pues no me salen baratos los besos. Tampoco esta cinica replica altero a la bella, que en el mismo tono de mal humor dijo: --Ya lo creo. Y cuantos mas anos tengas, mas caros te iran saliendo.... Dame un cigarro. El duque saco la petaca. --No traigo mas que tabacos. --No quiero eso.... Ahi, sobre ese chisme de escribir, debe de haber. Traeme. El banquero tomo de encima de un pequeno escritorio taraceado algunos cigarritos y se los presento. La joven preparo uno con la destreza de un consumado fumador y lo encendio con el fosforo que el duque se apresuro a sacar. Este intento otra vez aproximar sus labios repugnantes al hermoso rostro de la fumadora, pero fue rechazado con violencia. --iMira, o te estas quieto o te vas!--dijo ella con energia--. Sientate ahi. Y le senalo la butaquita proxima al lecho. El banquero se dejo caer en ella, mirando a la joven con sus grandes ojos saltones, que expresaban temor. --Eres una gatita cada dia mas arisca. Abusas de mi carino, mejor dicho, de mi locura. Poseia, en efecto, uno de los temperamentos mas lubricos que pudiera encontrarse. Toda la vida habia sido, en achaque de mujeres, ardiente, voraz. En vez de corregirse con los anos, esta aficion fue creciendo hasta dar en una mania repugnante. Era notoria en Madrid. Sabiase que para satisfacerla, despues que habia llegado a la opulencia, tuvo mil extranos caprichos que pago con enormes caudales. Se le habian conocido queridas de extranos y remotos paises, entre ellas una circasiana y una negra. Era en realidad esta pasion la compuerta por donde se escapaba como un rio su dinero. Pero era al mismo tiempo el unico que no le dolia gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo mantenia por calculo y por fanfarroneria, pero le pesaba en el alma, aunque aparentase otra cosa. Alla, en las intimidades secretas de su casa, cuando no habia de trascender al publico, escatimaba, regateaba, sustraia de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese; no tenia inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban entregabalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus trabajos y desvelos, sus grandes y continuos calculos para extraer el jugo a los negocios no tuviesen otra significacion ni otro destino que el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad. Entre las muchas queridas pagadas que habia tenido, ninguna adquirio tanto ascendiente sobre el como la que tenemos delante. Era esta una joven de Malaga, llamada Amparo, que hacia tres o cuatro anos vendia flores por los teatros y tenia su kiosco en Recoletos. Desde luego llamo la atencion por su belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los elegantes. Festejaronla, persiguieronla, y aunque al principio resistio a los ataques, cuando estos vinieron en forma positiva, se dejo vencer. Fue, durante algun tiempo, la querida del marques de Davalos, un joven viudo con cuatro hijos, que gasto con ella sumas cuantiosas que no le pertenecian. Por gestiones activas de su familia, por escasearle ya el dinero y por desvio de la misma Amparo, que hallo otro pollo mejor para desplumar, se rompio esta relacion, no sin sentimiento tan vivo del joven marques que le produjo cierto trastorno intelectual. Despues del sustituto de este, tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocracia de la sangre y el dinero. Fue conocida y popular en Madrid con el nombre de Amparo la malaguena. En los paseos, en los teatros, adonde acudia con asiduidad, constituyo durante tres o cuatro anos un precioso elemento decorativo. Porque a mas de su hermosura singular, habia llegado a adquirir en poco tiempo, si no distincion, elegancia. Sabia vestirse, facultad que no es tan comun como parece, sobre todo en esta clase de mujeres. Tenia bastante instinto para buscar la armonia de los colores, la sencillez y pureza de las lineas. No pretendia llamar la atencion, como la mayor parte de sus iguales, por lo exagerado de los sombreros y el vivo contraste de los colores. Por esta razon habia entre las damas madrilenas cierta indulgencia hacia ella. En sus natos de murmuracion le guardaban mas consideraciones que a las otras; la reconocian un cutis muy fino, unos ojos muy hermosos, y gusto. Fuera de esta dote natural que la acercaba a las senoras de verdad, Amparo era en su trato tan tosca, tan incivil, tan bestia y tan ignorante como lo son casi siempre en Espana las criaturas de su condicion, al menos en el presente momento. Mas adelante quiza lleguen a ser tan cultas y refinadas como las cortesanas de la Grecia. Hoy son lo que arriba se ha dicho, sin animo, por supuesto, de ofenderlas. Despues de pertenecer al marques de Davalos y a otros tres personajes, sin perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, vino al poder del duque de Requena, o este al poder de ella, que es lo mas exacto. Salabert, segun iba envejeciendo y menguando en energia (para todo lo que no fuese adquirir dinero, se entiende), crecia en sensualidad. El vicio se transformaba en desorden vergonzoso, en pasion desenfrenada, como suele acaecer a los viejos y a los ninos viciosos. Amparo dio con el en esta ultima etapa y logro apoderarse de su voluntad sin premeditacion. Era demasiado necia para concebir un plan y seguirlo. Su caracter desigual, brutalmente soberbio, su misma estupidez, que la hacia no prever las consecuencias de sus actos, la ayudaron a dominar al celebre banquero. Hacia un ano que era su querida y que estaba instalada en aquel hotelito del barrio de Monasterio. Al principio procuraba refrenar su genio y tenerle contento mostrandose dulce y amable. Pero como esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte, pudo cerciorarse en seguida de que los desdenes, el mal humor v hasta los insultos, lejos de enfriar la pasion del duque la encendian mas, dio rienda suelta a su genio. Aparecio la criatura salida del cieno, con su groseria, sus inclinaciones plebeyas, su caracter agresivo y desvergonzado. El duque, que hasta entonces habia logrado mantener su independencia frente a sus queridas y eso que de algunas llego a prendarse fuertemente, se encapricho de tal modo por esta, que al poco tiempo le toleraba frisos que ajaban su dignidad y tiempo adelante actos que aun mas la escarnecian. Por supuesto, este dominio duraba solamente los momentos de sensualidad, las horas que consagraba al placer. Asi que salia del templo de Venus, recobraba su razon el imperio, volvia a sus empresas con creciente ambicion. Amparo fumaba tranquilamente en silencio, enviando pequenas nubes de humo al techo. De pronto hizo un movimiento brusco, e incorporandose dijo: --Voy a vestirme. Toca ese boton. El duque se levanto para cumplir el mandato. A los pocos instantes se presento Petra a vestirla. Mientras lo llevaba a cabo, ama y doncella cambiaron algunas impresiones con excesiva familiaridad, mientras el banquero seguia con fijeza entre atento y distraido, los movimientos de la faena. --Senorita, ?ha visto usted ayer a la Felipa guiando dos jaquitas que parecian ratones? Por aqui paso.... iQue preciosidad! No he visto cosa mas mona en la vida.... A ver cuando el senor duque le compra otra pareja asi--dijo Petra mirando con el rabillo del ojo al banquero, mientras ataba las cintas de la bata a su ama. --iPs!--exclamo esta alzando los hombros con desden--. No me ha dado nunca por guiar. Es oficio de los cocheros. Pero si me diese, iya lo creo que me compraria un tronco igual! Y al mismo tiempo se volvio un poco, con media sonrisa, hacia el duque, que dejo escapar un grunido corroborante, pasando con su peculiar movimiento de boca el cigarro al lado contrario. --Pues son muy lindas para ir a los toros. iY que no estaria bien la senorita con su mantilla blanca guiando! --?Mantilla para guiar? iEstas aviada, hija! --Bueno, pues de sombrero. El caso es que estaria de misto: no como esa desorejada de la Felipa que ya no tiene carne para hartar a un gato.... La doncella, mientras le recogia el pelo, charlaba por los codos. El fondo de su charla era constantemente adulador. Amparo escuchaba con cierta complacencia. Alguna vez la interrumpia con frases del mismo jaez que las que la domestica usaba, en mas de una ocasion, acompanadas de interjecciones que aquella no se atrevia a pronunciar. Contaba que el dia anterior habia tropezado en la calle con Moratini, y que el famoso torero le habia dicho al pasar: "Recuerdos a tu ama". Al mismo tiempo la maligna doncella miraba de reojo al duque. Amparo sonrio lisonjeada; pero hizo una fingida mueca de desden. --Lo mismo da. Ya sabes que me carga. --Pues tiene muchos partidarios. --iCalla! icalla! que ni tu ni el valeis un perro chico.... Anda; traeme pronto esa gorra, y largate. Asi que la doncella se hubo marchado, el duque, en quien los recuerdos del torero despertaron los celos y el mal humor, dijo saliendo al gabinete y tendiendose groseramente en el sofa: --Parece que esta noche has tenido media juerga. ?Quien ha estado aqui? Amparo dirigio la vista a la licorera, donde el duque la tenia posada. --Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de las tres. --?Nadie mas? --Con sus amigos Leon y Rafael. --?Nadie mas? --Nadie mas, hombre. ?Me vas a examinar? --Es que yo he sabido que ha estado tambien Manolito Davalos. El duque no lo sabia. Quiso sacar de mentira verdad. --Cierto: tambien ha estado Manolo--replico con indiferencia. --Bueno, pues sera la ultima vez--dijo mordiendo con rabia el cigarro. --Eso sera si a mi se me antoja--manifesto la bella ex florista levantando hacia el los ojos con expresion provocativa. Salabert dejo escapar ciertos grunidos que Amparo considero ofensivos. Hubo una escena violenta. La bella reclamo con fiereza su independencia; le canto lo que ella llamaba con clasica erudicion "verdades del barquero". El banquero, excitado, contesto con su groseria habitual. El era quien pagaba; por lo tanto, tenia derecho a prohibir la entrada en aquella casa a quien le pareciese. La disputa se fue agriando en terminos que ambos levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en quien a poco que la rascaran aparecia la criatura de plazuela. Cruzaronse frases de pesimo gusto, aunque pintorescas. La malaguena llamo al duque tio lipendi, gorrino, y concluyo por arrojarle del gabinete. Pero aquel no hizo maldito el caso, antes enfurecido la falto abiertamente al respeto, empleando en su obsequio algunos epitetos expresivos de su exclusiva invencion y otros recogidos con cuidado de su larga experiencia. Por ultimo, quiso dejar sentado de un modo incontrovertible que alli era el amo. Con este fin, puramente logico, dio una tremenda patada a la mesilla dorada donde reposaba la aborrecida licorera, que se derrumbo con estrepito y se hizo cachos. Amparo, que no se dejaba sobar por nadie, segun decia a cada momento, aunque a cada momento se pusiese en contradiccion consigo misma, presa de un furor irresistible, con los ojos llameantes de ira, alzo la mano tomando vuelo y descargo en las limpias y amoratadas mejillas del procer una sonora bofetada. Los cabellos del lector se erizaran seguramente al representarse lo que alli pasaria despues de este acto barbaro e inaudito. Acaso seria conveniente dejarlo en suspenso como la famosa batalla del heroe manchego y el vizcaino. Sin embargo, para no atormentar su curiosidad inutilmente, nos apresuramos a decir lo que paso desdenando este recurso de efecto. El caso no fue tragico, por fortuna, si bien digno de atencion y de meditarse largamente. El duque se llevo la mano al sitio del siniestro y exclamo sonriendo con benevolencia: --iDemonio, Amparito, no crei que tuvieras la mano tan pesada! Aquella, que se habia puesto palida despues de su irreflexivo arranque, quedo estupefacta ante la extrana salida del banquero. Tardo algunos segundos en darse cuenta de su sinceridad. --Eres una gran chica--siguio aquel echandole un brazo al cuello y obligandola a sentarse de nuevo, y el junto a ella--. Esta bofetada no la tasaria en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte, sonora, oportuna.... Reune todas las condiciones que se pueden apetecer.... --Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre--dijo la Amparo, escamada y presta otra vez a enfurecerse. --No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagartela en el acto. Pero mucho ojo con que vuelva por aqui Manolito Davalos, porque no vuelves tu a ver el color de mis billetes. --iSi fue una casualidad, hombre!--dijo la Amparo dulcificandose--. Vino esta noche porque habia ido de juerga con Leon y Rafael, y a ultima hora se le ocurrio a Nati hacerme una visita. --Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, ?sabes?; pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. ?Lo has oido, salero? Al mismo tiempo llevo la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su semblante, que sonreia con la expresion triunfal del que lleva en el bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de pronto. Una nube de inquietud paso subito por el. Busco con afan. La cartera no estaba en aquel sitio. Paso a los demas bolsillos. Lo mismo. --iF....! ime han robado la cartera! Amparo le miro con ojos donde se reflejaba la duda. --iF....! ime han robado la cartera!--volvio a exclamar con mas energia--. iMe han robado diez mil y pico de duros! --iVaya, vaya, que guasoncillo esta el tiempo!--dijo Amparo ya enojada otra vez. No tuvo penetracion para distinguir el susto verdadero del fingido. --iSi, si; no ha sido mala guasa! iMaldita sea mi suerte! iSi cuando un dia principia mal!... Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil ahora.... iPues senor, no ha sido mal empleada la manana! Se levanto bruscamente del sofa y principio a dar vueltas por la estancia, presa de una agitacion sorprendente en quien tantos millones poseia. Un torrente de palabras, de grunidos, de sucias interjecciones que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escapo de sus labios. Arrojo con furia el cigarro, que en el era signo de gravisima preocupacion. Amparo, viendole tan excitado, se rindio a la evidencia, y preocupada tambien por el caso le dijo: --Quiza no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses.... ?Donde has estado? --?Crees tu que alguna vez se hayan perdido once mil duros?--repuso en tono amargo parandose frente a ella--. Es decir, se pierden, si; pero otros los encuentran antes de llegar al suelo. Acabando de decir esto, quedo repentinamente suspenso, como si brillase una luz salvadora en su cerebro. Miro con ojos escrutadores por algunos instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonreir, dijo, tornando a sentarse al lado de ella: --iPero que animal soy! iVaya una bromita salada, y que bien que te habras reido de mi! --?Que dices?--pregunto la Amparo estupefacta. --iVenga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera. Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la echo un brazo al cuello y comenzo por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde tuviera oculto el dinero. Dando una fuerte sacudida la joven se desprendio de sus brazos y se levanto: --Oye, tu.... ?Me tomas por una ladrona?--exclamo enfurecida. --No, sino por una guasoncilla. ?Te has querido reir de mi, verdad? La joven replico con energia que el guason era el y que bastaba de bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque insistio todavia; pero viendo la indignacion real de su querida y no teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la cartera, recogio velas. En cuanto perdio esta esperanza, su rostro se nublo de nuevo. Aunque dio satisfacciones a Amparo, no fueron estas muy calurosas. Quedabale, en el fondo, la duda. Bien lo echo de ver ella, por lo que siguio enojada. Concluyo por decirle: --Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero mas historias.... iAh! y no dejes de traerme esta noche guita, que me esta haciendo mucha falta.... A no ser que prefieras que te mande a casa las cuentas.... Salio el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las inmediaciones no habia coches y no queria utilizar el de su querida, por mas que el lo pagara, encaminose a pie hacia su casa. Cayo en ella como una bomba, no de polvora o dinamita, porque no entraban en su temperamento los procedimientos fragorosos, sino de acido sulfurico o sublimado corrosivo que se extendio por toda ella molestando y requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase grosera pronunciada en el tono cinico y burlon que caracterizaba su discurso. Despues de almorzar encerrose en el escritorio con su mal humor a cuestas. No hacia una hora que alli estaba, cuando entraron a avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con el. --?Que quiere? --No lo se. Desea hablar con el senor duque. Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo: --Que pase. El cochero que entro era el mismo que le habia conducido desde casa de Calderon a la de su querida. Salabert le miro con ansiedad. --?Que traes? --Esto, senor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia--dijo presentandole la cartera perdida. El banquero se apodero de ella, la abrio prontamente, y sacando el monton de billetes que contenia, se puso a contarlos con la destreza y rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluyo dijo: --Esta bien: no falta nada. El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificacion, quedose algunos instantes inmovil. --Esta bien, hombre, esta bien. Muchas gracias. Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre dio las buenas tardes y se dirigio a la puerta. El duque le echo una mirada burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna: --Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como tu, el mejor premio es la satisfaccion de haber obrado bien. El cochero, confuso e irritado a la vez, le miro de un modo indefinible. Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin salio de la estancia sin articular palabra. V #Precipitacion.# Raimundo Alcazar, que asi se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y enfadoso que siguio a Clementina cuando hemos tenido el honor de conocerla al comienzo de la presente historia, recibio la mirada iracunda que aquella le dirigio al entrar en casa de su cunada con admirable sosiego y resignacion. Espero un momento a ver si solo iba a dejar algun recado, y como no saliese se alejo tranquilamente en direccion a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores. La florista, al verle llegar, le sonrio como a un antiguo parroquiano y echo mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya preparado para el. Dirigiose a la Plaza Mayor y tomo el tranvia de Carabanchel. Dejolo donde se bifurca con el camino que conduce al cementerio de San Isidro y siguio hacia este a pie. Ascendio con rapidez la cuesta, llego y penetro en el nuevo recinto, donde, como exige la ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y sombrias galerias. Con paso rapido avanzo hasta una sepultura con losa de marmol blanco rodeada de una pequena verja, y se detuvo. Permanecio algunos minutos inmovil contemplandola. Sobre la losa estaba escrito con caracteres negros este nombre: ISABEL MARTINEZ DE ALCAZAR. Debajo de el estas dos fechas separadas por un guion: 1842-1883, que indicaban sin duda las del nacimiento y la muerte de la persona alli enterrada. Habia sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogio con cuidado, deshizo luego el ramo que traia, esparcio las frescas flores sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas. Con este en una mano y el sombrero en la otra, permanecio otra vez algun tiempo de pie contemplando con ojos humedos aquella sepultura. Luego se alejo rapidamente y salio del cementerio sin echar una mirada de curiosidad en torno suyo. Raimundo Alcazar habia perdido a su madre hacia ocho o nueve meses. No habia conocido a su padre, o, por mejor decir, no tenia recuerdo de el, pues desaparecio de este mundo cuando solo contaba el cuatro anos. Llamabase tambien Raimundo, y era, al morir, catedratico de la Universidad de Sevilla. Cuando se caso con su madre nada mas que un joven en espera de colocacion. Por eso el padre de Isabel, comerciante en ferreteria en la calle de Esparteros, se habia negado a autorizar aquellos amores, los persiguio con tenacidad y solo consintio en el matrimonio cuando Alcazar llevo por oposicion la catedra mencionada. Era hombre de excepcional inteligencia, publico algunos libros de la ciencia a que se habia dedicado, que era la Geologia. Su muerte, acaecida cuando solo contaba treinta y dos anos de edad, fue llorada en la pequena esfera en que los hombres de ciencia viven en Espana. Isabel, con su hijo Raimundo, se volvio a Madrid a la casa paterna, donde tres meses despues de fallecido su esposo, dio a luz una nina que tomo el nombre de Aurelia. Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija unica de un comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes. Rechazo todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romantica entre las amigas, quiza porque poseia alguna mas inteligencia y corazon que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban los seres prosaicos que constituian casi la totalidad de las relaciones de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien habia adorado en vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso tesoro todas las frases de elogio que la prensa habia tributado a sus obras. El unico deseo, el unico afan de su vida era que su hijo siguiese las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e ilustracion. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenzo a ver alzarse ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No solo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz parecia una copia exacta. Luego el nino, por su comportamiento en el colegio, principio a causarle vivos placeres: era inteligente y aplicado. Los maestros se mostraban de el muy satisfechos. Cada frase de elogio que llegaba a sus oidos, cada nota de sobresaliente que veia escrita debajo del nombre de su hijo, producia a la pobre madre espasmos de alegria. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su padre. Alguna vez sentia remordimientos pensando que distribuia con poca equidad el carino entre sus dos hijos. Por mas esfuerzos que hacia para mantener el equilibrio, no podia menos de confesarse que amaba mucho mas a Raimundo. Su inmenso carino se traducia en constantes caricias, en nimios cuidados que enervaban y enmollecian el temperamento del nino. Le criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una aficion tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se convertia en verdadera fiebre. Cada vez que tenia que apartarse de sus faldas para ir al colegio le costaba lagrimas. Exigia que se pusiera al balcon para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se volvia mas de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya hombre y estudiante de Facultad, y todavia Isabel conservaba esta costumbre de salir al balcon para despedirle cuando iba a sus clases. Por su natural, o tal vez por esta educacion un poco afeminada, Raimundo fue un nino timido, retraido de los juegos de sus companeros, luego un adolescente melancolico, por fin un joven serio y de pocas palabras. Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscipulos antes de entrar en catedra; pero en cuanto daba la hora tornabase a casa y no le gustaba salir sino acompanando a su madre y hermana. Mucho antes de esta epoca, cuando contaba solamente diez anos, habia muerto su abuelo. Asi que, en cuanto llego a los diez y seis, comenzo a desempenar el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la acompanaba a hacer visitas: algunas noches, cuando hacia buen tiempo, salia de paseo con ella por las calles, dandole el brazo como un marido o un galan. La belleza de Isabel no disminuia con la edad. Al verlos juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas, oia, a su pesar, frases de admiracion, requiebros, lo que ha dado en llamarse _flores_, que los transeuntes dirigian a su madre. Sentia, al escucharlas, una mezcla extrana de vergueenza y placer, de celos y de orgullo que le agitaba. El viejo Martinez, despues de retirado del comercio, habia tenido quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fabrica de polvora que sufrieron depreciacion, y en valores del Estado. Solo les dejo una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivian los tres con economia, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la calle de Gravina. Raimundo siguio la carrera de ciencias. Queria ser catedratico como su padre, y, dada la brillantez con que salia en los examenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba tambien, como su padre, decidida aficion a las ciencias naturales; pero en vez de dedicarse a la Geologia, fijose con predileccion en la Zoologia, y de esta en aquella parte que comprende el estudio interesantisimo de las mariposas. Comenzo a hacer acopio de ellas, y desplego un afan y una inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica coleccion. Antes de terminar la carrera, era ya un notable _entomologo._ Se habia hecho construir escaparates que cubrian las paredes de su habitacion, donde estaban expuestos los cartones con las mas raras y preciosas especies. Estuvo ahorrando dos anos para comprar un microscopio, y por fin adquirio uno bastante bueno que le proporciono grato solaz al par que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente para obtener una catedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones que mantiene con los demas, sobre todo con los mas proximos. El dia que se hizo doctor, y fue justamente acabados de cumplir los veintiun anos, la pobre Isabel experimento una de esas alegrias solo comprensibles para las madres. Le abrazo derramando un raudal de lagrimas. --Mama--le dijo Raimundo--. Estoy ya en aptitud de hacer oposicion a una catedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve, renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastara con el sueldo. Estas palabras generosas conmovieron a la madre. Cada dia hallaba mas razones para adorar aquel hijo modelo. Dedicose Raimundo con ardor al estudio, profundizando las materias de algunas asignaturas, sin abandonar por eso sus aficiones entomologicas. Gracias a estas y al nombre glorioso que su padre le habia legado, se dio a conocer pronto entre los hombres de ciencia. Escribio algunos articulos, se puso en relacion con varios sabios extranjeros y tuvo la satisfaccion de recibir de ellos frases de elogio que le alentaron. Bien puede decirse que era un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le royeran las entranas, sin amores tormentosos ni amistades molestas, disfrutando de la tranquilidad del hogar, del carino de la familia y de los puros goces de la ciencia, deslizabanse sus dias serenos y dichosos. A las amigas de su madre les sorprendia tanta formalidad. ?No tenia novia Raimundo? ?No le gustaban siquiera las muchachas? Isabel contestaba sonriendo y con transparente satisfaccion. --No se: creo que hasta ahora no le ha dado por ahi. Esta tan metido por mis faldas que parece un nino de tres anos.... La verdad es que le ha de costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto como yo. Y asi era como ella lo decia. Teniale envuelto en una atmosfera de proteccion, de tibios y amorosos cuidados que le seria casi imposible hallar al lado de una esposa por tierna que fuese. Solo las madres poseen esa abnegacion absoluta, infatigable, sin esperanza ni deseo siquiera de reciprocidad. Todo lo que la vida material exige, lo tenia satisfecho Raimundo con un refinamiento que pocos hombres disfrutarian. Jamas se le habia ocurrido pensar ni en su alimento, ni en su ropa o calzado, ni aun en aquellos menesteres de que las mujeres no suelen entender. Todo estaba previsto y regularizado perfectamente en su vida. Podia consagrarse con entera libertad al ejercicio de su inteligencia. Si se quejaba de mal sabor de boca, ya tenia a su madre por la manana al lado de la cama con un vaso de limon y polvos laxantes: si le dolia la cabeza, con el agua sedativa o los panos de leche y adormideras. Si por la noche tosia, por poco que fuese, ya estaba intranquila y no paraba hasta que silenciosamente y en camisa iba a cerciorarse de que su hijo no se habia destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad de hacerlo, tambien comenzo a ayudar a la madre en esta tarea de ahuyentar todo dolor, de arrancar las espinas, por pequenas que fuesen, del camino del joven entomologo. Desgraciadamente, mejor pudieramos decir naturalmente, pues que la felicidad es imposible en este mundo, esta existencia dichosa tuvo pronto un termino. Isabel cayo enferma con pulmonia. No quedo bien curada por haberla quiza descuidado o por no haberse atrevido el medico a aplicarle ciertos remedios un poco crueles. Quedole un catarro pulmonar que la debilito bastante. Por consejo del medico fue a Panticosa en compania de Raimundo, quedando Aurelia en casa de unos parientes. Se repuso un poco, pero fue para recaer pocos dias despues de llegar a Madrid. Descaecio notablemente, hasta el punto de que la gente de fuera vio con claridad que se moria. A Raimundo no se le paso por la cabeza. Aquella existencia estaba tan ligada a la suya, que las dos no formaban mas que una. Le pasaba como a casi todos los enfermos que no saben que se mueren. Aunque muy enferma, Isabel seguia con la misma diligencia gobernando la casa. Raimundo la habia rogado, y luego, prevalido del inmenso ascendiente que sobre ella tenia, la habia prohibido que se ocupara en ningun menester. Pero ella, burlando su vigilancia, arrastrada de esa inclinacion invencible que sienten las mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abandonaba sus tareas. Un dia, cuando ya puede decirse que estaba moribunda, la sorprendio Raimundo de rodillas limpiando con un pano el pie de una mesa. Quedo estupefacto, y despues de renirla carinosamente la levanto cubriendola de besos. Una amiga devota que vino a visitarla la insinuo que debia confesarse. Isabel se impresiono tristemente. Su hijo, que la encontro llorando, enfureciose y prorrumpio en denuestos contra los beatos. A pesar de esto, la enferma, que iba ya penetrandose de su estado, exigio con dulzura y firmeza a la par que viniese el cura. Raimundo, disgustado, llamo en su apoyo, para negarse a ello, al medico. Este contesto al principio evasivamente. Por ultimo, dijo que eso nunca estaba de mas, que si los sanos se hallaban expuestos a una muerte repentina, con mayor razon los enfermos. Ni aun con eso entro la luz en el espiritu del joven. Despues de confesada, Isabel siguio lo mismo, lo cual contribuyo a mantener su ilusion. Levantabase, corria a la mesa, paseaba del brazo de Raimundo por la sala y pasaba la mayor parte del dia en una butaca. Estaba, sin embargo, tan demacrada, que los que la veian a intervalos largos quedaban sorprendidos. Lejos de perder con esto la belleza, parece que se habia aumentado. Su tez era mas fina y transparente; los ojos mas brillantes. Una manana dijo que no tenia deseos de levantarse. Raimundo se sento al lado del lecho y se puso a leerla una novela. Al cabo de un rato le dijo: --Estoy mal a gusto. Incorporame un poco, que no tengo fuerzas yo. Fue a hacerlo y en el mismo instante su madre dejo caer la cabeza hacia un lado y se quedo muerta, sin un suspiro, sin una contraccion que acusase dolor, como un pajaro, segun la expresiva imagen del vulgo. El grito desgarrador del joven atrajo a la gente de casa. Sacaronle de ella unos parientes y le llevaron a la suya, lo mismo que a su hermana. En el estado de estupor en que quedo, les fue facil conducirlo adonde les plugo. Aquella tarde fueron unos amigos a verle. Le hallaron relativamente animado. No dejo de sorprenderles un poco, porque sabian el frenetico carino que profesaba a su madre. Hablo de su ciencia con ellos, y hablo largo rato, expresandose con verbosidad en el inusitada. Por donde vinieron a sospechar que estaba bajo una fuerte excitacion. Esta sospecha se confirmo al oirle proponerles jugar al tresillo. Cumplieron su gusto, pero al poco rato el joven comenzo a desvariar tristemente. --Oyes, mama, ?que te parece de este juego?--dijo llamando a una senora que alli estaba. Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltacion fue creciendo; empezo a reir de modo tan extemporaneo, que nadie dudo que aquello terminaria por una fuerte explosion nerviosa. En efecto, cuando menos se esperaba, alzose repentinamente de la silla, corrio al balcon, lo abrio, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a la calle. Al fin cayo con un fuerte ataque del que por fortuna salio pronto. Despues vino el aplanamiento que le obligo a guardar cama tres o cuatro dias. Por ultimo, el tiempo fue ejerciendo su operacion sedante. A los quince dias estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar. Propusieronle sus tios quedarse a vivir con ellos, dado que era demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitres anos, y ella poco mas de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo. Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a el sus muebles, y despues de instalados empezo a deslizarse su vida, triste si por el recuerdo siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijo su atencion y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y protector de aquella nina huerfana, hizo con ella lo que su madre habia hecho con el hasta entonces; la atendio y la mimo con un amor y un esmero que conmovia a los amigos que los visitaban. Aurelia no era hermosa ni tenia gran talento; pero sentia hacia su hermano, porque su madre se la habia infundido, una adoracion idolatrica. Sin embargo, aun en lo referente a la vida material, sintio el joven el vacio de su madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aquella. Poco a poco, no obstante, se fue adiestrando en el gobierno de la casa. Ademas, Raimundo ya no exigia los refinamientos de antes. El sentimiento de proteccion, la conciencia de los deberes que tenia que llenar hacia su hermana, le hacia no pensar en si mismo. Al contrario, cualquier atencion de Aurelia le sorprendia, y la agradecia como si viniese de un nino. Ambas existencias se fueron compenetrando. Vivian modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenian mas que una criada. Asi que la renta de ocho mil pesetas que poseian, les bastaba. Como procedia de papel del Estado y acciones de una fabrica, su administracion era facilisima. Raimundo pudo dedicarse con mas ardor que nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que habia hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Despues que salio de casa, fue dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a Aurelia. Salia poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse apercibido a una oposicion, de un lado, y de otro su mania de colector y escrutador del mundo de los insectos, absorbian casi todo su tiempo. Por milagro entraba en los cafes, ni al teatro podia asistir por razon del luto. Un dia, hallandose en una libreria de la Carrera de San Jeronimo, donde solia pasar algunos ratos hojeando las obras recien llegadas del extranjero, acerto a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el asombro: se posaron en ella con una intensidad que la obligo a volver la cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la estuvo contemplando extasiado, con senales de alteracion en su fisonomia. El libro que tenia asido temblaba ligeramente entre sus manos. Al salir ella, dejolo caer y trato de seguirla; pero a la puerta estaba un carruaje esperandola. El lacayo, sombrero en mano, le abrio la portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad. --?Que es eso, D. Raimundo?