The Project Gutenberg eBook of Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1

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Title: Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 1

Author: Alexander von Humboldt

Translator: Luis Navarro y Calvo

Release date: April 14, 2020 [eBook #61831]

Language: Spanish

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CRISTÓBAL COLÓN Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA, TOMO 1 ***

Nota de transcripción


Cubierta del libro

[Pg i]

CRISTÓBAL COLÓN
Y
EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA


[Pg iii]

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO CLXIII


CRISTÓBAL COLÓN

Y

EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA

HISTORIA
DE LA GEOGRAFÍA DEL NUEVO CONTINENTE
Y DE LOS PROGRESOS DE LA ASTRONOMÍA NÁUTICA
EN LOS SIGLOS XV Y XVI

OBRA ESCRITA EN FRANCÉS

POR

ALEJANDRO DE HUMBOLDT

TRADUCIDA AL CASTELLANO

POR

D. LUIS NAVARRO Y CALVO

TOMO I

MADRID

LIBRERIA DE LA VIUDA DE HERNANDO Y C.ª
calle del Arenal, núm. 11

1892


[Pg iv]


ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO «SUCESORES DE RIVADENEYRA»
Paseo de San Vicente, 20.



[Pg 1]

PRÓLOGO.


Los siglos en que se revela con mayor viveza el movimiento intelectual presentan el carácter distintivo de una tendencia invariable hacia determinado objeto, y á la activa energía de esta tendencia deben su grandeza y su esplendor.

La no interrumpida serie de descubrimientos geográficos, producto de noble comunidad de inspiración y de arrojo de portugueses y castellanos, y la lucha tan larga como sangrienta por la reacción de la reforma religiosa y por los movimientos políticos encaminados á refundir las instituciones sociales, han preocupado sucesivamente los ánimos, dando á determinados períodos especial fisonomía.

El siglo XV, del cual me ocupo especialmente en esta obra, es de un interés tal, que podría ser calificado de posición en la escala cronométrica de los progresos de la razón. Situado entre dos civilizaciones de distinto carácter,[Pg 2] preséntase como mundo intermedio que á la vez pertenece á la Edad Media y á los modernos tiempos. Es este siglo el de los grandes descubrimientos en el espacio; el de las nuevas rutas abiertas á las comunicaciones de los pueblos; el de los primeros vislumbres de una geografía física comprensiva de todos los climas y de todas las alturas. Sí; para los habitantes de la vieja Europa ha «duplicado las obras de la creación» el contacto con tantas cosas nuevas, proporcionando vasto campo á la inteligencia y modificando insensiblemente las opiniones, las leyes y las costumbres políticas. Jamás descubrimiento alguno puramente material, ensanchando el horizonte, produjo un cambio moral más extraordinario y duradero; levantóse entonces el velo bajo el cual, durante millares de años, permanecía oculta la mitad del globo terrestre, como esa mitad del globo lunar, que, á pesar de las pequeñas oscilaciones causadas por la libración, permanecerá invisible á los habitantes de la tierra, mientras no se perturbe esencialmente el sistema planetario.

También han sido, indudablemente, los modernos tiempos fecundos en descubrimientos geográficos, en empresas audaces y dignas de admiración, hacia el Sudeste del Gran Océano y en las regiones polares; pero estas empresas, relacionadas con intereses puramente científicos, no han sido, como las de la segunda mitad del siglo XV y principios del XVI, el carácter dominante de la época, su peculiar tendencia.

[Pg3]

Las investigaciones históricas que en este momento publico son extracto de un trabajo al que he dedicado durante treinta años, y con la mayor predilección, todos los momentos libres de apremiantes tareas. Por haber visitado durante mis primeros viajes la parte meridional de la isla de Cuba, las extremidades oriental y occidental de Tierra Firme y esas costas de Guayaquil y de la Puná, célebres en la historia de los primeros descubrimientos, la lectura de las obras que contienen las narraciones de los Conquistadores ha tenido para mí especial atractivo, y las investigaciones hechas en algunos archivos de América y en bibliotecas de diferentes partes de Europa me han facilitado el estudio de una rama descuidada de la literatura española. Halagábame la esperanza de que una larga permanencia en las regiones menos visitadas del Nuevo Mundo; el conocimiento local del clima, de las comarcas y de las costumbres; el hábito de determinar la posición astronómica de las localidades, de trazar el curso de los ríos y la dirección de las cordilleras; el mayor cuidado, en fin, para averiguar las diferentes denominaciones que en la maravillosa variedad de sus idiomas dan los indigenas á los mismos puntos, me darían á conocer en los relatos de los primitivos viajeros algunas combinaciones de hechos que la sagacidad de los geógrafos é historiadores modernos de América no hubiese advertido. Esta esperanza alentó mi ánimo, mientras investigando las fuentes de estos conocimientos necesité estudiar libros donde sobresalía,[Pg 4] en unos, el candor propio del antiguo lenguaje y una admirable exactitud de descripciones, y en otros, la prolijidad enfática y la afición á una falsa erudición que es característica en los escritores monásticos.

No he de limitarme á las investigaciones sobre la geografía de América y la primitiva historia de sus pueblos, que el estudio de las pinturas antiguas ó de las tradiciones y los mitos del Perú, de los Andes, de Quito y de Cundinamarca han puesto en claro; extenderé mi trabajo á la cosmografía del siglo XV y á los métodos astronómicos cuyo empleo ensayaban los navegantes desde que el decreto pontificio determinando la línea de demarcación aumentó el afán con que se buscaba «el secreto de las longitudes». Acudiendo constantemente á documentos que en los tiempos modernos son con más frecuencia citados que atentamente examinados, no siempre mis investigaciones han sido estériles, y el público que alentó y aceptó benévolamente mis largas publicaciones ha acogido con algún interés los resultados de este trabajo, consignados incidentalmente en el Ensayo político sobre la Nueva España, la Relación histórica de mis viajes á las regiones equinocciales y Los monumentos de los antiguos pueblos de América.

Antes de salir para la costa de Paria, el primer punto continental del Nuevo Mundo que vió Colón, tuve la buena suerte de escuchar en Madrid los consejos del sabio historiógrafo D. Juan Bautista Muñoz, y de admirar los preciosos materiales que había recogido por[Pg 5] orden de Carlos IV en los archivos de Simancas, de Sevilla y de la Torre do Tombo. Estos documentos justificativos debían publicarse al final de su Historia del Nuevo Mundo, de la cual desgraciadamente sólo ha visto la luz el tomo I, que da idea muy imperfecta del extenso plan de esta empresa histórica.

Desde el año de 1825 quedó ampliamente indemnizado el mundo sabio de esta privación, por haber salido á luz tres tomos de la Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Esta obra de D. Martín Fernández de Navarrete, emprendida en vastas proporciones y redactada en todas sus partes con sana crítica, es uno de los monumentos históricos más importantes de los tiempos modernos. Sólo la Colección diplomática contiene más de cuatrocientos documentos relativos al importante periodo de 1487 á 1515, algunos de los cuales eran conocidos por el Códice Colombo Americano, publicado en 1825 á costa de los Decuriones de Génova. Comparados entre sí y con las relaciones de los primeros Conquistadores, estudiados por personas conocedoras de las localidades del Nuevo Mundo y que comprendan bien el espíritu del siglo de Colón y de León X, podrán estos materiales progresivamente, y todavía durante largo tiempo, producir preciosos resultados en el estudio de los descubrimientos y del antiguo estado de América. Posee Francia una traducción de la mayor parte de la obra de Navarrete, hecha por M. de Verneuil y M. de la[Pg 6] Roquette, y esta misma obra fué origen de la Vida de Colón, debida á la pluma de un escritor que ha ilustrado á su patria con composiciones en las que brillan á la vez la inspiración poética y el talento de pintar el cuadro de una tierra inculta, fecundada por una civilización naciente. Mr. Washington Irving ha demostrado que á los grandes talentos no les es incompatible la cultura de las artes de la imaginación y la facultad de dedicarse con fruto á los severos estudios del historiógrafo; pero por el objeto y la forma literaria de su trabajo, el autor americano tenía que prescindir de las minuciosas discusiones de geografía y astronomía náutica á que la aridez de mis habituales trabajos desde hace largo tiempo me condena.

Al examinar los sucesos que ocasionaron el descubrimiento del otro hemisferio, procuro sobre todo hacer ver la continuidad de ideas, la ligazón de opiniones que, al través de las supuestas tinieblas de la Edad Media, unen el final del siglo XV con los tiempos de Aristóteles, Eratosthenes y Strabón. He querido probar que en todas las épocas de la vida de los pueblos, cuanto se refiere á los progresos de la razón tiene las raíces en los siglos anteriores. El desarrollo de la inteligencia ó su aplicación á las necesidades materiales de las sociedades sólo parecen nulos cuando la lentitud ó el aislamiento de los progresos hacen su marcha insensible ó, mejor dicho, menos aparente. La raza humana no está sujeta, en mi opinión, á alternativas de esplendores y obscuridades que afecten[Pg 7] á toda ella. En los individuos como en las masas, hay un principio conservador que mantiene el acto vital del desarrollo de la razón. Si el siglo XV llegó tan rápidamente á cumplir su misión, fué porque preparó los gérmenes la serie de hombres eminentes que vivieron en la Edad Media, Roger Bacon, Alberto el Grande, Duns Scot y Vicente de Beauvais.

Cuando Diego Rivero volvió en 1525 del Congreso de Puente de Caya, cerca de Yelves, ya estaban trazados los grandes contornos del Nuevo Mundo desde la Tierra del Fuego hasta el Labrador. Los progresos eran naturalmente más lentos en las costas occidentales, y, sin embargo, en 1545 Rodríguez Cabrillo avanzó ya hasta el Norte de Monterey; y cuando este grande é intrépido navegante pereció cerca del canal de Santa Bárbara, en Nueva California, su piloto Bartolomé Ferrelo continuó el reconocimiento de la tierra hasta el grado 43 de latitud, cerca del cabo Oxford de Vancouver.

Tal era entonces el ardimiento y la rivalidad de los pueblos comerciantes, españoles, ingleses y portugueses, que bastaron cincuenta años para diseñar la configuración de las grandes masas continentales del otro hemisferio, al Sud y al Norte del Ecuador. Tan cierto es, como observa un juicioso literato, M. Villemain (Melanges historiques, t. I, pág. 452), que «cuando un siglo empieza á trabajar, impulsado por una grande esperanza, no descansa hasta convertirla en realidad.»

La extensa obra que preparaba sobre la historia y geografía de ambas Américas y la rectificación progresiva de las posiciones astronómicas la abandoné cuando mi viaje al Asia boreal y al mar Caspio. Ha influído después en mi ánimo una nueva serie de ideas, disminuyendo la predilección que había concebido por este trabajo desde mi primera vuelta á Europa. Creo deber poner término á mis escritos relativos á América, y esta resolución es para mí menos sensible desde que un viajero de los más instruídos en los tiempos modernos, M. Boussingault, después de doce años de arriesgadas y penosas correrías, ha vuelto felizmente á su patria y podrá seguir proyectando luz sobre los fenómenos magnéticos y meteorológicos, sobre la geología, la configuración hipsométrica del suelo y la naturaleza química de las producciones del Nuevo Mundo.

Espero dar pronto á luz el cuarto y último tomo de la Relación histórica, única obra de esta larga serie de publicaciones americanas que está por terminar. De los dos Atlas que acompañan á la Relación histórica, el primero, el Atlas pintoresco, contiene la explicación de las láminas publicadas con los títulos de Vistas de las cordilleras y Monumentos de los pueblos indígenas de América. La obra que publico en este momento imprímese también en forma grande para que sirva de texto al Atlas geográfico y físico[1].

[Pg 9]

Por no perder completamente el fruto de las antedichas investigaciones, he concentrado en este examen crítico los resultados en mi concepto más interesantes. Al lado de hechos nuevos coloco otros, quizá conocidos de antiguo, pero que ofrecen combinaciones y puntos de vista de indudable novedad.

Daré algunos detalles acerca del misterioso personaje Martinus Hylacomilus y sobre su Introducción á la cosmografía, en la cual, ya en 1507, y por tanto un año antes de que el mapa fragmentario del Nuevo Mundo fuese publicado sin nombre en una edición de Ptolomeo, propuso la denominación de América. Encontraremos este nombre empleado, no en un mapa, sino en un libro anónimo (Globus Mundi) falsamente atribuído á Loritus Glareanus é impreso en 1509, tres años antes de la carta de Vadiano á Rodolfo Agrícola y anterior en trece al mapa de Ptolomeo con el nombre de América. Un mapamundi de Appiano, inserto en el Pomponio Mela, de Vadiano, presenta también dicho nombre y precede por tanto en dos años al mapa de Ptolomeo de 1522.

Sería faltar á los deberes de afectuoso reconocimiento si, al terminar este prólogo, no rindiera público homenaje al barón Walckenaer, mi colega en el Instituto, á cuyo noble celo en el cultivo de las ciencias no se limita enriquecerlas con sus propios trabajos, sino también procura ayudar con sus consejos y facilitando el libre uso de su vasta biblioteca á cuantos desean recorrer la misma senda que él. Entre las riquezas que contiene esta[Pg 10] biblioteca, he tenido la dicha de averiguar con el señor Walckenaer, en la primavera del año 1832, durante mi último viaje á París, el autor y la fecha de un mapamundi que ha dado ocasión á observaciones interesantísimas.

El Nuevo Continente fué dibujado por Juan de la Cosa, que acompañó á Cristóbal Colón en su segundo viaje, y que era el piloto de Alonso de Ojeda en la expedición de 1499, en la cual iba Amérigo Vespucci. Para comprender la importancia de este monumento geográfico, basta recordar que es anterior en seis años á la muerte de Colón, y que los mapas más antiguos de América, no insertos en las ediciones de Ptolomeo ó en las cosmografías del siglo XVI conocidas hasta ahora, son los de 1527 y 1529 de la biblioteca del Gran Duque de Sajonia Weymar. La última es la más conocida, porque lleva el nombre de Diego Rivero.

Termino este prólogo con la expresión de un gran sentimiento. La viva alegría que me produjo la noticia, con tanta impaciencia esperada, de haber recobrado la libertad mi amigo y compañero de viaje Mr. Bonpland, la ha perturbado una pérdida dolorosa. Mr. Oltmanns, miembro de la Academia de Berlín, que me había demostrado su afectuosa adhesión al redactar mis observaciones astronómicas hechas en el Nuevo Continente, ha muerto hace pocos días víctima de cruel enfermedad. El mejor elogio que puedo hacer de él es recordar la prueba de estimación que le ha tributado un sabio ilustre, Mr. Delambre, en el análisis de los trabajos matemáticos[Pg 11] presentados al Instituto. «Mr. Oltmanns, dice Mr. Delambre, ha demostrado con sus trabajos de geografía astronómica que posee notables conocimientos y la paciencia necesaria para ejecutar los cálculos más largos y monótonos, estando dotado de la sagacidad bastante para descubrir métodos nuevos ó reformar los conocidos.»

El interesante Annuaire du bureau des longitudes publica anualmente las tablas de Mr. Oltmanns, que sirven para calcular la altura de las montañas, conforme á las observaciones barométricas; tablas que por su precisión é ingeniosa brevedad tanto han contribuído al conocimiento de las desigualdades de la superficie del globo.

Poco tiempo antes de su muerte había terminado Mr. Oltmanns los cálculos de todas mis observaciones astronómicas hechas en Siberia, de las cuales sólo muy pocas pude yo calcular durante un rápido y á veces trabajoso viaje. Este recuerdo de inextinguible reconocimiento no está fuera de lugar en una obra destinada, como la presente, á investigaciones acerca de la historia de la Geografía.

A. de Humboldt.

Berlín, Noviembre 1833.


[Pg 13]

INTRODUCCIÓN.


El descubrimiento del Nuevo Mundo y los trabajos realizados para dar á conocer su geografía, no sólo han levantado el velo que durante siglos cubría una gran parte de la superficie del globo, sino ejercido incontestable influencia en el perfeccionamiento de los mapas y en general en los procedimientos gráficos, como también en los métodos astronómicos propios para determinar la posición de los lugares.

Al estudiar los progresos de la civilización vemos constantemente que la sagacidad del hombre aumenta á medida que se extiende el campo de sus investigaciones. La astronomía náutica, la geografía física (comprendiendo bajo este nombre hasta las nociones de las variedades de la especie humana, y la distribución de los animales y de las plantas), la geología de los volcanes, la historia natural descriptiva, todas las ramas de las ciencias han cambiado de aspecto desde fines del siglo XV y principios[Pg 14] del XVI. La nueva tierra ofrecía á los marinos un desarrollo de costas en 120 grados de latitud; á los naturalistas, nuevas familias de vegetales y cuadrúpedos difíciles de clasificar conforme á los tipos y métodos conocidos; al filósofo, una misma raza de hombres diversamente modificada por larga influencia de alimentación, temperatura y costumbres, pasando (sin el estado intermedio de pueblos nómadas pastores) de la vida de cazador á la vida agrícola, dividida por infinidad de lenguas de rara estructura gramatical, pero modelada en un mismo tipo. Al físico y al geólogo presenta inmensa cordillera de montañas, levantada por fuegos subterráneos, rica en metales preciosos, conteniendo en su rápida pendiente y en sus escalonadas mesetas, en espacio pequeño, los climas y las producciones de las zonas más opuestas. Jamás, desde el principio de las sociedades, se engrandeció por tan prodigiosa manera la esfera de las ideas relativas al mundo exterior; nunca sintió el hombre una necesidad más apremiante de observar la naturaleza y de multiplicar los medios de interrogarla con éxito.

Podría creerse que estos asombrosos descubrimientos que, por decirlo así, se secundaban mutuamente; que estas dobles conquistas en el mundo físico y en el mundo intelectual, no fueron dignamente apreciadas hasta nuestros días, hasta un siglo en que la historia de la civilización humana ha sido descrita por filósofos capaces de abarcar de una mirada los progresos de la geografía astronómica y física, el arte del navegar, la botánica y la zoología descriptivas. Pero los contemporáneos de Cristóbal Colón nos ponen de manifiesto cómo en su misma época había hombres superiores que sentían[Pg 15] profundamente el grande y maravilloso final del siglo XV. «Cada día, escribe Pedro Mártir de Anghiera en sus cartas de 1493 y 1494[2], nos llegan nuevos prodigios de ese Mundo Nuevo, de esos antípodas del Oeste, que un genovés (Christophorus quidam Colonus, vir Ligur) acaba de descubrir. Nuestro amigo Pomponio Lætus (el gran propagandista de la literatura clásica romana, perseguido en Roma á causa de la libertad de sus opiniones religiosas) no ha podido contener las lágrimas de alegría al darle yo las primeras noticias de este inesperado acontecimiento.» Y añade Anghiera con poética locuacidad: «¿A quién admirarán hoy entre nosotros los descubrimientos atribuídos á Saturno, á Ceres y á Triptolemo? ¿Qué más hicieron los fenicios cuando[Pg 16] en apartadas regiones reunieron pueblos errantes y fundaron nuevas ciudades? Reservado estaba á nuestra época ver acrecentarse de esta suerte nuestras concepciones y aparecer impensadamente en el horizonte tantas cosas nuevas.»

Cuando se estudian los primeros historiadores de la conquista y se comparan sus obras, sobre todo las de Acosta, de Oviedo y de Barcia, á las investigaciones de los viajeros modernos, sorprende encontrar el germen de las más importantes verdades físicas en los escritores españoles del décimosexto siglo. Ante el aspecto de un nuevo continente aislado en la vasta extensión de los mares, presentábanse á la vez á la activa curiosidad de los primeros viajeros y de aquellos que meditaban sus relatos, la mayoría de las importantes cuestiones que aun hoy día nos preocupan acerca de la unidad de la especie humana y de sus desviaciones de un tipo primitivo; sobre las emigraciones de los pueblos, la filiación de las lenguas, más distintas á veces en las raíces que en las flexiones ó formas gramaticales; sobre las emigraciones de las especies vegetales y animales; sobre las causas de los vientos alisios y de las corrientes pelásgicas; sobre el decrecimiento del calor en la rápida pendiente de las cordilleras y en las profundidades del Océano, acerca de la reacción de unos volcanes sobre otros y de la influencia que ejercen en los terremotos. El perfeccionamiento de la geografía y de la astronomía náutica (dos objetos de los cuales nos ocuparemos con preferencia en esta obra) empiezan al mismo tiempo que el de la Historia natural descriptiva y el de la física del globo en general.

Vemos en el Fénix de las Maravillas del Mundo, [Pg 17] compuesto por Raimundo Lulio[3], de Mallorca, en 1286, que se usaban verdaderas cartas marinas á fines de siglo XIII. Sin embargo, comparando los mapas anteriores de Andrés Bianco, de Benincasa, de Jacobo de Giroldis, de Fra Mauro y de Martín Behaim, con un mapamundi que el barón Walckenaer y yo hemos reconocido recientemente ser de 1500 y de mano de Juan de la Cosa, compañero de Colón, sorprende que sea bastante medio siglo para producir cambio tan grande, no sólo en las ideas cosmográficas, sino también en el trazado y concordancia de las líneas de yacimiento. No debe olvidarse que Behaim, Colón, Vespucci, Gama y Magallanes eran contemporáneos de Regiomontanus, de Pablo Toscanelli, de Rodrigo Faleiro y de otros astrónomos célebres que comunicaban sus conocimientos á los navegantes y geógrafos de sus tiempos.

Los grandes descubrimientos del hemisferio occidental no fueron producto de feliz casualidad. Injusto sería buscar el primer germen en esas disposiciones instintivas del alma á que atribuye la posteridad lo que es resultado de larga meditación. Colón, Cabrillo, Gali y tantos otros navegantes que hasta Sebastián Viscayno han ilustrado los anales de la marina española, eran, para la época en que vivieron, hombres notables por su instrucción. Hicieron importantes descubrimientos porque tenían ideas exactas de la figura de la tierra y de la longitud de las distancias por recorrer; porque sabían discutir los trabajos de sus antepasados, observar los[Pg 18] vientos reinantes en las diversas zonas, medir la variación de la aguja magnética para corregir su ruta y lo largo del camino, poner en práctica los métodos menos imperfectos que los geómetras de entonces proponían para dirigir un barco en la soledad de los mares.

La astronomía náutica continuó sin duda en la infancia hasta que se conoció el uso de los instrumentos de reflexión y los relojes marinos. En el arte de la navegación, tan íntimamente ligado á los adelantos de las ciencias matemáticas y al perfeccionamiento de los instrumentos de óptica, los progresos, por causa de esta unión, son necesariamente lentos y á veces se interrumpen. Las prácticas de pilotaje usadas en las grandes expediciones de Colón, de Gama y de Magallanes, que tan inciertas nos parecen, hubieran admirado, no diré á los marinos fenicios, cartagineses y griegos, sino hasta á los hábiles navegantes catalanes, vascos, dieppeses y venecianos de los siglos XIII y XIV. Desde esta época encontramos los indicios de diversos métodos de longitud, casi idénticos á los nuestros, ideados con grandísimo trabajo, pero impracticables á causa de la imperfección de los instrumentos á propósito para medir el tiempo y las distancias angulares.

En este Examen crítico trataré sucesivamente: primero, de las causas que prepararon y produjeron el descubrimiento del Nuevo Mundo; segundo, de algunos hechos relativos á Colón y á Amérigo Vespucci, como también de las fechas de los descubrimientos geográficos; tercero, de los primeros mapas del Nuevo Mundo y de la época en que se propuso el nombre de América; cuarto, de los progresos de la astronomía náutica y del trazado de mapas en los siglos XV y XVI.

[Pg 19]

La relación que tienen entre sí los materiales empleados en las diferentes secciones de esta obra es tan íntima, que con frecuencia necesito acudir á las mismas fuentes para poner en claro la historia de un descubrimiento que ha influído hasta nuestros días en el destino de los pueblos de Europa, en el perfeccionamiento de las ciencias y en la teoría de las instituciones más ó menos favorables á la libertad.


[Pg 21]

CAUSAS

QUE PREPARARON Y PRODUJERON EL DESCUBRIMIENTO
DEL NUEVO MUNDO.


I.

Lo que se proponía Colón en sus viajes de descubrimiento.

Ingeniosamente ha dicho d’Anville que el mayor de los errores[4] en la geografía de Ptolomeo, guió á los hombres en el mayor descubrimiento de nuevas tierras. De igual manera puede decirse que la tradición fabulosa, ó más bien, el mito nestoriano del preste Juan, que desde el siglo XI hasta el XV ha ido avanzando poco á poco del Este del Asia hacia la meseta de Habesch, ha contribuído poderosamente á los conocimientos geográficos de la Edad Media.

El motivo que excita un movimiento, llámese como se quiera, error, previsión vaga é instintiva, argumento[Pg 22] razonado, conduce á ensanchar la esfera de las ideas, á abrir nuevas vías al poder de la inteligencia.

Comparando entre sí documentos de distintas épocas, nótase que Cristóbal Colón, antes y después de su descubrimiento, á medida que avanzaba en edad, emitió opiniones contradictorias acerca de los verdaderos móviles de su primera y feliz expedición. Se ha demostrado recientemente[5] que fué en Portugal hacia 1470, esto es, tres años antes de recibir los consejos del florentino Pablo Toscanelli, donde y cuando Colón concibió la primera idea de su empresa. Fundáronse entonces las esperanzas de este grande hombre, como es sabido, en lo que llamó «razones de cosmografía», en la corta distancia que se suponía entre las costas occidentales de Europa y Africa y las del Cathay y Zipangu, en las opiniones de Aristóteles y de Séneca y en algunos indicios de tierras hacia el Oeste de que había tenido conocimiento en Porto Santo, Madera y las Azores.

Fernando Colón, en la Vida del Almirante, nos ha transmitido en cinco capítulos[6], y conforme á los manuscritos[Pg 23] auténticos de su padre, el conjunto de razones en que fundaba un proyecto cuya ejecución fué aplazándose durante veintidós años hasta la vejez de Colón.

Newton á la edad de veinticuatro años lo había descubierto todo, el cálculo de las fluxiones, la atracción universal y lo que llamó análisis de la luz; mientras Colón contaba cincuenta y seis años cuando, saliendo de la barra de Río de Saltes el 3 de Agosto de 1492, emprendía la carrera de los grandes descubrimientos, y había cumplido sesenta y ocho cuando su último y peligroso viaje á las costas de Veragua y de los Mosquitos.

Antes de su primer viaje, en 1492, para acreditar su sistema y probar que por el Oeste y por camino más corto se podía ir «á la tierra de las especias», dió Colón importancia á motivos y sucesos de escaso valer que, después de su muerte, sirvieron á sus enemigos, en el famoso pleito entre el fiscal del Rey y D. Diego Colón, para hacer creer que el descubrimiento de América, fácil y previsto desde hacía largo tiempo, no había sido completamente nuevo. De estos sucesos insignificantes, de estos motivos deducidos de las opiniones de los antiguos, de algunos indicios de tierras, y en general de los conocimientos cosmográficos, prescindió Colón en sus últimos días. La lettera rarisima[7] dirigida al rey Fernando y á la reina Isabel desde Jamaica el 7 de Julio de 1503, y aun más el bosquejo de la obra extravagante[Pg 24] de las Profecías, escrito en parte de puño y letra del Almirante con posterioridad al año de 1504 (diez y ocho meses antes de su fallecimiento), prueban con cuánta fuerza de persuasión se había apoderado progresivamente de su alma una teología mística[8]. «Ya dije, escribe Cristóbal Colón (folio IV de las Profecías), que para la esecucion de la impresa de las Indias, no me[Pg 25] aprovechó razon, ni matemática, ni mapamundos: llanamente se cumplió lo que dijo Isías»[9]: «Nuestro Redentor dijo que antes de la consumacion deste mundo se habrá de cumplir todo lo questaba escrito por los[Pg 26] Profetas, el Evangelio debe ser predicado en toda la tierra y la ciudad santa debe ser restituída á la Iglesia. Nuestro Señor ha querido hacer un gran milagro con mi viaje á la India. Preciso es apresurar el término de esta obra, lumbre que fué del Espíritu Santo, porque por mis cálculos, de aquí hasta el fenecer del mundo sólo restan ciento cincuenta años.»

Según Colón, debía, pues, ocurrir el fin del mundo en 1656, entre la muerte de Descartes y la de Pascal.

Sin seguir el rastro de estas ilusiones, examinaremos más de cerca lo que se relaciona con las primeras y verdaderas causas del gran descubrimiento de América. No ignoro que este asunto lo han tratado con frecuencia hábiles historiadores, aunque por lo general con una falta de crítica, de profundo conocimiento de los tiempos anteriores y de serios estudios de las fuentes y documentos originales que con pesar se nota hasta en algunas partes de la célebre obra de Robertson. La materia no está agotada, ni mucho menos, desde que el Gobierno español ha proporcionado con munificencia tantos materiales nuevos á la investigación de los hechos, y desde que los propios escritos del gran marino genovés nos han revelado perfectamente la especialidad de su carácter.

Vivió Colón en Portugal á fines del reinado de Alfonso V, desde 1470 hasta fin de 1484. En 1485 hizo un corto viaje á Génova para ofrecer sus servicios á[Pg 27] dicha república. Estas fechas se fundan en documentos que reciente y cuidadosamente han sido examinados[10]. No se sabe de cierto si Colón fué de Lisboa á Génova, después de desembarcar en España.

Visitando sucesivamente el convento de la Rábida (cerca de Palos), Sevilla, Córdoba y Salamanca, sufrió las continuas dilaciones que se oponían á sus proyectos, hasta Abril de 1492. Dice Fernando Colón, en la Historia del Almirante, que en Portugal fué donde empezó éste á conjeturar que si los portugueses navegaban tan lejos hacia el Sud, podría navegarse también hacia Occidente y encontrar tierras en esta ruta. Dicha afirmación es por lo menos inexacta. Cuantos escritos poseemos de mano del Almirante, la carta del astrónomo Pablo Toscanelli y la gran Crónica de Bartolomé de las Casas[11], estudiada por Herrera, Muñoz y Navarrete,[Pg 28] prueban que Cristóbal Colón designó, como objeto principal, y pudiera decir casi único de su empresa, «buscar el Levante por el Poniente[12]. Pasar á donde nacen las especerías[13] navegando al Occidente. He recibido al Almirante en mi casa—cuenta el amigo íntimo de Colón, Bernáldez[14], más conocido con el nombre de Cura párroco de la villa de los Palacios—cuando volvió á Castilla (de su segundo viaje) en 1496, llevando por devoción, y según su costumbre, un cordón de San Francisco y unas ropas de color, de hábito de fraile de San Francisco de la Observancia[15]. Traía entonces[Pg 29] consigo el gran cacique, y refirióme cómo concibió la primera idea de buscar las tierras del Gran Khan (soberano del Asia Oriental) navegando al Occidente

Estas frases relativas al primer viaje del Almirante fueron admitidas tan usualmente hasta principios del siglo XVI, que las encontramos en la relación de las primeras aventuras de Sebastián Cabot, debida al legado Galeas Butrigarius[16]. «En Londres, cuando llegaron á la corte de Enrique VII, dice este legado, las primeras noticias del descubrimiento de las costas de la India, hecho por el genovés Cristóbal Colón, todo el mundo convino en que era cosa casi divina navegar por Occidente hacia Oriente, donde las especias se crian (a thing more divine than human, to sail by the West to the East, where spices grow).»

La idea de encontrar grandes tierras en el camino de Europa á las costas orientales de Asia era para Colón y Toscanelli un objeto secundario. En el primer viaje, encontrándose á unos 28° de latitud y á 9° al Occidente del meridiano de la isla de Corvo, el 19 de Septiembre de 1492, creyo el Almirante que estaban próximas algunas tierras[17]; pero su voluntad era (según las propias[Pg 30] palabras del diario de ruta), «seguir adelante hasta las Indias, porque, placiendo á Dios, á la vuelta se vería todo.»

Toscanelli, que por lo menos desde el año 1474 se ocupaba teóricamente de los mismos proyectos que Colón, sólo nombra en el camino por recorrer al Occidente la isla Antilia, que se encontrará á 225 leguas de distancia antes de llegar á Cipango (al Japón). «La carta que os envió para S. M. (el Rey de Portugal), dice Toscanelli en su carta al canónigo de Lisboa Fernando Martínez, está hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro, hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuyo frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar, y cuánto os podríais apartar del polo Artico por la línea equinoccial, y por cuánto espacio; esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas; y no os admiréis de que llame Poniente al país en que nace la especería, que comunmente se dice nacer en Levante, porque los que navegaren á Poniente siempre hallarán en Poniente los referidos lugares, y los que fueren por tierra á Levante siempre hallarán en Levante los dichos lugares.»

Según el sistema geográfico de esta época, fundado casi únicamente, en cuanto al Asia oriental y marítima, en las relaciones de Marco Polo, Balducci Pelogetti y Nicolás de Conti, figurábanse multitud de islas ricas en[Pg 31] especias y oro en el mar de Cin, es decir, en los mares del Japón, de la China y del gran archipiélago de las Indias. El mapa mundi de Martín Behaim presenta, desde el grado 45 Norte hasta el 40 Sud, una serie de islas opuestas á la extremidad del Asia. Esta cadena de islas contiene el pequeño Cathay, Zipangu (Niphon), comprendido casi por completo en la zona tórrida, Argyré, colocado á la extremidad oriental del mundo conocido de los antiguos y de los árabes; Java Mayor (Borneo), Java Menor (Sumatra), donde permaneció Marco Polo cinco meses, y aprendió á conocer el sagotal y la especie de rinoceronte de dos cuernos y piel poco arrugada, propia de esta isla, Candym y Angama.

Cuando llegó Colón en su primer viaje (el 14 de Noviembre de 1492) á las costas septentrionales de Cuba, que al principio creyó ser Zipangu, maravillóle ante el Viejo Canal, cerca de Puerto del Príncipe, la belleza de un grupo de verdes cayos que en su ardiente imaginación juzgaba formar parte, según sus propias palabras, «de aquellas inumerabiles islas que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen»[18].

[Pg 32]

Se ha dicho con bastante exactitud que Colón se mostró al defender su proyecto menos temerario y más sabio de lo que se le había supuesto[19]. La exposición de razones que alegaba, mejor hecha en las Décadas de Herrera[20] que en la Vida del Almirante, escrita por su hijo D. Fernando, ha pasado de este último libro á todas las historias modernas del descubrimiento de América. Clasificando estas razones conforme á la naturaleza de los conocimientos que las produjeron, y comparándolas en parte á los documentos originales que podemos consultar hoy, vemos que la esperanza de llegar, buscando el Levante por el Poniente, á las regiones de Asia, fértiles en especias, ricas en diamantes y en metales preciosos, la fundaba Colón en la idea de la esfericidad de la tierra; en la relación de la extensión de los mares y de los continentes; en la cercanía de las costas de la península ibérica y de Africa á las islas inmediatas al Asia tropical; en un grave error en la longitud de las[Pg 33] costas asiáticas; en los informes tomados de obras antiguas, de escritores árabes y acaso de Marco Polo; en indicios de tierras situadas al Oeste de las islas de Cabo Verde, Porto Santo y las Azores, que en diversas épocas se creyó advertir ó por la observación de algunos fenómenos físicos ó por las relaciones de marinos á quienes arrastraron las tempestades ó las corrientes.

Conviene también distinguir entre las ideas que preocupaban al grande hombre antes y durante el curso de sus descubrimientos, y las reflexiones que estos mismos descubrimientos produjeron en él posteriormente. Debe comparárselas con hechos, no todos por igual comprobados ó bien interpretados, como la relación de un sacerdote budista, Hoeï-chin, sobre el Fusang y Tahan (año 500); los descubrimientos de la Groenlandia, del Vinland y de la embocadura del San Lorenzo, por Erik Rauda (985), Bjoern (1001) y Madoc ap Owen (1170); la aventurera expedición de los árabes errantes (Almagrurim)[21] de Lisboa (1147); la navegación al Oeste hacia la India del genovés Guido de Vivaldi (1281), y de Teodosio Doria (1292), cuya suerte se ignora; y finalmente, los viajes con tanta frecuencia comentados de los hermanos Zeni de Venecia (1380).

He colocado estos hechos y tradiciones por orden cronológico para demostrar que ascienden hasta mil años antes de Colón, quien, en un siglo de heroísmo y de erudición renaciente, aun se complacía con los recuerdos de la Atlántida de Solón y de la célebre profecía contenida en un coro de la Medea de Séneca.


[Pg 34]

II.

Progreso de las ideas cosmográficas antes de Colón.

El estado de nuestra civilización europea nos conduce involuntariamente á Grecia como punto de partida, lo mismo al investigar las opiniones que contienen los gérmenes de las que hoy dominan, que al recorrer la larga serie de las atrevidas tentativas realizadas con objeto de ensanchar el horizonte geográfico.

Durante largo tiempo, la tierra, conforme á las ideas de los primeros poetas de la escuela jónica, era un disco cuyas orillas ocupaba el Océano, disco inclinado un poco hacia el Sud á causa del peso que producía la abundante vegetación en los trópicos[22].

Hacia estas orillas se situaban el Elíseo, las islas de los Bienaventurados, los Hiperbóreos y el pueblo justo de los Etiopes. La fertilidad del suelo, la templanza del[Pg 35] clima, la fuerza física de los hombres, la pureza de las costumbres, todos los bienes eran propios de las extremidades del disco terrestre[23]. De aquí el vago[24] deseo de llegar á él, ó por el Phase[25] ó por las columnas de Briareo. La especial configuración de la cuenca del Mediterráneo, abierta al Occidente, impulsó el interés de los navegantes fenicios hacia la parte atlántica del Océano. La historia de la Geografía presenta esta serie de intentos desde los tiempos más remotos para avanzar progresivamente en la dirección occidental, intentos debidos al ansia de ganancias, á curiosidad aventurera ó al azar de las tormentas; presenta además larga serie de descubrimientos presididos por la misma idea y favorecidos por los mismos accidentes. Desde Colæus de Samos, arrastrado por los vientos de Levante fuera de su camino, en su travesía de la isla de Platea á las costas de Egipto, se llega á las gigantescas empresas de Colón y de Magallanes. El horizonte geográfico se ensancha poco á poco desde el mar Egeo al meridiano de las Syrtes, desde aquí á las columnas de Hércules y fuera del Estrecho, con Hannón hacia el Sur y con Pytheas hacia el Norte. Las atrevidas empresas de los[Pg 36] fenicios fueron precedidas[26] de los tímidos ensayos de los marinos de Creta, Samos y Focea. El antiguo conocimiento que los fenicios tenían del río Océano, más allá de las columnas de Hércules, acaso lo pone de manifiesto el mismo nombre que adoptaron los helenos para designar el mar exterior[27].

Desde los tiempos homéricos creían los griegos que á Poniente había parajes ricos y fértiles; pero su conocimiento exacto de la cuenca del Mediterráneo no se extendía más allá del meridiano de la Gran Syrte y de Sicilia. Toda la parte occidental de esta cuenca que los fenicios surcaban hacía ya largo tiempo, no la conocieron los helenos hasta después del viaje, cuya importancia reconoció Herodoto[28], de Colæus de Samos, que llegó hasta Tartesus y el cabo Soloé.

El Periplo atribuído á Scylax[29], compuesto probablemente[Pg 37] en la época de Filipo de Macedonia, designa más allá de Cerne un mar de Sargazo, una abundancia de fuco que anuncia la proximidad de las islas de Cabo Verde, pero que no me parece idéntico al mar de Sargazo que menciona el pseudo Aristóteles en la compilación conocida con el nombre de Narraciones maravillosas[30].

Cuando no se quieren perder de vista las grandes divisiones naturales de la geografía física y su constante influencia en los destinos de los pueblos, reconócense en las épocas memorables de los progresos de la navegación del Mediterráneo de Este á Oeste las tres grandes cuencas parciales en que se subdivide la gran depresión de este mar, según he indicado ya en otra obra[31]. La cuenca del mar Egeo está limitada al Sur por una curva[Pg 38] que pasa por Rodas, Candía, Cerigo y el cabo Meleo; la cuenca de las Syrtes tiende á cerrarse entre el cabo Bon, la isla Pantelaria, el banco que M. Smyth nombra Adventure Bank y el cabo Grantola, tendencia cuya acción continua acaba de demostrar la aparición de una nueva isla volcánica (isla de Graham). No debe olvidarse que esta reseña de geografía física presenta á Cartago fundada cerca del punto en que la cuenca tirrena (de Cerdeña y de las islas Baleares) se une á la cuenca jónica (de Malta y de las Syrtes), y que la Grecia comerciante dominaba á la vez por su posición en esta última cuenca y en la del mar Egeo. La expedición de Colæus de Samos[32] fué la que abrió á los griegos la tercera y más occidental de estas cuencas, terminada por las columnas de Hércules.

Desde que á la hipótesis del disco de la tierra nadando en el agua, sustituyó la idea de la esfericidad de la tierra, idea propia de los Pitagóricos (Hicétas,[Pg 39] Ecphantos y Eraclides del Puente)[33] y de Parmenides de Elea; expuesta y defendida con admirable claridad por Aristóteles[34], no se necesitó grande esfuerzo de ingenio para entrever la posibilidad de navegar desde la extremidad de Europa y Africa á las costas orientales de Asia. Encontramos, en efecto, esta posibilidad claramente enunciada en el Tratado del cielo, del Stagirita (últimas líneas del libro segundo), y en dos lugares célebres de Strabón[35]. Por ahora basta enunciar aquí que ambos autores hablan de un solo mar que baña las costas opuestas. No considera Aristóteles la distancia muy grande, y deduce ingeniosamente de la geografía de los animales un argumento en favor de su opinión. Recuerda los elefantes que viven en las regiones extremas y opuestas, y así confirma (sea dicho incidentalmente) la antigua existencia de estos grandes paquidermos al Noroeste del desierto de Sahara[36]. Considera muy probable que además de la gran isla que forman Europa, Asia y Africa, existan en el hemisferio opuesto otras[Pg 40] menos grandes[37]. Strabón no encuentra otro obstáculo para pasar de Iberia á las Indias que la desmesurada anchura del Océano Atlántico.

Las ideas que acabamos de exponer se conservaron y propagaron entre gran número de hombres notables á través de la Edad Media hasta la época de Colón. Verdad es que los escrúpulos teológicos de Lactancio, de San Juan Crisóstomo y de algunos otros Padres de la Iglesia, contribuyeron á impulsar el espíritu humano en un sentido retrógrado. Repetíanse las objeciones y[Pg 41] las burlas que emplearon los epicúreos para combatir el dogma pitagórico y la esfericidad de la tierra. Por fortuna la generalidad no asintió á estas ilusiones. La Topografía cristiana[38] vagamente atribuída á un mercader de Alejandría, que se hizo fraile en el reinado del emperador Justiniano, y al cual llaman Cosmas Indicopleustes, nos da á conocer en forma sistemática las extrañas opiniones de los Padres de la Iglesia. Vuelve á ser la tierra una superficie plana, no un disco, como en tiempo de Thales, sino un paralelógramo rodeado de las aguas del Océano y simétricamente recortado por cuatro golfos (el mar Caspio, los golfos de Arabia y de Persia y el Romanorum sinus, es decir, nuestro Mediterráneo).

Según la enumeración que Strabón hizo clásica[39]: «Más allá del Océano que circunda los cuatro lados del continente interior, el cual representa el área del tabernáculo de Moisés, hay situada otra tierra que contiene el paraíso y que habitaron los hombres hasta la época del diluvio.» Equivocadamente se ha querido comparar[Pg 42] á América, esta tierra antediluviana, opuesta no á la Europa occidental, sino á toda la isla de forma cuadrilonga del antiguo continente.

Se ha supuesto que al llegar Cristóbal Colón á la embocadura del Orinoco reconoció en esta región el paraíso terrestre, según los dogmas de la Topografía cristiana; pero el Almirante no menciona para nada á Cosmas, ni en la carta que en 1498 dirigió á los Reyes Católicos, fechada en la isla de Haïtí, carta llena de rasgos de pedantesca erudición, ni en el libro de las Profecías. Para situar el paraíso en la América del Sur no tuvo otros motivos que la abundancia de las aguas dulces que la riegan, la belleza de un clima que, sobre el mar, parecióle singularmente templado y la extraña hipótesis[40] de una protuberancia irregular de la tierra hacia Occidente, donde «la costa de Paria está más próxima á la bóveda celeste que España».

Acaso sea más exacta la conjetura de que en la cosmología de Dante (mezcla de ideas cristianas y árabes) esta tierra habitada sólo por la prima gente, y á la cual se llega saliendo del Estrecho y navegando entre Sibilia y Setta (Sevilla y Ceuta), primero de Este á Oeste dietro al sole, y después al Sudoeste, está relacionada con la cosmología de algunos Padres de la Iglesia, del modo que Cosmas (si efectivamente hubo un monje así llamado) la sistematizó. Pero Dante, muy erudito y filósofo, admitía la esfericidad de la tierra, y el paraíso que[Pg 43] coronaba la cima de la montaña del purgatorio está situado, según él, en medio de los mares del hemisferio austral, en los antípodas de Jerusalén[41].

El mapamundi del Indicopleustes llama la atención por su ingenua y bárbara sencillez. Producto del siglo VI, apenas presenta la imagen de los primeros ensayos geográficos de los griegos, y muy bien puede creerse que, á pesar de ser más de trescientos años posterior á Claudio Ptolomeo, es muy inferior al Pinax de Hecátea que el tirano Aristagoro[42] llevó á Esparta.

El autor de la Topografía cristiana, á quien se debe la interesante inscripción del monumento de Adulis, tuvo, no obstante, el mérito de saber que las costas del país de los Tzines[43], de donde viene la seda, están opuestas al Levante y bañadas por un mar oriental. Este fué el primer paso dado para rectificar las ideas acerca de la posición de la India y de la China (país de[Pg 44] los Tzines) y de la dirección de las costas de Asia, hacia las cuales bogaba la expedición de Colón[44].

Inspirado por los árabes, por los cosmógrafos italianos y alemanes, por las narraciones de Marco Polo, que le transmitió Toscanelli, y sobre todo por las obras del cardenal Pedro d’Ailly, el gran navegante bebía en fuentes que le proporcionaban abundantes motivos para la ejecución de su proyecto y le animaban á buscar el Levante y las preciosas especias por la vía de Poniente.

Escojamos entre los árabes el geógrafo de la Nubia: «El mar que baña las costas occidentales de Africa, dice el scherif Edrisi, entra en el Mediterráneo (Mare Damascenum) por el canal que Dhoulcarnaïn, personaje heróico bicorne, confundido con el hijo de Filipo de Macedonia, hizo abrir en tiempo de Abraham. Este bicorne ordenó la nivelación de la superficie de las aguas. Una reunión de geómetras encontró el Mar Tenebroso (el Océano) algo más elevado[45] que el Mediterráneo»[Pg 45] (rasgo de un mito geográfico; alude á la dirección de la corriente que, según Rennell, viene del cabo Finisterre á lo largo de las costas de Portugal y entra por el Estrecho de Gibraltar). El Mar Tenebroso llámase así (Edrisi[46] mismo dice el motivo en estos términos, según la versión latina): Quoniam scilicet ultra illud quid sit ignoratur. Nullus enim hominum habere potuit quidquam certi de ipso ob difficilem ejus navigationem, lucis obscuritatem (singular propiedad de un mar en que Edrisi sitúa las islas Afortunadas, el dschasajir el chalidath, derivando de chuld, paraíso, islas que gozan del más bello cielo) «et frequentiam procellarum. Nemo nautarum[Pg 46] auserit illud sulcare aut in altum navigare. Si se han explorado algunos puntos es á corta distancia de las costas; sábese, sin embargo, que el Mar Tenebroso (el Atlántico) contiene muchas islas, unas habitadas y otras desiertas» (non obrutæ, devastadas, como dice la versión latina). «El mar de Sin (de la China) que baña las tierras de Gog y de Magog (la extremidad oriental del Asia) comunica con el Mar Tenebroso. Por la parte de Asia las últimas tierras son las islas Vac-vac, ultra quas quid sit ignoratur»[47]. He aquí, pues, mencionada por los árabes, como en el pasaje de Aristóteles (De Cœlo, II, 14), con tanta frecuencia citado por Colón, la unión de los mares de la China y del Atlántico tenebroso. Pero Edrisi, en vez de suponer, como los escritores de la antigüedad, muchas grandes islas terrestres, es decir,[Pg 47] otras masas continentales, separadas de las que forman Europa, Asia y Africa, cree que el hemisferio opuesto al nuestro es enteramente acuático. Oceanus ambit mediam partem terræ quasi zona, adeo ut media tantum pars terræ appareat ac si esset ovum immersum in aquam cratere contentam[48]; nam eodem modo dimidia pars terræ est obruta mari.

Sabido es que entre los cosmógrafos de la Edad Media como entre los de la antigüedad, desde Parmenides de Elea hasta los Alejandrinos, había dos opiniones respecto á la extensión de las zonas habitables. Edrisi, á quien acabamos de nombrar, y cuya influencia ha sido tan poderosa durante siglos, colocaba toda la tierra habitada en la zona templada septentrional[49]; pero cien años después de él, Alberto el Grande (Alberto de Bollstadt) no dudaba en manera alguna que la superficie del[Pg 48] globo estaba habitada hasta el grado 50 de latitud austral[50]. Celoso propagandista de las obras de Aristóteles, que empezaban á dar á conocer los árabes de España y los rabinos arabizantes, fué Alberto para la Europa cristiana lo que Avicenas había sido para el Oriente. Sus diversos tratados son más que paráfrasis de Aristóteles: el Liber cosmographicus de natura locorum es un compendio de geografía física en que expone el autor, no sin sagacidad, cómo la diferencia de latitud y el estado de la superficie terrestre producen simultáneamente la diferencia local de los climas[51]. «Toda la zona tórrida es habitable, y es una inepcia del pueblo (vulgaris imperitia) el creer que los que tienen los pies dirigidos hacia nosotros deben necesariamente caerse. Los mismos climas se repiten en el hemisferio inferior al otro lado del Ecuador, y existen dos razas de etiopes (negros de cabellos lanosos), los del trópico boreal y los negros del trópico austral (no necesito recordar que estas ideas las enunciaron claramente Aristóteles, Cicerón, Strabón y Pomponio Mela). El hemisferio inferior, antípoda al nuestro, no es completamente acuático; en gran parte está habitado, y si los hombres de estas lejanas regiones no llegan á nosotros es á causa de los anchos[Pg 49] mares interpuestos; acaso también (la afición á lo maravilloso, y á lo maravilloso más raro, mézclase siempre en el siglo XIII á las observaciones más juiciosas), acaso también algún poder magnético retiene las carnes humanas, como el imán retiene el hierro.

«Además los pueblos de la zona tórrida, lejos de sufrir en su inteligencia por el calor del clima, son muy instruídos, como lo prueban los libros de filosofía y de astronomía que han llegado á nosotros de la India»[52]. En la edición de Estrasburgo, de que me valgo, y que se publicó tres años después de la muerte de Amerigo Vespucci[53], el editor Jorge Tanstetter se maravilló tanto de las conjeturas de Alberto el Grande acerca de las tierras del hemisferio austral, habitado hasta el grado 50 de latitud, que consideró la navegación de Amerigo Vespucci como una profecía cumplida.

Estas mismas nociones sobre la posibilidad de ir directamente á la India por la vía del Oeste, sobre las[Pg 50] partes de la tierra que son habitables y la relación entre las superficies de los continentes y de los mares (la extensión de éstos considerábase erróneamente entonces menor que la de las tierras), encuéntranse en Roger Bacon, hombre prodigioso por la variedad de sus conocimientos, la libertad de su espíritu y la tendencia de sus trabajos hacia la reforma de los estudios físicos. Continuando la vía abierta por los árabes para perfeccionar los instrumentos y los métodos de observación, no sólo fué el fundador[54] de la ciencia experimental, sino que abarcó simultáneamente en su vasta erudición cuanto podía aprender en las obras de Aristóteles, más asequibles desde poco tiempo antes por las versiones de Miguel Scott, y en las relaciones de dos viajeros contemporáneos suyos, Rubruquis y Plano Carpini. No rebaja el mérito de Colón el recuerdo de esta continuación de opiniones y de conjeturas, que se reconoce (á través de la pretendida universalidad de las tinieblas de la Edad Media) desde los cosmógrafos de la antigüedad, hasta el fin del siglo XV. Las tinieblas se extendían sin duda sobre las masas; pero en los conventos y en los colegios conservaron algunas personas las tradiciones de la antigüedad. Bacon mismo, reconociendo lo que llama el poder de la erudición y del conocimiento de las lenguas, «da cuenta de una ardiente afición al estudio que observa, sobre todo desde[Pg 51] hace cuarenta años, en las ciudades y en los monasterios, al lado de la ignorancia general de los pueblos».

Cuando se trata de una continuación de ideas, de un enlace de opiniones, preciso es contar por algo esa parte de la Edad Media en que se agrupan, alrededor de Roger Bacon, Alberto el Grande, Scott, Vicente de Beauvais y viajeros de tanto mérito como Plano Carpini, Ascelin, Rubruquis y Marco Polo. En todas las épocas de la vida de los pueblos, lo que toca al progreso de la razón, al perfeccionamiento de la inteligencia, tiene las raíces en los siglos anteriores, y esta división de edades, consagrada por los historiadores modernos, tiende á separar lo que está ligado por mutuo encadenamiento. A veces en medio de una aparente inercia germinan grandes ideas en algunos privilegiados talentos, y en el curso de un desarrollo intelectual no interrumpido, pero limitado, por decirlo así, á un corto espacio, débense memorables descubrimientos á impulsos lejanos y casi inadvertidos.

Entre los autores que consultaba Colón y que después examinaremos, á ninguno cita con tanta predilección como al cardenal Pedro de Ailly[55], ó como se le llama en latín, Petrus de Alliaco. Probablemente el Almirante aprendió en el tratado De Imagine Mundi cuanto sabía de las opiniones de Aristóteles, de Strabón y de Séneca sobre la facilidad de ir á la India por el camino de Occidente. Un hecho raro parece probar especialmente la profunda impresión que dejó en su ánimo la lectura del[Pg 52] octavo capítulo del tratado de Alliaco que se titula De quantitate terræ habitabilis. Sorprende encontrar un largo extracto, y casi la traducción de este capítulo, en una carta de Colón escrita desde la isla de Haití (Hispaniola) á los Reyes Católicos, pocas semanas después de volver de la costa de Paria[56]. Forman las obras de Alliaco doce trataditos, cuatro de ellos de cosmografía, reunidos todos en un solo volumen de unas 350 páginas[57], al cual hay añadidos algunos escritos del canciller de la Universidad de París Juan Charlier de Gerson. Es probable que este tomo no fuera impreso hasta 1490. Como en las Profecías cita también Colón páginas enteras de las obras de Alliaco[461], y al mismo tiempo cita también á Gerson, es probable que poseyera[Pg 53] el tomo indicado, ó que llevara consigo á bordo del buque en su tercer viaje una copia manuscrita[58] del Imago Mundi sólo, y que la mención simultánea de los[Pg 54] nombres de Alliaco y Gerson sea puramente accidental. He observado, comparando diferentes textos, que el párrafo traducido por el Almirante en su carta á los Monarcas, lo tomó casi literalmente Alliaco del Opus majus de Roger Bacon. Verdad es que el Cardenal dice al final del Imago Mundi: «scriptura ex pluribus auctoribus recollecta anno MCCCCX»; pero entre tantos nombres de autores clásicos y de cosmógrafos árabes, jamás cita el nombre célebre de Roger Bacon.

Puede creerse que Colón tenía también á la vista el final de este mismo pasaje de Alliaco, cuando al principio de la carta de 1498 excita á los Monarcas á continuar las grandes empresas, á imitación «de Alejandro, que envió á ver el regimiento de la isla de Trapobana en India, y Nerón César á ver las fuentes del Nilo y la razón por qué crecían en el verano, cuando las aguas son pocas, y de Salomón, que envió á ver el monte Sopora»[59].

Es verosímil que la obra de Roger Bacon, ciento cuarenta años más antigua que los tratados cosmográficos de Pedro d’Ailly, no la conociera el Almirante; sin embargo, el Opus majus contenía muchas más noticias sobre el interior de Asia y la extremidad oriental de este continente que el Imago Mundi.

De igual suerte que Vicente Beauvais en el Speculum[Pg 55] majus, especie de Djihan numa (espejo del mundo), compuesto por orden de San Luis y de la reina Margarita de Provenza, nos ha conservado, conforme á las relaciones de Simón de Saint Quentin los viajes de Ascelin, Roger Bacon presenta los preciosos extractos de las relaciones oficiales de Juan de Plano Carpini, y sobre todo de Ruisbroek ó Rubruquis, que generalmente llama frater Willielmus, quem dominus rex Franciæ misit ad Tartaros. El viaje del monje de Brabante al Este de Asia precedió en diez y ocho años al de Marco Polo, y confirmó la exactitud de las primeras nociones de Herodoto, Aristóteles, Diodoro y Ptolomeo acerca de la existencia del mar Caspio como mar interior. Fué el primero que dió á conocer la analogía del alemán con un idioma indogermánico, que habían conservado en Crimea algunos restos de tribus de godos ó de alanos. Atravesó la Gran Hunnia ó Hungría (Yugria), pasando el Volga (Ethel) hacia la extremidad del Ural Baschkir (tierra Pascatyr, corrupción del nombre Bachghird), y por lo que creo poder deducir de mis conocimientos de estas comarcas, es probable que recorriera las planicies de Guberlinsk y de Orskaja. Es el primero de todos los geógrafos cristianos que da una idea exacta de la posición de China, la cual designa con el nombre mogol de Khathay (Cathaia), de sus fábricas de seda y de su papel moneda, en el que hay impresos algunos signos «Ultra Thebet qui solent comedere parentes suos causa pietatis, ut non faceret eis alia sepulchra nisi viscera sua, est Magna Catahia[60] quæ Seres dicitur apud philosophos; et est in extremitate[Pg 56] orientis á parte aquilonari respectu Indiæ, divisa ab ea per sinum maris et montes. Hic fiunt panni sericci, et istorum Cathaiorum moneta vulgaris est carta de gambasio in qua imprimunt[61] quasdam lineas

Las valerosas expediciones que como humildes monjes hicieron Plano Carpini, Rubruquis, Bartolomé de Cremona y Ascelin á las comarcas más lejanas de Asia, pusieron en circulación nueva serie de ideas en la época de Bacon. El funesto desbordamiento de los mogoles á través de Polonia hasta más allá del Oder, donde les detuvo[Pg 57] la batalla de Wahlstad (9 de Abril de 1241), debilitando sus fuerzas, dió ocasión á estos viajes extraordinarios en que la diplomacia monacal se ocultaba bajo el velo del proselitismo y de la piedad. Era aquella la época memorable entre la muerte de Tchinghiz y de Kublaï-Khan, en que el gran imperio Mogol, que acababa de dividirse entre los descendientes del fundador, aun conservaba alguna unidad por la supremacía de la dinastía de los Yuan, residente en la extremidad oriental del mundo conocido.

Esta unidad de voluntad y de instituciones facilitaba el acceso, en condiciones no reproducidas posteriormente de una vasta región del Asia central al Sud del Altaï y al Norte de la cordillera de Kuenlum ó Kulkun, que rodea el Tibet septentrional, desde la depresión del mar Caspio, desde el Djihun (Oxus) y el Sihun (Jarxates), hasta la embocadura de Huang-ho y las costas de Quinsaï y de Zaitun. Las obras cosmográficas escritas en esta época anuncian ese crecimiento de ideas que acompaña siempre al ensanche físico del horizonte. Favoreció los largos viajes de los Poli (Maffio ó Mateo, Nicolás y Marcos, de 1250 á 1295), el estado del Asia central, en donde, por las relaciones y comunicaciones rápidas entre pueblos pastores y semisalvajes y pueblos letrados ó instruídos desde hacía largo tiempo, la barbarie y la civilización por extraño modo se tocaban.

Roger Bacon terminó su larga y gloriosa carrera un año antes del regreso de Marco Polo; no podía, pues, tener conocimiento alguno de este viaje extraordinario.

La segunda mitad del siglo XIII, fecundada por tantos gérmenes de conceptos nuevos, poniendo por el comercio de los pisanos, de los genoveses y de los venecianos el[Pg 58] Occidente en contacto con las regiones de Oriente, tan interesantes por las producciones de su suelo, los progresos de las artes industriales y la variedad de las instituciones sociales, dió poderoso impulso al movimiento de ideas, al ardiente deseo de atrevidas empresas que ilustraron la era del infante D. Enrique, de Colón y de Gama.


[Pg 59]

III.

Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban
al descubrimiento de las Indias.

El cardenal d’Ailly, cuyas obras tanto estimaba Colón, ocupábase desgraciadamente más en trabajos de erudición clásica que de las relaciones de los viajeros inmediatos á su época. Aunque escribió ciento cuarenta años despues de Roger Bacon, jamás cita los trabajos de Marco Polo, consignados desde 1320 en un manuscrito latino de Franco Pipino de Bolonia: ignora los vastos proyectos de Sanuto Torsello, encaminados á cambiar la dirección del comercio de la India, la existencia de las islas Antilia y Brasil (Bracir) revelada por Picigano, y los viajes de los Zeni á las regiones septentrionales del Atlántico. No fué en los tratados cosmográficos del Cardenal donde Colón aprendió las nociones de las tierras occidentales que según Toscanelli ofrecían abrigo en el camino de la India por el Oeste. Pedro d’Ailly ni siquiera conocía el nombre de Cathaï, y su geografía, á excepción de algunas citas árabes, recuerda menos el siglo de Ptolomeo que el de Isidoro de Sevilla. Únicamente insiste con frecuencia (y quizá[Pg 60] por ello era el afecto de Colón á compilaciones tan medianas) en la gran extensión del Asia hacia el Oriente, y en lo próximas que estaban la India y España. Al notable párrafo (Imago Mundi, cap. viii) tomado literalmente de Roger Bacon, y que antes cité, pueden añadirse los siguientes: «Multo major est longitudo terræ versus Orientem quam ponat Ptholomeus, et secundum philosophos Oceanus qui extenditur inter finem Hyspaniæ ulterioris, id est Africæ á parte Occidentis, et inter principium Indiæ á parte Orientis, non est magne latitudinis. Nam expertum est quod hoc mare navigabile est paucissimis diebus si ventus sit conveniens, et ideo illud principium Indiæ in Oriente non potest multum distare á fine Africæ.—Frontem Indiæ meridianum alluit maris brachium descendens á mari Oceano quod est inter Indiam et Hyspaniam inferiorem, seu Africam.—A polo in polum decurrit aqua in corpus maris et extenditur inter finem Hyspaniæ et inter principium Indiæ non magnæ latitudinis, ut principium Indiæ possit esse ultra medietatem æquinoctialis circuli sub terra valde accedens ad finem Hyspaniæ. Et Aristoteles et ejus comentator, libro Cœli et Mundi, adhuc inducunt rationem quod elephantes esse non possent: ideo concludit hæc loca esse propinqua et mare intermedium esse parvum»[62]. Se concibe que una misma idea, tantas veces repetida, debía agradar grandemente á los que, como Toscanelli y Colón, meditaban de contínuo pasar desde España á las costas orientales de Asia (ad illam partem sub pedibus nostris sitam) por la vía de Occidente.

[Pg 61]

También en el Cuadro del mundo conocido[63] de Pedro d’Ailly pudo aprender Colón que, según Alfragan, el valor absoluto de los grados expresados en leguas es menor de lo que generalmente se admite. Alfragan, ó más bien Al Fergani, llamado así por el sitio donde nació (porque el verdadero nombre del astrónomo árabe es Ahmed Mohammed Ebn Kotahir, ó Kethir, de Fergana en Sagdiana), no da en rigor más que el resultado de la célebre medida de algunos grados terrestres que el califa Almamum hizo practicar en la llanura de Sindjar. En vez de expresar este resultado por codos negros, lo expresa por millas, y el Almirante, sin fijarse en la perfecta ignorancia en que hasta Ebn Iouni, el más ingenioso astrónomo de aquel tiempo, nos dejaron, relativamente al valor del módulo empleado, tomó las millas de Alfragan, por las millas italianas de que habitualmente se servía en sus viajes. Don Fernando Colón, al conservarnos el extracto del tratado[64] de su padre «sobre la posibilidad de habitar todas las zonas», y también[Pg 62] otro manuscrito[65] que comprende las causas en que el grande hombre fundaba las esperanzas en el buen éxito de su expedición, nos muestra la importancia que entonces se daba á la opinión de Alfragan sobre el verdadero tamaño de la tierra. «Lo que hacía creer más al Almirante, dice Fernando Colón, que aquel espacio (la distancia entre España y Asia) era la opinión de Alfragano, y los que le siguen, que pone la redondez de la tierra mucho menor que los demás autores y cosmógrafos, no atribuyendo á cada grado de ella mas que 56 millas y dos tercios, de cuya opinión infería que, siendo pequeña toda la esfera, había de ser por fuerza pequeño el espacio que Marino dejaba por desconocido, y en poco tiempo navegado, de que infería asimismo que, pues aun todavía no estaba descubierto el fin oriental de la[Pg 63] India, sería aquel fin el que está cerca de los otros por Occidente (de la parte más occidental de Europa y de África).» Pero hay más aún; en otro sitio (en el Tratado de las zonas habitables) dice expresamente el Almirante: «Navegando muchas veces desde Lisboa á Guinea, encontré[66], observando con atención, que el grado corresponde en la tierra á 56 millas y dos tercios».

Si estas nociones no las aprendió el Almirante en las obras del cardenal d’Ailly, las obtendría por vía menos indirecta, por alguna de las traducciones árabe-latinas, á las que, según parece, recurría con frecuencia durante sus estudios cosmográficos en Portugal y en España.

Después de largas consideraciones acerca de Ptolomeo y Marín de Tyro, Catigara y la Etiopía, el Ganges y la posición del Paraíso terrestre, añade Colón en una carta dirigida á los reyes Fernando é Isabel y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503: «El mundo no es tan grande como dice el vulgo, y un grado de la equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero esto se tocará con el[Pg 64] dedo.» Véase, pues, la importancia que el Almirante daba á la idea de la pequeñez del globo y de la brevedad del camino por donde se llega á la tierra aurífera de Veragua, «de que Vuestras Altezas, dice, son tan señores como de Xerez y de Toledo».

Es muy interesante observar el desarrollo progresivo de una grande idea y descubrir una á una las impresiones que determinaron el descubrimiento de un hemisferio entero. La permanencia en puntos situados, por decirlo así, en el límite del mundo conocido, en Lisboa, en las Azores, en Puerto Santo; la costumbre de ver partir con frecuencia expediciones de descubrimiento por una ruta que se desaprueba; la posibilidad de oir de boca de los mismos marinos los hechos ó las ilusiones que les proporcionaron las aventuradas expediciones hacia el Oeste; finalmente, el atento examen de las cosmografías de las diversas épocas, fueron las circunstancias que excitaron, vivificaron, por decirlo así, en el alma ardiente de Colón tan grandes y nobles proyectos. No se debe atribuir á una sola causa lo que pertenece al conjunto de inspiraciones que recibe un hombre superior durante los largos años que preceden á un descubrimiento.

En un tratadito[67] escrito probablemente hacia 1499 por el genovés Antonio Gallo (De Navigatione Columbi[Pg 65] per inaccesum antea Oceanum Conmentariolus) se afirma que el «mundo de la India» (mundus quem Indiam vocitabant) fué adivinado, no por Cristóbal Colón, sino por su hermano Bartolomé, «que concibió la idea de una navegación hacia el Oeste al fijar en Lisboa los descubrimientos hechos por los portugueses más allá de San Jorge de la Mina en los mapamundis que dibujaba para ganarse la vida». El autor habla con algún desdén de Cristóbal Colón (intra pueriles annos parvis literulis imbuti). Este mismo aserto repite el obispo Agustín Giustiniano, que de la proyectada edición de una Biblia políglota completa, solamente imprimió en Génova en 1516 la colección de los Salmos. Sabiendo que el Almirante se vanagloriaba de haber realizado las profecías del salmo diez y ocho, Giustiniano, que era obispo de Nebbio, en Córcega, y monje de la orden de Santo Domingo, aprovechó esta ocasión[68] para dar una biografía de Cristóbal Colón y noticia de sus descubrimientos. Don Fernando Colón[69] ha probado con los[Pg 66] manuscritos de su padre que fué éste quien enseñó á Bartolomé, «hombre poco letrado», el arte náutico y el dibujo de cartas de marear, y rechaza[70] con la urbanidad que en todos tiempos ha caracterizado las disputas literarias «las trece mentiras de Giustiniano». La magistratura de Génova empleó otra refutación más directa; con penas severas confiscó la obra. Por lo demás, vemos en documentos encontrados en los archivos, que, aun durante sus viajes, acostumbraba Cristóbal Colón á trazar la configuración de las costas. Una carta de marear de la isla de la Trinidad y del golfo de Paria, dibujada durante su tercer viaje (probablemente en Agosto de 1498), llegó á ser célebre en el pleito entre el fiscal del Rey y los herederos del Almirante. Éste hace mención de ella al fin de la carta dirigida á los Reyes á su vuelta á Santo Domingo. Es la pintura, ó, como dice Alonso de Ojeda, la figura de lo que el Almirante había descubierto[71]; carta que guió á los navegantes á quienes[Pg 67] el fiscal quería atribuir el mérito del descubrimiento del continente americano.

Adviértese en lo poco que nos ha quedado de los escritos de Colón, sea en lo que conservó su hijo, ó en su correspondencia con los soberanos ó con personas de la corte de Isabel, ó, en fin, en el bosquejo de la obra de las Profecías, que lo que más atormentaba la imaginación del grande hombre y lo que buscaba con mayor empeño en las obras de los antiguos y en los cosmógrafos más inmediatos á su siglo era la proximidad entre la India y las costas de España; el conocimiento de la grande extensión de Asia hacía el Oriente; el número de islas ricas y fértiles que rodeaban las costas orientales del continente asiático; la pequeñez absoluta de nuestro planeta, y la relación que en general presenta el área de las tierras y de los mares en la superficie del globo.

Esta variedad de consideraciones, que debían conducir todas al mismo objeto, anuncia una amplitud de miras poco común. Pero en un siglo en que faltaba conocimiento preciso de los hechos, puesto que el mismo[Pg 68] descubrimiento de Colón asentaba las bases de una geografía física, ésta extensión de miras no encontraba apoyo en la exactitud de las observaciones.

Por fortuna, los errores favorecían la ejecución del proyecto, inspirando un valor que las ideas más exactas de las dimensiones del globo, de la longitud de Catigara, del Cathaï y de Zipanga, del tamaño de los mares y de la pequeñez de los continentes hubieran quebrantado.

Colón censura á Ptolomeo por haber acortado la extensión de las tierras hacia el Este, fijada por Marin de Tyro, y rechaza todas las opiniones de los antiguos[72] sobre la relación en que están los continentes y los mares, afirmando, según hemos visto antes, que «el mundo es poco: el enjuto de ello es seis partes, la séptima solamente cubierta de agua»[73]. Este es el resultado de la geografía física que aprendió Colón en el cuarto libro de Esdras, llamado antiquísimamente en la iglesia griega el Apocalipsis de Esdras, é inventado probablemente por un judío que vivía fuera de Palestina en el siglo primero de nuestra era. Este Apocalipsis forma el primer libro de Esdras en la versión etiópica publicada recientemente en Oxford.

[Pg 69]

Á los catorce años interrumpió Colón sus estudios académicos en Pavía. Sin estar de completo acuerdo con Antonio Gallo respecto á la insignificancia de estos estudios (parvulæ literulæ), se comprende que la causa del desarreglo de erudición y de teología algo mística, advertida en muchos de sus escritos, data de la época de su permanencia en Lisboa[74]. A una vida aventurera,[Pg 70] á los viajes al Levante y al Norte (á las islas Færöer ó á Islandia), sucedió algún descanso favorable á los trabajos literarios. Es probable que durante su larga permanencia en Portugal desde 1470 á 1484, desde los treinta[Pg 71] y cuatro á los cuarenta y ocho años de edad, rehiciera, por decirlo así, sus estudios. «Para confirmarse más en el dictamen de navegar la vuelta de Occidente (dice Fernando Colón) para llegar á la tierra del Gran Kan, empezó de nuevo á ver los autores cosmógrafos que había leído antes y á considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento.»

En las investigaciones históricas conviene descender de las generalidades á los detalles de los hechos, y como el objeto de mi trabajo es obtener por el examen crítico de los documentos que nos quedan de puño y letra de Cristóbal Colón el conocimiento íntimo de las ideas que le indujeron al descubrimiento de América, he tratado de formar juicio exacto de los libros que consultaba Colón habitualmente, procurando adivinar cuáles eran los autores antiguos que más influyeron en su imaginación,[Pg 72] incesantemente ocupada en vastos proyectos. Reuniré los pasajes mencionados por el Almirante en los escritos que de él tenemos, y los que su hijo D. Fernando presenta como causas de la empresa (Autoridad de los escritores para mover al Almirante á descubrir las Indias) conforme á las memorias de su padre.

Los autores de este tiempo indican rara vez, y cuando lo hacen, con muy poca precisión, el libro y capítulo de donde toman las citas, porque años antes del descubrimiento de América los libros impresos eran tan raros, que no existía ninguna edición del texto de Herodoto, de Strabón, ó de los libros de física de Aristóteles. En general, me ha sido fácil adivinar los pasajes de autoridades clásicas en que el Almirante fundaba sus pruebas cuando, al alegar las opiniones de los escritores antiguos, las desarrollaba. Puede creerse que durante su permanencia en Lisboa y Sevilla, desde 1470 á 1492, hizo que le ayudaran los eruditos de estas poblaciones; al menos vemos que, poco después, en 1501, tuvo el buen tino de consultar al Padre Gaspar Gorricio y de conseguir le proporcionara, para el libro de las Profecías, autoridades que hacían al caso de Jerusalén, es decir, relacionadas con la conquista del Santo Sepulcro, objeto definitivo de la conquista de los tesoros de la India Occidental.

Debe creerse, sin embargo, que, en general, el Almirante debió sus inspiraciones más bien á las obras de Isidoro de Sevilla, de Averroës y de Pedro de Ailly, que á las raras traducciones latinas y españolas[75] que[Pg 73] podía consultar cuando llegó á Portugal. Confirma esta afirmación lo que antes copió de la carta de Colón de 1498, comparándola al Opus majus, de Roger Bacon, y á la Enciclopedia (Imago Mundi), del Cardenal d’Ailly.

Llego, pues, al detalle de los hechos.

Don Fernando Colón cita, conforme á los manuscritos de su padre (Historia del Almirante, capítulos VI, VII y VIII), como causas que indujeron á éste á emprender el viaje de descubrimiento las siguientes:

1.º Aristóteles, en el segundo libro Del Cielo y del Mundo, con el comentario de Averroës, dice que desde las Indias se puede pasar á Cádiz en pocos días. Es el pasaje De Cœlo, II, 14; pero la frase «en pocos días» es de Séneca y no de Aristóteles. También Pedro Mártir de Anghiera, en carta escrita en 1495 (Ep. 164, ed. Elzevir, 1670, pág. 93) al cardenal Bernardino, añade, después de hablar de las maravillas del segundo viaje de Colón, en el cual creyó éste no estar apartado más de dos horas (en longitud expresada por una medida de tiempo) del Quersoneso de Oro de Ptolomeo: «Hanc ergo terram Almirantus iste se humano generi præbuise, quia latentem invenerit sua industria suoque labore, gloriatur. Indiæ Gangetidis continentem, eam esse plagam[Pg 74] contendit: nec Aristoteles, qui in libro de Cœlo et Mundo non longo intervallo distare á littoribus Hispaniæ Indiam ait, Senecaque ac nonnulli alii ut admirer patiuntur.» Estos mismos recuerdos clásicos se presentaron á la imaginación de Anghiera, después del primer viaje de Colón, en una carta dirigida al Arzobispo de Braga, fechada en el mes de Octubre de 1493 (Ep. 135, pág. 74).

2.º «Séneca, en las Naturales Quæstiones, lib. I, dice que desde las últimas partes de España pudiera pasar un navío á las Indias en pocos días, con vientos.» Este es el pasaje de Séneca, Naturales Quæst., Præf., § 11, que el cardenal d’Ailly, engañado[76] por el Opus major de Bacon, pág. 185, cita como perteneciente al lib. V de Séneca. Nada he encontrado en éste referente á las ideas[Pg 75] que preocupaban á Colón, sino es en Quæst. Natur., V, 18, 9, donde dice: «An Alexander ulterior Bactris et Indis velit quærere quid sit ultra Magnum Mare?» Cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, escribió á los monarcas españoles desde la isla de Haïti, en 1498, una carta interesantísima, induciéndoles á imitar los valerosos ejemplos de «Nero César, que envió á ver las fuentes del Nilo» (Navarrete, t. I, pág. 244), indudablemente tenía á la vista el texto de Séneca, en que el filósofo cortesano muestra á Nerón como noble apreciador de todas las virtudes en una época en que éste desdeñaba «flagitiorum et scelerum valamenta». «Ego quidem», dice Séneca (Natur. Quæst., VI, 8, 3) «centuriones duos quos Nero Cæsar, ut aliarum virtutum ita veritatis amantissimus, ad investigandum caput Nili miserat[77], audivi narrantes.....»

3.º El poeta trágico Séneca, que algunos creen ser el mismo filósofo (duda expresada también por D. Fernando Colón), escribió para el coro de Medea: «Vienient annis sæcula seris»; profecía que el Almirante ha cumplido. Tanto fijó la atención de Colón este pasaje, que se le encuentra copiado entero dos veces[78] de su letra en el bosquejo de su famoso libro de las Profecías, comenzado en 1501. Añade allí una traducción española tan inexacta como la que pone su hijo, y mucho menos poética de lo que es frecuentemente la prosa del Almirante,[Pg 76] por ejemplo, la famosa relación dirigida á los Monarcas[79] y fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, relación tan animada como un drama. Una de estas copias de los seis versos de Medea encuéntrase intercalada en una carta á la reina Isabel, llena de citas bíblicas; la otra está entre las observaciones de eclipses lunares hechas en Haïti y en Janahica (Jamaica) en 1494 y 1504. El historiador Herrera[80] acusa á Séneca, sin añadir la cita del texto, de un grande error, porque el filósofo romano imaginó que América sería descubierta algún día por la parte del Norte y no hacia el Oeste. Este concepto de Herrera contiene una alusión al citado coro de Medea. Indudablemente, Séneca no es profeta; pero Herrera se equivocó por una falsa interpretación del verso Nec sit terris ultima Thule. Lo que genuinamente dice el poeta es que la nueva tierra estará más lejana que la isla que se creía en su tiempo colocada en el extremo del mundo conocido, pero no que se encontrará en la dirección de Thule, á la cual Colón en sus Profecías paganas y bíblicas llama, no Thyle[81], sino «última Tille», y en su manuscrito sobre las «cinco zonas habitables» pretende[82] haberla visitado, en Febrero de 1477, lo cual, cronológicamente, es poco probable. Antes de dejar de hablar de Séneca, más asequible que Aristóteles,[Pg 77] y por tanto, de mayor autoridad y más universalmente reconocida en la Edad Media, debo indicar un error de los catedráticos de Salamanca en sus disputas cosmográficas con Cristóbal Colón. Sabido es que los Monarcas encargaron, probablemente hacia el fin de 1487, al Prior del Prado[83], fraile de San Jerónimo y confesor[Pg 78] de la Reina, defender la gran causa de los descubrimientos occidentales, ante los profesores, «que eran ignorantes», dice D. Fernando Colón en la Vida de su padre, «y no pudieron comprender nada de los discursos del Almirante, que tampoco quería explicarse mucho, temiendo no le sucediese lo que en Portugal», donde trataron de robarle el secreto para aprovecharlo sin su concurso, conforme á la treta aconsejada por el doctor Calçadilla, ó más bien (porque así era el verdadero nombre de este prelado) de D. Diego Ortiz, obispo de Ceuta, natural de Calçadilla, cerca de Salamanca. Con razón observa Muñoz cuán sensible es que no hayan quedado documentos de esta controversia científica, porque nos darían á conocer de un modo preciso el estado de las matemáticas y de la astronomía en las Universidades españolas del siglo XV. Sólo sabemos que Colón llevaba escritos de antemano los argumentos que debía explanar en favor de su empresa durante las conferencias tenidas en el convento de dominicos de San Esteban. Es probable que los documentos conteniendo las principales causas del descubrimiento, y que quedaron en manos del hijo de Colón, de Bernáldez, cura de los Palacios, y de Bartolomé de las Casas, estuvieran redactados conforme á las notas comunicadas á los catedráticos de Salamanca. Fernando Colón refiere que los catedráticos objetaron al Almirante con la autoridad de Séneca, que[Pg 79] (por vía de cuestión) trataba si el Océano era infinito, de suerte que el mundo era muy grande para ir en tres años al fin del Levante, como quería. Nada, absolutamente nada, hay en las Cuestiones Naturales de Séneca que pueda justificar este aserto. Al contrario, está refutado en el pasaje de Séneca (Præf., § 11) que no era desconocido á D. Fernando (Vida del Almirante, capítulo VII).

4.º Aristóteles, «en el libro de Las Cosas Naturales, habla de haber navegado por el mar Atlántico algunos mercaderes cartagineses á una isla fertilísima, la cual ponían los portugueses en sus mapas con el nombre de Antilia, fuera ella, ó una de las islas que se veían todos los años (á favor de ciertas circunstancias meteorológicas) al Oeste de las Azores, de Madera y de la Gomera.» Este es el pasaje de las Mirabiles Auscultationes del pseudo Aristóteles, libro que Mr. Niebuhr cree escrito hacia la 130 Olimpiada, es decir, seis Olimpiadas después de la muerte de Theophrasto. Tómase gran trabajo Fernando Colón para probar, contra Oviedo, que esta isla de los cartagineses no era Haïti ni Cuba, ni ninguna de las descubiertas por su padre, y cuyo número, en la época más desventurada de su vida (en 1500), en un fragmento de carta autógrafa (Navarrete, Colección diplom., t. II, pág. 254), exagera hasta 1.700. Verdad es que en esta controversia quéjase D. Fernando de que, ignorando el griego, su adversario no haya podido leer el pasaje de Aristóteles sino en los libros de fray Teófilo de Ferraris; pero él mismo en esta ocasión no daba pruebas de una erudición muy sólida. Confunde la isla de Atlanta, al Norte del Euripo, en el canal, entre la Lócrida y la Eubea, separada del continente por un[Pg 80] terremoto (Thucydides, III, 39; Plinio, II, 88), con la Atlántida de Solón y de Platón[84]; convierte en dos personas distintas á Statio Seboso[85], que permaneció algún tiempo en Cádiz para adquirir noticias de las islas del mar exterior, y toma las islas Azores, cuyas minas nadie ha elogiado, por las Cassitérides[86].

5.º Strabón, «en el lib. primo y secundo de su Cosmografía», habla de la extensión desmesurada del Atlántico, única causa que impide el paso de España á la India (es el texto lib. I, pág. 113 Alm., páginas 64 y 65 Cas., y la opinión de Posidonio sobre la navegación del Atlántico cuando es favorecida por los vientos de Sudeste, lib. II, página 161 Alm., pág. 102 Cas.).

6.º Strabón, en el lib. V, por la inmensa prolongación de la India hacia el Este, según Ctésias, Onesicrito y Nearco. La cita del lib. V es falsa, porque en este libro sólo se habla de Italia; pero el testimonio invocado de[Pg 81] tres viajeros á la India da á conocer fácilmente que Colón quiso alegar el texto de Strabón, lib. XV, pág. 1011 Alm., pág. 690 Cas.

Casi superfluo es repetir aquí que una parte de estos pasajes (los de Aristóteles, Séneca y Ptolomeo) se encuentran también mencionados en la carta del Almirante del año 1498 y en su Libro de las Profecías. Este último, si se exceptúa el coro de la Medea de Séneca, sólo contiene citas de Profetas, de Padres de la Iglesia y de algunos rabinos convertidos, mezcla de teología mística y de erudición cosmográfica que, al parecer, caracteriza la vejez de Cristóbal Colón. En efecto, cuanto no toca al círculo estrecho de los intereses materiales de la vida, se eleva en el alma ardiente de este hombre extraordinario á una esfera más noble, á un espiritualismo misterioso. En su opinión, la conquista de la India recién descubierta no debe tener importancia sino en cuanto realiza las antiguas profecías y conduce, por los tesoros que da, á la conquista de la tumba de Cristo (á la restitución de la Casa Santa). Todas las cartas del Almirante expresan su ansiedad por acumular oro. Aunque duda, hasta la época de su muerte, que América esté separada del Asia Oriental, escribe ya en 1498 á la Reina que Castilla posee hoy otro mundo y que recibirá pronto barcos cargados de oro, el cual servirá para extender la fe en el universo, «porque el oro es excelentissimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace quanto quiere en el mundo, y llega á que echa las animas al Paraíso.» Extraña mezcla de ideas y de sentimientos en un hombre superior, dotado de clara inteligencia y de invencible valor en la adversidad; imbuído en la teología escolástica, y, sin embargo, muy apto para[Pg 82] el manejo de los negocios; de una imaginación ardiente y hasta desordenada, que impensadamente se eleva, del lenguaje sencillo é ingenuo del marino á las más felices inspiraciones poéticas, reflejando en él, por decirlo así, cuanto la Edad Media produce de raro y sublime á la vez.


[Pg 83]

IV.

Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo
y manera de figurarla.

En el Apéndice á esta obra publicaremos los textos citados en los escritos de Colón y que por confesión propia influyeron en su empresa. Creo que su reunión tendrá además otro interés: el de aclarar la historia de la geografía en general.

Es curiosísimo reunir y comparar las opiniones que los antiguos se habían formado de la posibilidad de comunicaciones entre las extremidades opuestas de la tierra habitada, como de la existencia de algunas otras masas continentales separadas de ella. Estas opiniones fueron transmitiéndose en no interrumpida serie al través de la Edad Media.

