The Project Gutenberg eBook of Romancero selecto del Cid

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Title: Romancero selecto del Cid

Author: Anonymous

Author of introduction, etc.: Manuel Milá y Fontanals

Release date: August 6, 2018 [eBook #57648]

Language: Spanish

Credits: Produced by Ramon Pajares Box and the Online Distributed
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ROMANCERO SELECTO DEL CID ***


Nota de transcripción

Índice

Romancero selecto del Cid


Cubierta del libro

[p. i]

Romancero del Cid


[p. ii]

ES PROPIEDAD


[p. iii]

Romancero Selecto

DEL CID

CON UN PRÓLOGO DE

D. Manuel Milá y Fontanals

Catedrático

de la Universidad de Barcelona, presidente honorario de la Academia de Buenas Letras,
etc., etc.

Filete de adorno

Ilustración de

Werner, Foix, Gómez Soler y Xumetra

Grabados de KAESEBERG y GÓMEZ POLO

Ilustración de adorno

BARCELONA
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
Daniel Cortezo y C.ª, Ausias March, 95

1884


[p. iv]

Logotipo editorial

Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª


[p. v]

Cenefa de adorno

PRÓLOGO


I

L

La historia literaria nos señala, como objeto de incomparable nombradía, á los héroes que ocupan el primer lugar en las grandes y poco numerosas epopeyas, hijas legítimas del genio de un pueblo. Al retratar el poeta venusino, y por cierto con colores nada halagüeños, el carácter de Aquiles, no encuentra epiteto que mejor le cuadre que el de celebrado (honoratum). Igual calificativo pudiera aplicarse á los dos héroes predilectos de las tradiciones heróicas de Francia y España. «El Cid, dice el docto Puymaigre[1], es tan popular allende los Pirineos, como aquende lo fué Roldán.» Y, en verdad, si el nombre del paladín francés traspasó inmediatamente los linderos de su tierra natal, y se extendió por dilatadísimas comarcas, los españoles han recordado el del héroe de Vivar con sin igual perseverancia, y ni un solo día ha dejado de ser proverbial y propuesto como dechado de guerreros y patricios.

Rodrigo ó Rúy Díaz el de Vivar, llamado también el Castellano y el Campeador y más comunmente el Cid (nombre de origen arábigo que significa Señor), hijo de Diego Laynez, descendiente del juez de Castilla Laín Calvo, nació en Burgos ó en la próxima aldea de Vivar á mediados del siglo XI. Hubo de figurar ya en los últimos tiempos del primer [p. vi]Fernando. Le armó caballero y le nombró su alférez Sancho II, á quien, después de la batalla de Golpejares, aconsejó el Cid que atacase al victorioso y ya descuidado ejército de su hermano Alfonso VI de León. Consta que venció en singular batalla á un sarraceno y á un pamplonés. Acaso ya por entonces casó con doña Jimena, hija del conde de Oviedo.

Muerto Sancho por Bellido Dolfos en el cerco de Zamora, doce caballeros, entre los cuales se contaba Rodrigo, exigieron del nuevo rey de Castilla Alfonso VI que jurase no haber tenido parte en la muerte de su hermano. Asistió el Cid algún tiempo en la corte, pero por el recuerdo de la jura ó por otro motivo de desazón ó por hablillas de los envidiosos, fué desterrado al finalizar el año 1081 ó poco más tarde.

Fuése Rodrigo á Barcelona y luégo á Zaragoza, donde entró á reinar Al-Mutamin. Sirvió á éste victoriosamente contra su hermano el rey de Denia, favorecido por los soberanos de Aragón y Barcelona. Siguió el Cid unido al hijo y sucesor de Al-Mutamin, con cuyo auxilio rechazó á los Almoravides, llamados por Al-Kaadir, rey de Valencia, sitiando después esta ciudad. Tres veces se allegó á Alfonso, pero no tardaban en separarse, saliendo la tercera nuevamente desterrado.

Muerto Al-Kaadir y entronizado el traidor Ben-D’yajaf, después de varios incidentes y de haber rechazado la invasión del Almoravide Abou-Becr, se apoderó el Cid de Valencia (1094). Mostróse al principio clemente, pero luégo condenó al fuego á Ben-D’yajaf y otros musulmanes. Alcanzó nuevas victorias, mas derrotado por los almoravides su pariente y amigo Álvar Fáñez y parte de su propio ejército, murió de pesadumbre (1099). Su viuda tuvo que dejar á Valencia después de haberse mantenido en ella dos años. Salieron los cristianos en procesión con el cadáver de Rodrigo, el cual, como también después el de Jimena, fué sepultado en San Pedro de Cardeña. Le sobrevivieron sus dos hijas, Cristina, casada con Ramiro infante de Navarra, y María que lo fué con Berenguer Ramón III de Barcelona.

La historia no nos presenta al Cid como héroe sin mancha: no siempre se mostró vasallo reverente, y su energía se convirtió á veces en crueldad, su prudencia en astucia; pero atesoró grandes cualidades que le valieron la admiración de amigos y enemigos musulmanes, uno de los cuales le procla[p. vii]mó prodigio del Señor. Sus victorias, de que se aprovechó toda la cristiandad, su vida aventurera y hazañosa y sus prendas personales y domésticas le convirtieron, á no tardar, en héroe de épicas tradiciones.

Pocos años después de su muerte, si no ya en vida, según opina Baist, fué el Cid celebrado en un poema latino, y consta que á mediados del siglo XII era ya cantado con el nombre de Mio Cid.

Dos son los poemas ó cantares de gesta relativos á este célebre personaje histórico que se han conservado. El que versa sobre hechos más antiguos, publicado en nuestro siglo por Mr. Francisque Michel, ha sido llamado la Crónica Rimada ó el Poema de las mocedades del Cid y pudiera llamarse simplemente El Rodrigo, pues tal es el nombre que da constantemente al héroe. Este poema cuenta la historia fabulosa de la juventud de Rodrigo, la cual comprende la muerte dada á un supuesto conde de Gormaz, injuriador de su padre, su casamiento con Jimena, hija del mismo conde, sus primeras victorias ganadas á caudillos árabes y la imaginaria expedición á Francia, á donde, según se supone, acompañó al rey D. Fernando, para oponerse al tributo que á Castilla exigían los monarcas extranjeros.

El otro cantar, llamado comunmente el Poema del Cid, fué publicado en el pasado siglo por el Pbro. Don Tomás Sánchez, y pudiera distinguirse de El Rodrigo, apellidándole El mio Cid, pues así denomina al de Vivar. Menos apartado que aquél de la realidad histórica, es, á nuestro ver más antiguo, y nos presenta un héroe, nada muelle ni apocado, pero grave y comedido, sin los impetuosos arranques atribuídos á sus mocedades. Refiere las hazañas del Cid después de su último destierro, la toma de Valencia, el casamiento, sin duda alguna fabuloso, de sus hijas con los infantes de Carrión, la cobardía de éstos y el mal tratamiento que dan á sus esposas, las cortes convocadas por Alfonso, la sentencia pronunciada contra los infantes y los nuevos casamientos de las hijas del Cid con el infante de Aragón (así dice) y el de Navarra.

Fueron narrados también en cantares perdidos, el testamento y la muerte de don Fernando, el cerco de Zamora, la muerte de don Sancho y la jura de Alfonso.

[p. viii]La Estoria de Espanna ó Crónica general compuesta ó más bien dirigida por Alfonso X, que contiene un gran depósito de relatos históricos y poéticos de la vida del Cid, ha conservado otras tradiciones, que sin duda no fueron cantadas, tales como la de haber el Cid libertado á don Sancho en Santarem, y amonestado y corregido al cobarde Martín Peláez en el cerco de Valencia y las del converso Gil Díaz y demás que dan cima á la biografía del héroe.

Leves rastros de alguna otra tradición se perciben en la Crónica particular del Cid, que por el intermedio de la de Castilla redactada en tiempo de Alfonso XI, proviene, según observó un ilustre crítico, de la obra histórica del Rey Sabio[2].

II

En la época de la formación de los romances, llegó el Cid á ser el héroe predilecto de estas composiciones populares que tanto valimiento alcanzaron. Fué además el único de cuyos romances se publicó una colección especial, empresa llevada á cabo por Escobar en su Romancero é Historia del muy valeroso caballero el Cid, Rúy Díaz de Vivar, impreso por primera vez en 1612 en Alcalá. Esta colección comprende 102 romances, algunos de los cuales tomó Escobar del Cancionero publicado en Amberes, primero sin fecha y por segunda vez en 1550, otros de los compuestos ó publicados por Sepúlveda y Timoneda, y, finalmente, y en mayor número, del Romancero general, añadiendo algunos que, como los últimos, pertenecen al género de romances nuevos ó artísticos. La colección de Escobar ha sido impresa en España á lo menos diez y ocho veces, y no pudo eclipsarla, antes bien quedó poco menos que desconocida la publicada en 1626 en Barcelona por Francisco Metje con el título de Tesoro escondido de todos los más famosos romances así antiguos como modernos del Cid... con romances de los siete infantes de Lara[3].

Los romances del Cid (y en esto no fueron únicos) inspiraron composiciones dramáticas, siendo sin duda las primeras las dos tan famosas de Guillén de Castro. Á éste siguió Pedro Corneille en varias escenas de su celebérrima tragedia del[p. ix] Cid, si bien al defender el carácter que había atribuído á Jimena, adujo la autoridad, no del dramático español, sino la de dos romances. La obra de Corneille fué el principal origen de la fama del Cid fuera de España. En la llamada Bibliothèque universelle des Romans (2.º volumen del mes de Julio de 1783) se publicó una versión bastante libre (por Couchut?) de varios romances del héroe de Vivar. Esta traducción fué puesta también libremente en lengua alemana por el famoso Herder cuyo libro se divulgó en gran manera entre sus compatricios. Han dado éstos, sin embargo, más fieles traducciones y publicado de nuevo los originales J. (Julius) con un prólogo castellano y una biografía del héroe por Müller, Keller que aumentó á Escobar y Carolina Michaelis que ha reunido 205 romances.

Todos los comprendidos en la colección selecta que damos á luz se leen en el incomparable Romancero general de Durán á excepción del Yo me estando en Valencia y del Junto al muro de Zamora que descubrieron Wolf y Hofmann en el segundo tomo de la Silva de romances de Zaragoza, publicándolo en su Primavera y Flor de romances, y del Banderas antiguas tristes que proviene del Tesoro de Metje y ha publicado Köhler en su Herder’s Cid con variantes del Jardín de amadores[4]. Nuestra elección no ha seguido exclusivamente un criterio estético. Hemos procurado en especial dar al lector una narración seguida, evitando, con alguna excepción casi necesaria, la repetición de un mismo hecho. Entre dos romances de igual asunto, no siempre hemos preferido el más antiguo, como hubiéramos hecho en una colección de índole científica, sino el más satisfactorio en su género. Al que nos tildase de haber omitido alguno de los viejos y admitido un gran número de los artísticos, contestaríamos además que varios de los últimos han adquirido gran celebridad y se echarían de menos en un Romancero del Cid, y que algo se ha de atender, en una publicación como la presente, al gusto del mayor número de lectores.

Pertenecen á la clase de los llamados primitivos y que con más ó menos rigor son acreedores á este título los: 6, Cavalga Diego Laínez; 7, Día era de los Reyes; 17, Por el val de las Estacas; 19, Á concilio dentro en Roma; 25, Doliente se siente el rey; 26, Morir vos queredes, Padre; 27, Rey don Sancho,[p. x] rey don Sancho; 31, Apenas era el rey muerto; 32, Afuera, afuera, Rodrigo; 33, Riberas del Duero arriba; 34, Junto al muro de Zamora; 35, Guarte, guarte, rey don Sancho; 36, De Zamora sale D’Olfos; 39, Ya cabalga Diego Ordóñez; 43, Tristes van los zamoranos; 45, Por aquel postigo viejo; 46, En Santa Águeda de Burgos; 76, Helo, helo por do viene; 83, Por Guadalquivir arriba; 84, Tres cortes armara el rey; 85, Yo me estando en Valencia. En estos romances, por lo común bellísimos, hállanse el corte popular y la expresión ingenua que no pudo después imitar el arte, y no tan sólo en los asuntos, pero aun en los pormenores guardan preciosas reliquias de los antiguos cantares, transformados á menudo por la fantasía popular y algunas veces por la inventiva del poeta no menos que por el influjo de las crónicas. En el 46 se nota la mención de trajes relativamente modernos.

Los romances, 8, Reyes moros en Castilla; 9, De Rodrigo de Vivar; 14, Sobre Calahorra esta villa; 15, Muy grandes huestes de moros; 28, Llegado es el rey don Sancho; 29, Entrado ha el Cid en Zamora; 30, El Cid fué para su tierra; 56, Ese buen Cid Campeador; 57, Adofir de Mudafar; 68, Aquese famoso Cid, Con gran razón etc.; 74, En batalla temerosa; 94, Estando en Valencia el Cid; 96, Aquese famoso Cid De Vivar etc.; 101, Vencido queda el rey Búcar; 102, En Sant Pedro de Cardeña son de la colección de Sepúlveda; el 13, Celebradas ya las bodas, está fundado en otro del mismo origen. Estos romances, que han debido incluirse para completar la narración, no son sino transcripción versificada de la crónica: mas aunque ayunos de inspiración poética, agradan por lo que conservan de las antiguas narraciones. El 60, Apretada está Valencia, aunque anterior á los de Sepúlveda y más arcáico en la forma, pertenece también á la clase de los tomados directa y literalmente de la historia escrita.

Los demás romances de esta colección son de los que se llamaron nuevos y que la crítica ha denominado artísticos.

No diremos de ellos lo que dijo Marcial de sus epígramas, pero no cabe duda en que los hay medianos y algunos maleados en sumo grado por los vicios á que propende este género, es decir, la afectación de antigüedad en el lenguaje y el abuso de una fecundidad razonadora y palabrera. No obstante, en general puede afirmarse que son bien hechos y de agradable[p. xi] lectura y se ve que los poetas no sólo atendían al lucimiento de su ingenio, sino que miraban con cierto respeto y seriedad el asunto. Algunos particularmente son verdaderas joyas del arte; tales como el 2, Cuidando Diego Laínez, donde con tanta viveza y maestría se expone la prueba que hace de sus hijos el sucesor de Laín Calvo; el 5, Llorando Diego Laínez de tan dramático efecto; los 10, Á Jimena y á Rodrigo y 11, Á su palacio de Burgos, recomendables por su gracia y por la viveza (ya que no por la exactitud arqueológica) de sus descripciones; el 12, Domingo por la mañana que parece hecho para competir con el 11; el 20, En los solares de Burgos y 21, Pidiendo á las diez del día, notables, según observación de Federico Schlegel, por su delicada ironía; el 22, Salió á misa de parida, modelo acaso del 12 y que emula si no vence á los 10 y 11; los 23, Acababa el rey Fernando, y 24, Atento escucha las voces, tan preciosos en su género que no hemos podido desecharlos, á pesar de ofrecer el mismo argumento que dos bellísimos primitivos; el 41, El hijo de Arias Gonzalo, modelo de sentimientos caballerescos y de elegante sencillez; el 49, Fablando estaba en el claustro que forma un cuadro completo en que parece adivinarse la decoración románica; el 67, Victorioso vuelve el Cid que tan bizarra apostura y tan discretas razones atribuye al héroe; el 70, Acabado de yantar que con bien escogidos toques cómicos pinta la cobardía de los infantes; el tan sentido 78, Al cielo piden justicia; el 82, Recibiendo el alborada que participa de la gala de los moriscos, etc.—Dígase lo que quiera, pero algo han de tener estas composiciones, cuando muchos de sus versos quedan perennemente grabados en la memoria de quien los leyó y saboreó en edad temprana[5].

De las diversas épocas á que pertenecen los romances (aunque menos apartadas entre sí de lo que muchos han opinado) se deriva para las obras componentes del Romancero del Cid una divergencia de estilos en gran manera opuestos á la idea de los que lo propusieron como prueba y ejemplo de epopeyas formadas por una serie de breves cantares. Esta misma divergencia desagradará sin duda á quien busque, con ánimo severo, una construcción regular y homogénea; mas puede contribuir al deleite del que prefiera una perspectiva curiosa y variada.

[p. xii]Motivo más formal de aprecio se halla en el valor relativamente moral é histórico del mismo Romancero. Se extrañará la primera calificación, que damos únicamente como relativa, si se atiende al primer hecho ruidoso que se atribuye al Cid (fundado en preocupaciones que la recta razón desaprueba) y á los ímpetus de su bravío carácter, con respecto al monarca y aun al sumo Pontífice[6]: todo lo cual proviene de las fabulosas narraciones transmitidas por el poema de El Rodrigo; mas fuera de esto y si se atiende al efecto general, se ve retratado el Cid como varón de nobilísimo carácter, defensor de la fe, de la patria y de la familia, amador del derecho, bueno para los suyos y rendido en el fondo á un monarca que no siempre le trataba con justicia. Por otra parte, levísimas supresiones han bastado para que resultase una expresión constantemente limpia y decorosa[7].

Por lo que hace á la parte histórica ¿quién negará que se han entrometido muchas ficciones en la vida poética de nuestro héroe? Es fabulosa la reyerta de Diego y su hijo con un Gormaz (ó Lozano ó mejor lozano) que nunca ha existido, y toda la expedición de Fernando y de Rodrigo á lejanas tierras; eslo también, aunque con más visos de verosimilitud, el casamiento de los infantes de Carrión, y distan mucho de ser auténticas la mayor parte de anécdotas que de los posteriores años se refieren. Mas casi todos los personajes, un gran número de hazañas, el hecho importantísimo de la toma de Valencia, la resistencia á los almoravides, las desavenencias y reconciliaciones con Alfonso y un cierto ambiente general que en los romances se respira, son verdaderamente históricos.

Por tales dotes, menos comunes de lo que se creyera en narraciones de esta clase, por el sinnúmero de bellezas poéticas que sólo muy someramente hemos indicado, por el interés é incomparable variedad de las situaciones queda justificada la predilección de propios y extraños por el Romancero del Cid, que el célebre estético Hegel (en demasía célebre como filósofo) puso por encima de los demás ciclos poéticos populares y equiparó á un collar de perlas.

Manuel Milá y Fontanals.

[p. xiii]NOTAS DEL PRÓLOGO

[1] Petit Romancero.

[2] Lo que acaba de leerse es brevísimo resumen de nuestro libro De la poesía heróico-popular castellana, pág. 219 á 270. Desde la última á la 300 se estudian el origen y la índole de los romances viejos del Cid.

[3] Véase Durán, II, 682, para el Romancero de Escobar y sus trece reimpresiones españolas, hasta la mutilada de González de Reguero (no Roquero), Madrid, 1818, á las cuales deben añadirse una de Barcelona, otra de Palma y dos de Madrid, posteriores. Acerca del Tesoro de Metje, véase el mismo Durán y Köhler Herder’s Cid. Añadiendo á esta colección las diez y ocho impresiones españolas del Escobar, las colecciones de Julius, Keller, Durán (1.ª y 2.ª edición) y Michaelis, sin contar las muchas repeticiones de romances aislados de nuestro héroe en colecciones generales, tendremos que el presente RomanceroRomancerillo) del Cid es, cuando menos, el vigésimo quinto.

[4] Hemos cambiado el segundo verso de este romance que decía: Victorias un tiempo amadas en De victoria un tiempo amadas, siguiendo la corrección propuesta por Damas Hinard.

[5] No pretendemos que los nombrados son los únicos romances artísticos de mérito entre los del Cid. Aun en los que lo tienen en grado inferior, suele haber rasgos notables; por ejemplo el 64: Partíos ende los moros ofrece el siguiente, hablando de las arcas entregadas á los judíos Raquel y Vidas:

Que aunque cuidan que es arena

lo que en los cofres está,

quedó soterrado en ellos

el oro de mi verdad:

rasgo que, si mal no recordamos, atribuyó Dozy á un depurado idealismo moderno y al ingenio del poeta francés Delavigne, que lo adoptó en su drama titulado Les filles du Cid.—No hemos nombrado entre los mejores romances el 75: Tirad, fidalgos, tirad, á pesar de ser obra de Lope de Vega y de no carecer de ingenio, ni incluido siquiera en la colección el celebrado Al arma, al arma sonaban, que lleva el n.º 745 en el Romancero de Durán, cuyo estribillo

Rey de mi alma y d’ esta tierra conde

¿Por qué me dejas? ¿Dónde vas? ¿Adónde?

pareció al ya citado Dozy digno de un mal libretto de ópera; así como se nos antoja que lo tuvo presente Cervantes al poner en boca de Altisidora:

Cruel Viriato, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe, allá te avengas.

[6] El satírico Francisco Sánchez en su libro La verdad en un potro y Cid resucitado, encaminado á censurar las patrañas que del Cid se referían, enójase especialmente de los supuestos desacatos al Padre Santo. No son éstos históricos ni pudieron serlo, pues no hubo tal expedición á Francia ni á Roma; ni el Cid, por lo que sabemos, salió en su vida de España.

[7] La de seis versos que pertenecen, no al Cid sino á los infantes de Lara, en el romance 7, de cuatro ingenuos con exceso en el 25 y de dos harto groseros en el 85.

Ilustración de adorno

[p. 15]

Portadilla de adorno

Romancero del Cid


[p. 17]

PARTE PRIMERA

ÉPOCA DE FERNANDO PRIMERO

Mocedades del Cid


[p. 19]

Ilustración

I

N

Non me culpedes si he fecho

mi justicia y mi deber,

magüer que siendo pequeño

me nombraste por jüez.

Entre todos me escogistes

por de más madura sién,

porque ficiese derecho

de lo fecho mal y bien.

Non fagáis desaguisado

si al robador enforqué,

que en homes este delito

[p. 20]no causa ninguna prez.

Como de veras me pago,

de las burlas non curé,

que el que pugna por la honra

enemigo d’ella fué.

Atended que la justicia,

en burlas y en veras, fué

vara tan firme y derecha

que non se pudo torcer.

Verdad, entre burla y juego,

como es fija de la fe,

es peña que al agua y viento

para siempre está de un sér.

Miémbraseme que mi abuelo,

en buen siglo su alma esté,

muchas veces me decía

aquesto que agora oiréis:

«El home en sus mancebías

siempre debiera aprender

á facer siempre derecho

cuando en más burlas esté.»

Así fice esta vegada;

yo cuido que fice bien,

que sigo un abuelo honrado

que nadie se quejó dél.—

Esto decía Rodrigo

afinojado ante el Rey,

delante los que juzgaba

antes de los años diez.

Ilustración de adorno

[p. 21]

II

C ornada

Cuidando Diego Laínez

en la mengua de su casa,

fidalga, rica y antigua

antes que Íñigo Abarca;

y viendo que le fallescen

fuerzas para la venganza,

porque por sus luengos días

por sí no puede tomalla,

no puede dormir de noche,

nin gustar de las viandas,

ni alzar del suelo los ojos,

ni osar salir de su casa,

nin fablar con sus amigos,

antes les niega la fabla,

temiendo que les ofenda

el aliento de su infamia.

Estando, pues, combatiendo

con estas honrosas bascas,

para usar d’esta experiencia,

que no le salió contraria,

[p. 22]mandó llamar á sus hijos,

y sin decilles palabra,

les fué apretando uno á uno

las fidalgas tiernas palmas;

no para mirar en ellas

las quirománticas rayas,

que este fechicero abuso

no era nacido en España.

Mas prestando el honor fuerzas,

á pesar del tiempo y canas,

á la fría sangre y venas,

nervios y arterias heladas,

les apretó de manera

que dijeron:—Señor, basta

¿Qué intentas ó qué pretendes?

Suéltanos ya, que nos matas.—

Mas cuando llegó á Rodrigo,

casi muerta la esperanza

del fruto que pretendía,

que á do no piensan se halla,

encarnizados los ojos,

cual furiosa tigre hircana,

con mucha furia y denuedo

le dice aquestas palabras:

—Soltedes, padre, en mal hora,

soltedes en hora mala,

que á no ser padre, no hiciera

satisfacción de palabras;

antes con la mano mesma

vos sacara las entrañas,

faciendo lugar el dedo

en vez de puñal ó daga.—

Llorando de gozo el viejo

dijo:—Fijo de mi alma,

tu enojo me desenoja,

y tu indignación me agrada.

[p. 23]

Esos bríos, mi Rodrigo,

muéstralos en la demanda

de mi honor, que está perdido,

si en ti no se cobra y gana.—

Contóle su agravio, y dióle

su bendición y la espada

con que dió al Conde la muerte

y principio á sus fazañas.

Ilustración de adorno

[p. 24]

III

P ornada

Pensativo estaba el Cid

viéndose de pocos años,

para vengar á su padre

matando al conde Lozano.

Miraba el bando temido

del poderoso contrario,

que tenía en las montañas

mil amigos asturianos;

miraba cómo en las Cortes

del rey de León Fernando

era su voto el primero,

y en guerras mejor su brazo.

Todo le parece poco

respecto de aquel agravio,

el primero que se ha fecho

á la sangre de Laín Calvo.

[p. 25]Al cielo pide justicia,

á la tierra pide campo,

al viejo padre licencia,

y á la honra esfuerzo y brazo.

Non cuida de su niñez;

que en naciendo, es costumbrado

á morir por casos de honra

el valiente fijodalgo.

Descolgó una espada vieja

de Mudarra el castellano,

que estaba vieja y mohosa

por la muerte de su amo;

y pensando que ella sola

bastaba para el descargo,

antes que se la ciñese,

así le dice turbado:

—Faz cuenta, valiente espada,

que es de Mudarra mi brazo,

y que con su brazo riñes,

porque suyo es el agravio.

Bien sé que te correrás

de verte así en la mi mano;

mas no te podrás correr

de volver atrás un paso.

Tan fuerte como tu acero

me verás en campo armado;

tan bueno como el primero

segundo dueño has cobrado;

y cuando alguno te venza,

del torpe fecho enojado,

fasta la cruz en mi pecho,

te esconderé muy airado.

Vamos al campo, que es hora

de dar al conde Lozano

el castigo que merece

tan infame lengua y mano.—

[p. 26]Determinado va el Cid,

y va tan determinado,

que en espacio de una hora

quedó del Conde vengado.

Ilustración de adorno

[p. 27]

Ilustración

IV

N

Non es de sesudos homes,

ni de infanzones de pro,

facer denuesto á un fidalgo

que es tenudo más que vos;

non los fuertes barraganes

del vuestro ardid tan feroz

[p. 28]prueban en homes ancianos

el su juvenil furor;

no son buenas fechorías

que los homes de León

fieran en el rostro á un viejo,

y no el pecho á un infanzón.

Cuidarais que era mi padre

de Laín Calvo sucesor,

y que no sufren los tuertos

los que han de buenos blasón.

Mas ¿cómo vos atrevisteis

á un home, que sólo Dios,

siendo yo su fijo, puede

facer aquesto, otro non?

La su noble faz ñublasteis

con nube de deshonor,

mas yo desfaré la niebla,

que es mi fuerza la del sol;

que la sangre dispercude

mancha que finca en la honor,

y ha de ser, si bien me lembro,

con sangre del malhechor.

La vuesa, Conde tirano,

lo será, pues su fervor

os movió á desaguisado

privándovos de razón.

Mano en mi padre pusisteis

delante el Rey con furor;

cuidá que lo denostasteis,

y que soy su fijo yo.

Mal fecho fecisteis, Conde,

yo vos reto de traidor;

y catad si vos atiendo

si me causaréis pavor.

Diego Laínez me fizo

bien cendrado en su crisol;

[p. 29]probaré en vos mi fiereza

y en vuesa falsa intención.

Nos vos valdrá el ardimiento

de mañero lidiador,

pues para vos combatir

traigo mi espada y trotón.—

Aquesto al conde Lozano

dijo el buen Cid Campeador,

que después por sus fazañas

este nombre mereció.

Dióle la muerte y vengóse,

la cabeza le cortó,

y con ella ante su padre

contento se afinojó.

Ilustración de adorno

[p. 31]

Ilustración

V

L

Llorando Diego Laínez

yace sentado á la mesa,

vertiendo lágrimas tristes

y tratando de su afrenta;

y trasportándose el viejo,

la mente siempre inquiëta

de temores muy honrados,

va levantando quimeras,

cuando Rodrigo venía

[p. 32]con la cortada cabeza

del Conde, vertiendo sangre,

y asida por la melena.

Tiró á su padre del brazo,

y del sueño lo recuerda,

y con el gozo que trae

le dice de esta manera:

—Veis aquí la yerba mala

para que vos comáis buena;

abrid, mi padre, los ojos

y alzad la faz, que ya es cierta

vuesa honra, y ya con vida

os resucita de muerta.

De su mancha está lavada

á pesar de su soberbia;

que hay manos que no son manos,

y esta lengua ya no es lengua.

Yo os he vengado, señor,

que está la venganza cierta

cuando la razón ayuda

á aquel que se arma con ella.—

Piensa que lo sueña el viejo,

mas no es así, que no sueña,

sino que el llorar prolijo

mil caracteres le muestra;

mas al fin alzó los ojos,

que fidalgas sombras ciegan,

y conoció á su enemigo

aunque en la mortal librea.

