The Project Gutenberg EBook of El Diablo Cojuelo, by Luis Vélez de Guevara

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Title: El Diablo Cojuelo

Author: Luis Vélez de Guevara

Release Date: May 27, 2004 [EBook #12457]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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EL DIABLO COJUELO

Luis Vélez de Guevara

CLÁSICOS CASTELLANOS

EL DIABLO COJUELO

Luis Vélez de Guevara

PRÓLOGO Y NOTAS DE FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN

1922


DEDICATORIA DE ESTA EDICIÓN

A LA GRATA MEMORIA DEL INGENIOSÍSIMO
ESCRITOR HISPALENSE DON FELIPE PÉREZ Y GONZÁLEZ,
MI LEAL AMIGO DESDE LOS TAN REGOCIJADOS
COMO FUGACES AÑOS DE LA MOCEDAD.

FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN

DEDICATORIA DE ESTA EDICIÓN
PRÓLOGO
DEDICATORIA DE VÉLEZ DE GUEVARA
PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS DE LA COMEDIA DE MADRID.
CARTA DE RECOMENDACIÓN AL CÁNDIDO O MORENO LECTOR.
SONETO DE DON JUAN VÉLEZ DE GUEVARA A SU PADRE.
TRANCO PRIMERO
TRANCO II
TRANCO III
TRANCO IV
TRANCO V
TRANCO VI
TRANCO VII
TRANCO VIII
TRANCO IX
TRANCO X

PRÓLOGO

Luis Vélez de Guevara—como dije en otra ocasión[1]—fué tan pobre, que bien puede dudarse si en algún tiempo de su vida llegó a tener dos trajes en mediano uso; pero, en cambio, a los doscientos y mas años de su muerte tiene dos biografías diversas: la que le inventaron algunos escritores, que es la mas conocida[2], y la que despacio y a retazuelos, como de limosna, pero sólidamente, le vamos escribiendo algunos investigadores de nuestra historia literaria[3].

Según la primera de entrambas biografías, Vélez nació en Ecija por enero de 1570, estudió Leyes en la Universidad de Sevilla y vino a ejercer su profesión a la Corte, en donde muy luego ganó estimación y fama por su sagacidad, gracejo y elocuencia. Defendiendo a cierto criminal captó a los jueces con su donaire; pero como el fiscal apelase de la benigna sentencia dictada, el reo fué condenado a muerte, y Luis Vélez a pagar una multa. Tuvo noticia de ello el Rey, y cuando conversó con el festivo abogado prendóse tanto de él, que no sólo le perdonó la multa, y la vida al delincuente, sino que, además, ya no pudo pasar sin el trato de Vélez de Guevara, a quien protegió sobremanera.

Esto fué lo que suele llamarse hablar de memoria, porque en todo el relato no hay otra cosa verdadera que lo de ser Ecija la patria del escritor. Y lo realmente sucedido y cierto es, en este caso como en otros muchos, menos bello y agradable que la mentira. Véamoslo.

Luis Vélez de Guevara nació en Ecija, a fines de julio de 1579, de padres hidalgos, pero pobres[4]: sabido es que la hidalguía y la pobreza casi siempre anduvieron juntas[5]. Estudió la Gramática en su ciudad natal, y por julio de 1596 se graduó de bachiller en Artes en la Universidad de Osuna, eximiéndose por pobre de pagar los derechos académicos[6]. Seguidamente entró a servir como paje a don Rodrigo de Castro, cardenal arzobispo de Sevilla, a quien acompañó en el viaje que hizo a Madrid y a Valencia para asistir en las bodas de Felipe III y doña Margarita de Austria, de las cuales y de sus esplendorosas fiestas trató el poeta adolescente en un poemita que hizo imprimir en Sevilla, a su regreso[7].

Murió el Cardenal en septiembre de 1600; pero a esta sazón no perduraba Vélez en su palacio, pues, ya harto talludo para paje, dos meses antes había dejado su empleo, a fin de abrazar la profesión de las armas. Él, en un memorial dirigido al Rey, dijo haber permanecido seis años en la milicia[8]; pero que exageró en cuanto a la duración de su vida soldadesca demuéstrase con otras palabras suyas, porque él mismo, muchos años antes, había declarado que en el estío de 1603 estaba en Valladolid, y en tal declaración, prestada en Sevilla a 26 de mayo de 1604 e inédita hasta ahora, llamábase nuestro poeta, sin mencionar para cosa alguna la cualidad de soldado, «vecino al presente en esta ciudad, en la collación de Santa Marina»[9].

Ya apellidándose Vélez de Guevara, en lugar de Vélez de Santander, como se había llamado hasta poco antes[10], escribió y publicó en 1608 un nuevo opúsculo poético intitulado Elogio del Ivramento del sereníssimo Príncipe don Felipe Domingo, Quarto deste nombre, y en la portada de esta obrita se decia criado del Conde de Saldaña. Había entrado, en efecto, a su servicio como gentilhombre antes o poco después de enviudar de su primer matrimonio: del primero de los cuatro con que probó su grande afición a este santo sacramento[11].

Para sus nuevas nupcias con doña Úrsula Ramisi Bravo de Laguna[12], el mencionado Conde le hizo donación de cuatrocientos ducados, amén de señalarle una pensión anual vitalicia de otros doscientos; pero estas larguezas de los grandes de antaño eran comúnmente más nominales que efectivas, porque a la hora de cobrar—tan endeudados andaban de ordinario—solían desvanecerse como el humo. Y en 1618, fallecida su segunda mujer, que le dejó, amén de algún otro hijo, a Juan, sucesor de su padre en la profesión y en el ingenio[13], nuestro escritor contrajo nuevo matrimonio, que la muerte había de romper antes que pasaran dos años, con doña Ana María del Valle[14]; y dejando la casa del conde de Saldaña, pasó a la del marqués de Peñafiel, manirroto primogénito del gran duque de Osuna, a cuyo servicio estuvo, asimismo como gentilhombre, cerca de un bienio[15].

Los continuos apuros, la perdurable indigencia y la negra fortuna de Luis Vélez de Guevara en los años de 1622 y siguientes están pintados de mano maestra por él mismo en cinco memoriales en verso que salieron a luz pocos años ha[16]. Ora pretende un humilde puesto en la servidumbre del cardenal e infante don Fernando; ora, ya frustrado este propósito, logra en 1623 la efímera portería de cámara del Príncipe de Gales, nuestro huésped; ya, en 1624, obtiene, después de grande esfuerzo, la también harto breve mayordomía del archiduque Carlos, muerto aún no transcurrido un mes desde su llegada a Madrid, y más adelante solicita infructuosamente del Rey, alegando sus méritos y servicios y la nobleza de su linaje, una plaza de ayuda de su guardarropa. Al cabo, este hombre celebrado y aplaudido de todos por sus excelentes comedias, a la par que por su deliciosa y amenísima conversación, aludiendo a la cual había escrito Cervantes:

«Topé a Luis Vélez, honra y alegría
y discreción del trato cortesano,
y abracéle en la calle a medio día»,

consiguió en 1625 entrar definitivamente en la servidumbre de Palacio, ocupando una plaza de ujier de cámara de Su Majestad. Pero esto, que parecía algo, era muy poco, salvo en lo honorífico, pues no tuvo señalada ración, y hasta el año de 1635, en que el infortunado poeta entró en gajes[17], siguió condenado a vivir de lo poco que entonces producían las obras dramáticas[18] y de lo que pedía a sus amigos; tanto fué así, que se hicieron proverbiales su extremada pobreza y sus donosas esquelas petitorias, casi siempre en verso.[19]

Como si compartiendo la escasez de recursos se cupiese a menos porción de ella, Vélez se casó aún por cuarta vez, en 1626, con una viuda llamada doña María López de Palacios,[20] bien que ésta aportó a su nuevo enlace algunos bienes; mas pronto fueron vendidos, y juntos y procreando y criando algunos hijos, vivieron entrambos cónyuges en cristiana estrecheza, hasta el día 9 de noviembre de 1644, en que falleció el donairoso autor de tantos primores literarios[21]. Su testamento, otorgado cuatro días antes, contiene una larga lista de pequeñas deudas. Al comienzo de este documento consignó: «Iten, declaro que por el presente estoy muy alcançado y necesitado de hacienda, para poder disponer y dejar las misas que yo quisiera por mi alma».[22]

Vélez de Guevara fué celebradísimo de sus contemporáneos, así por la amenidad de su trato, que le ganaba amigos en todas partes, como por su facundia poética y su florido e inagotable ingenio. Claramente llamábale en 1613, en el Inquiridion que va al fin de su Letanía moral, «floridissimo ingenio de Ezija, de quien esperamos grandes escritos y trabajos, y a hecho hasta oy muchas famosas comedias». Cervantes no le elogió menos en estos dos tercetos del cap. II de su Viage del Parnaso (1614):

«Este que es escogido entre millares,
de Gueuara Luys Vélez es el brauo,
que se puede llamar quita pesares.

Es Poeta Gigante, en quien alauo
el verso numeroso, el peregrino
ingenio, si vn Gnaton nos pinta, o vn Dauo.»

Lope de Vega le ensalzó dos veces, en sendas epístolas de La Filomena, con otras diversas Rimas, Prosas y Versos (1621):

«Aquí de Valdivielso el santo empleo,
De Luis Vélez, florido y elocuente,
La lira que ya fué del dulce Orfeo.»

«...Y el famoso Luis Vélez, que tenía
En éxtasis las Musas, que a sus labios
Iban por dulce néctar y ambrosía.»

Y aun volvió a loarle en la silva II de su Laurel de Apolo, publicado en 1630:

«Ni en Écija dejara
el florido Luis Vélez de Guevara
de ser su nuevo Apolo,
que pudo darle solo,
y sólo en sus escritos,
con flores de conceptos infinitos,
lo que los tres que faltan:
así sus versos de oro
con blando estilo la materia esmaltan.»

¿Para qué seguir transcribiendo frases laudatorias? Baste recordar muy resumidamente que Tamayo de Vargas (1622) ponderó su donaire; y don Fernando de Vera y Mendoza (1627) le llamó «el Rey de Romanos»; y Pérez de Montalván (1632) encareció los «pensamientos sutiles, arrojamientos poéticos y versos excelentísimos y bizarros» de sus comedias; y Salas Barbadillo (1635) afirmó que «en el Parnaso no se conocen otras salinas sino las de su felicissimo ingenio»....

El insigne poeta ecijano, hoy más famoso por su novela intitulada El Diablo Cojuelo, aún muy leída, que por sus obras teatrales, desterradas, como todas las antiguas, de la escena actual, principalmente por falta de buenos cómicos y consiguiente carencia de buenas compañías, escribió más de cuatrocientas comedias, de las cuales ha llegado hasta nosotros un centenar escaso. Por éstas se le puede diputar, si no como autor de señaladísima personalidad literaria, a lo menos, como uno de los más aventajados discípulos de Lope de Vega, cuyas huellas siguió tan constante y acertadamente, que a las veces se hace harto difícil diferenciarlos. Tal sucede, verbigracia, con la comedia intitulada Los Novios de Hornachuelos, que pasa comúnmente por obra de Lope; pero hay alguna indicación antigua que la atribuye a Vélez de Guevara, y, leída y estudiada, quédase perplejo el entendimiento más avisado, sin resolverse a adjudicarla con cabal certeza a ninguno de entrambos ingenios. La misma grande semejanza con las de Lope se echa de ver en todas las comedias del poeta ecijano: las fuentes, unas; iguales los procedimientos; igualmente rica la dicción; análogo el nervio en lo dramático; parecidísimas las gracias en lo festivo, e idéntica en ambos la propensión a avalorar lo propio entreverándolo con todos los elementos del folklore nacional; aquí, con la conseja vulgar y la tradición legendaria; allá, con el refrán hábilmente desleído y glosado en cuatro o seis versos; acullá, con la vieja cancioncilla histórica, que siempre, por lo grata, parece nueva a los oídos españoles; y en otro lado, en fin, con el sabroso cuentecillo popular, picante sin demasía.

De El Diablo Cojuelo, única de las obras de Vélez que ha conservado para su nombre alguna parte de la amplia popularidad que disfrutó en vida, se han hecho en nuestros días, amén de tal cual edición corriente, dos eruditas y anotadas. Ambas se deben a la vasta cultura y harto probada laboriosidad de don Adolfo Bonilla y San Martín, ventajosamente conocido en el campo literario y en el filosófico. Enderezando un antiguo entuerto que se había hecho a Vélez de Guevara con interpretarle desaforadamente[23], publicó la primera de estas dos ediciones (Vigo, 1902); pero como mi antiguo camarada y docto amigo don Felipe Pérez y González, cuyo felicísimo ingenio estaba emparentado muy de cerca, a pesar de los siglos que se habían puesto en medio, con el del donairoso ecijano, juntase burla burlando, artículo por artículo, en La Ilustración Española y Americana, para formar un libro muy interesante y ameno, que sacó a luz en 1903 bajo el título de El Diablo Cojuelo: notas y comentarios, libro en el cual patentizó algunos errores de las notas del señor Bonilla, éste, en 1910, año en que tras cruelísima enfermedad pasó a mejor vida su festivo, pero amable corrector—que no sin fundamento había usado en su mocedad el seudónimo de Urbano Cortés—, dió a la estampa en Madrid una nueva edición de la obrita de Vélez, mejoradas las notas y reconocido con nobleza el valioso auxilio que para ello le había prestado el tan culto como donairoso escritor hispalense[24].

Pero, aun así, El Diablo Cojuelo ¿se había hecho del todo accesible a la inteligencia de los lectores medianamente ilustrados de nuestros días? Aun rectificadas en su segunda edición, ¿bastan las notas del señor Bonilla para ahorrar tropiezos, en muchos lugares de la novela, hasta a los lectores más avisados e instruidos? A estas preguntas, que algunos aficionados a las letras nos hacíamos, respondió, como si estuviera en nuestro pensamiento, don Enrique Nercasseau y Morán, en su discurso de recepción leído ante la Academia Chilena, correspondiente de la Española, el día 21 de noviembre de 1915[25]: «La novela toda de Vélez de Guevara—dijo—es una sátira cortés de la sociedad de su tiempo, felicísima en la mayor parte de sus cuadros, y no afeada por la licencia y crudeza tan comunes en las novelas de la época. El Diablo Cojuelo sería una narración clásica de primer orden, y aun leíble hoy día, si no la deslustrara el conceptismo, y si no se hallara sobreabundante en equívocos y frases convencionales de difícil o imposible comprensión en nuestra era. Aun después del trabajo llevado a cabo por don Adolfo Bonilla y San Martín en su edición de Madrid de 1910, la novela de Vélez de Guevara queda aguardando un comentario que la explique y la ponga al alcance general.» Ese comentario que el señor Nercasseau echaba de menos es el que, con temeridad que no puede buscar disculpa en la inexperiencia de los pocos años, he intentado en la presente edición. ¿Habré conseguido darle cima? Nuestro señor el público lo dirá: a su inapelable fallo me someto gustoso.

En las aprobaciones insertas en la edición príncipe de El Diablo Cojuelo elogiaron esta novela fray Diego Niseno, padre basilio, y fray Juan Ponce de León, de la orden de los Mínimos. En sentir del primero, la obrita contiene «muchas cosas de mucha moralidad y enseñança, escritas con la sazón y variedad que de tal ingenio se podían esperar. Merece—añadió—la licencia que pide, porque este linage de escritos es difícil de enquadernar con lo honesto y recatado de nuestras christianas leyes, y Luis Vélez ha sido en éste gloriosa excepción desta vniuersal dolencia.» Más extremado es el parecer del segundo, que encarece el sazonado gusto de Vélez, «por auer puesto la naturaleza en su ingenio la elegancia del estilo, la suabidad del dezir, la aduertencia en el colocar, la atenta circunspección en las palabras, y todo con tal modo, que dexa suspensa la razón sobre a qual de estas partes se deba con más justificación la primacia: en todo este discurso se corre la cortina a los conocidos engaños deste mundo, de modo que, para penetrarlos con sutileza, no necesita nuestra Nación de salir de sus estendidos límites, pues dentro de sí cría sugetos que, aun en sueños y burlas, la dexan superiormente ilustrada». Diametralmente opuesta a estas opiniones fué la de Francisco Santos, pues dijo en El Arca de Noé y Campana de Belilla[26]: «Tocó la Campana y desaparecieron todos los Autores de viejo, siguiéndolos vno que avia venido tarde, y también llevava vn libro en las manos, que preguntando a Noe quién era, me dixo: el libro se intitula el Diablo Cojuelo, Aventuras de Don Cleofas Leandro Perez Zambullo, digno de que le consumiera vn Polvorista: está sin enseñança buena, ni moralidad, y esto, sobre acabar como la nieve....» «Ni tanto, ni tan poco», podría haberse dicho a los tres censores, porque, en realidad de verdad, la novelita de Vélez de Guevara, que se muestra en ella como un buen discípulo de Quevedo, de cuyas obras cómicas y satíricas tiene reminiscencias muy frecuentes, sin ser una maravilla, es de agradable lectura, y más lo fuera sin la pesada y adulatoria enumeración de todo aquel inacabable señorío que el autor, en el TRANCO VIII, hace pasar por el espejo de Rufina María, dispuesto ad hoc por el redomado desenredomado.

En la visión, que pudiéramos llamar cinematográfica, de los diez trancos o capítulos en que está dividido El Diablo Cojuelo, cada uno sabe a cosa diferente de los demás: son cuadros distintos e independientes entre sí, que no tienen de común sino la intervención, o la presencia cuando menos, de los dos héroes de la novela. El TRANCO II, verbigracia, en que entrambos, desde el capitel de la torre de San Salvador, descubierta «la carne del pastelón de Madrid», otean después de la media noche cuanto sucede en la coronada villa, trae a la memoria, por la traza y manera, como indiqué en las notas de mi edición crítica del Quijote[27], aquella inspección que desde la torre de la Giralda de Sevilla, y acompañado asimismo de un cicerone, el maestro Desengaño, había hecho Rodrigo Fernández de Ribera, autor de Los Antoios de meior vista[28]. El desaforado poeta del TRANCO IV es pariente propincuo de otros dos muy conocidos en nuestra literatura: el del Coloquio de los Perros, de Cervantes, y el de la Vida del Buscón, de Quevedo. A hacer entretenida y agradable la lectura de El Diablo Cojuelo contribuyen con lo ingenioso de la invención la interesante variedad de las escenas, la soltura y viveza del diálogo, y, especialmente, el chispeante gracejo de Vélez de Guevara. En cambio, la elocución suele ser descuidadilla, entre otras cosas, por la excesiva abundancia de gerundios.

Del Diablo Cojuelo, entremetido espíritu infernal que da nombre y ser a la novela, trató el señor Bonilla en una breve nota. Mucho más merecía el que «trujo al mundo la zarabanda, el déligo y la chacona», y yo he de volver hoy por su negra honrilla, recordando la mucha familiaridad que nosotros los españoles hemos tenido con él. Háyase de llamar Renfas, o Asmodeo, o de otro cualquier modo, es lo cierto que este travieso diablillo, con parecer de menor cuantía y ser cojo por añadidura, tomó entre nosotros tal importancia, que nada malo se pudo hacer sin él. «El Diablillo Cojo sabe más que el otro», enseñó el refrán, y cuando en el calor de la ira se dijo a alguno que le llevase el diablo, no faltó quien, rectificando festivamente, respondiera: «El Diablo Cojuelo, que es más ligero». En las fórmulas supersticiosas llevábanle y traíanle como un zarandillo nuestras hechiceras de los siglos XVI y XVII, para que les llevase y trajese sus galanes y paniaguados, y le daban prisa, y le adulaban celebrando su ligereza. Véanse algunos ejemplos. Doña Antonia Mexía declaró, entre otras cosas, en un proceso que se le siguió por los años de 1633[29]: «Que habrá seis años que la dicha Beatriz dixo a ésta que tomase un pedernal y le pusiese la mano encima y dixese:

Estos cinco dedos pongo en este muro;
cinco demonios conjuro:
a Barrabás, a Satanás,
a Lucifer, a Bercebú,
al Diablo Cojuelo,
que es buen mensajero,
que me traigan a fulano luego
a mi querer y a mi mandar.»

Y así, en 1668, Agueda Rodríguez, vecina de Madridejos, también procesada por hechicería[30]:

«...Diablo Cojuelo,
tráemele luego;
diablo del pozo,
traémele, que no es casado; que es mozo;
diablo de la Quintería,
tráemele en la fería;
diablo de la plaza,
tráemele en danza....»

Teníase al Diablo Cojuelo, como dice el refrán, por el más listo de todos: Esperanza Bonfilla, procesada por la Inquisición de Valencia en 1600, hizo que cierta mujer, para atraer a un hombre, «hiciese vn conjuro en la forma siguiente: tomando vna escoba, la puso vna toca como muger, y encendida vna bela que no fuese bendita, se arrodilló delante de la escoba, y sin haçer cruz, juntas las manos, dixo:

Marta, Martica,
no la santa ni la digna,
ni la digna de rogar,
ni la que está en el altar,
sino la que de noche andas por las beredas
y los días por las encrebelladas,
yo te conjuro con Satanás y con Barrabás,
con Bercebú y todos los diablos,
y con el diablo coxo,
que corre mas que todos,
que todos vais a fulano
y le deis tiempo para vestirse
y le traigais por puntos ante mí y mis ojos,
sin hacerle mal»[31].

Corría más, y tenía más poder que sus iguales y superiores, o no supo lo que se pescaba Isabel del Pozo al hacer sus conjuros, ni María Castellanos cuando lo declaró ante la Inquisición de Toledo en 1631[32], pues decía: «... que tomó en las manos dicha Isabel del Poço un poco de sal de sardinas y çilantro, lo qual mezcló todo y lo echaba de una mano en otra diciendo:

Conjúrote, sal y çilantro,
con Barrabás,
con el Diablo cojuelo, que puede más.
No te conjuro por sal y çilantro,
sino por el corazón de fulano;

y echando la sal y çilantro en la lumbre, proseguía diciendo:

Así como te has de quemar,
se queme el corazón de fulano,
y aquí me le traygas,
y conjúrote por la reina Sardineta,
y con la tataranieta,
y con los navegantes que navegan por la mar.»

Pero la cualidad de diablo bullidor y zaragatero, aficionado a bailes y holgorios y a meter en danza a los mortales, haciéndoles ganar el infierno alegremente, de ningún texto inquisitorial resulta tan clara como de la manifestación de otra hechicera de Madridejos, llamada Mari Fernández, que, procesada en 1532, al ser interrogada, trajo a colación, como vamos a ver, un estragado fragmento de cierto curiosísimo romance, desconocido hoy[33]: «Preguntada sy ha dicho esta declarante a alguna persona como avia hecho çerco con ynvocacion de diablos, que eran berzebú y satanás y el diablo coxuelo, diziendo esta declarante que sin el diablo coxuelo no se podía hazer aquel çerco, y que en aquel çerco que hizo avia esta declarante visto lo quel diablo queria hazer contra çierta persona, que diga lo que çerca desto ha dicho e fecho, dixo que ella suele cantar vn Romance que dize:

A caça yba bienhecho
por Riberas de la mar,
no por mengua de vjno
ni menos mengua de pan;
por miedo del Rey Ramjro
que lo querja matar.
Ellos en aquesto estando
enbjaronle a llamar.
Vamonos, dixo, amigo,
vamonos, dixo, a çenar;
de que ovjeremos çenado
dios dixo lo que será;
desque ovjeron çenado
tomó libros en sus manos
y començó de Rezar;
a los pecados mayores
enpeçolos de llamar:
¿Qué es de ti, berzebu,
qué es de ti, barravas,
qué es de ti, diablo coxuelo,
que eras tú el juglar?...»

Tanto don Adolfo Bonilla como don Felipe Pérez indagaron con prolijidad cuándo hubo de escribir su obrita Vélez de Guevara, y si la escribió seguidamente, o a trozos y aun con largos intervalos entre unos y otros capítulos. Convienen ambos investigadores en esta última creencia, pero no en lo demás; porque si en opinión de Pérez y González la novela fué escrita después de febrero de 1636 y antes de mayo de 1639, a juicio de Bonilla, Vélez empezó a escribirla después de febrero de 1637 y la terminó hacia julio de 1640[34]. No creo que el poner en claro este punto, siendo corto, como lo es, dentro de la ordinaria duración de la vida humana, el tiempo comprendido entre unas fechas y otras, merezca el ímprobo trabajo que echaron sobre si estos denodados eruditos[35].

Unas advertencias, para terminar.

«Vélez de Guevara, como Quevedo—notó el señor Bonilla—, es un escolástico del idioma. No hay que perder una sola de sus palabras, no hay que confiar en el valor directo de cualquiera de sus frases, porque lo mejor del cuento pasaría quizás inadvertido. Es preciso estar siempre ojo avizor para saborear como es debido aquellas atrevidas metáforas, aquellas extravagantes relaciones, aquellos estupendos equívocos, aquellas arbitrarias licencias en que se complace. Esta indispensable atención fatiga en ocasiones; pero hace sacar doble fruto de la lectura de un libro cuyo atractivo consiste, más bien que en el interés de los lances, en la ingeniosidad dé los pensamientos. Sólo el muy familiarizado con los secretos del habla podrá darse cabal cuenta de las bellezas de una obra semejante.» Exactísimo todo ello, y porque lo es y a los más de los lectores falta esa extremada familiaridad a que se refiere el señor Bonilla, no podían buenamente pasar sin nota muchas de las frases que no la tienen en sus ediciones. Ciento treinta y cinco que están en este caso señalé de primera intención cuando, leído el sobredicho discurso del señor Nercasseau y Morán, me sentí deseoso de preparar, para la simpática colección de «Clásicos Castellanos», esta humilde edicioncita de El Diablo Cojuelo.

Como el señor Bonilla, «procuro pecar antes por carta de más que por carta de menos, por lo cual a veces he explicado palabras y giros que podrán parecer a los eruditos de muy llana inteligencia. Téngase en cuenta, sin embargo—añado con él—, que me dirijo a la generalidad y que mi propósito es facilitar la comprensión del libro de Vélez de Guevara a todo género de lectores.» Con mayor motivo había yo de hacer lo propio en una edición vulgarizadora, como es la presente. Pero aun así, he huído con mucho cuidado de escribir notas por las cuales se me pudiese encasillar junto a Lucas de Valdés y Toro, aquel empecatado cirujano cordobés que en 1630 dió a la estampa un opúsculo perogrullesco intitulado así: Tratado en que se prueba que la nieve es fría y húmeda[36].

No obstantes mi buena voluntad y la diligencia con que procuré evitarlo, se me han quedado por entender algunas frases del texto. Hay quien, puesto a anotar uno cualquiera, explica lo que buenamente se le alcanza, y en cuanto a lo que no, hace, como dicen, la vista gorda y pasa de largo sin decir palabra, dando a colegir con su silencio que aquello que no explicó no lo ha menester, por ser cosa llanísima. Jamás cometí esa reprobable fullería: antes por el contrario, en casos tales confieso paladinamente que aquel lugar merece y pide explicación, y que, por malos de mis pecados, yo no acerté a dársela[37].

Por último, aunque en esta edición sigo el texto de la original de Vélez de Guevara (Madrid, Imprenta del Reyno, 1641), no la he copiado tan fielmente, tan servilmente, que reproduzca su endiablada ortografía, digo, la de los bárbaros cajistas que compusieron los moldes. «Para regalar a los lectores—escribí trece años ha[38]—con bocados como abaricia, hajo, coetes, hizquierda, voca, vobos, obtica, valbucientes, abitos, hancas y hacechar, como lo hizo el señor Bonilla reproduciendo la edición príncipe de El Diablo Cojuelo, siempre hay tiempo, o, dicho mejor, no debe haberlo nunca. Ya no es poco hacer morder el ajo a uno; pero hacerle morder el hajo es crueldad doblada, porque pica aún más la hache que el ajo mismo.»

Y con esto, lector amable, quédate a Dios, y perdóname si te causé enfado o tedio con la lectura de mi prólogo.

FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN.

Madrid, 2 de junio de 1918.

EL DIABLO COJUELO

DEDICATORIA DE VÉLEZ DE GUEVARA

[AL EXCMO. SR. D. RODRIGO DE SANDOVAL,
DE SILVA, DE MENDOZA Y DE LA CERDA,
PRÍNCIPE DE MÉLITO, DUQUE DE PASTRANA,
DE ESTREMERA Y FRANCAVILA, ETC.]

Excelentísimo señor:

La generosa condición de V.E., patria general de los ingenios, donde todos hallan seguro asilo, ha solicitado mi desconfianza para rescatar del olvido de una naveta[39], en que estaba entre otros borradores míos, este volumen que llamo El Diablo Cojuelo, escrito con particular capricho, porque al amparo de tan gran Mecenas salga menos cobarde a dar noticia de las ignorancias del dueño. A cuya sombra excelentísima la invidia me mirará ociosa, la emulación muda, y desairada la competencia; que con estas seguridades no naufragará esta novela y podrá andar con su cara descubierta por el mundo. Guarde Dios a V.E., como sus criados deseamos y hemos menester.

Criado de V.E., que sus pies besa,

LUIS VÉLEZ DE GUEVARA.


PRÓLOGO A LOS MOSQUETEROS[40] DE LA COMEDIA DE MADRID.

Gracias a Dios, mosqueteros míos, o vuestros, jueces de los aplausos cómicos por la costumbre y mal abuso, que una vez tomaré la pluma sin el miedo de vuestros silbos, pues este discurso del Diablo Cojuelo nace a luz concebido sin teatro original fuera de vuestra juridición; que aun del riesgo de la censura del leello está privilegiado por vuestra naturaleza, pues casi ninguno de vosotros sabe deletrear; que nacistes para número de los demás, y para pescados de los estanques[41][42], de los corrales[43], esperando, las bocas abiertas[44], el golpe del concepto por el oído y por la manotada del cómico, y no por el ingenio. Allá os lo habed con vosotros mismos, que sois corchetes[45] de la Fortuna, dando las más veces premio a lo que aun no merece oídos, y abatís lo que merece estar sobre las estrellas; pero no se me da de vosotros dos caracoles: hágame Dios bien con mi prosa[46], entretanto que otros fluctúan por las maretas[47] de vuestros aplausos, de quien nos libre Dios por su infinita misericordia, Amén, Jesús.


CARTA DE RECOMENDACIÓN AL CÁNDIDO[48] O MORENO LECTOR.

Lector amigo: yo he escrito este discurso, que no me he atrevido a llamarle libro, pasándome de la jineta de los consonantes[49] a la brida de la prosa, en las vacantes que me han dado las despensas[50] de mi familia y los autores de las comedias por su Majestad[51]; y como es El Diablo Cojuelo, no lo reparto en capítulos, sino en trancos[52]. Suplícote que los des en su leyenda[53], porque tendrás menos que censurarme, y yo que agradecerte[54]. Y, por no ser para más[55] ceso, y no de rogar a Dios que me conserve en tu gracia.

De Madrid, a los que fueren entonces del mes y del año, y tal y tal y tal[56].

EL AUTOR Y EL TEXTO.


SONETO[57] DE DON JUAN VÉLEZ DE GUEVARA A SU PADRE.

Luz en quien se encendió la vital mía,
De cuya llama soy originado,
Bien que la vida sólo te he imitado,
Que el alma fuera en mí vana porfía,

Si eres el sol de nuestra Pöesía,
Viva más que él tu aplauso eternizado,
Y pues un vivir solo es limitado,
No te estreches al término de un día.

Hoy junta en el deleite la enseñanza
Tu ingenio, a quien el tiempo no consuma,
Pues también viene a ser aplauso suyo.

Y sufra la modestia esta alabanza
A quien, por parecer más hijo tuyo
Quisiera ser un rasgo de tu pluma.

TRANCO PRIMERO


Daban en Madrid, por los fines de julio, las once de la noche en punto, hora menguada para las calles[58], y, por faltar la luna, juridición y término redondo de todo requiebro lechuzo y patarata de la muerte. El Prado boqueaba coches[59] en la última jornada de su paseo, y en los baños de Manzanares los Adanes y las Evas de la Corte, fregados más de la arena que limpios del agua[60], decían el Ite, río[61] es[62], cuando don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, hidalgo a cuatro vientos[63], caballero huracán y encrucijada de apellidos[64], galán de noviciado y estudiante de profesión, con un broquel y una espada, aprendía a gato por el caballete de un tejado, huyendo de la justicia, que le venía a los alcances[65] por un estrupo[66] que no lo había comido ni bebido[67], que en el pleito de acreedores de una doncella al uso estaba graduado en el lugar veintidoseno[68], pretendiendo que el pobre licenciado escotase solo lo que tantos habían merendado[69]; y como solicitaba escaparse del «para en uno son[70]» (sentencia difinitiva del cura de la parroquia y auto que no lo revoca si no es el vicario Responso[71], juez de la otra vida), no dificultó arrojarse desde el ala del susodicho tejado, como si las tuviera, a la buarda[72] de otro que estaba confinante, nordesteado de una luz que por ella escasamente se brujuleaba, estrella de la tormenta que corría, en cuyo desván puso los pies y la boca[73] a un mismo tiempo, saludándolo como a puerto de tales naufragios, y dejando burlados los ministros del agarro[74] y los honrados pensamientos de mi señora doña Tomasa de Bitigudiño[75], doncella chanflona[76] que se pasaba de noche como cuarto falso, que, para que surtiese efecto su bellaquería, había cometido otro estelionato más con el capitán de los jinetes a gatas que corrían las costas[77] de aquellos tejados en su demanda, y volvían corridos de que se les hubiese escapado aquel bajel de capa y espada[78] que llevaba cautiva la honra de aquella señora mohatrera de doncellazgos[79], que juraba entre sí tomar satisfacción deste desaire en otro inocente, chapetón[80] de embustes doncelliles, fiada en una madre que ella llamaba tía, liga donde había caído tanto pájaro forastero.

A estas horas, el Estudiante, no creyendo su buen suceso[81] y deshollinando con el vestido y los ojos el zaquizamí, admiraba la región donde había arribado, por las estranjeras estravagancias de que estaba adornada la tal espelunca, cuyo avariento farol era un candil de garabato, que descubría sobre una mesa antigua de cadena[82] papeles infinitos, mal compuestos y ordenados, escritos de caracteres matemáticos, unas efemérides abiertas[83], dos esferas y algunos compases y cuadrantes, ciertas señales de que vivía en el cuarto de más abajo algún astrólogo, dueño de aquella confusa oficina y embustera ciencia; y llegándose don Cleofás curiosamente, como quien profesaba letras y era algo inclinado a aquella profesión, a revolver los trastos astrológicos, oyó un suspiro entre ellos mismos, que, pareciéndole imaginación o ilusión de la noche, pasó adelante con la atención papeleando los memoriales de Euclides y embelecos de Copérnico; escuchando segunda vez repetir el suspiro, entonces, pareciéndole que no era engaño de la fantasía, sino verdad que se había venido a los oídos, dijo con desgarro y ademán de estudiante valiente:

—¿Quién diablos suspira aquí?, respondiéndole al mismo tiempo una voz entre humana y estranjera:

—Yo soy, señor Licenciado, que estoy en esta redoma, adonde me tiene preso ese astrólogo que vive ahí abajo, porque también tiene su punta de la mágica negra[84], y es mi alcaide dos años habrá.

—Luego ¿familiar eres?—dijo el Estudiante[85].

—Harto me holgara yo—respondieron[86] de la redoma—que entrara uno de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo:

—¿Eres demonio plebeyo, u de los de nombre?

—Y de gran nombre—le repitió el vidro endemoniado—, y el más celebrado en entrambos mundos.

—¿Eres Lucifer?—le repitió don Cleofás.

—Ése es demonio de dueñas y escuderos—le respondió la voz.

—¿Eres Satanás?—prosiguió el Estudiante.

—Ése es demonio de sastres y carniceros—volvió la voz a repetille.

—¿Eres Bercebú?—volvió a preguntalle don Cleofás.

Y la voz a respondelle:

—Ése es demonio de tahures, amancebados y carreteros.

—¿Eres Barrabás[87], Belial, Astarot?—finalmente le dijo el Estudiante.

—Esos son demonios de mayores ocupaciones—le respondió la voz—: demonio más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme[88], el enredo, la usura, la mohatra; yo truje al mundo la zarabanda[89], el déligo[90], la chacona[91], el bullicuzcuz[92], las cosquillas de la capona[93], el guiriguirigay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado[94]; yo inventé las pandorgas[95]; las jácaras[96], las papalatas[97], los comos[98], las mortecinas[99], los títeres[100], los volatines[101], los saltambancos[102], los maesecorales[103], y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.

—Con decir eso—dijo el Estudiante—hubiéramos ahorrado lo demás: vuesa merced me conozca por su servidor; que hay muchos días que le deseaba conocer. Pero, ¿no me dirá, señor Diablo Cojuelo, por qué le pusieron este nombre, a diferencia de los demás, habiendo todos caído desde tan alto, que pudieran quedar todos de la misma suerte y con el mismo apellido[104]?

—Yo, señor don Cleofás Leandro Pérez Zambullo, que ya le sé el suyo, o los suyos—dijo el Cojuelo—, porque hemos sido vecinos por esa dama que galanteaba y por quien le ha corrido la justicia esta noche, y de quien después le contaré maravillas, me llamo desta manera porque fuí el primero de los que se levantaron en el rebelión[105] celestial, y de los que cayeron y todo[106]; y como los demás dieron sobre mi, me estropearon, y ansí, quedé más que todos señalado de la mano de Dios y de los pies de todos los diablos, y con este sobrenombre; mas no por eso menos ágil para todas las facciones que se ofrecen en los países bajos, en cuyas impresas nunca me he quedado atrás, antes me he adelantado a todos; que, camino del infierno, tanto anda el cojo como el viento[107]; aunque nunca he estado más sin reputación que ahora en poder deste vinagre, a quien por trato[108] me entregaron mis propios compañeros, porque los traía al retortero a todos[109], como dice el refrán de Castilla, y cada momento a los más agudos les daba gato por demonio. Sácame deste Argel de vidro; que yo te pagaré el rescate en muchos gustos, a fe de demonio, porque me precio de amigo de mi amigo, con mis tachas buenas y malas[110].