Desde los Orígenes de Isidoro de Sevilla hasta la Margarita filosófica de Jorge Reisch, prior del convento de los Cartujos de Friburgo, libro que tan grande influencia ejerció en el estado de los conocimientos en el[Pg 84] siglo XVI[87] y cuyo nombre está hoy casi olvidado; los hombres más célebres, Vicente de Beauvais (Vincentius Bellovacensis, autor del Speculum majus), Juan Salisbury (Joannes parvus Sarisberiensis), Roger Bacon y Pedro d’Ailly tomaron de Aristóteles, de Plinio, desgraciadamente más conocido que Strabón, y de Séneca lo que se relaciona con la cosmografía y la física del globo. Por esta continua filiación, las indicadas ideas se conservaron y dominaron los ánimos cuando el ardiente deseo de las empresas marítimas sucedió al no menos ardiente de las largas peregrinaciones por el interior de las tierras.

Al llegar á las cuestiones que ofrecen importancia é interesan á los estudios filológicos, no puedo pasar en silencio lo que pertenece menos á la descripción del mundo real que al ciclo de la geografía mítica.

Sucede al espacio lo mismo que al tiempo. No se puede tratar la historia bajo un punto de vista filosófico, dejando en completo olvido los tiempos heroicos. Los mitos de los pueblos, mezclados á la historia y á la geografía, no pertenecen por completo al mundo ideal; si uno de sus rasgos distintivos es la vaguedad: si el símbolo cubre en ellos la realidad con un velo más ó menos espeso, los mitos, íntimamente ligados entre sí, revelan, sin embargo, la raíz de las primeras nociones cosmográficas y físicas.

[Pg 85]

Los hechos de la historia y de la geografía primitivas no son sólo ficciones ingeniosas, puesto que reflejan las opiniones formadas acerca del mundo real. El gran continente más allá del Mar Cronieno y esa Atlántida de Solón que preocupaba á los contemporáneos de Cristóbal Colón, jamás tuvieron la realidad local que se les asigna; ¿pero es preciso, por ello, considerarlos sentina fabularum y desdeñar como á los Cabiros, los misterios samotracios y cuanto se refiere á las primeras formas de creencias, relativas á los cultos, lo que atañe á la configuración del globo y á la filiación de los pueblos y de las lenguas, creencias que son el producto instintivo de la inteligencia humana?

La idea de la probable existencia de una masa de tierra separada de la que habitamos por vasta extensión de mares, debió ocurrir desde los tiempos más remotos. Es tan natural al hombre franquear con la imaginación los límites del espacio y soñar la existencia de algo más allá del horizonte oceánico, que aun en los tiempos en que se creía la tierra un disco de superficie plana ó ligeramente cóncava, podía imaginarse que más allá de la cintura del Océano homérico existía alguna otra habitación de hombres, otra οἰκουμένη, el Lokaloka de los mitos indios, anillo de montañas situado más allá del séptimo mar.

Este concepto debía tomar más desarrollo conforme se iba extendiendo la navegación al Oeste de las columnas de Briareo ó de Ægænon, multiplicándose los cuentos de los viajeros fenicios; y cuando se pudo formar alguna idea de los contornos, ó, mejor dicho, de la forma limitada de nuestra masa continental. La gran tierra situada hacia el Noroeste, que, como Meropis, está indicada[Pg 86] en los fragmentos de Theopompo y como continente cronieno en dos pasajes de Plutarco que después examinaremos, corresponde á una serie de mitos que, á pesar de los sarcasmos poco ingeniosos de los Padres de la Iglesia[88], es de remota antigüedad en la esfera de las opiniones helénicas, como todo lo que se relaciona con Sileno, adivino y personaje cosmogónico, ó á ese imperio de los Titanes y de Saturno, progresivamente rechazado hacia el Oeste y Noroeste[89].

El mito de la Atlántida ó de un gran continente occidental, aunque no se le crea importado de Egipto y sí debido exclusivamente al genio poético de Solón, data por lo menos del siglo VI antes de nuestra era. Cuando la hipótesis de la esfericidad de la tierra, producto de la escuela de los Pitagóricos llegó á extenderse y á apoderarse de los ánimos, las discusiones sobre las zonas habitables y la probabilidad de la existencia de otras tierras cuyo clima era igual al nuestro en paralelos heterónimos y en estaciones opuestas, convirtiéronse en materia de un capítulo indispensable en todo tratado de la esfera ó de cosmografía.

Los que como Polibio y Eratósthenes no habían observado que la elevación de las tierras, el decrecimiento de la marcha aparente del sol al aproximarse á los trópicos y el alejamiento de dos pasos del sol por el zenit de la[Pg 87] localidad, hacían la zona ecuatorial y el Ecuador mismo menos cálidos que las regiones más próximas á los trópicos, sumergían, por efecto de una corriente ecuatorial, esta parte de la superficie del globo, que, quemada por el sol, no la creían en manera alguna á propósito para ser habitada.

Propagaron principalmente esta cuestión el estoico Cleanthes y el gramático Cratés. Refutóla Gemino, pero reapareció con gran crédito á principios del siglo V en la teoría de las impulsiones oceánicas que Macrobio expuso como una explicación del flujo y reflujo del mar. Mas allá de este brazo del Océano ecuatorial que atraviesa la zona tórrida, más allá de nuestra masa de tierras continentales, extendidas en forma de clamyde y aisladas en una parte del hemisferio boreal, suponíase la existencia de otras masas de tierras, en las cuales se repiten los mismos fenómenos climatéricos que observamos en las nuestras. No parecía probable que la gran porción de la superficie del globo no ocupada por nuestro οἰκουμένη estuviera toda cubierta de agua. Ideas de equilibrio y simetría cuya falsa aplicación han producido, hasta en tiempos modernos, muchas ilusiones geográficas, oponíanse, al parecer, á ello.

Bajo la influencia de estas ideas empezaron á aparecer grupos aislados de continentes en el hemisferio opuesto, indicados por Aristóteles y su escuela (Meteorologica, II, 5; De Mundo, cap. III); los dos pueblos etíopes de Cratés, uno de los cuales habitaba al Sud del brazo de mar ecuatorial; el otro mundo de Strabón; el alter orbis de Pomponio Mela; una verdadera tierra austral[90]; las[Pg 88] dos zonas (cinguli) habitables[91] de Cicerón (Somn. Scip., cap VI), una de las cuales es la de nuestros antípodas insulares; en fin, la tierra quadrífida ó las quatuor habitationes vel insulæ (cuatro masas de tierra separadas entre sí) de Macrobio (Comm. in Somn. Scip., II, 9).

En el sistema pitagórico de Philolao, conforme al cual el sol es un inmenso reflector que recibe la luz de un cuerpo central (Hestia), la tierra y el Antichthon de Hicetas de Siracusa (Nicetas, según algunos manuscritos de Cicerón, Academ. Quæst., VI, 39; Œcetes, según Plutarco, de Plac. Phil., III, 9), movíanse paralelamente conforme á su órbita común; pero el Antichthon era el[Pg 89] hemisferio opuesto al nuestro, hemisferio que los geógrafos poblaban á su gusto[92].

He creído deber dar esta reseña general de las ideas que constantemente se han formado los hombres acerca de la existencia de otro mundo ó de continentes transoceánicos desde los tiempos más remotos. Los Padres de la Iglesia, de quienes el monje Cosmas fué intérprete, desfiguraron estos conceptos primitivos del modo más extraño, suponiendo una terra ultra Oceanum que encuadraba el paralelógramo de su mapa mundi. Viviendo la Edad Media sólo de recuerdos que suponía clásicos y sin fe en sus propios descubrimientos, si no creía encontrar en los antiguos indicios de ellos, estuvo hasta los tiempos de Colón agitada por todas las ilusiones cosmográficas de los siglos anteriores.

Al lado de esta tendencia tan natural, y por lo mismo tan general, de suponer muchas tierras habitadas que los mares separaban, encuéntrase otra no menos antigua: la de considerar las islas ó los puntos de tierras nuevamente descubiertos, como contiguos y formando parte de un gran continente. En esta última forma fueron representadas primeramente las Islas Británicas (Dión Cassio XXXIX, 50; Flor., III, 10), y Ceylán (Trapobana ó Sielediv), «quæ Hipparcho[93] prima pars Orbis alterius[Pg 90] dicitur» (Mela, III, 7, 7). Esta expresión tan característica de un otro mundo, encuéntrase en Plinio unida á la de tierra de los antichtones «Trapobanen alterum orbem esse diu existimatum est, Antichthonum appellatione». (Plin., VI, 22, § 24.)

La historia de los descubrimientos geográficos modernos nos muestra la misma inclinación á transformar, gracias á prolongaciones de contornos fantásticos y uniones imaginarias, los cabos de muchas islas y de vastos continentes. Hay más; la predilección por las ligaduras que acabamos de indicar en el trazado de los mapas, conduce á otro procedimiento, hallado lo mismo en Ptolomeo que en los geógrafos de nuestro siglo. Cuando las extremidades de las tierras que se han unido ó alineado en continentes se acercan á nuestros οἰκουμένη, abandónase la hipótesis de los continentes separados y se les une á puntos antiguamente conocidos. De este modo Marin de Tyro y Ptolomeo transformaron el mar de la India en un mar cerrado ó mediterráneo. Imaginábase que la península transgangética, donde estaba situada Catígara (Caitogora, Edrisi, pág. 57), más allá del Sinus Magnus, en la extremidad oriental del Asia, se unía hacia el Oeste por medio de una tierra incógnita al promontorio Prasum (cabo Delgado), y á la costa africana de Azania (Ayan, el Zingium de Cosmas[Pg 91] Indicopleustes, Montfaucon, II, 132). Afortunadamente esta hipótesis de un mar cerrado, desconocido para Strabón, que rechaza todos los istmos desde el estrecho de Hércules hasta el mar Rojo, no estorbó ni detuvo los descubrimientos de los intrépidos navegantes del siglo XV, á pesar de que la falsa erudición ejercía en ellos más influencia de lo que generalmente se cree.

Por un procedimiento semejante, en el célebre mapa de América que Juan Ruysch añadió á la edición de la Geografía de Ptolomeo, publicada en Roma en 1508, encuéntrase, según la observación de Mr. Walckenaer, no sólo la Gruenlant (Groenlandia), sino también Terranova y los Baccalauræ, completamente separados de la América insular, es decir del Mundus Novus, de la Terra Sanctæ Crucis, y reunidos al continente septentrional de Asia (la tierra de Gog, las costas del Plisacus Sinus, y el país de Ergigaï).

Separaciones idénticas, aunque mucho más atrevidas[94], porque unen todo el Canadá y la Florida al Asia boreal, y los separan de Brasilia (la América del[Pg 92] Sud) «extendida hacia Melacha (Malacca) y Zanzíbar (costa é isla de Zanguébar, quizá la isla Akgia de los árabes)», reaparecen en 1533 en la cosmografía de Juan Schoner.

Posteriormente, Sebastián Munster, uno de los restauradores de las ciencias geográficas, une la Groenlandia á la Noruega, y aun en nuestros días, entre los meridianos del cabo de Hornos y el de Buena Esperanza, hay de vez en cuando el capricho de reunir islas próximas al círculo polar antártico en grandes masas continentales.


[Pg 93]

V.

Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos
de Cristóbal Colón.

Sin negar la influencia que las opiniones y los testimonios de los antiguos han ejercido en el ánimo de Cristóbal Colón, no diremos, sin embargo, que el descubrimiento de América se debe á Pytheas[95], á Eratosthenes[96] ó á Posidonio[97]. Colón, después de lograr su propósito, distingue con legítimo orgullo entre el mérito de la ejecución y el de los acertados presentimientos. Al llegar á Lisboa, de vuelta de su primer viaje, escribe (el 14 de Marzo de 1493) á su protector D. Luis Santángel, ministro de Hacienda por la corona de Aragón: «Consecuti sumus quæ hactenus mortalium vires minime attigerant: nam si harum Insularum (Indiæ supra Gangem) quidpiam aliqui scripserunt aut locuti sunt, omnes[Pg 94] per ambages et conjeturas, nemo, se eas vidisse asserit; unde prope videbatur fabula»[98].

Algún tiempo después añade el Almirante en la carta á los Reyes, fechada en la isla de Haïti en Octubre de 1498: «Todos los que habían oído (mi) plática, todos lo tenían á burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes» (probablemente el guardián del convento de la Rábida, fray Pérez de Marchena, franciscano, y el dominico fray Diego de Deza, que permanecieron constantes en sus opiniones).

A la influencia de ambos religiosos y al gran corazón de la reina Isabel[99] debió Colón la dicha de realizar su vasto proyecto, y también á la de Pablo (del Pozzo) Toscanelli, que, con sus consejos, dióle mayor seguridad de ejecutarlo. No esperaba, sin duda, la buena fortuna de encontrarse en perfecta identidad de miras con uno de los más ilustres geógrafos de su época, y el mismo Colón confiesa que esta conformidad de razonamientos le alentó en la idea que se había formado de las ventajas de un camino á la India por la vía del Oeste, y de la esperanza de encontrar islas antes de llegar á la costa de Asia. No pondré aquí el texto[100] de las dos cartas[Pg 95] de Toscanelli, escritas primitivamente en latín é impresas muchas veces; limitaréme á llamar la atención sobre algunos conceptos de ellas, cuya importancia histórica no se ha hecho resaltar bastante, porque en cuestiones de esta índole siempre habrá que acudir á los documentos del siglo XV.

«La autoridad de los autores clásicos y otras semejantes de este autor (Pedro de Heliaco), dice Fernando Colón, fueron las que movieron más al Almirante para creer su imaginación, como también un maestro, Paulo Físico[101], florentín, hijo de Domingo, contemporáneo[Pg 96] del mismo Almirante, el cual dió causa en gran parte á que emprendiese este viaje con más ánimo.»

Toscanelli, inclinado al estudio de las matemáticas, á causa de un convite en casa de Felipe Bruneleschi y de la ingeniosa conversación que en él sostuvo este arquitecto y mecánico, distinguióse entre todos los astrónomos de su época durante una larga carrera (llegó á la edad de ochenta y cinco años), por su constante atención á los descubrimientos náuticos y á los viajes por tierra.

Era entonces Italia el centro de las grandes operaciones comerciales que los pisanos, venecianos y genoveses hacían con el Asia austral[102], por la vía de Alejandría, del mar Rojo y de Bassora y con las costas del mar Caspio y la Sogdiana, por la vía de Azov (Tana). No se ocupaba sólo Toscanelli en la corrección de las tablas solares y lunares por las observaciones gnomónicas y de astrolabio, como de cuanto podía facilitar el empleo de los métodos de astronomía náutica, ampliamente discutidos, pero rara vez empleados hasta entonces; aplicó también su inteligencia á la comparación de la geografía antigua con los resultados de los descubrimientos modernos y con la utilidad práctica que el comercio de Europa podría sacar de este género de trabajos abriendo un camino directo al país de las especias por medio de la navegación hacia el Oeste.

[Pg 97]

La prueba de este encadenamiento de ideas, de este movimiento intelectual desde la segunda mitad del siglo XV, la encontramos en las cartas de Toscanelli y en todos los escritores notables de su época. Cristóforo Landino, florentino, traductor de Plinio y comentador de Virgilio, habla del concurso de extranjeros en su patria, de hombres que llegaban de las regiones más lejanas, que circa initia Tanais habitant. Ego autem interfui cum Florentiæ illos Paulus physicus diligenter quaque interrogaret[103]. Estas relaçiones con los negociantes que venían de Oriente, hasta de la misma India y del archipiélago indio, como el veneciano Nicolás Conti[104], enardecieron la imaginación del anciano.

[Pg 98]

Más de setenta y siete años contaba ya cuando escribió á Colón: «Alabo vuestro designio de navegar á Occidente, y estoy persuadido que habréis visto, por mi carta, que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa; antes al contrario, la derrota (es decir, la travesía desde las costas occidentales de Europa á las Indias de las especias, Indie delle-spezierie, como decían los florentinos y los venecianos) es segura por los parajes que he señalado; quedaríais persuadido enteramente si hubieseis comunicado como yo con muchas personas que han estado en estos países (la India de las especias), y estad seguro de ver reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y ricas provincias», etc.

En la carta al canónigo Martínez dice también Toscanelli: «De sólo el puerto de Zaiton (Zaithun), uno de los más hermosos y famosos de Levante, parten todos los años más de cien bajeles cargados de pimienta, sin contar otros que vuelven cargados de toda clase de especias. Es grande y poblado el país; tiene muchas provincias y muchos reinos del dominio de un príncipe solo, llamado el Gran Can (Khan), que es lo mismo que Rey de Reyes. Ordinariamente tiene su residencia en el Catay. Sus predecesores deseaban tener comercio con los cristianos, y ha doscientos años que enviaron embajadores al Papa, pidiéndole maestros que les instruyesen en nuestra fe; pero no pudieron llegar á Roma y se vieron precisados á volverse por los embarazos que hallaron en el camino. En tiempo del papa Eugenio IV vino un embajador que le aseguró el afecto que tenían á los católicos los príncipes y pueblos de su país; estuve con él largo tiempo; me habló de la magnificencia de su Rey, de los grandes ríos que había en su tierra, y que se[Pg 99] veían doscientas ciudades con puentes de mármol, fabricadas sobre las riberas de un río solo. El país es bello, y nosotros debíamos haberle descubierto por las grandes riquezas que contiene y la cantidad de oro, plata y pedrería que puede sacarse de él; escogen para gobernadores los más sabios, sin consideración á la nobleza y á la hacienda. Hallaréis en el mapa que hay desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, veintiséis espacios, cada uno de 150 millas. Quisay (Quinsai) tiene 35 leguas de ámbito; su nombre quiere decir ciudad del cielo: vense allí diez grandes puentes de mármol sobre gruesas columnas de una extraña magnificencia: está situada en la provincia de Mango, cerca de Catay»[105].

Es probable que las animadas relaciones del veneciano Nicolás de Conti, que vino á Florencia en 1444, después de veinticinco años de viajes por Syria, el golfo Pérsico, la India á ambos lados del Ganges, la China meridional,[Pg 100] el archipiélago de la Sonda, Ceylán, el mar Rojo y Egipto, de igual suerte que la frecuencia de relaciones comerciales con estas ricas comarcas, hicieran muy familiar á Toscanelli el conocimiento topográfico del Asia meridional y oriental. Toscanelli vivió siempre en Florencia, y allí fué donde el papa Eugenio IV (de la familia Condolmeri de Venecia) perdonó al viajero Conti, su compatriota, la apostasía[106], imponiéndole por penitencia[Pg 101] referir con entera verdad las aventuras de sus viajes al secretario pontificio, el célebre filólogo Francisco Poggio Bracciolini. Perteneciendo también yo á la clase de viajeros, no examinaré imprudentemente si, al imponer tal penitencia, hubo más malicia que benignidad. Se concibe que la lectura de ciertos viajes pueda imponerse como ruda expiación; pero referir los incidentes de una vida de aventuras con toda verdad, con ogni verità (así era la cláusula de la absolución pontificia), sólo es castigo cuando se desconfía de la formalidad del viajero[107].

[Pg 102]

La permanencia de Nicolás de Conti y de Poggio en una ciudad en que Toscanelli, según su propio testimonio y el de Cristóforo Landino, buscaba sin cesar ponerse en relación con los hombres que el comercio había conducido al país de las especias, debía necesariamente hacer revivir los recuerdos que Marco Polo dejó de las maravillas de Quinsay y de Cambalu, del frecuente arribo de buques al puerto de Zaithun y de las riquezas del Mango. Esta conformidad de tradiciones, la celebridad de las mismas localidades, renovada con siglo y medio de intervalo, debían influir tanto en el activo espíritu de Toscanelli, que probablemente es Nicolás de Conti el designado, sin nombrarle en la segunda carta á Colón, entre los viajeros al Asia á quienes conviene oir para comprender la facilidad y utilidad del viaje á la India por el Oeste.

No puedo creer, sin embargo, como el abate Ximénez y tantos otros autores que le han copiado, que «el embajador del Gran Can», llegado á Florencia en tiempo de Eugenio IV, y del que se habla en la carta al canónigo Martínez, sea el mismo Nicolás de Conti. En la carta se designan dos embajadores Mogoles; el uno «doscientos años antes, el otro en tiempo de Toscanelli». La primera embajada es, sin duda, la que fracasó en 1267 por la enfermedad de un señor mogol[108], Khogatal,[Pg 103] cuando el regreso de Nicolás y de Maffeo (Mateo) Poli, padre y tío del célebre Marco Polo, conocido primeramente con el nombre un poco satírico de Messer Marco Milione. Éste fué quien, según la oportuna frase del viejo Sansovino, descubrió un nuevo mundo antes de Colón, y cuya admirable obra poseemos.

En cuanto á la segunda embajada en tiempo de Eugenio IV, no hay indicio alguno en el viaje de Conti de que trajera misión alguna del Gran Can. ¿Cómo es posible que Poggio, en el corto epílogo añadido en honor del viajero «que ha visto, dice, países por nadie recorridos desde los tiempos de Tiberio», no había de mencionar incidente tan honroso? ¿Cómo Toscanelli, que niega á Nicolás y Maffeo Poli el título de embajadores[109], y que recuerda expresamente que los encargados de la misión quedaron en el camino y sin llegar á Italia, hubiera hablado del veneciano Conti como de un embajador mogol «que ponderaba la magnificencia de su rey y el afecto de su país hacia los católicos?»

Nicolás de Conti, después de perder en la peste de Egipto su mujer, dos hijos y dos criados, volvió con los otros dos hijos que le quedaban á Venecia. De venir en su compañía algún embajador del Can, no hubiese sido[Pg 104] olvidado en la minuciosa y detallada relación de su viaje. Ignoro absolutamente quién fuera el personaje mogol con el cual tuvo Toscanelli, según dice, larga conferencia durante el pontificado de Eugenio IV, que duró diez y seis años; pero, por las razones expuestas, creo poco probable fuera un viajero veneciano que llegaba como penitente á Florencia. Acaso hubo alguna equivocación, quizá un error originado por una de esas mistificaciones diplomáticas á que hemos visto expuestas las primeras cortes de Europa, aun en tiempos modernos, cuando algunos aventureros asiáticos ó africanos se suponían encargados de los intereses de sus príncipes.

Sea cualquiera la influencia que ejerciese en el ánimo de Colón la carta de Toscanelli, es, sin embargo, una prueba cierta (y lo recordamos en honor de aquél) de la anterioridad de los proyectos del navegante genovés. Llegó éste á Lisboa en 1470 é hizo amistad con el florentino Lorenzo Giraldi, como en Sevilla vivió en íntimas relaciones con otro florentino, Juan Berardi, jefe de una casa de comercio en la que estaba empleado Amerigo Vespucci. En todos los puertos de movimiento comercial, tanto de Europa como de las costas septentrionales de África y de Levante, había entonces establecidos negociantes italianos. Supo con certeza Colón que el rey de Portugal Alfonso V había hecho pedir á Toscanelli, por medio del canónigo Fernando Martínez, una instrucción detallada acerca del camino de la India por la vía del Oeste, y esta noticia debió alarmar á quien con grande empeño proyectaba lo mismo.

La gran fama que gozaba el astrónomo de Florencia engendró en Colón la esperanza de aprovechar las luces del sabio italiano para la consolidación de su empresa.[Pg 105] Lorenzo Giraldi se encargó de que llegaran á Toscanelli las cartas escritas por Colón. Sólo conocemos las respuestas de éste en número de dos:

«Veo, dice la primera carta de Toscanelli, el noble y gran deseo vuestro de querer pasar adonde nacen las especerías, por lo cual, en respuesta de vuestra carta, os envío la copia de otra que escribí algunos días ha á un amigo mío, doméstico del Serenísimo Rey de Portugal, antes de las guerras de Castilla, en respuesta de otra que me escribió de orden de su Alteza sobre el caso referido.» Como la carta al canónigo de Lisboa está fechada en Florencia el 25 de Junio de 1474, puede creerse, á causa de la frase incidental algunos días ha[110], que Colón consultó á Toscanelli á principios del mismo[Pg 106] año. Esta fecha no carece de importancia para la historia del descubrimiento de América, porque directamente contradice el cuento que refieren el inca Garcilaso, Gomara y Acosta[111], de que un piloto de Huelva llamado Alonso Sánchez, que en una travesía de España á las islas Canarias, en 1484, pretendió haber llegado á impulso de los vientos del Este hasta las costas de Santo Domingo, fué, sin duda, quien, al volver á la isla Tercera, hizo nacer en el ánimo del Almirante la primera idea de su expedición. Ya Oviedo califica esta anécdota de «fábula que circula entre la plebe», y el misterioso viaje de Alonso Sánchez es posterior en diez años á la correspondencia con Toscanelli.

Pero si esta correspondencia prueba que Colón se ocupaba del proyecto de buscar el país de las especias por el Oeste mucho antes de entrar en relaciones con el célebre astrónomo de Florencia, queda indeciso cuál de los dos, Colón ó Toscanelli, fué el primero en entrever la posibilidad de esta nueva vía abierta á la navegación de la India.

Toscanelli, según antes hemos dicho, contaba setenta y siete años de edad cuando habló de su proyecto al canónigo Martínez y probablemente la persuasión de la brevedad del camino (brevisimo camino) á través del Océano Atlántico databa de mucho antes en su ánimo.

Dice terminantemente: «Aunque yo he tratado otras muchas veces del brevísimo camino que hay de aquí á las Indias donde nacen las especerías, por la vía del mar, el cual tengo por más corto que el que hacéis á Guinea,[Pg 107] ahora me decís que su Alteza quisiera alguna declaración ó demostración para que entienda y se pueda tomar este camino, por lo cual, sabiendo yo mostrársele con la esfera en la mano, haciéndole ver cómo está el mundo, sin embargo he determinado, para más facilidad y mayor inteligencia, mostrar el referido camino en una carta semejante á las de marear, y así se la envío á su Majestad, hecha y pintada de mi mano, en la cual va pintado todo el fin del Poniente, tomando desde Irlandia al Austro hasta el fin de Guinea, con todas las islas que están situadas en este viaje, á cuya frente está pintado en derechura por Poniente el principio de las Indias, con las islas y lugares por donde podéis andar y cuánto os podríais apartar del Polo Artico por la línea equinoccial, y por cuanto espacio, esto es, con cuántas leguas podríais llegar á aquellos lugares fertilísimos de especería y piedras preciosas.»

Este párrafo prueba suficientemente que mucho antes de 1474 había aconsejado Toscanelli al Gobierno portugués el camino que siguió Colón y que accidentalmente produjo el descubrimiento de América.

Parece natural que esta misma idea ocurriera á la vez á muchos hombres instruídos y con empeño ocupados en extender la esfera de los descubrimientos: debió nacer en la imaginación de Martín Behaim, cuyo famoso globo construído en 1492 (Apfel, la manzana terrestre) sitúa «el rey de Mango, Cambalu y el Cathay á 100 grados al Oeste de las Azores», como lo hacían Toscanelli, Colón y cuantos creían al Asia excesivamente prolongada hacia Oriente.

Ya hemos visto que Toscanelli y Colón distinguen en sus escritos el objeto principal de la empresa (encontrar[Pg 108] el camino más corto para ir á la India) del secundario (el descubrimiento de algunas islas). Toscanelli distingue además «las islas que se encontrarán en el camino (que están situadas en este viaje), por ejemplo, la Antilia, de las próximas á la India continental, por ejemplo, Cipango, y las islas con las cuales trafican los negociantes de diferentes naciones».

Hasta la misma nota histórica que Colón puso al frente de su Diario de navegación, terminado en 15 de Marzo de 1493, da por motivo del viaje el deseo de los Reyes Católicos de conocer las inclinaciones de un poderoso príncipe de la India, el Gran Can, en favor de la religión cristiana, «y ordenaron, añade, que yo no fuese por tierra al Oriente, por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos, por cierta fe, que haya pasado nadie»[112].

No se trata (en este preámbulo del Diario de Colón) de las islas y de la Tierra Firme por descubrir en la Mar Océana, sino como resultado probabilísimo de una empresa cuyo principal objeto es dirigirse con la armada suficiente á las dichas partidas de India. (Las del Gran Can.)

La expedición proyectada no fué, pues, en un principio, propiamente hablando, un viaje de descubrimiento de tierras nuevas, sino un viaje que debía comprobar la existencia del paso libre á las Indias por el Oeste, como Magallanes, Parry, Ross y Franklin comprobaron ó[Pg 109] intentaron los pasos por Suroeste y el Noroeste[113].

La influencia que Toscanelli ejerció en el ánimo de Colón recuerda involuntariamente la cuestión promovida por Vincent, de si el descubrimiento de la navegación á las Indias doblando el cabo de Buena Esperanza se debe á Corvilham ó á Gama. No cabe duda de que Corvilham, después de vivir en Calicut, en Goa y entre los árabes de Sofala en la costa oriental de Africa, escribió á Juan II, rey de Portugal, por mediación de dos judíos, Abraham y Josef[114], que los barcos portugueses, si continuaban costeando el Africa occidental hacia el Sud, llegarían á la extremidad de este continente, y al llegar á este extremo debían dirigir la ruta en el Océano oriental hacia Sofal y la isla de la Luna[115][Pg 110] (Madagascar). Renovaba también Corvilham, fundándose en las recientes experiencias de los navegantes árabes de Sofala y de toda la costa de Zanguébar y de Mozambique, las ideas expuestas por muchos en la antigüedad sobre la forma triangular del Africa austral, aumentando así la confianza de Gama; pero hay gran distancia de la posibilidad del éxito, probado con argumentos irrecusables, á la atrevida ejecución de los proyectos de Colón y de Gama. Por lo demás, este último tenía una ventaja que no podía ofrecer Toscanelli al navegante genovés. Cuando el 20 de Noviembre de 1497 llegó á la extremidad de Africa[116], sabía ya que encontraría al otro lado una costa en dirección del Oeste-Sudoeste al Este-Nordeste, puesto que el cabo Tormentoso, que el rey Juan con feliz presentimiento llamó cabo de Buena Esperanza, no sólo lo descubrió Bartolomé Díaz, sino también lo dobló en Mayo de 1487. Esta circunstancia, á que no se ha dado el valor que tiene, la expresa claramente Barros en el tercer libro de la primera Década: «Bartholomeu Díaz (con sus compañeros[Pg 111] de fortuna) per caus dos perigos é tormentos que em dobrar delle pasaram, Ihe puzeram nome Tormentoso»[117]. Gama fué, pues, por decirlo así, precedido en una empresa que, para la prosperidad comercial de los portugueses, fué el principio de nueva vida.

Mencioné antes la carta marítima que Toscanelli había dibujado para el canónigo Martínez, á fin de mostrar la ruta que debía seguirse para llegar desde las costas de Portugal al «principio de las Indias.» Este mapa, en el cual el astrónomo florentino había «pintado de su mano» todas las islas situadas en el camino, sirvió, por decirlo así, de guía á Colón en su primer viaje: en tal sentido merece mayor interés del que hasta ahora ha inspirado. Al enviar Toscanelli á Colón una copia de su carta al canónigo Fernando Martínez, dice claramente: «os envío otra carta de marear semejante á la que envié (al Canónigo)»[118]. En la carta escrita al Canónigo añade que hay «desde Lisboa á la famosa ciudad de Quisay, tomando el camino derecho á Poniente, 26 espacios cada uno de 150 millas, mientras desde la isla Antilia hasta[Pg 112] la de Cipango, se encuentran 10 espacios, que hacen 225 leguas

Ignoramos á cuántos espacios situaba Toscanelli el Japon (Cipango), al Este de Kanphu (hoy Hantgcheu-fu y entonces Quinsay ó Quisay); pero como esta distancia es efectivamente, tomando á Ieddo por el centro del Japón, de 16 grados de longitud, y la valuación de Behaim[119] difiere muy poco de la moderna, se deduce que Toscanelli contaba probablemente desde Portugal á Antilia un quinto y de Antilia á Quinsay aproximadamente cuatro quintos de todo el camino desde Lisboa á la China.

Más difícil es averiguar el valor absoluto de los espacios del mapa de Toscanelli. Estas grandes divisiones que abarcan cierto número de grados, y que aun empleamos para no desfigurar nuestros mapas trazando los meridianos grado por grado, se usaban ya en la época de Ptolomeo. Encuéntraselas indicando un número redondo de millas marinas ó de grados de longitud en casi todos los mapas manuscritos de los siglos XV y XVI que he podido examinar, por ejemplo, en los de Ribero y de Juan de la Cosa. El geómetra de Florencia presenta dos valuaciones de los espacios que emplea, una en leguas y otra en millas. Si, según él, un espacio es igual á 22½ leguas ó 150 millas, resulta que una legua equivale á 6½ millas. No se refiere, pues, á la legua marina italiana de 4 millas, usada en tiempo de Colón en Génova,[Pg 113] y que este marino emplea en su Diario de ruta[120]; acaso sea una milla más pequeña, de 760 toesas, cinco de las cuales forman una legua geográfica de 15 al grado. Como los espacios no se valúan en grados y las conjeturas del abate Ximénez, comentador de la carta de Toscanelli, son erróneas[121], es imposible encontrar[Pg 114] salida á este laberinto de medidas con tan vagas denominaciones. No se puede reducir con precisión á grados de longitud la distancia de veintiséis veces 22½ leguas que Toscanelli supone que tendría que recorrer Colón,[Pg 115] «derechamente al Occidente» desde Lisboa á Quinsay: sin embargo, en la hipótesis de las leguas más largas (de 15 al grado ecuatorial), no se llega sino cerca del grado 50 de longitud (para 585 leguas) en el paralelo de 38° 42′, lo que situaría la costa de la China en el meridiano del río Essequibo y de la parte occidental de Terranova.

Ocasión tendré de hablar más adelante de esta proximidad del Asia oriental, que motivaba la frase brevisimo camino empleada por Toscanelli en su carta al canónigo Martínez, mientras que en la segunda carta dirigida á Colón dice sencillamente: «habréis visto que el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa.»

En su primer viaje de descubrimiento guiábase Colón por una carta marina que llevaba á bordo, y navegaba con la seguridad propia de un hombre que sabe debe encontrar lo que busca. El Diario descubierto por Muñoz en los archivos del Duque del Infantado es buena prueba de ello.

Hay una circunstancia notabilísima que merece ser examinada con los datos proporcionados en el texto, copia de puño y letra del Obispo de Chiapa: tres días después que Colón creyó haber observado por primera vez la declinación de la aguja imantada, el 13 de Septiembre de 1492, el estado del cielo, las masas de fuco[Pg 116] flotante y otras circunstancias le hicieron creer que se encontraba cerca de alguna isla, pero no de tierra firme, «porque la tierra firme, dice el Almirante, hago más adelante»[122]. El 19 de Septiembre continuaban las señales de proximidad de tierra, y lloviznaba sin viento. El Almirante no quiso apartarse de su camino para buscar esta tierra. Estaba seguro de que por las partes del Norte y del Sud había islas, y en efecto las había, navegando por medio de ellas, porque su voluntad era ir primero á la India con tiempo tan favorable, y «á la vuelta se vería todo placiendo á Dios». Son sus palabras.

En la mañana del 20 de Septiembre vinieron á cantar en lo alto de los mástiles pajarillos que viven en tierra, y se fueron á la caída de la tarde[123]. El martes 25 de[Pg 117] Septiembre fué el Almirante á la carabela Pinta para hablar con Martín Alonso Pinzón sobre una carta que le había enviado tres días antes, y en la cual parece que el Almirante había pintado algunas islas en este mar. Martín Alonso decía que estaban próximos á estas islas, y así parecía al Almirante, añadiendo que la causa de no encontrar las islas debía ser la corriente, que llevaba los barcos á Nordeste y que no habían andado tanto (al Oeste) como los pilotos decían. Por consecuencia, el Almirante, al volver á su carabela, quiso que se le enviase la carta marina, lo cual se hizo por medio de una cuerda, y «comenzó á cartear en ella con su piloto y marineros, hasta que, al sol puesto, subió el Martín Alonso en la popa de su navío, y con mucha alegría llamó al Almirante pidiéndole albricias que veía tierra.» Lo que no resultó cierto.

El 3 de Octubre, dice el Almirante en su Diario «que no se quiso detener, barloventeando la semana pasada y estos días que había tantas señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en aquella comarca, por no[Pg 118] se detener, pues su fin era pasar á las Indias, y si se detuviera, dice él que no fuera buen seso.»

Finalmente, el 6 de Octubre, seis antes del gran día del descubrimiento de Guanahaní (viernes 12 de Octubre), «Martín Alonso Pinzón dijo que sería bien navegar á la cuarta del Oeste, á la parte de Sudueste; y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante vía que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir á la tierra firme, y después (al retorno) á las islas»[124].

[Pg 119]

Comprendo perfectamente por qué entonces inquietaba á Colón y á Pinzón no ver la isla de Cipango (Zipangri, de Marco Polo), porque Colón había anunciado que era la primera tierra que encontrarían á 750 leguas[Pg 120] al Oeste de Canarias, según lo refiere su hijo Fernando. El Diario original dice que hasta el 1.º de Octubre habían andado 707 leguas, no desde el Puerto de Palos, sino desde la Gomera, ó en general las Canarias, según la explicación del Almirante relativa á la distancia en que se encontraba el 19 de Septiembre. Ahora bien; del 1.º al 6 de Octubre, el camino andado al Oeste era, adicionando los datos parciales, de 259 leguas. El 6 de Octubre creíase Colón, por tanto, á 966 leguas de distancia, ó sean 216 más allá del punto en que calculaba la situación de Cipango.

He reunido todos los pasajes relativos á la carta marina que parece haber guiado á Colón antes de llegar á[Pg 121] la isla de Guanahaní. Más adelante, el 14 de Noviembre de 1492, menciona el diario, con ocasión de los cabos ó islotes que bordean la costa Nordeste de Cuba, «las islas innumerables que en los mapamundos al fin del Oriente se ponen.»

Un historiador muy juicioso, M. Sprengel, traductor de la obra de Muñoz, no titubea en suponer que Colón se guiaba por la misma carta de ruta que le envió Toscanelli en 1474. Indudablemente, esta carta se consideraba importantísima, porque los manuscritos dejados por Las Casas dicen (lib. I, cap. XII de la Historia de las Indias) que este prelado, á la edad de ochenta y cinco años, época en que terminó la citada Historia, aun poseía tan notable monumento, «la carta de marear que Toscanelli envió á Colón». Ahora bien; una carta marina conservada cincuenta y tres años después de la muerte de su autor, con mayor motivo debía encontrarse en 1492 á bordo de la carabela (capitana) Santa María. Observemos, sin embargo, que la que Colón envió el 25 de Septiembre á la carabela Pinta estaba pintada (dibujada) por sus propias manos. Las Casas dice claramente en el extracto que poseemos del Diario: «donde según parece tenía pintadas el Almirante ciertas islas.»

La correspondencia con Toscanelli precedió en diez y ocho años á la grande época del descubrimiento del nuevo continente, y Colón aprovechó, sin duda, este intervalo para procurarse otros materiales. Seguramente no llegó á ver, como pronto probaremos, el mapamundi de Martín Behaim, pero pudo estudiar en los de Jacobo de Giroldis, de Andres Bianco ó de Grazioso Benincasa.

Cuando por primera vez escribió á Toscanelli, fundaba[Pg 122] su razonamiento en una esferilla que envió á maestro Paulo, según dice su hijo D. Fernando. Es probable que después, y sobre todo cuando la famosa disputa con los profesores de Salamanca, empleara esferas y mapas como argumentos en favor de su proyecto de navegación hacia el Oeste. Lo que él defendía era su sistema y no el de Toscanelli, y por grande que haya sido la influencia de los consejos y de la carta del astrónomo florentino en el ánimo de Colón, sería fiar demasiado en la humildad y abnegación del genio creador, suponer que el Almirante explicó á los sabios de Salamanca, ó durante el viaje, á Martín Alonso Pinzón, la dirección de la travesía hacia la India valiéndose de una carta ó mapa de Toscanelli.

Aficionado Colón á los trabajos gráficos, dibujaría él mismo, con los datos de Toscanelli y otros materiales, una carta marina representando esa tercera parte de la superficie del globo que permanecía desconocida desde las costas de Portugal y de la Mina hasta las costas orientales y australes del Asia.

Muñoz insiste (lib. II, § 17) en que Colón supo la existencia de la Antilia por la carta y el mapa de Toscanelli; pero creo poder afirmar que en ningún escrito del Almirante, ni aun de su hijo D. Fernando, se encuentra el nombre de Antilia, que ya era conocido en el siglo XIV, ni el de Antillas que, especialmente desde el reinado de Carlos V, se dió al archipiélago tropical de América[125].

[Pg 123]

Colón conservó la costumbre de llamar á las Pequeñas Antillas «islas Caribes», ó las primeras islas de las Indias[126]. Además, el camino que siguió en 1492 no es el que Toscanelli trazó en su carta y que parecía seguir[Pg 124] el paralelo de Lisboa («tomando el camino derecho á Poniente»), aunque la diferencia de latitud entre Lisboa y Quinsai (Hangtheufu) sea casi de nueve grados, y de que Toscanelli, al principio de la misma carta, hable también, aunque vagamente, de la distancia que en este camino «podríase apartar del polo Artico hacia la línea equinoccial». Colón determinó, sin duda por las hipótesis de la posición de Cipango, seguir una dirección más meridional. Durante más de la mitad del camino siguió el paralelo de la Gomera, con tanta mayor constancia, cuanto que, como dice ingenuamente su hijo, temía perder su autoridad si, cambiando de rumbo, pareciera no saber dónde iba.

Esta ruta, muy distinta de la que los marinos toman hoy para ir á las Antillas, condujo á Colón directamente al través del gran banco de fucus, que se extiende al Oeste del meridiano de Corvo, desde los 19 á los 22 grados de latitud; y á pesar de dos desviaciones de la ruta hacia el Sudoeste (el 24 de Septiembre y el 8 de Octubre), Colón se creía en el paralelo[127] de la isla de Hierro (latitud 27° 45′) cuando el descubrimiento de Guanahaní.

No discutiré aquí la existencia de otra carta que debió haber guiado al Almirante, y que su contemporáneo[Pg 125] Gonzalo Fernández de Oviedo[128] atribuye á un marino portugués (Vicente Díaz, de la villa de Tabira), suponiendo que este marino, al volver de la costa de Guinea, encontró una tierra al Oeste de Madera. Este cuento de Oviedo, relacionado con las pretendidas tentativas de los hermanos Lucas y Francisco de Cazzana, no merece atención[129].


[Pg 126]

VI.

Cristóbal Colón y Martín Behaim.

En todas las épocas de avanzada civilización ha ocurrido á los descubrimientos geográficos lo mismo que á las invenciones en las artes y á las grandes inspiraciones en literatura y en las ciencias, por medio de las cuales intenta el espíritu humano abrirse nuevos caminos; al principio se niega el descubrimiento ó la exactitud del invento, después su importancia, y, últimamente, su originalidad. Estos tres grados de duda alivian, por lo menos durante algún tiempo, las penas que la envidia ocasiona. Tal costumbre, cuyo motivo es casi siempre menos filosófico que las discusiones á que sirve de origen, data de mucho antes de la fundación de aquella Academia de Italia que dudaba de todo menos de sus propios acuerdos[130].

«Cuando Colón prometió un nuevo hemisferio, dice el ilustre autor del Estudio sobre las costumbres y el genio de las naciones, decíasele que este hemisferio no podía existir, y, cuando lo descubrió, se pretendía que era ya conocido de largo tiempo atrás.»

[Pg 127]

He procurado precisar el grado de importancia que debe atribuirse á las relaciones de Toscanelli con Colón en una época en que éste había adquirido ya por sí mismo la convicción del éxito de su empresa. Toscanelli proporcionó nuevos datos, que, por ser numéricos, eran más seguros y preciosos para meditaciones de esta índole; fué, como dice D. Fernando Colón, la causa más poderosa del ánimo con que el Almirante se lanzó á la inmensidad de un mar desconocido, y, cosa extraña, la posteridad casi ha olvidado[131] esta influencia del geómetra florentino, obstinándose durante largo tiempo en colocar al lado de Cristóbal Colón otro personaje, merecedor sin duda de la mayor consideración como geógrafo, como viajero y como marino, pero que verosímilmente dirigió todas sus miras al camino de la India rodeando la extremidad de Africa.

Se ha dicho que Martín Behaim ó Beheim había descubierto el archipiélago de las Azores y revelado á Colón, no sólo el camino hacia el Asia oriental, sino también la existencia de un nuevo continente; y que señaló en un globo el estrecho á que dió su nombre Magallanes, por lo que con más justicia se le debía llamar[132] Fretum Bohemicum, como América entera Behaimia y hasta Bohemia occidental.

[Pg 128]

Cuanto más misterioso aparece este hombre en su origen, más se le quiere engrandecer. Se le supone unas veces noble portugués, otras bohemio de raza slava, nacido en la isla de Fayal[133] (en el grupo de las Azores), otras ciudadano de Nuremberg. Encuéntrasele en Venecia, en Amberes y en Viena, ocupado durante más de veinte años en el comercio de paños; construyendo en Lisboa un astrolabio que llegó á ser de grande importancia para los marinos; viajando con Diego Cam por las costas de Africa hasta más allá del Ecuador, y trayendo la malagueta[134] (una de las especias más estimadas)[Pg 129] del país que la produce. Se le halla en Nuremberg, en la Zistelgasse, en casa de su primo el senador Miguel Behaim, terminando en 1492 el globo que quiere dejar como recuerdo «á su cara patria antes de partir[Pg 130] para el lugar donde tiene su casa á 700 millas de Alemania», mientras Colón emprende su primera expedición; está en las Azores en casa de su suegro el caballero Iobst con Hürter, mientras Vasco de Gama descubre el camino á las Indias, rodeando la parte meridional de Africa.

Nació probablemente el mismo año que Cristóbal Colón, y muere en Lisboa (según las investigaciones de Mr. de Murr), en el mismo mes que el descubridor de América, cuya gloria jamás quiso empañar. Su muerte precedió en cerca de dos años al descubrimiento del mar del Sur por Vasco Núñez de Balboa, y en trece años á la expedición de Magallanes, á quien debió confiar «el secreto del estrecho».

Vida tan extraordinaria y constantemente agitada, la[Pg 131] gran fama de cosmógrafo de un hombre que fija su domicilio durante diez y seis años en la isla de Fayal, á la extremidad occidental del mundo conocido, debía prestarse, aun en los tiempos en que comenzaba á imperar una sana crítica histórica, á conjeturas é hipótesis especiosas.

El ardimiento con que un profesor de Altorf, Cristóbal Wagenseil, había atribuído á Behaim el descubrimiento de América, excitó el interés patriótico de Leibnitz, según se ve en un párrafo de una carta suya á Tomás Burnet, del año 1697. Los trabajos de Federico Stuven[135] (en Giessen), de Doppelmayr y de Mr. Otto[136], han obedecido á las mismas ilusiones, y puede creerse que las disertaciones juiciosas de Tozen[137], profesor de Gœttinga, del conde Rínaldo Carli[138], de Mr. de Murr[139], compatriota de la respetable familia de[Pg 132] los Behaim, aun floreciente en Nuremberg, habrían sido suficientes para refutar cargos tan vagos contra Colón y Magallanes. Pero han aparecido posteriormente las mismas dudas en obras que son, por otra parte, muy dignas de estimación.

Creo, pues, que aislando menos los hechos que presenta la biografía del cosmógrafo, suficientemente desenredada hoy de la serie de descubrimientos de los españoles y de los portugueses en el mismo período, se puede llegar á algunas consideraciones más satisfactorias que las presentadas hasta ahora.

No ha sido por causa de la analogía de los sonidos el llamar á Behaim Martín de Bohemia en el Diario de Navegación de Pigafetta y en las Décadas de Barros. La familia del cosmógrafo pretende descender de la antigua familia bohemia de Schwarzbach, en el círculo de Pilsen. He visto que el magistrado de la ciudad libre de Nuremberg, en una carta al rey D. Manuel de Portugal (del 7 de Junio de 1518), usa indistintamente los nombres de Martinus Behaim y de Martinus Bohemus. También advierto que el cosmógrafo, al firmar una carta de Amberes (del 11 de Marzo de 1494), Martein Beheim, quiere que sus parientes le escriban á las islas Flamencas (Azores), con las señas Domino M. Boheimo militi. No cometen, pues, error ni Pigafetta ni Barros confundiendo un nombre de país con otro de familia[140].[Pg 133] Los parientes y los contemporáneos del hombre célebre hablan en el primer documento que acabo de citar «de Bohemorum[141] familia in civitate Nurinbergensi ultra ducentos[142] annos perdurante.»

Es también probable que el nombre de Behaim ó Beheim, que esta familia ilustre empleaba indiferentemente á fines del siglo xv, sea sólo una designación étnica (aus Böheim ó Böhem, natural de Bohemia), como los nombres tan comunes en Alemania de Schwabe, de Sachs y de Preuss.

Resulta del conjunto de estos hechos, minuciosamente expuestos, ser verosímil que nuestro gran cosmógrafo dió ocasión por sí mismo á la costumbre seguida en Portugal y en España de llamarle Martín de Bohemia. Herrera, añadiendo á su nombre el elogio de cosmógrafo de gran opinión, le llama dos veces[143] portugués[Pg 134] nacido en la isla de Fayal. No debe sorprender este error, considerando que Behaim estuvo al servicio del Rey de Portugal en una célebre expedición marítima á las costas de Africa; que en 1485 fué nombrado caballero de la Orden de Cristo, y que en unión de los dos médicos del rey D. Juan II, «maese Rodrigo y el judío maese Josef, se le nombró miembro de una Junta de Mathematicos encargada de indicar el medio de navegar con arreglo á la altura del sol[144], y que pasó más de veinte años de su vida en Lisboa ó en una colonia portuguesa, en la factoría flamenca de Fayal».

Cristóbal Colón y Martín Behaim, tan próximos en las épocas de su nacimiento y de su muerte, presentan en su vida privada otra identidad de situación que contribuyó singularmente al desarrollo de sus aficiones á los descubrimientos geográficos. Uno y otro entraron por casamiento en familias que poseían por herencia el gobierno de islas consideradas entonces, aunque por error, como nuevamente descubiertas y situadas en los confines del mundo conocido, en el Mare Tenebrosum de los geógrafos árabes ultra quod nemo scit quid contineatur[145].

[Pg 135]

El suegro de Colón, Bartolomé Muñiz Perestrello, tuvo en Porto Santo la misma posición política que Iobst (Jodocus) de Hürter, señor de Murkirchen (Moerkerken) y Harbrck (en Flandes), suegro de Martín Behaim, tenía en Fayal. Cristóbal Colón vivió algún tiempo en las posesiones de su esposa D.ª Felipa Muñiz Perestrello en Porto Santo, donde nació su hijo Diego Colón; de igual manera Behaim habitó con su esposa Juana de Macedo en Fayal, donde ésta dió á luz un hijo que, poco después de la muerte de su padre, fué preso á causa de un homicidio involuntario.

Discútese si estos dos hombres célebres (y la celebridad de Behaim precedió sólo en doce años á la de Colón) se vieron en las islas Azores, y si Behaim dió á Colón las noticias de troncos de pinos, cadáveres y hasta canoas cubiertas de pieles y llenas de hombres de raza desconocida que las corrientes y los vientos habían llevado á las costas de Fayal, de la Graciosa y de Flores; noticias que, unidas á las que el Almirante adquirió en Porto Santo, le alentaron en sus esperanzas de grandes descubrimientos.

Cierto es que su hijo D. Fernando dice (Vida del Almirante, cap. VIII): «Los moradores de las Azores le[Pg 136] contaron (á Colón) que cuando soplaba viento de Poniente.....»; pero el Almirante podía adquirir estos informes en cualquier puerto de Portugal ó de España, pues sabemos positivamente por la Historia de las Indias, de Las Casas, que en España y en el monasterio de la Rábida fué donde conoció Colón el viaje de Pedro de Velasco, natural de Palos, que, partiendo de Fayal y después de navegar al Poniente 150 leguas (lo que debió situarle más allá del borde oriental de la gran banda de fucus), reconoció la isla de Flores.

Antes del descubrimiento de América sólo estuvo Behaim en Fayal durante los años 1486 y 1490, y en este intervalo no salió Colón de España; pero los dos marinos vivieron en Lisboa desde 1482 á 1484. En este último año fué cuando Behaim partió con Diego Cam para un largo viaje á Africa, y Colón, enojado por los desdenes del Gobierno portugués, fué á Sevilla. El conocimiento positivo y sincrónico[146] de los hechos puede[Pg 137] únicamente disipar las dudas que suscita la historia de esta época. No negaré que Colón haya tocado anteriormente en Fayal, porque se ignoran las fechas de sus expediciones lejanas á Tyle (Islandia?), á San Jorge de la[Pg 138] Mina[147] y á la costa de Guinea, ya fueran antes de 1470, ó entre 1470 y 1482. En su Memoria «sobre las cinco zonas habitables», dice positivamente Colón, aunque merezca el dicho poco crédito, «que estuvo en el mes de Febrero de 1477 cien leguas más allá de Tyle, cuya parte austral está á 73 grados de latitud.» En su vida, tan[Pg 139] llena de aventuras, no sería sorprendente que Colón hubiera tocado en las Azores.

En cuanto á que Behaim y Colón tuvieran relaciones personales, la cosa es muy probable, aunque no exista ninguna prueba directa. Estos dos hombres célebres se encontraron en Lisboa en los mismos años y ocupados en proyectos náuticos. Los mismos médicos del rey Juan II, maese Rodrigo y el judío maese Josef, que recibieron encargo de Diego Ortiz, obispo de Ceuta, de examinar el proyecto de Colón relativo á un viaje á Cipango[148], y en general hacia el Oeste, trabajaron con Martín Behaim, según he dicho antes, en la construcción de un astrolabio adaptado á la navegación. Parece natural que médicos del Rey á quienes «era costumbre consultar en todos los asuntos de cosmografía» pusieran á Colón en relaciones con Behaim: también Herrera, sin que sepamos en qué otro motivo se funda, dice que Colón fué alentado en sus ideas sobre la proximidad del Asia por su amigo Martín de Bohemia. Debo, sin embargo, hacer constar aquí que estos consejos fueron seguramente muy tardíos, porque vemos por las cartas de Toscanelli que, seis años antes de la llegada de Behaim á Lisboa, preocupaba ya á Colón tenazmente su expedición.

Otro sabio que hubiera podido relacionar á Colón y Toscanelli con Behaim, fué el más célebre astrónomo de[Pg 140] esta época, Regiomontanus (Camilo Juan Müller, natural de Kœnigsberg en Franconia) que habitó desde 1471 á 1475 en la patria de Behaim y dedicó en 1463 á Toscanelli su tratado de Quadratura circuli, es decir, su refutación de la pretendida resolución de este problema, por el cardenal Nicolás de Cusa. No satisfecho de las Tablas del rey Alfonso que satíricamente califica de Somnium Alphonsinum, publicó Regiomontanus en Nuremberg sus famosas Efemérides astronómicas calculadas de antemano para los años de 1475 á 1506 y que sirvieron en las costas de Africa, América y la India en los primeros grandes viajes de descubrimientos de Bartolomé Díaz, de Colón, de Vespucci[149] y de Gama.

Aun admitiendo que Behaim, durante la época de sus viajes de comercio á Venecia, Viena y Flandes, sólo haya residido accidentalmente en su ciudad natal, no es menos probable que ha podido aprovecharse, si no de las lecciones, al menos de los escritos de su compatriota Regiomontanus. Ya hemos citado el testimonio de Barros, que dice, hablando «de la necesidad sentida por los portugueses de no seguir tímidamente las costas, sino de acudir á la observación de los astros», que Behaim (probablemente poco antes de 1484) fué miembro á la Junta que por orden del rey Juan II estuvo encargada de construir un astrolabio, de calcular las tablas de la declinación del sol y de enseñar á los marinos una maneira[Pg 141] de navegar per altura do sol. Barros designa[150] al cosmógrafo con estas palabras: «Martin de Bohemia natural daquellas partes ó qual se gloreaba ser discipulo de Joanne de Monte Regio, affamado astronomo.» Sin duda porque Behaim se vanagloriaba de ser discípulo de Regiomontanus y, por llegar de la misma ciudad en que el papa Sixto IV había hecho proponer á Regiomontanus ir á Roma para trabajar en la reforma del calendario, su reputación de cosmógrafo se acreditó pronto en Portugal, al lado de la de tantos hombres ocupados en perfeccionar el arte de la navegación[151].

Regiomontanus era entonces célebre por la invención[Pg 142] de su meteoróscopo, y el astrolabio de Behaim, que se fijaba al palo mayor del barco, acaso no era más que una imitación simplificada de aquél. Además, los instrumentos de astronomía náutica «á propósito para encontrar en el mar la hora de la noche por las estrellas» existían desde fines del siglo XIII en la marina catalana y en la de Mallorca. Tal era el astrolabio que inventa y describe Raimundo Lulio en 1295 en su Arte de navegar[152]. Se equivoca Barros al creer que en la época de los descubrimientos hechos á lo largo de la costa de Africa bajo los auspicios del infante D. Enrique de Portugal se empezó á comprender la necesidad de guiarse en plena mar por la observación de los astros. Parece que ignora el descubrimiento de las Azores por los normandos, y los largos y atrevidos viajes de los marinos catalanes á las costas tropicales de Africa y á las partes septentrionales de la Gran Bretaña.

La larga permanencia de Behaim en las Azores durante dos épocas, una de 1486 á 1490, y otra de 1494 á 1506, constituye un poderoso argumento contra la pretensión de que Joao Vas Cortereal descubrió la tierra de los Bacallaos (Terranova) en 1463. Este marino había sido nombrado, según Cordeyro, autor de la Historia insulana del Océano occidental, gobernador de Terceira el 12 de Abril de 1464. Ahora bien; sabemos que el suegro de Behaim, Iobst de Hürter, llegó pocos años después á las Azores, con el título de gobernador y feudatario de la colonia flamenca de Fayal. ¿Cómo es posible[Pg 143] que Behaim no tuviera conocimiento, ó por sí mismo ó por su suegro, de un suceso como el descubrimiento de los Bacallaos por los portugueses, que habría precedido en veintinueve años á la llegada de Colón á Guanahani? ¿Cómo es posible que no situara estas tierras occidentales en su globo construído en 1492? ¿Cómo es posible que ni siquiera las mencionase en una de las minuciosas notas que acompañan al mapamundi? Estas consideraciones deben añadirse á los argumentos que el ingenioso y sabio autor del Memoir of Sebastián Cabot[153] ha expuesto recientemente contra el viaje de Joao Vas Cortereal á las costas de América del Norte y en pro del descubrimiento de este continente por Juan Cabot el 24 de Junio de 1497[154].

Llama la atención que el excelente historiador portugués Barros, que cita á Martín Behaim como miembro de la comisión náutica del astrolabio, ignore, al[Pg 144] parecer[155], la parte que tomó en la expedición de Diego Cam en 1484 á la embocadura del río Zaire ó Congo; nombrado primero río Pedrao á causa de un pilar de piedra puesto como señal de toma de posesión. De ello se ha querido deducir que esta participación es tan fabulosa como su influencia sobre Colón y sobre Magallanes. Para mí no existe tal duda. Si Behaim se embarcó con Cam como piloto y cosmógrafo para practicar su astrolabio, casi lo mismo que Vespucci en la expedición de Alonso de Ojeda (Diciembre de 1498—Junio de 1500), el silencio de Barrios nada tiene de extraordinario.

En las notas que Behaim añadió á su globo en 1492, habla en cuatro sitios distintos (en el título del globo; en Cabo Verde; cerca de las islas del Príncipe y de Santo Tomás, y en el cabo de Buena Esperanza) de dos carabelas con las cuales el rey Juan II hizo explorar las costas de Africa. Añade, del modo más terminante, «que fué enviado en esta expedición por su rey, y que duró diez y nueve meses.» Behaim no nombra á Diego Cam; pero Hartmann Schedel en su Liber Chronicarum[156], impreso en Nuremberg en 1493, cuando el cosmógrafo vivía aún en esta ciudad, reunió los dos nombres: «Præfecit galeis beni instructis Johannes II Portugaliæ rex, anno 1483, patronos duos Jacobum (?) Canum Portugalensem, et Martinum Bohemum, hominem germanum ex Nuremberga, de bona Bohemorum familia natum, qui superato circulo equinoxiali in alterum orbem excepti sunt.»

[Pg 145]

La ingenuidad con que Behaim habla de las primeras expediciones portuguesas, de sí mismo y de «su querido suegro M. Iobst, residente en Fayal,» da gran carácter de verosimilitud á los comentarios de su carta; y no creo que se deba oponer á estos testimonios la fecha del día (18 de Febrero de 1485), en que, según una nota conservada en los archivos de familia, recibió Martín Behaim la Orden de caballero de Cristo en la ciudad de Albassauas (Alcobaça?). Este documento, cuya época se ignora, y que no tiene carácter alguno oficial, ni es de letra de Behaim, ni está redactado en su nombre. Sabido es á cuántos errores se ha prestado la manera de escribir los números árabes (indios) á fines del siglo XV. Si no hay error en el año y debe leerse 1483 por 1485, podría verse en ello un simple error en la indicación del mes de Febrero, porque el viaje de Cam, comenzado en 1484, duró sólo diez y nueve meses. Behaim encontrábase todavía seguramente en la costa de Africa el 18 de Febrero de 1485; y es menos probable que el nombramiento de caballero fuera una recompensa por la invención del astrolabio, que una gracia concedida al compañero de Diego Cam á consecuencia de una expedición en que habían pasado el Ecuador hasta mas allá del sexto grado de latitud austral y recogido el grano del Paraíso (malagueta) en el clima en que se produce.

La época de la residencia de Colón y de Behaim en Lisboa era aquella de verdadera gloria y entusiasmo nacional en que el hijo de Alfonso V, al subir al trono, continuaba la serie de descubrimientos á lo largo de la costa de Africa, interrumpida por la muerte (1460) del infante D. Enrique, duque de Viseo, tío de Alfonso V.

Pero conviene no olvidar que los trabajos de los marinos[Pg 146] catalanes fueron para el Africa occidental lo que los de los marinos normando-escandinavos habían sido para el Norte del Nuevo Continente. Unos y otros precedieron á los descubrimientos que han ilustrado los nombres de D. Enrique y de Isabel de Castilla.

La isla de Mallorca fué desde el siglo XIII un centro de conocimientos científicos en el difícil arte de navegar. Sabemos por el Fénix de las maravillas del orbe, de Raimundo Lulio, que los mallorquines y los catalanes[157] usaban cartas de marear mucho antes de 1286; que se fabricaban en Mallorca instrumentos, groseros sin duda, pero destinados á determinar el tiempo y la altura del polo á bordo de los barcos. Desde allí los conocimientos, que en su origen fueron aprendidos de los árabes, se extendieron á toda la cuenca del Mediterráneo. Las ordenanzas de Aragón prescribieron desde el año 1359 que cada galera debía ir provista, no sólo de una, sino de dos cartas marinas[158]. Un marino catalán, D. Jaime Ferrer, llegó en el mes de Agosto de 1346 á la desembocadura de Río de Oro[159], cinco grados al Sur del famoso Cabo de Non que el infante D. Enrique se vanagloriaba de que lo hubieran doblado por primera vez los barcos portugueses en 1419. Los[Pg 147] marinos de Dieppe habían ido en 1364 á Sierra Leona y á Río Sestos (Sesters River), llamado entonces Río del Pequeño Dieppe. En 1365 llegaron á la Costa de Oro, según la relación de Villaut, señor de Bellefonds[160]. Un mallorquín, maese Jacobo, fué elegido por el Infante para presidir la célebre Academia de Sagres.

En los descubrimientos geográficos ha ocurrido lo mismo que en los de las ciencias físicas. Las tentativas con buen éxito, pero que permanecen aisladas largo tiempo, ó no se saben ó son condenadas al olvido; sólo cuando los descubrimientos se suceden y relacionan entre sí, se coloca el primer eslabón de una serie en el punto en que comienza á no ser interrumpida. Llena está la historia de la geografía de estos errores sistemáticos que comprenden hasta el siglo XVI las navegaciones á Nueva Guinea, Nueva Holanda y á muchos archipiélagos del Océano Pacífico[161]. Atribúyese el descubrimiento de[Pg 148] las Azores, que son las Cassiterides de Pedro Mártir de Anghiera[162] y de Behaim, el de la isla de Madera[163], el de las islas de Cabo Verde y de las costas[Pg 149] equinocciales del Africa occidental á los navegantes del siglo XV. Confúndense los marinos que reconocieron tierras con los primeros que las descubrieron; y no aludo ahora á la relación tan debatida del viaje de Hannon que Rennell y M. Heeren (II, I, pág. 520) llevan hasta más allá del Gambia, situando «la región ardiente de Thymiamata» en Cabo Verde y tomando por el Senegal, no el Chrestes, que creo muy distinto de Chremetes, «uno de los mayores ríos del mundo», según Aristóteles (Met., lib. I, pág. 350, Bekk), sino el río sin nombre, poblado, según Hannón, de cocodrilos y de hipopótamos; limitaréme á nociones más ciertas y recientes.

Mucho antes de los nobles esfuerzos del infante don Enrique, duque de Viseo, y de la fundación de la Academia de Sagres (Tercanabal en el Algarve ó villa do Infante), dirigida por un piloto cosmógrafo catalán, maese Jacobo de Mallorca[164], los cabos Non (Nam) y[Pg 150] Bojador habían sido ya doblados[165] (el último es el cabo Buzedor de Andres Bianco y de Livio Sanuto). El Portulano Mediceo, obra de un piloto genovés, que el conde Baldelli nos ha dado á conocer (Polo, t. I, página CLV), indica desde 1351 el Cavo di Non. Marinos catalanes, como lo prueba el Atlas de 1374 examinado por M. Buchon, habían estado al jorn de Sant Lorens, qui es a X d’agost de 1346, ochenta y seis años antes que el almirante portugués Gilianez[166] en Río de Oro (Río do Ouro, lat. 23° 56′). El valeroso Juan de Betancourt sabía que antes de la expedicion de Alvaro Becerra, es decir, antes de terminar el siglo XIV, los marinos normandos habían llegado hasta Sierra Leona (latitud[Pg 151] 8° 30′), y procuraba seguir sus huellas. Pero antes que los portugueses, creo que los de ninguna nación de Europa fueron más allá del Ecuador[167]. La región al Sur de la bahía de Biafra, notable por el encuentro en[Pg 152] ella de dos corrientes opuestas (del NO. y SE.), llegó á ser desde 1471 á 1474, ocho ú once años después de la muerte del infante D. Enrique, el centro del comercio (rescate) del oro, dado en firme á un activísimo mercader de Lisboa, Fernando Gómez.

En esta época fueron sucesivamente descubiertas la isla de Fernando Pó, llamada primero Ilha Formosa, y las de S. Thomás, do Príncipe y d’Anno Bom[168]. Esta última isla (lat. aust. 1° 24′ 18″) fué la primera que encontraron los portugueses al Sur del Ecuador; pero en las dos expediciones, inmediata una á otra, que emprendió Juan Cam al reino del Congo en 1484 y 1485, en una de las cuales tomó parte Martín Behaim, fué descubierto (no me detengo en las latitudes, referidas con bastante corrección por el mismo Barros) un espacio de costa comprendido entre los paralelos de 1° 50′ (cabo de Santa Catalina), y 22° de latitud austral (la señal de piedra[169], Manga de Areas, al Sur de cabo Frío).[Pg 153] Entre estos dos puntos extremos se encuentra situada la señal (Padrao de San Jorge) de la desembocadura del río Zaire ó «Río do Padrâo do Reyno de Congo» (latitud aust. 6° 5′) y la señal del cabo San Agustín (Padrâo do Sancto Agostinho, lat. aust. 13°)[170].

Behaim no nombra nunca á Diego Cam, ni en sus cartas, ni en las aclaraciones de su globo; pero repito que cita claramente y muchas veces esta expedición[171], «en la cual el que ha construído este globo tomó parte y fué enviado por el Rey de Portugal para descubrir lo que Ptolomeo no había visto», llamándola la expedición de dos carabelas de 1484 y 1485. Indica el gran río Zaïre con el nombre que le dió Diego Cam á causa de la señal de piedra (Padrâo de San Jorge), pero tan poco correcto en la antigua ortografía portuguesa, como en la de su propia lengua, llama al Zaïre, no río de Pedrâo, sino río de Patrón. Todos nuestros mejores mapas modernos han conservado la costumbre de nombrar al cabo al Sur de la embocadura del Zaïre Cabo Padrón.

El conocimiento que Behaim tenía de la factoría de Angra de Gato[172] y del santo personaje[173] que sólo[Pg 154] enseñaba la punta del pie por detrás de una cortina de seda, y de quien los misioneros cristianos enviados á Asia y Africa se sirvieron durante tres siglos para mixtificar á los soberanos de Europa, prueban también,[Pg 155] al parecer, la existencia de relaciones íntimas entre Martín Behaim y Diego Cam. Como este último hizo dos viajes («descubrió por duas vezes», dice Barros), podría suponerse que Behaim sólo le acompañó en la primera expedición de 1484, lo cual no explicaría, sin embargo, ni el error de una señal colocada, según el globo de Nuremberg, el 18 de Enero de 1485 en la bahía de la Tabla, ni la posibilidad de que Behaim fuera el 18 de Febrero de 1485 al convento de Alcobaça para recibir la orden de caballero del Cristo.


[Pg 156]

VII.

Martín Behaim y Magallanes.

«No hablaré, dice Voltaire en el Estudio sobre las costumbres, de ese ciudadano de Nuremberg, de quien fabulosamente se asegura que fué en 1460 al estrecho de Magallanes.» Pretensión tan absurda, y sin embargo, tan repetida, merecería escasa atención, si no hubiera en la vida de Magallanes y hasta en el relato que de la expedición de este marino hizo Antonio Pigafetta algo tan extraordinario que, al parecer, obliga al historiador á someter el problema á concienzudo examen.

Creo que arrojará nueva luz sobre hechos que á primera vista parecen singularmente enigmáticos, un dato que he tomado de una antiquísima edición de la Geografía de Ptolomeo.

Dos obras de cuya autoridad no puede dudarse: las Décadas de Antonio de Herrera, y el Manuscrito de Pigafetta, conservado en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, y publicado por el Sr. Amoretti en 1800, dan á conocer la influencia que ejerció Behaim en el descubrimiento del estrecho patagónico. Merece preferencia la autoridad de Pigafetta, por ser uno de los diez y ocho[Pg 157] compañeros de Magallanes que tuvieron la dicha de volver á Europa el 6 de Septiembre de 1522. «Prætore Portugallico Fernando, ab insularibus bello exagitatis in regione aromatum æquatori vicina interfecto, quatuorque reliquis é classicula quinque navium deperditis, una tantum regressa est, dicta Victoria, cribro terebratior», escribe el mismo mes Pedro Mártir de Anghiera al Obispo de Cosenza[174].

[Pg 158]

Pero la obra que poseemos de Pigafetta no es el mismo Diario que tan cuidadosamente redactó día por día hasta el 9 de Julio de 1522 en que llegó á la isla de Santiago de Cabo Verde, y supo que los portugueses habitantes de dicha isla llamaban jueves al mismo día que según su Diario era miércoles. «Mi sorpresa, dice Pigafetta, fué tanto más grande[175], cuanto que por no haber estado enfermo durante el viaje, tenía indicados sin interrupción todos los días de la semana. Posteriormente advertimos que no había ningún error, y que, viajando siempre hacia Occidente y siguiendo el camino del sol, al volver al mismo sitio debíamos haber ganado veinticuatro horas.»

El verdadero Diario de Pigafetta fué presentado al emperador Carlos V. Lo que existe en la Biblioteca Ambrosiana es el extracto de otro Diario enviado al Papa Clemente VII y al gran maestre de Rodas, Felipe de Villiers de Lisle Adam.

Indudablemente López de Castanheda, Barros y Herrera[Pg 159] tuvieron á la vista las notas originales del piloto más instruído de la expedición, Andrés de San Martín. Herrera, que pudo disponer libremente de los archivos de Felipe II desde 1596, y que en 1601 había publicado ya las cuatro primeras décadas de su historia, encontraría el Diario del piloto entre gran número de documentos que después se han perdido, y ha dado, desgraciadamente sin comprenderlos, extensos detalles de observaciones astronómicas, tanto respecto á las latitudes, como á las tentativas, bastante infructuosas, de aplicar los preceptos que Ruy Faler ó Faleiro (ó del demonio familiar de este astrónomo) le había enseñado para encontrar las longitudes por la declinación[176] de la Luna, las ocultaciones de las estrellas, la diferencia de altura de la Luna y de Júpiter[177] y las oposiciones de la Luna y de Venus[178].

[Pg 160]

Las nociones publicadas por Herrera sobre la primera expedición alrededor del mundo, son las más circunstanciadas: las de los autores portugueses, por lo demás muy recomendables, no podían ser igualmente detalladas, porque se debían á comunicaciones parciales y clandestinas llegadas de la India. El embajador veneciano Contarini habla también desde el año 1522 del día perdido.

Examinemos primero los documentos alegados en favor de Martín Behaim, documentos anteriores á la partida de Magallanes. Cuando éste, diez años después de la muerte del geógrafo alemán, irritado por la ingratitud del Gobierno portugués en la India, con una pierna lisiada por un lanzazo, temerario en sus proyectos, inflexible al ejecutarlos, presentóse por primera vez á la corte de España en Valladolid y mostró á Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de Burgos, «un globo bien pintado», en el cual estaba marcada la ruta que pensaba seguir, dejó en blanco, como era de suponer, el estrecho, para que no le pudieran robar su secreto. Como los ministros[Pg 161] del Rey (sin duda el cardenal Ximénez y monseñor de Gebres) le apremiaban con preguntas, Magallanes les confió que iría primero á tocar en el cabo de Santa María, es decir, en la desembocadura del Río de la Plata (Rio de Solís) y que desde allí seguiría la costa (al Sud) hasta hallar el estrecho; si no encontraba el paso al otro mar (porque los ministros objetaban la posibilidad de no encontrarlo), iría á las Molucas por el camino de los portugueses, es decir, por el cabo de Buena Esperanza. Añadió que estaba tanto más seguro de encontrar un estrecho, cuanto que lo había visto (sin indicar el lugar) «en una carta marina construída por Martín de Bohemia, portugués, natural de la isla de Fayal, cosmógrafo de gran reputación, carta que le había dado mucha luz acerca del estrecho.»

Tal es la relación que hace Herrera[179] de la primera entrevista de Magallanes con los españoles en 1517. Transcurrieron dos años antes de que la expedición pudiera darse á la vela (el 10 de Agosto de 1519). Los diplomáticos portugueses trabajaron tenazmente, mientras permaneció la corte en Barcelona, para desacreditar al jefe de la expedición, diciendo que era un aventurero ligero, hablador é indigno de confianza[180].

[Pg 162]

He aquí el testimonio de Pigafetta[181], amigo personal de Magallanes y (según se ve en la narración del terrible suceso ocurrido en Río San Julián, cuando el tesorero Luis de Mendoza fué descuartizado) inclinado á enaltecer la reputación de su jefe. «El 21 de Octubre de 1520 encontramos un estrecho, al cual dimos el nombre de las once mil Vírgenes, por ser el día consagrado á ellas. Sin el saber de nuestro capitán, no se hubiera podido desembocar este estrecho porque todos creímos que estaba cerrado; pero nuestro capitán se había informado de que debía pasar por un estrecho singularmente oculto, habiéndole visto en una carta conservada en los archivos (tesorería) del Rey de Portugal y dibujada por un cosmógrafo excelente, Martín de Bohemia.»

Estos testimonios, tomados de escritos contemporáneos (porque claro es que Herrera poseía el Diario de San Martín), prueban dos cosas: primero, que Magallanes había visto en una carta en Portugal[182] el estrecho[Pg 163] que buscaba al Sud de la desembocadura del Río de la Plata; segundo, que atribuía esta carta á Behaim, muerto hacía diez años en las Azores.

Es bastante raro que, dada su aversión patriótica contra España, el mordaz é ingenioso historiógrafo de la India portuguesa, Barros, no haya procurado rebajar el mérito del traidor recordando que el descubrimiento del estrecho no se debió á su sagacidad, sino á haber visto una carta marina conservada en los archivos del rey D. Manuel. Este silencio de Barros parece probar que la tradición de la supuesta previsión de Behaim no había llegado á las Molucas.

Compréndese, en efecto, que Magallanes tuviera más interés en hablar de la existencia de un estrecho como de cosa indudable y conocida de cosmógrafos célebres antes de haber llegado á él y cuando sólo trataba de inspirar confianza en sus proyectos, que más tarde, cuando pasó al Océano Pacífico.

Las traducciones del viaje de Benzoni y las numerosas obras del orientalista Guillermo Postel[183] contribuyeron[Pg 164] mucho á propagar la idea de que Magallanes no había hecho más que seguir la ruta indicada por Behaim. Postel también, como antes he indicado, sólo habla de «Fretum Martini Bohemi á Magaglianesco Lusitano alias nuncupatum, quodque terram incognitam australem ab Atlantide (America) separat».

Ante todo, expondré la serie de los descubrimientos hechos en la costa oriental de la América del Sur hasta la época en que Magallanes vino á hablar del estrecho al Obispo de Burgos. Los datos parciales que voy á referir fúndanse en el atento estudio de documentos recientemente publicados.


[Pg 165]

VIII.

Primeros descubrimientos en la costa oriental de América.

Cristóbal Colón[184] comenzó su tercer viaje el 30 de Mayo de 1498, partiendo de Sanlúcar. El 1.º de Agosto del mismo año descubrió la Tierra Firme del delta del Orinoco (isla Santa), y cuatro días después hizo desembarcar[Pg 166] su tripulación por primera vez en el continente americano equinoccial, en el golfo de Paria (en la costa de la isla de Gracia).

[Pg 167]

El descubrimiento que hizo Sebastián Cabot de la América septentrional, desde la bahía de Hudson hasta el sur de Virginia, con un barco de Brístol (the Matthew) data del verano de 1497.

[Pg 168]

Alonso de Ojeda, acompañado de Juan de la Cosa y de Amerigo Vespucci (Ojeda nombra á este último, Morigo Vespuche, en el pleito del Fiscal contra los herederos de Colón, según se ve en la 5.ª pregunta del mismo), partió el 19 de Mayo de 1499, y tocó tierra á fin de Junio del mismo año en las costas de Surinam hacia el 6° de latitud boreal. A su vuelta vió las desembocaduras de río Esequibo y del Orinoco.

Vicente Yáñez Pinzón, el mismo que mandaba la Niña en el primer viaje de Colón, salió de Palos á principios de Diciembre de 1499, atravesó por primera vez el Ecuador en la región americana del Océano Atlántico, y el 20 de Enero de 1500 descubrió el cabo de San Agustín, llamado por Pinzón (Pleito, preg. 7.ª; Navarrete, t. III, páginas 547 y 552) cabo de Santa María de la Consolación, latitud austral 8° 19′. Vió, por tanto, una parte del Brasil, la provincia de Pernambuco, cuarenta y ocho días antes de la partida de Cabral, á quien generalmente se atribuye el descubrimiento del Brasil. Favorecido por las corrientes de ESE. al ONO. (porque hacia la parte más convexa y más oriental de la América meridional, como hacia la parte cóncava del Africa en la bahía de Biafra, que parece corresponderle, las corrientes se dividen y cambian de dirección), Vicente Yáñez Pinzón siguió la costa al Oeste del Cabo de San Roque (lat. aust. 5° 28′), y descubrió la desembocadura del Amazonas, que llamó Paricura.

Del mismo puerto de Palos, y poco después de la partida de Vicente Yáñez Pinzón, probablemente en los últimos días del año 1499, salió Diego Lepe. Siguió la misma ruta y tocó también en el Cabo de San Agustín (Cabo de Santa María de la Consolación; después Cabo[Pg 169] de Santa Cruz, según Manuel de Valdovinos). Fué el primero que en la desembocadura del Iviapare ú Orinoco, por medio de un artificio improvisado (escalfador de barbero), que sólo podía abrirse en el fondo del agua, reconoció que en una profundidad de ocho brazas y media, las primeras dos brazas del fondo eran de agua salada, cubierta hacia la superficie de agua dulce (testimonio del médico García Hernández en el pleito: Navarrete, t. III, pág. 549).

Desde la desembocadura del río de las Amazonas volvió á la costa de Paria.

Tiene de notable la expedición de Lepe que dobló el cabo de San Agustín, llamado por él Rostro Hermoso (Pleito del Fiscal, 8.ª pregunta; Navarrete, t. III, páginas 319 y 553), y observó que más allá de este cabo continúa la costa del Brasil en dirección SO., como así es (véanse las hermosas cartas hidrográficas del almirante Roussin), entre los 8° y los 13° de latitud austral. Esta observación pudo generalizar desde 1500 la idea de la configuración piramidal de la América del Sur.

No cito después de Lepe, ó como formando parte de esta expedición, al comendador Alonso Vélez de Mendoza, cuyo viaje, á pesar del testimonio oficial del piloto Juan Rodríguez Serrano, es dudoso. (Navarrete, t. III, páginas 319 y 594).

Pedro Alvarez Cabral, enviado por el rey D. Manuel de Portugal a las Indias orientales (á Calicut), por el camino de Vasco de Gama, queriendo evitar (Barros, década I, lib. V, cap. I, t. I, pág. 386) las calmas del golfo de Guinea y los vientos de SO. que soplan entre los cabos Palma y López, impensadamente llegó á tierra el 24 de Abril de 1500 en las costas del Brasil, hacia el[Pg 170] décimo grado de latitud austral; por consecuencia, entre Porto Francés y la desembocadura del río San Francisco (probablemente cerca del río Liquia), á la extremidad meridional de la provincia de Pernambuco, á 15 ó 20 leguas marinas de los parajes que los españoles Vicente Yáñez Pinzón y Diego de Lepe habían reconocido tres meses antes.

Compréndese por la curiosa carta que el rey D. Manuel escribió á los Reyes Católicos el 29 de Julio de 1501 (Navarrete, t. III, Doc. núm. 13, pág. 94), que en Portugal no se adivinó la posibilidad de estar unida esta tierra, llamada Terra Santa Cruz, y habitada por una raza cobriza de cabellos lacios, á la tierra de Paria, cuyo descubrimiento era conocido en España desde el mes de Diciembre de 1498; pero se preveía desde entonces (lo cual es muy notable), la importancia que una tierra situada, por decirlo así, en el camino del Cabo de Buena Esperanza debía tener para la navegación de la India («La qual tierra parece que milagrosamente quiso nuestro Señor que hallase, porque es muy conveniente y necesaria para la navegacion de la India, porque allí Pedro Alvarez reparó sus navíos y tomó agua»).

El exacto conocimiento que hoy tenemos de la multiplicidad de estas corrientes ó ríos pelásgicos de distintas temperaturas que atraviesan el gran valle longitudinal del Atlántico, explica fácilmente la derivación extraordinaria hacia el O. que sufrió la escuadrilla de Cabral. Cometióse la imprudencia de atravesar el Ecuador en una longitud demasiado occidental, y por efecto de la corriente ecuatorial media (empleo la nomenclatura del mayor Rennell), entróse en la corriente del Brasil, que sólo es la continuación de la corriente equinoccial, modificada[Pg 171] por la configuración del continente americano.

Desde el décimo grado de latitud austral costeó aún Cabral durante algunos días la costa americana hacia el Sur hasta Puerto Seguro, y desde allí dirigió el rumbo, favorecido quizá por la corriente (southern connecting current), que impulsa al ESE. en dirección del banco Agulhas, al Cabo de Buena Esperanza, donde pereció Bartolomé Díaz en un naufragio, al Sur de la bahía de Algoa, según antes dije.

Durante los años de 1505 á 1507 ocupóse con preferencia la corte de España en que se buscara un camino directo hacia el Oeste para llegar «al nacimiento de la especería», descubriendo al efecto algún estrecho en las costas meridionales del Brasil. Vespucci, á quien Colón había recomendado eficazmente (carta de Sevilla de 15 de Febrero de 1505), Vicente Yáñez Pinzón, Juan de la Cosa y Solis, fueron consultados para una grande expedición que debía partir en Febrero de 1507; pero que, por las influencias portuguesas y la escasa armonía que reinaba entre Fernando el Católico, á su vuelta de Nápoles, y su yerno el rey Felipe I, fracasó. Esta fué la época en que estuvo favorecido Vespucci (Herrera, déc. I, lib. VI, cap. 16; lib. VII, cap. 1, t. I, páginas 142 y 148; Navarrete, t. III, páginas 47, 294, 302 y 321).

Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís partieron de Sanlúcar el 29 de Junio de 1508, y reconocieron la costa desde el cabo de San Agustín hasta el paralelo de 40° Sur, cerca del río Colorado, pero sin ver la desembocadura del Río de la Plata, que está 5° más al Norte.

Vasco Núñez de Balboa vió el mar del Sur el 25 de Septiembre de 1513, desde lo alto de la Sierra de Quarequa[Pg 172] (Pedro Mártir, ep. 540, pág. 296), y algunos días después, cuando Alonso Martín, de Don Benito, encontró una bajada al golfo de San Miguel, y en una canoa fué el primero en navegar por dicho mar, Balboa, siguiendo por el camino que los indígenas abrieron, entró espada en mano en el agua hasta llegarle á las rodillas para tomar posesión del Océano nuevamente descubierto. Los éxitos de Balboa sólo duraron cuatro años, porque en 1517 le decapitaron por orden de su mortal enemigo Pedrarias Dávila (ó con más exactitud Pedro Arias de Avila) y del licenciado Espinosa. Había escrito poco tiempo antes al rey Fernando, en carta encontrada en los archivos de Sevilla, «que V. A. mande que ningund bachiller en leyes y otro ninguno, si no fuere de medicina, pase á estas partes de la tierra firme, porque ningund bachiller acá pasa que no sea diablo y tienen vida de diablos» (Navarrete, t. III, doc. 4.º de la sec. 3.ª).