—Rodrigo, fijo del alma,

encubre aquesa cabeza,

no sea otra Medusa

que me trueque en dura piedra,

y sea tal mi desventura

que antes que te lo agradezca

se me abra el corazón

[p. 33]con alegría tan cierta.

¡Oh conde Lozano infame!

El cielo de ti me venga,

y mi razón, contra ti,

ha dado á Rodrigo fuerzas.

Siéntate á yantar, mi fijo,

do estoy, á mi cabecera,

que quien tal cabeza trae

será en mi casa cabeza.

Ilustración de adorno

[p. 35]

Ilustración

VI

C

Cabalga Diego Laínez

al buen Rey besar la mano;

consigo se los llevaba

los trescientos hijosdalgo.

Entre ellos iba Rodrigo,

el soberbio castellano;

todos caminan á mula,

sólo Rodrigo á caballo;

[p. 36]todos visten oro y seda,

Rodrigo va bien armado;

todos espadas ceñidas,

Rodrigo estoque dorado;

todos con sendas varicas,

Rodrigo lanza en la mano;

todos guantes olorosos,

Rodrigo guante mallado;

todos sombreros muy ricos,

Rodrigo casco afinado,

y encima del casco lleva

un bonete colorado.

Andando por su camino,

unos con otros hablando,

allegados son á Burgos;

con el Rey se han encontrado.

Los que vienen con el Rey

entre sí van razonando;

unos lo dicen de quedo,

otros lo van publicando:

—Aquí viene entre esa gente

quien mató al conde Lozano.—

Como lo oyera Rodrigo,

en hito los ha mirado;

con alta y soberbia voz

d’esta manera ha hablado:

—Si hay alguno entre vosotros

su pariente ó adeudado

á quien pese de su muerte,

salga luégo á demandallo;

yo se lo defenderé,

quiera á pié, quiera á caballo.

Todos responden á una:

—Demándelo su pecado.—

Todos se apearon juntos

para al Rey besar la mano;

[p. 37]Rodrigo sólo quedó

encima de su caballo.

Entonces habló su padre,

bien oiréis lo que ha hablado.

—Apeaos, hijo mío,

besaréis al Rey la mano,

porqu’él es vuestro señor,

vos, hijo, sois su vasallo.—

Desque Rodrigo esto oyó

sintióse muy agraviado;

las palabras que responde

son de hombre muy enojado.

—Si otro me lo dijera,

ya me lo hubiera pagado;

mas por mandarlo vos, padre,

yo lo haré de buen grado.—

Ya se apeaba Rodrigo

para al Rey besar la mano;

al hincar de la rodilla

el estoque se ha arrancado.

Espantóse d’esto el Rey

y dijo como turbado:

—Quítate, Rodrigo, allá,

quítateme allá, diablo;

que tienes el gesto de hombre

y los hechos de león bravo.—

Como Rodrigo esto oyó

apriesa pide el caballo;

con una voz alterada

contra el Rey así ha hablado:

—Por besar mano de rey

no me tengo por honrado;

porque la besó mi padre

me tengo por afrentado.—

En diciendo estas palabras

salido se ha del palacio;

[p. 38]consigo se los tornaba

los trescientos hijosdalgo.

Si bien vinieron vestidos,

volvieron mejor armados;

y si vinieron en mulas,

todos vuelven en caballos.

Ilustración de adorno

[p. 39]

Grabado

Jimena á los piés de Fernando I


[p. 41]

Ilustración

VII

D

Día era de los Reyes,

día era señalado

cuando dueñas y doncellas

al Rey piden aguinaldo,

si no es Jimena Gómez,

hija del conde Lozano,

que puesta delante el Rey

d’ esta manera ha hablado

[p. 42]—Con mancilla vivo, Rey,

con ella vive mi madre;

cada día que amanece

veo quien mató á mi padre

caballero en un caballo

y en su mano un gavilane;

otras veces un halcón

que trae para cazare,

y por me hacer más enojo

cébalo en mi palomare;

con sangre de mis palomas

ensangrentó mi briale.

Enviéselo á decir;

envióme á amenazare.

Rey que no hace justicia

no debía de reinare,

ni cabalgar en caballo,

ni espuela de oro calzare,

ni comer pan en manteles,

ni con la Reina holgare,

ni oir misa en sagrado

porque no merece mase.—

El Rey de que aquesto oyera

comenzara de hablare:

—¡Oh válame Dios del cielo!

quiérame Dios consejare:

si yo prendo ó mato al Cid,

mis Cortes se volverane;

y si no hago justicia

mi alma lo pagarae.

—Tén tú las tus Cortes, Rey,

no te las revuelva nadie,

y al que á mi padre mató

dámelo tú por iguale,

que quien tanto mal me hizo

sé que algún bien me haráe.—

[p. 43]Entonces dijera el Rey,

bien oiréis lo que dirae:

—Siempre lo oí decir

y agora veo que es verdade,

que el seso de las mujeres

que non era naturale:

hasta aquí pidió justicia

ya quiere con él casare;

yo lo haré de muy buen grado,

de muy buena voluntade.

Mandarle quiero una carta,

mandarle quiero llamare.—

Las palabras no son dichas,

la carta camino vae,

mensajero que la lleva

dado la había á su padre.

—Malas mañas habéis, Conde,

no os las puedo yo quitare,

que cartas que el Rey os manda

no me las queráis mostrare.—

—No era nada, mi hijo,

sino que vades alláe,

quedaos vos aquí, mío hijo,

yo iré en vuestro lugare.—

—Nunca Dios tal cosa quiera

ni Santa María lo mande,

sino que adonde vos fuéredes

que allá vaya yo delante.

Ilustración de adorno

[p. 45]

Ilustración

VIII

R

Reyes moros en Castilla

entran con gran alarido;

de moros son cinco reyes,

lo demás mucho gentío.

Pagaron por junto á Burgos,

á Montes-d’Oca han corrido,

[p. 46]y corriendo á Belforado,

también á Santo Domingo,

á Nájera y á Logroño,

todo lo habían destruído.

Llevan presa de ganados,

muchos cristianos cautivos,

hombres muchos y mujeres

y también niñas y niños.

Ya se vuelven á sus tierras

bien andantes y muy ricos,

porque el Rey ni otro ninguno

á quitárselo han salido.

Rodrigo, cuando lo supo

en Vivar, el su castillo,

mozo es de pocos días,

los veinte años no ha cumplido.

Cabalga sobre Babieca

y con él los sus amigos;

apellidara á la tierra:

mucha gente le ha venido.

Gran salto diera en los moros;

en Montes-d’Oca, el castillo,

venciera todos los moros

y prendió los reyes cinco.

Quitárales la gran presa

y gentes que iban cautivos;

repartiera las ganancias

con los que le habían seguido;

los reyes trajera presos

á Vivar, el su castillo;

entrególos á su madre,

ella los ha recibido,

soltólos de la prisión,

vasallaje han conocido,

y á Rodrigo de Vivar

todos lo han bendecido.

[p. 47]Loaban su valentía;

sus parias le han prometido;

fuéronse para sus tierras

cumpliendo lo que habían dicho.

Ilustración de adorno

[p. 48]

IX

D ornada

De Rodrigo de Vivar

muy grande fama corría

cinco reyes ha vencido,

moros de la morería.

Soltólos de la prisión

do metidos los tenía;

quedaron por sus vasallos,

sus parias le prometían.

En Burgos estaba el rey

que Fernando se decía.

Aquesa Jimena Gómez

ante el buen Rey parecía;

humilládose había ant’él

y su razón proponía:

—Fija soy yo de don Gómez,

que en Gormaz condado había;

don Rodrigo de Vivar

le mató con valentía.

La menor soy yo de tres

hijas que el Conde tenía,

[p. 49]y vengo á os pedir merced

que me hagáis en este día,

y es que aquese don Rodrigo

por marido yo os pedía.

Ternéme por bien casada,

honrada me contaría,

que soy cierta que su hacienda

ha de ir en mejoría,

y él mayor en el estado

que en la vuestra tierra había.

Haréisme así gran merced,

hacer á vos bien vernía,

porqu’es servicio de Dios

y yo le perdonaría

la muerte que dió á mi padre,

si él aquesto concedía.—

El Rey hobo por muy bien

lo que Jimena pedía:

escrebiérale sus cartas,

que viniese, le decía,

á Plasencia, donde estaba,

qu’es cosa que le cumplía.

Rodrigo, que vió las cartas

que el rey Fernando le envía,

cabalgó sobre Babieca,

muchos en su compañía:

todos eran hijosdalgo

los que Rodrigo traía;

armas nuevas traían todos,

de una color se vestían;

amigos son y parientes,

todos á él le seguían.

Trescientos eran aquellos

que con Rodrigo venían.

El Rey salió á recibirlo,

que muy mucho lo quería.

[p. 50]Díjole el Rey:—Don Rodrigo,

agradézcoos la venida,

que aquesa Jimena Gómez

por marido á vos pedía,

y la muerte del su padre

perdonada os la tenía.

Yo vos ruego que lo hagáis,

d’ello gran placer habría;

hacervos he gran merced,

muchas tierras os daría.

—Pláceme, Rey mi señor,

don Rodrigo respondía,

en esto y en todo aquello

que tu voluntad sería.—

El rey se lo agradeció;

desposados los había

el Obispo de Palencia,

y el Rey dádole había

á Rodrigo de Vivar

mucho más que antes tenía,

y amóle en su corazón,

que todo lo merecía.

Despidiérase del Rey,

para Vivar se volvía;

consigo lleva su esposa,

su madre la recebía.

Rodrigo se la encomienda

como á su persona misma;

prometió como quien era

que á ella no llegaría

hasta que las cinco huestes

de los moros no vencía.

Ilustración de adorno

[p. 51]

Grabado

Bodas del Cid y Jimena


[p. 53]

X

A ornada

Á Jimena y á Rodrigo

prendió el Rey palabra y mano

de juntarlos para en uno

en presencia de Laín Calvo.

Las enemistades viejas

con amor las olvidaron,

que donde preside amor

se olvidan muchos agravios.

El Rey dió al Cid á Valduerna,

á Saldaña y Belforado

y á San Pedro de Cardeña,

que en su hacienda vincularon.

Entróse á vestir de boda

Rodrigo con sus hermanos;

quitóse gala y arnés

resplandeciente y grabado.

Púsose un medio botarga

con unos vivos morados,

calzas, valona tudesca

de aquellos siglos dorados:

[p. 54]eran de grana de polvo

y de vaca los zapatos,

con dos hebillas por cintas

que le apretaban los lados;

camisón redondo y justo

sin filetes ni recamos,

que entonces el almidón

era pan para muchachos;

con jubón de raso negro,

ancho de manga, estofado,

que en tres ó cuatro batallas

su padre lo había sudado.

Una acuchillada cuera

se puso encima del raso,

en remembranza y memoria

de las muchas que había dado;

una gorra de Contray

con una pluma de gallo;

llevaba puesto un tudesco

en felpa todo forrado;

la tizona rabitiesa,

del mundo terror y espanto,

en tiros nuevos traía,

que costaron cuatro cuartos.

Más galán que Gerineldos

baja el Cid famoso al patio,

donde Rey, Obispo y Grandes

en pié estaban aguardando.

Tras esto bajó Jimena,

tocada en toca de papos,

y no con estas quimeras

que agora llaman hurracos.

De paño de Londres fino

era el vestido bordado;

unas garnachas muy justas

con un chapín colorado;

[p. 55]un collar de ocho patenas

con un San Miguel colgado,

que apreciaron una villa,

solamente de las manos.

Llegaron juntos los novios,

y al dar la mano y abrazo,

el Cid, mirando la novia,

le dijo todo turbado:

—Maté á tu padre, Jimena,

pero no á desaguisado;

matéle de hombre á hombre

para vengar cierto agravio.

Maté hombre, y hombre doy;

aquí estoy á tu mandado,

y en lugar del muerto padre

cobraste marido honrado.—

Á todos pareció bien,

su discreción alabaron,

y así se hicieron las bodas

de Rodrigo el castellano.

Ilustración de adorno

[p. 57]

Ilustración

XI

A

Á su palacio de Burgos,

como buen padrino honrado,

llevaba el Rey á yantar

á sus nobles afijados.

Salen juntos de la iglesia

el Cid, el Obispo y Laín Calvo,

con el gentío del pueblo

que les iba acompañando.

Por la calle adonde van

á costa del Rey gastaron

en un arco muy polido

más de treinta y cuatro cuartos.

[p. 58]En las ventanas alfombras,

en el suelo juncia y ramos,

y de trecho á trecho había

mil trovas al desposado.

Salió Pelayo hecho toro

con un paño colorado,

y otros que le van siguiendo,

y una danza de lacayos.

También Antolín salió

á la jineta en un asno,

y Peláez con vejigas

fuyendo de los mochachos.

Diez y seis maravedís

mandó el Rey dar á un lacayo,

porque espantaba á las fembras

con un vestido de diablo.

Más atrás viene Jimena,

trabándola el Rey la mano,

con la Reina, su madrina,

y con la gente de manto.

Por las rejas y ventanas

arrojaban trigo tanto,

que el Rey llevaba en la gorra,

como era ancha un gran puñado;

y á la humildosa Jimena

se le metían mil granos

por la marquesota al cuello,

y el rey se los va sacando.

Envidioso dijo Suero,

que lo oyera el Rey, en alto:

—Aunque es de estimar ser Rey,

estimara más ser mano.—

Mandóle por el requiebro

el Rey un rico penacho,

y á Jimena le rogó

que en casa le dé un abrazo.

[p. 59]Fablándola iba el Rey,

mas siempre la fabla en vano,

que non dirá discreción

como la que faz callando.

Llegó á la puerta el gentío,

y partiéndose á dos lados,

quedóse el Rey á comer

y los que eran convidados.

Ilustración de adorno

[p. 60]

XII

D ornada

Domingo por la mañana

cuando el claro sol salió

más alegre que otras veces

por gozar de la ocasión,

don Rodrigo de Vivar

el que la palabra dió

de casarse con Jimena,

ese día la cumplió.

Y para ir á la iglesia

á tomar la bendición,

por mostrar lo que valía

¡oh qué galán que salió!

Que de raso columbino

llevaba un rico jubón,

calza colorada y justa,

porque su gusto ajustó,

bohemio de paño negro,

de raso la guarnición,

la manga larga y angosta

con capilla de buitrón;

[p. 61]jaqueta lleva de raja

y en ella mucho brahón,

y las faldetas tan cortas

que se parece el jubón;

lleva un cinto tachonado,

de plata los cabos son,

pendiente lleva del cinto

un doblado mocador.

Zapatos lleva de seda

de un amarillo color,

abiertos y acuchillados

porque era acuchillador.

Un collar de piedras y oro

que al muerto suegro sirvió;

la gorra lleva con plumas,

y un labrado camisón,

y la tizonada espada

á quien él mucho estimó;

de terciopelo morado

los tiros y vaina son.

Todos los grandes le aguardan,

cuántos en la corte son;

sale el Cid y hácenle campo

porque era Cid Campeador.

El Rey le lleva á su lado,

que en hacerlo adivinó

que de otros muy mucho reyes

Rodrigo le hará señor.

Todos le llevan en medio

en orden y procesión,

y para ir á la iglesia

todos se mueven á un són.

Ilustración de adorno

[p. 62]

XIII

C ornada

Celebradas ya las bodas

á do la corte yacía

de Rodrigo con Jimena,

á quien tanto el Rey quería,

el Cid pide al Rey licencia

para ir en romería

al Apóstol Santiago,

porque así lo prometía.

El Rey túvolo por bien,

muchos dones le daría;

rogóle volviese presto,

que es cosa que le cumplía.

Despidióse de Jimena,

á su madre la daría,

diciendo que la regale,

que en ello merced le haría.

Llevaba veinte fidalgos

que van en su compañía;

dando va muchas limosnas

por Dios y Santa María;

[p. 63]y allá en medio del camino

un gafo le aparecía

metido en un tremedal,

que salir dél no podía.

Grandes voces está dando;

por amor de Dios pedía

que le sacasen de allí,

pues d’ello se serviría.

Cuando lo oyera Rodrigo

del caballo descendía;

ayudólo á levantar

y consigo lo subía,

lleváralo á su posada,

consigo cenado había;

ficiéranles una cama,

en la cual ambos dormían.

Hacia allá la media noche,

ya que Rodrigo dormía,

un soplo por las espaldas

el Gafo dado le había

tan recio, que por los pechos

á don Rodrigo salía.

Despertó muy espantado;

al Gafo buscado había;

no le hallaba en la cama;

á voces lumbre pedía.

Traídole habían lumbre

y el Gafo no parecía.

Tornádose había á la cama,

gran cuidado en sí tenía

de lo que le aconteciera;

mas un hombre á él venía

vestido de blancos paños;

desta manera decía:

—¿Duermes ó velas, Rodrigo?

—No duermo, le respondía;

[p. 64]pero, dime tú, ¿quién eres,

que tanto resplandecías?

—San Lázaro soy, Rodrigo,

que yo á fablarte venía.

Yo soy el Gafo á que tú

por Dios tanto bien facías.

Rodrigo, Dios bien te quiere,

y otorgado te tenía

que lo que tú comenzares

en lides ó en otra vía,

lo cumplirás á tu honra

y crecerás cada día.

De todos serás temido,

de cristianos y morisma,

y que los tus enemigos

empecer no te podrían.

Morirás tú muerte honrada,

tu persona no vencida;

tú serás el vencedor,

Dios su bendición te envía.—

En diciendo estas palabras,

luégo desaparecía.

Levantóse don Rodrigo,

y de hinojos se ponía:

dió gracias á Dios del cielo,

también á Santa María,

y ansí estuvo en oración

hasta que fuera de día.

Partióse para Santiago,

su romería cumplía;

de allí se fué á Calahorra,

adonde el buen Rey yacía.

Recibiéralo muy bien,

holgóse de su venida;

lidió con Martín González,

en el campo le vencía.

Ilustración de adorno

[p. 65]

Ilustración

XIV

S

Sobre Calahorra, esa villa,

contienda se ha levantado,

entre el buen rey de León,

llamado el primer Fernando,

[p. 66]y Ramiro de Aragón,

cuyo reino es el nombrado,

que ambos los reyes dicen

que es villa de su reinado.

Por quitar muertes y guerras,

los reyes han acordado

que lidien dos caballeros,

cada uno de su bando;

y el que de aquestos venciese,

que su rey la haya á su mando.

Fernando nombró á Rodrigo

de Vivar, el muy nombrado;

Ramiro á Martín González,

muy valiente y esforzado.

Armados ambos que son,

en el campo son entrados;

en haciendo la señal,

muy recio se han encontrado;

quebraron ambos las lanzas,

quedaron muy lastimados,

mal feridos de los fierros,

de los encuentros pasados.

Martín le dijo á Rodrigo,

de esta suerte le había hablado:

—Mucho, Rodrigo, vos pese

de haber sido tan osado

de entrar conmigo en batalla

de do saldréis mal pagado;

que aquesa vuesa cabeza

aquí quedará en el campo:

non volveréis á Castilla,

ni á Vivar, el vuestro Estado,

ni Jimena vuestra esposa

jamás vos verá á su lado,

aunque dicen que la amáis,

y que d’ella sois amado.

[p. 67]De las palabras que ha dicho,

mucho á Rodrigo ha pesado,

y con saña muy crecida

ansí le había hablado:

—Sois, Martín, buen caballero,

notad lo por vos hablado:

aquesas vuestras palabras

no son de hombre esforzado,

que aquesta lid comenzada,

por manos se habrá librado,

non por razones livianas,

de que sois tan abastado.

En la mano de Dios es

lo que habéis vos razonado,

y él dará la honra á quien

viere qu’es bien empleado.—

Dijo, y con crecido enojo

para él se fué denodado;

muchas heridas le dió,

en tierra lo ha derribado.

Don Rodrigo se apeó,

la cabeza le ha cortado,

y la sangre de su espada

luégo la había limpiado.

Las rodillas por el suelo,

las manos puestas en alto,

muchas gracias daba á Dios,

que tal victoria le ha dado;

y díjoles á los jueces,

esto les ha preguntado:

—¿Queda aquí más por hacer

para que sea del reinado

de mi señor, Calahorra,

sobre que se ha batallado?—

Respondieron todos juntos:

—No, caballero esforzado,

[p. 68]que en la batalla pasada

el derecho le es quitado

á Ramiro, aquese rey,

que decía ser de su Estado.—

Fernando abrazó á Rodrigo,

tiénenlo por estimado:

del Rey era muy querido,

de todo el mundo loado.

Ilustración de adorno

[p. 69]

XV

M ornada

Muy grandes huestes de moros

á Extremadura corrían:

captivan muchos cristianos;

acorro ninguno habían.

Á Rodrigo de Vivar

los acorra le pedían;

don Rodrigo, como bueno,

sus gentes luégo apellida.

Amigos son y parientes

todos los que le venían:

en busca va de los moros,

la su seña va tendida.

Él iba por capitán,

sobre sí buena loriga;

cabalga sobre Babieca;

placer es de ver cuál iba.

Animando va los suyos:

—Nadie muestre cobardía;

pues que todos sois hidalgos

de los buenos de Castilla,

[p. 70]muramos como valientes;

aquí es bien perder la vida.—

Entre Atienza y Sant Esteban

que de Gormaz se decía,

alcanzado habían los moros;

lid campal habían ferida.

Don Rodrigo los venció;

libra la gente captiva:

quitábales los ganados,

siete leguas les seguía.

Tantos mató de los moros,

que contarse no podían:

gran haber ganara d’ellos,

captivos en demasía;

doscientos son los caballos

que á don Rodrigo cabían;

cien mil marcos el despojo;

él todo lo repartía

entre toda la su gente

comunmente, sin cobdicia.

Á Vivar se había tornado

con gran honra que adquiría;

de todos es muy loado,

y del Rey á maravilla.

Ilustración de adorno

[p. 71]

Ilustración

XVI

C

Cercada tiene á Coímbra

aquese buen rey Fernando;

siete años duró el cerco,

que jamás lo hubo quitado,

porque el lugar es muy fuerte,

de muros bien torreado.

No hay vianda en el real,

que todo lo habían gastado.

Ya quieren alzar el cerco,

al Rey monjes han llegado

de aquese gran monasterio

que nombrado era Lormano,

que con trabajo crecido

habían mucho trigo alzado,

mucho mijo y aun legumbres,

y al Rey todo se lo han dado,

rogándole no alce el cerco,

que darían vianda abasto.

[p. 72]El Rey se lo agradeció,

tomó lo que le fué dado,

partiólo por sus campañas,

viandas les han abondado;

quebrantaron muchos muros,

los moros se han amistado.

Dádose habían al Rey

la villa y todo su algo;

sólo fincan con las vidas,

que el Rey se las ha otorgado.

En tanto que dura el cerco

un romero había llegado,

que viene de allá de Grecia

al apóstol Santiago.

Astiano había por nombre,

obispo es intitulado:

faciendo estaba oración

ante el Apóstol muy santo.

Astianos oyó decir

que el apóstol Santiago

entraba en las grandes lides

armado y en un caballo

á pelear con los moros

en favor de los cristianos.

El Obispo que lo oyó

muy mucho le había pesado:

—Non le digáis, caballero,

pescador era llamado.—

Y con esta gran porfía

dormido se había quedado.

Santiago se le aparece

con llaves en la su mano,

y con muy alegre rostro

dijo:—Tú faces escarnio

por llamarme caballero,

y en ello tanto has cuidado.

[p. 73]Vengo yo ahora á mostrarte

porque no dudes en vano.

Caballero soy de Cristo,

ayudador de cristianos

contra el poder de los moros,

y d’ellos soy abogado.—

Estando en estas razones

traído le fué un caballo;

blanco era y muy hermoso.

Santiago le ha cabalgado

guarnido de todas armas,

limpias, blancas, relumbrando;

y á guisa de caballero

á ayudar va al rey Fernando,

que yace sobre Coímbra

había ya siete años.

—Y con estas llaves mismas,

dijo, que llevo en mis manos,

abriría yo el lugar;

mañana el día llegado

daréselo yo al Rey,

que lo ha tenido cercado.—

Y en aquesta propia hora

al Rey lo había entregado.

Nombróse Santa María

la mezquita que han hallado,

consagrándola en su nombre;

y en ella se había armado

caballero don Rodrigo

de Vivar, el afamado.

El Rey le ciñó la espada;

paz en la boca le ha dado,

no le diera pescozada

como á otros había dado,

y por hacerle más honra

la Reina le dió el caballo,

[p. 74]y doña Urraca la infanta

las espuelas le ha calzado.

Novecientos caballeros

don Rodrigo había armado;

mucha honra le hace el Rey,

y mucho fuera loado,

porque fuera muy valiente

en ganar lo que es contado,

y en otros muchos lugares

que á su Rey ha conquistado.

Ilustración de adorno

[p. 75]

XVII

P ornada

Por el val de las Estacas

el buen Cid pasado había;

á la mano izquierda deja

la villa de Constantina.

En su caballo Babieca

muy gruesa lanza traía;

va buscando al moro Abdalla,

que enojado le tenía.

Travesando un antepecho,

y por una cuesta arriba,

dábale el sol en las armas

¡oh qué bien que parecía!

Vido ir al moro Abdalla

por un llano que allí había,

armado de fuertes armas,

muy ricas tropas traía

dábale voces el Cid,

d’esta manera decía:

—Espérame, moro Abdalla,

no demuestres cobardía.—

[p. 76]Á las voces que el Cid daba

el moro le respondía:

—Muchos tiempos há, buen Cid,

que esperaba yo este día,

porque no hay hombre nacido

de quien yo me escondería;

porque desde mi niñez

siempre huí cobardía.—

—Alabarte, moro Abdalla,

poco te aprovecharía;

mas si tú eres lo que dices

en esfuerzo y valentía,

sé que á tiempo eres venido

que menester te sería.—

Estas palabras diciendo

contra el moro arremetía;

encontróle con la lanza,

en el suelo le derriba;

cortárale la cabeza,

sin le hacer descortesía.

Ilustración de adorno

[p. 77]

XVIII

E ornada

En Zamora está Rodrigo,

en corte del rey Fernando,

padre del rey sin ventura

á quien llamaron don Sancho,

cuando llegan mensajeros

de los Reyes tributarios

á Rodrigo de Vivar,

al cual dicen humillados:

—Buen Cid, á ti nos envían

cinco reyes tus vasallos

á te pagar el tributo

que quedaron obligados;

y por señal de amistad

te envían más cien caballos,

veinte blancos como armiños

y veinte rucios rodados;

treinta te envían morcillos

y otros tantos alazanos,

con todos sus guarnimientos

de diferentes brocados,

[p. 78]y á más á doña Jimena

muchas joyas y tocados,

y á vuestras dos fijas bellas

dos jacintos muy preciados;

dos cofres de muchas sedas

para vestir tus fidalgos.—

El Cid les dijera:—Amigos,

el mensaje habéis errado,

porque yo no soy señor

adonde está el rey Fernando:

todo es suyo, nada es mío,

yo soy su menor vasallo.—

El Rey agradeció mucho

la humildad del Cid honrado,

y dijo á los mensajeros:

—Decidles á vuestros amos

que aunque no es rey su señor,

con un rey está sentado,

y que cuanto yo poseo

el Cid me lo ha conquistado;

y que yo estoy muy contento

en tener tan buen vasallo.

El Cid despidió á los moros

con dones que les ha dado,

siendo dende allí adelante

el Cid, Ruíz Díaz llamado,

apellido, entre los moros,

de hombre de valor y estado.

Ilustración de adorno

[p. 79]

Ilustración

XIX

A

Á concilio dentro en Roma

el Padre Santo ha llamado.

Por obedecer al Papa

este noble rey Fernando

para Roma fué derecho,

con el Cid acompañado.

Por sus jornadas contadas

en Roma se han apeado:

[p. 80]el Rey con gran cortesía

al Papa besó la mano,

y el Cid y sus caballeros,

cada cual de grado en grado.

En la iglesia de San Pedro

don Rodrigo había entrado,

do vido las siete sillas

de siete reyes cristianos,

y vió la del Rey de Francia

junto á la del Padre santo,

y á la del Rey su señor

un estado más abajo.

Fuése á la del Rey de Francia,

con el pié la ha derribado;

la silla era de marfil,

hecho la ha cuatro pedazos,

y tomó la de su Rey

y subióla en lo más alto.

Habló allí un honrado duque,

que dicen el Saboyano:

—Maldito seas, Rodrigo,

del Papa descomulgado,

porque deshonraste un Rey,

el mejor y más preciado.

Oyendo el Cid sus razones

d’esta manera ha fablado:

—Dejemos los reyes, Duque;

y si os sentís agraviado

hayámoslo entre los dos;

de mí á vos sea demandado.—

Allegóse cabe el Duque,

un gran rempujón le ha dado;

el Duque sin responder

se quedó muy mesurado.

El Papa cuando lo supo

al Cid ha descomulgado;

[p. 81]sabiéndolo el de Vivar

ante el Papa se ha postrado.