—¿Cómo quieres—dijo don Cleofás mudando la cortesía[111] con la familiaridad de la conversación—que yo haga lo que tú no puedes siendo demonio tan mañoso?

—A mí no me es concedido—dijo el Espíritu—, y a ti sí, por ser hombre con el privilegio del baptismo y libre del poder de los conjuros, con quien han hecho pacto los príncipes de la Guinea infernal[112]. Toma un cuadrante de esos y haz pedazos esta redoma; que luego en derramándome me verás visible y palpable.

No fué escrupuloso ni perezoso don Cleofás, y ejecutando lo que el Espíritu le dijo, hizo con el instrumento astronómico jigote[113] del vaso, inundando la mesa sobredicha de un licor turbio, escabeche en que se conservaba el tal Diablillo; y volviendo los ojos al suelo, vió en él un hombrecillo de pequeña estatura, afirmado en dos muletas[114], sembrado de chichones mayores de marca[115], calabacino de testa y badea de cogote, chato de narices, la boca formidable y apuntalada en dos colmillos solos, que no tenían más muela ni diente los desiertos de las encías, erizados los bigotes como si hubiera barbado en Hircania[116]; los pelos de su nacimiento, ralos, uno aquí y otro allí[117], a fuer de los espárragos, legumbre[118] tan enemiga de la compañía, que si no es para venderlos en manojos, no se juntan. Bien hayan los berros, que nacen unos entrepernados con otros, como vecindades de la Corte, perdone la malicia la comparación.

Asco le dió a don Cleofás la figura, aunque necesitaba de su favor para salir del desván, ratonera del Astrólogo en que había caído huyendo de los gatos que le siguieron (salvo el guante[119] a la metáfora), y asiéndole por la mano el Cojuelo y diciéndole: «Vamos, don Cleofás, que quiero comenzar a pagarte en algo lo que te debo», salieron los dos por la buarda como si los dispararan de un tiro[120] de artillería, no parando de volar hasta hacer pie en el capitel de la torre de San Salvador[121], mayor atalaya de Madrid, a tiempo que su reloj daba la una, hora que tocaba a recoger el mundo poco a poco al descanso del sueño; treguas que dan los cuidados a la vida, siendo común el silencio a las fieras y a los hombres; medida que a todos hace iguales; habiendo una priesa notable a quitarse zapatos y medias, calzones y jubones, basquiñas[122], verdugados[123], guardainfantes[124], polleras[125], enaguas y guardapiés, para acostarse hombres y mujeres, quedando las humanidades menos mesuradas, y volviéndose a los primeros originales, que comenzaron el mundo horros de todas estas baratijas; y engestándose[126] al camarada, el Cojuelo le dijo:

—Don Cleofás, desde esta picota[127] de las nubes, que es el lugar más eminente de Madrid, malaño[128] para Menipo en los diálogos de Luciano, te he de enseñar todo lo más notable que a estas horas pasa en esta Babilonia española, que en la confusión fué esotra con ella segunda deste nombre.

Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado[129], se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fué de capas y gorras.


TRANCO II


Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria[130] humana de tanta diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones, dijo:

—¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay[131] lienzo para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las grandezas de la Providencia divina no sea ésta la menor.

Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo:

—Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura. Mira allí primeramente cómo están sentados muchos caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media noche[132]; que eso les han quitado a los relojes no más.

Don Cleofás le dijo:

—Todas esas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para servillas[133].

—Hanse pasado a los estranjeros, porque las trataban muy mal estos príncipes cristianos—dijo el Cojuelo—, y se han quedado, con las caponas[134], sin ejercicio.

—Dejémoslos cenar—dijo don Cleofás—, que yo aseguro que no se levanten de la mesa sin haber concertado un juego de cañas para cuando Dios fuere servido, y pasemos adelante; que a estos magnates los más de los días les beso yo las manos, y estas caravanas las ando yo las más de las noches, porque he sido dos meses culto vergonzante de la proa[135] de uno de ellos y estoy encurtido de excelencias y señorías, solamente buenas para veneradas.

—Mira allí—prosiguió el Cojuelo—cómo se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de barba[136] y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo doña Fáfula[137], y don Toribio su indigno consorte, como si fuera suyo lo que paria, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna suelta en esotro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel preciado de lindo, o aquel lindo de los más preciados, cómo duerme con bigotera[138] torcidas de papel en las guedejas y el copete[139], sebillo en las manos[140], y guantes descabezados[141], y tanta pasa[142] en el rostro, que pueden hacer colación[143] en él toda la cuaresma que viene. Allí, más adelante, está una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra[144], que se ha de desposar mañana. Y allí, en aquel aposentillo estrecho, están dos enfermos en dos camas, y se han purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos[145], como si se hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a almohadazos. Vuelve allí, y mira con atención cómo se está untando una hipócrita a lo moderno, para hallarse en una gran junta de brujas que hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver en ella si no temiera el riesgo de ser conocido del demonio que hace[146] el cabrón, porque le di una bofetada a mano abierta en la antecámara de Lucifer, sobre unas palabras mayores que tuvimos; que también entre los diablos hay libro del duelo[147], porque el autor que le compuso es hijo de vecino del infierno. Pero mucho más nos podemos entretener por acá, y más si pones los ojos en aquellos dos ladrones que han entrado por un balcón en casa de aquel estranjero rico, con una llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde está aquel talego de vara y media estofado de patacones[148] de a ocho, a la luz de una linterna que llevan, que, por ser tan grande y no poder arrancalle de una vez, por el riesgo del ruido, determinan abrille, y henchir las faltriqueras y los calzones, y volver otra noche por lo demás, y comenzando a desatalle, saca el tal estranjero (que estaba dentro dél guardando su dinero, por no fialle de nadie) la cabeza, diciendo: «Señores ladrones, acá estamos todos»[149], cayendo espantados uno a un lado y otro a otro, como resurreción de aldea[150], y se vuelven gateando a salir por donde entraron.

—Mejor fuera—dijo don Cleofás—que le hubieran llevado sin desatar en el capullo de su dinero, porque no le sucediera ese desaire, pues que cada estranjero es un talego bautizado[151]; que no sirven de otra cosa en nuestra república y en la suya, por nuestra mala maña.

Pero, ¿quién es aquella abada[152] con camisa de mujer, que no solamente la cama le viene estrecha, sino la casa y Madrid, que hace roncando más ruido que la Bermuda[153], y, al parecer, [bebe][154] cámaras de tinajas y come jigotes de bóvedas?

—Aquélla ha sido cuba de Sahagún[155], y no profesó—dijo el Cojuelo—si no es el mundo de agora, que está para dar un estallido, y todo junto puede ser siendo quien es: que es una bodegonera tan rica, que tiene, a dar[156] rocín por carnero y gato por conejo a los estómagos del vuelo[157], seis casas en Madrid, y en la puerta de Guadalajara[158] más de veinte mil ducados, y con una capilla que ha hecho para su entierro y dos capellanías que ha fundado, se piensa ir al cielo derecha; que aunque pongan una garrucha en la estrella de Venus y un alzaprima en las Siete Cabrillas, me parece que será imposible que suba allá aquel tonel; y como ha cobrado buena fama[159], se ha echado a dormir de aquella suerte.

—Aténgome—dijo don Cleofás—a aquel caballero tasajo que tiene el alma en cecina, que ha echado de ver que es caballero en un hábito[160] que le he visto en una ropilla[161] a la cabecera, y no es el mayor remiendo que tiene, y duerme enroscado como lamprea empanada, porque la cama es media sotanilla, que le llega a las rodillas no más.

—Aquél—dijo el Cojuelo—es pretendiente, y está demasiado de gordo y bien tratado para el oficio que ejercita. Bien haya aquel tabernero de Corte, que se quita de esos cuidados y es cura de su vino, que le está bautizando en los pellejos y las tinajas, y a estas horas está hecho diluvio[162] en pena, con su embudo en la mano, y antes de mil años[163] espero verle jugar cañas[164] por el nacimiento de algún príncipe.

—¿Qué mucho—dijo don Cleofás—si es tabernero y puede emborrachar a la Fortuna?

—No hayas miedo—dijo el Cojuelo—que se vea en eso aquel alquimista que está en aquel sótano con unos fuelles, inspirando una hornilla llena de lumbre, sobre la cual tiene un perol con mil variedades de ingredientes, muy presumido de acabar la piedra filosofal y hacer el oro; que ha diez años que anda en esta pretensión, por haber leído el arte de Reimundo Lulio y los autores químicos que hablan[165] en este mismo imposible.

—La verdad es—dijo don Cleofás—que nadie ha acertado a hacer el oro si no es Dios, y el sol, con comisión particular suya.

—Eso es cierto—dijo el Cojuelo—, pues nosotros no hemos salido con ello. Vuelve allí, y acompáñame a reír de aquel marido y mujer, tan amigos de coche, que todo lo que habían de gastar en vestir, calzar y componer su casa lo han empleado en aquel que está sin caballos agora, y comen y cenan y duermen dentro dél, sin que hayan salido de su reclusión, ni aun para las necesidades corporales, en cuatro años que ha que le compraron[166]; que están encochados, como emparedados, y ha sido tanta la costumbre de no salir dél, que les sirve el coche de conchas, como a la tortuga y al galápago, que en tarascando cualquiera dellos la cabeza fuera dél, la vuelven a meter luego, como quien la tiene fuera de su natural, y se resfrían y acatarran en sacando pie, pierna o mano desta estrecha religión; y pienso que quieren ahora labrar un desván en él para ensancharse y alquilalle a otros dos vecinos tan inclinados a coche, que se contentarán con vivir en el caballete dél.

—Esos—dijo don Cleofás—se han de ir al infierno en coche y en alma.

—No es penitencia para menos—respondió el Cojuelo—. Diferentemente le sucede a esotro pobre y casado, que vive en esotra casa más adelante, que después de no haber podido dormir desde que se acostó, con un órgano al oído de niños tiples, contraltos, terceruelas[167] y otros mil guisados de voces que han inventado para llorar, ahora que se iba a trasponer un poco, le ha tocado a rebato un mal de madre de su mujer, tan terrible, que no ha dejado ruda en la vecindad[168], lana ni papel quemado, escudilla untada con ajo, ligaduras, bebidas, humazos y trescientas cosas más[169], y a él le ha dado, de andar en camisa, un dolor de ijada, con que imagino que se ha de desquitar del dolor de madre de su mujer.

—No están tan despiertos en aquella casa—dijo don Cleofás—donde está echando una escala aquel caballero que, al parecer, da asalto al cuarto y a la honra del que vive en él; que no es buena señal, habiendo escaleras dentro, querer entrar por las de fuera.

—Allí—dijo el Cojuelo—vive un caballero viejo y rico que tiene una hija muy hermosa y doncella, y rabia por dejallo de ser con un marqués, que es el que da la escalada, que dice que se ha de casar con ella, que es papel que ha hecho con otras diez u doce, y lo ha representado mal; pero esta noche no conseguirá lo que desea, porque viene un alcalde de ronda, y es muy antigua costumbre de nosotros ser muy regatones[170] en los gustos, y, como dice vuestro refrán, si la podemos dar roma, no la damos aguileña[171].

—¿Qué voces—dijo don Cleofás—son las que dan en esotra casa más adelante, que parece que pregonan algún demonio que se ha perdido?

—No seré yo, que me he rescatado—dijo el Cojuelo—, si no es que me llaman a pregones del infierno por el quebrantamiento de la redoma; pero aquél es un garitero que ha dado esta noche ciento y cincuenta barajas, y se ha endiablado de cólera porque no le han pagado ninguna y se van los actores y los reos con las costas en el cuerpo, tras una pendencia de barato[172] sobre uno que juzgó mal una suerte, y los mete en paz aquella música que dan a cuatro voces en esotra calle unos criados de un señor a una mujer de un sastre que ha jurado que los ha de coser a puñaladas[173].

—Si yo fuera el marido—dijo don Cleofás—, más los tuviera por gatos que por músicos.

—Agora te parecerán galgos—dijo el Cojuelo—, porque otro competidor de la sastra, con una gavilla de seis o siete, vienen sacando las espadas, y los Orfeos de la maesa, reparando la primera invasión con las guitarras, hacen una fuga[174] de cuatro o cinco calles. Pero vuelve allí los ojos, verás cómo se va desnudando aquel hidalgo que ha rondado toda la noche, tan caballero del milagro[175] en las tripas como en las demás facciones, pues quitándose una cabellera, queda calvo; y las narices de carátula, chato; y unos bigotes postizos, lampiño; y un brazo de palo, estropeado; que pudiera irse más camino de la sepoltura que de la cama. En esotra casa más arriba está durmiendo un mentiroso con una notable pesadilla, porque sueña que dice verdad. Allí un vizconde, entre sueños, está muy vano porque ha regateado la excelencia a un grande. Allí está muriendo un fullero, y ayudándole a bien morir un testigo falso, y por darle la bula de la Cruzada, le da una baraja de naipes, porque muera como vivió, y él, boqueando, por decir «Jesús», ha dicho «flux». Allí, más arriba, un boticario está mezclando la piedra bezar[176] con los polvos de sen. Allí sacan un médico de su casa para una apoplejía que le ha dado a un obispo. Allí llevan aquella comadre para partear a una preñada de medio ojo[177], que ha tenido dicha en darle los dolores a estas horas. Allí doña Tomasa, tu dama, en enaguas, está abriendo la puerta a otro; que a estas horas le oye de amor.

—Déjame—dijo don Cleofás—: bajaré sobre ella a matarla a coces.

—Para estas ocasiones se hizo el tate, tate[178]—dijo el Cojuelo—; que no es salto para de burlas. Y te espantas de pocas cosas[179]: que sin este enamorado murciélago[180], hay otros ochenta, para quien[181] tiene repartidas las horas del día y de la noche.

—¡Por vida del mundo—dijo don Cleofás—que la tenía por una santa!

—Nunca te creas de ligero—le replicó el Diablillo—. Y vuelve los ojos a mi Astrólogo, verás con las pulgas y inquietud que duerme: debe de haber sentido pasos en su desván y recela algún detrimento de su redoma. Consuélese con su vecino, que mientras está roncando a más y mejor, le están sacando a su mujer, como muela, sin sentillo, aquellos dos soldados.

—Del mal lo menos—dijo don Cleofás—; que yo sé del marido ochodurmiente[182] que dirá[183] cuando despierto lo mismo.

—Mira allí—prosiguió el Cojuelo—aquel barbero, que soñando se ha levantado, y ha echado unas ventosas a su mujer, y la ha quemado con las estopas las tablas de los muslos, y ella da gritos, y él, despertando, la consuela diciendo que aquella diligencia es bueno que esté hecha para cuando fuere menester. Vuelve allí los ojos a aquella cuadrilla de sastres que están acabando unas vistas[184] para un tonto que se casa a ciegas, que es lo mismo que por relación, con una doncella tarasca, fea, pobre y necia, y le han hecho creer al contrario con un retrato que le trujo un casamentero, que a estas horas se está levantando con un pleitista que vive pared y medio dél[185], el uno a cansar ministros y el otro a casar todo el linaje humano; que solamente tú, por estar tan alto, estás seguro deste demonio, que en algún modo lo es más que yo. Vuelve los ojos y mira aquel cazador mentecato del gallo[186], que está ensillando su rocin a estas horas y poniendo la escopeta debajo del caparazón, y deja de dormir de aquí a las nueve de la mañana por ir a matar un conejo, que le costaría mucho menos aunque le comprara en la despensa de Judas[187]. Y al mismo tiempo advierte cómo a la puerta de aquel rico avariento echan un niño, que por partes de[188] su padre puede pretender la beca del Antecristo[189], y él, en grado de apelación, da con él en casa de un señor que vive junto a la suya, que tiene talle de comérselo antes que criallo, porque ha días que su despensa espera el domingo de casi ración[190]. Pero ya el día no nos deja pasar adelante; que el agua ardiente y el letuario[191] son sus primeros crepúsculos, y viene el sol haciendo cosquillas a las estrellas, que están jugando a salga la parida[192], y dorando la píldora[193] del mundo, tocando al arma a tantas bolsas y talegos y dando rebato a tantas ollas, sartenes y cazuelas, y no quiero que se valga de mi industria para ver los secretos que le negó la noche: cuéstele brujeleallo por resquicios, claraboyas y chimeneas.

Y volviendo a poner la tapa al pastelón, se bajaron a las calles.


TRANCO III


Ya comenzaban en el puchero humano de la Corte a hervir hombres y mujeres, unos hacia arriba, y otros hacia abajo, y otros de través, haciendo un cruzado[194] al son de su misma confusión[195], y el piélago racional de Madrid a sembrarse de ballenas[196] con ruedas, que por otro nombre llaman coches, trabándose la batalla del día, cada uno con disinio y negocio diferente, y pretendiéndose engañar los unos a los otros, levantándose una polvareda de embustes y mentiras, que no se descubría una brizna de verdad por un ojo de la cara[197], y don Cleofás iba siguiendo a su camarada, que le había metido por una calle algo angosta, llena de espejos por una parte y por otra, donde estaban muchas damas y lindos mirándose y poniéndose de diferentes posturas de bocas, guedejas, semblantes, ojos, bigotes, brazos y manos, haciéndose cocos[198] a ellos mismos. Preguntóle don Cleofás qué calle era aquélla, que le parecía que no la había visto en Madrid, y respondióle el Cojuelo:

—Ésta se llama la calle de los Gestos, que solamente saben a ella estas figuras de la baraja de la Corte, que vienen aquí a tomar el gesto con que han de andar aquel día, y salen con perlesia de lindeza, unos con la boquita de riñón[199], otros con los ojitos dormidos, roncando[200] hermosura, y todos con los dos dedos de las manos, índice y meñique, levantados, y esotros, de Gloria Patri[201]. Pero salgámonos muy apriesa de aquí; que con tener estómago de demonio y no haberme mareado las maretas[202] del infierno, me le han revuelto estas sabandijas, que nacieron para desacreditar la naturaleza y el rentoy[203].

Con esto, salieron desta calle a una plazuela donde había gran concurso de viejas que había sido damas cortesanas[204], y mozas que entraban a ser lo que ellas habían sido, en grande contratación unas con otras. Preguntó el Estudiante a su camarada qué sitio era aquél, que tampoco le había visto, y él le respondió:

—Éste es el baratillo de los apellidos, que aquellas damas pasas truecan con estas mozas albillas[205] por medias traídas, por zapatos viejos, valonas, tocas y ligas, como ya no las han menester; que el Guzmán, el Mendoza, el Enríquez, el Cerda, el Cueva, el Silva, el Castro, el Girón[206], el Toledo, el Pacheco, el Córdova, el Manrique de Lara, el Osorio, el Aragón, el Guevara y otros generosos apellidos los ceden a quien los ha menester ahora para el oficio que comienza, y ellas quedan con sus patronímicos primeros de Hernández, Martínez, López, Rodríguez, Pérez, González, etcétera; porque al fin de los años mil, vuelven los nombres[207] por donde solían ir.

—Cada día—dijo el Estudiante—hay cosas nuevas en la Corte.

Y, a mano izquierda, entraron a otra plazuela al modo de la de los Herradores[208], donde se alquilaban tías, hermanos, primos y maridos, como lacayos y escuderos, para damas de achaque[209] que quieren pasar en la Corte con buen nombre y encarecer su mercadería.

A la mano derecha deste seminario andante estaba un grande edificio, a manera de templo sin altar, y en medio dél, una pila grande de piedra, llena de libros de caballerías y novelas[210], y alrededor, muchos muchachos de diez a diez y siete años y algunas doncelluelas de la misma edad, y cada uno y cada una con su padrino al lado, y don Cleofás le preguntó[211] su compañero que le dijese qué era esto, que todo le parecía que lo iba soñando. El Cojuelo le dijo:

—Algo tiene de eso este fantástico aparato; pero ésta es, don Cleofás, en efeto, la pila de los dones, y aquí se bautizan los que vienen a la Corte sin él. Todos aquellos muchachos son pajes para señores, y aquellas muchachas, doncellas para señoras de media talla[212], que han menester el don para la autoridad de las casas que entran a servir[213], y agora les acaban de bautizar con el don. Por allí entra agora una fregona con un vestido alquilado, que la trae su ama a sacar de don, como de pila, para darla el tusón[214] de las damas, porque le pague en esta moneda lo que le ha costado el crialla, y aun ella parece que se quiere volver al paño[215], según viene bruñida de esmeril.

—Un moño y unos dientes postizos y un guardainfante pueden hacer esos milagros—dijo don Cleofás—. Pero ¿qué acompañamiento—prosiguió diciendo—es este que entra agora, de tanta gente lucida, por la puerta deste templo consagrado al uso del siglo?

—Traen a bautizar—dijo el Cojuelo—un regidor muy rico, de un lugar aquí cercano, de edad de setenta años, que se viene al don por su pie, porque sin él le han aconsejado sus parientes que no cae tan bien el regimiento. Llámase Pascual, y vienen altercando si sobre Pascual le vendrá bien el don, que parece don estravagante[216] de la iglesia de los dones.

—Ya tienen ejemplar—dijo don Cleofás—en don Pascual, ese que llamaron todos loco, y yo, Diógenes de la ropa vieja, que andaba cubierta la cabeza con la capa, sin sombrero, en traje de profeta, por esas calles.

—Mudáranle el nombre, a mi parecer—prosiguió el Cojuelo—, por no tener en su lugar regidor Pascual, como cirio de los regidores.

—Dios les inspire—dijo don Cleofás—lo que más convenga a su regimiento, como la cristiandad de los regidores ha menester.

—En acabando de tomar el señor regidor—dijo el Cojuelo—el agua del don, espera allí un italiano hacer lo mismo con un elefante que ha traído a enseñar a la puerta del Sol.

—Los más suelen llamarse—dijo el Estudiante—don Pedros, don Juanes y don Alonsos. No sé cómo ha tenido tanto descuido su ayo o naire, como lo llaman los de la India Oriental; plebeyo debía de ser este animal, pues ha llegado tan tarde al don. Vive Dios que me le he de quitar yo, porque me desbautizan y desdonan los que veo.

—Sígueme—dijo el Cojuelo—, y no te amohines; que bien sabe el don dónde está; que se te ha caído en el Cleofás como la sopa en la miel.

Con esto, salieron del soñado (al parecer) edificio, y enfrente dél descubrieron otro, cuya portada estaba pintada de sonajas, guitarras, gaitas zamoranas, cencerros, cascabeles, ginebras[217], caracoles, castrapuercos[218], pandorga prodigiosa de la vida, y preguntó don Cleofás a su amigo qué casa era aquella que mostraba en la portada tanta variedad de instrumentos vulgares[219],—que tampoco la he visto en la Corte, y me parece que hay dentro mucho regocijo y entretinimiento.

—Esta es la casa de los locos—respondió el Cojuelo—que ha poco que se instituyó en la Corte, entre unas obras pías que dejó un hombre muy rico y muy cuerdo, donde se castigan y curan locuras que hasta agora no lo habían parecido.

—Entremos dentro—dijo don Cleofás—por aquel postiguillo que está abierto, y veamos esta novedad de locos.

Y, diciendo y haciendo, se entraron los dos, uno tras otro; pasando un zaguán, donde estaban algunos de los convalecientes pidiendo limosna para los que estaban furiosos, llegaron a un patio cuadrado, cercado de celdas pequeñas por arriba y por abajo, que cada una dellas ocupaba un personaje de los susodichos. A la puerta de una dellas estaba un hombre, muy bien tratado de vestido, escribiendo sobre la rodilla y sentado sobre una banqueta, sin levantar los ojos del papel, y se había sacado uno con la pluma sin sentillo. El Cojuelo le dijo:

—Aquél es un loco arbitrista[220] que ha dado en decir que ha de hacer la reducción de los cuartos, y ha escrito sobre ello más hojas de papel que tuvo el pleito de don Alvaro de Luna.

—Bien haya quien le trujo a esta casa—dijo don Cleofás—; que son los locos más perjudiciales de la república.

—Esotro que está en esotro aposentillo—prosiguió el Cojuelo—es un ciego enamorado, que está con aquel retrato en la mano[221], de su dama, y aquellos papeles que le ha escrito, como si pudiera ver lo uno ni leer lo otro, y da en decir que ve con los oídos. En esotro aposentillo lleno de papeles y libros está un gramaticón[222] que perdió el juicio buscándole a un verbo griego el gerundio. Aquel que está a la puerta de esotro aposentillo con unas alforjas al hombro y en calzón blanco, le han traído porque, siendo cochero, que andaba siempre a caballo, tomó oficio de correo de a pie. Esotro que está en esotro de más arriba con un halcón en la mano, es un caballero que, habiendo heredado mucho de sus padres, lo gastó todo en la cetrería y no le ha quedado más que aquel halcón en la mano, que se las come de hambre. Allí está un criado de un señor que, teniendo qué comer, se puso a servir. Allí está un bailarín que se ha quedado sin son, bailando en seco. Más adelante está un historiador que se volvió loco de sentimiento de haberse perdido tres décadas de Tito Livio. Más adelante está un colegial cercado de mitras, probándose la que le viene mejor, porque dió en decir que había de ser obispo. Luego, en esotro aposentillo, está un letrado que se desvaneció en pretender plaza de ropa[223], y de letrado dió en sastre, y está siempre cortando y cosiendo garnachas. En esotra celda, sobre un cofre lleno de doblones, cerrado con tres llaves, está sentado un rico avariento, que sin tener hijo ni pariente que le herede, se da muy mala vida, siendo esclavos de su dinero y no comiendo más que un pastel[224] de a cuatro, ni cenando más que una ensalada de pepinos, y le sirve de cepo su misma riqueza. Aquel que canta en esotra jaula es un músico sinsonte, que remeda los demás pájaros, y vuelve de cada pasaje como de un parasismo. Está preso en esta cárcel de los delictos del juicio, porque siempre cantaba, y cuando le rogaban que cantase, dejaba de cantar.

—Impertinencia es ésa casi de todos los desta profesión.

—En el brocal de aquel pozo que está en medio del patio se está mirando siempre una dama muy hermosa, como lo verás si ella alza la cabeza, hija de pobres y humildes padres, que queriéndose casar con ella muchos hombres ricos y caballeros, ninguno la contentó, y en todos halló una y muchas faltas, y está atada allí en una cadena porque, como Narciso, enamorada de su hermosura, no se anegue en el agua que le sirve de espejo, no teniendo en lo que pisa[225] al sol ni a todas las estrellas. En aquel pobre aposentillo enfrente, pintado por defuera de llamas, está un demonio casado, que se volvió loco con la condición de su mujer.

Entonces don Cleofás le dijo al compañero que le enseñaba todo este retablo de duelos:

—Vámonos de aquí, no nos embarguen[226] por alguna locura qué nosotros ignoramos; porque en el mundo todos somos locos, los unos de los otros[227].

El Cojuelo dijo:

—Quiero tomar tu consejo, porque, pues los demonios enloquecen, no hay que fiar de sí nadie.

—Desde vuestra primera soberbia—dijo don Cleofás—todos lo estáis; que el infierno es casa de todos los locos más furiosos del mundo.

—Aprovechado estás—dijo el Cojuelo—, pues hablas en lenguaje ajustado.

Con esta conversación salieron de la casa susodicha, y a mano derecha dieron en una calle algo dilatada, que por una parte y por otra estaba colgada de ataúdes, y unos sacristanes con sus sobrepellices[228] paseándose junto a ellos, y muchos sepultureros abriendo varios sepulcros, y don Cleofás le dijo a su camarada:

—¿Qué calle es ésta, que me ha admirado más que cuantas he visto, y me pudiera obligar a hablar más espiritualmente que con lo primero de que tú te admiraste?

—Ésta es más temporal y del siglo que ninguna—le respondió el Cojuelo—, y la más necesaria, porque es la ropería de los agüelos, donde[229] cualquiera, para todos los actos positivos[230] que se le ofrece y se quiere vestir de un agüelo, porque el suyo no le viene bien, o está traído, se viene aquí, y por su dinero escoge el que le está más a propósito. Mira allí aquel caballero torzuelo[231] cómo se está probando una agüela que ha menester, y esotro, hijo de quien él quisiere, se está vistiendo otro agüelo, y le viene largo de talle. Esotro más abajo da por otro agüelo el suyo, y dineros encima, y no se acaba de concertar, porque le tiene más de costa al sacristán, que es el ropero. Otro, a esotra parte, llega a volver un agüelo suyo de dentro afuera y de atrás adelante, y a tremendallo con la agüela de otro. Otro viene allí con la justicia a hacer que le vuelvan un agüelo que le habían hurtado, y le ha hallado colgado en la ropería. Si hubieres menester algún agüelo o agüela para algún crédito de tu calidad, a tiempo estamos, don Cleofás Leandro; que yo tengo aquí un ropero amigo que desnuda los difuntos la primera noche que los entierran, y nos le fiará por el tiempo que quisieres.

—Dineros he menester yo; que agüelos no—respondió el Estudiante—: con los míos me haga Dios bien[232]; que me han dicho mis padres que deciendo de Leandro el animoso, el que pasaba el mar de Abido

«en amoroso fuego todo ardiendo»[233],

y tengo mi ejecutoria en las obras sueltas de Boscán y Garcilaso[234].

—Contra hidalguía en verso—dijo el Diablillo—no hay olvido ni chancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes.

—Si a mí me hicieran merced[235]—prosiguió don Cleofás—, entre Salicio y Nemoroso[236] se habían de hacer mis diligencias, que no me habían de costar cien reales; que allí tengo mi Montaña, mi Galicia, mi Vizcaya y mis Asturias[237].

—Dejemos vanidades agora—dijo el Cojuelo—: que ya sé que eres muy bien nacido en verso y en prosa, y vamos en busca de un figón, a almorzar y descansar, que bien lo habrás menester por lo trasnochado y madrugado, y después proseguiremos nuestras aventuras.


TRANCO IV


Dejemos a estos caballeros en su figón almorzando y descansando, que sin dineros pedían las pajaritas que andaban volando por el aire[238] y al fénix empanado[239], y volvamos a nuestro astrólogo regoldano[240] y nigromante enjerto, que se había vestido con algún cuidado de haber sentido pasos en el desván la noche antes, y, subiendo a él, halló las ruinas que había dejado su familiar en los pedazos de la redoma, y mojados sus papeles, y el tal Espíritu ausente; y viendo el estrago y la falta de su Demoñuelo, comenzó a mesarse las barbas y los cabellos, y a romper sus vestiduras[241], como rey a lo antiguo. Y estando haciendo semejantes estremos y lamentaciones, entró un diablejo zurdo, mozo de retrete de Satanás, diciendo que Satanás su señor le besaba las manos[242]; que había sentido la bellaquería que había usado el Cojuelo; que él trataría de que se castigase, y que entre tanto se quedase él sirviéndole en su lugar. Agradeció mucho el cuidado el Astrólogo y encerró el tal espíritu en una sortija de un topacio grande, que traía en un dedo, que antes había sido de un médico, con que a todos cuantos había tomado el pulso había muerto. Y en el infierno se juntaron entre tanto, en sala plena, los más graves jueces de aquel distrito, y haciendo notorio a todos el delito del tal Cojuelo, mandaron despachar requisitoria para que le prendiesen en cualquier parte que le hallasen, y se le dió esta comisión[243] a Cienllamas, demonio comisionario que había dado muy buena cuenta de otras que le habían encargado, y llevándose consigo por corchetes a Chispa y a Redina, demonios a las veinte[244], y subiéndose en la mula de Liñán[245], salió del infierno con vara alta[246] de justicia en busca del dicho delincuente.

En este tiempo, sobre la paga de lo que habían almorzado habían tenido una pesadumbre el revoltoso Diablillo y don Cleofás con el Figón[247], en que intervinieron asadores y torteras, porque lo que es del diablo, el diablo se lo ha de llevar, y acudiendo la justicia al alboroto, se salieron por una ventana, y cuando el alguacil de Corte con la gente que llevaba pensaba cogellos, estaban ya de esotra parte de Getafe, en demanda de Toledo, y dentro de un minuto, en las ventillas de Torrejón, y en un cerrar de ojos, a vista de la puerta de Visagra, dejando la real fábrica del hospital de afuera a la derecha mano; y volviéndose el Estudiante al camarada, le dijo:

—Lindos atajos sabes: malhaya quien no caminara contigo todo el mundo, mejor que con el Infante don Pedro de Portugal, el que anduvo las siete[248] partidas dél.

—Somos gente de buena maña—respondió el Cojuelo.

Y cuando estaban hablando en esto, llegaban al barrio que llaman de la Sangre de Cristo y al mesón de la Sevillana[249], que es el mejor de aquella ciudad. El Diablo Cojuelo le dijo al Estudiante:

—Ésta es muy buena posada para pasar esta noche y para descansar de la pasada; éntrate dentro y pide un aposento y que te aderecen de cenar; que a mí me importa llegarme esta noche a Constantinopla a alborotar el serrallo del Gran Turco y hacer degollar doce o trece hermanos que tiene, por miedo de que no conspiren[250] a la Corona, y volverme de camino por los Cantones de los esguízaros[251] y por Ginebra a otras diligencias deste modo, por sobornar con algunos servicios a mi amo, que debe de estar muy indignado contra mí por la travesura pasada; que yo estaré contigo antes que den las siete dé la mañana.

Y, diciendo y haciendo, se metió por esos aires como por una viña vendimiada, meando la pajuela[252] a todo pajarote y ciudadano de la región etérea, a fuer de los de la jerigonza crítica[253], y don Cleofás se entró a tomar posada, que, aunque estaba llena de muchos pasajeros que habían venido con los galeones y pasaban a la Corte, con todo, al güésped nuevo hicieron cortesía, porque la persona de don Cleofás traía consigo cartas de recomendación[254], como dicen los cortesanos antiguos.

Convidáronle a cenar unos caballeros soldados aquella noche, preguntándole nuevas de Madrid, y después de haber cumplido con la celebridad de los brindis por el Rey (Dios le guarde), por sus damas y sus amigos[255], y haber dado las aceitunas[256] con los palillos carta de pago de la cena, se fué cada uno a recoger a su aposento, porque habían de tomar la madrugada para llegar con tiempo a Madrid, y don Cleofás hizo lo mismo en el que le señaló el Güésped, sintiendo la soledad[257] del compañero en algún modo, porque le traía tan entretenido; y haciendo varios discursos sobre el almohada, se quedó como un pajarito[258], jurando al silencio de las sombras, como lo demás del mundo, el mesón de la Sevillana el natural vasallaje con el sueño, que solas [las][259] grullas, los murciélagos y lechuzas estaban de posta a su cuerpo de guardia, cuando a las dos de la noche unas temerosas voces repetían: «¡Fuego, fuego!» despertaron a los dormidos pasajeros, con el sobresalto y asombro que suele causar cualquier alboroto a los que están durmiendo, y más oyendo apellidar «¡fuego!», voz que con más terror atemoriza los ánimos más constantes, rodando unos las escaleras por bajar más apriesa, otros, saltando por las ventanas que caían al patio de la posada, otros que, por las pulgas u temor de las chinches, dormían en cueros, como vinagre, hechos Adanes del baratillo[260], poniendo las manos donde habían de estar las hojas de higuera, siguiendo a los demás, y acompañándolos don Cleofás, con los calzones revueltos al brazo y una alfajía que, por no encontrar la espada, halló acaso en su aposento, como si en los incendios y fantasmas importase andar a palos ni a cuchilladas, natural socorro del miedo en las repentinas invasiones.

Salió, en esto, el Güésped en camisa, los pies en unas empanadas de Frenegal[261], cinchado con una faja de grana de polvo[262] el estómago, y un candil de garabato en la mano, diciendo que se sosegasen; que aquel ruido no era de cuidado; que se volviesen a sus camas, que él pondría remedio en ello. Apretóle don Cleofás, como más amigo de saber, le dijese la causa de aquel alboroto; que no se había de volver a acostar sin descifrar aquel misterio. El Güésped le dijo muy severo[263] que era un estudiante de Madrid, que había dos u tres meses que entró a posar en su casa, y que era poeta de los que hacen comedias, y que había escrito dos, que se las habían chillado en Toledo y apedreado como viñas[264], y que estaba acabando de escribir la comedia de Troya abrasada, y que sin duda debía de haber llegado al paso del incendio, y se convertía tanto en lo que escribía, que habría dado aquellas voces; que por otras experiencias pasadas sacaba él que aquello era verdad infalible como él decía; que para confirmallo subiesen con él a su aposento y hallarían verdadero este discurso.

Siguieron al Güésped todos de la suerte que estaban, y entrando en el aposento del tal Poeta, le hallaron tendido en el suelo, despedazada la media sotanilla, revolcado en papeles y echando espumarajos por la boca, y pronunciando con mucho desmayo: «¡Fuego, fuego!», que casi no podía echar la habla, porque se le había metido monja. Llegaron a él muertos de risa y llenos de piedad todos, diciéndole:

—Señor Licenciado, vuelva en sí y mire si quiere beber o comer algo para este desmayo.

Entonces el Poeta, levantando como pudo la cabeza, dijo:

—Si es Eneas y Anquises, con los Penates y el amado Ascanio, ¿qué aguardáis aquí, que está ya el Ilión hecho cenizas, y Príamo, Paris y Policena, Hécuba y Andrómaca han dado el fatal tributo a la muerte, y a Elena, causa de tanto daño, llevan su presa Menalao[265] y Agamenón? Y lo peor es que los mirmidones se han apoderado del tesoro troyano.