Juan Díaz de Solís fué el encargado «de pasar al mar del Sur á espaldas de Castilla de Oro (parte NO. de la América meridional) y avanzar 1.700 leguas más allá de la línea de demarcación; de reconocer si Castilla de Oro es una isla, y de enviar á la isla de Cuba la figura de la costa, si algún estrecho ó abertura hacía posible este envío» (Navarrete, t. III, docs. 35 y 36). No se ejecutó ninguno de estos vastos proyectos de descubrimiento de un estrecho ó de circunnavegación de la América del Sur para llegar á la costa occidental del gobierno de Pedro Arias de Avila, parte de la Tierra Firme, situada entre Veragua (gobierno de Diego de Nicuesa)[185] y el[Pg 173] golfo de Uraba, donde principiaba el gobierno de Ojeda, y oficialmente embellecida en las cédulas reales de 27 de Julio y 2 de Agosto de 1513 con el hermoso nombre de Castilla de Oro[186] y Castilla de Aurifia (sin duda aurífera).

Juan Díaz de Solís murió durante sus éxitos, después de llegar en el reconocimiento de las costas occidentales de América hasta los 36° de latitud austral. Salió del puerto de Lepe el 8 de Octubre de 1515; llegó al cabo de San Roque del Brasil (lat. 5° 28′ 17″ Sur); diseñó el yacimiento de la costa, doblando, como lo hicieron Vicente Yáñez Pinzón y Diego de Lepe, el cabo de San Agustín (cabo de Santa María de la Consolación ó de Rostro Hermoso), hasta la bahía de Río Janeiro; tocó, favorecido siempre por las corrientes que se dirigen al SSO. en el cabo de la Cananea (lat. 25° 10′), en la isla de la Plata (hoy Santa Catalina) (lat. 27° 36′), en las islas de los Lobos, cerca de Maldonado, y, en fin, en el puerto de Nuestra Señora de la Candelaria, que se creyó estaba á los 35° de latitud austral, probablemente entre Maldonado (lat. 34° 53′ 27″) y Montevideo (latitud 34° 54′ 8″). Allí descubrieron los españoles esa gran abertura de la mar dulce que llamaron río de Solís. Después de anclar en el interior del río, cerca de una isla (islote de Martín García), cuya latitud austral se fijaba[Pg 174] en 34° 40′, los indígenas asesinaron á Solís y á ocho de los que le acompañaban; probablemente en Agosto de 1516. Herrera (déc. II, lib. I, cap. 17; déc. IV, lib. I, cap. 1; Mem. of Seb. Cabot, 1831, pág. 104) nos ha conservado una parte del Diario de la expedición, al menos los detalles de las posiciones, que demuestran notable progreso desde Colón en la precisión de las observaciones de las alturas meridianas del sol.

Aunque Gomara lo niega, parece que la denominación de Río de Solís fué cambiada por la de Río de la Plata, cuando la expedición de Diego García en 1527, quien encontró allí placas de plata, que probablemente procedían de las minas de Potosí, en manos de los indios guaranís. «Fueron las primeras muestras americanas de este metal que se recibieron en España», según asegura Herrera; pero dudo de la exactitud de esta noticia.

Los reyes aztecas hacían explotar las minas argentíferas de Tasco (Tlachco, en la provincia mejicana de Cohuixco), que yo he visitado (Essai pol., t. III, pág. 115, segunda edición). Cortés dice en sus cartas á Carlos V[Pg 175] que eran comunes los vasos de plata en Tenochtitlán, y Herrera olvida que el conquistador de Méjico desembarcó el 19 de Septiembre en la playa de Veracruz (Chalchicuecan), y que, llegado á la capital, mandó fabricar á los plateros indígenas (aztecas) desde los primeros días, conforme á los modelos españoles, no sólo cuchillos y cucharas de plata, sino también figurillas de santos para enviarlas á Europa; por tanto, las muestras de plata americana debieron ser vistas siete ú ocho años antes que Diego García y Sebastián Cabot se encontraran en el Río de Solís, en la costa perteneciente hoy á la República Argentina.

En vista de los datos cronológicos expuestos en este resumen de descubrimientos, superfluo sería refutar la opinión de los que atribuyen á Cabot el descubrimiento del Río de la Plata.

En Valladolid, en 1517, fué donde Magallanes manifestó sus proyectos de descubrir un estrecho que pretendía haber visto trazado en un mapa de Behaim.


[Pg 176]

IX.

Influencia de la configuración de África en las ideas
sobre la que debía tener América.

En esta larga serie de descubrimientos desde la desembocadura del Orinoco hasta la del Río de la Plata, la época de la muerte de Martín Behaim coincide con los grandes armamentos que preparaba la Corte de España para buscar hacia el Sur el paso á la tierra de las especias, siendo uno de sus resultados más importantes la expedición de Pinzón y de Solís al Río Colorado, á los 40° de latitud austral (en 1508).

En geografía como en historia, los hechos y las opiniones influyen entre sí mutuamente, y con frecuencia acaban por confundirse. Modifican esta reacción ó influencia recíproca el carácter del siglo, los intereses dominantes y la autoridad de algunos hombres notables.

El curso del Níger y el emplazamiento de esa ciudad africana (Tombuctu), cuya miseria actual contrasta con su antiguo esplendor comercial, presenta en los estudios geográficos notable ejemplo de esas fluctuaciones de hipótesis y de hechos imperfectamente conocidos. Un descubrimiento que llama mucho la atención modifica las[Pg 177] opiniones, y la que de éstas domina por el momento, da una dirección especial á las empresas marítimas. Cuando los resultados de las nuevas exploraciones no confirman las hipótesis forjadas de antemano, no por eso dejan de consignarse éstas en los mapas, donde á veces quedan estereotipadas durante siglos.

Para reunir dos épocas muy apartadas, citaré como ejemplos: 1.º, el mapa de América de Ruysch, publicado en la edición romana de Ptolomeo en 1508 (dos años después de la muerte de Colón), mapa que, conforme á las opiniones sistemáticas, reune simultáneamente la Groenlandia (Gruentland) y Terra nova (Insula Bacalauras), á los Gog y Magog del Asia Oriental, y las partes occidentales de la isla de Cuba á la Florida; 2.º, una obra muy moderna y estimadísima por muchos conceptos, la cuarta edición del mapamundi de Purdy, en el cual, á pesar de cuanto hoy se sabe[187] tanto sobre el origen y la emigración de Occidente á Oriente del mito del Dorado, como sobre el terreno comprendido entre las fuentes del Carony y del Río Branco, al Sur de la cordillera de Pacaraina, el lago Parima está figurado como una cuenca de 30 leguas de diámetro, casi lo mismo que lo representa Joducus Houdius.

Las cartas geográficas expresan las opiniones y los conocimientos más ó menos limitados del que las ha formado, pero no figuran el estado de los descubrimientos. Lo que se encuentra dibujado en los mapas (especialmente en los siglos XIV, XV y XVI) es una mezcla[Pg 178] de hechos comprobados y de conjeturas presentadas como hechos.

Sería sin duda desconocer los progresos de la geografía y las causas que los han apresurado, desacreditar los ingeniosos procedimientos del arte que combina lo conocido con lo desconocido. Los resultados de estos procedimientos sólo son temibles cuando el trazado de los mapas no presenta los medios de conocer lo que ha sido visto y lo que se supone que puede existir.

No debe perderse de vista en este problema la influencia que han ejercido en la representación del trazado de las costas y en la configuración general de los continentes, las opiniones, las conjeturas y los deseos excitados por los grandes intereses políticos y comerciales. Esta anticipación de las conjeturas á los descubrimientos reales y positivos, y los motivos más ó menos sólidos en que se funda, nos darán alguna luz acerca de la convicción que Magallanes tenía desde 1517 de la existencia de un estrecho que no descubrió hasta 1526.

Desde la expedición de Diego de Lepe (1500), y la observación que hizo este navegante de que, doblando el cabo de San Agustín, la costa empezaba á tomar la dirección de SO., podía conjeturarse en Europa la forma piramidal de la América del Sur. Las relaciones de posición geográfica de esta mitad del Nuevo Continente y del Africa son tales (y este hecho notable ha influído probablemente también, en el origen de las cosas, en la desigual prolongación de las tierras hacia el polo austral), que la gran convexidad del continente americano (el vasto promontorio brasileño), correspondiente á la sinuosidad opuesta del Africa, lejos de estar en el mismo[Pg 179] paralelo con el golfo de Guinea, encuéntrase á trece grados y medio más al Sur.

Desde Cabo Verde á la desembocadura del Gambia, el Africa occidental se inclina ya al SE. á 15° de distancia del Ecuador, mientras en la América del Sud hasta el paralelo de 5° de latitud austral continúa prolongándose de NO. á SE.

La creencia de que era posible la circunnavegación del Africa, subsistió desde la más remota antigüedad á través de toda la Edad Media. Fundábase, no diré en hechos comprobados (los restos de los barcos españoles encontrados en las costas del mar Rojo no los constituyen seguramente), sino en la creencia de estos hechos y en el conocimiento más ó menos exacto de la forma trapezoidal ó piramidal del continente.

Mientras no se recorrían más que las costas occidentales hasta el cabo Bojador y las orientales hasta el Norte de cabo Aromata (Guardafuí), podía suponerse que Africa, lejos de estrecharse hacia el Sud, continuaba ensanchándose, y esta fué en efecto la opinión de Maríno de Tyro y de Ptolomeo[188], que desde el promontorio[Pg 180] Prasum, al Sur del cabo Raptum, prolongaban el Africa oriental hacia el Este para unirla por medio de una tierra desconocida (especie de tierra austral) á Cattigara y al oriente de Asia.

Si se admite que esta ficción llega á la época de Hipparco y por tanto á la escuela de Alejandría, siglo y medio antes de nuestra era, y se compara el estado de los descubrimientos geográficos correspondiente á los tiempos de Eratosthenes, de Cratés de Malles (confundido por Mr. Gossellin en su Rech. geogr., t. I, pág. 104, con Cratés, el Cínico al hacerle, contemporáneo de Alejandro), de Posidonio y de Strabón, que admiten la posibilidad de la circunnavegación de Africa, con el que tenían en tiempo de Hipparco, de Maríno de Tyro y de Ptolomeo, se llega al triste resultado de que, en la antigüedad, las opiniones recientes son con frecuencia menos exactas que muchas de las que le precedieron (tres siglos transcurrieron entre Cratés, el comentador de Homero, y Ptolomeo).

[Pg 181]

En efecto; los sistemas, fruto de ciertas predilecciones ó de deferencia á la autoridad de un hombre celebre, permanecen independientes de los progresos de los descubrimientos y de la extensión creciente de la navegación. A pesar de estos cambios de opiniones, triunfa la idea de un mar libre y contiguo que baña la extremidad austral del Africa.

El gran crédito que dos escritores de mediana importancia, Mela y Solino[189], gozaban en España, en la patria de San Isidoro, en ese mismo país que llegó á ser en la Edad Media el centro de la literatura geográfica de los árabes, contribuyó mucho á rectificar las inducciones que en pro de la circunnavegación de Africa podían sacarse del comercio de la India, del golfo Pérsico[Pg 182] y del Yemen con las costas de Azania, de Zanzíbar (Zanguébar), de Soffala y de la isla de San Lorenzo, el Magastar (Madagascar) de Marco Polo, cuyo litoral estaba desde muy antiguo habitado por tribus árabes.

Largo tiempo antes de Bartolomé Díaz y de Vasco de Gama, vemos la extremidad triangular de Africa representada en el planisferio de Sanuto, 1306, anejo al Secreta fidelium crucis y publicado por Bongars[190], en el Portulaneo della Mediceo Laurenziana de 1351, obra genovesa que el conde Baldelli ha dado á conocer[191] en el Planisferio de la Palatina de Florencia de 1417, discutido por el cardenal Zurla[192], y sobre todo, en el famoso mapamundi de Fra Mauro, construído en los años de 1457 á 1459[193]. Este último mapa[Pg 183] especialmente, anterior en cuarenta años á la circunnavegación de Vasco de Gama, es el que presenta con mayor claridad el promontorio del Africa austral, con el nombre de Capo di Diab.

La configuración de esta extremidad del continente merece particular atención. Presenta el aspecto de una isla triangular, en la cual al NE. del Capo di Diab (nuestro cabo de Buena Esperanza) se encuentran inscriptos los nombres de Soffala y de Xengíbar, y está separada de la Abassia (la Abisinia), según las propias palabras del autor del mapamundi, «por un canal rodeado de altas montañas y frondosas selvas». Este canal, que tiene la dirección de NNE. á SSO. es tan estrecho, «que reina en él perpetua oscuridad y los remolinos que forma el agua hacen peligrar los barcos.» Tales indicaciones y el aspecto del mapa prueban que se figura la extremidad del continente como separada de la gran masa más boreal por un estrecho, que recuerda involuntariamente el de Magallanes.

Una inscripción puesta al lado del cabo de Diab indica que en 1420 dobló dicho cabo un barco indio, Zoncho de India (Junco de la India), viniendo del Este en busca de las islas de los Hombres y de las Mujeres (habitadas separadamente por los de cada sexo), que están más allá; y que después de cuarenta jornadas y de andar más de 2.000 leguas sin encontrar más que aire y agua, el buque indio volvió en setenta jornadas de navegación al cabo Diab, donde los marineros encontraron en la playa un huevo del tamaño de un tonel, que se reconoció ser del ave Crocho[194].

[Pg 184]

Observaré primero que esta dirección del rumbo del barco hacia el Oeste para buscar las Amazonas es contraria á la opinión generalmente admitida de que dichas mujeres, á quienes Marco Polo atribuye un obispo cristiano, y que no se comunicaban con los hombres sino durante la primavera, vivían muy cerca de Socotora (la Scara, según algunos manuscritos de Marco Polo, y la Scoria de Behaim).

Marsden[195], en su sabio comentario del viajero veneciano, sitúa l’Isola Mascola é Femina del Milione (libro III, cap. 33) á la entrada del golfo de Aden, entre Socotora, célebre por un mito árabe, relativo á una colonización que Aristóteles aconsejó á Alejandro, y el cabo de Guardafuí, y cree que estas islas de Marco Polo son los islotes de las Hermanas (Abd al Curia).

La ficción de las Amazonas ha recorrido todas las regiones, y corresponde al círculo uniforme y estrecho en el que la imaginación poética ó religiosa de todas las razas de hombres y de todas las épocas, se mueve casi instintivamente. Apenas descubrió Cristóbal Colón las Pequeñas Antillas al fin de su primer viaje, creyóse ya en las inmediaciones de una isla (Matinino) habitada por mujeres solas, «algunas de las cuales hubiera querido[Pg 185] coger para presentarlas á la reina Isabel»[196].

El barco indio de que habla Fra Mauro, buscaba en 1420 («verso ponente fuora del Cavo de Diab»), á través de las Isole verde y de los bancos de bruma del mare tenebrosum, las islas de hi Homeni è de le Done. Estas palabras que cito textualmente indican por lo menos que el mito árabe de las Amazonas no se refería á una localidad bien determinada. No se trata, pues, aquí de una de esas islas situadas en el vasto archipiélago[197] que Edrisi figura dirigido de O. á E. desde[Pg 186] la costa meridional del Yemen hasta la extremidad oriental del mar de Sind, frente á una costa de Africa que por Barbara (Cafrorum terra, Edrisi, ed. Hartm. p. 98), Alzung (Terra Zengitana, Hartm. p. 100) y Sefala[Pg 187] (Zofala, Hartm. p. 103-108 y 113) se prolonga también de E. á O. hasta el promontorio africano de Vac-Vac (Vakvak); porque existe una parte continental é islas de este nombre. (Véase el texto de Edrisi, p. 34, «de terra Sofalæ confini et de propinqua insula Vac-Vac.)»

La tierra que busca el Zoncho de la India está al otro lado del cabo austral de Africa, y sólo en el caso de creerle inmensamente alejado al Este del promontorio Vac-Vac y conforme al convencimiento de la redondez de la tierra, generalmente admitido por los geógrafos árabes, hubiera podido llegar, navegando hacia el Oeste al mar Tenebroso (el Atlántico), donde están las isole verde, de las cuales se tenían nociones muy vagas.

Pero mucho más que la situación de una de estas islas fabulosas de los árabes que los navegantes cristianos han poblado de obispos y de monjes, importa el trazado del cabo de Buena Esperanza en un mapamundi de 1459. Los mismos que sospechan algunas adiciones posteriores[198], no las suponen más allá de 1470; de suerte[Pg 188] que las expediciones de Díaz y de Gama son indudablemente diez y siete y veintisiete años posteriores á la ejecución del mapa que nos presenta el Capo di Diab. El conocimiento de la existencia de este promontorio es más notable, porque su nombre mismo parece indicar qué pueblo lo descubrió y qué en general las corrientes[Pg 189] pelásgicas que, según nociones exactísimas adquiridas desde el siglo XIII por Marco Polo en las Indias, impulsan con extrema violencia hacia el SO. y el SSO., impedían á los árabes estacionados en las factorías desde el siglo XII en toda la costa oriental de Africa, desde el cabo Guardafuí hasta Quilloa y Sofala, llevar su navegación más allá del promontorio que los portugueses llamaron después Cabo de las Corrientes (latitud austral 23° 58′).

Temíase pasar la desembocadura meridional del canal de Mozambique, porque se sabía que no era posible volver navegando contra la corriente. «Il mare corre si forte á mezzodi, que á pena se potrebbe tornare» (Marco Polo, lib. III, cap. 35). Resulta, pues, que sólo por noticias de los indígenas y por alguna atrevida expedición, semejante á la que Fra Mauro supone hecha en 1420, pudo conocerse la configuración de la extremidad de Africa. Acaso el barco indio que dobló el cabo Diab á favor de la corriente del Banco de las Agujas (el great Lagullas stream de Rennell) volvió[199], después de estar, como dice Fra Mauro, cuarenta días en el Océano Atlántico, á favor de la contracorriente (southern connecting current), que, reforzada por los vientos del Oeste en latitudes más meridionales, entre los paralelos 37° y 40°, arrastra una parte de las aguas del Atlántico hacia el Este en el Océano de la India, y constituye uno de los rasgos más notables del gran cuadro de los ríos pelásgicos.

El nombre que dió Mauro al promontorio austral de Africa exige algunas explicaciones basadas en conocimientos[Pg 190] lingüísticos más exactos. El Cardenal Zurla ve en el cabo Diab el cabo de los Lobos. En árabe, dsiáb (el colectivo ó pluralis fractus de dsib) significa indudablemente lobos; pero M. Walckenaer[200] en un interesante artículo sobre el mapamundi de Fra Mauro, ha demostrado que esta etimología es menos probable que la de una derivación de la palabra malaya dib ó div, isla.

Las comarcas de Zanguébar y de Mozambique las frecuentaron, antes que los portugueses, los barcos árabes, persas é indios. El nombre dado al cabo puede, por tanto, corresponder á dos familias de lenguas originalmente distintas, á las lenguas semíticas (armenias) ó á las lenguas indo-germánicas. La palabra que comunmente se usa en persa para decir isla, es bendâb (unión de agua, en alemán das Wasserband); pero duab (dos aguas en persa, comarca entre el Jumna y el Ganges), palabra formada regularmente por analogía con la pendjab (la Pentapotamida), confúndese remontando al sanscrito con dvîpa (dvi, dos, y âpa, agua), que significa á la vez isla y península[201].

[Pg 191]

Fernando Colón, aficionado á los rasgos de erudición, dice que el nombre de cabo de Buena Esperanza «ha sido sustituído al de Agesingua», indudablemente corrupción de Agisymba. Este nombre recuerda la problemática[Pg 192] expedición de Julio Materno hacia el límite extremo de la Etiopía, que Maríno de Tyro (Ptolomeo, lib. I, capítulos 7 y 9) quería situar más allá del trópico de invierno, y que dió ocasión á Ptolomeo para entrar en curiosas discusiones de Geografía zoológica.

En el gran siglo de los descubrimientos marítimos, los portugueses recordaron con frecuencia el nombre de Agisymba, y Barros (déc I, lib. X, cap. 1) indica, al parecer, que el nombre de Symbaoé (corte), que los indígenas dan á las antiguas fortificaciones al Oeste de Sofala (lat. austral 20° ó 21°) podría ser muy bien un reflexo de Agisymba de Maríno de Tyro, denominación etiópica que Julio Materno y Septimio Flaco dieron á conocer á los romanos.

Acabamos de ver que la circunnavegación del África austral fué impulsada por el conocimiento de la forma triangular de este continente; por las tradiciones, verdaderas ó falsas, pero religiosamente conservadas de antiguos viajes; por las nociones que los árabes de España, de la Mauritania y de Egipto extendieron desde los[Pg 193] siglos XII y XIII en el comercio árabe, persa é indio con la costa oriental de Africa; finalmente, por los mapamundis que, fundados en las mismas nociones, presentaban, medio siglo antes de Vasco de Gama, la configuración de este cabo, hacia el cual se dirigía la corriente de Mozambique y que bañaban á la vez el Océano Indio y el Océano Atlántico.

La analogía de forma entre Africa y la América del Sur pudo engendrar la misma esperanza de circunnavegación, cuando en 1508 Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís llegaron al grado 40 de latitud austral y vieron la inclinación de las costas de América hacia el Suroeste, desde el cabo de San Agustín, en una extensión de más de 900 leguas marinas. Balboa no había descubierto aún el Océano Pacífico; sin embargo, Colón sabía, poco antes de morir (1506), que este Océano existía y que estaba próximo á las costas orientales de Veragua: sabíalo, no por combinaciones hipotéticas sobre la configuración del Asia oriental, sino por testimonio de los indígenas, quienes, en el cuarto viaje del Almirante, le dijeron que cerca del río de Belén el otro mar vuelve (boxa) hacia Ciguara y las bocas del Ganges, y que estas tierras occidentales (del Aurea, es decir, del Quersoneso de Oro, de Ptolomeo) están relativamente en la misma posición[202] con las costas (orientales)[Pg 194] de Veragua que está Tortosa (en la desembocadura del Ebro) con Fuenterrabía (en las Vascongadas) ó Venecia con Pisa.

Colón buscaba, como dice su hijo (Vida del Almirante, cap. 90), el estrecho de Tierra Firme; pero la palabra estrecho ocasiona en todas las lenguas equivocaciones, «pudiendo ser de agua ó de tierra»; por tanto, un paso ó un istmo. El Almirante fué con frecuencia engañado por los intérpretes que, en su nombre, se informaban de la forma de las tierras.

Sorprende ver que la analogía con Africa no infundiera la esperanza de una circunnavegación (el proyecto de dar la vuelta á la parte austral del Nuevo Continente) antes que la convicción de la existencia de un estrecho. En los documentos oficiales, sobre todo en los que datan de los años de 1505 á 1507, la vía por la cual se llegaba á las especias no está verdaderamente indicada con claridad, y, sin embargo, con frecuencia se habla del estrecho «por el cual los mismos portugueses deseaban buscar un camino más corto para llegar á las islas de las especias».

Cuando posteriormente (dos años después de la expedición de Balboa y del descubrimiento del mar del Sur) recibió Solís el encargo de navegar «á espaldas de Castilla del Oro», es decir, de visitar las costas occidentales de esta provincia, se le prescribió ir primero al Sur, sin especificar si doblaría el cabo que debía formar la extremidad austral del continente. La palabra abertura del continente no consta en la instrucción de 24 de Noviembre de 1514 (según lo expresé antes al enumerar las expediciones hechas desde 1498 á 1517), sino como medio de comunicar con la isla de Cuba[Pg 195] «luego que llegaredes á las espaldas de donde estuviere Pedrarias enviarleeis un mensagero, con cartas vuestras para mi, con la figura de la costa, é continuareis vuestro camino; é si la dicha Castilla del Oro quedare isla é obiere abertura por donde podais enviar otras cartas vuestras á la isla de Cuba, enviadme otro hombre por alli, haciendome saber lo que hobieredes hallado, despues que me hobieredes escrito por via de Pedrarias, é la figura de lo que hobieredes descubierto.»

He aquí cómo concibo el sentido de esta notable instrucción. Cuando hayáis llegado á la espalda (á la costa occidental) del gobierno de Pedrarias, comunicaréis con él (por tierra) y continuaréis vuestro camino (hacia el Norte, para llegar al paralelo de Cuba). Si entonces descubrís que este gobierno de Pedrarias (Pedro Arias de Avila) ó la Castilla del Oro es una isla y que existe alguna abertura (de la costa) por donde podáis enviar otros despachos á la isla de Cuba, haréis pasar un mensajero por este estrecho, para que yo sepa lo que habéis hecho desde la primera carta entregada á Pedrarias. Supónese el estrecho hacia el Norte del Darien «despues de haber comunicado con Pedrarias». Toda esta expedición se llama un viaje á la parte del Sur (Real nombramiento de contador de la armada de Solís del 22 de Julio de 1515), y como por el Sur debe llegar la expedición á espaldas de Castilla del Oro y la instrucción de 1514 sólo dice, si encontráis otro estrecho (otra abertura) para enviar un despacho á Cuba, podría creerse que Solís esperaba rodear la extremidad austral de América para entrar en el mar descubierto por Balboa. Esta inducción me parece natural; pero[Pg 196] Herrera[203], que muy bien pudiera no haber visto los mismos documentos, es de opinión contraria, pues dice pura y simplemente que Solís debía ser enviado (en 1515) hacia el Sur, porque, según las opiniones de los cosmógrafos, «podría haber por allí un paso para llegar á las islas de las especias».

Iguales dudas existen respecto á las instrucciones y esperanzas de Magallanes. Este marino portugués no habla de circunnavegación, de un cabo semejante al que doblaron Díaz y Gama, y sólo indica un medio de conseguir buen éxito, el de seguir la costa más allá del cabo de Santa María á la desembocadura del río de Solís (río de la Plata) hasta encontrar el estrecho que había visto señalado en el mapa de Behaim.

Hemos expuesto antes los testimonios de este hecho, tomados de los documentos coetáneos del Diario de Pigafetta y de los Diarios de los pilotos que Herrera tuvo á su disposición. Magallanes pudo atribuir equivocadamente al cosmógrafo de Nuremberg, cuyo nombre gozaba gran celebridad, lo que no era obra suya (errores de esta clase hasta hoy mismo son frecuentes); pero no se trata aquí tanto del autor de un mapamundi, como de la influencia que éste ejerció en la previsión de un descubrimiento real.


[Pg 197]

X.

Las expediciones clandestinas.

He manifestado anteriormente cómo pudo ser figurado al cabo austral de Africa en un mapa de Fra Mauro, treinta años antes de que Díaz lo doblase; pero ¿cómo explicar la indicación de un estrecho americano en un mapa portugués antes del viaje de Magallanes?

Recordaré las circunstancias que pueden haber hecho conjeturar la existencia de un paso, y debe advertirse que en la Edad Media las conjeturas se dibujaban religiosamente en los mapas, como lo prueba la Antilia, San Brandón ó Borondón, la Mano de Satán, la isla Verde, la isla Maida y la configuración de las vastas tierras australes.

Al lado de las expediciones autorizadas por el Gobierno español, y cuya lista completa hemos dado anteriormente, hubo viajes clandestinos, emprendidos por cuenta de otras naciones ó por súbditos españoles que querían engañar al fisco. Cuando Alonso de Ojeda en 1501 partió por segunda vez para reconocer la costa de Venezuela, después de haber sido nombrado gobernador de Coquivacoa, se sabía que los ingleses habían[Pg 198] desembarcado en la parte occidental de esta costa[204].

Según el testimonio de un tal Rodríguez Serrano, de Sevilla, que se alababa de haber estado en el Cabo de San Agustín con el comendador Mendoza, parece que ya en la época del viaje de Diego de Lepe, del que antes he hablado, había «expediciones obscuras y furtivas». Quizá á expediciones de esta índole corresponden las que Vespucci debe haber hecho por cuenta del Rey de Portugal desde 1501 á 1504 á las costas del Brasil, aunque el piloto Nuño García, que dibujaba las cartas de la América occidental y supo por Vespucci la verdadera latitud del Cabo de San Agustín, advierte que si este viajero florentino hubiera ido allá «clandestina y maliciosamente»[Pg 199] por cuenta de los portugueses, no se atreviera á alabarse de ello en España[205].

Podrá dudarse respecto á Vespucci y á la problemática serie de sus viajes marítimos; pero es seguro que las expediciones clandestinas fueron frecuentes desde que Colón descubrió la tierra firme de Paria y las corrientes llevaron á Cabral á las costas del Brasil.

En Septiembre de 1501 se juzgó indispensable publicar una ordenanza[206] especial para Sevilla, la isla de Gran Canaria y Haïti (la Española), imponiendo severas penas á las personas que, sin permiso particular, intentaran «descubrimientos en el mar Océano y en la tierra firme de las Indias». Vasco Núñez de Balboa[207], en las curiosas relaciones que hace á la corte de los resultados de los descubrimientos de las costas del mar del Sur, donde encuentra «perlas en forma de pera de una pulgada de largas» é indios que son «buena gente y de buena conversacion», indica las incursiones hechas en la costa de Veragua y de Nombre de Dios por capitanes «que van á descubrir y que han sido enviados no se sabe por quién y con qué autoridad».

Estos ejemplos, que podría multiplicar, prueban que los documentos oficiales, los que sólo dan cuenta de las expediciones hechas á costa del Gobierno español, no ofrecen absoluta certidumbre de que en determinada época sólo llegaran los descubrimientos á tal ó cual límite. Corrían en Sevilla y en Lisboa noticias comunicadas por viajeros clandestinos, y los autores de los mapas[Pg 200] que se hacían entonces con grandísima actividad en todas las ciudades marítimas, aprovechaban estas noticias verdaderas ó falsas, desnaturalizándolas con arreglo á combinaciones conjeturales.

En los primeros tiempos de la conquista de América existía la costumbre de considerar cada parte nuevamente descubierta como una isla más ó menos grande. Poco á poco se iba conociendo la unión des estas partes, y cuando las observaciones faltaban, había el atrevimiento de reunir y prolongar las costas en los mapas, ateniéndose á vagas indicaciones.

Antes de partir para su cuarto viaje, ya anunció Cristóbal Colón que encontraría un estrecho en la costa de Veragua, en la región Suroeste del mar de las Antillas[208]. Cuando llegó el 26 de Noviembre de 1502 al término más oriental de su navegación, al puerto del Retrete (Puerto Escribanos), en el istmo de Panamá, tenía á la vista, según sus propias palabras, «algunas cartas de navegar de algunos marineros»[209], que unían[Pg 201] la tierra que él acababa de descubrir á la costa de las perlas que Ojeda y Bastidas habían recorrido.

Comparando atentamente las fechas de todas estas expediciones (y sólo las conocemos[210] desde hace cuatro años por la publicación de los documentos que contiene el tercer volumen de la Colección de Navarrete), se ve que Bastidas había estado en Puerto del Retrete un año antes que Colón, pero que no volvió á Cádiz hasta Septiembre de 1502. Ahora bien; Colón emprendió su cuarto viaje el 11 de Mayo de 1502, y no pudo, por tanto, haber adquirido en España los mapas que prolongaban las costas tan lejos hacia el Oeste, más allá del golfo de Uraba. Los debió encontrar en Haïti, donde se detuvo durante algunos días en Julio de 1502, un año después de haber llegado allí Bastidas de vuelta de su viaje á la costa noroeste de Venezuela.

Este ejemplo prueba cuánto se apresuraban entonces á poner en los mapas lo que podía servir de enseñanza en los progresos de los descubrimientos más recientes. Conocíase la importancia de estos documentos gráficos, y Ojeda mismo, en el primer viaje que hizo con Amerigo Vespucci, fué guiado (su propio testimonio da fe de ello en el pleito del fiscal contra Diego Colón) por un fragmento de mapa (pintura de tierra) dibujado por[Pg 202] el mismo Colón y comunicado indiscretamente por el obispo Juan Rodríguez de Fonseca, enemigo del Almirante y protector de su rival Alonso de Ojeda[211].

Réstame dar cuenta del ejemplo más sorprendente de los conocimientos vulgarizados por los mapas, y fundados en la tradición de expediciones clandestinas.

He encontrado en la bella edición de la Geografía de Ptolomeo, hecha en Roma en 1508, indicio de navegaciones portuguesas á lo largo de las costas orientales de la América del Sur hasta 50° de latitud austral. Dícese al mismo tiempo «que no llegaron á la extremidad del continente». Esta edición, impresa por Evangelista Tosino, y redactada por Marcos, de Benevento y Juan Cotta, de Verona, contiene un mapamundi de Ruysch (Nova et universalior orbis cogniti tabula Joan, Ruysch Germano elaborata), en el cual está representada la América meridional como una isla de inmensa extensión, con el nombre de Terra Sanctæ Crucis sive mundus novus. En una nota se añade lo siguiente: «Hæc regio á plerisque alter terrarum orbis existimatur.»

Entre la grande isla y el Yucatán (llamado Culicar) hay un paso libre[212]. Se reconocen en el litoral de la América meridional, comenzando por el Noroeste y siguiendo el trazado hacia el Suroeste: la península Chichivacoa[Pg 203] (Coquivacoa) con una isla inmediata, Tamaraque (Aruba ó quizá Curaçao?); el golfo de Vericida (golfo de Maracaybo ó golfo de Venecia, llamado así por Ojeda en 1499); la tierra de Pareas (Paria) con el río Formoso (Orinoco?), y finalmente el cabo Sanctæ Crucis, que está en la misma posición del cabo de San Agustín. Desde este cabo la costa continúa al Sur, leyéndose la nota siguiente: «Nautæ Lusitani partem hanc terræ hujus observarunt et usque ad elevationem poli antartici 50 graduum pervenerunt, nondum tamen ad ejus finen austrinum.»

Esta misma edición romana de 1508 contiene una disertación, cuyo título es: Noba orbis descriptio ad nova Oceani navigatio qua Lisbona ad Indicum pervenitur pelagus, Marco Beneventano monacho Cælestino edita. El cap. 14 dice: Terra Sanctæ Crucis decrescit usque latitudinem 37° austr. quamque archoploi usque at lat. 50° austr. navigaverint, ut ferunt; quam reliquam portionem descriptam non reperi. Véase, pues, un monje italiano que en 1508 sabía que los portugueses habían reconocido las costas patagónicas hasta los 37°, y fiando en los se dice ó de oídas (ut ferunt) hasta 50° de latitud austral, esto es, dos y medio grados al Norte de la entrada del estrecho de Magallanes. Parecíale importante este resultado, porque lo repite dos veces, en el mapa y en la memoria.

Ahora bien; en 1508 y en expediciones autorizadas sólo habían llegado los españoles[213] poco más allá del[Pg 204] cabo de San Agustín (lat. austr. 8° 20′); y cuando Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís partieron para la expedición en la que llegaron hasta los 40° de latitud austral, hacía muchos meses que estaba publicada la edición de Ptolomeo á que me refiero.

El descubrimiento del Brasil hecho por Cabral (de 10° á 16½° de latitud austral) produjo tan grande impresión en los ánimos que, desde aquella época, hasta la corte de Lisboa fijó sus miras en un paso hacia el Oeste. Paréceme, por tanto, muy probable que haya habido desde 1500 á 1508 una serie de tentativas portuguesas[214] al Sur de Puerto Seguro en la Terra Sanctæ Crucis, y que las vagas nociones de estas tentativas han servido de base á la multitud de cartas marinas que se fabricaban en los puertos más frecuentados.

Diversas combinaciones pueden haber inducido á los geógrafos á situar un estrecho en los primeros mapas de América. Subsistió en la Edad Media la opinión de Cratés, de Strabón y de Macrobio acerca de la comunicación de todos los mares. El Océano Pacífico lo vió[Pg 205] Balboa en 1513, cuatro años antes de que Magallanes expusiera en España su convicción de la existencia de un estrecho al sur del Río de la Plata. Desde el año 1511 los descubrimientos de Antonio Abreu en la parte Sureste del archipiélago de las Indias, habían vulgarizado la idea de las grandes tierras australes. Viendo que la tierra de Santa Cruz se prolongaba indeterminadamente hacia el Mediodía (el monje de Benevento dice que no se la encontraba fin á los 50°), debía imaginarse que este dique continental, cuya continuidad impedía la libre comunicación de los mares, debía estar roto en alguna parte. Acaso también el mapamundi de Fra Mauro, del que poseía Portugal una copia en 1459, produjo en el ánimo de algunos geógrafos sistemáticos la hipótesis de que existía analogía de configuración entre las dos extremidades de Africa y América. El canal que separa el Diab[215] de la gran masa continental, y acerca del cual he llamado antes la atención del lector, podía repetirse en el Nuevo Continente. ¿Debe admitirse, por los indicios que he encontrado en la edición de Ptolomeo de 1508, que, antes de Solís, fueron más allá de la desembocadura del Río de la Plata algunos navegantes aventureros portugueses? Esta suposición, por lo menos muy probable, deja entrever el modo de fundamentar combinaciones hipotéticas en hechos positivos, sea que se sospechara la existencia del estrecho á causa de la fuerza de las corrientes que hacia él se dirigen, como lo cree Varenio[216], sea porque en las latitudes más meridionales[Pg 206] se adquiriera, por comunicación con los indígenas, alguna noción confusa de un paso hacia el otro mar.

Bastaba llegar hasta el golfo de San Jorge, á una costa antiguamente habitadísima, como lo prueban las numerosas sepulturas de Patagones[217], para saber que los habitantes del archipiélago de Chayamapu y del de Chonos[218] remontan algunas veces el litoral del Océano Pacífico en la dirección de Este á Oeste por brazos de mar (ciénagas) y canales naturales, aproximándose de esta suerte á las costas del Océano Atlántico.

La idea de que podía existir en estos parajes (latitud 45°-47°) una comunicación entre ambos mares, se perpetuó de tal modo, que todavía en 1790, siendo virrey del Perú D. Gil de Lemos, ocasionó la expedición[Pg 207] de D. José Moraleda, quien entró en el Estero de Aysent (lat. austr. 45° 28′) hasta ochenta y ocho leguas marinas de distancia del litoral oriental del golfo de San Jorge. Pude examinar, durante mi estancia en Lima, las instrucciones dadas á este piloto de la marina Real, recomendándole «el más profundo secreto» respecto á una tentativa cuyo buen éxito hubiera abreviado en seiscientas ó setecientas leguas el camino que se seguía, dando la vuelta al cabo de Hornos[219].

Cuando se está versado en la lectura de los documentos que tratan de los descubrimientos desde 1492 á 1525, se advierte lo que aprovechaban á los marinos de entonces los informes de los indígenas. El Cacique de Tumaco[220] trazó á Balboa, cuando éste llegó á la bahía de Panamá, la figura de las costas de Quito, describiéndole al mismo tiempo la riqueza del oro del Perú y la forma extraordinaria de las llamas que transportan los minerales en las cordilleras, y que los españoles creyeron eran camellos. Hay, sin embargo, muchos centenares de leguas desde el istmo hasta las regiones que el Cacique conocía con tanta exactitud.

Algunas veces los marinos europeos permanecieron durante más de un año entre los indígenas y aprendieron su lengua, siendo recogidos por otras expediciones que frecuentaban las mismas localidades[221]. Ya hemos[Pg 208] visto que ocho años antes de que Magallanes y Faleiro vinieran á España á exponer sus proyectos, Pinzón y Solís habían visitado ya la desembocadura del río Colorado, que está á 5° al Norte de ese golfo de San Jorge, llamado por los españoles en el siglo XVII Bahía sin fondo, en la persuasión de la posibilidad de un paso al mar del Sur. Paréceme probable que en el intervalo de 1509 á 1517 continuaron los descubrimientos algunas expediciones clandestinas más lejos de donde llegó Solís. Recientemente han ilustrado mucho el conocimiento de la tierra de Patagonia los excelentes trabajos del capitán Phillip Parquer King y las expediciones científicas inglesas de 1826 y 1830. No hay estero profundo en el golfo de San Jorge, como ya lo demostró la expedición de Malaspina; pero en Port Desiré[222][Pg 209] (latitud 47° 42′), en el puerto de Santa Cruz[223] (latitud 50° 18′) y en el río Gallegos en la bahía de los Nogales (lat. 51° 40′) hay inlets cuya anchura es aún desconocida. El río Gallegos especialmente ha podido dar ocasión á vagas conjeturas sobre comunicación entre los dos mares al norte del estrecho de Magallanes; porque después del cabo de Santa Isabel, que avanza en el Océano Pacífico, algunos brazos de mar penetran al través de la costa pedregosa, muy lejos hacia el E. y el más oriental de estos brazos (inlets) termina en la bahía que el capitán King llamó del Desengaño, á distancia de 2° 45′ de longitud oriental del meridiano del cabo de Santa Isabel. Desde este punto hasta la extremidad más occidental del curso del río Gallegos, á donde hasta ahora se ha llegado, hay treinta y dos leguas marinas. El istmo de río Gallegos es, por tanto, la mitad menos ancho que aquel donde se ha formado el estrecho de Magallanes[224][Pg 210] ó estrecho de la Madre de Dios, de Sarmiento[225].

Debe presumirse que las nociones vagas de la configuración[Pg 211] del continente hacia su extremidad austral se reflejaron antes de 1517 en las cartas marinas, y que Magallanes vió una de esas cartas en los archivos del Rey de Portugal.

En Pigafetta encuentro un indicio directo de que la gran sinuosidad de la costa á la desembocadura de Río de la Plata fué lo que hizo situar primeramente el estrecho tan deseado á los 36° de latitud austral; pero cuando Solís, en su segundo viaje (1515), reconoció que esa abertura y ese mar dulce eran la desembocadura de un río, los geógrafos buscaron el estrecho más al Sur. He aquí el pasaje del Diario de Pigafetta, al que no se ha prestado la debida atención: «Cerca de este río está el cabo de Santa María; se había creído una vez que estaba allí el canal que conduce al mar del Sur, pero ahora se ha descubierto que no es aquel el fin de la tierra (del continente), sino sólo la desembocadura de un río, que tiene 17 leguas (ó 68 millas) de ancha.»

Los cabos Santa María y San Antonio, que forman la desembocadura al Norte y al Sud, están situados de modo que el primero avanza 2° 40′ más que el segundo hacia el E. Su distancia oblicua en la dirección SSO. al NNE., es de 65 leguas marinas, mientras la verdadera anchura interna del río sólo es, entre Montevideo y Punta de Piedras, de 18, y entre Sacramento y Buenos Aires de 9 á 10 leguas. Por esta disposición de las tierras el cabo Santa María podía aparecer á un barco procedente del Norte como la extremidad del continente, es[Pg 212] decir, de la Tierra de Santa Cruz, porque, en el meridiano del Cabo no se veía ninguna tierra hacia el Sur. Además la violencia de una corriente que sale por esta abertura de la costa (current of the Plata, Rennell, página 137) debía contribuir mucho á la idea de la existencia de un estrecho. La corriente (outfall of the Rio Plata) adquiere una velocidad de 24 á 32 millas en veinticuatro horas, y se hace sentir á 80; y aun en algunas circunstancias domina á la corriente brasileña (NNE.-SSO.), según el capitán Beaufort, hasta á 200 leguas de distancia.

El Diario de Pigafetta y los documentos que Herrera nos ha conservado, prueban que el navegante portugués estaba incierto respecto al punto donde encontraría el estrecho, cuya existencia anunciaba de un modo tan seguro. Dice sencillamente que se encontrará bajando al Sur del cabo de Santa María, que marca la desembocadura de Río Juan de Solís.

Al llegar á los 40° delante de una bahía, á la cual dió el nombre de San Matías (la bahía de Todos los Santos, muy cerca del sitio donde Pinzón y Solís llegaron en 1508), Magallanes determinó examinar atentamente la costa[226] «para ver si había en ella algún estrecho».[Pg 213] Después de hacer inútiles reconocimientos, descuidando el del golfo de San Jorge, la expedición se vió forzada á invernar durante cinco meses en el puerto de Río San Julián (según San Martín, piloto de Magallanes, en latitud 49° 18′; la verdadera es 49° 8′). Quejábase la tripulación de que, en tan largo trayecto (desde la desembocadura del río de la Plata) nada se hubiera visto que pareciera un estrecho, y Magallanes respondió: «Que no puede faltar el estrecho más adelante, y que irá, si es preciso, hasta los 75° de latitud, donde durante el invierno casi desaparece la luz del día.»

La ingenuidad de esta última expresión, conservada en el Diario de Pigafetta[227], prueba que Magallanes estaba persuadido de la existencia de un paso más allá del Río de la Plata, pero que la Carta de los archivos, atribuída á Behaim, no indicaba en manera alguna la posición del estrecho. Vémosle enviar al capitán Juan Serrano al río de Santa Cruz (lat. 50° 18′) «para que descubriera si había allí un paso» y todavía, cuando llega al cabo de las Vírgenes (lat. 52° 20′), á la entrada del estrecho, «sólo reconoce allí una gran cala, y sospecha que esta cala pueda encerrar algún misterio».

Todo demuestra, pues, la incertidumbre del verdadero sitio del paso, y aunque no cabe negar la posibilidad de que Martín Behaim, que habitó constantemente en Fayal desde 1494 á 1506, haya podido adquirir muchas nociones verdaderas ó conjeturales acerca de la configuración[Pg 214] de las costas orientales de la América del Sur, nada prueba que llevara á Lisboa, donde llegó en 1507, poco tiempo antes de su muerte, la carta que Magallanes dice haber visto en los archivos del Rey de Portugal. Quizá las meditaciones[228] de este gran cosmógrafo dirigíanse[Pg 215] más bien á Africa, cuyas costas había recorrido en parte, que á la costa descubierta por Yáñez Pinzón, por Lepe y por Cabral.

Me he detenido tanto en el examen de estas relaciones que se suponen entre Magallanes y los cosmógrafos de su época, porque en un siglo en que la energía individual del marino tenía vasto campo que recorrer, la convicción de un éxito, una sencilla opinión geográfica, convertíase en acontecimiento apropiado para influir en la dirección del comercio y en los destinos de tantos pueblos esparcidos en la inmensidad de los mares, fuera del contacto de la civilización europea.

En la ciudad de Nuremberg, tan rica en recuerdos de la Edad Media, hay, además del globo de Martín Behaim, que data del año 1492, otro globo construído en 1520 por Juan Schoner[229], célebre discípulo de Regiomontanus. Estos dos globos han sido frecuentemente confundidos, y el error ha llegado á ser tanto más grave, cuanto que Schoner, que emprendió su obra en Bamberg, por cuenta de su rico protector Juan Seyler, separa América en dos grandes masas continentales y figura en[Pg 216] el globo el estrecho en el sitio donde Colón lo buscó inútilmente.

Ahora bien, en 1520 no se podía tener en Europa noticia alguna del descubrimiento de Magallanes, que no desembocó del estrecho hasta el 28 de Noviembre del mismo año de 1520. El paso del Mar de las Antillas al Océano Pacífico, indicado por Schoner[230], era, pues, producto de un espíritu sistemático y de las falsas ideas acerca de la expedición de Balboa. Sorprende ver que este error que indicamos durara tanto tiempo, pues lo hallo en un mapamundi del año 1546, que forma parte de una obra rara, Circuli Sphæræ cum quinque zonis, y que en nuestras bibliotecas públicas encuéntrase con frecuencia anejo al libro titulado Rudimentorum cosmograficorum Joan. Honteri Coronensis libri tres (Tig. 1578). En este mapamundi á Méjico se le llama Parias, y el repetir dicha falsa denominación en un globo[Pg 217] muy antiguo de la biblioteca de Weimar, me hace creer que éste tiene alguna analogía de origen ó de época de redacción con la obra de Schoner ó el mapamundi de 1546. Acaso todos estos trabajos gráficos no sean más que copias de un mapa más antiguo sepultado en algún archivo de Italia ó de España.

El globo de Weimar, que figura en el catálogo como más antiguo que otro que lleva la fecha de 1534, presenta á Parias ó la masa septentrional de América separada á los 42° de latitud Sur por un estrecho de la tierra antártica á que da el nombre de Brasiliæ Regio, y que rodea una gran parte del polo austral. Además de este estrecho meridional, hay otro en el istmo de Panamá, á los 10° de latitud al norte del Ecuador, bastante ancho para que las olas de ambos mares sean figuradas sin interrupción. Un gran buque, saliendo del mar del Sur, ha atravesado felizmente el estrecho y viene de Zipangri (ubi auri copia), situado á unos 10° al Oeste del estrecho, y formando una isla entre los 12° y los 30° de latitud.

Estas fantasías llegaron hasta la China, como lo prueba el curioso mapamundi, cuyo conocimiento debemos á M. Klaproth[231], y que se funda en el Tratado de la esfera de un jesuíta portugués, el Padre Manuel Díaz (Yang mano). El autor del mapa publicado en Cantón en 1820, combina las nociones actuales de los europeos con lo que se conocía de cosmografía en la época de las dinastías de los Yuan, de los Ming y de los Mandchus. Figura tres pasos entre el Atlántico y el mar del Sur, á[Pg 218] saber: el estrecho de Magallanes, y dos estrechos en el istmo de Panamá. Este istmo forma una isla llamada isla de San Andrés (Ching Ngan te tao), y deja, por tanto, dos pasos; uno al norte separado de la Vera Paz (Tching phing ngan, la verdadera paz) y otro al Sur, separado de Darien (Ta lian wan) y de Castilla del Oro. Véase, pues, un error en la denominación del estrecho (terrestre ó pelásgico) figurando hasta en los mapas chinos modernos; error antiguo, porque en Grecia ἰσθμὸς por catacresis significaba también algunas veces un brazo de mar[232].


[Pg 219]

XI.

Motivos que impulsaban al descubrimiento de América
á fines del siglo XV.

Los detalles de la historia de las ciencias sólo son útiles cuando se los reune y sistematiza, porque la acumulación de hechos aislados sería de una aridez fatigosa, si la investigación de los hechos no se hiciera con algún propósito de generalizar respecto á los progresos de la ciencia ó á la marcha de la civilización.

Los gérmenes que hemos descubierto en las obras de los escritores antiguos fueron fecundados por corto número de sabios de gran talento que brillan en la Edad Media.

En cada siglo existe un trabajo oculto, cuyo resultado en ideas, convicciones y esperanzas acrece insensiblemente el poder del hombre, y se manifiesta en acción cuando circunstancias aparentemente accidentales (coincidencias que revelan una necesidad en los destinos del mundo) favorecen el movimiento exteriormente.

Por lo general, la historia sólo conserva la tradición de las empresas afortunadas, de los grandes éxitos obtenidos en la serie de los descubrimientos; pero lo que prepara el movimiento y el éxito pertenece á combinaciones[Pg 220] de ideas y de pequeños sucesos que obran simultáneamente y cuya importancia no se conoce hasta que se consiguen los grandes resultados, como los que se deben á Díaz, Colón, Gama y Magallanes. De esta suerte de descubrimientos, que llaman poderosamente la atención de los hombres, preséntanse al principio como aislados é independientes del impulso de los siglos anteriores, y sólo cuando pasan las primeras impresiones de admiración y entusiasmo empieza la investigación de las causas que abrieron el camino á las grandes conquistas de la inteligencia. En este trabajo, los odios de nación á nación, el maligno placer de desacreditar y, sobre todo, la falta de buena crítica histórica dan frecuentemente importancia á hechos no comprobados, á creaciones de pura conjetura, que en ningún razonamiento científico se fundan.

Por lo dicho en el capítulo anterior puede apreciarse en su justo valor lo que nos resta examinar respecto á sucesos y opiniones que, según se cree, condujeron al descubrimiento del Nuevo Mundo, y creo que este examen puede llegar á ser fuente fecunda de útiles datos de relación, esclareciendo los hechos con nociones de historia y de geografía física, poco atendidas en estudios de esta índole.

Los hechos son la base principal de toda discusión sometida á una sana crítica, y su indicación es indispensable para que el lector pueda juzgar el grado de confianza que merecen los resultados obtenidos; especialmente cuando su interpretación tiene por objeto formar ideas generales acerca de las varias causas que han determinado la dirección de los descubrimientos y de los progresos del comercio marítimo.

[Pg 221]

Procuraré, en lo que voy á exponer, no extenderme inútilmente en puntos que han sido tratados hasta la saciedad, limitándome á lo que puede conducir en el actual estado de nuestros conocimientos á esclarecer de nuevo los hechos ó á nuevas combinaciones de datos históricos.

La aventura de Cabral, que en su viaje de Europa á la India, por la via del cabo de Buena Esperanza, fué sin querer arrastrado por las corrientes hacia el Oeste y llevado el 22 de Abril de 1500 á las costas del Brasil (tierra de Santa Cruz), ha hecho decir á Robertson, que en los destinos del género humano estaba el descubrimiento del Nuevo Continente á fines del siglo XV. Dejando á un lado la idea vaga del destino, cuando el mutuo encadenamiento de tantas causas y efectos no es difícil de reconocer, la filosofía y la historia nos muestran en todas las épocas grandes acontecimientos, de largo tiempo atrás preparados; pero lo que constituye el carácter distintivo de cada siglo manifiéstase en acción y somete los sucesos al imperio de una necesidad moral.

La expedicion de Alejandro á Persia y á la India, y la audaz energía de Lutero, favorecieron sin duda, la primera, el contacto del Occidente y del Oriente; la segunda, la emancipación del pensamiento. Pero era tal la situación de las cosas humanas en estas dos épocas memorables de la vida de los pueblos, que la caída del imperio de los persas y la aminoración del poder pontificio no podían retardarse. El contacto de las dos civilizaciones y la reforma religiosa, preludio de las reformas políticas, probablemente se hubieran realizado sin el héroe macedonio y sin el fraile de Wittemberg. Indudablemente, la grandeza de alma y la individualidad de los hombres superiores aumentan las probabilidades del[Pg 222] éxito y aceleran y vivifican el movimiento; pero estos hombres superiores que parece inspiran su ideal á los siglos en que viven, obran bajo la influencia de las ideas dominantes en una época fecundada y engrandecida por otra época anterior. En la especial dirección del movimiento intelectual, en la simultaneidad de la voluntad, en la urgencia irresistible de necesidades verdaderas ó ficticias, fúndase la fuerza de impulsión, la necesidad y el poder de los acontecimientos que se realizan.

Fácil es comprender el carácter distintivo de la segunda mitad del siglo XV, de la época que precedió inmediatamente al descubrimiento de América. El progreso del lujo y de la civilización en el Mediodía de Europa produjo necesidades más apremiantes de los productos de la India. Los viajes por tierra, alentados por el fervor religioso de los sacerdotes budhistas y cristianos, por la política y por el interés comercial habían ensanchado el horizonte geográfico y la esfera de las ideas. Al mismo tiempo, el uso más frecuente de la brújula, debido al contacto de los árabes con la India y la China; y el perfeccionamiento del arte naval y de las ciencias que con él se relacionan, facilitaron los medios de emprender navegaciones lejanas.

En tales circunstancias debían nacer casi á la vez dos series de ideas que conviene distinguir cuidadosamente y que se relacionan ambas[233] á las tradiciones y á las conjeturas de la antigüedad clásica, cuyo interés reanimaban las íntimas relaciones de Sicilia, la Pulla y la Calabria con Byzancio, la provechosa influencia de algunos[Pg 223] grandes hombres de Italia, por ejemplo, Petrarca, Boccacio y Juan[234] de Ravena, y la emigración de algunos sabios griegos, antes de que fuera destruído el Imperio de Oriente.

Comprendiendo en la denominación de India, por seguir el ejemplo de los Helenos, primero la Etiopía troglodítica y la Arabia, después las regiones ecuatoriales más lejanas de Africa, al lado de allá del cabo de los Aromas (las regiones cinamomífera y mirrífera)[235]; juzgando situadas, desde la dominación de los romanos, las[Pg 224] riquezas de la India en las extremidades de la tierra, y, por tanto, en las costas meridionales y occidentales de Asia, la Edad Media alimentó la esperanza de llegar á esta afortunada zona, sea por la circunnavegación de Africa, sea por el camino directo del O., indicado por el conocimiento de la esfericidad de la tierra. Como era posible conseguir el mismo objeto por dos distintas vías, debieron nacer á la vez y nacieron dos direcciones de ideas y se desarrollaron progresivamente hasta la segunda mitad del siglo XV en que Toscanelli y Colón, Usomare y Díaz, abrieron, con igual certidumbre del éxito, los dos opuestos caminos.

El axioma de Herodoto, de que «las extremidades del mundo han obtenido (en el reparto de los bienes de la tierra) las producciones más bellas», no expresa únicamente la triste y, por lo mismo, natural idea en el hombre de que la felicidad está lejos de nosotros; fundábase también en la observación directa de lo distante que estaban las comarcas de donde los Helenos «habitantes de una zona templada» recibían el electrum y el estaño, el oro y los aromas.

A medida que fueron conociéndose las costas del Asia meridional por el comercio de los fenicios, de los Edomitas del golfo de Acaba (d’Elath y de Ezion-Geber) y del Egipto, bajo la dominación de los Ptolomeos y de los romanos, recibiéronse los productos de primera mano, y en la imaginación de los hombres, las extremidades del οἰκουμένη con sus riquezas avanzaron al parecer hacia el Este.

Es digno de atención que hayan sido los árabes quienes han mostrado el camino de la India en dos épocas memorables en la historia del comercio de los pueblos,[Pg 225] en tiempo de los Lagidas y de los Césares y en el siglo XV, en la época de los rápidos descubrimientos de los portugueses. Ophir y el Dorado de Salomón extendíanse hasta el Este del Ganges, y allí fué situada la famosa tierra de Chrysé que tanto preocupó á los viajeros en la Edad Media, y que unas veces aparece como isla y otras como parte del Quersoneso de Oro[236]. La abundancia de este metal que el archipiélago de la India, sobre todo, Borneo (Montradok) y Sumatra, dan todavía al comercio[237] explica la celebridad de esta región.

En la geografía sistemática de las comarcas lejanas, cerca de Chrysé, la isla de Oro, debía estar simétricamente colocada Argyré, ó la isla de Plata: así se reunían los dos metales preciosos, las riquezas de Ophir y de Tarsis (Tartessus) de Iberia.

Para los geógrafos árabes Edrisi y Bakui, los límites orientales del mundo conocido están marcados por la isla de arenas de plata, Sahabet y las islas auríferas Vac-Vac y Saïla (que no debe ser confundida con Ceylán ó Serendive) (Bakui, pág. 399; Edrisi, pág. 38), donde los perros y los monos llevaban collares de oro. Considerábanse estos grupos de islas como próximos de una parte á Sofala de Africa y de otra á los Sines (al[Pg 226] Cathay), lo cual sólo puede comprenderse teniendo á la vista el mapamundi de la biblioteca Bodleyana en el que el mar de Hind se extiende de Occidente á Oriente, limitado por las costas paralelas de Africa y de Asia.

Todas las mediocres composiciones geográficas de la Edad Media, mezclando constantemente una falsa erudición clásica con algunas nociones tomadas de los itinerarios más modernos, presentan casi estereotipada la configuración extraordinaria y ficticia dada por Ptolomeo ó por sus inhábiles continuadores (lib. VII, capítulos 2 y 3) al Quersoneso de Oro, un poco prolongado hacia el Sur; al Sinus Magnus y á esa inmensa península de los Sines, en la cual están situadas Thinæ y Catigara.

Lo que hasta nosotros ha llegado de Diarios y cartas de Cristóbal Colón está lleno de reminiscencias bíblicas del Ophir y de recuerdos de Ptolomeo. Al elogiar pomposamente la utilidad y el valor moral y religioso del oro («con el qual se hace tesoro, y con el tesoro, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo y llega á que echa las ánimas al paraíso»), Colón recuerda á la reina Isabel cómo el historiador Josepho nos enseña que el rey Salomón sacó su oro (666 quintales) de la Aurea (quiere decir del Quersoneso de Oro) y afirma que la tierra de Veragua (al noroeste del istmo de Panamá), que en dos días le ha dado más signos de riquezas que la Española en cuatro años, es esa Aurea de las Indias. «El oro que tiene el Quibian de Veragua y los otros de la comarca, bien que segun informacion él sea mucho, no me pareció bien ni servicio de Vuestras Altezas de se le tomar por via de robo: la buena orden evitará escandalo y mala fama, y hará que todo ello venga al Tesoro, que no[Pg 227] quede un grano»[238]. Anteriormente he hablado de «el misterioso fin del Oriente, donde está la montaña Sopora[239], á donde para llegar tardaban los barcos de Salomón tres años, y que SS. AA. poseen hoy en la isla de Haïti.»

Durante el tercer viaje, en el que descubrió la costa de Paria, las ideas bíblicas dominan el ánimo de Colón. El sitio del Paraíso que acaba de hallar, y las riquezas del «país montañoso de Ophir (Monte Sopora), agitan su imaginación». En el cuarto y último viaje vuelven á preocuparle el Quersoneso de Oro, y las ideas de Ptolomeo aprendidas en las obras de Pedro d’Ailly y de Nicolás de Lira.

[Pg 228]

Un cambio de ideas de bastante importancia, que data del tiempo de la topografía cristiana de Cosmas, y que favorecieron los viajes por tierra en la Edad Media, es la opinión sistemática de llevar las riquezas de la India, las especias, los aromas, los diamantes y los metales preciosos á la parte más oriental del continente asiático. El Indicopleustes había dado á conocer las costas de los Tzines, bañadas por un mar oriental; los Sinæ de Ptolomeo estaban, al contrario, más alejados del Sinus Magnus. El mapamundi de Behaim pone á Chrysé (Crisis) y Argyré á la desembocadura del Ganges, más allá del meridiano de Java Mayor (Borneo?) hacia Zipangu, el Japón[240]. Hasta en el Opúsculo geográfico de Myritius, dedicado á un comendador de Malta, el barón de Riedesel-Kamberg (Ingolst. 1590, pág. 128) encuentro «Zipangri olim Chryse dicta»; indicación tanto más notable, cuanto que, por la relación de Barros sabemos que á la vuelta de su primer viaje, el 4 de Marzo de 1493, vióse obligado Colón á entrar en el Tajo y á presentarse al Rey y á la Reina de Portugal, que de seguro no le tenían grande afecto, y parecióle oportuno hacer correr la noticia de «que venía de Zipangu, trayendo de allí[241] oro en abundancia».

[Pg 229]

En el globo de la biblioteca del Gran Duque de Weimar, que ya hemos citado como anterior al año de 1534, y en el que figura el istmo de Panamá atravesado por un estrecho (como se ve también en un mapamundi[Pg 230] chino muy moderno de Lismingtchhe, publicado en 1820), Zipangu está 5° al Oeste de Veragua con la inscripción: Zipangri ubi piper et auri copia.

La idea de que las riquezas de la India se encontraban al E. y al SE. de Asia, llegó á ser tan general en el siglo XV, que, maravillado Colón por la belleza del paisaje de la costa de Cuba, cerca de Puerto Príncipe, escribió en su Diario (14 de Noviembre de 1492) la observación siguiente: «Creo que estas islas (las del Canal[Pg 231] Viejo) son las innumerables que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen, y que hay grandísimas riquezas y piedras preciosas y especería en ellas y que duran muy mucho al Sur.»

La influencia del clima, hasta en los productos de la naturaleza inorgánica era doctrina tan generalmente admitida, «que por el mucho calor que padecía el Almirante, arguye que en estas Indias, y por allí donde andaba, debía de haber mucho oro». (Diario 21 de Noviembre, visiblemente alterado por Las Casas, puesto que menciona la Florida.) «Mientras vuestra señoría, escribe en 1495 á Cristóbal Colón (en la gran isla de Cibau) un lapidario de Burgos, Mosen Jaime Ferrer, no llegue á encontrar negros, en los progresos sorprendentes de sus descubrimientos, y entre en el Sinus Magnus de Ptolomeo no puede contar con grandes cosas (los verdaderos tesoros), como especias, diamantes y oro.» Esta carta, unida á proyectos de métodos de longitudes y á respuestas en las que el gran cardenal de España (Mendoza) llama al lapidario cosmógrafo su especial amigo, fué publicada en Barcelona en 1545 en un libro muy raro, cuyo extraño título es Sentencias catholicas del Divo poeta Dant.

El contemporáneo de Colón, Pedro Mártir de Anghiera, muestra gran descontento por la expedición de Lucas Vázquez de Ayllón á la Florida. «¿Qué necesidad tenemos, exclama (Ocean, déc. VIII, cap. 10) de producciones semejantes á las más vulgares del Mediodía de Europa? ¡Al Sur! ¡Al Sur! Quienes busquen riquezas no deben ir á las frías regiones boreales.»

También Diego Rivero añade en 1529 en su célebre mapamundi, junto á la tierra de Garay (Florida[Pg 232] occidental), estas palabras: «El país es pobre en oro, porque está muy alejado del trópico de Cáncer.»

Estas creencias, fundadas en analogías incompletas transmitidas por la antigüedad[242], creencias que obligaban á estar en los mismos límites, en el clima tropical, las especias y las gemas, no ha desaparecido[243] por completo en nuestros días.

La vaguedad propia de la denominación India, especialmente después de los siglos IV y VI de nuestra era, denominación arbitrariamente extendida á regiones meridionales de Asia, de la Arabia y de las costas etiópicas del mar Rojo[244], hacía casi sinónimas las frases, zona de la India y zona de las Palmeras. Añadíanse á las Indias exteriores é interiores de los primeros autores cristianos, á las tres Indias de Marco Polo, muy distintas de la de Fra Mauro, la denominación de India superior con la cual se designaban las costas orientales de Asia, y por tanto una parte del Cathay. El comercio de almacenaje de las especias que se hacía en los puertos de la China,[Pg 233] contribuyó sin duda á esta confusión de ideas. Marignola llama todo el Manzi la Grande India. La América, desde su descubrimiento[245], formaba, al parecer, parte de la India superior, ó como continente ó como Ante Ilha de Asia.


[Pg 234]

XII.

Consideraciones sobre la geografía física del globo terrestre
y sobre las comunicaciones con América antes de descubrirla Cristóbal Colón.

Al elevarse á consideraciones sobre la física del globo, y al examinar el relieve de las dos grandes masas continentales que sobresalen hoy del nivel de la superficie del Océano, obsérvase no sólo su configuración individual (articulación y ensanche hacia el Norte, terminación piramidal hacia el Sur á diferentes distancias del polo, abundancia de islas frente á las costas orientales), sino también las relaciones de proximidad ó alejamiento entre ambos mundos. Estas circunstancias, á las que se une la situación de islas interpuestas como puntos de paso ó estaciones intermedias, han influído necesariamente en las probabilidades que tuvieran los habitantes de ambos continentes para revelarse su mutua existencia.

A los 60° y 70° de latitud boreal, el acrecentamiento de las masas continentales llega á tal punto, que la anchura de los mares es poco más de la octava parte de circunferencia del globo correspondiente á dichos paralelos.

América se aproxima al antiguo continente en tres[Pg 235] sitios á menos de 600 leguas marinas (de 20 al grado ecuatorial): entre Escocia ó Noruega y la Groenlandia oriental; entre el cabo Noroeste de Irlanda y las costas del Labrador; entre Africa y el Brasil. La primera de estas distancias es casi la mitad menor que las otras. El canal del Atlántico entre al cabo Wrath de Escocia y Knighton-bay (lat. 69° 15′ al Sur de Scoresby-Sound de la Groenlandia oriental), tiene solamente 270 leguas de ancho, y en la dirección de esta travesía se encuentra Islandia; es una distancia igual á la del Havre á Varsovia. Desde Stadtland (62° 7′), en Noruega, al mismo punto en la Groenlandia oriental, hay 280 leguas marinas.

El valle longitudinal del Atlántico que separa las dos grandes masas continentales, presentando ángulos salientes y entrantes que se corresponden (al menos desde 75° N. á 30° S.), se ensancha en el paralelo de España, donde desde el cabo de Finisterre á Terranova hay 617 leguas marinas. En la proximidad al Ecuador vuelve á estrecharse entre Africa (costa del cabo Roxo, cerca del banco de los Bissagos y Sierra Leona) y el cabo de San Roque. La distancia de continente á continente en la dirección NE.-SO., en la cual se encuentran las islas y escollos de las Rocas, de Fernando Noronha, del Pinedo, de San Pablo y de French Shoal, es de 510 leguas, suponiendo el cabo de Sierra Leona, según el capitán Sabine, en la longitud de 15° 39′ 24″, y el cabo de San Roque, según el almirante Roussin y el hábil observador Sr. Givry, en la longitud de 37° 37′ 26″. El punto más próximo al Africa es probablemente la punta Toiro, cerca de la aldea Bom-Jesus (lat. austr., 5° 7′), y la saliente más oriental de América está de 2° á 3° más al[Pg 236] Sur, entre el río Parahyba do Norte y la rada de Pernambuco. Esta anchura del Atlántico entre Sierra Leona y el Brasil es la distancia del Havre á Moscou, ó mejor á Jaroslav, en Rusia.

Las travesías tan frecuentes en la navegación del Mediterráneo nos proporcionan comparaciones de más fácil comprensión. Desde Escocia á la Groenlandia oriental (mínimum de distancia) hay como desde Gibraltar al cabo de Bon; desde Africa al Brasil como desde Gibraltar á Bengasí y á las costas de la Cyrenáica.

Pero la consideración de estas distancias cambia completamente al recordar que las tierras situadas al Norte del círculo polar, pobladas por algunas miserables tribus de esquimales, la inmensa península de Groenlandia que han explorado recientemente Scoresby, Sabine y el teniente dinamarquies Graah, los Arctic-Highlands, al Norte de la bahía de Baffin, y las tierras descubiertas por Parry en 1819 y 1820, formando las costas septentrionales del canal de Barrow y conocidas con los nombres de North-Devon, North-Georgia y Mellville-Island, están completamente separadas de la América continental rodeándola por el Norte.

De igual manera, aunque en menor escala, la Escandinavia, habitada por pueblos de raza germánica, envuelve el Noreste de Europa, y parecería un fenómeno de configuración semejante si el istmo de Finlandia, lleno de lagos, estuviera abierto entre el golfo de este nombre y el mar Blanco.

La Escandinavia americana, insular y circumpolar, con límites completamente desconocidos por el Noreste y Nooreste, pertenece á América con igual derecho que el archipiélago de la Tierra del Fuego; y le pertenece[Pg 237] como Nueva Zembla, el Japón y Ceylán forman parte de Asia.

La dirección de las costas orientales de América, desde la Florida hasta los 70° de latitud, es (á pesar de la vasta extensión de un mar interior que comunica con el Atlántico por el estrecho de Davis) tan uniforme de Suroeste á Noreste[246] que la parte más oriental de la Groenlandia (la tierra de Edam[247] vista el año de 1655 por los holandeses en latitud de 77° 25′) está 3½° más oriental que el cabo Blanco de Africa, y sólo la misma distancia más occidental que el cabo Slyne de Irlanda. Resulta de esta dirección que la región continental de América está más alejada de Europa que la costa desierta de la Groenlandia oriental.

La menor distancia desde Irlanda al Labrador es de 542 leguas marinas, unas 30 leguas más que la distancia desde Africa al Brasil. Pero es tal el frío que reina en la costa oriental de un continente, en las latitudes donde cae la nieve en abundancia y donde dominan los vientos de Oeste, que son por tanto los de tierra, tal es la diferencia de posición y la inflexión de las líneas isothérmicas en América y Europa, que para encontrar una[Pg 238] tierra donde el europeo pueda habitar cómodamente, es preciso avanzar desde el Labrador hacia la desembocadura del lago San Lorenzo. Determinaremos la distancia (690 leguas marinas) desde Irlanda al San Lorenzo con alguna precisión, porque la desembocadura de este gran río ha sido el punto de las primeras incursiones de los colonos islandeses, quinientos años antes de Colón y Sebastián Cabot.

En estas consideraciones sobre la geografía física sólo he tratado hasta ahora de valuaciones de distancias directas, no de las rutas que siguen los pueblos al través del Océano, favorecidos ó contrariados por los vientos ó las corrientes, atraídos ó desviados por las ventajas que ofrecen las islas interpuestas ó las estaciones intermediarias. La Islandia, las Azores y las Canarias son puntos de parada que han desempeñado importantísimo papel en la historia de los descubrimientos y de la civilización; es decir, en la serie de los medios que han empleado los pueblos de Occidente para ensanchar la esfera de su actividad y para comunicarse con las partes del mundo que les faltaba conocer.

Los fenicios y los helenos conocieron las islas Afortunadas, próximas á la entrada del antiguo río Ogenos (Océano) desde que traspasaron las columnas de Briareo. El descubrimiento de la Islandia precedió al de las Azores, grupo intermedio por su posición en latitud, pero algunos grados más al Occidente de la antigua Thulé, cuya costa oriental coincide casi con el meridiano de Tenerife. Estas islas[248], situadas entre dos continentes,[Pg 239] han perdido su importancia desde que dejaron de ser avanzada de la civilización europea, puntos de llegada y de esperanza. Cuando terminaron las exploraciones de las costas de Africa y de América, terminó también su interés histórico, quedándoles únicamente la ventaja material de servir de puntos de escala y de colonización agrícola.

La extensión del nuevo continente es inmensa en su parte boreal, sobre todo más allá de los 60° de latitud, donde el máximum de su anchura continental de Oeste á Este, desde el cabo del Príncipe de Gales á la tierra de Edam, ó, si se quiere, hasta un punto determinado, con más certeza astronómica, por el capitán Sabine, Roseneath-Inlet en la Groenlandia oriental, es de 154½°, ó[249] de 148° 20′. En esta altura, los dos mundos por el Este de Asia están tan próximos, que sólo les separa[Pg 240] un estrecho cuya anchura es de 17½ leguas marinas[250], y los Tchuktchos de Asia, á pesar de su inveterado odio contra los esquimales del golfo de Kotzebue, pasan algunas veces á las costas americanas.

Esta gran aproximación de los continentes revélase también en la distribución geográfica de los vegetales. Al Norte del Estrecho de Behring es donde especialmente los Rhododendron, la Azelia procubens, la Uvularia asplenifolia y las Liliaceas de la flora alpina del Kamtchatka cubren[251] el litoral americano, que, siendo bajo y arenoso, goza de una temperatura más suave que la costa asiática.

Cuando se observa atentamente la configuración extraordinaria de Asia y la serie de islas que casi sin interrupción se prolonga desde la península de Kamtchatka, por medio de las Korilas, Yeso, el Japón, los[Pg 241] Lieu-Kieu (Loo Choo), Formosa, los Bachis y los Babuyanes hasta Filipinas, desde los 20° á los 52° de latitud, se concibe cómo esa larga cadena de islas de diferentes tamaños, formando con el litoral del continente, diversamente articulado, cuatro mediterráneos con muchas salidas[252] (los mares de Okhotsk, de Taraïkaï, del Japón y de la China), debía ejercitar los pueblos del continente en el establecimiento de relaciones comerciales, de colonización y de propaganda religiosa con los habitantes de las islas situadas enfrente de la costa.

El estudio más concienzudo que en estos últimos tiempos se ha hecho de la historia de la China, del Japón y de Corea, gracias á los trabajos de Abel Rémusat, de Klaproth y de Siebold, prueba la influencia que estas relaciones han ejercido en los progresos de la civilización y en la extensión del budhismo. En todo el Este y Norte de Asia dicha extensión parece relacionada con la templanza de las costumbres y la afición á la literatura. Doscientos nueve años antes de nuestra era, la expedición mística de los Thsin chi-Huang-ti recorrió el mar del Este «en busca de un remedio que procure la inmortalidad del alma». Con este motivo trasladaron su residencia al Japón 300 parejas de jóvenes[253].

El carácter especial del litoral del continente y de una serie de islas que se presenta á la vista del navegante, á veces como lengua de tierra cortada, á veces como levantamientos volcánicos, siguiendo una misma dirección (Sur-Suroeste, Norte-Noreste), hace creer que naciones[Pg 242] comerciantes, que desde largo tiempo conocían el uso de la brújula, hayan ido progresivamente hacia la América occidental por el Estrecho de Behring ó por la larga cadena arqueada de las islas Aleutinas, que casi une las penínsulas de Alaska y de Kamtchatka (á los 60° de latitud). Sin embargo, no hay prueba alguna de que, en los tiempos históricos, se haya realizado esta navegación ni de que un descubrimiento debido al azar, á la violencia de una tormenta, llegara á ser motivo de comunicaciones entre ambos continentes.

Un sabio, cuyo nombre goza de justa celebridad, Deguignes, padre, se equivocó cuando en las Memorias de la Academia de Inscripciones (vol. XXVIII, pág. 505) anunció hace más de ochenta años que desde el siglo V conocían los chinos América, y que sus barcos iban al Fusang, situado á 20.000 li de distancia del Tahan; que el Fusang es la costa Noroeste del nuevo continente, y el nombre de Tahan designa á Kamtchatka. Deguignes tomó por relato de una navegación la noticia dada por un religioso budhista[254] acerca del Fusang, que era su patria,[Pg 243] noticia inserta en los Grandes anales de la China. Analizando críticamente esta noticia[255], ha probado el Sr. Klaproth que el Fusang, donde la ley de Budha y las instituciones monásticas se habían establecido desde el año 458 (de J. C.), es el Japón. Según las distancias indicadas por el monje Hoeï-chin, natural de Fusang, país de las viñas, donde usan de carretas arrastradas por bueyes de largos cuernos, caballos y ciervos, el Sr. Klaproth ha hecho ver que el país de Than, situado al Oeste del Vinland de Asia[256] no puede ser otra cosa que la isla Taraïkaï, que nuestros mapas nombran erróneamente Saghalien[257]. La indicación sólo[Pg 244] de la frecuencia de los caballos, del uso de la escritura y de la fabricación del papel con la corteza del Fu-sang ó morera útil, hubiera podido advertir á Deguignes que Hoeï-chin no habla de América. ¿Qué interés, por lo demás, hubiera podido llevar más allá de los 50° de latitud á pueblos que habitaban en climas benignos, y cuya navegación, como su brújula, dirigíanse más bien hacia el Sur? Los chinos tuvieron indudablemente relaciones desde muy antiguo con pueblos de raza tunguesa, establecidos en las márgenes del Amur y al Norte de Corea. Desde la época de la dinastía de Thang conocían á los Kulihanes y á los Tuphos, próximos al lago Baïkal; pero este conocimiento lo adquirieron por medio de viajes terrestres hechos á las comarcas de los bárbaros del Norte.

Examinada cuidadosamente la correspondencia completa del P. Gaubil, que ya había proporcionado al ilustre Laplace tan preciosos informes acerca de la longitud de la sombra meridional en los solsticios, observada por los chinos en el año 1.100, antes de nuestra era, viene en apoyo de las dudas de M. Klaproth la autoridad del más sabio de los misioneros jesuítas. «Todo cuanto me decís—escribe[258] el P. Gaubil á uno de sus hermanos en religión, en París en 1752—de la Memoria del señor Deguignes acerca del Wenchin[259] y el Tahan, y de los[Pg 245] viajes á largas distancias al Noroeste del Japón, podría induciros á creer que los chinos han conocido á América. Los textos nada prueban, y con razonamientos tan vagos podría sostenerse hasta que los chinos han venido á Francia, á Italia y á Polonia.»

Esta afición á las hipótesis quiméricas y á las ficciones que el P. Gaubil censura á los geógrafos, y que recientemente ha hecho atribuir á los indios antiguo conocimiento de las Islas Británicas, encuéntrase también, sin que se les pueda censurar, en los poetas chinos. El país de Fusang es el teatro de sus fantasías, y no faltan, porque no podían faltar en ellas, conforme á la afición nacional, al lujo de las sedas, moreras de muchos miles de toesas de altura y gusanos de la seda de seis pies de longitud.

Si hasta ahora no hay hecho histórico alguno que presente indicios de comunicación espontánea de los pueblos civilizados del Asia Oriental con el Nuevo Continente, no es, sin embargo, inverosímil que alguna tempestad haya arrastrado japoneses ó Siampis de la raza de Corea á la costa Noroeste de América. Sucesos de esta índole no tienen lugar en las investigaciones que son objeto de la presente obra. Gomara asegura que en el siglo XVI suponíase haber hallado en las costas del Quivira y de Cibora (el Eldorado del Méjico boreal, sitio fabuloso de una antigua civilización) los restos de un buque del Cathay[260]; pero en aquel tiempo tan cercano á la Edad[Pg 246] Media, como á veces en nuestros días, la credulidad interpreta hechos mal observados, para fundar sobre ellos sistemas.

La dispersión de la flota que Khubilaï Khan, fundador de la dinastía de los Yuan y hermano de Manggu-Khan, envió en 1281 para conquistar el Japón, ha dado origen á hipótesis con las cuales Reinhold Forster y M. Ranking[261] han querido explicar grandes cambios en la civilización y el estado político del Perú. Paréceme indudable que los monumentos, las divisiones del tiempo, las cosmogonías y muchos mitos que he discutido en mi obra sobre los Monumentos de los pueblos indígenas de América, presentan notables analogías con las ideas del Asia Oriental, analogías que anuncian antiguas comunicaciones, y que no son sencillo resultado de la identidad de situación en que los pueblos se encuentran en la aurora de la civilización. ¿Por qué vía se han realizado estas lejanas comunicaciones? ¿Cómo se ha conservado la cultura intelectual, atravesando las regiones boreales, donde los dos continentes se aproximan? Problemas son éstos que no pueden resolverse en el estado actual de nuestros conocimientos. La corriente de los pueblos del Aztlán en Méjico fué sin duda de Norte á Sur; pero sólo se pueden seguir los rastros de estas emigraciones hasta el río Giba ó á lo más hasta el lago de Teguajo, que no traspasa, al parecer, el paralelo de 41°. La cuestión de los primeros pobladores de América no entra en[Pg 247] los dominios de la historia, como tampoco en los de las ciencias naturales la del origen de las plantas y de los animales y la distribución de los gérmenes orgánicos.

Si la gran proximidad de Asia y América corresponde á una zona inhospitalaria y helada en la latitud del Labrador, del mar de Hudson, del lago de los Esclavos y del río Anadyr, las costas de ambos continentes, al avanzar hacia el Sur, se inclinan desde el paralelo de los 60° en dirección tan opuesta, y huyen, por decirlo así, una de otra, de tal modo que á los 30° de latitud en el paralelo de Nanking y de Nueva Orleans, el litoral de China se aleja 123° del litoral de la Vieja California, esto es, tres veces la distancia que existe entre Africa y la América meridional. Este es uno de los caracteres distintivos del Océano Pacífico, llamado con justicia el Gran Océano. Su cuenca no tiene la configuración de un valle longitudinal con ángulos salientes y entrantes que se correspondan, como en el Atlántico. Desde el estrecho de Behring las costas opuestas se apartan con igual rapidez; las de Asia dirigidas al SO.-NE.; las de América al SE.-NO. Podría decirse que en el levantamiento de las dos masas continentales hubo del lado oriental del Nuevo Mundo una conexidad de fuerzas que determinó simultáneamente los contornos de las masas americanas y de las del antiguo continente, mientras en las cuencas del Gran Océano Pacífico, causas más independientes entre sí han producido efectos distintos.

Al relacionar ideas geológicas, ó más bien físico-geográficas, con las probabilidades que se hayan presentado á las razas humanas para comunicarse entre sí, debo mencionar ante todo esa zona de islas alargadas hacia el[Pg 248] Asia que se extiende de Este á Oeste por Juan Fernández, Salas y Gómez, la isla de Pascuas[262], la metrópoli de Taïti, las Fidji y las Hébridas hacia la Nueva Caledonia, y después, como circunstancia muy importante[263] para las necesidades de la navegación, la de[Pg 249] una corriente que se dirige entre los paralelos de 35 y 40° Sur del meridiano de Taïti, hacia las costas de Chile, y que, por tanto, es opuesta á la corriente ecuatorial.

A excepción de Méjico y de Guatemala, cuyas planicies, por la poca anchura, dominan ambos mares á la vez, donde los españoles, al llegar al Nuevo Mundo, encontraron una civilización que se mostraba en los monumentos, en los grandes caminos, en las instituciones civiles y en el carácter imponente del culto y de las congregaciones religiosas, fué en la parte de América que da frente al Asia. La que baña el Atlántico sólo presentaba pueblos nómadas y cazadores, poco numerosos y hasta inferiores en cultura á las razas extinguidas, que en las llanuras al sur de los grandes lagos del Canadá, construyeron las circunvalaciones polígonas que semejan campos atrincherados.

Á la costa más civilizada de América, donde habitaban pueblos agrícolas y vestidos, corresponde, al Oeste, la costa oriental del Antiguo Mundo, donde todo lo que tiende al progreso de la inteligencia y su aplicación á las necesidades de la vida social, tiene indudablemente una antigüedad de muchos miles de años respecto á las costas occidentales de Europa. Sin embargo (tal es el misterioso encadenamiento de las cosas humanas), por el Oeste, por la parte más largo tiempo bárbara del Antiguo Mundo, es por donde se realizó el descubrimiento de América. Acaso las diversas familias del género humano[Pg 250] no hicieron entonces más que reanudar los lazos que ya habían existido entre ellas en tiempos anteriores á toda reminiscencia histórica.

En el valle longitudinal del Atlántico, donde las sinuosidades correspondientes á las dos orillas están ocupadas hoy en gran parte por la civilización europea, el Antiguo Continente se acerca dos veces y casi á la misma distancia (de 510 y de 542 leguas marinas) á las costas del Continente americano. El valle tiene el mínimum de anchura en una dirección SSO.-NNE. cerca del Ecuador entre Africa y el Brasil. Desde el cabo Roxo (entre la desembocadura del Gambia y los Bissagos) al cabo de San Roque, sólo hay diez leguas marinas[264], menos que desde este último cabo á Sierra Leona. En Europa el promontorio de la Irlanda Occidental, entre Tralee y Dingle Bay, es el que más se aproxima á la extremidad SE. del Labrador, un poco al Norte de Terranova. El Atlántico tiene en este paralelo (y entre los dos puntos sólo hay una diferencia de latitud de 9′) una anchura de 542 leguas[265]. La diferencia de distancias entre Europa y la América continental del Norte, entre Guinea y la América del Sur, no es, pues, á pesar del aumento de más de 40° de latitud, sino de 94 millas, de 60 al grado ecuatorial.