--le dijo el dependiente, viendole entrar de nuevo en la tienda--. ?Le ha hecho a usted impresion mi parroquiana? El joven sonrio disimulando su turbacion, y respondiendo con fingida indiferencia: --A cualquiera le llamara la atencion una mujer tan hermosa. ?Quien es? --?No la conoce usted? Es la senora de Osorio, un banquero, hija de Salabert. --iAh! ?hija de Salabert? ?Vive en aquel palacio grande del paseo de Luchana? --No, senor; vive en un hotel de la calle de Don Ramon de la Cruz. No queria saber mas, y se despidio. Aquella dama se parecia de un modo asombroso a su madre. La situacion de su espiritu, todavia agitado y dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese mas relieve a sus ojos del que realmente tenia, le produjese una viva expresion. Pocos momentos despues pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero no logro ver nuevamente a la senora. Al otro dia fue al paseo del Retiro y alli la hallo. Desde entonces espio y siguio sus pasos con una constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su espiritu. Aunque tenia bien presente la fisonomia de su madre, el semblante de Clementina Salabert se lo traia a la memoria con mayor energia. Esto le producia vivo dolor, en el cual se placa, aunque parezca paradojico. Bien lo entendera el que haya visto desaparecer de este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no podia contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lagrimas correr por sus mejillas. Por esto, quiza, era por lo que la buscaba en todas partes. Sin embargo, habia una dureza y severidad en el que no habia tenido jamas el de su madre; pero cuando sonreia, al desaparecer esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa. No se le oculto a nuestro mancebo el enojo que la dama recibia de su tenaz persecucion. Y no podia menos de reirse interiormente de aquel extrano error. Si supiese esta senora--se decia cuando veia un gesto de desden en sus labios--por que me gusta tanto, ique grande seria su asombro! Una corriente de simpatia y hasta, es posible decir, de adoracion le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente que tenia, es facil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho entender que gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina estaba colocada en una esfera tan alta, que temia su desden. Bastante era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra parte, habian llegado a sus oidos rumores que la desacreditaban. No procuro confirmarlos, primero porque no le importaba, y despues porque una vez confirmados se veria obligado a despreciarla, y no queria que una mujer que tanto se parecia a su madre en la figura fuera un ser despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentose con satisfacer siempre que podia aquel extrano deseo de renovar su dolor, de conmoverse hasta derramar lagrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad ni podia asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. Tambien averiguo que iba los domingos a misa de dos en los Jeronimos; alli la pudo contemplar con mas espacio y sosiego. Habia dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningun esfuerzo para mostrarselo. Temia que Aurelia no viese tan clara como el la semejanza y le arrancase parte de su ilusion. Dos o tres veces a la semana, Clementina solia salir a pie por la tarde, como el dia en que por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecucion fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto de pudor que conservaba. Ademas, sabia, porque se lo habian dicho recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en flagrante adulterio y las matan, estan exentos de responsabilidad. Como estaba convencida de que el suyo la detestaba, temia que se aprovechase de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al residuo de vergueenza que le quedaba, fomentaban su irritacion contra Raimundo. Su caracter violento, caprichoso, despotico, se alteraba con aquel obstaculo imprevisto. Ni siquiera habia reparado bien en la fisonomia del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura. Luego, el sosiego con que recibia los gestos provocativos de desprecio que no le escatimaba, le parecian una ofensa. Bien mirado, aquel chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creible que un enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, despues que advirtio que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no cabia duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se veia precisada a dar para huirle, las visitas que hacia sin gana, todas las zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacian cada dia mas aborrecible y le iban requemando la sangre. Ideo salir en coche, meterse en las Calatravas y despedirlo alli; pero Raimundo, al verse privado por varios dias de verla, tambien dio en la flor de tomar un coche de punto y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometio a si misma cortar aquella impertinente y molesta persecucion, aunque no sabia como. Primero penso en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver la sangre fria con que aquel lo tomaba, se indigno y no volvio a mentarle el asunto. Luego imagino abordarle ella misma en la calle y rogarle con pocas palabras frias y desdenosas que no la molestase mas. Cuando llego la ocasion no se atrevio a hacerlo, aunque no pecaba de timida: el trance le parecio grave. En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acerto a ver en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzole entonces por la mente la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de la casa entro en el portal y se dirigio a la garita de los porteros. --?Tiene usted la amabilidad de decirme quien habita el cuarto tercero de esta casa? --Son dos senoritos muy jovenes, hermano y hermana. Solo viven aqui desde hace cuatro meses. Han quedado huerfanos, al parecer, hace poco tiempo.... La portera, al ver una senora tan elegante, se mostro locuaz y complaciente; pero Clementina la atajo en seguida. --?Como se llama el senorito? --D. Raimundo Alcazar. --Mil gracias. Y se alejo inmediatamente. Salio a la calle y dio unos cuantos pasos. Mas de pronto, se le ocurrio que el escribirle tenia sus inconvenientes, y que en realidad era preferible una explicacion verbal de la cual nadie que la conociera podia enterarse en aquellos momentos. Detuvose un momento indecisa, y bruscamente dio la vuelta y se metio de nuevo en el portal. Cruzo sin decir nada por delante de la portera y subio con pie ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del brio y entereza de su caracter, sintio un poco desfallecida la voluntad y estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado la empujo, sin embargo, al pensar que el joven la habia visto entrar y se enteraria de su arrepentimiento. En el piso tercero habia dos cuartos, derecha e izquierda. Clementina habia visto papeles en uno. Llamo sin vacilar en el de la derecha observando que tenia un felpudo para los pies delante de la puerta, senal evidente de que era el habitado. Salio a abrirle una criada a quien pregunto por D. Raimundo Alcazar. --Deseo verle--dijo despues que se entero de que estaba en casa. La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella visita, le pregunto: --?Aviso a la senorita? --No, no; avise usted al senorito, que es a quien deseo hablar. Se hallaba este, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitacion. Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se habia sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizose al verla salir, y otra vez se altero cuando entro nuevamente. Cruzo por su mente la idea de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desecho como inverosimil. Imagino mas bien que vendria a visitar a alguno de los inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de calidad. No obstante, a despecho de su razon, no se tranquilizaba. Cuando oyo sonar el timbre de la puerta quedo aterrado. Apenas tuvo animo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una sena a la criada ya esta habia abierto, obligandole a retirarse vivamente a su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la sala. Al fin se decidio a salir, reflexionando que no habia motivo racional para ello. Raimundo no tenia mucho trato de gente. Las relaciones de su madre habian sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas. Por su parte, tampoco habia hecho nada por ensanchar este circulo. Ya hemos dicho que no habia estrechado amistad intima con ninguno de sus condiscipulos. Menos habia procurado la entrada en los casinos, tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los dias que llevaba de juventud se habian deslizado serenos en el seno del hogar, estudiando y coleccionando mariposas. Conocia la vida por los libros. La naturaleza le habia dotado, no obstante, de un claro y simpatico ingenio, de facil palabra y de cierta dignidad de modales que suplia bastante bien a esa elegancia y distincion que el roce continuado con la espuma de la sociedad engendra. Entro en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposicion a la hostilidad que el estrambotico paso de aquella senora le infundia. Hizole una profunda reverencia. La situacion era tan extrana, que Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta bien puede decirse su desgarro, se encontro repentinamente cohibida. Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brio. --Aqui me tiene usted--le dijo en tono agrio que resulto inoportuno y descortes. --Usted me dira a que debo el honor de esta visita--repuso Raimundo con voz un poco temblorosa. --Pues.... (la dama vacilo unos instantes) lo debe usted al honor que me hace siguiendome hace dos meses como una sombra chinesca a todas partes. ?Le parece a usted agradable traer un espantajo detras en cuanto una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no enfermar como el lego de los _Madgyares_, he dado el paso ridiculo de subir hasta aqui a rogarle que cese en su persecucion. Si usted tiene que decirme algo interesante, digamelo de una vez y concluyamos. Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se encuentra en una situacion falsa y quiere salir de ella exagerando el enojo. Raimundo la miro lleno de asombro, cosa que molesto a Clementina y aun mas la precipito. --Senora, siento en el alma haberla ofendido.... Estaba muy lejos de mi animo.... iSi usted supiera los sentimientos que en mi despierta su figura!... (balbucio con trabajo). Clementina le atajo diciendo: --Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy casada ... y aunque no lo fuese seria lo mismo. --No, senora, no voy a hacerle una declaracion--repuso el joven entomologo sonriendo--. Voy a explicarle a usted mi persecucion. Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. iQue lejos estara usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si lo estuviese, es bien seguro que no la seguiria como un pirata callejero ... sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro.... Raimundo se puso serio al llegar aqui e hizo una pausa. Luego dijo precipitadamente, con voz alterada por la emocion: --Senora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo ... y usted se parece muchisimo a mi madre. Al pronunciar estas palabras se quedo mirandola con una atencion ansiosa, humedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a sollozar. Esta revelacion produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo. Permanecio inmovil y muda mirandole tambien fijamente. Raimundo comprendio lo que pasaba por su espiritu, y dijo empujando la puerta de su despacho: --Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo. La dama avanzo dos pasos y vio en la pared fronteriza, sobre el sillon mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografia ampliada de una senora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decia. Sobre el retrato, sujeto al marco, habia un ramo de siemprevivas. --Algo nos parecemos--dijo despues de contemplar el retrato con atencion--. Pero esa senora era mas hermosa que yo. --No; mas hermosa, no. Tenia mas dulzura en los ojos, y eso daba a su fisonomia un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que brillaba en ellos. Pronuncio estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de galanteria que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padecio aun mas por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de Raimundo temblaban dos lagrimas. La dama dijo al cabo: --?Que edad tenia su mama? --Cuarenta y un anos. --Yo tengo treinta y cinco--replico con mal disimulada satisfaccion. Raimundo volvio hacia ella la vista. --Es usted joven aun y muy bella.... Pero mi madre tenia la tez mas fresca a pesar de llevarle algunos anos. Su cutis era terso como el raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecian los de un nino.... Es natural. La vida de mama fue suave y tranquila. Ni su cuerpo ni su alma se habian gastado. No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groserias a la senora que tenia presente. Esta se sintio fuertemente picada; pero no oso mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba le impusieron respeto. Lo que hizo fue cambiar de conversacion, echando una mirada de curiosidad por el despacho. --Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas. --Si, senora; desde nino. He logrado reunir una cantidad de especies bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted. Clementina se acerco a uno de los armarios. Raimundo se apresuro a abrirlo y le puso en la mano un carton donde estaban fijadas algunas lindisimas de vivos y brillantes colores. --En efecto, son bonitas y originales. ?Que utilidad saca usted de coleccionarlas? ?Las vende usted? --No, senora--repuso sonriendo el joven--. Es con un fin puramente cientifico. --iAh! Y le echo una rapida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba mucho con los hombres de ciencia, pero le infundian cierto vago respeto mezclado de temor, como seres extranos a quienes una parte del mundo concede superioridad. --?Es usted naturalista?--le pregunto despues. --Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido.... Mientras le mostraba su preciosa coleccion con el gozo especial no exento de desden con que los sabios ensenan sus trabajos a los profanos, le fue enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su madre volvio a conmoverse y las lagrimas a brotar a sus ojos. Clementina le escuchaba con atencion, recorriendo con la vista los cartones que le ponia delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los matizados insectos, bien de compasion cuando Raimundo llego a describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distraccion. No lograba, sin embargo disipar la confusion en que la ponia el extrano paso que habia dado, la situacion anomala en que se hallaba. Salio de ella bruscamente, como hacia siempre las cosas. Se puso seria y tendio la mano al joven, diciendole: --Mil gracias por su amabilidad, senor Alcazar. Me voy, celebrando mucho que no haya sido el objeto de su persecucion el que yo sospechaba.... De todos modos, sin embargo, le ruego no continue en ella.... Ya ve usted; soy casada, y cualquiera podria pensar que yo la aliento o doy algun motivo.... --Pierda usted cuidado, senora. Desde el momento en que a usted le molesta me guardare de seguirla. Perdoneme usted en gracia del motivo--respondio el joven apretandole la mano con naturalidad y afectuosa simpatia que lograron interesar a la dama. Pero no lo demostro. Al contrario, se puso mas seria y emprendio la marcha hacia la sala. Raimundo la siguio. Al pasar delante de ella para abrirle la puerta, le dijo con franqueza seductora: --No valgo nada, senora; pero si algun dia quisiera usted servirse de mi insignificante persona, ino sabe usted el placer que me causaria con ello! --Gracias, gracias--repuso secamente Clementina sin detenerse. Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven vio asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo. --Ven aqui, Aurelia--le dijo. Pero la nina no hizo caso y se retiro velozmente. --Aurelia, Aurelia. Bien a su pesar, esta salio al pasillo y avanzo hacia ellos sonriente y roja como una cereza. --Aqui tienes a la senora de quien te he hablado, que tanto se parece a mama. Aurelia la miro sin saber que decir, sonriente y cada vez mas ruborizada. --?No se parece muchisimo? Di. --Yo no lo encuentro ...--respondio la joven despues de vacilar. --?Lo ve usted?--exclamo la dama volviendose a Raimundo con la sonrisa en los labios--. No ha sido mas que una fantasia, una alucinacion. Trasluciase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia de Aurelia hacia mas falsa aun su situacion. --No importa--repuso Raimundo--. Yo veo claro el parecido, y basta. La puerta estaba ya abierta. --Tanto gusto ...--dijo Clementina dirigiendose a Aurelia sin extenderle la mano, inclinandose con una de esas reverencias frias, desdenosas, con que las damas aristocratas establecen rapidamente la distancia que las separa del interlocutor. Aurelia murmuro algunas frases de ofrecimiento. Raimundo salio hasta la escalera para despedirla, repitiendole algunas frases amables y cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente grave. Bajo las escaleras descontenta de si misma, embargada por una sorda irritacion. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anomalas y ridiculas. VI #Desde el "Club de los Salvajes" a casa de Calderon.# Pintorescamente diseminados por los divanes y butacas de la gran sala de conversacion del _Club de los Salvajes_, yacen a las dos de la tarde hasta una docena de sus miembros mas asiduos. Forman grupo en un rincon el general Patino, Pepe Castro, Cobo Ramirez, Ramoncito Maldonado y otros dos socios a quienes no tenemos el gusto de conocer. Algo mas lejos esta Manolito Davalos, solo. Mas alla Pinedo con algunos socios, entre los cuales solo conocemos a Rafael Alcantara y a Leon Guzman, conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta nocturna en casa de la Amparo que tanto disgusto al duque de Requena. Las posturas de estos jovenes (porque lo son en su mayoria) responden admirablemente a la elegancia que resplandece en todas las manifestaciones de su espiritu refinado. Uno tiene puesta la nuca en el borde del divan y los pies en una butaca, otro se retuerce con la mano izquierda el bigote y con la derecha se acaricia una pantorrilla por debajo del pantalon; quien se mantiene reclinado con los brazos en cruz; quien se digna apoyar la suela de sus primorosas botas en el rojo terciopelo de las sillas. Este _Club de los Salvajes_ es mas bien un arreglo que una traduccion del ingles (_Savage Club_). Por mejor decir, se ha traducido con una graciosa libertad que mantiene vivo dentro de el el genio espanol en estrecha alianza con el britanico. A mas del titulo, pertenece al ingles todo el aparato o exterior de la sociedad. Los miembros se ponen indefectiblemente el frac por las noches si es invierno, el _smoking_ si es verano; los criados gastan calzon corto y peluca. Hay un elegante y espacioso comedor, sala de armas, gabinete de _toilette_, cuartos de bano y dos o tres habitaciones para dormir. Tiene el club, asimismo, servicio particular de coches y caballos de silla. El genio espanol se manifiesta en multitud de pormenores internos. El que mas lo caracteriza es el de la ausencia de metal acunado. Esto da origen a muchas y extranas relaciones de los socios entre si y de los socios con el mundo exterior, que constituyen una complicada y hermosa variedad que no se hallara en ningun otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, a un desarrollo inmenso, inconcebible, de esa palanca poderosa con que el siglo XIX ha llevado a termino las mas grandiosas y estupendas de sus empresas, el _Credito_. Realizanse dentro del _Club de los Salvajes_ tantas operaciones de credito como en el Banco de Londres. No solo se prestan los socios entre si dinero y juegan sobre su palabra, sino que tambien realizan la misma operacion con el club, considerado como persona juridica, y hasta con el conserje en calidad de funcionario y como particular. Fuera del circulo, los salvajes, arrastrados de su entusiasmo y veneracion por el credito, lo hacen jugar en casi todas sus relaciones con el sastre, el casero, el constructor de coches, el importador de caballos, el joyero, etc., sin mencionar aqui otras grandes operaciones de la misma clase que de vez en cuando realizan con algun banquero o propietario. Gracias, pues, a este inapreciable elemento economico, se habia hecho casi innecesario, entre los socios del club, el numerario, reemplazandolo dichosamente por otro medio enteramente abstracto y espiritual, la palabra; la palabra oral o escrita. Vivian, gastaban lo mismo que sus colegas y modelos de Londres, sin libras esterlinas, ni chelines, ni pesetas, ni nada. Es evidente, pues, la superioridad del club espanol sobre el ingles en este respecto. Tambien lo es en cuanto a la franqueza y cordialidad con que los socios se tratan entre si. Poco a poco se habian ido alejando de las formas correctas, ceremoniosas, que caracterizan a los graves _gentlemen_ de la Gran Bretana, dando a su trato cada vez mas color local, acercandolo en lo posible al de nuestros pintorescos barrios de Lavapies y Maravillas. El medio, la raza y el momento son elementos de los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la politica que en las sociedades de recreo. El club empieza a animarse siempre despues de las doce de la noche, llega a su periodo algido a las tres de la madrugada, y desde esta hora comienza a descender. A las cinco o seis de la manana se retiran todos santamente en busca de reposo. Durante el dia suele verse poco concurrido. Solo dos o tres docenas de socios van por las tardes, antes del paseo, a culotear sus boquillas. Embotados aun por el sueno, hablan poco. Les hace falta la excitacion de la noche para que muestren en todo su esplendor sus facultades nativas. Estas parecen concentradas en la nobilisima tarea de poner la boquilla de un hermoso color de caramelo. Si los objetos de arte han sido en otro tiempo objetos utiles, si el Arte arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos afirman, hay que confesar que los socios del _Club de los Salvajes_, en materia de boquillas obran como verdaderos artistas. Hacenlas venir de Paris y de Londres; traen grabadas las iniciales de sus duenos y encima la correspondiente corona de conde o marques si el fumador lo es; guardanlas en preciosos estuches, y cuando llega el caso de sacarlas para fumar lo realizan con tales cuidados y precauciones, que en realidad se convierten en objetos molestos mas que utiles. Hay salvaje que se estraga fumando sin gana cigarro sobre cigarro, solo por el gusto de ahumar la boquilla antes que alguno de sus colegas. Y si no es asi, por lo menos, nadie se cuida de saborear el tabaco. Lo importante es soplar el humo sobre la espuma de mar y que vaya tomando color por igual. De vez en cuando sacan el fino panuelo de batista, y con una delicadeza que les honra se dedican largo rato a frotarla mientras su espiritu reposa dulcemente abstraido de todo pensamiento terrenal. Graves, solemnes, armoniosos en sus movimientos, los socios mas distinguidos del _Club de los Salvajes_ chupan y soplan el humo del tabaco de dos a cuatro de la tarde. Hay en esta tarea algo de intimo y contemplativo, como en toda concepcion artistica, que les obliga a bajar los parpados y a subir las pupilas para mejor recrearse en la pura vision de la Idea. En este elevadisimo estado de alma se hallaba nuestro amigo Pepe Castro ahumando una que figuraba la pata de un caballo, cuando le saco de su extasis la voz de Rafael Alcantara que desde lejos le grito: --?Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe? --Hace ya unos dias. --?La inglesa? --?La inglesa?--exclamo levantando los ojos hacia su amigo con asombro y reconvencion--. No, hombre, no; la cruzada. --Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no creia que te deshicieses de ella. --Ahi veras tu--replico el bello calavera adoptando un continente misterioso. --?Algun defecto oculto? --A mi no se me oculta ningun defecto--dijo con orgullo. Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tenia rival en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral de Espana. --Ah, vamos, falta de _luz_. --Tampoco. Rafael Alcantara se encogio de hombros y se puso a hablar con los que tenia cerca. Era un joven rubio, de fisonomia gastada, ojos pequenos y verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistian a diario al club, entraba en el y alternaba con toda la alta aristocracia, sin derecho alguno. Alcantara era de familia humilde, hijo de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se habia gastado la pequena hacienda que le dejo su padre y despues vivio del juego y a prestamo. A todo Madrid debia y hacia gala de ello. La condicion que le mantenia abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su cinismo. Alcantara era hombre bravo de veras, se habia batido tres o cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el mas minimo pretexto. Ademas, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo, aunque fuese a la persona mas respetable, dispuesto a burlarse de todo el mundo. Estas cualidades le habian hecho adquirir gran prestigio entre los jovenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con el en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero. --Mi general, le habra a usted gustado ayer la Tosti, ?eh?--dijo Ramoncito Maldonado dirigiendose a Patino. --En la romanza solamente,--repuso el guerrero sensible despues de dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que representaba un obus montado sobre su curena. --No diga usted que el duo ha estado mal. --iVaya si lo digo! --Pues, senor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha parecido sublime--replico el joven con senales de hallarse picado. --Esa declaracion te honra, Ramon. Sabes hacerte justicia--dijo Cobo Ramirez, que no perdia ocasion de vejar a su amigo y rival. --iYa lo creo, como que solo tu eres el inteligente!--exclamo vivamente el concejal--. Mira, Cobo, aqui el general puede hablar porque tiene motivo, ?estamos?... pero tu debes callarte porque me gastas una oreja como la de una cocinera. --Pero hombre, ?por que se picara tanto Ramoncito, en cuanto usted le dice algo?--pregunto el general riendo. --No se--repuso Cobo dando un chupeton al cigarro mientras sus facciones se contraian con una leve sonrisa burlona--. Si le contradigo se enfada, y si repito lo que el dice, lo mismo. --iSe entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos que eres un guason de primera fuerza. No necesitas esforzarte mas delante de estos senores.... Pero lo que es ahora, has dado una buena pifia. --Yo sostengo lo mismo que el general. El duo estuvo muy mal cantado--dijo con calma provocativa Cobo. --iQue importa que tu sostengas uno u otro!--exclamo ya fuera de si Maldonado--. iSi no conoces una nota de musica! --iAlto! Tengo mas derecho a hablar de musica, puesto que no cencerreo como tu el piano. Por lo menos soy un ser inofensivo. Siguio una disputa larga entre ambos, viva y descompuesta por parte de Ramoncito, tranquila y sarcastica por la de Cobo, que se gozaba en sacar a aquel de sus casillas. No poco se divertian tambien los presentes, poniendose unos de parte del concejal y otros de su competidor para mas prolongar el recreo. --?Sabeis que esta tarde se bate Alvaro Luna?--dijo uno cuando ya iban hastiados de los dimes y diretes del concejal y Cobo. --Eso me han dicho--respondio Pepe Castro cerrando los ojos con voluptuosidad, mientras chupaba el cigarro--. En el jardin de Escalona, ?verdad? --Creo que si. --?A sable? --A sable. --Vamos, un chirlo mas--manifesto Leon Guzman desde su asiento. --Con punta. --iOh! ya es otra cosa. Y los salvajes presentes mostraron entonces interes en el duelo. --Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ventaja. Es mas hombre, y ademas tira con energia. --Con demasiada--dijo Pepe Castro sacando el panuelo despues de haber arrojado la punta del cigarro y poniendose a frotar con esmero la boquilla. Todos volvieron los ojos hacia el porque tenia fama de habilisimo tirador. --?Crees tu? --Desde luego. La energia es conveniente hasta cierto limite. Pasando de el, muy expuesta, sobre todo cuando los sables tienen punta. Si se las cortasen, todavia redoblando los ataques sin descanso se puede hacer algo. Por lo menos, es posible aturdir al contrario. Pero cuando la llevan hay que andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es frio, tiene un juego cerrado y estira el pico que es un primor. Que no se descuide el coronel. --?La cuestion ha sido por la cunada de Alvaro? --Al parecer. --?Y a el que diablos le importa? --iPs ... ahi veras! --Como no este enamorado, no comprendo.... --Todo podria ser. --iLa nina es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de Fonseca se ponian de un modo por las noches en la terraza del casino, que era cosa de sacar fotografias iluminadas. --Alla Cobo, antes de irse, hizo tambien algunos cuadros disolventes en los jardinillos. --iSi, si; bien me ha comprometido esa chica!--manifesto Cobo en tono comicamente desesperado. --Ya no tenias mucho que perder. Desde el negocio de Teresa estas deshonrado--dijo Alcantara. --Siempre va la desgracia con la hermosura--apunto con tonillo ironico Ramoncito. --?Tambien tu, Ramon?--exclamo con afectado asombro Cobo--. Vamos, llego el momento de que los pajaros tiren a las escopetas. --Pues, senores, confieso mi debilidad. No puedo estar al lado de esa chica sin ponerme malo--dijo Leon Guzman. --Ni esa nina puede tampoco estar al lado de un chico tan guapo y tan risueno como tu sin ponerse enferma tambien--dijo Rafael Alcantara. --?Me quieres seducir, Rafael? --Si, chico, para que me dejes manana la llave de tu cuarto y no parezcas en toda la tarde por alla. Lo necesito. --Es que tengo una colcha preciosa de raso. --Se cuidara de la colcha. --Y hay ademas un criado que se dedica, con gran aficion, al dibujo por las tardes. --Se le daran dos duros al criado para que vaya a dibujar a otro lado. --Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay y lo que no hay en mi habitacion. --Se la convidara ... digo, se bajaran las persianas.... Oye, Manolito, ?te vas a pasar toda la juventud tirado en ese divan sin decir palabra? Manolito Davalos descansaba, en efecto, en actitud sombria y melancolica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alzo con sorpresa y mal humor. --Si tu te encontrases en mi posicion, que poca gana tendrias de bromear, Rafael!--dijo exhalando un suspiro. Hay que advertir que el joven marques de Davalos, que nunca habia poseido una inteligencia muy clara, teniala de algun tiempo a esta parte bastante perturbada. Segun la expresion vulgar estaba un poco chiflado o tocado. Sus amigos sabian todos que este trastorno procedia de la ruptura con la Amparo, que le habia comido en poco tiempo su fortuna y de quien estaba aun profundamente enamorado. Tratabanle con cierta proteccion entre burlona y benevola; pero se abstenian, si no es muy embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque alguna vez que se propasaron, Manolito fue victima de ataques de colera muy semejantes a la locura. Tenia poco mas de treinta anos; estaba calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro hijos habialos recogido la suegra. Vivia en una fonda con la pension que le pasaba una tia vieja de quien era presunto heredero. Sobre la esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero. --Si yo me encontrara en tu caso, ?sabes lo que haria, Manolo?... Casarme con mi tia. Los amigos rieron, porque la tia de Davalos tenia cerca de ochenta anos. --Bueno, bueno--exclamo este con acento doloroso. Bien se conoce que no has tenido que luchar con indecentes usureros toda la manana para concluir por dejarles algo ... que es una infamia empenar--anadio por lo bajo. --iA mi con ingleses!... ?Tu no sabes, Manolito, que todos los meses tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan ellos de tanto tirar?... Pero yo lo tomo con mas filosofia. Lejos de disgustarme, experimento una gran satisfaccion cada vez que viene a visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de que cumplo la ultima voluntad de mi padre. Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo. --?Como es eso, Rafael?--pregunto Pepe Castro. --Habeis de saber que mi padre se murio diciendome: "iEl deber, hijo! iel deber! iAnte todo el deber!"... Fueron sus ultimas palabras. Yo, cumpliendo con este sagrado consejo, procuro deber todo lo posible. Hizo gracia a sus companeros este rasgo cinico; lo celebraron con algazara. Rafael, sustrayendose modestamente a sus aplausos, se acerco a Davalos, y pasandole una mano por encima del hombro le dijo, bajando la voz aunque no tanto que no pudiesen oirle los amigos: --Pues si, Manolito, no es broma. Yo me casaria con mi tia. ?Que se pierde con ello? Es una vieja.... iMejor! Asi se morira mas pronto. Pero en cuanto te cases entras a manejar su fortuna y no tienes necesidad de aguardar los anos que a ella se le antoje vivir. A ti lo que te hace falta como a mi es _guita_. Desenganate; si la tuvieramos nos pondriamos mas gordos que Cobo Ramirez.... Ademas, en cuanto seas rico, le birlas la Amparo a Salabert, ?no comprendes? El marquesito levanto la vista hacia su amigo abriendo mucho los ojos, donde se reflejaba la duda de si hablaba en serio o en broma. No advirtiendo en el rostro imperturbable de Alcantara senal de burla, comenzo a enternecerse. Hablo de su antigua querida con tal entusiasmo y veneracion que haria reir a cualquiera. El proyecto ya no le parecio tan insensato. Se entretuvo en pensarlo largamente y estudiarlo por todas sus fases. Mientras tanto Rafael le escuchaba con afectada atencion, animandole a proseguir con signos y frases de afirmacion. Nadie pensaria que se estaba mofando de el, a no ser porque de vez en cuando, aprovechando los instantes en que el tocado marques miraba a la punta de sus botas buscando alguna frase bastante expresiva para ponderar su amor, hacia guinos maliciosos a los amigos que los contemplaban con curiosidad burlona. Abriose la mampara del salon. Aparecio Alvaro Luna. Los salvajes le acogieron con exclamaciones de afecto y burla. --iBravo, bravo! Aqui esta el reo en capilla. --Mirad que cara trae. --iComo que esta al borde de la tumba! El recien llegado sonrio vagamente y tendio una mirada escrutadora por el salon. Alvaro Luna, conde de Soto, era hombre de treinta y ocho a cuarenta anos, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro bilioso. --?Habeis visto a Juanito Escalona?--pregunto. --Si--dijo uno--. Aqui ha estado hace una media hora. Me ha dicho que le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendria. --Bueno, esperaremos--repuso avanzando con calma y sentandose al lado de ellos. La broma continuo. --Veamos, veamos como esta ese pulso--dijo Rafael cogiendole por la muneca y sacando al mismo tiempo el reloj. El conde entrego su mano sonriendo. --iJesus, que atrocidad! iCiento treinta pulsaciones por minuto! Ningun condenado a muerte las ha tenido. No era verdad. El pulso estaba normal. Asi lo manifesto el mismo Alcantara a los amigos haciendo una sena negativa. Alvaro no se altero por la mentira. Poseido de su valor y convencido de que no dudaban de el, siguio con la misma vaga sonrisa en los labios. --Vaya, manana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque tenia que ir de caza con Briones--dijo uno. --iY que no es pequena la carrera desde la casa mortuoria a San Isidro!--respondio otro. --No, hombre, no--apunto un tercero--; lo llevaran a la estacion del Norte para conducirlo a Soto, al panteon de familia. Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se impacientaba, quiza temiendo que el mas pequeno signo de impaciencia, en aquella ocasion, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta paciencia, los jovenes salvajes cada vez le apretaban mas con su vaya, repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fria y vaga sonrisa. Respondiales pocas veces. Cuando lo hacia era con breves palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo: --Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ?Quien quiere echar un tresillo? Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un acto que confirmaba su sangre fria. Tres de los amigos se fueron con el a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demas. La broma siguio lo mismo que en el salon. --iMiradle, como le tiembla la mano! --Dentro de una hora ese hombre habra dejado de existir. --Oyes, Alvaro, debias de legarme la Conchilla. --No hay inconveniente--repuso aquel arreglando sus cartas. --Ya lo oyen ustedes, senores; la Conchilla es mia por testamento.... ?Como se llama este testamento, Leon? --Testamento nuncupativo--dijo este, que sabia algo de leyes por andar en pleito hacia tiempo con unos primos. --La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro. Hare que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda. ?Tienes algo que encargarme? --Si, que la sacudas el polvo cada ocho o diez dias. Si no suelta algunas lagrimas todas las semanas se pone enferma. --Corriente. Asi se hara. --iAh! y que sea con el baston. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera con la mano. --Perfectamente. Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde hacia muy buen efecto. Detras de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le querian y respetaban su valor. En esto aparecio un criado y le presento una carta en bandeja de plata. La tomo y la abrio con curiosidad. Al recorrerla volvio a sonreir y la paso a los que tenia al lado. Era del dueno de la Funeraria ofreciendole sus servicios y remitiendole un prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se habia divertido en pasarle aviso. Tampoco se ofendio: parecia interesado en el juego. Al fin entro en la sala Juanito Escalona en su busca. Despues de ajustar cuentas se levanto de la silla. Todos le rodearon. --iBuena suerte, Alvaro! --Me da el corazon que lo ensartas. --No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un rasguno. En aquel momento terminaban las bromas y estallaba el companerismo. El conde encendio un cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor naturalidad: --Hasta luego, senores. Habia una parte efectiva de valor en aquella actitud serena, imperturbable del conde; pero habia tambien buena porcion de esfuerzo y estudio. Los jovenes salvajes, aunque poco dados en general a la literatura, recibian no obstante su influencia. Lo que entre ellos priva son los folletines y las novelas de salon. Estas, novelas trazan la figura de un hombre ideal lo mismo que los libros de caballeria. Solamente que en las antiguas novelas, el hombre dechado era el que por amor a las nobles ideas de justicia y caridad acometia empresas superiores a sus fuerzas. En las modernas es el que por temor al ridiculo se abstiene de todo entusiasmo y de toda accion generosa. Al hombre que arriesgaba su vida en todos los momentos por una causa util a sus semejantes, ha sustituido el que la arriesga por las nonadas de la vanidad o la soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachin. Quedaronse los contertulios comentando la serenidad del conde. Se le ensalzo aunque no muy vivamente ni por mucho tiempo. Es regla primera del buen tono no asombrarse jamas. La segunda hablar prolijamente de las cosas leves y con sobriedad de las graves. Deshizose al fin la tertulia vespertina. Salieron casi todos sus preclaros miembros y se esparcieron por Madrid a difundir sus doctrinas, las cuales pueden resumirse de este modo: "El hombre nacio destinado a firmar pagares y gastar bigotes retorcidos. El trabajo, la instruccion, el orden, son atentatorios al estado de naturaleza y deben proscribirse de toda sociedad bien organizada". Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarro a los faldones de su amigo Pepe Castro. El lector esta enterado ya de la profunda admiracion que le profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro se dejaba admirar lleno de condescendencia, y que de vez en cuando se dignaba iniciarle en algunos inefables secretos referentes a sus altas concepciones sobre las yeguas inglesas y las boquillas de ambar. Ramoncito iba poco a poco adquiriendo nociones claras, no solo de estas cosas, sino tambien del modo mas adecuado de combinar el idioma frances con el espanol en la conversacion familiar. Pepe Castro poseia el don admirable de olvidar, en un momento dado, la palabra castellana, y despues de algunas vacilaciones pronunciar la francesa con perfecta naturalidad. Ramoncito tambien lo hacia, pero con menos elegancia. Asimismo iba distinguiendo bastante bien las ostras de Arcachon de las que no son de Arcachon, el Chateau-Laffite del Chateau-Margaux, la voz de pecho, en los tenores, de la voz de cabeza, y la pasta dentifrica de Akinson de las otras pastas dentifricas. No obstante, Ramoncito, como todos los neofitos, mucho mas si poseen un temperamento exaltado y entusiasta, exageraba la doctrina del maestro. Sean ejemplo de esta exageracion los cuellos de camisa. Porque Pepe Castro los gastase altos y apretados ?habia razon para que Ramoncito anduviese por esas calles de Dios con la lengua fuera, padeciendo todo el dia los preliminares de la pena del garrote? Y si Pepe Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que habia tenido de nino, cerraba el ojo izquierdo con frecuencia, lo cual sin duda le agraciaba, ?con que derecho pasaba el dia Ramoncito haciendo guinos a la gente con el suyo? Ademas, el joven concejal cargaba de perfumes no tan solo el panuelo y la barba, sino toda su ropa, de suerte que a los diez metros aun trascendia y de cerca producia mareos. Pues bien, despues de examinadas detenidamente, no hemos hallado en las ideas de su venerado maestro nada que justifique esta censurable tendencia. Los mas bellos y elevados preceptos de los grandes hombres, degeneran y se pervierten al realizarse por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque advertia estas deficiencias e imperfecciones de su discipulo, no se las echaba en cara. Antes, con la nobleza propia de los grandes caracteres, extendia sobre el su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. Nadie osaba, en su presencia, hacer burla de los cuellos ni de los guinos de Ramoncito. Eran poco mas de las cuatro cuando entrambos salvajes salieron del club abrochandose los guantes. A la puerta estaba la _charrette_ de Castro, que este despidio dando hora al cochero para el paseo. Antes debia hacer una visita a ruego de Ramoncito. Caminaron por la calle del Principe, donde el club esta situado, a paso lento, observando con fijeza a las mujeres que cruzaban. Detenianse a veces un instante para hacer algunas indicaciones luminosas sobre su garbo y elegancia, no como el timido transeunte que contempla y suspira, sino como dos bajaes que entrasen en un mercado de esclavas y antes de elegir discutiesen las cualidades de cada una. A los hombres arrojabanles una rapida mirada despreciativa. Y por si esto no bastaba se envolvian en una fuerte bocanada de humo para hacerles presente que ellos, Pepe y Ramon, pertenecian a un mundo superior, y que si caminaban por la calle del Principe era solo por capricho y momentaneamente. Siempre que se dignaban pasear un poco a pie entre calles como ahora, en la expresion de su rostro habia cierto matiz de sorpresa al ver que su paso no era acogido por la muchedumbre con rumores de admiracion. Maldonado era mas locuaz que su amigo. Sobre lo que iba y venia expresaba su opinion levantando el rostro sonriente hacia Castro. Este permanecia grave, solemne, respondiendo con monosilabos y adecuados grunidos. Digamos que Ramoncito era mucho mas bajo que su maestro, no solo moral, sino tambien fisicamente. Cuando paseaban a pie representaban verdaderamente, el uno al sabio profesor que va dejando caer gota a gota el raudal de su ciencia; el otro al ardoroso neofito avido de enterarse y penetrar cuanto abarca su vista. --?Adonde vamos?--pregunto distraidamente Castro al llegar a las cuatro calles. --Hombre, ?no habiamos quedado en casar por casa de Calderon?--dijo timidamente y un poco despechado Ramoncito. --iAh! si; se me habia olvidado. El joven concejal suardo silencio, admirando en su fuero interno aquella singular facultad de olvidarlo todo, que poseia su amigo. Y siguieron por la Carrera de San Jeronimo hguardoa Puerta del Sol. --?Como estas con Esperancita?--se digno preguntar Castro, soltando una bocanada de humo y parandose a mirar un escaparate. Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi palido, y comenzo a balbucir a tropezones: --Lo mismo, chico.... Tan pronto arriba como abajo.... Unos dias la encuentro muy amable ... es decir, amable, no; pero al menos habladora. Otros con un hocico de tres varas: se marcha en cuanto entro: apenas contesta al saludo, como si la hubiese ofendido.... Comprendo que alguna vez ha tenido motivos para estar enfadada. En el Real suelo ir al palco de las de Gamboa, y pienso que se le ha metido en la cabeza que me gusta Rosaura.... iMira tu que tonteria! iRosaura!... Pero hace lo menos un mes que no subo a saludarlas ... y lo mismo; ilo mismo, chico, lo mismo!... El otro dia la pude pillar sola en el gabinete unos momentos, y de prisa y corriendo le he dicho que deseaba saber en que quedabamos. Porque ya ves tu, no es cosa de estar haciendo el oso eternamente.... Me escucho con paciencia.... Te advierto que yo estaba enteramente arrebatado y apenas sabia lo que iba diciendo. Cuando conclui me dijo que no tenia motivos para estar enfadado y se escapo a la sala. Despues de esto ?quien no habia de entender que estaba el asunto arreglado? Vamos a ver, cualquiera en mi caso ?no pensaria que ibamos a entrar en el terreno de la formalidad?... Pues nada, a los dos dias voy por alla; intento hablarle aparte en calidad de novio y me da un bufido que me dejo helado.... Y asi estoy. Ni se si me quiere o si deja de quererme, ni tengo tranquilidad para dedicarme a mis quehaceres ni hago otra cosa que pensar en esa maldita chiquilla. --Yo creo--respondio Castro sin dejar de contemplar con atencion el escaparate frente al cual estaban--que esa nina te ha cogido la accion. Ramoncito le miro sorprendido y respetuoso a la vez. --?Como la accion?--se aventuro a preguntar. --Si; la accion. Lo importante, en cualquier combate, es coger la accion al contrario. Si en el momento en que el piensa atacarte atacas tu con decision, es casi seguro que llegas. Si vacilas eres perdido. Al pronunciar las ultimas palabras, dejo de contemplar el escaparate y siguio su marcha majestuosa por la acera. Ramon hizo lo mismo. No habia entendido bien la aplicacion que podia tener este simil arrancado a la esgrima en su caso; pero se abstuvo de pedir explicaciones. --?De modo que tu opinas...? --Opino que estas demasiado enamorado de esa nina y que ella lo sabe. --Pero vamos a ver, Pepe, ?que motivos puede tener para rechazarme?--comenzo a decir sulfurado Ramoncito y como hablandose a si mismo--. ?Que es lo que espera esa chiquilla?... Su padre tiene dinero; pero seran varios hermanos a repartirlo. Mariana es joven, y cuando menos se pensaba ha principiado otra vez a echar al mundo hijos. Ademas, ya sabes como es don Julian. Antes que soltar un cuarto le haran rajas. Y francamente, esperar a que se muera no me parece negocio. Yo no soy un potentado, pero tengo fortuna regular, que es mia ya, sin esperar a que se muera nadie.... Puedo proporcionarla las mismas comodidades que tiene en su casa y el mismo lujo ... mayor lujo--anadio sacudiendo la cabeza con plausible resolucion--.Luego, tengo por delante una carrera politica. ?Sabe ella si el dia menos pensado no sere subsecretario o director? Mi familia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un tendero como el padre de D. Julian.... Luego, no es una divinidad ni mucho menos, una de esas chicas que llamen la atencion, ?sabes tu? ?Por que hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago favor? ?Sabes quien tiene la culpa? Pues Cobo Ramirez y otros babiecas como el, que la han llenado la cabeza de viento.... iSin duda espera la tonta que venga un principe de sangre real a buscarla!... Ramoncito negaba belleza a su adorada. Es signo de hallarse profunda y sinceramente enamorado el hombre; no ser hija de la vanidad su aficion. El exceso de amor le arrastraba a injuriarla. Castro medito que tal vez, la circunstancia de ser un poco desgalichado y tener el cutis lleno de pecas, influiria para que su amigo no lograse exito lisonjero en esta como en otras empresas que habia acometido: pero se abstuvo de manifestar tal sospecha. Prefirio asentar, cerrando los ojos y soplando el humo del cigarro, esta verdad de caracter general: --Las chicas son muy estupidas. Ramoncito, de acuerdo con ella en principio, insistio, no obstante, en determinarla por medio de aplicaciones mas o menos legitimas. --iEs una mentecata!... No sabe ella misma lo que quiere.... ?Crees que sera posible llevarla al terreno de la formalidad algun dia? Esto del terreno de la formalidad era una frase a la cual profesaba marcada predileccion el joven concejal. Siempre que hablaba de Esperancita brotaba de sus labios tres o cuatro veces, como si necesariamente fuera asociada a sus amores. Pepe Castro sintio un malestar indecible: guino su ojo izquierdo infinitas veces. En realidad, nunca le habia gustado anticipar ideas sobre los acontecimientos futuros. Era mas caballista que profeta. Pero en este caso le repugnaba doblemente porque nada halagueeno podia anunciar a su amigo y admirador. Sacole del compromiso la aparicion de una joven hermosa y elegantemente vestida que venia al encuentro de ellos por la acera del Principal. --Aqui esta la Amparo--dijo con la gravedad displicente y desdenosa que Ramoncito admiraba. La querida de Salabert se acerco a ellos sonriente, saludandoles con efusion, particularmente a Pepe Castro. Este le apreto la mano sin perder de su gravedad ni separar la boquilla de los dientes, lo mismo que a un camarada a quien se acaba de ver en el cafe. --?Adonde vais, granujas? --Pues a casa de Calderon a pasar un rato. --Venid conmigo. Voy a comprar un joyero. Me ayudareis a elegirlo ... y me lo pagareis. Hablaba en tono alegre y afectuoso: no parecia la misma criatura desabrida y mal humorada que hemos visto en su hotelito del barrio de Monasterio. Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para Salabert. --iEsto es bueno!--exclamo Castro dignandose sonreir levemente--. ?Nos pides joyas a nosotros cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert? Mete la mano en el, tonta. --Ya lo hago, hijo. Descuida. --Pues bien podias proteger un poco al pobre Manolo, que anda a oscuras hace tiempo. --iPobrecillo! ?Pero de veras anda tan mal de guita? Yo crei que solo era de la cabeza. --Eso es: riete despues que le has desplumado. --Oye, nino: yo no le he desplumado, por una razon muy sencilla: cuando vino a mi poder ya no tenia plumas--dijo la Amparo poniendose seria. --No es verdad eso. Manolo ha gastado contigo mas de cuarenta mil duros. --iEche usted duros! Asi me lucia a mi el pelo cuando le puse a la puerta. Si tardo un poco mas en hacerlo, voy a San Bernardino a la _grand Dumond_. --Bien, pues no los ha gastado. ?A mi que?--repuso el gallardo Pepe alzando los hombros--. ?Quieres venir a cenar hoy con nosotros a Fornos? --?Con quien? --Con este y conmigo. Invitaremos tambien a Leon y a Rafael para que lleven a Nati y Socorro. ?Tienes inconveniente en que vaya Manolo? --iAl contrario, hijo, si a Manolo le quiero mas de lo que te figuras! --Pues harias bien en darle de vez en cuando alguna conferencia intima; si no, me temo que haya que llevarlo pronto al manicomio. --No creas que esta siempre en mi mano. El otro tio es muy escamon. Despues del Real ?verdad? No me lleveis mas gente. El ruido no me conviene ahora que estoy bien colocada ?sabeis? Hasta luego. Oye, tu, feo--dirigiendose a Ramon--, ?por que no hablas? Ya me han dicho que quieres casarte con la chiquilla de Calderon.... Pues hijo, tu horroroso y ella mas fea que azotar a un Cristo, vais a echar unos nenes que habra que ensenarlos en una barraca. Adios, Pepe: no te olvides de los boquerones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego. Ramoncito se habia puesto rojo de ira al oir tratar con tal desprecio a su adorada, sin tener presente que un momento antes habia hecho el lo mismo. Y hubiera arremetido a la Amparo con alguna insolencia gorda, si esta no se hubiese alejado sin fijarse poco ni mucho en la desazon que causaba. Contentose con murmurar fatidicamente rechinando un poco los dientes: --iMe parece que voy a ponerte yo la vergueenza que no tienes! El encuentro con la querida de Salabert en el momento en que se hallaba en lo mas culminante de sus confidencias, le habia turbado, y por eso no habia despegado los labios. Apresurose a anudar el hilo por donde aquella lo habia roto, preguntando a su amigo y maestro: --Vamos a ver, Pepe: tu en mi caso ?que harias? Castro camino en silencio un rato mirando con fijeza a los balcones de las casas, sorprendido sin duda de que la gente no saliese a verle pasar. Luego, dando tres o cuatro largos chupetones al cigarro y revistiendo un aire reflexivo y grave, respondio: --Hombre (pausa); yo, en tu caso, principiaria por no estar enamorado. El amor es para los _fanciullos_, no para ti y para mi. --iEso es inevitable, Pepe!--exclamo el concejal en un estado tan triste y miserable que daba pena verlo. --Bien, pues si no puedes vencer esa _chifladura_, lo mejor es no darla a conocer. ?Por que tratas de persuadir a Esperancita de que te mueres por ella? ?Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla de lo contrario y veras cuanto mejor es el resultado. --?Que quieres que haga?--pregunto con angustia. --Que no te manifiestes tan rendido, hombre. Que no seas tan melon. No vayas tanto a su casa. No la mires con ojos de carnero a medio degollar. Llevale la contraria cuando diga alguna tonteria: insinuala que hay mujeres que te gustan mucho mas. Date un poco de tono, y ya veras como el asunto toma mejor aspecto.... --iNo puedo, no puedo, Pepe!--exclamo Ramoncito pasandose la mano por la frente en el colmo de la congoja--. Al principio todavia era dueno de mi; podia hablarle con desembarazo y coquetear con otras.... iHoy me es imposible! Asi que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no digo mas que necedades. Si la encuentro de mal humor sobre todo. Cada contestacion suya me deja helado. No puedes figurarte que tono tan displicente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si trato de hablar con otra, basta que Esperanza me ponga la cara risuena para que la deje inmediatamente. He llegado a pasar un mes sin dirigirle apenas la palabra; pero al fin no pude resistir mas y volvi a entregarme. Prefiero su conversacion, aunque me maltrate, a la de todas las demas.... Ambos guardaron silencio como si caminasen bajo el peso de una grave desgracia. Pepe Castro meditaba. --Estas perdido, Ramon--dijo al fin tirando la punta del cigarro y frotando la boquilla con el panuelo antes de guardarla--. Estas completamente perdido. Todo eso que me cuentas no tiene sentido comun. Si supieses conducirte no hubieras llegado a semejante estado. A las mujeres se las trata siempre con la punta de la bota: entonces marchan admirablemente.... Despues de verter estas breves y profundas palabras, se paro delante de un escaparate. --Hombre, mira que collar tan bonito. Si le viniese bien al _Perl_ se lo compraba. Ramoncito miro el collar sin verlo, enteramente absorto en sus tristisimos pensamientos. --Pues, si, Ramoncillo--continuo el distinguido salvaje echandole un brazo sobre el hombro--, estas perdido.... Sin embargo, yo me comprometia a lograr que Esperanza te quisiera con tal que hicieses lo que te he dicho.... Ensaya mi metodo. --Ensayare lo que quieras. Deseo salir a todo trance de esta situacion--repuso el concejal conmovido. --Pues mira, por lo pronto no iras a casa de Calderon sino cada ocho o diez dias.... Iremos juntos o nos encontraremos alla. No debes quedar solo: en un momento de debilidad echarias a perder toda la obra. Hablaras poco con Esperanza y mucho con las chicas que alli esten. Procura ensalzar a las rubias, a las altas, a las blancas, en fin, a las mujeres que tienen el tipo opuesto al de ella y no dejes de entusiasmarte bastante. Llevale la contraria, pero sin apurarte mucho. Eres muy testarudo y no conviene disputar demasiado. Un tono suave y despreciativo surte mejor efecto. Lo mas conveniente es que me mires de vez en cuando. Yo te hare alguna sena con disimulo: de este modo iras siempre pisando en firme.... Todavia, antes de llegar a la puerta de la casa de Calderon, tuvo tiempo Castro para ampliar con otros valiosos datos esta gallarda muestra de su talento didascalico. Solo una inteligencia maravillosamente perspicua unida a larga y aprovechada experiencia, solo un espiritu refinado podia penetrar tan hondamente en el secreto conflicto que la resistencia de Esperanza a consagrar su corazon a Ramoncito, habia creado. Al mismo tiempo era el unico que podia darle una solucion satisfactoria. El joven concejal llego al domicilio de su adorada en un estado de relativa tranquilidad. En cuanto a sus propositos intimos, solo podemos decir que iba determinado a revestirse de un gran aspecto de dignidad y a oponer abierta resistencia a las tendencias invasoras de la nina de Calderon. Para comenzar juzgo oportuno meter las manos en los bolsillos y plegar los labios con una sonrisilla ironica y protectora. De esta suerte entro en el gabinete donde estaba reunida la familia del opulento banquero, balanceando la cabeza como si no pudiese con ella a causa del numero incalculable de pensamientos que guardaba dentro, de los modales elegantes a los modales groseros no hay mas que un paso, como de lo sublime a lo ridiculo. Asi que, no nos atrevemos a asegurar que Ramoncito, en la primera etapa de su conversacion con Esperancita, se mantuviese siempre del lado de aca de la elegancia. Hay algun fundamento para pensar que no fue asi. Lo que, salvando nuestra conciencia de historiadores veraces podemos afirmar, es que Esperancita tardo bastante tiempo en advertirlo, y que despues de advertirlo no causo en ella la honda impresion que debia esperarse. En el gabinete costurero donde los introdujeron, estaban bordando D. Esperanza, Mariana y Esperancita. O hablando con exactitud, las que bordaban eran dona Esperanza y Esperancita: Mariana se mantenia sentada en una butaca, mirando al vacio en perfecto estado de inmovilidad. Pepe Castro y Ramon eran amigos intimos de la familia y se les recibia sin ceremonia y con agrado. Despues de algunos elusivos apretones de manos, con la sola excepcion del de Maldonado a Esperancita, que no llego a realizarse porque aquel se distrajo intencionalmente para dar comienzo digno a la gran serie de desaires de todas clases con que pensaba atormentar a su adorada, acomodaronse en sendas sillas. Pepe al lado de Mariana; Ramon junto a D. Esperanza. Antes de hacerlo, el joven concejal tuvo ya un momento de debilidad. Viendo a Esperancita algo apartada de su madre y abuela, penso que era propicia ocasion para mantener con ella conversacion secreta, y vacilo en llevar alla su silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver en su acuerdo. --Buenos ojos le vean a usted, Pepe--dijo Esperancita clavando los suyos, risuenos y nada feos, en el famoso salvaje. --Preciosos son los que le estan viendo ahora--se apresuro a decir Ramoncito. Castro, antes de responder, le volvio a mirar severamente. El concejal, aturdido, dijo para amenguar un poco su torpeza: --Porque esta es la familia de los ojos bonitos. --Gracias, Ramon. Ya empieza usted a ser falso como todos los politicos--manifesto Mariana. --iSiempre justiciero, Mariana!--exclamo aquel, rojo de placer, oyendose llamar hombre publico. --?Cuantos dias hace que no he estado aqui?--pregunto Castro a la nina. --Lo menos quince.... Vera usted: ha estado la ultima vez, un lunes.... Estaba aqui Pacita.... Hoy es sabado.... Trece dias justos. Nunca habia tenido tan presentes los dias en que Maldonado visitaba la casa. Castro acogio esta prueba de interes con indiferencia. --Pense que no hacia tantos dias.... iComo se pasa el tiempo! anadio profundamente. --iClaro! A usted se le pasa volando, lejos de nosotros. El joven sonrio bondadosamente y pidio permiso para encender un cigarro. Despues dijo: --No; aun se me pasa mas de prisa al lado de ustedes. --?Mas que en casa de tia Clementina?--pregunto la nina en un tono inocente que hacia dudar de su intencion. Castro se puso serio y la miro fijamente. Sus relaciones con la hija de Salabert se habian mantenido hasta entonces bastante secretas. El que se descubriesen en casa de la hermana del marido, le inquieto. Esperancita se puso como una cereza bajo la penetrante mirada del joven. --Lo mismo--concluyo por decir con frialdad--. Todos son buenos amigos. --?Va usted hoy a casa de mi cunada?--dijo Mariana sin advertir lo que pasaba. --Iremos Ramon y yo: ?no es sabado hoy? ?Y ustedes? --Yo no tengo gana de recepcion. Hace unos dias que me encuentro un poco molesta de la garganta. --No digas que estas enferma, mama. Di que te gusta mas meterte en la cama temprano--manifesto Esperancita con mal humor. La madre la miro con sus ojos grandes, apagados. --Tengo la garganta irritada, nina. --iQue casualidad!--exclamo esta en tonillo ironico--. No te he oido eso hasta ahora. --Si es que tu tienes ganas de ir--repuso Mariana acabando de adivinarlo--, que te lleve tu papa. --Bien sabes que papa, no saliendo tu, no quiere salir. El tono de Esperancita revelaba despecho. Por los ojos de Ramoncito paso un relampago de alegria legitima y dirigio una mirada de triunfo a su amigo Pepe. La nina mostraba deseos de ir desde que supo que el asistiria tambien. La conversacion comenzo a rodar sobre lugares comunes, deteniendose con predileccion en el mas comun de todos en la corte, o sea sobre los artistas del teatro Real. Se hablo de la belleza de la Tosti. Ramoncito, enternecido por el triunfo que acababa de obtener, quiso negarsela; maldijo de las mujeres altas, y sobre todo de las rubias. A el no le gustaban mas que los tipos morenitos, carirredondos, de mediana estatura y de ojos negros (en fin, el de Esperancita; no le faltaba mas que nombrarla). Su amigo Pepe, alarmado por este desahogo que daba al traste con todos los planes de asedio en que habian convenido, le hizo una porcion de guinos disimulados hasta que consiguio traerlo al buen camino. Pero lo hizo tal mal, esto es, comenzo a contradecirse de un modo tan lamentable, que las senoras se lo hicieron notar en seguida. Se aturdio y se hizo un lio, del cual no hubiera podido salir sin un capote que muy a tiempo le echo su amigo y maestro. Para reparar un poco la torpeza se puso a contarles lo que habia pasado el dia anterior en el Ayuntamiento, con tales pormenores, que Mariana no tardo en bostezar como una bendita que era, y D. Esperanza se enfrasco en su bordado y dio senales de estar pensando en cosas muy distintas. Esperancita termino por hacer una sena a Castro para que se acercase. Este obedecio trasladandose a una sillita cerca de la de ella. --Oiga, Pepe--le dijo la nina en voz baja y temblorosa--. Hace poco le he visto a usted ponerse serio conmigo. No se si habre dicho algo que le pudiera molestar. Si fue asi, perdoneme. --No se a que alude usted. A mi no puede molestarme nada de lo que me diga una nina tan linda y tan simpatica como usted--manifesto el joven con su bella sonrisa de sultan. --Me alegro de que haya sido unicamente aprension.... Muchas gracias por las flores, si es que usted las siente, que lo dudo.... A mi me doleria en el alma causarle a usted un disgusto.... Al decir estas ultimas palabras, la nina se ruborizo hasta las orejas. --Pues tengo noticia de que es usted aficionada a darlos. --iOh, no! --Eso dice mi amigo Ramon. El rostro de Esperancita se oscurecio al oir este nombre. Una arruguita severa cruzo su frente virginal. --No se por que lo dice. --?No le remuerde a usted nada la conciencia? --Ni pizca. --iOh, que corazon tan emperdenido! --?Por que? Si le he proporcionado alguna pena sera que el se la habra buscado. --Eso mismo le he dicho yo.... Pero, en fin, creo que el enfermo ya esta en vias de curacion y que no se pondra mas al alcance de sus dardos.... Le veo bastante mas alegre y despreocupado de algunos dias a esta parte. Castro trabajaba sinceramente y de buena fe por su amigo. --Mucho me alegraria de que asi sucediese--respondio la nina con perfecta naturalidad. Castro hizo una defensa apasionada de su amigo, lo recomendo con toda eficacia a la benevolencia de Esperanza. Mas al verter en el oido de esta algunas exageradas frases de elogio, el tono displicente con que las pronunciaba y la sonrisa burlona que no se le caia de los labios, las desvirtuaban bastante. Aunque asi no fuese, la hija de Calderon las hubiera acogido con la misma hostilidad. --iVamos, Pepe, usted tiene ganas de guasearse! --iQue si, Esperancita, que si! Ramon tiene un gran porvenir y no seria dificil que con el tiempo le veamos ministro. El concejal, mientras tanto, explicaba con la fluidez que le caracterizaba, a Mariana y D. Esperanza, de que modo habia descubierto un fraude de consideracion en los derechos de consumos. Trescientos cincuenta jamones se habian introducido, hacia pocos dias, de matute con la anuencia de algunos empleados del municipio. Ramoncito pensaba llevar a estos empleados a la barra en brevisimo plazo. Mariana le suplicaba que no fuese excesivamente severo con ellos; serian tal vez padres de familia. Mas no lograba ablandarle. Indudablemente, sus principios de justicia municipal eran mas inflexibles que sus musculos cervicales, a juzgar por el numero incalculable de veces que volvia la cabeza hacia el sitio en que Esperancita y Pepe departian. No estaba celoso. Tenia confianza plena en la lealtad de su amigo. Pero le gustaba que su adorada le escuchase cuando pronunciaba las frases: "_a la barra_", "_yo pienso dictaminar en mal sentido_", "_la ley municipal exige que los aforos_", _etc._, a fin de que el angel de sus amores se fuera penetrando de los altos destinos a que la suerte la tenia reservada uniendose a un hombre tan energico y tan administrativo. Todos aquellos discursos pronunciados en alta voz, no eran mas que una continua y tierna invitacion para que de una vez entrase "en el terreno de la formalidad". Oyeronse en esto pasos en la habitacion contigua, y una tos que los presentes conocian admirablemente. D. Esperanza, al escucharla, entrego con precipitacion, mejor dicho, arrojo la labor que tenia entre manos en el regazo de su hija. Cuando Calderon entro, Mariana bordaba con afectada aplicacion mientras su Madre se mantenia mano sobre mano, como si hiciese largo rato que se hallase en tal postura. Ramoncito y Castro apenas se fijaron en esta maniobra. La razon de ella era que Calderon no perdonaba a su esposa la apatia, la pereza, juzgando estos vicios como verdaderas calamidades, considerandose muchas veces desgraciado por haberse unido a una mujer tan holgazana. No es que el trabajo de ella importase poco ni mucho en su casa; pero su temperamento de trabajador infatigable se revelaba en presencia de otro tan diametralmente contrario. La flojedad, el abandono de Mariana crispaban sus nervios, daban lugar a agrias contestaciones y a reyertas frecuentes. Ella se defendia suavemente. Alegaba que sus padres no la habian criado para jornalera, porque tenian medios suficientes para hacerla vivir como senora. Con esto D. Julian se enfurecia aun mas; gritaba que todo el mundo tiene el deber de trabajar, por lo menos de hacer algo. La completa ociosidad es incomprensible. La mujer esta obligada a cuidar de que no se desperdicie la hacienda de la casa, ya que no contribuya a acrecentarla, etc., etc. En fin, que la causa de los disgustos domesticos era esta irremediable holgazaneria de la senora. D. Esperanza era muy diversa de su hija. Temperamento activo, vigilante, tan avara o mas que su yerno, no podia jamas estar un cuarto de hora sin tener algo entre manos. En los negocios interiores de la casa no tenia intervencion muy senalada. Calderon se complacia en ordenarlo y manejarlo por si mismo todo. Y esto significa una contradiccion que debemos hacer resaltar para que se comprenda bien su caracter. Quejabase amargamente porque su mujer no servia para llevar el gobierno de la casa, porque el se veia obligado a hacerse cargo de el; y no obstante, sabiendo que su suegra servia muy bien para el caso, no queria entregarselo. Esto hace sospechar que, aunque Mariana fuese un prodigio de actividad y de orden, no consentiria tampoco en abandonar la direccion de los asuntos interiores como de los exteriores. Su caracter receloso y sordido le hacia preferir siempre el trabajo al descanso. Quisiera tener cien ojos para ponerlos todos sobre los objetos de su pertenencia. Dona Esperanza tambien deploraba el caracter de su hija; marchaba muy de acuerdo con la ruindad de su yerno, ayudandole no poco en la vigilancia de la casa. Mas, aunque la reprendiese a menudo por su apatia, como al fin habia salido de sus entranas, le dolia que Calderon lo hiciese, sentia vivamente las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que podia las evitaba aunque fuese a costa de un sacrificio, tapando las faltas de Mariana, haciendose ella misma voluntariamente culpable de ellas. Tal era la razon de haberle entregado con tanta premura el cojin que estaba bordando. D. Julian entro con un libro en la mano, que no era el _Diario_, ni el _Mayor_, ni el _Copiador de cartas_, sino lisamente el folletin de _La Correspondencia_, que acostumbraba a recortar con gran esmero y luego cosia. Aunque parezca raro, D. Julian era aficionado a las novelas; pero no leia mas que las de _La Correspondencia_, las piadosas que regalaban a su hija en el colegio. Por impulso propio no habia entrado jamas en una libreria a comprar alguna. No solo era aficionado a leerlas, sino lo que aun es mas raro, se enternecia notablemente con ellas. Porque guardaba en su pecho un gran fondo de sensibilidad. Era una flaqueza de su organismo, lo mismo que el asma y el reuma. Las desgracias del projimo, la miseria, le compadecian extremadamente. Si pudiesen remediarse de cualquier otro modo que no fuese con dinero, es seguro que las haria desaparecer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacian llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razon, impotente para llevarlos a cabo. Asi y todo hacia esfuerzos supremos por violentar su naturaleza. En realidad, no era de los ricos menos limosneros que hubiese en Madrid. Tenia una cantidad fija destinada a los pobres y les llevaba la cuenta en sus libros como si fuesen acreedores. Una vez agotada la cantidad mensual, creemos que si viese morirse de hambre en la calle a un desgraciado, no le socorreria con una peseta, no por falta de sensibilidad, sino por las profundas raices que tenian en su corazon los numeros. La idea de desprenderse de algo suyo por otro medio de enajenacion que no fuese la compra-venta, era para el casi incomprensible. Sus limosnas tenian por esto un merito muy superior a las de otras personas. Cuando entro en el costurero manifestaba en el rostro senales de hallarse conmovido. Despues de haber saludado a los forasteros, profirio sentandose en una butaca: --Acabo de leer en esta novela un capitulo precioso ... iprecioso!... No pude resistir a la tentacion de venirselo a leer a estas.... Se detuvo porque no se atrevia a proponerselo a Castro y Ramoncito, aunque lo deseaba. Era muy amigo de leer en alta voz, por lo mismo que lo hacia medianamente. Mariana se complacia mucho en oir leer. De modo que, por este lado, marchaba bien el matrimonio. --Leelo, hombre.... Creo que a Pepe y Ramon no les molestara--dijo aquella. Castro hizo un leve signo de aquiescencia, Ramoncito se apresuro a manifestar con ademanes extremosos que tendrian un gran placer ... que el era muy aficionado a los bellos capitulos, etc. iPocas gracias! Viniendo del padre de su amada, seria capaz de escuchar con atencion la lectura de la tabla de logaritmos. D. Julian se calo las gafas y se puso a leer, con una voz blanca de gola que tenia reservada para estas ocasiones, cierto capitulo en que se describian los sufrimientos de un nino perdido en las calles de Paris. Al instante comenzaron a arrasarsele los ojos y a alterarsele la voz. Concluyo por anudarsele de tal suerte, que apenas se le entendia. Ramoncito se vio necesitado a tomarle el legajo y a continuar la lectura hasta el fin. Castro, en presencia de aquellas ridiculeces, ocultaba su sonrisa de hombre superior detras de grandes bocanadas de humo. Terminado el capitulo y comentado en los terminos mas lisonjeros para todos los presentes, Mariana volvio los ojos hacia su labor. Observo que iba a hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues estaba a punto de terminarse. D. Esperanza, con quien comunico este pensamiento, fue de la misma opinion. --Ramoncito--dijo la primera--hagame el favor de oprimir ese boton. El concejal se apresuro a cumplir el mandato. Al cabo de un instante se presento la doncella de la senora. --Tiene usted que salir a comprar una vara de seda--le dijo esta. La domestica, despues de enterarse de las particularidades del encargo, se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julian, que habia escuchado atentamente, la detuvo con un gesto. --Aguardese un momento.... Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que les hace falta. Y salio con paso vivo de la estancia. No tardo tres minutos en regresar con un paraguas viejo entre las manos. --A ver si os puede servir la seda de este paraguas--dijo--. Me parece que es del mismo color.... Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa. Mariana lo tomo ruborizandose. --En efecto, es del mismo color ... pero esta todo picado.... No sirve. Esperancita fingia estar absorta en su labor; pero tenia el rostro como una amapola. Tan solo D. Esperanza tomo en serio el asunto y lo discutio. Al fin fue desechado, con disgusto del banquero, que quedo murmurando algunas frases poco halagueenas acerca del orden y economia de las mujeres. Ramoncito ya no podia sufrir mas aquella pena de Tantalo a que la experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio donde este y Esperancita departian. Principio por levantarse de la silla con pretexto de estirar un poco las piernas y dio unos cuantos paseos. Poco a poco fue acercandose a ellos: concluyo por detenerse delante. --Que tal, Esperanza.... ?Hace mucho que no ha visto a su amiga Pacita? iQue pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendio asi y se ruborizo al pronunciar estas palabras. Castro le dirigio una mirada fulminante; pero, o no la vio, o se hizo como que no la veia. Esperancita fruncio el entrecejo y contesto secamente que no se acordaba con precision. Esto bastaria para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no se dio. Antes quiso prolongar la conversacion con frases absurdas o insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al lado de ellos: pero Castro se lo impidio dandole, al descuido, un feroz y expresivo pisoton en los callos que le hizo volver en su acuerdo. Continuo, pues, su paseo melancolico y no tardo en sentarse de nuevo junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empenado en una discusion animada con Calderon sobre si el adoquinado de las calles debia de hacerse por contrata o por administracion. De buena gana hubiera cedido. Su interes estaba en hacerlo, porque al fin se trataba del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel picaro temperamento terco y disputon con que la naturaleza le dotara, le arrastraba a proseguir, aunque veia a su suegro encendido y a punto de enfadarse. Afortunadamente para el, antes que llegase este punto, se presento en la estancia un criado. --?Que hay, Remigio?--le pregunto el banquero. --Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los senores de Mudela, y me ha dicho que el senorito Leandro se encontraba un poco enfermo.... --iClaro! iQue le habia de pasar a ese chiquillo!... No esta acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada.... ?Y que es lo que tiene? Leandro era un sobrino carnal de D. Julian, hijo de una hermana que residia en la Mancha. Habia venido a pasar una temporada a Madrid y la pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para cierta excursion de campo habia pedido a su tio el carruaje. Este, por no ofender a su hermana a quien por razon de intereses estaba obligado a guardar consideraciones, se lo habia otorgado, aunque con gran dolor de su corazon. --Me parece que le ha hecho dano el sol y la comida.... --Bueno, una indigestion.... Eso pasara pronto. --Yo creo que debias ir alla, Julian--, manifesto Mariana. --Si hubiese necesidad, claro que iria. Pero por ahora no la veo.... Di tu, Remigio, ?no puede trasladarse aqui? ?Se ha quedado en la cama? --Ahi esta el caso, senor--, dijo el criado dando vueltas a la gorra y bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave--. La cuestion es que una de las yeguas, la _Primitiva_, esta enfosada. Calderon se puso palido. --?Pero no puede venir? --No, senor, esta bastante malita, segun dice el cochero de Mudela.... iClaro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua.... D. Julian se levanto presa de violenta agitacion, y sin decir palabra salio de la estancia seguido de Remigio. Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa. Esperancita las sorprendio y se puso colorada. --iQue a pecho toma papa estas cosas! --iPodria no tomarlo, nina!--exclamo D. Esperanza con voz irritada--. Un tronco que ha costado quince mil pesetas.... iPues digo yo si es una gracia de Leandrito! Y siguio buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que habia tomado con mucha filosofia la desgracia, les invito a comer. --Quedense ustedes.... Ya ha pasado la hora de paseo. --No puedo--dijo Castro--. Hoy como en casa de su hermano. --iAh! verdad que es sabado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo. --?Come usted todos los sabados en casa de tia Clementina?