The Project Gutenberg EBook of La Espuma, by D. Armando Palacio Valdés This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included with this eBook or online at www.gutenberg.net Title: La Espuma Obras completas de D. ARMANDO PALACIO VALDÉS, Tomo VII Author: D. Armando Palacio Valdés Release Date: March 9, 2004 [EBook #11529] Language: Spanish Character set encoding: ISO-8859-1 *** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESPUMA *** Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed Proofreading Team. LA ESPUMA OBRAS COMPLETAS DE D. ARMANDO PALACIO VALDÉS TOMO VII LA ESPUMA 1922 I #Presentación de la farándula.# A las tres de la tarde el sol enfilaba todavía sus rayos por la calle de Serrano bañándola casi toda de viva y rojiza luz, que hería la vista de los que bajaban por la acera de la izquierda más poblada de casas. Mas como el frío era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferían recibir de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban, también calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal hora y por tal calle una señora elegantemente vestida. Tras sí dejaba una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde partían tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la más grande y hermosa de Madrid, tiene un carácter marcadamente provincial: poco tráfago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoría a la venta de los artículos de primera necesidad; los niños jugando delante de las casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta con los mancebos de las carnicerías, pescaderías y ultramarinos. Así que, no era fácil que la gentilísima dama pasara inadvertida como en las calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se estaban quietos posábanse con complacencia en ella. Se hacían comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decían chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacían prorrumpir en rugidos de gozo bárbaro a sus compañeros. Uno de los más salvajes y pringosos vertió en su oído, al cruzar, una de esas brutalidades que enrojecería súbito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haría llamar al _policeman_ y hasta quizá pedir una indemnización. Pero nuestra valiente española, curada de melindres, no pestañeó siquiera: con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo de la calle, continuó su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo. Nadie podía mirarla sin sentirse poseído de admiración, más aún que por su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardía de la figura. Llegaría bien a los treinta y cinco años. El tipo de su rostro extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extraña mezcla de razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Nápoles. En ciertos cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama. La expresión predominante de su rostro en aquel momento era la de un orgulloso desdén. A esto contribuía quizá la luz del sol, que le obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en aquel rostro no había dulzura. Debajo de sus líneas correctas y firmes se adivinaba un espíritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no eran los serenos y límpidos que sirven de complemento adorable a ciertas fisonomías virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro país y más a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quizá alguna vez tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero apuntado, de color rojo, con pequeño y claro velo, rojo también, que le llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuían a dar al rostro el matiz extraño que impresionaba a los que a su lado cruzaban. Vestía rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por entonces la última moda. Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los ojos: éstos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de Jorge Juan, no advirtió la presencia de un joven que desde la acera contraria y caminando a la par con ella la miraba con más admiración aún que curiosidad. Al llegar aquí, sin saber por qué, levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien perceptible de disgusto siguió a tal encuentro. La frente de la dama se frunció con más severidad y se acentuó la altiva expresión de sus ojos. Apretó un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se detuvo y miró hacia atrás, con objeto sin duda de ver si llegaba un tranvía. El mancebo no se atrevió a hacer lo mismo: siguió su camino, no sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil señora no se dignó corresponder. Llegó al fin el coche, montó en él dejando ver, al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fué a sentarse en el rincón del fondo. Como si se contemplase segura y libre de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje había; mas no desapareció del todo la sombra de preocupación esparcida por su rostro, ni el gesto de desdén que hacía imponente su hermosura. El juvenil admirador no había renunciado a perderla de vista. Siguió, cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vió cruzar el tranvía se agarró bonitamente a él y subió sin ser notado. Y procurando que la dama no advirtiese su presencia, ocultándose detrás de otra persona que había de pie en la plataforma, se puso con disimulo a contemplarla con un entusiasmo que haría sonreír a cualquiera. Porque era grande la diferencia de edad que había entre ambos. Nuestro muchacho aparentaba unos diez y ocho años. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnética que los ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba rayos de admiración apasionada. Tornó a nublarse su rostro; volvió a advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre chico la injuriase con su adoración. Y ya desde entonces empezó claramente a dar señales de hallarse molesta en el coche, moviendo la hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San José, frente a cuya iglesia hizo parar y bajó, pasando por delante de su perseguidor con una expresión de fiero desdén capaz de anonadarle. O muy temerario era o muy poca vergüenza debía de tener éste cuando saltó a la calle en pos de ella y comenzó a seguirla por la del Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguía lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales, que al mirarla se embebían y daban fuertes tropezones. --¡Madre mía del Amparo, qué mujer!--exclamó en voz alta un cadete agarrándose a su compañero como si fuese a desmayarse del susto. La hermosa no pudo reprimir una levísima sonrisa, a cuya luz se pudo percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo reverente, al cual respondió ella con una imperceptible inclinación de cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo vacilante, miró a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo le volvió la espalda con ostensible desprecio y comenzó a descender con más prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causó entre los transeuntes la misma emoción. Tres o cuatro veces se detuvo delante de los escaparates aunque se advertía que más que por curiosidad se paraba por el estado nervioso en que la persecución tenaz del jovencito la había puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla, resolvióse a entrar en la joyería de Marabini. Sentóse con negligencia en una silla, levantó un poquito el velo del sombrero y se puso a examinar con distracción las joyas recién llegadas que el dependiente de la tienda fué exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de las miradas de su adolescente adorador. Porque éste, con toda comodidad, sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una insistencia que la encolerizaba cada vez más. La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenía a joya tan delicada. Así debió de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el éxtasis apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmórea de su figura. Al fin la dama, no pudiendo vencer la irritación que esto la producía, alzóse bruscamente de la silla y despidiéndose con una frase seca del dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salió del comercio y llegó hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aquí se detuvo; luego dió algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar en él; pero de pronto cambió de rumbo, y con paso firme se dirigió hacía la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar a la mitad de ella próximamente, entró en una casa de suntuosa apariencia, no sin lanzar antes una rápida y furibunda mirada a su perseguidor, que la recibió con entera y rara serenidad. El portero, que estaba plantado en el umbral atusándose gravemente sus largas patillas, despojóse vivamente de la gorra, le hizo una profunda reverencia y corrió a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la escalera, apretando en seguida el botón de un timbre eléctrico. Subió lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando. La casa pertenecía al Excmo. Sr. D. Julián Calderón, jefe de la casa de banca _Calderón y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella, sirviéndose por escalera distinta de los demás pisos, que tenía alquilados. Este Calderón era hijo de otro Calderón muy conocido en el comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con ellas había hecho una buena fortuna y que en los últimos años de su vida la había acrecentado, dedicándose, a la par que al comercio, al giro y descuento de letras. Fallecido él, su hijo Julián continuó su obra sin apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas casadas, la una con un médico, la otra con un propietario de la Mancha. A su vez estaba casado, bastantes años hacía, con la hija de un comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomás Osorio, padre también del conocido banquero madrileño del mismo nombre, que tenía su hotel con honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramón de la Cruz. La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este banquero, y hermana política, por lo tanto, de la señora de Calderón. Pasó por delante del criado sin aguardar a que éste la anunciase, avanzó resueltamente como quien tiene derecho a ello, atravesó tres o cuatro grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica cortina de raso con franja bordada, entró en una habitación más reducida donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillón más próximo a la chimenea estaba arrellanada la señora de la casa, mujer de unos cuarenta años, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castaño claro excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra señora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de España. Las tres jóvenes que sentadas en sillas seguían la fila, eran sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo físico, si bien no la imitaban en la movilidad: rígidas y silenciosas, los ojos bajos, con modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el régimen severo a que las tenía sometidas su viva y nerviosa mamá. Con una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los señores de Calderón, niña de catorce o quince años, carirredonda, de ojos pequeños, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello, pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta niña gastaba aún los cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que la última de las de Alcudia, con quien sostenía tímida e intermitente conversación. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que así nombraban a la hija de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una _matinée_ azul, demasiadamente corta para sus años. Los señores de Calderón solo tenían esta hija y un niño de dos años. Frente a la señora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patiño, conde de Morillejo. Hállase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises están esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Víctor Manuel, la perilla apuntada, la nariz aguileña le dan un aspecto simpático y gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristócrata. A su lado, en otra butaca, estaba Calderón, hombre de unos cincuenta años, grueso, de cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos redondos, vagos y mortecinos. Cerca de él una señora anciana, que era la madre de la esposa de Calderón, aunque mucho se diferenciaba de ella en el rostro y la figura: delgada al punto de no tener más que la piel sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en todos los rasgos de su fisonomía inteligencia y decisión. Hablando con ella está Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no tiene canas, se adivina fácilmente que está teñido: su rostro es el de un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomía bonachona, ojos saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en toda su persona. Al ver en la puerta a nuestra bellísima dama, la tertulia se conmovió. Todos se alzan del asiento, excepto la señora de Calderón, en cuyo rostro parado se dibujó una vaga sonrisa de placer. --¡Ah, Clementina! ¡Qué milagro el verte por aquí, mujer! La dama se adelantó sonriente, y mientras besaba a las señoras y daba la mano a los caballeros, respondía a la cariñosa reprensión de su cuñada. --¡Anda! Aplícate la venda, hija, tú que no pareces por mi casa más que por semestres. --Yo tengo hijos, querida. --¡Miren ustedes qué disculpa! Yo también los tengo. --En Chamartín. --Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo. Clementina se sentó entre su cuñada y la marquesa de Alcudia. Los demás volvieron a ocupar sus asientos. --¡Ay, hija!--exclamó aquélla respondiendo a la última frase.--¡Si vieras qué catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire colado se me metió en los huesos. --Ha tenido fortuna ese aire--manifestó con sonrisa galante el general Patiño. Todos sonrieron menos la interesada, que le miró con sorpresa abriendo mucho los ojos. --¿Cómo fortuna? Fué necesario que el general le diese la galantería mascada; sólo entonces la pagó con una sonrisa. --¿No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina. --¡Admirable! como siempre--respondió su cuñada. --Yo le encuentro falto de maneras--expresó el general. --¡Oh, no, general!... Permítame usted.... Y se empeñó una discusión sobre si el famoso tenor poseía o no poseía el arte escénico, si era o no elegante en su vestir. Las señoras se pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos. Del tenor pasaron a la tiple. --Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el acento convencido de un inteligente. --¡Oh!--exclamó Calderón. --Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ¿no le parece a usted, Clementina? Esta corroboró la especie. --No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distinción en las maneras--se apresuró a decir el general, echando al mismo tiempo una miradita a la señora de Calderón. --Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rábano por las hojas--manifestó la marquesa con extraordinaria viveza, atacando después con brío y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple. Generalizóse la disputa, y sucedió lo contrario que en la anterior. Los caballeros se mostraron benévolos con la cantante mientras las señoras le fueron hostiles. Pinedo la resumió, diciendo en tono grave y solemne, donde se notaba, sin embargo, la socarronería: --En la mujer, las buenas formas son más esenciales que en el hombre. Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada significativas. La marquesa miró al pulcro caballero con dureza y después se volvió rápidamente hacia sus hijas, que seguían con los ojos bajos, en la misma actitud rígida y silenciosa de siempre. Pinedo permaneció grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa más natural del mundo. --Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener también buenas formas--manifestó la pánfila señora de Calderón. Al decir esto se oyó un resuello débil, como de risa reprimida con trabajo. Era la última niña de la marquesa de Alcudia, a quien su mamá dirigió una mirada pulverizante. La fisonomía de la niña volvió instantáneamente a su primitiva expresión tímida y modesta. --Es una opinión ...--respondió Pinedo, inclinándose respetuosamente. Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa propiedad de Calderón, desempeñaba un empleo de bastante importancia en la Administración pública. Los vaivenes de la política no lograban arrancarle de él. Tenía amigos en todos los partidos, sin que se hubiese jamás decidido por ninguno. Hacía la vida del hombre de mundo; entraba en las casas más aristocráticas de la corte; trataba familiarmente a la mayoría de los personajes de la banca y la política; era socio antiguo del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches con los jóvenes aristócratas que allí se reunían, quienes le trataban con harta confianza que no pocas veces degeneraba en grosería. Era hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio que sentía hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortés e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satírico que le servía para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna, de las demasías de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocía su procedencia, aunque se daba por seguro que había nacido en humilde cuna. Unos le hacían hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban granuja de la playa de Málaga en su juventud. Lo que se sabía de positivo, era que hacía ya muchos años había aparecido en Madrid como parásito de un título andaluz, el cual, después de haber disipado su fortuna, se saltó los sesos. En la compañía de éste, nuestro Pinedo adquirió gran número de relaciones útiles, llegó a conocer y tratar a toda la gente que hacía viso, entre la cual era popular. Tenía el buen tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y soberbio, dejándole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su carácter socarrón, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos límites, despertaba a menudo la alegría en las tertulias; bastaba para darle en ellas cierta significación, que de otro modo no hubiera disfrutado. No tenía más familia que una hija de diez y ocho años llamada Pilar. Su mujer, a quien nadie conoció, había muerto muchos años hacía. Su sueldo era de cuarenta mil reales, y con él vivían económicamente padre e hija, en el tercero que Calderón les dejaba por veintidós duros al mes. Los gastos mayores de Pinedo eran de representación. Como frecuentaba una sociedad muy superior a la que, dada su posición, le correspondía, era preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las pilastras en que su empleo se sustentaba, imponíase tales dispendios sin vacilar, ahorrándolo en otras partidas del presupuesto doméstico. Vivía, pues, en situación permanente de equilibrio. El empleo le permitía frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras éstos le ayudaban inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningún ministro se atrevía a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenía el honor de hablar alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrían por los salones y se celebraban más quizá de lo que merecían, por lo mismo que en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con carabina y con pistola y era inteligentísimo y poseía una copiosa biblioteca tocante al arte culinario. Los más altos personajes se sentían lisonjeados cuando oían decir que Pinedo elogiaba a su cocinero. --¿Cuándo has estado en el colegio, Pacita?--le preguntó en voz baja Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia. --Pues el viernes; ¿no sabes que mamá nos lleva todos los viernes a confesar? ¿Y tú? --Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mamá y yo nos confesamos cada mes. --¿Y se conforma con eso el padre Ortega? --A mí no me dice nada.... No sé si a mamá.... --No le dirá, no: ya sabe muy bien dónde pone el pie. ¿Has visto a las de Mariani? --Sí; hace pocos días, en el Retiro. --¿No sabes que María se ha echado un novio? --No me ha dicho nada. --Sí, de caballería ... hijo del brigadier Arcos.... ¡Un tío más desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como si saliese del hospital.... Ya ves, como la mamá es querida del brigadier ... todo queda en casa. --Y tú, ¿sigues con tu primo? --No te lo puedo decir. El lunes se marchó enfadado y no ha vuelto por casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... ¡Anda! pues si no anduviese yo con ojo, no sé adonde hubiera parado con la marcha que llevaba.... ¿Sabes que estaba empeñado en que le regalase mis ligas? --¡Jesús!--exclamó la niña de Calderón riendo. --Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de gorrino que no había por dónde cogerle.... Se marchó muy amoscado, pero ya volverá. --Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo. --Lo único que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso. --¡Qué importa!--exclamó la niña de Calderón con un desprecio que hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y añadió en seguida: --¿Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement? --No, los ha encargado mamá a París por la señora de Carvajal, que ha llegado el sábado. --Son muy bonitos. --Más que los que hace Mme. Clement ya son. Y se enfrascaron por breves momentos en una plática de moda. La niña de Calderón, que era bastante fea, poseía, no obstante, cierto atractivo que provenía acaso de sus cortos años, acaso también de una boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la sensualidad había dejado su sello. La última de Alcudia era una chicuela de temperamento enfermizo, que no tenía más que huesos y ojos. --Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de sombreros--, ¿sabes que el último día que he estado en el colegio les llevé el retrato de mi hermanito?... Verás qué paso más gracioso. Lo han retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana María de la Saleta no quería enseñarlo a las niñas. Las chicas comenzaron a gritar: "¡queremos verlo! ¡queremos verlo!" ¿Sabes lo que hizo entonces? Pues lo fué enseñando con la mano puesta encima, dejando sólo ver el pecho y la cabeza. --¡Chica, qué gracia tiene eso!--exclamó Pacita soltando la carcajada. Esperanza la secundó, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por llamar la atención de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvió a dirigir a su hija una mirada severísima. Entraba en aquel momento una señora que representaba cuarenta años; el rostro, hermoso aún, pintado, con señales impresas más que de los años, de una vida agitada y galante. --Aquí está Pepa Frías--dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderón. --Eso es; aquí está Pepa Frías--respondió con afectado mal humor la misma--. Una mujer que no tiene pizca de vergüenza al poner los pies en esta casa. Los tertulios rieron. --¿Tú te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ¿que no tengo casa? Pues sí que la tengo, Salesas, 60, principal.... Es decir, la tiene el casero.... Pero le pago, lo que no harán seguramente todos tus inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le había visto.... Y también tengo mis sábados ... y no hay tanto calor como aquí ¡uf! y doy chocolate y té, y conversación y todo ... lo mismo que aquí. Mientras decía esto, iba saludando a los circunstantes con semblante furioso. Pero como todos sabían a qué atenerse, reían. Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una mujer agradable, en suma, que había tenido y que seguía teniendo, a pesar de sus años, muchos apasionados. --Lo que no hay--añadió acercándose a la señora de Calderón y dándole dos sonoros besos en las mejillas--es una mujer tan ingrataza y tan insignificante como tú.... Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a ti, sino a mi señor D. Julián, que alguna vez que otra sube a darme las buenas tardes y a decirme cómo anda la cotización.... Y a propósito de cotización, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que le avise.... Mejor dicho, no le digas nada; yo pasaré esta noche por tu casa. --¡Pero hija, qué líos traes siempre con el papel y la Bolsa y las acciones!--exclamó Mariana. --Pues los mismos que tú traerías si no tuvieses un marido tan activo que se encarga de calentarse la cabeza para que tú la tengas fresca y descansada.... --Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado--dijo Calderón. --No digo más que la verdad. ¡Si creerán que es plato de gusto estar pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y andar camino del Banco! --Imagino yo, Pepa--manifestó el general con sonrisa galante--que por más que diga, usted tiene afición a los negocios. --¿Imagina usted? ¡Qué raro! --No tengo tanta imaginación como usted, pero alguna sí--respondió el general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa había producido. Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque realmente su gracia se confundía a menudo con la desvergüenza. Hablar siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las cualidades que habían logrado darle popularidad en los salones. Había quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varón que había seguido la carrera de marino y que a la sazón estaba navegando, y una hija a quien había casado hacía un año. Su marido había sido comerciante, y en los últimos años jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa contrajo la misma pasión. Una vez viuda siguió alimentándola. La prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en los negocios, la habían librado de la ruina, que suele ser, tarde o temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se había mermado su fortuna, pero aún disfrutaba de un envidiable bienestar. --Pepa, el asunto marcha admirablemente--dijo Pinedo--. De Zaragoza han pedido un volcán y en la Coruña ha resuelto el Ayuntamiento establecer dos, al oriente y al poniente de la ciudad. --Me alegro, me alegro muchísimo. ¿De manera que no suelto las acciones? --Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subirán a trescientos. Los pocos que estaban en la broma rieron. Los demás fijaron en ellos sus ojos con curiosidad. --¿Qué es eso de los volcanes, Pinedo?--preguntó la esposa de Calderón. --Señora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las poblaciones. --¡Ah! ¿Y para que sirven esos volcanes? --Para la calefacción, y además como objeto de adorno. Todos comprendieron ya la burla menos la linfática señora, que siguió preguntando con interés los pormenores del negocio. Los tertulios reían, hasta que Calderón, entre risueño y enojado, exclamó: --¡Pero mujer, no seas tan cándida! ¿No ves que es una guasa que se traen Pepa y Pinedo? Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al oído del segundo: --Si será pánfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general Cruzalcobas le está haciendo el amor y aún no se ha enterado. Así llamaba Pepa al general Patiño, y no sin fundamento. A pesar de su apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patiño era un veterano falsificado. Sus grados habían sido ganados sin derramar una gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una persona real; miembro después de algunas comisiones científicas, y empleado últimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la amistad de todos los personajes políticos; diputado varias veces; senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no había estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general revolucionario, y eso con firme propósito de no alcanzarle nunca. Como había viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos del arte de la guerra, pasaba por militar instruído. Estaba suscrito a dos o tres revistas científicas; citaba en las tertulias, cuando se tocaba a su profesión, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba un tono enfático y sacaba voz de gola que imponía respeto a los oyentes. Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no eran más que sonidos en su boca. Preciábase de militar a la moderna por esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la música: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del Conservatorio. Amaba también las flores y las mujeres, muy especialmente a la mujer del prójimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los amigos. Hacía esto último por vocación, como se deben hacer las cosas, y ponía en ello todo el empeño y concentraba todas las fuerzas de su lúcida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estratégicos, que no había tenido ocasión de aplicar en el campo de batalla, servíanle admirablemente para entrar a saco en el corazón de las bellas damas de la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas lánguidas, acudiendo a los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas partes el sombrero flamante y reluciente de Patiño se agitaba en el aire declarando la ardiente y respetuosa pasión de su dueño. Estrechaba después el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los niños, comprándoles juguetes y libros de estampas, llevándoles alguna vez a almorzar. Se hacía querer de los criados con regalos oportunos. Venía después el asalto; la carta o la declaración verbal. Aquí desplegaba nuestro general una osadía y un arrojo singulares que, contrastaban notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro, César, Hernán Cortés, Napoleón. Los años no conseguían ni calmar su pasión por las altas empresas ni mermar sus extraordinarias facultades. O por mejor decir lo que perdía en vigor ganábalo en arte, con lo que se restablecía el equilibrio en aquel privilegiado temperamento. Mas la fortuna, según ha tenido a bien comunicar a varios filósofos, se niega a ayudar a los viejos. El insigne capitán había experimentado en los últimos tiempos algunos descalabros que no podían atribuirse a falta de previsión o valor, sino a la versatilidad de la suerte. Dos jóvenes casadas le habían dado calabazas consecutivamente. Como sucede a todos los hombres de verdadero genio en quien los reveses no producen desmayos femeniles, antes sirven para concentrar y vigorizar las fuerzas de su espíritu. Patiño no lloró como Augusto sobre sus legiones. Pero meditó, y meditó largamente. Y su meditación fué de fecundos resultados. Un nuevo plan estratégico, asombroso como todos los suyos, surgió del torbellino de sus pensamientos elevados. Dándose cuenta perfecta del estado y cantidad de sus fuerzas de ataque y calculando con admirable precisión el grado de resistencia que podían ofrecerle sus dulces enemigos, comprendió que no debía atacar las plazas nuevas, cuyas fortificaciones son siempre más recias, sino aquellas que por su antigüedad empezasen ya a desmoronarse. Tal viva penetración del arte y tal destreza en la ejecución como el general poseía, anunciaban desde luego la victoria. Y, en efecto, a consecuencia del nuevo y acertado plan de ataque, comenzaron a rendirse una en pos de otra, a sus armas, no pocas bellezas de las mejor sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos de estas Venus de plateados cabellos siguió recogiendo el merecido premio a su prudencia y bravura. Como el cartaginés Aníbal, Patiño sabía variar en cada ocasión de táctica, según la condición y temperamento del enemigo. Con ciertas plazas convenía el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A una dama le gustaba el aspecto marcial y varonil del conquistador; se deleitaba escuchando las memorables jornadas de Garravillas y Jarandilla, cuando iba persiguiendo a los sublevados. A otra le placa oirle disertar en estilo correcto con su hermosa voz de gola, acerca de los problemas políticos y militares. A otra en fin, le extasiaba oirle interpretar alguna famosa melodía de Mozart o Schuman en el violoncelo. Porque nuestro héroe tocaba el violoncelo con rara perfección y fuerza es confesar que este delicadísimo instrumento le ayudó poderosamente en las más de sus famosas conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresistible, indicando bien claramente que, a pesar de su arrojado y belicoso temperamento, poseía un corazón sensible a las dulzuras del amor. Y por si este arrastre oportunísimo de las notas no lo decía con toda claridad, corrobóralo un alzar de pupilas y meterlas en el cogote, dejando descubierto sólo el blanco de los ojos, cuando llegaba al punto álgido o patético de la melodía, que realmente era para impresionar a cualquier belleza por áspera que fuese. La maliciosa insinuación de Pepa Frías tenía fundamento. El bravo general hacía ya algún tiempo "que estaba poniendo los puntos" a la señora de Calderón, aunque ésta no daba señales de advertirlo. Jamás en sus muchas y brillantes campañas se le había presentado un caso semejante. Disparar contra una plaza durante algunos meses cañonazos y más cañonazos, meter dentro de ella granadas como cabezas y permanecer tan sosegada, durmiendo a pierna suelta como si le echasen bolitas de papel. Cuando el general le soltaba algún requiebro a quemarropa, Mariana sonreía bondadosamente. --Cállese usted, pícaro. ¡Buen pez debió usted de haber sido en sus buenos tiempos! Patiño se mordía los labios de coraje. ¡Los buenos tiempos! ¡El, que pensaba que nunca los había tenido mejores! Pero con su inmenso talento diplomático sabía disimular y sonreía también como el conejo. --¿Cuándo te han comprado esa pulsera?--preguntó Pacita a Esperanza, reparando en una caprichosa y elegante que ésta traía. --Me la ha regalado el general hace unos días. --¡Ah! ¿El general, por lo visto, te hace muchos regalos?--dijo la de Alcudia con leve expresión irónica que su amiga no entendió. --Sí; es muy bueno, siempre nos trae regalos. A mi hermanito le ha comprado una medalla preciosa. --¿Y a tu mamá no le hace regalos? --También. --¿Y qué dice tu papá? --¿Mi papá?--exclamó la niña levantando los ojos con sorpresa--, ¿qué ha de decir? Pacita, sin contestar, llamó la atención de una de sus hermanas. --Mercedes, mira qué pulsera tan bonita le ha regalado el general a Esperanza. La segunda de Alcudia perdió su rigidez por un momento, y tomando el brazo de Esperanza la examinó con curiosidad. --Es muy bonita. ¿Te la ha regalado el general?--preguntó cambiando al mismo tiempo con su hermana una mirada maliciosa. --Aquí está Ramoncito--dijo Esperanza volviendo los ojos a la puerta. --¡Ah! Ramoncito Maldonado. Un joven delgado, huesudo, pálido, de patillas negras que tocaban en la nariz, como las gastaba entonces el rey, y a su imitación muchos jóvenes aristócratas, entró sonriente y comenzó a saludar con desembarazo a todos, apretándoles la mano con leve sacudida y acercándola al pecho, del modo extravagante que se hace algunos años entre los pisaverdes madrileños. En cuanto él entró esparcióse por la habitación un perfume penetrante. --¡Jesús, qué peste!-exclamó por lo bajo Pepa Frías después de darle la mano-. ¡Qué afeminado es este Ramoncito! --¡Hola, barbián!-dijo el joven tomando de la barba con gran familiaridad a Pinedo-. ¿Qué te has hecho ayer? Pepe Castro ha preguntado por ti.... --¿Ha preguntado por mí Pepe Castro? ¡Tanto honor me confunde! Causaba cierta sorpresa ver a Maldonado tutear a un hombre ya entrado en años y de venerable aspecto. Todos los mozalbetes del _Club de los Salvajes_ hacían lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido. --Ahí tienes a Mariana--siguió éste--que acaba de hablar perrerías de ti, y con razón. --¿Pues? --No haga usted caso, Ramoncito--exclamó la señora de Calderón asustada. --Y Pepa también. --¿Usted, Pepa?-preguntó el mancebo queriendo demostrar desembarazo, pero inquieto en realidad, porque la de Frías era con razón temida. --Yo, sí. Vamos a cuentas, Ramoncito, ¿qué se propone usted echando sobre sí tanto perfume? ¿Es que pretende usted seducirnos a todas por el órgano del olfato? --Por cualquier órgano me agradaría seducir a usted, Pepa. La tertulia celebró la respuesta. Se oyó una espontánea carcajada. Pacita la había soltado. Su mamá se mordió los labios de ira y encargó a la hija que tenía más cerca que hiciese presente a la otra, para que a su vez lo comunicase a la menor, que era una desvergonzada y que en llegando a casa se verían las caras. --¡Hombre, bien! choque usted--exclamó la de Frías, dando la mano a Ramoncito-. Es la única frase regular que le he oído en mi vida. Generalmente no dice usted más que tonterías. --Muchas gracias. --No hay de qué. --Ya hemos leído la pregunta que usted hizo en el Ayuntamiento, Ramoncito--dijo la señora de Calderón, mostrándose amable para desvirtuar la acusación de Pinedo. --¡Ps! cuatro palabrejas. --Por ahí se empieza, joven--manifestó Calderón con acento Protector. --No; no se empieza por ahí--dijo gravemente Pinedo--. Se empieza por _rumores_. Luego vienen las _interrupciones.... (¡Es inexacto! ¡Pruébemelo su señoría! La culpa es de los amigos de su señoría.)_ En seguida llegan los ruegos y las preguntas. Después la explicación de un voto particular o la defensa de una proposición incidental. Por último, la intervención en los grandes debates económicos.... Pues bien. Ramón se encuentra ya en la tercer categoría, en la de los ruegos. --Gracias, Pinedito, gracias--respondió el joven algo amoscado--.Pues ya que he llegado a esa categoría, _te ruego_ que no seas tan guasón. --¡Hombre, tampoco está mal eso!--exclamó Pepa Frías con asombro--. Ramoncito, va usted echando ingenio. El joven concejal fué a sentarse entre la niña de la casa y la menor de Alcudia, que se apartaron de mala gana para dejarle introducir su silla. Este Maldonado, muchacho de buena familia, no enteramente desprovisto de bienes de fortuna y elegido recientemente concejal por la Inclusa, dirigía desde hace algún tiempo sus obsequios a la niña de Calderón. Era un matrimonio bastante proporcionado, al decir de los amigos. Esperanza sería más rica que Ramoncito, porque la hacienda de D. Julián era sólida y considerable; pero aquél, que tampoco estaba en la calle, tenía ya comenzada con buenos auspicios su carrera política. Los padres de la chica ni se oponían ni alentaban sus pretensiones. Con el aplomo y la superioridad que da el dinero, Calderón apenas fijaba la atención en quién requería de amores a su hija, abrigando la seguridad de que no le faltarían buenos partidos cuando quisiera casarla. Y en efecto, cinco o seis pollastres de lo más elegante y perfilado de la sociedad madrileña zumbaban en los paseos, en las tertulias y en el teatro Real alrededor de la rica heredera, como zánganos en torno de una colmena. Ramoncito tenía varios rivales, algunos de consideración. No era lo peor esto, sino que la niña, tan apagada de genio, tan tímida y silenciosa ordinariamente, sólo con él era atrevida y desenfadada, autorizándose bromitas más o menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que mostraban bien claro que no le tomaba en serio. Por eso le decía a menudo Pepe Castro, su amigo y confidente, que se hiciese valer un poco más; que no se manifestase tan rendido ni ansioso; que a las mujeres hay que tratarlas con un poco de desdén. Este Pepe Castro no sólo era el amigo y el confidente de Maldonado, pero también su modelo en todos los actos de la vida social y privada. Los juicios que pronunciaba acerca de las personas, los caballos, la política (de esto hablaba pocas veces), las camisas y los bastones eran axiomas incontrovertibles para el joven concejal. Imitábale en el vestir, en el andar, en el reir. Si el otro compraba una jaca española cruzada, ya estaba Ramoncito vendiendo la suya inglesa para adquirir otra parecida; si le daba por saludar militarmente llevándose la mano abierta a la sien, a los pocos días Ramoncito saludaba a todo el mundo como un recluta; si tomaba una chula por querida, no tardaba mucho nuestro joven en pasear por los barrios bajos en busca de otra. Pepe Castro se peinaba echando el pelo hacia adelante, para ocultar cierta prematura calva. Ramoncito, que tenía un pelo hermoso se peinaba también hacia adelante. Hasta la calva hubiera imitado con gusto por parecerle más _chic_. Pues bien, a pesar de tan devota imitación no había podido obedecerle en lo tocante a sus incipientes amores. Y esto porque, aunque parezca raro, Ramoncito había llegado a interesarse de verdad por la niña. El amor pocas veces es un sentimiento simple. A menudo contribuyen formarle y darle vida otras pasiones, como la vanidad, la avaricia, la lujuria, la ambición. Así formado apenas se distingue del verdadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y causa las mismas zozobras y penas. Ramoncito se creía sinceramente enamorado de Esperancita, y acaso tuviera razón para ello, pues la apetecía, pensaba en ella a todas horas, buscaba con afán los medios de agradarla y aborrecía de muerte a sus rivales. Por mas que se esforzaba en seguir los consejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar su inclinación o al menos la vehemencia con que la sentía, no lo lograba. Había empezado por cálculo a festejarla, con el dominio sobre sí de un hombre que tiene libre el corazón: había llegado pronto, gracias a la resistencia desdeñosa de la chica, a preocuparse vivamente, a sentirse aturdido y fascinado en su presencia. Luego la competencia de otros pollos le encendía la sangre y los deseos de hacerse pronto dueño de la mano de la niña. En obsequio a la verdad, hay que decir que se había olvidado "casi" de los millones de Calderón, que amaba ya a la hija "casi" desinteresadamente. --¿Conque ha hablado usted en el Ayuntamiento, Ramón?--le preguntó Pacita--. ¿Y qué ha dicho usted? --Nada, cuatro palabras sobre el servicio de alcantarillas--respondió con afectado aire de modestia el joven. --¿Pueden ir las señoras al Ayuntamiento? --¿Por qué no? --Pues yo quisiera mucho oirle hablar un día.... Y Esperancita tiene más deseos que yo, de seguro. --¡No, no!... Yo no--se apresuró a decir la niña. --Vamos, chica, no lo disimules. ¿No has de tener ganas de oir hablar a tu novio? Esperanza se puso como una amapola y exclamó precipitadamente: --Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo. Ramoncito también se puso colorado. --¡Pero qué cosas tan horribles tienes, Paz!--siguió aturdida y confusa--. No vuelvas a hablar así porque me marcho de tu lado. --Perdona, hija--dijo la maliciosa niña, que se gozaba en el aturdimiento de su amiga y del concejal--. Yo creía.... Hay muchos que lo dicen.... Entonces, si no es Ramón será Federico.... Maldonado frunció el entrecejo. --Ni Federico ni nadie.... ¡Déjame en paz!... mira, aquí está el padre Ortega; levántate. II #Más personajes.# Un clérigo alto, de rostro pálido y redondo, joven aún, con ojos azules y mirada vaga de miope, apareció en la puerta. Todos se levantaron. La marquesa de Alcudia avanzó rápidamente y fué a besarle la mano. Detrás de ella hicieron lo mismo sus hijas, Mariana y las demás señoras de la tertulia. --Buenas tardes, padre--. Buenos ojos le vean, padre--. Siéntese aquí, padre.--No, ahí no, padre; véngase cerca del fuego. El sexo masculino le fué dando la mano con afectuoso respeto. La voz del sacerdote, al preguntar o responder en los saludos era suave, casi de falsete, como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su sonrisa era triste, protectora, insinuante. Parecía que le habían arrancado a su celda y a sus libros con gran trabajo, que entraba allí con repugnancia, sólo por hacer algún bien con el contacto de su sabia y virtuosísima persona a aquellos buenos señores de Calderón, de quienes era director espiritual. Sus hábitos y sotana eran finos y elegantes; los zapatos de charol con hebilla de plata; las medias de seda. Le dieron la enhorabuena calurosamente por una oración que había pronunciado el día anterior en el oratorio del Caballero de Gracia. El se contentó con sonreír y murmurar dulcemente: --Dénsela a ustedes, señoras, si han sacado algún fruto. El padre Ortega no era un clérigo vulgar, al menos en la opinión de la sociedad elegante de la corte, donde tenía mucho partido. Sin pecar de entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le gustaba hacer ruido ni llamar la atención de las tertulias sobre sí. No daba ni admitía bromas, ni tenía el temperamento abierto y jaranero que suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era intrigante, debía de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad entre las demás, adquiría relieve cuando subía a la cátedra del Espíritu Santo, lo que hacía a menudo. Allí se expresaba con desenfado y verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo pretendía, pero demostraba un talento claro y una ilustración poco común en su clase. Porque era de los poquísimos sacerdotes que estaban al tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las pláticas morales que se usan y de las huecas y disparatadas declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razón, los sermones de nuestro escolapio trascendían fuertemente a lecturas modernísimas: en todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba de la evolución, del transformismo, de la lucha por la existencia, citaba a Hegel alguna vez, traía a cuento la teoría de Malthus sobre la población, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba sacar partido en defensa de la doctrina católica. Para rechazar los nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba, en principio, partidario de las teorías de Darwin, cosa que tenía sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes, pero esto mismo contribuía a infundirles más respeto y admiración. Cuando hablaba para las señoras solamente, prescindía de toda erudición que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto exquisitos. A cada persona la trataba según sus antecedentes, posición y temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de firme las clavijas, se mostraba exigente, tiránico, entraba en los últimos pormenores de la vida doméstica y los reglamentaba. En casa de Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que en otras partes no se le conocía. Cuando daba con alguna familia despreocupada, con poca afición a la iglesia, ensanchaba la manga, se hacía benigno y tolerante, procurando nada más que guardasen las formas y no diesen mal ejemplo a los otros. Hacía cuanto le era posible por afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte entre la religión y el "buen tono" en nuestro país. Cada día sacaba una moda que a ello contribuyese, traducidas unas del francés, otras nacidas en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre reunía ciertos días del año por la tarde a las damas conocidas. Eran unas agradabilísimas _matinées_, donde se oraba, tocaba el órgano expresivo la más hábil pianista, decía el padre una plática familiar, departía después amigablemente con las señoras acerca de asuntos religiosos, se confesaba la que quería, y por último pasaban al comedor, donde se tomaba te, cambiando de conversación. Cuando fallecía alguna persona de estas familias, el padre Ortega se hacía poner en las papeletas de defunción como director espiritual, rogando que la encomendasen a Dios. Luego repartía entre todos los amigos unos papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se pedía al Supremo Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual mérito que resplandeció en su sagrada pasión perdonase al conde de T*** o a la baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente no era aquel en que más había sobresalido el difunto, lo cual hacía el padre con buen acuerdo para evitar el escándalo y una pena a la familia. También se encargaba de gestionar la adquisición del mayor número posible de indulgencias, la bendición papal _in articulo mortis_, las preces de algún convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se podía tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios hacía de ellas, si escribía encima de las memorias con lápiz azul, como los ministros, "hágase", o si preguntaba al padre Ortega, como la señora del cuento: "¿Y a usted quién le presenta?" Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posición le correspondía, la marquesa de Alcudia le tomó por su cuenta, y llevándole a uno de los ángulos del salón y sentados en dos butaquitas, comenzó a hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clérigo, con el codo apoyado en el brazo del sillón, cogiendo con la mano su barba rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en cuando profería también alguna palabra en voz de falsete, que la marquesa escuchaba con profundo respeto y sumisión, lo cual no impedía que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin alzar la voz. Había entrado poco después que el padre un joven gordo, muy gordo, rubio, con patillitas que le llegaban poco más abajo de la oreja, mucha carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le estallaba. Su voz era levemente ronca y la emitía con fatiga. Al entrar nublóse la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recién llegado era hijo de los condes de Casa-Ramírez y uno de los pretendientes a la mano de la primogénita de Calderón. Jacobo Ramírez o Cobo Ramírez, como se le llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa Frías, aunque con menos razón. Caracterizábale una libertad grosera en el hablar, un desprecio cínico hacia las personas, aun las más respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosímil. Sus chistes eran de lo más burdo y soez que es posible tolerar entre personas decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tenía alguna ocurrencia feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente desvergüenzas. La tertulia, no obstante, se regocijó con su entrada. Una sonrisa feliz se esparció por todos los rostros, menos el de Ramoncito. --Oiga usted, Calderón--entró diciendo, sin saludar--. ¿Cómo se arregla usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la entrada, con la poca luz que había y la voz de mezzo-soprano que me gasta, le he confundido con una muchacha. --¡Hombre, no!--exclamó riendo el banquero. --¡Hombre, sí! A mí no me importa nada que usted traiga todos los Romeos que guste.... ¿Viene por aquí su amigo Pinazo? Los que entendieron adónde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la carcajada. --¡No viene! ¡no viene!--dijo Calderón casi ahogado por la risa. --¿De qué se ríen?--preguntó Pacita por lo bajo a Esperanza. --No sé--respondió ésta con acento de sinceridad, encogiéndose de hombros. --De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntaré después a Julia que no dejará de haberla cogido. Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmóvil, rígida, con los ojos bajos como siempre. En el ángulo de sus labios, sin embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razón la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos. --Hola, Ramoncillo--dijo acercándose a Maldonado y dándole una palmada en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor. Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e irónico, que le sentó muy mal al joven. --No tanto como tú..., pero en fin, vamos tirando--respondió Ramoncito. --No, no, tú eres más guapo.... Y si no que lo digan estas niñas.... Un poco flacucho estás, sobre todo desde hace una temporada, pero ya doblarás en cuanto se te pase eso. --No tiene que pasarme nada.... Ya sé que nunca podré ser de tantas libras como tú--replicó más picado. --Pues tienes más hierbas. --Allá nos vamos, chico; no vengas echándotelas de _fanciullo_, porque es muy cursi, sobre todo delante de estas niñas. --¡Pero hombre, que siempre han de estar ustedes riñendo!--exclamó Pepa Frías--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en el mundo. --Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de Calderón. --Nada de eso--manifestó Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos más reñidos son los mejores amigos. ¿Verdad, barbián? Al mismo tiempo tomó la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la sacudió cariñosamente. Este le rechazó de mal humor. --Quita, quita, no seas sobón. Cobo y Maldonado eran íntimos amigos. Se conocían desde la infancia. Habían estado juntos en el colegio de San Antón. Luego en la sociedad siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club de los Salvajes_, adonde ambos acudían asiduamente. Como ambos ejercían la misma profesión, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los días en todas partes, la confianza era ilimitada. Siempre había habido entre ellos, sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito, y éste, que lo adivinaba, manteníase constantemente en guardia. Esta hostilidad no excluía el afecto. Se decían mil insolencias, disputaban horas enteras; pero en seguida salían juntos en coche como si no hubiera pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en cuanto decía, hasta que conseguía irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el afecto desapareció en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de Calderón. No quedó más que la hostilidad. Sus relaciones parecía que eran las mismas; reuníanse en el club diariamente, paseaban a menudo juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se aborrecían ya cordialmente. Por detrás decían perrerías el uno del otro; Cobo con más gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tenía, fundada o infundadamente, un desprecio verdadero. --Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la de Frías. --¡No tanto! ¡no tanto, Pepa!--interrumpió Ramírez afectando susto. --¡Pero qué sinvergüenza es usted, hombre!--exclamó aquélla tratando de contener la risa, que no cuadraba a su mal humor característico--. Se parecen ustedes en que siempre están regañando y haciendo las paces. Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos, insoportables. Sobre si no la había pasado el plato a tiempo o no la había echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no cepillaron la ropa, o tenía la ensalada demasiado aceite, armaban caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho días sin hablarse. Para entenderse en los menesteres de la vida se escribían cartitas y en ellas se trataban de usted--. "Asunción me ha pasado un recado diciéndome que vendrá a las ocho para llevarme al teatro. ¿Tiene usted inconveniente en que vaya?"--escribía ella dejándole la carta sobre la mesa del despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--respondía él por el mismo procedimiento--. "¿Qué platos quiere usted para mañana? ¿Le gusta a usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como lengua. Hágame el favor de decir a la cocinera que traiga algún pescado, pero no boquerones como el otro día, y que no fría tanto las tortillas". Ninguno de los dos quería humillarse al otro. Así que, esta tirantez se prolongaba ridículamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las orejas, les decía cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego, en las reconciliaciones, eran extremosos. --¿Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo allí en el momento de la reconciliación?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad brutal. --Tampoco yo, hijo--respondió, dando un suspiro de resignación que hizo reir--. Pero ¡qué quiere usted! Soy suegra, que es lo último que se puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted no sabe. --Me las figuro. --No se las puede usted figurar. --Pues, querida, a mí me gustaría muchísimo ver a mis hijos reconciliados. No hay cosa más fea que un matrimonio reñido--dijo la bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfática. --También a mí ... pero después que pasa la reconciliación--respondió Pepa, cambiando miradas risueñas con Cobo Ramírez y Pinedo. --¡De qué buena gana me reconciliaría yo con usted, Mariana, del mismo modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general Patiño, aprovechando el momento en que la esposa de Calderón se inclinó para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como tratase de quitárselo para que ella no se molestase, sus dedos se rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del general oprimieron suave y rápidamente los de la dama. --¡Reconciliarse!--dijo ésta en voz natural--. Para eso es necesario antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos. El viejo tenorio no se atrevió a replicar. Rió forzadamente, dirigiendo una mirada inquieta a Calderón. Si insistía, aquella pánfila era capaz de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle. --Por supuesto--siguió Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus reyertas. Ni voy apenas por su casa. ¡Uf! ¡Me crispa el hacer el papel de suegra! --Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo, mirándola a los ojos codiciosamente. --Bueno, se lo diré a mi hija, para que se lo agradezca. --¡No, si no es por su hija!... Es porque ... me gustaría que usted se metiese en mis cosas. --¡Bah, bah! déjese usted de músicas--replicó la de Frías medio enojada. Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que la frase la había lisonjeado. Ramoncito volvió a sacar la conversación del teatro Real, la liebre que sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La ópera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institución. No es el amor de la música, sin embargo, lo que engendra esta constante preocupación, sino el no tener otra cosa mejor en qué ocuparse. Para Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderón y para otros muchos, los seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro Real y los no abonados. Los primeros son los únicos que expresan realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la Tosti fueron puestos otra vez a discusión. Los que habían llegado últimamente dieron su opinión, tanto sobre el mérito como sobre la disposición física de los dos cantantes. Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche anterior había sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer muy amable, muy fina. Le había recibido con una gracia y una amabilidad sorprendentes. Ya había oído hablar mucho de el, de Ramoncito, y tenía deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal, quedó asombrada por lo joven que había llegado a ese puesto. ¡Ya ven ustedes que tontería! Por lo visto, en otros países se acostumbra a elegir sólo a los viejos. De cerca era aún mejor que de lejos. Un cutis que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el pecho levantado y ¡unos brazos!..." La vanidad hacía a Ramoncito no sólo torpe, porque es regla bien sabida que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor a otra, sino un tantico atrevido dirigiéndose a niñas. Estas se miraban sonrientes, brillándoles los ojos con fuego malicioso y burlón que el joven concejal no observaba. --Y diga usted Ramón, ¿no se ha declarado usted a ella?--le preguntó Pacita. --Todavía no--respondió haciéndose cargo ya de la intención burlona de la pregunta. --Pero se declarará. --Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigió una miradita lánguida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria. --¿De veras? Cuente usted ... cuente usted. --Es un secreto --Bien, pero nosotras lo guardaremos.... ¿Verdad Esperanza que tú no dirás nada? Y la escuálida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozándose en su mal humor y en la inquietud de Ramoncito. --Yo no tengo gana de saber nada. --Ya lo oye usted, Ramón. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus novias. Yo bien sé por qué es, pero no lo digo.... --¡Qué tonta eres, chica!--exclamó aquélla con verdadero enojo. El joven concejal quedó lisonjeado por tal advertencia que venía de una amiga íntima. Creyó, sin embargo, que debía cambiar la conversación a fin de no echar a perder su pretensión, pues veía a Esperanza seria y ceñuda. --Pues no crean ustedes que es tan difícil declararse a la Tosti y que ella responda que sí.... Y si no ... ahí tienen ustedes a Pepe Castro, que puede dar fe de lo que digo. --Es que Pepe Castro no es usted--manifestó la niña de Calderón con marcada displicencia. Maldonado cayó de la región celeste donde se mecía. Aquella frase punzante dicha en tono despreciativo le llegó al alma. Porque cabalmente la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se imponían a su espíritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar jamás, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia, despreocupación, valor desdeñoso y hastío de todo lo creado, que caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le hacía desgraciado. Esperanza había puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa existencia. No pudo contestar; tal fué su emoción. Clementina estaba triste, inquieta. Desde que había entrado en casa de su cuñada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecían siglos. Había charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas ésta la había dejado en cuanto entró el padre Ortega. Su cuñada estaba secuestrada por el general Patiño, que le explicaba minuciosamente el modo de criar a los ruiseñores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que tenía al lado parecían de cera, rígidas, tiesas, contestando por monosílabos a las pocas preguntas que las dirigió. Una sorda irritación se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levantó la cabeza vivamente y se puso a escuchar con ávida atención. La reticencia de Ramoncito la puso súbito pálida. Se repuso no obstante en seguida, y, entrando en la conversación con amable sonrisa, dijo: --Vaya, vaya, Ramón; no sea usted mala lengua.... ¡Pobres mujeres en boca de ustedes! --No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondió éste animado por el cable que impensadamente recibía. --De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra. --Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres. --¡No sé por qué!