[Pg 251]

Las relaciones de proximidad de ambos mundos cambian considerablemente cuando se considera como parte del Nuevo Continente la extensa isla de Groenlandia, cuya prolongación hacia el Noroeste más allá del mar de Baffin y del estrecho de Barrow, es completamente desconocida. Esta comarca septentrional parece, en efecto, corresponder á América por la identidad de dirección (SO.-NO.), y sus costas orientales desde Georgia á la tierra de Edam, desde los 30 á los 77 grados y medio de latitud.

La Groenlandia Oriental en las tierras de Scoresby se aproxima de tal modo á la península escandinava y al Norte de Escocia, que desde esta última al cabo Barclay (grado y medio al Sur del paralelo de la isla volcánica de Juan Mayen), sólo hay 269 leguas marinas[266], lo cual es casi la mitad de la anchura del Atlántico entre Africa y el Brasil. Con viento fresco y continuo del NO. se atraviesa este espacio en menos de cuatro días.

La aproximación de todas las masas continentales hacia el círculo polar ártico, y más allá, se revela también, según lo demuestran las investigaciones más exactas acerca de la geografía de las plantas, en el gran número de vegetales que son propios de la Europa, el Asia y la América boreal[267]. La América del Sur, y en general toda la parte tropical del Nuevo Mundo, tiene distinto carácter. La gran ley de la Naturaleza, reconocida por Buffón en la desemejanza de la creación animal[Pg 252] propia de estas regiones y de Africa, puede aplicarse con ciertas restricciones al reino vegetal. Las excepciones de la ley son raras, pero existen, no sólo en las plantas monocotiledóneas, especialmente en las gramíneas y en las ciperáceas[268], sino también en las dicotiledóneas arborescentes, que no son de las especies litorales[269] ó acuáticas.

Es notable sin duda que, según los trabajos de M. Roberto Brown sobre la flora del Congo y las discusiones de los Sres. Perrottet y Guillemin sobre la flora de Cabo Verde y de la Senegambia sean principalmente las costas africanas y las del Brasil y la Senegambía las que presentan estas analogías con el Africa equinoccial. Basta, para probarlo, citar las especies del Río Zahir y del Senegal, cuyos nombres específicos indican los lugares donde los viajeros botánicos las han recogido por primera vez: Schwenkia americana, Urena americana, Cassia occidentalis, Ximenia americana, Waltheria americana, que es idéntica á la Waltheria índica[270].

[Pg 253]

Las corrientes se dirigen desde el Congo al O. hacia el Brasil, mientras que en la desembocadura del Senegal y más allá hasta la bahía de Biafra, el movimiento de las aguas es al S. y SE., y, por tanto, completamente contrario al transporte de frutos y semillas á las costas americanas. Lo que sabemos de la acción deletérea que ejerce el agua del mar en un trayecto de 500 ó 600 leguas sobre la excitabilidad germinativa de la mayoría de las semillas, no es favorable al sistema demasiado generalizado de la emigración de los vegetales por medio de las corrientes pelásgicas.

No debo terminar esta reseña del gran valle del Atlántico, en el punto donde presenta menos anchura entre masas de tierra completamente continentales, sin añadir á las líneas generales del cuadro físico la indicación de un hecho, ó mejor dicho, una creencia del siglo XVI que los modernos historiadores del Nuevo Mundo han desatendido completamente. Colón supo cuando su segundo viaje que la isla de Haïtí era atacada algunas veces por una raza de hombres negros (gente negra), que vivía hacia el Sur ó Sureste.

Distingue estos negros de los Caribes de las Pequeñas Antillas, á quienes, en una carta á los monarcas, fechada en el mes de Octubre de 1498 llama Caribales[271], y los pinta armados de azagayas, cuya composición metálica[Pg 254] llamó singularmente su atención. Los indígenas de Haïtí llamaban esta composición Guanin. Colón la envió al rey Fernando, y refiere Herrera (sin duda por lo que vió en los manuscritos de Las Casas, porque D. Fernando Colón no habla de ello), que el análisis hecho en España dió á conocer en el Guanin para 32 partes 18 de oro, 6 de plata y 8 de cobre[272]. Era, pues, oro de baja ley (oro baxo), notable por la doble aleación (0,44) de cobre y plata, producida sin duda en aquellos pueblos bárbaros por la naturaleza especial de un mineral aurífero.

La dirección meridional que el Almirante dió á su tercer viaje tuvo por único motivo el deseo de llegar al país del Guanin. «Dixo Colón que por aquel camino pensaba experimentar lo que decían los Indios de la Española de la gente negra que traía los hierros de las azagayas de un metal que llamaban guanín.»

Vasco Núñez de Balboa, el primero que atravesó el istmo para llegar al mar del Sur, encontró efectivamente negros en el Darien. «Este conquistador, dice Gomara (Historia de las Indias, fol. 34), entró en la provincia de Quareca, donde no encontró oro, sino algunos negros esclavos del señor del lugar. Preguntó al señor de dónde había sacado aquellos esclavos negros, y le respondió que las gentes de aquel color vivían cerca de allí y estaban constantemente en guerra con ellos.»

«Estos negros, añade Gomara, eran iguales á los negros de Guinea, y en las Indias yo pienso que no se han visto negros después.»

A Pedro Mártir de Anghiera (Ocean. déc. III, lib. I, página 45), que observa todo lo que atañe á las razas[Pg 255] americanas, sorprendió este hecho referido por Gomara, y lo explica, con alguna ligereza, suponiendo algún naufragio de africanos en las costas de América. Estos esclavos son, sin duda, dice, descendientes de negros etíopes, que, después de infestar la mares como piratas (latrocinii causa) los arrastró alguna tempestad á naufragar en el Darien.

No puede negarse (y, según antes dije, los mapas del mayor Rennell dan fe de ello) que desde las costas del Congo y de Benguela, las corrientes africanas, mezcladas á las aguas del Gulf-Stream, impulsan hacia el Oeste, hacia el Brasil, la Guayana y el fondo del mar de las Antillas; pero ¡qué largo trayecto para negros africanos que jamás fueron piratas de alta mar, y sólo usan canoas pequeñas apropiadas para la pesca en el litoral!

Estos negros de Quareca habitaban las mismas comarcas donde los naturales suponían primitivamente una raza blanca, suponiendo que algunos negros albinos eran una raza especial. En mi concepto eran Papus del mar del Sur, que fueron del Oeste, aprovechando algunas contracorrientes en el aire y en el mar, y no negros de Etiopía. También puede suponerse que fuera alguna tribu de indígenas de color más obscuro que las demás, porque Gomara al decir que los negros de Quareca se parecen á los negros de Guinea, no menciona especialmente el cabello rizado.

En las misiones del Orinoco, los Otomaques y los Guamos forman la variedad más obscura, los Guaharibos del Gehette y los Guainares, la variedad más blanca entre los indios cobrizos. Debe esperarse á que algún viajero instruído, recorriendo parajes tan inexplorados como los que median entre las fuentes del Atrato, el[Pg 256] Darien y el golfo de Mandinga, aclare la cuestión de quién era esta gente negra conocida á la vez en Haïtí y en Caribana; porque conviene precisar los hechos antes de intentar explicarlos.

Verdad es que hay otros indicios para creer que aquel rincón de la tierra fué antiguamente visitado por razas extranjeras. Entre los Caramaris, que decían ser de la grande y poderosa familia de los pueblos Caribes, encontráronse rastros de una cultura importada, como entre los Caribes de Uraba[273] que tenía alguna noción de libros y de signos gráficos.


[Pg 257]

XIII.

Viajes de los escandinavos al Nuevo Mundo en los siglos XI y XII.

Existe en los mudables destinos de la civilización y del estado social de los pueblos algo permanente y estable que se relaciona con la configuración de las tierras, su aislamiento mayor ó menor, las influencias del clima y los agentes físicos en general. Acabamos de ver que el estado de barbarie en que se encontraban las costas opuestas de los continentes de Asia y América donde más se aproximan, excluía, al parecer, cualquier empresa de emigración ó de navegación lejana en tiempos remotos. Reservado estaba á la parte más septentrional del Atlántico, donde la Escandinavia insular de América (la Groenlandia) se aproxima á una distancia de ochocientas á novecientas millas marinas á Escocia y á Noruega, dar ocasión al descubrimiento de América por el lado oriental.

Dos circunstancias favorecieron este descubrimiento, que coincide con el principio del siglo xi de nuestra era. La primera corresponde á la geografía física. Entre los paralelos de 58°½ y 64°, el canal del Atlántico, ya bastante[Pg 258] estrecho, está sembrado de muchos grupos de islas (las Orcades, las Færoë, Islandia) que presentan una serie de estaciones intermedias, y conducen, por los antiguos levantamientos volcánicos (las doleritas y las traquitas)[274] á las costas de la América insular del Norte. La segunda se refiere á la actividad del espíritu de empresa en los pueblos de Europa próximos, en la Edad Media, á esa misma región de un mar boreal cubierto de islas, que fueron teatro de sus expediciones.

La unión de ambas causas físicas y morales produjeron el descubrimiento del Nuevo Continente por los escandinavos.

Los normandos y los árabes fueron las únicas naciones que, hasta principios del siglo XII, compartieron la gloria de las grandes expediciones marítimas, la afición á aventuras extraordinarias, la pasión del pillaje y de las conquistas efímeras. Los normandos ocuparon sucesivamente la Islandia y la Neustria, saquearon los santuarios de Italia, conquistaron á los griegos la Pulla, y hasta escribieron sus caracteres rúnicos en los flancos de uno de los leones que Morosini quitó al Pireo de Atenas para adornar el arsenal de Venecia.

[Pg 259]

En todo lo que á la historia se refiere, preciso es distinguir las fechas de los acontecimientos, y las diversas épocas en que empezaron á combinarse aquéllas y éstos y á estudiar sus relaciones con descubrimientos mucho más recientes. En medio de tantos acerbos debates producidos por envidiosa malignidad y por las aficiones á una falsa erudición clásica entre los contemporáneos de Cristóbal Colón, acerca del mérito de este grande hombre, nadie pensó en las navegaciones de los normandos como precursores de los genoveses. Esta idea no se mostró sino sesenta y cuatro años después de muerto Colón. Sabíase por sus propios escritos, sobre todo por su obra acerca de las zonas habitables «que había ido á Thule», pero entonces este viaje al Norte no engendró sospecha alguna sobre prioridad del descubrimiento, y preferíase, para atacar á Colón, recurrir á algún manuscrito[275] que[Pg 260] un bibliotecario del papa Inocencio VIII debió enseñar á un miembro de la rica familia de los Pinzones.

Si se quiere seguir con precisión la serie de hechos que han conducido á las costas boreales de América,[Pg 261] conviene no olvidar que en las islas situadas entre Escocia, Noruega y Groenlandia las expediciones de los misioneros irlandeses rivalizaron con las de los normandos. La preciosa obra de Dicuil De Mensura Orbis terræ, cuya edición princeps debemos (y solamente desde 1807) al Sr. Walckenaer, ha llegado á ser de grandísima importancia para esclarecer la historia de esta rivalidad.

Los anacoretas cristianos en el norte de Europa y los piadosos monjes budhistas en el interior de Asia, exploraron y pusieron en relaciones con la civilización las comarcas más inaccesibles. El espíritu de propaganda y el deseo de extender las creencias religiosas prepararon igualmente las vías para las invasiones hostiles y para el cambio pacífico de ideas y de productos. Este fervor propio de las religiones de la India, de la Palestina y de la Arabia, y extraño á la indiferencia del politeísmo de los griegos y de los romanos, dió especialísimo aspecto á los progresos de la geografía en la primera mitad de la Edad Media.

Comentando dos importantes pasajes de Dicuil (capítulo VII, párs. 2 y 3), M. Letronne[276] demuestra ingeniosa y satisfactoriamente que «las islas Færoë, habitadas desde hacía un centenar de años por ermitaños de Scottia (Irlanda tuvo este nombre hasta el reinado de Malcolm II), fueron abandonadas por ellos desde el año 725, época de la primera invasión de los escandinavos en las Islas Británicas; y que la Islandia fué visitada y acaso colonizada por los irlandeses en el año 799,[Pg 262] es decir, sesenta y cinco años antes de que lo fuera por los escandinavos.»

El Landnamabok, publicado de nuevo[277] recientemente en una colección de los Sagas históricos por la Real Sociedad de Anticuarios del Norte, en Copenhague, refiere textualmente que los noruegos encontraron en Islandia libros irlandeses, campanillas y otros objetos que los Papæ (Papas), «hombres de Occidente que profesaban la religión cristiana, habían dejado allí, especialmente en los dos cantones de Papeya y Papyli, en la costa oriental». Ahora bien; se sabe por los Sagas de las Orcades[278] que estas islas estaban habitadas á fines del siglo IX por «dos naciones, los Peti (probablemente descendientes de los Pictos) y los Papæ (los padres[279], sacerdotes, religiosos, sin duda los clerici de Dicuil).» Snorro-Sturlæson dice que hasta la misma Escocia se llamaba entonces Pettoland.

Las islas Færoë y la Islandia convirtiéronse en estaciones intermedias, en puntos de partida para llegar á la Escandinavia americana; de igual suerte que el establecimiento de Cartago sirvió á los Tyrios para llegar al estrecho de Gadira y al puerto de Tartesus, y desde Tartesus fué este pueblo de viajeros, de estación en estación, hasta Cerné, el Gauleón (isla de los barcos) de los cartagineses.

[Pg 263]

Cuando se puede seguir una misma costa, el agrupamiento y la proximidad de las islas determinan frecuentemente la dirección de los descubrimientos geográficos. Los de los escandinavos se han referido con tanta prolijidad en estos últimos años, que basta recordar aquí las épocas.

La Islandia, visitada después de los monjes irlandeses y de los Peti, por el pirata Naddoc, hacia el año de 860, no tuvo colonia noruega estable hasta el año 874, y entonces sólo por los cuidados de Ingulf y de Hiorleif. Se enseña todavía al Sur de la isla la tumba del primero de estos fundadores, en la cima de una montaña que se llama Ingolfsfiæll. Cerca de Kielarnäs están las ruinas de la casa de un hijo de Ingulf[280] construída el año 888.

Desde la Islandia pasó Eric Rauda á Groenlandia, ó en el año de 932 ó en el de 982, porque los Sagas difieren en las fechas. La verdadera colonización de Groenlandia no es más antigua del año 986, próximamente en la época en que los noruegos llevaron el cristianismo á Islandia, durante el reinado de Olaf I.

La costa oriental de Groenlandia dista del cabo Straumsnæs (cabo NO.) de Islandia, según el gran mapa del capitán Graah[281], cincuenta y dos leguas marinas[Pg 264] en la dirección de SE. á NO., entre los 67° y 68° de latitud. Se ha supuesto, por la corta distancia, que poco antes de la gran catástrofe del Scaptar-Iokul, en 1783, se vieron durante muchas horas desde la costa septentrional de Islandia, sin duda por reflejo de las nubes, «fuegos volcánicos en la costa de Groenlandia»[282]. Se sabe hoy que no ha sido esta costa oriental, tan próxima á Islandia, la que, durante tres siglos, sirvió de asiento á colonias escandinavas, como Cranz, Torfæus y sus antecesores lo afirmaron erróneamente.

Cuanto Eggers[283] dijo en 1793 sobre la situación de establecimientos cristianos en la Groenlandia, está confirmado y apoyado con pruebas aún más convincentes por el viaje de Mr. Graah y por las sabias investigaciones acerca de las antigüedades escandinavas de Mr. Rafn. Las colonias, más antiguas Œster y Vesterbygden, están situadas en la costa occidental en el Inspectorat meridional de Julianshaab, donde los bosquecillos de abedules anuncian un clima más templado. Toda esta costa hasta[Pg 265] el Inspectorat boreal[284] de Uppernavik (lat. 72° 50′), está cubierta de ruinas de las antiguas colonias escandinavas, mientras en la costa oriental no hay rastro alguno de habitaciones europeas, y muestra, como todas las costas orientales, un rigor de clima contrario al desarrollo de la vida orgánica. Las heleras bajan de las montañas como dique continuo hacia el litoral: las corrientes que al Norte del paralelo de 64½° se dirigen al SO., contribuyen á amontonar los témpanos de hielo arrancados en las regiones polares[285].

El capitán Graah estuvo mas de diez y ocho meses expuesto á grandes sufrimientos en las costas desiertas de la Groenlandia oriental. Llegó en sus exploraciones hasta los 65° 20′, y reconoció que la descripción que los Sagas hacen de la costa habitada por los islandeses no conviene en manera alguna á la localidad del litoral oriental. Los estrechos canales (fjord) que recortan la costa habitada, sólo son frecuentes en la parte occidental, lo mismo en Groenlandia que en Noruega y en la América boreal.

El atento examen del camino seguido por los antiguos navegantes escandinavos para llegar á las colonias de Osterbygde, demuestra la exactitud de las primeras nociones de Eggers que Mr. Malte Brum ha reproducido y enriquecido con muchas observaciones nuevas en su[Pg 266] Precis de l’histoire de la Géographie. Según las investigaciones de Mr. Graah[286] se iba de Islandia primero al O., despues al SO. hasta un hvarf ó vendeplads (punto en que la costa cambia de dirección); desde allí la navegación se dirigía, como la costa misma á NNO. El hvarf estaba, por tanto, colocado entre el cabo Farewell, designado con el nombre de Hvidsærken, y el cabo Egede en la extremidad de la península groenlandesa, donde hay un archipiélago de islotes parecido al del cabo de Hornos y la Tierra del Fuego.

La prueba más irrecusable del emplazamiento de las colonias scandinavas, la ofrecen las inscripciones rúnicas descubiertas desde hace diez años en la costa occidental de Groenlandia. Se ha reconocido que muchas de estas inscripciones, por ejemplo las que han sido encontradas en 1831 en Igalikko (lat. 60° 51′), y en 1832 en Ikigeit ó Egegeit (lat. 60° 0′) al norte de Fridriksal, que corresponden á los siglos XI y XII por la forma de los runos, comparados con los runos de Noruega, cuya fecha se sabe con exactitud; pero ha fijado ademas grandemente la atención de los anticuarios otro monumento de la parte más septentrional de la península groenlandesa que el capitán Graah ha traído á Europa. Este monumento tiene, al parecer, la fecha de 1135, y es una marca, una señal erigida en la parte más elevada de la isla de Kingiktorsoak (lat. 72° 55′), una de las Womans Islands, un poco al norte de Uppernavik.

Un groenlandés llamado Pelinut, halló esta piedra rúnica en 1824 encima de una roca, y el misionero[Pg 267] Kragh tuvo el mérito de ser el primero en darla á conocer[287]. La versión latina de Rask, que me ha sido comunicada por M. Rafn, dice: Erlingr Sighvati filius et Bjarn Thordi filius et Eindridi Oddi filius feria septima ante diem victorialem extruxerunt metas hasce ac purgaverunt (locum), MCXXXV. Esta fecha, trescientos cincuenta y siete años anterior á Cristóbal Colón, no es inverosímil, conforme á las opiniones generalmente admitidos hoy respecto á la época de los descubrimientos escandinavos. Preciso es recordar, sin embargo, que la interpretación del valor numérico de los seis runos en que se cree encontrar un millar, una centena, tres decenas y un cinco, conforme á la analogía de las cifras romanas, ha dejado dudas en el ánimo de sabios muy versados en el estudio de los signos gráficos de los noruegos[288].

[Pg 268]

Las estaciones intermediarias de Islandia y de la Groenlandia dieron lugar acaso, desde el año 985, al descubrimiento del Vinland, cuando con el intento de reunirse con su padre, recientemente establecido en la Groenlandia, el islandés Biarn Herjolfson conoció toda la violencia de los vientos de Noroeste y fué llevado hacia una tierra que, por la frondosidad de la vegetación, parecióle al primer aspecto muy distinta de las que hasta entonces había descubierto.

De vuelta á donde residía su padre, unióse Biarn con Leif Ericson (hijo de Eric Rauda, el fundador de los primeros establecimientos islandeses en la Groenlandia), y emprendió con él una expedición lejana, en la cual tocaron el año 1001 ó 1005 sucesivamente en Hallyland,[Pg 269] Markland[289] y Vinland. Sabido es que á esta última comarca le dió dicho nombre, por la abundancia de vides silvestres que allí había, un alemán, Türker, que acompañaba á los normandos y les hablaba de la posibilidad de hacer vino.

Examinando atentamente las indicaciones de la longitud del día en los distintos Sagas, se ha deducido que los parajes visitados entonces por los escandinavos estaban situados entre los paralelos de 41° á 50°, lo cual corresponde á la costa que se extiende desde Nueva York á Terranova, costa en que vegetan más de siete especies de Vitis.

Mr. Rafn, que prepara una extensa é importante obra sobre la historia de los descubrimientos americanos, cree que los escandinavos llegaron hasta la Carolina del Norte, pero que la principal estación de estos intrépidos marinos fué la desembocadura del San Lorenzo, sobre todo la bahía de Gaspe, frente á la isla Anticosti, donde la abundancia y facilidad de la pesca podían atraerles. Afortunadamente la sociedad de anticuarios de Copenhague está reuniendo los materiales relativos á esta época tan memorable de la Edad Media.

Todo lo escrito fuera de Dinamarca acerca de los descubrimientos escandinavos en América, aumenta muy poco nuestros conocimientos; sólo cuando el conjunto de los hechos sea comprobado y sometido á sabia crítica,[Pg 270] podrá intentarse con éxito el artificio de las opiniones y de las conjeturas.

En esta clase de acontecimientos, como en otros de antigüedad más remota, conócense, por decirlo así, las masas, la realidad de las comunicaciones entre la Groenlandia y el continente americano; pero el detalle de los sucesos es vago y á veces, en la apariencia, extraordinario. Sólo los sabios dinamarqueses y noruegos pueden hacer desaparecer las contradicciones de fechas y de distancias, y las dudas respecto á la dirección y duración de las navegaciones y al aspecto de las comarcas descritas por los Sagas.

Hay investigaciones y trabajos que sólo pueden realizarse junto á las mismas fuentes de conocimientos. Tales son las ventajas de la América española para el estudio de la historia de la civilización primitiva de Méjico, Guatemala y el Perú, y las de Italia para las cartas de marear de la Edad Media, que permanecen olvidadas en las bibliotecas públicas y privadas.

Los recuerdos de las expediciones al Vinland, denominación geográfica tan vaga como lo ha sido la de Terranova á fines del siglo XV, abarcan tan sólo un período de ciento veinte á ciento treinta años. El último viaje de que se ha conservado tradición cierta es el del obispo groenlandés Eric, que fué al Vinland á predicar el Evangelio. Los establecimientos de la Groenlandia occidental, muy florecientes hasta la mitad del siglo XIV, fueron arruinándose progresivamente por los monopolios destructores del comercio, por la invasión de los Esquimales (Skræellinger) en 1349 ó 1379 (porque no se sabe ciertamente el año), por la peste negra (schwarze Tod) que asoló el Norte desde el año 1347 hasta el de 1351,[Pg 271] y por el ataque de una flota enemiga cuyo punto de partida se ignora. No se cree hoy en la fábula de un cambio súbito de clima, en la formación de una barrera de hielo que causó la separación total entre las colonias establecidas en Groenlandia y su metrópoli.

Como las colonias sólo ocupaban la parte más templada de la costa occidental, no es posible lo que se ha dicho de que un obispo de Skalhot viera en 1540 en la costa oriental, más allá del muro de hielo, pastores llevando á pastar sus rebaños. La acumulación de hielos[290] en el litoral frontero á Islandia depende, como antes hemos indicado, de la configuración del país, de la proximidad de una serie de montañas paralelas á la costa y de la dirección de las corrientes. Este estado de cosas no data de fines del siglo XIV ó principios del XV, y el mito de la formación de una barrera de hielo en los tiempos históricos, parécese bastante al de la supuesta destrucción de esta barrera en 1817, destrucción que debía cambiar por segunda vez el clima de todo el Noroeste de Europa.


[Pg 272]

XIV.

Colón no supo los viajes de los escandinavos á la América septentrional.

Referidos los sucesos que impulsaron al descubrimiento del continente americano, por las estaciones intermedias de las islas Færoë, la Islandia y la Groenlandia, resta examinar si Cristóbal Colón supo algo de este descubrimiento, ó si pudo comprender la relación que tenía con sus proyectos.

La única base de esta cuestión es un párrafo mal interpretado de la Vida del Almirante, escrita por su hijo don Fernando. Al dar á conocer las ocupaciones del grande hombre, antes de su llegada á España, cita don Fernando el Tratado de las cinco zonas habitables, cuyo autor (Cristóbal Colón), á fin de probar la posibilidad de la habitación por la experiencia de sus propios viajes, dice lo siguiente: «En el año de 1477, por Febrero, navegué más allá de Tyle cien leguas, cuya parte austral dista de la equinoccial 73 grados, y no 63 como quieren algunos, y no está sita dentro de la línea que incluye al Occidente Ptolomeo, sino es mucho más occidental; y los ingleses, principalmente los de Brístol, van con sus[Pg 273] mercaderías á esta isla, que es tan grande como Inglaterra; cuando yo fui allá no estaba helado el mar, aunque las mareas eran tan gruesas que subían 26 brazas y bajaban otro tanto. Verdad es que Tyle, de quien Ptolomeo hace mencion, está en el sitio donde dice y hoy se llama Frislanda.»

Este párrafo es doblemente notable á causa del nombre de Frislanda, célebre por los viajes de los venecianos Nicolás y Antonio Zeni, que fueron al Norte en 1388 y 1404. Colón no conoció seguramente el Diario manuscrito de Antonio Zeno, que, como sabemos, quedó olvidado en poder de su familia hasta 1558, en que vió la luz[291] la edición de Marcolini, cincuenta y dos años después de la muerte del Almirante y diez y ocho después de la de su hijo D. Fernando, que, por tanto, nada pudo tomar de él[292]. No fueron, pues, los hermanos[Pg 274] Zeni quienes inventaron el nombre de Frislanda, que no debemos confundir[293] con la isla de los Bacalaos (isla de Stockfich, Stokafixa), del septimo mapa de Andrés Bianco, dibujado en 1436.

Recordando la permanencia del Almirante en Lisboa desde 1470 á 1484, llama la atención la fecha de su viaje á Tile en 1477, sobre todo de un viaje á las regiones árticas en el rigor del invierno. Haré observar primero que su estancia en Portugal fué mucho menos permanente de lo que se acostumbra á suponer. No cabe duda de que Colón tomó parte en cuatro expediciones antes de 1484, á saber: á Túnez, al archipiélago griego, á Islandia y á la costa de Guinea, sin contar los frecuentes viajes á Porto Santo, donde residía su mujer D.ª Felipa Muñiz Perestrello y donde nació D. Diego Colón. Lo incierto no son los acontecimientos mismos, sino su orden cronológico, y esta incertidumbre alcanza también á la prioridad de los ofrecimientos que el Almirante hizo á varias potencias, por ejemplo, á la República de Genova[294] y á los Reyes de Portugal y de Inglaterra.

[Pg 275]

Los biógrafos modernos (exceptuando á Spotorno y al juicioso Washington Irving) han ordenado los hechos de la manera más arbitraria, mientras el mismo D. Fernando Colón confiesa que la época del viaje de su padre «á la Mina ó á Guinea le parece bastante dudosa»[295]. «Yo he pasado veintitrés años en el mar, dice el Almirante; he visto todo el Levante y el Occidente y el Norte; he ido muchas veces de Lisboa á la costa de Guinea, pero en parte alguna encontré tan excelentes puertos como en esta tierra de la India (el Nuevo Mundo).» Como esta comparación prueba que el párrafo citado por don Fernando es posterior á 1492, y como el Almirante asegura, según su mismo biógrafo, que navegó «desde la edad más tierna», á los catorce años, el cálculo de los veintitrés años pasados en el mar puede ser exacto[296][Pg 276] suponiendo, como lo afirma Navarrete, que Colón nació en 1436.

Las aventuras de este grande hombre en el Mediterráneo se reducen á un viaje á Chío, que poseían entonces los Giustiniani de Génova, «donde vió coger el almáciga»; al mando de unas galeras genovesas en las cercanías de la isla de Chipre[297] durante la guerra con los venecianos; á una expedición á Túnez por cuenta del rey Renato de Anjou y á los viajes que parece hizo con un marino célebre en su época, que Fernando Colón llama Colón el mozo, para distinguirle de un tío de éste, que fué capitán de las armadas navales del Rey de Francia en 1476.

La expedición á Túnez tuvo por objeto capturar una galera (probablemente napolitana), la Fernandina, estacionada en las costas de Africa. Colón refiere, en una carta (escrita á los Reyes Católicos desde la Española) fechada en el mes de Enero de 1495[298], cómo por un ardid, «cuando el difunto rey Renato (Reinel) le envió á Túnez», apaciguó una insurrección de marineros cerca del islote de San Pedro, en la costa occidental de Cerdeña.[Pg 277] Se coloca este hecho en 1473[299], acaso porque en 1472 guerreaba con los turcos Fernando, hijo natural del rey Alfonso de Nápoles, y podía bloquear el puerto de Túnez; pero en esta época el bueno y poético rey Renato ocupábase tranquilamente de pinturas y fiestas pastorales en Provenza, perdidas ya todas sus esperanzas de hacer valer sus derechos sobre Sicilia y Aragón, desde que murió en Barcelona, en 1470, su hijo Juan II, duque de Calabria.

La expedición que Colón hizo por cuenta del rey Renato debió corresponder necesariamente al intervalo entre los años de 1459 y 1470, y creo que fuera desde 1461 á 1463, cuando, con ayuda de los genoveses, procuró Juan II, duque de Calabria, conquistar á Nápoles, donde reinaba Fernando, de la casa de Aragón. Esta circunstancia es, en mi concepto, un motivo más para considerar exacta la opinión de los que sostienen que Colón nació en 1436 y no en 1446; porque á la edad de diez y siete años no se tiene el mando de un buque de guerra, ni se representan los intereses de un soberano extranjero.

Más difícil es determinar la época que Colón navegó en las galeras de Colón el mozo. Muñoz es el primero en probar, por medio de los anales de Marco Antonio Coccejo (Sabellico), que la novelesca aventura descrita por Fernando Colón para explicar la llegada de su padre á Lisboa en 1474, no pudo realizarse hasta 1485, es decir, cuando éste había salido ya de Portugal. Fue, pues, en otra época cuando Colón navegó («durante largo tiempo») con Colon el mozo, cuyo parentesco estimaba[Pg 278] en mucho, porque, hijo de un fabricante de paños (su padre vivía aún en 1494, y su nombre figura entre los testigos en un testamento de esta época, textor pannorum), dice con orgullo en un fragmento de sus escritos que ha llegado hasta nosotros. «Yo no soy el primer almirante de mi familia.»

La expedición á la costa de Guinea y «al fuerte de San Jorge de la Mina» del Rey de Portugal, necesariamente es posterior á 1481, porque hasta entonces, según dije antes, no se construyó esta fortaleza.

Cualquiera que sea el año en que Colón hizo su viaje al Norte (Muñoz y Barrow[300] lo suponen antes de la llegada del Almirante á Portugal), «nada indica que este viaje le haya conducido á la costa de Groenlandia, más allá del limite occidental del mundo conocido por Ptolomeo, y que llegara al Nuevo Mundo, sin advertirlo, quince ó veinte años antes del descubrimiento de las Antillas»[301]. Se ha interpretado muy mal el único párrafo de las cinco zonas en que se trata de la expedición al Norte y que copié anteriormente. Colón distingue con gran sagacidad dos islas de Thulé (para nombrarla usa la ortografía de muchos manuscritos antiguos que escriben Thyle, Thile y Tyle)[302], una mas septentrional[Pg 279] situada al NO., grande como Inglaterra, y otra más meridional y más pequeña, llamada Frislanda. Considera esta última como la Thulé de Ptolomeo, y añade que está situada donde Ptolomeo indica, á los 63° de latitud. Yo creo que lo que distingue es la Thulé de Dicuil (Islandia), y las Færoe ó Mainland, la isla principal del archipielago de las Shetland la Thulé de Plinio de Tácito, de Solino, y verosímilmente de Pytheas, si Solino no tomó los datos de dos relaciones, una de las cuales se refería á Islandia[303]. Podría decirse que Colón había adivinado lo que las investigaciones geográficas han hecho cada vez más probable en los tiempos modernos.

Cierto es que las latitudes que Colón atribuye á las dos islas de Thulé no convienen ni á la costa meridional de Islandia ni al grupo de las islas Shetland. La primera se encuentra á 63½° y no á 73°; las Shetland están á los 60½° y no á los 63°; pero las posiciones que el Almirante indica no son resultado de observación propia de las alturas meridianas del sol durante una navegación invernal en climas brumosos. Al identificar[Pg 280] Frislanda con la Thulé de Ptolomeo, adopta también Colón la latitud de este geógrafo, y supone Islandia 10° más al Norte que Frislanda, mientras que desde Mainland á la costa más boreal de Islandia apenas hay 6½°. Esta exageración no es extraña respecto á la última Thulé.

Tampoco se debe pedir cuenta á Colón de las cien leguas que se alaba haber navegado más allá de la Thulé más septentrional, y que le llevaron, según su cálculo, hasta los 78° de latitud, bastante más lejos de los paralelos de las tierras de Scoresby y de Edam. La vaguedad de estas valuaciones numéricas no debe obligarnos á rechazar el hecho de una expedición á los mares de Islandia, á una isla muy grande donde el comercio y la pesca atraían á los comerciantes de Bristol. Olafsen nos enseña que, desde la primera mitad del siglo XV, los ingleses frecuentaban mucho los puertos meridionales de Islandia, sobre todo Thorlaks-Hafn, y que los obispos del país favorecían el comercio británico.

Un antiguo poema inglés (The policie of keeping the sea), que Hakluyt nos ha dado á conocer, confirma la frecuencia de las comunicaciones entre Brístol é Islandia, en la época de los primeros viajes de Sebastián Cabot.

Lo que Colón dice de grandes mareas y del mar libre de hielo al Norte de Thulé, refiérese sin duda á lo que había leído en las compilaciones geográficas de la Edad Media, sobre la concreción de los elementos ó el pulmón marino del Océano boreal, como acerca del æstus supra Britanniam octogenis cubitis intumescentes. Era costumbre de entonces tener siempre á la vista los asertos de[Pg 281] los antiguos para confirmarlos ó rectificarlos según se presentaba la ocasión.

La hipótesis enunciada por Malte Brun de que Colón hubiera sabido en Frislanda ó en Islandia el viaje de los hermanos Zeni y el descubrimiento de la América septentrional por los escandinavos, es muy poco probable. Colón buscaba el camino de la India para llegar por el Oeste al país de las especias, y aunque supiera que los colonos escandinavos de la Groenlandia habían descubierto el Vinland, y que los pescadores de Frislanda habían llegado á una tierra llamada Drogeo, no creería seguramente que tales noticias tuvieran relación alguna con sus proyectos. Vinland y Drogeo tuvieron interés para nosotros cuando se adquirió la certidumbre de la continuidad de las costas desde el cabo de Paria hasta la desembocadura del San Lorenzo.

Además, en la segunda mitad del siglo XV, cuando hacía ya trescientos cincuenta años que toda navegación al Vinland estaba interrumpida, el recuerdo de los descubrimientos groenlandeses no podía permanecer tan vivo en Islandia que llegara la noticia á conocimiento de un marino genovés, al cual seguramente le importaban tan poco los Sagas del país, como los manuscritos de Adam de Brema.

Este célebre canónigo geógrafo, que describe la Curlandia y una parte de Prusia como formando islas en el Báltico[304], conoció sin duda el Vinland desde el[Pg 282] siglo XI; pero su Historia eclesiástica y su Corografía escandinava fueron impresas por primera vez setenta y tres años después de muerto Colón.

El mérito de haber reconocido el primer descubrimiento de la América continental por los normandos, pertenece indudablemente al geógrafo Ortelio, que emitió esta opinión desde el año 1570, casi en vida de Bartolomé de las Casas, el célebre contemporáneo de Colón y de Cortés[305]. «Lo único hecho por Cristóbal Colón, dice Ortelio, es poner el Nuevo Mundo en comunicaciones estables de comercio y utilidad con Europa»[306]. Este juicio es mucho más severo. Por lo demás, las opiniones del geógrafo no se basaban en las expediciones[Pg 283] al Vinland, que para nada menciona (quizá porque las obras de Adam de Brema no fueron impresas hasta 1579,) sino en los viajes de Nicolás y Antonio Zeni, 1388-1404, á pesar de haber sido siempre problemática la localidad á donde llegaron[307].

Nada diré de este asunto, acerca del cual se han agotado ya, según parece, todas las combinaciones posibles[308]. Hablar de una isla Icaria donde reina un[Pg 284] rey Icarus, hijo de Dædalus, rey de Escocia, parece á primera vista que es comprender estos viajes entre los mitos geográficos; pero el ejemplo mismo de Cristóbal Colón, que creia oir en boca de los indígenas de Haïtí, de Cuba y de Veragua los nombres de las ciudades citadas por Marco Polo, nos prueba cuánto desfiguran los viajeros los sonidos de las lenguas que ignoran, sobre todo cuando dirige sus interpretaciones una falsa erudición.

Examinando imparcialmente la relación de los Zeni, encuéntrase en ella ingenuidad y descripciones detalladas de objetos de que por nada, en Europa, podían tener idea. Si, como pretende Torfæus en el prefacio de su obra sobre el Vinland, el libro de los Zeni fuera una ficción destinada á empañar la gloria de Colón, el editor hubiera procurado sin duda relacionar los descubrimientos venecianos, si no con los del marino genovés, al menos con los descubrimientos boreales de los Bacallaos de Cabot ó de Gómez. Hubiera además insistido en la prioridad de la expedición de los Zeni hacia las costas del Nuevo Mundo; hubiera dicho que los viajes posteriores á la Florida y Méjico habían probado cuán exacto[Pg 285] era lo que los pescadores de Frislanda supieron al arribar al «mundo nuevo» de Drogeo acerca de la riqueza y de la civilización de los pueblos (americanos) situados hacia el Sur y el Sureste. El aislamiento de los hechos y la falta de recriminaciones disipan la sospecha de impostura; pero la confusión extrema que reina en los datos numéricos de las distancias y de los días de navegación, parece probar el desorden con que fueron redactados y el deplorable estado de unos manuscritos que, en parte, debieron destrozar los herederos de los viajeros Zeni, ignorando su valor.

Según ya he recordado, ni Andrés Bianco, ni su maestro Fra Mauro en el mapamundi trazado en la misma Venecia desde 1457 á 1470, nombran la Frislanda que Eggers, Buache y Malte Brun toman por el grupo de las Færoë. Esta proximidad á Escocia hace probable la facilidad con que vemos que en 1391 Nicolás Zeni se reune con su hermano Antonio; pero el silencio de Fra Mauro[309], geógrafo veneciano de inmensa erudición, y la ignorancia absoluta del nombre de Frislanda en los Sagas y en los anales de Islandia[310][Pg 286] y de Noruega, son dos circunstancias muy difíciles de explicar.

Pero resulta siempre cierto que Colón no aprendió en su viaje á Thulé nada que pudiera favorecer sus vastos proyectos.[311] Ni en el pleito entre el fisco y D. Diego[Pg 287] Colón, en el cual todas las inculpaciones acerca de la novedad del descubrimiento fueron discutidas y estimadas en su verdadero valer, ni en los primeros cincuenta y cinco años que siguieron al pleito, se ha hablado nada de descubrimiento de la América septentrional anterior á 1492.

La Groenlandia, que se creía tan inmediata á Noruega que en el mapa de los Zeni todavía figura como una prolongación peninsular de la Escandinavia, fué considerada en toda la Edad Media como perteneciente á los mares de Europa, y la idea de relacionar la historia de su primera colonización con la del descubrimiento de las Nuevas Indias, no pudo ocurrírsele ni á los más crueles enemigos de Colón.


[Pg 288]

XV.

Estado social de América antes del descubrimiento.

Imposible es hablar del primer reconocimiento de las costas de América por los normandos, á principios del siglo undécimo, sin exponer antes algunas graves consideraciones acerca de los destinos de la especie humana. Si este reconocimiento hubiera sido algo más que un suceso pasajero; si le hubiera seguido una conquista permanente y progresiva, avanzando de Norte á Sur, el estado moral y político del Nuevo Mundo fuera muy distinto del que ha llegado á ser por la conquista de los españoles en los siglos XV y XVI. No fundo esta afirmación en hechos generalmente conocidos; en el contraste entre las rudas costumbres de la Europa escandinava y la floreciente civilización de los Estados del Mediodía; en los cambios que la sociedad europea ha experimentado en el espacio de cuatro ó cinco siglos; pero deseo que el lector fije su atención en el carácter individual impreso á las diferentes partes de América por los matices de barbarie ó de civilización más ó menos avanzada que distinguen á los indígenas, en la época del primer establecimiento de las colonias españolas, portuguesas ó inglesas.

[Pg 289]

En la región de los pueblos cazadores, por ejemplo, en los Estados Unidos y en el Brasil, las hordas errantes, fácilmente vencidas, huyeron de la vecindad con los europeos. Rechazadas poco á poco detrás de la cordillera de los Alleghanys y después más allá de las márgenes del Mississipí y del Missouri, sufriendo á la vez un desmejoramiento en las costumbres y en la constitucion física, al aislarse, se empobrecieron y casi se extinguieron.

Los indígenas no intervienen para nada en el cuadro político de esta parte del Nuevo Continente, frontera á Europa, porque evacuaron el país en todas aquellas comarcas donde, por su primitiva barbarie y su manera de entender la libertad, les fueron odiosas las instituciones de nuestro orden social.

No sucedió lo mismo en los pueblos montañeses de los Andes y en el litoral frontero al Asia, centro de la civilización más antigua de la especie humana. Méjico, al sur de Río Gila, Teochiapán, Nicaragua, Cundina, marca, el imperio de los Muyscas, Quito y el Perú estaban ocupados á fines del siglo XV por pueblos agrícolas que gozaban una civilización más ó menos avanzada, unidos por comunidad de culto y de creencias religiosas, formando sociedades políticas, sencillas unas por efecto de larga tiranía, raras y complicadas otras en su organización interior; favorables en algunos puntos á la tranquilidad pública, á la prosperidad material, á una civilización en masa, pero contrarias á todo desarrollo de las facultades individuales[312].

[Pg 290]

En Méjico la corriente de los pueblos montañeses verificóse de Norte á Sur; mientras en la América meridional, en la teocracia de los Incas, el movimiento civilizador se realizó en todas direcciones. Desde la meseta de Cuzco se propagó casi al mismo tiempo hacia los Andes de Quito, los bosques del Alto Marañón y las Cordilleras de Chile.

En esta región, que era desde antiguos tiempos agrícola, los conquistadores europeos se limitaron á seguir los rastros de una cultura indígena. Los indios no se apartaron de la tierra que cultivaban desde hacía tantos años, y algunos pueblos tomaron nombres españoles.

Méjico solamente cuenta 1.700.000 indígenas, de raza pura, cuyo número aumenta con la misma rapidez que el de las otras razas. En Méjico, en Guatemala, en Quito, en el Perú, en Bolivia, la fisonomía del país, á excepción de algunas grandes ciudades, es esencialmente india; en los campos, la variedad de las lenguas se ha conservado con las costumbres y los usos de la vida doméstica. Allí sólo hay de nuevo algunos rebaños de vacas y de ovejas, algunos cereales y las ceremonias de un culto mezclado con las antiguas supersticiones locales.

Preciso es haber vivido en las altas mesetas de la América española ó en la Confederación anglo-americana para comprender bien lo que este contraste entre los pueblos cazadores y los agrícolas, entre los países desde largo tiempo bárbaros y los que gozaban de antiguas instituciones políticas y de una legislación indígena muy desarrollada, ha facilitado ó detenido la conquista, é influído en la forma de los primeros establecimientos de los europeos y como ha impreso, aun en nuestros días, carácter propio á las diferentes regiones de América.

[Pg 291]

El P. José Acosta, que estudió sobre el terreno el drama sangriento de la conquista, comprendió ya estas diferencias notables de la civilización progresiva y de la completa ausencia de orden social que presentaba el Nuevo Mundo en la época de Cristóbal Colón, ó poco tiempo después de la colonización española, y dice (según la ingenua traducción de Roberto Regnauld, hecha en 1597) «ser cosa bien demostrada que lo que mejor prueba la barbarie de los pueblos es el gobierno que los rige y la forma en que se dejan mandar; porque cuanto mayor es el número de los hombres que se aproximan á la razón, tanto más humano y menos insolente es su gobierno y más tratables los reyes, y se acomodan mejor con sus vasallos, reconociendo que la Naturaleza les hizo iguales. Por ello muchas naciones de estos indios no han querido, en sus comunidades, reyes ó señores absolutos; porque, entre los bárbaros, los gobernantes tratan á los súbditos como bestias y quieren ellos ser tratados como dioses.» El jesuíta, quizá intencionadamente, atribuye á sabia previsión lo que sólo se debía al imperio de las circunstancias y de los intereses.

Acabo de exponer cómo el estado social en que Europa encontró á América á fines del siglo XV modificó profundamente la marcha de la conquista, la forma de los primeros establecimientos y, lo que es más importante y no ha sido bien apreciado en las discusiones de la política americana, el carácter que hoy conservan los diferentes estados libres del Nuevo Continente. Pero este estado social era distinto cuatro siglos antes de la conquista. De ir los europeos á América tras las huellas de los marinos escandinavos, hubieran encontrado allí un orden de cosas totalmente diverso.

[Pg 292]

Desde la primera llegada de los aventureros normandos á Salerno y á la Pulla, hasta la destrucción del poder de los árabes en España, es decir, desde el principio del siglo XI hasta fines del XV, sufrió sin duda Europa cambios considerables en el estado de su civilización; sin embargo, las revoluciones ocurridas en América durante esta misma época son mucho más asombrosas.

Los Imperios contra los cuales lucharon Cortés y Pizarro no existían cuando los escandinavos llegaron á las costas de Vinland. El pueblo azteca no apareció en la meseta de Anahuac hasta 1190; la ciudad de Tenochtitlán (Méjico) fué fundada en medio de un lago alpino en 1325, es decir, unos setenta años antes del viaje de los hermanos Zeni.

Lejos de mi ánimo suponer que en el Anahuac, antes de los aztecas, y en el Perú, antes de la misteriosa llegada del primer Inca, no había habido nunca cultura intelectual ú orden social. Los grandes monumentos piramidales de Teotihuacán, de Cholula y de Papantla son más antiguos que los aztecas; y de igual modo en los alrededores del lago Titicaca, en la meseta peruana, las ruinas de Tiahuanaco son señales de una civilización anterior á las construcciones de los Incas de Cuzco. Pero el Nuevo Mundo ha tenido sin duda, como el antiguo, vicisitudes de barbarie y de civilización.

Sabemos con certidumbre que los pueblos del Perú vivían muy embrutecidos antes de la legislación teocrática de Manco Capac; sabemos que la población industriosa de los toltecas que habitaba en Méjico quinientos años antes que los aztecas, que empleaba como éstos la escritura jeroglífica y que tenía una medida del año más exacta que los pueblos de Europa, decayó desde el[Pg 293] siglo XI, hasta llegar á gran envilecimiento. Estos datos bastan para probar que la Europa escandinava hubiera encontrado las hermosas regiones alpinas de la América tropical muy distintas de lo que eran en tiempo de Colón, de Cortés y de Pizarro.

En la primitiva época acaso hubo otros centros de cultura parcial en Guatemala, Utatlán, Copán, Petén y Santo Domingo Palenque; al norte de Méjico, en Quivira (el Dorado del rey barbudo Tatarrax), célebre por las fábulas de fray Marcos de Niza; y al norte de la Luisiana, entre las orillas del Ohío y los lagos del Canadá, desde los 39° á los 44° de latitud.

Compréndese que haya frecuentes cambios de lugar en la cultura por efecto de grandes emigraciones de pueblos á quienes rodean hordas bárbaras.

Los rastros de algunos progresos en las artes son indudables hasta en las regiones más boreales; pero es imposible hasta ahora asignar fechas de origen á los túmulus y á las circunvalaciones polígonas de la Alta Luisiana, como á los edificios de Palenque, adornados con tanta riqueza de esculturas[313].

[Pg 294]

Propio es de sana crítica histórica detenerse donde faltan los datos precisos, sin desdeñar por ello las ingeniosas combinaciones que pueden ocasionar probables conjeturas. Lo que se trata de probar aquí es que América, entre las épocas de Leif y de Colón, cambió de aspecto, sin influencia alguna del Antiguo Mundo, y que estos cambios en el orden social modificaron esencialmente en muchos puntos del Nuevo Mundo el estado de las sociedades europeas que se establecieron en medio de pueblos indígenas que de muy antiguo eran agrícolas.


[Pg 295]

XVI.

Viajes de los árabes Almagrurinos, de Madoc, de los hermanos Vivaldi,
de Gonzalo Velho Cabral y de Juan Szkolny.

Al analizar el conjunto de los hechos que á fines del siglo XV determinaron y condujeron al descubrimiento de América, debo aún exponer corto número de observaciones, que por el ensanche de nuestros conocimientos en geografía física é historia de la navegación, pueden tener algún interés.

Conviene ante todo distinguir las tentativas que, según se cree, fueron hechas con el propósito de encontrar tierras al Oeste, y la influencia que ejercieron en las opiniones de algunos navegantes la atrevida interpretación de varios fenómenos naturales ó las fantasías de los constructores de mapas y el duplicar en éstos la colocación de algunas tierras.

Por la íntima relación que existe en todo lo que cae bajo el dominio de la inteligencia, hasta los mismos errores de las edades lejanas han cooperado con frecuencia á la investigación de la verdad.

Si comienzo por citar el viaje de los árabes Almagrurinos y el del irlandés Madoc ap Owen Guineth, que se[Pg 296] suponen el primero antes de 1147 y el segundo en 1170, ambos, por tanto, entre el descubrimiento del Vinland y la expedición de los hermanos Zeni, es á causa de la importancia que les han dado algunos geógrafos célebres.

El scherif Edrisi y Ebn-al-Uardi describen casi con las mismas palabras las aventuras de estos ocho árabes, que saliendo del puerto de Aschbona ó Lisboa, navegaron hacia el SO. durante treinta y cinco días, para descubrir la isla de los Carneros (Dgezirat alghanam). Ebn-al-Uardi indica claramente el objeto de la expedición. «Los navegantes, dice, parientes todos ellos, reunieron las provisiones necesarias para un largo viaje, jurando no volver antes de penetrar hasta la extremidad del mar Tenebroso (el Atlántico).» Edrisi se limita á añadir, según la versión de Gabriel Sionita, «Tenebrarum aggressi sunt mare, quid in eo esset exploraturi».

No pudiendo comer la carne demasiado amarga de los carneros de la isla Gana, bogaron aún doce días en dirección al Sur, y llegaron á una isla habitada por hombres de piel roja, gran estatura y cabellera no espesa, pero larga hasta los hombros. Estos rasgos característicos hicieron creer á Mr. Guignes, padre, quien nos ha dado los extractos de Ebn-al-Uardi, que los árabes llegaron, si no á la costa oriental de América, al menos á islas muy próximas á ella.

Ya hemos visto antes, al hablar del Fusang, que este mismo sabio creía descubierta por los chinos la América Occidental á fines del siglo V; pero esta hipótesis es tan cierta como la anterior.

El rey de la isla de los hombres rojos tenía á su servicio un intérprete que hablaba árabe, y esta circunstancia,[Pg 297] unida al aserto de que los hombres rojos habían explorado el mar hacia el Oeste durante más de un mes, sin encontrar tierras, parece confirmar la opinión del sabio orientalista de Göttinga, M. Tychsen, repetida por Malte Brun, de que donde llegaron los Almagrurinos fué á alguna isla de la costa de Africa, por ejemplo, á las islas de Cabo Verde.

Edrisi dice que la tez de los habitantes era «una mezcla[314] de moreno y blanco». Acaso fuera la raza de los guanches, que me parece indicada por este carácter de la piel y la forma de los cabellos.

La objeción de que los árabes conocían demasiado las islas Canarias con el nombre de Khaledat, para que los aventureros navegantes de Lisboa no adivinaran á dónde habían llegado al término de su viaje, no la creo de peso. Seguramente el recuerdo de las islas Afortunadas no se borró nunca por completo en la Europa occidental desde los tiempos de griegos y romanos; no dudo que los árabes las hayan visitado algunas veces, pero la descripción vaga y confusa que de ellas hacen Edrisi, Ebn-al-Uardi y Bakoui (escritores de fines del siglo XII y principios del siglo XIII), prueba bastante bien cuán raras fueron las comunicaciones entre estas islas y el mar Mediterráneo.

Bakoui habla solamente de la amenidad del país y de la fertilidad del suelo; pero ni él ni sus antecesores conocen[Pg 298] la colosal montaña del Pico, los fuegos de los volcanes de Canarias y el pueblo pastor de los guanches. Únicamente hacen mención de algunas estatuas simbólicas, de que trataré después, y de ese Alejandro (Dulcarnaïn) Bicornio que viajó más allá de las columnas de Hércules, hasta las islas Mesfahán y Lacos.

Los aventureros de Lisboa volvieron por la costa de Marruecos, llegando al puerto de Asfi ó Azaffi, en la extremidad occidental del Magrab; siendo no poco notable que, según Edrisi (páginas 72 y 78), la isla ó las islas de los Dos Hermanos, que el antiguo y excelente corógrafo de Canarias, el navegante escocés Jorge Glas y, en nuestros días, M. Hartmann[315] han tomado por las islas de Madera y de Porto Santo, estén situadas frente á Asfi, circunstancia que parece apoyar la idea de que los Almagrurinos volvían de la tierra de los guanches.

La expedición de los árabes á la isla de los carneros amargos y de los hombres rojos adquirió tanta celebridad, que á una de las calles de Lisboa se le dió el nombre de Calle de los que se engañaron, traducción exacta que Guignet da de la palabra almagrurino, mal interpretada por los traductores maronitas y los escritores modernos, quienes llaman á los Almagrurinos hermanos errantes.

Habiendo evacuado los árabes á Lisboa en 1147, la tentativa de descubrir el fin del Atlántico hacia el Oeste, necesariamente ha de ser anterior á esta época, y muy[Pg 299] anterior, porque Edrisi, cuya obra fué terminada en 1153, no habla de ello como de suceso reciente.

A fines del siglo XVI, y, por tanto, poco antes de que el geógrafo Ortelio creyera encontrar, no en los viajes al Vinland, sino en los de los hermanos Zeni, el primer descubrimiento de América, un historiador inglés, el Dr. Powell, y el útil compilador Ricardo Hakluyt[316], dieron alguna celebridad á las aventuras de Madoc, hijo segundo de un príncipe de North-Wales, Owen Guineth ó Guynedd.

Cansados de una guerra civil por causa de cuestiones de legitimidad y de sucesión al trono, Madoc y sus partidarios «buscaron aventuras en el mar, bogando hacia el Oeste y dejando las costas de Irlanda tan al Norte que arribaron á una tierra desconocida é inhabitada, donde vieron cosas rarísimas». De vuelta á su patria, persuadieron á algunos colonos para que dejaran el suelo pobre y pedregoso del país de Galles y fueran á la buena y fértil tierra nuevamente descubierta. Partió por segunda vez Madoc con diez barcos y aunque prometió volver no se supo más de él.

No cabe duda de que este suceso, vagamente referido, fué celebrado en 1477, quince años antes de la expedición de Colón, en unos versos del poeta Mereditho.

Hakluyt considera el viaje de Madoc «como el primer descubrimiento de las Indias occidentales, hecho por los bretones, antes que por los españoles», y quiere que las cruces que López de Gomara (lib. II, cap. 16) afirma[Pg 300] eran adoradas en Acazunil[317] se deban á la influencia de estas antiguas colonias de habitantes del país de Gales, fundadas en 1170.

Ya en la época del caballero Ralegh corrió en Inglaterra confusa noticia de la sorpresa con que se había oído en las costas de la Virginia el saludo de Gales hao, houi, iach, de igual suerte que los misioneros franceses escucharon con tanto asombro como alegría el canto de Alleluia á los salvajes del Canadá. El capellán inglés Owen se había salvado en 1669, de manos de los indios Tuscaroras, que querían arrancarle el cuero cabelludo, pronunciando algunas palabras del dialecto del país de Gales. Benjamín Beatty descubrió un pueblo que conservaba (desde hacía quinientos años) la tradición de la llegada á América de Madoc ap Owen Guineth.

Todas estas fábulas se han renovado periódicamente; y aun en nuestros días se han discutido con seriedad[318] los «pergaminos, libros célticos y títulos de origen», que un capitán, Isaac Stewart, encontró en Red River de Natchitoches.

Ya he recordado en otra obra (Relación histórica, tomo III, pág. 159) que desaparecieron todos estos rastros de colonias del país de Gales tan pronto como viajeros menos crédulos, cuyas relaciones se comprueban unas por otras, Clark y Lewis, Pike, Drake y los editores de la nueva Arqueología americana, recorrieron el interior del país ó sometieron el estudio de la filiación de las lenguas indígenas á una crítica más severa.

[Pg 301]

Muy erróneamente[319] se ha acusado á Hakluyt de haber inventado las aventuras de Madoc para servir los intereses de la reina Isabel y legitimar los proyectos de Ralegh sobre las dos Américas[320], cuando se temía que ambas llegaran á ser presa de los castellanos.

La política de la reina Isabel no necesitaba esta clase de apoyo. Cuando Felipe II se quejaba en 1580 de las depredaciones de Drake en las costas americanas, la Reina, según Camden, respondió noblemente: «que el Océano era libre como el aire, y que una costa cualquiera no se convierte en propiedad de quien le da su nombre.»

Por lo demás, en punto á legitimidad por causa de[Pg 302] una primera ocupación, los castellanos tenían derechos que, según la Historia de las Indias, de Oviedo, databan de algunos miles de años antes de la colonización del príncipe Madoc. Oviedo, como paje de aquel infante D. Juan (hijo único de Fernando el Católico), cuya prematura muerte cambió la faz del mundo, asistió á la entrada de Colón en Barcelona. Tan viva fué la impresión que le causó este imponente espectáculo, que durante treinta y cuatro años ocupóse en las comarcas nuevamente descubiertas, de las producciones y de la historia de América.

Participaba de la extraña opinión de Colón «de que las Nuevas Indias eran las islas Hespérides, que Stacio Seboso[321] sitúa á cuarenta días de navegación hacia el Oeste de las Gorgonias, ó islas de Cabo Verde».

[Pg 303]

Oviedo sabe «que Hesperus, duodécimo rey de España, hermano de Atlas, gobernaba, como Carlos V, lo mismo las Indias que la península hespérica ó ibérica, 1658 años antes de nuestra era; de suerte que, por el descubrimiento de Colón, la justicia divina no había hecho otra cosa que reintegrar á España en sus antiguos derechos. Muy difícil sería dar más antigüedad de la que tienen los mitos de Hesperus y Atlas á los derechos de la metrópoli para dominar las colonias.

No puede negarse que los vascos y los pueblos de origen céltico, practicando la pesca en lejanas costas, rivalizaron constantemente en el norte del Atlántico con los escandinavos, y que á estos últimos precedieron en el siglo VIII, en las islas Færoë y en Islandia, los marinos irlandeses; pero, á pesar de estas pruebas de actividad náutica, es verdaderamente extraordinario que el citado príncipe Madoc, «dejando á Irlanda al Norte», y no tocando, por tanto, en las estaciones intermedias, que habían favorecido los descubrimientos escandinavos, pudiese llegar en su viaje de aventuras hasta la costa de los Estados Unidos, y volver desde allí al país de Gales en busca de nuevos colonos.

Sería conveniente hoy, que la crítica es severa sin ser desdeñosa, hacer en los mismos sitios nuevos estudios, tomando de las tradiciones y de los antiguos cronistas del país de Gales todo lo relativo á la desaparición de Madoc, apellidado Owen Guineth. En manera alguna participo del desdén con que frecuentemente son tratadas las tradiciones nacionales[322], y tengo, al contrario, la[Pg 304] firme persuasion de que, empleando más asiduidad, esclareceríanse mucho, por el descubrimiento de hechos completamente desconocidos hoy, estos problemas históricos relativos á las navegaciones en la Edad Media, á las notables analogías que presentan las tradiciones religiosas, las divisiones del tiempo y las obras de arte en América y en el Asia oriental, á las emigraciones de los pueblos mejicanos á esos antiguos centros de civilización de Aztlán, de Quivira, de la Alta Luisiana, y de las mesetas de Cundinamarca y del Perú.

Entre las tentativas hechas antes de Colón para llegar á la India por la vía directa del Oeste, pone Malte Brun[323] el viaje de Vadino y de Guido de Vivaldi en 1281. Otros geógrafos han creído que la expedición de los dos hermanos, repetida en 1291 por Ugolino Vivaldi y Teodosio Doria, era pura y sencillamente una exploración del Atlántico, idéntica á la expedición de los Almagrurinos; pero, si se examina atentamente el manuscrito encontrado por M. Graberg, se ve que los Vivaldi («volentes ire in Levante, ad partes Indiarum») siguieron la costa de Africa. Su tentativa, escrita en latín bárbaro, realizóse entre los viajes de Ascelín y de Marco Polo; pero, por las relaciones de comercio que había entre sus compatriotas, los genoveses, y los árabes, acaso tuvieron alguna idea de la posibilidad de dar la vuelta á Africa.

[Pg 305]

Un tal Antonio Usodimare (Usus maris), compañero de Cadamosto (Alvise da Ca Da Mosto), dice en una carta, fechada en 12 de Diciembre de 1455, «que después de comprar esclavos, que le vendió un nobilis dominus niger, encontró muy cerca de la zona, donde perdió de vista la estrella polar, en una costa próxima al dominio del Preste Juan, un hombre blanco, que decía descender de uno de los marineros de la tripulación perdida[324] de las carabelas Vivaldi. La genealogía puede no ser cierta; pero el documento de los archivos de Génova, debido á las curiosas investigaciones de M. Graberg, probará siempre que en el siglo XV considerábase la expedición de los hermanos Vivaldi como una expedición á Africa, tanto más interesante, por ser anterior en unos 65 años al viaje del catalán D. Jaime Ferrer[325] á Río de Oro.

[Pg 306]

Más parecido á la expedición de los Almagrurinos que la de los Vivaldi es, sin duda, el viaje que el infante D. Enrique mandó hacer en 1431 á Gonçalo Velho Cabral. Fué ésta una verdadera exploración del Atlántico, «una tentativa—dice el biógrafo del Infante (el Padre del Oratorio José Freire)—para descubrir tierra al Oeste» (Vida do infante D. Henrique, pág. 319). En esta tentativa fué Velho Cabral primero hacia los escollos de las Hormigas, al sur de la isla de San Miguel de las Azores, y en 1432 á la isla Santa María.

Terminaré la lista de los navegantes que se ha supuesto intentaron, antes de Cristóbal Colón, descubrir alguna parte de América, citando al piloto polaco Juan Szkolny (Scolnus), en quien recientemente ha hecho fijar de nuevo la atención la sabia Historia de la Geografía de Mr. Lelewel[326].

Szkolny estaba en 1476 al servicio del rey Christián II de Dinamarca, y se asegura que llegó á las costas del Labrador después de haber pasado por delante de Noruega, de Groenlandia y de la Frislanda de los Zeni.

No me atrevo á formar juicio alguno sobre esta afirmación de Wytfliet, de Pontano y de Horn[327]. Una tierra vista después de la Groenlandia, en la dirección indicada, puede haber sido el Labrador, y me sorprende[Pg 307] que Gomara, que imprimió su Historia de las Indias en Zaragoza, en 1553, conociera ya al piloto polaco[328]. Acaso se sospechó, cuando la pesca de los bacalaos empezaba á hacer más frecuentes las relaciones de los marinos de la Europa meridional con los escandinavos, que la tierra vista por Szkolny debía ser idéntica á la que visitaron en 1497 Juan y Sebastián Cabot, y en 1500 Gaspar Cortereal.

Gomara dice, y por cierto no con gran exactitud, que á los ingleses agradaba mucho la Tierra de Labrador porque en ella encontraban la latitud y el temple de su país natal, y que los hombres de Noruega fueron allí con el piloto Juan Scolbo, como los ingleses[Pg 308] con Sebastián Gaboto. No debe olvidarse, sin embargo que, al tratar Gomara la cuestión de los que precedieron á Colón, no cita al piloto polaco, á pesar de ser intencionado hasta el punto de asegurar[329] que, en el[Pg 309] fondo, no puede decirse á quién se debe el descubrimiento de las Nuevas Indias.


[Pg 310]

XVII.

La cosmografía en la Edad Media.

Sabido es que el estado de los conocimientos geográficos en la Edad Media y el deseo de indicar las tierras vagamente descritas por los autores antiguos, indujeron á los dibujantes de mapas á llenar el vacío del Océano con islas cuya posición es más variable aún que su nombre. Estos dibujantes han contribuído sin duda á aumentar el número de creaciones fantásticas; aunque la persuasión íntima de la existencia de tierras en el espacio desconocido de los mares es muy anterior á la construcción de los mapamundi: tan natural es al hombre imaginar la existencia de alguna cosa más alla del horizonte visible, de suponer otras islas y aun otros continentes semejantes al que él habita.

En el Atlántico los grupos de Canarias y de las islas Británicas dirigían la imaginación con preferencia hacia determinados parajes. Agradaba multiplicar, por conjeturas, lo que sólo se conocía de un modo confuso. Al Suroeste de las columnas de Hércules, la dificultad de conocer con precisión el número exacto y la posición relativa de las islas Afortunadas daba lugar á vagas ficciones.[Pg 311] El Apropósitos (Ptol. IV, 6) no justificaba su nombre (de inaccesible) sino porque era una tierra inhallable: no existía en el sitio donde estaba indicada á los marinos. Las dos islas de Porto Santo y de Madera—(l’Isola dello Legname del portulano genovés ó mediceo de 1351)—que los buques debían haber encontrado por acaso en su travesía á Cerné, aumentaban la confusión de las ideas geográficas.

Hacia el Norte, Albión y Jerne, rodeadas de numerosas islas más pequeñas, ofrecían desde remotos tiempos vasto campo á las conjeturas. Ya hablamos antes de los mitos del mar Cronieno. La importancia dada á islas que eran, si no la fuente, al menos el depósito del comercio del estaño; las opiniones erróneas largo tiempo subsistentes acerca del yacimiento de las costas y de la configuración ó articulación de la Europa peninsular; finalmente, el agrupamiento de las islas y su disposición en serie casi continua desde las Cassitérides hasta las Orcades y las islas Shetland y Færoë, dieron ocasión, desde los primeros siglos de la Edad Media, á hipótesis y á mitos respecto á la naturaleza de las regiones boreales. Llegóse hasta situar (como lo prueba uno de los mapas de Sanuto Torsello, año de 1306)[330] al Oeste de Irlanda un gullfo de issolle CCCLVIII beate e fortunate.

Cuanto más imperfectos eran los medios de valuar la[Pg 312] dirección de las rutas y la longitud de las distancias recorridas, más fácil era desconocer[331] la identidad de las tierras á que se había arribado. El uso irreflexivo de itinerarios ficticios ó mal redactados, originó procedimientos dobles en la construcción de los mapas.

El estado de la antigua geografía del mar del Sur y la multitud de vigías que cubren la superficie del Atlántico en los mapamundi de hace sesenta años[332] recuerdan plenamente esa misma fuente de errores. Durante largo tiempo, cada nuevo mapa reprodujo las ficciones de los anteriores, porque no hay tenacidad que iguale á la de los geógrafos, cuando se trata de conservar, de estereotipar, por decirlo así, un islote de antiguo nombre, una cordillera que figura ser divisoria de las aguas ó un lago de donde sale un gran río.

Las ilusiones geográficas tomaron especial carácter en las dos direcciones que hemos indicado al N. y al NO. de las islas Orcades, y al SO. de las islas Afortunadas. Dicuil[333] y Adán de Brema, aquél de principios del siglo IX y éste de la segunda mitad del XI, prueban con sus escritos que en el norte del Atlántico el celo religioso de los misioneros de Irlanda y de Frisia dió á conocer nuevas tierras.

[Pg 313]

La geografía de la Edad Media bebía en una fuente que, no por ser fecunda, era menos peligrosa, porque los viajeros cristianos desfiguraban sus escritos por la exageración tan común á los cronistas monásticos. Encontramos, por decirlo así, al frente de la larga serie de islas imaginarias, ó para decirlo con más corrección, de islas vagamente situadas en los mapas, la que lleva el nombre de San Borondán, abate irlandés que hizo sus viajes desde el año 565.

Adán de Brema[334] refiere en su Historia eclesiástica, después de haber hablado del descubrimiento del Vinland, que en tiempo del arzobispo Becelino Alebrando, por consiguiente antes del año 1035, hicieron los marinos de Frisia exploraciones del Lebersee ó mar Tenebroso (per tenebrosa rigentis Oceani caliginem) hasta más allá de Islandia, y llegaron por fin á una isla cuyos habitantes, de colosal estatura, vivían en cavernas. Uno de los Frisones fué devorado por perros, también gigantescos, y los demás, favoreciendoles los vientos de NO., encontraron por fortuna el camino de la desembocadura del Weser. El cuento de los grandes mastines parece calcado en la ferocidad de los perros de que se sirven los esquimales de la Groenlandia, y sólo lo menciono[Pg 314] porque insensatamente se ha aplicado á la isla de Cuba[335] ó á las pequeñas Antillas, donde el mayor cuadrúpedo indígena es el aguti, que apenas tiene el tamaño de una liebre.

En la parte meridional del Atlántico no influyeron tanto en el estado de la geografía las tradiciones de los monjes como las falsas combinaciones de erudición clásica. ¡Cuántas hipótesis no ocasionó sólo el pasaje de Stacio Seboso[336] acerca del sitio de las islas Hespérides, interpretado en el sentido de situarlas á cuarenta días de distancia de las islas Gorgonias! Con la vista constantemente dirigida hacia la antigüedad, se aspiraba á encontrar lo que juzgábase conocido de los fenicios, de los griegos y de los romanos.

Ya hemos dicho antes que Cristóbal Colón estaba firmemente persuadido de que las islas de América eran las Hespérides que los antiguos conocieron[337], aunque Isidoro, muy consultado entonces, las acercaba, con razón, á las costas de Africa[338].

He aquí los elementos de esta geografía mítica de los siglos XIV y XV. De las once islas que debo nombrar, sólo dos, Mayda y Brazir-Rock, en el meridiano de las Canarias y al Oeste del golfo de Vizcaya y de Irlanda, se han conservado en nuestros mapas más modernos[339]; pero no merece por ello la mayoría de las[Pg 315] otras el nombre de islas fabulosas. Descúbrese aquí, como en general en los mitos históricos, un fondo de verdad; aunque está velado por la incertidumbre de las posiciones relativas, los errores de configuración y de extensión y lo exagerado de las relaciones casi siempre copiadas ó procedentes de desconocido origen.


[Pg 316]

XVIII.

La isla de San Brandón.

No es de escasa importancia señalar la filiación y emigración de este mito geográfico.

Los viajes de dos santos, el abate irlandés de Cluainfert, Brandamis[340], y de Maclovio, ó San Malo, adornados con rasgos fantásticos, y la persuasión, muy extendida en el siglo VI, de la existencia de una isla de los Bienaventurados al NO. de Europa, reflejan las tradiciones de la antigüedad acerca de las maravillas del mar Cronieno. Los monjes buscaban el paraíso de la isla Ima en el mare pigrum y cœnosum de los romanos, que es su Klebersee ú Océano viscoso.

Plutarco describe las islas sagradas del mar Cronieno, cerca de Bretaña, «donde reina suave temperatura; donde Saturno, encerrado en un antro profundo, duerme bajo la guarda de Briareo». Este cuadro recuerda la fertilidad[Pg 317] de Edén. (Paradisiacas delicias, insulam amænitate et fertilitate præ cunctis terris præstantissimam)[341] de la isla de Ima, que permanecía oculta á los mortales; recuerda al gigante Mildum, resucitado por San Brandón en la caverna que le sirve de tumba.

Procopio, que era contemporáneo de San Brandón, y Tzetzés[342], que es posterior á él en cerca de seis siglos, prueban que las antiguas creencias de las maravillas del mar Británico se conservaron en las mismas comarcas donde había entrado ya el Cristianismo; y podría añadir que en Irlanda la erudición, refugiada en los claustros, contribuía á propagar la localidad de los mitos. Bajo este punto de vista, la obra de Dicuil, que citaré con frecuencia, es un monumento notabilísimo, pues atestigua el afán con que un monje nacido en Irlanda, á mediados del siglo VIII, estudiaba á Plinio, Solino y Orosio.

Las tradiciones de griegos y romanos, y los mitos que presentaban un carácter local, podían, pues, mezclarse en el Norte á las novelas históricas de la vida de los santos.

La primera posición geográfica asignada á la isla de que tratamos, puesta en todos los mapas de la Edad Media, es en el paralelo de Irlanda, y aun en una latitud[Pg 318] más septentrional. San Brandón, con setenta y cinco frailes que le acompañaron durante siete años, volvió por las islas Orcades[343]. Se sabe que antes de sus viajes habitó en las islas Shetland[344].

La isla de San Brandón fué llevada en el siglo XV á una latitud más meridional, al Occidente de las islas Canarias, emigración causada según creo, por el doble empleo del nombre de islas Afortunadas. Ya he dicho antes que el célebre mapa de Fra Mauro señala las Insule de Hibernia dite Fortunate, y que Gracioso Benincasa, en 1471, indica á la vez el Elysium del Norte y el de Homero (las islas de los Bienaventurados de Hesiodo y de Píndaro). La denominación vaga de islas[Pg 319] Atlánticas[345] con que designábanse á veces las Afortunadas, favorecía este doble empleo ó señalamiento de ellas.

Imaginábase ver de vez en cuando, y presentando siempre la misma forma hacia el SO. en el horizonte del mar, una isla montañosa; y Viera, historiador de las islas Canarias, ha dado extensos detalles de todas las tentativas hechas desde 1487 hasta 1759 para arribar á esta isla imaginaria. No sabemos si esta ilusión la causaban algunas circunstancias especiales de espejismo en un banco de bruma parado en el horizonte, ó si alguna de esas nubes, que en su mayor dimensión son perpendiculares al horizonte, presentó accidentalmente el aspecto de una isla montañosa.

El P. Feijóo[346], cuyo Teatro crítico fué durante largo tiempo muy estimado en España, compara primeramente este fenómeno á la Fata Morgana de Sicilia, mal observada y mal explicada aún en nuestros días: después tomó la tierra de manteca de los Canarios (esta es la frase de los marinos), por la imagen de la isla de Hierro, reflejada en una masa lejana de vapores (nube especular).

El Gobierno portugués cedió formalmente en el siglo XVI á Luis Perdigón dicha isla imaginaria, cuando éste se preparaba á conquistarla.

Muy confiado en el poder de las refracciones horizontales, cree ingenuamente el historiógrafo Viera que, con un viento húmedo de OSO., condición necesaria para producirse el fenómeno, se llega á ver «hasta las montañas[Pg 320] Alpaches de la Florida». Digno es de notar que estas ilusiones no empezaron á preocupar la imaginación de los de Canarias hasta la segunda mitad del siglo XV, en cuya época del descubrimiento de Porto Santo, «punto habitado[347] por gentes tan salvajes como los guanches», y el del Archipiélago de las Azores, hecho también por los portugueses, dirigieron, por decirlo así, todas las miradas hacia el Oeste.

Pero no eran sólo los habitantes de Gomera, Palma y Hierro los que tenían esta visión; también la hubo por la parte del Norte en cuantos puntos se ocupaban con afán en el descubrimiento de nuevas tierras. El Diario de navegación de Colón, publicado por primera vez en 1825, presenta un curioso testimonio[348] de la simultaneidad de tan quimérica creencia. He aquí sus palabras, tal y como Las Casas las copió del Diario correspondiente al 9 de Agosto de 1492:

«Dice el Almirante que juraban muchos hombres honrados españoles que en la Gomera estaban con D.ª Inés Peraza, madre de Guillén Peraza, que después fué el primer Conde de la Gomera, que eran vecinos de la isla[Pg 321] de Hierro, que cada año veían tierra al O. de las Canarias, que es Poniente; y otros de la Gomera afirmaban otro tanto con juramento. Dice aquí el Almirante que se acuerda que estando en Portugal el año de 1484, vino uno de la isla de la Madera al Rey á le pedir una carabela, para ir á esta tierra que via, el cual juraba que cada año la via, y siempre de una manera. Y también dice que se acuerda que lo mismo decían en las islas de los Azores, y todos éstos en una derrota, y en una manera de señal, y en una grandeza.» Aplicóse desde entonces á esta visión la tradición monástica de la isla de San Brandón[349].

En el archipiélago de las Canarias la isla afortunada de Ima, que al principio fué colocada al Oeste de Irlanda (de Ierné, isla sagrada de Festo Avieno), se confundía con el Apropósitos de Ptolomeo, que, según este geógrafo, era la más septentrional del grupo de las Canarias, la Encubierta, la Nontrovada ó Nublada[350] de los marinos españoles de la Edad Media. Cito estos sinónimos porque recuerdan por modo notable la interpretación que antes me atreví á dar del nombre dado por[Pg 322] Theopompo á esta tierra más allá del Océano, «cuya existencia revela Sileno al Rey de Frigia». La tierra Merópida[351] de Theopompo había quedado nublada, como la Pléyade que se había unido á un mortal; pero la tierra Merópida era boreal, como las islas Afortunadas en los mares de Irlanda, de Sanuto Torsello (1306) y de Fra Mauro.

En el mapa del veneciano Pizigano (1367), conservado en la Biblioteca de Parma, y mal copiado por M. Buache, al pequeño grupo de las islas de la Madera, señalado en el paralelo del cabo Cantin, se le llama Isole dicte Fortunate S. Brandany[352], y el Santo mismo está figurado alargando los brazos hacia las islas[353] que llevan su nombre. Andrés Bianco (1436) presenta en su mapa Porto Santo, Madera y la Dexerta (Desierta), que es la Caprazia (Capraria) de Pizigano. La isla de San Borondón no está; pero el caballero Behaim (1492), en su célebre globo, sitúa esta isla tan al SO., que se encuentra casi en la latitud de Cabo Verde. «Esta isla,[Pg 323] dice, es donde San Brandón arribó en el año 565, y la encontró llena de cosas maravillosas.»

Queda, pues, demostrado que el progresivo cambio de lugar de Norte á Sur de este mito geográfico, estuvo relacionado durante nueve siglos con el desarrollo de la navegación y la dirección impresa al comercio del Mediterráneo.


[Pg 324]

XIX.

La Antillia y la isla de las Siete Ciudades.

Siempre que afligen á una nación grandes calamidades fascinan los espíritus ilusiones supersticiosas, y presentan, á pesar de la diversidad de tiempos y de climas, el cuadro uniforme de las mismas creencias y de las mismas quiméricas tradiciones.

Después de la caída del Imperio de los Incas fué general la persuasión de que el hermano de Atahualpa había huído hacia las llanuras del Este, más allá de los bosques de Vicabamba, para llevar allí el culto nacional y fundar un nuevo Estado. Los indígenas del Perú conservaron la esperanza de que los descendientes del príncipe fugitivo saldrían alguna vez de su salvaje retirada y restablecerían la teocracia de Cuzco.

De igual suerte cuando los árabes, después de la victoria de Guadalete, donde pereció Rodrigo, invadieron casi toda la Península ibérica, se extendió la creencia popular de que seis obispos, guiados por el Arzobispo de Oporto[354], se refugiaron con grandes tesoros en una[Pg 325] isla del mar del Oeste, fundando en ella, según la tradición, siete ciudades, donde se establecieron los emigrados españoles y portugueses. Esta isla de los obispos fué nombrada en portugués de Septe (Sete) Cidades, nombre singularmente desfigurado en los mapas del siglo XV. Los eruditos vieron en ella el asilo que, según Aristóteles y Diodoro de Sicilia, se habían preparado los cartagineses en el seno del Atlántico, y como las tradiciones de este género no indican ninguna localidad determinada, el nombre de la isla de las Sete Cidades fué probablemente aplicado al principio al archipiélago de las Azores desde que se empezó á tener alguna idea de su existencia.

La identidad de las dos islas, Antillia y de las Siete Ciudades, se determinó claramente por Martín Behaim en una rota puesta en el globo que construyó en 1492, y en esta frase de la carta de Toscanelli al canónigo Martínez: «La isla Antillia, que vosotros llamáis isla de las Siete Ciudades», si bien parece que esta frase se ha considerado en España un simple escolio[355] que intercaló[Pg 326] Ulloa en la traducción italiana de la vida de Cristóbal Colón, escrita por su hijo D. Fernando, porque Barcia y Navarrete la suprimen al publicar la carta de Toscanelli en español.

En todos los mitos es preciso distinguir cuidadosamente la fecha que indica el mito historiado y la época de su origen. Si es cierto que al principio del siglo VIII, después de rendir á Mérida el jefe de los godos Sacaru «embarcáronse los fugitivos para buscar asilo fuera de su patria, subyugada por los moros» (lo que no es inverosímil), no por ello se ha de deducir que la tradición fabulosa de Antillia tenga la misma antigüedad. En los mapas del siglo XIV aun no vemos aparecer la isla con este nombre ó con el de Siete Ciudades, porque Zurla niega terminantemente que en el mapamundi de Pizigano (1367), conservado en Palma, se vean escritas cerca de la figura de una estatua de hombre que tiene una cinta de papel en la mano derecha, en el seno del mar del Oeste, estas palabras: Ad ripas Antilliæ ó Atullio, que Mr. Buache creyó leer en un calco enviado á París[Pg 327] por la cuidadosa solicitud del general Clarke[356]. Este mismo mapa de Pizigano presenta ya, sin embargo, las Isole dicte Fortunate, S. Brandany y la Insula de Brazie (Brazir, Brasil).

La indicación más antigua de la isla Antillia que conocemos hasta ahora con exactitud parece ser la del Atlas veneciano de Andrés Bianco (1436), acerca del cual llamó Formaleoni la atención[357] de los geógrafos desde el año de 1782. Este Atlas, conservado en la Biblioteca de San Marcos, contiene diez mapas dibujados en pergamino, folio pequeño de nueve pulgadas y seis líneas de alto por un pie y dos pulgadas de ancho. Al Oeste de la isla de las Azores aparecen en la quinta carta dos islas de considerable tamaño en la dirección SSE.-NNO. y de forma rectangular muy regular. Tomando por escala (porque el mapa no está graduado), la distancia del cabo de San Vicente al de Finisterre (5° 51′) encuentro la de 153 leguas marinas (en vez de 247) desde las costas de Portugal al centro de las islas Azores de Bianco, y de las Azores á Antillia la de 87 leguas. Esta última isla estaría, por consiguiente, situada á 240 leguas marinas al Oeste de las costas de Portugal, es decir, á los 27° 55′ de la longitud occidental de París (en el meridiano de la isla de San Miguel de las Azores), entre los 33° 20′ y 38° 30′ de latitud.

[Pg 328]

La longitud de Antillia, que llega á ser la de Portugal y de Inglaterra, y su forma de un paralelógramo muy alargado (la base está en relación con la altura de 1 á 3), llaman la atención á primera vista en el quinto mapa de Bianco. Los golfos y las sinuosidades de los contornos están indicados como si la figura de esta tierra hubiese sido conocida de un modo exacto; pero esta apariencia de exactitud no debe, sin embargo, sorprendernos, pues la encontramos durante los siglos XVI y XVII en todas las tierras imaginarias, siendo trazadas las costas alrededor del polo Sur con sinnúmero de detalles y una uniformidad imperturbable.

Al norte de Antillia, á unas 70 leguas de distancia, aparecía otra isla más pequeña y de semejante figura rectangular. Ésta, según Bianco, era la isla de la Man Satanaxia. El quinto mapa del Atlas presenta sólo la extremidad meridional de esta Mano de Satán, á los cuarenta y dos y medio grados de latitud. Pero en el planisferio de Bianco, que se cree copiado en parte de un mapa del siglo XIV y que acaso era anterior á los viajes de Marco Polo, las grandes islas de Antillia y de la Man Satanaxia están figuradas por completo á la misma distancia de las Azores que el mapa núm. 5. Reconócense estas tierras por su forma y su posición recíproca, aunque en el planisferio no están indicadas por sus nombres.

M. Formaleoni se limita á suponer que la Antillia de Andrés Bianco y de Toscanelli indicaba un descubrimiento de las islas Caribes, largo tiempo anterior al de Colón; y el autor de las voluminosas compilaciones geográficas, Mr. Hassel, ha ido mucho más lejos en sus conjeturas. Según él, la isla de la Mano de Satán y la[Pg 329] Antillia figuran las dos partes del continente americano, separadas, según se creía, por un estrecho; el mismo estrecho que á principios del siglo XVI buscaban vanamente en el Veragua y en el istmo de Panamá[358].

En vista de la importancia que por largo tiempo se atribuyó á la existencia de las dos citadas islas, es interesante dar á conocer una carta marina que posee la biblioteca del gran Duque de Weimar[359]. Siendo anterior en[Pg 330] muchos años al mapa de Bianco, presenta también los contornos de Antillia y de la Man Satanaxia. No tiene nombre de autor, pero es del año 1424, y doble de grande que el Atlas de Bianco. Comprende casi la misma[Pg 331] extensión de países que los mapas núm. 5 y núm. 8 de este Atlas, pero difiere esencialmente de éstos, á juzgar por la pequeña parte que del núm. 5 han publicado Formaleoni y Buache. He aquí las diferencias más notables[Pg 332] que he observado, examinando el original, mientras permanecí últimamente en Weimar en 1832, y los calcos exactísimos que debo á la amistad de Mr. Froriep:

[Pg 333]

1.º El mapa de 1424 no representa más que la parte septentrional de la isla Antillia y toda la isla rectangular del Satán. La distancia desde las costas de Portugal al centro del grupo de las Azores, que los mapas de la primera mitad del siglo XV señalan casi en la dirección del meridiano, es de 110 leguas marinas. En el mapa de 1436 es de 153, según dije antes. La distancia desde las Azores á Antillia es casi igual en ambos mapas.