--preguntole por lo bajo Esperancita con inflexion extrana. El lechuguino la miro un instante. --Casi todos como en casa de su tio Tomas. --Tia Clementina es muy guapa y muy amable. --Esa fama goza--repuso Castro un poco inquieto ya. --Tiene muchos admiradores. ?No es usted uno de los entusiastas? --?Quien se lo ha dicho a usted? --Nadie; lo supongo. --Hace usted bien en suponerlo. Su tia es, a mi juicio, una de las senoras mas hermosas y distinguidas de Madrid.... Vaya, hasta otro rato, Esperancita. Y le alargo la mano con un aire displicente que hirio a la nina. El despecho de esta se manifesto llamando a Ramoncito, que se mantenia un poco alejado. --Y usted, Ramon, ?por que no se queda? ?Come usted tambien en casa de tia Clementina? --No: yo no.... --Pues quedese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra. --iYo aburrirme al lado de usted!--exclamo el concejal, casi desfallecido de placer. --Nada, nada: definitivamente se queda ?verdad? Que se vaya Pepe, ya que tiene otros compromisos. Ramoncito iba a decir que si con todas las veras de su alma; mas por encima de la cabeza de la nina, Castro principio a hacerle signos negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada: --No ... yo tampoco puedo.... --?Por que, Ramon? --...Porque ... tengo que hacer. --Pues lo siento. El concejal estaba tan conmovido que apenas pudo murmurar algunas palabras de gracias. Salio de la estancia casi a rastras. Una vez en la calle, Pepe le felicito calurosamente y le anuncio que aquella firmeza daria buenos resultados. Pero el acogio las enhorabuenas con marcada frialdad. Se obstino en guardar silencio hasta su casa, donde su amigo y maestro le dejo al fin llena la cabeza de lugubres presentimientos y mas triste que la noche. VII #Comida y tresillo en casa de Osorio.# Al dia siguiente de haber subido a casa de Raimundo, Clementina estaba mas avergonzada y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de bajar la escalera. Los seres orgullosos sienten remordimientos por una accion que en su concepto los ha humillado, como los justos cuando han faltado a la humildad. En su interior confesaba que habia dado un paso en falso. La serenidad y la cortesia de aquel muchacho, a la vez que lo elevaban a sus ojos, irritaban su amor propio. iQue comentarios no habrian hecho el y su hermana despues de aquella ridicula y extemporanea visita! Al pensar en ello se le subian los colores a la cara. Por no ver ni ser vista de Alcazar desde su mirador, dejo de salir a pie. El joven cumplia su promesa: no hallo rastro de el por ninguna parte. Mas sin saber por que causa, la imagen de este flotaba siempre delante de sus ojos; con frecuencia acudia a su mente. ?Era por aversion? ?por resentimiento? Clementina no podia de buena fe afirmarlo. Su ex perseguidor no tenia nada en la figura ni en el trato que lo hiciese aborrecible. ?Seria, por el contrario, que le hubiese impresionado demasiado favorablemente su presencia? Tampoco. Veia diariamente en sociedad muchos jovenes mas gallardos y de mas agradable conversacion. Asi que, la sorprendia tanto como la irritaba encontrarse pensando en el. Nunca dejaba de protestar interiormente contra esta involuntaria inclinacion, y de enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos dias despues de la escena relatada decidiose a salir una tarde a pie. El no hacerlo le iba pareciendo cobardia, conceder demasiado honor a aquel chiquillo. Cuando paso cerca de su casa levanto los ojos y le vio como siempre al mirador con un libro en la mano. Bajolos instantaneamente y cruzo de largo seria y erguida. Mas a los pocos pasos sintio vago malestar como si no quedase satisfecha de si misma. La verdad es que el no saludar o no haber siquiera esperado el saludo del joven, no habia estado bien hecho despues de sus francas explicaciones y de la amabilidad que con ella habia usado mostrandole la rica coleccion de sus mariposas y ofreciendosele tan finamente. Al dia siguiente salio tambien a pie y reparo la injusticia del anterior clavando con fijeza su vista en el alto mirador. Raimundo le envio un saludo tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la hermosa dama se sintio halagada. No pudo ocultarse que aquel joven tenia singular dulzura en los ojos, que le hacia muy simpatico, y que su conversacion, si no repleta de donaires, revelaba firmeza de entendimiento y un espiritu culto. Estas observaciones debio de hacerlas a su debido tiempo; pero no las hizo por causas que ignoramos. Desde este dia comenzo a salir como antes. Al cruzar por delante de la casa de Raimundo nunca dejaba de enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde donde le contestaban con verdadera efusion. Y segun iban transcurriendo los dias, el saludo era cada vez mas expresivo. Sin hablarse una palabra parece que se establecia la confianza entre ellos. Clementina no trato de analizar el sentimiento que le inspiraba el joven Alcazar. Era poco aficionada a mirarse por dentro. Creia vagamente que hacia una obra de caridad mostrandose cortes con el. "iPobre muchacho!--se decia--. iComo adoraba a su madre! Y ella ique feliz debio de haber sido con un hijo tan bueno y carinoso!" Una tarde, cuando va llevaba mas de un mes de estos saludos, le pregunto Pepe Castro: --Oyes: ?ha dejado de seguirte ya aquel chiquillo rubio de marras? Clementina sintio un estremecimiento raro: se puso levemente colorada sin saber ella misma por que. --Si ... hace ya lo menos un mes que no le he visto. ?Por que mentia? Castro estaba tan lejos de pensar que entre aquel perseguidor desconocido y su querida mediase ninguna relacion, que no advirtio el rubor. Paso en seguida a otra cosa con indiferencia. Mas, para nuestra dama, aquel singular sacudimiento y aquel calorcillo en las mejillas fue una especie de revelacion vaga de lo que en su espiritu acaecia. El primer dato concreto de esta revelacion fue que al salir de casa de su amante, en vez de ir pensando en el, reflexiono que Alcazar cumplia demasiado fielmente su palabra de no seguirla. El segundo fue que al detenerse en un escaparate de joyeria y ver un imperdible de brillantes en figura de mariposa, se dijo que algunas de las que habia visto en casa de su amiguito rubio eran mucho mas hermosas y brillantes. El tercero lo adquirio al entrar en casa de Fe a comprar unas novelas francesas. Ocurriosele al ver tanto libro, que su amante Pepe Castro no habia leido ninguno de ellos, ni lo leeria probablemente. Antes, le hacia gracia esta ignorancia: ahora la encontraba ridicula. Transcurrian los dias. La senora de Osorio, hastiada de la vida elegante, habiendo agotado todas las emociones que ofrece a una dama ilustre por su hermosura y su riqueza, se iba placiendo extremadamente en aquel saludo inocente que casi todos los dias cambiaba con el joven del mirador. Una tarde, habiendose bajado del coche en el Retiro para dar algunas vueltas a pie, tropezo con Alcazar y su hermana en una de las calles de arboles. Dirigioles un saludo muy expresivo. Raimundo respondio con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero Clementina observo que la nina lo hizo con marcada frialdad. Esto la preocupo y la puso de mal humor para todo el dia, por mas que nunca quiso confesarse que la causa de su malestar y melancolia era esta. Poco a poco, debido a su temperamento irritable y caprichoso, aquella aventura amorosa que habia muerto al nacer, iba ocupando su espiritu haciendo brotar en el un deseo. Los deseos en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre todo si hallaban algun obstaculo: como tales, pasajeros tambien. Cierta manana, despues de haber saludado a Raimundo cerrando y abriendo la mano repetidas veces con la gracia peculiar de las damas espanolas, y despues de haber andado poco trecho, por un movimiento casi involuntario volvio la cabeza y levanto de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la estaba mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuertemente colorada: apreto el paso embargada por la vergueenza. ?Por que habria hecho aquella tonteria? ?Que iba a pensar el joven naturalista? Cuando menos, se figuraria que estaba enamorada de el. Pues a pesar de que estas ideas bullian alborotadas en su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar la esquina y ocultarse a las miradas de aquel, no estaba tan irritada contra si misma como otras veces. Sentia vergueenza, es verdad; pero luego que pudo caminar despacio, una emocion dulce invadio su espiritu, sintio un cosquilleo grato alla en el corazon como hacia ya muchisimo tiempo que no sentia. "iSi volvere a mis tiempos de _fanciulla_!" se dijo sonriendo. Y comenzo a recrearse con su propia emocion considerandose feliz con aquel retorno a las inocentes turbaciones de la primera edad. Tan embebida marchaba en su pensamiento, que al llegar a la Cibeles, en vez de tomar la calle de Alcala para ir a casa de Castro con quien estaba citada para aquella hora dio la vuelta como si estuviera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirtio se detuvo vacilante. Al fin se confeso que no tenia grandes deseos de acudir a la cita. "Voy a ver a mama--se dijo,--. La pobre hace ya dias que no pasa un rato conmigo." Y emprendio la marcha hacia el paseo de Luchana. Se puso de un humor excelente. Un piano mecanico tocaba el brindis de _Lucrecia_ por alli cerca y se paro a escucharlo, iella que se aburria en el Real oyendolo a las mas famosas contraltos! Pero la musica es una voz del cielo y solo se comprende bien cuando el cielo ha penetrado ya un poco en nuestro corazon. Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel memorable personaje que vivia con un pie en el mundo aristocratico y otro en la clase media-covachuelista a la que en realidad pertenecia. Traia a su lado a una linda joven que debia de ser su hija, aunque Clementina no la conocia. Pinedo la tenia alejada de la sociedad que frecuentaba, la ocultaba cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa de Osorio siempre habia tratado a este personaje con un poco de altaneria, lo cual no era raro en ella como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de su espiritu la torno expansiva y llana por algunos instantes. Como Pinedo cruzase grave dirigiendole un sombrerazo ceremonioso segun su costumbre, la dama se detuvo y le abordo con la sonrisa en los labios. --Amigo mio, usted es hombre practico; tambien aprovecha estas horas de la manana para respirar el aire puro y tomar un bano de sol. Contra su costumbre y naturaleza, Pinedo quedo un poco turbado, tal vez porque no le hiciera gracia presentar su hija a esta vistosa senora. Repusose instantaneamente, sin embargo, y respondio inclinandose con galanteria: --Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el que ahora he tenido. Clementina sonrio con benevolencia. --No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo a su lado una joven tan linda. ?Es su hija? --Si, senora.... La senora de Osorio--anadio volviendose a la nina. Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a quien tanto conocia de vista y de nombre. Era una muchacha alta y esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos ojillos dulces y alegres. --Pues habia oido decir que tenia usted una nina muy bonita; pero veo que la fama se ha quedado corta. La chica enrojecio aun mas y apenas pudo murmurar las gracias. --Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer.... Esta senora, Pilar--anadio volviendose a ella--, se complace en decir mentiras agradables como otros en decir verdades amargas. --Ya lo veo que es muy amable--repuso la nina. --No haga usted caso. Que es usted hermosa, esta a la vista. --iOh, senora!... --Y diga usted, padre tirano, ?por que no la divierte usted un poco mas? ?Esta bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y reuniones y tenga encerrada a esta nina preciosa? ?O es que se le figura que tenemos mas gusto en verle a usted que a ella? El pobre Pinedo sintio un estremecimiento de dolor que trato de ocultar. Clementina habia tocado con frivolidad en la parte mas sensible de su corazon. Su sueldo ya sabemos que no le consentia mas que vivir modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondia era precisamente para conservar el empleo, que era su unico sosten y el de su hija. Esta nada sabia aun de aquel plan de vida. Pinedo esperaba casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamas aquel mundo en que no podia vivir y que el despreciaba en el fondo del alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir a gusto en otro. --Es muy joven aun.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa forzada. --iBah, bah! diga usted que es usted un grandisimo egoista.... ?Y cuanto tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--anadio la dama pasando a otra conversacion. --Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interes por usted y se lamenta de que la haya abandonado. --iPobre Anita: es verdad! Sobre los duenos de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina comenzaron una conversacion animada, inagotable. Pilar escucho con atencion al principio; pero como no conocia a la mayor parte de aquellos personajes concluyo por distraerse paseando su vista por las inmediaciones, fijandola en los pocos transeuntes que a aquella hora acertaban a pasar por alli. --Papa:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ahi viene aquel joven amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas. Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar a Rafael Alcantara, el celebre calavera que hemos conocido en el _Club de los Salvajes_. --iQue mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclamo la dama con asombro. --Si, un joven muy bueno, amigo de papa, que se llama Rafael Alcantara. Al volver la vista, cada vez mas sorprendida, a Pinedo, este le hizo una sena bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero calculando que su amigo tenia interes en que no se calificase a Alcantara como merecia, Clementina se callo. El joven salvaje, al cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso. Pinedo alargo al instante la mano para despedirse. --Ya sabe usted que hoy es sabado--dijo la dama--. Vaya usted a comer. --Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio. --Y lleve usted a esta joven tan monisima. --Ya veremos; ya veremos--replico el covachuelista otra vez desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro dia sera. --Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, ?verdad, preciosa? Y le cogio el rostro a la nina y le dio un beso en cada mejilla, diciendole al mismo tiempo: --He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi salon ninas lindas y simpaticas. Y cada vez mas alegre, sin saber por que, se despidio y siguio adelante diciendose: "?Que diablo de interes tendra Pinedo en convertir en santo a ese perdido de Alcantara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos brillantes como en los dias de su adolescencia, llego a la verja del gran jardin que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresuro a abrirle y a sonar la campana. Entro en la mansion ducal y, contra su costumbre, dirigio una leve sonrisa a dos criados de librea, que la esperaban en lo alto de la escalinata. Paso en silencio por delante de ellos y fue derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha recorrido aquel camino muchos anos. La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el medico director de un asilo de ancianas pobres, que ella habia fundado hacia poco tiempo en union de otras senoras. Al levantarse la cortina y ver a su hijastra, sonrio con dulzura. --?Eres tu, Clementina? Pasa, hija mia, pasa. Esta sintio encogersele el corazon al ver el rostro palido y marchito de su madre. Abalanzose a ella y la beso con efusion. --?Te sientes bien, mama? ?Como has pasado la noche? --Perfectamente.... Tengo mala cara ?verdad? --iNo!--se apresuro a decir la dama. --Si, si. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarandose de nuevo con el medico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se encargara de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de guardar las debidas consideraciones a las viejecitas ?no es cierto? El medico era un joven simpatico, de fisonomia inteligente. --Senora duquesa--respondio con firmeza--. Yo hare cuanto este de mi parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta que punto son impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, solo por placer de herir lo mismo a mi que a mis companeros, nos llenan a veces de insolencias. Cuanto mas atentos nos mostramos con ellas, mas se ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los dias y no he hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre fijas. Jamas he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted enterarse y se convencera de que quien tiene motivo a quejarse, son las pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente.... El medico se habia ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento de sinceridad. La duquesa sonrio dulcemente. --Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy impertinentes.... --iOh, senora, eso es segun!... --Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por si una enfermedad y debe excitar compasion en los que no padecen de ella. A usted no necesito recomendarsela, porque tiene un corazon muy caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso supliqueles usted, en mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas. --Se hara, senora, se hara--respondio el medico, sanado por la singular dulzura de la fundadora--. El jueves la esperamos a usted ?verdad? --No se si esta fatiga lo permitira. --Si, si, se lo garantizo yo. Y comprendiendo que estaba ya de mas, el joven corto la conferencia, estrechando con afecto y respeto que se le traslucia en los ojos, la mano de la duquesa, y saludando ceremoniosamente a Clementina. Luego que salio, esta, que habia estado contemplando con emocion reprimida el semblante descompuesto de su madrastra, conmovida por la bondad que respiraban todas sus palabras, se levanto del asiento y fue a arrodillarse delante de ella. Apoderose de sus manos blancas y descarnadas y las beso con efusivo transporte de carino. Esta mujer tan altanera con todo el mundo, sentia un goce especial, semejante al de los misticos, en humillarse ante su madrastra. La voz de esta removia como un conjuro magico las debiles chispas de bondad y de ternura que ardian en su corazon y les prestaba por un instante el aspecto de incendio. D. Carmen le quito suavemente el sombrero, lo puso en un sillon contiguo y se inclino para besarla amorosamente en la frente. --Hace cuatro dias justos que no has venido a verme, picara. --Ayer no he podido, mama. Pase casi todo el dia arreglando mis cuentas, haciendo numeros. iOh, que horribles numeros! --?Y por que los haces? ?No esta ahi tu marido? --Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. ?Usted no sabe que se ha vuelto un miserable, un tacano, lo mismo que su cunado? D. Carmen sabia que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que recientemente habia experimentado fuertes perdidas en la Bolsa: pero no se atrevio a decir nada a su hija. --iPobre hija mia! iOcuparte tu en esas cosas cuando solo has nacido para brillar como una estrella de los salones! --Ya no le faltaba mas que eso para hacerse del todo antipatico, iodioso! iSi las cosas pudiesen hacerse dos veces! Bruscamente, la expresion de ternura habia desaparecido de sus ojos, reemplazandola otra sombria y feroz. Una arruga profunda surco su tersa frente de estatua. Y con voz sorda comenzo a exponer sus quejas, a descubrir los agravios que su marido le hacia diariamente. A nadie en el mundo, mas que a su madrastra, haria tales confidencias, que en ella no provocaban lagrima alguna. D. Carmen era quien las vertia una a una de sus ojos cansados. --iHija de mi alma! iYo que hubiera dado mi vida por verte feliz! iQue ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese hombre! --iMi padre! iOtro que tal! iUn hombre que no ha sabido jamas que tiene en casa una santa a quien debia adorar de rodillas! La verdad es que cuando pienso.... --iCalla, calla: es tu padre!--exclamo la duquesa tapandole la boca con la mano--. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo mas aun: de modo, que no hay merito en perdonarselos, si el me perdona en cambio los mios.... No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma.... No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no estas acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediaria al instante.... Pero bien sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar cuenta a Antonio, y a este no se le engana facilmente. Algun punadito de oro, si, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacaran de pilancos. Sin embargo, confio en que tus apuros no duraran mucho tiempo.... Hizo una pausa la bondadosa senora; quedose mirando al vacio tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que aun permanecia de rodillas y acercando los labios a su oido, le dijo en voz baja: --Mira, hija mia, yo no tardare en morir y pienso dejarte todo cuanto tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es mia, segun me ha dicho el abogado de la casa. Clementina sintio una vibracion en el alma que a un psicologo le costaria mucho trabajo definir. Fue una mezcla de dolor, de asombro, y acaso tambien, de un poquito de alegria. El dolor predomino, no obstante, y abrazo a su madrastra y la beso carinosamente repetidas veces. --?Que esta usted diciendo ahi?... iMorirse! No: yo no quiero que usted se muera. Usted me hace mucha mas falta que su dinero. Sin usted yo hubiera sido una mujer muy perversa.... Temo que el dia en que usted me falte lo sea. Los unicos momentos en que siento un poco de blandura en el corazon son los que paso a su lado. Parece, mama, como si usted me transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene.... --Basta, basta, aduladora--dijo D. Carmen poniendole otra vez la mano en la boca--. Tu te tienes por peor de lo que eres. Tu corazon es bueno. Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo iel orgullito! ?no es verdad? --Si, mama, si, es cierto.... Usted no sabe lo que es el orgullo y los tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes. Sentir una mirada como la hoja de un punal en el corazon. Escuchar una palabra y darle un millon de vueltas en la cabeza hasta marearse y ponerse enferma. Vivir con el corazon ulcerado, con el alma inquieta.... iOh, cuantas veces he envidiado a las personas virtuosas y humildes como usted! iQue feliz seria yo si no llevase a cuestas este caracter triste y receloso, esta soberbia que me consume!... iY quien sabe--anadio despues de una pausa--, quien sabe si hubiera sido mas dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado con un joven modesto, trabajador, inteligente, seria mejor mi suerte. Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los pormenores de la casa como las demas mujeres que trabajan y luchan, no hubiera quiza llegado adonde llegue.... Yo necesitaba un marido afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme.... Hoy mismo, mama, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me retiraria con gusto de ella, me iria a vivir a un rinconcito alegre, alla en el campo, lejos de Madrid. No me haria falta mas que un poco de amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos. El espiritu de Clementina, gratamente impresionado por la nineria de la calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se inclinaba a los sentimientos idilicos. La buena D. Carmen la escuchaba y la animaba con sonrisa carinosa. Las confidencias de la hermosa dama se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de nina, cuando contaba a su madrastra las declaraciones de amor que le habian hecho en el baile de la noche anterior y le leia los billetitos que le remitian sus adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la hacia feliz. Tentada estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las emociones pueriles que agitaban su alma aquella manana; pero un sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente condescendiente que tocaba en los limites de la estupidez. Es probable que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque lo hacia aquel dia con un ministro. Por la tarde, despues de aligerada y refrescada el alma con larga e intima charla, ambas se trasladaron en coche a San Pascual, rezaron alli una estacion al Santisimo, siempre expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes de oscurecer, porque el relente de la noche no le convenia a la duquesa y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero de retirarse. Era sabado, dia de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de subir a vestirse, Clementina dio una vuelta por el comedor: contemplo la mesa con detenimiento y ordeno algunos cambios en los canastillos de frutos que sobre ella habian colocado. Se hizo traer el paquete de los _menu_ escrito en un papel imitacion de pergamino con las iniciales doradas del dueno de la casa; llamo al secretario de su marido; le hizo escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fue por si misma colocandolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para dos caballeros, y asi sucesivamente segun la categoria, la edad o la afeccion particular que sentia por sus invitados. Hablo algunos minutos con el _maitre d'hotel_. Despues de dar las ultimas disposiciones se fue. Al llegar a la puerta se volvio, echo una nueva mirada penetrante a la mesa, y dijo: --Quite usted esas flores con perfume que estan cerca del puesto de la senora marquesa de Alcudia y cacambielasor camelias u otras que no lo tengan. La devota marquesa no podia sufrir los aromas a causa de sus frecuentes neuralgias. Clementina, odiandola en el fondo del alma, le guardaba mas consideraciones que a ninguna de sus amigas. La alta nobleza de su titulo, su caracter severo, y hasta su fanatismo la hacian respetada en los salones, a los cuales prestaba realce su presencia. Subio a su cuarto seguida de Estefania, aquella doncellita tan enemiga del cocinero. Estrenaba un magnifico traje color crema, descotado. Ordinariamente se ponia para estas comidas de los sabados trajes de media etiqueta, esto es, con las mangas hasta el codo. Ahora quiso lucir su celebrado descote en honor de un diplomatico extranjero que comia por vez primera en su casa. Mientras se dejaba arreglar el pelo, su espiritu vagaba distraido por los sucesos del dia. No habia acudido a la cita de Pepe: de seguro vendria furioso. Su labio inferior se alargo con displicencia y sus ojos brillaron maliciosamente como diciendo: "?Y a mi que?" Despues se acordo del saludo a su juvenil ex perseguidor, de aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un sentimiento de vergueenza volvio a acometerla. Sus mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco mas de color. Torno a llamarse para su fuero interno, tonta, imprevisora, loca. Por fortuna, el chico parecia modesto y discreto. Otro cualquiera formaria castillos en el aire al instante. Penso bastante en el y penso con simpatia. La verdad es que tenia una presencia agradable y un modo de hablar suave y firme a la vez, que impresionaba. Luego aquel carino entranable a la memoria de su madre, su vida retirada, su extrana mania de las mariposas, todo le hacia muy interesante. Cuantas veces habia pensado Clementina esto mismo desde hacia dos meses no podremos decirlo; pero si que lo habia pensado un numero bastante considerable. Su espiritu, embargado por dulce somnolencia, volvio a inclinarse al idilio. Aquel cuarto tercero, aquel despacho alegre, aquella vida dulce y oscura. iQuien sabe! La felicidad se encuentra donde menos se piensa. Un punado de trapos, otro de joyas, algunos platos mas sobre la mesa no pueden darla a nadie. Pero un pensamiento lugubre, que hacia algun tiempo amargaba todos sus suenos, le cruzo por la mente. Ella era ya una vieja; si, una vieja; no habia que forjarse ilusiones. A Estefania le costaba cada vez mas trabajo ocultar las hebras plateadas que en sus rubios cabellos aparecian. Aunque se resistia tenazmente a echar sobre su hermosa cabeza ningun producto quimico, presentia que no iba a haber otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz con que la aventura del joven Alcazar le habia hecho sonar, estaba vedado para ella. No le quedaba ya, y eso por poco tiempo, mas que los devaneos vulgares, insulsos, de los tenorios aristocratas, iguales unos a otros en sus gustos, en sus palabras y en su inaguantable vanidad. ?Que relacion podia ya existir entre aquel nino y ella, como no fuese la de madre a hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de Raimundo por ella fuese enteramente el que el habia manifestado en su entrevista: mas ahora veia con perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que entre un chico de veinte anos y una mujer de treinta y siete (porque tenia treinta y siete por mas que se quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor que ella apetecia en aquel momento. Estas reflexiones labraron una arruguita en su frente, la arruga de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre si misma para pensar en otra cosa. Mirando a su doncella en el espejo observo que estaba densamente palida. Volviose para mejor cerciorarse, y le dijo: --?Te sientes mal, chica? Estas muy palida. --Si, senora--manifesto la doncellita algo confusa. --?Las nauseas de otras veces? --Creo que si. --Pues, anda, vete y que suba Concha. iEs raro! Manana avisaremos al medico a ver si te da algun remedio. --No, senora, no--se apresuro a contestar Estefania--. Esto no es nada. Ya pasara. Algunos minutos despues bajaba la dama al salon, deslumbrante de belleza. Estaba ya en el Osorio paseando con su amigo y comensal, casi cotidiano, Bonifacio. Era un senor grave y rigido, de unos sesenta anos de edad, calvo, de rostro amarillo y dientes negros. Habia sido gobernador en varias provincias y ultimamente desempenaba el cargo de jefe de seccion en un ministerio. Hablaba poco, nunca llevaba la contraria, primera e indispensable virtud de todo el que quiere comer bien sin gastar dinero, y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja de Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto que lo primero que se veia en la sala de su casa era un gran retrato del propio Bonifacio en traje de ceremonia, con una pluma muy alta en la gorra y un manto blanco de extraordinaria longitud sobre los hombros. Este caballero de Calatrava, personaje misterioso del cual decia Fuentes (otro personaje mas alegre del cual hablaremos) que era un hombre "con vistas al patio", tenia una mania bastante original, la de coleccionar fotografias obscenas. Guardaba en su casa dos o tres baules llenos hasta arriba. Pero esta aficion no la conocia nadie mas que los libreros y fotografos, que tenian buen cuidado de pasarle recado asi que llegaba de Paris, Londres o Viena alguna remesa. En un rincon estaban sentadas Pascuala, una viuda sin recursos que servia a Clementina mitad de amiga, mitad de dama de compania, y Pepa Frias que acababa de llegar. Al pasar por delante de los dos hombres para ir a saludar a Pepa, las miradas de los esposos se cruzaron rapidamente como relampagos tristes y siniestros. El rostro de Osorio, ordinariamente sombrio, bilioso, estaba ahora imponente de ferocidad. No fue mas que un instante. En cuanto las damas cambiaron algunas palabras, el banquero se acerco a ellas con Bonifacio y empezo a embromar con acento carinoso a su esposa sobre el traje. --iVaya un talle que me gasta mi mujer!... Chica, aunque no quieras oirlo te dire que te vas ajamonando a pasos de gigante. --No diga usted eso, Osorio, si precisamente Clementina es una de las mujeres que tienen el cutis mas terso en Madrid--dijo Pascuala. --iToma! Buen dinero me ha costado el estucado que se ha puesto en Paris esta primavera. Clementina seguia tambien la broma; pero le costaba mas trabajo fingir. Al traves de las sonrisas nerviosas que iluminaban su rostro por momentos y de las cortadas frases enigmaticas, se percibia el malestar, la inquietud y hasta un dejo de odio. Sono la campana de la verja repetidas veces. El salon se poblo en pocos minutos con las quince o veinte personas que estaban invitadas. Llego la marquesa de Alcudia sin ninguna de sus hijas. Rara vez las traia a casa de Osorio. Vino tambien la marquesa de Ujo, una mujer que habia sido hermosa: ahora estaba demasiado marchita; languida como una americana, aunque era de Pamplona, algo romantica, presumiendo de incomprensible y con aficiones literarias. La acompanaba una hija bastante agraciada, mas alta que ella y que debia tener lo menos quince anos, a pesar de lo cual su madre la traia con faldas a media pierna porque no la hiciese vieja. La pobre nina sufria esta vergueenza con resignacion, poniendose colorada cuando alguno dirigia la vista a sus pantorrillas. Llego el general Patino, conde de Morillejo: no faltaba ningun sabado. Vinieron tambien el baron y la baronesa de Rag por primera vez. Clementina les dio la preferencia colmandoles de delicadas atenciones. El baron era plenipotenciario de una nacion importante. El ministro de Fomento Jimenez Arbos, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Cotorraso entraron casi a la vez. A ultima hora, cuando faltaban pocos minutos para las siete, llego Lola Madariaga y su marido. Esta senora, mucho mas joven que Clementina, era no obstante su intima amiga, el confidente de sus secretos. Comia tres o cuatro veces a la semana con ella, y raro era el dia que no salian juntas a paseo. No podia llamarsela hermosa; pero su fisonomia tenia tal animacion, sus ojos brillaban con tanta gracia y su boca se plegaba con tal malicia al sonreir dejando ver unos dientes de raton blancos y menudos, que siempre habia tenido muchos adoradores. De soltera fue una coquetuela redomada: trajo al retortero los hombres, gozando en acapararlos todos, prodigando las mismas sonrisas insinuantes, identicas miradas abrasadoras al hijo de un duque que a un empleadillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva y nariz arremolachada que al mancebo de veinte anos gallardo y apuesto, al rico como al pobre, al noble como al plebeyo. Su coqueteria, parecida en esto al amor de Jesucristo a la humanidad, igualaba todas las castas, todos los estados, unia a los hombres en santa fraternidad para participar del fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos muy lindos que formaban sus mejillas al reir y de otra multitud de dones y frutos con que la providencia de Dios la habia dotado. Despues de casada, seguia mostrando la misma entranable benevolencia hacia el genero humano, si bien de un modo mas sucesivo, esto es, un hombre despues de otro o, a lo sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano rico con rasgos de indio en la fisonomia. Poco despues que estos entro en el salon Fuentes, un hombrecillo vivaracho, feo, raquitico, bastante marcado por las viruelas. Nadie sabia de que vivia: suponiansele algunas rentas. Frecuentaba todos los salones de algun viso de la corte y se sentaba a las mesas mejor provistas. Sus titulos para ello eran los de pasar por hombre de animada y chispeante conversacion, ingenioso y agradable. Mas de veinte anos hacia que Fuentes venia alegrando las comidas y los saraos de la capital, desempenando en ellos el papel de primer actor comico. Algunos de sus chistes habian llegado a ser proverbiales; repetianse no solo en los salones sino en las mesas de los cafes, y hasta llegaban a las provincias. Contra lo que suele suceder en esta clase de hombres no era maldiciente. Sus chistes no tendian a herir a las personas, sino a alegrar el concurso y obligarle a admirar lo facil, lo vivo y lo sutil de su ingenio. Todo lo mas que se autorizaba era apoderarse de las ridiculeces de algun amigo ausente y formar sobre ellas una frase graciosa; pero nunca o casi nunca a costa de la honra. Estas cualidades le habian hecho el idolo de las tertulias. Ninguna se consideraba completa si Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella. --iOh, Fuentes! iOh, Fuentes!--gritaron todos viendole aparecer. Y una porcion de manos se extendieron para saludarle. Apretando las primeras que llegaron a chocar con la suya se dirigio desde luego a la senora de la casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto comico, diciendo: --Perdone usted, Clementina, si llego con un poco de retraso. Viniendo aca me cogio por su cuenta Perales, ya sabe usted iPerales!, no tengo mas que decir. Luego, cuando pude desprenderme de sus manos, ahi en la esquina del ministerio de la Guerra, cai en las manos del conde de Sotolargo, y ese ya sabe usted que es pesado con un cincuenta por ciento de recargo. --?Por que?