--replicó con un mohín de desdén la dama. --Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifestó el joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo. --¡Ps!... Será según el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita, que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo. --La verdad es--apuntó Esperancita tímidamente--que Pepito no pasa por feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, ¿verdad tú? Y se dirigió a Pacita, poniéndose al mismo tiempo levemente colorada. Clementina le dirigió una mirada penetrante que concluyó de ruborizarla. --¿De qué se habla?--preguntó Cobo Ramírez acercándose al corro. Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada uno. La faz de Ramoncito se nubló al aproximarse su rival. Este no dejó de notarlo y le dirigió una mirada burlona. --Vamos, Ramoncillo, dí; ¿cómo te arreglas para tener tan animadas a las damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio. --No, hombre; ¿cómo voy a echarlo si lo tienes tú todo?--profirió con irritación el concejal. --Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy. Una sonrisa irónica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilató el rostro anguloso de Ramoncito. Había cogido a su enemigo en la trampa. Ha de saberse que pocos días antes averiguó casualmente, por medio de un académico de la lengua, que no se decía _azararse_, sino _azorarse_. --Querido Cobo--dijo echándose hacia atrás con la silla y mirándole con fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece.... --¿Pues?--preguntó el otro sorprendido. --No se dice azarar, sino _azorar_, queridísimo Cobo. Te lo participo para tu satisfacción y efectos consiguientes. La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante, su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento, preguntó con furia: --¿Y por qué se dice azorar y no azarar? --¡Porque sí!... ¡Porque lo digo yo!... ¡Eso!...--respondió el otro sin dejar de sonreír cada vez con mayor ironía y echando una mirada de triunfo a Esperanza. Se entabló una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo en sus trece sosteniendo con brío que no había tal _azorar_, que a nadie se lo había oído en su vida y eso que estaba harto de hablar con personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le respondía brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su triunfo. Cuanto más furioso se ponía Cobo, más se gozaba en humillarle delante de la niña por quien ambos suspiraban. Pero la decoración cambió cuando Cobo irritadísimo, viéndose perdido, llamó en su auxilio al general Patiño. --Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejército, ¿cree que está bien dicho azorarse? El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifestó dirigiéndose a Maldonado en tono paternal: --No, Ramoncito, no: está usted en un error. Jamás se ha dicho en España azorar. El concejal dió un brinco en la silla. Abandonando súbito toda ironía, echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabían lo que se decían, que parecía mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase un diccionario. --El caso es, Ramoncito--dijo D. Julián rascándose la cabeza--, que el que había en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No sé quién se lo ha llevado.... Pero a mí me parece también, como al general, que se dice azarar.... Aquel nuevo golpe afectó profundamente a Maldonado, que, pálido ya, tembloroso, lanzó con voz turbada un último grito de angustia. --¡Azorar viene de _azor_, señores! --¡Qué azor ni qué coliflor, hombre de Dios!--exclamó Cobo soltando una insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y dí que no lo volverás a hacer. El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron límites. Todavía luchó algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como se contestase a sus enérgicas protestas con risitas v sarcasmos, concluyó por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando palabras cargadas de hiel, los labios trémulos, la mirada torva. De vez en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignación. Cobo estuvo implacable: aprovechó todas las ocasiones que se ofrecieron para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el regocijo de las niñas y hacía sonreír discretamente a las personas graves. Nadie en el mundo padeció más hambre y sed de justicia que Ramoncito en aquella ocasión. La llegada de un nuevo personaje puso fin o suspendió por lo menos su tormento. Anunció el criado al señor duque de Requena. La entrada de éste produjo en la tertulia un movimiento que indicaba bien claramente su importancia. Calderón salió a recibirle dándole las dos manos con efusión. Los hombres se levantaron apresuradamente y se apartaron de los asientos para salir a su encuentro sonrientes, expresando en su actitud la veneración que les inspiraba. Las damas volvieron también sus rostros hacia él con curiosidad y respeto, y Pepa Frías se levantó para saludarle. Hasta el padre Ortega abandonó a su marquesa y se adelantó inclinado, sumiso, dirigiéndole un saludo almibarado, sonriéndole con sus ojos claros al través de los fuertes cristales de miope que gastaba. Por algunos instantes apenas se oyó en la estancia mas que "querido duque", "señor duque". "¡Oh, duque!" El objeto de tanta atención y acatamiento era un hombre bajo, gordo, la faz amoratada, los ojos saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el bigote entrecano, duro y erizado como las púas de un puerco-espín. Los labios gruesos y sinuosos y manchados por el zumo del cigarro puro que traía apagado y mordía paseándolo de un ángulo a otro de la boca sin cesar. Podría tener unos sesenta años, más bien más que menos. Venía envuelto en un magnífico gabán de pieles que no había querido quitarse a la entrada por hallarse acatarrado. Mas al poner los pies en el saloncito de Calderón, sintióse malamente impresionado por el calor que allí hacía. Sin contestar apenas a los saludos y sonrisas que a porfía le dirigían, murmuró en tono brutal, con la voz gruesa y ronca a la vez que caracteriza a los hombres de cuello corto: --¡Puf! ¡Esto echa bombas!... Y lo acompañó de una interjección valenciana que principia por f. Al mismo tiempo hizo ademán de despojarse del abrigo. Veinte manos cayeron sobre él para ayudarle y esto retrasó un poco la operación. Representóse en la tertulia de Calderón la escena de los israelitas en el desierto que más se ha repetido en el mundo, la adoración del becerro de oro. El recién llegado era nada menos que D. Antonio Salabert, duque de Requena, el célebre Salabert rico entre los ricos de España, uno de los colosos de la banca y el más afamado, sin disputa, por el número y la importancia de sus negocios. Había nacido en Valencia. Nadie conocía a su familia. Decían unos que había sido granuja del mercadal, otros que empezó de lacayo de un banquero y luego fué cobrador de letras y zurupeto, otros que había sido soldado de Cabrera en la primera guerra civil, y que el origen de su fortuna estuvo en una maleta llena de onzas de oro que robó a un viajero. Algunos llegaban hasta a filiarle en una de las célebres partidas de bandoleros que infestaron a España poco después de la guerra. Pero él explicaba del modo más sencillo y gráfico la procedencia de su fortuna, que no bajaba de cien mil millones de pesetas. Cuando se enfadaba con los empleados de su casa, lo cual sucedía a menudo, y notaba que se ofendían con sus palabrotas injuriosas, solía decirles gritando como un energúmeno: --¿Sabéis, f...., cómo he llegado yo a tener dinero?... Pues recibiendo muchas patadas en el trasero. Sólo a fuerza de puntapiés se logra subir arriba. ¿Estamos? Hay que confesar que este dato adolece de ser un poco vago; pero la perfecta autenticidad de que se halla revestido, le da un valor inapreciable. Tomándolo como base de la investigación, acaso se pueda llegar a definir el carácter y a historiar la vida y las empresas del opulento banquero. --Hola, chiquita--dijo avanzando hasta Clementina y tomándole la barba como se hace con los niños--. ¿Estás aquí? No he visto tu coche abajo. --He salido a pie, papá. --Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte el mío. --No; tengo deseos de caminar. Estoy estos días muy pesada. El duque de Requena había prescindido de todos los presentes y hablaba a su hija con toda la afabilidad de que era susceptible. La veía pocas veces. Clementina era su hija natural, habida allá en Valencia, cuando joven, de una mujer de la ínfima clase social, como él lo era al parecer. Luego se había casado en Madrid, ya en camino de ser rico, con una joven de la clase media, de la cual no tuvo familia. Esta señora, extremadamente delicada de salud desde su matrimonio, había cedido o, por mejor decir, había ella misma propuesto que la hija de su marido viniese a habitar la misma casa. Clementina se educó, pues, aquí y fué amada de la esposa de su padre como una verdadera hija. Ella la quiso y la respetó también como a una madre. Después que se casó solía visitarla a menudo; pero como su padre estaba siempre muy ocupado, no entraba en sus habitaciones, y desde las de su madre (así la llamaba) se iba a la calle. Sólo en los días de banquete o recepción, o cuando casualmente le tropezaba en las casas o en la calle departía un rato con él. Después de preguntarle por su marido y por sus hijos, el duque se puso a hablar, sin sentarse, con Calderón y Pepa Frías. Un hombre rudo y campechanote en la apariencia: sonreía pocas veces: cuando lo hacía era de modo tan leve que aún podía dudarse de ello. Acostumbraba a llamar las cosas por su nombre y a dirigirse a las personas sin fórmulas de cortesía, diciéndoles en la cara cosas que pudieran pasar por groserías: no lo eran porque sabía darles un tinte entre rudo y afectuoso que les quitaba el aguijón. No era muy locuaz. Generalmente se mantenía silencioso mordiendo su cigarro y examinando al interlocutor con sus ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al hablar una inocencia falsa y socarrona que no le hacía antipático. Detrás se veía siempre al antiguo granuja del mercadal de Valencia, diestro, burlón, receloso y marrullero. Pepa Frías le habló de negocios. La viuda era incansable en esta conversación. Quería enterarse de todo, temiendo ser engañada ávida siempre de ganancias y temblando con terror cómico ante la perspectiva de la baja de sus fondos. Se hacía repetir hasta la saciedad los pormenores. "¿Soltaría las acciones del Banco y compraría _Cubas_? ¿Qué pensaba hacer el Gobierno con el amortizable? Había oído rumores. ¿Se haría en alza la próxima liquidación? ¿No sería mejor liquidar en el momento con treinta céntimos de ganancia que aguardar a fin de mes?" Para ella las palabras de Salabert eran las del oráculo de Delfos. La fama inmensa del banquero la tenía fascinada. Por desgracia, el duque, como todos los oráculos antiguos y modernos, se expresaba siempre que se le consultaba, de un modo ambiguo. Respondía a menudo con gruñidos que nadie sabía si eran de afirmación, de negación o de duda. Las frases que de vez en cuando se escapaban de su boca entre el cigarro y los labios húmedos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles en muchos casos. Además, todo el mundo sabía que no era posible fiarse de él, que se gozaba en despistar a sus amigos y hacerles caer de bruces en un mal negocio. Sin embargo, Pepa insistía aspirando a arrancar de aquel cerebro luminoso el secreto de la mina: bromeaba tomándole de las solapas de la levita, llamándole viejo, cazurro, zorro, haciendo gala de una desvergüenza que en ella había llegado a ser coquetería. El banquero no daba fuego. Le seguía el humor respondiendo con gruñidos y con tal cual frase escabrosa que hacía reir a Calderón, aunque no tenía muchas ganas de hacerlo viéndole echar sin miramiento alguno tremendos escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el picor del tabaco salivaba bastante y no acostumbraba a reparar dónde lo hacía, a no ser en su casa donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. Calderón estaba inquieto, violento, lo mismo que si se los echase en la cara. A la tercera vez, no pudiendo contenerse, fué él mismo a buscar la escupidera para ponérsela al lado. Salabert le dirigió una mirada burlona y le hizo un guiño a Pepa. Ya tranquilo Calderón se mostró locuaz y pretendió sustituirse al duque dando consejos a Pepa sobre los fondos. Pero aunque hombre prudente y experto en los negocios, la viuda no se los apreciaba ni aun quería oirlos. Al fin y al cabo, entre él y Salabert existía enorme distancia: el uno era un negociante vulgar, el otro un genio de la banca. Sin embargo, éste asentía con sonidos inarticulados a las indicaciones bursátiles del dueño de la casa. Pepa no se fiaba. Salabert se apartó un poco del grupo y se dejó caer sobre el brazo de un sillón adoptando una postura grosera, para lo cual sólo él tenía derecho. En vez de ser mal vistos aquellos modales libres y rudos, contribuían no poco a su prestigio y al respeto idolátrico que en sociedad se le tributaba. Lejos nuevamente de la escupidera volvió a salivar sobre la alfombra con cierto goce malicioso, que a pesar de su máscara indiferente y bonachona se le traslucía en la cara. Calderón tornó igualmente a nublarse y fruncirse hasta que, resolviéndose a saltar por encima de ciertos miramientos sociales, le acercó otra vez la escupidera sin tanto valor como antes, pues lo hizo con el pie. Pepa sentóse en el otro brazo y siguió haciendo carocas al duque. Este comenzaba a fijar más la atención en ella. Sus miradas frecuentes la envolvían de la cabeza a los pies, notándose que se detenían en el pecho, alto y provocador. Pepa era una mujer fresca, apetitosa. Al cabo de algunos minutos el banquero se inclinó hacia ella con poca delicadeza, y acercando el rostro a su cara, tanto que parecía que se la rozaba con los labios, le dijo en voz baja: --¿Tiene usted muchas _Osunas_? --Algunas, sí, señor. --Véndalas usted a escape. Pepa le miró a los ojos fijamente, y dándose por advertida calló. Al cabo de unos momentos fué ella quien acercando su rostro al del banquero le preguntó discretamente: --¿Qué compro? --Amortizable--respondió el famoso millonario con igual reserva. Entraban a la sazón un caballero y una dama, ambos jovencitos, menudos, sonrientes, y vivos en sus ademanes. --Aquí están mis hijos--dijo Pepa. Era un matrimonio grato de ver. Ambos bien parecidos, de fisonomía abierta y simpática, y tan jóvenes, que realmente parecían dos niños. Fueron saludando uno por uno a los tertulios. En todos los rostros se advertía el afecto protector que inspiraban. --Aquí tienes a tu suegra, Emilio. ¡Qué encuentro tan desagradable! ¿verdad?...--dijo Pepa al joven. --Suegra, no; mamá ... mamá--respondió éste apretándole la mano cariñosamente. --¡Dios te lo pague, hijo!--replicó la viuda dando un suspiro de cómico agradecimiento. Volvió la tertulia a acomodarse. Los jóvenes casados sentáronse juntos al lado de Mariana. Clementina había dejado aquel sitio y charlaba con Maldonado: el nombre de Pepe Castro sonaba muchas veces en sus labios. Mientras tanto Cobo aprovechaba el tiempo, haciendo reir con sus desvergüenzas a Pacita; pero aunque intentaba que Esperanza acogiese los chistes con igual placer, no lo conseguía. La niña de Calderón, seria, distraída, parecía atender con disimulo a lo que Ramoncito y Clementina hablaban. Pinedo se había levantado y hacía la corte al duque. Y el general, viendo a su ídolo en conversación animada con los jóvenes casados, fatigado de que sus laberínticos requiebros no fuesen comprendidos, ni tampoco sus restregones poéticos, vino a hacer lo mismo. La marquesa y el sacerdote seguían cuchicheando vivamente allá en un rincón, ella cada vez más humilde e insinuante, sentada sobre el borde de la butaca, inclinando su cuerpo para meterle la voz por el oído; él más grave y más rígido por momentos, cerrando a grandes intervalos los ojos como si se hallase en el confesionario. --¡Qué par de bebés, eh!--exclamó Pepa en voz alta dirigiéndose a Mariana--. ¿No es vergüenza que esos mocosos estén casados? ¡Cuánto mejor sería que estuviesen jugando al trompo! Los chicos sonrieron mirándose con amor. --Ya jugarán ... en los momentos de ocio--manifestó Cobo Ramírez con retintín. --¡Hombre, ca!--exclamó Pepa, volviéndose furiosa hacia él--. ¿Le han dado a usted cuenta ellos de sus juegos? Aquél y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. Irenita, la joven casada, se ruborizó. --Te están haciendo vieja, Pepa. Acuérdate que eres abuela--respondió la señora de Calderón. --¡Qué abuela tan rica!--exclamó por lo bajo Cobo, aunque con la intención de que lo oyese la interesada. Esta le echó una mirada entre risueña y enojada, demostrando que había oído y lo agradecía en el fondo. Cobo se hizo afectadamente el distraído. --¿Os ha pasado ya la berrenchina?--siguió la viuda dirigiéndose a sus hijos--. ¿Cuánto durarán las paces?... ¡Jesús, qué criaturas tan picoteras!... Mirad, yo no voy a vuestra casa porque cuando os encuentro con morro me apetece tomar la escoba y romperla en las costillas de los dos.... Los tertulios se volvieron hacia los jóvenes esposos sonriendo. Esta vez se pusieron ambos fuertemente colorados. Después, por la seriedad que quedó bien señalada en el rostro de Emilio, se pudo comprender que no le hacían maldita la gracia aquellas salidas harto desenfadadas de su suegra. El general Patiño, por orden de la bella señora de la casa, puso el dedo en el botón de un timbre eléctrico. Apareció un criado: le hizo el ama una seña: no se pasaron cinco minutos sin que se presentase nuevamente y en pos de él otros dos con sendas bandejas en las manos colmadas de tazas de te, pastas y bizcochos. Momento de agradable expansión en la tertulia. Todos se ponen en movimiento y brilla en los ojos el placer del animal que va a satisfacer una necesidad orgánica. Esperancita deja apresuradamente a su amiga y a Ramírez y se pone a ayudar con solicitud a su madre en la tarea de servir el te a los tertulios. Ramoncito aprovecha el instante en que la niña le presenta una taza, para decirla en voz baja y alterada "que le sorprende mucho que se complazca en escuchar las patochadas y frases atrevidas de Cobo Ramírez". Esperanza le mira confusa, y al fin dice "que ella no ha oído semejantes patochadas, que Cobo es un chico muy amable y gracioso". Ramoncito protesta con voz débil y lúgubre entonación contra tal especie y persiste en desacreditar a su amigo, hasta que éste, oliendo el torrezno, se acerca a ellos bromeando según costumbre. Con lo cual, a nuestro distinguido concejal se le encapota aún más el rostro y se va retirando poco a poco: no sea que al insolente de Cobo se le ocurra cualquier sandez para hacer reir a su costa. Llegó el momento de hablar de literatura, como acontece siempre en todas las tertulias nocturnas o vespertinas de la capital. El general Patiño habló de una obra teatral recién estrenada con felicísimo éxito y le puso sus peros, basados principalmente en algunas escenas subidas de color. Mariana manifestó que de ningún modo iría a verla entonces. Todos convinieron en anatematizar la inmoralidad de que hoy hacen gala los autores. Se dijeron pestes del naturalismo. Cobo Ramírez, que había tomado te y luego unos emparedados y se había comido una cantidad fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso a la tertulia que recientemente había leído una novela titulada _Le journal d'une dame_ (en francés y todo), preciosa, bonitísima, la más espiritual que él hubiera leído nunca. Porque Cobo, en literatura--¡caso raro!--, estaba por lo espiritual, lo delicado. No le vinieran a él con esas nove-lotas pesadas donde le cuentan a uno las veces que un albañil se despereza al levantarse de la cama (o los bizcochos y ensaimadas que se come un chico de buena sociedad), ni le hablaran de partos y otras porquerías semejantes. En las novelas deben ponerse cosas agradables, puesto que se escriben para agradar. Esto decía con notable firmeza, resollando al hablar como un caballo de carrera. Los demás asentían. La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, alzado de hombros y cogido de cintura, la color baja, la barba negra y tan espesa y recortada que parecía postiza, cortó rápidamente la plática literaria. Nada menos que era el señor ministro de Fomento. Por eso llevaba la cabeza tan erguida que casi daba con el cerebelo en las espaldas, y sus ojos medio cerrados despedían por entre las negras y largas pestañas relámpagos de suficiencia y protección a los presentes. Hasta los veintidós años había tenido la cabeza en su postura natural; pero desde esta época, en que le nombraron vicepresidente de la sección de derecho civil y canónico en la Academia de Jurisprudencia, había comenzado a levantarla lenta y majestuosamente como la luna sobre el mar en el escenario del teatro Real, esto es, a cortos e imperceptibles tironcitos de cordel. Le hicieron diputado provincial; un tironcito. Luego diputado a Cortes; otro tironcito. Después gobernador de provincia; otro tironcito. Más tarde director general de un departamento; otro. Presidente de la Comisión de presupuestos; otro. Ministro; otro. La cuerda estaba agotada. Aunque le hicieran príncipe heredero, Jiménez Arbós ya no podía levantar un milímetro más su gran cabeza. Su entrada produjo movimiento, pero no tanto como la del duque de Requena. Este, cuyo rostro carnoso, sensual, no podía ocultar el desprecio que aquella asamblea le inspiraba, corrió a él sin embargo, y le saludó con rendimiento y servilismo sorprendentes, teniendo en cuenta la rusticidad y grosería con que generalmente se comportaba en el trato social. El ministro comenzó a repartir apretones de manos de un modo tan distraído que ofendía. Únicamente cuando saludó a Pepa Frías dió señales de animación. Esta le preguntó en voz baja tuteándole: --¿Cómo vienes de frac? --Voy a comer a la embajada francesa. --¿Vas luego a casa? --Sí. Este diálogo rapidísimo en voz imperceptible fué observado por el duque, quien acercándose a Pinedo le preguntó con reserva y haciendo una seña expresiva: --Diga usted, ¿Arbós y Pepa Frías?... --Hace ya lo menos dos meses. La mirada que el banquero le echó entonces a la viuda no fué de la calidad de las anteriores. Era ahora más atenta, más respetuosa y profunda, quedándose después un poco pensativo. Calderón se había acercado al ministro y le hablaba con acatamiento. Salabert hizo lo mismo. Pero el personaje no tenía ganas de hablar de negocios o por ventura le inspiraba miedo el célebre negociante. La prensa hacía reticencias malévolas sobre los negocios de éste con el Gobierno. Por eso, a los pocos momentos, se fué en pos de Pepa Frías y se pusieron a cuchichear en un ángulo de la estancia. Clementina estaba cada vez más impaciente, con unos deseos atroces de marcharse. Dejaba de hacerlo por el temor de que su padre la acompañase. El ministro se fué a los pocos minutos, repartiendo previamente otros cuantos apretones de manos con la misma distracción imponente, mirando, no a la persona a quien saludaba, sino al techo de la estancia. Entonces el duque se apoderó de Pepa Frías, mostrándose con ella tan galante y expresivo, como si fuese a hacerle una declaración de amor. El general, observándolo, dijo a Pinedo: --Mire usted al duque, qué animado se ha puesto. De fijo le está haciendo el amor a Pepa. --No--respondió gravemente el empleado--. A lo que está haciendo el amor ahora es al negocio de las minas de Riosa. La viuda anunció al cabo en voz alta que se iba. --¿Adonde va usted, Pepa, en este momento?--le preguntó el banquero. --A casa de Lhardy a encargar unas mortadelas. --La acompaño a usted. --Vamos; le convidaré a tomar unos pastelitos. Al duque le hizo mucha gracia el convite. --¿Vienes, chiquita?--le dijo a su hija. Clementina aún pensaba quedarse un rato. Pepa, al tiempo de salir del brazo del banquero, dijo en alta voz volviéndose a los Presentes: --Conste que no vamos en coche. Lo cual les hizo reir. --Conste--dijo el duque riendo--que esto lo dice por adularme. --Que se explique eso: no hemos comprendido ...--gritó Cobo Ramírez. Pero ya el duque y Pepa habían desaparecido detrás de la cortina. Clementina aguardó sólo cinco minutos. Cuando presumió que ya no podía tropezar en la escalera a su padre, se levantó, y pretextando un quehacer olvidado, se despidió también. III #La hija de Salabert.# Bajó con ansia la escalera. Al poner el pie en la calle dejó escapar un suspiro de consuelo. A paso vivo tomó la del Siete de Julio, entró en la plaza Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aquí vino a su pensamiento la imagen del joven que la había seguido y volvió la cabeza con inquietud. Nada; no había que temer. Ninguno la seguía. En la puerta de una de las primeras casas y mejores de la calle, se detuvo, miró rápida y disimuladamente a entrambos lados y penetró en el portal. Hizo una seña casi imperceptible de interrogación al portero. Este contestó con otra de afirmación llevándose la mano a la gorra. Lanzóse por la escalera arriba. Subió tan de prisa, sin duda para evitar encuentros importunos, que al llegar al piso segundo le ahogaba la fatiga y se llevó una mano al corazón. Con la otra dió dos golpecitos en una de las puertas. Al instante abrieron silenciosamente: se arrojó dentro con ímpetu, cual si la persiguiesen. --Más vale tarde que nunca--dijo el joven que había abierto, tornando a cerrar con cuidado. Era un hombre de veintiocho a treinta años, de estatura más que regular, delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pómulos, bigote retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos soldaditos de papel con que juegan los niños; esto es, era de un tipo militar afeminado. También parecía su rostro al que suelen poner los sastres a sus figurines; y era tan antipático y repulsivo como el de ellos. Vestía un batín de terciopelo color perla con muchos y primorosos adornos; traía en los pies zapatillas del mismo género y color con las iniciales bordadas en oro. Advertíase pronto que era uno de esos hombres que cuidan con esmero del aliño de su persona; que retocan su figura con la misma atención y delicadeza con que el escultor cincela una estatua; que al rizarse el bigote y darle cosmético creen estar cumpliendo un sagrado e ineludible deber de conciencia; que agradecen, en fin, al Supremo Hacedor, el haberles otorgado una presencia gallarda y procuran en cuanto les es dado mejorar su obra. --¡Qué tarde!--volvió a exclamar el apuesto caballero dirigiéndola una mirada fija y triste de reconvención. La dama le pagó con una graciosa sonrisa, replicando al mismo tiempo con acento burlón: --Nunca es tarde si la dicha es buena. Y le tomó la mano y se la apretó suavemente, y le condujo luego sin soltarle al través de los corredores, hasta un gabinete que debía ser el despacho del mismo joven. Era una pieza lujosa y artísticamente decorada; las paredes forradas con cortinas de raso azul oscuro, prendidas al techo por anillos que corrían por una barra de bronce; sillas y butacas de diversas formas y gustos; una mesa-escritorio de nogal con adornos de hierro forjado; al lado una taquilla con algunos libros, hasta dos docenas aproximadamente. Suspendidos del techo por cordones de seda y adosados a la pared veíanse algunos arneses de caballo, sillas de varias clases, comunes, bastardas y de jineta con sus estribos pendientes, frenos de diferentes épocas y también países, látigos, sudaderos de estambre fino bordados, espuelas de oro y plata; todo riquísimo y nuevo. Las aficiones hípicas del dueño de aquel despacho se delataban igualmente en los pasillos, que desde la puerta de la casa conducían allí; por todas partes monturas colgadas y cuadros representando caballos en libertad o aparejados. Hasta sobre la mesa de escribir, el tintero, los pisapapeles y la plegadera estaban tallados en forma de herraduras, estribos o látigos. Al través de un arco con columnas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz en el que figuraban un joven con casaca y peluca de rodillas delante de una joven con traje Pompadour, veíase un magnífico lecho de caoba con dosel. Así que llegaron a esta cámara, la dama se dejó caer con negligencia en una butaquita muy linda y volvió a decirle con sonrisa burlona: --¡Qué! ¿no te alegras de verme? --Mucho; pero me alegraría de haberte visto primero. Hace hora y media que te estoy esperando. --¿Y qué? ¿Es gran sacrificio esperar hora y media a la mujer que se adora? ¿Tú no has leído que Leandro pasaba todas las noches el Helesponto a nado para ver a su amada?... No; tú no has leído eso ni nada.... Mejor: yo creo que te sentaría mal la ciencia. Los libros disiparían esos colorcitos tan lindos que tienes en las mejillas, te privarían de la agilidad y la fuerza con que montas a caballo y guías los coches.... Además, yo creo que hay hombres que han nacido para ser guapos, fuertes y divertidos, y uno de ellos eres tú. --Vamos, por lo que estoy viendo me consideras como un bruto que no conoce ni la A--respondió triste y amoscado el joven, en pie frente a ella. --¡No, hombre, no!--exclamó la dama riendo; y apoderándose de una de sus manos la besó en un repentino acceso de ternura--.Eso es insultarme. ¿Te figuras que yo podría querer a un bruto?... Toma--añadió despojándose del sombrero--, pon ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora ven aquí, so canalla; ya que eres tan susceptible, ¿no consideras que has principiado diciéndome una grosería?... ¡Hora y media!... ¿Y qué?... Acércate, ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los pelos. El joven, en vez de hacerlo, agarró una silla-fumadora y se montó en ella frente a su querida. --¿Sabes por qué he tardado tanto?... Pues por el dichoso niño, que me ha seguido hoy también. Al decir esto, se puso repentinamente seria; una arruga bien pronunciada cruzó su linda frente. --¡Es insufrible!--añadió--. Ya no sé qué hacer. A todas horas, salga por la mañana o por la tarde, traigo aquel fantasma detrás de mí. He tenido que refugiarme en casa de Mariana. Luego, una vez allí, no hubo más remedio que aguantar un rato. Vino papá, y porque no saliese conmigo esperé otro poquito a que se fuese.... ¡Ahí ves! --¡Tiene gracia ese chico!--dijo riendo el caballero. --¡Mucha! ¡Si es muy divertido que le averigüen a una dónde va y lo sepa en seguida todo el mundo, y llegue a oídos de mi marido! ¡Ríete, hombre, ríete! --¿Por qué no? ¿A quién se le ocurre más que a ti tomarse un disgusto por tener un admirador tan platónico? ¿Has recibido alguna carta? ¿Te ha dicho alguna palabra al paso? --Eso es lo que menos importaba. Lo que me excita los nervios es la persecución. Luego es un mocoso capaz por despecho, si averigua mis entradas en esta casa, de escribir un anónimo.... Y tú ya sabes la situación especial en que me encuentro respecto a mi marido. --No es de presumir: los que escriben anónimos no son los enamorados, sino las amigas envidiosas.... ¿Quieres que yo me aviste con él y le meta un poco de miedo? --¡Eso no se pregunta, hombre!--exclamó la dama con voz irritada--. Mira, Pepe; tú eres hombre de corazón y tienes inteligencia; pero te hace muchísima falta un poco más de refinamiento en el espíritu para que comprendas ciertas cosas. Debieras dedicar menos horas al club y a los caballos y procurar ilustrarte un poco. --¡Ya pareció aquéllo!--dijo el joven con despecho, muy molestado por la agria reprensión. --Pues si quieres que no te diga ciertas cosas, procura callarte otras. Pepe Castro se encogió de hombros con superior desdén y se alzó de la silla. Dió algunas vueltas distraídamente por la estancia y paró al fin delante de un cuadrito, que descolgó para sacudirle el polvo con el pañuelo. Clementina le miraba en tanto con ojos coléricos. Se puso en pie vivamente, como si la alzara un resorte: luego, refrenando su ímpetu y adquiriendo calma, avanzó lentamente hacia la alcoba, penetró en ella, recogió su sombrero de la cama y comenzó a ponérselo frente al espejillo de una cornucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, sin embargo, en el levísimo temblor de las manos, la sorda irritación que la embargaba. --¡Bueno!--exclamó por último en tono distraído e indiferente--. Me voy, chico.... ¿Quieres algo para la calle? El joven dió la vuelta y preguntó con sorpresa: --¿Ya? --Ya--repuso la dama con exagerada firmeza. El joven avanzó hacia ella, le echó suavemente un brazo al cuello, y levantando con la otra mano el velito rojo le dió un beso en la sien. --¡Que siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y tú te apresuras a ponerte la venda. --¿Qué estás diciendo ahí?--replicó ella algo confusa--. Me voy porque tengo que hacer una visita antes de comer. --Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular.... Debes comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos ... y tú me estás insultando a cada momento. --Te digo que no te comprendo. No sé a qué insultos ni a qué disimulos te refieres--replicó la dama con afectación. Pepe intentó con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le detuvo con gesto imperioso. Tomóla entonces por la cintura y la condujo hacia el diván. Sentóse, y cogiéndole las manos se las besó repetidas veces con apasionado cariño. Ella siguió en pie sin dejarse ablandar. Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al cabo, arrancando con violencia sus manos de las de él, Clementina dijo medio riendo, medio enojada aún: --Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de Terranova.... ¡Eres un bajo!... Primero que yo me humillase de tal modo me harían rajas. Volvió a quitarse el sombrero, y fué ella misma a colocarlo sobre la cama. --Cuando se está tan enamorado como yo--replicó el joven un poco avergonzado--, no puede llamarse nada humillación. --¿Es de veras eso, chico?--dijo acercándose a él sonriente y tomándole con sus dedos finos sonrosados la barba--. No lo creo.... Tú no tienes temperamento de enamorado.... Y si no, vamos a probarlo.... Si yo te mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es aún peor, la honra ... algunos años de presidio..., ¿lo harías? --¡Ya lo creo! --¿Sí?... Pues mira, quiero que mates a mi marido. --¡Qué barbaridad!--exclamó asustado, abriendo los ojos desmesuradamente. La dama le miró algunos segundos fijamente, con expresión escrutadora, maliciosa. Luego, soltando una sonora carcajada, exclamó: --¿Lo ves, infeliz, lo ves?... Tú eres un señorito madrileño, un socio del _Club de los Salvajes_.... Ni yo, ni mujer ninguna te harían cambiar el frac y el chaleco blanco por el uniforme de presidiario. --¡Qué ideas tan extrañas! --Sigue, sigue por donde te arrastra tu naturaleza de sietemesino y no te metas en honduras. Ya comprenderás que te he hablado en broma. Así y todo me has confirmado en lo que ya pensaba. --Pues si tienes formada esa idea tan pobre de mi cariño, no sé por qué razón me quieres--expresó el joven volviendo a amoscarse. --¿Por qué te quiero?... Pues por lo que yo hago casi todas mis cosas ... por capricho. Un día te he visto en el Retiro revolviendo un caballo admirablemente y me gustaste. Luego, a los dos meses, en Biarritz, te vi en el asalto del casino tirando con un oficial ruso y concluí de encapricharme. Hice que me fueses presentado, procuré agradarte, te agradé en efecto.... Y aquí estamos. Pepe concluyó por sufrir con paciencia aquel tono entre cínico y burlón de su querida. A fuerza de charlar logró hacerlo desaparecer. Clementina, cuando estaba tranquila, era afectuosa, alegre, pronta a compadecerse y a los rasgos de generosidad; su rostro, tan bello como original, no adquiría nunca dulzura, pero sí una expresión bondadosa y maternal que lo hacía muy simpático. Mas por poco que sus nervios se excitasen o se viese contrariada en sus pensamientos y deseos, el fondo de altivez, de obstinación y aun crueldad que su alma guardaba, subía a la superficie y agitaba sus ojos azules con relámpagos de feroz sarcasmo o de cólera. Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni ingenioso, sabía no obstante entretenerla agradablemente con cuentecillos de salón, murmuraciones casi siempre de las personas por quienes ella sentía marcada antipatía. El recurso era burdo, pero surtía admirable efecto. "La condesa de T***, señora a quien Clementina odiaba de muerte por un desaire que en cierta ocasión le había hecho, andaba necesitada de dinero; se lo pidió al viejo banquero Z*** y éste se lo había otorgado mediante un rédito muy poco apetitoso para la deudora. Los marqueses de L***, a quienes también ella profesaba aversión, cuando no estaban en el poder daban reuniones allá en su finca de la Mancha y ofrecían espléndido _buffet_ a sus electores: cuando el marqués era ministro daban también reuniones, pero suprimían el _buffet_. Julita R***, una jovencita muy linda, que tampoco inspiraba simpatías a la altiva dama, había sido arrojada de casa de los señores de M*** por haberla hallado encerrada en el cuarto del primogénito, un chico de quince años". Estas y otras noticias del mismo jaez dejábalas caer el gallardo mancebo de sus labios con cierta displicencia cómica que despertaba el buen humor de la bella. Era todo el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los demás que poseía referíanse enteramente al físico. Se habían disipado las nubes que cubrían la frente de Clementina. Mostróse locuaz y risueña. Fué pródiga de caricias con su amante en la hora que con él estuvo. Quedó bien compensado de los alfilerazos que de ella había recibido al principio de la entrevista, gozando de toda la dicha que una mujer hermosa y enamorada puede proporcionar cuando la soledad y la ocasión convidan. La noche había cerrado ya, tiempo hacía. El joven encendió las dos lámparas de la chimenea sin llamar al criado, que era su único servidor y el único ser viviente asimismo que habitaba con él en aquel cuarto. Pepe Castro era hijo de una ilustre familia de Aragón. Su hermano mayor llevaba un título conocido y tenía una hermana además casada con otro título. Se había educado en Madrid. A los veinte años quedó huérfano. Vivió con su hermano primogénito una temporada. No tardaron en reñir porque éste, que era económico hasta la avaricia, no podía sufrir con paciencia su despilfarro. Trasladóse entonces a casa de su hermana; pero a los pocos meses, existiendo incompatibilidad de caracteres entre él y su cuñado, chocaron de modo tan violento, que se contaba en el club y en los salones de la corte que se habían abofeteado y aporreado bravamente. No llegó a efectuarse un duelo entre ambos por la intervención de algunos respetables miembros de la familia. Después de vivir en fonda un poco de tiempo, decidióse a poner casa. Tomó un criado, se hizo traer el almuerzo de un restaurante y comía cuándo en Lhardy, cuándo, en casa de alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tenía muy cerca, en la calle de las Urosas, y no estaba mal provista: dos jacas de silla, inglesa y cruzada, un tiro extranjero y otro español, berlina, _charrette, milord, break_. Era un chorro por donde se escapaba rápidamente su hacienda, aunque no el más copioso. La mayor parte la había dejado sobre el tapete de la mesa de juego del club, y una porción, no insignificante por cierto, entre las uñas de algunas lindísimas chulas transformadas por él de la noche a la mañana en espléndidas y llamativas cortesanas. Esto último lo negaba con arrogancia pensando que su gloria de seductor podía con ello menoscabarse; pero no importa: es exacto como todo lo que aquí se puntualiza. Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba arruinado a la hora presente. A pesar de lo cual, seguía viviendo con, la misma comodidad y aparato que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Empréstitos a su hermano hipotecándole alguna finca trasconejada en las ventas y subastas, pagarés a algunos arrojados usureros sobre la herencia de un tío viejo y enfermo reconociendo tres veces la cantidad recibida, joyas que su hermana le regalaba no pudiendo regalarle dinero, cuentas exorbitantes con el importador de coches y caballos, con el sastre, con el perfumista, con Lhardy, con el conserje del club, con todo el mundo. Parecía imposible que un hombre pudiera vivir tranquilo en tal estado de trampas y enredos. Sin embargo, nuestro gallardo joven vivía con la misma admirable serenidad de espíritu e idéntica alegría de corazón, y como él otros muchos de sus amigos y consocios según tendremos ocasión de ver, tan arruinados aunque no tan gallardos. --Te preparo una sorpresa--dijo Clementina concluyendo de ponerse el sombrero y arreglarse el cabello frente al espejo. El bello gomoso olfateó el aire como un perro que recibe vientos y se acercó a la dama. --Si es agradable, veamos. --Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo lo que proceda de mí debe serte agradable. --Convenido, convenido. Veamos--repuso disimulando mal su afán. --Bueno, tráeme aquel manguito. Castro se apresuró a obedecer el mandato. Clementina, cuando lo tuvo entre las manos se sentó con afectada calma en el diván, y agitándolo luego en el aire exclamó: --¿A que no adivinas lo que contiene este manguito? --Sus ojos resplandecían de alegría y orgullo al mismo tiempo. Los de Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondió con voz alterada entre dudando y afirmando: --Quince mil pesetas. La expresión alegre y triunfal del rostro de la dama se trocó instantáneamente en otra de cólera y despecho. --¡Quita!, ¡quita allá, puerco!--exclamó furiosa dándole un fuerte golpe en la cara con el lujoso manguito--. No piensas más que en el dinero.... No tienes ni pizca de delicadeza. --¡Yo pensaba!... También hubo cambio de decoración en la fisonomía de Castro. Se puso más triste que la noche. --En la guita, sí; ya acabo de decírtelo.... Pues no, señor; aquí no viene nada de eso. Sólo hay un alfilerito de corbata que yo ¡tonta de mí! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te tengo siempre en el pensamiento. --Y yo te lo agradezco en el alma, pichona--manifestó el joven haciendo un esfuerzo supremo sobre sí mismo para vencer el repentino abatimiento y resultando de él una sonrisa forzada y amarga--. ¿Por qué te disparas de ese modo?... Dame eso.... Bien se conoce que tienes muy mala idea formada de mí. Clementina se negó a entregar el recuerdo. El joven insistió humildemente. Había, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que dejaba traslucir, para el espíritu penetrante de una mujer, el sordo disgusto y la tristeza que en el fondo del alma sentía. --Nada, nada; mi pobre alfilerito que estás despreciando horriblemente ... (¡se te conoce en la cara!) ... irá a la cajita donde guardo los recuerdos de los muertos. Alzóse del diván; bajó el velo del sombrero. Pepe aún insistía por mostrarse galante y desagraviarla. Al fin, cuando ya estaba cerca de la puerta, volvióse repentinamente y sacó del fondo del manguito una primorosa carterita, que le presentó, mirándole al mismo tiempo fijamente a la cara. Los ojos del joven, después de posarse en la cartera con ávida expresión de gozo, chocaron con los de su amada. Contempláronse unos instantes, ella con expresión maliciosa y triunfante, él con gratitud y gozo reprimidos. --¡Si siempre lo he dicho yo! ¡Si no hay otra como mi nena para saber querer!... Ven aquí, deja que te dé las gracias, rica mía; deja que te adore de rodillas. Y la arrastró, embargado por el entusiasmo, hacia el diván, la obligó a sentarse de nuevo y se dejó caer de rodillas besando con fervor sus manos enguantadas. --¡Jesús, qué locura!--exclamó la dama un tanto confusa--. ¡Vaya una cosa para hacer tales extremos! --No es por el dinero, nena mía; no es por el dinero; es porque tienes una manera de hacer las cosas original; porque tienes la gracia de Dios; porque eres una barbiana.... ¡Toma, toma, retemonísima! Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con calurosos ademanes. No contento, se prosternó aún más y le besó los pies o por mejor decir, el tafilete de sus zapatos. --¡Qué bajo eres, Pepe!--exclamaba ella riendo. --No importa que me llames lo que quieras. Soy tuyo, ¡tuyo hasta la muerte! Te quiero más que a Dios. Quiero a estos piececitos tan ricos y los beso. ¿Lo ves? A ver; que venga alguien a decirme que no debo hacerlo. Clementina le miraba risueña. No era fácil averiguar si gozaba en realidad o se divertía simplemente con aquella adoración o más bien aquel regocijo estrepitoso de perro que se arrastra el sentirse acariciado y lame los pies de su señor. --No sólo te debo la felicidad, sino también la honra. No sabes lo que he sufrido desde anteayer por la maldita deuda--decía él con voz conmovida. --¿Volverás a jugar, eh? ¿Volverás a jugar, perdido?--preguntaba ella tirándole de los cabellos, borrando aquella primororosa raya que los partía tan lindamente. --No ... particularmente sobre mi palabra te aseguro.... --Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, grandísimo trasto.... Me voy, me voy--añadió con un gesto de mimo, levantándose y corriendo a mirar la hora al reloj de la chimenea--. ¡Uf, qué tarde!... Adiós, chiquillo. Y se precipitó a la puerta extendiendo la mano a su amante sin mirarle. Este no pudo besarle más que la punta de los dedos. Corrió a abrir, pero ya ella había echado mano al cerrojo; por cierto que se encolerizó porque resistía a sus débiles tirones. --Adiós, adiós; hasta el sábado--dijo en voz de falsete. --Hasta pasado mañana. --No, no; hasta el sábado. Bajó la escalera con la misma precipitación con que la había subido, hizo otro gesto imperceptible de despedida al portero y salió a la calle. Siguió a pie hasta la plaza del Ángel, y allí detuvo un coche de punto y se metió en él. Eran más de las seis. Hacía una hora que estaban encendidas las luces de los comercios. Ocultóse cuanto pudo en un rincón y dejó vagar su mirada distraída sin curiosidad por las calles que iba atravesando. Su fisonomía adquirió la expresión altiva, desdeñosa, que la caracterizaba, a la cual se añadía ahora leve matiz de hastío y preocupación. Por su elegancia refinada, por su arrogante porte, y sobre todo por aquella severa majestad de su rostro peregrino, nadie vacilaría en diputar a Clementina por una de las más altas y nobles damas de la corte. No obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba en todos los salones aristocráticos, en todas las listas de personas distinguidas que los periódicos publicaban al día siguiente de cualquier sarao, carreras de caballos, u otra fiesta cualquiera, de derecho distaba mucho de serlo por su origen. No podía ser más humilde. Su padre la había tenido en una inglesa, manceba de un tonelero irlandés que había llegado a Valencia en busca de trabajo. Llamábase Rosa Coote. Era espléndidamente bella y lo hubiera sido más a cuidar algo del adorno o aliño de su persona. La miseria, en que ordinariamente vivía aquel hogar ilícito, la había hecho sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Valencia y la bella inglesa se entendieron a espaldas del tonelero, dueño temporal de las gracias de ésta. Salabert era más joven, más gallardo: el vicio de la borrachera no le tenía dominado como a aquél. Rosa le siguió a su zaquizamí abandonando al primer amante. A los pocos meses de vivir juntos, Salabert, a quien se presentó ocasión de partir a Cuba como camarero de un vapor, la abandonó a su vez. La inglesa, que llevaba ya en sus entrañas el fruto de aquella pasajera unión, rodó algún tiempo sin protección, sin recursos, por las calles de la ciudad, hasta que entró en relaciones con un carpintero del Grao que la recogió y llegó a hacerla su legítima esposa. Clementina se crió como intrusa en aquel nuevo hogar. Su madre era una mujer violenta, irascible, con ráfagas de ternura, que sólo guardaba para sus hijos legítimos. A ella, por todas las señales, la aborrecía y en ella vengó injustamente el agravio de su padre. ¡Qué terrible infancia la de Clementina! Si en Madrid se supiesen ciertos pormenores, si en rápida visión pudiesen ofrecerse a los ojos de la sociedad elegante algunas escenas por las que aquella altiva y encopetada dama pasó, pocos envidiarían su existencia. ¡Qué torturas, qué refinamientos de crueldad! A los cuatro o cinco años ya estaba obligada a ser la vigilante guardadora de otros dos hermanitos. Si en esta vigilancia decaía un punto, el castigo venía inmediatamente; pero no el castigo como quiera, el golpe pasajero, el estirón de orejas; no. El castigo era meditado con ensañamiento, procurando herir donde más doliera y donde más durase el dolor.... Los vecinos habían acudido más de una vez a los lamentos de la infeliz criatura; habían increpado a la madre desnaturalizada. De ello no resultaba más que alguna reyerta fragorosa en que la feroz irlandesa, chapurrando el valenciano, se despachaba a su gusto contra las comadres del barrio, y con mayor encono después contra la causante de aquel disgusto. A todas horas gritaba que iba a meterla en la Inclusa. A esto se oponía el carpintero, que se jactaba de ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez intervenía en los castigos para aplacarlos, pero que la mayor parte de las veces dejaba a su esposa "que enseñase a su hija", como él decía a los vecinos que le recriminaban. Sus ideas pedagógicas chocaban con sus instintos piadosos, y cuando lograban sobreponerse ¡ay de la desgraciada niña! Aquella serie de inauditas crueldades terminaron al fin con otra mayor que trajo consigo la intervención de la justicia. La madre desnaturalizada, no sabiendo ya de qué modo atormentar a su hija, la hizo algunas quemaduras en el trasero con una bujía. Una vecina averiguó el hecho casualmente, lo comunicó a otras vecinas, se armó el consiguiente escándalo en el barrio, dieron parte al juez, se instruyó causa, y, probado el delito, la inglesa fué condenada a seis meses de cárcel y la niña recogida en un establecimiento de beneficencia. Un año después llegó a Valencia Salabert, si no hecho un potentado, con alguna hacienda. Enteráronle de lo ocurrido. Fué a ver a su hija al colegio de niñas pobres. La sacó de allí y la puso en otro de pago, adonde por rara casualidad iba a visitarla. En la población, sin embargo, fué loado su rasgo de generosidad. El sabía hacerlo valer en la conversación ofreciéndose a los ojos de sus conocidos como un ejemplo vivo de amor paternal y contraste notable frente a la perversidad de su antigua querida. Poco más tarde se casó en Madrid. Fué su esposa la hija de un comerciante en camas de hierro y colchones metálicos de la calle Mayor. Era una joven bastante feíta y enfermiza; pero buena, afectuosa y con cincuenta mil duros de dote. Llamábase Carmen. A los tres o cuatro años de casados, ésta, viéndose cada vez más delicada de salud, perdió la esperanza de tener familia. Sabiendo que su marido tenía una hija natural en un convento de Valencia, le propuso, con generosidad no muy frecuente, traerla a casa y considerarla como hija de ambos. Salabert aceptó con gusto la proposición. Fué a buscar a Clementina, y desde entonces cambió por entero la suerte de esta infeliz niña. Tenía entonces catorce años y era ya un portento de hermosura, mezcla dichosa del tipo inglés correcto y delicado y de la belleza severa de la mujer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, nacarados de la raza sajona. En su mirada azul y sombría había la misma profundidad y misterio que en los ojos negros de las valencianas. Poco desarrollada aún por virtud de su crudelísima infancia, por la vida sedentaria, después, del convento, en cuanto cambió de clima y de forma de vida adquirió en dos o tres años la elevada estatura y las majestuosas proporciones con que hoy la vemos. Sus partes morales dejaban bastante más que desear. Era su temperamento irascible, obstinado, desdeñoso y sombrío. Si nació con estos vicios o fueron el resultado de sus bárbaros martirios, de su tristísima infancia, no es fácil resolverlo. En el convento, donde nadie la trataba mal, no fué bien querida de sus maestras y compañeras por su carácter receloso, por la ausencia de cariño que se notaba en su corazón. Los disgustos de sus compañeras, no sólo no la conmovían, sino que despertaban en sus labios una sonrisa cruel, que las dejaba yertas. Luego tenía, de vez en cuando, accesos de furor que la habían hecho temible y odiosa. En cierta ocasión, a una niña que le había dicho algunas palabras ofensivas le echó las manos al cuello y estuvo muy próxima a asfixiarla. Nunca fué posible después que le pidiese perdón, según exigía la superiora. Prefirió estar recluída un mes, a humillarse. Los primeros meses que pasó en casa de su padre fueron de prueba para la buena D.ª Carmen. En vez de una niña alegre y agradecida al inmenso favor que la hacía, se encontró frente a frente de una fierecilla, un ser antipático sin afecto ni sumisión, extravagante y caprichosa hasta un grado sorprendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando algún criado se caía o el lacayo recibía una coz de los caballos. Pero no se desanimó. Con el instinto infalible de los corazones generosos, comprendió que si aquella tierra no daba amor era porque hasta entonces sólo se había sembrado odio. Los afectos dulces residen en todo ser humano, como en todo cuerpo la electricidad: mas para hacerlos vibrar, precisa someterlos a una fuerte corriente de cariño por algún tiempo. Y esto fué lo que hizo D.ª Carmen con su hijastra. Durante seis meses la tuvo envuelta en una atmósfera tibia de afecto, en una red espesa de atenciones delicadísimas, de testimonios constantes de vivo y afectuoso interés. Al fin, Clementina, que principió por mostrarse desdeñosa y luego indiferente a aquel cariño, que pasaba horas y horas encerrada en su cuarto y sólo iba a las habitaciones de su madrastra cuando la llamaba, que no tenía jamás con ésta una expansión viviendo en absoluta reserva, sucumbió repentinamente; sintió vibrar en su corazón ese algo maravilloso que une a las criaturas humanas como a todos los cuerpos del Universo. Cambió de un modo extraño, violento, como todo lo que procedía de su temperamento singular. Cayó, cuando menos se pensaba, de hinojos ante D.ª Carmen, dedicándole un respeto tan profundo, un cariño tan apasionado, que la buena señora quedó estupefacta y le costó gran trabajo creer en su sinceridad. En su alma se había operado al fin la revelación de la ternura. Al calor maternal de aquella bondadosa señora, su corazón de hielo se había derretido. La esencia divina del amor penetró donde, hasta entonces, sólo había entrado la esencia de Satanás. Fué un verdadero milagro. En vez de pasar la vida en su cuarto, no sabía salir del de su madrastra a quien llamaba mamá, con un gozo, con un fuego, con una pronunciación tan decidida, como sólo se observa en los devotos sinceros al dirigirse a la Virgen. Devoción podía llamarse también lo que Clementina sentía por la esposa de su padre. Asombrada de que en el mundo existiese un ser tan dulce, tan tierno, no se hartaba de mirarla como si acabase de bajar del cielo. Quería adivinarle los pensamientos en los ojos, quería adelantarse a sus menores deseos, quería que nadie la sirviese más que ella, quería, en fin, como todo enamorado, la posesión exclusiva del objeto de su amor. Una levísima señal de descontento de D.ª Carmen bastaba para confundirla y sumirla en el más acerbo dolor. Aquella criatura tan altanera, que había llegado a hacerse odiosa a todos, se humillaba con placer intenso, a su madrastra. Era su humillación la del místico que se postra por una necesidad invencible del espíritu. Cuando sentía la mano de la señora acariciándole el rostro, pensaba sentir la de Dios mismo. Apenas se atrevía a rozar con sus labios aquellos dedos flacos y transparentes. Sólo para su madrastra había cambiado tan radicalmente. Con los demás, incluso con su mismo padre, seguía mostrando la misma frialdad despreciativa, el mismo carácter obstinado y altivo. Si aparecía alguna vez más dulce y tratable, no había que achacarlo a su voluntad, sino al mandato expreso de D.ª Carmen. En cuanto este mandato cesaba o se olvidaba, volvía a su primitivo ser malévolo. Los criados la aborrecían por el orgullo insufrible que comenzó a manifestar así que se dió cuenta de su estado de princesa heredera; por no encontrar tampoco en ella ninguna compasión para sus faltas. La que más padeció en su servicio fué la institutriz inglesa que su padre la había traído. Era ya entrada en años, pero tenía gusto en vestirse y aliñarse como una damisela. Esta inocente manía sirvió tantas veces de burla a la niña, que sólo la necesidad le pudo obligar a tolerarlo. ¡Pobre mujer! Todos sus secretos técnicos de tocador fueron entregados sin piedad a la befa de los criados. Sus imperfecciones físicas despertaban, contrahechas por la doncella de la señorita, algazara en la cocina. En cierta solemne ocasión, un día de banquete, Clementina le escondió la dentadura, que tenía sobre el tocador para limpiarla. Cualquiera puede figurarse la desazón que esto produjo a la vieja _miss_. La cual se vengaba cándidamente de ella llamándola _señorita Capricho y_ poniéndole por temas, en los ejercicios de inglés y francés, algunas máximas y aforismos que le escociesen, verbigracia: "La soberbia es la lepra del alma. La niña soberbia es una leprosa de quien todos deben apartarse con horror"--. "Quien no respeta a los mayores nunca llegará a ser respetado", etcétera. Clementina se reía de estos desahogos. Alguna vez llegó su insolencia hasta cambiar la sentencia de la profesora por otra de su invención. Donde decía: "Nada hay tan feo y despreciable como una joven altanera", ponía la discípula: "Nada hay tan ridículo y digno de risa como una vieja presumida". Alborotábase _la miss_, daba parte a D.ª Carmen, llamaba ésta a su hijastra, la reprendía dulcemente, y al verla triste y acongojada desarrugaba el ceño y la besaba cariñosamente. Y hasta otra. La verdad es que tenía razón _miss_ Ana y los demás criados al decir que la señora era quien echaba a perder a la chica. D.ª Carmen, viviendo en una espantosa soledad moral, estaba tan cautivada y agradecida al vivo cariño que a todas horas le demostraba su hijastra, que no tenía ojos para ver sus faltas, y si los tenía carecía de fuerzas para corregirlas. A los diez y ocho años era Clementina una de las mujeres más bellas y uno de los mejores partidos de Madrid. El caudal de su padre había crecido como la espuma. Estaba considerado como uno de los banqueros importantes de la villa y no se le conocía otro heredero ni era ya de presumir que lo tuviese. Comenzaron los jóvenes de la aristocracia, de la sangre y el dinero, los socios más eminentes del _Club de los Salvajes_, a festejarla apremiándola con vivas declaraciones. Si iba a una tertulia, un grupo de muchachos la tenía constantemente amurallada; si a la iglesia, otro grupo mayor la esperaba en correcta formación a la salida; si al paseo de la Castellana, apuestos caballeros galopaban en las inmediaciones de su coche sirviéndola de escolta. En el teatro veinte pares de gemelos estaban sin cesar posados sobre ella. El nombre de Clementina Salabert salía en todas las conversaciones de la juventud elegante, se veía impreso en todas las crónicas de salones, sonaba en Madrid como el de una de las más brillantes estrellas del firmamento aristocrático. Tuvo buena porción de amoríos o noviazgos que no produjeron huella alguna en su corazón. Tomaba y dejaba los novios inconsideradamente, con lo cual adquirió fama de coqueta y casquivana. Pero esto no es obstáculo para que una muchacha encuentre adoradores. Al contrario, el amor propio de los hombres les incita a dedicar sus lisonjas a tal clase de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco fué serio inconveniente para ella cierto murmullo grosero y malicioso que se levantó y corrió por todo Madrid con motivo de la amistad original que entabló con un joven y célebre torero. La inocencia y debilidad de D.