2.º Un poco al Norte de Madera, entre esta isla y las Azores, se lee en el mapa de Weimar: Insule Sancti Brandani. Es el sitio donde el mapa de Pizzigano de 1367 pone, lejos de las Canarias, las palabras Isolæ dictæ Fortunatæ. Andrés Bianco no nombra ni las islas Afortunadas ni las de San Brandán. En el mapa de 1824 aun hay rastros del mito septentrional de las islas de los[Pg 334] Bienaventurados, cerca de Irlanda, la Insula Sacra de Avieno. Al Norte de Limerick está indicado un gran golfo, sin duda el de Galway, lleno de infinidad de islotes, junto á los cuales hay la siguiente inscripción: Lacus fortunatus ubi sunt multæ insulæ quæ dicuntur Insulæ San.... (Sancti Brandani?) En el planisferio de Bianco, que es más antiguo que su Atlas, este golfo circular de angosta entrada (Lacus ó Locus fortunatus) está figurado, pero sin nombre. En el mapa de Weimar, los contornos de Irlanda y de Inghelia y Escocia están bastante bien figurados, pero los países puestos al Noroeste, por ejemplo, la Escandinavia, el Báltico, la Alamagna, la provincia de Pursia (Prusia) y la Polana (Polonia), prueban la misma ignorancia que se advierte en las obras de Bianco, Fra Mauro y Rivero.

Conocíase mejor el noroeste de Africa que el norte de Europa. Desde la desembocadura del Escalda hasta la extremidad de Jutlandia, la costa en el mapa de Weimar está figurada sin interrupción de Norte á Sur, de suerte que Holanda, Frixa (Frisia) y Dinamarca (Dana) se confunden en una misma península.

3.º Frente á la isla de Chanaria está situado el gran cabo Buçdor (Bucedor), nombre que con frecuencia se daba en la Edad Media al cabo Bojador. Encuéntrase también en el mapa general de Bianco; pero en la hoja número 5, que es la que comparamos aquí al mapa de 1424, confúndese al cabo Bojador con el cabo Non (Formaleoni, pág. 20). El calco, grabado por M. Buache, es inexacto en este punto.

Cerca del cabo Non, del mapa de Bianco, en el paralelo de la isla Chanaria, desemboca el fluvius Citarlis, que nace de un gran lago circular, situado en el interior[Pg 335] de Africa. En este lago hay una gran isla también circular. Créese estar viendo el lago Jamdra ó Palte (propiamente Paldhi) del Tibet al Sur de Lassa. De este lago de diez y ocho leguas de diámetro, llamado lago Citarlis, salen tres ríos; uno es el fluvius Citarlis, que va al Oeste; el segundo corre hacia el Este, y es quizá uno de los brazos del Nilo, según la opinión reinante en la Edad Media; el tercero vierte sus aguas en el Atlántico con el nombre de Favia (fluvius?). Demain, al norte de cabo Agilón (Augulón, Agulah), Citarlis ó Cintarlis, parece ser una reminiscencia de Cirta Julia de Ptolomeo, capital de Numidia, indudablemente la Constantina de hoy (Edrisi, Africa, ed. Hartmann, página 241). La interpretación intentada derivando Cintar-lis del Angra de Antonio González da Cintra, bahía situada á tres y medio grados al Sur de Bojador, paréceme menos cierta.

Los mapas más antiguos de Agathodæmon, donde hay lagos puestos en el país de los Melano-Gétulos, pueden haber sido el origen de estos extraños sistemas hidrográficos de la costa occidental del África y de esas dobles líneas de agua que desembocan en lagos del interior del Continente. La parte del mapa de 1424 que he hecho gravar, prueba que, en la configuración, no está por cierto copiada del Atlas de Andrés Bianco.

Continuando el orden cronológico, en que aparece la Antillia en los mapamundi de la Edad Media, preciso es nombrar, á continuación del mapa de origen italiano de la biblioteca de Weimar, y el núm. 5 de Andrés Bianco, los mapas de Bedrazio y del cosmógrafo Martín Behaim.

Existe en Parma un mapamundi del genovés Beclario[Pg 336] ó Bedrazio, que tiene dos pies y dos y media pulgadas de largo y dos pies de ancho. Antes que Zurla, ya hicieron mención de él Pezzana y Paciaudi[360]. Se ven en él las formas rectangulares de las islas Antillia y Sarastagio (Mano de Satán?), y cerca de Sarastasio (Satanaxio) una islita en forma de hoz (isola falcata), llamada Dammar. Este grupo tiene la notable inscripción siguiente: Insule de novo repte (repertæ.)

Como más al Oeste de este grupo sitúa Bedrazio otra isla cuadrada con el nombre de Royllo, el bibliotecario Paciaudi ha creído ver en estas cuatro islas un principio del archipiélago de las Antillas.

Este notable mapa es de 1436, por tanto del mismo año que el Atlas de Bianco y no anterior á éste, como asegura el cardenal Zurla[361]. La isla en forma de hoz encuéntrase también cerca de la Man Satanaxio (un poco al Norte) en el mapa de 1424.

Cítanse con frecuencia, como conteniendo también la isla Antillia, los postulanos de Gracioso[362] Benincasa de Ancona y de su hijo Andrés (1463-1473); pero se ha tomado, según parece, un mapa mucho menos antiguo, de Blaze Voulodet, redactado en 1586, donde se encuentra, al Oeste de Irlanda, una tierra llamada Scorafixa ó Stocafixa (Bacallaos?), por una obra de Andrés Benincasa[363].

[Pg 337]

El globo de Behaim ofrece dos particularidades respecto á la Antillia. La sitúa á los 24° de latitud, mientras Toscanelli, en su carta á Colón, asigna á esta isla el paralelo de Lisboa[364] y la figura redonda y pequeña, como la isla San Miguel, del archipiélago de las Azores; mientras la isla de San Bradán tiene en el globo de Behaim la forma rectangular que llama la atención en el mapa de Andrés Bianco, pero que también tienen la isla de Royllo de Bedrazio, la Giava maggiore de Fra Maura, y el Japón (Zipangut) del geógrafo de Nuremberg.

La opinión del sabio Zurla[365], de que «la forma rectangular de la Antillia» prueba que es la Atlántida de Platón, no merece serio examen. En la extensa y verbosa topografía de la Atlántida, que presenta el Critias, jamás se habla del contorno general de esta isla, descrita como montuosa, cubierta de bosques, rica en aguas termales, donde pacen elefantes. Lo que Platón dice de la[Pg 338] forma tetragonal ó cuadrada sólo se refiere á una llanura (τὸ πεδίον) de 3.000 estadios de larga y 2.000 estadios de ancha, situada en la parte meridional de la Atlántida. Esta llanura[366], que rodea la ciudadela de Neptuno, pertenece al monarca reinante; confina por el lado Sur con la mar, y al Norte, Este y Oeste linda con las propiedades de los nueve arcontes, terreno lleno de montañas y cuya forma no está designada. Además, aunque Platón dijera que la forma de la Atlántida era rectangular, no había motivo para suponer que, en el momento de su destrucción[367] se había quebrado la isla como un pedazo de espato de Islandia en fragmentos completamente semejantes y que la Antillía representaba uno de estos fragmentos.

Tampoco buscaremos los restos de la Atlántida en las formaciones que sirven de base á la creta de Inglaterra en las arenas verdes y el wealdclay[368], ó, como se ha hecho más recientemente, «el plano de Méjico en el fortín de la Atlántida, que Neptuno rodea de fosos llenos de agua y de estrechas lenguas de tierra»[369]. La ciudad de[Pg 339] Méjico, la antigua Tenochtitlán, fué fundada por los Aztecas en el lago Tezcuco, el año de 1325 de nuestra era, y se unía á las orillas del lago por medio de diques trazados en línea recta. Sin llegar á Solón ó al Peplum de las pequeñas Panatheneas, sería preciso atribuir á Platón, una previsión de diez y seis siglos y medio.

Digno es de notar que, á pesar de lo vivamente que impresionaron el ánimo de Colón la carta y el mapa de ruta de Toscanelli (Colón copia frases enteras de la carta en la introducción del Diario de su primer viaje), ni él, ni Gomara, ni Oviedo ó Acosta, ni los mapas de América ó los mapamundi añadidos á las ediciones de Ptolomeo desde 1508 mencionan la Antillia. Cuando Colón entra en el puerto de Lisboa el 4 de Marzo de 1493, no nombra la Antillia como punto de partida, dice que viene de Cipango.

Recapitulando cuanto sabemos acerca de los primeros descubrimientos de las islas de la India occidental, no veo en qué podría apoyarse la opinión de que Colón mismo llamó Antillia á las islas Caribes. El primer indicio de dicha aplicación lo encuentro en estas palabras de Las Oceánicas, de Pedro Mártir de Anghiera[370]: «In Hispaniola Ophiram insulam sese reperisse refert (Colonus), sed cosmographicorum tractu diligenter considerato, Antiliæ insulæ sunt illæ et adjacentes aliæ,» He aquí la denominación geográfica de Antillas en plural. Pero hay más; la única vez que se encuentra en las cartas[Pg 340] de Amérigo Vespucci el nombre de Colón, va unido al nombre de Antillia. «Venimus ad Antigliæ insulam quam paucis nuper ab annis Christophorus Columbus discooperint.» Estas palabras[371] están tomadas de la relación del (supuesto) segundo viaje de Vespucci, del que dice haber terminado el 8 de Septiembre de 1500.

La correlación que existe entre los acontecimientos prueba que el nombre de Antillia lo dió Vespucci á la isla Hispaniola, y que su relación es la del viaje que hizo con Ojeda; porque en el (supuesto) primer viaje, cuya fecha de partida fija Vespucci en 20 de Mayo de 1497 la Hispaniola se llamaba pura y simplemente Ity, corrupción sin duda de Aïty[372]. Bartolomé de las Casas nos dice que[373] eran los portugueses quienes aplicaban con preferencia á la Hispaniola el nombre de Antillia.

[Pg 341]

Estas aplicaciones de nombres geográficos eran muy arbitrarias en los primeros tiempos de la conquista. Schoner[374] toma todavía, en 1533, la ciudad de Méjico (Temistitlán) por el Quinsaï de Marco Polo, la célebre ciudad china de Hangtcheu-fu. Gomara, que no duda de la identidad[375] de la América y la Atlántida, hace derivar este último nombre de la palabra mejicana alt (agua), fantasía etimológica repetida muchas veces en nuestros días, recordando además el nombre tártaro del Volga, Attel, la grande agua.

Por lo demás, con la denominación de islas Antillas ha sucedido, como con la de América. Estos nombres fueron propuestos, el primero, como hemos visto, por Anghiera, en 1493, y el segundo por Ylacomylus, en 1507, y sin embargo, fué preciso que transcurriera más de un siglo para que su uso se generalizara. Cristóbal Colón no dió jamás una denominación al conjunto de las Islas de la India que había descubierto. En los primeros tiempos de la conquista no se conocen más que los[Pg 342] nombres de Islas de Lucayos[376] (las islas Bahamas) y de Islas de Barlovento[377] ó Islas de los Caribes y de los Caníbales[378] aplicadas al grupo que se extiende desde la Trinidad á Puerto Rico (Boriken).

En los mapas de Juan de la Cosa y de Rivero no hay ni rastro del nombre de Antillas. La reseña italiana de todas las islas del mundo por Benedicto Bordone[379], no lo conoce, ni tampoco el Isolario, de Porcaccio[380], el Ptolomeo italiano, de Antonio Mangini, de 1598, la Cosmographie, de Andrés Thevet[381] y la Descripción de las Indias occidentales, del historiógrafo Herrera[382], terminada en 1615.

Es verdaderamente extraordinario, que después de tan largo olvido durante todo el siglo XVI, un nombre, que por primera vez había aparecido en un mapa de 1436, sea el que al fin haya prevalecido en Europa. Este nombre era sin duda más sonoro que el de islas Camercanas que conocemos por el Breviario geográfico de Bert., y por el viaje de un religioso carmelita; pero ignoro[Pg 343] en absoluto su etimología[383]. Probablemente lo que más contribuyó á poner el nombre de Antillas en los mapas de América fué la gran celebridad de los mapas de Cornelio Wytfliet y del Theatrum Orbis terrarum de Ortelio[384].

[Pg 344]

En cuanto al origen del mito geográfico de la Antillia, de Andrés Bianco, preciso es distinguir, como en todos los mitos, el elemento ideal y la aplicación de este elemento á una localidad determinada. Un acontecimiento verdadero, una emigración por mar, cuando los árabes invadieron la península ibérica, dejó vagos recuerdos que han sobrevivido á las desgracias públicas. Los emigrados tuvieron quizá el deseo de ir á las islas Afortunadas, de buscar un asilo, como Sertorio cuando huía de las tropas victoriosas de Sila, y la imaginación de los pueblos, que embellece las tradiciones nacionales, trasladó un hecho histórico natural al país de las ficciones. Se suponía que los fugitivos habían fundado una colonia floreciente en el centro del Atlántico, pero cuando se supo, y no tarde, que dicha colonia cristiana no estaba en las islas Canarias, archipiélago muy visitado á causa del comercio de esclavos guanches, fué preciso suponerla más lejos y asignarle una posición determinada.

Descubiertas las Azores, ó mejor dicho, encontradas de nuevo varias veces, pudieron engendrar la idea de una tierra muy extensa, porque se suponía la continuidad de la costa correspondiente á distintas islas. En este sentido, yo creo que todo el archipiélago de las Azores ocasionó que se fijara la posición de la Antillia ó isla de los Siete Obispos y de las Siete Ciudades, pues no me atrevo á conjeturar, como M. Buache[385], que la Antillia[Pg 345] de Bianco, ancha como España, sea la isla de San Miguel, por la única razón de que los portugueses, aun hoy, dan á una parte de esta isla el nombre de Sete Citades. Lo único que prueba esta denominación es que los navegantes y los colonos portugueses no olvidaban las antiguas tradiciones populares. El razonamiento de M. Buache nos llevaría también á buscar la Antillia y las Siete Ciudades á la península del Yucatán ó al Norte de Méjico en el seno del Nuevo Continente.

Cuando admiró á Francisco Hernández de Córdoba (en 1517) el aspecto de los templos (teocallis) construídos con piedras labradas y la civilización de los pueblos del Yucatán; cuando descubrió las grandes cruces que adoraban, creíase generalmente, dice Gomara[386], «que los españoles que huyeron de su patria al ser invadida por los árabes, en tiempo del rey Rodrigo, llegaron á aquellas lejanas costas.»

En la expedición aventurera que hizo el Padre franciscano Marcos de Niza[387] á Cibola (el país de los[Pg 346] bisontes, ó vacas corcovadas), más allá de los 36° de latitud, buscábanse también las Siete Ciudades; «al rey Taratax (especie de Preste Juan), que adoraba una cruz de oro y la imagen de una mujer, Señora del Cielo».

Si la isla Antillia hubiera sido igual á la de San Miguel de las Azores, no es probable que figurase en mapas que, como el de Bianco, presentan simultáneamente todo el archipiélago de las Azores[388]. Mejor se comprende que la Antillia, primitivamente señalada como una gran tierra por confundirse las costas mal conocidas de las Azores, fuera puesta al Oeste de dicho archipiélago cuando con precisión se reconoció su pequeñez y los contornos de cada una de las islas que lo forman. Para comprender bien la fuerza de este argumento preciso es recordar las fechas verdaderas de los descubrimientos hechos por los portugueses en la región templada del Océano Atlántico. Estas fechas son las siguientes: descubrimiento del escollo de las Hormigas, en 1431; de la isla de Santa María, 1432; de la de San Miguel, 1444; de Terceira, San Jorge y Fayal, 1449; de Graciosa, 1453. El descubrimiento de las islas más occidentales, Flórez y Corvo, parece ser anterior á 1449;[Pg 347] pero esta fecha es menos precisa[389]. El mapa de Bianco estaba terminado[390] cuando el Infante, «guiado por mapas antiguos, sólo había hecho reconocer la isla de Santa María, la única cuyo suelo no es volcánico». Este mapa presenta á la vez los nombres árabes y cristianos: los de Bentufla[391] y San Jorge (San Zorzi),[Pg 348] y sitúa con bastante corrección las nueve islas en tres grupos parciales; pero en vez de estar orientados estos grupos de Sudeste á Noroeste, se encuentran casi de Sur á Norte. El islote más lejano llámase ya Corvos Marinos. Los nombres de San Jorge y de Corvo no fueron, pues, dados por los portugueses en 1449, sino por otros pueblos de la Europa latina.

Los dos pueblos rivales y aventureros en la Edad Media, los normandos y los árabes, fueron, sin duda, los que entonces[392] propagaron noticias ciertas acerca del archipiélago de las Azores. Algunos historiadores[393] suponen en el siglo IX el descubrimiento hecho por los normandos. El geógrafo de Nubia, que es del siglo XII, conoce en el Atlántico (en el mar Tenebroso) «la isla de Raka, que es la de las Aves, habitada por grandes águilas ó buitres, que se alimentaban con pescados y volaban de continuo alrededor de la isla[394]. Ebn-al-Uardi[395] conoce, según parece, esta misma isla con el nombre[Pg 349] de Thouïur (ó de las Aves), y dice que las águilas rojas, provistas de enormes garras, se reunen allí y cazan lejos de las costas en plena mar. Un rey de los francos (según dice Hucaïli) envió á dicha isla un barco para ver aquellas aves; pero el buque naufragó».

Los comentadores de los geógrafos árabes reconocieron desde hace largo tiempo que la denominación de isla de los Azores (Insule Accipitrum) no es más que la traduccion portuguesa de islas de los Buitres, ó de los Halcones de Edrisi.

Las tres islas del Brasil (Brazie, Brazir ó de Mayotas), que señalan casi todos los portulanos[396] del siglo XIV (por ejemplo, el de Pizigano, trazado en 1367) entre los paralelos del cabo de San Vicente y de Irlanda, son, sin duda, también islas del grupo Raka y de las Azores[397]. Quizá el nombre mismo de Antillia, que por primera vez aparece en un mapa veneciano de 1436, es sólo una forma portuguesa dada á un nombre geográfico de los árabes. La etimología que se arriesga á dar M. Buache paréceme muy ingeniosa, y, sobre todo, resulta probable si se la adapta con alguna más precisión al carácter propio de las lenguas semíticas. «En el número de las islas desconocidas que describe Edrisi (Pars prima, Climatis tertii, p. 71), y que son, al parecer, dice M. Buache[398],[Pg 350] las Azores, hay una llamada Mustaschin; Ebn-al-Uardi la llama Tinnin[399], lo cual significa isla de las Serpientes. Es creíble que la palabra Antillia tenga la misma significación, y que se derive de la palabra tinnin, como la de Anjuan se deriva de la de Juan, que se encuentra en muchos mapas antiguos». La última analogía no es afortunada. La sílaba inicial paréceme mejor una corrupción del artículo árabe de Al’-Tinnin, y de Al-tin se habrá hecho poco á poco Antinna y Antilla; como, por un cambio análogo de consonantes, los españoles hicieron, de crocodile, corcodilo y cocodrilo. El dragón se llama en árabe Al Tin, y la Antilia es quizá la isla de los Dragones Marinos[400]; interpretación que parece confirmada por la figura de hombre que es arrastrado hacia el mar por un grupo de serpientes, figura puesta por Pizigano cerca de su isla de Brazir, y por las grandes serpientes esculpidas en un monumento hecho de piedra, de que habla Thevet, asunto que discutiremos más[Pg 351] adelante. También puedo citar la isla Danmar (isla del vaso ó receptáculo de serpientes), que el mapa de Bedrazio, de que antes he hablado, sitúa al lado de Antillia[401].

La palabra Antillia, sustituída por Antilha, puede, sin duda, descomponerse en dos palabras portuguesas: ante é ilha; pero, conforme á la analogía de Antiparos, Anticirrha y Antibacchus[402], significa, no lo que es opuesto á un continente, sino á otras islas[403]. Nunca pusieron un nombre tan general y dogmático los marinos, que individualizan todo, y atienden con preferencia á las condiciones de forma, de color ó de producciones.

La lectura de los últimos capítulos de Marco Polo podía infundir esperanzas á un geógrafo teórico, como lo era Toscanelli, de que, navegando desde Portugal hacia el Oeste, se encontraría, antes de llegar al continente de Asia, la larga serie de islas que se extiende desde Zipangu á Selendiv; pero ¿por qué dar á una sola grande isla, que se suponía situada en el archipiélago de las[Pg 352] Azores, ó cerca de él, el nombre sistemático de Antilha?

Un literato distinguido creyó descubrir recientemente la explicación del enigma en un pasaje de la obra de Aristóteles De Mundo[404], que antes he examinado, y que trata de la existencia probable de tierras desconocidas opuestas á la masa de continentes que habitamos. «Estas tierras, grandes ó pequeñas, cuyas orillas están frente á las nuestras, encuéntranse señaladas, dice, con la palabra antiporthmoi, que en la Edad Media se tradujo Antinsulæ

Esta traducción es, para mí, injustificada. La Beocia y la Eubea, separadas por un estrecho (el Euripo), son recíprocamente antiporthmoi, y la palabra portuguesa inusitada de Antilha no tiene significación en griego. La traducción latina del libro De Mundo, atribuída á Apuleyo, no ha podido dar origen á la denominación de Antínsula, porque Apuleyo no fijó bien la atención[405] en la palabra ἀντίπορθμος, y su libro es, además, una paráfrasis, suprimiendo ó añadiendo lo que se le antoja[406].


[Pg 353]

XX.

La isla Bracie (Berzil). — La estatua de las Azores. — Las monedas halladas
en la isla Corvo. — El monumento de la Isla de San Miguel.

Ya he indicado antes las relaciones de posición y de origen que existían en la Edad Media entre el grupo de las Azores y las islas que aparecen en los mapas italianos desde 1351 hasta 1459 con los nombres de Bracie[407], Brasil[408] y Berzil[409].

[Pg 354]

En sus sabias investigaciones acerca del Milione de Marco Polo, el conde Baldelli ha hecho renacer la idea de que el nombre de Bracie, convertido en Brasil, se refiere al fuego volcánico de las Azores, y por ello véome precisado á entrar sobre este punto en algunos detalles etimológicos. Procuraré ser breve, recordando, sin embargo, que el examen filológico á que el geógrafo somete los nombres de las islas, de los ríos y de los pueblos, sirve frecuentemente para descubrir su identidad en gran número de mapas y para impedir la duplicidad de denominaciones[410].

Tres siglos antes de la expedición de Gama, cuando el comercio con la India hacíase por la vía terrestre, en Italia y en España era conocida con los nombres de bresill, brasilly, bresilji, braxilis y brasile una madera roja á propósito para teñir las lanas y el algodón. Muratori[411] ha comprobado este hecho por medio de las tarifas de la Aduana de Ferrara de 1193 y de las de Módena de 1306.

[Pg 355]

Los documentos publicados por el Sr. Capmany[412], relativos al antiguo comercio de los catalanes, no permiten dudar de la importación de la madera de tinte ó brasil en España desde 1221 á 1243, y desde el siglo IX era conocida esta preciosa producción del Malabar y del Archipiélago de la India. Abuzeid-el-Hacen, natural de Siraf, uno de los dos viajeros árabes cuyos itinerarios ha publicado Renaudot, elogia la madera roja de la isla Ramni ó Sumatra. El geógrafo de Nubia[413] menciona[Pg 356] también la misma madera de tinte entre los objetos de comercio de la isla Alrami que se cree sea la misma Sumatra, aunque la sitúa á tres días de navegación de Ceylán ó Selan-dib (Sarandib). El texto árabe llama bakkam[414] lo que las traducciones latinas denominan bresillum.

Marco Polo conoció la madera colorante llamada verzino, pero sólo la nombra una sola vez, y no para indicar el sándalo rojo, del cual dice que hay bosques en la isla de San Lorenzo (Madagascar), sino para comparar al verzino una planta de Sumatra que se cogía cada tres años y de la cual sembró semilla, sin buen éxito, en el territorio veneciano[415].

M. Marsden supone[416] que la madera de Bresil de la Edad Media, la de las Indias Orientales, era el sapang de los malayos (Cæsalpinia sapan); pero creo probable que los árabes introdujeran en el comercio muchas especies[Pg 357] de madera roja con el nombre de bakkam, sobre todo la madera de chandana (Pterocarpus santalinus), que en Bengala lleva también el nombre persa de bukhum[417] y de la cual ha extraído M. Pelletier la verdadera laca roja.

Vimos anteriormente que desde el siglo XIV las islas del Atlántico, pertenecientes probablemente al Archipiélago volcánico de las Azores, aparecían en los mapas con los nombres de Bracie, Berzil y Brasil. Pedro Coppo da Isola supone en su Portulan[418] de 1528 que Cristóbal Colón, antes de llegar á las costas de América, tocó «en las islas Ventura, Columbo y Brasil.» A primera vista parece seguro reconocer en uno de estos nombres geográficos el de un bosque de madera roja de la India; pero ¿cuál puede ser el árbol que, en un grupo de islas cuya flora se parece á la de Portugal, ocasione tan extraña equivocación?

Como el mapa de Pizigano de 1367 dice yxola Brazie (no Brazir) seu Mayotas, M. Buache opina, en su Memoria relativa á la Antillia, «que Mayotas, Braçir y Tercera[Pg 358] son sinónimos y designan país arrasado por los volcanes.» Confieso no adivinar la etimología en que puede fundarse para suponer que la primera y la tercera de estas denominaciones significan país arrasado por los volcanes.

Los portugueses creen generalmente (y doy su opinión sin garantizar la exactitud) que el nombre de Terceira indica la tercera isla descubierta (en 1449) después de las islas Santa María y San Miguel. En esta interpretación no se cuentan para nada las Hormigas vistas por Gonzalo Velho Cabral en 1431.

El conde Baldelli ha hecho revivir la opinión del geógrafo francés, declarando más probable la explicación vulgar, la de la analogía de nombre con una madera tintórea de la India. Yo no veo nada ardiente en los nombres de Mayotas y de Tercera; pero convengo en que Brazie recuerda las palabras de la Europa latina, braise (francesa), braza y braseiro (portuguesas), brasero y braciere (española é italiana)[419].

Ignoramos de qué idioma de Asia en la Edad Media se tomó el nombre de la madera de tinte brazilli ó braxilis, ó si estas denominaciones, como las de índigo, de campeche ó de jalapa, indican localidades de origen. Lo extendida que estuvo en los antiguos tiempos la civilización de la India en el gran Archipiélago de Asia, induce á acudir á las raíces del sanscrito, raíces en las cuales la significación de rojo y de fuego se[Pg 359] confunden[420]. Revisando los diarios de ruta y las cartas de Colón, ni una sola vez encuentro el nombre de palo del brasil. Es seguro, sin embargo, que desde 1495, y, por tanto, mucho tiempo antes del descubrimiento de la Terra Sanctæ Crucis, que hoy llamamos Brasil, una cæsalpinea de Santo Domingo (la cæsalpinia brasiliensis) fué tomada por el braxilis de las Grandes Indias; el bakam del comercio de los árabes.

Cuenta Anghiera, en el lib. IV de la primera década de las Oceánicas, que en el segundo viaje de Colón encontróse en Haïti «Sylvas inmensas, quæ arbores nullas nutriebant alias præterquam coccineas quarum lignum mercatores Itali verzinum, Hispani brasilum apellant.»

En el tercer viaje de Colón (déc. I, lib. 9, pág. 21), cargaron en la costa de Paria tres mil libras de Brasil «superior al de Haïti».

Vicente Yáñez Pinzón, de cuyo itinerario nos ha conservado Grinæus un fragmento, llama en 1499 estos árboles vistos en Paria (Payra) «bosques de sándalo rojo».

A medida que los descubrimientos se extienden al Sur del cabo de San Agustín, sobre todo después que Pedro Alvarez Cabral tomó posesión en Mayo de 1500 de la Tierra de Santa Cruz, aumentó la actividad del comercio de madera roja del continente americano.

[Pg 360]

En la cuarta expedición de Vespucci, en la que naufragó uno de los barcos en los escollos que rodean la isla de Fernando Noroña, tomaron en 1504, cerca de la bahía de Todos los Santos, un cargamento de madera de bresil[421]. Tan importante llegó á ser ya este comercio en 1510, que el Gobierno español[422] prohibió la importación de todo brasil que no procediera «de las Indias (occidentales) pertenecientes á los dominios de Castilla.»

Todo el mundo sabe que poco á poco, en la primera mitad del siglo XVI, la abundancia de esta madera tintórea hizo cambiar el nombre de Terra de Sancta Cruz dado por Cabral en Terra de Brasil. «Cambio inspirado por el demonio, dice el historiador Barros[423], porque la vil madera que tiñe el paño de rojo no vale lo que la sangre vertida por nuestra salvación.» De esta suerte el nombre Brasil pasó desde el Archipiélago de Asia á un[Pg 361] cabo de la isla Tercera[424], y desde aquí á las costas australes del Nuevo Continente.

Con estas investigaciones acerca de la isla de Brasil, del archipiélago de los Azores, se relaciona la tradición tan vulgarizada de una estatua ecuestre que los portugueses hallaron en la isla de Corvo, señalando con un dedo al Oeste. Todos los libros, hasta los más elementales, que tratan del descubrimiento de América, refieren esta tradición, sin indicar documento alguno histórico, portugués ó español, que la mencione. En vano he buscado este «cuento de marineros» en las obras de los escritores de la Conquista, quienes con tanta extensión discutieron los indicios que guiaron á Colón hacia las tierras del Oeste. Martín Behaim, después de vivir tanto tiempo en las Azores en casa de su suegro Iobst de Hürter, ninguna mención hace de este hallazgo en su globo. Barros tampoco habla de él, ni Grinæus (1532), ni Sebastián Münster (1550), ni Ortelio (1570), ni Andrés Thevet (1575). El silencio de este último paréceme tanto más extraordinario, cuanto que observó por sí mismo (como pronto veremos), en la isla de San Miguel, una inscripción que creyó hecha «por el pueblo de Judea».

Pocas semanas hace que Mr. Link me ha dado á conocer un pasaje de la Historia del Reino de Portugal, por Manuel de Faria y Sousa[425], que detalladamente refiere[Pg 362] la tradición de la estatua ecuestre. «En las Azores, en la cumbre de un monte que llaman del Cuervo, fué hallada una estatua de un hombre puesta á caballo en pelo, con la mano izquierda apoyada en las crines del caballo y la derecha señalando á Poniente. La estatua descansaba en una losa[426] de la misma clase de piedra. Más abajo estaban grabadas en la roca algunas letras desconocidas.»

Como el historiador habla de los descubrimientos hechos desde 1447 á 1471, parece referirse su noticia á que los portugueses vieron este monumento cuando por primera vez llegaron á la isla montañosa del Cuervo. La fecha de este suceso es, sin embargo, incierta[427], pues unos suponen que ocurrió en 1447 y otros en 1460. ¿Cómo es posible creer que los contemporáneos de Cristóbal Colón, que tan minuciosamente hablan de troncos de pinos arrojados por las corrientes á las costas de las islas Graciosa y Fayal, de cadáveres de hombres de raza desconocida, depositados por el oleaje en la arenosa playa de la isla de Flores, próxima á la de Corvo, no tuvieran noticia alguna de hecho tan extraordinario?

Un viajero muy ingenuo, que hace poco publicó su viaje, Mr. Boid, disipa en parte estas dudas. Durante su larga permanencia en las islas grandes del archipiélago de las Azores, adquirió las siguientes noticias relativas á Corvo: «Es la más pequeña de las nueve islas; fórmala[Pg 363] una montaña con dos picos gemelos, y se llama Corvo (Cuervo), porque, vista de lejos, toda ella parece negra[428]. Entre la multitud de absurdos que divulgan sus pobres y supersticiosos habitantes, es uno asegurar formalmente que á su isla se debe el descubrimiento del Nuevo Continente, porque un promontorio que avanza en el mar hacia el NO., presenta la forma de una persona que alarga la mano hacia Occidente. La Providencia, añaden ellos, quiso que este promontorio de Corvo tenga dicha forma extraordinaria para anunciar (á los marinos europeos) la existencia de otro mundo. Comprendiendo é interpretando Colón esta señal, se lanzó en el camino de los descubrimientos (hacia el Oeste).» He aquí, pues, la estatua ecuestre reducida á un fenómeno natural.

Concíbese que una de esas configuraciones grotescas é imitativas tan frecuentes en las rocas volcánicas de basalto, traquita y pórfido anfibolítico, pueda engendrar el cuento de una estatua ecuestre que los eruditos no tardaron en atribuir á los cartagineses ó á los fenicios, quienes, según sabemos por Strabón, no eran muy aficionados á mostrar el camino de los descubrimientos á los pueblos rivales.

Los nombres de fraile, monja, gigante, dados en casi todas las regiones alpinas de la América española, sea á rocas aisladas, sea á cráteres de montañas, confirman[Pg 364] esta probabilidad, y entre marinos las ilusiones fantásticas son más comunes, porque el aspecto de un litoral les produce impresiones más fuertes y duraderas.

Corvo no es en absoluto el punto más occidental del archipiélago de las Azores, pues está á 3′ 5″ en arco más oriental[429] que Flores; pero al volver los buques del Brasil, de Méjico y de las Antillas, favorecidos por el Gulf Stream (corriente de agua caliente del Atlántico), pasan con preferencia á la vista de la isla más septentrional, la de Corvo.

La forma de una roca del cabo noroeste no pudo recibir su significación misteriosa sino después del descubrimiento de América y en una época en que el comercio era más activo y el mar de las Azores estaba más frecuentado. Esta circunstancia puede explicar hasta cierto punto el silencio de los autores de los siglos XV y XVI; pero también puede ser que, en un archipiélago representado ya en el mapa de Bianco con la denominación árabe de Bentufla, haya contribuído alguna noción vaga de tradiciones conservadas entre los geógrafos orientales (el scherif Edrisi, Ebn-al-Uardi y Abdorraschid ó Bakui) á dar celebridad á la forma rara de la roca de Corvo.

Pláceme observar la filiación no interrumpida de las ideas que desde la más remota antigüedad griega, hasta los portulanos del veneciano Pizzigani, han atravesado la Edad Media, y que los árabes transmitieron á los geógrafos de Italia; aunque sea raro poder seguir con[Pg 365] certidumbre un mismo mito geográfico en la dirección de Oriente á Occidente. Comencemos por las columnas de Hércules, que en tiempos aun más antiguos eran llamadas de Saturno ó de Briareo.

Al hablar Strabón de la fundación de Gades por los Tyrios, discute con mucha sagacidad y despreocupación lo que debe entenderse por el nombre de columnas, y pregunta si fueron monumentos levantados por mano del hombre, que dió su nombre á los sitios junto á los cuales los colocó. Habla con este motivo «de altares, de torres y de columnas» á propósito para los límites de un viaje (lib. III, pág. 171); pero el geógrafo de Amasia no emplea las palabras imagen ó estatua de Hércules. Estas palabras pertenecen á un pasaje de un comentario que Eustathes añadió al texto de Dionisio de Charax, el Periegetes[430].

Sabido es que los árabes se ocuparon mucho de Hércules, á quien sin cesar confundían con Alejandro, ó mejor, con un personaje bicornio, Dhulcarnaïn, que abrió el estrecho de Cádiz, y cuya era asciende al tiempo de Abraham. El geógrafo de la Nubia, cuyos testimonios reuno en una sola nota[431], refiere que[Pg 366] había seis estatuas colocadas en las orillas del mar; la más oriental en Andalucía, en Gades; las otras en las islas del mar Tenebroso, en las Canarias (Khalidât), haciendo señal á los navegantes para que no fueran más allá.

Yakuti, natural de Baku y que por ello se le llama Bakui, dice lo mismo: «Las islas Khalidât (él las llama Dgialidat), situadas á la extremidad del Mogreb (de Africa), donde los sabios fijan el primer grado de longitud, son en número de seis. En cada una de ellas hay una estatua de cien codos de altura, que es como un[Pg 367] fanal, para dirigir los barcos y hacerles saber que más allá no hay camino.»

Comparando estos dos pasajes de Edrisi y de Bakui con otro de la geografía de Ebn-al-Uardi[432], donde dice claramente «una de las estatuas colocadas en las islas Khalidât ó Canarias, sobre la cumbre de una montaña, por Saad Abukarb, el Hermiarita, el mismo que Dhulcarnaïn», se ve que el mito de los geógrafos árabes se refiere al Hércules de los orientales. Admitiendo seis estatuas ó imágenes de Hercules, se multiplicaban las marcas ó señales para los navegantes, como Palephatos (cap. 32) y Hésychio multiplican las columnas hasta el número de 304.

También como reminiscencia de estas tradiciones árabes, según observa juiciosamente Mr. Buache, puso Pizzigano, en el siglo XIV, en un mapa de su portulano y entre las islas Brazie ó Azores, un medallón tras del cual aparece una figura con una banderola en la mano en la que hay una inscripción, y haciendo señales hacia el Este con la otra mano, sin duda para detener á los navegantes[433].

[Pg 368]

Se ve, pues, cómo el límite de estos parajes «quæ non amplius navigabiliæ sunt propter brevitatem maris et cænum et algam» ha ido retrocediendo progresivamente hacia el Oeste. La astucia de los fenicios lo colocó primero junto á las columnas de Hércules; Scylax lo señala cerca de Cerné (Gauleón); la Edad Media, siguiendo las huellas de los árabes, cerca de Azores, donde el banco de fucus (el mar de Sargazo) fué visto antes de Cristóbal Colón.

Conforme á la serie de hechos, ó mejor dicho, de opiniones que acabo de exponer, parece ser, al menos, muy probable que las imágenes de Hércules y la supuesta estatua de Corvo pertenezcan á un mismo ciclo de geografía sistemática. Pero la dirección de la mano, el gesto, debió cambiar desde que el intrépido genovés hizo desaparecer el temor á los escollos del mar Tenebroso.

[Pg 369]

Antes de terminar lo relativo al Archipiélago de las islas Azores, añadiré algunas reflexiones acerca de las monedas fenicias encontradas en la isla de Corvo y descritas por Mr. Podolyn, y del monumento de la isla de San Miguel, de que habla el cosmógrafo Andrés Thevet.

Refiere Mr. Podolyn que, durante una tempestad, la resaca de las olas puso al descubierto una gran vasija rota, dentro de la cual había algunas monedas. Las llevaron á un convento, donde, desgraciadamente, fueron distribuídas muchas entre personas curiosas. Nueve de ellas las enviaron á Madrid al P. Flores, quien las regaló á Mr. Podolyn. No cabe duda, en vista de los dibujos publicados en las Memorias de la Sociedad de Gothemburgo, que estas monedas de oro y cobre, donde figuran una cabeza de caballo, un caballo completo ó una palmera, son unas cartaginesas y otras cyrenaicas, y recientemente han sido comparados sus dibujos con los de monedas conservadas en el gabinete del Principe Real de Dinamarca. Pero aun suponiendo que el hecho de la vasija rota, descubierta en la isla de Corvo, esté bien comprobado, no es absolutamente preciso admitir que los cartagineses hubieran llevado dichas monedas. Sabemos que los árabes y los normandos visitaron las Azores durante la Edad Media, y pudieron llevar consigo desde las costas de Sicilia ó de Túnez monedas púnicas ó cyrenaicas, porque de las primeras acuñaron gran número en Sicilia, principalmente en Panormo, fundada por los fenicios. Del mismo modo se han encontrado con frecuencia monedas árabes en las islas y en el litoral del Báltico.

De estas dos hipótesis, la segunda, ó sea la del transporte de las monedas por los árabes ó por los normandos,[Pg 370] es la que ha parecido más probable á Malte Brun[434]. Debería sorprender, sin embargo, que navegantes de la Edad Media hubieran depositado en las Azores solamente monedas púnicas y cyrenaicas, sin mezcla de ninguna otra de distinto origen. Como la fuerza de los vientos logra con frecuencia dominar la de las corrientes, no se puede negar en absoluto que, haciendo el comercio del estaño y del electrum, algunos barcos fenicios ó cartagineses se desviaran de su ruta á través del Sinus Œstrymnicus, y fueran llevados á las costas de las Azores; pero ¿cómo es posible encontrar la huella de tal suceso en la isla casi más occidental del Archipiélago, donde toca la parte del Gulf Stream que se dirige de Oeste á Este? ¿Pasaron los barcos más allá de las Azores al Norte del paralelo de 40° y entraron en la corriente al Oeste de Corvo y de Flores? La solución sería más fácil si la vasija hubiera sido descubierta en las islas de Santa María y San Miguel,[Pg 371] las más orientales del Archipiélago de las Azores.

Al nombrar esta última isla, debo referir un hecho íntimamente ligado con el asunto que examinamos. Andrés Thevet, cosmógrafo del rey Enrique III, visitó en la segunda mitad del siglo XVI las fuentes termales de la región de San Miguel, trastornada por erupciones volcánicas en 1449, cerca de la Algoa da Sete Cidades, y con su estilo ingenuo y difuso[435] describe las cavernas[Pg 372] donde, al llegar por primera vez los portugueses, vieron «un monumento de piedra de doce píes de largo, en el que había esculpidas dos grandes culebras y letras hebraicas, que leyó, pero no interpretó, un moro natural de España, hijo de judío.»

Como Thevet, que formalmente traduce Insulæ Accipitrum (Azores) por Islas del Viento, es uno de los viajeros más desprovistos de crítica, nada nos dice acerca del año en que esta caverna fué murada, y cómo pudo copiar el moro una inscripción que, como ingeniosamente observa Mr. Viken[436], podía muy bien tener algunos[Pg 373] nombres propios numídicos ó púnicos. Inútil es, por tanto, insistir en un hecho cuya verdad no se puede comprobar. Parece natural que si el moro inventó la inscripción, le hubiese dado un sentido preciso y sentencioso, expresado en caracteres hebraicos.

El recuerdo de las islas del Brasil ó Brazie, que durante tanto tiempo anduvieron errantes en los mapas, se ha conservado hasta nuestros días en Brasil Rock, señalado en los bellos mapas ingleses de Purdy, 6° al Oeste de la extremidad más austral de Irlanda.

En los mismos parajes, ó más bien, entre Irlanda, Terranova y las Azores aparecen desde principios del siglo XVI en los mapas de Juan de la Cosa (1500), de la edición de Ptolomeo (1522) y de Rivero (1529) con igual incertidumbre de posición, Mayda ó Asmaïdes[437][Pg 374] é Isla Verde. Una y otra están señaladas en los mapamundi modernos, con los nombres de Mayda y Green Roke, como peligros inciertos.


[Pg 375]

XXI.

Probables comunicaciones entre ambos mundos,
á causa de las corrientes atmosféricas y oceánicas.

Acabamos de ver de qué suerte se mezcla en las tradiciones geográficas y en las relaciones de los viajeros, á los recuerdos de los descubrimientos reales y positivos, lo que sólo es pura ficción, y que el imperio de ésta, basado en creencias de la más remota antigüedad, se extendió en la Edad Media sobre todo hacia el Occidente. Si dicha nueva dirección, y el inveterado error de la extensión de Asia hacia el Oriente, abrieron la vía para los descubrimientos de Colón, otras causas, poco importantes en la apariencia y hasta ahora mal explicadas, no contribuyeron menos á inspirar confianza al marino genovés.

Pongo entre estas causas que le alentaron, el hecho tan conocido de los objetos arrojados por el mar sobre las costas de las Azores, de Porto Santo, y de las islas Canarias, y considerados como indicios de la probable existencia de tierras habitadas en las regiones occidentales.

Algunas consideraciones de geografía física que el estado actual de los conocimientos nos permite exponer, aclararán de nuevo el indicado fenómeno.

[Pg 376]

«Afirmábase el Almirante en este pensamiento (el de descubrir islas ó tierra para continuar con más facilidad sus designios), dice D. Fernando Colón (Vida del Almirante, cap. VIII), con la lección de algunos libros de ciertos filósofos, que decían, como cosa sin duda, que la mayor parte de nuestro globo estaba seca, de que infaliblemente se seguía haber más tierra que agua. Demás que oyó decir á muchos pilotos hábiles, cursados en navegación de los mares occidentales, á las islas de los Azores y á la de Madera, por muchos años, cosas que le persuadían de que él no se engañaba, y que había tierras desconocidas hacia Occidente. Martín Vicente, piloto del Rey de Portugal, le dijo que, hallándose á 450 leguas hacia Occidente del cabo de San Vicente, había sacado del agua un madero perfectamente labrado, y no con hierro, que el viento de Poniente había traído; y concluía, que en esta parte había infaliblemente algunas islas no conocidas. Pedro Correa, cuñado del Almirante, le dijo que él había visto hacia la isla de Puerto Santo una pieza de madera, semejante á la primera, venida de la misma parte de Occidente; y añadía saber del Rey de Portugal que hacia la misma isla se habían hallado en el agua cañas tan gruesas, que de nudo á nudo cabían en ellas nueve garrafas de vino.» Herrera (déc. I, lib. I, cap. II) asegura que el Rey había conservado estas cañas y se las mostró á Colón. Ptolomeo en el lib. II[438] de su Cosmografía, dice,[Pg 377] en efecto, que hay cañas enormes en las partes orientales de las Indias.

Los habitantes (colonos) de las Azores decían que, cuando el viento soplaba del Oeste, el mar arrojaba, especialmente en las costas de las islas Graciosa y Fayal, pinos de una especie desconocida. A estos indicios añadían algunos que un día encontraron en la playa de la isla de Flores dos cadáveres de hombres con facciones y fisonomía completamente distintas de los de nuestras costas. (Herrera, acaso tomándolo de los manuscritos de Las Casas, dice que aquellos cadáveres de cara larga no parecían ser de cristianos.)

Los habitantes del cabo de la Verga[439] dijeron también á Colón «que habían visto almadías ó barcas cubiertas, llenas de hombres de una raza de que nunca oyeron hablar.»

El transporte de estos objetos (bambúes, troncos de pino, cadáveres humanos, barcas llenas de personas vivas), depositados por las aguas del Océano en las playas de las islas Azores, fueron atribuídos, según hemos visto en el párrafo copiado de la Vida del Almirante, á la acción de los vientos del Oeste. Esta explicación no es satisfactoria, por no fundarse en hechos bien observados.[Pg 378] La verdadera causa del transporte es la gran corriente de agua caliente conocida con el nombre de Gulf ó Florida Stream. Los vientos del Oeste y del Noroeste no hacen más que aumentar la velocidad media del río pelásgico, prolongar su acción hacia el Este, hasta el golfo de Vizcaya y mezclar las aguas del Gulf Stream con las de las corrientes del estrecho de Davis y del Africa septentrional[440]. El mismo movimiento oceánico que en el siglo XV arrojaba bambúes y pinos en el litoral de las Azores y de Porto Santo deposita[441] anualmente en Irlanda, en las Hébridas y en Noruega semillas de plantas tropicales (Mimosa scandens, Guilandina bonduc, Dolichos urens), algunas veces hasta toneles bien conservados llenos de vino de Francia, restos de cargamentos de barcos naufragados en el mar de las Antillas. Los restos del buque de guerra The Tilbury, que se incendió cerca de Jamaica, llegaron por el Gulf Stream á las costas de Escocia. Y aun hay hechos más notables: barriles de aceite de palma que formaban parte de un cargamento de barcos ingleses, naufragados en cabo López,[Pg 379] en las costas de Africa, fueron arrojados á las mismas costas después de atravesar dos veces el Atlántico, una de Este á Oeste entre los grados 2 y 12 de latitud á favor de la corriente ecuatorial, y otra de Oeste á Este, por medio del Gulf Stream, entre los 45° y 55° de latitud. Durante las calmas, esta última corriente, viniendo del cabo Hatteras, termina en el meridiano de la gran banda de sargazo (Fucus natans), colocado un poco al Oeste de Corvo; pero cuando empiezan á dominar los vientos del Oeste ó por otras causas meteorológicas eleva la corriente el nivel de las aguas en el golfo de Méjico ó en el canal de Bahama, Gulf Stream envuelve las islas de Corvo y de Flores, dividiéndose en dos brazos, uno que va hacia el NE. y otro hacia el SSE.[442].

Las islas Graciosa y Fayal, que nombra Colón particularmente como puntos donde el mar arrojaba troncos de pinos de una especie desconocida, son las más próximas á las de Corvo y Flores, y, por tanto, las primeras que reciben lo que la corriente lleva, cuando á los 30¾° y 32½° de longitud occidental se inclina hacia el SSE. Estos pinos procedían, sin duda, ó de las pequeña Isla de Pinos en el banco de la Tortuga al Oeste de las Mártires, ó de la parte NO. de la isla de Cuba, donde cerca de Cayo de Moa[443], vió Colón por primera[Pg 380] vez, y con grande admiración, la primera conífera de los trópicos, ó de las costas de Santo Domingo donde, según la observación de M. Barataro, cerca del cabo Samana, descienden los pinos hasta la llanura.

Más sorpresa podrían causar las cañas de bambú (guadua de las Antillas y de toda la América equinoccial), llevadas por las corrientes á las costas de Porto-Santo, porque alrededor de esta isla las aguas se mueven generalmente hacia el S. y SSE. y reciben la misma dirección desde el paralelo del cabo de Finisterre.

Pero un ejemplo que data del principio de mi viaje á América prueba que de vez en cuando el Gulf Stream de las Azores comunica con la corriente de Guinea ó del Norte de Africa, y lleva troncos de árboles del nuevo continente hasta las islas Canarias. Poco antes de mi llegada á Tenerife el mar había depositado en la rada de Santa Cruz un tronco de Cedrela odorata, cubierto de corteza y líquenes, árbol americano que no puede[Pg 381] confundirse con ningún otro, que sin duda había sido arrancado de la costa de Paria ó de la de Honduras siguiendo el gran vortex del golfo de Méjico y del canal de Bahama.

En el estado medio de los movimientos del Atlántico[444], los ríos pelásgicos, que distinguimos con los[Pg 382] nombres un poco vagos de Gulf Stream, corriente equinoccial y corrientes del golfo de Guinea, del Brasil y del Africa meridional, están separados por aguas tranquilas ó estancadas que sólo obedecen al impulso local de[Pg 383] los vientos; pero por la reunión fortuita de causas meteorológicas á veces muy lejanas, se ensanchan y prolongan los ríos pelásgicos, inundando, por decirlo así, espacios de mar faltos de movimientos propios de translación. En estos casos las corrientes de distintos nombres se mezclan temporalmente entre sí, y producen fenómenos que debieron sorprender en época en que la geografía física de la cuenca del Atlántico era menos conocida que ahora.

En la Historia del descubrimiento de las islas Canarias, de Jorge Glas, publicada en 1764, leemos que, pocos años antes de su publicación, un barco pequeño cargado de trigo, al pasar de la isla de Lanzarote á la rada de Santa Cruz de Tenerife, fué arrastrado por una tormenta fuera del archipiélago de las Canarias. La corriente equinoccial y los vientos alisios le llevaron hacia el Oeste, encontrándole un barco inglés á dos días de distancia de la costa de Caracas y salvando á los marineros canarios que habían sobrevivido, á quienes surtió de agua y condujo al puerto de la Guaira[445].

[Pg 384]

Suceso semejante ocurrió en 1731 á un barco cargado de vino y de algunos comestibles que iba desde Tenerife á la Gomera: durante muchos días lucho con vientos contrarios, y abandonado á las corrientes, llegó con seis hombres de tripulación á la isla de la Trinidad, frente á la costa de Paria[446]. La comunicación establecida entre la corriente del África septentrional, dirigida hacia el Sur, y la corriente equinoccial dirigida hacia el Oeste, obraban, pues, en sentido diametralmente opuesto al que llevó en los siglos XV y XVIII los troncos de bambú y de cedrela á Porto Santo y á Tenerife[447].

Respecto al hecho que más llama la atención, el de las barcas cubiertas, tripuladas por hombres de una raza de que nunca se había oído hablar, vistas en las islas Azores, la historia presenta muchos ejemplos exactamente iguales. James Wallace refiere en su Historia de las islas Orcades, que algunas veces, impulsados por las corrientes y los vientos del Noroeste, llegaron groenlandeses á aquellas islas, cuyos habitantes les llamaban Finn-men. Vióse uno de ellos en 1682 en la punta meridional de la isla de Eda, reuniéndose mucha gente para gozar de tan extraño espectáculo; pero cuando se le[Pg 385] quiso coger, el groenlandés logró escapar. En 1684 apareció también un pescador americano, quizá el mismo, cerca de la isla Westram.

En la iglesia de la isla Burra se conserva una de estas canoas de esquimales, arrojada por una tempestad[448]. La distancia del trayecto debe calcularse en cuatrocientas leguas marinas, distancia que con una velocidad de siete á ocho nudos por hora, en tiempo tempestuoso, puede recorrerse en menos de siete días.

El cardenal Bembo, en su Historia de Venecia, cita el caso de un barco lleno de indígenas americanos, hallado por un buque francés que navegaba en el Océano, no lejos de las costas de Inglaterra[449].

[Pg 386]

Cuatro años antes, en 1504, algunos pescadores de Bretaña fueron sin duda llevados accidentalmente á las costas del Canadá[450].

Otros ejemplos de traslaciones involuntarias corresponden á la Edad Media y han sido citados con frecuencia á causa de un pasaje célebre de los fragmentos históricos de Cornelio Nepote[451], pasaje que llamó mucho la atención pública cuando se buscaba un paso al Noroeste en la navegación á la India. Pomponio Mela, que vivió en época próxima á Cornelio Nepote, cuenta,[Pg 387] y Plinio repite, que siendo procónsul en las Galias Metelo Céler, recibió como regalo del Rey de los Boii ó Baeti (el nombre es incierto y Plinio le llama Rey de los suevos), algunos indios que, arrastrados fuera del mar de la India por las tempestades, llegaron á las costas de Germania. Inútil es discutir aquí de nuevo si este Metelo Céler es el mismo que fué pretor de Roma el año del consulado de Cicerón, é inmediatamente después de éste, cónsul con L. Afranio, ó si el Rey germano era Ariovisto, vencido por Julio César. Lo que está fuera de duda, por la relación de ideas que conducen á Mela á citar el hecho tenido por cierto, es que se creía entonces en Roma que estos hombres morenos, enviados desde Germania á las Galias, llegaron por el Océano que baña el este y el norte del Asia, dando la vuelta al continente por más allá de la desembocadura del mar Caspio.

Esta suposición estaba perfectamente de acuerdo con las ideas geográficas de aquella época, es decir, con las falsas ideas que, desde la expedición de Alejandro, se tenían acerca de la comunicación del Caspio con el Océano septentrional, ideas que desdichadamente prevalecían sobre las que Herodoto había adquirido en Olbia y en las orillas del Hypanis[452].

[Pg 388]

En tiempo de Ptolomeo era aún el mar Báltico un mar abierto al Este, y la península escandinava una isla que no impedía navegar hacia el Este, á partir de la extremidad del Quersoneso Cimbrico y de la isla Scandia. «Estas bocas son, según Strabón, el punto más septentrional de la costa que se extiende desde allí hasta la India y á donde, desde este país, se puede llegar por mar, como lo atestigua Patroclo, que mandó en aquellos parajes» (II, pág. 74 Cas.). En otro párrafo (XI, página 518) habla nuevamente Strabón de esta posibilidad. «El hecho, dice, de que algunos navegantes hayan ido desde la India á la Hyrcania por mar, no se cree cierto, pero Patroclo nos asegura que es posible.»

Strabón, que por lo general consultaba poco á los autores latinos, no tuvo ninguna noticia del supuesto viaje de los negociantes indios conducidos á las Galias. Plinio, que con frecuencia cometía inexactitudes en las notas que tomaba casi á escape (adnotabat et quidem cursim, dice su sobrino), convirtió la conjetura de Patroclo en un hecho circunstanciado. Según dice, toda la parte del Océano comprendida entre la India y el mar Caspio (esto es, su desembocadura) fué explorada por los macedonios durante los reinados de Seleuco y Antioco[453].

[Pg 389]

Siendo el objeto de toda investigación filológica esclarecer la opinión que el autor ha querido enunciar, es indudable que Pomponio Mela no creyó que los indios llegaron á la costa noroeste de Alemania por circunnavegación del Asia oriental y boreal, pues dice: Vi tempestatum ex Indicis æquoribus abrepti, y no es lícito suponer, como lo hacen Huet[454] y otros comentadores, que vinieran por el Oxus, el mar Caspio y el Palus Mæotide al mar Báltico. Estas fabulosas comunicaciones del Caspio con el Océano boreal y con el Palus Mæotides, y del Palus con el Báltico[455], tenían sin duda muchos[Pg 390] partidarios desde las eruditas especulaciones de la escuela de Alejandría acerca del viaje de los argonautas; pero en el suceso que Cornelio Nepote refiere, para nada se alude á las líneas hidrográficas trazadas al través de los continentes.

Siendo conocido que, á pesar de los grandes perfeccionamientos de la navegación moderna, la acumulación de hielos impide navegar por el estrecho de Behring á lo largo de las islas de Nueva Zembla, se ha suscitado la cuestión de saber de qué raza serían los hombres de color que el procónsul Metelo Céler tomó por indios. Ya en la primera mitad del siglo XVI se supuso que estos hombres eran pescadores esquimales del Labrador y de Groenlandia arrastrados por los vientos del Oeste á las costas británicas. Esta opinión se ha atribuído equivocadamente á Malte Brun y á otros geógrafos modernos, pues la encuentro expuesta ya por Gomara, que dice, refiriéndose á los indios de Quinto Metelo Céler: «Si ya no fuesen de Tierra del Labrador, y los tuviesen (los romanos) por indianos, engañados (acerca de su verdadero origen) en el color.» (Historia de las Indias, folio 7.)

Cornelio Wytfliet, en sus Noticias sobre el Occidente ó Adiciones á la geografía de Ptolomeo, emite la misma opinión[456] fundándose en las fantasías de Paolo Giovio[Pg 391] (Paulas Jovius), contemporáneo de Colón y de Vespucci, quien creía que el sanguinario culto de los Bretones y de los Galos fué importado por colonos del Labrador y de Estotilanda.

[Pg 392]

El descubrimiento de América y la necesidad, por decirlo así, hebraica, de poblar este continente por el Asia, hicieron discutir las distintas clases de comunicaciones que pudieron ser favorecidas por las corrientes oceánicas y por los vientos. Pareció sin duda poco probable que llegaran esquimales á las costas de Alemania, y mientras Vossio, el sabio comentador de Mela, creía que los indios de Cornelio Nepote eran Bretones que se pintaban el cuerpo, otros comentadores, adoptando la explicación de Gomara y de Wytfliet, sustituían al Suevorum rex un príncipe escandinavo[457] que había recogido los náufragos en las costas de Noruega.

La analogía del hecho no desmentido de la llegada de los esquimales á las islas Orcades, hecho que antes he mencionado, esclarece mucho el que ahora examinamos; y teniendo en cuenta los numerosos ejemplos de individuos que han caído en manos de los bárbaros, siendo llevados como cautivos, de nación en nación, muy lejos del lugar del naufragio, sorprende menos que fueran conducidos á las Galias algunos extranjeros, pasando desde las Islas Británicas á Batavia y á Germania; lo extraño es que en sucesos semejantes ó de igual modo[Pg 393] enigmáticos, ocurridos en la Edad Media, se hable también de las costas germánicas.

Estos acontecimientos se refieren á los reinados de los Othones y de Federico Barbarroja, y son, por tanto, de los siglos X y XII.

He aquí los distintos testimonios:

«Nos apud Othonem legimus, dice el Papa Eneas Sylvio en su gran obra geográfica é histórica (cap. II, página 8), sub imperatoribus teutonicis indicam navem et negotiatores Indos in Germanico littore fuisse deprehensos.»

Se lee en la Historia de las Indias de Gomara, después del pasaje en el que designa los indios de Metelo Céler como esquimales del Labrador: «Asegúrase también que en tiempo del emperador Federico Barbarroja aportaron á Lubeck algunos indios en una canoa[458].

Sir Humphrey Gilbert, después de discutir prolijamente en cuatro capítulos el pasaje de Cornelio Nepote, añade: «En el año de 1160 y en el reinado de Federico Barbarroja, llegaron algunos indios, upon the coast of Germanie[459].

[Pg 394]

Mucho tiempo he perdido en vanas investigaciones de las primeras fuentes de estos curiosos sucesos. ¿De dónde supo Gomara, historiador generalmente muy exacto, que los indios habían sido llevados á Lubeck? ¿Lo sabría por el piloto polaco Juan Scolmus, de quien antes he hablado, que en Bergen y en Dinamarca pudo estar en relaciones con marinos de Lubeck? ¿Cómo es posible que los continuadores de los Anales de Othón de Freising y el franciscano Ditmar, autor de la excelente Crónica de Lubeck[460], nada supieran de estos supuestos indios?

[Pg 395]

La fecha de 1160 es además dudosa, porque la Crónica de la ciudad de Lubeck, de Juan Rufus, es desde el año 1106, y dice que en esta remota época había muy pocas relaciones entre los mares del Oeste y del Norte.

[Pg 396]

Estos esquimales-indios no naufragarían en las costas de Frisia, sino que, durante las grandes tempestades y las irrupciones del mar ocurridas en 1150 y 1164, algún barco de Lubeck los encontró cerca de las costas de Europa y los capturó, como fué capturado el barco esquimal de que habla el cardenal Bembo.

Al reunir y examinar bajo un punto de vista general las pruebas de estas comunicaciones remotas favorecidas por el acaso, elévanse las ideas, viendo cómo los movimientos del Océano y de la atmósfera han podido contribuir, desde las épocas más lejanas, á esparcir las diferentes razas humanas en la superficie del globo. Compréndese, como lo comprendió Colón (Vida del Almirante, cap. VIII), cómo pudo revelarse un continente al otro.

FIN DEL TOMO I.


[Pg 397]

ÍNDICE.


    Páginas.
Prólogo. 1
Introducción. 14
Causas que prepararon y produjeron el descubrimiento del nuevo mundo:  
I.— Lo que se proponía Colón en sus viajes de descubrimiento. 21
II.— Progreso de las ideas cosmográficas antes de Colón. 34
III.— Ideas cosmográficas de Colón y causas que le impulsaban al descubrimiento de las Indias. 59
IV.— Opiniones de los antiguos sobre la geografía física del globo y manera de figurarla. 83
V.— Influencia de Pablo Toscanelli en los proyectos de Cristóbal Colón. 93
VI.— Cristóbal Colón y Martín Behaim. 126
VII.— Martín Behaim y Magallanes. 156
VIII.— Primeros descubrimientos en la costa Oriental de América. 165
IX.— Influencia de la configuración de África en las ideas sobre la que debía tener América. 176
X.— Las expediciones clandestinas. 197
XI.— Motivos que impulsaban al descubrimiento de América á fines del siglo XV. 219
[Pg 398]XII.— Consideraciones sobre la geografía física del globo terrestre y sobre las comunicaciones con América antes de descubrirla Cristóbal Colón. 234
XIII.— Viajes de los escandinavos al Nuevo Mundo en los siglos XI y XII. 257
XIV.— Colón no supo los viajes de los escandinavos á la América septentrional. 272
XV.— Estado social de América antes del descubrimiento. 288
XVI.— Viajes de los árabes almagrurinos; de Madoc; de los hermanos Vivaldi; de Gonzalo Velho Cabral, y de Juan Szkolny. 295
XVII.— La cosmografía en la Edad Media. 310
XVIII.— La isla de San Brandón. 316
XIX.— La Antillia y la isla de las Siete Ciudades. 324
XX.— La isla Bracie (Berzil).—La estatua de las Azores.—Las monedas halladas en la isla Corvo.—El monumento de la isla de San Miguel. 353
XXI.— Probables comunicaciones entre ambos mundos, á causa de las corrientes atmosféricas y oceánicas. 375

NOTAS.


[1] La edición in-folio contendrá además el Análisis razonado de los materiales de que me he valido para construir los mapas y los perfiles hipsométricos.

[2] Præ lætitia prosiliisse te, vixque á lachrymis præ gandio temperasse, quando literas adspexisti meas, quibus de antipodum orbe latenti hactenus, te certiorem feci, mi suavissime Pomponi, insinuasti. Ex tuis ipsis literis colligo, quid senseris. Sensisti autem, tantique rem fecisti, quanti virum summa doctrina insignitum decuit. Quis namque cibus sublimibus præstari potest ingeniis isto suavior? quod condimentum gratius? A me facio conjeturam. Beari sentio spiritus meos, quando accitos alloquor prudentes aliquos ex his qui ab ea redeant provincia (Hispaniola insula). Implicent animos pecuniarum cumulis augendis miseri avari: nostras nos mentes, postquam Deo pleni aliquandiu fuerimus, contemplando, huyuscemodi rerum notitia demulceamus.—Esta carta, que con tanto acierto pinta los placeres de la inteligencia, ha sido escrita, conforme á la común opinión, á fines de Diciembre de 1493. (Opus Epistolarum Petri Martyris Anglerii Mediolanensis, Protonotarii Apostolici, Prioris Archiepiscopatus Gratanensis, atque á consiliis rerum Iudicarum Hispanicis). Amstelodami, 1670; Epíst. CLII, página 84.

[3] Acerca de los trabajos científicos de este hombre extraordinario, véase Capmany, Memorias históricas del comercio de Barcelona. Quæst. II, pág. 68.

[4] La suposición de que Asia se extendía hacia el Oriente más allá de los 180 grados de longitud. Véase también Rennel, Geography of Horodotus, pág. 685.

[5] Navarrete, Viajes de los españoles, t. I, pág. LXXIV.

[6] Capítulos V al IX. No ha sido posible descubrir hasta ahora el original español de esta biografía, cuyo manuscrito puso el nieto de Cristóbal Colón, D. Luis, Duque de Veragua, en manos de un patricio genovés llamado Fornari. De una copia que sin duda era bastante defectuosa fué traducido en 1571 al italiano por Alfonso de Ulloa, y retraducido del italiano al español en 1749, para insertarlo en la colección de Historiadores primitivos de Indias, de González Barcia (t. I, pág. 128). Compárese también Antonio de León, Epitome de la Biblioteca Oriental y Occidental náutica y geográfica, 1629, pág. 62; y Spotorno, Códice diplomático Colombo Americano, 1823, página LXIII.

[7] Es la que llegó á ser célebre por la reimpresión italiana que hizo Morelli, bibliotecario de Venecia, en Bassano en 1810. Había sido ya impresa en español en los primeros años del siglo XVI. (Antonio de León Pinelo, Biblioteca Occidental, 1738, t. II, pág. 566), y aun en italiano, según Bossi, en Venecia en 1505.

[8] Documentos diplomáticos, n. CXL. Libro de las Profecías que juntó el almirante D. Cristóbal Colón, de la recuperación de la santa ciudad de Hierusalem, y del descubrimiento de las Indias. (Navarrete, t. II, páginas 260, 265, 272). En Septiembre de 1501 envió Colón este manuscrito teológico que, á pesar de la diferencia de países y de siglos, recuerda involuntariamente las graves discusiones del inmortal Newton, sobre el undécimo cuerno de la cuarta fiera de Daniel (Brewster, Life of Newton, 1831, pág. 279), á un cartujo, el P. Gaspar Gorricio, para que lo perfeccionara y adornara con sabias citas. Sitúo este suceso diez y ocho meses antes de la muerte del Almirante, ocurrida en 20 de Mayo de 1506, porque al final del manuscrito de las Profecías se trata del eclipse de luna que observó Colón cerca del cabo oriental de la isla de Haití el 14 de Septiembre de 1504. Pero hay otra parte de las Profecías, por ejemplo, la que trata del peligro del próximo fin del mundo, anterior á 1501. «San Agustin, dice Colón, diz que la fin deste mundo ha de ser en el sétimo millenar de los años de la creacion dél: los sacros Teologos le siguen, en especial el cardenal Pedro de Ailiaco (Pedro d’Ailly, nacido en Compiegne en 1350). De la criacion del mundo ó de Adam fasta el avenimiento de Nuestro Señor Jesucristo son cinco mil é trescientos y cuarenta é tres años y trescientos y diez y ocho dias, por la cuenta del rey D. Alonso, la cual se tiene por la más cierta, con los cuales, poniendo mil y quingentos y uno imperfeto, son por todos seis mil ochocientos cuarenta y cinco imperfetos. Segund esta cuenta no falta salvo ciento é cincuenta y cinco años para complimiento de siete mil, en los cuales digo arriba, por las autoridades dichas, que habrá de fenecer el mundo.»

[9] Poco antes, sin embargo, en la misma carta á sus Soberanos explícase Colón con la mayor ingenuidad acerca de su propia erudición, cuya importancia, al parecer, desconoce. «De muy pequeña edad entre en la mar navegando, é lo he continuado fasta hoy. La mesma arte inclina á quien le prosigue á desear de saber los secretos deste mundo. Ya pasan de cuarenta años que yo voy en este uso. Todo lo que fasta hoy se navega, todo lo he andado. Trato y conversación he tenido con gente sabia, eclesiásticos é seglares, latinos y griegos, judios y moros, y con otros muchos de otras setas.

»A este mi deseo (conocer los secretos de este mundo) fallé á Nuestro Señor muy propicio, y hobe dél para ello espirito de inteligencia. En la marinería me fizo abondoso; de astrología me dió lo que abastaba, y así de geometría y arismética; y engenio en el ánima y manos para debujar esferas y en ellas las cibdades, rios y montañas, islas y puertos, todo en su propio sitio.

»En este tiempo (en su juventud) he yo visto y puesto estudio en ver de todas escrituras, cosmografía, historias, corónicas y filosofía, y de otras artes ansí que me abrió Nuestro Señor el entendimiento con mano palpable, á que era hacedero navegar de aquí á las Indias, y me abrió la voluntad para la ejecucion dello; y con este fuego vine á V. A. Todos aquellos que supieron de mi impresa con risa la negaron burlando: todas las ciencias de que dije arriba no me aprovecharon ni las antoridades de ellas: en solo V. A. quedó la fe y constancia, ¿quién dubda que esta lumbre que fué del Espíritu Santo, así como de mí, el cual con rayos de claridad maravillosos consoló con su santa y sacra Escritura á Vos muy alta y clara con cuarenta y cuatro libros del viejo Testamento, y cuatro evangelios con veinte é tres epístolas de aquellos bienaventurados Apóstoles, avivándome que yo prosiguiese, y de contino, sin cesar un momento me avivan con gran priesa?» Fol. IV de las Profecías. Leyendo estas líneas llenas de candorosa ingenuidad, se comprende la dificultad de traducir con la energía propia de la antigua lengua castellana los escritos de un hombre que con excesiva modestia se llama á sí mismo: lego marinero, non doto en letras y hombre mundanal.

[10] Muñoz, Historia del Nuevo Mundo, lib. II, párrafo 21. Navarrete, t. I, páginas LXXIX-LXXXI. Remesal, dice en su Historia de Chiapa (lib. II, cap. VII), que desde 1486 estaba Colón al servicio de España, y que á fines de dicho año se verificaron las disputas cosmográficas de Salamanca en el convento de San Esteban, durante las cuales los monjes dominicos se mostraron más tratables é instruídos que los profesores de la Universidad.

[11] Las Casas estudió derecho en Salamanca y pasó con Ovando á Haití. Poseía muchas cartas del Almirante y hasta un escrito autógrafo, «sobre indicios de tierras occidentales, reunidos por pilotos y marineros portugueses y españoles». Fernando Colón contaba catorce años de edad cuando acompañó á su padre en el cuarto y último viaje, y aunque en general es mejor crítico y más juicioso historiador que Bartolomé de Las Casas, muéstrase muy reservado y de un laconismo que á veces desespera en todo lo que se relaciona con el origen genealógico y las aventuras del Almirante antes de 1492.

[12] Herrera, Historia de Las Indias Occidentales, dec. I, lib. I, cap. VI.

[13] Primera y segunda carta de Pablo Toscanelli á Cristóbal Colón. (Colección diplomática, núm. 1.º, en Navarrete, t. II, páginas 1 y 3.)

[14] Bernáldez, Historia de los Reyes Católicos, cap. VII. El motivo de visitar las tierras del Gran Khan, para enseñarle, conforme á su deseo, la fe cristiana, se expresa en la carta al Rey y á la Reina, puesta al frente del Diario del primer viaje de Colón, según la copia de Las Casas. Vuestras Altezas ordenaron que no fuese por tierra al Oriente (á la India y á los pueblos del Gran Kan), por donde se acostumbra de andar, salvo por el camino de Occidente, por donde hasta hoy no sabemos por cierta fe que haya pasado nadie. La instrucción Real dada á Amerigo Vespucci el 15 de Septiembre de 1506, copiada por Muñoz en los Archivos de la Contratación de Sevilla, habla también de la armada que el Sr. D. Fernando mandó hacer para ir á descubrir el nacimiento de la especería. (Navarrete, t. I, pág. 2; Códice diplomático, núm. CL, t. II, página 317.)

[15] También Las Casas, Historia de las Indias, lib. I, capítulo CII, dice que iba vestido como fraile franciscano.

Herrera refiere que el famoso navegante Alonso de Ojeda, que acompañó á Colón en su segundo viaje, se hizo fraile franciscano. Este aserto carece de fundamento. (Navarrete, t. III, página 176.)

[16] Memoir on Sebastian Cabot, illustrated by documents of the rolls, now first published, 1831, pág. 10.

[17] Navarrete, t. I, pág. 2. Véase también la relación del viaje en el miércoles y en al sábado (páginas 16 y 17), donde Colón dice «que no se quiso detener, pues su fin era pasar á las Indias, y si se detuviera no fuera buen seso.» Y más adelante (haciendo distinción entre el continente de Asia y las islas que lo rodean), añade, «que si erraban la isla de Cipango no pudieran tan presto tomar tierra, y que era mejor una vez ir á tierra firme y después á las islas.»

[18] Véase el Diario del Almirante, en Navarette, t. I, página 58. En el Diario copiado por Las Casas se lee: «Miércoles, 14 de Noviembre de 1492. Dice el Almirante que cree que estas islas son aquellas inumerabiles que en los mapamundos en fin del Oriente se ponen.» Dice también Colón que creía que el grupo de estas islas se extendería y ensancharía hacia el Sud, y que en ellas encontraría «grandísimas riquezas y piedras preciosas y especería.» El Atlas de mapas catalanes de la Biblioteca Real de París, que data del año 1374, y del que poseemos minucioso estudio debido á la sagacidad de Mr. Buchon, tiene una leyenda relativa al mar de la India, que indica la existencia en él de 7.548 islas, «ricas en piedras finas y metales preciosos.» En el mapamundi de Martín Behaim, terminado en 1492, se encuentra una cita de Marco Polo (lib. III, cap. 42), de 12.700 islas, «con montañas de oro, de perlas y doce clases de especias» (mit vil Edelgestain, Perleim und Golt Peragen, 12 lei Spezerey und wunderlichem Volck, davon lang zu schreiben), dice Behaim en su antiguo y enérgico lenguaje. Gottl. von Murr, Diplom. Gesch, von Martin Behaim, 1778, pág 37. La cita de Marco Polo no es exacta. El viajero veneciano habla de 12.700 islas (lib. III, cap. 38), aludiendo á las Maldivas (ed. de Marsden, pág. 717), Behaim transporta este grupo de islas al Nordeste, lo cual influyó en las opiniones de los navegantes al fin del siglo XV.

[19] Malte Brun, Geographie Universelle, 1831, t. I, página 616.

[20] Dec. I, lib. I, cap. 1 al 6.

[21] Almagrurim significa mejor engañados en sus esperanzas, y la raíz de esta palabra es meghrur.

[22] Plutarco, De plac. phil., III, 12. Pasaje repetido por Galieno, De Phil. Historia, cap. 21, ed. Kühn, 1830, t. XIX, pág. 294. Esta es una de las causas indicadas por Demócrito y que recuerda la falta de equilibrio que, según un mito javanés, Batara Guru, el Ser Supremo, observaba en la tierra inclinada al Oeste, al cual puso remedio trasladando algunas montañas.

[23] «Lo que hay más bello en la tierra habitada se encuentra en las extremidades», dice Herodoto, lib. III, cap. 107; quien, como Thales y Anaximenes, no cree en la forma esférica de la tierra (lib. V, cap. 92).

[24] Bredow, Untersuch. über alte Geschichte und Geographie, 1800, pág. 78. Ukert, Geographie der Griechen und Römer, vol. II, parte 1.ª, páginas 234-243.

[25] En la época mítica de la expedición de los argonautas todavía se sospechaba que el mar interior tenía también comunicación por el Nordeste con el gran río Océano.

[26] Strabón, lib. III, pág. 224. En el pasaje del lib. I, página 82, la restricción «poco después de la época del sitio de Troya» refiérese á la fundación de las colonias.

[27] La primera expedición griega más allá de las columnas de Hércules es la de Colæus, posterior sin duda á la época de Homero; sería, pues, posible que los fenicios hubiesen transmitido á los helenos la noción del mar exterior y la frase que la designa.

[28] Lib. IV, cap. 152. Fundándose Voss en la época de la colonización de Cyrene, sitúa la expedición de Colæus antes de la diez y ocho Olimpiada, más de 708 años antes de nuestra era. Según las recientes investigaciones de Mr. Letronne, la expedición de los de Samos corresponde al primer año de la Olimpiada treinta y cinco.

[29] Sobre Scylax y la verdadera época de la redacción del Periplo que ha llegado hasta nosotros, véanse Niebuhr (Kleine Schr., J. I, 1810, pág. 105); Ukert (Geographie der Griechen und Römer, 1816, t. I, Abth. 2, páginas 285-297); M. Letronne, Journal des Savants, Febrero-Mayo, 1825.

[30] Scyl. Caryand, Peripl. (Hudson, t. II, págs. 53 y 54); Aristot., De mirabil. auscultat., pág. 1157.—Aristot., græce, ex recensione Bekkeri, 1831, pág. 844, párrafo 136. En este último pasaje, del cual me ocuparé también más adelante al examinar la posición del Mar de Sargazo de los navegantes portugueses, háblase de la abundancia de atunes que la mar arroja con el sargazo, y que salados y puestos en toneles eran llevados á Cartago. Paréceme que esta indicación confirma lo que dice M. de Köhler (Tarichos ó Recherches sur l’Histoire et les Antiquités des pécheries de la, Russie Meridionale, 1832, pág. 22), sobre el comercio en tarichos (pescados salados) de la ciudad de Turdetania y sobre las pesquerías fuera de las columnas de Hércules.

[31] Relation historique, t. III, pág. 236. Las divisiones que especifica Aristóteles (De Mundo, cap. III; Bekk., pág. 393) sólo se refieren á los golfos y sinuosidades del Mar Interior comparados á un puerto en que, entrando por el estrecho las aguas del Océano, llegan á estar más tranquilas.

[32] Véase una Memoria de Mr. Letronne, llena de elevadas consideraciones acerca de la historia de la geografía antigua (Essai sur les idees cosmographiques qui se rattachent au nom d’Atlas, pág. 9 y 10; en Mr. de Ferussac, Bulletin Universel des Sciences, Marzo 1831, sección VII). Prueba el autor que la expedición de Colæus, realizada en una época en que los helenos de Thera ignoraban hasta la posición de la Libia, sólo precedió en setenta años á la composición del poema mítico-político de Solón sobre la Atlántida que ocasionó la transformación del personaje de Atlas, el Titán, en Atlas montaña, situada fuera del estrecho, y sosteniendo el cielo. Acerca de este Atlas montaña, he hecho algunas conjeturas en mis Tableaux de la Nature, t. II, pág. 150.

[33] Copérnico, en la dedicatoria á Paulo III del tratado de Revolutionibus orbium cœlestium, atribuye, quizá menos por falta de erudición que por ocultar su audacia, su propio sistema de la revolución de los planetas alrededor del sol á los Pitagóricos, ora á Hicetas y á Heraclides del Puente, ora á Philolao y á Ecphanto. Pero en la antigüedad sólo fueron verdaderos copernicanos Aristarco de Samos y Seleuco de Erythrea, no empleando ni Hestia ni Autichthon.

[34] De Cœlo, lib. II, cap. XIV, págs. 297 y 298 (ed. Bekk.).

[35] Strabón, lib. I, pág. 103, y lib. II, pág. 162 Alm.

[36] En el Periplo de Hannón háblase de existencia de elefantes á media jornada de navegación al Sur del cabo Espartel (Véase Bredow, Untersuch. über alte Geschichte und Geographie. St. I, pág. 33, y mi Relation historique, t. I, pág. 172), Á menos de extender considerablemente hacia el Sur el conocimiento que los antiguos tenían de la costa occidental de África, y de que el gran río Chremestes (Meteor., lib. I, cap. 13, pág. 150) sea el Senegal, no podría aceptarse la idea de que Aristóteles conocía el Oeste de África hasta el paralelo de Agisymba, al Norte del cual no admite Ptolomeo, acaso sin haber visto el diario de Hannón, ni elefantes, ni rinocerontes, ni negros de cabello rizado (Véase Ptolomeo, Geogr., lib. I, cap. 9. y las discusiones de Mr. Letronne sobre la tradición de Halma en el Journal des Savans, Abril, 1831, pág. 274). Refiérome sólo en esta nota á los elefantes, al Norte del Sahara, en las costas oceánicas occidentales de África ó en el reino de Fez. Estrabón (lib. XVII, pág. 1.183 Alm., pág. 827 Cas.) nombra también los cocodrilos, completamente iguales á los del Nilo, y nada dice de la antigua existencia de elefantes en el Atlas mediterráneo oriental, reconocida por Eliano (VII, 2), y acerca de la cual Mr. Cuvier (Ossemens fossiles, ed. 2.ª, t. I, pág. 74) ha presentado interesantes observaciones. Todo esto pertenece á la Historia de los animales, es decir, á los cambios sufridos por consecuencia del transcurso de los siglos en la distribución geográfica de los animales en el globo; historia muy distinta de la parte descriptiva, vulgarmente llamada Historia natural de los animales.

[37] Aristot., De Mundo, cap. 3, pág. 392, Bekker, y Meteor., lib. II, cap. 5, pág. 362.

[38] Cosmas, Chistianorum opinio de mundo, en Montfaucon, Collectio nova Patr. et Script. græc., 1706, t. II, páginas 113-315 (el mapa, pág. 189), William Vincent, Commerce and navigation of the ancients, t. II, páginas 533, 537, 567. Bredow, St. 2, páginas 786 y 797. Mannert, Einleit. in die Geographie der Alten, 1829, páginas 188-192. Atribuíase al mismo Cosmas una obra menos teórica (Cosmographia universalis), en la que debía haber tratado especialmente de la tierra situada más allá del Océano. Más adelante hablaré de las analogías que presenta la circunvalación de montañas que suponían los Padres de la Iglesia más allá del Océano homérico, con los mitos de la India, el mundo Kaf de los árabes, y algunas opiniones helénicas antiquísimas.

[39] Strabón, II, pág. 182 Alm., pág. 121 Cas.

[40] Gomara, Hist. General, cap. 8, pág. 110. Véase sobre los fundamentos de esta hipótesis y las censuras que ocasionó á Colón aun durante su vida, mi Relation historique, t. I, pág. 506.

[41] Dante, Purgatorio, canto I, v. 22; canto IV, v. 139, Infierno, canto XXVI, v. 100-127 (Divina Comedia, col comento de G. Biagioli, 1818, t. I, páginas 484-487).

[42] Herodoto, lib. V, cap. 49.

[43] Montfaucon, l.c., pág. 37 (Tzinistam Oceanas ad orientem ambit. Cosm., lib. XI). En la geografía de Tolomeo, el Sinarum Sinus (parte del mar de Sin de Edrisi), era la embocadura del Sinus Magnus, y Thinæ estaba situada en la costa occidental del extremo del continente asiático, que, reuniendo al Oeste el Prasum Promontorium de África, formaba la costa meridional del mar interior de la India. Al contrario, en el sistema más antiguo de Eratosthenes, Thinæ estaba situada en el mismo paralelo de Rodas en la costa oriental de Asia, y la embocadura del Ganges se encontraba en esta misma costa figurada, inclinándose de Nordeste á Sudoeste.

[44] También en Cosmas cree advertir Montfaucon la primera indicación del Malabar, «región muy comercial en la que se cría la pimienta y donde hay cristianos como en Sieledivar (Ceylan).» Es la Malé del Indicopleustes (lib. III, pág. 178; lib. XI, pág. 337).

[45] Edrisi, Geogr. Nub., París, 1619, pág 148. Es probable que en esta fábula del canal abierto por Dhoulcarnaïn (que tiene dos cuernos), y de Kheder, ó más bien Chidr (el personaje verde), que, según Djevhari, fué uno de los compañeros de Moisés, estén mezcladas y confundidas, como en otras tradiciones antiguas populares de Arabia, ideas semíticas (fenicias) é ideas griegas, y que esta fábula sea resultado de observaciones náuticas y geológicas sobre la dirección constante de la corriente oceánica del Oeste al Este, y de la continuidad de una cordillera calcárea. Gabriel Sionita, el traductor latino de Edrisi, dice: «Is enim ad populos Andalusiæ cum pervonisset et continuas eorum quas cum incolis. Sus (terræ Barbarorum metropolis, Hartmann) habebant pugnas audivisset, operariis atque geometris ad se convocatis suum de arida illa terra fodienda et canali aperiendo animum explicuit, precipitque illis, ut terræ solum cum utriusque maris æquore metirentur; quod ubi præstitere, deprehenderunt á Mari magno (tenebroso) parum superari altitudinem Damascenum. Viene después la descripción de los diques artificiales construídos por Dhoulcarnaïn «cuyos restos vió Edrisi en las épocas de aguas bajas». Acerca del personaje principal de este mito, véase Herbelot, Bibl. Orient. (art. Escander Dhoulcarnaïn y Kheder ó Khedber), y Edrisi, África, ed. de J. M. Hartmann, 1796, pág. 313.