—Absolvedme, dijo, Papa;

sino, seráos mal contado.—[1]

[1] Los antiguos editores no tuvieron reparo en imprimir esta irreverente al par que contradictoria demanda, que hubieron de mirar como una niñada sin trascendencia del mozo Rodrigo. Por lo demás, ya se ha visto que no sólo estas palabras sino el hecho en sí mismo son de todo punto fabulosos. (Véase Prólogo, pág. 6.)

Ilustración de adorno

[p. 83]

Ilustración

XX

E

En los solares de Burgos,

á su Rodrigo aguardando,

tan en cinta está Jimena

que muy cedo aguarda el parto,

cuando además dolorida

una mañana en di-santo

[p. 84]bañada en lágrimas tiernas

tomó la pluma en la mano,

y después de haberle escrito

mil quejas á su velado,

bastantes á domeñar

unas entrañas de mármol,

de nuevo tomó la pluma

y de nuevo tornó al llanto,

y d’esta guisa le escribe

al noble rey don Fernando:

«Á vos, mi señor el Rey,

»el bueno, el aventurado,

»el magno, el conqueridor,

»el agradecido, el sabio,

»la vuesa sierva Jimena,

»fija del conde Lozano,

ȇ quien vos marido disteis,

»bien así como burlando,

»desde Burgos os saluda,

»donde vive lacerando.

»Las vuesas andanzas buenas

»llévevoslas Dios al cabo.

»Perdonadme, mi señor,

»si no os fablo muy en salvo;

»que si mal talante os tengo

»non puedo disimulallo.

»¿Qué ley de Dios vos enseña

»que podáis por tiempo tanto,

»cuando afincáis en las lides,

»descasar á los casados?

»¿Qué buena razón consiente

»que á un garzón bien domeñado,

»falagüeño y homildoso

»le mostréis á ser león bravo?

»¿Y que de noche y de día

»le traigáis atraillado

[p. 85]»sin soltalle para mí

»sino una vez en el año?

»Y esa que me le soltáis,

»fasta los piés del caballo

»tan teñido en sangre viene

»que pone pavor mirallo;

»y cuando mis brazos toca

»luégo se duerme en mis brazos.

»En sueños gime y forceja,

»que cuida que está lidiando.

»Apenas el alba rompe

»cuando lo están acuciando

»los esculcas y adalides

»para que se vuelva al campo.

»Llorando vos lo pedí,

»y en mi soledad cuidando

»de cobrar padre y marido,

»ni uno tengo ni otro alcanzo;

»que como otro bien no tengo

»y me lo habedes quitado,

»en guisa le lloro vivo,

»cual si estuviera finado.

»Si lo facéis por honralle,

»mi Rodrigo es tan honrado

»que no tiene barba, y tiene

»cinco reyes por vasallos.

»Yo finco, señor, en cinta,

»que en nueve meses he entrado,

»y me podrán empecer

»las lágrimas que derramo.

»Non permitáis se malogren

»prendas del mejor vasallo

»que tiene cruces bermejas,

»ni á rey ha besado mano.

»Respondedme en puridad

»con letras de vuesa mano,

[p. 86]»aunque al vueso mandadero

»le pague yo su aguinaldo.

»Dad este escrito á las llamas,

»non se faga de palacio,

»que á malos barruntadores

»non me será bien contado.»

Ilustración de adorno

[p. 87]

XXI

P ornada

Pidiendo á las diez del día

papel á su secretario,

á la carta de Jimena

responde el Rey por su mano.

Después de facer la cruz,

con cuatro puntos y un rasgo,

aquestas palabras finca

á guisa de cortesano:

«Á vos, Jimena la noble,

»la del marido envidiado,

»la homildosa, la discreta,

»la que cedo espera el parto,

»el Rey, que nunca vos tuvo

»talante desmesurado,

»vos envía sus saludes

»en fe de quereros tanto.

[p. 88]»Decisme que soy mal rey

»y que descaso casados,

»y que por los mis provechos

»non curo de vuesos daños;

»que estáis de mí querellosa

»decís en vuesos despachos,

»que non vos suelto el marido

»sino una vez en el año,

»y que cuando vos lo suelto,

»en lugar de falagaros

»en vuesos brazos se duerme,

»como viene tan cansado.

»Si supiérades, señora,

»que vos quitaba el velado

»por mis enamoramientos,

»fuera con razón quejaros;

»mas si sólo vos lo quito

»para lidiar en el campo

»con los moros convecinos,

»non vos fago mucho agravio.

»Á non vos tener en cinta,

»señora, el vueso velado,

»creyera de su dormir

»lo que me habedes contado;

»pero si os tiene, señora,

»con el brial levantado...

»no se ha dormido en el lecho

»si espera en vos mayorazgo.

»Y si en el parto primero

»un marido os ha faltado,

»no importa, que sobra un rey

»que os hará cien mil regalos.

»Non le escribedes que venga,

»porque aunque esté á vueso lado

»en oyendo el atambor

»será forzoso dejaros.

[p. 89]»Si non hubiera yo puesto

»las mis huestes á su cargo,

»ni vos fuérais más que dueña,

»ni él fuera más que un fidalgo.

»Decís que vueso Rodrigo

»tiene reyes por vasallos;

»¡Ojalá como son cinco

»fueran cinco veces cuatro!

»Porque teniéndolos él

»sujetos á su mandado,

»mis castillos y los vuesos

»no hubieran tantos contrarios.

»Decís que entregue á las llamas

»la carta que me habéis dado;

»á contener herejías

»fuera digna de tal pago;

»mas si contiene razones

»dignas de los siete sabios,

»mejor es para mi archivo

»que non para el fuego ingrato;

»y porque guardéis la mía

»y non la fagáis pedazos,

»por ella á lo que pariérdes

»prometo buen aguinaldo.

»Si fijo, prometo dalle

»una espada y un caballo,

»y dos mil maravedís

»para ayuda de su gasto.

»Si fija, para su dote

»prometo poner en cambio

»desde el día que naciere

»de plata cuarenta marcos.

»Con esto ceso, señora,

»y no de estar suplicando

ȇ la Virgen, vos alumbre

»en los peligros del parto.»

Ilustración de adorno

[p. 91]

Ilustración

XXII

S

Salió á misa de parida

á San Isidro en León

la noble Jimena Gómez,

mujer del Cid Campeador.

Para salir, de contray

sus escuderos vistió;

que el vestido del criado

dice quién es el señor.

[p. 92]Un jubón de grana fina

la bella dama sacó,

con fajas de terciopelo

picadas de dos en dos;

de lo mismo una basquiña

con la mesma guarnición,

donas que le diera el Rey

el día que se casó,

y con los cabos de plata

un muy rico ceñidor,

que á la Condesa su madre

el Conde en donas le dió.

Lleva una cofia de papos

de riquísimo valor,

que le dió la infanta Urraca

el día que se veló;

dos patenas lleva al cuello,

puestas con mucho primor,

con San Lázaro y San Pedro,

santos de su devoción,

y los cabellos que al oro

disminuyen su color,

á las espaldas echados,

de todos hecho un cordón.

Lleva un manto de Contray,

porque las dueñas de honor,

mientras más cubren su rostro,

más descubren su opinión.

Tan hermosa iba Jimena,

que suspenso quedó el sol

en medio de su carrera

por podella ver mejor,

y á la entrada de la iglesia

al rey Fernando encontró,

que para metella dentro

de la mano la tomó.

[p. 93]Dijo el Rey:—Noble Jimena,

pues el buen Cid Campeador,

vueso dichoso marido

y mi vasallo mejor,

que por estar en las lides

hoy de la iglesia faltó,

á falta del brazo suyo

yo vuestro bracero soy,

y á aquesa fermosa infanta,

que el cielo divino os dió,

mando mil maravedís

y mi plumaje el mejor.—

Non le agradece Jimena

al Rey tanto su favor;

que le ocupa la vergüenza,

y á sus palabras la voz.

Las manos quiso Jimena

besarle y él las huyó:

acompañóla en la iglesia,

y á su casa la volvió.

Ilustración de adorno

[p. 94]

XXIII

A ornada

Acababa el rey Fernando

de distribuir sus tierras

cercano para la muerte

que le amenaza de cerca,

cuando por la triste sala,

de negro luto cubierta,

la olvidada infanta Urraca

vertiendo lágrimas entra;

y viendo á su padre el Rey

con debida reverencia,

de hinojos ante la cama

la mano le pide y besa;

y después de haber mostrado

con tierno llanto sus quejas,

mostrando la voz humilde

así la Infanta se queja:

—Entre divinas y humanas

¿qué ley, padre, vos enseña

para mejorar los homes

desheredar á las fembras?

[p. 95]Á Alfonso, Sancho y García,

que están en vuestra presencia,

dejáis todos los haberes

y de mí non se vos lembra;

non debo ser vuestra fija,

que os forzara si lo fuera

á tener de mí lembranza

la vuesa naturaleza.

Si legítima non soy

magüer que bastarda fuera,

de alimentar los mestizos

habedes naturaleza.

Y si ansí non es, decid:

¿qué culpa me deshereda?

¿qué desacato vos fice

que tal castigo merezca?

Si tal tuerto me facéis,

las naciones extranjeras

y los vuesos homes buenos

¿qué dirán cuando lo sepan?

Que non es derecho, non,

ni tal es razón que sea

pudiendo ganalla en lides

dar á los homes facienda.

Si tierras no me dejáis

iréme por las agenas,

y por cubrir vueso tuerto

negaré ser fija vuesa.

En traje de peregrina

pobre iré, mas faced cuenta

que las romeras á veces

suelen fincar en rameras.

Sangre noble me acompaña,

mas cuido que mi nobleza

como extraña olvidaré

pues que por tal me desechas.—

[p. 96]Tales palabras habló

y esperando la respuesta

dió principio al tierno llanto

poniendo fin á sus quejas.

Ilustración de adorno

[p. 97]

Ilustración

XXIV

A

Atento escucha las quejas

de su fija doña Urraca

el noble rey Don Fernando

desafuciado en la cama.

De su libertad se pena,

va á responder y no habla

que enmudece hasta á los reyes

una mujer libertada;

[p. 98]mas por poder juntamente

responder y remediada,

arrancó palabras, antes

que se le arrancara el alma.

—Si cual lloras por facienda,

por la mi muerte lloraras

non dudo, querida fija,

que mi vivir se alargara.

¿Qué lloras, sandia mujer,

por las tenencias humanas

pues ves que de todas ellas

sólo llevo hoy la mortaja?

Á este restante de vida,

que me queda, rindo gracias,

pues que sólo en él consiste

el dejar tú de ser mala.

Cuando parta, iré derecho

á la celestial morada,

pues me ha sido purgatorio

el fuego de tus palabras.

Á tus hermanos envidias,

mas non atiendes, cuitada,

que con la renta les dejo

obligación de guardalla.

Ellos con mucho están pobres,

y tú estás rica sin nada,

porque las nobles mujeres

entre paredes se pasan.

Que eres mi fija confieso,

pero saliste liviana:

en liviandades pensé

al tiempo que te engendrara.

Parióte madre honorosa

mas entregáronte á un ama

que con tus palabras muestras

era la leche villana.

[p. 99]Dices que á tierras ajenas

te irás; pero no me espanta

que la que se va de lengua

á ser infame se vaya.

Mas por si puedo atajar

tu denuedo y tus palabras,

tras de las mandas que he fecho

quiero facer otra manda.

No quiero dejarte pobre

porque lo dicho non fagas,

que aunque eres noble mujer

eres muy determinada.

Por tuya dejo Zamora

muy guarnecida y torreada,

que para tus desvaríos

convienen fuertes murallas.

Homes buenos hay en ella

para servirte y guardalla;

de sus consejos te fía

y de mis tesoros gasta.

Si guardé tal posesión

bien hube de ti membranza;

ténla tú de que semejes

á tu sangre y á tu casta:

á quien te quite Zamora

la mi maldición le caiga.—

Todos responden amen,

sino Don Sancho, que calla.

Ilustración de adorno

[p. 100]

XXV

D ornada

Doliente se siente el Rey,

este buen rey don Fernando;

los piés tiene hacia el oriente

y la candela en la mano.

Á su cabecera tiene

arzobispos y perlados,

á su man derecha tiene

á sus hijos todos cuatro.

Los tres eran de la Reina

y el uno era bastardo:

ese que bastardo era

quedaba mejor librado.

Arzobispo es de Toledo,

maestre de Santiago,

abad era en Zaragoza,

de las Españas primado.

—Hijo, si yo no muriera

vos fuérades Padre Santo,

mas con la renta que os queda

vos bien podéis alcanzarlo.—

Ellos estando en aquesto

entrara Urraca Fernando,

y vuelta hacia su padre

d’esta manera ha fablado.

Ilustración de adorno

[p. 101]

XXVI

M ornada

Morir vos queredes, padre,

sant Miguel vos haya el alma;

mandástedes vuestras tierras

á quien bien se os antojara.

Diste á don Sancho á Castilla,

Castilla la bien nombrada;

á don Alonso á León

y á don García á Vizcaya.

Á mí, porque soy mujer,

dejáisme desheredada.

Irme he yo por estas tierras

como una mujer errada,

de lo que ganar pudiere

haré bien por vuestra alma.—

Allí preguntara el Rey:

—¿Quién es esa que así habla?

Respondiera el Arzobispo:

—Vuestra hija doña Urraca.

—Calledes, hija, calledes,

no digades tal palabra,

que mujer que tal decía

meresce de ser quemada.

[p. 102]Allá en Castilla la Vieja

un rincón se me olvidaba,

Zamora había por nombre,

Zamora la bien cercada;

de una parte la cerca el Duero,

de otra, Peña tajada,

del otro la Morería;

¡Una cosa es muy preciada!

¡Quien os lo tomare, hija,

la mi maldición le caiga!

Todos dicen amen, amen,

sino don Sancho, que calla.

Ilustración de adorno

[p. 103]

PARTE SEGUNDA

ÉPOCA DE SANCHO SEGUNDO

Cerco de Zamora


[p. 105]

Ilustración

XXVII

R

Rey don Sancho, rey don Sancho,

cuando en Castilla reinó,

¡las barbas que le salían

y cuán poco las logró!

Á pesar de los franceses

los puertos de Aspa pasó;

siete días con sus noches

en campo los aguardó.

Y viendo que no venían

á Castilla se volvió.

Matara al Conde de Niebla

y el condado le quitó,

y á su hermano don Alonso

en las cárceles echó.

[p. 106]Después que le tuvo preso

un pregón hacer mandó

que el que rogase por él

que le diesen por traidor.

No hay dama ni caballero

que por él rogase, no,

si no fuera una su hermana

que al buen Rey se lo pidió.

—Rey don Sancho, rey don Sancho,

hermano mío y señor,

cuando yo era pequeña

sé que un dón me prometió;

agora que soy crecida,

señor, otorgadmeló.

—Pedidlo vos, mi hermana,

mas con una condición;

que no me pidáis á Burgos,

á Burgos ni á León,

ni á Valladolid la rica,

ni á Valencia de Aragón;

cualquier otra cosa, hermana,

no se os ha de negar, no.

—Señor, yo no pido á Burgos,

á Burgos ni á León,

ni á Valladolid la rica,

ni á Valencia de Aragón;

lo que pido es á mi hermano,

que le tenéis en prisión.

—Pláceme, le dijo, hermana,

mañana os le daré yo.

—Vivo le habéis de dar, vivo,

vivo, que no muerto, no.

—Mal háyades vos, hermana,

y quien tal os consejó;

que mañana de mañana

muerto te lo diera yo.—

Ilustración de adorno

[p. 107]

Ilustración

XXVIII

L

Llegado es el rey don Sancho

sobre Zamora, esa villa;

muchas gentes trae consigo,

que haberla mucho quería.

Caballero en un caballo,

y el Cid en su compañía,

andábala al rededor,

y el Rey así al Cid decía:

—Armada está sobre peña

tajada toda esta villa,

los muros tiene muy fuertes,

torres há en gran demasía,

Duero la cercaba al pié,

fuerte es á maravilla,

[p. 108]no bastan á la tomar

cuántos en el mundo había;

si me la diese mi hermana,

más que á España la querría.

Cid, á vos crió mi padre,

mucho bien fecho os había;

fízoos mayor de su casa

y caballero en Coímbra

cuando la ganara á moros.

Cuando en Cabezón moría,

á mí y á los mis hermanos

encomendado os había;

jurámosle allí en sus manos

facervos merced cumplida.

Fíceos mayor de mi casa,

gran tierra dado os tenía,

que vale más que un condado,

el mayor que hay en Castilla.

Yo vos ruego, don Rodrigo,

como amigo de valía,

que vayades á Zamora

con la mi mensajería,

y á doña Urraca mi hermana

decid que me dé esa villa

por gran haber ó gran cambio,

como á ella mejor sería.

Á Medina de Rioseco

yo por ella la daría,

con todo el Infantazgo,

y también le prometía

á Villalpando y su tierra,

ó Valladolid la rica,

ó á Tiedra, que es buen castillo;

y juramento la haría

con doce de mis vasallos

de cumplir lo que decía;

[p. 109]y si no lo quiere hacer,

por fuerza la tomaría.—

El Cid le besó la mano,

del buen rey se despedía,

llegado había á Zamora

con quince en su compañía.

Ilustración de adorno

[p. 111]

Ilustración

XXIX

E

Entrado ha el Cid en Zamora,

en Zamora, aquesa villa,

llegado ha ante doña Urraca,

que muy bien lo recibía;

dicho le había el mensaje

que para ella traía.

Doña Urraca que lo oyó

muchas lágrimas vertía,

diciendo:—¡Triste cuitada!

don Sancho ¿qué me quería?

[p. 112]No cumpliera el juramento

que á mi padre fecho había;

que aun apenas fuera muerto,

á mi hermano don García

le tomó toda su tierra

y en prisiones lo ponía,

y cual si fuese ladrón

agora en ellas yacía.

También á Alfonso mi hermano

su reino se lo tenía;

huyóse para Toledo,

con los moros está hoy día.

Á Toro tomó á mi hermana,

á mi hermana doña Elvira;

tomarme quiere á Zamora,

¡gran pesar yo recibía!

Muy bien sabe el rey don Sancho

que soy mujer femenina,

y no lidiaré con él;

mas á furto ó paladina

yo haré que le dén la muerte,

que muy bien lo merecía.—

Levantóse Arias Gonzalo

y respondido la había:

—Non lloredes vos, señora;

yo por merced os pedía

que á la hora de la cuita

consejo mejor sería

que non acuitarvos tanto,

que gran daño á vos vendría.

Hablad con vuesos vasallos,

decid lo que el Rey pedía,

y si ellos lo han por bien

dadle al Rey luégo la villa.

Y si non les pareciere

facer lo que el Rey pedía,

[p. 113]muramos todos en ella,

como manda la hidalguía.

La Infanta tuvo por bien

facer lo que le decía;

sus vasallos la juraron

que antes todos morirían

cercados dentro en Zamora

que no dar al Rey la villa.

Con esta respuesta el Cid

al buen Rey vuelto se había;

el Rey, cuando aquesto oyó,

al buen Cid le respondía:

—Vos aconsejasteis, Cid,

no darme lo que quería,

porque vos criásteis dentro

de Zamora aquesa villa.

Y á no ser por la crianza

que en vos mi padre facía,

luégo os mandara enforcar;

mas de hoy en noveno día

os mando vais de mis tierras

y del reino de Castilla.

Ilustración de adorno

[p. 115]

Ilustración

XXX

E

El Cid fué para su tierra;

con sus vasallos partía

para Toledo, do estaba

Alfonso cuando fuía.

Los condes y ricos homes

al rey don Sancho decían,

no perdiese tal vasallo

y de tanta valentía

como es Rúy Díaz el Cid,

qu’es muy grande su valía.

El Rey vido qu’es muy bien

facer lo que le decían;

y fablando á Diego Ordóñez,

mandóle que al Cid le diga

[p. 116]que se venga luégo á él,

que como bueno lo haría,

y que le haría el mayor

de los que en su casa había.

Ordoño fué tras del Cid,

su mensaje le decía.

El Cid se había aconsejado

con los suyos que tenía

si haría lo que el Rey manda:

su parecer les pedía.

Que se vuelva al Rey, dijeron,

pues su disculpa le envía;

el Cid con ellos se vuelve.

El Rey cuando lo sabía

dos leguas salió á él,

quinientos van en su guía.

El Cid, cuando vido al Rey,

de Babieca descendía;

besóle luégo las manos,

para el real se volvía

y todos los castellanos

gran placer con él habían.

Ilustración de adorno

[p. 117]

XXXI

A ornada

Apenas era el Rey muerto

Zamora ya está cercada;

de un cabo la cerca el Rey,

del otro el Cid la cercaba.

Del cabo que el Rey la cerca

Zamora no se da nada.

Del cabo que el Cid la aqueja

Zamora ya se tomaba.

Doña Urraca en tanto aprieto

asomóse á una ventana,

y allí de una torre mocha

estas palabras fablaba.

Ilustración de adorno

[p. 119]

Ilustración

XXXII

A

Afuera, afuera, Rodrigo,

el soberbio castellano,

acordársete debría

de aquel buen tiempo pasado

cuando fuíste caballero

en el altar de Santiago.

Cuando el rey fué tu padrino,

tú, Rodrigo, el afijado;

mi padre te dió las armas,

mi madre te dió el caballo,

[p. 120]yo te calcé las espuelas

porque fueras más honrado;

pensé de casar contigo,

no lo quiso mi pecado.

Casástete con Jimena,

fija del conde Lozano:

con ella hubiste dinero,

conmigo hubieras Estado,

porque si la renta es buena,

muy mejor es el Estado.

Bien casástete, Rodrigo,

muy mejor fueras casado;

dejaste fija de rey

por tomar la de un vasallo.—

En oir esto Rodrigo

quedó dello algo turbado;

con la turbación que tiene

esta respuesta le ha dado:

—Si os parece, mi señora,

bien podemos desviallo.

Respondióle doña Urraca

con rostro muy sosegado:

—No lo mande Dios del cielo,

que por mí se haga tal caso:

mi ánima penaría

si yo fuese en discrepallo.—

Volvióse presto Rodrigo

y dijo muy angustiado:

—Afuera, afuera, los míos,

los de á pié y los de á caballo,

pues de aquella torre mocha

una vira me han tirado.

No traía el asta el fierro

el corazón me ha pasado,

ya ningún remedio siento

sino vivir más penado.

Ilustración de adorno

[p. 121]

Ilustración

XXXIII

R

Riberas del Duero arriba

cabalgan dos zamoranos;

las divisas llevan verdes,

los caballos alazanos,

ricas espadas ceñidas,

sus cuerpos muy bien armados,

adargas ante sus pechos,

gruesas lanzas en sus manos,

[p. 122]espuelas llevan jinetas

y los frenos plateados.

Como son tan bien dispuestos,

parecen muy bien armados,

y por un repecho arriba

salen más recios que galgos,

y súbenlos á mirar

del real del rey don Sancho.

Desque á otra parte fueron

dieron vuelta á los caballos

y al cabo de una gran pieza

soberbios ansí han fablado:

—¿Tendredes dos para dos

caballeros castellanos

que puedan armas facer

con otros dos zamoranos

para daros á entender

no face el Rey como hidalgo

en quitar á doña Urraca

lo que su padre le ha dado?

Non queremos ser tenidos,

ni queremos ser honrados,

ni rey de nos faga cuenta,

ni conde nos ponga al lado,

si á los primeros encuentros

no los hemos derribado,

y siquiera salgan tres,

y siquiera salgan cuatro,

y siquiera salgan cinco,

salga siquiera el diablo,

con tal que no salga el Cid

ni ese noble rey don Sancho,

que lo habemos por señor,

y el Cid nos ha por hermanos:

de los otros caballeros

salgan los más esforzados.

[p. 123]Oídolo habían dos condes,

los cuales eran cuñados.

—Atended, los caballeros,

mientras estamos armados.—

Piden apriesa las armas,

suben en buenos caballos,

caminan para las tiendas

donde yace el rey don Sancho;

piden que los dé licencia

que ellos puedan hacer campo

contra aquellos caballeros

que con soberbia han hablado.

Allí fablara el buen Cid,

que es de los buenos dechado:

—Los dos contrarios guerreros

non los tengo yo por malos,

porque en muchas lides de armas

su valor habían mostrado,

que en el cerco de Zamora

tuvieran con siete campo:

el mozo mató á los dos,

el viejo mató á los cuatro;

por uno que se les fuera

las barbas se van pelando.—

Enojados van los condes

de lo que el Cid ha fablado;

el Rey cuando ir los viera

que vuelvan está mandando;

otorgó cuánto pedían,

más por fuerza que de grado.

Mientras los condes se arman

el padre al fijo está hablando:

—Volved, fijo, hacia Zamora,

á Zamora y sus andamios,

mirad dueñas y doncellas

cómo nos están mirando.

[p. 124]Fijo, no miran á mí,

porque ya soy viejo y cano;

mas miran á vos, mi fijo,

que sois mozo y esforzado.

Si vos facéis como bueno,

seréis d’ellas muy honrado;

si lo facéis de cobarde,

abatido y ultrajado.

Afirmaos en los estribos,

terciad la lanza en las manos,

esa adarga ante los pechos,

y apercibid el caballo,

que al que primero acomete

tienen por más esforzado.—

Apenas esto hubo dicho,

ya los condes han llegado;

el uno viene de negro,

y el otro de colorado;

vanse unos para otros,

fuertes encuentros se han dado;

mas el que al mozo le cupo

derribólo del caballo,

y el viejo al otro de encuentro

pasóle de claro en claro.

El Conde, de que esto viera,

huyendo sale del campo,

y los dos van á Zamora

con vitoria muy honrados.

Ilustración de adorno

[p. 125]

XXXIV

J ornada

Junto al muro de Zamora

vide un caballero erguido,

armado de todas piezas,

sobre un caballo morcillo,

á grandes voces diciendo:

—Vélese bien el castillo,

que al que hallaré velando

ayudaré con mi grito,

y al que hallaré durmiendo

echarle he de arriba vivo;

pues por la honra de Zamora

yo soy llamado y venido.

Si hubiera algún caballero

venga á hacer armas conmigo

con tal que no sea el Cid

ni Bermudo su sobrino.—

Las palabras que decía

el buen Cid las ha oído:

—¿Quién es aquel caballero

que hace el tal desafío?

[p. 126]—Ortuño me llamo, Cid,

Ortuño es mi apellido.

—Acordársete debría,

de la pasada del río,

cuando yo vencí á los moros

y Babieca iba conmigo;

en aquestos tiempos tales

no eras tan atrevido.—

Ortuño de que esto oyera

de esta suerte ha respondido:

—Entonces era novel,

ahora soy más crecido

y usando, buen Cid, las armas

me he hecho tan atrevido.

Mas no desafío á ti

ni á Bermudo tu sobrino,

porque os tengo por señores

y me tenéis por amigo;

mas si hay otro caballero

salga hacer armas conmigo,

que aquí en el campo le espero

con mis armas y rocino.

Ilustración de adorno

[p. 127]

XXXV

G ornada

Guarte, guarte, rey don Sancho,

no digas que no te aviso

que de dentro de Zamora

un alevoso ha salido;

llámase Bellido Dolfos

hijo de Dolfos Bellido,

cuatro traiciones ha fecho

y con esta serán cinco.

Si gran traidor fué el padre,

mayor traidor es el fijo;

gritos dan en el real

que á don Sancho han mal herido;

muerto le ha Bellido Dolfos,

gran traición ha cometido;

desque le tuviera muerto

metióse por un postigo,

por las calles de Zamora

va dando voces y gritos:

—Tiempo era, doña Urraca,

de cumplir lo prometido.

Ilustración de adorno

[p. 128]

XXXVI

D ornada

De Zamora sale Dolfos

corriendo y apresurado;

huyendo va de los hijos

del buen viejo Arias Gonzalo,

y en la tienda del buen Rey

en ella se había amparado:

—Manténgate Dios, el Rey.

—Bellido, seas bien llegado.

—Señor, tu vasallo soy,

tu vasallo y de tu bando,

y yo por aconsejarle

á aquel viejo Arias Gonzalo

que te entregase á Zamora,

pues se te había quitado,

hame querido matar

y dél me soy escapado.

Así me vengo, señor,

por ser en el tu mandado,

con deseo de servirte

como cualquier fijodalgo.

[p. 129]Yo te entregaré á Zamora,

aunque pese á Arias Gonzalo,

que por un falso postigo

en ella serás entrado.—

El buen Arias, el leal,

al Rey había avisado

desde el muro del adarve

estas palabras hablando:

—Á ti lo digo, buen Rey,

y á todos los castellanos,

que allá ha salido Bellido,

Bellido un traidor malvado,

que si traición te ficiere

á nos non será imputado.—

Oídolo había Bellido,

que al Rey tiene por la mano:

—Non lo creades, señor,

lo que contra mí ha fablado,

que don Arias lo publica

porque el lugar no sea entrado,

porque él sabe que yo sé

por dónde será tomado.—

Allí le fablara el Rey

de Bellido confiado:

—Yo lo creo bien, Bellido,

el Dolfos, mi buen criado;

por tanto, vámonos luégo

á ver el postigo falso.