—Vuelva a su juicio—dijo el Gúesped—; que aquí no hay almidones ni toda esa tropelía de disparates que ha referido, y mucho mejor fuera llevalle a casa del Nuncio[266], donde pudiera ser con bien justa causa mayoral de los locos, y metelle en cura; que se le han subido los consonantes a la cabeza, como tabardillo.

—¡Qué bien entiende de afectos el señor Güésped!—respondió el Poeta, encorporándose un poco más.

—De afectos ni de afeites—dijo el Güésped—no quiero entender, sino de mi negocio: lo que importa es que mañana hagamos cuenta de lo que me debe de posada, y se vaya con Dios; que no quiero tener en ella quien me la alborote cada día con estas locuras: basten las pasadas, pues comenzando a escribir, recién llegado aquí, la comedia de El Marqués de Mantua, que zozobró y fué una de las silbadas, fueron tantas las prevenciones de la caza y las voces que dió, llamando a los perros Melampo, Oliveros, Saltamontes, Tragavientos, etcétera, y el «¡Ataja, ataja!» y el «¡Guarda el oso cerdoso, y el jabalí colmilludo!», que malparió una señora preñada que pasaba del Andalucía a Madrid, del sobresalto; y en esotra de El Saco de Roma, que entrambas parecieron cual tenga la salud[267], fué el[268] estruendo de las cajas y trompetas, haciendo pedazos las puertas y ventanas deste aposento a tan desusadas horas como éstas, y el «¡Cierra, España!»[269], «¡Santiago, y a ellos!», y el jugar la artillería con la boca[270], como si hubiera ido a la escuela con un petardo, o criádose con el basilisco de Malta[271], que engañó el rebato a una compañía de infantería que alojaron[272] aquella noche en mi casa, de suerte, que, tocando al arma, se hubieron de hacer a escuras unos soldados pedazos con otros, acudiendo al ruido medio Toledo con la justicia, echándome las puertas abajo, y amenazó a hacer una de todos los diablos; que es poeta grulla, que siempre está en vela, y halla consonantes a cualquiera hora de la noche y de la madrugada.

El Poeta dijo entonces:

—Mucho mayor alboroto fuera si yo acabara aquella comedia de que tiene vuesa merced en prendas dos jornadas por lo que le debo, que la llamo Las Tinieblas de Palestina, donde es fuerza que se rompa el velo de el Templo en la tercera jornada, y se escurezca el sol y la luna, y se den unas piedras con otras, y se venga abajo toda la fábrica celestial con truenos y relámpagos, cometas y exhalaciones, en sentimiento de su Hacedor; que por faltarme los nombres que he de poner a los sayones no la he acabado. ¡Ahí me dirá vuesa merced, señor Güésped, qué fuera ello!

—Váyase—dijo el Mesonerazo—a acaballa al Calvario, aunque no faltará en cualquiera parte que la escriba o la representen quien le crucifique a silbos, legumbre y edificio[273].

—Antes resucitan con mis comedias los autores—dijo el Poeta—; y para que conozcan todos vuesas mercedes esta verdad y admiren el estilo que llevan todas las que yo escribo, ya que se han levantado a tan buen tiempo, quiero leelles ésta.

Y, diciendo y haciendo, tomó en la mano una rima de vueltas de cartas viejas, cuyo bulto se encaminaba más a pleito de tenuta[274] que a comedia, y arqueando las cejas y deshollinándose los bigotes, dijo, leyendo el título, de esta suerte:

Tragedia Troyana, Astucias de Sinón, Caballo griego, Amantes adúlteros y Reyes endemoniados. Sale lo primero por el patio, sin haber cantado, el Paladión[275], con cuatro mil griegos por lo menos, armados de punta en blanco[276], dentro dél.

—¿Cómo—le replicó un caballero soldado de aquellos que estaban en cueros, que parece que se habían de echar a nadar en la comedia—puede toda esa máquina entrar por ningún patio ni coliseo de cuantos hay en España, ni por el del Buen Retiro, afrenta de los romanos anfiteatros, ni por una plaza de toros?

—¡Buen remedio!—respondió el Poeta—. Derribaráse el corral y dos calles junto a él para que quepa esta tramoya, que es la más portentosa y nueva que los teatros han visto; que no siempre sucede hacerse una comedia como ésta, y será tanta la ganancia, que podrá muy bien a sus ancas sufrir todo este gasto. Pero escuchen, que ya comienza la obra, y atención, por mi amor. Salen por el tablado, con mucho ruido de chirimías y atabalillos, Príamo, rey de Troya, y el príncipe Paris, y Elena, muy bizarra en un palafrén, en medio, y el Rey a la mano derecha (que siempre desta manera guardo el decoro a las personas reales), y luego, tras ellos, en palafrenes negros, de la misma suerte, once mil dueñas a caballo.

—Más dificultosa apariencia es ésa que esotra—dijo uno de los oyentes—, porque es imposible que tantas dueñas juntas se hallen.

—Algunas se harán de pasta[277]—dijo el Poeta—, y las demás se juntarán de aquí para allí; fuera de que si se hace en la Corte, ¿qué señora habrá que no envíe sus dueñas prestadas para una cosa tan grande, por estar los días que se representare la comedia, que será, por lo menos, siete u ocho meses, libres de tan cansadas sabandijas?[278]

Hubiéronse de caer de risa los oyones[279], y de una carcajada se llevaron media hora de reloj, al son de los disparates del tal Poeta, y él prosiguió diciendo:

—No hay que reírse; que si Dios me tiene de sus consonantes, he de rellenar el mundo de comedias mías, y ha de ser Lope de Vega (prodigioso monstruo español y nuevo Tostado en verso) niño de teta conmigo, y después me he de retirar a escribir un poema heroico para mi posteridad, que mis hijos o mis sucesores hereden, en que tengan toda su vida que roer sílabas. Y agora oigan vuesas mercedes...:—amagando a comenzar (el brazo derecho levantado) los versos de la comedia, cuando todos a una voz le dijeron que lo dejase para más espacio, y el Güésped, indignado, que sabía poco de filis[280], le volvió a advertir que no había de estar un día más en la posada.

La encamisada[281], pues, de los caballeros y soldados se puso a mediar con el Güésped el caso[282], y don Cleofás, sobre un Arte poética de Rengifo[283], que estaba también corriendo borrasca entre esotros legajos por el suelo, tomó pleito homenaje[284] al tal poeta, puestas las manos sobre los consonantes, jurando que no escribiría más comedias de ruido, sino de capa y espada, con que quedó el Güésped satisfecho; y con esto se volvieron a sus camas, y el Poeta, calzado y vestido, con su comedia en la mano, se quedó tan aturdido sobre la suya, que apostó a roncar con los Sietes Durmientes[285], a peligro de no valer la moneda cuando despertase.


TRANCO V


Dentro de muy pocas horas lo fué de volverse a levantar los güéspedes al quitar[286], haciendo la cuenta con ellos de la noche pasada el güésped de por vida, esperezándose y bostezando de lo trasnochado con el Poeta, y trataron de caminar, ensillando los mozos de mulas y poniendo los frenos al son de seguidillas y jácaras, y brindándose con vino y pullas los unos a los otros, ribeteándolas con tabaco en polvo y en humo, cuando don Cleofás también despertó, tratando de vestirse, con algunas saudades[287] de su dama: que las malas correspondencias de las mujeres a veces despiertan más la voluntad; y antes que diesen las ocho, como había dicho, entró por el aposento el camarada, en traje turquesco, con almalafa y turbante, señales ciertas de venir de aquel país, diciendo:

—¿Heme tardado mucho en el viaje, señor Licenciado?

El le respondió sonriéndose:

—Menos se tardó vuesa merced desde el cielo al infierno, con haber más leguas, cuando rodó con todos esos príncipes que no han podido gatear otra vez a la maroma de donde cayeron.

—¿Al amigo, señor don Cleofás—respondió el Cojuelo—, chinche en el ojo[288], como dice el refrán de Castilla? ¡Bueno, bueno!

—Pocos hay—respondió el Estudiante—que en ofreciéndose el chiste, miren esos respetos; pero esto lo digo yo en galantería[289], y la amistad[290] que hay ya entre nosotros. Mas dejando esto aparte, ¿cómo nos ha ido[291] por esos mundos?

—Hice todo a lo que fuí, y mucho más—respondió el genízaro recién venido—, y si quisiera, me jurara por Gran Turco aquella buena gente; que a fe que alguna guarda mejor su palabra, y saben decir verdad y hacer amistades, que vosotros los cristianos.

—¡Qué presto te pagaste!—dijo don Cleofás—. Algún cuarto debes de tener de demonio villano.

—Es imposible—respondió el Cojuelo—, porque decendemos todos de la más noble y más alta Montaña de la tierra y del cielo, y aunque seamos zapatero de viejo, en siendo montañeses, todos somos hidalgos[292]; que muchos dellos nacen, como los escarabajos y los ratones, de la putrefacción.

—Bien sé que sabes Filosofía—le dijo don Cleofás—mejor que si la hubieras estudiado en Alcalá, y que eres maestro en primeras licencias. Dejemos estas digresiones y acaba de darme cuenta de tu jornada.

—Con el traje del país, como ves—respondió el Diablillo—, por ensuciallos todos, como cierto amigo que, por desaseado en estremo, ensució el de soldado, el de peregrino y estudiante, volví por los Cantones, por la Bertolina[293] y Ginebra, y no tuve que hacer nada en estos países, porque sus paisanos son demonios de si mismos, y éste es el juro de heredad que más seguro tenemos en el infierno, después de las Indias[294]. Fuí a Venecia, por ver una población tan prodigiosa, que está fundada en el mar, y de su natural condición tan bajel de argamasa y sillería, que, como la tiene en peso el piélago Mediterráneo, se vuelve a cualquier viento que le sopla. Estuve en la plaza de San Marcos, platicando con unos criados de unos clarísimos[295], esta mañana, y hablando en[296] las gacetas de la guerra, les dije que en Constantinopla se había sabido, por espías que estaban en España, que hay grandes prevenciones della, y tan prodigiosas, que hasta los difuntos se levantan, al son de las cajas, de los sepulcros para este efeto, y hay quien diga que entre ellos había resucitado el gran Duque de Osuna[297]; y apenas lo acabé de pronunciar, cuando me escurrí, por no perder tiempo en mis diligencias, y, dejando el seno adriático me sorbí la Marca de Ancona, y por la Romanía, a la mano izquierda, dejé a Roma, porque aun los demonios, por cabeza de la Iglesia militante, veneramos su población. Pasé por Florencia a Milán, que no se le da con su castillo dos blancas de la Europa. Vi a Génova[298] la bella, talego del mundo, llena de novedades, y, golfo lanzado[299], toqué a Vinaroz[300] y a los Alfaques, pasando el de León y Narbona. Llegué a Valencia, que juega cañas dulces con la primavera, metíme en la Mancha, que no hay greda que la pueda sacar, entré en Madrid, y supe que unos parientes de tu dama te andaban a buscar para matarte, porque dicen que la has dejado sin reputación; y lo peor es lo que me chismeó Zancadilla, demonio espía del infierno y sobrestante de las tentaciones: que me andaba a buscar Cienllamas con una requisitoria; y soy de parecer, para oviar[301] estos dos riesgos, que pongamos tierra en medio. Vámonos al Andulucía[302], que es la más ancha del mundo; y pues yo te hago la costa, no tienes que temer nada; que, con el romance que dice:

«Tendré el invierno en Sevilla
y el veranito en Granada»[303],

no hemos de dejar lugar en ella que no trajinemos.

Y volviéndose a la ventana que salía a la calle, le dijo:

—Hágote puerta de mesón. Vamos, y sígueme por ella, don Cleofás; que hemos de ir a comer a la venta de Darazután[304], que es en Sierra-morena, veinte y dos o veinte y tres leguas[305] de aquí.

—No importa—dijo don Cleofás—, si eres demonio de portante[306], aunque cojo.

Y diciendo esto, salieron los dos por la ventana, flechados de sí mismos[307], y el Güésped, desde la puerta, dándole voces al Estudiante cuando le vió por el aire, diciendo que le pagase la cama y la posada, y don Cleofás respondiendo que en volviendo del Andalucía cumpliría con sus obligaciones; y el Güésped, que parecía que lo soñaba, se volvió santiguando y diciendo:

—Pluguiera a Dios, como se me va éste, se me fuera el Poeta, aunque se me llevara la cama y todo asida a la cola.

Ya, en esto, el Cojuelo y don Cleofás descubrían la dicha venta, y, apeándose del aire, entraron en ella, pidiendo al Ventero de comer, y él les dijo que no había quedado en la venta más que un conejo y un perdigón, que estaban en aquel asador entreteniéndose a la lumbre.

—Pues trasládenlos a un plato—dijo don Cleofás—, señor Ventero, y venga el salmorejo[308], poniéndonos la mesa, pan, vino y salero.

El Ventero respondió que fuese en buen hora; pero que esperasen que acabasen de comer unos estranjeros que estaban en eso, porque en la venta no había otra mesa más que la que ellos ocupaban. Don Cleofás dijo:

—Por no esperar, si estos señores nos dan licencia, podremos comer juntos, y ya que ellos van en la silla, nosotros iremos en las ancas.

Y sentándose los dos al paso que lo decían, fué todo uno, trayéndoles el Ventero la porción susodicha, con todas sus adherencias y incidencias[309], y comenzaron a comer en compañía de los estranjeros, que el uno era francés, el otro inglés, el otro italiano y el otro tudesco, que había ya pespuntado la comida más aprisa a brindis de vino blanco y clarete, y tenía a orza la testa[310], con señales de vómito y tiempo borrascoso, tan zorra[311] de cuatro costados[312], que pudiera temelle el corral de gallinas del Ventero. El Italiano preguntó a don Cleofás que de adonde venía, y él le respondió que de Madrid. Repitió el Italiano:

—¿Qué nuevas hay de la guerra, señor Español?

Don Cleofás le dijo:

—Agora todo es guerra.

—Y ¿contra quién dicen?—replicó el Francés.

—Contra todo el mundo—le respondió don Cleofás—, para ponerlo todo él a los pies del Rey de España.

—Pues a fe—replió el Francés—que primero que el Rey de España....

Y antes que acabase la razón el Gabacho, dijo don Cleofás:

—El Rey de España....

Y el Cojuelo le fué a la mano, diciendo:

—Déjame, don Cleofás, responder a mí, que soy español por la vida, y con quien vengo, vengo[313]; que les quiero con alabanzas del Rey de España dar un tapaboca a estos borrachos, que si leen las historias della, hallarán que por Rey de Castilla tiene virtud de sacar demonios, que es más generosa cirujía que curar lamparones[314].

Los estranjeros, habiendo visto callar al Español, estaban muy falsos[315], cuando el Cojuelo, sentándose mejor y tomando la mano[316], y en traje castellano, que ya había dejado a la guardarropa del viento el turquesco, les dijo:

—Señores míos, mi camarada iba a responder, y a mí, por tener más edad, me toca el hacello; escúchenme atentamente, por caridad. El Rey de España es un generosísimo lebrel, que pasa acaso solo por una calle, y no hay gozque en ella que a ladralle no salga, sin hacer caso de ninguno, hasta que se juntan tantos, que se atreve uno, al desembocar della a otra, pensando que es sufrimiento y no desprecio, a besalle con la boca la cola; entonces vuelve, y dando una manotada a unos y otra a otros, huyen todos de manera, que no saben dónde meterse, y queda la calle tan barrida de gozques y con tanto silencio, que aun a ladrar no se atreven, sino a morder las piedras, de rabia. Esto mismo le sucede siempre con los reyes contrarios, con las señorías y potentados, que son todos gozques con su Majestad[317] Católica; pero guárdese el que se atreviere a besarle la cola; que ha de llevar manotada que escarmiente de suerte a los demás, que no hallen dónde meterse, huyendo dél[318].

Los estranjeros se comenzaron a escarapelar, y el Francés le dijo:

—¡Ah, bugre, coquín español!

Y el Italiano:

—¡Forfante, marrano español!

Y el Inglés:

—¡Nitesgut español[319]!

Y el Tudesco estaba de suerte, que lo dió por recibido, dando permisión que hablasen los demás por él en aquellas cortes.

Don Cleofás, que los vió palotear y echar espadañas de vino y herejías contra lo que había dicho su camarada, acostumbrado a sufrir poco y al refrán de «quien da luego, da dos veces», levantando el banco en que estaban sentados los dos, dió tras ellos, adelantándose el compañero con las muletas en la mano, manejándolas tan bien, que dió con el Francés en el tejado de otra venta que estaba tres leguas de allí, y en una necesaria de Ciudad Real con el Italiano[320], porque muriese hacia donde pecan, y con el Inglés, de cabeza en una caldera de agua hirviendo que tenían para pelar un puerco en casa de un labrador de Adamuz; y al Tudesco, que se había anticipado a caer de bruces a los pies de Cleofás, le volvió al puerto de Santa María, de donde había salido quince días antes, a dormir la zorra[321]. El Ventero se quiso poner en medio, y dió con él en Peralvillo[322], entre aquellas cecinas de Gestas, como en su centro.

Volviéronse, con esto, a sentar a comer de los despojos que había dejado el enemigo, muy de espacio, y estando en los postreros lances de la comida, entraron algunos mozos de mulas en la venta, llamando al Güésped y pidiendo vino, y tras ellos, en el mismo carruaje, una compañía de representantes que pasaban de Córdoba a la Corte, con ganas de tomar un refresco en la venta. Venían las damas en jamugas, con bohemios[323], sombreros con plumas y mascarillas en los rostros, los chapines[324], con plata, colgando de los respaldares de los sillones; y ellos, unos con portamanteos sin cojines, y otros sin cojines ni portamanteos, las capas dobladas debajo, las valonas[325] en los sombreros, con alforjas detrás; y los músicos, con la guitarras en cajas delante de los arzones, y algunos dellos ciclanes de estribos[326], y otros, eunucos, con los mozos que le sirven[327] a las ancas, unos con espuelas sobre los zapatos y las medias, y otros con botas de rodillera, sin ninguna; otros con varas para hacer andar sus cabalgaduras y las de las mujeres. Los apellidos de los más eran valencianos, y los nombres de las representantas[328] se resolvían en Marianas y Anas Marías, hablando todo recalcado[329], con el tono de la representación. La conversación con que entraron en la venta era decir que habían robado a Lisboa, asombrado a Córdoba y escandalizado a Sevilla, y que habían de despoblar a Madrid[330], porque con sola la loa que llevaban para la entrada, de un tundidor de Ecija[331], habían de derribar cuantos autores entrasen en la Corte. Con esto, se fueron arrojando de las cabalgaduras, y los maridos, muy severos[332], apeando en los brazos a sus mujeres, llamando todos al Güésped,

«y él de nada se dolía»[333].

La Autora se asentó en una alhombrilla que la echaron en el suelo; las demás princesas, alrededor, y el Autor andaba solicitando el regalo de todos, como pastor de aquel ganado. Y dijo el Cojuelo:

—Con el señor Autor estoy en pecado mortal de parte de mis camaradas.

—¿Por qué?—dijo don Cleofás.

Respondió el Diablillo:

—Porque es el peor representante del mundo, y hace siempre los demonios en los autos del Corpus, y está perdigado[334] para demonio de veras, y para que haga en el infierno los autores si se representaren comedias; que algunas hacen estas farándulas, que aun para el infierno son malas.

—Uno he visto aquí—dijo don Cleofás—, entre los demás compañeros, que le he deseado cruzar la cara, porque me galanteó en Alcalá una doncella, moza mía, que se enamoró dél viéndole hacer un rey de Dinamarca.

—Doncella—dijo el Cojuelo—debía de ser de allá[335]; pero si quieres—prosiguió—que tomemos los dos venganza del Autor y del Representante, espera y verás cómo lo trazo; porque agora quieren repartir una comedia con que han de secundar en Madrid, y sobre los papeles has de ver lo que pasa.

Al mismo tiempo que decía esto el Cojuelo, el apuntador de la Compañía sacó de un alforja los de una comedia de Claramente[336], que había acabado de copiar en Adamuz el tiempo que estuvieron allí, diciendo al Autor:

—Aquí será razón que se repartan estos papeles, entretanto que se adereza la comida y parece el Güésped.

El Autor vino en ello, porque se dejaba gobernar del tal Apuntador, como de hombre que tenía grandísima curia en la comedia, y había sido estudiante en Salamanca, y le llamaban el Filósofo por mal nombre; y llegando con el papel de la segunda dama a Ana María, mujer del que cantaba los bajetes y bailaba los días de Corpus, habiéndole dado la primera dama a Mariana, la mujer del que cobraba y que hacía su parte también en las comedias de tramoya, arrojándole, dijo que ella había entrado para partir entre[337] las dos los primeros papeles, y que siempre le daban los segundos, y que ella podía enseñar a representar a cuantas andaban en la comedia, porque había representado al lado de las mayores representantas del mundo y en la legua[338] la llamaban Amarilis[339], segunda deste nombre. Esotra le dijo que no sabría mirar lo que ella con su zapato representaba[340], respondiéndole esotra que de cuándo acá tenía tanta soberbia, sabiendo que en Sevilla le prestó hasta las enaguas para hacer el papel de Dido[341] en la gran comedia de don Guillén de Castro, echando a perder la comedia y haciendo que silbasen la compañía.

—Tú eres la silbada—dijo esotra—, y tu ánima[342].

Llegando a las manos y diciéndose palabras mayores, y tan grandes, que alcanzaron a los maridos; y sacando unos con otros las espadas, comenzó una batalla de comedia, metiéndolos en paz los mozos de mulas con los frenos que acababan de quitar; y dejándolos empelotados, se salieron don Cleofás y el Cojuelo de la venta al camino de Andalucía, quedándose abrasando a cuchilladas la compañía que fuera un Roncesvalles del molino del papel[343] si el Ventero no llegara con la Hermandad[344] en busca de los dos que se fueron, para prendello, con escopetas, chuzos y ballestas; y hallando esta nueva matanza en su venta, y jarros, tinajas y platos hechos tantos[345] en la refriega, los apaciguaron, y prendieron a los dichos representantes para llevarlos a Ciudad Real, habiendo de tener otra pelaza más pesada con el alguacil que los traía a Madrid por orden de los arrendadores, con comisión del Consejo[346].


TRANCO VI


En este tiempo, nuestros caminantes, tragando leguas de aire, como si fueran camaleones[347] de alquiler, habían pasado a Adamuz, del gran Marqués del Carpio, Haro y nobilísimo decendiente de los señores antiguos de Vizcaya, y padre ilustrísimo del mayor Mecenas[348] que los antiguos ingenios y modernos han tenido, y caballero que igualó con sus generosas partes su modestia. Y habiéndose sorbido de los siete vados y las ventas de Alcolea, se pusieron a vista de Córdoba por su fertilísima campiña y por sus celebradas dehesas gamonosas[349], donde nacen y pacen tantos brutos, hijos del Céfiro más que los que fingió la antigüedad en el Tajo portugués[350]; y entrando por el Campo de la Verdad[351] (pocas veces pisado de gente desta calaña) a la Colonia[352] y populosa patria de dos Sénecas y un Lucano, y del padre de la Poesía española, el celebrado Góngora, a tiempo que se celebraban fiestas de toros aquel día, y juego de cañas, acto positivo[353] que más excelentemente ejecutan los caballeros de aquella ciudad, y tomando posada en el mesón de las Rejas[354], que estaba lleno de forasteros que habían concurrido a esta celebridad, se apercibieron para ir a vellas, limpiándose el polvo de las nubes; y llegando a la Corredera[355], que es la plaza donde siempre se hacen estas festividades, se pusieron a ver un juego de esgrima que estaba en medio del concurso de la gente, que en estas ocasiones suele siempre en aquella provincia preceder a las fiestas, a cuya esfera no había llegado la línea recta, ni el ángulo obtuso ni oblicuo[356]; que todavía se platicaba el uñas arriba y el uñas abajo de la destreza primitiva que nuestros primeros padres usaron; y acordándose don Cleofás de lo que dice el ingeniosísimo Quevedo en su Buscón[357], pensó[358] perecer de risa, bien que se debe al insigne don Luis Pacheco de Narváez haber sacado de la obscura tiniebla de la vulgaridad a luz la verdad deste arte, y del caos de tantas opiniones las demonstraciones matemáticas desta verdad.

Había dejado en esta ocasión la espada negra[359] un mozo de Montilla, bravo aporreador, quedando en el puesto otro de los Pedroches, no menos bizarro campeón, y arrojándose, entre otros que la fueron a tomar muy apriesa, don Cleofás la levantó primero que todos, admirando la resolución de el forastero, que en el ademán les pareció castellano, y dando a su camarada la capa y la espada, como es costumbre, puso bizarramente las plantas en la palestra. En esto, el Maestro, con el montante[360], barriendo los pies a los mirones, abrió la rueda, dando aplauso[361] a la pendencia vellorí[362], pues se hacía con espadas mulatas; y partiendo el andaluz y el estudiante castellano uno para el otro airosamente, corrieron una ida y venida sin tocarse al pelo de la ropa, y a la segunda, don Cleofás, que tenía algunas revelaciones de Carranza, por el cuarto círculo[363] le dió al andaluz con la zapatilla un golpe de pechos, y él, metiendo el brazal, un tajo a don Cleofás en la cabeza, sobre la guarnición de la espada; y convirtiendo don Cleofás el reparo en revés, con un movimiento accidental[364], dió tan grande tamborilada al contrario, que sonó como si la hubiera dado en la tumba[365] de los Castillas. Alborotáronse algunos amigos y conocidos, que había en el corro, y sobre el montante del señor Maestro le entraron tirando algunas estocadillas veniales al tal don Cleofás, que con la zapatilla, como con agua bendita, se las quitó, y apelando a su espada y capa, y el Cojuelo a sus muletas, hicieron tanta riza[366] en el montón agavillado, que fué menester echalles un toro para ponellos en paz: tan valiente montante de Sierramorena, que a dos o tres mandobles puso la plaza más despejada que pudieran la guarda tudesca y española, a costa de algunas bragas que hicieron por detrás cíclopes a sus dueños[367], encaramándose a un tablado don Cleofás y su camarada, muy falsos[368], a ver la fiesta, haciéndose aire con los sombreros, como si tal no hubiera pasado por ellos; y acechándolos unos alguaciles, porque en estas ocasiones siempre quiebra la soga por lo más forastero[369], habiendo dejarretado el toro, llegaron desde la plaza a caballo, diciéndoles:

—Señor Licenciado y señor Cojo, bajen acá, que los llama el señor Corregidor.

Y haciendo don Cleofás y su compañero orejas de mercader, comenzaron los ministros o vaqueros de la justicia a quererlo intentar con las varas, y agarrándose cada uno de la suya, a vara por barba[370], dijeron a los tales ministros, quitándoselas de las manos de cuajo:

—Sigan[n]os vuesas mercedes si se atreven a alcanzarnos.

Y levantándose por el aire, parecieron cohetes voladores, y los dichos alguaciles, capados de varas, pedían a los gorriones «¡Favor a la justicia!»[371], quedándose suspensos y atribuyendo la agilidad de los nuevos volatines a sueño, haciendo tan alta punta[372] los dos halcones, salvando a Guadalcázar, del ilustre Marqués de este título, del claro apellido de los Córdovas, que dieron sobre el rollo de Écija, diciéndole el Cojuelo a don Cleofás:

—Mira qué gentil árbol berroqueño, que suele llevar hombres, como otros fruta.

—¿Qué coluna tan grande es ésta?—le preguntó don Cleofás.

—El celebrado rollo[373] del mundo—le respondió el Cojuelo.

—Luego ¿esta ciudad es Écija?—le repitió don Cleofás.

—Ésta es Écija, la más fértil población de Andalucía—dijo el Diablillo—, que tiene aquel sol[374] por armas a la entrada de esa hermosa puente, cuyos ojos rasgados lloran a Genil, caudaloso río que tiene su solar en Sierra Nevada, y después, haciendo con el Darro maridaje de cristal, viene a calzar de plata estos hermosos edificios y tanto pueblo de abril y mayo[375]. De aquí fué Garci Sánchez de Badajoz[376], aquel insigne poeta castellano; y en esta ciudad solamente se coge el algodón[377], semilla que en toda España no nace, además de otros veinte y cuatro frutos, sin sembrallos, de que se vale para vender la gente necesitada; su comarca también es fertilísima[378]. Montilla cae aquí a mano izquierda, habitación de los heroicos marqueses de Priego, Córdovas y Aguilares, de cuya gran casa salió, para honra de España, el que mereció llamarse Gran Capitán por antonomasia, y hoy a su Marqués ilustrísimo se le ha acrecentado la casa de Feria, por morir sin hijos aquel gran portento de Italia, que malogró la Fortuna, de envidia; cuyo gran sucesor, siendo mudo, ocupa a grandezas en silencio elocuente las lenguas de la Fama. Más abajo está Lucena, del Alcaide de los Donceles, Duque de Cardona, en cuyo océano de blasones se anegó la gran casa de Lerma. Luego, Cabra, celebrada por su sima[379], tan profunda como la antigüedad de sus dueños, pregona con las lenguas de sus almenas, que es del ínclito Duque de Sesa y Soma, y que la vive hoy su entendido y bizarro heredero. Luego Osuna se ofrece a la demarcación destos ilustres edificios, blasonando con tantos maestres Girones la altivez de sus duques; y veinte y dos leguas de aquí cae la hermosísima Granada, paraíso de Mahoma, que no en vano la defendieron tanto sus valientes africanos españoles, de cuya Alhambra y Alcazaba es alcaide el nobilísimo Marqués de Mondéjar, padre del generoso conde de Tendilla, Mendozas del Ave María y credo de los caballeros. No nos olvidemos, de camino, de Guadix, ciudad antigua y celebrada por sus melones[380], y mucho más por el divino ingenio del doctor Mira de Mescua[381], hijo suyo y arcediano.

Cuando iba el Cojuelo refiriendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de Ecija, que es la más insigne del Andalucía, y junto a una fuente que tiene en medio del jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro derramando lanzas de cristal[382], estaban unos ciegos sobre un banco, de pies, y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho preñada del diablo, y que por permisión de Dios había parado una manada de lechones, con un romance de don Alvaro de Luna y una letrilla contra los demonios, que decía:

«Lucifer tiene muermo,
Satanás, sarna,
y el Diablo Cojuelo
tiene almorranas.
Almorranas y muermo,
sarna y ladillas,
su mujer se las quita
con tenacillas.»[383]

El Cojuelo le dijo a don Cleofás:

—¿Qué te parece los testimonios que nos levantan estos ciegos y las sátiras que nos hacen? Ninguna raza de gente se nos atreve a nosotros si no son éstos, que tienen más ánimo que los mayores ingenios; pero esta vez me lo han de pagar, castigándose ellos mismos por sus propias manos, y daré, de camino, venganza a las dueñas, porque no hay en el mundo quien no las quiera mal, y nosotros las tenemos grandes obligaciones, porque nos ayudan a nuestros embustes; que son demonias hembras[384].

Y sobre la entonación de las coplas metió el Cojuelo tanta cizaña entre los ciegos, que, arrempujándose primero, y cayendo dellos en el pilón de la fuente, y esotros en el suelo, volviéndose a juntar, se mataron a palos, dando barato[385], de camino, a los oyentes, que les respondieron con algunos puñetes y coces. Y como llegaron a Écija con las varas de los alguaciles de Córdoba, pensando que traían alguna gran comisión de la Corte, llegó la justicia de la ciudad a hacelles fiesta y a lisonjeallos con ofrecerles sus posadas, y ellos, valiéndose de la ocasión, admitieron las ofertas, con que fueron regalados como cuerpos de rey; y preguntándoles qué era el negocio que traían para Écija, el Cojuelo les respondió que era contra los médicos y boticarios, y visita general de beatas; y que a los médicos se les venía a vedar que después de matar un enfermo, no les valiese[386] la mula por sagrado; y que, cuando no se saliese con esto, por lo menos, a los boticarios que errasen las purgas, que no pudiesen ser castigados si se retrujesen[387] en los cimenterios de las mulas de los médicos, que son las ancas[388]; y que a las beatas se les venía a quitar el tomar tabaco, beber chocolate y comer jigote.

Parecióle al Alguacil Mayor, que no era lerdo y tenía su punta de hacer jácaras y entremeses, que hacían burla dellos, y quiso agarrallos para dar con ellos en la trena, y después sacudilles el polvo y batanalles el cordobán, por embelecadores, embusteros y alguaciles chanflones[389]; y levantando el Cojuelo una polvareda de piedra azufre y asiendo a don Cleofás por la mano, se desaparecieron, entre la cólera y resolución[390] de los ministros ecijanos, dejándolos tosiendo y estornudando, dándose de cabezadas unos a otros sin entenderse, haciendo los neblíes de la más obscura Noruega[391] puntas a diferentes partes; y dejando a la derecha a Palma, donde se junta Genil con Guadalquivir[392] por el vicario de las aguas, villa antigua de los Bocanegras y Portocarreros, y de quien fué dueño aquel gran cortesano y valiente caballero don Luis Portocarrero, cuyo corazón excedió muchas varas a su estatura, y luego a la Monclova, bosque deliciosísimo y monte de Clovio, valeroso capitán romano, y posesión hoy de otro Portocarrero y Enríquez, no menos gran caballero que el pasado, y a la hermosa villa de Fuentes, de quien fué marqués el bizarro y no vencido don Juan Claros de Guzmán el Bueno, que, después de muchos servicios a su rey, murió en Flandes con lástima de todos y envidia de más, hijo de la gran casa de Medina-Sidonia, donde todos sus Guzmanes son Buenos por apellido, por sangre y por sus personas esclarecidas, sin tocar al pelo de la ropa a Marchena, habitación noble de los duques de Arcos, marqueses que fueron de Cádiz, de quien hoy es meritísimo señor el excelentísimo duque don Rodrigo Ponce de León, en quien se cifran todas las proezas y grandezas heroicas de sus antepasados, columbrando desde más lejos a Villanueva del Rio, de los marqueses de Villanueva, Enríquez y Riberas, y hoy de don Antonio Álvarez de Toledo y Beamonte, marqués suyo y duque de Güesca, heredero ilustre del gran Duque de Alba, Condestable de Navarra, llegaron de un vuelo los dos pajarotes de camarada[393], no siendo ésta la mayor pareja que habían corrido, al pie de la cuesta de Carmona, en su dilatada, fértil y celebrada vega, donde les anocheció, diciéndole don Cleofás al amigo:

—Camarada, descansemos un poco, que es mucho pajarear éste, y nos metemos a lechuzas silvestres; que la serenidad de la noche y el verano brindan a pasalla en el campo.

—Soy de ese parecer—dijo el Cojuelo—: tendamos la raspa[394] en este pradillo junto a este arroyo, espejo donde se están tocando las estrellas, porque aguardan a la madrugada visita del sol, Gran Turco de todas esas señoras.

Y don Cleofás, poniendo el ferreruelo[395] por cabecera y la espada sobre el estómago, acomodó el individuo, y estando boca arriba, paseando con los ojos la bóveda celestial, cuya fábrica portentosa al más ciego gentil obliga a rastrear que la mano de su artífice es de Dios, y de gran Dios, le dijo al camarada:

—¿No me dirás, pues has vivido en aquellos barrios, si esas estrellas son tan grandes como esos astrólogos dicen cuando hablan de su magnitud, y en qué cielo están, y cuantos cielos hay, para que no nos den papillas[396] cada día con tantas y tan diversas opiniones, haciéndonos bobos a los demás con líneas y coluros imaginados, y si es verdad que los planetas tienen epiciclos, y el movimiento de cada cielo, desde el primer móvil al remiso y al trepidante, y dónde están los signos de estos luceros escribanos, porque yo desengañe al mundo y no nos vendan imaginaciones por verdades?

El Cojuelo le respondió:

—Don Cleofás, nuestra caída fué tan apriesa, que no nos dejó reparar en nada; y a fee que si Lucifer no se hubiera traído tras de sí la tercera parte de las estrellas[397], como repiten tantas veces en los autos del Corpus, aun hubiera más en que haceros más garatusas la Astrología. Esto todo sea con perdón del antojo del Galileo[398] y el del gran don Juan de Espina[399], cuya célebre casa y peregrina silla son ideas de su raro ingenio; que yo hablo de antojos abajo, como de tejas, y salvo la óbtica[400] destos señores antojadizos que han descubierto al sol un lunar en el lado izquierdo, y en la luna han linceado montes y valles, y han visto a Venus cornuta. Lo que yo sé decir, que el poco tiempo que estuve por allá arriba nunca oí nombrar la Bocina, el Carro, la Espica Vírginis, la Ursa major ni la Ursa minor, las Pléyades ni las Helíades, nombres que los de la Astrología les han dado, y esa que llamaron Vía Láctea, y ahora los vulgares Camino de Santiago, por donde anda tanto el cojo como el sano; que si esto fuera así, yo también, por lo cojo, había de andar por aquel camino[401], siendo hijo de vecino de aquella provincia.

Ya en estas razones últimas se había agradecido al sueño el tal Don Cleofás, dejando al compañero de posta[402] como grulla[403] de la otra vida, cuando un gran estruendo de clarines y cabalgaduras le despertó sobresaltado, recelando que se le llevaba a otra parte más desacomodada el que le había agasajado hasta entonces; pero el Diablillo le sosegó, diciendo:

—No te alborotes, don Cleofás; que, estando conmigo, no tienes que temer nada.

—Pues ¿qué ruido tan grande es éste—le replicó el Estudiante.

—Yo te lo diré—dijo el Cojuelo—, si acabas de despertar y me escuchas con atención.