[46] Páginas 6, 39, 147 (Hartmann, pág. 7). M. Kurtzmann, en una Memoria premiada por la Facultad filosófica de Gottinga (Comment. de Africa geograph. Nub., 1791, pág. 8), explica el nombre de Mare Tenebrosum por la tradición de una nube vista al Oeste de Porto Santo, que descansaba en la superficie del mar, visión análoga á la de la fabulosa isla de San Borondón ó Brendan que los habitantes de Madera y de la Gomera veían todos los años al Oeste, y que llamó singularmente la atención de Colón, cuando antes de 1492 buscaba por todas partes argumentos en que apoyar su sistema.

[47] Edrisi, páginas 36 y 37. Este es el notable pasaje en que se menciona la grande isla Malai (Malaca?), muy extensa de Este á Oeste, y Soborma ó Sumatra, que es la Java minor de Marco Polo. Edrisi terminó su obra el año 1153, unos ciento sesenta años antes que Abulfeda. Así, pues, las islas Vac-vac, mejor dicho Uac-uac, eran en el siglo XII la última tierra conocida al Oriente, y por tanto, envuelta en fabulosas tradiciones, como al Oeste lo estaban, en los tiempos de Homero y Hesiodo, el Elíseo, las Hespérides y las Gorgonias. No deben confundirse las islas Vac-vac del mar de Sin con una isla del mismo nombre, cerca de Sofala, en la costa oriental de África (Hartmann, páginas 104-109). Las primeras, según Bakui y Ebn Tophaïli, comentado por Eichhorn, son «tan ricas de oro, que los monos llevan collares de este metal, y el árbol que grita uak uak á los que desembarcan (sin duda cuando algunos grandes Psittaceas anidaban en ellos), tienen en la extremidad de sus ramas, primero abundantes flores, y después, en vez de frutos, bellas muchachas que llegaron á ser objeto de exportación, y que Masudi Khothbeddin llama puellas vasvaskienses».

[48] El final de este pasaje (Edrisi, pág. 3) casi recuerda la imagen cosmogónica que empleaba la escuela de Thales; sin embargo, Edrisi construyó para el rey Roger II de Sicilia un globo terrestre de plata, según d’Herbelot y Pococke, de 800 marcos de peso (William Vincent, Commerce and navigation, t. II, pág. 568), y en las primeras páginas de sus Relaxationes animi curiosi, admite: Terram esse rotundam globi instar, ac non habere perfectam rotunditatem quia sunt in illa declivitates, et aqua fluit ab acclivi ad declive. La circunferencia de la tierra está indicada en Edrisi conforme al cálculo de los indios, expresión que aumenta el número de testimonios dados por los Sres. Colebrooke, Guillermo de Schlegel, y recientemente Federico Rosen (en su traducción y comentario del álgebra, de Mohamed Ben Musa), de lo cosechado por los árabes en la literatura más antigua de los indios.

[49] Creaturæ omnes sunt septemtrionali terræ parte, etc. (Edrisi, pág. 2).

[50] Alberti Magni Germani, Philosoph. principis, Liber cosmographicus de natura locorum, Argentor, 1515, fol. 14 b y 23 a.

[51] Los razonamientos de Alberto el Grande sobre el calor más ó menos grande producido por el ángulo de incidencia de los rayos solares, variable con las latitudes y las estaciones, como sobre los efectos frigoríficos y caloríficos de las montañas (loc. cit., lib. III, fol. 23 b.) son muy exactos y parecen no pertenecer á la época en que vivía este hombre eruditísimo.

[52] Esta fe en la erudición astronómica de los indios en un provincial de los dominicos, que ignoraba hasta el nombre de sanscrito, es muy notable.

[53] Su muerte, como lo ha comprobado Muñoz con documentos auténticos, ocurrió en Sevilla el 22 de Febrero de 1512, y no como pretende el biógrafo de Vespucci, Bandini, en 1516, en Terceira. Si es cierto que Vespucci vió, como él asegura, en su tercer viaje (desde Mayo de 1501 á Septiembre de 1502) la constelación de la Osa Mayor en el horizonte, llegó en las costas orientales de América hasta el grado 26 de latitud austral, y no hasta el 32 como él mismo afirma. Más cierto es que Juan Díaz de Solís navegó en 1508 hasta el grado 40 Sur, sin ver, no obstante, la embocadura del Río de la Plata, que descubrió en un segundo viaje, partiendo del puerto de Lepe en Octubre de 1515.

[54] Fratris Rogeri Bacon, Ord. Minorum, Opus majus, Londini, 1733, páginas 445, 447. Al hablar de este grande hombre del siglo XIII, no necesito recordar que la libertad de espíritu de Roger Bacon no le emancipaba completamente de las quimeras de la química de las transformaciones y de la afición á la astrología. Esperaba, sin embargo, hacer ésta «menos engañosa por el perfeccionamiento de las tablas astronómicas.»

[55] Obispo de Cambray desde 1396, y citado frecuentemente en tiempo de Colón con la denominación de Cardenalis Camaracensis. El Almirante le llama Pedro de Ailiaco, y su hijo don Fernando, en la Vida de su padre, Pedro de Heliaco.

[56] Después de su tercer viaje llegó Colón á Haití el 30 de Agosto de 1493. Los buques que trajeron la carta á que aquí me refiero, partieron el 18 de Octubre del mismo año. (Muñoz, libro VI, § 43).

[57] Este volumen en folio, que he estudiado cuidadosamente y comparado con las grandes ediciones de Alberto el Grande y de Roger Bacon, ni está paginado, ni contiene indicación del lugar donde vió la luz; pero se sabe, con bastante exactitud, que el tratado De Imagine Mundi ha sido escrito en 1410 é impreso por primera vez en 1490 (Joannis Launoii Constantantiensis, Regii Navarræ Gymnasii Parisiensis Historia, 1677, tomo II, pág. 478). Existe también, de Pedro de Ailly, Quæstiones in sphærum mundi Joannis de Sacrobosco, y Tractatus super librum Meteororum (impreso en Strasburgo en 1504, y en Viena en 1509). Las cinco memorias: De Concordantia astronomicæ veritatis cum theologia, recuerdan algunos trabajos modernísimos de Teología hebraizante, publicados cuatrocientos años después del cardenal d’Ailly.

[58] Toscanelli, en su carta al canónigo Martínez (escrita en 1474), no cita el nombre de Marco Polo, ni se le encuentra en los escritos de Cristóbal y de Fernando Colón. Tengo algunas dudas acerca de las nociones que, según Ximénez, Muñoz y Navarrete, debe haber sacado de los capítulos 68 y 77 del lib. II de Marco Polo, relativamente al Quinsay y á Zaitun. Más adelante veremos lo que puede corresponder á este viajero ó á Nicolás de Conti, de quien nos ha dejado Pogge algunos fragmentos, por desgracia muy incompletos. No negaré que el uso de las copias manuscritas fuese bastante común en la época en que preocupaban á Colón sus proyectos de descubrimientos, es decir, entre 1471 y 1492. La impresión más antigua de Marco Polo es la traducción alemana. Publicóse en Viena en 1477, tres años después que la carta de Toscanelli, y sin duda quedó desconocida é ininteligible para el sabio florentino. También es poco probable que Colón pudiera sacar partido de esta versión alemana; y si no vió la versión latina de Marco Polo, sin fecha ni lugar de impresión, conservada en el Museo Británico (versión que se supone ser de 1484 ó de 1490), debe creerse que antes de su primer viaje sólo pudo aprovechar copias manuscritas de Marco Polo, probablemente de la traducción latina del monje Pepino ó Pepuri de Bolonia, hecha en 1320, que circulaba unida á antiquísimas versiones manuscritas italianas. Las impresiones más antiguas del viajero veneciano son: en alemán de 1477; en latín de 1490 (Marco Polo translated by Marsden, páginas 57, 62, 70, 74, 75). Respecto á Aristóteles y á Strabón, que cita Colón con tanta frecuencia, pudo ver ediciones latinas del libro De Cœlo (Padua, 1473) y de la Geografía de Strabón (Venecia, 1472); pero es más verosímil, según he dicho, que el Almirante citara los autores antiguos por los extractos que de ellos encontró en Alliaco y otros cosmógrafos italianos, españoles ó árabes que habitualmente consultaba.

[59] Esta frase de monte Sopora á donde Salomón envió sus exploradores al fin del Oriente, es bastante singular. Sin embargo, Colón, al nombrar el monte Sopora, se refiere sin duda á Ophir, nombre que los Setenta escriben Sophira, Sophir, Sophara. La última forma ha hecho que se relacionara con la Sofara de Edrisi, célebre por su abundancia de oro.

[60] Son las propias palabras de Roger Bacon en el Opus majus, páginas 190, 231, 233.

[61] Según las investigaciones de Klaproth (Journal Asiatique, 1822, t. I, pág. 264), los primeros asignados de los tártaros, grabados en madera, y las primeras cajas de descuento para el papel moneda datan del año 1155 (un siglo antes de la misión de Rubruquis á Asia). El papel moneda existía ya en China desde fines del siglo X. Los primeros naipes grabados en madera son del año 1120. La imprenta china (con caracteres no móviles) publicó el primer libro impreso sobre letras grabadas en madera en 952. Esta editio princeps precedió 484 años al descubrimiento del ingenioso artífice de Guttenberg, descubrimiento que pudo hacerse á fines del siglo XIII, á la vuelta de Marco Polo si este viajero, en su Millione, hubiera llamado seriamente la atención del lector acerca de la imprenta en la China. Pero no menciona lo que llegó á serle muy familiar, y en este caso están la imprenta y el uso del té. Además, al nombrar Marco Polo el papel moneda chino, indica indirectamente el procedimiento de la impresión en caracteres no móviles. Josaphat Bárbaro, que recorrió la Persia en 1436, el mismo año que se cree ser el del descubrimiento de nuestra imprenta, y que conoció esta moneda, introducida en China por los mogoles, dice expresamente: «In quel luogo si spende moneta di carta laquale ogn’anno si muta con nuova stampa; é la moneta vecchia, in capo del anno, si porta alla zecca dove gli é data altra tanta di nova é bella, pagando tutta via due per centi di moneta d’argento buona.»

[62] Parece que el Cardenal tenía á la vista el pasaje de Strabón, t. II, pág. 161.

[63] L. C. Mapa Mundi, sección VIII, de quantitate terræ.

La prueba de que Colón medía la distancia recorrida en millas italianas encuéntrase en el diario de su primer viaje, viernes 3 de Agosto de 1492, donde dice «sesenta millas que son quince leguas». Las leguas marinas españolas son de tres millas. Tomás Parcacchi (Isole più famose del Mundo), cuya segunda edición es de 1576 recuerda que diez y siete y media leguas ó 70 millas de Italia forman un grado. No se usaban por tanto en los siglos XV y XVI las antiguas millas romanas que en número de 75 formaban un grado ecuatorial.

[64] «Memoria ó anotación que hizo el Almirante, mostrando ser habitables todas las cinco zonas con la experiencia de la navegación.» Barcia, Historiadores primitivos de Indias, tomo I, páginas 4, 6.

[65] «Estando el Almirante en Portugal, empezó á conjeturar que del mismo modo que los portugueses navegaron tan lejos al Mediodía, podría navegarse la vuelta de Occidente y hallar tierra en aquel viaje; y para confirmarse más en este dictamen, empezó de nuevo á ver los autores cosmógrafos que había leído antes, y á considerar las razones astrológicas que podían corroborar su intento, y consiguientemente notaba todos los indicios de que oía hablar á algunas personas y marineros por si en alguna manera podría ayudarse de ellos. De todas estas cosas supo también valerse el Almirante, que vino á creer por sin duda que al Occidente de Canarias y de las islas de Cabo Verde había muchas islas, que era posible navegar á ellas y descubrirlas; y para que se vea de cuán débiles argumentos llegó á fabricarse ó salir á luz una máquina tan grande, y para satisfacer á muchos que desean saber distintamente los motivos que tuvo para venir en conocimiento de estas tierras y tomar á su cargo esta empresa, referiré lo que he hallado en sus escritos sobre esta materia.»

[66] ¿Por qué medios? Sin duda comparando las altitudes obtenidas á los resultados de la estima, y considerando los rumbos en los cuales se singlaba. Inútil es recordar aquí de cuántos elementos inciertos dependía este cálculo, sobre todo añadiendo á estas incertidumbres la imperfección de la medida del surco por la corredera ó cadena de la popa, y el efecto de la influencia de las corrientes y de la declinación variable de la brújula. En la carta á los Monarcas Católicos donde hace la relación del tercer viaje de descubrimiento, vemos al Almirante practicar la valuación del valor de un grado equinoccial, según Alfragan. Aplica esta valuación aunque confusamente á la longitud del Golfo de las Perlas (Golfo de Paria) y á la distancia de este golfo á las islas Canarias. Navarrete, t. I, página 258.

[67] Dos páginas extraordinariamente raras que publicó por primera vez Muratori conforme á un manuscrito conservado en Génova (Rerum Italicarum Scriptores, 1733, t. XXIII, página 302). El mismo Antonio Gallo ha escrito De Rebus Genuensium, 1466-1478. Se vanagloria de haber redactado el breve comentario De Navigatione Columbi conforme á las cartas firmadas por el Almirante (epistolas quas vidimus manu propria Columbis subscriptas).

[68] El verso 5.º, que contiene las siguientes palabras: Et in omnem terram exibit senus eorum et in fines orbis terræ verba eorum, dió ocasión á este raro episodio, que no se esperaba por cierto encontrar en un salterio.

[69] Vida de D. Cristóbal Colón, cap. X. Al fin de este capítulo se trata del mapamundi que Bartolomé Colón dibujó en Londres en 1488 para el rey Enrique VII, y de los versos exámetros que el dibujante se atribuye haber compuesto:

Pingitur hic etiam nuper sulcata carinis

Hispanis, zona illa, prius incognita genti,

Torrida, quæ tandem nunc est ab nottisima multis.

La exactitud histórica exigiría en estos versos el elogio de los portugueses, quienes visitaban entonces más que los españoles las costas tropicales de África.

[70] Vida de D. Cristóbal Colón, cap. II. Aunque D. Fernando muestra generalmente altivez de sentimientos y declara que el hijo de Cristóbal Colón no necesita más gloria hereditaria que la que puede legar un grande hombre, su ira contra el obispo Giustiniano la exitó, según parece, un motivo poco filosófico. El Obispo había dicho en el salterio «que la familia del Almirante ejercía pobremente un oficio manual».

[71] Navarrete. Viajes y descubrimientos de los españoles, tomo III. Colección diplomática, págs. 539, 583, 586 y 587. «Estándo cerca de Paria, el Almirante demandó á los pilotos el punto de viaje que llevaban, é unos decian que estaban en la mar de España, é otros en la mar de Escocia» (sin duda á causa del mar alto y agitado que se encuentra en las inmediaciones de la isla de la Trinidad). «El Almirante (dice el testigo Bernardo de Ibarra) envió á España en una carta de de marear los rumbos y vientos por donde había llegado á Paria. Por aquella carta se habian hecho otras é por ellas habian venido Pedro Alonso Merino (Niño) e Ojeda.» Era más que la pintura de la tierra firme; era una carta de navegar. De igual suerte creo que lo dicho en una carta de la reina Isabel, recibida por Colón en Septiembre de 1493 en el Puerto de Santa María, respecto á la carta de marear que el Almirante había prometido á la Reina, y cuyo envío exige ésta con tantas instancias, no era más que el trazado de los descubrimientos del primer viaje. (Navarrete, t. II, pág. 107, núm. LXX.) Sería muy interesante encontrar estos diseños de mano de Colón, sobre todo los correspondientes á las tierras vistas el viernes 12 de Octubre de 1492.

[72] Plinio II, 68. Es el elocuente párrafo sobre la extrema pequeñez de los continentes que termina con estas palabras: «Hæc est materia gloriæ nostræ, hæc sedes; hic tumultuatur humanum genus, hic instauramus bella civilia mutuisque cadibus laxiorem facimus terram.»

[73] Colón, en la carta de 7 de Julio de 1503; Navarrete, tomo I, pág. 300; Barcia, t. I, pág. 6. La lectura de ciertos libros de filósofos (dice también su hijo D. Fernando) enseñó al Almirante que la mayor parte de nuestro globo estaba en seco.

[74] Es muy difícil clasificar, según sus épocas, los acontecimientos de la vida de Colón antes de que llegara á España. Con pocas excepciones, acepto el resultado de las investigaciones de Muñoz y de Navarrete. Fernando Colón, en la Vida del Almirante, cap. XIII, dice que el viaje á Thulé lo hizo en Febrero de 1477, citando una anotación de puño y letra de su padre; y Spotorno fija la fecha de una expedición á Túnez en 1478. (Códice diplomático Colombo-Americano, 1823, página XIII.) Si estos datos no son dudosos, porque Spotorno quiere también que el nacimiento de Cristóbal Colón fuera en 1447 en vez de 1436, los viajes á Thulé y á Tunez, como también los que hizo á la costa de Guinea, se habrían verificado después de la llegada del Almirante á Lisboa. Discutiremos en otro sitio la cuestión de si la isla que Colón llama Thyle ó Tile, cuyas costas meridionales se encuentran á 73 grados de latitud, y donde «tantos negociantes de Brístol llevan sus mercancías», puede ser la Islandia. No cito entre las aventuras de Colón la más extraordinaria, la que, fiando en la autoridad de Fernando Colón, repiten tantos biógrafos modernos, como si ignoraran las observaciones críticas del abate Ximénez y del historiógrafo D. Juan Bautista Muñoz. Preténdese que Colón, después de navegar largo tiempo con su pariente, el famoso corsario genovés llamado Colombo el Mozo, para no confundirle con su abuelo el Almirante que había vencido á los musulmanes, arrojóse al mar cuando el incendio de dos barcos sujetos con garfios de abordaje en un combate contra las galeras venecianas, verificado entre Lisboa y el Cabo de San Vicente. Fernando Colón dice que este suceso fué causa de que su padre fijase la residencia en Portugal, y que se refiere en la décima década del Tito Livio de su época, Marco Antonio Sabellico, bibliotecario de San Marcos. Pero Cristóbal Colón llegó á Lisboa en 1470, y Sabellico (Rhapsod. hist. en., dec. X, lib. 8; é Hist. ver. Venet., dec. IV, lib. 3) dice que el suceso ocurrió en 1485. (León Ximénez, Del Gnomone fiorentino, 1756, página XLVII; Muñoz, Intr., pág. VI.) Ahora bien: en 1485 encontrábase Colón hacía más de un año en España ganándose la vida con dibujos de cartas de marear y la venta de libros de estampas; probablemente habitaba en el Puerto de Santa María, en casa de su protector el Duque de Medinaceli.

Paréceme que esta última circunstancia resulta probada por una carta del Duque de Medinaceli, fechada el 19 de Marzo de 1493, en la que reclama de la corte algún privilegio de comercio, «por ser el primero que dió á conocer al Gobierno español este Colomo (El Duque transforma el apellido Colón casi en el de uno de los hombres más influyentes en aquella época, Juan de Coloma) (Códice diplomático Colombo-Americano, página 55) que ha hallado tan grande cosa». En 20 de Enero de 1486 encontramos ya al Almirante al servicio de los Reyes Católicos. (Navarrete, t. I, pág. XLII, t. II, Documentos dipl., núm. 14, pág. 20.)

En cuanto á los estudios, parece que Colón los continuó celosamente, viviendo en intimidad durante su permanencia en España con algunos religiosos muy instruídos como el franciscano Juan Pérez, guardián del convento de la Rábida, cerca de Palos, convento en el que Colón pidió un pedazo de pan para su hijo, durante la para él triste época en que, al exponer sus proyectos, se le respondía que todo era un poco de aire. Consultó también al padre dominico Diego Deza, profesor de Teología de la Universidad de Salamanca, que tenía á su cargo la educación del infante D. Juan, y fué después arzobispo de Sevilla; y finalmente, al cartujo Fr. Gaspar Gorricio, que trabajó con el Almirante en el libro de las Profecías. (Manipulus de auctoritaribus, dictis ac sententiis et prophetiis circa materiam recuperandæ Sanctæ Civitatis et montis Dei Sion; ad Ferd. et Helisab. reges nostros).

Estos religiosos ayudaron á Colón á aplicar las citas de los profetas á su empresa del descubrimiento del Nuevo Mundo. Colón dice, al principio de la relación de su tercer viaje, que cuando todos se burlaban de él, sólo dos frailes fueron constantes amigos suyos. Las Casas en su Historia cree que el Almirante alude á Diego de Deza y á Fr. Antonio de Marchena, que acaso sea el guardián del convento de la Rábida Juan Pérez. El Almirante debió nombrar también al médico García Hernández (de Palos), que asistió á las primeras conferencias de la Rábida, y que, como testigo en el pleito con el fiscal del Rey, prestó tan señalados servicios á D. Diego Colón y á sus herederos. (Navarrete, t. III; Colección dipl., páginas 561, 596 y 604.)

[75] Las versiones latinas de los libros de Aristóteles De Cœlo, De Meteorología y De Animalibus, hechas sobre las de Averroës, se publicaron en 1473, 1474 y 1476. Circulaban además en la Edad Media muchas traducciones manuscritas de los libros de física de Aristóteles, entre ellas la versión de Miguel Scott. Strabón no fué publicado en griego hasta diez años después de la muerte de Colón, pero pudo éste aprovechar las traducciones latinas de Roma (1467) y de Venecia (1472). Los clásicos latinos eran los de más circulación, especialmente Séneca, que tanto animaba al paso desde España á la India, cuyas obras fueron impresas en 1475; Solino, que vió la luz en 1473; Pomponio Mela en 1471, y Plinio desde 1469.

[76] Encuéntrase en Joannis Schoneri Carolostad, Opusculum Geographicum, 1533, parte II, cap. I, gran número de citas falsas de autores clásicos aplicadas «á la América que no es una parte de la India superior.» Esta «India superior», denominación de la Edad Media, designaba las tierras al Nordeste de la India, extra Gangem; y como de muy antiguo y hasta los tiempos de Cosmas, por la confusión homérica de la Etiopía y de la India, la India exterior abarcaba al Oeste la Arabia y la Troglodítica (Letronne, Christ. de Nub., 1832, páginas 33 y 130), de igual manera en tiempos posteriores fué aplicado el nombre de India á las tierras más orientales. Esta extensión del mismo nombre influyó en las denominaciones dadas á América. De las tres Indias de Marco Polo (II, 77; III, 39 y 43; Africa, Edrisi, pág. 81, Hartm.), la segunda ó media (la Albisinia) era la India interior de Philostorgo y de muchos escritores eclesiásticos; pero no de Cosmas, cuya otra India ó India interior es el país de la seda, es decir, la India superior de los geógrafos de los siglos XV y XVI. El conocimiento de estas diferencias es indispensable para el estudio de los escritos geográficos é históricos de la Edad Media.

[77] Los resultados de esta misión más allá de Méroë pueden verse en Plinio, VI, 29.

[78] Navarrete, t. II, páginas 264 y 272. El Almirante añade: «Seneca in VII tragetide Medeæ in Choro audax nimium.» Es el final del acto segundo.

[79] Navarrete, t. I, páginas 303, 309 y 312.

[80] Historia de las Indias Occidentales, Dec. I, lib. I, capítulo I, pág. 2.

[81] En muchos manuscritos de Pomponio Mela se le llama Tile y Tyle.

[82] Vida del Almirante, cap. IV. Más adelante trataré este asunto.

[83] Fray Hernando de Talavera, que después fué primer Arzobispo de Granada, y que no debe ser confundido con el Arzobispo de Sevilla, antes Obispo de Palencia, D. Diego de Deza, dominicano, sin el cual (carta del Almirante á su hijo D. Diego fechada el 21 de Diciembre) «Sus Altezas no hubieran adquirido las Indias». En efecto, después del franciscano Fr. Juan Pérez de Marchena, guardián del convento de la Rábida, Deza fué el amigo más fiel é íntimo de Colón.

Se cree con fundamento que la disputa de Salamanca ocurrió durante el invierno de 1487, porque el sitio de Málaga terminó el 18 de Agosto de 1487, y la época de la disputa está indicada, por la estancia de los Monarcas en Salamanca durante el invierno, después del sitio citado. Según asegura el historiógrafo Muñoz, Colón, favorecido por los dominicos, habitaba en Salamanca en el convento mismo de San Esteban con el citado profesor de Teología Fr. Diego de Deza. Vemos también que las primeras remuneraciones concedidas á Colón son de 1487 y 1488 por cédula del Obispo de Palencia; sin embargo, el favor singular, pero comodísimo para un viajero, de alojarse gratis él y los suyos en todos los dominios de España, procede del decreto de Córdoba de 12 de Mayo de 1489.

Al hablar de estos hechos anteriores al primer viaje, debo recordar uno curioso que Navarrete, relacionando fechas con sagacidad, ha puesto en claro, á saber, que no fueron tanto las persuasiones y buena amistad del Obispo de Palencia, D. Diego de Deza, las que impidieron á Cristóbal Colón volver á Lisboa y aceptar los nuevos ofrecimientos del Rey de Portugal, contenidos en una carta de 20 de Marzo de 1488, como los amores y el avanzado estado de preñez de una bella dama cordobesa, doña Beatriz Enríquez, madre de D. Fernando Colón, hijo natural del Almirante, nacido el 15 de Agosto de 1488. Esta dama sobrevivió á Colón, quien en el testamento puso una cláusula en su favor, añadiendo ingenuamente: «la razon dello non es licito de la escrebir aqui.» Los biógrafos del grande hombre, como de costumbre, no han mostrado tan virtuosa discrección.

[84] «En fin, esta isla Atlántica podría ser la isla de que Séneca hace mención en el sexto libro de Las Cosas Naturales (el pasaje Quæstiones Nat., VI, 24) dice, según el pensamiento de Tucídides, que, pendiente la guerra de Morea, fué sumergida enteramente ó en parte una isla llamada Atlántica, de que habla Platón en el Timeo.»

[85] Estacio y Seboso que dicen..... En cuanto á las islas Hespérides de Seboso, «el Almirante tuvo por cierto que fuesen las de las Indias». Yo ignoro lo que sea un Tratado Cosmográfico de los lugares habitables del (historiador?) Julio Capitolino, que cita Fernando Colón, cap. VII.

[86] De este error participan casi todos los hombres instruídos del siglo XVI. Anghiera dice también (epíst. 769): «In Cassiteridibus insulis quas Portugalensis, earum possessor, Azorum insulas nuncupat, quæ acciderunt, audito.»

[87] Prueba esta influencia la rapidez con que se repitieron las ediciones de la Enciclopedia de Reisch en los primeros veinte años. Me he valido de la edición de 1503, que Panzer y Ebert consideran la más antigua; pero después demostraré que esta obra fué escrita antes de 1496.

[88] Tertuliano, De Pallio, cap. II. «Viderit Anaximander si plures (mundos) putat: viderit si quis uspiam alius ad Meropas, ut Silenus penes aures Midæ blatit, aptas sane grandioribus fabulis, &c. (Véase también Tertuliano, adversus Hermog. cap. XXV). «Silenum illum de alio orbe abseverantem.»

[89] Según Theopompo, el mismo Saturno es entre los occidentales una encarnación del invierno.

[90] «Quod si est alter orbis suntque opositi nobis á meridie Antichthones; ne illud quidem á vero nimium abscesserit, in illis terris ortum amnen (Nilum) ubi subter maria cæco alveo penetraverit, in nostris rursus emergere et hac re solstitio accrescere, quod tunc hiems sit unde oritur.» (Tzschucke, ad Mel., vol. II, p. I, páginas 226 y 334). Lo de la oposición de la estación de las lluvias en el trópico de Cáncer y en el de Capricornio, es la teoría de los sacerdotes egipcios expuesta por Eudoxio (Plutarco, De plac. phil., IV, I). La hipótesis del Océano llenando la región ecuatorial, hacía indispensable el subterfugio del paso submarino del Nilo. Esta idea, adoptada por Philostorges en el siglo V para unirla á las ilusiones teológicas, no era opuesta á la física de los antiguos, que con el mayor atrevimiento suponían comunicaciones fluviales entre el Peloponeso y Sicilia; y Cosmas Indicopleustes hace también que nazcan los cuatro ríos del Paraíso en su continente transoceánico, y lleguen por canales subterráneos á nuestra tierra habitada.

[91] «Duo (cinguli) sunt habitabiles; quorum australis ille, in quo qui insistunt, adversa nobis urgent vestigia, nihil ad vestrum genus. Hic autem alter subjectus Aquiloni, quem in colitis-parva quædam est insula, circumfusa illo mari quod Oceanum appelatis.» (Cicer., Opp. edit. Schutz. t. XVI, p. II, página 98.)

[92] «Antichtones alteram (terræ partem) non alteram incolimus.» (Mela, I, 1, 2). Ya hemos visto antes que estos Antichtones de Mela, habitantes del hemisferio austral, están separados de nuestra masa continental por el Océano, que cubre el centro de la zona tórrida.

[93] La cita de Hipparco resulta dudosa (Tzschucke, ad Mela, vol. II, parte III, pág. 251) cuando se recuerda que más de ciento ciencuenta años antes de Hipparco, en la expedición macedónica, Onesicrito y Megasthenes habían reconocido Trabobana como isla (Strabón, XV, pág. 1.011; Alm. pág. 689 Cas.); opinión expresada hasta en el pseudo Aristóteles (De Mundo, cap. III), donde Trabobana, como isla, es comparada á Albión y á Jerne. El texto de Mela (III, 7, 7), está probablemente corrompido, como lo prueban las siguientes palabras: Sed quia habitatur.....

[94] Joannis Schoneri Carolostadii. Opusculum Geographicum (40 páginas en 4.º) Noricæ, anno XXXIII (sic), lib. II, cap. 20. En cuanto á Plisæus (Plisacus) Sinus de Juan Ruysch, en el cual desemboca el Policacus fluvius, parece á primera vista reconocer en él algún rastro de geografía antigua; pero estos nombres son sencillamente alteraciones viciosas de Pouli Sagam, de Marco Polo, puente del río Sagan (el Sangkanho de los chinos), cerca de la ciudad de Khanbalon ó Tatu (Klaproth, Tableaux historiques n.º 22). Latinizando se ha convertido Pulisangam en Pulisica, y Pulisica en Polisacus. Mas adelante hablaré de los nombres de las ciudades comerciales de China, tal y como los altera Colón.

[95] Mannert, Einleit. in die Geogr. der Alten., 1829, página 79.

[96] Lud Ideler, Proleg., 1832, pág. 6. El pasaje de Strabón, I, pág. 115 Alm., páginas 64 y 65 Cas, presenta, en efecto, una opinión de Eratósthenes y no de Pythéas, como pretende Mr. Mannert. Véase también Ruhkopf ad Senecam, t. V, pág. 11.

[97] Strabón, II, pág. 161 Alm., pág. 102 Cas.

[98] Cito conforme á la traducción de Léander de Cozco, por haberse perdido para nosotros el original español, á excepción de algunos fragmentos que Muñoz encontró en los manuscritos de Bernáldez, el cura de Los Palacios.

[99] «Ese gran corazón que se muestra en las grandes cosas». (Hermosa frase contenida en la misma carta de 1498.)

[100] Habiéndose perdido el texto original, solo conocemos la traducción española. Vida del Almirante, cap. VII; Leonardo Ximénez Del vecchio e nuovo gnomone fiorentino, 1757, LXXIX y XCVII (Las investigaciones de este sabio jesuíta sirvieron de fundamento al excelente artículo Toscanelli, redactado por M. de Angelis en el vol. XLVI de la Biographie universelle); Journal des Savans, Enero 1758. Navarrete, t. II, páginas 1 y 4. (Véanse tambien Bossi, Vita di Christ. Colombo, páginas 105 y 153; Canovaí, Viaggi di Amer. Vespucci, páginas 355 y 370; Baldelli, Il Milione, t. I, páginas 60 y 62).

[101] Humboldt traduce la palabra físico por médico, y da la siguiente explicación. Aunque Toscanelli fuese sin duda uno de los astrónomos y de los físicos más célebres de su época, y aunque en Italia se le llamaba con frecuencia Pablo el físico (Paulus phisicus), traduzco la palabra española físico por médico. Dicha palabra en los siglos XV y XVI se tomaba exclusivamente en este sentido, y fué aplicada por ejemplo á Maestro Bernal, físico de la carabela Capitana en 1502; al amigo de Colón, García Hernández, físico de Palos, etc. Podría sorprender también el encontrar en la Vida del Almirante donde no se pone el apellido Toscanelli, la extraña adición, «Maestro Paulo, físico del Maestro Domingo florentin»; pero esta es la manera casi helénica y árabe de indicar la filiación. Pablo era hijo de Domingo, y en el testamento de Nicolás Nicoli, hecho en 1428, encuéntrase también nombrado entre los conservadores de la célebre biblioteca del convento degli Angeli de Monaci Camaldolesi: Magister Paulus Magistri Domenici medicus. Leonardo Ximénez, pág. LXXIV.

[102] «El gran obstáculo para el comercio de la India por el interior de Asia, dice un escritor del siglo XVI, consiste en la barbarie de los pueblos tártaros que, no pudiendo atacar la India por mar, hacen invasiones por tierra y la saquean y arruinan, como sucede á la pobre Italia, convertida en presa de alemanes, franceses y españoles.» (Ramusio, t. I, pág. 338.)

[103] Georgicon ed. (Londinus, Venet., 1520, pág. 48).

[104] La mejor prueba de la impresión profunda que esta correspondencia con Toscanelli hizo en el ánimo de Colón, es la introducción del Diario de ruta de su primer viaje, donde casi repite las palabras empleadas por el geómetra florentino.

COLÓN.   TOSCANELLI.
«La información que yo había dado á VV. AA. de las tierras de India y de un príncipe que es llamado Gran Can, que quiere decir en nuestro romance Rey de los reyes, como muchas veces él y sus antecesores habían enviado á Roma á pedir doctores en nuestra santa fe, porque les enseñasen en ella.»   «Las partes de Indias donde se podrá ir el dominio de un príncipe llamado Gran Can, que es lo mismo que Rey de los reyes; sus predecesores enviaron embajadores al Papa pidiéndole maestros que les instruyesen en nuestra fe.»

Pudo sin duda Colón tomar estas nociones del Millione de Marco Polo, á quien no nombra, como tampoco á Toscanelli; pero la serie de las ideas y las palabras paréceme que indican una reminiscencia de la carta de Toscanelli al canónigo Martínez.

[105] No ignoro que todos los comentadores de las cartas de Toscanelli creen poder citar los capítulos del viaje de Marco Polo, donde el astrónomo florentino aprendió las nociones sobre el comercio de pimienta de Zaithun (lib. II, cap. 77), y la magnificencia de la gran ciudad de Quisai (lib. II, capitulo 68); pero aquí debo observar que existen dudas acerca de lo que con preferencia pudo saber por Nicolás de Conti ó por las conversaciones con viajeros recientemente llegados del Asia Oriental, ó por el manuscrito de Poggio. No encuentro la traducción de Gran Can (Rey de los reyes); (Conti traduce Emperador) y de Quinsay (Ciudad del cielo), más que en Marco Polo; pero los 12.000 puentes de Quisay en la relación de Marco Polo, los reduce Toscanelli (y esto me llama mucho la atención) á diez, y el circuito de Quisay es casi igual al que refiere Nicolás de Conti. (Ramusio, t. I, pág. 340 b.)

[106] Nicolás de Conti tuvo que renegar de la fe para salvar la vida. Ramusio, según la edición de Venecia de 1613, dice que esta absolución fué en 1449; pero el papa Eugenio IV murió dos años antes. La redacción latina del viaje de Conti, hecha por ese mismo Poggio á quien se debe el descubrimiento de tantos preciosos manuscritos de clásicos latinos en Suiza y en Alemania, no ha llegado hasta nosotros. Lo que poseemos en italiano del viaje de Conti es una traducción hecha de la versión portuguesa de Valentín Fernández, y desgraciadamente no pasa de ser un fragmento incorrectísimo. En la Giava maggiore (Borneo?) Conti vió pájaros del paraíso, ucelli senza piedi (Ram., t. I, pág. 341 b). Son los mismos pájaros del sol (passares da sol), de los primeros navegantes portugueses. (Reinh Forster, Zool. ind., 1795, pág. 30). He aquí las palabras de Conti, que sin duda no vió más que los pájaros preparados por los indígenas y transportados de isla en isla como objetos de adorno: «Nella Giava maggiore trovansi uccelli molte volte che sono senza piedi, grandi come colombi, di penne molto sottili e con la coda lunga, i quali sempre si posano sopra gli arbori; le carne di quali non si mangiano, ma la pelle e la coda sono in grande stima perche s’usano per ornamento del capo» (Nicolás de Conti en Ramusio, t. I, pág. 345). Este pasaje, muy notable, no ha llamado la atención de los zoólogos modernos. Pigafetta cree también que se refiere á aves muertas y disecadas, pero que afortunadamente tienen patas. «Il re di Tidore mandó duoi uccelli bellisimi della grandezza d’una tortola, la testa piccola col becco lungo é lunghe le gambe uno palmo e sottili: non hanno ali, ma, in luogo di quelle, penne lunghe di diversi colori.» Pigafetta observó bien que no son las plumas de las alas, sino las de los costados las que se prolongan formando penachos más largos que el cuerpo. No vió las alas, cuya existencia niega, porque generalmente los indígenas, al disecar el ave para el comercio, le arrancan las patas y las alas. «Hanno opinione i Mori, añade el historiador del viaje de Magallanes, che questo ucello venga del Paradiso terrestre é chiamanlo manucodiata, cio é, ucello di Dio.» (Ramusio, t. I, página 367 b.) Esta palabra, repetida en la relación del viaje de Magallanes, hecha por un secretario del emperador Carlos V en una carta al Cardenal-Obispo de Salzburgo (l.c., pág. 351 b), es, según observación de mi hermano, que consta en su gran obra sobre la lengua Kavi ó Javanesa, una alteración de la palabra malaya manuk-devata formada de manu, en malayo pájaro, y devata, en malayo y sanscrito divino. La palabra manuk-devata convirtióla el viajero italiano en manuco-diata.

[107] Acaso la misma obra de Marco Polo inspiró al papa Eugenio IV tanta desconfianza en la veracidad de los viajeros. Sabemos por el testimonio de F. Jacopo di Aqui que se burlaron de Marco Polo hasta el punto de haber siempre, en las mascaradas en Venecia, largo tiempo después de su muerte, algunos que tomaban su nombre y le imitaban para divertir al pueblo, refiriéndole cosas extraordinarias. Lo mismo se hizo después con Pigafetta. Amoretti, Voyage de Maldonado, pág. 67.

[108] Khogatal se separó de los viajeros á 20 jornadas del camino de Bokhara «Il Barone s’ammaló gravemente per volontà del quale e per consiglio di molti lasciandolo, seguitorno il loro viaggio (dell Armenia Minore al porto di Giazza)» Traducción de Ramusio (t. II, pág. 3, a.) Nicolai y Maffeo Poli volvieron á Venecia en 1271, porque la noticia de la muerte del papa Clemente IV les detuvo largo tiempo en Acre. Ahora bien; como la carta de Toscanelli es de 25 de Junio de 1474, la expresión ha doscientos años es suficientemente exacta.

[109] Título que podía aplicárseles con tanta más razón, cuanto que ellos mismos se lo dieron, según la relación de Marco, y traían una carta para el Papa: «Il Grand Can proponendo nell’animo suo di volerli (idetti due fratelli) mandar ambasciatori al Papa, volle haver prima il consiglio de’suoi baroni».

[110] El jesuíta Ximénez, en su comentario á las cartas de Toscanelli, encuentra alguna obscuridad en esta designación del tiempo, algunos días ha, y la frase que le sigue inmediatamente, antes de las guerras de Castilla. Opino que, por ligero error de puntuación, se ha separado con una coma esta última frase de la palabra doméstico. La carta anuncia sencillamente que el canónigo estaba al servicio de Portugal largo tiempo antes de las perturbaciones del reino de Castilla, suscitadas por el destronamiento del rey Enrique IV en 1465, y su reposición en el trono en 1468. Otro error de mayor importancia, por referirse al descubrimiento del cabo de Buena Esperanza, se deslizó en el comentario de Ximénez. Toscanelli escribió al canónigo Martínez que el camino que propone para llegar por el Océano Occidental al país de las especias, es cortísimo, más corto que el que necesitaban hacer los portugueses para ir á la costa de Guinea (el camino por la vía del mar es brevísimo: lo tengo por más corto que el que hacéis á Guinea). El abate Ximénez dice il camino que voi fate per Guinea, lo que tiene muy distinto sentido, pues permitiría preguntar si los negociantes atravesaban la Guinea. Gnom. Fior., páginas LXXXII y LXXXIV.

[111] Garcilaso. Coment. Reales, lib. I, cap. 3; Gomara, Historia de las Indias, cap. 13; Acosta, lib. I, cap. 19.

[112] Navarrete, t. I, pág. 2. La frase saber de cierta fe es notable por lo modesta.

[113] Aunque al escribir estos párrafos (Febrero de 1834) no ha desembocado ningún buque por el canal de Barrow en el mar de Kamtchatka, ó costeado América desde la península de Melville y el Príncipe Regent-Inlet hasta la bahía de Kotzebue, los brillantes descubrimientos de Parry, Franklin y Beechey no dejan, al parecer, duda acerca de la comunicación entre el mar de Baffin y el estrecho de Behring.

[114] Pedreio de Covilham y Alonso de Payva se embarcaron en Barcelona en 1487 para saber noticias del Preste Juan. Los dos judíos se unieron á Covilham en el Cairo á su vuelta de Sofala y de Adem.

[115] Según d’Herbelot, la isla Seranda de Edrisi (Hartmann rechaza este sinónimo, Africa, pág. 115); Magastar ó Madaigascar (corrupción de la palabra Madagache) de Marco Polo, llamada después, á principios del siglo XVI, isla de San Lorenzo de los Portugueses. Con esta última denominación encuentro la isla de Madagascar en un mapa-mundi dibujado en Sevilla en 1527, y por tanto, anterior en dos años al célebre mapa de Diego Rivero, conservado también en la Biblioteca de Weimar Ambos mapas presentan ya también la posición de las islas de Francia y de Borbón con los nombres de Mascarhenas y de Santa Apollonia.

[116] Gama partió de Portugal el 8 de Julio de 1497, y llegó á la bahía de Santa Elena en Noviembre de 1497 á la desembocadura del Río de Buenos Señalis, donde tuvo la primera noticia de la proximidad de hombres blancos y de barcos de construcción europea, el 25 de Enero de 1498; á Calicut el 18 de Mayo de 1498, y volvió á Portugal el 19 de Julio de 1499. Duró esta expedición memorable, según datos exactos, dos años y nueve días; el viaje de Portugal á las Indias á (Calicut) 314 días, mientras hoy (en 1834) la duración media de esta travesía en los buques de Liverpool es de 95 días.

[117] Dec. I, lib. III, cap. 4, pág. 190. Como Toscanelli aconsejó á los portugueses buscar el camino de la India, no por la ruta de Guinea, sino por la del Oeste, es muy extraño error atribuir á este astrónomo el conocimiento del Cabo de Buena Esperanza desde 1474 y la creencia de que pudo comunicarlo á los venecianos. Le Bret. Gesch. von Venedig, t. II, pág. 226; Sprengel Gegch. der geogr. Eutd., 1792, pág. 390.

[118] «Os envío otra carta de marear, semejante á la que yo le envié al Canónigo.» Me ha parecido extraordinario que en la frase que indica la distancia de Lisboa á Quisai, diga Toscanelli «hallaréis en un mapa», en vez de «en mi mapa ó carta de marear».

[119] El mapa de Martín Behaim, que expresa las creencias geográficas del siglo XV, da una diferencia de longitud de 13 grados.

[120] Diario de 1492: «Viernes 5 de Agosto. Anduvimos (desde la barra de Saltes) con fuerte virazón 60 millas, que son 15 leguas (Navarrete, t. I, pág. 13).

[121] Comparando atentamente la carta que publica el abate Ximénez en su Gnomone Fiorentino, con la que Fernando Colón encontró entre los papeles de su padre, y era conocida de Las Casas, encuentro muchas adiciones y alteraciones del texto. Sabemos por la Vida del Almirante, que la célebre carta de Toscanelli estaba escrita en latín, conforme á la costumbre que prevalecía entonces entre los sabios. Puede esto causar sorpresa al recordar que se trata de un italiano de Florencia, el cual escribe cartas á un italiano de Génova, que habitaba en Lisboa desde 1470, y que esta correspondencia pasaba por manos de Lorenzo Giraldo, indudablemente de la familia de los Giraldi, originaria de Florencia (Barcia, t. I, págs. 5-6); pero Toscanelli recordaba tan poco la nacionalidad italiana de Colón, que á juzgar por la frase con que termina su segunda carta pudiera presumirse que en Florencia se tenía á Colón por portugués. «Estad seguro de ver (en el Cathay) reinos poderosos, cantidad de ciudades pobladas y ricas provincias que abundan de toda suerte de pedrerías, y causará grande alegría al Rey (el Gran Can) y á los Príncipes que reinan en estas tierras lejanas, abrirles el camino para comunicar con los cristianos á fin de hacerse instruir en la Religión Católica y en todas las ciencias que tenemos. Por lo cual, y otras muchas cosas que podrían decirse, no me admiro tengáis tan gran corazón como toda la nación portuguesa, en que siempre ha habido hombres señalados en todas empresas.» No teniendo á la vista en este momento la traducción italiana de la Vida del Almirante, publicada en Venecia, en 1571, por Alfonso de Ulloa con el título de Istoria del Sr. D. Fernando Colombo nelle quali si ha particolare e vera relazione della vita de’fatti dell’Ammiraglio, no puedo comprobar si las alteraciones del texto en la carta italiana que presenta el Gnomone de Ximénez, son efecto de la negligencia del Abate ó de la de Ulloa. Se ha hecho decir al astrónomo florentino, que los 26 espacios de distancia que hay desde Lisboa á Quinsay tienen cada uno 250 (en vez de 150) millas; se han añadido palabras sin sentido, por ejemplo, los 10 espacios de distancia de Cipango á Antilia hacen «2.500 millas», ó 225 leguas. Más adelante (y en contradicción notoria con las cifras que preceden) la gran ciudad de Quinsay tiene «100 millas» ó 35 leguas de ámbito. En fin, y como glosa puesta por acaso en medio de la descripción de Quinsay, «este espacio es casi la tercera parte de la esfera.» Las frases puestas entre comillas son variantes lectiones, ó mejor dicho, falsificaciones del texto. Conforme á estos datos falsos, la longitud de una legua sería unas veces de once y un décimo millas, y otras de dos y ocho décimas. El abate Ximénez deduce del modo más arbitrario (páginas 92-94) que un espacio equivale á cinco grados de longitud; que cincuenta millas ó veintidós y media leguas de Toscanelli forman un grado, y que la distancia desde Lisboa á Quinsay es de 130 grados. Fúndanse estas conclusiones, en parte, en la analogía de las proyecciones de Ptolomeo (Geogr., I, 23), que dividía el cuarto de la circunferencia ecuatorial en 18 partes, como Eudoxio dividía (Geminus, Elem. Astr., capítulo 15) toda la circunferencia polar en 60 partes iguales, lo cual da diferencias de cinco grados de longitud y seis de latitud. Pero aunque Toscanelli valúa «un espacio de su mapa en veintidós y media leguas», la suposición de cinco grados de longitud daría, para el paralelo de 38 grados y 42 minutos al que se refiere este cálculo, tres y media leguas por grado de longitud, resultado absurdo, porque no concuerda con ninguna extension que en cualquier tiempo se haya llamado legua. Termino esta larga disertación numérica haciendo observar que si Toscanelli tomó la descripción de Quisai (Kinsai) de Marco Polo (lib. II, cap. 68), encontró el circuito de los muros valuado solamente en 100 li chinos, y que estos 100 li, llamados millas chinas en los manuscritos del viajero veneciano, los tradujo vagamente por 35 leguas, ignorando que 192 li forman un grado ecuatorial.

[122] Digo en el texto: tres días después que Colón creyó haber observado por primera vez la declinación magnética, porque Peregrini había observado ya esta declinación en Europa en 1269.

[123] Este suceso es extraordinario, y lo refiere el Diario con una ingenuidad que no deja lugar á duda. El barco se encontraba entonces en medio del Océano Atlántico, á 290 leguas marinas (de 20 al grado) de distancia de la tierra más próxima, la isla de Flores, y los pájaros cantores no habían sido arrastrados por las tormentas. En su segundo viaje, el 24 de Octubre de 1493, vió Colón golondrinas cuando su punto de estima le situaba á 340 leguas al ONO. de las islas del Cabo Verde. (Vida del Almirante, pág. 43). Comparando Navarrete los puntos de estima tomados, los rumbos y las distancias, cree que desde el 19 al 22 de Septiembre, época en que el Almirante observó tantas señales de proximidad de tierra, se aproximaba á las rompientes que los marinos españoles aseguran haber descubierto hacia el gran banco de fuco ó algas flotantes el año de 1802.

El teniente de navío D. Manuel Moreno, que acompañó á Churruca en su expedición cronométrica en las Antillas, sitúa estas rompientes en la latitud 28° 0′ longitud, 43° 22′ al Occidente de París. En la noche del 21 de Septiembre, Colón se encontraba, pues, á cuatro millas marinas al NE. de este peligro que hubiese podido retardar el descubrimiento del Nuevo Mundo hasta el 22 de Abril de 1500, día en que Pedro Alvarez Cabral, en su viaje á la India, fué llevado por las corrientes á las costas del Brasil. No encuentro estas rompientes en los mapas ingleses recién publicados, y su existencia merece ser comprobada, tanto á causa de la seguridad de la navegación, como por el interés histórico que inspira.

[124] Navarrete, t. I, páginas 9, 11, 13, 16 y 17. Dice así literalmente, conservando la irregularidad de las frases, por la costumbre de Las Casas de embrollar el estilo de Colón copiando á veces sus palabras y extractando otras el texto. El pasaje relativo á Cipango paréceme ininteligible tal como lo escribe («Esta noche dijo Martín Alonso que sería bien navegar á la parte del Sudueste: y al Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de Cipango, y el Almirante via que si la erraban que no pudieran tan presto tomar tierra»), si no se cambia la puntuación y se pone un punto entre las palabras no y decía.

Examinando en el Diario de Colón los días en que Oviedo y Herrera señalan grandes indicios de motín en las tripulaciones, sorprende no encontrar rastros de estos sucesos. Como á los historiadores gustan los efectos dramáticos que resultan de la oposición de los caracteres, han creído engrandecer al marino genovés exagerando los peligros á que sucesivamente le exponían la malicia, el miedo ó la ignorancia de sus marineros. Olvídase que los marinos españoles, especialmente los catalanes, los vascos y los andaluces de Palos, desde hacía siglo y medio frecuentaban las costas de Guinea y de Escocia; que la vista de una erupción en el Pico de Tenerife no podía dar espanto, como pretende Fernando Colón, á hombres habituados á visitar las Canarias, Nápoles y Mesina. (Navarrete, t. III, páginas 605 y 607); y que la travesía del Golfo de las Damas, favorecida por el tiempo más bonancible y un mar generalmente tranquilo, no podía consternar por modo tan extravagante á hombres avezados al mar. Entre el 22 y el 25 de Septiembre los compañeros de Colón, según testimonio de su hijo y de Herrera (Vida del Almirante, cap. 19; Herrera, dec. I, lib. I, cap. 10), querían arrojar al mar á su capitán mientras estuviese embebido en el estudio de las estrellas. En el Diario no se pinta el descontento con tan vivos colores; dice únicamente Colón que el viento contrario ONO. que sopló el 22 de Septiembre, «mucho me fué necesario, porque mi gente andaba muy estimulados, que pensaba que no ventaban estos mares vientos para volver á España».

El 23 de Septiembre dice: «Y como la mar estuviese mansa y llana, murmuraba la gente, diciendo: que pues por allí no había mar grande, que nunca ventaría para volver á España.»

El cuento de Oviedo, sobre los tres días que concedieron á Colón para continuar avanzando hacia el Oeste, copiado por todos los biógrafos y poetas modernos, ya lo ha refutado Muñoz (lib. III, § 7). D. Fernando Colón, que quería tan mal á Alonso Pinzón, como Las Casas á D. Fernando, no refiere el hecho mencionado, y se limita á decir «que la gente estuvo para amotinarse, perseverando en las murmuraciones y conjuraciones» (Vida del Almirante, cap. 20). Además, el día 7 de Octubre el único suceso apuntado en el Diario es un cambio de ruta. Desde el 30 de Septiembre había seguido el Almirante el camino directamente hacia el Oeste en una extensión de 250 leguas marinas, siguiendo el paralelo de 25 grados y medio; el 7 de Octubre (en la mañana siguiente á la conferencia con Martín Alonso Pinzón sobre la proximidad de Cipango) en la Niña creyeron ver tierra. Al ponerse el sol se reconoció que no era verdad; pero como las bandadas de aves dirigíanse al SO., «sin duda para dormir en tierra, el Almirante, siguiendo la experiencia de los portugueses que habían descubierto la mayoría de las islas que poseen (las Azores?), siguiendo el vuelo de las aves, permitió abandonar la ruta hacia el Oeste, y dirigirse al OSO. con el propósito de continuar en esta dirección durante dos días. No se habla ni una palabra de revuelta ni sublevación: la frase, acordó dejar el camino del Oueste, es la única que parece indicar que Colón cedió á las instancias. Esta nueva dirección le fué provechosa. Por lo demás, sin que pueda sospecharse motivo alguno que le obligara á ello, el Almirante había ya cambiado el rumbo de igual manera el 24 de Septiembre. Después de haber seguido escrupulosamente el paralelo de Gomera (latitud 28 grados) durante 390 leguas marinas, gobernó de pronto al SO. para seguir el paralelo de 25 grados y medio. El 8 de Octubre, que debía ser el día tan peligroso por la sedición, según Oviedo, está señalado en el Diario de Colón como día muy favorable para el progreso de la navegación. «La mar, dice el Almirante, está como el río de Sevilla, gracias á Dios; los aires muy dulces, como en Abril en Sevilla, que es placer estar en ellos, tan olorosos son.» Estas líneas escritas bajo la impresión de aquellos momentos no anuncian ciertamente los terrores de un espíritu alarmado.

[125] Sin embargo, en el Diario de la primera navegación (jueves 9 de Agosto de 1492) habla Colón de estas islas que, parecidas á las ilusiones del espejismo, se creía ver todos los años al Oeste de las Azores, de las Canarias y de Madera. En su carta al papa Alejandro VI (Febrero de 1502) no da el nombre de Antillas á ningún grupo de las 1.400 islas que se vanagloria, no sin alguna exageración, haber descubierto. (Navarrete, Documentos dipl., t. I, pág. 5; t. II, pág. 280). No fué, pues, Cristóbal Colón quien introdujo el nombre de Antillas en la geografía moderna. En su sistema Haïtí (la Española) era Ophir ó Cipango. «Les había dicho muchas veces, dice su hijo, que no esperaba ver tierra hasta haber navegado 750 leguas hacia el Occidente de Canarias, en cuyo término había también dicho que hallaría la Española, llamada entonces Cipango» (Vida del Alm., cap. 20). La primera aplicación del nombre Antiliæ insulæ á las islas de América, es un rasgo de erudición de Pedro Mártir de Anghiera. Volvió Cristóbal Colón de su primer viaje el 15 de Marzo de 1493, y en la primera década de la Oceanica, dedicada al cardenal Ascanio Sforza en Noviembre de 1493, encuentro ya: «In Hispaniola Ophiram Insulam sese reperise refert (Colunus), sed cosmographicorum tractu diligenter considerato, Antiliæ insulæ illæ et adjacentes aliæ.....» Dec. I, lib. I, pág. 1. Posteriormente Vespucci en su pretendida segunda navegación de 1499, llama Antiglia «la isla que Colón ha descubierto pocos años há», es decir, Haïtí. En el siglo XVI, las islas Caribes, al SE. de Puerto Rico (Borrinquen), tenían en los cuadros de posiciones geográficas que se procuraba añadir á los tratados de geografía la denominación de Antigliæ insulæ. Uno de los ejemplos más antiguos que conozzo de estos cuadros de posiciones está en una obra de Juan Schoner (Opusculum geogr. ex diversorum libris et cartis collectum), publicado en 1533. Véanse los curiosos capítulos (sect. II, capítulos 20 y 21) De regionibus extra Ptolomæum deque insulis circa Asiam et Indiam et novas regiones hujus tertiæ ortos partis.

[126] Relación de 1504. (Navarrete, t. I., pág. 282; Vida del Alm., cap. 100.)

[127] «Los hombres de esta isla tienen los cabellos no crespos, salvo corredíos y gruesos, como sedas de caballo, y todos de la frente y cabeza muy ancha, más que otra generacion que fasta aqui haya visto, y los ojos muy fermosos y no pequeños, y ellos ninguno prieto, salvo de la color de los canarios, ni se debe esperar otra cosa, pues está deste oueste con la isla del Hierro en Canarias so una línea.» (En el mismo paralelo.) (Diario de Colón en 13 de Octubre de 1492.)

[128] Oviedo, Hist. nat. y gen. de las Indias, cap. 3.

[129] Barcia, pág. 7, a; Herrera, t. I, pág. 4.

[130] Academia dei Dubbiosi, anterior á la de los Stabili y de los Gelosi.

[131] El historiador Herrera no conoció el nombre de Toscanelli, ni tampoco el sabio autor del Commerce and Navigation of the Ancients, M. Vincent, que en su Dissertation sur les Seres (t. II, págs. 613-618) discute con gran sagacidad las diferentes causas de la empresa de Colón.

[132] Wagenseil, Sacra parentalia B. Georgio Frid. Behaimo dicata, pág. 16. Postel dice ya terminantemente en la página 22 de su Cosmografía: «Ad 54 grad. (lat. mer.) ubi est Martini Bohemi fretum á Magaglianeso alias nuncupatum.»

[133] «Y cuanto más se extienda la parte oriental de la India al Oriente hacia las islas del cabo Verde, más fácil será llegar á ella en pocos días: esta opinión se la confirmó á Colón su amigo Martin de Bohemia, portugués, natural de la isla de Fayal, gran cosmógrafo» (Herrera, déc. I, lib. I, cap. 2). Sorprende que Robertson (Hist. of Amer., 1777, t. II, pág. 434), á pesar de las luminosas disertaciones de un profesor de Gottinga, M. Tozen, publicadas en 1761 (Der wahre und erite Entdecker deruen Welt gegen die ungegründeten Ansprüche von Vespucci und Behaim, págs. 87, 113), y la obra aun más antigua de Doppelmayr (Hist. Nachr. von Nürnberger Mathem, und Künstlern, pág. 30), haya caído en el mismo error de creer portugués á Martín Behaim. El título de gran cosmógrafo que le da Herrera prueba que no le confundía con el canónigo portugués Martínez, encargado por su Gobierno de la correspondencia con Toscanelli sobre el camino más corto para ir á las Indias.

[134] Es la semilla del Amomum Granum Paradisi de Afzelius, objeto de muy importante comercio (sobre todo para la ciudad de Amberes) antes de la expedición de Gama. Esta semilla de una Drymirhisea, poco conocida hasta hoy, llegaba entonces á las costas septentrionales de Berbería por medio de las caravanas de Guinea que atravesaban el desierto de Sahara. La malagueta rivalizaba con la verdadera pimienta (Piper nigrum et Piper longum) que Dioscórides conocía ya (capítulo 189) con el nombre indio πέπερι (del sanscrito pippali), que Edrisi describe (Geogr. Nub., 1619, pág. 61) con notable exactitud, y que por su largo transporte á través del Asia se encarecía mucho en los mercados de Italia.

Como las producciones vegetales análogas y que se reemplazan mutuamente en el comercio toman siempre el mismo nombre, el de malagueta, tan célebre en el siglo XV, y que nuestros farmacéuticos han transformado en meleguetta, maniguette y cardamonum piperatum, paréceme que se deriva de la palabra india pimiento, tal y como se usa en la lengua de Sumatra. Encuentro en la Cosmografía de Sebastian Münster (edición de 1550, pág. 1.093): «lingua patria Sumatrenses piper, molaga dicunt.» El sabio autor de la Materia médica of Hindoostan, M. Ainslie, da también (edición de Madrás, 1813, pág. 34) al Piper nigrum en tamul la denominación de mellaghoo. En sanscrito, mallaja y maricha son sinónimos de pippali; la primera palabra designa, según Wilson, más especialmente el Piper nigrum, la segunda el Piper longum. Creo que el nombre de Molucas (las Malucos) se deriva de Molaga ó Mallaja, nombre de la pimienta.

El gran mérito «de haber llegado hasta las regiones de África donde se cría la planta de la malagueta», ha sido negado á Behaim y á Diego Cam y atribuído á Alfonso de Aveiro (Sprengel, Gesch. der geogr. Entd., págs. 376, 386). Pero Aveiro llegó al reino de Benin en 1486, dos años después de la expedición de Cam (Barros, dec. I, lib. 3, cap. 3, pág. 178, edición de Lisboa, 1778); Navarrete, t. I, páginas XXXIX y XL. Examinando las notas que Martín Behaim añadió á su globo al lado de las tierras cuyas costas delineó, encuentro que distingue los granos del paraíso, la verdadera pimienta y la canela. «La primera de estas especias (Paradieskörner) se cría en el reino de Gambia; la segunda en el Furfur, á 1.200 leguas de distancia de Portugal; la tercera á 2.300 leguas, desde donde regresamos para volver al lado de nuestro Rey, después de diez y nueve meses de ausencia.» Por tanto, en 1485 da Behaim en el mismo globo preciosas nociones acerca del transporte de las especias de Java y de Ceylan (Seilan) á Venecia y á Francfort, nociones debidas en parte á maese (mister) Bartoloméi, florentino, que refirió en Venecia al papa Eugenio IV lo que durante veinticuatro años (hasta 1424) había visto en Oriente (Murr., Dipl. Gesch., páginas 25 y 36). Véase, pues, de nuevo á este papa Eugenio IV, que Toscanelli cita en su primera carta á Colón y que llegó al Pontificado en 1431, en relaciones con los viajeros de Asia Finalmente, recuerdo también que Cristóbal Colón llama á toda la costa de Guinea Costa de Maneguetta (costa del grano del paraíso), cerca de la cual vió «algunas sirenas, aunque no eran tan semejantes á las mujeres como las pintan» (Vida del Alm., cap. IV). Hoy se da este nombre especialmente á la costa situada en dirección del NO. al SE., entre el cabo Mesurado y el cabo Palma, de 6° 26′ á 4° 3′ de latitud boreal.

[135] Diss. de vero Novi Orbis inventore. Francfort, 1714.

[136] Trans. of the Amer. Phil. soc. held at Philadelphia, t. II (1786), pág. 120. La Noticia histórica, de Doppelmayr, sobre los matemáticos y los artistas de Nuremberg, contiene preciosos detalles acerca de la vida de Behaim y del primer grabado del globo conservado en la familia del cosmógrafo; mientras la Disertación de Stüven, y sobre todo la Memoria de Mr. Otto, prueban profunda ignorancia de la geografía del siglo XV.

[137] Der whar und erste Entdecker der neuen Welt, Christoph Colón, Gott., 1761. Pero antes de Tozen, el autor de una excelente historia de Portugal, M. Gebauer, había refutado ya á Stüven (Port. Gesch., t. I, pág. 124). Compárese también al sabio bibliógrafo Francisco Cancellieri. Notizie di Colombo di Cuccaro. Roma, 1809, pág. 39.

[138] Opusculi scelti di Milano, t. XV, pág. 72.

[139] Dip. Gesch. des Portug. berühmten. Ritters Martin Behaim; dos ediciones, la primera de 1778, la segunda de 1801. De las obras relativas á Behaim, que acabo de citar, sólo esta última ha sido traducida al francés y por un traductor habilísimo, M. Jansen.

[140] En una época en que la geografía se estudiaba en Francia con menos celo que en la actualidad, el inventor de una bomba pneumática, Otton de Gericke, que frecuentemente firmaba Consul Magdeburgensis y publicaba sus Experimenta Magdeburgica, fué citado con el nombre de Señor Magdeburgo.

[141] En una de las inscripciones puestas en memoria de Behaim («Miles auratus qui Africanos Mauros fortiter debellavit et ultra finem orbis terræ uxoravit») háblase también de su esposa (Martini Bohemi uxor), hija del gobernador de las Azores ó Catherides por Cassiterides; es una falsa erudición copiada del globo de Behaim.

[142] La primera traducción alemana de la Biblia, que quedó manuscrita y conservada en la biblioteca Paulina de Leipzig, fué hecha en 1343 por Mathias Behaim, y en 1421 Miguel Behaim de Weinsberg estaba reputado como uno de los más célebres poetas del ciclo de los Meistersänger.

[143] Déc. I, lib. I, cap. 2. Déc. II, lib. II, cap. 19. El segundo párrafo está copiado del Diario italiano de Pigafetta, donde se encuentra la expresión «Martino di Boemia, uomo eccellentissimo», sin añadir nacido en Fayal. Este diario, del cual dió Ramusio un extracto, ha sido publicado por N. Amoretti con el título de Primo viaggio intorno al globo terracqueo en 1800, según el manuscrito conservado en la biblioteca Ambrosiana. Pero la compilación de Herrera es mucho más completa, sobre todo en lo que se refiere á la astronomía (véase, por ejemplo), el cálculo de las diferencias de altura de la luna y de Júpiter, observados el 17 de Diciembre de 1519. (Herrera, Déc. II, lib. IV, cap. 10). El historiador español, no sólo ha tomado datos en Castañeda, Barros y Antonio Pigafetta, sino también en otros documentos manuscritos que desconocemos.

[144] Barros, Asia, Déc. I, lib. 4. cap. 2.

[145] Edrisi, pág. 147. En la Vida do Infante D. Henrique, por el padre Freire (Lisboa, 1758, pág. 335), Hürter es llamado Jorge de Utra. Barros escribe Jos Dutra (Dec. I, lib. III, capítulo 11). Por una permutación de consonantes igualmente viciosa, los escritores de la conquista llaman al guerrero Felipe de Huten, célebre por su expedición al Dorado, de la que dí un comentario geográfico en la Relación de mi viaje (t. II, capítulo 33, pág. 454), Felipe de Uten, Urre y hasta Utre. Por esta última transformación, los nombres de dos ilustres familias, los Hürter y Huten, se transforman en portugués y en español, casi á su terminación, en el mismo grupo de letras Utra y Utre.

[146] Nacimiento de Behaim hacia el año de 1430, (probablemente en 1436) Navarrete cree lo más probable que Colón naciera también en este año de 1436. Viajes de Behaim comerciando en paños en 1457 á Venecia, desde 1477 á 1479 á Malinas, Amberes y Viena (Regiomontanus permaneció en Nuremberg desde 1471 á 1475, y partió en 1475 para Italia. Ya en un viaje anterior, en 1461, había descubierto en Venecia el manuscrito de los seis primeros libros de Diophantes). Permanencia de Behaim en Portugal desde 1480 á 1484. (Colón habitó en la misma nación desde 1470 á 1484, á menos que no interrumpieran su estancia algunas navegaciones entre 1471 y 1481). Behaim se casa en Fayal en 1486 con la hija del gobernador Iobst de Hürter, enviado con una colonia flamenca á Fayal y á Pico á causa de la donación que hizo el rey Alfonso V de Portugal en 1466 de la primera de estas islas á su tía Isabel de Borgoña, madre de Carlos el Temerario. En el globo de Behaim contienen un error estas palabras: «La isla ha sido dada en 1466 por el Rey de Portugal á su hermana madama Isabel, duquesa de Borgoña.» (El rey hermano de Isabel era Eduardo, muerto en 1438). Permanencia de Behaim en Fayal desde 1486 á 1490; en Nuremberg desde 1491 á 1493; en Flandes y en Francia en 1494; de nuevo en Fayal desde 1494 á 1506. Vuelve á Lisboa y muere el 29 de Julio de 1506, según opinión de M. de Murr. (Muerte de Colón en Valladolid el 20 de Mayo de 1506.)

La fecha de la muerte de Martín Behaim no carece de importancia para el examen de los conocimientos adquiridos en esta época relativamente á la configuración de la América del Sur, y sobre la posibilidad de que el cosmógrafo de Nuremberg haya podido entrever la existencia de un paso del Océano Atlántico al mar del Sur.

Sabemos que el Rey Católico, desde su vuelta de Nápoles, en 1506 ocupóse de una gran expedición destinada á las Indias Orientales y al descubrimiento de un estrecho en el continente americano, y que sobre este asunto fué consultado Vespucci (Navarrete, t. II, Cód. dipl., núm. 160, pág. 317; t. III, páginas 47 y 294). Dos años después (1508) se verificó la expedición de Solís y de Yáñez Pinzón, en la cual estos intrépidos marinos llegaron hasta cerca del grado 40 de latitud meridional, sin reconocer, no obstante, la desembocadura del Río de la Plata.

Se ve, pues, que el principio del siglo XVI, es decir, en la vejez de Behaim, era una época extraordinariamente fértil en proyectos de grandes descubrimientos. Me he ocupado recientemente en determinar la fecha de la muerte de nuestro cosmógrafo, y los datos que á ruego mío ha tomado una persona digna de la mayor confianza en casa del barón Segismundo Federico Carlos de Behaim, jefe actual de la familia y propietario del globo de 1492, no son favorables al cálculo de M. de Murr. Este sabio estimó como prueba decisiva la carta de un primo de Martín Behaim, fechada en 30 de Enero de 1507, que manifiesta deseo de saber «lo que ha sido de la esposa, el hijo y los parientes de Martín, dónde están y qué hacen». M. de Murr cree, por tanto, errónea la fecha de 29 de Julio de 1507, indicada en un monumento funerario (Scutum trifolinum) en la iglesia de Santa Catalina de Nuremberg, y supone que el retrato del cosmógrafo existente en los archivos de la familia Behaim tiene la fecha de 1506. (Dipl. Gesch., páginas 117, 127 y 136). Como el monumento funerario fué construído en 1519 á costa de su hijo, parece extraño que se hayan equivocado en la fecha de la inscripción.

Un vandalismo muy común en la época en que vivimos ha destruído todas las inscripciones y todos los monumentos de la iglesia de Santa Catalina, transformada en 1806 en almacén de heno y de leña; pero en la parte superior del gran retrato que se conserva en la casa donde está el globo se lee: Obiit a MDVII, Lisabonæ, y no 1506 como dice M. de Murr. Además, un álbum genealógico que data de 1732, pero que contiene la descendencia de los Behaim de Schawarzbach desde 1207 contiene figuradas las armas del caballero Martín Behaim, y una noticia biográfica que termina en alemán con estas palabras: Murió el 29 de Julio de 1507.

[147] «Yo estuve en la fortaleza de San Jorge de la Mina (Vida del Alm., cap. IV). Lo terminante de la afirmación no deja lugar á duda. Según la crónica de Ruy de Pina, el fortín de Mina ó d’Elmina fué construído en 1481; por consiguiente, el viaje de Colón á la costa de Africa no pudo ser anterior á este año.»

[148] Barros, Asia, Déc. I, lib. III, cap. 2; Vida del Almirante, cap. X; Herrera, Déc. I, lib. I, cap. 7. El Obispo de Ceuta, que los historiadores de aquel tiempo llaman doctor Calcadilla, porque había nacido en Calcadilla, en Galicia, aconsejó al rey Juan II aprovecharse secretamente del proyecto de Colón que los médicos calificaron de negocio fabuloso.

[149] Amoretti, en la introducción al Trattato de Navigazione del Cav. Antonio Pigafetta. (Véase Primo Viaggio intorno al globo, 1800, pág. 208). No he encontrado en las cartas de Vespucci la conjunción de Marte y la Luna que este marino debe haber observado en 1499.

[150] Barros, Da Asia, nova ediçao, Lisboa, 1778; Déc. I, libro IV, cap. 2, pág. 282; M. de Murr (Dipl. Gesch., pág. 94), pretende, sin embargo, que ningún escritor portugués, á excepción de Manuel Téllez de Sylva, conoció el nombre de Martín Behaim. Véanse las sabias y juiciosas investigaciones de M. Lichtenstein acerca de los primeros descubrimientos portugueses en el Vaterländische Museum, 1810, B. I, páginas 376 y 387.

[151] Barrow, Voyages intho de Artic Regions, 1818, página 28. De los dos médicos portugueses que estaban con Behaim en la «Junta del Astrolabio», no se indica como de origen judío más que maese Josepe (Joseph). El otro, maese Rodrigo, ¿sería acaso el mismo personaje que aparece después, en 1517, como astrónomo á quien consultaba Magallanes? Me refiero al bachiller Ruy, ó Rodrigo Faleiro, «que decían los portugueses, era un gran cosmógrafo porque tenía un demonio familiar, pues él nada sabia»; Herrera, Década II, lib. II, cap. 19; t. I, pág. 293. Este Faleiro ó Falero enseñaba á Magallanes métodos de longitudes; pero no quiso embarcarse con él, por haber leído en los astros que el astrónomo moriría durante la expedición (Amoretti, página 28), lo que efectivamente sucedió en la persona del astrónomo y célebre piloto mayor de Sevilla, Andrés de San Martín, que le reemplazó y fué asesinado en la isla de Cebú (Ramusio, t. I, página 361 b).

[152] Navarrete, Disc. histórica sobre las Cruzadas, 1816, página 100; M. Vicent cometió el extraño error de confundir el astrolabio de Behaim con una carta marina.

[153] Londres, 1831, páginas 56, 78 y 288 (the Londe). En la célebre patente Real de 3 de Febrero de 1498 encontrada en Rolls Chapel, se distingue la tierra firme y las islas descubiertas por John Cabot. El autor del Memoir of Seb. Cabot procura demostrar que Prima Vista, Terra primum visa, First sight. Terra Nova ó Newland de John Cabot no designa la isla que llamamos hoy Terranova; son denominaciones generales que comprenden gran extensión del continente.

[154] Descubrimiento continental, anterior sin duda al de la costa de Paria por Colón, pero no al de los normandos-escandinavos. Parece que Las Casas, al referir en su Historia de las Indias la tradición que existía entre los naturales de la isla de Haïtí, «de una aparición súbita (pero anterior á Colón) de hombres blancos y barbudos, tenía tambien noticia de un antiguo descubrimiento de la tierra de los Bacallaos, vista por un marino de Galicia en una travesía á las costas de Irlanda.» (Navarrete, t. I, pág. XLVIII.)

[155] Déc. I, lib. III, cap. 3, pág. 173.

[156] Murr, Dipl., Gesch., páginas 23, 25, 26 y 78; Tozen, Erste Entd., pág. 99.

[157] Cristóbal Cladera, Investigaciones históricas sobre los principales descubrimientos de los españoles, 1794, pág. X.

[158] Salazar, Discurso sobre los progresos de la Hydrografia.

[159] Según las sabias y curiosas investigaciones inéditas de M. Buchon en un Atlas catalán de 1374, conservado en la Biblioteca Real de París, y dibujado treinta y un años antes de la fundación de la Academia náutica de Sagres (Malte Brun, Geogr. Univ., ed. de M. Huot, t. I, pág. 524).

[160] Estancelin, Recherches sur les voyages des navigateurs normands en Afrique, aux Indes Orientales et en Amerique, 1832, pág. 72. Cada Mosto, como ha observado M. de Rossel, no encuentra señales del establecimiento francés. Juan de Betancourt navegó también por la costa africana desde Cabo Cantín á Río do Ouro, mucho tiempo antes que los portugueses (Viera, Historia de Canarias, lib. III, párrafo 30; libro IV, § 4).

[161] «Ilhas de Papuas quer dizer Negros, á que muitos por esta ida de D. Jorge (de Menezes) en 1526, chamam Ilhas de D. Jorge, que estam á leste das Ilhas de Maluco distancia de 200 leguas.» (Barros, Da Asia, Déc. IV, lib. I, cap. 16, ed. Lisboa, 1777; t. IV, párrafo 1, páginas 101 y 104.) Menos certidumbre hay respecto á la expedición tan citada de Antonio Abreu y de Francisco Serrano «en outro Novo Mundo», t. III, p. 1, pág. 600 (Diego de Conto, lib. VII, cap. 3). Las dos Islas Infortunadas, Isole Sfortunate (lat. austr. 9° y 15° y alejadas una de otra 200 leguas), descubiertas al Este de las islas de la Sociedad por Magallanes en Enero de 1521, y no olvidadas por Ortelius en el Atlas de 1570 (Pigafetta, Primo Viaggio intorno al globo, ed. de Carlos Amoretti, 1800, pág. 45), parecen ser «las isletas pequeñas deshabitadas,» llamadas por Magallanes Islas desventuradas (Herrera, Déc. II, lib. IX, capítulo 15; t. I, pág. 453). Gaetano descubrió en 1542 las islas Sandwich; Quirós y Mendaña en 1595 y 1605 el Archipiélago del Espíritu Santo (las Nuevas Hébridas de Cook), Malicolo y probablemente Otahiti (la Sagitaria de Quirós), Humboldt, Essai politique sur la Nouvelle Espagne, t. IV, páginas 111 y 113.

Acerca de los primeros descubrimientos de las costas de Nueva Holanda, reconocidas por los portugueses desde 1530 á 1542, véanse los mapas del Museo Británico núm. 5413: la hidrografía del Atlas de Juan Rotz ó Roty, dedicada al rey de Inglaterra Enrique VIII; el Atlas de Guillermo le Testu, piloto provenzal, y el de Juan Valard de Dieppe (1552), examinado por M. Coquebet Mombret. Cuando la gloria del capitán Cook, llegada á su mayor esplendor, cansó á las medianías y excitó la envidia de los que habían cesado de navegar, se hizo tardía justicia á los portugueses, á Gómez de Sequeira, á Mendaña, á Luis Váez de Torres y á Saavedra Cedrón. Otros motivos menos personales y más nobles han obligado á seguir el mismo camino y conducido á ingeniosas y sabias investigaciones.

[162] Epist. 769 (edic. Par, 1670, pág. 447). Las Catherides del globo de Behaim (Murr., Dipl. Gesch., 1801, pág. 27, y Binnet, Verhandeling over de Nederld. Ontd., 1829, pág. 17), Las Azores figuran con el nombre de islas de Bracir desde 1367 en el célebre mapamundi de Picigano.

[163] Un mapa de Portulano Mediceo de 1351, otro de la antigua biblioteca Pinelli, dibujado en 1384 y conservado hoy en la preciosa colección geográfica de M. Walckenaer, en París, y Baldelli (Marco Polo, t. I, pág. CLXVIII), indican ya con el nombre igualmente significativo de Isola di Legname, medio siglo antes de la expedición y colonización de Juan González Zarco, de Tristán Vas y de ese Bartolomé Muñiz Perestrelo (Barros, déc. I, lib. I, cap. 2), que Fernando Colón llama Pedro Moñes Perestrelo y que Spotorno cree italiano, como el célebre almirante de la familia Palastrello, de Plasencia (Storia letter. de la Liguria, t. II, pág. 246).

[164] Barros, déc. I, lib. I, capítulos 2 y 16 (t. I, p. I, páginas 21 y 133). El cabo Non, más temido que lo fué en el siglo pasado el de Hornos, encuéntrase, sin embargo, 23′ al Norte del paralelo de Tenerife á pocos días de navegación de Cádiz. El proverbio portugués, Quem passa ó cabo de Nam, ou tornara ou náo, debía desacreditarlo fácilmente la voluntad de un príncipe que, como el infante D. Enrique, había adoptado la bella divisa francesa: Talent de bien faire. Barros, déc. I, libro I, capítulos 2, 4 y 16; lib. II, cap. 2 (t. I, p. I, págs. 19, 36, 134, 148).

Acerca del cabo Buzedor, véase Formaleoni, páginas 20 y 24. Paréceme, además, bastante dudoso que el nombre de cabo de Non sea de origen portugués. Ptolomeo, lib. IV, capítulo VI, indica ya en esta costa el río Nuius, y la traducción latina de la frase griega dice Nunii ostia. Es probablemente el Bambotum de Polibio (Plinio, V. I). Véase, sobre la latitud de este punto, Gossellin, Rech., t. I, pág. 132.

Edrisi conocía también, un poco más al Sur, á tres jornadas en el interior, la población de Nul ó Wada Nun, lo que recuerda la costa de Nul ó Belad de Non de Leo el Africano (Edrisi, edición de Hartmann, pág. 131). La geografía de ambos continentes está llena de estas tentativas de pueblos de la Europa latina para adoptar las denominaciones indígenas y suponerlas una etimología sacada de las lenguas romanas. Estos esfuerzos y alardes de ingenio datan de los griegos y los romanos.

[165] Parece que los portugueses, antes que Gilianez hubiese doblado los cabos Non y Bojador (Barros, déc. I, lib. I, capítulos 4 y 5, t. I, p. I, páginas 42 y 43), habían realizado afortunadas tentativas en el mismo sentido en 1418, 1419 y 1423 (Navarrete, t. I, pág. XXVII. Vincent, Periple of the Erythr. sea, p. I, pág. 192).

[166] Parece que los portugueses, antes que Gilianez hubiese doblado los cabos Non y Bojador (Barros, déc. I, lib. I, capítulos 4 y 5, t. I, p. I, páginas 42 y 43), habían realizado afortunadas tentativas en el mismo sentido en 1418, 1419 y 1423 (Navarrete, t. I, pág. XXVII. Vincent, Periple of the Erythr. sea, p. I, pág. 192).

[167] No es en manera alguna probable que en el mapamundi circular, que se atribuye generalmente á Andres Bianco y que acaso contiene á la vez (Formaleoni, pág. 55) nociones del siglo XIII y de otros que datan, como las cartas costeñas de Bianco, del año de 1436, el inmenso golfo designado con el nombre fantástico de Nidus Abimalson ó Abimalion (Abimelek?) sea el golfo de Guinea (Chinoia de Vivaldi en 1281; Ganuya del Portulano Mediceo, atribuído á un piloto genovés; Guinauha, según Barros, en la lengua de los indígenas). Como antes del Portulam de Benincasa las cartas más antiguas catalanas é italianas no presentaban graduación en latitud, sería muy aventurado decir cuáles fueron los límites de este golfo; pero la orientación del mapamundi de Bianco más bien prueba que el Nidus Abimalson representa la extremidad austral de África.

Una carta árabe conservada en Oxford, que data del año 906 de la Hegira y que acompaña la geografía de Edrisi (del siglo XII de nuestra era), presenta en el Belad Mufrada y Al Lamlam, el Senegal, comunicando á la vez con el Níger y el Nilo. Pero estos conocimientos del África occidental fueron adquiridos por informaciones del comercio terrestre, no por viajes marítimos (Vincent, Periple of the Erythr. sea, pár. I. App., página. 86). En el texto de Edrisi, las nociones sobre el litoral de la Senegambia son casi nulas (Hartmann, África, páginas 4, 35, 37 y 114). El golfo de Guinea, con el nombre de Sinus Æthiopicus, y el Senegal comunicando con el Nilo, como en el mapa ó carta de Edrisi, se encuentran en el mapamundi de Fra Mauro de 1457 y 1459. Barros conocía también Tungubutu (Tombuctu), el río y la ciudad de Genna ó Janni (Djenne, Jinnie), no el Dafur de Fra Mauro, pero sí la hipótesis de la unión del Senegal (Çanaga ó Senhaga de Edrisi) con el Nilo (tomo I, p. I, pág. 221).

[168] Barros, déc. I, lib. II, cap. 2 (t. I, p. I, páginas 143, 145 y 146), según un pasaje del mismo autor, que desgraciadamente no une la cronología á los acontecimientos como Herrera, podría creerse el descubrimiento de la isla Formosa más próximo al año de 1484 (déc. I, lib. III, cap. 3, t. I, p. I, página 178).

[169] Padrâo de pedra. Hasta la expedición de Cam, las señales de los portugueses eran cruces de madera, y esta denominación de Padrâo, dada algunas veces á los cabos y desembocaduras de los ríos, sin añadir alguna indicación particular del sitio, ha causado mucha confusión en la geografía del Africa occidental. El cabo de Santa Catalina, donde comenzaron los descubrimientos de Cam, era el último punto á que se había llegado antes de la muerte del rey Alfonso V; por consecuencia, antes de 1480 (Barros, t. I, p. I, pág. 172).

[170] Barros, déc. I, lib. III, capítulos 3 y 4 (t. I, páginas 171, 173, 175, 176, 178, 185 y 192).

[171] Murr, páginas 4, 23, 24, 26, 80, 82, 104, 106, 108 y 111.

[172] Murr, pág. 110; Barros, t. I, p. I, pág. 178.

[173] Behaim le llama Organ, (pág. 112); denominación que podría relacionarse con la de la provincia de Organón de Rubriquis; pero el verdadero nombre del santón, según Barros (t. I, p. 1, pág. 181), es Ogan, acaso O-Khan, como reminiscencia del Ung ó Un-Khan, de Marco Polo (cap. 42. Baldelli, tomo II, pág. 100). Es el nieto del Preste Juan, Nestoriano Kéraïte, muerto por Gengiskhan en 1203, transportado en el siglo XV del Este al Oeste á Caracorum, en Abisinia, según los informes dados por Covilham y Juan Alfonso de Aveiro. No debe confundirse con Ogan (Vang-khan) de África, otro personaje misterioso cuyas costumbres asiáticas, según Marco Polo (lib. I, cap. 21; Baldelli, t. II, páginas 62 y 65), eran mucho menos severas, y que como Viejo de la Montaña (Alaudin ó Veglio de la Montagna) figura también en el Mediodía de África en el mapamundi de Bianco.