—Vámonos luégo, señor,

id solo, no acompañado.—

Apartados del real,

el buen Rey se había apartado

con voluntad de facer

lo que á nadie es excusado:

el venablo que llevaba

á Bellido se lo ha dado,

[p. 130]el cual desque así lo vido

de espaldas y descuidado,

levantóse en los estribos,

con fuerza se lo ha tirado;

diérale por las espaldas

y á los pechos ha pasado.

Allí cayó luégo el Rey

muy mortalmente llagado;

vióle caer don Rodrigo

que de Vivar es llamado,

y como le vió ferido,

cabalgara en su caballo.

Con la priesa que tenía

espuelas no se ha calzado.

Huyendo iba el traidor

tras él iba el castellano,

si apriesa había salido,

á mayor se había entrado;

Rodrigo ya le alcanzaba,

mas viendo á Dolfos en salvo,

mil maldiciones se echaba

el nieto de Laín Calvo:

—Maldito sea el caballero

que como yo ha cabalgado,

que si yo espuelas trujera,

no se me fuera el malvado.—

Todos van á ver al Rey

que mortal estaba echado.

Todos le dicen lisonjas,

nadie verdad ha fablado,

sino fué el conde de Cabra,

un buen caballero anciano:

—Sois mi rey y mi señor,

y yo soy vueso vasallo;

cumple que miréis por vos,

que es verdad lo que vos fablo,

[Pg 131]que del ánima curedes,

del cuerpo non fagáis caso;

á Dios vos encomendad

pues fué este día aciago.

—Buena ventura hayáis, conde,

que así me heis aconsejado.—

En diciendo estas palabras

el alma á Dios había dado.

De esta suerte murió el Rey

por haberse confiado.

Ilustración de adorno

[p. 133]

Grabado

Muerte del rey D. Sancho


[p. 135]

Ilustración

XXXVII

M

Muerto yace el rey don Sancho,

Bellido muerto le había;

pasado está de un venablo

y gran lástima ponía.

[p. 136]Llorando estaba sobre él

toda la flor de Castilla;

don Rodrigo de Vivar

es el que más lo sentía;

con lágrimas de sus ojos

d’esta manera decía:

—¡Rey don Sancho, señor mío,

muy aciago fué aquel día

que tú cercaste á Zamora

contra la voluntad mía!

Quien te lo aconsejó, Rey,

á Dios ni al mundo temía,

pues te fizo quebrantar

la ley de caballería.—

Y viendo el hecho en tal punto,

á grandes voces decía:

—Que se nombre un caballero,

antes que se pase el día,

para retar á Zamora

por tan grande alevosía.—

Todos dicen que es muy bien;

mas nadie al campo salía.

Témense de Arias Gonzalo

y cuatro hijos que tenía,

mancebos de gran valor,

de gran esfuerzo y estima.

Mirando estaban al Cid,

por ver si lo aceptaría,

y el de Vivar, que lo entiende,

d’esta manera decía:

—Caballeros fijosdalgo,

ya sabéis que non podía

armarme contra Zamora,

que jurado lo tenía;

mas yo daré un caballero

que combata por Castilla,

[p. 137]tal, que estando él en el campo

no sintáis la falta mía.—

Levantóse Diego Ordóñez,

que á los piés del Rey yacía;

la flor es de los de Lara

y lo mejor de Castilla,

con voz enojosa y ronca

d’esta manera decía:

—Pues el Cid había jurado

lo que jurar no debía,

no es menester que señale

quien la batalla prosiga:

caballeros hay en ella

de tanto esfuerzo y valía

como el Cid, aunque es muy bueno,

y yo por tal lo tenía;

mas si queréis, caballeros,

yo lidiaré la conquista,

aventurando mi cuerpo,

poniendo á riesgo mi vida,

pues que la del buen vasallo

es por su Rey ofrecida.

Ilustración de adorno

[p. 139]

Ilustración

XXXVIII

D

Después que Bellido Dolfos,

ese traidor afamado,

derribó con cruda muerte

al valiente rey don Sancho,

[p. 140]juntáronse en una tienda

los mayores de su campo;

y juntóse todo el real

como estaba alborotado.

Don Diego Ordóñez de Lara

grandes voces está dando,

y con coraje encendido

muy presto se había armado.

Para retar á Zamora,

junto al muro se ha llegado,

y lanzando fuego vivo

d’esta suerte ha razonado:

—Fementidos y traidores

sois todos los zamoranos,

porque dentro d’esa villa

acogistes al malvado

de Bellido, ese traidor,

el que mató al rey don Sancho,

mi buen señor y buen rey,

de quien soy muy lastimado:

que los que acogen traidores

traidores sean llamados;

y por tales yo vos reto,

y á vuesos antepasados,

y á los que traidores son

los pongo en el mismo grado,

y á los panes y á las aguas

de que sois alimentados,

y esto os faré conocer,

ansí como estoy armado,

y lidiaré con aquellos

que no quieren confesallo,

ó con cinco uno á uno,

como en España es usado

que lidie el que á concejo

como yo había retado.—

[p. 141]Arias Gonzalo, ese viejo,

ansí le había fablado,

después que hubo entendido

lo que Ordoño ha razonado:

—Non debiera yo nacer

si es como tú has contado;

mas yo acepto el desafío

que por ti es demandado,

y te daré á conocer

no ser lo que has publicado.—

Y á todos los de Zamora

d’esta manera ha fablado:

—Varones de grande estima,

los pequeños y de estado,

si hay alguno entre vosotros

que en aquesto se haya hallado,

dígalo muy prontamente;

de decillo no haya empacho.

Más quiero irme d’esta tierra

en África desterrado,

que no en campo ser vencido

por alevoso y malvado.—

Todos dicen á una voz,

sin alguno estar callado:

—Mal fuego nos mate, Conde,

si en tal muerte hemos estado;

no hay en Zamora ninguno,

que tal hubiese mandado.

El traidor Bellido Dolfos

por sí solo lo ha acordado:

muy bien podéis ir seguro;

id con Dios, Arias Gonzalo.

Ilustración de adorno

[p. 142]

XXXIX

Y ornada

Ya cabalga Diego Ordóñez,

del real se había salido

de dobles piezas armado

en un caballo morcillo:

va á reptar los zamoranos

por la muerte de su primo,

que mató Bellido Dolfos

hijo de Dolfos Bellido.

—Yo os repto, los zamoranos,

por traidores fementidos,

repto á todos los müertos,

y con ellos á los vivos;

repto hombres y mujeres,

los por nascer y nascidos;

repto á todos los grandes

á los grandes y á los chicos,

á las carnes y pescados

y á las aguas de los ríos.—

Allí habló Arias Gonzalo,

bien oiréis lo que hubo dicho:

[p. 143]—¿Qué culpa tienen los viejos?

¿Qué culpa tienen los niños?

¿Qué merescen las mujeres

y los que no son nascidos?

¿Por qué reptas á los muertos,

los ganados y los ríos?

Bien sabéis vos, Diego Ordóñez,

muy bien lo tenéis sabido,

que aquel que repta concejo

debe de lidiar con cinco

Ordóñez le respondió:

—Traidores heis todos sido.

Ilustración de adorno

[p. 144]

XL

D ornada

Después que retó á Zamora

don Diego Ordóñez de Lara,

vengador noble y valiente

del rey Sancho, que Dios haya,

su consejo tiene junto

en palacio doña Urraca,

por su hermano dolorida,

por su reto lastimada;

y como la vil envidia

cuanto no merece tacha,

de la virtud enemiga,

peligro de la privanza,

murmuraba maldiciente

de Arias Gonzalo que falta,

sospechando falsamente

que es por mengua su tardanza.

Á aquellos que lo calumnian,

empuñando la su espada,

denodado les responde

Nuño Cabeza de Vaca:

[p. 145]—Aquel civil que presuma

temor, bajeza ó fe mala

de Arias Gonzalo, mi tío,

miente, miente por la barba;

y el que negare el respeto

á sus venerables canas,

á mí que las reverencio

me ponga la tal demanda.—

Estando en esto, el buen viejo

entró grave por la sala,

arrastrando grande luto,

haciendo sus hijos plaza.

La mano á la Infanta pide,

mesura fizo á la Infanta,

saludó á los homes buenos,

y de esta suerte les fabla:

—Noble Infanta, leal concejo,

don Diego Ordóñez de Lara,

que para buen caballero

este apellido le basta,

en vez del Cid don Rodrigo,

que con vos juró alianza,

por la pro de su rey muerto

con infame reto os carga.

Á vuestro cabildo vengo

con estos cuatro en compaña,

ciudadanos, fijos míos,

de Laín Calvo sangre honrada.

Tardóme un poco en venir,

que pláticas no me agradan

cuando los negocios piden

obras, valor y venganza.—

Á una el viejo y sus fijos

los largos capuces rasgan

quedando en armas lucidas;

lloró de nuevo la Infanta,

[p. 146]los viejos graves se admiran,

la Infanta su sér alaba,

porque todos daban voces,

y nadie quien lidie daba.

Arias Gonzalo prosigue

diciendo:—Recibe, Urraca,

mis canas para consejo,

mis fijos para batalla;

dales tu mano, señora,

que su juventud lozana

será invencible, si fuere

de tu mano real tocada.

Honrar á la gente buena,

y esotra común pagarla,

le cumple al rey que desea

domeñar fuerzas contrarias,

y con sangre de don Diego

que se quite aquella mancha:

que á ti y á tu pueblo reta

con tan insufrible infamia;

y si esta sangre, que es buena,

y se ha de vender muy cara,

faltare, su muerte honrosa

viva mantendrá su fama.

Yo seré el quinto y primero

que volveré por la causa,

aunque mi vejez parezca

mocedad noble afrentada.

Al campo me voy, señora,

no me déis por esto gracias,

que el buen vasallo al buen rey

debe hacienda, vida y fama.

Ilustración de adorno

[p. 147]

Ilustración

XLI

E

El hijo de Arias Gonzalo,

el mancebito Pedro Arias,

para responder á un reto

velando estaba unas armas.

Era su padre el padrino,

la madrina doña Urraca,

y el Obispo de Zamora

es el que la misa canta.

El altar tiene compuesto,

y el sacristán perfumaba

á San Jorge y San Román,

y á Santiago el de España.

[p. 148]Estaban sobre la mesa

las nuevas y frescas armas;

dando espejos á los ojos,

y esfuerzo á quien las miraba.

Salió el Obispo vestido,

dijo la misa cantada,

y el arnés pieza por pieza

bendice, y arma á Pedro Arias;

enlázale el rico yelmo,

que como el sol relumbraba,

relevado de mil flores,

cubierto de plumas blancas.

Al armarle caballero

sacó el padrino la espada;

dándole con ella un golpe

le dice aquestas palabras:

—Caballero eres, mi hijo,

hidalgo y de noble casta,

criado en buenos respetos

desde los pechos del ama;

hágate Dios tal que seas

como yo deseo que salgas,

en los trabajos sufrido,

esforzado en las batallas,

espanto de tus contrarios,

venturoso con la espada,

de tus amigos y gentes

muro, esfuerzo y esperanza;

no te agrades de traidores

ni les mires á la cara;

de quien de ti se fiare

no le engañes, que te engañas;

perdona al vencido triste

que no puede tomar lanza,

no dés lugar que tu brazo

rompa las medrosas armas;

[p. 149]mas en tanto que durare

en tu contrario la saña,

no dudes el golpe fiero,

ni perdones la estocada.

Á Zamora te encomiendo

contra don Diego de Lara,

que nada siente de honra

quien no defiende su casa.—

En el libro de la misa

le toma jura y palabra.—

Pedrarias dice:—Sí otorgo

por aquestas letras santas.—

El padrino le dió paz,

y el fuerte escudo le embraza,

y doña Urraca le ciñe

al lado izquierdo la espada.

Ilustración de adorno

[p. 150]

XLII

A ornada

Aún no es bien amanescido,

qu’el cielo estaba estrellado,

cuando se armaba en Zamora

el buen viejo Arias Gonzalo:

ármanle sus cuatro hijos,

qu’ellos ya estaban armados.

Mientras las armas le ponen

les dice el viejo esforzado:

—De cinco que sois, mis hijos,

escogí sólo los cuatro,

por ser yo el quinto y postrero,

que me hallaré en el campo.

Bien conozco, hijos míos,

que este afán me era excusado,

pues do vosotros estáis

ya yo soy privilegiado;

mas el repto de don Diego

á ninguno había excusado,

ni viejo, chico ni mozo,

ni por nacer ni finado.

[p. 151]Hierbas, aguas, plantas, peces,

todo lo tienen reptado,

y pues él nada reserva,

no quiero ser reservado.

Mirad, hijos, que lleváis

delante al que os ha engendrado;

mirad que dice el refrán

en Castilla muy usado:

«Por su ley y por su rey

»y su tierra, está obligado

ȇ morir cualquiera bueno.

»y mejor si es hijodalgo.»

Mirad, hijos, que lo sois

de sangre d’este mi lado,

y que el honor ó la afrenta

eso queda en vuestra mano.

Ilustración de adorno

[p. 152]

XLIII

T ornada

Tristes van los zamoranos

metidos en gran quebranto;

reptados son de traidores,

de alevosos son llamados;

más quieren ser todos muertos

que no traidores nombrados.

Día era de San Millán,

ese día señalado;

todos duermen en Zamora,

mas no duerme Arias Gonzalo.

Acerca de las dos horas

del lecho se ha levantado;

castigando está sus hijos

á todos cuatro está armando;

las palabras que les dice

son de mancilla y quebranto:

—Ayúdeos Dios, hijos míos,

guárdeos Dios, hijos amados,

pues sabéis cuán falsamente

habemos sido reptados.

[p. 153]Tomad esfuerzo, mis hijos,

si nunca le habéis tomado;

acordaos que descendéis

de la sangre de Laín Calvo,

cuya noble fama y gloria

hasta hoy no se ha olvidado,

pues que sabéis que don Diego

es caballero preciado,

pero mantiene mentira

y Dios d’ello no es pagado;

el que de verdad se ayuda

de Dios siempre es ayudado.

Uno falta para cinco,

porque no sois más de cuatro,

yo seré el quinto, y primero

que quiero salir al campo.

Morir quiero y no ver muerte

de hijos que tanto amo.

Mis hijos, Dios os bendiga

como os bendice mi mano.—

Sus armas pide el buen viejo,

sus hijos le están armando,

las grevas le están poniendo;

doña Urraca había entrado,

los brazos le echara encima,

muy fuertemente llorando.

—¿Dónde vais, mi padre viejo,

ó para qué estáis armado?

Dejad las armas pesadas,

que ya sois viejo cansado,

y sabéis que si morís,

perdido es todo mi Estado.

Acordaos que prometistes

á mi padre don Fernando

de nunca desampararme

ni dejar de vuestra mano.

[p. 154]—Pláceme, señora mía,

respondió Arias Gonzalo.—

Cabalgara Pedro Arias

su hijo, que era el mediano,

que aunque era mozo de días,

era en obras esforzado.

Dijo:—Cabalgad, mi hijo,

que os esperan en el campo:

vais en tal hora y tal punto

que nos saquéis de cuidado.—

Sin poner pié en el estribo

Arias Pedro ha cabalgado;

por aquel postigo viejo

galopando ha llegado

adonde estaban los jueces

que le estaban esperando.

Partido les han el sol,

dejado les han el campo.

Ilustración de adorno

[p. 155]

Ilustración

XLIV

Y

Ya se salen por la puerta,

por la que salía al campo,

Arias Gonzalo, y sus hijos

todos juntos á su lado.

Él quiere ser el primero,

porque en la muerte no ha estado

de don Sancho; mas la Infanta

la batalla le ha quitado,

llorando de los sus ojos

y el caballo destrenzado.

[p. 156]—¡Ay! ruégovos por Dios, dice,

el buen Conde Arias Gonzalo,

que dejéis esta batalla,

porque sois viejo y cansado:

dejáisme desamparada

y todo mi haber cercado.

Ya sabéis cómo mi padre

á vos dejó encomendado

que no me desamparéis,

ende más en tal estado.—

En oyendo aquesto el Conde

mostróse muy enojado:

—Dejédesme ir, mi señora,

que yo estoy desafiado

y tengo de hacer batalla

porque fuí traidor llamado.—

Con la Infanta, caballeros

juntos al Conde han rogado

que les deje la batalla,

que la tomarán de grado.

Desque el Conde vido aquesto

recibió pesar doblado;

llamara á sus cuatro hijos

y al uno d’ellos ha dado

las sus armas y su escudo,

el su estoque y su caballo.

Al primero le bendice

porque era dél muy amado;

Pedrarias había por nombre,

Pedrarias el castellano.

Por la puerta de Zamora

se sale fuera y armado;

topárase con don Diego,

su enemigo y su contrario.

—Sálveos Dios, don Diego Ordóñez,

y él os haga prosperado,

[p. 157]en las armas muy dichoso,

de traiciones libertado.

Ya sabéis que soy venido

para lo que está aplazado,

á libertar á Zamora

de lo que le han levantado.—

Don Diego le respondiera

con soberbia que ha tomado:

—Todos juntos sois traidores,

por tales seréis quedados.—

Vuelven los dos las espaldas

por tomar lugar del campo,

hiriéronse juntamente

en los pechos muy de grado;

saltan astas de las lanzas

con el golpe que se han dado;

no se hacen mal alguno,

porque van muy bien armados.

Don Diego dió á la cabeza

á Pedrarias desdichado;

cortárale todo el yelmo

con un pedazo del casco;

desque se vido herido

Pedrarias y lastimado,

abrazárase á las clines

y al pescuezo del caballo;

sacó esfuerzo de flaqueza,

aunque estaba mal llagado;

quiso ferir á don Diego,

mas acertó en el caballo,

que la sangre que corría

la vista le había quitado.

Cayó muerto prestamente

Pedrarias el castellano.

Don Diego que vido aquesto

toma la vara en la mano,

[p. 158]dijo á voces:—¡Ah Zamora!

¿Dónde estás, Arias Gonzalo?

Envía el hijo segundo,

que el primero ya es finado.—

Envió el hijo segundo,

que Diego Arias es llamado.

Tornara á salir don Diego

con armas y otro caballo,

y diérale fin á aquéste

como al primero le ha dado.

El Conde, viendo á sus hijos

que los dos le han ya faltado,

quiso enviar al tercero,

aunque con temor doblado.

Llorando de los sus ojos

dijo:—Vé, mi hijo amado,

haz como buen caballero

lo que tú eres obligado:

pues sustentas la verdad,

de Dios serás ayudado;

venga las muertes sin culpa

que han pasado tus hermanos.—

Hernán D’Arias, el tercero,

al palenque había llegado;

mucho mal quiere á don Diego,

mucho mal y mucho daño.

Alzó la mano con saña,

un gran golpe le había dado;

mal herido le ha en el hombro,

en el hombro y en el brazo.

Don Diego con el su estoque

le hiriera muy de su grado,

hiriéralo en la cabeza,

en el casco le ha tocado.

Recudó el hijo tercero

con un gran golpe al caballo,

[p. 159]que hizo ir á don Diego

huyendo por todo el campo.

Así quedó esta batalla

sin quedar averiguado

cuáles son los vencedores,

los de Zamora ó del campo.

Quisiera volver don Diego

á la batalla de grado;

mas no quisieron los fieles,

licencia no le han dado.

Ilustración de adorno

[p. 160]

XLV

P ornada

Por aquel postigo viejo,

que nunca fuera cerrado,

ví venir pendón bermejo

con trescientos de á caballo.

En medio de los trescientos

viene un monumento armado,

y dentro del monumento

viene un ataúd de palo,

y dentro del ataúd,

venía un cuerpo finado,

qu’era el de Fernando d’Arias,

el hijo de Arias Gonzalo.

Llorábanle cien doncellas,

todas ciento hijosdalgo,

todas eran sus parientas

en tercero y cuarto grado:

las unas le dicen primo,

otras le llaman hermano,

las otras decían tío,

otras le llaman cuñado,

[p. 161]sobre todas lo lloraba

aquesa Urraca Hernando.

¡Y cuán bien que las consuela

ese viejo Arias Gonzalo!

—¿Por qué lloráis, mis doncellas?

¿Por qué hacéis tan grande llanto?

No lloréis así, señoras,

que no es para llorallo;

que si un hijo me han muerto

aquí me quedaban cuatro;

no murió por las tabernas,

ni á las tablas jugando;

mas murió sobre Zamora

vuestra honra bien guardando;

murió como caballero,

con sus armas peleando.

Ilustración de adorno

[p. 163]

PARTE TERCERA

ÉPOCA DE ALFONSO SEXTO

Destierro del Cid


[p. 165]

Ilustración

XLVI

E

En Santa Águeda de Burgos,

do juran los hijosdalgo,

le tomaban jura á Alfonso,

por la muerte de su hermano.

Tomábasela el buen Cid,

ese buen Cid castellano,

sobre un cerrojo de fierro

y una ballesta de palo,

[p. 166]y con unos Evangelios

y un crucifijo en la mano.

Las palabras son tan fuertes

que al buen rey ponen espanto:

—Villanos mátente, Alfonso,

villanos que no fidalgos,

de las Asturias de Oviedo,

que no sean castellanos;

mátente con aguijadas

no con lanzas ni con dardos,

con cuchillos cachicuernos,

no con puñales dorados;

abarcas traigan calzadas,

que no zapatos con lazo;

capas traigan aguaderas,

no de contray ni frisado;

con camisones de estopa,

no de holanda, ni labrados;

cabalguen en sendas burras,

que no en mulas ni en caballos;

frenos traigan de cordel,

que no cueros fogueados;

mátente por las aradas,

que no en villas ni en poblado;

sáquente el corazón vivo,

por el siniestro costado,

si no dices la verdad,

de lo que eres preguntado,

sobre si fuíste ó no

en la muerte de tu hermano.—

Las juras eran tan fuertes

que el rey no las ha otorgado.

Allí habló un caballero,

que del rey es más privado:

—Haced la jura, buen rey,

no tengáis d’eso cuidado,

[Pg 167]

que nunca fué rey traidor,

ni papa descomulgado.—

Jurado había el buen rey

que en tal nunca fué hallado;

pero también dijo presto,

malamente y enojado:

—¡Muy mal me conjuras, Cid!

¡Cid, muy mal me has conjurado!

Porque hoy le tomas la jura

á quien has de besar mano.

Vete de mis tierras, Cid,

mal caballero probado,

y no vengas más á ellas

dente este día en un año.

—Pláceme, dijo el buen Cid,

pláceme, dijo, de grado,

por ser la primera cosa

que mandas en tu reinado;

por un año me destierras,

yo me destierro por cuatro.

Ya se partía el buen Cid

á su destierro de grado

con trescientos caballeros;

todos eran hijosdalgo,

todos son hombres mancebos,

ninguno allí no había cano,

todos llevan lanza en puño,

con el fierro acicalado

y llevan sendas adargas

con borlas de colorado,

y no le faltó al buen Cid

adonde asentar su campo.

Ilustración de adorno

[p. 169]

Grabado

La jura en Santa Gadea


[p. 171]

Ilustración

XLVII

E

En las almenas de Toro,

allí estaba una doncella,

vestida de negros paños,

reluciente como estrella;

pasara el rey don Alonso,

namorado se había d’ella.

Dice:—Si es hija de rey

que se casaría con ella,

y si es hija de duque

[p. 172]serviría por manceba.—

Allí hablara el buen Cid,

estas palabras dijera:

—Vuestra hermana es, señor,

vuestra hermana es aquella.

—Si mi hermana es, dijo el rey,

fuego malo encienda en ella:

llámenme mis ballesteros,

tírenle sendas saetas,

y á aquel que la errare

que le corten la cabeza.—

Allí hablara el Cid,

d’esta suerte respondiera:

—Mas aquel que la tirare

pase por la misma pena.

—Ios de mis tiendas, Cid,

no quiero que estéis en ellas.

—Pláceme, respondió el Cid,

que son viejas y no nuevas;

irme he yo para las mías,

que son de brocado y seda,

que no las gané holgando

ni bebiendo en la taberna;

ganélas en las batallas

con mi lanza y mi bandera.

Ilustración de adorno

[p. 173]

XLVIII

E ornada

Ese buen Cid Campeador

ya se parte de Castilla;

por mando del rey Alfonso

lleva su mensajería

á Almucanis, ese moro

rey de Córdoba y Sevilla,

para que le dé las parias

pasadas que le debía.

En Sevilla estaba el Cid

faciendo á lo que venía.

Mudafar, rey de Granada,

á Almucanis mal quería;

caballeros castellanos

Mudafar consigo había;

son de los más estimados

que había dentro en Castilla;

don García Ordoño el uno,

que conde todos decían;

Fernán Sánchez era el otro,

yerno del rey don García;

[p. 174]y Lope Sánchez, su hermano,

estaba en su compañía;

y otro caballero honrado,

Diego Pérez se decía.

Ellos con grandes poderes

con el Mudafar venían

contra Almucanis el rey,

que pechero es de Castilla.

El Cid, cuando aquesto supo,

mucho pesado le había;

enviárale sus cartas

y en ellas así decía:

«Que non vengan con su gente

»contra el reino de Sevilla,

»que es pechero al rey Alfonso,

»con quien amistad tenía:

»y si lo quieren facer,

»que su Rey ayudaría

ȇ Almucanis su vasallo,

»que otra cosa no pedía.»

Recibido han las cartas,

mas en nada las tenían;

entran en tierras del rey,

del rey moro de Sevilla,

Quemando van y estragando

fasta Cabra, aquesa villa.

El Cid, cuando aquesto supo,

contra ellos se partía;

moros llevaba consigo,

cristianos los que podía.

Las huestes se habían juntado,

el Cid mataba y hería:

muy reñida es la batalla,

durado ha casi un día,

fasta que venciera el Cid

y en huída los ponía.

[p. 175]Á caballeros cristianos

el buen Cid muchos prendía;

de moros non había cuenta

los que cautivado había.

Tres días tuviera presos

los cristianos que vencía;

volvióse con gran despojo

á Sevilla, do partía;

Almucanis dió las parias

y á Castilla se volvía.

Mucho plugo al rey Alfonso

de lo que el Cid fecho había,

y de aquel día adelante

al Cid Campeador decían.

Ilustración de adorno

[p. 177]

Ilustración

XLIX

F

Fablando estaba en el claustro

de San Pedro de Cardeña

el buen rey Alfonso al Cid

después de misa, una fiesta.

Trataban de las conquistas

de las mal perdidas tierras

por pecados de Rodrigo,

que amor disculpa y condena.

Propuso el buen rey al Cid

el ir á ganar á Cuenca;

[p. 178]y Rodrigo, mesurado,

le dice desta manera:

—Nuevo sois, el rey Alfonso,

nuevo rey sois en la tierra;

antes que á guerra vayades

sosegad las vuesas tierras.

Muchos daños han venido

por los reyes que se ausentan,

que apenas han calentado

la corona en la cabeza,

y vos no estáis muy seguro

de la calunia propuesta

en la muerte de don Sancho

sobre Zamora la vieja;

que aún hay sangre de Bellido,

magüer que en fidalgas venas,

y el que fizo aquel venablo

si le pagan fará treinta.—

Bermudo en lugar del rey

dice al Cid:—Si vos aquejan

el cansancio de las lides

ó el deseo de Jimena,

idvos á Vivar, Rodrigo,

y dejadle al rey la empresa;

que homes tiene tan fidalgos

que non volverán sin ella.

—¿Quién vos mete, dijo el Cid,

en el consejo de guerra,

fraile honrado, á vos agora,

la vuesa cogulla puesta?

Subid vos á la tribuna

y rogad á Dios que venzan,

que non venciera Josué

si Moisés non lo ficiera.

Llevad vos la capa al coro,

yo el pendón á las fronteras,

[p. 179]y el rey sosiegue su casa

antes que busque la ajena;

que non me farán cobarde

el mi amor ni la mi queja,

que más traigo siempre al lado

á Tizona que á Jimena.

—Home soy, dijo Bermudo,

que antes que entrara en la regla,

si non vencí reyes moros

engendré quien los venciera;

y agora, en vez de cogulla,

cuando la ocasión se ofrezca

me calaré la celada

y porné al caballo espuelas.

—¡Para fugir, dijo el Cid,

podrá ser, padre, que sea;

que más de aceite que sangre

manchado el hábito muestra!

—Calledes, le dijo el rey,

en mal hora, que no en buena,

acordársevos debía

de la jura y la ballesta;

cosas tenedes, el Cid,

que farán fablar las piedras,

pues por cualquier niñería

facéis campaña la iglesia.—

Pasaba el Conde de Oñate

que llevaba la su dueña,

y el rey, por facer mesura,

acompañóla á la puerta.

Ilustración de adorno

[p. 180]

L

S ornada

Si atendéis que de los brazos

vos alce, atended primero

si no es bien que con los míos

cuide subirvos al cielo.

¡Bien estáis afinojado,

que es pavor veros enhiesto,

que asiento es, asaz debido,

el suelo, de los soberbios!

¡Descubierto estáis mejor,

después que se han descubierto

de vuesas altanerías

los mal guisados excesos!

¿En qué os habéis empachado,

que dende el pasado invierno

non vos han visto en las Cortes,

puesto que Cortes se han fecho?

¿Por qué, siendo cortesano,

traéis la barba y cabello

descompuesto, y desviada,

como los padres del yermo?