TRANCO VII


El Estudiante se incorporó entonces, supliendo con bostezos y esperezos lo que le faltaba por dormir, y prosiguió el Diablillo, diciendo:

—Todo este estruendo trae consigo la casa de la Fortuna, que pasa al Asia Mayor a asistir a una batalla campal entre el Mogor y el Sofí, para dar la victoria a quien menos la mereciere. Escucha y mira; que esta que pasa es su recámara, y en lugar de acémilas van mercaderes y hombres de negocios que llaman, cargados de cajas de moneda de oro y plata, con reposteros bordados encima con las armas de la Fortuna, que son los cuatro vientos, y un harpón en una torre, moviéndose a todos cuatro, sogas y garrotes del mismo metal que llevan, y, con ir con tanto peso, van descansados, a su parecer. Esta tropa inumerable que pasa ahora mal concertada es de oficiales de boca, cocineros, mozos de cocina, botilleres, reposteros, despenseros, panaderos, veedores, y la demás canalla que toca a la bucólica. Estos que vienen agora a pie, con fieltros blancos terciados por los hombros, son lacayos de la Fortuna, que son los mayores ingenios que ha tenido el mundo, entre los cuales va Homero, Píndaro, Anacreonte, Virgilio, Ovidio, Horacio, Silio Itálico, Lucano, Claudiano, Estacio Papinio, Juvenal, Marcial, Catulo, Propercio, el Petrarca, Sanazaro, el Taso, el Bembo, el Dante, el Guarino, el Ariosto, el caballero Marino, Juan de Mena, Castillejo, Gregorio Hernández, Garci Sánchez, Camoes y otros muchos que han sido en diferentes provincias príncipes de la Poesía.

—Por cierto que han medrado poco—dijo el Estudiante—, pues no han pasado de lacayos de la Fortuna.

—No hay en su casa—dijo el Cojuelo—quien tenga lo que merece.

—¿Qué escuadrón es éste tan lucido, con joyas de diamantes y cadenas y vestidos lloviendo oro y perlas—prosiguió el Estudiante—, que llevan tantos pajes en cuerpo que los alumbran con tantas hachas blancas, y van sobre filósofos antiguos que les sirven de caballos, de tan malos talles, que los más son corcovados, cojos, mancos, calvos, narigones, tuertos, zurdos y balbucientes?

—Éstos son—dijo el Cojuelo—potentados, príncipes y grandes señores del mundo, que van acompañando a la Fortuna, de quien han recibido los estados y las riquezas que tienen, y, con ser tan poderosos y ricos, son los más necios y miserables de la tierra.

—¡Buen gusto ha tenido la Fortuna, por cierto!—dijo don Cleofás—. ¡Bien se le parece[404] que tiene nombre de mujer: que escoge lo peor!

—Primero lo debieron a la naturaleza—respondió el Cojuelo, y prosiguió diciendo—; Aquel gigante que viene sobre un dromedario, con un ojo, y ése ciego, solamente, en la mitad de la frente, con un árbol en las manos de suma magnitud, lleno de bastones, mitras, laureles, hábitos, capelos, coronas y tiaras, es Polifemo, que después que le cegó Ulises, le ha dado la Fortuna a cargo aquella escarpia de dignidades, para que las reparta a ciegas y va siempre junto al carro triunfal de la Fortuna, que es aquel que le tiran cincuenta emperadores griegos y romanos, y ella viene cercada de faroles de cristal, con cirios pascuales encendidos dentro dellos, sobre una rueda llena de arcaduces de plata, que siempre está llenándolos y vaciándolos de viento, y esotro pie, en el elemento mismo, que está lleno de camaleones que le van dando memoriales, y ella rompiéndolos. Ahora vienen siguiéndola sus damas en elefantes, con sillones de oro sembrados de balajes, rubíes y crisólitos. La primera es la Necedad, camarera mayor suya, y aunque fea, muy favorecida. La Mudanza es esotra, que va dando cédulas de casamiento, y no cumpliendo ninguna. Esotra es la Lisonja, vestida a la francesa de tornasoles de aguas, y lleva en la cabeza un iris de colores por tocado, y en cada mano cien lenguas. Aquella que la sucede, vestida de negro, sin oro ni joya, de linda cara y talle, que viene llorosa, es la Hermosura: una dama muy noble y muy olvidada de los favores de su ama. La Envidia la sigue y la persigue, con un vestido pajizo, bordado de basiliscos y corazones.

—Siempre esa dama—dijo don Cleofás—come grosura[405]: que es halcón de las alcándaras de palacio.

—Esotra que viene—prosiguió el Cojuelo—, que parece que va preñada, es la Ambición, que está hidrópica de deseos y de imaginaciones. Esotra es la Avaricia, que está opilada de oro[406], y no quiere tomar el acero[407], porque es más bajo metal. Aquellas que vienen, con tocas largas y antojos, sobre minotauros[408], son la Usura, la Simonía, la Mohatra, la Chisme[409], la Baraja[410], la Soberbia, la Invención, la Hazañería, dueñas de la Fortuna. Los que vienen galanteando a estas señoras todas y alumbrándolas con antorchas de colores diferentes son ladrones, fulleros, astrólogos, espías, hipócritas, monederos falsos, casamenteros, noveleros, corredores[411], glotones y borrachos. Aquel que viene sobre el asno de oro[412] de Lucio Apuleyo es Creso, mayordomo mayor de la Fortuna, y a su mano izquierda, Astolfo, su caballerizo mayor. Aquellos que van sobre cubas con ruedas y velicómenes[413] en las manos, dando carcajadas de risa, son sus gentiles hombres de la copa, que han sido taberneros de Corte primero. Aquella escuadra de selvajes[414] que vienen en jumentos de albarda son contadores, tesoreros, escribanos de raciones, administradores, historiadores, letrados, correspondientes[415], agentes de la Fortuna, y llevan manos de almireces por plumas, y por papel, pieles de abadas. Tras dellos viene una silla de manos, bordada de trofeos, para las visitas de la Fortuna; los silleros son Pitágoras, Diógenes, Aristóteles, Platón, y otros filósofos para remudar, con camisolas y calzones de tela de nácar, herrados los rostros con eses y clavos[416]. Aquellos que vienen agora de tres en tres, sobre tumbas enlutadas, a la jineta y a la brida, son médicos de la cámara y de la familia, boticarios y barberos de la Fortuna. Agora cierra todo este escuadrón y acompañamiento aquella prodigiosísima torre andante, que es la de Babilonia, llena de gigantes, de enanos, de bailarines y representantes, de instrumentos músicos y marciales, de voces, de algazaras, que se ven y oyen por infinitas ventanas que tiene el edificio, coronadas de luminarias y flechando girándulas[417] y cohetes voladores[418]; y en un balcón grande de la fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de estatura, y muchos pretendientes por abajo, a pie, soldados, capitanes, abogados, artífices y proferores de diferentes ciencias, mal vestidos, hambrientos y desesperados, dándola voces, y con la confusión no se entienden los unos a los otros, ni los otros a los unos. Y por otro balcón del lado derecho va la Prosperidad, coronada de espigas de oro y vestida de brocado de tres altos[419], bordado de las cuatro estaciones del año, sembrando talegos sobre muchos mentecatos ricos, que van en literas roncando, que no los han menester y piensan que los sueñan. Ahora sigue todo este aparato una infinita tropa de carros largos, llenos de comida y vestidos de mujeres y de hombres, que es la guardarropa de la Fortuna; y con ir tantos como la siguen desnudos y hambrientos, no les da un bocado que coman ni un trapo con que se cubran, y aunque los repartiera con ellos, no les vinieran bien, que están hechos solamente a medida de los dichosos.

Seguía este carruaje un escuadrón volante de locos, a pie, y a caballo, y en coches, con diferentes temas, que habían perdido el juicio de varios sucesos de la Fortuna por mar y por tierra, unos riéndose, otros llorando, otros cantando, otros callando, y todos renegando della[420]; y no tomaba de otros parecer, diligencia para no acertar nada, desapareciendo toda esta máquina confusa una polvareda espantosa, en cuyo temeroso piélago se anegó toda esta confusión, llegando el día, que fué mucho que no se perdiera el sol con la grande polvareda, como don Beltrán[421] de los planetas, subiéndose los dos camaradas la cuesta arriba a la recién bautizada ciudad de Carmona[422], atalaya del Andalucía, de cielo tan sereno[423], que nunca le tuvo, y adonde no han conocido al catarro si no es para serville[424]; y tomando refresco de unos conejos y unos pollos en un mesón que se llama de los Caballeros, pasaron a Sevilla, cuya giralda y torre[425] tan celebrada se descubre desde la venta de Peromingo[426] el Alto, tan hija de vecino de los aires, que parece que se descalabra en las estrellas.

Admiró a don Cleofás el sitio de su dilatada población, y de la que hacen tantos diversos bajeles en el Guadalquivir, valla de cristal de Sevilla y de Triana[427], distinguiéndose de más cerca la hermosura de sus edificios, que parece que han muerto vírgines[428] y mártires, porque todos están con palmas en las manos, que son las que se descuellan de sus peregrinos pensiles, entre tantos cidros, naranjos, limones, laureles y cipreses; llegando en breve espacio a Torreblanca, una legua larga desta insigne ciudad, desde donde comienza su Calzada y los caños de Carmona, hermosísima puente de arcos, por donde entra el río Guadaira[429] en Sevilla, cuya hidrópica sed se le bebe todo, sin dejar apenas una gota para tributar al mar, que es solamente el río en todo el mundo que está previligiado deste pecho[430]; haciendo mayor la belleza desta entrada infinitas granjas, por una parte y por otra, que en cada una se cifra un jardín terrenal, granizando azahares, mosquetas y jazmines reales. Y al mismo tiempo que ellos iban llegando a la puerta de Carmona, atisbó el Cojuelo entrar por ella a caballo, con vara alta y los dos corchetes que sacó del infierno, a Cienllamas; y volviéndose a don Cleofás, le dijo:

—Aquel que entra por la puerta de Carmona es comisario de mis amos, que viene contra mí a Sevilla: menester es guardarnos.

—No se me da dos blancas[431]—dijo don Cleofás—; que yo estoy matriculado en Alcalá, y no tiene ningún tribunal juridicción[432] en mi persona; y fuera de eso, dicen que es Sevilla lugar tan confuso, que no nos hallarán, si queremos, todos cuantos hurones tiene Lucifer y Bercebú[433].

Entrándose en la ciudad los dos a buen paso y guiando el Cojuelo, la barba sobre el hombro[434], fueron hilvanando calles, y, llegando a una plazuela, reparó don Cleofás en un edificio sumptuoso de unas casas que tenían una portada ostentosa de alabastro y unos corredores dilatados de la misma piedra. Preguntóle don Cleofás al Cojuelo qué templo era aquél, y él le respondió que no era templo, aunque tenía tantas cruces de Jerusalén del mismo relieve de mármol, sino las casas de los duques de Alcalá, marqueses de Tarifa[435], conde de los Molares y adelantados mayores de Andalucía, cuya grandeza ha heredado hoy el gran Duque de Medina Celi, por falta de hijos herederos, que aunque fuera mayor, no le hiciera más: que por Fox y Cerda es lo más que puede ser.

—Ya conozco ese príncipe—dijo don Cleofás—, y le he visto en la Corte, y es tan generoso y entendido como gran señor.

Con esta plática llegaron a la Cabeza del Rey don Pedro, cuya calle se llama el Candilejo[436], y atravesando por cal[437] de Abades, la Borciguinería[438] y el Atambor[439], llegaron a las calles[440] del Agua[441], donde tomaron posada, que son las más recatadas de Sevilla.

En este tiempo, a nuestro Astrólogo o Mágico se lo había llevado de una aplopejía[442] el demoñuelo zurdo que sustituía al Cojuelo, y bajó a pedir justicia a Lucifer en el güeso del alma, sin las mondaduras del cuerpo, del quebrantamiento de su redoma; y doña Tomasa, no olvidando los desaires de don Cleofás, trataba con otra requisitoria de venir a Sevilla, con un galán nuevo que tenía, soldado de los galeones, para tomar venganza casándose con el licenciado Vireno de Madrid la Olimpia de mala mano[443], sabiendo que se había escapado allá. Don Cleofás y su camarada no salían de su posada, por desmentir las espías de Cienllamas y de Chispa y Redina, y subiéndose a un terrado una tarde, de los que tienen todas las casas de Sevilla, a tomar el fresco y a ver desde lo alto más particularmente los edificios de aquella populosa ciudad, estómago de España y del mundo, que reparte a todas las provincias dél la sustancia de lo que traga a las Indias en plata y oro (que es avestruz de la Europa, pues digiere más generosos metales)[444], espantándose don Cleofás de aquel numeroso ejército de edificios, tan epilogado, que si se derramara, no cupiera en toda la Andalucía, le dijo a su compañero:

—Enséñame desde aquí algunos particulares, si se descubren a la vista.

El Cojuelo le dijo:

—Ya por aquella torre que descubrimos desde tan lejos discurrirás que esa bellísima fábrica que está arrimada a ella es la Iglesia Mayor y mayor templo de cuantos fabricó la antigüedad ni el siglo de agora reconoce. No quiero decirte por menudo sus grandezas; basta afirmarte que su cirio pascual pesa ochenta y cuatro arrobas de cera[445], y el candelero de tinieblas, de grandeza notable, es de bronce, y de tanta ostentación y artificio, que si fuera de oro no hubiera costado tanto[446]. Su custodia es otra torre de plata, de la misma fábrica y modelo[447]; su trascoro no perdonó piedra esquisita y preciosa a los minerales; su monumento es un templo portátil de Salomón[448].

Pero salgámonos della; que aun con las relaciones ni los pensamientos no podemos los demonios pasealla, y vuelve los ojos a aquel edificio que se llama la Lonja[449], cortada del pernil de San Lorenzo el Real, diseño de don Felipe II, y a mano derecha della está el Alcázar, posada real y antigua de los reyes de Castilla, fértil albergue de la primavera, de quien es ilustrísimo Alcaide el Conde Duque de Sanlúcar la Mayor, gran Adtlante[450] del Hércules de España, cuya prudentísima cabeza es el reloj del gobierno de su monarquía; que a no estar labrado el Buen Retiro[451], fábrica de inimitable ejemplar por el edificio, los jardines y estanques, tuviera este palacio sevillano la primacía de todas las casas reales del mundo, poniendo en primer lugar el real salón que la majestad del rey don Felipe IV el Grande ha copiado de su divina idea, donde todas las admiraciones vienen cortas, y las mayores grandezas enjaguadas[452]. Más adelante está la Casa de la Contratación, que tantas veces se ve enladrillada de barras de oro y de plata[453]. Luego está la casa del bizarro Conde de Cantillana, gran cortesano, galán y palaciego, airoso caballero de la plaza[454], crédito de sus aplausos y alegría de sus Reyes; que esto confiesan los toros de Tarifa y Jarama cuando cumplen con sus rejones, como con la parroquia[455]. Luego está, junto a la puerta de Jerez, la gran Casa de la Moneda, donde siempre hay montones de oro y de plata[456], como de trigo, y junto a ella, el Aduana, tarasca de todas las mercaderías del mundo, con dos bocas, una a la ciudad y otra al río, donde está la Torre del Oro y el muelle, chupadera de cuanto traen amontonado los galeones en los tuétanos de sus camarotes. A mano derecha está la puente de Triana[457], de madera, sobre trece barcos. Y más abajo, en el margen del celebrado río, las Cuevas, monasterio insigne de la Cartuja de San Bruno, que, con profesar el silencio mudo, vive a la lengua del agua[458].

A estotra parte, sobre la orilla de Guadalquivir[459], está Gelves, donde todos los romances antiguos de moros[460] iban a jugar cañas, y hoy de sus ilustres condes[461] y del gran Duque de Veragua, hijo y retrato de tan gran padre;

que es, para no tener a mundos miedo,
Portugal y Colón, Castro y Toledo[462].

—Soltáronsete—dijo don Cleofás—los consonantes, camarada.

—Cuidado fué, y no descuido—respondió el Cojuelo—, porque me deba más que prosa el dueño destas alabanzas.

Y prosiguió diciendo:

—Allí es el Alamillo, donde se pescan los sábalos[463], albures y sollos, y más abajo cae el Algaba, de los esclarecidos marqueses deste título, de Ardales, y condes de Teba, Guzmanes en todo. De esotra parte cae el Castellar, de los Ramírez y Saavedras, y a la vuelta, Villamanrique, de las Zúñigas[464], de la gran casa de Béjar, cuyo último malogrado marqués fué Guzmán dos veces Bueno, sobrino del gran Patriarca de las Indias, capellán y limosnero mayor del Rey, cuya generosa piedad se taracea con su oficio y con su sangre, y hermano del gran Duque de Sidonia[465], cuyo solio es Sanlúcar de Barrameda, corte suya, que está ese río abajo, siendo Narciso del Océano y Generalísimo del Andalucía y de las costas del mar de España, a cuyo bastón y siempre planta vencedora obedece el agua y la tierra, asegurando a su Rey toda su monarquía en aquel promontorio donde asiste[466], para blasón del mundo. Y pues ya llega la noche, y destas alabanzas no puedo salir menos que callando para encarecellas, dejemos para mañana lo demás;—bajándose del terrado a tratar que se aderezase la cena, y a salir un poco por la ciudad a su insigne Alameda, que hizo y adornó con las dos colunas de Hércules el Conde de Barajas[467], asistente de Sevilla, y después, de Castilla dignísimo presidente.


TRANCO VIII


Ya, para ejecutar su disignio[468], había tomado doña Tomasa[469] (que siempre tomaba, por cumplir con su nombre y su condición) una litera para Sevilla, y una acémila en que llevar algunos baúles para su ropa blanca y algunas galas, con las del dicho galán soldado, que, metiéndose los dos en la dicha litera, partieron de Madrid, como unos hermanos[470], con la requisitoria que hemos referido. Y a nuestro Astrólogo no le habían dado sepultura, sobre las barajas de un testamento que había hecho unos días antes y descubrieron en un escritorio unos deudos suyos, y estaba la justicia poniendo en razón esta litispendencia. Y el Cojuelo y don Cleofás, que habían dormido hasta las dos de la tarde, por haber andado rondando la noche antes, la mayor parte della, por Sevilla, después de haber comido algunos pescados regalados[471] de aquella ciudad y del pan que llaman de Gallegos[472], que es el mejor del mundo, y habiendo dormido la siesta (bien que el compañero siempre velaba, haciendo diligencias para lisonjear a su dueño en razón de su delito), se subieron al dicho terrado, como la tarde antes, y enseñándole algunos particulares edificios a su compañero, de los que habían quedado sin referir la tarde antes en aquel golfo de pueblos, suspiró dos veces don Cleofás, y preguntóle el Cojuelo:

—¿De qué te has acordado, amigo? ¿Qué memorias te han dividido esas dos exhalaciones de fuego desde el corazón a la boca?

—Camarada—le respondió el Estudiante—, acordéme de la calle Mayor de Madrid y de su insigne paseo a estas horas, hasta dar en el Prado.

—Fácil cosa será verle—dijo el Diablillo—tan al vivo como está pasando agora: pide un espejo a la Güéspeda y tendrás el mejor rato que has tenido en tu vida; que aunque yo, por la posta, en un abrir y cerrar de ojos, te pudiera poner en él[473], porque las que yo conozco comen alas del viento por cebada, no quiero que dejemos a Sevilla[474] hasta ver en qué paran las diligencias de Cienllamas y las de tu dama, que viene caminando acá, y me hallo en este lugar muy bien[475], porque alcanzan a él las conciencias de Indias.

A este mismo tiempo subía a su terrado Rufina María, que así se llamaba la güéspeda, dama entre nogal y granadillo, por no llamarla mulata, gran piloto de los rumbos más secretos de Sevilla, y alfaneque[476] de volar una bolsa de bretón desde su faldriquera a las garras de tanta doncelliponiente[477] como venían a valerse della. Iba en jubón de holanda blanca acuchillado[478], con una enaguas blancas de cotonía[479], zapato de ponleví[480], con escarpín[481] sin media, como es usanza en esta tierra entre la gente tapetada[482], que a estas horas se subía a su azotea a tocar[483] de la tarántula con un peine y un espejo que podía ser de armar[484]; y el Cojuelo, viendo la ocasión, se le pidió con mucha cortesía para el dicho efeto, diciendo:

—Bien puede estar aquí la señora Güéspeda; que yo sé que tiene inclinación a estas cosas.

—¡Ay, señor!—respondió la Rufina María—, si son de la nigromancía[485], me pierdo por ellas; que nací en Triana, y sé echar las habas[486] y andar el cedazo[487] mejor que cuantas hay de mi tamaño, y tengo otros primores mejores, que fiaré de vuesas mercedes si me la hacen, aunque todos los que son entendidos me dicen que son disparates.

—No dicen mal—dijo el Cojuelo—; pero, con todo eso, señora Rufina María, de tan gran talento se pueden fiar los que yo quiero enseñar a mi camarada. Esté atenta.

Y tomando el espejo en la mano, dijo:

—Aquí quiero enseñalles a los dos lo que a estas horas pasa en la calle Mayor[488] de Madrid, que esto sólo un demonio lo puede hacer, y yo. Y adviértase que en las alabanzas de los señores que pasaren, que es mesa[489] redonda[490], que cada uno de por sí hace cabecera, y que no es pleito de acreedores, que tienen unos antelaciones a otros.

—¡Ay, señor!—dijo la tal Rufina—, comience vuesa merced, que será mucho de ver; que yo cuando niña estuve en la Corte con una dama que se fué tras de un caballero del hábito de Calatrava que vino a hacer aquí unas pruebas, y después me volvieron mis padres a Sevilla, y quedé con grande inclinación a esa calle, y me holgaría de volverla a ver, aunque sea en este espejo.

Apenas acabó de decir esto la Güéspeda, cuando comenzaron a pasar coches, carrozas, y literas, y sillas, y caballeros a caballo, y tanta diversidad de hermosuras y de galas, que parecía que se habían soltado abril y mayo y desatado las estrellas[491]. Y don Cleofás, con tanto ojo[492], por ver si pasaba doña Tomasa; que todavía la tenía en el corazón, sin haberse templado con tantos desengaños. ¡Oh proclive humanidad nuestra, que con los malos términos se abrasa, y con los agasajos se destempla[493]! Pero la tal doña Tomasa, a aquellas horas, ya había pasado de Illescas en su litera de dos yemas[494].

La Rufina María estaba sin juicio mirando tantas figuras como en aquel teatro del mundo iban representando papeles diferentes, y dijo al Cojuelo:

—Señor Güésped, enséñeme al Rey y a la Reina; que los deseo ver y no quiero perder esta ocasión.

—Hija—le respondió el Cojuelo—, en estos paseos ordinarios no salen Sus Majestades; si quiere ver sus retratos al vivo, presto llegaremos adonde cumpla su deseo.

—Sea en hora buena—dijo la tal Rufina, y prosiguió, diciendo—: ¿Quién es este caballero y gran señor que pasa agora con tanto lucimiento de lacayos y pajes en ese coche que puede ser carroza del sol?

El Cojuelo le respondió:

—Este es el almirante de Castilla don Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, duque de Medina de Ríoseco y conde de Módica, terror de Francia en Fuenterrabía.

—¡Ay, señor!—dijo la Rufina—. ¿Aquél nos echó los franceses de España? Dios le guarde muchos años.

—El y el gran Marqués de los Vélez—respondió el Cojuelo—fueron los Pelayos segundos, sin segundos, de su patria Castilla.

—¿Quién viene en aquella carroza que parece de la Primavera?—preguntó la Rufina.

—Allí viene—dijo el Cojuelo—el Conde de Oropesa y Alcaudete, sangre de Toledo, Pimentel, y de la real de Portugal, príncipe de grandes partes; y el que va a su mano derecha es el Conde de Luna su primo, Quiñones y Pimentel, señor de la casa de Benavides en León, hijo primogénito del Conde de Benavente, que es Luna que también resplandece de día. El Conde de Lemos y Andrade, marqués de Sarria, pertiguero mayor de Santiago, Castro y Enríquez, del gran Duque de Arjona, viene en aquel coche; tan entendido y generoso como gran señor. Y en esotro, el Conde de Monterrey y Fuentes, presidente de Italia, que ha venido de ser Virrey de Nápoles, dejando de su gobierno tanto aplauso a las dos Sicilias y sucediéndole en esta dignidad el Duque de las Torres, marqués de Liche[495] y de Toral, señor del castillo de Aviados, sumiller de corps de su Majestad, príncipe de Astillano, y duque de Sabioneta, que este título es el más compatible con su grandeza; a quien acompaña, con no menos sangre y divino ingenio, en Italia, el Marqués de Alcañizas[496], Almansa, Enríquez y Borja. Allí viene el Condestable prudentísimo Velasco, gentilhombre de la cámara de su Majestad, con su hermano el Marqués del Fresno. El Duque de Hijar le sigue, Silva, y Mendoza, y Sarmiento, marqués de Alenquer y Ribadeo, gran cortesano y hombre de a caballo grande en entrambas sillas[497], que por el último título que hemos dicho tiene previlegio de comer con los Reyes la Pascua deste nombre. Va con él el Marqués de los Balbases, Espinola, cuyo apellido puso su gran padre sobre las estrellas. Allí va el Conde de Altamira, Moscoso y Sandoval, gran señor y caballero en todo, caballerizo mayor de su Majestad de la Reina. Allí pasa el Marqués de Pobar, Aragón, con don Antonio de Aragón su hermano, del Consejo de Ordenes y del supremo de la Inquisición. Los que atraviesan en aquel coche agora son el Marqués de Jódar y el Conde de Peñaranda, del Consejo Real de Castilla, ambos Simancas[498] de la jurispericia como de la nobleza.

—¿Quién son aquellos dos mozos que van juntos—preguntó Rufina—, de una misma edad, al parecer, y que llevan[499] llaves doradas?

—El Marqués de la Hinojosa—respondió el Cojuelo—, conde de Aguilar y señor de los Cameros, Ramírez y Arellano, es el uno, y el otro es el Marqués de Aytona, favorecedor de la Música y de la Poesía, que heredó, hasta la posteridad, de su padre, entrambos camaristas.

—¿Qué coche es aquél tan lleno, que va espumando sangre[500] generosísima en tantos bizarros mozos?—preguntó la tal Güéspeda.

—Es del Duque del Infantado—dijo el Cojuelo—, cabeza de los Mendozas y Sandoval de varón, marqués de Santillana y del Cenete, conde de Saldaña y del Real de Manzanares, hijo y retrato de tan gran padre. Los que van con él son el Marqués de Almenara, el más bizarro, galán y bien visto de la Corte, hijo del gran Marqués de Orani, el Almirante de Aragón, perfecto caballero, el Marqués de San Román, caballero de veras, heredero del gran Marqués de Velada, rayo de Orán, de Holanda y Gelanda, y su hermano el Marqués de Salinas, que iguala el alma con el cuerpo, copias vivas de tan gran padre, y don Iñigo Hurtado de Mendoza, primo del Duque del Infantado, grandes caballeros todos y señores, que ellos solos pueden alabarse a ellos mismos[501] con decir quién son; que todas lenguas de la Fama no bastan. Va con ellos don Francisco de Mendoza, gentilhombre cortesano, favorecido de todos y diestro en entrambas sillas de la espada blanca y negra[502].

—¿Qué tropa es esta que viene agora a caballo?—preguntó la Rufina.

—Si pasan a espacio, te lo diré—dijo el Cojuelo—. Estos dos primeros son el Conde de Melgar y el Marqués de Peñafiel, que llevan en sus títulos sus aplausos; don Baltasar de Zúñiga, el Conde de Brandevilla su hermano, hijos del Marqués de Mirabel, y que lo parecen en todo; el Conde de Medellín, Portocarrero de varón, y el Príncipe de Arambergue, primogénito del Duque de Ariscot; el Marqués de la Guardia, que tiene título de ángel; el Marqués de la Liseda, Silva y Manrique de Lara, y [don] Diego Gómez de Sandoval, comendador mayor de Calatrava, marqués de Villazores, Añover y Humanes, don Baltasar de Guzmán y Mendoza, heredero de la gran casa de Orgaz; Arias Gonzalo, primogénito del Conde de Puñonrostro, imitando las bizarrías de su padre y afianzando las imitaciones de su muy invencible agüelo. Allí vienen el Conde de Molina y don Antonio Mesía de Tobar su hermano, siendo crédito recíprocamente el uno del otro. Y entre ellos, don Francisco Luzón, blasón deste apellido en Madrid, cuyo magnánimo corazón hallara[503] estrecha posada en un gigante. Va con él don José de Castrejón, deudo suyo, gran caballero, y ambos, sobrinos del ilustrísimo Presidente de Castilla. En este coche que les sigue viene el Duque de Pastrana, cabeza de los Silvas, estudioso príncipe y gran señor, con el Marqués de Palacios, mayordomo del Rey y decendiente único de Men Rodríguez de Sanabria, señor de la Puebla de Sanabria, mayordomo mayor del rey don Pedro; el Conde de Grajal, gran señor, y el Conde de Galve, su hermano del Duque, molde de buenos caballeros, y en quien se hallara, si se perdiera[504], la cortesía. Los demás que van acompañándole son hombres insignes de diferentes profesiones; que éste es siempre su séquito. Viene hablando en otro coche con el Príncipe de Esquilache su tío y con el Duque de Villahermosa don Carlos, su hermano, éste, del Consejo de Estado de su Majestad, y esotro, príncipe de los ingenios. Va con ellos el duque mozo de Villahermosa, don Fernando, en quien lo entendido y lo bizarro corren parejas, y don Fernando de Borja, comendador mayor de Montesa, de la cámara de su Majestad, con veinte y dos cursos de virrey, que se puede graduar de Catón Uticense y Censorino. Allí viene el Marqués de Santa Cruz, Neptuno español y mayordomo mayor de la Reina nuestra señora. Aquél es el Conde de Alba de Liste, con el Marqués de Tabara y el Conde de Puñonrostro. Y tras ellos, el Duque de Nochera, Héctor napolitano y gobernador hoy de Aragón. En ese coche que se sigue viene el Conde de Coruña, Mendoza y Hurtado de las Nueve Musas, honra de los consonantes castellanos, en compañía del Conde de la Puebla de Montalbán, Pacheco y Girón. Allí, el Marqués de Malagón, Ulloa y Saavedra, y el Marqués de Malpica, Barroso y Ribera, y el de Frómista, padre del Marqués de Caracena, celebrado por Marte castellano en Italia, y el Conde de Orgaz, Guzmán y Mendoza, de Santo Domingo y San Ilefonso[505], todos Mayordomos del Rey. Aquel que va en aquel coche es el Marqués de Floresdávila, Zúñiga y Cueva, tío del gran Duque de Alburquerque, que hoy está sirviendo con una pica en Flandes, capitán general de Orán, donde fué asombro del África levantando las banderas de su Rey veinte y cinco leguas dentro de la Berbería. Allí va el Conde de Castrollano, napolitano Adonis. Allí va el Conde de Garcíes, Quesada y andaluz gallardo, el Marqués de Velmar[506], el Marqués de Tarazona, Conde de Ayala, Toledo y Fonseca, el Conde de Santisteban y Cocentaina y el Conde de Cifuentes, divinos ingenios; el Conde de la Calzada, y tras él, el Duque de Peñaranda, Sandoval y Zúñiga. Y en esotro coche, don Antonio de Luna y don Claudio Pimentel, del Consejo de Ordenes, Cástor y Pólux de la amistad y de la generosidad.

—¡Ay, señor!, aquel que pasa en aquel coche—dijo la Rufina—, si no me engaño, es de Sevilla, y se llama Luis Ponce de Sandoval, Marqués de Valdeencinas, y como que me críe en su casa.

El Cojuelo respondió:

—Es un muy gran caballero y el más bien quisto que hay en esta tierra ni en la Corte; que no es pequeño encarecimiento. Y aquel con quien va es el Marqués de Ayamonte, estirado título de Castilla y Zúñiga de varón; y no menos que él es ese que viene en ese coche, el Conde de la Puebla del Maestre, que tiene más maestres en su sangre que condes, mozo de grandes esperanzas, y lo fuera de mayores posesiones si tuviera de su parte la atención de la Fortuna. Allí pasa el Conde de Castrillo, Haro, hermano del gran Marqués de Carpio, presidente de Indias, y tras él, el, Marqués de Ladrada[507] y el Conde de Baños, padre y hijo, Cerdas, de la gran casa de Medinaceli. Esotro es el Marqués de los Trujillos, bizarro caballero. Y tras ellos, el Conde de Fuensalida, con don Jaime Manuel, de la cámara de su Majestad y hermano del Duque de Maqueda y Nájara[508], que hoy gobierna el tridente de ambos mares.

—Dígame vuesa merced, señor Licenciado—dijo la Rufina—: ¿qué casas sumptuosas son estas que están enfrente destas joyeras?

—Son del Conde de Oñate[509]—dijo el

Diablillo—, timbre esclarecídisimo de los Ladrones de Guevara, Mercurio Mayor[510] de España y Conde de Villamediana, hijo de un padre que hace emperadores, y es hoy presidente de Órdenes.

—Y aquellas gradas que están allí enfrente—prosiguió la tal Rufina María—, tan llenas de gente, ¿de qué templo son, o qué hacen allí tanta variedad de hombres vestidos de diferentes colores?

—Aquéllas son las gradas de San Felipe—respondió el Cojuelo—, convento de San Agustín, que es el mentidero[511] de los soldados, de adonde salen las nuevas primero que los sucesos.

—¿Qué entierro es éste tan sumptuoso que pasa por la calle Mayor?—preguntó don Cleofás, que estaba tan aturdido[512] como la mulata.

—Éste es el de nuestro Astrólogo—respondió el Cojuelo—, que ayunó toda su vida, para que se lo coman todos éstos en su muerte, y siendo su retiro tan grande cuando vivo, ordenó que le paseasen por la calle Mayor después de muerto[513], en el testamento que hallaron sus parientes.

—Bellaco coche—dijo don Cleofás—es un ataúd para ese paseo.

—Los más ordinarios son ésos—dijo el Cojuelo—, y los que ruedan más en el mundo. Y ahora me parece—prosiguió diciendo—que estarán mis amos menos indignados conmigo, pues la prenda que solicitaban por mí la tienen allá, hasta que vaya estotra mitad, que es el cuerpo, a regalarse en aquellos baños de piedra azufre.

—¡Con sus tizones se lo coma[514]!—dijo don Cleofás.

Y la Rufina estaba absorta mirando su calle Mayor, que no les entendió la plática, y volviéndose a ella el Cojuelo, le dijo:

—Ya vamos llegando, señora Güéspeda, donde cumpla lo que desea; que ésa es la puerta del Sol y la plaza de armas de la mejor fruta[515] que hay en Madrid. Aquella bellísima fuente de lapislázuli y alabastro es la del Buen Suceso[516], adonde, como en pleito de acreedores, están los aguadores gallegos y coritos gozando de sus antelaciones para llenar de agua los cántaros. Aquélla es la Victoria[517], de frailes mínimos de San Francisco de Paula, retrato de aquel humilde y seráfico portento que en el palacio de Dios ocupa el asiento de nuestro soberbio príncipe Lucifer; y mire allí enfrente los retratos que yo la prometí enseñar;—sin estar la dicha mulata en la plática que hacía don Cleofás había dirigido el tal Cojuelo, y diciendo:

—¡Qué linda hilera de señores, que parece que están vivos!

—El Rey nuestro señor es el primero—dijo el Cojuelo.

—¡Qué hombre está!—dijo la mulata—. ¡Qué bizarros bigotes tiene, y cómo parece rey en la cara y en el arte! ¡Qué hermosa que está[518] junto a él la Reina nuestra señora, y qué bien vestida y tocada! ¡Dios nos la guarde! Y aquel niño de oro que se sigue luego, ¿quién es?

—El Principe, nuestro señor—dijo don Cleofás—, que pienso que le crió Dios en la turquesa de los ángeles.

—Dios le bendiga—replicó Rufina—, y mi ojo no le haga mal[519]; y viviendo más que el mundo, nunca herede a su padre, y viva su padre más siglos que tiene almenas en su monarquía. ¡Ay, señor!—prosiguió Rufina—, ¿quién es aquel caballero que, al parecer, está vestido a la turquesca, con aquella señora tan linda al lado, vestida a la española?

—No es—dijo el Cojuelo—traje turquesco; que es la usanza húngara, como ha sido rey de Hungría: que es Ferdinando de Austria, cesáreo emperador de Alemania y rey de Romanos, y la emperatriz su esposa María, serenísima infanta de Castilla, que hasta los demonios—volviéndose a don Cleofás—celebramos sus grandezas.

—¿Quién es aquel de tan hermosa cara y tan alentadas guedejas[520]—preguntó la Mulata—, que está también en la cuadrilla vestido de soldado, tan galán, tan bizarro y tan airoso, que se lleva los ojos de todos, y tiene tanto auditorio mirándole?

—Aquél es el serenísimo infante don Fernando—respondió el Cojuelo—questá por su hermano gobernando los estados de Flandes, y es arzobispo de Toledo y cardenal de España, y ha dado al infierno las mayores entradas de franceses y holandeses que ha tenido jamás después que[521] se representa en él la eternidad de Dios, aunque entren las de Jerjes y Darío, y pienso que ha de hacer dar grada[522] a mujeres de las luteranas y calvinistas y protestantes que siguen la seta de sus maridos, tanto, que los más de los días vuelve el dinero el purgatorio.

—Gana me da, si pudiera—dijo la Mulata—, de dalle mil besos.

—En país está—dijo don Cleofás—, que tendrá el original bastante mercadería de eso; que esta ceremonia dejó Judas sembrada en aquellos países[523].