M. Lichtenstein, en un trabajo que se distingue por la excelente crítica histórica, ha demostrado que hay error de fecha en el globo de Nuremberg, cuando Behaim sitúa cerca del cabo de Buena Esperanza, que llama Terra Fragosa, la siguiente nota: «Aquí las columnas (señales) del Rey de Portugal fueron colocadas el 18 de Enero de 1485» (Murr, páginas 24 y 110). Cam no llegó al Sur del Padrâo de Manga de Areas, á los 22 grados de latitud austral; fué Bartolomé Díaz quien descubrió, probablemente en Mayo de 1487, el cabo de Buena Esperanza (cabo tormentoso), viniendo del Este, de la señal de la isla de Santa Cruz en la bahía de Algoa (latitud austral 33° 50′; longitud, 7° 15′ al E. del cabo de Buena Esperanza), y que puso la señal de San Felipe en la bahía de la Tabla (Lichtenstein, en Vaterl. Museum. Hamburgo, 1810, páginas 372-389; Vincent, Periple of the Erythr. sea, p. I, pág. 208; Barros, t. I, p. I, páginas 188, 190, 192 y 288). Confundiendo Behaim, sea la fecha, sea el sitio, sea los viajes de Cam y de Bartolomé Díaz, no dice «pusimos», sino «las columnas fueron puestas», lo cual deja su veracidad en menos peligro. No era el célebre Bartolomé Díaz, que había doblado el cabo de Buena Esperanza y costeado la extremidad austral de África, dirigida de Este á Oeste, sino su hermano Diego Díaz, que fué en la expedición de Gama. Bartolomé pereció en un naufragio en 1500, cuando con Cabral vino del Brasil al cabo de Buena Esperanza, y murió muy cerca de esa señal (Padrâo) de la isla de Santa Cruz, en la bahía de Algoa, de la cual se despidió en 1487 (como se leixara hum filho desterrado pera sempre). No debe sorprender que este naufragio fuera atribuído á un gran cometa que se vió entonces en el hemisferio austral durante once días, desde el 12 al 23 de Mayo de 1500, sin que cambiara de posición». (Barros, t. I, p. I, páginas 382 y 392.)

[174] Pedro Mártir, lib. XXXV, ep. 767 (ed. Par. 1670, página 446). La carta al Arzobispo está fechada en Valladolid, III cal. Sept. MDXXII, y hay un error de cifra en esta indicación. El buque Victoria no tocó en parte alguna desde las islas de Cabo Verde, y la fecha de la llegada á la bahía de Sanlúcar, el 6 de Septiembre, es exacta. Pigafetta, Primo viaggio interno al globo, pág. 183; Herrera, Déc. III, lib. IV, capítulo I (ed. de Amberes, 1728, t. II, pág. 95). No debe sorprender el corto número de compañeros de Magallanes (18) que cuenta Pigafetta, mientras Herrera habla de «los 30 marinos que á las órdenes de Juan Sebastián Elcano (natural de Guetaria, en la provincia de Guipúzcoa, embarcado en 1519 como patrón de la nave la Concepción, hombre intrépido cuyo nombre no debe ser olvidado, y á quien ni la antigüedad ni la Edad Media pueden oponer rival alguno) volvieron en la nao Victoria». Herrera, Déc. II, lib. IV, cap. IX (t. I, pág. 339); Década III, lib. IV, capítulos 2 y 4 (t. II, páginas 98 y 100). El historiógrafo de la India no comprende á Pigafetta, que, siendo caballero de Rodas y agregado á la legación apostólica de monseñor Francisco Chiericato en España, sólo se embarcó como voluntario y curioso, en el número de los 30 «que fueron vestidos á costa de la corte», y los 18 de que habla Pigafetta forman con los 13 que retuvieron prisioneros los portugueses en la isla de Cabo Verde, y fueron reclamados con insistencia desde la llegada de Juan Sebastián Elcano á la bahía de Sanlúcar «las 30 personas» salvadas en el buque Victoria, excluyendo á Pigafetta.

[175] Pigafetta Primo viaggio, pág. 182. Los marineros del Victoria advirtieron con espanto «que durante el viaje alrededor del globo habían comido de carne el viernes y celebrado las Pascuas el lunes». (Herrera, t. II, pág. 95.) Anghiera, que era algo inclinado á burlarse, da á entender en su correspondencia que el problema de el día perdido, como con más razón se le llama, mortificó largo tiempo á los compañeros de Magallanes «quonam vero pacto classicula, de qua puto vos non ignorare, parallellum circuerit integrum, proras ad Occidentem solem vertens semper, donec ad Orientem illarum una, garyophyllis onusta, redierit et in eo discursu unum sibi defuisse repererit, quæ stomachis exilibus impossibilia videbuntur, per ejus rei ad unguem discussam narrationem in Decade mea quarta videbitis». (Pedro Mártir, ep. 770, pág. 448.)

[176] «La longitudine s’argomenta de la latitudine de la Luna.» Pigafetta, Trasunto del Trattato di Navigazione, página 219.

[177] Herrera presenta el tipo de este cálculo, déc. II, libro IV, cap. 10 (t. I, pág. 338). Comparando atentamente Herrera y Pigafetta, me he convencido de que no eran idénticos los materiales que cada uno empleaba. Citaré sólo el 13 y el 17 de Diciembre de 1519, el 7 de Febrero y el 11 de Octubre de 1520, el de la trágica historia de la traición en el Río de San Julián. Pigafetta atribuye al Cabo de las Vírgenes la latitud de 52° 3′, mientras los elementos numéricos de la observación de 28 de Octubre de 1520, referida por Herrera, arrojan 52° 56′ (véase Pigafetta, páginas 16, 24, 33, 35, y Herrera, t. I, páginas 339, 447, 449 y 451). Acerca de la coincidencia de la llegada de la Victoria y de Contarini, véase Ranke, Päpste, t. I, página 153.

[178] Barros, déc. III, lib. V, cap. 10 (t. III, párrafo 1.º, página 657). El historiógrafo portugués no cita, como Herrera, los elementos numéricos; pero con amargas quejas, y bien injustas por cierto, contra las Efemérides de Regiomontanus, da las fechas de cuatro observaciones de longitud, sacadas de un libro que Duarte de Rezende (Feitor de Maluco) se procuró furtivamente en la India y le envió á Lisboa. De igual procedencia poseía también Barros el cuarto capítulo de los treinta que forman un tratado de longitudes («vulgarmente llamadas distancia de meridiano fijadas por la altura de leste oeste»), compuesto por Ruy Faleiro para el uso particular de Magallanes (t. III, p. 1.ª, páginas 660 y 661). Barros, que nació en 1496, encontrábase en África, en el fortín de la Mina, cuando llegaron á España los restos de la expedición de Magallanes, en 1522 (t. III, p. 1.ª, pág. 235).

[179] Déc. II, lib. II, capítulos 20 y 21; lib. IV, cap. 10 (t. I, páginas 103, 195 y 338).

[180] «Hombre hablador y de poca sustancia.» Parece que la diplomacia fué más activa cuando vino un embajador á Zaragoza á negociar el matrimonio de la hermana de Carlos V (doña Leonor) con el rey D. Manuel. «Se avisó á Magallanes que él y su amigo, el astrónomo Ruy Falero, serían asesinados (diplomáticamente), lo cual obligó al obispo de Burgos á ocultarles todas las noches en su palacio.

[181] Primo viaggio, pág. 36, y la Introduzione del señor Amoretti, páginas XX-XXVI.

[182] Antes hemos visto que estos testimonios contemporáneos nada nos enseñan acerca del lugar donde se encontraba el mapa. Pigafetta cita solamente los archivos (el tesoro) del Rey de Portugal. Gozaba de tan grande reputación un mapa veneciano, traído de Italia en 1428 por el infante D. Pedro, duque de Coimbra, hermano del famoso infante D. Enrique, duque de Viseo, y colocado en el convento de Alcobaça, que Francisco de Souza Tavares suponía haber visto indicado en él, como cola del dragón occidental de las Hespérides, el estrecho de Magallanes. (Antonio Galvano, Trat. dos descubr., página XV; Manuel di Faria y Sousa, Europa Portuguesa, tomo III, cap. I, pág. 554; Zurla, il Mappamondo di Fra Mauro, páginas 7, 86, 87 y 143; Vincent, Periplus of the Erythr., páginas 197 y 199.) Además, se creyó que era en el convento de Alcobaça donde Magallanes debió haber visto un mapa de Behaim. (Stuven, De vero Nov. Orbis inv., pág. 41; Tosen, Der wahre Entd., pág. 14). Aunque Behaim nació en 1430 y hasta 1479 ocupóse en comerciar en Alemania, no se temió atribuirle, sea el mapa veneciano de 1428, sea la copia del gran mapamundi del convento de los Camaldulenses de San Miguel de Murano, que el rey Alfonso V había hecho dibujar en 1459 en el taller de mapas de Fra Mauro y de Andrés Bianco (Zurla, pág. 85).

[183] Cosmographica disciplina, cap. II, pág. 22; De Universitate liber, pág. 37. Este hombre raro, perseguido por los teólogos, nació en 1510 y murió en 1581. Es uno de los pocos que antes de Bochart se ocuparon de la lingüística comparada, ciencia que, gracias á la filosofía y á los conocimientos más extensos en nuestro siglo, ha llegado á ser tan importante para la historia de los pueblos y su mutua filiación.

[184] Los cambios que ha sufrido la nomenclatura de los diferentes cabos de la isla de la Trinidad y la supuesta identidad de las partes del continente americano que Colón, en su tercer viaje, designó con el nombre de Isla Santa y de Tierra ó Isla de Gracia, han hecho dudosa la cuestión de saber si fué la parte de tierra firme vista por primera vez. He discutido este problema antes de la publicación de los documentos de Navarrete en la Relation historique, t. II, pág. 72, nota 3.ª La costa primeramente descubierta fué la oriental de la provincia de Cumaná, al este de Caño Macareo, cerca de Punta Redonda, parte baja llamada Isla Santa, y no la parte montañosa de la costa de Paria, que forma la costa NO. del golfo de las Perlas ó de la Ballena, paraje que Colón designaba con el nombre de Isla de Gracia. Cuando su primer viaje, en Noviembre de 1492, á las costas de Cuba, estaba persuadido el Almirante de que se encontraba en un continente («es cierto, dice, que ésta es la tierra firme», Diario, 1.º de Noviembre). Esta opinión, confirmada en el segundo viaje y solemnizada por el juramento de toda la tripulación el 12 de Junio de 1494, la conservó Colón hasta su vuelta de Paria á Haïti en 1498. Dice terminantemente: «En el viaje que yo fuí á descubrir la tierra firme estuve treinta y tres días sin concebir sueño, pero no se me dañaron los ojos ni se me rompieron de sangre y con tantos dolores como agora.» (Carta á los Reyes Católicos, conservada en el archivo del Infantado.) (Navarrete, t. I, páginas 46 y 252.)

Este convencimiento de Colón de no haber descubierto en 1498 sino un punto más meridional y más oriental del continente de Asia visto en 1492 y 1494, ha contribuído quizá á privarnos de una relación más detallada escrita por el mismo Almirante.

El martes 31 de Julio de 1498, un marinero de Huelva, Alonso Pérez, descubrió desde lo alto de un mástil una tierra de tres mogotes. Era el cabo SE. de la isla de la Trinidad, hoy Punta Galeota, llamada entonces Punta Galea según la carta del Almirante, y Punta Galera según su hijo D. Fernando. La Punta Galera de los hidrógrafos modernos, el cabo NE. de la Trinidad, nunca llegó á verla el Almirante.

El miércoles 1.º de Agosto, después de haber hecho aguada en la Punta de la Playa, en la costa meridional de la isla de la Trinidad, al este de la Punta del Arenal (cabo SE. de la isla, acaso en la embocadura de los arroyos Erin y Moruga) «vieron sobre la mano izquierda (la proa al oeste) la Tierra Firme á 25 leguas de distancia (esta valuación, como las siguientes, están aumentadas en la mitad), aunque pensaron que era otra isla, y creyéndolo así el Almirante, la puso por nombre Isla Santa.» Así lo dice el hijo de Colón (Vida del Almirante, cap. 67. Herrera, déc. I, lib. III, cap. 10, t. I, pág. 67. Véanse también los testimonios en el pleito del Fisco contra los herederos de Colón, Navarrete, doc. LXIX, t. III, págs. 539-551 y 579-583, entre los cuales se descubre la existencia de un manuscrito, en el que un marinero, Pedro Mateos, de la villa de Higuey, marcó en 1498 todas las montañas y los ríos, y se lo quitó Cristóbal Colón.)

No habla Colón en su carta á los Reyes Católicos de esta vista de Tierra Firme hacia el Sur, ni siquiera se encuentra en ella nombrada la Isla Santa, sin duda porque en el viaje desde la Margarita á Haïti había tenido tiempo de reflexionar acerca de la semejanza y probable unión de las costas continentales de la tierra baja más meridional de la Isla Santa y de la tierra montañosa y más septentrional de la Isla de Gracia. «Creyendo que era otra isla (dice Herrera siguiendo á Las Casas) distinta de Isla Santa, le puso nombre de Gracia, y le pareció altísima tierra.»

El 2 de Agosto se pasó por la Boca de la Sierpe hoy Canal del Soldado, por cuya abertura comunica el pequeño golfo de Paria ó de la Ballena, al Sur, con la mar. El día 5 de Agosto fué cuando por primera vez se puso el pie en el continente de América, á 5 leguas de distancia de cabo de Lapa, donde Pedro de Terreros hizo la risible ceremonia, tan repetida en nuestros dias, de una toma de posesión. La oftalmía impidió al Almirante desembarcar, pero no el hacer la «pintura de la tierra», que envió á los Monarcas, y que después guió á Alonso de Ojeda cuando, desde las costas de Surinam, vino al golfo de Paria (Segunda pregunta del Pleyto del fiscal, 1513-1515, Navarrete, t. III, páginas 5 y 359). Cabe sospechar que la circunstancia de no haber desembarcado indujo al piloto de la expedición, Pedro de Ledesma, quince años después, á decir en el pleito malignamente, y contra todos los demás testimonios, «que Colón descubrió la Punta de la Galea de la Trinidad, pero no la Tierra Firme que se dice ser Asia».

La expedición salió el 15 de Agosto por la abertura septentrional del golfo de Paria, y á ésta es á la que únicamente llama el Almirante Boca del Dragón. He juzgado conveniente poner en claro estos hechos, por el conocimiento detallado que adquirí de las localidades durante mi estancia en las montañas de Paria y en las misiones de Caribe.

[185] Los historiadores contemporáneos describen en los siguientes términos el carácter de este hombre valeroso: «Tenía favor por ser gran cortesano y de buenos dichos, hombre hijodalgo, modesto y de blanda condicion, hombre de á cavallo, tañedor de vihuela y trinchante á Don Enrique Enriquez, tio del Rey Católico.» Herrera, déc. I lib. VII, capítulos 7 y 16.

[186] Doy aquí los verdaderos límites de la Castilla del Oro en la época en que la Tierra Firme estaba explotada como en arrendamiento en provecho de los conquistadores que la habían descubierto (Navarrete, t. III, docs. núms. 1, 2 y 28, páginas 116, 170, 337 y 343; Humbolt, Relat. hist., t. III, página 538). En el mapamundi de Ribero, de 1529, la denominación de Castilla de Oro, que sólo corresponde á Uraba y al Darien, se aplica á toda la parte septentrional de Tierra Firme, mientras hasta 1508, como antes he demostrado, la denominada Nueva Andalucía (provincia de Cumaná) comprendía desde el cabo de la Vela al golfo de Uraba. Cuando el rey Fernando encargó en 1513 á su embajador en Roma, Mosen Jerónimo de Vich, negociar con el Papa la creación de un nuevo obispado en Nuestra Señora de Antigua (de la provincia de Darien), la Castilla de Oro fué llamada, en la jerarquía eclesiástica, Bætica aurea.

[187] Véase mi Relation historique, t. I, páginas 699-713, y tomo II, pág. 224.

[188] Geogr., lib. IV, cap. 9; lib. II, cap. 5, donde á «la tierra desconocida» que rodea el mar de la India al Mediodía se la nombra dos veces, mientras á mitad del mismo cap. 5 al mismo mar de la India se le compara, como mar cerrado, al Caspio. M. Gossellin (Rech., t. I, pág. 45), atribuye á Hipparco esta hipótesis de una división del Océano en muchas cuencas y la prolongación oriental del África. Hasta ha publicado dos mapas del sistema de Hipparco, presentando la tierra desconocida que une África y Asia. El único pasaje que se puede alegar en justificación de esta identidad de la geografía sistemática de Ptolomeo y de Hipparco (la era del primero de estos geógrafos está separada de la del segundo por Strabón y Posidonio, que, como Eratosthenes, eran de opinión contraria), encuéntrase en Strabón, lib. I, pág. 10. Alm., pág. 5, Cas. Trátase en este sitio de la división del Océano en muchas cuencas separadas por istmos y de la influencia probable de estos istmos en la desigualdad de los fenómenos de las mareas. No se nombra á Hipparco sino por haber combatido, conforme al testimonio de Seleuco el Babilonio, la identidad general de los fenómenos de flujo y reflujo; y aunque por inducción, estas opiniones ponen á Hipparco en oposición con Cratés, que admite la posibilidad de una circunnavegación, confieso, sin embargo, que el pasaje citado no me convence completamente de la desigualdad de configuración que, á la extensión en latitud, deben haber dado al África Ptolomeo é Hipparco, cerca del mar Erythreo.

[189] Antes dije la poderosa influencia que en la dirección de las ideas de Cristóbal Colón ejercieron los pasajes de Strabón, repetidos por el cardenal d’Ailly. He aquí un pasaje de Solino que, por sus afirmaciones positivas, produjo grande efecto en la Edad Media. «Omne illud mare ab India ad usque Gades voluit (Juba) intelligi navigabile, cori tantum flatibus.» Llámase también fastuosamente «loca stationum et spatiorum modum» (Solino, Ex. Plin., págs. 874-879). San Isidoro era de la misma opinión de Cratés, de Eratosthenes y de Solino (Orígenes, libro XIV, cap. V). El pasaje de Solino está tomado de Plinio (VI, 29), que comienza el Atlántico en el cabo Mosylon de Etiopía y reune en un mismo capítulo (II, 67) cuanto podía excitar el ardimiento de los marinos portugueses del siglo XV. El viento NO. (caurus ó argestes de los griegos) no está acertadamente elegido para explicar una navegación desde la India ó del mar Rojo á Cádiz; es, sin duda, una reminiscencia de la expedición de Eudoxio, en la cual Posidonio (Strabón, lib. II, página 157 Alm., pág. 99 Cas.) hace intervenir «continuos vientos del Oeste»; pero también Eudoxio procuraba dar la vuelta al África del Oeste al Este.

[190] Gesta Dei per francos, ed. 1611, t. II, páginas 281, 296; Marino Sanuto, á quien no se debe confundir con Livio Sanuto, geógrafo del siglo XVI, y que se llama á sí mismo en un manuscrito de la Biblioteca Laurentina de 1321 «Marinus Sanuto dictus Torxellus, de Venecciis», predicó acertadamente una cruzada en interés del comercio, deseando destruir la prosperidad de Egipto y dirigir todas las mercancías de la India por Bagdad, Bassora y Tauris (Tebriz) á Kaffa, Tana (Azov) y á las costas asiáticas del Mediterráneo. Nacido en 1260, compatriota y contemporáneo de Marco Polo, el viajero de Oriente, Sanuto no conoció el Milione, pero sí, probablemente, la geografía de Abu Rihan (Albiruni), de la que tomó datos Abulfeda. De carácter elevado, expone grandes miras de política comercial. (Antonio de Capmany, Memorias históricas sobre la marina de Barcelona, 1779, t. I, pág 40.) Es el Raynal de la Edad Media, sin la incredulidad de un abate filósofo del siglo XVIII.

[191] Il Milione, 1827, t. I, pág. CLV.

[192] Dissert., t. II, pág. 397.

[193] Il Mappamondo di Fra Mauro Camaldolese, descritto de lacido Zurla, 1806, párrafo 54.

[194] Zurla, párrafos 38, 39, 116-118.

[195] Ed. de Marco Polo, nota 1.419. Behaim ha figurado también estos islotes en el globo de Nuremberg, y pretende que no empezaron á ser habitados hasta 1285. (Murr, pág. 34.) La situación cerca del cabo de Guardafui no conviene en manera alguna con el dicho de Polo «verso mezzodi di Chesmacoran», que es la parte más occidental de l’India maggiore, á 500 millas de distancia.

[196] Diario del primer viaje, 13 y 15 de Enero (Navarrete, t. I, páginas 134 y 138); y cuarto viaje ( Nav., t. I, página 282). Matinino es Santa Lucía; Borodoni, Isolario, edición de 1547, pág. 15. La isla Matitina de Procacchi, Isole più famose, 1576, pág. 106, y del mapa de las Antillas de Wytfliet en las Descriptionis Ptolemaicæ argumentum sive Occidentis notitia (1597), paréceme que coincide mejor con la posición de la Martinica.

[197] Este archipiélago contiene Socotra (Socotora), Serendiv (Ceylán) y Kemr (Madagascar), situada al E. de Ceylán, según el mapa árabe que acompaña al hermoso manuscrito de Edrisi, de la Biblioteca Bodleyana, en Oxford. Por esta configuración extraordinaria dada al África oriental, á la costa de Zengis y á la de Sofala, Asia y África formaban un golfo inmenso (mar de Sind ó Hind), que en dirección, como el archipiélago, de O. al E. se extendía desde la desembocadura del mar Rojo hasta las extremidades orientales del mundo desconocido.

El globo de Behaim presenta la parte de esta serie de islas que traspasa el meridiano de Cathay, de Gog y de Magog, siendo la más próxima á las costas de España. Socotora y Zipangu son los puntos extremos de este archipiélago por el lado de la India. Antes de 1492 creíase que continuaba hacia el Este por medio de jalones apartados que formaban la Antilia, San Borondón y las Azores. Tal era la opinión de Toscanelli y de Colón, y puede formarse exacta idea de la esperanza de dichos grandes hombres de entrar por el Atlántico en esta zona continua de islas, cuando se conoce el tipo imaginario de la geografía árabe é italiana del siglo XV.

En el mapa de Edrisi queda abierto el mar de Hind hacia el Este; pero como reminiscencia del sistema de Ptolomeo, se prolonga la costa de Sofala hasta el meridiano de Cathay. Es verdaderamente extraordinario que, en oposición directa con el mapa del manuscrito de Oxford y de muchos textos de Edrisi, el sabio maronita Gabriel Sionita, en su comentario marginal del geógrafo nubiano, haya atribuído á éste la misma opinión de Ptolomeo, según la cual el mar de la India sería una cuenca cerrada (Edrisi, ed. de 1619, pág. 3, nota b). Esta falsa interpretación á que ha podido contribuir un pasaje algo obscuro de Edrisi (pág. 37) acerca de una tierra que está unida á la costa de Zengis (¿ó cercana?), ha sido copiada en otras obras, por lo demás, muy estimables (Sprengel, Gesch. der geogr. Entd., página 156). Hay siete mares, dice el Nubiano, de los cuales seis son como golfos del Océano Homerico (mare ambiens), y uno completamente separado, nulli parti prædictorum marium juncta. Ahora bien; como este solo mar, separado de los otros (Edrisi, pág. 243, repite las mismas palabras) es el Caspio ó mar de Tabarestán, y que, comparado al antiguo estado del Mediterráneo, es el mismo al cual llama (pág. 147) Stagnum undique clausum, no puede quedar duda alguna de que Edrisi creía el mar de la India abierto hacia el Este y en comunicación libre con el Océano. Lo dice claramente en la pág. 36, donde habla del enlace del mare piceum, la parte más oriental del mar de la India, con el mar de las Tinieblas, ó sea el Océano Atlántico, que baña (páginas 6, 39) las costas occidentales de África, la extremidad oriental (Vac-Vac) de dicho continente y las tierras septentrionales de Gog y de Magog.

[198] Baldelli, Milione, t. I, pág. 33. La sospecha de las adiciones fúndase en datos, al parecer, debidos á un monje, Talián, que recorrió la Etiopía. La conjetura de Ramusio y de tantos geógrafos modernos, de que Fra Mauro había copiado un mapa traído por Marco Polo del Catay, ha sido, en mi opinión, victoriosamente refutada por el cardenal Zurla (párrafos 136-143). La orientación del mapamundi de Mauro, en el cual el Mediodía, como en el planisferio de Velefri (del siglo XV), publicado por el sobrino del cardenal Borgia, está situado en la parte superior del mapa (cayendo, por tanto, el Oriente á la izquierda), choca, sin duda, cuando se recuerda que en China, donde, según las nuevas é ingeniosas investigaciones de M. Kalproth, los marinos se guiaban por medio de la brújula desde el siglo III de nuestra era, la aguja imantada lleva el nombre de aguja que muestra el Sur, Tchinantchin.

La dirección del comercio del Norte al Sur y al Suroeste daba especial importancia á la región meridional; pero las orientaciones de los mapas fueron, al parecer, por largo tiempo bastante arbitrarias. En el mapamundi circular de Andrés Bianco, mucho más antiguo que su Portulán de 1436, y hasta quizá copiado de un mapa del siglo XIII, el Sud está á la derecha, como también en el mapamundi de la Biblioteca de Turín, anejo á un comentario del Apocalipsis compuesto en el año 787 y transcrito en el siglo XII (Cod. manuscripti. Bibl. Taurín, 1749, t. II, página 29, Col. XCIII). El mapa fragmentario del monje Cosmas Indicopleustes, lo mismo que el mapa general de Edrisi, de la Biblioteca Boldeyana, que con frecuencia he citado, están orientados como acostumbramos á orientar nuestros mapas, el Oriente á la derecha. La antigüedad siguió generalmente el ejemplo de Homero (Iliada, XXII, 239; Strabón, lib. I, página 34 Cas.), que hace volar el águila á la derecha hacia la aurora y á la izquierda hacía la estancia de la noche (el Poniente). Sólo Empedocles trastorna, por decirlo así, los puntos cardinales en sentido diametralmente opuesto al método de Bianco, nombrando «la derecha del mundo el Norte y la izquierda el Sur (Plutarco, Plac. phil., II, 10; Stob., Ecl. phys., XVI, pág. 358). Esto es, como observa M. Lommatzsch, un reflejo de la doctrina egipcia (Plutarco, de Isid., c. 32), que considera el Oriente como «la cara del mundo»; lo cual, no para quien mira al Oriente, sino para quien vuelve el rostro al Occidente, sitúa (como dice Empedocles) el trópico del invierno, ó sea el Sur, á la izquierda. (Lomm., Weisch. des Emp., 1830, página 200.)

[199] Rennel, Inv. on Current., páginas 98, 138.

[200] Vies de personnages célebres, t. I, pág. 336. Recordaré, que en la punta austral de África abunda una especie particular de lobo, el chacal mesomelas; pero no es probable que el Junco de la India tocara en el cabo Diab.

[201] Dvipa (contraído en dip y div) es en sanscrito, según M. Bopp, hablando con propiedad, un compuesto posesivo, teniendo dos aguas, rodeado de agua por dos lados. Dvis pierde fácilmente la v, como lo prueba el adverbio numeral griego δὶς, en el cual el epiceno vau queda suprimido. En la explicación del nombre griego de Socotora (Dioscoridis Insula) fué donde Bochard procuró por primera vez, hace doscientos años, encontrar las palabras sanscritas Diu Socotra, impulsado quizá á ello por la palabra Iabadiu (isla de la Cebada) de Ptolomeo (VII, 2). No insistiré en la transformación de Diu Socotra en Dioscoridis Insula, conforme en rigor á la tendencia de los Helenos de formar mitos históricos por la alteración de nombres geográficos; pero cuéstame trabajo participar de la opinión de un sabio ilustre, cuyas opiniones causan generalmente profunda convicción en el ánimo del lector, de que Socotra sea una corrupción del apócope de Dioscórides. (Letronne, Materiaux pour l’histoire du Christianisme en Abyssinie, 1832, pág. 138.)

La isla de Socotora, habitada desde antiguos tiempos por colonos árabes é indios, era, no sólo por su posición á la entrada del mar Erythreo, importante para el comercio, sino también porque se la creía fértil en aloes, cuya especie, muy buscada en la antigüedad, se la llama aún en las farmacias Socotrina, adjetivo de Socotra, como se ve claramente en García, ab Horto Aromata, t. I, 2, pág. 14, ed. de 1567. «Insula Socotra (dice el geógrafo de la Nubia, pág. 23) nitida tellure, ferax arborum et pleraque ipsius germina sunt arbores aloës. Atque hæc aloë superat bonitate reliquas omnes, ut illam quæ colligitur in Hadhramut terræ Yemen.» Esta descripción recuerda la fábula árabe de que Aristóteles indujo á Alejandro á descubrir la isla de los Aloes, y el consejo de que, cuando el rey macedonio fuera personalmente á Socotora «telluris præstantia et aëris temperiem approbans», expulsara á los antiguos colonos y les reemplazara con griegos que cuidarían las plantaciones de aloes.

Creo que una isla que tanta celebridad gozó durante largo tiempo, muy bien podía merecer el nombre (sanscrito) de Sukhadhara, sitio de la felicidad ó isla felicísima, dvipa Sukhatara, que los Sres. Bopp y Bohlden reconocen casi sin ninguna alteración en Socotora. (Das alte Indien, t. II, pág. 139; Patt., Etym. Forsch. aus dem Gebiete der Indo German. Sprachen, 1833, pág. 80.) Al aloe, al jugo purgante, llámasele en sanscrito tarani. (Wilson, Lex., y Ainslie, Mat. med. Indica, t. I, pág. 10.) Creo encontrar esta palabra en el tarum de Plinio (XII, 20), sustancia aromática que se recibía por medio del comercio con los Nabatheos (García, ab Horto, lib. I, capítulo 16), sin haber conocido esta analogía con un nombre sanscrito, conjetura ya que el tarum de Plinio es la madera odorífica del aloes, el agallochon de Dioscórides, que el botánico de Anazarbe no confunde con ἀλόη. Mi sabio amigo M. Letronne recuerda que cerca de Suaken, en Abisinia, hay una montaña, Dyab, y ha hecho derivar este nombre como el de la isla Diabus y el de Dibus (probablemente la isla Dahlak), patria de Teófilo el Ariano, según Philostorgos, de una raíz árabe que significa oro (Christ. d’Abyssinie, pág. 139). Esta raíz es dseheb.

[202] «Parece que estas tierras de Ciguare, que son á diez jornadas de Río Gangues, están con Veragua como Tortosa con Fuenterrabía.» Estas palabras, bien expresivas para pintar dos mares opuestos uno á otro, sólo se encuentran en la carta rarísima de 7 de Julio de 1503 (Morelli, páginas 11 y 30; Navarrete, t. I, páginas 299 y 309), y no en la biografía escrita por el hijo de Colón.

[203] Déc. II, lib. I, cap. 7. En los despachos diplomáticos del embajador de Portugal Juan Méndez de Vasconcelos, correspondientes á los meses de Agosto y Septiembre de 1512, encontrados en los archivos de Lisboa (en la Torre do Tombo), las islas de las especias (Melucos) reconocidas desde 1511 por Antonio de Abreu, se confunden siempre con la península de Malaca. Háblase en ellos de la herejía de Solís, «que mostrara que Malaca está no demarcaçao de Castela».

[204] Reales cédulas de 28 de Julio de 1500 y de 8 de Junio de 1501 (Navarrete, t. III, páginas 41, 86, 88, 543 y 590). Parece probado que los ingleses, que llamaban la atención de la corte de España, no formaron parte de una expedición á Maracaybo que se cree realizada en 1499 y que se atribuye á Sebastián Cabot (Mem. Seb. Cabot, 1831, pág. 91-96 y 307-310). La península de Chichivacoa, que en el pleito con los herederos de Colón nómbrase generalmente Coquibacoa, y aun Quinquibacoa, está frente á la península de San Román, á la entrada del golfo (y no del lago) de Maracaibo. Es hoy un terreno casi completamente despoblado que, por su posición, gozaba de alguna celebridad política al principio del siglo XVI. El obispo Fonseca recomienda especialmente á Ojeda que le traiga «en cuanto pueda» piedras verdes, de las cuales tenía ya el prelado algunas muestras. Como sé por propia experiencia la gran distancia á que los indios del Orinoco y del Amazonas hacen pasar los productos que estiman de mucho precio, no me atrevo á resolver si estas piedras verdes eran esmeraldas de Muzo (de la meseta de Nueva Granada) ó las sassuritas (piedras del Amazonas), que Diego de Ordaz llama «esmeraldas gruesas como el puño» (Rel. hist., t. II, páginas 481-485, 571 y 689).

[205] Navarrete, t. III, páginas 24, 320.

[206] Docum. dipl. núm. 139; Navarrete, t. II, pág. 257.

[207] Informes del 20 de Enero de 1513 y del 16 de Octubre de 1515 (Navarrete, páginas 367, 379 y 380).

[208] Vida del Almirante, cap. 88, pág. 101; Herrera, t. I, página 104.

[209] (Navarrete, t. I, pág. 285.) Colón alude al primer viaje que realizó Ojeda con el sabio piloto Juan de la Cosa y con Vespucci (20 de Mayo de 1499; Junio de 1500) desde el río Essequivo hasta el cabo de la Vela, recorriendo, por tanto, toda la costa de Venezuela, más acá del meridiano del lago Maracaybo. La expedición de Rodrigo de Bastidas y de Juan de la Cosa fué la que continuó estos descubrimientos hacia el Oeste hasta el Puerto del Retrete. Ambos marinos salieron del puerto de Cádiz en Octubre de 1500. La expedición volvió á Haïti á fines de 1501 ó á principios de 1502, y á Cádiz (después de muchas peripecias) en Septiembre de 1502, cuatro meses después que Colón emprendió su cuarto viaje (Navarrete, t. III, páginas 26, 28 y 592).

[210] Herrera (déc. I, lib. 4, cap. 11.) y después de él Muñoz, se han equivocado en un año en la época del segundo viaje de Ojeda, el que hizo con Vergara, sin Juan de la Cosa y sin Vespucci, y que se verificó de Enero á Mayo de 1502 (Navarrete, t. III, páginas 29-37, 68, 170 y 593). Antes del primer viaje, en el que Ojeda mandaba sólo (1499-1500), sirvió en unión de Juan de la Cosa en la segunda expedición de Colón (1493 y 1496), y por tanto, á las órdenes del Almirante.

[211] Segunda pregunta del Fiscal. Colón había escrito á los Reyes Católicos en 1498: «Enviaré á Vuestras Altezas la pintura de la tierra (de Paria), y tengo asentado en el ánima que allí es el Paraíso terrenal.» Según Colón, á la extremidad del Este es donde el mapa y la cosmografía cristiana de Cosmas sitúan, en un continente separado del nuestro por el Océano, el origen del género humano.

[212] Véase mi Relation hist., t. II, pág. 706.

[213] La fecha de la edición es cierta, y posterior sólo en dos años á la muerte de Colón. Reidel, en su Coment. crítico-litteraria de Claudii Ptolomæi geographia ejusque codicibus (Norimb, 1737, pág. 52) pretende que sea de 1507, á causa «de una indicación in calce Planisphærii», que no he encontrado en ninguno de los ejemplares que he visto en Francia y Alemania. El privilegio del papa Julio II, de la edición de 1508, es de 1506; pero se encuentra literalmente repetido de la edición de 1507, notable por las primeras cartas modernas que presenta junto á los mapas de Agathodæmon.

[214] El monje Celestino de Benevento, sin nombrar á Vespucci, atribuye, al parecer, más bien á los portugueses que á los españoles el descubrimiento de la América meridional. En el antes citado cap. 14 escribe: «De tellure quam tum Lusitani, tum Columbus observavere, et Mundum appellant Novum vel terram Sanctæ Crucis.»

[215] Zurla, páginas 61, 62, 137 y 139.

[216] Á este célebre geógrafo preocupa la idea de que el estrecho fué descubierto antes de Magallanes. «Per fretum Magellanis fertur mare ab oriente in occidentem motu incitatissimo ut inde Magellanes (vel qui ante Magellanem id detexit, ut volunt) conjecerit fretum, per quod ex Atlantico in Pacificum Occanum pervenitur (Geogr. gen., Cant., 1681, pág. 119). Fretum Magellanes primus invenit et navigavit, 1520, etsi Vascus Nunnius de Valboa prius, nempe anno 1513, illud animadvertisse dicitur, cum ad australem regionem lustrandam isthic navigaret» (pág. 85). Sorprende encontrar en un autor instruído esta confusión de ideas y sucesos; el descubrimiento del istmo de Panamá, que es un estrecho terrestre, mezclado al descubrimiento de un estrecho oceánico.

[217] Nota del mapa original de Cruz Olmedilla, cuyos ejemplares han llegado á ser tan raros porque el Gobierno español ordenó en tiempo de Carlos III romper las planchas.

[218] El capitán Sarmiento de Gamboa (Viaje al estrecho de Magallanes, 1768, páginas VI y LXIII) es el primero que en 1579 entró en este archipiélago. Compárese tambien Agueros (Descripción hist. de la Prov. y del Archip. de Chiloe, 1791, página 128). Más al Sur, hacia el cabo Victoria, al archipiélago que limita la parte Noroeste del estrecho de Magallanes, ha dado recientemente el capitán King el nombre de Queen Adelaide’s Archipelago.

[219] Véase mi Essai politique (edic. de 1825, t. I, pág. 239).

[220] Herrera, déc. I, lib. X, cap. 3. Entre las cartas marinas conservadas en Hudson’s Bay House, hay un dibujo de las costas desde la bahía de Hudson hasta el Copperine River trazado rudamente por los indios (Barrow, Voyages into the Polar Regions, 1818, pág. 376).

[221] Por ejemplo, un marinero de la expedición de Bastidas á la costa de Santa Marta permaneció trece meses entre los indios, y fué recogido por Ojeda en 1502.

[222] Magallanes fondeó muy cerca de Port Desiré, en la isla de los Pinguinos, ó más bien de los Mancos (Aptenodytes, Forster), que los españoles llaman Pájaros Niños, porque andan vacilantes como los niños pequeños (Pigafetta, pág. 23; Sarmiento, pág. LIV). En el mismo pasaje de Pigafetta encuentro la primera descripción de un otario (foca de orejas exteriores); dice: «Lupi marini grossi come vitelli con orechie piccole é ronde.» El manco lo describió por primera vez Vasco de Gama, que le vió en una ensenada llamada Mossel-bay, 4° al E. del cabo de Buena Esperanza (Lichtenstein, en Vaterl. Mus., tomo I, pág. 394). Yo no he visto en las costas americanas del mar del Sur ni otarios ni mancos al norte de la isla de San Lorenzo, frente al Callao de Lima (latitud 12° 3′). Allí existen dos nuevas especies, que M. Meyen ha figurado recientemente en la parte zoológica de su Viaje alrededor del mundo, pl. 14 y 31. Á mayor distancia al O., los otarios se acercan mucho más al Ecuador, por ejemplo, en Nueva Guinea.

[223] No se ha explorado el río Santa Cruz más que hasta Weddels Bluff.

[224] La anchura de la América meridional, por los 52° 22′ de altitud austral, entre el cabo Pilares y el cabo de las Vírgenes, es, de O. á E., de 80 leguas marinas, mientras el desarrollo de las sinuosidades del estrecho de Magallanes, cuya mitad oriental tiene la dirección de SSO.-NNO., y la occidental ESE.-ONO., es de 108 leguas marinas de 20 al grado ecuatorial. La forma triangular de la extremidad austral de la América meridional es tan poco regular al S. de los 40° de latitud, que por dos veces, en el paralelo del golfo de San Jorge (latitud 45½°) y en el de la bahía de los Nodales hasta río Gallegos (latitud 51° 40′), la anchura del continente es menor que en el estrecho de Magallanes. Esta configuración de las costas, tan distinta de la que tienen en la extremidad del África, merecería ser fijada con más precisión por medio de buenas observaciones de longitud.

En la latitud del cabo de Buena Esperanza, la extremidad del continente africano presenta una costa de 150 leguas, casi enteramente dirigida de E. á O. Esta forma truncada desaparecería si el banco de las Agujas (Agulhas banc) se uniera al continente por un levantamiento submarino; entonces África terminaría en punta á los 36° 47′ de latitud austral, es decir, á 2° 52′ al S. de la ciudad del Cabo y 2° al S. del cabo Agulhas, que es hoy el punto más meridional de África. Estas extremidades meridionales de los continentes tienen especial interés geológico, y de esperar es que algún día se descubrirá si en la opuesta dirección de las partes orientales y occidentales del estrecho de Magallanes influye la dirección de las corrientes pelásgicas ó el yacimiento de las aristas de las rocas. Mr. King ha hecho ya la interesante observación que las islas sólo abundan en el estrecho, donde los grüstein son más frecuentes (Journ. of the Royal Geogr. Soc., 1832 vol. I, pág. 166). Además, esta nueva expedición inglesa, más aún que las de Córdova, Churruca y Galiano, ha probado la gran exactitud de la opinión de un navegante del siglo XVI, D. Ricardo Aquines (Herrera, descr. de las Ind. occ. pág. 49), según la cual, hasta los 56° de latitud (la del cabo de Hornos es efectivamente 55° 58′ 41″), toda la banda del Sur del estrecho, es decir, la Tierra de los Fuegos, como entonces se decía, «es un grupo de islas de distintos tamaños».

Según las investigaciones del capitán King, comandante del Acenture y del Beagle durante los años 1826 y 1830, la Tierra del Fuego la forman tres grandes islas, King Charles South Land (rodeada al Este por el estrecho de Le Maire), Clarence Island y South Desolation, cuya punta occidental es el cabo Pilares. El cabo de Hornos forma un islote de roca anfibolítica al SE. de la isla La Hermite, que en pequeño tiene la forma de Sicilia, y se encuentra, como las islas de Wollaston y Navarino, un poco al O. del meridíano del volcán de Basil Hall. En un viaje hacia el O., rasando el cabo de Hornos, se pasa entre las rocas de Diego Ramírez (latitud 56° 26′ 35″) y de San Ildefonso. Estos dos grupos de escollos están separados uno de otro más de 32 millas.

[225] Viaje al estr., p. IV. El mismo Magallanes llamó al estrecho por él descubierto Estrecho Patagónico, nombre que pronto cambió por el de Estrecho de la (nave) Victoria (Pigafetta, pág. 40).

[226] Herrera, déc. II, lib. 9, cap. 11. En las hermosas cartas que acompañan á la obra del mayor Rennell sobre las corrientes á la vasta bahía (latitud 41° 8′-42° 2′), que termina al Sur por la Península de San José, y que tiene una configuración tan extraordinaria, se la llama bahía de San Matías. Las cartas de la expedición de Malaspina, publicadas por el Depósito hidrográfico de Madrid, la dejan sin nombre. Comparando las latitudes de Magallanes y de su hábil compañero de fortuna Andrés de San Martín, á las latitudes determinadas en nuestros días, se ve que la suposición de un error de 1½° no puede admitirse, y que el nombre de San Matías conviene mejor á la bahía de Todos los Santos (latitud 39° 52′-40° 40′), entre el río Colorado y el río Negro de la costa patagónica. Tal es, al menos, el resultado de mis investigaciones.

[227] Primo viaggio, pág. 40.

[228] Aquí fué donde Serrano creyó observar, el 11 de Octubre de 1502, un eclipse de sol, «que en el meridiano debía verificarse á 10 h. 8 m. de la mañana»; pero según el extracto que Herrera (déc. II, lib. 9, cap. 14) nos da del Diario de Serrano, «el disco del sol no se obscureció ni totalmente ni en parte, y sólo se vió que al empezar el eclipse, estando el astro á 42½° de altura, cambió su color en rojo obscuro, tal como se ve en Castilla al través del humo de rastrojos ardiendo». Cesó este fenómeno cuando estuvo el sol á 44½° de altura. Esta observación, que Pigafetta no menciona y de que habla Herrera por manera tan ininteligible, no está hecha, ciertamente, para dar un resultado de longitud; sin embargo, Castañada (Hist. delle Indie, lib. VI, pág. 103) pretende que Magallanes determinó, «por el eclipse de sol de 17 de Abril de 1520, y conforme á las reglas que le había dado Faleiro, que había 61° de diferencia de longitud entre Sevilla y el río de Santa Cruz». Esta valuación sólo tiene el error de 1½° de menos, exactitud muy notable para el año de 1520 si se recuerda que Barros (déc. III, libro 5.º, cap. 9) presenta resultados extraordinariamente contradictorios que se obtenían conforme á las mismas reglas de Faleiro. Además, ni Magallanes ni Serrano fueron en Abril á la desembocadura del río Santa Cruz, y Castañada confunde probablemente el eclipse de sol de 11 de Octubre con uno de los ensayos de observaciones de conjunción que hizo el cosmógrafo Andrés de San Martín, durante la estancia de la expedición en Río San Julián, «según la industria de Ruy Faleiro», como dicen los documentos reunidos por Herrera. Magallanes partió de Sanlúcar el 21 de Septiembre de 1519, tocó en el Río de la Plata á principios de Enero de 1520, en la bahía de San Matías el 15 de Febrero, en Río San Julián el 2 de Abril, en río Santa Cruz el 14 de Septiembre, y en el cabo de las Vírgenes el 21 de Octubre de 1520.

[229] El globo de Behaim, construído en Nuremberg en 1492, no presenta más que la isla de San Brandán, que, como se sabe, ya figuraba en los mapas del siglo XIV. La absoluta ignorancia de Behaim en 1492 sobre la existencia de los Bacalaos (Terranova), confirma los argumentos con que el autor del Memoir of Sebastián Cabot (1831, páginas 286-289) combate la existencia de un viaje de descubrimientos á la costa Noroeste de América, hecho en 1484 por Juan Vas Cortereal. Sabemos, por la historia de las islas portuguesas de Cordeyro, que este personaje era gobernador de Tercera, y sería raro que viviendo Behaim en las Azores no hubiera tenido conocimiento de tierras occidentales vistas por Juan Vas Cortereal.

[230] Murr, pág. 47; Mannert, Einl. in die Geogr. der Alten, pág. 173. Cuando Schoner, natural de Carlstadt, en Franconia, fué llamado por Melanchthon de Bamberg á Nuremberg para desempeñar la cátedra de matemáticas, llevó consigo el globo. Este globo, de 2 pies, 10 pulgadas y 6 líneas de diámetro, encuéntrase colocado en la biblioteca de la Municipalidad (Stadtbibliothek). El tratado de Circulis Sphæræ (Tiguri, 1546), que también contiene una carta con el istmo de Panamá atravesado por un estrecho, no es, sin embargo, de Schoner, porque se ve en su obra Optisculum Geographicum ex diversorum libris et cartis collectum que en 1533 conocía (capítulo XX) la expedición de Magallanes («ducis navium invictissimi Cæsaris divi Caroli»). El paso del Noroeste, buscado recientemente por Parry y Ross, figura como abierto al Norte de un vasto continente llamado Terra Baccalearum en el mapamundi del Opusculum Geographicum Joannis Myritii Melitensis (Ingolstadt, 1590), pág. 60.

[231] Klaproth, Notice d’une Mappemonde et d’une Cosmographie chinoises, 1833, pág. 85. Véase también Nov. Journ. Asiat., t. XI, pág. 66.

[232] M. Letronne, en su edición de Dicuil, página 12. De igual manera κέρας significa geográficamente, ó un promontorio, ó, en sentido negativo, la desembocadura de un río ó de un golfo (Strabón, lib. X, pág. 458 Cas.; Hesiodo, Theog., 789, y los Fragmentos de Hannon).

[233] Véase en los dos primeros capítulos de esta obra la influencia que en el ánimo de Colón ejerció la erudición clásica.

[234] Malpaghino, propiamente Juan Malpighi de Ravena (Heeren, Gesh. der Classiker. Einl., pár. 162).

[235] Estas denominaciones, tomadas de una ciencia que aun no existía, la geografía de las plantas, las aplica ya Ptolomeo á Africa y Asia á la vez. La Myrrhifera regio está situada (Geogr., lib. IV, cap. 9, pág. 114) cerca del Coloë Palus, en las fuentes del Astapus, y (lib. VI, cap. 7, pág. 154) junto al golfo Sachalites, al E. del Hadramaüt, en un país montañoso, fértil en smyrna y en libanotos. Confundiéronse durante largo tiempo las comarcas que producían los aromas y las especias, con las en que se hacía el comercio de almacenaje de estas mercancías; y aunque Herodoto ya oyó decir que el cinamomum nacía en el país donde fué criado Baco, aludiendo sin duda á la India (Heeren, II, 1, pág. 101), y no á Arabia (Herodoto, III, 107), costaba trabajo, aun en los tiempos modernos de la escuela de Alejandría, no buscar la cinnamomifera regio en África, más allá de la costa de los Trogloditas. El rey Juba, único autor que reunió el conocimiento de la literatura de Cartago (Amm. Marcell, XXXII, 15) al de la literatura romana, esclareció mucho, en la época de Augusto, todo lo relativo al comercio de los aromas de Oriente y á los caminos de las caravanas (Plinio, VI, 28, 29; XII, 14) que conducían estos preciosos productos; pero una antigua preocupación influía siempre para confundir la India con las costas á donde se podía llegar yendo por el estrecho de Bab el Mandeb al mar Erythreo.

[236] Dión, Perieg, V, 589; Mela, III, cap. 7, pár. 70, el cual añade ingeniosamente: «Aurei soli (ita veteres tradidere) aut ex re nomen aut ex vocabulo fabula»; Plinio, VI, 21; Ptolomeo, Geogr., VII, cap. 2, pág. 176 (no está nombrado Argyré). Peudo-Arriano, maris Erythr., compuesto, según Letronne (Christianisne d’Abyssinie, pág. 47), en tiempo de Séptimo Severo ó de Caracalla.

[237] Véase mi Essai politique sur la Nouvelle Espagne, t. III, página 457, segunda edición.

[238] Este delicado procedimiento está descrito en la carta fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503. Recuerda casi involuntariamente un rasgo de franqueza de otro grande hombre de la misma época, Hernán Cortes, que no habiendo recibido todavía á los embajadores de Moctezuma, asegura á su soberano, en carta escrita en la Rica villa de la Frontera, «que este rico y poderoso señor» (mejicano) preso ó muerto, debe caer en sus manos. Cartas publicadas por el Arzobispo de Mexico (después cardenal) Lorenzana, pág. 39.

[239] Carta del tercer viaje, de letra de Fray Bartolomé de las Casas, conservada en los archivos del Duque del Infantado (Navarrete, t. I, pág. 244). El nombre de Sophira que los Setenta dan al Ophir, recuerda, en Ptolomeo, más aún que la metrópoli Sappara de Arabia (lib VI, cap. 7, pág. 156) el Soupara de la India (lib. VII, cap. 1, pág. 168), en el golfo de Cambaye (Barygazenus Sinus), que Hésychio llama «región célebre en oro». Es el Upara (mal expresado) del Periplo del mar Erythreo (Geogr. minor., t. I, pág. 30). Véase también Gosselin, Rech., t. III, pág. 208 y las nuevas y curiosas disertaciones de M. Federico Keil, Ueber die Hiram Salomonische Schiffahrt, Dorpat, 1834, páginas 40-455.

[240] Behaim pone á continuación de estas tierras (desde los 40° de latitud austral á los 38 de latitud boreal), Java minor, Angama (Angaman de Marco Polo, sin duda una corrupción de Andaman, los Maniola de Ptolomeo), Java minor, Insula Candyn, Argyré, Crisis, Thilis y Zipangut en el Oceanus Indiæ superioris; finalmente, las islas Cathai en el Oceanus Indiæ orientalis, que se extiende al Norte hasta los 50°.

[241] Barros (déc. I, lib. III, cap. 11) llama á Colón «eloquente e bon latino, o qual decia que venha de l’isla Cypango e trazia muito ouro». En la Vida del Almirante, publicada por su hijo (cap. 40), háblase largamente de la visita que hizo á la Corte en el palacio de Valdeparaíso, cerca de Lisboa, y en el Diario de la primera navegación, conservado por Las Casas, se menciona la vuelta de la India y los Indios que mostraba. Muñoz se inclina á creer (lib. IV, § 12), que el Almirante citaba engañosamente á Zipangu, para desvanecer toda sospecha de que venía de una tierra comprendida en la capitulación ajustada entre Portugal y España, por ejemplo de las costas de África, ó, como se decía entonces, de la Mina de Portugal y de Guinea. Pero examinando atentamente el Diario de Colón y los escritos de su hijo, comprendo que el supuesto engaño era íntima persuasión. Comprometido el Almirante á decir dónde había estado, optaba por la isla de Zipangu (Cipango), que le había dado á conocer el itinerario proyectado por Toscanelli en 1574 y que preocupaba tanto su imaginación, que cinco días antes del descubrimiento de Guanahaní declaró á Martín Alonso Pinzón deseaba más ir primero á tierra firme (al Asia) y después á las islas, entre las cuales se encontraba Cipango (Navarrete, t. I, pág. 17).

El hijo de Colón (cap. 20) dice positivamente «que su padre esperaba ver tierra á 750 leguas al Oeste de Canarias; y que hubiera hallado la Española, llamada entonces Cipango, de no saber que se decía estar á lo largo de Tramontana á medio día, y por eso quedaba á la izquierda».

Después del descubrimiento de Guanahaní el 13 de Octubre, aun expresa Colón en su Diario el deseo «de topar á la isla de Cipango»; pero antes de llegar á ella, costea por el NO. la isla de Cuba, cree que es un continente y que se encuentra á más de cien leguas de distancia de las grandes ciudades del Cathay (Zaitum y Quinsai), que por las narraciones de Marco Polo le había ponderado Toscanelli. «Y es cierto, dice el Almirante, questa es la tierra firme, y que estoy ante Zayto y Guinsay»; Diario, 1.º de Noviembre de 1492.

Posteriormente, según veremos en una carta al contador Santángel (á bordo de la carabela, cerca de las islas Canarias, el 15 de Febrero de 1493), llama de nuevo á Cuba una isla, pero extraordinariamente atento á la analogía de las denominaciones geográficas, consigna con interés en su Diario que el Rey de la Española, llamada por los indígenas la isla Bohio, aseguraba que muy cerca de allí, en Cipango, á que ellos llamaban Civao (era una comarca de la Española que aun se llama así), había mucho oro. Una semejanza accidental de sonido favoreció, pues, tal idea en la viva imaginación del Almirante.

El secretario del Senado de Bruselas, Wytfliet, en una Geografía americana aneja á la edición de la Geografía de Ptolomeo de 1597, nos recuerda que los habitantes (caribes) de Matitina tenían en su isla montañas llamadas Cipangi y que por analogía designaban con el mismo nombre los países montañosos de la Hispaniola (Descriptionis Ptolemaicæ argumentum sive occidentis notitia, studio Cornelli Wytfliet. Lovaina, 1597, páginas 146 y 166).

Como complemento de las opiniones sistemáticas que guiaban á Colón, observaré al terminar esta nota que, según su hijo (capítulos 7 y 29), tomaba las Azores por la Atlántida, las islas de Cabo Verde por las Gorgonas, y el Este de la India, á cuarenta días de navegación, por las Hespérides.

[242] Strabón (lib. II, pág. 127). En el admirable pasaje acerca de las ventajas de Europa.

[243] En la expedición que hice por orden del emperador Nicolás á la Rusia asiática, cuando dos de mis compañeros de viaje, el Sr. Schmidt y el Conde de Polier, descubrieron en la pendiente occidental del Ural, casi á los 60 grados de latitud Norte, los primeros diamantes hallados en Europa, dudóse al pronto de la realidad del descubrimiento, «porque los verdaderos diamantes corresponden al clima de las Indias».

[244] Al País del Oro, Chavilán, el antiguo Dorado del Phase se le daba, á causa de su misma riqueza y á pesar de su posición boreal, el nombre de India Póntica (Rosenmuller, Bibl. de Alterh, t. I, pág. 204).

[245] «Americus Vespucius maritima loca Indiæ superioris perlustrans cam partem quæ superioris Indæ est, credidit esse insulam: alii vero nunc recentiores hydographi (V. C. Magellanus, 1519) cam terram ulterius ex ulla parte invenerunt esse continentem Asiæ.» Tal es la opinión emitida en 1533 por Schoner, Op. geogr., p. II, cap. 1 y 20.

[246] Dirección casi paralela á las costas occidentales del antiguo continente (SSN.-NE.), desde los cabos Blanco y Bojador al cabo Norte en Noruega.

[247] Á quien objetara acerca de la incertidumbre de esta posición, recordaría que el capitán Sabine, en su animoso viaje para la determinación de la figura de la tierra por la observación del pendulo, llegó en 1823 en esta costa hasta los 76° de latitud, al Norte de Roseneath-Inlet, estando ya á 1½° de la tierra de Edam, en la longitud de 21° 23′. Mapas anteriores avanzan la Groenlandia más al Este, de suerte que la parte más oriental caía bajo el meridiano de Edimburgo.

[248] Desde la extremidad septentrional de Escocia á Islandia hay 162 leguas marinas; desde Islandia á la extremidad suroeste de la Groenlandia, 240; desde esta extremidad á las costas del Labrador, 140; á la embocadura del San Lorenzo, 260, Desde Islandia directamente al Labrador, 380 leguas. Desde Portugal (desembocadura del Tajo) á las Azores (San Miguel), 247 leguas; desde las Azores (Corvo) á Nueva Escocia, 412; desde Canarias (Tenerife) al continente de la América meridional (á la desembocadura del Oyapok, en la Guayana francesa, suponiendo el fuerte de Cayena, como lo determina M. Givry, á 3° 38′ 35″), 320 leguas marinas.

[249] La diferencia de longitud de 148½° arroja unos 59½° menos que el máximum de anchura del antiguo continente entre los meridianos del cabo Oriental (estrecho de Behring) y el cabo Verde de África. Esta diferencia se funda en las observaciones de los Sres. Beechey y Sabine. Si se limita la masa verdaderamente continental, desde el cabo del Príncipe de Gales (estrecho de Behring) hasta el cabo de San Luis (Labrador), se obtendrán 112° 35′.

[250] Conforme á las observaciones hechas durante la expedición del Blossom (Beechey, t. II, pág. 673), la anchura del estrecho de Behring esta determinada por la posición del cabo Est (de Asia), latitud 66° 3′ 10″; longitud de París, 172° 4′ 14″, y por la del cabo (de América) del Príncipe de Gales, latitud 65° 33′ 30″; longitud 170° 19′ 34″. La distancia entre los dos cabos es, por tanto, haciendo el cálculo en la suposición de ser la tierra perfectamente esférica, de 52° 9′ 2″. Cook creía que el estrecho sólo tenía de ancho 44 millas. Casi en medio del canal se encuentran las islas de San Diomedes (islas de Krusenstern, Ratmanoff y Fairway-Rock).

[251] Adelbert von Chamisso, Bemerkungen auf der Entdeckungs Reise des Rurik, 1821, páginas 166 y 177. La altura á que llegan los pinos, agrupados en pequeños bosques en la bahía de Norton, frente al promontorio pedregoso Tchukotzkoy-Noss y del golfo de Anadyr, prueba especialmente esta diferencia de temperatura entre las dos costas, oriental y occidental.

[252] Empleo la nomenclatura hidrográfica de M. de Fleurieu.

[253] Humboldt, Tableaux de la Nature (2.ª edición), t. I, página 169.

[254] Al fervoroso celo de estos religiosos viajeros débense los más preciados conocimientos del estado del Asia central desde el siglo V hasta el VII. Baste nombrar aquí al viajero budhista Fahian, que partió de Tchhangan para ir á las montañas Tsungling el año 399, y cuyo libro, titulado Foe Koué Ki, Relación de los reinos Búdhicos, traducido por Abel Remusat y comentado por este sabio y por Klaproth, es una relación circunstanciada del viaje. Otro descubrimiento reciente hecho por este célebre sinólogo, el viaje de Hiuan-Thsang, en la Transoxiana, los alrededores del lago Temurtu, el Candahar, el valle de Pamilo (Pamir) y la India (desde Palibothra ó Pataliputra á Ceylan), hacia los años 630 á 650, ofrecerá mucho mayor interés.

[255] Recherches sur le pays de Fusang mentionné dans les livres chinois et pris mal à propos pour una partie de l’Amérique (Nouv. Anales des voyages, t. XXI, 2.ª serie).

[256] Es una analogía curiosa que presenta el país de las viñas de Fusang (la América china de Deguignes) con el Vinland de los primeros descubrimientos scandinavos en las costas orientales de América.

[257] He aquí cómo M. Klaproth explica este error geográfico, propagado con obstinación en los mapas más modernos. Cuando los mapas formados por orden de Khang-hi se publicaron en Pekín, los jesuítas enviaron á Francia un ejemplar, acompañado de calcos, en los que solamente se habían transcrito algunos nombres chinos en caracteres romanos. En estos calcos, que d’Anville redujo para la obra del P. Duhalde, y que se conservan en París, había cerca de la desembocadura del río Amur ó Sakhalian-ula (río negro) estas palabras, escritas en mandchu: Sakhalian angga khada, que significan «Rocas de la desembocadura negra». Esta designación de algunos peñascos situados en el cauce del Amur, la tomó d’Anville por el nombre de la grande isla que los indígenas llaman Taaïkaï y los japoneses Karafto, del nombre de uno de los cabos que avanzan en el mar hacia la parte septentrional del Yeso. El nombre de Tchoka, que La Perouse da á Taraïkaï, pertenece á la costa occidental. Los sucesores de d’Anville han abreviado el Sakhalian angga khada en Sakhalien ó Saghalien. Véase Notice des travaux executés en Chine pour dreser la carte de cet empire, pág. 26.

[258] Nouvelle Journal asiatique, 1832, pág. 335.

[259] El Wenchin es la punta meridional de la isla de Yeso, ocupada por los Aïnos (velludos), que todavía tienen en nuestros días la costumbre de pintarse en el rostro y cuerpo diferentes figuras (Klaproth, Sur le Fousang, pág. 10, y Annales des Empereurs du Japon, 1834, p. VIII).

[260] Historia general de las Indias, pág. 117.

[261] Historical Researches on the conquest of Peru, Mexico, and Bogotá in the thirteenth century by the Mongols, 1827, páginas 34-45. Esta obra está íntimamente relacionada con otra que lleva por titulo Researches on the wars and sports of the Mongols and Romans, 1826.

[262] El espacio de 20° de longitud entre la isla de Pascuas y las islas de San Félix, San Ambrosio y Juan Fernández está ocupado por las Sporadas de Salas y Gómez, de Pilgrín, de Warehams Rocks y de Masafuera. Desde la isla de Pascuas conducen á las islas de la Sociedad (á través de un espacio de 40° de longitud) las Sporadas de Ducies, Elisabeth, Pitcairn (donde reside la familia anglo-polinesia del viejo marinero Adams, de la insurrección del Bounty), Crescent, Gambier y Hood. La gran serie de islas que con más continuidad se extiende desde Nueva Holanda á la América del Sur, encuéntrase casi completamente encerrada entre los 15° y 28° de latitud austral. Se desvía en dirección SE. de la isla de Pascuas á la Juan Fernández y se une al O. con un sistema de islas completamente distinto (dirigido S. N.) por medio de las islas Scarboroug y Radak en las Carolinas, como por éstas y las islas Pelew al gran archipiélago de las Filipinas.

[263] Carte du mouvement des eaux á la surface de la mer dans le Grand Ocean austral, par le capitaine Duperrey, 1831. La corriente que se dirige hacia las costas de Concepción y de Valdivia divídese, siguiendo las costas de Chile hacia el Sur y hacia el Norte á la vez. Es un punto de partida análogo á los conocidos en la costa occidental de África entre la bahía de Biafra y el cabo López, y en las costas del Brasil al Sur del cabo San Roque. (Rennell, Invest. of the Currents of the Atlant. Ocean, 1832, páginas 136 y 228.) El brazo septentrional de la corriente de Chile es el que he dado á conocer por su baja temperatura. El termómetro centígrado marca en la corriente 15°, 7 y fuera de la corriente 26°,4 á 29°, 7. (Relat. hist., t. III, página 508). Como el movimiento parcial de las aguas ha ejercido una influencia notable en la distribución de una misma raza de hombres y en la filiación de los idiomas (dialectos), debo también recordar aquí la existencia de corrientes hacia el NE., observadas algunas veces en la región tropical, aun dentro del límite de los vientos alisios del SE. y del NE. (Beechey, t. II, página 676; Meyen, Reise um die Erde auf der Prinzessin Luise, 1835, t. II, páginas 84-88).

[264] Calculando en la hipótesis de la tierra esférica, hay desde el cabo San Roque (lat. aust., 5° 28′ 17″; long. 37° 37′ 26″) al cabo Roxo (lat. bor., 12° 20′, long. 19° 14′), 1.531,2 millas marinas. Desde el cabo San Roque á Sierra Leona (lat. 8° 29′ 55″, long. 15° 39′ 24″), 1.558,7 millas.

[265] Del promontorio de Irlanda al Sur de Tralee (lat. 52° 20′, long. 12° 40′) al cabo Charles de Labrador (lat. 52° 11′, longitud 57° 40′), 1625,7 millas.

[266] Cabo Wrath (extremidad NO. de Escocia), lat. 58° 39′, long. 7° 18′. Cabo Barclay (al Sur de la bahía Scoresby) latitud 69° 10′, long. 26° 4′, distancia 807 millas marinas.

[267] Los brezos, que se creía faltaban en toda América como al NE. de Siberia, se han encontrado recientemente en el interior de la isla de Terranova.

[268] Humboldt, De dist. geogr. plant. secundum cœli temperiem et alt. montium, 1817, páginas 61-67.

[269] Como las Avicennia tomentosa, Suriana maritima, Jassiena erecta, etc., etc.

[270] Otros ejemplos de dicotiledóneas comunes á las costas equinocciales de África y de América, son Sida juncea, Pterocarpus lunatus, Æschinomene sensiviva, Scoparia dulcis y el Dodonœa viscosa, que yo he recogido en Méjico en la meseta de Guanajuato y en las colinas de lavas aglomeradas cerca de Río Mayo, en el camino de Popayán á Pasto, mientras el Sr. Perrottet la ha encontrado en el Senegal (Robert Brown, Rem. on the botany of the Congo River, pág. 57. Perrottet, Guillemin y Richard, Flore de la Senegambie, 1831, páginas 18, 41 y 73).

[271] Forma ó derivación notable de las palabras Calina y Callinago (que es el nombre que se daba á sí mismo el pueblo caribe), del cual los eruditos (propter rabiem caninam anthropophagorum gentis) han hecho canibales para latinizarlos más. García en sus fantasías semíticas (Origen de los Americanos, pág. 68), deriva la palabra canibal de Anníbal y de la lengua fenicia (Relat. hist., t. II, pág. 503; t. III, páginas 10 y 537).

[272] Déc. I, lib. III, cap. 9.

[273] Pedro Mártir, Ocean., páginas 22 y 65. Acaso el indígena á que se refiere lo que conocía eran los libros de jeroglificos de los pueblos mejicanos y del alto Perú.

[274] Las traquitas sólo asoman al través de las rocas en Islandia, donde el centro de la isla está cortado por un valle longitudinal traquítico en dirección del SO. al NE., valle descrito recientemente, sobre el terreno, en una interesante memoria geognóstica de M. Krug de Nidda (Karsten, Archiv. der Mineralogie, t. I, VII, páginas 425 y 455). Mr. Leopoldo de Buch había señalado ya la conformidad de esta dirección con la de la costa oriental de la Groenlandia (Canar. Inseln, pág. 335).

Acerca de los runos en el León de Venecia véase Grimm, Deutsche Runen, p. 209.

[275] Herrera no ha tenido para nada en cuenta las piezas del pleito que el fisco promovió contra D. Diego Colón, hijo del Almirante (déc. II, lib. I, cap. 7). Sólo las conocemos desde hace cuatro años por los extractos de Muñoz y de Navarrete (tomo III, páginas 559, 560 y 595). Entre las veinticuatro preguntas interrogatorias de la información fiscal, terminada en 1515, la once y doce refiérense á dicho libro ó escrito misterioso que permitió á Martín Alonso Pinzón «dar noticia á Colón de la existencia de tierras al Oeste». Este Pinzón es el mismo que mandaba la Pinta en el primer viaje y que murió pocas semanas después de su vuelta á España, mortificado porque la reina Isabel no quiso recibirle solo y antes que al Almirante en Barcelona. Arias Pérez, hijo de Martín Alonso Pinzón, acompañó á su padre á Roma para asuntos comerciales, y vió las escrituras que un bibliotecario «gran cosmógrafo» les enseñó y cuya vista tan viva impresión dejó en el ánimo de su padre que, desde su vuelta á Palos, sin conocer aún los proyectos de Colón, «resolvió armar dos carabelas para descubrir las cosas que vió en Roma en el mapamundo. El fiscal añade á este cargo un cuento verdaderamente fabuloso, cual es, que Martín Alonso Pinzón comunicó á Colón una fórmula atribuida al rey Salomón, y que consistía en la indicación del camino á la tierra de Campanso, la cual decía así: «Navegarás por el mar Mediterráneo hasta el fin Despaña, é allí al poniente del sol, entre el norte é el medio día por vía temperada fasta 95 grados del camino, é fallarás una tierra de Campanso, la cual es tan fértil y abundosa, é con su grandeza sojuzgarás á África é á Uropa.» No entiendo lo que quiere decir ese «camino de 95 grados», que sin duda no son grados de longitud, ni ese Ophir del Occidente llamado Campanso (Cipango?); pero creo muy probable que la anécdota del bibliotecario cosmógrafo sea en el fondo verdadera. Natural es que se apresuraran á mostrar á un marino tan grande é intrépido como Alonso Pinzón algunas cartas ó mapamundi que los bibliotecarios de Italia poseían entonces en gran número. La vista de la isla de Brazir en un mapa de Picigano (1367), ó de la Antilia, de Andrés Bianco (1436), podía muy bien excitar la imaginación del marino español. No fué ciertamente él quien ocasionó la expedición de Colón, que mucho antes de su correspondencia con Toscanelli, el año de 1474, cuando vivía en Portugal, alimentaba ya el proyecto de ir á la India por Occidente; pero la relación de lo que Alonso pretendía haber sabido en Roma, pudo muy bien influir para que el Almirante se relacionara con esta familia rica y poderosa de los Pinzones, que facilitó la primera empresa. Arias Pérez Pinzón heredó, al parecer, el odio que su padre Alonso había concebido contra el Almirante á la vuelta del primer viaje, y amplificaría sin duda el relato, pretendiendo (para perjudicar los intereses de don Diego Colón) que el célebre marino de Palos hubiera podido hacer el descubrimiento del Nuevo Mundo sin más que los indicios que el manuscrito de Roma le había proporcionado.

[276] Recherches geogr. et crit. sur le livre de Mens. Orbis terræ, 1814, páginas 129-146.

[277] Véase la historia de Islandia en el Islendenga Sögur, y la historia de las islas Færoes en el Færcyinga Saga.

[278] Letronne, Additions, páginas 90-93.

[279] Olafsen y Povelsen afirman (Reise durch. Island, tomo II, pág. 124) que el Bygde Papyle, en el Hornefiord, se llama así por haber habitado allí los Papar, primeros sacerdotes irlandeses.

[280] Olafsen, t. I, pág. 40; t. II, pág. 132. En el intervalo entre Naddoc é Ingulf se realizan las expediciones pasajeras de Gardar, Suaffarson y de Flocco.

[281] Véase Undersögelses Reise til Ostkysten of Grönland, 1832. El yacimiento de la costa oriental de Groenlandia no está reconocido entre los paralelos de 65°¾ y 69¼. Éste es el intervalo entre los límites boreales y australes de los estudios de las costas hechos por Mr. Graah y por Scoresby. La distancia de las costas opuestas sólo está indicada por aproximación.

[282] Véase el excelente informe de M. Magnus Stephenson en Hooker’s Tour in Iceland, pág. 423. La suposición de una distancia de 156 millas daría á este fenómeno luminoso, situada la vista en el horizonte, una elevación de 20.000 pies. En la Groenlandia, recorrida por M. Giseke y otros naturalistas, se han encontrado basaltos y doleritas, pero no traquitas y volcanes en actividad. Acaso la erupción luminosa fué en el mar, y, por tanto, más cerca de Islandia; sin embargo, los fuegos que se elevaron en tres inmensas columnas el 11 de Junio de 1783, cerca de los ríos Skapta y Hwerfisfliôt, fueron también vistos, según M. Magnus Stephenson, á distancia de 56 leguas marinas (Hooker’s Tour, pág. 409).

[283] Mem. de la Société Econom. de Copenhague, t. IV, página 239.

[284] La desgraciada Misión de Uppernavik fué quemada, en las últimas guerras, por los balleneros ingleses.

[285] Mr. Graah marca la dirección de las corrientes entre los paralelos de 64½° y del cabo Farewell, hacia el ONO., y á lo largo de la costa occidental desde el cabo Farewell hasta la isla Disco, hacia el NNE., lo que está en contradicción completa con el mapa general de las corrientes del mayor Rennell.

[286] Vudersög Reise, páginas 3, 169, 185, 188 y 190.

[287] Antigvariske Annaler, t. V (1827), páginas 309, 324, 368 y 377.

[288] Los caracteres rúnicos de la famosa piedra de la Isla de las Mujeres, en la parte oriental del mar de Baffin, en una latitud donde no se esperaba ver estos restos de cultura europea, han sido grabados muchas veces en Dinamarca y Alemania. He creído que debía dar la interpretación, por decirlo así, oficial, publicada por la Sociedad de Anticuarios de Copenhague, que tan grandes servicios ha prestado á la historia y á la geografía de las regiones boreales. Esta interpretación difiere algo de las versiones publicadas anteriormente. La primera noticia de la piedra del misionero Kragh me la dió el capitán Sabine. Mr. de la Roquette, cónsul de Francia en Dinamarca, procuró desde el año de 1832 proporcionarme un dibujo. Ocupándome de los signos numéricos de los diferentes pueblos, y creyendo reconocer, por la igualdad de algunos runos, en el grupo entero, á la vez el valor de posición y el de agregación, sometí á M. Rafn, de Copenhague, y á M. Mohnike, de Stralsund, las dudas que á M. Klaproth le inspiraba la interpretación de la fecha. He sabido por este último, á quien debemos la traducción alemana del Saga de Fridthjof, que Rask y el sabio Finn Magnusen han declarado espontáneamente que la interpretación de la fecha (1135) sólo era verosímil, pero que el valor numérico de los caracteres rúnicos empleados en el monumento de Kingiktorsoak no está suficientemente confirmado por los ejemplos sacados de otras inscripciones análogas. M. Rafn añade que los diez y seis runos del calendario, que son á la vez letras y cifras, no bastan para interpretar con alguna seguridad grandes cifras. Finalmente, y para decirlo todo, los Sres. Brynjulfsen y Mohnike se muestran inclinados á considerar el grupo de los seis runos que terminan la inscripción, no como una indicación de año, sino simplemente como un adorno. La piedra con caracteres rúnicos más antigua que hay en Islandia está en Borg en el Myre-Syssel; es la tumba de Kartan Olafsen, á quien durante su permanencia en Noruega, convirtió al cristianismo el rey Oluf Tryggesen y fué asesinado en 1004 por orden de una bella dama islandesa cuyo amor desdeñaba (Olafsen, t. I, pág. 137).

[289] Thormod Torfæus, Hist. Vinlandiæ antiquæ, 1705, página 5. Con la viña había también una gran gramínea de granos gruesos, que se ha creído fuese el maíz. Véase Schröder, Om Skandinavernes, Fordna upptacktsresor till Nordamerika en Swea (1818). H. I., pág. 211.

[290] Pontanus, Hist. Dan., lib. VII, pág. 476. Aunque la serie de los obispos groenlandeses no llega más que hasta 1406, parece, sin embargo, que el papa Eugenio IV nombró alguno en 1433. Se ha encontrado también una carta de Nicolás V á un obispo groenlandés, fechada en el año de 1448. (Véase Graah, páginas 5 y 7.)

[291] Relazione dello scoprimento dell’isole Frislanda, Eslanda, Engroveland, Estotilanda é Scaria, fatto da due fratelli Zeni, M. Niccolo il cavaliere e M. Antonio. Venecia, 1558 (edición de Franc. Marcolini).

[292] El sabio D. Fernando Colón, nacido en 1488, hízose sacerdote pocos años antes de su muerte, ocurrida en 1540, y legó su excelente biblioteca, que aun lleva el nombre de Colombina á la ciudad de Sevilla. Su obra (Historia del Almirante D. Cristóbal Colón) publicóse por primera vez en 1571 en Venecia; por tanto, trece años después de la edición de los viajes de los Zeni, por Marcolini; pero esta edición de 1571 es la traducción italiana, hecha por Alfonso de Ulloa, del manuscrito español que Luis Colón, hijo de D. Diego y persona mal reputada, llevó en 1568 á Génova (Códice Colombo-Americano, p. LXIII). Laméntase con razón Muñoz de que el original español no se haya encontrado hasta ahora, porque Ulloa hizo la traducción valiéndose, al parecer, de una copia muy incorrecta.

[293] Igual incertidumbre existe en el mapa de Fra Mauro, aunque es veintitrés años posterior. Zurla, Viaggi, t. II, páginas 48 y 335.

[294] Spotorno, autor del Códice diplomático Colombo-Americano (p. XXII), sostiene que la negativa de la República Serenísima fué á fines de 1477. Muñoz la pone en 1485, poco antes de la llegada de Colón á España (lib. II, § 21). Los ofrecimientos que el Almirante tuvo intención de hacer á Francia están probados por una carta del duque de Medinaceli (19 de Marzo de 1493), dirigida al gran Cardenal de España, «Ignoro si sabéis, dice, que he tenido á ese Cristóbal Colomo en mi casa cuando vino de Portugal, con intencion de ir al Rey de Francia, para buscar apoyo.» El Duque se alaba de haber impedido el viaje.

[295] Vida del Almirante, cap. V: «Para decir la verdad, yo no sé si, durante el matrimonio, fué el Almirante á la Mina.»

[296] Navarrete, t. I, p. LXXXII. Si, al contrario, se admite la opinión de Muñoz, de que Colón nació en 1446 (lib. II, § 12), debe suponerse que hasta 1483 estuvo de continuo en el mar, lo cual es contrario á hechos bien comprobados, á no ser que, no habiendo navegado desde 1484 á 1492, el párrafo citado en el texto fuera escrito muy posteriormente al primer viaje á América. Además, los recuerdos de épocas de la vida de Colón son con frecuencia muy erróneos. En la famosa carta dirigida á los monarcas, fechada en Jamaica el 7 de Julio de 1503, se dice: «Yo vine á servir (á España) de veintiocho años, y agora no tengo cabello en mi persona que no sea cano, y el cuerpo enfermo y gastado cuanto me quedó.» Como es indudable que Colón vino á España en 1484 ó 1485, debió nacer, según este dato, en 1456 ó 1457, lo cual no es cierto, y prueba que en la carta de Jamaica debe leerse, en vez de veintiocho años, treinta y ocho ó cuarenta y ocho. Hubo, sin duda, error de cifra en el documento impreso en 1505, ó Colón se equivocó.

[297] Cod. Col. Amer., p. XIII.

[298] Evidentemente hay error en la fecha, y debe decir 1494. Es la carta que Antonio Torres trajo á España, y fué expedida en el puerto de Navidad de Haïti el 2 de Febrero de 1494. De esta carta sólo conocemos el fragmento copiado en la Vida del Almirante. El Dr. Chanca, que escribió por el mismo conducto, fecha su carta en 1493 (Navarrete, t. I, pág. 224). Señalo estos errores tan frecuentes de cifras, nacidos en parte del uso simultáneo de números romanos y árabes (indios), porque las equivocaciones de esta índole tienen alguna importancia en los debates á que dan ocasión las fechas problemáticas de las primeras cartas de Amerigo Vespucci.

[299] Cod. Col., loc. cit.

[300] Hist. del Nuevo Mundo (lib. II, § 12); Barrow (Voy. into the Arct. Regions, páginas 23 y 26), cree que en la Vida del Almirante, cap. IV, debe leerse 1467, en vez de 1477.

[301] Spotorno, Códice Col. Amer., p. XV.

[302] Véanse los ejemplos reunidos en el Dicuil de M. Letronne, páginas 37 y 38. La traducción latina de Ptolomeo, de Θούλη, en Thyle, fué la que indudablemente guió á los geógrafos de la Edad Media. Es singular que Colón no emplee el nombre de Islandia, que debía haber oído en el Norte, y que se cree encontrar ya en Edrisi, pág. 275.

[303] Gosselin, t. IV, páginas 171 y 174. Al nombrar la isla de Mainland, sigo la opinión de d’Anville, de Gosselin y de Mannert (Einl. in die Geogr. der Alten, pág. 157). Malte Brun cree que la Thulé de Pytheas es la extremidad de Jutlandia, y se funda en los antiguos nombres escandinavos de Thy ó Thyland (Geogr. Univ., t. I, pág. 120); y mucho antes que él, Rudbeck (Atlantica, t. I, pág. 514), muy afecto á interpretaciones etimológicas, encontró solamente en las palabras Tiel y Tiulé la significación general de límite ó extremidad de una tierra. Ya Ortelio, en 1570, tomó el Thyle de Pytheas por la península de Escandinavia (Theatr. Orbis, p. 103). Las mismas ideas se han expresado en distintas épocas.

[304] De situ Daniæ, c. 224 (Torf, Hist. Univ., cap. 15). La muerte de Adam de Misnie, canónigo del cabildo de Brema, es algo posterior al año de 1076. El curioso fragmento del antiguo poema alemán del siglo XI, descubierto en la biblioteca del príncipe de Fürstenberg, en Praga, demuestra también de qué modo la propagación del cristianismo en las regiones boreales dió celebridad al nombre de Islandia. Este poema (que es una especie de cosmografía calcada en la enciclopedia de Isidoro de Sevilla) menciona el viaje de un obispo, Reginprecht, hacia la isla recientemente visitada por los misioneros sajones (Hoffmann, Von Fallersben, Merigarto, 1834, páginas 5, 12 y 18). La geografía árabe de Edrisi (Liber Relax., pág. 274), compuesta en el año de 1153, cita la Islandia en la cuarta parte del séptimo Clima, según la traducción latina de Gabriel Sionita; pero el texto original dice primero Lislandeh, después Itshlandeh, que también puede pronunciarse Esthlandeh. Llamado este país una tierra como Magog, y no una isla, queda la duda de si las ciudades problemáticas Deghvateh y Belouri pertenecen á Islandia ó á una parte del continente escandinavo. En los extractos de Ebn-al-Uardi y de Bakoui, que debemos á M. de Guignes, padre (Not. et Extr. des man., t. II, páginas 19 y 389), y que son posteriores en muchos siglos al geógrafo de Nubia, nada encuentro acerca de la última Thulè, más allá de Youra, en el mar de las Tinieblas.

[305] Las Casas murió á la edad de noventa y dos años en Madrid, en Julio de 1566.

[306] Theatr. Orbis terr. (edic. de 1601), páginas 5 y 6.

[307] La publicación de los Zeni por Marcolini (Venecia, 1558) excitó tan vivo interés, que la carta marina de esta expedición fué repetida en 1561 en la Geographia di Tolomeo, de Ruscelli, y en la Geographia Ptolomei, de Josephus Moletti. Sebastián Münster y Ramusio murieron antes de que apareciera la edición de Marcolini; Ramusio en Padua en 1152, y Sebastián Münster, uno de los hombres más eminentes de su siglo, en Basilea en 1552, á causa de la peste. Sólo el segundo volumen de la Raccolta de Ramusio, publicada en 1583, presenta el extracto del viaje de los Zeni, viaje que no nombran las cosmografías de Münster de 1544 y 1550. La minuciosa comparación de estos datos tiene alguna importancia, porque prueban que, á pesar de la indicación del nombre de Frieslanda ó Thulé meridional en la biografía de Cristóbal Colón, en 1558 nada se sabía acerca de estos descubrimientos de los venecianos en el Norte. Advierto que la isla de Frislanda falta también en el mapa de Rivero (1529), que prolonga la Groenlandia (Engrolant) al Oeste y al Este para unirla á Suecia, y falta en Grynæus (1532) y en el Opusculum Geographicum de Juan Schoner (1533).

[308] Zurla, Diss. intorno ai viaggi e scoperte settentr. di Nicolo e d’Antonio fratelli Zeni, en el segundo volumen de la obra di Marco Polo e di altri viaggiatore Veneziani, 1809, páginas 6-94; Malte Brun, Ann. des Voyages, t. X, pág. 69; y Precis de la geogr., edic. de 1831, páginas 489-499; Dezos de la Roquette, en la Biogr. Univ., t. LII, pág. 236, donde se encuentra indicada, aunque como simple recurso de investigaciones, la hipótesis de M. Walckenaer de que la Frislanda es el norte Drogeo (Drogio, Droceo); el sur de Irlanda, Estotiland, que Ortelius llama Novi Orbis pars y Malte Brun la isla de Tierra Nueva, el norte de Escocia y el Engroveland (Grolandia del mapa de los Zeni) el mediodía de Islandia. Un marino muy instruído, el capitán dinamarqués M. Zahrtmann, que, ocupado en trabajos astronómicos, ha vivido en París largo tiempo, acaba de publicar también en las Memorias de la Sociedad de Anticuarios del Norte en Copenhague, una disertación acerca de los supuestos viajes de los Zeni, que aun no he estudiado.

[309] No ignoro que Zurla creyó ver en la isla Ixilandia de Fra Mauro, la Frislanda de los Zeni (Il Mappamondo di Fra Mauro, § 74, di Marco Polo e degli altre viaggiatori veneziani, t. II. pág. 29); pero esta interpretación es menos probable que la que convierte el Vinland en la parte más austral de la Groenlandia. La colonización de esta península no avanzó de Norte á Sur (Bancroft, Hist. of the United States, 1834. t. I, página 6: Leslie, Discov. in the Pol. Reg., pág. 87).