ª Carmen tuvo buena parte en ello. No sólo consintió esta buena señora que el torero entrase en la casa y se sentase a su mesa, sino también que las acompañase en público en más de una ocasión. Con esto y con brindarle la muerte de algunos toros, la maledicencia, que anda suelta en la capital como en las provincias, tuvo suficiente pretexto para ensañarse ferozmente con la envidiada beldad. Mas como no pudo aportar otra cosa que sospechas atrevidas y vagas conjeturas, y como por otra parte existían dos datos positivos que las contrapesaban sobradamente, a saber, la hermosura y la riqueza excepcionales de la joven, la calumnia no produjo merma en los adoradores; sólo sirvió para que algún desengañado escupiese con más facilidad su bilis. Clementina ofrecía en sus modales y discursos, en esta edad, y la ofreció siempre después, cierta tendencia al _flamenquismo_, o sea a las formas desenvueltas, a la serenidad burlona, al desgarro especial de las chulas de Madrid. Semejante tendencia se hallará más o menos exagerada en toda la alta sociedad madrileña. Es un signo que la caracteriza y la distingue de la de otros países. Hay en esta inclinación que se observa en Madrid, en el alcázar como en la zahurda, algo de bueno: no es todo malo. Por lo pronto significa una protesta contra esa continua mentira que el refinamiento y la complicación de las fórmulas sociales trae siempre consigo. Es loable la corrección en los modales y la medida en las palabras; pero exageradas producen la frialdad tediosa que nuestros diplomáticos observan en los salones extranjeros. Clementina exageraba un poco su afición a las palabras y a los gestos flamencos. El gusto le había venido no se sabe cómo, por contagio tal vez de la atmósfera, dado que las señoras de su categoría no suelen alternar mucho tiempo con las chulas. Había tenido una doncellita nacida y criada en Maravillas. Esta fué en sus ratos de expansión quien le proporcionó mayor cantidad de vocablos y modismos. Luego su amistad con el torero que hemos mencionado; las relaciones que mantuvo después con algunos señoritos cultivadores del género; los teatros por horas, donde se copian, no sin gracia, las costumbres de la plebe madrileña; la amistad con Pepa Frías y otras aristocráticas _manolas_ fueron iniciándola poco a poco y la introdujeron al cabo en pleno flamenquismo. Fué entusiasta admiradora de los toros. Por milagro dejaba de asistir a una corrida desde su palco, ataviada con la consabida mantilla blanca y los consabidos claveles rojos. Y discutía las suertes, y fulminaba censuras, y tributaba aplausos, y era tenida entre los aficionados por acérrima y fervorosa _lagartijista._ El espectáculo nacional, animado y sangriento, estaba muy conforme con su naturaleza violenta, indómita. Cuando veía a otras señoras taparse los ojos o hacer otros melindres ante las peripecias de la corrida, reía sardónicamente, como si dudase de la sinceridad de su espanto. Entre los varios adoradores y solicitantes que su mano tuvo, y que entraban y caían de su gracia alternativa y rápidamente, llegó uno que logró fijar algo más su atención. Llamábase Tomás Osorio. Era un joven de veintiocho a treinta años de edad, rico, exiguo y delicado de figura, de rostro agraciado y genio vivo y resuelto. Supo hacerse valer más que los otros, o por cálculo o por verdadera independencia de carácter. Al entrar en amores con ella no se entregó por completo ni abdicó su voluntad. En cuantas reyertas de alguna importancia tuvieron durante sus largas relaciones, pues no duraron menos de dos años, mantuvo con energía su dignidad. Era de temperamento bilioso, soberbio, despreciativo como ella, confiado en su dinero, y poseía un donaire maligno que le daba prestigio entre las damas. Gracias a estas cualidades, Clementina no se cansó de él tan pronto como de los otros. Al cabo de dos años, sin embargo, cuando faltaban sólo algunos días para realizarse el matrimonio, rompieron de un modo sonado y hasta escandaloso. Todo Madrid se enteró. Los comentarios fueron infinitos. De ellos resultaba que quien había tomado la iniciativa para cortar las relaciones había sido el novio. Tales dichos, exactos o no, llegaron a oídos de Clementina e hirieron su orgullo tan vivamente, que le faltó poco para enfermar de ira. Pasó un año. Tuvo algún noviazgo de poca importancia. Osorio también galanteó a otras jóvenes. En ambos se conservaba vivo, no obstante, el recuerdo de sus amores. A ella la agitaba un deseo punzante de venganza. Mientras aquel hombre anduviese en sociedad tan contento como aparentaba, se sentía humillada. En él, a pesar de su disfraz de indiferencia, ardía el fuego del amor o por lo menos del deseo. Clementina había fascinado sus sentidos, había penetrado en su carne: por más esfuerzos que hacía no podía arrancarla de sí. A todas horas soñaba con ella, la veía ante sus ojos cada vez más incitante y apetecible. Cuanto más tiempo pasaba más crecía el fuego que le consumía y más esfuerzo y dolor le costaba adoptar un continente altivo e indiferente al encontrarse con ella en cualquier sarao. Clementina, con la sagacidad bastante común en las mujeres, llegó al cabo a adivinar que su antiguo novio seguía adorándola en secreto y sintió un regocijo maligno. Desde entonces no se vistió, no se adornó más que para él; para aturdirle, para fascinarle, para hacerle beber la amarga copa de los celos. De esta época data la fama ruidosa que adquirió como mujer elegante. Clementina en este punto era una gran artista. Sabía vestirse de tal modo que las telas, ni por sus vivos colores, ni por su riqueza, atrajesen demasiado la vista en perjuicio de la figura. Comprendiendo que el traje en la mujer no debe ser un uniforme sino adorno, un medio de hacer resaltar las perfecciones con que la naturaleza la hubiese dotado, no obedecía ciegamente a la moda. En cuanto ésta atentase poco o mucho a la exposición de su belleza, la esquivaba con valor o la modificaba. Rehuía los colores chillones, la profusión de lazos, los peinados complicados. Consideraba a su cuerpo como una estatua y la vestía como tal. De aquí una cierta tendencia, que constantemente se manifestaba en sus trajes, hacía el ropaje, esto es, hacia la amplitud de los pliegues, hacia la vestidura larga. Su figura gallarda, majestuosa, ganaba mucho de esta manera. Algo la pronunció después de casada, pero no llegó a exagerarla, retenida por su buen gusto. Solía vestirse de blanco. Con esto y con peinar sus cabellos del modo sencillísimo que los tiene la Venus de Milo, semejaba al parecer en los salones hermosa estatua que llegase de la Grecia. Una cosa hacía muy digna de censura en el terreno moral, aunque no lo sea en el del arte: descotarse con exageración. Una de las sumas bellezas que poseía era el pecho. Parecía amasado por las Gracias para trastornar a los dioses. No había en Madrid una garganta mejor modelada, ni un seno mejor puesto, más delicado, más atractivo. El deseo vanidoso de mostrarlo, no contenido por la vigilancia saludable de una madre, le hizo incurrir en más de una ocasión en las censuras de la sociedad. Porque la infeliz D.ª Carmen, a más de no hallarse muy al tanto de los usos sociales, era tan débil con los caprichos y fantasías de su hijastra, que los tomaba sin inconveniente por actos razonables, por expresión de su gusto indiscutible y su elegancia. Algún disgusto le proporcionó tal vanidad. En cierta ocasión, al presentarse en noche de baile en casa de Alcudia, la marquesa le dijo al saludarla: --Muy linda, muy linda, Clementina. Está usted admirablemente vestida.... Pero me parece que la han descotado mucho.... Venga usted conmigo, ya arreglaremos eso. Y la llevó a su tocador y con maternal solicitud le puso en el pecho unos céfiros que ocultaron lo que en realidad no debía mostrarse. La joven procuró disimular su vergüenza achacando la falta a la modista. No obstante se sintió tan humillada por aquella lección y por la sonrisa compasiva que la acompañó, que nunca más pudo ver desde entonces a la devota marquesa. Con este soplar incesante y adecuado, la llama de Osorio tomaba cada vez más incremento. Ya no era poderoso por más tiempo a guardarla en el pecho. Al cabo se confió a su hermana, que era amiga bastante íntima de la joven. Rogóla que tantease el terreno a ver si podía avanzar de nuevo el pie sin peligro de precipitarse. Mariana dió el recado. Clementina escuchólo con mal refrenada alegría y le metió los dedos en la boca hasta que la pánfila señora de Calderón desembuchó lo que tenía dentro y pudo convencerse de que Tomás ardía en amores por ella. Cuando se cercioró bien, respondió con palabras ambiguas y riendo: "Lo pensaría, lo pensaría.... Estaba muy agraviada por lo que se había dicho de la ruptura de sus relaciones.... Pero en fin, no le quitaba por completo las esperanzas". Se puso a meditar con atención sobre el medio de satisfacer las exigencias de su amor propio herido, y al cabo de algunos días formuló a Mariana la siguiente proposición: "Para que consintiese en dar su mano a Tomás, era indispensable que éste la pidiese de rodillas a sus padres delante de los testigos que ella elegiría a su gusto". A ninguna española de pura raza se le hubiera ocurrido semejante extravagancia. Precisa llevar en las venas sangre británica para concebir un refinamiento tan monstruoso de la soberbia. Cuando Osorio tuvo conocimiento de la resolución de su ex novia, se enfureció atrozmente; declaró con arrogancia que antes que pasar por tal humillación le harían cachos. No se volvió, pues, a hablar del asunto. Siguieron las cosas como antes. Mas como a pesar de sus rabiosos esfuerzos el gusano del apetito le roía cada vez con más crueldad las entrañas, el mísero, al cabo de dos meses, cayó en gran abatimiento. Sintióse desfallecer de amor y de deseo. No tuvo fuerzas para alejarse de Madrid. Volvió a rogar a su hermana que otra vez entablase las negociaciones. Clementina, que estaba bien penetrada ya de que le tenía en su poder, se mostró inflexible. O pasar por aquellas singulares horcas caudinas, o nada. Y Osorio pasó. ¿Qué había de hacer? Efectuóse la extraña ceremonia una tarde en casa de la novia. Al llegar a ella Osorio se encontró con unas veinte personas del sexo femenino, que Clementina había elegido entre las conocidas más envidiosas, las que más habían murmurado con motivo de su ruptura. Adoptó la mejor actitud para semejante caso. Grave, solemne, suelto de lengua y ademanes, dejando traslucir un poco de ironía, como si estuviese representando una comedia por satisfacer la fantasía de una enferma. Dijo algunas palabras previamente acerca de la historia de sus relaciones. Reconocióse culpable. Elogió desmesuradamente a Clementina, con tan poca medida, que en ocasiones parecía estar burlando. Se confesó indigno de aspirar a su mano. Por fin manifestó que siendo ella tan digna de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su mano, no creía hacer nada de más pidiéndola de rodillas a sus padres. Al propio tiempo dobló una. D.ª Carmen vino a levantarle riendo y le abrazó con efusión. Clementina también le dió un apretón de manos, más alegre al ver lo bien y dignamente que salía del paso, que satisfecha en su orgullo. La verdad es que en aquella ocasión sintió hacia él lo que nunca más volvió a sentir, una migaja de amor. Si hubo humillación en semejante escena resultó para ella, por la frescura y el aplomo desdeñoso con que su novio la llevó a término. Pero no importa. La mujer goza más viva y más íntimamente observando la superioridad del hombre que humillándole. Clementina fué feliz aquella tarde. Pero si Osorio salió bien del paso, no le perdonó jamás la intención de humillarle; porque era tan orgulloso como ella. La pasión frenética que le había inspirado sofocó por algún tiempo todo otro sentimiento. Su luna de miel fué tan pegajosa como breve. El choque entre aquellos dos caracteres, de igual obstinación y fiereza, era ineludible. Vino pronto y vino con una serie de pequeños desabrimientos que hicieron desaparecer en un instante del corazón de la joven los fugaces destellos de amor que su marido le había inspirado. En él duró más tiempo la pasión. El conocimiento que cada cual tenía del otro los hizo prudentes, rehuyendo un choque formidable que había de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo entre los murmuradores que Osorio, cansado de la indiferencia y los desdenes de su esposa, en una hora fatal de ira y desesperación la había ultrajado con su misma doncella y en el mismo tálamo nupcial. Después de esta escena, que no sabemos si se realizó con los pormenores horrendos que algunos contaban, quedó roto el matrimonio para siempre. Osorio, sin derecho ya para intervenir en la conducta de su mujer, se vió obligado a ser mero espectador de ella. Entregóse Clementina sin reserva, sin disimulo, puede decirse también que sin pudor, a todos los galanteos que se le ofrecieron. El, por su parte, para contrarrestar el ridículo, que a causa de ellos pudiera tocarle, dióse con más descaro aún a la disipación. Extrajo mujeres de las últimas clases sociales y las convirtió en señoras, rodeándolas de un lujo deslumbrador. La Felipa, la Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, que fueron queridas de muchos personajes, ministros, banqueros y grandes de España, lo habían sido antes de él. El fué quien, por medio de sus celestinas, las había sacado de la calle de la Paloma, del barrio de Triana en Sevilla o del Perchel, de Málaga, y había gozado de sus primicias. Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy poco, lo indispensable solamente. Para evitar la molestia que les produciría sentarse solos a la mesa tenían siempre algún convidado. Fuera se trataban con expansiva y natural confianza. Alguna vez Osorio iba a buscar a su esposa a última hora a la reunión o teatro donde se hallase. Pero esto era valor entendido en el mundo. Todos sabían a qué atenerse respecto a sus relaciones. Ordinariamente, Clementina salía del brazo de su amante. Charlaban largo rato en el _foyer_, a presencia de todos, esperando el coche. Entraba al fin en éste. Antes de partir todavía cambiaban en tono confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas. La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos después a juntarse en el dulce retiro de un gabinete particular. Cuando Clementina llegó a su casa eran las seis y media. Silbó el cochero. Salió de su pabelloncito el portero a abrir la puerta de la verja y luego la del coche. El mismo se encargó de pagar al cochero. La dama, sin decir una palabra, entró en el jardín, que era exiguo pero lindo y bien cuidado. Subió la escalera de mármol, debajo de una gran marquesina que ocupaba más de la mitad de la fachada del _hôtel_. No era éste muy grande, pero sí fabricado con lujo y arte, de piedra blanca de Novelda y ladrillo fino. Osorio lo había hecho construir hacía solamente cuatro o cinco años. Como los planos fueron largamente meditados y discutidos, ofrecía una adecuada distribución, que lo hacía más cómodo tal vez que el de su suegro, con ser este tres o cuatro veces mayor. Halló a un criado en el recibimiento. --Estefanía ¿dónde anda? --Hace ya un buen rato que ha llegado, señora. Atravesó un magnífico vestíbulo iluminado por dos grandes lámparas con bombas esmeriladas sostenidas por sendas estatuas de bronce, siguió por el corredor y tomó la escalera que conducía al principal sin tropezarse con nadie. Cerca ya del salón que daba ingreso a su _boudoir_, halló a Fernando, un criadito de catorce años vestido con librea muy cuca y adecuada a sus años. --¿Estefanía? --Debe de estar en la cocina. --Que suba inmediatamente. Entró en el _boudoir_, y yendo al espejo de cuerpo entero sostenido por dos pies derechos de madera dorada, se despojó del sombrero. Era el gabinete una pieza reducida, vestida toda ella de raso azul con cenefas de cartón-piedra imitando una guirnalda de flores. Sobre la chimenea, vestida también de raso, había dos magníficos candelabros y un reloj, obra de nuestros plateros del siglo pasado. Los enseres de la chimenea eran igualmente de plata. La alfombra blanca con cenefa azul. En medio un confidente forrado de tisú de oro. Butacas, sillas doradas. En el suelo dos grandes almohadones de pluma. En un rincón el espejo; en otro un escritorio de madera taraceada estilo Pompadour; en los otros dos unas columnas forradas de terciopelo azul sosteniendo dos quinqués que esclarecían ahora la estancia. Comunicaba esta pieza por un lado con el tocador de la señora y éste con su dormitorio; por el otro con un saloncito donde solía recibir a sus amigos los martes por la tarde o jugar al tresillo de noche con los íntimos. En el _boudoir_ sólo entraban algunas pocas amigas de confianza que iban a visitarla en horas no señaladas. Aquí era donde celebraba esos coloquios secretos, tan sabrosos para las mujeres, donde su pensamiento se vacía por entero, pasando de lo más escondido y profundo a las frivolidades del día, los pormenores del traje y de la moda. Pocos segundos después de quitarse el sombrero apareció Estefanía. Era una jovencita pálida con hermosos ojos negros. Vestía, dentro de su condición, con elegancia y primor. Por encima del traje traía un delantal color gris orlado de puntilla blanca. --¡Ya podías aguardarme, chiquilla! ¿Dónde estabas metida?--dijo con tono de mal humor y distraído a la vez la señora. --Estaba en la cocina.... Había ido a darle unas puntadas a la falda de Teresa, que se le ha roto en un clavo--repuso con afectada humildad la doncella. Clementina guardó silencio, absorta sin duda en sus pensamientos. Colocada frente al espejo se dejó despojar del abrigo, contemplándose al propio tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres hermosas sienten por sí mismas. --¿Has estado en casa de Escolar?--preguntó al cabo distraídamente. --Sí, señora. --¿Qué ha dicho? --Que no tiene ahora una seda tan doble en ese color, pero que si la señora quiere enviará por ella. --¡Puf! Para ese viaje no necesitamos alforjas.... ¿Y en _La Perfección_? --Sí, señora. Que el sábado enviarán los gorros. --¿Has preguntado cómo seguía el padre Miguel? --No he tenido tiempo.... ¡Está tan lejos!... --¿Cómo lejos? ¿Pues no has ido en coche? --No, señora.... Juanito me ha dicho que la yegua estaba desherrada.... --¿Por qué no te ha puesto uno de los caballos normandos? --No sé.... Siempre encuentra alguna disculpa cuando la señora me manda salir en coche. --Tal me parece.... Descuida, hija: ya arreglaré yo eso. ¡Bueno está el señor Juanito, con sus ínfulas de indispensable! Al echar una mirada a su doncella reflejada en el espejo, creyó observar algo extraño en sus ojos. Se volvió para mejor verlo. En efecto, Estefanía los tenía enrojecidos. --¡Tú has llorado, chica! --¿Yo?... No, señora, no. La manera de negarlo era hipócrita. La señora no tuvo necesidad de insistir mucho para que se lo confesase y aun la causa de su llanto. --El jefe, señora--comenzó a gimotear--, el jefe, que las ha tomado de poco tiempo a esta parte conmigo.... En cuando digo cualquier cosa, suelta la carcajada o dice una porquería.... Y los demás claro, los demás, como me tienen ojeriza porque la señora me quiere, y por adular al jefe, se ríen también.... Porque le he dicho hoy que se lo diría a la señora, me ha llenado de insolencias y me ha echado de la cocina. --¡Echado! ¿Y quién es él para echarte?--exclamó con ímpetu el ama.--Vé a llamarle. Es menester que yo caliente las orejas, lo mismo a ese necio que a Juanito. ¡Si nos descuidamos van a mandar en esta casa los criados más que los amos! --Señora ... yo no me atrevo. ¿Quiere que le envíe recado por Fernando? --Haz lo que quieras, pero llámale. Se había irritado vivamente al escuchar los sollozos de su doncella. Estefanía era su predilecta, a quien distinguía entre todos los criados y confiaba gran parte de sus secretos. Como todos los déspotas presentes y pasados, estaba dominada sin darse cuenta de ello. El carácter zalamero y adulador de la doncellita había ganado su corazón de tal manera, que con él, sin saberlo ella misma, le había entregado la voluntad. Estefanía era de hecho quien mandaba en la casa, pues que mandaba en la señora. El criado que no entraba en su gracia, podía prepararse a salir en plazo más o menos corto. Y sucedía lo que puede darse como regla segura en tales casos, que la preferida y amada de la señora era profundamente antipática a la servidumbre. No acaece esto solamente por esa pasión vergonzosa que en mayor o menor grado reside en todos los seres humanos, la envidia, sino también porque es condición precisa del hipócrita y adulador con el grande, ser al propio tiempo altanero y malévolo con el pequeño. Llamado por Fernando, a quien Estefanía dió el encargo, no tardó en presentarse en la puerta del gabinete el cocinero, con los atavíos del oficio, esto es, con mandil y gorra blanca; todo blanquísimo. Era un mocetón de treinta años, de rostro fresco y no desgraciado, con largas patillas negras. En el ceño que contraía su frente, en la preocupación que se observaba en sus ojos, comprendíase que ya sabía a qué venía llamado. Clementina se había sentado en el confidente. Estefanía se había retirado a un rincón y puso los ojos en el suelo al entrar el jefe. --Vamos a ver, Cayetano; acabo de saber que después de tratar con muy poca consideración a esta chica, la ha echado usted de la cocina. Le llamo para decirle que ni yo consiento que ningún criado trate mal a otro, ni usted está facultado para echar a nadie dentro de mi casa. --Señora ... yo no la he tratadu mal.... Es ella, la que nus trata mal a todus ... pincha aquí, pincha allá, sin dejarnus en paz--tartamudeó el cocinero con marcado acento gallego. --Bueno, pues si pincha aquí y pincha allí, ningunu de ustedes está facultadu para desvergonzarse con ella.... Se me dice a mí y concluído--, replicó vivamente la señora imitando el acento del jefe. --Es que.... --Es que, nada. Ya sabe usted lo que le he dicho. Hemos concluído--manifestó el ama con gesto imperioso. El cocinero, con la cara encendida y todo el cuerpo tembloroso, permaneció unos segundos inmóvil. Después, antes de retirarse, dirigió una larga mirada iracunda a la doncellita, que seguía con los ojos en el suelo con expresión hipócrita donde se traslucía el triunfo del amor propio. --¡Chismosa!--le vomitó al rostro más que le dijo. La señora se alzó de su asiento, y rebosando de cólera por tal falta de respeto, le dijo: --¿Y cómo se atreve usted a insultarla en mi presencia? Márchese usted pronto.... ¡Quítese de mi vista! --Señora, lo que le digu es que ella tiene la culpa.... --Pues si tiene la culpa, mejor.... Váyase usted. --Todus nus iremus de la casa, señora, porque a esa mentecata no hay quien la sufra. --Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese ido. Puede usted buscar otro sitio donde servir, que yo no tolero que ningún criado se me quiera imponer. El cocinero quedóse otra vez inmóvil y estupefacto ante aquella brusca despedida; pero reponiéndose en seguida giró sobre los talones, diciendo con dignidad: --Está bien, señora; lo buscaré. Clementina siguió murmurando después de haberse ido: --¡Pero qué atrevido es este gallegazo! ¿Habrá mastuerzo? No creo que a nadie más que a mí le toquen semejantes criados.... Apaciguándose de pronto por virtud de otra idea que le acudió, dijo: --Anda, ven a vestirme, que ya es tarde. Entró en su tocador seguida de Estefanía. Contra lo que debía presumirse, ésta tenía el semblante grave y nublado. Comenzó a despojarse rápidamente de su traje de calle para ponerse el de media ceremonia con que comía y recibía a sus íntimos por la noche, más claro siempre, con un pequeño descote y los brazos cubiertos. La doncella, a una indicación suya, sacó un traje color fresa exprimida del gran armario de espejo que ocupaba enteramente uno de los lienzos de la pared. Antes de ponérselo le arregló el pelo y le quitó las botinas bronceadas, sustituyéndolas con el zapato adecuado. No había abierto su boca la pálida doncellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada vez más tristeza y preocupación. Al fin, hallándose arrodillada a los pies de su ama, levantó los ojos para decirla tímidamente: --Señora, voy a rogarle una cosa ... que no despida a Cayetano. Clementina la miró con sorpresa: --¿Esas tenemos?... Conque después que has sido tú la que.... --Es que, señora--articuló Estefanía poniéndose todo lo colorada que permitía su tez--, si ahora le despide, me van los demás a tomar ojeriza. --¿Y a ti qué te importa? La doncella insistió con muchas veras y cada vez con palabras más suplicantes y persuasivas. La señora negó poco tiempo. Como el asunto era de poca monta y observaba no sin sorpresa el interés y aun ansiedad que su predilecta tenía en que el cocinero quedase, no tardó en concederlo, ordenándole que ella arreglase el asunto. Con esto el semblante de la chica se animó al instante, se puso como unas pascuas y comenzó a maniobrar en torno de su ama con extraordinaria presteza. Dos golpecitos dados en la puerta las sorprendió a ambas. --¿Quién es?--preguntó la señora. --¿Te estás vistiendo, Clementina?--se oyó de fuera. Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama no disminuyó por esto. Osorio subía rarísima vez a su cuarto estando ella sola. --Sí; me estoy vistiendo. ¿Hay gente abajo? --Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio.... Es que tengo que hablar contigo. Te espero aquí en el salón. --Bien; allá voy. Desde entonces hasta que terminó de arreglarse, Clementina guardó silencio obstinado, expresando en el rostro una preocupación sombría que no pasó inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar los últimos toques a los pliegues de la falda, había un ligero temblor, como el de las niñas que por primera vez se visten para ir a un baile. Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de arriba contiguo a su _boudoir_. Estaba sentado negligentemente en una butaca; pero al ver a su esposa se levantó, dejando caer previamente en la escupidera la punta del cigarro que fumaba. Clementina observó que estaba algo más pálido que de costumbre. Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y mal color que cuando se casó; pero en los últimos doce años se había gastado bastante su naturaleza. Muchas arrugas en la cara; el cabello gris y la barba también; los ojos menos vivos. Fué a cerrar la puerta que su mujer dejó abierta, y acercándose a ésta le dijo con afectada naturalidad: --El cajero me ha entregado hoy un recibo tuyo de quince mil pesetas.... Aquí está. Sacó la cartera y de ella un papelito satinado y oloroso, que presentó a su esposa. Esta lo miró un instante con semblante grave, sombrío, sin pestañear, y guardó silencio. --Hace quince días me entregó otro de nueve mil.... Aquí está. La misma operación, y el mismo silencio. --El mes pasado me presentó tres; uno de siete mil, otro de once mil y otro de cuatro mil.... Aquí los tengo también. Osorio agitó el puñado de papeles un instante delante de los ojos de la dama. Viendo que ésta no despegaba los labios, preguntó: --¿Estás conforme? --¿Con qué?--dijo secamente. --Con que son exactas estas partidas. --Lo serán si están firmados los recibos por mí. Tengo poca memoria, sobre todo en cuestiones de dinero. --Es una gran felicidad--repuso sonriendo irónicamente Osorio, mientras volvía a guardar en la cartera los papeles--. Yo también he intentado muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, el cajero se encarga siempre de refrescársela a uno.... ¡Bueno!--añadió, viendo que su mujer no replicaba--. Pues no he subido a otra cosa más que a hacerte una pregunta, y es la siguiente: ¿Crees que las cosas pueden seguir de este modo? --No entiendo. --Me explicaré: ¿crees que puedes seguir tomando de la caja cada pocos días cantidades tan crecidas como éstas? Clementina, que estaba pálida cuando entró, se había puesto fuertemente encarnada. --Mejor lo sabrás tú. --¿Por qué mejor?... Tú debes de saber adónde llega tu fortuna. --Bien, pues no lo sé--replicó refrenando con trabajo su despecho. --Nada más claro. Los seiscientos mil duros que tu padre me ha entregado al casarme, como están en fincas producen, según puedes enterarte de los libros, unos veintidós mil duros. El gasto de la casa, sin contar con el mío particular, suma bien tres veces esa cantidad.... Saca ahora, si quieres, la consecuencia. --Si te pesa que se gaste de tu dinero, puedes vender las casas--dijo Clementina con desdeñosa sequedad, volviendo a ponerse pálida. --Es que si se vendiesen, mañana sería yo responsable con mi dinero de su importe. ¿No sabes eso? --Firmaré cualquier papel diciendo que no se te haga cargo de nada. --No basta, querida, no basta. La ley no me exime nunca de responder de la dote mientras tenga dinero.... Además, si tú te lo gastases _alegremente_ (recalcó esta palabra), el negocio sería para ti muy bueno, pero para mí deplorable, porque siempre me quedaba en la obligación de ... subvenir a tus necesidades. --¿De mantenerme, verdad?--dijo ella con ironía amarga. --Quería evitar esa palabra ... pero, en efecto, es la más exacta. Hablaba Osorio en un tonillo impertinente y protector que estaba desgarrando por varios sitios la soberbia de su esposa. Desde las feroces reyertas que habían producido su separación debajo del mismo techo, no habían tenido una entrevista de tal especie como la presente. Cuando por la convivencia se originaba algún rozamiento, resolvíanlo por una breve y seca explicación de pasada, en que ambos, sin deponer el orgullo, usaban de prudencia por temor del escándalo. Pero ahora el asunto tocaba en lo más vivo a Osorio. Para un banquero, por espléndido que sea, lo más vivo es el dinero. Además su amor propio, aunque otra cosa aparentase, había sufrido mucho en los últimos años. No basta fingir indiferencia y desdén ante los extravíos de una esposa; no basta pagarle en igual moneda paseándole por delante de los ojos las queridas, hacer gala de ellas ante el público. Las armas serán iguales, pero las heridas que la mujer causa son más profundas y más graves que las del hombre. El malestar que la conducta libre de su esposa le causaba no disminuía con el tiempo. El abismo que los separaba era cada vez más profundo. Por eso, la airada venganza cogía esta ocasión por los pelos. Clementina le miró un instante. Luego, encogiéndose de hombros y haciendo con los labios una leve mueca de desdén, dió la vuelta y se dispuso a salir de la estancia. Osorio avanzó unos pasos colocándose entre ella y la puerta. --Antes de irte quiero que sepas que el cajero tiene orden de no pagar ningún recibo que no vaya visado por mí. --Enterada. --Para tus gastos tendrás una cantidad fija, que ya determinaremos cuál ha de ser. No quiero más sorpresas en la caja. Clementina, que iba a salir por la puerta de la antesala, retrocedió para hacerlo por la de su _boudoir_. Antes de desaparecer, teniendo el portier levantado con una mano y encarándose con su marido, le dijo con reconcentrada ira: --Al fin resultas un puerco como tu cuñado; sólo que éste no las echa como tú de generoso. Dejó caer el portier y dió un gran portazo. Osorio hizo un movimiento para arrojarse detrás de ella; pero reponiéndose instantáneamente gritó más que dijo para que le oyese bien: --¡Es claro! soy un puerco porque no quiero mantener señoritos hambrientos. ¡Que los mantengan las viejas que los utilizan! Después de proferida esta ferocidad quedó satisfecho al parecer, porque en sus labios se dibujó una sonrisa de triunfo y sarcasmo. Cinco minutos después ambos esposos estaban en el comedor riendo y bromeando con los tres o cuatro convidados que tenían. IV #Cómo alentaba a la virtud el señor duque de Requena.# A ver, a ver, explica eso. --Señor duque, el negocio es clarísimo. Hoy he hablado con Regnault. La mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vías y estableciendo maquinaria a propósito, una mitad más de lo que actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento cincuenta mil duros. --Me parece mucho. --¿Mucho, para un resultado como ese? --No; me parecen muchos frascos. --Pues a mí no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un ingeniero inteligente y práctico. Seis años ha estado explotando las de California. Además, el ingeniero inglés que ha ido con él asegura lo mismo. Los que así hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no había apelativo designado para él. Llamábasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano, alto, huesudo, de rostro pálido y anguloso, brazos y piernas larguísimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se sabía a qué horas comía ni dormía. Cuando llegaba a las ocho de la mañana al escritorio, ya traía hecha la tarea de cualquier hombre en todo el día. A las doce de la noche aún se le podía ver muchas veces con la pluma en la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres, que poseen todos los que han de lograr éxito feliz en el mundo, Salabert penetró, al poco tiempo de tenerle por ínfimo escribiente, el carácter y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideración en apariencia, porque esto no entraba jamás en su proceder, se la dió de hecho acumulando sobre él los trabajos de más importancia. En poco tiempo llegó a ser el hombre de confianza del célebre especulador, el alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los demás empleados y de ella se servía Salabert para cargarlos de trabajo en horas excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que tenía en construcción y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al año. El dependiente se creía bien retribuido, considerábase feliz pensando que hacía seis años nada más, ganaba mil quinientas. Todos los días, antes de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y conversaba con él un rato largo o corto según las circunstancias. El duque tenía las oficinas en los altos de su palacio del paseo de Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardín que, por lo amplio, merecía el nombre de parque. En el verano, los árboles, tupidos de follaje, apenas dejaban ver la blanca crestería de la azotea. En el invierno, las muchas coníferas y arbustos de hoja permanente que allí crecían, le daban todavía aspecto muy grato. Era el centro de reunión de todos los pájaros del distrito del Hospicio. Tenía acceso por una gran escalinata de mármol. Además del piso bajo donde se hallaban los salones de recibir y el comedor poseía otros dos. Parte del último era lo que ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le bastaba para la dirección de sus negocios con una docena de empleados expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario valía no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo atribuía a su dueño. Esta y otras contradicciones parecidas se irán resolviendo según vayamos penetrando en su carácter, uno de los más curiosos y más dignos de fijar la atención del lector. Las cocinas estaban en los sótanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tenía por complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecían gran número de arbustos y flores exóticas y donde el agua que manaba profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en edificio aparte al extremo del jardín, lo mismo que la habitación de algunos criados, no todos. El duque, repantigado en el único sillón que había en el despacho de Llera, mientras éste se mantenía frente a él de pie dando vueltas en la mano a unas grandes tijeras de cortar papel, paseó tres o cuatro veces de un ángulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar a las últimas palabras de su secretario. Al fin gruñó más que dijo: --¡Hum! El ministro está cada día más terco. --¡Qué importa! ¿No sabe usted el secreto de hacerle ceder?... Telegrafíe usted a Liverpool y antes de quince días el frasco de azogue baja desde sesenta a cuarenta duros. El duque de Requena había formado por iniciativa y consejo de Llera, hacía cuatro años, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este producto había subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con un depósito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al Gobierno. Esto, realizado en la época misma del pago del empréstito de cien millones de pesetas que el Gobierno había hecho hacía diez años a una casa extranjera, le empujaría a pensar en la venta de la mina de Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos millones, subvencionando periódicos y personajes, podía darse por seguro el éxito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venía desenvolviéndose con regularidad y tocaba a su término. --Allá veremos--manifestó el opulento banquero quedándose unos instantes pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, será necesario formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso. --¡Claro que se formará! --El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio más de ocho millones de pesetas. --Eso ya es otra cosa--manifestó Llera poniéndose serio--. Apoderarse de un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La gerencia irá a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto por ciento mayor o menor.... ¡es decir, a nada! --Verdad, verdad--masculló Salabert quedándose otra vez profundamente pensativo. Llera también permaneció silencioso y meditabundo. --Ya le he indicado a usted el único medio que hay para conseguir la dirección.... Este medio consistía en tomar una cantidad bastante crecida de acciones en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las que se pudiesen; luego comenzar a venderlas más baratas, hasta llegar a producir el pánico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo durante algún tiempo éste era el medio que proponía Llera para conseguir la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad más una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veía tan claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz, minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veían acometer empresas de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudiéramos llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacía en su cerebro; le venía de afuera. Pero en él germinaba y se desarrollaba quizá como en ningún otro de España. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor, penetraba hasta las últimas fibras, lo contemplaba en sus múltiples aspectos, y una vez convencido de que le reportaría ventajas, se lanzaba sobre él con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus dotes de especulador había producido el engaño del públíco. Estaba bien convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier vacilación resultaba perjudicial. Tal audacia no procedía, pues, directamente de su temperamento, sino de la reflexión. Era una muestra de su astucia incomparable. Por lo demás, su fondo era tímido. Este defecto, en vez de corregirse con la felicidad casi nunca interrumpida de sus éxitos, se aumentaba cada día. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez más avaro. Además, con los años, el pesimismo va penetrando en el espíritu del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones, nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibía pingües ganancias. Si por acaso no obtenía ninguna o había leve pérdida, creía el caso digno de ser lamentado largamente. Así que, sin el concurso de Llera, sin su carácter osado y su imaginación fecunda en invenciones, el duque de Requena haría ya tiempo que no se aventuraría en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que había perdido de inventiva y audacia habíalo reemplazado por un tacto y habilidad verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que sólo la edad y una atención constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que Llera y él se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este conocimiento del corazón humano llegaban en Salabert a pecar de excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los hombres, mirándoles siempre del lado de los intereses materiales, había llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y le expuso a serios percances. Quizá lo que veía en los otros no era más que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos. Para él no había hombre ni mujer incorruptibles. Un poco más caras o un poco más baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los últimos años el soborno llegó a ser en él una manía. Si tropezaba con personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacían de buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecía. Era una de las tareas más pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los proyectos de soborno cuando recaían en hombres que sin duda habían de rechazarlos con indignación. Si tenía un pleito, lo primero que pensaba era cuánto dinero iban a costarle los magistrados que habían de fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba _in mente_ la cantidad que debía destinar al ministro o al subsecretario o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lápiz negro que tenía siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones. El duque de Requena ni tenía sentido moral ni nunca lo había conocido. Su vida de granuja anónimo en Valencia, estaba señalada por una serie de travesuras y mañas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas para sacar al prójimo su dinero, que lo hicieron digno émulo del _Lazarillo de Tormes, El pícaro Guzmán de Alfarache_ y otros héroes famosos de la novela española. Por cierto que antes de ir adelante conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo había puesto a Salabert el sobrenombre de _El pícaro Guzmán_ con que le conocían. Pero este apodo no salió del círculo de amigos. Mejor éxito tuvo una frase del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del duque. Decía que a estas iniciales A.S. debía ponérseles signo de admiración para que dijeran: _¡A Ese!_ Contábase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde había ido a buscar fortuna, compró un tabernucho en los arrabales de la Habana, con todo su mobiliario, incluyendo en él una negra destinada a su servicio. Esta negra, durante los años que tuvo aquel comercio, fué su criada, su ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a España, liquidó sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la negra.... ¡y los hijos! Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la subasta de carreteras, cediéndolas unas veces con primas, otras construyéndolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los empréstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplegó nuestro negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "órgano de la adquisividad" tan poderoso, que con razón le hicieron célebre entre los personajes de la banca. No era antipático su trato. Al revés de casi todos los que aspiran a las riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las palabras. Era más bien brusco que cortés; pero sabía admirablemente distinguir de personas y se suavizaba cuando hacía falta. Esta misma tosquedad nativa servíale para disfrazar lo astuto y sutil de su pensamiento. Parecía que aquel exterior burdo, rústico, aquellos modales exageradamente libres y campechanos no podían menos de guardar un corazón franco y leal. Era (por fuera nada más) el tipo acabado del castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o mucho según le convenía, se expresaba con dificultad real o fingida (que esto nunca llegó a averiguarse), tenía de vez en cuando salidas chistosas, aunque siempre tocadas de grosería, y solía decir en la cara algunas cosas desagradables que le hacían temible en los salones. La preponderancia adquirida por sus riquezas había hecho crecer este último defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solía hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergüenza; signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando tropezaba con un personaje político de los que a él le convenía tener propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se transformaba en adulación y casi casi en servilismo. Mas esta farsa, aunque admirablemente desempeñada, no engañaba a nadie. El duque de Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creía ya alguno en sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachón. Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo confianza y alegría. Como sucede a todos los que han conseguido elevarse, los defectos que universalmente se le reconocían, mejor dicho, la mala fama que tenía, no era obstáculo para que se le respetase, para que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de él. Los hombres muchas veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocía esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y abusaba de ella. Muchos que vivían con independencia, no sólo le toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algún amigo de la infancia, sino que apetecían y buscaban su trato. --Veremos, veremos--repitió de nuevo cuando Llera le recordó el medio de apoderarse de la gerencia--. Tú eres muy fantástico; tienes la cabeza demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aquí lo que con las alhóndigas. Por consejo de Llera, el negociante había construído alhóndigas en algunas capitales de España, las cuales no habían tenido el éxito que esperaban. Como después de todo el negocio no era de gran entidad, las pérdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las había llorado como si lo fuesen y no había escaseado a su secretario frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto. Servíale de arma para despreciar sus planes, aunque después los utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su hacienda. Teníale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto a cualquier trabajo por enojoso que fuera. Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistió en afirmar que el negocio de ahora era de éxito infalible si se le conducía por los caminos que él señalaba. Salabert cortó bruscamente la discusión pasando a otros asuntos. Informóse rápidamente de los del día. La pérdida de una fianza que había hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de sí, bufó y pateó como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamó animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera, que su bondadoso corazón concluiría por arruinarle. La pérdida, en total, representaba unas veintidós mil pesetas. Las fianzas que el duque hacía por sus más íntimos amigos o parientes eran del tenor siguiente: Las hacía generalmente en papel, exigía al afianzado un seis por ciento del capital depositado, y se encargaba además de cortar y cobrar los cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos los tenedores de valores del Estado, le producía un seis por ciento más. Así eran los negocios que el duque hacía, no tanto por interés como por impulso irresistible de su corazón. Salió furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y aprendiendo allí que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de cuenta corriente, él mismo recogió el _talón_ después de firmarlo. Debía pasar por allá a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningún trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salió a pie como era su costumbre por las mañanas. En las hermosas coníferas que bordaban los caminos del jardín-parque cantaban alegremente los pájaros. Se comprendía que no habían puesto fianza alguna y la habían perdido. El señor duque maldita la gana que tenía de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Pasó de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los jardineros y del portero, mordiendo con más ensañamiento que nunca su enorme cigarro. En la calle no tardó en colorearse un poco su rostro. Tuvo un encuentro agradable y útil. El presidente del Consejo de Estado, a quien le gustaba también madrugar, le saludó en el paseo de Recoletos. Hablaron algunos momentos y los aprovechó para recomendarle, con la brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas marismas en que estaba interesado. Después, a paso lento, mirando con sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniéndolos particularmente en las frescas domésticas que regresaban a sus casas con la cesta de la compra llena y las mejillas más coloradas por el esfuerzo, se dirigió al Banco de España. Era mucha la gente que le quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenía un instante, daba un apretón de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro palabras en tono familiar y desenfadado, seguía su camino. Era temprano aún. Antes de llegar al Banco se le ocurrió subir a casa de su amigo y compariente Calderón. Tenía éste su almacén y su escritorio en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo había dejado, esto es, pobrísimo de apariencia y hasta lóbrego y sucio. En aquel local, donde la luz se filtraba con trabajo al través de unos cristales polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor de las pieles curtidas llegaba a producir náuseas, el viejo Calderón había ido amontonando con mecánica regularidad duro sobre duro, onza sobre onza, hasta formar algunas pilas de millón. Su hijo Julián nada había cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros más ricos de Madrid, no había querido prescindir del almacén de pieles, y eso que este comercio, comparado con el de letras y efectos públicos que la casa llevaba a cabo, poco le representaba. Calderón era un tipo de banquero distinto de Salabert. Tenía un temperamento esencialmente conservador, medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la ganancia pequeña a la grande cuando ésta se logra con riesgo. De inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda empresa nueva le parecía una locura. Cuando veía fracasar a un compañero en alguna, sonreía maliciosamente y se daba a sí mismo el parabién por el gran talento de que estaba dotado. Si rendía ganancias, sacudía la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir será el reir". Económico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su casa. Si la tenía puesta con relativo lujo había sido a fuerza de súplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque había llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio exteriormente si había de competir con los muchos e inteligentes banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habían cambiado mucho desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la plaza. Pero después de comprados cuidaba con tal esmero de la conservación de los muebles, exigía tal refinamiento de vigilancia a los criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada vez que el cochero le decía que un caballo estaba desherrado, era un disgusto. Tenía un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las mimaba tanto o más que a sus hijos. Sacábalas a paseo por las tardes; pero no le conducían al teatro por miedo a una pulmonía. Prefería que su mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la pérdida de una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponía enferma, lo que pasaba por nuestro banquero. La preocupación, el abatimiento se pintaban en su semblante. Visitábala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no había buen humor en la casa. Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razón. La apatía de su mujer era tan grande, que si él no se encargase de tomar la cuenta a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe cómo andaría la casa. Mariana no disponía ni ejecutaba nada. Su papel era el de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera se creería humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para los menesteres más insignificantes de la vida doméstica. Ella juzgábalo natural, y sobre todo muy cómodo cuando la sórdida economía de Calderón no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra esta exclusiva centralización de las atribuciones administrativas era su madre, aquella señora delgadísima, de ojos hundidos, de quien hicimos mención en el primer capítulo. Tales protestas no eran, sin embargo, frecuentes ni duraderas. En el fondo había un acuerdo perfecto entre la suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a quien había ayudado a labrar su capital, era más amante aún del orden y la economía, mejor dicho, era todavía más tacaña que él. Por esto no había podido vivir jamás con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderón, su papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual desempeñaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella. Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento, la guardaba más consideraciones que a ésta. Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderón y casi tan tímido, pero mucho más inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena dosis de fanfarronería: su avaricia por un conocimiento profundo de los hombres. Sabía bien que el aparato, la ostentación de las riquezas, influye notablemente hasta en el ánimo de los más despreocupados; contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer empresas importantes. De aquí el lujo con que vivía, su palacio, sus trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad madrileña. El carácter de Calderón le inspiraba un desprecio profundo: al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequeñez de su amigo se crecía, contemplábase más grande de lo que en realidad era y experimentaba viva satisfacción. No se juzgaba solamente más hábil, más astuto (únicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y liberal, casi un pródigo. Penetró resoplando en el tenebroso almacén de la calle de San Felipe Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los dependientes, para los cuales el duque de Requena no era sólo el primer hombre de España, sino un ser sobrenatural. Producíales su vista la misma impresión de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoración que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundían su frente en el polvo como aquéllos, por lo menos se ponían colorados hasta las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el papel ni prestaban atención a lo que el parroquiano les decía. Mirábanse con señales de pavor y decíanse en voz baja lo que de sobra sabían todos: "¡El duque!" "¡El duque!" "¡El duque!" El duque pasó, como solía cuando por casualidad iba por allí, sin dignarse arrojarles una mirada, y se fué derecho al pequeño departamento donde Calderón solía estar. Mucho antes de llegar a él comenzó a decir en voz alta: -¡Caramba, Julián! ¿cuándo saldrás de esta cueva? Esto no es una casa de banca; es una cuadra. No tiene vergüenza el que viene a visitarte. ¡Puf! ¿Pero desolláis aquí también las reses, o qué? Hay un hedor insufrible. Calderón ocupaba, al final del almacén, un rincón separado del resto por un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar, pues, todas las palabras de su amigo antes que éste empujase la mampara. --¡Qué quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los dependientes de la filípica--; no todos somos duques ni se nos enredan los millones en los pies. --¡Qué millones! ¿Se necesitan millones para tener un despacho limpio y confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julián; eres un pobre y toda la vida lo serás. Yo con mil reales seré más rico siempre que tú con mil duros; porque sé gastarlos. Calderón gruñó algunas protestas y siguió trabajando. El duque, sin quitarse el sombrero, dejóse caer en la única butaca que allí había forrada de badana blanca, o que debió de ser blanca. Ahora presentaba un color indefinible entre amarillo de ámbar, ceniza y verde botella, con fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos. Había además tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en idéntico estado, una estantería de pino llena de legajos, una caja pequeña de valores, una mesa de escribir antiquísima de nogal y forrada de hule negro, y detrás de ella un sillón tosco y grasiento donde se hallaba sentado el jefe de la casa. Aquel pequeño departamento estaba esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no pudiesen registrarlo había visillos que, a más de ser de lo más ordinario y barato en el género, ofrecían la curiosa circunstancia de ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo. --Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de pieles, que no es digno de un hombre de tu representación y tu fortuna. --Fortuna ... fortuna--masculló Calderón sin dejar de mirar el papel en que escribía--. Ya sé que se habla de mi fortuna.... ¡Si fuésemos a liquidar, quién sabe lo que resultaría! Calderón no confesaba jamás su dinero: gozaba en echarse por tierra. Cualquier alusión a su riqueza le molestaba en extremo. Por el contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible. --Además--siguió diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene son cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo gastado este año, vamos a ver? --Poca cosa--respondió el duque con sonrisa despreciativa. --¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aún estamos en Noviembre. --¿Qué dices?--manifestó el duque con viva sorpresa--. No puede ser. --Lo que oyes. --Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julián.... A no ser que en esos setenta y cinco mil duros estén incluidos los gastos de la casa que estás fabricando en el Horno de la Mata. --Pues naturalmente. Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, que por poco se ahoga. Cayósele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompañando a la risa, fué tan vivo, que parecía que iba a desplomarse presa de la congestión. --¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gracia eso!--dijo al cabo entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me había ocurrido hasta ahora.... De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi casa todas las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer con más gasto que un rey. La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y corrió extraordinariamente a Calderón. --No sé a qué viene esa risa.... Si sale de la caja, en el capítulo de gastos está.... De todas maneras, Antonio, más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. El duque, de algún tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo y compañero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que había de efectuarse la subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de consideración. D. Julián lo era, tanto por el capital que representaba, como por su carácter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en cualquier especulación la acreditaba de segura, y esto era lo que Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambió la conversación. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseía bajo su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su previsión en cierto negocio fracasado donde no se dejó coger, desollando a otros negociantes enemigos y reconociéndole tácitamente sobre ellos superioridad de talento y penetración. Cuando le tuvo bien trasteado, hablóle por tercera o cuarta vez, en términos vagos, del negocio de la mina. Ofrecíalo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. ¡Si algún día fuera posible comprar esa mina, qué gran negocio! No había conocido otro más claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f..., con un poco de habilidad y trabajándolo bien, acaso con el tiempo.... Para entonces necesitábanse algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen capital. Si no los hallaba en España, iría al extranjero a buscarlos.... Calderón, al oir hablar de un negocio, se encogía como los caracoles cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que el duque le suministraba, que le obligó a meterse de golpe en la cáscara. Así que Salabert comenzó a precisar un poco, púsose torvo y sombrío, mostróse receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen a exigir una cantidad exorbitante. Cuando hubo concluído su largo discurso, un poco incoherente, que parecía más bien un monólogo, el duque se levantó bruscamente. --Vaya, Julianito, me voy de aquí al Banco. Al mismo tiempo sacó otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque no fumaba, lo encendió por fórmula, pues los dejaba apagarse en seguida para seguir mordiéndolos. D. Julián respiró con satisfacción. --¡Tú siempre con esa actividad febril!--dijo, sonriendo y alargándole la mano. --¡Siempre detrás del dinero! Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderón se acordó de que podía utilizar aquella visita. --Oye, Antonio: tengo ahí un montón de _londres_.... ¿Las quieres? Te las doy baratas. --No me hacen falta ahora. ¿Cómo las cedes? --A cuarenta y siete. --¿Son muchas? --Ocho mil libras entre todas. --Siento no necesitarlas. Es buena ocasión. Adiós. Trasladóse al Banco, asistió a la reunión, y después de hacer efectivos los nueve mil duros del _talón_, salió con su amigo Urreta, otro de los célebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se dieron la mano para despedirse. --¿Adónde va usted?--le preguntó Salabert. --Voy de aquí a casa de Calderón, a ver si puede facilitarme _londres_. --Es inútil el paseo--repuso vivamente el primero--. Todas las que tenía acabo yo de tomárselas. --Hombre, lo siento. ¿Y a cómo se las ha puesto? --A cuarenta y seis, diez. --No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun así las tomaría. --¿Le hacen a usted falta de verdad?--dijo Salabert echándole al mismo tiempo el brazo sobre los hombros. --De verdad. --Pues voy a ser su Providencia. ¿Qué cantidad necesita usted? --Bastante. Diez mil libras lo menos. --No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde. El rostro de Urreta se iluminó con una sonrisa de agradecimiento. --¡Hombre, no puedo permitir!... A usted le harán falta también.... --No tanto como a usted.... Pero aunque así fuera.... Ya sabe usted que se le quiere mucho. Es usted el único guipuzcoano con talento que he tropezado hasta ahora. Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas en el hombro. Estrecháronse de nuevo la mano, y después que Urreta se deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese tono brusco y campechanote que tanto realza el mérito de cualquier servicio, se despidieron. El duque tomó inmediatamente un coche de alquiler. --A la calle de San Felipe Neri, número.... --Está bien, señor duque--repuso el cochero. Alzó la cabeza el prócer para mirarle. --¡Hola! ¿Me conoces? Y sin aguardar la contestación se metió adentro y cerró la portezuela. --Julián.... Julián--gritó a su amigo antes de abrir la mampara del escritorio--. Vengo a hacerte un favor.... ¡Qué suerte tienes, maldito! Mándame esas _londres_ a casa. --¡Hola!