—¡Oh, cómo me pesa—dijo la Rufina—que va anocheciendo, y encubriéndose el concurso de la calle Mayor!

—Ya todo ha bajado al Prado[524]—dijo el

Cojuelo—, y no hay nada que ver en ella; tome vuesa merced su espejo; que otro día le enseñaremos en él el río de Manzanares[525], que se llama río porque se ríe de los que van a bañarse en él, no teniendo agua; que solamente tiene regada la arena, y pasa el verano de noche[526], como río navarrisco[527], siendo el más merendado y cenado de cuantos ríos hay en el mundo.

—El más caudal[528] dél es—dijo don Cleofás—, pues lleva más hombres, mujeres y coches que pescados los dos mares.

—Ya me espantaba yo—dijo el Cojuelo—que no volvías por tu río. Respóndele eso al vizcaíno que dijo: «O vende puente, o compra río».

—No ha menester mayor río Madrid[529]—dijo don Cleofás—, pues hay muchos en él que se ahogan en poca agua, y en menos se ahogara aquel regidor que entró en el Ayuntamiento de las ranas del Molino quemado[530].

—¡Qué galante eres—dijo el Cojuelo—, don Cleofás, hasta contra tus regidores!

Bajándose con esto de la azutea, y la Rufina protestando al Cojuelo que le había de cumplir la palabra al día siguiente. Todo lo cual y lo que más sucediere se deja para esotro tranco.


TRANCO IX


Y saliéndose al ejercicio de la noche pasada, aunque las calles de Sevilla, en la mayor parte, son hijas del Laberinto de Creta, como el Cojuelo era el Teseo de todas, sin el ovillo de Ariadna, llegaron al barrio del Duque, que es una plaza más ancha que las demás, ilustrada de las ostentosas casas de los Duques de Sidonia, como lo muestra sobre sus armas y coronel un niño con una daga en la mano[531], segundo Isaac en el hecho, como esotro en la obediencia, el dicho que murió sacrificado a la lealtad de su padre don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, alcaide de Tarifa; aposento siempre de los asistentes de Sevilla, y hoy del que con tanta aprobación lo es, el Conde de Salvatierra[532], gentilhombre de la cámara del señor infante Fernando y segundo Licurgo del gobierno. Y al entrar por la calle de las Armas, que se sigue luego a siniestra mano, en un gran cuarto bajo, cuyas rejas rasgadas descubrían algunas luces, vieron mucha gente de buena capa[533] sentados con grande orden, y uno en una silla con un bufete delante, una campanilla, recado de escribir y papeles, y dos acólitos a los lados, y algunas mujeres con mantos, de medio ojo[534], sentadas en el suelo, que era un espacio que hacían los asientos, y el Cojuelo le dijo a don Cleofás:

—Esta es una academia de los mayores ingenios de Sevilla, que se juntan en esta casa a conferir cosas de la profesión y hacer versos a diferentes asumptos[535]: si quieres (pues eres hombre inclinado a esta habilidad), éntrate a entretener dentro; que por güéspedes y forasteros no podemos dejar de ser muy bien recibidos.

Don Cleofás le respondió:

—En ninguna parte nos podemos entretener tanto: entremos norabuena.

Y trayendo en el aire, para entrar más de rebozo, el Diablillo dos pares de antojos, con sus cuerdas de guitarra para las orejas, que se las quitó a dos descorteses, que con este achaque palían su descortesía, que estaban durmiendo, por ejercella de noche y de día, entraron muy severos en la dicha Academia, que apatrocinaba, con el agasajo que suele, el Conde de la Torre, Ribera, y Saavedra, y Guzmán, y cabeza y varón de los Riberas. El presidente era Antonio Ortiz Melgarejo, de la insignia de San Juan[536], ingenio eminente de la Música y de la Poesía, cuya casa fué siempre el museo de la Poesía y de la Música. Era secretario Alvaro de Cubillo, ingenio granadino que había venido a Sevilla a algunos negocios de su importancia[537], excelente cómico y grande versificador, con aquel fuego andaluz que todos los que nacen en aquel clima tienen, y Blas de las Casas[538] era fiscal, espíritu divino en lo divino y humano. Eran, entre los demás académicos, conocidos don Cristóbal de Rozas[539] y don Diego de Rosas, ingenios peregrinos que han honrado el poema dramático[540], y don García de Coronel y Salcedo[541], fénix de las letras humanas y primer[542] Píndaro andaluz.

Levantáronse todos cuando entraron los forasteros, haciéndolos acomodar en los mejores lugares que se hallaron, y, sosegada la Academia al repique de la campanilla del Presidente, habiendo referido algunos versos de los sujetos[543] que habían dado en la pasada, y que daban fin en los que entonces había leído con una silva al Fénix, que leyó doña Ana Caro[544], décima musa sevillana[545], les pidió el Presidente a los dos forasteros que por honrar aquella academia repitiesen algunos versos suyos, que era imposible dejar de hacerlos muy buenos los que habían entrado a oír los pasados; y don Cleofás, sin hacerse más de rogar, por parecer castellano entendido y cortesano de nacimiento, dijo:

—Yo obedezco, con este soneto que escribí a la gran máscara del Rey nuestro señor, que se celebró en el Prado alto, junto al Buen Retiro, tan grande anfiteatro, que borró la memoria de los antiguos griegos y romanos.

Callaron todos, y dijo en alta voz, con acción bizarra y airoso ademán, desta suerte[546]:

SONETO

Aquel que, más allá de hombre, vestido
De sus propios augustos esplendores,
Al sol por virrey tiene, y en mayores
Climas su nombre estrecha esclarecido,

Aquel que, sobre un céfiro nacido,
Entre los ciudadanos moradores
Del Betis, a quien más que pació flores
Plumas para ser pájaro ha bebido,

Aquel que a luz y a tornos desafía,
En la mayor palestra que vió el suelo,
Cuanta le ve estrellada monarquía,

Es, a pesar del bárbaro desvelo,
Filipo el Grande, que, arbitro del día,
Está partiendo imperios con el Cielo;

aplaudiéndolo toda la Academia con vitores y un dilatado estruendo festivo; y apercibiéndose el Cojuelo para otro, destosiéndose como es costumbre en los hombres, siendo él espíritu, dijo deste modo:

A UN SASTRE TAN CABALLERO, QUE NO QUERÍA CORTAR
LOS VESTIDOS DE SUS AMIGOS, REMITIÉNDOLOS O SU
MASEBARRILETE[547].

SONETO

Pánfilo, ya que los eternos dioses,
Por el secreto fin de su juicio,
No te han hecho tribuno ni patricio,
Con que a la dignidad del César oses,

Razón será que el ánimo reposes,
Haciendo en ti oblación y sacrificio;
Que dicen que no acudes a tu oficio
Estos que cortan lo que tú no coses.

Los ojos vuelve a tu primer estado:
Las togas cose, y de vestillas deja;
Que un plebeyo no aspira al consulado.

Esto, Pánfilo, Roma te aconseja;
No digan que de plumas que has hurtado
Te has querido vestir, como corneja.

El soneto fué muy aplaudido de toda la Academia, diciendo los más noticiosos della que parecía epigrama de Marcial, o en su tiempo compuesto de algún poeta que le quiso imitar, y otros dijeron que adolecía[548] del Doctor[549] de Villahermosa, divino Juvenal aragonés, pidiendo el Conde de la Torre a don Cleofás y al Cojuelo que honrasen aquella junta lo que estuviesen en Sevilla, y que dijesen los nombres supuestos con que habían de asistilla, como se usó en la Corusca y en la academia[550] de Capua, de Nápoles, de Roma y de Florencia, en Italia, y como se acostumbraba en aquélla. Don Cleofás dijo que se llamaba el Engañado, y el Cojuelo, el Engañador, sin entenderse el fundamento que tenían los dos nombres; y repartiendo los asuntos para la academia venidera, nombraron por presidente della al Engañado y por fiscal al Engañador, porque el oficio de secretario no se mudaba, haciéndoles esta lisonja por forasteros, y porque les pareció a todos que eran ingenios singulares. Y sacando una guitarra una dama de las tapadas, templada sin sentillo[551], con otras dos cantaron a tres voces un romance excelentísimo de don Antonio de Mendoza[552], soberano ingenio montañés, y dueño eminentísimo del estilo lírico, a cuya divina música vendrán estrechos todos los agasajos de su fortuna. Con que se acabó la academia de aquella noche, diviéndose los unos de los otros para sus posadas, aunque todavía era temprano, porque no habían dado las nueve, y don Cleofás y el Cojuelo se bajaron hacia el Almeda, con pretexto de tomar el fresco en la Alamenilla[553], baluarte bellísimo que resiste a Guadalquivir, para que no anegue aquel gran pueblo en las continuas y soberbias avenidas suyas. Y llegando a vista de San Clemente el Real, que estaba en el camino, a mano izquierda, convento ilustrísimo de monjas, que son señoras de todo aquel barrio, y de vasallos fuera dél, patronazgo magnífico de los Reyes, fundado por el santo rey don Fernando porque el día de su advocación ganó aquella ciudad de los moros[554], le dijo el Cojuelo a don Cleofás.

—Este real edificio es jaula sagrada de un serafín, o Serafina, que fué primero dulcísimo ruiseñor del Tejo[555], cuya divina y extranjera voz no cabe en los oídos humanos, y sube en simétrica armonía a solicitar la capilla impirea, prodigio nunca visto en el diapasón ni en la naturaleza; pero no por eso previlegiada de la envidia.

A estos hipérboles[556] iba dando carrete (verdades pocas veces ejecutadas de su lengua), cuando, al revolver otra calle, pocas veces paseada a tales horas de nadie, oyeron grandes carcajadas de risa[557] y aplausos de regocijo en una casa baja, edificio humilde que se indiciaba de jardín por unas pequeñas verjas de una reja algo alta del suelo, que malparía algunos relámpagos de luces, escasamente conocidos de los que pasaban. Y preguntóle al Cojuelo don Cleofás qué casa era aquella donde había tanto regocijo a aquellas horas. El Diablillo le respondió:

—Éste se llama el garito de los pobres; que aquí se juntan ellos y ellas, después de haber pedido todo el día, a entretenerse y a jugar, y a nombrar los puestos donde han de mendigar esotro día, porque no se encuentren unas limosnas con otras. Entremos dentro y nos entretendremos un rato; que, sin ser vistos ni oídos, haciéndonos invisibles con mi buena maña, hemos de registrar este conclave de San Lázaro.

Y con estas palabras, tomando a don Cleofás por la mano, se entraron por un balconcillo que a la mano derecha tenía la mendiga habitación, porque en la puerta tenían puesto portero porque no entrasen más de los que ellos quisiesen y los que fuesen señalados de la mano de Dios[558]; y bajando por un caracolillo a una sala baja, algo espaciosa, cuyas ventanas salían a un jardinillo de ortigas y malvas, como de gente que había nacido[559] en ellas, la hallaron ocupada con mucha orden de los pobres que habían venido, comenzando a jugar al rento y limetas[560] de vino de Alanís y Cazalla[561], que en aquel lugar nunca lo hay razonable, y algunos mirones, sentados también, y en pie. La mesa sobre que se jugaba era de pino, con tres pies y otro supuesto, que podía pedir limosna como ellos, un candelero de barro con una antorcha de brea, y los naipes con dos dedos de moho hacia cecina[562], de puro manejados de aquellos príncipes, y el barato que se sacaba se iba poniendo sobre el candelero. Y a estotra parte estaba el estrado de las señoras, sobre una estera de esparto, de retorno del ivierno pasado; tan remendados todos y todas, que parece que les habían cortado de vestir de jaspes de los muladares. Y entrando don Cleofás y su compañero y diciendo una pobra, fué todo uno. «Ya viene el Diablo Cojuelo», alteróse don Cleofás y dijo a su camarada:

—Juro a Dios que nos han conocido.

—No te sobresaltes—respondió el Diablillo—; que no nos han conocido ni nos pueden ver, como te previne; que el que ha dicho la pobra que viene es aquel que entra agora, que trae una pierna de palo y una muleta en la mano y se viene quitando la montera, y entre ellos le llaman el Diablo Cojuelo por mal nombre, que es un bellaco, mal pobre, embustero y ladrón, y estoy harto cansado con él y con ellas porque le llaman así, que es una sátira que me han hecho con esto, y que yo he sentido mucho; pero esta noche pienso que me lo ha de pagar, aunque sea con la mano del gato[563], como dicen.

—Muy grande atrevimiento—dijo don Cleofás—ha sido quererlas apostar contigo, siendo tú el demonio más travieso del infierno, y no te la hará nadie que no te la pague.

—Estos pobres—dijo Cojuelo—, como son de Sevilla, campan también de valientes[564], y reñirán con los diablos; pero no se alabará, si yo puedo, éste de haber salido horro desta chanza; que en el mundo se me han atrevido solamente tres linajes de gente: representantes, ciegos y pobres[565]; que los demás embusteros y gente deste género pasan por demonios como yo.

En esto, se había acomodado o sentádose en el suelo el Piedepalo, Diablo Cojuelo segundo deste nombre, diciendo muchas galanterías a las damas, y entró el Murciélago, llamado así porque pedía de noche a gritos por las calles, con Sopaenvino, que le había encontrado agazapado en una taberna y sacado por el rastro de los mosquitos que salían dél, como de la cuba de Sahagún. Convidóles con su asiento el Chicharro y el Gallo, el uno, que cantaba pidiendo por las siestas en verano y despertando los lirones[566]; el otro mendigaba por las madrugadas; y tomando el suelo por mejor asiento, porque cualquiera cosa más alta los desvanecía, y estando en esto, entró un pobre en un carretón, a quien llamaban el Duque, y todos se levantaron, ellos y ellas, a hacelle cortesía; y él, quitándose un sombrerillo que había sido de un carril[567] de un pozo, dijo:

—Por mi amor que se estén quedos y quedas, o me volveré a ir.

Temieron el disfavor, y llegándole el muchacho que le traía el carretón a la mesa donde se jugaba, pidió cartas. Faraón, que era uno de los del juego, llamado desta suerte porque pedía con plagas a las puertas de las iglesias, y el Sargento, nombrado así porque tenía un brazo menos[568], le dijeron que los dejase jugar su excelencia, que estaban picados; que después harían lo que les mandaba; viniéndose el Duque con el Marqués de los Chapines, que era un pobre que andaba arrastrando[569], y de la cintura arriba muy galán, y estaba entreteniendo las damas, diciendo:

—Con vusia[570] me vengo, que está más bien parado.

Y a ninguno de los dos les habían las damas menester para nada.

La Postillona, llamada deste nombre porque pedía a las veinte[571] limosna, no dejando calle ni barrio que no anduviese cada día, tuvo palabras con la Berlinga, tan larga como el nombre[572], que había sido senda de Esgueva a Zapardiel, sobre celos del Duque; y la Paulina[573], que apellidaban ansí porque maldecía a quien no le daba limosna, se picó con la Galeona, que llamaban desta suerte porque andaba artillada de niños que alquilaba para pedir, sobre haber dicho unas palabras preñadas[574] al Marqués, sin dar causa su señoría a ello, metiéndose la Lagartija y la Mendruga a revolverlas más, y el Piedepalo a las vueltas, con las Fuerzas de Hércules, que eran dos pobres, uno sobre otro, que a no meterse Zampalimosnas, que era el garitero, de por medio, y Pericón el de la Barquera, y Embudo el Temerario, Tragadardos, Zancayo, Peruétano y Ahorcasopas, hubiera un paloteado[575], entre los pobres y pobras, de los diablos. El Duque y el Marqués interpusieron sus autoridades, y para quietallo de todo punto inviaron por un particular[576], que trujo luego Piedepalo, para pagarlo de bonete[577], que fueron unos ciegos y una gaita zamorana que muy cerca de allí se recogían, que fué menester pagárselo adelantado porque se levantasen, y se concertó en treinta cuartos, y dijo el Duque que no se había pagado tan caro particular jamás, por vida de la Duquesa[578]. Y al mismo tiempo que entró Piedepalo con el particular, se entró tras ellos Cienllamas, con la vara en la pretina[579], y Chispa y Redina con él, preguntando:

—¿Quién es aquí el Diablo Cojuelo? Que he tenido soplo que está aquí en este garito de los pobres, y no me ha de salir ninguno deste aposento hasta reconocellos a todos, porque me importa hacer esta prisión.

Los pobres y las pobras se escarapelaron viendo la justicia en su garito, y el verdadero Diablo Cojuelo, como quien deja la capa al toro, dejó a Cienllamas cebado con el pobrismo, y por el caracolillo se volvieron a salir del garito él y don Cleofás.

—Este es—dijo el Duque señalando a Piedepalo—; que nosotros, ni hombres como nosotros, no hemos de defender de la justicia a hombres tan delincuentes;—tomando venganza de algunos embustes que les había hecho en las limosnas de la sopa de los conventos; y agarrando con él Chispa y Redina, comenzó a pedir iglesia[580] a grandes voces Piedepalo que en un bodegón hiciera lo mismo, queriendo dalles a entender que era ermita, y no garito, donde estaban, y que todos y todas habían venido a hacer oración a ella. El tal Cienllamas y Chispa y Redina comenzaron a sacalle arrastrando, diciéndole, entre algunos puñetes y mojicones:

—No penséis, ladrón, que os habéis de escapar con esos embustes de nuestras manos; que ya os conocemos.

Entonces el Marqués[581], metiendo las manos en los chapines, dijo:

—¿Por qué hemos de consentir que no contradiga el Duque que lleve preso un alguacil a un pobrete como el Cojuelo? ¡Por vida de la Marquesa[582] que no lo ha de llevar!

Y haciéndose los demás pobres y pobras de su parte, y apagando las luces, comenzaron con los asientos y con las muletas y bordones a zamarrealle a él y a sus corchetes a escuras, tocándoles los ciegos la gaita zamorana y los demás instrumentos, a cuyo son no se oían los unos a los otros, acabando la culebra[583] con el día y con desaparecerse los apaleados.


TRANCO X


En este tiempo llegaban a Gradas[584] su camarada y don Cleofás[585], tratando de mudarse de aquella posada, porque ya tenía rastro dellos Cienllamas, cuando vieron entrar por la posta, tras un postillón, dos caballeros soldados vestidos a la moda, y díjole el Cojuelo a don Cleofás.

—Estos van a tomar posada y apearse a Caldebayona[586] o a la Pajería[587], y es tu dama y el saldado que viene en su compañía, que, por acabar más presto la jornada, dejaron la litera y tomaron postas.

—¡Juro a Dios—dijo don Cleofás—que lo he de ir a matar antes que se apee, y a cortalle las piernas[588] a doña Tomasa!

Sin riesgo tuyo se hará todo eso—dijo el Cojuelo—, ni sin tanta demostración pública: gobiérnate por mí agora; que yo te dejaré satisfecho.

—Con eso me has templado—dijo don Cleofás—; que estaba loco de celos.

—Ya sé qué enfermedad es ésa, pues se compara a todo el infierno[589] junto—dijo el Diablillo—. Vámonos a casa de nuestra mulata: almorzarás y conmutarás en sueño la pendencia; y acuérdate que has de ser presidente de la Academia, y yo fiscal.

—Pardiez—dijo don Cleofás—, todo se me había olvidado con la pesadumbre; pero es razón que cumplamos nuestras palabras como quien somos.

Y habiéndose mudado de la posada de Rufina otro día[590] a otra de la Morería[591], más recatada, pasaron los que faltaron para la Academia en estudiar y escribir los sujetos que les habían dado y en hacer don Cleofás una oración para preludio della, como es costumbre y obligación de las presidencias de tales actos; y, llegado el día, se aderezaron lo mejor que pudieron, y al anochecer partieron a la palestra, donde les esperaban todos los ingenios con admiraciones de los suyos, y con los mismos antojos[592] de la preñez pasada se fueron sentando en los lugares que les tocaban; y haciendo señal con la campanilla para obligar al silencio, don Cleofás, llamado el Engañado en la Academia, hizo una oración excelentísima en verso de silva, cuyos números ataron los oídos al aplauso y desataron los asombros a sus alabanzas. Y en pronunciando la última palabra, que es el Dixi[593], volviendo a resonar el pájaro de plata, dijo:

—Yo quiero parecer presidente en publicar agora, después de mi oración, unas premáticas que guarden los divinos ingenios que me han constituido en esta dignidad;—leyendo desta manera un papel que traía doblado en el pecho:

«PREMÁTICAS Y ORDENANZAS QUE SE HAN DE GUARDAR EN LA INGENIOSA ACADEMIA SEVILLANA DESDE HOY EN ADELANTE.

»Y por que se celebren y publiquen con la solemnidad que es necesaria, sirviendo de atabales los cuatro vientos y de trompetas el Músico de Tracia[594], tan marido, que por su mujer descendit ad inferos, y Arión, que, siendo de los piratas con quien navegaba arrojado al mar por roballe, le dió un delfín en su escamosa espalda, al son de su instrumento, jamugas para que no naufragase, et coetus, et Amphion Thebanae conditor urbis[595]; y pregonero la Fama, que penetra provincias y elementos, y secretario que se las dicte Virgilio Marón, príncipe de los poetas, digan desta suerte:

»Don Apolo, por la gracia de la Poesía, rey de las Musas, príncipe de la Aurora, conde y señor de los oráculos de Delfos y Delo, duque del Pindo, archiduque de las dos Frentes del Parnaso y marqués de la Fuente Cabalina, etc., a todos los poetas heroicos, épicos, trágicos, cómicos, ditirámbicos, dramáticos[596], autistas, entremeseros, bailinistas[597] y villancieres[598], y los demás del nuestro dominio, ansí seglares como eclesiásticos, salud y consonantes.

»Sepades: como, advirtiendo las grandes desórdenes y desperdicios con que han vivido hasta aquí los que manejan nuestros ridmos[599], y que son tantos los que sin temor de Dios y de sus conciencias, componen, escriben y hacen versos, salteando y capeando de noche y de día los estilos, conceptos y modos[600] de decir de los mayores, no imitándolos con la templanza y perífrasis que aconseja Aristóteles, Horacio y César Escalígero, y los demás censores que nuestra Poética advierten, sino remendándose con centones de los otros y haciendo mohatras de versos, fullerías y trapazas, y para poner remedio en esto, como es justo, ordenamos y mandamos lo siguiente:

»Primeramente se manda que todos escriban con voces castellanas, sin introducillas de otras lenguas, y que el que dijere fulgor, libar, numen, purpurear, nieta, trámite, afectar, pompa, trémula, amago, idilio[601] ni otras desta manera, ni introdujere posposiciones[602] desatinadas, quede privado de poeta por dos academias, y a segunda vez, confiscadas sus sílabas y arados de sal[603] sus consonantes, como traidores a su lengua materna.

»Item, que nadie lea sus versos en idioma de jarabe, ni con gárgaras de algarabía en el gútur[604], sino en nuestra castellana pronunciación, pena de no ser oídos de nadie.

»Item, por cuanto celebraron el fénix en la academia pasada en tantos géneros de versos, y en otras muchas ocasiones lo han hecho otros, levantándole testimonios a esta ave[605] y llamándola hija y heredera de sí propia y pájaro del sol, sin haberle tomado una mano ni haberla conocido si no es para servilla, ni haber ningún testigo de vista de su nido, y ser alarbe de los pájaros, pues en ninguna región ha encontrado nadie su aduar, mandamos que se ponga perpetuo silencio en su memoria, atento que es alabanza supersticiosa y pájaro de ningún provecho para nadie, pues ni sus plumas sirven en las galas cortesanas ni militares, ni nadie ha escrito con ellas, ni su voz ha dado música a ningún melancólico, ni sus pechugas alimento a ningún enfermo; que es pájaro duende, pues dicen que le hay, y no le encuentra nadie, y ave solamente para sí; finalmente, sospechosa de su sangre, pues no tiene agüelo que no haya sido quemado; estando en el mundo el pájaro celeste, el cisne, el águila, que no era bobo Júpiter, pues la eligió por su embajatriz, la garza, el neblí, la paloma de Venus, el pelícano, afrenta de los miserables[606], y, finalmente, el capón de leche[607], con quien los demás son unos pícaros. Este sí que debe alabarse, y mátenle un fénix a quien sea su devoto, cuando tenga más necesidad de comer. Dios se lo perdone a Claudiano, que celebró esta necedad imaginada, para que todos los poetas pecasen en él.

»Item, porque a nuestra noticia ha venido que hay un linaje de poetas y poetisas hacia palaciegos, que hacen más estrecha vida que los monjes del Paular[608], porque con ocho o diez vocablos solamente, que son crédito, descrédito, recato, desperdicio, ferrión, desmán, atento, valido, desvalido, baja fortuna, estar falso, explayarse, quieren expresar todos sus conceptos y dejar a Dios solamente que los entienda, mandamos que les den otros cincuenta vocablos más de ayuda de costa, del tesoro de la Academia, para valerse dellos, con tal que, si no lo hicieren, caigan en pena de menguados y de no ser entendidos, como si hablaran en vascuence.

»Item, que en las comedias se quite el desmesurarse los embajadores con los reyes, y que de aquí en adelante no le[609] valga la ley del mensajero[610]; que ningún príncipe en ellas se finja hortelano por ninguna infanta, y que a las de León se les vuelva su honra con chirimías[611], por los testimonios que las han levantado; que los lacayos graciosos no se entremetan con las personas reales si no es en el campo, o en las calles de noche; que para querer dormirse sin qué ni para qué, no se diga: «Sueño me toma», ni otros versos por el consonante, como decir a rey, «porque es justísima ley», ni a padre, «porque a mi honra más cuadre», ni las demás; «A furia me provocó»[612], «Aquí para entre los dos» y otras civilidades, ni que se disculpen sin disculparse, diciendo:

«Porque un consonante obliga
a lo que el hombre no piensa»[613].

»Y al poeta que en ellas incurriere de aquí adelante, la primera vez le silben, y la secunda, sirva a su Majestad con dos comedias en Orán[614].

»Item, que los poetas más antiguos se repartan por sus turnos a dar limosna de sonetos, canciones, madrigales, silvas, décimas, romances y todos los demás géneros de versos a poetas vergonzantes que piden de noche, y a recoger los que hallaren enfermos comentando, o perdidos en las Soledades de don Luis de Góngora; que haya una portería en la Academia, por donde se dé sopa de versos a los poetas mendigos.

»Item, que se instituya una Hermandad y Peralvillo contra los poetas monteses y jabalíes[615].

»Item, mandamos que las comedias de moros se bauticen dentro de cuarenta días o salgan del reino.

»Item, que ningún poeta, por necesidad ni amor, pueda ser pastor de cabras ni ovejas, ni de otra res semejante, salvo si fuere tan Hijo Pródigo, que, disipando sus consonantes en cosas ilícitas, quedare sin ninguno sobre qué caer poeta[616]; mandamos que en tal caso, en pena de su pecado, guarde cochinos.

»Item, que ningún poeta sea osado a hablar mal de los otros si no es dos veces en la semana.

»Item, que al poeta que hiciere poema heroico no se le dé de plazo más que un año y medio, y que lo que más tardare se entienda que es falta de la musa; que a los poetas satíricos no se les dé lugar en las academias, y se tengan por poetas bandidos y fuera del gremio de la poesía noble, y que se pregonen las tallas[617] de sus consonantes, como de hombres facinerosos a la república. Que ningún hijo de poeta que no hiciere versos no pueda[618] jurar por vida de su padre, porque parece que no es su hijo.

»Item, que el poeta que sirviere a señor ninguno[619], muera de hambre por ello.

»Y, al fin, estas premáticas y ordenanzas se obedezcan y ejecuten como si fueran leyes establecidas de nuestros príncipes, reyes y emperadores de la Poesía. Mándanse pregonar, porque venga a noticia de todos.»

Celebradísimo fué el papel de el Engañado por peregrino y caprichoso, sacando, al mismo tiempo que le acababa, otro del pecho el Engañador, llamado así en la Academia y en los tres hemisferios[620], y fiscal de la presente, que decía desta manera:

»PRONÓSTICO Y LUNARIO DEL AÑO QUE VIENE, AL MERIDIANO DE SEVILLA Y MADRID, CONTRA LOS POETAS, MÚSICOS Y PINTORES. COMPUESTO POR «EL ENGAÑADOR», ACADÉMICO DE LA INSIGNE ACADEMIA DEL BETIS, Y DIRIGIDO A PERICO DE LOS PALOTES, PROTO-DEMONIO Y POETA DE DIOS TE LA DEPARE BUENA»;

interrumpiendo estas últimas razones un alguacil de los veinte[621], guarnecido de corchetes[622] (y tantos, que si fueran de plata, pudiera[623] competir con la capitana y almiranta de los galeones cuando vuelven de retorno con las entrañas del Potosí y los corazones de los que los esperan y los traen), doña Tomasa y su soldado, como entraron por la posta para estar a la vista de la ejecución de su requisitoria; la Academia se alteró con la intempestiva visita, y el atrevido Alguacil dijo:

—Vuesas mercedes no se alboroten: que yo vengo a hacer mi oficio y a prender no menos que al señor Presidente, porque es orden de Madrid, y la he de hacer de Evangelio[624].

Palotearon los académicos, y don Cleofás se espeluzó tanto y cuanto, y el Fiscal, que era el Cojuelo, le dijo:

—No te sobresaltes[625], don Cleofás, y déjate prender, no nos perdamos en esta ocasión; que yo te sacaré a paz y a salvo de todo[626].

Y volviendo a los demás, les dijo lo mismo, y que no convenía en aquel lance resistencia ninguna; que si fuera menester, el Engañado y él metieran a todos los alguaciles de Sevilla las cabras en el corral[627].

—Hombre hay aquí—dijo un estudiantón del Corpus[628], graduado por la Feria y el pendón verde[629]—, que, si es menester, no dejará oreja de ministro a manteazos, siendo yo el menor de todos estos señores.

El Alguacil trató de su negocio sin meterse en más dimes ni diretes, deseando más que hubiese dares y tomares, y doña Tomasa estuvo empuñada la espada y terciada la capa a punto de pelear al lado de su soldado; que era, sobre alentada[630], muy diestra, como había tanto que jugaba las armas[631], hasta que vió sacar preso al que le negaba la deuda, libre de polvo y paja. El Cojuelo se fué tras ellos, y la Academia se malogró aquella noche, y murió de viruelas locas.

El Cojuelo, arrimándose al Alguacil, le dijo aparte, metiéndole un bolsillo en la mano, de trecientos escudos:

—Señor mío, vuesa merced ablande su cólera con este diaquilón[632] mayor, que son ciento y cincuenta doblones de a dos.

Respondiéndole el Alguacil, al mismo tiempo que los recibió:

—Vuesas mercedes perdonen el haberme equivocado, y el señor Licenciado se vaya libre y sin costas, más de las que le hemos hecho; que yo me he puesto a un riesgo muy grande habiendo errado el golpe.

El soldado y la señora doña Tomasa, que también habían regalado al Alguacil, por más protestas que le hicieron entonces, no le pudieron poner en razón, y ya a estas horas estaban los dos camaradas tan lejos dellos, que habían llegado al río y al Pasaje[633], que llaman, por donde pasan de Sevilla a Triana y vuelven de Triana a Sevilla, y, tomando un barco, durmieron aquella noche en la calle del Altozano, calle Mayor[634] de aquel ilustre arrabal, y la Vitigudino y su galán se fueron muy desairados a lo mismo a su posada, y el Alguacil a la suya, haciendo mil discursos con sus trecientos escudos, y el Cojuelo madrugó sin dormir, dejando al compañero en Triana, para espiar en Sevilla lo que pasaba acerca de las causas de los dos, revolviendo de paso dos o tres pendencias en el Arenal[635].

Y el Alguacil despertó más temprano, con el alborozo de sus doblones, que había puesto debajo de las almohadas, y, metiendo la mano, no los halló; y levantándose a buscallos, se vió emparedado de carbón, y todos los aposentos de la casa de la misma suerte, porque no faltase lo que suele ser siempre del dinero que da el diablo[636], y tan sitiado desta mercadería, que fué necesario salir por una ventana que estaba junto al techo, y en saliendo, se le volvió todo el carbón ceniza; que si no fuera ansí, tomara después por partido dejar lo alguacil por carbonero, si fuera el carbón de la encina del infierno[637], que nunca se acaba, amén, Jesús.

El Cojuelo iba dando notables risadas entre sí, sabiendo lo que le había sucedido al Alguacil con el soborno. Saliendo, en este tiempo, por cal de Tintores[638] a la plaza de San Francisco, y habiendo andado muy pocos pasos, volvió la cabeza y vió que le venían siguiendo Cienllamas, Chispa y Redina; y, dejando las muletas, comenzó a correr, y ellos tras él, a grandes voces diciendo:

—¡Tengan ese cojo ladrón!

Y cuando casi le echaban las garras Chispa y Redina, venía un escribano del número[639] bostezando, y metiósele el Cojuelo por la boca, calzado y vestido, tomando iglesia, la que más a su propósito pudo hallar[640]. Quisieron entrarse tras él a sacalle deste sagrado Chispa, Redina y Cienllamas, y salió a defender su juridición una cuadrilla de sastres, que les hicieron resistencia a agujazos y a dedalazos, obligando a Cienllamas a inviar a Redina al infierno por orden de lo que se había de hacer; y lo que trujo[641] en los aires fué que, con el Escribano y los sastres, diesen con el Cojuelo en los infiernos[642]. Ejecutóse como se dijo, y fué tanto lo que los revolvió el Escribano, después de haberle hecho gormar al Cojuelo, que tuvieron por bien los jueces de aquel partido echallo fuera, y que se volviese a su escritorio, dejando a los sastres en rehenes, para unas libreas que habían de hacer a Lucifer a la festividad del nacimiento del Antecristo; tratando doña Tomasa, desengañada, de pasarse a las Indias con el tal soldado, y don Cleofás, de volverse a Alcalá a acabar sus estudios, habiendo sabido el mal suceso de la prisión de su Diablillo, desengañado de que hasta los diablos tienen sus alguaciles, y que los alguaciles tienen a los diablos[643]. Con que[644] da fin esta novela, y su dueño gracias a Dios porque le sacó della con bien, suplicando a quien la leyere que se entretenga y no se pudra en su leyenda[645], y verá qué bien se halla.


NOTAS:

[1]

En la conferencia leída en el teatro Español la noche del 4 de febrero de 1910, al estrenarse la refundición de La Luna de la Sierra, hecha por don Cristóbal de Castro.

[2]

Narróla—mejor diría marróla—don Joaquín María Ferrer, en el prólogo de su edición de El Diablo Cojuelo (París, 1828), y la extractó muchos años después don Cayetano A. de la Barrera, en su Catálogo bibliográfico y biográfico del Teatro antiguo español.

[3]

Las investigaciones serias acerca de la vida del insigne autor astigitano datan de los postreros años del siglo XIX. Yo encontré, y publiqué muy en extracto en mi estudio sobre Cervantes y la Universidad de Osuna, inserto en el tomo II del Homenaje a Menéndez y Pelayo en el año vigésimo de su profesorado (Madrid, 1899), el acta del grado de bachiller en Artes de Vélez; en 1902 hallaba el muy diligente y erudito don Antonio Paz y Melia, y sacábala a luz en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, una carta de don Juan Vélez de Guevara, hijo del poeta ecijano, escrita en 20 de octubre de 1645, documento interesante, porque contiene, aunque abreviadamente y con algunos errores de importancia, la biografía del autor de El Diablo Cojuelo. Poco después, don Felipe Pérez y González, al par que comentaba con acierto algunos de los pasajes más oscuros de esta novela, dedicóse con feliz éxito a allegar datos para la vida de su autor, y diólos a conocer en diversos artículos, que publicó en La Ilustración Española y Americana y reimprimió juntos en 1903, con otros de carácter crítico. Entretanto, el meritísimo Pérez Pastor descubría y acopiaba muchas noticias peregrinas referentes a los que en el buen tiempo fueron próceres de nuestras letras, a Vélez de Guevara entre ellos; no menos de cincuenta y cuatro documentos tocantes a él insertó en la tercera parte, última publicada (Madrid, 1907), de su excelente Bibliografía Madrileña (págs. 499-515). Amén de esto, en 1902, don Adolfo Bonilla y San Martín daba a la estampa en la Revista de Aragón diversas poesías de Luis Vélez, las más de ellas inéditas hasta entonces, y de las cuales hay especialmente cuatro—las cuatro primeras—llenas de indicaciones muy interesantes para la vida de su autor, razón por la cual en 1908 las reproduje anotadas, con otra inédita, en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos. A la buena luz de tan valiosos hallazgos, podía ya intentarse sin temeridad la empresa de componer una biografía circunstanciada de Vélez, cosa que ha efectuado don Emilio Cotarelo en el Boletín de la Real Academia Española, cuadernos de diciembre de 1916 y abril de 1917, no sin aportar algunos otros datos debidos a sus investigaciones.