[310] Eric Christ Werlant, Symb., ad Geogr. me dii ævi ex monum Island., 1821, pág. 28. El testimonio de Lorenzo de Anania (Fabrica del Mondo, 1576, pág. 154), que habla de Frislanda, «molto ricca di pescagio e assai frecuentata da Scozzesi», no lo creo fehaciente por fundarse en una relación muy vaga de un sobrino de Jacobo Cartier y estar escrito diez y ocho años después de publicados los manuscritos de los Zeni por Marcolini; por tanto, bajo la influencia de ideas tomadas de esta publicación. Las mismas dudas han sido expresadas, y con sobrada razón, por M. de Hoff, respecto á los testimonios de Juan Scolvo, de Frobisher y de Maldonado, posteriores todos á Marcolini (Gesch. der nat. Ver., des Erdbod, t. I, pág. 184).

[311] Tal es la configuración de la Groenlandia en el mapa de los Zeni, que en la costa Sureste está situado el famoso convento de Santo Tomás, cuyas habitaciones calentaba una fuente de agua hirviendo que salía de la tierra al pie de un volcán (Zurla, Viaggiatori Venez., t. II, páginas 63-69). Actualmente no se conocen en la Groenlandia occidental otras fuentes termales que las de la isla de Onartok (Egede, Tagebuch, p. LXIV, y Gieseke, Brewster’s Encyclop., vol. X, p. II, pág. 489). Su temperatura no pasa de 47° centígrados; pero en la Groenlandia, como en la parte de Siberia que acabo de recorrer, las aguas á esta temperatura parecen muy calientes comparadas con otros manantiales, cuyo calor medio es inferior á 2°. Más al Norte, entre los 69 y 76° de latitud, la Groenlandia occidental es casi completamente basáltica, pero tan desprovista de aguas termales como toda la Escandinavia ó la inmensa cordillera del Ural. Ese monasterio de Santo Tomás, calentado por medio de fuentes termales; esos jardines, libres de nieve y de hielos por la influencia de las aguas subterráneas, al parecer corresponden mejor á Islandia, tan abundante en fuentes termales, que á Groenlandia. Podría decirse que el convento, tan minuciosamente descrito por los hermanos Zeni, ha servido de tipo á los grandes establecimientos de calefacción ejecutados en el pueblo de Chaudes Aigues, en el departamento de Cantal, donde la fuente del Par (de 80° centígrados) distribuye el calor en muchos centenares de casas á la vez y sirve para las necesidades de la vida doméstica. En los baños de Tœplitz, en Bohemia, la jardinería comienza también á aprovechar la influencia de las aguas subterráneas, que tienen de 40° á 47° de calor.

[312] Vues des Cordilleres y Monumens des peuples indigenes, tomo I, pág. 40.

[313] Relat. hist., t. II, páginas 155-161; Hakluyt, t. III, páginas 363-397; Juarros, Compendio de la historia de Guatemala, acerca de Utatlán, t. I, pág. 66; t. II, pág. 11; acerca de Petén del Yucatan (Maya), t. I, pág. 33; t. II, páginas 142 y 146; acerca de Palenques de la antigua provincia de los Tzendales, t. I, pág. 14; t. II, pág. 55. También acaso pertenecen al centro de la antigua civilización del reino de Quiche (civilización probablemente anterior á la llegada de los aztecas al Anahuac) los monumentos de la república de Honduras, donde aun se ve, cerca de Copan, un gran circo, los hypogeos de Tibulco y estatuas cuyos paños tienen un carácter rarísimo (Torquemada, lib. IV, cap. 4; Juarros, t. I, pág. 43; t. II, pág. 153).

[314] «Homines colore rufi cum quadam cutis albitudine», traduce Hartmann, corrigiendo á menudo la versión de Gabriel Sionita. Ebn-al-Uardi dice, según Guignes, «hombres rojos». Notices et Extr. du manuscrits de la Bibl. du Roi, t. II, página 25.

[315] El mismo sabio sospecha, y no á causa de su denominación, que las islas Raka y Laka de Edrisi pueden ser muy bien las islas Azores (Insulæ Accipitrum), que conocieron los árabes (Africa Edr., páginas 317-319). Acerca de la isla Mostachiin, véase Buache, en las Mem. de l’Inst., t. VI, pág. 27.

[316] Voyages and Nuv., t. III, pág. 1. (Véase también el artículo del sabio é ingenioso geógrafo M. Eyries en la Biogr. univ., t. XXVI, pág. 95.)

[317] La isla de Cozumel, descubierta por Grijalva en 1518.

[318] Dict. de sciences nat., t. XXI, pág. 392; Revue encyclop. número 4, pág. 162.

[319] Leidenfrost, Hist. biogr. Wörterb., t. III, pág. 553. El candor y la buena fe de Ricardo Hakluyt ha tenido recientemente un hábil y juicioso defensor en el historiador escocés Mr. Patrick Fraser y Tytler. Véase su Vindication of Hakluyt en Progress of Discovery of the Northern coast of America, 1832, páginas 417-444.

[320] Digo las dos Américas, porque once años después de la expedición que Ralegh envió á Roanoke, cerca de Albemarle, en Virginia, ocupáronle desde 1595 á 1617 sus proyectos quiméricos de el Dorado y la restauración de los Incas en el Perú. «I further remember, dice, that Berreo confessed (refiérese al gobernador español de Trinidad, Antonio de Berreo, que cayó en manos de Ralegh) to me and others that there was found among the prophecies in Peru, that from Inglatierra those Ingas should be again in time to come restored.» (Véase la excelente biografía de Ralegh, por Mr. Cayley, paginas 7, 17, 51 y 100.) Los medios de restauración eran sumamente sencillos, á saber: 1.º, poner guarniciones de tres á cuatro mil ingleses en las poblaciones del Inca, con pretexto de defender el territorio contra los enemigos exteriores; 2.º, que el príncipe restaurado pagara anualmente á la reina Isabel una contribución de 300.000 libras esterlinas. «It seemed to me, ajoute Ralegh, that this Empyre of Guiana is reserved for the english nation.»

[321] Colón y Oviedo en su Historia natural y general de las Indias, lib. II, cap. 3 (Ramusio, edic. de 1606, t. III, pág. 65, 6), fúndanse uno y otro en el pasaje de Plinio, VI, 31, en donde las palabras præ navigatione Atlantis (á lo largo del Atlas), tienen, al parecer, un sentido muy distinto del que se ha creído encontrar en ellas. (Véase Gossellín, Geogr., t. I, pág. 148.) D. Fernando Colón no se atreve á negar que su padre hubiera tomado las Hespérides por el Nuevo Continente. Sin duda fué éste uno de los argumentos de erudición que empleó el grande hombre en las disputas académicas de Salamanca. Su hijo dice terminantemente (cap. 7), al citar á Plinio y á Solino, «que las islas Hespérides las tuvo por cierto el Almirante que fuesen las de las Indias»; pero él mismo no considera probable esta opinión de Seboso, y se burla en otro sitio (cap. 9) de los Cartagineses que encontraron á Cuba y Haïtí inhabitadas y de ese rey Hesperus, en cuyo reinado dominaron los españoles las Indias. Observo que Dicuil no copia el pasaje de Plinio, y limítase á decir que las Hespérides están más lejos de la costa de África que las Gorgonias (Gorgodes).

[322] «Nel viaggio di Madoc tutto si riduce ad una diceria non so quando inventata, ma senza dubio non molto anticamente, perché per poco que si volese andar avanti ne secoli si troverebbero i Gallesi, con tutta la loro antica genealogia celtica, non solo senza muse, ma senza alfabeto» (Formaleoni, Illustr. di duc carte ant., 1783, pág. 47). Por lo menos la censura senza muse es injustísima.

[323] Precis de Geogr. (2.ª edic.), pág. 521.

[324] Antoniotto dice: «Las caravelas perdidas hace 170 años»; lo que supone que los hermanos Vivaldi hicieron en 1285 su expedición, mencionada ya por el místico Pedro d’Abano, que murió en 1312 (Spotorno, t. II, pág. 305; Tiraboschi, tomo V, lib. I, cap. 5, § 15; Jacobo Graberg, Annali di Geogr. e di Statist., t. II, pág. 285; t. VI, pág. 170; Zurla, Viaggi, t. I, páginas 155-158; Baldelli, t. I, páginas XL, y CLXVII). Usodimare no es un nombre propio, sino palabra que indica un oficio, como aun se dice en la marina francesa capitán buen praticien, ó práctico de la costa de Guinea; por esto en el Novus Orbis de Grinæus encuéntranse estas palabras: Navis Antonieti cujusdam Liguris, qui maria sulcare probe noverat.

[325] Véase el Atlas catalán de la Biblioteca del Rey. M. Buchon fija la fecha en el año de 1374. El documento publicado por M. Graberg (Baldelli, pág. CLXV) llama, según parece, á D. Jaime Ferrer «Joannem Ferne Catalanum», que partió el día de San Lorenzo de 1346 para Rujaura (Río de Oro). No creo dudosa la identidad de la persona.

[326] Joachima Lelewela, Pisma pomiejsze geogr. historyzne, 1814, p. 58.

[327] Georgí Horni, Ulyssea, 1671, pág. 279; Zurla, Viaggi, tomo II, pág. 26; Malte Brun, pág. 532; Wytfliet, Descript. Ptol. augmentum, 1597, pág. 188, y Pontano (De situ Daniæ, 1631, pág. 763), escriben por error Scolvus.

[328] Historia de las Indias, fol. XX. El nombre de Tierra de Labrador fué inventado, según la juiciosa observación del autor de Memoir of Seb. Cabot (pág. 246), por Cortereal y los portugueses comerciantes de esclavos, como indicación que en esta costa septentrional hombres eran singularmente á propósito para el trabajo (la labor). Gomara dice, efectivamente (folio XX), que los habitantes son «hombres dispuestos, aunque morenos, y trabajadores» (el embajador de Venecia en Lisboa, Pedro Pasqueligi, escribía once días después de la vuelta de Cortereal, y de ver los indios, comparando á éstos, por el color de la piel, con los bohemios ó cingani). La corta estatura de los esquimales de la verdadera Tierra del Labrador no justifica mucho este elogio; pero se lee en el mismo capítulo de Gomara que Cortereal tomó estos indios en las islas del golfo cuadrado, es decir, en el golfo del río San Lorenzo. Acaso el nombre de Tierra de los Labradores se tomaba en un sentido más general y vago, comprendiendo las raza indígenas no esquimales, casi como Newfundlans ó Tierras Nuevas designan á veces en el siglo XV otras costas que las de la grande isla frontera á Anticosti. (Mem. of Cabot, pág. 57.)

[329] No nos admiremos de nuestra ignorancia en las cosas antiguas, pues no sabemos quién, de poco acá, halló las Indias, que tan señalada y nueva cosa es (Gomara, fol. X). Esta duda se funda en la historia obscurísima del piloto que, después de haber visto las tierras al Oeste, murió en casa de Colón, historia que no figuró en el pleito del fiscal y que Oviedo (lib. II, capítulo 3) recuerda por primera vez en 1535. Garcilaso de la Vega, en 1609, da nombre á este piloto (Alonso Sánchez de Huelva), y fija una fecha, 1484 (el año en que Colón se ausentó de Portugal), al acontecimiento cuya importancia procuran exagerar los enemigos de la gloria de Italia.

Termino esta nota recordando que Gomara confirma, del modo más explícito, lo que hemos expuesto antes acerca de la idea correctísima que Colón se había formado (Vida del Almirante, cap. IV) de la posición de la Thylé de Solino. «Algunos piensan, dice Gomara, que Islandia es la Thilé, isla final de lo que los romanos supieron hacia el Norte; mas no es, que Islandia ha poco tiempo que se descubrió, y es mayor y más septentrional.» (La coloca, como Cristóbal Colón, á los 73° de latitud.) Thilé, propiamente es una isleta que cae entre las Orcades (Orkney Islands) y las Far (Færoer, Far Isles), algo salida al Occidente y en 67°, bien que Tolomeo no la sitúa tan alto. Está Islandia 40 leguas de las islas Fare, 60 de Thylé y más de 100 de las Orcadesa» (Gomara, p. VII, b).

Como Gomara cuenta el grado de latitud de 17½ leguas castellanas (fol. VI), este cálculo de distancias parciales está tan embrollado como el de latitudes; pero resulta claro que Gomara, largo tiempo antes que Camden (Tzschucke, ad Melam, vol. III, p. 3, pág. 227), antes que d’Anville (Mem. de la Acad. des Inscr., t. XXXVII, pág. 438) colocó la Thylé habitada la de Solino y de Tácito (Agricola, cap. X) entre las Færoë y las Orcades; por tanto, en el grupo de las islas Shetland. Ésta es la Thylé donde los Hérulos, saliendo de Dinamarca, arribaron, según Procopio (De Bello Gothico, II, 15). Adán de Brema (De situ Daniæ, Helmst., 1670, pág. 158) fué el primero que aplicó el nombre de Thylé á la Islandia descubierta por los escandinavos.—Antes del comentario de Tszchucke, que acabo de citar, la compilación más completa sobre la Thylé de los antiguos encuéntrase en Pontano, Rerum Danicarum hist., 1631, páginas 741 y 755.

[330] Camden, Brit., pág. 813; Zurla, Viaggi, t. II, pág. 307. En el mapa célebre de Fra Mauro (1457) encuéntranse también las «insule de Hibernia dite Fortunate». Gracioso Beníncasa (1471) presenta á la vez, y por doble empleo del mismo nombre, las islas Afortunadas al Oeste de África y al Oeste de Irlanda, de la Insula Sacra de Avieno.

[331] De esta suerte, en el siglo IX se imaginaba que la Grande Irlanda del normando Gudlekur estaba situada al Oeste de nuestra Irlanda (Thorkelin, Fragm. of Engl. and Irish hist., página 80). En tiempo de Procopio se situaba una isla Brittia entre la verdadera Britannia y Thulé.

[332] No se olvide que esta obra está publicada en 1834.

[333] El autor de la obra De Mensura Orbis terræ, probablemente Dichullus, abate de Pahlacht (Letronne, páginas 25 y 139).

[334] De situ Daniæ, pág. 159. El Lebersee, Kleber-Meer, el mar viscoso es una de las maravillas de las regiones boreales celebradas en el Titurel de Eschenbach y por todos los poetas del ciclo de los Minnesinger (Von der Hagen, Mus. der altdeutschen Litter, t. I, páginas 294-300). Es el reflejo del pulmón marino de Pythéas, «á través del cual no se podía ni navegar ni andar (Strabón, II, pág. 104, Cas.), una reminiscencia del Mare Morimarusa de Philemón» (Plinio, IV, 13).

[335] Horn, Orig. Amer., pág. 26.

[336] Plinio, VI, 31.

[337] Esta identidad la ha supuesto también en nuestros días el conde Carli (Opere, t. XII, pág. 188).

[338] Isidoro Hisp., Orig., pág. 172.

[339] Mapamundi de Juan Purdy, 1834.

[340] Varían mucho los nombres con que se designan este santo personaje y su isla. En las lenguas de la Europa latina se escribe Brandón, Brandano, Blandín (cambiando la r en l), Borondón y Brandamis.

[341] Tradiciones recogidas por M. de Murr en su Diplom. Gesch. von Martin Behaim, pág. 33.

[342] Acerca del pasaje de los muertos y de las islas Afortunadas, véanse Procopio, De Bello Goth., IV, 20; Tzetz, ad Lycophr., V, 1204. Consúltese también la Memoria sobre los Argonautas en Ukert, Geogr. der Griechen, t. II, I, pág. 343, á Welker’s, Homerische Phæaken und Inseln der Seligen, ya Khein, Mus. für Philol., B. I, páginas 237-241.

[343] «Peregratis Orcadibus cæterisque aquilonensibus insulis ad patriam redeunt» (Bosco, Bibl. Floriac., pág. 602). «Insula S. Brandani e regione Terræ Cortereali sive Novæ Franciæ Americæ septentrionalis sita, in Oceano boreali» (Honor. Philiponi, Navig. Patrum Ord. S. Bened., 1621, pág. 14).

[344] Este hecho está, al parecer, en contradicción con la época que Murray asigna á la primera población de las Shetland; pero Mr. Letronne lo hace probable por la interpretación de un pasaje de Solino, favorable á que dicho grupo de islas estuvo habitado desde el tiempo de los romanos (Dicuil, página 134, y en las Adiciones, pág. 90). Es extraordinario que Æneas Silvio Piccolomini, en su Geografía del NO. de Europa, nada diga de los viajes de San Brandón y de su isla. El sabio italiano estuvo, sin embargo, en Escocia, y describió con gracejo su primera impresión al ver alguna distribución de hulla hecha á los mendigos escoceses. «In Scotia pauperes pæne nudos ad templa meridicantes aceptis lapidibus eleemosyne gratia datis lætos abiise conspeximus. Id genus lapidis sive sulphurea, sive pingui materia præditum pro ligno, quo regio nuda est, comburitur.» Æn. Syll., Op. geogr. et hist., 1691 (Europa, capítulo 47, pág. 319).

[345] Plutarco, in Sert., cap. 8.

[346] Tomo IV, Dist. X, § 10.

[347] Es la expresión que emplea Barros, déc. I, lib. I, cap. (Vida de D. Enrique, pág. 156). Madera la encontraron despoblada, y también las Azores. Si en el texto empleo la palabra descubierta, es para indicar la época en que los portugueses llegaron por primera vez á estas islas. Instruído el infante D. Enrique por mapas antiguos, anunció de antemano á Velho Cabral, en 1432, que «cerca del escollo de las Hormigas encontraría pronto otra isla» (loc. cit., pág. 320).

[348] Navarrete, t. I, pág. 5. Este testimonio no se encuentra ni en la Vida del Almirante ni en Las Décadas de Herrera.

[349] García, Origen de los Indios, lib. I, cap. 9; Wulfer, De major. Oceani Ins., 1691, pág. 120; Muñoz, lib. II, § 9; Baldelli, Mil., pág. LX; Washington Irving, t. IV, páginas 316-332.

[350] Voss, ad Mel., pág. 604; Tzschucke, ad Mel., t. III, parte III, pág. 412. El descubrimiento de la isla de Madera, cuya existencia sospecharon Gonzálves y Tristán Vaz, porque desde Porto Santo aparecía como una sombra en el horizonte, contribuyó, sin duda, á la convicción de la realidad de estas apariciones. «Tinhaõ por vezes observado no mar huma como sombra, que a distancia naõ deixava distinguir o que fosse» (Vida do Inf., pág. 161).

[351] El nombre de Meropis aplicado á un continente no designa, por cierto, una tierra de mortales (de voz articulada). Theopompo le da un sentido especial, porque dice que los hombres de esta tierra se llaman Méropes.—Ælian, Var. Hist., III, 18 (edic. Kühn, t. I, pág. 187).

[352] M. Buache ha omitido las palabras que siguen sancti Brandani é isole Ponzele. Su isola Capricia es la Caprazia de Pizigano, la más meridional de las tres. El nombre de Isola dello Legname del Portulano Mediceo, que es anterior en diez y seis años al mapa de Pizigano, falta en éste. Sin embargo, dicho nombre sirvió de origen al de Madeira, cuando medio siglo después se verificó el supuesto descubrimiento de Tristán Vaz.

[353] Zurla, Viaggi, t. II, pág. 322.

[354] Tal es la tradición de Behaim, en cuyo globo se dice, Insula Antilia genaunt Septe citade. Fija la emigración del «arzobispo de Porto Portigal» á la Antillia en el año 734 (Murr., página 30), pero Fernando Colón indica el año 714 (Vida del Alm., cap. 8). La última de estas fechas es la de la victoria ganada por Muza en las orillas del Guadalete. Los historiadores portugueses refieren que la emigración se efectuó después de la toma de Mérida, con el propósito de ir al archipiélago de las Canarias, donde los emigrantes no llegaron (Faria y Sousa., Hist. del Reyno de Port., p. II, cap. 7, pág. 138).

[355] En la biografía de Toscanelli, hecha por el abate Ximénez (Del Gnome. Fior., 1757, páginas LXXIX y XCIV), publícase la carta del astrónomo florentino conforme á la primera traducción veneciana de la Vida del Almirante, hecha en 1571 por Alfonso de Ulloa. He aquí sus palabras: «Dall’Isola di Antilia, che voi chiamate di Sette Città, della quale havete notitia, fino á Cipango, sono dicci spatii.» Lo dicho en italiano falta en la traducción española de Navarrete (t. II, pág. 3) y también en la que González Barcia (Historiadores primitivos de las Indias occidentales, t. I, pág. 6) debió hacer del texto italiano de Ulloa. Ya hemos observado antes que el verdadero original latino, del que Fernando Colón hizo la primera traducción española de la carta de Toscanelli, no ha parecido hasta ahora. Por el conocimiento íntimo de la lengua española pueden adivinarse con facilidad los errores de la traducción italiana, que equivocadamente he atribuído en la nota 17 del capítulo V, al abate Ximénez.

[356] Buache, Mem. de l’Inst., t. VI, páginas 22 y 25; Zurla, Viaggi, t. II, pág. 324.

[357] Primero en la traducción italiana de la colección de los viajes de La Harpe (Compendio della Storia de’ Viaggi, tomos VI y XX); después en el Saggio sulla Nautica antica d’ Veneziani con una illustr. d’alcune carte della Bibl. di San Marco, parte II, páginas 11-33.

[358] Hassel, Erdb. des Brittischen und Russ. Amerika’s, 1822, pág. 6.

[359] Deseo llamar la atención de los viajeros acerca de los cinco monumentos de la geografía de los siglos XV y XVI que contiene esta rica colección, llamada vulgarmente Biblioteca militar:

1.º La carta marina de 1424, notable por el nombre de Antillia. Está trazada en pergamino y pegada en tabla, teniendo 34 pulgadas y 6 líneas de larga, por 21 pulgadas y 9 líneas de ancha. Se extiende en latitud desde 26¾° hasta 62°, y en longitud desde el meridiano de Mingrelia y de Colcos (Cólchida), esto es, á 2° al Este de la orilla más oriental del mar Negro hasta el meridiano, que atraviesa el Atlántico 5° al Oeste del cabo Bojador (Bucedor). Como el mapa no tiene escala graduada, valúo la distancia por la que existe desde el cabo San Vicente hasta el cabo Finisterre. No tiene más título que una estrecha banda dirigida de Sur á Norte, que separa la Antilia de las islas Azores, donde apenas se advierten las palabras: Contest..... compa..... ancon MCCCCXXIV; lo demás, borrado por la vetustez, está ilegible. La cifra 1424 se encuentra repetida al margen del mapa hacia el Este, pero con tinta menos antigua. Como adorno en el interior de las tierras, donde la indicación de las ciudades es bastante rara, se ven el Rex Rossiæ, el Soldano di Babillonia, el convento de Santa Catalina del Monte Sinaí y las armas de las repúblicas de Génova y Venecia.

Estas figuras de príncipes, sentados en sus tronos, encuéntranse también en mapas más recientes; en el de Fra Mauro y en el planisferio de Andrés Bianco. La bandera de los caballelleros de San Juan flota sobre la isla de Rodas. En memoria de la cruzada de San Luis, el punto de embarque (25 de Agosto de 1248) está indicado en Aquæmorto (Aguas Muertas), señalando el sitio con un inmenso brazo de río (sin duda el de Arlés) que sale del Ródano. En el Asia menor, «quæ nunc vero dicitur Turchia», está sentado el Sultán Baixit, que sin duda es el gran Bayaceto Ildirim. Como este príncipe murió en 1403, después de caer prisionero de Timour en la batalla de Ancyra, la imagen de Baixit debe haber sido copiada de un mapa anterior á 1424, porque en esta época el sultán de los otomanos era Amurates II.

La imagen del Soldano di Babillonia (con un loro en el brazo izquierdo) está puesta al Oeste del Nilo, y no debe sorprender dicha posición de la figura, porque la antigua Memphis, á causa de su proximidad á la fortaleza de Βαβυλών, acantonamiento de las legiones romanas en tiempo de Strabón (Geogr., libro XVII, pág. 807 Cas), llevaba en la Edad Media el nombre de Babylonia (Wilken, Gesch. der Krenzzüge, t. I, pág. 28), y desde el tiempo de Saladino hasta la conquista de Egipto por Selim I en 1517, á los sultanes de Egipto se les llamaba Soldani di Babyloniæ (Véase Marini Sanuti, Secreta fidelium Crucis, en Bongars, Gesta Dei per Francos, t. II, páginas 23, 25 y 91).

Es, sobre todo, notable en este mapa de 1424 que (por simple reminiscencia) está en él trazado el canal de comunicación entre el Nilo y el mar Rojo, abierto por Ptolomeo Philadelphio, restablecido después por Adriano, después por los árabes y usado hasta el año de 767, según lo demostró M. Letronne, discutiendo la época del viaje á Tierra Santa del monje Fidelis y un pasaje de Gregorio de Tours (Dicuil, 1814, páginas 14-22). El canal del Nilo está representado en el mapa de Weimar en comunicación con un río que nace en Armenia, y corre primero de Norte á Sur, al Este del Líbano, volviendo después al Oeste en el paralelo de Babylon Ægypti. Este mismo río tiene un brazo que desemboca en el Mediterráneo, cerca de Alejandretta. Difícil es adivinar la hipótesis geográfica á que da lugar un concepto tan extraordinario. ¿Es el Eufrates, cuyos afluentes se aproximan á los del Oronte, cerca de Alejandretta? ¿Cómo creer que en el siglo XV se ignoraba que el Eufrates desemboca en el golfo Pérsico? No es una prolongación del Jordán por el valle que une el mar Muerto al golfo de Acaba, porque el Jordán está figurado separadamente y con bastante precisión, mientras el río anónimo que comunica con el canal de Ptolomeo en el mismo istmo de Suez nace en las montañas de Erzerum, montañas donde, según el mismo mapa, tiene sus fuentes un río (el Turak ó Boas de la antigüedad) que corre al NNO. hacia el mar Negro, y otro (el Tigris?) que se dirige al SE.

Doy estos detalles para facilitar el examen de las analogías ó de las diferencias que presenta este monumento curioso de la geografía de la Edad Media con otros mapas sepultados en los archivos de las bibliotecas de Italia. Toda la cuenca del Mediterráneo, las costas de Grecia y del mar Negro están representadas con un detalle topográfico notabilísimo, pero el yacimiento relativo ó la orientación de las costas es muy erróneo. Si se trazan meridianos al Oeste de la península Ibérica, al Este de Sicilia y al Oeste del Asia Menor, encuéntrase el Atica algunos grados al Norte de la desembocadura del Ebro, y la dirección media de la costa meridional del mar Negro coincidiendo, no con el paralelo de Oporto, sino con el de Lorient en Bretaña. Las partes orientales están colocadas demasiado al Norte, como en las cartas marinas de los genoveses (por ejemplo, la de Pedro Visconti, conservada en la Biblioteca Imperial de Viena), que remontan hasta principios del siglo XIV (Spotorno, Storia litt. della Liguria, t. I, pág. 313) y han proporcionado excelentes materiales á los portulanos del gran siglo, del infante D. Enrique, de Colón y de Gama.

2.º Un mapa que se asemeja bastante al célebre de Diego Rivero, pero anterior en dos años. Titúlase Carta universal en que se contiene todo lo que del Mundo se ha descubierto fasta aora; hizola un cosmographo de Su Magestad; anno MDXXVII en Sevilla. Está trazada en pergamino, y tiene 6 pies y 8 pulgadas de larga por 2 pies y 8 pulgadas de ancha. Perteneció á la biblioteca del sabio Ebner, en Nuremberg, y de allí pasó sucesivamente á Gotha á la biblioteca de M. Becker, y por fin á Weimar, á la colección del Gran Duque. Cítala Murr. en las Memorabilia, Bib. Norimb., t. II, pág. 97, y la ha discutido con mucho discernimiento M. de Lindenau (Zach., Mon. Corresp., October 1810). Es probable que este mapa y el de Rivero fueran traídos á Alemania con motivo de los frecuentes viajes del emperador Carlos V desde España á las orillas del Rhin y del Danubio. En Nuremberg se creyó que había pertenecido á la Biblioteca Colombina legada por Fernando Colón al Municipio de Sevilla. M. Sprengel (Muñoz Gesch. der Neuen Welt., t. I, página 429) lo confunde con el mapamundi de Diego Rivero; pero difiere de él completamente, según demostraremos en el curso de esta obra. Basta observar aquí que el mapa de Rivero presenta la costa occidental de América al Sur desde Panamá, hasta los 10° de latitud austral; en el mapa de 1527 no se ven más costas del Océano Pacífico que la meridional del istmo; nada del Choco y del litoral de Quito.

No entraré aquí en pormenores acerca de la configuración de Africa para mostrar cómo, según los portulanos portugueses, extremadamente detallados, está representado este continente en dos mapas de 1527 y 1529. Nada tan notable, por ejemplo, como el detalle de las costas de Madagascar (Isola de San Lorenzo).

Los mapas de la América del Sur, por ejemplo los de Cruz Olmedilla, Faden, Arrowsmith y Brué, parecen á primera vista copiados unos de otros; pero con atento examen se han descubierto las diferencias. Lo mismo sucede con dos mapas de África que se han querido confundir. En los dos se ven figurados buques con la inscripción: Vengo de Maluco (vengo de las Molucas). Jerusalén está situada á NO. de Suez, y la diferencia de meridianos del Cairo y Suez es de 20°, cuando en el mapa de 1424 sólo es de 2°. Este ensanche del Egipto oriental es tanto más inconcebible, cuanto que el resto del África septentrional está bastante bien figurado. Á la Etiopía de Rivero se la llama en el mapamundi de 1527 Arabia sub Ægypto. En estos mapas graduados al margen, Alejandría y toda la costa septentrional de África, hasta la Pequeña Syrte, está de 3 á 4° más al Sur de su verdadera situación.

3.º El mapamundi de Diego Rivero de 1529, del cual sólo publicó Sprengel la parte americana.

4.º Un globo, probablemente del siglo XVI, que señala el istmo de Panamá atravesado por un estrecho.

5.º Un globo de 1534.

Yo ofreceré á M. Walckenaer, para su rica colección geográfica, calcos de África de 1527 y 1529, de igual suerte que el calco del mapa de 1424.

[360] Giornale di Padora, 1806, Febrero, pág. 138.

[361] Viaggi, t. II, pág. 333.

[362] Sprengel, pág. 54. El célebre mapa de Fra Mauro no tiene la Antillia, aunque Bianco contribuyó á ejecutarlo.

[363] Compárese Formaleoni, páginas 43 y 45, con Zurla, Mappamondo di Fra Mauro, pág. 102, y Viaggi, t. II, pag. 353. El nombre de Stochfis aparece, sin embargo, también en el mapa de Bianco (1436) cerca de una isla al NO. de Irlanda; pero en la segunda mitad del siglo XV era el bacalao objeto de la pesca en las Orcades y en Islandia. También se figuran islas al O. de las Azores en una carta marina del mallorquín Pedro Roselli (1466), que poseyó hace tiempo la familia Mörl en Nuremberg, y que se ha supuesto fuera un mapamundi del siglo XIV (Muñoz, I, pág. 428).

[364] Es inútil discutir la longitud, dependiente de las confusas ideas que se habían formado de la distancia de Quinsaï y de Cipango á las costas de Portugal. Ya hemos hecho ver antes, al analizar la carta de Toscanelli, que el astrónomo florentino sitúa la Antillia á un cuarto de la distancia total. Beahim (tomando á Zipangut ó Cipango por término extremo), á 12,7.

[365] Viaggi, t. II, pág. 334.

[366] Critias, páginas 113 y 118 Steph.

[367] Timæns, pág. 25 Steph.

[368] Lyell, Principles of Geology., t. III, pág. 284.

[369] La ciudadela (el Fuerte Koyal de la Atlántida) está situada en una llanura cuadrada, á 50 estadios de la costa meridional; rodéanla tres anillos de agua salobre separados del Océano, y alternando con dos anillos ó lenguas de tierra circulares. Un canal, abierto detrás del anillo exterior, lo pone en comunicación con el mar. Este sistema hidráulico, que recuerda los siete mares circulares rodeando el disco terrestre indio (más acá del Lôkâlôkâ), completa la ordenación regular que preside las ficciones geográfico-políticas de Platón, ficciones que sólo pueden entretener, dice irrespetuosamente el padre Acosta (lib. I. cap. XXII), á niños y viejas.

[370] Déc., lib. I, pág. 11 (edic. Bas., 1583). Esta Década, dedicada al cardenal Ascanio Sforza, tiene una fecha cierta. Fué terminada en Noviembre de 1493, dos meses después de la vuelta de Colón de su primer viaje.

[371] Navarrete, t. III, pág. 261. Cito con preferencia el texto latino, conforme á la Cosmographiæ Introductio de Martín Ylacomylus, cuya edición de 1507 tengo á la vista, si bien respecto al idioma en que escribió Vespucci hay casi tanta incertidumbre como al que usó Marco Polo, siendo muy probable que las dos primeras cartas fueran redactadas en español y las dos últimas en portugués. Navarrete, t. III, pág. 185. El texto original de las cartas de Vespucci no ha llegado á nosotros, y la edición latina de 1507 es, como en ella se dice, en el cap. V (folio 9 de la edición que empleo) ex italico sermone in gallicum et ex gallico in latinum versa.

[372] «Vidimus ibidem quem maximum gentis acervum, qui insulam illam Ites nuncuparent.» Ilacomyl., fol. 36. (La edición de 1507 no está paginada.) Canovai, Elogio del Vespucci, página 80; Franc. Bartolozzi, Ricerche circa alle scop. di Vesp., pág. 98.

[373] Hist. gen. de las Indias, lib. I, cap. 164 (Navarrete, tomo III, pág. 333).

[374] Opusculum geogr., 1533, Pars. 11, cap. 9. «De regionibus extra Ptolomæum (es decir, que Ptolomeo no menciona), Bachalaos dicta á novo genere piscium; desertum Lop; Tangut, et Mexico regio in qua urbs permaxima in magno lacu sita Temistita, sed apud vetustiores Quinsay erat vocata.» Sin duda á causa de la proximidad de un gran lago y de la multitud de canales indicados en la descripción de Quisaï, «Citá del Cielo» de Marco Polo (cap. LXVIII), se confundieron dos ciudades, una de Asia y otra de América.

[375] Historia de las Indias, 1553, fol. 119. Guillermo Postel intentó cambiar las denominaciones de los continentes, llamando atrevidamente á América Atlantis, á Africa Chamesia, etc. Véase Cosmographicæ disciplinæ Compend. (Bas. 1561, páginas 13 y 57).

[376] Gomara, fol. 20.

[377] Acosta, lib. I, cap. 14; lib. III, cap. 4. Roberto Regnauld (Cauxois), en su ingenua traducción dedicada al gran Enrique en 1597, llama «la Guadalupe, la Martinica y Marigalante, los faubourgs de l’Inde

[378] Vida del Almirante, capítulos 45 y 77.

[379] Isolario nel qual si ragiona di tutte l’Isole del Mondo. Venegia, per Nicolo d’Aristotile (alias de Ristotele) detto Zapino, 1533.

[380] Tomaso Porcacchi da Castiglione, Arretino, Delle Isole più famose del Mondo. Venecia, 1576.

[381] La Cosmographie universelle, 1575.

[382] Cap. 7 (edic. de 1728, t. IV, p. 12).

[383] Maurile de Saint-Michel, religioso carmelita, Voyage des iles Camerçanes en l’Amerique, París, 1652. Dícese en él, pág. 41: «La Guadalupe es une des moindres des iles qu’on apelle Camerçanes.» En Bertii, Breviarium totius orbis, 1624, pág. 13, encuentro el nombre de Insulæ Camercanæ vel Antilliæ aut Caribes. (¿Será acaso un nombre caribe?) Entre los nombres caribes de las Pequeñas Antillas, coleccionados por el padre Raymond Bretón (Dict. caribe-français, Auxerre, 1665, pág. 409), ninguno hay análogo al de Camercana. Las islas Santas llamáronse Caárucaera, la Granada, Camalogue; pero Lorenzo de Anania (Fabrica del Mondo, pág. 319) sitúa cerca de Cuba y lejos de las regiones habitadas por los Caribes á fines del siglo XV la isla Camarco. García (Origen de los Indios, pág. 234) supone que caracteriza los nombres geográficos caribes la sílaba inicial car, como en Caripe, Carupano, Caroni, Cariaco, y en la denominación del pueblo entero Carina ó Carinago. ¿Es preciso entender por Antillas, Islas Camerianas? (Relat. hist., t. I, pág. 692). Mi hermano, que conoce fundamentalmente la estructura de las lenguas americanas, encuentra que en Carinago, ó mejor, Callinago, según el lenguaje de los hombres, y Calliponam, según el lenguaje de las mujeres, Cali ó Cal contiene todo el nombre del pueblo. Calina (Dic. Galibi., París, 1763, pág. 84) es tan sólo una abreviación de Callinago. He buscado inútilmente las islas Camercanas en las detalladas cartas de ruta del siglo XVI de las Pequeñas Antillas, que presenta Hakluyt (t. III, páginas 603-627, edición de 1600).

[384] Con el nombre de Antillas figuran las islas Caribes en el mapa de América de 1587; pero el texto de Ortelio no cita el nombre de Antillas ni siquiera en la edición de 1601, que es treinta y un años posterior á la edición princeps (Wytfliet, Descr. Ptol. augmentum, 1597, pág. 96).

[385] Mem. de l’Instituto, 1806, t. VI, páginas 13, 17 y 21. Sprengel decía en 1792 (Gesch. der Entd., pág. 373), hablando de las Azores, que «se las creyó primero (en el siglo XV) las Antillas de la India, célebres por el viaje de Marco Polo», M. Boyd, en su interesante obra Description of the Azores, 1835, pág. 192, hace la observación siguiente: «En 1445 formóse un pequeño lago en la isla de San Miguel, por impedir una corriente de lava la salida de las aguas; este lago lleva aún hoy el nombre de Algoa da Sete Citades. En sus inmediaciones hay algunas cabañas á las cuales se las llama, sin saber por qué, las Sete Citades

[386] Historia de las Indias, fol. 29. Herrera (déc. II, lib. III, capítulo 1) relaciona la adoración de estas cruces, que se encuentran en Palenque y en el Chiapa, con la profecía de un santón mejicano llamado Chilam Cambal.

[387] Gomara, folios 115 y 117; Ramusio, t. I, páginas 298-302; Herrera, déc. IV, lib. VII, cap. 7. Yo he relacionado además (Rel. hist., t. III, pág. 159, y Essai politique, t. II, página 153) las huellas de antigua civilización que el P. Garcés encontró en 1773 en el Moqui, con las tradiciones de 1539, y á la vez he discutido la posición de Quivira y Cibola (Civora) que Wytfliet sitúa al Sur de su fabuloso reino de Anián, en la región inmediata al estrecho de Berhing.

[388] Behaim, que habitó en distintas ocasiones en la isla de Fayal, no sólo sitúa la Antillia lejos del archipiélago de las Azores, que llama Insulen der Habiche, sino también asegura que un barco procedente de España fué arrojado á las costas de Antillia en 1414 (Murr., pág. 32).

[389] Sigo la cronología de la Vida do Infante D. Henrique, escrita per Cándido Lusitano, el historiador portugués José Freire, Padre del Oratorio, que (páginas 319 y 338) toma los datos de documentos oficiales. La fecha de la primera tentativa hecha por Gonzalo Velho Cabral en 1431, está confirmada por una nota escrita en el globo de Behaim (Murr., página 29). La isla de Jesu, señalada en este globo y cuyo nombre no se encuentra en el mapamundi de Rivero, singularmente exacto para el archipiélago entero, ¿era idéntica á la isla de San Jorge?

El infante D. Enrique cedió en 1460 las islas de Jesu y Graciosa á su sobrino Fernando, hermano del rey Alfonso V (Barros, déc. I, lib. II, cap. 1). En el Asia de Barros nada se dice del descubrimiento sucesivo de las islas Azores, sin duda porque este gran historiador trató el asunto en una geografía universal, que cita con frecuencia en las Décadas y que nunca ha parecido.

[390] M. Buache, en una Memoria, que por otros conceptos es muy digna de elogio, ha sido inducido á error por la Relación del segundo viaje de Cook, cuando supone «el descubrimiento de las Azores (de las Hormigas?) en 1439 y el de la isla de Santa María en 1447.» (Loc. cit., pág. 14.)

[391] Esta es la verdadera acepción, según las investigaciones de Formaleoni y de Zurla. Buache leyó Bentusia para convertirla en Venusta, y la isla Graciosa (pág. 21), Tufla, puede derivarse de la raíz árabe Tefele, crepúsculos de la tarde. Tefel significa también, según Golio, la obscuridad, y Bentufla designa acaso un hijo de las tinieblas, denominación que conviene bastante á un islote del Mare Tenebrosum de Edrisi. Quanden, en el Enchiridion cosmographicum (Col. 1599), sitúa entre las Azores, además de la isla de las Siete Ciudades, la de Satap. Véase Joan. Myritius, Opusc. geogr., 1590, pág. 123.

[392] No quiero detenerme más en esta investigación, ni discutir aquí el origen de las monedas cartaginesas y cirenaicas que se asegura haber sido encontradas en 1449 en la isla de Corvo. Véase Götheborgske Wetenskaps og Witterhets Samlingar, 1778, St. I, pág. 106.

[393] Murr., pág. 55.

[394] Edrisi (Interpr. Gabriele Sionita), 1619, pág. 64; Hartmann, páginas 317 y 319. Bianco tiene también entre las Azores una Isola di Colombi, que no debe ser confundida con la de Edrisi, pág. 85.

[395] De Guignes, en los Extraits des Manuscrits du Roi, tomo II, pág. 56.

[396] Zurla, Viaggi, t. II, pág. 324.

[397] Bianco aplica el nombre de Brasile sólo á la isla Terceira ó á un promontorio al Oeste de la bahía de Angra, que aun lleva el nombre de Punta del Brasil (Fleuriew, Voyage fait per ordre du roi en 1768 y 1769, vol. I, pág. 548).

[398] L. c., pág. 27. M. Sprengel cree que la isla Terceira no tiene nombre de origen portugués, aunque parezca indicar la tercera isla descubierta por orden del infante D. Enrique (Descript. de la carte de Rivero dans Muñoz Gesch., t. I, página 443). Á veces hay afición de latinizar palabras pertenecientes á lenguas bárbaras, suponiéndolas una significación sacada del latín ó de las palabras que de él se derivan. De esta suerte los zoólogos, olvidando que manatí es una palabra de los indígenas de Haïti, la explican por el nombre de las aletas de este anfibio, suponiendo que le sirven de manecitas (Cuvier, Regne animal, t. I, pág. 238).

[399] Extraits, t. II, pág. 55. En esta isla de Tinnin ó Mostaschin se figura una serpiente muerta por Alejandro, quien, según los orientales, había recorrido una parte del Atlántico. El mismo geógrafo árabe cita en estos parajes la isla de Laca ó Aca, infestada de prodigiosas serpientes.

[400] Acerca de la isola dei Dragoni del mapamundi de Fra Mauro, situada al Oeste de África, véase Zurla, pág. 143.

[401] Se lee también Darmar, habitación de las serpientes, por Danmar. Tal es el espíritu conservador de los geógrafos que temen olvidar que el mapamundi de Ortelio, trazado en 1587, presenta, no sólo las tres islas de San Brandón, las Siete Ciudades y el Brasil, sino también, al Norte de las Azores, la isla Demar.

[402] Ptolomeo, lib. IV, cap. 8, pág. 114.

[403] Tales son también las explicaciones dadas por Ménage y Bluteau. Este último dice, en su gran Diccionario portugués: «ilhas oppostas ou frontrairas as grandes ilhas da America». Formaleoni (pág. 28) considera arriesgadísima esta etimología. Véase también Giovanni Andres, en las Memorias de la Academia Ercolanese Archeologica, 1822, pág. 132, y Tiraboschi, Storia della litteratura italiana, t. VI, p. I, pág. 189.

[404] Tomo I, pág. 127, Aristóteles, De Mundo, cap. 3, páginas 392, 20; Bekk, Proclus in Tim., pág. 54; Felipe Cluvier ha visto en ella «Americam y Magellamcam». Animadv. in Apul., pág. 414.

[405] Appuleii, Opp. ed. Geverk. Elmenhorst, 1621, pág. 59.

[406] Véase, en el pasaje sobre los volcanes: Vesuvius noster; y la intercalación de una observación curiosa respecto á una caverna llena de ácido carbónico en Hiérapolis, en Frigia, «gas que por su peso (específico) permanece en los sitios bajos». (Compárese Apuleyo, páginas 64 y 65, con Aristóteles, De Mundo, cap. 4, páginas 395, 20 y 30.) Se refiere al Plutonium ó cueva Charoniena de Hiérapolis, descrita por Strabón, XIII, página 629, Cas., y por Dion Cassio, lib. LXVIII, cap. 27.

[407] En Pizigano (Zurla, Viaggi, t. II, pág. 323). Mr. Buache creyó leer en su calco Bracir.

[408] En el Portulano Mediceo de 1351, y en el notable mapa de la Biblioteca Pinelli que posee Mr. Walckenaer, cuya redacción según el almanaque que contiene, se hizo entre los años de 1384 y 1434 (Baldelli, t. I, pág. XXX; Walckenaer, en la traducción de la Geographie de Pinkerton, t. VI).

[409] En Bianco (Zurla, t. II, pág. 334) y en Fra-Mauro, cuyo planisferio es de 1459. No se encuentra isla de este nombre, ni en el mapa de Marino Sanuto, que parece ser, al menos, cuarenta y cinco años anterior á Pizigano, y que no omite las 358 Isolle beate et fortunate, próximas á Irlanda, y muchas otras bonæ insulæ del Atlántico; ni en el globo de Behaim (1492). Sin embargo, siglo y medio después de la colonización de las Azores por los portugueses siguióse poniendo una isla del Brasil al oeste ó noroeste de Corvo. Jobst Ruchamer, en la colección de Viajes publicada en Nuremberg en 1508 (Sammlung von Reisen, cap. 76), llama á la isla Berzil, isla Brisilge.

[410] Rel. hist., t. II, páginas 676 y 703. Ralegh convierte en la Guayana el Guarapo ó Río Europa; y Malte Brun, á pesar de ser tan juicioso, hace de las palabras españolas se ignora el origen la frase «río Oregán ú Origán».

[411] Antiquit. ital., t. II, déc. XXX, páginas 894-899. En la tarifa de los Ferrareses de 1193, la frase grana de Brasill, puesta delante de pipere, zucaro y zafrano, podría engendrar alguna duda; pero en la tarifa de los Modeneses de 1376 la palabra grana no existe, estando en cambio la de carga (soma) di Braxilis. La palabra grana, aplicada después á la cochinilla de América, designaba en la Edad Media el Coccus polonicus y el Coccus lacca de la India, mezclado al producto del Croton lacciferum (en sanscrito, lakcha). Ignoro el origen de la denominación de grana de Brasile, de rojo ó laca de Brasile.

[412] Memorias sobre la antigua marina, comercio y artes de Barcelona, t. II, páginas 4, 17 y 20. En la tarifa de Collioure, en el Rosellón de 1252 encuentro canquas de brazil, laca y grana, como tres objetos distintos.

[413] Renaudot, Anciennes relations des Indes, pág. 5; Edrisi, pág. 33. Alrami es probablemente una corrupción de Ramani (Ramni, Lamery), que designa la isla de Sumatra (Sprengel, pág. 176). Edrisi describe el carcaddan ó rinoceronte de la isla Alrami, pero le atribuye un cuerno solo, lo mismo que hace Marco Polo al hablar del rinoceronte ó Leoncorni de la Gavia Minore (lib. III, cap. 12; Bald., t. I, pág. 240; tomo II, pág. 393). Seguramente el rinoceronte de Sumatra es bicornio como el de África, del cual, por lo demás, difiere mucho; mientras el rinoceronte javanés es unicornio, como el rinoceronte del continente de la India.

Este dato de geografía zoológica no debe, sin embargo, obligarnos á admitir que los nombres de Alrami, Ramani ó Java Minor designan más bien la isla holandesa de Java que la de Sumatra, porque se oponen á ello otras muchas razones discutidas por Mr. Marsden. Los marinos árabes observaron muy poco, sin duda alguna, el animal vivo y, conociendo más á fondo el rinoceronte del continente de Asia, ó, por mejor decir, su gran cuerno, que se usaba como vaso apropiado para descubrir el veneno en un licor, sus descripciones no pueden ser minuciosamente exactas. El mismo Mr. Marsden, en su excelente obra relativa á Sumatra, publicada en 1783, habla también (página 140) del único cuerno del rinoceronte de Java, y en la tercera edición (pág. 116) supone que en Sumatra hay dos rinocerontes, uno unicornio y otro bicornio. Por lo demás, los elefantes que faltan en la isla de Java, y que el viajero árabe, traducido por Renaudot encontró el año 851 en Ramni, son un dato zoológico más incontestable aún de la identidad de Ramni y de Sumatra (Samantara).

[414] Encuentro el nombre bakkam (lignum rubrum), cuya raiz probablemente no es semítica (porque bakama, morbum contraxit, no tiene sentido), en el geógrafo Yakuti, que pertenece al siglo XV y que habla de la madera del bresil de Ceylán, ya mencionada por el viajero árabe que tradujo Renaudot (De Guignes, en Notice et Extr. des man., t. II, pág. 411).

[415] Il Milione, lib. III, capítulos 8, 14 y 35 (Baldelli, tomo I, pág. 164; t. II, páginas 384, 398 y 454). Marco Polo, ed. de Marsden, pág. 612.

[416] Sumatra, pág. 95. Ainslie, pág. 196. El sapang es muy buscado en el archipiélago de la India para el tinte rojo.

[417] L. c., pág. 42. García, ab Horto (Aromatum hist., 1590, libro I, cap. 17, pág. 69), conocía ya el nombre sanscrito chandana, y lo distingue de la madera de bresil (sin duda el de las Indias occidentales), del Lignum santali rubri. Al chandana Cæsalpinia sapan se le llama también en la India (Roxb. Flor. Corom., t. I, pág. 18) Bukkan-Chitto de los Telingas.

[418] Véase acerca de este Portulano veneciano, muy raro, á Morelli, Lettera rarissima de Christoforo Colombo, pág. 63. La isla Colombo de Pedro Coppo da Isola, terra dell’Istria, es la ixola di Colombi de Bianco; según Buache, Fayal. En cuanto á la isla Ventura, que el Portulano de los Médicis considera también como sinónima de su isola di Colombis, véase Baldelli, páginas XXX y CLXX.

[419] Quizá provenga de brand y brennen (alemán), y de βράζω, hervir con violencia. En el latín de la Edad Media empléase braza por pruna, carbón encendido.

[420] La raíz sanscrita bhrâdsch (bhrâg), dice Mr. Boppo, significa lucir, resplandecer, y la rakta, rojo; randsch, colorear, teñir. Como anita, viento, procede del verbo an, soplar, brâdchita, será el adjetivo de bradsch, indicando lo que es reluciente. Wilson, sin embargo, no acepta esta última derivación.

[421] Navarrete, t. III, pág. 288: «In eo portu, dit Americ Vespuce, bresilico puppes nostras onustas efficiendo, quinque persistimus mensibus.» De igual suerte encontramos en Anghiera (Ocean., déc. III, lib. 10, pág. 66), hablando del viaje de Solís á la desembocadura del Río de la Plata en 1515: «Navigia coccineis truncis onerat: diximus vocari ab Hispanis brasilum, lignigenus id ad lanas fucandas aptum.»

[422] Ordenanzas hechas en 15 de Julio de 1516 (Navarrete, Doc. diplom., t. II, pág. 339). Es muy posible que algunas especies idénticas á la Cæsalpinia brasiliensis produjeran en tan gran extensión de costas la madera tintórea roja. Yo he cogido con Mr. Bompland en la América del Sur la Culteria tinctoria, que es la Cæsalpinia pectinata de Cavanilles, empleada por los indígenas como materia colorante.

[423] Déc. I, lib. V, cap. 3.

[424] Recuerdo que la Punta del Brasil de la isla Tercera, cuyo nombre ha subsistido hasta nuestros días, está señalada en la carta de Ortelio de 1578. El nombre que en el siglo XIV tenía toda la isla, lo conservó un solo punto de ella.

[425] Edición de Anveres de 1730, pág. 258. El párrafo empieza así: «En la cumbre de un monte que llaman del Cuervo fué hallada una estatua de un hombre puesta á caballo en pelo.» Este monte del Cuervo es la misma isla de Corvo.

[426] Confundiendo las palabras losa y loza, se ha dicho erróneamente que la estatua era de una especie de tierra cocida. (Mem. de l’Inst., t. VI, pág. 26.)

[427] Freyre (Vida do Infante Dom Henrique, páginas 319-338) dice «antes de 1447»; Boid (Description of the Azores, 1835, pág. 317) «hacia 1460».

[428] Boid, l.c., páginas 316-318. Antes hemos dicho que ya en 1436 el mapa de Andrés Bianco presenta la isla de Corvos marinos, nombre debido, sin duda, á las muchísimas aves que vuelan alrededor de la isla y no al aspecto sombrío de una montaña. No se tiene noticia de erupción volcánica reciente en Corvo, pero en la isla Flores hay un pico con crater.

[429] Mapa de Tofino, corregido con arreglo á las observaciones cronométricas de Mr. Degenes: Corvo, 33° 31′ 4″. Flores, 33° 36′ 34″.

[430] Eust., Comm., 64, 10 (Bernhardy, Geogr. græci min., tomo I, pág. 96). Estas estatuas del Hércules Tirio no estaban en el interior del templo de Gades, según dice Philostrato, quien, no reconociendo los caracteres púnicos de las columnas metálicas del templo, añade (y la observación me parece muy notable) que estos caracteres no eran ni indios, ni egipcios. Phil., in Vita Apoll. Tyan., V, 5. (Opp. ed. Olear., pág. 190.)

[431] Memorant autem in qualibet ex dictis insulis (Perennibus) cerni statuam lapidibus constructam et unamquamque statuam esse longitudinis centum cubiterum, et super quamlibet statuam haberi simulacrum æneum retro manu innuens. Hæ statuæ sunt sex: et una illarum, uti fertur, est idolum Cades quæ est ad occidentalem partem Andalusiæ, et nemo novit ullam habitationem ultra illas.» Edrisi, pág. 6.—«Ab insula Majed orientem versus, ad insulam Saha est iter trium brevium dierum. In hac autem insula conspiciuntur simulacra aliquot at litus maris, erectæ dexteræ, quasi innuant aspicienti, ac dicant: Revertere illuc unde venisti, quoniam nulla est a tergo nostro tellus quam adire possis.» Edrisi, pág. 37. El Sionita traduce estas islas Khalidât por Insulæ perennes, pero el derivado Khuld, aplicado á Paraíso (jardín de la eternidad), prueba bien que se debería traducir como lo hace Mr. Freitag, Insulæ fortunatæ. El primer pasaje de Edrisi me inspira alguna duda acerca del simulacrum de bronce que sirve de base á una estatua. He consultado á mi colega de la Academia de Berlín, el sabio orientalista Mr. Wilken, y examinando el texto original, opina que debe traducirse de este modo: Además del ídolo (sanam) de cien codos, hay en estas islas una figura de bronce.» Fauka, no significa sólo encima, sino también pretær. Malte Brun (Precis. de la Geogr., t. I, pág. 531) ha confundido las Canarias y las Azores. Las comunicaciones con las primeras nunca quedaron interrumpidas en los siglos XIII y XIV. (Albertus Magnus, De nat. locor., lib. II, cap. 5; Bocage, Coment. de la Divina Comedia, II, 331.)

[432] L. c., pág. 55. Véase Edrisi, pág, 71, donde habla de los compañeros de Dhulcarnaïn, muertos por los habitantes del mar Tenebroso.

[433] M. Buache ha creído descifrar lo siguiente, en latín bárbaro y en parte ininteligible: «Hæ sunt statuæ quæ stant ad ripas Antilliæ; quarum quæ in fundo ad securandos homines navigantes, quaræ est fusum ad ista maria quosque possint navigare et foras porrecta statua est mare sorde quo non possunt intrare nautæ.....» Zurla rechaza lo impreso en cursiva, no lee el nombre Antillia y cree reconocer en las últimas líneas: «est mare sotile (paréceme mejor subtile, para aqua tenuis ó mare breve) quo no poxit tenebant naves.» El exterior del medallón, tras del cual se ve de medio cuerpo la persona, presenta dos figuritas que están, al parecer, dentro del mar con agua hasta las rodillas.

Digno es de llamar la atención que los geógrafos árabes, consecuentes con el principio de determinar los límites de la navegación, admitieran también hacia el Norte de Europa estatuas parecidas á las de Canarias. En Bakui (Extr. des Man., tomo II, pág. 529) encuentro lo siguiente: «En una isla próxima á Bardmila hay una elevada montaña, y sobre ella una estatua anunciando que no se puede ir más lejos en la mar.» Bardmila, país de los Francos (cristianos), lo sitúa Bakui entre Irlanda y el país de Khozar, bañado por el Athel (Volga). «El árbol mauca, que se cría en la isla de Bardmila, y cuya sustancia encerrada entre el centro del tronco y la corteza, es comestible», me parece ser el pino, cuya parte blanca comen por necesidad, y á guisa de pan, algunas veces los escandinavos.

[434] Precis. de Geogr., t. I, pág. 596. En el siglo XVI hablóse también mucho de una moneda con la efigie de Julio César, encontrada, según se decía, en una mina de América, y que Juan Rufo, obispo de Cosenza, envió al Papa (Horn., De Orig. Americanorum, pág. 23). Ya el grave Ortelio dijo satíricamente que «la moneda la había perdido el mismo que la encontró».

Respecto á las monedas púnicas de la isla de Corvo que Mr. Podolyn cree fueron dejadas allí por cartagineses náufragos, puestos después en comunicación con la Metrópoli, es sensible que se ignore en absoluto cuál era la época y el estilo de la construcción del edificio de piedra donde estuvo la vasija que contenía las monedas, porque al destruir este edificio las olas embravecidas fué descubierta la vasija en 1749. Creo la verdad del hecho por la sinceridad con que lo refiere el padre Flores, de Madrid.

[435] He aquí el curioso pasaje de la Cosmografía de Thevet, libro XXIII, cap. 7 (edic. de 1575, pág. 1.022): «Estas islas del Atlántico han sido llamadas Essores; también essorer es palabra francesa que significa lo mismo que enjugar ó secar ó poner al aire alguna cosa. Son nueve islas. En la de San Miguel, hacia la parte del Septentrión y en la orilla del mar, registrando entre las rocas los primeros que la descubrieron hallaron un agujero de diez pies de alto y otro tanto de ancho; después de llegar hasta él, atreviéronse algunos á entrar dentro con hachones, creyendo encontrar grandes tesoros; pero vieron tan sólo dos monumentos de piedra; cada uno tenía lo menos doce pies y medio de largo y cuatro y medio de ancho. Los que han visto estos monumentos, trabajados bastante toscamente, me aseguraron no tener rastros de inscripciones, ni otra señal de antigüedad sino el retrato de dos grandes culebras que rodeaban los dichos monumentos y con ellas algunas letras hebraicas de tamaño de cuatro dedos, y tan antiguas que apenas se podían leer; pero un moro, natural de España, hijo de judío, hombre versado en las lenguas, las pinta tales y como aquí las presento, dejando la interpretación de las mismas á los que profesan la lengua de los hebreos. Y por esto puede juzgarse que dicho pueblo hebreo habitó, no sólo en el país de Judea, sino en todo el universo.»

Á esta relación sigue la de la muerte de muchas personas que «por filosofar y visitar las cosas más raras de la isla, entraron en esta profunda gruta y no salieron de ella, de modo que, por miedo á accidentes idénticos, fué cerrada con un muro la entrada».

[436] Las inscripciones de Thevet que me mandáis, me escribe el sabio orientalista, no carecen de interés, y parece que hasta ahora han llamado poco la atención. Sensible es que no tengamos una copia exacta de los caracteres para juzgar su antigüedad y su origen. No resulta claro si la inscripción estaba en hebreo puro, lo que es poco probable, ó si el moro, hijo de judío, la hizo pasar de una escritura á otra. La frase de Thevet, «los caracteres eran tan antiguos que apenas se podían leer», es muy vaga. Aunque algunas letras del alfabeto fenicio tienen semejanza con el hebreo puro, por ejemplo, en la leyenda Karat khadaschath d’Ekhel (Doctr. nummorum, vet. p. CLV, t. II, número 5), no debe suponerse que el moro pudo descifrar la frase entera. Si la inscripción era árabe, en caracteres cúficos, debía ser fácil á un hombre de sangre africana trasladar éstos á caracteres hebraicos. Lo mismo en fenicio que en árabe se encuentra Makhtsal, que por la terminación en sal recuerda los nombres propios numídicos, por ejemplo, el de Hiempsal. Lo mismo podría leerse Taal ó Baal ben; Martharbaal ó Mathtadbaal, nombres púnicos bien conocidos (Tito Livio, XXI, 12, 45; Polybio, III, 84; Appiano, Bellum Annibal, cap. 10); pero convengo en que, dada la escasa confianza que inspira la exactitud de la copia inserta en la Cosmografía de Thevet, cualquier interpretación es arriesgada. Añadiré á estas observaciones que en las piedras esculpidas de origen oriental, las inscripciones fenicias se encuentran á veces escritas con letras griegas, y que el famoso pasaje púnico de la comedia de Plauto (el Pænulus), aunque constantemente escrito con caracteres latinos en todos los manuscritos de Plauto, sin embargo, lo imprimieron á principios del siglo XVII en letras hebraicas Felipe Parens y Samuel Petit. La transformación de un carácter en otro es sin duda fácil, pero convengo con Mr. Wilken en que es muy poco verosímil que el moro pudiera leer toda la inscripción púnica.

[437] Benedicto Bordone (Isolario, 1533, pág. 18) pone muchas islas Asmeïdes y Lorenzo Anania (Fábrica del Mundo, pág. 303); sitúa Granozzo y Maïda un poco al Oriente de Terranova, casi en el punto donde en el mapa de Juan de la Cosa está la Isla Verde, porque la gran isla de Trinidad de Cosa, no parece idéntica á Terranova. Hacia estas regiones boreales hicieron los geógrafos del siglo XVI avanzar progresivamente la fabulosa isla de los Demonios, situada al principio frente á las costas de África. Andrés Thevet ha dado «el retrato» de esta isla, donde fué desterrada una señorita bretona, Margarita de Roberval, y donde, según parece, tuvo desagradables aventuras (Cosm. univ., pág. 1019). Á fines del siglo XVI considerábase la isla de Terranova dividida en dos partes por un brazo de mar. Comparando la isla de los Bacalaos del mapa de la Nueva Francia de Wytfliet (Descr. Ptolm. Augm., pág. 158) con el mapa «de un gran capitán de Dieppe» (Ramusio, t. II, pág. 353), se ve que, á la parte septentrional, le llama este capitán isla de los Demonios. La opinión de Malte Brun, de que la isla de la Mano de Satán (el Satanaxio de Andrés Bianco, Sarastagio de Bedrazio) es esta isla de los Demonios de los mapas españoles y franceses, no me parece probable (Precis. de Geogr., t. I, pág. 531). La aparición de islotes volcánicos, tan frecuente en 1638 y 1811 alrededor de las islas de San Miguel y de San Jorge en las Azores, pudo muy bien originar aquel nombre.

[438] Es el libro primero (pág. 17, Mercat) donde Ptolomeo habla de la región de los Seres, más allá de los Sines, donde los pantanos están llenos de grandes cañaverales por medio de los cuales los habitantes pueden pasar algunos ríos. Es un pasaje que está casi imitado de Plinio (VII, 2): «In India hæc facit ubertas soli, temperies cœli, aquarum abundantia, ut sub una ficu (Banian tree, en sanscrito nyakrôdha. Ficus religiosa. Linn.), turmæ condantur equitum. Arundines vero tantæ proceritatis, ut singula internodia alveo navigabili ternos interdum homines ferant.»

[439] Sin duda un cabo de las islas Azores, porque Herrera dice «que estas almadías con casa movediza que nunca se hunden, venían á parar á las islas Azores».

[440] Empleo la nomenclatura de Rennell, y echando una ojeada al mapa general anejo á la Investigation of the Currents of the Atlantic Ocean, se comprende lo que digo en el texto acerca de la mezcla de las aguas de distintas corrientes.

[441] En Noviembre de 1834 llegó á las playas de Southport una botella arrojada al mar, al E S E. del cabo Codd á los 40½° de latitud y á los 70° 20′ de longitud, en Marzo de 1833. La falsa persuasión, muy generalizada entre los pilotos, de que el Gulf Stream no ejerce acción al este de las Azores, ocasiona muchos naufragios en las costas occidentales de Irlanda. Los barcos que no se valen de cronómetros, ó de distancias lunares, llegan á tierra, por error de estima, más pronto de lo que esperaban. (Mechanic’s Mag., 1834, pág. 208).

[442] Véase el testimonio reciente de M. Boid (Descrip. of the Azores, 1835 pág. 96).

[443] «Colon, dice Las Casas en el extracto del Diario del primer viaje (domingo 25 de Noviembre de 1492), vido pinales tan grandes y maravillosos, que no podia encarecer su altura y derechura como husos gordos y delgados, donde conosció que se podian hacer navios é infinita tablazon y masteles para las mayores naos de España.» He manifestado ya en otro sitio que los primeros conquistadores designaban también con el nombre genérico de pino el Podocarpus. Herrera (déc. I, lib. II, cap. 12) lo dice claramente, describiendo el fruto de los pinos del Cibao de Santo Domingo, que parezen azeytunos del Axarafe de Sevilla. Si el verdadero pino de la isla de Santo Domingo y de la Isla de Pinos al Sur de Cuba, donde se hallan reunidos, como dice Anghiera, pineta y palmeta, es el Pinus occidentalis y de la misma especie que el pino de Méjico, es extraordinario que este último no descienda, según mis medidas barométricas, entre Méjico y Veracruz más que á 935 tæesas, y entre Méjico y Acapulco á 580 tæesas sobre el nivel del mar. (Relat. hist., t. III, páginas 376 y 470.) Conviene que los viajeros fijen la atención en estos hechos para resolver un problema que por igual interesa á la geografía botánica y á la climatología.

[444] No carece de interés para la historia de la geografía física recordar la sagacidad con que los marinos del siglo XVI reconocieron ya las relaciones de determinados movimientos del Atlántico desde el cabo de Buena Esperanza hasta las islas Azores. Colón no había navegado al Norte de la isla de Cuba, al Oeste del meridiano de la Providencia de la Grande Abaco; pero conocía la corriente ecuatorial, á la cual atribuía los utensilios «de nuestras costas de España» arrojados á la costa de Guadalupe (Vida del Almirante, cap 46; Anghiera, Ocean., pág. 27); había experimentado también la fuerza de las corrientes de Honduras y del canal Viejo, sin haber pasado nunca por el canal de Bahama ó de la Florida. La impetuosidad del movimiento de las aguas que salen del golfo de Méjico no fué reconocida hasta 1512, cuando la expedición de Juan Ponce de León (Herrera, déc. I, lib. IX, cap. 10); y como hasta principios del siglo XVII, época del viaje de Bartolomé Gosnold, que fué directamente (1603) desde Falmouth al cabo Cod, los buques destinados á la América del Norte pasaron constantemente por el canal de Bahama, se advirtió pronto la conexidad de los movimientos pelásgicos en las costas de Méjico y de la Florida con los de las costas de Terranova y del golfo de San Lorenzo, visitados desde 1497 y 1500 por Sebastián Cabot y por Cortereal. El historiador de Felipe II, Herrera, cuyas cuatro primeras Décadas se publicaron en 1601, describe el Gulf Stream tal y como lo conocemos (déc. I, lib. IX, cap. 12). «Las aguas de los mares de África y del Atlántico, dice, corren perpetuamente hacia la América meridional, y, no encontrando salida, pasan furiosamente, primero entre el Yucatán y Cuba, después entre Cuba, la Florida y las islas Lucayas, hasta que, saliendo de un paso tan estrecho como lo es el canal de Bahama, pueden ocupar un espacio más extenso.» Hay más; el punto de vista expuesto en la reciente obra del mayor Rennell, de que el Gulf Stream recibe su primer impulso en la punta meridional de África, en el banco de las Agujas (Agulhas banc), dirigiéndose hacia el golfo de Guinea al Norte, y después, con la corriente equinoccial del Este al Oeste hacia el cabo de San Roque y las costas de la Guayana (Investig. of the currents of the Atl. Ocean., 1832, pág. 20), encuéntrase claramente indicado en la sabia Memoria de Sir Humphrey Gilbert «sobre la posibilidad de un paso por el NO. al Cathay y las Indias orientales», Memoria que, por mencionar el mapamundi de Ortelio, debe haber sido redactada en 1567 y 1576. «Como las aguas del mar corren circularmente de Este á Oeste, obedeciendo al movimiento diurno del primum movile (el sol), los portugueses encontraron muchas dificultades para avanzar hacia el Este en su trayecto desde el cabo de Buena Esperanza á Calicut: también, á causa de la poca anchura del estrecho de Magallanes, las aguas (que vienen del mar de las Indias al Sur de África) vense obligadas á subir á lo largo de las costas orientales de América hasta el cabo Freddo, distancia de más de 4.800 leguas.» (Hakluyt, Voyages, t. III, pág. 14).

El nombre de este cabo data sin duda de la expedición de Sebastián Cabot, hecha en 1517, en cuya expedición llegó hasta los 67½° de latitud y descubrió la bahía de Hudson (Mem. of Seb. Cabot, páginas 29 y 118); P. Fraser Tyler (Disc. of the Northen Coasts of Am., pág. 41). Sir Humphrey Gilbert nombra por segunda vez este Cabo Frío, y le coloca en latitud de 62° opuesto á Groenlandia. (Hakluyt, t. III, pág. 23).

Al citar este notable pasaje, es casi inútil la observación de que la corriente, «que sube por las costas orientales de América», no abarca todo el espacio desde el estrecho de Magallanes hasta el paralelo 62° Norte. La corriente del Brasil, entre Bahía y Río de la Plata, se dirige al Sur, y esta misma dirección de las aguas se encuentra al Norte de Terranova, en las costas de Labrador.

En la travesía que en 1526 hizo Diego García desde las islas de Cabo Verde al cabo de San Agustín, atribuyóse la corriente dirigida al NO. (el North West equatorial Stream de Rennell) entre los 5° de latitud meridional y los 10° de latitud boreal, al impulso de inmensos ríos de la costa de Guinea (Herrera, déc. III, lib. 10, cap. 1.º); explicación errónea que en nuestros días ha sido aplicada á las corrientes próximas á la desembocadura de los ríos de la Plata, Amazonas y Orinoco, porque las causas son más lejanas y más generales.

[445] Glas, Hist. of the disc. and conquest of the Canary Islands, p. V; Viera, Historia general de las islas Canarias, tomo II, pág. 167.

[446] Gumilla, Orinoco ilustrado, cap. 31.

[447] El historiógrafo de Canarias, Viera (t. I, parte III), refiere que en muchas ocasiones ha arrojado el mar á las costas de las islas de Hierro y Gomera frutos y semillas procedentes de árboles indígenas de América. Antes del descubrimiento del Nuevo Continente, suponían los Canarios que estos frutos eran procedentes de la isla de San Brandón. La mejor prueba de las ramificaciones temporales de los ríos pelásgicos es el fenómeno de transporte de producciones vegetales de las Antillas á las costas de Noruega, de las Hébridas, de Irlanda y de las Canarias.

[448] Wallace dice que los esquimales llegaban en canoas de cuero; pero Mr. Giseke, que ha vivido largo tiempo en Groenlandia, me asegura que estas canoas se reblandecen cuando están muchos días en agua del mar. Asegura, además, que los esquimales del Labrador jamás atraviesan el canal entre el Labrador y Groenlandia.

[449] «Non me piget inter hæc ejusdem temporis rem dignam propter novitatem, quæ legentibus nota sit, scribere. Navis gallica dum in Oceano iter non longe à Britannia faceret, naviculam ex mediis abscissis viminibus arborum que libro solido contectis ædificatam cepit; in qua homines erant septem mediocri statura, colore subobscuro, lato è patente vultu, cicatriceque una violacea signato: hi vestem habetant è piscium corio, maculis eam variantibus. Coronam è culmo pictam septem quasi auriculis intextam gerebant. Carne vescebantur cruda, sanguinemque, uti non vinum, bibebant. Eorum sermo intelligi non poterat: ex iis sex mortem obierunt, unus adolescens in Aulercos, ubi rex (Galliæ) erat, vivus est perductus.» Bembo, Hist. Ven., lib. VII, pág. 257 (edic. 1718). En este cuadro, un poco recargado, fácil es conocer la raza de los esquimales, más extendida acaso hacia el Sur que en nuestros días. Á medida que la población indígena ha ido disminuyendo en el litoral, la navegación costera, ocasionada á aventuras extraordinarias, fué menos frecuente. En la narración de Bembo nada se dice de barcas de cuero.

[450] Gumilla (edic. franc.), t. II, pág. 211.

[451] Bosius, In Corn. Nep. Fragm., t. II, pág. 356; Plinio, II, 67: «Idem Nepos de septentrionali circuitu tradit, Quinto Metello Celeri, L. Afranii (sic Iul. Sillig. C. Afranii, Salmant) in consultatu collegæ, sed tum Galliæ proconsuli, Indos à rege Suevorum (ita omnes Plinii Codd) dono datos, qui ex India commercii causa navigantes tempestatibus essent in Germaniam abrepti.» (Consúltese también Car. Ferd. Rankii de Corn. Nepotis vita et scriptis Coment., 1827, pág. 27); Pomponio Mela, lib. III, cap. V, § 8.º: «Ultra Caspium sinum quidnam esset, ambiguum aliquandiu fuit: idemne Occeanus, an Tellus infesta frigoribus, sine ambitu ac sine fine proiecta. Sed præter Physicos Homerumque, qui universum orben mari circumfusum ese dixerunt, Cornelius Nepos, ut recentior, ita auctoritate certior; testem autem rei Q. Metellum Celerem adjicit, eumque ita retulise commemorat: Cum Galliæ pro consule præesset, Indos quosdam à rege Boiorum (Botorum, Bætorum, Getorum, inepte Lydorum, Codd) dono sibi datos; unde in eas terras devenissens, requirendo cogosse, vi tempestatum ex Indicis æquoribus abreptos, emensosque, quæ intererant, tandem in Germaniæ litora exiisse.» (Véase Eneas Sylvio, De Asia, 1551, pág. 283; Acosta, lib. I, cap. 19.)

[452] Las nociones adquiridas por Herodoto en las comarcas próximas á la extremidad boreal del mar Caspio, y confirmadas por los Scytas y otros pueblos nómadas que erraban entre la cordillera meridional del Ural y la desembocadura del Volga, eran más exactas que las ilusiones sistemáticas que prevalecían al Sur y Sureste del Caspio entre los compañeros de Alejandro y de Patroclo, el almirante de Seleuco Nicator y el gobernador de los Cadusienos en tiempo de Antioco. El mismo Aristóteles conserva la idea (Met. I. c. 14, 29; II, c. 1, 10) del aislamiento del Caspio, y este opinión viene en apoyo, como ha observado muy bien M. de Sante Croix, de las razones que se tienen para creer que Aristóteles escribió la Meteorología en Atenas, antes de ir á la corte de Filipo (Examen crit. des historiens d’Alexandre, pág. 703, y Jul. Lud. Ideler, in Arist. Met., IX). El pasaje del Pseudo Aristóteles. De Mundo, c. 3, no puede ser citado en contradicción de lo dicho, á causa de la compilación tardía de este tratado, posterior á la expedición de Alejandro á la India.

[453] Juxta vero ab ortu ex Indico mari, sub eodem sidere pars tota vergens in Caspium mare, pernavigata est Macedonum armis, Seleuco et Anthioco regnantibus, qui et Seleucida atque Antiochida ab ipsis appellari voluere. Circa Caspium quoque multa Oceani litora explorata, parvoque brevius, quam totus, hic aut illine septentrio eremigatus (Plinio, II, 67). En este mismo capítulo, que contiene el cuento de los indios arrojados en la costa de Germania, se hace á Cornelio Nepote contemporáneo de Eudoxio de Cyzico, célebre por una supuesta circunnavegación de África, en la cual conoció, como Pigafetta, nombres de lenguas bárbaras (Strabón, II, pág. 99). Ahora bien; Cornelio Nepote nació hacia el año 690 de la fundación de Roma, y el rey Lathuro, á quien Plinio nombra, murió en el año 673 (Ranke, pág. 15). Strabón, según Posidonio, supone el suceso en el reinado de Evergetes II ó Physcon, muerto el año 637 de la fundación de Roma (Posidonii Rhodii, Rel. collegit Bake, 1810, pág. 102).

[454] Hist. du Commerce des Anciens, pág. 352.

[455] Plinio, II, 69; Strabón, XI, pág. 509 Cas. En el curioso manuscrito de: los viajeros árabes de los siglo IX y X, publicado primero por el abate Renaudot y examinado después por M. de Guignes, padre, háblase también «de un buque de Siraph en el golfo Pérsico, que la fuerza de las corrientes lo llevó, dando la vuelta al Asia oriental ó septentrional, al mar Caspio (mar de Khozar) y desde allí, por un canal, á las costas de Siria» (Notice des Manuser. du Roi, t. I, pág. 161). Este mito geográfico recuerda el extraordinario suceso de la punta de una proa que Eudoxio de Cyzico (Strabón, II, pág. 99) encontró en la costa de los Etiopes, y que se decía llegó, por la fuerza de las corrientes, desde el río Lixus ó de Gades.

[456] Descriptionis Ptolemaicæ Augmentum sive Occidentis Notitia. Lovan, 1597, pág. 190. «Indos quondam tempestatibus in Suevorum et Germaniæ litora ejectos et Quinto Metello Celeri dono datos, non ex ultimis Orientis et Occidentis partibus, uti quibusdam visum est, sed ex hac Laboratoris et Estolandiæ aut vicinis terris venise constanter teneo, mecumque sentient quicumque climatis rationem expenderit.» Este pasaje alude también á otra vaga suposición indicada por Wytfliet en el artículo Quivira y Anián, según la cual los Indios de Metelo Celer pudieron ser acaso verdaderos Indios, que llegaron á Europa por el Noroeste, pasando por los estrechos de Anián y del Labrador (pág. 170). Conviene recordar, con tal motivo, que estos dos nombres se aplicaban á dos distintos estrechos, creyéndose que había comunicación entre ellos; uno es nuestro estrecho de Behring, y el otro un canal que se suponía á lo largo de las costas septentrionales de América, desde los estrechos de Davis y de Frobisher hasta Bergi Regio y Aniani Regnum, según la nomenclatura del siglo XVI. Más aún; en la célebre y problemática Memoria de Lorenzo Ferrer Maldonado, de 1588, dícese que el estrecho de Labrador no termina hasta los 75° de latitud, y «que hay 790 leguas desde el estrecho del Labrador al de Anián.» El nombre de este último estrecho encuéntrase por primera vez en un mapa del atlas de Ortelio de 1570, y aunque Rivero no le conoce en 1529 (Sprengel, en las Adiciones á la traducción alemana de Muñoz, Historia del Nuevo Mundo, pág. 493), no prueba esto de ningún modo que haya sido inventado en el intervalo de 1529 á 1570. Por otra parte, su posición occidental hace improbable que Cortereal, en su viaje á la embocadura del San Lorenzo y al Labrador, le diera en 1500 el nombre de Anián en honor de dos hermanos que le acompañaban, como supone Forter (Nord. Entd. B. III, capítulo 5, § 1). Hasta hoy nada se ha encontrado que explique la denominación de Anián. El nombre de Fretum trium fratrum que emplea Gemma Frisius (Hakluyt, t. III, página 16), indica vagamente una comunicación del Atlántico con el mar del Sur, al Norte de América, y si Ani (Barrow, Voyages into the Polar Regions, pág. 45) significa en japonés hermanos, no causaría extrañeza ver aplicado al estrecho de Behring un nombre asiático, á pesar de las dudas que tan gran distancia de navegación para los japoneses pueda engendrar. ¿Qué crédito merece, en tal caso, la explicación de Fretum trium fratrum, fundada en las desgracias de Gaspar y Miguel Cortereal en las costas orientales del Nuevo Continente?

[457] Pontano (Rerum Danicarum Historia, 1631, pág. 764) discutió esta opinión.

[458] Gomara, fol. VII. Horn., (De orig. Amer., pág. 24) repite el hecho, pero diciendo llegaron por sí mismos á Lubeck. «Similis casus in temporibus Frederici Barbarossæ narratur, Indos scapha Lubecam appulise.»

[459] En la Memoria acerca de la posibidad de un viaje al Cathay por el Noroeste (Hakluyt, t. III, pág. 17), estaba en el interés del autor probar que los Indios de Metelo Céler vinieron por el Norte de América rodeando el Promontorium Corterealis, que está inmediato al Polissacus fiuvius (pág. 19). Este mismo razonamiento fué, al parecer, empleado para motivar el proyecto de Sebastián Cabot, que, según Gomara (fol. XX), «prometió al rey Enrique VII ir por el Norte al Cathay y al país de las especias», en 1498 (Mem. of. Seb. Cabot., pág. 87). «Il primo motivo, dice el cardenal Zurla (Viaggi, t. II, página 284) deducevano dal Cornelio Nepote é parimente del sapersi che á tempi di Ottone, imperatore fu trasportatata daventi nel Mare Germanico una nave de Levante.»

Ocasión tendré más adelante, al hablar del mapa de una edición de Ptolomeo de 1508, de discutir la denominación del río Polisacus (el Pulisangha) ó río de Cambalu en China.

Á causa de la cita de los Othones y de Federico Barbarroja he examinado cuidadosamente, pero sin fruto, la célebre crónica de Ditmar, conde de Walembek (Cronogr. Ditmari, episcopi Merspurgensis, libri VIII, Helmst, 1667, páginas 17-88) y la Crónica de Othón de Freising, continuada por Othón de San Blaise y el canónigo Radevicus (Murat, Script Rerum Ital., tomo VI, páginas 610-736 y 742-758). Á ruego mío ha examinado Mr. Deecke en Lubeck, y también infructuosamente, la rarísima edición de Othón de Freising, impresa conforme á los manuscritos de la Biblioteca de Viena en 1515. ¿Quiso hablar acaso Eneas Silvio de una Crónica de Austria del obispo Freising, que no ha llegado á nosotros?

[460] Grantoff. Chron. des Franciscaner-Lesemeisters Ditmar, 1829, t. I, p. XXIX, 4 y 413. Ditmar alcanza en su Crónica hasta 1101; Alberto de Bandervik solamente á 1298. La fundación de la ciudad antigua de Lubeck, situada á orillas del riachuelo de Schwartow (Helmoldi Chronica Slavorum, Lubeck, 1139, lib. I, cap. 20 y 57, p. 61 y 137), corresponde á la época que media entre los años 795 y 823. Los Rugienos la incendiaron y destruyeron en 1139, y este suceso ocasionó la fundación de la nueva ciudad de Lubeck en 1140. No habían transcurrido veinte años desde su reedificación en la época en que, según dice Gomara, llevaron allí los indios. Como esta ciudad nueva fué también destruída completamente por un incendio en 1157 (Grantoff, t. II, p. 581), la suposición de que fueran conducidos á esta ciudad comercial para mostrarlos al pueblo, náufragos llegados de las costas de Escocia ó Noruega, no me parece probable, porque hasta repugna á las costumbres de aquellos tiempos. El silencio de Helmod, que era cura de una aldea á orillas del lago de Plœn en el Holstein, es tanto más importante cuanto que en 1164 vivía aún, como su propia Crónica lo indica claramente (cap. 94, p. 213).

Consulté á un sabio, profundamente versado en la historia de estas comarcas y que habita en el mismo Lubeck, Mr. Deecke, y he recibido confirmación de las dudas que acabo de exponer. «Examinando de nuevo todas nuestras Crónicas, me escribió Mr. Deecke en Enero de 1835, nada encuentro, absolutamente nada, que permita adivinar lo que ha dado motivo á las extrañas noticias adquiridas por Eneas Silvio, Gomara y Sir Humphrey Gilbert, cuyas investigaciones sobre el paso del Noroeste nos ha conservado Hakluyt. Debo, sin embargo, deciros que en la casa donde se reunía el gremio de los marinos (Schiffergesellschaft de Lubeck), se conserva una canoa groenlandesa con una figura de madera, representando un esquimal, figura que estuvo antes cubierta con el traje propio de los esquimales. La canoa ha sido recompuesta muchas veces, y su inscripción más antigua es de 1607, pero según una tradición muy vaga, debió capturar un barco de Lubeck á este pescador esquimal en los mares del Oeste hace trescientos años. Las relaciones comerciales de Lubeck con las regiones del Oeste y del Noroeste datan de mediados del siglo XIII. Acaso Gilbert quiso decir en el reinado de Federico III. No entiendo, como vos no entendéis, lo que significan las palabras del papa Eneas Silvio: Nos apud Othonem legimus; ni la cita de Gilbert: Othon in the storie of the Gothes affirmeth. No ha existido ningún Othón que escribiera una historia de los Godos, y entre los historiadores de este pueblo, que por largo tiempo y cuidadosamente he estudiado, no hay rastro de ningún suceso parecido.»

En muchas ciudades marítimas se conservan canoas groenlandesas, y esta conservación no prueba nada por sí misma, como sucede con el cocodrilo que me enseñaron colgado en una capilla de los alrededores de Verona, y que, según la tradición popular, vino derechamente al Brenta desde la desembocadura del Nilo.» La historia de la canoa de Lubeck, según los indicios dados por los autores que acabo de citar, podría referirse muy bien á la captura de un pescador esquimal arrastrado por alguna tempestad lejos de las costas de su patria.

[461] Navarrete, Documentos diplom., t. II, páginas 262-269.