--exclamó el banquero con sonrisa triunfal--. ¿Las necesitas? --¡Si, f...., sí! Siempre me ha de hacer falta a mí lo que a ti te conviene soltar.... Adiós.... Y sin entrar en el despacho dejó libre la mampara de resorte que tenía sujeta y se fué. Dió las señas al cochero de un hotel situado en el barrio Monasterio y se reclinó en un ángulo, mordiendo su cigarro y resoplando con evidente satisfacción. Experimentóla nuestro banquero después de cometer aquella granujada, después de despojar a su amigo Calderón de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de justicia o de caridad. Su imaginación, siempre alerta para los asuntos donde hubiese dinero, vagó, mientras el carruaje le conducía al Hipódromo, al través de los varios negocios en que estaba comprometido; pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La combinación de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo, tenía sus puntos flacos. A reforzarlos se aplicó con el pensamiento, hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de construcción barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacían semejar a las obras de confitería. Apresuróse el portero a abrirle con acatamiento. Salvó en tres pasos el diminuto jardín. Al subir las pocas escaleras del piso bajo salió a la puerta una criada joven. --Hola, Petra: ¿y tu ama? --Duerme todavía, señor duque. --Pues ya son las doce--dijo sacando su cronómetro--. Voy a subir de todos modos. Y pasando por delante de ella, entró en la antesalita ochavada. Despojóse del gabán que la doméstica recibió y se encargó de colgar. Subió al piso principal. El dormitorio donde penetró era un gabinete con alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de sus habitaciones, observábase la mano del mueblista que cumple el encargo que le han dado, según el patrón corriente. Las puertas de madera del balcón estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una mesilla de centro y un armarito para colocar chucherías. Observábase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, corsé, medias, andaban esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo había algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del centro una licorera con las botellas casi vacías y las copas fuera de su sitio. El duque echó una mirada torva a esta licorera y alzó suavemente la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de ébano con incrustaciones de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanquísima, y cabellos negros, negrísimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una posición de animal bien cebado. Hasta en el sueño es posible conocer la condición y espiritualidad de la persona. Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujetó con cuidado, y sentándose en una butaquita que había al lado de la cama, se puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y delicadas: perfil griego, frente pequeña y bonita, nariz recta, labios rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de alabastro y nácar, de rosas y leche, debajo de la cual corría la vida abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos, manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo frío del tiempo, tenía un brazo y casi medio cuerpo fuera de las sábanas. Verdad que en el gabinete ardía con vivo e intenso fuego la chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo más hermoso y mejor torneado que pudiera verse en el género. Pero la mano que estaba al cabo de este brazo no correspondía a su belleza. Era una mano donde la holganza presente no había conseguido borrar las huellas del trabajo pasado, mano pequeña, pero deformada, con los dedos macizos y aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado. Aunque el banquero no se movía, la fijeza y avidez de sus ojos posados sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magnética. Al cabo de algunos minutos cambió de postura, suspiró con fuerza y abrió los ojos, que eran negros como la tinta. Fijáronse un instante con vaga expresión de asombro en el duque, y cerrándolos de nuevo murmuró una interjección de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de que había hecho una cosa fea, dió la vuelta, abrió de nuevo los ojos y dijo sonriendo: --¡Hola! ¿Eres tú? Al mismo tiempo le alargó la mano. El duque se la estrechó, y alzándose de la butaca le dió un sonoro beso en la mejilla, diciendo: --Si quieres dormir más te dejaré. No he venido más que a darte un beso. Pero no era uno, sino buena porción los que le estaba aplicando en ambas mejillas. La joven frunció el entrecejo, disgustada de aquellas caricias, que por venir de un viejo no debían de serle agradables. Además, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la manía de morder el tabaco, solían estar sucios. ¡Quita, quita!--dijo al fin rechazándole--. No me sobes más. Bastante me has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eché sobre mí un frasco de rosa blanca y todavía a las doce de la noche me olía mal. --Olor de tabaco. No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo. Esta salida brutal no despertó la indignación del duque como era de presumir. Soltó una carcajada y le dió una palmadita cariñosa en la mejilla. --Pues no me salen baratos los besos. Tampoco esta cínica replica alteró a la bella, que en el mismo tono de mal humor dijo: --Ya lo creo. Y cuantos más años tengas, más caros te irán saliendo.... Dame un cigarro. El duque sacó la petaca. --No traigo más que tabacos. --No quiero eso.... Ahí, sobre ese chisme de escribir, debe de haber. Tráeme. El banquero tomó de encima de un pequeño escritorio taraceado algunos cigarritos y se los presentó. La joven preparó uno con la destreza de un consumado fumador y lo encendió con el fósforo que el duque se apresuró a sacar. Este intentó otra vez aproximar sus labios repugnantes al hermoso rostro de la fumadora, pero fué rechazado con violencia. --¡Mira, o te estás quieto o te vas!--dijo ella con energía--. Siéntate ahí. Y le señaló la butaquita próxima al lecho. El banquero se dejó caer en ella, mirando a la joven con sus grandes ojos saltones, que expresaban temor. --Eres una gatita cada día más arisca. Abusas de mi cariño, mejor dicho, de mi locura. Poseía, en efecto, uno de los temperamentos más lúbricos que pudiera encontrarse. Toda la vida había sido, en achaque de mujeres, ardiente, voraz. En vez de corregirse con los años, esta afición fué creciendo hasta dar en una manía repugnante. Era notoria en Madrid. Sabíase que para satisfacerla, después que había llegado a la opulencia, tuvo mil extraños caprichos que pagó con enormes caudales. Se le habían conocido queridas de extraños y remotos países, entre ellas una circasiana y una negra. Era en realidad esta pasión la compuerta por donde se escapaba como un río su dinero. Pero era al mismo tiempo el único que no le dolía gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo mantenía por cálculo y por fanfarronería, pero le pesaba en el alma, aunque aparentase otra cosa. Allá, en las intimidades secretas de su casa, cuando no había de trascender al público, escatimaba, regateaba, sustraía de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese; no tenía inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban entregábalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus trabajos y desvelos, sus grandes y continuos cálculos para extraer el jugo a los negocios no tuviesen otra significación ni otro destino que el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad. Entre las muchas queridas pagadas que había tenido, ninguna adquirió tanto ascendiente sobre él como la que tenemos delante. Era ésta una joven de Málaga, llamada Amparo, que hacía tres o cuatro años vendía flores por los teatros y tenía su kiosco en Recoletos. Desde luego llamó la atención por su belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los elegantes. Festejáronla, persiguiéronla, y aunque al principio resistió a los ataques, cuando éstos vinieron en forma positiva, se dejó vencer. Fué, durante algún tiempo, la querida del marqués de Dávalos, un joven viudo con cuatro hijos, que gastó con ella sumas cuantiosas que no le pertenecían. Por gestiones activas de su familia, por escasearle ya el dinero y por desvío de la misma Amparo, que halló otro pollo mejor para desplumar, se rompió esta relación, no sin sentimiento tan vivo del joven marqués que le produjo cierto trastorno intelectual. Después del sustituto de éste, tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocracia de la sangre y el dinero. Fué conocida y popular en Madrid con el nombre de Amparo la malagueña. En los paseos, en los teatros, adonde acudía con asiduidad, constituyó durante tres o cuatro años un precioso elemento decorativo. Porque a más de su hermosura singular, había llegado a adquirir en poco tiempo, si no distinción, elegancia. Sabía vestirse, facultad que no es tan común como parece, sobre todo en esta clase de mujeres. Tenía bastante instinto para buscar la armonía de los colores, la sencillez y pureza de las líneas. No pretendía llamar la atención, como la mayor parte de sus iguales, por lo exagerado de los sombreros y el vivo contraste de los colores. Por ésta razón había entre las damas madrileñas cierta indulgencia hacia ella. En sus natos de murmuración le guardaban más consideraciones que a las otras; la reconocían un cutis muy fino, unos ojos muy hermosos, y gusto. Fuera de esta dote natural que la acercaba a las señoras de verdad, Amparo era en su trato tan tosca, tan incivil, tan bestia y tan ignorante como lo son casi siempre en España las criaturas de su condición, al menos en el presente momento. Más adelante quizá lleguen a ser tan cultas y refinadas como las cortesanas de la Grecia. Hoy son lo que arriba se ha dicho, sin ánimo, por supuesto, de ofenderlas. Después de pertenecer al marqués de Dávalos y a otros tres personajes, sin perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, vino al poder del duque de Requena, o éste al poder de ella, que es lo más exacto. Salabert, según iba envejeciendo y menguando en energía (para todo lo que no fuese adquirir dinero, se entiende), crecía en sensualidad. El vicio se transformaba en desorden vergonzoso, en pasión desenfrenada, como suele acaecer a los viejos y a los niños viciosos. Amparo dió con él en esta última etapa y logró apoderarse de su voluntad sin premeditación. Era demasiado necia para concebir un plan y seguirlo. Su carácter desigual, brutalmente soberbio, su misma estupidez, que la hacía no prever las consecuencias de sus actos, la ayudaron a dominar al célebre banquero. Hacía un año que era su querida y que estaba instalada en aquel hotelito del barrio de Monasterio. Al principio procuraba refrenar su genio y tenerle contento mostrándose dulce y amable. Pero como esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte, pudo cerciorarse en seguida de que los desdenes, el mal humor v hasta los insultos, lejos de enfriar la pasión del duque la encendían más, dió rienda suelta a su genio. Apareció la criatura salida del cieno, con su grosería, sus inclinaciones plebeyas, su carácter agresivo y desvergonzado. El duque, que hasta entonces había logrado mantener su independencia frente a sus queridas y eso que de algunas llegó a prendarse fuertemente, se encaprichó de tal modo por ésta, que al poco tiempo le toleraba frisos que ajaban su dignidad y tiempo adelante actos que aún más la escarnecían. Por supuesto, este dominio duraba solamente los momentos de sensualidad, las horas que consagraba al placer. Así que salía del templo de Venus, recobraba su razón el imperio, volvía a sus empresas con creciente ambición. Amparo fumaba tranquilamente en silencio, enviando pequeñas nubes de humo al techo. De pronto hizo un movimiento brusco, e incorporándose dijo: --Voy a vestirme. Toca ese botón. El duque se levantó para cumplir el mandato. A los pocos instantes se presentó Petra a vestirla. Mientras lo llevaba a cabo, ama y doncella cambiaron algunas impresiones con excesiva familiaridad, mientras el banquero seguía con fijeza entre atento y distraído, los movimientos de la faena. --Señorita, ¿ha visto usted ayer a la Felipa guiando dos jaquitas que parecían ratones? Por aquí pasó.... ¡Qué preciosidad! No he visto cosa más mona en la vida.... A ver cuándo el señor duque le compra otra pareja así--dijo Petra mirando con el rabillo del ojo al banquero, mientras ataba las cintas de la bata a su ama. --¡Ps!--exclamó ésta alzando los hombros con desdén--. No me ha dado nunca por guiar. Es oficio de los cocheros. Pero si me diese, ¡ya lo creo que me compraría un tronco igual! Y al mismo tiempo se volvió un poco, con media sonrisa, hacia el duque, que dejó escapar un gruñido corroborante, pasando con su peculiar movimiento de boca el cigarro al lado contrario. --Pues son muy lindas para ir a los toros. ¡Y que no estaría bien la señorita con su mantilla blanca guiando! --¿Mantilla para guiar? ¡Estás aviada, hija! --Bueno, pues de sombrero. El caso es que estaría de mistó: no como esa desorejada de la Felipa que ya no tiene carne para hartar a un gato.... La doncella, mientras le recogía el pelo, charlaba por los codos. El fondo de su charla era constantemente adulador. Amparo escuchaba con cierta complacencia. Alguna vez la interrumpía con frases del mismo jaez que las que la doméstica usaba, en más de una ocasión, acompañadas de interjecciones que aquélla no se atrevía a pronunciar. Contaba que el día anterior había tropezado en la calle con Moratini, y que el famoso torero le había dicho al pasar: "Recuerdos a tu ama". Al mismo tiempo la maligna doncella miraba de reojo al duque. Amparo sonrió lisonjeada; pero hizo una fingida mueca de desdén. --Lo mismo da. Ya sabes que me carga. --Pues tiene muchos partidarios. --¡Calla! ¡calla! que ni tú ni él valéis un perro chico.... Anda; tráeme pronto esa gorra, y lárgate. Así que la doncella se hubo marchado, el duque, en quien los recuerdos del torero despertaron los celos y el mal humor, dijo saliendo al gabinete y tendiéndose groseramente en el sofá: --Parece que esta noche has tenido media juerga. ¿Quién ha estado aquí? Amparo dirigió la vista a la licorera, donde el duque la tenía posada. --Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de las tres. --¿Nadie más? --Con sus amigos León y Rafael. --¿Nadie más? --Nadie más, hombre. ¿Me vas a examinar? --Es que yo he sabido que ha estado también Manolito Dávalos. El duque no lo sabía. Quiso sacar de mentira verdad. --Cierto: también ha estado Manolo--replicó con indiferencia. --Bueno, pues será la última vez--dijo mordiendo con rabia el cigarro. --Eso será si a mí se me antoja--manifestó la bella ex florista levantando hacia él los ojos con expresión provocativa. Salabert dejó escapar ciertos gruñidos que Amparo consideró ofensivos. Hubo una escena violenta. La bella reclamó con fiereza su independencia; le cantó lo que ella llamaba con clásica erudición "verdades del barquero". El banquero, excitado, contestó con su grosería habitual. El era quien pagaba; por lo tanto, tenía derecho a prohibir la entrada en aquella casa a quien le pareciese. La disputa se fué agriando en términos que ambos levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en quien a poco que la rascaran aparecía la criatura de plazuela. Cruzáronse frases de pésimo gusto, aunque pintorescas. La malagueña llamó al duque tío lipendi, gorrino, y concluyó por arrojarle del gabinete. Pero aquél no hizo maldito el caso, antes enfurecido la faltó abiertamente al respeto, empleando en su obsequio algunos epítetos expresivos de su exclusiva invención y otros recogidos con cuidado de su larga experiencia. Por último, quiso dejar sentado de un modo incontrovertible que allí era el amo. Con este fin, puramente lógico, dió una tremenda patada a la mesilla dorada donde reposaba la aborrecida licorera, que se derrumbó con estrépito y se hizo cachos. Amparo, que no se dejaba sobar por nadie, según decía a cada momento, aunque a cada momento se pusiese en contradicción consigo misma, presa de un furor irresistible, con los ojos llameantes de ira, alzó la mano tomando vuelo y descargó en las limpias y amoratadas mejillas del prócer una sonora bofetada. Los cabellos del lector se erizarán seguramente al representarse lo que allí pasaría después de este acto bárbaro e inaudito. Acaso sería conveniente dejarlo en suspenso como la famosa batalla del héroe manchego y el vizcaíno. Sin embargo, para no atormentar su curiosidad inútilmente, nos apresuramos a decir lo que pasó desdeñando este recurso de efecto. El caso no fué trágico, por fortuna, si bien digno de atención y de meditarse largamente. El duque se llevó la mano al sitio del siniestro y exclamó sonriendo con benevolencia: --¡Demonio, Amparito, no creí que tuvieras la mano tan pesada! Aquélla, que se había puesto pálida después de su irreflexivo arranque, quedó estupefacta ante la extraña salida del banquero. Tardó algunos segundos en darse cuenta de su sinceridad. --Eres una gran chica--siguió aquél echándole un brazo al cuello y obligándola a sentarse de nuevo, y él junto a ella--. Esta bofetada no la tasaría en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte, sonora, oportuna.... Reúne todas las condiciones que se pueden apetecer.... --Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre--dijo la Amparo, escamada y presta otra vez a enfurecerse. --No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagártela en el acto. Pero mucho ojo con que vuelva por aquí Manolito Dávalos, porque no vuelves tú a ver el color de mis billetes. --¡Si fué una casualidad, hombre!--dijo la Amparo dulcificándose--. Vino esta noche porque había ido de juerga con León y Rafael, y a última hora se le ocurrió a Nati hacerme una visita. --Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, ¿sabes?; pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. ¿Lo has oído, salero? Al mismo tiempo llevó la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su semblante, que sonreía con la expresión triunfal del que lleva en el bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de pronto. Una nube de inquietud pasó súbito por él. Buscó con afán. La cartera no estaba en aquel sitio. Pasó a los demás bolsillos. Lo mismo. --¡F....! ¡me han robado la cartera! Amparo le miró con ojos donde se reflejaba la duda. --¡F....! ¡me han robado la cartera!--volvió a exclamar con más energía--. ¡Me han robado diez mil y pico de duros! --¡Vaya, vaya, qué guasoncillo está el tiempo!--dijo Amparo ya enojada otra vez. No tuvo penetración para distinguir el susto verdadero del fingido. --¡Sí, sí; no ha sido mala guasa! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Si cuando un día principia mal!... Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil ahora.... ¡Pues señor, no ha sido mal empleada la mañana! Se levantó bruscamente del sofá y principió a dar vueltas por la estancia, presa de una agitación sorprendente en quien tantos millones poseía. Un torrente de palabras, de gruñidos, de sucias interjecciones que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escapó de sus labios. Arrojó con furia el cigarro, que en él era signo de gravísima preocupación. Amparo, viéndole tan excitado, se rindió a la evidencia, y preocupada también por el caso le dijo: --Quizá no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses.... ¿Dónde has estado? --¿Crees tú que alguna vez se hayan perdido once mil duros?--repuso en tono amargo parándose frente a ella--. Es decir, se pierden, sí; pero otros los encuentran antes de llegar al suelo. Acabando de decir esto, quedó repentinamente suspenso, como si brillase una luz salvadora en su cerebro. Miró con ojos escrutadores por algunos instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonreír, dijo, tornando a sentarse al lado de ella: --¡Pero qué animal soy! ¡Vaya una bromita salada, y qué bien que te habrás reído de mí! --¿Qué dices?--preguntó la Amparo estupefacta. --¡Venga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera. Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la echó un brazo al cuello y comenzó por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde tuviera oculto el dinero. Dando una fuerte sacudida la joven se desprendió de sus brazos y se levantó: --Oye, tú.... ¿Me tomas por una ladrona?--exclamó enfurecida. --No, sino por una guasoncilla. ¿Te has querido reir de mí, verdad? La joven replicó con energía que el guasón era él y que bastaba de bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque insistió todavía; pero viendo la indignación real de su querida y no teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la cartera, recogió velas. En cuanto perdió esta esperanza, su rostro se nubló de nuevo. Aunque dió satisfacciones a Amparo, no fueron éstas muy calurosas. Quedábale, en el fondo, la duda. Bien lo echó de ver ella, por lo que siguió enojada. Concluyó por decirle: --Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero más historias.... ¡Ah! y no dejes de traerme esta noche guita, que me está haciendo mucha falta.... A no ser que prefieras que te mande a casa las cuentas.... Salió el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las inmediaciones no había coches y no quería utilizar el de su querida, por más que él lo pagara, encaminóse a pie hacia su casa. Cayó en ella como una bomba, no de pólvora o dinamita, porque no entraban en su temperamento los procedimientos fragorosos, sino de ácido sulfúrico o sublimado corrosivo que se extendió por toda ella molestando y requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase grosera pronunciada en el tono cínico y burlón que caracterizaba su discurso. Después de almorzar encerróse en el escritorio con su mal humor a cuestas. No hacía una hora que allí estaba, cuando entraron a avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con él. --¿Qué quiere? --No lo sé. Desea hablar con el señor duque. Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo: --Que pase. El cochero que entró era el mismo que le había conducido desde casa de Calderón a la de su querida. Salabert le miró con ansiedad. --¿Qué traes? --Esto, señor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia--dijo presentándole la cartera perdida. El banquero se apoderó de ella, la abrió prontamente, y sacando el montón de billetes que contenía, se puso a contarlos con la destreza y rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluyó dijo: --Está bien: no falta nada. El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificación, quedóse algunos instantes inmóvil. --Está bien, hombre, está bien. Muchas gracias. Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre dió las buenas tardes y se dirigió a la puerta. El duque le echó una mirada burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna: --Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como tú, el mejor premio es la satisfacción de haber obrado bien. El cochero, confuso e irritado a la vez, le miró de un modo indefinible. Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin salió de la estancia sin articular palabra. V #Precipitación.# Raimundo Alcázar, que así se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y enfadoso que siguió a Clementina cuando hemos tenido el honor de conocerla al comienzo de la presente historia, recibió la mirada iracunda que aquélla le dirigió al entrar en casa de su cuñada con admirable sosiego y resignación. Esperó un momento a ver si sólo iba a dejar algún recado, y como no saliese se alejó tranquilamente en dirección a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores. La florista, al verle llegar, le sonrió como a un antiguo parroquiano y echó mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya preparado para él. Dirigióse a la Plaza Mayor y tomó el tranvía de Carabanchel. Dejólo donde se bifurca con el camino que conduce al cementerio de San Isidro y siguió hacia éste a pie. Ascendió con rapidez la cuesta, llegó y penetró en el nuevo recinto, donde, como exige la ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y sombrías galerías. Con paso rápido avanzó hasta una sepultura con losa de mármol blanco rodeada de una pequeña verja, y se detuvo. Permaneció algunos minutos inmóvil contemplándola. Sobre la losa estaba escrito con caracteres negros este nombre: ISABEL MARTÍNEZ DE ALCAZAR. Debajo de él estas dos fechas separadas por un guión: 1842-1883, que indicaban sin duda las del nacimiento y la muerte de la persona allí enterrada. Había sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogió con cuidado, deshizo luego el ramo que traía, esparció las frescas flores sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas. Con éste en una mano y el sombrero en la otra, permaneció otra vez algún tiempo de pie contemplando con ojos húmedos aquella sepultura. Luego se alejó rápidamente y salió del cementerio sin echar una mirada de curiosidad en torno suyo. Raimundo Alcázar había perdido a su madre hacía ocho o nueve meses. No había conocido a su padre, o, por mejor decir, no tenía recuerdo de él, pues desapareció de este mundo cuando sólo contaba él cuatro años. Llamábase también Raimundo, y era, al morir, catedrático de la Universidad de Sevilla. Cuando se casó con su madre nada más que un joven en espera de colocación. Por eso el padre de Isabel, comerciante en ferretería en la calle de Esparteros, se había negado a autorizar aquellos amores, los persiguió con tenacidad y sólo consintió en el matrimonio cuando Alcázar llevó por oposición la cátedra mencionada. Era hombre de excepcional inteligencia, publicó algunos libros de la ciencia a que se había dedicado, que era la Geología. Su muerte, acaecida cuando sólo contaba treinta y dos años de edad, fué llorada en la pequeña esfera en que los hombres de ciencia viven en España. Isabel, con su hijo Raimundo, se volvió a Madrid a la casa paterna, donde tres meses después de fallecido su esposo, dió a luz una niña que tomó el nombre de Aurelia. Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija única de un comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes. Rechazó todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romántica entre las amigas, quizá porque poseía alguna más inteligencia y corazón que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban los seres prosaicos que constituían casi la totalidad de las relaciones de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien había adorado en vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso tesoro todas las frases de elogio que la prensa había tributado a sus obras. El único deseo, el único afán de su vida era que su hijo siguiese las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e ilustración. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenzó a ver alzarse ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No sólo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz parecía una copia exacta. Luego el niño, por su comportamiento en el colegio, principió a causarle vivos placeres: era inteligente y aplicado. Los maestros se mostraban de él muy satisfechos. Cada frase de elogio que llegaba a sus oídos, cada nota de sobresaliente que veía escrita debajo del nombre de su hijo, producía a la pobre madre espasmos de alegría. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su padre. Alguna vez sentía remordimientos pensando que distribuía con poca equidad el cariño entre sus dos hijos. Por más esfuerzos que hacía para mantener el equilibrio, no podía menos de confesarse que amaba mucho más a Raimundo. Su inmenso cariño se traducía en constantes caricias, en nimios cuidados que enervaban y enmollecían el temperamento del niño. Le criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una afición tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se convertía en verdadera fiebre. Cada vez que tenía que apartarse de sus faldas para ir al colegio le costaba lágrimas. Exigía que se pusiera al balcón para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se volvía más de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya hombre y estudiante de Facultad, y todavía Isabel conservaba esta costumbre de salir al balcón para despedirle cuando iba a sus clases. Por su natural, o tal vez por esta educación un poco afeminada, Raimundo fué un niño tímido, retraído de los juegos de sus compañeros, luego un adolescente melancólico, por fin un joven serio y de pocas palabras. Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscípulos antes de entrar en cátedra; pero en cuanto daba la hora tornábase a casa y no le gustaba salir sino acompañando a su madre y hermana. Mucho antes de esta época, cuando contaba solamente diez años, había muerto su abuelo. Así que, en cuanto llegó a los diez y seis, comenzó a desempeñar el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la acompañaba a hacer visitas: algunas noches, cuando hacía buen tiempo, salía de paseo con ella por las calles, dándole el brazo como un marido o un galán. La belleza de Isabel no disminuía con la edad. Al verlos juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas, oía, a su pesar, frases de admiración, requiebros, lo que ha dado en llamarse _flores_, que los transeuntes dirigían a su madre. Sentía, al escucharlas, una mezcla extraña de vergüenza y placer, de celos y de orgullo que le agitaba. El viejo Martínez, después de retirado del comercio, había tenido quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fábrica de pólvora que sufrieron depreciación, y en valores del Estado. Sólo les dejó una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivían los tres con economía, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la calle de Gravina. Raimundo siguió la carrera de ciencias. Quería ser catedrático como su padre, y, dada la brillantez con que salía en los exámenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba también, como su padre, decidida afición a las ciencias naturales; pero en vez de dedicarse a la Geología, fijóse con predilección en la Zoología, y de ésta en aquella parte que comprende el estudio interesantísimo de las mariposas. Comenzó a hacer acopio de ellas, y desplegó un afán y una inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica colección. Antes de terminar la carrera, era ya un notable _entomólogo._ Se había hecho construir escaparates que cubrían las paredes de su habitación, donde estaban expuestos los cartones con las más raras y preciosas especies. Estuvo ahorrando dos años para comprar un microscopio, y por fin adquirió uno bastante bueno que le proporcionó grato solaz al par que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente para obtener una cátedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones que mantiene con los demás, sobre todo con los más próximos. El día que se hizo doctor, y fué justamente acabados de cumplir los veintiún años, la pobre Isabel experimentó una de esas alegrías sólo comprensibles para las madres. Le abrazó derramando un raudal de lágrimas. --Mamá--le dijo Raimundo--. Estoy ya en aptitud de hacer oposición a una cátedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve, renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastará con el sueldo. Estas palabras generosas conmovieron a la madre. Cada día hallaba más razones para adorar aquel hijo modelo. Dedicóse Raimundo con ardor al estudio, profundizando las materias de algunas asignaturas, sin abandonar por eso sus aficiones entomológicas. Gracias a éstas y al nombre glorioso que su padre le había legado, se dió a conocer pronto entre los hombres de ciencia. Escribió algunos artículos, se puso en relación con varios sabios extranjeros y tuvo la satisfacción de recibir de ellos frases de elogio que le alentaron. Bien puede decirse que era un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le royeran las entrañas, sin amores tormentosos ni amistades molestas, disfrutando de la tranquilidad del hogar, del cariño de la familia y de los puros goces de la ciencia, deslizábanse sus días serenos y dichosos. A las amigas de su madre les sorprendía tanta formalidad. ¿No tenía novia Raimundo? ¿No le gustaban siquiera las muchachas? Isabel contestaba sonriendo y con transparente satisfacción. --No sé: creo que hasta ahora no le ha dado por ahí. Está tan metido por mis faldas que parece un niño de tres años.... La verdad es que le ha de costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto como yo. Y así era como ella lo decía. Teníale envuelto en una atmósfera de protección, de tibios y amorosos cuidados que le sería casi imposible hallar al lado de una esposa por tierna que fuese. Sólo las madres poseen esa abnegación absoluta, infatigable, sin esperanza ni deseo siquiera de reciprocidad. Todo lo que la vida material exige, lo tenía satisfecho Raimundo con un refinamiento que pocos hombres disfrutarían. Jamás se le había ocurrido pensar ni en su alimento, ni en su ropa o calzado, ni aun en aquellos menesteres de que las mujeres no suelen entender. Todo estaba previsto y regularizado perfectamente en su vida. Podía consagrarse con entera libertad al ejercicio de su inteligencia. Si se quejaba de mal sabor de boca, ya tenía a su madre por la mañana al lado de la cama con un vaso de limón y polvos laxantes: si le dolía la cabeza, con el agua sedativa o los paños de leche y adormideras. Si por la noche tosía, por poco que fuese, ya estaba intranquila y no paraba hasta que silenciosamente y en camisa iba a cerciorarse de que su hijo no se había destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad de hacerlo, también comenzó a ayudar a la madre en esta tarea de ahuyentar todo dolor, de arrancar las espinas, por pequeñas que fuesen, del camino del joven entomólogo. Desgraciadamente, mejor pudiéramos decir naturalmente, pues que la felicidad es imposible en este mundo, esta existencia dichosa tuvo pronto un término. Isabel cayó enferma con pulmonía. No quedó bien curada por haberla quizá descuidado o por no haberse atrevido el médico a aplicarle ciertos remedios un poco crueles. Quedóle un catarro pulmonar que la debilitó bastante. Por consejo del médico fué a Panticosa en compañía de Raimundo, quedando Aurelia en casa de unos parientes. Se repuso un poco, pero fué para recaer pocos días después de llegar a Madrid. Descaeció notablemente, hasta el punto de que la gente de fuera vió con claridad que se moría. A Raimundo no se le pasó por la cabeza. Aquella existencia estaba tan ligada a la suya, que las dos no formaban mas que una. Le pasaba como a casi todos los enfermos que no saben que se mueren. Aunque muy enferma, Isabel seguía con la misma diligencia gobernando la casa. Raimundo la había rogado, y luego, prevalido del inmenso ascendiente que sobre ella tenía, la había prohibido que se ocupara en ningún menester. Pero ella, burlando su vigilancia, arrastrada de esa inclinación invencible que sienten las mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abandonaba sus tareas. Un día, cuando ya puede decirse que estaba moribunda, la sorprendió Raimundo de rodillas limpiando con un paño el pie de una mesa. Quedó estupefacto, y después de reñirla cariñosamente la levantó cubriéndola de besos. Una amiga devota que vino a visitarla la insinuó que debía confesarse. Isabel se impresionó tristemente. Su hijo, que la encontró llorando, enfurecióse y prorrumpió en denuestos contra los beatos. A pesar de esto, la enferma, que iba ya penetrándose de su estado, exigió con dulzura y firmeza a la par que viniese el cura. Raimundo, disgustado, llamó en su apoyo, para negarse a ello, al médico. Este contestó al principio evasivamente. Por último, dijo que eso nunca estaba de más, que si los sanos se hallaban expuestos a una muerte repentina, con mayor razón los enfermos. Ni aun con eso entró la luz en el espíritu del joven. Después de confesada, Isabel siguió lo mismo, lo cual contribuyó a mantener su ilusión. Levantábase, corría a la mesa, paseaba del brazo de Raimundo por la sala y pasaba la mayor parte del día en una butaca. Estaba, sin embargo, tan demacrada, que los que la veían a intervalos largos quedaban sorprendidos. Lejos de perder con esto la belleza, parece que se había aumentado. Su tez era más fina y transparente; los ojos más brillantes. Una mañana dijo que no tenía deseos de levantarse. Raimundo se sentó al lado del lecho y se puso a leerla una novela. Al cabo de un rato le dijo: --Estoy mal a gusto. Incorpórame un poco, que no tengo fuerzas yo. Fué a hacerlo y en el mismo instante su madre dejó caer la cabeza hacia un lado y se quedó muerta, sin un suspiro, sin una contracción que acusase dolor, como un pájaro, según la expresiva imagen del vulgo. El grito desgarrador del joven atrajo a la gente de casa. Sacáronle de ella unos parientes y le llevaron a la suya, lo mismo que a su hermana. En el estado de estupor en que quedó, les fué fácil conducirlo adonde les plugo. Aquella tarde fueron unos amigos a verle. Le hallaron relativamente animado. No dejó de sorprenderles un poco, porque sabían el frenético cariño que profesaba a su madre. Habló de su ciencia con ellos, y habló largo rato, expresándose con verbosidad en él inusitada. Por donde vinieron a sospechar que estaba bajo una fuerte excitación. Esta sospecha se confirmó al oirle proponerles jugar al tresillo. Cumplieron su gusto, pero al poco rato el joven comenzó a desvariar tristemente. --Oyes, mamá, ¿qué te parece de este juego?--dijo llamando a una señora que allí estaba. Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltación fué creciendo; empezó a reir de modo tan extemporáneo, que nadie dudó que aquello terminaría por una fuerte explosión nerviosa. En efecto, cuando menos se esperaba, alzóse repentinamente de la silla, corrió al balcón, lo abrió, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a la calle. Al fin cayó con un fuerte ataque del que por fortuna salió pronto. Después vino el aplanamiento que le obligó a guardar cama tres o cuatro días. Por último, el tiempo fué ejerciendo su operación sedante. A los quince días estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar. Propusiéronle sus tíos quedarse a vivir con ellos, dado que era demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitrés años, y ella poco más de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo. Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a él sus muebles, y después de instalados empezó a deslizarse su vida, triste sí por el recuerdo siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fijó su atención y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y protector de aquella niña huérfana, hizo con ella lo que su madre había hecho con él hasta entonces; la atendió y la mimó con un amor y un esmero que conmovía a los amigos que los visitaban. Aurelia no era hermosa ni tenía gran talento; pero sentía hacia su hermano, porque su madre se la había infundido, una adoración idolátrica. Sin embargo, aun en lo referente a la vida material, sintió el joven el vacío de su madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aquélla. Poco a poco, no obstante, se fué adiestrando en el gobierno de la casa. Además, Raimundo ya no exigía los refinamientos de antes. El sentimiento de protección, la conciencia de los deberes que tenía que llenar hacia su hermana, le hacía no pensar en sí mismo. Al contrario, cualquier atención de Aurelia le sorprendía, y la agradecía como si viniese de un niño. Ambas existencias se fueron compenetrando. Vivían modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenían más que una criada. Así que la renta de ocho mil pesetas que poseían, les bastaba. Como procedía de papel del Estado y acciones de una fábrica, su administración era facilísima. Raimundo pudo dedicarse con más ardor que nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que había hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Después que salió de casa, fué dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a Aurelia. Salía poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse apercibido a una oposición, de un lado, y de otro su manía de colector y escrutador del mundo de los insectos, absorbían casi todo su tiempo. Por milagro entraba en los cafés, ni al teatro podía asistir por razón del luto. Un día, hallándose en una librería de la Carrera de San Jerónimo, donde solía pasar algunos ratos hojeando las obras recién llegadas del extranjero, acertó a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el asombro: se posaron en ella con una intensidad que la obligó a volver la cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la estuvo contemplando extasiado, con señales de alteración en su fisonomía. El libro que tenía asido temblaba ligeramente entre sus manos. Al salir ella, dejólo caer y trató de seguirla; pero a la puerta estaba un carruaje esperándola. El lacayo, sombrero en mano, le abrió la portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad. --¿Qué es eso, D. Raimundo?--le dijo el dependiente, viéndole entrar de nuevo en la tienda--. ¿Le ha hecho a usted impresión mi parroquiana? El joven sonrió disimulando su turbación, y respondiendo con fingida indiferencia: --A cualquiera le llamará la atención una mujer tan hermosa. ¿Quién es? --¿No la conoce usted? Es la señora de Osorio, un banquero, hija de Salabert. --¡Ah! ¿hija de Salabert? ¿Vive en aquel palacio grande del paseo de Luchana? --No, señor; vive en un hotel de la calle de Don Ramón de la Cruz. No quería saber más, y se despidió. Aquella dama se parecía de un modo asombroso a su madre. La situación de su espíritu, todavía agitado y dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese más relieve a sus ojos del que realmente tenía, le produjese una viva expresión. Pocos momentos después pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero no logró ver nuevamente a la señora. Al otro día fué al paseo del Retiro y allí la halló. Desde entonces espió y siguió sus pasos con una constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su espíritu. Aunque tenía bien presente la fisonomía de su madre, el semblante de Clementina Salabert se lo traía a la memoria con mayor energía. Esto le producía vivo dolor, en el cual se placa, aunque parezca paradójico. Bien lo entenderá el que haya visto desaparecer de este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no podía contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lágrimas correr por sus mejillas. Por esto, quizá, era por lo que la buscaba en todas partes. Sin embargo, había una dureza y severidad en él que no había tenido jamás el de su madre; pero cuando sonreía, al desaparecer esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa. No se le ocultó a nuestro mancebo el enojo que la dama recibía de su tenaz persecución. Y no podía menos de reirse interiormente de aquel extraño error. Si supiese esta señora--se decía cuando veía un gesto de desdén en sus labios--por qué me gusta tanto, ¡qué grande sería su asombro! Una corriente de simpatía y hasta, es posible decir, de adoración le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente que tenía, es fácil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho entender qué gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina estaba colocada en una esfera tan alta, que temía su desdén. Bastante era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra parte, habían llegado a sus oídos rumores que la desacreditaban. No procuró confirmarlos, primero porque no le importaba, y después porque una vez confirmados se vería obligado a despreciarla, y no quería que una mujer que tanto se parecía a su madre en la figura fuera un ser despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentóse con satisfacer siempre que podía aquel extraño deseo de renovar su dolor, de conmoverse hasta derramar lágrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad ni podía asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. También averiguó que iba los domingos a misa de dos en los Jerónimos; allí la pudo contemplar con más espacio y sosiego. Había dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningún esfuerzo para mostrárselo. Temía que Aurelia no viese tan clara como él la semejanza y le arrancase parte de su ilusión. Dos o tres veces a la semana, Clementina solía salir a pie por la tarde, como el día en que por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecución fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto de pudor que conservaba. Además, sabía, porque se lo habían dicho recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en flagrante adulterio y las matan, están exentos de responsabilidad. Como estaba convencida de que el suyo la detestaba, temía que se aprovechase de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al residuo de vergüenza que le quedaba, fomentaban su irritación contra Raimundo. Su carácter violento, caprichoso, despótico, se alteraba con aquel obstáculo imprevisto. Ni siquiera había reparado bien en la fisonomía del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura. Luego, el sosiego con que recibía los gestos provocativos de desprecio que no le escatimaba, le parecían una ofensa. Bien mirado, aquel chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creíble que un enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, después que advirtió que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no cabía duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se veía precisada a dar para huirle, las visitas que hacía sin gana, todas las zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacían cada día más aborrecible y le iban requemando la sangre. Ideó salir en coche, meterse en las Calatravas y despedirlo allí; pero Raimundo, al verse privado por varios días de verla, también dió en la flor de tomar un coche de punto y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometió a sí misma cortar aquella impertinente y molesta persecución, aunque no sabía cómo. Primero pensó en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver la sangre fría con que aquél lo tomaba, se indignó y no volvió a mentarle el asunto. Luego imaginó abordarle ella misma en la calle y rogarle con pocas palabras frías y desdeñosas que no la molestase más. Cuando llegó la ocasión no se atrevió a hacerlo, aunque no pecaba de tímida: el trance le pareció grave. En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acertó a ver en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzóle entonces por la mente la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de la casa entró en el portal y se dirigió a la garita de los porteros. --¿Tiene usted la amabilidad de decirme quién habita el cuarto tercero de esta casa? --Son dos señoritos muy jóvenes, hermano y hermana. Sólo viven aquí desde hace cuatro meses. Han quedado huérfanos, al parecer, hace poco tiempo.... La portera, al ver una señora tan elegante, se mostró locuaz y complaciente; pero Clementina la atajó en seguida. --¿Cómo se llama el señorito? --D. Raimundo Alcázar. --Mil gracias. Y se alejó inmediatamente. Salió a la calle y dió unos cuantos pasos. Mas de pronto, se le ocurrió que el escribirle tenía sus inconvenientes, y que en realidad era preferible una explicación verbal de la cual nadie que la conociera podía enterarse en aquellos momentos. Detúvose un momento indecisa, y bruscamente dió la vuelta y se metió de nuevo en el portal. Cruzó sin decir nada por delante de la portera y subió con pie ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del brío y entereza de su carácter, sintió un poco desfallecida la voluntad y estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado la empujó, sin embargo, al pensar que el joven la había visto entrar y se enteraría de su arrepentimiento. En el piso tercero había dos cuartos, derecha e izquierda. Clementina había visto papeles en uno. Llamó sin vacilar en el de la derecha observando que tenía un felpudo para los pies delante de la puerta, señal evidente de que era el habitado. Salió a abrirle una criada a quien preguntó por D. Raimundo Alcázar. --Deseo verle--dijo después que se enteró de que estaba en casa. La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella visita, le preguntó: --¿Aviso a la señorita? --No, no; avise usted al señorito, que es a quien deseo hablar. Se hallaba éste, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitación. Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se había sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizóse al verla salir, y otra vez se alteró cuando entró nuevamente. Cruzó por su mente la idea de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desechó como inverosímil. Imaginó más bien que vendría a visitar a alguno de los inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de calidad. No obstante, a despecho de su razón, no se tranquilizaba. Cuando oyó sonar el timbre de la puerta quedó aterrado. Apenas tuvo ánimo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una seña a la criada ya ésta había abierto, obligándole a retirarse vivamente a su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la sala. Al fin se decidió a salir, reflexionando que no había motivo racional para ello. Raimundo no tenía mucho trato de gente. Las relaciones de su madre habían sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas. Por su parte, tampoco había hecho nada por ensanchar este círculo. Ya hemos dicho que no había estrechado amistad íntima con ninguno de sus condiscípulos. Menos había procurado la entrada en los casinos, tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los días que llevaba de juventud se habían deslizado serenos en el seno del hogar, estudiando y coleccionando mariposas. Conocía la vida por los libros. La naturaleza le había dotado, no obstante, de un claro y simpático ingenio, de fácil palabra y de cierta dignidad de modales que suplía bastante bien a esa elegancia y distinción que el roce continuado con la espuma de la sociedad engendra. Entró en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposición a la hostilidad que el estrambótico paso de aquella señora le infundía. Hizole una profunda reverencia. La situación era tan extraña, que Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta bien puede decirse su desgarro, se encontró repentinamente cohibida. Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir brío. --Aquí me tiene usted--le dijo en tono agrio que resultó inoportuno y descortés. --Usted me dirá a qué debo el honor de esta visita--repuso Raimundo con voz un poco temblorosa. --Pues.... (la dama vaciló unos instantes) lo debe usted al honor que me hace siguiéndome hace dos meses como una sombra chinesca a todas partes. ¿Le parece a usted agradable traer un espantajo detrás en cuanto una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no enfermar como el lego de los _Madgyares_, he dado el paso ridículo de subir hasta aquí a rogarle que cese en su persecución. Si usted tiene que decirme algo interesante, dígamelo de una vez y concluyamos. Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se encuentra en una situación falsa y quiere salir de ella exagerando el enojo. Raimundo la miró lleno de asombro, cosa que molestó a Clementina y aun más la precipitó. --Señora, siento en el alma haberla ofendido.... Estaba muy lejos de mi ánimo.... ¡Si usted supiera los sentimientos que en mí despierta su figura!... (balbució con trabajo). Clementina le atajó diciendo: --Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy casada ... y aunque no lo fuese sería lo mismo. --No, señora, no voy a hacerle una declaración--repuso el joven entomólogo sonriendo--. Voy a explicarle a usted mi persecución. Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. ¡Qué lejos estará usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si lo estuviese, es bien seguro que no la seguiría como un pirata callejero ... sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro.... Raimundo se puso serio al llegar aquí e hizo una pausa. Luego dijo precipitadamente, con voz alterada por la emoción: --Señora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo ... y usted se parece muchísimo a mi madre. Al pronunciar estas palabras se quedó mirándola con una atención ansiosa, húmedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a sollozar. Esta revelación produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo. Permaneció inmóvil y muda mirándole también fijamente. Raimundo comprendió lo que pasaba por su espíritu, y dijo empujando la puerta de su despacho: --Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo. La dama avanzó dos pasos y vió en la pared fronteriza, sobre el sillón mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografía ampliada de una señora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto parecido con ella, aunque no tan claro como el joven decía. Sobre el retrato, sujeto al marco, había un ramo de siemprevivas. --Algo nos parecemos--dijo después de contemplar el retrato con atención--. Pero esa señora era más hermosa que yo. --No; más hermosa, no. Tenía más dulzura en los ojos, y eso daba a su fisonomía un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que brillaba en ellos. Pronunció estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de galantería que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padeció aún más por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de Raimundo temblaban dos lágrimas. La dama dijo al cabo: --¿Qué edad tenía su mamá? --Cuarenta y un años. --Yo tengo treinta y cinco--replicó con mal disimulada satisfacción. Raimundo volvió hacia ella la vista. --Es usted joven aún y muy bella.... Pero mi madre tenía la tez más fresca a pesar de llevarle algunos años. Su cutis era terso como el raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecían los de un niño.... Es natural. La vida de mamá fué suave y tranquila. Ni su cuerpo ni su alma se habían gastado. No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groserías a la señora que tenía presente. Esta se sintió fuertemente picada; pero no osó mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba le impusieron respeto. Lo que hizo fué cambiar de conversación, echando una mirada de curiosidad por el despacho. --Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas. --Sí, señora; desde niño. He logrado reunir una cantidad de especies bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted. Clementina se acercó a uno de los armarios. Raimundo se apresuró a abrirlo y le puso en la mano un cartón donde estaban fijadas algunas lindísimas de vivos y brillantes colores. --En efecto, son bonitas y originales. ¿Qué utilidad saca usted de coleccionarlas? ¿Las vende usted? --No, señora--repuso sonriendo el joven--. Es con un fin puramente científico. --¡Ah! Y le echó una rápida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba mucho con los hombres de ciencia, pero le infundían cierto vago respeto mezclado de temor, como seres extraños a quienes una parte del mundo concede superioridad. --¿Es usted naturalista?--le preguntó después. --Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido.... Mientras le mostraba su preciosa colección con el gozo especial no exento de desdén con que los sabios enseñan sus trabajos a los profanos, le fué enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su madre volvió a conmoverse y las lágrimas a brotar a sus ojos. Clementina le escuchaba con atención, recorriendo con la vista los cartones que le ponía delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los matizados insectos, bien de compasión cuando Raimundo llegó a describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distracción. No lograba, sin embargo disipar la confusión en que la ponía el extraño paso que había dado, la situación anómala en que se hallaba. Salió de ella bruscamente, como hacía siempre las cosas. Se puso seria y tendió la mano al joven, diciéndole: --Mil gracias por su amabilidad, señor Alcázar. Me voy, celebrando mucho que no haya sido el objeto de su persecución el que yo sospechaba.... De todos modos, sin embargo, le ruego no continúe en ella.... Ya ve usted; soy casada, y cualquiera podría pensar que yo la aliento o doy algún motivo.... --Pierda usted cuidado, señora. Desde el momento en que a usted le molesta me guardaré de seguirla. Perdóneme usted en gracia del motivo--respondió el joven apretándole la mano con naturalidad y afectuosa simpatía que lograron interesar a la dama. Pero no lo demostró. Al contrario, se puso más seria y emprendió la marcha hacía la sala. Raimundo la siguió. Al pasar delante de ella para abrirle la puerta, le dijo con franqueza seductora: --No valgo nada, señora; pero si algún día quisiera usted servirse de mi insignificante persona, ¡no sabe usted el placer que me causaría con ello! --Gracias, gracias--repuso secamente Clementina sin detenerse. Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven vió asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo. --Ven aquí, Aurelia--le dijo. Pero la niña no hizo caso y se retiró velozmente. --Aurelia, Aurelia. Bien a su pesar, ésta salió al pasillo y avanzó hacia ellos sonriente y roja como una cereza. --Aquí tienes a la señora de quien te he hablado, que tanto se parece a mamá. Aurelia la miró sin saber qué decir, sonriente y cada vez más ruborizada. --¿No se parece muchísimo? Dí. --Yo no lo encuentro ...--respondió la joven después de vacilar. --¿Lo ve usted?--exclamó la dama volviéndose a Raimundo con la sonrisa en los labios--. No ha sido más que una fantasía, una alucinación. Traslucíase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia de Aurelia hacía más falsa aún su situación. --No importa--repuso Raimundo--. Yo veo claro el parecido, y basta. La puerta estaba ya abierta. --Tanto gusto ...--dijo Clementina dirigiéndose a Aurelia sin extenderle la mano, inclinándose con una de esas reverencias frías, desdeñosas, con que las damas aristócratas establecen rápidamente la distancia que las separa del interlocutor. Aurelia murmuró algunas frases de ofrecimiento. Raimundo salió hasta la escalera para despedirla, repitiéndole algunas frases amables y cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente grave. Bajó las escaleras descontenta de sí misma, embargada por una sorda irritación. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anómalas y ridículas. VI #Desde el «Club de los Salvajes» a casa de Calderón.# Pintorescamente diseminados por los divanes y butacas de la gran sala de conversación del _Club de los Salvajes_, yacen a las dos de la tarde hasta una docena de sus miembros más asiduos. Forman grupo en un rincón el general Patiño, Pepe Castro, Cobo Ramírez, Ramoncito Maldonado y otros dos socios a quienes no tenemos el gusto de conocer. Algo más lejos está Manolito Dávalos, solo. Más allá Pinedo con algunos socios, entre los cuales sólo conocemos a Rafael Alcántara y a León Guzmán, conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta nocturna en casa de la Amparo que tanto disgustó al duque de Requena. Las posturas de estos jóvenes (porque lo son en su mayoría) responden admirablemente a la elegancia que resplandece en todas las manifestaciones de su espíritu refinado. Uno tiene puesta la nuca en el borde del diván y los pies en una butaca, otro se retuerce con la mano izquierda el bigote y con la derecha se acaricia una pantorrilla por debajo del pantalón; quién se mantiene reclinado con los brazos en cruz; quién se digna apoyar la suela de sus primorosas botas en el rojo terciopelo de las sillas. Este _Club de los Salvajes_ es más bien un arreglo que una traducción del inglés (_Savage Club_). Por mejor decir, se ha traducido con una graciosa libertad que mantiene vivo dentro de él el genio español en estrecha alianza con el británico. A más del título, pertenece al inglés todo el aparato o exterior de la sociedad. Los miembros se ponen indefectiblemente el frac por las noches si es invierno, el _smoking_ si es verano; los criados gastan calzón corto y peluca. Hay un elegante y espacioso comedor, sala de armas, gabinete de _toilette_, cuartos de baño y dos o tres habitaciones para dormir. Tiene el club, asimismo, servicio particular de coches y caballos de silla. El genio español se manifiesta en multitud de pormenores internos. El que más lo caracteriza es el de la ausencia de metal acuñado. Esto da origen a muchas y extrañas relaciones de los socios entre sí y de los socios con el mundo exterior, que constituyen una complicada y hermosa variedad que no se hallará en ningún otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, a un desarrollo inmenso, inconcebible, de esa palanca poderosa con que el siglo XIX ha llevado a término las más grandiosas y estupendas de sus empresas, el _Crédito_. Realízanse dentro del _Club de los Salvajes_ tantas operaciones de crédito como en el Banco de Londres. No sólo se prestan los socios entre sí dinero y juegan sobre su palabra, sino que también realizan la misma operación con el club, considerado como persona jurídica, y hasta con el conserje en calidad de funcionario y como particular. Fuera del círculo, los salvajes, arrastrados de su entusiasmo y veneración por el crédito, lo hacen jugar en casi todas sus relaciones con el sastre, el casero, el constructor de coches, el importador de caballos, el joyero, etc., sin mencionar aquí otras grandes operaciones de la misma clase que de vez en cuando realizan con algún banquero o propietario. Gracias, pues, a este inapreciable elemento económico, se había hecho casi innecesario, entre los socios del club, el numerario, reemplazándolo dichosamente por otro medio enteramente abstracto y espiritual, la palabra; la palabra oral o escrita. Vivían, gastaban lo mismo que sus colegas y modelos de Londres, sin libras esterlinas, ni chelines, ni pesetas, ni nada. Es evidente, pues, la superioridad del club español sobre el inglés en este respecto. También lo es en cuanto a la franqueza y cordialidad con que los socios se tratan entre sí. Poco a poco se habían ido alejando de las formas correctas, ceremoniosas, que caracterizan a los graves _gentlemen_ de la Gran Bretaña, dando a su trato cada vez más color local, acercándolo en lo posible al de nuestros pintorescos barrios de Lavapiés y Maravillas. El medio, la raza y el momento son elementos de los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la política que en las sociedades de recreo. El club empieza a animarse siempre después de las doce de la noche, llega a su período álgido a las tres de la madrugada, y desde esta hora comienza a descender. A las cinco o seis de la mañana se retiran todos santamente en busca de reposo. Durante el día suele verse poco concurrido. Sólo dos o tres docenas de socios van por las tardes, antes del paseo, a culotear sus boquillas. Embotados aún por el sueño, hablan poco. Les hace falta la excitación de la noche para que muestren en todo su esplendor sus facultades nativas. Estas parecen concentradas en la nobilísima tarea de poner la boquilla de un hermoso color de caramelo. Si los objetos de arte han sido en otro tiempo objetos útiles, si el Arte arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos afirman, hay que confesar que los socios del _Club de los Salvajes_, en materia de boquillas obran como verdaderos artistas. Hácenlas venir de París y de Londres; traen grabadas las iniciales de sus dueños y encima la correspondiente corona de conde o marqués si el fumador lo es; guárdanlas en preciosos estuches, y cuando llega el caso de sacarlas para fumar lo realizan con tales cuidados y precauciones, que en realidad se convierten en objetos molestos más que útiles. Hay salvaje que se estraga fumando sin gana cigarro sobre cigarro, sólo por el gusto de ahumar la boquilla antes que alguno de sus colegas. Y si no es así, por lo menos, nadie se cuida de saborear el tabaco. Lo importante es soplar el humo sobre la espuma de mar y que vaya tomando color por igual. De vez en cuando sacan el fino pañuelo de batista, y con una delicadeza que les honra se dedican largo rato a frotarla mientras su espíritu reposa dulcemente abstraído de todo pensamiento terrenal. Graves, solemnes, armoniosos en sus movimientos, los socios más distinguidos del _Club de los Salvajes_ chupan y soplan el humo del tabaco de dos a cuatro de la tarde. Hay en esta tarea algo de íntimo y contemplativo, como en toda concepción artística, que les obliga a bajar los párpados y a subir las pupilas para mejor recrearse en la pura visión de la Idea. En este elevadísimo estado de alma se hallaba nuestro amigo Pepe Castro ahumando una que figuraba la pata de un caballo, cuando le sacó de su éxtasis la voz de Rafael Alcántara que desde lejos le gritó: --¿Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe? --Hace ya unos días. --¿La inglesa? --¿La inglesa?