[p. 181]¡Pues aunque vos lo pregunto,

asaz que bien os entiendo!

¡Bien conozco vuesas mañas

y el semblante falagüeño!

Querréis decir que cuidando

en mis tierras y pertrechos,

non cuidades de aliñarvos

la barba y cabello luengo.

Al de Alcalá contrallasteis

mis treguas, paz y concierto,

bien como si el querer mío

tuviérades por muy vueso.

Á los fronterizos moros

diz que tenéis por tan vuesos

que os adoran como á Dios;

¡grandes algos habréis d’ellos!

Cuando en mi jura os hallasteis

después del triste suceso

del rey don Sancho, mi hermano,

por Bellido traidor muerto,

todos besaron mi mano

y por rey me obedecieron;

sólo vos me contrallasteis

tomándome juramento.

En santa Gadea lo fice

sobre los cuatro evangelios,

y en el ballestón dorado,

teniendo el cuadrillo al pecho.

Matárades á Bellido

si ficiérais como bueno,

que no ha faltado quien dijo

que tuvisteis asaz tiempo:

fasta el muro lo seguisteis,

y al entrar la puerta dentro

¡bien cerca estaba quien dijo

que non osasteis de miedo!

[p. 182]Y nunca fueron los míos

tan astutos y mañeros

que cuidasen que don Sancho

muriese por mis consejos.

Murió, porque á Dios le plugo

en su juicio secreto,

quizá porque de mi padre

quebrantó sus mandamientos.

Por estos desaguisados,

desavenencias y tuertos,

con título de enemigo

de mis reinos vos destierro.

Yo tendré vuesos condados

fasta saber por entero,

con acuerdo de los míos,

si confiscárvolos puedo.

¡Non repliquedes palabra,

que vos juro por San Pedro

y por San Millán bendito

que vos enforcaré luégo!—

Estas palabras le dijo

el rey don Alfonso el Sexto,

inducido de traidores,

al Cid, honor de sus reinos.

Ilustración de adorno

[p. 183]

LI

T ornada

Téngovos de replicar

y de contrallarvos tengo,

que no han pavor los valientes

ni los non culpados miedo.

Si finca muerta la honra

á manos de los denuestos;

menos mal será enforcarme

que el mal que me habedes fecho.

Yo seré en tierra homildoso

á guisa de vueso siervo,

que teniendo los mis brazos

cuido alzarme sin los vuesos.

Cúbranse y non vos acaten

los ociosos falagüeños,

que magüer yo non lo soy

me puedo cubrir primero.

Dos vegadas hubo Cortes

desde antaño por invierno,

diz que por la pró común

ó por los vuesos provechos.

Vos en León las ficisteis,

pero yo en los campos yermos,

faciendo las mías, desfice

del contrario los pertrechos.

[p. 184]Lo fecho en Alcalá vedes,

non lo que fice primero;

y es mal juzgador quien juzga

sin notar todo el proceso.

Folgá que el moro de allende

respete mis fechos buenos,

que si non me los respeta

non vos guardará respeto.

¡Asaz me semejáis blando

porque de tiempo tan luengo

de apretarvos en la jura

vos duele el escocimiento!

Mentirá el que me achacare

del traidor Dolfos el tuerto,

pues sabedes lo que fué

y lo que fice en el reto;

además que sin espuelas

cabalgué entonces por yerro.

¡Vencen pesadas falsías

al noble y sencillo pecho!

Y pues gasté mis haberes

en prez del servicio vueso,

y de lo que hube ganado

vos fice señor y dueño,

non me lo confiscaredes

vos ni vuesos consejeros,

que mal podredes tollerme

la facienda que non tengo.

De hoy más seré facendoso,

pues hoy de vos me destierro,

y de hoy para mí me gano,

pues hoy para vos me pierdo.—

Estas palabras decía

el noble Cid respondiendo

á las querellas injustas

del rey don Alfonso el Sexto.

Ilustración de adorno

[p. 185]

LII

E ornada

Escuchó el rey don Alfonso

las palabras halagüeñas

del Cid en su despedida

cuando se partió á la guerra,

y dijo á sus infanzones:

—Hoy deja nuestras banderas

el home más animoso

que sangre de moros riega:

y aunque parezca osadía

el fablar con tantas veras,

non fueron atrevimientos,

supuesto que lo asemejan.

Los amoríos del alma

en el pecho do se encierran

lealtad y amor, con su rey

tienen para hablar licencia.

Alongado va al destierro,

y veo que en su presencia

es sólo un home el que parte

y mil voluntades lleva;

y cuido que un buen guerrero,

[p. 186]cuando de su rey se ausenta,

reprochado de su corte,

se ha de tener á la ajena;

que de un edificio grande,

si se le rompe una piedra,

por sólo su desencaje

se suele venir á tierra.

No hay folgarse entre los reyes,

que nunca los reyes fuelgan,

cuidando el pro de sus reinos

y haciendo en los lueñes guerra.

Si fidalgos con la espada

por su rey en lides entran,

el rey con espada y alma

anda, padece y pelea.

¡Gran lidiador es el Cid!

¡fuerte y noble en gran manera!

Pero si no es homildoso

de Dios y del rey, ¿qué espera?

Conviene que el Cid se alongue,

y dirán en lueñes tierras

que Alfonso face justicia

y en castigo á nadie excepta.

Ilustración de adorno

[p. 187]

Ilustración

LIII

D

Don Rodrigo de Vivar

está con doña Jimena

de su destierro tratando,

que sin culpa le destierran.

El rey Alfonso lo manda,

sus envidiosos se huelgan,

llórale toda Castilla,

porque huérfana la deja.

Gran parte de sus haberes

ha gastado el Cid en guerra;

no halla para el camino

dinero sobre su hacienda.

Á dos judíos convida,

y sentados á la mesa

[p. 188]con amigables caricias

mil florines les pidiera.

Díceles que por seguro

dos cofres de plata tengan,

y que si dentro de un año

no les paga, que la vendan,

y cobren la logrería

como concertado queda.

Dióles dos cofres cerrados,

entrambos llenos de arena,

y confiados del Cid

dos mil florines le prestan.

—¡Oh necesidad infame,

á cuántos honrados fuerzas

á que por salir de ti

hagan mil cosas mal hechas!

¡Rey Alfonso, señor mío,

á traidores das orejas,

y á los fidalgos leales

palacios y orejas cierras!

Mañana saldré de Burgos

á ganar en las fronteras

algún pequeño castillo

adonde mis gentes quepan;

mas según son de orgullosos

los que llevo en mi defensa,

las cuatro partes del mundo

tendrán por morada estrecha.

Estarán mis estandartes

tremolando en las almenas;

caballeros agraviados

hallarán guarida en ellas;

y por conservar el nombre

de tus reinos, que es mi tierra,

los lugares que ganare

serán Castilla la Nueva.

Ilustración de adorno

[p. 189]

Ilustración

LIV

E

Ese buen Cid Campeador,

que Dios en salud mantenga,

faciendo está una vigilia

en San Pedro de Cardeña;

que el caballero cristiano

con las armas de la Iglesia

debe de guarnir su pecho

si quiere ganar las guerras.

Doña Elvira y doña Sol,

las dos sus fijas tan bellas,

[p. 190]acompañan á su madre

ofreciendo rica ofrenda.

Cantada que fué la misa,

el abad y monjes llegan

á bendecir el pendón,

aquel de la Cruz bermeja.

Soltó el manto de los hombros,

y en cuerpo, con armas nuevas,

del pendón prendió los cabos

y d’esta suerte dijera:

—Pendón bendecido y santo,

un castellano te lleva,

por su rey mal desterrado,

bien plañido por su tierra.

Á mentiras de traidores

inclinando sus orejas,

dió su prez y mis fazañas:

¡desdichado dél y d’ellas!

¡Cuando los reyes se pagan

de falsías halagüeñas,

mal parados van los suyos,

luengo mal les viene cerca!

Rey Alfonso, rey Alfonso,

esos cantos de sirena

te adormecen por matarte:

¡ay de ti si no recuerdas!

Tú Castilla me vedaste

por haber folgado en ella,

que soy espanto de ingratos,

y conmigo non cupieran.

¡Plegue á Dios que no se caigan,

sin mi brazo, tus almenas!

Tú que sientes, me baldonas;

sin sentir, me lloran ellas.

Con todo, por mi lealtad

te prometo las tenencias

[p. 191]que en las fronteras ganaren

mis lanzas y mis ballestas;

que venganza de vasallo

contra el rey, traición semeja,

y el sufrir los tuertos suyos

es señal de sangre buena.—

Esta jura dijo el Cid,

y luégo á doña Jimena

y á sus dos fijas abraza;

mudas y en llanto las deja.

Ilustración de adorno

[p. 192]

LV

Y ornada

Ya que acabó la vigilia

aquel noble Cid honrado,

y dejó á doña Jimena

y á sus dos fijas llorando;

á la vista de San Pedro

en un espacioso llano

dijo, con grande denuedo,

á los que le están mirando:

—Quinientos fidalgos sois

los que me heis acompañado,

á quien no diré lo mucho

que os obliga el ser fidalgos;

pero, pues que me destierra

el Rey por injustos casos,

faced cuenta, mis amigos,

que todos vais desterrados,

y que han de guardar mi honra

vueso valor y mi brazo,

que aunque él ha sido injusto,

no lo han de ser sus vasallos,

antes derramar la sangre

por vencer á los contrarios.—

[p. 193]Todos responden:—Buen Cid,

vueso hablar es excusado,

pues basta que nos mandéis

para quedar obligados.—

Por tierras de moros entran,

muchas batallas ganando,

rindiendo muchos castillos,

y reyes atributando.

Tanto pudo el gran valor

de aquel noble Cid honrado,

que en poco tiempo conquista

hasta Valencia llegando

donde alcanzó gran tesoro;

y un gran presente ha enviado

al ingrato rey Alfonso

de cien hermosos caballos,

todos con ricos jaeces

de diferentes bordados,

y cien moros, que los llevan

de las riendas, sus esclavos,

y cien llaves de las villas

y castillos que ha ganado,

y también al rey envía

cuatro reyes sus vasallos:

aqueste presente lleva

Ordoño, su gran privado.

Ilustración de adorno

[p. 195]

Ilustración

LVI

E

Ese buen Cid Campeador

de Zaragoza partía,

sus gentes lleva consigo,

y la su seña tendida

para correr á Monzón,

á Huesca también corría;

á Onda con Almenar

estragado los había.

El rey Pedro de Aragón

muy gran pesar recibía

[p. 196]cuando supo que el buen Cid

tan cerca de sí yacía.

Apellidara sus gentes,

muchas son en demasía;

llegado han á Piedra Alta,

sus tiendas fincar facía:

á ojos está del Cid,

mas para él no venía.

El Cid salió de Monzón

con doce en su compañía,

á holgarse por el campo,

armados de buena guisa.

Los de ese rey de Aragón

le tuvieron puesta espía;

caballeros eran ciento

y cincuenta, que á él salían.

El Cid lidiara con todos,

como bueno los vencía:

siete son los caballeros

y caballos que prendía,

los otros huyen del campo,

que aguardarle no querían,

los presos piden merced,

que los suelte le pedían:

el Cid, como es muy honrado,

lo que piden concedía.

Ilustración de adorno

[p. 197]

Ilustración

LVII

A

Adofir de Mudafar

á Rueda en guarda tenía

por el buen rey don Alfonso,

que conquerido la había.

Almofalas, ese moro,

con sobrada maestría

metióse dentro el castillo,

con él alzado se había:

Adofir, cuando lo supo,

al rey su mensaje envía,

[p. 198]pidiéndole su socorro

para recobrar la villa.

El rey envió á Ramiro

y á ese conde don García,

con muchas gentes armadas,

que van en su compañía.

El moro, cuando lo supo,

dijo el castillo daría

á ese buen rey don Alfonso,

y que á otro no quería.

Convidóle á comer

por hacelle alevosía

allá dentro del castillo;

el rey temido se había.

El infante don Ramiro

con el Conde en compañía

entraron para comer,

que ir el rey no quería;

mas luégo que entraron dentro

á entrambos quitan la vida,

con otros que van con ellos,

y al rey mucho le dolía.

Túvose por deshonrado,

y al Cid sus cartas envía,

que estaba cerca de allí

desterrado de Castilla.

Rodrigo, que vió el mensaje,

para el rey luégo venía:

caballeros fijosdalgo

acompañado lo habían.

Cuando lo vido el buen rey,

su perdón le concedía.

Contóle lo acontecido,

que le vengue le pedía,

y que con él se viniese

á su reino y señoría.

[p. 199]El Cid le besó las manos

por el perdón que le hacía;

mas no lo quiso aceptar

si el Rey no le prometía

de dar á los fijosdalgo

un plazo de treinta días

para salir de la tierra,

si algún crimen cometían,

y que fasta ser oídos

jamás los desterraría,

nin quebrantaría los fueros

que sus vasallos tenían,

nin menos que los pechase

más de lo que convenía,

y que si lo tal ficiese,

contra él alzarse podían.

Todo lo promete el rey,

que en nada contradecía,

y á Castilla caminando,

Rodrigo el cerco ponía.

Al moro que tal mal fizo

por gran fambre lo prendía,

y á todos los más traidores

al rey luégo los envía.

El rey los ha recibido,

d’ellos fizo gran justicia,

y mucho agradece al Cid

el presente que le hacía.

Ilustración de adorno

[p. 200]

LVIII

C ornada

Ceñid los membrudos brazos

al cuello que bien os quiere,

por ser asaz de tal dueño,

que el mundo otro par no tiene.

Non rehuyáis de abrazarme,

que brazos de home tan fuerte

desentollescen mis tierras,

y las de moros tollescen.

Facedlo, que bien podéis,

é cuidá non me manchedes,

que aún finca en las vuesas armas

la sangre mora reciente.

No atendáis tuertos que os fice,

pues tan buen precio merecen,

que non quise en mi servicio

homes á quien sirven reyes.

Si vos desterré, Rodrigo,

fué porque á moros que crecen

desterréis sus fechorías,

y las vuesas alto vuelen.

[p. 201]Non vos eché de mi reino

por falsos que vos mal quieren,

sí porque en tierras ajenas

por vos mi poder se muestre.

De Álvar Fáñez, vueso primo,

recebí vueso presente,

no en feudo vueso, Rodrigo,

sinon como de parientes.

Las banderas que ganasteis

á sarracenos de allende,

por vuesa mandadería

en San Pedro las veredes.

La vuesa Jimena Gómez,

que tanto vos quiso siempre,

porque la desmaridé

mil pleitos contra mí tiene.

Non escuchéis sus querellas

cuando á mí las enderece,

que á las fembras más astutas

cualquier enojo las vence.

Acudid en su presencia,

que cuido que vos atiende

más ganosa de vos ver

que vos venides de verme;

que si malos consejeros

facen oficios que suelen,

en cambio de saludarme

atenderédes mi muerte.

Non la atendáis, home bueno,

ansí os valga San Llorente,

y riñas de por San Juan

sean paz que dure siempre.

Prended al cuello los brazos,

que vuesos brazos bien pueden

prender en paz vueso rey,

pues en guerra cinco prenden.—

[p. 202]El rey don Alfonso el Sexto

le dice esto al Cid valiente,

que de lidiar con los moros

victorioso á su rey vuelve.

Ilustración de adorno

[p. 203]

Ilustración

LIX

F

Fablando estaba en celada

el Cid con la su Jimena

poco antes que se fuése

á las lides de Valencia:

—Bien sabéis, dice, señora,

cómo las nuesas querencias

en fe de su voluntad

muy mal admiten ausencia;

pero piérdese el derecho

adonde interviene fuerza,

[p. 204]que el servir al rey lo es

quien noble sangre semeja.

Faced en la mi mudanza

como tan sesuda fembra,

y en vos no se vea ninguna,

pues venís de honrada cepa.

Ocupad las cortas horas

en catar vuesas faciendas;

un punto no estéis ociosa,

pues es lo mismo que muerta.

Guardad vuestros ricos paños

para cuando yo dé vuelta,

que la fembra sin marido

debe andar con gran llaneza.

Mirad por las vuesas fijas,

celadlas; pero no entiendan

que algún vicio presumís,

porque faréis que lo entiendan.

No las apartéis un punto

de junto á vuesa cabeza,

que las fijas sin su madre

muy cerca están de perderla.

Sed grave con los criados,

agradable con las dueñas,

con los extraños sagaz,

y con los propios severa.

Non enseñéis las mis cartas

á la más cercana dueña,

porque no sepa el más sabio

cómo paso yo las vuesas:

mostradlas á vuesas fijas,

si non tuvierdes prudencia

para encubrir vuestro gozo,

que suele ser propio en fembras.

Si vos consejaren bien

faced lo que vos consejan,

[p. 205]y si mal vos consejaren,

faced lo que más convenga.

Veinte y dos maravedís

para cada día os quedan,

tratadvos como quien sois,

non enduréis la despensa.

Si dineros vos faltaren

faced como no se entienda,

enviádmelos á pedir,

non empeñéis vuestras prendas.

Buscad sobre mi palabra,

que bien fallaréis sobre ella

quien á vuestra cuita corra,

pues yo acudo á las ajenas.

Con tanto, señora, adios,

que el ruido de armas resuena.—

Y tras un estrecho abrazo,

ligero subió en Babieca.

Ilustración de adorno

[p. 207]

Ilustración

LX

A

Apretada está Valencia,

puédese mal defensar,

porque los almoravides

no la quieren ayudar.

Viendo aquesto un moro viejo

que solía adivinar,

subiérase á un alta torre

para bien la contemplar.

Cuánto más la mira hermosa,

más le crece su pesar.

Sospirando con gran pena,

aquesto fué á razonar:

—¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia,

digna de siempre reinar!

[p. 208]Si Dios de ti no se duele,

tu honra se va apocar,

y con ella las holganzas

que nos suelen deleitar:

las cuatro piedras caudales

do fuíste el muro á sentar,

para llorar, si pudiesen,

se querrían ayuntar.

Tus muros tan preminentes,

que fuertes sobre ella están,

de mucho ser combatidos

todos los veo temblar;

las torres que las tus gentes

de lejos suelen mirar,

que su alteza ilustre y clara

los solía consolar,

poco á poco se derriban

sin podellas reparar;

y las tus blancas almenas,

que lucen como el cristal,

su lealtad han perdido

y todo su bel mirar;

tu río tan caudaloso,

tu río Guadalaviar,

con las otras aguas tuyas

de madre salido ha;

tus arroyos cristalinos

turbios ya siempre vendrán,

tus fuentes y manantiales

todos secados se han;

tus verdes huertas viciosas

á ninguno gozo dan,

que la raíz de sus hierbas

bestias roído las han;

tus prados de cien mil flores

olores de sí no dan,

[p. 209]mustios andan y marchitos,

sin color ni olor están;

aquel honrado provecho

de tu playa y de tu mar,

en deshonra y daño torna,

¡mal te puede aprovechar!

Los montes, campos y tierras

que tu solías mandar,

el humo de los sus fuegos

tus ojos cegado han.

Es tan grave tu dolencia

y tanta tu enfermedad,

que los hombres desesperan

de salud poderte dar.

¡Oh Valencia! ¡Oh Valencia!

Dios te quiera remediar,

que muchas veces predije

lo que agora veo llorar.

Ilustración de adorno

[p. 211]

Ilustración

LXI

C

Cercada tiene á Valencia

ese buen Cid castellano,

con los moros que están dentro

cada día peleando:

muchos ha muerto y prendido

y á otros ha cautivado.

Al real del buen Rodrigo

un caballero ha llegado:

Martín Peláez ha por nombre,

Martín Peláez, asturiano:

muy crecido es en el cuerpo,

en los miembros arreciado.

[p. 212]Aqueste es de buen donaire,

pero muy acobardado:

halo mostrado en las lides

y batallas do se ha hallado.

Mucho le pesó al buen Cid

cuando lo vido á su lado;

no es para vivir con él

hombre tan afeminado.

Un día entrara el buen Cid,

y con él los sus vasallos,

en batalla, con los moros

pelean como esforzados.

Allá va Martín Peláez

bien armado y á caballo:

antes de dar el torneo

al real había tornado;

fuése para su posada

cubierto y disimulado.

En ella anduvo escondido

hasta que el Cid ha tornado;

dejó muertos muchos moros,

á ellos ganara el campo.

El Cid se sentó á comer,

como tiene acostumbrado,

solo en su cabo á una mesa,

y en el su escaño asentado,

y en otra sus caballeros,

los que tiene por preciados:

con aquestos nadie come

sino los más afamados.

Así lo ordenó el buen Cid

por facerlos esforzados,

y que cada uno procure

facer fechos estimados

para comer á la mesa

de Álvar Fáñez y su hermano.

[p. 213]Bien cuidó Martín Peláez,

que non vió el Cid lo pasado,

y así las manos se lava,

á la mesa se ha sentado

donde está don Álvar Fáñez

con la compaña de honrados.

El Cid se fué para él,

y del brazo le ha trabado,

diciendo:—Non sois vos tal

para en tal mesa sentarvos

con esos parientes míos,

á quien vos podáis llegarvos;

más valen que yo ni vos,

que son buenos y aprobados;

sentadvos á la mi mesa,

comed conmigo á mi plato.—

Con mengua de entendimiento

no creyó que es baldonado,

asentóse con el Cid

á su mesa y á su lado,

y el Cid con grande cordura

esta reprensión le ha dado.

Ilustración de adorno

[p. 214]

LXII

P ornada

Por la mano prende el Cid,

no con rigor ni con saña,

al joven Martín Peláez

que fuyó de la batalla,

y por mejor reprendelle

de su cobardía mala,

se sienta á su mesa y dice

con amorosas palabras:

—Yantemos en uno juntos,

que non he sabor ni gana

que yantedes con los grandes

que han ganado con su espada;

yantad en esa escodilla,

que el uno al otro se llama,

yo por no ser bueno os quiero

á mi lado y á mi estancia:

[p. 215]los que allí con Álvar Fáñez

con él se asientan y yantan,

ganaron con sus proezas

la mesa y perpetua fama.

Con la sangre de enemigos

es bien lavar nuestras manchas

que en el honor han caído

rindiendo la vida y almas.

Vergoñosa vida atiende

aquel que valor le falta,

magüer que haya su facienda

de los mejores de España.

Miémbresevos de los fechos

pasados que ha fecho en armas

mi amigo Pedro Bermúdez,

y cuán bien su espada talla.

Aguisémonos de guisa

que ninguno tuerto faga,

ni los moros valencianos

puedan afrentar sus lanzas.

Facer lo que home es tenudo

de toda culpa descarga,

porque allí no hay fallimiento

de lo que la honra encarga.

Esto dicho, el Cid callóse,

y la comida acabada,

mandó tocar las trompetas,

y que se pongan en armas,

y los moros valencianos

con las gentes asturianas

traban una escaramuza

encendiendo nueva saña.

Corrido Martín Peláez

de las pasadas palabras,

hizo cosas aquel día

que al Cid admiran y espantan;

[p. 216]tanto, que aquel vencimiento

á Martín Peláez se daba.

Los moros su nombre temen,

con que ganó lauro y palma.

Ilustración de adorno

[p. 217]

Ilustración

LXIII

C

Corrido Martín Peláez

de lo que el Cid ha fablado,

d’ello cobró gran vergüenza,

d’ello está muy ocupado.

Fuése para su posada,

triste estaba y muy cuitado

viendo cómo el Cid ha visto

su cobardía tan claro,

por lo cual no consintió

que coma con los honrados

[p. 218]propónese ser valiente

ó de morir en el campo.

Otro día salió el Cid,

junto á Valencia ha llegado;

salieron luégo los moros

á ferir en los cristianos:

llegan denodadamente

con los esfuerzos sobrados.

Martín Peláez fué el primero

que la lid había entrado,

y firió tan recio en ellos

que á muchos ha derribado.

Allí perdió todo el miedo,

muy gran esfuerzo ha cobrado,

peleó valientemente

mientras la lid ha durado:

unos mata y otros hiere,

hizo en ellos grande estrago.

Los moros dicen á gritos:

—¿De dó ha venido este diablo?

¡Hasta aquí no le hemos visto

tan valiente y esforzado!

Á todos nos hiere y mata,

del campo nos ha lanzado.—

Por las puertas de Valencia

á los moros ha encerrado,

los brazos hasta los codos

en sangre lleva bañados;

ninguno hay tal como él

si no es el Cid afamado.

Los moros fueron vencidos,

Peláez se había tornado,

esperándole está el Cid

fasta que fuera llegado:

con muy crecido placer

Rodrigo lo había abrazado;

[p. 219]díjole:—Martín Peláez,

vos sois bueno y esforzado,

non sois tal que merezcáis

de hoy más conmigo sentaros,

asentaos con Álvar Fáñez,

que era mi primo hermano,

y con estos caballeros,

que son buenos y estimados,

que los vuesos buenos fechos

siempre serán bien mentados;

seréis d’ellos compañero,

sentaros heis á su lado.—

De aquel día en adelante

fizo fechos muy granados

de esforzado caballero,

bueno como el más preciado.

Aquí se cumplió el proverbio

entre todos divulgado,

«que el que á buen árbol se arrima

»de buena sombra es tapado.»

Ilustración de adorno

[p. 220]

LXIV

P ornada

Partíos ende los moros,

non pongáis mientes en al,

cuidá de los doloridos

y los muertos soterrad;

decidles á los cuitados

y á las cuitadas contad,

que el saber nueso en la guerra

es humildoso en la paz;

poned la fucia en facer

que me vengan á fablar,

porque les diga mi boca

toda la mi voluntad,

que non quiero sus faciendas

nin se las he de tirar,

nin para mis barraganas

sus fijas he de tomar,

que yo non uso mujeres

sinon la mía natural,

que en San Pedro de Cardeña

yace agora al mi mandar;

[p. 221]y mándovos yo, Álvar Fáñez,

si he poder de vos mandar,

vais por ella y por mis fijas,

mis fijas otro que tal.

Llevad treinta marcos de oro

con que se puedan guiar

para venir á Valencia

á la ver y á la gozar;

llevá otros tantos de plata

para San Pedro y su altar,

y entregadlos á don Sancho,

que ende yace por abad;

y al nobre rey don Alfonso,

mi buen señor natural,

llevá doscientos caballos,

bien guarnidos al mi usar;

y á los honrados judíos

Raquel y Vidas llevá

doscientos marcos de oro,

tantos de plata y non más,

que me endonaron prestados

cuando me partí á lidiar

sobre dos cofres de arena

debajo de mi verdad:

rogarles heis de mi parte

que me quieran perdonar,

que con acuita lo fice

de mi gran necesidad;

que aunque cuidan que es arena

lo que en los cofres está,

quedó soterrado en ella

el oro de mi verdad.

Pagáles la logrería

que soy tenudo á les dar

del tiempo que su dinero

he tenido á mi mandar;

[p. 222]y vos, Martín Antolínez,

le iredes á acompañar,

y las mis buenas venturas

á mi Jimena contad.

Diréis al rey don Alfonso

que me empreste su juglar,

porque á mi Jimena agrada

mucho el tañer y cantar.—

Aquesto dijera el Cid

después que ya entrado ha

en Valencia victorioso,

pues conquerido la ha.

Ilustración de adorno

[p. 223]

LXV

D ornada

Desterrado estaba el Cid

de la corte y de su aldea

de Castilla por su rey,

cansado de vencer guerras,

y en las venturosas armas

apenas las manchas secas

de la sangre de los moros

que ha vencido en sus fronteras;

y aun estaban los pendones

tremolando en las almenas

de las soberbias murallas

humilladas de Valencia,

cuando para el rey Alfonso

un rico presente ordena

de cautivos y caballos,

de despojos y riquezas.

Todo lo despacha á Burgos,

y á Álvar Fáñez que lo lleva,

para que lo diga al rey,

le dice d’esta manera:

[p. 224]«Díle, amigo, al rey Alfonso,

»que reciba su grandeza

»de un fidalgo desterrado

»la voluntad y la ofrenda,

»y que en este dón pequeño

»solamente tome en cuenta

»que es comprado de los moros

ȇ precio de sangre buena;

»que con mi espada en dos años

»le he ganado yo más tierras

»que le dejó el rey Fernando,

»su padre, que en gloria sea;

»que en feudo d’ello lo tome

»y que no juzgue á soberbia

»que con parias de otros reyes

»pague yo á mi rey mis deudas;

»que pues él como señor

»me pudo quitar mi hacienda,

»bien puedo yo como pobre

»pagar con hacienda ajena;

»y que juzgue que en su dicha

»son delante mis enseñas

»millaradas de enemigos

»como ante el sol las tinieblas;

»y espero en Dios que mi brazo

»ha de hacello rico, mientras

»la mano aprieta á Tizona

»y el talón fiere á Babieca;

»y en tanto mis envidiosos

»descansen, mientras les sea

»firme muralla mi pecho

»de su vida y de sus tierras,

»y entreténganse en palacio,

»y guárdense no me vendan,

»que del tropel de los moros

»soltaré una vez la presa

[p. 225]»y llegarán su avenida

ȇ ver entre sus almenas;

»y defiendan bien sus honras

»como manchan las ajenas;

»y si les diere en los ojos

»lo que les dió en las orejas,

»verán que el Cid no es tan malo

»como son sus obras buenas,

»y si sirven á su rey

»en la paz como en la guerra

»mentirosos lisonjeros

»con la espada ó con la lengua;

»y verá el buen rey Alfonso

»si son de Burgos las fuerzas,

»los caminos de ladrillo

»ó los ánimos de piedra:

»que le suplico permita

»se pongan esas banderas

ȇ los ojos del glorioso

»mi Príncipe de la Iglesia,

»en señal que con su ayuda

»apenas enhiestas quedan

»en toda España otras tantas,

»y ya me parto por ellas;

»y le suplico me envíe

»mis fijas y mi Jimena,

»d’esta alma sola afligida

»regaladas dulces prendas;

»que si nó mi soledad,

»la suya al menos le duela,

»porque de mi gloria goce

»ganada en tan larga ausencia.»