--se apresuro a preguntar Lola Madariaga. --Porque es tartamudo, senora. Los convidados rieron, algunos a carcajadas; otros mas discretamente. La frase venia preparada: se conocia a la legua; pero asi y todo produjo el efecto apetecido, parte porque en efecto habia hecho gracia, parte tambien porque todo el mundo se creia en el deber de ponerse risueno en cuanto Fuentes abria la boca. Un instante despues un criado de librea abrio de par en par las puertas del salon, diciendo en alta voz: --La senora esta servida. Osorio se apresuro a ofrecer el brazo a la baronesa de Rag y rompio la marcha hacia el comedor seguido de todos los convidados. Cerrando la comitiva iba el baron conduciendo a Clementina. Los criados esperaban puestos en fila con la servilleta al brazo, capitaneados por el _maitre_. Osorio fue designando a cada invitado su puesto. No tardaron en acomodarse todos. La mesa ofrecia un aspecto elegante, armonioso. La luz, que caia de dos grandes lamparas con reflectores, hacia resaltar los vivos colores de las flores y las frutas, la blancura del mantel, el brillo del cristal y la porcelana. Sin embargo, esta luz, demasiado cruda, hace dano a la belleza de las damas, las desfigura como un aparato fotografico. Para templarla y producir una iluminacion suave y normal, Clementina hacia colocar dos candelabros con numerosas bujias a los extremos de la mesa. Todas las senoras estaban mas o menos descotadas: alguna, como Pepa Frias, escandalosamente. Los caballeros, de frac y corbata blanca. La conversacion fue en los primeros momentos particular: cada cual hablaba con su vecino. La baronesa de Rag, una belga de pelo castano y ojos claros, bastante gruesa, preguntaba a Osorio los nombres de los objetos que habia sobre la mesa. Hacia poco tiempo que estaba en Espana y apetecia con ansiedad conocer el castellano. Clementina y el baron hablaban en frances. Pepa Frias, que estaba entre Pepe Castro y Jimenez Arbos, le dijo al primero por lo bajo: --?Que le parece a usted de la _jeta_ del marido de Lola? ?verdad que para gaucho no es del todo mala? Castro sonrio con la superioridad que le caracterizaba. --Si, debio de haber _lazado_ muchas vacas en la pampa. --Hasta que al fin una vaca le _lazo_ a el. --Pero no fue en la pampa. --Ya se: en los jardinillos: no me diga usted nada. El general Patino, fiel a su naturaleza y a su tradicion militar, se desplego en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tenia al lado. --Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la savia y todo el fuego del mediodia, exige el adorno oriental por excelencia. --Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como Clementina, dejaria las perlas en sus estuches--respondio la dama, mostrando al sonreir unos dientes bastante desvencijados donde brillaba en algunos puntos el oro del dentista. --Haria usted mal. Las mujeres hermosas estan en la obligacion de ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las linfaticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y guardando en el corazon un licor que marea y embriaga. --iSi dijera usted como una pasa! --iOh, no, marquesa! ioh, no!... Y el general rechazo con fuego la especie y empleo toda su elocuencia en desbaratarla como si tuviese delante un ejercito enemigo. Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al oido de los invitados: _Sauterne, Jerez, Margaux_, en un tono cavernoso semejante al que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte. --Yo no bebo mas que _champagne frappe_ hasta el fin--dijo Pepa Frias al que tenia detras. --iCuanto calor, Pepa, cuanto calor!--exclamo Castro. --No lo sabe usted bien--repuso la viuda con entonacion maliciosa. --Por desgracia. --O por fortuna. ?Esta usted ya cansado de Clementina? Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dolia desperdiciar su ingenio en conversacion particular, para una sola persona. Asio la primera ocasion por los cabellos para levantar la voz y atraerse la atencion de los comensales. --Ayer le he visto a usted por la manana en la carrera de San Jeronimo, Fuentes--le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro puestos mas alla. --Segun a lo que usted llame manana, condesa. --Serian las once, poco mas o menos. --Entonces, permitame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy siempre en la cama. --iOh, hasta las dos!--exclamaron varios. --Eso ya es una exageracion, Fuentes--dijo la marquesa de Alcudia. --Pero es una exageracion aristocratica, marquesa. ?Quien se levanta primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de cocina. Un poco mas tarde encontrara usted a los horteras abriendo las tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallara usted gente mas distinguida, oficiales del ejercito, estudiantes, empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los banqueros, algunos propietarios; pero solo despues de las dos de la tarde podra usted ver en la calle a los ministros, a los directores generales, a los titulos de Castilla, a los grandes literatos.... Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la pereza y se creian en el caso de reir y decirse unos a otros por lo bajo: --iEste Fuentes! ioh! ieste Fuentes tiene la gracia de Dios! Y alguno, por el placer de oirle nada mas, le llevaba la contraria. --Pero hombre, ?habra nada mas agradable que levantarse por la manana a respirar el aire puro y banarse con la luz del sol? --Prefiero banarme en agua tibia con una botellita de Kananga. --?Me negara usted que el sol es hermoso? --Es hermoso, pero un poco cursilon. Yo no digo que alla al principio del mundo no fuese una cosa asombrosa, digna de verse; pero ustedes comprenderan que ahora esta anticuado. ?Hay nada mas ridiculo en una epoca tan positivista como la presente que llamarse Febo y gastar cabellera de oro? Ademas, el sol no tiene merito alguno intrinseco. Esta ahi ardiendo porque Dios lo ha puesto. Pero la luz del gas, la luz electrica representan el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo de la inteligencia, hace recordar nuestro poder sobre la materia, la soberania del espiritu en todo el Universo.... Luego--anadio bajando un poco la voz--, al sol se le puede ver sin que cueste dinero, y yo siempre he aborrecido los espectaculos gratis. Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, animado por aquellas risas, se desbordaba en paradojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo a ojos vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que a los grandes actores demasiado aplaudidos. No sabia contenerse a tiempo y entraba al fin en el terreno de la extravagancia. De aqui a lo insulso no hay mas que un paso, y Fuentes lo daba con frecuencia. El conde de Cotorraso persistia en defender al astro del dia para excitar el ingenio de su detractor. El sol era quien animaba la Naturaleza, quien calentaba nuestro cuerpo aterido, etc. --Eso de que el sol produzca animacion, lo niego--replicaba Fuentes--; Madrid esta mucho mas animado por la noche que por el dia, y para calentarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos.... Vamos a ver, conde, fijese bien: ?que merito puede tener una cosa que a la fuerza ha de ver siempre su lacayo primero que usted? Como alguien dijera riendo que Fuentes tenia "buena sombra", este replico vivamente: --?Lo ve usted, conde? Hasta para decir que un hombre tiene gracia se dice que tiene buena sombra. A nadie se le ocurre decir que tiene buen sol. Y con motivo de las sombras se hablo de la del manzanillo. La marquesa de Ujo pregunto al mejicano, marido de Lola, si en su pais habia manzanillos. Ballesteros, que asi se llamaba, replico que no, pero que habia visto muchos en el Brasil. La marquesa se informo con viva curiosidad de las particularidades del arbol; pero quedo sumamente disgustada cuando el mejicano le dijo que la sombra no mataba y que solo su fruto desprendia un agua corrosiva. --?De modo que durmiendo debajo de el no se muere? --Senora, yo no he dormido ?sabe?; pero he almorsado con varios amigo debaho de uno y no nos ha pasao na. --Entonces, ?como se suicida Selika en _La Africana_ acostandose a la sombra de ese arbol? --Eso es una patrana, una invension de los poeta ?sabe? Sera una cosa bonita, pero no tiene nada de verda. La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su poetica creencia; arguyo que tal vez los manzanillos de la India fuesen distintos de los del Brasil. Hablose de las producciones de Mejico. --?Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas, Ballesteros?--pregunto Clementina. --iOh, senora; eso es una exagerasion! A lo sumo que llegara mi rebano es a tresientas mil. --Si fuesen mias--dijo Fuentes--, construiria un estanque mayor que el del Retiro, lo llenaria de leche y navegaria por el. --Nosotro no utilisamo la leche, senor, ni la manteca tampoco. La carne alguna vese la convertimo en tasaho ?sabe? y la esportamo. Mas por lo regula solo sacamo partido de las piele ?sabe? Los cuerno tambien los vendemo para la fabricacion de los objeto de asta. --iQue te quemas! ique te quemas!--exclamo Pepe Castro por lo bajo. Pero no tanto que no lo oyese Jimenez Arbos, que estaba del otro lado de Pepa Frias, y no le acometiese un acceso de risa que procuro con todas sus fuerzas sofocar. --Anda, barbiana, alargame ese frasquito de mostaza--dijo Pepa Frias dirigiendose a Clementina para disimular tambien la risa que le habia acometido. --Bajbiana, bajbiana.... ?Que es que bajbiana?--pregunto, la baronesa de Rag a Osorio en su afan de aprender pronto el espanol. Este se apresuro a explicarselo como pudo. Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jimenez Arbos. Solian ser algunas frases rapidas que probaban la inteligencia en que estaban y al mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversacion con Pepe Castro, que tenia a su izquierda, era mas animada. --?Por que no aconseja usted a Arbos que coma mas carne?--le preguntaba el lechuguino al oido. --?Para que? --Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen. --iYa!--exclamo la viuda con entonacion ironica--. Mire usted por si y deje a los demas arreglar sus cuentas como Dios les de a entender. --Ya ve usted que procuro nutrirme. --Si, pero que vaya un poco tambien al cerebro, porque el dia menos pensado se cae usted en la calle de tonto. --?Se ha ofendido usted?--pregunto riendo el elegante como si hubiese dicho la cosa mas descabellada del mundo. --No, hombre, no: es que lo creo asi. No entiendo como Clementina puede sufrir semejante narciso. --iChis, chis! iPrudencia, Pepa, prudencia!--exclamo Castro con susto, levantando los ojos hacia su querida. --?Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted una sola mirada hasta ahora. Castro, que hacia dias estaba un poco despechado por la frialdad de su dueno, sonrio forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no le paso inadvertido este gesto. --Mire usted que cara tan nublada tiene en este momento Osorio. iInspira horror! Y toda la culpa la tiene usted, picaro. --iYo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen tan amarillo. Me han dicho que esta arruinado o muy proximo a arruinarse. Pepa se estremecio visiblemente. --?Que dice usted? ?Por donde ha sabido usted eso? --Pues me lo han dicho ya varios. La viuda se volvio bruscamente hacia Jimenez Arbos sin ocultar su agitacion y le pregunto en voz baja y alterada: --?Has oido algo de que Osorio este arruinado? --Si, lo he oido. Osorio viene jugando a la baja hace tiempo y los fondos se empenan en subir--respondio el estadista levantando la cabeza con gesto petulante de pavo real. En el tono con que pronuncio estas palabras se advertia satisfaccion. Para un ministro, jugar a la baja es siempre un crimen digno de castigo. --Yo no se lo que tendra comprometido en esta liquidacion; pero si es mucho esta perdido, porque el consolidado ha subido un entero. Y si se empena en no liquidar inmediatamente, a fin de mes puede tener muy bien dos enteros de alza. Todo el buen humor de Pepa habia desaparecido de repente. Bajo la cabeza y dejo caer el tenedor sin animo para concluir el trozo de jamon de York que se habia puesto. El ministro, observando su silencio y su tristeza, le pregunto: --?Tienes por casualidad fondos en su poder? --Por casualidad, no ... ipor estupidez mia! Tiene en su mano casi toda mi fortuna. --iOh diablo, diablo! --Se me esta haciendo rejalgar en el cuerpo lo que he comido. Creo que me voy a poner mala--dijo la viuda poniendose realmente palida. Arbos hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez no fuese cierto todo. En las ruinas como en las fortunas improvisadas se exagera siempre mucho. Ademas, si algun compromiso habia sagrado para Osorio, debia ser el de ella, una dama que le confia su dinero por pura amistad. Aunque hablaban en falsete, sus fisonomias graves y sus ademanes decididos llamaron la atencion del general Patino, el cual, con admirable penetracion, dijo a la marquesa de Ujo: --Mire usted a Pepa y a Arbos. Hay nube de verano entre ellos. iQue hermoso es el amor hasta en sus fugaces tormentas! Mientras tanto, los condes de Cotorraso, Lola Madariaga, Clementina y los barones de Rag hablaban del arsenico como medicamento para engordar y poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era la primera vez que lo oia y se mostraba llena de jubilo, y anunciaba que iba inmediatamente a ensayar la virtud milagrosa del veneno. --iDios mio, Lolita!--exclamo Fuentes--. Si usted, como es ahora, causa tales estragos en los corazones masculinos, ique va a suceder cuando lleve cuatro o cinco meses con un regimen de arsenico! Senor Ballesteros, no consienta usted que lo tome: es tratarnos con demasiada crueldad. --Vamos, amigo Fuentes--repuso la graciosa morena dirigiendo una mirada insinuante a Castro, porque se le habia metido en la cabeza arrancarsele a Clementina--?me quiere usted tomar el pelo? --iTomaj el pelo!... ?Que es que tomaj el pelo?--pregunto la baronesa de Rag a Osorio. A esta baronesa la estaba desvistiendo con la imaginacion Bonifacio, contemplandola desde lejos sin pestanear. Hacia dias que habia comprado entre otras fotografias obscenas la de una mujer desnuda meciendose en una hamaca. Se le antojaba que la baronesa se parecia mucho a aquella mujer, y trataba de averiguar, por medio de un prolijo examen exterior, si interiormente guardaria la misma semejanza. Termino al fin la comida no sin dedicar, por supuesto, un buen rato de conversacion al teatro Real, a Gayarre y a la Tosti. No la hubieran digerido bien si les faltase. El cafe, como era costumbre en casa de Osorio, se sirvio en el mismo comedor. Luego, las senoras con algunos hombres se fueron al salon. Otros se quedaron fumando, pero no tardaron en ir a reunirse con los demas. Hacia alli un calor insufrible. Pepe Castro aprovecho la confusion de la salida para preguntar a Clementina: --?Como no has ido esta manana? Clementina detuvo el paso, le miro con sonrisa protectora. --?Esta manana?... No se. --?Como no sabes?--dijo frunciendo su augusta frente el real mozo. --No se; no se--y dio un paso para alejarse sin dejar de sonreir con leve matiz de burla. --?Y manana iras? --Veremos--respondio alejandose. Castro sintio aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se mordio el labio inferior y murmuro:--?Coqueteamos, eh? iYa me la pagaras, hermosa! En el salon habia ya algunas personas, entre ellas Ramon Maldonado y la hija de Pepa Frias con su marido. En otro saloncito contiguo estaban preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego a jugar. Otros esperaron a que llegasen los companeros de costumbre. No tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Llego D. Julian Calderon con Mariana y Esperancita, Cobo Ramirez con Leon Guzman y otros tres o cuatro pollastres, el general Pallares, los marqueses de Veneros y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y hombres de negocios. Uno de los ultimos en llegar fue el duque de Requena, a quien se hizo la misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entro jadeando, fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna le habia hecho adquirir. Hablaba poco, reia menos; emitia sus opiniones con rudeza y se dejaba adorar del corro de senoras que le rodeaba. Tenia las mejillas mas amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jimenez Arbos senalandole: --Ahi tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre de los sabados. Se le invito a jugar al tresillo como siempre; pero rehuso. Habia visto a dos banqueros a quienes queria pescar para su negocio de la mina de Riosa. Ademas le convenia hacer la corte a Jimenez Arbos algunos momentos. Ya habia conseguido que la mina saliese a subasta con todos sus accesorios de montes y pertenencias. En la _Gaceta_ se habia insertado el anuncio. La compania para comprarla estaba ya formada. Pero entre los socios habia desavenencia. Unos pretendian comprarla al contado (entre ellos estaba Salabert) y otros querian aprovechar los diez plazos que el Gobierno concedia. La diferencia en la tasacion de una a otra forma, era enorme. El duque se acerco a Biggs, el representante de una casa inglesa que entraba con parte muy considerable en la compania y que capitaneaba el partido de la compra a plazos. Le echo familiarmente el brazo sobre el hombro y le llevo al hueco de un balcon, diciendole con rudeza: --?Conque ustedes empenados en que nos arruinemos? Y comenzo a tratar el asunto con una franqueza que desconcerto al ingles. Este respondia a las salidas brutales del duque con razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benevolamente. El duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomatica. --Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo adquirirlo, ?sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me vere obligado a cortar por lo sano, separandome del negocio. --Senor duque, yo no tengo culpa--respondia Biggs con marcado acento ingles--. He recibido instrucciones. --Las instrucciones son dadas segun los consejos de un zorro viejo que hay en Madrid. --iOh, duque!--exclamo Biggs riendo,--no hay _sorro vieco_, no. Y la discusion continuo sin que el banquero espanol pudiese obtener nada del ingles, pero dejandole bastante preocupado. Pepa Frias, vivamente agitada, hablaba aparte con Jimenez Arbos, despues de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponian con medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y, aunque en las ultimas liquidaciones de Bolsa habia experimentado perdidas fuertes, no creian que eran lo bastante para producir una quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos senores operaba sobre diferencias como Osorio. Este se habia enviciado. A pesar de las advertencias de sus amigos y companeros, no podia vencer aquella pasion del juego, que tarde o temprano habia de conducirle a la ruina. Pepa le observaba disimuladamente, y con la penetracion maravillosa de las mujeres adivinaba debajo de su exterior frio, tranquilo, mucha mar de fondo. Mientras Arbos procuraba tranquilizarla con frase correcta, atildada (ni aun hablando a su querida prescindia de las formas oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consistia en dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus fondos de la quema, si es que la habia, anclando a su propio dote. Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su amiga, serenose un poco. Arbos tuvo ocasion una vez mas, viendo acudir la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes persuasivas con que la providencia de Dios le habia favorecido. Pepa tuvo animos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina, Pinedo y Arbos. Al cruzar el salon grande vio sentados en un rincon a su hija y a su yerno en la actitud de dos tortolas enamoradas. Acercose a ellos. Como no habia logrado barrer de su espiritu la preocupacion, habloles con cierta aspereza. --iAyer os mandabais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para despegaros! Por lo visto, hijos, tomais el matrimonio a turno impar.... Vamos, vamos, separaos que no esta bien aparecer tan sobones delante de gente. Emilio se sintio herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero esta paso de largo, entrando en la sala de tresillo. Asi y todo quedo murmurando pestes, diciendo que el no habia aguantado jamas ancas de nadie y que menos las aguantaria ahora de su suegra, con otra porcion de frases igualmente energicas que derramaron la tristeza por el rostro de Irenita. Y hubieran concluido por hacerla llorar, si el, volviendo en su acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y amoroso, rogandole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla de menta que su linda mujercita tenia en la boca. Con esto volvieron a arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de Osorio. Un grupo de cinco o seis ninas, entre las cuales estaba Esperancita, hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramirez y nuestro inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Dificil es exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas debian de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la algazara que producian. Sin embargo, aplicando el oido, se observaba pronto que los gestos de las ninas, aquel levantar de ojos, aquel agitar la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no correspondian exactamente a las palabras que se pronunciaban. Decia un pollo verbigracia: --Manolita; ayer la he visto a usted en San Jose confesando con el padre Ortega. La interesada reia con gozo extremado. --iNo es verdad, Paco; no me ha visto usted! Decia otro: --Pilar, ?donde compra usted esos abanicos tan monisimos? Pilar prorrumpia en carcajadas. --iQue guason! Y ?donde ha comprado usted aquel perro tan feo que llevaba usted hoy en el paseo? --Feo, si; pero gracioso. Confieselo usted. Tales frases hacian desbordar la alegria de aquellos pechos juveniles. Se hablaba recio, se reia mas aun, se gesticulaba. Las ninas, sobre todo, parecia que tenian azogue, mostrando sin cesar las dos filas de sus dientes cuando los tenian bonitos o tapandoselos con el abanico cuando no eran presentables. Pero, sobre todo, lo que alboroto el grupo y levanto mas tempestad de carcajadas, fue una contestacion de Leon Guzman. Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes preciosos, pregunto a Leon que hora era. Este, sacando el reloj, respondio que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran ya cerca de las doce. Esta equivocacion hizo gozar vivamente a las ninas. Manolita, sobre todo, queria desvestirse de risa. Cuanto mas hacia para reprimir el influjo de sus carcajadas, con mas impetu salian a su boca fresca y humeda. Indudablemente, en las frases, en la apariencia vulgares y hasta estupidas de los pollos, debe de existir un fondo de humorismo tan profundo como vivo, que solo las jovenes de quince a veinte anos son capaces de recoger y gustar. Pero Leon Guzman, una vez sosegada la risa, pudo con mana retirarse un poco y entablar conversacion aparte con Esperancita. Esto lleno de dolor y sobresano a Ramon. Hacia dias que venia observando que el conde de Agreda miraba con buenos ojos a su dueno adorado. Considerabale mas temible que a Cobo, por ser hombre de brillante posicion. Cobo, segun lo que veia, no adelantaba un paso, lo cual le tranquilizaba. Pero el asunto cambiaba ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la alegria del grupo y dirigia a la pareja unos ojos de carnero que despertaban lastima. Sin embargo, la nina, a su gran satisfaccion, no se mostraba demasiado amable con el conde. Parecia preocupada, triste, y dirigia frecuentes y rapidas miradas hacia el sitio donde el propio Ramon estaba. Verdad que detras de el, en un divan, se hallaban sentados Pepe Castro y Lola Madariaga, charlando con gran animacion. Pero el concejal no se hizo cargo de esto. Cuando Leon se levanto, Ramoncito le llevo aparte a un rincon y le dio con frase sentida sus quejas. Debia de saber que el, Maldonado, hacia tiempo que obsequiaba a Esperanza, que estaba enamorado de ella perdidamente. Sentia en el alma que un amigo tan intimo le viniese a hacer dano. Recordole con enternecimiento la infancia, sus juegos, el colegio. Concluyo por suplicarle con voz entrecortada por la emocion que si no tenia un gran interes por Esperancita dejase de darle celos. Leon le escucho entre impaciente y confuso. Por librarse de el prometio cuanto quiso. Luego, cuando se vio entre los amigos, conto la ridicula conferencia y se rio en grande a costa del desdichado concejal. El duque de Requena, despues que dijo a Biggs lo que se proponia, se sento a jugar al tresillo con la condesa de Cotorraso, el mejicano, marido de Lola, y el general Pallares. Poco despues bufaba lleno de furia porque le venian malas cartas. A pesar de su opulencia jugaba siempre con el mismo afan que si le importase mucho la perdida o la ganancia de unos cuantos duros. Si la suerte le era adversa se ponia de un humor endiablado, murmuraba y hasta llegaba a decir frases inconvenientes a los companeros. Su hija se veia muchas veces obligada a templarle y a quitarle las cartas de la mano para ponerse ella en su lugar. Ahora Clementina estaba de buen talante jugando en la mesa proxima: se reia de Pepa Frias porque se mostraba silenciosa y preocupada. --Oiga usted, Pinedo, no me acordaba ya--dijo arreglando el abanico de cartas que tema en la mano--, ?por que tenia usted interes esta manana en hacer pasar por un santo delante de su hija al perdido de Alcantara? --Es un secreto--respondio el gran vividor. --iQue se diga, que se diga!--exclamaron a un tiempo Pepa y Clementina. Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligandoles a prometer antes que lo guardarian fielmente, se lo dijo. Habia observado en las ninas tendencia senalada a enamorarse de los calaveras, de los vagos, de los malvados, y a rechazar a los hombres laboriosos y formales. Para que su hija no cayera en poder de alguno de aquellos invertia las referencias que le hacia de cada cual. Cuando pasaba a su lado un chico honrado y trabajador, le ponia de loco y de perdido que no habia por donde cogerlo; si, por el contrario, pasaba uno que mereciese en realidad tales dictados, como Alcantara, se hacia lenguas de el. Pepa, Clementina y Arbos suspendieron el juego para escuchar sonrientes aquel singular relato. --?Y produce efecto el procedimiento?--pregunto el ministro. --Hasta ahora admirable. Jamas se le ocurre a mi hija mentar en la conversacion a los que yo le doy por buenos muchachos. En cambio, icuantas veces me dice muy risuena!: "?Sabes, papa, que hoy he visto a aquel amigo tuyo tan _perdis_? No se puede negar que tiene gracia en la cara y que parece un chico fino. iEs lastima que no formalice!" En aquel momento, Cobo Ramirez, que andaba por alli resoplando como un buey cansado, se acerco a la mesa y quiso saber de que se reian. No le fue posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo una sena prohibitiva porque tenia mucho miedo a su lengua. Tambien Pepe Castro, harto de dar celos a Clementina con su amiga Lola, sin que aquella pareciese siquiera advertirlo, se levanto y se fue aproximando silenciosamente afectando melancolia. Se puso detras de Pepa Frias y apoyo los brazos en el respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalosamente descotada que en aquella actitud se podia ver mas de lo que la decencia permite. --iNo vale mirar, Pepe!--exclamo Cobo con maligna sonrisa. --Miro las cartas--respondio aquel. --iVamos, no sea usted desvergonzado, Cobo!--dijo Pepa dandole con ellas en las narices y volviendose a Castro. --Quitese de ahi, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pajaro. Fuentes se acerco para despedirse. --?No toma chocolate?--le pregunto Clementina dandole la mano. --?Como quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de descerrajar un soneto a quema ropa? --?Mariscal? --El mismo. En el comedor y a traicion. Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que hacia sonetos a la Virgen y odas a las duquesas. --Pero ya me he vengado como un marroqui--siguio.--Le he presentado al conde de Cotorraso que le esta dando una conferencia sobre los aceites. Miren ustedes que cara de sufrimiento tiene el pobre. Los tresillistas volvieron la cabeza. Alla en un rincon estaban, en efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tenia cogido por la solapa segun su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro contraido, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir como un hombre a quien conducen a la carcel. --Arbos, ?no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos? Para no destruir el efecto de la frase se marcho bruscamente. Todas las noches recorria dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y sus ingeniosidades. Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo Ramirez cogio una mesilla japonesa, la llevo a un rincon, sentose frente a ella y se apercibio a engullir. Pepa Frias echo una mirada en torno, y viendo al general Patino acercarse, le dijo: --General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Daselas tu a Pepe, Clementina; vamos un poco al salon. El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al salon grande: mas antes de llegar a el, dijo Pepa: --Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio. Clementina la miro con sorpresa. --?Quieres que vayamos al comedor? --No; mejor es que subamos a tu cuarto. Volvio a mirarla con mas sorpresa aun, y, alzando los hombros, dijo: --Como quieras. iCosa grave debe de ser! Mientras subian la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el _boudoir_, le dijo Pepa cogiendola por las munecas y mirandola fijamente: --Vamos a ver, Clementina, ?tu sabes como andan los negocios de tu marido? Fue un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precision, tenia noticias de las perdidas de Osorio, de su creciente y febril afan de jugar. El mismo, en una explicacion que con ella tuvo, la habia amedrentado para arrancarle la firma. Ademas le veia cada dia mas delgado y mas sombrio. Pero aunque se preocupaba un instante de estas cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la memoria. Nunca se le paso por la imaginacion que tales perdidas pudiesen afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentacion, ni aun a sus caprichos. La conducta de Osorio, que nada le habia dicho de restringir los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano permanecia vivo alla en el fondo. No habia mas que hostigarle como hizo Pepa, para que royese lindamente. --?Los negocios de mi marido?--dijo balbuciendo, como si no entendiese--. Yo nunca me entero ... ni le pregunto. --Pues me han dicho que ha tenido grandes perdidas en estos ultimos tiempos.... --Alla el--exclamo la dama reponiendose y alzando los hombros con supremo desden. --Es que a ti tambien te puede chamuscar el pelo, hija mia. ?Tienes asegurada tu dote? --No se lo que es eso.... ?No te he dicho que no entiendo de negocios? --Pues en este asunto debieras procurar enterarte. --Pues yo te digo que no me preocupa nada y te ruego que hablemos de otra cosa. Clementina se mostraba mas altanera y desdenosa cuanta mas insistencia veia en Pepa. Su orgullo, siempre alerta, le hacia suponer que esta habia preparado aquella conferencia para mortificarla. --Es que ... querida mia, debo advertirte que tu marido no especula solamente con su capital--dijo la viuda picada ya. --iAh! iYa parecio aquello! Vamos, tu tienes algunos ochavos en poder de Osorio y temes perderlos, ?verdad?--dijo Clementina con sonrisa sarcastica, reprimiendo su colera con trabajo. Pepa se puso palida. Una ola de ira le subio tambien del corazon a los labios. Estuvo a punto de echarlo todo a rodar y ponerse a renir como una verdulera, para lo cual tenia dotes especialisimas; pero un pensamiento interesado, un pensamiento de conservacion la contuvo. Si rompia con su amiga, si la irritaba, las probabilidades de salvar su capital disminuian. Comprendio que el mejor partido era no excitar su naturaleza indomita, esperar que la amistad o su mismo orgullo la impulsasen a la generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus impetus ante la mirada altiva y provocativa de su amiga y dijo con abatimiento: --Pues si, Clementina, te lo confieso. Tu marido tiene en su poder lo poco que poseo. Si lo pierdo me quedo sin una peseta. No se que sera de mi.... Antes que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna. --Pedir limosna, no. Te traere a casa para acompanarme en lugar de Pascuala--dijo con desden la dama, en quien la soberbia aun no se habia apaciguado. Pepa sintio mas este flechazo que el anterior, pero logro contenerse tambien. --Vamos, chica--dijo volviendo a cogerla por las munecas carinosamente--, no me eches a la cara los millones. Si he venido a aburrirte con estas cosas, es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya se yo que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta por el mundo. La mayor parte de lo que cuentan de las perdidas de Osorio, probablemente no sera verdad.... --Y si lo fuese, la cosa tiene poca importancia para mi. Figurate que hoy mismo me ha dicho mi madrastra que me deja por heredera de toda su fortuna. Pepa abrio los ojos con sorpresa. --?La duquesa? iOh, pues no son mas que cincuenta millones de pesetas! Creo que la pobre esta muy enferma.... --Bastante. La soberbia se sobreponia en aquel instante a todo sentimiento afectuoso en el corazon de Clementina. Pronuncio aquel bastante en un tono que daba frio. Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se entendian perfectamente. Pepa, afectando siempre desenfado, adulaba de todos los modos posibles a su amiga, como hermosa, como rica, como elegante. Clementina se dejaba adular, respiraba con delicia aquel tufillo de incienso. En cambio prometia que ni un centimo perderia Pepa de su capital. Bajaron la escalera cogidas por la cintura, charlando como cotorras. Al llegar a la puerta del salon, antes de soltarse se dieron un apretado y carinoso beso. Ninguna de las dos penso que lo que las tenia enlazadas no eran sus propios brazos, sino los de un cadaver: el cadaver de una santa y generosa senora. VIII #Cena en Fornos.# Al salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ramoncito se metieron en la berlina que esperaba al primero y se trasladaron a Fornos. Les costo trabajo desembarazarse de Cobo Ramirez, que habia olido algo de cena y deseaba ser de la partida. Ramon dio un codazo a Castro para manifestar que no le veria con gusto en ella. Este, a quien tampoco placa el caracter desvergonzado del primogenito de Casa-Ramirez, hizo lo posible por desprenderse de el enganandole. El terror de los maridos estaba de muy mal humor. La indiferencia real o fingida que Clementina le habia mostrado toda la noche le roia el corazon. Siempre habian sido prudentisimos en sociedad, sobre todo en casa del marido; pero nunca le falto ocasion, hasta entonces, a la dama, con una mirada intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle su amor. Y como esto llovia sobre mojado, porque hacia ya bastantes dias que la encontraba despegada, distraida, la picadura era mas viva. Castro no estaba enamorado de la esposa de Osorio. Era incapaz de enamorarse. Pero tenia una idea extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como consecuencia, un amor propio exagerado. Ademas, ya sabemos que Clementina era para el, no solo la tortola enamorada, sino el cuervo que le traia en su pico el sustento. Envuelto en su gaban de pieles y arrellanado en el rincon del coche, no despego los labios en todo el camino. Era la una. La noche fria y despejada, una noche de Madrid, en que el ambiente produce cosquillas en los ojos y la nariz. Ramoncito, entregado tambien a sus melancolias, limpiaba con el panuelo el cristal de la ventanilla para sumergir la mirada en las calles solitarias y en el cielo poblado de estrellas. Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera. --Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa tia--dijo Castro apresurandose a entrar. Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les esperaban tres senoras y dos caballeros. Antes de subir dio las disposiciones necesarias para la cena que habia encargado. En el gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcantara, Manolito Davalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con _fueras_ y silbidos. Todos cinco venian del Real: hacia muy cerca de media hora que esperaban. --iQue poca vergueenza tienes, hijo!--dijo la Amparo con el hermoso entrecejo fruncido--. Y menos aun los que toman en serio tus convites. --Chica, me figure que saldrias mas tarde del Real. --iEso! Di que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes tener cierta disculpa. Amparo solia llamar en broma su hijastra a Clementina. --iQue hijastra, ni que madrastra!--exclamo el lechuguino con gesto de mal humor--. iSi pensaras que hay mujer que me retenga a mi cuando no quiero! El despecho, incubado toda la noche, rompia ahora con fuerza la cascara. --iOle mi nino! Asi hablan los hombres--exclamo la Nati, una chulilla de Lavapies que descubria el pano, no solo en la conversacion, sino tambien en el peinado, en los andares, en todo. --iQue simple eres, criatura!--dijo la Amparo volviendose a ella--. ?Te figuras que eso es cierto? Clementina le tiene mas sumiso que un perrillo de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta de sus pies. --iSi; lo mismo que tu a su papa!--respondio furioso Castro--?Vosotras, por lo visto, os habeis llegado a figurar que soy un cadete de infanteria? Pues ya vereis lo que me importa por esa senora.... --?De veras?--pregunto Alcantara. --De veras: me voy aburriendo ya. Castro, previniendo una proxima ruptura con su amante, preparaba una cama blanda a su reputacion de seductor para que no sufriese desperfecto. --Os enfadais conmigo--siguio--porque llego tarde.... ?Y Leon? ?Donde esta Leon? --Leon, aqui esta--profirio una voz sonora detras. Y el propio Leon avanzo hasta el medio de la estancia y se puso a parodiar, con entonacion y mimica de comico de la legua, una zarzuela muy conocida: Yo soy aquel conde de Agreda llamado, que en lides sin cuento probo su valor. --Oye, nene--dijo Socorro tirandole de los faldones del frac--, tengo que ajustarte una cuenta. --iTu tambien!--exclamo con afectado espanto--.iCielos! ?Donde me metere que no me presenten cuentas? Y se dejo llevar, fingiendo susto, a un rincon por su querida, que le pregunto en voz baja: --Di, babieca, ?por que no me has dicho que era Amparo de la partida? ?No sabes que estamos politicas hace ya dias? --iBah! ibah!--exclamo alzando la voz y apartandose--. En cuanto tengais unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis, desde la calle. -Socorro quedo acortada mordiendose los labios. Temia que Amparo hubiese advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les habia echado una mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrugo el entrecejo: "iAnda, anda! iA buena parte iban con recaditos! iComo la picasen un poco era capaz de agarrar por el mono a aquella panfila y batirla contra la pared!" La Socorro era una rubia linfatica, de tez nacarada y ojos claros, un poco romantica y un mucho susceptible. Se decia hija de un comandante y se agarraba el derecho de despreciar a sus companeras nacidas del seno de la plebe. Era mas instruida que ellas porque leia todos los folletines que le venian a las manos: cuidaba de no decir palabras feas: no solia emplear tampoco locuciones flamencas. Tenia alguna mas edad que la Amparo y la Nati. --A la mesa, a la mesa--dijo Alcantara--. Estas operas alemanas me excitan un hambre de lobo. Levantaronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras Castro hacia sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los detuvo con un gesto. --Caballeros, hay aqui dos princesas que han renido por cuestiones diplomaticas que no nos incumben. ?Opinan ustedes que se den un beso antes que nos sentemos? --Que se lo den: que se lo den--exclamaron los tres hombres y Nati, mirando a la Socorro y Amparo. Esta se encaro furiosa con Leon. --iJa, ja!... Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a hacer dano la cena. La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa. --Que se besen--volvio a decir el coro. --Oid, preciosos, ?nos habeis traido para reiros de nosotras o a darnos de cenar?--dijo la Amparo cada vez mas irritada. Castro trato de calmarla. --No hay motivo para enfadarse, Amparito. Leon, lo mismo que yo y todos los demas, deseariamos que los que nos sentemos a cenar fuesemos buenos amigos. Si hay algun resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como presumimos, no ha sido por cosa grave. --iQue se besen!--gritaron con mas fuerza los comensales. No hubo mas remedio. Castro y Alcantara se apoderaron de la Amparo, Ramon y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defendia con energia. Al cabo concluyo por reirse. --iPero esto es estupido! ?Que mosca os ha picado? Y acercandose con decision a Socorro, le dio un beso sonoro en la mejilla. --Besemonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpaticos les de un ataque de nervios. La Socorro le pago el beso con otro mas timido, manifestandose reservada y circunspecta. --Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida--dijo sentandose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no ardia. Se tosto por delante y por detras, en tal forma, que, cuando Rafael fue a coger la silla, quemaba. --iQue atrocidad! Mirad, chicos, como ha dejado Amparo la silla. Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron. --iComo tendra esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo--dijo Castro avanzando hacia ella. --iEh, nino, alto! que yo soy de mirame y no me toques.... Bueno, si quereis tocad la espalda--anadio generosamente. Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba. --Ahora vais a ver como me las compongo con los boquerones--dijo sentandose--. Porque supongo que te habras acordado de mi--anadio levantando la vista hacia Pepe Castro. Este hizo una senal afirmativa y empujo suavemente a Manolito Davalos para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extrana turbacion que se apoderaba del tocado marques cuando se ponia cerca de la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba confuso, ruborizado, sin saber que decir ni hacer. Los companeros, que lo sabian, mirabanle con disimulo y enviaban sonrisas y guinos a la joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con el. Se reia como los demas de aquella extrana y furiosa pasion; pero en el fondo se sentia halagada por ella. Rafael Alcantara, que ya habia pellizcado en todos los platos de entremeses, volvio a gritar: --Senores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una indigestion de aceitunas. Acomodaronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos. Amparo desdeno el _consomme_; pero cuando trajeron unos filetes de _boeuf macedoine_ se colmo de tal modo el plato que los amigos comenzaron a darse de codo y a reir. --iAh! ?vosotros pensais que soy una nina tisica de las que cantan _La Stella confidente_?... iYa vereis, ya! Rafael saco la conversacion del duque de Requena, pero la Amparo corto las bromas. --Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como pueda. Aunque todo el mundo sabia que tenia esclavizado al archimillonario, no gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensanaron con ella vengandose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en vez de acudir a la defensa, contentose con sonreir discretamente y exclamar con negligencia: --iNo sabeis lo que decis! Aquella sonrisa, aquel tono superior y desdenoso, querian sin duda significar que era ridiculo hablar de las interioridades de Clementina en presencia de el. Pusieronse sobre el mantel las honras de otra porcion de senoras y caballeros. Entre copa y copa de _borgona_, entre bocado y bocado de salmon con mayonesa quedaron todas perfectamente arregladas. Manolito no terciaba en la conversacion. Feliz con sentir el traje de Amparo rozando con sus piernas, echandole de vez en cuando miradas intensas de apasionado deseo, acudiendo a servirla con solicitud de esclavo medroso, se apretaba a veces mas de la cuenta contra su idolo, acometido de rabiosa pasion. Cuando esto sucedia, el idolo le arrimaba por debajo de la mesa crueles taconazos y pellizcos que le volvian a la razon. Fuera de esto se mostraba amable con el, le trataba como a un nino, le daba bocaditos del plato en que ella comia y le hacia mimos cogiendole la barba con la punta de los dedos. Pero el pobre, antes de terminar la cena, se vio acometido de un golpe de tos; se puso rojo; queria echar, con grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no acababa de salir. Este algo era nada menos que una sarta de rails de ferrocarril que al loco marques se le antojaba que tenia dentro del cuerpo. Los demas, que sabian de esta alucinacion, sonreian con expresion de lastima y burla. Rafael Alcantara exclamo cinicamente: --iDale, dale, que es lagarto! El pobre Manolo se volvio hacia el, sudoroso, encendido, y le dijo con acento de reproche: --Si tu te encontrases como yo, no te reirias, Rafael. --iTiene razon, tiene razon!--exclamo la Amparo indignada--.Vaya una gracia, burlarse de un amigo enfermo. Y para indemnizarle de aquel agravio le ayudo a sentarse en un divan, le limpio el sudor con su panuelo y le dio unos cuantos besos. Luego vino a sentarse de nuevo y siguio devorando lo que le ponian delante. Llego el turno a los boquerones preparados expresamente para ella. Era uno de los gustos plebeyos que conservaba. Tantos engullo, que excito la admiracion y la risa de los comensales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo a su querido, "que daba asco verla comer". Creia de buen tono padecer de dispepsia y comer poco. Amparo remojaba los bocados con tantos y tan formidables sorbos de _borgona_, que dejaba siempre la copa temblando. Comia y bebia como un labrador en dia de boda, y hacia gala de ello. Ramoncito no se hallaba en disposicion de experimentar los goces de la nutricion animal. Dijo que habia tomado chocolate en casa de Osorio; pero no era cierto. Lo que habia tomado era veneno, con los obsequios que su amigo, el conde de Agreda, tributo por mas de una hora a Esperanza. --Oye, feo, ?por que no comes?--le dijo Amparo volviendose de repente hacia el--. ?Es verdad que la chiquilla de Calderon no te hace caso? Te doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener mucho humor herpetico. Maldonado, que estaba ya desabrido con ella desde la frase de la tarde, se puso encendido. Conteniendose a duras penas le dijo con voz ronca: --Lo que te prevengo seriamente es que no vuelvas a ocuparte delante de mi de esa nina.... Amparo le miro fijamente con aire de desafio. --?Y por que, rico mio? --Porque las mujeres como tu no pueden hablar de ciertas cosas sin profanarlas--dijo temblando de colera el concejal. --iJa, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chavo tiene calor--dijo con risa sarcastica; y enfureciendose de pronto:--iMira, nino, no me vengas con infundios! Tu eres un mamarrachillo y ella un saco de pus. ?Lo oyes bien? La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas palabras. Todo su cuerpo se estremecio de furor. No se sabe que acto barbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga del frac, diciendole: --Dejala, hombre. ?No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza? Castro tenia del otro lado a la Nati. Sin saber por que razon, pues nunca le habia sido muy simpatica, le dio toda la noche por servirla y requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a Alcantara que estaba del otro lado: --Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati. Y se lo dio sin aguardar respuesta. Rafael no hizo maldito el caso. Poco despues volvio a decir: --?Permites, Rafael? Y izas! le encajo otro beso. La bromita le parecio tan bien, que no se pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba deliciosa; se reia, presentando la mejilla a los labios del hermoso salvaje. Rafael, al principio, tambien la encontro graciosa y respondia gravemente a la pregunta de su amigo: --Lo tienes. Pene, lo tienes. Pero al cabo fue pareciendole pesada, y entre bromas y veras concluyo por decirle: --Basta, Pepe; no abuses del fisico. A los postres, el mozo les dijo que un senorito que cenaba en un gabinete proximo con una senora, bebia una copa de _champagne_ a su salud. --?Quien es ese senorito? ?Le conoces? El mozo sonrio discretamente. --Me ha prohibido decir su nombre. --?Es un amigo? --Si, senor conde: es un amigo. --Pues alla voy--dijo Leon. Y salio de la estancia. A los pocos instantes volvio a entrar con Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovacion. Rafael se adelanto con la copa en la mano y canto: --Murio Alvarito, Dios le tenga en gloria; Bebamas una copa a su memoria. Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se habia batido por la tarde. Pepe Castro le abrazo. --Ya sabiamos que habias salido bien. ?Has pinchado al coronel? --Si, en un brazo. --?Como fue eso? --Veras tu.... Y le conto los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar. El coronel se habia levantado los pantalones al llegar al jardin y se habia remangado la camisa como un carnicero. Ataco furiosamente; pero se fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del corazon. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le habia tirado con decision una estocada al pecho amagandole antes un tajo a la cabeza. No tuvo tiempo mas que a poner delante el brazo izquierdo, que quedo atravesado. --Crei que le habia matado, porque cayo redondo al suelo. --Asi, asi. No hay cosa mas ridicula que andar dibujando tajos en el aire y haciendo ruido con los sables como en el teatro. Un buen golpe recto, partiendo de la inmovilidad, iesa es la manera de concluir pronto! --Murio Alvarito, Dios le tenga en gloria; Bebamos una copa a su memoria. volvio a cantar Rafael con voz engolada levantando la copa de _champagne_. --Vamos, a este chavo ya se le ha subido San Telmo a la gavia--dijo la Amparo. Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comentando el lance. Los demas, menos Conchilla, les fueron dejando; se pusieron a charlar con animacion, trincando a la vez de lo lindo. Rafael estaba empenado en que Ramoncito les contara sus amores. ?Se habia declarado ya a la hija de Calderon? ?Le habia dado esperanzas? La verdad es que la nina no encontraria, por mucho que buscase, partido tan ventajoso como el de Ramoncito, un muchacho formal, en buena posicion, con un porvenir en la politica.... Aunque Alcantara parecia que hablaba en serio y expresaba las mismas ideas que al propio Ramoncito le bullian constantemente en la cabeza, este recelaba, y con razon, de su buena fe. Ademas, la presencia de aquellas mujeres, y mas especialmente la de Leon, le molestaba mucho. Rechazo, pues, con mal humor todas las instancias que le hicieron para que abriese su pecho, y les rogo, muy fruncido y encrespado, "que hiciesen el favor de no romperle mas la cabeza". Con esto desistieron de reirse a su costa y la emprendieron con Manolita Davalos. El joven marques, desde un divan donde yacia solitario, contemplaba sin pestanear en extatica adoracion a su ex querida. --Ven aca, Manolito; acercate un poco, hombre--le dijo Leon. --?Para que?--pregunto el marques aproximandose con semblante avergonzado. --Para que charlemos un poco.... Y para que estes cerca de lo que mas quieres.... Haces bien en estar enamorado de esta barbiana. Todo se lo merece. No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie delante en hermosura, en garbo, en salero.... iQue ojos! ique cejas! ique boquita de rosa!... iHasta las orejas! iMira que primor de oreja!... Me las comeria cada una de un bocado.... iUy! iuy! iuy! Nati le habia echado un feroz pellizco en el brazo. --Para que no vuelvas a echar piropos a nadie delante de tu mujer--dijo medio en serio, medio burlando. --Chico, si me hubieses dicho todo eso por la manana me hubiera durado todo el dia--le dijo Amparo riendo--. Pero ahora ... ya ves, nos dormiremos en seguida.... --Pero vamos a ver. Amparo--manifesto Rafael afectando seriedad--. ?Por que has dejado a Manolo, un chico joven, simpatico, de las primeras familias de Espana, por un tio asqueroso, viejo, baboso como Salabert? El chiflado marques hizo un gesto de contrariedad. --Dejanos en paz, Rafael. Amparo, poniendose seria tambien, le contesto: --Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutuamente, por conveniencia de ambos. No dira el que yo le he despedido.... Manolo asintio con la cabeza por no contrariar a su idolo, aunque otra cosa le constase. --Pues es una lastima, porque el sigue mas chalao por ti que nunca.... Y tu, aunque aparentes lo contrario, creo que algo te queda alla en el fondo. Leon se mordio los labios para no soltar el trapo. --Mira, tu, nino--expreso la Amparo con tono y ademanes persuasivos--; vosotros nos juzgais peores de lo que somos. Yo no dire que algunas veces no obremos por capricho, y que no seamos ligeras e interesadas.... Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos arrastran. Una mujer se pone en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los teatros, de gastar coche, y llega a acostumbrarse a estas cosas como vosotros a fumar y tomar cafe. Llega un dia en que si quiere dar gusto a su corazon, va a verse privada de todo esto, y a caer en la miseria. Tu comprenderas que se necesita mucha virtud y mas amor que el de Romeo y Julieta para echarlo todo a rodar y sacrificarse a vestir de percal otra vez y a vivir en una buhardilla. Chico, por lo mismo que nosotras hemos conocido bien la pobreza, sabemos mejor que vosotros lo agradable que es. Yo me he comprometido con Salabert porque tiene mucho dinero y puede satisfacer todos mis caprichos. No necesitaba decirtelo.... Por lo demas, si fuera a dar gusto a mi corazon demasiado sabeis, y demasiado lo sabe el, que yo nunca he querido a nadie de verdad mas que a Manolo. Escuchando estas palabras, al loco marques se le arrasaron los ojos de lagrimas. Tomo la mano de su ex querida y la beso con la misma devocion y ternura que una reliquia. Leon se levanto de prisa porque no podia tener la risa en el cuerpo. Las mujeres, siempre compasivas con los extravios de la pasion por ridiculos que sean, le contemplaron con curiosidad y lastima. Solo Rafael permanecio grave. --Francamente, no puedo presenciar ciertas escenas sin conmoverme--dijo levantandose de la silla afectando una tristeza que hizo sonreir a la misma Amparo. Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se despojaba del frac para mostrar a Castro y a su querida una pequena herida que el sable del coronel le habia hecho. Rafael, Leon, Nati, Ramoncito y Manolo Davalos se acercaron. El noble salvaje se remango la camisa y dejo ver el antebrazo, donde habia una senal roja bastante larga. --Diablo; ha sido un golpecito regular--dijo Castro. --Un planazo--manifesto Alvaro. --No; mas bien parece que ha sido con el corte. Lo que hay es que pegando enteramente a plomo y no tirando un poco del sable al mismo tiempo, el corte suele embotarse. Por eso no ha rajado la piel, y en vez de herida resulto contusion. Conchilla, que miraba el brazo de su amante con tristeza y sobresalto, se precipito al fin sobre el y le beso la cicatriz con transporte, sin importarle las risas y las cuchufletas que esto produjo. Amparo y Socorro se habian quedado sentadas al lado de la mesa, una frente a otra. Si se ha de decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta, irascible, sin pizca de imaginacion y de inteligencia limitadisima, habiase olvidado enteramente del desabrimiento que con la Socorro habia tenido; le dirigia la palabra con la misma confianza y desenfado que antes. Mas esta, porque su caracter fuese mas receloso y susceptible, o porque el vino la privase del juicio, o por ambas cosas a la vez seguia mostrandose taciturna y hostil hacia su amiga. Respondia con marcada frialdad a sus observaciones y hasta algunas veces se advertia en sus labios cierto gesto de desden. La Amparo, que no tenia un temperamento observador, concluyo sin embargo por observarlo. --Oyes, chica, ?que es lo que tienes? ?Te dura todavia el enfado? --?A mi? iCa! Yo no puedo enfadarme contigo. Estas palabras parecian un testimonio de carino y confianza. Sin embargo, las pronuncio en un tono tan extrano, que la Amparo se la quedo mirando fijamente antes de replicar. --Pues hija--dijo al cabo--, yo te confieso que puedo enfadarme con todo el mundo y contigo tambien si me llegases a hacer alguna ofensa. --Pues yo, contigo, no--replico con una sonrisa particular la Socorro. Amparo volvio a mirarla fijamente y con sorpresa. --?Que quieres decir con eso, que me desprecias? --Lo que tu quieras--profirio con el mismo gesto de desden. Una arruga profunda aparecio en el entrecejo de Amparo; senal de tormenta. --Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y ya sabes que tengo muy poca paciencia--dijo con voz sorda. --De lo que menos caso hago yo es de tu paciencia, hija mia. Te he venido a decir bien claramente que no quiero trato contigo. Al parecer, no quieres acabar de entenderlo. Tu y yo no hemos mamado la misma leche ni hemos tenido los mismos principios. Por eso no nos entendemos. Si algun resentimiento tienes conmigo, como yo jamas te he tenido miedo ninguno, podemos resolverlo cuando quieras. Mira, aqui traigo este juguete para castigar a los desvergonzados. Al mismo tiempo saco del bolsillo una llave inglesa y la puso sobre la mesa. Verla Amparo, apoderarse de ella con impetu feroz, y dar un terrible golpe en la cara a su duena, fue instantaneo. La Socorro cayo de la silla soltando cuatro chorros de sangre por los cuatro agujeros que los pinchos del instrumento la hicieron. El susto, para los que alli estaban fue grande, pues no habian advertido la disputa. Todos corrieron presurosos a levantar a la herida. Hubo unos instantes de confusion en que nadie se daba cuenta de lo que en realidad habia pasado. La Amparo se habia puesto terriblemente palida y aun murmuraba sordamente denuestos. En cuanto Leon Guzman averiguo, viendo en sus manos la llave, lo que habia pasado quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho faltando a lo que se debe un caballero, si Pepe Castro y Rafael no le hubieran sujetado. No pudiendo realizar sus propositos comenzo a increparla. --iEsto es una infamia! iUna vileza! iEs la accion de un asesino! Desde aqui debes ir a la carcel, porque has cometido un delito. Los mozos, que habian acudido a los gritos, viendo tanta sangre y oyendo las palabras del conde, se dispersaron. Alguno de ellos bajo al cafe a dar parte a un inspector de policia que alli estaba el cual se presento inmediatamente: otros corrieron a avisar a un medico. Subieron dos. La herida era de importancia y de consecuencias, porque quedarian senales en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo a la enferma a la casa de socorro. Alli no disponian de medios para la cura. El inspector manifesto que se veia en la necesidad de conducir la agresora a la prevencion y tomar el nombre de los presentes. Entonces todos intervinieron con ruegos para que dejase a la Amparo libre, respondiendo ellos de las consecuencias. El inspector se nego resueltamente. Lo unico que podia hacer era conducirla al Gobierno civil en vez de la prevencion y detener el parte al juzgado algun tiempo. Aunque casi todos pertenecientes a familias muy distinguidas, ninguno de los presentes era un personaje politico (con paz sea dicho de Ramoncito) que pudiese desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el duque de Requena si lo era. Por eso Rafael le dijo en voz baja a la Amparo: --Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar un aviso a Salabert. Si no, estas perdida. --Ya se habra acostado. ?Te encargas tu de llevarselo? El perdulario vacilo un instante, pero al fin se decidio a prestarle aquel servicio, contando sacar de el buen partido. La herida fue conducida a la casa de socorro en el coche de Pepe Castro, acompanada por Leon y un guardia. Amparo fue al Gobierno civil en su propio carruaje, con el inspector y Manolito Davalos, que se lo pidio a este por favor con lagrimas en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla, Nati, Pepe Castro y Ramon les prometieron seguirlos inmediatamente y acompanar a la hermosa agresora en su odisea. Pero ya a la puerta de Fornos hubo deserciones. Alvaro declaro que le dolia un poco el brazo y que iba a curarselo. Conchilla, como es natural, le acompano. La Nati, con Castro y Ramon, siguieron a pie hasta el Gobierno. Una vez alli, antes de entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba algunas dificultades. El era concejal y no podia "meterse en ruidos", maximo cuando las relaciones del Gobernador con el Ayuntamiento venian siendo un poco tirantes. Por su parte. Castro declaro laconicamente que todo aquello era ridiculo. Naturalmente, siendo ridiculo ?que iba a hacer un hombre como el alli? Ademas, anuncio que tenia sueno y este era ya un argumento sobradamente poderoso sin necesidad del primero. La Nati tal vez hubiera desistido tambien de subir; pero se creia en la obligacion de aguardar a Rafael. En una habitacion bastante sucia del Gobierno esperaban la Amparo y Manolito Davalos cuando Nati se les junto. El maniaco marques estaba tan tembloroso, tan desencajado y livido como si sobre el pesase una terrible desgracia. Su confusion y dolor se aumentaron cuando Amparo le ordeno marcharse. No convenia que le viese Salabert alli. Rogo con los mayores extremos que le permitiese aguardar el fin de la aventura; pero fue en vano. No pudiendo conseguirlo salio al cabo de la estancia, pero fue para rondar por los alrededores del edificio como un perro fiel. Pocos momentos despues, la Amparo fue llevada al despacho de uno de los oficiales, que la recibio sin miramiento alguno, sin levantarse del sillon y hablandola en un tono autoritario que la produjo gran irritacion. La bilis se le revolvio en el estomago. En poco estuvo que no se desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor de la carcel la contuvo. Sin embargo, a pesar de su paciencia, no estuvo en mucho que fuese. Si no llegan a la sazon el duque de Requena y Rafael hubiera sido mas que probable. Salabert entro resoplando como de costumbre. A este resuello debia, quiza, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Solo un hombre con cien millones de pesetas de capital se podia autorizar tanto resoplido y escupitajo. El oficial se turbo un poco a su vista. El banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este predominio. --?De que se trata, eh? Disputas de chicas.... Algunos golpes.... Nada entre dos platos.... Esto se arregla en dos segundos.... Tu, chiquita, a la cama.... Manana le daras un beso; la regalaras un brazalete.... Todo arreglado, todo arreglado--comenzo a grunir con el desenfado del que esta en su casa. El oficial apenas tuvo valor para murmurar: --Senor duque, tendria mucho gusto en complacerle ... pero mi obligacion.... --A ver, ?donde esta Perico? ?Anda por ahi Perico?--pregunto con el mismo despotismo. --El senor Gobernador se ha retirado ya--manifesto el oficial. --Pues el secretario.... ?Donde esta el secretario?... A ver, el secretario. Condujeronle a su despacho y se encerro con el. Al cabo de unos minutos salio con las mejillas un poco mas amoratadas. El secretario le despidio a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acerco y le pregunto: --?Esta arreglando el asunto? --Por ahora, si--respondio mordiendo el sempiterno cigarro. --Pues quiero irme en tu coche--dijo, bajando la voz. La fisonomia del banquero se oscurecio. --Demasiado sabes que no puede ser. --?Que no puede ser?... Ahora veras.... Dame el brazo.... En marcha. Y cogiendose con fuerza de su brazo le empujo hacia la escalera seguido de Nati y Rafael entre las miradas atonitas del oficial, del inspector y de los tres o cuatro empleados que alli habia a tales horas. Una vez en la calle, la hermosa tirana ofrecio su coche a Nati y Rafael, y se metio sin vacilar en el del duque, que la siguio taciturno pero sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron asi que se vio a solas con su querido. Las palabras mas soeces del repertorio de los cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pateo, juro, rechino los dientes, profirio mil estupidas amenazas. Por ultimo, cogiendo al banquero por la solapa de su gaban de pieles, le dijo atropellandose por la ira: --Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedaran a escape cesantes. --Veremos, veremos--respondio el duque, inquieto y confuso. --Ya esta visto. Hasta que me traigas su cesantia no te presentes en mi casa, porque no te recibo. IX #Los amores de Raimundo.# La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolvia de un modo tan pueril como grato para ella. Despues de aquella inoportuna vuelta de cabeza, que tanto la habia avergonzado, se guardo bien, durante algunos dias, de mirar hacia atras, aunque el saludo que enviaba a Raimundo fuese cada vez mas expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle mejor nombre, pues no lo merecia) fue echando, no obstante, tanta raiz en su imaginacion, que concluyo por volverse otra vez; al dia siguiente tambien; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven clavados sobre ella. Por fin, un dia se volvio desde la esquina y le hizo un nuevo saludo con la mano. "Vamos, he perdido la vergueenza", murmuro despues poniendose colorada. Y tan verdad era, que desde entonces no paso otra vez sin hacer lo mismo. Pero aquella situacion, aunque graciosa y original, iba pareciendole pesada. Su temperamento fogoso no le permitia gozar jamas con tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afan un mas alla, a precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer apetecido, quedase envuelta en los escombros del alcazar que su fantasia habia levantado. En esta ocasion, sin embargo, tenia mejores motivos que otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los lindes de lo ridiculo. A solas consigo misma solia confesarselo. "La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandran." Mas, aunque todos los dias se proponia dar un corte a aquella aventura no saliendo mas a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin levantar la mirada o, a todo mas, dirigiendole un saludo frio, es lo cierto que no tenia fuerza de voluntad para llevar a cabo su proposito. Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adios desde la esquina. Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las claras senales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto humillantes de su simpatia hacia el, no se apartase de la obediencia, no la siguiese jamas ni buscase ocasion de encontrarse con ella en el paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Parecia que aquel senor tomaba con demasiada aficion el papel contrario. Pensando en esto, algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante de el le veia tan risueno, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que el negro fantasma de la soberbia se desvanecia y entraban de nuevo en su pecho a torrentes la simpatia y el caprichoso deseo de amar y ser amada de aquel nino. ?En que pararia todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, hacia lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no cabia duda. Al ver paralizado su deseo por causas que no podia definir claramente, crecia y se transformaba poco a poco en aspero apetito. Una tarde en que el desencanto y la amargura habian invadido su pecho en que iba pensando seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por completo aquella ridicula aventura, al pasar por debajo del mirador despues de haber saludado al joven, sintio caer sobre ella un punado de flores deshechas. Levanto la vista y le envio una afectuosa sonrisa de reconocimiento. Aquella lluvia refresco su alma, reanimo su desmayado capricho. Entonces se puso a buscar con afan un medio de acercarse nuevamente a Raimundo. Penso en escribirle pidiendole perdon de su visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Despues imagino que acaso entre sus amigos, particularmente entre los periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le podia enviar un recado de atencion. Lo desecho como peligroso. Hasta se le paso por la cabeza hacerle sena para que bajase y darle una explicacion de palabra; pero tampoco oso hacerlo. Era demasiado humillante. La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia. Raimundo, que transcurrido el ano de luto solia ir de vez en cuando, estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente a ellos. Se saludaron carinosamente, y durante largo rato hubo entre el joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llamo extremadamente la atencion de Aurelia. --?Pero, que es esto? ?Has vuelto a hablar con esa senora? --No. --Entonces, ?que significa tanta sonrisa? Pareceis amigos intimos. --No se--replico el joven algo confuso--. Se manifiesta muy afectuosa conmigo. Quiza suponga que me ha ofendido cuando fue a casa y quiera desagraviarme. En el primer entreacto Aurelia recibio un hermoso ramo de camelias que le trajo una florista. --De parte de aquella senora que esta en el palco numero once. La nina alzo los ojos y vio a Clementina que la miraba risuena. Los dos hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy colorada. --?No te parece--le dijo su hermano--que debo subir a dar las gracias a esa senora? Era natural. Raimundo, cuando bajo el telon por segunda vez, la dejo por unos instantes sola y subio al palco de la dama. Una sonrisa feliz ilumino el semblante de esta al ver al joven en la puerta. Le recibio como a un antiguo amigo; le mando sentarse a su lado; entablo con el platica reservada, dejando en completo abandono a su obligada companera Pascuala. Por fortuna para esta no tardo en llegar Bonifacio, que no tomaba jamas butaca cuando sabia que la familia de Osorio tenia palco en algun teatro. --Veo con satisfaccion que no me guarda usted rencor--le dijo en voz baja dirigiendole una larga mirada insinuante--. Hace usted bien. Eso prueba que tiene usted corazon y talento. Le confieso con toda ingenuidad que me equivoque de medio a medio en la apreciacion de su conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando sali de su casa de buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdon.... Si no de palabra, con los ojos y el gesto debio usted comprender que se lo he pedido despues muchas veces.... Todavia le dio otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero maestro, con los cuales arreglo la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le dejo inmovil, confuso, fascinado, como ella le queria, en suma. Al mismo tiempo explico con habilidad aquellas manifestaciones de simpatia un poco extranas cuyo recuerdo la avergonzaba. Sin dejarle tiempo a reponerse le pregunto con interes por su hermanita, por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero ella no se desconcertaba. Seguia cada vez mas carinosa envolviendole en una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando mas embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su juvenil adorador, he aqui que aparece en el pasillo de las butacas Pepe Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas, finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derramo primero su mirada fascinadora, olimpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas a todas las ninas casaderas que por alli andaban esparcidas: despues, con arranque sereno como el vuelo de un aguila, alzola al palco numero once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. ?Con quien hablaba Clementina tan intimamente? No conocia a aquel joven. Le dirigio sus diminutos gemelos. Nada, no le habia visto en su vida. Clementina, que advirtio la sorpresa de su amante, despues de responder al saludo redoblo su amabilidad con Raimundo, volviendose enteramente hacia el, acercando el rostro para hablarle, haciendo mil monerias destinadas a llamar la atencion del noble salvaje y a preocuparle. Sentia un goce maligno en ello. Castro habia llegado a serle indiferente. Dirigio este por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta provocativo. Nuestro joven le pago con algunas inocentes miradas de curiosidad, porque no tenia el honor de conocer al terror de los maridos. Comprendiendo que su hermana estaria impaciente, aunque desde el palco no la perdia de vista, se alzo de la silla para despedirse. --Seremos amigos ?verdad?--le dijo la hermosa dama reteniendole por la mano--. Muchos recuerdos a su hermanita. Necesito darle una satisfaccion de aquella brusca y extrana visita, y se la dare. Digale usted que uno de estos dias la voy a sorprender en medio de sus faenas caseras.... Me interesan ustedes muchisimo, dos hermanitos tan jovenes viviendo solos.... Adios, Alcazar: lo dicho. Cuando bajo del palco un poco aturdido y se sento de nuevo al lado de Aurelia, le dijo esta: --iQue hermosa es esa senora!... Pero yo sigo creyendo que no se parece a mama. Raimundo, que no se acordaba en aquel momento de tal parecido, sintio un leve estremecimiento y balbucio: --Pues yo le encuentro un cierto aire.... Ahora ya no era mas que aire. El joven comenzaba a sentir remordimientos. La impresion que Clementina le causaba no era la misma de respetuosa devocion que antes de haber trabado de tan singular manera conocimiento con ella. Pepe Castro, asi que le vio en las butacas, comenzo a mirarle con fijeza tratando sin duda de analizarle. Como quiera que aquel muchacho rubio no pertenecia a la elevada sociedad que el frecuentaba, pasosele por la imaginacion (porque tenia imaginacion y todo), que bien pudiera ser el mismo perseguidor de quien tanto se habia quejado en otro tiempo Clementina. Como es natural, esta sospecha no le excito a mirarle con mas simpatia. Raimundo estaba tan atento a contemplar el palco de la senora de Osorio, que no reparo en la provocativa insistencia del tenorio. Este, cansado al fin, subio a saludar a su querida. Sentose a su lado, en la misma posicion que un momento antes habia estado Raimundo, quien al verle de esta suerte sintio un extrano malestar, cierta vaga tristeza que no trato de definir. Sin embargo, observo que la dama estaba muy risuena y el gallardo caballero muy serio, y que a ella no le faltaba tiempo para echar frecuentes miradas a las butacas, lo cual ponia al otro cada vez mas enfurrunado y sombrio. --?Has reparado como te mira esa senora?--pregunto Aurelia a su hermano--. Parece como si le gustases. --iQue tonteria! exclamo el ruborizandose--. iVaya un buen mozo que soy yo! Si fuese el caballero que ahora tiene al lado.... Aurelia protesto riendo. No; su hermano era mas guapo que aquel soldado de cromo con rosetas en las mejillas como las bailarinas. Cuando termino la representacion, Raimundo pudo ver, no sin cierto sentimiento de celos, a Clementina aguardando en el vestibulo su lando en compania del mismo caballero. Saludole aquella con tanto afecto, que Castro, cada vez mas inquieto, volvio a dirigirle una larga e intensa mirada de analisis. Por espacio de algunos dias el joven entomologo espero con zozobra que Clementina se detuviese a la puerta de su casa y subiera a cumplir la promesa. Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cruzaba como siempre con su pasito vivo y menudo, le saludaba carinosamente primero, y desde la esquina volvia a hacerle el consabido adios con la mano. Cada vez que salvaba la puerta, el corazon de Raimundo se encogia, se ponia de mal humor. "Vaya, se le ha olvidado, decia para si: no volvere a hablar mas con ella, como la casualidad no nos vuelva a juntar en algun sitio". Empezo a ayudar a la casualidad asistiendo con mas frecuencia al teatro de la Comedia, pero no logro verla. Al teatro Real, donde seguramente estaba, no se atrevia a ir por el temor de que pensase que aun duraba la persecucion. Por que se le habia metido en la cabeza que habia de subir a su casa precisamente a aquella hora y no a otra, no lo podemos explicar. Lo que si afirmaremos es que fueron inmensos su asombro y turbacion cuando una manana Clementina se dejo entrar por la casa. Pregunto desde luego por la senorita. Aurelia la recibio en la sala y paso inmediatamente recado a su hermano. Cuando este se presento, la dama se hallaba instalada en el sofa charlando con el desembarazo de una amiga que el dia anterior les hubiese visitado. --Conste que esta visita no es para usted--le dijo sonriendo y tendiendole su mano enguantada. --No me atreveria yo a imaginarlo, senora--replico el apretandosela timidamente. --iPor si acaso! No le creo a usted fatuo, pero las mujeres debemos siempre vivir prevenidas. En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se podia advertir cierta afectacion. Su voz estaba ligeramente alterada. Alrededor de los ojos habia esa palidez que denuncia siempre la emocion que embarga el espiritu. La visita fue corta, pero en ella tuvo tiempo para lisonjear a la nina con muchas palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La hizo prometer que iria a verla algun dia. Si no le gustaba la sociedad, que fuese por la tarde y charlarian un rato solitas. Le ensenaria su casa y algunas labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la impresionaban. Ya que ella tenia la dicha de parecerse a su madre un poco, como afirmaba Raimundo, se creia con cierto derecho a su afecto. --Nada; cuando usted se aburra aqui sola, se viene usted a mi casa que esta cerquita, y nos aburriremos juntas, que siempre es mas llevadero. La pobre Aurelia, confundida por aquella amabilidad y charla mundanales, no hacia mas que sonreir. Cuando se levanto para despedirse, dijo: --Queda usted encargado, Alcazar, de recordar a Aurelia su palabra. En cuanto a usted puede hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo a insistir porque se les molesta cuando menos se piensa.... Habiendo recobrado por completo su aplomo les hablaba en un tono amable, protector, un poco maternal. Todavia en la escalera les entretuvo unos momentos con su conversacion desenvuelta e insinuante a la vez y les reitero con gracia todos sus ofrecimientos. No consintio que Raimundo la acompanase. Se fue sola dejando una estela perfumada que este aspiro con mas placer que su hermana. Porque Aurelia luego que cerraron la puerta guardo silencio. A las frases de elogio que Raimundo tributo calurosamente a la dama, asintio en un tono laconico que le apago los fuegos. Hay que confesarlo. La impresion primera de adoracion filial que Clementina inspiro al joven entomologo se habia ido desvaneciendo poco a poco o, por mejor decir, confundiendo con otra inclinacion menos santa, aunque guardando algo de ella. Como en todos los hombres alejados del trato de mujeres, dedicados exclusivamente al estudio, la vision del sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor fueron vivos e intensos. Al dia siguiente de la visita de Clementina ya queria que Aurelia se la pagase, manifestando por supuesto tal deseo timidamente y con palabras embozadas. Pero su hermana le demostro la conveniencia de aguardar algun tiempo y el se resigno. Al fin se realizo la visita. Aurelia paso una tarde en el _boudoir_ de la senora de Osorio. Raimundo, despues de muchas vacilaciones, no se atrevio a ir con ella. A los tres o cuatro dias se presento de nuevo Clementina en casa de los jovenes a convidarles para ir por la noche al Real. Fue un verdadero apuro para ellos. Raimundo no tenia frac, Aurelia no poseia tampoco un guardarropa muy provisto. Sin embargo, fueron. Un pariente presto al joven su frac: Aurelia se puso los mejores trapitos del armario. Al dia siguiente Raimundo se encargo un traje de etiqueta en la mejor sastreria de Madrid. No solo hizo esto, sino que tambien, sin dar parte a su hermana, fue a la contaduria del teatro Real y tomo un abono de butaca cerca de la platea de Osorio, en el mismo turno. La intimidad crecio pronto entre ellos, gracias a los esfuerzos de Raimundo. Porque su hermana, aunque elogiaba tambien la amabilidad de su nueva amiga, oponia una resistencia sorda y pasiva a frecuentar su trato. Por mas que hacia no lograba borrar de su espiritu la manera extrana de comenzar aquella amistad, ni se le podia ocultar el fondo de falsedad que en ella existia. Conociendolo Raimundo procuraba con afan desvanecer sus aprensiones, unas veces directa, otras indirectamente. Era Aurelia una muchacha mas bien fea que linda, como ya hemos dicho, de buen sentido y de honrado corazon. La adoracion que sentia por Raimundo, inculcada por su difunta madre, no le impedia conocer las partes flacas de su caracter, debil, impresionable con exceso y pueril. Realmente en este aspecto ella representaba el elemento masculino y el el femenino dentro de la casa. Lloraba el con extremada facilidad; ella dificilmente. Sentia el extranas aprensiones, desfallecimientos, a veces verdaderas alucinaciones; ella tenia el sistema nervioso perfectamente equilibrado. Era sana y maciza; el, enfermizo y lacio. En los meses que siguieron a la muerte de la madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza con la idea de proteger a su hermana, se habia mostrado mas resuelto y varonil. Andando el tiempo el temperamento recobro sus derechos, cayo de nuevo en sus manias pueriles, en su impresionabilidad femenil, al paso que ella se crecia descubriendo un temperamento firme, equilibrado y recto. No le costo mucho trabajo a Clementina someter, fascinar enteramente al joven naturalista. Unas veces yendo los chicos a su hotel, otras yendo ella a casa de los chicos o llevandolos consigo al teatro o al paseo, se veian la mayor parte de los dias. Pepe Castro, la primera noche que encontro a Raimundo en el salon de Osorio comprendio perfectamente lo que pasaba, y se lleno de despecho. --A esta grandisima ... le da ahora por los bebes--murmuro rechinando los dientes--. Todas las perdidas concluyen por estas extravagancias. Penso en dirigirse al joven y provocarle. No tardo en persuadirse de que este paso seria para el desastroso. ?Que iba ganando en ello? Absolutamente nada porque Clementina le detestaria. El escandalo pondria de manifiesto su derrota, tanto mas vergonzosa cuanto que el vencedor era un chicuelo absolutamente desconocido. Determinose, pues, prudentemente a no dar su brazo a torcer ante el mundo y a alejarse de su querida temporalmente, dejandola que satisficiese su capricho. Quiza mas adelante, cansada de triscar con aquel corderillo, volveria la oveja al redil. Raimundo no era tan nino como Castro le suponia, pues contaba veintitres anos cumplidos: pero tenia una figura infantil y delicada que no le dejaba aparentar mas de diez y ocho. Su salud era vacilante y quebradiza. Padecia frecuentes ataques, sobre todo desde la muerte de su madre, en que perdia unas veces la vista, otras el habla, con otra variedad de fenomenos extranos que por fortuna duraban poco tiempo. Ademas se veia acometido de profundas melancolias, crisis violentas que terminaban por un llanto copioso y prolongado corno en las mujeres histericas. La vista de las aranas le producia espasmos; el bisturi de un medico le estremecia. La aprension de volverse loco le hacia padecer horriblemente algunas veces: otras era el temor de suicidarse contra su propia voluntad. Jamas tenia armas al alcance de la mano, y por el miedo de arrojarse desde el balcon llego a cerrar de noche el de su cuarto con candado, entregando la llave a su hermana, unica testigo y confidente de estos desvarios. Su temperamento y la educacion afeminada que habia tenido eran la causa de ellos. Guardabalos, sin embargo, con cuidado como todos los que los padecen, que son mas de los que se piensa: procuraba con grandes esfuerzos refrenarse comprendiendo el ridiculo que cae sobre los hombres asi constituidos. Cualquiera se representara bien lo que pasaria por este muchacho cuando una mujer tan hermosa, tan coqueta y tan experimentada como Clementina se resolvio a hacer su conquista. Primero su extremada timidez le impidio darse cuenta de la conducta de la dama. Pensaba que aquellos saludos afectuosos, aquellas sonrisas no eran mas que la expresion de una subita simpatia que su orfandad habia excitado en ella. Todavia, cuando trabo amistad con ellos y se multiplicaron las senales de su inclinacion, y su hermana le dio la voz de alerta, no pudo imaginarse que pudiera existir entre ambos otra cosa que una amistad mas o menos estrecha protectora y maternal por parte de ella, rendida y fervorosa por la de el. Sin embargo, el elixir de amor que gota a gota iba dejando caer Clementina en sus labios, llego al fin al corazon. Cuando menos lo pensaba se encontro enamorado, loco. Pero al tiempo que hizo este descubrimiento le acometio una vergueenza inmensa; penso que jamas tendria el valor de declararselo. Por un lado la conducta de su idolo con el, los constantes testimonios de simpatia que le prodigaba, se prestaban a forjarse ilusiones. Pero le parecia tan extrano e inverosimil que un hombre timido, inexperto, desprovisto de atractivos mundanos pudiese obtener los favores de senora tan rica y tan hermosa, que al instante las abandonaba o se mecia en ellas dulcemente a sabiendas de que eran pura quimera. Ademas, no podia librarse de los agudos remordimientos que de vez en cuando le asaltaban. Aquella senora se parecia a su madre, no cabia duda. Por esto solo se habia fijado en ella, y habia sido su perseguidor callejero algun tiempo. ?No era una verdadera profanacion, una cosa abominable que la imagen de su madre le inspirase deseos carnales? Pues a despecho de estos remordimientos, de su invencible timidez y de los clamores de la razon, Raimundo se sentia cada dia mas subyugado por aquella mujer. Verdad que Clementina puso en juego todas las armas de que disponia, que no eran pocas ni mohosas todavia. A medida que aumentaba la timidez de su juvenil adorador crecia en ella la osadia y el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre; pero aqui, por las circunstancias especiales de ambos, adquiria mayor relieve. La timidez en el llego a ser una enfermedad, una cosa extrana, de cuya ridiculez se daba perfecta cuenta sin que por medio alguno pudiese vencerla. Al contrario, cuantos mas esfuerzos hacia para adquirir aplomo y desembarazo delante de ella, mejor se mostraba la emocion que le embargaba. Al principio la hablaba con cierta serenidad, se autorizaba alguna bromita o frase ingeniosa; despues esta serenidad se fue perdiendo, las bromas cesaron. No se podia acercar a ella sin turbarse, no podia darle la mano sin un leve temblor. Si la dama le miraba fijamente, sus mejillas se encendian. Clementina no podia menos de sonreir ante esta inocente alborada de amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse aun bastante hermosa para inspirar a un nino tan rendida pasion. Unas veces se entretenia malignamente en atortolarle, en ponerle colorado, mostrandose viva y desenvuelta como una chula: otras se placa en seguirle el humor apareciendo melancolica, dirigiendole miradas timidas como una colegiala: otras, en fin, le trataba con tierna familiaridad, enterandose de su vida, de sus actos y sus pensamientos, como una madre o una hermana carinosas. Entonces era cuando Raimundo recobraba un poco de libertad y osaba mirar a la diosa cara a cara. Clementina le embromaba a menudo por sus aficiones cientificas, entraba en su despacho y dejaba esparcidos por la mesa o por el suelo los cartones de las mariposas. Esto, que si otra persona lo ejecutase produciria en la casa una catastrofe, hacia reir al joven naturalista. Comenzaba a susurrarse entre los intimos de la dama algo sobre estos sus nuevos y extravagantes amores, adelantandolos, por supuesto, mucho mas de lo que en realidad estaban. Una noche de comida y tresillo, decia Pepa Frias a tres o cuatro elegantes salvajes que estaban en torno suyo discutiendo el asunto: --Desenganense ustedes. Clementina concluye enamorandose de un perro de Terranova o de un periodista. Cuando entraba Raimundo en el salon con su cabeza de querubin rubia y melancolica, con su aspecto humilde y embarazado, todas las miradas se posaban sobre el con curiosidad. Habia sonrisas, murmullos, frases ingeniosas y estupidas. Se le discutia. En general, entre los hombres sobre todo, juzgabase ridicula la conducta de la esposa de Osorio: pero algunas damas miraban con simpatia al mancebo, encontraban muy agradable su aire candoroso, y comprendian el capricho de Clementina. Hubo entre ellas quien procuro seducirlo. Era ya nuestro joven considerado como amante oficial de Clementina, cuando aun no la habia rozado con los labios la punta de los dedos ni sonaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo tales progresos en su pecho que temia caer el dia menos pensado de rodillas ante ella como los galanes de comedia. Sufria horriblemente a la menor senal de desden, y gozaba como un angel cuando la dama le expresaba de cualquier modo su afecto. Clementina no tenia prisa en hacerle amante afortunado, aunque estaba decidida a ello. Le gustaba prolongar aquella situacion, observando con secreto placer la marcha de la pasion y los fenomenos que ofrecia en el joven. Hastiada de los devaneos cortesanos, encontraba vivo atractivo en ser adorada de aquel modo frenetico y mudo, en desempenar el papel de diosa. Una mirada suya hacia empalidecer o enrojecer a aquel nino; una palabra le alegraba o le entristecia hasta la desesperacion. Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a Clementina. Subia al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de ella, se quedaba alli uno o dos actos. En estas ocasiones solia la dama retirarse al antepalco y charlar con el intimamente a la sombra discreta de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza de empeno, guardaba silencio, volvia la espalda al joven y escuchaba un rato. Raimundo, guardando en los oidos el eco de su voz y en su corazon el fuego de sus miradas, quedaba tambien silencioso, mas atento, en verdad, a la musica que sonaba dentro de su alma, que a la que venia del escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa atencion la alabastrina espalda de su idolo, los finisimos y dorados tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar y aspiraba el perfume que se desprendia de ella, cerrando los ojos y embriagandose durante unos instantes. Una noche, tanto pego el rostro a la cabeza de la dama, que ioh prodigio! se arrojo a rozar con los labios sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Despues que lo hizo se asusto terriblemente y escruto con anhelo si Clementina lo habia sentido. La dama continuo impasible, extatica, escuchando la musica. Sin embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que el joven no pudo advertir. Alentado con este exito, siempre que ella traia el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y despues de largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre el. Aquella sensacion era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos dias en la boca y le hacia feliz. Pero una noche, o porque la dama estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le trato con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dejo abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de sus jovenes y aristocraticos amigos. El pobre Raimundo se abatio con este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para despedirse. Estaba palido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando el joven aristocrata se levanto para irse, tambien quiso hacer lo mismo. La dama le retuvo por la mano. --No: quedese un momento, Alcazar. Tenemos que hablar. Y se retiro como otras veces al antepalco y comenzo a charlar con la amabilidad y franqueza de siempre. El joven cobro aliento. Pero cuando ella le volvio la espalda para escuchar la opera, estaba tan alterado aun y confuso que no se atrevio a besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasion mas propicia que nunca. Al cabo de un rato, Clementina se volvio de pronto y le dijo en voz baja: --?Por que no besa usted hoy el pelo como otras noches? La emocion fue inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpo toda al corazon y quedo blanco como un cadaver. Despues le subio al rostro y se puso como una amapola. --iYo!... iEl pelo!--balbucio miserablemente. Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer. --iNo se asuste usted, hombre!--exclamo ella posando carinosamente su mano sobre la de el--. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me desagradaba. Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese, anadio con desenfado y riendo: --?Acaso se figura que yo no se que me quiere un poquito? --iOh!--dijo el joven con un grito comprimido. --Si; lo se hace tiempo--continuo bajando mas la voz y acercando la boca a su oido--. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo tambien le quiero a usted.... Y echando una rapida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los observaban, se apodero de sus manos, y le dijo caldeandole con su aliento las mejillas: --Si; te quiero, te quiero mas de lo que te puedes imaginar. Ven manana a las tres a casa. Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador. La violenta emocion que acababa de experimentar unida a la dicha que estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se echo a llorar como un nino. Entonces ella le empujo hacia un rincon y se alzo vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandecia de felicidad. Si un pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de fijarlo en el lienzo, podria representar, como nadie hasta hoy, a Danae recibiendo en su prision la conocida lluvia de oro. Fueron unos amores tiernos y poeticos, candidos y voluptuosos a la par los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fue una resurreccion de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos que habia tenido se parecian unos a otros tanto, que ya desde el comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba en el fondo del corazon un sentimiento de despecho contra aquellas relaciones que no le traian ninguna viva emocion, ni siquiera nuevos placeres. La de ahora ofrecia una originalidad que la encantaba. Su amante era un nino a quien casi doblaba la edad. Habia comenzado a adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y amor filiales se transformaron con un soplo en pasion y deseo. Todo esto era gracioso, original; tenia un fondo estetico que en ninguno de sus amores anteriores habia encontrado. Ademas, no pertenecia a la raza de los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los sitios que frecuentaba, seres cortados por un patron, sin espontaneidad alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no solo por su posicion modesta y retirada, no solo por su ilustracion y talento, sino tambien, particularmente, por su caracter. iQue alma tan adorable la de aquel chico! iQue inocencia, que sensibilidad, que delicadeza y que fuerza para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotonia de los Pepes Castro, cada nueva fase psicologica, cada sacudimiento de entusiasmo, cada desmayo o alegria o pena que sucesivamente advertia en su enamorado doncel le producian una grata sorpresa. Escrutaba su espiritu, se metia dentro de el con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado carino. Le confesaba, le hacia narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus recuerdos, sus propositos y sus esperanzas. A veces le acometian dudas sobre aquel extrano amor. --?Pero de veras estas enamorado? ?No consideras que soy una vieja?... ?que puedo ser tu madre? Raimundo respondia siempre con alguna caricia apasionada, con una humeda mirada donde se leia el infinito de su pasion. Desde el primer dia, Clementina le habia tuteado a solas, acostumbrada a aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora favorecia la diferencia de edad. Raimundo no podia acostumbrarse a darla el tu. Hacia esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volvia al usted y seguia la platica tratandola de este modo, hasta que la dama se irritaba y le reprendia asperamente. "No; por mas que lo negase, el la consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si continuaba de este modo perderia con el la confianza". Sin embargo, Clementina estaba equivocada en este punto. No tenia bastante penetracion y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era, como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoracion extatica mas que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida para mejor vivir en la soberana de su corazon. Hay que hacerse cargo, ademas, de que hasta entonces no habia experimentado jamas tal sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de menos, quiza porque dentro de su casa tenia lo mas grande y exquisito que ellas pueden dar, el carino tierno, vigilante, la dulzura en la palabra, la abnegacion en todos los momentos: dedicado en absoluto al estudio y a su magnifica coleccion de mariposas, el encuentro con Clementina fue para el la revelacion de ese mundo encantado, poetico, que a casi todos se aparece mas temprano. Aquel primer suspiro de Venus al salir de la espuma del mar que repitio el Universo entero, sono entonces en su alma y la estremecio dulcemente. Su alma, que estaba muda y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado del amor. Para Raimundo, esa inclinacion timida y anhelante del adolescente llena de zozobras y melancolias, se fundio con el amor de la edad viril, apetitoso y sensual. ?Que extrano, pues, que absorbiera toda la energia de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos? Desde aquella noche memorable no volvio a pensar mas que en Clementina. Para el, el Universo se redujo de pronto al tamano y a la forma de una mujer. No solo se creyo obligado a vivir y respirar para ella, sino tambien a pensar en todos los instantes del dia y hasta a sonar con ella por la noche. En un principio la dama le recibia en su casa. Esto le parecio en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle del Caballero de Gracia, un entresuelo pequenito que amueblaron con elegancia. La vida de Raimundo experimento un cambio radical. De aquel retiro absoluto en que vivia, paso subito al bullicio del mundo aristocratico; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhibia en todos los salones sin desdenarse de el. Porque nuestro joven, de figura delicada y elegante, de caracter apacible y clara inteligencia, se hacia simpatico dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era rico o pobre, noble o plebeyo. Aurelia le acompanaba algunas veces, pero siempre contra su gusto. Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era facil de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera de su centro en el hotel de Osorio. Se habia hecho reflexiva y taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y melancolica, como si temiese una catastrofe. Clementina la agasajaba cuanto podia; pero no lograba entrar en su corazon. Al traves de las sonrisas de la nina, de su modestia y rubor, creia observar un sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba. La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo, que tanto habia alarmado a Pepa Frias. Esta ruina no habia estallado como se pensaba. El banquero logro conjurarla habilmente, haciendo entender a los que tenian valores en sus manos, que de nada les serviria arrojarse repentinamente sobre el, pues no salvarian ni un veinticinco por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperarian entero y con su redito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve plazo. Los acreedores entraron en razon; guardaron secreto acerca del estado de sus negocios: solo exigieron que Clementina firmase, en union con su marido, los pagares renovados. Poco despues, la suerte favorecio un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban unanimemente la quiebra mas tarde o mas temprano. Su esposa, viendose en salvo, no volvio a pensar en estos enojosos asuntos. Tan solo cuando iba a casa de su padre y veia el rostro palido y demudado de D. Carmen, sentia su corazon agitado por una extrana emocion que ella misma huia de definir, apresurandose a ahogarla con el ruido de los besos y las palabritas carinosas. El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Veiase envuelta, como nunca lo habia estado, en una ola de pasion devota y exaltada que la cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducia. Gustaba de mostrarse unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, decia ella, de que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que atormentaron mucho al joven. Un dia, despues de haberse hecho servir el almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo: --Voy a hacerte un regalo, Mundo (asi le llamaba por mas carino). Se levanto a buscar su manguito y saco de el una cartera muy linda. --iOh! Es muy bonita--dijo el tomandola y llevandola a los labios--. La traere siempre conmigo. Pero al abrirla quedo consternado. Dentro habia un monton de billetes de Banco. --Te has olvidado aqui el dinero--dijo alargandole otra vez la cartera. --No me he olvidado. Es para ti tambien. --?Para mi?--exclamo el poniendose palido. --?No lo quieres?--pregunto ella con timidez poniendose encarnada. --No; no lo quiero--replico el con firmeza. Clementina no se atrevio a insistir. Tomo de nuevo la cartera, saco de ella los billetes y la volvio a entregar al joven. Hubo unos instantes de silencio embarazoso. Raimundo apoyo el codo sobre la mesa, puso la mejilla sobre la mano y quedo pensativo y serio. Ella le observaba con el rabillo del ojo entre colerica y curiosa. Al fin una sonrisa ilumino su rostro, levantose de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos manos, le dijo en tono alegre: --Bien; este acto te enaltece; pero de mi podias tomar ese dinero sin desdoro. ?No soy tu mama? Raimundo se contento con besar las manos que le aprisionaban. No se volvio a hablar de dinero entre ellos. Aquel conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus veintitres anos, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo. La educacion afeminada y solitaria que habia tenido era la causa principal. Enganabasele con suma facilidad y divertiasele lo mismo. No tenia esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le ocurria jamas una frase ironica, incisiva, de las que aun entre enamorados suelen usarse. Sus alegrias eran bulliciosas y pueriles hasta rayar en ridiculas. Divertiase en correr por las habitaciones del pequeno entresuelo detras de Clementina, o en esconderse de ella y asustarla. Otras veces la entretenia con juegos de prestidigitacion, en que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con extraordinaria atencion o empeno, como si disputasen algo de provecho. O bien bailaban al son de algun piano mecanico que se paraba en las cercanias de la casa. Ponianse a comer confites y hacian apuestas a quien engullia mas. En una ocasion quiso hacer sorbete de pina: se decia muy perito en la fabricacion de helados. Le trajeron todos los enseres de un cafe vecino. Despues de bregar con afan bastante tiempo, salio al fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristecio tanto, que Clementina, para alegrarle, tomo sin deseo alguno una gran copa del brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que veia en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfeccion que la dama reia con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues le hacia dano tanta risa. Raimundo poseia este don de observar los mas insignificantes modales de las personas y reproducirlos despues admirablemente. Se creia estar oyendo a la persona que imitaba. Pero solo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad. Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepcion palaciega. Hacia sentar a Clementina en un trono que armaba rapidamente en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la politica desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso. Clementina, que a todos los conocia, gozaba en adivinarlos a las pocas palabras. Raimundo, que habia asistido con frecuencia a las tribunas del Congreso, les habia cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la accion y los gestos. Particularmente imitando a Jimenez Arbos, a quien trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciosisimo. Por supuesto, despues de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se habia hecho para el caso. Estas ninerias alegraban a la dama, dilataban su corazon, casi siempre encogido por la soberbia o el hastio. De aquellas largas entrevistas salia rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasion hubiera dirigido una fria y desdenosa cabezada. Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algun acto inconcebible de candor infantil. En una ocasion, habiendo entrado sin hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos tenian llave), le sorprendio barriendo afanoso la sala. El muchacho quedo confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas. Clementina, entre alegres carcajadas, le abrazo y le cubrio el rostro de besos, exclamando: --iChiquillo, eres delicioso! X #Un poco de derecho civil.# Era manana de gran trajin en las oficinas de Salabert. Se hacian unos pagos de consideracion. El duque habia ido en persona a la caja a presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A pesar de los anos que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir. Tenia las fauces resecas. En varias ocasiones llamo la atencion al empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se equivoco en todas. El cajero era diestrisimo en su oficio. Cuando terminaron, el duque se retiro a su despacho, donde le estaba esperando M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de toda la aristocracia madrilena. --_Bonjour, monsieur_--, dijo rudamente el duque dandole una palmada en la espalda--. ?Viene usted a encajarme algun otro penco? --Oh, senor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no. Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted--, respondio con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle. --Los desechos de Paris es lo que usted me trae. Pero no crea usted que me engana. Lo se hace tiempo, _monsieur_; lo se hace tiempo. Solo que yo no puedo ver esa cara tan frescota y tan risuena sin rendirme. M. Fayolle sonrio abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos. --La cara es el especo del alma, senor duque. Puede tener confiansa en mi, que no le dare nada que no sea superior. ?Es que _Polion_ ha salido malo? --Medianejo. --iVamos, tiene gana de bromear! El otro dia le he visto por la calle de Alcala enganchado al faeton. Bien de mundo se paraba a mirarlo. Hablaron un rato de los caballos que el duque le habia comprado. Este ponia tachas a todos. Fayolle los defendia con entusiasmo de aficionado y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj: --No quiero molestarle mas.... Venia a cobrar la cuentesita ultima. La faz del duque se oscurecio. Luego dijo entre risueno y enfadado: --iPero, hombre; que no esten ustedes jamas contentos sino sacandole a uno el dinero! Y al mismo tiempo echo mano al bolsillo y saco la cartera. M. Fayolle sonreia siempre, diciendo que lo sentia, porque el senor duque era un pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una porcion de bromitas que el banquero no parecia escuchar, atento a contar los billetes. Conto siete de quinientas pesetas y se los entrego, oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese el recibo. Fayolle tambien los conto y dijo: --Se ha equivocado, senor duque. El presio del caballo era cuatro mil pesetas. Aqui no hay mas que tres mil quinientas. El duque no dio senales de oir. Con los parpados caidos, bufando y paseando el cigarro de un angulo a otro de la boca, se mantuvo silencioso y guardo de nuevo la cartera despues de haberla apretado con una goma. --Faltan quinientas pesetas, senor duque--, repitio Fayolle. --?Como? ?Faltan quinientas pesetas? No puede ser.... A ver; cuente usted otra vez. El comerciante conto. --Hay aqui tres mil quinientas.... --iYa lo ve usted! No me habia equivocado. --Es que el caballo cuesta cuatro mil: asi lo hemos acustado. La cara del duque expreso admirablemente el asombro. --?Como cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil quinientas. En esa inteligencia lo he comprado. --Senor duque, esta usted equivocado--dijo Fayolle poniendose serio--. Recuerde usted que habiamos quedado en las cuatro mil. --Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted.... A ver (dirigiendose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuanto se ha ajustado el _Polion_. Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al empleado, le hizo un guino expresivo. El cochero respondio por boca del dependiente que el caballo se habia ajustado en tres mil quinientas pesetas. Entonces el comerciante se irrito. Estaba segurisimo de que habian quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo habia entregado. De otro modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le dejo hablar cuanto quiso, lanzando solo algun grunido de duda, pero sin alterarse poco ni mucho. Solo cuando Fayolle hablo de quedarse otra vez con el caballo, le dijo con sorna: --Por lo visto, ha encontrado usted quien de las cuatro mil y quiere deshacer el trato, ?verdad? --Senor duque, juro a usted por lo mas sagrado que no hay nada de eso.... Solamente que estoy seguro de que es como digo. Al banquero le acometio entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesies. Luego se limpio sosegadamente con el panuelo la boca y las narices, y dijo con acento campechano: --Hombre, no sea usted tacano. No se altere usted por esas miserables pesetas. Pero el no las solto. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimio considerando que nada adelantaria: menos con llevar el asunto a los tribunales. ?Quien iba a pleitear por quinientas pesetas y mas con un personaje como el duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aun, se despidio no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortesmente, dandole afectuosas palmaditas en la espalda. Cuando el procer volvio a ocupar su sillon frente a la mesa, por debajo de sus parpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al cabo de unos minutos apreto el boton del timbre otra vez: --Vaya usted a ver si la senora duquesa esta sola en su habitacion o tiene visita--dijo al criado que se presento al punto. Mientras desempenaban la comision permanecio inactivo, con el cuerpo echado hacia atras y las manos cruzadas, en actitud reflexiva. --La senora duquesa esta de visita con el padre Ortega--entro a decir el criado. Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvio a quedar sumido en sus reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa acerca de intereses. Esta jamas le habia hablado nada de dinero. El no se creyo jamas en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y negocios. D. Carmen tampoco entenderia nada si se la diese. Creiase dueno absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginacion los derechos que sobre ella tenia su mujer. Pero ultimamente un amigo le abrio los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le pregunto con naturalidad si tenia otorgado testamento. Este amigo, que era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda pertenecia a D. Carmen. Salabert quedo hondamente preocupado. Viendo a su esposa descaecer le entro miedo. A su muerte los parientes le exigirian la mitad de lo que el habia adquirido, meterian la nariz en sus asuntos, hasta en los mas intimos.... iUn horror! Consulto con su abogado. El medio mas sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la impotencia a los parientes de su esposa, era que esta hiciese testamento a su favor. El duque lo encontro naturalisimo. En la conferencia que iba a tener con ella, se lo propondria del modo mas diplomatico que le fuera posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad. Aguardo, pues, entretenido en revisar papeles hasta que creyo llegado el momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega habia despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban alli unos cuantos senores, entre ellos Calderon, que deseaban verle. El banquero fruncio el entrecejo. --?Habeis dicho que estaba en casa? --Como el senor duque no se niega nunca por la manana.... --iF....! imalditos seais!--murmuro con horrible expresion de disgusto. Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y bruscas que le eran peculiares, grito: --Que pasen, que pasen esos senores. Se presentaron Calderon, Urreta y otros dos banqueros no menos importantes y conocidos en Madrid. La expresion de todos ellos era seria y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empezo a repartir abrazos y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y risotadas. --iBuen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un millon de pesos por cada uno.... iOh! ioh! Se me han colado en el despacho los cuatro peces mas gordos que tiene Madrid ... icuatro tiburones!... ?Como va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted tambien necesita una buena carena como yo.... Y tu, Manuel, ?cuando piensas reventar?... Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa. Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos. Hacia cosa de un ano que Salabert les habia vendido la propiedad del ferrocarril de B*** a S***, ya en explotacion y con todo su material. Aunque no se determino en la escritura, convinose entre ellos que cuando saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que estaba enlazado con el otro, material y economicamente, Salabert no presentaria pliego de licitacion, dejandoles el negocio a ellos. Pues bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo trataba de birlar decaradamente: habia presentado el correspondiente pliego en la subasta. El primero que hablo fue Calderon. --Antonio, venimos a renir contigo seriamente.... --No puede ser. ?Renir con un hombre tan inofensivo como yo?... --Recordaras muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no presentarte en la subasta de la linea de S*** a V***. --Ya lo creo que me acuerdo ... iadmirablemente! --Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo.... --iComo! ?Un pliego?--exclamo lleno de asombro, abriendo desmesuradamente sus grandes ojos saltones--. ?Quien les ha contado semejante patrana? --No es patrana: yo mismo he visto su firma de usted--dijo uno de ellos, el marques de Arbiol. --?Mi firma? No puede ser. --Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma: "Antonio Salabert, duque de Requena"--replico Arbiol con firmeza y muy serio. --iNo puede ser! ino puede ser!--repitio el duque poniendose a dar vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitacion--. Me habran suplantado la firma. El marques de Arbiol sonrio desdenosamente. --Traia el sello de su casa. --?Traia el sello?