[4]

Fué hijo del licenciado Diego Vélez de Dueñas, nacido en Jerez de la Frantera, y de doña Francisca Negrete de Santander, natural de Ecija, quienes habían contraído matrimonio en esta ciudad, siendo él vecino de Sevilla, a 10 de febrero de 1573. Vélez de Dueñas—descendiente de don Llorente Vélez de Guevara, uno


«de los trescientos hidalgos
que ganaron a Jerez»,

como recordó, andando el tiempo, el autor de Reinar después de morir—era hijo de Alonso Rodríguez Vélez y de doña Isabel de Dueñas, y se llamó indistintamente Diego de Dueñas y Diego Rodríguez de Dueñas mientras fué estudiante. Para graduarse de bachiller en Leyes en la Universidad de Sevilla (22 de septiembre de 1570), presentó los siguientes recaudos: casi seis meses que en la dicha facultad había cursado en Salamanca por los años de 1563, 64 y 65; dos cursos más, oídos en Sevilla, el último, desde 1.º de mayo de 1568 hasta 7 de mayo de 1569, y cinco lecciones de leyes que había leído. (Archivo universitario de Sevilla, libro 1.º de Diligencias y colaciones de grados menores, desde 1570 hasta 1574.) Este sujeto es, como columbré diez años ha, el mismo lincenciado Dueñas, poeta más que razonable, autor de once de las composiciones coleccionadas en Méjico, en 1577, bajo el título de Flores de varia poesía (Biblioteca Nacional de Madrid, Ms. 2973), y el mismo a quien se refirió el licenciado Francisco Pacheco, jerezano como él, en su interesante composición intitulada La sátira apologética en defensa del divino Dueñas, escrita en 1569, anotada por mí y publicada en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos (1907-1908). Trasladado a Écija desde su casamiento, allí vivió pobremente ejerciendo la abogacía y criando otros hijos, entre ellos, a Diego, nacido en 1586 y poeta como su padre y su hermano, vistiéndose y vistiendo a su familia de fiado, de lo cual es buena muestra cierta escritura que encontré en aquel archivo de protocolos, al buscar documentos cervantinos (Antonio Trapel, libro 1.º de 1588, fol. 1899), y componiendo de cuando en cuando tal cual epigrama latino, como el que hizo en elogio de don Alvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, para el Comentario en breve compendio de disciplina militar, escrito por el licenciado Mosquera de Figueroa (Madrid, Luis Sánchez, 1596).

Doña Francisca Negrete de Santander era hija del licenciado Diego de Santander, oriundo de la Montaña, y de doña María de Medina, vecinos de Écija. De estos Negretes y Santanderes, unos habían negociado en las Indias, y otros eran hombres de estudios, como lo demuestran los diversos datos que allegué: el doctor Pedro de Santander y su mujer doña Inés Melgarejo, vecinos de Sevilla, él hijo del doctor Negrete, se despacharon a la Nueva España, con los suyos, antes de mediar el siglo XVI (Archivo general de Indias, Licencias de pasajeros, 1534 y 1554 (43, 2, 1/5), relación núm. 74 del cuaderno 9.º). En 25 de septiembre de 1553, Diego Negrete de Santander, vecino de Sevilla, hijo de Bernardo Negrete de Santander y de Isabel Gómez Adalid, se despachó por mercader por tres años para Tierra Firme y Popayán (Ibid., al fin de la primera hoja). El bachiller Juan de Santander, natural de Écija, probó en 17 de marzo de 1554 haber ganado un curso de Medicina, «oyendo del doctor gudiel y del doctor ferrer» (Archivo universitario de Osuna, Pruebas de cursos, fol. 6 del cuaderno del dicho año), y en 4 de mayo de 1555 probó otro en la Universidad complutense (Archivo Universitario de Alcalá, hoy en el Histórico Nacional, Pruebas de cursos de 1540 a 1555, fol. 714 vto.). Con el nombre de Juan Antonio de Santander, se graduó en Medicina en la misma Universidad a 16 de mayo de 1555, y repitiendo en Osuna para licenciado, se le asignaron puntos, hizo el examen secreto y se le confirió el grado en 28 de agosto de 1568, doctorándose en 16 de mayo de 1569 (Registro 1.º de grados, fol. 22 del dicho año), a presencia del duque de Osuna don Pedro Girón, de su hijo don Juan, marqués de Peñafiel, de don Alonso Téllez Girón, hermano natural del Duque y de muchos doctores y maestros. En la propia Universidad se graduó de bachiller en Artes, a 28 de julio de 1587, Alonso de Santander (Registro 2.º de Grados, fol. 28 de este año), asimismo natural de Écija, a quien vuelvo a encontrar en Alcalá ganando un curso de Teología escolástica en 8 de mayo de 1590. (Archivo universitario de Alcalá, pruebas de cursos de 1590 a 1593, fol. 21 del dicho año.) Y, en fin, un Pedro de Santander figura, para la devolución de la blanca de carne, entre los dignidades, canónigos, racioneros y capellanes de la Iglesia Mayor de Sevilla, en el año de 1596 (Archivo Municipal de Sevilla, Libros de Propios, asientos de 12 de junio de 1597). Este prebendado, probable deudo de Luis Vélez de Guevara, fué quizás quien le hizo entrar de paje en el palacio de don Rodrigo de Castro, cardenal arzobispo de Sevilla.

[5]

Así vino a decirlo Cervantes en la jorn. III de La gran sultana doña Catalina de Oviedo:


«... hidalgo, pero no rico:
maldición del siglo nuestro;
que parece que ser pobre
al ser hidalgo está anexo.»

[6]

En 1902 envié desde Sevilla copia literal del acta de este grado a don Felipe Pérez y González, en cuyo citado libro, págs. 132 y siguientes, puede leerla el curioso.

[7]

Las bodas de los Católicos Reyes de España don Felipe III y doña Margarita de Austria, celebradas en la insigne ciudad de Valencia. Por Luis Vélez de Santander. Sevilla, 1599.

[8]

En uno de los reimpresos por mí (Cinco poesías autobiográficas de Luis Vélez de Guevara. Madrid, 1908, pági 11):


«Esto es cuanto al Archiduque;
cuanto a marciales papeles
de servicios de seis años,
escuchadme atentamente.
Si busca Antonio de Losa
soldados que a hablaros entren,
que no sin causa el aplauso
vuestro su atención merece,
Saboya me vió y Milán;
en los años diez y siete
de mi edad, medié la pica
al grabado peto fuerte(a),
con el tercio de Bretaña,
siguiendo al Conde de Fuentes
desde Baya de Zahona,
por ambiciones de nieve,
hasta que, treguas haciendo
con Saboya los franceses,
pasé a Nápoles, de donde
a buscar en sus bajeles
la caravana salí
por todo el mar del Oriente,
con don Pedro de Toledo,
rayo español de Berzeli.
De plomo, como de gorra,
nos saludamos mil veces
las turquescas escopetas
con los cristianos mosquetes,
descubrimos las montañas
de la provincia que tiene
el obelisco de Dios
en prisión irreverente,
hasta que el heroico brazo
vuestro a rescatar se llegue,
para que el número diez
acrecentéis a los Nueve,
y en la primera jornada
de Argel fué mi coselete,
espejo al sol, que, Narciso,
por mi se negó a las fuentes,
llegando a Valladolid
la misma noche del viernes
que, para dicha del mundo,
vos nacéis y Cristo muere.»

(a) Como veremos en seguida, no tenía diez y siete, sino veintiún años, cuando dejó su plaza de paje. Trascordóse, pues, Vélez, o, lo que más creo, le hizo escribir diez y siete la fuerza del asonante.

[9]

En pleito promovido por don Jerónimo de Leyva en abril de 1604 ante el Provisor general del arzobispado de Sevilla, con motivo de haber presentado don Francisco de Acuña, canónigo de aquella Santa Iglesia, unas letras del Auditor de la Cámara de Su Santidad, por las cuales le subdelegaba plenariamente sus veces para averiguar si don Alonso de Ulloa habia sido criado del cardenal don Rodrigo de Castro, declararon a tenor de cierto interrogatorio diversos testigos, entre ellos Luis Vélez de Santander, o sea nuestro Vélez de Guevara, y Lope de Vega Carpio. Mi querido amigo el docto cervantista don Adolfo Rodríguez Jurado, que halló este pleito, sacó a la luz pública la interesante declaración de Lope en el Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras (septiembre de 1917), y me ha favorecido copiando para mí la declaración de Vélez, por la cual se viene en conocimiento de algunas cosas muy importantes para su biografía. Dijo «que es de hedad de veynte y cinco años poco más o menos», y respondiendo a la pregunta primera, que «conoció al Ilmo. don Rodrigo de Castro, arçobispo que fue de Sevilla, por queste testigo le sirvio de paje quatro años, que el postrero fue en el que murio el dicho cardenal, porque dos meses antes que muriera salió este testigo del su servicio....» A la segunda: «que sabe que el dicho don alonso de ulloa murió en la ciudad de toro por el mes de agosto del año pasado de seiscientos e tres, y este testigo le vido en valladolid quince días o veynte antes que muriese....» Y a la sexta: «queste testigo fue con el dicho cardenal a la dicha jornada de madrid, valencia y binaros, donde también fué el dicho don alonso de ulloa....»

[10]

Añadió al Vélez el Guevara y omitió el apellido materno, bien que en Écija siguieron llamándole Vélez de Dueñas, como a su padre. En 1630, año en que escribía el licenciado Andrés Florindo su Addicion al libro de Eciia y svs grandezas (Sevilla, Luis Estupiñán, 1631), aún le nombraba así (fol. 4): «Otro insigne Cavallero desta Ciudad, de excelente ingenio, mui universal en todas historias (otro don Alonso de Ercilla, o Luis Vélez de Dueñas)....»

[11]

Como nota el señor Cotarelo, Vélez de Guevara siempre hizo caso omiso de este primer matrimonio, al cual tampoco se refirió su hijo don Juan en la carta dirigida a Pellicer que publicó el señor Paz y Melia; pero en la canción que Salcedo Coronel dedicó a la muerte de nuestro poeta (Cristales de Helicona, Madrid, Diego Díaz de la Carrera, 1649-1650, folio 31 vto.) hay una tan clara y circunstanciada alusión a este enlace, que no sé como se desvirtúe:


«Coronado de aplausos y victorias
volviste a España, que fiel previno
en agradables lazos de Himeneo
refrenar la inquietud de tu destino.
Ingrato el esplendor a tus memorias
ardió en las teas que encendió el deseo,
y entre infaustos gemidos sin aseo,
al tálamo condujo temerosa
pronuba Juno a tu querida esposa,
que en dulce nudo apenas
se vió a tu firme voluntad unida,
cuando, de acerbo golpe interrumpida,
sulcó estigias arenas:
Eurídice feliz fuera, si el llanto
no impidiera la fuerza de tu canto.»

¿Qué enlace fué éste? ¿Tuvo acaso más de arrebatado y soldadesco que de sacramental?

[12]

24 de septiembre de 1608. Véase la partida matrimonial en el citado libro de Pérez y González, pág. 192.

[13]

Bautizado a 9 de febrero de 1611 (Pérez y González, obra citada, pág. 193). A este hijo y a la unión de que fué dichoso fruto se refirió Salcedo Coronel en la estancia que sigue a la transcrita poco ha:


«Segunda vez a más fecundos lazos
rendiste la cerviz aún no domada,
gustoso de tu mismo vencimiento,
por quien, dichosamente dilatada,
conseguiste en recíprocos abrazos
la virtud que inspiró sagrado aliento,
hijo, en fin, que formó tu entendimiento
aún más que la común naturaleza,
porque lograse con igual grandeza,
agradecido el mundo,
fénix que del primero renaciese
y tus doctas cenizas ofreciese
al templo en que facundo
Apolo, por cien bocas espirante,
tus alabanzas dignamente cante.»

[14]

Pérez y González, obra citada, pág. 196.

[15]

También le señaló pensión el Marqués de Peñafiel: cuatrocientos ducados en cada un año, desde 1.º de enero de 1622; pero amén de salir de ordinario inciertas las mercedes de los señores de aquel tiempo, en las manos de Luis Vélez no había dinero, presente o futuro, que no se volviera sal y agua.

[16]

A estos memoriales me he referido en la nota última de la pág. IX.

[17]

Pérez y González, obra citada, pág. 203.

[18]

Sólo producían lo poco en que las compraban los autores de compañía o las corporaciones que las habían encargado: seiscientos reales, u ochocientos a lo sumo. Por lo menos de seiscientos no creía Jerónimo Dalmao, en 1616, que Luis Vélez se prestase a componer cierta comedia a lo divino (Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1878). Y don Pedro Calderón, en la jorn. I de Nadie fie su secreto, comedia anterior al año 1651, hizo decir a dos de sus interlocutores:


«D. ARIAS. Aquí la doncella vive....


LÁZARO.    Ni la oigas ni la veas,
señor, hasta que se haga;
que son como las comedias:
sin saber si es buena o mala,
ochocientos reales cuesta
la primera vez; mas luego
dan por un real ochocientas.
Déjala imprimir primero;
que comedias y doncellas,
como estén dadas al molde,
las hallarás por docenas.»

[19]

Lope, en una de sus cartas al duque de Sessa (Barrera, Adiciones a la Nueva biografía de Lope de Vega, página 616): «Hablaré, pues V. Ex.ª lo manda, a Vallejo; que, en fin,


Mi sotana sin reparos
tiene, por ser de probecho,
quatro bocas en el pecho,
mas todas para alabaros.
Y no es por ynportunaros
al hablar en mi sotana,
pues tengo por cosa llana,
según es agradecida,
que si os alaba rompida,
mexor os alabe sana.

Parece cosa de Luis Vélez; mas, Señor, V. Ex.ª tubo la culpa; que yo me havía remitido a la onrra portuguesa, que en Castilla llaman bayeta.»

[20]

Pérez Pastor, Bibliografía Madrileña, tomo III, pág. 509.

[21]

Pérez y González, obra citada, pág. 207.

[22]

Pérez y González, obra citada, pág. 210.

[23]

A fines del año 1851 un señor Pianitzky, pensando en traducir al ruso El Diablo Cojuelo, pidió explicaciones a la Academia Española acerca de ciertas dudas que se le habían ofrecido. Dado encargo al académico don Agustín Durán para que respondiese, este señor, por abril del año siguiente, dió cuenta de haberlo cumplido, en la medida de sus fuerzas. Pero ¡cómo lo cumplió, Dios santo! Hago gracia al lector de los demás trámites de aquel desdichado asunto: baste decir, para que los manes de Durán no se irriten demasiado, que en aquella ocasión durmió Homero a pierna suelta, y durmieron con él cuantos pusieron las manos, o formulariamente hicieron que las ponían, que es lo más probable, en las empecatadas ilustraciones de Durán. Aquella larga serie de lamentables yerros, que el lector curioso puede examinar en el departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional (Ms. 13881)—pues a ella fueron a parar, con la del, por otra parte, meritísimo colector de nuestros romances, los borradores de su inverosímil trabajo—, convidaba, ¿qué digo convidaba?, requería a volver por la honra del malparado Vélez, y, en general, por los fueros de nuestro idioma; el señor Bonilla no resistió a tentación tan plausible, y es de justicia reconocer que en mucha parte logró su intento, explicando bien muchas cosas de que Durán no había sabido darse acertada cuenta.

[24]

Nota de la pág. VIII de la introducción: «Tuve entonces [en 1902] la fortuna (que por tal la disputo) de hallar un erudito y amable crítico en la persona del señor don Felipe Pérez y González, el cual publicó en La Ilustración Española y Americana y reunió después en un volumen (El Diablo Cojuelo, Madrid, 1903) algunas notas acerca de mis Comentarios, que inmerecidamente declaró «dignos de aplauso y alabanza». La disconformidad en que estoy con algunas de sus apreciaciones no obsta para que reconozca la exactitud de otras, ni para que aproveche con gratitud sus enseñanzas, como aprovecharé y agradeceré siempre las que se me den con fundamento. Aspiro constantemente a realizar trabajos útiles, pero jamás tuve la ridícula pretensión de que fuesen perfectos.»

[25]

Santiago de Chile, Imprenta de San José, 1915, página 15.

[26]

Pag. 190 de la edición de Zaragoza, s.i., 1697.

[27]

Tomo IV, pág. 386, 13.

[28]

Sin lugar ni año, pero en Sevilla, hacia 1630.

[29]

Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Toledo, legajo 91 de causas, núm. 176, fol. 85.

[30]

Ibid., legajo 94, núm. 226.

[31]

Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Valencia, legajo 25 de causas, núm. 1.

[32]

Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Toledo, legajo 83 de causas, núm. 41.

[33]

Inquisición de Toledo, legajo 86 de causas, número 73.

[34]

El señor Bonilla, al opinar en esto contra Pérez y González, opinó también contra sí, pues en su edición de 1902, página XXVII, había dicho: «Podemos concluír, pues, que El Diablo Cojuelo, empezado hacia 1630, hubo de terminarse después del mes de febrero de 1637, fecha de las mencionada fiestas»; refiriéndose a las celebradas en el Retiro, en que Luis Vélez, como presidente, leyó el mismo soneto que don Cleofás lee en la Academia Sevillana (TRANCO IX de la presente edición) y, con leves variantes, las mismas Premáticas y ordenanzas que lee en otra junta de la sobredicha Academia (TRANCO X.)

[35]

También yo caí en la tentación de hacer sobre ello algunas pesquisas, y a este fin, pues al principio del TRANCO IX se nombra como asistente de Sevilla al Conde de Salvatierra, averigüé cuándo tomó posesión de este cargo y cuándo cesó en su ejercicio, por si lo uno o lo otro diese alguna luz para el pleito. No la da: su asistencia duró desde el día 24 de abril de 1634 hasta el 3 de julio de 1642, en que dió posesión al Conde de la Puebla del Maestre, y haciéndome el razonamiento que en el texto queda, sobreseí en la investigación.

[36]

Córdoba, Salvador de Cea, 1630. 4 hs. sin foliar.

[37]

Verbigracia, en un pasaje del TRANCO PRIMERO y en otro del TRANCO IX.

[38]

Página 237 de mi edición crítica de Rinconete y Cortadillo (Sevilla, 1905). A mayor abundamiento, vea el curioso, porque es concluyente y definitivo—como dicen ahora—algo de lo que advirtió el sabio maestro Menéndez y Pelayo para explicar por qué en la hermosa edición académica de las Obras de Lope de Vega no había de copiar servilmente los antiguos textos: «...Publíquense enhorabuena—observaba—con estricto rigor paleográfico (y no de otro modo deben publicarse) todos los monumentos literarios anteriores a la era de los Reyes Católicos; pero séanos lícito disfrutar, como de cosa familiar y doméstica, de todo el tesoro de nuestras letras clásicas, y no nos empeñemos en ahuyentar a las gentes de la lección de nuestros autores de la edad de oro, presentándolos en textos de aspecto repulsivo, sólo para que algún filólogo tenga el placer de saber a ciencia cierta que Calderón, en El Mágico prodigioso escribió (verso 754), hedad con h

[39]

Naveta, en su antigua acepción de gaveta o cajoncillo corredizo de una papelera o escritorio: vne leyette d'vn cabinet ou d'autre chose, definió César Oudin en Le Tresor des devx langves espagnolle et françoise. (Sírvome de la edición de París, M.DC.XLV.)

[40]

Llamaban mosqueteros, como dice el Diccionario de la Academia, a los que en los antiguos corrales de comedias las veían de pie desde la parte posterior del patio. Y a silbar a los cómicos llamaban, consiguientemente, mosquetear, verbo que falta en el dicho léxico. Ruiz de Alarcón, en el acto I de Mudarse por mejorarse:


«REDONDO. ...Representante afamado
has visto, por sólo errar
vna sílaba, quedar
a silbos mosqueteado

A lo que parece, o era reciente el silbar en el teatro cuando el admirable poeta mejicano escribió Todo es ventura, o se había introducido de nuevo esa grosera costumbre, pues en el acto I dicen dos interlocutores:


«DUQUE. ¿Tú, Fabio?


FABIO.              Yo, en la comedia.


DUQUE. ¿Pareció bien?


FABIO.                No, señor,
con ser divino su autor;
porque si no se remedia
esta nueva introdución
de los silbos, es forzoso
que pierda el más ingenioso
a los versos la afición.»

[41]

Vélez de Guevara fué muy dado a buscar el donaire acomodando a su intento los modismos y refranes vulgares, por medio del trueque de una o más de sus palabras. Así, iremos viendo, verbigracia, en el curso de esta novela, Dar gato por demonio, Irse al infierno en coche y en alma, Preñada de medio ojo, Astrólogo regoldano, Lo que es del diablo, el diablo se lo ha de llevar, Si Dios me tiene de sus consonantes, Siempre quiebra la soga parlo más forastero, Salud y consonantes, Servir a su Majestad con dos comedias en Orán, meras modificaciones de los refranes y frases Dar gato por liebre, Irse al infierno en cuerpo y alma, Tapada de medio ojo, Castaña regoldana, Lo que es del agua, el agua se lo lleva, Si Dios me tiene de su mano, Siempre quiebra la soga por lo más delgado, Salud y gracia, y Servirá su Majestad con dos lanzas en Orán. Tales acomodamientos pertenecen, sin duda, a la clase de chistes baratos; quiero decir que cuestan poco al ingenio de su inventor. Por fortuna, Vélez de Guevara tiene, y sabe lucirlos, méritos de muchos más quilates que estas gracias frías.

[42]

Lo de haber nacido para número de los demás puede ser reminiscencia de aquel verso de una de las epístolas de Horacio:


«Nos numeri sumus, fruges consumere nati

Análogamente Ruiz de Alarcón, en el acto I de La verdad sospechosa:


«D. GARCÍA.  Quien vive sin ser sentido,
quien sólo el número aumenta
y hace lo que todos hacen,
¿en qué difiere de bestia?»

[43]

Sabidísimo es que se llamaba corral de comedias, como dice el Diccionario comúnmente llamado de autoridades, «la casa, patio o theatro donde se representan las comedias. Diósele este nombre—añade—porque ordinariamente están descubiertos».

[44]

Las bocas abiertas, especie de ablativo absoluto, frecuentemente usado por nuestros escritores.

[45]

Llamóse corchetes, figuradamente, a ciertos ministros inferiores de la justicia, servidores de los alguaciles, porque, en frase de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana, o española, «asen como estos ganchuelos».

[46]

Con lo mío me haga Dios merced, decíase para indicar que no se deseaba nada allegado con riesgo o por mal camino. Así lo dijeron, simple o socarronamente, aquellos benéficos forajidos de la Sierra de Cabrilla que partían con el robado lo que éste llevaba. De ellos dice Luque Fajardo (Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, Madrid, 1606, fol. 291) que, habiendo tropezado con ellos un labrador «y como no llevase más de quinze reales, que eran expensas de su viaje, hecha la quenta cabian a siete y medio; no se hallaua a la sazon trueque de vn real, y el buen labrador (que diera aquella cantidad, y otra de más momento, por verse fuera de sus manos) rogauales encarecidamente tomassen ocho reales, porque él se contentaua con siete.—De ninguna manera (respondieron ellos): con lo que es nuestro nos haga Dios merced».

[47]

Mareta, en la acepción figurada que registra el léxico de la Academia: «Rumor de muchedumbre que empieza a agitarse, o bien a sosegarse después de agitación violenta».

[48]

En los prólogos se ha solido llamar al lector cándido, benévolo, pió y otras cosas a este tono, y Vélez juega de las dos acepciones del primero de estos vocablos, oponiendo a cándido, que etimológicamente significa blanco, el adjetivo moreno, cosa parecida a estotro donaire que por los años de 1612 había usado Quevedo en el prólogo de El Mundo por de dentro: «Al lector, como Dios me lo deparare, cándido o purpúreo, pío o cruel, benigno o sin sarna

[49]

Dice de la jineta de los consonantes por lo encogido que va el poeta sujetándose al metro y la rima; y la brida de la prosa, porque en ella se extiende el ingenio libremente. Sabidísimo es que el que cabalgaba a la jineta llevaba encogidas las piernas, y estiradas a todo su largo el que cabalgaba a la brida.

[50]

Despensas, más bien que gastos o costas, significa en este lugar necesidades.

[51]

Llamábase autores de comedias por su Majestad a los empresarios teatrales que tenían licencia real para formar compañía.

[52]

Porque algunos cojos andan a trancos se les suele llamar festivamente cojitrancos.

[53]

Leyenda, en su antigua acepción de lectura. Leenda dice todavía el vulgo andaluz.

[54]

Y yo menos que agradecerte, quiere decir.

[55]

Por no ser para más era expresión usual en la respuesta de las cartas y billetes de antaño. Véase, por ejemplo, el borrador de una escrita al Secretario de la Universidad de Alcalá de Henares por un su dependiente. Está al fin del libro de matrículas de 1566: Los días pasados me hicieron merced de responderme con aquellos caballeros, los quales vinieron de su tierra de V.m.; y por no ser para más la carta que V.m. me ynbió no escribo más a V.m. el secretario mi señor. Oi lunes a catorze de mayo. (Archivo Histórico Nacional.) Por donaire, pasó tal expresión a la plática verbal; así, verbigracia, en el Quijote (II, 34), por boca de un supuesto demonio: «Y por no ser para más mi venida, no ha de ser más mi estada.» Y Pérez de Montalván, en la jornada I de La Doncella de labor:


«D.ª ISABEL  ...Y lo demás, finalmente,
es que ya las doce son,
y que ha venido la silla,
y por ser tarde me voy,
de vos muy enamorada, (A D. Diego.)
y muy celosa de vos; (A D.ª Elvira.)
y por no ser para más,
a buenas noches, adiós.»

[56]

A los que fueren entonces, es decir, a los días del mes que fueren entonces, cuando el libro salga a luz.

[57]

Don Juan Vélez de Guevara nació en Madrid y fué bautizado en la iglesia parroquial de San Andrés, a 9 de febrero de 1611. Publicó su partida bautismal mi inolvidable amigo don Felipe Pérez y González, en su excelente libro intitulado El Diablo Cojuelo: notas y comentarios (Madrid, 1903), página 193.

[58]

De llamar los hechiceros hora menguada a la que ya estaba acabándose, por suponer que el resto de ella era ocasionado a malos sucesos, se pasó a dar ese nombre al «tiempo fatal o desgraciado en que se sucede un daño o no se logra lo que se desea». Y Vélez llama a la de las once de la noche hora menguada para las calles, porque en ella, al tiempo en que supone la acción de su relato, se vertían, por las puertas de las casas, las aguas inmundas. Así se mandó y pregonó en la coronada villa a 23 de septiembre de 1639, por acuerdo de los alcaldes de casa y corte (Archivo Histórico Nacional, Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes, fol. 221 del dicho año): «... que ninguna persona bacie por las ventanas y canelones agua ni ynmundicias ni otras cosas, sino por las puertas de las calles; en berano las puedan baciar a las once dadas de la noche, y en ybierno dadas las diez della, pena de quatro años de destierro y veinte ducados a los amos que lo consintieren, y de zien azotes y seis años de destierro a los criados y criadas que lo hecharen, y de pagar los daños que hicieren....» Por esta hora del «¡agua va!» Ruiz de Alarcón hizo decir a Hernando, de noche y en la calle, en el acto III de Los Favores del mundo:


«¡Poh! ¡Mal hubiesen los gatos
que dan algalia a estos botes!
Ya empiezan las cosas malas
de entre las once y las doce

[59]

Con esto de boqueaba coches se quiere decir que daba las boqueadas el pasear por el Prado, del cual salían ya los pocos coches que quedaban en él.

[60]

Porque el agua del Manzanares no cubría las desnudeces de los que se bañaban en él, dijo Celia en La Dorotea, de Lope de Vega, acto II, escena II: «... ¿cómo puedes negar la culpa que tiene [el río] en que, siendo los veranos tan humilde, se deja entrar de mil géneros de hombres y mujeres, hecho un valle de Josafat?»

[61]

Con los donaires que se han escrito a costa del ruín caudal del Manzanares se podrían llenar muchas páginas. Véanse siquiera dos muestras. Tirso de Molina, en un romance que insertó en sus Cigarrales de Toledo:


«Según arenas criáis
y estáis ya caduco y viejo,
moriréis de mal de orina,
como no os remedie el cielo.
Como Alcalá y Salamanca,
tenéis, y no sois colegio,
vacaciones en verano
y curso sólo en invierno.»

Y Castillo Solórzano, Tiempo de Regozijo, y Carnestolendas de Madrid (Madrid, Luis Sánchez, 1627), fol. 114 vuelto:


«...Este, pues, charco ambulante,
olla de tantos mondongos,
pelador de pies de puerco,
si no de panças de tomo,
reseruó entre dos alisos,
tres álamos y dos pobos,
para retirados baños,
cierto cristal, aunque poco.»

[62]

Ite, rio est, dicho macarrónicamente, a imitación del Ite, missa est, como si dijeran: «¡Ea, se acabó el río!», porque la poca agua que de él quedaba se la habían llevado los Adanes y las Evas en las sábanas con que se habían enjugado. El señor Bonilla dice en las notas de su edición de 1910—pocas veces aludiré a la de Vigo (1902)—que Vélez, con las palabras Ite, rio est, «evidentemente se refiere al canon de la misa». Si él está en lo cierto, no lo está el Diccionario de la Academia Española, según el cual canon es aquella parte de la misa que comienza en el Te igitur y acaba con el Pater noster.

[63]

A diferencia del señor Bonilla, paréceme que con la frase hidalgo a cuatro vientos no quiso decir nuestro autor que don Cleofás, yendo por el tejado, «se hallaba expuesto a todos los aires», sino que era un hacia hidalgo, sin casa solariega, y, por tanto, a la intemperie o a los cuatro vientos. Él mismo dice más adelante que por lo de llamarse Leandro, como el infortunado amador de Hero, tenía su ejecutoria en las obras de Boscán y Garcilaso.

[64]

Para ser encrucijada de apellidos le faltaban dos, pues no tenía más de otros tantos. Vélez contó con ellos los dos nombres de pila.

[65]

Hoy diríamos que le iba a los alcances.

[66]

Decir, por metátesis, estrupo fué cosa corriente en los siglos XV, XVI y XVII. Véase algún ejemplo. Fernán Pérez de Guzmán, en su Confesión rimada:


«De aqueste mal cuerpo otro nombre es
que se llama estrupo, e su propia maldad
es en desflorar la virginidad....»

[67]

Refiérese a la expresión vulgar figurada sin comerlo ni beberlo.

[68]

Veintidoseno, dicho en buen romance, y no vigésimo segundo, que sería decirlo a la latina.

[69]

Por estas multiestupradas de fines del siglo XVI y todo el XVII decía Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache, parte I, libro III, cap. II: «... nunca quien lo come lo paga, o por grandísima desgracia. Siempre suele salir horro el dañador, y después lo echan a la buena barba; siempre suele recambiar en un desdichado.» Y, más tarde, Moreto, en la jorn. II de Todo es enredos amor:


«D. FÉLIX. ...Porque hay mujeres en esta
ciudad, de corta fortuna,
que al cebo de su belleza
suelen traer muchos peces,
y al ignorante que pesca
el anzuelo de su cara
le echan la justicia a cuestas
y la cruz del matrimonio.»

[70]

A las palabras para en uno son pone el señor Bonilla por comentario: «Frase del ceremonial religioso del matrimonio». Ignoro de dónde pudo sacar esta peregrina especie. En uno significa juntamente, como se echa de ver en muchas cédulas reales de Don Alfonso el Sabio, dadas en uno con la reina Yolant su mujer, y en otras de Don Fernando IV: «E nos el sobredicho rey, regnante en uno con la reina doña Constanza mi mujer....» Y para en uno son díjose de los novios, desposados o por desposar, en el sentido de que están destinados para vivir en uno o juntamente. Así lo demuestran los siguientes pasajes de Lope de Vega. En el acto I de Peribáñez y el Comendador de Ocaña cantan los músicos:


«Y a los nuevos desposados
eche Dios la bendición;
parabién les den los prados,
pues hoy para en uno son

Y en el acto I de Fuente Ovejuna:


«LAURENCIA  ...En todo el lugar hay moza,
o mozo en el prado o soto,
que no se afirme diciendo
que ya para en uno somos

[71]

Llama a la muerte el vicario Responso, porque, como el vicario o juez eclesiástico, tiene poder para separar a los casados.

[72]

El léxico de la Academia registra las formas boarda y buharda, y no la que ocurre en este lugar del texto.

[73]

Añade y la boca aludiendo a la costumbre de besar la tierra los que llegaban a ella después de haber corrido grande peligro en el mar. Así dice el Cautivo en el Quijote (I, 41): «Embestimos en la arena, salimos a tierra, besamos el suelo, y con lágrimas de muy alegrísimo contento dimos todos gracias a Dios....»

[74]

Llama ministros del agarro a los que antes (7, 4)[45a] había llamado corchetes.

[75]

Así en la edición original, que páginas adelante estampa Bitigudino. Es apellido tomado del nombre Vitigudino, villa de la provincia de Salamanca.

[76]

Moneda chanflona es la toscamente falsificada, difícil de pasar sino cuando hay poca luz. Nuestros diccionarios registran el aumentativo chanflón, y no el positivo chanfla, muy corriente en Andalucía con idéntico significado. Y aun de chanfla dicen ¡Chanfle! al acabar de contar alguna cosa poco creíble, como si dijeran: ¡Pase, como moneda chanflona!

[77]

A gatas, porque andaban a cuatro pies por los tejados en busca de don Cleofás; y jinetes que corrían sus costas, por alusión a la que se llamó y llama Cervantes (Quijote, I, 41) caballería de la costa, de la cual trató largamente Pérez y González en El Diablo Cojuelo: notas y comentarios, páginas 13-17.

[78]

Toda esta alegoría es alusión a los frecuentes desembarcos que hacían en nuestras costas los corsarios moros, y a la presa que de ellas solían arrebatar, no obstante el cuidado de los atajadores o jinetes de la costa.

[79]

Mohatrera de doncellazgos, porque, como el mohatrero, volvía a quedarse con lo mismo que vendía; en este caso, con la propia fingida doncellez, vendida ya a tantos galanes. «Mohatra—dice Covarrubias—es la compra fingida que se haze vendiendo el mercader a más precio del justo y teniendo otro de manga que lo buelva a comprar con dinero contante a menos precio.»

[80]

Chapetón, significando inocente o boquirrubio. Llamaban chapetón en Indias a los que, por recién llegados, ignoraban las costumbres y trato de aquella tierra. El adjetivo doncellil falta en el Diccionario de la Academia.

[81]

Contra lo que pudiera sospecharse, suceso, en equivalencia de éxito o resultado, no tiene nada de galicismo.

[82]

El señor Bonilla, anotando este lugar, habla de la silla llamada cadera, cadiera o cadira, y de unas mesas de cadera o de cadiera; pero no de la mesa de cadena. Por sí, como creo, puede aprovechar a algún investigador más afortunado que nosotros, diré que en la almoneda de los bienes que quedaron por muerte del maestro Juan de Mallara se lee: «yten vna mesa vieja de cadena con su banco....» (Archivo de Protocolos de Sevilla, Gaspar Romano, libro 2.º de 1571, fol. 1991.) Y en el inventario de los bienes de don Carlos de Álava: «yten otra mesa de nogal de gonzes con el banco de cadena». (Archivo de Protocolos de Valladolid. Juan Ramos, 1604, folio 133 vto.)

[83]

Claro es que se refiere a lo que el léxico de la Academia llama efemérides astronómicas.

[84]

La magia o mágica negra a diferencia de la blanca, que es lo que podríamos llamar mera prestidigitación y física recreativa, fué siempre arte reprobado, porque nada se hace en él sin pacto expreso o tácito con el demonio.

[85]

Era cosa general creer que los hechiceros solían tener un demonio familiar metido en una redoma. Rojas Zorrilla en la jorn. II de Lo que quería ver el Marqués de Villena:


«ZAMBAPALO. Señor, he de hablar de veras:
yo tengo miedo.


MARQUÉS.                  ¿Por qué?


ZAMBAPALO.  Porque deste hombre me cuentan
que tiene en una redoma
un demonio.»

[86]

Respondieron, plural impersonal muy frecuente en nuestros buenos escritores de antaño, y aún hoy en el habla de nuestro vulgo. Véase en mi edición del Quijote, publicada en esta colección de Clásicos Castellanos, cómo lo usaba Cervantes (VI, 53, 14, 125, 3, 137, 8; VII, 14, 5, etc.).

[87]

En la superstición peninsular—como en otro lugar indiqué—los cuatro diablos mayores del infierno son Lucifer, Belcebú, Satanás y Barrabás. Así lo decía en 1512, en una de sus confesiones, Juan de Chaves (Archivo Histórico Nacional, Inquisición de Valencia, legajo 24 de causas, núm. 8): «... e yo lamé e cridé a satanás, y a Amanecidos, y a la rreyna Siuilla, y algunas vezes a los quatro mayores del Infierno, es a saber, a Lucifer, belzebuc, satanás y barrabas....»

[88]

Chisme era femenino en los siglos XVI y XVII. Juan de Castellanos, Elegías de varones ilustres de Indias, parte I, elegía VI, canto I:


«Huye la chisme, cesa la conseja,
crece contento, nace regocijo....»

Covarrubias, en este artículo: «... assi el chismoso dize a hurtadillas la chisme a la oreja, que parece llegó tan solo a soplalla....»

[89]

Recónditas son las más de estas cosas que el diablillo enredomado dice haber traído al mundo: sería preciso ser punto menos diablo que él mismo para averiguar noticias de algunas de ellas; pero de otras puede decirse algo, y aun de tal cual se ha dicho no poco en libros antiguos y modernos. De la zarabanda traté con bastante espacio en mi Loaysa de «El Celoso Extremeño» (Sevilla, 1901), páginas 257-287, y para su estudio aporta el señor Bonilla otros datos estimables.

[90]

Del déligo llamándole deligo, sólo dice Bonilla: «Baile de la época», y el señor Puyol y Alonso, en su edición de La Pícara Justina (Madrid, 1912), tomo III, página 155, a las palabras «en el ayre repiqué mis castañetas de repica punto, a lo deligo, y di dos vueltas a buen son», comenta: «Era un género de baile», y cita el pasaje de El Diablo Cojuelo. Algo podré añadir yo. En primer lugar, este baile se llamaba déligo, y no deligo; lo demuestra Lope de Vega en el siguiente pasaje del acto II de Los Locos de Valencia.


«FEDRA.  Bailemos, que estamos tristes.


GERARDO.  Creciendo va su porfía.


(Bailen.)