Mirad, Álvaro, no erréis:

que en cada razón de aquestas

lleváis delante del rey

mi descargo y mi limpieza.

[p. 226]Decidlo con libertad,

que bien sé que habrá en la rueda

quien mis pensamientos mida

y vuesas palabras mesmas.

Procurad que aunque les pese

á los que mi bien les pesa,

no lleven más que la envidia

de mí, de vos ni de ellas;

y si en mi Valencia amada

no me hallareis á la vuelta,

peleando me hallarédes

con los moros de Consuegra.

Ilustración de adorno

[p. 227]

Ilustración

LXVI

L

Llegó Álvar Fáñez á Burgos

á llevar al rey la empresa

de cautivos y caballos,

de despojos y riquezas.

[p. 228]Entró á besarle la mano

después de darle licencia,

y puesto ante él de rodillas

este recaudo comienza:

—Poderoso rey Alfonso,

reciba vuesa grandeza

de un fidalgo desterrado

la voluntad y la ofrenda.

Don Rodrigo de Vivar,

fuerte muro en tu defensa,

por envidia desterrado

de su casa y de su tierra,

pide que con libertad

hable puesto en su defensa

y así quiero, por no errar,

decir sus palabras mesmas.

Dice: «que este dón pequeño

»toméis solamente en cuenta,

»que es ganado de los moros

ȇ precio de sangre buena;

»que con su espada en dos años

»te ha ganado el Cid más tierras

»que te dejó el rey Fernando,

»tu padre, que en gloria sea;

»que en feudo d’esto lo tomes

»y no juzgues á soberbia

»que con parias de otros reyes

»él pague á su rey sus deudas;

»y pues tú como señor

»le quitaste su facienda,

»que bien puede como pobre

»pagar con facienda ajena.

»Que fíes en Dios y en él,

»que te ha de hacer rico, mientras

»la mano aprieta á Tizona

»y el talón hiere á Babieca.

[p. 229]»Y que gustes que en San Pedro

»se pongan estas banderas

ȇ los ojos del glorioso

»Gran Príncipe de la Iglesia,

»en señal que con su ayuda

»apenas enhiestas quedan

»en toda España otras tantas,

»y ya se parte por ellas.

»Que te suplica le envíes

»sus fijas y su Jimena,

»del alma triste afligida

»regaladas dulces prendas.

»Y si nó su soledad,

»la suya al menos te duela,

»para que su gloria goce

»ganada en tan larga ausencia.»

No quisiera haber errado,

que en cada palabra d’estas

te traigo, rey, de Rodrigo

su descargo y su limpieza.—

Apenas dió la embajada

cuando la envidia revienta

de envidiosos lisonjeros

y corredores de orejas.

Movióse un conde agraviado

y díjole al rey: Tu alteza

no dé crédito á estas cosas,

que son engaños que ceban.

Querrá ahora el Cid Rodrigo

con esto que te presenta,

venirse á Burgos mañana

á confirmar tus ofensas.—

Caló Álvar Fáñez la gorra,

y empuñando en la derecha,

tartamudo de coraje,

le dió al conde esta respuesta:

[p. 230]—Nadie se mude ni hable,

y el que se moviere atienda

que le fabla el Cid presente,

pues yo lo soy en su ausencia;

y cuando en mi pobre esfuerzo

cupiere alguna flaqueza,

la gran firmeza del Cid

me ayuda desde Valencia.

No le venda ningún falso

ni sus lisonjas le vendan,

que d’él y de mí, en su nombre,

no aseguro la cabeza.

Y tú, rey, que las lisonjas

acomodas y aprovechas,

haz de lisonjas murallas

y verás cómo pelean.

Perdona que con enojo

pierdo el respeto á tu Alteza,

y dame, si me has de dar,

del Cid las queridas prendas:

á doña Jimena digo,

y á sus dos hijas con ella,

pues te ofrezco su rescate

como si estuvieran presas.—

Levantóse el rey Alfonso

y á Álvar Fáñez pide y ruega

que se sosiegue, y los dos

vayan á ver á Jimena.

Ilustración de adorno

[p. 231]

LXVII

V ornada

Victorioso vuelve el Cid

á San Pedro de Cardeña

de las guerras que ha tenido

con los moros de Valencia.

Las trompetas van sonando

por dar aviso que llega,

y entre todos se señala

el relincho de Babieca.

El abad y monjes salen

á recibirlo á la puerta,

dando alabanzas á Dios

y al Cid mil enhorabuenas.

Apeóse del caballo,

y antes de entrar en la iglesia

tomó el pendón en sus manos

y dice de esta manera:

—Salí de ti, templo santo,

desterrado de mi tierra;

mas ya vuelvo á visitarte

acogido en las ajenas.

[p. 232]Desterróme el rey Alfonso

porque allá en Santa Gadea

le tomé el su juramento

con más rigor que él quisiera.

Las leyes eran del pueblo,

que no excedí un punto d’ellas,

pues como leal vasallo

saqué á mi rey de sospecha.

¡Oh envidiosos castellanos,

cuán mal pagáis la defensa

que tuvisteis en mi espada

ensanchando vuestra cerca!

Veis aquí os traigo ganado

otro reino y mil fronteras,

que os quiero dar tierras mías

aunque me echáis de las vuestras;

pudiera dárselo á extraños,

mas para cosas tan feas

soy Rodrigo de Vivar,

castellano á las derechas.

Ilustración de adorno

[p. 233]

LXVIII

A ornada

Aquese famoso Cid

con gran razón es loado;

ganada tiene á Valencia,

de moros la ha conquistado;

en ella está su mujer,

fija del conde Lozano.

Doña Sol y doña Elvira

poco há que habían llegado

de San Pedro de Cardeña,

do el Cid las había dejado.

Estando el Cid á placer

nuevas le habían llegado

que el gran Miramamolín,

rey de Túnez coronado,

venía á se la quitar

con gran gente de á caballo;

cincuenta mil eran éstos,

los de á pié no tienen cabo.

El Cid, como era valiente,

y en armas tan aprobado,

basteció bien los castillos,

y en todo puso recaudo;

[p. 234]esforzó sus caballeros

como lo había acostumbrado.

Subiera á doña Jimena,

y á sus fijas en su cabo,

en una torre más alta

que en el alcázar se ha hallado.

Miraron contra la mar,

los moros están mirando,

viendo cómo armaban tiendas

á gran priesa y gran cuidado.

Al rededor de Valencia

grandes alaridos dando,

tañendo sus atambores

los aires van penetrando.

Doña Jimena y sus fijas

gran pavor habían cobrado,

porque jamás habían visto

tantas gentes en un campo.

Esforzábalas el Cid,

de aquesta suerte fablando:

—No temáis, doña Jimena,

y fijas que tanto amo;

mientras que yo fuere vivo

de nada tengáis cuidado,

que los moros que aquí vedes

vencidos habrán quedado,

y con el su gran haber,

fijas, os habré casado,

que cuantos más son los moros,

más ganancia habrán dejado;

y las bocinas que traen

y ante vos se habían tocado,

servirán para la Iglesia

d’este pueblo valenciano.—

Viendo entonces que los moros

por las huertas se han entrado

[p. 235]derramados y esparcidos,

sin orden y á mal recaudo,

á don Álvar Salvadores

le dijo:—Sed luégo armado,

tomaréis doscientos homes

de á caballo aderezados,

y haced una espolonada

contra los perros paganos,

porque Jimena y sus fijas

vean que sois esforzado.—

Salvadores lo cumpliera

como el Cid lo había mandado.

Dió de tropel en los moros,

de las huertas los ha echado:

firiendo iban en ellos,

firiendo van y matando

hasta dentro de las tiendas

que los moros han armado.

De allí se tornaron todos,

doscientos moros matando

preso queda Salvadores,

que por ser aventajado

se metió tanto en los moros,

que lo habían cautivado:

sacóle el Cid otro día,

los moros desbaratando.

Ilustración de adorno

[p. 237]

PARTE CUARTA

DESLEALTAD Y CASTIGO DE LOS INFANTES DE CARRIÓN


[p. 239]

LXIX

C ornada

Considerando los Condes

lo que el de Vivar vale,

y que su fama se aumenta

por las fazañas que face,

al rey don Alfonso piden

que con sus fijas les case,

porque ser yernos del Cid

es bien que puede estimarse.

El Rey, por facelles bien,

luégo le envió un mensaje

que se viniese á Requena

para que con él lo trate.

Rodrigo, vista la nueva,

dió d’ello á Jimena parte;

que en tal caso las mujeres

suelen ser muy importantes.

Sabido, no gustó d’ello,

y dijo al Cid:—Non me place

de emparentar con los Condes,

magüer sean de linaje;

[p. 240]mas fágase ende, Rodrigo,

lo que á vos más os agrade,

que no hay mengua de consejo

do está el Rey y vos estades.—

Rodrigo partió á Requena,

y también el Rey se parte

juntamente con los Condes

porque el Cid los vea y fable.

Después de dicha una misa,

delante el Rey y los grandes,

por don Jerónimo, obispo,

con muchas solemnidades,

el Rey al Cid apartó

de todos los circunstantes,

y estas palabras propuso

con gravedoso semblante:

—Bien sabedes, don Rodrigo,

que os tengo amor asaz grande,

y por vuestras cosas cuido

con solicitud bastante;

por ende habéis de saber

que fice aqueste viaje

por fablaros de un negocio,

que importa con vos se fable.

Los condes de Carrión

me han rogado que vos trate

en que les déis vuesas fijas,

y que con ellas los case,

que estarán agradecidos

si esta merced se les face,

porque es gran razón se estimen

fijas que son de tal padre.

Codician vuesa amistad,

atienden al trato afable,

aman mucho vuesas cosas,

y estiman á vuesa sangre.—

[p. 241]Agradeció el Cid entonces

al Rey la merced tan grande,

y díjole se sirviese

de todo lo que á él tocase,

que d’él, de fijas, de haberes,

ficiese lo que mandase;

que él no casaba á sus fijas,

mas las da que se las case.

Dióle el Rey gracias por ello

y mandó les entregasen

ocho mil marcos de plata

para el día en que se casen;

y al tío de las doncellas,

que era el buen don Álvar Fáñez,

mandó el Rey que las tuviese

fasta que se desposasen.

Luégo el Rey llamó á los Condes,

y mandó que le besasen

las manos al Cid Rúy Díaz,

y le fagan homenaje.

Ficiéronlo así los Condes

delante el Rey y los grandes,

y convidó el Cid á todos

porque en sus bodas se hallen.

Partióse el Rey á Castilla,

y el de Vivar con él parte,

y á dos leguas mandó el Rey

que no pasen adelante.

Fuése Rodrigo á Valencia,

donde quiso se juntasen

los Condes y caballeros,

porque las bodas se acaben.

Cuando el Cid los vido juntos,

díjole á don Álvar Fáñez

que lo que el Rey le mandó

luégo al punto efectuase;

[p. 242]que trajese á sus sobrinas,

y que á los condes ó infantes

que llaman de Carrión

al punto las entregase.

Diéronselas, y los Condes

con amorosas señales

dieron muestras del contento

que d’este suceso nace,

porque es tan fuerte el amor,

y son sus efectos tales,

que lo publican los ojos,

aunque la lengua lo calle.

Fizo el Obispo su oficio,

dió bendiciones y paces,

hubo fiestas ocho días

de cañas, toros y bailes;

dió grandes dones el Cid

á los Condes y magnates,

que aquel qu’es grande en sus fechos

suele ser en todo grande.

Ilustración de adorno

[p. 243]

Ilustración

LXX

A

Acabado de yantar,

la faz en somo la mano,

durmiendo está el señor Cid

en el su precioso escaño:

guardándole están el sueño

sus yernos Diego y Fernando,

y el tartajoso Bermudo,

en lides determinado.

Fablando están juglerías,

cada cual para hablar paso,

y por soportar la risa

puesta la mano en los labios,

[p. 244]cuando unas voces oyeron

que atronaban el palacio,

diciendo:—¡Guarda el león!

¡Mal muera quien lo ha soltado!—

No se turbó don Bermudo,

empero los dos hermanos

con la cuita del pavor

de la risa se olvidaron,

y esforzándose las voces

en puridad se hablaron,

y aconsejáronse aprisa

que no fuyesen despacio.

El menor, Fernán González,

dió principio al fecho malo,

en zaga el Cid se escondió

bajo su escaño agachado.

Diego, el mayor de los dos,

se escondió á trecho más largo

en un lugar tan lijoso,

que no puede ser contado.

Entró gritando el gentío,

y el león entró bramando,

á quien Bermudo atendió

con el estoque en la mano.

Aquí dió una voz el Cid,

á quien como por milagro

se humilló la bestia fiera,

humildosa y coleando.

Agradecióselo el Cid,

y al cuello le echó los brazos,

y llevólo á la leonera

faciéndole mil falagos.

Aturdido está el gentío

viendo lo tal, no acatando

que ambos eran leones,

mas el Cid era más bravo.

[p. 245]Vuelto, pues, á la su sala,

alegre y no demudado,

preguntó por sus dos yernos,

su maldad adivinando.

Bermudo le respondió:

—Del uno os daré recaudo,

que aquí se agachó por ver

si el león es fembra ó macho.—

Allí entró Martín Peláez,

aquel tímido asturiano,

diciendo á voces:—Señor,

albricias, ya lo han sacado.—

El Cid replicó:—¿Á quién?

Él respondió:—Al otro hermano,

que se sumió de pavor

do no se sumiera el diablo.

Miradle, señor, dó viene,

empero faceos á un lado,

que habéis, para estar par dél,

menester un incensario.—

Desenjaularon al uno,

metieron otro del brazo,

manchados de cosas malas

de boda los ricos paños.

Movido de saña el Cid

á uno y á otro mirando,

reventando por fablar,

y por callar reventando,

al cabo soltó la voz

el soberbio castellano,

y los denuestos les dijo

que vos contaré despacio.

Ilustración de adorno

[p. 246]

LXXI

N ornada

Non quisiera, yernos míos,

haber visto tal guisado,

cual el d’este mal suceso,

magüer cuido algún gran daño.

¿Son éstas ropas de bodas?

¡Haya mal grado el diablo!

¿Qué pavor ha sido el vuestro,

que habéis fecho tal recaudo?

Teniendo las vuesas armas,

¿por qué fugisteis entrambos?

¿Non estábades conmigo

para siquiera mirallo?

Pedisteis al Rey mis fijas

cuidando de valer algo,

non fice mi voluntad,

mas fice en el su mandado.

¿Vosotros sodes los novios

para mi vejez guardados?

¡Buena vejez me daredes

siendo tan afeminados!

[p. 247]No quiero pasar de aquí,

que si miro lo pasado

reviento de pesadumbre

considerando este caso.—

Estas palabras el Cid

les dijo muy enojado

por haber así fuído

del león los dos hermanos:

agraviáronse los Condes,

y con él quedan odiados.

Ilustración de adorno

[p. 248]

LXXII

S ornada

Si de mortales feridas

fincare muerto en la guerra,

llevadme, Jimena mía,

á San Pedro de Cardeña:

y así buena andanza hayades

que me fagades la huesa

junto al altar de Santiago,

amparo de lides nuesas.

Non me curedes plañir,

porque la mi gente buena

viendo que falta mi brazo

non fuya y deje mi tierra.

Non vos conozcan los moros

en vuestro pecho flaqueza,

sino que aquí griten armas,

y allí me fagan obsequias:

y la tizona que adorna

esta mi mano derecha,

non pierda de su derecho,

ni venga á manos de fembra.

[p. 249]Y si permitiere Dios

que el mi caballo Babieca

fincare sin su señor,

y llamare á vuesa puerta,

abridle y acariñadle

y dadle ración entera,

que quien sirve á buen señor,

buen galardón dél espera.

Ponedme de vuesa mano

el peto, espaldar y grevas,

brazal, celada y manoplas,

escudo, lanza y espuelas;

y puesto que rompe el día

y me dan los moros priesa,

dadme vuesa bendición

y fincad enhorabuena.—

Con esto salió Rodrigo

de los muros de Valencia

á dar la batalla á Búcar.

¡Plegue á Dios que con bien vuelva!

Ilustración de adorno

[p. 250]

LXXIII

L ornada

La venida del rey Búcar

á la ciudad de Valencia

está consultando el Cid

con muchos homes de cuenta.

Estando en aquesta fabla

han entrado por la puerta

sus yernos, disimulando

la traición que asaz le ordenan.

Asiento les diera el Cid

á la su mano derecha,

él temblando de atrevido,

y ellos tiemblan de flaqueza,

que los ánimos cobardes

carecen de fortaleza.

En estas fablas estando,

toda la gente trae nuevas

con cajas, pífanos, trompas,

de cómo los moros llegan.

Subióse el Cid con los suyos

á una torre tan soberbia

como son sus pensamientos,

que igualan á las estrellas.

Puesto de pechos el Cid

[p. 251]en las soberbias almenas,

miraba el rey que ha llegado

con el ejército y tiendas,

de que sus cobardes yernos

ya se temen y recelan.

El Cid ha sido avisado

que un recaudo del rey llega;

bajóse por recebillo,

sin bajar su fortaleza.

Á las razones del moro

atiende el Cid con prudencia,

y turbado de su aspecto

le dice d’esta manera:

—El rey Búcar, mi señor,

ha venido de su tierra

á deshacer el gran tuerto

con que tú le tienes ésta.

Envíatela á pedir,

y en viendo que no la dejas,

te apercibe á la batalla,

y procura defendella.—

Oídas estas razones,

no faciendo d’ellas cuenta,

alegre responde el Cid,

mostrando mucha clemencia:

—Díle al rey que se aperciba,

que yo pondré mi defensa;

Valencia me cuesta mucho

y no pienso salir d’ella,

porque he pasado en ganalla

muy grandes cuitas y penas.

Gracias infinitas doy

á la infinita grandeza

que me otorgó la vitoria

en tan peligrosa guerra;

á solo Dios lo agradezco,

[p. 252]y á la sangre y gente buena

de mis parientes y amigos,

que también mucho les cuesta.—

El moro se despidió,

cobarde en ver su presencia,

y temeroso de oirle,

al rey le lleva la nueva.

El Cid se queda ordenando

cosas sobre esta facienda,

y conoció de sus yernos

la cobardía que encierran.

Mandóles que se quedasen

porque no prueben sus fuerzas.

Ellos temerosos d’esto,

corridos de tal afrenta,

le dicen que han de ir con él

á tan peligrosa empresa.

Juntas las gentes del Cid

sus haces trazan y ordenan;

todos salen al real,

y el Cid con tanta braveza,

que los moros temerosos

sus haces juntan apriesa.

Al són de pífano y cajas

la batalla se comienza,

animándolos Rodrigo

que lleva la delantera;

con su gente puesta en orden

la batalla les presenta.

Embístense ambas las partes,

y en la batalla sangrienta

diez y ocho reyes prende,

y á todos ellos prendiera;

mas poniendo á los piés alas,

desembarazan la tierra,

y aunque costó mucha sangre

[p. 253]durando tan grande pieza,

la victoria llevó el Cid,

y con ella entró en Valencia.

Recibiólo la ciudad

con aplauso y buena estrena,

deséanle mil saludes

para su amparo y defensa,

y él contento y muy alegre

se va á ver á su Jimena.

Ilustración de adorno

[p. 255]

Ilustración

LXXIV

E

En batalla temerosa

andaba el Cid castellano

con Búcar, ese rey moro,

que contra el Cid ha llegado

á le ganar á Valencia

que el buen Cid ha conquistado.

Los condes de Carrión

en ella se habían hallado,

y contra un infante de ellos

[p. 256]Fernán González llamado,

un moro viene corriendo

con fuerte lanza en su mano;

fuerte muestra el moro ser

según viene denodado.

El conde, que vido al moro

huyendo va por el campo.

No lo había visto ninguno

para que sea publicado,

sino fuera don Ordoño:

escudero es muy honrado

que del buen Cid es sobrino

de Pedro Bermudo hermano.

Ordoño fué contra el moro,

con su lanza lo ha encontrado,

y firiéndolo en los pechos

pasólo de lado á lado.

El pendón que va en la lanza

todo sale ensangrentado;

el moro cayera muerto,

don Ordoño se ha apeado

y el caballo que traía

con las armas le ha tomado.

Llamó á su cuñado el conde,

esto le estaba hablando:

—Cuñado Fernán González,

tomad vos este caballo,

decid que al moro matasteis

que en él venía cabalgando;

que en días que yo viviere

non diré yo lo contrario,

non faciendo vos por qué

siempre se estará encelado.—

Estando en estas razones

el buen Cid había llegado,

á un moro venía siguiendo

[p. 257]y muerto le ha derribado.

Don Ordoño dijo al Cid:

—Señor, este yerno honrado

que por bien os ayudar

un moro mató en el campo

de un golpe que le dió,

suyo fizo este caballo.—

Mucho le plugo al buen Cid

de lo que le había contado,

cuidando decir verdad

mucho á su yerno ha loado.

Juntos van por la batalla,

firiendo van y matando,

y en moros que los aguardan

haciendo van grande estrago.

Ilustración de adorno

[p. 259]

Ilustración

LXXV

T

Tirad, fidalgos, tirad

á vuestro trotón el freno,

que en fuir de aquese modo

mostráis el pavor del pecho.

[p. 260]De un home solo fuís,

mirad que no es de homes buenos

fuir en tal lid de un moro

donde hay tantos que lo vieron.

Si non queredes morir,

como buen fidalgo, á fierro,

non viváis entre fidalgos

que fincan contino muertos.

Tornadvos luégo á Valencia,

que si non facéis más qu’eso,

también saldrán á lidiar

las damas que quedan dentro.

¡Mal andanza vos dé Dios!

Pues con aspecto tan feo

así en público fuís,

¿qué vos dirán en secreto?

¡Mal la doctrina tomastes

de mi tío, vuestro suegro,

pues non mancháis la Tizona,

deshonrando el honor viejo!

Decides que sois fidalgos,

¡pues yo vos juro á San Pedro

que tales desaguisados

non facen fidalgos buenos!

Las armas traéis doradas,

non las regaléis, mancebos,

porque son fierros dorados

que publican vuestros yerros.

Tomad aquese caballo

del moro que yace muerto,

y decid que le vencistes,

que de callar os prometo.

Galanes sois entre damas,

sed valientes entre perros,

porque non digan de vos

á los que os han parentesco.

[p. 261]Y adios, que quiero partirme,

porque el Cid mi tío es viejo,

y le quiero ir á ayudar,

pues no le ayudan sus yernos.—

Esto dijo el buen Bermúdez

porque el infante don Diego

en la Vega de Valencia

fuyó de un moro gran trecho.

Ilustración de adorno

[p. 263]

Ilustración

LXXVI

H

Helo, helo por dó viene

el moro por la calzada,

caballero á la jineta

encima una yegua baya;

borceguíes marroquíes

y espuela de oro calzada,

una adarga ante los pechos,

y en su mano una azagaya.

Mira y dice á esa Valencia:

—¡De mal fuego seas quemada!

Primero fuíste de moros

que de cristianos ganada.

[p. 264]Si la lanza no me miente,

á moros serás tornada,

y á aquel perro de aquel Cid

prenderélo por la barba:

su mujer doña Jimena

será de mí captivada,

y su hija Urraca Hernández

será la mi enamorada:

después de yo harto d’ella

la entregaré á mis compañas.—

El buen Cid no está tan lejos

que todo no lo escuchara.

—Venid vos acá, mi fija,

mi fija doña Urraca;

dejad las ropas continas,

y vestid ropas de Pascua,

á aquel moro hi-de-perro

detiénemelo en palabras,

mientras yo ensillo á Babieca

y me ciño la mi espada.—

La doncella muy fermosa

se paró á una ventana;

el moro desque la vido

d’esta suerte le fablara:

—¡Alá te guarde, señora,

mi señora doña Urraca!

—¡Así faga á vos, señor,

buena sea vuestra llegada!

Siete años há, rey, siete,

que soy vuestra enamorada.

—Otros tantos há, señora,

que os tengo dentro en mi alma.—

Ellos estando en aquesto,

el buen Cid ya se asomaba.

—Adios, adios, mi señora,

la mi linda enamorada,

[p. 265]que del caballo Babieca

yo bien oigo la patada.—

Do la yegua pone el pié

Babieca pone la pata;

el Cid fablara al caballo,

bien oiréis lo que fablaba:

—¡Reventar debía la madre

que á su hijo no esperaba!—

Siete vueltas la rodea

al derredor de una jara;

la yegua, que era ligera,

muy adelante pasaba

fasta llegar cabe un río

adonde una barca estaba.

El moro desque la vido

con ella bien se folgaba;

grandes gritos da al barquero

que le allegase la barca:

el barquero es diligente,

túvosela aparejada;

embarcóse presto en ella,

que no se detuvo nada.

Estando el moro embarcado,

el buen Cid se llegó al agua,

y por ver al moro en salvo

de tristeza reventaba;

mas con la furia que tiene

una lanza le arrojaba,

y dijo:—¡Coged, mi yerno,

arrecogedme esa lanza,

que quizá tiempo verná

que os será bien demandada!

Ilustración de adorno

[p. 266]

LXXVII

D ornada

De concierto están los condes

hermanos Diego y Fernando;

afrentar quieren al Cid

y han muy gran traición armado.

Quieren volverse á sus tierras,

sus mujeres demandando,

y luégo les dice el Cid

cuando las hubo entregado:

—Mirad, yernos, que tratedes

como á dueñas hijasdalgo

mis hijas, pues que á vosotros

por mujeres las he dado.—

Ellos ambos le prometen

de obedecer su mandado.

Ya cabalgaban los Condes

y el buen Cid ya está á caballo

con todos sus caballeros

que le van acompañando:

por las huertas y jardines

van riendo y festejando;

[p. 267]por espacio de una legua

el Cid los ha acompañado:

cuando d’ellas se despide

lágrimas le van saltando.

Como hombre que ya sospecha

la gran traición que han armado,

manda que vaya tras ellos

Álvar Fáñez, su criado.

Vuélvese el Cid y su gente,

y los Condes van de largo.

Andando con muy gran priesa

en un monte habían entrado

muy espeso y muy oscuro,

de altos árboles poblado.

Mandan ir toda su gente

adelante muy gran rato;

quédanse con sus mujeres

tan solos Diego y Fernando.

De sus caballos se apean

y las riendas han quitado.

Sus mujeres que lo ven

muy gran llanto han levantado

apéanlas de las mulas

cada cual para su lado;

como las parió su madre

ambas las han desnudado,

y luégo á sendas encinas

las han fuertemente atado.

Cada uno azota la suya

con riendas de su caballo;

la sangre que d’ellas corre

el campo tiene bañado;

mas no contentos con esto,

allí se las han dejado.

Su primo que las hallara,

como hombre muy enojado

[p. 268]á buscar los Condes iba;

y como no los ha hallado,

volvióse presto para ellas,

muy pensativo y turbado:

en casa de un labrador

allí se las ha dejado.

Vase para el Cid su tío,

todo se lo ha contado;

con muy gran caballería

por ellas ha enviado.

De aquesta tan grande afrenta

el Cid al rey se ha quejado;

el rey como aquesto vido

tres Cortes había armado.

Ilustración de adorno

[p. 269]

LXXVIII

A ornada

Al cielo piden justicia

de los Condes de Carrión

ambas las fijas del Cid,

doña Elvira y doña Sol.

Á sendos robles atadas

dan gritos que es compasión,

y no las responde nadie

sino el eco de su voz.

El menosprecio y la afrenta

sienten, que las llagas non;

que es dolor á par de muerte

en la mujer un baldón.

Tal fuerza tiene consigo

la verdad y la razón,

que hallan en los montes gentes,

y en las fieras compasión.

Á los lamentos que hacen

por allí pasó un pastor,

por donde no puso pié

cosa humana si ahora non.

[p. 270]Danle voces que se acerque,

y él no osa de pavor,

que son hijos de ignorancia

el empacho y el temor.

—Por Dios te rogamos, home,

que hayas de nos compasión,

así tus ganados vayan

siempre de bien en mejor;

nunca les falten las aguas

en el estío y el calor,

las hierbas no se les sequen

con la helada y con el sol;

tus tiernos fijuelos veas

criados en bendición,

y peines tus blancas canas

sin dolencia ni lesión,

que desates nuestras manos,

pues que las tuyas no son

como las que nos ataron,

de malicia y de traición.—

Estando en estas palabras

el buen Ordoño llegó

en hábito de romero

de orden del Cid su señor:

prestamente las desata

disimulando el dolor.