--exclamó levantando los ojos hacia su amigo con asombro y reconvención--. No, hombre, no; la cruzada. --Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no creía que te deshicieses de ella. --Ahí verás tú--replicó el bello calavera adoptando un continente misterioso. --¿Algún defecto oculto? --A mí no se me oculta ningún defecto--dijo con orgullo. Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tenía rival en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral de España. --Ah, vamos, falta de _luz_. --Tampoco. Rafael Alcántara se encogió de hombros y se puso a hablar con los que tenía cerca. Era un joven rubio, de fisonomía gastada, ojos pequeños y verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistían a diario al club, entraba en él y alternaba con toda la alta aristocracia, sin derecho alguno. Alcántara era de familia humilde, hijo de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se había gastado la pequeña hacienda que le dejó su padre y después vivió del juego y a préstamo. A todo Madrid debía y hacía gala de ello. La condición que le mantenía abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su cinismo. Alcántara era hombre bravo de veras, se había batido tres o cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el más mínimo pretexto. Además, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo, aunque fuese a la persona más respetable, dispuesto a burlarse de todo el mundo. Estas cualidades le habían hecho adquirir gran prestigio entre los jóvenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con él en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero. --Mi general, le habrá a usted gustado ayer la Tosti, ¿eh?--dijo Ramoncito Maldonado dirigiéndose a Patiño. --En la romanza solamente,--repuso el guerrero sensible después de dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que representaba un obús montado sobre su cureña. --No diga usted que el dúo ha estado mal. --¡Vaya si lo digo! --Pues, señor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha parecido sublime--replicó el joven con señales de hallarse picado. --Esa declaración te honra, Ramón. Sabes hacerte justicia--dijo Cobo Ramírez, que no perdía ocasión de vejar a su amigo y rival. --¡Ya lo creo, como que sólo tú eres el inteligente!--exclamó vivamente el concejal--. Mira, Cobo, aquí el general puede hablar porque tiene motivo, ¿estamos?... pero tú debes callarte porque me gastas una oreja como la de una cocinera. --Pero hombre, ¿por qué se picará tanto Ramoncito, en cuanto usted le dice algo?--preguntó el general riendo. --No sé--repuso Cobo dando un chupetón al cigarro mientras sus facciones se contraían con una leve sonrisa burlona--. Si le contradigo se enfada, y si repito lo que él dice, lo mismo. --¡Se entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos que eres un guasón de primera fuerza. No necesitas esforzarte más delante de estos señores.... Pero lo que es ahora, has dado una buena pifia. --Yo sostengo lo mismo que el general. El dúo estuvo muy mal cantado--dijo con calma provocativa Cobo. --¡Qué importa que tú sostengas uno u otro!--exclamó ya fuera de sí Maldonado--. ¡Si no conoces una nota de música! --¡Alto! Tengo más derecho a hablar de música, puesto que no cencerreo como tú el piano. Por lo menos soy un ser inofensivo. Siguió una disputa larga entre ambos, viva y descompuesta por parte de Ramoncito, tranquila y sarcástica por la de Cobo, que se gozaba en sacar a aquél de sus casillas. No poco se divertían también los presentes, poniéndose unos de parte del concejal y otros de su competidor para más prolongar el recreo. --¿Sabéis que esta tarde se bate Alvaro Luna?--dijo uno cuando ya iban hastiados de los dimes y diretes del concejal y Cobo. --Eso me han dicho--respondió Pepe Castro cerrando los ojos con voluptuosidad, mientras chupaba el cigarro--. En el jardín de Escalona, ¿verdad? --Creo que sí. --¿A sable? --A sable. --Vamos, un chirlo más--manifestó León Guzmán desde su asiento. --Con punta. --¡Oh! ya es otra cosa. Y los salvajes presentes mostraron entonces interés en el duelo. --Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ventaja. Es más hombre, y además tira con energía. --Con demasiada--dijo Pepe Castro sacando el pañuelo después de haber arrojado la punta del cigarro y poniéndose a frotar con esmero la boquilla. Todos volvieron los ojos hacia él porque tenía fama de habilísimo tirador. --¿Crees tú? --Desde luego. La energía es conveniente hasta cierto límite. Pasando de él, muy expuesta, sobre todo cuando los sables tienen punta. Si se las cortasen, todavía redoblando los ataques sin descanso se puede hacer algo. Por lo menos, es posible aturdir al contrario. Pero cuando la llevan hay que andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es frío, tiene un juego cerrado y estira el pico que es un primor. Que no se descuide el coronel. --¿La cuestión ha sido por la cuñada de Alvaro? --Al parecer. --¿Y a él qué diablos le importa? --¡Ps ... ahí verás! --Como no esté enamorado, no comprendo.... --Todo podría ser. --¡La niña es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de Fonseca se ponían de un modo por las noches en la terraza del casino, que era cosa de sacar fotografías iluminadas. --Allá Cobo, antes de irse, hizo también algunos cuadros disolventes en los jardinillos. --¡Sí, sí; bien me ha comprometido esa chica!--manifestó Cobo en tono cómicamente desesperado. --Ya no tenías mucho que perder. Desde el negocio de Teresa estás deshonrado--dijo Alcántara. --Siempre va la desgracia con la hermosura--apuntó con tonillo irónico Ramoncito. --¿También tú, Ramón?--exclamó con afectado asombro Cobo--. Vamos, llegó el momento de que los pájaros tiren a las escopetas. --Pues, señores, confieso mi debilidad. No puedo estar al lado de esa chica sin ponerme malo--dijo León Guzmán. --Ni esa niña puede tampoco estar al lado de un chico tan guapo y tan risueño como tú sin ponerse enferma también--dijo Rafael Alcántara. --¿Me quieres seducir, Rafael? --Sí, chico, para que me dejes mañana la llave de tu cuarto y no parezcas en toda la tarde por allá. Lo necesito. --Es que tengo una colcha preciosa de raso. --Se cuidará de la colcha. --Y hay además un criado que se dedica, con gran afición, al dibujo por las tardes. --Se le darán dos duros al criado para que vaya a dibujar a otro lado. --Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay y lo que no hay en mi habitación. --Se la convidará ... digo, se bajarán las persianas.... Oye, Manolito, ¿te vas a pasar toda la juventud tirado en ese diván sin decir palabra? Manolito Dávalos descansaba, en efecto, en actitud sombría y melancólica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alzó con sorpresa y mal humor. --Si tú te encontrases en mi posición, qué poca gana tendrías de bromear, Rafael!--dijo exhalando un suspiro. Hay que advertir que el joven marqués de Dávalos, que nunca había poseído una inteligencia muy clara, teníala de algún tiempo a esta parte bastante perturbada. Según la expresión vulgar estaba un poco chiflado o tocado. Sus amigos sabían todos que este trastorno procedía de la ruptura con la Amparo, que le había comido en poco tiempo su fortuna y de quien estaba aún profundamente enamorado. Tratábanle con cierta protección entre burlona y benévola; pero se abstenían, si no es muy embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque alguna vez que se propasaron, Manolito fué víctima de ataques de cólera muy semejantes a la locura. Tenía poco más de treinta años; estaba calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro hijos habíalos recogido la suegra. Vivía en una fonda con la pensión que le pasaba una tía vieja de quien era presunto heredero. Sobre la esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero. --Si yo me encontrara en tu caso, ¿sabes lo que haría, Manolo?... Casarme con mi tía. Los amigos rieron, porque la tía de Dávalos tenía cerca de ochenta años. --Bueno, bueno--exclamó éste con acento doloroso. Bien se conoce que no has tenido que luchar con indecentes usureros toda la mañana para concluir por dejarles algo ... que es una infamia empeñar--añadió por lo bajo. --¡A mí con ingleses!... ¿Tú no sabes, Manolito, que todos los meses tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan ellos de tanto tirar?... Pero yo lo tomo con más filosofía. Lejos de disgustarme, experimento una gran satisfacción cada vez que viene a visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de que cumplo la última voluntad de mi padre. Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo. --¿Cómo es eso, Rafael?--preguntó Pepe Castro. --Habéis de saber que mi padre se murió diciéndome: "¡El deber, hijo! ¡el deber! ¡Ante todo el deber!"... Fueron sus últimas palabras. Yo, cumpliendo con este sagrado consejo, procuro deber todo lo posible. Hizo gracia a sus compañeros este rasgo cínico; lo celebraron con algazara. Rafael, sustrayéndose modestamente a sus aplausos, se acercó a Dávalos, y pasándole una mano por encima del hombro le dijo, bajando la voz aunque no tanto que no pudiesen oirle los amigos: --Pues sí, Manolito, no es broma. Yo me casaría con mi tía. ¿Qué se pierde con ello? Es una vieja.... ¡Mejor! Así se morirá más pronto. Pero en cuanto te cases entras a manejar su fortuna y no tienes necesidad de aguardar los años que a ella se le antoje vivir. A ti lo que te hace falta como a mí es _guita_. Desengáñate; si la tuviéramos nos pondríamos más gordos que Cobo Ramírez.... Además, en cuanto seas rico, le birlas la Amparo a Salabert, ¿no comprendes? El marquesito levantó la vista hacia su amigo abriendo mucho los ojos, donde se reflejaba la duda de si hablaba en serio o en broma. No advirtiendo en el rostro imperturbable de Alcántara señal de burla, comenzó a enternecerse. Habló de su antigua querida con tal entusiasmo y veneración que haría reir a cualquiera. El proyecto ya no le pareció tan insensato. Se entretuvo en pensarlo largamente y estudiarlo por todas sus fases. Mientras tanto Rafael le escuchaba con afectada atención, animándole a proseguir con signos y frases de afirmación. Nadie pensaría que se estaba mofando de él, a no ser porque de vez en cuando, aprovechando los instantes en que el tocado marqués miraba a la punta de sus botas buscando alguna frase bastante expresiva para ponderar su amor, hacía guiños maliciosos a los amigos que los contemplaban con curiosidad burlona. Abrióse la mampara del salón. Apareció Alvaro Luna. Los salvajes le acogieron con exclamaciones de afecto y burla. --¡Bravo, bravo! Aquí está el reo en capilla. --Mirad qué cara trae. --¡Como que está al borde de la tumba! El recién llegado sonrió vagamente y tendió una mirada escrutadora por el salón. Alvaro Luna, conde de Soto, era hombre de treinta y ocho a cuarenta años, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro bilioso. --¿Habéis visto a Juanito Escalona?--preguntó. --Sí--dijo uno--. Aquí ha estado hace una media hora. Me ha dicho que le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendría. --Bueno, esperaremos--repuso avanzando con calma y sentándose al lado de ellos. La broma continuó. --Veamos, veamos cómo está ese pulso--dijo Rafael cogiéndole por la muñeca y sacando al mismo tiempo el reloj. El conde entregó su mano sonriendo. --¡Jesús, qué atrocidad! ¡Ciento treinta pulsaciones por minuto! Ningún condenado a muerte las ha tenido. No era verdad. El pulso estaba normal. Así lo manifestó el mismo Alcántara a los amigos haciendo una seña negativa. Alvaro no se alteró por la mentira. Poseído de su valor y convencido de que no dudaban de él, siguió con la misma vaga sonrisa en los labios. --Vaya, mañana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque tenía que ir de caza con Briones--dijo uno. --¡Y que no es pequeña la carrera desde la casa mortuoria a San Isidro!--respondió otro. --No, hombre, no--apuntó un tercero--; lo llevarán a la estación del Norte para conducirlo a Soto, al panteón de familia. Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se impacientaba, quizá temiendo que el más pequeño signo de impaciencia, en aquella ocasión, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta paciencia, los jóvenes salvajes cada vez le apretaban más con su vaya, repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fría y vaga sonrisa. Respondíales pocas veces. Cuando lo hacía era con breves palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo: --Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. ¿Quién quiere echar un tresillo? Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un acto que confirmaba su sangre fría. Tres de los amigos se fueron con él a la sala de juego. No tardaron en rodearles los demás. La broma siguió lo mismo que en el salón. --¡Miradle, cómo le tiembla la mano! --Dentro de una hora ese hombre habrá dejado de existir. --Oyes, Alvaro, debías de legarme la Conchilla. --No hay inconveniente--repuso aquél arreglando sus cartas. --Ya lo oyen ustedes, señores; la Conchilla es mía por testamento.... ¿Cómo se llama este testamento, León? --Testamento nuncupativo--dijo éste, que sabía algo de leyes por andar en pleito hacía tiempo con unos primos. --La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro. Haré que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda. ¿Tienes algo que encargarme? --Sí, que la sacudas el polvo cada ocho o diez días. Si no suelta algunas lágrimas todas las semanas se pone enferma. --Corriente. Así se hará. --¡Ah! y que sea con el bastón. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera con la mano. --Perfectamente. Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde hacía muy buen efecto. Detrás de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le querían y respetaban su valor. En esto apareció un criado y le presentó una carta en bandeja de plata. La tomó y la abrió con curiosidad. Al recorrerla volvió a sonreír y la pasó a los que tenía al lado. Era del dueño de la Funeraria ofreciéndole sus servicios y remitiéndole un prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se había divertido en pasarle aviso. Tampoco se ofendió: parecía interesado en el juego. Al fin entró en la sala Juanito Escalona en su busca. Después de ajustar cuentas se levantó de la silla. Todos le rodearon. --¡Buena suerte, Alvaro! --Me da el corazón que lo ensartas. --No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un rasguño. En aquel momento terminaban las bromas y estallaba el compañerismo. El conde encendió un cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor naturalidad: --Hasta luego, señores. Había una parte efectiva de valor en aquella actitud serena, imperturbable del conde; pero había también buena porción de esfuerzo y estudio. Los jóvenes salvajes, aunque poco dados en general a la literatura, recibían no obstante su influencia. Lo que entre ellos priva son los folletines y las novelas de salón. Estas, novelas trazan la figura de un hombre ideal lo mismo que los libros de caballería. Solamente que en las antiguas novelas, el hombre dechado era el que por amor a las nobles ideas de justicia y caridad acometía empresas superiores a sus fuerzas. En las modernas es el que por temor al ridículo se abstiene de todo entusiasmo y de toda acción generosa. Al hombre que arriesgaba su vida en todos los momentos por una causa útil a sus semejantes, ha sustituído el que la arriesga por las nonadas de la vanidad o la soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachín. Quedáronse los contertulios comentando la serenidad del conde. Se le ensalzó aunque no muy vivamente ni por mucho tiempo. Es regla primera del buen tono no asombrarse jamás. La segunda hablar prolijamente de las cosas leves y con sobriedad de las graves. Deshízose al fin la tertulia vespertina. Salieron casi todos sus preclaros miembros y se esparcieron por Madrid a difundir sus doctrinas, las cuales pueden resumirse de este modo: "El hombre nació destinado a firmar pagarés y gastar bigotes retorcidos. El trabajo, la instrucción, el orden, son atentatorios al estado de naturaleza y deben proscribirse de toda sociedad bien organizada". Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarró a los faldones de su amigo Pepe Castro. El lector está enterado ya de la profunda admiración que le profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro se dejaba admirar lleno de condescendencia, y que de vez en cuando se dignaba iniciarle en algunos inefables secretos referentes a sus altas concepciones sobre las yeguas inglesas y las boquillas de ámbar. Ramoncito iba poco a poco adquiriendo nociones claras, no sólo de estas cosas, sino también del modo más adecuado de combinar el idioma francés con el español en la conversación familiar. Pepe Castro poseía el don admirable de olvidar, en un momento dado, la palabra castellana, y después de algunas vacilaciones pronunciar la francesa con perfecta naturalidad. Ramoncito también lo hacía, pero con menos elegancia. Asimismo iba distinguiendo bastante bien las ostras de Arcachón de las que no son de Arcachón, el Château-Laffite del Château-Margaux, la voz de pecho, en los tenores, de la voz de cabeza, y la pasta dentífrica de Akinson de las otras pastas dentífricas. No obstante, Ramoncito, como todos los neófitos, mucho más si poseen un temperamento exaltado y entusiasta, exageraba la doctrina del maestro. Sean ejemplo de esta exageración los cuellos de camisa. Porque Pepe Castro los gastase altos y apretados ¿había razón para que Ramoncito anduviese por esas calles de Dios con la lengua fuera, padeciendo todo el día los preliminares de la pena del garrote? Y si Pepe Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que había tenido de niño, cerraba el ojo izquierdo con frecuencia, lo cual sin duda le agraciaba, ¿con qué derecho pasaba el día Ramoncito haciendo guiños a la gente con el suyo? Además, el joven concejal cargaba de perfumes no tan sólo el pañuelo y la barba, sino toda su ropa, de suerte que a los diez metros aún trascendía y de cerca producía mareos. Pues bien, después de examinadas detenidamente, no hemos hallado en las ideas de su venerado maestro nada que justifique esta censurable tendencia. Los más bellos y elevados preceptos de los grandes hombres, degeneran y se pervierten al realizarse por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque advertía estas deficiencias e imperfecciones de su discípulo, no se las echaba en cara. Antes, con la nobleza propia de los grandes caracteres, extendía sobre él su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. Nadie osaba, en su presencia, hacer burla de los cuellos ni de los guiños de Ramoncito. Eran poco más de las cuatro cuando entrambos salvajes salieron del club abrochándose los guantes. A la puerta estaba la _charrette_ de Castro, que éste despidió dando hora al cochero para el paseo. Antes debía hacer una visita a ruego de Ramoncito. Caminaron por la calle del Príncipe, donde el club está situado, a paso lento, observando con fijeza a las mujeres que cruzaban. Deteníanse a veces un instante para hacer algunas indicaciones luminosas sobre su garbo y elegancia, no como el tímido transeunte que contempla y suspira, sino como dos bajaes que entrasen en un mercado de esclavas y antes de elegir discutiesen las cualidades de cada una. A los hombres arrojábanles una rápida mirada despreciativa. Y por si esto no bastaba se envolvían en una fuerte bocanada de humo para hacerles presente que ellos, Pepe y Ramón, pertenecían a un mundo superior, y que si caminaban por la calle del Príncipe era sólo por capricho y momentáneamente. Siempre que se dignaban pasear un poco a pie entre calles como ahora, en la expresión de su rostro había cierto matiz de sorpresa al ver que su paso no era acogido por la muchedumbre con rumores de admiración. Maldonado era más locuaz que su amigo. Sobre lo que iba y venía expresaba su opinión levantando el rostro sonriente hacia Castro. Este permanecía grave, solemne, respondiendo con monosílabos y adecuados gruñidos. Digamos que Ramoncito era mucho más bajo que su maestro, no sólo moral, sino también físicamente. Cuando paseaban a pie representaban verdaderamente, el uno al sabio profesor que va dejando caer gota a gota el raudal de su ciencia; el otro al ardoroso neófito ávido de enterarse y penetrar cuanto abarca su vista. --¿Adonde vamos?--preguntó distraídamente Castro al llegar a las cuatro calles. --Hombre, ¿no habíamos quedado en casar por casa de Calderón?--dijo tímidamente y un poco despechado Ramoncito. --¡Ah! sí; se me había olvidado. El joven concejal suardó silencio, admirando en su fuero interno aquella singular facultad de olvidarlo todo, que poseía su amigo. Y siguieron por la Carrera de San Jerónimo hguardoa Puerta del Sol. --¿Cómo estás con Esperancita?--se dignó preguntar Castro, soltando una bocanada de humo y parándose a mirar un escaparate. Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi pálido, y comenzó a balbucir a tropezones: --Lo mismo, chico.... Tan pronto arriba como abajo.... Unos días la encuentro muy amable ... es decir, amable, no; pero al menos habladora. Otros con un hocico de tres varas: se marcha en cuanto entro: apenas contesta al saludo, como si la hubiese ofendido.... Comprendo que alguna vez ha tenido motivos para estar enfadada. En el Real suelo ir al palco de las de Gamboa, y pienso que se le ha metido en la cabeza que me gusta Rosaura.... ¡Mira tú qué tontería! ¡Rosaura!... Pero hace lo menos un mes que no subo a saludarlas ... y lo mismo; ¡lo mismo, chico, lo mismo!... El otro día la pude pillar sola en el gabinete unos momentos, y de prisa y corriendo le he dicho que deseaba saber en qué quedábamos. Porque ya ves tú, no es cosa de estar haciendo el oso eternamente.... Me escuchó con paciencia.... Te advierto que yo estaba enteramente arrebatado y apenas sabía lo que iba diciendo. Cuando concluí me dijo que no tenía motivos para estar enfadado y se escapó a la sala. Después de esto ¿quién no había de entender que estaba el asunto arreglado? Vamos a ver, cualquiera en mi caso ¿no pensaría que íbamos a entrar en el terreno de la formalidad?... Pues nada, a los dos días voy por allá; intento hablarle aparte en calidad de novio y me da un bufido que me dejó helado.... Y así estoy. Ni sé si me quiere o si deja de quererme, ni tengo tranquilidad para dedicarme a mis quehaceres ni hago otra cosa que pensar en esa maldita chiquilla. --Yo creo--respondió Castro sin dejar de contemplar con atención el escaparate frente al cual estaban--que esa niña te ha cogido la acción. Ramoncito le miró sorprendido y respetuoso a la vez. --¿Cómo la acción?--se aventuró a preguntar. --Sí; la acción. Lo importante, en cualquier combate, es coger la acción al contrario. Si en el momento en que él piensa atacarte atacas tú con decisión, es casi seguro que llegas. Si vacilas eres perdido. Al pronunciar las últimas palabras, dejó de contemplar el escaparate y siguió su marcha majestuosa por la acera. Ramón hizo lo mismo. No había entendido bien la aplicación que podía tener este símil arrancado a la esgrima en su caso; pero se abstuvo de pedir explicaciones. --¿De modo que tú opinas...? --Opino que estás demasiado enamorado de esa niña y que ella lo sabe. --Pero vamos a ver, Pepe, ¿qué motivos puede tener para rechazarme?--comenzó a decir sulfurado Ramoncito y como hablándose a sí mismo--. ¿Qué es lo que espera esa chiquilla?... Su padre tiene dinero; pero serán varios hermanos a repartirlo. Mariana es joven, y cuando menos se pensaba ha principiado otra vez a echar al mundo hijos. Además, ya sabes cómo es don Julián. Antes que soltar un cuarto le harán rajas. Y francamente, esperar a que se muera no me parece negocio. Yo no soy un potentado, pero tengo fortuna regular, que es mía ya, sin esperar a que se muera nadie.... Puedo proporcionarla las mismas comodidades que tiene en su casa y el mismo lujo ... mayor lujo--añadió sacudiendo la cabeza con plausible resolución--.Luego, tengo por delante una carrera política. ¿Sabe ella si el día menos pensado no seré subsecretario o director? Mi familia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un tendero como el padre de D. Julián.... Luego, no es una divinidad ni mucho menos, una de esas chicas que llamen la atención, ¿sabes tú? ¿Por qué hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago favor? ¿Sabes quién tiene la culpa? Pues Cobo Ramírez y otros babiecas como él, que la han llenado la cabeza de viento.... ¡Sin duda espera la tonta que venga un príncipe de sangre real a buscarla!... Ramoncito negaba belleza a su adorada. Es signo de hallarse profunda y sinceramente enamorado el hombre; no ser hija de la vanidad su afición. El exceso de amor le arrastraba a injuriarla. Castro meditó que tal vez, la circunstancia de ser un poco desgalichado y tener el cutis lleno de pecas, influiría para que su amigo no lograse éxito lisonjero en esta como en otras empresas que había acometido: pero se abstuvo de manifestar tal sospecha. Prefirió asentar, cerrando los ojos y soplando el humo del cigarro, esta verdad de carácter general: --Las chicas son muy estúpidas. Ramoncito, de acuerdo con ella en principio, insistió, no obstante, en determinarla por medio de aplicaciones más o menos legítimas. --¡Es una mentecata!... No sabe ella misma lo que quiere.... ¿Crees que será posible llevarla al terreno de la formalidad algún día? Esto del terreno de la formalidad era una frase a la cual profesaba marcada predilección el joven concejal. Siempre que hablaba de Esperancita brotaba de sus labios tres o cuatro veces, como si necesariamente fuera asociada a sus amores. Pepe Castro sintió un malestar indecible: guiñó su ojo izquierdo infinitas veces. En realidad, nunca le había gustado anticipar ideas sobre los acontecimientos futuros. Era más caballista que profeta. Pero en este caso le repugnaba doblemente porque nada halagüeño podía anunciar a su amigo y admirador. Sacóle del compromiso la aparición de una joven hermosa y elegantemente vestida que venía al encuentro de ellos por la acera del Principal. --Aquí está la Amparo--dijo con la gravedad displicente y desdeñosa que Ramoncito admiraba. La querida de Salabert se acercó a ellos sonriente, saludándoles con efusión, particularmente a Pepe Castro. Este le apretó la mano sin perder de su gravedad ni separar la boquilla de los dientes, lo mismo que a un camarada a quien se acaba de ver en el café. --¿Adónde vais, granujas? --Pues a casa de Calderón a pasar un rato. --Venid conmigo. Voy a comprar un joyero. Me ayudaréis a elegirlo ... y me lo pagaréis. Hablaba en tono alegre y afectuoso: no parecía la misma criatura desabrida y mal humorada que hemos visto en su hotelito del barrio de Monasterio. Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para Salabert. --¡Esto es bueno!--exclamó Castro dignándose sonreír levemente--. ¿Nos pides joyas a nosotros cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert? Mete la mano en él, tonta. --Ya lo hago, hijo. Descuida. --Pues bien podías proteger un poco al pobre Manolo, que anda a oscuras hace tiempo. --¡Pobrecillo! ¿Pero de veras anda tan mal de guita? Yo creí que sólo era de la cabeza. --Eso es: ríete después que le has desplumado. --Oye, niño: yo no le he desplumado, por una razón muy sencilla: cuando vino a mi poder ya no tenía plumas--dijo la Amparo poniéndose seria. --No es verdad eso. Manolo ha gastado contigo más de cuarenta mil duros. --¡Eche usted duros! Así me lucía a mí el pelo cuando le puse a la puerta. Si tardo un poco más en hacerlo, voy a San Bernardino a la _grand Dumond_. --Bien, pues no los ha gastado. ¿A mí qué?--repuso el gallardo Pepe alzando los hombros--. ¿Quieres venir a cenar hoy con nosotros a Fornos? --¿Con quién? --Con éste y conmigo. Invitaremos también a León y a Rafael para que lleven a Nati y Socorro. ¿Tienes inconveniente en que vaya Manolo? --¡Al contrario, hijo, si a Manolo le quiero más de lo que te figuras! --Pues harías bien en darle de vez en cuando alguna conferencia íntima; si no, me temo que haya que llevarlo pronto al manicomio. --No creas que está siempre en mi mano. El otro tío es muy escamón. Después del Real ¿verdad? No me llevéis más gente. El ruido no me conviene ahora que estoy bien colocada ¿sabéis? Hasta luego. Oye, tú, feo--dirigiéndose a Ramón--, ¿por qué no hablas? Ya me han dicho que quieres casarte con la chiquilla de Calderón.... Pues hijo, tú horroroso y ella más fea que azotar a un Cristo, vais a echar unos nenes que habrá que enseñarlos en una barraca. Adiós, Pepe: no te olvides de los boquerones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego. Ramoncito se había puesto rojo de ira al oir tratar con tal desprecio a su adorada, sin tener presente que un momento antes había hecho él lo mismo. Y hubiera arremetido a la Amparo con alguna insolencia gorda, si ésta no se hubiese alejado sin fijarse poco ni mucho en la desazón que causaba. Contentóse con murmurar fatídicamente rechinando un poco los dientes: --¡Me parece que voy a ponerte yo la vergüenza que no tienes! El encuentro con la querida de Salabert en el momento en que se hallaba en lo más culminante de sus confidencias, le había turbado, y por eso no había despegado los labios. Apresuróse a anudar el hilo por donde aquélla lo había roto, preguntando a su amigo y maestro: --Vamos a ver, Pepe: tú en mi caso ¿qué harías? Castro caminó en silencio un rato mirando con fijeza a los balcones de las casas, sorprendido sin duda de que la gente no saliese a verle pasar. Luego, dando tres o cuatro largos chupetones al cigarro y revistiendo un aire reflexivo y grave, respondió: --Hombre (pausa); yo, en tu caso, principiaría por no estar enamorado. El amor es para los _fanciullos_, no para ti y para mí. --¡Eso es inevitable, Pepe!--exclamó el concejal en un estado tan triste y miserable que daba pena verlo. --Bien, pues si no puedes vencer esa _chifladura_, lo mejor es no darla a conocer. ¿Por qué tratas de persuadir a Esperancita de que te mueres por ella? ¿Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla de lo contrario y verás cuánto mejor es el resultado. --¿Qué quieres que haga?--preguntó con angustia. --Que no te manifiestes tan rendido, hombre. Que no seas tan melón. No vayas tanto a su casa. No la mires con ojos de carnero a medio degollar. Llévale la contraria cuando diga alguna tontería: insinúala que hay mujeres que te gustan mucho más. Date un poco de tono, y ya veras cómo el asunto toma mejor aspecto.... --¡No puedo, no puedo, Pepe!--exclamó Ramoncito pasándose la mano por la frente en el colmo de la congoja--. Al principio todavía era dueño de mí; podía hablarle con desembarazo y coquetear con otras.... ¡Hoy me es imposible! Así que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no digo más que necedades. Si la encuentro de mal humor sobre todo. Cada contestación suya me deja helado. No puedes figurarte qué tono tan displicente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si trato de hablar con otra, basta que Esperanza me ponga la cara risueña para que la deje inmediatamente. He llegado a pasar un mes sin dirigirle apenas la palabra; pero al fin no pude resistir más y volví a entregarme. Prefiero su conversación, aunque me maltrate, a la de todas las demás.... Ambos guardaron silencio como si caminasen bajo el peso de una grave desgracia. Pepe Castro meditaba. --Estás perdido, Ramón--dijo al fin tirando la punta del cigarro y frotando la boquilla con el pañuelo antes de guardarla--. Estás completamente perdido. Todo eso que me cuentas no tiene sentido común. Si supieses conducirte no hubieras llegado a semejante estado. A las mujeres se las trata siempre con la punta de la bota: entonces marchan admirablemente.... Después de verter estas breves y profundas palabras, se paró delante de un escaparate. --Hombre, mira qué collar tan bonito. Si le viniese bien al _Perl_ se lo compraba. Ramoncito miró el collar sin verlo, enteramente absorto en sus tristísimos pensamientos. --Pues, sí, Ramoncillo--continuó el distinguido salvaje echándole un brazo sobre el hombro--, estás perdido.... Sin embargo, yo me comprometía a lograr que Esperanza te quisiera con tal que hicieses lo que te he dicho.... Ensaya mi método. --Ensayaré lo que quieras. Deseo salir a todo trance de esta situación--repuso el concejal conmovido. --Pues mira, por lo pronto no irás a casa de Calderón sino cada ocho o diez días.... Iremos juntos o nos encontraremos allá. No debes quedar solo: en un momento de debilidad echarías a perder toda la obra. Hablarás poco con Esperanza y mucho con las chicas que allí estén. Procura ensalzar a las rubias, a las altas, a las blancas, en fin, a las mujeres que tienen el tipo opuesto al de ella y no dejes de entusiasmarte bastante. Llévale la contraria, pero sin apurarte mucho. Eres muy testarudo y no conviene disputar demasiado. Un tono suave y despreciativo surte mejor efecto. Lo más conveniente es que me mires de vez en cuando. Yo te haré alguna seña con disimulo: de este modo irás siempre pisando en firme.... Todavía, antes de llegar a la puerta de la casa de Calderón, tuvo tiempo Castro para ampliar con otros valiosos datos esta gallarda muestra de su talento didascálico. Sólo una inteligencia maravillosamente perspicua unida a larga y aprovechada experiencia, sólo un espíritu refinado podía penetrar tan hondamente en el secreto conflicto que la resistencia de Esperanza a consagrar su corazón a Ramoncito, había creado. Al mismo tiempo era el único que podía darle una solución satisfactoria. El joven concejal llegó al domicilio de su adorada en un estado de relativa tranquilidad. En cuanto a sus propósitos íntimos, sólo podemos decir que iba determinado a revestirse de un gran aspecto de dignidad y a oponer abierta resistencia a las tendencias invasoras de la niña de Calderón. Para comenzar juzgó oportuno meter las manos en los bolsillos y plegar los labios con una sonrisilla irónica y protectora. De esta suerte entró en el gabinete donde estaba reunida la familia del opulento banquero, balanceando la cabeza como si no pudiese con ella a causa del número incalculable de pensamientos que guardaba dentro, de los modales elegantes a los modales groseros no hay más que un paso, como de lo sublime a lo ridículo. Así que, no nos atrevemos a asegurar que Ramoncito, en la primera etapa de su conversación con Esperancita, se mantuviese siempre del lado de acá de la elegancia. Hay algún fundamento para pensar que no fué así. Lo que, salvando nuestra conciencia de historiadores veraces podemos afirmar, es que Esperancita tardó bastante tiempo en advertirlo, y que después de advertirlo no causó en ella la honda impresión que debía esperarse. En el gabinete costurero donde los introdujeron, estaban bordando D.ª Esperanza, Mariana y Esperancita. O hablando con exactitud, las que bordaban eran doña Esperanza y Esperancita: Mariana se mantenía sentada en una butaca, mirando al vacío en perfecto estado de inmovilidad. Pepe Castro y Ramón eran amigos íntimos de la familia y se les recibía sin ceremonia y con agrado. Después de algunos elusivos apretones de manos, con la sola excepción del de Maldonado a Esperancita, que no llegó a realizarse porque aquél se distrajo intencionalmente para dar comienzo digno a la gran serie de desaires de todas clases con que pensaba atormentar a su adorada, acomodáronse en sendas sillas. Pepe al lado de Mariana; Ramón junto a D.ª Esperanza. Antes de hacerlo, el joven concejal tuvo ya un momento de debilidad. Viendo a Esperancita algo apartada de su madre y abuela, pensó que era propicia ocasión para mantener con ella conversación secreta, y vaciló en llevar allá su silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver en su acuerdo. --Buenos ojos le vean a usted, Pepe--dijo Esperancita clavando los suyos, risueños y nada feos, en el famoso salvaje. --Preciosos son los que le están viendo ahora--se apresuró a decir Ramoncito. Castro, antes de responder, le volvió a mirar severamente. El concejal, aturdido, dijo para amenguar un poco su torpeza: --Porque ésta es la familia de los ojos bonitos. --Gracias, Ramón. Ya empieza usted a ser falso como todos los políticos--manifestó Mariana. --¡Siempre justiciero, Mariana!--exclamó aquél, rojo de placer, oyéndose llamar hombre público. --¿Cuántos días hace que no he estado aquí?--preguntó Castro a la niña. --Lo menos quince.... Verá usted: ha estado la última vez, un lunes.... Estaba aquí Pacita.... Hoy es sábado.... Trece días justos. Nunca había tenido tan presentes los días en que Maldonado visitaba la casa. Castro acogió esta prueba de interés con indiferencia. --Pensé que no hacía tantos días.... ¡Cómo se pasa el tiempo! añadió profundamente. --¡Claro! A usted se le pasa volando, lejos de nosotros. El joven sonrió bondadosamente y pidió permiso para encender un cigarro. Después dijo: --No; aún se me pasa más de prisa al lado de ustedes. --¿Más que en casa de tía Clementina?--preguntó la niña en un tono inocente que hacía dudar de su intención. Castro se puso serio y la miró fijamente. Sus relaciones con la hija de Salabert se habían mantenido hasta entonces bastante secretas. El que se descubriesen en casa de la hermana del marido, le inquietó. Esperancita se puso como una cereza bajo la penetrante mirada del joven. --Lo mismo--concluyó por decir con frialdad--. Todos son buenos amigos. --¿Va usted hoy a casa de mi cuñada?--dijo Mariana sin advertir lo que pasaba. --Iremos Ramón y yo: ¿no es sábado hoy? ¿Y ustedes? --Yo no tengo gana de recepción. Hace unos días que me encuentro un poco molesta de la garganta. --No digas que estás enferma, mamá. Dí que te gusta más meterte en la cama temprano--manifestó Esperancita con mal humor. La madre la miró con sus ojos grandes, apagados. --Tengo la garganta irritada, niña. --¡Qué casualidad!--exclamó ésta en tonillo irónico--. No te he oído eso hasta ahora. --Si es que tú tienes ganas de ir--repuso Mariana acabando de adivinarlo--, que te lleve tu papá. --Bien sabes que papá, no saliendo tú, no quiere salir. El tono de Esperancita revelaba despecho. Por los ojos de Ramoncito pasó un relámpago de alegría legítima y dirigió una mirada de triunfo a su amigo Pepe. La niña mostraba deseos de ir desde que supo que él asistiría también. La conversación comenzó a rodar sobre lugares comunes, deteniéndose con predilección en el más común de todos en la corte, o sea sobre los artistas del teatro Real. Se habló de la belleza de la Tosti. Ramoncito, enternecido por el triunfo que acababa de obtener, quiso negársela; maldijo de las mujeres altas, y sobre todo de las rubias. A él no le gustaban más que los tipos morenitos, carirredondos, de mediana estatura y de ojos negros (en fin, el de Esperancita; no le faltaba más que nombrarla). Su amigo Pepe, alarmado por este desahogo que daba al traste con todos los planes de asedio en que habían convenido, le hizo una porción de guiños disimulados hasta que consiguió traerlo al buen camino. Pero lo hizo tal mal, esto es, comenzó a contradecirse de un modo tan lamentable, que las señoras se lo hicieron notar en seguida. Se aturdió y se hizo un lío, del cual no hubiera podido salir sin un capote que muy a tiempo le echó su amigo y maestro. Para reparar un poco la torpeza se puso a contarles lo que había pasado el día anterior en el Ayuntamiento, con tales pormenores, que Mariana no tardó en bostezar como una bendita que era, y D.ª Esperanza se enfrascó en su bordado y dió señales de estar pensando en cosas muy distintas. Esperancita terminó por hacer una seña a Castro para que se acercase. Este obedeció trasladándose a una sillita cerca de la de ella. --Oiga, Pepe--le dijo la niña en voz baja y temblorosa--. Hace poco le he visto a usted ponerse serio conmigo. No sé si habré dicho algo que le pudiera molestar. Si fué así, perdóneme. --No sé a qué alude usted. A mí no puede molestarme nada de lo que me diga una niña tan linda y tan simpática como usted--manifestó el joven con su bella sonrisa de sultán. --Me alegro de que haya sido únicamente aprensión.... Muchas gracias por las flores, si es que usted las siente, que lo dudo.... A mí me dolería en el alma causarle a usted un disgusto.... Al decir estas últimas palabras, la niña se ruborizó hasta las orejas. --Pues tengo noticia de que es usted aficionada a darlos. --¡Oh, no! --Eso dice mi amigo Ramón. El rostro de Esperancita se oscureció al oir este nombre. Una arruguita severa cruzó su frente virginal. --No sé por qué lo dice. --¿No le remuerde a usted nada la conciencia? --Ni pizca. --¡Oh, qué corazón tan emperdenido! --¿Por qué? Si le he proporcionado alguna pena será que él se la habrá buscado. --Eso mismo le he dicho yo.... Pero, en fin, creo que el enfermo ya está en vías de curación y que no se pondrá más al alcance de sus dardos.... Le veo bastante más alegre y despreocupado de algunos días a esta parte. Castro trabajaba sinceramente y de buena fe por su amigo. --Mucho me alegraría de que así sucediese--respondió la niña con perfecta naturalidad. Castro hizo una defensa apasionada de su amigo, lo recomendó con toda eficacia a la benevolencia de Esperanza. Mas al verter en el oído de ésta algunas exageradas frases de elogio, el tono displicente con que las pronunciaba y la sonrisa burlona que no se le caía de los labios, las desvirtuaban bastante. Aunque así no fuese, la hija de Calderón las hubiera acogido con la misma hostilidad. --¡Vamos, Pepe, usted tiene ganas de guasearse! --¡Que sí, Esperancita, que sí! Ramón tiene un gran porvenir y no sería difícil que con el tiempo le veamos ministro. El concejal, mientras tanto, explicaba con la fluidez que le caracterizaba, a Mariana y D.ª Esperanza, de qué modo había descubierto un fraude de consideración en los derechos de consumos. Trescientos cincuenta jamones se habían introducido, hacía pocos días, de matute con la anuencia de algunos empleados del municipio. Ramoncito pensaba llevar a estos empleados a la barra en brevísimo plazo. Mariana le suplicaba que no fuese excesivamente severo con ellos; serían tal vez padres de familia. Mas no lograba ablandarle. Indudablemente, sus principios de justicia municipal eran más inflexibles que sus músculos cervicales, a juzgar por el número incalculable de veces que volvía la cabeza hacia el sitio en que Esperancita y Pepe departían. No estaba celoso. Tenía confianza plena en la lealtad de su amigo. Pero le gustaba que su adorada le escuchase cuando pronunciaba las frases: "_a la barra_", "_yo pienso dictaminar en mal sentido_", "_la ley municipal exige que los aforos_", _etc._, a fin de que el ángel de sus amores se fuera penetrando de los altos destinos a que la suerte la tenía reservada uniéndose a un hombre tan enérgico y tan administrativo. Todos aquellos discursos pronunciados en alta voz, no eran más que una continua y tierna invitación para que de una vez entrase "en el terreno de la formalidad". Oyéronse en esto pasos en la habitación contigua, y una tos que los presentes conocían admirablemente. D.ª Esperanza, al escucharla, entregó con precipitación, mejor dicho, arrojó la labor que tenía entre manos en el regazo de su hija. Cuando Calderón entró, Mariana bordaba con afectada aplicación mientras su Madre se mantenía mano sobre mano, como si hiciese largo rato que se hallase en tal postura. Ramoncito y Castro apenas se fijaron en esta maniobra. La razón de ella era que Calderón no perdonaba a su esposa la apatía, la pereza, juzgando estos vicios como verdaderas calamidades, considerándose muchas veces desgraciado por haberse unido a una mujer tan holgazana. No es que el trabajo de ella importase poco ni mucho en su casa; pero su temperamento de trabajador infatigable se revelaba en presencia de otro tan diametralmente contrario. La flojedad, el abandono de Mariana crispaban sus nervios, daban lugar a agrias contestaciones y a reyertas frecuentes. Ella se defendía suavemente. Alegaba que sus padres no la habían criado para jornalera, porque tenían medios suficientes para hacerla vivir como señora. Con esto D. Julián se enfurecía aún más; gritaba que todo el mundo tiene el deber de trabajar, por lo menos de hacer algo. La completa ociosidad es incomprensible. La mujer está obligada a cuidar de que no se desperdicie la hacienda de la casa, ya que no contribuya a acrecentarla, etc., etc. En fin, que la causa de los disgustos domésticos era esta irremediable holgazanería de la señora. D.ª Esperanza era muy diversa de su hija. Temperamento activo, vigilante, tan avara o más que su yerno, no podía jamás estar un cuarto de hora sin tener algo entre manos. En los negocios interiores de la casa no tenía intervención muy señalada. Calderón se complacía en ordenarlo y manejarlo por sí mismo todo. Y esto significa una contradicción que debemos hacer resaltar para que se comprenda bien su carácter. Quejábase amargamente porque su mujer no servía para llevar el gobierno de la casa, porque él se veía obligado a hacerse cargo de él; y no obstante, sabiendo que su suegra servía muy bien para el caso, no quería entregárselo. Esto hace sospechar que, aunque Mariana fuese un prodigio de actividad y de orden, no consentiría tampoco en abandonar la dirección de los asuntos interiores como de los exteriores. Su carácter receloso y sórdido le hacía preferir siempre el trabajo al descanso. Quisiera tener cien ojos para ponerlos todos sobre los objetos de su pertenencia. Doña Esperanza también deploraba el carácter de su hija; marchaba muy de acuerdo con la ruindad de su yerno, ayudándole no poco en la vigilancia de la casa. Mas, aunque la reprendiese a menudo por su apatía, como al fin había salido de sus entrañas, le dolía que Calderón lo hiciese, sentía vivamente las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que podía las evitaba aunque fuese a costa de un sacrificio, tapando las faltas de Mariana, haciéndose ella misma voluntariamente culpable de ellas. Tal era la razón de haberle entregado con tanta premura el cojín que estaba bordando. D. Julián entró con un libro en la mano, que no era el _Diario_, ni el _Mayor_, ni el _Copiador de cartas_, sino lisamente el folletín de _La Correspondencia_, que acostumbraba a recortar con gran esmero y luego cosía. Aunque parezca raro, D. Julián era aficionado a las novelas; pero no leía más que las de _La Correspondencia_, las piadosas que regalaban a su hija en el colegio. Por impulso propio no había entrado jamás en una librería a comprar alguna. No sólo era aficionado a leerlas, sino lo que aun es más raro, se enternecía notablemente con ellas. Porque guardaba en su pecho un gran fondo de sensibilidad. Era una flaqueza de su organismo, lo mismo que el asma y el reuma. Las desgracias del prójimo, la miseria, le compadecían extremadamente. Si pudiesen remediarse de cualquier otro modo que no fuese con dinero, es seguro que las haría desaparecer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacían llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razón, impotente para llevarlos a cabo. Así y todo hacía esfuerzos supremos por violentar su naturaleza. En realidad, no era de los ricos menos limosneros que hubiese en Madrid. Tenía una cantidad fija destinada a los pobres y les llevaba la cuenta en sus libros como si fuesen acreedores. Una vez agotada la cantidad mensual, creemos que si viese morirse de hambre en la calle a un desgraciado, no le socorrería con una peseta, no por falta de sensibilidad, sino por las profundas raíces que tenían en su corazón los números. La idea de desprenderse de algo suyo por otro medio de enajenación que no fuese la compra-venta, era para él casi incomprensible. Sus limosnas tenían por esto un mérito muy superior a las de otras personas. Cuando entró en el costurero manifestaba en el rostro señales de hallarse conmovido. Después de haber saludado a los forasteros, profirió sentándose en una butaca: --Acabo de leer en esta novela un capítulo precioso ... ¡precioso!... No pude resistir a la tentación de venírselo a leer a éstas.... Se detuvo porque no se atrevía a proponérselo a Castro y Ramoncito, aunque lo deseaba. Era muy amigo de leer en alta voz, por lo mismo que lo hacía medianamente. Mariana se complacía mucho en oir leer. De modo que, por este lado, marchaba bien el matrimonio. --Léelo, hombre.... Creo que a Pepe y Ramón no les molestará--dijo aquélla. Castro hizo un leve signo de aquiescencia, Ramoncito se apresuró a manifestar con ademanes extremosos que tendrían un gran placer ... que él era muy aficionado a los bellos capítulos, etc. ¡Pocas gracias! Viniendo del padre de su amada, sería capaz de escuchar con atención la lectura de la tabla de logaritmos. D. Julián se caló las gafas y se puso a leer, con una voz blanca de gola que tenía reservada para estas ocasiones, cierto capítulo en que se describían los sufrimientos de un niño perdido en las calles de París. Al instante comenzaron a arrasársele los ojos y a alterársele la voz. Concluyó por anudársele de tal suerte, que apenas se le entendía. Ramoncito se vió necesitado a tomarle el legajo y a continuar la lectura hasta el fin. Castro, en presencia de aquellas ridiculeces, ocultaba su sonrisa de hombre superior detrás de grandes bocanadas de humo. Terminado el capítulo y comentado en los términos más lisonjeros para todos los presentes, Mariana volvió los ojos hacia su labor. Observó que iba a hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues estaba a punto de terminarse. D.ª Esperanza, con quien comunicó este pensamiento, fué de la misma opinión. --Ramoncito--dijo la primera--hágame el favor de oprimir ese botón. El concejal se apresuró a cumplir el mandato. Al cabo de un instante se presentó la doncella de la señora. --Tiene usted que salir a comprar una vara de seda--le dijo ésta. La doméstica, después de enterarse de las particularidades del encargo, se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julián, que había escuchado atentamente, la detuvo con un gesto. --Aguárdese un momento.... Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que les hace falta. Y salió con paso vivo de la estancia. No tardó tres minutos en regresar con un paraguas viejo entre las manos. --A ver sí os puede servir la seda de este paraguas--dijo--. Me parece que es del mismo color.... Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa. Mariana lo tomó ruborizándose. --En efecto, es del mismo color ... pero está todo picado.... No sirve. Esperancita fingía estar absorta en su labor; pero tenía el rostro como una amapola. Tan sólo D.ª Esperanza tomó en serio el asunto y lo discutió. Al fin fué desechado, con disgusto del banquero, que quedó murmurando algunas frases poco halagüeñas acerca del orden y economía de las mujeres. Ramoncito ya no podía sufrir más aquella pena de Tántalo a que la experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio donde éste y Esperancita departían. Principió por levantarse de la silla con pretexto de estirar un poco las piernas y dió unos cuantos paseos. Poco a poco fué acercándose a ellos: concluyó por detenerse delante. --Qué tal, Esperanza.... ¿Hace mucho que no ha visto a su amiga Pacita? ¡Qué pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendió así y se ruborizó al pronunciar estas palabras. Castro le dirigió una mirada fulminante; pero, o no la vió, o se hizo como que no la veía. Esperancita frunció el entrecejo y contestó secamente que no se acordaba con precisión. Esto bastaría para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no se dió. Antes quiso prolongar la conversación con frases absurdas o insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al lado de ellos: pero Castro se lo impidió dándole, al descuido, un feroz y expresivo pisotón en los callos que le hizo volver en su acuerdo. Continuó, pues, su paseo melancólico y no tardó en sentarse de nuevo junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empeñado en una discusión animada con Calderón sobre si el adoquinado de las calles debía de hacerse por contrata o por administración. De buena gana hubiera cedido. Su interés estaba en hacerlo, porque al fin se trataba del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel pícaro temperamento terco y disputón con que la naturaleza le dotara, le arrastraba a proseguir, aunque veía a su suegro encendido y a punto de enfadarse. Afortunadamente para él, antes que llegase este punto, se presentó en la estancia un criado. --¿Qué hay, Remigio?--le preguntó el banquero. --Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los señores de Mudela, y me ha dicho que el señorito Leandro se encontraba un poco enfermo.... --¡Claro! ¡Qué le había de pasar a ese chiquillo!... No está acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada.... ¿Y qué es lo que tiene? Leandro era un sobrino carnal de D. Julián, hijo de una hermana que residía en la Mancha. Había venido a pasar una temporada a Madrid y la pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para cierta excursión de campo había pedido a su tío el carruaje. Este, por no ofender a su hermana a quien por razón de intereses estaba obligado a guardar consideraciones, se lo había otorgado, aunque con gran dolor de su corazón. --Me parece que le ha hecho daño el sol y la comida.... --Bueno, una indigestión.... Eso pasará pronto. --Yo creo que debías ir allá, Julián--, manifestó Mariana. --Si hubiese necesidad, claro que iría. Pero por ahora no la veo.... Dí tú, Remigio, ¿no puede trasladarse aquí? ¿Se ha quedado en la cama? --Ahí está el caso, señor--, dijo el criado dando vueltas a la gorra y bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave--. La cuestión es que una de las yeguas, la _Primitiva_, está enfosada. Calderón se puso pálido. --¿Pero no puede venir? --No, señor, está bastante malita, según dice el cochero de Mudela.... ¡Claro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua.... D. Julián se levantó presa de violenta agitación, y sin decir palabra salió de la estancia seguido de Remigio. Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa. Esperancita las sorprendió y se puso colorada. --¡Qué a pecho toma papá estas cosas! --¡Podría no tomarlo, niña!--exclamó D.ª Esperanza con voz irritada--. Un tronco que ha costado quince mil pesetas.... ¡Pues digo yo si es una gracia de Leandrito! Y siguió buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que había tomado con mucha filosofía la desgracia, les invitó a comer. --Quédense ustedes.... Ya ha pasado la hora de paseo. --No puedo--dijo Castro--. Hoy como en casa de su hermano. --¡Ah! verdad que es sábado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo. --¿Come usted todos los sábados en casa de tía Clementina?--preguntóle por lo bajo Esperancita con inflexión extraña. El lechuguino la miró un instante. --Casi todos como en casa de su tío Tomás. --Tía Clementina es muy guapa y muy amable. --Esa fama goza--repuso Castro un poco inquieto ya. --Tiene muchos admiradores. ¿No es usted uno de los entusiastas? --¿Quién se lo ha dicho a usted? --Nadie; lo supongo. --Hace usted bien en suponerlo. Su tía es, a mi juicio, una de las señoras más hermosas y distinguidas de Madrid.... Vaya, hasta otro rato, Esperancita. Y le alargó la mano con un aire displicente que hirió a la niña. El despecho de ésta se manifestó llamando a Ramoncito, que se mantenía un poco alejado. --Y usted, Ramón, ¿por qué no se queda? ¿Come usted también en casa de tía Clementina? --No: yo no.... --Pues quédese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra. --¡Yo aburrirme al lado de usted!--exclamó el concejal, casi desfallecido de placer. --Nada, nada: definitivamente se queda ¿verdad? Que se vaya Pepe, ya que tiene otros compromisos. Ramoncito iba a decir que sí con todas las veras de su alma; mas por encima de la cabeza de la niña, Castro principió a hacerle signos negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada: --No ... yo tampoco puedo.... --¿Por qué, Ramón? --...Porque ... tengo que hacer. --Pues lo siento. El concejal estaba tan conmovido que apenas pudo murmurar algunas palabras de gracias. Salió de la estancia casi a rastras. Una vez en la calle, Pepe le felicitó calurosamente y le anunció que aquella firmeza daría buenos resultados. Pero él acogió las enhorabuenas con marcada frialdad. Se obstinó en guardar silencio hasta su casa, donde su amigo y maestro le dejó al fin llena la cabeza de lúgubres presentimientos y más triste que la noche. VII #Comida y tresillo en casa de Osorio.# Al día siguiente de haber subido a casa de Raimundo, Clementina estaba más avergonzada y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de bajar la escalera. Los seres orgullosos sienten remordimientos por una acción que en su concepto los ha humillado, como los justos cuando han faltado a la humildad. En su interior confesaba que había dado un paso en falso. La serenidad y la cortesía de aquel muchacho, a la vez que lo elevaban a sus ojos, irritaban su amor propio. ¡Qué comentarios no habrían hecho él y su hermana después de aquella ridícula y extemporánea visita! Al pensar en ello se le subían los colores a la cara. Por no ver ni ser vista de Alcázar desde su mirador, dejó de salir a pie. El joven cumplía su promesa: no halló rastro de él por ninguna parte. Mas sin saber por qué causa, la imagen de éste flotaba siempre delante de sus ojos; con frecuencia acudía a su mente. ¿Era por aversión? ¿por resentimiento? Clementina no podía de buena fe afirmarlo. Su ex perseguidor no tenía nada en la figura ni en el trato que lo hiciese aborrecible. ¿Sería, por el contrario, que le hubiese impresionado demasiado favorablemente su presencia? Tampoco. Veía diariamente en sociedad muchos jóvenes más gallardos y de más agradable conversación. Así que, la sorprendía tanto como la irritaba encontrarse pensando en él. Nunca dejaba de protestar interiormente contra esta involuntaria inclinación, y de enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos días después de la escena relatada decidióse a salir una tarde a pie. El no hacerlo le iba pareciendo cobardía, conceder demasiado honor a aquel chiquillo. Cuando pasó cerca de su casa levantó los ojos y le vió como siempre al mirador con un libro en la mano. Bajólos instantáneamente y cruzó de largo seria y erguida. Mas a los pocos pasos sintió vago malestar como si no quedase satisfecha de sí misma. La verdad es que el no saludar o no haber siquiera esperado el saludo del joven, no había estado bien hecho después de sus francas explicaciones y de la amabilidad que con ella había usado mostrándole la rica colección de sus mariposas y ofreciéndosele tan finamente. Al día siguiente salió también a pie y reparó la injusticia del anterior clavando con fijeza su vista en el alto mirador. Raimundo le envió un saludo tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la hermosa dama se sintió halagada. No pudo ocultarse que aquel joven tenía singular dulzura en los ojos, que le hacía muy simpático, y que su conversación, si no repleta de donaires, revelaba firmeza de entendimiento y un espíritu culto. Estas observaciones debió de hacerlas a su debido tiempo; pero no las hizo por causas que ignoramos. Desde este día comenzó a salir como antes. Al cruzar por delante de la casa de Raimundo nunca dejaba de enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde donde le contestaban con verdadera efusión. Y según iban transcurriendo los días, el saludo era cada vez más expresivo. Sin hablarse una palabra parece que se establecía la confianza entre ellos. Clementina no trató de analizar el sentimiento que le inspiraba el joven Alcázar. Era poco aficionada a mirarse por dentro. Creía vagamente que hacía una obra de caridad mostrándose cortés con él. "¡Pobre muchacho!