LAIDA. Déligo, déligo, déligo....


GERARDO.  ¿Qué es esto, sobrina mía?


FLORA. Que déligo del andéligo.»

Haciendo breve a déligo y andéligo no constarían los versos en que están estos nombres. Andéligo llamaban también a este baile, como se echa de ver en el ejemplo que antecede y en un pasaje del Romancero general, folio 425 vto. de la edición de 1604, por la cual cito siempre:


«No viue ufana Seuilla
con tantas damas de precio
que les tiene puesto el vso,
aunque valen mucho menos,
ni tiene tantos deuotos
aquel donayre inquieto
de andéligo y zarabanda
de Guadalquiuir a Ebro....»

[91]

Del baile de la chacona traté en mi citado estudio sobre El Loaysa, pág. 282. Véase además la nota 124 de Amezúa en su excelente edición crítica de El Casamiento engañoso y el Coloquio de los perros. De la zarabanda y la chacona tomaron nombre ciertas ropas mujeriles (Romancero general, fol. 387 vto.):


«...Ni que traygan verdugados,
alzacuellos y gorgeras,
vrracos, bobos, chaconas,
çarabandas ni arandelas.»

[92]

Al bullicuzcuz se refiere, como presume el señor Bonilla, esta letra que trae Quevedo en El entremetido y la Dueña y el Soplón, y claro es que, según por ella se infiere, el bullicuzcuz era un baile, y no un juego:


«Zarabullí,
Ay, bullí, bullí, de zambullí,
bullí, cuz, cuz,
de la Vera-Cruz,
yo me bullo y me meneo,
me bailo, me zangoteo,
me refocilo y recreo
por medio maravedí.
Zarabullí.»

[93]

La capona era un baile andaluz, propio de gente apicarada, a juzga por lo que dice Quevedo en su romance intitulado Cortes de dos bailes (Musa V):


«Muy lampiña la Capona
y con ademanes brujos,
por Córdoba y por el Potro
viene calzada de triunfos.»

La capona no fué sino la chacona remozada, según se colige por estos versos de Salas Barbadillo en su Entremés del Prado en Madrid y Baile de la Capona:


«D.ª JULIA. ¿Puede haber cosa buena si es capona?


ROBLEDO.    Sólo una que llaman la chacona.


D.ª TOMASA. La chacona ¿no es baile muy antiguo?


ROBLEDO.    Remozóla un capón con gran donaire.


ROSALES.    Son los capones gente de buen aire.»

[94]

De algunos de estotros bailes populares, como de tal cual de los antes nombrados, trata don Emilio Cotarelo en su introducción a la Colección de entremeses, loas..., publicada en la Nueva Biblioteca de Autores Españoles.

[95]

Según Covarrubias, «pandorga es vna consonancia alocada y de mucho ruido, que resulta de variedad de instrumentos.» Gómez de Tejada, en un pasaje (que cita el Diccionario de autoridades) de su León prodigioso, contrapone pandorga a música.

[96]

Don Juan de Caramuel, en su Rhytmica (apud Sanctum Angelum della Fratta; ex Typographia Episcopalis Satrianensi, M.DC.LXV), al tratar (pág. 135) De versibus quos xacara appellat Hispanus, quiere que este vocablo venga de la raíz hebrea zacar = meminisse, de donde zácara = memoria, commemoratio, narratio. No hay tal cosa, sino que al rufián llamaron jácaro o jaque en el habla germanesca, y jacarandina a esta habla, y jácara al cantar de los jaques o jácaros.

[97]

El señor Bonilla asegura que las papalatas son un «género de juego popular», y no habría holgado añadir de dónde tomó esta noticia. De mí confieso que no he hallado esa palabra más que en el texto de Vélez.

[98]

Estos comos no son ni parientes lejanos de otros comos griegos que registra en su Vniuersal vocabulario Alonso de Palencia, y recuerda el señor Bonilla antes de venir a parar al significado que tienen en la enumeración de Vélez de Guevara. Como, en esta acepción, significa burla, chasco, y así lo dice en su Diccionario la Academia, si bien da por anticuada tal voz. Si no es anticuado lo que se ha dicho con alguna frecuencia desde el tiempo de los Reyes Católicos acá (y ésta es la norma que sigue la Academia), como no es voz anticuada, porque la han usado Tirso de Molina, Quevedo, Cubillo de Aragón, Salas Barbadillo, Belmonte, Quiñones de Benavente y muchos otros.

[99]

Sospecho que esta mortecina, que no hallo en nuestros vocabularios, es lo que por otro nombre se llamó culebra, pesadísima broma, especialmente carcelaria, de que traté en El Loaysa de «El Celoso Extremeño», pág. 175, nota, y que define el Diccionario académico en la cuarta acepción de la voz culebra.

[100]

Títeres, dicho por las figurillas que los titereros, como el maese Pedro del Quijote, mostraban en sus retablos. De los antiguos títeres, además de la frase figurada No quedó títere con cabeza, perdura en el habla vulgar otra, que falta en el léxico de la Academia: Dársela a uno por boca de títere.

[101]

Hoy llamamos volatines a los ejercicios del volatín de años atrás, y a éste, funámbulo.

[102]

Saltabanco llama preferentemente la Academia, aunque registra además las formas saltabancos, saltaembanco y saltaembancos, a los charlatanes de plazuela que, sobre un banco o mesilla, con aprensión escasa y cháchara abundante, engañan a la gente popular vendiéndole fingidos medicamentos, o embaucándola con cualesquier otras socaliñas. Como suelen ser o suponerse extranjeros, el vulgo, a lo menos en Andalucía, extranjeriza el nombre y los llama saltimbanquis.

[103]

Maese Coral nombraban al que hacía juegos de manos, o de pasa, pasa, porque, según Covarrubias, art. coral, «los charlatanes y embusteros que traen estos juegos se desnudan de capa y sayo, y quedan en vnas jaquetas o almillas coloradas, que parecen troncos de coral». También se llamó a los ejercicios de prestidigitación juego de Maese Escolar o de Maese Gicomar.

[104]

De la personalidad demoniaca llamada el Diablo Cojuelo he tratado con alguna extensión en el prólogo.

[105]

Rebelión era antaño del género masculino, y así Mármol Carvajal tituló uno de sus libros Historia del rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada. Francisco Santos, que tomó algo de la novela de Vélez de Guevara para sus Postrimerías del hombre y Tribunal espantoso (apud Obras en prosa y verso..., Madrid, 1723, tomo I, pág. 332), hace decir al Diablo Cojuelo: «Yo soy aquel que, aunque estropeado el cuerpo desde aquella batalla del rebelión celestial....»

[106]

Y todo, significando también, como en diversos lugares del Quijote (I, 176, 9; IV, 259, 11; VI, 34, 15; VII, 85, 7, etc.)

[107]

Es refrán contrahecho, parodia de aquel que dice: Camino de Santiago, tanto anda el cojo como el sano. También don Jerónimo Cáncer parodió este refrán, en un vejamen que dió siendo secretario de cierta Academia (Obras poéticas de..., pág. 107 de la edición de Madrid, Manuel Martín, 1761): «... porque camino del Parnaso, tanto anda el cojo como el corcovado

[108]

Como dice el Diccionario de autoridades, trato, «figuradamente se toma por traición oculta e infidelidad con que, faltando a la fe debida, se ofrece entregar alguna plaza, ciudad o fortaleza al enemigo». Aquí se refiere a persona, pero con ese mismo significado.

[109]

Si Vélez no confundió en este lugar lo que es refrán con lo que es modismo, parece que debe de haber, según esto, un refrán que diga: El Diablo Cojuelo trae a los demás al retortero, o cosa análoga.

[110]

La frase con sus tachas buenas y malas, que aquí se aplica a sí propio el Cojuelo, es, como demostré en otra ocasión, un tópico de las antiguas escrituras de venta de caballerías. En el Archivo de Protocolos de Illescas, escribanía de Esquivias, encontré, al buscar documentos cervantinos, la escritura referente a una yegua (2 de noviembre de 1591) «que de vos compré e rezebi con sus tachas buenas y malas, encubiertas o descubiertas, a vso de feria....»

[111]

Cortesía, en su acepción, hoy poco usada, de tratamiento.

[112]

Príncipes de la Guinea infernal, aludiendo a ser el infierno, como la Guinea, patria de negros habitantes.

[113]

De llamar jigote a la carne asada y picada menudamente se pasó a decir hacer jigote una cosa, o de una cosa, significando hacerla pedazos muy pequeños. Y aún, para más exagerar, como buen andaluz, escribió don Francisco de Leiva en la jorn. II de El Socorro de los mantos:


«D. FERN.º  Por Dios que la bellaca me ha picado.


MOSTACHÓN.  Hecho veinte jigotes te ha dejado.»

[114]

En la edición príncipe, por yerro, mulatas.

[115]

Díjose mayores de marca, o de más de la marca, por traslación de lo que se decía de las espadas, de los cuellos y de otras cosas que, como éstas, no debían exceder de la longitud o anchura que se les fijaba en pragmáticas u ordenanzas.

[116]

Barbado en Hircania, es decir, con los pelos de las barbas tan recios como tienen los tigres los de sus bigotes. Sabidísimo es que, especialmente en verso, pocas veces se nombra al tigre sin llamarle hircano.

[117]

También por este pasaje se echa de ver que Francisco Santos, aun habiendo formado tan desfavorable juicio de la novelita de Vélez de Guevara, como recordé en el prólogo, tuvo presente en sus Postrimerías del hombre y Tribunal espantoso la pintura que del Diablo Cojuelo hizo el escritor ecijano. Dice: «Este es Renfas, llamado por otro nombre el Cojuelo.... Aquí noté la figura del espíritu: era pequeño, y corcobado, mala barba, y calvo; descansando el cuerpo sobre dos muletas....»

[118]

Llamar legumbre a los espárragos es evidente impropiedad. Ya había dicho Covarrubias en 1611, que «legumbre es toda mata cuyo fruto o semilla nace en baynas, como son los garbanços, lentejas, hauas, frisoles, y otras semejantes». Aunque yo, siendo estudiante, tuve en Sevilla unos camaradas extremeños que al pescado y a cuanto no era carne llamaban despectivamente legumbres.

[119]

Como dice el Diccionario de la Academia, salvo el guante es «expresión familiar de que se usa para excusarse de no haberse quitado el guante al dar la mano a uno». Tirso de Molina, en el acto II de Por el sótano y el torno:


«DON DUARTE. ...Quiso el cielo,
cuando el planeta mayor
de púrpura entapizaba
su real peregrinación,
que tropezase mi dama
en un hoyo, a intercesión
de mis ruegos; que en Madrid
todo sirve a la ocasión.
Llegué diligente a darla
la mano, que recibió
salvo el guante, aunque por él
rayo o nieve me abrasó....»

Otras veces se rogaba que se perdonara el guante. Lope de Vega, en el acto I de El Acero de Madrid, hace decir a Lisardo al dar la mano a Belisa, que ha tropezado y caídose en la calle:


«Perdone vuesa merced
el guante

Yesto quiere decir de su metáfora Luis Vélez: que se le perdone.

[120]

Tiro, significando el cañón, y no, como hoy día, su carga ni su disparo. Rojas Zorrilla, en la jorn. I de El Desafío de Carlos Quinto:


«D.ª LEONOR.  Ea, don Luis, vuelve en ti;
tu brazo la pica empuñe;
el coselete en tu pecho
al Otomano deslumbre;
digiere aquel hierro ardiente
que el tiro de bronce escupe.»

[121]

La iglesia parroquial de San Salvador, que por hallarse ruinosa fué derribada en 1842, estaba situada en la calle Mayor, frente a la plazuela de la Villa, a la cual daba nombre. Era quizá el templo madrileño más antiguo, pues como recuerda Jerónimo de Quintana en su Historia de la antigüedad, nobleza y grandeza de la villa de Madrid (Madrid, Imp. del Reyno, M.DC.XXIX), ya se la nombraba en la era de 1257, reinando Don Fernando III. Véase Mesonero Romanos, Manual de Madrid: descripción de la Corte y de la Villa (Madrid, 1831), pág. 137, y El Antigo Madrid, edición de 1881, tomo I, página 218. En la obra últimamente citada dice Mesonero que «la torre de la misma iglesia, apellidada la atalaya de la villa, era bastante elevada»; y en otro lugar (pág. 288), tratando del templo de Santa Cruz: «La torre ... era llamada la atalaya de la corte, así como la de San Salvador, la atalaya de la villa». O Mesonero tomó tal denominación de la novela de Vélez de Guevara, o éste la había tomado del habla vulgar.

[122]

Llamábase basquiña a lo que también se dijo saya y hoy nombramos falda. Se ponía, según Covarrubias, «encima de los guardapieses y demás ropa».

[123]

El verdugado era, como dice el Diccionario de autoridades, «vestidura que las mugeres usaban debajo de las basquiñas, al modo que hoy los tontillos....»

[124]

Era el guardainfante—dice el Diccionario de autoridades—«cierto artificio muy hueco, hecho de alambres con cintas, que se ponían las mujeres en la cintura, y sobre él se ponían la basquiña.» Muy pintorescamente lo definió Rojas Zorrilla en la jorn. III de Los tres blasones de España:


«REY DE CAST.ª ¿Que es guardainfante?


GUARDAINFANTE.                        Vn enredo
para ajustar a las gordas;
vn molde de engordar cuerpos;
es una plaza redonda
adonde pueden los diestros
entrar a jugar las armas,
por lo grande y por lo extenso;
es un encubre-preñadas,
estorbo de los aprietos,
arillo de las barrigas,
disfraz de los ornamentos;
y es, en fin, el guardainfante
vn enjugador perpetuo,
que está secando la ropa
sobre el natural brasero.»

Don Juan de Zabaleta dice del guardainfante en el cap. II de El Día de fiesta por la mañana (apud Obras históricas, políticas, filosóficas y morales, escritas por.... Con el Día de fiesta por Mañana, y Tarde, y los sucesos que en él passan Madrid, Antonio Gonçalez de Reyes, 1692): «Este es el desatino más torpe en que el ansia de parecer bien ha caido. Si vna muger tuuiesse aquella redondez de cuerpo desde la cintura abaxo, ¿huuiera quien se atreuiera a mirarla? Ponerse postizo vn defecto, ¿puedelo hazer sino quien esté sin juizio? Ponerse postizo un ojo, vaya, porque los ojos son hermosura; pero ponerse vna hinchazón contrahecha, ¿quién lo puede hazer que no esté fuera de tino?... Échase sobre el Guardainfante vna pollera con vnos ríos de oro por guarniciones.... Ponese sobre la pollera vna basquiña con tanto ruedo, que colgada podía seruir de pavellon. Ahuecasela mucho, porque haga más pompa, o porque coja mucho ayre con que hazer su vanidad mayor.»

[125]

Pollera llamaban al brial o guardapiés, por su semejanza con el cesto en que se crían los pollos.

[126]

Engestarse, verbo no registrado en el léxico de la Academia, está usado aquí en la acepción de volver el rostro hacia alguna persona o cosa; encararse.

[127]

Aunque de ordinario se llamó picota al rollo, propiamente no es picota sino la punta o pico en que suele terminar. Vélez usa aquella voz en sentido figurado.

[128]

Así, malaño, en la edición original, como, juntas las palabras, escribimos noramala y norabuena.

[129]

Llamaban lo hojaldrado a la parte del pastel que cubre la carne o dulce en él contenido.

[130]

Nombrábase pepitoria a un guisado que se hacía con los cuellos, manos y pies de las aves. Era plato propio de sábado, día en que no se podían comer de los animales terrestres sino los despojos. Todo esto se indica en los siguientes versos de Anastasio Pantaleón de Ribera (Obras de ... Madrid, Francisco Martínez, 1634, fol. 55 vto.):


«Del pájaro que en Arabia
cinco edades vive enteras,
y naciendo de su muerte,
cunas le arrullan sabeas,
serán menudo jigote
sus pechugas y caderas,
y en sábado, pepitoria
sus alones, cuello y piernas

[131]

Haya, diríamos hoy.

[132]

Era hacer media noche, según Covarrubias, «vn abuso grande de aguardar a que den las doze del Viernes en la noche para comer vna olla regalada de menudo». Tropológicamente, llamóse media noche a esa misma cena. Quevedo, dirigiéndose a una niña de quien quería ser tercera una vieja (Musa VI):


«Cuando quieres persuadirme,
dices que es mujer de porte:
mucho tiene de estafeta;
temo que de ti la cobre.
De docientas leguas huele
almuerzos y medias noches;
lo que come, bien lo sé;
mas no sé con lo que come.»

[133]

No conocer a uno si no para servirle es frase de comedimento que, por usual, no debiera faltar en el Diccionario de la Academia. Vélez vuelve a emplearla en TRANCO VII y TRANCO X. Castillo Solórzano, en La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas: «¿Cómo alguacil?—replicó el mismo alguacil—. ¿Conóceme vuesa merced? Yo le dije:—No conozco a vuesa merced si no es para servirle

[134]

Llamóse llave capona o capona a secas, la que honoríficamente se concede a ciertos gentilhombres de la cámara real, sin ejercicio ni servidumbre, porque tal llave no tiene sino apariencia de tal, pues con ella no se abre ni se cierra puerta alguna. Moreto, en la jorn. III de Antíoco y Seleuco:


«REINA.  Y cuando sea mi esposo,
como es cierto, ¿te parece
que a mí ese amor me entristece?


FLORETA.  Pues, señora, ¿no es forzoso?


REINA.    ¿Por qué?


FLORETA.          ¿No es claro el indicio?
Porque hasta aquí tu persona
es, como llave capona,
esposa sin ejercicio.»

[135]

A propósito de esta frase, Pérez y González recordó (pág. 75 de su mencionada obra) que se llamaba proa a la parte delantera del coche; que los asientos de éste se decían de proa, de popa y de estribos, y que «el de proa era el más humilde, destinado al modesto acompañante, ya servidor, ya devoto del personaje dueño del vehículo». Pero si en esto de la proa rectificó el erudito sevillano al señor Bonilla, que en su edición de Vigo (1902) había sospechado que se hubiese dicho en contraposición a la frase jayanes de la popa, no creo que estuviese igualmente acertado al presumir «que culto es una errata, y debe leerse cultor». A mi entender, con lo de culto vergonzante se quiso aludir a que los de escasa calidad que acompañaban a los magnates ocupando los asientos de proa de sus coches solían profesar de cultos, más o menos declaradamente, poniendo en tortura el magín para hacer frases adulatorias y de ingenio que agradaran a sus patronos.

[136]

Tanto era la barba cosa indispensable para los letrados, que dijo Quevedo en una de las letrillas de su Musa V:


«Deseado he desde niño,
y antes, si puede ser antes,
ver un médico sin guantes
y un abogado lampiño.»

Y que solían llevar la barba en forma de cola de delfín lo había dicho el mismo autor en un romance de la Musa VI:


«Era Alejandro un mocito
a manera de la hampa,
muy menudo de faiciones
y muy gótico de espaldas.
Barba de cola de pez,
en alcance de garnacha....»

[137]

Doña Fáfula, como si dijera doña Fulana, o doña Fabulana, nombre este último que aun suele oírse en Andalucía, y con el cual parece tener estrecho parentesco el que ha originado esta nota. Véase antepuesto al apellido, como se anteponen estos otros nombres. Espinel, Sátira contra las damas de Sevilla (Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos; mayo-junio de 1904):


«No había entonces doña Berenjena,
doña Fáfula Ortiz ni doña Paula,
sino Francisca, Paula, Minga, Elena.»

[138]

La bigotera está definida en el Diccionario académico; y que los presumidos solían ponérsela para dormir, para no descomponer sus bigotes, cuidadosamente peinados y levantados, dícenlo acá y allá nuestros escritores de antaño. Don Guillén de Castro, El Narciso en su opinión, jorn. I:


«D. GUTIERRE.  ¿Bueno está el bigote?


TADEO.                                Bueno.
Pero sobrado le cuesta
al que, como tú, se acuesta
como braquillo, con freno.»

Y Lope de Vega, en el acto II de El Cuerdo en su casa:


«GILOTE.  ...Hay mil tontos marquesotes
con cuidados de mujer,
que nacieron para ser
mártires de sus bigotes;
mil que a bestias los condeno,
porque ellas a dormir van
sin freno, y ellos están
toda la noche con freno.»

[139]

El uso masculino de los copetes y guedejas, por denotador de vil afeminamiento, fué prohibido en 1617; pero de tal manera continuó y aun se extendió años después, que a 13 de abril de 1639 se dió en Madrid el Pregon en qve sv Magestad manda qve por qvanto el abvso de las gvedejas y copetes con que andan algunos hombres, y los rizos con que componen el cabello, ha llegado a hazer escandalo en estos Reynos, ningun hombre pueda traer guedejas ni copete. (Escudo real.) (En Madrid. En la imprenta de Francisco Martínez. Año M.DC.XXXIX) Se mandaba: «que ningún hombre pueda traer copete, o jaulilla, ni guadejas con crespo o otro rizo en el cabello, el qual no pueda passar de la oreja; y los barberos que hizieren qualquiera de las cosas susodichas, por la primera vez caygan e incurran en pena de veinte mil maravedis y diez días de carcel, y por la segunda la dicha pena doblada y quatro años de destierro desta Corte, o del lugar donde viuiere, y por la tercera sea lleuado por quatro años a vn presidio para que en ellos siruan. Y a las personas que traxeren copete o guedejas y rizos en la forma dicha no se les dé entrada en la Real presencia de su Magestad, ni en los Consejos, y los porteros se lo prohiban, y los Ministros no les puedan dar audiencia, ni oygan sobre sus pretensiones, reseruando a los señores del Consejo poder hazer la demostracion y castigo que conuenga....»

[140]

Mujeres y lindos cuidaban mucho de sus manos y de sus rostros, y para adobar éstos y aquéllas hacían mil extravagancias, y hasta verdaderas porquerías. En un libro inédito de recetas de afeites (Biblioteca Nacional, Manuscrito 2019) hallas con epígrafes como éstos: «Memoria de la manteca que doña María de Mendoza traía en las manos...» (fol. 13). «Recepta para hazer seuo para las manos, que se ha de traer nueve días» (fol. 52 vto.). ¡Véase qué «recepta para las manos»! (fol. 16): «Tómese suziedad de perros de la blanca y muelanla y despues echenla con miel y con hueuo y ponganla en las manos, y no en las palmas, y tenganlo una noche y un día....» Y ¡véase qué «recepta para el rostro»! (fol. 66): «Tomareis tocino tanto como vn hueuo, que sea todo gruesso, e poneldo con vinagre fuerte que esté nueue días; tomareis sahin de culebra....»

[141]

Descabezados, para poder usar de las yemas de los dedos y valerse de las manos aun teniéndolas untadas con los sebillos. Porque es de notar que el hacer sudar las manos, enguantándolas, solía ser obligado complemento del untarlas. Terminantemente lo declara una receta para muda de manos, que hay hacia el fin de cierto libro de cocina y repostería (Biblioteca Nacional, Ms. 6058, fol. 167 vuelto): «Tomarás media libra de trementina labada nuebe vezes y quatro hiemas de huebos frescos y el agrio de dos limones redondos y seis dineros de cardenillo, todo mezclado; vntarás las manos antes de acostarte y sudaráslas con guantes, y fiat confetio» (sic).

[142]

De estas pasas hablaba Areusa en el acto IX de La Celestina, levantando, por ruin envidia, mal testimonio a Melibea: «Todo el año se está encerrada con mudas de mil suciedades, por una vez que haya de salir donde pueda ser vista; enviste su cara con hiel y miel, con uvas tostadas y higos pasados, y con otras cosas....»

[143]

La colación de los ayunadores solía consistir en un poco de pan y dos o tres docenas de pasas.

[144]

Una doncella sobre su palabra, es decir, una que sólo tenía de doncella el hacerse pasar por tal.

[145]

Vélez de Guevara juega del vocablo curso en dos de sus acepciones. También en esto le había precedido Quevedo, al relatar en un desenfadado romance (Musa IV) el Ridículo suceso del trueco de dos medicinas, haciendo decir a la triste desposada:


«Tu cuerpo, que no me goza,
a lo menos, me gradúa,
si los cursos a las novias
valen como a los que estudian.»

[146]

Hacer, en su frecuente acepción de representar.

[147]

Quizá se refiere a Il Dvello del Mutio Iustinopolitano, libro del cual se hicieron varias ediciones, muy difundidas en España, por nuestra constante comunicación con Italia.

[148]

Antes y más propiamente que el Diccionario de autoridades definió el patacón César Oudin, en su Tresor des devx langves...: «Patacón, monnoye de cuiure en Portugali, qui vaut enuiron deux liards, c'est aussi la grande reale d'argent de Castille de huict, c'est à diré de quarante sols....»

[149]

Con sus propias palabras se llama ladrón al que iba a ser robado. La frase acá estamos todos tuvo origen, según el vulgo, en un cuentecillo relatado mil veces por las abuelas a sus nietezuelos: «Un duende hacía tantas diabluras en una casa, escondiendo mil cosillas, y rompiendo otras mil, que el inquilino, por huir de él, se resolvió a mudarse a otro barrio. Pero cuando, al llevar la última carrada de muebles, preguntó a su mujer: «—¿Falta algo?», se oyó la vocecilla del duende, que, escondido en un palanganero, decía: «—¡Acá estamos todos!» Es frase popular en Andalucía, y suele decirla el que llega a una reunión donde no se contaba con él: ¡Aqui estamos todos!, dijo el duende. Ayala y Guzmán versificó este cuento, con poca fidelidad y menos gracia, en su comedia intitulada Las Travesuras de don Luis Coello, primera parte.

[150]

«Alude—dice el señor Bonilla—a los autos o misterios populares de la Resurrección de Cristo, en que al descender el ángel del cielo y revolver la piedra del sepulcro, se asombran los guardas y caen a un lado y a otro como muertos (Cf. San Mateo, XXVIII, 1-4.»)

[151]

Algo que dije de Sevilla en el discurso preliminar de mi edición crítica de Rinconete y Cortadillo (Sevilla, 1905), página 13, es aplicable a toda la España de los siglos XVI y XVII: «Al olor, y, sobre todo, al sabor de estas cuantiosísimas riquezas [las que traían á la metrópoli las flotas de Indias] vivían en la magnífica ciudad del Guadalquivir una muchedumbre crecidísima de extranjeros, en especial, de italianos, flamencos y franceses, cada cual en busca de su avío y en solicitud de su medra; cada cual discurriendo medios e inventando artes, artimañas o artificios para apropiarse, industriosa y más o menos limpiamente, alguna mielecilla de las óptimas colmenas indianas, consolándose así de no haber sido ellos ni sus naciones los que tuvieron la dicha de descubrir y conquistar el Nuevo Mundo.»

[152]

Abada, o bada, que equivale a rinoceronte.

[153]

La Bermuda, como explicó Pérez y González (pág. 80 de El Diablo Cojuelo: notas y comentarios), «era la isla principal del grupo descubierto en América por el navegante español Juan Bermúdez.... Lugar peligroso para la navegación, por los frecuentes temporales y terribles accidentes del mar y por los atrevimientos de los piratas extranjeros, allí corrían gravísimo riesgo los barcos que a España traían los tesoros americanos....»

[154]

En el texto original falta la palabra bebe, que suplo, como el señor Bonilla.

[155]

De la renombrada cuba de Sahagún dijo Covarrubias en su Tesoro, compuesto en los primeros años del siglo XVII, que «cabía tantas mil cántaras, y dizen que oy sirve de echar trigo en ella, porque devia ser costosa y peligrosa de reparar y conservar».

[156]

A dar, como si dijera en dar, que equivale a dando, porque es sabido que el infinitivo con en antepuesto equivale al gerundio. Véanse algunos ejemplos análogos al pasaje del texto. Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea, capítulo VIII: «... y a las vezes gana en la corte mejor de comer vn malsin a malsinar que no vn theologo a predicar». Cervantes, Quijote, II, 38: «... y sabía hacer una jaula de pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida....»

[157]

Como nota el señor Bonilla, Vélez de Guevara se refiere «a los huéspedes que como aves de paso paran en la posada, y reparan poco, porque no han de consumirlos por mucho tiempo, en los manjares que les sirven».

[158]

La puerta de Guadalajara, que era una de las más famosas de Madrid, estaba situada en la calle Mayor, enfrente de la entrada o embocadura de la calle de los Milaneses y de Santiago. Aunque se quemó por septiembre de 1582, quedó su antiguo nombre al sitio en que tal puerta estuvo, como pasa hoy todavía con la llamada puerta del Sol. En aquel lugar tenían sus tiendas ricos mercaderes, a quienes muchas personas solían entregar sus ahorros para que se los invirtieran y manejaran.

[159]

Es reminiscencia del refrán que dice: Cobra buena fama, y échate a dormir.

[160]

Hábito, en su antigua acepción de insignia con que se distinguen las órdenes militares. «Cauallero de abito—dice Covarrubias—, el que trae en el pecho la insignia de alguna orden de Cauallería, que comunmente llaman abitos.»

[161]

La ropilla, como dice el Diccionario de autoridades, era «vestidura corta con mangas y brahones, de quienes penden regularmente otras mangas sueltas o perdidas, y se viste ajustadamente al medio cuerpo, sobre el jubón».

[162]

Diluvio en pena, como alma en pena.

[163]

Antes de mil años, es decir, antes que pase mucho tiempo. Es hipérbole andaluza: bien se echa de ver quién habla por boca del Cojuelo.

[164]

Como el jugar cañas era propio de caballeros, con estas palabras indica el Diablillo que pronto había de subir de categoría el tabernero bautizante, mudanza de que hubo, hay y habrá siempre grande copia de ejemplos.

[165]

Hablar en un asunto o negocio, que hoy decimos hablar de. Era régimen usualísimo en los siglos XVI y XVII (Quijote, I, 193, 10; III, 17, 4; 311, 22; etc.)

[166]

También aquí sigue Vélez los pasos de Quevedo, que dijo en su Sátira a los coches (Musa VII):


«Tras aquéllos llegó al puesto
vn coche verde, que ha sido
el sujeto a quien más debe
cierta mujer y marido.
Desde el alba hasta la noche
les sirve de albergue y nido,
y aunque duermen dentro dél,
ha dicho un contemplativo:
«Aqueste es coche imprestable,
porque ambos han prometido
no desamparar su popa
por cosa de aqueste siglo.»»

A lo que parece, no había grande exageración en estas referencias. De una tal doña Juana decía otra dama en la jorn. I de El socorro de los mantos, comedia de don Francisco de Leiva y Ramírez de Arellane:


«Yo donde vive os diré:
y es, porque busquéis el fin
de ese fuego que os abrasa,
la calle Mayor su casa
y un coche su camarín.
En él de día y de noche
a sus gustos se dedica,
y aun harto se mortifica
en no dormir en el coche.»

Y Calderón, en la jorn. II de Nadie fíe su secreto:


«LÁZARO. Laura vive aquí, que dijo:
«Con lo que la casa cuesta
de alquiler, he de hacer coche,»
Y respondiéndole a ella
dónde había de vivir,
dijo: «Cuando coche tenga,
en el coche todo el día,
y la noche en la cochera.»

[167]

Para el señor Bonilla, terceruela «puede ser la tercera menor o semitono». Y yo, que tampoco sé lo que es terceruela—digo, a qué terceruelas se refiere Vélez de Guevara—y, a mayor abundamiento, no he logrado entender que tercera menor equivalga a semitono, recuerdo lo que un su interlocutor dijo a cierto poeta culto que intentaba comentar a otro, sin dejarse entender;


«—Comentador, comentaos.»

[168]

Todos estos son remedios populares para el mal de madre, muy usados cuando escribía Vélez y cuando, siglo y medio antes, compuso Rojas La Celestina, en cuyo acto VIII, como recuerda Bonilla, enumera la vieja protagonista las cosas con que se curaba ese mal: «Todo olor fuerte es bueno, así como de poleo, ruda, axienjos, humo de plumas de perdiz, de romero, de moxquete, de encienso, recebido con mucha diligencia, aprovecha e afloxa el dolor, e buelve poco a poco la madre a su lugar.» Especialmente, acudían a la ruda. Tirso de Molina en el acto I de El Celoso prudente:


«CAROLA ...Uno de la vecindad
buscaba (aquesto es sin duda)
de parte de la comadre
para cierto mal de madre
unos cogollos de ruda

[169]

Y trescientas cosas más es frase tomada del bordoncillo de un antiguo disparatorio que empieza:


«Parió Marina en Orgaz,
y tañeron, y cantaron,
y bailaron y danzaron,
y trescientas cosas más.»

Cayó en gracia esta frase, y los poetas la llevaron y la trajeron, como a la Inés de Yo te lo diré después, y como un siglo antes habían llevado y traído a la bella malmaridada. Lope de Vega, en el acto III de Los Novios de Hornachuelos:


«BERRUECO ...Un Barrabás sois vestido,
una fantasma calzada,
una arpía bautizada,
y un camello con marido....
Longinos a pie, Caifás,
capón molde de hacer monas,
India de las Amazonas
y trescientas cosas más.»

Tirso de Molina, Cautela contra cautela, acto I:


«ENRIQUE. ¿No es bien nuevo amar a dos?


CHIRIMÍA.  No, señor, ni amar a mil;
porque tú tienes criado
que en un mismo tiempo ha amado
un salchichón, un pernil
y una bota de hipocrás,
dos de Candia, cuatro griegas,
treinta fregonas gallegas
y trescientas cosas más,
que es socorro y estribillo
de poetas de repente

El señor Foulché-Delbose publicó en la Revue Hispanique (tomos IX, 261, y X, 234) un curioso estudio acerca de las Coplas de Trescientas cosas más.

[170]

Regatones, que hoy más bien diríamos regateadores, aunque esta palabra falta en el Diccionario. Regatear—dice Covarrubias—, «procurar abaxar el precio de la cosa que compra es muy del regatón».

[171]

Si la podemos dar roma, no la demos aguileña, dice el refrán, aludiendo a moza, y no a nariz, contra lo que opina el señor Bonilla. Es dicho de ruines de alma atravesada, y lo recuerda Cervantes en el Quijote (II, 48): «... que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos, que si él [el diablo] puede, antes os la dará roma que aguileña.»

[172]

Refiérese a una de las muchas pendencias que se promovían en los mandrachos o casas de juego sobre dar barato a los mirones que actuaban como jueces de las suertes dudosas.

[173]

Deslizáronsele aquí a Vélez dos versos endecasílabos:


«...a una mujer de un sastre que ha jurado
que los ha de coser a puñaladas.»

[174]

Juega del vocablo fuga en sus dos acepciones musical y de huída, y alude a la frecuencia con que huían los músicos callejeros al primer asomo de peligro, por lo cual dijo Lope de Vega en la silva III de La Gatomaquía:


«Los músicos, en viendo
el belicoso duelo comenzado,
huyeron como suelen;
que no hay garzas que vuelen
tan altas por los vientos,
dicen que por guardar los instrumentos....»

[175]

Lo más corriente era llamar caballero del milagro, no a un sujeto como el que pinta Vélez, sino al que vivía bien, y hasta aparatosamente, sin que se le conociera renta, oficio ni beneficio. Lope de Vega, en el acto II de El Caballero del milagro:


«TRISTÁN. ¡Cosa es de ver la vida deste mozo!
¡Qué ricamente viste, y cómo gasta!
¿Cómo juega tan pródigo y reparte
lo que tiene entre todos sus amigos,
sin que le conozcan en su tierra
dos florines de renta o patrimonio?


LOFRASO.  Por eso es caballero del milagro

[176]

De la piedra bezar, «concreción calcárea que suele encontrarse en las vías digestivas y en las urinarias de algunos cuadrúpedos», escribió un curiosísimo tratado el doctor Nicolás Monardes, famoso médico y farmacólogo sevillano: Dos libros, el vno que trata de todas las cosas que traen de nuestras Indias Occidentales, que sirven al vso de la Medicina, y el otro que trata de la Piedra Bezaar, y de la Yerua Escuerçonera. Cito por la edición de Sevilla, Hernando Díaz, 1569, la más antigua de las tres de que poseo ejemplares. La príncipe de estos Dos libros es también de Sevilla, 1565.

[177]

Dice preñada de medio ojo para indicar que ocultaba su preñez, como ocultaban el rostro las que se tapaban de medio ojo. De éstas habrá ocasión de tratar en las notas del TRANCO IX.

[178]

De tate se hacía festivamente una persona, anteponiéndole Pero, que es, a la vez que conjunción, nombre propio (Per, Pero, Pedro). Calderón, en la jornada II de El médico de su honra:


«COQUÍN. (Aparte.) ...Pero ¡tate!
(que es un Pero muy honrado
del celebrado linaje
de los Tates de Castilla),
porque el Rey está delante.»

[179]

Pocas cosas equivale a cosas menudas o de poco momento. Cervantes, Quijote, I, 20: «... y no querría que pocas cosas penase mi ánima en el otro mundo.» Calderón, en su Entremés de las Carnestolendas:


«VEJETE.  Hombre, ¿comes, o engulles?


GRACIOSO.                            ¡Lindo chasco!
Pocas cosas, señor, nunca las masco.»

[180]

Murciégalo (de mar y caeculus) como aún lo dice el vulgo, más etimológicamente que los que, con una metátesis innecesaria decimos murciélago.

[181]

Quien, haciendo a plural, cosa frecuentísima en nuestros escritores de los siglos XVI y XVII.

[182]

Como recuerda el señor Bonilla, llamaron los Siete Durmientes «a siete hermanos que se dice sufrieron martirio en Éfeso, en tiempo del emperador Decio. Habiéndose ocultado estos hermanos en una caverna, fueron emparedados en ella de orden del Emperador; ciento noventa y seis años después se les encontró dormidos en el mismo sitio (Véase la Leyenda áurea de Jacobo de Vorágine)». Tirso de Molina, en el acto I de La Villana de la Sagra:


«CARRASCO  ...Nunca de dormirme acabo;
mas con vinos excelentes,
si son siete los durmientes,
yo seré durmiente octavo

[183]

Es decir, que dirá que no lo siente. Juega del vocablo sentir, en dos de sus acepciones.