--replico parandose de pronto--. Entonces me la han suplantado dentro de mi misma casa. iSi, si!... Aqui me la han suplantado.... No sabeis entre que canalla estoy metido. Necesito tener cien ojos.... Y cada vez mas enfurecido fue a apretar el boton del timbre. --iAhora veran! Ahora veran ustedes si me la han robado o no.... A ver (dirigiendose al dependiente que entro), que se presenten inmediatamente Llera y todos los empleados de la oficina.... iAl instante! Arbiol dirigio una mirada a sus companeros y alzo los hombros con desprecio. Pero el duque, que vio perfectamente el ademan, no quiso hacerse cargo de el: siguio grunendo, resoplando, dejando escapar interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta que se presento Llera y con el un grupo de sujetos encogidos, mal trajeados, de fisonomia vulgar. Salabert se planto delante de ellos cruzando los brazos con energia: --Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quien ha sido el tuno que ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la licitacion del ferrocarril de S*** a V***. ?Tu sabes algo de este asunto? Llera, despues de haberle mirado fijamente a la cara, bajo la cabeza sin contestar. --?Y vosotros sabeis algo? ?eh? ?sabeis algo? Los empleados le miraron tambien con fijeza. Luego miraron a Llera y tambien bajaron la cabera al fin sin despegar los labios. Salabert paseo varias veces sus ojos saltones por ellos con expresion teatral de colera, y exclamo al fin dirigiendose a los banqueros: --?Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre estos se esconde el culpable io los culpables! porque sospecho que ha de ser mas de uno. Pierdan ustedes cuidado, que yo dare con ellos y hare un escarmiento.... iSi, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a presidio.... Retiraos vosotros (dirigiendose a los empleados), y ya podeis temblar los delincuentes. Muy pronto caera sobre vosotros el peso de la justicia. Los criminales debian de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras pronunciadas con acento patetico. Cada cual se retiro sosegadamente a su departamento y reanudo su tarea, como si la terrible espada de Nemesis no estuviese aparejada a segarles el cuello. Los banqueros se miraron entre risuenos y colericos. Al fin uno de ellos, mordiendose los labios para no soltar la carcajada, le tendio la mano con ademan desdenoso: --Adios, Salabert; hasta la vista. Los demas hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque no se desconcerto. Fue a despedirlos solicito hasta la escalera, dirigiendo todavia al pasar miradas iracundas a sus empleados que las recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya no les hizo caso alguno. Paso por entre ellos como un actor que atraviesa los bastidores despues de haber estado un rato en escena. Unos minutos despues torno a salir bajando a las habitaciones de su esposa. Hallola sola, entretenida en leer un libro devoto. D. Carmen, que siempre habia sido muy piadosa, en los ultimos tiempos se habia entregado por completo a las practicas religiosas. La enfermedad la separaba cada vez mas de las ideas mundanas, la entregaba triste y sumisa a los curas. Salabert nunca habia puesto obstaculo a esta devocion: la miraba con indiferencia compasiva, como una mania inocente. Pero en los ultimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente. Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambicion, ajena enteramente al exito de sus especulaciones, la trataba como a una nina, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la mano por la cabeza. Nunca le habia estorbado aquella infeliz senora, ni en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus extravagancias en el orden erotico eran conocidas de todo el mundo, D. Carmen o las ignoraba o fingia ignorarlas. Sin embargo, la ultima infidelidad del duque, la relacion con la Amparo habiale acarreado disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil modos, cosa que no habia hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo, cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su lado: con cinico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas de inteligencia. Cuando la buena senora se quejo suavemente de este proceder, Salabert nego en redondo, no solo sus miradas y sonrisas, sino toda relacion con aquella mujer. No la conocia mas que de vista. Jamas habia hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba fuertemente la atencion publica. Algunas amigas bien intencionadas, que nunca faltan, compadeciendola muchisimo enteraban a D. Carmen de las cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus extravagancias y caprichos. Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie mas que a su confesor, habian labrado la salud de la senora, reduciendola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostenia. Salabert tenia mas que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba que con el titulo de duquesa, y tantisima riqueza acumulada en aquel palacio, D. Carmen debia de ser la mujer mas feliz de la tierra. --?Que hace la viejecita? ?que hace?--entro preguntando en tono medio brutal medio carinoso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su mujer le inspiraba. D. Carmen levanto los ojos sonriendo. --Hola ?eres tu? Milagro, por aqui a esta hora. --Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba el padre Ortega. ?Como has pasado la noche? Bien ?eh? Ya lo creo.... Tu no estas tan mala como te figuras. ?A que viene eso de rodearte de curas como si fueses a morirte? --?Los curas no hacen falta mas que cuando uno se muere? --Si, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las casas--dijo repantigandose en una butaca y extendiendo groseramente las piernas--. Sin un poco de pano negro, los palacios recien pintados como este chillan demasiado.... Solo que a la larga se hacen muy molestos: no se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas.... Yo los compraria de buena gana figurados, de cera o de carton, y harian el mismo efecto.... --Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que te oyese te juzgaria un hereje, y gracias a Dios no lo eres. --iVaya una ganga el ser hereje! ?Que utilidad trae el ser hereje?...--Y cambiando bruscamente de tema preguntole:--?Como va ese aquelarre que habeis hecho en los Cuatro Caminos? Se referia al asilo de ancianas, del cual era D. Carmen la principal protectora. --Va muy bien. Solo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar siendo tesorera. No sabemos a quien se ha de nombrar. --Por supuesto, los sabados se despoblara aquello. --?Pues?--pregunto inocentemente la senora. --Porque se marcharan a Sevilla todas sobre escobas. --iBah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas--replico riendo--. Tambien tu y yo somos dos viejos.... --Verdad, verdad--dijo el banquero poniendose afectadamente grave y triste--. Somos un par de trampas que el dia menos pensado nos escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo. Habia visto una entrada oportuna para la conversacion que apetecia: se apresuraba a aprovecharla. --No; tu estas fuerte y robusto. Aun puedes dar mucha guerra en el mundo.... Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo. --Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay dia seguro.... --Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte mas de Dios y trabajar en su santo servicio, me alegraria de que los tuvieses. --?Te parece que no trabajo bastante por el, y me lleva todos los anos mas de cinco mil duros en misas y novenas? --iVamos, Antonio, no hables asi! --Hija mia; bueno es pensar en lo de alla, pero es tambien prudente pensar en lo de aca.... Mira, precisamente estos dias estaba yo imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le quedarian bastantes enredos.... --?Por que? --Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro, y, como es natural, si nos muriesemos sin testamento, nuestros parientes vendrian a molestar al que quedase. --Eso tiene facil remedio. Con hacerlo se arregla. --Precisamente es lo que yo pensaba--dijo el duque resollando mucho para mostrar indiferencia y aplomo, que no sentia--. Habia imaginado que en vez de testar cada uno por su parte, hiciesemos un testamento mutuo. --?Que es eso? --Un testamento en el cual nos instituimos mutuamente por herederos. D. Carmen bajo la vista al libro que traia en la mano y guardo silencio un rato. El duque, inquieto, la observaba con atencion por debajo de sus parpados medio caidos, mordiendo con impaciencia el cigarro. --No puede ser--dijo al cabo gravemente la senora. --?Que no puede ser? ?Y por que?--replico con viveza incorporandose un poco en la butaca. --Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho, a tu hija. Asi se lo he prometido ya. No creia Salabert tropezar con aquel obstaculo. Juzgaba cosa hecha lo del testamento mutuo. Quedo tan sorprendido como turbado. Pero recobrandose instantaneamente, adopto un continente grave y digno para decir: --Esta bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres duena de dejar tus bienes a quien te parezca, por mas que estos bienes hayan sido ganados por mi a costa de muchos trabajos. En los anos que llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamas han producido ninguna reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El dinero, comparado con los afectos del corazon, no tiene ningun valor. Lo unico que siento es que otra persona, por mas que sea una hija queridisima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu carino, me haya desterrado de tu corazon.... Al pronunciar estas ultimas palabras su voz se altero un poco. --No, Antonio, no--se apresuro a decir D. Carmen--; ni tu hija ni nadie puede arrancarte el carino que te pertenece.... Pero considera que tu eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita. --No; no trates de desfigurarlo.... El golpe esta dado: lo siento en el fondo del corazon--replico Salabert en tono patetico llevandose la mano al lado izquierdo--. Treinta y cinco anos de vida matrimonial, treinta y cinco anos compartiendo pesares y alegrias, temores y esperanzas, no han bastado a conquistarme la primer plaza en tu carino. Todo lo que se diga es inutil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de amor que hemos llevado tantos anos, debia cerrarse por medio de un acto que la resumiese, instituyendonos herederos de lo que juntos hemos ganado.... El carino de los esposos nunca se demuestra mejor que en la ultima voluntad.... El discurso de Salabert adquiria un tono de elevacion moral que parecio preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replico al fin con dulzura y firmeza a la vez: --Aunque no la he llevado en mis entranas, yo quiero a Clementina como si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una injusticia privar a una hija de su parte de herencia. --iPero mujer!--exclamo con viveza el duque:--yo ?para quien quiero lo que tengo sino para mi hija? Dejame por heredero, que yo te prometo transmitirselo integro y aun con aumento.... D. Carmen guardo silencio limitandose a hacer un signo negativo con la cabeza. El duque se levanto como si fuese presa de una violenta emocion. --Si, si; bien lo comprendo. Tu no me perdonas algunos leves extravios hijos del capricho y la tonteria. Aprovechas la ocasion que se te presenta para vengarte. Esta bien: satisface tu venganza; pero sabe que yo no he querido de veras a ninguna mujer mas que a ti. En el corazon no se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazon, mi corazon diria: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa...." Es triste, muy triste llevar al fin de la vida este terrible desengano.... Si manana te murieses tu, lo que Dios no consienta, icuantos disgustos, cuantas penas me esperan ademas de la perdida de una esposa adorada! Acaso este pobre anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha fabricado con ilusion para morir en ella en brazos de su esposa. La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de lagrimas. Todavia siguio en este tono patetico un rato. Al fin cayo como desfallecido en la butaca, llevandose el panuelo a los ojos. Pero D. Carmen, aunque caritativa y sensible, no dio senales de hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo: --Bien sabes tu que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni seria fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que solo es mia por el carino que la tengo. El duque cambio de tactica. Miro un rato a su esposa con ojos compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura: --Tu quieres mucho a Clementina, ?verdad?... Pues mira; lo mejor que puedes hacer para darle un alegron es reventar cuanto mas antes. El pobre Osorio esta con el agua al cuello. Ahora me explico por que sus acreedores no acaban de tragarselo. Sin duda tu le has hablado a su mujer algo de testamento, y como estas un poquillo delicada aguardan tu muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides. D. Carmen se puso mucho mas palida de lo que estaba al oir estas sangrientas palabras. Necesito agarrarse a los brazos del sillon para no desfallecer. Lo que decia su marido era horrible, pero muy verosimil. El, que advirtio su emocion, se apresuro a ofrecerle todos los datos necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo la situacion economica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que no podia ser mas que la muerte de ella. Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime. --Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con todo mi corazon. Para ella sera cuanto tengo. El duque salio de la estancia furioso, bufando como un toro con banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una silba. D. Carmen permanecio inmovil largo rato, en la misma postura que la habia dejado, con los ojos clavados en el vacio. Dos lagrimas temblaron al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas. XI #Baile en el palacio de Requena.# Transcurrieron los dias y los meses. Clementina paso el verano, como siempre, en Biarritz. Raimundo la siguio, dejando a su hermana confiada a unos parientes, y regreso cuando aquella a ultimos de Septiembre. Por la casa de los huerfanos soplaba un viento tormentoso que la habia removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y costumbres metodicas, se habia lanzado con ardor de neofito a los placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba como nino mimoso. Cuando la reprension era mas dura, se echaba a llorar desconsoladamente, llamandose desgraciado, diciendo que no le queria, que mas le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia, en vista de esto, habia determinado callarse, padeciendo en silencio, llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos oso hacer referencia a ella: Raimundo, porque no podia dignamente declarar a su hermana las relaciones que sostenia con Clementina: aquella, porque creia indecoroso darse por advertida. Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos extraordinarios que no permitia su renta. Para seguir el carruaje de su amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la Castellana compro un bonito caballo, despues de dar previamente algunas lecciones de equitacion. Los teatros, las flores y los regalitos a su idolo, las francachelas con sus nuevos amigos del _Club de los Salvajes_, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes con relacion a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del capital. Este consistia, como ya sabemos, en acciones de una fabrica de polvora y en titulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardabalos su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando murio, el pariente de los chicos a quien correspondia la tutela vino a examinarlos y tomo nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de muchacho formal, de conducta intachable, como hacia ya tiempo que manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban mas que tres anos para llegar a la mayor edad, su tio no quiso recogerlos. Los dejo en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando a toda costa dinero, y no atreviendose a pedirselo a nadie, falto a esta confianza vendiendo poco a poco algunos titulos. Y es lo raro del caso que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en el pensar y tan honrado de corazon, llevo a cabo esta villania sin grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasion le habia desequilibrado y aturdido. No solo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s presento un dia en su casa, encerrose con el en el despacho y le interpelo bruscamente: --Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo, estas haciendo unos gastos que de ningun modo puedes sostener con tu renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de donde sale ese dinero, no solo por ti, sino principalmente por tu hermana.... Experimento una violenta emocion. Se puso palido y balbucio algunas palabras ininteligibles. Luego, viendose apurado, comprendiendo rapidamente que de aquella entrevista dependia su salvacion, esto es, la salvacion de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente. --Tio, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que podria hacer con mi renta.... Pero nada tiene que ver en ellos el capital que herede de mis padres. --?Entonces?... --Entonces--... dijo bajando la voz y como si le costase trabajo hablar--, entonces ... yo no puedo decirle a usted el origen de este dinero, tio.... Es una cuestion de honor. El curador quedo estupefacto. --?De honor?... No se lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no puedo quedar conforme.... Mi posicion es delicada. Si no velo como debo sobre vuestros intereses, manana se me puede pegar al bolsillo y no tiene gracia. Raimundo guardo silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando mucho, dijo: --Puesto que es necesario decirlo todo, lo dire.... Usted habra oido hablar quiza de mis relaciones con una senora.... --Si, algo he oido de que haces el amor a la hija de Salabert. --Pues ya tiene usted explicado el misterio ...--dijo poniendose fuertemente colorado. --?De modo que esa senora?...--replico el tio haciendo resbalar la yema del dedo pulgar sobre la del indice. Raimundo bajo la cabeza y no dijo nada, o, mas exactamente, lo dijo todo con su silencio. El, que habia rechazado con indignacion y tristeza los billetes de Banco de su querida, confesabase ahora culpable, sin serlo, de tal indignidad, bajo la influencia del miedo. Su tio era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La confesion de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia. --iBien, hombre!... Me alegro de que hayas salido del cascaron y sepas lo que es el mundo. iAh, tunante, que callado te lo tenias! Pero como todavia se quedase en el despacho adivinandose en su actitud un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres y de los hombres debiles en las circunstancias criticas, dijo con firmeza: --El capital de mi hermana y el mio esta integro. Ahora mismo va usted a ver los titulos.... Y saco la llave y se dirigio al armario. Su tio le detuvo.--No hace falta, chico.... ?Para que? Asi salio, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de otro modo hubiera producido una catastrofe. Sin embargo, la victoria le costo muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento fisico y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro caracter, sin que la ruptura produzca vivo dolor. Por esta epoca vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la zoologia y dedicado tambien a la especialidad de las mariposas como el. Venia de Alemania y se disponia a regresar a su pais. Habia leido algunos de sus articulos cientificos, y teniendo ademas noticia de su coleccion, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibio con alegria y un poco de vergueenza tambien. Hacia ya algunos meses que no se ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tenia su coleccion abandonada. A pesar de eso el chileno la hallo muy notable y simpatizo extremadamente con el. Le dijo que tenia encargo de su Gobierno para llevar algunos jovenes de valer que se pusiesen al frente de las catedras recien creadas en Santiago de Chile. Si queria venirse, una de ellas seria para el. El sueldo que se le ofrecia era bastante crecido, la posicion brillante en un pais nuevo y ansioso de instruccion. En otras circunstancias, Raimundo, que ya no tenia mas vinculo en Espana que su hermana, quiza se hubiera decidido a emigrar con ella. Mas ahora, enloquecido por el amor, encontro tan absurda la proposicion que no pudo menos de sonreir con cierta lastima al rechazarla cortesmente, como si fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad espanola. Para costear su viaje a Biarritz necesito enajenar mas papel de la Deuda. Llevo en metalico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad mas que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos dias, arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antojo jugar en el Casino a _los caballitos_. En dos sesiones perdio todo el dinero. No estando avezado a estos lances, lo unico que se le ocurrio fue regresar precipitadamente a Madrid, vender mas titulos y volverse otra vez. Su hacienda mermaba de dia en dia. Cuando empezo el invierno tenia ya de menos algunos miles de duros; mas esto no le impidio seguir gastando lindamente. Aurelia, que tal vez por indicacion de su tio y curador, o por propias sospechas, creia saber de donde procedia aquel dinero, andaba melancolica, recelosa. No podia menos de mirar a su hermano con ojos donde se reflejaba la pena, la lastima y la indignacion tambien. Asi continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena habia mejorado bastante en unos banos de Alemania, adonde su marido la habia llevado. Desde que tenia hecho testamento a favor de su hijastra, este la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cuanto le importaba su vida. Los negocios del celebre especulador marchaban tambien prosperamente. La mina de Riosa se habia comprado como el pretendia, al contado. Desde entonces, sordamente, habia comenzado a hacer guerra a las acciones, vendiendolas cada vez mas baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino para conseguirlo. En pocos meses habian bajado desde ciento veinte, a que se habian puesto poco despues de la venta, hasta ochenta y tres. Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que tenia preparada, introducir el panico en el mercado y hacerlas bajar a cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en Paris y en Londres, se haria dueno de la mitad mas una, y por lo tanto del negocio. Porque le interesaba para sus fines politicos y economicos y por satisfacer al genio fanfarron que, a pesar de su avaricia, habitaba dentro de el, resolvio dar un gran baile de trajes en su magnifico palacio, invitando a toda la aristocracia madrilena y a las personas reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio estaba esplendidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de Paris otros mas sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte dias antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas de invitacion. Era necesario todo este tiempo para que los invitados pudiesen preparar sus disfraces. Exigiase traje de capricho: a los caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La prensa comenzo a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de Espana. Como su madrastra ni entendia mucho en estos asuntos, ni estaba en disposicion, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en los preparativos, el alma de ellos fue Clementina. Pasaba el dia en casa de su padre, robando solo algunos ratos que dedicaba a Raimundo. Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos ninas que tenia en el colegio de Chamartin, una de diez y otra de once anos, a pasar unos dias con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les habia prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que apenas podia fijar en ellas la atencion. Esto indigno tanto a Osorio, que un dia, sin que se despidiesen de su madre, las metio en el coche y las llevo el mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando Clementina regreso, hubo con este motivo una escena violenta entre los esposos. Raimundo tambien padecia con las ocupaciones de su amante. Pero no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Catolicos. Fue una idea que le suministro Clementina. El modelo lo sacaron de un celebre cuadro que habia en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D. Margarita de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mando hacer un traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a proposito para realzar la gallardia de su figura y la belleza majestuosa de su rostro. El duque trabajaba tambien en la parte menos delicada de los preparativos, en la ereccion del estrado para la orquesta, que hizo colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile contiguos, rodeandolo de plantas y arbustos, en el arreglo del guardarropa, en la colocacion de alfombras, en la traslacion de muebles, etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un verdadero mayoral de _ingenio_. No los dejaba reposar: les exigia un cuidado incesante: jamas se le daba gusto en nada. Se trataba un dia de trasladar cierto armario de ebano tallado, desde el salon que iba a ser de conversacion, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los seguia recomendandoles atencion con una sarta de interjecciones que dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos, nauseabundos. --iF...., despacio!... iDespacio tu, papanatas, el de las narices largas!... Cuidado con esa lampara.... Baja un poco tu. Pepe ... iF...., no seas jumento, baja mas!... iEh! ieh! arriba ahora.... Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era facil lastimarse, les grito: --iCuidado con las manos! --iCuidado con los relieves, F....!--se apresuro a gritar el duque--. iLo que menos me importa a mi son vuestras manos, babiecas! Uno de los obreros levanto la vista y le clavo una mirada indefinible de odio y desprecio. Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mando enganchar y se dirigio a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco despues bajaba por la gran escalinata del jardin y montaba en coche, dando orden que le condujesen al hotel de su querida. La pasion brutal del banquero por la Amparo habia crecido mucho en los ultimos tiempos. Todavia fuera conservaba su razon; pero en cuanto ponia el pie en la casa de la hermosa malaguena, la perdia por completo, se transformaba en una bestia que aquella hacia bailar a latigazos. Ni se crea que esto es enteramente figurado. Contabase en Madrid que el duque traia un aro de hierro con una argolla al brazo en senal de esclavitud, y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos amigos, para cerciorarse, le habian apretado el brazo burlando y certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia limitadisima y de cultura mas limitada aun, tenia suficiente instinto para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lubrico. El duque habia llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado si un dia se atufaba. Esta conviccion le tenia siempre sobresaltado y rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de no comprender que la Amparo era mas interesada y astuta de lo que el se figuraba. Cuando llego al hotelito de mazapan, serian las tres de la tarde. Amparo estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vio obligado a esperar un rato leyendo los periodicos. Al salir del gabinete, la joven exclamo: --iAh! ?Estaba usted ahi duque? --Si; no he querido sorprender secretos de Estado. --iY que lo diga! ?Verda uste?--dijo la ex florista echando una mirada significativa a la modista. Esta sonrio discretamente y se fue. El duque abrazo por el talle a su querida y la llevo al gabinete. --?Como te va, chiquita? ?Bien, eh? --iAl pelo, hijo! ?Como quieres que me vaya con un hombre tan retrechero? Al mismo tiempo se colgo de su cuello y le dio un largo y sonoro beso en la mejilla. Los parpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos paso al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada a saco en el bolsillo. --iY que no tiene quita el gacho! iY que no sabe lo que son mujeres!--siguio la hermosa contemplandole con admiracion. "iMalo! imalo!" dijo para si el banquero. Sin embargo, las caricias de su querida le hacian feliz. --Mira, Tono, no hay cosa que mas me guste que decirles por lo bajo a todas las sin vergueenzas que pasean por el Retiro: "iAndad, andad, hambronas, que si a mi se me antoja os puedo enterrar en billetes de Banco!..." ?Verda tu, salao? "iMalisimo!" volvio a decir el duque en su interior; y en voz alta: --Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa. Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente: --?Cuantos necesitas? --iNinguno, canalla!--exclamo ella soltando a reir--. Pensabas que me estaba preparando para darte un sablazo, ?eh? --iClaro! No te veo carinosa sino cuando necesitas dinero. --iHabra embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaria que es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ipero no siempre, hijo, no siempre!... Ademas, no me sienta mal este geniecillo agrio, ?verda tu? La hermosa odalisca se habia sentado sobre las rodillas del duque y le daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero recien rasurados. Vestia una bata de color azul oscuro con adornos mas claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada dia mas fina, mas tersa, mas nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella tez lucian sus grandes ojos negros sombrios, salvajes, con un fuego misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros, caian ondeados sobre la frente ocultandola a medias. Su garganta, amasada con leche y rosas, pedia a gritos el homenaje de los labios. El duque estaba contentisimo desde que habia conjurado el peligro: se derretia en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre. --Espera un poquito. Hoy quiero que tomes cafe conmigo. --Ya lo he tomado, hija. --No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos dias que no lo tomamos juntos. iClaro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos! Al mismo tiempo se levanto y comenzo a maniobrar con los enseres de hacer cafe, que estaban dispuestos sobre la mesa. --Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a echar en el unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte blandito, ?sabes?... Porque tengo que pedirte una cosa. Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuro a disimularla riendo. --iYa lo decia! ?Que tienes que pedirme, rubita? --En tomando el cafe lo sabras. No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimo una mesilla japonesa a la butaca donde estaba el duque. Para si trajo una sillita dorada. Y charlaron con animacion o, por mejor decir, charlo ella mientras el la escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atras, acercando de vez en cuando con su mano tremula de hombre gastado la taza a los labios. --Oye, Tono--dijo ella cuando terminaron, poniendo con decision los codos sobre la mesa y mirandole fijamente:--?que te parece de ir yo a tu baile? Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante atrocidad. El no hizo mas que abrir los ojos repentinamente, para dejar caer los parpados otra vez quedando en la misma actitud sonolienta. --No me parece mal. --?De modo que puedo ir? --iYa lo creo que puedes ir! Lo que no podras sera entrar. --?Pues?--exclamo ya encrespada la bella. --Porque no te recibirian. Amparo se levanto furiosa. --?Y por que no me recibirian, di, por que?--profirio sacudiendole un brazo y acercando su cara a la de el. --iCalma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una mujer mas bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las miradas se irian tras de ti: serias la verdadera reina del baile.... Ya comprendes que eso no le haria maldita la gracia. Amparo miro al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con ella". La fisonomia de aquel permanecia inalterable. --Bien; pues de todos modos quiero ir--dijo con mal humor y recelosa--. Me traeras una invitacion. --?Que mas quisiera yo, querida, que traerte una invitacion? Si sabes de alguna persona a quien yo deseara mas ver en el baile que a ti, dilo.... Pero mi mujer y mi hija me sacarian los ojos, ?sabes? --?Y que tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?--pregunto la irascible malaguena--. Tu eres el amo. Yo quiero una invitacion y la tendre. Quedamos, pues, en que manana me la traeras.... --Dispensa, chiquita.... --iAh! ?Conque no quieres? ?Conque te niegas a darme ese gusto? Entonces, grandisimo gorrino, embustero, ?por que no hablas claro? Es decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como si fueses el chico mas guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme en una cosa insignificante te llamas andana. iAy, que tio! La tonta es una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, ?quien me va a rechazar? iLa de Osorio! iOle mi vida!... Siento mucho decirtelo, hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale tanto como yo ... menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y ella no.... Pero tu tienes menos vergueenza que ella.... iQue se puede esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p... y se deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que iran a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porquerias. La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompanados de interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto se paro delante del duque y le grito hecha una hiena: --iSal de aqui, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en ti y en tus millones. Salabert solto una carcajada. --Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco.... Aqui esta la invitacion--dijo sacando la cartera. --Metela en ...--exclamo la sultana con desprecio. Fue preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al cabo de muchas suplicas se digno tomarla. --Bien; dejala ahi y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa. Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo habia inventado ultimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburria, echabale de la habitacion y le tenia a veces horas enteras en la antesala o en el pasillo esperando como un perro. Ahora no tardo tanto en abrirle de nuevo. Estaba sonriente y serena y le abrazo carinosamente. --Oye, Tono, ?estaria bien, disfrazada de Maria Estuardo? --Estarias admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en seguida. Amparo sonrio maliciosamente --Ya esta encargado y ya esta hecho. Mira. Y abriendo el cuarto guardarropa le mostro un maniqui vestido de reina de Escocia. Llego al fin el dia del baile. Los periodicos lo anunciaron por ultima vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de Requena habia gastado en los preparativos mas de un millon de pesetas, segun contaban los revisteros a sus lectores. Decian ademas ioh caso inaudito! que las flores habian venido casi todas de Paris. Y era cierto. El duque, nacido en Valencia, el mas hermoso jardin de Europa, para su baile hacia traer las flores de Francia. Un capital de algunos miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi todas exoticas, adornaban aquella, el vestibulo y los dos salones de baile. Legiones de criados con calzon corto y vistosas casacas aguardaban apostados estrategicamente en todos los puntos necesarios. Una pareja de guardias de caballeria permanecia al lado de la verja del jardin manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de orden publico. El guardarropa, construido nuevamente, era una estancia lujosa donde todo estaba prevenido para que los magnificos abrigos, sereneros o _salidas de baile_, como ahora se nombran, no sufriesen el mas minimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz electrica: el vestibulo y el comedor con gas: los salones de baile con bujias. En la sala de conversacion y en la de juego habia algunas lamparas de petroleo con enormes y artisticas pantallas. En estas ardia ademas un fuego claro y brillante en las chimeneas. Clementina recibia a los invitados en el primer salon, cerca de la antesala. Sustituia a su madrastra porque esta, a causa de su debilidad, no podia mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de conversacion rodeada de algunas amigas: alli recibia a los que iban a saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecian el brazo a las damas que iban llegando y las conducian hasta Clementina. El atavio de esta realzaba, como habia presumido bien, su esplendida belleza. Su gallarda figura parecia aun mas fina y mas esbelta con aquel traje ajustadisimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena gana su Margarita autentica por esta contrahecha. Un pormenor que comenzo a correr por los salones y que al dia siguiente noticiaron los revisteros, era que habia venido un peluquero de Paris en el _sud-expres_ exprofeso a peinarla. La abigarrada muchedumbre comenzo a invadir los salones. Todas las epocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su representacion al baile de Requena. Moras, judias, chinas, damas godas, venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.; reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales, paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes, pajes y nigromanticos. La mayoria de los hombres, no obstante, habia limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta habia tocado ya dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la llegada de las personas reales para dar comienzo. Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su especial modestia, que le hacia mas extrano que simpatico en una sociedad donde los modales frios y levemente desdenosos son signo de elevacion y grandeza. Vivia el joven entomologo, desde hacia tiempo, en un delicioso aturdimiento, una especie de sueno de oro, como algunas veces suelen tenerlos las personas de condicion mas humilde. Su atavio de paje de los Reyes Catolicos le sentaba muy bien. Mas de una linda joven volvio la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una de las veces, al tiempo que lo hacian, se aproximo a la dama Pepe Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I. --?Que es eso?--le dijo al oido--. ?No te has cansado aun de tu _bambino_? Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina lo admitia. --Yo no me canso de lo bueno--repuso ella sonriendo. -