--se decía--. ¡Cómo adoraba a su madre! Y ella ¡qué feliz debió de haber sido con un hijo tan bueno y cariñoso!" Una tarde, cuando va llevaba más de un mes de estos saludos, le preguntó Pepe Castro: --Oyes: ¿ha dejado de seguirte ya aquel chiquillo rubio de marras? Clementina sintió un estremecimiento raro: se puso levemente colorada sin saber ella misma por qué. --Sí ... hace ya lo menos un mes que no le he visto. ¿Por qué mentía? Castro estaba tan lejos de pensar que entre aquel perseguidor desconocido y su querida mediase ninguna relación, que no advirtió el rubor. Pasó en seguida a otra cosa con indiferencia. Mas, para nuestra dama, aquel singular sacudimiento y aquel calorcillo en las mejillas fué una especie de revelación vaga de lo que en su espíritu acaecía. El primer dato concreto de esta revelación fué que al salir de casa de su amante, en vez de ir pensando en él, reflexionó que Alcázar cumplía demasiado fielmente su palabra de no seguirla. El segundo fué que al detenerse en un escaparate de joyería y ver un imperdible de brillantes en figura de mariposa, se dijo que algunas de las que había visto en casa de su amiguito rubio eran mucho más hermosas y brillantes. El tercero lo adquirió al entrar en casa de Fe a comprar unas novelas francesas. Ocurriósele al ver tanto libro, que su amante Pepe Castro no había leído ninguno de ellos, ni lo leería probablemente. Antes, le hacía gracia esta ignorancia: ahora la encontraba ridícula. Transcurrían los días. La señora de Osorio, hastiada de la vida elegante, habiendo agotado todas las emociones que ofrece a una dama ilustre por su hermosura y su riqueza, se iba placiendo extremadamente en aquel saludo inocente que casi todos los días cambiaba con el joven del mirador. Una tarde, habiéndose bajado del coche en el Retiro para dar algunas vueltas a pie, tropezó con Alcázar y su hermana en una de las calles de árboles. Dirigióles un saludo muy expresivo. Raimundo respondió con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero Clementina observó que la niña lo hizo con marcada frialdad. Esto la preocupó y la puso de mal humor para todo el día, por más que nunca quiso confesarse que la causa de su malestar y melancolía era ésta. Poco a poco, debido a su temperamento irritable y caprichoso, aquella aventura amorosa que había muerto al nacer, iba ocupando su espíritu haciendo brotar en él un deseo. Los deseos en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre todo si hallaban algún obstáculo: como tales, pasajeros también. Cierta mañana, después de haber saludado a Raimundo cerrando y abriendo la mano repetidas veces con la gracia peculiar de las damas españolas, y después de haber andado poco trecho, por un movimiento casi involuntario volvió la cabeza y levantó de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la estaba mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuertemente colorada: apretó el paso embargada por la vergüenza. ¿Por qué habría hecho aquella tontería? ¿Qué iba a pensar el joven naturalista? Cuando menos, se figuraría que estaba enamorada de él. Pues a pesar de que estas ideas bullían alborotadas en su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar la esquina y ocultarse a las miradas de aquél, no estaba tan irritada contra sí misma como otras veces. Sentía vergüenza, es verdad; pero luego que pudo caminar despacio, una emoción dulce invadió su espíritu, sintió un cosquilleo grato allá en el corazón como hacía ya muchísimo tiempo que no sentía. "¡Si volveré a mis tiempos de _fanciulla_!" se dijo sonriendo. Y comenzó a recrearse con su propia emoción considerándose feliz con aquel retorno a las inocentes turbaciones de la primera edad. Tan embebida marchaba en su pensamiento, que al llegar a la Cibeles, en vez de tomar la calle de Alcalá para ir a casa de Castro con quien estaba citada para aquella hora dió la vuelta como si estuviera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirtió se detuvo vacilante. Al fin se confesó que no tenía grandes deseos de acudir a la cita. "Voy a ver a mamá--se dijo,--. La pobre hace ya días que no pasa un rato conmigo." Y emprendió la marcha hacia el paseo de Luchana. Se puso de un humor excelente. Un piano mecánico tocaba el brindis de _Lucrecia_ por allí cerca y se paró a escucharlo, ¡ella que se aburría en el Real oyéndolo a las más famosas contraltos! Pero la música es una voz del cielo y sólo se comprende bien cuando el cielo ha penetrado ya un poco en nuestro corazón. Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel memorable personaje que vivía con un pie en el mundo aristocrático y otro en la clase media-covachuelista a la que en realidad pertenecía. Traía a su lado a una linda joven que debía de ser su hija, aunque Clementina no la conocía. Pinedo la tenía alejada de la sociedad que frecuentaba, la ocultaba cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa de Osorio siempre había tratado a este personaje con un poco de altanería, lo cual no era raro en ella como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de su espíritu la tornó expansiva y llana por algunos instantes. Como Pinedo cruzase grave dirigiéndole un sombrerazo ceremonioso según su costumbre, la dama se detuvo y le abordó con la sonrisa en los labios. --Amigo mío, usted es hombre práctico; también aprovecha estas horas de la mañana para respirar el aire puro y tomar un baño de sol. Contra su costumbre y naturaleza, Pinedo quedó un poco turbado, tal vez porque no le hiciera gracia presentar su hija a esta vistosa señora. Repúsose instantáneamente, sin embargo, y respondió inclinándose con galantería: --Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el que ahora he tenido. Clementina sonrió con benevolencia. --No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo a su lado una joven tan linda. ¿Es su hija? --Sí, señora.... La señora de Osorio--añadió volviéndose a la niña. Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a quien tanto conocía de vista y de nombre. Era una muchacha alta y esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos ojillos dulces y alegres. --Pues había oído decir que tenía usted una niña muy bonita; pero veo que la fama se ha quedado corta. La chica enrojeció aún más y apenas pudo murmurar las gracias. --Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer.... Esta señora, Pilar--añadió volviéndose a ella--, se complace en decir mentiras agradables como otros en decir verdades amargas. --Ya lo veo que es muy amable--repuso la niña. --No haga usted caso. Que es usted hermosa, está a la vista. --¡Oh, señora!... --Y diga usted, padre tirano, ¿por qué no la divierte usted un poco mas? ¿Está bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y reuniones y tenga encerrada a esta niña preciosa? ¿O es que se le figura que tenemos más gusto en verle a usted que a ella? El pobre Pinedo sintió un estremecimiento de dolor que trató de ocultar. Clementina había tocado con frivolidad en la parte más sensible de su corazón. Su sueldo ya sabemos que no le consentía más que vivir modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondía era precisamente para conservar el empleo, que era su único sostén y el de su hija. Esta nada sabía aún de aquel plan de vida. Pinedo esperaba casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamás aquel mundo en que no podía vivir y que él despreciaba en el fondo del alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir a gusto en otro. --Es muy joven aún.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa forzada. --¡Bah, bah! diga usted que es usted un grandísimo egoísta.... ¿Y cuánto tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--añadió la dama pasando a otra conversación. --Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interés por usted y se lamenta de que la haya abandonado. --¡Pobre Anita: es verdad! Sobre los dueños de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina comenzaron una conversación animada, inagotable. Pilar escuchó con atención al principio; pero como no conocía a la mayor parte de aquellos personajes concluyó por distraerse paseando su vista por las inmediaciones, fijándola en los pocos transeuntes que a aquella hora acertaban a pasar por allí. --Papá:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ahí viene aquel joven amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas. Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar a Rafael Alcántara, el célebre calavera que hemos conocido en el _Club de los Salvajes_. --¡Que mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclamó la dama con asombro. --Sí, un joven muy bueno, amigo de papá, que se llama Rafael Alcántara. Al volver la vista, cada vez más sorprendida, a Pinedo, éste le hizo una seña bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero calculando que su amigo tenía interés en que no se calificase a Alcántara como merecía, Clementina se calló. El joven salvaje, al cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso. Pinedo alargó al instante la mano para despedirse. --Ya sabe usted que hoy es sábado--dijo la dama--. Vaya usted a comer. --Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio. --Y lleve usted a esta joven tan monísima. --Ya veremos; ya veremos--replicó el covachuelista otra vez desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro día será. --Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, ¿verdad, preciosa? Y le cogió el rostro a la niña y le dió un beso en cada mejilla, diciéndole al mismo tiempo: --He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi salón niñas lindas y simpáticas. Y cada vez más alegre, sin saber por qué, se despidió y siguió adelante diciéndose: "¿Que diablo de interés tendrá Pinedo en convertir en santo a ese perdido de Alcántara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos brillantes como en los días de su adolescencia, llegó a la verja del gran jardín que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresuró a abrirle y a sonar la campana. Entró en la mansión ducal y, contra su costumbre, dirigió una leve sonrisa a dos criados de librea, que la esperaban en lo alto de la escalinata. Pasó en silencio por delante de ellos y fué derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha recorrido aquel camino muchos años. La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el médico director de un asilo de ancianas pobres, que ella había fundado hacía poco tiempo en unión de otras señoras. Al levantarse la cortina y ver a su hijastra, sonrió con dulzura. --¿Eres tú, Clementina? Pasa, hija mía, pasa. Esta sintió encogérsele el corazón al ver el rostro pálido y marchito de su madre. Abalanzóse a ella y la besó con efusión. --¿Te sientes bien, mamá? ¿Cómo has pasado la noche? --Perfectamente.... Tengo mala cara ¿verdad? --¡No!--se apresuró a decir la dama. --Sí, sí. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarándose de nuevo con el médico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se encargará de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de guardar las debidas consideraciones a las viejecitas ¿no es cierto? El médico era un joven simpático, de fisonomía inteligente. --Señora duquesa--respondió con firmeza--. Yo haré cuanto esté de mi parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta qué punto son impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, sólo por placer de herir lo mismo a mí que a mis compañeros, nos llenan a veces de insolencias. Cuanto más atentos nos mostramos con ellas, más se ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los días y no he hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre fijas. Jamás he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted enterarse y se convencerá de que quien tiene motivo a quejarse, son las pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente.... El médico se había ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento de sinceridad. La duquesa sonrió dulcemente. --Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy impertinentes.... --¡Oh, señora, eso es según!... --Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por sí una enfermedad y debe excitar compasión en los que no padecen de ella. A usted no necesito recomendársela, porque tiene un corazón muy caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso suplíqueles usted, en mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas. --Se hará, señora, se hará--respondió el médico, sanado por la singular dulzura de la fundadora--. El jueves la esperamos a usted ¿verdad? --No sé si esta fatiga lo permitirá. --Sí, sí, se lo garantizo yo. Y comprendiendo que estaba ya de más, el joven cortó la conferencia, estrechando con afecto y respeto que se le traslucía en los ojos, la mano de la duquesa, y saludando ceremoniosamente a Clementina. Luego que salió, ésta, que había estado contemplando con emoción reprimida el semblante descompuesto de su madrastra, conmovida por la bondad que respiraban todas sus palabras, se levantó del asiento y fué a arrodillarse delante de ella. Apoderóse de sus manos blancas y descarnadas y las besó con efusivo transporte de cariño. Esta mujer tan altanera con todo el mundo, sentía un goce especial, semejante al de los místicos, en humillarse ante su madrastra. La voz de ésta removía como un conjuro mágico las débiles chispas de bondad y de ternura que ardían en su corazón y les prestaba por un instante el aspecto de incendio. D.ª Carmen le quitó suavemente el sombrero, lo puso en un sillón contiguo y se inclinó para besarla amorosamente en la frente. --Hace cuatro días justos que no has venido a verme, pícara. --Ayer no he podido, mamá. Pasé casi todo el día arreglando mis cuentas, haciendo números. ¡Oh, qué horribles números! --¿Y por qué los haces? ¿No está ahí tu marido? --Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. ¿Usted no sabe que se ha vuelto un miserable, un tacaño, lo mismo que su cuñado? D.ª Carmen sabía que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que recientemente había experimentado fuertes pérdidas en la Bolsa: pero no se atrevió a decir nada a su hija. --¡Pobre hija mía! ¡Ocuparte tú en esas cosas cuando sólo has nacido para brillar como una estrella de los salones! --Ya no le faltaba más que eso para hacerse del todo antipático, ¡odioso! ¡Si las cosas pudiesen hacerse dos veces! Bruscamente, la expresión de ternura había desaparecido de sus ojos, reemplazándola otra sombría y feroz. Una arruga profunda surcó su tersa frente de estatua. Y con voz sorda comenzó a exponer sus quejas, a descubrir los agravios que su marido le hacía diariamente. A nadie en el mundo, más que a su madrastra, haría tales confidencias, que en ella no provocaban lágrima alguna. D.ª Carmen era quien las vertía una a una de sus ojos cansados. --¡Hija de mi alma! ¡Yo que hubiera dado mi vida por verte feliz! ¡Qué ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese hombre! --¡Mi padre! ¡Otro que tal! ¡Un hombre que no ha sabido jamás que tiene en casa una santa a quien debía adorar de rodillas! La verdad es que cuando pienso.... --¡Calla, calla: es tu padre!--exclamó la duquesa tapándole la boca con la mano--. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo más aún: de modo, que no hay mérito en perdonárselos, si él me perdona en cambio los míos.... No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma.... No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no estás acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediaría al instante.... Pero bien sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar cuenta a Antonio, y a éste no se le engaña fácilmente. Algún puñadito de oro, sí, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacarán de pilancos. Sin embargo, confío en que tus apuros no durarán mucho tiempo.... Hizo una pausa la bondadosa señora; quedóse mirando al vacío tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que aún permanecía de rodillas y acercando los labios a su oído, le dijo en voz baja: --Mira, hija mía, yo no tardaré en morir y pienso dejarte todo cuanto tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es mía, según me ha dicho el abogado de la casa. Clementina sintió una vibración en el alma que a un psicólogo le costaría mucho trabajo definir. Fué una mezcla de dolor, de asombro, y acaso también, de un poquito de alegría. El dolor predominó, no obstante, y abrazó a su madrastra y la besó cariñosamente repetidas veces. --¿Qué está usted diciendo ahí?... ¡Morirse! No: yo no quiero que usted se muera. Usted me hace mucha más falta que su dinero. Sin usted yo hubiera sido una mujer muy perversa.... Temo que el día en que usted me falte lo sea. Los únicos momentos en que siento un poco de blandura en el corazón son los que paso a su lado. Parece, mamá, como si usted me transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene.... --Basta, basta, aduladora--dijo D.ª Carmen poniéndole otra vez la mano en la boca--. Tú te tienes por peor de lo que eres. Tu corazón es bueno. Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo ¡el orgullito! ¿no es verdad? --Sí, mamá, sí, es cierto.... Usted no sabe lo que es el orgullo y los tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes. Sentir una mirada como la hoja de un puñal en el corazón. Escuchar una palabra y darle un millón de vueltas en la cabeza hasta marearse y ponerse enferma. Vivir con el corazón ulcerado, con el alma inquieta.... ¡Oh, cuántas veces he envidiado a las personas virtuosas y humildes como usted! ¡Qué feliz sería yo si no llevase a cuestas este carácter triste y receloso, esta soberbia que me consume!... ¡Y quién sabe--añadió después de una pausa--, quién sabe si hubiera sido más dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado con un joven modesto, trabajador, inteligente, sería mejor mi suerte. Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los pormenores de la casa como las demás mujeres que trabajan y luchan, no hubiera quizá llegado adonde llegué.... Yo necesitaba un marido afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme.... Hoy mismo, mamá, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me retiraría con gusto de ella, me iría a vivir a un rinconcito alegre, allá en el campo, lejos de Madrid. No me haría falta más que un poco de amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos. El espíritu de Clementina, gratamente impresionado por la niñería de la calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se inclinaba a los sentimientos idílicos. La buena D.ª Carmen la escuchaba y la animaba con sonrisa cariñosa. Las confidencias de la hermosa dama se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de niña, cuando contaba a su madrastra las declaraciones de amor que le habían hecho en el baile de la noche anterior y le leía los billetitos que le remitían sus adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la hacía feliz. Tentada estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las emociones pueriles que agitaban su alma aquella mañana; pero un sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente condescendiente que tocaba en los límites de la estupidez. Es probable que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque lo hacía aquel día con un ministro. Por la tarde, después de aligerada y refrescada el alma con larga e íntima charla, ambas se trasladaron en coche a San Pascual, rezaron allí una estación al Santísimo, siempre expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes de oscurecer, porque el relente de la noche no le convenía a la duquesa y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero de retirarse. Era sábado, día de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de subir a vestirse, Clementina dió una vuelta por el comedor: contempló la mesa con detenimiento y ordenó algunos cambios en los canastillos de frutos que sobre ella habían colocado. Se hizo traer el paquete de los _menú_ escrito en un papel imitación de pergamino con las iniciales doradas del dueño de la casa; llamó al secretario de su marido; le hizo escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fué por sí misma colocándolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para dos caballeros, y así sucesivamente según la categoría, la edad o la afección particular que sentía por sus invitados. Habló algunos minutos con el _maître d'hôtel_. Después de dar las últimas disposiciones se fué. Al llegar a la puerta se volvió, echó una nueva mirada penetrante a la mesa, y dijo: --Quite usted esas flores con perfume que están cerca del puesto de la señora marquesa de Alcudia y cacámbielasor camelias u otras que no lo tengan. La devota marquesa no podía sufrir los aromas a causa de sus frecuentes neuralgias. Clementina, odiándola en el fondo del alma, le guardaba más consideraciones que a ninguna de sus amigas. La alta nobleza de su título, su carácter severo, y hasta su fanatismo la hacían respetada en los salones, a los cuales prestaba realce su presencia. Subió a su cuarto seguida de Estefanía, aquella doncellita tan enemiga del cocinero. Estrenaba un magnífico traje color crema, descotado. Ordinariamente se ponía para estas comidas de los sábados trajes de media etiqueta, esto es, con las mangas hasta el codo. Ahora quiso lucir su celebrado descote en honor de un diplomático extranjero que comía por vez primera en su casa. Mientras se dejaba arreglar el pelo, su espíritu vagaba distraído por los sucesos del día. No había acudido a la cita de Pepe: de seguro vendría furioso. Su labio inferior se alargó con displicencia y sus ojos brillaron maliciosamente como diciendo: "¿Y a mí qué?" Después se acordó del saludo a su juvenil ex perseguidor, de aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un sentimiento de vergüenza volvió a acometerla. Sus mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco más de color. Tornó a llamarse para su fuero interno, tonta, imprevisora, loca. Por fortuna, el chico parecía modesto y discreto. Otro cualquiera formaría castillos en el aire al instante. Pensó bastante en él y pensó con simpatía. La verdad es que tenía una presencia agradable y un modo de hablar suave y firme a la vez, que impresionaba. Luego aquel cariño entrañable a la memoria de su madre, su vida retirada, su extraña manía de las mariposas, todo le hacía muy interesante. Cuántas veces había pensado Clementina esto mismo desde hacía dos meses no podremos decirlo; pero sí que lo había pensado un número bastante considerable. Su espíritu, embargado por dulce somnolencia, volvió a inclinarse al idilio. Aquel cuarto tercero, aquel despacho alegre, aquella vida dulce y oscura. ¡Quién sabe! La felicidad se encuentra donde menos se piensa. Un puñado de trapos, otro de joyas, algunos platos más sobre la mesa no pueden darla a nadie. Pero un pensamiento lúgubre, que hacía algún tiempo amargaba todos sus sueños, le cruzó por la mente. Ella era ya una vieja; sí, una vieja; no había que forjarse ilusiones. A Estefanía le costaba cada vez más trabajo ocultar las hebras plateadas que en sus rubios cabellos aparecían. Aunque se resistía tenazmente a echar sobre su hermosa cabeza ningún producto químico, presentía que no iba a haber otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz con que la aventura del joven Alcázar le había hecho soñar, estaba vedado para ella. No le quedaba ya, y eso por poco tiempo, más que los devaneos vulgares, insulsos, de los tenorios aristócratas, iguales unos a otros en sus gustos, en sus palabras y en su inaguantable vanidad. ¿Qué relación podía ya existir entre aquel niño y ella, como no fuese la de madre a hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de Raimundo por ella fuese enteramente el que él había manifestado en su entrevista: mas ahora veía con perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que entre un chico de veinte años y una mujer de treinta y siete (porque tenía treinta y siete por más que se quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor que ella apetecía en aquel momento. Estas reflexiones labraron una arruguita en su frente, la arruga de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre sí misma para pensar en otra cosa. Mirando a su doncella en el espejo observó que estaba densamente pálida. Volvióse para mejor cerciorarse, y le dijo: --¿Te sientes mal, chica? Estás muy pálida. --Sí, señora--manifestó la doncellita algo confusa. --¿Las náuseas de otras veces? --Creo que sí. --Pues, anda, vete y que suba Concha. ¡Es raro! Mañana avisaremos al médico a ver si te da algún remedio. --No, señora, no--se apresuró a contestar Estefanía--. Esto no es nada. Ya pasará. Algunos minutos después bajaba la dama al salón, deslumbrante de belleza. Estaba ya en él Osorio paseando con su amigo y comensal, casi cotidiano, Bonifacio. Era un señor grave y rígido, de unos sesenta años de edad, calvo, de rostro amarillo y dientes negros. Había sido gobernador en varias provincias y últimamente desempeñaba el cargo de jefe de sección en un ministerio. Hablaba poco, nunca llevaba la contraria, primera e indispensable virtud de todo el que quiere comer bien sin gastar dinero, y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja de Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto que lo primero que se veía en la sala de su casa era un gran retrato del propio Bonifacio en traje de ceremonia, con una pluma muy alta en la gorra y un manto blanco de extraordinaria longitud sobre los hombros. Este caballero de Calatrava, personaje misterioso del cual decía Fuentes (otro personaje más alegre del cual hablaremos) que era un hombre "con vistas al patio", tenía una manía bastante original, la de coleccionar fotografías obscenas. Guardaba en su casa dos o tres baúles llenos hasta arriba. Pero esta afición no la conocía nadie más que los libreros y fotógrafos, que tenían buen cuidado de pasarle recado así que llegaba de París, Londres o Viena alguna remesa. En un rincón estaban sentadas Pascuala, una viuda sin recursos que servía a Clementina mitad de amiga, mitad de dama de compañía, y Pepa Frías que acababa de llegar. Al pasar por delante de los dos hombres para ir a saludar a Pepa, las miradas de los esposos se cruzaron rápidamente como relámpagos tristes y siniestros. El rostro de Osorio, ordinariamente sombrío, bilioso, estaba ahora imponente de ferocidad. No fué más que un instante. En cuanto las damas cambiaron algunas palabras, el banquero se acercó a ellas con Bonifacio y empezó a embromar con acento cariñoso a su esposa sobre el traje. --¡Vaya un talle que me gasta mi mujer!... Chica, aunque no quieras oirlo te diré que te vas ajamonando a pasos de gigante. --No diga usted eso, Osorio, si precisamente Clementina es una de las mujeres que tienen el cutis más terso en Madrid--dijo Pascuala. --¡Toma! Buen dinero me ha costado el estucado que se ha puesto en París esta primavera. Clementina seguía también la broma; pero le costaba más trabajo fingir. Al través de las sonrisas nerviosas que iluminaban su rostro por momentos y de las cortadas frases enigmáticas, se percibía el malestar, la inquietud y hasta un dejo de odio. Sonó la campana de la verja repetidas veces. El salón se pobló en pocos minutos con las quince o veinte personas que estaban invitadas. Llegó la marquesa de Alcudia sin ninguna de sus hijas. Rara vez las traía a casa de Osorio. Vino también la marquesa de Ujo, una mujer que había sido hermosa: ahora estaba demasiado marchita; lánguida como una americana, aunque era de Pamplona, algo romántica, presumiendo de incomprensible y con aficiones literarias. La acompañaba una hija bastante agraciada, más alta que ella y que debía tener lo menos quince años, a pesar de lo cual su madre la traía con faldas a media pierna porque no la hiciese vieja. La pobre niña sufría esta vergüenza con resignación, poniéndose colorada cuando alguno dirigía la vista a sus pantorrillas. Llegó el general Patiño, conde de Morillejo: no faltaba ningún sábado. Vinieron también el barón y la baronesa de Rag por primera vez. Clementina les dió la preferencia colmándoles de delicadas atenciones. El barón era plenipotenciario de una nación importante. El ministro de Fomento Jiménez Arbós, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Cotorraso entraron casi a la vez. A última hora, cuando faltaban pocos minutos para las siete, llegó Lola Madariaga y su marido. Esta señora, mucho más joven que Clementina, era no obstante su íntima amiga, el confidente de sus secretos. Comía tres o cuatro veces a la semana con ella, y raro era el día que no salían juntas a paseo. No podía llamársela hermosa; pero su fisonomía tenía tal animación, sus ojos brillaban con tanta gracia y su boca se plegaba con tal malicia al sonreír dejando ver unos dientes de ratón blancos y menudos, que siempre había tenido muchos adoradores. De soltera fué una coquetuela redomada: trajo al retortero los hombres, gozando en acapararlos todos, prodigando las mismas sonrisas insinuantes, idénticas miradas abrasadoras al hijo de un duque que a un empleadillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva y nariz arremolachada que al mancebo de veinte años gallardo y apuesto, al rico como al pobre, al noble como al plebeyo. Su coquetería, parecida en esto al amor de Jesucristo a la humanidad, igualaba todas las castas, todos los estados, unía a los hombres en santa fraternidad para participar del fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos muy lindos que formaban sus mejillas al reir y de otra multitud de dones y frutos con que la providencia de Dios la había dotado. Después de casada, seguía mostrando la misma entrañable benevolencia hacia el género humano, si bien de un modo más sucesivo, esto es, un hombre después de otro o, a lo sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano rico con rasgos de indio en la fisonomía. Poco después que éstos entró en el salón Fuentes, un hombrecillo vivaracho, feo, raquítico, bastante marcado por las viruelas. Nadie sabía de qué vivía: suponíansele algunas rentas. Frecuentaba todos los salones de algún viso de la corte y se sentaba a las mesas mejor provistas. Sus títulos para ello eran los de pasar por hombre de animada y chispeante conversación, ingenioso y agradable. Más de veinte años hacía que Fuentes venía alegrando las comidas y los saraos de la capital, desempeñando en ellos el papel de primer actor cómico. Algunos de sus chistes habían llegado a ser proverbiales; repetíanse no sólo en los salones sino en las mesas de los cafés, y hasta llegaban a las provincias. Contra lo que suele suceder en esta clase de hombres no era maldiciente. Sus chistes no tendían a herir a las personas, sino a alegrar el concurso y obligarle a admirar lo fácil, lo vivo y lo sutil de su ingenio. Todo lo más que se autorizaba era apoderarse de las ridiculeces de algún amigo ausente y formar sobre ellas una frase graciosa; pero nunca o casi nunca a costa de la honra. Estas cualidades le habían hecho el ídolo de las tertulias. Ninguna se consideraba completa si Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella. --¡Oh, Fuentes! ¡Oh, Fuentes!--gritaron todos viéndole aparecer. Y una porción de manos se extendieron para saludarle. Apretando las primeras que llegaron a chocar con la suya se dirigió desde luego a la señora de la casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto cómico, diciendo: --Perdone usted, Clementina, si llego con un poco de retraso. Viniendo acá me cogió por su cuenta Perales, ya sabe usted ¡Perales!, no tengo más que decir. Luego, cuando pude desprenderme de sus manos, ahí en la esquina del ministerio de la Guerra, caí en las manos del conde de Sotolargo, y ése ya sabe usted que es pesado con un cincuenta por ciento de recargo. --¿Por qué?--se apresuró a preguntar Lola Madariaga. --Porque es tartamudo, señora. Los convidados rieron, algunos a carcajadas; otros más discretamente. La frase venía preparada: se conocía a la legua; pero así y todo produjo el efecto apetecido, parte porque en efecto había hecho gracia, parte también porque todo el mundo se creía en el deber de ponerse risueño en cuanto Fuentes abría la boca. Un instante después un criado de librea abrió de par en par las puertas del salón, diciendo en alta voz: --La señora está servida. Osorio se apresuró a ofrecer el brazo a la baronesa de Rag y rompió la marcha hacia el comedor seguido de todos los convidados. Cerrando la comitiva iba el barón conduciendo a Clementina. Los criados esperaban puestos en fila con la servilleta al brazo, capitaneados por el _maître_. Osorio fué designando a cada invitado su puesto. No tardaron en acomodarse todos. La mesa ofrecía un aspecto elegante, armonioso. La luz, que caía de dos grandes lámparas con reflectores, hacía resaltar los vivos colores de las flores y las frutas, la blancura del mantel, el brillo del cristal y la porcelana. Sin embargo, esta luz, demasiado cruda, hace daño a la belleza de las damas, las desfigura como un aparato fotográfico. Para templarla y producir una iluminación suave y normal, Clementina hacía colocar dos candelabros con numerosas bujías a los extremos de la mesa. Todas las señoras estaban más o menos descotadas: alguna, como Pepa Frías, escandalosamente. Los caballeros, de frac y corbata blanca. La conversación fué en los primeros momentos particular: cada cual hablaba con su vecino. La baronesa de Rag, una belga de pelo castaño y ojos claros, bastante gruesa, preguntaba a Osorio los nombres de los objetos que había sobre la mesa. Hacía poco tiempo que estaba en España y apetecía con ansiedad conocer el castellano. Clementina y el barón hablaban en francés. Pepa Frías, que estaba entre Pepe Castro y Jiménez Arbós, le dijo al primero por lo bajo: --¿Qué le parece a usted de la _jeta_ del marido de Lola? ¿verdad que para gaucho no es del todo mala? Castro sonrió con la superioridad que le caracterizaba. --Sí, debió de haber _lazado_ muchas vacas en la pampa. --Hasta que al fin una vaca le _lazó_ a él. --Pero no fué en la pampa. --Ya sé: en los jardinillos: no me diga usted nada. El general Patiño, fiel a su naturaleza y a su tradición militar, se desplegó en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tenía al lado. --Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la savia y todo el fuego del mediodía, exige el adorno oriental por excelencia. --Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como Clementina, dejaría las perlas en sus estuches--respondió la dama, mostrando al sonreír unos dientes bastante desvencijados donde brillaba en algunos puntos el oro del dentista. --Haría usted mal. Las mujeres hermosas están en la obligación de ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las linfáticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y guardando en el corazón un licor que marea y embriaga. --¡Si dijera usted como una pasa! --¡Oh, no, marquesa! ¡oh, no!... Y el general rechazó con fuego la especie y empleó toda su elocuencia en desbaratarla como si tuviese delante un ejército enemigo. Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al oído de los invitados: _Sauterne, Jerez, Margaux_, en un tono cavernoso semejante al que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte. --Yo no bebo más que _champagne frappé_ hasta el fin--dijo Pepa Frías al que tenía detrás. --¡Cuánto calor, Pepa, cuánto calor!--exclamó Castro. --No lo sabe usted bien--repuso la viuda con entonación maliciosa. --Por desgracia. --O por fortuna. ¿Está usted ya cansado de Clementina? Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dolía desperdiciar su ingenio en conversación particular, para una sola persona. Asió la primera ocasión por los cabellos para levantar la voz y atraerse la atención de los comensales. --Ayer le he visto a usted por la mañana en la carrera de San Jerónimo, Fuentes--le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro puestos más allá. --Según a lo que usted llame mañana, condesa. --Serían las once, poco más o menos. --Entonces, permítame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy siempre en la cama. --¡Oh, hasta las dos!--exclamaron varios. --Eso ya es una exageración, Fuentes--dijo la marquesa de Alcudia. --Pero es una exageración aristocrática, marquesa. ¿Quién se levanta primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de cocina. Un poco más tarde encontrará usted a los horteras abriendo las tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallará usted gente más distinguida, oficiales del ejército, estudiantes, empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los banqueros, algunos propietarios; pero sólo después de las dos de la tarde podrá usted ver en la calle a los ministros, a los directores generales, a los títulos de Castilla, a los grandes literatos.... Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la pereza y se creían en el caso de reir y decirse unos a otros por lo bajo: --¡Este Fuentes! ¡oh! ¡este Fuentes tiene la gracia de Dios! Y alguno, por el placer de oirle nada más, le llevaba la contraria. --Pero hombre, ¿habrá nada más agradable que levantarse por la mañana a respirar el aire puro y bañarse con la luz del sol? --Prefiero bañarme en agua tibia con una botellita de Kananga. --¿Me negará usted que el sol es hermoso? --Es hermoso, pero un poco cursilón. Yo no digo que allá al principio del mundo no fuese una cosa asombrosa, digna de verse; pero ustedes comprenderán que ahora está anticuado. ¿Hay nada más ridículo en una época tan positivista como la presente que llamarse Febo y gastar cabellera de oro? Además, el sol no tiene mérito alguno intrínseco. Está ahí ardiendo porque Dios lo ha puesto. Pero la luz del gas, la luz eléctrica representan el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo de la inteligencia, hace recordar nuestro poder sobre la materia, la soberanía del espíritu en todo el Universo.... Luego--añadió bajando un poco la voz--, al sol se le puede ver sin que cueste dinero, y yo siempre he aborrecido los espectáculos gratis. Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, animado por aquellas risas, se desbordaba en paradojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo a ojos vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que a los grandes actores demasiado aplaudidos. No sabía contenerse a tiempo y entraba al fin en el terreno de la extravagancia. De aquí a lo insulso no hay más que un paso, y Fuentes lo daba con frecuencia. El conde de Cotorraso persistía en defender al astro del día para excitar el ingenio de su detractor. El sol era quien animaba la Naturaleza, quien calentaba nuestro cuerpo aterido, etc. --Eso de que el sol produzca animación, lo niego--replicaba Fuentes--; Madrid está mucho más animado por la noche que por el día, y para calentarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos.... Vamos a ver, conde, fíjese bien: ¿qué mérito puede tener una cosa que a la fuerza ha de ver siempre su lacayo primero que usted? Como alguien dijera riendo que Fuentes tenía "buena sombra", éste replicó vivamente: --¿Lo ve usted, conde? Hasta para decir que un hombre tiene gracia se dice que tiene buena sombra. A nadie se le ocurre decir que tiene buen sol. Y con motivo de las sombras se habló de la del manzanillo. La marquesa de Ujo preguntó al mejicano, marido de Lola, si en su país había manzanillos. Ballesteros, que así se llamaba, replicó que no, pero que había visto muchos en el Brasil. La marquesa se informó con viva curiosidad de las particularidades del árbol; pero quedó sumamente disgustada cuando el mejicano le dijo que la sombra no mataba y que sólo su fruto desprendía un agua corrosiva. --¿De modo que durmiendo debajo de él no se muere? --Señora, yo no he dormido ¿sabe?; pero he almorsado con varios amigo debaho de uno y no nos ha pasao ná. --Entonces, ¿cómo se suicida Sélika en _La Africana_ acostándose a la sombra de ese árbol? --Eso es una patraña, una invensión de los poeta ¿sabe? Será una cosa bonita, pero no tiene nada de verdá. La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su poética creencia; arguyó que tal vez los manzanillos de la India fuesen distintos de los del Brasil. Hablóse de las producciones de Méjico. --¿Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas, Ballesteros?--preguntó Clementina. --¡Oh, señora; eso es una exagerasión! A lo sumo que llegará mi rebaño es a tresientas mil. --Si fuesen mías--dijo Fuentes--, construiría un estanque mayor que el del Retiro, lo llenaría de leche y navegaría por él. --Nosotro no utilisamo la leche, señor, ni la manteca tampoco. La carne alguna vese la convertimo en tasaho ¿sabe? y la esportamo. Mas por lo regulá sólo sacamo partido de las piele ¿sabe? Los cuerno también los vendemo para la fabricación de los objeto de asta. --¡Que te quemas! ¡que te quemas!--exclamó Pepe Castro por lo bajo. Pero no tanto que no lo oyese Jiménez Arbós, que estaba del otro lado de Pepa Frías, y no le acometiese un acceso de risa que procuró con todas sus fuerzas sofocar. --Anda, barbiana, alárgame ese frasquito de mostaza--dijo Pepa Frías dirigiéndose a Clementina para disimular también la risa que le había acometido. --Bajbiana, bajbiana.... ¿Qué es que bajbiana?--preguntó, la baronesa de Rag a Osorio en su afán de aprender pronto el español. Este se apresuró a explicárselo como pudo. Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jiménez Arbós. Solían ser algunas frases rápidas que probaban la inteligencia en que estaban y al mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversación con Pepe Castro, que tenía a su izquierda, era más animada. --¿Por qué no aconseja usted a Arbós que coma más carne?--le preguntaba el lechuguino al oído. --¿Para qué? --Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen. --¡Ya!--exclamó la viuda con entonación irónica--. Mire usted por sí y deje a los demás arreglar sus cuentas como Dios les dé a entender. --Ya ve usted que procuro nutrirme. --Sí, pero que vaya un poco también al cerebro, porque el día menos pensado se cae usted en la calle de tonto. --¿Se ha ofendido usted?--preguntó riendo el elegante como si hubiese dicho la cosa más descabellada del mundo. --No, hombre, no: es que lo creo así. No entiendo cómo Clementina puede sufrir semejante narciso. --¡Chis, chis! ¡Prudencia, Pepa, prudencia!--exclamó Castro con susto, levantando los ojos hacia su querida. --¿Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted una sola mirada hasta ahora. Castro, que hacía días estaba un poco despechado por la frialdad de su dueño, sonrió forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no le pasó inadvertido este gesto. --Mire usted qué cara tan nublada tiene en este momento Osorio. ¡Inspira horror! Y toda la culpa la tiene usted, pícaro. --¡Yo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen tan amarillo. Me han dicho que está arruinado o muy próximo a arruinarse. Pepa se estremeció visiblemente. --¿Qué dice usted? ¿Por dónde ha sabido usted eso? --Pues me lo han dicho ya varios. La viuda se volvió bruscamente hacia Jiménez Arbós sin ocultar su agitación y le preguntó en voz baja y alterada: --¿Has oído algo de que Osorio esté arruinado? --Sí, lo he oído. Osorio viene jugando a la baja hace tiempo y los fondos se empeñan en subir--respondió el estadista levantando la cabeza con gesto petulante de pavo real. En el tono con que pronunció estas palabras se advertía satisfacción. Para un ministro, jugar a la baja es siempre un crimen digno de castigo. --Yo no sé lo que tendrá comprometido en esta liquidación; pero si es mucho está perdido, porque el consolidado ha subido un entero. Y si se empeña en no liquidar inmediatamente, a fin de mes puede tener muy bien dos enteros de alza. Todo el buen humor de Pepa había desaparecido de repente. Bajó la cabeza y dejó caer el tenedor sin ánimo para concluir el trozo de jamón de York que se había puesto. El ministro, observando su silencio y su tristeza, le preguntó: --¿Tienes por casualidad fondos en su poder? --Por casualidad, no ... ¡por estupidez mía! Tiene en su mano casi toda mi fortuna. --¡Oh diablo, diablo! --Se me está haciendo rejalgar en el cuerpo lo que he comido. Creo que me voy a poner mala--dijo la viuda poniéndose realmente pálida. Arbós hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez no fuese cierto todo. En las ruinas como en las fortunas improvisadas se exagera siempre mucho. Además, si algún compromiso había sagrado para Osorio, debía ser el de ella, una dama que le confía su dinero por pura amistad. Aunque hablaban en falsete, sus fisonomías graves y sus ademanes decididos llamaron la atención del general Patiño, el cual, con admirable penetración, dijo a la marquesa de Ujo: --Mire usted a Pepa y a Arbós. Hay nube de verano entre ellos. ¡Qué hermoso es el amor hasta en sus fugaces tormentas! Mientras tanto, los condes de Cotorraso, Lola Madariaga, Clementina y los barones de Rag hablaban del arsénico como medicamento para engordar y poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era la primera vez que lo oía y se mostraba llena de júbilo, y anunciaba que iba inmediatamente a ensayar la virtud milagrosa del veneno. --¡Dios mío, Lolita!--exclamó Fuentes--. Si usted, como es ahora, causa tales estragos en los corazones masculinos, ¡qué va a suceder cuando lleve cuatro o cinco meses con un régimen de arsénico! Señor Ballesteros, no consienta usted que lo tome: es tratarnos con demasiada crueldad. --Vamos, amigo Fuentes--repuso la graciosa morena dirigiendo una mirada insinuante a Castro, porqué se le había metido en la cabeza arrancársele a Clementina--¿me quiere usted tomar el pelo? --¡Tomaj el pelo!... ¿Qué es que tomaj el pelo?--preguntó la baronesa de Rag a Osorio. A esta baronesa la estaba desvistiendo con la imaginación Bonifacio, contemplándola desde lejos sin pestañear. Hacía días que había comprado entre otras fotografías obscenas la de una mujer desnuda meciéndose en una hamaca. Se le antojaba que la baronesa se parecía mucho a aquella mujer, y trataba de averiguar, por medio de un prolijo examen exterior, si interiormente guardaría la misma semejanza. Terminó al fin la comida no sin dedicar, por supuesto, un buen rato de conversación al teatro Real, a Gayarre y a la Tosti. No la hubieran digerido bien si les faltase. El café, como era costumbre en casa de Osorio, se sirvió en el mismo comedor. Luego, las señoras con algunos hombres se fueron al salón. Otros se quedaron fumando, pero no tardaron en ir a reunirse con los demás. Hacía allí un calor insufrible. Pepe Castro aprovechó la confusión de la salida para preguntar a Clementina: --¿Cómo no has ido esta mañana? Clementina detuvo el paso, le miró con sonrisa protectora. --¿Esta mañana?... No sé. --¿Cómo no sabes?--dijo frunciendo su augusta frente el real mozo. --No sé; no sé--y dió un paso para alejarse sin dejar de sonreír con leve matiz de burla. --¿Y mañana irás? --Veremos--respondió alejándose. Castro sintió aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se mordió el labio inferior y murmuró:--¿Coqueteamos, eh? ¡Ya me la pagarás, hermosa! En el salón había ya algunas personas, entre ellas Ramón Maldonado y la hija de Pepa Frías con su marido. En otro saloncito contiguo estaban preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego a jugar. Otros esperaron a que llegasen los compañeros de costumbre. No tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Llegó D. Julián Calderón con Mariana y Esperancita, Cobo Ramírez con León Guzmán y otros tres o cuatro pollastres, el general Pallarés, los marqueses de Veneros y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y hombres de negocios. Uno de los últimos en llegar fué el duque de Requena, a quien se hizo la misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entró jadeando, fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna le había hecho adquirir. Hablaba poco, reía menos; emitía sus opiniones con rudeza y se dejaba adorar del corro de señoras que le rodeaba. Tenía las mejillas más amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jiménez Arbós señalándole: --Ahí tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre de los sábados. Se le invitó a jugar al tresillo como siempre; pero rehusó. Había visto a dos banqueros a quienes quería pescar para su negocio de la mina de Riosa. Además le convenía hacer la corte a Jiménez Arbós algunos momentos. Ya había conseguido que la mina saliese a subasta con todos sus accesorios de montes y pertenencias. En la _Gaceta_ se había insertado el anuncio. La compañía para comprarla estaba ya formada. Pero entre los socios había desavenencia. Unos pretendían comprarla al contado (entre ellos estaba Salabert) y otros querían aprovechar los diez plazos que el Gobierno concedía. La diferencia en la tasación de una a otra forma, era enorme. El duque se acercó a Biggs, el representante de una casa inglesa que entraba con parte muy considerable en la compañía y que capitaneaba el partido de la compra a plazos. Le echó familiarmente el brazo sobre el hombro y le llevó al hueco de un balcón, diciéndole con rudeza: --¿Conque ustedes empeñados en que nos arruinemos? Y comenzó a tratar el asunto con una franqueza que desconcertó al inglés. Este respondía a las salidas brutales del duque con razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benévolamente. El duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomática. --Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo adquirirlo, ¿sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me veré obligado a cortar por lo sano, separándome del negocio. --Señor duque, yo no tengo culpa--respondía Biggs con marcado acento inglés--. He recibido instrucciones. --Las instrucciones son dadas según los consejos de un zorro viejo que hay en Madrid. --¡Oh, duque!--exclamó Biggs riendo,--no hay _sorro vieco_, no. Y la discusión continuó sin que el banquero español pudiese obtener nada del inglés, pero dejándole bastante preocupado. Pepa Frías, vivamente agitada, hablaba aparte con Jiménez Arbós, después de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponían con medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y, aunque en las últimas liquidaciones de Bolsa había experimentado pérdidas fuertes, no creían que eran lo bastante para producir una quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos señores operaba sobre diferencias como Osorio. Este se había enviciado. A pesar de las advertencias de sus amigos y compañeros, no podía vencer aquella pasión del juego, que tarde o temprano había de conducirle a la ruina. Pepa le observaba disimuladamente, y con la penetración maravillosa de las mujeres adivinaba debajo de su exterior frío, tranquilo, mucha mar de fondo. Mientras Arbós procuraba tranquilizarla con frase correcta, atildada (ni aun hablando a su querida prescindía de las formas oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consistía en dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus fondos de la quema, si es que la había, anclando a su propio dote. Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su amiga, serenóse un poco. Arbós tuvo ocasión una vez más, viendo acudir la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes persuasivas con que la providencia de Dios le había favorecido. Pepa tuvo ánimos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina, Pinedo y Arbós. Al cruzar el salón grande vió sentados en un rincón a su hija y a su yerno en la actitud de dos tórtolas enamoradas. Acercóse a ellos. Como no había logrado barrer de su espíritu la preocupación, hablóles con cierta aspereza. --¡Ayer os mandábais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para despegaros! Por lo visto, hijos, tomáis el matrimonio a turno impar.... Vamos, vamos, separaos que no está bien aparecer tan sobones delante de gente. Emilio se sintió herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero ésta pasó de largo, entrando en la sala de tresillo. Así y todo quedó murmurando pestes, diciendo que él no había aguantado jamás ancas de nadie y que menos las aguantaría ahora de su suegra, con otra porción de frases igualmente enérgicas que derramaron la tristeza por el rostro de Irenita. Y hubieran concluído por hacerla llorar, si él, volviendo en su acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y amoroso, rogándole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla de menta que su linda mujercita tenía en la boca. Con esto volvieron a arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de Osorio. Un grupo de cinco o seis niñas, entre las cuales estaba Esperancita, hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramírez y nuestro inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Difícil es exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas debían de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la algazara que producían. Sin embargo, aplicando el oído, se observaba pronto que los gestos de las niñas, aquel levantar de ojos, aquel agitar la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no correspondían exactamente a las palabras que se pronunciaban. Decía un pollo verbigracia: --Manolita; ayer la he visto a usted en San José confesando con el padre Ortega. La interesada reía con gozo extremado. --¡No es verdad, Paco; no me ha visto usted! Decía otro: --Pilar, ¿dónde compra usted esos abanicos tan monísimos? Pilar prorrumpía en carcajadas. --¡Qué guasón! Y ¿dónde ha comprado usted aquel perro tan feo que llevaba usted hoy en el paseo? --Feo, sí; pero gracioso. Confiéselo usted. Tales frases hacían desbordar la alegría de aquellos pechos juveniles. Se hablaba recio, se reía más aún, se gesticulaba. Las niñas, sobre todo, parecía que tenían azogue, mostrando sin cesar las dos filas de sus dientes cuando los tenían bonitos o tapándoselos con el abanico cuando no eran presentables. Pero, sobre todo, lo que alborotó el grupo y levantó más tempestad de carcajadas, fué una contestación de León Guzmán. Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes preciosos, preguntó a León qué hora era. Este, sacando el reloj, respondió que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran ya cerca de las doce. Esta equivocación hizo gozar vivamente a las niñas. Manolita, sobre todo, quería desvestirse de risa. Cuanto más hacía para reprimir el influjo de sus carcajadas, con más ímpetu salían a su boca fresca y húmeda. Indudablemente, en las frases, en la apariencia vulgares y hasta estúpidas de los pollos, debe de existir un fondo de humorismo tan profundo como vivo, que sólo las jóvenes de quince a veinte años son capaces de recoger y gustar. Pero León Guzmán, una vez sosegada la risa, pudo con maña retirarse un poco y entablar conversación aparte con Esperancita. Esto llenó de dolor y sobresanó a Ramón. Hacia días que venía observando que el conde de Agreda miraba con buenos ojos a su dueño adorado. Considerábale más temible que a Cobo, por ser hombre de brillante posición. Cobo, según lo que veía, no adelantaba un paso, lo cual le tranquilizaba. Pero el asunto cambiaba ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la alegría del grupo y dirigía a la pareja unos ojos de carnero que despertaban lástima. Sin embargo, la niña, a su gran satisfacción, no se mostraba demasiado amable con el conde. Parecía preocupada, triste, y dirigía frecuentes y rápidas miradas hacia el sitio donde el propio Ramón estaba. Verdad que detrás de él, en un diván, se hallaban sentados Pepe Castro y Lola Madariaga, charlando con gran animación. Pero el concejal no se hizo cargo de esto. Cuando León se levantó, Ramoncito le llevó aparte a un rincón y le dió con frase sentida sus quejas. Debía de saber que él, Maldonado, hacía tiempo que obsequiaba a Esperanza, que estaba enamorado de ella perdidamente. Sentía en el alma que un amigo tan íntimo le viniese a hacer daño. Recordóle con enternecimiento la infancia, sus juegos, el colegio. Concluyó por suplicarle con voz entrecortada por la emoción que si no tenía un gran interés por Esperancita dejase de darle celos. León le escuchó entre impaciente y confuso. Por librarse de él prometió cuanto quiso. Luego, cuando se vió entre los amigos, contó la ridícula conferencia y se rió en grande a costa del desdichado concejal. El duque de Requena, después que dijo a Biggs lo que se proponía, se sentó a jugar al tresillo con la condesa de Cotorraso, el mejicano, marido de Lola, y el general Pallarés. Poco después bufaba lleno de furia porque le venían malas cartas. A pesar de su opulencia jugaba siempre con el mismo afán que si le importase mucho la perdida o la ganancia de unos cuantos duros. Si la suerte le era adversa se ponía de un humor endiablado, murmuraba y hasta llegaba a decir frases inconvenientes a los compañeros. Su hija se veía muchas veces obligada a templarle y a quitarle las cartas de la mano para ponerse ella en su lugar. Ahora Clementina estaba de buen talante jugando en la mesa próxima: se reía de Pepa Frías porque se mostraba silenciosa y preocupada. --Oiga usted, Pinedo, no me acordaba ya--dijo arreglando el abanico de cartas que tema en la mano--, ¿por que tenía usted interés esta mañana en hacer pasar por un santo delante de su hija al perdido de Alcántara? --Es un secreto--respondió el gran vividor. --¡Que se diga, que se diga!--exclamaron a un tiempo Pepa y Clementina. Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligándoles a prometer antes que lo guardarían fielmente, se lo dijo. Había observado en las niñas tendencia señalada a enamorarse de los calaveras, de los vagos, de los malvados, y a rechazar a los hombres laboriosos y formales. Para que su hija no cayera en poder de alguno de aquellos invertía las referencias que le hacia de cada cual. Cuando pasaba a su lado un chico honrado y trabajador, le ponía de loco y de perdido que no había por dónde cogerlo; si, por el contrario, pasaba uno que mereciese en realidad tales dictados, como Alcántara, se hacía lenguas de él. Pepa, Clementina y Arbós suspendieron el juego para escuchar sonrientes aquel singular relato. --¿Y produce efecto el procedimiento?--preguntó el ministro. --Hasta ahora admirable. Jamás se le ocurre a mi hija mentar en la conversación a los que yo le doy por buenos muchachos. En cambio, ¡cuántas veces me dice muy risueña!: "¿Sabes, papá, que hoy he visto a aquel amigo tuyo tan _perdis_? No se puede negar que tiene gracia en la cara y que parece un chico fino. ¡Es lástima que no formalice!" En aquel momento, Cobo Ramírez, que andaba por allí resoplando como un buey cansado, se acercó a la mesa y quiso saber de qué se reían. No le fué posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo una seña prohibitiva porque tenía mucho miedo a su lengua. También Pepe Castro, harto de dar celos a Clementina con su amiga Lola, sin que aquélla pareciese siquiera advertirlo, se levantó y se fué aproximando silenciosamente afectando melancolía. Se puso detrás de Pepa Frías y apoyó los brazos en el respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalosamente descotada que en aquella actitud se podía ver más de lo que la decencia permite. --¡No vale mirar, Pepe!--exclamó Cobo con maligna sonrisa. --Miro las cartas--respondió aquél. --¡Vamos, no sea usted desvergonzado, Cobo!--dijo Pepa dándole con ellas en las narices y volviéndose a Castro. --Quítese de ahí, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pájaro. Fuentes se acercó para despedirse. --¿No toma chocolate?--le preguntó Clementina dándole la mano. --¿Cómo quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de descerrajar un soneto a quema ropa? --¿Mariscal? --El mismo. En el comedor y a traición. Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que hacía sonetos a la Virgen y odas a las duquesas. --Pero ya me he vengado como un marroquí--siguió.--Le he presentado al conde de Cotorraso que le está dando una conferencia sobre los aceites. Miren ustedes qué cara de sufrimiento tiene el pobre. Los tresillistas volvieron la cabeza. Allá en un rincón estaban, en efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tenía cogido por la solapa según su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro contraído, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir como un hombre a quien conducen a la cárcel. --Arbós, ¿no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos? Para no destruir el efecto de la frase se marchó bruscamente. Todas las noches recorría dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y sus ingeniosidades. Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo Ramírez cogió una mesilla japonesa, la llevó a un rincón, sentóse frente a ella y se apercibió a engullir. Pepa Frías echó una mirada en torno, y viendo al general Patiño acercarse, le dijo: --General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Dáselas tú a Pepe, Clementina; vamos un poco al salón. El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al salón grande: mas antes de llegar a él, dijo Pepa: --Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio. Clementina la miró con sorpresa. --¿Quieres que vayamos al comedor? --No; mejor es que subamos a tu cuarto. Volvió a mirarla con más sorpresa aún, y, alzando los hombros, dijo: --Como quieras. ¡Cosa grave debe de ser! Mientras subían la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el _boudoir_, le dijo Pepa cogiéndola por las muñecas y mirándola fijamente: --Vamos a ver, Clementina, ¿tú sabes cómo andan los negocios de tu marido? Fué un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precisión, tenía noticias de las pérdidas de Osorio, de su creciente y febril afán de jugar. El mismo, en una explicación que con ella tuvo, la había amedrentado para arrancarle la firma. Además le veía cada día más delgado y más sombrío. Pero aunque se preocupaba un instante de estas cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la memoria. Nunca se le pasó por la imaginación que tales pérdidas pudiesen afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentación, ni aun a sus caprichos. La conducta de Osorio, que nada le había dicho de restringir los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano permanecía vivo allá en el fondo. No había más que hostigarle como hizo Pepa, para que royese lindamente. --¿Los negocios de mi marido?