Ellas que lo conocieron

juntas lo abrazan las dos;

llorando las dice:—Primas,

secretos del cielo son

cuya voz y cuya causa

está reservada á Dios.

No tuvo la culpa el Cid,

que el Rey se lo aconsejó;

mas buen padre tenéis, dueñas,

que vuelva por vueso honor.

Ilustración de adorno

[p. 271]

LXXIX

E ornada

Elvira, soltá el puñal,

doña Sol, tiradvos fuera,

non me tengades el brazo,

dejadme, doña Jimena:

non me tolláis el rencor,

que me empacha la vergüenza,

que todas mis fechorías

manchen mis suertes siniestras.

¡Á mis fijas, falsos Condes,

y á mis acatadas dueñas,

canes, facéis tales tuertos,

tenudas en lueñas tierras!

¡Á mí, que vos dí humildoso

mis fijas, cuando os las diera

de mil pulidas garnachas

guarnidas y ricas prendas!

Endonevos mis espadas,

lo mejor de mi facienda,

y en dos mil maravedís

me empeñara yo en Valencia;

cadenas de oro de Arabia

con buenos ingenios fechas,

que en la su mandadería

me enviara el Rey de Persia;

[p. 272]caballos os dí ruanos,

y para en plaza seis yeguas,

sendas capas de contray

con los aforros de felpa;

¡y en pago de mis fiducias,

y en pago de mis recuestas,

me las enviades, Condes,

azotadas sin vergüenza,

sus albos cuerpos desnudos,

ligadas sus manos bellas,

sus crenchas desmelenadas,

sus tristes carnes abiertas!

¡Voto hago al Pescador

que gobierna nuestra Iglesia,

y mal grado haya con él

cuando le fable en Cardeña,

si en Fromesta y Carrión,

Torquemada y Valenzuela,

villas de vuesos condados,

queda piedra sobre piedra!

Antolínez testimonio,

Peláez vino con ellas;

yo vos pondré la caluña

tal que atemorice en vella;

que con ella y mi razón,

ellos y sus parentelas

han de fincar á mis manos,

á mis agravios desfechas.

Camperos tiene el buen rey

que vos apañen y prendan;

fágame justicia en todo

y tendré mi espada queda.—

Esto fabló y dijo el Cid,

y cabalgando en Babieca

partió de Valencia á Burgos

á dar al rey su querella.

Ilustración de adorno

[p. 273]

LXXX

L ornada

Lloraba doña Jimena

á sus solas con el Cid

la afrenta de sus dos fijas,

y así comenzó á decir:

—¿Cómo es posible, señor,

siendo temido en la lid,

que os afrentasen dos homes

no siendo bastantes mil?

Y si aquesto no vos duele,

ved que á mi padre perdí

por ser vos tan vengativo

en las cosas que sentís.

Considerad vuesas fijas,

aquesas que yo parí,

que non son fijas prestadas,

sinon de vos y de mí.

Es bien que aquesto miredes

y que esa gente ruín

non se atreva á facer tal

sabiendo que sois el Cid,

pues no fallarán salida

para poderse eximir.

¡Si es bien que aqueso sintades

farto os he dicho, sentid!—

Ilustración de adorno

[p. 274]

LXXXI

D ornada

Después que una fiesta fizo

al santo y divino Pedro,

aquel que africanos moros

pagaron tributo y pecho,

hizo una junta en su casa

de parientes y homes buenos,

y como juntos los vido,

el buen Cid les dijo aquesto:

—Bien sabéis, amigos míos,

la fazaña de mis yernos;

¡bien me pagaron las obras

que en Valencia hice por ellos!

Con riendas me las pagaron,

no teniendo rienda en ellos

de ponellas en mis fijas

azotadas en desiertos;

y agora el rey de León

dice por su mandadero,

que dentro de treinta días

tengo de estar en Toledo.

Así vos suplico y pido,

[p. 275]aunque no es menester ruegos

para amigos tan leales

teniendo fidalgos pechos,

non se fable allá en las Cortes,

nin perdamos el respeto

al rey, que non es razón

juzgando bien y derecho.

Non se descomida nadie

non fablando en nuestros fechos;

que yo pondré la demanda

de lo que les dí primero,

la facienda, plata y oro,

las espadas, amen d’eso,

y pediré el desacato

que á mis fijas les ficieron.

Ilustración de adorno

[p. 277]

Ilustración

LXXXII

R

Recibiendo el alborada

que viene á alegrar la tierra,

tocaban á recoger

seis clarines por Valencia.

Don Rodrigo de Vivar,

el buen Cid, su gente apresta

para partir á Toledo,

que á Cortes el rey le espera.

Ya la plaza del palacio

está de gente cubierta,

[p. 278]de escuderos y fidalgos

esperando que el Cid venga.

Él sale ya de la sala,

ya está en medio la escalera,

y sálenle á acompañar

sus dos fijas y Jimena.

Abrázalas cortésmente,

y ruégales que se vuelvan,

que en ver presentes sus fijas

tiene presente su afrenta.

Descendió fasta el zaguán

donde estaba su Babieca,

que de ver triste á su amo

casi siente su tristeza.

Salió en cuerpo hasta la plaza

armado con armas negras,

sembradas de cruces de oro,

desde la gola á las grevas.

Vió su gente tan lucida,

y en la ventana á Jimena,

y por facer lozanía

puso al caballo las piernas.

Llevó los ojos de todos,

y al cabo de la carrera

quitó á Jimena la gorra

y tocaron las trompetas;

todos siguieron tras él,

¡cuán lucida gente lleva!

pues alegre el sol de vellos

en las armas reverbera.

Caminan por sus jornadas,

y á la vista de Requena

detuvo la rienda el Cid,

que no quiso entrar en ella.

Acordóse en aquel punto

que allí fué la vez primera

[p. 279]que le llamó el sexto Alfonso

estando él quieto en ella.

Con grave y severa voz,

levantando la visera

y afirmando en los estribos,

la dice d’esta manera:

—Teatro de mi deshonra,

do se hizo la tragedia

en que mis aleves yernos

fueron los autores de ella;

principio de mi desdicha,

do sin ser jueves de Cena

comieron con faz doblada

ambos Judas á mi mesa;

al rey vo á pedir justicia,

ruego á Dios que no la tuerza,

que á postre de mi venganza

no estaréis en mi frontera.—

Y llevado de furor

puso al caballo las piernas,

contra la flaca muralla,

que de verle airado tiembla.

Ilustración de adorno

[p. 280]

LXXXIII

P ornada

Por Guadalquivir arriba

cabalgan caminadores,

que, según dicen las gentes,

ellos eran buenos hombres:

ricas aljubas vestidas,

y encima sus albornoces;

capas traen aguaderas,

á guisa de labradores.

Daban cebada de día

y caminaban de noche,

no por miedo de los moros,

mas por los grandes calores.

Por sus jornadas contadas

llegados son á las Cortes;

sálelos á recibir

el rey con sus altos hombres.

—Viejo que venís, el Cid,

viejo venís y florido.—

—No de holgar con las mujeres,

mas de andar en tu servicio;

de pelear con el rey Búcar,

rey qu’es de gran señorío,

de ganalle las sus tierras,

sus villas y sus castillos;

también le gané yo al rey

el su escaño tornido.—

Ilustración de adorno

[p. 281]

LXXXIV

T ornada

Tres Cortes armara el rey,

todas tres á una sazón,

las unas armara en Burgos,

las otras armó en León,

las otras armó en Toledo,

donde los hidalgos son,

para cumplir de justicia

al chico con el mayor.

Treinta días da de plazo,

treinta días, que más non,

y el que á la postre viniese

que lo diesen por traidor.

Veinte y nueve son pasados,

los condes llegados son;

treinta días son pasados,

y el buen Cid no viene, non.

Allí hablaran los condes:

—Señor, dadlo por traidor.—

Respondiérales el rey:

—Eso non faría, non,

que el buen Cid es caballero

de batallas vencedor,

pues en todas las mis Cortes

[p. 282]no lo había otro mejor.—

Ellos en aquesto estando

el buen Cid allí asomó

con trescientos caballeros:

todos fijosdalgo son,

todos vestidos de un paño,

de un paño y de una color,

si no fuera el buen Cid,

que traía un albornoz;

el albornoz era blanco,

parecía emperador,

capacete en la cabeza,

que relumbra como el sol.

—Dios vos mantenga, buen rey,

y á vosotros sálveos Dios,

que non fablo yo á los condes,

que mis enemigos son.—

Allí dijeron los condes,

fablaron esta razón:

—Nos somos fijos de reyes,

sobrinos de emperador;

¿merescimos ser casados

con fijas de un labrador?—

Allí hablara el Cid,

bien oiréis lo que fabló:

—Convidáraos yo á comer,

buen rey, tomástelo vos,

y al alzar de los manteles

dijistes esta razón:

Que casase yo mis fijas

con los condes de Carrión.

Diéraos en respuesta

con respeto y con amor:

Preguntarélo á su madre,

su madre que las parió,

preguntarlo he yo á su ayo,

[p. 283]al ayo que las crió.

Dijérame á mí el ayo:

Buen Cid, non lo fagáis, non,

que los condes son muy pobres,

y tienen gran presunción;

mas por non contradeciros,

buen rey, ficéralo yo.

Treinta días duraron las bodas,

que non quisieron más, non.

Cien cabezas yo matara

de mi ganado mayor;

de gallinas y capones,

buen rey, non lo cuento, non.

Ilustración de adorno

[p. 284]

LXXXV

Y ornada

Yo me estando en Valencia,

en Valencia la mayor,

buen rey, ví yo vuestra seña

y vuestro honrado pendón.

Saliera yo á recibirle

como vasallo á señor.

Enviásteme una carta

con un vuestro embajador

que diese yo las mis hijas

á los condes de Carrión.

No quería Jimena Gómez

la madre que las parió;

por cumplir vuestro mandato

otorgáraselas yo.

Treinta días duran las bodas

treinta días que más non;

y un día estando comiendo

soltárase un león.

Los condes eran cobardes,

luégo piensan la traición:

pidiéranme las mis hijas

para volver á Carrión,

[p. 285]como eran sus mujeres

entregáraselas yo.

¡Ay en medio del camino

cuán mal paradas que son!

Hallólas un caballero

(¡déle Dios el galardón!)

á la una dió su manto

y á la otra su ropón.

Hallólas tan mal paradas

que de ellas hubo compasión.

Allí respondieron los condes

una muy mala razón:

—Mentides, el Cid, mentides,

que non éramos traidores.

Levantóse Pero Bermúdez

el que las damas crió,

y al conde que esto hablara

dióle un grande bofetón.

Allí hablara el rey

y dijera esta razón:

—Afuera, Pero Bermúdez,

no me revolváis quistión.

—Otórganos campo, rey,

otórganoslo, señor,

que con muy gran dolor vive

la madre que las parió.—

Ya les otorgaba el campo

ya les partía el sol.

Por el Cid va Nuño Gustos,

hombre de muy gran valor,

con él va Pero Bermúdez

para ser su guardador.

Los condes como lo vieron

no consienten campo, non.

Allí hablara el buen rey

bien oiréis lo que habló:

[p. 286]—Si no otorgáis el campo

yo haré justicia hoy.

Allí hablara un criado

de los condes de Carrión:

—Ellos otorgan el campo

mañana en saliendo el sol.

Allí hablara el buen Cid

bien oiréis lo que habló:

—Si quieren uno á uno

ó si quieren dos á dos.

Allá va Nuño Gustos

y el ayo que las crió.

Dijo el rey:—Pláceme ¡oh Cid!

y así lo otorgo yo.

Otro día de mañana

muy bien les parten el sol,

los condes vienen de negro

y los del Cid de color.

Ya los meten en el campo,

de vellos es gran dolor;

luégo abajaban las lanzas

¡cuán bien combatidos son!

Á los primeros encuentros

los condes vencidos son

y Gustos y Pero Bermuez

quedaron por vencedores.

Ilustración de adorno

[p. 287]

Ilustración

LXXXVI

D

Digádesme, aleves Condes,

¿qué fallasteis en mis fijas,

y cuándo tener cuidasteis

dueñas de tan alta guisa?

¿Por aventura con ellas,

los fidalgos de Castilla,

qué baldones vos han dado?

¿En qué vueso honor vos quitan?

[p. 288]Por madre han á mi Jimena,

la mi doña Sol y Elvira;

de tal madre, ¿qué enseñanza?

¿nin qué fembras de tal vida?

En dote vos dí con ellas

los haberes que tenía,

y las mis ricas espadas,

que menos falla mi cinta;

mas fambrientas las tenedes,

non yantan como solían,

que siempre fechos cobardes

dan escasas las feridas.

Yo vos las demando, Condes,

ante el rey que ende nos mira,

porque á Colada y Tizona

no es bien que aleves las ciñan.

Non son heredadas, non,

sino en batallas tenidas

de entre lanzas, y con sangre

mis armas todas teñidas.

En los robledos de Tormes

me la dejades vertida;

mas la de dueñas atales

ved que varones no estiman.

Non por ende me afrentades

por ser mis fijas queridas,

que aunque son mi sangre, estaba

en vuesas mujeres mismas.

Con todo, vos reto, Condes,

por facer la sangre limpia;

porque el golpe del agravio

no hay miembro que no lastima.

Tenudo soy á facello

por vuesa honra y la mía;

que la mancha del honor

sólo con sangre se quita.—

[p. 289]Estas palabras el Cid

á sus dos yernos decía,

levantado del escaño,

la mano á la barba asida.

Ilustración de adorno

[p. 290]

LXXXVII

D ornada

Después que el Cid Campeador

pidió derecho del tuerto

porque fueron emplazados

los Condes para Toledo,

el rey don Alfonso el Bravo,

aquel que con gran denuedo

al foradar de la mano

tuvo siempre el brazo quedo,

mandó que dentro en tres meses

pareciesen en Toledo,

é fincasen por traidores

ellos y el conde don Suero.

Mandó que se fagan Cortes,

y se junten á ellas cedo

sus grandes y ricos homes,

que quiere tomar su acuerdo,

que si los Condes son nobles,

Alfonso es rey de derecho;

magüer que el Cid en honor

es honrado caballero.

[p. 291]Antes de cumplir el plazo

todos á Cortes vinieron,

y el Cid trujo en su compaña

novecientos caballeros.

Salió el rey á recibirlo

á dos leguas de Toledo;

unos de envidiosos callan,

otros dicen que es exceso.

Los palacios de Galiana

mandó el rey estén compuestos,

las paredes de brocado

y el suelo de terciopelo.

Junto á la silla del rey

su escaño del Cid pusieron,

de que mofaban los Condes

profanando y zahiriendo.

Sentados en corte todos,

fabló el rey á sus porteros:

—Mándovos que callen todos,

infanzones y homes buenos;

vos, el Cid, decid su culpa,

y ellos defiendan su pleito;

librarse vos ha justicia

con que quedéis satisfecho.

Seis alcaldes vos señalo

de mi casa y mi consejo,

y que todos ellos juntos

juren por los Evangelios

que cuidarán de ambas partes

asaz de entender el pleito,

y entendido, juzgarán

sin pasión, amor ni miedo.—

Levantóse luégo el Cid

y sin más alongamientos

pide le dén sus espadas

Tizona y Colada luégo.

[p. 292]El rey miraba los Condes

qué responden atendiendo,

pero ninguna razón

en su defensa dijeron.

Los jueces mandan las dén

sin ningún detenimiento;

magüer hubieron pavor

entregarlas no quisieron.

El rey dijo:—Descorteses,

volvédselas á su dueño,

que supo mejor ganallas

de los moros de Marruecos.—

Ya cobradas las espadas,

dos mil marcos de dinero

les pide, y todas las joyas,

que les dió en los casamientos.

Unánimes los jüeces,

de común consentimiento

les condenan á que paguen

de contado todo el precio.

Comenzó de nuevo el Cid,

los ojos como de fuego,

y el rostro como una gualda,

á demandalles el tuerto.

Ilustración de adorno

[p. 293]

LXXXVIII

E ornada

El temido de los moros,

aquella gloria de España,

el que nunca fué vencido,

el rayo de las batallas,

ese buen Cid Campeador,

defensor de nuestra patria,

espejo de capitanes,

y de traidores venganza,

en las Cortes de Toledo,

do le fueron entregadas

ante el Sexto rey Alfonso

por los Condes las espadas,

así fablaba con ellas

sin hartarse de mirallas:

—¿Dó estáis, mis queridas prendas?

¿Á dó estáis, mis prendas caras?

No caras porque os compré

por dinero, oro ni plata;

mas caras porque os gané

con el sudor de mi cara,

al rey moro de Marruecos,

[p. 294]siendo Valencia cercada;

á vos gané, mi Tizona,

que vos traía en su guarda;

y al conde de Barcelona

á vos os gané, Colada,

cuando les tomé á los moros

los castillos de Brianda.

Yo nunca os fice cobardes,

antes por la fe cristiana

en la sarracena gente

os traje siempre cebadas.

Á los Condes mis dos yernos,

por ser joyas tan preciadas,

vos dí, y ellos ¡mal pecado!

os tienen de orín manchadas.

Non érades para ellos,

que vos traían afrentadas,

por de dentro muy fambrientas,

por de fuera pavonadas.

Libres estáis de las manos

que os traían cautivadas,

el Cid os mira en las suyas,

donde seréis más honradas.—

Dijo y á Pedro Bermúdez,

y á don Álvar Fáñez llama,

y manda que se las guarden

mientras las Cortes duraban.

Ilustración de adorno

[p. 295]

LXXXIX

A ornada

Á vosotros, fementidos

Condes de villano pecho,

como traidores al Rey

á entrambos juntos vos reto.

Mis fijas os dí, traidores,

pero non, que en ello miento,

al Rey las dí que las diese

á quien él fuese contento.

Á él se fizo esta injuria,

á él se fizo este avieso,

y él las recibió por fijas,

yo á vosotros por mis yernos.

Por ser fecha á mi señor

esta injuria, por él vuelvo,

que el que há vasallos honrados

ellos le enmiendan sus tuertos.

Con mujeres tenéis manos;

¡por Dios, bravos caballeros,

si al veros con el rey Búcar

no fuérais de piés tan prestos!

¡Pero bien dice el refrán

que hay tan valientes guerreros

por los piés, como por manos,

[p. 296]y vosotros sois de aquestos!

¡Oh cuánto diérais agora

por fallar otros dispuestos,

tales como los fallasteis

cuando los leones sueltos!

Faced cuenta son leones

los que en este pecho siento,

que es un león cada agravio

fecho en un honrado pecho.

Agradecédselo al Rey,

que le veo y le respeto;

¡pero pagarlo heis, villanos,

si no es que os subáis al cielo!

Mas non subiréis, cobardes,

que es Dios grande justiciero,

y no consiente traidores

sin castigo de sus yerros;

cuanto más que la Colada

y la Tizona yo entiendo

vos serán tal purgatorio,

que vais d’esta culpa absueltos.

Ilustración de adorno

[p. 297]

XC

E ornada

En las Cortes de Toledo

que el buen rey Alfonso hacía

para dar derecho al Cid,

que querellado se había

de los condes de Carrión,

sus yernos que ser solían,

porque á sus buenas mujeres

deshonrado las habían,

vuelto le han sus dos espadas,

el su haber también volvían.

El Cid por grandes traidores

á ambos retado había;

los infantes no responden

á lo que el buen Cid decía.

El rey dijo á los infantes

qué era lo que respondían.

Diego González, el uno,

al rey así le decía:

—Ya, señor, sabéis que somos

[p. 298]de los buenos de Castilla;

dejamos nuesas mujeres

porque no nos merecían;

casar con fijas del Cid

gran deshonra nos traía.—

Los del Cid no respondieron,

que el Cid mandado tenía

que si él no lo mandase

ninguno fablar debía.

Ordoño, sobrino suyo,

era el que respondía:

—Calla tú, Diego González,

que eres de gran cobardía;

muy valiente eres de lengua,

mas esfuerzo no tenías,

y en esa tu falsa boca

ninguna verdad había.

Lémbrate cuando en Valencia

en la lid que el Cid facía

echaste á fuir de un moro,

y el moro bien te seguía,

y yo le salí al encuentro

muerto en tierra lo ponía,

díte su caballo y armas

y al Cid entender facía

que tú mataste aquel moro

que aquel caballo traía.

Yo lo hice por te honrar,

por casar con la mi prima;

alabástete tú d’esto,

yo lo otorgaba á tu guisa,

nunca salió de mi boca

fasta hoy que lo decía,

y si agora lo publico

es por tu gran villanía;

y sepan cuando en Valencia,

cuando el león que ende había

[Pg 299]se soltó de donde estaba,

tú, porque á esconderte ibas,

rompiste el manto y el sayo

que cobijado tenías,

por entrar bajo un escaño

que en el aposento había.

No digo cómo tu hermano,

que es aquel que me veía,

cayó con notable miedo

en parte do no debía.

Así, señor rey Alfonso,

á tu Alteza yo decía

que este día fuera bien

demostrar su valentía,

no en los robledos de Tormes,

do ferido habían mis primas,

mujeres de tal linaje,

que muy más que ellos valían,

que si yo ende estuviera

cometerlo no osarían.

Ficieron como cobardes,

yo se lo combatiría;

no ficieron como buenos,

como manda la hidalguía.

Muy feble es facer tal cosa

ningún home de valía,

y poner mano en mujeres

non es de caballería.

Ilustración de adorno

[p. 301]

Grabado

Cortes de Alfonso VI en Toledo


[p. 302]

XCI

A ornada

Acabada la batalla

por el de Vivar pedida,

contra los aleves condes

que le afrentaron sus fijas,

el noble rey don Alfonso

que el suceso honroso estima

que haya sido por el Cid,

como el que tenía justicia,

con los tres fuertes guerreros,

que por él lidiado habían

y alcanzado la victoria,

así escribe al Cid Rúy Díaz:

«Á vos, el Cid castellano,

»el de la espada temida,

»pestilencia de los moros

»y defensa de Castilla;

»á vos, á quien guarde el cielo

»en próspera y larga vida

»para que estemos seguros

»de la enemiga morisma;

ȇ vos el rey don Alfonso

[p. 303]»salud por esta os envía,

»como vueso más amigo

»aunque enemigos resistan.

»El suceso del combate

»que se ha hecho en esa villa

»de Carrión, por el orden

»que se dió en las Cortes mías,

»os lo escribo por mi mano,

»y va con mi sello y firma,

»porque sea testimonio

»verdadero y sin malicia,

»y que en la edad venidera

»cómo fué, se entienda y diga,

»sin que amistad ó respetos

»hagan que acorten ó añidan.

»Luégo que fueron las Cortes

»en Toledo concluídas,

ȇ esta villa nos partimos

»por los dos condes pedida.

»Su demanda dió sospecha

»por ser en su tierra misma,

»que tierra que cría aleves

»no sin recelo se pisa.

»Yo aseguré este recelo

»porque á los tres que venían

»por vos, á lidiar con ellos,

»guardé con la guarda mía.

»Siempre los tuve delante,

»conociendo bien que había

»de la parte de los condes

»más traición que valentía.

»Llegó el plazo y día asignado

»en que habían de ser vistas

»la justicia y la razón

»lidiar con la alevosía.

»Hízose un fuerte palenque

[p. 304]»cerrado, y puestos encima

»asientos y seis jüeces,

»y enfrente mi real silla.

»Á todo estuve presente,

»porque en mi ausencia no digan

»que el rostro escondí al efecto

»en que el honor vueso iba,

»porque no fablen aquellos

»que vueso daño codician,

»que os falta el rey don Alfonso

»como no os faltó en la vida,

»aunque por malditos medios

»traidores nos revolvían

»vuesa lealtad condenando

»con envidiosas mentiras.

»Advertido d’este engaño,

ȇ maldades conocidas

»les cerré el oído á aquellos

»que os condenaban en vida.

»He querido que entendáis

»que su maldad entendida

»hago el honor vueso mío,

»cual lo mostré en la conquista;

»que yo propio y á mi lado

»metí los tres que venían

ȇ defender vuestra causa

»que yo llamo propia mía.

»Puestos por mí en el palenque

»los dos condes á la mira,

»y Suer González su tío,

»llegaron, cual convenía,

»de fuertes armas cubiertos

»con muy grande compañía

»de parientes y de amigos

»y el pueblo que los seguía.

»Cuando yo ví tanta gente

[p. 305]»que en torno á todos seguía,

»temí el seguro no fuese

»el robo de las Sabinas.

»Mandé sentar á los jueces

»y yo tomando mi silla,

»sosegado el alboroto,

»fué de mí esta razón dicha:

»Condes, las fijas del Cid

»por vos sin causa ofendidas

»con la traza más soez,

»que se ha visto ni hay escrita,

»demandaron la venganza

»de su afrentosa ignominia

»al Cid su padre, que al punto

»salió á ella por sus fijas.

»Pidió campo á todos tres,

»para que en él fuese vista

»como quedaba su ofensa

»con la sangre vuesa, limpia.

»Respondisteis que con él

»la batalla, que os pedía,

»no queríades hacer

»porque yo lo ayudaría;

»que enviare á quien quisiese

»que sobre la causa misma

»por vos ficiese batalla

»según fueros de Castilla.

»Estos tres nobles guerreros

»el Cid por su parte envía,

»que ya en el campo os aguardan,

»os retan y desafían.

»Haced vuestra obligación

»que es lo que os fuerza y obliga,

»que es tiempo que las razones

ȇ las armas se remitan.

»Quisiéronme dar respuesta;

[p. 306]»y de mí no siendo oída,

ȇ dar principio al combate

»fueron, aunque lo temían.

»Partióles el campo luégo

»un rey de armas, con insignias

»del terrible ministerio

»que administrándoles iba.

»De tres en tres en sus puestos

»se pusieron, recogidas

»las riendas á los caballos,

»las lanzas apercibidas.

»Contra el conde don Fernando

»que á la victoria se aplica,

»Martín Antolínez fué

»fuego echando por la vista.

»Á don Diego el otro hermano,

»que encendió la horrible cisma,

»le cupo Pero Bermúdez

»para la batalla esquiva;

»Nuño Bustos de Linzuela,

»ardiendo en honrosa ira,

»se opuso con Suer González

»autor de la alevosía.

»Cuando ví tres contra tres

»en dos hileras distintas,

»la lid de los Curiacios

»se me figura que vía.

»Á este punto el ronco són

»de la trompa les avisa

»que dén principio á la lid

»para el fin que pretendían.

»Arremetieron á una

»todos, la señal oída,

»cada cual con el contrario

»que enfrente de sí tenía.

»Don Fernando y Antolínez

[p. 307]»que igualmente se herían,

»quebraron juntos las lanzas;

»firmes quedan en las sillas;

»mas desnudando á Colada,

»después de muchas feridas,

»que Antolínez le dió al Conde

»con destreza y valentía,

»le dió un golpe en lo más alto

»del yelmo, que las hebillas

»faltaron y la cabeza

»fué en dos partes dividida.

»Derribóle del caballo,

»y el suyo dejando, encima

»del cuello se puso en pié,

»y el acero al pecho afirma.

»Á este punto un gran ruido

»se alzó y una vulgar grita,

»pidiendo no le matase

»cumpliendo con que se rendía.

»Fué poderoso el clamor

»de aplacar la ardiente ira

»del vencedor animoso,

»para dejallo con vida;

»mas puesto sobre él de piés,

»á Pedro Bermúdez mira

»que traía al conde don Diego

»sin valor con que resista.

»Dióle un golpe con Tizona,

»después de tener rompidas

»las lanzas, y fué tan fuerte

»que hombre y caballo derriba.

»Pidióle misericordia,

»pidiendo en merced la vida,

»confesando su maldad,

»diciendo que se rendía.

»No dió oído á sus plegarias,

[p. 308]»mas la fiera espada hinca

»por el alevoso pecho,

»con que dió fin á su vida.

»El valiente Nuño Bustos

»y Suer González querían

»cada uno de por sí

»la victoria de aquel día.

»Duró mucho este combate,

»mas la justicia divina

»dió victoria á Nuño Bustos

»como á quien tenía justicia;

»atravesó á su contrario

»de parte á parte, y fué grima

»verle venir del caballo

»cayendo la boca arriba.

»Con esto acabó el combate,

»y los vencedores gritan

»si había que hacer más,

»ó más traidores que rindan.

»Respondiéronles que no,

»que la victoria tenían

»ganada como valientes

»sin haber quien se lo impida.

»Dos cajas y un pregonero

»puestos á este punto encima

»del palenque, resonaron

»y la victoria os aplican.

»El rey de armas con mi guarda

»á los vencedores guían

»adonde los aguardaba

»yo y toda mi compañía.

»Luégo dieron los jueces

»sentencia definitiva,

»que por traidores infames

»de honor los inhabilitan.

»Esta sentencia fué al punto

[p. 309]»confirmada, y queda escrita

»para que pueda dar fe,

»sin la mía, con seis firmas:

»buen Cid, esto es lo que pasa,

»sin que falte, ni se añida,

»sin que odio ni amistad

»fagan que otra cosa escriba.