[184]

«Vistas—dice el Diccionario de autoridades—llaman los vestidos y tocador que los novios envían a sus futuras esposas.»

[185]

Contra lo que ligeramente pudiera imaginarse, pared y medio no es errata por pared en medio. «Error de caja» lo creyó el señor Fitzmaurice-Kelly al encontrar esa expresión en el capítulo XIX de la primera parte del Quijote. A los ejemplos que cité en nota del dicho capítulo podrían agregarse muchos otros: cuantos acertara a desear el más descontentadizo.

[186]

Del gallo, es decir de la hora en que canta el gallo, queriendo ya venir el día.

[187]

Porque de Judas se dice que fué despensero, y los despenseros acaparaban muchos mantenimientos para venderlos a precios elevadísimos. Es frecuente en nuestros escritores festivos la alusión al oficio de Judas. Quevedo, por ejemplo, en su romance de Los Borrachos (Musa VI):


«...Y yo, que en diez y seis años
que tengo de despensero,
aun no he podido ser Judas
y vender a mi maestro.»

Lope, aludiendo a la costumbre de ahorcar un pelele el Jueves Santo, figurando a Judas:


«MENDOZA. Y ¿qué importa que una dama
tenga el cuerpo diligente...,
las caderas como en Flandes,
las piernas como un jinete,
si el rostro puede ser molde
de hacer diablos para el jueves
en que al despensero cuelgan
que afrentó los calabreses?»

«Los despenseros de los monasterios—dije en el discurso preliminar de mi edición crítica de Rinconete y Cortadillo—tomaban el pescado por cargas, diciendo ser para aquéllos, y revendíanlo después entre sus parroquianos; acordó el cabildo [de Sevilla] que se hablara a los priores y guardianes para que corrigiesen el abuso; pero no se logró la enmienda.»

[188]

Por partes de, y no por por parte de, como habría enmendado Clemencín si hubiese editado la presente novelita. Por partes de, o de partes de, solía decirse antaño, como demostré en mis notas al Quijote (IV, 267, 4).

[189]

Pregunta el señor Bonilla: «¿Querrá decir Vélez que el padre de ese niño era infiel (judío o moro)?» No, ciertamente—respondo—, sino que ese niño, por partes de su padre, podía pretender tal beca como hijo de clérigo. Sabido es que, según la creencia vulgar, el Antecristo ha de ser hijo de un clérigo y una monja, y por éstas dijo Quevedo en una de sus premáticas: «Condenamos en los galanes de monjas los antecristos pensamientos....»

[190]

Debiera decir Vélez el domingo de cuasi ración, para que recordase mejor el de Cuasimodo, al cual quiso referirse.

[191]

Llamaban letuario, lectuario, electuario, a cierto género de conserva, ya medicinal o ya simplemente alimenticia, como la que solía tomarse al par que el aguardiente. Quevedo, Vida del buscón llamado don Pablos..., libro II, cap. II: «Pasamos adelante, y en una esquina, por ser de mañana, tomamos dos tajadas de letuario y aguardiente de una picarona....» Las mujeres que vendían el letuario acostumbraban a pregonarlo por las calles en las primeras horas de la mañana. Lope de Vega, en unas décimas de la Justa poética en la beatificación de San Isidro, refiriéndose a esas horas:


«...La mula el médico ensilla,
da la purga el boticario,
pregónase el letuario....»

[192]

Contra lo que dijo Durán y copió Bonilla, el juego de salga la parida no consiste en gritar los muchachos «ese refrán(?) cuando observan que la luna llena, atravesando grupos de nubes, va apareciendo clara en los sitios despejados». Salga la parida, como dice el Diccionario de autoridades, es «juego común con que se divierten los muchachos estrechándose y apretándose entre sí para echar a alguno del corro, en cuyo lugar admiten otro».

[193]

Llama píldora al mundo, por lo esférico.

[194]

Llaman cruzado, según el léxico de la Academia, a la «mudanza que hacen los que bailan, formando una cruz y volviendo a ocupar el lugar que antes tenían».

[195]

Ocasionales o no, ocurren aquí dos versos octosílabos aconsonantados:


«... haciendo un cruzado al son
de su misma confusión.»

[196]

Llama a los coches ballenas, recordando la de Jonás, porque tragan y vomitan personas.

[197]

¡Qué exacta alusión a las cien mil falsedades, engañifas y cumplo-y-mientos propios del trato cortesano!

[198]

Haciéndose cocos a ellos mismos, o a sí mismos, que diríamos hoy, esto es, gustando de sí propios y recreándose en sus ademanes y miraduras, como unos Narcisos. Hacer cocos se dijo de cocar, que significa agradar, captar la benevolencia.

[199]

El señor Bonilla sospecha que de riñón sea errata, por de piñón. No hay tal cosa: la boquita que llamaban de piñón era naturalmente pequeña, como aquella a que se refiere el Romancero general, fol. 253:


«Vna boca, chica era;
que con vn piñón se mide,
segura de que haya otra
que assi enamore y cautiue»;

pero el texto se refiere a una boca achicada artificiosamente. Quien ve el riñón de un corderillo, ve una boca de esas frunciditas y amaricadas. Para persuadirse de que no hay la errata que sospechó Bonilla basta parar la atención en que a esta calle de espejos que pinta Vélez nadie iba a verse como era, sino a estudiar gestos; uno de ellos, el fruncimiento de labios. Quevedo, en El Entremetido y la Dueña y el Soplón, mencionó una de estas bocas estudiadamente fruncidas: «Y al punto, muy esparrancado de ojos, decía: «No hay sino dejar correr; Dios lo remedie, que tal y cual, lo del camino carretero: sí por sí, no por no»; y al decir «ello dirá», ponía una boquita escarolada, como le dé Dios la salud.»

[200]

Roncando, como los ojos de aquella Mari Pérez de quien dijo Quevedo (Musa VI):


«Tus dos ojos, Mari Pérez,
de puro dormidos, roncan,
y duermen tanto, que sueñan
que es gracia lo que es modorra.»

Cuanto a ojos, como a todo lo del mundo, cambian las modas, y por esto decía Calderón, en la jorn. II de Eco y Narciso:


«BATO    ...Vn tiempo que se dieron
en usar ojos dormidos,
no había hermosura despierta
y todo era mirar bizco....»

Pero si Vélez aprendió en Quevedo lo de roncar los ojos, de puro dormidos, una poetisa, doña Catalina Clara, aprendió de Vélez lo de roncar hermosura, pues escribió, retratando a cierta dama:


«Sus ojos, que hermosura están roncando,
dormidos saben más que otros velando,
y dice en ellos cada niña airosa:
Nigra sum, sed formosa

[201]

De Gloria Patri quiere decir, como notó el señor Pérez y González en su citada obra, págs. 23 y 24, «inclinados como fieles que pronuncian o escuchan el Gloria Patri».

[202]

Sobre las maretas quedó nota páginas atrás (8, 1[47a]).

[203]

Para desacreditar la naturaleza, porque le hacen poquísimo favor carilindos que no acaban de semejar hombres ni mujeres; y para desacreditar el rentoy, porque no parece sino que están jugando a este juego, en que los compañeros se entienden por medio de gestos y señas, a lo cual se refirió don Antonio Hurtado de Mendoza en estas seguidillas de la segunda parte del Entremés de Micer Palomo:


«De las damas de hogaño, ¿qué te parece?
—Capadillo, pues juegan con seis y siete.
—¿Y de las que se atapan en la comedia?
—Al rentoy, pues te muelen haciendo señas.»

[204]

El nombre de damas cortesanas era uno de los muchos que se solían dar a las mujeres públicas. Así, en una representación de los Alcaldes de Casa y Corte al Rey (11 de enero de 1617): «Señor: Los Alcaldes dicen que de estar las mugeres de mala vida que llaman damas cortesanas alojadas en las calles principales desta corte y con libertad de vivir donde quieran sean seguido y siguen muy grandes inconuinientes....» (Archivo Histórico Nacional, Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes, tomo VII, fol. 470.)

[205]

Albillas, como las uvas llamadas así, o tempranillas por otro nombre. Tempranillas asimismo llama el vulgo andaluz a las muchachas que, sobre cuajarse pronto de mujeres, dan a entender, por la demasiada viveza y libertad con que miran y hablan, que, jovencillas y todo, no les pesaría dejar de ser solteras.

[206]

En Bonilla, e Giron, sin duda por errata.

[207]

Vuelven las aguas..., dice el refrán, que Vélez acomodó aquí a su propósito.

[208]

A la plazuela de los Herradores, aun hoy llamada así, concurrían los que alquilaban sus servicios. En los antedichos Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes he visto un auto del año 1621 por el cual se mandó que los mozos de sillas (los que conducían las sillas de manos) asistiesen en la plazuela de Herradores y llevasen el correón al hombro. Y Tirso de Molina, en el acto III de Por el sótano y el torno, hace decir a Santillana, escudero viejo, cuando se dispone a dejar de servir a su ama, porque le ha reprendido:


«¡Miren, porque la doy luz
de amantes embustidores!
Plazuela habrá de Herradores
y puerta de Santa Cruz:
no me han de faltar dos reales
y señoras de alquiler.»

[209]

Damas de achaque, o sea que se achacan o atribuyen falsamente la damería.

[210]

Poco después dice de quiénes habían de ser pasto tales libros: respectivamente, de pajes y doncellas.

[211]

No tachará de defectuosa la expresión le preguntó ... que le dijese quien esté advertido de que, como preguntar significa demandar y demandar y pedir son una cosa misma, solía decirse preguntar por pedir, de lo cual hay en el Quijote muchos ejemplos (I, 137, 10; III, 85, 19, etc.)

[212]

Dice de media talla, como pudiera decir de medio pelo, o de medio mogate.

[213]

Bien explica esto don Fernando de Loreña en su Entremés de los Relojes (Biblioteca Nacional, Ms. 17237):


«D.ª TORRE. Mira quién llama aquí, doña Escalera.


QUITERIA.  ¿Quién es doña Escalera?


D.ª TORRE.                          Vna criada.


QUITERIA.  ¿Con don?


D.ª TORRE.  Si, que autoriza una donada

Del uso y abuso de los dones traté largamente en mi estudio sobre El retrato de Cervantes (Madrid, 1917), págs. 30-53.

[214]

Por el tusón de las damas (que también se llamaba damas, a secas, a las damas cortesanas) ha de entenderse la categoría de las que entre ellas eran de mayor calidad, a las cuales llamaban tusonas.

[215]

Quererse volver al paño, frase que no registra el Diccionario, pero que oí muchas veces en Andalucía, se dice de las alhajas muy limpias y brillantes, legítimas o falsas, por alusión al paño en que las tenía envueltas el platero o quincallero cuando las vendió.

[216]

Don extravagante, como clérigo extravagante, que se dice de aquel que vive sin incorporarse a la clerecía de ninguna diócesis.

[217]

La ginebra está bien definida en el Diccionario académico. Es el mismo grosero instrumento que los andaluces llamamos carrasquiña.

[218]

El castrapuercos, instrumentillo compuesto de algunos cañutos, es ni más ni menos que la zampoña con que suelen representar al Dios Pan. En el Diccionario de la Academia, como en el de autoridades y en el Tesoro de Covarrubias, castrapuercas: pero en el Trésor de Oudin, «Castra puercos, vn sifflet de chastreur». También se llamaba castrador, y debe tomarlo en cuenta la Academia Española, bajo la fe de Quevedo y Salas Barbadillo. El primero dijo en un romance referente a los bailes del vulgo:


«Suéltales las seguidillas
y a ejecutor de la vara,
y a la capona, que en llaves
hecha castradores anda.»

Y el segundo, en el Entremés del Prado de Madrid, y Baile de la Capona:


«Para el baile previnieron
las cuerdas de una guitarra,
sin ver que a un baile capón
vn castrador le bastaba.»

[219]

Iba narrando Vélez de Guevara, y súbitamente y sin preparación deja la palabra a don Cleofás. Estos cambios bruscos de la persona que habla, y aun de la persona a quien se habla, no escasean en nuestros escritores del buen tiempo, como de Cervantes hice notar en diversos lugares del Quijote (I, 10, 17; II, 136, 8; IV, 259, 21; VI, 70, 3, etc.)

[220]

«Entre los muchos—dije en otra ocasión—que han escrito acerca de los arbitristas, plaga que infestó a España en los siglos XVI y XVII, merece mención señalada don Antonio Cánovas del Castillo, que trató de ellos en sus Problemas contemporáneos (Madrid, 1884), tomo I, págs. 305-328.... Mi querido amigo don Agustín G. de Amezúa, en su edición crítica de El Casamiento engañoso y el Coloquio de los Perros, páginas 147-151 y notas 349-351, cita algunos arbitrios notables por su extravagancia....»

[221]

Así en la edición original. A escribir hoy, de seguro habría dicho Vélez: «... que tiene en la mano el retrato de su dama....»

[222]

El gramático pedante y engreído, para quien no hay en el mundo cosa que valga dos maravedís sino sus gramatiquerías, fué siempre odiado por los escritores. El señor Bonilla recuerda lo que contra ellos dijo el doctor Suárez de Figueroa en su Plaza universal de todas ciencias y artes (1615). Y antes que Suárez, Barahona de Soto, en su Angélica, maltrató á los finchados gramaticones al incluírlos en la relación de aquellas gentes que Zenagrio, en la morada de Gleoricia, no se digna de mirar:


«Tanto del soez gramático arrogante
que, porque punta y coma sus diciones
y ordena lo de atrás para adelante,
no estima los gravísimos varones....»

Yo dije a un consumado gramático, veinte años ha: «¿Qué hará usted con toda su gramática, si no tiene nada que decir que interese al público? Usted posee un admirable libro de cocina, cierto; pero, vacía la despensa, ¿de qué pueden servirle sus excelentes fórmulas culinarias?»

[223]

Como ropa, según una de las acepciones que registra Covarrubias, es «la vestidura suelta que traemos sobre la que está ceñida y junta al cuerpo», llamóse ropa, especialmente, a la talar, y plazas de ropa a los oficios o puestos en que se vestía toga o garnacha. Quevedo, en una de sus jácaras (Musa V), jugando de los verbos bogar y abogar.


«Por buen supuesto te tienen,
pues te envían a bogar;
ropa y plaza tienes cierta,
y a subir empezarás.»

Y ropas, a secas, se llamó también a los oidores, como se echa de ver por otra jácara de Quevedo, en que dice un jaque encarcelado:


«Porque no pueda salir,
me engarzaron en las cormas,
y siempre mandan que siga:
¿Quién entenderá las ropas

[224]

El señor Bonilla, después de recordar con Covarrubias que pastel se dijo de pasta, y «es como una empanadilla hojaldrada, que tiene dentro carne picada o pistada», añade: «Los había de a real, de a cuatro, de a ocho, de a medio real, etcétera.» Y don Américo Castro, anotando en la Vida del Buscón, de Quevedo (pág. 89 de la edición de Clásicos Castellanos), aquel pasaje en que dice: «pero yo entiendo que los pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole a [un ahorcado] en los de a cuatro», comentó: «los de a cuatro: pastel de a cuatro reales.» El señor Bonilla, antes de revisar en las pruebas su nota, pudo hacerse estas preguntas: «¿Cómo un avariento, por ahorrar, había de gastar cuatro reales en un pastel para su comida?» Pues ¿no era el pastel, según el invocado Covarrubias, «refugio de los que no pueden hazer olla?» Y el costo de la olla aun para dos personas, que no para una, ¿llegaba, ni con mucho, a cuatro reales? La Gerarda de La Dorotea de Lope (acto V, escena II), teniendo convidada, gastaba en su olla: «una libra de carnero, catorze marauedis; media de baca, seis, son veinte; de tozino, vn quarto, otro de carbón, de peregil y cebollas dos marauedis, y quatro de aceitunas, es vn real cabal»: ¿había, pues, de gastar el avariento cuatro reales en un pastel para sí solo, cuando, aunque se considere que La Dorotea se refiere a tiempo muy anterior al en que se alteraron los valores de la moneda de vellón, al escribir Zabaleta El día de fiesta por la tarde; publicado en 1659, «una libra de carnero valía once cuartos, y un pan cinco, y media azumbre de vino siete, veintitrés cuartos en junto, o sea once menos que el pastel de Vélez de Guevara?» Y esto preguntado, o parte de ello, la bien acreditada diligencia del señor Bonilla le habría abierto camino para averiguar cuánto costaba un pastel de a cuatro en el tiempo en que el escritor ecijano escribió su novela.

Pues otro tanto digo del señor Castro, y aun digo más: que pudo preguntarme sobre ese punto, como me preguntó sobre muchos otros. Esto, amén de que buena respuesta tenía en el capítulo XI del mismo libro I de El Buscón, donde un verdugo, un animero, un mulato y otros sujetos de esta laya comen, entre todos, después de algunas cosas de bodegón, «cinco pasteles de a cuatro. ¿Habían de gastar veinte reales en el postrecillo...?»

No, ciertamente no eran de a cuatro reales los pasteles de a cuatro, sino de la trigésimacuarta parte de ese valor: eran pasteles de a cuatro maravedis. Con dar un vistazo a los tan socorridos Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes, que se conservan en el Archivo Histórico Nacional, habrían echado de ver los mencionados comentadores que en 1596 se mandó que no se hicieran pasteles y cubiletes de a doce maravedís, y sí de a ocho y de a cuatro; que en 1642 se trató de que no se hicieran pasteles de a ochavo, y que en 1644 mandaron los Alcaldes que no se impidiese la venta de cubiletes de a cuatro cuartos. A los que hacían pasteles de a cuatro maravedis, por la misma exigüidad de su precio, no se les podía exigir ninguna gollería, ni aun siquiera una mediana pulcritud; por eso dijo Quevedo en una de sus jácaras: (Musa V).


«Con las manos en la masa
está Domingo Tiznado,
haciendo tumbas a moscas
en los pasteles de a cuatro

Y en un romance de la Musa VI hizo decir a un manto plebeyo:


«Con poco temor de Dios,
pecaba en pastel de a cuatro,
pues vendí, en traje de carne,
huesos, moscas, vaca y caldo

[225]

Es uno de los modos de decir que quiso desterrar Quevedo en la Premática que este año de 1600 se ordenó...: «... no tiene a nadie en lo que pisa

[226]

Elíptico: no sea que nos embarguen, quiere decir.

[227]

Los unos de los otros, como también lo dice Correas en su Vocabulario de refranes..., pág. 421 b, y no los unos y los otros, como malamente se suele enmendar ahora. Lope de Vega, en el acto II de El Caballero del Sacramento, explica bien el sentido del refrán:


«DORISTA. Leerla quiero, por ver
en mi desdicha un proverbio.
(Lee:) «Todos somos locos,
los unos de los otros.»
¡Qué discretamente dice!
Unos por otros hacemos
disparates y locuras;
todos andamos sin seso,
ya los padres por los hijos,
ya los deudos por los deudos,
ya las damas por sus cuyos,
ya por las damas sus dueños.»

[228]

Sobrepelliezes, dice la edición original, sin duda por errata.

[229]

Este donde, equivalente a de manera que, quizás no se entenderá bien por quien ignore que está dicho a la andaluza, tal como alguna vez lo usó Cervantes: «Venida la noche, cenará con el Rey, Reina e Infanta, donde nunca quitará los ojos della, mirándola a furto de los circunstantes....» (Quijote, I, 21).

[230]

Actos positivos son, como dice el Diccionario académica, los «hechos que califican la virtud, limpieza o nobleza de alguna persona o familia». Para las pruebas, por ejemplo, de limpieza y nobleza en lo escolar, tres actos positivos hacían cosa juzgada, según la Nueva Recopilación, leyes XXXV-XXXVII, tít. VII, libro I.

[231]

Según Covarrubias (art. torçuelo), «los que saben de cetrería dizen que comunmente la cria de los açores es de tres pollos: los dos primeros se llaman primas y son hembras, y grandes de cuerpo; y el torçuelo es menor que ellas y es macho. Dixose torçuelo, quasi terçuelo, por ser tercero en orden....» Vélez de Guevara dice figuradamente caballero torzuelo, indicando su baja condición.

[232]

Páginas atrás quedó nota acerca de una frase parecida a con los míos me haga Dios bien.

[233]

Este verso está impreso a renglón corrido, como prosa, en la edición original.

[234]

Refiérese don Cleofás a su tocayo el Leandro amador de Hero y al soneto de Garcilaso que comienza:


«Pasando el mar Leandro el animoso,
en amoroso juego todo ardiendo....».

soneto que, en efecto, figura en las diversas ediciones de Las Obras de Roscan y algvnas de Garcilaso de la Vega, repartidas en qvatro libros, fol. 121 de la de Anvers, Martín Nucio, 1556, que es la que poseo.

[235]

Elíptico: merced de un hábito, quiere decir.

[236]

Salicio y Nemoroso, como es sabidísimo, son los interlocutores de la más famosa de las églogas de Garcilaso.

[237]

Por aquí se averigua que don Cleofás, como de él se dijo en el tranco I (15, 2)[63a], era hidalgo a cuatro vientos, sin otro solar que el muy conocido de los versos de Salicio y Nemoroso.

[238]

Pedir las pajaritas del aire es una frase de encarecimiento equivalente a pedir gollerías. Espinel, en su Sátira contra las damas de Sevilla, tratando de las doncellitas de su tiempo:


«Luego les duele el hígado y el bazo;
luego piden las paxarus del ayre....»

Esta frase llegó a hacerse tan enfadosa, por lo repetida, que don Francisco de Quevedo la proscribió en su Premática de 1600: «Quítanse por nuestra premática los modos de decir siguientes: ... las pajaritas que vuelan....»

[239]

También solían pedir el fénix empanado, o cosas poco menos imposibles, bien que por broma y regodeo, los que comían en ventas y mesones. A los ejemplos que transcribe el señor Bonilla podrían añadirse otros, éste, verbigracia del Entremés de los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, compuesta por Francisco de Ávila, publicado en 1617, y reimpreso en 1905 con prólogo y notas de don Felipe Pérez y González:


«MUJER.  Estánme echando todos bernardinas,
pidiéndome imposibles por momentos.


VENTERO. ¿Qué os piden, por mi vida?


MUJER.                              Disparates:
los átomos del sol, el ave fénix,
y la leche de todas las cabrillas


VENTERO. ¿No veis, mujer, que aqueso es regodeo,
y siempre se acostumbra por las ventas
echar pullas a todos?»

[240]

Regoldano se dice del fruto del castaño silvestre, a diferencia del que da el injerto, que es mejor. Vélez aplica estos adjetivos al hechicero en sus respectivas cualidades de astrólogo y nigromante.

[241]

Alude Vélez a algunos pasajes bíblicos, tales como éstos: «Aprehendens autem David vestimenta sua scidit, omnesque viri qui erant cum eo (II Reyes, I, II).—Quoe cum audisset Ezechias rex, scidit vestimenta sua....» (IV Reyes, XIX, I).

[242]

El besar las manos era obligado principio en todo mensaje verbal. Así comienza el suyo a don Quijote, en la cueva de Montesino (II, 23), la compañera y emisaria de Dulcinea: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa a vuesa merced las manos, y suplica a vuesa merced se la haga de hacerla saber cómo está....»

[243]

El señor Bonilla corrige comission donde la edición príncipe dijo comisson, y no corrige, cuatro palabras después, comissionario donde la propia edición dice comissonario.

[244]

Demonios a las veinte, como correos a las veinte, que eran los que habían de andar veinte leguas cada veinticuatro horas. En el pleito entre Salvador de Toro y Pedro de Isunza, proveedores de las galeras reales, hay una certificación de Diego de Ruy Saenz (Puerto de Santa María, 8 de marzo de 1593) referente a haber despachado «tres correos, los dos a la ciudad de malaga y el otro a la villa de madrid, a las veynte leguas». (Archivo. General de Simancas, Expedientes de Hacienda, leg. 516.)

[245]

Que la mula de Liñán es el aire, no ofrece duda; pero ¿cuándo y por quién se dijo esta frase? Esto es lo que había que averiguar, y ni Durán, ni Pérez y González, ni Bonilla, ni yo, hemos tenido la fortuna de ponerlo en claro.

[246]

Vara alta, esto es, derecha, vertical, quiere decir autoridad, poder, jurisdicción. Allí donde los investidos de autoridad dejaban de tenerla, soltaban o bajaban las varas. Esto ocurrió al entrar Felipe II en Portugal, según refiere Isidro Velázquez en La entrada qve en el reino de Portvgal hizo la S.C.R.M. de don Philippe, invictíssimo Rey de las Españas, segundo deste nombre.... (Lisboa, Manuel de Lyra, M.D.LXXXIII), fol. 70: «Prosiguiose el camino, y a la llegada de vn río, mojonera o diuision de los terminos de los Reynos, salio orden que los ministros de justicia Castellana baxassen las varas, o no las traxessen....»

[247]

En los siglos XVI y XVII se solía llamar figones a los que después se llamó figoneros, dejando aquel nombre para sus bodegones o fondines. Por un acuerdo de la Sala de Alcaldes pregonado a 18 de mayo de 1595, se mandó que se notifique «a los que guisan de comer, que llaman figones» que no diesen de comer a las personas que fuesen a sus casas, ni manjar blanco, ni tostadas, ni pastelillos, ni otras cosas dulces. (Archivo Histórico Nacional. Libros de gobierno de la Sala de Alcaldes, tomo II, fol. 47.)

[248]

Como advierte el señor Bonilla, «el Infante don Pedro de Portugal recorrió, no las siete, sino las cuatro partidas del mundo. Así lo dice el mismo título de la obra famosa donde se relatan sus andanzas: Libro del infante don Pedro de Portugal, que anduvo las quatro partidas del Mundo (Çaragoça, Juan Millán, 1570).» ¿Por qué, pues, dijo el vulgo ser siete, y no cuatro, las tales partidas? Probablemente, según observé en otro lugar, por contaminación de esa frase con el nombre de nuestro célebre código de las Siete Partidas.

[249]

Estas palabras patentizan que aún en el segundo tercio del siglo XVII perduraba con su renombre, si bien llamándose de la Sevillana, aquel célebre mesón del Sevillano que inmortalizó Cervantes haciéndole lugar de la acción de La Ilustre fregona. Véanse las noticias que acerca de esta posada di ha poco en el prólogo de mi edición crítica de la mencionada novela cervantina. (Madrid, 1917.)

[250]

Por miedo que conspiren, diríamos hoy, omitiendo ese no que en realidad redunda, pero que antaño se usaba con los verbos que significan temor, como noté en diversos lugares del Quijote (II, 80, 15; III. 59, 24; 144, 12; 217, 8; IV, 50, 1; 126, 15, etc.).

[251]

El señor Bonilla puntuó así este pasaje: «... a otras diligencias, deste modo por sobornar....» En la edición príncipe no hay coma alguna después de la que sigue a la voz esguízaros, hasta otra que sigue a las palabras contra mí. Creo que el verdadero sentido requiere esa coma donde la he puesto: dice el Cojuelo que regresará por Suiza a otras diligencias deste modo, o sea, parecidas a la ya indicada de hacer degollara los hermanos del Gran Turco.

[252]

«Mearle la pajuela—dice Covarrubias—; género de desafío que usan los niños vnos contra otros.» Correas, en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales, publicado por la Academia Española en 1905, explica la frase de esta manera (pág. 618 b): «Vsaban los muchachos luchar, y a las tres caídas, el vencedor cogía una pajuela del suelo y la meaba, y con ella daba por la boca al vencido sin que lo viese, y de este modo le afrentaba, y así en otras cosas.» Pero tal frase tiene, además del significado natural, otro figurado, más usual, que definió así el Diccionario de autoridades: «Aventajarse, sobresalir y exceder a otro en la ejecución de alguna cosa», y éste, como nota el señor Bonilla, «es el sentido de la frase en el pasaje del Cojuelo». E igualmente en los siguientes versos de Lope (Los novios de Hornachuelos, acto III):


«E. REY.    ¿Sois los novios mal contentos
que celebra este lugar?
Llegad. No, no tengáis miedo.


BERRUECO.    Somos, señor; pero sepa
que hay otros dos en el pueblo
que nos mean la pajuela,
pues somos los dos con ellos
paloma y palomo....»

[253]

Con esto de la jerigonza crítica alude Vélez al culteranismo; a la culta latiniparla, como llamó Quevedo al vocabulario que usaron Góngora y sus secuaces.

[254]

Aristóteles decía que la belleza es una carta de favor, y doña Isabel la Católica, que «el hombre de buena cara lleva consigo carta de recomendación para cualquier cosa que emprendiere».

[255]

Claro que estos brindis eran por las damas y los amigos de los que brindaban y no por los del Rey.

[256]

Dije en mi conferencia acerca de El yantar de Alonso Quijano el Bueno (Madrid, 1916), pág. 32: «...Pero lo más usado era acabar de comer con aceitunas», de donde se dijo: llegué, o llegó a las aceitunas, para significar que se llegó tarde a algún convite o reunión. El acabar de comer con este postre se menciona con frecuencia en nuestros libros del buen tiempo: Don Antonio Hurtado de Mendoza, en el Entremés del Examinador micer Palomo:


«VALIENTE.  Yo he tenido quinientos desafíos;
he hecho sobre el duelo dos comentos;
seiscientos antuviones he pegado
y he reñido cien veces en ayunas.


MR. PALOMO. ¿Qué fuera al fenecer las aceitunas...?»

Y por lo que hace al palillo, dije en la citada conferencia que «entre los abuelos de nuestros tatarabuelos era el palillo o mondadientes obligado postre último de toda comida; tanto, que entre gente hidalga el comer podía faltar, y aun faltaba, en efecto, muchas veces; pero el palillo no».

[257]

En el Quijote (II, 44), apenas se hubo partido Sancho para su ínsula, «cuando don Quijote sintió su soledad», y de esta soledad dije en las notas de mi edición crítica de la inmortal novela de Cervantes lo que, aunque ésta peque por harto extensa, voy a transcribir: «Sintió, no la soledad en que le había dejado Sancho, como entendió malamente Unamuno, sino la soledad de él; la soledad con que lo había dejado; que aquí soledad no significa «falta de compañía», sino «pesar que se siente por la ausencia de una persona, y deseo de volverla a ver». Esta soledad es, ni más ni menos, la saudade portuguesa que en todo tiempo han pretendido imponernos los que ignoraban que acá la teníamos castellana, tan rancia, a lo menos, como la de nuestros vecinos. Véanse algunos ejemplos:

«De sentir soledad de una persona o cosa, como en el lugar que anoto. Rivadeneyra, Flos sanctorum, en la Ascensión del Señor....» Los apóstoles también sentían la huerfanidad de tal padre, la soledad de tal maestro, de tal pastor y de tal capitán, especialmente viéndose entre tantos y tan crueles enemigos.» Lope de Vega, en el acto I de El Animal de Hungría:


«TEODOSIA. Rezien casada, y venida
a Ungría de Ingalaterra,
sentí soledad notable
de mi tierra en tierra agena.»

«Lo mismo tener soledad de. Un cantarcillo del siglo XV:


«Aldea donde nací,
soledad tengo de ti.»»

En el capítulo cxxvij del libro primero de Don Clarian de Landanis, fol. clxxxiiij: «Teniendo [Gradamisa] gran soledad de su buen amigo don clarian, dio vn sospiro y dixo consigo....» Don Felipe II, en carta escrita en Lisboa a 16 de abril de 1582 (Gachard, Lettres de Philippe II à ses filles....): «Y de lo que más soledad he tenido es del cantar de los ruiseñores, que ogaño no les he oydo, como esta casa es lexos del campo.»

»También se decía hacer soledad una persona o cosa, en equivalencia de apesadumbrar por su ausencia o falta. Santa Teresa, en carta a fray Jerónimo Gracián (Ávila, 10 de junio de 1579): «¡Oh, qué soledad me hace, cada día más, para el alma estar tan lexos de vuestra paternidad...!» En carta autógrafa de Margareta (doña Margarita de Austria) al rey don Felipe III (11 de octubre de 1599) decíale: «Señor, no puedo dejar describir a V. Md. para pasar con algún consuelo la soledat q me ase, q con aber tan pocas horas q se fui V.M. me pariçe q a mil años....»

»Muchos portugueses, y aun algunos españoles, verbigracia, don Adolfo de Castro en su Himno a una palabra (apud Estudios prácticos de buen decir y de arcanidades del habla española, Cádiz, 1880, pág. 293), han querido y creído que nuestra soledad no signifique enteramente lo que la saudade lusitana, o por lo menos, que sea mera traducción de ésta, afirmaciones contra las cuales protestó nuestro españolísimo Menéndez y Pelayo (Orígenes de la Novela, tomo I, pág. CCXXI) en estas palabras: «Soledad, en el sentido de melancolía que se siente por la ausencia de una persona amada o por el recuerdo del bien perdido, es palabra tan legítimamente castellana como es portuguesa saudade; se ha usado en todos los tiempos, da nombre a un género especial de cantares andaluces, y nuestro Diccionario académico consigna esta voz como de uso corriente.» Y en las Adiciones y rectificaciones del mismo tomo (pág. DXXVI) insertó la notable carta, ya publicada en la Revue Hispanique (1901), en que don Juan de Silva, portugués de origen, sostuvo y demostró que nuestra soledad expresa tanto y aún más que la saudade de nuestros vecinos.

»¿Se usa aún hoy en tal acepción la palabra soledad? En España no recuerdo haberla oído; pero en Colombia todavía llaman soledades a los pesares amorosos causados por la ausencia. Véase una linda copla popular de Casanare, publicada por fray Pedro Fabo del Corazón de María, cultísimo agustino recoleto, en su interesante libro intitulado Idiomas y etnografía de la región oriental de Colombia (Barcelona, 1911), pág. 228:


«Empréstame tus ojitos
para completar dos pares;
que con los míos no puedo
llorar tantas soledades

[258]

Para el léxico de la Academia, quedarse como un pajarito significa «morir con sosiego, sin hacer gestos ni ademanes.» Sea eso; pero sea también quedarse muy dormido, como en este lugar del texto, y así, dije en las Mil trescientas comparaciones populares andaluzas (Sevilla, 1899), páginas 104 y 105: «Se queó como un pajarito...: Dormido, y más a menudo, muerto; del que se duerme profundamente también se dice: Se queó frito o fritito

[259]

Suplo un las que falta en el texto original, por omisión mecánica de una de dos sílabas iguales e inmediatas.

[260]

Con lo de Adanes del baratillo quizá se referiría Vélez a alguna tienda de baratijas en que se vendiesen figurillas de barro, y entre ellas la de nuestro primer padre.

[261]

«Alusión—como dice el señor Bonilla—a unos zapatos de cuero.» Eran famosos los cueros curtidos en Fregenal de la Sierra, por lo cual, en una jácara de Quevedo, refiriéndose a la penca o azote del verdugo, dice Lampuga a la Perala:


«Más me cuestas de pregones
y suela de Fregenal
que valen seis azotados
si los llegas a tasar.»

[262]

De grana de polvo, es decir, teñida con el polvo de los gusanillos que llaman grana. También decían, a secas, teñido, o teñida, de polvo. Entre los regalos que los padres trinitarios de la Redención de cautivos hicieron al Rey de Argel en 1591 figuraba «una manta fraçada de la marca maior teñida de polvo, con su franxa de oro y seda», que había costado 19.550 maravedís. (Archivo Histórico Nacional, Libros de la Orden Trinitaria, 121 b, fol. 50 vto.)

[263]

Severo, en su acepción de grave, serio, mesurado.

[264]

Dice de las comedias de este loco que se las habían apedreado como viñas, recordando la frecuencia con que el pedrisco daña los viñedos.

[265]

Menalao, por Menelao, no es errata; solían decirlo así, por asimilación de vocales. Francisco Santos, en Los Gigantones en Madrid por de fuera, apud Obras en prosa y verso..., tomo I, pág. 396: «A Menalao, por aver entrado en su casa Paris....»

[266]

La Casa del Nuncio llamaban al hospital de dementes de Toledo, porque lo fundó, a fines del siglo XV, mi nuncio apostólico llamado don Francisco Ortiz. También solían llamarlo el Nuncio, a secas, y por las celdas o jaulas en que se encerraba a los locos furiosos, los alberguillos de Toledo.

[267]

Cual tenga la salud, es decir, mal. Era corriente esta comparación imprecatoria. Véase algún ejemplo. Lope de Vega, en el acto II de El Caballero de Illescas:


«ROBERTO  ...Y tengo gracia en hacer
versos, que canto a un laúd.


JUAN.    Cual tengáis vos la salud
todo eso debe ser.»

[268]

Parece que debiera decir: fué tal....

[269]

En mis notas al Quijote (VIII, 56, 10) expliqué por qué debe escribirse ¡Cierra, España!, y no ¡Cierra España!, como generalmente se estampa y se dice. España en esta locución es un vocativo, y exclamar ¡Cierra, España! equivale a exclamar: ¡España, cierra, o faja, con los enemigos!

[270]

Exaltarse los poetas hasta el punto de tomar sus imaginaciones por realidades y parecer locos, nunca fué cosa harto rara: ya decía de Horacio su siervo: «Aut insanit homo, aut versas facit.» Ni fué raro tampoco el exagerarlo festivamente nuestros escritores. Pérez de Montalván, en la jorn. I de No hay vida como la honra.


«TRISTÁN. Señor, mi amo es poeta
y los tales, cuando escriben,
mudan más de cuatrocientas
caras en una hora sola;