--dijo balbuciendo, como si no entendiese--. Yo nunca me entero ... ni le pregunto. --Pues me han dicho que ha tenido grandes pérdidas en estos últimos tiempos.... --Allá él--exclamó la dama reponiéndose y alzando los hombros con supremo desdén. --Es que a ti también te puede chamuscar el pelo, hija mía. ¿Tienes asegurada tu dote? --No sé lo que es eso.... ¿No te he dicho que no entiendo de negocios? --Pues en este asunto debieras procurar enterarte. --Pues yo te digo que no me preocupa nada y te ruego que hablemos de otra cosa. Clementina se mostraba más altanera y desdeñosa cuanta más insistencia veía en Pepa. Su orgullo, siempre alerta, le hacía suponer que ésta había preparado aquella conferencia para mortificarla. --Es que ... querida mía, debo advertirte que tu marido no especula solamente con su capital--dijo la viuda picada ya. --¡Ah! ¡Ya pareció aquello! Vamos, tú tienes algunos ochavos en poder de Osorio y temes perderlos, ¿verdad?--dijo Clementina con sonrisa sarcástica, reprimiendo su cólera con trabajo. Pepa se puso pálida. Una ola de ira le subió también del corazón a los labios. Estuvo a punto de echarlo todo a rodar y ponerse a reñir como una verdulera, para lo cual tenía dotes especialísimas; pero un pensamiento interesado, un pensamiento de conservación la contuvo. Si rompía con su amiga, si la irritaba, las probabilidades de salvar su capital disminuían. Comprendió que el mejor partido era no excitar su naturaleza indómita, esperar que la amistad o su mismo orgullo la impulsasen a la generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus ímpetus ante la mirada altiva y provocativa de su amiga y dijo con abatimiento: --Pues sí, Clementina, te lo confieso. Tu marido tiene en su poder lo poco que poseo. Si lo pierdo me quedo sin una peseta. No sé qué será de mí.... Antes que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna. --Pedir limosna, no. Te traeré a casa para acompañarme en lugar de Pascuala--dijo con desdén la dama, en quien la soberbia aún no se había apaciguado. Pepa sintió más este flechazo que el anterior, pero logró contenerse también. --Vamos, chica--dijo volviendo a cogerla por las muñecas cariñosamente--, no me eches a la cara los millones. Si he venido a aburrirte con estas cosas, es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya sé yo que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta por el mundo. La mayor parte de lo que cuentan de las pérdidas de Osorio, probablemente no será verdad.... --Y si lo fuese, la cosa tiene poca importancia para mí. Figúrate que hoy mismo me ha dicho mi madrastra que me deja por heredera de toda su fortuna. Pepa abrió los ojos con sorpresa. --¿La duquesa? ¡Oh, pues no son más que cincuenta millones de pesetas! Creo que la pobre está muy enferma.... --Bastante. La soberbia se sobreponía en aquel instante a todo sentimiento afectuoso en el corazón de Clementina. Pronunció aquel bastante en un tono que daba frío. Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se entendían perfectamente. Pepa, afectando siempre desenfado, adulaba de todos los modos posibles a su amiga, como hermosa, como rica, como elegante. Clementina se dejaba adular, respiraba con delicia aquel tufillo de incienso. En cambio prometía que ni un céntimo perdería Pepa de su capital. Bajaron la escalera cogidas por la cintura, charlando como cotorras. Al llegar a la puerta del salón, antes de soltarse se dieron un apretado y cariñoso beso. Ninguna de las dos pensó que lo que las tenía enlazadas no eran sus propios brazos, sino los de un cadáver: el cadáver de una santa y generosa señora. VIII #Cena en Fornos.# Al salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ramoncito se metieron en la berlina que esperaba al primero y se trasladaron a Fornos. Les costó trabajo desembarazarse de Cobo Ramírez, que había olido algo de cena y deseaba ser de la partida. Ramón dió un codazo a Castro para manifestar que no le vería con gusto en ella. Este, a quien tampoco placa el carácter desvergonzado del primogénito de Casa-Ramírez, hizo lo posible por desprenderse de él engañándole. El terror de los maridos estaba de muy mal humor. La indiferencia real o fingida que Clementina le había mostrado toda la noche le roía el corazón. Siempre habían sido prudentísimos en sociedad, sobre todo en casa del marido; pero nunca le faltó ocasión, hasta entonces, a la dama, con una mirada intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle su amor. Y como esto llovía sobre mojado, porque hacía ya bastantes días que la encontraba despegada, distraída, la picadura era más viva. Castro no estaba enamorado de la esposa de Osorio. Era incapaz de enamorarse. Pero tenía una idea extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como consecuencia, un amor propio exagerado. Además, ya sabemos que Clementina era para él, no sólo la tórtola enamorada, sino el cuervo que le traía en su pico el sustento. Envuelto en su gabán de pieles y arrellanado en el rincón del coche, no despegó los labios en todo el camino. Era la una. La noche fría y despejada, una noche de Madrid, en que el ambiente produce cosquillas en los ojos y la nariz. Ramoncito, entregado también a sus melancolías, limpiaba con el pañuelo el cristal de la ventanilla para sumergir la mirada en las calles solitarias y en el cielo poblado de estrellas. Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera. --Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa tía--dijo Castro apresurándose a entrar. Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les esperaban tres señoras y dos caballeros. Antes de subir dió las disposiciones necesarias para la cena que había encargado. En el gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcántara, Manolito Dávalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con _fueras_ y silbidos. Todos cinco venían del Real: hacía muy cerca de media hora que esperaban. --¡Que poca vergüenza tienes, hijo!--dijo la Amparo con el hermoso entrecejo fruncido--. Y menos aún los que toman en serio tus convites. --Chica, me figuré que saldrías más tarde del Real. --¡Eso! Dí que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes tener cierta disculpa. Amparo solía llamar en broma su hijastra a Clementina. --¡Qué hijastra, ni qué madrastra!--exclamó el lechuguino con gesto de mal humor--. ¡Si pensarás que hay mujer que me retenga a mí cuando no quiero! El despecho, incubado toda la noche, rompía ahora con fuerza la cáscara. --¡Olé mi niño! Así hablan los hombres--exclamó la Nati, una chulilla de Lavapiés que descubría el paño, no sólo en la conversación, sino también en el peinado, en los andares, en todo. --¡Qué simple eres, criatura!--dijo la Amparo volviéndose a ella--. ¿Te figuras que eso es cierto? Clementina le tiene más sumiso que un perrillo de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta de sus pies. --¡Sí; lo mismo que tú a su papá!--respondió furioso Castro--¿Vosotras, por lo visto, os habéis llegado a figurar que soy un cadete de infantería? Pues ya veréis lo que me importa por esa señora.... --¿De veras?--preguntó Alcántara. --De veras: me voy aburriendo ya. Castro, previniendo una próxima ruptura con su amante, preparaba una cama blanda a su reputación de seductor para que no sufriese desperfecto. --Os enfadáis conmigo--siguió--porque llego tarde.... ¿Y León? ¿Dónde está León? --León, aquí está--profirió una voz sonora detrás. Y el propio León avanzó hasta el medio de la estancia y se puso a parodiar, con entonación y mímica de cómico de la legua, una zarzuela muy conocida: Yo soy aquel conde de Agreda llamado, que en lides sin cuento probó su valor. --Oye, nene--dijo Socorro tirándole de los faldones del frac--, tengo que ajustarte una cuenta. --¡Tú también!--exclamó con afectado espanto--.¡Cielos! ¿Dónde me meteré que no me presenten cuentas? Y se dejó llevar, fingiendo susto, a un rincón por su querida, que le preguntó en voz baja: --Dí, babieca, ¿por qué no me has dicho que era Amparo de la partida? ¿No sabes que estamos políticas hace ya días? --¡Bah! ¡bah!--exclamó alzando la voz y apartándose--. En cuanto tengáis unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis, desde la calle. -Socorro quedó acortada mordiéndose los labios. Temía que Amparo hubiese advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les había echado una mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrugó el entrecejo: "¡Anda, anda! ¡A buena parte iban con recaditos! ¡Como la picasen un poco era capaz de agarrar por el moño a aquella pánfila y batirla contra la pared!" La Socorro era una rubia linfática, de tez nacarada y ojos claros, un poco romántica y un mucho susceptible. Se decía hija de un comandante y se agarraba el derecho de despreciar a sus compañeras nacidas del seno de la plebe. Era más instruída que ellas porque leía todos los folletines que le venían a las manos: cuidaba de no decir palabras feas: no solía emplear tampoco locuciones flamencas. Tenía alguna más edad que la Amparo y la Nati. --A la mesa, a la mesa--dijo Alcántara--. Estas óperas alemanas me excitan un hambre de lobo. Levantáronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras Castro hacía sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los detuvo con un gesto. --Caballeros, hay aquí dos princesas que han reñido por cuestiones diplomáticas que no nos incumben. ¿Opinan ustedes que se den un beso antes que nos sentemos? --Que se lo den: que se lo den--exclamaron los tres hombres y Nati, mirando a la Socorro y Amparo. Esta se encaró furiosa con León. --¡Ja, ja!... Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a hacer daño la cena. La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa. --Que se besen--volvió a decir el coro. --Oíd, preciosos, ¿nos habéis traído para reiros de nosotras o a darnos de cenar?--dijo la Amparo cada vez más irritada. Castro trató de calmarla. --No hay motivo para enfadarse, Amparito. León, lo mismo que yo y todos los demás, desearíamos que los que nos sentemos a cenar fuésemos buenos amigos. Si hay algún resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como presumimos, no ha sido por cosa grave. --¡Que se besen!--gritaron con más fuerza los comensales. No hubo más remedio. Castro y Alcántara se apoderaron de la Amparo, Ramón y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defendía con energía. Al cabo concluyó por reirse. --¡Pero esto es estúpido! ¿Qué mosca os ha picado? Y acercándose con decisión a Socorro, le dió un beso sonoro en la mejilla. --Besémonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpáticos les dé un ataque de nervios. La Socorro le pagó el beso con otro más tímido, manifestándose reservada y circunspecta. --Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida--dijo sentándose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no ardía. Se tostó por delante y por detrás, en tal forma, que, cuando Rafael fué a coger la silla, quemaba. --¡Qué atrocidad! Mirad, chicos, cómo ha dejado Amparo la silla. Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron. --¡Cómo tendrá esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo--dijo Castro avanzando hacia ella. --¡Eh, niño, alto! que yo soy de mírame y no me toques.... Bueno, si queréis tocad la espalda--añadió generosamente. Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba. --Ahora vais a ver cómo me las compongo con los boquerones--dijo sentándose--. Porque supongo que te habrás acordado de mí--añadió levantando la vista hacia Pepe Castro. Este hizo una señal afirmativa y empujó suavemente a Manolito Dávalos para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extraña turbación que se apoderaba del tocado marqués cuando se ponía cerca de la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba confuso, ruborizado, sin saber qué decir ni hacer. Los compañeros, que lo sabían, mirábanle con disimulo y enviaban sonrisas y guiños a la joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con él. Se reía como los demás de aquella extraña y furiosa pasión; pero en el fondo se sentía halagada por ella. Rafael Alcántara, que ya había pellizcado en todos los platos de entremeses, volvió a gritar: --Señores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una indigestión de aceitunas. Acomodáronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos. Amparo desdeñó el _consommé_; pero cuando trajeron unos filetes de _boeuf macédoine_ se colmó de tal modo el plato que los amigos comenzaron a darse de codo y a reir. --¡Ah! ¿vosotros pensáis que soy una niña tísica de las que cantan _La Stella confidente_?... ¡Ya veréis, ya! Rafael sacó la conversación del duque de Requena, pero la Amparo cortó las bromas. --Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como pueda. Aunque todo el mundo sabía que tenía esclavizado al archimillonario, no gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensañaron con ella vengándose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en vez de acudir a la defensa, contentóse con sonreír discretamente y exclamar con negligencia: --¡No sabéis lo que decís! Aquella sonrisa, aquel tono superior y desdeñoso, querían sin duda significar que era ridículo hablar de las interioridades de Clementina en presencia de él. Pusiéronse sobre el mantel las honras de otra porción de señoras y caballeros. Entre copa y copa de _borgoña_, entre bocado y bocado de salmón con mayonesa quedaron todas perfectamente arregladas. Manolito no terciaba en la conversación. Feliz con sentir el traje de Amparo rozando con sus piernas, echándole de vez en cuando miradas intensas de apasionado deseo, acudiendo a servirla con solicitud de esclavo medroso, se apretaba a veces más de la cuenta contra su ídolo, acometido de rabiosa pasión. Cuando esto sucedía, el ídolo le arrimaba por debajo de la mesa crueles taconazos y pellizcos que le volvían a la razón. Fuera de esto se mostraba amable con él, le trataba como a un niño, le daba bocaditos del plato en que ella comía y le hacía mimos cogiéndole la barba con la punta de los dedos. Pero el pobre, antes de terminar la cena, se vió acometido de un golpe de tos; se puso rojo; quería echar, con grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no acababa de salir. Este algo era nada menos que una sarta de rails de ferrocarril que al loco marqués se le antojaba que tenía dentro del cuerpo. Los demás, que sabían de esta alucinación, sonreían con expresión de lástima y burla. Rafael Alcántara exclamó cínicamente: --¡Dale, dale, que es lagarto! El pobre Manolo se volvió hacia él, sudoroso, encendido, y le dijo con acento de reproche: --Si tú te encontrases como yo, no te reirías, Rafael. --¡Tiene razón, tiene razón!--exclamó la Amparo indignada--.Vaya una gracia, burlarse de un amigo enfermo. Y para indemnizarle de aquel agravio le ayudó a sentarse en un diván, le limpió el sudor con su pañuelo y le dió unos cuantos besos. Luego vino a sentarse de nuevo y siguió devorando lo que le ponían delante. Llegó el turno a los boquerones preparados expresamente para ella. Era uno de los gustos plebeyos que conservaba. Tantos engulló, que excitó la admiración y la risa de los comensales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo a su querido, "que daba asco verla comer". Creía de buen tono padecer de dispepsia y comer poco. Amparo remojaba los bocados con tantos y tan formidables sorbos de _borgoña_, que dejaba siempre la copa temblando. Comía y bebía como un labrador en día de boda, y hacía gala de ello. Ramoncito no se hallaba en disposición de experimentar los goces de la nutrición animal. Dijo que había tomado chocolate en casa de Osorio; pero no era cierto. Lo que había tomado era veneno, con los obsequios que su amigo, el conde de Agreda, tributó por más de una hora a Esperanza. --Oye, feo, ¿por qué no comes?--le dijo Amparo volviéndose de repente hacia él--. ¿Es verdad que la chiquilla de Calderón no te hace caso? Te doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener mucho humor herpético. Maldonado, que estaba ya desabrido con ella desde la frase de la tarde, se puso encendido. Conteniéndose a duras penas le dijo con voz ronca: --Lo que te prevengo seriamente es que no vuelvas a ocuparte delante de mí de esa niña.... Amparo le miró fijamente con aire de desafío. --¿Y por qué, rico mío? --Porque las mujeres como tú no pueden hablar de ciertas cosas sin profanarlas--dijo temblando de cólera el concejal. --¡Ja, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chavó tiene calor--dijo con risa sarcástica; y enfureciéndose de pronto:--¡Mira, niño, no me vengas con infundios! Tú eres un mamarrachillo y ella un saco de pus. ¿Lo oyes bien? La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas palabras. Todo su cuerpo se estremeció de furor. No se sabe qué acto bárbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga del frac, diciéndole: --Déjala, hombre. ¿No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza? Castro tenía del otro lado a la Nati. Sin saber por qué razón, pues nunca le había sido muy simpática, le dió toda la noche por servirla y requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a Alcántara que estaba del otro lado: --Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati. Y se lo dió sin aguardar respuesta. Rafael no hizo maldito el caso. Poco después volvió a decir: --¿Permites, Rafael? Y ¡zas! le encajó otro beso. La bromita le pareció tan bien, que no se pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba deliciosa; se reía, presentando la mejilla a los labios del hermoso salvaje. Rafael, al principio, también la encontró graciosa y respondía gravemente a la pregunta de su amigo: --Lo tienes. Pene, lo tienes. Pero al cabo fué pareciéndole pesada, y entre bromas y veras concluyó por decirle: --Basta, Pepe; no abuses del físico. A los postres, el mozo les dijo que un señorito que cenaba en un gabinete próximo con una señora, bebía una copa de _champagne_ a su salud. --¿Quién es ese señorito? ¿Le conoces? El mozo sonrió discretamente. --Me ha prohibido decir su nombre. --¿Es un amigo? --Sí, señor conde: es un amigo. --Pues allá voy--dijo León. Y salió de la estancia. A los pocos instantes volvió a entrar con Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovación. Rafael se adelantó con la copa en la mano y cantó: --Murió Alvarito, Dios le tenga en gloria; Bebamas una copa a su memoria. Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se había batido por la tarde. Pepe Castro le abrazó. --Ya sabíamos que habías salido bien. ¿Has pinchado al coronel? --Sí, en un brazo. --¿Cómo fué eso? --Verás tú.... Y le contó los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar. El coronel se había levantado los pantalones al llegar al jardín y se había remangado la camisa como un carnicero. Atacó furiosamente; pero se fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del corazón. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le había tirado con decisión una estocada al pecho amagándole antes un tajo a la cabeza. No tuvo tiempo más que a poner delante el brazo izquierdo, que quedó atravesado. --Creí que le había matado, porque cayó redondo al suelo. --Así, así. No hay cosa más ridícula que andar dibujando tajos en el aire y haciendo ruido con los sables como en el teatro. Un buen golpe recto, partiendo de la inmovilidad, ¡esa es la manera de concluir pronto! --Murió Alvarito, Dios le tenga en gloria; Bebamos una copa a su memoria. volvió a cantar Rafael con voz engolada levantando la copa de _champagne_. --Vamos, a este chavó ya se le ha subido San Telmo a la gavia--dijo la Amparo. Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comentando el lance. Los demás, menos Conchilla, les fueron dejando; se pusieron a charlar con animación, trincando a la vez de lo lindo. Rafael estaba empeñado en que Ramoncito les contara sus amores. ¿Se había declarado ya a la hija de Calderón? ¿Le había dado esperanzas? La verdad es que la niña no encontraría, por mucho que buscase, partido tan ventajoso como el de Ramoncito, un muchacho formal, en buena posición, con un porvenir en la política.... Aunque Alcántara parecía que hablaba en serio y expresaba las mismas ideas que al propio Ramoncito le bullían constantemente en la cabeza, éste recelaba, y con razón, de su buena fe. Además, la presencia de aquellas mujeres, y más especialmente la de León, le molestaba mucho. Rechazó, pues, con mal humor todas las instancias que le hicieron para que abriese su pecho, y les rogó, muy fruncido y encrespado, "que hiciesen el favor de no romperle más la cabeza". Con esto desistieron de reirse a su costa y la emprendieron con Manolita Dávalos. El joven marqués, desde un diván donde yacía solitario, contemplaba sin pestañear en extática adoración a su ex querida. --Ven acá, Manolito; acércate un poco, hombre--le dijo León. --¿Para qué?--preguntó el marqués aproximándose con semblante avergonzado. --Para que charlemos un poco.... Y para que estés cerca de lo que más quieres.... Haces bien en estar enamorado de esta barbiana. Todo se lo merece. No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie delante en hermosura, en garbo, en salero.... ¡Qué ojos! ¡qué cejas! ¡qué boquita de rosa!... ¡Hasta las orejas! ¡Mira qué primor de oreja!... Me las comería cada una de un bocado.... ¡Uy! ¡uy! ¡uy! Nati le había echado un feroz pellizco en el brazo. --Para que no vuelvas a echar piropos a nadie delante de tu mujer--dijo medio en serio, medio burlando. --Chico, si me hubieses dicho todo eso por la mañana me hubiera durado todo el día--le dijo Amparo riendo--. Pero ahora ... ya ves, nos dormiremos en seguida.... --Pero vamos a ver. Amparo--manifestó Rafael afectando seriedad--. ¿Por qué has dejado a Manolo, un chico joven, simpático, de las primeras familias de España, por un tío asqueroso, viejo, baboso como Salabert? El chiflado marqués hizo un gesto de contrariedad. --Déjanos en paz, Rafael. Amparo, poniéndose seria también, le contestó: --Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutuamente, por conveniencia de ambos. No dirá él que yo le he despedido.... Manolo asintió con la cabeza por no contrariar a su ídolo, aunque otra cosa le constase. --Pues es una lástima, porque él sigue más chalao por ti que nunca.... Y tú, aunque aparentes lo contrario, creo que algo te queda allá en el fondo. León se mordió los labios para no soltar el trapo. --Mira, tú, niño--expresó la Amparo con tono y ademanes persuasivos--; vosotros nos juzgáis peores de lo que somos. Yo no diré que algunas veces no obremos por capricho, y que no seamos ligeras e interesadas.... Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos arrastran. Una mujer se pone en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los teatros, de gastar coche, y llega a acostumbrarse a estas cosas como vosotros a fumar y tomar café. Llega un día en que si quiere dar gusto a su corazón, va a verse privada de todo esto, y a caer en la miseria. Tú comprenderás que se necesita mucha virtud y más amor que el de Romeo y Julieta para echarlo todo a rodar y sacrificarse a vestir de percal otra vez y a vivir en una buhardilla. Chico, por lo mismo que nosotras hemos conocido bien la pobreza, sabemos mejor que vosotros lo agradable que es. Yo me he comprometido con Salabert porque tiene mucho dinero y puede satisfacer todos mis caprichos. No necesitaba decírtelo.... Por lo demás, si fuera a dar gusto a mi corazón demasiado sabéis, y demasiado lo sabe él, que yo nunca he querido a nadie de verdad más que a Manolo. Escuchando estas palabras, al loco marqués se le arrasaron los ojos de lágrimas. Tomó la mano de su ex querida y la besó con la misma devoción y ternura que una reliquia. León se levantó de prisa porque no podía tener la risa en el cuerpo. Las mujeres, siempre compasivas con los extravíos de la pasión por ridículos que sean, le contemplaron con curiosidad y lástima. Sólo Rafael permaneció grave. --Francamente, no puedo presenciar ciertas escenas sin conmoverme--dijo levantándose de la silla afectando una tristeza que hizo sonreír a la misma Amparo. Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se despojaba del frac para mostrar a Castro y a su querida una pequeña herida que el sable del coronel le había hecho. Rafael, León, Nati, Ramoncito y Manolo Dávalos se acercaron. El noble salvaje se remangó la camisa y dejó ver el antebrazo, donde había una señal roja bastante larga. --Diablo; ha sido un golpecito regular--dijo Castro. --Un planazo--manifestó Alvaro. --No; más bien parece que ha sido con el corte. Lo que hay es que pegando enteramente a plomo y no tirando un poco del sable al mismo tiempo, el corte suele embotarse. Por eso no ha rajado la piel, y en vez de herida resultó contusión. Conchilla, que miraba el brazo de su amante con tristeza y sobresalto, se precipitó al fin sobre él y le besó la cicatriz con transporte, sin importarle las risas y las cuchufletas que esto produjo. Amparo y Socorro se habían quedado sentadas al lado de la mesa, una frente a otra. Si se ha de decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta, irascible, sin pizca de imaginación y de inteligencia limitadísima, habíase olvidado enteramente del desabrimiento que con la Socorro había tenido; le dirigía la palabra con la misma confianza y desenfado que antes. Mas ésta, porque su carácter fuese más receloso y susceptible, o porque el vino la privase del juicio, o por ambas cosas a la vez seguía mostrándose taciturna y hostil hacia su amiga. Respondía con marcada frialdad a sus observaciones y hasta algunas veces se advertía en sus labios cierto gesto de desdén. La Amparo, que no tenía un temperamento observador, concluyó sin embargo por observarlo. --Oyes, chica, ¿qué es lo que tienes? ¿Te dura todavía el enfado? --¿A mí? ¡Ca! Yo no puedo enfadarme contigo. Estas palabras parecían un testimonio de cariño y confianza. Sin embargo, las pronunció en un tono tan extraño, que la Amparo se la quedó mirando fijamente antes de replicar. --Pues hija--dijo al cabo--, yo te confieso que puedo enfadarme con todo el mundo y contigo también si me llegases a hacer alguna ofensa. --Pues yo, contigo, no--replicó con una sonrisa particular la Socorro. Amparo volvió a mirarla fijamente y con sorpresa. --¿Qué quieres decir con eso, que me desprecias? --Lo que tú quieras--profirió con el mismo gesto de desdén. Una arruga profunda apareció en el entrecejo de Amparo; señal de tormenta. --Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y ya sabes que tengo muy poca paciencia--dijo con voz sorda. --De lo que menos caso hago yo es de tu paciencia, hija mía. Te he venido a decir bien claramente que no quiero trato contigo. Al parecer, no quieres acabar de entenderlo. Tú y yo no hemos mamado la misma leche ni hemos tenido los mismos principios. Por eso no nos entendemos. Si algún resentimiento tienes conmigo, como yo jamás te he tenido miedo ninguno, podemos resolverlo cuando quieras. Mira, aquí traigo este juguete para castigar a los desvergonzados. Al mismo tiempo sacó del bolsillo una llave inglesa y la puso sobre la mesa. Verla Amparo, apoderarse de ella con ímpetu feroz, y dar un terrible golpe en la cara a su dueña, fué instantáneo. La Socorro cayó de la silla soltando cuatro chorros de sangre por los cuatro agujeros que los pinchos del instrumento la hicieron. El susto, para los que allí estaban fué grande, pues no habían advertido la disputa. Todos corrieron presurosos a levantar a la herida. Hubo unos instantes de confusión en que nadie se daba cuenta de lo que en realidad había pasado. La Amparo se había puesto terriblemente pálida y aún murmuraba sordamente denuestos. En cuanto León Guzmán averiguó, viendo en sus manos la llave, lo que había pasado quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho faltando a lo que se debe un caballero, si Pepe Castro y Rafael no le hubieran sujetado. No pudiendo realizar sus propósitos comenzó a increparla. --¡Esto es una infamia! ¡Una vileza! ¡Es la acción de un asesino! Desde aquí debes ir a la cárcel, porque has cometido un delito. Los mozos, que habían acudido a los gritos, viendo tanta sangre y oyendo las palabras del conde, se dispersaron. Alguno de ellos bajó al café a dar parte a un inspector de policía que allí estaba el cual se presentó inmediatamente: otros corrieron a avisar a un médico. Subieron dos. La herida era de importancia y de consecuencias, porque quedarían señales en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo a la enferma a la casa de socorro. Allí no disponían de medios para la cura. El inspector manifestó que se veía en la necesidad de conducir la agresora a la prevención y tomar el nombre de los presentes. Entonces todos intervinieron con ruegos para que dejase a la Amparo libre, respondiendo ellos de las consecuencias. El inspector se negó resueltamente. Lo único que podía hacer era conducirla al Gobierno civil en vez de la prevención y detener el parte al juzgado algún tiempo. Aunque casi todos pertenecientes a familias muy distinguidas, ninguno de los presentes era un personaje político (con paz sea dicho de Ramoncito) que pudiese desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el duque de Requena sí lo era. Por eso Rafael le dijo en voz baja a la Amparo: --Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar un aviso a Salabert. Si no, estás perdida. --Ya se habrá acostado. ¿Te encargas tú de llevárselo? El perdulario vaciló un instante, pero al fin se decidió a prestarle aquel servicio, contando sacar de él buen partido. La herida fué conducida a la casa de socorro en el coche de Pepe Castro, acompañada por León y un guardia. Amparo fué al Gobierno civil en su propio carruaje, con el inspector y Manolito Dávalos, que se lo pidió a éste por favor con lágrimas en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla, Nati, Pepe Castro y Ramón les prometieron seguirlos inmediatamente y acompañar a la hermosa agresora en su odisea. Pero ya a la puerta de Fornos hubo deserciones. Alvaro declaró que le dolía un poco el brazo y que iba a curárselo. Conchilla, como es natural, le acompañó. La Nati, con Castro y Ramón, siguieron a pie hasta el Gobierno. Una vez allí, antes de entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba algunas dificultades. El era concejal y no podía "meterse en ruidos", máximo cuando las relaciones del Gobernador con el Ayuntamiento venían siendo un poco tirantes. Por su parte. Castro declaró lacónicamente que todo aquello era ridículo. Naturalmente, siendo ridículo ¿qué iba a hacer un hombre como él allí? Además, anunció que tenía sueño y éste era ya un argumento sobradamente poderoso sin necesidad del primero. La Nati tal vez hubiera desistido también de subir; pero se creía en la obligación de aguardar a Rafael. En una habitación bastante sucia del Gobierno esperaban la Amparo y Manolito Dávalos cuando Nati se les juntó. El maníaco marqués estaba tan tembloroso, tan desencajado y lívido como si sobre él pesase una terrible desgracia. Su confusión y dolor se aumentaron cuando Amparo le ordenó marcharse. No convenía que le viese Salabert allí. Rogó con los mayores extremos que le permitiese aguardar el fin de la aventura; pero fué en vano. No pudiendo conseguirlo salió al cabo de la estancia, pero fué para rondar por los alrededores del edificio como un perro fiel. Pocos momentos después, la Amparo fué llevada al despacho de uno de los oficiales, que la recibió sin miramiento alguno, sin levantarse del sillón y hablándola en un tono autoritario que la produjo gran irritación. La bilis se le revolvió en el estómago. En poco estuvo que no se desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor de la cárcel la contuvo. Sin embargo, a pesar de su paciencia, no estuvo en mucho que fuese. Si no llegan a la sazón el duque de Requena y Rafael hubiera sido más que probable. Salabert entró resoplando como de costumbre. A este resuello debía, quizá, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Sólo un hombre con cien millones de pesetas de capital se podía autorizar tanto resoplido y escupitajo. El oficial se turbó un poco a su vista. El banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este predominio. --¿De qué se trata, eh? Disputas de chicas.... Algunos golpes.... Nada entre dos platos.... Esto se arregla en dos segundos.... Tú, chiquita, a la cama.... Mañana le darás un beso; la regalarás un brazalete.... Todo arreglado, todo arreglado--comenzó a gruñir con el desenfado del que está en su casa. El oficial apenas tuvo valor para murmurar: --Señor duque, tendría mucho gusto en complacerle ... pero mi obligación.... --A ver, ¿dónde está Perico? ¿Anda por ahí Perico?--preguntó con el mismo despotismo. --El señor Gobernador se ha retirado ya--manifestó el oficial. --Pues el secretario.... ¿Dónde está el secretario?... A ver, el secretario. Condujéronle a su despacho y se encerró con él. Al cabo de unos minutos salió con las mejillas un poco más amoratadas. El secretario le despidió a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acercó y le preguntó: --¿Está arreglando el asunto? --Por ahora, sí--respondió mordiendo el sempiterno cigarro. --Pues quiero irme en tu coche--dijo, bajando la voz. La fisonomía del banquero se oscureció. --Demasiado sabes que no puede ser. --¿Que no puede ser?... Ahora verás.... Dame el brazo.... En marcha. Y cogiéndose con fuerza de su brazo le empujó hacia la escalera seguido de Nati y Rafael entre las miradas atónitas del oficial, del inspector y de los tres o cuatro empleados que allí había a tales horas. Una vez en la calle, la hermosa tirana ofreció su coche a Nati y Rafael, y se metió sin vacilar en el del duque, que la siguió taciturno pero sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron así que se vió a solas con su querido. Las palabras más soeces del repertorio de los cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pateó, juró, rechinó los dientes, profirió mil estúpidas amenazas. Por último, cogiendo al banquero por la solapa de su gabán de pieles, le dijo atropellándose por la ira: --Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedarán a escape cesantes. --Veremos, veremos--respondió el duque, inquieto y confuso. --Ya está visto. Hasta que me traigas su cesantía no te presentes en mi casa, porque no te recibo. IX #Los amores de Raimundo.# La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolvía de un modo tan pueril como grato para ella. Después de aquella inoportuna vuelta de cabeza, que tanto la había avergonzado, se guardó bien, durante algunos días, de mirar hacia atrás, aunque el saludo que enviaba a Raimundo fuese cada vez más expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle mejor nombre, pues no lo merecía) fué echando, no obstante, tanta raíz en su imaginación, que concluyó por volverse otra vez; al día siguiente también; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven clavados sobre ella. Por fin, un día se volvió desde la esquina y le hizo un nuevo saludo con la mano. "Vamos, he perdido la vergüenza", murmuró después poniéndose colorada. Y tan verdad era, que desde entonces no pasó otra vez sin hacer lo mismo. Pero aquella situación, aunque graciosa y original, iba pareciéndole pesada. Su temperamento fogoso no le permitía gozar jamás con tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afán un más allá, a precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer apetecido, quedase envuelta en los escombros del alcázar que su fantasía había levantado. En esta ocasión, sin embargo, tenía mejores motivos que otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los lindes de lo ridículo. A solas consigo misma solía confesárselo. "La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandrán." Mas, aunque todos los días se proponía dar un corte a aquella aventura no saliendo más a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin levantar la mirada o, a todo más, dirigiéndole un saludo frío, es lo cierto que no tenía fuerza de voluntad para llevar a cabo su propósito. Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adiós desde la esquina. Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las claras señales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto humillantes de su simpatía hacia él, no se apartase de la obediencia, no la siguiese jamás ni buscase ocasión de encontrarse con ella en el paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Parecía que aquel señor tomaba con demasiada afición el papel contrario. Pensando en esto, algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante de él le veía tan risueño, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que el negro fantasma de la soberbia se desvanecía y entraban de nuevo en su pecho a torrentes la simpatía y el caprichoso deseo de amar y ser amada de aquel niño. ¿En qué pararía todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, hacía lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no cabía duda. Al ver paralizado su deseo por causas que no podía definir claramente, crecía y se transformaba poco a poco en áspero apetito. Una tarde en que el desencanto y la amargura habían invadido su pecho en que iba pensando seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por completo aquella ridícula aventura, al pasar por debajo del mirador después de haber saludado al joven, sintió caer sobre ella un puñado de flores deshechas. Levantó la vista y le envió una afectuosa sonrisa de reconocimiento. Aquella lluvia refrescó su alma, reanimó su desmayado capricho. Entonces se puso a buscar con afán un medio de acercarse nuevamente a Raimundo. Pensó en escribirle pidiéndole perdón de su visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Después imaginó que acaso entre sus amigos, particularmente entre los periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le podía enviar un recado de atención. Lo desechó como peligroso. Hasta se le pasó por la cabeza hacerle seña para que bajase y darle una explicación de palabra; pero tampoco osó hacerlo. Era demasiado humillante. La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia. Raimundo, que transcurrido el año de luto solía ir de vez en cuando, estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente a ellos. Se saludaron cariñosamente, y durante largo rato hubo entre el joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llamó extremadamente la atención de Aurelia. --¿Pero, qué es esto? ¿Has vuelto a hablar con esa señora? --No. --Entonces, ¿qué significa tanta sonrisa? Parecéis amigos íntimos. --No sé--replicó el joven algo confuso--. Se manifiesta muy afectuosa conmigo. Quizá suponga que me ha ofendido cuando fué a casa y quiera desagraviarme. En el primer entreacto Aurelia recibió un hermoso ramo de camelias que le trajo una florista. --De parte de aquella señora que está en el palco número once. La niña alzó los ojos y vió a Clementina que la miraba risueña. Los dos hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy colorada. --¿No te parece--le dijo su hermano--que debo subir a dar las gracias a esa señora? Era natural. Raimundo, cuando bajó el telón por segunda vez, la dejó por unos instantes sola y subió al palco de la dama. Una sonrisa feliz iluminó el semblante de ésta al ver al joven en la puerta. Le recibió como a un antiguo amigo; le mandó sentarse a su lado; entabló con él plática reservada, dejando en completo abandono a su obligada compañera Pascuala. Por fortuna para ésta no tardó en llegar Bonifacio, que no tomaba jamás butaca cuando sabía que la familia de Osorio tenía palco en algún teatro. --Veo con satisfacción que no me guarda usted rencor--le dijo en voz baja dirigiéndole una larga mirada insinuante--. Hace usted bien. Eso prueba que tiene usted corazón y talento. Le confieso con toda ingenuidad que me equivoqué de medio a medio en la apreciación de su conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando salí de su casa de buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdón.... Si no de palabra, con los ojos y el gesto debió usted comprender que se lo he pedido después muchas veces.... Todavía le dió otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero maestro, con los cuales arregló la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le dejó inmóvil, confuso, fascinado, como ella le quería, en suma. Al mismo tiempo explicó con habilidad aquellas manifestaciones de simpatía un poco extrañas cuyo recuerdo la avergonzaba. Sin dejarle tiempo a reponerse le preguntó con interés por su hermanita, por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero ella no se desconcertaba. Seguía cada vez más cariñosa envolviéndole en una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando más embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su juvenil adorador, he aquí que aparece en el pasillo de las butacas Pepe Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas, finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derramó primero su mirada fascinadora, olímpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas a todas las niñas casaderas que por allí andaban esparcidas: después, con arranque sereno como el vuelo de un águila, alzóla al palco número once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. ¿Con quién hablaba Clementina tan íntimamente? No conocía a aquel joven. Le dirigió sus diminutos gemelos. Nada, no le había visto en su vida. Clementina, que advirtió la sorpresa de su amante, después de responder al saludo redobló su amabilidad con Raimundo, volviéndose enteramente hacia él, acercando el rostro para hablarle, haciendo mil monerías destinadas a llamar la atención del noble salvaje y a preocuparle. Sentía un goce maligno en ello. Castro había llegado a serle indiferente. Dirigió éste por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta provocativo. Nuestro joven le pagó con algunas inocentes miradas de curiosidad, porque no tenía el honor de conocer al terror de los maridos. Comprendiendo que su hermana estaría impaciente, aunque desde el palco no la perdía de vista, se alzó de la silla para despedirse. --Seremos amigos ¿verdad?--le dijo la hermosa dama reteniéndole por la mano--. Muchos recuerdos a su hermanita. Necesito darle una satisfacción de aquella brusca y extraña visita, y se la daré. Dígale usted que uno de estos días la voy a sorprender en medio de sus faenas caseras.... Me interesan ustedes muchísimo, dos hermanitos tan jóvenes viviendo solos.... Adiós, Alcázar: lo dicho. Cuando bajó del palco un poco aturdido y se sentó de nuevo al lado de Aurelia, le dijo ésta: --¡Qué hermosa es esa señora!... Pero yo sigo creyendo que no se parece a mamá. Raimundo, que no se acordaba en aquel momento de tal parecido, sintió un leve estremecimiento y balbució: --Pues yo le encuentro un cierto aire.... Ahora ya no era más que aire. El joven comenzaba a sentir remordimientos. La impresión que Clementina le causaba no era la misma de respetuosa devoción que antes de haber trabado de tan singular manera conocimiento con ella. Pepe Castro, así que le vió en las butacas, comenzó a mirarle con fijeza tratando sin duda de analizarle. Como quiera que aquel muchacho rubio no pertenecía a la elevada sociedad que él frecuentaba, pasósele por la imaginación (porque tenía imaginación y todo), que bien pudiera ser el mismo perseguidor de quien tanto se había quejado en otro tiempo Clementina. Como es natural, esta sospecha no le excitó a mirarle con más simpatía. Raimundo estaba tan atento a contemplar el palco de la señora de Osorio, que no reparó en la provocativa insistencia del tenorio. Este, cansado al fin, subió a saludar a su querida. Sentóse a su lado, en la misma posición que un momento antes había estado Raimundo, quien al verle de esta suerte sintió un extraño malestar, cierta vaga tristeza que no trató de definir. Sin embargo, observó que la dama estaba muy risueña y el gallardo caballero muy serio, y que a ella no le faltaba tiempo para echar frecuentes miradas a las butacas, lo cual ponía al otro cada vez más enfurruñado y sombrío. --¿Has reparado cómo te mira esa señora?--preguntó Aurelia a su hermano--. Parece como si le gustases. --¡Qué tontería! exclamó él ruborizándose--. ¡Vaya un buen mozo que soy yo! Si fuese el caballero que ahora tiene al lado.... Aurelia protestó riendo. No; su hermano era más guapo que aquel soldado de cromo con rosetas en las mejillas como las bailarinas. Cuando terminó la representación, Raimundo pudo ver, no sin cierto sentimiento de celos, a Clementina aguardando en el vestíbulo su landó en compañía del mismo caballero. Saludóle aquélla con tanto afecto, que Castro, cada vez más inquieto, volvió a dirigirle una larga e intensa mirada de análisis. Por espacio de algunos días el joven entomólogo esperó con zozobra que Clementina se detuviese a la puerta de su casa y subiera a cumplir la promesa. Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cruzaba como siempre con su pasito vivo y menudo, le saludaba cariñosamente primero, y desde la esquina volvía a hacerle el consabido adiós con la mano. Cada vez que salvaba la puerta, el corazón de Raimundo se encogía, se ponía de mal humor. "Vaya, se le ha olvidado, decía para sí: no volveré a hablar más con ella, como la casualidad no nos vuelva a juntar en algún sitio". Empezó a ayudar a la casualidad asistiendo con más frecuencia al teatro de la Comedia, pero no logró verla. Al teatro Real, donde seguramente estaba, no se atrevía a ir por el temor de que pensase que aún duraba la persecución. Por qué se le había metido en la cabeza que había de subir a su casa precisamente a aquella hora y no a otra, no lo podemos explicar. Lo que sí afirmaremos es que fueron inmensos su asombro y turbación cuando una mañana Clementina se dejó entrar por la casa. Preguntó desde luego por la señorita. Aurelia la recibió en la sala y pasó inmediatamente recado a su hermano. Cuando éste se presentó, la dama se hallaba instalada en el sofá charlando con el desembarazo de una amiga que el día anterior les hubiese visitado. --Conste que esta visita no es para usted--le dijo sonriendo y tendiéndole su mano enguantada. --No me atrevería yo a imaginarlo, señora--replicó él apretándosela tímidamente. --¡Por si acaso! No le creo a usted fatuo, pero las mujeres debemos siempre vivir prevenidas. En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se podía advertir cierta afectación. Su voz estaba ligeramente alterada. Alrededor de los ojos había esa palidez que denuncia siempre la emoción que embarga el espíritu. La visita fué corta, pero en ella tuvo tiempo para lisonjear a la niña con muchas palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La hizo prometer que iría a verla algún día. Si no le gustaba la sociedad, que fuese por la tarde y charlarían un rato solitas. Le enseñaría su casa y algunas labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la impresionaban. Ya que ella tenía la dicha de parecerse a su madre un poco, como afirmaba Raimundo, se creía con cierto derecho a su afecto. --Nada; cuando usted se aburra aquí sola, se viene usted a mi casa que está cerquita, y nos aburriremos juntas, que siempre es más llevadero. La pobre Aurelia, confundida por aquella amabilidad y charla mundanales, no hacía más que sonreír. Cuando se levantó para despedirse, dijo: --Queda usted encargado, Alcázar, de recordar a Aurelia su palabra. En cuanto a usted puede hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo a insistir porque se les molesta cuando menos se piensa.... Habiendo recobrado por completo su aplomo les hablaba en un tono amable, protector, un poco maternal. Todavía en la escalera les entretuvo unos momentos con su conversación desenvuelta e insinuante a la vez y les reiteró con gracia todos sus ofrecimientos. No consintió que Raimundo la acompañase. Se fué sola dejando una estela perfumada que éste aspiró con más placer que su hermana. Porque Aurelia luego que cerraron la puerta guardó silencio. A las frases de elogio que Raimundo tributó calurosamente a la dama, asintió en un tono lacónico que le apagó los fuegos. Hay que confesarlo. La impresión primera de adoración filial que Clementina inspiró al joven entomólogo se había ido desvaneciendo poco a poco o, por mejor decir, confundiendo con otra inclinación menos santa, aunque guardando algo de ella. Como en todos los hombres alejados del trato de mujeres, dedicados exclusivamente al estudio, la visión del sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor fueron vivos e intensos. Al día siguiente de la visita de Clementina ya quería que Aurelia se la pagase, manifestando por supuesto tal deseo tímidamente y con palabras embozadas. Pero su hermana le demostró la conveniencia de aguardar algún tiempo y él se resignó. Al fin se realizó la visita. Aurelia pasó una tarde en el _boudoir_ de la señora de Osorio. Raimundo, después de muchas vacilaciones, no se atrevió a ir con ella. A los tres o cuatro días se presentó de nuevo Clementina en casa de los jóvenes a convidarles para ir por la noche al Real. Fué un verdadero apuro para ellos. Raimundo no tenía frac, Aurelia no poseía tampoco un guardarropa muy provisto. Sin embargo, fueron. Un pariente prestó al joven su frac: Aurelia se puso los mejores trapitos del armario. Al día siguiente Raimundo se encargó un traje de etiqueta en la mejor sastrería de Madrid. No sólo hizo esto, sino que también, sin dar parte a su hermana, fué a la contaduría del teatro Real y tomó un abono de butaca cerca de la platea de Osorio, en el mismo turno. La intimidad creció pronto entre ellos, gracias a los esfuerzos de Raimundo. Porque su hermana, aunque elogiaba también la amabilidad de su nueva amiga, oponía una resistencia sorda y pasiva a frecuentar su trato. Por más que hacía no lograba borrar de su espíritu la manera extraña de comenzar aquella amistad, ni se le podía ocultar el fondo de falsedad que en ella existía. Conociéndolo Raimundo procuraba con afán desvanecer sus aprensiones, unas veces directa, otras indirectamente. Era Aurelia una muchacha más bien fea que linda, como ya hemos dicho, de buen sentido y de honrado corazón. La adoración que sentía por Raimundo, inculcada por su difunta madre, no le impedía conocer las partes flacas de su carácter, débil, impresionable con exceso y pueril. Realmente en este aspecto ella representaba el elemento masculino y él el femenino dentro de la casa. Lloraba él con extremada facilidad; ella difícilmente. Sentía él extrañas aprensiones, desfallecimientos, a veces verdaderas alucinaciones; ella tenía el sistema nervioso perfectamente equilibrado. Era sana y maciza; él, enfermizo y lacio. En los meses que siguieron a la muerte de la madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza con la idea de proteger a su hermana, se había mostrado más resuelto y varonil. Andando el tiempo el temperamento recobró sus derechos, cayó de nuevo en sus manías pueriles, en su impresionabilidad femenil, al paso que ella se crecía descubriendo un temperamento firme, equilibrado y recto. No le costó mucho trabajo a Clementina someter, fascinar enteramente al joven naturalista. Unas veces yendo los chicos a su hotel, otras yendo ella a casa de los chicos o llevándolos consigo al teatro o al paseo, se veían la mayor parte de los días. Pepe Castro, la primera noche que encontró a Raimundo en el salón de Osorio comprendió perfectamente lo que pasaba, y se llenó de despecho. --A esta grandísima ... le da ahora por los bebés--murmuró rechinando los dientes--. Todas las perdidas concluyen por estas extravagancias. Pensó en dirigirse al joven y provocarle. No tardó en persuadirse de que este paso sería para él desastroso. ¿Qué iba ganando en ello? Absolutamente nada porque Clementina le detestaría. El escándalo pondría de manifiesto su derrota, tanto más vergonzosa cuanto que el vencedor era un chicuelo absolutamente desconocido. Determinóse, pues, prudentemente a no dar su brazo a torcer ante el mundo y a alejarse de su querida temporalmente, dejándola que satisficiese su capricho. Quizá más adelante, cansada de triscar con aquel corderillo, volvería la oveja al redil. Raimundo no era tan niño como Castro le suponía, pues contaba veintitrés años cumplidos: pero tenía una figura infantil y delicada que no le dejaba aparentar más de diez y ocho. Su salud era vacilante y quebradiza. Padecía frecuentes ataques, sobre todo desde la muerte de su madre, en que perdía unas veces la vista, otras el habla, con otra variedad de fenómenos extraños que por fortuna duraban poco tiempo. Además se veía acometido de profundas melancolías, crisis violentas que terminaban por un llanto copioso y prolongado corno en las mujeres histéricas. La vista de las arañas le producía espasmos; el bisturí de un médico le estremecía. La aprensión de volverse loco le hacía padecer horriblemente algunas veces: otras era el temor de suicidarse contra su propia voluntad. Jamás tenía armas al alcance de la mano, y por el miedo de arrojarse desde el balcón llegó a cerrar de noche el de su cuarto con candado, entregando la llave a su hermana, única testigo y confidente de estos desvaríos. Su temperamento y la educación afeminada que había tenido eran la causa de ellos. Guardábalos, sin embargo, con cuidado como todos los que los padecen, que son más de los que se piensa: procuraba con grandes esfuerzos refrenarse comprendiendo el ridículo que cae sobre los hombres así constituidos. Cualquiera se representará bien lo que pasaría por este muchacho cuando una mujer tan hermosa, tan coqueta y tan experimentada como Clementina se resolvió a hacer su conquista. Primero su extremada timidez le impidió darse cuenta de la conducta de la dama. Pensaba que aquellos saludos afectuosos, aquellas sonrisas no eran más que la expresión de una súbita simpatía que su orfandad había excitado en ella. Todavía, cuando trabó amistad con ellos y se multiplicaron las señales de su inclinación, y su hermana le dió la voz de alerta, no pudo imaginarse que pudiera existir entre ambos otra cosa que una amistad más o menos estrecha protectora y maternal por parte de ella, rendida y fervorosa por la de él. Sin embargo, el elixir de amor que gota a gota iba dejando caer Clementina en sus labios, llegó al fin al corazón. Cuando menos lo pensaba se encontró enamorado, loco. Pero al tiempo que hizo este descubrimiento le acometió una vergüenza inmensa; pensó que jamás tendría el valor de declarárselo. Por un lado la conducta de su ídolo con él, los constantes testimonios de simpatía que le prodigaba, se prestaban a forjarse ilusiones. Pero le parecía tan extraño e inverosímil que un hombre tímido, inexperto, desprovisto de atractivos mundanos pudiese obtener los favores de señora tan rica y tan hermosa, que al instante las abandonaba o se mecía en ellas dulcemente a sabiendas de que eran pura quimera. Además, no podía librarse de los agudos remordimientos que de vez en cuando le asaltaban. Aquella señora se parecía a su madre, no cabía duda. Por esto sólo se había fijado en ella, y había sido su perseguidor callejero algún tiempo. ¿No era una verdadera profanación, una cosa abominable que la imagen de su madre le inspirase deseos carnales? Pues a despecho de estos remordimientos, de su invencible timidez y de los clamores de la razón, Raimundo se sentía cada día más subyugado por aquella mujer. Verdad que Clementina puso en juego todas las armas de que disponía, que no eran pocas ni mohosas todavía. A medida que aumentaba la timidez de su juvenil adorador crecía en ella la osadía y el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre; pero aquí, por las circunstancias especiales de ambos, adquiría mayor relieve. La timidez en él llegó a ser una enfermedad, una cosa extraña, de cuya ridiculez se daba perfecta cuenta sin que por medio alguno pudiese vencerla. Al contrario, cuantos más esfuerzos hacía para adquirir aplomo y desembarazo delante de ella, mejor se mostraba la emoción que le embargaba. Al principio la hablaba con cierta serenidad, se autorizaba alguna bromita o frase ingeniosa; después esta serenidad se fué perdiendo, las bromas cesaron. No se podía acercar a ella sin turbarse, no podía darle la mano sin un leve temblor. Si la dama le miraba fijamente, sus mejillas se encendían. Clementina no podía menos de sonreír ante esta inocente alborada de amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse aún bastante hermosa para inspirar a un niño tan rendida pasión. Unas veces se entretenía malignamente en atortolarle, en ponerle colorado, mostrándose viva y desenvuelta como una chula: otras se placa en seguirle el humor apareciendo melancólica, dirigiéndole miradas tímidas como una colegiala: otras, en fin, le trataba con tierna familiaridad, enterándose de su vida, de sus actos y sus pensamientos, como una madre o una hermana cariñosas. Entonces era cuando Raimundo recobraba un poco de libertad y osaba mirar a la diosa cara a cara. Clementina le embromaba a menudo por sus aficiones científicas, entraba en su despacho y dejaba esparcidos por la mesa o por el suelo los cartones de las mariposas. Esto, que si otra persona lo ejecutase produciría en la casa una catástrofe, hacía reir al joven naturalista. Comenzaba a susurrarse entre los íntimos de la dama algo sobre estos sus nuevos y extravagantes amores, adelantándolos, por supuesto, mucho más de lo que en realidad estaban. Una noche de comida y tresillo, decía Pepa Frías a tres o cuatro elegantes salvajes que estaban en torno suyo discutiendo el asunto: --Desengáñense ustedes. Clementina concluye enamorándose de un perro de Terranova o de un periodista. Cuando entraba Raimundo en el salón con su cabeza de querubín rubia y melancólica, con su aspecto humilde y embarazado, todas las miradas se posaban sobre él con curiosidad. Había sonrisas, murmullos, frases ingeniosas y estúpidas. Se le discutía. En general, entre los hombres sobre todo, juzgábase ridícula la conducta de la esposa de Osorio: pero algunas damas miraban con simpatía al mancebo, encontraban muy agradable su aire candoroso, y comprendían el capricho de Clementina. Hubo entre ellas quien procuró seducirlo. Era ya nuestro joven considerado como amante oficial de Clementina, cuando aún no la había rozado con los labios la punta de los dedos ni soñaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo tales progresos en su pecho que temía caer el día menos pensado de rodillas ante ella como los galanes de comedia. Sufría horriblemente a la menor señal de desdén, y gozaba como un ángel cuando la dama le expresaba de cualquier modo su afecto. Clementina no tenía prisa en hacerle amante afortunado, aunque estaba decidida a ello. Le gustaba prolongar aquella situación, observando con secreto placer la marcha de la pasión y los fenómenos que ofrecía en el joven. Hastiada de los devaneos cortesanos, encontraba vivo atractivo en ser adorada de aquel modo frenético y mudo, en desempeñar el papel de diosa. Una mirada suya hacía empalidecer o enrojecer a aquel niño; una palabra le alegraba o le entristecía hasta la desesperación. Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a Clementina. Subía al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de ella, se quedaba allí uno o dos actos. En estas ocasiones solía la dama retirarse al antepalco y charlar con él íntimamente a la sombra discreta de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza de empeño, guardaba silencio, volvía la espalda al joven y escuchaba un rato. Raimundo, guardando en los oídos el eco de su voz y en su corazón el fuego de sus miradas, quedaba también silencioso, más atento, en verdad, a la música que sonaba dentro de su alma, que a la que venía del escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa atención la alabastrina espalda de su ídolo, los finísimos y dorados tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar y aspiraba el perfume que se desprendía de ella, cerrando los ojos y embriagándose durante unos instantes. Una noche, tanto pegó el rostro a la cabeza de la dama, que ¡oh prodigio! se arrojó a rozar con los labios sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Después que lo hizo se asustó terriblemente y escrutó con anhelo si Clementina lo había sentido. La dama continuó impasible, extática, escuchando la música. Sin embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que el joven no pudo advertir. Alentado con este éxito, siempre que ella traía el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y después de largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre él. Aquella sensación era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos días en la boca y le hacía feliz. Pero una noche, o porque la dama estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le trató con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dejó abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de sus jóvenes y aristocráticos amigos. El pobre Raimundo se abatió con este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para despedirse. Estaba pálido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando el joven aristócrata se levantó para irse, también quiso hacer lo mismo. La dama le retuvo por la mano. --No: quédese un momento, Alcázar. Tenemos que hablar. Y se retiró como otras veces al antepalco y comenzó a charlar con la amabilidad y franqueza de siempre. El joven cobró aliento. Pero cuando ella le volvió la espalda para escuchar la ópera, estaba tan alterado aún y confuso que no se atrevió a besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasión más propicia que nunca. Al cabo de un rato, Clementina se volvió de pronto y le dijo en voz baja: --¿Por qué no besa usted hoy el pelo como otras noches? La emoción fué inmensa, abrumadora. La sangre se le agolpó toda al corazón y quedó blanco como un cadáver. Después le subió al rostro y se puso como una amapola. --¡Yo!... ¡El pelo!