»Ved si no quedáis contento,

»y queréis que se prosiga

»contra todo su linaje

»sin dejar persona viva.

»Encomendadme á Jimena

»y abrazadme á vuesas fijas

»y decidles que de nuevo

»su causa tomo por mía.»

Ilustración de adorno

[p. 311]

Ilustración

XCII

E

Erguíos, no estéis postrado,

que no es justo ni razón

que esté ante mí de finojos

quien reyes afinojó.

[p. 312]Cubrid las canas honradas

de grande prez y valor,

y del más leal vasallo

que tuvo rey ni señor.

Quedaos á yantar conmigo,

que me faréis gran favor,

y me tendrán las viandas

d’este yantar mejor pro.

Y desque hayamos yantado,

vos quiero facer favor

de contaros de la enmienda

del tuerto de Carrión.

Mas quiero facerlo luégo:

sabed que le plugo á Dios

de guardarles sendos reyes

á Elvira y á doña Sol:

seré en las bodas padrino,

pues casamentero soy

porque para fijas vuesas

los tales padrinos son.

Álvar Fáñez de Minaya

vueso presente nos dió,

yo y nusco le recibimos

con gran talento y amor,

y por primeras mercedes

bien dignas de quien vos sois

mando que no haya cadera

en vuesa comparación,

si no fuere, cual yo, rey,

ó dignidad superior.—

Esto dijo el rey Alfonso

á ese buen Cid Campeador.

Ilustración de adorno

[p. 313]

PARTE QUINTA

ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE DEL CID


[p. 315]

Ilustración

XCIII

L

Llegó la fama del Cid

á los confines de Persia,

cuando andaba por el mundo

dando razón de quién era;

y como lo oyó el Soldán,

y supo bien la certeza

de los hechos del buen Cid,

un presente le apareja.

Cargó copia de camellos

de grana, púrpura y sedas,

oro, plata, incienso y mirra,

con otras muchas riquezas,

y con un pariente suyo,

de los de su casa y mesa,

le envía al Cid el presente

diciendo d’esta manera:

—Dirás á Rúy Díaz el Cid,

que el Soldán se le encomienda,

[p. 316]que de sus nuevas oir

le tengo grande querencia,

y por vida de Mahoma,

y de mi real cabeza,

que le diera mi corona

sólo por verle en mi tierra:

y que aquese dón pequeño

reciba de mi grandeza,

en señal que soy su amigo,

y lo seré hasta que muera.—

El moro tomó el camino,

y en poco llegó á Valencia,

pidiendo licencia al Cid

para hablarle en su presencia.

El Cid salió á recibirlo

antes de saltar en tierra,

y cuando lo viera el moro,

de verle delante tiembla.

Empezó á darle el recaudo,

y como á darlo no acierta

de turbado, el Cid le toma

la mano y así dijera:

—Bien venido seas, el moro,

bien venido á mi Valencia:

si tu Rey fuera cristiano,

fuera yo á verle á su tierra.—

Con estas y otras razones

á la ciudad ambos llegan,

adonde los ciudadanos

ficieron muy grande fiesta.

El Cid le mostró su casa,

á sus fijas, y á Jimena,

de que el moro está espantado

viendo tan grande riqueza.

Estúvose algunos días

el moro holgándose en ella,

[p. 317]hasta que se quiso ir,

y pidió para ir licencia.

En retorno del presente

que del Soldán recibiera,

otras cosas le envía el Cid,

las cuales allá no hubiera.

Despedido que fué el moro,

Rodrigo con su Jimena

se quedó y con sus dos fijas

dando á Dios gracias inmensas.

Ilustración de adorno

[p. 318]

XCIV

E ornada

Estando en Valencia el Cid

de trabajos muy cansado,

cansado de tantas guerras

como por él han pasado,

nuevas al Cid son venidas

que le ponen en cuidado,

que el rey Búcar, fuerte moro,

sobre Valencia ha llegado.

Treinta reyes trae consigo;

valientes son, esforzados,

muchas gentes trae consigo

de á pié son, y de á caballo.

Echado estaba el buen Cid,

en la su cama acostado;

pensando estaba cuidoso

en hecho tan afamado,

suplicando á Dios del cielo

que siempre esté de su bando,

y de peligro tan grande

con honra lo saque salvo.

[p. 319]Cuando el Cid no se cató

un hombre vido á su lado,

el rostro resplandeciente,

cano, crespo y muy honrado,

tan blanco como la nieve,

con color muy sublimado:

díjole:—¿Duermes, Rodrigo?

Recuerda y está velando.—

Díjole el Cid:—¿Quién sois vos

que lo habedes preguntado?

—Sant Pedro llaman á mí,

príncipe del apostolado;

vengo á decirte, Rodrigo,

otro que no estás cuidando,

y es que dejes este mundo,

Dios al otro te ha llamado,

y á la vida que no há fin

do están los santos holgando.

Morirás en treinta días,

desde hoy que esto te hablo.

Dios te quiere mucho, Cid,

y esta merced te ha otorgado;

y es que después de tú muerto

venzas á Búcar en campo:

tus gentes habrán batalla

con todos los de su bando.

Esto será con la ayuda

de mi hermano Santiago,

y él verná á la batalla;

ya se lo tiene mandado.

Tú, Rodrigo Campeador,

haz enmienda á tu pecado,

porque muerto que tú seas

á la gloria seas llevado,

que Dios por amor de mí

todo aquesto ha ordenado,

[p. 320]porque honraste mi casa,

do Cardeña era nombrado,—

Cuando lo oyó el buen Cid,

gran placer había tomado:

saltó luégo de su cama,

de rodillas humillado,

para le besar los piés

al buen Apóstol honrado.

Dijo Sant Pedro á Rodrigo:

—Aqueso ya es excusado,

que á mí no podrás llegar,

no te trabajes en vano;

mas ten por cosa muy cierta

aquesto que te he contado.—

Esto dicho, el buen Apóstol

á los cielos se ha tornado;

Rodrigo quedó contento,

alegre con lo pasado,

dando á Dios crecidas gracias

por lo que le había otorgado.

Ilustración de adorno

[p. 321]

XCV

E ornada

En Valencia estaba el Cid

doliente del mal postrero,

que agravios en pechos nobles

pueden mucho más que el tiempo.

Á su cabecera tiene

religiosos y hombres buenos,

y en torno de su persona

sus amigos y sus deudos,

cuyos semblantes mirando

de dolor y cuita llenos,

con tan sesudas razones

así conhorta su duelo.

—Bien sé, mis buenos amigos,

que en tan duro apartamiento

no hay causa para alegraros,

y hay mucha para doleros;

pero mostrad mi enseñanza

contra los adversos tiempos,

que vencer á la fortuna

es más que vencer mil reinos.

Mortal me parió mi madre,

y pues pude morir luégo,

lo que el cielo dió de gracia,

non lo pidáis de derecho.

[p. 322]No muero en tierras ajenas,

en mis propias tierras muero,

cuanto más que siendo tierra

es propia heredad del muerto.

No siento el verme morir,

que si esta vida es destierro,

los que á la muerte guiamos

á nuestra patria volvemos.

Tan sólo llevo en el alma

que en poder de un rey vos dejo

en quien vos podrá empecer

ser míos, ó ser ya vuesos.

Que trate bien mis soldados

pues le defienden sus reinos,

y crea á piernas quebradas

más que á sabios consejeros.

Que traiga siempre en balanza

el castigo con el premio,

que la lealtad de vasallos

virtud pone, y pone miedo.

Que estime un noble leal

más que muchos falagüeños,

que de muchos homes malos

non puede facer un bueno;

y á quien menester hubiere,

nunca le faga denuestos,

ni pague servicios propios

por pareceres ajenos.

Y non fablo de agraviado,

antes le quedo debiendo,

que las sinrazones suyas

fueron mis merecimientos.—

En esto entrara Jimena,

cuyo desamparo viendo,

ellos se enjugan los ojos,

y el Cid dejó el parlamento.

Ilustración de adorno

[p. 323]

XCVI

A ornada

Aquese famoso Cid

de Vivar triste yacía;

San Pedro le apareció,

que se apareje decía

para ir al otro mundo,

cerca la muerte tenía;

treinta días, que no más

le dijo que viviría.

Levantóse gran mañana;

junto á su caballería

llorando de los sus ojos

d’esta manera decía:

—Parientes míos leales,

y amigos que ende había,

bien se vos acordará

cómo ese rey de Castilla,

don Alfonso mi señor,

á mí destierro ponía,

y por la vuestra mesura

tuvístesme compañía.

[p. 324]Dios nos hizo gran merced,

y él siendo la nuestra guía,

vencimos muchas faciendas;

cristianos, moros vencían.

Quisieron ellos quitarme

la merced que Dios me hacía;

pero non pudo ninguno

seguir tan mala porfía;

loado el nombre de Cristo

á Valencia conquería.

Á hombre del mundo yo

señorío no debía,

sino al buen rey don Alfonso,

al cual mucho yo quería.

Que supiera que mi cuerpo

tan poco durar había,

en verdad vos digo yo;

que ya el fin es de mi vida.

Treinta días, que no más,

mi cuerpo el alma ternía;

siete noches han pasado

que visiones me seguían;

Diego Laínez mi padre,

y mi hijo aparecían;

dicen: «Mucho habéis durado

en aquesa triste vida;

vayámonos á las gentes

que perdurable vivían.»

Yo no creo estas visiones;

mas mi muerte es cedo aína.

Ya sabéis cómo el rey Búcar

contra nos cierto vernía;

treinta y seis reyes de moros

trae en su compañía;

pues tan gran poder como este

defenderse non podría

[p. 325]sin que vos gane á Valencia;

mas yo vos consejaría

como lo venzáis en campo

antes de ser mi partida,

y como Jimena Gómez,

vosotros con valentía

á Castilla vos volváis

sin que nadie vos lo impida.

Ilustración de adorno

[p. 327]

Ilustración

XCVII

L

La que á nadie no perdona,

á reyes ni á ricos homes,

á mí, fincado en Valencia,

llegó á mi puerta y llamóme;

y fallándome dispuesto

á su voluntad conforme,

fago así mi testamento,

y mi voluntad al postre:

«Yo, Rodrigo de Vivar,

»llamado por otro nombre

»el bravo Cid Campeador

»de las morismas naciones,

[p. 328]»el alma encomiendo á Dios

»que en su reino la coloque;

»y el cuerpo, fecho de tierra,

»mando que á su centro torne;

»y después que sea finado,

»con los untos de los botes

»que me endonó el rey de Persia

»le unten, compongan y adoben;

»y puesto sobre Babieca

»tras mi seña y mis pendones,

»lo enseñedes al rey Búcar

»y á todos sus valedores.

»Y mando que á mi Babieca

»lo sotierren y lo adofen,

»non coman canes caballo

»que carnes de canes rompe;

»y para facerme obsequias

»se junten mis infanzones,

»los de mi pan y mi mesa,

»los buenos conqueridores;

»y á la santa cofradía

»del rico Lázaro pobre,

»mando el prado de Vivar,

»ende, aquende, y sus quiñones.

»Item, mando que no alquilen

»plañideras que me lloren,

»bastan las de mi Jimena

»sin que otras lágrimas compre.

»Y en San Pedro de Cardeña

»junto al santo Pescadore

»me fabriquen un fosal

»con su túmulo de bronce.

»Item, mando que al judío,

»que engañé estando tan pobre,

»lo que pesare él de arena

»le dén de plata otro cofre.

[p. 329]»Y á Gil Díaz tornadizo,

»que de moro á Dios volvióse,

»le mando mis femolarias,

»mis corazas y quijotes.

»El noble rey don Alfonso

»y el buen obispo don Lope,

»y mi sobrino Álvar Fáñez

»sean mis cabezadores:

»y lo demás de mi haber

»se reparta entre los pobres,

»que son entre el hombre y Dios

»padrinos y valedores.»

Ilustración de adorno

[p. 331]

Grabado

Muerte del Cid


[p. 332]

XCVIII

B ornada

Banderas antiguas tristes

de victoria un tiempo amadas,

tremolando están al viento,

y lloran aunque no hablan.

Sonaban las roncas voces

de las destempladas cajas,

y los pífanos soberbios

calles y plazas arrancan.

Estábase el Cid Campeador

humilde y manso en la cama,

y sujeto á la inclemencia

de la vengativa Parca.

Hizo traer las reliquias

de las victorias pasadas

y mandó que le trujesen

sus compañeras espadas.

Y desque fueron traídas

levantábase en la cama;

tomándolas en sus manos

les dijo aquestas palabras:

[Pg 333]—Colada y Tizona mía

no colada, mas calada

por mil contrarios arneses,

y por mil contrarias armas

¿cómo os hallaréis sin mí?

¿á quién os dejaré en guarda

que no manche vuestro honor

pues que tan fácil se mancha?

Y luégo en diciendo aquesto

mandó que á Babieca traigan

que quiere verle primero

que comience su jornada.

Entró el caballo más manso

que una corderilla mansa;

abriendo los anchos ojos

como si sintiera, calla.

—Ya me parto, caro amigo,

quien os gobierna, ya falta;

quisiera pagaros bien;

pero recibid por paga

que con los fechos que he fecho

será, inmortal vuestra fama.

Y no diciendo más que eso

la muerte tira una jara.

Ilustración de adorno

[p. 335]

Ilustración

XCIX

L

Las obsequias funerales

celebra doña Jimena

de Rodrigo de Vivar

en San Pedro de Cardeña,

juntamente con sus fijas,

á quien el cielo hizo reinas,

satisfaciendo el agravio

no debido á su inocencia.

Pone el cuerpo en una tumba,

más que su esperanza negra,

y así llorando le dice,

como si vivo estuviera:

—¡Oh amparo de los cristianos!

¡rayo del cielo en la tierra!

¡azote de la morisma!

¡de la fe de Dios defensa!

¿No sois aquel que jamás

os vieron la espalda vuelta

[p. 336]los disfrazados amigos

que causaron vuestra ausencia?

¿No sois el que, desterrado

por palabras lisonjeras,

allanó para su rey

mil castillos y fronteras?

¿No sois vos quien sujetó

á la ciudad de Valencia,

y el que venció en seis batallas

sin alma mil almas fieras?

¡Ay, amarga soledad,

cómo al sufrimiento enseñas

á sufrir contra justicia

tan penosa y triste ausencia!—

No pudo pasar de aquí

la madre de la nobleza,

que sobre el cuerpo cayó

desmayada, ó casi muerta.

Ilustración de adorno

[p. 337]

C

M ornada

Mientras se apresta Jimena

con algunos de los suyos

para partir de Valencia

con el silencio nocturno,

y los nobles castellanos,

más valerosos que muchos,

con fingidas alegrías

velan los soberbios muros;

Álvar Fáñez de Minaya,

don Ordoño y don Bermudo,

para la batalla aprestan

del Cid el cuerpo difunto.

No le visten la loriga

que él en las lides trujo,

por cumplir lo que mandó

en su postrimero punto.

De pergamino pintado

le ponen yelmo y escudo,

y en medio de dos tablones

el embalsamado bulto,

[p. 338]y de un cendal claro y verde

vestido un tabardo justo,

al pecho su roja insignia,

honor y asombro del mundo.

Unas calzas de colores,

guarnecidas de dibujo,

en lienzo crudo pintadas

y ellas son de lienzo crudo.

El derecho brazo alzado,

al menos cuánto se pudo,

en la mano su Tizona

el limpio fierro desnudo.

D’esta guisa le aprestaron,

y cuando aprestado estuvo

pavor les dió de miralle,

¡tal se muestra de sañudo!

Trujeron pues á Babieca

y en mirándole se puso

tan triste, como si fuera

más razonable que bruto.

Atáronle á los arzones

fuertemente por los muslos

y los piés á los estribos

porque fuesen más seguros.

Y á la lumbre del lucero,

que por verle se detuvo,

con su capitán sin alma,

salieron al campo juntos,

donde vencieron á Búcar

sólo porque á Dios le plugo,

y acabando la batalla,

el sol acabó su curso.

Ilustración de adorno

[p. 339]

Ilustración

CI

V

Vencido queda el rey Búcar

con todos sus allegados

de la campaña del Cid

en el campo valenciano.

Para Castilla caminan,

el buen Cid era finado,

caballero va en Babieca

con los suyos á su lado.

No llevaba armas ningunas,

sino sobre sí unos paños:

[p. 340]los que no saben su muerte,

por vivo lo habían juzgado.

Cada vez que hacen jornada

quitábanlo del caballo,

quedaba yerto y derecho

en la silla cabalgado.

La buena Jimena Gómez

su mensaje había enviado

á los parientes del Cid

para que vengan á honrallo,

y también á sus dos yernos,

que eran reyes coronados.

En tanto que ellos venían

Álvar Fáñez ha fablado

que pongan el cuerpo muerto

en ataúd y tapado,

y con púrpura le cubran

con clavos de oro clavado.

No quiso doña Jimena,

y así los ha razonado:

—El Cid tiene el rostro hermoso,

los ojos muy aseados,

mientras está d’esta suerte

no hay para que sea mudado;

que mis yernos folgarán

y mis fijas en su cabo,

de verlo cómo ahora está,

que non su cuerpo enterrado.—

Todos hubieron por bien

lo que Jimena ha ordenado;

don Sancho, y también García,

están al Cid aguardando,

y media legua de Olmedo

todos se habían juntado.

Ese buen rey de Aragón

caballeros tiene armados,

[p. 341]al revés traen los escudos

de los arzones colgados;

las capas traían negras,

¡muy grande duelo mostrando!

Las capillas traen tendidas,

según uso castellano.

Doña Sol y las sus dueñas

estameña han cobijado:

gran duelo querían hacer,

mas su madre lo ha vedado,

porque así lo mandó el Cid

y así ha de ser obrado.

El rey y la su mujer

para el Cid habían llegado;

ambos las manos le besan,

de lo ver se han espantado,

que no semejaba muerto,

sino vivo y muy honrado.

Muchos vienen á lo ver

de Castilla, ese reinado;

también vino don García,

rey d’ese reino navarro:

consigo trae su mujer,

fija del buen Cid loado;

las manos besan al Cid,

muchas lágrimas llorando;

todos van para San Pedro,

porque allí le han enterrado.

Aquese buen rey Alfonso,

que ha sabido lo pasado,

de Toledo se partiera

y á San Pedro había llegado.

Saliéronle á recibir

los al Cid emparentados;

mucha honra fizo el rey

al cuerpo del Cid honrado;

[p. 342]mandó que no se enterrase,

sino que el cuerpo arreado

se ponga junto al altar,

y á Tizona en la su mano;

así estuvo mucho tiempo,

que fueron más de diez años.

Ilustración de adorno

[p. 343]

Ilustración

CII

E

En Sant Pedro de Cardeña

está el Cid embalsamado,

el vencedor no vencido

de moros ni de cristianos.

[p. 344]Por mando del rey Alfonso

en su escaño está asentado,

su noble y fuerte persona

de vestidos arreado;

descubierto tiene el rostro,

de gran gravedad dotado,

su blanca barba crecida

como de hombre estimado;

la buena espada Tizona

puesta la tiene á su lado:

no parece que está muerto,

sino vivo y muy honrado.

Siete años estuvo así,

como está ya razonado;

por su alma, que es en gloria,

hacen fiesta cada año.

Á ver su cuerpo tan bueno

mucha gente se ha llegado,

fuera de donde está el Cid

la fiesta se hizo un año;

su cuerpo quedaba solo,

ninguno le ha acompañado.

Estando d’esta manera

un judío había llegado;

cuidando estaba entre sí

d’esta suerte razonando:

—Este es el cuerpo del Cid

por todos tan alabado,

y dicen que en la su vida

nadie á su barba ha llegado.

Quiero yo asirle d’ella

y tomarla en la mi mano;

que pues aquí yace muerto,

por él no será excusado;

yo quiero ver qué fará,

si me pondrá algún espanto.—

[p. 345]Tendió la mano el judío

para hacer lo que ha pensado,

y antes que á la barba llegue,

el buen Cid había empuñado

á la su espada Tizona,

y un palmo la había sacado.

El judío que esto vido

muy gran pavor ha cobrado

tendido cayó de espaldas,

amortecido de espanto.

Halláronlo allí caído

los que en la iglesia han entrado;

agua le echan por el rostro,

para facerlo acordado,

y vuelto que fuera en sí

todos le han preguntado

qué cosa fuera la causa

de verlo tan mal parado.

Él luégo les declaró

la causa de lo pasado.

Todos dan gracias á Dios

por el milagro contado,

en se acordar que su siervo

no quiso fuese ensuciado

por mano de aquel judío

que tan mal lo había pensado.

Cristiano se volvió luégo,

Diego Gil era llamado:

fincó en servicio de Dios

en San Pedro el ya nombrado,

y en él acabó sus días

como cualquier buen cristiano.

Ilustración de adorno

[p. 346]

Ilustración

CIII

D

De Castilla van marchando

á Navarra con su gente

don Sancho, á quien dieron nombre,

por sus hechos, de valiente.

Delante lleva el despojo,

que ganó su brazo fuerte

en las tierras de Castilla;

sin que nadie le impidiese

triunfante, rico y contento

por sus jornadas se vuelve,

dejando á los castellanos

despojados de sus bienes.

Por San Pedro de Cardeña

mandó que el curso enderecen

la escolta y la cabalgada

para que por allí fuesen.

Como llegase la fama

al abad que en guarda tiene

[p. 347]el santo cuerpo del Cid,

aguardó que el rey se acerque.

Aderezóse entre tanto,

como en procesión solemne,

y con la insignia del Cid

sale para cuando llegue.

Al són de las roncas cajas,

marchando de siete en siete,

al rey que llevan en medio

miran ufanos y alegres,

tremolando las banderas

junto al rey, que alegremente

en ellas ponía los ojos

como en su mayor deleite.

Yendo el valiente don Sancho

marchando con sus jinetes,

llegó donde el santo abad

le aguardaba alegremente.

Puso en tierra las rodillas

diciendo:—Rey, no desprecies

mi razón, ni á la voz mía

tu justo oído le cierres.

Bien sabes, valiente rey,

y cuántos estáis presentes,

que esa presa es de cristianos

y no es justo que la lleves.

Las guerras que traen contigo

son causa para ponerte

siempre la espada en la mano,

por su daño, y con sus muertes.

Muy bien pudiera excusarse

la sangre que d’ellos viertes,

con que volvieras la espalda

á los moros que nos vencen.

Mira, buen rey, esta insignia

que es del Cid de quien desciendes,

[p. 348]y póngotela delante

para que esa presa dejes.—

Conociendo el rey la insignia

del caballo se desciende,

y en el suelo de rodillas

la saluda d’esta suerte:

—¡Oh estandarte poderoso

de aquel varón excelente

que fué muro de Castilla

y cuchillo de la muerte;

de quien tembló la morisma;

quien deshizo sus poderes;

quien venció muerto al rey Búcar

y tuvo vasallos reyes;

á quien hablaban los santos

y le acompañaban siempre,

y le alcanzaron de Dios

que vencido no se viese!

Á vos y ante vos consagro,

como á quien tan bien se deben,

estos despojos de guerra

y en vuestro templo se cuelguen.—

Y en diciendo estas razones,

mandó que los presos suelten,

y toda la presa junta

al bendito abad se entregue

por amor y reverencia

del Cid, á quien se la ofrece,

reconociéndole muerto,

que nunca su nombre muere.

Fin.


[p. 349]

Ilustración

ÍNDICE

Pág.
Prólogo.     5
PARTE PRIMERA
ÉPOCA DE FERNANDO PRIMERO
Mocedades del Cid
I. Non me culpedes si he fecho. 19
II. Cuidando Diego Laínez. 21
III. Pensativo estaba el Cid. 24
IV. Non es de sesudos homes. 27
V. Llorando Diego Laínez. 31
VI. Cabalga Diego Laínez. 35
VII. Día era de los Reyes. 41
VIII. Reyes moros en Castilla. 45
IX. De Rodrigo de Vivar. 48
X. Á Jimena y á Rodrigo. 53
XI. Á su palacio de Burgos. 57
XII. Domingo por la mañana. 60
XIII. Celebradas ya las bodas. 62
XIV. Sobre Calahorra, esta villa. 65
XV. Muy grandes huestes de moros. 69
XVI. Cercada tiene á Coímbra. 71
XVII. Por el val de las Estacas. 75
XVIII. En Zamora está Rodrigo. 77
XIX. Á concilio dentro en Roma. 79
XX. En los solares de Burgos. 83
XXI. Pidiendo á las diez del día. 87
XXII. Salió á misa de parida. 91
XXIII. Acababa el rey Fernando. 94
XXIV. Atento escucha las quejas. 97
XXV. Doliente se siente el rey. 100
XXVI. Morir vos queredes, padre. 101
[p. 350]PARTE SEGUNDA
ÉPOCA DE SANCHO SEGUNDO
Cerco de Zamora
XXVII. Rey don Sancho, rey don Sancho. 105
XXVIII. Llegado es el rey don Sancho. 107
XXIX. Entrado ha el Cid en Zamora. 111
XXX. El Cid fué para su tierra. 115
XXXI. Apenas era el rey muerto. 117
XXXII. Afuera, afuera, Rodrigo. 119
XXXIII. Riberas del Duero arriba. 121
XXXIV. Junto al muro de Zamora. 125
XXXV. Guarte, guarte, rey don Sancho. 127
XXXVI. De Zamora sale Dolfos. 128
XXXVII. Muerto yace el rey don Sancho. 135
XXXVIII. Después que Bellido Dolfos. 139
XXXIX. Ya cabalga Diego Ordóñez. 142
XL. Después que retó á Zamora. 144
XLI. El hijo de Arias Gonzalo. 147
XLII. Aún no es bien amanescido. 150
XLIII. Tristes van los zamoranos. 152
XLIV. Ya se salen por la puerta. 155
XLV. Por aquel postigo viejo. 160
PARTE TERCERA
ÉPOCA DE ALFONSO SEXTO
Destierro del Cid
XLVI. En Santa Águeda de Burgos. 165
XLVII. En las almenas de Toro. 171
XLVIII. Ese buen Cid campeador,—ya se parte de Castilla. 173
XLIX. Fablando estaba en el claustro. 177
L. Si atendéis que de los brazos. 180
LI. Téngovos de replicar. 183
LII. Escuchó el rey D. Alfonso. 185
LIII. Don Rodrigo de Vivar. 187
[p. 351]LIV. Ese buen Cid campeador—que Dios en salud mantenga. 189
LV. Ya que acabó la vigilia. 192
LVI. Ese buen Cid campeador,—de Zaragoza partía. 195
LVII. Adofir de Mudafar. 197
LVIII. Ceñid los membrudos brazos. 200
LIX. Fablando estaba en celada. 203
LX. Apretada está Valencia. 207
LXI. Cercada tiene á Valencia. 211
LXII. Por la mano prende el Cid. 214
LXIII. Corrido Martín Peláez. 217
LXIV. Partíos ende los moros. 220
LXV. Desterrado estaba el Cid. 223
LXVI. Llegó Álvar Fáñez á Burgos. 227
LXVII. Victorioso vuelve el Cid. 231
LXVIII. Aquese famoso Cid,—con gran razón es loado. 233
PARTE CUARTA
DESLEALTAD Y CASTIGO DE LOS INFANTES DE CARRIÓN
LXIX. Considerando los condes. 239
LXX. Acabado de yantar. 243
LXXI. Non quisiera, yernos míos. 246
LXXII. Si de mortales feridas. 248
LXXIII. La venida del rey Búcar. 250
LXXIV. En batalla temerosa. 255
LXXV. Tirad, fidalgos, tirad. 259
LXXVI. Helo, helo por dó viene. 263
LXXVII. De concierto están los condes. 266
LXXVIII. Al cielo piden justicia. 269
LXXIX. Elvira, soltá el puñal. 271
LXXX. Lloraba doña Jimena. 273
LXXXI. Después que una fiesta fizo. 274
LXXXII. Recibiendo el alborada. 277
LXXXIII. Por Guadalquivir arriba. 280
LXXXIV. Tres cortes armara el rey. 281
[p. 352]LXXXV. Yo me estando en Valencia. 284
LXXXVI. Digádesme, aleves condes. 287
LXXXVII. Después que el Cid campeador. 290
LXXXVIII. El temido de los moros. 293
LXXXIX. Á vosotros, fementidos. 295
XC. En las Cortes de Toledo. 297
XCI. Acabada la batalla. 302
XCII. Erguíos, no estéis postrado. 311
PARTE QUINTA
ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE DEL CID
XCIII. Llegó la fama del Cid. 315
XCIV. Estando en Valencia el Cid. 318
XCV. En Valencia estaba el Cid. 321
XCVI. Aquese famoso Cid—de Vivar triste yacía. 323
XCVII. La que á nadie no perdona. 327
XCVIII. Banderas antiguas tristes. 330
XCIX. Las obsequias funerales. 335
C. Mientras se apresta Jimena. 337
CI. Vencido queda el rey Búcar. 339
CII. En Sant Pedro de Cardeña. 343
CIII. De Castilla van marchando. 346
Fecha con adorno

ENERO 1884


Contracubierta del libro

Nota de transcripción