--balbució miserablemente. Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer. --¡No se asuste usted, hombre!--exclamó ella posando cariñosamente su mano sobre la de él--. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me desagradaba. Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese, añadió con desenfado y riendo: --¿Acaso se figura que yo no sé que me quiere un poquito? --¡Oh!--dijo el joven con un grito comprimido. --Sí; lo sé hace tiempo--continuó bajando más la voz y acercando la boca a su oído--. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo también le quiero a usted.... Y echando una rápida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los observaban, se apoderó de sus manos, y le dijo caldeándole con su aliento las mejillas: --Sí; te quiero, te quiero más de lo que te puedes imaginar. Ven mañana a las tres a casa. Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador. La violenta emoción que acababa de experimentar unida a la dicha que estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se echó a llorar como un niño. Entonces ella le empujó hacia un rincón y se alzó vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandecía de felicidad. Si un pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de fijarlo en el lienzo, podría representar, como nadie hasta hoy, a Dánae recibiendo en su prisión la conocida lluvia de oro. Fueron unos amores tiernos y poéticos, cándidos y voluptuosos a la par los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fué una resurrección de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos que había tenido se parecían unos a otros tanto, que ya desde el comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba en el fondo del corazón un sentimiento de despecho contra aquellas relaciones que no le traían ninguna viva emoción, ni siquiera nuevos placeres. La de ahora ofrecía una originalidad que la encantaba. Su amante era un niño a quien casi doblaba la edad. Había comenzado a adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y amor filiales se transformaron con un soplo en pasión y deseo. Todo esto era gracioso, original; tenía un fondo estético que en ninguno de sus amores anteriores había encontrado. Además, no pertenecía a la raza de los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los sitios que frecuentaba, seres cortados por un patrón, sin espontaneidad alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no sólo por su posición modesta y retirada, no sólo por su ilustración y talento, sino también, particularmente, por su carácter. ¡Qué alma tan adorable la de aquel chico! ¡Qué inocencia, qué sensibilidad, qué delicadeza y qué fuerza para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotonía de los Pepes Castro, cada nueva fase psicológica, cada sacudimiento de entusiasmo, cada desmayo o alegría o pena que sucesivamente advertía en su enamorado doncel le producían una grata sorpresa. Escrutaba su espíritu, se metía dentro de él con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado cariño. Le confesaba, le hacía narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus recuerdos, sus propósitos y sus esperanzas. A veces le acometían dudas sobre aquel extraño amor. --¿Pero de veras estás enamorado? ¿No consideras que soy una vieja?... ¿que puedo ser tu madre? Raimundo respondía siempre con alguna caricia apasionada, con una húmeda mirada donde se leía el infinito de su pasión. Desde el primer día, Clementina le había tuteado a solas, acostumbrada a aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora favorecía la diferencia de edad. Raimundo no podía acostumbrarse a darla el tú. Hacía esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volvía al usted y seguía la plática tratándola de este modo, hasta que la dama se irritaba y le reprendía ásperamente. "No; por más que lo negase, él la consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si continuaba de este modo perdería con él la confianza". Sin embargo, Clementina estaba equivocada en este punto. No tenía bastante penetración y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era, como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoración extática más que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida para mejor vivir en la soberana de su corazón. Hay que hacerse cargo, además, de que hasta entonces no había experimentado jamás tal sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de menos, quizá porque dentro de su casa tenía lo más grande y exquisito que ellas pueden dar, el cariño tierno, vigilante, la dulzura en la palabra, la abnegación en todos los momentos: dedicado en absoluto al estudio y a su magnífica colección de mariposas, el encuentro con Clementina fué para él la revelación de ese mundo encantado, poético, que a casi todos se aparece más temprano. Aquel primer suspiro de Venus al salir de la espuma del mar que repitió el Universo entero, sonó entonces en su alma y la estremeció dulcemente. Su alma, que estaba muda y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado del amor. Para Raimundo, esa inclinación tímida y anhelante del adolescente llena de zozobras y melancolías, se fundió con el amor de la edad viril, apetitoso y sensual. ¿Qué extraño, pues, que absorbiera toda la energía de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos? Desde aquella noche memorable no volvió a pensar más que en Clementina. Para él, el Universo se redujo de pronto al tamaño y a la forma de una mujer. No sólo se creyó obligado a vivir y respirar para ella, sino también a pensar en todos los instantes del día y hasta a soñar con ella por la noche. En un principio la dama le recibía en su casa. Esto le pareció en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle del Caballero de Gracia, un entresuelo pequeñito que amueblaron con elegancia. La vida de Raimundo experimentó un cambio radical. De aquel retiro absoluto en que vivía, pasó súbito al bullicio del mundo aristocrático; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhibía en todos los salones sin desdeñarse de él. Porque nuestro joven, de figura delicada y elegante, de carácter apacible y clara inteligencia, se hacía simpático dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era rico o pobre, noble o plebeyo. Aurelia le acompañaba algunas veces, pero siempre contra su gusto. Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era fácil de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera de su centro en el hotel de Osorio. Se había hecho reflexiva y taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y melancólica, como si temiese una catástrofe. Clementina la agasajaba cuanto podía; pero no lograba entrar en su corazón. Al través de las sonrisas de la niña, de su modestia y rubor, creía observar un sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba. La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo, que tanto había alarmado a Pepa Frías. Esta ruina no había estallado como se pensaba. El banquero logró conjurarla hábilmente, haciendo entender a los que tenían valores en sus manos, que de nada les serviría arrojarse repentinamente sobre él, pues no salvarían ni un veinticinco por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperarían entero y con su rédito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve plazo. Los acreedores entraron en razón; guardaron secreto acerca del estado de sus negocios: sólo exigieron que Clementina firmase, en unión con su marido, los pagarés renovados. Poco después, la suerte favoreció un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban unánimemente la quiebra más tarde o más temprano. Su esposa, viéndose en salvo, no volvió a pensar en estos enojosos asuntos. Tan sólo cuando iba a casa de su padre y veía el rostro pálido y demudado de D.ª Carmen, sentía su corazón agitado por una extraña emoción que ella misma huía de definir, apresurándose a ahogarla con el ruido de los besos y las palabritas cariñosas. El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Veíase envuelta, como nunca lo había estado, en una ola de pasión devota y exaltada que la cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seducía. Gustaba de mostrarse unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, decía ella, de que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que atormentaron mucho al joven. Un día, después de haberse hecho servir el almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo: --Voy a hacerte un regalo, Mundo (así le llamaba por más cariño). Se levantó a buscar su manguito y sacó de él una cartera muy linda. --¡Oh! Es muy bonita--dijo él tomándola y llevándola a los labios--. La traeré siempre conmigo. Pero al abrirla quedó consternado. Dentro había un montón de billetes de Banco. --Te has olvidado aquí el dinero--dijo alargándole otra vez la cartera. --No me he olvidado. Es para tí también. --¿Para mí?--exclamó él poniéndose pálido. --¿No lo quieres?--preguntó ella con timidez poniéndose encarnada. --No; no lo quiero--replicó él con firmeza. Clementina no se atrevió a insistir. Tomó de nuevo la cartera, sacó de ella los billetes y la volvió a entregar al joven. Hubo unos instantes de silencio embarazoso. Raimundo apoyó el codo sobre la mesa, puso la mejilla sobre la mano y quedó pensativo y serio. Ella le observaba con el rabillo del ojo entre colérica y curiosa. Al fin una sonrisa iluminó su rostro, levantóse de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos manos, le dijo en tono alegre: --Bien; este acto te enaltece; pero de mí podías tomar ese dinero sin desdoro. ¿No soy tu mamá? Raimundo se contentó con besar las manos que le aprisionaban. No se volvió a hablar de dinero entre ellos. Aquél conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus veintitrés años, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo. La educación afeminada y solitaria que había tenido era la causa principal. Engañábasele con suma facilidad y divertíasele lo mismo. No tenía esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le ocurría jamás una frase irónica, incisiva, de las que aun entre enamorados suelen usarse. Sus alegrías eran bulliciosas y pueriles hasta rayar en ridículas. Divertíase en correr por las habitaciones del pequeño entresuelo detrás de Clementina, o en esconderse de ella y asustarla. Otras veces la entretenía con juegos de prestidigitación, en que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con extraordinaria atención o empeño, como si disputasen algo de provecho. O bien bailaban al son de algún piano mecánico que se paraba en las cercanías de la casa. Poníanse a comer confites y hacían apuestas a quien engullía más. En una ocasión quiso hacer sorbete de piña: se decía muy perito en la fabricación de helados. Le trajeron todos los enseres de un café vecino. Después de bregar con afán bastante tiempo, salió al fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristeció tanto, que Clementina, para alegrarle, tomó sin deseo alguno una gran copa del brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que veía en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfección que la dama reía con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues le hacía daño tanta risa. Raimundo poseía este don de observar los más insignificantes modales de las personas y reproducirlos después admirablemente. Se creía estar oyendo a la persona que imitaba. Pero sólo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad. Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepción palaciega. Hacía sentar a Clementina en un trono que armaba rápidamente en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la política desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso. Clementina, que a todos los conocía, gozaba en adivinarlos a las pocas palabras. Raimundo, que había asistido con frecuencia a las tribunas del Congreso, les había cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la acción y los gestos. Particularmente imitando a Jiménez Arbós, a quien trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciosísimo. Por supuesto, después de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se había hecho para el caso. Estas niñerías alegraban a la dama, dilataban su corazón, casi siempre encogido por la soberbia o el hastío. De aquellas largas entrevistas salía rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasión hubiera dirigido una fría y desdeñosa cabezada. Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algún acto inconcebible de candor infantil. En una ocasión, habiendo entrado sin hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos tenían llave), le sorprendió barriendo afanoso la sala. El muchacho quedó confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas. Clementina, entre alegres carcajadas, le abrazó y le cubrió el rostro de besos, exclamando: --¡Chiquillo, eres delicioso! X #Un poco de derecho civil.# Era mañana de gran trajín en las oficinas de Salabert. Se hacían unos pagos de consideración. El duque había ido en persona a la caja a presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A pesar de los años que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir. Tenía las fauces resecas. En varias ocasiones llamó la atención al empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se equivocó en todas. El cajero era diestrísimo en su oficio. Cuando terminaron, el duque se retiró a su despacho, donde le estaba esperando M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de toda la aristocracia madrileña. --_Bonjour, monsieur_--, dijo rudamente el duque dándole una palmada en la espalda--. ¿Viene usted a encajarme algún otro penco? --Oh, señor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no. Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted--, respondió con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle. --Los desechos de París es lo que usted me trae. Pero no crea usted que me engaña. Lo sé hace tiempo, _monsieur_; lo sé hace tiempo. Sólo que yo no puedo ver esa cara tan frescota y tan risueña sin rendirme. M. Fayolle sonrió abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos dientes grandes y amarillos. --La cara es el especo del alma, señor duque. Puede tener confiansa en mi, que no le daré nada que no sea superior. ¿Es que _Polión_ ha salido malo? --Medianejo. --¡Vamos, tiene gana de bromear! El otro día le he visto por la calle de Alcalá enganchado al faetón. Bien de mundo se paraba a mirarlo. Hablaron un rato de los caballos que el duque le había comprado. Este ponía tachas a todos. Fayolle los defendía con entusiasmo de aficionado y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj: --No quiero molestarle más.... Venía a cobrar la cuentesita última. La faz del duque se oscureció. Luego dijo entre risueño y enfadado: --¡Pero, hombre; que no estén ustedes jamás contentos sino sacándole a uno el dinero! Y al mismo tiempo echó mano al bolsillo y sacó la cartera. M. Fayolle sonreía siempre, diciendo que lo sentía, porque el señor duque era un pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una porción de bromitas que el banquero no parecía escuchar, atento a contar los billetes. Contó siete de quinientas pesetas y se los entregó, oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese el recibo. Fayolle también los contó y dijo: --Se ha equivocado, señor duque. El presio del caballo era cuatro mil pesetas. Aquí no hay más que tres mil quinientas. El duque no dió señales de oir. Con los párpados caídos, bufando y paseando el cigarro de un ángulo a otro de la boca, se mantuvo silencioso y guardó de nuevo la cartera después de haberla apretado con una goma. --Faltan quinientas pesetas, señor duque--, repitió Fayolle. --¿Cómo? ¿Faltan quinientas pesetas? No puede ser.... A ver; cuente usted otra vez. El comerciante contó. --Hay aquí tres mil quinientas.... --¡Ya lo ve usted! No me había equivocado. --Es que el caballo cuesta cuatro mil: así lo hemos acustado. La cara del duque expresó admirablemente el asombro. --¿Cómo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil quinientas. En esa inteligencia lo he comprado. --Señor duque, está usted equivocado--dijo Fayolle poniéndose serio--. Recuerde usted que habíamos quedado en las cuatro mil. --Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted.... A ver (dirigiéndose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cuánto se ha ajustado el _Polión_. Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al empleado, le hizo un guiño expresivo. El cochero respondió por boca del dependiente que el caballo se había ajustado en tres mil quinientas pesetas. Entonces el comerciante se irritó. Estaba segurísimo de que habían quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo había entregado. De otro modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le dejó hablar cuanto quiso, lanzando sólo algún gruñido de duda, pero sin alterarse poco ni mucho. Sólo cuando Fayolle habló de quedarse otra vez con el caballo, le dijo con sorna: --Por lo visto, ha encontrado usted quien dé las cuatro mil y quiere deshacer el trato, ¿verdad? --Señor duque, juro a usted por lo más sagrado que no hay nada de eso.... Solamente que estoy seguro de que es como digo. Al banquero le acometió entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmesíes. Luego se limpió sosegadamente con el pañuelo la boca y las narices, y dijo con acento campechano: --Hombre, no sea usted tacaño. No se altere usted por esas miserables pesetas. Pero él no las soltó. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimió considerando que nada adelantaría: menos con llevar el asunto a los tribunales. ¿Quién iba a pleitear por quinientas pesetas y más con un personaje como el duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas aún, se despidió no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortésmente, dándole afectuosas palmaditas en la espalda. Cuando el prócer volvió a ocupar su sillón frente a la mesa, por debajo de sus párpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al cabo de unos minutos apretó el botón del timbre otra vez: --Vaya usted a ver si la señora duquesa está sola en su habitación o tiene visita--dijo al criado que se presentó al punto. Mientras desempeñaban la comisión permaneció inactivo, con el cuerpo echado hacia atrás y las manos cruzadas, en actitud reflexiva. --La señora duquesa está de visita con el padre Ortega--entró a decir el criado. Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvió a quedar sumido en sus reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa acerca de intereses. Esta jamás le había hablado nada de dinero. El no se creyó jamás en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y negocios. D.ª Carmen tampoco entendería nada si se la diese. Creíase dueño absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginación los derechos que sobre ella tenía su mujer. Pero últimamente un amigo le abrió los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le preguntó con naturalidad si tenía otorgado testamento. Este amigo, que era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda pertenecía a D.ª Carmen. Salabert quedó hondamente preocupado. Viendo a su esposa descaecer le entró miedo. A su muerte los parientes le exigirían la mitad de lo que él había adquirido, meterían la nariz en sus asuntos, hasta en los más íntimos.... ¡Un horror! Consultó con su abogado. El medio más sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la impotencia a los parientes de su esposa, era que ésta hiciese testamento a su favor. El duque lo encontró naturalísimo. En la conferencia que iba a tener con ella, se lo propondría del modo más diplomático que le fuera posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad. Aguardó, pues, entretenido en revisar papeles hasta que creyó llegado el momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega había despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban allí unos cuantos señores, entre ellos Calderón, que deseaban verle. El banquero frunció el entrecejo. --¿Habéis dicho que estaba en casa? --Como el señor duque no se niega nunca por la mañana.... --¡F....! ¡malditos seáis!--murmuró con horrible expresión de disgusto. Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y bruscas que le eran peculiares, gritó: --Que pasen, que pasen esos señores. Se presentaron Calderón, Urreta y otros dos banqueros no menos importantes y conocidos en Madrid. La expresión de todos ellos era seria y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empezó a repartir abrazos y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y risotadas. --¡Buen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un millón de pesos por cada uno.... ¡Oh! ¡oh! Se me han colado en el despacho los cuatro peces más gordos que tiene Madrid ... ¡cuatro tiburones!... ¿Cómo va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted también necesita una buena carena como yo.... Y tú, Manuel, ¿cuándo piensas reventar?... Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa. Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos. Hacía cosa de un año que Salabert les había vendido la propiedad del ferrocarril de B*** a S***, ya en explotación y con todo su material. Aunque no se determinó en la escritura, convínose entre ellos que cuando saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que estaba enlazado con el otro, material y económicamente, Salabert no presentaría pliego de licitación, dejándoles el negocio a ellos. Pues bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo trataba de birlar decaradamente: había presentado el correspondiente pliego en la subasta. El primero que habló fué Calderón. --Antonio, venimos a reñir contigo seriamente.... --No puede ser. ¿Reñir con un hombre tan inofensivo como yo?... --Recordarás muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no presentarte en la subasta de la línea de S*** a V***. --Ya lo creo que me acuerdo ... ¡admirablemente! --Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo.... --¡Cómo! ¿Un pliego?--exclamó lleno de asombro, abriendo desmesuradamente sus grandes ojos saltones--. ¿Quién les ha contado semejante patraña? --No es patraña: yo mismo he visto su firma de usted--dijo uno de ellos, el marqués de Arbiol. --¿Mi firma? No puede ser. --Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma: "Antonio Salabert, duque de Requena"--replicó Arbiol con firmeza y muy serio. --¡No puede ser! ¡no puede ser!--repitió el duque poniéndose a dar vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitación--. Me habrán suplantado la firma. El marqués de Arbiol sonrió desdeñosamente. --Traía el sello de su casa. --¿Traía el sello?--replicó parándose de pronto--. Entonces me la han suplantado dentro de mi misma casa. ¡Sí, sí!... Aquí me la han suplantado.... No sabéis entre qué canalla estoy metido. Necesito tener cien ojos.... Y cada vez más enfurecido fué a apretar el botón del timbre. --¡Ahora verán! Ahora verán ustedes si me la han robado o no.... A ver (dirigiéndose al dependiente que entró), que se presenten inmediatamente Llera y todos los empleados de la oficina.... ¡Al instante! Arbiol dirigió una mirada a sus compañeros y alzó los hombros con desprecio. Pero el duque, que vió perfectamente el ademán, no quiso hacerse cargo de él: siguió gruñendo, resoplando, dejando escapar interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta que se presentó Llera y con él un grupo de sujetos encogidos, mal trajeados, de fisonomía vulgar. Salabert se plantó delante de ellos cruzando los brazos con energía: --Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quién ha sido el tuno que ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la licitación del ferrocarril de S*** a V***. ¿Tú sabes algo de este asunto? Llera, después de haberle mirado fijamente a la cara, bajó la cabeza sin contestar. --¿Y vosotros sabéis algo? ¿eh? ¿sabéis algo? Los empleados le miraron también con fijeza. Luego miraron a Llera y también bajaron la cabera al fin sin despegar los labios. Salabert paseó varias veces sus ojos saltones por ellos con expresión teatral de cólera, y exclamó al fin dirigiéndose a los banqueros: --¿Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre éstos se esconde el culpable ¡o los culpables! porque sospecho que ha de ser más de uno. Pierdan ustedes cuidado, que yo daré con ellos y haré un escarmiento.... ¡Sí, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a presidio.... Retiraos vosotros (dirigiéndose a los empleados), y ya podéis temblar los delincuentes. Muy pronto caerá sobre vosotros el peso de la justicia. Los criminales debían de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras pronunciadas con acento patético. Cada cual se retiró sosegadamente a su departamento y reanudó su tarea, como si la terrible espada de Némesis no estuviese aparejada a segarles el cuello. Los banqueros se miraron entre risueños y coléricos. Al fin uno de ellos, mordiéndose los labios para no soltar la carcajada, le tendió la mano con ademán desdeñoso: --Adiós, Salabert; hasta la vista. Los demás hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque no se desconcertó. Fué a despedirlos solícito hasta la escalera, dirigiendo todavía al pasar miradas iracundas a sus empleados que las recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya no les hizo caso alguno. Pasó por entre ellos como un actor que atraviesa los bastidores después de haber estado un rato en escena. Unos minutos después tornó a salir bajando a las habitaciones de su esposa. Hallóla sola, entretenida en leer un libro devoto. D.ª Carmen, que siempre había sido muy piadosa, en los últimos tiempos se había entregado por completo a las prácticas religiosas. La enfermedad la separaba cada vez más de las ideas mundanas, la entregaba triste y sumisa a los curas. Salabert nunca había puesto obstáculo a esta devoción: la miraba con indiferencia compasiva, como una manía inocente. Pero en los últimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente. Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambición, ajena enteramente al éxito de sus especulaciones, la trataba como a una niña, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la mano por la cabeza. Nunca le había estorbado aquella infeliz señora, ni en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus extravagancias en el orden erótico eran conocidas de todo el mundo, D.ª Carmen o las ignoraba o fingía ignorarlas. Sin embargo, la última infidelidad del duque, la relación con la Amparo habíale acarreado disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil modos, cosa que no había hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo, cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su lado: con cínico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas de inteligencia. Cuando la buena señora se quejó suavemente de este proceder, Salabert negó en redondo, no sólo sus miradas y sonrisas, sino toda relación con aquella mujer. No la conocía más que de vista. Jamás había hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba fuertemente la atención pública. Algunas amigas bien intencionadas, que nunca faltan, compadeciéndola muchísimo enteraban a D.ª Carmen de las cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus extravagancias y caprichos. Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie más que a su confesor, habían labrado la salud de la señora, reduciéndola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostenía. Salabert tenía más que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba que con el título de duquesa, y tantísima riqueza acumulada en aquel palacio, D.ª Carmen debía de ser la mujer más feliz de la tierra. --¿Qué hace la viejecita? ¿qué hace?--entró preguntando en tono medio brutal medio cariñoso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su mujer le inspiraba. D.ª Carmen levantó los ojos sonriendo. --Hola ¿eres tú? Milagro, por aquí a esta hora. --Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba el padre Ortega. ¿Cómo has pasado la noche? Bien ¿eh? Ya lo creo.... Tú no estás tan mala como te figuras. ¿A qué viene eso de rodearte de curas como si fueses a morirte? --¿Los curas no hacen falta más que cuando uno se muere? --Sí, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las casas--dijo repantigándose en una butaca y extendiendo groseramente las piernas--. Sin un poco de paño negro, los palacios recién pintados como éste chillan demasiado.... Sólo que a la larga se hacen muy molestos: no se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas.... Yo los compraría de buena gana figurados, de cera o de cartón, y harían el mismo efecto.... --Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que te oyese te juzgaría un hereje, y gracias a Dios no lo eres. --¡Vaya una ganga el ser hereje! ¿Qué utilidad trae el ser hereje?...--Y cambiando bruscamente de tema preguntóle:--¿Cómo va ese aquelarre que habéis hecho en los Cuatro Caminos? Se refería al asilo de ancianas, del cual era D.ª Carmen la principal protectora. --Va muy bien. Sólo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar siendo tesorera. No sabemos a quién se ha de nombrar. --Por supuesto, los sábados se despoblará aquello. --¿Pues?--preguntó inocentemente la señora. --Porque se marcharán a Sevilla todas sobre escobas. --¡Bah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas--replicó riendo--. También tú y yo somos dos viejos.... --Verdad, verdad--dijo el banquero poniéndose afectadamente grave y triste--. Somos un par de trampas que el día menos pensado nos escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo. Había visto una entrada oportuna para la conversación que apetecía: se apresuraba a aprovecharla. --No; tú estás fuerte y robusto. Aún puedes dar mucha guerra en el mundo.... Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo. --Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay día seguro.... --Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte más de Dios y trabajar en su santo servicio, me alegraría de que los tuvieses. --¿Te parece que no trabajo bastante por él, y me lleva todos los años más de cinco mil duros en misas y novenas? --¡Vamos, Antonio, no hables así! --Hija mía; bueno es pensar en lo de allá, pero es también prudente pensar en lo de acá.... Mira, precisamente estos días estaba yo imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le quedarían bastantes enredos.... --¿Por qué? --Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro, y, como es natural, si nos muriésemos sin testamento, nuestros parientes vendrían a molestar al que quedase. --Eso tiene fácil remedio. Con hacerlo se arregla. --Precisamente es lo que yo pensaba--dijo el duque resollando mucho para mostrar indiferencia y aplomo, que no sentía--. Había imaginado que en vez de testar cada uno por su parte, hiciésemos un testamento mutuo. --¿Qué es eso? --Un testamento en el cual nos instituímos mutuamente por herederos. D.ª Carmen bajó la vista al libro que traía en la mano y guardó silencio un rato. El duque, inquieto, la observaba con atención por debajo de sus párpados medio caídos, mordiendo con impaciencia el cigarro. --No puede ser--dijo al cabo gravemente la señora. --¿Que no puede ser? ¿Y por qué?--replicó con viveza incorporándose un poco en la butaca. --Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho, a tu hija. Así se lo he prometido ya. No creía Salabert tropezar con aquel obstáculo. Juzgaba cosa hecha lo del testamento mutuo. Quedó tan sorprendido como turbado. Pero recobrándose instantáneamente, adoptó un continente grave y digno para decir: --Está bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres dueña de dejar tus bienes a quien te parezca, por más que estos bienes hayan sido ganados por mí a costa de muchos trabajos. En los años que llevamos unidos, las cuestiones de intereses jamás han producido ninguna reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El dinero, comparado con los afectos del corazón, no tiene ningún valor. Lo único que siento es que otra persona, por más que sea una hija queridísima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu cariño, me haya desterrado de tu corazón.... Al pronunciar estas últimas palabras su voz se alteró un poco. --No, Antonio, no--se apresuró a decir D.ª Carmen--; ni tu hija ni nadie puede arrancarte el cariño que te pertenece.... Pero considera que tú eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita. --No; no trates de desfigurarlo.... El golpe está dado: lo siento en el fondo del corazón--replicó Salabert en tono patético llevándose la mano al lado izquierdo--. Treinta y cinco años de vida matrimonial, treinta y cinco años compartiendo pesares y alegrías, temores y esperanzas, no han bastado a conquistarme la primer plaza en tu cariño. Todo lo que se diga es inútil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de amor que hemos llevado tantos años, debía cerrarse por medio de un acto que la resumiese, instituyéndonos herederos de lo que juntos hemos ganado.... El cariño de los esposos nunca se demuestra mejor que en la última voluntad.... El discurso de Salabert adquiría un tono de elevación moral que pareció preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replicó al fin con dulzura y firmeza a la vez: --Aunque no la he llevado en mis entrañas, yo quiero a Clementina como si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una injusticia privar a una hija de su parte de herencia. --¡Pero mujer!--exclamó con viveza el duque:--yo ¿para quién quiero lo que tengo sino para mi hija? Déjame por heredero, que yo te prometo transmitírselo íntegro y aun con aumento.... D.ª Carmen guardó silencio limitándose a hacer un signo negativo con la cabeza. El duque se levantó como si fuese presa de una violenta emoción. --Sí, sí; bien lo comprendo. Tú no me perdonas algunos leves extravíos hijos del capricho y la tontería. Aprovechas la ocasión que se te presenta para vengarte. Está bien: satisface tu venganza; pero sabe que yo no he querido de veras a ninguna mujer más que a ti. En el corazón no se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazón, mi corazón diría: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa...." Es triste, muy triste llevar al fin de la vida este terrible desengaño.... Si mañana te murieses tú, lo que Dios no consienta, ¡cuántos disgustos, cuántas penas me esperan además de la pérdida de una esposa adorada! Acaso este pobre anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha fabricado con ilusión para morir en ella en brazos de su esposa. La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de lágrimas. Todavía siguió en este tono patético un rato. Al fin cayó como desfallecido en la butaca, llevándose el pañuelo a los ojos. Pero D.ª Carmen, aunque caritativa y sensible, no dió señales de hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo: --Bien sabes tú que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni sería fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que sólo es mía por el cariño que la tengo. El duque cambió de táctica. Miró un rato a su esposa con ojos compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura: --Tú quieres mucho a Clementina, ¿verdad?... Pues mira; lo mejor que puedes hacer para darle un alegrón es reventar cuanto más antes. El pobre Osorio está con el agua al cuello. Ahora me explico por qué sus acreedores no acaban de tragárselo. Sin duda tú le has hablado a su mujer algo de testamento, y como estás un poquillo delicada aguardan tu muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides. D.ª Carmen se puso mucho más pálida de lo que estaba al oir estas sangrientas palabras. Necesitó agarrarse a los brazos del sillón para no desfallecer. Lo que decía su marido era horrible, pero muy verosímil. El, que advirtió su emoción, se apresuró a ofrecerle todos los datos necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo la situación económica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que no podía ser más que la muerte de ella. Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime. --Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con todo mi corazón. Para ella será cuanto tengo. El duque salió de la estancia furioso, bufando como un toro con banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una silba. D.ª Carmen permaneció inmóvil largo rato, en la misma postura que la había dejado, con los ojos clavados en el vacío. Dos lágrimas temblaron al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas. XI #Baile en el palacio de Requena.# Transcurrieron los días y los meses. Clementina pasó el verano, como siempre, en Biarritz. Raimundo la siguió, dejando a su hermana confiada a unos parientes, y regresó cuando aquélla a últimos de Septiembre. Por la casa de los huérfanos soplaba un viento tormentoso que la había removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y costumbres metódicas, se había lanzado con ardor de neófito a los placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba como niño mimoso. Cuando la reprensión era más dura, se echaba a llorar desconsoladamente, llamándose desgraciado, diciendo que no le quería, que más le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia, en vista de esto, había determinado callarse, padeciendo en silencio, llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos osó hacer referencia a ella: Raimundo, porque no podía dignamente declarar a su hermana las relaciones que sostenía con Clementina: aquélla, porque creía indecoroso darse por advertida. Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos extraordinarios que no permitía su renta. Para seguir el carruaje de su amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la Castellana compró un bonito caballo, después de dar previamente algunas lecciones de equitación. Los teatros, las flores y los regalitos a su ídolo, las francachelas con sus nuevos amigos del _Club de los Salvajes_, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes con relación a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del capital. Este consistía, como ya sabemos, en acciones de una fábrica de pólvora y en títulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardábalos su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando murió, el pariente de los chicos a quien correspondía la tutela vino a examinarlos y tomó nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de muchacho formal, de conducta intachable, como hacía ya tiempo que manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban más que tres años para llegar a la mayor edad, su tío no quiso recogerlos. Los dejó en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando a toda costa dinero, y no atreviéndose a pedírselo a nadie, faltó a esta confianza vendiendo poco a poco algunos títulos. Y es lo raro del caso que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en el pensar y tan honrado de corazón, llevó a cabo esta villanía sin grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasión le había desequilibrado y aturdido. No sólo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s presentó un día en su casa, encerróse con él en el despacho y le interpeló bruscamente: --Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo, estás haciendo unos gastos que de ningún modo puedes sostener con tu renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de dónde sale ese dinero, no sólo por ti, sino principalmente por tu hermana.... Experimentó una violenta emoción. Se puso pálido y balbució algunas palabras ininteligibles. Luego, viéndose apurado, comprendiendo rápidamente que de aquella entrevista dependía su salvación, esto es, la salvación de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente. --Tío, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que podría hacer con mi renta.... Pero nada tiene que ver en ellos el capital que heredé de mis padres. --¿Entonces?... --Entonces--... dijo bajando la voz y como sí le costase trabajo hablar--, entonces ... yo no puedo decirle a usted el origen de este dinero, tío.... Es una cuestión de honor. El curador quedó estupefacto. --¿De honor?... No sé lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no puedo quedar conforme.... Mi posición es delicada. Si no velo como debo sobre vuestros intereses, mañana se me puede pegar al bolsillo y no tiene gracia. Raimundo guardó silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando mucho, dijo: --Puesto que es necesario decirlo todo, lo diré.... Usted habrá oído hablar quizá de mis relaciones con una señora.... --Sí, algo he oído de que haces el amor a la hija de Salabert. --Pues ya tiene usted explicado el misterio ...--dijo poniéndose fuertemente colorado. --¿De modo que esa señora?...--replicó el tío haciendo resbalar la yema del dedo pulgar sobre la del índice. Raimundo bajó la cabeza y no dijo nada, o, más exactamente, lo dijo todo con su silencio. Él, que había rechazado con indignación y tristeza los billetes de Banco de su querida, confesábase ahora culpable, sin serlo, de tal indignidad, bajo la influencia del miedo. Su tío era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La confesión de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia. --¡Bien, hombre!... Me alegro de que hayas salido del cascarón y sepas lo que es el mundo. ¡Ah, tunante, qué callado te lo tenías! Pero como todavía se quedase en el despacho adivinándose en su actitud un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres y de los hombres débiles en las circunstancias críticas, dijo con firmeza: --El capital de mi hermana y el mío está íntegro. Ahora mismo va usted a ver los títulos.... Y sacó la llave y se dirigió al armario. Su tío le detuvo.--No hace falta, chico.... ¿Para qué? Así salió, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de otro modo hubiera producido una catástrofe. Sin embargo, la victoria le costó muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento físico y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro carácter, sin que la ruptura produzca vivo dolor. Por esta época vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la zoología y dedicado también a la especialidad de las mariposas como él. Venía de Alemania y se disponía a regresar a su país. Había leído algunos de sus artículos científicos, y teniendo además noticia de su colección, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibió con alegría y un poco de vergüenza también. Hacía ya algunos meses que no se ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tenía su colección abandonada. A pesar de eso el chileno la halló muy notable y simpatizó extremadamente con él. Le dijo que tenía encargo de su Gobierno para llevar algunos jóvenes de valer que se pusiesen al frente de las cátedras recién creadas en Santiago de Chile. Si quería venirse, una de ellas sería para él. El sueldo que se le ofrecía era bastante crecido, la posición brillante en un país nuevo y ansioso de instrucción. En otras circunstancias, Raimundo, que ya no tenía más vínculo en España que su hermana, quizá se hubiera decidido a emigrar con ella. Más ahora, enloquecido por el amor, encontró tan absurda la proposición que no pudo menos de sonreír con cierta lástima al rechazarla cortésmente, como si fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad española. Para costear su viaje a Biarritz necesitó enajenar más papel de la Deuda. Llevó en metálico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad más que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos días, arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antojó jugar en el Casino a _los caballitos_. En dos sesiones perdió todo el dinero. No estando avezado a estos lances, lo único que se le ocurrió fué regresar precipitadamente a Madrid, vender más títulos y volverse otra vez. Su hacienda mermaba de día en día. Cuando empezó el invierno tenía ya de menos algunos miles de duros; mas esto no le impidió seguir gastando lindamente. Aurelia, que tal vez por indicación de su tío y curador, o por propias sospechas, creía saber de dónde procedía aquel dinero, andaba melancólica, recelosa. No podía menos de mirar a su hermano con ojos donde se reflejaba la pena, la lástima y la indignación también. Así continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena había mejorado bastante en unos baños de Alemania, adonde su marido la había llevado. Desde que tenía hecho testamento a favor de su hijastra, éste la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cuánto le importaba su vida. Los negocios del célebre especulador marchaban también prósperamente. La mina de Riosa se había comprado como él pretendía, al contado. Desde entonces, sordamente, había comenzado a hacer guerra a las acciones, vendiéndolas cada vez más baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino para conseguirlo. En pocos meses habían bajado desde ciento veinte, a que se habían puesto poco después de la venta, hasta ochenta y tres. Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que tenía preparada, introducir el pánico en el mercado y hacerlas bajar a cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en París y en Londres, se haría dueño de la mitad más una, y por lo tanto del negocio. Porque le interesaba para sus fines políticos y económicos y por satisfacer al genio fanfarrón que, a pesar de su avaricia, habitaba dentro de él, resolvió dar un gran baile de trajes en su magnífico palacio, invitando a toda la aristocracia madrileña y a las personas reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio estaba espléndidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de París otros más sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte días antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas de invitación. Era necesario todo este tiempo para que los invitados pudiesen preparar sus disfraces. Exigíase traje de capricho: a los caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La prensa comenzó a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de España. Como su madrastra ni entendía mucho en estos asuntos, ni estaba en disposición, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en los preparativos, el alma de ellos fué Clementina. Pasaba el día en casa de su padre, robando sólo algunos ratos que dedicaba a Raimundo. Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos niñas que tenía en el colegio de Chamartín, una de diez y otra de once años, a pasar unos días con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les había prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que apenas podía fijar en ellas la atención. Esto indignó tanto a Osorio, que un día, sin que se despidiesen de su madre, las metió en el coche y las llevó él mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando Clementina regresó, hubo con este motivo una escena violenta entre los esposos. Raimundo también padecía con las ocupaciones de su amante. Pero no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Católicos. Fué una idea que le suministró Clementina. El modelo lo sacaron de un célebre cuadro que había en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D.ª Margarita de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mandó hacer un traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a propósito para realzar la gallardía de su figura y la belleza majestuosa de su rostro. El duque trabajaba también en la parte menos delicada de los preparativos, en la erección del estrado para la orquesta, que hizo colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile contiguos, rodeándolo de plantas y arbustos, en el arreglo del guardarropa, en la colocación de alfombras, en la traslación de muebles, etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un verdadero mayoral de _ingenio_. No los dejaba reposar: les exigía un cuidado incesante: jamás se le daba gusto en nada. Se trataba un día de trasladar cierto armario de ébano tallado, desde el salón que iba a ser de conversación, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los seguía recomendándoles atención con una sarta de interjecciones que dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos, nauseabundos. --¡F...., despacio!... ¡Despacio tú, papanatas, el de las narices largas!... Cuidado con esa lámpara.... Baja un poco tú. Pepe ... ¡F...., no seas jumento, baja más!... ¡Eh! ¡eh! arriba ahora.... Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era fácil lastimarse, les gritó: --¡Cuidado con las manos! --¡Cuidado con los relieves, F....!--se apresuró a gritar el duque--. ¡Lo que menos me importa a mí son vuestras manos, babiecas! Uno de los obreros levantó la vista y le clavó una mirada indefinible de odio y desprecio. Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mandó enganchar y se dirigió a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco después bajaba por la gran escalinata del jardín y montaba en coche, dando orden que le condujesen al hotel de su querida. La pasión brutal del banquero por la Amparo había crecido mucho en los últimos tiempos. Todavía fuera conservaba su razón; pero en cuanto ponía el pie en la casa de la hermosa malagueña, la perdía por completo, se transformaba en una bestia que aquélla hacía bailar a latigazos. Ni se crea que esto es enteramente figurado. Contábase en Madrid que el duque traía un aro de hierro con una argolla al brazo en señal de esclavitud, y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos amigos, para cerciorarse, le habían apretado el brazo burlando y certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia limitadísima y de cultura más limitada aún, tenía suficiente instinto para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lúbrico. El duque había llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado si un día se atufaba. Esta convicción le tenía siempre sobresaltado y rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de no comprender que la Amparo era más interesada y astuta de lo que él se figuraba. Cuando llegó al hotelito de mazapán, serían las tres de la tarde. Amparo estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vió obligado a esperar un rato leyendo los periódicos. Al salir del gabinete, la joven exclamó: --¡Ah! ¿Estaba usted ahí duque? --Sí; no he querido sorprender secretos de Estado. --¡Y que lo diga! ¿Verdá usté?--dijo la ex florista echando una mirada significativa a la modista. Esta sonrió discretamente y se fué. El duque abrazó por el talle a su querida y la llevó al gabinete. --¿Cómo te va, chiquita? ¿Bien, eh? --¡Al pelo, hijo! ¿Cómo quieres que me vaya con un hombre tan retrechero? Al mismo tiempo se colgó de su cuello y le dió un largo y sonoro beso en la mejilla. Los párpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos pasó al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada a saco en el bolsillo. --¡Y que no tiene quita el gachó! ¡Y que no sabe lo que son mujeres!--siguió la hermosa contemplándole con admiración. "¡Malo! ¡malo!" dijo para sí el banquero. Sin embargo, las caricias de su querida le hacían feliz. --Mira, Tono, no hay cosa que más me guste que decirles por lo bajo a todas las sin vergüenzas que pasean por el Retiro: "¡Andad, andad, hambronas, que si a mí se me antoja os puedo enterrar en billetes de Banco!..." ¿Verdá tú, salao? "¡Malísimo!" volvió a decir el duque en su interior; y en voz alta: --Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa. Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente: --¿Cuántos necesitas? --¡Ninguno, canalla!--exclamó ella soltando a reir--. Pensabas que me estaba preparando para darte un sablazo, ¿eh? --¡Claro! No te veo cariñosa sino cuando necesitas dinero. --¡Habrá embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensaría que es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, ¡pero no siempre, hijo, no siempre!... Además, no me sienta mal este geniecillo agrio, ¿verdá tú? La hermosa odalisca se había sentado sobre las rodillas del duque y le daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero recién rasurados. Vestía una bata de color azul oscuro con adornos más claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada día más fina, más tersa, más nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella tez lucían sus grandes ojos negros sombríos, salvajes, con un fuego misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros, caían ondeados sobre la frente ocultándola a medias. Su garganta, amasada con leche y rosas, pedía a gritos el homenaje de los labios. El duque estaba contentísimo desde que había conjurado el peligro: se derretía en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre. --Espera un poquito. Hoy quiero que tomes café conmigo. --Ya lo he tomado, hija. --No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos días que no lo tomamos juntos. ¡Claro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos! Al mismo tiempo se levantó y comenzó a maniobrar con los enseres de hacer café, que estaban dispuestos sobre la mesa. --Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a echar en él unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte blandito, ¿sabes?... Porque tengo que pedirte una cosa. Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresuró a disimularla riendo. --¡Ya lo decía! ¿Qué tienes que pedirme, rubita? --En tomando el café lo sabrás. No pudo arrancarle antes el secreto. Arrimó una mesilla japonesa a la butaca donde estaba el duque. Para sí trajo una sillita dorada. Y charlaron con animación o, por mejor decir, charló ella mientras él la escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atrás, acercando de vez en cuando con su mano trémula de hombre gastado la taza a los labios. --Oye, Tono--dijo ella cuando terminaron, poniendo con decisión los codos sobre la mesa y mirándole fijamente:--¿qué te parece de ir yo a tu baile? Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante atrocidad. El no hizo más que abrir los ojos repentinamente, para dejar caer los párpados otra vez quedando en la misma actitud soñolienta. --No me parece mal. --¿De modo que puedo ir? --¡Ya lo creo que puedes ir! Lo que no podrás será entrar. --¿Pues?--exclamó ya encrespada la bella. --Porque no te recibirían. Amparo se levantó furiosa. --¿Y por qué no me recibirían, dí, por qué?--profirió sacudiéndole un brazo y acercando su cara a la de él. --¡Calma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una mujer más bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las miradas se irían tras de ti: serías la verdadera reina del baile.... Ya comprendes que eso no le haría maldita la gracia. Amparo miró al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con ella". La fisonomía de aquél permanecía inalterable. --Bien; pues de todos modos quiero ir--dijo con mal humor y recelosa--. Me traerás una invitación. --¿Qué más quisiera yo, querida, que traerte una invitación? Si sabes de alguna persona a quien yo deseara más ver en el baile que a ti, dilo.... Pero mi mujer y mi hija me sacarían los ojos, ¿sabes? --¿Y qué tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?--preguntó la irascible malagueña--. Tú eres el amo. Yo quiero una invitación y la tendré. Quedamos, pues, en que mañana me la traerás.... --Dispensa, chiquita.... --¡Ah! ¿Conque no quieres? ¿Conque te niegas a darme ese gusto? Entonces, grandísimo gorrino, embustero, ¿por qué no hablas claro? Es decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como si fueses el chico más guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme en una cosa insignificante te llamas andana. ¡Ay, que tío! La tonta es una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, ¿quién me va a rechazar? ¡La de Osorio! ¡Olé mi vida!... Siento mucho decírtelo, hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale tanto como yo ... menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y ella no.... Pero tú tienes menos vergüenza que ella.... ¡Qué se puede esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p... y se deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que irán a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porquerías. La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompañados de interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto se paró delante del duque y le gritó hecha una hiena: --¡Sal de aquí, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en tí y en tus millones. Salabert soltó una carcajada. --Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco.... Aquí está la invitación--dijo sacando la cartera. --Métela en ...--exclamó la sultana con desprecio. Fué preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al cabo de muchas súplicas se dignó tomarla. --Bien; déjala ahí y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa. Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo había inventado últimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburría, echábale de la habitación y le tenía a veces horas enteras en la antesala o en el pasillo esperando como un perro. Ahora no tardó tanto en abrirle de nuevo. Estaba sonriente y serena y le abrazó cariñosamente. --Oye, Tono, ¿estaría bien, disfrazada de María Estuardo? --Estarías admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en seguida. Amparo sonrió maliciosamente --Ya está encargado y ya está hecho. Mira. Y abriendo el cuarto guardarropa le mostró un maniquí vestido de reina de Escocia. Llegó al fin el día del baile. Los periódicos lo anunciaron por última vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de Requena había gastado en los preparativos más de un millón de pesetas, según contaban los revisteros a sus lectores. Decían además ¡oh caso inaudito! que las flores habían venido casi todas de París. Y era cierto. El duque, nacido en Valencia, el más hermoso jardín de Europa, para su baile hacía traer las flores de Francia. Un capital de algunos miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi todas exóticas, adornaban aquélla, el vestíbulo y los dos salones de baile. Legiones de criados con calzón corto y vistosas casacas aguardaban apostados estratégicamente en todos los puntos necesarios. Una pareja de guardias de caballería permanecía al lado de la verja del jardín manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de orden público. El guardarropa, construído nuevamente, era una estancia lujosa donde todo estaba prevenido para que los magníficos abrigos, sereneros o _salidas de baile_, como ahora se nombran, no sufriesen el más mínimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz eléctrica: el vestíbulo y el comedor con gas: los salones de baile con bujías. En la sala de conversación y en la de juego había algunas lámparas de petróleo con enormes y artísticas pantallas. En éstas ardía además un fuego claro y brillante en las chimeneas. Clementina recibía a los invitados en el primer salón, cerca de la antesala. Sustituía a su madrastra porque ésta, a causa de su debilidad, no podía mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de conversación rodeada de algunas amigas: allí recibía a los que iban a saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecían el brazo a las damas que iban llegando y las conducían hasta Clementina. El atavío de ésta realzaba, como había presumido bien, su espléndida belleza. Su gallarda figura parecía aún más fina y más esbelta con aquel traje ajustadísimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena gana su Margarita auténtica por ésta contrahecha. Un pormenor que comenzó a correr por los salones y que al día siguiente noticiaron los revisteros, era que había venido un peluquero de París en el _sud-exprés_ exprofeso a peinarla. La abigarrada muchedumbre comenzó a invadir los salones. Todas las épocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su representación al baile de Requena. Moras, judías, chinas, damas godas, venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.; reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales, paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes, pajes y nigrománticos. La mayoría de los hombres, no obstante, había limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta había tocado ya dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la llegada de las personas reales para dar comienzo. Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su especial modestia, que le hacía más extraño que simpático en una sociedad donde los modales fríos y levemente desdeñosos son signo de elevación y grandeza. Vivía el joven entomólogo, desde hacía tiempo, en un delicioso aturdimiento, una especie de sueño de oro, como algunas veces suelen tenerlos las personas de condición más humilde. Su atavío de paje de los Reyes Católicos le sentaba muy bien. Más de una linda joven volvió la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una de las veces, al tiempo que lo hacían, se aproximó a la dama Pepe Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I. --¿Qué es eso?--le dijo al oído--. ¿No te has cansado aún de tu _bambino_? Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina lo admitía. --Yo no me canso de lo bueno--repuso ella